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Title: Historia de las Indias (2 de 5)
Author: Casas, Bartolomé de las
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Historia de las Indias (2 de 5)" ***

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                        NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
 notablemente de la utilizada en español moderno.

—El libro original falta del Capítulo CXXXI; ésta particularidad ha
 sido mantenida en éste proyecto.



                               HISTORIA

                                  DE

                              LAS INDIAS.



                               HISTORIA

                                  DE

                              LAS INDIAS

                              ESCRITA POR

                      FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

                           OBISPO DE CHIAPA

                   AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ

                                  POR

                 EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE

                        Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.

                               TOMO II.

                                MADRID

                      IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA

                      calle de Campomanes, núm. 8

                                 1875



ADVERTENCIA PRELIMINAR.


Siendo muy pocos los capítulos que, del 83 en adelante, tienen
sumarios, hemos creido conveniente, para facilitar el uso del Indice,
dar aquí un ligerísimo extracto de lo más importante que se contiene en
este tomo.

Sale de Cádiz para su segundo viaje, el Almirante, D. Cristóbal Colon,
y llega á Santo Domingo, donde da principio á la fundacion de la
Isabela (capítulos 83 al 88). Descríbese parte de la isla; relátase el
viaje á Cuba y descubrimiento de Jamáica (89 al 96), la vuelta de Colon
á la Española, donde encuentra á su hermano D. Bartolomé (97 al 100),
que poco ántes habia llegado (101), y la visita del rey Guacanagarí
al Almirante, enfermo, con la prision de Caonabo por Hojeda (102).
Batalla en la Vega Real, contra cien mil indios (104), y escursion del
Almirante por la isla, hasta sojuzgarla casi por completo (105 y 106).

Para averiguar la verdad de ciertas quejas dadas en Castilla contra
Colon, mandan los Reyes á Juan Aguado; vuelve éste á dar cuenta (107
al 109), y poco despues el Almirante, dejando hechas varias fortalezas
y encargado el gobierno á su hermano (110). Llegado á la presencia de
los Reyes, le confirman sus privilegios, le hacen nuevas mercedes y le
dan instrucciones para el gobierno (111-112 y 123 al 126); entre tanto,
D. Bartolomé va á la provincia de Xaraguá, y hace tributario al rey
Behechio (113 al 116); sublévasele el Alcalde de la Isabela, Francisco
Roldan, con 70 españoles (117): cuéntanse otros varios sucesos
ocurridos en la isla (118 y 119) y la guerra con los reyes Guarionex y
Mayobanex, á quienes vence y prende el Adelantado, D. Bartolomé Colon
(120 y 121).

Disertacion histórico-crítica del autor sobre el monte Sopora, la
provincia de Ofir y la isla Taprobana (128); otra científica, sobre el
nacimiento del Nilo y su creciente y menguante (129), y otra, sobre el
Paraíso terrenal y sus rios (141 al 146).

Tercer viaje del Almirante (127 y 130 al 139), en el cual descubre la
tierra firme; su vuelta á la Española (147 al 149), donde, sabido el
levantamiento de Francisco Roldan (148 y 150), trata de reducirle por
medios pacíficos (152 al 154). No lo consigue por entónces, y da cuenta
de ello á los Reyes y del estado de la isla (155). Por fin, despues
de varias tentativas infructuosas (156 y 158 al 160), conciértanse, y
concluye el levantamiento de Roldan (161), acerca del cual y de una
carta de Colon á los Reyes, expone nuestro autor varias consideraciones
(162 y 163).

Viaje á tierra firme de Hojeda con Américo Vespucio (164 al 168), del
cual ya ántes (140) se habia tratado; paso de Hojeda, á la vuelta, por
la isla de Santo Domingo, y disturbios que en ella causa (168 al 170).
Viajes de Peralonso Niño y Cristóbal Guerra (171 y 172), de Vicente
Yañez Pinzon (173), y de Diego de Lepe (174).

Nombran los Reyes Gobernador al comendador Bobadilla, con poderes
extraordinarios (177). Llega á Santo Domingo, prende al Almirante y
á sus hermanos, y los manda á España con grillos (178 al 181). Carta
notable de Colon, al ama del príncipe D. Juan (182), y su llegada á
presencia de los Reyes, quienes manifiestan gran sentimiento por lo que
con él se habia hecho (183).



HISTORIA DE LAS INDIAS.



CAPÍTULO LXXXIII.


Cuando se partió de Barcelona el Almirante, dejó á los Reyes un libro;
no pude saber qué libro fuese, sino que presumo que debia ser donde
tenia colegidas muchas cosas secretas de los antiguos autores, por las
cuales se guiaba, ó el libro de toda su navegacion y rumbos ó caminos
que habia llevado y traido, en aquel su descubrimiento y primer viaje,
para que se sacase un traslado que quedase en los Archivos reales,
y, despues de trasladado, quedaron de enviárselo. Por este libro los
Reyes, y las personas que de su Consejo llamaban, colegian más firmeza
y daban más crédito á las cosas que el Almirante les afirmaba, y
mayores las que habian de suceder esperaban. Y, porque los Embajadores
de Portugal mucho insistian en los conciertos, y en impedir el camino
segundo del Almirante, y, por otra parte, los Reyes eran informados
que el rey de Portugal hacia armada, los Reyes los entretenian cuanto
convenia y daban priesa en el despacho del Almirante, y, juntamente, de
todo lo que se hacia le avisaban. Finalmente, la respuesta que llevaron
los Embajadores fué que ellos enviarian los suyos al Rey, sobre ello,
los cuales fueron dos caballeros, D. Pedro de Ayala y D. García de
Carbajal, hermano del Cardenal de Sancta Cruz; y fué la respuesta,
segun dice la dicha Historia portoguesa, que los Reyes enviaban agora á
saber del todo la cualidad y ser destas tierras, y que á la vuelta de
los navíos se trataria más dello, y se tomaria con el rey de Portugal
el concierto final y resolucion de todo ello. Desta embajada no hobo
el rey de Portugal placer alguno, y dijo á los Embajadores que aquella
embajada de los Reyes, sus primos, no traia piés ni cabeza; y como los
Reyes eran avisados del desabrimiento y dolor del rey de Portugal por
haber perdido tal lance, proveian en todo lo que les parecia convenir
para referirlo al Almirante, y, á este propósito, la Reina le escribió
la siguiente carta:

«La Reina.—D. Cristóbal Colon, mi Almirante del mar Océano, Visorey
é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias: Con este
correo vos envio un traslado del libro que acá dejastes, el cual ha
tardado tanto porque se escribiese secretamente, para que estos que
están aquí, de Portugal ni otro alguno, no supiese dello; y, á causa
desto, porque más presto se hiciese, vá de dos letras, segun vereis.
Ciertamente, segun lo que en este negocio acá se ha platicado y visto,
cada dia se cognosce ser muy mayor y de gran calidad y substancia,
y que vos nos habeis en ello mucho servido, y tenemos de vos grande
cargo; y así, esperamos en Dios, que, demas de lo asentado con vos,
que se ha de hacer y cumplir muy enteramente, que vos recibais de Nos
mucha más honra, merced y acrecentamiento, como es razon y lo adeudan
vuestros servicios y merecimientos. La carta del marear que habíades
de hacer, si es acabada, me enviad luego, y por servicio mio deis gran
priesa en vuestra partida, para que aquella, con la gracia de Nuestro
Señor, se ponga en obra sin dilacion alguna, pues vedes cuanto cumple
al bien del negocio; y de todo de allá nos escribid é faced siempre
saber, que, de acá, de todo lo que hobiere vos avisaremos é vos lo
faremos saber. En el negocio de Portugal no se ha tomado, con estos
que aquí están, determinacion; aunque yo creo que el Rey se allegará
á razon en ello, querria que pensásedes lo contrario, porque por ello
no vos descuidedes ni dejeis de ir sobre aviso, á recaudo, que cumple,
para que, en manera alguna, no podais recibir engaño. De Barcelona
á cinco dias del mes de Setiembre de noventa y tres años.—Yo la
Reina.—Por mandado de la Reina, Juan de la Parra.»

Esta parece haber sido la postrera carta que el Almirante recibió de
los Reyes, por aquel tiempo, ántes que se partiese, la cual recibida,
como andaba ya al cabo de aprestarse, allegado el número de la gente,
ordenados los Capitanes, hecha su alarde, mándalos todos embarcar, dada
á cada uno de los pilotos su derrota y camino que habia de hacer, con
su instruccion. Miércoles, á 25 dias de Setiembre del mismo año 1493,
ántes que saliese el sol, hizo soltar las velas y salieron todos 17
navíos y carabelas de la bahía de Cáliz; mandó gobernar los navíos al
Sudueste, camino de las Canarias islas, y el miércoles siguiente, que
se contaron 2 dias de Octubre, llegó á surgir en la isla de la Gran
Canaria, que es la principal de las siete, pero no quiso parar allí, y
por eso, á media noche, tornó á alzar las velas, y el sábado siguiente,
á 5 de Octubre, tomó la isla de la Gomera, donde estuvo dos dias, en
los cuales se proveyó á mucha priesa de algunos ganados, que él, y los
que acá venian, compraban, como becerras, y cabras, y ovejas; y, entre
otros, ciertos de los que venian allí, compraron ocho puercas á 70
maravedís la pieza. Destas ocho puercas se han multiplicado todos los
puercos que, hasta hoy, ha habido y hay en todas estas Indias, que han
sido y son infinitos; metieron gallinas tambien, y esta fué la simiente
de donde, todo lo que hoy hay acá de las cosas de Castilla, ha salido,
lo mismo de las pepitas y simientes de naranjas, limones y cidras,
melones y de toda hortaliza; proveyéronse de agua, y leña, y refrescos
para toda el armada. Allí dió á cada piloto su instruccion cerrada y
sellada, donde se contenia la derrota y camino que habian de hacer
para hasta llegar á la tierra del rey Guacanagarí, donde dejó hecha la
fortaleza y los 39 cristianos. Mandó á los pilotos que en ningun caso
abriesen la dicha instruccion, sino, en caso que el tiempo les forzase
apartarse de su compañía, entónces la abriesen para que supiesen donde
habian de ir; en otra manera nó, porque no queria que nadie supiese
aquellos caminos, porque no acaeciese, por ventura, ser avisado dellos
el rey de Portugal.



CAPÍTULO LXXXIV.


Lúnes, á 7 de Octubre, mandó hacer alzar velas á toda su flota y
armada, pasó la isla del Hierro, que está cerca de la Gomera y es la
postrera de las Canarias; de allí tomó su vía, y caminó más á la parte
austral, que es el primer viaje, cuando vino á descubrir; anduvo, hasta
24 del mismo mes, que sentia que habria andado 450 leguas. Vieron
una golondrina venir á los navíos, y más adelante comenzaron á venir
algunos nublados y aguaceros ó turbiones de agua del cielo; sospechó
que aquella mudanza no debia ser sino haber por allí cerca alguna
tierra, por lo cual mandó quitar algunas velas, y estar sobre el aviso
en la guarda del velar de noche. Domingo, 3 dias de Noviembre, ya que
amaneció, vieron tierra toda la flota, con harto regocijo y alegría de
todos, como si les abrieran los cielos. Esta tierra era una isla, á la
cual puso nombre la Dominica, porque la descubrió dia de domingo; luego
vido otra isla á la mano derecha de la Dominica, luego vieron otra, y
escomenzaron á aparecer muchas. Dando todos infinitas gracias á Dios,
cantan la _Salve regina_, luego, como la suelen cantar en los navíos
cuando navegan, á prima noche; comienzan á salir olores de las flores
de las islas, de que se maravillaban todos; ven infinitos papagayos
verdes, que andan juntos como zorzales en su tiempo, con mucha grita
que siempre van dando. Juzgaban que, desde la Gomera, en veintiun dias
que la Dominica vieron, hasta 750 leguas, ó pocas más, habrian andado.
No pareció haber puerto en la Dominica, por la parte del Levante, y por
esto atravesó el Almirante á otra isla, que fué la segunda á que puso
nombre, y fué Marigalante, porque la nao en que iba el Almirante así
se llamaba. Salió allí en tierra con gente de su nao, y tomó posesion
jurídica por los reyes de Castilla y Leon, ante todos, y autorizóla
con fe de escribano. Partió de allí, otro dia, lúnes, y vido otra
gran isla, y á esta puso nombre Guadalupe, á la cual se llegaron; y,
hallando puerto, surgieron ó echaron anclas, y mandó que fuesen ciertas
barcas á tierra, y ver un poblezuelo que parecia en la costa junto
al mar, donde no hallaron á nadie, porque, como vieron los navíos,
huyeron todos los vecinos dél á los montes. Allí hallaron los primeros
papagayos que llamaban guacamayos, tan grandes como gallos, de muchos
colores, y lo más es colorado, poco azul y blanco; estos nunca chirrían
ni hablan, sino de cuando en cuando dan unos gritos desgraciados,
y solamente se hallan en tierra firme en la costa de Paria, y por
allí adelante. Hallaron en las casas un madero de navío, que llaman
los marineros quodaste, de que todos se maravillaron, y no supieron
imaginar como hobiese allí venido, sino que los vientos y los mares lo
hobiesen allí traido, ó de las islas de Canaria, ó de la Española, de
la nao que allí perdió el Almirante el primer viaje. Mártes, 5 dias del
mes de Noviembre, mandó el Almirante salir dos barcas á tierra para ver
si pudiesen tomar alguna persona, para saber los secretos de la gente
y de la tierra, y para si le diesen nueva que tan léjos estaban de la
isla Española; trujeron dos mancebos, y, por señas, hicieron entender
al Almirante, que no eran de aquella isla, sino de Boriquen, y esta es
la que agora llamamos la isla de Sant Juan; afirmaban, cuanto ellos
podian con manos y ojos, y ménos, mostrar, y con gestos de amargas
ánimas, que los de aquella isla eran caribes, y que los habian preso y
traido de Boriquen para los comer, como lo solian acostumbrar. Tornaron
las barcas por ciertos cristianos que se habian quedado, y hallaron
con ellos seis mujeres que se venian huidas de los caribes, á ellos,
por se escapar. El Almirante, no creyéndolo y por no alterar la gente
de la isla, dió á las indias cuentas, y cascabeles, y espejos y otras
cosas de rescate, y tornólas á enviar á tierra, las cuales los caribes
despojaron de las cosas que les habia dado el Almirante, á vista de los
de las barcas; tornando las barcas por agua, tornaron las mujeres á
huirse con otros dos muchachos y un mozo, y rogaron á los cristianos
que las llevasen á las naos. Dellas se coligió haber por allí otras
muchas islas, y tierra grande que parecian significar á tierra firme,
y nombraban á cada una por su nombre. Preguntóseles tambien por señas
por la isla Española, que en lengua della y de las comarcanas, se
llamaba Haytí, la última sílaba aguda; señalaron á la parte donde
caia, y, aunque el Almirante, por su carta del descubrimiento primero,
entendia y podia ir derecho allá, pero holgóse de óir dellas el paraje
donde le demoraba. Quisiera luego alzar las velas, sino que le dijeron
que Diego Marquez, el veedor, que iba por Capitan de un navío, habia
saltado en tierra con ocho hombres, sin su licencia, y, aún con harta
indiscrecion, ántes que amaneciese, y no era vuelto á los navíos. El
Almirante hobo mucho enojo, y con justa razon; envió luego cuadrillas
de gente para lo buscar, fueron aquel dia y no lo hallaron por la
espesura de los muchos montes; acordó esperarlos todo aquel dia porque
no se perdiesen, y, porque si dejaba el navío, despues no acertase á
ir á la Española. Torna á enviar cuadrillas, cada una con su trompeta,
porque oyesen donde estaban, y tambien tirar espingardas; andando
perdidas aquel dia las cuadrillas, volviéronse, sin hallarlos, á los
navíos. Hacíasele al Almirante cada hora un año, y, con gran pena,
quiso dejarlos, pero al cabo no lo quiso hacer por no desmampararlos
y los indios no los matasen ó padeciesen algun gran desastre; y por
no aventurar el navío y la gente dél, si, por esperarlos, lo dejasen,
mandó que todos los navíos se proveyesen de agua y leña, y los que
quisiesen salir, á se recrear en tierra y lavar su ropa, saliesen, y
determina enviar á Alonso de Hojeda, que iba por Capitan de una de las
carabelas, que con 40 hombres los fuese á buscar, y de camino indagase
lo que habia en la tierra. Díjose que habian hallado almástiga, y
jengibre, y cera, y incienso, y gándalos, y otras cosas aromáticas,
pero hasta agora no se ha sabido que tales cosas haya, ni allí ni en
las otras islas; algodon hallaron mucho, como lo hay en todas estas
islas y en tierra firme, donde es la tierra caliente y no fria. Dijeron
que vieron alcones, y niblíes; milanos hay hartos en todas estas
partes, y garzas, y grajas, palomas, tórtolas y dorales, ansares y
ruiseñores; perdices, dijeron que habian visto, pero estas no se han
hallado, sino solamente en la isla de Cuba. Certificaban que en seis
leguas habian pasado veintiseis rios, muchos dellos hasta la cinta;
bien podia ser uno y pasarle muchas veces, como el rio que se pasa
cuatrocientas veces y más, del Nombre de Dios á Panamá. Finalmente, se
volvieron aquestos sin hallarlos, y ellos, el viernes á 8 de Noviembre,
vinieron y aportaron á los navíos; dijeron, que por los grandes montes
y breñas se perdieron y no acertaron á volverse. El Almirante mandó
prender al Capitan, y á los demas dar alguna pena. Salió el Almirante á
tierra á unas casas que estaban por allí cerca, en las cuales hallaron
mucho algodon hilado y por hilar, y una manera nueva de telares en
que lo tejian, vieron muchas cabezas de hombres colgadas, y restos de
huesos humanos. Debian ser de señores ó personas que ellos amaban,
porque, decir que eran de los que comian, no es cosa probable, la razon
es, porque si ellos comian tantos como dicen algunos, no cupieran en
las casas los huesos y cabezas, y parece, que despues de comidos no
habia para qué guardar las cabezas y huesos por reliquias, si quizá no
fuesen de algunos sus muy capitales enemigos, y todo esto es adevinar.
Las casas, dijeron que eran las de mejor hechura, y más llenas de
comida y cosas necesarias, que se habian visto en las otras partes del
primer viaje.



CAPÍTULO LXXXV.


El domingo siguiente, á 10 dias de Noviembre, mandó levantar las anclas
y dar las velas, y fué costeando la misma isla de Guadalupe, la via
del Norueste, en busca de la Española, y llegó á una isla muy alta, y
nombróla Monserrate, porque parecia que tenia la figura de las peñas
de Monserrate, y de allá descubrió cierta isla muy redonda, tajada por
todas partes, que, sin escalas ó cuerdas hechadas de arriba, parece
que es imposible subir á ella, y por esto púsole nombre Sancta María
la Redonda, á otra llamó Sancta María de la Antigua, que tenia 15 ó 20
leguas de costa; parecian por allí otras muchas islas, hácia la banda
del Norte, muy altas y de grandes arboledas y frescuras; surgió en
una, á la cual llamó Sant Martin, y cuando alzaban las anclas salian
pegados á las uñas dellas pedazos de coral, segun les parecia; no dice
el Almirante si era blanco ó colorado. El jueves, 14 de Noviembre,
surgió en otra isla que llamó Sancta Cruz; mandó allí salir en tierra
gente y que tomasen algunas personas para tomar lengua. Tomaron cuatro
mujeres y dos niños, y á la vuelta con la barca toparon una canoa,
dentro de la cual venian cuatro indios y una india, los cuales, visto
que no podian huir, se comenzaron á defender y la india tambien con
ellos, y tiraron sus flechas y hirieron dos cristianos de los de la
barca, y la mujer pasó con la suya una adarga; embistieron con la
canoa, y trastornáronla, y tomáronlos, y uno dellos, no perdiendo
su arco, nadando tiraba los flechazos tan reciamente, poco ménos,
que si estuviera en tierra. Uno destos vieron que tenia cortado su
instrumento generativo, creian los cristianos que para que engordase
mejor, como capon, y despues comerlo los caribes. Desde allí, andando
el Almirante su viaje para la Española, vido muchas islas juntas que
parecian sin número, á la mayor dellas puso nombre Sancta Ursula, y á
todas las otras las Once mill Vírgenes; llegó de allí á otra grande,
que llamó de Sant Juan Baptista, que ahora llamamos de Sant Juan, y
arriba digimos que llamaban Boriquen los indios, en una bahía della,
al Poniente, donde pescaron todos los navíos diversas especies de
pescados, como sábalos, y sardinas algunas, y, en mucha cantidad,
lizas, porque destas es la mayor abundancia que hay en estas Indias, en
la mar y en los rios. Salieron en tierra algunos cristianos y fueron
á unas casas por muy buen artificio hechas, todas, empero, de paja y
madera, que tenian una plaza, con un camino, desde ella hasta la mar,
muy limpio y seguido, hecho como una calle, y las paredes de cañas
cruzadas ó tejidas, y por lo alto tambien con sus verduras graciosas,
como si fueran parras, ó verjeles de naranjos ó cidros, como los hay
en Valencia ó en Barcelona, y junto á la mar estaba un miradero alto,
donde podian caber diez ó doce personas, de la misma manera bien
labrado; debia ser casa de placer del señor de aquella isla, ó de
aquella parte della. No dice aquí el Almirante que hobiesen visto allí
alguna gente; por ventura, debian de huir cuando los navíos vieron.
El viérnes, á 22 del mismo mes de Noviembre, tomó el Almirante la
primera tierra de la isla Española, que está á la banda del Norte, y
de la postrera de la isla de Sant Juan, obra de 15 leguas, y allí hizo
echar en tierra un indio de los que traia de Castilla, encargándole
que induciese á todos los indios de su tierra, que era la provincia de
Samaná, que estaba de allí cerca, al amor de los cristianos, y contase
la grandeza de los reyes de Castilla y las grandes cosas de aquellos
reinos; él se ofreció de lo hacer, con muy buena voluntad, despues
no se supo deste indio más, creyóse que se debió morir. Prosiguió su
camino el Almirante y viniendo al Cabo, que, cuando el primer viaje lo
descubrió, le puso nombre el cabo del Angel, como arriba en el capítulo
67 se dijo, vinieron á los navíos algunos indios en sus canoas con
comida y otras cosas, para rescatarlas con los cristianos, y, yendo á
surgir á _Monte-Christi_ la flota, salió una barca, hácia tierra, á
un rio que allí parecia; vido muertos dos hombres, el uno mancebo y el
otro viejo, á lo que parecia, y el viejo tenia una soga de esparto,
de las de Castilla, á la garganta, tendidos los brazos y atadas las
manos á un palo como en cruz, pero no cognoscieron que fuesen indios ó
cristianos, de donde el Almirante tomó gran sospecha y pena que fuesen
muertos los 39 cristianos, ó dellos alguna parte. Otro dia, mártes, 26
de Noviembre, tornó á enviar el Almirante por algunas partes algunos
hombres, para saber qué nuevas habia de los de la fortaleza, vinieron
muchos indios á hablar con los cristianos; muy segura y libremente, sin
temor alguno, llegábanse á los cristianos y tocábanles al jubon y á la
camisa diciendo, «jubon, camisa,» mostrando que sabian los nombres de
aquellas cosas; con estas palabras y con no temer los indios aseguróse
algo el Almirante de que no fuesen los de la fortaleza muertos. A la
entrada del puerto de la Navidad surgió con los navíos, miércoles, á
27 de Noviembre; hácia la media noche vino una canoa llena de indios
y llegó á la nao del Almirante y preguntáronles por él, diciendo,
«¡Almirante, Almirante!» respondiéronles que entrasen que allí estaba,
ellos no quisieron hasta que el Almirante se paró al bordo de la
nao, y desque lo cognoscieron, que era harto bien cognoscible por su
autorizada persona, luego entraron en la nao dos dellos, y dánle sendas
carátulas, que llaman guayças, muy bien hechas y con algun oro, como
arriba fué dellas dicho, presentándoselas de parte del rey Guacanagarí
con grandes encomiendas, las que pudieron significar; preguntándoles
el Almirante por los cristianos, que era lo que le dolia, respondieron
que algunos eran muertos de enfermedad, y otros se habian ido la
tierra dentro con sus mujeres y áun con muchas mujeres. Bien sintió
el Almirante que debian ser todos muertos, pero disimuló por entónces
y tornólos á enviar, dándoles un presente de bacinetas de laton que
siempre tuvieron en mucho, y otras menudencias que habian de agradar
al señor Guacanagarí, y tambien á ellos dió cosas conque se fueron
alegres, luego, aquella noche.



CAPÍTULO LXXXVI.


Entróse luego, el jueves, 28 de Noviembre, á la tarde, con toda su
flota, dentro del puerto de la Navidad, acerca de donde habia dejado
hecha la fortaleza, la cual vido toda quemada, de donde recibió
grandísimo pesar y tristeza, viendo cierto argumento de la muerte de
todos los 39 cristianos que en ella habia dejado, y por aquel dia no
pareció persona alguna por todo aquello; otro dia salió en tierra el
Almirante, por la mañana, con grande tristeza y angustia de ver quemada
la fortaleza, y ninguno de los que con tanto placer y contentamiento de
todos habia dejado. Habia algunas cosas de los cristianos, como arcas
quebradas, y bornias, y unos que llaman arambeles, que ponen sobre las
mesas los labradores; no viendo persona ninguna á quien preguntar, el
Almirante, con ciertas barcas entró por un rio arriba, que cerca de
allí estaba, y dejó mandado que limpiasen un pozo que dejó hecho en la
fortaleza, para ver si los cristianos habian escondido allí algun oro,
pero no se halló nada; el Almirante tampoco halló á quien preguntar,
porque los indios todos huian de sus casas. Hallaron, empero, en ellas
vestidos algunos de los cristianos, y dió la vuelta. Hallaron por cerca
de la fortaleza siete ú ocho personas enterradas, y cerca de allí, por
el campo, otras tres, y cognoscieron ser cristianos por estar vestidos,
y parecia haber sido muertos de un mes atras, ó poco más. Andando por
allí buscando escripturas ó otras cosas, de que pudiesen haber lengua
de lo que habia pasado, vino un hermano del rey Guacanagarí, con
algunos indios que ya sabian hablar y entender nuestra lengua algo,
y nombraban por su nombre todos los cristianos que en la fortaleza
quedaron, y tambien por lengua de los indios que traia de Castilla el
Almirante, diéronle nuevas y relacion de todo el desastre. Dijeron
que, luego que el Almirante se partió dellos, comenzaron entre sí á
reñir é tener pendencias, y acuchillarse, y tomar cada uno las mujeres
que queria y el oro que podia haber, y apartarse unos de otros; y que
Pero Gutierrez y Escobedo mataron á un Jacome, y aquellos, con otros
nueve, se habian ido con las mujeres que habian tomado y su hato, á la
tierra de un señor que se llamaba Canabo, que señoreaba las minas (y
creo que está corrupta la letra, que habia de decir Caonabo, señor y
Rey muy esforzado de la Maguana, de quien hay bien que decir abajo),
el cual los mató á todos diez ú once; dijeron más, que, despues de
muchos dias, vino el dicho rey Caonabo con mucha gente á la fortaleza,
donde no habia más de Diego de Arana, el Capitan, y otros cinco que
quisieron permanecer con él para guarda de la fortaleza, porque todos
los demas se habian desparcido por la isla, y de noche puso fuego á
la fortaleza y á las casas donde aquellos estaban, porque no estaban,
por ventura, en la fortaleza, las cuales, huyendo hácia la mar, se
ahogaron. El rey Guacanagarí salió á pelear con él por defender los
cristianos; salió mal herido, de lo que no estaba sano. Esto concordó
todo con la relacion que trajeron otros cristianos, que el Almirante
habia enviado por otra parte á saber nuevas de los 39 cristianos, y
llegaron al pueblo principal de Guacanagarí, el cual vieron que estaba
malo de las heridas susodichas, por lo cual se excusó que no pudo
venir á ver al Almirante y darle cuenta de lo sucedido, despues que
se partió para Castilla; y que la muerte dellos habia sido, porque
luego que el Almirante se fué comenzaron á rifar y á tener discordias
entre sí, tomaban las mujeres á sus maridos y iban á rescatar oro cada
uno por sí. Juntáronse ciertos vizcainos contra los otros, y ansí se
dividieron por la tierra, donde los mataron por sus culpas y malas
obras; y esto es cierto, que si ellos estuvieran juntos estando en
la tierra de Guacanagarí, é so su proteccion, y no exacerbaran los
vecinos, tomándoles sus mujeres, que es con lo que más se injurian y
agravian, como donde quiera, nunca ellos perecieran. Envió á rogar
Guacanagarí al Almirante, con aquellos cristianos, que le fuese á ver
porque él no salia de su casa por aquella indispusicion. El Almirante
fué allá, el cual, con rostro muy triste contó al Almirante todo lo que
dicho es, mostrando sus heridas, y de mucha de su gente que en aquella
defensa habian sido heridos; y bien parecian las heridas ser de las
armas que los indios usaban, que eran las tiraderas, como dardos, con
un hueso de pescado por punta. Pasada la plática hizo un presente al
Almirante de ochocientas cuentas menudas de piedra, que ellos preciaban
mucho y las llamaban cibas, y ciento de oro, y una corona de oro y
tres calabacillas, que llaman hibueras, llenas de granos de oro, que
todo pesaria hasta cuatro marcos, que eran doscientos castellanos
ó pesos de oro; el Almirante dió á Guacanagarí muchas cosas de las
nuestras de Castilla, como cuentas de vidro, y cuchillos, y tijeras,
cascabeles, alfileres, agujas, espejuelos, que valdria todo hasta
cuatro ó cinco reales, y con ello pensaba Guacanagarí que quedaba muy
rico. Quiso acompañar al Almirante á donde tenia su real; hiciéronle
muy gran fiesta, donde se regocijó mucho, admirándose de los caballos,
y de lo que los hombres con ellos hacian. Dice aquí el Almirante, que
entendió allí que uno de los 39, que dejó, habia dicho á los indios y
al mismo Guacanagarí algunas cosas en injuria y derogacion de nuestra
sancta fe, y que le fué necesario rectificarle en ella, y le hizo
traer al cuello una imágen de Nuestra Señora, de plata, que ántes no
habia querido recibir. Dice más aquí el Almirante, que aquel padre
fray Buil, y todos los demas, quisieran que lo prendiera, más no lo
quiso hacer, aunque dice que bien pudiera, considerando que, pues los
cristianos eran muertos, que la prision del rey Guacanagarí, ni los
podia resucitar, ni enviar al Paraíso, si allá no estaban, y dice que
le pareció que aquel Rey debia ser acá como los otros Reyes, entre los
cristianos, que tienen otros Reyes parientes á quien con su prision
injuriara, y que los Reyes lo enviaban á poblar, en lo que tanto habian
gastado, y que sería impedimento para la poblacion, porque le saldrian
de guerra y no dejarle asentar pueblo, y mayormente seria gran estorbo
para la predicacion y conversion á nuestra sancta fe, que era á lo que
principalmente los Reyes lo enviaban. Por manera, que, si era verdad
lo que Guacanagarí decia, hiciérale gran injusticia, y toda la tierra
lo tuviera en odio y rencor con todos los cristianos, teniendo al
Almirante por ingrato del gran bien que habia recibido de aquel Rey,
en el primer viaje, y más en defenderle los cristianos, con riesgo
suyo, como sus heridas lo testificaban, y, finalmente, queria primero
poblar, y que, despues de poblado y hecho en la tierra fuerte, y sabida
la verdad, podria castigarlo si lo hallase culpado, etc. Estas son
las razones que, para no seguir el parecer de los que le aconsejaban
prenderle, dió el Almirante; y fué harta prudencia la suya, más que la
del parecer contrario.



CAPÍTULO LXXXVII.


Antes que pasemos más adelante, porque, por ventura, no habrá otro
lugar donde tan bien convenga ponerse, miéntras el Almirante hacia
esta su segunda navegacion, concertóse entre los reyes de Castilla é
Portugal que hobiese junta de la una parte y de la otra, para tratar
de concierto y dar asiento en lo que destas mares y tierras habia
de quedar por de cada uno de los reinos y de cada uno dellos; segun
impropia y corrupta, y no ménos injustamente se ha acostumbrado á
nombrar, lo que, en la verdad, si habemos de hablar y obrar como
cristianos, no se ha de llamar conquista sino comision y precepto de
la Iglesia y del Vicario de Cristo, que á cada uno destos señores se
les manda y encarga que tengan cargo de convertir las gentes destos
mundos de por acá; otra cosa diferente es la conquista de los infieles
que nos impugnan y angustian cada dia. Así que, el rey de Portugal
envió sus solenes Embajadores, con mucha compañía y autoridad, á los
católicos reyes, que ya eran venidos de Barcelona y estaban en Medina
del Campo, y presentada su embajada y finalmente, dando y tomando,
yendo postas y viniendo posta, de Portugal á Castilla, hobo de haber
fin y concluirse la siguiente determinacion y concierto, entre los
reyes de Castilla D. Fernando y Doña Isabel y el rey D. Juan II de
Portugal. El lugar que eligió para tratarse deste negocio fué la
villa de Simancas, dos leguas y media de Valladolid; allí mandaron ir
los reyes de Castilla á muchas personas que sabian de cosmografía y
astrología, puesto que habia harto pocos entónces en aquellos reinos, y
las personas de la mar que se pudieron haber (no pude saber los nombres
dellas ni quién fueron), y allí envió el rey de Portugal las suyas,
que debian tener, á lo que yo juzgué, más pericia y más experiencia
de aquellas artes, al ménos de las cosas de la mar, que las nuestras.
Ayuntáronse todos en la dicha villa de Simancas, y determinaron y
asentaron, en conformidad, lo siguiente, en 20 dias de Junio, año del
Señor de 1494. Fué el concierto y asiento: «Que si hasta los dichos 20
dias de Junio hobiesen descubierto tierras algunas la gente ó navíos
de los reyes de Castilla, dentro de 250 leguas, de 370 que se habian
señalado, que fuesen y quedasen para el rey de Portugal, y si las
descubriesen dentro de las 120 que restaban de las 370, quedasen para
los reyes de Castilla. Item, fué concierto y asiento, que dentro de
diez meses enviasen cuatro carabelas, una ó dos de cada parte, ó más
ó ménos segun se acordase, las cuales se juntasen en la isla de Gran
Canaria, y en cada una enviasen, de cada una de las partes, pilotos y
astrólogos y marineros, con tanto que sean tantos de una parte como de
otra; y que algunas personas de las dichas vayan, de las de Castilla,
en los navíos de los portogueses, y otras de los portogueses vayan en
los navíos de Castilla, tantos de una parte como de otra. Los cuales
juntamente puedan ver y cognoscer la mar, y los vientos, y los rumbos,
y los grados del sol y del Norte, y señalar las 370 leguas y límites,
segun se pudiese hacer; á lo cual concurran todos juntos, y lleven
los poderes de los Reyes. Y todos los navíos concurran juntamente y
vayan á las islas de cabo Verde, y desde allí tomen su derrota derecha
al Poniente, hasta las dichas 370 leguas, medidas como las dichas
personas acordaren que se deben medir, é allí, donde se acabaren, se
haga el punto é señal que convenga, por grados del sol ó del Norte, ó
por singladuras de leguas, ó como mejor se pudiere concordar; la cual
dicha raya, señalen de polo á polo. Y si caso fuere que la dicha raya
ó límite de polo á polo topare en algunas islas ó tierra firme, que,
al comienzo della ó dellas, se haga alguna señal ó torre donde topare
la dicha raya, é que, en derecho de la tal señal ó torre, se continúen
dende adelante otras señales por la tal isla ó tierra firme en derecha
de la dicha raya, las cuales partan lo que á cada una de las partes
perteneciere della, etc.» Este fué el concierto y asiento que en
Simancas por aquel tiempo se hizo. Y es aquí de considerar la bondad de
los reyes de Castilla y amor de la paz que tuvieron, que, como el Papa
les concediese que todo lo que se contuviese del Occidente y Austro,
despues de pasadas 100 leguas, de las islas de Cabo Verde, por bien de
paz cedieron su derecho á concertarse con lo que se contuviese pasadas
las 370 leguas, con las demas condiciones á que quisieron subiectarse
por su propia voluntad. El traslado de los capítulos de este asiento
enviaron los Reyes al Almirante en los primeros navíos que enviaron,
despues que él partió con los 17 navíos, y quisieran que se hallaran él
ó su hermano en tratar de aquello y asentar los dichos límites ó torre
que se habia de hacer, hecha la línea que habian de imaginar, como
abajo parecerá. Despues muchos años, el tiempo andando, en tiempo del
Emperador D. Cárlos y Rey nuestro señor, se tractó de otra junta que se
hizo en la ciudad de Badajoz, sobre los límites destas Indias, entre
castellanos y portogueses, decirse ha abajo, con el favor de Dios, lo
que en ello supiéremos que decir. Tratando deste asiento la Historia
portoguesa, que refiere la vida del dicho rey D. Juan, y que escribió
el susonombrado autor García de Reesende, en el cap. 166 dice, que
deste asiento y conclusion se hicieron por los Reyes contratos jurados,
y, con gran seguridad corroborados, de que mostraron ambas partes gran
contentamiento, por excusar las diferencias y discordias que ya se
comenzaban á revolver, contrarias de la paz que tenian asentada, y que
cuando volvieron sus Embajadores, por Julio, el rey de Portugal los
recibió con mucha alegría.....[1] Este historiador dice en el siguiente
cap. 167, una cosa que quiero referir aquí, para aviso de los Reyes,
porque es muy notable, y es, que tenia el rey de Portugal tanta parte
en el Consejo de los reyes católicos de Castilla, Rey é Reina, que
ninguna cosa se trataba en él, por secreta é importante que fuese,
que no la supiese luego el rey de Portugal, y por esto, andando en
estos tratos y conciertos, tenia el rey de Portugal muchas postas y
gran industria desta manera: Trataban el Rey y la Reina en su Consejo
lo que convenia tratar y determinarse; algunos traidores del Consejo,
que allí tenia el rey de Portugal bien salariados, avisábanle luego de
todo lo que pasaba; escribia luego el Rey á sus Embajadores, «mañana ó
tal dia os han de decir ó responder el Rey é la Reina tal y tal cosa,
respondereis de mi parte tal y tal cosa, y direis tales palabras;» los
Embajadores, como veian que salia así todo, sin faltar palabra, estaban
espantados, y no ménos el Rey y la Reina miraban en ello, viendo que
los Embajadores daban tan determinadamente respuesta en cosas que
requerian que con su Rey las consultasen. Y tenia esta industria el rey
de Portugal, que enviaba al duque del Infantadgo y á otros Grandes, que
sabia que no le ayudaban ni habian de ayudar, muchas joyas y presentes,
públicamente para hacerlos sospechosos con los Reyes, y á los que tenia
por sí en el Consejo de los Reyes, enviaba muchos dones y dádivas muy
secretas, y pagaba sus salarios; y así no habia cosa que los Reyes
hiciesen que no se lo revelaban. De donde parece cuanta es la maldad de
los infieles consejeros, y como los Reyes viven y gobiernan en mucho
trabajo.



CAPÍTULO LXXXVIII.


Visto por el Almirante que aquella provincia del Marien era tierra muy
baja, y que no le parecia que habia piedra y materiales para hacer
edificios, puesto que tenia muy buenos puertos y buenas aguas, deliberó
de tornar hácia atras la costa arriba, al leste, á buscar un buen
asiento donde provechosamente poblase; y, con este acuerdo, sábado, 7
dias de Diciembre, salió con toda su flota del puerto de la Navidad, y
fué á surgir aquella tarde cerca de unas isletas que están cerca del
_Monte-Christi_, y, otro dia, domingo, sobre el monte, yendo mirando
por la tierra donde Dios le deparase la dispusicion que buscaba para
poblar, pero su intincion, principalmente, iba enderezada al Monte
de Plata, porque se le figuraba, segun él dice, que era tierra más
cercana á la provincia de Cibao, donde, segun el viaje primero habia
entendido, estaban las minas ricas de oro, y quél estimaba ser Cipango,
como arriba se dijo. Fuéronle los vientos muy contrarios despues que
salió del puerto de _Monte-Christi_, que con muy grande trabajo y de
muchos dias, y con toda el armada, se vido en gran pena y conflicto,
porque la gente y los caballos venian todos con grande fatiga; por
estas dificultades, no pudo pasar del puerto de Gracia, en el cual
arriba digimos que habia estado Martin Alonso Pinzon, cuando en el
primer viaje se apartó del Almirante, y que agora se llama el puerto
ó rio de Martin Alonso, y está cinco ó seis leguas del puerto de la
Plata; puesto que dice aquí el Almirante que está once, pero entónces
no se sabia la tierra como agora. Este puerto dice el Almirante ser
singularísimo, y quisiera, diz que, poblar en él, si sintiera que tenia
rio suficiente de agua, ó fuente (y creo que tiene un arroyo pequeño),
ó si supiera la buena tierra y comarca que alrededor tenia, como
despues la supo. Por manera, que hobo de tornar atras tres leguas de
allí, donde sale á la mar un rio grande y hay un buen puerto, aunque
descubierto para el viento Norueste, pero para los demas bueno, donde
acordó saltar en tierra, en un pueblo de indios que allí habia; y vido
por el rio arriba una vega muy graciosa, y que el rio se podia sacar
por acequias que pasasen por dentro del pueblo, y para hacer tambien
en él aceñas y otras comodidades convenientes para edificar. Lo cual
visto, en el nombre de la Sancta Trinidad, dice él, que determinó de
poblar allí, é así mandó luego desembarcar toda la gente, que venia muy
cansada y fatigada y los caballos muy perdidos, bastimentos y todas
las otras cosas de la armada, lo cual todo mandó poner en un llano,
que estaba junto á una peña bien aparejada para edificar en ella su
fortaleza; en este asiento comenzó á fundar un pueblo ó villa que
fué la primera de todas estas Indias, cuyo nombre quiso que fuese la
Isabela, por memoria de la reina Doña Isabel, á quien él singularmente
tenia en gran reverencia, y deseaba más servirla y agradarla que
á otra persona del mundo. Dice aquí el Almirante, que, despues de
haber asentado allí, daba infinitas gracias á Dios, por la buena
dispusicion, que, para la poblacion, por aquel sitio hallaba; y tenia
razon, porque hobo por allí muy buena piedra de cantería, y para hacer
cal, y tierra buena para ladrillo y teja, y todos buenos materiales,
y es tierra fertilísima y graciosísima y bienaventurada. Por este
aparejo dióse grandísima prisa, y puso suma diligencia en edificar
luego casa para los bastimentos y municiones del armada, é iglesia y
hospital, y para su morada una casa fuerte, segun se pudo hacer; y
repartió solares, ordenando sus calles y plaza, y avecindáronse las
personas principales, y manda que cada uno haga su casa como mejor
pudiere; las casas públicas se hicieron de piedra, las demas cada
uno hacia de madera y paja, y como hacerse podia. Mas, como la gente
venia fatigada de tan largo viaje, y no acostumbrado, de la mar, y
luego, mayormente la trabajadora y oficiales mecánicos, fueron puestos
en los grandes trabajos corporales de hacer las obras y edificios
susodichos, y materiales para ellos, y la tierra, de necesidad, por la
distancia tan grande que hay de España hasta aquí, é mudanza de los
aires y diferentísimas regiones, los habia de probar, puesto que ella
en sí es de naturaleza sanísima, como abajo se dirá en los capítulos
90 y 91, á lo cual se llegó la tasa de los bastimentos, que todos se
daban por estrecha órden y medida, como cosa que se traia de España,
y que de los de la tierra, por ser tan diferentes de los nuestros,
mayormente el pan, no habia esperanza que por entónces á ellos se
arrostrase, comenzó la gente, tan de golpe, á caer enferma, y, por el
poco refrigerio que habia para los enfermos, á morir tambien muchos
dellos, que apénas quedaba hombre de los hidalgos y plebeyos, por muy
robusto que fuese, que, de calenturas terribles, enfermo no cayese;
porque á todos era igual, casi, el trabajo, como podrán bien adivinar
todos aquellos que saben qué cosa sea, en especial en estas tierras,
poblar de nuevo, lo cual en aquel tiempo, sin ninguna comparacion, más
que en otro ni en otra parte, fué laborioso. Sobreveníales á sus males
la grande angustia y tristeza que concebian de verse tan alongados
de sus tierras, y tan sin esperanza de haber presto remedio, y verse
defraudados tambien del oro y riquezas que se prometió á sí mismo, al
tiempo que acá determinó pasar, cada uno. No se escapó el Almirante de
caer, como los otros, en la cama, porque como por la mar solian ser sus
trabajos incomparables, mayormente de no dormir, que es lo que más en
aquella arte se requiere que tengan los que llevan oficio de pilotos,
y el Almirante, no sólo llevaba sobre sí cargo de piloto, como quiera
y como los pilotos suelen llevar en las navegaciones, adonde muchas
veces han ido, pero en tal como esta, en aquel tiempo tan nueva y tan
nunca otra tal vista ni oida, y que ninguno la sabia sino él, y por
consiguiente, sobre sus hombros iba el cuidado de toda la flota, y
que todos los otros pilotos habian de llevar, y, sin esto, lo mucho
que ya más le iba que á todos, teniendo suspenso á todo el mundo, que
esperaban como habia de responder la cosa comenzada; que, cierto, no
era ménos, sino ántes más y mayor la obligacion, que de satisfacer á
los reyes de Castilla y á toda la cristiandad, tenia, como mayores
prendas se hobiesen ya metido, así de gastos como de gente, que la del
primer viaje, así que todas estas consideraciones, que pasaban cada
hora por su pensamiento, le compelian á que fuese mártir por la mar;
y, sin duda, sus cuidados, vigilias, solicitud, temores, trabajos y
angustias, no creo que se podrán comparar, de donde necesariamente se
habia de seguir caer en grandes enfermedades, como abajo parecerá.
Y de una cosa me parece que todos los que deste negocio tuvimos y
tenemos noticia, entre todas las demas, nos debiamos más que de otras
maravillar, y cognoscer la infalible providencia de Dios haber tenido
singular modo de proveer aquesta negociacion, conviene á saber, que no
solamente hobiese hecho tan fácil y breve, ansí en lo de la mar, sin
tempestades, como en la clemencia y suavidad y favor de los vientos,
en el primer descubrimiento y viaje, siendo, por la mayor parte, todos
ó cuasi todos, los que despues se han hecho y hacen, tan peligrosos,
impetuosos y llenos de tantos trabajos, como habemos muchas veces en
nos y en otros experimentado, pero que nunca el Almirante, por todo él,
á ida ni á venida, ni en la estada de España, ni agora en esta tornada
de este segundo viaje, hasta que hobo enseñado á todos los demas á
navegar estas mares, y puso en estas tierras la gente que trajo, cuasi
como por arras de los que despues habian de venir á efectuar lo que
Dios tenia determinado, nunca, digo, el Almirante, caudillo y guiador
de aquesta divina hazaña, en todos los peligros y dificultades pasadas
enfermase; y así, creo que es particular cosa esta, de las muchas que
podemos hallar en el descubrimiento de estas Indias, no la menor que
otra digna de profunda consideracion.



CAPÍTULO LXXXIX.

En el cual se tracta como el Almirante envió á un Alonso de Hojeda con
15 hombres á descubrir la tierra, y saber de las minas de Cibao.—Como
recibian los indios á los cristianos con mucha alegría.—Volvió Hojeda
con nuevas de oro.—Alegróse el Almirante y toda la gente.—Como
despachó el Almirante, de los 17, los 12 navíos para Castilla, con la
relacion larga para los Reyes; y á quién envió por Capitan dellos, etc.


Miéntra él ordenaba y entendia en la edificacion de la villa de la
Isabela, porque no se perdiese tiempo ni se gastasen los mantenimientos
en balde, y se supiese alguna nueva de lo que en la tierra habia,
especialmente de su Cipango, informado de los indios que allí en un
pueblo junto vivian, quienes afirmaban estar cerca de allí Cibao,
determinó de enviar descubridores que supiesen lo que todos tanto
deseaban, conviene á saber, las minas del oro, y para este ministerio
eligió á Alonso de Hojeda, de quien arriba en el cap. 84 se hizo
mencion. Con 15 hombres, luego, por el mes de Enero siguiente, mandó el
Almirante que fuese á buscar y saber donde eran las minas de Cibao, y
ver la dispusicion de la tierra, poblaciones y gentes della. Entretanto
que Hojeda iba, entendió tambien el Almirante en despachar con brevedad
los navíos que habian de ir á Castilla, y estos fueron 12 dejando 5,
dos naos grandes y tres carabelas, que dejó consigo, de los 17, para
las necesidades que se ofreciesen, y para ir á descubrir, como abajo se
dirá. Volvió Alonso de Hojeda, á pocos dias, con buenas nuevas que á
todos, en alguna manera, entre sus trabajos y enfermedades, alegraron,
puesto que más quisieran, muchos y los más, y quizá todos, hallarse en
el estado que estaban cuando se embarcaron en Castilla, como ya viesen
que el poder ser ricos de oro iba á la larga, porque no pensaban sino
que, á la costa de la mar, habian de hallar el oro, para hinchir
sus costales, arrollado. Dió relacion Hojeda, que hasta los dos dias
que habia hecho de camino, salido de la Isabela, habia tenido algun
trabajo por ser despoblado, pero que, descendido un puerto, habia
hallado muchas poblaciones á cada legua, y que los señores dellas y
toda la gente los recibian como á ángeles, saliéndolos á recibir, y
aposentándolos, y dándoles de comer de sus manjares, como si fueran
todos sus hermanos. Este puerto es la sierra, que arriba digimos,
fertilísima, que hace la vega por la parte del Norte, la cual toda era
poblada, sino que, por aquella parte por donde fueron, debia ser el
camino despoblado; como quiera que era todo poca distancia, porque no
podian ser obra de ocho ó diez leguas hasta descender la vega abajo,
la cual era, en admirable manera, poblada. Continuó Hojeda su camino,
llegó á la provincia de Cibao en cinco ó seis dias, que está de la
Isabela obra de 15 ó 20 leguas, porque se detenia por los pueblos por
ser tan bien hospedado; llegado á la provincia, que luego comienza,
pasado el rio grande que se llama Yaquí, al cual puso el Almirante Rio
del Oro, cuando vido la boca dél en el puerto del _Monte-Christi_, el
primer viaje, andando por los rios y arroyos della, los vecinos que
en los puertos cercanos estaban y los que consigo por guias llevaban,
en presencia del Hojeda y de los cristianos, cogian y cogieron muchas
muestras de oro, que bastaron para creer y afirmar que era tierra
de mucho oro; como en la verdad lo fué despues, de donde se sacó
innumerable, y de lo más fino que hobo en el mundo, como, si Dios
quiere, abajo se contará más largo. Con esta nueva, todos, como dije,
recibieron un mezclado alegron; pero el Almirante fué el que más dello
gustó, y determinó, despachados los navíos para Castilla, ir á ver la
dicha provincia de Cibao, por los ojos, y dar á todos motivo de creer
lo que viesen y palpasen, como Sancto Tomás. Hecha relacion larga de
la tierra y del estado en que quedaba, y donde habia poblado, para los
Reyes católicos, y enviándoles la muestra del oro que Guacanagarí le
habia presentado, y la que Hojeda habia traido, é informándoles de todo
lo que vido ser necesario, despachó á los 12 navíos dichos, poniendo
por Capitan de todos ellos al susodicho Antonio de Torres, hermano del
ama del príncipe D. Juan, á quien entregó el oro y todos sus despachos.
Hiciéronse á la vela á los 2 dias de Febrero de 1494. Alguno dijo que
envió con estos navíos á un Capitan que se decia Gorbalan pero no es
así, lo cual ví, como está dicho, en una carta del mismo Almirante para
los Reyes, cuyo traslado tuve yo en mi poder escrito de su propia mano.



CAPÍTULO XC.

En el cual se tracta como el Almirante salió por la tierra, con
cierta gente española.—Dejó la gobernacion de la Isabela á su
hermano D. Diego.—Como salió en forma de guerra, y así entraba y
salia en los pueblos para mostrar su potencia y poner miedo en la
gente indiana.—Como se quiso amotinar un contador, Bernal de Pisa,
y hurtar ciertos navíos.—Los recibimientos que hacian los indios al
Almirante y á los cristianos.—De su bondad y simplicidad en la manera
que tenian.—De la hermosura de la vega á que puso nombre la Vega
Real.—Los rios tan grandes y hermosos que habia, y el oro que en ellos
se hallaba, etc.


Partidos los navíos para España, y el Almirante, de su indispusicion y
enfermedad mejorado, acordando de salir á ver la tierra, en especial
la provincia de Cibao, porque, estando enfermos algunos de los
descontentos y trabajados, quisieron hurtar ó tomar por fuerza los
cinco navíos que quedaban, ó algunos dellos, para se volver á España,
cuyo movedor, diz que, habia sido un Bernal de Pisa, Alguacil de corte,
á quien los Reyes habian hecho merced del oficio de Contador de aquesta
isla, puesto quel Almirante, no pudiéndose la rebelion encubrir, hechó
preso al Bernal de Pisa, y mandólo poner en una nao para enviarlo á
Castilla con el proceso de lo que habia ordenado, y á los demas mandó
castigarlos; por esta causa mandó poner toda la municion y artillería,
y cosas más necesarias de la mar de los cuatro navíos, en la nao
_Capitana_, y puso en ellas personas de buen recaudo. Y esta fué la
primera rebelion que en estas Indias fué intentada, aunque luego,
ántes que se perfeccionase, fué apagada. Tambien parece haber sido el
origen de la contradiccion, que el Almirante y sus sucesores siempre
tuvieron, de los que los Reyes proveian en estas tierras por sus
oficiales, los cuales le hicieron, como se verá, grandísimos daños.
Hallóse á este Bernal de Pisa una pesquisa escondida dentro de una
boya, (que es un palo muy grueso que se echa con una cuerda, para que
se sepa donde está el ancla, por si se le rompiere el cable) hecha
contra el Almirante; y no se yo qué podia el Almirante haber cometido
ó agravios hecho en tan pocos dias, que no habia dos meses que en la
tierra estaba. Asimismo de los castigos, que, quizá por esto, hizo en
los que por esta conjuracion halló culpados, comenzó la primera vez
á ser tenido por riguroso juez, y, delante de los Reyes, y cuasi en
todo el reino, por insufrible y cruel infamado; de lo cual yo bien
me acuerdo, y áun ántes que pasase á estas partes ni cognosciese al
Almirante, por tal en Castilla publicarse, y dado que no he visto los
testigos que entónces hizo para certificarlos, pero he leido cartas
suyas escritas á los Reyes, excusándose del rigor de la justicia que
le imponian, de donde colijo que algun testigo debiera en aquellos
de haber ejecutado; y, en la verdad, digno era de gran castigo aquel
delito, siendo el primero y de tan mala y peligrosa especie y así
muy grave, pero como los delincuentes, por gravemente que ofendan,
querrian, del todo de las penas que merecen, escaparse, cuando se
las ejecutan escuéceles, y siempre sus causas justifican y repútanse
por agraviados. Volviendo al propósito, puesto recaudo en los cinco
navios, y dejado cargo de la gobernacion á D. Diego, su hermano,
con personas que en ella le aconsejasen y ayudasen, escogió toda la
más gente y más sana que le pareció que habia de pié y de caballo,
y trabajadores, albañiles y carpinteros, y otros oficiales, con las
herramientas é instrumentos necesarios, así para probar á sacar oro,
como para hacer alguna casa fuerte donde los cristianos se pudiesen
defender si los indios intentasen algo. Salió de la Isabela, con toda
su gente cristiana y con algunos indios del pueblo que habia junto á
la Isabela, miércoles, á 12 de Marzo de 1494 años, y, por poner temor
en la tierra, y mostrar que si algo intentasen eran poderosos para
ofenderlos y dañarlos los cristianos, á la salida de la Isabela, mandó
salir la gente en forma de guerra, con las banderas tendidas, y con sus
trompetas, y, quizá, disparando espingardas, con las cuales quedarian
los indios harto asombrados; y así hacia en cada pueblo al entrar y
al salir, de los que en el camino hallaba. Fué aquel dia tres leguas
de allí á dormir, al pié de un puerto harto áspero, todas de tierra
llana, y porque los caminos, que los indios andaban, eran no más anchos
que los que llamamos sendas, como ellos tengan poco embarazo de ropa
ni de recuas ó carretas para tenerlos anchos, porque no lo son más de
cuanto les caben los pies, mandó el Almirante ir á ciertos hidalgos,
con gente de trabajo, delante, la sierra arriba, que dura obra de dos
tiros buenos de ballesta, que con sus azadas y azadones lo ensanchasen,
y, donde habia árboles, los cortasen y escombrasen, y por esta causa,
puso nombre á aquel puerto, el Puerto de los Hidalgos. Otro dia,
jueves, 13 de Marzo, subido el Puerto de los Hidalgos, vieron la gran
vega, cosa que creo yo, y que creo no engañarme, ser una cosa de las
más admirables cosas del mundo, y más digna, de las cosas mundanas y
temporales, de ser encarecida con todas alabanzas, y por ella ir á
prorumpir en bendiciones é infinitas gracias de aquel Criador della
y de todas las cosas que tantas perfecciones, gracias y hermosura en
ella puso; ella es de 80 leguas, y las 20 ó 30 dellas de una parte y
de otra, de lo alto de aquella sierra, donde el Almirante y la gente
estaban, se descubre; la vista della es tal, tan fresca, tan verde, tan
descombrada, tan pintada, toda tan llena de hermosura, que ansí como
la vieron les pareció que habian llegado á alguna region del Paraíso,
bañados y regalados todos en entrañable y no comparable alegría, y
el Almirante, que todas las cosas más profundamente consideraba, dió
muchas gracias á Dios, y púsole nombre la Vega Real. Cuanto bien
merezca este nombre y otro más digno si en la tierra lo hobiese, y que
pudiese provocar las criaturas á nunca cesar de bendecir al Criador,
despues parecerá cuando habláremos della en la descripcion desta isla.
Descendieron luego la sierra abajo, que dura mucho más que la subida,
con grande regocijo y alegría, y atravesaron la felicísima vega, cinco
leguas que tiene de ancho por allí, pasando por muchas poblaciones,
que, como á venidos del cielo, los recibian hasta que llegaron al
rio grande y graciosísimo que los indios llamaban Yaquí, de tanta
agua y tan poderoso como Ebro, por Tortosa, ó como por Cantillana,
Guadalquivir; al cual llamó el Almirante el Rio de las Cañas, no se
acordando que en el primer viaje lo nombró el Rio del Oro, cuando
estuvo á su boca, que sale á _Monte-Christi_. A la ribera deste rio
durmieron aquella noche todos, muy alegres y placenteros, lavándose
y holgándose en él, y gozando de la vista y amenidad de tan felice y
graciosa tierra y deleitosos aires, mayormente por aquel tiempo, que
era Marzo, porque, aunque hay poca diferencia de un tiempo á otro
en todo el año, en esta isla, como en otros muchos lugares y por la
mayor parte destas Indias, pero aquellos meses desde Setiembre hasta
Mayo, es su vivienda como de Paraiso, segun que, placiendo á Dios, más
largo abajo será dicho. Cuando llegaban y pasaban por los pueblos, los
indios de la Isabela que consigo el Almirante llevaba, entraban en
las casas y tomaban todo lo que bien les parecia, con mucho placer de
los dueños, como si todo fuera de todos, y los de los pueblos adonde
entraban se iban á los cristianos, y les tomaban lo que les agradaba,
creyendo que tambien se debia de usar entre nosotros en Castilla; de
donde parece manifiesto, aunque despues se cognosció y experimentó más
claro en diez mil partes destas Indias, cuanta era la paz, y amor, y
liberalidad, y comunicacion benigna y fraternidad natural que, entre
estas gentes, viviendo sin cognoscimiento del verdadero Dios, habia, y
cuanto aparejo y dispusicion en ellos Dios habia puesto para imbuirlos
en todas las virtudes, mayormente con la católica y cristiana doctrina,
si los cristianos por fin principal lo tomáramos segun debiamos. Así
que, otro dia, jueves, 14 de Marzo, pasado el rio Yaquí, con canoas
y balsas, gente y fardaje, y los caballos por un vado hondo, aunque
no nadando, sino fuera que viniera avenido, legua y media de allí
llegaron á otro gran rio que llamó Rio del Oro, porque, diz que,
hallaron ciertos granos de oro, en él, á la pasada; este rio parece
ser, ó el que llamaban los indios Nicayagua, que está del rio Yaquí,
el grande de atras y entra en él, obra de legua y media, pero este no
es grande, salvo que debia de venir á la sazon, por ventura, avenido.
Con este rio Nicayagua, que por sí es pequeño arroyo, se juntan tres
otros arroyos; el uno Buenicún, que los cristianos, el tiempo andando,
llamaron Rio Seco, el otro Coateniquím, el tercero Cibú, las últimas
sílabas agudas; los cuales fueron riquísimos y del oro más fino, y
estos fueron la principal riqueza de Cibao. Ó por ventura, era otro
muy grande que en lengua de indios se nombraba Mao, que tambien mete
su agua en el grande Yaquí. Este rio es muy gracioso y deleitable, y
tuvo tambien muchas y ricas minas de oro; y más creo que fué Mao que no
Nicayagua, considerando el camino del Puerto de los Hidalgos, por donde
pudo á la Vega Real descender. Pasado, pues, este rio, segun cuenta
el Almirante, con mucha dificultad, porque, cierto, debia de venir
por las avenidas muy crecido, como algunas veces yo lo vide, allende
ser por sí grande, fué á dar á una gran poblacion; de la cual, gran
parte de la gente dió á huir, metiéndose en los más cercanos montes,
como sintió los cristianos, otra parte de la gente quedó en el pueblo
y se metian en sus casas de paja, y atravesaban con toda simplicidad
unas cañuelas á las puertas, como si pusieran algunos carretones con
culebrinas por las troneras de la muralla, haciendo cuenta, que, visto
aquel impedimento de las cañuelas atravesadas, habian de cognoscer
los cristianos que no era voluntad de los dueños que en sus casas
entrasen, y que luego se habian de comedir á no querer entrar. ¿Qué
mayor argumento de su inocencia y buena simplicidad? ¿qué más pudiera
usarse en aquella edad dorada de que tantas maravillas y felicidades
cantan los antiguos auctores, mayormente poetas? pero el Almirante,
mandando que nadie entrase en las casas, y asegurando, en cuanto podia,
los indios, iban perdiendo el temor y salian poco á poco á ver los
cristianos; y porque pasando el rio Yaquí primero, grande, luego están
sierras, debian guiar los indios que llevaba por el rio abajo, porque
es todo llano, entre el rio y la sierra, obra de una legua, y á veces
media, por llevar los cristianos por las poblaciones principales
y grandes. Partió de aquella poblacion y llegó á otro hermoso rio,
que era de tanta frescura, que le puso nombre Rio Verde; y tenia el
suelo y ribera de unas piedras lisas guijeñas, todas redondas ó cuasi
redondas, que lucian, y desta manera son cuasi los rios de Cibao; en
este descansó toda la gente aquella noche. Otro dia, sábado, 15 de
Marzo, entró por algunas poblaciones grandes, y la gente toda dellas,
sin la que se ausentaba, ponian tambien palos atravesados á las puertas
porque no entrase nadie, como en los pueblos pasados; llegaron aquella
noche al pié de un gran puerto que llamó Puerto de Cibao, porque desde
encima dél comienza la provincia de Cibao, por aquella parte, que es
cuasi lo postrero della, porque atras, sobre la mano izquiérda, hácia
el Mediodia, queda la mayor parte, y ellos iban la parte del rio Yaquí
abajo, que tiraba el camino hácia el Norte ó polo Ártico; hicieron allí
noche, porque ya la gente de pié iba fatigada. Estarian 11 leguas de la
descendida del puerto pasado que nombró, por la parte de la subida en
él, cuando salió de la Isabela, de los Hidalgos.



CAPÍTULO XCI.

En el cual se tracta como el Almirante subió á la provincia de Cibao, y
de la etimología della, segun la lengua de los indios; de su hermosura,
puesto que es aspérrima; los admirables y graciosísimos rios que tiene;
los pinos infinitos de que está adornada; de su sanidad, salubérrimas
aguas y aires, y alegría; del grandor della.—De los recibimientos y
servicios que los indios en los pueblos le hacian.—Como en un gracioso
rio y tierra halló minas de oro y de azul, y de cobre, y de ámbar, y
especería.—Edificó una fortaleza.—De unos nidos de aves que hallaron
en las cavas que hicieron, de que el Almirante se admiró, de lo cual
tomó ocasion el auctor de decir como pudieron estar sin podrirse,
y descubre muchos secretos de naturaleza.—Colige argumento de ser
antiguas en estas tierras estas gentes.


Antes que subiese aquel puerto envió á hacer el camino, como mejor
adobarse pudo, para que los caballos pasasen, y desde aquí despachó
ciertas bestias de carga para que tornasen á traer bastimentos de la
Isabela; porque, como la gente no podia comer áun de los bastimentos
de la tierra, gastábase mucho pan y vino, que era lo principal, y
dello era necesario socorrerlos. Domingo, pues, de mañana, 16 de
Marzo, subido el puerto, de donde tornaron á gozar de la graciosísima
vista de la vega, porque se parece desde aquel puerto mejor áun que
del primero, de cada banda sobre 40 leguas, entraron por la tierra de
Cibao, tierra aspérrima, de grandes y aspérrimas sierras, todas de
piedras grandes y chicas, cuan altas son; y bien la llamaron los indios
Cibao, de ciba, que es piedra, cuasi pedregal, ó tierra de muchas
piedras. Sobre la piedra hay nacida una corta hierba, que áun no cubre
las piedras, puesto que en unas partes la hay más que en otras crecida;
tiene toda aquella provincia infinitos rios y arroyos, en todos los
cuales se halla oro; hay en ella pocas arboledas frescas, ántes es
sequísima, comunmente, si no es en los bajos de los rios, salvo que
abunda de infinitos pinos, muy raros y esparcidos y altísimos, que no
llevan piñas, por tal órden por natura compuestos, como si fueran los
aceitunos del Ajarafe de Sevilla, es toda esta provincia sanísima, los
aires suavísimos, y las aguas, sin comparacion, delgadas y dulcísimas.
Dice aquí el Almirante, que sería tan grande como el reino de Portugal
esta provincia, pero yo, que la he andado y sé harto más y mejor que
él, digo que creo ser mayor que tanto y medio que aquel reino. En
cada arroyo que pasaban, hallaban granos de oro chiquitos, porque
comunmente todo el oro de Cibao es menudo, puesto que en algunas partes
y arroyos se han hallado granos crecidos, y uno se halló de 800 pesos
de oro, que son diez y seis libras; y porque, como arriba en el cap.
89 se dijo, habia enviado el Almirante á Alonso de Hojeda, pocos dias
habia, que viese aquella provincia, y la gente della estaba ya avisada
de la venida de los cristianos, y supieron que el Guamiquina de los
cristianos venia (Guamiquina, llamaban al señor grande), por esta
causa, por todos los pueblos que pasaban, salian á recibir al Almirante
y á sus cristianos con grande alegría, trayéndoles presentes de comida
y de lo que tenian, y, en especial, de oro en grano, que habian cogido
despues que tuvieron noticia que aquella era la causa de su venida.
Llegó desta hecha el Almirante hasta distar de la Isabela 18 leguas;
halló y descubrió por allí, segun él dice en una carta que escribió á
los Reyes, muchos mineros de oro, y uno de cobre, y otro de azul fino,
y otro de ámbar, y algunas maneras de especería; destas no sabemos que
haya otras sino la pimienta, que llamaban los indios desta isla axí.
El azul fué poco, y el ámbar tambien, el oro, cierto, ha sido mucho; y
como viese que cuanto más dentro de Cibao entraba, más áspera tierra
y dificilísima de andar, mayormente para los caballos, se le ofrecia,
porque no se pueden encarecer las sierras y altura, y aspereza dellas,
que Cibao tiene, deliberó de hacer por allí donde estaba una casa
fuerte, para que los cristianos tuviesen refugio y señoreasen aquella
tierra de las minas, y escogió un sitio alegrísimo, en un cerro, cuasi
poco ménos que cercado de un admirable y fresquísimo rio, no muy grande
rio; el agua dél parece destilada, el sonido de sus raudales, á los
oidos, suavísimo, la tierra enjuta, desabahada, airosa, que puede
causar toda alegría, llámase Xanique aqueste rio, y de donde se ha
sacado mucho oro, pero está en medio y comarca de muchos rios ricos.
Allí mandó edificar una casa de madera y tapias, muy bien hecha, y,
por la parte que no la cercaba el rio, cercóla de una cava, que, para
contra indios, la casa ó torre era fortísima; al pié del asiento de
esta fortaleza está un llano gracioso, que los indios llaman çabana, en
la cual, algunos años despues de despoblada, hice y tuve yo, viviendo
en otro estado, una heredad ó labranza, y, de un pequeño arroyo que
estaba de cara de la fortaleza y que entraba en el dicho rio Xanique,
hice coger algun oro; este arroyuelo hace á la entrada del rio una
isleta de muy fértil y gruesa tierra, en la cual se hicieron entónces,
de la semilla que aquellos primeros cristianos sembraron, traida de
Castilla, las primeras cebollas de toda esta isla Española. Puso nombre
á esta fortaleza el Almirante, la fortaleza de Sancto Tomás, dando
á entender que la gente, que no creia que en esta isla hobiese oro,
despues que lo vido con los ojos y palpó con sus mesmas manos, habia
creido, como arriba se tocó. De una cosa hobo admiracion el Almirante y
los que con él estaban, conviene á saber, que, abriendo los cimientos
para una fortaleza, y haciendo la cava, cavando hondo bien un estado,
y áun rompiendo á partes alguna peña, hallaron unos nidos de paja,
como si hobiera pocos años que allí hobieran sido puestos, y, como por
huevos, entre ellos, habia tres ó cuatro piedras redondas, casi como
unas naranjas, de la manera que las pudieran haber hecho para pelotas
de lombardas. Bien podia ser que la virtud mineral hobiese convertido
los huevos en aquellas piedras, y ellas, despues, haber crecido, y los
huevos estuviesen dentro dellas, por la misma virtud mineral, conforme
á lo que arriba, en el capítulo 6.º, trujimos de Alberto Magno, puesto
que, segun se puede colegir de Alberto Magno, las piedras no crecen,
porque no viven, pero segun otros, sí; Alberto Magno en el libro I.
cap. 7.º _De Mineralibus_, dice tambien, que en su tiempo en la mar de
Dácia, cerca de la ciudad lubicense, se halló un ramo grande de árbol,
en el cual estaba un nido de picazas, y en él picazas convertidas en
piedras, que declinaban algo á color bermejo, lo que no pudo ser,
segun dice, sino que, con alguna tormenta, las olas derrocaron el
árbol al tiempo que tenia el nido, y cayeron las avecillas chiquitas
en el agua, que no pudieron volar, y despues, por virtud del lugar en
que cayeron, fué todo convertido en piedra; cuenta más, de una fuente
que hay en Gotia, de la cual por virtud se certifica, que todo lo que
en ella cae lo convierte en piedra, en tanto grado, que el emperador
Frederico envió un guante suyo, sellado con su sello, para saber la
verdad, del cual, como estuviese la mitad en el agua, y la mitad del
sello, algunos dias, fué convertida aquella mitad, quedando la otra
mitad cuero, como de ántes se era; y las gotas que caen á la orilla
de aquella fuente se hacen piedras del tamaño de la gota, y ella no
deja de correr. Vémoslo tambien manifiestamente, dice Alberto, en las
altas sierras que perpétuamente tienen nieve, lo cual no podria ser
sino por virtud mineral que abunda en aquellos lugares ó sierras; y
Aristóteles en el libro _De Mineralibus_ dice, que algunas hierbas y
plantas, y algunos animales tambien, se convierten en piedras por la
virtud mineral, que tiene tal fuerza y virtud lapidificativa, conviene
á saber, de convertir aquellas cosas en piedras, y esto dice que acaece
en los lugares pedregosos; y como aquella provincia de Cibao fuese
tan pedregosa, y tuviese y tenga tanta virtud mineral, fácil cosa
era, segun natura, convertir los huevos de aquellos nidos en aquellas
piedras, y despues, como dije, hacerse más grandes, si fuese verdad
que viviesen, ó que las piedras los abrazasen y concluyesen dentro de
sí, y esto parece lo más cierto, por lo que luego se dirá. La razon de
engendrarse las piedras es esta: que como las concavidades, que las
sierras ó montes tienen, sean naturalmente receptivas ó dispuestas
para recibir en sí las aguas, como parece que de las sierras ó montes
altos vemos salir fuentes y exprimir ó producir arroyos, ó caños de
agua, y el agua cause ó haga lodo de la tierra, mayormente cuando la
tierra es gruesa en sí é pegajosa como el barro, por tanto, deste lodo
jugoso, y grueso, y pegajoso, y del calor ó vapor del lugar caliente
que de su naturaleza es congregativo y conservativo del calor, ó que
aquel calor se engendre por el movimiento de los vapores de la tierra,
ó se engendre de los rayos del sol, destas dos cosas del lodo grueso
y pegajoso, y del dicho vapor, son engendradas las piedras; y porque
desto abundan los montes altos ó altas sierras, por eso en ellas se
hallan grandes y muchas piedras, lo cual, cierto, se verifica bien en
las sierras de Cibao. Esto es de Alberto Magno, en el cap. 5.º del
tercero tratado «De las propiedades de los elementos.» Y dice más, que
la señal y argumento de lo dicho es, que algunos miembros ó partes de
animales de agua, como son pescados, y algunos instrumentos de navíos,
así como timon ó gobernario, se han hallado dentro de algunas peñas,
en lo hueco ó entrañas de algunas sierras ó montes, los cuales, sin
duda, dice él, el agua con el lodo grueso y pegajoso allí los puso, y,
por la frialdad y sequedad de la tal piedra ó peña, fueron conservadas
aquellas cosas que no se pudriesen ó corrompiesen; y así pudieron estar
dentro de las piedras los huevos, y si advirtiera el Almirante en esto
y las hiciera quebrar, quizá se halláran dentro. A lo cual ayuda lo
que el filósofo trae en el libro _De propietatibus elementorum_, que
un filósofo, haciendo un pozo en su casa, llegando cavando al barro
muy duro, y ahondando por él, halló un timon ó gobernario de una nao
grande, como si allí se hobiera nacido, sobre lo cual dice Alberto,
que aquello pudo acaecer, ó porque allí lo pusieron siendo entónces
suelo aquel lugar ó la superficie de tierra, y despues, por tiempos,
por causa de terremotos, ó por otra causa, echarse ó caer sobre aquel
suelo mucha tierra, y, por la frialdad della, haber sido allí sin
corromperse conservado, ó que antiguamente hobiese sido aquello mar, y
por alguna causa accidental haberse desviado de allí la mar y quedar
el lugar seco; y testifica él, que en Colonia vido cavar grandísimos
hoyos, y, en lo más hondo dellos, hallarse paramentos con figuras
de gran artificio y hermosura, de los cuales, ninguna duda hay que
antiguamente los hobiesen puesto allí hombres, sino que despues, con
los tiempos, caerse los edificios y sobrevenir mucha tierra, y así,
lo que solia ser la superficie del suelo parecer y estar en hondura
profunda. Por esta razon no son imposibles muchas cosas que se cuentan,
puesto que, á los que no leen y saben estos principios, lo parecen;
como lo que cuenta Fulgoso en el libro I de sus _Coletáneas_, que en el
año de 1072, en los montes ó sierras de Suiza, léjos de la mar, cavando
bien hondo, más de cient brazas, en unas minas de metales hallaron un
navío enterrado con masteles y anclas de hierro, y, dentro del navío,
los huesos de 40 hombres; algunos de los que lo vieron, diz que, decian
que debia de quedar allí aquel navío desde el Diluvio, pero yo no lo
creo, porque áun no se tenia tanta experiencia de navegar en la Edad
del mundo primera. Otros afirmaban, que, anegado el navío, por las
concavidades de la tierra la mar lo debió llevar allí, é despues, por
discurso de luengos tiempos, crecer la tierra, desviándose el agua, y
así quedar seca aquella comarca; y esto parece llegarse á lo susodicho
y tener más color de verdad. Otros cuentan haberse hallado en una
piedra de mármol una piedra preciosa, diamante, labrada y polida, y en
otra, un sapo vivo; todo lo cual se debe reducir á la manera susodicha,
y puede ser todo posible y certísimo. Yo he visto en las mismas minas
de Cibao, á estado y dos estados en hondo de tierra vírgen, en llanos,
al pié de algunos cerros, haber carbones y ceniza, como si hobiera
pocos dias que se hobiera hecho allí fuego, y por la misma razon hemos
de concluir que, en otros tiempos, iba por allí cerca el rio, y en
aquel lugar hicieron fuego, y despues, apartándose más el agua del rio,
amontonóse la tierra sobre él que con las lluvias descendia del cerro,
y porque esto no pudo ser sino por gran discurso de años y antiquísimo
tiempo, por eso es grande argumento que las gentes destas islas y
tierra firme son antiquísimas. Tornando al propósito de los nidos, que
en la cava de la fortaleza de Sancto Tomás halló el Almirante, queda
bien averiguado, por los ejemplos naturales y razonables susodichos,
que pudieron conservarse y no corromperse, aunque de paja eran, por la
frialdad y sequedad de las piedras ó de la tierra. Dejó por Capitan y
Alcaide á un caballero aragonés, y Comendador, que se llamaba D. Pedro
Margarite, persona de mucha estima, y con él 52 hombres; despues envió
más, y estuvieron hasta 300, entre oficiales, para que la fortaleza
se acabase, y otros que la defendiesen. Y, dejada su instruccion y lo
demas ordenado, tornó á tomar el camino para la Isabela, con intincion
de se despachar lo más presto que pudiese para ir á descubrir, como
se dirá; por lo cual, viérnes, 21 de Marzo, se partió, y en el camino
halló la recua, que volvia con los bastimentos por qué habia enviado,
la cual envió á la fortaleza, y porque los rios venian muy grandes con
las avenidas, porque llovia mucho en las sierras, hobo de andar por los
pueblos más despacio de lo que quisiera, y comenzó á comer la gente del
caçabí, ó pan y ajes, y de los otros mantenimientos de los indios, que
los indios les daban de muy buena voluntad, y mandábales dar por ellos
de las contezuelas y otras cosillas de poco valor, que llevaba.



CAPÍTULO XCII.

En el cual se tracta como halló el Almirante la gente cristiana muy
enferma, y muerta mucha della.—Como por hacer molinos y aceñas
compelió á trabajar la gente, y por la tasa de los mantenimientos,
que ya muy pocos habia, comenzó á ser aborrecido, y fué principio de
ir siempre su estado descreciendo y áun no habiendo crecido.—De los
que mucho daño le hicieron fué fray Buil, el legado que arriba se
dijo.—Persuádese no tener hasta entónces el Almirante culpas por qué
lo mereciese.—Dícense muchas angustias que allí los cristianos, de
hambre, padecieron, y como morian cuasi desesperados.—De cierta vision
que se publicó que algunos vieron.—Como vino mensajero de la fortaleza
que un gran señor venia á cercarla.—De lo que el Almirante por remedio
hizo.


Sábado, 29 dias de Marzo, llegó el Almirante á la Isabela, donde halló
toda la gente muy fatigada, porque, de muertos ó enfermos, pocos
se escapaban, y los que del todo estaban sanos, al ménos estaban,
de la poca comida, flacos, y cada hora temian venir al estado de
los otros; y que no vinieran, sólo el dolor y compasion que habian
en ver la mayor parte de todos en tan extrema necesidad y angustia
era cosa triste, llorosa é incurable. Tantos más caian enfermos y
morian, cuanto los mantenimientos eran ménos, y las raciones dellos
más delgadas; estas se adelgazaban más de dia en dia, porque, cuando
los desembarcaron, se hallaron muchos dañados y podridos; la culpa
desto cargaba el Almirante, ó mucha parte della, á la negligencia ó
descuido de los Capitanes de los navíos. Tambien los que restaron,
con la mucha humedad y calor de la tierra, ménos que en Castilla sin
corrupcion se detenian, y porque ya se acababa el bizcocho, y no
tenian harina sino trigo, acordó hacer una presa en el rio grande de
la Isabela para una aceña, y algunos molinos, y dentro de una buena
legua no se hallaba lugar conveniente para ellos; y, porque de la
gente de trabajo y los oficiales mecánicos, los más estaban enfermos y
flacos, y hambrientos, y podian poco, por faltarles las fuerzas, era
necesario que tambien ayudasen los hidalgos y gente del Palacio, ó
de capa prieta, que tambien hambre y miseria padecia, y á los unos y
á los otros se les hacia á par de muerte ir á trabajar con sus manos,
en especial no comiendo; fuéle, pues, necesario al Almirante añadir
al mando violencia, y, á poder de graves penas, constreñir á los unos
y á los otros para que las semejantes obras públicas se hiciesen. De
aquí no podia proceder sino que de todos, chicos y grandes, fuese
aborrecido, de donde hobo principio y orígen ser infamado, ante los
Reyes y en toda España, de cruel y de odioso á los españoles, y de
toda gobernacion indigno, y que siempre fuese descreciendo, ni tuviese
un dia de consuelo en toda la vida, y, finalmente, desta semilla se
le originó su caida; por esta causa debió de indignarse contra él
aquel padre, que, diz que, venia por legado, fray Buil, de la órden
de Sant Benito, ó porque, como hombre perlado y libre, le reprendia
los castigos que en los hombres hacia, ó porque apretaba más la mano,
el Almirante en el repartir de las raciones de los bastimentos, que
debiera, segun al padre fray Buil parecia, ó porque á él y á sus
criados no daba mayores raciones como se las pedian. Y como ya fuese
á todos ó á los más, por las causas susodichas, odioso, en especial
al contador Bernal de Pisa, y así debia ser á los otros oficiales y
caballeros, que más auctoridad en sí mismos presumian que tenian, á
todos los cuales, sobre todo, creo yo que desplacia la tasa de los
bastimentos, como parece por las disculpas que el Almirante á los
Reyes por sus cartas de sí traia, que como muchos le importunaron en
Castilla que los trajese consigo, y ellos trajesen más criados de los
que podian mantener, no dándoles las raciones tantas ó tan largas como
las quisieran, consiguiente cosa era, que los habia en ello, quien
habia de cumplir con tantos, de desabrir. Allegábase otra calidad que
hacia más desfavorable su partido, conviene á saber, ser extranjero y
no tener en Castilla favor, por lo cual, de los españoles, mayormente
de la gente de calidad, que en sí son altivos, como no le amasen, era
en poco estimado; así que todo esto, junto con el descontento del padre
fray Buil, hobo de hacer harto efecto para dañarle, y dende adelante
su favor fuese disminuido. Y verdaderamente, yo, considerando lo que
desto por mí sé, y á lo que á otros de aquellos tiempos he oido, y de
propósito algo inquirido, y lo que la razon que juzguemos nos dicta,
yo no sé qué culpas en tan poco tiempo (porque no habian pasado sino
tres meses, y con tantas dificultades y necesidad involuntaria, y que
sólo el tiempo y la novedad del negocio y de las tierras ofrecia), el
Almirante, contra los españoles que consigo trujo, por entónces hobiese
cometido, para que tanta infamia y desloor con razon incurriese, sino
que fué guiado por oculto divino juicio. Tornando á la infelicidad de
los cristianos que allí estaban, como fuese creciendo de dia en dia
y de hora en hora, y disminuyéndoseles todo el socorro y refrigerio,
no sólo de los manjares que para enfermos y de graves enfermedades
se requerian, porque acaecia purgarse cinco con un huevo de gallina
y con una caldera de cocidos garbanzos, pero los necesarios para no
morir aunque estuvieran sanos, y lo mismo de cura y medicinas, puesto
que algunas habia traido, pero no tantas ni tales que hobiese para
tantos, ni conviniesen á todas complisiones, sobrevenia la carencia de
quien los sirviese, porque ellos mesmos se habian de guisar la comida,
ya que alguna tuviesen, aunque, por falta de la cual, era este su
menor cuidado, y, finalmente, á sí mismos habian de hacer cualquiera
necesario servicio. Y lo que en estos dias, en aquella gente, mas
llorosa y digna de toda compasion hacia su desastrada suerte, fué,
que como se veian, distantísimos de todo remedio y consuelo, morir,
principalmente de hambre y sin quien les diese un jarro de agua, y
cargados de muy penosas dolencias, que más, cierto, la hambre y falta
de refrigerio para enfermos, les causó allí, é siempre (como se dirá
placiendo á Dios), á los que han muerto y enfermado en todas estas
Indias se les ha causado; así que, con todo género de adversidad
afligidos, y que muchos dellos eran nobles y criados en regalos, y que
no se habian visto en angustias semejantes, y, por ventura, que no
habia pasado por ellos en toda su vida un dia malo, por lo cual, la
menor de las penas que padecian, les era intolerable, morian muchos
con grande impaciencia, y á lo que se teme totalmente desperados. Por
esta causa, muchos tiempos, en esta isla Española, se tuvo por muchos
ser cosa averiguada, no osar, sin gran temor y peligro, pasar alguno
por la Isabela, despues de despoblada, porque se publicaba ver y oir de
noche y de dia, los que por allí pasaban ó tenian que hacer, así como
los que iban á montear puercos (que por allí despues hobo muchos), y
otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas voces temerosas
de horrible espanto, por las cuales no osaban tornar por allí. Díjose
tambien públicamente y entre la gente comun, al ménos, se platicaba
y afirmaba, que una vez, yendo de dia un hombre ó dos por aquellos
edificios de la Isabela, en una calle aparecieron dos rengleras, á
manera de dos coros de hombres, que parecian todos como de gente noble
y del Palacio, bien vestidos, ceñidas sus espadas, y rebozados con
tocas de camino, de las que entónces en España se usaban, y estando
admirados aquel ó aquellos, á quien esta vision parecia, como habian
venido allí á aportar gente tan nueva y ataviada, sin haberse sabido en
esta isla dellos nada, saludándolos y preguntándoles cuando y de donde
venian, respondieron callando, solamente, echando mano á los sombreros
para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas
de sus cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron; de la
cual vision y turbacion quedaron los que los vieron cuasi muertos,
y por muchos dias penados y asombrados. Tornando á tomar donde la
historia dejamos, estando en estos principios de sus tribulaciones y
angustias el Almirante, vínole un mensajero de la fortaleza de Sancto
Tomás, enviado por el capitan Mosen Pedro Margarite, avisándoles como
todos los indios de la tierra se huian y desamparaban sus pueblos, y
que un señor de cierta provincia, que se llamaba Caonabo, se apercibia
para venir sobre la fortaleza y matar los cristianos. Oidas estas
nuevas por el Almirante, acordó enviar 70 hombres de los más sanos,
y la recua cargada de bastimentos y armas, y otras cosas necesarias;
los 25 para guarda de la recua, y los restantes para engrosar los que
la fortaleza guardaban, y, de camino, hiciesen camino por otra parte,
porque por el que habian comenzado á ir era muy áspero. Junto con esto
deliberó enviar toda la gente que no estaba enferma, y la que podia
andar, aunque no del todo muy sana, dejando solamente los oficiales
mecánicos, y dióles por Capitan á Alonso de Hojeda, para que los
llevase hasta la fortaleza de Sancto Tomás, y los entregase al dicho
Mosen Pedro Margarite, para que con ella anduviesen por la tierra y la
allanasen, mostrando las fuerzas y poder de los cristianos para que los
indios temiesen y comenzasen á enseñarse á obedecerlos, mayormente por
la Vega Real, donde, dice el Almirante, que habia innumerables gentes,
y muchos Reyes y señores (y así era gran verdad, como se dijo en el
cap. 90), y así tambien andando, se hiciesen los cristianos á comer de
los mantenimientos de la tierra, pues ya todos los de Castilla se iban
acabando, pero el Hojeda quedase por Alcaide de la dicha fortaleza.



CAPÍTULO XCIII.

En el cual se tracta como Alonso de Hojeda salió de la Isabela con 400
hombres, para poner miedo á la gente de la tierra y sojuzgarla.—Como
en llegando á un pueblo, pasado el Rio del Oro, prendió á un
Cacique y señor, y á su hermano y sobrino por una cosa que hizo un
indio.—Como cortó las orejas á un vasallo del mismo Cacique en su
presencia.—Como condenó á muerte á los mismos, Cacique, hermano y
sobrino.—Dánse razones como ya tenian los indios justa guerra contra
los cristianos.—Cuán culpable fué deste hecho el Almirante, y cuan al
revés entró y comenzó en estas tierras del camino de la ley evangélica,
etc.


Miércoles, 9 de Abril del mismo año de 1494, salió de la Isabela Alonso
de Hojeda con la gente, que pasarian de 400 hombres, y, en llegando
que llegó, al rio, y pasado de la otra parte, que el Almirante habia
puesto Rio del Oro, que arriba digimos ser Mao, á lo que conjeturamos,
porque sabemos muy bien aquella tierra, y cuantos y cuales rios tiene,
y como se llamaban en lengua de indios, como, placiendo á Dios, abajo
se nombrarán, prendió Hojeda al Cacique y señor del pueblo que allí
estaba, y á un hermano y sobrino suyo, y presos, en cadenas, los
envió á la Isabela, al Almirante; hizo más, que á un indio ó vasallo
del dicho Cacique y señor, mandó cortar las orejas en medio de la
plaza de su pueblo; la causa de hacer esta obra, diz que, fué porque
viniendo tres cristianos de la dicha fortaleza para la Isabela, el
dicho Cacique les dió cinco indios que les pasasen la ropa por el
vado, y al medio del rio los dejaron, y volviéronse con ella á su
pueblo, y, diz que, el Cacique no los castigó por ello, ántes la ropa
se tomó para sí. Estaba otro pueblo destotra parte del rio, y el
Cacique y señor dél, como vido que llevaban presos á aquel señor, su
vecino, y á su hermano y á su sobrino, quísose ir con ellos á rogar
al Almirante que no los hiciese mal, confiando que habia hecho muy
buenas obras cuando el Almirante pasó, y ántes cuando Hojeda tambien,
y que el Almirante recebiria sus ruegos. Llegados los presos á la
Isabela, y él con ellos, mandó el Almirante que los presos llevasen á
la plaza, y con voz de pregonero, les cortasen las cabezas; ¡hermosa
justicia y sentencia, para comenzar en gente tan nueva á ser amados
los cristianos, para traerlos al cognoscimiento de Dios, prender y
atar á un Rey y señor en su mismo señorío y tierra, y, pared por medio
della, condenarlos á muerte y á su hermano y sobrino, por una cosa
en que, quizá, ninguna culpa tuvieron, y ya que la tuviesen, siendo
tan leve, y habiendo de preceder mil comedimientos y justificaciones
primero! Tambien ¿como se pudo averiguar, prendiéndolos luego como
Hojeda llegó, y no sabiendo cosa ninguna de la lengua, que el Cacique
tuviese la culpa, y su hermano y su sobrino que no fuesen inocentes?
lo mismo fué gentil ejecucion de justicia, la cual hizo en presencia
del mismo Cacique, y en su pueblo y señorío, cortando las orejas al
vasallo ajeno, Hojeda; ¡buenas nuevas cundirian de la mansedumbre y
bondad de los cristianos por toda la tierra! Así que, como vido el otro
Cacique que llevaban al señor, su vecino, y quizá su padre, ó hermano y
pariente, á la muerte, con muchas lágrimas rogaba al Almirante que no
lo hiciese, prometiendo por señas, en cuanto él podia dar á entender,
que nunca más otro tanto se haria; condescendió el Almirante á sus
ruegos y alcanzólos la vida. En esto llegó uno de caballo que venia
de la fortaleza, y dió nueva, como pasando por el pueblo del Cacique
preso, sus vasallos tenian en mucho aprieto cercados, para matar, á
cinco cristianos, y él con su caballo los descercó y le huyeron más
de 400 indios, fué tras ellos é hirió algunos, é yo no dudo sino que
habria otros muertos. Tambien se derramaría por toda la tierra buen
rumor y buena fama de los cristianos, que un poco ántes estimaban haber
descendido del cielo. Esta fué la primera injusticia, con presuncion
vana y errónea de hacer justicia, que se cometió en estas Indias contra
los indios, y el comienzo del derramamiento de sangre, que despues tan
copioso fué en esta isla, como abajo parecerá, placiendo á Dios, y
despues desta en todas las otras infinitas partes dellas. Ya, desde
este dia, ninguna duda se puede tener por hombre que tenga buen seso,
sino que aquel Cacique y su pueblo tenia justo título y derecho para
contra los cristianos mover y sostener justa guerra, y este derecho
comenzaban los indios de aquel pueblo justamente contra los cinco
cristianos á ejercer; pues veian que les habian llevado su Rey é señor
á la Isabela, preso, quisieron, por ventura, prenderlos, porque, por
haberlos el Almirante, creian ser en su señor restituidos. ¿Qué título,
ó qué derecho, ó qué razones tan necesarias que los convenciese, los
podia haber dado el Almirante cuando llegó á su pueblo, en obra de dos
ó tres horas que estuvo en él, mayormente los unos ni los otros no se
entendiendo, para que no creyese el Cacique que le hacia muy buena
obra en dejarle pasar por su tierra, y hacelle, como le hizo, buen
recibimiento, entrando en ella sin pedirle licencia, mayormente siendo
los cristianos gente tan nueva y de su vista primera feroz, y entrando
en modo de armado ejército, y con caballos, animales tan fieros, que en
viéndolos les tiemblan las carnes, creyendo que los habian de sorber?
lo cual, en la verdad, injuria que se les hizo fué, y no hay gente hoy
en el mundo ni la hobo en tónces que por injuria no lo tuviera, y, de
_jure gentium_, resistir y vengar ó castigar por derecho natural no lo
pudiera ó debiera. ¿Y qué, no se estimaría tambien por superior suyo
y de los cristianos que traia, y á quién habia de ocurrir Hojeda que
le hiciera justicia del indio que, del medio del rio, con la ropa de
los cristianos, afirmaba que se les habia vuelto, y no hacerse juez
supremo en tierra y jurisdiccion ajena, y, lo peor y gravísimo que es,
prender al mismo señor y Rey, y estando seguro y pacífico, y en su
señorío y jurisdiccion, casa y tierra, que fué hacer más atroz y feo
el crímen, echarle en cadenas? La razon clara lo muestra, que no se
habia de entrar tan de rondon ni como en su casa en estas tierras, ni
en forma de guerra, y que no habia de salir el Almirante tan presto de
la Isabela, sin primero enviar sus mensajeros por toda la tierra, dando
cuenta de su venida á todos los Reyes y señores della, notificándoles
venir por su bien, convidándolos á que viniesen á verlo, y que para
los ir á ver le diesen licencia, enviándoles dádivas, como áun trajo
en la instruccion y mandado que le dieron los Reyes, y hacer todos
cuantos comedimientos, y tomar todos cuantos medios de paz, y amor, y
dulzura, y para evitar escándalo y turbacion de los pusilos inocentes,
nos enseña y manda la suave ley evangélica, cuyo ministro y mensajero
él era; pero luego entrar poniendo temores y mostrar potencia, y en
forma de guerra, y violar la jurisdiccion y preeminencia que de ley
natural no era suya, sino ajena, paréceme á mí que no fué entrar por
la puerta. No parece, cierto, esta primera entrada, que fué otra sino
como si nó de los hombres, salvo de bestias fieras, estuvieran pobladas
estas tierras; y, verdaderamente, yo no osaria culpar la intincion
del Almirante, por lo mucho que dél conocí, porque, cierto, siempre
la juzgué por buena, pero, como digimos en el cap. 41, el camino que
llevó, y muchas cosas que hizo, dellas, creyendo que acertaba, de su
voluntad, dellas, constreñido por las angustias que le sucedieron,
como, placiendo á Dios, diremos, fué por error grandísimo que tuvo
cerca del derecho. Es aquí mucho de considerar, para que se vea mejor
el principio que siempre llevó este negocio de las Indias, que, como ha
parecido en los capítulos precedentes, el Almirante y sus cristianos,
y despues todos cuantos en todas estas tierras y reinos entraron y
anduvieron, lo primero que trabajaron siempre, como cosa estimada
dellos por principal y necesaria para conseguir sus intentos, fué
arraigar y entrañar en los corazones de todas estas gentes su temor
y miedo, de tal manera que, en oyendo cristianos, las carnes les
extremeciesen; para lo cual, efectuar hicieron cosas hazañosas, nunca
otras tales, ni tantas, vistas ni oidas, ni áun pensadas ni soñadas,
como, Dios queriendo, se verá. Obra muy manifiesta ser contraria y
enemiga de la por donde han de comenzar su camino, y su entrada, y
su negociacion para inducir los infieles á que vengan á la fe, los
que profesan la verdad y la benignidad, la suavidad y mansedumbre
cristiana.



CAPÍTULO XCIV.

 En el cual se tracta como el Almirante determinó de ir á descubrir,
 como los Reyes le habían mucho encargado, cuando volvió el segundo
 viaje.—Como constituyó un Presidente y un Consejo para el regimiento
 desta isla.—Como partió de la Isabela y llegó á Cuba, por la parte
 del Sur.—Llegó á surgir á un puerto.—Vinieron á los navíos muchos
 indios á traer á los cristianos de lo que tenian, estimando que habian
 venido del cielo.—Como desde allí descubrió la isla de Jamáica;
 púsole nombre Santiago.—Salieron muchas canoas de indios, con
 alegría, para los navíos.—En un puerto salieron de guerra, queriendo
 impedir á los cristianos la entrada.—Como lo hacian con razon y
 justicia.—Como los cristianos asaetearon á ciertos indios, y cuan mal
 hecho fué, y como no se habian de ganar por esta via.—Como no se han
 de hacer males por algun fin bueno, aunque salgan dellos bienes.


Porque, como el rey de Portugal vido descubiertas estas Indias, y
hallarse burlado de no haber aceptado la empresa que la fortuna le
habia ofrecido y puesto en sus manos, alegaba que este orbe caia debajo
de su demarcacion y division que la Iglesia, los tiempos pasados,
hecho habia, entre los reyes de Castilla y Portugal (no se cual ella
entónces pudo ser, no teniendo de cosa, que por este mar Océano
hobiese, noticia, más de Guinea), por lo cual pretendia mover pleito,
y áun tenia una armada aparejada para venir acá, como arriba se dijo;
por esta causa, el Rey é la Reina, al tiempo que este segundo viaje
de los 17 navíos para poblar despacharon, al Almirante le mandaron
y encargaron muy mucho, que lo más presto que pudiese trabajase de
se despachar para ir á descubrir, mayormente á la isla de Cuba, que
hasta entónces fué estimada por tierra firme, y descubriese cuanta
más tierra firme ó islas pudiese, porque el rey de Portugal fuese en
tiempo y posesion, y en derecho por consiguiente, prevenido, mayormente
habiendo ya concedido la Sede Apostólica en especie todo este orbe de
las Indias, y puesto límites y demarcacion, ó distribuido este mundo de
por acá, entre ambos reyes de Portugal y de Castilla, segun que arriba
queda en el capítulo 79 escrito. Así que, por cumplir el mando de Sus
Altezas, y ejercitar el apetito é inclinacion que Dios le habia dado, y
para lo que le habia escogido, determinó el Almirante de se despachar
para descubrir, y para dejar la gobernacion de los Españoles ordenada,
y lo demas que tocaba á los indios desta isla, segun la estima y
opinion que dellos, para sujetarlos, tenia. Instituyó un Consejo de
las personas que de mayor prudencia, y ser, y auctoridad le pareció,
entre las cuales puso á su hermano, D. Diego Colon, por Presidente.
Las personas fueron, el dicho padre fray Buil, que se dijo tener poder
del Papa, como su legado, y Pero Hernandez Coronel, Alguacil mayor,
y Alonso Sanchez de Carabajal, Regidor de Baza, y Juan de Luxan,
de los caballeros de Madrid, criado de la Casa real; á estos cinco
encomendó toda la gobernacion, y á Mosen Pedro Margarite, que con la
gente que tenia, que eran, como dije, 400 hombres, anduviese y hollase
y sojuzgase toda la isla, dando á todos sus instrucciones, segun que
por entónces le pareció que, para el servicio de Dios y de Sus Altezas
(como él dice, hablando dello), convenia; el cual, con un navío ó nao
grande y dos carabelas, todos los tres bien aparejados, dejando los
dos en el puerto para las necesidades que se ofreciesen, partió, en
nombre de la Sancta Trinidad, dice él, jueves, 24 de Abril del mismo
año de 1494, despues de comer, la vía del Poniente, y fué al puerto de
_Monte-Christi_ á surgir. Otro dia fué al puerto de la Navidad, donde
dejó los 39 cristianos, tierra del rey Guacanagarí, que tanta humanidad
y buen acogimiento y caridad en el primer viaje, señaladamente en la
pérdida de la nao, le hizo; el cual, con miedo, porque quizá no le
viniese á hacer mal por la muerte de los cristianos, de que no tuvo
culpa, como se dijo arriba, se escondió, puesto que preguntando por
él el Almirante á los indios, sus vasallos, que luego á los navíos
en sus canoas vinieron, fingieron que habia ido cierto camino, y que
luego vernia. Finalmente, no curó de más esperar sino alzó sus velas
el sábado; fué seis leguas de allí á la isla de la Tortuga, en par
de la cual estuvo con calma y mucha mar, que venia del Oriente, y las
corrientes, por el contrario, venian del Occidente, por lo cual toda
la noche estuvo en harto trabajo. El domingo, con viento contrario,
que creo que era Norueste, y con las corrientes que le venian por la
proa, del Occidente, fué forzado tornar á surgir atras en el rio que
en el viaje primero llamó Guadalquivir, de que arriba digimos; llegó
al fin al puerto de Sant Nicolás, martes, 29 dias de Abril. De allí
vido la punta ó cabo de Cuba, que él llamó el primer viaje, cuando la
descubrió, _Alpha et Omega_, y agora se llama la Punta de Bayatiquirí,
en lengua de los indios; atravesó por aquel golfo, entre Cuba y esta
Española, que es de 18 leguas de punta á punta ó de cabo á cabo, y
comienza á costear la isla de Cuba por la parte del Sur ó Austro.
Vido luego una gran bahía y puerto grande, y así lo nombró Puerto
Grande, cuya entrada era muy honda; ternia de boca 150 pasos. Surgió
allí, donde los indios vinieron con canoas á los navios y trajeron
mucho pescado, y de aquellos conejos de la isla, que llamamos arriba,
capítulo 46, guaminiquinajes. Tornó á alzar sus velas, domingo, 1.º de
Mayo, y fué costeando la isla, y vía, cada hora, maravillosos puertos,
cuales los tiene, cierto, aquella isla; vian montañas muy altas y
algunos rios que salian á la mar, y, porque iba muy cerca de tierra,
eran sin número los indios de la isla que venian con sus canoas á los
navíos, creyendo que habian descendido del cielo, trayéndoles del pan
caçabí suyo, y agua, y pescado, y de lo que tenian, ofreciéndoselo á
los cristianos con tanta alegría y regocijo, sin pedir cosa por ello,
como si por cada cosa hobieran de salvar las ánimas, puesto que el
Almirante mandaba que todo se lo pagasen dándoles cuentas de vidro, y
cascabeles, y otras cosas de poco valor, de lo cual iban contentísimos,
pensando que llevaban cosas del cielo. Y porque los indios que llevaba
el Almirante consigo (que era, á lo que yo creo, un Diego Colon, de los
que el viaje primero habia tomado en la isla de Guanahaní y lo habia
llevado á Castilla y vuelto, el cual, despues vivió en esta isla muchos
años conversando con nosotros), hacian mucho caso señalando hácia la
parte donde estaba la isla Jamáica, afirmando que habia mucho oro, (y
creo, cierto, que es la que llamaban el viaje primero Baneque, que
tantas veces la nombraban, puesto que no veo que aquí el Almirante haga
mencion de Baneque), así que, acordó el Almirante dar una vuelta hácia
el Sueste, tomando parte del Sur, sábado, 13 de Mayo, y el domingo,
luego, la vido, y el lúnes llegó á ella y surgió, aunque no en puerto.
Desque la vido, dice el Almirante, que le pareció la más hermosa y
graciosa de cuantas hasta entónces habia descubierto; eran sin número
las canoas grandes y chicas que venian á los navíos. El lúnes procuró
de buscar puerto, yendo la costa abajo, y, como enviase las barcas
para que sondasen (esto es, echar la plomada para ver cuantas brazas
tiene el fondo), las entradas de los puertos, salieron muchas canoas
llenas de gente armada para les defender la tierra, y que en ella no
saltasen; como gente prudente, que, de ley natural, puede defender
su tierra de cualquiera gente no conocida, hasta ver quién es ó qué
es lo que pretende, porque cada una república ó persona particular
puede temer y proveer en el daño que le puede venir, de gente nueva
ó personas que no conoce, como Josepho, con razon pudo decir á sus
hermanos, como á gente de otro reino, extraña y fingiendo que no la
conocia, «vosotros espías debeis de ser deste reino de Egipto para
ver lo mas flaco dél, etc.,» como parece en el Génesis, cap. 42. Por
esta razon se hicieron leyes por los Emperadores, que los romanos no
fuesen osados, aunque fuese con títulos de llevar mercaduría, de ir á
tierra de persas con quien no tenian paz ni que hacer, y la razon de
la ley asignase en ella: «porque no parezca ó se diga que los romanos
son espías ó especuladores de los reinos extraños.» Así lo dice la ley
_Mercatores_, capítulo _De mercatoribus_. Así que, visto por los que
iban en las barcas que los indios venian denodados para los impedir
que no saltasen en tierra, y con armas, tornáronse á los navíos en su
paz. De allí fué á otro puerto, el cual nombró Puerto Bueno, y como
saliesen asimismo los indios con sus armas á resistir la entrada á los
de las barcas, diz que, porque, mostrando temor los cristianos, sería
causa que tuviesen mayor atrevimiento, acordaron de darles tal refriega
de saetadas con las ballestas, que, habiéndoles herido seis ó siete
(y Dios sabe cuantos más serian los heridos y muertos), que tuvieron
por bien de cesar de la resistencia, y vinieron de las comarcas gran
número de canoas llenas de indios á los navíos, pacíficos y humildes.
Este fué otro yerro no chico; cierto, mejor fuera por otras vías
darles á entender como no iban á hacerles mal ni daño, ó por señas,
ó enviándoles de los indios que en los navíos llevaban, como muchas
veces se aseguraron en muchos lugares de Cuba y desta isla Española y
de las de los lucayos, en el primer viaje, como en diversos capítulos
arriba ha parecido, que no matar ni herir, ni quebrar por ninguna
manera con ellos; y cuando no pudieran por todas vías, eran obligados
á irse á otra parte y dejarlos, porque los indios tenian justo título
y justicia para defender su tierra de toda gente, y nunca se ha de
hacer mal alguno, por chico que sea, por fin que del hayan de salir
cuan grandes bienes los hombres pretendieren, cuanto más, que ya se
tenia larga experiencia de la bondad y pacabilidad de los indios, cuan
fáciles eran de aplacar y contentar, dándoles razon ó señales de que no
venian á hacerles algun perjuicio, aunque al principio se ponian, de
puro miedo, en resistir la entrada. Traian aquí de sus bastimentos y de
lo que tenian, y lo daban á los cristianos por cualquiera cosa que les
daban; en este se adobó el navío del Almirante de un agua que hacia por
la quilla. Era este puerto de la forma de una herradura; puso nombre
á esta isla de Jamáica, el Almirante, Santiago. Viernes, 9 de Mayo,
tornó á salir deste puerto, yendo la costa de Jamáica abajo, la vía del
Poniente, yendo tan junto con la costa, que muchas canoas iban con los
navíos dando de sus cosas y recibiendo de las nuestras, con toda paz y
alegría.



CAPÍTULO XCV.

 En el cual se cuenta como el Almirante dejó á Jamáica y tornó sobre la
 isla de Cuba.—De un indio, que, dejados sus parientes, llamando, se
 quiso ir con los cristianos.—Como yendo por la costa de Cuba abajo
 tuvo grandes aguaceros y bajos para encallarle los navíos, donde
 padecieron grandes trabajos y peligros.—Hallaron infinitas islas
 pequeñas; púsoles nombre el Jardin de la Reina.—Vieron unas aves
 coloradas de la manera y hechura de grullas.—Vieron grullas, muchas
 tortugas, y de cierta pesquería dellas.—De la mansedumbre de los
 indios.—Toparon otros indios mansísimos.—Detuvo uno.—Informóle ser
 isla de Cuba, y nuevas que le dió de un Cacique que habla por señas á
 su gente, sin ser mudo.—De otros peligros que por allí padecieron.


Y porque tenia los vientos muy contrarios, que no le dejaron más
costear aquella isla, por esto acordó de dar la vuelta sobre la de
Cuba, y ansí tornóse, mártes, 18 de Mayo, con intincion de andar por
ella 500 ó 600 leguas, hasta experimentar si era isla ó tierra firme.
El dia que dió la vuelta, vino un indio mancebo á los navíos, hablando
por señas que se queria ir con ellos, tras él vinieron muchos parientes
suyos y sus hermanos para rogarle que no fuese con los cristianos,
pero no lo pudieron acabar con él, puesto que con muchas lágrimas
se lo persuadian, ántes se metia en los lugares secretos del navío,
donde no los viese llorar, y finalmente se quedó, y ellos se fueron
desconsolados y tristes. Cierto, es de considerar, que no sin misterio
esta inclinacion le quiso dar Dios para salvarlo por esta vía, porque
es de creer que el Almirante le haria enseñar en las cosas de la fé y
baptizarle, lo que no alcanzara si en su tierra quedara. Partido, pues,
de Jamáica el Almirante con sus navíos, llegó á un Cabo de la isla de
Cuba, que nombró cabo de Cruz, miércoles, 18 de Mayo. Yendo la costa
abajo, tuvo grandes y contínuos aguaceros, con truenos y relámpagos, y
con esta topaba muchos bajos, donde á cada paso temia encallar; estas
dos cosas, concurriendo juntas, le pusieron en grandísimos peligros y
trabajos, porque los remedios de ambas son contrarios, y, habiéndose
de poner juntos, es imposible, sino por casi milagro, salvarse; la
razon es, porque el remedio de los aguaceros, tan impetuosos como
los hay en estas tierras, y de gran peligro, si en muy presto no se
pone, es amainar las velas muy luego, y para no encallar, ó para
despues de encallados salir de los bajos, es añadir á las veces velas;
por manera, que si ambos á dos peligros concurren en un tiempo, es
necesario, en uno dellos, y áun en ambos, perderse, sino por milagro.
Cuanto más andaba la costa abajo, tanto más espesas parecian infinitas
islas bajas, unas todas de arena, otras de arboleda, y muchas que no
sobreaguaban nada; cuanto más estaban más cerca de la isla de Cuba, más
altas, y más verdes, y graciosas parecian. Eran de una legua, y de dos,
y de tres, y de cuatro; este dia vido muchas, y el siguiente muchas más
y más grandes, y porque eran innumerables y no podia á cada una ponerle
nombre, llamólas á todas juntas, el Jardin de la Reina; contáronse
aquesta dia más de 160, de una parte y de otra, digo, de la parte del
Norte, y del Norueste, y del Sudueste, y áun canales por entre ellas,
con hondura, que podian pasar los navíos, de dos brazas, y de tres,
y más. En muchas dellas hallaron unas aves como grullas, coloradas;
estas aves no son grullas, sino de la misma manera y tan grandes como
grullas, excepto que son al principio blancas (digo al principio,
cuando áun no han llegado á cierta edad), y poco á poco se van tornando
coloradas, y cuando comienzan á colorarse no parecen, de un poco léjos,
sino manadas de obejas almagradas; solamente las hay estas aves en
Cuba y en estas isletas, y no se mantienen sino del agua salada y de
alguna cosa que en ella ó con ella hallan, y cuando alguna se toma y
se tiene en casa, no la mantienen sino echándole un poco de caçabí,
que es el pan de los indios, en un tiesto de agua con una escudilla de
sal en ella. Hallaban eso mismo muchas tortugas, tan grandes como una
gran rodela, y poco ménos que una adarga; destas hay infinitas entre
aquellas isletas, de las cuales y de su nacimiento, ó como se crian,
diremos, placiendo á Dios, cuando de la isla de Cuba hablaremos.
Vieron grullas de las mismas de Castilla, y cuervos, y diversas aves
que cantaban suavemente, y de las isletas salian suavísimos olores que
los deleitaban. En una destas isletas vieron una canoa de indios que
estaban pescando, los cuales, viendo á los cristianos que iban en la
barca á ellos, se estuvieron seguros como si vieran á sus hermanos, y
hiciéronles señas que se detuviesen; detuviéronse hasta que pescaron,
y la pesquería era, que toman unos peces que se llaman revesos, que
los mayores serán como una sardina, los cuales tienen en la barriga
una aspereza, con la cual, donde quiera que se pegan, primero que se
despeguen los hacen pedazos; estos ataban de la cola un hilo delgado,
luengo de ciento y doscientas brazas, y váse el pece cuasi por encima
del agua ó poco más bajo, y en llegando que llega adonde están las
tortugas en el agua, pégansele en la concha baja, y tiran del cordel y
traen una tortuga que pesa cuatro y cinco arrobas, y, en fin, allí se
queda el pece pegado, si, como dije, no le despedazan; no sé si quizá
él despues se despegaria por sí, si le dejasen. Lo mismo vemos cuando
se toman tiburones, que son unas bestias crueles, carniceras, que comen
hombres cuando los hallan, que vienen muchos de los peces revesos, que
dije, en las barrigas de los tiburones pegados. Acabada la pesquería,
vinieron los indios á la barca y hicieron los cristianos señas, que
se viniesen con ellos á los navíos, los cuales vinieron de muy buena
gana, y el Almirante les hizo dar de los rescates, y supo dellos
haber adelante, de aquellas isletas, infinitas; daban todo cuanto
tenian liberalísimamente, y así, se tornaron muy alegres. Prosiguió
su camino todavía al Poniente por las islas inmensas que habia, y por
los aguaceros y tormentas de aguas y truenos y relámpagos, cada tarde
hasta el salir de la luna, y con todos los susodichos peligros, con
lo cual pasó grandes trabajos y angustias, que sería dificultoso,
como fueron, decirlas; y, puesto que ponia grandísima diligencia, y
guarda, y vigilias suyas, y de atalayas que ponia en el mastel, muchas
veces tocaba y áun atollaba la nao en que él venia, donde padecian
nuevos trabajos y peligros para sacar la nao, tornando atras, y otras
veces yendo adelante. Llegó a una isla mayor que las otras, la cual
llamó Sancta María, en la cual habia una poblacion, y ninguno de los
indios della osó parar por miedo de los cristianos. Hallaron en ella
mucho pescado, y perros de los mudos que no ladran; vian por todas
las islas muchas manadas de las grullas, muy coloradas, y papagayos y
otras muchas aves. Teniendo falta de agua, dejó de andar por aquellas
isletas, y llegóse á la costa de Cuba, á 3 dias de Junio, donde habia
mucha espesura de árboles, por lo cual no pudieron cognoscer si habia
poblacion alguna; saliendo un marinero con una ballesta, para matar
alguna ave, topó con obra de 30 hombres con sus armas de lanzas y
flechas, y unas como espadas, de forma de una paleta hasta el cabo, y
del cabo hasta la empuñadura se viene ensangostando, no aguda de los
cabos, sino chata; estas son de palma, porque las palmas no tienen las
pencas como las de acá, sino lisas ó rasas, y son tan duras y pesadas,
que de hueso y, cuasi de acero, no pueden ser más: llámanlas macanas.
Dijo aquel marinero, que entre aquellos habia visto un indio con una
túnica blanca vestido, y que hasta los piés le cubria. Dió voces el
marinero á sus compañeros viéndose solo cerca de tantos, los cuales
dieron á huir, como si vieran mil hombres tras ellos; y aunque otro
dia envió el Almirante algunos cristianos para ver si hallaban algo,
y llagaron obra de media legua dentro en la tierra, no pudieron, sino
con trabajo, penetrar, por los montes ser espesos, y mayormente que
habia cienagas que duraban cuasi dos leguas, segun les parecia, hasta
llegar á los cerros y montañas. De allí prosigue al Poniente, y,
andadas 10 leguas con sus navíos, vieron en la costa algunas casas, y
la gente dellas vinieron en sus canoas á los navíos con comida y con
muchas calabazas llenas de agua, todo lo cual mandó el Almirante que se
les pagase, y hizo detener un indio, rogándole á él y á ellos, por la
lengua, que lo tuviesen por bien hasta que les mostrase el camino y le
preguntasen algunas cosas, y que despues le dejarian volver á su casa;
los cuales, aunque con alguna tristeza, mostraron tenerlo por bueno,
pues podian juzgar, que si no quisieran poco les aprovechara. Este
le certificó que Cuba era isla que la mar cercaba, y, segun entendió
el Almirante, que el Rey della, de la costa del Poniente abajo, con
su gente, sino era por señas, no hablaba, pero que luego era hecha
cualquiera cosa que mandase; si el señor que entónces vivía era ó no
era mudo, ó quizá este hablar por señas acostumbraba, esto debe ser
fábula, porque los que primero fuimos á descubrir por dentro de la
tierra y á poblarla de cristianos, desde á quince á diez ó seis años,
nunca tal cosa ni nueva de ella hallamos. Andando ansí, entran los
navíos en un banco de arena que ternia una braza de agua, y de longura
tanto trecho como dos navíos, donde se vieron en grande angustia
y trabajo, tanto, que para pasarlos á una canal honda, tuvieron
necesidad de armar con mucha dificultad todos los cabrestantes. Vieron
innumerables tortugas muy grandes, que parecia dellas estar la mar
cuajada; sobrevino una nubada de cuervos marinos, que cubrian la lumbre
del sol, venian de hácia la mar, y daban consigo en tierra de Cuba; lo
mismo pasaban innumerables palomas y gaviotas, y, de diversas especies,
muchas aves. Otro dia vinieron á los navíos tan espesas las mariposas,
que parecian espesar el aire; duraron hasta la noche y las disipó un
gran aguacero de agua.



CAPÍTULO XCVI.

 En el cual se tracta como determinó el Almirante dar la vuelta para
 la Española.—De las leguas que descubrió de Cuba.—Que halló por las
 reglas de la Astronomía, como se halló de Cáliz tantas otras por la
 esfera.—Encalló con los navíos, padeció grandes angustias.—Del olor
 de estoraque que sintieron.—De un indio viejo que vino á hablar al
 Almirante, y de un teológico razonamiento que le hizo cerca de la otra
 vida; cosa es muy notable, aunque breve, por ser dicha por un indio.


Como supo el Almirante por aquel indio, que duraban por aquella costa
tanta infinidad de islas, y que tantos peligros y daños cada hora se le
ofrecian, y tambien que los mantenimientos se le iban acabando, acordó
de dar la vuelta por la Española y visitar la gente, y proseguir la
villa de la Isabela, que dejó al mejor tiempo comenzada y no acabada,
de lo cual tenia noches y dias intenso cuidado; para proveerse de
agua, y de lo que pudiese haber de comida, fuése á una isla de hasta
30 leguas en torno, á la cual habia puesto el Evangelista, y dice el
Almirante, que distaba de la isla de la Dominica, al pié de 700 leguas.
Esta isla del Evangelista creo que es la isla que despues llamamos,
y hoy se llama, la isla de Pinos, que está cuasi frontero Norte-sur
del principio de la Habana, y terná de luengo 20 leguas, porque, por
toda la costa de la mar del Sur de Cuba, no hay isla sino aquella que
sea tan grande, por manera, que poco le quedaba de descubrir del cabo
de Cuba, al Almirante; quedar le habian obra de 35 ó 36 leguas por
navegar hasta el cabo de Cuba. Esto tambien parece, por lo que dice el
Almirante, en la relacion que deste descubrimiento de Cuba envió á los
Reyes, que navegó y descubrió della 333 leguas, y midiendo su viaje
por las reglas de la Astronomía, dice: «que desde el cabo de Cuba que
se ve con la Española, que llamó Fin de Oriente, y por otro nombre
_Alpha et Omega_, navegó hácia el Poniente, de la parte del Austro,
hasta haber pasado el término de diez horas en la esfera, en manera
que, estando él allí, cuando se le ponia el sol á él, se levantaba á
los que vivian en Cáliz, en España, desde á dos horas, y dice que no
pudo haber yerro alguno, porque hobo entónces eclipse de la luna, á
14 de Setiembre, y que él estaba bien apercibido de instrumentos, y
fué muy claro el cielo aquella noche.» Todas estas son sus palabras.
Tornando al propósito, viernes, 13 de Junio, dió la vuelta por la
vía del Sur ó del Austro, por salir de aquella espesura de islas,
y saliendo por una canal que le pareció más honda y desembarazada,
navegando por ella un poco del dia, hallaron la canal cerrada y los
navíos, de islas y tierras, como en un corral, todos cercados; la gente
toda quedó muy turbada y desmayada, viéndose en tanto peligro y con
falta de bastimentos: bien es de creer que su miedo y angustia era muy
grande, y la del Almirante mucho más que doblada. Confortóles á todos
con las mejores palabras que pudo, y con harto trabajo tornaron á salir
por donde entraron, y fueron á parar á la isla del Evangelista, donde
habia reparádose de agua. Miércoles, 25 de Junio, partió della por
la vía del Norueste, por ver unas isletas, que parecian de allí obra
de cinco leguas, y, un poco más adelante, dieron en una mar manchada
de verde y blanco, que parecia todo bajos, aunque habia de hondo dos
brazas; desde á siete leguas, dan consigo en otra mar muy blanca,
que aína les parecia ser toda cuajada; de allí á siete leguas, topan
otra prieta como tinta, en que habia cinco brazas de fondo; por esta
anduvo hasta que se llegó á Cuba. Todas estas diferencias de mar eran
á los marineros grande espanto, como cosas que nunca habian visto ni
experimentado, y por tanto, en cada una temian ser perdidos y anegados.
Salió de Cuba la vía del Leste con vientos escasos, por canales, y
todas llenas de bajos, y, estando escribiendo, como solia, todo lo
que le acaecia en su viaje, á 30 de Junio, encalló su nao, la cual,
no pudiéndola sacar con anclas y cables por popa, sacáronla por proa,
y, por los golpes que dió en el arena, con harto daño; de allí, no
llevando vía ordenada, sino segun los bajos y ranales y tambien el
viento le daban lugar, navegaba todavía por la mar muy blanca, y, sobre
todos aquellos reveses é inconvenientes, cada dia eran visitados al
poner el sol de aguaceros terribles que los fatigaban. Con todo esto
el Almirante andaba muy penado y angustiado; llegóse á la tierra de
Cuba, por donde aquel camino hácia el Oriente habia comenzado, donde
sintieron unos suavísimos olores como los habian sentido de ántes, y,
cierto, estos olores mucho más se sienten y gozan en aquella isla que
en ninguna destas otras, y creíamos que debia haber por ella, como sea
muy montuosa, árboles de estoraque, porque ansí nos parecia olerlos,
cuando en el descubrimiento della andábamos, cuasi todas las mañanas,
y era de los palos ó leña que los indios quemaban. En 7 de Julio,
salió el Almirante á tierra por oir Misa, y estándola oyendo, llegó un
Cacique ó señor viejo, que parecia ser señor de toda aquella tierra ó
provincia, el cual, mirando todos aquellos actos y ceremonias que el
sacerdote hacia, y las señales de adoracion, y reverencia, y humildad
que los cristianos mostraban, viendo dar la paz al Almirante y las
reverencias por los que le servian, y tambien por la auctoridad de
su persona, conoció que debia ser aquel la persona á quien los demas
obedecian, y ofreciéndole una calabaza de las que llaman hibueras por
aquellas islas, que sirven de escudillas, llena de cierta fruta de
la tierra, asentóse cabe el Almirante en coclillas, porque así era
la manera de asentar cuando no tenian los duhos, que eran unas bajas
sillas, y comenzó á hacer este razonamiento: «Tú has venido con gran
poder á estas tierras que nunca tú ántes viste, y, con tu venida, en
todos los pueblos y gentes dellas has puesto gran temor, hágote saber,
que, segun lo que acá sentimos, dos lugares hay en la otra vida donde
van las ánimas de los cuerpos salidas, uno malo y lleno de tinieblas,
guardado para los que turban y hacen mal al linaje de los hombres; otro
lugar es alegre y bueno, donde se han de aposentar los que, miéntras
acá vivieren, aman la paz y quietud de las gentes, y por tanto, si tú
sientes que has de morir, y que á cada uno, segun lo que acá hiciere
acullá le debe de responder el premio, no harás mal ni daño á quien
contra tí mal ó daño no cometiere; y esto que aquí habeis hecho es
muy bueno, porque me parece que es manera de dar gracias á Dios:»
añidió, diz que, tambien como habia estado en la isla Española, y en
la de Jamáica, y que habia ido la isla abajo de Cuba, y que el señor
de aquella parte andaba como sacerdote vestido. Todo esto entendió
el Almirante, segun le pudieron interpretar los indios que desta
isla llevaba, mayormente Diego Colon, que habia llevado y tornado de
Castilla. Maravillado el Almirante de tan prudente oracion del indio
viejo, más alta, cierto, que la pudiera orar un filósofo gentil, sin
fe, muy estudioso en filosofía, respondióle, que de muchos dias atras
tenia, lo que habia dicho, bien entendido, conviene á saber, las ánimas
vivir para siempre despues desta vida, y las malas ir á mal lugar, que
se llamaba infierno, y las buenas á bueno, que los cristianos nombraban
Paraíso, y que se holgaba mucho haber sabido que él y la gente de
aquella tierra tenian de las cosas del otro siglo tan buena noticia, lo
que ántes él no creia, y que le hacia saber que él era enviado por unos
Reyes grandes, ricos y poderosos, sus señores, que eran señores de los
reinos de Castilla, para buscar y saber de aquellas tierras, no para
otro fin, sino para saber si algunos hobiese que hiciesen mal á otros,
como habia oido decir que habia por estas mares algunas gentes que
llaman caníbales ó caribes, que á otros mal hacian, para los refrenar
é impedir que no lo hiciesen, y á los buenos honrarlos y defenderlos,
y trabajar que todos viviesen, sin perjuicio de otros, pacíficos.
Rescibió las palabras del Almirante, el prudente viejo, con lágrimas y
mucha alegría, afirmando, que si no tuviera mujer y hijos se fuera con
él á Castilla, y recibidas del Almirante algunas cosillas de rescates,
hincábase de rodillas, haciendo meneos de grande admiracion, repitiendo
muchas veces si era cielo ó si era tierra el lugar donde aquellos tales
hombres nascian; todo esto en sentencia saqué, de lo que escribe D.
Hernando Colon, hijo del dicho primer Almirante, y de las Décadas de
Pedro Mártir, que lo dice más largo que D. Hernando, porque en aquel
tiempo don Hernando era muy niño, y Pedro Mártir lo pudo muy bien
saber del mismo Almirante, como supo mucho de lo que escribió, porque
entónces Pedro Mártir residia en la corte, y era de los Reyes bien
favorecido. No es de maravillar que aquel viejo dijese al Almirante
tales cosas de la otra vida, porque comunmente todos los indios destas
Indias tienen opinion de las almas no morir, mayormente aquellos de
Cuba, de quien en su lugar, placiendo á Dios, diremos cosas de notar de
las opiniones que tenian.



CAPÍTULO XCVII[2].


Arriba hemos apuntado y dicho, algunas veces, los incomparables
trabajos que el Almirante padeció en estos descubrimientos, y despues,
cuando pensaba que habia servido y que podia descansar en la tierra
ó en alguna parte ó rincon de los reinos que habia descubierto,
muy mayores angustias y tormentos de espíritu, como se verá, se le
ofrecieron; de tal manera, que en toda su vida fué como un luengo
martirio. De donde los hombres, si quisieren, cognoscerán, cuan poco
fruto y cuan poco descanso se halla, y, puesto que alguno parezca
hallarse, cuan poco dura el placer dél en estos bienes terrenos,
mundanos y temporales, si dentro del espíritu no se negocia y conversa
el ánima con Dios; y porque aún restaban al Almirante otros pocos de
más amargos peligrosos trabajos, ántes que llegase á la Española,
donde pensaba un poquillo descansar, contaremos agora lo que, más que
lo pasado, duro y angustioso le sucedió. Salido de aquel lugar donde
aquel indio viejo le habló, parecia que todos los vientos y aguas se
habian concordado para le fatigar y añadir angustias sobre angustias,
penas sobre penas, y sobresaltos á sobresaltos, porque no tuviese
tiempo ni sazon para poder resollar; entre muchos que padeció, vino
sobre él un tan súpito y tan horrible y peligroso aguacero, que le hizo
poner el bordo debajo del agua, y, con gran dificultad y que pareció
sólo socorro de Dios, poder amainar las velas, y, juntamente, con las
más pesadas anclas surgir. Entrábales mucha agua por el plan, que es
lo más bajo de la nao, que acrecentaba sus peligros, y apénas los
marineros podian vencerla con la bomba, porque, allende que andaban
todos muy cansados de los continuos trabajos, faltábales la comida,
que no comian sino una libra de podrido bizcocho, y un cuartillo de
vino, ó de su brebaje, sino era cuando algun pescado acaso tomaban;
esta era necesidad grande que padecian, y muy mayor la del Almirante,
sobre quien la de los otros y la suya cargaba. Desta, dice él mismo
en lo que escribió á los Reyes, desta navegacion, estas palabras:
«Yo estoy tambien á la mesma razon, plega á Nuestro Señor que sea
para su servicio, porque, por lo que á mí toca, no me pornia más á
tantas penas é peligros, que no hay dia que no vea que llegamos todos
á dar por tragada nuestra muerte.» Con estos peligros y aflicciones
continuas llegó al Cabo que llamó al principio cabo de Cruz, á 18 de
Julio, adonde los indios le hicieron muy buen recibimiento y luego
le trujeron de su pan caçabí, y pescado, y frutas de la tierra y de
todo lo que tenian, con grande alegría y placer, donde holgaron y
descansaron dos ó tres dias. Y, mártes, 22 de Julio, aunque siempre con
vientos contrarios, que no le dejaron volver su camino derecho para la
Española, dió la vuelta sobre la isla de Jamáica; siguió la costa della
por el Occidente abajo, y, yendo mirando y alabando á Dios todos de
ver tanta frescura, y tan hermosa y felice tierra, vian toda la costa
y tierra llena de pueblos y los puertos bonísimos, de legua á legua;
seguian los navíos infinitos indios con sus canoas, trayéndoles y
sirviéndoles con muchas cosas de comer, como si fueran todos sus padres
y ellos hijos. Dice el Almirante, que juzgaba la gente ser muy mejores
aquellos mantenimientos que cuantos hasta allí habian visto, pero cada
tarde les sucedian los sobresaltos y penas de los aguaceros. Echábalo
el Almirante á las muchas arboledas, y no hay duda dello; y dice, que
á los principios así acaecia en las islas de Canaria, y de la Madera,
y de los Azores, pero despues que fueron desmontadas y las humidades
enjutas y consumidas, cesaron en mucha parte los aguaceros, y desto,
en esta isla Española, tenemos larga experiencia. Encarecidamente
loaba el Almirante la hermosura, y fertilidad, y frutas, y lo demas
que traian los indios para comer, y la muchedumbre de pueblos de
la isla de Jamáica, diciendo que ninguna otra se le igualaba de las
que hasta entónces habia visto. Vido una bahía muy hermosa con siete
isletas á la ribera de la mar, y que tenia la isla tierra altísima,
que le parecia que excedia la media region del aire, donde se congelan
las impresiones; toda la tierra muy poblada por todas partes. Juzgaba
que bojaba 800 millas, pero despues que la vido bien, á otro viaje,
declaró que ternía de largo 50 leguas y de ancho 20; mucho quisiera
descubrirla y verla más, segun le parecia tan bien, sino por la falta
de bastimentos y la mucha agua que los navíos hacian. Hízole buen
tiempo y volvió hacia el leste, camino desta isla Española, mártes,
19 de Agosto, y la postrera tierra della, que fué un Cabo que se mira
con esta isla, le puso nombre el cabo del Farol; y miércoles, 20 de
Agosto, vido el cabo ó punta occidental desta isla Española, al cual
puso nombre cabo de Sant Miguel, que agora se llama el cabo ó punta del
Tiburon, dista de la punta oriental de Jamáica 25 ó 30 leguas. Sábado,
23 de Agosto, vino á los navíos un señor ó Cacique de aquella tierra,
nombrando «Almirante, Almirante,» y otras palabras, de donde coligió el
Almirante que aquella tierra que llamó cabo de Sant Miguel debia ser
toda una con esta isla, porque hasta entónces no sabia que fuese esta
isla Española. En fin deste mes de Agosto fué á surgir á una isleta
que está junto á esta isla, que parece desde la mar como vela, porque
es alta, y llamóla el Almirante Alto Velo, y dista de la isleta Beata,
que así se llama, 12 leguas; mandó subir en lo alto de aquella isleta
para descubrir los otros dos navíos que se le habian perdido de vista,
y volviéndose los marineros á embarcar, mataron ocho lobos marinos que
dormian en el arena descuidados, y muchas aves, porque no huian de la
gente por no estar poblada, y así esperaban que las tomasen ó matasen;
esperó allí á los otros dos navíos, los cuales, á cabo de seis dias,
vinieron, y todos juntos, los navíos, fueron á la Beata, isleta, y de
allí, costeando, pasaron hasta llegar á una ribera que tenia una muy
hermosa vega toda llena de pueblos, y tan espesos que parecian todos
ser uno, y esta tierra debia ser la que agora llaman de Cathalina, por
una Cacica ó señora, que despues cognoscieron los cristianos, señora
de aquella tierra; y es tierra hermosísima. Vinieron los indios de por
allí en sus canoas, y dijeron que habian venido allí de los cristianos
de la Isabela y que todos estaban buenos, de lo cual el Almirante
recibió gran gozo y consolacion. Pasado del paraje del rio Hayna, que
está tres leguas de Sancto Domingo, y por ventura fué allí cerca, mandó
echar nueve hombres en tierra que atravesasen á la Isabela, que está
derechamente de aquella costa Norte-sur, para que diesen nuevas de
como venia bueno y de su compañía; de allí pasó adelante, todavía por
el camino del leste ó Oriente, y parecia por allí una gran poblacion
hácia la cual envió las barcas, por agua, y salieron los indios contra
los cristianos en sus canoas, con arcos y flechas herboladas con hierba
ponzoñosa, traian tambien unas cuerdas, haciendo ademanes que los
habian de atar con ellas, y por esto creo, cierto, que esta tierra era
la provincia de Higuey, porque la gente della era más belicosa, y tenia
de la dicha hierba, y tambien por la distancia que habia andado y el
paraje donde estaba; pero llegadas las barcas á tierra, dejaron los
indios todas las armas, y vinieron muy pacíficos á traer agua y pan, y
todo lo que tenian; preguntando que si venia allí el Almirante. Es de
creer que salieron con armas creyendo que fuese otra gente extraña y no
cristianos, pero, despues de cognoscido que era el Almirante y gente
suya, tornaron á obras de paz y amistad.



CAPÍTULO XCVIII.


De allí pasaron adelante la costa del leste arriba, y ocurrióles, segun
dice el Almirante, un pece admirable, tan grande como una ballena
mediana; tenia en el pescuezo una concha grande como una de tortuga,
que es poco ménos, como arriba se dijo, que un adarga; la cabeza dél,
y que tenia de fuera, era tan disforme, que poco ménos grande era que
una pipa ó bota, la cola como de atun y muy crecida, y con dos alas muy
grandes á los costados. Cognosció el Almirante por aparecer este pece
y por otras señales del cielo, que el tiempo queria hacer mudanza, por
lo cual, trabajó de buscar algun puerto para surgir y estar seguro si
tormenta se recreciese, y plugo á Dios que alcanzó á tomar una isleta
que los indios llamaban Adamaney, que agora llamamos la Saona, el cual
nombre creo que le puso el mismo Almirante ó su hermano el Adelantado.
Esta isleta hace un estrecho de obra de una legua, ó poco más, entre
ella y esta isla Española, y paréceme, si no me he olvidado, que durará
en luengo este estrecho dos leguas, porque he estado yo en él, aunque
há muchos años; allí entró, ya con recia tormenta, él sólo y surgió,
á 15 de Setiembre; los otros dos navíos no pudieron entrar, y por
eso pasaron harto peligro y trabajo. Aquella noche vido el Almirante
eclipse de la luna, y afirma que hobo diferencia desde allí hasta
Cáliz cinco horas y veintitres minutos, por lo cual, decia que duró
tanto el temporal recio ó la tormenta dicha; estuvo en aquel puerto,
por la tormenta, siete ó ocho dias, dentro de los cuales entraron los
otros dos navíos, y, á 24 de Setiembre, partieron juntos y llegaron al
cabo desta isla Española que agora se llama el cabo del Engaño, y el
Almirante en su primer viaje le puso nombre el cabo de Sant Rafael,
como arriba se dijo. De allí llegaron á una isleta que está cerca
desta isla diez leguas, y ocho de la isla de Sant Juan, que llamaban
los indios, á lo que yo creo, la Mona, y así se llama hoy la isla
de la Mona; ó quizá le puso el Almirante aquel nombre Mona, por una
isla que está cerca de Inglaterra, que tiene el mismo nombre, de la
cual hace mencion Cornelio Tácito, libro XIV, página 320, _et in Vita
Agricolæ_, página 693. Será de hasta seis leguas en circuitu; es toda
peñas, y en las peñas tiene unos hoyos con tierra bermeja, y en estos
hoyos se hacen las raíces de yuca y ajes, de que se hace el pan caçabí,
tan gruesas, que cuan grande y capaz es el hoyo tan grande es el aje
ó la yuca, por manera, que, partido por medio, acaece ser la mitad ó
poco más, carga de un indio. Hácense tambien los melones de España tan
grandes como botijas de las de media arroba de aceite, y finísimos;
cierto, son cosa de ver y mejores de gustar. De donde parece que es
grande la humidad que causan aquellas peñas que tienen cercada aquella
tierra colorada, y por consiguiente, que la hacen ser tan fértil; desto
digimos arriba cap. 98, hablando de la provincia de Higuey.



CAPÍTULO XCIX.


Dice el Almirante en una carta que escribió á los Reyes, que traia
propósito deste viaje ir á las islas de los caníbales para las
destruir, pero como habian sido tan grandes y tan contínuos los
trabajos y vigilias, de noche y de dia sin una hora de descanso, que
habia padecido en este descubrimiento de Cuba y Jamáica, y rodear
esta Española hasta llegar á esta isleta de la Mona, especial, cuando
andaba entre las muchas isletas y bajos cercanas á Cuba, que nombró el
Jardin de la Reina, donde anduvo treinta y dos dias sin dormir sueño,
que, salido de la Mona y ya que llegaba cerca de la isla de Sant Juan,
súpitamente le dió una modorra pestilencial, que totalmente le quitó el
uso de los sentidos y todas las fuerzas, y quedó muerto, y no pensaron
que un dia durara; por esta causa los marineros, con cuanta diligencia
pudieron, dejaron el camino que llevaba ó queria llevar el Almirante,
y, con todos tres navíos, lo llevaron á la Isabela, donde llegó á 29
dias de Setiembre del mismo año 1494. Lo que aquí dice el Almirante,
que iba por destruir las islas de los caníbales, que eran de los que
habia fama que comian carne humana, por ventura no aplacia á Dios que
los habia criado y con su sangre redimido, porque ir á destruirlos
no era el remedio que Dios pretendia para salvarlos, los que con
el tiempo, por medio de la predicacion de la fe y con industrias
humanas, como se tienen y saben tener muchas para alcanzar las cosas
temporales, pudieran ser reducidos á tal vida, que pudieran algunos
dellos ser salvos, ¿quién duda que dellos no tenga Dios algunos, y
áun quizá muchos predestinados? Así que, por ventura, por esta razon
quiso Dios, con esta enfermedad, estorbarlo, y por ventura está errada
la letra, que por descubrir, dijo el que la escribió, destruir, lo
cual parece tener semejanza de verdad, porque no venia la gente ni él
en disposicion de destruir á nadie, por flaco que fuese, sino para
descansar.



CAPÍTULO C.


Llegado á la Isabela de la manera dicha, estuvo cinco meses malo,
y, al cabo dellos, dióle Nuestro Señor salud, porque áun le quedaba
mucho de hacer por medio dél, y tambien, porque áun, con muchas más
angustias y tribulaciones, habia de ser ejercitado y golpeado, cuando
creyó que de sus tantos y tales trabajos con descanso habia de gozar
y reposar. Dos cosas halló, de que llegó, nuevas, que le causaron
diversas afecciones en su ánimo; la una, que era venido su hermano, D.
Bartolomé Colon, con quien recibió grande alegría, y la otra, que la
tierra estaba toda alborotada, espantada y puesta en horror y odio, y
en armas contra los cristianos, por las violencias y vejaciones y robos
que habian dellos recebido, despues de haberse partido el Almirante
para este descubrimiento de Cuba y de Jamáica; por manera, que se le
aguó bien el alegría que habia recebido con la venida de D. Bartolomé
Colon, su hermano. La causa del alborotamiento y espanto de todas las
gentes de la isla, bien pudiera bastar la justicia é sinjusticia que
habia hecho Hojeda el año pasado, como se contó arriba en el cap.
93, como quiera que, por aquel agravio y prision de los Caciques que
allí se prendieron y trajeron á la Isabela, y que el Almirante queria
justiciar, y que al cabo, con dificultad, por ruego del otro Cacique,
hobo de soltar; pudieran todos los demas reconocer ó adivinar lo
que á todos, el tiempo andando, les podia y habia de venir; por lo
cual, cuanto más prudentes gentes fueran, tanto mayor diligencia y
solicitud, y con mayor título de justicia, pudieran y debieran poner
en no sufrir en sus tierras gente tan feroz, extraña y tan pesada, y
de quien tan malos principios comenzaban á ver, y agravios á recibir,
lo cual era señal harto evidente del perjuicio que á sus reinos y
libertad y vidas se les podia recrecer. Que fuesen gentes sabias y
prudentes, los indios vecinos y moradores de esta isla, parece por
lo que el mismo Almirante dellos testifica en una carta que escribió
á los Reyes, donde dice así: «Porque era de creer, dice él, que esta
gente trabajaria de se volver á su libertad primera, y que bien que
ellos sean desnudos de ropa, que en saber, sin letras, ninguna otra
generacion los alcanza.» Estas son palabras del Almirante. Así que,
como dejase proveidas las personas del Consejo el Almirante, al tiempo
que para el dicho descubrimiento y para hacer lo que de suso en el cap.
94 queda dicho, y á Mosen Pedro Margarite por Capitan general de los
400 hombres, que anduviese por la tierra y sojuzgase las gentes de la
isla; el Almirante partido, fuése á la Vega Real con ella, que está de
la Isabela dos jornadas pequeñas, que son obra de diez leguas; como
estuviese plenísima de innumerables gentes, pueblos y grandes señores
en ella, y la tierra, como en el cap. 90 se dijo, fuese felicísima y
delectabilísima, y la gente sin armas, y de su naturaleza mansísima y
humilde, diéronse muy de rondon á la vida que suelen tener los hombres
ociosos y que hallan materia copiosa y sin resistencia de sensuales
deleites, no teniendo freno de razon ni de ley viva ó muerta que, á
tanta libertad absoluta como gozaban, órden ni límites les pusiese. Y,
porque los indios comunmente no trabajaban ni querian tener más comida
de la que habian, para sí é para sus casas, menester (como la tierra
para sus mantenimientos fuése fertilísima, que, con poco trabajo, donde
quiera, tenian, cuanto al pan cumplido, y cuanto á la carne cabe casa,
como en corral habian las hutias ó conejos, y del pescado llenos los
rios), y uno de los españoles comia más en un dia, que toda la casa de
un vecino en un mes, (¿qué harian cuatrocientos?) porque, no solo se
contentaban ni se contentan tener lo necesario, pero mucho sobrado,
y mucho que echan sin por qué ni para qué á perder, y sobre que los
indios cumpliesen con ellos á su voluntad lo que les pedian, sobraban
amenazas, y no faltaban bofetadas y palos, no solo á la gente comun,
pero tambien á los hombres nobles y principales que llamaban nitaynos,
hasta llegar tambien á poner amenazas y hacer grandes desacatos á los
señores y Reyes; parecióles que aquella gente no habia nacido sino
para comer, y que en su tierra no debian tener mantenimientos, y para
salvar las vidas se vinieron á estas islas para se socorrer, allende
de sentirlos por intolerables, terribles, feroces, crueles y de toda
razon ajenos. Esto fué lo primero porque comenzaron á sentir los indios
la conversacion de los cristianos serles horrible, conviene á saber,
maltratarlos y angustiarlos por comerles y destruirles los bastimentos;
y, porque no para y sosiega el vicio y pecado en sola la comida, porque
con ella, faltando templanza y temor y amor de Dios, se derrueca y
va á parar á los otros sensuales vicios, y más injuriosos, por ende,
lo segundo con que mostraron los cristianos quién eran á los indios,
fué tomarles las mujeres y las hijas por fuerza, sin haber respeto
ni consideracion á persona ni dignidad, ni á estado, ni á vínculo de
matrimonio, ni á especie diversa con que la honestidad se podia violar,
sino sólamente á quien mejor le pareciese, y más parte tuviese de
hermosura: tomábanles tambien los hijos para se servir, y todas las
personas que habian menester, teniéndolas siempre en su casa. Viendo
los indios tantos males, injurias y vejaciones sobre sí, no sufribles,
haciendo tanto buen acogimiento y servicios á los cristianos, y
recibiendo dellos obras de tan mal agradecimiento y galardon, y sobre
todo, los señores y Caciques verse afrentados y menospreciados, y con
doblado dolor y angustia de ver padecer sus súbditos y vasallos tan
desaforados agravios é injusticias, y no los poder remediar; dellos,
se iban y ausentaban, escondiéndose por no ver lo que pasaba; dellos,
disimulaban, porque por la mucha gente cristiana y los caballos, que
era lo principal que les hacia temblar, no se atrevian ni curaban de
resistirles ni ponerse en armas para se vengar; y porque á los que no
andan en el camino de Dios no les han de faltar ocasiones, por el mismo
juicio divino, que son ofendículos en que caigan ó de pecados, porque
un pecado permite Dios que se incurra en pena de otro pecado, ó de
penas corporales ó espirituales, lo cual todo es pena por las ofensas
que se hacen á Dios, y así paguen y áun en esta vida, ó para purgar
en ella los crímines, ó para comenzar á penar lo que se ha de penar
para siempre, en este tiempo comenzó á tener Mosen Pedro Margarite sus
pundonores, y á se desgraciar con los del Consejo, que el Almirante
para gobernar dejó, ó porque no queria ser mandado dellos, ó porque
los queria mandar, ó porque le reprendian lo que hacia y consentia
hacer contra los indios, ó porque se estaba quedo no andando por la
isla señoreándola como el Almirante le habia dejado mandado por su
instruccion. Esta discordia fué causa de otros mayores daños, y de gran
parte, ó de la mayor, de la sedicion y despoblacion de esta isla que
despues se siguió; y porque se habia desmesurado en cartas contra los
que gobernaban, y mostrado quizá otras insolencias y cometido defectos
dignos de reprehension; venidos ciertos navíos de Castilla, que creo
que fueron los tres que trajo el dicho Adelantado, por no esperar al
Almirante, dejó la gente que tenia consigo, que eran los 400 hombres, y
viénese á la Isabela para se embarcar, y, con él, tambien se determinó
de ir el padre fray Buil, que era uno de los del Consejo, y otros
muchos, y ciertos religiosos con ellos. No sé si fueron los que arriba
dije que eran borgoñones, y pudiéralo yo bien saber dellos mismos, pero
no miré entónces en ello; los cuales, llegados á la corte, pusieron en
mucho abatimiento é infamia las cosas destas Indias, publicando que
no habia oro ni cosa de que se pudiese sacar provecho alguno, y que
todo era burla cuanto el Almirante decia. Viéndose la gente sin el
capitan Mosen Pedro, desparciéronse todos entre los indios, entrándose
la tierra dentro de dos en dos y de tres en tres, y no porque fuesen
pocos dejaban de cometer las fuerzas é insultos, é agravios en los
indios que cuando estaban juntos cometian. Viendo los indios crecer
sus agravios, daños é sinjusticias, y que no tenian remedio para los
atajar, comenzaron á tomar por sí la venganza, y hacer justicia los
Reyes y Caciques, cada uno en su tierra y distrito, como les competiese
de derecho natural y de derecho de las gentes, confirmado, cierto, por
el divino, la jurisdiccion; y así, mandaban matar á cuantos cristianos
pudiesen, como á malhechores nocivos á sus vasallos y turbadores de
sus repúblicas. Considere aquí el prudente lector, si aquellos Reyes
y señores, siendo señores, y teniendo verdadera jurisdiccion, como,
sin duda, como dije, por derecho natural y de las gentes, y confirmada
por el divino les competia, hacian lo que debian á buenos y rectos
jueces y señores, mandando hacer justicia de gente que tantos daños,
y afrentas, y fuerzas, y turbaciones les causaban, y de su paz, y
sosiego, y libertad eran usurpadores ¿qué gente, por bárbara ó por
mansa y paciente, ó, por mejor decir, bestial, en el mundo fuera que lo
mismo no hiciera? Así que, por esta razon, un Cacique que se llamaba
Guatiguaná, cuyo pueblo era grande, puesto á la ribera del rio poderoso
Yaquí, que, por ser graciosísimo asiento, hizo el Almirante hacer cerca
ó junto dél una fortaleza que llamó la Magdalena, y estaba 10 ó 12
leguas de donde fué y es agora asentada la villa de Santiago, mandó
matar diez cristianos que pudo haber y envió secretamente á poner fuego
á una casa de paja donde habia ciertos enfermos. En otras partes de la
isla mandaron matar otros Caciques hasta seis ó siete cristianos que
se habian derramado, por los robos y fuerzas que les hacian. Por estas
obras excesivas, y tan contra razon natural y derecho de las gentes,
(que naturalmente dicta á todos que vivan en paz, y á poseer sin daño
ni turbacion sus tierras y casas, y haciendas suyas, pocas ó muchas,
y que nadie les haga fuerza, injuria, ni otro algun mal), que hacian
los cristianos á los vecinos naturales desta isla en cualquiera parte
que estaban, ó por donde quiera que andaban; derramáronse por todos
los reinos, provincias, lugares y rincones desta isla tan horribles y
espantosas nuevas de la severidad y aspereza, iniquidad, inquietud é
injusticia de aquella gente recien venida, que se llamaban cristianos,
que toda la multitud de la gente comun temblaba, y sin verlos los
aborrecia y deseaba nunca verlos ni oirlos, mayormente los cuatro
reyes, Guarionex, Caonabo, Vehechio y Higuanamá, con todos los otros
infinitos Reyes ó señores menores que á aquellos seguian y obedecian,
deseaban echarlos desta tierra y por la muerte sacarlos del mundo. Sólo
Guacanagarí, el rey del Marien, donde vino á perder la nao el Almirante
el primer viaje, y dejó la fortaleza y lugar que llamó la Navidad,
nunca hizo cosa penosa á los cristianos, ántes en todo este tiempo tuvo
cien cristianos manteniéndolos en su tierra, como si cada uno fuera su
hijo ó su padre, sufriéndoles sus injusticias ó fealdades, ó porque su
bondad y virtud era incomparable, como parece, por el acogimiento y
obras que hizo el dicho primer viaje al Almirante y á los cristianos, ó
porque quizá era de ánimo flaco y cobarde que no se atrevia á resistir
la ferocidad de los cristianos; pero, cierto, de creer es, que vivia
harto amargo, y que de continuo sus aflicciones y de sus vasallos gemia
y las lloraba.



CAPÍTULO CI.


Tornando á la venida de Bartolomé Colon, hermano del Almirante,
ya digimos, mucho arriba, en el cap. 29, como cuando el Almirante
determinó de buscar un Rey cristiano, que le favoreciese y ayudase
para el descubrimiento que entendia hacer, envió á su hermano,
Bartolomé Colon, que fuese por su parte á proponer su demanda al rey
Enrico, que entónces reinaba en la isla de Inglaterra, el cual, por
los naufragios é infortunios y tribulaciones que le ocurrieron, no
pudo llegar allá sino despues de muchos años; dentro de los cuales,
el Almirante, aunque tambien gastó años muchos estando siete en la
corte, fué acogido, favorecido y despachado de los Reyes Católicos, y
descubrió estas Indias, y despues tornó con los 17 navíos á poblar,
que es del negocio que agora tratamos. Propuesta, pues, su empresa,
Bartolomé Colon ante el rey de Inglaterra, no sabemos qué repulsas ó
contrarios tuvo, ó cuanto tiempo tardó en su despacho, despues que lo
comenzó (puesto que nos vimos en tiempo con D. Bartolomé Colon, que si
nos ocurriera pensar escribir esta Historia lo pudiéramos bien saber),
mas de que al fin el Rey se lo admitió y capituló con él, segun de
ambas partes se concertaron; viniendo, pues, para Castilla en busca de
su hermano, don Cristóbal Colon, que ya era Almirante y él no lo sabia
(porque, cierto, debia el Almirante de tenerlo por muerto, pues en los
siete años no habia sabido dél, ó por sus enfermedades ó porque, por
sus infortunios, no habia todo aquel tiempo podido ir á Inglaterra),
viniendo por París, como ya estuviese tendida la fama de haberse
descubierto este Nuevo Mundo, el mismo rey de Francia Charles ó Cárlos,
el que decian el Cabezudo, le dijo como su hermano habia descubierto
unas grandes tierras que se decian las Indias: y, porque los Reyes
sabian primero las nuevas que otros, pudo haber sido que el mismo rey
de Inglaterra lo debia tambien saber, y no lo quiso decir al dicho
Bartolomé Colon, ó por lo atraer á sí, y él atrajese al Almirante, su
hermano, para su servicio, ó por dar á entender que para aceptar tan
sumo y tan incierto negocio no le faltaba magnanimidad. Besando las
manos, Bartolomé Colon, al rey de Francia por las buenas nuevas que
le plugo dar, el Rey le mandó dar 100 escudos para ayuda á su camino.
Oido que su hermano habia descubierto las tierras que buscaban, dióse
prisa creyendo de lo alcanzar, pero no pudo, porque el Almirante ya
era partido con sus 17 navíos, halló empero una instruccion que le
dejaba el Almirante para si en algun tiempo Bartolomé Colon pareciera.
Vista esta instruccion, partióse de Sevilla para la corte, que estaba
en Valladolid, por el principio del año de 1494, y llevó consigo á
dos hijos que tenia el Almirante, D. Diego Colon, el mayor, y que le
sucedió en el estado y fué el segundo Almirante de las Indias, y á
D. Hernando Colon, hijo menor, para que fuesen á servir al príncipe
D. Juan, de pajes, porque así le habia hecho merced la Reina al
Almirante. Llegado á besar las manos á los Reyes, Bartolomé Colon
con los sobrinos, y ofrecidos todos á su servicio, recibiéronlo los
católicos Reyes con mucha alegría y benignidad; llamáronle luego D.
Bartolomé, y mandaron que fuese á servirles ayudando al Almirante, su
hermano; para lo cual, le mandaron aparejar tres navíos con bastimentos
y recaudo para engrosar las provisiones que habian dado al Almirante,
su hermano; á los niños mandaron los Reyes que sirviesen al príncipe
don Juan, de pajes. Llegó á esta isla Española en 14 dias de Abril
del año de 1494. Así que, convalecido ya el Almirante de su gravísima
enfermedad, y consolado mucho con la venida de su hermano D. Bartolomé
Colon, acordó, como Visorey, pareciéndole tener auctoridad para ello,
de criarlo é investirlo de la dignidad ó oficio real de Adelantado de
las Indias como él lo era Almirante; pero los Reyes, sabido, no lo
aprobaron, dando á entender al Almirante no pertenecer al oficio de
Visorey criar tal dignidad, sino sólo á los Reyes, pero, por hacer á
ambos merced, Sus Altezas, por sus cartas reales, lo intitularon de las
Indias Adelantado, y, hasta que murió, por tal fué tenido y nombrado.
La provision real de la institucion desta dignidad de Adelantado,
concedida por los Reyes al dicho Bartolomé Colon, se hizo en Medina del
Campo, á 22 dias del mes de Julio de 1497 años, el tenor de la cual
quizá ponemos abajo. Era persona de muy buena dispusicion, alto de
cuerpo, aunque no tanto como el Almirante, de buen gesto, puesto que
algo severo, de buenas fuerzas y muy esforzado, muy sabio y prudente
y recatado, y de mucha experiencia, y general en todo negocio; gran
marinero, y creo, por los libros y cartas de marear glosados y notados
de su letra, que debian ser suyos ó del Almirante, que era en aquella
facultad tan docto, que no le hacia el Almirante mucha ventaja. Anduvo
viajes al cabo de Buena Esperanza, cuando luego se descubrió, si no me
olvido, el año de 1485, no sé si sólo él ó en compañía del Almirante;
era muy buen escribano, mejor que el Almirante, porque en mi poder
están muchas cosas de las manos de ambos. Parecíame á mí, cuanto á
la condicion del Adelantado, las veces que le comunicaba, que era de
más recia y seca condicion, y no tanta dulzura y benignidad como el
Almirante. Ayudóse mucho de su consejo y parecer, en las cosas que le
pareció emprender y en los trabajos del campo, el Almirante, y no hacia
cosa sin él, y, por ventura, en las cosas que se imputaron despues al
Almirante de rigor y crueldad, fué el Adelantado la causa; puesto que,
como el Almirante y sus hermanos eran extranjeros y solos, y gobernaban
á gente española, que aunque á sus naturales señores es subyectísima,
pero ménos humilde y paciente y más dura de cerviz para tener sobre sí
superiores de estraña nacion que otra, mayormente hallándose fuera de
sus tierras, donde más muestran su dureza y ferocidad que ninguna, y
por tanto, cualquiera cosa que no fuese á sabor de todos, en especial
de muchos caballeros que con el Almirante habian ido y mucho más de
los oficiales del Rey, que suelen subir con sus pensamientos más que
otros, habia de serles juzgada y tenida por dura y ménos sufrible que
si la hicieran ó ordenaran otros gobernadores de nuestra propia nacion,
y así, quizá parecia al Adelantado convenir, por entónces, usar de
aquellos rigores: cuanto al castigo de los españoles digo; porque, en
los daños que se hicieron á los indios, poco cuidado siempre hobo de
sentir que fuesen daños, y pocas acusaciones les pusieron dello.



CAPÍTULO CII.


En este tiempo de la indispusicion del Almirante, pocos dias despues
de llegado de su descubrimiento de Cuba y Jamáica, vínole á visitar
el rey del Marien, Guacanagarí, mostrando gran pesar de su enfermedad
y trabajos, y dando disculpa de sí, afirmando que él no habia sido
en la muerte de los cristianos, que se habian muerto por mandado de
los otros Reyes y señores, ni de los ayuntamientos de las gentes que
estaban, en la Vega y en las otras partes, de guerra; y que no podia
traer argumento de su buena voluntad y amor que tenia á él y á sus
cristianos, que los tratamientos que les habia mandado hacer en su
tierra, y las obras buenas que de sus vasallos habian recebido siempre,
teniendo á la contina cient cristianos en ella, y siendo proveidos y
servidos de todas las cosas necesarias que ellos tenian, como si fueran
sus propios hijos, y que por esta causa estaba odioso á todos los Reyes
y señores y gentes de la isla, y le trataban y perseguian su persona
y nombre y vasallos como á enemigos, y habia recibido dellos muchos
daños con este título. Y, en tocando en hablar en los 39 cristianos
que quedaron en la fortaleza, en su tierra, cuando el Almirante tornó
con las nuevas del descubrimiento destas tierras á Castilla, lloraba
como si fueran todos sus hijos, excusándose de culpa, y acusándose por
desdichado en no haberlos podido guardar hasta que viniera, que los
hallara vivos. El Almirante le recibia su satisfaccion y cumplia con él
lo mejor que le parecia, y no tenia duda de que no fuese verdad todo, ó
lo más y lo principal de lo que decia; y porque el Almirante determinó
de salir por la isla con la más gente cristiana que pudiese de guerra,
para derramar las gentes ayuntadas y sojuzgar toda la tierra, ofrecióse
á ir con él el rey Guacanagarí é llevar toda la gente suya que
pudiese, para favor y ayuda de los cristianos, y así lo hizo. Es aquí
de notar, para las personas que aman la verdad y justicia, que no son
otras más, sino las que están desnudas de toda pasion, mayormente de
temporal interese, que aunque para bien de los cristianos y para que
pudiesen permanecer en la isla, el rey Guacanagarí les echase cargo
en favorecerles y ayudarlos, y así, parezca en la superficie, á los
que no penetran la razon del negocio, que el dicho Guacanagarí hacia
bien y virtuosamente, pero en la verdad, considerada la obligacion que
de ley natural todos los hombres tienen al bien comun, y libertad, y
conservacion de su patria y estado público della (como parece por la
Ley _Veluti_, párrafo _De justitia et jure_, donde dice que de derecho
de las gentes, y así, por natural razon, la religion se debe á Dios, y
la obediencia á los padres y á la patria, y así es uno de los preceptos
naturales, que somos obligados á guardar, so pena de gravísimo pecado
mortal), este rey Guacanagarí ofendia y violaba mucho la ley natural,
y era traidor y destruidor de su patria y de las de los Reyes de la
isla y de toda su nacion, y pecaba mortalmente ayudando y manteniendo,
favoreciendo y conservando á los cristianos, y por consiguente, todos
los Reyes y señores, y toda la otra gente de aquellos reinos, justa
y lícitamente lo perseguian y tenian justa guerra contra él y contra
su reino, como á capital enemigo suyo y público de todos, traidor
y disipador de su patria y nacion, pues ayudaba, y favorecia, y
conservaba á los hostes ó enemigos públicos de la suya, y de todas las
otras de los otros reinos y repúblicas; gente áspera, dura, fuerte,
extraña, que los inquietaba, turbaba, maltrataba, oprimia, ponia en
dura servidumbre y, al cabo, los consumia, destruia y mataba, y era
cosa probabilísima y certísima, que aquella gente extraña y que tales
obras hacia, y tales indicios de sí en cada parte donde entraban daban,
que, desque más se arraigasen y asentasen en la tierra, todo el estado
de sus repúblicas de todos los reinos desta isla, como finalmente lo
hicieron (segun es ya bien manifiesto), habian de subvertir ó destruir
é asolar, y lo que más es, que su mismo reino, y sus mismos vasallos
y súbditos, como á tal proditor y destruidor de su patria, y de todo
el estado público de su reino, lo podian lícitamente matar, y tenian
justa guerra contra él, y él, si se defendiera, injusta contra ellos
y contra los otros Reyes que por esta causa le persiguieran. Por las
razones dichas, se pone cuestion entre los doctores teólogos, si
Raab, meretriz, pecó mortalmente encubriendo y salvando las espías ó
exploradores de la tierra de promision que habia enviado Josué, y el
ejército de los hijos de Israel, y concluyese que, en la verdad, fué
traidora y destruidora de su patria y ciudad, Hiericó, en encubrir y
salvar los dichos exploradores, y hizo contra el precepto del derecho
natural, siendo obligada por el mismo derecho á entregarlos al Rey
ó al pueblo, y áun matarlos ella, porque por ello merecian bien la
muerte, por las leyes de cada república tácitas ó expresas que, sobre
este caso, por ley natural tiene promulgadas, y pecára mortalmente, si
no concurrieran otras causas que la excusaron; una de las cuales fué,
porque, movida é inspirada por Dios, cognosció clarísimamente que el
Dios de los judíos era omnipotentísimo, y que habia determinado de dar
toda la tierra de los cananeos á los judíos, pueblo suyo, y por esto,
siendo para ello alumbrada, quiso ayudar en ello y no repugnar á la
voluntad de Dios, y tambien, ya que no podia escapar su ciudad toda,
quiso al ménos escaparse á sí é á su casa de la muerte que esperaba
que todos habian de pasar. Esto parece por el mismo texto de la
Escriptura divina, Josué, II; dijo ella: _Novi quod Dominus tradiderit
vobis terram.... Audivimus quod siccaverit Dominus aquas Maris Rubri
ad vestrum introitum ..._ Et infra: _Dominus enim Deus vester ipse
est Deus in cœœœlo sursum et in terra deorsum_, etc. Así que, por lo
dicho, podrán cognoscer los leyentes algo de la justificacion que
podrán tener las obras que los cristianos hicieron en aquellas gentes,
de que estaba plenísima esta isla, que abajo se referirán. En estos
dias envió el Almirante á hacer guerra al Cacique ó rey Guatigana,
porque habia mandado matar los 10 cristianos, en cuya gente hicieron
cruel matanza los cristianos, y él huyó. Tomáronse mucha gente á
vida, de la cual envió á vender á Castilla más de 500 esclavos en los
cuatro navíos que trujo Antonio de Torres, y se partió con ellos para
Castilla, en 24 de Febrero de 1495. Hobo esta determinacion entre los
españoles, dende adelante, la cual guardaban por ley inviolable, que
por cada cristiano que matasen los indios hobiesen los cristianos
de matar 100 indios; y pluguiera á Dios que no pasáran de 1.000 los
que, por uno, desbarrigaban y mataban, y sin que alguno matasen, como
despues, inhumanamente, yo vide muchas veces. Por ventura, poco ántes
de lo dicho, fué Alonso de Hojeda, de quien arriba en el cap. 82
hicimos mencion, y, si á Dios pluguiere, haremos adelante más larga;
enviado por el Almirante disimuladamente con nueve cristianos él solo,
á caballo, para visitar de su parte al rey Caonabo, de quien arriba
digimos ser muy gran señor y muy más esforzado que otro alguno de
esta isla, y á rogarle que le fuese á ver á la Isabela, y si pudiese
prenderlo con un ardid que habia pensado. Porque á este Rey ó Cacique
temia más que á otro de la isla el Almirante y los cristianos, porque
tenia nuevas que trabajaba mostrar su valor y estado, en guerras y
fuera dellas, preciándose de que se viese y estimase su magestad y
auctoridad real en obras, y palabras, y gravedad; ayudábale á esto
tener dos ó tres hermanos, muy valientes hombres, y mucha gente que lo
corroboraba, por manera que, por guerra no se pensaba poderlo tan aína
sojuzgar. El ardid fué aqueste: que como los indios llamasen al laton
nuestro, turey, é á los otros metales que habiamos traido de Castilla,
por la grande estima que dello tenian como cosa venida del cielo,
porque llamaban turey al cielo, y ansí hacian joyas dellos, en especial
de laton, llevó el dicho Alonso de Hojeda unos grillos y unas esposas
muy bien hechas, sotiles y delgadas, y muy bruñidas y acicaladas, en
lugar de presente que le enviaba el Almirante, diciéndole que era turey
de Vizcaya, como si dijera cosa muy preciosa venida del cielo, que se
llamaba turey de Vizcaya. Llegado Hojeda á la tierra y pueblo del rey
Caonabo, que se decia la Maguana, y estaria de la Isabela obra de 60
leguas ó 70, apeado de su caballo, y espantados todos los indios de
lo ver, porque al principio pensaban que era hombre y caballo todo un
animal, dijeron á Caonabo que eran venidos allí cristianos que enviaba
el Almirante, Guamiquina de los cristianos, que queria decir, el señor
ó el que era sobre los cristianos, y que le traian un presente de su
parte, que llamaban turey de Vizcaya. Oido que le traian turey alegróse
mucho, mayormente que como tenia nueva de una campana que estaba en
la iglesia de la Isabela, y le decian los indios que la habian visto,
que un turey que tenian los cristianos hablaba, estimando que, cuando
tañían á misa y se allegaban todos los cristianos á la iglesia por el
sonido della, que, porque la entendian, hablaba, y por eso deseábala
mucho ver y porque se la trajesen á su casa la habia algunas veces,
segun se dijo, enviado al Almirante á pedir; así que, holgó que Hojeda
entrase donde él estaba, y dícese que Hojeda se hincó de rodillas y
le besó las manos, y dijo á los compañeros: «hacé todos como yo.»
Hízole entender que le traia turey de Vizcaya, y mostróle los grillos
y esposas muy lucías y como plateadas, y, por señas y algunas palabras
que ya el Hojeda entendia, hízole entender que aquel turey habia venido
del cielo y tenia gran virtud secreta, y que los Guamiquinas ó reyes
de Castilla se ponian aquello por gran joya cuando hacian areytes, que
eran bailes, y festejaban, y suplicóle que fuese al rio á holgares y
á lavarse, que era cosa que mucho usaban (y estaria del pueblo media
legua y más por ventura, y era muy grande y gracioso, llamado Yaquí,
porque nace de una sierra con el otro que digimos arriba, que sale
á _Monte-Christi_, y el Almirante le puso el Rio del Oro), y que
allí se los pondria donde los habia de traer, y que despues vernia
caballero en el caballo, y pareceria ante sus vasallos como los Reyes
ó Guamiquinas de Castilla. Determinó de lo hacer un dia, y fuese, con
algunos criados de su casa y poca gente, al rio, harto descuidado y
sin temor que nueve cristianos ó diez le podian hacer mal, estando en
su tierra, donde tenia tanto poder y vasallos. Despues de se haber
lavado y refrescado, quiso, de muy cudicioso, ver su presente de turey
de Vizcaya y probar su virtud, y así Hojeda hace que se aparten, los
que con él habian venido, un poco, y sube sobre su caballo, y al Rey
pónenle sobre las ancas, y allí échanle los grillos y las esposas, los
cristianos, con gran placer y alegría, y dá una ó dos vueltas cerca
de donde estaban por disimular, y da la vuelta, los nueve cristianos
juntos con él, al camino de la Isabela, como que se paseaban para
volver, y, poco á poco, alejándose, hasta que los indios que lo miraban
de léjos, porque siempre huian de estar cerca del caballo, lo perdieron
de vista; y así le dió cantonada y la burla pasó á las veras. Sacan
los cristianos las espadas y acometen á lo matar, sino calla y está
quedo á que lo aten bien al Hojeda, con buenas cuerdas que llevaban,
y, con toda la prisa que se podrá bien creer, dello por camino, dello
por las montañas, fuera dél, hasta que despues de muchos trabajos,
peligros y hambre, llegaron y lo pusieron en la Isabela, entregándolo
al Almirante. Desta manera, y con esta industria, y por este ardid,
del negro turey de Vizcaya, prendió al gran rey Caonabo, uno de los
cinco principales reyes y señores desta isla, Alonso de Hojeda, segun
era público y notorio, y así se platicaba, y muchas veces, como por
cosa muy cierta lo hablábamos de que yo llegué á esta isla, que fué
seis ó siete años despues desto acaecido. Pudieron pasar otras más ó
ménos particularidades, sin las que yo aquí cuento, ó en otra manera,
que en el rio lo prendiesen y echasen los grillos y esposas, pero al
ménos esto lo escribo como lo sé, y que por cosa cierta teniamos en
aquel tiempo, que el Hojeda lo habia preso y traido á la Isabela con
la dicha industria de los grillos, turey de Vizcaya; D. Hernando dice,
que cuando salió el Almirante á hacer guerra á la gente que estaba
junta en la Vega (de que luego se dirá), lo prendió con otros muchos
señores Caciques, pero yo, por lo dicho y por otras razones que hay, no
lo tengo por cierto; y una es, que no habia de venir Caonabo tan léjos
de su tierra 70 y 80 leguas, y en tierra ajena, de Guarionex, y con
grandes dificultades, á dar guerra á los Españoles, no teniendo bestias
para traer los bastimentos, cosa muy contraria de la costumbre y
posibilidad de los indios, al ménos los destas islas. De otra manera lo
cuenta esto Pedro Mártir en la primera de sus Décadas, que el Almirante
envió á Hojeda, solamente á rogarle que le fuese á ver, y que determinó
de irlo á ver con mucha gente armada, para si pudiera matarlo con todos
los cristianos, y que le amenazaba Hojeda para provocarlo á que lo
fuese á ver, con decirle, que sino tenia amistad con el Almirante, que
por guerra él y los suyos serian muertos y destruidos. Estas no son
palabras que sufriera Caonabo, segun era gran señor y esforzado, y no
habia experimentado las fuerzas y lanzas y espadas de los españoles;
y al cabo dice, Pedro Mártir, que yendo con su gente armado, en el
camino Hojeda le prendió y llevó al Almirante, pero todo esto es imágen
de verdad, por muchas razones, que de lo susodicho pueden sacarse;
lo que platicábamos, el tiempo que digo, era que Caonabo respondió á
Hojeda; «venga él acá y tráigame la campana ó turey que habla, que yo
no tengo de ir allá;» esto concuerda más con la gravedad y auctoridad
de Caonabo. Confírmase lo que yo digo por una cosa notable, que, por
tan cierta como la primera se contaba dél, y es esta: que estando el
rey Caonabo preso con hierros y cadenas en la casa del Almirante, donde
á la entrada della todos le veian, porque no era de muchos aposentos,
y cuando entraba el Almirante, á quien todos acataban y reverenciaban,
y tenia persona muy autorizada (como al principio desta Historia
se dijo), no se movia ni hacia cuenta dél, Caonabo, pero cuando
entraba Hojeda, que tenia chica persona, se levantaba á él y lloraba,
haciéndole gran reverencia, y como algunos españoles le dijesen que
por qué hacía aquello siendo el Almirante Guamiquina y el señor, y
Hojeda súbdito suyo como los otros, respondia, que el Almirante no
habia osado ir á su casa á lo prender sino Hojeda, y por esta causa, á
sólo Hojeda debia él esta reverencia y no al Almirante. Determinó el
Almirante llevarlo á Castilla y con él otros muchos para esclavos que
hinchiesen los navíos, por lo cual envió 80 cristianos hácia Cibao y
á otras provincias, que tomasen por fuerza los que pudiesen, y hallo
en mis memoriales que trajeron 600 indios, y la noche que llegó á la
Isabela esta cabalgada, y teniendo ya embarcado al rey Caonabo en un
navío de los que estaban para partir, en la Isabela, para mostrar Dios
la injusticia de su prision y de todos aquellos inocentes, hizo una tan
deshecha tormenta, que todos los navios que allí estaban con toda la
gente que habia en ellos (salvo los españoles que pudieron escaparse),
y el Rey Caonabo cargado de hierros, se ahogaron y hobieron de perecer;
no supe si habian embarcado aquella noche los 600 indios. Vista por
los hermanos de Caonabo su prision, y consideradas las obras que los
cristianos, en todas las partes donde entraban ó estaban, hacian, y que
los mismos, cuando no se catasen, habian de padecer, juntaron cuanta
gente pudieron y determinaron de hacer á los cristianos guerra, cuan
cruel pudiesen, para librar su hermano y señor, que ya era ahogado,
y echarlos de la tierra y del mundo si pudiesen hacerlo. Perdidos
los navíos, que fué gran angustia y dolor para el Almirante, dispuso
luego de que se hiciesen dos carabelas, la una de las cuales yo vide,
y llamóse la _India_, y él, porque era muy devoto de Sant Francisco,
vistióse de pardo, y yo le vide en Sevilla al tiempo que llegó de acá,
vestido cuasi como fraile de Sant Francisco.



CAPÍTULO CIII.

 En el cual se tracta de la llegada á Castilla, con los 12 navíos, de
 Antonio de Torres.


Llegó á Castilla con sus 12 navíos Antonio de Torres, con muy buen
viaje y breve, porque salió del puerto de la Isabela á 2 de Febrero,
y llegó á Cáliz cuasi entrante ó á los 8 ó 10 de Abril. Recibieron
los Reyes inestimable alegría con la venida de Antonio de Torres, por
saber que el Almirante, con toda la flota, hobiese llegado á esta isla
en salvamento, y más con las cartas y relacion del Almirante, y el
oro que les enviaba, cogido de las mismas minas de Cibao con la gente
que él habia enviado con Hojeda para verlas é descubrirlas, y, por
vista de ojos, experimentar que lo hobiese en la misma tierra y sacado
por mano dellos; y porque ya los Reyes, por ventura, habian mandado
aparejar tres navíos para que fuesen tras el Almirante y su flota, por
el deseo que tenian de saber dél, por el temor, quizá, quel armada que
se decia tener el rey de Portugal no hobiese topado con él, los dichos
tres navíos; llegado Antonio de Torres, mandaron, con muchas cosas de
las que el Almirante pidió por sus cartas, despacharlos. Y en aquestos
creo que vino Bartolomé Colon, porque por entónces no habian venido acá
otros, y eran todos bien contados y deseados cada vez que acá venian,
como se verá. En ellos escribieron los Reyes al Almirante, la presente
carta ó epístola:

«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar
Océano, é nuestro Visorey é Gobernador de las islas nuevamente falladas
en la parte de las Indias: Vimos las cartas que nos enviastes con
Antonio de Torres, con las cuales hobimos mucho placer, y damos muchas
gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha hecho, y en haberos
en todo tan bien guiado. En mucho cargo y servicio vos tenemos lo que
allá habeis fecho, que no puede ser mejor, y asimismo oimos al dicho
Antonio de Torres, y recibimos todo lo que con él nos enviastes y Nos
esperábamos de ver, segun la mucha voluntad y aficion que de vos se
ha cognoscido y cognosce en las cosas de nuestro servicio. Sed cierto
que nos tenemos de vos por mucho servidos y encargados en ello, para
vos hacer mercedes, y honra, y acrecentamiento como vuestros grandes
servicios lo requieren y adeudan; y porque el dicho Antonio de Torres
tardó en venir aquí hasta agora, y no habiamos visto vuestras cartas,
las cuales no nos habia enviado por las traer él á mejor recaudo, y
por la prisa de la partida destos navíos que agora van, los cuales, á
la hora que lo aquí supimos, los mandamos despachar con todo recaudo
de las cosas que de allá enviastes por memorial, que cuanto más
cumplidamente se pudiera facer sin detenerlos, y así se hará y cumplirá
en todo lo otro que trujo á cargo, al tiempo y como él lo dijere.
No há lugar de os responder como quisiéramos, pero cuando él vaya,
placiendo á Dios, vos responderemos y mandaremos proveer en todo ello,
como cumple. Nos habemos habido enojo de las cosas que allá se han
hecho fuera de vuestra voluntad, las cuales mandaremos bien remediar é
castigar. En el primer viaje que para acá se hiciere enviad á Bernal de
Pisa, al cual Nos enviamos á mandar que ponga en obra su venida, y en
el cargo que él llevó entienda en ello la persona que á vos y al padre
fray Buil pareciere, en tanto que de acá se provee, que por la prisa
de la partida de los dichos navíos no se pudo agora proveer en ello,
pero en el primer viaje, si place á Dios, se proveerá de tal persona
cual conviene para el dicho cargo. De Medina del Campo á diez y ocho de
noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é
de la Reina, Juan de la Parra.»

Parece por esta carta de los Reyes, que Antonio de Torres debia haber
traido las quejas de Bernal de Pisa, y á esto contradice lo que arriba
en el cap. 90 se dijo, que despues de partido de la Isabela con los
12 navíos, Antonio de Torres, se quiso amotinar, con los cinco que
quedaron, Bernal de Pisa. No tiene concordia ninguna, sino es que él
debia de causar algunas inquietudes y alborotos, estando áun allí
Antonio de Torres, y desto escribió quejas el Almirante á los Reyes,
y, despues de partido Antonio de Torres, pasó adelante en quererse
alzar con los cinco navíos; la razon es, porque no hobo navío alguno
que volviese á Castilla, sino los 12 que volvieron y los cinco que
quedaron. Mandaron los Reyes que, con toda la priesa y diligencia que
posible fuese, se aparejasen cuatro navíos en que tornase Antonio
de Torres, con todas las provisiones y recaudos que el Almirante,
por su memorial, envió á suplicar y pedir á los Reyes, todo lo cual,
hizo muy cumplidamente el Arcediano de Sevilla susodicho, D. Juan de
Fonseca, y fué todo puesto á punto, por manera, que al fin de Agosto
ó en principio de Setiembre, á lo que creo, se hizo Antonio de Torres
con los cuatro navíos á la vela, con el cual escribieron los Reyes al
Almirante la carta siguiente.

«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, Almirante mayor de las islas
de las Indias: Vimos vuestras letras é memoriales que nos enviastes
con Torres, y habemos habido mucho placer de saber todo lo que por
ellas nos escribistes, y damos muchas gracias á Nuestro Señor por todo
ello, porque, con su ayuda, este negocio vuestro será causa que nuestra
sancta fe católica sea mucho más acrecentada. Y una de las principales
cosas porque esto nos ha placido tanto, es, por ser inventada,
principiada y habida por vuestra mano, trabajo é industria, y parécenos
que todo lo que al principio nos dixistes que se podia alcanzar, por
la mayor parte, todo ha salido cierto como si lo hobiérades visto
ántes que nos lo dixérades; esperanza tenemos en Dios, que, en lo
que queda por saber, así se continuará, de que por ello vos quedamos
en mucho cargo para vos facer mercedes, por manera que vos seais muy
bien contento: y, visto todo lo que nos escribistes, como quiera que
asaz largamente decís todas las cosas, de que es mucho gozo y alegría
verlas, pero algo más querriamos que nos escribiésedes, ansí en que
sepamos cuantas islas fasta aquí se han fallado, y, á las que habeis
puesto nombres, qué nombre á cada una, porque aunque nombrais algunas
en vuestras cartas, no son todas, y á las otras, los nombres que les
llaman los indios, y cuanto hay de una á otra, y todo lo que habeis
fallado en cada una dellas, y lo que dicen que hay en ellas, y en lo
que se ha enviado despues que allá fuistes, qué se ha habido, pues ya
es pasado el tiempo que todas las cosas sembradas se han de coger; y
principalmente, deseamos saber todos los tiempos del año qué tales son
allá en cada mes por sí, porque á Nos parece, que, en lo que decís que
hay allá, hay mucha diferencia en los tiempos á los de acá: algunos
quieren decir si en un año hay dos inviernos y dos veranos. Todo nos
lo escribid por nuestro servicio, y enviadnos todos los más halcones
que de allá se pudieren enviar, y de todas las aves que allá hay y se
pudieren haber, porque querríamoslas ver todas; y cuanto á las cosas
que nos enviastes por memorial que se proveyesen y enviasen de acá,
todas las mandamos proveer, como del dicho Torres sabreis y vereis por
lo que él lleva. Querriamos, si os parece, que así para saber de vos y
de toda la gente que allá está, como para que cada dia pudiésedes ser
proveidos de lo que fuese menester, que cada mes viniese una carabela
de allá, y de acá fuese otra, pues que las cosas de Portugal están
asentadas, y los navíos podrán ir y venir seguramente; veldo, y si os
pareciere que se debe hacer, haceldo vos, y escribidnos la manera que
os pareciere, qué se debe enviar de acá. Y en lo que toca á la forma
que allá debeis tener con la gente que allá teneis, bien nos parece lo
que hasta agora habeis principiado, y así lo debeis continuar, dándoles
el más contentamiento que ser pueda, pero no dándoles lugar que excedan
en cosa alguna de las que hobieren de hacer é vos les mandedes de
nuestra parte; y cuanto á la poblacion que hicistes, en aquello no hay
quien pueda dar regla cierta ni enmendar cosa alguna desde acá, porque
allá estariamos presentes, y tomariamos vuestro consejo y parecer en
ello, cuanto más en absencia; por eso á vos lo remitimos. A todas las
otras cosas contenidas en el memorial que trajo el dicho Torres, en
las márgenes dél va respondido lo que convino que vos supiésedes la
respuesta, á aquella vos remitimos; y cuanto á las cosas de Portugal,
acá se tomó cierto asiento con sus Embajadores, que nos parecia que era
más sin inconvenientes, y porque dello seais bien informado largamente,
vos enviamos el treslado de los capítulos que sobre ello se hicieron,
y por eso, aquí no conviene alargar en ello, sino que mandamos y
encargamos que aquello guardeis enteramente, é fagais que por todos sea
guardado, así como en los capítulos se contiene; y en lo de la raya
ó límite que se ha de hacer, porque nos parece cosa muy dificultosa
y de mucho saber y confianza, querriamos, si ser pudiese, que vos os
hallásedes en ello, y la hiciésedes con los otros que por parte del
rey de Portugal en ello han de entender, y si hay mucha dificultad
en vuestra ida á esto, ó podria traer algun inconveniente en lo que
ende estais, ved si vuestro hermano, ó otro alguno teneis ende que lo
sepan, é informadlos muy bien por escripto, y áun por palabra, y por
pintura, y por todas las maneras que mejor pudieran ser informados, é
inviádnoslos acá luego con las primeras carabelas que vinieren, porque
con ellos enviaremos otros de acá para el tiempo que está asentado; y
quier hayais vos de ir á esto, ó nó, escribidnos muy largamente todo lo
que en esto supiéredes y á vos pareciere que se debe hacer para nuestra
informacion y para que todo se provea como cumple á nuestro servicio, y
faced de manera que vuestras cartas y las que habeis de enviar vengan
presto, porque puedan volver á donde se ha de hacer la raya, ántes
que se cumpla el tiempo que tenemos asentado con el rey de Portugal,
como vereis por la capitulacion. De Segovia á diez y seis de Agosto de
noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandato del Rey é
de la Reina, Fernandalvarez.»

Lo que en esto despues se hizo no lo pude saber, sólo esto fué
cierto, que ni el Almirante ni su hermano pudieron ir á ello por el
descubrimiento que hizo de Cuba y Jamáica, y enfermedad del Almirante,
y otras adversidades que luego les vinieron, ó porque el tiempo del
asiento era pasado, y áun creo que, principalmente, por lo que se dirá
en los capítulos siguientes.



CAPÍTULO CIV[3]


El Almirante, como cada dia sentia toda la tierra ponerse en armas,
puesto que armas de burla en la verdad, y crecer en aborrecimiento de
los cristianos, no mirando la grande razon y justicia que para ello
los indios tenian, dióse cuanta más priesa pudo para salir al campo
para derramar las gentes y sojuzgar por fuerza de armas la gente de
toda esta isla, como ya digimos; para efecto de lo cual, escogió hasta
200 hombres españoles, los más sanos (porque muchos estaban enfermos
y flacos), hombres de pié y 20 de á caballo, con muchas ballestas y
espingardas, lanzas y espadas, y otra mas terrible y espantable arma
para con los indios, despues de los caballos, y esta fué 20 lebreles
de presa, que luego en soltándolos ó diciéndolos «tómalo,» en una
hora hacian cada uno á cien indios pedazos; porque como toda la gente
desta isla tuviesen costumbre de andar desnudos totalmente, desde lo
alto de la frente hasta lo bajo de los piés, bien se puede fácilmente
juzgar qué y cuales obras podian hacer los lebreles ferocísimos,
provocados y esforzados por los que los echaban y açomaban en cuerpos
desnudos, ó en cueros, y muy delicados: harto mayor efecto, cierto,
que en puercos duros de Carona ó venados. Esta invencion comenzó aquí
escogitada, inventada y rodeada por el diablo, y cundió todas estas
Indias, y acabará cuando no se hallare más tierra en este orbe, ni más
gentes que sojuzgar y destruir, como otras exquisitas invenciones,
gravísimas y dañosísimas á la mayor parte del linaje humano, que aquí
comenzaron y pasaron y cundieron adelante para total destruccion de
estas naciones, como parecerá. Es tambien aquí de notar, que como los
indios anduviesen, como es dicho, desnudos en estas islas y en muchas
partes de tierra firme, y en todas las demas no pase su vestido de una
mantilla delgada de algodon, de vara y media, ó dos cuando más, en
cuadro, y estas sean cuasi en todas las Indias (los pellejos suyos,
digo, y las dichas mantillas), sus armas defensivas, las ballestas de
los cristianos y las espingardas de los tiempos pasados, y más sin
comparacion los arcabuces de agora, son para los indios increiblemente
nocivas; pues de las espadas que cortaban y cortan hoy un indio desnudo
por medio, no hay necesidad que se diga; los caballos, á gentes que
nunca los vieron y que imaginaban ser todo, el hombre y caballo, un
animal, bastaban de miedo enterrarse dentro de los abismos, vivos, y,
por su mal, despues que los cognoscieron, vieron y ven hoy por obra
en sus personas, casas, pueblos y reinos, lo que padecen dellos ó por
ellos temian. Esto es cierto, que solos 10 de caballo, al ménos en
esta isla (y en todas las demas partes destas Indias, si no es en las
altas sierras), bastan para desbaratar y meterlos todos por las lanzas,
100.000 hombres que se junten, contra los cristianos, de guerra, sin
que 100 puedan huir; y esto se pudo bien efectuar en la Vega Real desta
isla, por ser tierra tan llana como una mesa, como arriba en el cap.
90 se dijo. Por manera, que ninguna de nuestras armas podemos contra
los indios mover que no les sea perniciosísima: de las suyas, ofensivas
contra nosotros, no es de hablar, porque, como arriba digimos, son las
más como de juegos de niños.

Teniendo, pues, la gente aparejada y lo demas para la guerra necesario,
el Almirante, llevando consigo á D. Bartolomé Colon, su hermano, y
al Rey Guacanagarí (no pude saber qué gente llevó de guerra, de sus
vasallos), en 24 del mes de Marzo de 1495, salió de la Isabela, y á dos
jornadas pequeñas, que son diez leguas como se dijo, entró en la Vega,
donde la gente se habia juntado mucha, y dijeron que creian habia sobre
100.000 hombres juntos. Partió la gente que llevaba con su hermano,
el Adelantado, y dieron en ellos por dos partes, y soltando las
ballestas y escopetas y los perros bravisimos, y el impetuoso poder
de los de caballo con sus lanzas, y los peones con sus espadas, así
los rompieron como si fueran manada de aves; en los cuales no hicieron
ménos estragos que en un hato de ovejas en su aprisco acorraladas.
Fué grande la multitud de gente que los de á caballo alancearon, y
los demas, perros y espadas hicieron pedazos; todos los que le plugo
tomar á vida, que fué gran multitud, condenaron por esclavos. Y es de
saber que los indios siempre se engañan, señaladamente los que áun no
tienen experiencia de las fuerzas y esfuerzo y armas de los cristianos,
porque, como por sus espías que envian, les traen por cuenta cuantos
son en número los cristianos, que es lo primero que hacen, y les traen
por granos de maíz, que son como garbanzos, contados los cristianos,
y por muchos que sean, no suben ó subian entónces de 200 ó 300, ó
400, cuando más, y caben en el puño esos granos, como ven tan poco
número dellos y de sí mismos son siempre tan innumerables, paréceles
que no es posible que tan pocos puedan prevalescer contra tantos,
pero despues, cuando vienen á las manos, cognoscen cuan con riesgo y
estrago suyo se engañaron. Aquí es de advertir lo que en su Historia
dice D. Hernando Colon en este paso, afeando primero la ida de Mosen
Pedro Margarite, y despues las fuerzas é insultos que hacian en los
indios los cristianos, por estas palabras: «De la ida de Mosen Pedro
Margarite provino que cada uno se fuese entre los indios por do quiso,
robándoles la hacienda, y tomándoles las mujeres, y haciéndoles tales
desaguisados, que se atrevieron los indios á tomar venganza en los que
tomaban solos ó desmandados; por manera que el Cacique de la Magdalena,
llamado Guatiguana, mató 10 cristianos, etc.» Aunque despues, vuelto
el Almirante se hizo gran castigo, y bien que él no se pudo haber,
fueron presos y enviados á Castilla con los cuatro navíos que llevó
Antonio de Torres, más de 500 esclavos y son sus vasallos; asimismo
se hizo castigo por otros seis ó siete, que, por otras partes de la
isla, otros Caciques habian muerto. Y más abajo, dice D. Hernando así:
«Los más cristianos cometian mil excesos, por lo cual los indios les
tenian entrañable ódio, y reusaban de venir á su obediencia, etc.»
Estas son sus formales palabras; y dice más, que despues de vuelto
el Almirante, hizo gran castigo por la muerte de los cristianos, y
por la rebelion que habian hecho. Si confiesa D. Hernando que los
cristianos robaban las haciendas y tomaban las mujeres, y hacian
muchos desaguisados, y otros mil excesos á los indios, y no vian juez
que lo remediase, otro, de ley natural y derecho de las gentes, sino
á sí mismos (cuanto más que esta era defension natural que áun á las
bestias y á las piedras insensibles es conocida, como prueba Brecio
en el libro I, _De consolatione_, prosa 4.ª; y lo pudieron hacer,
aunque recognoscieran por superior al Almirante ó á otro, pues él no
lo remediaba), ¿como el Almirante pudo en ellos hacer castigo? Item,
si áun entónces llegaba el Almirante y no lo habian visto en la isla
sino solos los diez, ó doce, ó quince pueblos que estaban en 18 leguas,
que anduvo cuando fué á ver las minas, ni habia probado á alguno por
razon natural, ni por escriptura auténtica, ni le podia probar que le
eran obligados á obedecer por superior, porque ni podia ni la tenia,
ni tampoco los entendia, ni ellos á él, ¿como iba y fué y pudo ir por
alguna razon divina ó humana á castigar la rebelion que D. Hernando
dice? Los que no son súbditos ¿como pueden ser rebeldes? ¿Podrá decir,
por razon, el rey de Francia á los naturales de Castilla, si, haciendo
fuerzas y robos, insultos y excesos, usurpándoles sus haciendas, y
tomándoles sus mujeres y hijos en sus mismas tierras y casas los
franceses, si volviendo por sí ó por escaparse de quien tantos males
vienen á hacerles, podrá, digo, el rey de Francia, con razon, decir
que los Españoles le son rebeldes? Creo que no confesara esta rebelion
Castilla. Luego, manifiesto es, que el Almirante ignoró en aquel
tiempo, y áun mucho despues, como parecerá, lo que hacer debia, y á
cuanto su poder se extendia, y D. Hernando Colon estuvo bien remoto del
fin, ignorando muy profundamente el derecho humano y divino, al cual
fin, el descubrimiento que su padre en estas tierras hizo, y el estado
y oficio (aunque bien trabajado y bien merecido), que por ella alcanzó,
y la comision y poderes que les Reyes le dieron y todo lo demas, se
ordenaba y habia de ordenar y enderezar, como medios convenientes,
segun arriba en el cap. 93 digimos. Si este fin D. Hernando
cognosciera, y penetrara la justicia y derecho que los indios á
defenderse á sí é á su patria tenian, mayormente experimentando tantos
males é injusticias cada dia, de nueva y extraña gente á quien nunca
ofendieron, ántes quien muchas y buenas obras les debia, y la poca ó
ninguna que los cristianos pudieron tener para entrar por sus tierras y
reinos por aquella vía, ciertamente, mejor mirara y ponderara lo que en
este paso habia de decir, y así, callara lo que incautamente para loa
del Almirante dijo, conviene á saber: «Que dieron los caballos por una
parte y los lebreles por otra, y todos, siguiendo y matando, hicieron
tal estrago, que en breve fué Dios servido tuviesen los nuestros tal
victoria, que, siendo muchos muertos y otros presos y destruidos, etc.»
Cierto, no fué Dios servido de tan execrable injusticia.



CAPÍTULO CV.


Anduvo el Almirante por gran parte de toda la isla, haciendo guerra
cruel á todos los Reyes y pueblos que no le venian á obedecer,
nueve ó diez meses, como él mismo, en cartas diversas que escribió
á los Reyes y á otras personas, dice. En los cuales dias ó meses,
grandísimos estragos ó matanzas de gentes y despoblaciones de pueblos
se hicieron, en especial en el reino de Caonabo, por ser sus hermanos
tan valientes, y porque todos los indios probaron todas sus fuerzas
para ver si pudieran echar de sus tierras á gente tan nociva y cruel,
y que totalmente vian que, sin causa ni razon alguna, y sin haberlos
ofendido, que los despojaban de sus reinos y tierras, y libertad, y de
sus mujeres y hijos, y de sus vidas y natural ser; pero como se viesen
cada dia tan cruel é inhumanamente perecer, alcanzados tan fácilmente
con los caballos y alanceados en un credo tantos, hechos pedazos con
las espadas, cortados por medio, comidos y desgarrados de los perros,
quemados muchos dellos vivos y padecer todas maneras exquisitas de
inmisericordia é impiedad, acordaron muchas provincias, mayormente las
que estaban en la Vega Real, donde reinaba Guarionex, y la Maguana,
donde señoreaba Caonabo, que eran de los principales reinos y Reyes
desta isla, como se ha dicho, de sufrir su infelice suerte, poniéndose
en manos de sus enemigos á que hiciesen dellos lo que quisiesen, con
que del todo no los extirpasen como quien no podia más; quedando muchas
gentes de muchas partes y provincias de la isla huidos por los montes,
y otras que áun los cristianos no habian tenido tiempo de llegar á
ellas y las sojuzgar. Desta manera (como el Almirante mismo escribió
á los Reyes), allanada la gente de la isla, la cual, dice, que era
sin número, con fuerza y con maña, hobo la obediencia de todos los
pueblos en nombre de Sus Altezas y como su Visorey, é obligacion de
como pagarian tributo cada Rey ó Cacique, en la tierra que poseia,
de lo que en ella habia; y se cogió el dicho tributo hasta el año
de 1496. Estas todas son palabras del Almirante. Bien creo que los
prudentes y doctos lectores cognoscerán aquí, cuan justamente fueron
impuestos estos tributos, y cuan válidos de derecho, y como los eran
los indios obligados á pagar, pues con tantas violencias, fuerzas y
miedos, y precediendo tantas muertes y estragos, y disminucion de
sus estados, de sus personas, mujeres y hijos, y libertad de todo
su ser, y aniquilacion de su nacion, les fueron impuestos y ellos
concedieron á los pagar. Impuso el Almirante á todos los vecinos de
la provincia de Cibao y á los de la Vega Real, y á todos los cercanos
á las minas, todos los de catorce años arriba, de tres en tres meses
un cascabel de los de Flandes, digo lo hueco de un cascabel, lleno de
oro, y sólo el rey Manicao ex daba cada mes una media calabaza de oro,
llena, que pesaba tres marcos, que montan y valen 150 pesos de oro, ó
castellanos; toda la otra gente no vecina de las minas, contribuyese
con una arroba de algodon cada persona. Carga, cierto, y exaccion
irracional, dificilísima, imposible é intolerable, no sólo para gente
tan delicada y no usada á trabajos grandes, y cuidados tan importunos,
y tan libre, y á quien no debia nada, y que se habia de traer y ganar
por amor y mansedumbre, y dulzura, y blanda conversacion, á la fe y
religion cristiana, pero áun para crueles turcos y moros, y que fueran
los hugnos ó los vándalos que nos hobieran despojado de nuestros
reinos y tierras, y destruido nuestras vidas, les fuera onerosísimo é
imposible, y en sí ello irracionable y abominable. Ordenóse despues
de hacer una cierta moneda de cobre ó de laton en la cual se hiciese
una señal, y esta se mudase á cada tributo, para que cada indio de los
tributarios la trajese al cuello, porque se cognosciese quién la habia
pagado y quién no; por manera que, el que no la trajese habia de ser
castigado, aunque, diz que, moderadamente, por no haber pagado el
tributo. Pero esta invencion que parece asemejarse á la que hizo, en
tiempo de nuestro Redentor, Octaviano Augusto, no pasó adelante, por
las novedades y turbaciones que luego sucedieron, con que, para mostrar
Dios haber sido deservido con tan intempestivas imposiciones, todo lo
barajó, y así las deshizo; y es aquí de saber, que los indios desta
isla no tenian industria ni artificio alguno para coger el oro, en los
rios y tierra que lo habia, porque no cogian ni tenian en su poder
más de lo que en las veras ó riberas de los arroyos ó rios, echando
agua con las manos juntas y abiertas, de entre la tierra y cascajo,
como acaso, se descubria, y esto era muy poquito, como unas hojitas ó
granitos menudos, y granos más grandes que topaban, cuando acaecia; por
lo cual, obligarlos á dar cada tres meses un cascabel de oro, lleno,
que cabria por lo poco tres y cuatro pesos de oro, que valia y vale
hoy cada peso 450 maravedís, érales de todo punto imposible, porque
ni en seis ni en ocho meses, y hartas veces en un año, por faltarles
la industria, no lo cogian, ni por manera alguna cogerlo ni allegarlo
podian Por esta razon el rey Guarionex, señor de la gran vega, dijo
muchas veces al Almirante, que si queria que hiciese un conuco, que
era labranza de pan, para el Rey de Castilla, tan grande que durase ó
llegase desde la Isabela hasta Sancto Domingo, que es de mar á mar, y
hay de camino, buenas, 55 leguas, (y esto era tanto, que se mantuviera,
cuanto al pan, diez años toda Castilla), que él la haría con su gente,
con que no le pidiese oro porque sus vasallos cogerlo no sabian. Pero
el Almirante, con el gran deseo que tenia de dar provecho á los reyes
de Castilla para recompensar los grandes gastos que hasta entónces
habian hecho y hacian, y eran menester cada dia hacerse en este negocio
de las Indias, y por refrenar los murmuradores y personas que estaban
cercanos á los Reyes, y que siempre desfavorecieron este negocio, que
disuadian á Sus Altezas que no gastasen, porque era todo mal empleado
y perdido, y que no habian de sacar fruto dello, y finalmente, daban
al negocio cuantos disfavores y desvíos podian, no creo sino que con
buena intencion, aunque, á lo que siento, con harto poco celo y sin
consideracion de lo que los Reyes, aunque no sacaran provecho alguno,
á la conversion y salud de aquellas ánimas, como católicos, debian,
querer cumplir el Almirante con esto temporal, y como hombre extranjero
y sólo (como él decia, desfavorecido), y que no parecia depender todo
su favor sino de las riquezas que á los Reyes destas tierras les
proviniesen, juntamente con su gran ceguedad é ignorancia del derecho
que tuvo, creyendo que por sólo haberlas descubierto y los reyes de
Castilla enviarlo á los traer á la fe y religion cristiana, eran
privados de su libertad todos, y los Reyes y señores de sus dignidades
y señoríos, y pudiera hacer dellos como si fueran venados ó novillos en
dehesas valdías, como, y muy peor, lo hizo, le causó darse más prisa y
exceder en la desórden que tuvo que quizá tuviera; porque, ciertamente,
él era cristiano y virtuoso, y de muy buenos deseos, segun dél, los que
amaban la verdad ó no tenian pasion ó aficion á sus propios juicios,
cognoscian, así que no curaba de lo que Guarionex le importunaba y de
las labranzas que ofrecia, sino del cascabel de oro que impuesto habia.
Despues, cognosciendo el Almirante que los más de los indios, en la
verdad, no lo podian cumplir, acordó de partir por medio el cascabel,
y que aquella mitad llena diesen por tributo; algunos lo cumplian, y
á otros no les era posible, y así, cayendo en más triste vida, unos
se iban á los montes, otros, no cesando las violencias y agravios
é injurias en ellos de los cristianos, mataban algun cristiano por
especiales daños y tormentos que recibian, contra los cuales luego
se procedia á la venganza que los cristianos llaman castigo, con el
cual, no sólo los matadores, pero cuantos podian haber en aquel pueblo
ó provincia, con muertes y con tormentos se punian, no considerando
la justicia y razon natural humana y divina, con cuya auctoridad lo
hacian.



CAPÍTULO CVI.


Viendo los indios cada dia crecer sus no pensadas otras tales,
calamidades, y que hacian fortalezas ó casas de tapias y edificios y no
algunos navíos en el puerto de la Isabela, sino ya comidos y perdidos,
cayó en ellos profundísima tristeza, y nunca hacian sino preguntar
si pensaban en algun tiempo tornarse á su tierra. Consideraban que
ninguna esperanza de libertad ni de blandura, ni remision, ni remedio
de sus angustias, ni quien se doliese dellos, tenian, y como ya habian
experimentado que los cristianos eran tan grandes comedores, y que solo
habian venido de sus tierras á comer, y que ninguno era para cavar y
trabajar por sus manos en la tierra, y que muchos estaban enfermos
y que les faltaban los bastimentos de Castilla, determinaron muchos
pueblos dellos de ayudarlos con un ardid ó aviso, ó para que muriesen
ó se fuesen todos, como sabian que muchos se habian muerto y muchos
ido; no cognosciendo la propiedad de los españoles, los cuales, cuanto
más hambrientos tanto mayor teson tienen, y más duros son de sufrir
y para sufrir. El aviso fué aqueste (aunque les salió al revés de lo
que pensaron), conviene á saber, no sembrar ni hacer labranzas de su
conuco, para que no se cogiese fruto alguno en la tierra, y ellos
recogerse á los montes donde hay ciertas y muchas y buenas raíces,
que se llaman guayaros, buenas de comer, y nascen sin sembrarlas, y
con la caza de las hutias ó conejos de que estaban los montes y los
llanos llenos, pasar como quiera su desventurada vida. Aprovechóles
poco su ardid, porque, aunque los cristianos, de hambre terrible y de
andar á montear y perseguir los tristes indios padecieron grandísimos
trabajos y peligros, pero ni se fueron, ni se murieron, aunque algunos
morian por las dichas causas, ántes, toda la miseria y calamidad hobo
de caer sobre los mismos indios, porque, como anduviesen tan corridos
y perseguidos con sus mujeres é hijos á cuestas, cansados, molidos,
hambrientos, no se les dando lugar para cazar, ó pescar, ó buscar su
pobre comida, y por las humidades de los montes y de los rios, donde
siempre andaban huidos, y se escondian, vino sobre ellos tanta de
enfermedad, muerte y miseria, de que murieron infelicemente de padres
y madres y hijos, infinitos. Por manera, que, con las matanzas de las
guerras, y por las hambres y enfermedades que procedieron por causa
de aquellas, y de las fatigas y opresiones que despues sucedieron, y
miserias, y sobre todo mucho dolor intrínseco, angustia y tristeza,
no quedaron de las multitudes que en esta isla, de gentes, habia,
desde el año de 94 hasta el de 6, segun se creia, la tercera parte de
todas ellas. ¡Buena vendimia, y hecha harto bien apriesa! Ayudó mucho
á esta despoblacion y perdicion, querer pagar los sueldos de la gente
que aquí los ganaba, y pagar los mantenimientos y otras mercadurías
traidas de Castilla, con dar de los indios por esclavos, por no pedir
las costas y gastos; y tantos gastos y costas, á los Reyes, lo cual el
Almirante mucho procuraba, por la razon susodicha, conviene á saber,
por verse desfavorecido y porque no tuviesen tanto lugar los que
desfavorecian este negocio de las Indias ante los Reyes, diciendo que
gastaban y no adquirian: pero debiera más pesar el cumplimiento de la
ley de Jesucristo, que el disfavor de los Reyes; mas la justicia contra
tanta injuria y sinjusticia; mas la caridad y amor de los prójimos,
que enviar á los Reyes dineros; mas el fin, que era la prosperidad y
crecimiento temporal, y la conversion y salvacion espiritual destas
gentes, para la consecucion del cual se ordenaba el descubrimiento que
hizo destas Indias, y la vuelta suya á ellas, y todo lo demas, que
todos eran medios, que hacer por fuerza y violentamente y con tantas
matanzas y perdicion de ánimas y de cuerpos, y con tanta ignominia del
nombre cristiano, que diesen, los que eran Reyes y señores naturales y
todos sus súbditos, la obediencia y subyeccion y tributos al Rey, que
nunca ofendieron, ni vieron, ni oyeron, ni le eran obligados por razon
alguna jurídica á lo hacer, pues los infestaban sin causa, estando
seguros en sus tierras, y sin darles razon por qué, y probársela, cosa
tan dura y tan nueva y con tanta violencia é imperio durísimo, les
pedian. Y puesto que se sacaron y enviaron muchos indios por esclavos
á Castilla para lo susodicho, y sin voluntad de los Reyes, sin alguna
duda, como abajo se mostrará, pero si nuestro Señor no ocurriera y á la
mano fuera al Almirante, con las adversidades que luego le sucedieron
(que se contarán, si Dios quisiere), para comenzar á mostrar ser
injusto é inícuo cuanto contra estas inocentes gentes, vidas y estados
y ser, se hacia, por esta sola vía de hacer esclavos para suplir las
necesidades dichas, y relevar los Reyes de tantos gastos, en muy más
breves dias se despoblara y consumiera la más de la gente desta isla,
de la que restaba de la vendimia. Bien podria cualquiera que sea
cuerdo, y mayormente si fuere medianamente letrado, cognoscer y juzgar
como los tales indios padecian injusto captiverio, y uno ni ninguno no
ser esclavo justamente, pues todas las guerras que se les hacian eran
injustísimas, condenadas por toda ley humana, natural y divina.



CAPÍTULO CVII.


Antes que tratemos de la materia de los capítulos siguientes, dos
cosas quiero aquí referir, que debemos, cierto, á mí juicio, muy bien
de notar. La una es, que como ántes que el Almirante volviese de
descubrir, el cual, llegó á la Isabela, como arriba se dijo, á 29 dias
de Setiembre del año de 94, se fueron á Castilla en los tres navíos
en que habia venido don Bartolomé Colon, hermano del Almirante, aquel
padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite, y otros principales, estos
tales fueron los que informaron y, con sus relaciones, atibiaron á
los Reyes en la esperanza que tenian de las riquezas destas Indias,
diciendo que era burla, que no era nada el oro que habia en esta
isla, y que los gastos que Sus Altezas hacian eran grandes, nunca
recompensables, y otras muchas cosas en deshacimiento del negocio y del
crédito que los Reyes tenian del Almirante, porque luego, en llegando,
no se habian vuelto cargados de oro en los navíos en que habian venido;
no considerando que el oro no estaba ya sacado y puesto en las arcas,
ó era fruta que habian de coger de los árboles (como se queja y con
razon el Almirante), sino en minas y debajo de la tierra, y que nunca
en parte del mundo, plata ni oro, ni otro metal, se sacó sin grande
trabajo, sino fuese á sus dueños de sus arcas robado. Para testimonio
de lo haber, bastaba y sobrebastaba las grandes muestras de oro que
el primer viaje habia el Almirante llevado, y lo que con Antonio de
Torres, cogido de las minas por propias manos de los cristianos y de
lo que le dió Guacanagarí cuando tornó, habia enviado. Y ántes que
fuese á descubrir, que fué á 24 de Abril del año de 94, como arriba
queda dicho en el cap. 94, habiendo llegado á donde dispuso hacer la
poblacion que llamó la Isabela, por el mes de Diciembre, año de 93,
por manera, que no estuvo el Almirante en esta isla, estando presentes
el padre fray Buil y Mosen Pedro y los demas que se fueron ántes que
él volviese de descubrir, sino cuatro meses ó pocos dias más, ¿qué
pudo el Almirante hacer de malos tratamientos á los españoles, y qué
mala gobernacion pudo tener para que aquellos que así se fueron,
y á los Reyes informaron, fuesen causa de que la fortuna y estado
del Almirante, tan presto, y tan recientes y frescos sus grandes é
incomparables servicios, diese la vuelta y á declinar comenzase? Pero
cierto, si consideramos la providencia del muy Alto, que sabe las cosas
futuras mucho ántes, y que á todas provee su reguardo, poco hay de
que maravillarnos. Parece que en los cuatro navíos que trujo Antonio
de Torres, y en que tornó á Castilla y llevó 500 indios, injustamente
hechos esclavos, como se dijo, debieran de ir muchas más quejas contra
el Almirante y sus hermanos de los agravios que decian que hacia á los
españoles, lo cual ayudaria y moveria con mas eficacia á los Reyes para
lo que luego se dirá. La segunda cosa digna de notar es esta: que en
el mismo tiempo que el Almirante salia y salió á hacer en los indios,
contra toda justicia y verdad los grandes estragos, se le urdia en
Castilla la primera sofrenada y el primero, harto amargo, tártago.
Él salió de la Isabela en 24 de Marzo del año de 495, segun parece
arriba en el cap. 104, y en aquel mismo mes y año, estaban los Reyes
(porque escrito está: _Cor regis in manu domini_, etc.), despachando
á un repostero suyo de camas, que se llamó Juan Aguado, natural de
Sevilla, ó al ménos allí despues avecindado, enviado sin jurisdiccion
alguna, sino cuasi por espía y escudriñador de todo lo que pasaba, con
cartas de gran crédito para todos los que aquí estaban. Este comenzó á
aguar todos los placeres y prosperidad del Almirante, por manera, que
cuando el Almirante iba á ofender á Dios en las guerras injustas que
contra los indios mover queria, y así las movió, por las cuales tantas
gentes mató y echó á los infiernos, habiendo venido para convertirlos,
en aquellos mismos dias le ordenaba el comienzo de su castigo; y
desta manera lo provee y ordena Dios con todos los hombres, y por eso
todos, en no ofenderle, debemos estar muy sobre aviso, y deberíamos
suplicarle íntimamente que nos dé á cognoscer por qué pecados contra
nos se indigna, porque, cognosciéndolo, sin duda nos enmendariamos más
aína, pero cuando Dios nos azota y aflige y el por qué no lo sentimos,
verdaderamente mucho mayor y más cierto es nuestro peligro. Tornando
al propósito de nuestra historia, los Reyes mandaron aparejar cuatro
navíos y cargarlos de bastimentos y cosas que el Almirante habia
escrito, para la gente que ganaba su sueldo en esta isla, y ordenaron
que el dicho Juan Aguado, su repostero, fuese por Capitan dellos;
diéronle sus provisiones é instruccion de lo que habia de hacer,
y, para todos los que acá estaban, le dieron la siguiente carta de
creencia:

«El Rey é la Reina.—Caballeros y escuderos y otras personas que por
nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos á Juan Aguado,
nuestro repostero, el cual, de nuestra parte, vos hablará. Nos vos
mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid á nueve de Abril de mil
cuatro cientos noventa y cinco años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por
mandado del Rey é de la Reina, nuestros Señores, Hernandalvarez.»

Llegó Juan Aguado á la Isabela por el mes de Octubre del dicho año de
1495, estando el Almirante haciendo guerra á los hermanos y gente del
Caonabo, en la provincia de la Maguana, que era su reino y tierra,
donde agora está poblada, y siempre despues lo estuvo, una villa de
españoles que se llamaba Sant Juan de la Maguana; el cual mostró,
por palabras y actos exteriores de su persona, traer de los Reyes
muchos poderes y autoridad mayor de la que le dieron, y con esto se
entremetía en cosas de jurisdiccion que no tenia, como prender á
algunas personas de la mar, de las que habian con él venido, y en
reprender los oficiales del Almirante, mayormente haciendo muy poca
cuenta y teniendo poca reverencia, á D. Bartolomé Colon, que habia
dejado por Gobernador el Almirante, por su ausencia, como despues yo
vide, con muchos testigos, probado. Quiso ir luego el dicho Juan Aguado
en busca del Almirante, y tomó cierta gente de pié y de caballo. Díjose
que por los caminos y pueblos de los indios, él, ó los que con él iban,
echaban fama que era venido otro nuevo Almirante que habia de matar
al viejo que acá estaba, y como los señores y gentes desta isla, en
especial las de la comarca de la Isabela y de la Vega Real, y todos
los vecinos y gentes de las minas, estaban agraviados y atribulados
con las matanzas que en ellos habia hecho el Almirante, y los tributos
del oro que les habia puesto, que como no tenian industria de cogerlo
y ello se coge, donde quiera que está, con grandes trabajos, les era
intolerable, bien creo que de la venida del nuevo Almirante se gozaban;
porque apetito es comun de todos los que son pobres, y de los que
padecen adversidades y servidumbre injusta, y más de los que están
muy opresos y tiranizados, querer ver cada dia novedades, la razon es
porque les parece, por el apetito natural y ansía que tienen salir de
sus trabajos, que es más cierta la esperanza de que han de ser, poco
que mucho, relevados, que el temor de que vernán con la novedad á más
trabajoso estado. Por esta causa se hicieron algunos ayuntamientos
de gentes de unos Caciques y señores con otros, en especial en casa
de un gran señor que se llamó Manicaotex, que yo bien conocí y por
muchos años, que señoreaba la tierra cerca del gran rio de Yaquí, tres
leguas ó poco más de donde se fundó la fortaleza y ciudad, que despues
diremos, de la Concepcion, donde trataban del Almirante viejo que los
habia con tantos daños subiectado y atributado, y del nuevo, de quien
esperaban ser aliviados; pero engañados estaban, porque cualquiera que
fuera, y todos los que despues fueron, segun la ceguedad que Dios por
nuestros pecados y los suyos en esta materia permitió, no librarlos ni
darles lugar para resollar, sino añidirles tormentos á sus males y á su
trabajosa y calamitosa vida (vida infernal siempre, hasta consumirlos
á todos) procuraron. En este año de 1495, pidieron algunos marineros
y otras personas, vecinos de Sevilla, licencia á los Reyes para poder
venir á descubrir á estas Indias, islas y tierra firme que estuviesen
descubiertas, la cual concedieron los Reyes con ciertas condiciones:
La primera, que todos los navíos que hobiesen de ir á descubrir se
presentasen ante los oficiales del Rey, que para ello estaban puestos
en la ciudad y puerto de Cáliz, para que de allí vayan una ó dos
personas por veedores; la segunda, que habian de llevar la décima parte
de las toneladas con cargazon de los Reyes, sin que se les pagase por
ello cosa alguna; la tercera, que aquello lo descargasen en la isla
Española; la cuarta, que de todo lo que hallasen, diesen á los Reyes
la décima parte cuando volviesen á Cáliz; la quinta, que habian de dar
fianzas que así lo cumplirian todo; la sexta, que con cada siete navíos
pudiese el Almirante cargar uno para sí para rescatar, como los otros
que á ello fuesen, por la contratacion y merced hecha al Almirante que
en cada navío pudiese cargar la octava parte. En esta provision tambien
se contenia, que quien quisiese llevar mantenimientos á vender á los
cristianos que estaban en esta isla Española, y en otras partes que
estuviesen, los vendiesen francos de todo derecho, etc. Fué hecha en
Madrid de diez dias de Abril de mil y cuatrocientos y noventa y cinco
años.



CAPÍTULO CVIII.


Sabido por el Almirante la venida de Juan Aguado, determinó de volverse
á la Isabela, y no creo que anduvo mucho camino para ir donde estaba
el Almirante, Juan Aguado. Despues de llegado dióle las cartas que
le traia de los Reyes, y, para que presentase la creencia y otras
cartas de los Reyes que traia, mandó el Almirante juntar toda la gente
española que en la Villa habia y tocar las trompetas, porque con
toda solemnidad, cuanta fué por entónces posible, la Cédula Real de
su creencia, delante de todos y á todos se notificase. Muchas cosas
pasaron en estos dias y tiempo que Juan Aguado estuvo en esta isla, en
la Isabela, y todas de enojo y pena para el Almirante, porque el Juan
Aguado se entrometía en cosas, con fiucia y color de su creencia, quel
Almirante sentia por grandes agravios; decia y hacia cosas en desacato
del Almirante y de su auctoridad, oficios y privilegios. El Almirante,
con toda modestia y paciencia, lo sufria, y respondia y trataba al
Juan Aguado siempre muy bien, como si fuera un Conde, segun vide de
todo esto, hecha con muchos testigos, probanza. Decia Juan Aguado que
el Almirante no habia obedecido ni recibido las Cédulas y creencia de
los Reyes, con el acatamiento y reverencia debida, sino que, al tiempo
que se presentaban, habia callado, y despues de presentadas, cinco
meses habia, pedia á los escribanos la fe de la presentacion; y de la
poca cuenta quel Almirante habia hecho dellas, y queria llevar los
escribanos á su posada porque le diesen la fe en su presencia. Ellos
no quisieron, sino que les enviase las Cédulas á su posada y que allí
se la darian, él decia que no habia de fiar de nadie las cartas del
Rey, y así, de dia en dia lo disimulaba; al cabo de cinco meses que
se las envió, y dieron la fe y testimonio de como el Almirante las
habia obedecido y reverenciado, como á cartas de sus Reyes y señores,
fuélos á deshonrar con palabras injuriosas, diciendo que habian
mentido y hecho y cometido falsedad, y que ellos serian castigados.
Los escribanos dieron la fe, y despues, con juramento, confirmaron de
nuevo el dicho testimonio y fe que habian dado haber sido verdadero,
y probáronse las injurias que Juan Aguado les habia dicho. Destas y
otras muchas cosas, y de la presuncion y auctoridad que mostraba el
Juan Aguado, y de atreverse al Almirante más de lo que debiera, y de
las palabras y amenazas que le hacia con los Reyes, toda la gente se
remontaba y alteraba, por manera que ya no era el Almirante ni sus
justicias tan acatado y obedecido como de ántes. Toda la gente que en
toda esta isla entónces estaba, increiblemente estaba descontenta, en
especial la que estaba en la Isabela, y, toda la más, por fuerza, por
las hambres y enfermedades que padecian, y no se juraba otro juramento
sino, «así Dios me lleve á Castilla;» no tenian otra cosa que comer
sino la racion que les daban de la alhóndiga del Rey, que era una
escudilla de trigo que lo habian de moler en una atahona de mano (y
muchos lo comian cocido), y una tajada de tocino rancioso ó de queso
podrido, y no se cuantas habas ó garbanzos, vino, como si no lo hobiera
en el mundo; y con esto, como habian venido á sueldo de los Reyes, y
tenia en ello parte el Almirante, mandábalos trabajar, hambrientos
y flacos, y algunos enfermos, en hacer la fortaleza y la casa del
Almirante y otros edificios, por manera que estaban todos angustiados y
atribulados y desesperados, por lo cual se quejaban al Juan Aguado, y
de allí tomaba él ocasion de tener que decir del Almirante y amenazarlo
con los Reyes. La gente sana era la mejor librada cuanto á la comida,
puesto que, á lo que tocaba al ánima, era la más malaventurada, porque
andaban por la isla haciendo guerra y fuerzas, y robando, y todos los
que tomaban á vida hacian esclavos. En este tiempo se perdieron en el
puerto los cuatro navíos que trajo Juan Aguado, con gran tempestad, que
era lo que llamaban los indios en su lengua huracan, y agora todos
las llamamos huracanes, como quien, por la mar y por la tierra, cuasi
todos los habemos experimentado; y porque estoy dudoso si entre los
seis navíos, que arriba en fin del cap. 102 dijimos se perdieron en el
puerto de la Isabela, fueron los cuatro de Juan Aguado, porque se me
ha pasado de la memoria como há ya cincuenta y nueve años, no quiero
afirmar que fuesen otros ó ellos, mas de que, á lo que me parece,
que en los tiempos que yo allá estaba, que fué pocos años despues de
perdidos, platicábamos que dos veces se perdieron navíos en el dicho
puerto, y si así es, como me parece que es así, los postreros que
se perdieron fueron los de Juan Aguado; pero que sea lo uno que sea
lo otro, para tornar á Castilla ningun navío habia, sino solas las
dos carabelas que mandó hacer allí, en el puerto de la Isabela, el
Almirante.



CAPÍTULO CIX.


No dudando el Almirante que Juan Aguado habia de llevar muchas quejas
de los españoles que allí por fuerza estaban, y tan necesitados, á los
Reyes, contra el Almirante, y que no dejaria de añadir y encarecer
mucho sus defectos, y que de secreto llevaria informaciones hechas
contra él, y que sobre las relaciones ásperas y demasiadas, y por
entónces, cierto, segun yo creo, no muy verdaderas, que pudieron decir,
si las dijeron (lo cual se presume por haberse ido, tan sin tiempo y
sin licencia del Almirante, y descontentos), y tambien porque no parece
que los Reyes enviaran á Juan Aguado tan presto, sino por la relacion
que harian en infamia desta isla y destas tierras, y en deshacimiento
y disfavor del servicio que el Almirante habia hecho á los Reyes en su
descubrimiento, el susodicho padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite,
y los demas que, ántes que el Almirante volviese de descubrir las
islas, Cuba y Jamáica y las demas, se habian desta isla ido á Castilla,
moverian y exasperarian los ánimos de los Reyes y disminuírseles ía la
voluntad de hacer los gastos que eran necesarios para proseguir esta
empresa, determinó el Almirante de ir á Castilla para informar á los
Reyes del estado desta isla y del descubrimiento de Cuba y Jamáica,
y de las cosas sucedidas, y responder á los obiectos que se habian
puesto contra la bondad y felicidad y riquezas destas tierras, porque
no hallaron tan á mano los montes de oro, como en España (al ménos
los seglares, salvando al dicho padre fray Buil) se habian prometido,
y, finalmente, para satisfacer á los Reyes y darles cuenta de sí, é
tractar esomismo sobre ir á descubrir lo que mucho deseaba, por topar
con tierra firme; por ventura, tambien pudo ser que los Reyes le
escribieron en la carta que el dicho Juan Aguado le trujo, que así
lo hiciese, porque se querian informar dél en todo lo susodicho. Pero
que los Reyes le escribiesen que fuese á Castilla, nunca hombre lo
supo ni tal he podido descubrir, ántes, por cosas que pasaron entre
el Almirante y Juan Aguado públicas, que yo he visto en probanzas con
autoridad de escribanos, parece el contrario, porque el Almirante decia
públicamente, «yo quiero ir á Castilla á informar al Rey é á la Reina,
nuestros señores, contra las mentiras que los que allá han ido les han
dicho,» y no tuve yo á Juan Aguado por tal, que si él tuviera tal carta
ó noticia della, qué no le dijera, cuando reñian y él se desmesuraba
contra el Almirante, que iba á Castilla á su pesar, porque los Reyes
así lo querian. Al ménos parece por esta razon claro un error que
dice en su Historia, entre otros muchos, Gonzalo Hernandez de Oviedo
en el cap. 13 del II, libro donde dice, que desde á pocos dias que
llegó Juan Aguado, apregonada la creencia de los Reyes y ofrecidos los
españoles á le favorecer en lo que de parte de los Reyes se dijese,
dijo al Almirante que se aparejase para ir á España, lo cual dice que
el Almirante sintió por cosa muy grave, é vistióse de pardo como fraile
y dejóse crecer la barba, y que fué en manera de preso, puesto que no
fué mandado prender; y que mandaron los Reyes tambien llamar al dicho
padre fray Buil y á Mosen Pedro Margarite, y á otros que allí cuenta,
que fuesen á Castilla entónces cuando el Almirante fué. Dice mas, que
venido el Almirante de descubrir á Cuba y Jamáica, y pasados dos meses
y medio, mandó llamar á Mosen Pedro Margarite, que era Alcaide de la
fortaleza de Santo Tomás, y á otros que estaban con él, y venidos á
esta ciudad de Santo Domingo, donde por la fertilidad y abundancia de
la tierra se repararon y cobraron salud, y despues que todos fueron
juntos, comenzaron á tener discordias entre si el Almirante y el
padre fray Buil, y que hobieron estas discordias principio, porque el
Almirante ahorcó á un aragonés que se llamaba Gaspar Ferim, por lo
cual, cuando el Almirante hacia cosa que al fray Buil no pluguiese,
ponia entredicho y cesacion del divino oficio; el Almirante quitaba
la racion al fray Buil y á su familia, y que Mosen Pedro y otros los
hacian amigos, pero que duraba el amistad pocos dias: todo esto dice
Oviedo en el susodicho capítulo. Que todo sea falso, cuanto cerca desto
dice, no serán menester muchos testigos, pues parecerá por muchas
cosas arriba dichas; lo uno, porque cuando el Almirante partió para
descubrir, áun no habia, en obra de cinco meses que estuvo en esta
isla despues que llegó de España y enfermó, ahorcado hombre ninguno,
ni nunca oí que tal dél se dijese, ni en las culpas que le opusieron
despues y hombres que le acusaron que ahorcó y nombrados, el catálogo
de los cuales yo vide y tuve en mi poder, pero nunca tal hombre vide
nombrado entre ellos; lo otro, porque como arriba en los capítulos 99 y
100 pareció, cuando el Almirante llegó á la Isabela de descubrir á Cuba
y Jamáica, que fué á 29 de Abril del mismo año de 1494, ya eran idos
el dicho padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite, y otros, á Castilla,
sin licencia del Almirante, luego no tuvieron pendencias ni discordias
el Almirante y el padre fray Buil, para que el uno descomulgase y
pusiese entredicho, y el otro negase las raciones y la comida al padre
fray Buil y á su familia; lo otro, porque Oviedo, dice, que pasados
dos meses y medio, poco más ó ménos, el Almirante envió á llamar á D.
Pedro Margarite, y no tornó en sí de la grande enfermedad con que tornó
del dicho descubrimiento de Cuba, en cinco meses, como parece arriba
en el cap. 100; lo otro, porque Oviedo dice que vino el Almirante, del
dicho descubrimiento, aquí á este puerto de Sancto Domingo, y no vino
sino á la Isabela, porque este puerto áun no se sabia si lo habia en el
mundo, ni jamás ántes el Almirante lo habia visto hasta el año de 1498
que volvió de Castilla, y descubierta ya por él tierra firme, segun que
parecerá abajo; lo otro, porque dice Oviedo que llegó el Adelantado D.
Bartolomé Colon á este puerto, dia de Sancto Domingo, á 5 de Agosto
del año 1494, y esto parece manifiesto ser falso, porque él llegó á
esta isla, en 14 dias de Abril del mismo año 94, ántes que el Almirante
viniese de descubrir á Cuba, como parece en el cap. 101, y no habia
de volar luego á este puerto en tres meses, sin ver al Almirante,
ni sin tener cargo alguno, como si hubiera rebeládosele estando en
Castilla. Lo que dice de Miguel Diaz, que huyó del Adelantado por
cierta travesura, y vino á parar aquí á este puerto y provincia, pudo
ser, pero nunca tal oí, siendo yo tan propincuo á aquellos tiempos; mas
de tener por amiga á la Cacica ó señora del pueblo que aquí estaba,
y rogarle que fuese á llamar á los cristianos para que se pasasen
de la Isabela á vivir aquí, es tan verdad, como ser el sol obscuro
á medio dia. Donosa fama los españoles, por sus obras tan inhumanas
tenian para que la Cacica ni hombre de todos los naturales desta isla
los convidasen á venir á vivir á su tierra, ántes se quisieran meter
en las entrañas de la tierra por no verlos ni oirlos. Así que, esto
es todo fábula y añadiduras que hace Oviedo suyas, ó de los que no
sabian el hecho, que se lo refirieron, fingidas; lo que desto yo puedo
decir, es, que dejó mandado el Almirante cuando se partió esta segunda
vez á Castilla, que el Adelantado enviase á Francisco de Garay y á
Miguel Diaz á que poblasen á Sancto Domingo, y esto siento ser más
verdad, vistos mis memoriales que tengo de las cosas que acaecieron
ántes que yo viniese, de qué, los que las vieron ó supieron y tuvieron
por ciertas, me informaron. Lo postrero, porque dice Oviedo que el
Almirante, y el padre fray Buil, y Mosen Pedro Margarite, y Bernal de
Pisa, y otros caballeros fueron juntos en la misma flota á Castilla;
esto no es así, segun parece claramente por todo lo dicho, y mucho
ménos es verdad que el Almirante fuese á manera de preso, porque áun
no estaban tan olvidados en los corazones de los católicos Reyes sus
grandes y tan recientes servicios.



CAPÍTULO CX.


En estos tiempos el Almirante ya habia mandado hacer dos fortalezas,
una que llamó la Magdalena, como dijimos en el cap. 100, en la
provincia del Macorix, que llamábamos el Macorix de abajo, dentro de
la Vega Real, que creo que fué asentada en un lugar y tierra de un
señor que se llamaba Guanaoconel, tres ó cuatro leguas, ó poco más, de
donde está agora asentada la villa de Santiago, en la cual puso por
Alcaide á aquel hidalgo, que arriba en el cap. 82 dijimos, Luis de
Artiaga. Nombrábamos el Macorix de abajo, á diferencia de otro Macorix
de arriba, que era la gente de que estaba poblada la cordillera de las
sierras que cercaban la Vega por la parte del Norte, y vertian las
aguas en la misma provincia del Macorix de abajo; decíase Macorix en
la lengua de los indios mas universal de esta isla, cuasi como lengua
extraña y bárbara, porque la universal era mas pulida y regular ó
clara, segun que dijimos en la descripcion desta isla, puesta arriba
en los capítulos 90 y 91. Hizo otra, cerca de donde fué puesta despues
la villa de Santiago, en la ribera ó cerca del rio Yaquí; otra hizo
que llamó Sancta Catherina, fué Alcaide della un Fernando Navarro,
natural de Logroño; esta no sé donde la edificó, por inadvertencia de
en aquellos tiempos no preguntarlo. Otra hizo que llamó Esperanza,
creo que la puso en la ribera del rio Yaquí, á la parte de Cibao. La
otra fortaleza se edificó en la provincia y reino de Guarionex, 15
leguas, ó algunas más, en la misma Vega, más al Oriente de la otra,
donde se pobló despues la ciudad que se dijo y dice de la Concepcion,
que ya está cuasi del todo despoblada, que tomó nombre de la misma
fortaleza, á la cual el Almirante puso nombre la Concepcion; en esta
puso por Alcaide á un hidalgo que se llamó Juan de Ayala, despues la
tuvo un Miguel Ballester, catalan, natural de Tarragona, viejo y muy
venerable persona. Por manera, que hobo en esta isla tres fortalezas,
despues que el Almirante vino el segundo viaje á poblar con gente
española, y si añidimos la que dejó hecha en el Puerto de la Navidad,
donde quedaron los 39 cristianos, fueron cuatro; pero desta no es de
hacer mencion, pues tan poco duró y ménos aprovechó, por culpa de los
que en ella quedaron. La mejor de todas ellas fué la de la Isabela,
porque fué de piedra ó cantería, de la cual, siendo yo Prior en Sancto
Domingo de la villa de Puerto de Plata, hice traer una piedra grande,
la cual hice poner por primera piedra del Monesterio que allí yo
comencé á edificar, por memoria de aquella antigüedad. Está la dicha
piedra en la esquina oriental del cuarto de abajo, que fué el primero
que comencé á edificar más propincuo á la porteria y á la iglesia.
Despues de aquella fortaleza de la Isabela fué la mejor la de la
Concepcion de la Vega, que era de tapias y con sus almenas y buena
hechura, la cual duró muchos años, hasta el año de 1512, si bien me
acuerdo; todas las demas, muchos años ántes habia que se cayeron, y no
hobo memoria dellas, como se fueron consumiendo los indios, con las
crueles guerras, contra quien se procuraron hacer; la menor y ménos
fuerte de las cuales, como no fuese de madera, sino de tierra, era más
inespugnable para los indios que Salsas para franceses. Despues mandó
hacer otra en la provincia del Bonao, que dista de la Concepcion ocho
ó diez leguas, camino de Sancto Domingo, en la ribera del rio, que se
llama en lengua de los indios desta isla, Yuna, pegada á la sierra que
recibe el sol luego en naciendo á la mañana; por manera, que tuvo el
Almirante, ántes que tornase á Castilla, hechas siete fortalezas en
esta isla. Desta postrera, que fué la quinta, no estoy cierto, que la
mandase hacer ántes ó despues de venido de Castilla el Almirante, y
ántes creo, que despues de partido él la hizo D. Bartolomé Colon, su
hermano. Como Guarionex y los otros señores se viesen tan fatigados
con la carga de los tributos del cascabel de oro, que el Almirante
á contribuir les forzaba, tenian todas las maneras que podian para
excusarse, afirmando que sus gentes no tenian industria de cogerlo,
sino lo que hallaban á caso ó buscándolo en las riberas de los arroyos
ó rios, como arriba se dijo, sobre la arena, y finalmente lo que podian
haber con poco trabajo. Avisaron al Almirante, que, hácia la parte
del Mediodia ó del Sur, habia minas de mucho oro, que enviase allá de
sus cristianos para buscallo. Deliberó el Almirante de hacerlo así,
y díjose que habia enviado á Francisco de Garay y á Miguel Diaz, con
cierto número de gente, para lo cual les dieron guías que los llevasen;
partieron de la Isabela y vinieron á la fortaleza de la Magdalena, y de
allí á la de la Concepcion, todo por la Vega Real, llano como la palma
de la mano. De allí llegaron al puerto grande, de sierra muy hermosa,
por la misma vega, que está tres leguas, buenas, de la dicha fortaleza
de la Concepcion, la vega abajo por el pié de la sierra; subidos arriba
del puerto, vieron de allí gran pedazo, y más se parecen de 30 leguas
della, cosa dignísima para della sacar materia de dar muchas gracias
á Dios, como arriba se dijo, hablando della. Dura el puerto hasta
tornarlo á buscar á la parte de la provincia del Bonao, dos leguas, no
grandes. Asomaron luego á otra vega, bien de 10 ó 12 leguas de largo y
ancho, que, como arriba en la descripcion destas islas dijimos, que se
llamaba en lengua de indios el señor della Bonao, y de aquí llamamos
los españoles el pueblo que allí se hizo la villa del Bonao. En todos
los pueblos que topaban de indios, les hacian muy buen acogimiento,
dándoles de comer y haciéndoles todo el servicio, aunque los tenian por
hombres infernales. Del Bonao, las guías los llevaron hasta otras 12
leguas, las tres ó cuatro por tierra harto lodosa y áspera de cuestas
y muchos rios y arroyos, que despues llamamos las lomas del Bonao;
llegaron á un rio caudal que se llamaba y hoy le nombramos Hayna,
gracioso y fertilísimo rio, en el cual les dijeron que habia mucho oro,
ó por aquella comarca, y así fué, porque cavando en muchos lugares
de los arroyos que entraban en el rio grande de Hayna, hallaron muy
gran muestra de oro, de manera que juzgaron que un hombre trabajador,
podia coger tres pesos de oro, y más adelante. Estas minas llamó el
Almirante las minas de Sant Cristóbal, por una fortaleza que allí
mandó hacer á su hermano, cuando se partió para Castilla, so este
nombre, despues se llamaron las minas viejas, y hoy se llaman ansí,
por respecto de otras que despues se descubrieron á la otra parte del
rio Hayna, frontero destas, que se nombraron las minas nuevas; las
viejas estaban al Poniente del rio, y las nuevas á la parte oriental.
Estaba de allí la costa de la mar, y el rio, en cuya boca despues se
edificó la ciudad, que hoy permanece, de Sancto Domingo, no más de
ocho leguas. Anduvieron en este camino, desde la Isabela hasta las
dichas minas viejas y primeras, como se dijo, 45 leguas. Finalmente,
trujeron gran muestra de oro y granos algunos grandes, de los cuales
despues, muchos y grandes, por la mayor parte, en estas y en las minas
nuevas (como abajo parecerá), se hallaron, lo que no acaeció en las de
Cibao, donde todo el oro que se halló allí, por la mayor parte, no fué
sino como sal, menudo, puesto que hobo tambien algunos, buenos granos.
Algunos granos grandes se hallaron, los tiempos andando, adelante de la
tierra que propiamente se llamó Cibao, al cabo de las sierras mismas y
cordillera que es continua de Cibao, que va á parar á la parte de la
isla del Norte ó septentrional, mayormente en la provincia de Guahava,
como, placiendo á Dios, abajo tambien se dirá.



CAPÍTULO CXI.


Acabadas las dos carabelas que habia mandado hacer el Almirante, y
guarnecidas de bastimentos y agua, y de las otras cosas, segun que
se pudo aparejar, necesarias, ordenadas las que convenian á la isla,
encomendadas las fortalezas á las personas que le pareció ser para
ellas, constiyó por Gobernador y Capitan general desta isla, en su
lugar, con plenísimo poder, á D. Bartolomé Colon, su hermano, y
desques dél á D. Diego Colon, su segundo hermano, rogando y mandando
á todos que los obedeciesen, y á él, que, con su prudencia, con todo
el contentamiento que se sufriese de la gente, á todos agradase y
gobernase, y bien tratase; dejó por Alcalde mayor de la Isabela y de
toda la isla, para el ejercicio de la justicia, á un escudero, criado
suyo, bien entendido aunque no letrado, natural de la Torre de don
Ximeno, que es cabe Jaen, que se llamó Francisco Roldan, porque le
pareció que lo haria segun convenia, y lo habia hecho siendo Alcalde
ordinario, y en otros cargos que le habia encomendado. Y porque los
Reyes habian mandado que el Almirante dejase ir á Castilla los más
enfermos y necesitados que en la isla estaban, y otros cuyos parientes
y deudos y sus mujeres se habian á los Reyes quejado que no les daba
licencia el Almirante para irse á sus tierras y casas, y otros por
otros por ella suplicádoles, allegáronse hasta doscientos veinte y
tantos hombres que en ambas carabelas se embarcaron; sobre muchos
dellos, quién irian ó quién quedarian, teniendo iguales necesidades, y
otros, que se encomendaban á Juan Aguado, Juan Aguado creia que, por
la creencia Real que trujo, debia el Almirante conceder que fuesen los
que nombraba ó queria, otras veces parecia que lo rogaba, aunque no con
mucha humildad, para con el Almirante, otras, que con que irian ante
los Reyes, lo amenazaba. Finalmente, tuvieron hartos enojos y barajas,
pero al cabo no se hacia ni podia hacer más que lo que el Almirante
mandaba, lo que no acaeciera, si Juan Aguado de los Reyes trajera,
para ello, ni para otras cosas, en lo público, alguna autoridad. Al
cabo de todos estos contrastes, se hobo de embarcar el Almirante en
una destas dos carabelas, la principal, y Juan Aguado en la otra,
repartidos los doscientos y veinte y tantos hombres, y más 30 indios,
segun la órden que el Almirante dió, en ambas. Salió del puerto de la
Isabela, jueves, á 10 dias de Marzo del año de 1496 años, y porque
tenia noticia ya del puerto de Plata, que estaba siete ú ocho leguas
de la Isabela, desde el primer viaje, quiso irlo á ver, y que fuese
con él el Adelantado, y mandóle salir en tierra con 10 hombres para
ver si habia agua, con intincion de hacer allí una poblacion. Hallaron
dos arroyos de muy buen agua, pero el Adelantado, dijeron, que negó
haber agua, porque no se impidiese la poblacion de Sancto Domingo;
salióse para tornarse por tierra á la Isabela el Adelantado, y fuése
su camino el Almirante. Subió hácia el Oriente con gran dificultad
por los vientos contrarios Levantes y corrientes, que le desayudaban,
hasta el Cabo de la isla, que creo es el que hoy llamamos el cabo del
Engaño; y, mártes, 22 de Marzo, perdió de vista el dicho Cabo y tierra
desta isla, y por tomar algun caçabí y bastimento de comida, porque
no sacó tanta cuanta hobiera menester de la Isabela, quiso volver
hácia el Sur por tomar las islas de por allí, é á 9 de Abril, sábado,
surgió en la isla de Marigalante. De allí, otro dia, domingo, fué á
parar y surgir á la isla de Guadalupe; envió las barcas en tierra bien
armadas, y, ántes que llegasen, salieron del monte muchas mujeres con
sus arcos y flechas para defender que no desembarcasen, y porque hacia
mucha mar no quisieron llegar á tierra, sino enviaron dos indios de
los que llevaban desta Española, que fuesen á nado, los cuales dijeron
á las mujeres, que no querian sino cosas de comer, y no hacer mal á
nadie; respondieron las mujeres que se fuesen á la otra parte de la
isla donde estaban sus maridos en sus labranzas, y que allá hallarian
recaudo. Yendo los navíos junto con la playa, salieron infinitos indios
dando alaridos y echando millares de flechas á los navíos, aunque no
alcanzaban; fueron las barcas á tierra, los indios resistieron con
sus armas, tiráronles de los navíos ciertas lombardas, que derrocaron
algunos; huyen todos á los montes viendo el daño, desamparadas sus
casas. Entran los cristianos destruyendo y asolando cuanto hallaban,
sino era lo que á ellos les habia de aprovechar; hallaron papagayos de
los grandes, colorados, que arriba dijimos llamarse guacamayos, que son
como gallos, aunque no tienen las piernas grandes, y dice el Almirante
que hallaron miel y cera. Esta no creo que fuese de la misma isla,
porque nunca, que yo sepa, se halló miel ni cera que en isla, sino en
tierra firme, se criase; hallaron aparejo para hacer caçabí y cerca las
labranzas. Dánse todos prisa, los indios que llevaba desta isla y los
cristianos, á hacer pan; entretanto envió el Almirante 40 hombres que
entrasen en la tierra á especularla, y tornaron otro dia con 10 mujeres
y tres muchachos; la una era la señora del pueblo, y, por ventura,
de toda la isla, que cuando la tomó un canario que el Almirante allí
llevaba, corria tanto, que no parecia sino un gamo, la cual, viendo
que la alcanzaba, vuelve á él como un perro rabiando y abrázalo y dá
con él en el suelo, y, si no acudieran cristianos, lo ahogara. Creyó
el Almirante que estas mujeres debian tener las costumbres que se
cuentan de las Amazonas, por cosas que dice que allí vido y supo, las
indias preguntadas; estuvo en esta isla de Guadalupe nueve dias, en
los cuales hicieron mucho pan caçabí, é proveyéronse de agua y leña, y
por dejar no tan agraviados los vecinos de la isla, porque, diz que,
aquella isla estaba en el paso, envió las mujeres á tierra, con algunas
cosillas de Castilla, de dádivas, sino sola la señora y una hija suya
que, dijo el Almirante, habia quedado de su voluntad; esta voluntad
sabe Dios que tal sería y qué consolados y satisfechos quedarian los
vecinos, llevándoles sus enemigos á su señora. Finalmente, hizo vela el
Almirante, de aquella isla, miércoles, á 20 dias de Abril, é comienza
á seguir su camino, segun le daban lugar los vientos contrarios; fué
mucho camino por 22°, más y ménos, segun el viento lugar le daba,
no cognosciendo aún la cualidad del aquel viaje, porque como cuasi
siempre todo el año corran por estas mares vientos brisas, y boreales
y levantes, para huir dellos conviene meterse los navíos en 30° y
más, donde se hallan los tiempos frescos y fríos, y así navegan por
su propio camino hasta dar en las islas de los Azores las naos: esta
navegacion no pudo fácilmente y luego en aquellos tiempos alcanzarse,
la cual solamente la experiencia ha mostrado, así que, por esta falta
hízosele más largo al Almirante su viaje, y, como iban mucha gente,
padecieron última necesidad, de hambre, de manera que pensaron perecer.
Vieron la isla de Santiago, una de los Azores, no la debian de poder
tomar, segun creo; finalmente, plugo á Dios de darles la tierra,
habiendo habido diferentes pareceres de los pilotos, donde estaban,
el Almirante afirmando que se hallaba cerca del cabo de Sant Vicente,
y así fué como él lo certificaba. Llegó y surgió en la bahía de Cáliz
á 11 de Junio, por manera que tardó en el viaje tres meses menos un
dia; halló en Cáliz tres navíos, ó dos carabelas y una nao, para
partir, cargados de bastimentos, trigo, vino, tocinos y carne salada,
habas y garbanzos, y otros cosas que los Reyes habian mandado cargar y
enviar para mantenimiento de la gente que en esta isla estaba. Vistas
las cartas y despachos que los Reyes enviaban al Almirante, proveyó
y escribió largo todo lo que convenia hacer allá, á D. Bartolomé
Colon, su hermano, con un Peralonso Niño, Maestre y Capitan de las
dos carabelas y nao; y, dados los despachos, partiéronse cuatro dias
despues quel Almirante á Cáliz habia llegado.



CAPÍTULO CXII.


El Almirante, con la mayor presteza que pudo, se partió de Cáliz
para Sevilla, y de Sevilla para Búrgos, donde la corte estaba, ó los
Consejos; el Rey estaba en Perpiñan en la guerra con Francia, porque
el rey de Francia pasaba otra vez á Italia; la Reina era en Laredo
ó en Vizcaya, despachando á la infanta Doña Juana para Flandes, que
iba por archiduquesa de Austria, á casar con el archiduque D. Felipe,
hijo del emperador Maximiliano, los cuales, despues fueron príncipes y
reyes de Castilla, y engendraron al emperador y rey D. Cárlos, nuestro
señor, con los demas señores Rey é Reinas, sus hermanos. La flota
en que fué aquella señora Infanta y Archiduquesa, y despues Reina,
nuestra señora, Doña Juana, era de 120 naos. Desde algunos dias que el
Almirante llegó, los Reyes se volvieron á Búrgos á esperar á madama
Margarita, hermana del susodicho señor Archiduque, para casar con el
príncipe D. Juan. El Almirante besó las manos á Sus Altezas, con la
venida del cual en grande manera se holgaron, porque mucho lo deseaban
por saber las cosas desta isla y tierras, en particular de su misma
persona, porque no lo habian sabido sino por sus cartas. Hiciéronle
mucha honra, mostrándole mucha alegría y gran clemencia y benignidad.
Dióles cuenta muy particular del estado en que estaba esta isla, del
descubrimiento de Cuba y Jamáica, y de las otras muchas islas que
descubiertas dejaba, y de lo que en aquel viaje habia pasado, y de la
dispusicion dellas, y lo que de cada una sentia y esperaba; dió tambien
á Sus Altezas noticia de las minas del oro y de las partes donde las
habia hallado. Hízoles un buen presente de oro, por fundir, como de las
minas se habia cogido, dello menudo, dello en granos como garbanzos,
y dello mayores los granos, segun se dijo, que habas, y algunos,
como nueces; presentóles muchas guayças ó carátulas de las que arriba
dijimos en el cap. 60, con sus ojos y orejas de oro, y muchos papagayos
y otras cosas de los indios, todo lo cual con mucha alegría los Reyes
recibieron, y daban á Nuestro Señor, por todo, muchas gracias, y al
Almirante, tenérselo todo en servicio, y en señalado servicio, en
palabras y honrarle se lo mostraban. De cada cosa de las dichas,
muchas particularidades y dudas le preguntaban, y á todas el Almirante
les respondia, y con sus respuestas les satisfacia y contentaba. De
las informaciones que Juan Aguado trujo y hizo á los Reyes contra el
Almirante, muy poco se airaron, y así no hay qué más contar ni gastar
tiempo de Juan Aguado. Propuso á Sus Altezas la intencion que tenia
de servirlos mucho más de lo servido, yendo á descubrir otra vez,
afirmando que, segun esperaba en Dios, les habia de dar descubierta,
sin islas, grande tierra, que fuese otra, quizá, tierra firme (aunque
ya tenia creido que la habia descubierto, teniendo á Cuba por tierra
firme), lo cual les certificó que seria tan verdad como lo que les
afirmó ántes que comenzase el primer viaje. Mandaron los Reyes que
diese sus memoriales de todo lo que habia menester, así para su
descubrimiento, como para las provisiones de la gente que en esta
isla estaba, y la que de nuevo decia que convenia traer. Pidió ocho
navíos; los dos, que viniesen luego cargados de bastimentos derechos
á esta isla, con el ansia que tenia de que la gente de los cristianos
estuviesen acá proveidos y contentos, para que la contratacion y
prosperidad del negocio destas Indias creciese, y en fama y obra se
prosperase, y los seis, tambien llenos de bastimentos, con la gente que
habia de traer, él los trujese, y en el viaje que entendia de camino
hacer, descubriendo, le acompañasen. Acordaron los Reyes, con parecer
del Almirante, que estuviesen siempre en esta isla á sueldo y costa
de Sus Altezas, por su voluntad empero, 330 personas desta calidad y
oficios, y forma siguiente: 40 escuderos, 100 peones de guerra é de
trabajo, 30 marineros, 30 grumetes, 20 artífices, ó que supiesen labrar
de oro, 50 labradores del campo, 10 hortolanos, 20 oficiales de todos
oficios y 30 mujeres. Á estos se mandó dar 600 maravedís de sueldo
cada mes, y una hanega de trigo cada mes, y para lo demas 12 maravedís
para comer cada dia; y, porque mejor se pudiesen gozar, mandaron que
se buscasen alguna persona ó personas que se obligasen á traer y tener
mantenimientos en esta isla, para que pudiesen la gente dellos, los que
hobiesen menester comprar. Habíaseles de prestar á las tales personas
ó mercaderes algunos dineros del Rey, segun pareciese al Almirante,
para emplear en los dichos bastimentos, dando fianzas que traerian los
dichos mantenimientos á esta isla, pero al riesgo de los Reyes, cuanto
al riesgo de la mar, y despues de hechos dineros, habian de volver
al Tesorero de los Reyes lo que se les habia prestado. Poníaseles
tasa en los precios de las cosas que habian de vender; el vino á 15
maravedís el azumbre, la libra de tocino é carne salada á 8 maravedís,
é los otros mantenimientos y legumbres á los precios que al Almirante
pareciese, ó á su Teniente, por manera que ellos hobiesen alguna
ganancia y no perdiesen, y la gente no recibiese agravio comprando
lo que hobiesen menester muy caro. Mandaron asimismo los Reyes, que
viniesen religiosos é clérigos, buenas personas, para que administrasen
los Sanctos Sacramentos á los cristianos que acá estuviesen, y para
que procurasen convertir á nuestra sancta fe católica á los indios
naturales destas Indias, é que trajese el Almirante, para ello, los
aparejos é cosas que se requerian para el servicio del culto divino.
Mandaron tambien traer un físico, é un boticario, é un herbolario, y
tambien algunos instrumentos músicos, para que se alegrasen y pasasen
tiempo la gente que acá habia de estar. Mandaron que en la Isabela y
en la poblacion que despues se edificase, se hiciese alguna labranza y
crianza para que mejor se mantuviese la gente que aquí estuviese, para
lo cual, se habian de prestar á los labradores 50 hanegas de trigo para
que lo sembrasen, y, á la cosecha, lo volviesen y pagasen el diezmo
á Dios, y de lo demas se aprovechasen, vendiéndolo á los vecinos y
gente que allá estuviese al precio razonable; para esto le mandaron
librar en las tercias del Arzobispado de Sevilla 600 cahices de trigo.
Mandaron tambien traer 50 cahices de harina, y 1.000 quintales de
bizcocho para que comiese la gente, entretanto que se hacian molinos y
atahonas para moler el trigo que traia, y el que se esperaba que daria
la tierra; lo mismo se le mandó que, sobre las vacas y yeguas que habia
en esta isla, trajese para cumplimiento de 20 yuntas de vacas y yeguas
y asnos, para poder labrar los labradores la tierra. Dieron comision
los Reyes al Almirante, para que, si le pareciese que convenia traer
más gente de los 330 hombres, pudiese subir el número hasta 500, con
tanto que á los demas de 330, se les pagase el sueldo y mantenimiento
de cualesquier mercaderías é otras cosas de valor que hobiese en estas
tierras, sin que los Reyes mandasen proveer y pagarles de otra parte
alguna. Hicieron merced á todos los que quisiesen venir á estar y morar
en esta isla, sin llevar sueldo alguno de sus Altezas, con tanto que
no pasasen acá sin su licencia ó del que tuviese cargo de darla, que,
de todo el oro que cogiesen y sacasen de las minas, con que no fuese
de rescate ó conmutacion con los indios, llevasen la tercia parte, y
con las dos acudiesen á los oficiales de sus Altezas. Bien parece por
esto el poco dinero que habia por aquellos tiempos en Castilla, y por
consiguiente, cuanto caso hacian los Reyes del oro destas Indias, lo
poco que hasta entónces habia parecido; poco digo por respecto de lo
que despues vimos. Hiciéronles tambien merced á los tales vecinos, que
de todas las otras cosas de provecho que hallasen, que no fuese oro, en
esta isla, diesen á los Reyes no más del diezmo. Estas cosas postreras
se concedieron el año de 95 en Madrid, á 10 dias de Abril; y porque
el Almirante consideraba que habia menester gente para su propósito
en esta isla, y que la española era mal contentadiza, y que no habia
mucho de perseverar la que acá estaba y la que agora traia, y por otra
parte, temia que los Reyes se hartasen ó estrechasen en los gastos que
con los sueldos hacian, pensó esta industria, para traer alguna parte
de gente sin sueldo, y que tuviesen por bien, por trabajos que se
les recreciesen, de vivir en esta isla: suplicó, pues; á los Reyes,
que tuviesen por bien, de que los malhechores que en estos reinos
hobiese, les perdonase sus delitos con tal condicion que viniesen á
servir algunos años en esta isla, en lo que el Almirante, de su parte,
les mandase. Proveyeron Sus Altezas dos provisiones sobre esto: la
primera, que porque de la poblacion de cristianos en estas tierras,
esperaban en Dios que saldria mucho fruto en la conversion destas
gentes, y dilatacion, y ensalzamiento de nuestra santa fe, y sus reinos
ensanchados, y para esto era más gente menester, sin la que daban
sueldo, que acá viniese, y por usar tambien de clemencia, que todas é
cualesquiera personas, hombres y mujeres, delincuentes, que hobiesen
cometido hasta el dia de la publicacion de sus cartas, cualquiera
crímen de muerte ó heridas, y otros cualesquiera delitos de cualquiera
natura ó calidad que fuesen, salvo de herejía, ó _lesæ majestatis_, ó
_perdulionis_, ó traicion, ó aleve, ó muerte segura, ó hecha con fuego
ó con saeta, ó de falsa moneda, ó de sodomía, ó de sacar moneda, ó
oro, ó plata, ó otras cosas vedadas fuera del reino, viniesen á servir
acá, en lo que el Almirante, de parte de los Reyes, les mandase, y
sirviesen á su costa en esta isla, los que mereciesen muerte, dos años,
y los que no, un año, les perdonaban cualesquiera delitos, y pasado el
dicho tiempo se pudiesen ir á Castilla libres. Destos cognoscí yo en
esta isla á algunos, y áun alguno desorejado, y siempre le cognoscí
harto hombre de bien. La otra provision fué, que mandaron los Reyes á
todas las justicias del Reino, que todos los delincuentes que por sus
delitos mereciesen ser desterrados á alguna isla ó á cavar metales,
segun las leyes, los desterrasen para esta isla de la misma manera, y,
lo mismo que los que no mereciese pena de muerte pero que mereciesen
ser desterrados para esta isla, los desterrasen por el tiempo que les
pareciese. Estas dos provisiones fueron despachadas en Medina del
Campo, á 22 de Junio de 1497. Concedieron tambien los Reyes á los que
se avecindasen en esta isla, de los que en ella estaban, y los que
viniesen á ella de Castilla para se avecindar, que el Almirante les
repartiese tierras, y montes, y aguas, para hacer casa, heredades,
huertas, viñas, algodonales, olivares, cañaverales para hacer azúcar
y otros árboles, molinos é ingenios para el dicho azúcar, y otros
edificios necesarios para sí propios, y que dellos, en cualquiera
manera, por venta ó donacion, ó trueque ó cambio, se aprovechasen,
con que estuviesen y morasen en esta isla con su casa poblada cuatro
años; con tanto, que las tales tierras, y montes, y aguas, no tengan
jurisdiccion alguna civil ni criminal, ni cosa acotada, ni término
redondo, más de aquello que tuvieren cercado de una tapia en alto, y
que todo lo otro descercado, cogidos los fructos y esquilmo dellos,
sea para pasto comun é valdío á todos. Reservaron para sí el oro y
plata, y brasil, é otro cualquiera metal que en las tales tierras se
hallase, ni que no hiciesen en ellas cargo ni descargo de oro y plata,
ni de brasil, ni de otras cosas que á los Reyes perteneciesen. Esta
provision fué hecha en Medina del Campo, mes é año susodicho. Para
estos despachos, mandaron librar los Reyes al Almirante seis cuentos,
los cuatro, para los bastimentos susodichos, y los dos para pagar la
gente; estos seis cuentos, con grandísima dificultad y con grandes
trabajos suyos y angustias, por las grandes necesidades de los Reyes,
de guerras y los casamientos de sus hijas las señoras Infantas, se le
libraron; pero porque despues para cobrarlos, tuvo mayores trabajos
y dificultades, como se dirá adelante, dejemos aquí su despacho, y
contemos lo que se hizo en esta isla despues que los tres navíos, que
halló en Cáliz el Almirante para partir á la Isabela, llegaron.



CAPÍTULO CXIII.


Tornando á lo que en esta isla sucedió, ido el Almirante y llegados
los tres navíos que halló de partida, decimos que llegaron al puerto
de la Isabela por principio de Julio, con los cuales, y con lo que
dentro traian, que todo era bastimentos, y con saber que habia llegado
el Almirante con salud á Castilla, la gente y D. Bartolomé Colon y
su hermano D. Diego recibieron regocijo inestimable é incomparable
alegría. No habia cosa en aquellos tiempos que á la gente que acá
estaba en tanto grado alegrase, aunque fuese abundancia de oro, como
saber que venian navíos, y bastimentos en ellos, de Castilla; porque
todos sus principales males eran de hambre, mayormente, como arriba
dijimos, los que no andaban por la tierra guerreando, sino que estaban
de contino en la Isabela en los trabajos en que allí los ocupaban, que
comunmente eran trabajadores y oficiales. Estas hambres y desventuras
causaron los malos tratamientos y angustias, que, desde luego que
los cristianos entraron en esta isla, comenzaron y prosiguieron
siempre á hacer á los indios, y querer el Almirante darse tanta prisa
á subiectar Reyes y súbditos, y á todos hacer tributarios de quien
nunca cognoscieron, ni oyeron, ni supieron causa ni razon por qué se
los debian; porque si se entrara en esta isla como Cristo quiso, y
entrarse debia, los indios vinieran á mantener y ayudar y servir en
todas sus enfermedades y trabajos á los cristianos, con sus mujeres y
hijos. Bien se prueba esto por el humanísimo y admirable, y más que de
hombres comunes, hospedaje y obras paternales que hizo en el primer
viaje al Almirante aquel tan virtuoso rey Guacanagarí, en quien tanto
abrigo, ayuda, favor, mamparo y consuelo halló, pudiéndolo matar y que
nunca hobiera memoria en el mundo dél ni de todos los cristianos que
con él iban. Así que, volviendo á tejer nuestra historia, recibidas
las cartas del Almirante, y con ellas las que convino enviar de los
Reyes, su hermano, D. Bartolomé, con los dichos tres navios determinó
de despacharlos con brevedad, hinchirlos de indios, hechos esclavos
con la justicia y razon que arriba se ha dicho (y estos fueron 300
inocentes indios), porque dijeron que el Almirante habia á los Reyes
escrito que ciertos Reyes ó Caciques desta isla habian muerto ciertos
cristianos, y no dijo cuantos él y los cristianos habian hecho pedazos;
y los Reyes le respondieron, que todos los que hallase culpados los
enviase á Castilla, creo yo que por esclavos como en buena guerra
captivos, no considerando los Reyes ni su Consejo con qué justicia las
guerras y males el Almirante habia hecho contra estas gentes pacíficas,
que vivian en sus tierras sin ofensa de nadie, y de quien el mismo
Almirante á Sus Altezas, pocos dias habia, en su primer viaje, tantas
calidades de bondad, paz, simplicidad y mansedumbre habia predicado.
Al ménos parece que se debiera de aquella justicia ó injusticia dudar,
pero creyeron solamente al Almirante, y como no hobiese quien hablase
por los indios, ni su derecho y justicia propusiese, defendiese y
alegase, como abajo parecerá más largo y claro, quedaron juzgados y
olvidados por delincuentes, desde el principio de su destruccion hasta
que todos se acabaron, sin que nadie sintiese su muerte y perdicion, ni
la tuviese por agravio. Debiera tambien haber escrito el Almirante á
los Reyes como habia hallado muy buenas minas de oro á la parte desta
isla austral, y que entendia de buscar por aquella costa de la mar
algun puerto donde pudiesen las naos estar, y poblar en él un pueblo,
y que, si se hallaba, traería grandes comodidades, porque, viniendo
por aquella costa del descubrimiento de las islas Cuba y Jamáica, le
habia parecido muy hermosa tierra, como lo es, y algunas entradas de la
mar en la tierra, donde creia que habia muchos puertos; especialmente
que no podian estar léjos de allí las minas que últimamente habian
descubierto, á las cuales, como arriba se dijo, puso su nombre de Sant
Cristóbal. Los Reyes le respondieron que hiciese lo que en ello mejor
le pareciese, y que aquello ternian Sus Altezas por bueno, y se lo
recibirian por servicio. Vista esta respuesta en Cáliz, el Almirante,
escribió á su hermano D. Bartolomé Colon que luego lo pusiese por la
obra y caminase á la parte del Sur, y con toda diligencia buscase
algun puerto por allí para poblar en él, y, si tal fuese, pasase todo
lo de la Isabela en él y la despoblase; el cual, visto el mandado del
Almirante, determinó luego de se partir para la parte del Sur, y,
dejado concierto y órden en la Isabela, y en su lugar, á su hermano
D. Diego, como el Almirante hobo ordenado, y con la gente más sana
que habia y el número que le pareció, se partió derecho á las minas
de Sant Cristóbal. De allí, preguntando por lo más cercano de la mar,
fué á aportar al rio de la Hoçama, que así lo llaman los indios, rio
muy gracioso, y que estaba todo poblado de la una y de la otra parte;
y este es el rio donde agora está el puerto y la ciudad de Sancto
Domingo. Entró en canoas, que son los barquillos de los indios, sondó,
que es decir experimentó con algun plomo ó piedra y cordel la hondura
que el rio tenia, vido que podian entrar en el rio no sólo navíos
pequeños, pero naos de 300 toneles, y más grandes, y, finalmente,
cognosció ser muy buen puerto; fué grande el gozo que él hobo y los que
con él iban. Determinó de comenzar allí una fortaleza de tapias sobre
la barranca del rio y á la boca del puerto, á la parte del Oriente, no
donde agora está la ciudad, porque está de la del Occidente; provee
luego á la Isabela que se vengan los que señaló, para que se comience
una poblacion la cual quiso que se llamase Sancto Domingo, porque el
dia que llegó allí, fué domingo, y por ventura, dia de Sancto Domingo;
aunque el Almirante, segun creo, quiso que se llamase la Isabela Nueva,
porque así la nombró hasta que, el tercero viaje que hizo á estas
Indias, cuando descubrió á tierra firme, vino á desembarcar en ella,
como abajo parecerá. Quedaron en la Isabela los enfermos y oficiales
de ribera que hacian dos carabelas; dejó allí 20 hombres comenzando á
cortar madera y aparejando lo demas para hacer la fortaleza, y, venida
la gente de la Isabela que mandó venir, la prosiguiesen, y él, con los
demas, toma guías de los indios, por allí vecinos, para ir á la tierra
y reino del rey Behechio, cuyo reino se llamaba Xaraguá, la última
sílaba luenga, de quien y de su estado y policía, y de una su hermana,
notable mujer, llamada Anacaona, maravillas habia oido.



CAPÍTULO CXIV.


Partido del rio de la Hoçama y por otro nombre, ya nuestro, Sancto
Domingo, D. Bartolomé Colon con su compañía, y, andadas 30 leguas,
llegó á un rio muy poderoso, que se llamaba y hoy llamamos como los
indios, Neyba, donde halló un ejército de infinitos indios con sus
arcos y flechas, armados en son de guerra, puesto que desnudos en
cueros; y notad qué guerra pueden hacer con las barrigas desnudas
por broqueles. Parece que como el rey Behechio tuvo nueva que los
cristianos venian, y habia oido las nuevas de sus obras, contra el rey
Caonabo y su reino, hechas, envió aquella gente ó vino él tambien en
persona con sus juegos de niños á resistirlos (que todas sus guerras,
comunmente, son tales, mayormente las desta isla). Los cristianos,
viendo el ejército, hizo D. Bartolomé señales de que no los venia á
hacer mal, sino á verlos y holgarse con ellos, y que deseaba ver á
su rey Behechio y su tierra, luego los indios se aseguraron como si
ya tuvieran grandes prendas dellos y fuera imposible faltarles la
palabra. Van luego volando mensajeros al rey Behechio, ó él, si allí
iba, invia á mandar que salgan toda su corte y gente con su hermana
Anacaona, señalada y comedida señora, á rescibir á los cristianos,
y que les hagan todas las fiestas y alegrías que suelen á sus Reyes
hacer, con cumplimiento de sus acostumbrados regocijos. Andadas
otras 30 leguas, llegan á la ciudad y poblacion de Xaraguá, porque
60 leguas dista de Sancto Domingo, como arriba queda dicho; salen
infinitas gentes, y muchos señores y nobleza, que se ayuntaron de toda
la provincia con el rey Behechio y la Reina, su hermana, Anacaona,
cantando sus cantares y haciendo sus bailes, que llamaban areitos,
cosa mucho alegre y agradable para ver, cuando se ayuntaban muchos
en número especialmente; salieron delante 30 mujeres, las que tenia
por mujeres el rey Behechio, todas desnudas en cueros, sólo cubiertas
sus vergüenzas con unas medias faldillas de algodon, blancas y muy
labradas, en la tejedura dellas, que llamaban naguas, que les cubrian
desde la cintura hasta media pierna; traian ramos verdes en las manos,
cantaban y bailaban, y saltaban con moderacion como á mujeres convenia,
mostrando grandísimo placer, regocijo, fiesta y alegría. Llegáronse
todas ante don Bartolomé Colon, y, las rodillas hincadas en tierra,
con gran reverencia, dánle los ramos y palmas que traian en las manos;
toda la gente demas, que era innumerable, hacen todos grandes bailes
y alegrías, y, con toda esta fiesta y solemnidad, que parece no poder
ser encarecida, llevaron á D. Bartolomé Colon á la casa real ó palacio
del rey Behechio, donde ya estaba la cena bien larga aparejada, segun
los manjares de la tierra, que era el pan de caçabí é hutias, los
conejos de la isla, asadas y cocidas, é infinito pescado de la mar
y del rio, que por allí pasa. Despues de cenar, vánse los españoles
cada tres ó cuatro á las posadas que les habian dado, donde tenian
ya sus camas puestas, que eran las hamacas de algodon, muy hermosas,
y, para de lo que eran, ricas; destas, ya en el capítulo 42, queda,
como son hechas, dicho. El D. Bartolomé con media docena de cristianos
quedóse aposentado en la casa del rey Behechio. Otro dia tuvieron
concertado en la plaza del pueblo hacerle otras muchas maneras de
fiestas, y así llevaron al D. Bartolomé Colon y cristianos á verlas.
Estando en ella salen súpitamente dos escuadrones de gente armada
con sus arcos y flechas, desnudos empero, y comienzan á escaramuzar
y jugar entre sí, al principio como en España cuando se juega á las
cañas, poco á poco comienzan á encenderse, y, como si pelearan contra
sus muy capitales enemigos, de tal manera se hirieron, que cayeron en
breve espacio cuatro dellos muertos, y muchos bien heridos. Todo, con
todo el regocijo y placer y alegría del mundo, no haciendo más caso
de los heridos y muertos que si les dieran un papirote en la cara;
durara más la burla y cayeran hartos más sin vida, sino que, á ruego
de D. Bartolomé Colon y de los cristianos, mandó cesar el juego el rey
Behechio. Esta manera de juegos escaramuzales se usaban antiguamente
en Castilla, la que decimos Vieja, puesto que intervenian en Castilla
caballos, que Estrabo llama _Gymnica certamina_, y debia ser más que
juegos de cañas: y dice así en el libro III, pág. 104, de su Geografía:
_Gymnica etiam conficiunt certamina, armis exercent ludos, et equis, et
cæstibus, et cursibus, et tumultuaria pugna, et instructo per cohortes
prœœœœlœio._

Esta su hermana, Anacaona, fué una muy notable mujer, muy prudente, muy
graciosa y palanciana en sus hablas, y artes, y meneos, y amicísima
de los cristianos; fué tambien reina de la Maguana, porque fué mujer
del rey Caonabo susodicho, como arriba todo esto fué á la larga
dicho, cap. 86. Despues de todas estas fiestas y regocijos, habló D.
Bartolomé Colon al rey Behechio y á esta señora, su hermana, Anacaona,
como su hermano, el Almirante, habia sido enviado por los reyes de
Castilla, que eran muy grandes Reyes y señores, y tenian muchos reinos
y gentes debajo de su imperio, y que habia tornado á Castilla á verlos
y notificarles, que muchos señores y gente desta isla le eran ya
tributarios, y los tributos les pagaban, y por tanto, él venia á él
y á su reino, para que lo mismo hiciese y los recibiese por señores,
en señal de lo cual en cosas convenientes les tributasen. Pero de oir
es, y notar, la respuesta que le dió (que como habian oido que el rey
Guarionex y Guacanagarí, é los reyes de Cibao y sus gentes, tributaban
oro, como si ya le hobiera mostrado y demostrado por naturales razones,
que él no pudiera negar, sino que convencido del todo quedaba ser
obligado, á Reyes ó gentes que nunca oyó ni creyó que eran en el mundo,
tributar), respondió: «¿como puedo yo dar tributo, que en todo mi reino
ni en alguna parte ni lugar dél nace ni se coge oro, ni saben mis
gentes qué se es?» Creia, y no sin razon que no buscaban ni venian por
otro fin los cristianos, sino por llevar oro á sus Reyes y señores.
Respondió D. Bartolomé Colon: «no queremos ni es nuestra intencion
imponer tributo á nadie, que no sea de aquellas cosas que tengan en sus
tierras y puedan bien pagar; de lo que en vuestra provincia y reinos
sabemos que abundais, que es mucho algodon y pan caçabí, queremos
que tributeis é de lo que más en esta tierra hobiese, pero no de lo
que no hay.» Oidas estas palabras, alegróse mucho, y respondió: «que
de aquello cuanto él quisiese le daria hasta que no quisiese más.»
Mandó luego, enviando mensajeros á todos los otros señores y pueblos,
sus subiectos, que todos hiciesen sembrar y sembrasen en sus tierras
y heredades mucho algodon para que hobiese grande abundancia dello,
porque se habia de dar tributo á los reyes de Castilla, cuyo criado
y enviado era el Almirante y su hermano, que agora venido habia y
estaba en su casa. Dos cosas podemos aquí considerar y notar; la una,
la innata bondad y simplicidad del rey Behechio, la cual manifiesta
dos cosas muy claras; la una, que pudiera matar á D. Bartolomé y á
todos los cristianos, los cuales, no creo que podian llegar á número
de ciento, y él tenia millones de gentes, porque de gente, y términos
de tierra larga, y corte y en muchas ventajas, era en esta isla el Rey
más principal; la otra, en conceder tan fácilmente, recognoscer por
superior y tributar á otro Rey extraño, que no sabia quién era ni quién
no. ¿Quién de los reyes libres del mundo á la primer demanda ó palabra
se querrá á otro Rey que nunca vido ni oido subiectar, y servirle como
súbdito y vasallo, repugnando al apetito natural? Y si dijeres que
fué por miedo y temor que hobo de D. Bartolomé y de los cristianos
que consigo llevaba, por haber oido las guerras crueles, y estragos y
muertes que el Almirante habia hecho en el Rey é gente de Caonabo y
en otras partes, parece que no, pues pudiera sin duda matarlos, ó al
ménos, acometerles y hacerles harto daño, lo cual nunca intentaron;
y si porfiares que sí, por ende fueron más injustos y más contra ley
natural los tributos que D. Bartolomé Colon le impuso, haciendo Rey
libre, tributario por miedo, contra su voluntad, no siendo su súbdito
ni debiéndole algo, lo que es propio de tiranos. La otra cosa que aquí
se debe notar, es, cuan al revés y preposteramente hizo su entrada D.
Bartolomé Colon en este reino de Xaraguá, dando, primeramente noticia
á los infieles simplicísimos de los reyes de Castilla y de su grandeza
y merecimientos que del verdadero Dios, y echarles ántes carga de
tributos, que dándoles algo que en su provecho y utilidad resultase; no
habiendo otra causa legitima para entrar cristianos en estos reinos y
tierras, sino sólo para darles noticias y cognoscimiento de un solo y
verdadero Dios y de Jesucristo, su hijo, universal Redentor; manifiesto
es que aquellas gentes, ó habian de tener á los reyes de Castilla por
dioses, pues se les predicaba primero que otra cosa su merecimiento
y valor, y que se les debian de otros Reyes, tan grandes señores
en tierras y gentes como ellos, recognoscimiento de superioridad y
tributos, ó habian de creer que el fin que acá los cristianos, y no
otro, traian, como cosa dellos amada sobre todo, era su propio interese
y llevar á sus tierras, de los bienes agenos, tributos y oro. Muy por
el contrario del camino que Cristo llevó y sus Apóstoles para traer
á sí al mundo, que ante todas cosas predicaban á Dios, y no sólo no
pedian tributo ni tomaban de hombre cosa, mas hacíanles grandes bienes,
y daban sus vidas y dieron, por atraer y salvar á los que predicaban,
y el hijo de Dios la suya por todos. Pero entró por la misma puerta y
llevó el mesmo camino D. Bartolomé Colon, que su hermano el Almirante
al principio entró y anduvo, cierto engañados no sé con qué; mas creo
que sí sé, de una culpabilísima, que á ninguno excusa, del derecho
natural y divino ignorancia.



CAPÍTULO CXV.


Dejó D. Bartolomé Colon muy contento, á lo que parecia, y Dios sabe
si era así, al rey Behechio, y tributario y solícito de cumplir los
tributos que se le habian pedido; y, con ánsia de saber lo que en la
Isabela y aquestas partes desta isla de la Vega y Cibao habia sucedido,
acordó partirse de Xaraguá para acá, y, llegado á la Isabela, halló
que cerca de 300 hombres habian fallecido de diversas enfermedades.
Rescibió desto D. Bartolomé grande trabajo, y aunmentábaselo tener muy
pocos bastimentos y no venir navíos de Castilla; determinó de repartir
y enviar todos los enfermos y flacos por las fortalezas que habia
desde la Isabela hasta Sancto Domingo, y á los pueblos de los indios
que cerca dellas estaban, porque al ménos ternian, sino médicos y
boticarios, comida que los indios les darian y no les faltaria, y así
pelearian solamente con la enfermedad, y no con ella y juntamente con
la hambre: las fortalezas fueron la Magdalena, Santiago, la Concepcion,
el Bonao, como se dijo en el cap. 110. Dejó en la Isabela los hombres
más sanos, en especial oficiales, haciendo dos carabelas, y él tornó
á visitar la fortaleza que dejó haciendo sobre el rio de Sancto
Domingo, yendo cogiendo los tributos, por el camino, de los señores
y sus vasallos á quien el Almirante y él los habian impuesto; donde,
como estuviese algunos dias, los señores y gentes de la Vega y de las
provincias comarcanas, no pudiendo sufrir la importuna carga de los
tributos del oro que cada tres meses se les pedia, y la más onerosa y
á ellos más intolerable, y aspérrima conversacion de los cristianos,
de comerles cuanto tenian y no se contentar con lo que se les daban,
sino, con malos tratamientos, miedos, amenazas, palos y bofetadas,
llevarlos de unas partes á otras cargados, andarles tras las hijas é
las mujeres, é otras vejaciones é injusticias semejantes, acordaron de
se quejar al rey Guarionex y á inducirle á que mirase y considerase
su universal captiverio y opresion, y vida tan malaventurada que
pasaban con aquellos cristianos, que trabajasen de matarlos si pudiesen
y libertarse. Hacian cuenta que mayor era el tormento que sufrian
cuotidiano é inacabable que podian ser las muertes de pocos dias, que,
si no salian con lo pensado, esperaban; y en fin, siempre creian de sí
mismo haber vitoria de los cristianos, en lo cual siempre se engañaban.
Guarionex, como era hombre de su naturaleza bueno y pacífico, y
tambien prudente, y via y cognoscia las fuerzas de los cristianos, y
la ligereza de los caballos, y lo que habian hecho al rey Caonabo y á
su reino é á muchos otros de la provincia de Cibao, mucho lo rehusaba;
pero al cabo, importunado de muchos, y, por ventura, amenazado de
que harian Capitan otro que á él le pesase, con gran dificultad hobo
de aceptarlo. Sintiéronse destos movimientos algunas señales por los
cristianos que estaban en la fortaleza de la Concepcion; avisaron con
indios que les fueron fieles á los cristianos de la fortaleza del
Bonao, y aquellos despacharon otros mensajeros á Sancto Domingo, donde
don Bartolomé estaba, el cual, á mucha prisa, vino á la Vega, ó á la
Concepcion, que así se llamaba.

Quiero contar una industria que tuvo un indio mensajero, que creo que
fué esta vez, para salvar las cartas que llevaba de los cristianos
de la Concepcion á los del Bonao. Diéronselas metidas en un palo que
tenian para aquello, hueco por una parte, y como los indios ya tenian
experiencia de que las cartas de los cristianos hablaban, ponian
diligencia en tomarlas; el cual, como cayó en manos de las espías,
que los caminos tenian tomados, fué cosa maravillosa la prudencia de
que usó, que no fué á la del rey David muy desemejable. Hízose mudo y
cojo, mudo para que no le pudiesen constreñir á que, lo que traia,
ó de donde venia ó qué hacian ó qué pensaban hacer los cristianos,
hablase, y cojo, porque el palo en que iban las cartas, que fingia
traer por bordon necesario, no le quitasen; finalmente, hablando y
respondiendo por señas, y cojeando, como que iba á su tierra con
trabajo, hobo de salvarse á sí é á las cartas que llevaba, las cuales,
si le tomaran y á él prendieran ó mataran, por ventura, no quedara, de
los cristianos derramados por la Vega y aún de los de la fortaleza de
la Concepcion, hombre vivo ni sano. Llegó, pues, D. Bartolomé con su
gente á la fortaleza del Bonao, y allí fué, de lo que habia, avisado.
De allí trasnocha y vá á entrar en la fortaleza de la Concepcion, que
10 leguas buenas distaba; sale con toda la gente sanos y enfermos á
dar en 15.000 indios que estaban con el rey Guarionex y otros muchos
señores ayuntados, y, como estas tristes gentes vivian pacíficos, sin
pendencias, rencillas, ni trafagos, no tenian necesidad de con muros
y barbacanas, ni fosas de agua, tener sus pueblos cercados. Dieron en
ellos de súbito, á media noche, porque los indios, nunca de noche, ni
acometen, ni para guerra están muy aparejados, puesto que no dejan de
tener sus velas y espías, y, en fin, para contra españoles harto poco
recaudo; hicieron en ellos, como suelen, grandes estragos. Prenden
al rey Guarionex y á otros muchos; mataron á muchos señores de los
presos, de los que les pareció que habian sido los primeros movedores,
no con otra pena, segun yo no dudo, sino con vivos quemarlos, porque
esta es la que comunmente, y siempre y delante de mis ojos yo vide,
muy usada. Traidos presos á la fortaleza de la Concepcion, vinieron
5.000 hombres, todos desarmados, dando alaridos y haciendo dolorosos y
amargos llantos, suplicando que les diesen á su rey Guarionex y á los
otros sus señores, temiendo no los matasen ó quemasen. D. Bartolomé
Colon, habiendo compasion dellos, y viendo la piedad suya para sus
señores naturales, cognosciendo la bondad innata de Guarionex, cuan más
inclinado era á sufrir y padecer con tolerancia inefable los agravios,
fuerzas é injurias que le hacian los cristianos, que á pensar en hacer
vengaza, dióles su Rey é á los otros sus señores, con que quedaron de
sus angustias y miserias algo consolados, no curando del captiverio y
opresion y vida infelice en que quedaban, ni de sus, cierto, futuras
mayores calamidades.



CAPÍTULO CXVI.


Pasados algunos dias, poco despues que aqueste alboroto fué asosegado,
aunque las gentes de aquella comarca de la Vega, con las cargas y
trabajos que los cristianos continuamente les daban, por tenerlos
en ménos, por haberlos guerreado y hostigado, como siempre lo han
acostumbrado hacer, no muy alegres ni descansadas, vinieron mensajeros
del rey Behechio y de Anacaona, su hermana, á D. Bartolomé Colon;
haciéndole saber como los tributos del algodon y caçabí, que habia
impuesto ó pedido á su reino, estaban aparejados, que viese lo que
cerca dello mandaba; si no me he olvidado, creo que dentro de seis
ó ocho meses, sembradas las pepitas del algodon, dan fruto; los
arbolillos que dellos nacen, llegan á ser tan altos, los mayores, como
un buen estado, puesto que desde más chicos comienzan á darlo. Acordó
luego D. Bartolomé ir á Xaraguá, lo uno, por ver lo que Behechio,
rey de aquel reino, le avisaba, y como habia cumplido su palabra; lo
otro, por ir á comer á aquella tierra que no estaba trabajada, como
tenian los cristianos la Vega y sus comarcas, puesto que les daba Dios
siempre el pago, en los descontentos que siempre tenian por la falta de
vestidos y de las cosas de Castilla, por las cuales siempre suspiraban
y vivian todos, ó todos los más, como desesperados. Llegado al pueblo
ó ciudad del rey Behechio, D. Bartolomé, sálenle á recibir el Rey y
Anacaona, su hermana, y 32 señores muy principales, que para cuando
viniese habian sido convocados, cada uno de los cuales habia mandado
traer muchas cargas de algodon en pelo y hilado, con su presente de
muchas hutias, que eran los conejos desta isla, y mucho pescado,
todo asado; lo cual todo, cada uno le presentó, de que se hinchió,
de algodon digo, una grande casa. Dióles á todos los señores muchas
gracias, y al rey Behechio y á la señora su hermana, muchas más y más
grandes, mostrando señales de grande agradecimiento, como era razon
dárselas; ofreciéronse á traerle tanto pan caçabí que hinchiese otra
casa y casas. Envia luego mensajeros á la Isabela, que, acabada la una
de las dos carabelas, viniese luego á aquel puerto de Xaraguá, que es
una grande ensenada ó entrada que hace la mar, partiendo esta isla
en dos partes; la una, como arriba se dijo cap. 50, hace el cabo de
Sant Nicolás, que tiene más de 30 leguas, y la otra tenia más de 60,
que hace el Cabo que ahora se llama del Tiburon, y que llamaban de
Sant Rafael cuando vino del descubrimiento de Cuba el Almirante. El
rincon desta particion ó abertura que la mar por allí hace, distaba de
la poblacion y casa real de Behechio, dos leguas, no más largo; allí
mandó venir la carabela, y que la tornarian llena de caçabí. Desto
recibieron los españoles, que en la Isabela estaban, grande alegría,
por el socorro que para su hambre esperaban; diéronse priesa, vinieron
al puerto de Xaraguá, donde los deseaban. Sabido por la señora reina
Anacaona persuade al Rey, su hermano, que vayan á ver la canoa de los
cristianos, de quien tantas cosas se les contaban. Tenia un lugarejo
en medio del camino, Anacaona, donde quisieron dormir aquella noche;
allí tenia esta señora una casa llena de mil cosas de algodon, de
sillas y muchas vasijas y cosas de servicio de casa, hecha de madera,
maravillosamente labradas, y era este lugar y casa, como su recámara.
Presentó esta señora á D. Bartolomé muchas sillas, las más hermosas,
que eran todas negras y bruñidas como si fueran de azabache; de todas
las otras cosas para servicio de mesa, y naguas de algodon (que eran
unas como faldillas que traian las mujeres desde la cinta hasta media
pierna, tejidas y con labores del mismo algodon) blanco á maravilla,
cuantas quiso llevar y que más le agradaban. Dióle cuatro ovillos de
algodon hilado que apénas un hombre podia uno levantar; cierto, si
oro tuviera y perlas, bien se creia entónces que lo diera con tanta
liberalidad, segun todos los indios desta isla eran de su innata
condicion dadivosos y liberales. Vánse á la playa ó ribera de la mar,
manda D. Bartolomé venir la barca de la carabela á tierra; tenian al
Rey é la Reina, su hermana, sendas canoas, muy grandes y muy pintadas y
aparejadas, pero la señora, como era tan palanciana, no quiso ir en la
canoa, sino con D. Bartolomé en la barca. Llegando cerca de la carabela
sueltan ciertas lombardas; turbáronse los Reyes y sus muchos criados y
privados en tanto grado, que les pareció que el cielo se venia abajo,
y aína se echaran todos al agua, pero como vieron á D. Bartolomé
reirse, algo se asosegaron. Llegados, como dicen los marineros, al
bordo, que es junto á la carabela, comienzan á tañer un tamborino y la
flauta, y otros instrumentos que allí llevaban, y era maravilla como
se alegraban; miran la popa, miran la proa, suben arriba, descienden
abajo, están, como atónitos, espantados. Manda D. Bartolomé alzar las
anclas, desplegar las velas, dar la vuelta por la mar: aquí creo yo
que no les quedó nada de sangre, temiendo no se los llevasen; pero
desque dieron la vuelta hácia casa, quedaron sin temor y demasiadamente
admirados, que sin remos, la carabela, tan grande, parecia que volase,
y, sobre todo, que con un viento sólo fuese á una parte, y á otra
contraria tornase. Tornáronse á Xaraguá; vinieron infinitos indios de
todo el reino del pan caçabí cargados. Hinchen la carabela del pan y
del algodon y de las otras cosas que el Rey é la Reina y los otros
señores habian dado; partióse la carabela para hacer á la Isabela su
viaje, y D. Bartolomé, con su gente, tambien acordó irse para allá con
su compañía por tierra; dejó alegres al Rey é á la Reina, y, á todos
los señores y gentes suyas, muy contentos.



CAPÍTULO CXVII.


Entretanto que D. Bartolomé Colon estaba en el reino de Xaraguá con el
Behechio y hacia lo que en el precedente capítulo se dijo, Francisco
Roldan, á quien, como arriba en el capítulo 111 dijimos, dejó el
Almirante por Alcalde mayor en la Isabela, y, como tambien dije, de
toda la isla, por descontentos que tuvo del Gobernador, D. Bartolomé
Colon, ó por no sufrir las reglas y estrechura de los bastimentos de la
Isabela, y querer vivir más á lo largo andando por la isla (ó tambien,
hallo en mis memoriales, que tuvo principio este levantamiento porque
uno de los principales, que consigo siempre trujo, se echó con la
mujer del rey Guarionex, y porque le quiso el Adelantado castigar), ó
porque era bullicioso y pretendia subir á más de lo que era, imaginando
que el Almirante nunca volveria, porque hacia ya quince meses que era
partido desta isla, y que era señal que los Reyes no lo dejarian volver
acá, segun, por ventura, debiera Juan Aguado haber dicho y así se
decia, acordó quitar la obediencia al dicho D. Bartolomé y levantarse
contra él con hasta 70 hombres, los más sanos, gente comun, y algunos
principales que él pudo atraer á sí, que pretendian lo mismo que él,
de los cuales yo cognoscí los más, ó cuasi todos. Este Francisco
Roldan fué, como dije, criado del Almirante y ganó su sueldo, y debia
ser su oficio, á lo que entendí, como hombre que tenia cargo de andar
sobre los trabajadores y oficiales para los hacer trabajar, salvo
que, como fuese hombre entendido y hábil, cognosciendo el Almirante
que era para tener cargos, y, por honrarlo y hacer en él, hízolo
primero Alcalde ordinario de la Isabela, y despues Mayor de toda la
isla, y él quiso, por agradecimiento, levantándose le dar el pago. La
ocasion que para se desvergonzar tomar quiso, fué en dos maneras,
para indignar é allegar y atraer á sí á los indios y á los cristianos
contra el Adelantado y el Almirante. Para ganar los cristianos, fué
esta su cálida industria: la carabela que habia traido el algodon y
pan, y otras cosas de la provincia de Xaraguá, mandóla luego varar ó
sacar en tierra fuera del agua, D. Diego Colon, porque, como la gente
estaba siempre demasiadamente descontenta, temíase que no la tomasen
y se fuesen muchos sin licencia y á pesar del D. Bartolomé, y de don
Diego, y del Almirante tambien, con ella á Castilla; Francisco Roldan
comienza á murmurar con la gente trabajadora y marineros, y la demas
gente baja y que más descontenta estaba, porque la carabela no estaba
en el agua, y que sería bien enviarla á Castilla con cartas á los
Reyes, pues el Almirante no venia, para hacerles saber sus hambres y
necesidades y los proveyesen, y que sino se hacia, que todos habian
en esta isla de perecer, ó de hambre, ó que los indios los habian de
consumir, é que D. Diego ni D. Bartolomé no la querian enviar por
alzarse con la isla y tenerlos á todos ellos por esclavos, sirviéndose
dellos en hacer sus casas y fortalezas, y acompañarse y coger los
tributos de los indios y hacerse ricos del oro de la tierra, y,
finalmente, para sólo su provecho é particular interese. Viendo la
gente que el Alcalde mayor y quien lo mandaba todo, y á quien por la
vara del Rey, como Justicia mayor, todos obedecian, que estaba de la
opinion dellos, comienzan despues con mayor desenvuelta osadía y ménos
temor, lo que en sí secretamente gruñian y no osaban, sino por los
rincones, boquear, públicamente y sin miedo ninguno á decirlo. Vista la
gente ya de su bando, persuadióles que le diesen las firmas para que
se pudiese dar á entender como era sentencia de todos, que convenia
al bien y salud comun de los cristianos que la carabela se echase al
agua, aunque pesase al D. Diego y á quien más se lo quisiese estorbar;
y todo esto, que este trabajaba ó porfiaba de echar la carabela al
agua, no era porque se echase al agua ni fuese á Castilla, porque á él
no le convenia que supiesen los Reyes su alzamiento y desobediencia á
su Justicia mayor, que era D. Bartolomé y D. Diego, que al presente
la Isabela gobernaba, sino por indignar y mover á la gente contra el
Almirante y los que gobernaban, y que él tuviese gente y fuerzas para
levantarse, y en su tiranía conservarse; hay desto muchos argumentos
claros, como parecerá abajo. La otra ocasion ó título que tomó para
atraer á sí, juntamente, indios y cristianos, fué, que decia á los
cristianos que para que los indios sirviesen mejor á los cristianos,
estando en paz con ellos, era cosa necesaria que se le quitasen los
tributos que les habia impuesto el Almirante, y esto muchas veces
lo decia él á D. Bartolomé Colon platicando; y, ciertamente, si él
lo dijera con celo de virtud y de piedad para con los indios, decia
gran verdad, porque los indios y los Reyes y señores suyos, vivian
con los tributos que se les pedian cada tres meses, desesperados;
y áun fuera, sin comparacion, grande utilidad para los cristianos,
porque ni murieran de hambre ni padecieran de necesidad alguna en sus
enfermedades, ni anduvieran en guerras por sierras y valles á cazar y
matar indios, ni dellos algunos, los indios, como mataron, mataran,
ántes los sirvieran de rodillas y adoraran, pero no lo decia el pecador
sino por robar más á los indios y más señorearlos, y que á esto no
le fuese Dios ni el Rey ni sus Ministros á la mano. Finalmente, D.
Diego mandó al dicho Francisco Roldan que fuese con cierta gente á
la Concepcion, por que se sonaba y temia que los indios y gente de
Guarionex andaba mal segura y alborotada, como no podian sufrir los
tributos; el cual se fué al pueblo del cacique Marque, donde tuvo
lugar Roldan de concluir é publicar su traicion, de donde se vinieron
muchos, que no quisieron consentir en ella, á la fortaleza de la
Concepcion, á los cuales trató mal y tomó todas las armas. De aquí
del pueblo Marque, tornó á la Isabela, y váse á la Alhóndiga del Rey,
donde estaban los bastimentos y la municion de las armas, y, tomada
la llave por fuerza á quien la tenia, que era un criado de D. Diego
Colon (ó hizo las cerraduras pedazos, con 50 hombres, diciendo «viva
el Rey»), toma todas las armas que le pareció haber menester para sí
é para sus compañeros tiranos; y de los bastimentos, que con la guarda
y regla y estrechura, porque así convenia, se guardaban y daban, y de
todas cuantas cosas allí habia, sin medida repartia, y para sí tomaba.
Sale D. Diego á le ir á la mano con ciertos hombres honrados á afearle
tan grande insolencia y alboroto, al ménos, de palabra; vino tras él,
y el D. Diego se retrujo con ellos á una casa fuerte, y miéntra en la
Isabela estuvo Francisco Roldan y habia de hablar D. Diego con él,
habia de ser con seguro que primero Roldan le daba. De allí fueron al
hato de las vacas del Rey y mataron lo que dellas quisieron; que matar
una en aquel tiempo era por gran daño estimado, porque las tenian para
criar. Van tambien al hato de las yeguas, que eran tambien del Rey, y
tomaron las yeguas ó potros ó caballos que á todos plugo tomar. Esto
hecho, vánse por los pueblos de los indios, y á los señores y Caciques
dellos, publícanles que el Almirante y sus hermanos les han cargado de
tributos, y que Francisco Roldan y ellos han reñido con el D. Bartolomé
Colon y D. Diego porque no se los quitaban, y que han acordado ellos
de se los quitar y que no curen dende adelante darlos, que ellos se
los defenderán del Almirante y sus hermanos, y para ello, si fuere
menester, los matarán. Desde allí, diciendo «viva el Rey,» van por
toda la Isla, y por toda se suena que el Alcalde Roldan es el que los
liberta; y así, el Roldan decia que los habia recibido debajo de su
mamparo, segun que un poco abajo se verá, y por todos los pueblos de
los indios que pasaba, publicaba mal de don Bartolomé y del Almirante,
y á todos los cristianos que topaba detraia y blasfemaba de D.
Bartolomé, diciendo que era hombre duro, áspero y cruel, y cudicioso,
y que con él no podia alguno medrar, y todos cuantos males podia decir
acumulaba, dando por causas de se apartar dél. Y cosa fué esta, cierto,
maravillosa y juicio de Dios muy claro, si con ojos limpios entónces lo
vieran y agora lo miramos, que aquel Roldan, sin saber quien lo movia
mediatamente, que era la divina Providencia, pero inmediata su propia
ambicion cudicia y maldad, fuese profeta en la obra, como Caifás lo
fué en la palabra, y á ambos movió la voluntad y providencia de Dios;
Caifás, diciendo que convenia que Cristo muriese por todo el pueblo,
porque toda la gente no pereciese, más por el odio que á Cristo tenia
que por la salud comun, empero, sin saber lo que decia, profetizó;
Roldan, por su propia malicia, permitida de lo alto, y por se hacer
rico y señor, tomó y se arreó del oficio y título, sin saber lo que
hacia, de los pueblos y gentes desta isla opresas, llamándose defensor
y librador; manifiesto es por la lumbre natural sola que tuviésemos,
cuanto más añidida la ley divina de justicia y de caridad, y aqueste
Roldan y otro cualquiera cristiano, y áun gentil que fuera ó moro, si
por el bien sólo y liberacion destas gentes, por la piedad natural se
moviera, para las librar de las injurias y daños y tiranía que padecian
con los insoportables é, sin justicia, impuestos tributos, tenia
justísima guerra contra el Almirante y contra D. Bartolomé y D. Diego
Colon; y muy mayor justicia y mérito le favoreciera, si con la piedad
natural juntara hacerlo por la honra de Dios, porque como para entrar y
tener que hacer en estos reinos y gentes los cristianos, no haya habido
otro título ni derecho, chico ni grande, sino sólo la predicacion de la
fe y conversion dellos, y traerlos á Cristo, en lo cual, nunca se dió
puntada, grande ni chica, sino imponerles y cargarles y pedirles oro,
y lo que se creia que valia oro, ¿quién de los que fuesen cristianos
osará dudar que juntamente con las injurias y agravios tan grandes que
hacian á los prójimos, no se ofendiese gravísimamente Dios? Luego,
mucho mereciera Roldan delante de Dios, allende ser obligado de ley
natural, moviendo guerra contra los que á estas gentes, con tantos y
tan graves tributos, impuestos tan sin justicia, oprimian y amargaban,
por su redencion, luego en tomar el oficio y apellido de redemptor;
aunque por robar él y ser señor, como Caifás diciendo y él haciendo,
profetizó. Pero fueron tantas las tiranías y maldades opresivas que en
estas gentes despues hizo él y su compañía, que no con celo de piedad,
sino con título para se levantar y señorear haberse movido, bien
manifiestamente mostró.



CAPÍTULO CXVIII.


De la Isabela vino Francisco Roldan y su compañía á la Vega, al
pueblo de un señor Cacique, que se llamaba Marque (que habia tomado
el nombre de Diego Marque, el que dijimos arriba, cap. 82, que habia
venido á esta isla por Veedor), el cual pueblo estaba dos leguas de la
fortaleza de la Concepcion, para buscar tiempo y sazon para tomarla;
la cual tomada, pensaba mejor señorearse de toda esta isla y haber al
Bartolomé Colon á las manos, al cual temia él más que á otro, porque
era hombre muy esforzado y de mucho valor, y por esto era público que
lo andaba por matar. Vino Francisco Roldan con 60 ó 70 hombres, muy
armados en forma de guerra, al pueblo del gran señor y rey Guarionex
(cuya mujer y reina, se dijo, y el Almirante lo escribió á los
Reyes, este Roldan tomó y usó mal della), el cual pueblo distaba de
la fortaleza de la Concepcion obra de dos tiros de ballesta, donde
estaba un capitan, García de Barrantes, que yo bien cognoscí, é tenia
30 hombres á cargo (porque habia el Almirante, y despues su hermano
D. Bartolomé Colon, como arriba se ha tocado, repartido la gente por
los pueblos de los indios para comer, y tambien porque sintiesen los
indios que velaban sobre ellos), y dijo allí á algunos que se pasasen
á él. El capitan Barrantes metió dentro en una casa, por importunidad,
ó por fuerza, ó por grado, á los 30 hombres, requiriendo al Francisco
Roldan que se fuese con Dios, que ellos estaban en servicio del Rey,
y él andaba como le placia; y respondióle Roldan, que juraba á Dios
que lo habia de quemar á él y á todos los 30 que allí tenia dentro
en la casa, y tomóle todas las cosas que tenia de comer, por fuerza.
Fué á la fortaleza de la Concepcion, y quisiera entrar en ella; el
Alcaide, que era Miguel Ballester, le cerró las puertas y no le
quiso admitir, viéndole venir con tanta gente y tan armada. En estos
dias llegó Bartolomé Colon á la fortaleza de la Magdalena, y allí
supo la alteracion de Francisco Roldan, y á un Diego de Escobar que
allí estaba, y creo que era Alcaide entónces della, el cual se habia
desmesurado en palabras contra él (sospecho que porque sintió excusar
al Francisco Roldan, ó algo semejante á esto, porque este Diego de
Escobar fué de los principales alzados con Francisco Roldan), mandóle
prender, y despues dióle la fortaleza por cárcel, aquel dia, y mandóle
que otro dia se fuese tras él á la Isabela; el cual no curó de su
mandado, sino envió un hombre de caballo, y debia ser á llamar á un
Pedro de Valdivieso, el cual topó en el camino, y ambos se fueron al
pueblo del Cacique Marque á juntar con el Francisco Roldan, y desde
á pocos dias, vino un hidalgo que se llamaba Adrian de Muxica, con
cierta gente, á la Magdalena, y toma al Diego de Escobar y vánse á
juntar, en el dicho pueblo, con el dicho Francisco Roldan. De donde
parece, que habia concierto entre todos ellos, dias habia ya tratado,
de alzarse. Este Pedro de Valdivieso y el Adriano y Diego de Escobar
eran de los principales hombres desta isla, los cuales yo cognoscí
bien cognoscidos, y despues diré cosas dellos. Ido D. Bartolomé á
la Isabela, como halló robada el Alhóndiga del Rey, é á su hermano
desobedecido y maltratado, y supo los que seguian á Roldan, y que
cada dia sentia que crecian en número, no osaba salir de la Isabela,
temiendo que todos debian ser en la rebelion. Escribió á D. Bartolomé
el Alcaide Ballester, de la Concepcion, que se guardase, porque,
cierto, creia que lo habian de trabajar de matar, y que, si pudiese, lo
más presto se viniese á su fortaleza de la Concepcion. Hízolo así, é á
mucha priesa vínose y metióse en la fortaleza, que dista de la Isabela,
como dije arriba, 15, ó pocas más leguas. Desque lo supo Roldan, vínose
al Guaricano, que así se llamaba el asiento donde se puso primero y
estaba entónces la villa de los cristianos, que llamaron especialmente
la Vega, puesto que todo esto era en la Vega, y era pueblo aquello del
rey Guarionex; distaba de la Concepcion ó fortaleza, media legua de
muy llana tierra, que es alegría verlo, y parecíase lo uno de lo otro.
Sabido por D. Bartolomé, envió á un caballero que se llamaba Malaaver,
que yo cognoscí muy bien, al Francisco Roldan, que le hablase y de
su parte le dijese que ¿por qué causaba tan grande daño y escándalo
y confusion en toda la isla? que mirase cuanto deservicio se hacia á
los Reyes haciendo cesar los tributos, y cuan mal contado le seria de
todos los que lo supiesen, y el daño que hacia á todos los cristianos,
porque los indios se ensoberbecerian y cobrarian ánimos mayores para
les hacer guerra, y otras cosas á éste propósito, que le podian mover á
cesar de su sedicioso propósito. Finalmente, le persuadió á que fuese
á hablar á la fortaleza con D. Bartolomé, y dióle para ello seguro,
de lo cual llevaba el dicho Malaaver comision. Vino á la fortaleza
con su gente bien armado, y habló con D. Bartolomé, debia ser por las
ventanas, D. Bartolomé, parado. Díjole, que ¿por qué juntaba con tanto
escándalo aquella gente y inquietaba la isla? respondió Roldan, que no
la juntaba para de servicio de los Reyes, sino para se defender del que
le habian dicho que les queria cortar las cabezas; responde que no le
habian dicho verdad; añadió Francisco Roldan, que él y sus compañeros
estaban en servicio del Rey, por eso, que le dijese donde mandaba que
fuesen á servir al Rey. Dice D. Bartolomé, que se vayan y estén en
los pueblos del Cacique que tenia por nombre Diego Colon; responde
Roldan, que no queria ir allí, porque no habia que comer; mandóle y
prohibióle que no fuese mas Alcalde ni se llamase Alcalde, y que lo
privaba del tal oficio, pues andaba contra el servicio del Rey. De
aquí se fué mofando y más soberbio que vino, porque no pretendia sino
proseguir su rebelion con los demas, y ser libres para que sus vicios
y ambicion alcanzasen impunidad, é colora su alzamiento con alegar y
sembrar, mentirosamente, que D. Bartolomé lo queria matar, estando
70 ó 80 leguas de allí, en Xaraguá, como ha parecido, cuando ellos se
alzaron. Tomando tambien por título y causa de su traicion, que porque
no se echaba la carabela al agua, y que á los indios no se quitaban
los tributos de que estaban muy cargados, como si se compadecieran
más dellos que quien se los habia impuesto, pues ellos los robaban,
y despues mucho más los robaron y hicieron incomparables daños y
agravios, cuando el rey Manicaotex (de quien arriba hemos hablado que
daba una calabaza llena, o media, de oro por tributo cada tres meses,
que pesaba tres marcos), le daba otra tal medida, y mayor que aquella,
al dicho Francisco Roldan, porque, como era Alcalde y con vara, y todos
temblaban dél, no osaba hacer otra cosa. Desto hobo muchos testigos de
oidas, que lo habian sabido de indios, y viéronse muchas conjeturas y
argumentos dello; y una era, que tenia un hijo y un sobrino consigo
del dicho rey Manicaotex, como en rehenes de su tributo, y otra, que
buscaba todas las joyuelas y cositas que podia haber de Castilla, el
Francisco Roldan, para darle al dicho Cacique, y llamábalo su hermano.
Cosa pareció muy pensada y platicada de propósito, de muchos dias ántes
y de algunas personas principales, con el Francisco Roldan, este motin
ó alzamiento, creyendo que el Almirante nunca á esta isla volviera,
segun lo que Juan Aguado habia dicho; y para mí tengo creido, que dió
el Juan Aguado harta ocasion para ello, de donde procedió á toda esta
tierra y gentes della tan grande daño y peligro. Luego que el Almirante
de la Isabela partió, procuró Francisco Roldan hacer gran cantidad de
herraje para los caballos, clavos y herraduras, lo que nunca ántes
habia hecho, ni era entónces tan necesario como de ántes lo fué, segun
parecia, y así lo juraron los testigos, en cierta probanza que, sobre
esto de muchas y muy honradas personas que yo cognoscí, que fueron
testigos, se hizo, la cual yo tuve muchos dias conmigo, y della saqué
todo ó lo más que desta rebelion y alzamiento de Francisco Roldan y sus
secuaces aquí digo. Visto D. Bartolomé en cuanto peligro estaba, por
aficionar más á sí á los españoles mandóles que daria á cada uno un
esclavo ó tantos esclavos; de aquí tomaron los que seguian á Francisco
Roldan atrevimiento á más robar y oprimir á los tristes indios. Lo
mismo hacian los que seguian al D. Bartolomé, y no osaba irles á la
mano porque no lo dejasen y se alzasen con Francisco Roldan.



CAPÍTULO CXIX.


Cada dia se le allegaba más gente á Francisco Roldan y más se engrosaba
su partido, como su vida y la de los que con él andaban era tan ancha,
gozando de todos los vicios que querian y, sobre todo, libertad y
señorío, porque temblaban dellos los indios, por lo cual los adoraban y
servian, y, con esto, él más soberbio y obstinado se hacia; y con esta
pujanza, segun dijeron muchas veces muchos de su compañía, de terminaba
de poner cerco á D. Bartolomé Colon, que estaba en la fortaleza de la
Concepcion susodicha; y hombre de los suyos, que se llamaba Gonzalo
Gomez Collado, tomó juramento á otro que habia nombre Gonzalo de
la Rambla, y este fué de los que no quisieron seguir á Roldan, que
dijese á don Bartolomé, y sino pudiese á D. Bartolomé, á D. Diego de
Salamanca, que le avisase que mirase por sí, é que por ninguna manera
saliese de la fortaleza, y en ella de quién se fiaba, por que supiese
de cierto, que, de cualquiera manera que hacerlo pudiesen, lo habian
de matar. Estando en este estado estas cosas, y D. Bartolomé en medio
destos peligros y de sus angustias, cada dia esperando cuando habia de
llegar Francisco Roldan á cercarlo, como Dios en esta vida no da todos
los trabajos juntos, sino siempre, cognosciendo nuestra flaqueza, con
alguna interpolacion, quiso dar algun resuello á D. Bartolomé y á los
que con él perseveraban, y así, ordenó que llegaron dos carabelas con
bastimentos llenas, y con 90 hombres de trabajo, de Castilla, que el
Almirante, con el ánsia que tenia de enviar provision á los que acá
estaban, creyendo que al ménos entre sí vivian en paz, inviaba; el
Capitan de las cuales fué un caballero que se llamó Pero Hernandez
Coronel, Alguacil mayor desta isla, que habia llevado consigo el
Almirante, del cual, en el cap. 82, se hizo mencion. Así como el D.
Bartolomé supo la venida de las carabelas, fué grande el consuelo que
recibió él y los que con él estaban, y determinó de partirse para
Sancto Domingo á poner recaudo en ellas y en lo que en ellas venia,
y para saber nuevas del Almirante y recibir las cartas del Rey é lo
que más convenia; súpolo tambien Francisco Roldan, y juntó la gente
toda de sus alzados y rebeldes, que le seguian, y acuerda de ir
tambien á Sancto Domingo para saber qué nuevas venian del Almirante y
de Castilla, y qué gente de nuevo, y así proveer lo que le cumplia.
Detúvose cinco ó seis leguas de la villa, porque no osó llegar allá,
temiendo que contra D. Bartolomé no prevalesceria, por la gente que
allí habia y la que en las carabelas venia. Rescibidas las cartas del
Almirante, y visto el favor que los Reyes le habian dado, y mercedes
de nuevo á él hechas, que abajo diremos, y entre ellas fué una, que
instituian al dicho don Bartolomé por Adelantado de todas estas Indias,
y como á mucha priesa el Almirante entendia en se despachar con otros
seis navíos; rescibió el Adelantado, D. Bartolomé, ya constituido
Adelantado, grandísimo favor y alegría, y los que le seguian, como si
resucitaran de muerte á vida; y, porque el Almirante hallase la tierra
sin los alborotos, confusion y daños en que estaba, como ya le esperase
cada dia, y venido pudiese descansar de sus tan prolijos trabajos algo,
con alegría, envió al dicho Capitan de las dichas carabelas y Alguacil
mayor desta isla, Pero Hernandez Coronel, porque era hombre prudente
y de auctoridad, y con él algunos otros que lo acompañasen, á que
hablase á Francisco Roldan y á los demas que le seguian, sobre que se
redujesen á la obediencia y so la gobernacion del dicho D. Bartolomé,
que ya le podemos llamar el Adelantado, y para ello les diese seguro y
prometiese perdon de la desobediencia y escándalos y daños pasados, y
los que sustentaban de presente. Llegado á ellos, queriéndoles hablar,
dijeron los principales, temiendo que la gente comun no se persuadiese
oyéndolo, que se apartase y no hablase sino con quien habia de hablar,
y se probó que habian dicho, «apartaos allá traidores,» si nó, que
les tirarian con las ballestas y que si se tardaran las carabelas ocho
dias, hobieran preso ó muerto al Adelantado, y que todos fueran ya
unos; el Coronel habló con el Francisco Roldan y con los principales,
encareciéndoles la desobediencia y escándalo, peligro y detrimento en
que ponian toda la isla, y lo que Dios se ofendia y eran deservidos
los Reyes, y otras cosas que les pudieron mover, pero, al cabo, con
solas respuestas, no honestas y áun más que deshonestas, y de soberbios
y obstinados, Pero Hernandez Coronel y los que fueron con él, se
volvieron. Francisco Roldan y sus alzados tomaron el camino del reino
y provincia de Xaraguá, donde, para cumplimiento de todos los vicios,
hallaron el aparejo y paraíso, libertad é impunidad que buscaban.
Desque D. Bartolomé vido que por bien no podia reducirlos, hizo proceso
contra él y los que con él se alzaron, y, llamados por sus pregones, al
cabo sentenciólos en rebeldía dándolos por traidores. Estos 90 hombres
de trabajo, que en estos dos navíos envió el Almirante, vinieron con
pacto y conveniencia de trabajar en todos los trabajos de las minas
y en cortar brasil, lo que entónces se creia que habia mucho, y así,
escribió el Almirante al Adelantado, su hermano, y yo ví la carta, que
si hallase alguna persona de los que estaban acá y sabian de las minas,
que le diese una cuadrilla de aquellos trabajadores, que sacasen oro,
y que diesen cada dia cierta cantidad de oro, y lo demas que sacasen
fuese para ellos; 14 dellos venian señalados para cultivar y labrar
la tierra, y sembrar trigo y lo demas. De donde parece que nunca
pensó el Almirante echar indios á las minas, como despues la maldad y
cudicia inventó, sino que diesen tributo de oro ó de lo que tuviesen,
como arriba pareció. Parece tambien que en aquel tiempo no habia la
soberbia en los hombres de trabajo y labradores, que á estas tierras
venian, como despues hobo, que, en pasando acá, luego presumieron, y
hoy presumen, por gañanes y rústicos que sean, de no trabajar, sino
holgazanear y comer de ajenos sudores; pero la causa desta desórden,
soberbia y ambicion, y haraganía desproporcionada de sus estados y
de toda razon, fué la tupida y cudiciosa y no excusable ceguedad del
infelice inventor de aquella pestilencia vastativa de tanta parte y
tan grande del linaje humano, que fué repartir los indios desta isla
á los cristianos, como si fueran vacas ó cabras, como en el libro II,
placiendo á Dios, se contará. Esta levantó los corazones de las viles y
serviles personas á pensar y presumir de sí mismos, que habiendo nacido
para servir y trabajar corporalmente y ser mandados, en poniendo el
pié en esta tierra no asentaban con nadie, y ya que querian asentar,
no para abajar el lomo en servicio alguno corporal, sino para estar y
andar enhiestos, y, con una varilla en la mano, ser verdugos de los
mansos y humildes indios, y mandar.



CAPÍTULO CXX.


Todos estos levantamientos y disensiones de entre estos alzados y no
alzados, resultaban en grandes aflicciones, angustias, trabajos y
daños de los indios, porque, donde quiera que llegaban los unos ó los
otros, les comian los bastimentos, los llevaban con cargas de tres ó
cuatro arrobas á cuestas, los hacian mil fuerzas y violencias en las
personas y hijos y mujeres, mayormente los de Francisco Roldan, que más
perdida y desenfrenada, en esto y en todo, tenian la vergüenza; en fin,
los unos y los otros, sin temor de Dios ni mancilla destas inocentes
gentes, los mataban y destruian por esquisitas y nuevas maneras de
crueldad, y acaecia, no muy raras veces sino muchas y cada dia, que
por su pasatiempo, asaeteaba el indio para probar si le pasaba con su
ballesta, y hacian pasar un indio, para con su espada cortarlo por
medio; pasaba el cordero y dábale un revés, y, porque no le cortaba de
un golpe, tornaba á hacer que pasase otro y otros, y así despedazaban
cuantos se les antojaba, riendo. Si con la carga de cuatro arrobas
que llevaban se cansaban, dejarretábanlos, y echaban las cargas por
sobrecargas á otros, y tambien á las mujeres, las cuales, por no poder
llevar la carga, darle de estocadas y echar la carga de aquella sobre
las otras, y caer otra con la que llevaba, y luego tambien matarla; y
otras execrables crueldades, que nunca fueron por hombres imaginadas.
Con estas vejaciones y malos tratamientos que sobrevinieron á las
cargas de los tributos, pasadas y presentes, y á otras muchas que se
les habian hecho (aunque Roldan publicaba santidad, que no tributasen,
y que por aquesta causa se apartaban del Adelantado él y aquella su
gente), los indios de toda la comarca de la Vega y del señorío del rey
Guarionex, viendo tambien que por parte del Adelantado les pedian y
amonestaban que pagasen el tributo al Rey, queriendo, de aborridos, dar
en el suelo con la carga, no quisieran hacer guerra á los cristianos,
ó porque tenian ya experimentado que les caia al cabo el daño sobre
la cabeza, ó porque, en la verdad, Guarionex era hombre pacífico y
manso; finalmente, acordó el Guarionex, é mucha de su gente, de se ir
huyendo á guarecer al reino de otro Rey, señor de las sierras y tierra,
aguas vertientes hasta la mar del Norte, pasado el anchor de la Vega,
porque aguas vertientes al Mediodia, que es el Sur, era el reino de
Guarionex. Aquel Rey é señor de las dichas sierras y tierra hasta la
dicha mar, tenia por nombre Mayobanex, por otro nombre le llamaban los
españoles el Cabron no sé otra causa, sino por escarnio, como solian
poner nombres, á los señores, vituperiosos como los hallaron desnudos;
segun que yo cognoscí hombre español, que al Cacique y señor con quien
él pudiera vivir por mozo de espuelas llamaba Aon, que en la lengua
de los indios quiere decir perro. Pedro Mártir dice en su Década
primera, que Cabron se nombraba la casa, ó título de la casa, ó pueblo
principal real del dicho Mayobanex, lo cual, yo que muchas veces lo oí
nombrar, y yo, yéndome al hilo de la gente, lo nombré, no por honra
sino por escarnio, Cabron entendí que le habian puesto. Este era señor
de gran número de gente, que habitaba toda aquella grande serranía,
que llamaban ciguayos, cuasi nazarenos como entre los judíos, porque
nunca se cortaban ó pelaban pelo alguno de sus cabellos, y así traian
las cabelleras crecidas hasta la cinta, y más abajo de sus cuerpos,
y desta manera solian en Castilla la Vieja, hácia el reino de Leon,
los leoneses, ó castellanos, antiguamente criar los cabellos como las
mujeres, hasta abajo; ansí lo cuenta en su libro III Strabo: _longas ut
fæminæ inferius diffundunt comas_. Estos ciguayos eran muy esforzados,
aunque todos eran gallinas, al ménos para con los nuestros, como ni
tuviesen armas y anduviesen desnudos en cueros, segun arriba, en la
descripcion desta isla, de los ciguayos dijimos. Llegado Guarionex á
la casa de Mayobanex, las quejas de las calamidades que padecia él
y sus gentes de los cristianos, con lágrimas y dolor de su corazon,
encarecidamente refiere, ruégale que le tome y reciba so su amparo
y fe, porque ya no quiere sino salvar su persona sola y su mujer, y
hijos, y parientes, desmamparados sus vasallos todos, pues no los
podia defender, ni á los cristianos resistir; tambien se platicaba
entre nosotros que cierto español le habia forzado y violado la mujer.
Recíbele Mayobanex con gran benignidad y placer, óyele bien la relacion
de sus fatigas, servidumbre y persecucion dél y los suyos tan cruel, y
él, que se las sabia por las nuevas que cada dia le iban de las obras
los cristianos, llora con él y prométele de lo defender y hacer todo
cuanto pudiere por lo libertar; dónde y con quien halló más gracia y
defensa, con benigno acogimiento, que en Alejandría con Ptolomeo, rey
de Egipto, halló Pompeyo, como cuenta Julio César en sus Comentarios
de las guerras civiles, un poco ántes del fin del lib. III. Hallado
ménos Guarionex por los cristianos, y visto que mucha gente faltaba
de los pueblos, y cada dia se iba más, escriben de la fortaleza de
la Concepcion á Santo Domingo, al Adelantado, que era alzado el rey
Guarionex. Rescibidas las cartas, como Guarionex era tan gran señor
y toda su gente era vecina de las minas y de donde se cogia el mayor
tributo, y, faltando él de acudir con ello, todo lo de los demas era
poco, tomó luego con gran priesa el Adelantado 90 hombres de pié de los
más sanos que habia en Sancto Domingo y algunos de caballo, y partióse
para la Vega ó fortaleza de la Concepcion. Comienza luego á preguntar á
los indios que topaba, y á otros que hacia buscar, dónde se habia ido
Guarionex, responden que no saben; constríñenlos con amenazas, y, á lo
que yo no dudo, con tormentos, como en estas tierras á cada paso se
hizo y suele hacer, y descubren que está en la tierra de los ciguayos
con el rey Mayobanex. Vá el Adelantado luego allá, sube las sierras con
su gente, desciende á un valle grande por donde corre un rio caudaloso;
halló dos indios espías, el uno se fué y el otro tomaron, quiérele dar
tormento, confiesa sin él la verdad, y esta era, que poco despues de
pasado el rio estaba gran multitud de gente, ciguayos, en un monte para
dar en ellos esperándolos. Salieron con gran grita, y esta es, cierto,
muy temerosa, disparan millares de flechas juntas, que parecia lluvia,
pero como las tiran de léjos (porque, al ménos en esta isla, no osaban
de, como cognoscieron el cortar de las espadas y más el correr de los
caballos, llegarse mucho), ya llegaban cansadas y hacian poco fruto;
van tras ellos, mayormente los de caballo, matan algunos, porque los
montes tenian cerca por refugio. Desaparecieron aquella noche todos,
y los cristianos durmieron en aquellos montes. Otro dia, tórnanse á
la sierra en busca de los indios, llegaron á un pueblo que hallaron
vacío, prendieron un indio que les dijo que de allí á tres ó cuatro
leguas estaba el pueblo de Mayobanex, y él allí con gran escuadron de
ciguayos, para pelear aparejado; llegaron á donde estaban. Desde los
montes en que estaban, muchos flecharon á los cristianos y hirieron
á algunos que no les dieron lugar á arrodelarse; fueron tras ellos,
mataron muchos y asaetearon muchos con las ballestas, y con las espadas
desbarrigaron y cortaron brazos y piernas á hartos, y no fueron pocos
los que prendieron por esclavos; de los presos envió el Adelantado uno
que dijese á Mayobanex, que no venia á hacerle guerra ni á los suyos,
ántes deseaba tener su amistad, y la ternia siempre que él quisiese,
sino en busca de Guarionex, el cual sabia que tenia escondido, y á su
persuasion hacia á los cristianos guerra, por tanto, que le rogaba
y requería que le entregase á Guarionex, y que le seria siempre su
buen amigo y favoresceria siempre en lo que tocase á su reino y
gentes dél, y si nó, que creyese que lo habia de perseguir á fuego y
á sangre hasta destruirlo. Bien será, cierto, notar la respuesta de
Mayobanex; respondió: «decidles á los cristianos, que Guarionex es
hombre bueno y virtuoso, nunca hizo mal á nadie, como es público y
notorio, y por eso dignísimo es de compasion de ser en sus necesidades
y corrimiento ayudado, socorrido y defendido; ellos, empero, son malos
hombres, tiranos, que no vienen sino á usurpar las tierras ajenas, y
no saben sino derramar la sangre de los que nunca los ofendieron,
y por eso, decidles que ni quiero su amistad, ni verlos, ni oirlos,
ántes, en cuanto yo pudiere, con mi gente, favoresciendo á Guarionex,
tengo de trabajar de destruirlos y echarlos desta tierra;» y porque
aquesta respuesta deste Rey no piense alguno que la finjo de mi casa,
verla han los que quisieren, en el cap. 6.º de la primera Década
por Pedro Mártir, donde hace mencion della. ¿Qué mayor humanidad,
hospitalidad, y clemencia, y compasion de la fortuna adversa ajena,
pudo ser que aquesta? Cierto, no fué mayor la que el Senado romano
tuvo con el rey Ptolomeo, que, despojado del reino por un su hermano
menor, injustamente, viniendo por socorro á Roma, disimulado con viles
vestidos y con pocos criados suyos, como se fué á posar á casa de un
pintor, natural de Alejandría, sabido por el Senado, enviáronse á
excusar de no haber enviado un Questor, como era costumbre en Roma,
ni hecho todo el recibimiento que se debia, no por negligencia del
Senado haber sido el defecto, sino por no saber con tiempo su venida;
el cual, venido, mandáronlo aposentar segun merecia, y que le vistiesen
de reales vestiduras, y cada dia se le diese lo que convenia á su
sustentacion y de los suyos, suntuosa y abundantemente, prometiéndole
tambien todo el favor y ayuda para recuperar su reino. Este ejemplo
cuenta Valerio Máximo, lib. V, cap. 4.º, y otro semejante de Tigrano,
rey de Armenia la mayor, al cual, como Mithridates, rey de Ponto, por
el gran Pompeyo vencido y echado del reino, huyendo, fuese á pedir
socorro, no sólo con benignidad señalada lo recibió, pero prometióle
todo el favor necesario para cobrar su reino, y como lo prometió así
lo cumplió, que, juntado grande ejército, hizo grandes estragos en los
romanos ejércitos, segun cuenta Tullio en la «Oracion Pompeyana,» y
Valerio en el libro susocitado, cap. 481, hace tambien mencion dello.
Ciertamente, para entre aquellas gentes tan políticas y delgadas en
ingenio, y enseñadas en ciencias y doctrinas, no parece mucho de
maravillar todo esto, pero en estas tan ocultas y tan apartadas acá,
desnudas, en cueros, sin letras, sin doctrina, bárbaras, aunque no sin
suficiente policía, hallarse tanto socorro y abrigo, tanta defensa y
clemencia con tanto su peligro, cosa es de admiracion, y de creencia
que no carecen de razon y humanidad como cualesquiera otros hombres,
harto digna.



CAPÍTULO CXXI.


Tornando á la prosecucion de la guerra, oida por el Adelantado la
intencion del rey Mayobanex, mandó quemar y destruir cuanto hallasen;
quemaron los pueblos que allí é por los alrededores habia. Fueron
adelante; tornó el Adelantado á embiar mensajeros á Mayobanex, diciendo
que le enviase algunas personas de sus mas privados, para tratar
de paz, porque no queria destruirle su gente y su tierra. Envióle
un principal y otros dos que le acompañasen, al cual el Adelantado
habló largo, diciéndole que dijese á su señor Mayobanex que ¿por qué
queria, por Guarionex, perder á sí é á su gente y á su reino, que era
locura? no le pedia otra cosa, sino que le entregase á Guarionex,
que habia incurrido en muchas penas, porque no pagaba los tributos
que debia á los reyes de Castilla, impuestos por el Almirante, su
hermano, y, demás desto, habíase huido y escondido, y que si se lo
entregase siempre serian amigos, y que si nó que supiese de cierto que
lo habia de destruir. Gentil título alegaba el Adelantado, y grandes
culpas habia Guarionex cometido contra los reyes de Castilla; no
haberles pagado los tributos que el Almirante le habia impuesto, con
violencia y tiránicamente, y huirse y esconderse por no poder sufrir
tan execrables injusticias, teniendo siempre justa guerra Guarionex
contra él y contra los que con él andaban, y contra los reyes de
Castilla, si, con su autoridad ó ratihabicion el Almirante se los
imponia. Pero yo tengo por cierto, que si los Reyes advirtieran en
ello y supieran con cuanto derramamiento de sangre humana, y escándalo
de la fe y escarnio de la natural justicia, y cuan contra razon de
hombres se les impusieron, que ni los consintieran, ni quisieran, ni
de la aprobacion dellos ratihabicion tuvieran. Así que, oidas las
palabras del mensajero, llamó Mayobanex á su gente; dáles parte de la
mensajería y sentencia del Adelantado y de los cristianos, todos á una
voz dicen que les entregue á Guarionex, pues por él los cristianos los
persiguen y destruyen. Respondió Mayobanex, que no era razon entregarlo
á sus enemigos, pues era bueno y á ninguno jamás hizo daño, y allende
desto, él lo tenia y habia sido siempre su amigo, y le era en mucho
cargo, porque á él y á la Reina, su mujer, habia enseñado el areyto de
la Magua, que es á bailar los bailes de la Vega, que era el reino de
Guarionex, que no se tenia ni estimaba en poco, mayormente habiéndose
venido á socorrer dél y de su reino, y él haberle prometido defenderlo
y guardarlo, y por tanto, que por ningun riesgo ni daño que le viniese,
no lo habia de desmamparar. Llamó luego á Guarionex y comienzan ambos á
llorar; consuélalo Mayobanex y esfuérzalo á no temer á los cristianos,
porque él lo defenderá aunque sepa perder su Estado con la vida. Mandó
poner sus espías y gente aparejada en todos los caminos por donde
los cristianos podian venir, é cualesquiera mensajeros cristianos ó
indios, no dejasen alguno con la vida. Envió luego el Adelantado dos
mensajeros indios, uno de los captivos que habian tomado en la guerra,
natural ciguayo, vasallo de Mayobanex, y otro cognoscido suyo de los
de la Vega, y súbdito de Guarionex, y el Adelantado adelántase, algo
tras ellos, con 10 hombres de pié y cuatro de caballo; desde á poco
rato halla los dos mensajeros muertos en el camino. Rescibió dello
el Adelantado grande enojo y aceleracion de ira contra Mayobanex y
determina de lo destruir; allega toda la gente, y vá al puelo principal
de Mayobanex, donde estaba con mucha gente para pelear, segun sus pocas
ó ningunas armas, y en cueros vivos, con buen denuedo dispuesto. Llega
el furor de los cristianos cerca, desmampara toda la gente á su propio
Rey, como los que sabian por esperiencia que contra las ballestas y
espadas, y ménos contra los caballos, no podian prevalecer, sino todos
perecer; de que se vido sólo Mayobanex con los pocos que le quedaron,
que eran sus deudos y más allegados, acuerda tambien en las montañas
se valer. Indignada la gente de los ciguayos contra Guarionex, por
ser causa de sus corrimientos y miserias, determinan de lo matar ó
entregarlo á los cristianos, porque cesen sus tribulaciones; pero
Guarionex tuvo modo sólo de escaparse, metiéndose entre peñas comiendo
hierbas crudas ó unas raíces que se llaman guayaros, llorando su
infelicidad y que tan sin causa ni razon padecia. En estas entremedias,
los cristianos de deleites no curaban, quisieran mucho tener sólo
caçabí en abundancia, padecian mucha hambre y andaban muy trabajados,
porque, aunque ellos persiguen y fatigan los indios en aquellas
estaciones andando, Dios, que es juez justo, con sus mismas obras
dellos los azota y atribula, puesto que les parezca que andan de los
míseros desnudos triunfando. Padecen grandísimas necesidades de sed y
hambre por los montes y sierras (que son el refugio de los perseguidos
y atribulados indios), padecen increibles trabajos, los cuales, cierto,
son tales y tan duros y tan intolerables, que con ningun encarecimiento
podrán ser significados; y, si como los pasan, por haber dineros y
buscar con dineros el temporal descanso, y al cabo por llevar el camino
del infierno, desembarazado, los padeciesen por conseguir el fin por
el cual les fué lícito, y no para otro, entrar en estas partes, que
no es otro sino traer á Cristo estas gentes, verdaderamente iguales
se harian de verdaderos mártires. Así que, como anduviesen ya estos,
que en esta caza y muertes de hombres andaban, cansados, hambrientos,
y por tres meses muy fatigados, importunaban al Adelantado, que pues
los indios iban ya desbaratados, que les diese licencia para irse á la
Vega los que allí moraban, á descansar algun poco á sus casas; dióles
licencia, y quedóse con 30 hombres, con los cuales andaba de pueblo en
pueblo y de monte en monte buscando á ambos á dos señores, Mayobanex
y Guarionex, y, entretanto que no los hallaban, matando y captivando
todas las gentes que encontraban. El Adelantado traia indios hartos que
le llevaban sus cargas y buscaban de comer, cazando de las hutias, que
dijimos que eran los conejos desta isla, y los demas cristianos tambien
traian los indios que podian, donde quiera que llegaban, por fuerza ó
por grado haber, y si hallaban un perro de los de Castilla, inviaban á
cazar miéntras ellos andaban hombres cazando; y acaso, ciertos destos
cazadores topan con dos espías, y, sino eran espías, dos hombres que
enviaba Mayobanex por pan y comida á algun lugar de sus vasallos, y
estos tomáronlos. Tráenlos al Adelantado, amenázalos con tormentos, y
quizá dáselos, lo que ha sido siempre en estas partes muy usado, porque
los indios comunmente son tan obedientes á sus señores, y guárdanles
tanto secreto de lo que les mandan, mayormente que no descubran donde
están, que padecen y sufren grandes tormentos, ántes que confiesen algo
de lo que les mandan callar, y muchos consienten que por ello los hagan
pedazos; finalmente, á poder de tormentos ó de amenazas, confiesan
que saben donde su señor Mayobanex está. Ofrécense á ir á traerlo
preso 12 cristianos; desnúdanse en cueros, y úntanse con tinta ó tizne
negra, y parte de colorado, que es una fruta de árboles que bixa se
llama, como arriba se ha tocado, de la manera que andan los indios
cuando se ocupan en guerras y ahuyentados. Tomaron sus guías con buen
recaudo, llegaron á donde Mayobanex, con sola su mujer é hijos y poca
familia, estaba bien descuidado; echan mano á sus espadas que llevaban
envueltas en unas hojas de palmas que llamaban yaguas, que llevaban en
los hombros como que llevasen á cuestas cargas, segun los indios las
llevaban. Mayobanex, espantado, déjase prender por no verse á sí mismo
ó á su mujer y hijos hacerse pedazos; llévanlos todos al Adelantado
atraillados Rey é Reina é Infantes; huélgase de la presa más que puede
ser relatado. Viénense á la Concepcion con ellos, y echan en grillos
y cadenas al Rey é señor que por dar socorro é defensa y favor (segun
que por la ley natural y la virtud, y la piedad tambien, que debia á
su patria, era obligado), á otro Rey su vecino en suprema miseria y
calamidad puesto, inhumanamente contra toda razon y justicia, por lo
que habia de ser loado de moros y judíos, y gentiles y de bárbaros,
y mucho más de los cristianos, era tan mal tractado, de su reino y
señorío y libertad, con impiedad cruel, despojado. Andaba en estos
corrimientos, trabajos, y persecucion, con Mayobanex y con su mujer
é hijos, una su prima, ó hermana, que la habia dado por mujer á otro
señor, su vecino, de cierta parte de aquella provincia de los ciguayos;
díjose que era la más hermosa mujer de cuantas en esta isla se habian
visto, aunque en ella hobo muchas de hermosura señalada; esta fué presa
cuando Mayobanex y su casa, su marido della vivia por los montes,
llorando y gimiendo noches y dias, que ningun remedio de su angustia ni
consuelo en cosa ninguna hallaba. Determina de irse á la Vega y ponerse
en las manos del Adelantado, rogándole y suplicándole, con lágrimas y
tristísimo semblante, que le diese su mujer, y que él y toda su gente
y casa le servirian como esclavos. Dióle libremente su mujer y algunos
principales, que le trajeron presos al Adelantado. Comenzó luego á
ser agradecido, y, de su propia voluntad, trae 4 ó 5.000 hombres, sin
armas, sino solamente con sus coas, que son unos palos tostados que
usan por azadas, y pide al Adelantado, que dónde quiere que le haga
una gran labranza de pan. Señalándole el lugar, hinche de labranza un
gran campo, que en quince ó veinte dias que pudo estar, le pudieron
hacer tanta labranza de pan, que valiese entónces 30.000 castellanos.
Sabido por la provincia de los ciguayos que se habia restituido la
señora, mujer de aquel señor, que en toda la tierra era tan nombrada
y tan estimada, parecia á todos los señores y principales de toda la
tierra, que tambien alcanzarian libertad á su Rey é señor Mayobanex.
Acuerdan de venir gran número dellos, y traen sus presentillos de pan,
y hutias, y pescado, todo asado, porque no tenian otras riquezas, y
porque nunca los indios jamás vienen á los cristianos, mayormente
cuando han de pedir algo, vacías las manos; llegados, ruegan, suplican,
importunan que su señor Mayobanex sea de las prisiones librado, y que
siempre serán obedientes, y servirán al Adelantado y á los cristianos.
Soltó el Adelantado á la Reina y á todos los presos de su casa, hijos
y deudos y criados, pero, en que se soltase su Rey é señor de las
prisiones, ninguna cosa los ruegos y lágrimas aprovecharon. Desde á
pocos dias, como el rey Guarionex entre las peñas y cavernas de la
tierra habitaba, y no pudiese sufrir más la triste vida que vivia, ni
disimular, mayormente la hambre, salió á buscar de comer, donde no pudo
sino mostrarse á alguno. Como venian cada dia gentes de los ciguayos
á visitar al Rey, su señor, Mayobanex á la fortaleza de la Vega ó
de la Concepcion, y traerle de comer, no faltó quien diese aviso al
Adelantado que Guarionex estaba en tal parte. Envia cierta cuadrilla
de españoles, y indios algunos, á buscarle; no con mucha dificultad
le hallan, y preso á buen recaudo le traen. Métenlo en la fortaleza
de la Concepcion, apartado de Mayobanex, y tiénenlo allí, de hierros,
cadenas y grillos, y de grandes angustias, cargado, el que la mayor y
mejor parte de toda esta grande isla señoreaba, sin culpa, y sin razon
y justicia, en los lugares y tierras de su jurisdiccion, sobre otras
mil y diez mil vejaciones, agravios y daños que desque los cristianos
en esta isla entraron habia sufrido y pasado; y así, en aquel argástulo
y cárcel estrechísima y amarga vida, lo tuvieron tres años, hasta que
el año de 502 lo enviaron á Castilla en hierros, y fueron causa que
en la mar pereciese, muriendo ahogado, segun que, placiendo á Nuestro
Señor, en el libro siguiente será relatado. Del otro buen Rey é piadoso
Mayobanex no advertí en preguntar, cuando pudiera y tractábamos de
ambos, en qué habia parado, creo que murió en la cárcel; habria dos
años que habia su prision y miseria acaecido, cuando yo á esta isla
llegué.



CAPÍTULO CXXII.


Estas cosas se hacian en tanto quel Almirante negociaba en Castilla
su despacho para venirse, y fueron semilla de donde nació su caida,
como parecerá; y parece que Dios las permitia (salvos sus secretos y
rectos juicios), por afligir al Almirante y á sus hermanos, por la
injusticia, injurias, daños y crueldad que en las guerras con estas
inocentes gentes habian cometido, y, despues dellas, en les imponer los
tributos que no debian, y para obviar tambien, que, en lo porvenir, más
no le ofendiesen, y la total consumacion dellas, que otros hicieron,
á él ni á ellos no se imputase, usando de misericordia con él y con
ellos. Porque, segun el ánsia que tenia el Almirante de que hobiesen
provecho los Reyes, para que los gastos que habian hecho recompensasen,
y los que hacian no los sintiesen, (de donde procedia gran disfavor
y abatimiento y cuasi aniquilacion de la negociacion destas Indias,
tomando dello los émulos del Almirante, á quien nunca él habia
ofendido, ocasion para abatirlo, diciendo á los Reyes que era todo
burla cuanto de las riquezas y oro destas Indias afirmaba y ofrecia,
pues no hacian sino gastar en los sueldos de la gente que acá enviaban,
y mantenimientos que proveian, y no sacaban provecho alguno de todo
ello, de donde temia que los Reyes alzasen las manos del negocio, y
así, sus grandes trabajos, y angustias, y malas noches, y peores dias
que en los descubrimientos destas partes habia padecido, pereciesen,
y él quedase ó cayese, del estado á que Dios le habia subido, en
perpétua pobreza y sin abrigo), tengo por cierto, que, si no le fuera
impedido con la gran adversidad que al cabo le vino, con hacer injusta
y tiránicamente destas gentes esclavos, y sacarlos y pagar con ellos
la gente que acá venia, y enviar dellos dineros á los Reyes, ó al
ménos suplir los gastos que los Reyes hacian, él acabará en muy poco
tiempo de consumir toda la gente desta isla, porque tenia determinado
de cargar los navíos que viniesen de Castilla de esclavos, y enviarlos
á vender á las islas de Canarias y de los Azores, y á las de Cabo
Verde, y á donde quiera que bien se vendiesen; y sobre esta mercadería
fundaba principalmente los aprovechamientos para suplir los dichos
gastos y excusar á los Reyes de costa, como en principal grangería. Y
en este error y ceguedad caia por ignorancia, como arriba creo que he
dicho, no excusable, haciendo quizá cuenta que la gente destas tierras,
por ser solamente infieles, eran de derecho más nuestras que las de
Berbería, como, ni áun aquellas, si en paz con nosotros viviesen,
tratarlas como á estas, haciéndoles guerra y captivándolas, no chica
sino grande ofensa de Dios, ciertamente, sería. Pero pues ignoraban
tan escura y perniciosamente aquesta injusticia los que los Reyes por
ojos y lumbre tenian, que el Almirante la ignorase, que no era letrado,
cierto, no era gran maravilla, puesto que, pues ninguno experimentó
primero la bondad, mansedumbre, y humildad, y simplicidad y virtud
destas gentes, ni la publicó á los Reyes, ni al Papa, ni al mundo,
sino él, juzgado sólo por la razon natural y por sí mismo, segun las
obras que al principio recibió dellas, y las que él despues, primero
que otro, les hizo, él mismo y á sí mismo de gran culpa convencería;
y verdaderamente, yo creo, segun que tambien arriba pienso que he
dicho, que la intincion del Almirante, simplemente considerada, sin
aplicarla á la obra, sino supuesto su error é ignorancia del derecho,
que era rectísima. Y cosa es de maravillar, y, si fuera otra materia
que no requiriera lloro, de reir, que escribia á su hermano sobrecargar
los navíos de esclavos, y, para con la parte que habia de caber á los
Reyes, decia estas palabras: «En esto y en todo es de tener muy justa
cuenta, sin tomar á Sus Altezas nada, ni á otra persona, y mirar en
todo el cargo de la conciencia, porque no hay otro bien salvo servir
á Dios, que todas las cosas deste mundo son nada, y el otro es para
siempre.» Estas son sus formales palabras en la carta que escribió al
Adelantado en los dos susodichos navíos, y yo la vide, y de su misma
letra y mano firmada; y no hacia cuenta, ni tenia por deservicio de
Dios ni tomar á persona nada, hacer tantos inocentes esclavos, y
que para tener por principal grangería y enviar los navíos llenos
de esclavos, no sintiese que habia de tener con los tristes indios
continuas guerras, ó tomarlos seguros de sus pueblos (como despues
sucedió en muchas destas partes), para hinchir los navíos de esclavos.
Y, para que se vea cuanto fundada estaba esta grangería en esta isla,
de hacer esclavos, digo lo que ví é oí por mis mismos ojos y oidos:
que el dia que yo llegué á esta isla con otros que veniamos, y echamos
anclas en este puerto de Sancto Domingo, ántes que hombre de nosotros
saltase en tierra, llegáronse á la playa algunos de los aquí vecinos,
y los de la nao, algunos que habian estado acá, preguntando á los que
cognoscian, á voz alta, «enhorabuena esteis;» responden los de tierra,
«enhorabuena vengais;» los de la nao, «¿qué nuevas, qué nuevas hay
en la tierra?» responden, «buenas, buenas, que hay mucho oro, que se
cogió un grano de tantas libras, y que hay guerra con los indios porque
habrá hartos esclavos, etc.» De las cuales nuevas hobo en la nao harta
alegría y regocijo, porque veniamos á buen tiempo. Por aquí se verá
la ceguedad que se habia, en todos los que aquí estaban, entablado,
habiendo su orígen de la del Almirante. Y es verdad que, cognosciendo
lo que cognoscí é noticia que tuve, fuera desta materia, de la bondad
del Almirante y de su intincion, que parecia todas las cosas referirlas
y encaminarlas á Dios, á mi me hace grandísima lástima verle, en
esto, de la verdad y de la justicia tan remoto y desviado. Toda esta
digresion he hecho aquí para mostrar, como tambien, si place á Dios,
diré ó tocaré adelante, que no por lo que algunos pensaban, que era
por el mal tratamiento de los españoles y otros defectos y culpas que
le imponian y levantaban maliciosamente, los Reyes le desfavorecieron
y quitaron el cargo y administracion de la justicia, que tan digna,
agradecida y remuneratoriamente le habian concedido, y él, tan
justamente y con tanta industria, sudores y laboriosísimos y ciertos
peligros é incomparables trabajos habia merecido y ganado, sino que de
lo alto le vino el castigo, divinalmente ordenado, por las injusticias
susodichas, guerras primeras, y muertes, y captiverios sin causa ni
razon alguna, ántes contra toda razon y ley natural, é imposicion de
tributos indebidos que hizo y cometió, y fué causa que otros hiciesen,
contra éstas y en éstas é inocentes naciones, que á él ni á otro del
mundo nada debian, ántes él á ellos debia gran deuda, por el muy
señalado recibimiento y hospedaje que le hicieron en el puerto de la
Navidad, cuando se le perdió la nao, y Guacanagarí, el Rey de aquel
reino, tanto lo remedió y consoló, como el mismo Almirante, arriba en
el cap. 59, lo ha bien confesado y encarecido, pudiéndole, á él y á
todos los cristianos que con él venian, hacer pedazos, sin que hombre
del mundo supiera dellos, le quiso Dios, que es justo juez, afligir y
derrocar en esta vida, y á sus hermanos, y áun á su casa y sucesores
en ella, hasta la segunda, al ménos, generacion (de que somos testigos
y adelante se verá, y tengo por cierto que ha de llegar á la cuarta),
y quitarle la posibilidad de hacer más daños que, cierto, hiciera y
es manifiesto, por lo que está dicho, con su buena intencion. Y es
buena señal que Dios le quiso para sí en la otra vida, pues en esta le
corrigió, y placerá á nuestro Señor, que es en todo bueno y piadoso
para con los hombres, que acabado de lastar y purgar los sucesores del
Almirante, por algunas generaciones, lo que les cupiere de las culpas
pasadas, segun la medida del divino beneplácito, su casa será crecida
y prosperada en suma futura sucesion; porque tan ilustre y preclara
hazaña, que la Divina providencia quiso efectuar por él, parece ser
cosa creible que su memoria no la ha de consentir perder.



CAPÍTULO CXXIII.


Tornando, pues, al hilo de la historia, contado lo que en esta isla
sucedió, absente y en Castilla el Almirante, tornemos á coser lo que se
hizo en su despacho, con lo que arriba en el cap. 112 dejamos. Dijimos
allí como para el despacho del Almirante le mandaron librar los Reyes
seis cuentos, para ocho navíos que habia pedido que pudiese traer
llenos de bastimentos, y con 300 hombres y 30 mujeres, que acordaron
los Reyes que siempre habitasen en esta isla y ganasen sueldo de los
Reyes, á 600 maravedís cada mes, y 12 maravedís cada dia para su
comida, y cada mes tambien una hanega de trigo, como arriba se dijo;
puesto que no trajo deste viaje todos 300, considerando que algunos
de los que acá estaban querrian por entónces quedar. Para todos los
más de 300 traia mandado que los dejase irse á Castilla, si irse
quisiesen, pagándoles los sueldos del tiempo que acá habian estado, y
si quisiesen quedar más de los 300, se quedasen, pero que sueldo no
ganasen, sino que trabajasen en la tierra de granjear y ayudarse de su
industria y trabajo, pues la isla era tan fértil, y, de grangerías y
muchos bienes y riquezas de oro y metales, capaz. Los cuatro cuentos,
destos seis, eran para emplearlos en bastimentos, y los dos para pagar
la gente (porque á los que venian en los navios, pagaron los seis
meses), y lo que desto sobrase, para pagar á los que acá estaban que se
hobiesen de ir á Castilla. Librados estos cuentos, aunque no cobrados,
llegaron los tres navíos, que en el cap. 111 dijimos que halló el
Almirante en la bahía de Cáliz, para acá, donde vino por piloto y
Capitan Peralonso Niño, y en el cap. 113, que el Adelantado los habia
hinchido de indios por esclavos; estos navíos llegaron de vuelta en
Cáliz á 29 de Octubre de aquel año de 1496 años. Escribió luego, á
priesa, el dicho Peralonso Niño á los Reyes y al Almirante, pidiendo
albricias porque traia cantidad de oro, y debia llamar oro á los muchos
indios que traia por esclavos, como quien dijera, oro es lo que oro
vale; hizo dos grandes faltas y liviandades, indiscretamente, como
marinero, y no como hombre criado en la corte ó en palacio; el uno,
que se fué luego á la villa de Moguer á holgar á su casa, guardando
siempre consigo las cartas que traia del Adelantado, y no llegó á la
corte hasta fin de Deciembre, que estaban los Reyes ya enhadados de
esperarlas, y el Almirante como de una escarpia colgado, porque no
sabian cosa de lo que acá habia ó pasaba; el otro fué, hacer grandes
asonadas que traia cantidad de oro, y despues hallóse que no traia
cuasi nada. No sirvió su escribir pidiendo albricias sino de que, como
el rey de Francia tomó aquellos dias una villa, creo que de Salses,
del Condado, pienso, de Ruisellon, y tuvieron los Reyes necesidad
de proveer gente de nuevo para fortalecer á Perpiñan, y no tenian
dineros para ello, dijeron los Reyes al Almirante, que, «pues el piloto
Peralonso traia oro en cantidad, dello se suplirá lo que os estaba
librado, y más.» Tómanse los seis cuentos y gástanse para Perpiñan;
llega el piloto, dá las cartas, y parece su liviandad. Hobieron harto
enojo los Reyes, no tanto por no traer oro, cuanto por haber detenido
tantos dias las cartas, segun escribió el Adelantado, en los dos
navíos que arriba, cap. 119, se dijeron, al Almirante; y, á lo que yo
conjeturo, hobieron, no alegría, sino aumento de su enojo por saber
que traian tantos indios por esclavos, como en el libro II, placiendo
á Dios, por buenos argumentos se cognoscerá. Pero el enojo y pena que
el Almirante rescibió de la burla y vanidad del piloto, por no salir lo
que habia escrito, de traer cantidad de oro, verdad, bien creo que fué
mayor, que aguó y enturbió el placer que pensó recibir, ó recibió de
haber enviado el Adelantado, su hermano, los navíos llenos de esclavos.
Aquí dió otro vaiven la negociacion indiana, y sobrevinieron no chicos
disfavores, de ser burla las cosas destas partes, como los émulos y
no émulos estimaban ó murmuraban, al Almirante; y así lo escribió el
Almirante á su hermano, el Adelantado, que este negocio de las Indias
estaba en tanta infamia que era maravilla. ¿Como le habia de dar Dios
favor ni alegría con la venida de los tres navíos, viniendo como venian
llenos de inocentes hechos esclavos, que tantos moririan por la mar,
sin fé y sin sacramentos, y que tantos, despues de llegados allá,
sin cognoscimiento de su Criador, morian ántes que supiesen entender
nuestra lengua, ni cosa hablar, como es cierto morir los más luego,
por ser gente tan delicada? Tornó el Almirante á procurar los cuentos
gastados para Perpiñan, con grandes angustias y trabajos y amarguras,
tanto, que dijo que le habian hecho aborrecer la vida. A cabo de mucho
tiempo, por las grandes necesidades que los Reyes tenian, dieron saca
de trigo para Génova, y, con venderla, se pudieron juntar dos cuentos y
ochocientos mil maravedís; faltaba lo demás para los cuatro cuentos que
se habian de emplear en los bastimentos de las ocho naos ó navíos que
habia de aparejar y llevar cargados; faltaban tambien los dineros, que
se habian de dar, de los sueldos y fletamentos de los navíos y soldadas
de marineros. Parecióme poner aquí las palabras que escribe cerca desto
á su hermano: «Sabe nuestro Señor cuantas angustias por ello he pasado,
por saber como estaríades; así que, estos inconvenientes, bien que yo
los diga, prolijos, con péndola, muchos más fueron en ser, atanto que
me hicieron aborrir la vida por la gran fatiga que yo sabia en que
estaríades; en la cual me debeis de contar con vos juntamente, porque,
cierto, bien que yo estuviese acá absente, allá tenia y tengo el ánima
presente, sin pensar en otra cosa alguna, de contino, como nuestro
Señor dello es testigo, ni creo que vos pongais ni vuestra ánima duda
en ello, porque, allende la sangre y grande amor, el efecto del caso y
la calidad del peligro y trabajo, en tan longincuas partes, amonesta y
constrinje más el espíritu y sentido á doler cualquier fatiga que allá
se pueda imaginar, que nó si fuese en otra parte. Aprovecharia mucho á
esto si este sufrimiento se sufriese por cosa que redundase al servicio
de nuestro Señor, por el cual deberíamos trabajar con alegre ánimo;
ni desayudaría á pensar que ninguna cosa grande se puede llegar á
efecto salvo con pena, y asimismo consuela á creer que todo aquello que
se alcanza trabajosamente se posée y cuenta con mayor dulzura. Mucho
habria que decir en esta causa, mas porque de vos no es la primera que
hayais pasado ni yo visto, dejaré para hablar en ello más despacio y
de palabra, etc.» Esto escribió el Almirante á su hermano. Ciertamente
son de notar estas palabras, y, sobre todo, como todas sus cosas ponia
en Dios; y, allende desto, podemos notar que nunca hombre, en muchos
tiempos pasados, tanto trabajo padeció ni bebió tantas amarguras por
hacer grande hazaña y obras heróicas, que ménos con dulzura ni con más
amargura sus trabajos y sudores contase, ni pudiese contar, sino el
Almirante. Del poseer lo que habia ganado con aquellos trabajos, cuan
poco y momentáneo fué el tiempo desde que lo comenzó á gozar hasta que
se lo quitaron, y aquello con cuantas zozobras y vida tan amarga y
atribulada, por lo que está dicho y por lo que se dirá, se podrá bien
adevinar. Finalmente, lo más que pudo trabajó, con los dineros primeros
que le libraron, de hacer aparejar las dos carabelas, que arriba
dijimos, que llevó Pero Hernandez Coronel con los 90 hombres, cargadas
de bastimentos, y que llegaron á buen tiempo, cuando bien hobo menester
el favor que llevaban el Adelantado, que Francisco Roldan determinaba
en la fortaleza de la Concepcion cercarlo; y estas despachadas, dió
priesa en lo demas que restaba para su despacho, que consistia en
aparejar los seis navíos que quedaban.



CAPÍTULO CXXIV.


Los católicos Reyes, como muy agradecidos y virtuosísimos Príncipes,
cognosciendo el gran servicio que habian del Almirante recibido, y
vistos y considerados sus grandes trabajos y el poco provecho que habia
hasta entónces habido, hiciéronle nuevas mercedes en todo aquello
que él les suplicó, y áun otras que él no habia pedido, allende que
le confirmaron de nuevo las viejas que le habian hecho, y todos sus
privilegios al principio concedidos; y, lo primero, confirmáronle todos
los capítulos y mercedes del contrato que hizo con los Reyes, ántes que
viniese á descubrir, y todos los títulos y preeminencias que en Sancta
Fé le concedieron, y despues, desde á pocos dias, se las ratificaron,
entrados en la ciudad de Granada, y confirmaron en la ciudad de
Barcelona, segun que en los capítulos 33 y 80 largamente pusimos; todo
lo cual, agora de nuevo, en una Patente real referido y supuesto, los
Reyes dicen así:

«E agora, por cuanto vos el dicho D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante
del mar Océano é nuestro Visorey é Gobernador de la tierra firme
é islas, nos suplicastes y pedistes por merced que, porque mejor
é mas cumplidamente vos fuese guardada la dicha Carta de merced á
vos é á vuestros hijos é descendientes, que vos la confirmásemos é
aprobásemos é vos mandásemos dar nuestra Carta de privilegio della,
ó como la nuestra merced fuese, é Nos, acatando lo susodicho é los
muchos é buenos, é leales é grandes é continuos servicios que vos, el
dicho D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante é Visorey é Gobernador
de las islas é tierra firme descubiertas é por descubrir en el mar
Océano, en la parte de las Indias, nos habedes hecho y esperamos que
nos fareis, especialmente en descubrir é traer á nuestro poder é so
nuestro servicio las dichas islas é tierra firme, mayormente porque
esperamos que, con ayuda de Dios, nuestro Señor, redundará en mucho
servicio suyo, é honra nuestra, é pro, é utilidad de nuestros reinos,
porque esperamos que los pobladores indios de las dichas Indias,
se convertirán á nuestra sancta fe católica, tuvímoslo por bien, é
por esta nuestra Carta de privilegio, ó por el dicho su treslado
signado, como dicho es, de nuestro propio motivo é cierta sciencia é
poderio real absoluto, de que en esta parte queremos usar, é usamos,
é confirmamos, é aprobamos para agora é para siempre jamás, á vos el
dicho D. Cristóbal Colon é á los dichos vuestros fijos é nietos é
descendientes de vos é de los vuestros herederos, la sobredicha Carta
nuestra Carta, suso encorporada, é la merced en ella contenida. É
queremos é mandamos, y es nuestra merced é voluntad, que vos vala y sea
guardada á vos é á los dichos vuestros fijos é descendientes, agora é
de aquí adelante, inviolablemente para agora y para siempre jamás, é
por todo bien é cumplidamente, segun é por la forma é manera que en
ella se contiene. Y, si necesario es, agora de nuevo vos facemos la
dicha merced, é defendemos firmemente que ninguno ni algunas personas
no sean osadas de vos ir ni venir contra ella, ni contra parte della,
por vos la quebrantar ni menguar, por tiempo alguno, ni por alguna
manera, sobre lo cual mandamos al príncipe D. Juan, nuestro muy caro
y muy amado hijo, é á los Infantes, Duques, Prelados, Marqueses,
Condes, Ricos-homes, Maestres de las Órdenes, Priores, Comendadores,
é Socomendadores, é á los de nuestro Consejo, Oidores de la nuestra
Audiencia, Alguaciles é á otras Justicias cualesquiera de la nuestra
casa é corte é Chancellería, é Alcaides de los castillos de casas
fuertes é llanas, é todos los Concejos é Asistentes, é Corregidores,
Alcaldes, Alguaciles, Merinos, Prebostes é otras Justicias de todas las
ciudades, villas é lugares de los nuestros reinos é señoríos, é á cada
uno dellos, que vos guarden é fagan guardar esta dicha nuestra Carta de
priviligio é confirmacion, é la Carta de merced en ella contenida, é
contra el tenor é forma de ella non vos vayan ni pasen, ni consientan
ir ni pasar, en tiempo alguno, ni por alguna manera, so las penas,
etc. Dada en la ciudad de Búrgos á veintitres dias del mes de Abril,
año de mil y cuatrocientos y noventa y siete años.—Yo el Rey.—Yo la
Reina.—Yo Fernandalvarez de Toledo, Secretario del Rey é de la Reina,
nuestros señores, lo hice escribir por su mandado, etc.»

Y porque el Almirante se agravió de haber dado los Reyes licencia
general para venir á descubrir los que quisiesen á estas Indias (la
cual licencia parece arriba en el cap. 107), alegando el Almirante
haber sido dada en perjuicio de las mercedes que le habian sido
hechas y privilegios sobre ellas concedidos, y los Reyes, como
cristianísimos y agradecidos á tan señalados servicios, no entendian
ni querian perjudicarle ni substraerle cosa de las concedidas, ántes
confirmárselas, como ha parecido, por ende sobre esta razon, hecha
relacion de _verbo ad verbum_ de la dicha licencia, dieron la presente
Carta, y dice así:

«La cual dicha nuestra Carta y provision, y lo en ella contenido, el
dicho Almirante D. Cristóbal Colon dice, que fué dada en perjuicio
de las dichas mercedes que de Nos tiene, é de las facultades que por
ellas les dimos, é nos suplicó é pidió por merced que cerca dello
mandásemos proveer de remedio como la nuestra merced fuese. É porque
nuestra intincion é voluntad no fué ni es en perjudicar en cosa alguna
al dicho D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, ni ir,
ni en que se vaya, ni pase contra los dichos asientos é privilegios é
mercedes que le hicimos, ántes, por los servicios que nos ha fecho, le
entendemos de facer más mercedes, por esta nuestra Carta, si necesario
es, confirmamos é aprobamos los dichos asientos é privilegios, é
mercedes por Nos al dicho Almirante fechas, é es nuestra merced é
mandamos que en todo y por todo le sean guardadas y cumplidas segun
en ellas se contienen. É defendemos firmemente que alguna ni algunas
personas no sean osadas de ir ni pasar contra ellas ni contra parte
dellas, en tiempo alguno, ni por alguna manera, so las penas en ellas
contenidas. É si el tenor é forma della parte dello en algo perjudica
la dicha provision que así mandamos dar, que de suso vá encorporada,
por el presente la revocamos é queremos é mandamos que no haya fuerza
ni efecto alguno en tiempo alguno, ni por alguna manera, en cuanto es
en perjuicio del dicho Almirante é de lo que así tenemos otorgado é
confirmado. De lo cual mandamos dar la presente, firmada de nuestros
nombres é sellada con nuestro sello. Dada en la villa de Medina del
Campo á dos dias del mes de Junio de mil cuatrocientos noventa y siete
años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo Fernandalvarez de Toledo, etc.»

Por esta provision como ha parecido, confirmaron los Reyes los
privilegios y mercedes y asiento que hicieron con él y al mismo
Almirante; y así son cinco veces las que, con la primera, cuando
se hizo y celebró el dicho asiento y capitulacion los Reyes las
ratificaron y confirmaron; la una, en la villa de Sancta Fé; la
segunda, dentro en la ciudad de Granada; la tercera, en la ciudad
de Barcelona; la cuarta, en la ciudad de Búrgos; la quinta, en la
villa de Medina del Campo, sin otras muchas por cédulas y cartas que
le enviaban, certificándole que las mercedes hechas se le habian de
guardar y con otras acrecentárselas. La primera y segunda fueron
en el año de 1492; la tercera en el año de 1493; la cuarta y la
quinta en el de 1497, como está visto en los capítulos precedentes.
Hiciéronle merced los Reyes, de nuevo, sin las concedidas al tiempo
de la capitulacion y primero asiento, de 50 leguas de tierra en esta
isla Española, del leste al gueste, que quiere decir de Levante hácia
el Poniente; y de 25 del Ártico al Antártico, que es del Norte al
Sur, ó Setentrion al Meridion ó Mediodia, con acrecentamiento de
título, Duque ó Marqués y esto era grande y señalada merced. Y fuera
mayor, los tiempos andando, porque tuviera dueño aquella tierra, y
pudiera crecer y ser poblada de españoles, y lo estuviera ya y fuera
riquísima, y esto, supuesto que los indios se hobieran de acabar como
se acabaron; cuanto más, que si fuera suya propia y no hobiera de
acudir á dar cuenta á los Reyes, y á darse prisa en suplir los gastos
que hacian y darles provechos, que fué causa, como arriba es dicho, de
usar mal della, imponiéndoles los tributos injustos é intempestivos,
él la curara mejor y temiera que los indios, sus naturales vecinos y
pobladores, haciéndoles guerra y captivándolos por esclavos, perecieran
y menoscabaran. Dije «tuvieran dueño», porque nunca las Indias jamás
lo tuvieron, como parecerá adelante. Dije «suya propia», entendiendo
con esta condicion, si los Reyes la pudieran dar al Almirante por suya
propia, pero no podian, porque era ajena, conviene á saber, de los
indios vecinos y moradores naturales dellas y de los Reyes naturales
suyos que en ellas reinaban; las cuales, ni los Reyes ni el Papa que
les dió poder para entrar en ellas (lo cual con toda reverencia quiero
que sea dicho), no los pudieron despojar de sus señoríos públicos y
particulares, estados y libertad, porque no eran moros ó turcos que
tuviesen nuestras tierras usurpadas, ó trabajasen de destruir la
religion cristiana, ó con guerras injustas nos fatigasen é infestasen;
y la ceguedad de aqueste error hizo al Almirante mucho mal, y á otros
muchos que despues dél se han querido cegar, pero mucho mayor á estas
naciones desventuradas, que por el susodicho error las han venido
á estirpar. Suplicó el Almirante á Sus Altezas, que aquesta merced
que le hacian de las 50 leguas no se la mandasen aceptar, no porque
hobiese salido del dicho error y temiese tomar lo ajeno, sino por
evitar pendencias con los oficiales del Rey, las cuales sentia bien
que no le habian de faltar, levantándole que poblaba mejor su tierra y
50 leguas que no la del Rey, ó que habia escogido la mejor; y en esto
tenia, ciertamente, razon, porque, principalmente oficiales del Rey,
le perseguian siempre con harta falta de justicia, y le quitaron su
estado, y á su primer heredero despues dél, como yo sé harta parte,
y así dice él: «Supliqué á Sus Altezas que no me las mandasen tomar,
por evitar escándalo de maldecir y por no perder el resto, porque, por
poco que en ellas se poblase, siempre dirian las malas lenguas que
yo poblaba el mio y dejaba el suyo, y asimismo que habia tomado del
mejor, por lo cual, nacerian enojos que redundarian á mi daño, que
pues Sus Altezas me tienen hecha merced del diezmo y ochavo del mueble
de todas las Indias, que no queria yo más.» Estas son sus palabras, y
no muy polidas en nuestro romance, pero, cierto, no por eso dignas de
despreciar.



CAPÍTULO CXXV.

 Este capítulo prosigue las mercedes que los Reyes le hicieron este año
 de 1497.


Hiciéronle los Reyes otra merced, que, porque habiéndose ocupado el
Almirante hasta aquí en descubrir tierra por tierra y por mar, como el
descubrimiento de Cuba y Jamáica, y en esta isla Española, por tierra,
las provincias della, y otras ocupaciones que tuvo en ella (puesto
que las más fueron de injustas guerras, que hizo á estas gentes, como
arriba está dicho, lo cual los Reyes, ó no sabian cuantas y cuan
malas eran, ó no lo entendian), y así, no habia habido el Almirante
sino poco provecho é interese, y deseaban ayudarle y prosperarle,
tuvieron por bien de le hacer merced, que, puesto que era obligado á
contribuir en los gastos que los Reyes hacian, por la capitulacion
primera, en la ochava parte, pues habia de gozar la ochava parte de los
provechos, que no pagase cosa alguna de los gastos hasta allí hechos,
sino que solamente bastase lo que puso en el primer viaje cuando vino
á descubrir estas Indias, que puso, sobre un cuento que los Reyes
pusieron, como se dijo arriba en el cap. 33, lo que más fué menester,
que pasó de medio cuento, para aparejar y despacharse con la nao y dos
carabelas con que descubrió esta isla y las demas, con que de lo que
hasta entónces habia venido á los Reyes, no pidiese diezmo ni ochavo,
que si pusiera el ochavo de los gastos, lo habia de haber de los
provechos, y de lo que él se habia aprovechado hasta entónces le hacian
tambien merced dello; asimismo le hicieron merced de que lo mismo
fuese, que no pagase ochavo, de los gastos que en aqueste viaje que
llevaba los ocho navíos, con los dos que habia enviado adelante, como
ya hemos dicho, hasta llegar á esta isla. Item, le hicieron merced,
que puesto que por la dicha primera capitulacion, de los provechos que
se hobiesen se habian de sacar primero los gastos y costas, y despues
habia de haber el Almirante el diezmo, y despues el ochavo, pero,
por hacerle merced, quisieron que, por tres años, se sacase primero
el ochavo, de los provechos de las cosas muebles, para él, sin costa
alguna, y despues se sacasen las costas, y de lo restante se sacase
el diezmo para el Almirante, pero pasados los tres años, quedase la
órden dada en la dicha primera capitulacion; y con tanto que ningun
derecho se le añidiese ni quitase por esta merced, sino que la dicha
capitulacion quedase en su fuerza y vigor, como, ántes que se hiciese,
estaba; la Cédula destas mercedes fué hecha en Medina del Campo á 2
dias de Junio de 1497 años.

Hiciéronle tambien merced, que, porque en el primer capítulo de la
dicha primera capitulacion se contenia, que le hacian y criaban
su Almirante, en todas las islas y tierras firmes que por su mano
é industria se descubriesen ó ganasen en las mares Océanas, para
durante su vida, y de sus sucesores perpétuamente, con todas aquellas
preeminencias é prerogativas pertenecientes al tal oficio, é segun
que D. Alonso Enriquez, Almirante mayor de Castilla y los otros
predecesores lo tenian en sus distritos, mandáronle dar treslado
autorizado de las mercedes y privilegios, honras, prerogativas,
libertades, derechos é salarios que tenia y tiene y goza el dicho
Almirante de Castilla, porque le habian hecho merced que las tuviese
é gozase dellas en las Indias, como las gozaba el de Castilla en
Castilla. Fué hecha esta Cédula en Búrgos á 23 de Abril de 1497 años,
cuya substancia fué, que mandaba á Francisco de Soria, Lugarteniente
del Almirante de Castilla, que residia en Sevilla, que, luego, sin
dilacion, le diese un treslado autorizado, en manera que hiciese fe,
de todos los privilegios é cartas de merced é confirmaciones que el
Almirante de Castilla tenia, pertenecientes al dicho cargo y oficio
de Almirante, por donde el Almirante de las Indias, é otros por él,
llevasen é cogiesen los derechos é otras cosas á él pertenecientes
con el dicho cargo; porque habia hecho merced al dicho D. Cristóbal
Colon que hobiese é gozase de las mercedes, é honras, é prerogativas, é
libertades, é derechos, é salarios, en el Almirantazgo de las Indias,
que habia y tenia y gozaba el Almirante de Castilla, etc. Todo estaba
y se contenia en la Cédula. Está una claúsula en el dicho privilegio
rodado del Almirante de Castilla, entre otras, por la cual le hace
merced el rey D. Juan, que, de todas las ganancias que en cualquiera
flota ó armada que por mandado del Rey se hiciese, yendo la persona
en ella del dicho Almirante, aunque la dicha flota, ó parte della
se apartase por su mandado, ó sin su mandado, llevase y ganase la
tercera parte, y las dos otras terceras partes fuesen del Rey. Por
esta cláusula tuvo por cierto el Almirante don Cristóbal Colon, que
le pertenecia la tercia parte de las ganancias, no solamente de los
muebles, pero tambien de las tierras de todas las Indias; y así de la
tercera parte de todas ellas, si esto fuera verdad, era Señor. Pero á
esto se puede responder, que áun si fueran algunas dehesas de ganados
que hallara en la mar ó tierras despobladas, habia duda si por la dicha
cláusula de los privilegios del Almirante de Castilla le pertenecia la
dicha tercia parte, porque, por la dicha cláusula, no parece que se
conceden al Almirante de Castilla sino los muebles que por la mar se
ganaren, como suelen ser los despojos de los enemigos, y aquellas cosas
que en las batallas navales los que vencen suelen haber ó adquirir;
ántes, creo yo, tener ménos duda que por los mismos privilegios
concedidos al mesmo Almirante D. Cristóbal Colon, le perteneciera
muy mejor la octava parte de las dichas dehesas, tierras, y raíces y
ganados, y otras cosas, que sin dueños se hallaran por su persona en la
mar, pero tener que le perteneciesen por cualquiera de los privilegios
ó al Almirante de Castilla, ó al de las Indias, la tercia, ni ochava,
ni décima parte destas tierras y gentes dellas, es error intolerable.
La razon es clara: porque son ajenos y tienen dueños y señores propios
naturales dellas, y cuanto al señorío particular de las cosas que
cada persona privada tiene, y cuanto á los bienes y cosas públicas
y jurisdicciones de los pueblos y de los Reyes, que les competen de
derecho natural, y de todas las gentes, y conviniera que se le pidiera
al Almirante, que ¿dónde halló tal derecho y quién se lo pudo haber
concedido, por el cual, solamente por descubrir estos reinos y tierras,
llenas de pacíficas y mansas gentes, que tienen sus señores y Reyes
libres, que á ninguno jámas, fuera de sí, por Rey ni señor superior
recognoscieron, se le trespasase luego todo el señorío particular y
público, y el ser y vidas, en él, de todos ellos? Todas las causas que
algunos asignar, de lo contrario desto, quisieron, son frívolas, vanas
y de hombres sin razon y áun sin Dios, como ya por la misericordia de
Dios se va entendiendo, así que, ni por la capitulacion de los Reyes
que con el dicho Almirante D. Cristóbal Colon hicieron, ni por la que
pertenece de los Reyes pasados al Almirante de Castilla, ni por los
unos ni por otros privilegios, no compete al Almirante de las Indias,
ni se le pudo dar por nadie, destas tierras ni reinos, ni de las gentes
dellos, ni de otra cosa que sea raíz y se halle en ellos, un sólo pelo
ni valor dello; lo que á él pertenece y se le debe por descubrirlas,
es tanto, ante Dios y ante el mundo, y señaladamente ante los reyes
de Castilla, que, salvo el premio que Dios le dará en el cielo, como
yo espero, jámas en este mundo se le dará ni podrá dar digna ó igual
recompensa.

Fué otra merced que Sus Altezas le hicieron esta: que ninguna cosa
se hiciese ni proveyese en los reinos de Castilla, tocante á la
negociacion destas Indias, sin que asistiesen á ella, con los oficiales
de los Reyes, la persona ó personas que el Almirante para ello nombrase
y deputase, y su poder para ello tuviesen, con que se hiciese saber á
Sus Altezas como tal ó tales personas eran deputadas y nombradas por
el Almirante para ello; y esto pidió y suplicó el Almirante, porque
hobiese mejor recaudo en la hacienda que á él pertenecia y habia de
haber. Despachóse esta merced en Medina del Campo á 30 de Mayo el mismo
año de 1497.

Hicieron otra merced sin estas, que le dieron licencia y facultad
que pudiese hacer instituir uno y muchos mayorazgos, cada y cuando
quisiese; así en vida, por simple contrato y manda, como por donacion
entre vivos, como por su testamento y postrimera voluntad, ó codicilo,
por una ó dos ó tres escrituras, etc., de sus bienes, vasallos,
heredamientos, oficios perpétuos, para que quedase memoria dél y de
su casa y linaje, y porque los que dél viniesen fuesen honrados,
acatando los muchos y buenos, y leales, y grandes, y continuos
servicios que dél habian rescibido y rescibian cada dia, especialmente
en descubrir y atraer á su poder y señorío las islas y tierra firme
que habia descubierto en el mar Océano, mayormente porque esperaban
que redundaria en mucho servicio de Dios, é á honra de los Reyes, é
pró y utilidad de sus reinos, é porque se esperaba que los pobladores
destas Indias se convertirian á nuestra sancta fe católica, y porque
consideraban que de los Reyes y Príncipes, que no recognoscen
superior, es propia cosa honrar y sublimar sus súbditos y naturales,
especialmente aquellos que fiel y lealmente les sirven, y porque
tambien en se hacer los tales mayorazgos es honra de la Corona real,
etc. Y entre otras cláusulas, muchas necesarias y favorables dicen,
que los bienes que incluyese en el mayorazgo ó mayorazgos, fuesen
imprescriptibles é impartibles para siempre jamás, y que la persona
ó personas en quien les hiciere ó instituyere, no los puedan vender,
ni dar, ni donar, ni amenguar, ni dividir, ni apartar, ni los puedan
perder ni pierdan por ninguna deuda que deban, ni por otra razon ni
causa, ni por ningun delito ni crímen, ni exceso que cometan, salvo
crímen _lesæ majestatis_, ó _perdulionis_, ó traicion, ó crímen de
herejía, etc. Fué hecha en la ciudad de Búrgos á 23 de Abril del mismo
año de 1497. Y hemos aquí de notar, que en esta provision y otras
muchas, como de alguna parece arriba, hacen mencion los Reyes que les
habia descubierto y dado á tierra firme, y no era así, porque no habia
descubierto sino solas islas, cuasi teniendo por cierto que se la habia
de descubrir, como agora en este viaje lo hizo.

Finalmente, le hicieron los Reyes otra merced, que instituyeron á su
hermano D. Bartolomé Colon, Adelantado de todas estas Indias islas y
tierra firme, y la provision comienza:

«D. Hernando y doña Isabel, etc., por Nos vistos y considerados los
muchos y buenos y leales servicios que vos don Bartolomé Colon, hermano
de D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, é Visorey,
é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias, nos
habedes hecho é facedes de cada dia, é esperamos que nos hareis de
aquí adelante, tenemos por bien y es nuestra merced y voluntad, que de
aquí adelante vos llameis é intituleis Adelantado de las islas dichas
nuevamente halladas en las dichas Indias, é podades usar é ejercer, é
facer en las dichas islas é en cada una dellas, todas las cosas que
los otros Adelantados de los dichos nuestros reinos pueden facer,
é que hallades é gocedes, é vos sean guardadas todas las honras, y
gracias, y mercedes, y preeminencias, y prerogativas que son debidas
é se deben facer é guardar, segun las leyes por Nos fechas en las
Córtes de Toledo, ó las otras leyes de nuestros reinos, á los otros
nuestros Adelantados dellos, etc. Y Nos, por esta nuestra Carta, os
criamos y facemos Adelantado de las dichas islas y tierra firme que así
nuevamente se han hallado y descubierto en las Indias, é vos recibimos,
é habemos por recibido al dicho oficio é al uso y ejercicio dél, y
mandamos que en ello, ni en parte dello, embargo ni impedimento alguno
vos non pongan, etc.»

Fué hecha en Medina del Campo á 22 de Julio del dicho año 1497.



CAPÍTULO CXXVI[4].


Estando el Almirante para se despachar de la corte, y los Reyes
que lo deseaban ver partido, acaeció que murió el rey D. Juan de
Portogal, y sucedió en aquel reino el rey don Manuel, que era Duque
de Verganza. Tractaron los Reyes de casar la princesa Doña Isabel,
que fué reina de Portugal y princesa de Castilla, con el dicho rey
D. Manuel, y, concluido, la Reina Católica, su madre, la llevó en
fin de Setiembre deste año de 97 á Valencia de Alcántara, donde vino
el rey de Portugal, y la recibió sin fiestas ningunas. La razon fué,
porque yendo el Rey y la Reina juntos á llevar la dicha señora Reina
Princesa á Ávila, por ver el monasterio de Sancto Tomás de Ávila, de
la órden de Sancto Domingo, y que habia hecho el Prior de Sancta Cruz,
fraile de la mesma órden, Inquisidor mayor, y el primero que hobo en
España, como obra insigne y señalada y hecha de los bienes que se
habian confiscado á los herejes que se habian quemado, supieron los
Reyes que el príncipe D. Juan, que de Medina del Campo, de donde salió
la corte, se habia ido con la Princesa, madama Margarita, su mujer,
á Salamanca, se habia sentido enfermo; volvióse luego el Rey, é sola
la Reina prosigió el camino con la Princesa, como dije, para Valencia
de Alcántara. Desde á pocos dias ántes que la Reina volviese, plugo á
nuestro Señor de atribular y poner en luto y en lloro á toda España,
con la muerte del príncipe D. Juan, y desde á algunos dias, por el
mes de Deciembre, permitió la divina clemencia otro azote, que poco
ménos amargó á los Reyes y á los reinos que el primero, que quedando
la princesa Margarita preñada, movió una hija muerta de siete meses.
Los Reyes mostraron grandes ánimos de paciencia, y, como prudentísimos
y animosos Príncipes, consolaban todos los pueblos por escrito y por
palabra. Nombraron y declararon luego al rey de Portugal y á la Reina,
su mujer, por Príncipes de aquellos reinos de Castilla, y así, aquella
señora, Doña Isabel, hija de los católicos Reyes, fué llamada la
Reina Princesa. El luto que se mandó poner por la muerte del Príncipe
fué jerga blanca muy basta, que ver los grandes y pequeños que la
traian era cosa extraña y penosísima de ver; despues desto, nunca se
acostumbró más en España, por muerte de Rey ó Príncipe, traer por luto
jerga. Todos estos trabajosos acaecimientos que venian á los Reyes
y á aquellos reinos, eran penosísimos para el Almirante, por ser de
su despacho retardativos, no viendo la hora de su partida, como que
sospechara la confusion y perdicion que, por la rebelion de Francisco
Roldan, en esta isla, entre los cristianos y en destruccion de los
humildes y desamparados indios, habia. É fuele tambien impedimento,
que acordaron los Reyes que no tuviese ya el cargo de las cosas destas
Indias, en Sevilla, el susodicho Arcediano de aquella iglesia, D.
Juan Rodriguez de Fonseca, que ya era Obispo de Badajoz, sino que lo
tuviese el hermano del ama del Príncipe, Antonio de Torres, y porque
pidió tantas condiciones y preeminencias si habia de tener aquel cargo,
se enojaron los Reyes y lo aborrescieron; tornaron á confirmar en el
encargo al dicho Obispo D. Juan de Fonseca, y como estaban hechos los
despachos, suponiendo que habia de tener el encargo dicho Antonio de
Torres, y rezaban con él muchas de las Cédulas y Cartas de los Reyes,
hubiéronse de tornar á hacer, por manera que hobo de tener más tardanza
el despacho. Finalmente, hóbose de despachar de la corte á 21 de Julio
del dicho año de 1497, con sus provisiones é instrucciones de los Reyes.

El primer capítulo de la Instruccion principal decia desta manera:

Capítulo primero de la Instruccion que dieron los Reyes al Almirante
el año de 1497.—Primeramente, que como seais en las dichas islas,
Dios queriendo, proveereis con toda diligencia de animar é atraer á
los naturales de las dichas Indias á toda paz é quietud, é que nos
hayan de servir y estar so nuestro señorío é sujeccion benignamente. É
principalmente que se conviertan á nuestra sancta fé católica, y que á
ellos, y á los que han de ir á estas tierras en las dichas Indias, sean
administrados los Sanctos Sacramentos por los religiosos y clérigos que
allá están y fueren, por manera, que Dios nuestro Señor sea servido y
sus conciencias se aseguren.»

Por este capítulo y por el de la Instruccion primera del segundo viaje,
que se puso arriba en el cap. 82 desta historia, parece claro que nunca
la intencion de los Reyes fué que se hiciese guerra á estas gentes,
ni tal jamás mandaron, por que fuera injustísima su entrada en estas
tierras, ni tal intincion y mando fuera digno de tales y tan católicos
Reyes, y no sólo ellos, pero ni sus sucesores, hasta estos tiempos del
año de 1530, que su nieto, el rey D. Cárlos reina, como parecerá por
el discurso desta historia; sino sola la cudicia y ambicion de los que
á estas tierras vinieron, mayormente de los Gobernadores, fué la causa
de inventar y mover las guerras contra estas desarmadas y pacíficas
naciones, con las cuales han destruido este nuevo mundo.

Otra cláusula llevó en esta Instruccion, que dice así:

«Item, se debe procurar que vengan á las dichas Indias algunos
religiosos y clérigos, buenas personas, para que allá administren los
Sanctos Sacramentos á los que allá están, é procuren de convertir á
nuestra sancta fé católica á los dichos indios naturales de las dichas
Indias, é llevar para ello los aparejos é cosas que se requieren para
el servicio del culto divino, é para la administracion de los Sanctos
Sacramentos.»

Otros capítulos, cuanto á la sustancia dellos, aunque no por órden,
pusimos arriba en el cap. 113.

Llegado el Almirante á la ciudad de Sevilla, juntóse con el Obispo
de Badajoz, D. Juan Rodriguez de Fonseca, y, cuan presto pudieron,
despacharon las dos carabelas, de que arriba, en el cap. 120,
dijimos haber llegado á buen tiempo para favor del Adelantado contra
Francisco Roldan, y partiéronse de Sanlúcar, mediado Enero, año de
1498. Despachadas las dos carabelas, daba priesa en proveer los seis
navíos que quedaban, que él habia de llevar consigo, y porque los
negocios destas Indias iban cayendo, de golpe, en fama y disfavores de
muchos, como arriba se ha tocado, en especial de los que más cercanos
estaban de los Reyes, porque no iban los navíos cargados de oro (como
si se hobiera de coger, como fruta, de los árboles, segun el Almirante
se quejaba, y arriba se dijo); el acabar de cargar los seis navíos
de los bastimentos, y lo demas que los Reyes habian mandado, fuéle
laboriosísimo y dificilísimo, pasó grandes enojos, grandes zozobras,
grandes angustias y fatigas; y porque de los oficiales de los Reyes
algunos suelen ser más exentos y duros de atraer á la expedicion de
los negocios, sino es cuando ellos quieren, por presumir de mayor
auctoridad de la que quizá requieren sus oficios, algunos de los que en
el despacho del Almirante, con él y con el Obispo entendian, diéronle
más pena y más trabajo y dilacion que debieran, y quizá ponian de
industria impedimentos en su partida, no considerando ni temiendo el
daño y riesgo que á los que acá estaban se recrecia, y los gastos que
con la gente que en Sevilla para pasar acá tenia, y los desconsuelos
y aflicciones que causaban al mismo Almirante. Parece que uno debiera
de, en estos reveses, y, por ventura, en palabras contra él y contra
la negociacion destas Indias, más que otro señalarse, y segun entendí,
no debiera ser cristiano viejo, y creo que se llamaba Ximeno, contra
el cual debió el Almirante gravemente sentirse y enojarse, y aguardó
el dia que se hizo á la vela, y, ó en la nao que entró, por ventura,
el dicho oficial, ó en tierra cuando queria desembarcarse, arrebatólo
el Almirante, y dále muchas coces ó remesones, por manera que lo trató
mal; y á mi parecer, por esta causa principalmente, sobre otras quejas
que fueron de acá, y cosas que murmuraron dél y contra él los que bien
con él no estaban y le acumularon; los Reyes indignados proveyeron
de quitarle la gobernacion, enviando al comendador Francisco de
Bobadilla, que esta isla y todas estas tierras gobernase; y bien lo
temió él, como parece por un capítulo de la carta primera que escribió
á los Reyes desque llegó á esta isla, donde dice:

«Tambien suplico á Vuestras Altezas, que manden á las personas que
entienden en Sevilla en esta negociacion, que no le sean contrarios,
y no la impidan; yo no sé lo que allá pasaria Ximeno, salvo que es de
generacion que se ayudan á muerte y vida, é yo ausente y invidiado
extranjero: no me desechen Vuestras Altezas, pues que siempre me
sostuvieron.»

Estas son sus palabras, donde parece temer lo que luego le vino, lo
cual cansó al Almirante su total calamidad y caida, que es harta
lástima de oir, como se verá, con el favor de nuestro Señor, en el
principio del libro II.

En este año de 1497, envió el rey D. Manuel de Portugal á descubrir
la India, por la mar, cuatro navíos; salieron de Lisboa, sábado, á
8 de Julio, habiendo primero el rey don Juan, su antecesor, enviado
ciertos hombres por tierra, el año 1487, á que hobiesen y le trajesen
alguna noticia del Preste Juan de las Indias, de quien tantas cosas
y riquezas, por fama, oia decir. Pasadas las islas de Cabo Verde,
anduvieron en Agosto y Setiembre y Octubre por la mar engolfados, por
doblar el cabo de Buena Esperanza, con grandes tormentas; cuando vido
que era tiempo, dieron la vuelta los cuatro navíos sobre la tierra, y
á 4 de Noviembre, vieron tierra y gente, pequeños de cuerpo, de color
bazos, los vestidos que traian eran de pieles de animales, como capas
francesas, traian sus naturas y vergüenzas metidas en unas vainas de
palo, muy bien labradas; las armas que tenian eran varas tostadas, con
unos cuernos tostados por hierros; su mantenimiento era de unas raíces
de hierbas y de lobos marinos, etc.



CAPÍTULO CXXVII.


Embarcado el Almirante y toda la gente, que seria cerca de 200 hombres,
sin los marineros, en seis navíos, hízose á la vela en el puerto de
Sant Lúcar, el dia que abajo se dirá, y comenzó, como solia, á escribir
este su tercero viaje, hablando con los Reyes desta manera:

«Serenísimos é muy altos é muy poderosos Rey é Reina, nuestros
señores.—La Sancta Trinidad movió á Vuestras Altezas á esta empresa
de las Indias, y, por su infinita bondad, hizo á mí mesajero dello,
al cual vine con el embajada á su real conspectu, movido, como á los
más altos Príncipes de cristianos, y que tanto se ejercitaban en la
fé y acrecentamiento della. Las personas que entendieron en ello lo
tuvieron por imposible, y el caudal hacian sobre bienes de fortuna, y
allí echaron el clavo. Pasé en esto seis ó siete años de grave pena,
amostrando, lo mejor que yo sabia, cuanto servicio se podia hacer á
nuestro Señor en esto, en divulgar su sancto nombre y fé á tantos
pueblos, lo que era todo cosa de tanta excelencia y buena fama y gran
memoria para grandes Príncipes. Fué tambien necesario de hablar del
temporal, á donde se les amostró el escrebir de tantos sabios dignos
de fé, los cuales escribieron historias, los cuales contaban que en
estas partes habia muchas riquezas; y asimesmo fué necesario traer á
esto el decir y opinion de aquellos que escribieron y situaron este
mundo. En fin, Vuestras Altezas determinaron que esto se pusiese en
obra, á que mostraron el grande corazon que siempre ficieron en toda
cosa grande, porque todos los que habian entendido en ello y oido esta
plática, todos á una mano, lo tenian por burla, salvo dos frailes que
siempre fueron constantes. Yo, bien que llevase fatiga, estaba bien
seguro que esto no vernia á ménos, y estoy de contino, porque es
verdad que todo pasará, y no la palabra de Dios, y se complirá todo lo
que dijo; el cual tan claro habló destas tierras por la boca de Isaías
en tantos lugares de su Escritura, afirmando que de España les sería
divulgado su sancto nombre. É partí en nombre de la Sancta Trinidad, y
volví muy presto, con la experiencia, de todo cuanto dije, en la mano.
Tornáronme á enviar Vuestras Altezas, y en poco espacio digno, no de[5]
le descubrí, por virtud divina, 333 leguas de la tierra firme, fin de
Oriente, y 700 islas de nombre, allende de lo descubierto en el primer
viaje, y le allané la isla Española, y boxa más que España, en que la
gente della es sin cuento, y que todos le pagasen tributo. Nació allí
maldecir y menosprecio de la empresa cometida en ello, porque no habia
yo enviado luego los navíos cargados de oro, sin considerar la brevedad
del tiempo, y lo otro, que yo dije, de tantos inconvenientes; y en
esto, por mis pecados ó por mi salvacion creo que será, fué puesto en
aborrecimiento y dado impedimento á cuanto yo decia y demandaba, por
lo cual, acordé venir á Vuestras Altezas y maravillarme de todo, y
mostrarles la razon que en todo habia, y les dije de los pueblos que yo
habia visto, en qué, ó de qué, se podian salvar muchas ánimas; y les
truje las obligaciones[6] de la gente de la isla Española, de como se
obligaban á pagar tributo, y les tenian por sus Reyes y señores; y les
truje abastante muestra de oro, y que hay mineros y granos muy grandes,
y asimesmo de cobre; y les truje de muchas maneras de especería de que
sería largo de escrebir, y les dije de la gran cantidad de brasil, y
otras infinitas cosas. Todo no aprovechó para con algunas personas que
tenian gana y dado comienzo á maldecir del negocio, ni entrar con
fabla del servicio de nuestro Señor, con se salvar tantas ánimas[7], ni
á decir que esto era grandeza de Vuestras Altezas, de la mejor calidad
que hasta hoy haya usado Príncipe, porque el ejercicio é gasto era para
el espiritual y temporal, y que no podia ser que, andando el tiempo,
no hobiese la España de aquí grandes provechos, pues que se veian las
señales que escribieron de lo de estas partidas, tan manifiestas,
que tambien se llegaria á ver todo el otro cumplimiento, ni á decir
cosas que usaron grandes Príncipes en el mundo para crecer su fama,
así como Salomon, que envió desde Jerusalen, en fin de Oriente, á ver
el monte Sopora, en que se detuvieron los navíos tres años, el cual
tienen Vuestras Altezas agora en la isla Española. Ni de Alexandre,
que envió á ver el regimiento de la isla de Taprobana en India, y Nero
César á ver las fuentes de Nilo, y la razon porque crecian en el verano
cuando las aguas son pocas, y otras muchas grandezas que hicieron
Príncipes, y que á Príncipes son aquestas cosas dadas de hacer; ni
valia decir que yo nunca habia leido que príncipes de Castilla jamás
hobiesen ganado tierra fuera della, y que esta de acá es otro mundo en
que se trabajaron romanos, y Alexandre, y griegos para la haber con
grandes ejércitos, ni decir del presente, de los reyes de Portogal, que
tuvieron corazon para sostener á Guinea, y del descubrir della, y que
gastaron oro y gente, atanta, que quien contase toda la del reino, se
hallaria que otra tanta como la mitad son muertos en Guinea, y todavia
la continuaron hasta que les salió dello lo que parece; lo cual, todo,
comenzaron de largo tiempo, y há muy poco que les da renta. Los cuales
tambien osaron conquistar en œœÁfrica, y sostener la empresa, de Cepta,
Tanjar, y Arguin, y Angola, y de contino dar guerra á los moros, y
todo esto con grande gasto, sólo por hacer cosa de Príncipes, servir
á Dios y acrecentar su señorío. Cuanto yo más decia, tanto más se
doblaba á poner esto á vituperio, amostrando en ello aborrecimiento,
sin considerar cuanto bien pareció en todo el mundo, y cuanto bien se
dijo en todos los cristianos de Vuestras Altezas por haber tomado esta
empresa, que no hobo grande ni pequeño que no quisiese dello carta;
respondiéronme Vuestras Altezas riéndose y diciendo que yo no curase de
nada, porque no daban auctoridad á quien mal les decia desta empresa.»

Cerca de lo que hasta aquí ha dicho el Almirante con su simple y
humilde manera de hablar, es bien apuntar y notar y declarar, para
los que no tienen mucha noticia de antiguas historias, algunas cosas.
Lo primero reza lo que dice, que los antiguos que escribieron que en
estas tierras habia muchas riquezas, se ha de entender, segun que
aquestas tierras son parte de la India, y lo último della, de que á
mí duda ninguna queda, y así el Almirante lo sintia y en busca dellas
venia; y dello se pueden colegir muchos argumentos, y uno es, por la
grandeza de la India, que, segun Pomponio Mela, lib. III, cap. 7.º
de su «Cosmografía,» y Plinio, que fué despues dél, libro VI de su
«Natural Historia,» que desde derecho del monte Tauro, yendo hácia el
Austro y volviendo al Occidente, tenian de ribera, de costa de mar,
tanto camino cuanto los navíos podian andar en sesenta dias con sus
noches, que, al ménos, podian ser más de 1.500 leguas y podian llegar
á 2.000, (puesto que en Plinio se diga cuarenta dias, puede haberse
errado en poner cuarenta por sesenta, poniendo la letra _X_ atras de
la letra _L_); y por esta su grandeza fué muchos tiempos estimada la
India por la tercera parte de todas las tierras, como dice Plinio, lib.
VI, cap 17, y Solino en su Polistor, cap. 65. Dice más Pomponio Mela:
que tanto se extienden las Indias hácia el Mediodia, que en alguna
parte dellas no se pueden ver la Osa Menor, que llamamos la Bocina ó
las Guardas, ni la Mayor, que es el Carro, que ambas á dos, en veinte y
cuatro horas, dan una vuelta á la estrella del Norte y al mismo polo.
Esto bien averiguado es ya en las islas de Mallorca y en algunas
partes de nuestra tierra firme y en otras descubiertas por nos y por
los portogueses. Es otro argumento, haber en estas islas y tierra firme
papagayos verdes, los cuales, en ninguna parte del mundo se halla que
sean verdes, segun dice Plinio, lib. X, cap. 42, y Solino en el lugar
ya dicho. El otro argumento es, las grandes riquezas de oro, y plata, y
perlas, y piedras que hay en estas islas y tierras firmes; y otro, las
costumbres destas gentes, que concuerdan con muchas de las que cuentan
los historiadores y cosmógrafos de las gentes de las tierras que se
llamaron siempre Indias; desto, mucho más largo queda dicho en otros
capítulos. Dice más, que estaba profetizado claro, por Isaías, que de
España habia de ser el nombre de Cristo divulgado en estas Indias. Bien
creemos que está profetizado por Isaías y por otros profetas, que de
España habia de ser predicada nuestra sancta fé de Jesucristo en ellas,
porque ningun misterio, tocante á la universal Iglesia, así ántes del
advenimiento de Cristo, como despues de venido, se obró en su principio
y edad primera, como en su augmento, que se celebra y perfecciona
cuando los infieles son por conocimiento de Dios convertidos, ya á
Cristo por la fé unidos, que por los profetas, y principalmente por
Isaías, que más claro que otro, segun San Agustin y San Jerónimo, de la
conversion de las gentes hablo, no haya sido ántes dicho; y á esto hace
lo que dice San Gregorio en el lib. XXIII, cap. 19 de los Morales sobre
aquellas palabras de Job: _Semel loquitur Deus, et secundo idipsum non
repetit_, Job 33: _Non ergo Dominus ad omnia verba nobis respondet,
quia semel loquitur et secundo idipsum non repetit, id est: his quæ
per Scripturam sacram ad patres protulit, nos erudire curavit._ Por
manera, que ninguna cosa en su Iglesia se hace, ni á persona particular
acaece, que ya en la Sagrada Escriptura no esté comprehendida, y
esto á la larga tracta San Gregorio en aquel capítulo; y así, hemos
de creer, que el Espíritu Sancto, por boca de Isaías, habló que de
España vernian los primeros que á estas gentes convertirian, pero que
lo podamos señalar con cierto lugar de su profecía, no pienso que sin
presuncion, sino fuese con nueva lumbre y nueva inteligencia divina,
hacerlo podriamos. Dice otra cosa el Almirante, que del viaje segundo,
quiere decir del que descubrió á Cuba y á Jamáica, dejó descubiertas
333 leguas de tierra firme, fin de Oriente, y 700 islas; de las islas,
ser muchas y casi no numerables las que vido por el renglen de la isla
de Cuba, á las cuales puso nombre Jardin de la Reina, y que fuesen 700,
él que las vido, y le costaron tantos trabajos, las contaria, pero en
la verdad, estas leguas no fueron de tierra firme, sino de isla, y esta
era la isla de Cuba, que agora llaman Fernandina, de donde parece que
el Almirante, como no pudo pasar adelante de las 333 leguas della, por
faltarle los bastimentos, y las grandes dificultades y peligros en que
se vido cuando fué á descubrirla, como en el cap. 97 queda escrito,
siempre creyó que la isla de Cuba era tierra firme, y nunca se averiguó
ser isla, hasta que el Comendador mayor de Alcántara, Gobernador desta
isla, envió á un caballero gallego, de que arriba se hizo mencion, que
se llamaba Sebastian de Campo, á rodearla toda y descubrirla, como,
placiendo á Dios, se dirá en el siguiente libro. La especería que dijo,
no sabemos otra en estas islas de por aquí, sino la pimienta que los
indios desta isla Española llamaban axí, la sílaba postrera aguda.
Almáciga creo yo que hay mucha, digo árboles della, pero poco cuidado
ha habido de gozar della, por que siempre se ha tenido el oro por mas
lucido; del brasil, creyó ser mucho el Almirante y alguno se llevó á
Castilla, pero despues no vide que se hiciese cuento dello, como ni del
almáciga se hizo.



CAPÍTULO CXXVIII.


Dice tambien, que para provocar é inducir á las personas, que este su
negocio desfavorescian, creyesen habian de salir dél muchos y grandes
provechos, así de las ánimas que podian ganarse destas gentes, como
tambiem utilidad corporal para los Reyes y para Castilla, persuadíalo
asimesmo con traer á la memoria hechos hazañosos, que hicieron con
costas y trabajos grandes y poderosos Príncipes, donde toca algunas
historias que será bien aquí, en particular, referirlas. La primera,
es de Salomon, que enviaba su flota de naos al monte Sopora, en fin de
Oriente, desde Jerusalen, donde tardaban tres años; deste monte Sopora,
no he podido hallar donde sea, ni autor cristiano ni gentil que dél
haga mencion; lo que desta ida de la flota de Salomon, y traida de
oro en gran cantidad, se puede decir, que, segun la Escritura Sagrada
della refiere, ó á ella no contradiga, lo siguiente podemos tener: la
Escritura no dice que las naos de Salomon fuesen al monte Sopora sino
en Ophir; este Ophir, segun la glosa, era una provincia de las Indias,
nombrada de Ophir, uno de los del linaje de Heber, de quien hubo
principio el linaje de los judíos. Otros dicen que es isla, y Jacobo de
Valencia, dice sobre aquel verso _Reges Tarsis et insule_, del salmo
LXXI, y afirma ser la isla nominatisísima y riquísima de la Taprobana,
de la cual Ptolomeo, Solino, Pomponio, Plinio y Strabon, maravillas
dicen; que sea isla, que sea provincia, Salomon enviaba su flota que
cargaba las naos de oro, y plata, y piedras preciosas, y pavones, y
dientes de elefantes, que es marfil. Josepho en el libro III, _De
Antiquitatibus_, cap. 7.º, dice, que tambien traian elefantes y simias,
que llamamos gatos paules ó monas. Y porque dice Josepho que traian
elefantes, y que trajese sólo los dientes dellos, parece concordar con
lo susodicho, que aquella isla ó provincia de donde se traia el oro
fuese la isla Taprobana, por lo que San Isidro dice en el libro XIV,
cap. 3.º de las Etimologías, que la isla Taprobana hierve de perlas
y de elefantes; tambien lo dice Plinio, libro VI, cap. 22, y que los
elefantes de allí son mayores que los de las Indias, y el oro más fino,
y las margaritas y perlas más preciosas: tambien lo afirma Solino, en
el cap. 66 de su Polistor, en comarca de la Taprobana, ó al ménos por
el sitio de las Indias. Estas dos islas, la una, se llamaba Chrisa,
que abundaba en oro, y la otra, Argyra, en abundancia de plata; destas
dos islas hacen mencion Pomponio Mela, libro III, cap. 7.º, y Plinio,
libro VI, capítulo 21, y Solino, cap. 65, y tambien Sant Isidro, donde
arriba se alegó, y todos los autores las ponen ó hablan de ellas,
junto, ántes, ó despues de la Taprobana, y es argumento que deben estar
juntas. En estas islas, como algunos dicen, y dellos es Sant Anselmo,
donde abajo se alegará, ó en la Taprobana, por lo que dice Solino, que
parte della de bestias y de elefantes es llena, y parte de hombres
poblada, ó en cierta parte de la misma tierra firme de las Indias ya
dichas, como refiere Pomponio, donde arriba, y concuerda la glosa
última sobre el libro III, cap. 9.º de los Reyes, y Sant Isidro, libro
XIV, cap. 3.º, de las Etimologías, y Sant Anselmo, libro I, cap. 10 _De
Imagine mundi_, que aquella tierra se llama de oro ó dorada, porque
tiene los montes de oro por abundar tanto dél, que como sea habitada
de unas hormigas mayores que perros muy grandes, como dice Pomponio,
(Herodoto, libro III, de su Historia, dice que son mayores que zorras,
dellas hace mencion Strabon, libro II, y libro XV, y de grifos
terribles y otras bestias venenosísimas); sacan con las uñas inmenso
oro debajo la tierra, y puesto encima de la superficie, parécese
desde la mar ser los montones todos de oro. Llegaban las naos de la
flota de Salomon, y aguardaban cuando las bestias salian á buscar de
comer, y con ímpetu, á gran priesa, cogian el oro y tierra que estaba
pegada en él, y tornábanse de presto á las naos; y así, por veces y
dias, cargaban las naos de oro y plata, ó de aquella tierra dorada y
plateada, la cual despues con fuego, quemaban y apuraban. Esto siente
la dicha glosa última que es de Rábano, en el libro III, cap, 9.º, de
los Reyes; y Josepho dice que no se compraba ni vendia el oro y la
plata, luego, tomábase como á escondidas y hurtado de dichos animales.
Por lo susodicho parece que estos montes de oro y plata, debian estar
en las dichas dos islas, Chrise, que en griego significa oro, y Argyra,
plata; y de ellas llevarse el oro y la plata, y de la Taprobana
los elefantes ó dientes dellos, que es el marfil, y las perlas y
margaritas, y pavos, y los ximios, y la madera de tina, preciosísima,
la cual, despues de labrada y acepillada, era tan blanca y tan lucia,
que se miraban en ella como en espejo. Y dice la Escritura que hacian
un viaje en tres años las naos, no porque estuviese tan léjos de
Jerusalen que tardase tres años en la ida y venida (porque en un año se
podria navegar hasta en cabo del mundo), sino que, ó no enviaba Salomon
la flota sino de tres en tres años, ó cuando los enviaba tardaban
aquel tiempo, aguardando que las bestias saliesen de sus cuevas para
hurtarles el oro y la plata, y en contratar con los habitadores de
la Taprobana, y haber dellos sus perlas y piedras, madera de tina,
elefantes, ximios y pavos; lo que dice la Escritura que iban las naos
en Tharsis, más debia ser nombre de la region que de la ciudad, por lo
que dice Josepho, libro III, cap. 7.º _De Antiquitatibus_, que iba en
el mar társico, dentro el cual debian estar las dichas islas. Aquella
isla de Ophir ó monte de Sopora, dice aquí el Almirante ser aquesta
isla Española que ya tenian Sus Altezas, pero engañóse, como por lo
dicho parece, aunque tuvo alguna causa de se engañar, por ver esta
isla tan grande y tan felice, y hermosa, y él hobiese en ella tan poco
estado, que no habia sino poco más de año y medio, y eso en guerras y
enfermedades ocupado; y creia que debia haber muy gran cantidad de oro
y otros secretos de riquezas en ella. Alega tambien el Almirante á los
Reyes el ejemplo de Alexandre, diciendo que habia inviado á saber el
regimiento de la isla susomemorada Taprobana. Esta historia muchos de
los antiguos la tocan, pero en especial Plinio libro VI, cap. 22, y
Solino, cap. 66, y Strabo, libro XV y en otros lugares, hace mencion
della, los cuales dice (y algo toca tambien Pomponio, libro III, cap.
7.º), que ántes que la isla Taprobana fuese descubierta, por nuevas
algunas que de ella se tenian, estimada era por el otro orbe todo
entero y tierra firme que habitaban los antípodas, y esto fué hasta
el tiempo de Alexandre Magno, el cual envió primero á descubrirla que
otro, con una gran flota, por Capitan un filósofo muy su querido, que
se llamaba Onesecritus, del cual, dice Diógenes, le creyó ser semejante
á Xenofonte, en la privanza con Alexandre, que aquel con Ciro, y en
seguirlo y en escribir su vida y alabanzas. Fué, pues, Onesecritus,
enviado por Alexandre con su flota macedónica, para que supiese si era
isla ó tierra firme, qué gente habitaba en ella, qué criaba y en sí
contenia. Halló que isla era, y que tenia de luengo 7.000 estadios,
que hacen 300 leguas, ó cerca dellas, y de anchura 5.000 estadios, que
llegan á 200; halló que una parte de ella era llena de elefantes y
otras bestias, como arriba se dijo, y lo demas poblada de gentes; Sant
Isidro y otros dicen haber diez notables ciudades en ella. Contiene
abundancia de margaritas y de perlas de todas especies; dista veinte
dias de navegacion de la tierra firme, pero más camino seria, dice
Strabon, si las naos fueran de las nuestras; hay entre ella y la tierra
firme muchas otras islas, las cuales, segun refiere Ptolomeo en la
tabla 12 de Asia, son mil y trescientas y setenta y ocho, puesto que
ella es de todas australísima; su sitio es, parece ser, de la otra
parte del trópico de Capricornio, porque dice Solino que en ella no
se ven los Septentriones, que son la Osa Menor, y esta es la Bocina
cuya boca son las Guardas que llamamos del Norte, y la Osa Mayor que
llamamos el Carro; las cuales, ambas, se forman de siete estrellas que
rodean en veinticuatro horas una vez el polo y la estrella dicha del
Norte. Tampoco, segun Solino, se parecen las Siete Cabrillas en ella,
puesto que hay quien desto dude; y esto baste cuanto á la historia que
el Almirante toca de Alexandre, y de la Taprobana. Trae tambien otro
ejemplo el Almirante á los Reyes, del emperador Nero, el cual envió
á ver las fuentes del Nilo, rio señalado en el mundo, y el secreto de
donde nascia, y como y por qué causas, contra la propiedad y naturaleza
de todos los rios, en el verano crescia y hoy crece, trayendo tanta
abundancia de aguas, que riega todo el reino de Egipto, como quiera
que veamos todos los otros rios y fuentes, y pozos, en aquel tiempo
menguar por la sequedad; y mengüe los inviernos cuando abundan las
lluvias, que causan humidad grande, por cuya causa, todos los otros del
mundo vienen crecientes, rios y fuentes. Aquesta Historia pone Séneca,
en el libro VI, cap. 8.º, de las «Naturales Cuestiones,» bien á la
larga, donde dice así: Que Nero, deseoso y curioso por saber la verdad
de aquel secreto, envió dos Centuriones para inquirir el nacimiento
del dicho Nilo, y las causas de aquella novedad; estos fueron al rey
de Etiopía, y, dada cuenta de su embajada, el Rey los encaminó, y
dió favor, barcas y compañía para los otros Reyes por cuyos reinos y
tierras el rio pasaba, y, subiendo por él mucho arriba, llegaron á
ciertos pueblos donde habia ciertos lagos ó lagunas muy grandes, de
hondura profundísima, tan cubiertos y ocupados de hierba espesa, que
les impidieron adelante pasar: vieron, empero, donde estaban grandes
piedras dentro del agua, por las cuales, ó debajo dellas, manaba el
agua con gran ímpetu, en abundancia, y preguntados los vecinos de la
comarca, si sabian que aquellas lagunas ó lagos comenzaban allí, ó les
viniese el agua de otra parte, respondieron que no sabian, y con sola
esta noticia se volvieron á Roma. Y esto dice Séneca que oyó de los
mismos Centuriones.



CAPÍTULO CXXIX.


Porque habemos dado en el augmento y descrecimiento del rio Nilo, y es
una de las cosas que en el mundo hay admirables (admirable á los que la
ven, increible á los que la oyen, como dice Diodoro), pues el Almirante
D. Cristóbal Colon dió la ocasion á ello, donde muestra en esto y en
las otras historias tocadas tener noticia de muchas antigüedades, y
así convino, pues Dios le eligió para, por medio suyo, mostrar al
mundo tan oculta hazaña, paréceme no ser cosa inconveniente á nuestra
Historia, enjerir en ella lo que los antiguos sintieron diversamente
del nascimiento del rio Nilo, y de su creciente y menguante, y, al
cabo de muchas y varias opiniones referidas, colegir la falta que
tuvieron ignorando la Divina Escritura, y dellas conocer cual fué
la más probable y más allegada á lo natural. Egipto es toda tierra
muy llana y campestre, y por eso la puede muy bien regar toda el rio
Nilo; las ciudades, villas y lugares, los cortijos de los labradores
y majadas de los ganados, están todas cercadas de valladares, no
paredes de mucha resistencia, por no haberlo menester para se defender
de la creciente del rio, que nunca crece sino con gran mansedumbre,
suavemente. Cuando crece, como baña toda la tierra, parecen todas las
ciudades y habitaciones de los hombres como si fuesen distintas islas;
en tanto que dura la creciente tienen los ganados en establos, ó dentro
de sus cercadas, donde les tienen para aquel tiempo su hierba y su
comida; las otras bestias, no domésticas, si no se van con tiempo á
buscar lugares altos, todas se ahogan con el agua. Dos veces en el año
cresce y mengua el Nilo: la primera, comienza cuando el sol entra en
el signo Cáncer, y esto es á 16 de Junio, y dura esta creciente por
todo aquel signo, hasta que entra en el signo Leo; despues de entrado,
y llega á la estrella Canícula, que es cuando comienzan los dias
caniculares, cuasi mediado Julio, comienza poco á poco á descrecer de
la manera que fué creciendo, hasta quedar en su curso y agua ordinaria.
La segunda creciente hace, cuando entra el sol en el primer grado del
signo Virgo, que es cuasi mediado Agosto, y dura por un mes, hasta
que el sol entra en Libra; de allí se torna despues á su acostumbrado
estado. Strabon dice que dura el agua más de cuarenta dias, y, pasados
sesenta, queda la tierra enjuta y dispuesta para labrarla. Son estas
crecientes tan necesarias para la tierra de Egipto, que sino las
hobiese tan abundantes, segun el calor grande que allí hay por ser
la tierra muy austral, y como nunca jamás llueva, la tierra seria
toda polvo y estéril arena, como es alguna parte del mismo Egipto. La
justa creciente es, cuando sube el agua de su curso ordinario 16 codos
en alto; si son menores aguas, no lo riegan todo; si mayores, no se
enjuga con tiempo la tierra y detiénese el fruto. Cuando sube no más
de 12 padecen hambre, y cuando 13 lo mismo; 14 codos causa alegría; 15
seguridad; 16 traen deleites con el abundancia. La mayor creciente, fué
cuando llegó á 18 codos, en tiempo que imperaba Claudio, Emperador; y
la más chica, de cinco, cuando andaba la guerra Pharsálica, conviene
á saber, la de entre César y Pompeyo, segun dice Plinio. Los egipcios
honran y adoran como Dios al rio Nilo, atribuyéndole algo de deidad,
lo cual prueban porque por sus crecientes y menguantes pronostican
los males ó bienes futuros, ó por mucha cantidad de agua, ó con la
falta della. Con el limo mucho que siempre trae el Nilo, queda la
tierra engrosada, pingüísima y fertilísima, de manera, que, con poco
trabajo y costa ninguna, se reciben ubérrimos frutos de pan y vino,
y frutas y todas las otras cosas; por la virtud y abundancia de la
hierba paren dos veces las ovejas, y otras dos dan de sí lana. Entre
tanto que dura la creciente y menguante, los Reyes y los que gobiernan,
navegan por el rio: es cosa no decente; la gente comun toda se emplea
en bailes, placeres y deleites. Cuán presto la tierra se enjuga, luego
se ara y se siembra, y más presto en aquella parte donde más calor
hace: todo lo susodicho es sacado de Plinio, libro V. cap. 9.º, y
de Solino, cap. 45 de su Polistor, y de Estrabon, libro XVII, y de
Diodoro, libro X, cap. 3.º En lo que toca al nascimiento deste rio
Nilo, concluyó Séneca, despues de haber mucho disputado, en el lugar
en el precedente capítulo dicho: Que como la tierra que está debajo
de la superficie sea limosa y llena de humidades, cuando concurren
juntamente en un lugar son causa que se hagan las grandes lagunas de
mar, y donde los rios, despues, con impetuoso curso manan, y desta
manera siente Séneca que todos los rios tienen su principio; pero como
sea esta proposicion contra la Divina Escritura que suena otra cosa,
mayormente cerca deste rio Nilo, falso es lo que dice Séneca; pero no
es de maravillar, pues no se avalanzaba á más de lo que le parecia,
segun su natural juicio. Así que, como aquel rio Nilo sea uno de los
cuatro que salen del terrenal Paraíso y se llama Geon (como parece,
Génesis, II, capítulo 4.º), que comunmente se llama Nilo, deste
vocablo _nilon_, griego, que quiere decir, limoso, porque su agua es
muy limosa, por lo cual hace por donde pasa fertilísima la tierra;
por ende las lagunas ó lagos que los Centuriones vieron no era el
nascimiento del Nilo, sino que salian allí sus aguas, que, más arriba,
debajo de tierra se habian sumido, y desta manera se sume en muchas
partes el mismo Nilo; y este discurso llevan Pomponio Mela, libro I,
cap. 9.º, y Plinio, libro V, cap. 9.º, y Solino, cap. 45, puesto que
no atinan de dónde traiga su orígen; y acá vemos en Castilla en el rio
de Guadiana, que nasce bien léjos de Estremadura, donde á ratos se
sume y va por bajo de tierra mucho camino, y, cuando sale descubierto,
parece tener allí su principio. Cuanto á la razon de por qué en verano
crece, mayormente en el principio de los meses y en sus fines, segun
dice el Filósofo en el fin del libro II, de Metheoros, fueron las
opiniones de los antiguos como dijimos; segun cuenta el Filósofo en el
tractado especial que hizo del acrecentamiento del Nilo, y Solino en
su Polistor, cap. 45, Herodoto, en el segundo libro de su Historia,
y Diodoro en el primer libro, y Séneca en las dichas Cuestiones
naturales, y Strabon en el libro XVII de su Geografía. Tales Milesius,
uno de los siete sabios de Atenas, dice que los vientos que cada año
corren por aquel tiempo allegaban las aguas de una parte á otra, y
así parecian las aguas en mayor cantidad, puesto que, en la verdad,
no fuesen mayores, como en una olla que hierve; Anaxágoras y otros
dijeron que la causa es por las muchas nieves que están en los montes
de Etiopía, que con el calor del sol en verano se derriten, y aquellas
hacen crecer tanto el Nilo; y esta opinion fácilmente se derrueca,
porque no podia haber tantas nieves, que tan gran cantidad de agua en
el Nilo causasen; y esta opinion, dice Herodoto, ser falsísima puesto
que, segun él dice, segun las otras, sea modestísima. La sentencia
de Thalero, filósofo, fué que cuando vientan los vientos etesios,
que son los que corren en los dias caniculares, los cuales, por su
frialdad, espesan las nubes que están sobre la fuente que imagina en
Etiopía, en el monte que se dice de la Luna, aquellas, con el aire, se
convierten en agua, y que de allí proviene en aquel tiempo crecer el
Nilo, y en el invierno que los dichos vientos no corren, menguar; á
esto se dice que no parece posible, por viento alguno, que tanto aire
se pueda convertir en agua, porque como de un puño de agua, cuando se
convierte agua en aire, salgan diez de aire, manifiesto es que si tal
conversion se hiciese, habria de hacerse gran cantidad de aire agua,
lo que parece ser falso. Otra razon mejor: si aquellos vientos tanta
cantidad de aire y de nubes convirtiesen en agua que hiciesen crecer
al Nilo, como aquellos vientos no corran indivisiblemente, necesario
se seguiria que las fuentes, arroyos y los rios que estuviesen cerca,
un tiro de ballesta y de piedra, del Nilo, tambien crecerian; pues
esto es falso, porque ninguna agua, por cercana que esté al Nilo,
cresce, sino sola del Nilo. Pomponio dice, que los vientos etesios, ó
ventando recio, detienen las aguas del Nilo que no salgan á la mar, y
entónces suben en alto las aguas del Nilo, ó que los mismos vientos
sean causa que cieguen las bocas del Nilo, por donde sale á la mar,
con mucha arena, y así, lo hagan subir en alto; esta razon refiere
Herodoto. Lo mismo afirma el historiador Amianno en el lib. XXII de su
Historia. Esta sentencia siguió Beda en el libro de _De Natura rerum_,
capítulo 43: _.....mense enim majo, dum ostiacius quibus in mare
influit zephiro flante, undis ejectis arenarum cummulo præstruuntur,
paulatim intumescens ac retro propulsus plana irrigat Egipti: vento
autem cesante ruptisque arenarum cumulis suo redditur alveo._ Pero á
esto se puede responder con la razon de arriba, que lo mismo acaesceria
en los otros rios, pero pues no se hace no debe ser aquesta la causa
en el Nilo, y esta respuesta es de Herodoto, diciendo que muchos rios
están en Siria y muchos en África, que aquestos impedimentos padezcan;
la misma respuesta da Diodoro, lib. I, cap. 4.º. San Gerónimo, sobre
el profeta Amós, cap[8], cuasi parece declinar en esta sentencia; dice
allí que el rio Nilo, una vez en el año, viene mucho avenido, tanto
que riega toda Egipto, pero que esto se hace por divino milagro, sin
algun aumento de agua, sino que se hacen grandes montones de arena en
las bocas del Nilo por donde entra en la mar, y así el agua de arriba
vuelve atras, y por acequias grandes que están hechas en la tierra
de Egipto, vá el agua á la bañar. Solino da otra razon, y es, que el
calor derribado del sol y de los otros planetas, levantan el agua del
Nilo, haciéndola más sotil, de la manera que se levanta en la olla
que hierve y hace parecer más de la que es, pero no lo es; á esto se
dice que no es suficiente razon porque si por el calor que levanta el
agua en alto, en tiempo de verano, el Nilo cresce, luego en todas las
partes donde hobiere calor crescerán los rios; esto es falso, porque
ántes vemos, con el calor, menguar los rios. Ephorus decia, que la
causa era esta: que como la tierra de Egipto fuese toda de su natura
seca y árida, y tenga muchas hendiduras y resquebrajaduras, rescibe
y atrae los inviernos la humedad y frio del cielo, la cual como en
el verano, por manera de sudor, la produzca, este sudor y humedad
hace crecer al Nilo en el verano; pero desta burla Diodoro diciendo
que no solamente Ephoro ignoró la region y la naturaleza de Egipto,
pero ni áun oyó á los que la sabian, donde tambien prueba contra él
haber mal dicho. Agatharchides Cnidius, allegándose más cerca de la
verdad, segun opinion de Diodoro que lo recita, dice: que porque en
los montes de Etiopía llueve grandes aguas desde el solsticio estival,
que es á 14 de Junio ó á 14 dél, hasta el equinoccio del Otoño, que
es á 14 de Setiembre, por esto no ser maravilla que en el invierno
traiga el Nilo sola el agua ordinaria natural que mana de sus fuentes,
y en el verano venga muy pujante; y en esta sentencia parece Diodoro
declinar. Herodoto, en el segundo libro de su Historia, desta duda
esta sentencia puso: que tiene quel sol en el verano, cuando está
en medio del cielo, conviene á saber, en la equinoccial, vientos
frios causa y trae á sí mucho humor, el cual humor derrama sobre la
tierra hácia las fuentes del Nilo, que están puestas so el circuito
de Capricornio, cuando viene al solsticio estival, que es, como se
dijo, á 14 de Junio, cuando vientan los vientos Austro y áfricos, que
naturalmente son pluviosos, y de aquí el Nilo cobra su creciente en
los veranos; de aquí, cuando el sol torna al equinoccio autumnal, que
es á 14 de Setiembre, trae á sí las lluvias y las aguas de la tierra
y de los rios, pero no las derrama sobre las fuentes dichas, porque
hácia allá va el sol y hace seca, secando los aires y las tierras, y
en este tiempo, que es invierno, es necesario menguar el Nilo en su
agua. Desta sentencia tambien murmura Diodoro, pero no responde á ella.
Lucano, en el libro X, estima que deste crecimiento del Nilo ninguna
otra razon suficiente se puede dar, sino que Dios quiso proveer al
reino de Egipto del agua necesaria, por vía maravillosa, pues allí
no quiso que lloviese, sin la cual no podia pasar; y esta no es muy
indigna razon, y no discrepa mucho de la de San Jerónimo. Aristóteles
en el dicho Tractado de la inundacion ó creciente y menguante del
Nilo, recitadas muchas opiniones, dice la suya, y es: que en la madre
del rio Nilo hay muchas secretas fuentes que en el invierno están
cerradas sin manar, y en el verano se abren y manan, dando de sí tanta
agua, que hacen al Nilo avenir con gran pujanza que toda la tierra
de Egipto pueda bañar; pero ni Aristóteles, ni Solino, ni Herodoto,
ni Séneca, ni los demás, dan suficientes razones, por ignorar el
principio, que es el orígen del Nilo, el cual estimaban estar en
alguno de los lugares desta nuestra tierra habitable, como nazca del
Paraíso terrenal, el que todos ignoraron. Lo que más verdad parece, y
ser causa de esta creciente y menguante en ciertos tiempos, es alguna
virtud secreta natural, la cual se consigue allí inmediatamente, en
su misma fuente, en el Paraíso, de donde nasce. Otro rio hay en el
mundo que sólo á semejanza del Nilo cresce y mengua una vez en el año,
conviene á saber, cuando el sol está en el vigésimo grado del signo
de Cancrio, y dura esta cresciente por todo el Cancrio y el signo de
Leon, hasta tanto que el sol quiere pasar al signo de Virgen; la causa
desto, dice Solino en el cap. 50 de su Polistor, hablando del rio
Euphrates, es porque Euphrates y el Nilo están constituidos debajo de
semejantes paralelos del mundo, aunque en diversos lugares, y de aquí
es que la misma virtud, en ambos á dos rios, el sol y todo el cielo
influyen. Alguno contradice que estén debajo de semejantes, y á Solino
responden que habla por opinion de otros, y así parece: _Quod gnomonici
similibus paralellis accidere contendunt, quos pares et cœœœli et
terrarum positione æqualitas normalis efecit lineæ, unde apparet ista
duo flumina, scilicet, Nilus et Euphrates, admodum ejusdem perpendiculi
constituta, licet e diversis manent plagis easdem incrementi causas
habere._ Pero como, en la verdad, ambos á dos, estos rios, más juntos
sean entre sí que los otros rios del Paraíso, parece que á la salida
del Paraíso la misma virtud se les comunique; por manera que, segun
nos, el principio y orígen del Nilo, cierto es ser en el Paraíso,
pero segun los gentiles autores, que ingnoraron la Divina Escritura,
diversas y dudosas opiniones tuvieron de su origen, y así dice Solino:
_Ignari siderum et locorum varias de excesibus ejus (excesus vocat Nili
incrementum), causas dederunt_. Y Diodoro tambien lo mismo afirma:
_Itaque locorum inscitia errandi materiam priscis scriptoribus præbuit,
Nili fontes locaque ex quibus fluit nullus ad hoc tempus neque vidisse
se dicit, neque audisse ab aliis qui se assererent aspexisse, ex quo
res ad opiniones et conjeturas pervenit._ La razon de la diversidad
de opiniones es la que se ha tocado, que aunque aquellos cuatro rios
su primer origen sea en el Paraíso pero como, despues de salidos dél,
por algun espacio se oculten debajo de tierra y otra vez parezcan,
por esta causa los gentiles creyeron que en aquellas bocas por donde
salian estaban sus fuentes. Así que, segun la opinion de los gentiles,
certísima y famosísima, segun declara Solino, cap. 45 _De Egipto_,
cuanto á lo que ellos pudieron saber, ignorando la Divina Escritura,
el rio Nilo tiene su origen en el monte de Mauritania la inferior, más
cercana del mar Océano, que se llama el monte de la Luna, y hace allí
un profundo lago que Nilides se nombra; y así lo dice Plinio, libro V,
capítulo 9.º: _Nilus incertis ortus fontibus_; et infra: _Lacu protinus
stagnante quem vocant Nilidem_; y esto prueba, porque las mismas
hierbas y los mismos peces y bestias que cria y produce el Nilo, se
hallan en el lago dicho, do sale y corre por algunos dias, despues se
torna á encubrir, yendo por debajo de la tierra, y tórnase á descubrir
en una gran cueva de Mauritania cesariense, con mucho más ímpetu de
aguas y con las mismas señales de hierbas y peces y otras bestias, y
allí se torna á encubrir, y no sale hasta llegar á Etiopía, y de allí
saliendo, aparece todo el rio negro como la pez. Allí es el término
y fin de África, y los vecinos de aquella region le llaman Astapun,
que quiere decir agua de las tinieblas salida; de allí, corriendo por
muchos y diversos lugares, hace muchas y diversas islas, la principal
y más nombrada de las cuales es la isla Menor, donde se situa el clima
primero, segun la division de los climas que hicieron los antiguos, que
se dice Diameroes; despues entra en la tierra de Egipto, y hace las
maravillas dichas, y al fin entra en la mar por siete bocas ó puertas,
de las cuales se verá por Plinio en el cap. X del libro 5.º Y esto
baste cuanto á la historia que toca al rio Nilo.



CAPÍTULO CXXX.


Dejada la digresion donde referimos algunas historias que tocó en
sus palabras el Almirante, para dar noticia á quien no las sabia, y
acordarlas á los que las leyeron, mayormente los secretos del Nilo, el
fin que pretendemos dicta que tornemos á tomar nuestro hilo. Partió,
pues, nuestro primer Almirante en nombre de la Santísima Trinidad
(como él dice, y así siempre solia decir), del puerto de Sant Lúcar
de Barrameda, miércoles, 30 dias de Mayo, año de 1498, con intento de
descubrir tierra nueva, sin la descubierta, con sus seis navíos. Bien
fatigado, dice él, de mi viaje, que donde esperaba descanso cuando yo
partí destas Indias, se me dobló la pena; esto dice por los trabajos
y nuevas resistencias y dificultades con que habia habido los dineros
para despacharse, y los enojos recibidos sobre ello con los oficiales
del Rey, y los disfavores y mal hablar que, las personas que le podian
con los Reyes dañar, á estos negocios de las Indias daban; para remedio
de lo cual le parecia que no le bastaba lo mucho trabajado, sino que
de nuevo le convenia, para cobrar nuevo crédito, trabajar; y, porque
entónces estaba rota la guerra con Francia, túvose nueva de una armada
de Francia, que aguardaba sobre el cabo de Sant Vicente al Almirante,
para tomarlo, por esta causa, deliberó de hurtarles el cuerpo, como
dicen, y hace un rodeo enderezando su camino derecho á la isla de la
Madera. Llegó á la isla del Puerto Sancto, jueves, 7 de Junio, donde
paró á tomar leña, y agua, y refresco, y oyó misa, y hallóla toda
alborotada y alzadas todas las haciendas, muebles, y ganados, temiendo
no fuesen franceses; y luego, aquella noche, se partió para la isla
de la Madera, que, como arriba dejamos dicho, está de allí unas 12
ó 15 leguas, y llegó á ella el domingo siguiente, á 10 de Junio. En
la villa le fué hecho muy buen recibimiento y mucha fiesta, por ser
allí muy conocido, que fué vecino de ella en algun tiempo; estuvo allí
proveyéndose cumplidamente de agua y leña, y lo demas necesario para
su viaje, seis dias. El sábado, á 16 de Junio, partió con sus seis
navíos de la isla de la Madera, y llegó, mártes siguiente, á la isla
de la Gomera; en ella halló un corsario francés, con una nao francesa
y dos navíos que habia tomado de castellanos, y, como vido los seis
navíos del Almirante, dejó las anclas y el un navío, y dió de huir
con el otro, el francés; envia tras él un navío, y como vieron, seis
españoles que iban en el navío que llevaba tomado, ir un navío en su
favor, arremeten con otros seis franceses que los iban guardando, y,
por fuerza, métenlos debajo de cubierta, y así los trajeron. Aquí, en
la isla de la Gomera, determinó el Almirante enviar los tres navíos
derechos á esta isla Española, porque, si él se detuviese, diesen nueva
de sí, é alegrar y consolar los cristianos con la provision de los
bastimentos, mayormente dar alegría á sus hermanos, el Adelantado y D.
Diego, que estaban por saber dél harto deseosos; puso por Capitan de
un navío á un Pedro de Arana, natural de Córdoba, hombre muy honrado,
y bien cuerdo, el cual yo muy bien cognoscí, hermano de la madre de
D. Hernando Colon, hijo segundo del Almirante, y primo de Arana, el
que quedó en la fortaleza con los 38 hombres que halló á la vuelta
muertos el Almirante; el otro Capitan del otro navio, se llamó Alonso
Sanchez de Carabajal, Regidor de la ciudad de Baeza, honrado caballero.
El tercero, para el otro navío, fué Juan Antonio Columbo, ginovés,
deudo del Almirante, hombre muy capaz y prudente, y de autoridad, con
quien yo tuve frecuente conversacion; dióles sus instrucciones segun
convenia, y en ellas les mandó, que, una semana uno, otra semana otro,
fuese cada uno Capitan general de todos tres navíos, cuanto á la
navegacion y á poner farol de noche, que es una lanterna con lumbre que
ponen en la popa del navío, para que los otros navíos sepan y sigan por
donde vá y guía la Capitana. Mandóles que fuesen al Oeste, cuarta del
Sudueste, 850 leguas, y que entónces serian con la isla Dominica; de la
Dominica, que navegasen Oest-Noroeste, y tomarian la isla de Sant Juan,
y que fuesen por la parte del Sur della, porque aquel era el camino
derecho para ir á la Isabela Nueva, que agora es Sancto Domingo. La
isla de Sant Juan pasada, que dejasen la isla Mona al Norte, y de allí
toparian luego la punta desta Española, que llamó de Sant Rafael, el
cual agora es el cabo del Engaño; de allí á la Saona, la cual dice que
hace buen puerto entre ella y esta Española. Siete leguas hay otra isla
adelante, que se llama Sancta Catherina, y de allí á la isla Nueva,
que es el puerto de Sancto Domingo, como dicho es, hay 25 leguas.
Mandóles que donde quiera que llegasen y descendiesen á se refrescar,
por rescate comprasen lo que hobiesen menester, y que á poco que diesen
á los indios, aunque fuesen á los caníbales, que decian comer carne
humana, habrian lo que quisiesen, y les darian los indios todo lo que
tuviesen, pero si fuese por fuerza, lo esconderian y quedarian en
enemistad. Dice más en la Instruccion, que él iba por las islas de Cabo
Verde (las cuales, dice, que antiguamente se llamaban Gorgodes, ó segun
otros, Hespéridos), y que iba, en nombre de la Santísima Trinidad,
con propósito de navegar al Austro dellas hasta llegar debajo de la
línea equinoccial, y seguir el camino del Poniente hasta que esta isla
Española le quedase al Norueste, para ver si hay islas ó tierras.
Nuestro Señor, dice él, me guie y me depare cosa que sea su servicio y
del Rey y la Reina, nuestros señores, y honra de los cristianos, que
creo que este camino jamás le haya hecho nadie, y sea esta mar muy
incógnita. Y aquí acaba el Almirante su Instruccion.

Tomada, pues, agua y leña y otras provisiones, quesos en especial,
los cuales hay allí muchos y buenos, hízose á la vela el Almirante
con sus seis navíos, jueves, 21 dias de Junio, la vía de la isla del
Hierro, que dista de la Gomera obra de 15 leguas, y es, de las siete
de las Canarias, hácia el Poniente, la postrera. Pasando della, tomó
el Almirante su derrota, con una nao y dos carabelas, para las islas
del Cabo Verde, y despidió los otros tres navíos en nombre de la Sancta
Trinidad, y dice que le suplicó tuviese cargo dél y de todos ellos; y
al poner del Sol se apartaron, y los tres navíos tomaron su vía para
esta isla. Aquí el Almirante hace mencion á los Reyes del asiento que
habia tomado con el rey de Portugal, que no pasasen los portugueses
al Oeste de las islas de los Azores y Cabo Verde, y hace tambien
mencion como los Reyes lo enviaron á llamar para que se hallase en
los conciertos, con los que á la particion habian de concurrir, y que
no pudo ir por la grave enfermedad que incurrió en el descubrimiento
de la tierra firme de las Indias, conviene á saber, de Cuba, que tuvo
siempre, como no la pudo rodear, aún hasta agora, por tierra firme;
añide más, que luego sucedió la muerte del rey don Juan, ántes que
pudiese aquello poner en obra. Debia ser, que como aquello se trató
el año de 93 y 94, habria entretanto de entrambas partes impedimentos
hasta el año de 97 que murió el rey D. Juan de Portugal, como arriba se
vido, cap. 126, y por esto dice aquí el Almirante, que por la muerte
del rey D. Juan no se pudo poner en obra. Siguiendo pues su camino
el Almirante, llegó á las islas de Cabo Verde, las cuales, segun él
dice, tienen falso nombre, porque nunca vido cosa alguna verde, sino
todas secas y estériles. La primera que vido fué la isla de la Sal,
miércoles, 27 de Junio, y es una isla pequeña; de allí fué á otra
que tiene por nombre Buenavista, y es esterilísima, donde surgió
en una bahía, y cabe ella esta una isleta chiquita; á esta isla se
vienen á curar todos los leprosos de Portugal, y no hay en ella mas
de seis ó siete casas. Mandó el Almirante sacar las barcas á tierra
para se proveer de sal y carne, porque hay en ella gran número de
cabras. Vino un Mayordomo, de cuya era aquella isla, llamado Rodrigo
Alonso, escribano de la Hacienda del rey en Portugal, á los navíos á
ofrecer al Almirante lo que en ella hobiese, que él hobiese menester;
agradescióselo é hízole dar del refresco de Castilla con que se gozó
mucho. Aquel le hizo relacion de como venian allí los leprosos á se
curar de su lepra, por la abundancia grande que hay de tortugas en
aquella isla, que comunmente son tan grandes como adargas; comiendo del
pescado dellas, y lavándose con la sangre dellas muchas veces, sanan
de la lepra; vienen allí tres meses del año, Junio, Julio y Agosto,
infinitas tortugas de hácia la tierra firme, que es Etiopía, á desovar
en la arena, las cuales, con las manecillas y piés, escarban en el
arena y desovan sobre quinientos huevos y más, tan grandes como de
gallina, salvo que no tienen la cáscara dura, sino un hollejo tierno
que cubre la yema, como el hollejo que tienen los huevos de la gallina
quitada la cáscara dura; cubren los huevos con el arena como si lo
hiciese una persona, y allí el sol los ampolla, y, formados y vivos
los tortuguitos, luego se van á buscar la mar, como si vivos y por sus
piés hubieran salido della. Tomaban allí las tortugas de esta manera;
que con lumbre de noche, que son hachas de leña seca, van buscando el
rastro de la tortuga, que no lo hace chico, y hállanla durmiendo de
cansada; llegan de presto y trastórnanla, volviendo la concha de la
barriga arriba, y la del lomo abajo, y déjanla, porque segura queda que
ella se pueda volver, y luego van á buscar otra: y lo mismo hacen los
indios en la mar, que si llegan estando durmiendo y la vuelven, queda
segura para tomarla cuando quisieren, puesto que otro mejor arte tienen
los indios en tomarlas en la mar, como se dirá, si Dios quisiere,
cuando trataremos de la descripcion de Cuba. Los sanos que vivian en
aquella isla de Buenavista, como ni áun agua no tienen, sino salobre
de unos pozos, eran seis ó siete vecinos, cuyo ejercicio era matar
cabrones y salar los cueros para inviar á Portogal en las carabelas
que allí por ellos vienen, de los cuales, les acaescia en un año matar
tantos, y enviar tantos cueros, que valian 2.000 ducados al Escribano,
cuya era la isla; habíanse criado tanta multitud de cabras y machos de
solas ocho cabezas. Acaecíales á aquellos que allí vivian, estar cuatro
y cinco meses que ni comian pan ni bebian vino, ni otra cosa, sino
aquella carne cabruna, ó pescado, ó las tortugas; todo esto dijeron
aquellos al Almirante. Partióse de allí, sábado, de noche, 30 de
Junio, para la isla de Santiago, y domingo, á hora de vísperas, llegó
á ella, porque dista 28 leguas; y esta es la principal de las de Cabo
Verde. Quiso en esta tomar ganado vacuno, para traer á esta Española,
porque los Reyes se lo habian mandado, y para ello estuvo allí ocho
dias y no pudo haberlo; y porque la isla es enfermísima, porque se asan
en ella los hombres, y le comenzaba su gente á enfermar, acordó de
partirse. Torna el Almirante á decir que quiere ir al Austro, porque
entiende, con ayuda de la Santísima Trinidad, hallar islas y tierras,
con que Dios sea servido, y sus Altezas y la cristiandad hayan placer,
y que quiere ver cual era la intincion del rey D. Juan de Portogal,
que decia que al Austro habia tierra firme; y por esto dice que tuvo
diferencias con los reyes de Castilla, y en fin, dice, que se concluyó
que el rey de Portogal hobiese 370 leguas de las islas de los Azores y
Cabo Verde, del Oeste al fin del Norte, de polo á polo; y dice más, que
tenia el dicho rey D. Juan por cierto, que dentro de sus límites habia
de hallar cosas y tierras famosas. Viniéronle á ver ciertos principales
de aquella isla de Santiago, y dijéronle que al Sudoeste de la isla
del Fuego, que es una de las mismas de Cabo Verde, que está desta 12
leguas, se veia una isla, y que el rey D. Juan tenia gran inclinacion
de enviar á descubrir al Sudoeste, y que se habian hallado canoas, que
salian de la costa de Guinea, que navegaban al Oeste con mercadurías.
Aquí torna el Almirante á decir, como que hablara con los Reyes: «Aquel
que es trino y uno me guie, por su piedad y misericordia, en que yo
le sirva, y á Vuestras Altezas dé algun placer grande y á toda la
Cristiandad, así como fué de la fallada de las Indias, que sonó en todo
el mundo.»



CAPÍTULO CXXXII.


Miércoles, 4 dias de Julio, mandó alzar y dar las velas de aquella
isla de Santiago, en la cual, dice que, despues que á ella llegó,
nunca vido el sol ni las estrellas, sino los cielos cubiertos de tan
espesa neblina, que parecia que la podian cortar con cuchillo, y
calor intensísimo que los angustiaba, y mandó gobernar por la vía del
Sudueste, que es camino que lleva desde aquellas islas al Austro y
Mediodia, en nombre, dice él, de la Santa é individua Trinidad, porque
entónces estaria Leste-Oeste con la tierra de la Sierra Leona y cabo
de Sancta Ana, en Guinea, que es debajo de la línea equinoccial, donde
dice que debajo de aquel paralelo del mundo se halla más oro y cosas
de valor; y que despues navegarian, placiendo á Nuestro Señor, al
Poniente, y de ahí pasaria á esta Española, en el cual camino veria
la opinion del rey D. Juan, susodicha. Y que pensaba experimentar lo
que decian los indios de esta Española, que habia venido á ella, de la
parte del Austro y del Sueste, gente negra, y que trae los hierros de
las açagayas de un metal que llaman guanin, de lo cual habia enviado
á los Reyes hecho el ensayo, donde se halló que de las treinta y dos
partes, las diez y ocho eran de oro, y las seis de plata, y las ocho
de cobre. Prosiguiendo por este su camino del Sudoeste, comenzó á
hallar hierbas de las que se topan camino derecho destas Indias; y
dice aquí el Almirante, despues que anduvo 480 millas, que hacen 120
leguas, que, en anocheciendo, tomó el altura, y halló que el estrella
del Norte estaba en 5°; pero á mí parece, que debia haber andado más
de 200 leguas, y que está errada la letra, porque más camino hay por
aquel rumbo de 200, desde las islas de Cabo Verde y de la de Santiago,
de donde partió, hasta ponerse un navío en 5° de la equinoccial, como
verá cualquiera marinero que lo mirare por la carta y por el altura
lo mismo. Y dice que allí, viernes, 13 dias de Julio, le desmamparó
el viento, y entró en tanto calor y ardor, y tan vehemente, que temió
que los navíos se le encenderian y la gente pereceria; fué todo tan
de golpe y súbito, cesar el viento y sobrevenir el calor excesivo y
desordenado, que no habia persona que osase asomar á entrar abajo de
cubierta, para remediar la vasija del vino y agua, que se le reventaba
rompiéndose los aros de las pipas; el trigo ardia como fuego; los
tocinos y carne salada se asaban y podrecian; duróle aqueste ardor y
fuego ocho dias. El primero fué claro con sol que los asaba; proveyóle
Dios con menor daño, porque los siete siguientes llovió y hizo nublado,
pero con todo esto no hallaban remedio para que esperasen que no habian
de perecer de quemados, y si, como el primer dia hizo sol y claro, los
siete lo hiciera, dice aquí el Almirante, que fuera imposible escapar
con vida hombre dellos, y así, fueron divinalmente socorridos con
lloverles algunos aguaceros y hacer aquellos dias nublados. Determinó,
de que si Dios le diese viento para salir de aquella angustia, correr
al Poniente algunos dias, y despues que se viese en alguna templanza,
tornar hácia el Austro, que era el camino que proseguir deseaba.
Nuestro Señor, dice él, me guie y dé gracia, que yo le sirva, y á
Vuestras Altezas traiga nuevas de placer; dice que se acordó estando en
estas ardientes brasas, que cuando venia á estas Indias en los viajes
pasados, siempre que llegaba hácia el Poniente 100 leguas, en paraje
de las islas de los Azores, hallaba mudamiento en la templanza de
Septentrion al Austro, y por esto se queria ir al Poniente á poner en
el dicho paraje. En el mismo paralelo debia de ir el Almirante, ó por
mejor decir, meridiano, que llevó Hanon, Capitan de los cartagineses,
con su flota, que saliendo de Cáliz y pasando al Océano, á la siniestra
de Libia ó Etiopía, despues de treinta dias, yendo hácia el Mediodia,
entre otras angustias que pasó, fué tanto el calor y fuego que padeció,
que parescia que se asaban; oyeron tantos truenos y relámpagos, que
los oidos les atormentaban y los ojos les cegaban, y no parecia sino
que llamas de fuego caian del cielo. Esto dice Amiano, entre los
historiadores griegos, seguidor de verdad, muy nombrado en la «Historia
de la India» hácia el cabo, y refiérelo Ludovico Celio, en el lib.
I, cap. 22 de las «Lectiones antiguas.» Así que, tornando á los dias
trabajosos, el sábado, que se contaron 14 de Julio, estando las Guardas
en el brazo izquierdo, dice que tenia el Norte en 7.º; vido grajos
negros y blancos, que son aves que no se alejan mucho de la tierra, y
por esto tiénense por señal de tierra. Enfermó en este camino de gota
y de no dormir, pero no por eso dejaba de velar y trabajar con gran
cuidado y diligencia. Domingo y lúnes vieron las mismas aves y más
golondrinas, y parecieron unos peces que se llaman botos, que son poco
más ó ménos que grandes terneras, que tienen la cabeza muy roma ó bota.
Dice aquí el Almirante, incidentemente, que las islas de los Azores,
que antiguamente se llamaban Casetérides, están situadas en fin del
quinto clima. Juéves, 19 de Julio, hizo tan grande é intenso calor,
que pensaron arderse los hombres con las naos; pero porque nuestro
Señor, á vueltas de las aflicciones que dá, suele, con interpolacion
del contrario, alivianarlas; socorrióle con su misericordia al cabo
de aquellos siete ú ocho dias, dándole muy buen tiempo para desviarse
de aquel fuego, con el cual buen viento navegó hácia Poniente diez
y siete dias, siempre con intincion de tornar al Austro y ponerse,
como arriba dijo, en tal region, que le quedase aquesta Española al
Norte ó Setentrion donde pensaba que habia de hallar tierra, ántes ó
despues del dicho paraje; y así entendia remediar los navíos que ya
iban abiertos del calor pasado, y los bastimentos que en mucho tenia,
por la necesidad que dellos tenia para traerlos á esta isla, y los
muchos trabajos que al sacar de Castilla le costaron, é iban perdidos
cuasi y dañados. El Domingo, 22 de Julio, á la tarde, ya que iba con
el buen tiempo, vieron pasar innumerables aves del Oesudueste hácia
el Nordeste; dice que era gran señal de tierra. Lo mismo vieron el
lúnes siguiente y los dias despues, uno de los cuales vino á la nao
del Almirante un alcatraz y otros muchos parecieron otro dia, y las
otras aves que se llaman rabihorcados. Al décimo séptimo dia del buen
tiempo que llevaba esperaba el Almirante ver tierra, por las dichas
señales de las aves vistas, y como no la vido el lúnes, otro dia,
mártes, 31 dias de Julio, como le faltase ya el agua, deliberó de mudar
derrota, y esta era el Oeste y se acostar á la mano derecha, é ir á
tomar á la isla Dominica, ó alguna de los caníbales, que hoy llaman los
caribes; y así mandó gobernar al Norte, cuarta del Nordeste, y anduvo
por aquel camino hasta medio dia, pero como su divina Majestad, dice
él, haya siempre usado de misericordia conmigo, por acertamiento, y
acaso, subió un marinero de Huelva, criado mio, que se llamaba Alonso
Perez, á la gavia, y vido tierra al Oeste, y estaba 15 leguas della,
y lo que pareció della fueron tres mogotes, ó tres montañas. Puso
nombre á esta tierra, la isla de la Trinidad, porque así lo llevaba
determinado, que la primera tierra que descubriese así se llamase, y
plugo, dice él, á Nuestro Señor, por su alta Magestad, que la vista
primera fueron todos juntos tres mogotes, digo, tres montañas, todas
á un tiempo y en una vista. Su alta potencia por su piedad me guie,
dice él, y en tal manera, que haya él mucho servicio, y Vuestras
Altezas mucho placer; que es cierto que la fallada desta tierra, en
esta parte, fué gran milagro, atanto como la fallada del primer viaje.
Estas son sus palabras. Dió infinitas gracias á Dios, como tenia de
costumbre, y todos alabaron á la bondad Divina, y con gran regocijo y
alegría, dijeron, cantada, la _Salve Regina_, con otras coplas y prosas
devotas que contienen alabanzas de Dios y de Nuestra Señora, segun la
costumbre de los marineros, al ménos los nuestros de España, que con
tribulaciones y alegrías suelen decirla. Aquí hace una digresion y
epílogo de los servicios que ha hecho á los Reyes, y de la voluntad
que siempre tuvo encendida de les servir, no como malas lenguas, dice
él, y falsos testigos por invidia dijeron; y cierto yo creo que estos
tales tomó Dios por instrumentos para le afligir, porque le quiso bien,
porque muchos, sin por qué ni para qué, le infamaron y estorbaron estos
negocios, y hicieron que los Reyes se atibiasen y cansasen de gastar y
tener aficion y estima de que estas Indias habian de dar provecho, al
ménos que fuese más que los gastos con augmento les viniesen. Repite
el calor que padeció, y como áun iba hoy por el mismo camino paralelo,
sino que por se llegar á la tierra por la vía que tomó cuando mandó
gobernar al Poniente, porque la tierra echa de sí frescores que salen
de sus fuentes y rios, y de sus aguas, causan templanza y suavidad, y
por esta causa, dice que pueden navegar los portogueses que van á la
Guinea, que está debajo de la línea equinoccial, porque van de luengo
de tierra ó de costa, como es comun hablar; dice más, que agora estaba
en el mismo paralelo de donde llevan el oro al rey de Portogal, por lo
cual creyó que quien buscase aquellos mares hallaria cosas de valor.
Confiesa aquí que no hay hombre en el mundo á quien Dios haya echo
tanta merced, y le suplica que le depare cosa con que Sus Altezas
reciban mucho placer y toda la cristiandad; y dice que, aunque otra
cosa de provecho no hobiese, sino estas tierras tan hermosas, que son
tan verdes y llenas de arboledas y palmas, que llevan ventaja á las
huertas de Valencia por Mayo, se deberian mucho de estimar, y dice en
esto verdad, y adelante lo encarecerá, con mucha razon, más. Dice, que
cosa es de milagro que tan cerca de la equinoccial, como á 6°, tengan
los reyes de Castilla tierras, estando la Isabela de la dicha línea
distante 24°.



CAPÍTULO CXXXIII.


Vista, pues, la tierra, con gran consuelo de todos, deja el camino
que queria llevar en busca de alguna de las islas de los caníbales
para proveerse de agua, de que tenia gran necesidad, y da la vuelta
sobre la tierra que habian visto, hácia un cabo que parecia estar al
Poniente, al cual llamó cabo de la Galera, por una peña grande que
tenia que desde léjos parecia galera que iba á la vela; llegaron allí á
hora de completas; vieron buen puerto, sino que era hondo y pesóle al
Almirante, por no poder en él entrar, siguió su camino á la punta que
habia visto, que era hácia el Austro siete leguas, y no halló puerto.
En toda la costa halló que las arboledas llegaban hasta la mar, la
cosa mas hermosa que ojos vieron. Dice que esta isla debe ser grande;
gente pareció, y una canoa cargada dellos de léjos, que debian estar
pescando, fuéronse huyendo á tierra á unas casas que allí parecian; la
tierra era muy labrada y alta, y hermosa. Miércoles, 1.º de Agosto,
corrió la costa abajo hácia el Poniente, cinco leguas, y llegó á una
punta, donde surgió con todos tres navíos, y tomaron agua de fuentes y
de arroyos; hallaron rastro de gente, instrumento de pescar, y rastro
de cabras, pero no eran sino de venados, que hay mucho por aquellas
tierras; dice que hallaron lignaloes, y palmares grandes, y tierras muy
hermosas, de que sean dadas infinitas gracias á la Sancta Trinidad;
estas son sus palabras. Vido muchas labranzas por luengo de costa, y
muchas poblaciones; vido desde allí, hácia la parte del Sur ó Austro,
otra isla, que el luengo della iba más de 20 leguas; y bien pudiera
decir 500, porque esta es la tierra firme, de la cual, como vido un
pedazo, parecióle que seria isla, á esta puso nombre la isla Sancta.
Dice aquí, que no quiso tomar algunos indios por no escandalizar
la tierra. Del cabo de la Galera á la punta donde tomó el agua, que
creo que la nombró la Punta de la Playa, dice que, habiendo sido gran
camino, y corríase leste gueste (debe decir de Levante á Poniente se
andaba), no habia puerto en todo aquel camino, pero era tierra muy bien
poblada y labrada, y de muchas aguas y arboledas muy espesas, la cosa
más hermosa del mundo, y los árboles hasta la mar. Es aquí de saber,
que cuando los árboles de la tierra llegan hasta la mar, es señal que
aquella costa de mar no es brava, porque cuando es brava, no hay árbol
por allí ninguno, escombrado arenal. La corriente surgente, que es la
que viene de arriba, y la montante, que es la que para arriba sube de
abajo, dice que parece ser grande. La isla que le queda al Sur, dice
ser grandísima, porque va ya descubriendo la tierra firme, aunque no
estimaba sino que isla era. Dice que vino á buscar puerto de luengo
de la isla de la Trinidad, jueves, 2 dias de Agosto, y llegó hasta el
Cabo de la isla de la Trinidad, que es una punta, á la cual puso por
nombre la Punta del Arenal, que está al Poniente; por manera que ya era
entrado en el Golfo que llamó de la Ballena, donde padeció gran peligro
de perder todos los navíos, y él aún no sabia que estaba cercado de
tierra, como se verá. Este Golfo es cosa maravillosa, y peligrosa por
el rio grandísimo que entra en él, que se llama Yuyaparí, la última
sílaba luenga, este viene de más de 300 y creo que de 400 leguas, y las
300 se han ido por él arriba, dello con nao, y dello con bergantines,
y dello con grandes canoas; y como sea grandísimo el golpe del agua
que trae siempre, mayormente en este tiempo de Julio y Agosto, en que
por allí el Almirante andaba, que es tiempo de muchas aguas, como en
Castilla por Octubre y Noviembre, y así queria naturalmente salir á
la mar, la mar con su ímpetu grande, de su misma naturaleza, querria
quebrar en la tierra, y como aquel Golfo esté cercado de tierra
firme por una parte, y por otra la isla de la Trinidad, y así sea
estrechísimo para tan impetuoso poder de aguas contrarias, es necesario
que cuando se junten, haya entre ellas terrible pelea, y peligrosísimo
para los que allí se hallaren, el combate. Dice aquí que la isla de la
Trinidad es grande, porque desde el cabo de la Galera hasta la Punta
del Arenal, donde al presente estaba, dice que habia 35 leguas; digo
yo que hay más de 45, como verá el que lo quisiere ver por las cartas
del marear, puesto que no tiene agora aquellos nombres escritos en
las cartas, porque ya se han olvidado, y verlo hán, considerando el
camino que el Almirante trujo hasta llegar allí, é por qué parte vido
la primera tierra della, y de allí dónde fué á parar, y así coligirá
cual llamó el cabo de la Galera, y cual la Punta del Arenal. No es de
maravillar que el Almirante no tasase puntualmente las leguas de la
isla, porque iba bajándola pedazo á pedazo. Mandó salir en esta Punta
del Arenal y fin de la isla, hácia el Poniente, la gente en tierra
para que se holgasen y recreasen, porque venian cansados y fatigados,
los cuales hallaron la tierra muy hollada de venados, aunque ellos
creian que eran cabras. Este jueves, 2 de Agosto, vino de hácia
Oriente una gran canoa, en que venian 25 hombres, y llegados á tiro de
lombarda dejaron de remar, y á voces dijeron muchas palabras; creia
el Almirante, y yo así lo creo, que preguntarian qué gente eran, así
como suelen los otros de las Indias, á lo cual respondieron, no con
palabras, sino mostrándoles ciertas bacinetas de laton, y otras cosas
lucias, para que se llegasen á la nao, con meneos y señas halagándoles.
Acercáronse algo, y despues venian arredrados del navío; y, como no
se quisiesen allegar, mandó el Almirante subir al castillo de popa
un tamborino, y á los mancebos de la nao que bailasen, creyendo
agradarles, pero no lo sintieron así, ántes como vieron tañer y bailar,
tomáronlo por señal de guerra, y como si fuera desafiarlos; dejaron
todos los remos y echaron mano á sus arcos y flechas, embrazó cada uno
su tablachina, y comenzaron á tirarles una buena nubada de flechas.
Visto esto por el Almirante, mandó cesar la fiesta de tañer y bailar, y
sacar sobre cubierta algunas ballestas, y tirarles con dos ballestas,
no más de para asombrarlos; los cuales, luego, tiradas las flechas, se
fueron á una de las dos carabelas, y, de golpe, sin temor, se pusieron
debajo la popa, y el piloto de la carabela, sin temor tambien alguno,
se descolgó de la popa abajo, y entróse con ellos en la canoa con
algunas cosas que les dió; y entre ellas dió un sayo y un bonete á uno
dellos que parecia hombre principal. Ellos le tornaron en ella, y, como
en reagradecimiento de lo que les habia dado, por señas, le dijeron
que se fuese á tierra y que allí le traerian de lo que ellos tenian.
Él aceptó que iria y ellos se fueron á tierra; el Piloto entró en la
barca y fué á pedir licencia al Almirante á la nao, y desque vieron que
no iba derecho á ellos, no lo esperaron más, y así se fueron y nunca
más el Almirante ni otro los vido. Por haberse así alterado y enojado
del tamborino y de los bailes, parece que aquello debian de tener entre
sí por señal de guerra. Díjome un criado del Almirante, que se llamó
Bernaldo de Ibarra, que vino este viaje allí con él, y me lo dió por
escrito, y hoy lo tengo de su letra en mi poder, que vino al navío del
Almirante un señor y Cacique desta isla de la Trinidad, que traia una
diadema de oro en la cabeza, y váse al Almirante que tenía una gorra
de carmesí, é hácele acatamiento é besa su diadema, y con la otra
mano quita la gorra al Almirante y él pónele la diadema, y él puso en
su cabeza la gorra de carmesí quedando muy rico y muy contento. Dice
aquel Almirante, que estos todos eran mancebos, y muy bien dispuestos
y ataviados, aunque no creo que traian mucha seda ni brocado, de lo
cual, tambien creo que los españoles y el Almirante más se gozaran,
pero venian ataviados de arcos y flechas y tablachinas; no eran tan
bazos como otros, ántes más blancos que otros que hobiese visto en
estas Indias, y de muy buenos gestos y hermosos cuerpos, los cabellos
largos y llanos, cortados á la guisa de Castilla, traian la cabeza
atada con un pañezuelo de algodon tejido de labores y colores, el cual
creia el Almirante que era almaizar; otro destos pañezuelos, dice, que
traian ceñido, y se cobijaban con él en lugar de pañetes; dice que no
son negros, puesto que estan cerca de la equinoccial, sino de color
indio, como todos los otros que ha hallado. Son de muy linda estatura,
andan desnudos, son belicosos, traen los cabellos muy largos como las
mujeres en Castilla, traen arcos y flechas con plumas, y al cabo dellas
un hueso agudo con espina, como un anzuelo, y traen tablachinas, lo que
hasta aquí no habia visto; y segun de las señas y meneos que hacian,
dice que, lo pudo comprender, ellos creian que venia el Almirante de la
parte del Sur, por lo cual juzgaba que á la parte del Sur debia haber
tierras grandes, y decia bien, pues tan grande es la tierra firme que
gran parte ocupa del Sur. La templanza desta tierra, dice que es muy
grande, y muéstralo, segun él, la color de la gente y los cabellos que
son todos correntios, y el arboleda muy espesa, que en toda parte hay;
dice que es de creer, que pasada la comarca, 100 leguas al Oeste de
los Azores, que muchas veces ha dicho que hace mudamiento el cielo, y
la mar, y la templanza, y esto, dice, es manifiesto, porque aquí donde
estaba, tan llegado á la equinoccial, cada mañana dice que habia frio,
y era el sol en Leon. Dice gran verdad, porque yo que escribo esto, he
estado allí ó cerca de allí, é habia menester ropa las noches y las
mañanas, en especial por Navidad. Las aguas corrian al Poniente más
que el rio de Sevilla, crecia y menguaba el agua de la mar 65 pasos
y más, que en Barrameda, que podian poner á monte carracas; dice que
aquella corriente va tan recia por ir entre aquellas dos islas, la
Trinidad y la que llamó Santa, y despues adelante llamó isla de Gracia.
Y dice isla á tierra firme, porque ya entraba por entrambas, que estan
apartadas dos leguas, que es como un rio, como parece por la carta;
hallaron fuentes de las desta Española, y los árboles y las tierras,
y la templanza del cielo; en esta Española, pocas frutas se hallaron
de las naturales de la tierra. La templanza mucha más es la de aquella
tierra que no la desta Española sino es en las minas de Cibao y en
algunas otras provincias della, como ya arriba queda dicho. Hallaron
ostias ú ostras muy grandes, pescado infinito, papagayos grandes como
pollas; dice que en esta tierra y en toda la tierra firme son los
papagayos mayores que ninguno de los destas islas, y son verdes, la
color muy clara como blancaza, pero los de las islas son más verdes,
y color algo más oscuro; tienen todos los de la tierra firme los
pescuezos de color amarillo como manchas, y las puntas de arriba de las
alas con manchas coloradas, y algunas plumas amarillas por las mismas
alas; los de estas islas, ninguna cosa tienen amarilla, los pescuezos
tienen colorados á manchas; los de esta Española, tienen un poco blanco
encima del pico; los de Cuba tienen aquello colorado y son más lindos;
los de la isla de Sant Juan, creo que tiran á los desta isla, y no he
mirado si tambien los de Jamáica; finalmente, parece que son en algo
diferentes los de cada isla. En esta tierra firme, donde agora está el
Almirante, hay una especie de papagayos que creo que no hay en otra
parte, muy grandes, poco ménos que gallos, todos colorados con algunas
plumas, en las alas, azules y algunas prietas; estos jamás hablan, no
tienen otra cosa de que se goce dellos, sino de la vista, en lo demas
son desgraciados; llámanse por los indios guacamayas: todos los demas
es cosa maravillosa lo que parlan, si no son los muy chiquitos, que se
llaman xaxaues, como arriba dijimos.



CAPÍTULO CXXXIV.


Estando en esta Punta del Arenal, que es fin de la isla de la Trinidad,
vido hácia el Norte, cuarta del Nordeste, á distancia de 15 leguas, un
cabo ó punta de la misma tierra firme y esta fué la que se llama Paria.
El Almirante, creyendo que era otra isla distinta, púsola nombre la
isla de Gracia; la cual, dice que va al Oeste, que es el Poniente, y
que es altísima tierra, y dijo verdad, porque por toda aquella tierra
firme van grandes cordilleras de sierras muy altas. Sábado, 4 dias de
Agosto, determina ir á ver la isla de Gracia, y levantó las anclas y
dió las velas de la dicha Punta del Arenal, donde surgido estaba; y por
aquella como angostura, por donde entró en el golfo de la Ballena (no
era más de dos leguas, porque de una parte la Trinidad y de otra la
tierra firme), salia el agua dulce muy corriente. Vino de hácia la del
Arenal, de la isla de la Trinidad, una tan gran corriente, por la parte
del Sur, como pujante avenida (y era del poder grande del rio Yuyaparí
que al Sur está, y el áun no lo via), con tan grande estruendo y ruido
que á todos espantó, del cual no pensaron escapar; y como el agua del
mar resistió, viniendo por el contrario, se levantó la mar, haciendo
una muy gran loma y muy alta, la cual levantó la nao y púsola encima de
la loma, cosa que nunca jamás ni oyó ni vido, y al otro navío alzó las
anclas, que áun debia de tener echadas, y echólo más á la mar, y con
las velas anduvo hasta que salió de la dicha loma. Plugo á Dios que no
les hizo daño, dice aquí el Almirante, y, cuando escribió este caso á
los Reyes, dijo: «Áun hoy en dia tengo el miedo en el cuerpo, que no me
trabucó la nao cuando llegó debajo della; por este gran peligro puse
á esta boca nombre, la Boca de la Sierpe.» Llegado á la tierra firme
que via por aquella parte, y creia que era isla, vido cabe aquel Cabo
dos isletas en medio de otra boca, que hacen aquel Cabo de la tierra
firme, el cual llamó cabo Boto por ser grueso y romo, y otro cabo de la
Trinidad que nombró Boto; la una isleta nombró el Caracol, la otra el
Delfin. Esta estrechura de la Punta ó cabo de la Punta de Paria, y el
cabo Boto de la Trinidad, no tiene sino cinco leguas, y están en medio
las dichas isletas; por la cual estrechura y el ímpetu del gran rio
Yuyaparí, é las olas procelosas de la mar, hacen esta entrada y salida
en grande manera peligrosa, y porque el Almirante con trabajo y peligro
suyo tambien, lo experimentó, llamó aquella entrada angostura la Boca
del Drago, y así se llama comunmente hoy. Fué de luengo de costa de la
tierra firme de Paria, quél creia ser isla, y la nombró isla de Gracia,
hácia la parte del Oeste, á buscar puerto. Desde la Punta del Arenal,
que es el un cabo de la Trinidad, como se dijo, y está la vuelta del
Sur, hasta el otro cabo Boto, que es de la misma isla de la Trinidad,
que está á la mar, dice el Almirante haber 26 grandes leguas, y por
aquesta parte parece ser el ancho de la dicha isla, y están los dichos
cabos Norte y Sur. Habia grandes hileros de corrientes, el uno al
contrario del otro; sobrevenian muchos aguaceros como era el tiempo de
las aguas, como arriba dijimos. La isla de Gracia es, como está dicho,
tierra firme, y dice el Almirante que es tierra altísima y toda llena
de árboles, que llega hasta la mar; esto porque como aquel golfo está
cercado de tierra, no hay resaca ni olas que quiebren en la tierra
como donde están descubiertas las playas. Dice que, estando á la punta
ó cabo della, vido una isla altísima al Nordeste, que estaría dél 26
leguas, púsole nombre la Bellaforma, porque debia tener de léjos buen
parecer, pero todo esto es la tierra firme, que como se mudaba con
los navíos de una parte á otra dentro del golfo, cercado de tierra,
hacíanse algunas abras que parecian hacer distincion de tierras que
estuviesen apartadas, y estas llamaba el Almirante islas, porque ansí
lo juzgaba. Navegó, domingo, 5 de Agosto, cinco leguas de la punta
del cabo de la Paria, que es el cabo oriental desta isla de Gracia;
vido muy buenos puertos, juntos unos de otros, y casi toda esta mar
dice que es puerto, porque está cercada de islas y no hace ola alguna.
Llamaba islas á las partes que se le abrian de tierra firme, porque no
hay más de sola la isla de la Trinidad, y tierra firme, que cercan á
este golfo quél dice agora mar. Envió á tierra las lanchas, y hallaron
pescado y fuego, y rastro de gente, y una casa grande descubierta; de
allí anduvo ocho leguas, donde halló puertos buenos. Esta parte desta
isla de Gracia dice ser tierra altísima y hace muchos valles, y todo
debe de ser poblado, dice él, porque lo vido todo labrado; los rios
son muchos, porque cada valle tiene el suyo de legua á legua; hallaron
muchas frutas y unas como uvas y de buen sabor, y mirabolanos muy
buenos, y otras como manzanas, y otras, dice, como naranjas y lo de
dentro es como higos; hallaron infinitos gatos paules; las aguas, dice,
las mejores que se vieron. Esta isla, dice, es toda llena de puertos,
esta mar es dulce, puesto que no del todo, sino salobre como la de
Cartagena; más abajo dice que es dulce como la del rio de Sevilla, y
esto causaba cuando topaba con alguna hilera del agua de la mar, que
salobraba la del rio. Navegó á un ancon, lúnes, 6 dias de Agosto, cinco
leguas, donde salió y vido gente, y vino luego una canoa con cuatro
hombres á la carabela que estaba más cercana á tierra, y el piloto
della llamó los indios como que queria ir á tierra con ellos, y, en
allegando y entrando, anególes la canoa, y ellos andando nadando,
cogió y trújolos al Almirante. Dice que son de la color de todos los
otros de las Indias; traen dellos los cabellos muy largos, otros así
como nosotros, ninguno hay tresquilado como en la Española y en las
otras tierras. Son de muy linda estatura, y todos sobrecrecidos;
traen el miembro genital atado y cubierto, y las mujeres van todas
desnudas, como sus madres las parieron. Esto dice el Almirante, pero
yo he estado, como arriba dije, cerca de aquella tierra, 30 leguas,
pero nunca vide que las mujeres no tuviesen sus vergüenzas, al ménos,
cubiertas; debe de querer decir el Almirante, que andaban como sus
madres las parieron cuanto á lo demas del cuerpo. Estos indios, dice
el Almirante, luego que aquí fueron, diles cascabeles y cuentas, y
azúcar, y los invié á tierra, á donde estaba dellos una gran batalla,
y despues que supieron el buen tratamiento todos querian venir á los
navíos; vinieron los que tenian canoas, y fueron muchos, y á todos
se les hizo buen acogimiento, y se les mostró amorosa conversacion,
dándoles de las cosas que les agradaban; preguntábales el Almirante,
y ellos respondian, pero no se entendian; trujéronles pan y agua, y
unos brebajes, como vino verde; andan muy ataviados de arcos, flechas
y tablachinas y las flechas traen casi todos con hierba. Mártes, 7 de
Agosto, vinieron infinitos indios por mar y por tierra, y todos traian
de su pan y maíz, y cosas de comer, y cántaros de brebaje, dello blanco
como leche, de sabor de vino; dello verde, y dello de color colorado;
cree que todo sea de frutas. Lo más ó todo hacen de maíz, sino que
el maíz es blanco y morado y colorado, de aquí viene ser el vino de
diversas colores; el verde, no sé de qué se haga. Traian todos sus
arcos y flechas con hierba, muy á punto; no se daban nada por cuentas,
dieran cuanto tuvieran por cascabeles, y otra cosa no demandaban.
Hacian mucho por el laton; esto es cierto que lo estimaban mucho, y
daban en esta Española por un poco de laton cuanto les pidieran de
oro, que tuvieran, y así creo que fué siempre en todas estas Indias,
á los principios; llamábanlo turey, cuasi venido del cielo, porque al
cielo llamaban tureyro; hallan en él no se qué olor que á ellos mucho
les agrada. Aquí dice ahora el Almirante que todo cuanto les daban, de
Castilla, lo olian luego que se lo daban. Trajeron papagayos de dos
ó tres maneras, en especial de los muy grandes que hay en la isla de
Guadalupe, dice él, con la cola larga; trajeron pañizuelos de algodon
muy labrados y tejidos, con colores y labores como los llevan de
Guinea, de los rios á la Sierra Leona, sin diferencia, y dice que no
debe comunicar con aquellos, porque hay de aquí donde él agora está,
allá, más de 800 leguas; abajo dice que parecen almayzares.



CAPÍTULO CXXXV.


Deseaba, dice, tomar media docena de indios para llevar consigo, y
dice que no pudo tomarlos, porque se fueron todos de los navíos ántes
que anocheciese; pero mártes, luego, 8 de Agosto, vino una canoa con
12 hombres á la carabela, y tomáronlos todos, y trajéronlos á la nao
del Almirante, y dellos escogió seis y los otros seis invió á tierra;
esto parece que lo hacia el Almirante sin escrúpulo, como otras muchas
veces en el primer viaje lo hizo, no le pareciendo que era injusticia
y ofensa de Dios y del prójimo, llevar los hombres libres contra su
voluntad, quitando los padres á los hijos, y las mujeres á sus maridos,
y que segun ley natural estaban casados, y que ellas otros, ni otras
ellos, podian tomar sin pecar y quizá mortalmente, de lo cual era el
Almirante causa eficaz; y otra circunstancia, que venian á los navíos
aquellos so tácita seguridad y confianza prometida, la cual les debian
guardar, allende el escándalo y aborrecimiento de los cristianos,
que se podia seguir, no sólo en los de allí, pero de toda la tierra
y gentes que lo supiesen. Dió luego la vela hácia una punta que dice
del Aguja, el cual nombre no dice cuando le puso, y de allí, dice, que
descubrió las más hermosas tierras que hayan visto y las más pobladas,
y, en llegando á un lugar, al cual por su hermosura llamó Jardines,
donde habia infinitas casas y gentes, los que habia tomado dijéronle
que habia gente vestida, por lo cual acordó de surgir, y vinieron á los
navíos infinitas canoas. Estas son sus palabras. Cada uno, dice, que
traia su pañezuelo tan labrado de colores, que parecia un almayzar,
con uno atada la cabeza, y con el otro cubrian lo demas, como ya se
ha tocado; destas gentes que hoy vinieron á los navíos, algunos,
dice, que traian algunas hojas de oro al pescuezo, y uno de aquellos
indios que habia tomado le dijo que por allí habia mucho oro, y que
hacian dello espejos grandes, y mostraba como lo cogian; dice espejos,
porque debia dar el Almirante algunos espejos, y por señas debia el
indio decir que del oro hacian de aquellos, no porque les entendiesen
palabra. Dice que, porque andaba por allí de corrida, porque se le
perdian los bastimentos que tanto trabajo alcanzar le habian costado,
y esta isla Española estaba más de 300 leguas de allí, no se detenia,
lo cual mucho él quisiera por descubrir mucha más tierra, y dice que
todo es lleno de islas, y muy hermosas, y muy pobladas, y tierras muy
grandes; la gente muy más política que la desta Española y guerreros,
y casas hermosas. Si el Almirante hobiera visto el reino de Xaraguá
como su hermano el Adelantado, y la corte del rey Behechio alguna
excepcion hiciera en esto. Llegando á la Punta de la Aguja, dice que
vido otra isla al Sur, 15 leguas, que iba al Sueste Norueste, muy
grande, y tierra muy alta y llamóla Sabeta, y en la tarde vido otra al
Poniente, tierra muy alta; todas estas islas entiendo ser pedazos de
la tierra firme, por las abras y valles que se abrian, que parecian
islas distintas, como quiera que él anduviese todavía por dentro del
golfo que llamó de la Ballena, cercado, como dicho es, de tierra; y
esto parece claro, porque estando como estaba dentro del dicho golfo
ninguna tierra tenia al Sur, sino la tierra firme, luego las islas que
decia no eran islas, sino pedazos de la misma tierra firme, que juzgaba
ser islas. Surgió adonde llamó los Jardines, y luego vinieron infinitas
canoas, grandes y pequeñas, llenas de gente, segun dice. Despues, á la
tarde, vinieron más de toda la comarca, muchos de los cuales traian al
pescuezo piezas de oro de hechura de herraduras; pareció que lo tenian
en mucho, pero todo lo dieran, dice, por cascabeles y no los llevaba, y
fué cosa esta de notar que un hombre tan proveido como el Almirante, y
teniendo voluntad de venir á descubrir, no trujese rescates de diversas
maneras, como trujo el primer viaje: todavía hobo alguno dellos, y era
muy bajo que parescia sobredorado. Decian, segun podian entender por
señas, que habia por allí algunas islas, donde habia mucho de aquel
oro, pero que la gente eran caníbales, y dice aquí el Almirante, que
este vocablo caníbales, tenian todos por allí por causa de enemistad,
ó quizá porque no querian que fuesen allá los cristianos, sino que
se estuviesen allí toda su vida. Vieron los cristianos á un indio un
grano de oro tan grande como una manzana. Vinieron otra vez infinitas
canoas cargadas de gente, y todos traian oro y collares, y cuentas de
infinitas maneras, y atados los pañezuelos á las cabezas que les tienen
los cabellos, y bien cortados, y paréceles muy bien; llovió mucho, y
por eso cesaban gentes de ir y venir. Vinieron unas mujeres que traian
en los brazos sartales de contezuelas, y entre ellas perlas ó aljófar,
finísimas, no como las coloradas que se hallaron en las islas de
Babueca; rescatáronse aquellas, y dice que las inviaria á Sus Altezas.
Nunca supe destas perlas que se hallaron en las islas de Babueca, que
son cerca del Puerto de Plata, en esta Española, y estas más son bajos
debajo del agua, que no islas, que hacen harto daño á los navíos que
por allí pasan, si no están sobre el aviso, y así tienen título Abre el
Ojo. Preguntó el Almirante á los indios dónde las hallaban ó pescaban,
y mostráronle de las nácaras donde nacen, y respondiéronle, por bien
claras señas, que nacian y se cogian hácia el Poniente detras de
aquella isla, que era el cabo de la playa de la Punta de Paria y tierra
firme, que creia ser isla; y decian verdad, que 25 ó 30 leguas de allí,
hácia el Poniente, está la isla de Cubagua, de que luego se dirá,
donde las cogian. Envió las barcas á tierra para saber si habia cosa
nueva que no hubiesen visto, y hallaron la gente tan tratable, dice el
Almirante, que, «aunque los marineros no iban con propósito de salir
en tierra, pero vinieron dos personas principales con todo el pueblo
y les hicieron salir; llegaron á una casa grande, hecha á dos aguas,
y no redonda, como tienda de campo, de la manera que son las de las
islas, donde los recibieron muy bien y les hicieron fiesta y les dieron
colacion, pan y frutas de muchas maneras, y el beber fué un brevaje
blanco que tienen en gran precio, de que todos estos dias trujeron
allí, y hay dello tinto, y mejor uno que otro, como entre nosotros el
vino. Los hombres todos estaban juntos á un cabo de la casa, y las
mujeres á otro. Recibida la colacion en aquella casa del más viejo,
llevóles el más mozo á otra casa é hizo otro tanto; pareció que el uno
debia ser el Cacique y señor, y el otro debia ser su hijo; despues se
volvieron los marineros á las barcas, y con ellas á los navíos muy
contentos desta gente.» Estas todas son palabras del Almirante. Dice
más: «ellos son de muy linda estatura, y todos grandes á una mano,
y más blanca gente que otra que hobiese visto en estas islas, y que
ayer vido muchos tan blancos como nosotros, y mejores cabellos y bien
cortados, y de muy buena conversacion; las tierras, en el mundo, no
pueden ser más verdes y hermosas y pobladas; la templanza, otra tal,
que desque estoy en esta isla, dice él, hé cada mañana frio, digo,
para ropon enforrado, bien que esté tan cerca de la línea equinoccial;
la mar todavía dulce; á la isla llaman Paria.» Todas son palabras del
Almirante. Llama isla á tierra firme todavía, porque así lo creia.



CAPÍTULO CXXXVI.


Viérnes, 10 de Agosto, mandó dar las velas y fué al Poniente de la
que pensaba ser isla, y anduvo cinco leguas y surgió; por temor de no
hallar fondo, andaba á buscar boca por donde saliese de aquel golfo,
dentro del cual andaba cercado de tierra firme y de islas, aunque él
no creia ser tierra firme, y dice que es cierto que aquella era isla,
que así lo decian los indios y así parece que no los entendian. De allí
vido otra isla frontero al Sur, á la cual llamó Isabela, que va del
Sueste á Norueste, despues otra que llamó la Tramontana, tierra alta y
muy hermosa, y parecia que iba de Norte á Sur, parecia muy grande; todo
esto era tierra firme. Decíanle los indios que él habia tomado, á lo
quél entendia, que la gente de allí eran caníbales, y que allí habia ó
nascia el oro, y las perlas de la parte del Norte de Paria, la vía del
Poniente, se pescaban y habian habido las que al Almirante dieron. El
agua de aquella mar era tan dulce, dice, como la del rio de Sevilla,
y así turbia. Quisiera ir á aquellas islas, sino por no volver atras,
por la prisa que tenia que se le perdian los bastimentos que llevaba
para los cristianos de la Española, que con tanto trabajo, dificultad
y gran fatiga los habia alcanzado; y, como cosa en que padeció grandes
aflicciones, repite esto de estos bastimentos muchas veces. Dice,
que cree que en aquellas islas que habia visto debe haber cosas de
valor, porque todas son grandes y tierras altas, y valles y llanos, y
de muchas aguas, y muy labradas, y pobladas, y la gente de muy buena
conversacion, así como lo muestran sus gestos. Estas son palabras del
Almirante. Dice tambien, que si las perlas nacen como dice Plinio del
rocío que cae en las ostias que están abiertas, allí mucha razon hay
para las haber, porque allí cae mucha rociada y hay infinitísimas
ostias y muy grandes, y porque allí no hace tormenta, sino la mar esta
siempre sosegada, señal de lo cual es haber los árboles hasta entrar
en la mar, que muestran nunca entrar allí tormenta, y cada rama de
los árboles que entran (y están tambien ciertas raíces de árboles
en la mar, que, segun la lengua desta Española, se llaman mangles),
estaban llenos de infinitas ostias, y tirando de una rama sale llena
de ostias á ella pegadas; son blancas de dentro y el pescado dellas, y
muy sabrosas, y no saladas sino dulces y que han menester alguna sal,
y dice que no sabe si nacen en nácaras; donde quiera que nazcan, son,
dice, finísimas, y las horadan como dentro, en Venecia; á esto que dice
el Almirante que están llenas las ramas de ostias por allí, decimos que
no son aquellas ostias que él vido, y están por aquellas ramas fuera de
la mar y un poco dentro en el agua, las que crian las perlas, sino de
otra especie, porque las que paren las perlas más cuidado tienen, por
su natural instinto, de se esconder cuanto más bajo del agua pueden,
que aquellas que vido en las ramas. Tomada ocasion desto que dice aquí
el Almirante, quiero mezclar un poco de los secretos naturales que hay
cerca del criar ó nacer de las perlas, lo que no creo que será á los
leyentes desagradable; las perlas de que hablamos, en latin se llaman
propiamente margaritas, porque se hallan en las conchas de la mar,
segun dice Sant Isidro, libro XVI, cap. 10 de las «Ethimologías,» y es
la primera y más principal de las piedras preciosas que son blancas, y
las más blancas son las más finas y ménos rubias.

Engéndranse desta manera: En ciertos tiempos del año, cuando tienen
la inclinacion y apetito de concebir, sálense á la playa y ábrense, y
allí esperan el rocío del cielo, cuasi como si esperasen y deseasen
su marido; reciben aquel rocío del cual conciben y se empreñan, y
tales producen sus hijos, que son las perlas ó margaritas, cual fuere
la calidad del rocío; si puro fuere, nascen las perlas blancas,
si fuere turbio, salen pardas ó escuras, y de aquí, dice Plinio y
Solino, se colije tener el cielo más parte en este concebimiento que
el agua de la mar tiene. Cuanto más el rocío fuere del alba ó de
la mañana, tanto más blancas salen ellas, y cuanto más á la tarde ó
noche llegaren á recebirlo, tanto más serán escuras; la edad tambien
mucho ayuda á la blancura: cuanto más viejas fueren, tanto ménos
blancas, y tanto más blancas, cuanto las conchas fueren más mozas ó
más nuevas, y cuanto mayor cantidad de rocío recibieren, tanto mayor
ternán la grandeza. Nunca mayores se dice hallarse que pesen más de
media onza, ni pase de media nuez su medida; tienen las conchas tal
sentido, naturalmente, que siempre temen no salgan maculadas sus
perlas, y por tanto, cuando hace sol recio, porque no salgan negras
ó rubias ó pardillas, ó su blancor en alguna manera se amancille,
vánse al profundo huyendo del calor del sol cuanto más pueden; si
hace relámpagos ó truena ántes que las conchas estén cerradas y del
todo estén las perlas formadas, súbitamente, de temor, se afligen y
aprietan y malparen, ó del todo echándolas de sí ó saliendo al cabo
las perlas imperfectas y muy chiquitas. En el agua están las perlas
tiernas, y sacadas de la ostia se endurecen; temen mucho las conchas
la diligencia é instrumentos de los pescadores, y por eso se afijan
y apegan y esconden siempre dentro de las más ásperas peñas; andan ó
nadan en compañia, y tienen su rey como las abejas, segun dice Plinio
y Solino, y otros filósofos. El rey ó guiador dellas es la mas vieja y
la mayor; presa la guiadora ó guiadoras que van delante, fácilmente las
demás con las redes son presas, y si se escapan algunas, á sus comarcas
se vuelven. Desto dice Megastenes, filósofo: _Conchas in quibus
margaritæ el uniones gignuntur retibus capi gregatimque multas veluti
apes depasci, regemque suum habere. Ac si contingat regem comprehendi
á piscatoribus, eas protinus circumfundi nec vim effugere: fugiente
rege et ipsas effugere._ Cuando una sola perla se halla en la ostia
es mas fina, y por esto se llama _unio_, y nunca se hallan dos juntas
de aquella especie y excelencia; cuando muchas, no son uniones, sino
gemas ó margaritas, pero no dejan de ser preciosas si son blancas, y
redondas y pesadas, y mas preciosas si de sí mesmas son horadadas.
Crecen y descrecen con la luna miéntras están vivas en las conchas;
nacen dentro de la pulpa de la carne y debajo, y en cualquiera parte
de la ostia; cuando la concha siente la mano de la persona, luego se
encoge y cubre cuanto puede de sus riquezas, y porque siente que por
ellas le tocan, apriétase cuanto puede, lastima y muerde. La virtud
dellas es, que confortan los espíritus, y para restriñir el flujo de
sangre y contra el flujo lientérico, y contra cardiaca, y sincopin
y contra diaria; nacen las mejores en las Indias, y, no tales, en
Bretaña, que es agora Inglaterra, y por haberlas tomó ocasion Julio
César de pasar á ella, y por tiranía y violencia sojuzgarla. Todas las
cosas dichas son sacadas de Fisiólogo, de Arnoldo, de Megastenes, de
Plinio, lib. VI, cap. 35; de Solino, cap. 16 de su Polistor; de Sant
Isidro, lib. XVI, cap. 10; de Alberto el Magno, lib. II, cap. 2.º _De
mineralibus_; del Vincencio, _Speculo natural_, lib. IX, capítulos
81 y 82, y del libro _De propietatibus rerum_, lib. XVI, cap. 62; y
lo que dice postrero de Julio César, refiérelo Suetonio, en la vida
del mismo Julio César, cap. 47, _Britanniam petisse spe margaritarum,
quarum complitudinem conferentem interdum sua manu egisse pondus_.
Algunos hay que duden, modernos, empero, y no de mucha auctoridad,
criarse las perlas del rocío del cielo, como arriba se ha dicho,
diciendo ser mas fábula que verdad; pero ni dan razon en contrario,
ni asignan la causa de donde tengan orígen las perlas ó margaritas,
y por tanto parece temeridad refragar sentencia de tantos y tales
autores, que tan diligentes y solícitos fueron en inquirir é manifestar
los secretos de la naturaleza. Pudieran, los que no admiten que del
rocío se crien las perlas, asignar algunas causas naturales de donde
pudiesen proceder; y es una, poderse criar en las mismas conchas por
virtud de algun lugar, en el cual impriman los cuerpos celestiales
virtud mineral y de la misma agua de la mar, de la manera que se
crian las otras piedras preciosas y comunes. Para entendimiento desto
débese saber, segun Alberto Magno en el lib. I, capítulos 7.º, 8.º y
9.º, que las estrellas, por su cantidad y su lumbre, y por su sitio y
por su movimiento, mueven y ordenan el mundo, segun toda materia y
todo lugar, de las cosas que se engendran y corrompen. Esta virtud,
así determinada, de las estrellas, se infunde y derrama en el lugar
de la generacion de cada cosa que se engendra; el lugar recibe las
virtudes de las estrellas, cuasi como la matriz ó la madre, que dicen,
de las mujeres, rescibe la virtud formativa del embrion. Embrion es
la criatura que tiene la hembra en el vientre, luego que comienza á
vivir ántes que tenga la figura señalada de macho ó de hembra, segun
su especie, y puédese decir, que es el parto crudo é imperfecto que
la hembra tiene en el vientre; de aquí es que, segun los filósofos,
el lugar es principio activo de la generacion. Esta virtud de las
estrellas no en todas partes es una, ni es igual en todos los lugares,
que sea tierra ó que sea agua, porque en unos lugares se influye y
derrama más que en otros indiferentemente, como parece, que en unos
se crian leones y no elefantes y en otros elefantes y no leones, y
en unos oro y en otros plata y por el contrario; por esta manera, en
unos lugares se halla virtud mineral para engendrar perlas y piedras
preciosas, ó de las otras comunes, y en otras no, como es manifiesto.
La virtud, pues, determinada á la generacion de las piedras en materia
terrestre ó en materia de agua, es en la cual concurren todos los
lugares, en los cuales las piedras se engendran; y así como en los
animales que son engendrados de putrefaccion ó pudrimento y cosas
podridas, como los ratones, segun la materia que se trata en el libro
IV de los «Metauros,» las estrellas infunden su virtud vivificativa que
les dá vida, por esta manera acaesce en la materia de que se engendran
las piedras, sea agua ó sea tierra, se les infunde virtud formativa
ó lapidificativa. Obra por esta manera la dicha virtud, conviene á
saber, que así como los elementos se trasmutan ó traspasan unos en
otros, como cuando la tierra convierte al agua en sí para que sea
tierra, lo primero que se hace es, que la virtud de la tierra entra en
la sustancia del agua, y altérala, y lo segundo, cuasi señoreándose
de ella, tiénela, y entónces comienza el agua á estar queda y ponerse
términos, como encogiéndose y embebiéndose, y hasta entónces no
pierde su perspicuidad ó clareza, ó traslucimiento, pero de allí vá
corrompiéndose, y así se hace tierra que ya rescibe las calidades de
la tierra, que son, ser opaca ó espesa, y escura y seca, lo mismo es
de los otros elementos. Por esta misma manera acaece de la virtud
lapidificativa cuando se infunde en algun lugar, sea agua ó sea tierra,
porque la materia agua ó tierra que la dicha virtud toca, primeramente
la altera, y lo segundo señoréala y tiénela, y despues que la tiene y
vence señoreándola, conviértela en piedra; por esta manera se pueden
engendrar y criar las margaritas, uniones y perlas sin ser de rocío,
como los autores nombrados dicen, que dentro de las ostias, ó en la
misma peña, ó en el arena, ó en aquellos lugares donde las conchas
se apacientan, infundan virtud, que comunmente se llama mineral, las
estrellas; que la misma agua de la mar, ó alguna cosa que las mismas
ostias coman para su mantenimiento altere y entre en la sustancia
de aquella, y detenga y venza y señoree, y al cabo la convierta en
margarita ó perla, porque como Platon dice, y Alberto, donde arriba en
el cap. 5.º, lo alega, que, segun los méritos y disposicion de cada
materia, se influyen las virtudes celestiales que obran las cosas de
naturaleza, _secundum merita (inquit) materiæ infunduntur virtutes
cœœœlestes quæ res naturæ operantur_, ó tambien la misma agua de la
mar suele tener tal virtud, en sólo aquel lugar y comarca, que dentro
de las ostias, de sus mismas gotas ó de otras cosas que en ellas haya,
engendre las perlas. Y la señal desto Alberto Magno allí refiere,
que hay algunas aguas, por la virtud mineral que aquel lugar donde
corren contiene, tan fuertes, que corriendo por tales materias se
embeben en las cosas minerales, ó que tienen vecindad con ellas, por
lo cual el agua misma y las cosas que están en ella se convierten en
piedras más presto ó más tarde, segun que es más fuerte ó más débil la
virtud que forma las piedras, ó lapidificativa; pero si aquella misma
agua la sacan de aquel lugar y la echan en otro, no se convertirá
en piedras: la causa es, porque como esté fuera del lugar donde hay
virtud mineral, evapórase y corrómpese, así como cualquiera otra cosa
se corrompe estando fuera del lugar de su propia generacion. Por esta
manera, dice Alberto allí, en el cap. 7.º, haberse experimentado en los
montes Pirineos, que dividen á España de Francia, ser algunos lugares
en los cuales el agua lluvia que cae se convierte en piedras, y si la
misma lluvia cae ó echan en otro lugar, fuera de aquellos, quédase
en agua como era. Por la misma razon hay algunas plantas y palos que
están dentro de algunas aguas ó mares que se convierten en piedras,
quedándoles la figura de palos ó de plantas, y algunas veces las
plantas y arbolillos nascidas dentro de la mar son tan vecinas de la
naturaleza de las piedras, que un poco secas al aire, se convierten en
piedras; y la señal desto es bien manifiesto en el coral, el cual, sin
duda ninguna, se engendra de palillos y plantas que están dentro de la
mar. Plinio, en el libro XXXI, cap. 2.º, pone haber una fuente en Asia
la Menor, que regando la tierra con su agua la torna piedra, y un rio,
que los árboles con sus hojas hacia lo mismo. Ésto no puede en alguna
manera ser sino por la virtud mineral en aquella tierra ó piedras ó
peñas que están dentro del agua ó en la misma mar, como tambien vemos
en sierras muy altas, que siempre hay perpétuas nieves, y en ellas
se engendra el cristal, lo cual no seria posible, si no fuese por la
virtud mineral que allí las estrellas infunden y derraman; desto, algo
dejamos ya dicho arriba. Así que no es cosa imposible criarse las
perlas en aquella mar sin rocío, de la manera que es dicha de suso. Las
perlas que aquí el Almirante hobo se criaban y crian en la mar de una
isleta, y al derredor della, que se llama Cubagua, que no tiene agua
dulce, sino estéril y seca, y en toda ella habrá obra de dos leguas
de tierra inhabitable, puesto que las perlas la hicieron habitada con
más de 50 vecinos, españoles; miéntras duraron, iban por el agua siete
leguas de allí, á la tierra firme. Dista esta isleta, de donde el
Almirante agora andaba, 50 leguas abajo al Poniente; podia ser que allí
en aquel golfo de la Ballena, por donde andaba, ó en la mar allegada á
la Trinidad, ó á la tierra firme, que llamaba isla de Gracia, hobiese
quizá algunas perlas, pero parece que no, pues los indios señalaban
que al Poniente las cogian. Yo estuve en la dicha isleta y vide las
conchas, y en ellas las perlas que tenian debajo de la carne; no era
uniones sino margaritas, porque tenian cuatro ó cinco juntas, unas
grandes y otras chicas; las ostias son del tamaño que las de Castilla,
y la carne ó pescado dellas la misma, bien sabrosa: yo comí hartas de
ellas. Adelante, placiendo á Dios, en el libro IV se dirá más desta
isleta de Cubagua, y de las perlas, y lo que en ella en los tiempos
pasados se ha hecho y ha acaecido.



CAPÍTULO CXXXVII.


Tornando á donde quedó el hilo de la historia, en este paso hace
mencion el Almirante de muchas puntas de tierra é islas, é nombres que
les habia puesto, pero no parece cuando, y en esto y en otras cosas
que hay en sus Itinerarios, parece ser natural de otra lengua, porque
no penetra del todo la significacion de los vocablos de la lengua
castellana, ni del modo de hablar della; hace mencion aquí de la Punta
Seca, de la isla Isabela, de la isla Tramontana, de la Punta Llana,
de la Punta Sara, suponiéndolas, empero ninguna cosa ha dicho dellas,
ó de alguna dellas. Dice que toda aquella mar es dulce, y que no sabe
de donde proceda, porque no parecia haber disposicion de grandes rios
(y que los hobiese, dice, que no dejaria de ser maravilla), pero
engañábase en pensar que no habia rios, porque aquel rio Yuyaparí era
tan caudal y poderoso, como está dicho, y otros que salen por allí.
Deseando ya salir deste golfo de la Ballena, donde andaba cercado de
tierra firme y de la Trinidad, como dicho queda, navegando al Poniente
por aquella costa de tierra firme, que él llamaba de Gracia, hácia
la Punta Seca, que no dice donde era, halló dos brazos de agua no
más; envió la carabela pequeña para ver si habia salida al Norte,
porque, frontero de la tierra firme y de la otra que llamó Isabela,
al Poniente, parecia una isla muy alta y hermosa; volvió la carabela,
y dijo que halló un golfo grande y en él cuatro grandes aberturas que
parecian golfos pequeños, y á cabo de cada uno un rio. Á este golfo
puso nombre Golfo de las Perlas, aunque no hay, creo yo, ninguna.
Esto parece que era al rincon de todo este golfo grande, donde andaba
el Almirante cercado de la tierra firme y de la isla de la Trinidad;
aquellas cuatro abras ó oberturas, creia el Almirante que eran cuatro
islas, y que no parecia que hobiese señal de rio que hiciese todo
aquel golfo, de más de 40 leguas de mar todo dulce; pero los marineros
afirmaban que aquellas aberturas eran bocas de rio, y decian verdad,
al ménos en las dos, porque por la una salia el gran rio Yuyaparí,
y por la otra sale otro grande que hoy se llama el rio de Camarí.
Quisiera en gran manera el Almirante ver la verdad de este secreto,
cual era la causa de haber 40 leguas en luengo y 26 de ancho, como
tiene el dicho golfo, de agua dulce, lo cual, dice él, era cosa de
admiracion, y razon, cierto, tenia; y tambien por penetrar los secretos
de aquellas tierras, que no creia ser posible que no tuviesen cosas de
valor, ó que no las habia en las Indias, mayormente habiendo hallado
allí muestra de oro y de perlas, y las nuevas dellas, y descubierto
tales tierras y tantas y tales gentes en ellas, por lo cual fácilmente
las cosas dellas, y riquezas que habia se supieran; pero porque los
mantenimientos que llevaba para la gente que estaba en esta Española,
y la que traia para que comiesen en las minas, cogiendo oro, se le
perdian, los cuales habia alcanzado con gran dificultad y fatiga, no
le dejaban detenerse, y dice que, si tuviera esperanza de haber otros
tan presto, todos los pospusiera, por descubrir más tierras y ver
los secretos dellas. Y al fin acuerda seguir lo más cierto, y venir
á esta isla y enviar della dineros á Castilla para traer bastimentos
y gente á sueldo, y lo más presto que pudiese enviar tambien á su
hermano el Adelantado á proseguir su descubrimiento y hallar grandes
cosas, como esperaba que se hallarian, por servir á Nuestro señor y á
los Reyes; pero al mejor tiempo se le cortó el hilo, como parescerá,
destos sus buenos deseos, y dice así: «Nuestro Señor me guie por su
piedad y me depare cosa con que él sea servido y Vuestras Altezas hayan
mucho placer; y, cierto, débenlo de haber, porque acá tienen cosa tan
notable y real para grandes Príncipes, y es gran yerro creer á quien
les dice mal desta empresa, salvo aborrecerles, porque no se halla que
Príncipe haya habido tanta gracia de Nuestro Señor, ni tanta victoria
de cosa tan señalada, y dé tanta honra á su alto Estado y reinos, y
por donde pueda recibir Dios eterno más servicios, y la gente de España
más refrigerio y ganancias, que visto está que hay infinitas cosas de
valor, y bien que agora no se conozca esto que yo digo, verná tiempo
que se contará por grande excelencia, y á grande vituperio de las
personas que á Vuestras Altezas son contra esto, que bien que hayan
gastado algo en ello, ha sido en cosa más noble y de mayor estado que
haya sido cosa de otro Príncipe hasta agora, ni era de se quitar de
ella secamente, salvo proceder y darme ayuda y favor, porque los reyes
de Portugal gastaron y tuvieron corazon para gastar en Guinea, fasta
cuatro ó cinco años, dineros y gente, primero que recibiesen provecho,
y despues les deparó Dios ganancias y oro. Que, cierto, si se cuenta la
gente del reino de Portugal y las personas de los que son muertos en
esta empresa de Guinea, se fallaria que son más de la mitad del reino;
y, cierto, fuera grandísima grandeza atajar una renta en España, que
se gastase en esta empresa, que ninguna cosa dejaran Vuestras Altezas
de mayor memoria, y miren en ello; y que ningun Príncipe de Castilla
se halla, ó yo no he hallado por escrito ni por palabra, que haya
ganado jamás tierra alguna fuera de España, y Vuestras Altezas ganaron
estas tierras que son otro mundo, y adonde habrá la cristiandad tanto
placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrecentamiento. Todo esto
digo con muy sana intincion, y porque deseo que Vuestras Altezas sean
los mayores señores del mundo, digo señores de todo él; y sea todo con
mucho servicio y contentamiento de la Santísima Trinidad, porque en fin
de sus dias hayan la gloria del Paraíso, y no por lo que á mí propio
toca, que espero en su alta Majestad, que Vuestras Altezas presto
verán la verdad dello, y cual es mi cudicia.» Todas estas son palabras
formales del Almirante, sobre las cuales habria mucho que hablar,
pero en breve quiero anotar algunas cosas: lo primero, es manifiesto
la buena intincion que siempre tuvo el Almirante, para con Dios y con
los Reyes, y con cuanta simplicidad de ello hablaba, y creo para mí
que algo y mucho excedió en la intencion de agradarles á los Reyes,
y por esta ser nimia demasiada no se agradó mucho Dios; y él mismo lo
confiesa en una carta que escribió á los Reyes y á otras personas, que
dice así: «Torno á decir con juramento, que yo he puesto más diligencia
á servir á Vuestras Altezas, que no á ganar el Paraíso.» Estas son sus
palabras. Lo segundo, se debe notar, que cerca de lo que dice aquí el
Almirante, ser cosa real y notable estas tierras y riquezas dellas que
habia descubierto, ciertamente, para encarecer la grandeza y dignidad
destas cosas de las Indias, que Dios puso en manos de los Reyes de
Castilla, necesario fuera tener la elocuencia y eficacia de Demóstenes,
y para escribirlo, la mano de Ciceron; un orbe tantos siglos escondido,
amplísimo y longuísimo, tan lleno y rebosante de inmensas y quietas
gentes, todo él á una mano, felicísimas, fertilísimas, sanísimas y
riquísimas tierras, ¿quién lo podrá explicar, loar y dar á entender?
Lo tercero, que haya sido especial gracia y don señalado de Dios, y no
comparable á cualquiera concedido á los Reyes de Castilla para grande
honra suya y favor, y engrandecimiento de su alto Estado y reinos,
como el Almirante dice, mayor suficiencia que la dicha se requiere
para lo saber engrandecer, y esto, porque por disposicion divina
fueron elegidos, más que otros ningunos Reyes, para ser ministros
medianeros de los mayores servicios que Reyes cristianos á Dios eterno
jamás hicieron. Desto se sigue lo cuarto que notarse debe; la razon
que tuvieron de se alegrar y haber mucho placer, como el Almirante
dice, y yo añido, que tienen estrechísima obligacion de referir por
ello inmensos loores y gracias á Dios. Lo quinto es, que se note cuan
indiscretamente se habian con los Reyes, y cuanto les deservian los que
á Sus Altezas disuadian, por unos pocos de gastos que se hacian, que se
dejasen desta empresa, pues habiendo parecido tierras tan grandes y tan
felices, y que habian dado muestra de oro, no chica, y de temporales
riquezas, mayormente no habiendo experimentado más de lo desta isla,
debieran creer y áun tener por cierto, que en tantos reinos grandes
bienes haber podria; y ciertamente, no ménos insensibles parece que
eran, y que no les rebosaba mucho el cuidado, de la dilatacion de la
fe por estas tierras y gentes dellas, ni su celo, pues no tenian el
ojo á otro hito sino á que gastaban los Reyes y no recibian provecho,
faltándoles consideracion de aquestas tierras y gentes, no para
esquilmar el oro y riquezas temporales dellas, sino para divulgar
el divino nombre, y convertir todas estas racionales ánimas de que
están llenas, y las habia puesto Dios y su Iglesia en las manos de
los católicos Reyes, y esto bien lo sentia y lloraba el Almirante.
Y con razon, de los tales émulos tenia grande queja, y, como aquel
que tantos sudores y trabajos le habia costado y costaba de presente
aqueste mundo nuevo que descubria, y habia descubierto, y juntamente la
buena intincion que en todo ello tenia; por lo cual todo le daba Dios
claro cognoscimiento para que acertase en lo que estaba por venir, como
hombre de gran prudencia, pues decia bien, «si que agora no se cognosce
lo que yo digo, verná tiempo que se contará por gran escelencia.» ¿Qué
se podrá contar en todo lo poblado del mundo, en este género, que se
iguale con lo sucedido y procedido en las Indias y de las Indias en
nuestros tiempos? lo cual, todo, ántes y despues de su descubrimiento,
era estimado por vanísimo é increible, pero, como dije, dábalo Dios á
cognoscer y á decir ántes que se cumpliese, al que, para lo principiar,
y mostrar, con el dedo habia elegido. El ejemplo que trae de los Reyes
de Portugal, que gastaron muchos dineros y gentes en el descubrimiento
y trato de Guinea, ántes que della hobiesen provecho, verdad es; pero
de las ganancias que de allí ha habido y hoy hay, ruego yo á Dios
que no tenga yo parte ni quien bien ó mal me quiera. En aquello que
dice que fuera grandísima grandeza atajar (pone atajar por señalar ó
reservar), alguna renta en España para que se gastase en esta empresa,
dice la mayor y más sustancial y prudente razon de cuantas ha dicho,
el fundamento de todo el bien y causa de evitar el mal, mayormente á
los principios, de todas estas Indias; porque si los católicos Reyes,
aunque siempre vivian con necesidad, situaran ó señalaran cierta renta
(que no era menester muy mucha), para que se gastara en la comunicacion
y contratacion cristiana, humana, pacífica y razonable de Castilla con
estas gentes, y no hobiera tanta priesa en los que les aconsejaban
que fueran riquezas á aquellos reinos, ó en estimar que debian ir
limpias de polvo y de paja, como si estos reinos, no por otra razon ni
título, sino solamente porque acaeció ser descubiertos, lo debieran
á aquellos, sin alguna duda los gastos que los Reyes hicieran, les
fueran, cuando ménos provecho en estas tierras hubo, recompensados, y
sobrepujara la recompensa, y poco á poco se fueran descubriendo las
grandes riquezas que en estas tierras habia, y se ganaran todas para
Castilla, ganadas primero las voluntades de los dueños dellas que con
antiguo derecho y justicia las poseian, y entrando por esta puerta, que
era la justa, verdadera y legítima, en estas tierras, estos reinos y
aquellos fueran felicísimos. Pero harto hicieron los católicos Reyes
teniendo consejeros, y los que en estos negocios entendian, tan ciegos,
en no desmamparar del todo la prosecucion de esta demanda, como ellos,
precipitándose inconsideradamente, les persuadian. Callo la ignorancia
ó la inadvertencia no muy saludable que tuvieron en no entender que
á estas naciones, solamente por ser hombres y gentiles, carecientes
de lumbre de nuestra católica fé, de precepto divino de la caridad el
celo y obra de darlos doctrina y convertirlos por la forma que Cristo
estableció, se les debia; con tal parecer y consejo fueran causa
que, con ninguna otra hazaña (puesto que fueron muchas y dignísimas
las suyas), dejaran los Reyes mayor memoria, ni la cristiandad tanto
placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrescentamiento, y la
Santísima Trinidad recibiera tanto servicio y contentamiento, como el
Almirante con sus sinceras palabras dice.



CAPÍTULO CXXXVIII.


Así que, para salir deste golfo dentro del cual estaba de tierra
por todas partes cercado, con el propósito ya dicho de salvar los
bastimentos que traia, que se le perdian, viniéndose á esta isla
Española, sábado, 11 de Agosto, al salir de la luna, levantó las
anclas, y tendió las velas y navegó hácia el leste, que es hácia donde
sale el sol (porque estaba en el rincon del rio Yuyaparí, como arriba
se dijo), para ir á salir, por entre la Punta de Paria y tierra firme,
que llamó la Punta ó cabo de la Playa, á la tierra isla de Gracia, y
entre el Cabo á que dijo cabo Boto de la isla de la Trinidad, como
parece arriba en el cap. 134. Llegó hasta un puerto muy bueno, que
llamó Puerto de Gatos, que está junto con la boca donde están las dos
isletas del Caracol y Delfin, entre los cabos de Lapa y cabo Boto; y
esto, domingo, 12 de Agosto, surgió cerca del dicho puerto, para por
la mañana salir por la dicha boca. Halló otro puerto cerca de allí,
donde envió á verlo la barca; era muy bueno; hallaron ciertas casas de
pescadores, y agua mucha y muy dulce, y púsole por nombre el Puerto
de las Cabañas; hallaron, dice, mirabolanos en la tierra; junto á la
mar, infinitas ostias pegadas á las ramas de los árboles que entran
en la mar, las bocas abiertas para recibir el rocío que cae de las
hojas, hasta que cae la gotera de que se engendran las piedras, segun
dice Plinio y alega al Vocabulario que se llama _Catholicon_; pero
ya queda dicho arriba en el cap. 136, que aquellas ostias no parece
que son de la especie que crian las perlas. Lúnes, 13 de Agosto, en
saliendo la luna, levantó las anclas de donde surgido estaba, y vino
hácia el cabo de la Playa, que es el de Paria, para salir al Norte
por la boca que llamó del Drago, por la siguiente causa y peligro en
que allí se vido; la boca del Drago, dice, que es un estrecho que
está entre la Punta de la Playa que es el fin de la isla de Gracia,
que como muchas veces está dicho, es la punta de la tierra firme y de
Paria, al Oriente, y entre el cabo Boto, que es el fin de la isla de la
Trinidad, al Poniente; dice, que habrá entre medias de los dos cabos
legua y media. Este debe ser pasadas cuatro isletas que dice haber
allí en medio, atravesadas, aunque agora no vemos más de dos, por las
cuales no debe haber salida, y sólo debe de quedar la angostura de la
legua y media para poder salir los navíos por ella, porque de la Punta
de la Lapa al cabo Boto cinco leguas hay, como en el cap. 134 dijimos.
Llegando á la dicha boca á la hora de tercia, halló una gran pelea
entre el agua dulce por salir á la mar, y el agua salada del mar por
entrar dentro en el golfo, y era tan recia y temerosa, que levantaba
una gran loma, como un cerro muy alto, y con esto traian un estruendo
y ruido ambas aguas, de Levante á Poniente, muy largo y espantoso, con
hilero de aguas, y tras uno venian cuatro hileros uno tras otro, que
hacian corrientes que peleaban; donde pensaron perecer, no ménos que
en la otra boca de la Sierpe del cabo del Arenal, cuando entraban en
el golfo. Fué doblado este peligro más que el otro, porque les calmó
el viento con que esperaban salir, y quisieran surgir, que les fuera
algun remedio, aunque no sin peligro por los combates de las aguas,
pero no hallaron fondo, porque era muy honda allí la mar; temieron,
calmado el viento, no les echase el agua dulce ó salada á dar en las
peñas con sus corrientes, donde no hubiesen algun remedio. Dicen, que
dijo aquí el Almirante, aunque no lo hallé escrito de su mano, como
hallé lo susodicho, que si de allí se escapaban, podian hacer cuenta
que se escapaban de la boca del drago, y por esto se le quedó este
nombre, y con razon. Plugo á la bondad de Dios que del mismo peligro
les salió la salud y liberacion, porque la misma agua dulce, venciendo
á la salada, echó sin sentir los navíos fuera, y así fueron puestos
en salvo; porque cuando Dios quiere que uno ó muchos sean de vida, el
agua les es medicina. Así que, salió, lúnes á 13 de Agosto, del dicho
golfo y de la boca del Drago, peligrosa. Dice que hay desde la primera
tierra de la Trinidad hasta el golfo que descubrieron los marineros que
invió en la carabela, donde vieron los rios y él no los creia, al cual
golfo llamó de las Perlas, y esto es al rincon de todo el golfo grande,
que nombró de la Ballena, donde tantos dias anduvo, de tierra cercado,
48 leguas; yo le añido que son buenas 50, como aparece de la carta del
marear. Salido del golfo y de la boca del Drago y su peligro, acuerda
de ir al Poniente por la costa abajo de la tierra firme, creyendo
todavía que era isla de Gracia, para emparajar en el derecho de dicho
golfo de las Perlas, Norte Sur, y rodearla y ver aquella abundancia
de agua tan grande, de dónde venia, y si procedia de rios, como los
marineros afirmaban, lo que él dice que no creia, porque ni el Ganjes,
ni el Euphrates, ni el Nilo, no ha oido que tanta agua dulce trajesen.
La razon que le movia era, porque no habia tierras tan grandes de donde
pudiesen nacer tan grandes rios, salvo, dice él, si esta no es tierra
firme; estas palabras son suyas. Por manera, que ya va sospechando que
es tierra firme la tierra de Gracia que él creia ser isla, pero era y
es, cierto, tierra firme, y los marineros habian dicho bien; de la cual
procedia tanto golpe de agua por los rios Yuyaparí y el otro que sale
cerca del que llamamos hoy Camarí, é otros que por allí deben salir.
Así que, yendo en busca de aquel golfo de las Perlas, donde salen los
dichos rios, creyendo de hallarlos rodeando la tierra, por estimar ser
isla y ver si habia entrada por allí, ó salida para el Sur, y si no
la hallase, dice, que afirmaria entónces que era rio, y que lo uno y
lo otro era gran maravilla, fué la costa abajo aquel lúnes hasta el
sol puesto. Vido que la tierra era llena de buenos puertos y tierra
altísima; por aquella costa abajo, vido muchas islas hácia el Norte y
muchos cabos en la tierra firme, á los cuales, todos, puso nombres: á
uno, cabo de Conchas; á otro, cabo Luengo; á otro, cabo de Sabor; á
otro, cabo Rico, tierra alta y muy hermosa; dice que en aquel camino
hay muchos puertos y golfos muy grandes que deben ser poblados, y
cuanto más iba al Poniente, via la tierra más llana y más hermosa. Al
salir de la boca, vido una isla, al Norte, que estaria de la boca 26
leguas, púsole nombre la isla de la Asuncion; vido otra isla y pusóle
la Concepcion, y á otras tres isletas juntas llamó los Testigos, y
estas, se llaman hoy así; á otra cabe ellas, llamó el Romero; á otras
isletas pequeñas, nombró las Guardias. Despues llegó cerca de la isla
Margarita, y llamóla Margarita, y á otra cerca della, puso nombre el
Martinet. Esta Margarita es una isla que tiene de luengo 15 leguas, y
de ancho cinco ó seis, y es muy verde y graciosa por de fuera, y por
dentro es harto buena, por lo cual está poblada; tiene cabe sí, á la
luenga, leste gueste, tres isletas, y dos detras dellas, Norte-Sur: el
Almirante no vido más de las tres, como iba de la parte del Sur de la
Margarita. Está seis ó siete leguas de la tierra firme, y por esto hace
un golfete entre ella y la tierra firme, y en medio del golfete están
dos isletas, leste gueste, que es de Levante á Poniente, junto la una
á la otra; la una se llama Coche, que quiere decir venado, y la otra
Cubagua, que es la que arriba en el cap. 136 dije, donde se han cogido
infinitas perlas. De manera, que el Almirante, aunque no sabia que en
aqueste golfete se criaban las perlas, parece que adivinó en llamarla
Margarita; estuvo muy cerca della, puesto que no lo expresa, porque
dice estaba nueve leguas de la isla Martinet, la cual estaba junto,
dice él, á la Margarita, de la parte del Norte, y dice junto, porque
como iba por la parte del Sur de la Margarita, parecia estar junto,
aunque estaba ocho ó nueve leguas: y esta es la isleta de la parte
del Norte, cercana á la Margarita, que agora se llama isla Blanca, y
dista las ocho ó nueve leguas de la Margarita, como dije; por aquí
parece que debia estar junto ó cerca de la Margarita, el Almirante, y
creo que, porque le faltó el viento, por allí surgió. Finalmente, de
todos los nombres que puso á islas y cabos de la tierra firme que tenia
por isla de Gracia, no han quedado ni se platican hoy sino la isla
de la Trinidad, y la boca del Drago, y los Testigos, y la Margarita.
Aquí andaba el Almirante muy malo de los ojos, de no dormir, porque
siempre, como andaba entre tantos peligros dentre islas, así lo tenia
de costumbre, y lo debe de tener cualquiera que trae cargos de navío,
por la mayor parte, como son pilotos, y dice, que más fatigado se vido
aquí que cuando descubrió la otra tierra firme, que es la isla de Cuba
(la cual áun pensaba que era tierra firme hasta agora), porque se
le cubrieron los ojos de sangre, y así eran por la mar sus trabajos
incomparables; por esta causa estuvo esta noche en la cama y luego
se halló más fuera en la mar de lo que se hallara si él velara, por
lo cual, no se descuidaba ni fiaba de los marineros, ni debe fiarse
de nadie el que es diligente y perfecto piloto, porque á su cuenta y
sobre su cabeza están todos los que van en la nao, y lo más propio y
necesario que al ejercicio de su oficio pertenece es velar y no dormir,
todo el tiempo que navega.



CAPÍTULO CXXXIX.


Parece haber andado el Almirante la costa abajo desde que salió de la
boca del Drago, ayer lúnes y hoy mártes, hasta 30 ó 40 leguas cuando
más, puesto que no lo dice, porque (como él se queja que no escrebia
todo lo que debia describir), no podia por andar por aquí tan malo;
y como via que la tierra iba muy extendida para abajo al Poniente, y
parecia más llana y más hermosa, y el golfo de las Perlas que quedaba
en la culata del golfo ó mar dulce, donde salia el rio de Yuyaparí, en
cuya busca iba, no tenia salida, la cual esperaba ver, creyendo que
esta tierra firme era isla, vino ya en cognoscimiento que tierra tan
grande no era isla, sino tierra firme, y, como hablando con los Reyes,
dice así: «Yo estoy creido que esta es tierra firme, grandísima, de
que hasta hoy no se ha sabido, y la razon me ayuda grandemente por
esto deste tan grande rio y mar, que es dulce, y despues me ayuda
el decir de Esdras en el libro IV, cap. 6.º, que dice que las seis
partes del mundo son de tierra enjuta, y la una de agua, el cual libro
aprueba Sant Ambrosio en su _Examenon_, y Sant Agustin sobre aquel
paso, _Morietur filius meus Christus_, como lo alega Francisco de
Mayrones, y despues desto me ayuda el decir de muchos indios caníbales
que yo he tomado otras veces, los cuales decian que al Austro dellos
era tierra firme, y entónces estaba yo en la isla de Guadalupe, y
tambien lo oí á otros de la isla de Sancta Cruz y la de Sant Juan, y
decian que habia mucho oro, y, como Vuestras Altezas saben, muy poco
ha que no se sabia otra tierra más de la que Ptolomeo escribió, y no
habia en mi tiempo quien creyese que se podia navegar de España á las
Indias, sobre lo cual anduve siete años en su corte, y no fueron pocos
los que entendieron en ello; y en fin, sólo el grandísimo corazon de
Vuestras Altezas lo hizo experimentar contra el parecer de cuantos
lo contradecian, y agora parece la verdad, y parecerá ántes de mucho
tiempo más larga: y, si esta es tierra firme, es cosa de admiracion, y
será entre todos los sabios, pues tan grande rio sale que haga una mar
dulce de 48 leguas.» Estas son sus palabras. Por manera, que la primera
razon que le persuadia ser tierra firme, la que llamó Sancta cuando
entró en el golfo por la boca de la Sierpe, cuando vido la Trinidad,
y la que despues llamó isla de Gracia, fué salir tanta agua dulce
que endulzaba tan grande golfo, y argüia muy bien, porque gran golpe
de agua ó rio muy grande no se puede congregar, si no es de muchas
fuentes, las muchas fuentes causan muchas quebradas, son causa de
muchos arroyos, hacen muchos rios chicos y despues se ayuntan grandes;
todo lo cual presupone necesariamente, grandísimo discurso y longura
de tierra. Esta parece que no puede ser isla por grande que sea, luego
parece que debe ser tierra firme; y era bonísima la conjetura por
este argumento. La segunda razon tomaba de la autoridad de Esdras,
que dice que las seis partes de la tierra quedaron enjutas, mandando
Dios que todas las aguas se encerrasen en un lugar, que es la mar, y
aquel testo dice así: _Et tertia die imperasti aquis congregari in
septima parte terræ, sex vero partes siccasti et conservasti_, etc.
Arguye, pues, así: la auctoridad de Esdras afirma ser las seis partes
del mundo tierra, y la una de agua; toda la tierra que sabemos parece
ser poca, segun la mar vemos tan grande; luego esta tierra debe ser
grande, más que isla, que llamamos firme para que concuerde con la
autoridad de Esdras, que tenga seis partes la tierra, respectivamente
comparadas á una que ha de tener el agua, y por esto no es mucho ni
difícil creer que esta sea tierra firme. No solamente el Almirante por
la autoridad de Esdras se movia y argüia ser la tierra seis veces más
grande que el agua, pero tambien doctísimos varones en todas ciencias
hacian lo mismo, y della argüian ser la mayor parte del mundo tierra
y habitable, contra Ptolomeo, que tuvo que solamente la sexta parte
del mundo era habitable, y las otras cinco partes estaban cubiertas de
agua, como parece en el libro de Ptolomeo, «De la disposicion de la
esfera,» y en el «Almagesto,» libro II; y de ellos es Pedro de Aliaco,
doctísimo varon en todas ciencias, el cual, en el libro _De imagine
mundi_, cap. 8.º, alega la dicha autoridad de Esdras, diciendo que
aquel libro los Santos tuvieron en reverencia, y por él las verdades
sagradas confirmaron. Estas son sus palabras. Desto dijimos en el
capítulo 6.º Lo mismo de Esdras alega Jacobo de Valencia, no poco docto
en cosmografía, en el Salmo CIII, sobre el verso _Hoc mare magnum et
spatiosum_, etc., probando que la tierra es seis veces mayor que la
mar. Puede alguno decir á la autoridad de Esdras, que aquel libro IV es
apócrifo y de ninguna autoridad, y á lo que dice Pedro de Aliaco, que
los Santos lo tuvieron en reverencia, no lo probara con San Jerónimo,
el cual, en la «Epístola contra Vigilancio,» dice que nunca aquel
libro leyó, porque no conviene tomar en las manos lo que la Iglesia
no recibe; estas son sus palabras. Sant Agustin, libro XVIII, cap. 36
_De Civitate_, no aprueba aquel lib. IV de Esdras, sino el III, cap.
3.º, diciendo que, por aventura, Esdras fué profeta en aquello que
dijo, «que la verdad es más fuerte y poderosa que el Rey é las mujeres
é el vino,» profetizando de Cristo, Nuestro Señor y Redentor, que es
la verdadera verdad. Esto es lo que dice Sant Agustin; que escribiendo
sobre aquellas palabras, _morietur filius meus Christus_, tratase de
Esdras y lo aprobase, no sé donde Francisco Mairones lo halló. Y aquel
lib. III tambien se pone por apócrifo, aunque no tanto como el IV, por
no tenerse por cierto que Esdras lo escribió; Sant Ambrosio, no en el
_Examenon_, como el Almirante dice, sino en el libro de _Bono mortis_,
cap. 10, contra los gentiles que creian morir las ánimas juntamente
con los cuerpos, parece aprobar tambien el IV, aunque da á entender
con alguna condicion, sobre aquel artículo de nuestra fé, que en el
tiempo del universal juicio, los muertos han, en sus cuerpos, propios,
de resucitar; el cual toca allí en el cap. 7.º, Esdras, hablando del
juicio, y que la tierra los ha de restituir á las ánimas: _Terra
reddet quæ in ea dormiunt et pulvis quæ in eo silentio habitant et
promptuaria reddent quæ in eis comendatæ sunt animæ et revelabitur
Altissimus super sedem judicii_, etc. Donde dice así Sant Ambrosio:
_Animarum autem superiora esse habitacula scriptura testimoniis valde
probatur, siquidem in Esdræ libris legimus, quod cum venerit judicii
dies reddet terra defunctorum corpora; et pulvis reddet eas quæ in
tumulis requiescunt reliquas mortuorum_. Et infra. _Sed Esdræ usus
sum scriptis ut cognoscant gentiles ea quæ in philosophiæ libris
mirantur translata de nostris_, etc.; en esto que Sant Ambrosio dice,
á la postre, usado he de los escritos de Esdras, porque cognoscan los
gentiles que, de lo que se admiran de nuestras Escripturas salió,
parece, algo, que si no fuera por confundirlos á ellos, lo de aquel
libro IV alegará, pero puédese decir que ni contra los gentiles lícito
era traer testimonio de lo que no tenia autoridad. Finalmente, aunque
aquel libro sea apócrifo, que es tanto como sospechoso de contener
algunos errores, no se sigue que no tenga algunas y muchas verdades,
como es aquella del final juicio, y aquella _morietur filius meus
Christus_; y así puede haber sido de la dicha autoridad, que la tierra
sea seis veces mayor que la mar, é por esta razon se puede muy bien en
esto alegar. Tuvo el Almirante otra razon para más se persuadir á que
esta era tierra firme: las nuevas que dice que le dieron los vecinos de
la isla de Guadalupe, y desta Española, y de la de Sant Juan.



CAPÍTULO CXL.


Por todo lo susodicho en los capítulos precedentes, asaz parece
manifiesto haber sido el primero el Almirante D. Cristóbal Colon,
por quien la divina Providencia tuvo por bien de descubrir aquesta
nuestra grande tierra firme, así como lo tomó por instrumento y eligió
por medio de que al mundo se mostrasen todas estas, tantos siglos,
encubiertas océanas Indias. Vídola, miércoles, 1.º dia de Agosto, un
dia despues que descubrió la isla de la Trinidad, año del nacimiento
de nuestra salud, Jesucristo, de 1498 años, á la cual llamó la isla
Santa, creyendo que era isla, desque comenzó á llegarse para entrar por
la boca que llamó de la Sierpe, en el golfo de la Ballena, que nombró,
que halló todo dulce, la cual boca hace la isla de la Trinidad, por
aquella parte, y la misma tierra firme que llamó Santa; y el viérnes
siguiente, que se contaron 3 dias del dicho mes de Agosto, descubrió la
Punta de Paria, que llamó la Punta de la Paria, á la cual, estimando
que tambien era isla, púsole nombre la isla de Gracia; como todo fuese
tierra firme, como por sus dias y horas arriba ha parecido, y hoy
más claramente, por la apariencia y vista de ojos, ser toda inmensa
tierra firme, parece. Y es bien aquí de considerar, la injusticia y
agravio que aquel Américo Vespucio parece haber hecho al Almirante,
ó los que imprimieron sus cuatro navegaciones, atribuyendo á sí, ó
no nombrando sino á sí sólo, el descubrimiento desta tierra firme;
y por esto todos los extranjeros que destas Indias en latin ó en su
lenguaje materno escriben, y pintan, ó hacen cartas ó mapas, llámanla
América, como descubierta y primero hallada por Américo. Porque como
Américo era latino y elocuente, supo encarecer el primer viaje que
hizo, y aplicarlo á sí mismo, como si fuera él por principal y Capitan
dél, habiendo ido por uno de los que fueron con el capitan Alonso de
Hojeda, del que arriba hemos hablado, ó por marinero, ó porque puso
como mercader alguna parte de dineros en el armada, mayormente cobró
autoridad y nombre por haber dirigido las navegaciones que hizo al rey
Renato, de Nápoles. Cierto, usurpan injustamente al Almirante la honra
y honor y privilegios, que, por ser el primero que con sus trabajos,
sudores y industria dió á España y al mundo el conocimiento desta
tierra firme, como lo habia dado de todas estas occidentales Indias;
merece, el cual privilegio y honor reservó la divina Providencia para
el Almirante D. Cristóbal Colon, y no para otro, y por esto nadie
debe presumir de se lo usurpar ni dar á sí ni á otro, sin agravio é
injusticia y pecado, cometida en el Almirante, y, por consiguiente, sin
ofensa de Dios.

Y porque esta verdad manifiesta sea, referiré aquí fielmente la noticia
verídica y no aficionada que dello tengo. Para entender esto, conviene
presuponer la partida de Sant Lúcar del Almirante para hacer este
viaje, que fué á 30 de Mayo del año 1498, como arriba queda dicho, y
llegó á las islas de Cabo Verde, á 27 de Junio; y vido la isla de la
Trinidad, mártes 31 dias de Julio, y luego, miércoles, 1.º de Agosto,
vido al Sur la tierra firme por la angostura de dos leguas, que hace
con la isla de la Trinidad, que llamó la boca de la Sierpe, y á la
tierra firme, creyendo que era isla, nombró la isla Sancta, y luego,
el viérnes siguiente, vido y descubrió á Paria, y llamóla isla de
Gracia, por creer que tambien era isla. Toda esta navegacion y la
figura y la pintura de la tierra, envió el Almirante á los Reyes. Esto
así supuesto, veamos cuando partió Américo Vespucio, y con quién,
para descubrir ó negociar en estas partes; para entendimiento de lo
cual, sepan los que esta Historia leyeren, que en este tiempo estaba
el susodicho Alonso de Hojeda en Castilla, y llegó la relacion deste
descubrimiento y la figura de la tierra que el Almirante envió luego
á los Reyes, lo cual todo venia á manos del Obispo D. Juan Rodriguez
de Fonseca, que ya creo que era Obispo de Palencia, que tenia cargo
de la expedicion y negocios destas Indias desde su principio, siendo
él Arcediano de Sevilla, como arriba queda asaz dicho. El dicho Alonso
de Hojeda era muy querido del Obispo, y como llegó la relacion del
Almirante y la pintura dicha, inclinóse Alonso de Hojeda ir á descubrir
más tierra por aquel mismo camino que el Almirante llevado habia,
porque, descubierto el hilo y en la mano puesto, fácil cosa es llegar
hasta el ovillo; ayudóle á ello haber él colegido de los avisos que
el Almirante procuraba saber de los indios, cuando con el Almirante
al primer viaje vino, que habia por estas tierras, y despues destas
islas, tierra firme; y como tuvo el favor y voluntad del Obispo,
buscó personas que le armasen algun navío ó navíos, porque á él no le
sobraban los dineros, y halló en Sevilla (y por ventura en el puerto
de Sancta María, y de allí partió para el dicho descubrimiento),
donde él era cognoscido, y porque por sus obras de hombre esforzado
valeroso era señalado, quien cuatro navíos le armase. Dánle los Reyes
sus provisiones é instrucciones y constitúyenle por Capitan para que
descubriese y rescatase oro y perlas y lo demas que hallase, dándoles
el quinto á los Reyes, y tratase de paz y amistad con las gentes adonde
llegar le acaeciese. Y así, el primero que despues del Almirante fué á
descubrir, no fué otro sino Alonso de Hojeda; y, los que llevó y quiso
llevar en su compañía, trabajó de llevar todas las personas que pudo,
marineros, y que más de las navegaciones destas tierras sabian, que
no eran otros sino los que habian venido y andado con el Almirante.
Estos fueron los principales, en aquel tiempo: uno dellos, Juan de la
Cossa, vizcaino, que vino con el Almirante cuando descubrió esta isla,
y despues fué tambien con él al descubrimiento de las islas de Cuba
y Jamáica, laboriosísimo viaje hasta entónces; llevó tambien Hojeda
consigo al piloto Bartolomé Roldan, que en esta ciudad de Sancto
Domingo fué muy nombrado y todos cognoscimos, el cual edificó desde
sus cimientos gran parte de las casas que se hicieron y son vivas en
las cuatro calles, y este habia venido con el Almirante en el viaje
primero, y despues tambien al descubrimiento de Paria y tierra firme;
trujo tambien Hojeda al dicho Américo, no sé si por piloto ó como
hombre entendido en las cosas de la mar y docto en cosmografía, porque
parece que el mismo Hojeda lo pone entre los pilotos que trujo consigo.
Y lo que creo y colijo del prólogo que hace al rey Renato de Nápoles
en el libro de sus «Cuatro navegaciones,» el dicho Américo, él era
mercader, y así lo confiesa; debia, por aventura, poner algunos dineros
en la armada de los cuatro navíos y tener parte en los provechos
que de allí se hubiesen, y aunque Américo encarama mucho que el rey
de Castilla hizo la armada y por su mandado iban á descubrir, no es
así, sino que se juntaban tres ó cuatro, ó diez que tenian algunos
dineros, y pedian y áun importunaban por licencia á los Reyes, para
ir á descubrir é granjear, procurando sus provechos é intereses. Así
que Hojeda, por traer la figura que el Almirante habia enviado, de
la tierra firme que habia descubierto, á los Reyes, y por pilotos á
los marineros que habian venido con el Almirante, vino á descubrir
é descubrió la parte que abajo, cap. 166, se dirá, de tierra firme.
Que haya ido Américo con Alonso de Hojeda, y Hojeda despues de haber
descubierto la tierra firme el Almirante, es cosa muy averiguada y
probada con muchos testigos, y por el mismo Alonso de Hojeda, el cual
fué presentado por el Fiscal por testigo en favor del fisco, cuando
el Almirante, D. Diego Colon, legítimo y primero sucesor del dicho
Almirante D. Cristóbal Colon, movió pleito al Rey por todo su Estado
de que habia su padre sido desposeido, y él lo estaba por esta causa;
el cual Alonso de Hojeda dice así en su dicho á la segunda pregunta,
por la cual era preguntado, ¿si sabia que el Almirante D. Cristóbal
Colon no habia descubierto en lo que agora llaman tierra firme, sino
una vez que tocó en la parte de la tierra que llaman Paria? etc.,
responde Hojeda, que el Almirante D. Cristóbal Colon tocó en la isla
de la Trinidad y pasó por entre la isla dicha y Boca del Drago, que es
Paria, é que vió la isla de la Margarita; preguntado ¿como lo sabe?
dijo, que lo sabe porque vió este testigo la figura que el dicho
Almirante envió á Castilla, el dicho tiempo, al Rey é Reina, nuestros
señores, de lo que habia descubierto, y porque este testigo luego vino
á descubrir y halló que era verdad lo que dicho tiene, que el dicho
Almirante descubrió; á la quinta pregunta, que contiene lo que el mismo
Hojeda habia descubierto desde Paria abajo, dice así Hojeda, que la
verdad desta pregunta es, que él vino á descubrir el primero despues
que el Almirante descubrió, y que él fué hácia el Mediodia de la tierra
firme, cuasi 200 leguas, y descendió despues hasta Paria y salió por
la Boca del Drago, y allí conoció que el Almirante habia estado en la
isla de la Trinidad, junto con la Boca del Drago; y abajo dice, que
este viaje, que este testigo hizo, trujo consigo á Juan de la Cossa y
á Américo Vespucio, é otros pilotos, etc. Esto dice Alonso de Hojeda,
entre otras cosas, en su dicho y deposicion; por manera, que quedan
averiguadas por el mismo Hojeda dos cosas: la una, que trujo á Américo
consigo, y la otra, que vino á descubrir por la tierra firme despues de
la haber descubierto el Almirante; y esta postrera está muy probada,
conviene á saber, que el Almirante haya sido el primero que descubrió á
Paria, y que en ella estuvo ántes que cristiano alguno llegase á ella
ni á parte alguna de toda la tierra firme, ni tuviese noticia de cosa
de ella, y esto tiene probado el Almirante, don Diego, su hijo, con
60 testigos de oidas y 25 de vista, como parece por el proceso deste
negocio y pleito, el cual yo he visto, y bien visto. Probó asimismo,
que por haber el dicho Almirante D. Cristóbal Colon descubierto estas
Indias é islas, y despues á Paria, que es la tierra firme, primero
que otro alguno, se atrevieron á ir á descubrir los otros que despues
dél fueron descubridores, y que creen y tienen por cierto, que nunca
hombre se moviera á ir á descubrir, ni las Indias ni parte de ellas se
descubrieran, si el Almirante descubierto no las hobiera. Esto prueba
con 16 testigos de oidas y con 41 que lo creen, y con 20 que lo saben,
y con 13 que afirman que descubrió primero que otro alguno, y que
por aquello lo creen; testifícalo tambien Pedro Martir en su primera
Década, capítulos 8.º y 9.º, al cual se le debe más crédito que á otro
ninguno de los que escribieron en latin, porque se halló en Castilla
por aquellos tiempos y hablaba con todos, y todos se holgaban de le dar
cuenta de lo que vian y hallaban, como á hombre de autoridad, y él que
tenia cuidado de preguntarlo, pues trataba de escribir, como dijimos
en el prólogo de la Historia. De haber llegado á Paria el Américo en
este su primer viaje, él mismo lo confiesa en su primera navegacion,
diciendo: _Et provincia ipsa Parias ab ipsis nuncupata est_. Despues
hizo tambien con el mismo Hojeda la segunda navegacion, como en el cap.
162 parecerá. Aquí es agora mucho de notar y ver claro el error que
cerca de Américo por el mundo hay, y digo así: que como ninguno ántes
del Almirante hobiese llegado ni visto á Paria, ni cosa de aquella
tierra, ni despues dél no llegó primero otro sino Hojeda, síguese, que
Américo, ó fué con Hojeda, ó despues dél; si fué con Hojeda, y Hojeda
despues del Almirante, y el Almirante partió de Sant Lúcar á 30 de
Mayo, y llegó á ver la Trinidad y la tierra firme postrero de Julio, y
primero y tercero de Agosto, como todo queda y es ya manifiesto, ¿como
con la verdad se compadece que Américo diga en su primera navegacion,
que partió de Cáliz á 20 de Mayo, año de nuestra salud, de 1497? Clara
parece la falsedad, y si fué de industria hecha, maldad grande fué, y
ya que no lo fuese, al ménos parécelo, pues muestra llevar diez dias de
ventaja en el mes al Almirante, cerca de la partida de Cáliz, porque
el Almirante partió de Sant Lúcar á 30 de Mayo, y Américo dice haber
partido de Cáliz á 20 del dicho mes, y usúrpale tambien un año, porque
el Almirante partió el año de 1498, y Américo finje que partió para
su primera navegacion el año de 97. Verdad es que parece haber habido
yerro y no malicia en esto, porque dice Américo que tardó en aquella su
primera navegacion diez y ocho meses, y al cabo della dice que tornó
á entrar de vuelta en Cáliz á 15 de Octubre, año de 499. Claro está,
que si partieran de Cáliz á 20 de Mayo, año de 497, que tardaran en el
viaje veintinueve meses; siete del año de 97 y todo el año de 98, y más
diez meses del año de 99. Tambien se pudo errar la péndola en poner el
año de 99 por el de 98 al fin, cuando trata de su vuelta á Castilla,
y, si así fuera, era cierta la malicia. Desta falsedad ó yerro de
péndola, ó lo que haya sido, y de saber bien, por buen estilo, relatar
y parlar y encarecer Américo sus cosas y navegacion, y callar el nombre
de su Capitan, que fué Hojeda, y no hacer más mencion que de sí mesmo,
y escribir al rey Renato, han tomado los escritores extranjeros de
nombrar la nuestra tierra firme América, como si Américo sólo, y no
otro con él, y ántes que todos la hobiera descubierto; parece, pues,
cuanta injusticia se hizo, si de industria se le usurpó lo que era
suyo, al Almirante D. Cristóbal Colon, y con cuanta razon al Almirante
D. Cristóbal Colon (despues de la bondad y providencia de Dios, que
para esto le eligió), este descubrimiento y todo lo sucedido á ello se
le debe, y como le pertenecia más á él, que se llamara la dicha tierra
firme Columba, de Colon ó Columbo que la descubrió, ó la tierra Sancta
ó de Gracia, que él mismo por nombre le puso, que no, de Américo,
denominarla América.



CAPÍTULO CXLI.


Tornando al Almirante, no podia quitar de su imaginacion la grandeza
de aquella agua dulce que halló y vido en aquel golfo de la Ballena,
entre la tierra firme y la isla de la Trinidad, y dándose á pensar
mucho en ello, y hallando sus razones, viene á parar en opinion que
hácia aquella parte debia estar el Paraíso terrenal. De las razones que
le movian, una era la grande templanza que andaba por aquella tierra
y mar donde andaba, estando tan cerca de la línea equinoccial, la
cual era juzgada de muchos autores como inhabitable, ó por habitable
con dificultad; ántes, por allí, estando el sol en el signo Leo, por
las mañanas hacia tanto frescor, que le sabia bien tomar un ropon
enforrado. Otra razon era, que hallaba que, pasando 100 leguas de las
islas de los Azores y en aquel paraje del Septentrion, al Austro,
nordesteaban una cuarta las agujas y más, y, con ellas yendo al
Poniente, iba creciendo la templanza y mediocridad de los tiempos
suaves, y juzgaba que la mar iba subiendo y los navíos alzándose hácia
el cielo suavemente; y la causa desta altura, dice ser la variedad
del círculo que describe la estrella del Norte con las Guardas, y
cuanto más van los navíos al Poniente, tanto más van alzándose, y
subirán más en alto y más diferencia habrá en las estrellas y en los
círculos dellas, segun dice. De aquí vino á concebir que el mundo no
era redondo, contra toda la machina comun de astrólogos y filósofos,
sino que el hemisferio que tenian Ptolomeo y los demas era redondo,
pero este otro de por acá, de que ellos no tuvieron noticia, no lo era
del todo, sino imaginábalo como media pera que tuviese el pezon alto,
ó como una teta de mujer en una pelota redonda, y que esta parte deste
pezon sea más alta y más propincua del aire y del cielo, y sea debajo
la equinoccial; y sobre aquel pezon, le parecia podia estar situado
el Paraíso terrenal, puesto que de allí, donde él estaba, estuviese
muy léjos. Daba otra razon: hallar, dice él, esta gente más blanca ó
ménos negra, y los cabellos largos y llanos, y gente más astuta y de
mayor ingenio, é no cobardes; y da razon de esta razon, porque cuando
en este viaje llegó en 20°, era la gente negra, y cuando á las islas
de Cabo Verde, más negra, y cuando á los 5°, en derecho la línea de la
Sierra Leona, muy más negra, pero cuando declinó hácia el Poniente y
llegó á la Trinidad y tierra firme, que creyó ser el cabo de Oriente,
por respecto del lugar donde estaba, donde acababan la tierra toda y
las islas, halló mucha templanza y serenidad, y por consiguiente, de
la manera que ha dicho la gente. Otra razon es, la multitud y grandeza
desta agua dulce del golfo de la Ballena, que tiene 48 leguas della,
la cual parece que podia venir de la fuente del Paraíso terrenal y
descender á este golfo, aunque viniese desde muy léjos, y deste golfo
nacer los cuatro rios Nilo, Tigre, Euphrates y Gánges, ó ir á ellos
por sus cataratas debajo de tierra y de la mar tambien. Ciertamente,
para estar este mundo destas Indias tan oculto y ser tan reciente su
descubrimiento, y ver las cosas tan nuevas que via, no es de maravillar
que el Almirante tanta, y de tan diversas y nuevas cosas, sospecha
imaginaciones y sentencia nueva tuviese. A lo que en la segunda razon
dijo, que yendo al Poniente iban los navíos alzándose, contradice lo
que el Filósofo dice en el II, de los «Mechaoros», cap. 1.º, conviene
á saber, que la tierra y la mar de Septentrion es más alta que la del
Austro, y pruébalo, porque las mares y corrientes dellas, que vienen
de aquellas partes, corren á otras mares más bajas, y de aquellas á
este Océano; y da dello otra señal, que aquella tierra es más alta,
porque los meteorológios, que quiere decir los estudiosos de las cosas
altas, creyeron que el sol no andaba por debajo de aquella tierra,
sino por cerca della, porque en el Septentrion los lugares de la
tierra son altos; esto es del Filósofo. A lo que el Almirante infiere,
que la tierra no es redonda, Aristóteles en el II, _De cœlo_, cap.
14, y Ptolomeo en su _Almagesto_, _dictione_ 5.ªœ, cap. 16, Plinio,
libro II, capítulos 66 y 67, y Alberto Magno, II, _De cœœlo_, tractado
III, capítulos 9, 10 y 11, y el autor de la «Esphera,» y comunmente
todos los más aprobados filósofos y astrólogos y matemáticos son en
contrario, lo cual se muestra y prueba por razones demostrativas que
no pueden por alguna manera negarse. Y una razon quiero aquí decir
que experimentamos en las Indias cada dia, y es, que cuando pasamos
por la latitud de los climas, que es del Norte ó Septentrion al Sur ó
Austro, por poco que andemos, descubrimos algunas estrellas que están
en aquella parte, y que perpétuamente no vemos y nunca vimos, y si
tornamos de Austro al Septentrion, por poco que á él nos acerquemos,
se nos descubren estrellas que nunca vimos, y esto parece, porque en
Egipto y en la isla de Chipre y en Persia, que están hácia el Mediodia
ó Austro, vénse muchas estrellas meridionales, las cuales no ven los
que están en el sétimo clima, y por el contrario, muchas ven aquestos
que los habitadores del Austro no ven ni verán jamás, estando en sus
tierras. Así parece arriba, cap. 128, donde hablando de la isla de la
Taprobana, dijimos, por sentencia de los antiguos, que no se vian los
Septentriones, que son las Osas Mayor y Menor, ni las Cabrillas. Esto
en ninguna manera podia ser si no fuese la tierra redonda, porque la
misma redondez y cuesta y lomo que hace, se interpone entre las vistas
nuestras y de los que están en aquellas partes, porque, sin duda, si
la tierra fuese llana, de igual superficie, como algunos hubieron,
grandes filósofos, y de los cristianos fué Lactancio en el libro de
_Falsa sapitia_, cap. 24, donde quiera que el hombre estuviese, y en
cualquiera parte de la tierra veria ambos á dos polos y todas las
estrellas que están cerca dellos. Esta razon es del Filósofo, en el
libro II, _De cœœœlo_, cap. 14, y Sancto Tomás, allí en la leccion
última, y de Alberto Magno, donde arriba, cap. 11, y del autor de
la«Esphera.» Ponen otra razon, de los eclipses, porque si la tierra
fuera llana, en la misma hora que apareciera el eclipse á los de
Oriente lo vieran los habitadores de Occidente, pero porque unos á
una y otros á otra lo ven, los de Occidente lo ven ántes y los de
Oriente despues, y por el contrario, porque primero les anochece á
estos que á aquellos, lo cual no seria sino por el lomo ó altor ó
embarazo que hace la tierra por ser redonda. Y ansí parece que el
Almirante no argüia bien, por aquellas razones, que la tierra no fuese
redonda, pero no es de maravillar, como viese tantas novedades, como
dice, y tan admirables; y, por ventura, se movia tambien por razon de
que no total y propia y perfectamente la tierra es esférica, de tal
manera como lo es la propia y perfecta figura esférica, de cuyo punto
medio, todas las líneas rectas que proceden y van á la superficie son
iguales, como una bola que sea perfectamente redonda, pero la figura
redonda es, que va ó se quiere asemejar á lo esférico, puesto que no
sea esférico perfectamente como lo sea una manzana, aunque se puede
decir redonda, pero no se dirá propiamente esférica; y esta es la
diferencia entre lo esférico y lo redondo, y así, la tierra se dice
redonda y no propiamente esférica. Esto parece que siente Plinio en el
cap. 66 del libro II, _Orbem certe dicimus terræ globum quem verticibus
includi fatemur. Neque absoluti orbis est forma in tanta montium
excelsitate tanta camporum planicie._ Las mismas palabras dice Beda en
el libro _De natura rerum_, cap. 46. En aquello que dice, no de forma
absoluta, da á entender, que absolutamente no es la tierra esférica,
sino con condicion, conviene á saber, si todas las partes de la tierra
juntamente se ayuntasen con el anchura de las líneas, de tal manera,
que las líneas vayan sobre toda la tierra en circuito, no descendiendo
á los llanos ni campos y montes, resultaria entonces un ayuntamiento
que seria de esférica figura; y porque el Almirante no ignoraba las
razones que los antiguos daban de la redondez de la tierra, segun él
dice aquí: «Yo siempre leí que el mundo, tierra y agua, era esférico,
y las autoridades y esperiencias que Ptolomeo y todos los otros que
escribieron deste sitio daban y amostraban para ello, así por eclipses
de la luna y otras demostraciones que hacen de Oriente hasta Occidente,
como de la elevacion del polo de Septentrion al Austro; agora ví tanta
deformidad, como ya dije, y por eso me puse á tener eso del mundo, y
fallé que no era redondo de la forma que escriben, salvo que es de
forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo que allí donde tiene
el pezon allí tiene más alto, etc.» Estas son sus palabras. Donde
muestra no ignorar en este caso lo que otros de la redondez de la
tierra sabian, así que, como esto supiese, tambien habria visto esto
que se dijo de Plinio, y con ello ayuntadas las mudanzas y novedades
maravillosas que en la mar y en la tierra veia, no parece que será
razon de imputarle á falta de saber porque dijese, que aunque sabia
afirmar los pasados ser la tierra redonda, que no ser del todo esférica
le parecia.



CAPÍTULO CXLII.


Cuanto á sospechar que podia ser que el Paraíso terrenal estuviera en
parte de aquella region, tampoco el Almirante opinaba fuera de razon,
supuestas las novedades y mudanzas que se le ofrecian, mayormente, la
templanza y suavidad de los aires, y la frescura, verdura y lindeza
de las arboledas, la disposicion graciosa y alegre de las tierras,
que cada pedazo dellas parece un paraíso, la muchedumbre y grandeza
impetuosa de tanta agua dulce, cosa tan nueva; la mansedumbre y bondad,
simplicidad, liberalidad, humana y afable conversacion, blancura y
compostura de la gente. De lo cual dice así: «La Sacra Escriptura
significa que Nuestro Señor hizo el Paraíso terrenal, y en él puso
el árbol de la vida, y dél sale una fuente de donde resultan en este
mundo cuatro rios principales, Ganges y Euphrates, Tígris y Nilo. Yo
no hallo ni jamás he hallado escritura de latinos ni de griegos que
certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso terrenal,
ni he visto en ninguna mapamundi, salvo situado con autoridad de
argumento; algunos le ponian allí donde son las fuentes del Nilo en
Etiopía, mas otros anduvieron todas estas tierras, y no hallaron
conformidad dello en la temperancia del cielo, en la altura hácia el
cielo, porque se pudiese comprender que era allí. Algunos gentiles
quisieron decir, por argumentos, que él era en las islas Fortunadas,
que son las Canarias, etc.; Sant Isidro, y Beda, y Strabon y el Maestro
de la «Historia escolástica,» y Sant Ambrosio, y Scoto, y todos los
santos teólogos conciertan que el Paraíso está en el Oriente. Ya dije
lo que yo hallaba deste hemisferio y de la hechura, y creo que si yo
pasara por debajo de la línea equinoccial, que en llegando allí, en
esto más alto, que hallara muy mayor temperancia y diversidad en las
estrellas y en las aguas, no porque yo crea que allí donde es el altura
del estremo sea navegable, ni agua, ni que se pueda subir allá, porque
creo que allí es el Paraíso terrenal, á donde no puede llegar nadie,
salvo por voluntad divina; y creo que esta tierra que agora mandaron
descubrir Vuestras Altezas, sea grandísima, y haya otras muchas en el
Austro, donde jamás se hobo noticia. Yo no tomo quel Paraíso terrenal
sea en forma de montaña alta, áspera, como el escribir dello nos
amuestra, salvo que sea en el colmo, allí donde dije la figura del
pezon de la pera, y que poco á poco, andando hácia allí desde muy
léjos, se va subiendo á él, y creo que pueda salir de allí esa agua,
bien que sea léjos, y venga á parar allí, de donde yo vengo, y faga
este lago. Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal, porque
el sitio es conforme á la opinion destos santos é sacros teólogos,
y asimismo las señales son muy conformes, que nunca jamás leí ni oí
que tanta cantidad de agua dulce fuese así, dentro é vecina de la
salada, y en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia; y si de
allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo
que se sepa en el mundo de rio tan grande y tan fondo.» Todas estas
son palabras del Almirante, con su humilde, y falto de la propiedad de
vocablos, estilo, como que en Castilla no habia nacido, por las cuales
no parece muy oscuro, el Almirante no ser poco experimentado en la
lectura divina y de historias antiguas y doctrina de santos doctores,
y de autores tambien profanos. Para mostrar de esto algo, y para que
se vea que no irracionablemente, sino con probables y razonables
motivos, podia opinar y sospechar, al ménos, estar por aquella tierra
firme, ó cerca, ó léjos della, la region donde está situado el Paraíso
terrenal, cuatro cosas cerca dello quiero aquí, declarando algunas
que toca el Almirante, decir: la una, lo que por los autores, de la
altura del Paraíso terrenal, se dice; la otra, en qué sitio region ó
parte de la tierra está, ó si en isla ó en tierra firme; la tercera,
de la grandeza ó tamaño y capacidad dél; la cuarta, de las calidades
(algunas, empero), que al propósito hacen, que tenia y hoy tiene.
Cerca de lo primero, esta es sentencia comun de todos los doctores, que
es el más alto lugar de la tierra, y así lo dice Damasceno, libro II,
cap. 2.º, _De ortodoxa fide: In Oriente quidem omni terra celsior_,
etc. Strabo, que fué hermano de Beda, sobre el «Génesis,» é pónese
en la glosa ordinaria, dice, que tan alto, que llega al cielo de la
Luna: _Locus remotissimus pertingens usque ad circulum Lunæ_, etc;
y el Maestro de las historias, en el cap. 13, sobre el «Génesis,»
afirma lo mismo; el Maestro de las Sciencias, en el II, distincion
17, lo refiere. Muchas sentencias y diversas, nacieron de la altura
del Paraíso, pero la verdadera es, que pues la Sagrada Escritura no
explica cuanta sea, ninguno puede naturalmente definirla, y por esto
lo que se ha de tener es, que tanta es su altura, cuanta convenia á
la buena y salubre vivienda de los hombres en el Paraíso; esta era la
templanza del lugar, que delectablemente allí se viviese, esto que ni
hubiese calor ni afligiese el frio, sino que estas calidades fuesen
reducidas á el medio, de donde procediese la sanidad, y las cosas que
allí hobiese no se corrompiesen, ó no fácilmente fuesen corrompidas. La
corrupcion se hace por la accion de la contrariedad, y, para impedir
esta contrariedad, necesario era no estar el Paraíso en lugar de accion
vehemente para causar contrariedad; y porque en el fuego hay extremo
de contrariedad, que es el gran calor, y en el aire tambien caliginoso
hay extremo de contrariedad, que es gran frio, y en la tierra, puesto
que no hay extremo de contrariedad, sino una mezcla de frio y calor por
la incidencia y reflexion de los rayos del sol, y por esta causa hay
alguna templanza, pero es poca, y es con accion de contrariedad, por
esta razon ni pudo ponerse el Paraíso terrenal que llegase al cielo
de la luna, porque el elemento del fuego que llega al cóncavo de la
luna quemara todas las cosas y á todo el Paraíso terrenal, ni tampoco
ponerse entre el aire turbio y caliginoso, por la mucha frialdad, que
todo tambien lo mortificara. En la tierra estuviera con ménos daño,
porque hay en ella un poco de templanza, pero todavía por la mucha
accion de contrariedad, muy presto en ella las cosas se corrompen,
porque este lugar de nuestra habitacion tiene el aire turbulento, por
los vapores y exhalaciones que salen de la tierra y del agua, por
lo cual no puede haber mucha sanidad en él. Fué, luego, necesario
dar tal sitio y lugar al Paraíso donde no hobiese alguna accion de
contrariedad, pero mayor y menor temperancia y serenidad; este lugar,
no es otro sino la tercera region del aire, que está luego sobre la del
aire caliginoso y turbio, porque allí hay poca accion de contrariedad,
la que basta para alguna generacion y corrupcion. Que este lugar se
pueda, como es dicho, persuadir el Paraíso donde esté situado, conviene
á saber, la tercera region del aire, parece así, porque otros montes
hay en la tierra que llegan hasta allí; uno es, aquel tan nombrado y
celebratísimo, y así admirable en altura, Olimpo, el cual es tan alto
que parece llegar al cielo, y por esta causa, entre los griegos, el
nombre del cielo y el del monte Olimpo, uno no más es, y así, la cumbre
dél, llaman las gentes de aquella tierra, cielo; dice Olimpo, cuasi
_olo lampus_, que quiere decir, cielo. Deste dice Sant Isidro, libro
XIV, cap. 8º, de las «Etimologías,» que Olimpo es un monte de Macedonia
demasiadamente alto, que las nubes se vean debajo dél; del cual canta
Virgilio: _Et nubes excesit Olimpus_, y así parece que aquel monte suba
sobre las nubes que están en la segunda region del aire, ó en el aire
caliginoso; y más, se dice, que todas las pasiones y turbulencias del
aire sobrepuje, por lo cual los filósofos que allí subian á contemplar
los sitios y cursos de las estrellas, no podian vivir en aquel monte
sino llevaban consigo esponjas con agua bien imbuidas y empapadas, de
las cuales chupando y atrayendo á sí el agua, dice que espesaban el
aire para lo atraer y poder respirar y vivir, porque por su sotileza
de aquel aire superior y puro, no se podia atraer para respirar ó
resollar, y así no podian los hombres vivir, ni las aves pudieran
allí volar, por no poder sostener el peso del cuerpo dellas; así lo
dice Sant Agustin sobre el _Genesi, ad literam_, cap. 14, en la obra
imperfecta. Esto se trata tambien en el libro _De propietatibus rerum_,
libro XIV, cap. 29, hablando del monte Olimpo, y alega al Maestro
de las Historias, y no señala en qué lugar. Y que este monte Olimpo
trascienda el aire caliginoso parece por un cierto argumento, porque
allí ni hay jamás viento ni lluvias, y estaba en él un templo dedicado
á Júpiter, donde, cuando se ofrecian los sacrificios, escribian
ciertas letras en la ceniza ó en el polvo, y cuando volvian otro año,
al tiempo de hacer las ceremonias de los sacrificios, se hallaban las
mismas letras en la ceniza, sin haberse deshecho, lo que no pudiera
ser si viento ó lluvia allí cayera; así lo toca Sant Agustin, donde
dije arriba, y más largo lo dice Solino en su Polistor, cap. 13, y
así parece que el monte Olimpo sobrepuja las impresiones del aire
caliginoso y oscuro, y por consiguiente, llega á la tercia region del
aire, que es toda serena, y con todo eso, no es tanta su altura que
no pudiesen subir á él los filósofos á especular y los sacerdotes á
ofrecer sacrificios. Y no solamente Olimpo, monte, sobrepuja las nubes,
pero tambien el monte Athos en Macedonia ó en Tracia, del cual dice
el mismo Solino en el cap 21, y Pomponio Mela, libro II, cap. 2.º,
que es más alto que el lugar de donde descienden las lluvias, y este
lugar es la media region del aire, de tal manera que: _capit opinio
fidem quod de aris quas in vertice sustinet, non abluitur cinis sed
quo relinquitur aggere manet_. Y tiene otra cosa que se tiene por una
de las maravillas del mundo, que llega con su sombra hasta la isla
Lemno, una de las del Archipiélago, que está dél 86 millas, que son más
de 28 leguas. _Quod non frustra inter miracula notaverunt cum Athos
Lemno sex et octoginta millibus pasuum separaretur._ Lo mismo dice Sant
Isidro, libro XIV, cap. 8.º de las «Etimologías». Y, cierto, la isla
de Tenerife en las Canarias, y la isla del Pico en las de los Azores,
no creo que son muy ménos altas que las dichas, como quiera que las
veamos, á lo ménos la del Pico, 40 leguas en la mar, y mucho más alta
la cumbre dellas que las nubes, y que parecen por debajo dél. Pues si
estas sierras ó montes ya dichos llegan á la tercera region del aire,
que es toda serena y suave, no es difícil cosa de creer y conceder que
el Paraíso terrenal suba encima de los vientos y de las lluvias en la
region tercera del aire, al cual, con más razon podemos dar mayor
altura que á los montes comunes de que ya tenemos cierta noticia.
Finalmente, es de concluir que el Paraíso terrenal está en lo más
alto de toda la tierra, y sobrepuja todos los otros altos montes por
altos que sean, donde las aguas del Diluvio no pudieron llegar, ó por
su altura, ó porque no convino que llegasen, las cuales sobrepujaron
15 codos á todos los más altos, parece. _Génesis_, 7. Pues trayendo
lo dicho al propósito, como el Almirante considerase la tierra no ser
esférica del todo, como ya se probó, y la necesidad del lugar ó altura
del Paraíso, pudo imaginar el dicho monte ó lugar ser como el pezon de
la pera, como lo más alto de toda la tierra, puesto que la semejanza de
las cosas en todas las particularidades no se pueda ni deba guardar,
porque de otra manera, una cosa no seria semejante á otra sino ella
misma.



CAPÍTULO CXLIII.


Cuanto á lo segundo que propuse decir, en qué sitio ó region ó parte de
la tierra, ó si en isla ó tierra firme, puesto sea el Paraíso terrenal,
decimos: que en qué lugar ó debajo de qué parte del cielo sea su
sitio, cierta, determinada y precisamente, nadie de los que vivimos y
vivieron ántes de nos, miéntras vivian, ni lo sabemos ni lo supieron,
sino fuesen aquellos á quien la divina voluntad quiso revelarlo, porque
la Escritura divina no lo declara. Y por esta causa de incertidumbre,
hubo diversas opiniones, no sólo entre gentiles, pero tambien entre
católicos. Lo que la Escritura Sancta dice, es esto: _Plantaverat auten
dominus Deus Paradisum voluptatis, à principio_ «Génesis. II.» Algunos
exponen _à principio_, por en el Oriente, porque de allí comienza el
movimiento del cielo que primero se mueve, ó que se llama _primum
mobile_. De aquí entienden que el Paraíso sea situado en Oriente, y
así lo dice Sant Isidro, cap. 3.º del libro XIV, de las «Etimologías:»
_Paradisus est locus in Orientis partibus constitutus, cujus vocabulum
ex græco in latinum vertitur, hortus. Porro hebraice Edem dicitur,
quod in nostra lingua delitiæ interpretatur, quod utrumque junctum
facit hortum delitiarum_, etc. San Juan Damasceno, _De ortodoxa fide_,
libro II, cap. 2.º, _inter cetera_, dice: _Hic locus divinus est
Paradisus, Dei manibus in Edem, id est delitiis el voluptate, plantatus
in Oriente quidem omni terra celsior_, etc. La «Historia scolástica,»
en el cap. 13, sobre el Génesis: _Plantavit Deus Paradisum herbis
et arboribus insitum, à principio creationis, scilicet cum aparuit
árida, et germinare terram fecit. Vel à principio id est à prima orbis
parte unde alia translatio habet Paradisum. In Edem ad Orientem. In
Edem, id est delitiis: à principio id est ad Orientem est autem locus
amenissimus longo terræ et maris tractu á nostra habitabili zona
secretus_, etc. Strabo tambien á lo mismo concuerda: _Paradisus est
locus in Oriente positus, interjecto Oceano et montibus appositis,
à regionibus quas incolunt homines secretus et remotissimus._ Lo
mismo afirma Josefo, libro I, cap. 2.º, _De Antiquitatibus_: _Dicit
autem etiam Deum plantasse ad Orientem Paradisum_, etc. Todas estas
sentencias pretenden ser su asiento en las partes de Oriente, y ser
secretísimo y apartado de toda poblacion de hombres por mucha lejura
de tierra y de mar que esté en medio. Sancto Tomás dice en la primera
parte, cuestion CII, art. 1.º, y en otros lugares, que convenientemente
se afirma estar puesto el Paraíso terrenal en el Oriente, porque es de
creer que en el más notable lugar de la tierra esté situado, y este es
el Oriente, como sea la diestra parte del cielo, segun el Filósofo,
en el libro II, _De cœœœlo et mundo_, y la diestra es más noble que
la siniestra, y así, fué cosa conveniente que Dios allí lo pusiese.
Estas son palabras de Sancto Tomás. Cerca de este punto es de notar,
que, en cualquiera sitio que el Paraíso esté, se puede entender estar
al Oriente; la razon es, porque cualquiera punto en la tierra se puede
entender estar al Oriente, por respecto y en comparacion del cielo,
ó por respecto de diversos sitios de la tierra, sino es por respecto
de los dos polos, por ser inmovibles ó movibles; y por eso, por decir
estar al Oriente, no por eso se determina cierto y preciso lugar de la
tierra en que tenga su sitio el Paraíso. Otros hobo que tuvieron por
opinion que estaba el Paraíso terrenal en alguna parte del Occidente,
y este fué error de los gentiles que siguieron los versos y ficciones
de los poetas, los cuales afirmaron estar en las islas de Canaria,
por lo cual las llamaron Fortunadas y Bienaventuradas, cuasi diciendo
que los que en ellas vivian eran felices y bienaventurados. Así lo
testifica Sant Isidro en el libro XIV, cap. 6.º, de las Etimologias:
_Fortunatarum insulæ vocabulo suo significant omnia fere bona quasi
felices et beatæ fructuum ubertate: sua enim natura pretiosarum poma
silvarum parturiunt, fortuniis vitibus juga colium vestiuntur. Ad
herbarum vicem messis et olus vulgo est, unde gentilium error et
secularium carmina poetarum, propter soli fecunditatem, easdem esse
Paradissum putaverunt_, etc. Estas son sus palabras. Hesiodus, poeta
que segun Plinio, en principio del libro XIV de la «Natural Historia,»
fué el primero que dió preceptos ó reglas de agricultura, hace mencion
que en las islas Canarias estaba el Paraíso, que llamaban los gentiles
los Campos Elíseos, como arriba en el capítulo 20 largamente dijimos.
Strabo, en el principio de su «Geografía,» hace la misma mencion destas
islas Canarias, y tambien que en España, por su fertilidad, ponia
Homero y tambien Platon los dichos Campos Elíseos, que llamamos el
Paraíso. Pero podrá preguntar alguno, ¿como adivinaban los gentiles
nuestro Paraíso por la suavidad y amenidad ó templanza y aspecto
favorable de los cielos, que trataban de los Campos Elíseos, donde
creian ir las ánimas de los que en esta vida justamente vivian?
Responde Gregorio Nacianceno, en la oracion octava sobre la muerte de
Sant Basilio y Eusebio, en el libro XII _De Evangelica preparatione_,
que los griegos, y señaladamente Platon, aquello y otras muchas cosas
tomaron de los libros de Moisén y de nuestra antigua Sagrada Escritura.
_Sapientes (inquit Gregorius), qui fuissent in Eliseos Campos receptos
aserebant terram sicilicet inmortalem, quo nomine appellabant
nostrum Paradisum ex Mosaicis libris edocti: licet in apellando eo
discreparent, Campum Elisium vel pratum herbosum illum vocantes_, etc.
Pero dejado el lugar ó el sitio del Paraíso que aquestos decian, gran
diferencia es la que hay entre la felicidad del Paraíso á las islas
de Canaria, que llamaban Fortunadas, porque aunque muchas cualidades
se cuentan por los antiguos dellas, fué por la gran licencia que los
poetas se tomaron de fingir muchas más de las que en la verdad eran; lo
cual se averigua, lo uno, por lo poco que las alaba de bienaventuradas
Solino en el capítulo último de su Polistor, donde dice, que mucho
más dice la fama que por sus nombres en la verdad tienen: _De harum
nominibus expectari magnum mirum iror, sed infra famam vocabuli res
est_, y referidas algunas buenas calidades suyas, dice al cabo:
_Ideoque non penitus ad nuncupationem suam congruere insularum
calitatem_. Y así, no son aquellas islas del nombre de Paraíso dignas,
y por esto parece claro, los muy antiguos ninguna noticia haber tenido
destas Indias sino fuese atinando, porque, si la tuvieran, con muy
mayor razon pusieran en ellas los Campos Elíseos que en las islas
de Canaria, ni en España, pues es manifiesta la ventaja, como cien
mil partes á una, que á todas las del mundo, en felicidad, templanza
de aires, aspecto de los cielos, aguas, frutas, frescura, suelo,
disposicion de la misma tierra y otras naturales riquezas hacen estas
Indias, como arriba en muchos capítulos ha parecido, y es harto buen
argumento; y porque allí, donde el Almirante andaba, era maravillosa la
frescura y temperancia de aires, y alegría de la tierra, cielo, aguas y
arboledas, que por los ojos via, no era mucho que por allí concibiese,
aunque habia navegado hácia el Poniente (puesto que tambien sentia ser
el fin de Oriente), estar, no los Campos Elíseos como los gentiles,
sino, como católico, el terrenal Paraíso.



CAPÍTULO CXLIV.


Fueron algunos otros que tuvieron opinion que estaba el Paraíso
terrenal debajo de la línea ó en la línea equinoccial, y, para
prueba dello, señalaban algunas razones: una era, porque, segun
muchos filósofos, aquel lugar es temperatísimo por las razones que
al principio el Almirante propuso ante los Reyes católicos, probando
ser posible el descubrimiento deste orbe, las cuales pusimos en los
capítulos 6.º y 7.º, y la verdad desta temperancia, cierto, más vemos
por nuestros ojos que podemos leer en ningunos libros. Pues como el
Paraíso haya de tener el más templado y felice lugar que se pueda
hallar en la tierra, segun que arriba se ha visto, parecíales que
allí debia estar situado el Paraíso terrenal, y confírmase por esta
razon, y sea la segunda, porque en la línea equinoccial, ó cerca
della, entre los trópicos, que se llama, segun Virgilio en el primero
de las «Georgicas,» y Sant Jerónimo en la _Epistola ad Paulinum_, al
principio, la Mesa del sol, está la ciudad de los filósofos, nombrada
Arim, y otros lugares cuyos habitadores todos, por la mayor parte,
se ocupan en ciencia de astrología y en especular los secretos de
las cosas naturales; pues como, para entender y ejercitarse en esta
especulacion y estudio, se requiriese vivir ó habitar en lugar suave
y templado, ajeno de las perturbaciones é inquietudes que causan el
excesivo frio y calor, como en el capítulo 142, hablando del monte
Olimpo, se dijo, por esto les parecia que por aquella region debia de
estar el Paraíso; y porque el Almirante habia ejercitado estas antiguas
lecturas, y se via 5° de la línea equinoccial, y con tan maravillosa
frescura, verdura, templanza, y tan sensible serenidad, pudo no sin
mucha causa ser movido, al ménos, á sospechar que aquella tierra de
Paria ó cerca della debia estar el Paraíso terrenal. Dícese allí la
Mesa del sol, por una manera de metáfora, porque los filósofos, como en
mesa de dulces manjares, se mantenian y recreaban del suave y deleitoso
manjar de la sabiduría y ciencia de filosofía, penetrando y entendiendo
los secretos, por ella, de los movimientos é influencias y virtudes de
los cielos y estrellas, y de las otras cosas naturales; pero, en el
sentido literal, la Mesa del sol se dice y dijo, porque en Etiopía,
cerca de la isla Meroc, que hace el rio Nilo, la cual está cerca de la
línea equinoccial, donde viven la gente que se llaman macrobios, gente
amicísima de justicia, de verdad y de virtud, y que se adornan con
joyas hechas de cobre, y las prisiones á los delincuentes hacen de oro,
por tener en ménos estima el oro quel cobre, hay un prado ó campo en el
cual de noche, los que gobiernan, mandan proveer y hinchir de muchas y
diversas carnes asadas, en suma y grande abundancia, y, salido el sol,
cada uno de los que quiere van á él y toman lo que dellas quieren, á
su voluntad; piensan los ignorantes pueblos, que divinalmente aquello
se les provee y nasce en aquel campo, y porque adoran al sol, llaman
la Mesa del sol, estimando que el sol se lo provee. De aquí salió
entre los antiguos este proverbio ó refran, que á toda abundancia ó
provision copiosa de comida, ó cuando los ricos daban en sus casas bien
de comer á los menesterosos, llamaban Mesa del sol. Por esto la llama
Sant Jerónimo, donde dije arriba, _Famosissimam solis mensam_. Della
hace mencion Herodoto en el libro III de su «Historia,» y Pomponio
Mela, libro III, cap. 10, y Solino, cap. 43. Por ver á esta Mesa del
sol envió Embajadores Cambises, rey de Persia, al rey de Etiopía,
diciendo que la deseaba ver como cosa tan maravillosa; pero hacíalo por
usurpar aquel señorío de Etiopía; el cual enviando sus Embajadores,
más por espías para especular la tierra por dónde habia de entrar con
su ejército, que con embajada, dióles muchos dones, ciertas vestiduras
de carmesí, é collar de oro y ajorcas, que usaban los hombres en
aquellos tiempos, y un alabastro de ungüento, y vino de Fenicia, muy
precioso, que le presentasen de su parte y dijesen así: «Cambises,
Rey de los persas, deseando ser tu amigo, querria tambien ser huesped
tuyo; nos ha enviado y mandado que vengamos á te hablar de su parte,
y te presentásemos estos dones, los cuales él tenia por muy preciosos
y usa dellos como en cosa de que él se deleita, y porque te ama quiso
con ellos agradarte.» Pero el rey de Etiopía, entendiendo que más por
escudriñarle su reino, para usurpárselo los enviaba, respondióles:
«Vuestro señor, el Rey de los persas, ni os envia porque él tenga
en mucho ser mi huesped, ni vosotros decís verdad, porque no venís
sino á especular nuestro imperio, ni vuestro Rey, que os envia, es
bueno ni justo, porque, si justo fuese, no desearia usurpar el reino
y region ajena, sino estaria con la suya contento, ni á los hombres
que mal nunca le hicieron querria poner en servidumbre, y por tanto,
vosotros tomad este arco y decidle: «El rey de Etiopía da este consejo
al Rey de los persas, que cuando los persas trujeren tan fácilmente
sus arcos, tan grandes como este, entónces con mayores ejércitos mueva
guerra contra los macrobios etiopes, y, entretanto, haga gracias á
los dioses que no inspiran ni mueven á los hijos de los etiopes, que,
fuera de la suya, cudicien adquirir otra region.» Y dicho esto, dióles
el arco. Y esto decia, porque eran todos aquellos macrobios hombres
de gran estatura, y los arcos usaban muy gruesos y grandes, y el Rey
siempre era elegido el que era mayor de cuerpo. Tomó la vestidura de
púrpura, y sabido que con sangre de ciertas conchas se teñia, dijo:
«Los hombres dolosos engañadores, de dolosos y engañosos vestidos se
visten.» Preguntado para qué eran aquellas ajorcas y collar de oro,
y respondido que para atavío de los Reyes, rióse creyendo que eran
prisiones, y dijo: «Más fuertes son las prisiones de mis cárceles.»
Preguntado por el ungüento, y le dijesen que de ciertas confecturas se
hacia, dijo lo mismo que de la púrpura; cuando vinieron al vino gustólo
y maravillosamente se deleitó. Preguntó qué cosas tenia por manjares
su Rey, y qué tanto vivian en su tierra los hombres; respondiéronle
que comian pan de trigo, dándole á entender qué era y como se hacia,
y que á lo más que llegaba la vida eran ochenta años; respondió: «No
es maravilla, pues comen estiércol, que vivan tan poco.» Preguntado
el Rey por los Embajadores, que tantos vivian los hombres en aquel su
reino, respondió, que ciento y veinte años, y más, porque no comian
otra cosa sino carne cocida y bebian leche. Finalmente, tornados los
Embajadores al rey Cambises, y sabida la respuesta, hecho furibundo
y sin considerar lo que debiera hacer, junta grande ejército para
ir contra el rey de Etiopía, que mal nunca le habia hecho; y, no
proveyendo los mantenimientos necesarios, ántes que la quinta parte del
camino anduviese, pasando por dificultosísimos lugares, acabáronseles
las talegas; comenzó el ejército á comer hierba, y él no por eso dejó
el camino hasta que llegaron á ciertos arenales, donde faltándole del
todo la comida, acuerda el ejército de echar suertes sobre que de cada
diez uno, dellos mismos, se comiesen. Oido por Cambises, acuerda de
tornarse, habiendo muchos del ejército perecido. Vuelto á Thebas y de
allí á Memphis, ciudad de Egipto, envió por la mar otro grande ejército
contra los etiopes, que nunca le habian, como dicho es, ofendido,
adonde hizo desatinos, y al cabo, allí, con rabia de no haber con su
locura salido, del todo perdió el seso. Todo esto cuenta Herodoto en
su libro III. Esto hemos referido por ocasion de la Mesa del sol que
dijimos. De otra manera, y por otros efectos hablan los astrólogos y
astrónomos de la Mesa del sol, y es esta: que partiendo y dividiendo la
tierra toda en tres partes, la una es la parte austral, la segunda la
aquilonar, la tercera la Mesa del sol. Todo lo que hay de tierra de esa
parte del trópico de Capricornio hiemal, nombran austral; toda la parte
que hay desta de trópico de Cancro estival, aquilonar; y todo lo que se
contiene entre ambos á dos trópicos, llamaron la Mesa del sol; la razon
es, porque el sol no sale de entre los dos trópicos, y entre ambos,
cada dia natural de veinticuatro horas de Oriente á Poniente, por el
movimiento del primer movible, parece que se apascienta y recrea como
en una mesa; y en seis meses del año, con el movimiento propio, ándase
del trópico hiemal al estival, y los otros seis meses del estival al
hiemal; y así, por una manera de metáfora, llaman todo aquel aspacio
de tierra de entre ambos trópicos la Mesa del sol, como dicho es. La
tercera razon, que los que afirmaban estar el Paraíso en la línea
equinoccial daban, colegian de los nascimientos del rio Nilo, arguyendo
así: cierto es que el rio Nilo es Gion, uno de los cuatro que salen del
Paraíso, pues vemos que este rio aparece y mana teniendo sus principios
y fuentes de la etiopal, cerca de la línea equinoccial, el cual cerca
toda la tierra de Etiopía, como dice la Escritura «Génesis» cap. 2.º, y
despues allí riega la tierra de Egipto; luego señal es que debe allí,
ó cerca de allí (conviene á saber, de la línea equinoccial), estar el
Paraíso terrenal, y parece venir derecho camino de hácia allá. Destas
tres razones aquí dichas, que alegan los que afirman estar el Paraíso
en la línea equinoccial, las dos, primera y tercera, refiere, con
aquellos, Sancto Tomás en el segundo escripto sobre las «Sentencias,»
distincion 17, cuestion 3.ª, art. 2.º _In corpore_. Y aunque la razon
postrera parece que arguye, con alguna sospecha, que por allí estará
el Paraíso, por aparecer Nilo cerca de la equinoccial, pero no es muy
eficaz; la razon es, porque muchos rios hay é fuentes que nacen en unas
tierras y islas, y viénense á tornar á nacer á otras, aunque ellas
estén muy apartadas, y entre ellas haya mucha distancia de tierra ó
de mar, porque si la distancia es de tierra, puede venir, é de hecho
viene, el agua por venas y soterráneos ocultos de la tierra, y en unas
tierras aparecen, y en otras se sumen y corren sin verse ni sentirse,
y en otras parece que de nuevo nacen, como si allí fuese su primer
orígen; y si la distancia tambien es de mar, lo mismo acaece, porque
viene, ó por los caminos soterráneos de la tierra que está debajo de la
mar, ó por encima de la misma agua salada, porque el agua dulce anda
siempre por encima de la salada por ser más liviana, y va su camino,
y si algo toma de lo salobre, despues, pasando por las venas de la
tierra, se torna á endulzorar. Desto un asaz patente ejemplo tenemos
del rio Alpheo, que su fuente y nascimiento es en la Peloponense,
provincia de Grecia, que se solia llamar Acaya, donde predicó Sant
Andrés, agora se llama la Morea, y está entre dos mares Jonio y Egeo,
cuasi como isla, de allí corre aquel rio Alpheo y va por la ciudad de
Elide y por la de Pisa, ciudad de Arcadia; de allí se sume y va mucho
camino por debajo la tierra, despues por debajo de la mar por grandes
honduras, como son las del Archipiélago, y va á salir en la isla
Oritigia, que tambien se llama Délos, la principal del Archipiélago,
en manera de fuente, como si allí tuviese su primer nascimiento;
despues deja á la Grecia, y va por debajo de la mar y sale por la
fuente Aretusa, muy nombrada, que está en la isla de Cecilia, cerca
de la ciudad Siracusana, y de allí entra en la mar, lo cual es cosa
admirable. Esto se experimenta echando pajas ó otra cosa liviana en
el principio y fuente del rio Alpheo, que es en Grecia, viene á salir
por la dicha fuente Aretusa, en Sicilia. Así lo cuenta Virgilio en el
III de las «Eneidas,» _Alpheum fama est Elidis amnen ocultas egisse
vias subter mare; qui nunc ore Arethusa tuo confunditur undis_, y en
el VII de «Las Bucólicas,» en la égloga última; y Ovidio, en el V de
_Metamorphoseos_, al fin, y Strabo en el libro VIII, y Séneca tambien
en el libro V de las «Cuestiones naturales.» Lo mismo y más eficazmente
se prueba por los rios Tigris y Euphrates que salen del Paraíso
terrenal, los cuales no se nos manifiestan luego como salen, ántes,
por debajo de tierra y por mar, con luengo discurso, y no salen hasta
la region de Armenia, donde ambos juntos se muestran por una fuente,
como si allí fuese su primer principio, y de allí luego se dividen, y
el Tigris va más al Oriente, hácia los Asirios, y Euphrates hácia los
Caldeos; desto hace mencion Salustio y Boecio, libro V, metro primero,
_De consolatione_: _Tigris et Euphrates uno se fonte resolvunt et mox
adjunctis disociantur aquis; si coeant cursumque iterum revocentur in
unum, confluat alterni quod trahit unda vadi_, etc. Y Sant Agustin,
libro IX, cap. 6.º, sobre _Genesim ad literam_. Lo mismo parece del
mismo rio Nilo, que en muchas partes se encierra y en muchas aparece, y
nunca se ha podido tener certidumbre dónde sea su nacimiento, despues
de que sale del Paraíso, segun arriba se ha visto. De todo lo dicho se
sigue, que podrá estar el Paraíso en alguna isla cercada de mar, porque
ninguna razon repugna, ántes parece apuntarse por el dicho de Strabo, y
que dicen, que, _interjecto Oceano et montibus appositis_, etc., estar
cercado de mar, y así ser isla; pero que sea en isla, ó esté situado en
tierra firme, ni se ha sabido ni se puede saber, si Dios, que lo asentó
en su lugar, no lo revela.

Tambien hace á la prueba de lo arriba dicho, lo que refiere Sant
Anselmo en el libro I, cap. 22, _De imagine mundi_, concuerda Sant
Augustin, sobre _Genesim ad literam_, libro V, cap. 10, el cual dice,
que el agua, de todas las fuentes y rios del mundo, dulce, de la fuente
y cuatro rios del Paraíso procede, y que al abismo, que es la madre de
donde la dicha fuente nasce, otra vez se torna; la cual, puesto que por
todos los mares ande, no, empero, con el agua de la mar se mezcla, sino
que como el agua dulce sea liviana, corre por encima de la salada, que
es pesada, y por el discurso suyo, secreto, se torna; de aquí es lo que
se dice _Ecclesiastes I_: _Ad locum unde exeunt flumina revertuntur ut
iterum fluant: omnia flumina intrant in mare et mare non redundat_. Y
así parece, que la postrera de las tres razones que traen para probar
que el Paraíso terrenal está en la línea equinoccial, por nacer por
allí cerca el rio Nilo, no urge mucho, puesto que podria estar so ella.
Desta opinion hace mencion Sancto Tomás, primera parte, cuestion 102,
art. 2.º, _in fine_, donde dice: _Quidquid autem de hoc sit credendum
est: Paradisum in loco temperatissimo constitutum esse, vel sub
equinocciali ut alibi_.



CAPÍTULO CXLV.


No faltaron algunos otros que sintieron estar el terrenal Paraíso á la
parte austral de Mediodia, pasados ambos trópicos, y para persuadirlo
trajeron algunas razones no fuera de razon, y principalmente hacen
esta razon y es la misma que arriba, cap. 143, trujimos de Sancto
Tomás: A la más noble parte de la tierra, como es el Paraíso terrenal,
débensele, segun toda órden y razon natural, la cual guarda siempre la
divina Providencia, la más noble parte del cielo, pues la más noble
parte de toda la redondez de la tierra es el Paraíso terrenal, como
arriba se ha visto, y abajo, de aquí á poco, en el cuarto artículo,
se verá; luego el Paraíso terrenal está situado y constituido en
la parte del mundo austral. Que se le deba la más noble parte del
cielo á la más noble parte de la tierra, pruébase lo primero por
el Filósofo en el IV de los «Físicos,» que el lugar y lo que se ha
de poner en él han de ser ambas á dos cosas proporcionadas: _Locus
et locatum debent proportionari_. Lo segundo se prueba, porque la
nobleza, bondad, fertilidad y felicidad de la tierra, no le viene á
la tierra principalmente, ni procede, sino de las nobles y felices
influencias de las estrellas y aspecto favorable y benévolo del cielo,
como de la causa universal, segun parece por lo que en los capítulos
84 y otros se ha tractado, luego á la noble y felice tierra, noble y
felice parte se le debe del cielo, y á la más noble más noble, y á la
nobilísima nobilísima; pues el Paraíso y su tierra es la nobilísima
parte del mundo, luego nobilísimo asiento se le debe por respecto del
cielo. Que la más noble parte y más felice y felicísima del cielo
sea la parte austral, de la otra parte de los trópicos y Mesa del
sol, como lo llamaban los poetas y astrólogos, esto será menester
probarlo; para la prueba de lo cual, debemos presuponer: Primero, que
segun el Aristótel y Alberto Magno, en el II _De cœœœlo et mundo_, y
segun Ptolomeo y todos los filósofos y astrólogos, comunmente todo el
orbe juntamente es dividido con la tierra en dos partes principales,
iguales, segun que la línea equinoccial lo divide en dos hemisferios,
austral y aquilonar; y dicen que el austral es la cabeza y eminencia
del mundo, y el aquilonar son los piés y lo bajo y cuasi sentina
del mundo. La mano derecha es el Oriente, ó parte oriental donde
comienza el movimiento del primer móvile, como ya se ha tocado; y la
izquierda es el Occidente ó Poniente, donde va el movimiento. Esto
supuesto, manifiesto es que la cabeza de todas las cosas naturales
y artificiales, y áun civiles, siempre vemos ser más adornadas y de
mejor hechura, y más dignas de donde procede la virtud é influencia á
los otros miembros del cuerpo, en las cosas, al ménos, que viven, como
una hormiga y un gusanito y en un árbol, que aunque tiene la cabeza
debajo de la tierra, si aquella cabeza no tuviese vida, no la ternia
todo el árbol, pues della depende al árbol el nutrimento y sustentacion
con que vive, y, porque el arte imita la naturaleza en cuanto puede,
vemos en las cosas artificiales tambien, que un pintor que pinta una
imágen, cuanto más adorna y se esmera en hacer más perfecto el rostro
y la cabeza, y el carpintero una arca, la cabeza, que parece ser la
tapadera de encima, hace de mejor tabla y madera, y más dolada y limpia
y labrada parece. En las civiles ó inanimadas ó ayuntamientos naturales
de las gentes, tambien lo habemos experimentado y cada dia vemos,
las ciudades que son cabezas de los reinos, cuanto más excelentes
edificios y fuerzas, cuanto más labores y adornos tienen, cuanto más
privilegiadas y ennoblecidas y exentas de pechos, cargas y servicios
y derechos suelen ser por los Príncipes. Pues las civiles animadas,
como entre los hombres, no es menester tardar en esto más, como veamos
cuan más nobles y dignos son los que rigen, los Magistrados, los
Príncipes, los Reyes, no por más sino por ser cabezas de los pueblos;
por manera, que en las cosas naturales y en las artificiales, y en
las civiles inanimadas y animadas, y, finalmente, en todas las cosas
criadas, las cabezas son las más nobles, de más virtud y más dignas.
Pues como los cielos sean la más excelente parte de todo el universo
(de las cosas que no son racionales ni intelectuales hablando, y que
no viven), como sin sus movimientos, ni los árboles, ni los animales,
ni tampoco los hombres podrian tener vida, y otras muchas cosas
no ternian ser, manifestísimo es que la parte que fuere su cabeza
será, sobre todas las otras sus partes, necesariamente nobilísima,
virtuosísima, y del mesmo Hacedor con abundancia de virtudes naturales
y vigorosas privilegiatísima; pues esta es la parte austral y que los
marineros llaman el Sur, luego aquella parte será y debe ser la más
noble y más felice y más digna que el Oriente, ni el Occidente, ni
la del Norte ó Septentrional. De aquí es, que Aristóteles y Alberto
Magno en el II, cap. 2.º, _De cœœœlo et mundo_, y todos los filósofos
de Etiopía que se llaman Bragmanes, y Gimnosophistas, que especulan
aquella parte austral, mayormente Ptolomeo, afirman que las estrellas
de aquella parte son mayores y más resplandecientes y más nobles y
más perfectas, y, por consiguiente, de mayor virtud y felicidad y
eficacia que las aquilonares. Y asimismo, que aquel polo Antártico
y austral, es de mucha mayor cantidad y claridad y virtud que el
nuestro, que llamamos el Norte; y la razon es, porque toda aquella
parte es cabeza del mundo, luego las influencias y virtudes de allí
son más nobles, y, por consiguiente, de mayor felicidad, eficacia y
virtud. Es luego manifiesto ser la más felice y noble y digna parte del
cielo la parte austral, y, por consiguiente, allí debe estar situado
el Paraíso terrenal, y no al Occidente ni al Norte ó Septentrion, ni
tampoco á la parte oriental, porque todas aquellas partes del cielo no
tienen tanta nobleza, ni tanta virtud natural que cause y corresponda
á la suavidad, templanza, deleite y felicidad que tuviéramos y hoy
gozan Elías y Enoc en el Paraíso terrenal. Y á esto parece consonar
aquellas palabras del «Génesis,» cap. 3.º, conviene á saber: que
como Adan oyese la voz del Señor, que andaba paseándose, _ad auram
post meridiem_, hacia el aire suavísimo de esa parte de Mediodia,
escondióse, etc., porque el aire de aquel lugar dice aura, que es
blandísimo, suavísimo, y delectabilísimo aire, y de temperatísima luz
y deleitable. Dícese tambien estar despues del Mediodia, por razon
del lugar, porque aquella region está situada de esa parte de ambos á
dos trópicos, que decian los astrólogos Mesa del sol, como fué arriba
dicho, la cual se dice _meridies_ ó Mediodia al ménos, segun imaginaban
los antiguos que hacian la línea equinoccial tórrida zona, y calurosa
demasiadamente. Esta es la diferencia por aquel respecto entre el
Mediodia y la region que allí parece la Escriptura llamar aura, que
el Mediodia es lo mismo que lumbre intensísima, con calor excesivo,
lo cual imaginaban ser entre los trópicos, pero el aura es lo mesmo
que aire suavísimo y vital, y templadamente lucido y cálido, como es
el de aquel hemisferio, por el favor é favorables influencias de las
estrellas y cuerpos celestiales, y así parece que por el aura, despues
del Mediodia, donde aquestos afirmaban estar el Paraíso terrenal, se
entiende la parte austral que es situada desa parte del Mediodia, que
está pasado el trópico de Capricornio, en el cual se engendra fuego,
mayormente cuando el sol está en los signos australes y se apropincua
al opósito de auge. Y aquel trópico piensan algunos que es el gladio
y cuchillo ígneo versátil que puso Dios entre nosotros y el Paraíso,
para que Adan ni Eva, ni alguno de sus hijos pueda entrar allá. Pero
el contrario es la verdad, que vemos por experiencia, que debajo del
mismo trópico hay tierra excelentísima y muy poblada, en las provincias
del Perú. Por todo lo que dicho es, parece quedar harto probable la
opinion que tienen los que ponen el Paraíso de los deleites, de donde
fueron echados nuestros primeros padres en este valle de lágrimas
y amarguras, en la parte y hemisferio austral. Y pues hobo varones
doctos que con tan probables razones quisiesen persuadirnos estar el
Paraíso en aquella parte del mundo austral, y el Almirante viese que
la tierra firme, ó, segun estimaba entónces, isla de Gracia, parecia
en la parte austral, y la tierra tan felice y aires tan suaves y
aguas tan dulces, y juntas tantas, no absurda ni no razonablemente,
pudo pensar y juzgar, ó al ménos sospechar, estar por aquella parte
el Paraíso terrenal. A lo que estos opinadores dicen, que el trópico
de Capricornio engendra fuego, y que este debe ser ó es la espada
ó cuchillo ígneo que defiende la entrada del Paraíso terrenal, el
contrario podemos afirmar los que habemos pasado el dicho trópico, por
estas Indias andando hácia la parte austral, donde no vemos el exceso
del fuego ó del calor, ántes, hallamos tierra y mar bien templada.
Puede ser por esta vía la contrariedad concordar: que, como luego se
dirá, no parece que todo aquel hemisferio era necesario, segun algunos
quisieron decir, ocupar el Paraíso terrenal, sino que alguna gran parte
y aquella que ocupa, debe criar el dicho fuego ó calor, y no lo más,
pues no hay necesidad, y porque, segun algunos escritores, en la region
del Paraíso, fuera dél, muchos pueblos se cree morar.



CAPÍTULO CXLVI.


Cuanto á lo tercero que dije en el cap. 142, que entendia tratar,
conviene á saber, de la grandeza ó tamaño y capacidad del Paraíso,
esto parece que es lo más probable: que aquel lugar del Paraíso es
muy grande, porque están en él inmensidad de árboles de todos géneros
y de todas especies, con toda amenidad y frescura; es tambien el rio
que riega todo el Paraíso muy grande, y dél se reparten los cuatro
rios poderosos que arriba se han nombrado, y esto, por fuerza es que
requiera lugar de capacidad grande. Item, si Adan no pecara habia de
vivir y habitar en él todo el linaje de los hombres, porque ninguno
habia de vivir en el mundo, donde agora moramos, porque esto se dejaba
para habitacion de las bestias, pues para vivir y morar todos los
hombres juntos, gran capacidad de lugar era menester. Por esta razon
tuvieron algunos que el Paraíso terrenal era de tanta capacidad,
cuanta tiene una gran provincia ó una parte de las principales, como
es África ó Europa; otros, que todo aquel austral hemisferio era dado
por Paraíso terrenal, por la razon en el precedente capítulo dicha,
por la cual sentian ser toda aquella parte amenísima y felice; pero
á estos se puede, segun parece, responder, que si tan grande y tan
capaz fuera el Paraíso, no se pudiera de algunas gentes, y áun de la
mayor parte de los hombres, encubrir. Item, lo de la multiplicacion de
los hombres, no fuerza á tener que por ello hobiese de ser tan capaz
como una provincia grande; la razon es, porque los hombres, aunque
multiplicaran como ahora multiplican y quizas más, no habian siempre de
permanecer juntos, hasta cumplido el número que Dios tenia determinado
de salvar y fenecer el mundo, sino que, de generacion en generacion,
los habia Dios de traspasar en la vida eterna y estado celestial, por
dos ó de dos maneras, segun dice Sant Augustin en el libro IX, cap.
6.º sobre _Genesim ad literam_, y tráelas el Maestro en el segundo de
las «Sentencias,» distincion vigésima. La una es, ó que nascidos los
hijos, é instruidos y llegando á la edad de los padres, los padres
sin muerte fuesen transferidos; la otra, que á cabo de cierto tiempo
y número, unos fuesen y otros quedasen, y desta manera no fuera tanta
multitud de hombres en el Paraíso como es agora en el mundo. Puédese
tambien decir, que aunque hubiese entónces grande número de hombres
habitando en el Paraíso, no era necesario tener gran lugar como agora
ocupamos, porque agora tenemos necesidad de tener con nosotros muchos
animales para poder vivir, é para los animales tierra larga para en
que quepan y hallen sus pastos, y tierra tambien para labrarla y haber
los frutos della, y esta suele ser por tiempo estéril, y es menester
por algunos dias mudar las labores y reservarla, y así, para pocos
hombres, grande tierra y espaciosa es necesaria; todo lo cual, en el
Paraíso cesaba, como los hombres se hubiesen de mantener de los frutos
de los árboles, y así, poca tierra les bastaba, puesto que el Paraíso
tiene un lugar bien capaz y grande, para que se pudiesen los hombres,
con alegría, gozo, delectacion y consuelo, por muchas partes espaciar.
Algunos sienten que terná espacio de 100 leguas en todo su ámbito, por
manera que si así es su longura, será 30 leguas ó poco más, porque en
el círculo ó figura redonda, desta manera sea la longura que es el
diámetro á la línea circunferencial. Finalmente, ninguna cosa de las
dichas tiene certidumbre, como quiera que la divina Escritura desto no
haga mencion alguna, ni haya hombre que lo haya visto ni pueda ver ni
saber, si no le fuese divinalmente revelado, porque segun Beda sobre
el «Genesis,» de creer es que aquel lugar es remotísimo de la noticia
de los hombres. Puesto que hay quien diga que cerca dél haya pueblos y
poblaciones de hombres, sentencia es que no contradice á la Escritura,
pues presupone poder algunos venir á él, pero no entrar por el muro de
fuego, que llama Espada en manos del Cherubin. Parece que, si cerca
de allí no hobiera pueblos algunos, no era necesario sino supérfluo
poner guarda para que no osara entrar ninguno; parece tambien esto,
porque segun el texto hebreo, «Genesis,» II, plantó Dios el Paraíso
en Edem, que significa la tierra ó lugar donde lo plantó, la cual
estaba poblada y habitada de gentes, como parece «Genesis,» cap. 4.º
_Egresus Cain habitavit profugus ad Orientalem plagam Edem_; salió
Caín huyendo y fué á morar á la provincia Edem, que está al Oriente:
y en «Ezequiel,» cap. 27, donde se cuentan muchos pueblos y naciones
que traian mercadurías á Jerusalen, entre ellos se nombran los pueblos
de Edem y Charan, de donde se averigua ser provincia ó region poblada
por entónces. Dícese así en Ecequiel: _Charam et Edem negotiatores
tui_, etc., Edem cuasi provincia y region, donde está el Paraíso. Así
dice Sant Juan Damasceno: _Hic locus divinus est Paradisus Dei manibus
in Edem, id est, delitiis et voluptatibus_, etc. Y Sant Agustin, en
el libro VIII, cap. 3.º, sobre _Genesim ad literam_: _Plantavit ergo
Dominus Paradisum in delitiis, hoc est enim in Edem, ad Orientem_.
Donde se da á entender que toda aquella provincia ó region era
delectable y felice, donde moraban los hombres, pero, sobre todas las
partes della, era felicísimo y delectabilísimo el Paraíso que plantó
el Señor donde puso el hombre, el cual comunmente se nombra por los
que escriben, Monte altísimo, como ha parecido arriba. Toman tambien
otro argumento para decir que cerca del Paraíso estuvo, y por ventura
está hoy, gente poblada, porque segun dicen que refiere Sant Basilio
en su _Exameron_, y Sant Ambrosio en el suyo, que como el Paraíso esté
constituido en monte altísimo, puesto que arriba sea él todo llano, cae
el agua de la fuente que sale dél en un lago grande, de donde proceden
despues los cuatro rios caudales, y es tanto y tan grande el estruendo
y sonido que hace al caer, que todos los moradores de los pueblos
vecinos del dicho lago ó laguna en que cae, nacen todos sordos por el
exceso grande, que corrompe el sentido del oir. Pero esto no lo dicen
Sant Basilio ni Sant Ambrosio en sus _Examerones_, ni en los libros que
ambos hicieron del Paraíso terrenal; si en otra parte quizá de sus
obras no está escrito, que yo no haya visto, solamente hallo que esto
afirmaron decirlo los Sanctos susodichos á Bartolomé Anglico, autor del
libro _De propietatibus rerum_, en el libro XV, cap. 112, y á otros que
lo tomaron dél: como quiera que ello sea y cualquiera que lo diga, como
no lo contradiga la Escritura, bien podemos pasar con ello. Todas estas
cosas, puesto que remotas de nuestra Historia, he querido engerir aquí
ofrecida ocasion de haber hablado el Almirante del Paraíso, para que
los que no saben latin, de cosas que no leyeron tengan alguna noticia.
Y por concluir con esta intincion cerca de lo cuarto que arriba en el
cap. 142 prometí, digo, que de las cualidades del Paraíso dicen los
Sanctos maravillas, porque en él habia copia de todos los bienes que
pueden al hombre, para su consuelo, gozo, alegría y felice vida, en
cuanto al cuerpo, convenir, de tal manera, que ninguna cosa pudiese
desear que no la tuviese, ni aborrecer que no estuviese ausente dél,
segun Sant Agustin, libro XIV, cap. 10, _De civitate Dei_: _¿Quid
timere aut dolere poterant in tantorum tanta affluencia bonorum, ubi
non aberat quicumque quod bona voluntas non adipisceretur; neque erat
quod carnem vel animam hominis feliciter viventis ofenderet vel mali
quo molestaret?_ Allí todos los sentidos se deleitaban, los ojos, con
admirable claridad y en ver la hermosura de los árboles y frutas y
otras cosas; los oidos, del cantar y música de las aves; el sentido
del oler, con los aromáticos y diversos y suaves olores, y así los
demas, todos juntos, con la templanza y suavidad del aire y amenidad
del lugar, y templatísima concordia de los tiempos, donde concurrian
la frescura del aire, los alimentos del verano, la alegría del otoño,
la quietud de la primavera, la tierra gruesa y fructífera, las aguas
delgadas y en gran manera dulces y apacibles. Allí, no violencia de
vientos, no molestia de tiempos, no granizo ni nieve, no truenos ni
relámpagos, no hielo de invierno, no calor de verano, ni otra cosa
que les pudiese dar angustia ni afliccion ó fastidio; allí dicen que
ninguna cosa puede morir. Estas y otras muchas, dulcísimas y alegres
calidades pone Sant Basilio en el libro suso tocado del Paraíso,
lo demas se lea en los lugares donde copiosamente, de propósito, la
materia se escribe. Y así, queda largamente persuadido de haber tenido
el Almirante muy urgentes razones para entre sí considerar, ó al ménos
sospechar, que podia estar por allí, ó cerca, ó léjos de allí, en aquel
paraje ó region de tierra firme, que él juzgaba ser isla, aunque ya
iba creyendo que era tierra firme, el terrenal Paraíso; pues por otra
parte habia leido y entendido, que unos lo ponian al Oriente, otros al
Occidente, otros en la línea equinoccial, otros al Austro y Mediodia, y
por otra sabia que habia navegado al Occidente, y despues tornado algo
al Oriente, y por esto pensaba que aquello era el fin del Asia. Otra
vez volvia al Sur ó Austro, y la tierra grande que primero vido despues
de la isla de la Trinidad, y que llamó isla de Gracia, le pareció de
hácia el Mediodia; de otra parte, hallábase 5° de la línea; por otra,
experimentaba tanta frescura de tierras, tan verdes y deleitosas
arboledas, tanta clemencia y amenidad de sotiles aires, tanta y tan
impetuosa grandeza, y lago y ayuntamiento tan capaz y tan largo de
tan delgadas y dulcísimas aguas, y allende todo esto, la bondad,
liberalidad, simplicidad y mansedumbre de las gentes, ¿qué podia otra
cosa juzgar ni determinar, sino que allí ó por allí, y áun cerca de
allí, habia la divina Providencia constituido el Paraíso terrenal, y
que aquel lago tan dulce era donde caia el rio y fuente del Paraíso
y de donde se originaban los cuatro rios Euphrates, Gánges, Tigris y
Nilo? Y quien todas estas razones considerara, y hobiera lo que el
Almirante habia experimentado, leido y entendido, y entre sí, lo mismo
no determinara ó al ménos sospechara, de ser juzgado por mentecapto
fuera digno.



CAPÍTULO CXLVII.


Tornemos, pues, acabada esta digresion, á nuestra historia y á lo que
el Almirante hacer, del lugar donde estaba, determina, y es que, á más
andar, quiere venirse á esta Española por algunas razones que mucho
le impelian; la una, porque andaba con grandísima pena y sospecha,
como no habia tenido nueva del estado desta isla, tantos dias habia, y
parece que le daba el ánima la desórden y los daños y trabajos, que,
con el alzamiento de Francisco Roldan, toda esta tierra y sus hermanos
padecian; la otra, por despachar luego á su hermano el Adelantado con
tres navíos, para proseguir el descubrimiento que él dejaba comenzado
de tierra firme. Y es cierto, que si Francisco Roldan con su rebelion
y desvergüenza no lo impidiera, el Almirante, ó su hermano por él, la
tierra firme hasta la Nueva España descubriera; pero no era llegada
la hora de su descubrimiento, ni se habia de revocar la permision,
por la cual muchos habian de señalarse en obras injustas, con color
de descubrir, por la Providencia divina establecida. La tercera causa
de darse priesa el Almirante á venir á esta isla, era ver que se le
dañaban y perdian los bastimentos, de que tanta necesidad, para el
socorro de los que aquí estaban, tenia, los cuales torna á llorar,
encareciendo que los hobo con grandes angustias y fatigas, y dice,
que si se le pierden que no tiene esperanzas de haber otros, por la
gran contradiccion que siempre padecia de los que consejaban á los
Reyes, los cuales, dice él aquí: «no son amigos ni desean la honra del
Estado de Sus Altezas las personas que les han dicho mal de tan noble
empresa, ni el gasto era tanto que no se pudiese gastar, puesto que tan
presto no hubiese provecho para se recompensar, pues era grandísimo el
servicio que se hacia á Nuestro Señor en divulgar su santo nombre en
tierras incógnitas; y, allende desto, fuera para más gran memoria, que
Príncipe hobo dejado, espiritual y temporal.» Dice más el Almirante:
«y para esto fuera bien gastado la renta de un buen Obispado ó
Arzobispado, y digo (dice él), la mejor de España, donde hay tantas
rentas y no ningun Prelado, que, aunque han oido que acá hay pueblos
infinitos, que se haya determinado de enviar acá personas doctas y
de ingenio, y amigos de Cristo á tentar de los tornar cristianos ó
dar comienzo á ello; el cual gasto, bien soy cierto, que placiendo á
Nuestro Señor, presto saldrá de acá y para llevar allá.» Estas son
sus palabras. Cuanta verdad diga y cuan claro argumento haya sido
de la inadvertencia y remision, y atibiado hervor de caridad de los
hombres de aquel tiempo, espirituales ó eclesiásticos y temporales, que
tenian poder y facultad, no proveer al remedio y conversion destas tan
dispuestas y aparejadas gentes para recibir la fe, el dia del universal
Juicio parecerá. Fué la cuarta causa de venirse á esta isla y no
detenerse en descubrir más, lo que mucho quisiera, como dice él, porque
no venian para descubrir proveidos, la gente de la mar, porque dice,
que no les osó decir en Castilla que venia con propósito de descubrir,
porque no le pusiesen algun estorbo y porque no le pidiesen más dineros
que él no tenia, y dice que andaba la gente muy cansada. La quinta
causa, porque los navíos que traia eran grandes para descubrir, que el
uno era de más de 100 toneles y el otro de más de 70, y no se requiere
para descubrir sino de ménos; y por ser grande la nao que trajo el
primer viaje, se le perdió en el Puerto de la Navidad, reino del rey
Guacanagarí, como pareció arriba en el cap. 59. Fué tambien la sexta,
que mucho le constriñó á dejar el descubrir é venirse á esta isla,
tener los ojos cuasi del todo perdidos de no dormir, por las luengas y
continuas velas ó vigilias que habia tenido; y en este paso dice así:
«Plega á Nuestro Señor de me librar dellos (de los ojos dice), que bien
sabe que yo no llevo estas fatigas por atesorar ni fallar tesoros para
mí, que, cierto, yo conozco que todo es vano cuanto acá en este siglo
se hace, salvo aquello que es honra y servicio de Dios, lo cual, no
es de ayuntar riquezas ni soberbias, ni otras cosas muchas que usamos
en este mundo, en las cuales más estamos inclinados que en las cosas
que nos pueden salvar.» Estas son sus palabras. Verdaderamente este
hombre tenia buena y cristiana intincion, y estaba harto contento con
el estado que tenia, y quisiera con mediana pasada en el sustentarse
y de tantos trabajos reposar, al cual habia subido tan meritamente,
pero lo que sudaba y trabajaba era por echar mayor cargo á los Reyes;
y no se qué mayor era necesario del que habia echado, y áun él los
habia obligado, sino que via hacer tan poco caso de los señalados
servicios que habia hecho, y que de golpe iba cayendo y aniquilándose
la estimacion que destas Indias se habia comenzado, por los que á los
oidos de los Reyes estaban, que temia cada dia mayores disfavores,
y que del todo desmamparasen el negocio los Reyes, y así viese sus
sudores y trabajos perdidos, y él, al cabo, muriese en pobreza.
Determinando, pues, de venirse cuan presto pudiese á esta isla,
miércoles, á 15 de Agosto, que fué de la Asuncion de Nuestra Señora,
despues del sol salido, mandó alzar las anclas de donde habia surgido,
que debia ser dentro del golfete que hace la Margarita y otras isletas
con la tierra firme (y debia estar cerca de la Margarita, como dijimos
arriba, cap. 139), y dió la vela camino desta isla; y, viniendo su
camino, vido bien vista la Margarita y las isletas que por allí habia,
y tambien, cuanto más se iba alejando, más tierra alta descubria de
la tierra firme, y anduvo aquel dia, desde el sol salido hasta el sol
puesto, 63 leguas, por las grandes corrientes que ayudaban al viento.
Dejémosle agora venir hácia acá, donde pensaba de tener algun poco de
descanso y placer de su tan laborioso camino é indisposicion corporal,
holgándose con sus hermanos y amigos, lo que no hallará sino materia
con que se le doblen nuevas y mayores angustias y amarguras, de donde
se cognoscerá, lo que arriba alguna ó algunas veces habemos dicho,
conviene á saber, que toda su vida fué un trabajoso martirio.



CAPÍTULO CXLVIII.


Ya dejamos salido el Almirante de la tierra firme y de sus comarcanas
islas; conviene al órden de nuestra historia, que contemos el viaje
que hicieron los tres navíos que el Almirante despachó de las
islas de Canaria, viniéndose él á las de Cabo Verde, para hacer el
descubrimiento de la tierra firme, que agora hizo. Ya dijimos arriba en
el cap. 120, como Francisco Roldan con los de su rebelion se fueron á
la provincia de Xaraguá, reino del rey Behechio, estando allí haciendo
vida nefanda, y espurcísima y tiránica, teniendo cada uno las mujeres
que queria, tomadas por fuerza ó por grado á sus maridos, y á los
padres sus hijas para camareras, lavanderas cocineras, y cuantos indios
les parecia para servirse, y traer consigo, que le acompañasen, como
si hobieran nacido de ilustres padres, haciendo fuerzas é importunas
violencias donde quiera que estaban y andaban; matando y acuchillando
fácilmente á cualesquiera tristes indios por cualquiera desabrimiento
que dellos tuviesen. Así que, obrando estas heróicas obras y tales
ejemplos de bien vivir á los infieles, que por las obras de los
cristianos debieran bendecir al Padre celestial, dando por permision
de Dios, que suele, segun los desmerecimientos de los que están en
pecados, desampararlos de su mano, y ponerles ocasiones para que,
perseverando en su malicia más profundamente, caigan, por la ignorancia
de los pilotos, que entónces era harta, y por las corrientes grandes
que por esta isla, al ménos por esta costa del Sur, van abajo, habiendo
de venir á este puerto de Sancto Domingo, los dichos tres navíos fueron
más de 170 leguas abajo, á donde estaban todos los alzados, donde se
hallaron sin saber dónde estaban ni por dónde venian; y paréceme á mí,
que aunque adrede lo quisieran hacer, no pudieran peor errarlo. Y,
cierto, si hubiera sido posible deste alzamiento en Castilla haberse
sabido algo, gran sospecha pudiera tenerse de malicia de los pilotos ó
de los Capitanes, pero no pudo haberse algo sabido. Pues como Francisco
Roldan y su compañía supieron de los navíos, parte temiendo y parte
se alegrando, y algo dudando, quedaron espantados; fueron al puerto,
que estaba dos leguas, disimularon estar en obediencia del Adelantado,
preguntan como aportaron allí y qué nuevas habia del Almirante;
responden que por yerro y por las corrientes, y que el Almirante sería
presto en esta isla con otros tres navíos, que tantos dias habia que
se apartó para ir á descubrir tierra hácia el Austro: entraron en los
navíos y hablaron, y regocijáronse con los Capitanes, dos dias. Dióles
el Capitan Alonso Sanchez refresco, y tornados á salir con buena paz
en tierra como si no estuvieran rebelados, parecióles á los Capitanes
que debia salir la gente que traian de sueldo para trabajar, y que se
viniese por tierra á esta ciudad de Sancto Domingo, por la dificultad
grande que habian de tener los navíos por las corrientes y brisas que
siempre corrian, y, para guiarla, acordaron que el Capitan del un
navío, Juan Antonio Columbo, los llevase, y el Capitan Arana trujese
los navíos á este puerto. Saltaron 40 hombres, todos con sus ballestas,
lanzas y espadas bien aderezadas, á los cuales fácilmente provocó
Francisco Roldan y los suyos á que con él se quedasen, afirmándoles que
los habian de hacer trabajar y cavar por fuerza, y con mucha hambre y
laceria, pero allí en su compañía habian de tener la vida que vian que
ellos tenian, la cual no era otra sino andar de pueblo en pueblo de los
indios, cada uno con las mujeres que le placia tener, y los sirvientes
cuantos querian, fuesen hijas ó hijos de los señores y Caciques, aunque
les pesase, y haciendo cuanto querian sin que nadie les fuese á la
mano, y del todo corrompiendo y alborotando la tierra y las gentes
della, robándoles cuanto oro tenian y cualquiera cosa que tuviesen
de valor, y cortando las orejas y matando á los que no les servian á
su sabor, y otras cosas semejantes, infinitas. Con los cuales hobo
poco que trabajar para haberlos de inducir, porque algunos, y hartos,
eran homicianos, delincuentes, condenados á muerte por graves delitos,
como en el cap. 112 dijimos, sino fueron siete ó ocho que no quisieron
cometer tan gran vileza. Desque cognoscieron los Capitanes que estaban
rebelados y andaban sin obediencia, perpetrando los daños que hacian,
y desvergonzándose á sosacar los que nuevamente venian de Castilla,
fueron á Francisco Roldan, en especial Juan Antonio, el Capitan, que
parecia que más de veras aquella maldad sentia, y díjole que por qué
hacia cosa tan contraria al servicio de los Reyes, pues tanto él
afirmaba estar allí y andar en servicio dellos, que mirase que aquella
gente enviaban los Reyes, que ganaban su sueldo, del cual en Castilla
habian la mitad de un año recibido, para que le sirviesen en sacar oro
de las minas y en otras cosas y oficios, para los cuales dedicados
venian, y cuanto estorbo al servicio de los Reyes se causaria, por eso
que no diese lugar á tanto daño, escándalo y confusion como dello se
creceria. Roldan no curó de sus palabras ni de los daños que le ponian
delante futuros, sino del provecho que al presente con tan buen lance
se le ofrecia, porque se engrosaba y fortificaba para se defender
del Almirante, á quien él harto temia (como á quien tanto habia sido
ingrato y ofendido), allegándosele gente más de la que tenia. Estaban
con él 75, y creo que algunos más hombres, y 40, pocos ménos, que allí
le habian recrescido, tenia ya 100 y más, por manera que Juan Antonio
acordó de volverse á los navíos, y él y Pedro de Arana pusieron recaudo
en la otra gente que quedaba en ellos no se les saliese; y acordaron
partir para este Puerto de Sancto Domingo, quedándose el Capitan
Alonso Sanchez de Carvajal para venirse por tierra y trabajar con el
Roldan, si pudiera á la obediencia reducirlo. En este tiempo alcanzó
el Adelantado á saber, por nuevas y relacion de indios, como andaban
tres navíos hácia el Poniente, luego sospechó que debian venir de
Castilla y haber errado el camino; despachó luego una carabela para
buscarlos y traerlos. Antes que estos tres navíos llegasen, habia
escrito Francisco Roldan y los que con él estaban, á algunos amigos
suyos de los que estaban con el Adelantado, que tuviesen manera con
el Almirante, si viniese, de lo aplacar y reconciliar con él, y que
él queria á la obediencia pristina reducirse; aunque despues tuvo mil
mundanzas y engaños.



CAPÍTULO CXLIX.


Volvamos á la navegacion del Almirante, que dejamos partido del
paraje de la isla Margarita, y anduvo aquel dia, miércoles, 63 leguas
de sol á sol, como dicen. Otro dia, jueves, 16 de Agosto, navegó al
Norueste, cuarta del Norte, 26 leguas, con la mar llana, gracias á
Dios, como él siempre decia. Dice aquí una cosa maravillosa, que cuando
partia de Canaria para esta Española, pasando 300 leguas al Oueste,
luego nordesteaban las agujas una cuarta, y la estrella del Norte no
se alzaba sino 5°, y agora en este viaje nunca le ha nordesteado,
hasta anoche, que nordesteaba más de una cuarta y media, y algunas
agujas nordesteaban medio viento, que son dos cuartas; y esto fué,
todo de golpe, anoche. Y dice que cada noche estaban sobre el aviso
maravillándose de tanto mudamiento del cielo, y de la temperancia dél,
allí, tan cerca de la línea equinoccial, en todo este viaje, despues
de haber hallado la tierra; mayormente estando el sol en Leo, donde,
como arriba ha dicho, por las mañanas se vestia un ropon, y la gente de
allí de Gracia ser más blancos que otros que haya visto en las Indias.
Halló tambien allí, donde agora venia, que la estrella del Norte tenia
en 14° cuando las Guardas habian pasado de la cabeza el término de
dos horas y media. Aquí torna á exhortar á los Reyes que tengan este
negocio en mucho, pues les ha mostrado haber en estas tierras oro, y
mineros ha visto sin número dél, y que se quiere sacar con ingenio,
industria y trabajo, porque áun el hierro, habiendo tanto como hay, no
se saca sin él; y les ha llevado granos de veinte onzas y otros muchos,
y que donde hay esto, algo se debe creer que hay: y que llevó á Sus
Altezas grano de cobre de nacimiento, de seis arrobas, azul, lacar,
ámbar, algodon, pimienta, canela, brasil infinito, estoraque, sándalos
blancos y cetrinos, lino, aloes, jengibre, incienso, mirabolanos de
toda especie, perlas finísimas y perlas bermejas, de que dice Marco
Paulo que valen más que las blancas, y esto bien puede ser allá en
algunas partidas, así como de las conchas que se pescan en Canaria
y se venden en tanto precio en la Mina de Portugal; otras infinitas
cosas he visto y hay de especería que no curo agora de decir por la
prolijidad. Todas estas son sus palabras. Cerca de lo que dice de la
canela, y aloes, y jengibre, incienso, mirabolanos, sándalos, nunca
los ví en esta isla, al ménos, no los conocí; lo que dice del lino,
debe querer decir la cabuya, que son unas pencas como las çavila, de
que se hace hilo y se puede hacer tela ó lienzo dello, pero más se
asemeja al cáñamo que al lino; hay dos maneras dello, cabuya y nequen:
la cabuya es más gruesa y áspera, y el nequen más suave y delgado;
ambos son vocablos desta isla Española. Estoraque, nunca lo olí sino en
la isla de Cuba, pero no lo vide, y esto es cierto, que en Cuba debe
haber árboles dello ó de resina que huela como ello, porque nunca lo
olíamos sino en los fuegos que hacen los indios, de la leña que queman
en sus casas, el cual es olor perfectísimo, cierto; incienso, nunca yo
supe que en estas islas se hallase. Volviendo al camino, viernes, 17
de Agosto, anduvo 37 leguas, la mar llana, á Dios nuestro señor, dice
él, sean dadas infinitas gracias. Dice, que con no hallar ya islas se
certifica, que aquella tierra de donde viene sea gran tierra firme,
ó á donde está el Paraíso terrenal, porque todos dicen, dice él, que
está en fin de Oriente, y es este, dice él. Sábado, entre dia y noche,
andaria 39 leguas. Domingo, 19 de Agosto, anduvo en el dia y la noche
33 leguas, y llegó á la tierra; y esta era una isleta chiquita que
llamó Madama Beata, y hoy comunmente la nombran la Beata; es isleta
de obra de legua y media, junto con esta isla Española, y dista deste
puerto de Sancto Domingo cerca de 50 leguas, y del puerto de Yaquino
15, que está más al Poniente. Está junto á ella otra más chiquita que
tiene una serrezuela altilla, que desde léjos parece vela, y púsole
nombre Alto Velo; creyó que la Beata era una isleta que llamó él Sancta
Catherina cuando vino por esta costa del Sur, del descubrimiento de
la isla de Cuba, y dista deste puerto de Sancto Domingo 25 leguas, y
está junto á esta isla. Pesóle de haber tanto decaido, y dice que no se
debe alguien de maravillar, porque como en las noches estaba al reparo
barloventeando, por miedo de topar algunas islas ó bajos, como hasta
entónces no estaban estos alrededores descubiertos, si habia en ellos
en qué tropezar, y así, no andaba camino, las corrientes, que por aquí
son muy grandes, que van para abajo hácia tierra firme y el Poniente,
hobieron de llevar los navíos, sin sentirse, tan abajo. Corren tanto
por allí hácia la Beata, que ha acaecido estar navío ocho meses en ella
y por ella, que no pudo venir á este puerto, y esto de tardar mucho de
allí aquí ha acaecido muy muchas veces; así que, surgió agora entre la
Beata y esta isla, que hay dos leguas de mar entremedias, lúnes, 20 de
Agosto. Envió luego las barcas á tierra á llamar indios, que por allí
estaban poblaciones, para escribir al Adelantado su venida; venidos á
medio dia, los despachó. Vinieron á la nao seis indios, en dos veces, y
uno de ellos trujo una ballesta con su cuerda, y nuez y armatostes, que
no le causó chico sobresalto, y dijo, plega á Dios que no sea de algun
muerto, y porque debian de ver desde Sancto Domingo pasar los tres
navíos hácia abajo, teniendo por cierto que era el Almirante, como cada
dia lo esperaban, saltó el Adelantado luego en una carabela y alcanzó
aquí al Almirante. Holgáronse muy mucho de verse ambos; preguntado
por el estado de la tierra, dióle cuenta como Francisco Roldan era
con 80 hombres levantado, con todo lo demas que en esta isla, despues
que salió de ella, habia pasado. Lo que con tales nuevas sentiria,
poca necesidad se ofrece de encarecerlo ni recitarlo. Partióse de
allí, miércoles, 22 de Agosto, y, finalmente, con alguna dificultad
por las muchas corrientes y las brisas que por allí son continuas y
contrarias, llegó á este puerto de Sancto Domingo, viérnes, postrero
dia de Agosto del dicho año de 1498, habiendo partido de la Isabela
para Castilla, jueves, 10 dias del mes de Marzo, año de 1496 años. Por
manera que tardó en volver á esta isla dos años y medio ménos nueve
dias.



CAPÍTULO CL.


Llegado el Almirante á este dicho puerto de Sancto Domingo, todos sus
amigos y criados salieron al desembarcadero, á esperarlo, con D. Diego,
su hermano; con su venida hobieron grande alegría y placer, puesto
que todo con gran tristeza, de partes dél y tambien dellos mezclado,
porque creyendo que venia á descansar de sus tan grandes trabajos, via
por delante cuanto para su descanso le faltaba, porque la Providencia
divina tenia ordenado, que no sólo sus angustias y fatigas no se
le acabasen, pero que de nuevo otras más duras y aflictivas, y de
mayores desconsuelos y ménos sufribles se le aparejasen. Quiso ver la
informacion y proceso que el Adelantado contra los alzados habia hecho,
y las causas de su rebelde porfía, y, no contento con ella, deliberó
de hacer otra por sí mismo; la cual yo vide y cognoscí muchos de los
testigos, y todos confirmaron que nunca habian visto ni oido que el
Adelantado hubiere hecho injuria ni mal tratamiento á Francisco Roldan,
sino siempre honra y hacer mucha cuenta dél, y lo mismo afirmaron de
los que con él se alzaron, y como, estando el Adelantado ausente en la
provincia y reino de Xaraguá, se rebelaron é hicieron los desatinos y
alborotos que arriba referimos, en los capítulos donde hablamos de su
alzamiento. Desde á pocos dias que el Almirante llegó á este puerto
y lugar, que entónces era villa y agora es ciudad, llegaron los tres
navíos y la carabela que el Adelantado habia enviado para buscarlos. El
uno dió en unos bajos y perdió el gobernario, y vino muy maltratado;
y, porque se detuvieron muchos dias por las corrientes y vientos
contrarios, perdiéronse cuasi todos los bastimentos que traian. Con
la relacion que los Capitanes trujeron de como Francisco Roldan les
habia tomado los 40 hombres, y se habia más ensoberbecido y maleado,
rescibió el Almirante doblado pesar y vídose muy atribulado; comenzó á
pensar si pudiese traerlos por bien perdonándoles su maldad, mayormente
que le dijeron algunos de los que allí estaban, que, sin alguna duda
Francisco Roldan, sabiendo que su señoría era venido, se vernia á
poner en sus manos, porque habian escrito algunas cartas á sus amigos
que fuesen intercesores, venido el Almirante, para que lo perdonase,
y que se queria meter por sus puertas como criado, y de quien habia
recibido siempre muchas honras y mercedes. En esto llega de Xaraguá
Alonso Sanchez Carvajal, y rectificó la pertinacia de Francisco Roldan,
diciendo lo que con él habia pasado. Como Francisco Roldan entendió
que ya no podia tardar en venir el Almirante, ó por ventura, luego
que supo que era venido, porque él tenia amigos en esta villa que le
avisaban de todo lo nuevo que sucedia, ó porque tenia sus espías de
indios ó de cristianos, y los indios vuelan donde quiera que están con
nuevas, acordó de se acercar con buena parte de su gente á esta villa;
y así se vino hácia la provincia del Bonao, donde hay una muy fértil
y graciosa vega muy llena y poblada de gente de indios, abundantísima
de comida y pan caçabí, donde ya estaban algunos cristianos poblados
y despues se pobló la villa del Bonao. Esta provincia dista de Sancto
Domingo 20 leguas, y de la Vega grande, digo, de la fortaleza de la
Concepcion, que está en la Vega, 10. Y porque el Almirante deseaba
por todas las vías y maneras que le fuesen posibles, quitar tan gran
escándalo y turbacion como halló en esta isla, reduciendo aquellos á
toda paz y obediencia suya, porque siempre temblaba, en la verdad,
de que los Reyes supiesen cosa de esta isla de que hobiesen pesar, y
via cada dia descrecer la estima desta su negociacion destas Indias,
que tantos sudores y angustias le habian costado, y descreciendo la
estima, como tenia tantos adversarios junto á los oidos de los Reyes,
de necesidad habian de menguar los favores y socorros reales, los
cuales menguando todo su estado se habia de deshacer; pensó comenzarlo
desta manera. Ya está dicho arriba, que el mayor deseo que reinaba en
todos los que en esta isla estaban, de nuestra nacion, era que se les
diese licencia para se ir á Castilla, y que el juramento que más se
usaba fué, «así Dios me lleve á Castilla», porque estaban por fuerza,
contra su voluntad, y no se les daba licencia, por que no quedase la
isla sola y los indios no matasen los pocos que quedaran, si alguno
quisiera de voluntad quedar con el Almirante; así que, para dar alegría
á todos los que habia en ella, y por consiguiente á los alzados con
Francisco Roldan, mandó el Almirante pregonar en 12 dias de Setiembre,
siguiente al mes de Agosto que él habia llegado, que en nombre de Sus
Altezas daba licencia á todos los que se quisiesen ir á Castilla, y
que les daria los bastimentos necesarios y navíos en que fuesen. Fué
grande alegría la que todos, chicos y grandes, recibieron en este
pueblo, y por toda la isla despues que lo supieron, mayormente que
habia en este puerto de Sancto Domingo ocho ó diez navíos, los seis que
el Almirante habia sacado consigo de Sant Lúcar y las dos carabelas
que envió primero, y otra ó otras dos que el Adelantado aquí tenia;
destos estaban cinco ya cuasi despachados y de camino para Castilla,
y dos las vergas dalto, como dicen, ó al ménos muy propincuos á la
partida, conque el Adelantado estaba para ir á proseguir lo que el
Almirante dejaba comenzado de la tierra de Paria, para descubrir toda
la tierra firme. Fué avisado el Almirante como Francisco Roldan venia
hacia la fortaleza de la Concepcion de la Vega, y hácia el Bonao,
donde tenian haciendas algunos de los de su cuadrilla. Avisó luego el
Almirante al Alcaide della, que se llamaba Miguel Ballester, persona,
como arriba me acuerdo haber dicho, muy honrada y venerable, porque
bien viejo y lleno de canas, que estuviese sobre aviso teniendo en la
fortaleza buen recaudo, y que, viniendo Francisco Roldan, de su parte
le hablase, que él habia recibido mucho enojo de que él, á quien habia
dejado en tan preeminente cargo de la justicia, que habia de tener y
poner á los demas en paz y sosiego, anduviese de la manera que andaba
con tanto escándalo, por sí, en daño y confusion de toda la isla, de
donde gran deservicio resultaba á los Reyes; pero que no embargante
todo lo acaecido, que él lo queria dar como si no hobiera pasado, y
que le rogaria que se viniese á él, que él le recibiria como á criado
que habia siempre amado como el más que todos, y todos eran dello
testigos, y que si le parecia ser necesario que le enviase seguro, que
lo escribiese él y se lo enviaria, conforme á su voluntad, firmado. El
dicho Alcaide rescibió esta carta del Almirante, y fué al Bonao y no
halló nada; tornóse á su fortaleza, y supo en la Vega como venian, uno
que se llamaba Gomez, y Riquelme, y Adriano, que eran los principales,
que cada uno traia gente, y Francisco Roldan venia por otra parte á la
Vega con los demas, todos los cuales se habian de juntar en casa de
Riquelme, que la tenia en el Bonao. Todo esto respondió el Alcaide al
Almirante, y que él haria lo que más le mandaba, venidos que fuesen; y
yo tengo en mi poder hoy, originalmente, esta respuesta ó carta.



CAPÍTULO CLI.


Porque el Almirante, ántes que se fuese á Castilla, el año de 96,
por Marzo, ó el Adelantado, despues del Almirante ido, allende los
tributos que los reyes y gentes suyas daban, ó quizá por tributos
principales (porque esto no lo pude averiguar), imponia á ciertos Reyes
y señores que tuviesen cargo de hacer las labranzas de los pueblos de
los cristianos españoles, y les sirviesen con toda su gente para su
mantenimiento y otros servicios personales, de aquí hobo orígen la
pestilencia del repartimiento y encomienda que ha devastado y consumido
todas estas Indias, como se verá, placiendo á Dios, en los libros
siguientes. Cuando estos servicios cesaban los Reyes y sus gentes de
dar, porque no los podian sufrir ó porque no los querian dar, porque se
veian privados de su libertad y puestos en dura servidumbre, allende
mil otras ordinarias vejaciones y aflicciones crueles y bestiales, é
importunos tratamientos que de los cristianos cada hora padecian, luego
los tenian por rebeldes y que se alzaban, y, por consiguiente, luego
era la guerra tras ellos; y, muertos los que en ellas con increible
inhumanidad se mataban, todos los que se podian tomar á vida se hacian
esclavos, y esta era la principal granjeria del Almirante, con que
pensaba y esperaba suplir los gastos que hacian los Reyes sustentando
la gente española acá, y ofrecia por provechos y rentas á los Reyes,
y por manera de que se aficionasen mercaderes á venir con mercadurías
y gente á vivir acá, sin que quisiesen sueldo del Rey, ni de darlo
á alguno hobiese necesidad. La segunda granjeria, decia, que era el
brasil que habia en la provincia de Yaquimo, que es en esta costa
del Sur, 80 ó pocas ménos leguas de aquí de Sancto Domingo, la costa
abajo; y de ambas á dos granjerías escribió á los Reyes, agora con
estos cinco navíos, que abajo diremos, que despachó, que de 4.000
esclavos y de otros 4.000 quintales de brasil le habian certificado
que se habrian 40 cuentos, y que fuesen 20 cuentos sería gran cosa;
y dice así en aquella carta el trasumpto, de la cual, escrito de su
misma mano, tengo en mi poder. «De acá se pueden, con el nombre de la
Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender,
y brasil, de los cuales, si la informacion que yo tengo es cierta,
me dicen que se podrán vender 4.000, y que, á poco valer, valdrán 20
cuentos, y 4.000 quintales de brasil, que pueden valer otro tanto, y
el gasto puede ser aquí seis cuentos; así que, á prima haz, buenos
serian 40 cuentos, si esto saliese así. Y cierto la razon que dan
á ello parece auténtica, porque en Castilla y Portugal, y Aragon y
Italia, y Sicilia, y las islas de Portugal, y Aragon y las Canarias,
gastan muchos esclavos, y creo que de Guinea ya no vengan tantos;
y que viniesen, uno destos vale por tres, segun se ve, é yo, estos
dias que fuí á las islas de Cabo Verde, de donde la gente dellas
tienen gran trato en los esclavos, y de contino envian navíos á los
rescatar, y están á la puerta, yo ví que por el más ruin demandaban
8.000 maravedís, y estos, como dije, para tener en cuenta, y aquellos
no para que se vean. Del brasil, dicen que en Castilla, Aragon, Génova
y Venecia hay grande suma, en Francia y en Flandes y en Inglaterra;
así que, destas dos cosas, segun su parecer, se pueden sacar estos
40 cuentos, sino hubiese falta de navíos que viniesen por esto, los
cuales creo, con el ayuda de Nuestro Señor, que no habrá, si una vez
se ceban en este viaje.» Y un poco más abajo dice: «así que aquí hay
estos esclavos y brasil, que parece cosa viva, y aún oro, si place á
Aquel que lo dió y lo dará cuando viere que convenga, etc.;» y más
abajo dice: «acá no falta para haber la renta que encima dije, salvo
que vengan navíos muchos para llevar estas cosas que dije, y yo creo
que presto será la gente de la mar cebados en ello, que agora los
Maestres y marineros (de los cincos navíos habia de decir), van todos
ricos y con intencion de volver luego y llevar los esclavos á 1.500
maravedís la pieza, y darles de comer, y la paga sea de los mesmos, de
los primeros dineros que dellos salieren; y bien que mueran agora, así
no será siempre desta manera, que así hacian los negros y los canarios
á la primera, y áun aventajen estos (quiere decir que los indios hacen
ventaja á los negros), que uno que escape no lo venderá su dueño por
dinero que le den, etc.» Estas son sus palabras, puesto que defectuosas
cuanto á nuestro lenguaje castellano, el cual no sabia bien, pero más
insensiblemente dichas; y cosa es de maravillar, como algunas veces
arriba he dicho, que un hombre, cierto no puedo decir sino bueno de
su naturaleza, y de buena intincion, estuviese tan ciego en cosa tan
clara; bien se me podia responder no ser maravilla que él se cegase,
pues se cegaron tantos letrados que los Reyes cabe si tenian, en no
alumbrarlo á él y reprenderle tanta ceguedad como tenia, en poner el
principal fundamento de las rentas y provechos temporales de los Reyes
y suyos, y de los españoles, y la prosperidad deste su negocio que
habia descubierto, en la cargazon de indios inocentes (mejor diria en
la sangre), malísima y detestablemente hechos esclavos como si fueran
piezas, como él los llama, ó cabezas de cabras, como las que dijimos en
el cap. 131 que habia monteses en las islas de Cabo Verde, y hinchir á
Castilla, y á Portugal, y Aragon y Italia, y Sicilia, é las islas de
Portugal y de Aragon, y las Canarias, donde dicen que gastan muchos
esclavos; hinchir, digo, tantos reinos y provincias de indios con la
dicha justicia y sanctidad hechos esclavos, y no tener escrúpulo de que
se muriesen al presente algunos (y es cierto que de cada 100, á cabo
de un año, no escapaban 10), porque así morian, dice él, los negros y
los canarios, ¿qué mayor ni más supina insensibilidad y ceguedad que
esta? Y lo bueno dello es, que dice que, con el nombre de la Sanctísima
Trinidad se podian enviar todos los esclavos que se pudiesen vender
en todos los dichos reinos; y muchas veces creí que aquesta ceguedad
y corrupcion aprendió el Almirante y se le pegó de la que tuvieron y
hoy tienen los portogueses en la negociacion, ó por verdad decir,
execrabilísima tiranía en Guinea, como arriba, hablando della, se
vido. Deste paso y de otros muchos en esta materia y granjería de
esclavos que se dél, tuve para mí por averiguado que deseaba que los
tristes inocentes indios dejasen de acudir con los tributos y servicios
personales que les imponia, ó se huyesen ó alzasen, como él y los
demas decian, y hoy dicen los españoles, ó resistiesen á él y á los
demas cristianos, como justísimamente podian y debian hacerlo, como
contra sus capitales hostes y manifiestos enemigos, por tener ocasion
de hacerlos esclavos y cargar todos los navíos dellos, y engrosar y
prosperar su granjería; y porque los letrados que estaban á par de los
Reyes, que eran obligados á no ignorar tan gran tiranía y abyeccion
y perdicion del linaje humano, habiéndose cometido á los Reyes, como
á cristianísimos, aquesta parte dél tan sin número para atraerla y
convertirla á Cristo, no alumbraron á Sus Altezas de la verdad y de
la justicia; los Reyes no se lo reprendieron, pero proveyó por otra
vía y con otra color, quitárselo de las manos al Almirante, la divina
Providencia, el negocio, porque con tan vehemente vendimia no asolase
en breve toda esta isla, sino que quedase algo para que se fuesen al
infierno muchos otros matadores destas gentes, cayendo de ojos en tan
lamentable ofendículo. He traido todo lo dicho en este capítulo para
que se suponga á lo que agora quiero decir, y lo que dijere á lo que se
dirá en el siguiente capítulo, y es: que porque cierto Cacique y gente
suya, no se si el dedicado al servicio de la fortaleza de la Vega, ó á
otra parte donde habia cristianos españoles, cesó de servir ó de traer
la comida ó tributos, ó las cosas que les eran impuestas, ó se fué á
los montes huyendo, ó no quiso más venir, luego, como el Almirante
desembarcó, que lo supo, envió gente allá, y traenle una buena presa
ó cabalgada de inocentes, para echar en estos cinco navíos, que agora
cargar de esclavos y despachar para Castilla queria, y enviarlos á no
dudosa, sino certísima, carnecería.



CAPÍTULO CLII.


Venido Francisco Roldan, y Pedro de Gamez, y Adrian de Muxica y
otras principales, al Bonao, á la casa del Riquelme, donde se habian
concertado juntar, fué luego el Alcaide Miguel Ballester á hablarles,
como el Almirante le habia escrito, el cual les habló todo lo que
convenia, ofreciéndoles de parte del Almirante todo perdon y buen
tratamiento y olvido de todos los yerros pasados, exhortándolos con
todas las razones que pudo, poniéndole convenientes é inconvenientes,
y daños y escándolos delante, y cuanto, de la reduccion y obediencia
dellos al Almirante, los Reyes serian servidos, y deservidos de lo
contrario; pero el Francisco Roldan y los demas mostraron venir de
otro propósito, diciéndole palabras, contra el Almirante, desvariadas,
y de gran soberbia obstinada; entre las cuales fueron, que no venian
á buscar paz sino guerra, y que él tenia al Almirante y á todo su
estado en el puño para sostenerle ó deshacerle, que ninguno le hablase
en cosa que tocase á hacer concierto y partido, hasta tanto que el
Almirante le enviase la cabalgada que habia hecho llevar de indios
presos por esclavos, porque él los tenia, so su mamparo y palabra,
asegurados, y á él pertenecia el librarlos de quien tanto agravio les
hacia injustamente; por eso, que luego se los enviasen, sino que haria
y conteceria. Bien hay que notar aquí, como se dijo arriba en el cap.
117, que si este Francisco Roldan y los que con él andaban robando
los indios, y destruyendo por su parte toda la isla, se movieran
contra el Almirante, _bona fide_, solamente por celo de la justicia,
ó de librar aquellos sus prójimos de la servidumbre injusta en que el
Almirante los condenaba, y de la muerte cierta que habian de padescer
llevándolos á vender á Castilla, justísima fuera su guerra contra él,
y merescieran que en esta vida los Reyes se lo agradecieran y hicieran
mercedes, y en la otra que Dios les remunerara con eterno galardon; y
así tuvieran mucha razon de no querer tomar partido ni asiento de paz
y amistad con el Almirante, hasta que les enviara y restituyera en su
libertad todos los indios de aquella cabalgada. Pero como Francisco
Roldan y todos los que con él andaban eran, cierto, tiranos y rebeldes
á su verdadero y jurídico superior, el Almirante, y no pretendian sino
libertad por andar triunfando de los indios y de toda la isla, señores
y súbditos, y gozar en sus vicios sin que hobiese quien les fuese á la
mano, y buscar ocasiones y colores para justificar y dorar su rebelion
y desobediencia, ni excusaban sus grandes pecados que, contra los
indios, robándolos y afligiéndolos por otras mil partes y vías y contra
el Almirante y sus mandamientos, que era su propio juez y superior,
cometian; ni podian dorar ni colorar la causa que alegaban de no venir
en concierto y partido, que se les diese la cabalgada por alguna vía.
Tomada ocasion y color de su nueva pertinacia deste pedir la cabalgada
(digo nueva pertinacia, porque los amigos que tenia con el Almirante
le habian con instancia suplicado que les perdonase, y creia que se
acercaban para más presto venir á su obediencia y besarle las manos),
acuerda Roldan y otros tres, los principales, que eran propiamente
criados del Almirante y ganaban su sueldo, de se desistir y renunciar
el ser sus criados y el sueldo que ganaban, alegando muchos achaques, y
estos fueron Roldan, y Adriano, y Pedro Gamez, y Diego de Escobar, los
cuales le escribieron la siguiente carta:

«Ilustre y muy magnífico señor: Vuestra señoría sabrá que por las cosas
pasadas entre el Adelantado é mí, Francisco Roldan, é Pedro Gamez, é
Adrian de Muxica, é Diego de Escobar, criados de vuestra señoría, é
otros muchos que en esta compañía están, fué necesario de nos apartar
de la ira del Adelantado, é segun los agravios habiamos rescibido, la
gente que acá está proponia de ir contra él para le destruir; é mirando
el servicio de vuestra señoría, los dichos Pedro de Gamez, é Adrian
de Muxica, é Diego de Escobar, é Francisco Roldan, hemos trabajado de
sostener en concordia y en amor toda la gente que en esta compañía
está, poniéndoles muchas razones é diciendo cuanto complia al servicio
del Rey é de la Reina, nuestros señores, no se entendiese en cosa
ninguna, hasta que vuestra señoría viniese, porque entendíamos, que,
venido que fuese, miraria la razon que ellos é nosotros teniamos de nos
apartar, é con muchas razones que aquí no se dicen, hemos estado á una
parte de la isla esperando su venida, é agora, há ya más de un mes que
vuestra señoría está en la tierra y no nos ha escrito, mandándonos qué
es lo que hubiésemos de hacer; por lo cual creemos está muy enojado de
nosotros, é por muchas razones que se nos han dicho que vuestra señoría
dice de nosotros, deseándonos maltratar é castigar, no mirando cuanto
le hemos servido en evitar algun daño que pudiera hallar hecho. É pues
que así es, hemos acordado, por remedio de nuestras honras é vidas, de
no nos consentir maltratar, lo cual no podemos hacer limpiamente si
fuésemos suyos, por ende suplicamos á vuestra señoría nos mande dar
licencia, que de hoy en adelante no nos tenga por suyos, é así, nos
despedimos de la vivienda que con vuestra señoría teniamos asentada,
aunque se nos hace muy grave, pero ésnos forzado por cumplir con
nuestras honras. Nuestro Señor guarde y prospere el estado de vuestra
señoría como por él es deseado. Del Bonao, hoy miércoles, 17 dias del
mes de Octubre de 98 años.—Francisco Roldan.—Y por Adrian de Muxica,
Francisco Roldan.—Pedro de Gamez.—Diego de Escobar.»

Esta es á la letra su carta, la cual originalmente tuve yo en mi poder
firmada de sus nombres y propias firmas.



CAPÍTULO CLIII.


Hablado que hobo el Alcaide Ballester á Roldan y á su gente alzada,
vínose para esta ciudad de Sancto Domingo á dar cuenta al Almirante de
la respuesta que dieron, y, por ventura, trujo él la dicha su carta.
Desque el Almirante supo la respuesta y cognosció no concordar con lo
que los amigos de Roldan le habian rogado y suplicado y certificado,
que queria venirse á él, y tambien porque habian dicho al Alcaide
Ballester, que no querian que alguno viniese á ellos, ni tratase
con ellos de parte del Almirante, sino Alonso Sanchez de Carvajal,
comenzó el Almirante á sospechar vehementemente contra la fidelidad
del Carvajal, y los que con el Almirante estaban, lo mismo, acumulando
muchos indicios y conjeturas que parecian concluir é averiguar lo que
sospechaban; y uno fué, no haber hecho tanto como parece que debiera,
en no recobrar los 40 hombres, que de los que traia de Castilla se
le habian pasado; lo segundo, por muchas pláticas que ambos habian
tenido en el navío, estando juntos, y refrescos que le habia dado; el
tercero, porque habia, segun parece por una carta que el Almirante
escribió á los Reyes, habia procurado traer poder para ser acompañado
del Almirante, como Juan Aguado debia de haber referido muchas quejas
de los malos tratamientos que decian que habia hecho á los cristianos,
y debia entónces, quizá, desto algo tratarse, y donde quiera que el
Carvajal se hallaba, dijeron que se jactaba, publicando que venia por
acompañado del Almirante; lo cuarto, porque idos los dos Capitanes con
los tres navíos, y el Carvajal quedado para se venir por tierra á esta
ciudad, envió Francisco Roldan con él cierta gente, y con ella por
capitan á Pedro de Gamez, que era de los principales con quien habia
mucho hablado y comunicado, cuando estuvo en los navíos, para que le
acompañasen y guardasen, hasta seis leguas desta ciudad, por los indios
que habia en el camino; lo quinto, porque se dijo que el mismo Carvajal
indujo y provocó al Roldan y á los demas á que se viniesen hácia el
Bonao, para que si el Almirante se tardase ó nunca viniese, que el
Carvajal, como acompañado del Almirante, y Francisco Roldan, como
Alcalde mayor, gobernasen esta isla, aunque pesase al Adelantado; lo
sexto, porque venidos al Bonao, se carteaba con el Roldan, y los demas,
y les enviaba cosas de las traidas de Castilla; lo sétimo, porque
decian que no querian que interviniese otro con ellos sino Carvajal,
y áun que lo tomarian por Capitan. Todos estos indicios parecian ser
eficaces para dél sospechar; pero con todo esto, el Almirante, creyendo
que pues era caballero haria como bueno, y tambien porque no podia
más, porque se lo pedian ellos, acordó enviarlo juntamente con el
Alcaide Ballester, para que les hablase de su parte y redujese á la
razon, proponiéndoles los bienes que dello se siguirian y los daños del
contrario delante; y ántes que supiese la respuesta de los dos escribió
la presente carta á Francisco Roldan:

«Caro amigo: Rescibí vuestra carta luego que aquí llegué. Despues de
haber preguntado por el señor Adelantado y D. Diego, pregunté por vos
como por aquel en quien tenia yo harta confianza, é dejé con tanta
certeza de haber bien de temporar y asentar todas cosas que menester
fuesen, y no me supieron dar nuevas de vos, salvo que todos á una
voz me dijeron, que de algunas diferencias que acá habian pasado que
por ello deseábades mi venida, como la salvacion del ánima; y yo,
ciertamente, así lo creí, porque áun lo viera con el ojo y no creyera
que vos habíades de trabajar hasta perder la vida, salvo en cosa que
á mí cumpliese, y á esta causa fablé largo con el Alcaide, con mucha
certeza que, segun las palabras que yo le habia dicho y os dijo, que
luego verníades acá. Allende la cual venida, creí ántes desto que
aunque acá se hobiesen pasado cosas más graves de las que estas puedan
ser, que áun bien no llegaria, cuando seríades conmigo á me dar cuenta
con placer de las cosas de vuestro cargo, así como lo hicieron todos
los otros á quien cargo dejé, y como es de costumbre y honra dellos;
veramente, si en ello habia impedimentos por palabras que le farian
por escrito, y que no era menester seguro ni carta: y que fuera así,
yo dije, luego que aquí llegué, que yo aseguraba á todos que cada uno
pudiese venir á mí y decir lo que les placia, y de nuevo lo torno
á decir y los aseguro. Y cuanto á lo otro que decís de la ida de
Castilla, yo á vuestra causa y de las personas que están con vos,
creyendo que algunos se querrian ir, he detenido los navíos diez y
ocho dias más de la demora, y detuviera más, salvo que los indios que
llevan les daban gran costa y se les morian; paréceme que no os debeis
creer de ligero y debeis mirar á vuestras honras más de lo que me dicen
que faceis, porque no hay nadie á quien más toque, y no dar causa que
las personas que os quieren mal acá ó en vuestra tierra, hayan en qué
decir, y evitar que el Rey é la Reina, nuestros señores, no hayan enojo
de cosas en que esperaban placer. Por cierto, cuando me preguntaron por
las personas de acá, en quien pudiese tener el señor Adelantado consejo
y confianza, yo os nombré primero que á otro, y les puse vuestro
servicio tan alto, que agora estoy con pena que con estos navíos haya
de oir lo contrario; agora ved que es lo que se puede ó convenga al
caso, y avisadme dello pues los navíos partieron. Nuestro Señor os haya
en su guarda. De Sancto Domingo á 20 de Octubre.»

Esto contiene aquella carta, por la cual parece que otra debiera el
Almirante haber recibido de Roldan, la cual no vino á mis manos.
Llegados el alcaide Ballester y Alonso Sanchez de Carvajal al Bonao,
hablóles Carvajal muy elocuentemente á todos, y con tanta eficacia,
que movió á Francisco Roldan y á los más principales á que fuesen á
hablar al Almirante, donde todo se concluyera y asosegara sin duda,
segun se creia; pero como la gente que traia, toda por la mayor parte,
no tomaba placer de dejar la vida haragana y libre que traia, por ser
gente viciosa y baja, mayormente los que habia tomado en Xaraguá, de
los condenados que el Almirante habia enviado, ya que queria Roldan
y los demas venir aquí á Sancto Domingo con Carvajal y el Almirante,
saltan todos con voces altas, diciendo, «que juraban á tal que no
habia de ser así, y que no habian de consentir que fuesen Roldan ni
los demas, sino que si concierto se habia de hacer fuese allí público
á todos, pues á todos tocaba»; porfiando Carvajal y el Alcaide por
meterlos en razon por algunos dias, al cabo no aprovecharon nada.
Finalmente, acordó Roldan de escribir al Almirante, como quisiera
venir con Carvajal á le hacer reverencia él y otros de su compañía y
que los demas no le consintieron que fuese, pero que porque él tenia
que el Adelantado, ó otro por él, le haria alguna afrenta ó daño, no
embargante el seguro que de palabra le enviaba, y porque las cosas
despues de hechas, dijo él, no tienen remedio, por tanto, que le
enviase un seguro firmado de su nombre, la forma del cual él enviaba
escrito para él y para algunos mancebos de los que él tenia consigo y
habia de traer; y allende desto, Carvajal y otros de los principales
criados del Almirante, tomasen la fe y palabra fuerte y firme al
Adelantado, que él, ni otra persona por él, les hará mal ni daño ni
enojo alguno durante el seguro, y lo firmasen de sus nombres, y con
esto así concedido, él vernia á besarle las manos y á hacer todo lo que
mandase en el negocio, y que veria cuanto dél sería servido en ello.

Con esta carta que debia traer Carvajal escribió el alcaide Ballester
al Almirante la siguiente carta, cuyos traslados originales y firmados
de sus propios nombres, tengo yo en mi poder; la cual dice así:

«Ilustre y muy magnífico señor: Ayer lúnes, al medio dia, llegamos
acá en el Bonao, y luego á la hora Carvajal habló largamente á toda
esta gente, y su habla fué tan allegada al servicio de Dios y de Sus
Altezas y de vuestra señoría, que Salomon ni doctor ninguno no hallara
enmienda ninguna, y como quiera que la mayor parte desta gente hayan
mas gana de guerra que de paz, á los tales no les parece bien, mas los
que no querian errar á vuestra señoría, sino servirle, les pareció que
era razon y justa cosa todo lo que Carvajal decia, los cuales eran
Francisco Roldan, y Gamez, y Escobar, y dos ó tres otros, los cuales
juntamente acordaron que fuese el Alcaide y Gamez á besar las manos á
vuestra señoría y á concertar cosa justa y posible, por excusar y matar
el fuego que se va encendiendo, más de lo encendido; y acordado esto,
que ya queriamos cabalgar, y yo con ellos, porque á todos les pareció
que yo debia volver con Carvajal y ellos; en aquel instante vinieron
todos á requerir á Francisco Roldan y á Gamez, que habian acordado que
no fuesen, sino que por escrito llevase Carvajal lo que pedian; y si en
aquello vuestra señoría viniese, que aquello se hiciese, y otra cosa
no. Y yo, señor, por lo que debe criado á su señoría, suplico á vuestra
señoría concierte con ellos en todo caso, especialmente para que se
vayan á Castilla, como ellos piden, porque otramente creo cierto que no
se harian los hechos de vuestra señoría como era de razon, y querria,
porque me parece que lo que dicen es verdad, que se han de pasar los
más á ellos; y así me parece que se vá mostrando por la obra, que
despues que yo pasé para ir á vuestra señoría se les han venido unos
ocho, y diciéndoles que por qué no se acercan allá, que ellos saben
que se pasarán más de 30; y esto les ha dicho García, aserrador y otro
valenciano que se han pasado con ellos. Y yo, cierto, creo que despues
de los hidalgos y hombres de pró que vuestra señoría tiene junto con
sus criados, que aquellos que los terná vuestra señoría muy ciertos
para morir en su servicio, y la otra gente de comun yo pornia mucha
duda. Y á esta causa, señor, conviene al estado de vuestra señoría
concierte su ida de una manera ú otra, pues ellos lo piden, y quien
otra cosa á vuestra señoría consejare no querrá su servicio ó vivirá
engañado, y si en algo de lo dicho he errado, será por dolerme del
estado de vuestra señoría viéndolo en tan gran peligro, no haciendo
iguala con esta gente; y quedo rogando á Nuestro Señor dé seso y
saber á vuestra señoría, que las cosas se hagan á su sancto servicio y
con acrecentamiento y dura del estado de vuestra señoría. Fecha en el
Bonao, hoy mártes, á 16 de Octubre.—Miguel Ballester.»

Esta es su carta, y bien parece que era catalan, porque hablaba
imperfectamente, pero hombre virtuoso y honrado y de voluntad sincera y
simple; yo le cognoscí mucho.



CAPÍTULO CLIV.


Vista esta carta y la relacion que Carvajal dió, grande fué el angustia
que el Almirante recibió, y él sintió bien claro ser verdad que tenia
pocos consigo que en la necesidad le siguiesen, porque, haciendo alarde
para si conviniese ir al Bonao á prender á Francisco Roldan, no halló
70 hombres que dijesen que harian lo que les mandase, de muchos de los
cuales no tenia confianza, sino que al mejor tiempo le habian de dejar;
y de los otros, uno se hacia cojo, y otro enfermo, y otro se excusaba
con decir que tenia con Francisco Roldan su amigo y otro su pariente,
por manera que ningun favor ni consuelo de alguna parte tenia.

Por esta necesidad extrema que padecia, y por el ánsia que tenia de
asentar la tierra, y que los indios tornasen á pagar los tributos,
injustamente impuestos, como arriba se dijo, por enviar dineros á los
Reyes y suplir, con rentas que acá tuviesen, los gastos que en proveer
las cosas desta isla hacian, todo cuanto razonablemente los alzados le
pidiesen, estaba para concederlo aparejatísimo; luego, pues, ordenó
dos cosas, la una, puesto que fué la postrera, y pónese aquí primera
por ser más general, y es, que hizo una carta de seguro general que
todas las personas que se hobiesen llegado y seguido á Francisco Roldan
en las diferencias pasadas, y el dicho Francisco Roldan, juntamente ó
apartada, que quisiesen venir á servir á Sus Altezas como de ántes,
pudiesen venir juntamente ó cada uno de por sí, que él, como Visorey
de Sus Altezas, y en su nombre los aseguraba sus personas y bienes, y
les prometia de no entender en cosa alguna de los casos pasados hasta
el dia de la fecha; y en los casos venideros, si acaesciesen, les
prometia que la justicia se habria humana y piadosamente con ellos, y
les daba licencia que los que quisiesen irse á Castilla, cada y cuando
ellos quisiesen irse, y les daria sus libranzas de los sueldos que se
les debiesen; los cuales viniesen á gozar deste seguro dentro de diez y
seis dias, y los que estuviesen primeros, siguientes, y si estuviesen
algunos dellos distantes más de 30 leguas, fuesen obligados á venir
dentro de treinta dias; donde no viniesen dentro los dichos términos,
juntos ó cada uno por sí, que procederia contra ellos por la guisa que
hallase que cumplia al servicio de Sus Altezas y á su justicia. Y mandó
que se apregonase públicamente y estuviese fijada la dicha carta de
seguro en la puerta de la fortaleza. Fué hecha en esta ciudad de Sancto
Domingo, que estaba entónces de la otra parte del rio, viernes, 9 dias
de Noviembre de 1498.

Lo segundo que proveyó fué, que envió otra carta de seguro particular
al dicho Roldan y á los que con él viniesen, del tenor que se la envió
el dicho Roldan, y decia así: «Yo D. Cristóbal Colon, Almirante del
Océano, Visorey y Gobernador perpétuo de las islas y tierra firme
de las Indias, por el Rey é la Reina nuestros señores, é su Capitan
general de la mar y del su Consejo: Por cuanto entre el Adelantado, mi
hermano, y el Alcalde Francisco Roldan y su compañía ha habido ciertas
diferencias en mi ausencia, estando yo en Castilla, é para dar medio
en ello de manera que Sus Altezas sean servidos, es necesario que el
dicho Alcalde venga ante mí é me faga relacion de todas las cosas,
segun que han pasado, caso que yo de algo dello esté informado por el
dicho Adelantado. E porque dicho Alcalde se recela por ser el dicho
Adelantado, como es, mi hermano, por la presente, doy seguro en nombre
de Sus Altezas al dicho Alcalde y á los que con él vinieren aquí á
Sancto Domingo, donde yo estó, por venida y estada y vuelta al Bonao,
donde él agora está, que no será enojado ni molestado por cosa alguna,
ni de los que con él vinieren durante el dicho tiempo; lo cual prometo
y doy mi fe y palabra, como caballero, segun uso de España, de lo
cumplir y guardar este dicho seguro, como dicho es; en firmeza de lo
cual, firmé esta escritura de mi nombre. Fecha en Sancto Domingo á 26
dias del mes de Octubre.—El Almirante.»

Andando en estos tratos, porque los cinco navíos no traian demora, por
concierto que se suele hacer cuando les fletan, si no un mes, dentro
del cual quedó el Almirante de despacharlos, y por esperar cada dia
que se concluyera el concierto de que se trataba y el Almirante tanto
deseaba, con venir Francisco Roldan y su compañía á la obediencia y
sosiego que debian, los habia detenido diez y ocho dias más por enviar
á los Reyes buenas nuevas de quedar la isla pacífica y dispuesta para
tornar á enhilar los tributos en los indios della, que era lo que
mucho dolia y deseaba, como está dicho, el Almirante; y los navíos
tambien habia cargado de esclavos, de los cuales se morian muchos
y los echaban á la mar por este rio abajo, lo uno, por la grande
tristeza y angustia de verse sacar de sus tierras y dejar sus padres y
mujeres y hijos, perder su libertad, y cobrar su servidumbre, puestos
en poder de gente inhumana y cruel, como estimaban, y con justísima
razon, los cristianos, y que los llevaban á donde y de donde jamás
habian de volver; lo otro, por la falta de los mantenimientos, que
no les daban sino un poco de caçabí seco, que, para sólo y sin otra
cosa, es intolerable, y áun agua no les daban cuanta habian menester
para remojarlo, porque, para el viaje tan largo, á los marineros no
faltase; lo otro, porque como metian mucha gente y la ponian debajo
de cubierta, cerradas las escotillas, que es como si en una mazmorra
cerrasen todos los agujeros, juntamente con las ventanas, y la tierra
caliente, y debajo de cubierta arden los navíos como vivas llamas,
del ardor y fuego que dentro tenian, sin poder resollar, de angustia
y apretamiento de los pechos se ahogaban; y desta manera han sido
infinitos el número de las gentes destas Indias que han perecido, como
en el libro III, si place á Dios, será relatado. Así que, por las
razones susodichas fué constreñido el Almirante á despachar los dichos
cinco navíos de indios cargados, los cuales fueron en tal hora, que,
de su llegada á Castilla y de la relacion que á los Reyes hizo por sus
mismas cartas el Almirante, luego se originó y proveyó que perdiese su
estado, y le sucedieron mayores amarguras y disfavores y desconsuelos
que hasta entónces habia padecido trabajos; no, cierto, por lo que
habia ofendido á Francisco Roldan ni á los que con él andaban alzados,
sino por las injusticias grandísimas, y no oidas otras tales, que
contra estas inocentes gentes cometia y habia perpetrado, y, por su
ejemplo, Francisco Roldan y los demas, quizá fué causa ocasional que
perpetrasen. Porque, por ventura y áun sin ventura, si él no hubiera
impuesto los tributos violentos é intempestivos, é para estas gentes
más que insoportables, los Reyes desta isla y súbditos suyos no
desamaran su venida y estada de los cristianos en sus tierras, ni
exasperados de las vejaciones y fatigas que padecian, por defenderse
de quien los oprimia, no se pusieran en armas, si armas se podian
decir las suyas, y no más armillas de niños, por título que se alzaban
á quien no debian nada, él no les hiciera guerras, en las cuales,
comenzaron y mediaron y perfeccionaron diversas maneras, y muy nuevas,
de crueldades en estos corderos, los cristianos, y para presumir
más de sí, como se vian contra las gallinas gallos tan aventajados,
crecíanles con la cruel ferocidad los ánimos, ni quizá cayera en él
tanta ánsia de enviar, de indios hechos esclavos tan malamente, los
navíos cargados; y así, lo primero cesante, lo último con lo del medio
cesara, y, todo cesando, quizá no permitiera Dios que Francisco Roldan
ni los demas rebeldes y tiranos contra él se levantaran, ni cometieran
en estas mansas y humildes gentes tantos y tan grandes extragos, lo
cual, no obstante él, floreciera y gozara felicemente del estado que
misericordiosamente (como él siempre recognoscia y confesaba, y por
ello á Dios alababa), le habia concedido, que al fin permitió, para su
salvacion, cierto, segun creo, por las dichas causas fuese dél privado.
Pero es de haber gran lástima que no advirtiese cual fuese de sus
angustias y caimiento en la estima y nombre deste su negocio de las
Indias, y de sus disfavores y adversidades, la causa; porque si la
sintiera, no hay duda sino que, como era de buena intincion y deseaba
no errar, y todo lo enderezaba á honor de Dios, y, como él siempre
decia, de la Sanctísima Trinidad, todo lo enmendara, y tambien la
bondad divina su sentencia y castigo ó lo revocara ó lo templara.



CAPÍTULO CLV.


Haciéndose á la vela los cinco navíos á 18 dias del mes de Octubre de
aquel año de 498, en los cuales fué mi padre á Castilla, desta isla, y
pasaron grandes trabajos y peligros, fueron, como es dicho, cargados
de indios hechos esclavos; y serian por todos 600, y, por los fletes
de los demas, dió á los Maestres 200 esclavos. En ellos escribió el
Almirante á los Reyes muy largo, en dos cartas, haciéndoles relacion de
la rebelion de Francisco Roldan y de los con él alzados, de los daños
que habian hecho y hacian por la isla, haciendo robos y violencias, y
que mataba á los que se les antojaba por no nada, tomando las mujeres
ajenas y hijas, y otros muchos males perpetrando por donde andaban; y
escribióles que le habian dicho, que cuasi toda la parte del Poniente
desta isla, que es la donde reinaba el rey Behechio, que se llamaba
Xaraguá, tenian muy alborotada y maltratada: y no dudo yo dello y que
era mucho más que podia ser la fama. En todas las cartas que escribia,
decia que esta tierra era la más fértil y abundosa que habia en el
mundo, y para todos los vicios aparejada, y, por tanto, propia para
hombres viciosos y haraganes; y en todo decia gran verdad, porque
despues que se hicieron á la tierra los españoles, saliendo de las
enfermedades que por fuerza los habia de probar, no por ser enferma,
como arriba en el cap. 88 dijimos, sino por ser los aires más sotiles,
y las aguas más delgadas, y los manjares de otras calidades, y en fin,
por estar de las nuestras tan distantes, andando de pueblo en pueblo,
y de lugar en lugar, comian á discrecion, tomaban los indios para su
servicio, que querian, y las mujeres que bien les parecia, y hacíanse
llevar á cuestas en hombros de hombres en hamacas, de las cuales ya
dije qué tales son; tenian sus cazadores que les cazaban, y pescadores
que les pescaban, y cuantos indios querian, como recuas, para les
llevar las cargas, y sobre todo, de puro miedo, por las crueldades
que en los tristes indios hacian, eran reverenciados y adorados, pero
no amados, ántes aborrecidos como si fueran demonios infernales; y
porque esta vida el Almirante sabia que aquí los españoles vivian,
y hallaban en la tierra para ello aparejo cuanto desear podian, con
razon juzgaba que era la mejor del mundo para hombres viciosos y
haraganes. Entre otras viciosas desórdenes que en ellos abominaba, era
comer los sábados carne, á lo cual no podia irles á la mano, por cuya
causa suplicaba á los Reyes en muchas cartas, que enviasen acá algunos
devotos religiosos, porque eran muy necesarios, más para reformar la
fe en cristianos que para á los indios darla, y dice así: «Acá son muy
necesarios devotos religiosos para reformar la fe en nos, más que por
la dar á los indios, que ya sus costumbres nos han conquistado y les
hacemos ventaja; y con esto un letrado, persona experimentada para
la justicia, porque sin la justicia real creo que aprovecharán los
religiosos poco.» Estas son sus palabras. Y en otra carta dice á los
Reyes: «Presto habrá vecinos acá, porque esta tierra es abundosa de
todas las cosas, en especial de pan y carne; aquí hay tanto pan de lo
de los indios, que es maravilla, con el cual está nuestra gente más
sanos que con el de trigo, y la carne es, que ya hay infinitísimos
puercos y gallinas, y hay unas alimañas que son atanto como conejos,
y mejor carne, y dellos hay tantos en toda la isla, que un mozo indio
con un perro trae cada dia 15 ó 20 á su amo; en manera que no falta
sino vino y vestuario, en lo demas es tierra de los mayores haraganes
del mundo; é nuestra gente en ella, no hay bueno ni malo que no tenga
dos y tres indios que le sirvan, y perros que le cacen, y bien que no
sea para decir, y mujeres atan fermosas, que es maravilla. De la cual
costumbre estoy muy descontento, porque me parece que no sea servicio
de Dios, ni lo puedo remediar, como del comer de la carne en sábado,
y otras malas costumbres que no son de buenos cristianos; para los
cuales, acá aprovecharia mucho algunos devotos religiosos, más para
reformar la fe en los cristianos que para darla é los indios; ni yo
jamás lo podré bien castigar, salvo si de allá se me envia gente, en
cada pasaje 50 ó 60, y yo envie allá otros tantos de los haraganes y
desobedientes, como agora fago, y este es el mayor y mejor castigo, y
con ménos cargo del ánima, que yo, vea, etc.» Esto todo repite en otras
cartas, como via que cada dia se iban corrompiendo más la vida mala y
nefanda de los españoles; y en la verdad, como fueron grandes quejas y
debialas de llevar Juan Aguado, de quien en el cap. 107 hicimos larga
mencion, de que habia tratado mal los españoles, ahorcando ó azotando
muchos, como en fin deste libro ó al principio del segundo, placiendo
á Dios, se verá, y tambien por estar levantado Francisco Roldan y los
demas, estaba acobardado y no osaba corregir las malas costumbres ni
castigar ó impedir los delitos y obras pésimas, de robos y crueldades,
que tambien cometian en los indios los españoles que le seguian, como
los de Francisco Roldan, y así llora mucho esto en sus cartas, y en una
dice: «Yo he sido culpado en el poblar, en el tratar de la gente, y en
otras cosas muchas, como pobre extranjero envidiado, etc.» Dice en el
poblar, porque le imputaban por malo haber poblado el primer pueblo
en la Isabela, como si él hobiera visto y andado toda esta isla, y de
industria escoger aquel por el peor lugar; nunca él hobiera herrado en
otra cosa sino en aquello, porque él vino á dar allí con los 17 navíos,
cansados y molidos del viaje de Castilla, y los caballos y bestias que
traia, y toda la gente afligida y medio enferma de tan luengo viaje,
no acostumbrado, y tan nunca en la mar, sin ver tierra tantos dias,
hasta entónces hombres se haber hallado; y es muy excelente y graciosa
tierra, y harta digna de ser poblada, y más propincua y frontera de las
minas de Cibao, por lo cual, cierto, más merecia gracias que serle á
mal poblar imputado, sino que, segun le desfavorecian, los que podian
hacerle daño de todo cuanto podian hechaban mano.

Escribió tambien á los Reyes en la angustia en que quedaba con el
levantamiento y rebelion de Francisco Roldan, y en los tratos que por
atraerlo á obediencia y servicio de Sus Altezas andaba; escribió más
á los Reyes, que porque decia Francisco Roldan que no tenia necesidad
de perdon, porque no tenia culpa, y que el Almirante era hermano del
Adelantado y era juez sospechoso, que trabajaba de concertar con él que
fuese á Castilla, y que Sus Altezas fuesen los jueces; y que cuanto
á la pesquisa é informacion sobre esto, para enviar á Sus Altezas,
para que se hiciese con ménos duda y sospecha, estuviesen á hacerla
presentes Alonso Sanchez de Carvajal con quien tenia pláticas, y el
Alcaide Miguel Ballester, y esta pesquisa fuese á Castilla, y Roldan
y sus compañeros enviasen un mensajero á la corte, y en tanto que
volviese respuesta de los Reyes, se viniesen á servir como de ántes
solian, y si esto no querian, que se fuesen á la isla de Sant Juan,
que estaba cerca de aquí, porque no anduviesen destruyendo esta isla,
como robando de continuo la tenian destruida. Dice más, que si estos
Alcaides no venian en concierto, para que cesasen tantos males, que
habia de trabajar de poner diligencia para los destruir; yo sospecho
que esta cláusula y palabra, dió más prisa á los Reyes para enviar muy
más presto á quitarle el cargo, creyendo que como le habian acusado de
riguroso y cruel en la ejecucion de la justicia, que, si él pudiese,
habia de hacer grandes estragos en aquellos rebeldes. Dice asimismo en
una de sus cartas á los Reyes así: «Siempre temí del enemigo de nuestra
sancta fe en esto, porque se ha puesto á desbaratar este tan grande
negocio con toda su fuerza; él fué tan contrario en todo, ántes que se
descubriese, que todos los que entendian en ello lo tenian por burla;
despues la gente que vino conmigo acá, que del negocio y de mí dijeron
mil testimonios, y agora se trabajó allá, que hubiese tanta dilacion é
impedimentos á mi despacho, y poner tanta cizaña á que Vuestras Altezas
hobiesen de temer la costa, la cual podia ser ya tan poca ó nada, como
será, si place á Aquel que lo dió y que es superior dél y de todo el
mundo, y el cual le sacará al fin por qué hizo el comienzo, y del cual
se ve tan manifiesto que le sostiene y aumenta, que es cierto, si se
mirasen las cosas que acá han pasado, se podria decir como y tanto como
del pueblo de Israel.» Quiere decir, que así como los hijos y pueblos
de Israel eran incrédulos contra Moisén y Aaron, así todos los que
dudaron y creyeron ser burla y de poco fruto el descubrimiento destas
Indias y desta negociacion; y añide más. «Podria yo todo replicarlo,
mas creo que no hace mengua, porque hartas veces los he escrito bien
largo, como agora, de la tierra que nuevamente dió Dios este viaje á
Vuestras Altezas, la cual se debe creer que es infinita, de la cual y
desta deben tomar grande alegría y darle infinitas gracias, y aborrecer
quien diz que no gasten en ello, porque no son amigos de la honra de
su alto Estado; porque allende de las tantas ánimas que se pueden
esperar que se salvarán, de que son Vuestras Altezas causa, y que es el
principal del caudal desto (y quiero fablar á la vana gloria del mundo,
la cual se debe tener en nada, pues que la aborrece Dios poderoso), y
digo que me respondan quién leyó las historias de griegos y romanos, si
con tan poca cosa ensancharon su señorío tan grandemente, como agora
hizo Vuestra Alteza aquel de la España con las Indias. Esta sola isla,
que boja más de 700 leguas; Jamáica, con otras 700 islas, y tanta
parte de la tierra firme, de los antiguos muy cognoscida y no ignota,
como quieren decir los envidiosos ó ignorantes, y despues desto, otras
islas muchas y grandes de aquí hácia Castilla, y agora esta, que es
de grande excelencia, de la cual creo que se haya de hablar entre
todos los cristianos por maravilla, con alegría. ¿Quién dirá, seyendo
hombre de seso, que fué mal gastado, y que mal se gasta lo que en ello
se despende? ¿qué memoria mayor en lo espiritual y temporal quedó ni
pueda más quedar de Príncipes? Yo soy atónito y pierdo el seso cuando
oigo y veo que esto no se considera, y que nadie diga que Vuestras
Altezas deban hacer caudal de plata ó oro, ó otra cosa valiosa, salvo
de proseguir tan alta y noble empresa, de que habrá Nuestro Señor
tanto servicio, y los sucesores de Vuestras Altezas y sus pueblos
tanto gozo: mírenlo bien Vuestras Altezas, que, á mi juicio, más le
relieva (relieva dice por importa) que hacian las cosas de Francia
ni de Italia.» Estas todas son sus palabras, y, en verdad, dignas de
mucha consideracion, porque llenas de prudencia y de verdad, y testigos
de pecho harto virtuoso, y de muy recta intincion, y hiciera grandes
cosas y fruto inestimable en estas tierras, si no ignorara que estas
gentes no le debian nada á él ni á otra persona del mundo, sólo porque
los descubrió, aunque casi atinaba y confesaba el fin de haber podido
jurídicamente volver acá, que no era otro que el bien destas gentes,
salud y conversion; y finalmente ayudó á quél errase los disfavores que
tenia de muchos, por zaherir los gastos que los Reyes hacian, y por
excusarlos ó recompensarlos.



CAPÍTULO CLVI.

 El cual trata del principio ó principios de donde hobo su orígen
 y procedió el repartimiento de los indios, que llamaron despues
 encomiendas, que han destruido estas Indias, donde se prueba que nunca
 los indios jamás se dieron para que los españoles los enseñasen, sino
 para que se sirviesen dellos y aprovechasen.


Dice, allende lo susodicho, que ha de trabajar de tornar á asentar
la gente desta isla, en que tornen á la obediencia y que paguen los
tributos que solian pagar, y que Dios perdone á los que en la corte y
en Sevilla fueron causa de tardar él tanto en se despachar, porque si
él viniera con tiempo, como pudiera venir dentro de un año, y mucho
ántes, ni se alzaran los indios, ni dejaran de pagar los tributos
como los pagaban, porque siempre yo dije (dice él), que era necesario
de andar sobre ellos tres ó cuatro años, hasta que lo tuvieran bien
en uso, porque se debia de creer que se les haria fuerte. Mira que
duda, digo yo, y añido, que aunque acá se hallara ántes, no dejara
de haber los inconvenientes que hobo, y quizá mayores, porque tenia
Dios determinado de lo afligir y quitarle el cargo, pues con tanta
opresion y jactura destas gentes, que no le debian nada, dél usaba;
donde tambien añide, haciendo relacion de que esta isla se iba en
los mantenimientos mejorando, porque los ganados iban creciendo y
los españoles haciéndose al pan de la tierra, que lo querian más que
al de trigo, dice que agora tenian vida muy descansada, segun la
pasada, porque ellos no trabajaban ni hacian cosa, sino que los indios
lo trabajaban y hacian todo, casas y todo, y cuanta hacienda era
necesaria, y que no habia necesidad de otra cosa sino de gente que los
tuviese subyectos, por que si ellos viesen que éramos pocos, alzarian
la obediencia, y ellos nos siembran el pan y los ajes y todo otro
mantenimiento suyo, y el Adelantado tiene aquí más de 80.000 matas de
yuca, de que hacen el pan, plantadas. Estas son palabras del Almirante.
Dijo que hacian pozos, porque como estaba junto á la mar este pueblo,
de la otra, como agora está desta, banda, no tenian agua dulce de rio,
sino salada, y por eso hacian pozos, no para beber, porque es algo
salobre ó gruesa, sino para el servicio de casa; para beber tenian
una fuente, de que tambien hoy beben los que no tienen algibes, que
es buen agua. Es aquí de notar, que estos fueron los principios de
donde nació poco á poco el repartimiento que agora llaman encomiendas,
y, por consiguiente, la total perdicion de todas estas tan infinitas
naciones; porque como se enseñaron los españoles, áun los labradores,
y que venian asoldados para cavar y labrar la tierra y sacar el oro
de las minas (como arriba queda dicho), á haraganear y andar el lomo
enhiesto, comiendo de los sudores de los indios, usurpando cada uno por
fuerza tres y cuatro y diez que le sirviesen, por la mansedumbre de los
indios que no podian ni sabian resistir (y, segun dice el Almirante
en una destas cartas), Francisco Roldan y su gente alzada, traian más
de 500 indios, y cuando se mudaban de una parte á otra, serian más de
1.000 para llevarles las cargas, y los que estaban con el Adelantado, y
despues de venido el Almirante, hacian lo mismo por aquella semejanza;
y porque no se les pasasen á Roldan, todo esto y mucho más, y otras
cosas peores, como eran violencias y matanzas, é infinitos desafueros,
disimulaban, y no les osaban ir á la mano. Despues, cuando Roldan se
redujo á la obediencia del Almirante, como quedaban del holgar y de
la libertad que traian, y, de ser servidos de los indios y mandarles,
mal vezados, comenzó Roldan á pedir al Almirante que tuviese por
bien de que el rey Behechio, que, andando alzado el Roldan, lo tenia
por sus tiranías amedrentado y hacia lo que queria dél con su gente,
tuviese cargo de le hacer sus labranzas, como abajo, placiendo á Dios,
se verá; ni poco ni mucho, como dicen, sino el rey Behechio, siendo
de los mayores Reyes y señores de toda esta isla, y la corte de toda
ella, como arriba en el cap. 114 se dijo, lo cual el Almirante no le
pudo negar, porque todo estaba reciente y vedriado y en peligro, al
ménos duraba el temor, y no sin causa, que no hobiese otra rebelion,
y tambien hobo principio esta iniquidad, de aplicar el Almirante ó
el Adelantado, como se dijo arriba, ciertos Caciques y señores que
tuviesen cargo de hacer las labranzas y mantenimientos á las fortalezas
y pueblos de los españoles, como parece en las 80.000 matas ó montones
que arriba dijo el Almirante que habia hecho plantar el Adelantado
aquí, cerca de Sancto Domingo, y tenia cargo deste servicio, creo que
un gran Cacique y señor, cuya tierra y señorío era cinco ó seis leguas
de aquí, la costa arriba hácia el Oriente, y llamábase Agueybana,
y otros hacian que tuviesen cargo de enviar gente á las minas, así
que despues de cesada la rebelion, mayormente cuando se comenzaron
á avecindar y hacer pueblos, cada uno de ambas partes, así los que
habian seguido á Roldan, como los que permanecido en la obediencia del
Almirante, aunque fuese un gañan, y de los desorejados y homicianos
que, por sus delitos, se habian desterrado de Castilla para acá, pedian
que les diesen tal señor y Cacique con su gente para que le labrasen
sus haciendas ayudase á granjear; y por le agradar y tener contento
y seguro el Almirante, y porque asentase en la tierra sin sueldo del
Rey, lo que él mucho deseaba y trabajaba, se lo concedia liberalmente,
y á este fin enderezaba lo que en estas cartas de agora, con los cinco
navíos, escrebia á los Reyes, que les suplicaba tuviesen por bien de
que la gente que acá estaba se aprovechase un año ó dos, hasta que
este negocio de las Indias se levantase, porque ya se enderezaba; y
cerca desto dice así: «Suplico á Vuestras Altezas tengan por bien que
esta gente se aproveche agora un año ó dos, fasta que este negocio
esté en pié, que ya se endereza, que ven agora que esta gente de la
mar y casi toda la de la tierra están contentos, y salieron agora
dos ó tres Maestres de navíos que pusieron á la puerta cédulas para
quién se queria obligar á les dar 1.500 maravedís en Sevilla, que
les llevarian allí tantos esclavos y les farian la costa, y la paga
seria de los dineros que dellos se sacasen. Plugo mucho á la gente
toda, y yo lo acepté por todos y les protesto de les dar la carga, y
así vernán y traerán bastimentos y cosas que son acá necesarias, y se
aviará este negocio, el cual agora está muy perdido, porque la gente
no sirve, ni los indios pagan tributo con esto que pasó y mi absencia,
ni el Adelantado pudo más hacer, porque no tenia nadie consigo que no
fuese en tal guisa que no se podia fiar, que todos se congojaban y
maldecian, diciendo que eran cinco años que estaban acá y que no tenian
para una camisa. Agora les he ensanchado la voluntad y les parece
que lleva razon lo que les digo, que serán pagados presto, y podrán
llevar su paga adelante.» Estas son sus palabras. Y en otra cláusula dá
por nuevas buenas á los Reyes, que ya todos los españoles no querian
estar por sueldo del Rey, sino avecindarse, y porque lo hiciesen, les
ayudaba en cuanto podia á costa de los desventurados indios; así que,
por lo dicho, parece que el aprovecharse la gente que acá estaba,
española, era darles esclavos para que enviasen á Castilla á vender,
los cuales llevaban los Maestres á 1.500 maravedís, y que les darian
de comer; y negra comida seria la que ellos les darian, pues lo es
siempre la que suelen dar á los pasajeros de su misma nacion. Item, el
aprovechamiento tambien era dar Reyes y señores con sus gentes á los
desorejados y desterrados (por ser dignos de muerte por sus pecados),
que, sacada la crisma y ser bautizados, eran muy mejores que no ellos,
para que les sirviesen haciendo sus labranzas y haciendas, y en todo
cuanto ellos querian y decian que habian menester; concedida licencia
que tal Cacique ó señor á este fulano le hiciese tantas labranzas,
porque no se le daban para más, ellos se apoderaban y señoreaban tanto
dellos, que á cabo de un mes eran ellos los Caciques y los Reyes, y
temblaban los mismos señores delante dellos; de aquí tambien usurpaban
enviarlos á las minas que les sacasen oro, y en todos los otros
servicios de que juzgaban poder cebar sus codicias y ambiciones.
De las vejaciones y aperreamientos y maltratarlos en todo género de
rigor y austeridad, no quiero aquí decir más de lo que abajo se dirá;
finalmente, todo el interese y utilidad temporal de los españoles,
ponia en la sangre y sudores, y al cabo en perdicion y muerte desta
gente desmamparada, y aunque, segun parece, la intincion del Almirante
debia ser darles licencia para que les hiciesen las labranzas por algun
tiempo, y no para más, pues dice á los Reyes que tengan por bien que
sean aprovechados un año ó dos, en tanto que la negociacion estaba en
pié ó se levantaba, pero como al Almirante, luego quitaron el cargo
y gobernacion, y sucedió otro, como parecerá, ellos se encaminaron
y apoderaron tanto de aquella licencia y posesion tiránica, que los
sucesores en esta gobernacion, no de quitarla ni limitar, ántes
cumplirla y confirmarla y estragarla más de lo que estaba, y hacerla
universal, estudiaron. Y así, parece claro, de dónde y cuando tuvo su
orígen y principio, y cuan sin pensarlo aquesta pestilencia vastativa
de tan gran parte del linaje humano, que tanta inmensidad de gentes ha
estirpado, el dicho repartimiento y encomiendas, digo, en el cual se
encierran, y para sustentarlo se han cometido, todos los males, como
claramente parecerá abajo. Tambien consta de lo arriba relatado, que
nunca se dieron los indios á los españoles para que los enseñasen,
sino para que se sirviesen dellos, y de sus sudores, y angustias, y
trabajos se aprovechasen; porque manifiesto es, que, pues el Almirante
decia á los Reyes que enviasen devotos religiosos, más para reformar
la fe en los cristianos que para á los indios darla, que cognoscia
el Almirante no ser, los tan pecadores cristianos, para doctrinar y
dar la fe á los indios, capaces; luego no se los daba sino para que
adquiriesen con ellos las riquezas porque rabiaban. Lo mismo hicieron
los siguientes gobernadores, los cuales no ignoraban la vida que acá
siempre hicieron los españoles, y sus vicios públicos y malos ejemplos,
que siempre fueron de hombres bestiales, y si cuando se los daban les
decian que con cargo que en las cosas de la fe los enseñasen, no era
otra cosa sino hacer de la misma fe y religion cristiana, sacrílego
y inesplicable escarnio; y merecieran los mismos gobernadores que los
hicieran, no cuatro sino catorce cuartos. Todo esto, placiendo á Dios,
se cognoscerá mucho mejor en el lib. II y más abajo.



CAPÍTULO CLVII.


Suplicaba encarecidamente á los Reyes muchas veces, y en todas sus
cartas, que mandase á las personas que en Sevilla tenian cargo de las
cosas destas Indias, que las favoreciesen, ó al ménos, que no las
estorbasen ni infamasen, y esto creo yo que decia principalmente por
el dicho D. Juan Rodriguez de Fonseca, que ya era Obispo de Badajoz, y
de los otros oficiales; y, cierto, yo siempre oí y creí, y algo ví al
dicho Obispo, haber sido y ser contrario á las cosas del Almirante, no
sé con qué espíritu ni por qué causa, puesto que oí que dijo un dia el
Almirante, cuando supo que era ya Obispo: «Dovos á Dios (este era su
comun hablar), no seais fator de las Indias y non vos faran Obispo.»
Y como tuvo el Almirante acá tantos desabridos, mayormente despues
que vino Juan Aguado, debíanselo de decir ó escribir al Obispo (si,
empero, lo uno y lo otro es verdad, que puede ser que no lo sea), y
de allí haberle tomado, como dicen, ojeriza. Quiero decir, que pudo
ser no ser por aquella causa ni con mal espíritu, pero de que justa ó
injustamente el Obispo le desfavoreciese, yo no dudo; y tambien que el
Obispo, como era hombre de linaje y de generoso ánimo, y de los Reyes
muy privado y crecia cada dia en mayor estado, bastábale tomar opinion
siniestra, sin otra causa y con título de que los Reyes gastaban y
no se aprovechaban, para menospreciar ó no tener en la estima que
debiera los trabajos del Almirante; por lo cual, dice á los Reyes el
Almirante así: «Suplico á Vuestras Altezas manden á las personas que
entienden en Sevilla en esta negociacion, que no le sean contrarios
y no la impidan, porque ella estuviera más preciosa si mi dicha
acertara á que allí hobiera persona en el cargo deste negocio, que lo
tuviera amor, ó al ménos que no fuera contra ello y no se pusiera á
lo destruir é lo difamar, y favorecer á quien otro tanto hacia, y ser
contrario á quien decia bien dello, que, como se ve, la buena fama es
aquella que despues de Dios hace las cosas, y yo he sido culpado en el
poblar, en el tratar de la gente y en otras cosas muchas, como pobre
extranjero envidiado, de lo cual todo se veia el contrario, y que era
por voluntad, y con malicia, y atrevimiento, como ya parece en muchas
cosas.» Estas son sus palabras. Escribió tambien á sus Altezas, como
tenia aparejados tres navíos para enviar al Adelantado á la tierra de
Paria que dejaba descubierta, y que estuviese por allá seis meses,
dentro de los cuales, cierto, creyó que hiciera el Adelantado gran
descubrimiento, y llevar al cabo la costa hasta la Nueva España, ó al
ménos bien cerca, y partiérase con los cinco navíos juntamente el mismo
dia, segun dice, sino por esperar la resolucion del concierto en que
andaba con Roldan, porque el Adelantado era muy esforzado y hombre de
guerra, y hasta que Roldan fuese reducido, no convenia al Almirante ni
al bien de toda esta isla que estuviese ausente. Finalmente, concluyó
sus cartas, y con ellas envió á los Reyes, un envoltorio en que iban
unos pañezuelos de aquellos pintados que traian los indios de Paria,
que dejaba descubierta, y ciertas perlas, y creo, segun entendí de
otras partes, no de carta ni relacion del Almirante, fueron las perlas
que envió 160 ó 170, y ciertas piezas de oro y el envoltorio sellado;
y aquí dice, que aunque las perlas y oro que de allí envia sea en
cantidad poco, pero por la calidad las envia, pues, hasta entónces,
ninguno vido llevar perlas del Poniente; y así quiere dar á entender,
que se deben tener en mucho. Envió tambien á los Reyes la pintura ó
figura de la tierra que dejaba descubierta, con las islas distintas que
cerca estaban, y, por escrito, todo su viaje. Por esta pintura ó debujo
que á los Reyes envió de la dicha tierra de Paria, y por los rumbos y
caminos que desde las islas de Cabo Verde habia llevado, vino Alonso
de Hojeda y ordenó su viaje hasta dar en la isla de la Trinidad y la
tierra firme de Paria, y allí halló rastro y nuevas del Almirante,
como el mismo Hojeda confiesa y depone en su dicho juramentado, segun
arriba en el cap. 140 habemos declarado, y no segun Américo, parece que
quiso aplicarse á sí el descubrimiento de la dicha tierra firme, Paria,
de donde provino poner nombre á la dicha tierra firme, América, los
escritores que escriben fuera de España, lo cual, como allí se probó,
es muy grande engaño. Con las cartas y la figura ó pintura y relacion
de aquel viaje, y del estado en que todo lo de acá quedaba, se hicieron
los dichos cinco navíos, á la vela, á 18 de Octubre de 1498, en los
cuales, sospecho yo, que irian cartas de Francisco Roldan y de otras
personas muchas, que eran sus amigos ocultos ó públicos, llenas de
quejas del Adelantado que no hicieron al Almirante y á su estado, poco
daño.



CAPÍTULO CLVIII.


Volviendo la pluma á contar el trato de Francisco Roldan y sus
secuaces, recibida pues la carta del Almirante, Roldan, segun el cap.
155, salió del Bonao con algunos de los de su compañía, y vino aquí
á Sancto Domingo con su poca vergüenza, debajo del seguro, á hablar
con el Almirante, y segun pareció (porque no concluyó nada), más para
sacar gente que se le pasase, que para dar órden y concierto en su vida
desordenada. No pude saber lo que con su venida, cuando pareció ante
su amo y señor, el Almirante, y lo que dijo, ni como el Almirante le
rescibió, porque de creer es que pasarian cosas notables. Finalmente,
hablaron y trataron de concierto y de medios, y de creer es que él
dió las quejas que tenia ó fingia tener del Adelantado, y que el
Almirante le satisfaria á todas ellas y exhortaria á la obediencia y
reconciliacion del Adelantado, y ofreceria largamente cuantos honestos
partidos hallar pudiese, para verlo á él reducido y á la isla asentada,
como parece por muchas cartas que ántes y despues desta vista le
escribió el Almirante, algunas de las cuales, y las respuestas del
mismo Francisco Roldan, de su nombre firmadas, he tenido é leido en
mis manos. Despues de muy bien entre ambos, y delante de muchos de
los que aquí estaban personas principales, platicado, pidiendo Roldan
cosas que graves eran al Almirante, y respondídole lo que parecia
razonable, quedó que lo platicaria con su compañía, y, segun lo que
acordasen, su señoría lo sabria, y así se tornó al Bonao. Porque no
se enfriase lo que tanto el Almirante deseaba concluir, envió con él
un mayordomo suyo que se llamaba Diego de Salamanca, hombre cuerdo y
bien honrado; llegados, trataron dello, y al fin acuerdan de enviar
al Almirante ciertos capítulos muy indiscretos, no honestos, sino de
hombres que no se daban mucho por vivir en paz y sosiego, ántes no
querian dejar la vida que tenian de desmandados. El Almirante, desque
los vió, cognoscido su atrevimiento y presuncion, no quiso aceptarlos,
porque ni á su honra, ni autoridad, ni á servicio de los Reyes era
cosa conveniente ni razonable, y para dárselo á entender, acordó
enviar al susodicho Alonso Sanchez de Carvajal, señalándole razones
claras y evidentes, por las cuales demostraba no ser cosa honesta ni
servicio de los Reyes que él aquellos capítulos firmase; pero que
mirasen cuanto él pudiese, salvo su honor y el servicio de los Reyes,
firmar, firmaria de buena gana, y les haria todo el bien y tratamiento
que debiese pidiendo cosas razonables. Fué Carvajal á la Concepcion,
donde ya estaban y trataban de tomar la fortaleza cercando al Alcaide,
para lo cual dicen que habian tirádole el agua; pero llegado Carvajal,
moderáronse. Trató con Francisco Roldan y con los principales, y al
cabo con todos, y concluyeron ciertos capítulos, el fin de los cuales,
y que más deseaba el Almirante, fué, que se fuesen á Castilla por
quitar de sí y desta isla gente ya tan corrupta y desmandada, con
que les diese el Almirante dos navíos en el puerto de Xaraguá, bien
aparejados, con bastimentos, y que les dejase á cada uno un esclavo y
las mancebas que tenian preñadas y paridas en lugar de los esclavos que
se les habian de dar, y que les diese carta de bien servidos ó haber
servido bien, y se les restituyesen algunos bienes que se les habian
tomado y otras cosas semejantes. El Almirante se las otorgó y firmó
con que no recibiesen más españoles en su compañía de todos cuantos
habia en la isla, y que dentro de cincuenta dias se embarcarian, y
que no llevarian esclavo alguno por fuerza de los que se les habian
de dar á merced, y que darian cuenta y razon á las personas que el
Almirante enviase al dicho puerto de lo que en los navíos metiesen, y
les entregarian todo lo que tuviesen de la hacienda del Rey. Firmólo
todo esto Roldan en nombre de todos los de su compañía en sábado, 17
de Noviembre de 1498, pero porque el Almirante estaba en esta villa
de Sancto Domingo y los capítulos se hicieron en la Vega ó Concepcion
con Alonso Sanchez de Carvajal y Diego de Salamanca, y habian de venir
á que el Almirante los firmase, dijo Roldan, que cuanto á no admitir
más gente en su compañía, lo firmaba con condicion, que, dentro de diez
dias, le viniese la respuesta de como el Almirante lo firmaba, lo cual
hizo á 21 del dicho mes. Envióles dentro de los diez dias la respuesta
y firmados los capítulos, y ellos partiéronse para Xaraguá, diciendo,
que iban á aparejar su partida, puesto que segun pareció, no tenian tal
pensamiento; por ventura, el Roldan era el que lo queria, y los otros
no. El Almirante, por el ánsia que tenia de verse libre de tan gran
impedimento, para lo que queria y entendia hacer en la gobernacion y
asiento desta isla, y tornar á hacer tributarios á los indios della,
suspendió la ida del Adelantado á descubrir la tierra firme, que dejaba
comenzada, como no tenia más de aquellos tres navíos, y mandó luego
aderezar los dos, sacado dellos lo que tenia el Adelantado aparejado
para su viaje, y puesto lo que les era obligado por la capitulacion á
dar, y porque supo que algunos de aquellos de la compañía de Roldan
decian que no querian ir á Castilla, mandó hacer un seguro muy cumplido
y general, diciendo y prometiendo, que todos los que no quisiesen
ir á Castilla y quedarse en esta isla, á sueldo, si sueldo del Rey
quisiesen ganar, darles vecindad si se quisiesen avecindar; y por cosas
y embarazos que ocurrieron, no se pudieron despachar los navíos hasta
Enero del año siguiente de 1499. Mandó que Carvajal se fuese á Xaraguá
por tierra, que, entretanto que los navíos llegaban, entendiese con él
Francisco Roldan, en su despacho y aparejo para su partida. Partióse
tambien el Almirante para la Isabela y la tierra dentro, á visitar
la tierra y asegurar las gentes y disponerlas para que tornasen á
servir con los tributos que solian, para ellos muy sabrosas nuevas.
Dejó por su Teniente aquí en Sancto Domingo á su hermano D. Diego,
con su instruccion de lo que habia de hacer. Partidos los dos navíos,
dióles una dura tormenta que les hizo mucho daño, en especial al
uno, por manera que se recogieron al puerto Hermoso, que está, deste
de Sancto Domingo, 16 leguas, ó al de Azua, que está 20 ó pocas más,
donde no pudieron reformarse para proseguir su viaje hasta Marzo y
fin dél, y como ni el Roldan ni todos, ó al ménos los más dellos,
tenian poco deseo de ir á Castilla, porque temian ser castigados por
los Reyes, tomaron achaque de haber sido libres del asiento dado, y
no ser obligados á cumplirlo, diciendo ser pasado el término de los
cincuenta dias, é haber quedado por culpa é industria del Almirante,
porque los queria engañar é buscar maneras para prenderlos, y otras
alegaciones harto frívolas y desvariadas, y muy claramente contrarias
de la intencion y fin del Almirante, como no desease cosa más que
reducirlos, ó echarlos desta isla; y en todas estas dilaciones gastaba
bastimentos y ocupaba gente, y cesaba de enviar al Adelantado, y se
impedia de muchas cosas que hacer deseaba, mayormente asentar los
tributos en los Caciques é indios. Esto no podia hacer ni otra cosa de
provecho estando toda la isla turbada y desasosegada, estando ellos
levantados y cometiendo en los indios cada dia tantos insultos y
tantos daños; ¿en qué juicio podia caer que se pusiese el Almirante,
en quedar, que enviaria los navíos con tantos gastos á Xaraguá, 200
y más leguas por la mar, donde ellos estaban fuertes y eran señores,
y despues, de industria, detenerlos y retardarlos? Bien parece claro
que ellos eran los que andaban con cautelas mañosas, procrastinando
y vacilando, ó engañando. Esto escribió, afirmándolo, Alonso Sanchez
de Carvajal, que con ellos trataba su despacho, el cual les hizo
requirimiento en forma, delante de Francisco de Garay, á quien dió
poder y crió para esto el Almirante por escribano; pero ellos, como
moros sin Rey, no curaron. Dice así Alonso de Carvajal en su carta,
la cual firmada de su firma, tuve en mis manos: «Juntos Francisco
Roldan y su compañía, yo acabé de cognoscer su voluntad, que era de no
ir á Castilla por agora en estos navíos, y en fin de muchas pláticas
pasadas entre ellos y mí, le requerí por ante Francisco Garay, y dije,
como yo iba allí por mandado de vuestra señoría, á cumplir con él y
con ellos, etc.» Estas son sus palabras. Escribió todo esto y la poca
verdad que guardaban, y como huian de concierto, al Almirante; á 15
de Mayo, el Almirante escribió una carta á Roldan y otra á Adrian de
Muxica, con toda modestia, rogándoles y amonestándoles, que se quitasen
de tan dañosa opinion como seguian, porque cesasen tantos escándalos,
que se destruia la isla y cesaba el servicio de los Reyes, y otras
muchas cosas buenas que moverlos podian; pero el Roldan, como serpiente
sorda á los consejos, respondió al Almirante una carta harto arrogante
y llena de presuncion, que le besaba las manos por su consejo, pero
que no tenia necesidad dél, y otras cosas que mostraban su esencion y
temeridad. Despues, dice Carvajal en aquella carta, que pasaron muchas
cosas que por vía de consejo les dijo, que mirasen los daños que hacian
en la tierra, y que les convenia tomar medios y reducirse; dice, que
se persuadieron, y que dijeron que les placia, trataron dellas, pero
ninguno, sino los que ellos daban, les agradaban. Pidieron una carabela
para que enviasen sus mensajeros á los Reyes, concedióselo, de partes
del Almirante, Alonso Sanchez de Carvajal, y venido, que se lo diesen
por escrito, no quisieron, diciendo, que él no tenia poderes para ello.
Finalmente, partiéndose Carvajal por tierra para aquí, donde ya estaba
de vuelta de la tierra dentro el Almirante, y mandó á los dos navíos
que se tornasen á este puerto de Sancto Domingo, salió Roldan con él
á comer donde Carvajal comiese, despues no quiso llegar tanto léjos;
apeáronse debajo de una sombra, y, hablando mucho en ello, dijo Roldan
que queria tomar el consejo que muchas veces le habia dado, y que le
enviase el Almirante un seguro firme con provision Real y sellado con
el Real sello, y otro firmado de algunas personas principales que
con el Almirante estaban, y que él iria á hablar con el Almirante, y
concluiria el medio y concierto para que esto del todo se acabase, y
que esto le decia en secreto, que no lo supiese nadie. Plúgole dello
mucho á Carvajal, y quedó de enviárselo.



CAPÍTULO CLIX.


Creyendo el Almirante que el concierto hecho de las dos carabelas ó
navíos que les envió se efectuara, acordó de escribir ciertas cartas á
los Reyes de todo lo que habia pasado con Francisco Roldan y los demas,
y avisando á Sus Altezas como lo que habia firmado habia sido contra
su voluntad, y porque todas las personas principales que deseaban el
servicio de Sus Altezas se lo habian aconsejado, segun vian en peligro
esta isla de perderse, en indios y en cristianos, si aquellos no se
iban de la tierra ó no se reducian, y aquel fuego desvergonzado, que
cada dia se multiplicaba más, no se atajaba. Estas cartas habian de
ir en los dos navíos escondidas por alguna persona fiel, que no lo
sintiese Francisco Roldan ni alguno de su compañía: escribió que habia
quitado á todos los indios el tributo, con título que los indios
estaban para levantarse, para despues él haberlos por fuerza ó por
grado, ó por rescate, y que habian hecho, y agora hacen, más grandes
males en la tierra, porque roban y matan los indios, para los dejar
todos alzados é indignados contra los cristianos, para que, despues
de idos ellos, á los que quedasen matasen; y avisaba que era fama que
llevaban mucho oro, porque habian andado por toda la isla rescatándolo,
y no sólo ellos, pero que tenian ya indios amostrados que enviaban por
otras partes á rescatarlo. Item, avisaba que llevaban muchas mujeres,
hijas de señores Caciques, y que los que vinieron desterrados para
acá por sus delitos, que él llama homicianos, eran los más crueles
y desmandados, y decia que debian Sus Altezas de mandar estar sobre
aviso, para que lo más presto que pudiere hacerse, les prendiesen y
secuestrasen lo que llevaban, oro y esclavos, y lo demas que se les
hallase, hasta que diesen cuenta de lo que acá habian cometido, y
por qué causas; puesto que tenia, segun dicen, que no habian de osar
ir al puerto de Cáliz, sino que forzarian los marineros para que los
llevasen á otra parte, porque segun los crímenes que habian cometido,
habian de rehusar que no los tomasen cuenta. Que ha padecido grandes
angustias, enojos y trabajos despues que agora vino, por causa deste
Roldan, y que áun agora era por el mes de Mayo de 1499, y no lo via
comenzado. Llegado, pues, Carvajal á esta villa, donde estaba el
Almirante, dióle cuenta de todo lo que en Xaraguá, con Roldan y los
demas, habia pasado, y la última resolucion y secreta de Roldan. El
Almirante, como no viese la hora de ver el negocio acabado, luego
mandó hacer la patente real por D. Hernando y Doña Isabel, como se
acostumbraba, para lo cual le habian concedido los Reyes poder y
facultad, y sellada con el sello real, en que le daba el seguro muy
cumplidamente, como Roldan la demandaba; y allende la provision real,
que no se pone aquí por ser grande; ciertos caballeros de calidad,
de los que estaban con el Almirante, por su mandado, le enviaron el
presente seguro, que yo vide de sus propias firmas firmado: «Cognoscida
cosa sea á todos los que la presente vieren, como, porque cumple al
servicio del Rey y de la Reina, nuestros señores, que venga Francisco
Roldan á Sancto Domingo á hablar é tomar asiento é concierto con el
señor Almirante, el cual se teme del dicho señor Almirante y de su
justicia, y del señor Adelantado, y los que aquí firmamos nuestros
nombres, decimos que protestamos y damos nuestra fe, cada uno de nos
como quien es, de no hacer mal ni daño al dicho Francisco Roldan ni á
ninguno de los de su compañía, que con él vinieren, ni á sus bienes,
ni consentiremos, á toda nuestra posibilidad, que le sea hecho ningun
daño á las dichas sus personas y bienes, en todo el tiempo que él y
ellos vinieren y estuvieren en el dicho Sancto Domingo, con condicion
que él ni ninguno dellos no hagan cosa que sea deservicio de Sus
Altezas ni del dicho señor Almirante. Fecha en la villa de Sancto
Domingo á 3 de Agosto de 1499 años.—Alonso Sanchez de Carvajal.—Pero
Fernandez Coronel.—Pedro de Terreros.—Alonso Malaver.—Diego de
Alvarado.—Rafael Cataño.» Estos seguros, despachados á Francisco
Roldan, porque más presto Roldan al concierto viniese, y el negocio tan
deseado y necesario para la paz y sosiego desta isla se concluyese,
acordó el Almirante de que lo hallasen más cercano, como lo era en
el cuidado de verlo todo apaciguado, y así, metióse en un navío á 22
dias de Agosto; llevó tambien otro navío con él, en los cuales llevó
consigo algunas personas principales, como fué, Pero Hernandez Coronel,
Miguel Ballester, Alcaide, García de Barrantes, Alcaide, Juan Malaver,
Diego de Salamanca, Juan Dominguez, clérigo, Alonso Medel, piloto, y
Cristóbal Rodriguez, la lengua, y otros muchos, y vase la costa abajo,
hácia el Poniente, 20 ó 25 leguas desta villa, al puerto que se llama
Azua, todas las cuales fué acercárseles. Donde vino Roldan y entró con
algunos de los suyos en la carabela donde estaba el Almirante, y allí
platicaron en su reduccion y sosiego; y el Almirante, induciéndoles y
rogándoles á ellos que viniesen á servir á los Reyes como de ántes, y
que él les haria toda honra y ayudaria en todo lo que pudiese que fuese
servicio de los Reyes, como si ninguna cosa de las pasadas y presentes
hobiera pasado, respondieron que les placia, dando buena respuesta,
con que su señoría le concediese cuatro cosas, allende las otras que
primero le habian enviado á demandar, que sumariamente se pusieron
en el precedente capítulo. La primera, que en aquellos navíos queria
enviar y fuesen á Castilla algunas personas, que no pasarian de 15;
la segunda, que á todos los que quedasen, el Almirante les diese sus
vecindades y tierras para labrar, y á cada uno su labranza, para que
se les pagase el sueldo del Rey que se averiguase debérseles, como si
todo el tiempo que habian sido rebeldes y anduvieron robando hobieran
servido; la tercera, que el Almirante mandase apregonar públicamente,
que si el dicho Francisco Roldan y su compañía habian hecho lo que
hicieron, fué por falsos testimonios que les levantaron, personas que
mal los querian y que no amaban el servicio de Sus Altezas; la cuarta,
que el Almirante constituyese de nuevo, al dicho Francisco Roldan,
Alcalde mayor por provision real. Esto, así concertado en la carabela,
y el Almirante concedidas estas cosas por la necesidad en que se via,
y asentadas por escrito, salió Roldan de la carabela á tierra, donde
estaban aposentados él y su gente en el pueblo de los indios, donde
dió parte á sus secuaces de lo que traia concedido del Almirante. A
cabo de dos dias, usando de las industrias y reveses acostumbrados,
que dél, ó quizá de los que con él andaban, salian, los cuales no
querian paz, sino andar como andaban, por desbaratar lo concertado y
nunca venir de conformidad, enviaron un tenor de una provision real que
ellos ordenaron, llena de muchas cláusulas que añidieron, deshonestas
y absurdas, creyendo que en ninguna manera las otorgara el Almirante,
segun él siempre creyó y afirmó. Contenia todos los capítulos, arriba
en el capítulo precedente y estas otras susodichas cuatro, y las que
demas añidieron, intolerables; la postrera de las cuales, fué, que si
el Almirante no cumpliese lo concertado cumplidamente á su voluntad,
que les fuese lícito á él y á ellos juntarse y poner todas sus fuerzas
por cualquiera forma é guisa que mejor pudiesen, para constreñir al
Almirante para se las hacer por fuerza cumplir é guardar. De donde
parecia colegirse argumento claro, que no tenian gana de se reducir á
la obediencia del Almirante, por no tener superior que á la vida que
traian les estorbase, y así, el Almirante, con razon parece que lo
podia juzgar, pues tantas veces los asientos que se hacian, con nuevos
motivos ó colores, desbarataban.

Viéndose, pues, el Almirante, cercado de tantas angustias y de todas
partes, porque por una parte via perderse la isla con los daños que
aquellos hacian á los indios, por otra, cesar los provechos y tributos
de los Reyes, que él tenia en el ánima por hacer los gastos que acá
hacian con tanta dificultad y tan pesadamente; por otra, los disfavores
y émulos grandes que tenia; por otra, que la gente comun que estaba
con él, ó que no seguia actualmente á Roldan, andaba inquieta y en
corrillos, y fué avisado que estaban dos cuadrillas dellos para se
alzar é ir robando por la tierra, diciendo con despecho, que habiéndose
alzado Francisco Roldan y los demas, cometiendo tan grandes crímenes y
habiendo destruido esta isla, estaban ricos y se salian con todo ello,
tambien ellos querian hacer lo mismo, y no andar en la obediencia del
Almirante, perdidos, y via que no tenia gente de quien se fiase, sino
era de muy pocos para les ir á la mano, prenderlos ó resistirlos, y
queríanse ir á la provincia de Higuey, que está esta costa del Sur,
al Levante, al Cabo que llamó el Almirante, de Sant Rafael, hácia la
Saona, porque habian imaginado que allí serian ricos de oro. Item,
porque debia haber venido algun navío de Castilla en el cual debia
escribir el Obispo de Badajoz, don Juan Fonseca, al Almirante que
estuviese la cosa suspensa, porque los Reyes presto lo remediarian,
y esto debia ser por las nuevas que llevaron los cinco navíos, y
esta suspension via el Almirante que no podia sufrirse, pues tanto
los daños y escándalos crescian. Así que, considerando el Almirante
todos estos inconvenientes, en medio de los cuales se hallaba, como
entre las ondas de la mar, que algunas veces habia experimentado,
cuasi zambullido, acordó de escoger, como menor mal, conceder todas
las cosas, que contra toda razon y honestidad y justicia le pedian,
con esperanza que tenia que los Reyes ternian informaciones de todo
y cognoscerian las culpas dellos y la fuerza que á él se hacia, y á
la justicia real desacato, pidiéndole cosas, estando en tan extrema
necesidad, que toda razon aborrecian, y al fin, por concedérselas no
le culparian. Todavía puso una cláusula el Almirante, que todo aquello
que otorgaba, fuese con condicion que cumpliesen los mandamientos de
Sus Altezas, y suyos, y de sus justicias, y á este propósito, dice el
Almirante estas palabras: «Así que, por evitar este mal, con esperanza
que Sus Altezas remediarian todo, y que será bien visto y manifiesto
á quien leyere la dicha provision, que el tenor della ni lo que en
ella está no lleva razon, y es contra toda órden de justicia y fuera
della, y que forzosamente se les firmó y otorgó, así como la otra del
oficio de Alcaldia, sobre lo cual, despues de asentado todo y firmado
esta primera provision, porque él no queria que en ella fablase que
habia de tener el dicho Roldan superior, se alzó con toda la gente
dando voces, y que ahorcaria á mi gente que estaba en tierra, si luego
no se embarcasen, por lo cual, hobe de firmar la dicha provision, como
quiso, por el tiempo y causas susodichas.» Estas son sus palabras.
Ciertamente, manifiesta parece la ambicion y malos respetos que aquel
pobre Roldan pretendia, y la necesidad extrema en que el Almirante se
via, y, cuan contra su voluntad, lo que firmaba concedia.



CAPÍTULO CLX.


Firmadas á su voluntad las provisiones en que se contenian los
susodichos capítulos, y el Roldan Alcalde mayor constituido, aunque
ninguna jurisdiccion tenia, y siempre fué persona privada y no pública,
y tirano en todo cuanto hacia, porque determinacion es universal de
todos los juristas, que para dar ó transferir ó prorogar jurisdiccion,
ha de haber en el que la confiera, da ó proroga, consentimiento puro y
totalmente libre, porque de otra manera, mezclándose cualquiera fuerza
ó miedo, por chica que sea, es ninguna, y de ningun valor cosa que
con ella se haga y _nihil_; pero no curó Roldan destos escrúpulos de
juristas, ni de mirar ó tener dello escrúpulo fué digno, todo lo cual
le trajo al fin que despues hizo. Así que, alcanzado del Almirante
todo lo que Roldan y los demas que se alzaron querian, luego comenzó
Francisco Roldan á usar el oficio de Alcalde mayor, y venido aquí
á Sancto Domingo, y con las gentes que trujo consigo, allegó mucha
otra de la que aquí estaba de su compañía, cuasi mostrando no estar
descuidado, sino sobre aviso cada y cuando se le ofreciese, y con esta
presuncion y soberbia, por que el Almirante tenia aquí un Teniente
que se llamaba Rodrigo Perez, no lo consintió Roldan, diciendo al
Almirante que no habia de haber Teniente ni tener vara ninguno en toda
la isla sino los que el pusiese. El Almirante calló y sufrió, y y
mandó al dicho su Teniente, Rodrigo Perez, que no trujese más la vara;
por aquí se podrá ver la protervia y maldad de aquel, y la paciencia
ó sufrimiento y angustias del Almirante. Miéntras estuvieron aquí,
nunca se juntaban ni conversaban sino con los de su compañía, para
con los otros siempre se mostraban zahareños, no se fiando de nadie,
y velándose de noche, y no dejaban de hacer fieros y decir palabras
temerarias y de alboroto, por lo cual mostraban bien claro no estar
arrepentidos de sus maldades; y habiendo de enviar el Almirante cierta
gente fuera á ver ciertas labranzas y traer pan, ninguno dellos quiso
ir ni hacer lo que el Almirante enviaba á mandar; bien parece la vida
quel Almirante podia entónces tener, y lo que sufria, y por esto aunque
mataban y hacian fuerzas y robos á los indios, no osaba á ninguno
castigar ni áun reprender. En 28 dias de Setiembre de aquel año de
1499, se pregonó la provision del asiento que el Almirante habia tomado
con Roldan y con ellos; díjose que Francisco Roldan habia repartido
mucha cantidad de oro entre los que habian sido de su compañía.
Despachó el Almirante navíos á Castilla, no supe cuantos, para cumplir
con lo capitulado, y á los que Francisco Roldan envió, y se quisieron
ir de su voluntad, repartió el Almirante, á tres esclavos á algunos,
y á otros á uno, segun le pareció. En estos estuvo determinado el
Almirante de se ir á Castilla y llevar consigo el Adelantado, segun
entendí, para informar á los Reyes de todo lo que habia pasado con
este Roldan, temiendo lo que no sabia que le estaba aparejado, y en
gran manera lo acertara, como abajo se verá; pero porque sintió que
una provincia desta isla, que era la de los Ciguayos, de que arriba
se ha hecho mencion, á la cual el Adelantado habia hecho cruel guerra
é injusta, y prendido al Rey della como se vido en el cap. 121, vino
sobre los cristianos que estaban esparcidos por la Vega, dice el
Almirante, que se quedó, y por su quedada, deliberó de enviar á Miguel
Ballester, Alcaide de la Concepcion, y á García de Barrantes, Alcaide
de Santiago, por procuradores é informadores de las cosas pasadas y
presentes, como personas que habian sido testigos oculares de todo;
con estos envió los procesos y testimonios que se habian hecho contra
Roldan y los secuaces suyos, y escribió largo á los Reyes con ellos.
Suplicaba á los Reyes que viesen aquellos procesos y mandasen inquirir
y examinar de todo la verdad, y cognosciesen sus penas y trabajos, y
hiciesen en ello lo que fuese su servicio; escribióles las razones por
las cuales no debian de ser guardadas á Francisco Roldan, y demas
que le siguieron en aquella tan escandalosa y dañosa rebelion, las
condiciones y asiento que con ellos hizo el Almirante, y para esto
daba nueve razones. La primera, porque si las concedió, no las hizo ni
concedió de su propio motu y voluntad, sino, hechas y dictadas por él
y por ellos, se las envió hechas, y le constriñó la necesidad en que
se vido extrema, como ha parecido, á las firmar. La segunda, porque se
firmaron en la carabela, y así en la mar, donde no se usa el oficio de
Visorey, sino de Almirante. La tercera, porque sobre este alzamiento y
rebelion estaban hecho dos procesos y dada una sentencia contra Roldan
y los de su compañía, condenándoles por traidores, en lo cual no pudo
el Almirante dispensar ni quitarles la infamia. Cuarta, porque en la
provision trata sobre cosas de la hacienda de Sus Altezas, lo cual no
se pudo hacer sin los oficiales de los Contadores mayores, como estaba
por los Reyes ordenado y mandado. La quinta, porque pidieron que se
diese pasaje á todos para Castilla y no se exceptuaron ni sacaron los
delincuentes que habia enviado de Castilla y homicianos. La sexta,
porque querian ser pagados del sueldo del Rey todos, y de todo el
tiempo que anduvieron alzados y en deservicio de Sus Altezas, siendo
como son obligados á pagar todos los daños y menoscabos que han hecho á
los indios y á los cristianos, y á toda la isla, y á la hacienda real,
y el cesar de los tributos que habian de pagar los indios, y la pérdida
de las dos carabelas que fueron por ellos, por el primer asiento
que ellos quebrantaron, á Xaraguá, y el sueldo y bastimento de los
marineros, lo cual todo por su causa se perdió, y en ello ni en parte
dello el Almirante no pudo dispensar. La sétima, porque son obligados
á pagar, mayormente Roldan, los gastos que se hicieron en Castilla con
pagar el sueldo de seis meses á los 40 hombres que tomó en los tres
navíos, y los que despues se pasaron á él, venido el Almirante, los
cuales venian cogidos y á sueldo de los Reyes para servir ó trabajar en
las minas, y en otras cosas que se les mandasen para servicio de los
Reyes, y más los bastimentos que comieron y los fletes de los navíos,
trayéndolos acá, y fué causa que se engrosase con ellos y que no
viniesen á obedecer muchos de los de su compañía, como habian escrito
sobre ello cartas, y el mismo Roldan, y los primeros por quien negocia
y pide partido é impunidad son aquellos, y con ellos los homicianos. La
octava, por que el Roldan no mostró, ni señaló, ni nombró las personas
de su compañía, porque, para que la provision que sobre este asiento el
Almirante les dió, tuviese valor y alcanzase efecto, requeríase, segun
dice el Almirante, que mostrase, por escritura firmada por ellos, como
se ayuntaban y por qué fin hacian su ayuntamiento, y en qué tiempo, y
las condiciones que todos pedian, los cuales se entenderian ser de la
compañía de Roldan y no otros. La novena, porque el dicho Francisco
Roldan, al tiempo que partió de Castilla él y los otros que entónces
en el segundo viaje á estas Indias vinieron, hicieron juramento sobre
un crucifijo y un misal, y dió la fe y hizo pleito homenaje de ser
leal á Sus Altezas y guardar el bien y pró de su hacienda, por ante
el Obispo de Badajoz, é yo y otros muchos (dice aquí el Almirante),
que allí estaban, como más largo parecerá por el dicho juramento, el
cual está escrito en el libro de los señores Contadores mayores; de
lo cual, toda ha incurrido en el contrario, porque no han sido leal
ni leales, y ha echado á perder la hacienda y sido causa que se haya
perdido el tributo, y no solamente este, más el algodon de Sus Altezas,
que estaba en Xaraguá, le han tomado, y quemado el brasil que estaba
cogido y tomadas las velas y aparejos de los navíos y el ganado: estas
son palabras del Almirante. Pone tambien á lo que Roldan y los que se
alzaron eran obligados á guardar por virtud de la provision que del
asiento dicho les dió: lo primero, á pagar todos los daños y menoscabos
que se han recibido en la hacienda de Sus Altezas y las dos carabelas,
por una cláusula que está, en ella, que dice que sean obligados á pagar
todo lo que por derecho se hallare que deben; por otra cláusula son
obligados á nunca jamás decir que fué bien hecho se alzar; por otra
cláusula son obligados á cumplir los mandamientos de Sus Altezas y
del Almirante, y si no lo cumpliesen no era nada el asiento ni seguro,
y podiase proceder contra ellos, y por todos los delitos y alzamiento
pasados, é incurrian en las penas que contenia la provision, y estas
eran, perdimiento de la vida, de los bienes, de los oficios. Por manera
que, por el primer mandamiento que no obedeciesen, dice el Almirante,
que incurrian en todas las dichas penas, en perder las vidas, y todo
lo que en su favor les fué concedido por la provision no les vale
nada, y el Roldan pierde el Alcaldia. Puesto que por aquello no la
perdiese, dice el Almirante, no podia usar della, porque se le dió por
fuerza, lo cual es contra derecho, y tambien porque no habia de mandar
en casos de justicia á la gente que estaba y habia siempre seguido al
Adelantado y al Almirante, y estado en su obediencia y en servicio de
los Reyes contra Roldan y sus secuaces, de los cuales habian recibido
muchos agravios. Suplicaba en estas cartas muy afectuosamente á los
Reyes que le enviasen un letrado, persona experimentada para ejercer
el oficio de la justicia, porque la gente que en esta isla estaba,
dice el Almirante, era muy desmandada, y como cognoscian quél no osaba
irles á la mano ni castigarlos, por los testimonios que en Castilla
injustamente le habian levantado, y fueron creidos (dice él), por
tanto les suplicaba que tuviesen por bien de se lo enviar, y que él
queria pagarle el salario, y que tambien con él juntamente proveyesen
de dos personas virtuosas para Consejo, y que pluguiese á Sus Altezas
de no darles sus preeminencias. Tambien avisaba que convenia enviar
con ellos un Teniente de Contadores mayores y otro del Tesorero, que
fuesen personas cuales conviniese, con quien se negociasen las cosas
de la Hacienda real; por manera, que en aquel tiempo no habia en esta
isla oficiales del Rey principales ó propios, sino tenientes de los de
Castilla. Torna otra vez á decir en estas cartas, que muy necesaria
era la justicia en esta isla, y, para administrarla, la persona que
habia dicho, y con ella, dice, que suplicaba á Sus Altezas que mandasen
mirar por su honra y guardar sus preeminencias: «yo no sé (dice
él), si yerro, mas mi parecer es que los Príncipes deben hacer mucho
favor á sus gobernadores en cuanto los tienen en el cargo, porque con
disfavor todo se pierde.» Por estas palabras parecen dos cosas: la
una, que, cierto, el Almirante deseaba tener ayuda en la gobernacion,
mayormente cuanto á la administracion de la justicia, porque no
tuviesen los españoles que decir mal dél, y porque via que, como
extranjero, era dellos en ménos de lo que debieran tenido; porque esta
es, creo que, peculiar condicion ó soberbia de España. La otra era,
que él temia que los Reyes no le limitasen su oficio y preeminencia
que le habian concedido, que resultase en agravio suyo y violencia de
sus privilegios, que con tantos sudores y aflicciones habia ganado,
como al fin aquello que temia, y mucho más que aquello adverso, fué lo
que le vino. Estando en esto, vinieron nuevas al Almirante como habia
llegado Alonso de Hojeda con ciertos navíos al puerto de Yaquimo, que
está, la costa abajo, 80 leguas deste puerto de Sancto Domingo, donde
hay ó habia brasil, y que habia llegado allí á 5 de Setiembre, y así
lo escribió el Almirante á los Reyes en estas cartas. Desta venida de
Hojeda tratará la historia en el cap. 164 y en el siguiente. Suplicó
asimismo á los Reyes, que porque él estaba ya muy quebrantado y pasaba
la peor vida que hombre del mundo, por lo cual iba descreciendo, y
su hijo D. Diego Colon, que está en la corte, crescia en fuerza,
haciéndose hombre para poder acá servirles, que le hiciesen merced le
mandar que viniese acá á ayudarle, para que él descansase algo y Sus
Altezas fuesen mejor servidos.



CAPÍTULO CLXI.


Partidos estos navíos con los mensajeros ó procuradores del Almirante,
que fueron los dos Alcaides, Ballester y Barrantes, de mí bien
cognoscidos, y los de Francisco Roldan, que no ménos cognoscí, con
quien es de creer que se alargó en escribir sus quejas y ofensas, que
partieron cuasi al principio de Octubre; á los 19 del dicho mes vino
Francisco Roldan al Almirante con un memorial de toda la gente que
habia andado con él, y entónces áun estaba en su compañía, que eran 102
personas, y díjole que todos querian vecindad, y que la escogian en
Xaraguá, donde habian harto más reinado que el Rey natural de aquella
provincia, Behechio; y era la razon, porque allí, como algunas veces
se ha dicho, era cuasi la corte real de toda esta isla, donde en la
policía, y en la lengua, y en la conversacion, y en la hermosura de
las gentes, hombres y mujeres, y en los aires, y amenidad y templanza
de la tierra, á todas las provincias desta isla (aunque todas son
admirables y dignísimas), excedia, y así, en aquella más que en las
otras (puesto que tambien en todas), habia grande aparejo para vivir
desenfrenadamente los pecadores hombres, zabullidos en vicios. Por
entónces no quiso el Almirante darle licencia para se avecindar, porque
temió quizá, que estando juntos no moviesen algun motin ó rebelion,
como despues algo desto paresció y decirse ha. Avecindáronse algunos
en el Bonao, y de aquí se comenzó allí la villa del Bonao; otros en la
Vega, en medio della, donde tenia Guarionex, Rey della, que llamaban
el guaricano, media legua abajo de la fortaleza que se nombraba la
Concepcion, frontero cuasi hácia el Norte de la sierra, á la ribera
del rio que llamaron Verde; á otros dió vecindad en Santiago, seis
leguas de allí en la misma Vega, hácia el Norte, derechamente donde
al presente está. A estos que se avecindaban repartia el Almirante
tierras en los mismos términos y heredades de los indios, y de las
mismas heredades y labranzas hechas y trabajadas por los indios, que
tenian para sustentacion suya y de sus mujeres y hijos, repartia entre
ellos, á uno 10.000, á otro 20.000, á otro más, á otro ménos, montones
ó matas, como si dijésemos, tantas mil cepas de viña; sólo en esto
diferia, porque las cepas de las viñas son perpetuas ó cuasi, pero las
matas no duran ni dan más de fruto de pan, y esto puede durar uno y
dos y hasta tres años, que pueden comer dello, como ya arriba dejamos
dicho. Y este repartimiento destas labranzas y tierras, dábalas el
Almirante por sus cédulas, diciendo que daba á fulano en el Cacique
fulano tantas mil matas, ó montones, que es lo mismo, y lo peor y
miserando que es y era, de donde comenzó la tiránica pestilencia, como
arriba se dijo, del repartimiento que despues llamaron encomiendas,
que decia en la cédula «que mandaba que aquel Cacique fulano é sus
gentes le labrasen aquellas tierras», esto era, que acabadas aquellas
matas y montones de comer, le plantasen otras, sin señalar número ni
cuento ni medida; y á los que señalaba y daba de las labranzas de los
indios ya plantadas, daba solo tierras y los indios que se las hiciesen
y plantasen en ellas, y juntaba dos españoles ó tres en compañía, y
aplicábales tal Cacique que les hiciese las dichas labranzas de comun,
y despues el provecho dellas repartiesen. De aquí nacieron entre los
españoles unas sanctas é inmaculadas compañías. Esta licencia dada
por el Almirante teníanse ellos cargo de gastar aquellas labranzas en
las minas, forzando á los indios que fuesen á coger oro, aunque les
pesase, puesto que no iban sin otra licencia expresa del Almirante,
dada por escrito, que decia que se daba licencia desde tal mes á tal
mes, despues pedian que se les acrecentase la dicha licencia, en tal
dia á tantos de tal mes se le acrecentó la licencia á fulano para
coger oro hasta tal mes. Dada la licencia y señalado que tal Cacique
hiciese las labranzas de fulano, español, de tal manera del Cacique
y de su pueblo ó pueblos ó gente aquel hidalgo español se apoderaba,
como si se los dieran todos por esclavos, ó por mejor decir, si fueran
bestias cazadas y habidas del campo, no haciendo más cuenta del
Cacique y señor natural que de sus vasallos; azotes, palos, cortar
las orejas, y á otros matarlos si en tantito dellos se enojaban ó no
acudian á hacer tan presto lo que se les mandaba; si los Caciques y
señores tenian hijas, luego con ellas eran abarraganados, y desta
manera estuvieron todos, yo presente, muchos años. Eran de todos los
indios, por temor violentísimo, adorados, y, como de los demonios,
delante dellos temblaban, y guay de aquellos que se huian, ó, como
los españoles decian en su lenguaje, se alzaban, porque luego iban á
buscarlos y guerrearlos, y hacian en ellos crueles matanzas, y los que
á vida se tomaban vendian por esclavos, y destos iban á Castilla los
navíos cargados; y porque Francisco Roldan no era el postrero en deseo
de ser rico y querer aprovecharse, pidió al Almirante que le hiciese
merced de las tierras que estaban en cierta parte, cerca de la Isabela,
que se llama el Bauruco, tierra de cierto Cacique, y de las labranzas
que en ellas estaban, porque dijo que ántes que se levantase eran
suyas. De ver fuera si las labró él ó los esclavos moros de su padre, y
tambien qué poder tenia el Almirante para darle las tierras ó labranzas
ó haciendas ajenas de los tristes indios; pero no embargante todo
esto, el Almirante se las dió en 29 de Octubre como hacia á los otros.
Dióle tambien otras labranzas que estaban hechas por los indios en una
tierra ó pago, en que habia hecho una estancia que en Castilla creo que
llamaran casería, ó cortijo, ó heredad, donde se hacian las labranzas y
dellas el pan, y se criaban gallinas, y hacian huertas, y todo lo demas
que era menester para tener hacienda ó heredad los españoles, y buena
vida, excepto los ganados que se tenian en otra parte; pienso que esta
estancia era hecha en nombre del Rey, y con este título mandaban á los
indios que la labrasen, y pusiéronle nombre Esperanza. Concedióle más
el Almirante al Roldan, que el Cacique y señor que habia desorejado
Alonso de Hojeda, como se dijo en el cap. 93, y su gente se las
labrasen; veis aquí como se va entablando aquella tan justa gobernacion
que llamaron repartimiento, y despues las honestas encomiendas. Dice
aquí el Almirante, que todo esto hacia y daba para que hobiese tiempo
de saber de Sus Altezas, qué es lo que mandaban hacer dél y de su
compañía, pues, como prometieron, no se apartaban. Dióle asimismo dos
vacas, y dos becerros, y dos yeguas, y veinte puercas, todo de lo del
Rey, para comenzar á criar, porque se lo pedia, y áun creo que fueron
dos pavos de los de Castilla; y no le osaba negar nada. Pero lo que más
él pretendió por hinchir mejor las manos, y le concedió el Almirante,
fué aquel gran rey Behechio con sus gentes y vasallos, en la provincia
de Xaraguá, donde él, como dije, habia más que Behechio reinado, porque
aunque por allí no habia oro, tenia infinitas gentes que pudiera enviar
á las minas, donde todos los matara y cogiera entónces mucho dello, si
del estado que como Rey tenia tan presto el hilo no se le cortara.

Partióse de aquí de Santo Domingo, para visitar, la tierra adentro, con
licencia del Almirante, la cual Dios sabe con qué corazon se la daba,
y, llegando al Bonao, instituyó por Alcalde de aquella provincia, en
su lugar, á Pedro de Riquelme, uno de los más á él llegados de los con
él alzados, reservando para sí la jurisdiccion en lo criminal, y que,
siendo necesario prender alguno en los criminales casos, lo prendiese y
enviase á la fortaleza de la Concepcion, donde, hasta que él mandase lo
que se habia de hacer, con prisiones le guardasen; cosa muy temeraria,
y que él no podia hacer, aunque en la verdad se le hobiera dado el
oficio jurídica y voluntariamente por el Almirante, cuanto más que
ni en lo uno ni en lo otro tenia ni podia nada. Mucho sintió esto el
Almirante, porque le usurpaba la superioridad de Visorey y Gobernador,
y en la capitulacion y concierto hecho, y la provision á él dada, no
se le habia concedido sino que sólo fuese Alcalde, y no que criase á
otros Alcaldes. El Riquelme trabajaba, despues de ido Roldan, de hacer
una fortaleza en un lugar fuerte en aquella provincia del Bonao, lo
que debia ser artificio de ambos para se hacer más fuertes, cuando
fuera menester, contra el Almirante; contradíjole un Pedro de Arana,
hombre muy honrado, tio de D. Hernando, segundo hijo del Almirante,
y escribiólo al Almirante, é yo vide la carta: luego el Almirante le
envió á mandar que no hiciese cosa en ello hasta que se lo mandase.



CAPÍTULO CLXII.


Quiero aquí volver el rayo de la consideracion, ántes que pase
adelante, á la infalible y menuda providencia de Dios y sabiduría
sempiterna, la cual, puesto que parece que no habla, clamores da,
empero, en las plazas y en las puertas de las ciudades, en medio de las
compañas, y en todas partes y lugar levanta su voz, como dice Salomon
en el primero de sus «Proverbios,» ¿en qué habia ofendido de nuevo el
Almirante, salido de Castilla con mucha gracia de los Reyes, y con
poderes, favores y mercedes más abundantes, de camino haber descubierto
la tierra de Paria, principio de toda la gran tierra firme de este
orbe, con perlas y oro, con tan inmensos sudores, peligros y trabajos?
Despues de llegado á esta isla, donde pensaba resollar y consolarse,
halló materia de tanta tristeza y amarguras, sabido el levantamiento
de Francisco Roldan, sin haber sido causa del; con cuanta diligencia,
paciencia, solicitud, sufrimiento y cuidado trabajó de asegurarlo,
perdiendo tanto de su autoridad, recibiendo muchos descomedimientos de
los alzados, disimulando muchos defectos de los que consigo estaban,
dignos de castigar, padeciendo cada dia nuevos temores de que los que
tenia consigo le habian de dejar, como se ha contado. El dolor que
sufria por el enojo que habian de recibir los Reyes, que era lo que
más le solia atormentar, el disfavor que le habia de crecer de parte
de los émulos y adversarios grandes que tenia en la corte sin por qué
ni para qué, á los cuales, con estos reveses, se les ofrecia ocasion
para, del todo, como lo hicieron, poderlo derrocar; finalmente, con
su mucha prudencia y perseverante sufrimiento, hobo de concluir el
reducimiento de Francisco Roldan. ¿En qué, pues, ofendió, y á quién de
los españoles que allá estaban, y á los Reyes, desirvió despues que de
aquí salió hasta que tornó acá, y en los trabajos y cuidado que tuvo,
miéntras duró el atraimiento y reduccion de Roldan, que á 21 de Mayo
estuviese leyendo, con angustia de su ánima, la carta de Alonso Sanchez
de Carvajal, de como Roldan no cumplia el asiento de irse en las dos
carabelas con sus alzados á Castilla, y que aquí, el mismo año, mes y
dia, firmasen los Reyes las provisiones para quitarle la gobernacion,
y por consiguiente le sucediesen (sacada la muerte), todos los otros
desastrados é infelices males y daños, y que no bastasen para mover á
los Reyes, á no del todo derrocarle, los servicios tan irrecompensables
pasados, y este de agora tan grande, como fué haber descubierto la
tierra firme y oro de nuevo hallado en ella, y más las perlas que hasta
entónces no habian parecido, y pudieran esperar que tambien habian de
haber de allí otras piedras y cosas preciosas? Esta cuestion no tiene
otra respuesta que cuadre, sino que la divina sapiencia, en esto que á
nosotros parece, parecia que callaba, y, en deponerle del estado que
le habian dado, clamaba y levantaba su voz en las plazas, que no por
los daños é injusticias que hacia á los cristianos (porque dado que le
habian acusado de muchos que habia justiciado de ántes, quizá lo habian
bien merecido, y eran 10 ó 12, ó quizá no tantos), sino por las grandes
injusticias, y guerras, y imposicion de tributos, y agravios y no por
persona humana, ni con haber ni riquezas del mundo, recompensables,
que habia hecho á los indios, y actualmente hacia y tenia propósito
de hacerles, con la granjería que trataba, de querer hinchir toda la
Europa de estos inocentes indios, inícuamente hechos esclavos, aunque á
él parecia que con intincion santa, y es cierto, yo creer, quél creia
que no erraba. Por esta, digo, causa, verdaderamente no fué en mano de
los Reyes, los cuales sin duda, como agradecidos Príncipes, le amaban,
sino por voluntad y disposicion divina, el regimiento de este orbe, que
muy bien al principio merecido tenia, le quitaron de las manos. ¡Oh
cuan léjos y distantes, son los pensamientos y juicios de los hombres,
de los del eterno é inmenso Dios! ¡Cuán engañosa ó engañable, incierta
y variable suele salir la sentencia de nuestro parecer! ¡Cuán cierta é
infalible, la provision universal de la divina sapiencia, que por una
parte permitiendo y disimulando calle, y por otra parte, obrando hable,
por otra, callando parece que aprueba, por otra, castigando, cuando
ménos los hombres ofenden y más seguros están, sin duda reprueba, por
otra, quitándonos las ocasiones de ofenderle, á los que no sienten por
qué el azote les viene, concede señalado bien para que lastar tanto
en esta ó en la otra vida no tengan, y á los que por don de su gracia
lo entienden, misericordiosamente consuela! Así creo que se hobo, en
disponer el estado del Almirante, la divina Providencia, porque cuando
le permitia y disimulaba los males que á los indios hacia, parecia que,
callando se los aprobaba, y él, así creo que lo creia, pero cuando
ménos ofendia y en mayores angustias estaba, juntamente con enviarle
algun castigo, le quitó la ocasion certísima y veemente de su damnacion
eterna, si mucho tiempo más se lo disimulara. De aquí es de creer
piadosamente, y dello hay hartas conjeturas, que como Nuestro Señor le
concedió tener buena voluntad, y que todo lo que hacia y obraba parece
que lo enderezaba finalmente al honor divino, que despues le diese
cognoscimiento para que sintiese, que, por los grandes pecados que
cometió contra estas gentes, y daños gravísimos, que con su ignorancia
no excusable, les hizo, privacion de su estado (aunque no por sentencia
pronunciada en contradictorio juicio, sino por voluntad de los Reyes),
y las otras calamidades con todo lo demas, le vino. Y este es el primer
principio, por el cual, de los celestiales bienes y de nuestra final
salvacion, supuesta la gracia divina, nos hacemos dignos. Teniendo
ya determinado los Reyes de quitarle la gobernacion, no creo que
perpétuamente, y firmado las provisiones á 21 de Mayo de aquel año de
1499, como dije, solamente movidos por las nuevas que tuvieron, que
él escribió en los cinco navíos, de que llegado á esta isla halló que
Francisco Roldan era levantado, puesto que creo tambien que debiera
de escribir Francisco Roldan ó sus amigos, llegaron estos dos navios
postreros, donde fueron los mensajeros, por cerca de Navidad. Los del
Almirante hacen relacion á los Reyes del levantamiento y desobediencia
de Francisco Roldan, y de los que le siguieron ser hombres facinerosos,
viciosos, robadores, violentos, ladrones, forzadores de mujeres
casadas, corrompedores de vírgenes, homicidas, falsos, perjuros,
fementidos; de los robos, muertes, daños grandes y escándalos que
en toda esta isla habian hecho, y de los trabajos y peligros que,
sobre esto, el Adelantado, y despues el Almirante, padecieron. Los
de Roldan, por el contrario, dieron del Almirante y de sus hermanos
terribles quejas, llamándolos tiranos, injustos, crueles, que por
cosas fáciles atormentaban los españoles, los degollaban, ahorcaban,
azotaban, cortaban manos, sediendo la sangre castellana como capitales
enemigos, deservidores de los Reyes, y que no procuraban sino alzarse
con el imperio destas Indias, y daban esta conjetura: que no dejaban
cojer el oro de las minas por haberlo todo ellos, y otras muchas
abominaciones que afirmaban contra ellos para excusar su alzamiento y
desvergüenza, diciendo que por estas causas se absentaron y apartaron
dellos. Cerca de lo que yo sentí y entiendo de todo esto, abajo diré
mi sentencia. Oidos los clamores y quejas de ambas partes, los Reyes,
de lo que habian proveido y aún estaban proveyendo, en ningun cosa se
arrepintieron, ántes se confirmaron en su propósito, y muchas otras
cosas para el remedio, segun juzgaron ser necesario, proveyeron.



CAPÍTULO CLXIII.


Por este tiempo, en aquestos dos navíos ó en otros que envió poco
despues, escribió el Almirante á los Reyes una carta muy larga, en la
cual hizo un epílogo y abreviatura de todas las cosas que le habian
acaecido despues que vino y estuvo en la corte, y propuso su empresa
ante los Reyes de descubrir estas Indias, hasta estos presentes dias,
de la cual quiero aquí referir algunos pedazos, porque me parece
convenir é testificar con él mismo muchas cosas de las arriba dichas,
y tambien porque sepan las quejas que de su fortuna y adversarios, con
razon, tenia, y las razones y disculpas que para ello traia. Hablando
de su venida deste viaje tercero que hizo, y de como llegó á esta
isla Española y halló levantado á Roldan, entre otras cosas, dice:
«Despues que vine, y, con tanta gente y poderes de Vuestras Altezas,
él se mudase de su primero propósito y dijese esto, yo quisiera salir
á él, más hallé que era la verdad, que la mayor parte de la gente que
yo tenia eran de su bando; y como fuese gente de trabajo, y yo para
trabajo los hobiese asueldado, este Roldan y los que con él eran, y
los otros que ya estaban de su parte, tuvieron forma de los emponer
que se pasasen con ellos porque no trabajarian y ternian rienda suelta
y mucho comer y mujeres, y, sobre todo, libertad á hacer todo lo que
quisieren; é así, fué necesario que yo disimulase, y en fin, vine en
concierto que yo les diese, de las tres carabelas que habia de llevar
el Adelantado á descubrir, las cuales estaban de partida, las dos,
y cartas para Vuestras Altezas de bien servido y su sueldo, y otras
cosas muchas deshonestas; é así se las envié allá al cabo del Poniente
desta isla, allí donde ya tenian su asiento; é así he estado siempre
en fatiga, de que yo vine hasta hoy dia, que es el mes de Mayo del
99, porque áun no se ha ido, y tiene allá los navíos, y cada dia me
hacen saltos y enojos: nuestro Señor lo remedie como fuere su servicio.
Muy altos Príncipes, cuando yo vine acá, traje mucha gente para la
conquista destas tierras, los cuales recibí todos por importunidad,
diciendo ellos que servirian en ello muy bien y mejor que nadie, y
era al revés, segun despues se ha visto; porque no venian, salvo con
creencia que el oro que se decia que se hallaba, y especerías, que
era á coger con pala, é las especias que eran dellas los lios hechos
liados, y todo á la ribera de la mar, que no habia más salvo hecharlo
en las naos, tanto los tenia ciegos la cudicia: é no pensaban, que,
bien que hobiere oro, que sería en minas, y los otros metales, y las
especias en los árboles, y que el oro seria necesario de cavarlo, y
las especias cogerlas y curarlas. Lo cual todo les predicaba yo en
Sevilla, porque eran tantos los que querian venir, é yo les cognoscia
su fin, que hacia decirles esto, y todos los trabajos que suelen sufrir
los que van á poblar nuevamente tierras de muy léjos. Á lo cual todos
me respondian que á eso venian, y por ganar honra en ello, más como
fuese el contrario, como yo dije, ellos, en llegando acá, que vieron
que yo les habia dicho la verdad, é, que su cudicia no habia lugar de
hartarse, quisiéranse volver luego, sin ver que fuera imposible de
conquistar y señorear esto, y porque yo no se lo consentí, me tomaron
odio, y no tenian razon, pues que por importunidad los habia traido y,
hablado claro que yo venia á conquistar, y no por volver luego como
aquel que ya habia visto otras semejantes, y que tenia cognoscida su
intincion; y asimismo me tomaron odio porque yo no los consentia ir por
la sierra adentro, derramados de dos en dos, ó tres en tres, y algunos
solos, por lo cual los indios habian muerto muchos, á esta causa, por
andar así derramados, y mataran más si yo no le remediara, como dije,
y llegara su osadía á tanto, que me echaran sin debate de la tierra,
si Nuestro Señor no lo proveyera. Rescibí en esto grande pena, así
como en los bastimentos que yo les habia de proveer; y algunos que no
podian dar de comer en Castilla á un mozo, querrian tener acá seis é
siete hombres, y que yo se los gobernase y pagase sueldo, que no habia
razon ni justicia que los hiciese satisfechos. Otros habian venido sin
sueldo, digo (bien la cuarta parte), escondidos en las naos, á los
cuales me fué necesario de contentar así como los otros; en manera,
que, desde entónces, en mayor pena con los cristianos que con los
indios, y hoy en dia no acabo, ántes por una parte se ha doblado y por
otra se me alivia. Dóblaseme por este ingrato desconocido, Roldan, que
vivia conmigo y los que con él son, á los cuales yo tenia hecha tanta
honra, y á este Roldan (que no tenia nada), dado en tan pocos dias,
que tenia ya más de un cuento, y á estotros que agora nuevamente se
fueron allegando de Castilla, dado dineros y buena compañía, así que
estos me tienen en pena; de otra parte estoy aliviado, porque la otra
gente siembran y tienen ya muchos bastimentos, é saben ya la costumbre
de la tierra, é se comienza á gustar de la nobleza della y fertilidad,
muy al contrario de lo que hasta aquí se decia: que creo que no haya
tierra en el mundo tan aparejada para haraganes como esta, é muy mejor
para quien quisiere ayuntar hacienda, como despues diré, por no salir
del propósito. Así que nuestra gente que vino acá, visto que no podian
hinchir su cudicia, la cual era desordenada, y áun tanto que muchas
veces he pensado y creido, que ella haya sido causa que Nuestro Señor
nos haya cubierto el oro y las otras cosas; porque luego que acá salí
al campo hice experimentar á los indios cuanto dello podian coger,
y hallé que algunos que sabian bien dello cogian en cuatro dias una
medida que cabia una onza y media, y así tenia yo asentado con todos
los desta provincia de Cibao, y les aplacia de dar de tributo cada
persona, hombre y mujer, de catorce años arriba hasta setenta, una
medida destas que yo dije de tres en tres lunas, y le cogí yo este
tributo hasta que fuí á Castilla, así que esto tengo yo imaginado que
la cudicia haya sido causa que se pierda. Mas estoy muy cierto que
Nuestro Señor, por su piedad, no mirará á nuestros pecados, é que en
viendo tiempo para ello, luego lo volverá con ventaja; la cual gente
nuestra, despues que vido que su parecer no les salia como tenian
imaginado, siempre despues estaban con congoja para se volver á España,
é así les daba yo lugar que fuesen en cada pasaje, y por mi desdicha,
bien que de mi hobiesen recibido mucha honra y buen tratamiento, ellos,
en llegando allá, decian de mí peor que de un moro, sin dar á ello
ninguna razon, y me levantaron mil testimonios falsos, y dura esto
hoy en dia: mas Dios Nuestro Señor, el cual sabe bien mi intencion
y la verdad de todo, me salvará, ansí como hasta aquí hizo, porque
hasta hoy no ha habido persona contra mí con malicia que no le haya él
castigado, y por esto es bien de echar todo el cuidado en su servicio,
que él le dará gobierno. Allá dijeron que yo habia asentado el pueblo
en el peor lugar de la isla, y es el mejor della, y dicho de boca de
todos los indios de la isla; y estos que esto decian, muchos dellos no
habian salido fuera del cerco de la villa un tiro de lombarda: no sé
qué fe podian dar dello. Decian que morian de sed, y pasa el rio allí
junto por la villa, áun no tan léjos como de Sancta María, en Sevilla,
al rio; decian que este lugar es el más doliente, y es el más sano;
bien que toda esta tierra es la más sana y de más aguas y mejores
aires, que otra que sea debajo del cielo, y se debe creer que es así,
pues que en un paralelo y en una distancia de la línea equinoccial
con las islas de Canaria: las cuales en esta distancia son conformes,
mas no en las tierras, porque son todas sierras secas y altísimas,
sin agua, ni sin fruto y sin cosa verde, las cuales fueron alabadas
de sábios por estar en tan buena temperancia, debajo de tan buena
parte del cielo, distantes de la equinoccial, como ya dije, mas esta
Española es grandísima, que boja más que España, y muy llena de vegas,
y campiñas, y montes, y sierras, y rios grandísimos, y otras muchas
aguas y puertos, como la pintura della, que aquí irá, hará manifiesto,
y toda populatísima de gente muy industriosa; así que creo que debajo
del cielo no hay mejor tierra en el mundo. Dijeron que no habia
bastimentos, y hay carne y pan y pescado, y de otras muchas maneras,
en tanta abundancia, que despues de llegar acá, peones que se traen de
allá para trabajar acá, que no quieren sueldo, y se mantienen á ellos
y á indios que les sirven, y como se puede tomar por este Roldan, el
cual va al campo, y es más de un año, con 120 personas, las cuales
traen más de 500 indios que los sirven, é á todos los mantienen con
mucha abundancia. Dijeron que yo habia tomado el ganado á la gente que
lo trujo acá, y no trajo nadie dello, salvo yo ocho puercas, que eran
de muchos; y porque estos eran personas que se querian volver luego á
Castilla y las mataban, yo se lo defendí porque multiplicasen, mas no
que no fuesen suyas, de que se ve agora que hay acá dellos sin cuento,
que todos salieron desta casta, y los cuales yo truje en los navíos y
les hice la costa, salvo el primer gasto, que fué 70 maravedís la pieza
en la isla Gomera. Dijeron que la tierra de la Isabela, adonde es el
asiento, que era muy mala y que no daba trigo; yo lo cogí y se comió
el pan dello, y es la más fermosa tierra que se pueda cudiciar: una
vega de 14 leguas de largo y dos de ancho, y tres y cuatro, entre dos
sierras, y un rio muy caudaloso que pasa al luengo por medio della, y
otros dos, no grandes, así como muchos arroyos que de la sierra vienen
á ellos, ni por pan de trigo cura nadie, porque estotro es mucho y
mejor para acá y se hace con ménos trabajo. De todo esto me acusaban
contra toda justicia, como ya dije, y todo esto era porque Vuestras
Altezas me aborreciesen á mí y al negocio; mas no fuera así si el
autor del descubrir dello fuera converso, porque conversos, enemigos
son de la prosperidad de Vuestras Altezas y de los cristianos, mas
echaron esta fama y tuvieron forma que llegase á se perder del todo; y
estos que son con este Roldan, que agora me da guerra, dicen que los
más son dellos. Acusáronme de la justicia, la cual siempre hice con
tanto temor de Dios y de Vuestras Altezas, más que los delincuentes
sus feos y brutos delitos, por los cuales Nuestro Señor ha dado en el
mundo tan fuerte castigo, y de los cuales tienen aquí los Alcaldes los
procesos. Otros infinitos testimonios dijeron de mí y de la tierra,
la cual se ve que Nuestro Señor la dió milagrosamente, y la cual es
la más hermosa y fértil que haya debajo del cielo, en la cual hay oro
y cobre, y de tantas maneras de especias y tanta cantidad de brasil,
del cual, sólo con esclavos, me dicen estos mercaderes, que se puede
haber cada año 40 cuentos, y dan razon dello, porque es la carga ahí
más de tres veces tanto cada año; y en la cual puede vivir la gente
con tanto descanso, como todo se verá muy presto. Y creo, que, segun
las necesidades de Castilla y la abundancia de la Española, se haya de
venir á ella muy presto de allá grande pueblo, y será el asiento en la
Isabela, adonde fué el comienzo, porque es el más idóneo lugar y mejor
que otro ninguno de la tierra, como se debe de creer pues que Nuestro
Señor me llevó allí milagrosamente, que fué que no pude ir atras ni
adelante con las naos, salvo descargar y hacer asiento; y la cual razon
me movió á escribir esta escritura, por la cual dirán algunos que no
era necesario de relatar fechos pasados, y los ternán por prolijos
y son tan breves, mas yo comprendí que todo era necesario, así para
Vuestras Altezas, como para otras personas que habian oido el maldecir
con tanta malicia y engaño, lo cual se ha dicho sobre cada cosa de las
escritas, y no solamente de las personas que fueron de acá, é más, con
mucha crueldad, de algunos que no salieron de Castilla, los cuales
tenian facultad de probar su malicia al oido de Vuestras Altezas, y
todo con arte, y todo por me hacer mala obra, por envidia, como pobre
extranjero; mas en todo me ha socorrido y socorre Aquel que es eterno,
el cual siempre ha usado misericordia conmigo, pecador muy grande.»
Todo lo dicho es del Almirante, y dice más abajo, describiendo ciertas
sierras: «Estas sierras, ambas, son pobladas y eran populatísimas
cuando yo vine acá, y se han algo despoblado, porque la gente dellas
probaron guerra conmigo y nuestro Señor me dió victoria siempre, las
cuales sierras, ambas, lo más dello son labradas y de preciosas tierras
fertilísimas, etc.»

Muchas cosas habia en esta carta de notar, pero porque algunas quedan
dichas en otros capítulos, y por abreviar, solamente aquesta postrera
que dice el Almirante se debe notar: que la tierra halló populatísima
cuando vino, pero que estaba algo despoblada, porque probaron guerra
contra él los indios; y quiere decir, que por la guerra que él les
hizo la habia despoblado algo. Y no es maravilla que la despoblase,
pues enviaba los navíos cargados de esclavos, y lo tenia y entendia
tener por granjería, ignorando tan malamente la justicia que los indios
tenian de hacerle á él guerra y echarlo de la tierra á él y á todos
los cristianos, y tambien del mundo, pues tantos agravios y males,
él y ellos, les hacian, y la servidumbre durísima en que los ponian
estragándoles y desordenándoles totalmente su mansedumbre, su concierto
pacífico, su ser todo, y humilde y natural policía, y finalmente con
tanto daño de sus vidas, y de mujeres, y hijos; y él ni los cristianos
contra ellos no tenian alguna justicia, ántes iniquísima y contra
toda razon natural injusticia. A lo otro que dijo arriba, que habia
avisado en Sevilla á los que querian venir acá, que no venia á esta
isla, sino á conquistar, etc.; no mostrará el Almirante provision ni
mandado de los Reyes, que le mandasen conquistar estas gentes, por
vía de hacerles guerra y destruirlas por guerras, porque no se las
encomendaba la Sede Apostólica para esto, sino para convertirlas y
salvarlas, trayéndolas á Jesucristo muerto y vivo por ellas. Esto claro
parece por el primer capítulo de la Instruccion que le dieron, que
arriba en el cap. 81 pusimos. Item, ¿como habian de mandar los Reyes
católicos y píos, que conquistase por guerras á gente que el Almirante
mismo habia loado, predicado y encarecido por humilísimas, graciosas,
humanas, hospitales, liberales, dadivosas, caritativas, bonísimas y
simplicísimas? Manifiesto es que no se debe creer, que teniendo tal
noticia, dada por el mismo Almirante, y con verdad y mucha razon, pues
tan buen acogimiento halló en todos los lugares destas islas donde
llegó, mayormente cuando perdió la nao en el puerto de la Navidad,
reino del Rey piadoso Guacanagarí, como parece en los capítulos 59 y 60
y en los siguientes, y esta relacion hicieron los Reyes al Papa, de la
bondad y mansedumbre de estas naciones, que no le habian de mandar que
las conquistase con guerra; y si los Reyes le dieron tal provision, él
no la habia, como injusta, de cumplir, arbitrando que habian sido mal
informados.



CAPÍTULO CLXIV.


Necesario es, ántes que pasemos adelante, tornar un poco atras para
que la historia no deje olvidada cosa de las que son señaladas.
Volviendo, pues, al efecto que salió, sin lo dicho, de los cinco navíos
que despachó con las nuevas, el Almirante, del descubrimiento de la
tierra de Paria y firme, y perlas, y del acaecimiento que mezcló el
alegría que los Reyes recibieran de las tales nuevas, sino supieran la
rebelion de Francisco Roldan; como Alonso de Hojeda, que ya estaba en
Castilla, el cual, creo yo, que debiera de irse cuando mi tio Francisco
de Peñalosa, supo que el Almirante habia la dicha tierra descubierto y
las perlas, y vido la figura que el Almirante envió á los Reyes della,
y decia en sus cartas que era isla, y con duda (ó alguna creencia)
que era tierra firme, como le favorecia y era aficionado el Obispo de
Badajoz, D. Juan de Fonseca, que todo lo rodeaba y proveia, suplicóle
que le diese licencia para venir á descubrir por estas partes, islas
ó tierra firme, ó lo que hallase. El Obispo se la dió firmada de su
nombre y no de los Reyes, ó porque los Reyes se lo cometieron que él
diese las tales licencias ó aquella sola, lo cual es duro de creer,
ó porque de su propia autoridad se la quiso dar no dando parte á los
Reyes dello, porque como el año de 95 el Almirante se habia quejado
á los Reyes ser contra sus privilegios dar licencia á alguno para
descubrir, porque muchos la pedian, y le dieron sobrecarta para que
cerca de aquello se le guardasen sus privilegios, si era contra ellos,
y así se suspendió, segun arriba en el cap. 125 dijimos, y dar esta
licencia al Obispo de esta manera, no sé como lo pudo hacer; puesto
que tambien siento, que como era hombre muy determinado y acelerado, y
no estaba bien con las cosas del Almirante, que darla temerariamente,
sin consultar los Reyes, pudo ser, pero todavía dudo de ello, porque,
aunque era muy privado de los Reyes, cosa era esta que no osara por
sola su autoridad hacer. Dióla, empero, con esta limitacion, que no
tocase en tierra del rey de Portugal, ni en la tierra que el Almirante
habia descubierto hasta el año de 95. Tambien ocurre aquí otra
dificultad, que ¿porqué no salvaba la tierra que agora el Almirante
habia descubierto, pues constaba por la pintura y cartas que della
enviaba á los Reyes? A esto no sabré responder. De traer su licencia
solamente firmada del dicho Obispo y no de los Reyes, ninguna duda
hobo, porque Francisco Roldan la vido y lo escribió al Almirante, y yo
vide la carta original, como luego se dirá. Habida, pues, la licencia
Hojeda, hobo personas en Sevilla que le armasen cuatro carabelas ó
navíos, porque habia muchos ávidos y codiciosos de ir á descubrir el
ovillo por el hilo que le puso en las manos el Almirante, por haber
sido el primero que abrió las puertas deste, cerrado tantos siglos
habia, mar Océano. Partió del puerto de Sancta María ó de Cáliz, por el
mes de Mayo, y, sino dice contra la verdad Américo Vespucio en los dias
del mes, como no la dice cuanto al año, fué su partida á 20 de Mayo de
499; no de 97 como Américo dice, usurpando la gloria y honra que al
Almirante pertenecia, y aplicándosela á sí mismo sólo, queriendo dar á
entender al mundo, que él habia sido el primer descubridor de la tierra
firme de Paria, y no el Almirante, á quien todo el descubrimiento de
todas estas Indias, islas y tierra firme, justa y debidamente se le
debe, como arriba en el cap. 140 queda probado. En el cual capítulo
trabajé de poner por dudoso, si el Américo habia de industria negado,
tácitamente, este descubrimiento primero haber sido hecho por el
Almirante y aplicado á sí sólo, porque no habia mirado lo que despues
colegí de los mismos escritos del Américo, con otras escrituras que de
aquellos tiempos tengo y he hallado, por lo cual digo haber sido gran
falsedad y maldad la del Américo, queriendo usurpar, contra justicia,
el honor debido al Almirante, y la prueba desta falsedad por esta
manera y por el mismo Américo quedará clarificada. Supongamos lo que
arriba en el cap. 140 queda probado, conviene á saber: Lo primero,
el testimonio de tanta multitud numerosa de testigos, que de vistas
sabian que el Almirante fué el primero que descubrió la tierra firme
de Paria, y por consiguiente, ninguno por toda la tierra firme llegó
ántes, y esto afirma tambien Pedro Mártir, en los capítulos 3.º y 9.º
de su primera Década. Item, el mismo Hojeda, en su deposicion, tambien
lo testifica sin poder negarlo, diciendo que, desque vido la figura ó
pintura en Castilla, vino él á descubrir, é halló que habia llegado
á Paria y salido por la Boca del Drago el Almirante. Lo segundo, que
Américo vino con Hojeda, ó por piloto, ó que sabia algo de la mar,
pues lo cuenta junto con Juan de la Cosa y otros pilotos, ó, por
ventura, que vino como mercader poniendo algunos dineros y teniendo
parte en el armada. Lo tercero, supongamos lo que Américo confiesa en
su primera navegacion, y es, que llegó á la tierra que llamaban los
indios moradores della, Paria; item, que en cierta parte ó provincia de
la costa de la tierra firme, ó en la isla donde hicieron guerra, los
indios della le hirieron 22 hombres y matáronle uno, y esto acaesció
en el año 99, como luego se probará. Pues digamos así: el Almirante
fué el primero que descubrió á tierra firme y Paria, Hojeda fué el
primero despues del Almirante, y Américo fué con Hojeda, y confiesa que
llegaron á Paria. Pues el Almirante partió de Sant Lúcar á 30 de Mayo
de 98 años, luego Hojeda y Américo partieron de Cáliz el año siguiente
de 99 años, porque si el Almirante partió á 30 de Mayo de Sant Lúcar, y
Hojeda y Américo á 20 de Mayo de Cáliz, y el Almirante partió primero,
no pudo ser la partida de Hojeda y Américo en aquel año de 98, sino en
el siguiente de 99 años; ni se pudo decir en contra que pudo ser haber
partido Hojeda y Américo primeramente á 20 de Mayo el año mesmo de
98, que partió el Almirante, puesto que fuese verdad que el Almirante
llegase primero y descubriese á Paria, porque ya terniamos confesado
el intento, conviene á saber, que el Almirante hobiese descubierto á
Paria, y quedaria el dicho de Américo falso tambien, por él confesado,
que dice que partió el año de 97 años; luego, sin duda, ni partieron
de Cáliz el año de 97, ni tampoco el de 98, sino el de 99, y por
consiguiente, queda manifiesto que no fué Américo el que descubrió
primero la tierra firme de Paria, ni otro ninguno sino el Almirante.
Esto se confirma, por lo que arriba en el capítulo 140 se vido, que
Hojeda en su deposicion tomado por testigo en favor del Fisco, dijo,
conviene á saber, que despues que vido la pintura de la tierra, que el
Almirante habia descubierto, en Castilla, vino á descubrir y halló ser
verdad la tierra como en pintura la habia visto, y pues esta pintura
y relacion envió el Almirante á los Reyes el mismo año de 98, á 18
de Octubre que partieron los dichos navíos y llegaron por Navidad, y
en ellos fué mi padre, como parece en el cap. 155, arriba. Luego si
partió Hojeda y Américo por Mayo, á 20 dél, como escribe Américo mismo,
no pudo ser sino al año siguiente del 99. Item, por otra razon se
confirma: el Almirante fué avisado de los cristianos que estaban por
la provincia de Yaquimo, que se decia la tierra del Brasil, que habia
llegado allí Hojeda, á 5 de Setiembre, y así lo escribió el Almirante á
los Reyes en los navíos donde fueron los Procuradores del Almirante y
de Roldan; y esto fué en el año de 99, al tiempo que andaba acabándose
ó era acabada la reduccion de Francisco Roldan y de su compañía á la
obediencia del Almirante, y este es el primer viaje que Américo hizo
con Hojeda; luego no pudo haber partido Hojeda ni Américo de Cáliz el
año de 97, sino de 99. Que fuese este el primer viaje que hizo Hojeda
y Américo en busca de la tierra firme, parece por las dos cosas que
arriba se pusieron, que el mismo Américo en su primera navegacion
dice; la una, que llegaron á la tierra que llamaban los moradores
della, Paria; la segunda, que les hirieron los indios en cierta isla
22 hombres y los mataron uno, y esto dijeron á Francisco Roldan los de
la compañía de Hojeda cuando entró en los navíos de Hojeda el mismo
Francisco Roldan, el cual envió el Almirante á ello luego que supo que
habia llegado Hojeda á la tierra del Brasil, desta isla, como se dirá
en el cap. 168. Escribió Francisco Roldan al Almirante, desde allá,
estas, entre otras palabras, las cuales yo vide, firmadas del Francisco
Roldan, y era su firma bien cognoscida de mí; comienza así la carta:
«Hago saber á vuestra señoría, como yo llegué adonde estaba Hojeda, el
domingo, que se contaron 29 de Setiembre, etc.» Y más abajo: «Así que,
señor, yo hobe de ir á las carabelas y fallé en ellas á Juan Velazquez
y á Juan Vizcaino, el cual me mostró una capitulacion que traian para
descubrir, firmada del señor Obispo, en que le daba licencia para
descubrir en estas partes, tanto que no tocase en tierra del señor rey
de Portugal, ni en la tierra que vuestra señoría habia descubierto
fasta el año de 95. Descubrieron en la tierra que agora nuevamente
vuestra señoría descubrió; dice que pasaron por luengo de costa 600
leguas, en que hallaron gente que peleaba, tantos con tantos, con
ellos, y hirieron 20 hombres y mataron uno; en algunas partes saltaron
en tierra y les hacian mucha honra, y en otras no les consentian saltar
en tierra, etc.» Estas son palabras de Francisco Roldan al Almirante.
Américo en su primera navegacion, dice aquestas: _Ex nostris autem
interempto duntaxat uno, sed vulneratis vigint duobus; qui omnes ex Dei
adjutorio sanitatem recuperaverunt_. Que Hojeda y Américo llegasen á
esta isla Española, cuenta luego el mismo Américo, como luego parecerá.
Resta, luego, claro, por el Américo dicho, y la concordancia de lo que
dijeron sus compañeros á Francisco Roldan, conviene á saber, que le
habian herido 20 ó 22 y muerto uno, que aqueste fué su primer viaje; y
tambien por ambos que habian ido y visto á Paria, y tierra nuevamente
por el Almirante descubierta. Pues si este fué su primer viaje de
Américo y vino á esta isla el año de 99, á 5 de Setiembre, partido de
Castilla á 20 de Mayo en el mismo año de 99, como queda claramente
visto, síguese quedar Américo, de haber falsamente puesto que partió
de Cáliz el año de 97, confusamente convencido. Á este propósito hace
lo que escribió tambien á los Reyes el Almirante, como supo que era
Hojeda venido y que habia partido por Mayo cinco meses habia, habiendo
tan poco tiempo, y dijo así: «Hojeda llegó há cinco dias al puerto
adonde es el brasil; dicen estos marineros que, segun la brevedad del
tiempo que partió de Castilla, que no puede haber descubierto tierra,
bien pudieran cargar de brasil ántes que se lo pudieran prohibir, é así
como es él, así pueden hacer otros extranjeros.» Estas son palabras del
Almirante, y yo las vide escritas de su propia mano; quiso decir, que
en cinco meses poca tierra podia haber descubierto, y tambien, que si
él no enviara á Francisco Roldan para que le prohibiera que no cargase
los navíos de brasil, que pudiera cargarlos é irse, y que así podian
hacer cualesquiera extranjeros, sino se ponia en ello remedio. Todas
estas probaciones traidas de las cartas de Roldan y del Almirante,
no pueden ser calumniadas porque son ciertísimas, y no hay que dudar
de algunas dellas, porque nunca se pensó haberse de alegar y traer á
este propósito, como haya cincuenta y seis ó cincuenta y siete años
que fueron á otro propósito, refiriendo la verdad, escritas, ni habia
para qué fingirlas. Pero lo que Américo escribia para cobrar nombre
y aplicar á sí, usurpando tácitamente el descubrimiento de la tierra
firme, que al Almirante pertenecia, de industria lo hacia; esto, por
muchas razones puestas en este capítulo y en el 140, arriba, se colije,
y dejadas las dichas, quiero asignar otras manifestísimas: una es, que
trastrocó los viajes que hizo, aplicando lo del primero al segundo, y
las cosas que en el uno les acaescian, como si en el otro acaescieran,
las referia. Cuenta que en el primer viaje tardaron diez y ocho meses,
y esto no es posible, porque á los cinco meses que habia partido de
Castilla vino á esta isla, y de esta isla no podia volver á la tierra
firme, para andar tanto por ella, por los vientos que siempre corren
contrarios, que son las brisas y las corrientes, sino con grandísima
dificultad y en mucho tiempo, por manera, que lo que anduvo por
tierra firme, fué dentro de cinco meses, dentro de los cuales vino á
ella, puesto que, como abajo se dirá, dijo el Hojeda á algunos de los
españoles que aquí estaban, ántes que desta isla se partiesen, que iba
á hacer una cabalgada, la cual hizo salteando los indios de algunas
de las islas de estos alredadores, de las cuales llevó á Castilla,
segun cuenta el mismo Américo, 222 esclavos, y esto dice en fin de su
primera navegacion: _Nosque, Hispaniæ viam sequentes, Calicium tandem
repetivimus portum, cum ducentis viginti duobus captivatis personis_,
etc. Otra es, que ciertos daños y fuerzas que Hojeda hizo y los que
con él vinieron, á indios y á los españoles en Xaraguá, en su primer
viaje, púsolos en el segundo y segunda navegacion, en el fin de ella,
donde dice: _Obplurimarun rerum nostrarum indigentiam venimusque ad
Antigliæ insulam, quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus
discooperuit: in qua reculas nostras ac navalia reficiendo, mensibus
duobus et diebus totidem permansimus: plures interdum Christicolarum
in ibi conversantium contumelias perpetrando, quas prolixas ne
nimium fiam hic omitto_. Antilla llamaban los portugueses entónces
esta isla Española, y porque este Américo escribia esto en Lisboa,
la llama Antiglia. Que estas injurias que dicen que pasaron allí de
los españoles, las cuales se excusa decir, porque no le cumple, y la
causa por qué se las hicieron, lo cual luego se dirá en el capítulo
siguiente, acaesciesen en el primer viaje, claro, luego, asimismo se
verá. Otra es, que llegaron por 5 de Setiembre, como se dijo, á esta
isla, y dice que estuvieron dos meses y dos dias en ella, y estos, de
necesidad, habian de ser todo Setiembre y Octubre, y algun dia andado
de Noviembre; y dice allí, que salieron desta isla á 22 de Julio y que
tornaron al puerto de Cáliz á 8 de Setiembre; todo esto consta ser
falsísimo. Lo mismo se puede averiguar de todos los otros números de
los años, meses y dias que asigna de sus navegaciones, facilísimamente,
y así, parece que de industria quiso llevar sólo la gloria y nombre
del descubrimiento de la tierra firme, áun callando el nombre de su
Capitan, Alonso de Hojeda, usurpando tácitamente, como queda dicho,
el honor y gracias que al Almirante se le debe por este insigne
hecho, engañando al mundo, como escribia en latin, y al rey Renato
de Nápoles, y para fuera de España, y no habia (cubiertos los que
entónces esto sabian), quien los resistiese y declarase. Y maravíllome
yo de D. Hernando Colon, hijo del mismo Almirante, que siendo persona
de muy buen ingenio y prudencia, y teniendo en su poder las mismas
navegaciones de Américo, como lo sé yo, no advirtió en este hurto y
usurpacion que Américo Vespucio hizo á su muy ilustre padre.



CAPÍTULO CLXV.


Vista queda, porque largamente declarada, la industriosa cautela,
no en la haz ni, segun creo, con facilidad pensada, sino por algun
dia rumiada de Américo Vespucio, para que se le atribuyese haber
descubierto la mayor parte deste indiano mundo, habiendo concedido Dios
este privilegio al Almirante. De aquí conviene proseguir la historia
de lo que acaesció á Alonso de Hojeda, con quien iba el Américo, su
primer viaje. Partió, pues, con cuatro navíos, por el mes de Mayo, del
puerto de Cáliz, Alonso de Hojeda, y Juan de la Cosa por piloto ya
experimentado por los viajes que habia ido con el Almirante, y otros
pilotos y personas que tambien se habian hallado en los dichos viajes,
y tambien Américo, el cual, como arriba queda dicho en el cap. 140,
ó fué como mercader ó como sabio en las cosas de cosmosgrafía y de
la mar; partieron, digo, por Mayo, segun dice Américo, pero no como
él dice año de 1497, sino el año de 99, como asaz queda averiguado.
Su camino enderezaron hácia el Poniente, primero, desde las islas
Canarias, despues la vía del Austro. En veintisiete dias llegaron
(segun dice el mismo Américo) á vista de tierra, la cual juzgaron ser
firme, y no estuvieron en ello engañados; llegados á la más propincua
tierra, echaron anclas, obra de una legua de la ribera, por miedo de no
dar en algun bajo. Echaron las barcas fuera y aparéjanse de sus armas,
llegan á la ribera, ven infinito número de gente desnuda; ellos reciben
inestimable gozo. Los indios páranselos á mirar como pasmados, pónense
luego en huida al más propincuo monte; los cristianos, con señales
de paz y amistad, los alagaban, pero ellos no curaban de creerlos, y
porque habian echado las anclas en la playa y no en puerto, temiendo
no padeciesen peligro, si viniese algun recio tiempo, alzaron y vánse
la costa abajo á buscar puertos, viendo toda la ribera llena de gente,
y al cabo de dos dias lo hallaron bueno. Surgieron media legua de
tierra, pareció infinita multitud de gentes que venian á ver cosa tan
nueva. Saltaron en tierra 40 hombres bien aparejados, llamaron las
gentes como con señuelos, mostrándoles cascabeles y espejuelos y otras
cosas de Castilla; ellos, siempre temiendo no fuesen cebo de anzuelo ó
carne de buitrera no los creian, pero al cabo, algunos de los indios
que se atrevieron, llegáronse á los cristianos, y las cosillas que les
daban recibieron. Sobrevino la noche, volviéronse á las naos y los
indios á sus pueblos, y, en esclaresciendo, estaba la playa llena de
gente, hombres y mujeres con sus niños en los brazos, como unas ovejas
y corderos, que era grande alegría verlos. Saltan los cristianos en
sus barcas para salir en tierra, échanse los indios al agua, nadando,
vienen á recibirlos un gran tiro de ballesta; llegados á tierra de tal
manera, los recibieron, y con tanta confianza y seguridad ó descuido
se juntaban los indios con ellos, como si fueran sus padres los unos
de los otros, y toda su vida hubieran vivido y conversado con ellos.
Era esta gente de mediana estatura, bien proporcionados, las caras
no muy hermosas por tenerlas anchas; la color de la carne que tira á
rubia como los pelos del leon, de manera que, á ser y andar vestidos,
serian poco ménos blancos que nosotros; pelo alguno no le consienten
en todo su cuerpo, porque lo tienen por cosa bestial; ligerísimos,
hombres y mujeres, grandes nadadores, y más las mujeres que los
hombres, más que puede ser encarecido, porque nadan dos leguas sin
descansar. Entendieron los nuestros ser muy guerreros; sus armas son
arcos y flechas muy agudas de huesos de peces, y tiran muy al cierto;
llevaban sus mujeres á la guerra, no para pelear, sino para llevarles
las comidas, y lo que más suelen consigo llevar; no tienen Reyes, ni
señores, ni capitanes en las guerras, sino unos á otros se llaman
y convocan y exhortan cuando han de pelear contra sus enemigos; la
causa de sus guerras entendieron ser contra los de otra lengua, si
les mataron algun pariente y amigo, y el querelloso, que es el más
antiguo pariente, en las plazas llama y convoca á los vecinos que le
ayuden contra los que tiene por enemigos. No guardan hora ni regla en
el comer, sino todas las veces que lo han gana, y esto es porque cada
vez comen poco, y siéntanse en el suelo á comer; la comida, carne ó
pescado, pónenla en ciertas escudillas de barro que hacen, ó en medias
calabazas; duermen en hamacas hechas de algodon, de las que arriba,
hablando de esta isla dijimos; son honestísimos en la conversacion de
las mujeres, como dijimos de los desta isla, que ninguna persona del
mundo lo ha de sentir, y, cuanto en aquello son honestos, usan de gran
deshonestidad en el orinar ellos y ellas, porque no se apartan, sino en
presencia de todos; y lo mismo no se curan de hacer el estruendo del
vientre. No tenian órden ni ley en los mantenimientos; tomaban ellos
cuantos querian y ellas tambien, y dejábanse cuando les placia, sin
que á ninguno se haga injuria ni la reciba del otro. No eran celosos
ellos ni ellas, sino todos vivian á su placer, sin recibir enojo del
otro. Multiplicaban mucho, y las mujeres preñadas no por eso dejan de
trabajar; cuando paren tienen muy chicos y cuasi insensibles dolores.
Si hoy paren, mañana se levantan, tan sin pena, como si no parieran;
en pariendo, vánse luego al rio á lavar, y luego se hallan limpias y
sanas. Si se enojan de sus maridos, fácilmente, con ciertas hierbas
ó zumos, abortan, echando muertas las criaturas; y, aunque andan
desnudas, lo que es vergonzoso de tal manera lo tienen cubierto con
hojas, ó con tela, ó con cierto trapillo de algodon, que no se parece,
y los hombres y las mujeres no se mueven más porque todo lo secreto
y vergonzoso se vea ó ande descubierto, que nosotros nos movemos
viendo los rostros ó manos de los hombres. Son limpísimos en todos sus
cuerpos ellos y ellas, por lavarse muchas veces. Religion alguna no
les vieron que tuviesen, ni templos ó casas de oracion. Las casas en
que moraban eran comunes á todos, y tan capaces, que cabian y vieron
en ellas 600 personas, y ocho dellas que cupieran 10.000 ánimas. Eran
de madera fortísimas, aunque cubiertas de hojas de palmas; la hechura
como á manera de campana; de ocho á ocho años, dicen que se mudaban
de unos lugares á otros, porque con el calor del sol excesísimo se
inficionaban los aires y causaban grandes enfermedades. Todas sus
riquezas eran plumas de aves de colores diversos, y unas cuentas hechas
de huesos de peces y de unas piedras verdes y blancas, las cuales se
ponian en las orejas y labios; el oro y perlas y otras cosas ricas, ni
las buscan ni las quieren, ántes las deshechan como cosas que tienen
en poco. Ningun trato y compra ni venta ni conmutaciones usan, sino
sólo aquellas cosas que para sus necesidades naturales les produce y
ministra la naturaleza; cuanto tienen y poseen dan liberalísimamente á
cualquiera que se lo pide; y así como en el dar son muy liberales, de
aquella manera de pedir y recibir, de los que tienen por amigos, son
cupidísimos. Por señal de gran amistad tienen entre sí, comunicar sus
mujeres é hijas con sus amigos y huéspedes. El padre y la madre tienen
por gran honra que cualquiera tenga por bien de llevarles su hija,
aunque sea vírgen, y tenerla por amiga, y esto estiman por confirmacion
de amistad entre sí. Diversas maneras de enterrar los difuntos entre sí
tienen; unos los entierran con agua en las sepulturas, poniéndoles á la
cabecera mucha comida, creyendo que para el camino de la otra vida, ó
en ella, de aquello se mantengan; lloro, ninguno, ni sentimiento hacen
por los que se mueren. Otros tienen aqueste uso, que cuando les parece
que el enfermo está cercano á la muerte, sus parientes más cercanos
lo llevan en una hamaca al monte, y allí, colgada la hamaca de dos
árboles, un dia entero les hacen muchos bailes y cantos, y viniendo la
noche, pónenle á la cabecera agua y de comer cuanto le podrá bastar
para tres ó cuatro dias, y, dejándolo allí, vánse, y nunca más lo
visitan. Si el enfermo come y bebe de aquello, y al cabo convalece y se
vuelve, de su casa con grandes alegrías y ceremonias lo reciben; pero
pocos deben ser los que escapan, pues nadie, despues de puestos allí,
los ayuda y visita. En el curar los enfermos se han desta manera:
que cuando están con el mayor calor de calentura, métenlo en agua muy
fria, y allí lo bañan; despues pónenlo al fuego, que hacen muy grande,
por dos horas buenas, hasta que esté bien caliente; de aquí hácenle,
aunque le pese, dar grandes carreras en ida y venida; despues échanlo
á dormir. Con esta medicina y modo de curar, muchos escapan y sanan;
usan mucho de la dieta, porque se están tres y cuatro dias sin comer
ni beber. Sángranse muchas veces, no de los brazos, sino de los lomos
y de las pantorrillas; tambien acostumbran vómitos con ciertas hierbas
que traen en la boca; abundan en mucha sangre y flemático humor, por
ser su comida de raíces y hierbas y cosas terrestres, y de pescado;
hacen el pan de las raíces que en esta Española llamaban yuca; grano,
dijeron que no tenian; carne pocas veces comian, sino era la humana,
lo cual mucho tenian en uso, y esta era la de sus enemigos, los cuales
se maravillaban de que los cristianos la de sus enemigos no comiesen.
Hallaron en esta tierra poca señal de oro, aunque alguna, ni de otra
cosa que fuese de valor; echábanlo á que no entendian la lengua,
mayormente, que hallaban diversas lenguas en una provincia. Del sitio
y disposicion y hermosura de la tierra, dicen que no puede ser mejor.
Todas estas cosas cuenta Américo en su primera navegacion, muchas de
las cuales no era posible en dos ni tres, ni en diez dias que podian
estar ó estaban entre los indios, no entendiéndoles palabra una ni
ninguna, como él aquí confiesa, saberlas, como es aquella de que en
ocho años se mudaban de tierra en tierra por el ardor del sol, y que
cuando se enojaban de sus maridos, movian las criaturas las mujeres,
y que no tenian ley ni órden en los matrimonios, y ni Rey, ni señor,
ni Capitan en las guerras, y otras semejantes; y por eso, sólo aquello
que por los ojos vian, y podian ver, como era lo que comian y bebian,
y andaban desnudos y eran de color tal, y grandes nadadores, y otros
actos exteriores, es lo que podemos creer; lo demas parece todo
ficciones.



CAPÍTULO CLXVI.


Dejaron estas gentes y vánse la costa abajo, muchas veces saltando en
tierra y viendo y conversando diversas gentes, hasta que llegaron á
un puerto, en el cual, como entraron, vieron un pueblo sobre el agua
fundado como Venecia; en el cual, dice Américo, que habia 20 casas muy
grandes de la hechura de las otras, en forma de campana, puestas sobre
postes validísimos, á las puertas de las cuales tenian sus puentes
levadizas, por los cuales, como por calles, pasaban y andaban de una
casa á otra. Los vecinos della, así como vieron los navíos y la gente
dellos, á lo que pareció, alzaron luego sus puentes todas, y luego en
sus casas se recogieron, y estando los cristianos mirando y admirándose
desto, ven venir 12 canoas ó barquillos de los de un madero, llenas de
gente que se venian á ellos; y, llegados, páranselos á mirar rodeando
los navíos de una parte á otra, maravillados y como pasmados de verlos.
Hiciéronles los cristianos señas de amistad y que se viniesen á ellos,
no quisieron; vánse los cristianos hácia ellos, pero no quisieron
esperar, sino dándose priesa á huir, y con las manos haciendo señas
como que los esperasen y volverian, salen de sus canoas y vánse á
una sierra, y vuelven con 16 doncellas, y viénense con ellas á los
navíos en sus canoas, y poniendo en cada navío cuatro, ofrécenselas,
y así de buena amistad, dentro de sus canoas, entrando y saliendo á
los navíos, conversaron con ellos. En esto salen de las casas que
habian visto mucha gente, y échanse á la mar, nadando veníanse hácia
los navíos, y ya que llegaban cerca, páranse ciertas mujeres viejas
y dan tantos gritos y voces, hacen tantos clamores, mesábanse los
cabellos, mostraban tanto dolor y angustia, que parecia que rasgaban
los cielos; viendo esto las doncellas, súbito, se dejan caer á la
mar, y los indios que estaban en las canoas comenzaron á apartarse
de los navíos y á tirarles flechazos muy á menudo, y los que venian
nadando, diz que, traian sus lanzas con el agua encubiertas. Debia ser
tirar las flechas y traer las lanzas por defensa de las muchachas, ya
que se arrepentian de se las haber dado, porque no se las tornasen á
tomar. Visto esto, los cristianos que no sufren á los indios muchos
juguetes, saltan en las barcas y van tras ellos; embisten las canoas
y anéganselas, matan 20 dellos, y acuchillan y alancéanles muchos,
no del todo muertos. Sálvanse á nado todos los que pudieron; de los
cristianos quedaron heridos cinco, pero no padecieron peligro alguno.
Cogieron de las muchachas dos, y tres de los hombres prendieron; van
luego á las casas, no hallaron más de dos viejas y un hombre enfermo;
no quisieron quemar las casas porque les pareció tener escrúpulo de
conciencia, dice Américo. Harto fuera mejor, y con ménos escrúpulo de
conciencia se hiciera, dejarlos ir y mostrarles mansedumbre, y darles
á entender que no les querian hacer mal, por señas, ni venian á eso,
enviándoles de las cosillas de Castilla, y vencieran el mal con bien,
é fuera cristiano ejemplo, pero no iban á esto sino á buscar oro y
perlas. Volviéronse á sus navíos con sus cinco captivos, echaron los
tres hombres en hierros; una noche, las dos muchachas y uno de los
presos, que se soltó sotilmente, se echaron en la mar y dellos se
descabulleron. Alzan las velas de este puerto, y vánse 80 leguas la
costa abajo, y esta fué la tierra de Paria, que habia descubierto el
Almirante, como pareció arriba, donde hallaron otra gente, de aquella,
en lengua y conversacion, muy diversa; surgieron con sus anclas,
saltaron en las barcas para ir á tierra, vieron sobre 4.000 personas
en la ribera. No esperaron los indios de miedo, ántes á los montes,
dejando cuanto que tenian, huyeron. Salidos los cristianos á tierra
vánse por unos caminos, hallaron ciertas chozas y muchas, que fuesen
de pescadores creyeron; hallaron muchos fuegos, y en ellos pescados de
diversas maneras, y asándose una de las iguanas que arriba dijimos,
de que se asombraron, creyendo que era alguna bravísima sierpe. El pan
que comia esta gente, dice Américo, que lo hacian de pescado en agua
hirviente algo cocido, despues lo golpean y amasan, y, hecho de aquella
masa panecillos, pónenlo sobre las ascuas, y así allí los cuecen, y
era muy buen pan, á su juicio. Muchas maneras de manjares y de hierbas
y de frutas de árboles hallaron, y ninguna cosa dellas les tomaron,
ántes les dejaron en sus ranchos y chozas cosillas de las de Castilla,
para, si pudiesen, asegurarles del miedo que tenian, y volviéronse á
sus navíos. Otro dia, en saliendo el sol, comienza á venir á la playa
infinita gente; salieron á tierra los cristianos de los navíos, esperan
los indios, aunque todavía muy tímidos; lléganse los cristianos, y poco
á poco pierden el miedo, y por señas les dicen que aquellas chozas no
son sus casas principales, más de para venir á pescar hechas, y que
les rogaban fuesen con ellos á sus pueblos. Vista la instancia que
hacian é su importunidad, y que parecia proceder de buena voluntad,
acordaron de ir 23 hombres, bien armados, con determinacion de morir
cuando la necesidad les compeliese, empleando primero en ellos bien sus
personas. Estuvieron allí con ellos tres dias en gran conversacion de
amistad, puesto que ni una palabra se entendian. Fuéronse con ellos la
tierra dentro, tres leguas, á un pueblo que estaba allí, donde fueron
recibidos con tantos bailes, cantares, alegría y regocijos, y servidos
de tantos manjares y comida de los que tenian, que dice Américo que
no tenia péndola que lo pudiese escribir. Dice más, que aquella noche
durmieron allí, y que sus propias mujeres, con toda prodigalidad les
ofrecian, y esto con tanta importunidad que no bastaban á resistirles;
como allí estuviesen aquella noche y otro dia hasta medio dia, fué
tanto y tan admirable el pueblo que á verlos de otras poblaciones de
la tierra vino, y verlos absortos en mirarlos, rodearlos y tocarlos,
que era una cosa de maravilla. Ciertos hombres ancianos, que debian
ser los señores, les rogaron con la misma importunidad que se fuesen
con ellos á sus pueblos, lo cual les concedieron, donde fácil cosa de
contar no es, dice Américo, cuantos honores y buen tratamiento les
hicieron. Estuvieron en muchas poblaciones suyas, por nueve dias,
dentro de los cuales los que quedaron en los navíos estuvieron harto
penados, temiendo no les hobiese la ida sucedido mal. Despues de los
nueve dias, que gastaron andando por muchos pueblos, acordaron á sus
navíos volverse; fué cosa cuasi increible la gente que con ellos en
su compañía vino hasta la mar, hombres y mujeres; cuando se cansaba
alguno de los cristianos, ellos los levantaban, y en las hamacas los
traian á cuestas, como quien anda en litera, y áun con harto ménos
peligro y más descanso, ellos los llevaban. Á las pasadas de los rios,
que habia muchos y muy grandes, con balsas y otros sus artificios,
con tanta seguridad y enjuteza los pasaban como si fueran por tierra.
Vinieron con muchas cosas cargados muchos, que á los cristianos en sus
pueblos dieron, como muchos arcos y flechas, muchas cosas de pluma; de
papagayos gran número, de diversas colores; otros traian sus alhajas
cuantas tenian para darles y dejarles cuando á sus casas se volviesen;
otros, dice Américo, traian sus animales consigo; estos animales no
puedo yo entender cuales fuesen. Y cuenta una cosa, entre las otras,
muy admirable: que cada uno de los indios se tenia por felice, si á las
pasadas de los rios que se vadeaban, pasa el cristiano en sus hombros,
y aquel que más veces ó más cristianos pasaba por más bienaventurado
se estimaba. Así como llegaron á la playa, que vinieron las barcas
de los navíos á tomar los cristianos, y quisieron entrar en ellas, y
tanta gente cargó y con tanta prisa entrar quisieran, unos primero que
otros, que aína se anegáran las barcas; fueron tantos los que entraron
en las barcas con los cristianos y los que iban nadando, que pasaban
de mil, y daban alguna molestia con su importunidad y frecuencia á
los cristianos. Entraron en los navíos y estuvieron en ellos, aunque
desnudos y sin armas, dice Américo; de ver los navíos y las járcias
y todos los instrumentos y aparatos de las naos, y de su grandeza,
no acababan de se admirar. Estando así admirados, acuerdan los de
un navío, y debia de ser del navío del capitan Hojeda, burlando ó de
veras espantarlos más; soltaron ciertas lombardas, pegando fuego, y,
con el terrible tronido que dieron, la mayor parte de todos ellos
dan consigo en la mar, de la misma manera que las ranas que estan en
seco en la ribera, oyendo algun estruendo, súbitamente saltan luego
á zabullirse en el agua; y de tal manera quedaron atónitos y sin
habla, que ya á los cristianos de la burla les comenzaba á pesar;
comenzáronse á reir y alagarlos, hasta que vieron que aquello era
burlando, haciéndoles entender por señas, que aquellas armas eran para
las guerras que solian tener contra sus enemigos. Estuvieron allí
todo aquel dia, con gran contentamiento, y que no los podian despedir
de sí hasta que les dijeron por señas que se fuesen, porque aquella
noche se querian partir; fuéronse muy alegres y contentos, y con gran
amor y benevolencia de los cristianos. Dice Américo aquí, que aquella
tierra era de gente muy poblada y de muchos y diversos animales llena,
pocos que se parecian á los nuestros de España, sacados los leones,
osos, ciervos, puercos, cabras monteses y gamos, que tenian cierta
deformidad, diferentes de los nuestros; pero, en la verdad, yo no
creo que él vido leones ni osos, porque leones son muy raros, y no
pudieron estar tanto que los viesen, ni osos; cabras, nunca hombre en
estas Indias las vido, ni sé como pudo ver la diferencia que hay de
ciervos á los gamos, si alguna es, ni puercos porque no los hay en
estas partes; ciervos ó gamos, de léjos, bien pudo ver muchos, porque
los hay infinitos en toda la tierra firme; caballos, mulas, asnos,
vacas, ni ovejas, ni perros, dice que no hay y dice verdad, puesto
que perros de cierta especie, que no la de acá, háilos en algunas
partes. De otros muchos animales de varios géneros, silvestres, dice
que hay gran abundancia; pero si no eran conejos, pudo él dar poco
verdadero testimonio de haberlos visto. De aves de diversas colores y
especies y hermosura, dice que vieron muchas, y así lo creo, porque
las hay infinitas. De la region de la tierra, dice ser amenísima y
fructífera, de selvas y florestas grandes llena, las cuales en todo
el tiempo del año están verdes y con sus hojas que jamás se caen;
frutos, innumerables y diversos de los nuestros: y todo es verdad.
Torna á repetir (no sé si lo dice de aquella misma tierra, que parece
que sí, ó de otra, y parece que su decir confunde la relacion por
lo que ha dicho arriba, que se habian de partir aquella noche), que
vino mucho pueblo á los contemplar por ver sus gestos, personas y
blancura, y que les preguntaban que de dónde venian, ellos respondian
que habian descendido del cielo por ver las cosas de la tierra, lo
cual sin duda los indios creyeron. Cometieron aquí los cristianos un
grande sacrilegio, estimando hacer á Dios agradable sacrificio, que
como vieron aquellas gentes tan tratables, mansuetas y benignas, no
las entendiendo, ni ellas á ellos, ni sola una palabra, por lo cual
no pudieron darles alguna chica ni grande doctrina, baptizaron, dice
Américo, infinitos; de donde parece lo poco que Américo y los que
allí iban, de la práctica de los Sacramentos y la reverencia que se
les debia tener, y la disposicion y idoneidad que para recibirlos se
requeria, sabian, porque si el Sacramento del baptismo recibieron y
el carácter se les imprimió, como parece que sí, porque no tuvieron
ficion alguna, sino ántes voluntad positiva, expresa, de recibir lo que
aquellos hombres cristianos les daban, é implícita de lo que la Iglesia
les diera si fueran los ministros discretos, y si ellos supieran qué
cosa era Iglesia y baptismo, precediendo en ellos suficiente doctrina,
sin duda tuvieran la voluntad é intencion expresa. Es manifiesto que
cometieron aquellos cristianos, en baptizarlos, contra Dios gran
ofensa; la razon es clara, porque fueron causa aquellos que fueron
ministros del baptismo, que aquellos indios ya cristianos, que poco
que mucho eran idólatras, y que estarian en muchos pecados, quizá de
diversas especies, como gente careciente de lumbre de fe y de doctrina,
desde adelante fuesen á idolatrar con injuria del Sacramento, y así,
con gran sacrilegio, imputable á los que tan indiscretamente los
baptizaron, no á los baptizados indios; y si no recibieron el carácter
y baptismo, tambien ofendieron á Dios, porque administraron fuera
del caso de necesidad en cuanto en sí era el Sacramento en balde é
indebidamente, por faltar la necesaria disposicion en el sujeto,
por lo cual se instituyeron, con culpable indiscrecion, en idóneos
ministros. Dice Américo, que, despues de baptizados, decian los indios,
charaybí, que suena en su lengua, llamando á sí mismos, varones de
gran sabiduría; cosa es esta de reir, porque áun no entendian qué
vocablo tenian por pan ó por agua, que es lo primero que de aquellas
lenguas á los principios aprendemos, y en dos dias ó diez que allí
estuvieron, que quizá no llegaron á seis, quiere Américo hacer entender
que entendia que charaybí queria decir varones de gran sabiduría. Aquí
declara Américo, que aquella tierra llamaban los naturales de ella,
Paria, y disimula lo que allí pasó de las nuevas que supieron, como
habia estado allí tantos dias el Almirante, y vieron las cosas que les
habia dado de las de Castilla, y fuera razon que no lo callara. Bien
será que todos los que aqueste paso leyeren, y todo el discurso de
aquesta historia, hagan aquí pié, y noten como verdaderos cristianos y
prudentes, desembarazados y libres de afeccion, la bondad y mansedumbre
y hospitalidad natural de estas gentes, todas, digo, las de estas
Indias, y como resciben los cristianos en sus tierras al principio,
ántes que los cognoscan por sus obras no cristianas ni de cristianos,
sino de hombres, puros hombres, inventadas y adquiridas por sus
corruptas costumbres; consideren tambien los lectores, la disposicion
tan buena y tan propíncua que tenian para recibir nuestra católica fe,
y con cuan poco trabajo, y con ninguna resistencia se hicieran todas
las naciones deste orbe, infinitas, cristianas, y se convirtieran á su
Criador y Redentor, Jesucristo, si entráramos en ellas como verdaderos
cristianos. Pero pasemos adelante, porque antigua cuestion y lamentable
materia es esta.



CAPÍTULO CLXVII.


Acordaron de salir deste puerto, y debia ser el golfo dulce, de que
arriba se ha hecho larga mencion, que hace la isla de la Trinidad con
la tierra de Paria, dentro de la boca del Drago, y sospecho que, como
cosa que era señalada y notorio haberla descubierto el Almirante, calló
Américo, de industria, el nombre de la boca del Drago; porque esto es
cierto, que Hojeda y Américo estuvieron dentro deste puerto, como el
mismo Hojeda, en la susodicha su deposicion, con juramento lo confiesa,
y otros muchos testigos, asimismo con juramento, en la probanza que
hizo el Fiscal, lo afirman; y aquí dice Américo, que habia ya trece
meses que andaban por allí, pero yo no lo creo, y si dice verdad en
los meses, fueron en el segundo viaje, que despues con el mismo Hojeda
hizo, á lo que tengo entendido, y no en este primero, como parece
por muchas razones arriba traidas, y por las que más se trujeren.
Finalmente, salidos, desde Paria vánse la costa abajo, y llegan á la
Margarita, que el Almirante habia visto y nombrado Margarita, puesto
que no llegó á ella, y saltó en ella Hojeda, y paseó parte della por
sus piés, como él mismo dice, y estos mismos testigos, que con él
fueron, tambien dicen que llegó á ella, puesto que no niegan ni lo
afirman que saltase en ella; y desto no hay que dudar, sino que la
pasearia, porque es muy graciosa isla, y tenia espacio para ello:
y poco hace al caso esto. Allí es de creer que rescataron perlas,
puesto que no lo dice, pues otros descubridores que luego despues de
él vinieron, las rescataron en la dicha Margarita. Extendió su viaje
Hojeda hasta la provincia y golfo de Cuquibacoa, en lengua de indios,
que agora se llama en nuestro lenguaje, Venezuela, y de allí al cabo de
la Vela, donde agora se pescan las perlas, y él le puso aquel nombre,
cabo de la Vela, y hoy permanece, con una renglera de islas que van de
Oriente á Poniente, alguna de las cuales llamó Hojeda de los Gigantes.
Por manera que anduvo costeando por la tierra firme 400 leguas, 200 al
Levante de Paria, donde recognosció la primera tierra, y esta, él sólo
primero que otro alguno, con los que con él iban y fueron, la descubrió
y descubrieron; y 200 que hay de Paria al cabo de la Vela. Paria
estaba descubierta, y la Margarita, por el Almirante, ocularmente, y
grande parte de las dichas 200 leguas de la Margarita al cabo de la
Vela, porque el Almirante vido como iba la tierra y la cordillera de
las sierras hácia el Poniente, y así todo este descubrimiento á él se
le debe, porque no se sigue que para que se dijese haber descubierto
una tierra ó isla, era menester que la paseara toda; como la isla de
Cuba, claro está que la descubrió por su persona, pero no se requeria
que anduviese todos los rincones della, y lo mismo desta isla Española
y de las demas, y así de toda la tierra firme, cuanto grande sea
y cuanto más se extienda, el Almirante la descubrió. De lo dicho
parece, manifiestamente, que Américo se alargó en lo que en su primera
navegacion afirma, que costearon 860 leguas: esto no es verdad, por
confesion del mismo Hojeda, el cual no quiso perder algo de su gloria
y derecho, empero, dice en su dicho, como pareció en el cap. 140, que
arriba de Paria descubrió 200 leguas, y de Paria á Cuquibacoa, que hoy
es Venezuela; yo le añido hasta el cabo de la Vela, porque lo hallé
así depuesto en el susodicho proceso por algunos testigos que supieron
bien despues toda aquella tierra, é trataban con los descubridores é
iban en los descubrimientos, aunque no aquel viaje con Hojeda, pero
era todo esto entónces muy reciente, y por esto muy manifiesto. No
hizo mencion Hojeda del cabo de la Vela, porque está cerca del golfo
de la Venezuela y es toda una tierra, y del golfo y provincia, como
cosa señalada y notable, que, como se dijo, se llamaba por los indios
Cuquibacoa, principalmente la hizo. De toda esta tierra ó ribera de
mar que anduvo Hojeda y Américo y su compañía, oro y perlas, por
rescates y conmutaciones, hobieron; la cantidad no la supe ni las obras
que por la tierra hicieron. Dejada, pues, la Margarita, vinieron á
Cumaná y Maracapana, que está de la Margarita, 7 leguas el primero y
20 el segundo. Estos son pueblos que están á ribera de la mar, y ántes
del Cumaná entra un golfo, haciendo un gran rincon el agua del mar, de
14 leguas, dentro en la tierra; estaba cercado de pueblos de infinita
gente, y el primero, cuasi á la boca ó entrada, estaba Cumaná, que dije
ser el primer pueblo. Sale un rio junto al pueblo, poderoso, y hay en
él infinitos que llamamos lagartos, pero no son sino naturalísimos
cocodrilos de los del rio Nilo. Y, porque tenian necesidad de adobar
los navíos, porque estaban defectuosos para navegar á España tanto
camino, y de bastimentos para la mayor parte de su viaje, llegaron á
un puerto que el Américo dice que era el mejor del mundo, y no dice á
qué parte ó lugar, ni tampoco lo toca Hojeda, y segun yo me quiero, de
cuarenta y tres años atras, acordar, cuando hablábamos en el viaje de
Hojeda (y áun quizá son más de cincuenta años), sospecho que debia ser
en el golfo que arriba dije de Cariaco, que entra 14 leguas la tierra
dentro, y está la boca de él 7 leguas de la Margarita, en la tierra
firme, junto á Cumaná. Por otra parte, me parece que oí en aquel tiempo
que habia Hojeda entrado y adobado los navíos y hecho un bergantin en
el puerto y pueblo que nombré Maracapana; pero este, aunque es puerto,
no es el mejor del mundo.

Finalmente, surgieron allí donde quiera que sea, dentro de aquellas 200
leguas de tierra firme, de Paria abajo; fueron recibidos y servidos
de las gentes de aquella comarca, que dice Américo eran infinitas,
como si fueran ángeles del cielo, y ellos, como Abrahan cognosció los
tres, por ángeles los conocieran. Descargaron los navíos, y llegáronlos
á tierra, todo con ayuda y trabajos de los indios; limpiáronlos y
diéronles carena, y hacen un bergantin de nuevo. Diéronles todo el
tiempo que en esto estuvieron, que fueron treinta y siete dias, de
comer de su pan y venados y pescado, y otras cosas de sus comidas, que
gastar de sus mantenimientos de Castilla ninguna necesidad tuvieron,
por manera que, sino no les proveyeran, dice Américo, que no tuvieran
para tornar en España, sin gran necesidad de bastimentos, que comieran.
En todo el tiempo que estuvieron, se iban por la tierra dentro á los
pueblos, en los cuales les hacian caritativos recibimientos, honras,
servicios y fiestas. Y esto es cierto, como abajo, en el discurso
desta historia, se verá, placiendo á Dios todo poderoso, que todas
estas gentes de las Indias, como sean de su naturaleza mitíssimas y
simplicísimas, así saben servir é agradar á los que en sus casas y
tierras, cuando los tienen por amigos, resciben, que ninguna otra les
hace en esto ventaja, y quizá ni llega á serles en esto vecina. Ya que
determinaban, remediados sus navíos y hecho el bergantin, partirse para
Castilla, dice aquí Américo, que aquellos sus buenos huéspedes les
dieron grandes quejas de otra cierta gente feroz y cruel, habitadora de
cierta isla, que de allí 100 leguas estaria, que venia en cierto tiempo
del año por la mar á hacerles guerra y los cautivaba, y llevándolos
consigo, los mataba y los comia. Con tanta instancia y afeccion y dolor
parece que lo representaban, dice Américo, que los movió á compasion
y se ofrecieron á vengarlos dellos. Holgáronse, dice Américo, en gran
manera, y dijeron que querian ir con ellos, pero los cristianos, por
muchas consideraciones, consentir no lo quisieron, sino siete dellos,
con tal condicion que no fuesen obligados á volverlos á sus tierras,
sino que ellos con sus canoas sólos se volviesen, y así, dice que, con
la condicion los unos y los otros consintieron. No sé yo quién era
destos contratos y de todas las demas palabras, pues en treinta y siete
dias no pudieron saber su lengua, el intérprete. ¿Y qué sabian Hojeda
y Américo y los de su compañía, si tenian los de aquella isla contra
estos, por alguna justa causa, justa guerra? ¿tan ciertos estuvieron
de la justicia destos, sólo porque se les quejaron, que luego, sin
más tardar, á vengarlos se se les ofrecieron? Plega á Dios que no les
pluguiese tener achaques, para hinchir los navíos de gente, para
venderlos por esclavos, como al cabo en Cáliz lo hicieron; obra que
siempre en estas desdichadas gentes y tierras, por los nuestros, á
cada paso se usó. Salieron, pues, de allí, y, en siete dias, topando
en el camino muchas islas, dellas pobladas y dellas despobladas, dice
Américo, llegaron á la donde iban. Estas islas no pudieron ser otras,
sino las que topamos viniendo de Castilla, como son la Dominica y
Guadalupe, y las otras que están en aquella renglera. Vieron luego en
ella, dice él, gran monton de gente, la cual, como vió los navíos y las
barcas que iban á tierra, puesto que bien aparejadas con sus tiros de
pólvora, y los cristianos bien armados, llegáronse á la ribera obra de
400 indios, desnudos, y muchas mujeres, con sus arcos y flechas, y con
sus rodelas, y, todos de diversos colores pintados, y con unas alas y
plumas de aves grandes, que parecian muy belicosos y fieros, y, como
se acercasen las barcas á un tiro de ballesta, entran en el agua y
disparan infinitas flechas para resistirles la entrada. Los cristianos,
que no les popan, disparan los tiros de pólvora en ellos, y derruecan
muertos muchos dellos. Vistos los muertos, y el estruendo del fuego y
de los tiros, luego dejan el agua y se meten todos en tierra. Saltan
42 hombres de las barcas, y van tras dellos; ellos varonilmente, no
huyeron, sino, como leones, hacen cara y resisten y pelean fuertemente,
defendiendo á sí y á su patria. Pelearon dos horas grandes, y con las
ballestas y espingardas, y despues con las espadas y lanzas, mataron
muy muchos, y no pudiéndolos más sufrir, por no perecer todos, los
que pudieron huyeron á los montes, y así quedaron los cristianos
victoriosos. Tornáronse á los navíos con gran alegría de haber echado
al infierno los que nunca les habian ofendido. Otro dia, de mañana,
vieron venir copiosa multitud dellos, atronando los aires con cuernos
y bocinas, pintados y aparejados para la segunda pelea, puesto que las
barrigas y pellejos de fuera, porque desnudos como suelen andar en
cueros.

Determinaron salir á ellos 57 hombres hechos cuatro cuadrillas, cada
una con su Capitan, con intencion, dice Américo, que si los pudiese
hacer sus amigos, bien, pero si no que como á hostes y enemigos los
tratarian y, cuantos dellos haber pudiesen, harian sus esclavos
perpétuos. Esto dice así Américo, y es de notar aquí el escarnio que
quiere hacer Américo de la verdad y justicia, y de los leyentes, como
si cuando se movieron á venir 100 leguas, habiendo prometido á los
otros de los vengar y hacer guerra, vinieran á tratar amistad con
ellos, ó para tener ocasion de cumplir con sus cudicias, que era á lo
que de Castilla venian. Estas son las astucias y condenadas cautelas
que siempre se han tenido para consumir estas gentes.

Salieron, pues, en tierra, pero los indios, por los tiros de fuego,
no les osaron impedir la salida, sino espéranlos con gran denuedo:
pelearon los desnudos contra los vestidos, fortísimamente, por mucho
tiempo, mataron é hirieron de los desnudos los vestidos, inmensos,
porque las espadas empléanse bien en los desnudos cuerpos; viéndose
así hacer pedazos, huyeron el resto. Van tras ellos hasta un pueblo;
prenden los que pudieron, que fueron 25; vuélvense con su victoria,
puesto que aguada todavía, por dejar de su compañía uno muerto y
traer 22 heridos. Despidieron á los 7 que habian venido con ellos de
la tierra firme; partieron, dice Américo, con ellos la presa, porque
les dieron 7 personas, 3 hombres y 4 mujeres de los cautivos, y los
enviaron muy alegres, admirados de aquella hazaña que los cristianos
hicieron y de sus fuerzas. Todo esto cuenta Américo, añidiendo que de
allí se volvieron á España y llegaron á Cáliz con 222 indios cautivos,
donde fueron, segun él dice, con mucha alegría recibidos, y allí sus
esclavos todos vendieron. ¿Quién le preguntara agora que de dónde
robaron y hobieron ó saltearon los 200 de aquellos? porque esto, como
otras cosas, pásalo en silencio Américo. Nótese, pues, aquí, por los
leyentes, que saben algo de lo que contiene en sí la recta y natural
justicia, aunque sean sin fe, gentiles, con qué derecho y causa
hicieron estos, con quien Américo iba, guerra á los de aquella isla,
y hicieron y llevaron estos esclavos, sin les haber injuria hecho,
ni en cosa chica ni grande ofendido, ignorando tambien si justa ó
injustamente los de la tierra firme acusaban á los desta isla, y qué
fama y amor quedaria derramada y sembrada de los cristianos en las
gentes, y por los moradores della y de las comarcanas, quedando tan
asombrados, lastimados y ofendidos; pero vamos adelante, que, acerca
desto, _grandis restat nobis via_.



CAPÍTULO CLXVIII.


De aquí queda nuestro Américo asaz claramente de falsedad convencido,
porque, de aquesta isla que escandalizó y en ella tan gran daño hizo,
dice que se volvieron á Castilla, no haciendo mencion de haber venido
primero á esta Española, como vino; la cual venida á su segundo viaje
aplica, pero no es verdad, como en el cap. 162 probé arriba. Puesto que
pudo decir verdad, que de aquella isla que guerrearon y maltrataron
fuese su venida para Castilla, pero no por el discurso que hasta
agora ha dicho; lo cual pruebo y parece así, por los testigos que se
tomaron por parte del Fiscal del Rey en el pleito que el almirante D.
Diego Colon trujo con el Rey, sobre la guarda y cumplimiento de sus
privilegios, de que he hecho muchas veces mencion arriba; depusieron
que Alonso de Hojeda, con quien venia Américo en su primer viaje,
corrió la costa de la mar hasta Cuquibacoa, que es Venezuela, y el
cabo de la Vela, y que de allí se vino á esta isla, y así lo juró un
testigo que se llamó Andrés de Morales, que yo bien cognoscí, principal
piloto y viejo en estas Indias, vecino desta ciudad de Sancto Domingo,
el cual, en su dicho dice así: «Andrés de Morales etc.,» á la quinta
pregunta dijo: «Que la sabe como en ella se contiene»; preguntado como
la sabe, dijo: «Que la sabe porque se ha hallado muchas veces con Juan
de la Cosa é con Alonso de Hojeda en las navegaciones de aquel viaje
etc., y que los sobredichos partieron desta isla de Roquemes, en las de
Canaria, é fueron á dar en la tierra firme encima de la provincia de
Paria, é descubrieron por la costa abajo á la dicha provincia de Paria,
é pasaron más abajo á la dicha isla Margarita, y de ahí á Maracapana,
descubriendo la costa hasta el dicho Cacique Ayarayte, y desde allí,
de puerto en puerto, hasta la isla de los Gigantes, y desde allí
descubrieron á la provincia de Cuquibacoa hasta el cabo de la Vela, el
cual nombre le pusieron el dicho Juan de la Cosa é Hojeda, é que de
allí se vinieron á la isla Española.» Estas son sus palabras. Luego no
pudo de allí tan abajo tornar á la isla que alborotaron, porque aquella
no pudo ser sino alguna de las que están hácia el Oriente, comenzando
de donde ellos estaban, como es la de Guadalupe y sus comarcanas,
como arriba dijimos; y era dificilísimo subir de bajo arriba, por las
grandes corrientes y contrarios vientos que por allí son continuos. Y
esto se confirma porque fueron á parar al Brasil desta isla, que es al
puerto de Yaquimo, esta costa abajo de Sancto Domingo, y es la propia y
buena navegacion desde el cabo de la Vela hasta allí. Item, si habian,
en aquel puerto ó tierra susodicha, adobado tan poco, habia sus navíos
y tomado bastimentos, ¿como traian necesidad de adobarlos y de comida,
como luego se dirá, á esta isla? Item, ¿como los testigos, y especial
el piloto Andrés de Morales, que parece decir que iba con ellos, como
no tocó ni otro ninguno en decir que Hojeda habia en algun puerto de
aquella tierra firme hecho el bergantin y adobado sus navíos, siendo
cosa señalada, y que daba más vigor á la verdad de sus dichos, que les
pedian para que constase haber él descubierto aquella tierra firme, que
era el fin que el Fiscal contra el Almirante pretendia? Luego, cierto,
Américo trastrueca las cosas que les acaecieron y obraron en el primer
viaje, al segundo, y las del segundo atribuye al primero, como arriba
en el cap. 142 mostramos evidentemente, callando muchas y añidiendo
otras que no convienen. De aquí parece, que el hacer del bergantin y
adobar los navíos en aquella tierra firme, lo cual cierto fué, y yo lo
sé por ser en aquel tiempo notoriamente manifiesto, esto hicieron en el
segundo viaje y no en el primero; y venir á esta isla Española, y donde
acaecieron ciertos escándalos que causó Hojeda en ella, que luego se
dirán, fué en el primero y no en el segundo, como quiso fingir Américo,
y más digo, que nunca vino Hojeda á descubrir é rescatar, é á poblar en
tierra firme, que de vuelta no viniese á parar á esta isla, como abajo
parecerá, y la venida del viaje primero niega ó disimula Américo debajo
de silencio. Item, despues que Hojeda salió de España, hasta llegar
á esta isla, no pasaron más de cinco meses, como arriba ha parecido,
luego no tuvo tiempo para todo lo que dice que hicieron en aquel primer
viaje.

Tornando, pues, á proseguir el primer viaje de Hojeda, con quien iba
Américo, por recta vía, y no por el camino torcido ó interpolado y
confuso, como Américo lo escribe, decimos que, de la provincia de
Cuquibacoa, que ahora se nombra Venezuela, y del cabo de la Vela,
vino á tomar esta isla Española, y fué á surgir á 5 del mes de
Setiembre, como arriba queda dicho en el cap. 164, al Brasil, que es
á la provincia de Yaquimo, y áun creo que más abajo, cerca de la que
se llama ahora la Çabana, tierra y reino de un Rey y señor que se
llamaba Haniguayabá; supiéronlo luego los españoles que estaban por
aquella provincia de Yaquimo, por indios, ó porque vieron venir los
navíos por la mar, y supieron que era Hojeda, y hacen luego mandado
al Almirante, que estaba aquí en Sancto Domingo, recien hecha la paz
con Francisco Roldan y su compañía; luégo el Almirante mandó aparejar
dos carabelas ó tres, y envió á Francisco Roldan con gente para que le
prohibiese cortar brasil, sospechando que los cargaria dello, y que no
hiciese algun otro daño, como sabia que Hojeda era más atrevido de lo
que él quisiera, y dicho y hecho, como dicen. Llegó Roldan al puerto
de Yaquimo, ó, por allí cerca, más abajo, con sus carabelas ó navíos,
y saltó en tierra en 29 de aquel mes de Setiembre, y allí supo, de
los indios, como estaba cerca de allí Hojeda; Roldan, con 26 hombres
de su gente, púsose dél legua y media, y envió de noche por espías
cinco hombres para ver qué gente estaba con él; halláronlo alborotado
y que venia ya camino á ver á Francisco Roldan, porque le habian dado
aviso los indios que habian venido tres carabelas y en ellas Francisco
Roldan con mucha gente; como Roldan era por toda aquella tierra tan
cognoscido, que temblaban dél, y dijeron al Hojeda, que Roldan lo
enviaba á llamar y que fuese á donde él estaba, lo cual no fué así.
Hojeda, como no tenia consigo sino 15 hombres, porque los demas habia
dejado en sus cuatro navíos, que estaban en un puerto ocho leguas de
allí, porque habia venido á hacer en aquel pueblo del Cacique y señor
Haniguayabá, pan, y lo estaba haciendo hacer, no osó hacer otra cosa,
y temió harto no lo viniese Roldan á prender. Hojeda, con cinco ó seis
hombres, venido á donde Roldan estaba, y habladas cosas generales,
pregúntale Roldan, que como venia á esta isla, y mayormente por aquella
trasera parte, sin licencia del Almirante, y no ir primero á la parte
donde el Almirante estaba; respondió Hojeda, que él venia de descubrir
é traia gran necesidad de comida, y los navíos para adobar y habia de
remediarlos, y no pudo ir á otra más cercana parte. Tornó Roldan á
preguntarle, que con qué licencia venia á descubrir, si traia provision
Real que se la mostrase para poder proveerse en esta isla, sin demandar
licencia al que la gobernaba; dijo que sí traia, pero que la traia en
las carabelas, ocho leguas de allí; dijo Roldan que se la mostrase,
porque de otra manera no podia dar buena cuenta, segun debia, al
Almirante, pues para aquello habia sido por él enviado. Cumplió Hojeda
con él cuanto pudo, diciendo que, en despachándose de allí, habia de
ir á hacer reverencia al Almirante, y á hablarle muchas cosas que le
tocaban, de las cuales dijo algunas al Roldan; y estas eran, segun yo
no dudo, las que ya en la corte se trataban, quitar la gobernacion al
Almirante, porque segun le escribió el Roldan, eran cosas que no se
habian de fiar de cartas.

Roldan dejó allí á Hojeda, y váse con sus carabelas á los navíos del
Hojeda, y halló algunas personas de las que habian estado en esta isla
con el Almirante y venido al descubrimiento de Paria, y que se habian
tornado en los cinco navíos, en especial á un Juan Velazquez y Juan
Vizcaino, los cuales le mostraron la provision ó capitulacion, firmada
del Obispo D. Juan de Fonseca, que arriba en el cap. 164 dijimos, y
allí le informaron de todo su viaje, y lo que habian por la tierra
firme bojado y navegado, y las señas de un hombre que les habian
muerto, y los veinte y tantos heridos, como pareció en el dicho 164
capítulo, en el cual se probó haber aportado á esta isla el Hojeda, y
la guerra, donde le mataron al hombre y los demas heridos, en el primer
viaje de Hojeda todo haber acaecido. Supo tambien Francisco Roldan
dellos, haber hallado oro y traerlo en guanines, que eran ciertas joyas
muy bien hechas y artificiadas, como se supieran labrar en Castilla,
puesto que el oro era bajo de valor; trujeron cuernos de venado, y
dijeron que los vieron, y conejos, y un cuero de onza, que debia de
ser de tigre, y un collar hecho de uñas de animales; todo lo cual fué
muy nuevo de oir para ellos y todos los que estaban en esta isla.
Roldan, esto sabido, creyendo que Hojeda cumpliera lo que le dijo, que
en haciendo pan en aquel pueblo se habia de partir á ver al Almirante,
á este puerto de Sancto Domingo, debióse de tornar al Almirante por
tierra, ordenado á las carabelas lo que habian de hacer, y creo yo que
sería que se cargasen del brasil. Él vino de Yaquimo á Xaraguá, que son
18 leguas, y visitó la gente de los cristianos, que repartida estaba
por los pueblos de los indios, y hizo lo que más le pareció, y vínose
á dar cuenta al Almirante de las cosas que le habia dicho Hojeda, que
no debian ser las mejores nuevas del mundo, pues se trataba entónces
en la corte, despues de llegados los cinco navíos con las nuevas de la
rebelion de Roldan, la deposicion del estado del Almirante; cosa que no
fué Hojeda el postrero que lo supiese, como fué favorecido del Obispo
D. Juan de Fonseca, y ambos no aficionados á las cosas del Almirante.
Del Obispo, arriba queda dicho que así era cuasi notorio, y yo lo vide
con mis ojos, y sentí con mis sentidos, y entendí con mi entendimiento.
Del Hojeda, despues pareció que debia de irse desta isla, del Almirante
descontento.



CAPÍTULO CLXIX.


Despedido Roldan de Hojeda, creyendo que era todo oro lo que relucia,
Hojeda, hecho su pan segun vido que le convenia, en lugar de tomar la
vía de Sancto Domingo, á ver al Almirante y darle cuenta de lo que
habia hecho en su viaje, como mostró y quedó con Roldan, y á darle
relacion de las nuevas que habia en Castilla, váse con sus cuatro
navíos hácia el Poniente y da la vuelta al golfo y puerto de Xaraguá;
los cristianos que por allí estaban, por los pueblos de los Caciques,
lo recibieron con alegría y le dieron todo lo que hobo menester él y
los suyos, aunque no de sus sudores propios, sino del de los indios,
porque deste suelen acá ser los españoles muy liberales. Y, porque
una de sus carabelas traia muy perdida, que no se podia tener sobre
el agua, hicieron hacer pez á los indios, y ayudáronle mucho hasta
que la restauró, con todo lo demas que menester hobo. Entre tanto que
allí estaba, como debia de haber por allí la gente mal vezada de las
reliquias, que áun eran muy frescas, de la vida suelta que tuvieron con
Roldan, maldiciendo de las cosas del Almirante, mayormente que siempre
andaban descontentos, como no hinchian las manos de lo que deseaban (y
una queja ordinaria suya era, que no se les pagaba el sueldo), comienza
Hojeda, ó movido por el aparejo que en aquellos halló, ó porque él lo
tenia de su cosecha en voluntad, á derramar mucha simiente de cizaña,
diciendo que se juntasen con él, y, con la gente que él traia, vernian
al Almirante y le requeririan que les pagase, de parte de los Reyes, y
le constreñirian á pagar aunque no quisiese. Para lo cual, dijo, que
él traia poder de Sus Altezas para lo hacer, y que se lo habian dado
á él y á Alonso de Carvajal, cuando el Almirante tornó el año de 98,
para que viniesen con él á constreñirle que luego pagase; y otras
muchas razones añidió, y palabras dijo demasiadas, segun dijeron,
en mucho perjuicio del Almirante, y para provocar la gente á lo que
pretendia inclinarla, de la cual, toda la mayor parte trujo á sí, como
á hombres mal asentados, amigos de bullicios é inquietud, y sin temor
de Dios ni de los daños y escándalos que, en esta isla, á indios y á
cristianos habian de suceder. Y porque algunos hobo que no quisieron
seguir la locura y maldad de Hojeda, y destos estaba parte en cierta
estancia ó lugar cerca de Xaraguá, como todos, segun dije, andaban y
estaban á manadas, repartidos por los pueblos y lugares de los indios,
por comer y ser servidos dellos, porque muchos juntos no los podian
sufrir ni mantener, ó porque aquellos le debian de haber contradicho
cuando los provocaba por cartas ó por palabra, ó porque tenia entre
ellos á quien él bien no queria desde los tiempos pasados, acordó una
noche, con el favor de los que ya habia allegado á sí, dar en ellos y
prenderlos ó hacer dellos alguna venganza ó otro semejante mal recaudo,
y así lo puso por obra; de manera, que mató y le mataron, hirió y le
hirieron ciertos hombres de ambas partes. Causó grande escándalo en la
tierra en indios y en cristianos, de donde se comenzó otra turbacion
muy peor que la pasada de Roldan, si Dios, por medio del mismo Roldan,
no la obviara. Tornaba ya Roldan de Sancto Domingo para Xaraguá, y,
ó porque el Almirante sospechó que Hojeda todavía podia revolver
algo y causar algunos daños á indios y á cristianos, como estuviese
cierto que era ido desta isla, ó porque dello fué avisado, porque en
ocho dias y á cada ocho dias lo podia saber por mensajeros indios que
enviaban algunos cristianos de los que le obedecian, envió, finalmente,
al dicho Roldan á Xaraguá, el cual en el camino supo el insulto, y
daño y escándalo que habia intentado y causado Hojeda, y el fin que
pretendia. Proveyó luego Roldan de avisar á un Diego de Escobar, hombre
principal, de los que le habian siempre seguido, y que recogiese la
más gente que pudiese de los que creyese que no estaban inficionados
de Hojeda, y se viniese á Xaraguá; y él, de camino recogió, por los
pueblos donde estaban derramados los cristianos, los que pudo, y así
llegaron los dos un dia despues del otro á Xaraguá: Hojeda ya se
habia recogido á los navíos. Escribióle una carta Francisco Roldan,
exajerando aquellos escándalos, muertes y daños que habia hecho, que
mirase el deservicio que recibian los Reyes, la turbacion y alborotos
de la tierra, la voluntad que tenia el Almirante para con él, que era
buena, no quisiese dar causa que todos se perdiesen, y, por tanto, que
le rogaba que diese manera para que se viesen ambos, porque los daños
hechos se olvidasen, pues no se podian restaurar, y, al ménos, los por
venir se excusasen. No curó Hojeda de ponerse en aquel peligro, porque
debia cognoscer á Roldan, que era hombre bien esforzado y astuto,
y no poco entendido. Envió Francisco Roldan á Diego de Escobar, á
hablarle, y este no era ménos sábio que ambos, el cual yo bien y por
muchos años conocí, el cual afeó á Hojeda lo que habia hecho lo mejor
que él pudo, y persuadióle que se viese con Roldan; respondióle que
él lo deseaba y queria. Volvióse Escobar sin poder hacer concierto:
creyendo Roldan que lo haria, envióle, para entender en las vistas, á
un Diego de Trujillo, al cual, entrando en los navíos, prendió y echó
en unos grillos. Sale luego con 20 hombres armados, y viene á Xaraguá,
donde estaba un Toribio de Linares, que tambien yo bien conocí, al
cual prendió, y llévalo consigo á los navíos, donde le echó otro par
de grillos; vánlo á decir los indios luego á Roldan, que estaba una
legua de allí. Salió de presto Roldan con la gente que tenia, bien
aparejado, tras él, pero Hojeda ya estaba en su guarida. Tornó á
enviar un Hernando de Estepa, lo mismo muy conocido de mí, al cual
respondió, que si no le daban un Juan Pintor, que se le habia salido
de los navíos, que no ménos yo que á los demas conocí, y áun no tenia
sino una mano, juraba que habia de ahorcar á los dos que tenia, de
la manera dicha, con grillos. Mirad qué culpa tenian los otros, que
mereciesen que él los ahorcase, porque el Juan Pintor se le hubiese
salido. Hízose á la vela Hojeda con sus navíos, y váse la costa abajo,
hácia unos pueblos y provincia que llamaba el Cahay, tierra y gente
graciosísima, que estaria de Xaraguá 10 ó 12 leguas, donde salió en
tierra con 40 hombres y tomó por fuerza todo el bastimento que quiso,
en especial, ajes y batatas, que son las raíces de que arriba hablamos
en el cap. 45, y allí son las más nobles y delicadas de toda la isla,
dejando á los indios y cristianos, que allí estaban, muy desabridos.
Viendo que se hacia á la vela, envia Roldan tras él, por la ribera de
la mar, á Diego de Escobar con 25 hombres, y, porque llegaron noche, ya
el Hojeda era en sus navíos recogido; otro dia, luego, pártese Roldan
tras él con 20 hombres, y llegado al Cahay, Roldan halló una carta que
Hojeda habia escrito á Diego de Escobar, en la cual afirmaba que habia
de ahorcar los susodichos, si su Juan Pintor no se le restituia. Rogó
Roldan á Diego de Escobar que entrase en una canoa esquifada, como los
marineros dicen, de remadores indios, y fuese hácia los navíos atanto
cerca que le oyesen, y dijese á Hojeda, de partes de Roldan, que pues
él no se queria fiar de él y venir á hablar con él, que él lo queria
hacer, é ir á los navíos, confiándose de él mismo, y para esto que le
enviase un batel. Pareció á Hojeda que tenia ya su juego hecho, pero
otro piensa el que lo ensilla, y este era Francisco Roldan, que los
atabales á cuestas, como dicen, traido habia. Envió, pues, Hojeda, un
muy buen batel, que otro tal no tenia, con ocho hombres muy valientes
de la mar, dentro, con sus lanzas y espadas y tablachinas, los cuales,
llegando con su batel un tiro de piedra de la ribera, dijeron que
entrase Roldan. Preguntó Roldan, ¿cuantos mandó el señor Capitan que
entrasen conmigo? respondieron: cinco ó seis hombres. Mandó luego
Roldan que entrasen primero Diego de Escobar, y Pero Bello, y Montoya,
y Hernan Brabo, y Bolaños, y no consentian que entrasen más. Entónces
dijo Roldan á un Pedro de Illanes que le metiese acuestas en la barca,
y, como que le iba teniendo de un lado, llevaba otro que se decia
Salvador. Entrados en el batel todos, disimuladamente dijo Roldan á
los que remaban que remasen hácia tierra; ellos no quisieron. Echan
él y los suyos mano á las espadas, y dan tan de golpe en ellos, que,
acuchillados y muertos, á lo que se dijo, algunos, hácenlos saltar al
agua y tórnanlos presos á todos, y á un indio flechero que traia de las
islas robado, escapándoseles otro nadando, y llévanlos á tierra; y así,
queda sin la principal barca ó batel de que mayor necesidad tenia, y
juntamente sin tanta soberbia y presuncion, Hojeda. Visto Hojeda que
se le habia desecho su artificio y salido en vano sus pensamientos,
acordó de llevar el negocio por más mansedumbre, y métese en un
barquillo que traia, y Juan de la Cosa, su principal piloto, con él,
y un espingardero y otros cuatro con él que remaban, y viénese hácia
tierra. Francisco Roldan, como le conocia ser travieso y valiente y
atrevido, áun pensando que los osara acometer, hace aparejar el batel
con siete remeros y 15 hombres para pelear, y una buena canoa en que
podian ir otros 15, todos á pique, como es lenguaje de marineros, ó
aparejados, estuvieron á la lengua del agua. Teniéndose á fuera en
el agua, cuanto podia ser oido, dijo Hojeda, que queria hablar con
Francisco Roldan; llegóse más, y Francisco Roldan le dijo, que por
qué hacia aquellas cosas tan escandalosas y culpables; respondió,
que porque le habian dicho que tenia mandamiento del Almirante para
lo prender. Roldan le certificó ser falsedad, y que el Almirante no
tenia propósito de dañarle, sino ántes de le ayudar y honrar en lo que
pudiera, y si él viniera á Sancto Domingo, como le habia prometido, por
experiencia lo viera; finalmente, vino á rogarle que le restituyese
su batel y sus hombres, que en él le habia prendido, no curando ya
del Juan Pintor, pues via que sin el batel no le era posible volver á
Castilla. Francisco Roldan, viendo la necesidad que Hojeda tenia, y
porque en estos dias habia hecho terrible tormenta y habia garrado, que
quiere decir, arrastrado el ancla, de donde la primera vez la echaron,
el navío mayor que Hojeda tenia, más de dos tiros de ballesta hácia
la tierra, donde y cuando se suelen los navíos perder y la gente con
ellos, y porque, si daban al través y Hojeda y su gente se quedaban
allí, era quedar la confusion en la isla para que fuera peor que la
pasada del mismo Roldan, acordó Roldan darle el batel y sus hombres,
y que él restituyese los dos que él habia malamente, al uno detenido
y al otro salteado, y así se hizo que destrocaron. Partióse luego á
hacer una cabalgada que decia que habia de hacer, y segun dijo un
clérigo que traia consigo, y otros tres ó cuatro hombres de bien que
se quedaron, la cabalgada que traia fabricada, era la que pensaba
hacer en la persona y en las cosas del Almirante, y este atrevimiento,
creo yo, que cobró él, de saber que los Reyes trataban de remover al
Almirante de su estado, y con el favor que él tenia del Obispo Fonseca,
y, por el contrario, el disfavor que el mismo Obispo dió siempre á el
Almirante, justa ó injustamente, cuanto á los hombres digo, Dios lo
sabe. Y, á lo que yo sospecho, salido de allí Hojeda, fué á cargar los
navíos de indios en alguna parte desta isla, ó de la isla de Sant Juan,
ó de otra de las comarcanas, pues llevó á Castilla y vendió en Cáliz
222 esclavos, como Américo arriba tiene y en su primera navegacion
confesado; y esta fué, con los otros daños y escándalos que á los
indios y cristianos dejó hechos Hojeda, su cabalgada. Por lo que en
este capítulo se ha visto, parece la falsedad industriosa de Américo,
y su encubrir las tiranías que en aquel su primer viaje hicieron, en
las cuales él á Hojeda acompañaba, y su trastrocar de los hechos que
hicieron en sus dos viajes, como ya hemos dicho, más que el sol clara.
Dice de esta brega y escándalos que Hojeda causó, Américo, en el fin de
su segunda navegacion, y acaeció en la primera, desta manera: _Necnon
gente illa quam nobis amicam efeceramus relicta hinc, ab eis excessimus
ob plurimarum rerum nostrarum indigentiam; venimus ad Antigliæ insulam,
quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus discooperuit; in
qua reculas nostras ac navalia reficiendo mensibus duobus et diebus
totidem permansimus: plures interdum Christicolarum inibi conversantium
contumelias perpendimus, quas, prolixus ne nimium fiam, hic omitto:
eandem vero insulam vigessima secunda Julii deserentes_, etc. Todo esto
es falso, porque dice, que las injurias ó afrentas que padecieron
no las dice por no ser prolijo, dando á entender que injustamente se
le hicieron, y no dice por qué, y qué fueron los insultos que ellos
cometieron; lo segundo, cuanto á poner estos escándalos en el segundo
viaje, es muy falso, como arriba demasiadamente queda probado; lo
tercero, asimismo, decir que partieron desta isla á 22 de Julio, es más
que falso, porque no partieron sino cuasi en fin de Febrero, entrante
el año de 500, y áun creo que en Marzo, como parece por las cartas que
yo vide y tuve en mi poder, y cognosco la firma de Francisco Roldan que
escribia cada ocho ó quince dias, cuando andaba revuelto con Hojeda,
hasta que se fué, al Almirante. De manera, que la fecha que debió ser
en el segundo puso en el primero, y los alborotos y daños que hicieron
en el primero, puso por afrentas y contumelias, recibidas sin culpa, en
el segundo viaje.



CAPÍTULO CLXX.


Partido de allí del Cahay, donde le tomaron la barca con sus navíos,
Hojeda, Francisco Roldan, como hombre astuto, diligente y de guerra,
estúvose por allí algunos dias hasta ver si volvia á hacer algun
salto Hojeda en la tierra, porque cognoscia dél que era hombre para
hacerlo, y desde á pocos dias recibió aviso que habia saltado en
cierta parte, la costa abajo, creo yo, donde procuró de hacer pan para
su camino. Escribiólo Roldan luego al Almirante, y determina de ir á
prenderle, y apareja seis canoas, en las cuales dijo que podian caber
80 hombres; y, porque envió dos mancebos hábiles y sueltos en una
canoa por la mar para espiar y especular lo cierto dello, y vide otras
cartas de Roldan para el Almirante, escritas despues, luego, desto,
y no hacian mencion de la estada de Hojeda, estimo que debia de ser
ya ido cuando llegaron los mancebos. Con este favor de haber echado á
Hojeda de la tierra, dijeron algunos, ó los más que allí estaban, á
Francisco Roldan, que se querian allí avecindar; Roldan les dijo que se
escribiesen y que enviaria al Almirante la memoria, y enviaria quien
les repartiese las tierras en que hobiesen de labrar, y porque se les
hacia grave esperar tanto, señálales él á cada uno en que labrase,
como si aquellas tierras no tuvieran dueños; y ¡ojalá aquí parara la
tiranía! Pidiéronle más, porque ellos no entendian abajar el lomo, que
les diese quien les ayudase á labrar; él, viendo, dice él, que era
bien contentarlos, díjoles que queria hacer con ellos una liberalidad,
conviene á saber, que el Almirante le habia hecho merced de que el rey
Behechio con toda su gente le sirviesen de las cosas de sus labores,
y no á otro ninguno, que los tomasen ellos y se sirviesen dellos en
sus labores y los contentasen: estas son palabras del mismo Roldan
al Almirante, que yo vide firmadas de su nombre. El contentamiento
era, que les habian de servir aunque les pesase, y darles despues un
espejuelo y un cuchillo, ó unas tijeras; veis aquí el repartimiento
claro como se va entablando. Y que se diga que á un tan gran Rey
como Behechio, que el Almirante diese para que sirviese á Roldan, y
Roldan lo diese á los hombres viles, y quizá entre ellos azotados,
para los servir, é que repartiesen entre sí sus vasallos, ¿qué mayor
tiránica maldad? Pero pasemos adelante. Así que, tornando al propósito,
todavía mandó el Almirante á Roldan que estuviese por allí algunos
dias, porque se queria ir á donde el Almirante estaba, sospechando el
Almirante que tornaria Hojeda. Muy bien lo hizo Francisco Roldan en
todo este negocio en aventar á Hojeda de la tierra, porque, cierto,
si Hojeda prevaleciera, yo creo que fueran peores los escándalos y
turbaciones, daños y destruccion más vehemente de indios que la hobo,
aunque mucha fué, en tiempo del alzamiento de Roldan, porque todos
los más de los españoles que acá estaban, estaban corruptísimos y
depravados, y cudiciosísimos de alborotos y guerras, enemigos de toda
concordia y paz, y esto no era sino porque Dios los habia dejado de
su mano, por las guerras y agravios, opresiones y muertes injustas,
y violencias que hacian sin cesar á los indios; la razon es, porque
tiene Dios esta regla en su universal é infalible providencia, que
cada uno sea punido por lo que, y de la manera que, peca y le ofende,
y en aquello que él damnifica á su prójimo. El medio é instrumento que
aquellos tenian para nunca dejar de tratar de revueltas y desasosiegos
entre sí mismos, era la ociosidad y vida deliciosa y holgada que
tenian, y el señorío que habian usurpado sobre los indios humildes y
mansísimos, por lo cual se hacian elatos y soberbios y presumidores
de sí mismos, y menospreciadores de los otros, de donde se habia de
seguir, de necesidad, las disensiones, reyertas y confusion entre
sí, y no pensar en otra cosa sino en reñir y en supeditar los unos á
los otros, como vemos cada dia en la gente de guerra; y esta excedia
todas las otras de aquella calidad y oficio, en tanto grado, cuanto
más ofendian á Dios en destruir estas inocentes gentes, sin causa ni
razon, y más alongados estaban de su Rey, á quien temiesen, y con mayor
licencia y libertad estaban atollados y zabullidos en las espurcicias
y fealdades de los vicios bestiales, en que conversaban con grandísima
injuria de sus prójimos, tomándoles sus propias mujeres y hijas, con
toda ignominiosa violencia. Por aquí considerará cualquiera, que sea
fiel y verdadero cristiano, qué doctrina, qué ejemplo, qué fama, qué
estima cobrarian estas gentes de la religion cristiana, y qué amor, y
afeccion, y cudicia temian para recibirla, y cuan al revés, y por el
contrario de como se debia, se entró en estas tierras y reinos ajenos,
no siendo otra la causa legítima para poderse entrar en ellos, sino
la paz, sosiego, edificacion, conversion y salvacion dellos. Y porque
no falte otro testigo de todo esto, estaba entónces en esta isla un
caballero que tenia por nombre D. Hernando de Guevara, primo de Adrian
de Muxica, que arriba nombramos y abajo diremos, y este Adrian era uno
de los alzados con Roldan; no me acuerdo si el D. Hernando, que yo
bien cognoscí en esta isla, y á sus hermanos en Castilla, si anduvo
alzado con Roldan; finalmente, por no andar muy quieto, el Almirante
le mandó que saliese de la tierra, y, en cumplimiento de su mandado,
sabiendo como Hojeda andaba por la provincia de Xaraguá, fuése allá,
por irse con él, pero cuando llegó ya Hojeda era ido. Francisco Roldan
le dijo que viese y escogiese la estancia donde le placia estar, con
los cristianos que estaban por los pueblos de los indios, haciendo la
vida que arriba dijimos, repartidos, y que allí se fuese hasta que
el Almirante mandase otra cosa. El cual eligió el Cahay, que arriba
nombramos (donde Hojeda perdió el batel y blandeó su entereza), porque
Adrian, dijo D. Hernando, tiene allí ciertas aves y perros; estos
perros, traidos de Castilla, eran acá muy preciosos para cazar las
hutias, que arriba dijimos ser los conejos. Aceptada por Roldan la
eleccion de su estado, díjole que se fuese en hora buena á holgar á
allí, é con esto se despidió D. Hernando de Roldan. D. Hernando se
fué por casa de la señora Anacaona, hermana del rey Behechio, y tomóle
una hija muy hermosa que tenia, que se llamó Higueymota, puesto que
dijo D. Hernando que su madre se la dió, y es de creer, porque creia
que la daba por su mujer, y D. Hernando era muy gentil hombre y de
autoridad, y parecia bien ser de generosa casta. Recibida ó tomada
la señora Higueymota, detúvose allí con ella dos dias, sin saberlo
Roldan, y envió por un clérigo, para que la bautizase, porque desta
manera se administraban entónces los Sanctos Sacramentos, en especial
el del bautismo. Sabido por Roldan hobo mucho enojo, de quien tambien
me dijeron que la tenia el Roldan por amiga, y porque estaba enfermo
de los ojos, envióle á decir que se maravillaba dél, y lo mal que lo
hacia, y que le rogaba que se fuese á la estancia que habia escogido,
y que mirase que habia defendido aquella señora siempre, que no le
fuese hecha injuria, y el daño que le hacia, y cuanto enojo dello
recibiria el Almirante. Vino D. Hernando, con poco sentimiento y con
poca vergüenza de su pecado, á contar á Francisco Roldan con mucho
placer lo que le habia acaecido, y que le rogaba que le dejase estar
allí; Roldan le dijo, como hombre prudente, que aquello era en sí malo,
y, allende de esto, que el Almirante se indignaria contra él porque
se lo habia consentido, y más, que como él estuviese en desgracia del
Almirante, á él no le convenia que allí estuviese con él porque el
Almirante no sospechase que no andaba en su obediencia con simplicidad,
y otras razones con que se convenció D. Hernando, y así se fué á donde
le estaba señalado; pero, porque los que están fuera de la gracia de
Dios y en un pecado no pueden asosegar sin que cometan otros peores
y más graves, desde á tres dias, con cuatro ó cinco hombres, tórnase
á su querencia, como animal bruto, D. Hernando. Sabida por Roldan la
tornada de D. Hernando, envióle con dos hombres á decir cuan mal lo
hacia, y que le rogaba y mandaba, de parte de la justicia, que se
fuese de allí adonde le estaba señalado; D. Hernando comenzó á hablar
desmandado, y, entre otras palabras, decia que Roldan tenia necesidad
de tener amigos, porque él sabia de cierto que el Almirante le andaba
tras cortar la cabeza, y otras semejantes, indiscretas, escandalosas
palabras y desvariadas. Dícenlo á Roldan, envíale á mandar que se vaya
luego de la provincia, y se vaya á se presentar al Almirante. Humíllase
á Roldan y ruégale que lo deje por agora hasta que el Roldan fuese á
donde el Almirante estaba; concédeselo Roldan para más justificar su
causa. Era necesario, por la regla arriba dicha, que Dios dejase á D.
Hernando derrumbarse á mayores pecados. Acuerda de matar á Francisco
Roldan, ó sacarle los ojos, por vengarse de la injuria que le hizo
en no haberle castigado y desterrado, luego que supo que á la señora
Higueymota habia por manceba tomado, y porque, para hacer cosa tan
atrevida y para salvarse, habia menester no pocos que contra el
Almirante y la justicia le ayudasen, él, por su parte, y otros que
habia por sí y á sí allegado, anduvieron persuadiendo y solevantando
á muchos (que habia poco que trabajar, para á rebelion cualquiera
levantarlos), y así comenzaba otra peor que las pasadas. No quiso Dios
permitirlo, puesto que los unos y los otros merecian que se consumieran
y despedazaran, como habian hecho y hacian en los indios á cada paso.
Fué avisado Roldan, y, como diligente y astutísimo, y bien proveido,
prevínolos, y, con buena manera que en ello tuvo, prendió luego á D.
Hernando y siete de los más principalmente culpados. Hácelo saber
al Almirante para que le escriba lo que manda; porque, como hombre
muy bien sabido, no quiso hacer cosa por su autoridad; lo uno, por
el acatamiento y preeminencia del Almirante, la cual, mucho, despues
de reducido, guardaba, lo otro, porque reusaba ser juez en su causa
propia, y con razon lo consideraba. El Almirante le escribió mandándole
que se los enviase presos á la fortaleza desta villa ó ciudad de
Sancto Domingo. Entretanto, como supiese Adrian de Muxica que estaba
preso su primo D. Hernando, andaba por la Vega y por los lugares donde
estaban los cristianos, por los pueblos de los indios; derramados,
haciendo juntas y bullicios, provocándolos á levantamiento, ó sólo
para libertar á D. Hernando, ó con otros intentos que él hoy se sabe,
donde quiera que Dios le haya puesto, si es salvo ó condenado; la fama
pública fué, que tenia propósito de soltar á D. Hernando, y matar á
Francisco Roldan y al Almirante. Juntó en pocos dias muchos de pié y de
caballo; el Almirante, que estaba en la fortaleza de la Concepcion, fué
avisado de uno dellos, que se llamó Villasancta, que yo bien cognoscí
por muchos años, y, no teniendo consigo sino seis ó siete criados de
su casa y tres escuderos de los que ganaban sueldo del Rey, supo dónde
estaban, y va una noche, y dá sobre ellos y desbarátalos, donde prendió
al Adrian y á otros, y, traidos á la fortaleza, mandó luego al Adrian
ahorcar; y, diciendo él que le dejasen confesar, dijo el Almirante que
le confesase un clérigo que allí estaba, y, cuando el clérigo se ponia
á confesarle, se detenia y no queria confesar, y esto hizo algunas
veces. Viendo el Almirante que lo hacia por dilatar su muerte, mandó
que lo echasen de una almena abajo, y así lo hicieron; daba voces que
lo dejasen confesar, porque, por temor de la muerte, no se acordaba de
sus pecados, y que dejaba condenados á muchos que no tenian culpa, pero
no le aprovechó nada. Esto era entre nosotros público, y se platicaba
así por muchos como cosa cierta y fresca, porque no habia obra de año
y medio ó dos que habia acaecido cuando yo vine á esta isla. Otros
mandó tambien ahorcar, y prendió muchos el Adelantado, de los del
concierto, y fué tras otros que se huyeron, cuando prendió á Adrian,
á Xaraguá; despues vide yo cierto proceso, donde hobo muchos testigos
que dijeron lo que aquí he dicho. Prendió en Xaraguá, el Adelantado,
muchos, y creo que oí muchas veces que habian sido 16, los cuales metió
en un hoyo, como pozo, hecho para aquel fin, é los tenia para ahorcar,
sino que vino á la sazon quien se lo impidió, como se dirá, queriendo
Dios. Mandó prender el Almirante á Pedro de Riquelme, el muy amigo de
Francisco Roldan, que tenia su casa en el Bonao, y á otros, y ponerlos
en la fortaleza de Sancto Domingo, los cuales estaban muy propincuos
para ahorcarlos con D. Hernando; todas estas cosas se hacian por el
mes de Junio, y Julio, y Agosto del año de 1500. Y dejemos agora aquí
el estado desta isla en estas inquietudes, y como andaba el Almirante
y el Adelantado á caza de los que se huian, que debian de haber
consentido, ó al ménos presumíase, en los alborotos que habia renovado
Adrian, y á todos los que tomaban se daban priesa en despacharlos; y
será bien tornar un poco atras, á lo que más sucedió en el año de 1499,
y tratar de los otros descubridores ó cudiciosos allegadores, que se
movian en el tiempo que Hojeda se movió, por las nuevas que fueron en
los cinco navíos, de haber descubierto á tierra firme y las perlas, el
Almirante.



CAPÍTULO CLXXI.


Publicado en Sevilla el descubrimiento de la tierra firme y de las
perlas, hecho por el Almirante, las nuevas del cual llevaron, como
se ha dicho muchas veces, los cinco navíos, y visto que Hojeda tenia
licencia del Obispo Fonseca, y aparejaba navíos para venir por acá,
hobo en Sevilla algunos que se hallaban con alguna hacienda, más que
otros, vecinos especialmente de Triana, que presumieron de se atrever á
tomar el hilo en la mano que el Almirante les habia mostrado, y venir
por este Océano á descubrir adelante, más por allegar oro y perlas,
como creo que no será pecado sospechar, que por dar nuevas de las
mercedes que de Dios habian recibido en traerlos primero á su sancta
fe, que á estas naciones que tuvo por bien llamar tan á la tarde; y
ojalá, ya que no iban á hacerles bien, no les hicieran males y daños.
Unos de los primeros que, á par cuasi de Hojeda, vinieron á descubrir,
fueron, un Peralonso Niño y un Cristóbal Guerra, vecinos, el Guerra, de
Sevilla, y el Peralonso, creo que era del Condado. Este Peralonso Niño,
vino, cierto, con el Almirante al descubrimiento de Paria, y debióse de
tornar á Castilla en los cinco navíos, y esto está probado con testigos
contestes, y yo he visto sus dichos en el susodicho proceso; y uno que
dijo, que no habia ido en aquel viaje Peralonso Niño con el Almirante,
yo se que, para contra el Almirante, por derecho de juicio, podia ser
repelido. Así que, Peralonso Niño, habida licencia del Rey ó del Obispo
para descubrir, con instruccion y mandado que no surgiese con su navío
ni saltase en tierra, con 50 leguas, de la tierra que habia descubierto
el Almirante, como no tuviese dineros como habia menester, ó quizá
ningunos, tractó con un Luis Guerra, vecino de Sevilla, que tenia
hacienda, que le armase un navío; el Luis Guerra se ofreció á hacerlo,
y, entre otras condiciones, fué con tanto que su hermano Cristóbal
Guerra fuese por Capitan dél. Partió, pues, Peralonso Niño por piloto,
y Cristóbal Guerra por Capitan, del Condado, que debia de ser de Palos
ó de Moguer, poco tiempo despues que Hojeda y Juan de la Cosa y Américo
partieron del puerto de Sancta María ó de Cáliz, y así lo testificaron
los testigos que se tomaron por parte del Fiscal en el su susodicho
proceso. Fueron estos, como Hojeda, hácia el rastro 200 ó 300 leguas,
y allí vieron tierra, y, por la costa abajo descendiendo, llegaron
obra de quince dias despues que habia llegado Hojeda á la provincia ó
tierra de Paria, y, segun dice un testigo en su dicho, allí saltaron en
tierra, como los indios habia dejado el Almirante pacíficos, y despues
el mismo Hojeda, y cortaron brasil, contra lo que por la instruccion
llevaban mandado; de allí van la costa de la mar abajo, entraron en
el golfo, que llamó Hojeda de las Perlas, que hace la isla de la
Margarita, y en ella rescataron muchas perlas. De allí, lléganse á
Cumaná, pueblo y provincia de la tierra firme, siete ú ochos leguas de
la Margarita; ven la gente toda desnuda, escepto lo principal de las
vergüenzas, que lo traen metido en unas calabacitas, con un cordelejo
delgado que las tienen ceñido al rededor de los lomos, y así los vide
yo, despues algunos años que estuve por algun tiempo en aquella tierra.
Vieron ellos tambien, y yo despues, que acostumbran los hombres traer
en la boca cierta hierba todo el dia mascando, la que, teniendo los
dientes blanquísimos comunmente, se les pone una costra en ellos más
negra que la más negra azabaja que puede ser; traen esta hierba en
la boca por sanidad, y fuerzas, y mantenimiento, segun yo entendido
tengo, pero es muy sucia cosa y engendra grande asco verla, á nosotros,
digo; cuando la echan, despues de muy bien mascada, lávanse la boca y
tornan á tomar otra, y teniéndola en la boca hablan, harto oscuramente,
como quien la lengua tiene tan ocupada. Venian sin temor alguno á
los navíos con collares hechos de perlas, y dellas en las narices y
en las orejas. Comenzaron á cebarlos los cristianos con cascabeles,
y anillos, y manillas de laton, agujas, y alfileres, y espejuelos,
cuentas de vidrio de diversos colores; dábanlas por casi no nada, no
curaban de regatear, ni de muchas contiendas, sino daban todas las que
traian, y tomaban por ellas lo que les daban. De allí, de Cumaná y
Maracapana, que está de Cumaná 15 leguas, hobieron mucha cantidad de
perlas. Navegan la costa abajo, y llegaron hasta unas poblaciones que
llamaban los indios Curianá, junto donde agora es Coro; finalmente,
hasta cerca de la provincia que agora llamamos Venezuela, obra de 130
leguas abajo de Paria y de la boca del Drago. Aquí surgieron en una
bahía como la de Cáliz, donde en las gentes desta tierra hallaron
humanísima hospitalidad y gracioso recogimiento; vieron en tierra pocas
casas, que serian ocho ó diez, pero vinieron de una legua de allí, la
costa abajo, hasta 50 hombres desnudos, con una persona principal que
debia ser el señor, ó enviado por el señor, el cual, de parte de todos,
le ruega con importunidad al capitan Cristóbal Guerra y á los demas,
que vayan con el navío á surgir á su pueblo. Saltaron en tierra, dánles
de sus cascabeles, cuentas y bujerías; diéronles cuantas perlas, en los
brazos y gargantas, y en todo su cuerpo traian; pesaron, solas aquellas
que en obra de una hora les dieron, quince onzas, valdria lo que les
dieron por ellas, obra de 200 maravedís. Levantaron las anclas otro
dia, y fueron á surgir junto con el pueblo. Concurre todo el pueblo,
rogando á los cristianos que salten en tierra, pero ellos, como no
eran más de 33, viendo gran multitud de gente, no osaron salir, ni
fiarse dellos, sino por señas les decian que viniesen al navío con sus
canoas ó barquillos; vinieron muchos sin temor alguno, trayendo consigo
cuantas perlas tenian, por haber los diges de Castilla. De que vieron
su simplicidad, su inocencia y humanidad, salieron los cristianos en
tierra; hácenles mil caricias, mil regalos, en tanta manera, que no lo
sabian encarecer. Estuvieron veinte dias con ellos dentro de sus mismas
casas, como si fueran padres y hijos; la abundancia de la comida, de
venados, de conejos, ansares, ánades, papagayos, pescados, y el pan
de maíz, no se podria fácilmente todo decir; cuantos venados y conejos
y otras cosas les pedian que trujesen, tantos luego les traian. De
ver ciervos ó venados y conejos, que fuese tierra firme aquella, por
cierto, creian, como aquellos animales no se hobiesen visto hasta
entónces en las islas; hallaron que tenian estos sus mercados ó ferias
donde, cada pueblo y vecinos dél, á vender lo que tenian, traian.
Traian tinajas, cántaros, ollas, platos y escudillas, y otros vasos
de diversas formas, para su servicio, á vender. Entre otras cosas,
traian, á vueltas de las perlas, hechas avecitas, ranas, y otras
figuras muy bien artificiadas, de oro; ver esto, no pesó á quien por
haberlo pasaba tantas mares, y con tantos peligros. Preguntaban á los
indios, que dónde se cogia aquel estiercol; respondieron que seis dias
de allí, de andadura. Acordaron de ir allá con su navío, y dijeron que
hallaron la misma provincia; esta no supe dónde seria, sino creo que
fuese la provincia de Venezuela, que habria de Curianá los seis dias de
andadura de un indio, á siete ó ocho leguas cada dia, dijeron que se
llamaba Cauchieto. Como vieron venir el navío, sin sospecha ni temer
mal alguno, como si fueran sus hermanos, así se descolgaban con sus
canoas llenas dellos, y se entraban seguros en el navío, por verlos;
el dia y la noche, nunca cesaban de venir unos, y ir otros, entrar
unos, y salir otros, con grande alegría, seguridad y regocijo. Parecian
celosos, cuando alguno que no cognoscian les venia á visitar, siempre
las mujeres ponian detras de sí. Trajéronles algun oro, que rescataron,
y joyas hechas dél, no tanto cuanto los que lo buscaban querian; traian
consigo perlas, pero estas no las querian vender, como ni los de
Curianá conmutaban el oro. Diéronles aquí gatos paules, muy hermosos, y
papagayos muchos, de diversas colores. Dejada esta provincia, quisieron
pasar más adelante, y llegaron á cierta parte, donde les salieron,
segun dijeron, sobre 2.000 hombres desnudos, con sus arcos y flechas,
á defenderles la saltada. Ellos, por señas, y mostrándoles las cosas
de Castilla, trabajaron de halagarlos, pero nunca pudieron, y con
esto dijeron que se tornaron á Curianá, donde, con harta alegría y
placer, y abundancia de comidas, estuvieron otros veinte dias. Quiero
aquí decir una cosa graciosa que se me olvidaba, que cuando daban los
alfileres y agujas á los desta provincia de Curianá, cognoscian los
indios que aquellos eran instrumentos para coser ó tener una cosa con
otra; decian á los cristianos por señas, que aquello no sabian para qué
lo habian menester, pues andaban desnudos. Respondieron los cristianos,
señalando, que aquellos eran buenos para sacarse las espinas de los
piés ó de otra parte, porque allí habia muchas, y es así verdad; de
que cayeron en ello, comenzáronse á reir, é á pedir más, y por este
aviso fueron dellos los alfileres y agujas, no ménos que las otras
cosas, estimadas. Toda esta tierra está en 7° y 8°; por Noviembre y
por Navidad no hace frio, ántes es temperatísima. Quedando los indios
muy contentos, pensando que iban los cristianos engañados, porque les
habian dado gran número de perlas, que, sino me engaño, pesaban más de
ciento cincuenta libras ó marcos, entre ellas, muchas eran tan grandes
como avellanas, muy claras y hermosas, puesto que mal horadadas por
los indios, no tenian convenientes instrumentos para las horadar, como
careciesen de hierro, y habíanles dado por ellos valor de hasta 10 ó 12
ducados, y los noventa y seis marcos ó libras, se dijo que les costaron
en Curianá obra de cinco reales, en aquellas cosillas de Castilla, y
los cristianos, teniéndose por bien pagados y cada hora consintieran
en tal engaño; acuérdanse de volver á Castilla, y dan la vuelta hácia
Paria y la boca del Drago. En el camino, subiendo la costa arriba, por
donde habian bajado, está una punta que se llama la Punta de Araya,
Norte Sur con la puerta occidental de la isla de la Margarita, donde
vieron unas salinas, y las hay hoy, porque son perpétuas, dignas de
harta maravilla. Está en aquella punta una laguna, á diez ó quince
pasos de la ribera y agua de la mar toda salada, y siempre debajo del
agua llena de sal y encima tambien, cuando há dos dias que no llueve.
Algunos pensaron que el agua que está dentro la sacan los vientos de
la mar, como está tan propincua, y la echan en la laguna, pero no
parece que es así, sino que tiene ojos, á cuanto yo puedo entender, por
los cuales sube el agua y se ceba de la mar. Esta sal es muy blanca y
sala mucho, y, cuando hace tiempo de buenos soles, se pueden cargar y
cargan muchos navíos, y yo, en otro tiempo que estuve allí, los hice
cargar. Vienen á sus tiempos del año, de hácia abajo, á parar á esta
punta infinitas multitudes de lizas, que acá es muy bueno y sabroso
pescado, y otra infinidad de sardinas, como las que traen á Sevilla
de Setubal y del Condado, salvo que son pequeñas pero muy sabrosas,
mayormente las lizas y ellas recien saladas; en los barcos y por allí
suelen andar. Saltan de la mar las lizas muchas veces, que no es
menester pescarlas, tantas hay. A cabo de dos meses que partieron de
Curianá, que fué á 6 de Febrero de 1501, llegaron á Galicia, donde
Hernando de Vega, varon en prudencia y virtud en Castilla señalado, era
Gobernador, ante el cual fué acusado Peralonso Niño, y no sé si tambien
Cristóbal Guerra, de los mismos que venian en su compañía, que habia
encubierto cierto número de perlas de gran precio, y así, defraudado el
quinto que pertenecia á los Reyes; mandólo prender Hernando de Vega, y
estuvo mucho tiempo preso. Al cabo lo soltaron, y vino á Sevilla, y no
sé en qué paró lo que le imponian.



CAPÍTULO CLXXII.


Cerca de este Cristóbal Guerra, quiero aquí referir algunas cosas
estrañas que hizo por aquella costa de tierra firme, porque despues,
quizá, no caerán en su lugar, por no saber yo la certidumbre del año en
que las hizo, aunque tambien no dudo que no fuesen cometidas despues
del año de 500 y dentro de los diez, y perteneceria la historia dellas
al libro siguiente; pero, pues el capítulo precedente se ha ocupado en
él, parecióme que este presente no hable sino dél. Algunos indicios
tengo que me daban sospecha que, lo que diré, lo hobiese hecho en este
primer viaje, porque, aunque parece, por lo dicho en el precedente
capítulo, que dejaba contentas las gentes que tanta hospitalidad
le hacian, como nunca los que cometian insultos, y robos, y daños
á los indios, en Castilla lo decian, sino que solos eran ellos los
malhechores juntamente, y testigos, y ellos no se acusaban delante de
los Reyes ni de otros jueces á sí mismos, podian estos en este viaje
haber, las abominaciones que hicieron, cometido, y publicado que
dejaban muy contentos y pagados, y en mucha amistad consigo unidos, los
indios. Un indicio y conjetura vehemente, hay de esto que aquí digo,
conviene á saber, que, habiendo dejado el Almirante la gente de la
provincia de Paria en amistad de los cristianos, segura y muy contenta,
y á lo que yo he juzgado, de la mesma manera la dejó Hojeda, puesto
que no estoy muy seguro dello, el cual fué despues del Almirante, como
arriba se ha dicho, el que llegó á la dicha provincia primero (lo mismo
digo de Rodrigo de Bastidas, que fué tercero, como se dirá abajo),
cuando vino á ella, en breve, Vicente Yañez, de quien se tratará
despues desto, hallóla toda puesta en armas y brava, porque les habian
muerto mucha gente, no parece que hiciese otro matanza sino Cristóbal
Guerra. Así lo dicen los testigos en el susodicho proceso, conviene á
saber, que cuando vinieron Vicente Yañez y su compañía á Paria, querian
saltar en ella, y que no osaron, porque les habian muerto mucha gente
ántes que llegasen á ella; y dicen más, que los indios de allí no
querian entrar dentro de los navíos, salvo que decian, sal, Capitan,
como si los llamaran para vengarse dellos, á lo que parece; y dice más
un testigo, que en esto vino otro descubridor, que se dice Diego de
Lepe, allí, é para probar el Fiscal, que Diego de Lepe habia tambien
descubierto tierra, y no toda el Almirante, dicen los testigos, que
llegaron á Paria el dicho Diego de Lepe y su compañía, y que tomaron
allí ciertos indios, los cuales despues él entregó en Sevilla al Obispo
D. Juan de Fonseca. Estos no los pudo él tomar sino haciendo escándalo,
injusticia y violencia, y fuera bien, que el Obispo lo examinara y áun
ahorcara sobre ello, pero nunca el señor Obispo de esto tuvo mucho
cuidado en todo su tiempo.

Así que, como Vicente Yañez fuese el cuarto descubridor, y hallase así
maltratados, y amedrentados, y escandalizados los vecinos de aquella
provincia, y hecha matanza en ella, y parezca haber presuncion contra
Cristóbal Guerra, por lo que contaremos que hizo, y de los otros que
ántes dél á aquella tierra fueron, haya probabilidad alguna que no lo
hicieron, parece que podria haber sido, aunque lo disimulase, y en
Castilla, entónces cuando él fué, no se supiese, como otras infinitas
maldades, daños y menoscabos, muertes y estragos execrables, allí, por
muchos han sido encubiertos, que tambien agora en este viaje Cristóbal
Guerra, lo que diré, hiciese y estuviese hasta hoy encubierto. Lo que
haya en contrario son tres cosas: la una, que, cierto, en el viaje,
cuando cometió los daños y agravios que diremos, traia dos navíos,
y los testigos no afirman sino que trujo un navío en este; la otra,
el llevar á Castilla agora tantas perlas, porque en el otro viaje se
cree que no llevó ninguna, porque todas se le perdieron, segun creo;
la tercera, que en aquel viaje trujo á su hermano, Luis Guerra, y
murió en la mar, y en este primero no haberle traido, por el dicho
que los testigos depusieron, parece que suena. Pero, como quiera y
cuando quiera que ello haya sido, el Almirante, quejándose á los Reyes
por cierto memorial que les dió de los daños que habia incurrido,
por haber dado los Reyes licencia para ir á rescatar sin que á él
se le diese parte, como se le debia de dar por sus privilegios, y
por los escándalos que habian en la tierra aquellos causado, señala
el Almirante al dicho Cristóbal Guerra, y, despues de otros, dice:
«Las cuales personas que llevaron licencia para rescatar, han hecho
grandísimo daño en la tierra firme y islas, porque, en llegando
que llegaban, mataban los indios y los prendian por fuerza, y los
atormentaban porque se rescatasen, y algunos, cuando no hallaban
rescate, acuchillábanlos y matábanlos, diciendo, «pese á tal, pues de
aquí no llevamos provecho, hagamos que si aquí vinieren otros navíos
tampoco lo hallen, como nosotros.» Otros hobo, que despues que los
indios humanamente les daban lo que tenian, y les cargaban los navíos
de brasil y de lo que mandaban, estando seguros, como personas que les
habian bien servido, y muy alegres y contentos, los mataron y pusieron
todos á espada, sin otra causa. Otros cargaban los navíos dellos, por
manera, que en cuanto vivan los vivos, los indios de aquella tierra
no obedecerán á Sus Altezas, ni serán amigos de los cristianos; por
donde, dice el dicho Almirante, que le redunda mucho daño, etc.» Estas
son palabras formales del dicho memorial que dió el Almirante; por
aquí se verá qué principios llevaron las cosas destas Indias. Vamos,
pues, á contar el caso, segun que me lo contó, más há de treinta
años, persona que se halló en ello, y si fué en el segundo viaje, lo
que más probable parece, guióse desta manera: Como Cristóbal Guerra
y Peralonso Niño fueron riquillos á Castilla, y con el paladar dulce
ó endulzorado de las perlas, acordaron de tornar á armar, y armaron,
dos buenas carabelas; no sé si Peralonso Niño vino este segundo viaje
con el Cristóbal Guerra, porque no me acuerdo. Entónces, como era
el principal en este negocio su hermano, Luis Guerra, porque él era
rico, y puso los gastos primeros del primer viaje, de su hacienda,
determinó en el segundo, con la hacienda arriesgar la vida. Partieron
de Cáliz, ó de Sant Lucar, el Luis Guerra, en un navío ó carabela, y
el Cristóbal Guerra en el otro, y llegados á Paria, porque aquella
tierra llevaban todos por terrero é hito, van la costa abajo, al
golfo de las Perlas, que, como ya dijimos, aquel golfo hace la isleta
Margarita, de una parte, y de la otra tierra firme, y comienzan á
rescatar perlas y oro, y en la Margarita, y por Cumaná, y Maracapana, y
todos aquellos pueblos; y no sólo se contentaban con lo que rescataban,
pero hacian muchas fuerzas y robaban lo que podian, segun creo queme
informaron (porque, como creo há ya cerca de cuarenta años, porque sin
duda son treinta y nueve, y no lo oso afirmar esto absolutamente);
por manera que allegaron cuasi un costal de perlas. Pero lo que hace
al caso, y dello no tengo duda, porque bien me acuerdo, llegaron á
cierta provincia, y creo que fué entre la que llamamos Sancta Marta
y Cartagena, y como los indios no habian experimentado por allí las
obras de los nuestros, veníanse á los navíos como gentes simples y
confiadas, como en muchos lugares desta historia habemos visto. Vínose
un señor ó Cacique, y creo que era el señor de aquella tierra de
Cartagena, á los navíos, con ciertas gentes, y á la entrada le recibió
el Cristóbal Guerra muy bien y halagadamente; y dijéronle por señas que
trajese oro y que le daria cosas de Castilla. Dijo el Cacique, que sí
traeria, y queríase salir fuera, pero prendiólo el Cristóbal Guerra,
y díjole que enviase de aquellos indios, sus criados, por ello, y que
él no habia de salir de allí hasta que lo trujesen, y hasta que le
hinchiesen de piezas de oro un cesto de los de uvas, grande, con que
hacen las vendimias en Castilla, que traian en el navío; y atraviesan
un palo por el gollete del cesto, dándole aquello por medida que
hasta allí hinchiesen, y que luego lo soltarian. Desque el inocente
y confiado Cacique, más de lo que debiera, se vido preso, y que se
habia de rescatar con hinchir de oro el cesto hasta el gollete, mandó
á sus criados que allí tenia, que fuesen luego y trujesen el oro que
hallar pudiesen para el cesto; van llorando y angustiados, y con gran
diligencia, y apellidan toda la tierra que el Rey y señor habian los
cristianos preso, y, que si querian verlo vivo y suelto, que habia de
ser con rescatarlo á oro, dando tanto que se hinchiese cierta gran
medida. Traen sus criados de su casa todo el oro que él tenia; vienen
muchos de sus vasallos, cada uno con su pedacillo de oro, segun que
cada cual poseia, ofrécenlo en el gazofilacio del cesto, pero apénas
el suelo del cesto se cubria; tornan á salir fuera del navío é ir
pregonando por toda la tierra que trujesen todos el oro que tuviesen,
si querian ver á su señor vivo. Andan todos de noche y de dia; tornan
al navío con más oro, hecho muy lindas figuras y hermosas piezas,
échanlas en el cesto, y era poco lo que crecia, segun era barrigudo
el cesto. Tornánse á tierra más tristes y llorosos que venian, y
entretanto, bien es de considerar, su mujer, la Reina, y sus hijos,
los Infantes, qué sentirian. Para meterlos mayor temor, y porque se
diesen más prisa á hinchir el cesto, ó para llegarse quizá más cerca de
algunos pueblos, de hácia donde venian los indios de buscar oro para
ofrecer al cesto, alzan las velas; el triste señor comienza á llorar y
á plantear, diciendo que por qué lo llevan. Sus gentes, que lo veian,
daban gritos pidiendo á Dios lícitamente, aunque no lo cognoscian, que
le hiciese justicia, pues, tan injustamente, tan gran injusticia le
hacian. Tornan á cargar los navíos ciertas leguas de allí, vienen los
indios con su ofrenda para el cesto; finalmente, yendo unos y viniendo
otros, llegan con sus piezas de oro al gollete del cesto, donde estaba
el palo atravesado, por medida. No por eso sueltan al Rey de la tierra,
ni cumplieron la palabra de soltarlo como habian prometido, ántes
les dicen, que, pues tampoco les quedaba por hinchir del cesto, que
trujesen lo demas y que luego le soltarian. Van llorando y gimiendo
de nuevo, angustiados, no sabiendo qué se hacer, porque no tenian ni
hallaban que traer, y decir que no tenian ni hallaban má sera por demas
creérselo. Buscan por las casas y por los rincones dellas, anclan
por toda la tierra escudriñando el oro que pueden haber, traen lo que
hallaron, y entre ello, algunas piezas mohosas y escuras, que toparon
por los rincones, de muchos años ya olvidadas, afirmando con lágrimas
que no tenian ni podian haber más, que les diesen su señor. Desque vido
Cristóbal Guerra que traian aquellas piezas ahumadas y como cogidas del
estiercol, acordó creerlos que no tenian más, y sueltan al Cacique,
y, en una canoa, sólo, con un hacha de hierro que por satisfaccion le
dieron, se fué á tierra; y por esto creo habérseme dicho, cuando este
caso se me contaba, que áun no quisieron darles, á los que trujeron el
oro postrero, á su señor, sino que fuesen por más, y desque tan aína no
volvieron, dejáronlo, como es dicho, ir sólo, creyendo que no tenian
más que dar. Y es cierto, que creo que yo dejo mucho por decir de las
fealdades y crueldad que con este Cacique usaron, porque, como há tanto
tiempo que lo supe, se me ha mucho más olvidado, y siempre tuve aqueste
caso, aunque muchos he visto y se han hecho crueles en estas gentes,
é inhumanos, como abajo asaz parecerá, por uno de los más injustos,
feos, y en maldad más calificado. Pesaria el oro del cesto seiscientos
marcos, que valen 30.000 pesos de oro, ó castellanos de á 450
maravedís. Pero porque no dormia Dios cuando estas injusticias aquellos
pecadores Guerras cometian, mayormente Cristóbal Guerra, que debia ser
el más sin piedad, ó, al ménos, el que debia guiar la danza, porque no
se fuesen mucho gozando de tanta impiedad, quiso la divina justicia,
luego, por el castigo temporal sin el eterno, si despues no les valió
penitencia, obra tan perversa y nefanda, reprobar. Debia de estar
enfermo el Luis Guerra, hermano mayor, y que habia dado los dineros y
puesto de su hacienda para armar la primera vez, y la segunda ayudar;
luego, alzadas las anclas y hechos á la vela, espiró, perdida la vida,
y su sepultura fué en un seron, y fuera mejor ponerlo en el cesto, en
que le echaron á la mar. Desde á pocos dias, navegando ambos navíos
para España, por allí, cerca de la tierra que habian robado, como
andaban poco, y forcejando contra viento y corrientes, como entónces no
sabian tanto como ahora navegar, ni habia rodeos para la Habana, el un
navío tropieza, creo que de noche, ó de dia, en una peña ó isleta que
no vieron, ni cognoscian en aquel tiempo los peligros de por allí, y
ábrese por medio, y vuestro cesto, de oro lleno, y el costal de perlas,
y la mucha parte de la gente, vá todo á los abismos á parar. Divino y
manifestísimo juicio de Dios, todo poderoso, por el cual, quiso que tan
poco se gozase lo que con tanta ignominia de la cristiana religion, y
contra la natural justicia, se habia usurpado, cometiendo contra su
simple y pacífico prójimo, y áun Rey, tanta fealdad. ¿Qué concepto
formarian aquellas gentes simplicísimas de nuestra cristiandad? ¿Qué
nuevas volverian por la tierra dentro, de nuestra justicia y bondad?
Alguna gente de la del navío quedó asida en la mitad dél, porque se
abrió por medio, y otros algunos asiéronse á las tablas, que cada uno
cerca de sí pudo hallar. Como el otro navío vido perdido á el otro,
aunque estaba dél bien apartado, tuvo este aviso é industria de ponerse
hácia el medio, por donde las corrientes venian de la mar, y andando
barloventeando, llega el medio navío, con la gente que encima traia, y
cógenla toda, y cuantos venian en tablas desta manera se hobieron de
salvar. Destos acaeció, que un padre y un hijo, juntamente, tomaron una
tabla, y no era tan larga ó capaz que por ella, juntos ambos, pudiesen
escapar; dijo el padre al hijo: «hijo, sálvate tú con la bendicion de
Dios, y déjame á mí, que soy viejo, ahogar;» y así fué, que el hijo
tomó la tabla y se salvó, y el padre se ahogó: y este mismo hijo me
refirió todo cuanto arriba he dicho deste caso, y otras muchas cosas
más.



CAPÍTULO CLXXIII.


Despues de Cristóbal Guerra, ó poco despues que salió de Castilla
para su primer viaje, por el mes de Diciembre y fin del año de 1499,
Vicente Yañez Pinzon, hermano de Martin Alonso Pinzon, que vinieron con
el Almirante al principio del descubrimiento de estas Indias, segun
que arriba se há largamente contado, con cuatro navíos ó carabelas,
proveidas á su costa porque era hombre de hacienda, salió del puerto
de Palos, para ir á descubrir, por principio de Diciembre, año de
1499; el cual, tomado el camino de las Canarias, y de allí á las de
Cabo Verde, y salido de la de Santiago, que es una dellas, á 13 dias
de Enero de 1500 años, tomaron la vía del Austro y despues al Levante,
y andadas, segun dijeron, 700 leguas, perdieron el Norte y pasaron la
línea equinoccial. Pasados della, tuvieron una terribilísima tormenta
que pensaron perecer; anduvieron por aquella vía del Oriente ó Levante
otras 240 leguas, y á 26 de Enero vieron tierra bien léjos; esta fué
el Cabo que agora se llama de Sant Agustin, y los portugueses la
tierra del Brasil: púsole Vicente Yañez, entónces, por nombre, cabo de
Consolacion. Hallaron la mar turbia y blancaza como de rio, echaron la
sonda, que es una plomada con su cordel ó volantin, y halláronse en 16
brazas; van á la tierra y saltaron en ella, y no pareció gente alguna,
puesto que rastros de hombres, que, como vieron los navíos, huyeron.
Allí Vicente Yañez tomó posesion de la tierra en nombre de los reyes de
Castilla, cortando ramas y árboles, y paseándose por ella, y haciendo
semejantes actos posesionales jurídicos; aquella noche, hicieron cerca
de allí muchos fuegos, como que se velaban. El sol salido, otro dia, de
los cristianos 40 hombres, bien armados, salieron en tierra, y van á
los indios; de los indios salen á ellos treinta y tantos con sus arcos
y flechas, con grande denuedo, para pelear, y tras estos otros muchos.
Los cristianos comenzaron á halagarlos, por señas, y mostrándoles
cascabeles, espejos y cuentas, y otras cosas de rescates, pero ellos
no curaban dello, ántes se mostraban muy feroces y á cada momento se
denodaban para pelear; eran, segun dijeron, muy altos de cuerpo, más
que ninguno de los que allí iban de los cristianos. Finalmente, sin
reñir, se apartaron los unos y los otros, los indios se volvieron la
tierra dentro, y los cristianos á sus navíos; venida la noche, los
indios huyeron, que por todo aquel pedazo de tierra, no pareció persona
alguna; afirmaba Vicente Yañez, que la pisada de los piés de aquellos
era tan grande como dos piés medianos de los de nosotros. Alzaron las
velas y fueron más adelante, y hallaron un rio bajo, donde no pudieron
entrar los navíos; surgieron en la boca ó cerca della, salieron en las
barcas, con que entraron en el rio, la gente que pudo caber, bien á
recaudo, para tomar lengua y saber los secretos de la tierra; vieron
luego en una cuesta mucha gente desnuda, como es por allí toda ella,
hácia la cual enviaron un hombre bien aderezado de las armas que pudo
llevar, para que, con los meneos y señas de amistad que pudiese,
los halagase y persuadiese á que se llegasen á conversacion. El que
enviaron, llegóse algo á ellos, y echóles un cascabel para que con
él se cebasen y se allegasen; ellos echáronle una vara de dos palmos
dorada, y, como él se abajase á tomarla, arremeten todos ellos á lo
prender, cercándolo todos al derredor, pero, con su espada y rodela,
de tal manera se dió priesa á se defender, que no les dejó llegar,
hasta que los de las barcas, que estaban á vista y cerca, vinieron á
le socorrer; pero los indios vuelven sobre los cristianos con tanta
priesa, y disparan sus flechas tan espesas, que, ántes que se pudiesen
unos á otros guarecer, mataron dellos 8 ó 10, y algunos dijeron que
11, y otros muchos hirieron. Van luego á las barcas, y, dentro en el
agua, las cercan; llegan con gran esfuerzo hasta tomar los remos
dellas. Tomáronles una barca y asaetearon al que la guardaba dentro,
y muere; pero los cristianos con sus lanzas y espadas, desbarrigan y
matan los más dellos, como no tuviesen otras armas defensivas, sino
los pellejos. Bien pudieran excusar los cristianos estas muertes y
revueltas; ¿qué necesidad tenian de poner aquel cristiano en aquel
peligro, y por consiguiente, á todos ellos, sino que, si vian que no
querian los indios trato ni conversacion con ellos, fuéranse? pero
como no iban por fin de Dios alguno, sino pretendiendo su provecho
temporal, así curaban de llevar los medios, y, por tanto, fueron
reos de la perdicion suya y de aquellos. Viendo, pues, los nuestros
que tan mal les iba con aquellos, con harta tristeza de perder los
compañeros, alzaron las velas, y, por la costa abajo, 40 leguas al
Poniente descendieron; allí hallaron tanta abundancia, dentro en la
mar, de agua dulce, que todas las vasijas que tenian vacías hincheron.
Llegaba este agua dulce, como Vicente Yañez depone en su dicho, en el
muchas veces alegado proceso, dentro en la mar, 40 leguas, y otros
de los que fueron con él, dicen 30 (y áun muchas más es cuasi comun
opinion de los que yo via tratar deste rio en aquellos tiempos);
admirados de ver tan gran golpe de agua dulce, y, queriendo saber el
secreto della, llegáronse á tierra, y hallan muchas islas que están en
ella, todas graciosísimas, frescas y deleitables, y llenas de gentes
pintadas, segun dicen los que allí fueron, las cuales se venian á
ellos tan seguras como si toda su vida hobieran conversado amablemente
con ellos. Este rio es aquel muy nombrado Marañon; no sé por quién ni
por qué causa se le puso aquel nombre; tiene de boca y anchura, á la
entrada, segun dicen, 30 leguas, y algunos dicen muchas más. Estando
en él surtos los navíos, con el gran ímpetu y fuerza del agua dulce y
la de la mar, que le resistia, hacian un terrible ruido, y levantaba
los navíos cuatro estados en alto, donde no padecieron chico peligro;
parece aquí lo que acaeció al Almirante cuando entró por la boca de
la Sierpe y salió por la boca del Drago, y el mismo combate y pelea
juntamente, y peligro, hay donde el agua dulce se junta con la de
la mar, cuando la dulce corre con ímpetu y es mucha, y la playa es
descubierta, mayormente si la mar es de tumbo. Visto que por aquella
tierra y rio de Marañon, y gente della, no habia oro ni perlas, ni cosa
de provecho, que era el fin que los traia, acuerda tomar captivos 36
personas, que tomar pudieron, de aquellos humildes y mansos inocentes,
confesado por ellos, que á los navíos seguramente se les venian, para
que no quedase pedazo de tierra ni gente della, que no pudiese bien,
y con verdad, contar sus obras pésimas, y los que hoy, sin ceguedad,
las oimos podamos afirmar, sin escrúpulo de conciencia, haberse movido
estos á hacer estos descubrimientos, más por robar y hacerse ricos,
con daños y escándalos, captiverios y muertes destas gentes, que por
convertirlos; harto ciego, sin duda, de malicia será el que dudare
desto, aunque poco ménos les dió Dios el pago que á Cristóbal Guerra.
De allí, del rio Marañon, vinieron la costa abajo, la vuelta de Paria,
y en el camino hallaron otro rio poderoso, aunque no tan grande como el
Marañon, y, porque se bebió el agua dulce otras 25 ó 30 leguas en la
mar, le pusieron el rio Dulce. Creo que es este rio un brazo grande del
gran rio Yuyaparí, el cual dijimos en el cap. 134, que hace la mar ó
golfo Dulce que está entre Paria y la isla de la Trinidad, que estimaba
el Almirante salir del Paraíso terrenal; y aquel brazo y rio dulce que
de aqueste camino halló Vicente Yañez, tambien juzgo que es el rio
donde habita aquella gente buena, que nombramos los aruacas. Pasaron
adelante y entraron en Paria, y creo que tomaron allí brasil; aunque,
como hallaron la gente de Paria escandalizada por haberles muerto mucha
gente Cristóbal Guerra, ó otro salteador de los que allí llegaron,
segun arriba dijimos, y lo dijeron con juramento los mismos que fueron
con Vicente Yañez, y no osaban saltar en tierra, no sé como lo pudieron
tomar. De Paria navegaron á ciertas islas de las que están por el
camino de la Española, no supe con qué intencion, ni si en la costa de
Paria, ó en alguna de las islas dichas, le acaeció la tribulacion que
le vino: por el mes de Julio, estando surtos todos cuatro navíos en la
parte ó tierra donde era, súbitamente vino una tan desaforada tormenta,
que, á los ojos de todos, se hundieron los dos navíos con la gente;
el otro, arrebatólo el viento, rompiendo las amarras de las anclas, y
llévalo el viento con 18 hombres, y desaparece. El cuarto, sobre las
anclas, que debian ser grandes y buenos cables, tantos golpes dió en
él la mar, que, pensando que se hiciera pedazos, saltaron en la barca
y viniéronse á tierra, no les quedando de él alguna esperanza. Dijeron
que comenzaron á tratar, los pocos que allí estaban, que seria bien
matar á todos los indios que por allí moraban, porque no convocasen
los comarcanos y los viniesen todos á matar. Ellos pensaban en aquella
tierra buscar manera para vivir y remediarse; gentil remedio habian
hallado matando las gentes que no les habian ofendido en nada, por
ellos imaginar por aquella vía de salvarse, para que Dios les ayudase;
pero la bondad del misericordioso Dios no dió lugar á que cometiesen
tanta maldad, porque el navío que se habia desaparecido con los 18
hombres, volvió, y el que estaba allí presente, amansando la tormenta,
no se hundió. Con los dos navíos, vinieron á esta isla Española,
donde se rehicieron de lo que habian menester, y de aquí tomaron el
camino y llegaron á España en fin de Setiembre de 1500 años, tristes,
angustiados, lesas las conciencias, pobres, gastados los dineros que
puso de su hacienda Vicente Yañez en el armada, muertos los más de los
compañeros, dejando alborotada y escandalizada la tierra por donde
habian andado, é infamado la gente cristiana, y agraviados los que
habian hecho pedazos, y echándoles al infierno las ánimas, sin causa, y
los demas inocentes que captivaron, sacados y traidos de sus tierras,
privándoles de su libertad y de sus mujeres y hijos, padres y madres,
y de las vidas, por esclavos, solamente, que habian descubierto 600
leguas de costa de mar hasta Paria, gloriándose.



CAPÍTULO CLXXIV.


Tras Vicente Yañez salió otro descubridor, ó quizá destruidor, por
el mismo mes de Diciembre y año de 1499 años. Este fué un Diego de
Lepe, vecino del Condado, no sé si de Lepe ó de Palos y Moguer, pero
la más gente que fué con él, dicen, haber sido de Palos; llevó dos
navíos aderezados. De la isla del Fuego, que es una de las de Cabo
Verde, siguió hácia el Mediodia algo, y despues al Levante, por el
camino que hizo Vicente Yañez; llegaron al cabo de Sant Agustin, y
dicen que lo doblaron, pasando adelante algo. El Diego de Lepe tomó
posesion por los reyes de Castilla, haciendo en todos los lugares que
llegaba actos que se llaman posesionales, segun derecho necesarios; uno
dellos fué, que escribió su nombre en un árbol de grandeza extraña,
del cual, dijeron, que 16 hombres asidos de las manos, extendidos los
brazos, no pudieron abarcarlo. Cosa es esta increible pero posible,
porque los mayores los hay en estas islas y tierra firme, que parece no
haberlos en otras partes del mundo hallado, y todos los que por ellas
hemos andado, y visto las ceynas, que son muchos y grandes árboles,
como los hay, no nos espantamos. Entraron en el rio Marañon, y allí
robaron y saltearon la gente que pudieron, donde Vicente Yañez habia
tambien tomado con injusticia las 36 ánimas, que se venian pacíficos
é confiados á los navíos, y traídolos por esclavos. Parece, que como
quedaron del Vicente Yañez agraviados y experimentados, llegando el
Diego de Lepe, pusiéronse en armas, matáronle 11 hombres, y porque
siempre han de quedar los indios más lastimados, debian de matar muchos
dellos y prender los que más pudiesen por esclavos. Del rio Marañon,
viniéronse costeando la tierra firme por el camino que habia hecho
Vicente Yañez; de creer es que saltaria en algunos lugares, y lo
que allí saltearon y mal hicieron ellos se lo saben, y áun hoy mejor
que entónces, que ya son todos en la mar ó en la tierra sepultados.
Llegaron á Paria, y como hallaron las gentes della extrañadas y
alborotadas, por los muchos que le habian muerto, en pocos dias habia,
de los pasados (segun lo dice hombre de los mismos de Diego de Lepe y
en el cap. 171 fué tocado), debian de hacerles guerra y captivar los
que pudieron haber á las manos; y así lo confiesa otro de los que con
ellos se hallaron, y debia el Obispo de Badajoz de sabello, D. Juan
de Fonseca digo, y tomárselos, por eso dice aquel en su dicho, que
en la Paria tomó Diego de Lepe ciertos indios, los cuales, el dicho
Diego de Lepe, trajo en los navíos y los entregó al Obispo D. Juan de
Fonseca en esta ciudad de Sevilla. Estas son sus palabras; y fuera
justo que el Obispo lo castigara, y quizá lo hizo, si por ventura su
ceguedad, que en este negocio de las Indias siempre tuvo, no se lo
estorbaba. No supe destos qué más hicieron ni en qué pararon, porque,
en estos dias mismos, despues de los dichos descubridores castellanos
de aquella tierra firme, acaeció hacer el rey de Portugal armada para
ir á la India, y acaso descubrir la misma tierra, que ya los nuestros
habian descubierto y bojado, como dicen los marineros, y parecióme
no dejar de dar aquí noticia dello, puesto que sea obra de los
portugueses, porque al ménos no pretendan, por sólo su descubrimiento,
aquella tierra pertenecerles, y en Castilla no lo ignoremos. Envió,
pues, el rey de Portugal, D. Manuel, el primero de aquel nombre,
una bien proveida armada de trece velas grandes y menores, en las
cuales irian hasta 1.200 hombres, entre marineros y gente de armas,
toda gente muy lucida, y á vueltas de las armas materiales, dice
su historia, que mandó proveer de las espirituales, y estas fueron
ocho religiosos de la órden de San Francisco, cuyo Guardian fué fray
Enrique, el cual, despues, fué Obispo de Cepta y confesor del Rey,
varon de vida muy religiosa y gran prudencia. Envió eso mismo ocho
Capellanes y un Vicario para que administrasen los Santos Sacramentos
en una fortaleza que el rey de Portugal mandaba hacer, todos varones
escogidos, cuales convenia para aquella obra evangélica. Y dice el
historiador portugués, Juan de Barros, que el principal capítulo de
la instruccion que llevaba el Capitan de la Armada, que se llamaba
Pedro Álvarez Cabral, era, que primero que acometiese á los moros y á
los idólatras, con el cuchillo material y seglar, haciéndoles guerra,
dejase á los religiosos y sacerdotes usar del suyo espiritual, que
era denunciarles el Evangelio con amonestaciones y requirimientos de
partes de la Iglesia romana, pidiéndoles que dejasen sus idolatrías,
y diabólicos ritos y costumbres, y se convirtiesen á la fe de Cristo,
para que todos fuésemos unidos y ayuntados en caridad de ley y amor,
pues todos éramos obra de un Criador y redimidos por un Redentor,
que era Jesucristo, prometido por los Profetas y esperado por los
Patriarcas tantos mil años ántes que viniese, para lo cual, trujesen
todas las razones naturales y legales, usando de aquellas ceremonias y
actos que el derecho canónico dispone; y cuando fuesen tan contumaces
que no aceptasen esta ley de fe, y negasen la ley de paz que se debe
tener entre los hombres para conservacion de la especie humana, y
defendiesen el comercio ó conmutacion, que es el medio por el cual se
adquiere, y trata y conserva la paz y amor entre todos los hombres,
por ser este comercio el fundamento de toda humana policía, pero
con que los contratantes no difieran en ley y creencia de la verdad
que cada uno es obligado á tener y creer de Dios, que, en tal caso,
les pudiesen hacer guerra cruel á fuego y sangre. Esto dice aquella
Historia de Juan de Barros, libro V, cap. 1.º de su primera Década.
Por manera, que á porradas habian de recibir la fe, aunque les pesase,
como Mahoma introdujo en el mundo su secta, y tambien que, aunque
no quisiesen, habian de usar el comercio y trocar sus cosas por las
ajenas, si no tenian necesidad dellas. Miedo tengo que los portugueses
buscaban achaques, con color de dilatar la religion cristiana, para
despojar la India del oro y plata y especería que tenia, y otras
riquezas, y usurpar á los Reyes naturales sus señoríos y libertad,
como nosotros los castellanos habemos hallado para estirpar y asolar
nuestras Indias, y todo procede de la grande y espesa ceguedad, que,
por nuestros pecados, en Portugal y Castilla caer há Dios permitido;
y es manifiesto, que primero comenzó en Portugal que en Castilla,
como parece clarísimo en los principios, y medios, y fines que han
tenido los portugueses en la tierra de Guinea, como pareció arriba en
los capítulos 19, 22, 24 y 25. Gran ceguedad es, y plega á Dios que
no intervenga grande malicia, querer que los infieles de cualquiera
supersticiosa religion que puedan ser, fuera de herejes, que la fe
católica una vez hayan voluntariamente recibido, la reciban con
requerimientos y protestaciones y amenazas que si no la reciben,
aunque les sea persuadida por cuantas razones naturales quisiéremos,
por el mismo caso pierdan las haciendas, los cuerpos y las ánimas,
perdiendo miserandamente, por guerras crueles, las vidas; ¿qué otra
cosa esta se puede nombrar, sino que la paz, mansedumbre, humildad
y benignidad de Jesucristo, que, señaladamente y en particular, nos
mandó que de él aprendiésemos, y usásemos con todos los hombres
indiferentemente, y la religion cristiana, sin cesar, cada dia nos lo
acuerda, amonesta y predica, las convertiamos en la furibunda y cruel
ferocidad y costumbre espurcísima mahomética? Gentiles milagros se
hallaban los portugueses para confirmar la doctrina que los religiosos
habian predicado, roballos, captivallos, quemallos y hacellos pedazos;
fuera bien preguntalles, si fueron por esta vía y con estas amenazas,
ellos á la fe llamados: perniciosísima y muy palpable insensibilidad
fué á los principios y agora es esta. Poco ménos materia es decir ó
creer que los comercios y conmutaciones hayan de hacer las gentes
con otros no cognoscidos hombres, no voluntaria, sino contra toda su
voluntad y libertad; pero porque desta materia y destos errores, y
de la averiguacion y claridad dellos, habemos, con el favor divino,
largamente grandes volúmenes escrito, no es cosa conveniente á la
historia, en ello más alargar de lo dicho.

Partió, pues, la flota portuguesa, cuyo capitan fué Pedro Álvarez
Cabral, de Lisboa, lunes, á 9 dias del mes de Marzo, año de 1500, y
tomó su derrota para las islas de Cabo Verde, y de allí, por huir de la
costa Guinea, donde hay muchas y prolijas calmerías, metióse mucho á
la mar, que quiere decir á la mano derecha, hácia el Austro, y tambien
porque como sale muy mucho en la mar el cabo de Buena Esperanza, para
podello mejor doblar; y habiendo ya un mes que navegaba, siempre
metiéndose á la mar, en las ochavas de Pascua, que entónces fueron á
24 de Abril, fué á dar en la costa de tierra firme, la cual, segun
estimaban los pilotos, podia distar de la costa de Guinea 450 leguas,
y en altura del Polo antártico, de la parte de Sur, 10°. No podian
creer los pilotos que aquella era tierra firme, sino alguna gran
isla, como esta isla Española, que llamaban los portugueses Antella,
y para experimentallo, fueron por luengo de la costa un dia; echaron
un batel fuera, llegaron á la tierra y vieron infinita gente desnuda,
no prieta ni de cabellos torcidos como los de Guinea, sino luengo y
correntio y como el nuestro, cosa que les pareció muy nueva. Tornóse
luego el batel á dar nuevas dello, y que parecia buen puerto donde
podian surgir; llegóse la flota á tierra, y el Capitan mandó que
tornase allá, y, si pudiese, tomase alguna persona, pero ellos fuéronse
huyendo á un cerro, y juntos, esperaban qué querrian los portugueses
hacer; queriendo echar más bateles fuera y gente, vino un grande viento
y alzaron las anclas, y vánse por luengo de costa la vuelta del Sur,
donde les servia el viento, y surgieron en un buen puerto. Envió un
batel y tomó dos indios en una canoa; mandólos vestir de piés á cabeza
y enviólos á tierra: vinieron gran número de gente cantando, bailando
y tañendo ciertos cuernos y bocinas, haciendo saltos y bailes de
grande alegría y regocijo, que verlo era maravilla. Salió en tierra el
Capitan con la más de la gente, dia de Pascua, y al pié de un grande
árbol hicieron un altar, y dijo misa cantada el susodicho Guardian;
llegáronse los indios muy pacíficos y confiados, como si fuesen los
cristianos de ántes sus muy grandes amigos, y como vieron que los
cristianos se hincaban de rodillas y daban en los pechos, y todos los
otros actos que les veian hacer, todos ellos los hacian. Al sermon que
predicó el Guardian estaban atentísimos, como si lo entendieran, y
con tanta quietud y sosiego y silencio, que dice el historiador, que
movia á los portugueses á contemplacion y devocion, considerando cuan
dispuesta y aparejada estaba aquella gente para recibir doctrina y
religion cristiana. Despachó luego de allí el Capitan un navío al rey
de Portugal, el cual dice que recibió grande alegría con las nuevas
de la tierra nuevamente descubierta, y todo el reino. Dió licencia el
Capitan á la gente de los navíos aquel dia, despues de comer, para que
saliesen en tierra y se holgasen, y rescatasen con los indios cada uno
lo que quisiese; á trueque de papel y de pedazos de paño, y de otras
cosillas, les daban los indios papagayos y otras aves muy pintadas y
muy hermosas, de que habian muchas, de las plumas de las cuales tenian
sombreros y otras cosas muy lindas y hermosas hechas: dábanles ajes ó
patatas, y otras frutas, que habian, muchas. Fueron algunos portugueses
á las poblaciones, vieron infinitas arboledas, aguas y frescuras, y
tierra viciosísima y deleitable, muy abastada de maíz y otras cosas de
comer, y donde se hacia mucho algodon. Vieron allí un pece más grueso
que un tonel, de longura de dos toneles, la cabeza y ojos como de
puerco, las orejas como de elefante, no tenia dientes, en la parte de
abajo tenia dos agujeros, la cola de un codo y de ancho otro tanto, el
cuero era como de puerco de gordor de un dedo. En esta tierra mandó el
Capitan poner una cruz muy alta y muy bien hecha, y por esto se llamó
aquella tierra de Sancta Cruz, por los portugueses, algunos de años;
despues, el tiempo andando, como hallaron en ella brasil, llamaron
y hoy se llama la tierra del Brasil. Traia el Capitan 20 hombres
desterrados por malhechores, y acordó dejar allí dos dellos para que
supiesen los secretos de la tierra y aprendiesen la lengua, los cuales
los indios trataron muy bien, y, despues, el uno dellos sirvió de
lengua ó intérprete mucho tiempo en Portugal. Todo lo que aquí desto
he dicho, lo saqué de dos historiadores portugueses que escribieron
toda la historia, desde su principio, de la India; el uno es Juan de
Barros, en el libro V, cap. 2.º de su primera Década, y el otro es
Fernan Lopez de Castañeda, en el libro I, cap. 29 de la «Historia de la
India.» Parece, pues, bien probada manifiestamente la bondad natural,
simplicidad, hospitalidad, paz y mansedumbre de los indios y gente
de cuasi toda esta nuestra tierra firme, y cuan aparejados estaban,
ántes que hobiesen recibido agravios y daños de los cristianos, y
experimentado sus injusticias, para recibir la doctrina de nuestra
fe, y ser imbuidos en la religion cristiana, y á Cristo, criador
universal, todos atraidos, no solamente por testimonio de infinitos
que los hemos experimentado y visto, y abajo, en muchas partes desta
historia, larguísimamente se verá, y de todos los mismos castellanos
descubridores, de los cuales muchos eran dellos escandalizadores y
destruidores, que para que lo confesasen de su propio motivo, la
misma razon y fuerza de la verdad los constreñia, pero tambien ordenó
Dios que los portugueses fuesen desta verdad, por vista de ojos y
experiencia, testigos. Y esto se verá bien claro en los siguientes
capítulos.



CAPÍTULO CLXXV.


Si bien miramos, en todas las cosas que en este mundo visible acaecen,
hallaremos por experiencia lo que la Escritura divina nos enseña cerca
de la infalible providencia de Dios, conviene á saber, que uno de los
principales cuidados que Dios tiene, si se puede decir, porque con un
cuidado y un sólo acto lo gobierna y rige todo, es cerca de la prueba
y de la guarda y conservacion de la verdad; de aquí es lo que dice el
salmista David: _qui custodit veritatem in sæculum_, y por Esdras:
_veritas manet, et invalescit in æternum et vivit et obtinet in sæcula
sæculorum_. Por manera, que para que esta verdad, de ser estas gentes
dóciles, pacíficas, benignas de su natural, y aparejadas, tan bien
y muy más que otras, para ser doctrinadas y acostumbradas en toda
virtud moral, y, por consiguiente, capaces y fácilmente atraibles á
la fe católica y religion cristiana, si les es propuesta y predicada
como Cristo lo estableció, y á todas las otras naciones del mundo
la Iglesia universal la ha propuesto siempre y predicado, ha tenido
por bien la divina Providencia, de que no sólo por experiencia los
religiosos y siervos de Dios castellanos, y descubridores seglares y
profanos, que sólo han venido á estas tierras por cudicia de amontonar
riquezas temporales, y no sólo tambien habiendo llegado á una parte
destas Indias y visto una gente, pero á muchas, y en muchas varias y
diversas lenguas y naciones, pero que la gente portuguesa, seglares
y religiosos, y personas de todo trato y profesion, confiesen todos,
sin lo poder negar, que aquestas gentes no son otras sino aquellas
que sucedieron de nuestro primer padre Adan, y esto basta para que
con ellas se deban guardar los preceptos divinos y naturales, y las
reglas de caridad que han sido guardadas y usadas con nosotros,
á quien Dios ha hecho tantos bienes y mercedes, que primero que
ellas fuésemos llamados y traidos á la cristiandad. Vista, pues,
la disposicion tan afable y apta para recibir todo bien moral y
espiritual, que de aquellas gentes, moradores y habitadores en aquella
tierra firme, aquestos portugueses, primeros que allí llegaron este
año de 500, testificaron conforme á la que hallaron, y no callaron
nuestros castellanos, refiramos en este capítulo y en el siguiente,
la que vieron y trataron y experimentaron, y el fruto que por ella,
con el divino favor, hicieron ciertos predicadores portugueses, que se
llamaban de la Compañía de Jesus, despues deste tiempo muchos años;
ciertos de los cuales, haciendo relacion del fruto que Dios sacaba de
sus manos, escribieron á Portugal, á los de su profesion, las cosas
siguientes, por muchas cartas, y dicen así:

«La informacion que de aquestas partes del Brasil se puede dar, padres
y hermanos carísimos, es que tiene esta tierra 1.000 leguas de costa,
poblada de gente que anda desnuda, así mujeres como hombres, tirando
algunas partes muy léjos, donde yo estoy, á donde las mujeres andan
vestidas al traje de gitanas, con paños de algodon, por la tierra
ser más fria que esta, la cual aquí es muy templada, de tal manera,
que el invierno no es frio ni caliente, y el verano, aunque sea más
caliente, bien se puede sufrir; empero, es tierra muy húmeda, por las
muchas aguas que llueve en todo tiempo, muy á menudo, por lo cual los
árboles y las hierbas están siempre verdes, y por aquesto es la tierra
muy fresca. En parte es muy áspera, por los montes y matas que siempre
están verdes; hay en ella diversas frutas, que comen los de la tierra,
aunque no sean tan buenas como las de allá, las cuales tambien creo
se darian acá si se plantasen, porque veo darse parras, uvas, y áun
dos veces en el año, empero, son pocas, por causa de las hormigas, que
hacen mucho daño, así en esto como en otras cosas. Cidras, naranjas,
limones, dánse en mucha abundancia, y higos tan buenos como los de
allá; el mantenimiento comun de la tierra es una raíz de palo, que
llaman mandioca, del cual hacen una harina de que comemos todos, y da
tambien mijo (este debe ser maíz), el cual, mezclado con la harina,
hace un pan que excusa el de trigo. Hay mucho pescado, y tambien
marisco, de que se mantienen los de la tierra, y mucha caza de matos y
gansos, que crian los indios; bueyes, vacas, ovejas, cabras y gallinas,
se dan tambien en la tierra, y hay dellos mucha copia. Los gentiles
son de diversas castas, unos se llaman goyaneces, otros carijos; este
es un gentío mejor que hay en esta costa, á los cuales fueron, no há
muchos años, dos frailes castellanos á los enseñar, y tan bien tomaron
su doctrina que tenian ya casas de recogimiento para mujeres, como
monjas, y otra de hombres, como de frailes, y esto duró mucho tiempo,
hasta que el demonio llevó allí una nao de salteadores y captivaron
muchos dellos. Trabajamos por recoger los salteados, y algunos tenemos
ya para los llevar á su tierra, con los cuales iba un padre de los
nuestros. Hay otra casta de gentiles, que se llama caymures, y es
gente que habita por los montes; ninguna comunicacion tienen con los
cristianos, por lo cual se espantan cuando nos ven, y dicen que somos
sus hermanos, por cuanto traemos barba como ellos, la cual no traen
todos los otros, ántes se rapan hasta las pestañas, y hacen agujeros en
los bezos y ventanas de las narices, y ponen unos huesos en ellos que
parecen demonios, y así, algunos, principalmente los hechiceros, traen
el rostro lleno dellos. Estos gentiles son como gigantes, traen un arco
muy fuerte en la mano, y en la otra un palo muy grueso, con que pelean
con los contrarios, y fácilmente los despedazan, y huyen para los
montes, y son muy temidos entre todos los otros. Los que comunican con
nosotros, hasta agora, son dos castas, unos se llaman tupeniques y los
otros tupinambas. Estos tienen casas de palmas muy grandes, y dellas
en que posarán 50 indios casados con sus mujeres é hijos. Duermen en
redes de algodon, sobre sí, junto de los fuegos, que en toda la noche
tienen encendidos, así por el frio, porque andan desnudos, como tambien
por los demonios, que dicen huir del fuego, por la cual causa traen
tizones de noche cuando van fuera. Esta gentilidad á ninguna cosa
adora, ni cognosce á Dios, solamente á los truenos llaman tupana, que
es como quien dice cosa divina; y así, nos no tenemos otro vocábulo más
conveniente, para los traer al cognoscimiento de Dios, que llamarle
Padre Tupana. Solamente, entre ellos, se hacen unas ceremonias de la
manera siguiente: de ciertos en ciertos años, vienen unos hechiceros
de luengas tierras, fingiendo traer santidad, y, al tiempo de su
venida, los mandan á limpiar los caminos y vánlos á recibir con danzas
y fiestas segun su costumbre, y, ántes que lleguen al lugar, andan las
mujeres de dos en dos por las casas, diciendo públicamente las faltas
que hicieron á sus maridos, y unas á otras pidiendo perdon dellas; en
llegando el hechicero, con mucha fiesta, al lugar, éntrase en una casa
oscura, y pone una calabaza que trae en figura humana, en parte más
conveniente para sus engaños, y mudando su propia voz, como de niño,
y junto de la calabaza, les dice, que no curen de trabajar ni vayan á
la roca, que el mantenimiento por sí crescerá y que nunca les faltará
que comer y que por sí vendrá á casa, y que las aguijadas se irán á
cavar, y las flechas se irán al monte por caza para su señor, y que
han de matar muchos de sus contrarios, y captivarán muchos para sus
comeres, y promételes larga vida, y que las viejas se han de tornar
mozas, y que las hijas que las den á quien quisieren; y otras cosas
semejantes les dice y promete, con que los engaña, de manera, que
creen haber dentro, en la calabaza, alguna cosa santa y divina, que
les dice aquellas cosas. Y acabando de hablar el hechicero, comienzan
á temblar, principalmente las mujeres, con grandes temblores en su
cuerpo que parecen demoniadas, como de cierto lo son, echándose en
tierra, espumando por las bocas, y en aquesto les suade el hechicero
que entónces les da santidad; y á quien esto no hace tiénenlo á mal, y
despues le ofrecen muchas cosas, y en las enfermedades de los gentiles
usan tambien estos hechiceros de muchos engaños y hechicerías. Estos
son los mayores contrarios que acá tenemos, y hacen creer algunas
veces á los dolientes que nosotros les metemos en el cuerpo cuchillos,
tijeras y cosas semejantes, y que con esto los matamos. En sus guerras,
aconséjanse con ellos, allende de agüeros que tienen de ciertas aves;
cuando captivan alguno, tráenle con grande fiesta, con una soga á la
garganta, y dánle por mujer la hija del principal ó cualquiera otra
que más le contenta, y pónenlo á cebar como puerco, hasta que lo han
de matar, para lo cual se ajuntan todos los de la comarca á ver la
fiesta, y, un dia ántes que lo maten, lávanlo todo, y el dia siguiente
lo sacan y pónenlo en un terrero, atado por la cintura con una cuerda,
y viene uno dellos muy bien ataviado, y le hace una plática de sus
antepasados, y, acabada, el que está para morir le responde, diciendo,
que de los valientes es no temer la muerte, y que él tambien matara
muchos de los suyos, y que acá quedaban sus parientes que lo vengarán,
y otras cosas semejantes, y, muerto, córtanle luego el dedo pulgar,
porque con aquel tiraba las flechas, y lo demas hacen en pedazos para
lo comer asado ó cocido. Cuando muere alguno de los suyos, pónenles
sobre las sepulturas platos llenos de viandas, y una red en que ellos
duermen, muy bien lavada, esto porque creen, dicen, que despues que
mueren, tornan á comer y descansar sobre su sepultura; échanlos en
cuevas redondas, y si son principales, hácenlos una choza de palma.
No tienen cognoscimiento de gloria ni infierno, solamente dicen, que,
despues de morir, van á descansar á un buen lugar, y en muchas cosas
guardan la ley natural. Ninguna cosa propia tienen que no sea comun,
y lo que uno tiene ha de partir con los otros, principalmente si son
cosas de comer, de las cuales ninguna cosa guardan para otro dia, ni
curan de atesorar riquezas. A sus hijos ninguna cosa dan en casamiento,
ántes los yernos quedan obligados á servir á sus suegros; cualquier
cristiano que entra en sus casas, dánle á comer de lo que tienen y
una red lavada en que duerma. Son castas las mujeres á sus maridos;
tienen memoria del diluvio, empero, falsamente, porque dicen, que,
cubriéndose la tierra de agua, una mujer con su marido subieron en
un pino, y despues de menguadas las aguas descendieron, y de aquestos
procedieron todos los hombres y mujeres. Tienen muy pocos vocablos para
les poder bien declarar nuestra fe, mas con todo, dámossela á entender
lo mejor que podemos, y algunas cosas los declaramos por rodeos. Están
muy apegados con las cosas sensuales; muchas veces me preguntan, si
Dios tiene cabeza, y cuerpo, y mujer, y si come, y de qué se viste, y
otras cosas semejantes. Dicen ellos, que Sancto Tomás, á quien llaman
Zome, pasó por aquí; esto les quedó por dicho de sus antepasados, y que
sus pisadas, están señaladas cabe un rio, las cuales yo fuí á ver por
más certeza de la verdad, y ví, con los propios ojos, cuatro pisadas
muy señaladas, con sus dedos, las cuales, algunas veces, cubre el rio
cuando hinche; dicen tambien, que cuando dejó estas pisadas iba huyendo
de los indios que le querian flechar, y llegando allí, se le abrió el
rio y pasara por medio dél, sin se mojar, á la otra parte, y de allí
fué para la India: asimismo cuentan, que cuando le querian flechar
los indios, las flechas se volvian para ellos, y los montes le hacian
camino por do pasase. Otros cuentan esto como por escarnio. Dicen
tambien, que les prometió que habia de tornar otra vez á verlos, ¡él
los vea del cielo y sea intercesor por ellos á Dios, para que vengan
en cognoscimiento suyo y reciban la sancta fe, como esperamos!» Todas
estas son palabras de la dicha carta de los predicadores portugueses.



CAPÍTULO CLXXVI.


Por esta carta, en el capítulo precedente referida, parecen algunas
malas costumbres de estas gentes, aunque otras hobo en el mundo más
depravadas, como arriba en el capítulo 7.º y en otros mostramos
bien largo; agora digamos el fructo que Dios sacó, por medio de sus
ministros, de aquellos que crió con ánimas racionales, capaces de su
bienaventuranza, y por consiguiente, del medio para alcanzalla, que
es la fe y doctrina cristiana, refiriendo otras cartas ó pedazos de
cartas; y dice así otra carta: «La gracia y amor de Nuestro Señor
sea siempre en nuestro contino favor y ayuda, amen. Por algunas
cartas que el año pasado os escribimos, os dimos larga informacion
destas partes del Brasil, y de algunas cosas que Nuestro Señor, por
sus siervos, que, por la santa obediencia, de esas partes han sido
enviados, ha querido obrar, los cuales, al presente, estan repartidos
por diversas Capitanías desta costa; ya de las cosas quel Señor, por
cada uno dellos, obra, sereis por sus cartas sabidores, solamente os
quiero yo dar cuenta de lo que en la Bahía se ha acontecido despues
que los postreros navíos se han partido, y tambien desta Capitania
de Perambuco, adonde habia pocos dias quel padre Nobrega y yo somos
llegados. Primeramente, sabreis quel padre Nobrega ha llegado á
esta Bahía de visitar y correr las Capitanías, y luego ordenó quel
padre Navarro fuese al puerto Seguro, á trasladar las oraciones y
sermones en la lengua desta tierra, con algunos buenos intérpretes,
las cuales trasladó bien; y es mucho para dar alabanzas al Señor,
viéndole predicar, en lo cual á todos nos lleva la ventaja, y en esto
tenemos todos mucha falta en carecer de la lengua y no saber declarar
á los indios lo que queremos, por falta de intérpretes. Muchos de los
gentiles piden el agua del baptismo, mas el padre Nobrega ha ordenado,
que primero se les hagan los catecismos y exhorcismos, hasta tanto que
cognoscamos en ellos firmeza y que de todo corazon crean en Cristo,
y tambien que primero enmienden sus malas costumbres; son tales los
baptizados que perseveran, que es mucho para dar gracias á Nuestro
Señor, porque, aunque deshonrados y vituperados de los suyos, no dejen
de perseverar en nuestra obediencia y crecer en buenas costumbres.
El pueblo gentil, al principio, nos daba poco crédito, y le parecia
que les mentiamos y engañábamos, que los padres y tambien los legos,
ministros de satanás, que al principio á esta tierra vinieron, les
predicaban y decian por interés de sus abominables rescates; agora que
comienzan á cognoscer la verdad y ver el continuo amor con que los
padres los tratan y conversan (los padres llama aquí los predicadores),
y el trabajo que por la salvacion de sus ánimas resciben, van cayendo
en la cuenta y quieren ser cristianos con muy mayor voluntad y más
firme intencion que al principio. Tambien Nuestro Señor ha mostrado
cosas, y muestra cada dia, por donde se van desengañando á no nos
tener en la cuenta que ántes tenian; los cristianos que permanecen
son tan nuestros, que contra sus naturales hermanos pelearan por nos
defender, y están tan subjetos, que no tienen cuenta con padres ni
parientes; saben muy bien las oraciones, y tienen mejor cuenta con los
domingos y fiestas que otros muchos cristianos. En nuestra casa se
disciplinan todos los viérnes, y algunos de los nuevamente convertidos
se vienen á disciplinar con grandes deseos. En la procesion de la
Semana Santa se disciplinaron algunos, así de los nuestros como de los
nuevos convertidos, y de aquí adelante se comenzarán á confesar con
el padre Navarro en su lengua, porque hay ya muchos que lo quieren y
desean. Estos han de ser un fundamento grande para todos los otros se
convertir; ya empiezan á ir por las aldeas con los padres, predicando
la fe y desengañando á los suyos de las malas costumbres en que viven.
Muchas cosas en particular pudiera escribir, que, por mi grande frieza
y por no pensar haber de ser yo el escriptor, no las escribo, así
por no las tener en la memoria, como por no las saber estimar por
falta de caridad. Grande es la envidia que los gentiles tienen á estos
nuevos convertidos, porque ven cuan favorecidos son del Gobernador y
de otras principales personas, y si quisiésemos abrir la puerta al
baptismo, cuasi todos se vernian, lo cual no hacemos si no cognoscemos
ser aptos para eso, y que vienen con devocion y contricion de las
malas costumbres en que se han criado, y tambien, porque no tornen
á retroceder, sino que queden contentos y firmes. Mucho más fructo
se pudiera hacer si hobiera obreros, así que mucha es la mies que se
pierde por falta de segadores. Entre otras cosas, os quiero contar una
de un principal desta tierra, el cual há algunos dias que pedia el agua
del baptismo, y porque tenia dos mujeres no se la queriamos dar, aunque
sabiamos que la una dellas no la tenia sino para se servir della; un
dia con gran priesa y eficacia pidió el baptismo, al cual baptizó el
padre Navarro, y de ahí á seis ó siete dias enfermó de cámaras, y se
iba consumiendo hasta que cognosció que habia de morir, y dos noches
ántes que muriese envió á llamar al padre Navarro para lo acompañar y
enseñar como habia de morir, y decíale que nombrase muchas veces el
nombre de Jesus y de Sancta María, Nuestra Señora, y él tambien decia
con el padre estos santos nombres, hasta perder la habla, y, ántes
que la perdiese, vistió una ropa que tenia y mandó á los suyos que le
enterrasen con ella y en sagrado, como era costumbre de los cristianos,
y dió el espíritu á Dios, estando el padre Navarro diciendo misa por
él, por lo cual no se pudo hallar presente á su muerte. Dijo una su
hermana, que se halló presente á su muerte, al padre Navarro, que le
habia dicho el muerto, ántes que perdiese el habla: «hermana, ¿no
veis?» y ella respondió que no veia nada, y tornándole á preguntar lo
mismo, ella respondió de la misma manera, hasta que él, con grande
alegría, le dijo: «veo, hermana mia, los gusanos holgando en la tierra,
y en los cielos grandes alegrías y placeres, quédate enhorabuena,
que me quiero ir»; y así acabó. Enterrámoslo en una iglesia que
teniamos hecha para los nuevamente convertidos. Este nos ha dado
entrada en esta tierra, y en su manera de vivir no era fuera de la
ley natural y de razon; quedó un hermano suyo por principal, el cual
há por nombre Simon, y el muerto don Juan, con el cual metemos acá en
vergüenza á los malos cristianos, porque es muy virtuoso y fuera de
las costumbres de los otros, y tambien su mujer y hijos, los cuales
nos tiene prometidos para que los enseñemos, y, por falta de casa y
mantenimientos, no lo podemos hacer.» Dice más abajo: «Ya comienzan
los hijos de los gentiles á huir de sus padres y venirse á nos, y, por
más que hacen, no los pueden apartar de la conversacion de los otros
niños, y vino un niño descalabrado y sin comer un dia todo, huyendo de
su padre, á nos. Cantan todos una misa cada dia, y ocúpanse en otras
cosas semejantes. Es tan grande el temor en algunos destas aldeas, y
reverencia que tienen á los padres, que no osan abiertamente comer
carne humana; de manera, que están estos gentiles, principalmente
los de la Bahía, aparejados para se hacer en ellos grande fruto, mas
estamos acá tan pocos, y tan repartidos, y las necesidades son tantas
entre los cristianos, á las cuales somos más obligados á acudir, que
no sé como sufrís, carísimos hermanos, estar tanto tiempo en esa
casa, estando acá tantas necesidades esperando por vos, etc.» Otras
muchas y notables cosas dice aquesta carta, que por no alargar mucho,
no las quiero referir. Otro de aquellos predicadores dice así en
otra: «En estas partes, despues que acá estamos, carísimos padres y
hermanos, se ha hecho mucho fruto. Los gentiles, que parece que ponian
la bienaventuranza en matar sus contrarios y comer carne humana, y
tener muchas mujeres, se van mucho enmendando, y todo nuestro trabajo
consiste en los apartar desto, porque todo lo demas es fácil, pues no
tienen ídolos, aunque hay entre ellos algunos que se hacen santos, y
les prometen salud y victoria contra sus enemigos. Con cuantos gentiles
tengo hablado en esta costa, en ninguno hallé repugnancia á lo que le
decia, todos quieren y desean ser cristianos, pero dejar sus costumbres
les parece áspero; van, con todo, poco á poco, cayendo en la verdad,
hácense muchos casamientos entre los gentiles, los cuales, en la Bahía
están junto á la ciudad y tienen su iglesia cabe una casa á donde nos
recogemos. Estos determinamos tomar por medio de otros muchos, los
cuales esperamos, con la ayuda del Señor, hacer cristianos, etc.» Otro
en otra carta dice: «Fuimos á una aldea de los gentiles y procuramos
que se ayuntasen todos, y, despues de juntos, les hicimos una plática
por una lengua, y acabada les enseñamos la doctrina cristiana, y
queriéndonos dellos despedir, yo les hice primero santiguar, y viendo
las piedras preciosas que traian en los bezos y en el rostro, les
dije, como riendo, que les estorbaban á se persignar, lo cual, ellos,
tomaron de veras, y siendo de mucho precio, las echaron á donde nunca
más parecieron, lo cual me consoló mucho. El dia del Angel se determinó
que se baptizasen los que quisiesen, y baptizamos muchos, así hombres
como mujeres, y cuasi nos faltaban nombres de santos para dar á cada
uno el suyo. Entre ellos baptizamos un hechicero, asaz viejo, y le
pusimos por nombre Amaro.» Otro dice, en otra epístola, estas palabras:
«Despues desto nos fuimos dar con los indios á sus aldeas, que estaban
cuatro ó cinco leguas de ahí, y, yendo, hallamos haciendo el camino
por donde habiamos de ir, y quedaron muy tristes porque no lo tenian
acabado; llegando al aldea, se vino el principal de ahí y me llevó por
fuerza á su casa, y luego se hinchió la casa de indios, y otros que
no cabian quedaron fuera, y trabajaron mucho por me ver. Considerad
vos, hermanos mios en Cristo, lo que mi ánima sentiria, viendo tantas
ánimas perdidas por falta de quien las socorriese; algunas pláticas
les hice aparejándolos para el cognoscimiento de la fe, y les dije,
por la tristeza que mostraban por me yo haber luego de ir, que no
iba sino á verlos, y que otras muchas veces los visitaria si tuviese
tiempo, etc.» Estas son las palabras. Otras muchas cosas notables se
dicen en las susodichas cartas, y en otras que no he querido relatar
por dar fin á esta relacion y testimonio de los portugueses, tocante
á la prueba desta verdad, conviene á saber, que estas gentes gentiles
destas nuestras Indias, son naciones humanas, razonables, dóciles,
conversables con otros hombres, reducibles á toda ley de razon y
convertibles á nuestra santa fe católica, si se les propone por el
modo que la razon natural dicta y enseña que debe ser propuesta y
persuadida, á los principios, cualquiera cosa nueva, mayormente difícil
á los hombres racionales, los cuales naturalmente son aptos y nacidos
para ser atraidos á la virtud por bien, por blandura y mansedumbre, y
desta propiedad humana y universal ninguna nacion del mundo excluyó
la divina Providencia, por bárbaros, brutos, y agrestes y corruptos
en costumbres que sean, con que sean hombres; y esto más copiosa
é irrefragablemente pareció arriba, por razones, y parecerá en el
discurso desta historia, por obras y por ejemplos tan patentes y tan
sin número, que no se pueda más dudar dello, que dudar que todos los
hombres desciendan de Adan.



CAPÍTULO CLXXVII.


Referido habemos los descubridores ó rescatadores que vinieron el año
de 1499 y 500 á la tierra firme, despues que supieron que el Almirante
la habia descubierto (aunque, creyendo que era isla, nombróla isla
ó tierra de Gracia, como se ha visto arriba), y tambien, como acaso
descubrieron los portugueses, yendo á la India, un pedazo della,
que llaman ellos hoy el Brasil, y nosotros el cabo de Sant Agustin,
el cual, por concierto de los reyes de Castilla y Portugal, cupo, y
así es hoy, de los portugueses; incidentemente, tambien trujimos lo
que manifestaron de la condicion y hospitalidad pacífica, y humana
conversacion, que en los vecinos y moradores de aquella tierra
hallaron, conformándose con lo que los nuestros castellanos, Vicente
Yañez y Diego de Lepe, dellos, en la misma materia, dijeron; de allí
añadimos, infiriendo y probando por ejemplos, que testifican los
predicadores tambien portugueses, la disposicion é idoneidad para
recibir nuestra sancta fe que hay en ellos, por el fruto grande que
Dios siempre saca, por medio de los trabajos de sus predicadores:
requiere, pues, la órden de los dias y meses del dicho año de 500,
tornar á tratar y continuar las angustias, y adversidades y caida total
del Almirante, y que, más amargas y aflictivas, entre todas las que
toda su vida tuvo, le lastimaron y afligieron. Ya dijimos arriba, en
el cap. 161, como despues de llegados los cinco navíos á Castilla quel
Almirante despachó, venido del descubrimiento de Paria, con las nuevas
del levantamiento de Francisco Roldan, luego, por Mayo, determinaron
los Reyes de enviar otro Gobernador á esta isla, y quitalle á él la
gobernacion, y tomaron los Reyes color de que él mismo escribió á Sus
Altezas, que les suplicaba que enviasen Juez pesquisidor, para que
hiciese informacion de los delitos é insultos y levantamiento del
dicho Roldan y de sus secuaces, y tambien juez que tuviese cargo de
la administracion de la justicia, como se dijo en el cap. 159, y allí
les suplicaba que tuviesen respecto á sus servicios, y que no se le
perjudicase á sus preeminencias; donde parece que temia lo que le vino
y no lo habia él por tanto. Eligieron á un Comendador de la órden de
Calatrava, que se llamó Francisco de Bobadilla, y diéronle provisiones
y nombre de Pesquisidor, con que al principio en esta isla entrase, y
tambien de Gobernador, que, cuando fuese tiempo, publicase y usase.
Comenzáronse los despachos en Madrid, por Mayo del año de 99, luego
que llegaron los cinco navíos, como algunas veces se ha dicho, pero
no lo despacharon hasta el mes de Junio del año siguiente de 1500,
que vinieron el Rey y la Reina á Sevilla, y de allí á la ciudad de
Granada, sobre el levantamiento de los moros ó moriscos del Lanjarón,
ó Sierra Bermeja, donde acaesció, que yendo sobre ellos D. Alonso de
Aguilar, caballero muy señalado en prudencia y esfuerzo, de quien
procede la casa de Aguilar y marqués de Pliego, lo mataron, desastre
que mucho pesar dió á los Reyes y á todo el reino. Por manera, que
tardó su despacho todo un año, porque debian los Reyes, por ventura,
ó de esperar algun navío que fuese de acá con nueva de estar Roldan y
su compañía reducidos, y esta isla sosegada, ó, que como enviasen á
deponer al Almirante de su estado, quitándole la gobernacion, cosa,
cierto, muy grande para quien tanto se le debia y les habia merecido,
y con tan inmensos trabajos, querian muy bien mirallo, y hacíaseles
de mal efectuallo; pero como llegaron las dos carabelas donde venian
los procuradores de los alzados y del Almirante, aunque ya quedaba
Francisco Roldan reducido y asosegado, vistas las quejas que dieron del
Almirante y los daños pasados, y supieron cosas muchas que los unos
y los otros relataban, y que convenia remediallas, determinaron, que
el comendador Bobadilla prosiguiese su viaje; diéronle muy cumplidos
despachos, y, entre ellos, muchas cartas y cédulas en blanco. Como
por las cartas postreras del Almirante, que vinieron en los dos dichos
navíos, supiese la Reina, de gloriosa memoria, que el Almirante habia
dado á cada uno de los que allí venian un indio por esclavo, y que, si
no se me ha olvidado, eran 300 hombres, hobo muy gran enojo, diciendo
estas palabras: «¿qué poder tiene mio el Almirante para dar á nadie
mis vasallos?» y otras semejantes; mandó luego apregonar en Granada
y en Sevilla, donde ya estaba la corte, que todos los que hobiesen
llevado indios á Castilla, que les hobiese dado el Almirante, los
volviesen luego acá, so pena de muerte, en los primeros navíos, ó los
enviasen; y mi padre, á quien el Almirante habia dado uno y lo habia
llevado en el susodicho viaje de los dos navíos ó carabelas, que yo
en Castilla tuve, y algunos dias anduvo conmigo, tornó á esta isla,
con el mismo comendador Bobadilla, y lo trajo, y despues yo lo vide
y traté acá. Yo no sé por qué más estos 300 indios quel Almirante
habia dado por esclavos, mandó la Reina tornar con tanto enojo y
rigor grande, y no otros muchos que el Almirante habia enviado, y
el Adelantado, como arriba puede verse; no hallo otra razon, sino
que los que hasta entónces se habian llevado, creia la Reina, por
las informaciones erradas que el Almirante á los Reyes enviaba, que
eran en buena guerra tomados, pero esta ceguedad del Almirante, y
suponer la Reina que podia el Almirante hacelles guerra, procedia y
siempre procedió de la del Consejo, y letrados que en él los Reyes
tenian, la cual en ellos era intolerable y más que culpable, porque
no les era lícito ellos ignorar el derecho y justicia destas gentes,
que consistia en ser pueblos libres que tenian sus reinos y Reyes y
señores, dominios y jurisdicciones, y que les pertenecian de derecho
natural y de las gentes, y que no los perdian solamente por carecer
de fe y no ser cristianos, ni los podian los reyes de Castilla dellos
privar, solamente por habellos descubierto el Almirante, ni tampoco
porque la Sede apostólica se los hobiese encomendado para convertillos,
y que vivian en su paz en sus tierras y casas, sin ofensa de nadie,
y, por consiguiente, que no debian, por guerra, ó daño, ó injuria,
que fuera de sí mismos hobiesen otros hecho, algo á alguien. Y si por
300 indios que dió el Almirante, injustamente, á los españoles que por
entónces vinieron, por esclavos, la Reina, de buena memoria, tanto
enojo recibió, y tan grave pena como la de muerte mandó poner, porque
todos los tornasen, y áun quizá fué aqueste enojo, de indignarse más
contra el Almirante, harta causa; ¿como sintiera, y como sufriera, y
qué indignacion recibiera, y qué penas pusiera cuando llegara á su
noticia que se hacian y se hicieron iniquísimamente, sobre más de seis
cuentos de ánimas, esclavos? Pero pasemos adelante, porque la historia
lo referirá, si á Dios place. Tornando al ristre la lanza, enviaron
los Reyes con el dicho comendador Bobadilla cierta gente á sueldo,
para que viniese acompañado, no supe el número cuanto; y, como dije,
hízose á la vela con dos navíos ó carabelas, creo que, mediado ó en
fin de Junio de 1500 años. Entre tanto andaba el Almirante, con toda
solicitud, haciendo prender los nuevamente alzados, como arriba dije,
y el Adelantado por su parte, y, los que podian prender, ahorcando, y
para ahorcarlos, donde quiera que los hallase, traia un clérigo consigo
para confesarlos; todo á fin de, teniendo en obediencia los cristianos,
sojuzgar los indios y constreñilles á que pagasen el tributo á que los
habia obligado, y el Francisco Roldan hobo por su rebelion quitado.
Y el fin de los fines del Almirante no era otro, sino dar y enviar á
los Reyes dinero, por servillos y contentallos, y recompensarles los
gastos que hacian, para que tambien cerrasen las bocas sus adversarios.
Y así, dijo él á los Reyes que este año de 500, que habia traido toda
la gente desta isla Española, porque era, dice él, sin número, por
virtud divinal, á que estuviese debajo de su real señorío y obediendía,
en tanto grado, que se iba por toda ella, que es mayor, dice él, que
toda España, sin temor alguno, un sólo cristiano, y mandaba al mayor
Cacique que en ella habia, y era obedecido; y dice más, que en este
año mismo de 500, tenia ordenado de juntar los pueblos de los indios
en pueblos gruesos, y que se tornasen todos cristianos y sirviesen á
Sus Altezas como los vasallos de Castilla, en manera que, sin agravio
suyo, y sin premia desordenada, sino con muy mucha templanza, rentarian
cada un año 60 cuentos; y que el año de 503, hobiesen los Reyes de
renta, en oro, 120.000 pesos, y que hace juramento (y esta era su
manera de jurar, «hago juramento»), que lo tenia esto por tan cierto,
como tener 10.000 pesos. Más pensaba hacer en este año de 500; enviar
á edificar una fortaleza en la tierra de Paria, por la pesquería de
las perlas, de donde pudiese á Sus Altezas enviar cada un año una gran
cantidad dellas, porque no se podia decir el número y peso y valor que
tenian, y que cuando las descubrió, sino fuera por los bastimentos que
se le dañaban, tenia por cierto que enviara una pipa, dellas llena; y
entónces, á mi parecer, no fuera mucho enviar grande número dellas.
Todo lo susodicho, y otras muchas cosas, dice el Almirante que habia
de hacer aqueste año de 500, sino que, cuando urdia, cortóle Dios la
urdiente de la tela que disponia tejer.



CAPÍTULO CLXXVIII.


Estando el Almirante en estos pensamientos, y en la Vega, ó la
Concepcion de la Vega, que era la fortaleza, ó en el Guaricano, que
estaba media legua, el llano abajo, donde habia algunas casas hechas
en que moraban algunos cristianos, y donde fué primero el asiento de
la villa que llamaron de la Concepcion, y el Adelantado en Xaraguá
con Francisco Roldan, prendiendo á los que podian haber de los que
se conjuraron con D. Hernando para matar á Francisco Roldan, y D.
Diego, hermano del Almirante y Adelantado, en esta ciudad, ó villa
que entónces era, de Sancto Domingo, recogiendo los que prendian y
enviaban acá, y ahorcando, domingo que se contaron 23 de Agosto del
mismo año de 500, á la hora de las siete ó de las ocho de la mañana,
asomaron los dos navíos ó carabelas, que se llamaban, la una, la
_Gorda_, y la otra, el _Antigua_, donde venia el comendador Bobadilla;
y andando barloventeando de una parte á otra, porque no podian entrar
en el puerto á aquella hora, porque es el viento terral, ó de la
tierra, hasta las diez ó las once, que torna de la mar, mandó luego
D. Diego que fuese una canoa; y en ella tres cristianos: un Cristóbal
Rodriguez, que tenia por sobrenombre, la Lengua, porque fué el primero
que supo la lengua de los indios desta isla, y era marinero, el cual
habia estado ciertos años, de industria, entre los indios, sin hablar
con cristiano alguno, por la aprender, y los otros se llamaban Juan
Arraez y Nicolás de Gaeta, y los indios que fueron menester para remar,
y fuesen á los navíos ó carabelas, que andaban obra de una legua de
tierra, y supiesen quién venia en ellas, y si venia el hijo mayor del
Almirante, D. Diego; porque, como arriba dijimos, el Almirante, por
sus cartas, envió á suplicar á los Reyes que se lo enviasen, porque
él se hallaba cansado, y para que le ayudase á servirles, pues le
habia en sus oficios de suceder. Llegaron, pues, en su canoa, los
tres, y preguntando quién venia en las carabelas, y si venia D. Diego,
asomóse el comendador Bobadilla, que venia en la carabela _Gorda_, y
dijo que él venia enviado por los Reyes, por Pesquisidor sobre los que
andaban alzados en esta isla; el Maestre de la carabela _Gorda_, que
se llamaba Andrés Martin de la Gorda, preguntóles por nuevas de la
tierra, respondieron que aquella semana habian ahorcado siete hombres
españoles, y que en la fortaleza de aquí estaban presos otros cinco
para los ahorcar, y estos eran D. Hernando de Guevara y Pedro Riquelme,
y otros tres, que todos eran de los levantados. El comendador Bobadilla
preguntó á los de la canoa si estaba aquí el Almirante, y sus hermanos;
dijeron que no, sino sólo D. Diego, y el Almirante habia ido á la Vega
ó Concepcion, y el Adelantado á la provincia de Xaraguá tras los que
andaban alzados, para prendellos, y con propósito de, donde quiera
que hallasen á cada uno, ahorcallo, para lo cual llevaban un clérigo
que los confesase. Cristóbal de la Lengua preguntó al Pesquisidor,
como se llamaba y quién diria que era; respondió que tenia por nombre
Francisco de Bobadilla, y así, se tornó la canoa á dar nuevas á D.
Diego y á los que las esperaban. Todos los que aquí estaban, ó los
más dellos, como se suele decir, de los pobres, que siempre desean
novedades, porque silogizan que no les puede venir cosa nueva que sea
peor que la pobreza que tienen á cuestas, y siempre se prometen con lo
nuevo mejoría, estaban muy ávidos y solícitos de que volviese la canoa
por saber las nuevas, porque pocos eran los que no estaban entónces
por esta isla descontentos, y muchos, por fuerza más que por voluntad,
detenidos. Sabido que venia Pesquisidor, los que sabian que cognoscian
en sí culpas, no les faltó temor y tristeza; los que se tenian por
agraviados del Almirante y sus hermanos, y todos los involuntarios,
mayormente los que ganaban sueldo del Rey, porque no se les pagaba,
y padecian gran necesidad de comida y vestidos y cosas necesarias
de Castilla, reventábales el alegría, y así andaba toda la gente á
cada paso haciendo corrillos. Desde á tres ó cuatro horas, que cesó,
como es ordinaria cosa, el viento terral, y tornó el embate que llama
virazon ó marero, entraron las carabelas en este rio y puerto, y luego
parecieron dos horcas, la una desta parte del rio, donde agora está
edificada esta ciudad, que es de la parte del Occidente, y la otra de
la otra banda, donde entónces estaba la villa, en las cuales estaban
dos hombres cristianos ahorcados, frescos de pocos dias; iban y venian
gentes á los de los navíos, hacian sus comedimientos y reverencia al
pesquisidor Bobadilla, preguntaban y respondian, pero todos siempre con
recatamiento, hasta ver qué mundo sucedia. No quiso salir el Comendador
aquel dia, hasta otro dia, lúnes, 24 de Agosto, que mandó salir toda
la gente que consigo traia, y con ellos fuese á la iglesia á oir misa,
donde halló á D. Diego, hermano del Almirante, y á Rodrigo Perez, que
era Teniente ó Alcalde mayor por el Almirante, y otros muchos desta
isla; y acabada la misa, salidos á la puerta de la iglesia, estando
presente D. Diego y Rodrigo Perez, y mucha gente de la isla, y la que
el Comendador traia, mandó leer el Comendador al Escribano del Rey, que
consigo trujo, que se llamaba Gomez de Rivera, una Patente firmada de
los Reyes, y sellada con su real sello, del tenor siguiente:

«D. Hernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios, Rey y Reina de
Castilla y Leon, etc.: A vos, el comendador Francisco Bobadilla, salud
y gracia: Sepades, que D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar
Océano de las islas y tierra firme de las Indias, nos envió á hacer
relacion, diciendo, que estando él absente de las dichas islas en
nuestra corte, diz que, algunas personas de las que estaban en ellas
y un Alcalde con ellas, se levantaron en las dichas islas contra el
dicho Almirante y las Justicias que en nuestro nombre tiene puestas en
ellas, y que no embargante que fueron requeridas las tales personas y
el dicho Alcalde, que no hiciesen el dicho levantamiento y escándalo,
diz que, no lo quisieron dejar de hacer, ántes se estuvieron y están
en la dicha rebelion, y andan por las dichas islas robando y haciendo
otros males, y daños y fuerzas en deservicio de Dios, Nuestro Señor, y
nuestro; lo cual, por Nos visto, porque fué y es cosa de mal ejemplo
y digno de punicion y castigo, y á Nos como Rey y Reina y señores en
ello pertenece proveer y remediar, mandamos dar esta nuestra Carta
para vos en la dicha razon, por la cual, vos mandamos que luego vades
á las dichas islas y tierra firme de las Indias, y hagais vuestra
informacion, y, por cuantas partes y maneras mejor y más cumplidamente
lo pudiéredes saber, vos informeis y sepais la verdad de todo lo
susodicho, quién y cuales personas fueron las que se levantaron contra
el dicho Almirante y nuestras justicias, y por qué causa y razon, y
qué robos, y males y daños han hecho, y de todo lo otro que cerca
desto vos viéredes ser menester saber para ser mejor informado, y, la
informacion habida y la verdad sabida, á los que por ella halláredes
culpantes, prendedles los cuerpos y secrestadles los bienes, y así
presos, procedades contra ellos y contra los absentes, á las mayores
penas civiles y criminales que halláredes por derecho. Y mandamos
á las personas, de quien cerca de lo susodicho entendiéredes ser
informado, que vengan y parezcan ante vos á vuestros llamamientos y
emplazamientos, y digan sus dichos y deposiciones á los plazos y so
las penas que vos de nuestra parte les pusiéredes, las cuales Nos, por
la presente, les ponemos y habemos por puestas; para lo cual, todo
que dicho es, y para cada una cosa y parte dello, vos damos nuestro
poder complido por esta nuestra Carta con todas sus incidencias, etc.;
y si para hacer, y cumplir y ejecutar todo lo susodicho, menester
hobiéredes favor y ayuda, por esta nuestra Carta mandamos al dicho
nuestro Almirante y á los Concejos, Justicias, Regidores, Caballeros,
Escuderos, Oficiales y homes buenos de las dichas islas y tierra firme,
que vos lo den y hagan dar, y que en ello, ni en parte dello, embargo
ni contrario alguno vos no pongan, ni consientan poner, y vos ni los
otros, no fagades ni fagan ende al por alguna manera, so pena de la
nuestra pena y de la nuestra merced, y de 10.000 maravedís para la
nuestra Cámara, etc. Dada en la noble villa de Madrid, á 21 dias del
mes de Marzo año del nascimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1499
años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo Miguel Perez de Almazán, Secretario
del Rey y de la Reina, nuestros señores, la hice escribir por su
mandado.—Registrada.—Gomez Xuarez, Chanciller.»



CAPÍTULO CLXXIX.


Notificada la dicha Carta patente real, dijo luego el comendador
Bobadilla, como Pesquisidor, que, pues allí no estaba el Almirante, que
requeria al dicho D. Diego, su hermano, y al Alcalde y Alcaldes, en
nombre de los Reyes, que por cuanto habia sabido que en la fortaleza
de aquella villa de Sancto Domingo estaban presos, para ahorcar, D.
Hernando de Guevara y Pedro de Riquelme y otros tres, que se los
diesen y entregasen luego, con los procesos que contra ellos estaban
hechos, y pareciesen las partes que los acusaban, y por cuyo mandado
estaban presos, porque Sus Altezas lo enviaban acá á sólo esto para
los redimir; porque, vistos los dichos procesos y causas de cada
uno, él, como Pesquisidor, en nombre de Sus Altezas, queria tomar el
cognoscimiento de las causas y estaba presto de hacer todo cumplimiento
de justicia. Respondieron D. Diego y Rodrigo Perez, quel Almirante
tenia de Sus Altezas otras Cartas, y poderes mayores y más fuertes que
podian mostrar, y que allí no habia Alcalde alguno, y que D. Diego no
tenia poder del Almirante para hacer cosa alguna, y que pedian que les
diese traslado de la Carta de Sus Altezas para la enviar al Almirante,
á quien todo aquello competia. Respondió el Comendador, que pues no
tenian poder para ninguna cosa, que no era menester darles traslado,
y que se lo denegaba; y como vido el Comendador que el nombre y uso
de Pesquisidor parecia que no tenia mucha eficacia, quiso darles á
entender á todos el nombre y obra de Gobernador, para que cognosciesen
que ya el Almirante allí no tenia nada en la jurisdiccion, y que sólo
él habia de tener la gobernacion, y les podia en todo mandar y vedar,
no solamente á ellos, pero tambien al Almirante, como á su súbdito,
para lo cual, otro dia, mártes, 25 del mismo mes de Agosto, acabada la
misa, saliéndose á la puerta de la iglesia, estando presentes D. Diego
y Rodrigo Perez, y todos los demas, porque en estos dias era grande la
devocion que todos tenian de oir y ver novedades, y por eso ninguno ó
pocos faltaban á la misa, sacó el Comendador otra Patente ó provision
Real, y mandóla leer y notificar en presencia de todos, la cual decia
así:

«D. Hernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios, etc.: A vos, los
Concejos, Justicias, Regidores, Caballeros y Escuderos, Oficiales y
homes buenos de todas las islas y tierra firme de las Indias, y á
cada uno de vos, salud y gracia: Sepades que Nos, entendiendo ser
así complidero al servicio de Dios y nuestro, y á la ejecucion de
la nuestra justicia y á la paz y sosiego y buena gobernacion desas
dichas islas y tierra firme, nuestra merced y voluntad es, que el
comendador Francisco de Bobadilla tenga, por Nos, la gobernacion y
oficio del Juzgado desas dichas islas y tierra firme, por todo el
tiempo que nuestra merced y voluntad fuere, con los oficios de justicia
y jurisdiccion civil y criminal, Alcaldias y alguacilazgos dellas, por
que vos mandamos á todos y á cada uno de vos, que luego, vista esta
nuestra Carta, sin otra alegacion ni tardanza ni jusion, recíbades
del dicho Comendador el juramento y solemnidad que en tal caso se
acostumbra hacer, el cual por él hecho, le rescibais por nuestro Juez
Gobernador desas dichas islas y tierra firme, y lo dejeis y consintais
libremente usar y ejercer el dicho oficio de Gobernador, y cumplir y
ejecutar la nuestra justicia en esas dichas islas y tierra firme, y en
cada una dellas, por sí y por sus Oficiales y Lugares tenientes, que
es nuestra merced que los dichos oficios de Alcaldias y alguacilazgos,
y otros oficios á la dicha gobernacion anejos, pueda poner, los cuales
pueda quitar y remover, cada y cuando viere que al nuestro servicio
y á la ejecucion de la nuestra justicia cumpla, y poner y subrogar
otros en su lugar, y oir y librar y determinar, y oigan y libren y
determinen todos los pleitos y causas, así civiles como criminales,
que en las dichas islas y tierra firme están pendientes, comenzados y
movidos, y se movieren y comenzaren de aquí adelante cuando por Nos el
dicho oficio trujere, y haber y llevar los salarios acostumbrados y
á los dichos oficios justamente pertenecientes, y se hagan cualquier
pesquisas en los casos de derecho, permisos y todas las otras cosas
al dicho oficio pertenecientes, y que entienda él, ó quien su poder
hobiere, que á nuestro servicio y á la ejecucion de nuestra justicia
cumpla; y para usar y ejercer el dicho oficio, y cumplir y ejecutar
la nuestra justicia, todos vos conformedes con él, y, con vuestras
personas y gentes, le dedes y fagades dar todo el favor y ayuda que vos
pidiere y menester hobiere, y que en ello, ni en parte dello, embargo
ni contrario alguno le non pongades ni consintades poner, ca Nos, por
la presente, le rescibimos y habemos por rescibido al dicho oficio
y al uso y ejercicio dél, y le damos poder cumplido para lo usar y
ejercer y cumplir, y ejecutar la nuestra justicia en las dichas islas
y tierra firme, y en cada una dellas, caso que por vosotros, ó por
alguno de vos, no sea rescibido. Y, por esta nuestra Carta, mandamos
á cualesquier persona ó personas que tienen las varas de nuestra
justicia y de los oficios de Alcaldias y alguacilazgos de todas las
dichas islas y tierra firme, y de cada una dellas, que luego que por
el dicho comendador, Francisco de Bobadilla, fueren requeridos, se las
entreguen y no usen más dellas sin nuestra licencia y especial mandado,
so las penas en que caen é incurren las personas privadas que usan de
oficios públicos para que no tienen poder ni facultad, ca Nos por la
presente los suspendemos y habemos por suspensos. Y otrosi es nuestra
merced, que si el dicho comendador Francisco de Bobadilla entendiere
ser cumplidero á nuestro oficio y á la ejecucion de nuestra justicia,
que cualesquier caballeros y otras personas de los que agora están y
de aquí adelante en las dichas islas y tierra firme, salgan dellas
y que no entren ni estén en ellas, y que se vengan y presenten ante
Nos, que lo él pueda mandar de nuestra parte y los haga dellas salir;
á los cuales, y á quien lo él mandáre, Nos por la presente mandamos,
que luego, sin sobre ello nos requerir ni consultar, ni esperar
otra nuestra Carta ni mandamiento, y sin interponer dello apelacion
ni suplicacion, lo pongan en obra, segun que lo él dijere y mandáre,
so las penas que les pusiere de nuestra parte, las cuales, Nos, por
la presente, les ponemos y habemos por puestas, y le damos poder y
facultad para las ejecutar en los que remisos é inobedientes fueren, y
en sus bienes. Para lo cual todo, que dicho es, y para cada una cosa
y parte dello, y para usar y ejercer el dicho oficio, y cumplir y
ejecutar la nuestra justicia en esas dichas islas y tierra firme, y en
cada una dellas, le damos, por esta nuestra Carta, poder cumplido, con
todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades, etc.
Dada en la noble villa de Madrid, á 21 dias del mes de Mayo, año del
nascimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1499 años.—Yo el Rey.—Yo
la Reina.—Yo Miguel Perez de Almazán, Secretario, etc.»

Despues de leida la susopuesta Carta, juró en forma de derecho, y
hizo la solemnidad que se requeria, el Comendador, como los Reyes lo
mandaban; y luego requirió al don Diego y á Rodrigo Perez, teniente
del Almirante, y á la otra gente que allí estaba, que la obedeciesen y
cumpliesen, y que, en cumplimiento della, el dicho D. Diego y Rodrigo
Perez le diesen y entregasen los presos que tenian para ahorcar, en la
fortaleza, con los procesos que contra ellos habia. Respondieron D.
Diego y Rodrigo Perez, que la obedecian como á Carta de sus Reyes y
señores, y, cuanto al cumplimiento, que decian lo que dicho tenian á
la primera, que ellos no tenian poder del Almirante para cosa ninguna,
y que otras Cartas y poderes tenia el Almirante más firmes y fuertes
que aquella. Y porque parecia que la gente ponia duda en todas las
provisiones y requerimientos dichos, para provocalla y atraella más á
sí, y quitalle el temor que sospechaba que tenian del Almirante y de
sus hermanos, y porque lo que más ansiaban, por entónces, era que se
les pagase lo que se les debia del sueldo, y pagárselo era para ellos
alegrísima nueva, y que les podia mover á negar al Almirante, aunque
mucho le quisiesen, mandó leer en presencia de todos las Provision y
Cédula que se siguen:

«D. Fernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios, etc.: A vos, D.
Cristobal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, de todas las
islas y tierra firme de las Indias, y á vos, los hermanos del dicho
Almirante, que estais en ellas, y á otras cualesquier personas en cuyo
poder están las fortalezas, y casas, y navíos, y armas, y pertrechos,
y mantenimientos, y caballos, y ganados, y otras cualesquier cosas
nuestras, que Nos tenemos en las dichas islas y tierra firme, y á
cada uno de vos, salud y gracia: Sepades que Nos enviamos por nuestro
Gobernador desas islas y tierra firme, al comendador Francisco de
Bobadilla, y es nuestra merced y voluntad, que el tiempo que él tuviere
por Nos el dicho oficio, tenga por Nos y en nuestro nombre las dichas
fortalezas, y casas y navíos, y las otras cosas susodichas, por que vos
mandamos á todos y á cada uno de vos, que luego que con esta nuestra
Carta fuéredes requeridos, que, sin otra excusa ni dilacion alguna,
dedes y entreguedes y fagades dar y entregar las dichas fortalezas, y
casas, y navíos, y armas, y pertrechos, y mantenimientos, y caballos,
y ganados, y otras cualesquier cosas nuestras que Nos tenemos en
las dichas islas y están en vuestro poder, al dicho Comendador ó á
las personas ó persona que su poder tuvieren para las rescibir, y
lo apodereis en lo alto y bajo, y fuerte de las dichas fortalezas,
y casas, y navíos, y en todo lo otro susodicho, á toda su voluntad;
lo cual, todo, mandamos al dicho Comendador que tome y resciba por
inventario, y ante Escribano público, y no acuda con ello ni con cosa
alguna, ni parte dello á persona alguna sin nuestra licencia especial:
lo cual todo vos mandamos que hagades y cumplades, no embargante que
en la dicha entrega de las dichas fortalezas no intervenga portero
cognoscido de nuestra Casa, ni las otras solemnidades ni cosas que
en tal caso se requieren. Y haciéndolo y cumpliéndolo así, Nos, por
la presente, vos alzamos cualquier pleito homenaje, y seguridad, y
solemnidad que á Nos ó á otra cualquier persona tengais fecho, y
vos damos por libres y quitos de todo ello, á vosotros y á vuestros
descendientes, y á vuestros bienes, y á los suyos, para agora y para
siempre jamás; lo cual, todo, vos mandamos que fagades, so pena de caer
en mal caso, y en las otras penas y casos en que caen y incurren los
que no entregan fortalezas y otras casas, siéndoles demandadas por su
Rey y Reina, y señores naturales, y los unos y los otros no fagades ni
fagan ende al, por alguna manera, so pena de la nuestra merced, y de
10.000 maravedís para la nuestra Cámara, etc. Dada en la noble villa
de Madrid, á 21 dias del mes de Mayo, año del nascimiento de Nuestro
Salvador, Jesucristo, de 1499 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina, etc.»

«Comendador Francisco de Bobadilla: Por que de la gente que ha estado
y está en las islas y tierra firme de las Indias, á donde vais por
nuestro mandado, ha estado y está alguna á nuestro sueldo, y la otra
está á cargo de pagar del Almirante, segun lo que con él se asentó por
nuestro mandado, y nuestra merced es que la que fuere á nuestro cargo,
hasta agora, y la que agora llevais á nuestro sueldo, se pague de lo
que se ha cogido y cobrado, y se cogiere y cobrare en las dichas islas
de aquí adelante, y pertenece y perteneciere á Nos; vos mandamos que
averigüeis la gente que ha estado á nuestro sueldo hasta aquí, y lo que
le fuere debido de su sueldo, y, así averiguado, lo pagueis, con la
gente que agora llevais, de lo que se ha cogido para Nos en las dichas
islas, y cogiéredes y cobráredes de aquí adelante; y la que halláredes
que es á cargo de pagar del dicho Almirante la pague él, por manera
que la dicha gente cobre lo que le fuere debido, y no tenga razon de
quejarse, para lo cual, si necesario es, vos damos poder cumplido por
esta nuestra Cédula, y no fagades ende al. De Sevilla, á 30 dias de
Mayo, de 500 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina, etc.»



CAPÍTULO CLXXX.


Leidas esta Carta y Cédula reales, mucho gozo rescibieron los que
llevaban sueldo del Rey, porque esperaban ser pagados, y se ofrecieron
á todo lo que el Comendador mandase de parte de Sus Altezas, porque
no pudiera por entónces venirles otra mejor nueva. Tornó de nuevo una
y más veces el Comendador á requerir á D. Diego y á Rodrigo Perez,
teniente del Almirante, y á otros Alcaldes, si alguno más habia,
que le diesen los presos y los procesos, y que él queria determinar
su justicia como los Reyes le mandaban, donde no que protestaba de
sacallos por fuerza; á todo y todas las veces respondia D. Diego y
Rodrigo Perez, que obedecian las provisiones y Cédula de Sus Altezas,
pero que, cuanto al cumplimiento, no tenian poder para los dar,
por estar presos por el Almirante, y que el Almirante tenia otras
mejores y más firmes Cartas y poderes que él traia, etc. De aquí
fué á la fortaleza, y mandó que las provisiones se notificasen al
Alcaide, que era Miguel Diaz, el cual se paró entre las almenas, y
oida, y recognoscidas las firmas y sello de los Reyes, desde arriba,
y requerido que diese los presos y la fortaleza, como los Reyes lo
mandaban, respondió que le diesen traslado dellas: dijo el Comendador,
que no era tiempo, ni sufria dilacion para dalle traslado, porque
aquellos presos estaban en peligro de ser ahorcados, porque, segun
habia sabido, el Almirante habia mandado que los ahorcasen, por tanto
que luego los diese y entregase, sino que él haria lo que debia hacer
hasta sacallos, por lo cual le protestaba que, si daños ó muertes
se siguiesen, fuese á su culpa, etc. Responde el Alcaide, que pedia
plazo y traslado para responder á dicha Carta, por cuanto él tenia la
dicha fortaleza por el Rey, por mandado del Almirante, su señor, el
cual habia ganado estas tierras y isla, y que viniendo él, él haria
todo lo que le mandase. Despues que vido que no tenia remedio que le
diesen los presos por los requerimientos y protestaciones y diligencias
hechas, juntó toda la gente que de Castilla traia á sueldo del Rey, é
los marineros de las carabelas, y requirióles y mandóles, y á todas
las otras personas que en la villa estaban, que fuesen con él con sus
armas, y le diesen todo el favor y ayuda, y guardasen su persona, para
entrar la fortaleza sin hacer daño en ella ni en persona alguna, si
no le fuese defendida la entrada. Luego, toda la gente, dijeron que
allí estaban prestos y aparejados para hacer todo lo que de parte de
los Reyes les mandase, con toda buena voluntad; y así, aquel mártes,
á hora de vísperas, fué con toda la gente á la fortaleza, y mandó
y requirió al Alcaide que le abriese las puertas. Paróse entre las
almenas el Alcaide, y con él, Diego de Alvarado, con las espadas
sacadas, y dijo el Alcaide que respondia lo que tenia dicho y en
ello se retificaba; y como la fortaleza no tenia tanta costilla como
Salsas, por ser hecha contra gente desnuda y sin armas, desventurada,
llegó el Comendador y la gente, y, con el gran ímpetu que dieron á la
puerta principal, quebraron luego el cerrojo y cerradura que tenia por
de dentro; puestas escalas tambien por otras partes para entrar por
las ventanas, pero no fueron necesarias porque la puerta dió libre,
luego, la entrada. El Alcaide y Diego de Alvarado, que estaban dentro,
y que se mostraron á las almenas con las espadas sacadas, ninguna
resistencia hicieron. El Comendador, luego entrando, preguntó á dónde
los presos estaban, y hallólos en una cámara, con sus grillos á los
piés; subióse á lo alto de la fortaleza, é hízolos subir allá, donde
les hizo algunas preguntas; despues los entregó con los grillos al
alguacil, Juan de Espinosa, mandándole que los tuviese á buen recaudo.
Cuando el Almirante supo la venida de Bobadilla, y lo que comenzó hacer
en Sancto Domingo y las provisiones que mostraba, y haber tomado la
fortaleza y lo demas, porque luego le avisaba de todo su hermano D.
Diego, no podia creer que los Reyes tales cosas hobiesen proveido, por
las cuales, así totalmente lo quisieron deshacer sin haber de nuevo
en cosa ofendido, ántes obligádolos con nuevos trabajos y servicios
con el descubrimiento de la tierra firme, y perlas de Paria, y otras
islas, y sospechó no fuese algun fingimiento del Bobadilla, como fué
el de Hojeda, que, para revolver la gente contra el Almirante, fingia
que traia poderes de los Reyes para gobernar con él y constreñille á
que pagase los sueldos á los que lo ganaban del Rey, como arriba en el
cap. 169 pareció. Y, ciertamente, cosa fué aquesta de gran turbacion
y sobresalto y amargura para el Almirante, y fuera para cualquiera
otra persona, por prudente que fuera, que habiendo servido de nuevo
tanto, y no delinquido hasta entónces de nuevo más de lo que Juan
Aguado habia á los Reyes notificado, el cual llevó cuanto llevar
pudo, de quejas y de los agravios que hasta entónces decian que habia
hecho á los cristianos, horribilísima y dolorosísima cosa era verse
así, sin ser oido ni vencido, de todo su estado, absolutamente, por
los Reyes tan católicos, á quien tanto tenia obligados, desposeido y
despojado; pero como arriba en algunos capítulos se ha dicho, hacello
los Reyes no fué en su mano, ántes para bien del mismo Almirante,
divinal y misericordiosamente ordenado. Y por la sospecha que hobo, de
no fuese, por ventura, otra invencion como la de Hojeda, dijeron que
habia mandado apercibir á los Caciques y señores indios, que tuviesen
apercibida gente de guerra para cuando él los llamase; porque de los
cristianos, cuanto á la mayor parte, poco confiaba, como anduviese
tras muchos á caza que andaban levantados, y cada dia temia que se le
habian de levantar más, siendo tambien tan fresco el levantamiento de
Francisco Roldan que tanto habia durado. Finalmente acordó de acercarse
á Sancto Domingo, para lo cual se vino al Bonao, 10 leguas más cerca
de la Vega donde estaba, donde estaban algunos cristianos como
avecindados, que tenian por allí labranzas que tomaban á los indios, y
otras que les forzaban á hacérselas aunque les pesase, y comenzaba ya á
llamarse la villa del Bonao. El comendador Bobadilla, que ya era y lo
llamaban á boca llena, Gobernador, despachó un Alcalde con vara, con
sus poderes y los traslados de las provisiones, la tierra adentro, para
que las notificase al Almirante y á los que por allá hallase, el cual
lo tomó ya venido al Bonao: no le escribió carta ninguna notificándole
su venida. El Almirante le escribió diciéndole que fuese bien venido,
y nunca hobo respuesta dél, lo cual fué grande descomedimiento y señal
de traer contra el Almirante propósito muy malo; y lo peor que es, que
escribió á Francisco Roldan, que estaba en Xaraguá, y á otros quizá
de los alzados, de lo que mucho el Almirante se quejaba. Notificadas
las provisiones reales, dijeron que respondió el Almirante, que él era
Visorey y Gobernador general, y que las provisiones y poderes que el
Comendador traia no eran sino para lo que tocaba á la administracion de
la justicia, y por tanto requirió al mismo Alcalde que el Comendador
enviaba, y á la otra gente del Bonao, que se juntasen con él y á él
obedeciesen en lo universal, y al Comendador en lo que le perteneciese
como á Juez y administrador de justicia, y que todo lo que respondió
fué por escrito. Desde á pocos dias llegaron, un religioso de San
Francisco, que se llamaba fray Juan de Trasierra, y Juan Velazquez,
Tesorero de los Reyes, con quien el Comendador le envió una carta de
los Reyes que decia lo siguiente:

«D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano: Nos habemos
mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador de esta, que vos
hable de nuestra parte algunas cosas que él dirá; rogamos os que le
deis fe y creencia, y aquello pongais en obra. De Madrid á 26 de Mayo
de 99 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Y por su mandado, Miguel Perez
de Almazán.»

Rescibida esta carta y platicadas muchas cosas entre él y el religioso
y el Tesorero, que fueron los mensajeros, determinó de venirse con
ellos á Sancto Domingo; entretanto, el Comendador hizo gran pesquisa
y examinacion de testigos, sobre la hacienda que era del Rey, y quién
la tenia en cargo, y lo que era del Almirante, al cual tomó las arcas
y toda la hacienda que tenia de oro, y plata, y joyas, y aderezos
de su casa, y áun se aposentó en su misma casa y se apoderó en ella
y en todo lo que del Almirante era. Tomóle ciertas piedras doradas,
que eran como madres de oro, que por tiempo se convirtieran en oro,
todas, como hemos visto muchas dellas que, partiéndose por medio, está
el oro entreverado, en unas partes más oro que piedra, y en otras
más piedra que oro, por manera que á la clara parece que toda la tal
piedra se va convirtiendo en oro; tomóle tambien las yeguas y caballos
y todo lo que más halló ser suyo, con todos los libros y escrituras
públicas y secretas que tenia en sus arcas, lo que más dolor le dió
que todo, y nunca le quiso dar una ni ninguna. Esto dijo que tomaba
para pagar el sueldo á los que se les debia, que pagarlo era á cargo
del Almirante, por las cláusulas que venian en los poderes que arriba
quedan recitados. En estos dias, toda la gente española que habia
en la Vega y en el Bonao, y en otras partes comarcanas, cuanto más
podia, se descolgaba hácia Sancto Domingo á ver al Gobernador nuevo
y gozar de las novedades. Para atraer á toda la gente á sí, mandó
apregonar franqueza del oro, conviene á saber, que todos los que
quisiesen ir á cogerlo no pagasen al Rey más de la undécima parte por
veinte años, pero caro le costó, como en el siguiente libro se verá;
la misma franqueza concedió de los diezmos que entónces se pagaban al
Rey. Item, apregonó que venia á pagar los sueldos que se les debia
por el Rey, y constreñir que pagase el Almirante los que eran á su
cargo; con estas nuevas negaban y renegaban de sus padres. Vido buen
aparejo el Comendador, como todos los más estuviesen descontentos y
muy indignados del Almirante y de sus hermanos, y lo viesen ya caido
de la Gobernacion y de su estado, y fuesen al Gobernador con quejas y
acusaciones, y representasen sus agravios; hizo de su oficio pesquisa
secreta contra él y ellos, para la cual halló á todos voluntarios y
bien aparejados. Y porque, como dice Boecio, lo primero que desmampara
á los infelices es la buena estimacion, y sucede el menosprecio y
corrimiento y disfavores, comenzando á tomar testigos, las piedras
se levantaban contra sus hermanos y él: _Quo fit ut existimatio
bona prima omnium deserat infelices. Qui nunc populi rumores, quam
dissonæ, multiplicesque sententiæ, piget reminisci. Hoc tantum
dixerim, ultimam esse adversæ fortunæ sarcinam, quod dum miseris
aliquod crímen affingitur, quæ perferunt, meruisse creduntur._ Boecio,
cuarta prosa del libro I; la cual sentencia hace harto al propósito
de la infelicidad y desdicha del Almirante, que, desque se comenzó la
pesquisa, no sólo secretamente pero pública, era acusado y vituperado,
y se decian y clamaban sus defectos, afirmando que de todo mal y pena
era dignísimo. Acusáronlo de malos y crueles tratamientos que habia
hecho á los cristianos en la Isabela, cuando allí pobló, haciendo por
fuerza trabajar los hombres sin dalles de comer, enfermos y flacos, en
hacer la fortaleza y casa suya, y molinos, y aceña, y otros edificios,
y en la fortaleza de la Vega, que fué la de la Concepcion, y en
otras partes, por lo cual murió mucha gente de hambre, y flaqueza,
y enfermedades, de no darles los bastimentos segun las necesidades
que cada uno padecia; que mandaba azotar y afrentar muchos hombres
por cosas livianísimas, como porque hurtaban un celemin de trigo,
muriendo de hambre, ó porque iban á buscar de comer. Item, porque se
iban algunos á buscar de comer, á donde andaban algunas Capitanías
de cristianos, habiéndole pedido licencia para ello, y él negándola,
y no pudiendo sufrir la hambre, que los mandaba ahorcar; que fueron
muchos los que ahorcó por ésto, y por otras causas, injustamente. Que
no consentia que se baptizasen los indios que querian los clérigos
y frailes baptizar, porque queria más esclavos que cristianos; pero
esto podia impedir justamente, si los querian baptizar sin doctrina,
porque era gran sacrilegio dar el baptismo á quien no sabia lo que
rescibia. Acusáronle que hacia guerra á los indios, ó que era causa
della injustamente, y que hacia muchos esclavos para enviar á Castilla.
Item, acusáronle que no queria dar licencia para sacar oro, por
encobrir las riquezas desta isla y de las Indias, por alzarse con ellas
con favor de algun otro Rey cristiano. La falsedad desta acusacion
está bien clara, por muchas razones arriba dichas, y algunas veces
referidas, donde parece que ántes moria y trabajaba por enviar á los
Reyes nuevas de minas ricas, y por envialles oro para suplir los gastos
que hacian; y esto tenia por principal interés y provecho suyo, porque
via que todos los que lo desfavorecian para con los Reyes no alegaban
otra causa sino que gastaban y que no recibian utilidad ninguna, y
así, estaba infamada y caida toda la estimacion deste negocio de las
Indias, de donde todo el mal y daño suyo procedia: y así, no parece
tener color de verdad este delito que le imputaban. Acusáronle más, que
habia mandado juntar muchos indios armados para resistir al Comendador
y hacelle tornar á Castilla, y otras muchas culpas é injusticias y
crueldades en los españoles cometidas, pero en la honestidad de su
persona ninguno tocó, ni cosa contra ella dijo, porque ninguna cosa
dello que decir habia; pero poca cuenta tenian los que le acusaban de
hacer mencion de las que habian ellos cometido, y él en mandallo, en
las guerras injustas y malos y asperísimos tratamientos en los tristes
indios. Y esta fué insensibilidad y bestialidad general de todos los
jueces que han venido y tenido cargo de tomar cuenta y residencia á
otros jueces en estas Indias, que nunca ponian por cargos (sino de muy
pocos años atras, hasta que fueron personas religiosas que clamaron
en Castilla), muertes, ni opresiones, ni crueldades cometidas en
los indios, sino los agravios de nonadas que unos españoles á otros
se hacian, y otras cosas, que, por graves y gravísimas que fuesen,
eran aire y accidentes livianísimos, comparadas á las más chicas que
padecian los indios, las cuales, como sustanciales, asolaban como han
asolado, todas estas Indias. Muchas destas y otras, tambien acusaron á
sus hermanos; yo vide el proceso ó pesquisa y della muchos testigos,
y los cognoscí muchos años, que dijeron las cosas susodichas. Dios
sabe las que eran verdad, y con qué razon é intencion se tomaban y
deponian, puesto que yo no dudo sino que el Almirante y sus hermanos
no usaron de la modestia y discrecion, en el gobernar los españoles,
que debieran, y que muchos defectos tuvieron, y rigores y escaseza en
repartir los bastimentos á la gente, pues no los daban los Reyes sino
para mantenimientos de todos, y que se distribuyeran segun el menester
y necesidad de cada uno, por lo cual todo cobraron contra ellos, la
gente española, tanta enemistad; pero como el Almirante y ellos, tan
perniciosamente, cerca de la entrada en estas tierras y tratamientos
destas gentes, cuyas eran, y que ni pudieron, ni supieron, ni tuvieron
á quien se quejar, erraron, no podia ser ménos, por justo juicio
divino, sino que tambien cerca de la gobernacion y tratamiento de los
españoles errasen, para que, sabiendo y pudiendo y teniendo á quien
quejarse, hobiese ocasion para cortar el hilo que el Almirante llevaba
de disminuirlas, y con quitárselas de las manos con tanta pérdida,
desconsuelo y deshonor suyo, por las culpas ya cometidas, se castigase,
y porque, al fin, otros las habian de consumir, permitiéndolo así
la divinísima justicia, por los secretos juicios que Dios se sabe,
ménos parece ser ordenado divinalmente para utilidad dellas, que del
Almirante.



CAPÍTULO CLXXXI.


El Comendador, sabiendo que el Almirante venia para Sancto Domingo,
mandó prender á su hermano D. Diego, y, con unos grillos, échalo en una
carabela de las que él habia traido, sin decille por qué ni para qué,
ni dalle cargo ni esperar ni oir descargo; llegó el Almirante y vále á
ver, y el rescibimiento que le hizo fué mandalle poner unos grillos,
y metelle en la fortaleza, donde ni él lo vido ni le habló más, ni
consintió que hombre jamás le hablase. Cosa pareció esta absurdísima,
descomedida, y detestable juntamente, y miseranda y miserable, que
una persona en tanta dignidad subida, como era Visorey y Gobernador
perpétuo de todo este orbe, y por muy remerecido renombre Almirante del
mar Océano, y que, con tantos trabajos, peligros y sudores, aquellos
títulos, por singular privilegio de Dios escogido, habia ganado, y
con mostrar al mundo este mundo, tantos siglos encubierto al mundo,
porque así lo diga y peculiarmente á los Reyes y reinos de Castilla,
con vínculo antidotal y por natural razon establecido, á perpétuo
agradecimiento habia obligado, que tan inhumana y descomedidamente,
y con tanto deshonor haya sido tratado, cosa, por cierto, indigna
de razon recta fué, y más que monstruosa. Tenia el Adelantado ya en
Xaraguá y Francisco Roldan, presos, de los que de nuevo se alzaban,
pienso que oí por aquellos tiempos decir que eran 16, metidos en
un hoyo ó pozo, para los ahorcar. Envió el Comendador á decir al
Almirante que escribiese al Adelantado que no tocase en ellos por
manera del mundo, y lo enviase á llamar, y así lo hizo, mandándole
que viniese con toda paz y obediencia á los mandamientos Reales, y no
curase de su prision, que á Castilla irian, y los Reyes remediarian
sus agravios. Llegado el Adelantado á Sancto Domingo, halló en
el Comendador el hospedaje que habia dado al Almirante. Preso el
Almirante con sus dos hermanos, y en las carabelas aherrojados, los
que más mal les querian tuvieron aparejo para cumplidamente dellos
vengarse, porque no les bastó gozarse de vellos con tanto deshonor
y abatimiento angustiados, pero áun por escrito y por palabras, con
larga licencia, de dia y de noche no cesaban, poniendo líbelos famosos
por los cantones y leyéndolos públicamente, de maldecir y escarnecer
dellos, y blasfemallos, y lo que más duro les pudo ser, que algunos
de los que esto tan temeraria é impiamente hacian, habian comido su
pan y llevado su sueldo, y eran sus criados; y, lo que no sin gran
lástima y dolor se puede ni conviene decir, cuando querian echar los
grillos al Almirante, no se hallaba presente quien por su reverencia
y de compasion se los echase, sino fué un cocinero suyo descognoscido
y desvergonzado, el cual, con tan deslavada frente se los echó, como
si le sirviera con algunos platos de nuevos y preciosos manjares. Este
yo le cogsnoscí muy bien, y llamábase Espinosa, sino me he olvidado.
Estos grillos guardó mucho el Almirante, y mandó que con sus huesos
se enterrasen, en testimonio de lo quel mundo suele dar, á los que en
él viven, por pago. Ciertamente, cosa es esta digna de con morosidad
ser considerada, para que los hombres, ni confien de sus servicios y
hazañas, ni esperen estar seguros, porque mucho tengan los Príncipes
ó Reyes por ellas obligados, porque al cabo son hombres y mudables,
y tanto más mudables, cuanto su ánimo real de muchos es golpeado, y
pocas veces complidamente á los verdaderos servicios, con mercedes
condignas satisfacen, y muchas con disfavores y amortiguada y obliviosa
gratitud las que han hecho deshacen. Por esta causa, el profeta
David clamaba: _Nolite confidere in principibus in filiis hominum in
quibus non est salus_. Sólo Dios es el que hace las mercedes y no las
impropera ni las deshace, como dice San Pablo, cuando verdaderamente
dél no nos desviamos, y el que no engaña ni puede ser engañado, aunque
tenga muchos privados. Y puesto que los católicos Reyes fuesen mucho
agradecidos á los servicios del Almirante, y les pesase, como abajo
se declarará, de su prision y el mal tratamiento que el Comendador
hizo á él y á sus hermanos, empero, en la verdad, fueron tan largos
y exorbitantes los poderes que le dieron, y pusieron en él tanta
confianza, que, si más de lo que hizo contra el Almirante y sus
hermanos hiciera, y peor de lo que los tractó los tractara, para todo
parece, por los mismos poderes, que tuvo poder y mando. Parece que
los católicos Reyes debieran exceptuar que no tocara en la persona
del Almirante, pero creo que, como cosa que de sí era manifiesta no
incluirse en los dichos poderes, segun buen juicio, y áun segun reglas
del derecho, de hacer tal excepcion no curaron. En fin, poco ménos
calamitoso fué el fruto y galardon que reportó el Almirante de sus tan
grandes trabajos, y de haber mostrado este orbe nuevo al mundo, que
hobo aquel fortísimo é industriosísimo Belisario, gran Capitan del
emperador Justiniano, el cual, despues de vencidos los persas en el
Oriente y los vándalos en Africa, y traidos en triunfo, y los godos en
Italia, y otra vez los mismos vándalos postrados y echados de Africa,
y á Totila, rey de los godos, dos veces resistido, y Roma, otra vez
que estuvo cercada un año, de los mismos godos, la descercó y envió
las llaves al Emperador, y dejando de ser Rey de los godos, porque lo
elegian por Rey y le ofrecian todo servicio y favor para que tomase el
reino de Italia, y hecho en servicio y defensa y aumento del Imperio
romano muchas otras hazañas, al cabo rescibió el galardon que suelen
haber muchas veces los varones meritísimos, que por el bien universal
se aventuran, y trabajan por las repúblicas; este fué, que como fuese
de los que no le amaban, envidiado, y levantádole que queria alzarse
con el ejército y quitar la obediencia á Justiniano, y señorearse de
Italia, no bastando que por esta sospecha que el Emperador tuvo, le
envió á llamar, él fué luego con muchos despojos y con Vittige, rey
dellos, y otros muchos presos de los godos principales, y quitada la
sospecha que tuvo el Emperador, del todo, por entónces, finalmente, ó
porque se lo tornó á renovar, ó por odio que le tuvo, no se recordando
de sus generosos y dignos servicios, le mandó sacar los ojos y privar
de cuanto tenia, de donde vino á tal estado, que hobo de mendigar por
la extrema necesidad. Esto postrero, dice Volaterano en los comentarios
de su _Anthropología_, libro XXIII; lo demas, Procopio en los libros de
la «Guerra de los godos,» y en los de la «Guerra de Persia,» y en los
de la «Guerra contra los vándalos en África,» larguísimamente lo trata,
y otros muchos, despues de él, historiadores. Al Almirante, pues, no
le mandaron sacar los ojos, ni creo que su prision, pero ya que aquel
Comendador le prendió, y con tanto deshonor en hierros le envió,
privado de todo su estado y honra, y de toda su hacienda, hermanos,
amigos y criados, como hiciera á Francisco Roldan ó á otro de los
más bajos hombres y delincuentes que con él habian estado rebelados,
nunca, miéntras vivió, los Reyes sus pérdidas y deshonra ni estado
recompensaron, ántes, habiendo añadido otros admirables acerbísimos
y muchos trabajos y peligros, en nuevos descubrimientos que despues
hizo por servilles, al fin, en gran necesidad, disfavor y pobreza,
como en el siguiente libro se dirá, murió; y lo que más amargo y más
doloroso que sacarle los ojos sintió, y con razon, fué el sobresalto
y angustia, que, cuando de la fortaleza le sacaron para llevarle al
navío, creyendo que le sacaban á degollar, rescibió. Y así, llegando
Alonso de Vallejo, un hidalgo, persona honrada, de quien luego más se
dirá, á sacalle y llevalle al navío, preguntóle, con rostro doloroso
y profunda tristeza, que mostraba bien la vehemencia de su temor:
«Vallejo ¿dónde me lleváis?» respondió Vallejo: «señor, al navío vá
vuestra señoría á se embarcar;» repitió, dudando el Almirante: «Vallejo
¿es verdad?» responde Vallejo: «por vida de vuestra señoría, que es
verdad que se vá á embarcar.» Con la cual palabra se conhortó, y cuasi
de muerte á vida resucitó. ¿Qué mayor dolor pudo nadie sentir? ¿Qué más
vehemente turbacion le pudo cosa causar? Creo que tuviera entónces por
pena liviana que los ojos le sacaran como á Belisario, si de la muerte
Vallejo le asegurara. Tan súpitamente derriballo de la dignidad de
Visorey, que á todos los gobernaba y mandaba, sin cometer, como arriba
algunas veces se ha dicho, nuevas culpas (cuanto á los españoles digo,
que eran las que por culpas se estimaban y porque le maltrataban),
ántes él habia recibido, despues que vino, ofensas y desobediencias y
daños grandes, y sin ponelle cargos ni él descargarse, á tan miserable
y abatido estado, que temiese ser, por un hombre, particular juez,
justiciado, no pudo sino incomparable materia de angustia, y amargura,
y estupenda turbacion causarle. A Francisco Roldan, autor de todos los
alborotos y levantamientos pasados, y á D. Hernando de Guevara, que
ahora se habia alzado, y á los demas que estaban para ahorcar, no supe
que penase ni castigase en nada, los cuales yo vide pocos dias despues
desto, que yo á esta isla vine, sanos y salvos, y harto más que el
Almirante y sus hermanos prosperados, si llamarse puede, aquella vida
que tenian prosperidad y no más infelicidad. Metido en la carabela ó
navío el Almirante y sus hermanos, aherrojados, dió cargo dellos el
Comendador y envió por Capitan de las dos carabelas que habia traido,
al dicho Alonso de Vallejo, mandándole, que así, con sus hierros y
los procesos ó pesquisas que hizo, los entregase al obispo D. Juan de
Fonseca en llegando á Cáliz. Este Alonso de Vallejo, persona, como
dije, prudente, hidalgo y muy honrado, y harto mi amigo, era criado de
un caballero de Sevilla, que se llamaba Gonzalo Gomez de Cervantes,
tio, segun se decia, del mismo obispo D. Juan, y de aquí debió de venir
que el comendador Bobadilla, quiso, por agradar al Obispo, dar cargo á
Vallejo que llevase preso al Almirante. Sospecha hobo harto vehemente
quel Comendador hobiese hecho tanta vejacion y mal tractamiento al
Almirante, con favor y por causa del dicho obispo D. Juan, y si así fué
no le arrendaria al señor Obispo la ganancia.



CAPÍTULO CLXXXII.


Partieron las carabelas del puerto de Sancto Domingo para Castilla,
con el Almirante preso y sus hermanos, al principio del mes de Octubre
de 1500 años. Quiso Nuestro Señor de no alargalles mucho el viaje, por
acortalles la prision, porque llegaron á 20 ó 25 dias de Noviembre á
Cáliz. En el camino, del Alonso de Vallejo y del Maestre, que dije
arriba llamarse Andrés Martin de la Gorda, por su carabela que se llamó
así, el cual creo que tambien traia mandado el recaudo del Almirante
y de sus hermanos, fué el Almirante y sus hermanos bien tratados;
quisieron quitarle los grillos, pero no consintió el Almirante hasta
que los Reyes se los mandasen quitar, y, segun en aquel tiempo oí
decir, el dicho maestre Andrés Martin, llegando á Cáliz, dió lugar que
saliese secretamente un criado del Almirante, con sus cartas para los
Reyes y para otras personas, ántes que los procesos entregase, creyendo
que los Reyes se moverian por sus cartas, rescibiéndolas primero que
las del Comendador, y proveerian lo que conviniese al Almirante, puesto
que, como católicos y agradecidos Príncipes, no dejaran, sin aquello,
de proveer lo que mandaron. No hallé original ni minuta de carta suya,
que escribiese desde Cáliz el Almirante á los Reyes; por ventura, no
quiso escribilles, sino que de otros lo supiesen, por verse así tan
afrentado por sus poderes, creyendo quizá, tambien, que de su voluntad
su prision habia sucedido. Escribió, empero, una carta larga al ama del
príncipe D. Juan, que sea en gloria, la cual mucho queria al Almirante,
y en cuanto podia lo favorecia con la Reina, y el tenor de la carta
es el siguiente, por el principio de la cual parece la llaneza del
Almirante, y la poca presuncion que de la vanidad de los títulos, de
que agora usa España, entónces habia.

«Muy virtuosa señora: Si mi queja del mundo es nueva, su uso de
maltratar; es de antiguo; mil combates me ha dado, y á todos resistí,
fasta agora que no me aprovechó armas ni avisos; con crueldad me tiene
echado al fondo; la esperanza de Aquel que crió á todos, me sostiene;
su socorro fué siempre muy presto; otra vez, y no de léjos, estando
yo más bajo, me levantó con su brazo derecho, diciendo: «¡oh hombre
de poca fe, levántate, que yo soy, no hayas miedo!» Yo vine con amor
tan entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido de servicio
de que jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra que decia
Nuestro Señor, por Sant Juan, en el Apocalipsi, despues de dicho por
boca de Isaías, me hizo mensajero, y amostró aquella parte. En todos
hobo incredulidad, y á la Reina, mi señora, dió dello el espíritu de
inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera, como á cara
y muy amada hija; la posesion de todo esto fuí yo á tomar en su real
nombre. La ignorancia en que habian estado todos, quisieron enmendallo
traspasando el poco saber á fablar en inconvenientes y gastos, Su
Alteza lo aprobaba, al contrario, y lo sostuvo hasta que pudo. Siete
años se pasaron en la plática, y nueve ejecutando cosas señaladas
y dignas de memoria, se pasaron en este tiempo; de todo no se fizo
concepto; llegué yo, y estoy que no hay nadie tan vil que no piense
de ultrajarme, por virtud se contará en el mundo, á quien puede no
consentillo. Si yo robara las Indias y tierra que fan faze en ello, de
que agora es la fabla del altar de Sant Pedro, y las diera á los moros,
no pudieran en España amostrarme mayor enemiga. ¿Quién creyera tal, á
donde hobo tanta nobleza? Yo mucho quisiera despedir del negocio, si
fuera honesto para con mi Reina, el esfuerzo de Nuestro Señor y de Su
Alteza fizo que continuase, y por aliviarle algo de los enojos en que
á causa de la muerte estaba (esto dice, porque era entónces muerto
el príncipe D. Juan), cometí viaje nuevo al nuevo cielo y mundo que
fasta entónces estaba en oculto, y sino es tenido allí en estima, así
como los otros de las Indias, no es maravilla, porque salió á parecer
de mi industria. Este viaje de Paria, creí que apaciguara algo por
las perlas, y la fallada del oro en la Española; las perlas mandé yo
ayuntar y pescar á las gentes, con quien quedó el concierto de mi
vuelta por ellas, y, á mi comprender, á medida de fanega; esto me salió
como otras cosas muchas, no las perdiera, ni mi honra, si buscara yo mi
bien propio y dejara perder la Española, ó se guardaran mis privilegios
y asientos, y otro tanto digo del oro que yo tenia agora junto, que con
tantas muertes y trabajos, por virtud divinal, he allegado á perfecto.
Cuando yo fuí á Paria, fallé cuasi la mitad de la gente en la Española,
alzados, y me han guerreado fasta agora como á moro, y los indios, por
otro cabo, gravemente[9]. En esto vino Hojeda y probó á echar el sello,
y dijo que Sus Altezas lo enviaban con promesas de dádivas y franquezas
y paga; allegó gran cuadrilla que en toda la Española muy pocos hay,
salvo vagabundos, y ninguno con mujer y fijos. Este Hojeda me trabajó
harto, y fuéle necesario de se ir, y dejó dicho que luego sería de
vuelta con más navíos y gente, y que dejaba la Real persona de la Reina
á la muerte; y en esto llegó Vicente Yañez, con cuatro carabelas; hobo
alboroto y sospecha, mas no daño. Despues, una nueva de seis otras
carabelas, que traia un hermano del Alcalde, mas fué con malicia, y
esto fué ya á la postre, cuando ya estaba muy rota la esperanza que Sus
Altezas hobiesen jamás de enviar navío á las Indias, y que vulgarmente
decia que Su Alteza..... Un Adrian, en este tiempo, probó alzarse otra
vez, como de ántes, mas Nuestro Señor no quiso que llegase á efecto
su mal propósito; yo tenia propuesto en mí de no tocar el cabello de
nadie, y á este, por su ingratitud, con lágrimas, no se pudo guardar
así como yo lo tenia pensado; á mi hermano no hiciera ménos, si me
quisiera matar y robar el señorío que mi Rey é Reina me tenian dado
en guarda. Seis meses habia que yo estaba despachado para venir á
Sus Altezas con las buenas nuevas del oro, y huir de gobernar gente
disoluta, que no teme á Dios, ni á su Rey y Reina, llena de achaques y
de malicias; ántes de mi partida supliqué tantas veces á Sus Altezas
que enviasen allá, á mi costa, quien tuviere cargo de la justicia, y
despues que fallé alzado al Alcalde, se lo supliqué de nuevo (ó por
alguna gente, ó al ménos, algun criado con cartas), porque mi fama es
tal, que aunque yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas
espeluncas para latrones. Proveyeron ya, al fin, y fué muy contrario
de lo que la negociacion demandaba; vaya en buena hora, pues que es á
su grado. Yo estuve allá dos años, sin poder ganar una provision de
favor para mí, ni por los que allá fuesen, y este llevó una arca llena;
si parirán todas á su servicio, Dios lo sabe. Ya, por comienzos, hay
franquezas por veinte años, que es la edad de un hombre, y se coge el
oro; que hobo persona de cinco marcos en cuatro horas, de que diré
despues, más largo; si pluguiese á Sus Altezas de desfacer un vulgo de
los que saben mis fatigas, que mayor daño me ha hecho el mal decir de
las gentes, que no me ha aprovechado el mucho servir y guardar facienda
y señorío, sería limosna, é yo restituido en mi honra, é se fablaria
dello en todo el mundo, porque el negocio es de calidad que cada dia
ha de ser más sonado y en alta estima. En esto vino el comendador
Bobadilla á Sancto Domingo; yo estaba en la Vega, y el Adelantado en
Xaraguá, donde este Adrian habian hecho cabeza, mas ya todo era llano,
y la tierra rica y todos en paz. El segundo dia que llegó, se crió
Gobernador y fizo oficiales y ejecuciones, y apregonó franquezas del
oro y diezmos, y, generalmente, de toda otra cosa, por veinte años,
que es la edad de un hombre; y que venia por pagar á todos, bien que
no habian servido llenamente hasta ese dia, y publicó que á mí habia
de enviar en fierros, y á mis hermanos, así como lo ha fecho, y que
nunca yo volveria más allí, ni otro de mi linaje, diciendo de mí mil
deshonestidades y descorteses cosas. Esto todo fué el segundo dia que
llegó, como dije, y estando yo léjos, absente, sin saber dél ni de
su venida; unas cartas de Sus Altezas, firmadas en blanco, de que él
llevaba una cantidad, hinchió y envió al Alcalde y á su compañía, con
favores y encomiendas; á mí nunca me envió carta ni mensajero, ni me
ha dado fasta hoy. Piense qué pensaría quien tuviere mi cargo, honrar
y favorecer á quien probó á robar á Sus Altezas y ha fecho tanto mal
y daño, y arrastrar á quien con tantos peligros se lo sostuvo[10].
Cuando yo supe esto, creí que esto sería como lo de Hojeda, ó uno de
los otros, templóme que supe de los frailes, de cierto, que Sus Altezas
lo enviaban; escribíle yo que su venida fuese en buena hora, y que yo
estaba despachado para ir á la corte y fecho almoneda de cuanto yo
tenia, y que en esto de las franquezas, que no se acelerase, que esto
y el gobierno yo se lo daria luego tan llano como la palma, y así lo
escribí á los religiosos. Ni él ni ellos me dieron respuesta, ántes
se puso él en son de guerra, y apremiaba á cuantos allí iban que le
jurasen por Gobernador, dijéronme, que por veinte años. Luego que yo
supe estas franquezas, pensé de adobar un yerro tan grande, y que él
seria contento, las cuales dió sin necesidad y causa, de cosa tan
gruesa, y á gente vagabunda, que fuera demasiado para quien trujera
mujer é hijos; publiqué por palabra y por cartas que él no podia usar
de sus provisiones, porque las mias eran las fuertes, y les mostré
las franquezas que llevó Juan Aguado. Todo esto que yo fice era por
dilatar, porque Sus Altezas fuesen sabidores del estado de la tierra,
que hobiesen lugar de tornar á mandar en ello lo que fuese de su
servicio. Tales franquezas excusado es de las apregonar en las Indias:
los vecinos que han tomado vecindad, es logro, porque se les dan las
mejores tierras, y á poco valerán 200.000 maravedís, de los cuatro
años que la vecindad se acaba, sin que den una azadonada en ellas.
No diria yo así si los vecinos fuesen casados, mas no hay seis entre
todos que no estén sobre el aviso de ayuntar lo que pudieren y se ir en
buena hora[11]. De Castilla sería bien que fuesen, y áun saber quién
y como, y se poblase de gente honrada. Yo tenia asentado con estos
vecinos que pagarian el tercio del oro y los diezmos y esto á su ruego,
y lo recibieron en grande merced de Sus Altezas; é reprendíles cuando
yo oí que se dejaban dello y esperaban que el Comendador faria otro
tanto, mas fué el contrario, indignólos contra mí, diciendo que yo les
queria quitar lo que Sus Altezas les daban, y trabajó de me los echar á
cuestas, y lo hizo, y que escribiesen á Sus Altezas que no me enviasen
más al cargo, y así se lo suplico por mí y por toda cosa mia, en cuanto
no haya otro pueblo; y me ordenó él, con ellos, pesquisas de maldades,
que al infierno nunca se supo de las semejantes. Allí está Nuestro
Señor que escapó á Daniel y á los tres muchachos, con tanto saber y
fuerza como tenia, y con tanto aparejo, si le pluguiere, como con su
gana, supiera yo remediar todo esto y lo otro de que está dicho y ha
pasado despues que estoy en las Indias, si me consintiera la voluntad
á procurar por mi bien propio, y me fuera honesto, mas el sostener de
la justicia y acrecentar el señorío de Sus Altezas fasta agora me tiene
al fondo; hoy en dia que se falla tanto oro, hay division en qué haya
mas ganancia, ó ir robando, ó ir á las minas. Por una mujer tambien
se fallan 100 castellanos, como por una labranza, y es mucho en uso,
y há ya fartos mercaderes que andan buscando muchachas; de nueve á
diez son agora en precio, de todas edades ha de tener un bueno. Digo
que la fuerza del mal decir de desconcertados, me ha hecho más daño
que mis servicios fecho provecho, mal ejemplo es por lo presente y
por lo futuro; fago juramento que cantidad de hombres han ido á las
Indias, que no merescian el agua para con Dios y con el mundo, y agora
vuelven allá. Enemistólos á ellos conmigo, y él, parece, segun se hobo
y segun sus formas, que ya lo tenia bien entendido, ó es que se dice
que ha gastado mucho por venir á este negocio; no se dello más de
lo que oigo. Yo nunca oí que el Pesquisidor allegase los rebeldes y
los tomase por testigos contra aquel que gobierna á ellos, y á otros
sin fe, ni dignos della. Si Sus Altezas mandasen hacer una pesquisa
general, allí, vos digo yo, que verian por gran maravilla como la isla
no se funde; yo creo que se acordará vuesamerced cuando la tormenta
sin velas me echó en Lisboa, que fuí acusado falsamente que habia yo
ido allá al Rey para darle las Indias; despues supieron Sus Altezas el
contrario, y que todo fué con malicia. Bien que yo sepa poco, no sé
quién me tenga por tan torpe que yo no conozca que, aunque las Indias
fuesen mias, que yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe; si
esto es así, ¿á dónde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad que en
el Rey y Reina, nuestros señores, que de nada me han puesto en tanta
honra, y son los más altos Príncipes, por la mar y por la tierra, del
mundo, y los cuales tienen que yo les haya servido, y me guardan mis
privilegios y mercedes, y, si alguien me los quebranta, Sus Altezas me
los acrescientan con aventaja, como se vido en lo de Juan Aguado, y me
mandar hacer mucha honra; y, como dije, ya Sus Altezas rescibieron de
mí servicios, y tienen mis hijos sus criados, lo que en ninguna manera
pudiera esto llegar con otro Príncipe, porque á donde no hay amor todo
lo otro cesa? Dije yo ahora así contra un mal decir, con malicia y
contra mi voluntad, porque es cosa que ni en sueños debiera allegar
á memoria, porque las formas y fechos del comendador Bobadilla, con
malicia las quiere alumbrar en esto, mas yo le faré ver con el brazo
izquierdo, que su poco saber y gran cobardía con desordenada cudicia
le ha fecho caer en ello. Ya dije como yo le escribí y á los frailes,
y luego partí, así como le dije, muy sólo, porque toda la gente estaba
con el Adelantado, y tambien por le quitar de sospecha. Él, cuando lo
supo, echó á D. Diego preso en una carabela, cargado de fierros, y á
mí, en llegando, hizo otro tanto, y despues al Adelantado cuando vino;
ni le fablé mas á él, ni consintió que hasta hoy nadie me haya fablado,
y fago juramento que no puedo pensar por qué sea yo preso. La primera
diligencia que hizo, fué á tomar el oro, el cual hobo sin medida ni
peso, é yo absente; dijo que queria él pagar dello á la gente, y segun
oí, para sí fizo la primera parte, y envia por rescate rescatadores
nuevos; deste oro tenia yo apartado ciertas muestras, granos muy
gruesos, como huevos, como de ansar ó de gallina, y de pollos, y de
otras muchas fechuras, que algunas personas tenian cogido en breve
espacio, con que se alegrasen Sus Altezas, y por ello comprendiesen
el negocio, con una cantidad de piedras grandes, llenas de oro. Este
fué el primero á se dar con malicia, porque Sus Altezas no tuviesen
este negocio en algo, que él tuviese fecho el nido de que se da buena
priesa. El oro que está por fundir, mengua al fuego, una cadena que
pesaria hasta 20 marcos, nunca se ha visto; yo he sido muy agraviado
en esto del oro, más áun que de las perlas, porque no las he traido
á Sus Altezas. El Comendador, en todo que le pareció que me dañaria,
luego fué puesto en obra. Con 600.000 maravedís pagara á todos, sin
robar á nadie, y habia más de cuatro cuentos de diezmos y alguacilazgo,
sin tocar en el oro; hizo unas larguezas que son de risa, bien que
creo que encomenzó en sí la primera parte: allá lo sabrán Sus Altezas
cuando le mandaren tomar cuenta, en especial, si yo estuviese á ella.
Él no face sino decir que se debe gran suma, y es la que yo dije, y
no tanto. Yo he sido muy agraviado en que se haya enviado Pesquisidor
sobre mí, que sepa que si la pesquisa que él enviare fuere muy grave
que él quedará en el Gobierno. Pluguiera á Nuestro Señor, que Sus
Altezas le enviaran á él ó á otro, dos años há, porque sé que yo fuera
ya libre de escándalo y de infamia, y no se me quitara mi honra, ni la
perdiera. Dios es justo, y ha de hacer que se sepa por qué y como allí
me juzgan, como Gobernador que fué á Cecilia ó ciudad ó villa puesta
en regimiento, y á donde las leyes se pueden guardar por entero, sin
temor que se pierda todo, y rescibo grande agravio. Yo debo ser juzgado
como Capitan, que fué de España á conquistar, fasta las Indias, á gente
belicosa[12], y mucha, y de costumbres y secta muy contraria, donde,
por voluntad divina[13], he puesto so el señorío del Rey y de la Reina,
nuestros señores, otro mundo, y por donde la España, que era dicha
pobre, es la más rica[14]; yo debo de ser juzgado como Capitan que de
tanto tiempo fasta hoy trae las armas á cuestas, sin las dejar una
hora, y de caballeros de conquistas, y del uso, y no de letras, salvo
si fuesen griegos, ó de romanos, ó de otros modernos, de que hay tantos
y tan nobles en España, ó, de otra guisa, rescibo grande agravio,
porque en las Indias no hay pueblo ni asiento. Del oro y perlas,
ya está abierta la puerta, y cantidad de todo, piedras preciosas y
especería, y de otras mil cosas se pueden esperar firmemente. Las
nuevas del oro, que yo dije que daria, son que, dia de Navidad, estando
yo muy afligido, guerreado de los malos cristianos y de indios, en
término de dejar todo y escapar, si pudiese, la vida, me consoló
Nuestro Señor milagrosamente, y dijo: «esfuerza, no temas, yo proveeré
en todos los siete años, del término del oro, no son pasados, y en
ellos y en lo otro, te dará remedio»: ese dia supe que habia 80 leguas
de tierra, y en todas, cabo ellas, minas: el parecer agora, es que sea
todavía. Algunos han cogido 120 castellanos en un dia, y otros 90, y se
han cogido fasta 250, y 50 fasta 70, y otros muchos de 20 fasta 50; es
tenido por buen jornal, y muchos lo continúan, el comun es de 6 fasta
12, y quien de aquí abaja no va contento. Parece tambien que estas
minas son como las otras, que responden en los dias no igualmente, las
minas son nuevas, y los cogedores; el parecer de todos es que, aunque
vaya allá toda Castilla, que, por torpe que sea la persona, que no
abajará de un castellano ó dos cada dia, y agora es esto así en fresco;
es verdad que el que tiene algun indio[15] coge esto, mas el negocio
consiste en el cristiano[16]. Ved qué discrecion fué de Bobadilla
dar todo por ninguno, y cuatro cuentos de diezmos, sin causa ni ser
requerido, sin primero lo notificar á Sus Altezas; y el daño no es este
sólo. Yo sé que mis yerros no han sido con fin de facer mal, y creo
que Sus Altezas lo tienen así, como yo lo digo, y sé y veo que usan de
misericordia con quien maliciosamente les sirve: yo creo y tengo por
muy cierto, que muy mejor y más piedad habrán conmigo, que caí en ello
con inocencia y forzosamente, como sabrá despues por entero, y el cual
soy su fechura, y mirarán á mis servicios y cognoscerán de cada dia que
son muy aventajados. Todo pornán en una balanza, así como nos cuenta
la Sancta Escritura que será el bien con el mal en el dia del juicio.
Si todavía mandan que otro me juzgue, lo cual no espero, y que sea por
pesquisa de las Indias, humilmente les suplico que envien allá dos
personas de consciencia y honrados, á mi costa, los cuales fallarán de
ligero agora que se halla el oro cinco marcos en cuatro horas; con esto
y sin ello, es necesario que lo provean. El Comendador, en llegando
á Sancto Domingo, se aposentó en mi casa; así como la falló, así dió
todo por suyo. Vaya en buena hora, quizá lo habia menester; corsario
nunca tal usó con mercader. De mis escrituras tengo yo mayor queja,
que así me las haya tomado, que jamás se le pudo sacar una, y aquellas
de más mi disculpa, esas tenia más ocultas; ved qué justo y honesto
Pesquisidor. Cosa de cuantas él haya hecho, me dicen que haya seido
con término de justicia, salvo absolutamente. Dios, Nuestro Señor,
está con sus fuerzas, como solia, y castiga en todo cabo, en especial
la ingratitud de injurias.» Esto, así todo, contenia la carta del
Almirante para el ama del Príncipe.



CAPÍTULO CLXXXIII.


Ciertamente, graves angustias padeció el Almirante, y agravios, parece
que le hizo el Comendador, muy grandes, y, si fuese cierto que el
fin de los hombres, felice ó desastrado, testifica estos ó aquellos
pecados, bien podriamos decir, que, porque los Reyes le habian enviado,
no le habian de castigar por estas cosas de que se queja el Almirante,
si ante los Reyes fueran culpables; por ellas quiso Dios por su mano
castigallo, porque se ahogó en la mar, salido de Sancto Domingo, como
se dirá en el libro siguiente, porque así lo diga, cuasi á cien pasos.
Pero esto no es cosa cierta, como el juicio Divino sea profundo, y
considere los méritos de los hombres muy diferentemente del humano;
porque muchas veces dá Dios, por el abismo de su sabiduría y bondad,
fin á algunos, que parece malo, y no por los pecados que acá juzgamos,
sino por las virtudes que aquellos tuvieron, por las cuales merecieron
que lo que por otras sus culpas habian de penar con mayor costa en la
otra, en esta vida lo pagasen; á otros suele conceder airados fines ó
acabamientos, segun el juicio de los hombres, gloriosos, por pagalles
acá algunas buenas obras que viviendo hicieron, porque no merecieron
que en el siglo venidero se les remunerasen, y estos se cuentan con los
malaventurados.

Tornando al propósito, como los Reyes, que á la sazon estaban en
Granada, supieron la llegada y prision del Almirante y de sus hermanos,
la cual debian saber, lo primero, del ama del Príncipe, porque á ella
debia de enviar el Almirante su criado, y tambien por carta del Alonso
de Vallejo, ó del corregidor de Cáliz; hobieron mucho pesar de que
viniese preso y mal tractado, y proveyeron luego que lo soltasen, y,
segun oí decir, mandáronle proveer de dineros con que viniese á la
corte, y áun que fueron los dineros 2.000 ducados; mandáronle escrebir
que se viniese á la corte, á donde llegó él y sus hermanos, á 17 de
Diciembre, y los recibieron muy benignamente, mostrando compasion de
su adversidad y trabajos, dándoles todo el consuelo que al presente
pudieron dalles, en especial al Almirante, certificándole que su
prision no habia procedido de su voluntad, y con palabras muy amorosas
é eficaces le prometieron que mandarian deshacer y remediar sus
agravios, y que en todo y por todo sus privilegios y mercedes, que le
habian hecho, le serian guardados; y en esto, la serenísima Reina era
la que se aventajaba en consolalle y certificalle su pesar, porque,
en la verdad, ella fué siempre la que más que el Rey lo favoreció y
defendió, y así el Almirante tenia en ella principalmente su esperanza.
Él, no pudiendo hablar por un rato, lleno de sollozos y lágrimas,
hincado de rodillas, mandáronle levantar; comienza su plática, harto
dolorosa, mostrando y afirmando el entrañable amor y deseo que siempre
tuvo de les servir con toda fidelidad, y que nunca, de propósito ni
industria, hizo cosa en que ofender su servicio pensase, y si por
yerros algunas obras suyas eran estimadas y juzgadas, no las habia
hecho sino con no alcanzar más, y siempre creyendo que hacia lo
que debia, y en hacerlo que acertaba. Que sea verdad lo susodicho,
cerca de no haber sido la prision del Almirante hecha por voluntad y
mandado de los Reyes, sino por sólo querer y auctoridad del comendador
Bobadilla, y que hobiese á Sus Altezas della mucho pesado, mostráronlo
bien expresamente los Reyes católicos, en una su real Carta que le
escribieron de Valencia de la Torre, cuando estaba de partida para su
cuarto viaje, de que abajo se dirá. Entre otras cosas, dice así en un
capítulo de la dicha Carta:

«Cuanto á lo otro contenido en vuestros memoriales y letras, tocante
á vos, y á vuestros hijos y hermanos, porque como vedes, á causa que
Nos estamos en camino y vos de partida no se puede entender en ello
fasta que paremos de asiento en alguna parte, é si esto hobiésedes
de esperar, se perderia el viaje á que agora vais, por esto es mejor,
que, pues de todo lo necesario para vuestro viaje estais despachado,
vos partais luego sin detenimiento, y quede á vuestro hijo el cargo
de solicitar lo contenido en los dichos memoriales. Y tened por
cierto, que de vuestra prision nos pesó mucho, y bien lo vistes vos
y lo cognoscieron todos claramente, pues que luego que lo supimos lo
mandamos remediar; y sabeis el favor con que vos habemos mandado tratar
siempre, y agora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien, y
las mercedes que vos tenemos fechas vos serán guardadas enteramente,
segun forma y tenor de nuestros privilegios, que dellas teneis, sin ir
en cosa contra ellas. Y vos y vuestros hijos gozareis dellas, como es
razon y, si necesario fuere confirmarlas de nuevo, las confirmaremos, y
á vuestro hijo mandaremos poner en la posesion de todo ello, y en más,
que esto tenemos voluntad de vos honrar y facer mercedes; y de vuestros
fijos y hermanos. Nos ternemos el cuidado que es razon. Y todo esto
se podrá facer yéndovos en buena hora, y quedando el cargo á vuestro
fijo, como está dicho, y así vos rogamos que en vuestra partida no haya
dilacion. De Valencia de la Torre á 14 dias de Marzo de 502 años.—Yo
el Rey.—Yo la Reina, etc.»

Asaz manifiesto parece, por estas palabras reales, no haber procedido
de su voluntad, ni haberle dado poder al Comendador para la prision
del Almirante y de sus hermanos, y haberles en gran manera, della y de
su mal tractamiento, pesado, y parece que, para en cuenta y recompensa
della y descargo suyo, los felices Príncipes le escribian y hacian
estas palabras como regalos. Por consiguiente, parece que el Comendador
excedió y fué muy descomedido en gran manera contra la honra, persona y
hacienda del Almirante y sus hermanos; sólo me parece que aquí debemos
considerar, juzgando este negocio por las altísimas causas donde
conviene ir á parar, que ni en mano de los Reyes, ni del comendador
Bobadilla, ni de los que al Almirante acusaron, ni tampoco por los
agravios que á los españoles hacia, que como arriba tocamos, quizás los
castigos y daños hechos, que á muchos dicen que hizo, los merecian por
sus delitos, insultos ó inobediencias y pecados, que los por hacer eran
remediables, mayormente con haber escrito é importunado á los Reyes
que enviasen acá quien la justicia administrase, sino solamente por
la disposicion divina que quiso preservalle de muchos mayores males,
que, con la ignorancia que tuvo, á estas gentes inocentes hiciera, como
arriba tambien habemos tocado, determinó de le privar, como al cabo le
privó, de todo su estado, no sólo en su persona, pero tambien en sus
herederos y sucesores, como parecerá adelante. Señal y conjetura, segun
la divina Escriptura y sentencia de los Sanctos averiguada, de tenello
Dios contado en el número de los predestinados; y ¡guay de aquellos
que la divina permision escojió para castigo y azote destas miserables
naciones, y en el tal oficio los olvida y perseveran hasta que la vida
se les acaba!

Y con esto, á gloria y honra de Dios, y para provecho de las ánimas, y
testimonio de la verdad de las cosas que en estas Indias han pasado,
que es el fin destos nuestros voluntarios trabajos, queremos dar
conclusion al primer libro desta nuestra historia, para que, así como
este libro tuvo principio y comienzo de los principios que contamos,
y que tuvo en las cosas destas Indias el Almirante, lo cerremos, y
asimismo tenga su fin, en lo tocante al Almirante. Por lo cual damos
á nuestro Dios y Señor, no cuantas debemos, pero al ménos las que
podemos, y estas querriamos que fuesen innumerables é infinitas,
gracias.


                         FIN DEL TOMO SEGUNDO.



                                ÍNDICE.


                                                                Páginas.

  ADVERTENCIA PRELIMINAR.     V

  LIBRO PRIMERO—Capítulo LXXXIII.                                      1

  Cap. LXXXIV.                                                         5

  Cap. LXXXV.                                                          9

  Cap. LXXXVI.                                                        12

  Cap. LXXXVII.                                                       16

  Cap. LXXXVIII.                                                      20

  Cap. LXXXIX.—En el cual se tracta como el Almirante envió á un
  Alonso de Hojeda con 15 hombres á descubrir la tierra, y saber de
  las minas de Cibao.—Como recibian los indios á los cristianos
  con mucha alegría.—Volvió Hojeda con nuevas de oro.—Alegróse el
  Almirante y toda la gente.—Como despachó el Almirante, de los
  17, los 12 navíos para Castilla, con la relacion larga para los
  Reyes; y á quién envió por Capitan dellos, etc.                     24

  Cap. XC.—En el cual se tracta como el Almirante salió por la
  tierra, con cierta gente española.—Dejó la gobernacion de la
  Isabela á su hermano D. Diego.—Como salió en forma de guerra,
  y así entraba y salia en los pueblos para mostrar su potencia
  y poner miedo en la gente indiana.—Como se quiso amotinar
  un contador, Bernal de Pisa, y hurtar ciertos navíos.—Los
  recibimientos que hacian los indios al Almirante y á los
  cristianos.—De su bondad y simplicidad en la manera que
  tenian.—De la hermosura de la vega á que puso nombre la Vega
  Real.—Los rios tan grandes y hermosos que habia, y el oro que en
  ellos se hallaba, etc.                                              27

  Cap. XCI.—En el cual se tracta como el Almirante subió á la
  provincia de Cibao, y de la etimología della, segun la lengua
  de los indios; de su hermosura, puesto que es aspérrima; los
  admirables y graciosísimos rios que tiene; los pinos infinitos
  de que está adornada; de su sanidad, salubérrimas aguas y
  aires, y alegría; del grandor della.—De los recibimientos y
  servicios que los indios en los pueblos le hacian.—Como en
  un gracioso rio y tierra halló minas de oro y de azul, y de
  cobre, y de ámbar, y especería.—Edificó una fortaleza.—De
  unos nidos de aves que hallaron en las cavas que hicieron,
  de que el Almirante se admiró, de lo cual tomó ocasion el
  auctor de decir como pudieron estar sin podrirse, y descubre
  muchos secretos de naturaleza.—Colige argumento de ser antiguas
  en estas tierras estas gentes.                                      33

  Cap. XCII.—En el cual se tracta como halló el Almirante la gente
  cristiana muy enferma, y muerta mucha della.—Como por hacer
  molinos y aceñas compelió á trabajar la gente, y por la tasa
  de los mantenimientos, que ya muy pocos habia, comenzó á ser
  aborrecido, y fué principio de ir siempre su estado descreciendo
  y áun no habiendo crecido.—De los que mucho daño le hicieron fué
  fray Buil, el legado que arriba se dijo.—Persuádese no tener
  hasta entónces el Almirante culpas por qué lo mereciese.—Dícense
  muchas angustias que allí los cristianos, de hambre, padecieron,
  y como morian cuasi desesperados.—De cierta vision que se
  publicó que algunos vieron.—Como vino mensajero de la fortaleza
  que un gran señor venia á cercarla.—De lo que el Almirante por
  remedio hizo.                                                       40

  Cap. XCIII.—En el cual se tracta como Alonso de Hojeda salió de
  la Isabela con 400 hombres, para poner miedo á la gente de la
  tierra y sojuzgarla.—Como en llegando á un pueblo, pasado el Rio
  del Oro, prendió un Cacique y señor, y á su hermano y sobrino por
  una cosa que hizo un indio.—Como cortó las orejas á un vasallo
  del mismo Cacique en su presencia.—Como condenó á muerte á los
  mismos, Cacique, hermano y sobrino.—Dánse razones como ya tenian
  los indios justa guerra contra los cristianos.—Cuán culpable
  fué deste hecho el Almirante, y cuan al revés entró y comenzó en
  estas tierras del camino de la ley evangélica, etc.                 45

  Cap. XCIV.—En el cual se tracta como el Almirante determinó
  de ir á descubrir, como los Reyes le habian mucho encargado,
  cuando volvió el segundo viaje.—Como constituyó un Presidente
  y un Consejo para el regimiento desta isla.—Como partió de la
  Isabela y llegó á Cuba, por la parte del Sur.—Llegó á surgir á
  un puerto.—Vinieron á los navíos muchos indios á traer á los
  cristianos de lo que tenian, estimando que habian venido del
  cielo.—Como desde allí descubrió la isla de Jamáica; púsole
  nombre Santiago.—Salieron muchas canoas de indios, con alegría,
  para los navíos.—En un puerto salieron de guerra, queriendo
  impedir á los cristianos la entrada.—Como lo hacian con razon
  y justicia.—Como los cristianos asaetearon á ciertos indios,
  y cuan mal hecho fué, y como no se habian de ganar por esta
  vía.—Como no se han de hacer males por algun fin bueno, aunque
  salgan dellos bienes.                                               49

  Cap. XCV.—En el cual se cuenta como el Almirante dejó á Jamáica
  y tornó sobre la isla de Cuba.—De un indio, que, dejados sus
  parientes, llamando, se quiso ir con los cristianos.—Como
  yendo por la costa de Cuba abajo tuvo grandes aguaceros y bajos
  para encallarle los navíos, donde padecieron grandes trabajos y
  peligros.—Hallaron infinitas islas pequeñas; púsoles nombre el
  Jardin de la Reina.—Vieron unas aves coloradas de la manera y
  hechura de grullas.—Vieron grullas, muchas tortugas, y de cierta
  pesquería dellas.—De la mansedumbre de los indios.—Toparon
  otros indios mansísimos.—Detuvo uno.—Informóle ser isla Cuba, y
  nuevas que le dió de un Cacique que habla por señas á su gente,
  sin ser mudo.—De otros peligros que por allí padecieron.            54

  Cap. XCVI.—En el cual se tracta como determinó el Almirante
  dar la vuelta para la Española.—De las leguas que descubrió
  de Cuba.—Que halló por las reglas de la Astronomía, como se
  halló de Cáliz tantas otras por la esfera.—Encalló con los
  navíos, padeció grandes angustias.—Del olor de estoraque que
  sintieron.—De un indio viejo que vino á hablar al Almirante, y
  de un teológico razonamiento que le hizo cerca de la otra vida;
  cosa es muy notable, aunque breve, por ser dicha por un indio.      59

  Cap. XCVII.                                                         64

  Cap. XCVIII.                                                        68

  Cap. XCIX.                                                          70

  Cap. C.                                                             72

  Cap. CI.                                                            78

  Cap. CII.                                                           82

  Cap. CIII.—En el cual se tracta de la llegada á Castilla, con
  los 12 navíos, de Antonio de Torres.                                90

  Cap. CIV.                                                           96

  Cap. CV.                                                           101

  Cap. CVI.                                                          105

  Cap. CVII.                                                         108

  Cap. CVIII.                                                        113

  Cap. CIX.                                                          116

  Cap. CX.                                                           120

  Cap. CXI.                                                          124

  Cap. CXII.                                                         128

  Cap. CXIII.                                                        134

  Cap. CXIV.                                                         138

  Cap. CXV.                                                          143

  Cap. CXVI.                                                         147

  Cap. CXVII.                                                        150

  Cap. CXVIII.                                                       155

  Cap. CXIX.                                                         160

  Cap. CXX.                                                          164

  Cap. CXXI.                                                         170

  Cap. CXXII.                                                        176

  Cap. CXXIII.                                                       180

  Cap. CXXIV.                                                        184

  Cap. CXXV.—Este capítulo prosigue las mercedes que los Reyes le
  hicieron este año de 1497.                                         190

  Cap. CXXVI.                                                        196

  Cap. CXXVII.                                                       201

  Cap. CXXVIII.                                                      207

  Cap. CXXIX.                                                        212

  Cap. CXXX.                                                         220

  Cap. CXXXII.                                                       226

  Cap. CXXXIII.                                                      231

  Cap. CXXXIV.                                                       237

  Cap. CXXXV.                                                        241

  Cap. CXXXVI.                                                       245

  Cap. CXXXVII.                                                      253

  Cap. CXXXVIII.                                                     259

  Cap. CXXXIX.                                                       264

  Cap. CXL.                                                          268

  Cap. CXLI.                                                         275

  Cap. CXLII.                                                        280

  Cap. CXLIII.                                                       286

  Cap. CXLIV.                                                        290

  Cap. CXLV.                                                         297

  Cap. CXLVI.                                                        302

  Cap. CXLVII.                                                       307

  Cap. CXLVIII.                                                      310

  Cap. CXLIX.                                                        314

  Cap. CL.                                                           318

  Cap. CLI.                                                          322

  Cap. CLII.                                                         326

  Cap. CLIII.                                                        329

  Cap. CLIV.                                                         335

  Cap. CLV.                                                          340

  Cap. CLVI.—El cual trata del principio de donde hobo su orígen
  y procedió el repartimiento de los indios, que llamaron despues
  encomiendas, que han destruido estas Indias, donde se prueba
  que nunca los indios jamás se dieron para que los españoles los
  enseñasen, sino para que se sirviesen dellos y aprovechasen.       346

  Cap. CLVII.                                                        352

  Cap. CLVIII.                                                       355

  Cap. CLIX.                                                         360

  Cap. CLX.                                                          366

  Cap. CLXI.                                                         372

  Cap. CLXII.                                                        377

  Cap. CLXIII.                                                       381

  Cap. CLXIV.                                                        389

  Cap. CLXV.                                                         397

  Cap. CLXVI.                                                        402

  Cap. CLXVII.                                                       409

  Cap. CLXVIII.                                                      416

  Cap. CLXIX.                                                        421

  Cap. CLXX.                                                         428

  Cap. CLXXI.                                                        435

  Cap. CLXXII.                                                       441

  Cap. CLXXIII.                                                      448

  Cap. CLXXIV.                                                       453

  Cap. CLXXV.                                                        460

  Cap. CLXXVI.                                                       466

  Cap. CLXXVII.                                                      472

  Cap. CLXXVIII.                                                     477

  Cap. CLXXIX.                                                       482

  Cap. CLXXX.                                                        488

  Cap. CLXXXI.                                                       496

  Cap. CLXXXII.                                                      501

  Cap. CLXXXIII.                                                     511



FOOTNOTES:

[1] Aquí falta medio renglon, cortado al encuadernarse el manuscrito.

[2] A este y á los siguientes capítulos, hasta el 102, les falta el
Sumario.

[3] Á este y á los siguientes capítulos, hasta el 124, les falta el
Sumario.

[4] Desde este hasta el 182, y último de la primera parte, no hay más
Sumario que el del capítulo 156.

[5] Esta palabra no pude sacar en limpio del original del mismo
Almirante. (_Nota puesta al márgen, aunque no de letra de Las Casas._)

[6] Estas obligaciones fueron violentas y tiránicas, y nunca de su
voluntad hicieron ni supieron obligarse ni á qué se obligaban, ni
podian de derecho natural y de las gentes obligarse, los súbditos
sin sus Reyes, ni los Reyes sin sus súbditos, y esto nunca lo hobo.
(_Idem_, _id._)

[7] Bien creo yo cierto que se tuvo poco cuidado y miramiento en
aquellos tiempos al salvar estas ánimas, ni se tuvo esto por fin último
y principal, como debiera tenerse. (_Nota al márgen, aunque no de letra
de Las Casas._)

[8] Está en blanco en el original.

[9] ¿Para qué los guerreábades y oprimíades injustamente? á los indios,
digo. (_Nota al márgen, aunque no de letra de Las Casas._)

[10] Cierto, en esto tuvo el Almirante más que razon. (_Nota al márgen,
aunque no de letra de Las Casas._)

[11] Esto ha sido causa grande para perderse más aína las Indias, no
estar en ellas más de cuanto pudieren apañar lo que desean. (_Idem,
id._)

[12] No decia el Almirante que era belicosa cuando Guacanagarí le salvó
la persona y hacienda, perdida su nao; admirable fué la ignorancia del
Almirante en esta materia. (_Nota al márgen, aunque no de letra de Las
Casas._)

[13] Voluntad permisiva, no agradable. (_Nota al márgen, aunque no de
letra de Las Casas._)

[14] Por esa riqueza injusta, y de lo mal adquirida, verná á ser la más
pobre del mundo. (_Idem, id._)

[15] No tenian uno, sino muchos indios que lo sudaban y morian en ello.
(_Idem, id._)

[16] Consistir el negocio en el cristiano era tenellos por fuerza y
dalles de palos y azotes, y no haber misericordia dellos. (_Nota al
márgen, aunque no de letra de Las Casas._)





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