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Title: Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina
Author: Selvago, Alonso de Villegas
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina" ***

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas como MAYÚSCULAS.

  * Se ha respetado la ortografía original.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
    interrogación.

  * Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el
    original impreso.



  COLECCION
  DE
  LIBROS ESPAÑOLES
  RAROS Ó CURIOSOS.

  TOMO QUINTO.



  COMEDIA
  LLAMADA SELVAGIA,

  COMPUESTA
  POR ALONSO DE VILLEGAS SELVAGO.


  COMEDIA SERAFINA.


  [Ilustración]


  MADRID,
  IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
  calle del Duque de Osuna, núm. 3.

  1873.



[Ilustración]



ADVERTENCIA PRELIMINAR.


A mediados del siglo XVI vivia en Toledo un jóven estudiante que,
nutrido con la literatura novelesca de aquella edad, aplicó su
disposicion y genio á componer una novela ó comedia, como entónces
se llamaba á este género de obras, á imitacion y manera de la famosa
_Celestina_, prototipo literario á que fielmente se ajustaban
todas las composiciones de esta índole, y que pueden muy bien
calificarse de comedias novelescas ó novelas dramáticas. Propúsose,
sin embargo, una esencial diferencia en el desenlace, y que en vez
de ser lastimoso, como en la _Celestina_, fuese feliz y acabase en
el casamiento de los principales personajes que en la tal comedia
intervienen. Llevó dichosamente á cabo su propósito, y dedicándola
á su señora Isabel de Barrionuevo, salió á la luz pública en la
imperial ciudad la _Comedia Selvagia_, que ha sido confundida por
algunos con la titulada _Comedia Salvaje_, de Joaquin Romero de
Cepeda, por más que entre ambas existiese lejana semejanza, y se
hubiese publicado esta última treinta años despues que la primera[1].

  [1] La comedia Salvaje de Cepeda está en verso y se publicó por
  primera vez en las _Obras_ de Joaquin Romero de Cepeda, vecino
  de Badajoz.—Sevilla, por Andrea Pescioni, 1582, 4.º—La insertó
  tambien Don Eugenio de Ochoa en el _Tesoro del Teatro Español
  desde su orígen hasta nuestros dias_. París, Baudry, 1838.
  Conocemos del mismo autor las siguientes obras, que se han hecho
  ya bastante raras:

  _La antigua, memorable y sangrienta destruicion de Troya._
  Recopilada de diversos autores, por Joaquin Romero de Cepeda,
  vecino de Badajoz.—Toledo, Pero López de Haro, 1583, 8.º

  _Conserva espiritual_, compuesta por Joaquin Romero de Cepeda,
  vecino de la ciudad de Badajoz.—Medina del Campo.—Francisco del
  Canto, 1588.

Segun la usanza de sus predecesores, puso nuestro autor al principio
de su comedia unos versos acrósticos, en que declaraba su nombre,
edad, patria y dedicatoria. En efecto, reuniendo la primera letra
de cada uno de los versos, que empiezan en la página VII, se lee
claramente: _Alonso de Villegas Selvago compuso la Comedia Selvagia
en servicio de su señora Isabel de Barrionuevo, siendo de edad de
veinte años, en Toledo, su patria_[2]. Suponiendo, como tenemos
motivos para creerlo, que no hubiese transcurrido ningun tiempo
desde la composicion hasta la impresion de la obra, y dada ésta á
la imprenta en 1554, resultaria de esta fecha que Villegas nació en
1534, no obstante que el Sr. La Barrera, en el artículo que dedica
á nuestro autor en su _Catálogo Bibliográfico del antiguo Teatro
Español_[3], señala su nacimiento desde 1530 á 1534. Nosotros,
teniendo en cuenta, ademas de lo que el propio Villegas dice en
su _Selvagia_, lo que vuelve á repetir en un libro probablemente
autógrafo y no citado por ninguno de sus biógrafos, escrito á
fines del siglo XVI[4], y por último, la noticia que él mismo nos
suministra en una nota que puso en la _Crónica de las Antigüedades de
España_, de Juan de Rihuerga[5], creemos poder fijar definitivamente
la fecha de su nacimiento en el año de 1534.

  [2] En el acróstico se ha cometido una errata de que debemos
  prevenir á nuestros lectores, para que pueda leerse bien; en la
  página X, donde dice:

    Y puede por frágil tu mente caer;

  debe leerse:

    U puede por frágil tu mente caer.

  [3] _Catálogo Bibliográfico y Biográfico del Teatro Antiguo
  Español, desde sus orígenes basta mediados del siglo_ XVIII.
  Por Don Cayetano Alberto de la Barrera y Leirado. Madrid, 1860,
  página 496.

  [4] _Via vite. Libro que contiene instituciones y exortationes
  espirituales para el christiano; en que se enseña de que manera
  ha de comenzar y proseguir el camino de las virtudes hasta
  llegar á ser perfecto, hecho por Don Florencio Harlemano, monje
  cartuxo en Lovayna. Tradúxole de lengua teutonica en latin,
  Tacito Nicolao Zegero, del órden de los menores; y en español
  el maestro Alonso de Villegas, Toledano._ MS. en 4.º, de 236
  páginas, más 16 de preliminares é índice. Está dedicado á Doña
  María de Çuñiga, monja en el real monasterio de San Clemente de
  la ciudad de Toledo. Despues de la dedicatoria hay un prólogo al
  lector del maestro Alonso de Villegas; donde dice «aviendo, pues,
  yo acabado los seis libros y partes del _Flos Santorum_ y siendo
  Dios servido de darme vida sobre sesenta y seis años, determiné,
  por no estar ocioso, que siempre desde la primera edad aborrecí y
  evité, traducir en nuestra lengua española el libro de Florencio.»

  [5] En la Biblioteca Nacional existe este códice, que lleva por
  título, _Coronyca de las antigüedades despanna, dirijida al
  muy alto y cathólico, e por esso muy poderoso e ynvictíssimo,
  emperador don Cárlos, señor de las espannas y de las alemannas y
  de los otros reynos y señorios sujettos á aquellas_. A la vuelta
  de la primera hoja se lee esta nota: «El autor desta crónica
  breve de cosas del mundo, y en particular de las de España, fué
  un fraile de los de los mínimos, como parece en una carta que
  está al fin della, y fólio 3, dice que es sacerdote y predicador
  religioso, y que la escribió siendo el emperador Cárlos V de 25
  años, y concurre con el de 1525; es muy breve en su prosecucion
  y parece que acierta en la cuenta de los años, que es mucho de
  preciar en semejantes chrónicas, éste es mi parecer, y doyle en
  18 dias de Julio, año de 1594, en que la acabé de leer siendo de
  edad de 60 años.

    m.º Alonso
    de Villegas.»

El festivo estudiante, que habia dado muestras de su claro y agudo
ingenio con la publicacion de la _Selvagia_, siguió la carrera
eclesiástica, llegando á ser cura párroco de San Márcos, de la ciudad
de Toledo, y capellan mozárabe de aquella catedral. Aprovechado y
doctísimo teólogo, dedicó su saber y privilegiadas dotes á otra
clase de obras, muy distintas por cierto de aquella con que habia
principiado su carrera literaria. La más importante de estas obras,
y la que más nombradía le alcanzó entre sus contemporáneos, fué su
célebre _Flos Sanctorum_, del cual se hicieron várias ediciones.

Natural era que en el nuevo género de escritos á que se habia
dedicado recordase con pesar y áun se arrepintiese de haber compuesto
la _Comedia_ en sus juveniles años; y ya que no podia negar su
paternidad, supuesto que aparecia su nombre en la portada del libro
y en el acróstico que hemos citado, deseó que desapareciese, por
lo cual destruyó cuantos ejemplares pudo haber á las manos. Esta
circunstancia explica fácilmente la rareza de esta obra, de la
que apénas ha llegado hasta nosotros alguno que otro contadísimo
ejemplar[6]. En la _Comedia Selvagia_ se advierte el propósito de
imitar, más que á la primera _Celestina_, á la segunda, de Feliciano
de Silva, de quien Villegas se muestra tan entusiasta y admirador,
que le llama _radiante luz y maravilloso exemplar de la española
policía, y que así como el sol entre las otras luminarias celestes
resplandece, así brilló éste por su sagacidad é ingenio_.

  [6] Dos ejemplares de la _Comedia Selvagia_ hemos tenido á la
  vista para hacer la presente edicion, el uno, que es el que nos
  ha servido principalmente, pertenece al entendido y generoso
  bibliófilo Sr. D. Pascual de Gayángos; del otro es copia exacta
  la portada que publicamos, reduciéndola en una tercera parte.

Tambien se trasluce claramente que tuvo á la vista la tragicomedia
de _Lisandro y Roselia_, si bien no la nombra; pero ademas de que el
personaje Escalion está copiado del Brumandilon de aquélla, lo hace
hijo de éste, contando á mayor abundamiento la muerte de Elicia y el
castigo que por tal delito se le impuso á aquel rufian[7]. En suma,
si la _Selvagia_ es inferior á las tres obras citadas, no por eso
debe desdeñarse, cuando ha merecido á un historiador extranjero de
nuestra literatura, Mr. Jorge Ticknor, el juicio crítico siguiente:
«Es ingenioso y está bien desenvuelto su argumento, y el diálogo,
aunque abunda en ridículas pedanterías, no carece de cierta gracia y
naturalidad.»

  [7] Páginas 236 y 237 del presente volumen.

Escribió Alonso de Villegas, ademas de las obras ya citadas, la _Vida
de San Isidro Labrador_, que se publicó en Madrid en 1592[8]. Tambien
escribió la _Vida de San Tirso_, que con una carta del mismo Villegas
aparece impresa en Toledo en 1595, al fin de la Relacion que envió al
Rey el corregidor de dicha ciudad, D. Alonso de Cárcamo, acerca del
templo á la sazon descubierto, y que se suponia consagrado á aquel
santo[9].

  [8] _Vida de San Isidro Labrador_, cuyo cuerpo está en la Iglesia
  parroquial de San Andres de Madrid, escrita por el maestro
  Alonso de Villegas, Toledano. Dirigida á la muy insigne villa de
  Madrid.—Madrid, por Luis Sanchez, 1592, en 8.º

  [9] Traslado de la carta y relacion que embió á su Magestad el
  señor don Alonso de Cárcamo, corregidor de la imperial ciudad de
  Toledo (Grabado de la tapadera del aguamanil, intercalado en el
  texto). Relacion que hizo á su magestad Esteban de Garibay, su
  coronista.—Dificultades y obiecciones cerca de la opinion que el
  bienaventurado martyr san Thyrso fué natural de Toledo.—Apología
  en que se responde á algunas obiecciones y dubdas puestas así
  contra la carta del Rey Silo como contra la verdadera declaracion
  del hymno gothico de san Thyrso, embiada al rey nuestro señor,
  por don Alonso de Cárcamo, su corregidor en Toledo.—Planta y
  alzados de las ruinas descubiertas.—A don Alonso de Cárcamo,
  corregidor de Toledo, el maestro Alonso de Villegas.—_Vida de
  san Thyrso mártir_, colegida de diversos autores, por el maestro
  Alonso de Villegas. En Toledo, por Pedro Rodriguez, 1595, en
  fólio, 38 hojas.

No sabemos el año en que murió; pero es indudable que alcanzó muy
dilatada vida, supuesto que en 1602 firmó una aprobacion de _El
Poema de San José_, compuesto por el maestro Valdivieso; y ademas la
quinta parte de su _Flos Sanctorum_ lleva la fecha de 1604. Tambien
se le atribuyen por D. Nicolás Antonio _Los Favores de la Vírgen_,
Valencia, 1635; y _Soliloquios Divinos_, Madrid, 1637; pero, como
observa atinadamente el Sr. La Barrera, si estas obras pertenecen
en efecto á nuestro autor, resulta que ó las citadas ediciones no
son las primeras, ó debieron de publicarse póstumas, si bien no es
absolutamente imposible que llegase á pasar de los cien años. En el
Museo de Pinturas existe un cuadro del toledano Blas de Prado, que
representa á la Vírgen con Jesus niño y varios santos, y en él está
representado Alonso de Villegas[10].

  [10] _Catálogo Descriptivo é Histórico de los cuadros del Museo
  del Prado de Madrid_, por D. Pedro de Madrazo. Parte primera,
  pág. 519.

En cuanto á la _Comedia Serafina_, que tambien incluimos en el
presente volúmen, podemos asegurar que es un curioso libro, más raro
todavía que la _Selvagia_. Á excepcion del ejemplar que se conserva
en la biblioteca del Sr. D. Pedro Salvá, no sabemos que exista otro
alguno en España. El argumento singularmente picaño y la disposicion
y forma por extremo erótica en que están escritas algunas escenas de
dicha _Comedia_, explican suficientemente su rareza, por más que en
la época en que se publicó hubo de agradar bastante, cuando de ella
se hicieron dos ediciones[11].

  [11] En el _Catálogo_ de la Biblioteca de Salvá, escrito por D.
  Pedro Salvá y Mallen, Valencia, 1872, páginas 516 á 522 del tomo
  1, puede verse la descripcion de estas dos ediciones, una de
  Valencia, 1521, y la otra de Sevilla, 1546.

La obra fué dedicada al Duque de Gandía, que lo era entónces D.
Juan de Borja y Llansol, padre de San Francisco; pero no nos ha
sido posible averiguar el nombre del autor ni su patria. Por nuestra
parte, estamos muy distantes de creer que la _Serafina_, ni la
_Thebaida_, á que va unida, suministren datos bastantes para afirmar
que el autor fuese andaluz, como lo hace Salvá, ó valenciano, como
pretende D. Leandro Fernandez de Moratin.

Sólo nos resta añadir que para la impresion nos hemos valido de
la excelente copia que de la mencionada produccion hizo de su
puño y letra el Sr. Bohl de Faber, del ejemplar que se conserva
en la Biblioteca Imperial de Viena, copia que hoy tambien existe
en la Nacional de esta córte, y á la cual faltan algunos versos
del _Nunque_, final de la obra; pero esta falta la hemos suplido
fácilmente, teniendo á la vista este mismo _Nunque_, publicado
íntegro en el tomo I del _Ensayo de una Biblioteca Española de Libros
raros y curiosos_.

Excusamos decir que estamos firmemente persuadidos de que las obras
contenidas en este volúmen son de suma importancia para la historia
de la literatura y del arte patrio, que, lentamente y desde la
carnalidad de las sensaciones, llega á elevarse hasta el más alto
espiritualismo, y hasta la más pura y bella poesía.

  F. DEL V.        J. S. R.

[Ilustración]



[Ilustración]



EXCMO. SR. D. JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH.


Muy señor nuestro y respetado amigo: Despues de recibir la gratísima
carta que con fecha 14 de Octubre último tuvo V. la bondad de
dirigirnos, y en la cual tan felizmente resolvió el acróstico enigma
que á todos habia ocultado el nombre del autor de Lisandro y Roselia,
nos dedicamos con indecible diligencia á buscar noticias de la vida
y hechos de Sancho de Munino, natural de Salamanca, á quien desde
entónces tuvimos por verdadero padre del mencionado libro. Sucedió,
pues, que ni los discretos é infatigables amigos á quienes V. dejó
este encargo en Salamanca, ni ménos nosotros, conseguimos averiguar
cosa alguna relativamente al tal sujeto. Entónces pasó por nuestras
mientes que acaso en el consabido acróstico pudiera leerse el nombre
del autor de otro modo, y en efecto vimos que tambien se lee Muñon,
juntando las primeras letras de los tres versos en que está el
apellido, de la manera siguiente: Mu-N-Non, y como la doble _n_ se
pronunciaba en lo antiguo como _ñ_, resultará Munnon, segun ya hemos
indicado.

Pero naturalmente se nos ocurrió que la nueva leccion de aquel nombre
nada significaba ni valia, si tampoco se hallaban noticias de Muñon,
noticias que por todas partes buscamos ansiosos, y no sin fortuna;
pues que al fin encontramos en nuestros mamotretos una coleccion
de Estatutos de la Universidad de Salamanca, que vino á henchir
colmadas las medidas de nuestro deseo. En la citada coleccion leimos
que en 31 de Agosto de 1549 celebróse un solemne claustro pleno en
la Universidad Salmantina, presidido por el rector D. Diego Ramirez
de Fuenleal, con objeto de formar unos estatutos relativamente al
entierro de los señores Rector, Maestre escuela, Doctores y Maestros
de dicha Universidad; mas hé aquí que entre los asistentes nos
encontramos con el nombre del _Maestro Sancho de Muñon, teólogo_.
Vuélvese á reunir el claustro en 9 de Octubre del mismo año para
decidir que no se diesen tratados _in scriptis_ bajo ciertas penas;
y tambien entre los maestros que asisten encontramos el nombre del
teólogo Sancho de Muñon; y finalmente, en 9 de Noviembre del mismo
año celebróse otra reunion para formar estatutos sobre el exámen de
los estudiantes artistas, ántes que pasen á medicina y teología,
y tambien entre los concurrentes encontramos á los maestros Fray
Melchor Cano y Sancho de Muñon, teólogos.

Los tres estatutos mencionados se imprimieron en Salamanca, en casa
de Andrea de Portonariis, en 1549, en fólio; y excusado nos parece
decir que están á la disposicion de V., y que con estos datos sus
buenos amigos de Salamanca podrán seguir sus pesquisas y tal vez
consigan descubrir noticias más importantes, y áun averiguar y
saber al dedillo la vida y milagros del socarron que por tanto
tiempo se nos burló enmascarado con su famoso enigma; y aunque real
y verdaderamente se llame Sancho de Muñon, como nosotros con toda
seguridad creemos, ni él mismo se negaria, si viviera, ni nosotros
negarémos jamas que V. fué, querido amigo, quien le arrancó la careta
y nos le dió á conocer á todos con sin igual perspicacia, donaire y
desenfado.

Quedan de V. siempre muy cariñosos amigos, Q. B. S. M.,

  EL MARQUES DE LA FUENSANTA DEL VALLE.

    JOSÉ SANCHO RAYON.



[Ilustración: Comedia llamada Seluagia. En que se introduzen los
amores d’vn cauallero llamado Seluago, con vna ylustre dama dicha
Ysabela: efetuados por Dolosina alcahueta famosa. Compuesta por
Alonso de villegas Seluago. Estudiante.]



[Ilustración]



PRÓLOGO

DEL AUTOR AL LECTOR.


Si consideramos el famoso dicho de Plinio el segundo, que dice ningun
libro haber que bien entendido dexe sin fruto á su lector, con muy
justa causa esta mi mal limada obra puede vagar y mostrarse por su
patria para causar en ella algun pequeño deleite y moral provecho,
atento á lo que el divino Platon maravillosamente dixo, que no sólo
para nosotros naciamos, sino para la patria y amigos; lo que de mí
algun tanto ponderado, con este pequeño dón, aunque en voluntad
grande, la pretendo servir. No dexo de considerar, discreto lector,
ser grande mi osadía y mayor mi atrevimiento, en así con mi tosca
Minerva quererme poner en lo que claros y doctísimos varones sus
excelentísimos ingenios han mostrado, cuyos altos y maravillosos
entendimientos, en el cómico estilo disfrazados, no sólo su profundo
saber descubren, mas con urbanos dichos y graciosas palabras,
astutamente sus sinceras y limpias vidas declarando en satírico
modo, la nefanda y mala manera de vivir de nuestro siglo con gran
astucia reprehenden. Pues entre otros que de semejante sagacidad han
usado, como el sol entre las otras luminarias celestes, el magnífico
caballero Feliciano de Silva (radiante luz y maravilloso exemplar de
la española policía) mayormente resplandece, y dado que lo dicho sea
razon conveniente para yo sin ella en mi temeraria osadía ser notado,
considerando que el sol y la luna comunmente á todos los entes
cuerpos mortales son provechosos, contemplo asimesmo que una pequeña
estrella en particular suele causar provecho en alguno de ellos.
Tambien, como por experiencia vemos en el mar, que del fruto de su
vientre suele dar mantenimiento con abundancia de pescados diferentes
á la mayor parte de la tierra, no por eso dexan de ser agradables y
gustosos en algunas personas los pequeños peces de algun manual y
chico estanque, por lo cual, dado que evidentemente esta mi rústica
y no madura fruta, cogida en mi pequeño cercado, no sea agradable á
todos en general, no dexo de tener confiança que alguna preñada por
salir á tal tiempo la cobdicie. Y si en esto ansimesmo le faltáre
gracia, á lo ménos, siendo como es fruta nueva, alguno sólo para la
traer en la mano la deseará. Atento á lo qual, yo de la incusacion
en que puedo ser puesto, y ella en la osadía que en se publicar ha
tenido, sin otra réplica contraria podrémos ser absueltos; de donde
no con menor causa que Cayo Lucilio, en esta mal cortada obra, con
razon podré decir que ni á los indiscretos debe ser dada, ni á los
sabios ofrecida, que los unos, entregándose sólo en la paja, que
es el sonido de las palabras, no sacáran della algun fruto, y los
otros, no haciendo caso del grano por la abundancia que en sí tienen,
ocupados en otros más arduos exercicios, ningun provecho les podrá
tener; solamente en el medio destos dos extremos puede parecer que
de lo uno y otro lo que les conviniere sacarán, dando gusto al
apetito auditivo con el estilo de sus razones, ansimismo guardando
sus sentencias y dichos memorables para su provecho en lo íntimo
del entendimiento. Y si por caso algun lugar seco y desaprovechado
vieren, podrán proseguir en su propósito, porque los tales casos más
son puestos para guardar el decoro y no dexar manco el estilo que por
algun vicioso deseo. Su nombre della fué _Selvagia_, no tanto por
ser del principal que se introduce, quanto por ser en sí selvagina
y rústica. No va debaxo de algun amparo y defensa dirigida, no por
no haberlo menester, mas porque, segun son sus defetos, ninguno
bastára. Solamente como desahuciada del vivir, á la batalla sale
confiada, no en sus armas defensivas, sino en la mucha benivolencia
de los lectores, que no se habrán con ella, por ser novel, á todo
riesgo, sino con grande misericordia y piedad, de que resultará que
ella viviendo agradecida del beneficio recibido, á todos con voluntad
entera agradará, y yo, su auctor, hasta la muerte por lo mismo les
quedaré en obligacion, quedando por su verdadero siervo y criado,
sometiéndome asimismo en esto y en lo demas á la correpcion de la
sancta Iglesia y de sus fieles administradores. A quien, si en lo que
dixere algun error se mostráre, por él con humildad pido perdon, pues
más mi grande ignorancia que mi pequeña malicia en este caso será la
causa.—_Valle._



[Ilustración]



DIRIGE EL AUTOR SU OBRA.


      A tí, que los túrbidos mares furiosos,
    Luctando tu barca primera combaten,
    Obrando los vientos venéreos sabrosos,
    No pierdas aquello con que se rebaten:
    Si quieres que cesen y no te maltraten,
    Ofréceles luégo palestra sangrienta,
    De donde tu parte, sin culpa ni afrenta,
    Estrague las fuerças que en contra debaten.

      Venciendo tal guerra, tendrás adquerido
    Inmensos trofeos y claros despojos,
    Librando tu cuerpo de penas y enojos,
    Lo cual á sus siervos promete Cupido:
    Empero, si fueres en ella vencido,
    Ganando tu mente crecido tormento,
    Habrás en tu vida muy gran descontento
    Sacado del gozo que vino fingido.

      Si tú, pues, con ánimo fortificado
    Esperas tal guerra por parte vencer,
    Los libros en contra pretende leer,
    Verás cómo sacas provecho sobrado:
    Aqueste, pues, mira que te es dedicado,
    Gozando sus dichos, que siendo jocosos,
    Ofrecen proverbios en sí sentenciosos,
    Con modo satírico siendo mezclado.

      Osado se puede sin dubda llamar,
    Miradas sus faltas y pocos primores,
    Pues quiere sin fuerzas con otros mejores
    Valer siendo pobre de baxo lugar:
    Sabemos de Cota que pudo empeçar,
    Obrando su ciencia, la gran Celestina,
    Labróse por Rojas su fin con muy fina
    Ambrosía, que nunca se puede estimar.

      Compuso la parte segunda partida,
    Osando por causa pasar de lo humano,
    Materia teniendo de Feliciano,
    En quien elegancia no tiene medida:
    De norte tan claro tomando seguida,
    Intento guiarme por esta jornada,
    A ver si mi cimba pequeña caxcada
    Saldrá por buen puerto donde fué regida.

      En ser terminada con caso gozoso,
    La obra no pierde si tiene valor,
    Viniendo sus fuerzas en contra de amor
    Aquel que por torpe se dice vicioso:
    Gozando sus gozos te muestra gozoso,
    Y goza los gozos que goza su parte,
    Adonde gozando por gozo tal arte,
    En gozos te goza con gozo sabroso.

      Ni quiero que dexes por miembro perdido
    Sus actos, que tienen no casta sonada,
    En donde, si miras, verás matizada
    Rabiosa contienda del falso Cupido:
    Verás asimismo su fin dolorido,
    Y quantos afanes tiene su deleite
    Cubiertos encima con un buen afeite,
    Y son por de dentro manjar desabrido.

      Ovidio se muestra por parte sacado
    De sus amorosos remedios bien lleno,
    En que, si contemplas, podrás á tu seno
    Sacar gran provecho si fuere penado:
    Verás al furioso Citareo privado,
    Seyendo triforme por tantos efectos,
    En donde los unos quedando perfectos,
    No tienen los otros su fin aplicado.

      No ménos los otros, con ser muy seguidos,
    Ofrescen de suyo provecho á sus entes
    Robados del dote de los excelentes,
    Adonde se muestran ser brutos perdidos:
    Y siendo risibles se van convertidos
    Sus pérfidos ánimos en irracionales,
    Apénas sabiendo que son inmortales,
    Viviendo conforme de los escogidos.

      En parte se muestran las artes malvadas
    Lustrosas, por Circes artera famosa,
    De Febo salida discreta y hermosa,
    En furia de Vénus sus tramas obradas:
    Verás ansimismo vejeces saladas,
    Autor de las cuales es un epimeo,
    Robustos desgarros de un gran giganteo,
    Rastreras mentiras del mesmo tramadas.

      Y todo juntado, verás dibujadas,
    Obrando las fuertes humanas edades,
    No ménos que todas sus enfermedades,
    Viciosas al ánima limpia criada:
    En ello contempla si tienes tocada,
    Y puede por frágil tu mente caer,
    Ofresce tu cuerpo por ella perder,
    Si sientes que dello será libertada.

      Impuso nuestr’alma su gran Hacedor,
    En grado tan alto de ser sustancioso,
    No siendo corpórea, que por piadoso
    De no la perder se puso en dolor:
    Obtuvo ser siervo de grande señor,
    Doliéndose della no fuese perdida,
    En tanto que puso como hombre la vida
    En muerte, quiriendo ser su redemptor.

      De donde parece que todos debemos
    Abrir nuestros ojos, huyendo los vicios,
    Dexando los torpes y malos indicios,
    Do siempre metidos y puestos nos vemos:
    En ellos, pues cierta la muerte tenemos,
    Volvamos la rienda sin más tener calma,
    En donde se salve y remedie nuestr’alma,
    Y no se confunda tal bien, pues podemos.

      No parte pequeña de nuestro pecar
    Tomó para sí la carne dañosa
    En ser á los cuerpos cruel y penosa,
    Andando contino por los trabucar:
    No pueden con ellos seguros estar,
    Ni ménos alivio pequeño tener,
    Osando sus fuerzas en contra poner,
    Soborna sus partes á la sustentar.

      En estas sibílicas guerras buscamos,
    No fuerza, mas arte por nuestra flaqueza,
    Teniendo con ellos pocos fortaleza,
    Osando á las veces con honra quedamos:
    Los hechos extraños por esto buscamos,
    En donde sus males se ponen y penas,
    Do siempre sacamos materias muy buenas;
    Obrando por ellas muy bien nos hallamos.

      Si bien se notase, por esto van dando
    Varones humanos los tales tratados,
    Por esto yo mando mis cinco cornados
    Al templo sublime que van levantando:
    Teniendo, pues, pena por irse mostrando
    Rugosas sus faltas, siendo descubierto
    Intento con esto surgir en el puerto,
    A todos por ellas perdon demandando.



ANDREÆ ALFONSI PIUM AD LECTOREM EPIGRAMMA.


    _Floribus hoc: plenum: varijs varioque lepore
      nectare et ambrosia: perlege lector opus.
    Dat tibi Seluagiam: per doctus Seluagus auctor.
      Nerigidum Nasum rhino cirotis agas.
    Panditur hic cæcum cæci velamen amoris.
      Si sapis: hic cernis quaeque cauenda tibi.
    Frange leues arcus: crudeles frange sagittas
      iam pharetrate puer: si tua damna patent.
    Quid precor in sacro numero numerare deorum.
      Si tua quis longe numina vana probat.
    Edocet Alfonsus: tacite quot vulnera confers.
      Iurgia quod fraudes: et sine lege dolos.
    Prodocet et scillan veneris vastamque charibdin:
      quo vebit infirmam parua inuenta ratem.
    Vade liber felix totum relegende per orbem:
      det rogo terra tibi: det rogo limpha viam._



ARGUMENTO DE LA COMEDIA.


Un caballero llamado Flerinardo, generoso y de abundante patrimonio,
vino de la Nueva España en esta ciudad, donde un dia por ella
ruando, como acaso pasase por casa de un caballero anciano llamado
Polibio, de una fenestra della vido una fermosa doncella, de la
qual excesivamente fué enamorado. Pues como le fué dicho el tal
Polibio tener una muy apuesta hija, cuyo nombre era Isabela, y la
tal fenestra fuese de su aposento, creyendo ser la mesma Isabela
la que visto habia, por caballero de su amor se intitulaba. Donde,
dando parte á un gran amigo suyo, caballero de illustre prosapia,
llamado Selvago, de su crescida pena, sucedió que el mesmo Selvago,
teniendo deseo de ver quién á su amigo tan subjeto y captivo le
tenía, cumpliendo un dia su propósito y viéndola, no pudiendo su
libertad someter á lo que á la verdadera amistad de Flerinardo debia,
grandes cuitas y mortales deseos á su causa padesce, tanto que fué
puesto en grave enfermedad. Pues veniendo su gran amigo Flerinardo en
presencia de su hermana Rosiana, llamada á visitarle, conoció que la
tal Rosiana era la que en la fenestra de Polibio habia visto, y no
Isabela, como se pensaba, porque acaso, como hubiese amistad entre
las dos doncellas, aquel dia se habian juntas recreado, lo cual
como á Selvago fuese dicho, con excesivo placer, porque abiertamente
osaria amar á Isabela, de su tan grave enfermedad fué sano, donde
poniendo en el negocio una vieja astuta, cuyo nombre era Dolosina,
cumplieron enteramente sus deseos, siendo primero desposados por
palabras de futuro, lo que de á poco, con licencia de sus padres,
se puso por obra, pasando lo mesmo de Flerinardo con Rosiana. Pues
estando el dia que las bodas se solenizaban con gran regocijo, vino
un maestro de la Nueva España, que habia sido de Flerinardo, el
cual declaró cómo el mesmo Flerinardo era hijo único de Polibio,
padre tambien de Isabela, que de chico, con un tio suyo, en aquellas
tierras se habia partido; con las quales nuevas, todos muy gozosos,
quedando dos hermanos con dos hermanas juntos en matrimonio, se dará
fin á la comedia.



[Ilustración]



CENA PRIMERA DEL PRIMER ACTO.

  En que Flerinardo, noble caballero, siendo captivo del amor de
  Rosiana, illustre doncella, la qual en una fenestra vido, dexando
  cargo á un su siervo llamado Escalion para que se certificase de
  quién la dama fuese, él, en su posada, de su ventura gravemente
  se lamenta; donde acaso veniéndole á visitar un su gran amigo,
  cuyo nombre era Selvago, y sabida la causa de su pena, por
  evidentes razones y grandes exemplos de su propósito apartarle
  procura, lo que no pudiendo con él acabar, su favor le promete
  en el caso. Escalion viene diciendo ser la fenestra en que la
  doncella por su señor habie sido vista, del aposento de Isabela.
  Donde se sigue que pensando Flerinardo ser la mesma Isabela
  la que su corazon habia robado, más firme en su propósito, la
  procura servir, ordenando nuevas invenciones para poner en obra
  su deseo. Introdúcense:

FLERINARDO. — SELVAGO. — RISDEÑO. — ESCALION.


_Flerinardo._ Resuenen ya mis enormes y rabiosas querellas, rompiendo
el velo del sufrimiento con que hasta hoy forzosamente han sido
detenidas. Penetren los encumbrados cielos mis fuertes y congojosos
clamores, forzando su fuerza sin ella por haber sido forzada con
acaescimiento tan desastrado y fuerte. Maticen los delicados aires
mis muchas y dolorosas lágrimas, de miserables y profundos sospiros
esmaltadas. Descúbranse los furibundos alaridos, quebrantando los
claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido, esparzan con
su ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable
corazon solie ser cercado. Apártese de mí todo contento, pues gloria
sin ella, por haberla tenido, mis míseros sentidos han gozado. Dolor,
angustia y pena procuren de hoy más mi compañía, quieran con querer
lo que mi contraria ventura no queriendo quiso. Apercíbase mi pequeña
fortaleza para tan horrenda batalla como comenzar quiere; descubra
sus insignias y estandartes de clemencia, poniéndose los soldados de
servicios en alarde de rompimiento. Resuenen los roncos atambores
con querellosos zumbidos, los tiros mensajeros penetren con fuertes
dislates los túrbidos vientos y municiones de majestad contraria; los
ligeros dardos y tajantes espadas con desvíos consuman los míseros
combatientes, inquira el fuerte caudillo del ingenio nuevas y
exquisitas maneras de combates para que pueda venir en algun próspero
suceso su fluctuoso partido. ¡Ay de mí, en quánto dolor y tormento el
inhumano Cupido mi no subjetado corazon tan súbitamente pudo someter!
¡Oh amor, amor, cómo jamas creyera que tanta fuerza en forzar los
no forzados alcançabas, perdiendo sin perder al no perdido para que
del todo recuperar se pueda! ¡Ay de tí, Flerinardo, el más mísero
de los míseros, sin que causa en tí se halle para que tal nombre te
convenga! considera en qué estado tu contraria fortuna te ha traido
despues de te haber libertado de muy muchos y grandes peligros,
porque más agora, vuelta su rueda, su contrariedad en tu daño
experimentases. ¡Oh, cómo mi tan amada libertad sin alguna se halla
por haber sido tocada de la pestilencial ponzoña del inconstante
Cupido, donde otra cosa no se espera suceder, sino que la vida junto
con el ánima satisfagan al inviolable precepto de natura, si la
causadora de tanto daño no pone la triaca saludable en la infistolada
y encurable herida! Mas, ¡ay de mí! que primero las veloces
influencias celestes dexarán su acostumbrado camino, que tal medicina
en mi crecido mal sea aplicada, pues mi flaco merescimiento, con
el grande de mi seráfica dea, en ello no da lugar, por lo cual soy
forzado á que mi vida, llena de contrarias miserias, en miserias
miserablemente perezca; y áun si esto con brevedad fuese, no pequeña
gloria se me seguiria porque mi mal de todo punto se acabase. ¡Oh
Cupido, tirano y crudelísimo juez! pídote, pues soy impotente para
tan crudo tormento como, sin te ofender, en mí pusiste, ó me dés
manera como le pueda sustentar, ó del todo exagerando tu injusticia,
consuma ya mi trabajosa y triste vida. ¡Oh cruda y desastrada suerte
de amadores, que cresciendo cada dia más sus fatigas, las fuerzas
para sustentallas se disminuyen, y el sentido para más sentillas
se aumenta, y la muerte, por dar más pena, huye de la penosa vida!
¡Oh vida sin vida, pues viviendo paso vida de muerte! ¡Oh muerte
sin muerte, pues muriendo no muere mi pena! ¡Oh pena sin pena, pues
penando no pena mi dolor! ¡Oh dolor sin dolor, pues doliendo su dolor
es descanso! ¡Oh descanso de mi pena, remedio de mi cuita, amparo de
mi tribulacion, auxilio de mi desconsuelo, vida por quien la mia se
conserva, deja ya de atormentar á quien delante tu clarífico aspeto
misericordia postrado demanda!

_Selvago._ ¿Qué es esto, señor Flerinardo, que tan súbito mudamiento
al presente en vuestra figura se muestra? ¿por ventura habeis sabido
alguna desastrada nueva de vuestra patria, que tales extremos os
fuerza á demostrar, ó sentisos fatigado con alguna enfermedad
inopinada? Por Dios, señor, no me lo tengais más celado, que bien
sé ser algun arduo caso nuevamente en vos acaescido, pues siendo
tamaña vuestra amistad, áun no soy desto sabidor; pídoos, mi señor,
en quanto puedo, que más con el anhelo del callar vuestras pasiones y
penas, por vos no me sean escondidas, pues que os es manifiesto que
siendo vos triste no puedo yo ser alegre, y que teniendo vos pena no
tendré yo placer, y finalmente, que vuestro mal y bien (como en la
verdadera amistad conviene) ha de ser por mí igualmente rescebido;
aliende lo dicho, como el sabio declara, diciendo que en los amigos
todas las cosas han de ser comunes, y pues por tales yo y vos nos
tenemos, justo es que de vuestro dolor me deis parte, porque en ello,
si pudiere ser, os dé el remedio más conveniente, con que vuestros
afanes algun tanto se disminuyan.

_Fler._ Si fuerça en la mia hubiese para él alguna manera
demostraros, señor Selvago, el grave dolor que mis sentidos
atormenta, ni vos dello seríades ajeno, ni yo dexarie de rescebir
soberano consuelo en manifestar mis cuitas á quien sé que por suyas
las tendria; mas, ¡ay de mí! que no solamente para declarar mi pena
me falta poder, mas áun yo mesmo (lo que más en la enfermedad ha
de tener) la causa del todo ignoro, de que se sigue un tan grave
detrimento en mi penosa fatiga, que la muerte, en todo mal fin y
cabo, en el mio para mayor gloria deseo ya que viniese, donde con
ella se podrie ganar lo que en la vida por tan perdido tengo.

_Selv._ Aunque vuestras oscuras razones se muestran tales á mi flaco
entendimiento, no por eso dexo de conjeturar de qué pié, como dicen,
os sentis, por causa de tantos y tan diversos circunloquios y rodeos
como en vuestra plática habeis usado, lo que siempre se les dió á
los hermanos de semejante cofradía, como en la que vos, á lo que
veo, quereis entrar, pagando la luminaria de muchas y muy diversas
pasiones adelantada; mas aunque esto así pase, no por eso dexeis de
manifestarme si vuestro mal es de amor, porque de semejantes criados
y familiares que vos en vuestro transfigurado rostro demostrais, este
perverso señor suele siempre acompañarse.

_Fler._ Quereros yo, señor, encubrir lo que vos tan fácilmente habeis
entendido, poco ménos sería que locura; por tanto habeis de saber que
ruando yo este dia, despues de vísperas, por la ciudad, la fortuna
que lo ordenó, mis hados que lo quisieron, y mis ojos que fueron la
causa, vi en una fenestra una dama de tanto valor y hermosura, que
ni las pasadas la igualaron, ni las presentes la llegan, ni áun las
por venir la podrán en alguna cosa hacer ventaja. Pues yo de tal
vision espantado, no ménos fuera de mí que los tocados de Circes, ó
los que tocaron sus labrios en el rio Lecteo, viéndome en otro mundo,
nuevas costumbres y nueva manera de vivir desde entónces en mí se ha
hallado; de que mi mísero espíritu de tal manera se siente afligido,
que la vida tiene por muerte, y la muerte le sería dichosa vida.

_Selv._ De gana, señor Flerinardo, si no sintiese que os daba pena
de la vuestra, me reiria viendo la noble condicion que teneis y
soberano valor, puesto en una tamaña vanidad como en la que poneros
quereis ó del todo estais metido; verdaderamente no pudiera pensar
que así vuestro buen entendimiento y templado juicio tan de presto
perdiésedes en os dar, las manos atadas y tan de ligero, á este
valiente robador, cuyo engañoso poderío los vanos sentidos de los
simples y soeces hombres de contino señorear procura, dándoles en
el fin aquel galardon que su locura tiene merecido. Por vuestra
fe, señor, mirá bien lo que hacés; no querais así someteros, de
señor, á ser por vuestra voluntad siervo y muy abatido. Considerad
los daños y desventuras que desde el principio del mundo hasta en
nuestros tiempos ha cimentado, engañando con su apacible cara y
fingidos regalos y caricias los que en alguna manera á su voluntad
halla conformes. Si bien considerais, todos los que han escripto,
veréis que por un sendero los más contra éste sus obras enderezan,
contando los desastrosos acaescimientos que por él fueron urdidos y
cimentados. Homero, el principal de los griegos escriptores y poetas,
aunque en el proseguir de su historia muy ajeno, por eso no dexa de
le dar sus toques, demostrando por su _Ulixea_ la engañosa vida y
costumbres de la luxuriosa Circes. Tambien Maron, entre los latinos
poetas fénix único, todo el quarto libro de su _Eneida_ en decir
sus inicuos hechos ocupó; lo mesmo de Ovidio en su _Metamorfoseos_
pareciendo. Salomon le llama pestilencia y lazo en que los ánimos
ociosos como en liga se prenden. Tulio dice que ciega los ojos del
entendimiento y causa en el cuerpo senetud sin tiempo, ansimesmo
que de todos deben ser aborrecidos los que del todo se le dan. El
divino Platon dice que torna locos y sin sentido á los en quien mora.
Valerio Máximo le baptiza por raíz y principio de todos los males.
Petrarca con diversos contrarios le blasona, diciendo ser un fuego
intrínseco, una herida deleitosa, un sabroso veneno, una deleitable
dolencia, que causa suave y dulce muerte. Hablando en lo mismo
un autor de nuestros tiempos, dice que los enamorados impúdicos,
como leprosos, deben ser excluidos de todo poblado y conversacion
humana, queriendo demostrar ser el amor deshonesto una lepra, que
no solamente á sus señores destruye, mas áun á sus familiares y
alegados inficiona. Pues si los males que por él de hecho han sido
tramados de palabra los quisiese demostrar, ántes el tiempo que la
materia tendria fin determinado; mas aunque esto ansí sea, no dexaré
de particularizar algunos para más vuestro propósito confundir y mi
razon aprobar. Digo, pues, que las mayores guerras que en el mundo
fueron ni serán, si á los autores creemos, que fueron las de los
griegos y troyanos, por este sacrílego fueron cimentadas, donde
tanta gente ilustre pereció, quanta el mundo hasta entónces habia
criado. No fueron, empero, menores las que los romanos y sabinos en
uno truxeron, donde por este cruel, hermano con hermano y padre con
hijo atrozmente se mataban. Pues si queremos decir lo que en nuestra
España, por intercesion de la Cava, discípula de este cruel malvado,
pasó, bien creo yo que no faltaria qué, si las grandes y mortales
llagas que de ello áun tenemos, del todo siendo guarecidas, en ello
nos diesen lugar. En personas particulares es cosa espantosa de ver
los daños que hasta hoy tiene hechos, pues David por él ofendió
á Dios, á quien tanto amaba, tan gravemente, haciendo matar al
inocente capitan suyo Urías. Salomon por él, pues, fué idólatra. Su
hermano Amon por su causa murió muy desastradamente. Lo mesmo fué
del fortísimo Sanson. El padre de Oréstes por él fué privado de la
vida á manos de su mujer Clitenestra. Tolomeo, rey de Siria, por su
causa recibió otra semejante pena que Agamenon. Por éste el famoso
reino de Persia perdió el renombre de invencible, que por largos
tiempos habia adquirido, siendo sucesor Sardanapalo, el cual perdió
la dignidad de rey en traje femenino. Medea y Prógnes por él mataron
á sus hijos. Semíramis, habiendo en hábito de varon regido á la
gran Babilonia, por ella edificada, grande tiempo con mucho saber,
el mesmo dia que tal vestido dexó, ganó para sí la muerte, dada por
su hijo, á quien ella en mala parte amaba. Aníbal dexó de señorear
la gran ciudad de Roma por él. Xérxes, á quien los vientos con las
mares temian, por viciarse en este pecado perdió su reino y señorío.
Por causa de éste se han cometido muy malos y nefandos pecados,
como fué el de Passipha con el toro; Pigmalion, con una estatua de
piedra; Cratis, pastor, con una cabra, donde por esta causa por un
cabron de mala muerte fué muerto; Estello, con una yegua; Aristeo,
con una asna; Calígula y Commodo, siendo emperadores romanos en un
dia nascidos, pecaron gravemente con dos hermanas carnales suyas;
tambien Hemon con Rodope, su propia hija; Thereo, rey de Tracia, con
su cuñada Filomena; Thicthes, con Europa, mujer de su mesmo hermano;
Sother, rey de Sicia, con su madrastra Stratonice; Ayax Oileo, con la
profetisa Casandra; Dionisio el tirano, con las vírgenes Locrenses.
Por éste, Tarquino el superbo, no tan solamente fué homicida, mas la
muy hermosa y casta Lucrecia se dió con sus propias manos la cruel
muerte, y por esta causa él, con todos los más de su linaje, fué
afrentosamente de su reino y estado desterrado. Por éste, nuestro
leal enamorado Macías miserablemente fué muerto. Por el mesmo, Dante
y Petrarca, muy famosísimos y discretos toscanos, tambien padecieron
mil cuitas y mortales deseos. Y finalmente, por esta pestilencial
ponzoña, la más que matrona romana doña María Coronel, con un tizon
de fuego, por no faltar la fe á su D. Alonso, cruelmente se mató.
¡Oh pues! ¿quién será tan de poco juicio, que así de su voluntad se
ponga á padecer semejantes afanes como este tirano de contino á sus
súbditos ofrece? Mirad, pues, señor Flerinardo, no tan solamente
lo que he dicho, mas lo que pudiera decir, y veréis muy á la clara
quánto mal será para vos poneros en mar, donde la salida es incierta
y los peligros muy ciertos. Juicio tenés no tal que el mio haya
menester; mirad con ojos de lince lo que de aquí habeis de sacar, y
no solamente seguiréis mi parecer, mas á vos libraréis de muy cierto
peligro y rigurosa muerte.

_Fler._ Por verdad, señor Selvago, que nunca hallé aquel dicho del
cómico tan verdadero como al presente tengo en vos experimentado,
que dice que fácilmente cuando estamos sanos y fuertes damos
saludables consejos al doliente. Cierto si vos fuésedes herido con la
hierba que yo estoy emponzoñado, de otra manera mudaríades vuestra
plática; mas empero, porque no penseis que contra todo derecho
servimos este poderoso señor, por vuestros mesmos exemplos probaré
ser sus hechos rectos y justos. Decis primeramente que los griegos y
troyanos, por el robo de Elena, tuvieron entre sí tantas batallas;
digo que por ello deben mucho á la mesma Elena, pues fué causa á que
sus famosos hechos en memoria hasta la fin del mundo quedasen, lo que
de otra manera, pasando aquellos fortísimos capitanes su siglo en
paz, de ninguna gloria fueran dignos; eso mesmo sus hechos y memorias
perecieran con sus vidas, lo que es muy al contrario. Decis que los
sabinos y romanos tuvieron ansimesmo entre sí grandes batallas; si
bien mirais en ello, más fué por el robo que los siervos de Rómulo
cometieron, que por causa de Cupido; y si dixésedes que lo uno se
siguió de lo otro, digo que si por las doncellas y matronas que
los romanos tomaron, se cimentó batalla en los que siempre habian
sido enemigos, por ellas mismas se ordenó la paz, siendo dende en
adelante buenos amigos y juntados en un pueblo, lo que Rómulo con
buenas razones ni grandes poderes jamas habia podido acabar. A lo que
replicais de la destruycion de España, revolved los historiadores y
verés si todos se concuerdan en que lo tal subcedió por los pecados
de los mesmos españoles, y no tanto por lo que la Cava cometió.
Decis que David fué adúltero homicida; mirad lo que dello se siguió,
que fué su mucha contricion, por donde fué perdonado, quedando por
muy puro amigo de Dios, que tanto como entónces nunca se habia
demostrado; siguióse tambien dello el nascimiento de aquel, que
sabio de sabios fué llamado, que fué el grande y sapientísimo rey
Salomon. Por consiguiente, todos vuestros exemplos podrie volverlos
en contra vuestra opinion, sino por evitar fastidio se dexára,
demostrándoos brevemente los muchos y soberanos provechos que del
amor se siguen á los que con fidelidad servir le procuran. Lo primero
es que el amor engendra en él forma ó cuerpo humano, noble y cortés
condicion, suave y dulce policía, mucha afabilidad en los poderosos,
mediana estimacion en los no tales, grande curiosidad en todas sus
cosas, convenible estimacion y gravedad en sus tratos, vida pura
y limpia de toda mácula, deseo de ser sabios y virtuosos, grande
aborrecimiento de cualquiera liviandad, templada medida en sus
pasatiempos, gran recato en lo que mano ponen, mucha habilidad en
cualquier cosa, voluntad entera de servir á Dios, tanto por lo que
les conviene, cuanto porque digan delante de quien aman bien dellos,
de donde se sigue la pureza del ánima, que es guía de la verdadera
beatitud. Allende desto, al que es torpe le vuelve avisado, al tosco
polido, al superbo humilde, al presuntuoso afable, al avaro liberal,
al luxurioso casto, al gloton templado, y finalmente, al amador de
todos los vicios le torna siervo de todas las virtudes. Éste hace
que los reyes, uno con otro, tengan paces; pacifica esto mismo los
reinos, engrandece los linajes, hace nobles á muchos, convierte dos
almas y cuerpos en uno, aplaca los robustos, vence los fuertes,
doma los superbos, al cobarde da osadía, al temeroso esfuerzo, al
inconstante firmeza; entre los reyes reina, entre los caballeros
señorea, entre los cibdadanos manda, y entre cualquier otra gente
es por señor tenido. De todos es amado, de todos acatado, de todos
querido, de todos, finalmente, por señor tenido. Mirad pues, señor,
qué es lo que de él siento en lo poco que le he servido, y conocerés
qué podrá dél manifestar el que largo tiempo le contrató. Una cosa
sola os quiero decir, y es que más querria morir con amor que vivir
sin él, porque así la muerte sería dichosa, y por el contrario, la
vida del todo desventurada. Y por tanto, pues claro habeis visto cómo
tan bien he demostrado mi intencion, y sabeis ser lo que digo verdad,
pídoos, por el amistad firme que entre nosotros está, que más mal
no digais del amor en mi presencia, porque no será en mí sufrirlo;
solamente, si mi vida quereis, me dad algun medio para que la amorosa
pasion que me atormenta, del todo no me consuma, disminuyendo la pena
á mi trabajosa vida.

_Selv._ Por verdad que no me faltaban evidentes razones para del todo
confundir las vuestras si no mirase vuestro expreso mandamiento, y
que todavía, si vos razonais en favor del amor casto y honesto, no
tengo yo por qué vituperalle, por ser en sí loable y bueno. Mas, si
esto es así, no sé cómo pedís remedio á vuestra pena, puniéndola tal
nombre, salvo si es alguno de los que vuestro maestro Ovidio y otros
tales han instituido; en lo cual, porque creais que en todo hago
vuestro ruego, no dexaré de señalar algunos á vuestra pasion más
convenibles; es pues uno de ellos, que todo amador debe, como capital
enemigo, huir la ociosidad, poniéndose en arduos y grandes negocios,
con que poco á poco pierdan la memoria de lo que aman. Asimismo leer
libros sanctos y buenos, darse á los estudios, usar la caça, ya con
canes, ya con volatería, porque estando el cuerpo cansado el dia
en semejantes cosas, la noche en dormir gastará sin de más tener
memoria. Tambien dicen ser cosa provechosa partirse á otras tierras,
desviarse de su vista en quanto ser pueda, pues vemos claramente
por experiencia, que miéntras más léxos se hallan del fuego, más
seguridad se tiene dél. Tambien es provechoso abstenerse del vino y
manjares espléndidos, macerando el cuerpo con ayunos y abstinencias,
con que mucho se refrena y resiste la luxuria. Eso mismo, quando se
sintieron muy penados, deben de tomar pláticas con otras mujeres,
mas no de tal manera que por huir de un peligro caigan en otro
mayor. Deben tambien procurar de despedir de sí todas las señales de
enamorado, porque de lo fingido suelen venir á lo verdadero. Dicen
tambien ser cosa provechosa no estar mucho tiempo empleados en un
cabo, porque el árbol de dos dias puesto, más fácil se destruye
que el de muchos años. Debe tambien el que desea ser libre de esta
pasion desechar de sí á los tales como él que cumplieron sus deseos.
Asimismo deben huir la compañía do hay copia de mujeres, y sobre
todo no las ver bailar ó tañer, porque entónces tienen la propiedad
del basilisco; despues, si acaso la dexáre, debe no tener memoria
de los pasatiempos y placeres que con ella tuvo, que es cierto la
recaida peor que la caida. Dice despues desto el mismo Ovidio, alguno
dirá estos preceptos ser duros y no de sufrir, pero ha de mirar
que ninguna cosa grande costó poco, y que quien algo quiere, algo
ha de hacer; porque muchas veces vemos al enfermo tomar cosas muy
agras y malas, y que lo que pide no se lo dan, y que le constriñen
á que tome lo que no querria por ventura ver, y todo lo sufre por
ser sano; por lo mismo consiente barrenar su cuerpo con hierros
abrasados y otras cosas semejantes. Otro remedio cuenta para el amor
el magnífico caballero Pero Mexía en su _Silva_, con el cual sanó
Faustina, mujer de Marco Aurelio; la cual, como excesivamente amase
á un esgrimidor de los que hacian los regocijos públicos, y viéndose
en peligro de muerte, por esta causa los médicos mandaron matar y
quemar al esgrimidor, y los polvos bebidos en vino por Faustina, fué
libre de su amor inhonesto; él mismo da otro remedio, á mi ver el
más provechoso que se puede hallar, el qual es que quando uno está
de amor muy penado, que le casen y junten con quien ama y ansí será
libre. Vos, mi buen señor, mirad si alguno destos os hacen al caso,
y luégo por obra se ponga: catad que con la brevedad podria haber
remedio en lo que de otra manera sería escusado. Asimismo os suplico
que me digais qué sentís de mis palabras, y si os he con ellas dado
la pena que en mi porfía verdadera poco há recebistes.

_Fler._ Son tan diversas vuestras razones, señor Selvago, que bien
en ellas se muestra lo mucho que de mi propósito estais ajeno,
porque si muy bien mis palabras entendiérades el trabaxo que con tan
larga plática habeis rescebido, fuera escusado; mas porque del todo
no creais que habeis dado palabras al viento, sabed que el remedio
postrimero que señalastes, ó la muerte, lo puede ser de mi pena, que
en lo demas no os pido yo cómo del amor fuese apartado, que, como
otra vez he dicho, tendrie por mejor la muerte, sino manera alguna
para en él largo tiempo permanecer.

_Selv._ Tampoco yo quiero que penseis, señor Flerinardo, que por
falta de inteligencia repliqué no á vuestro propósito, porque sabed
que todavía por veros fuera de semejante pena (aunque más gloria
por vos sea llamada), os truxe á la memoria la doctrina de Nason,
deseando que, siendo de vos seguida, saliésedes de la tenebregura
y oscuridad en que puesto estais, porque claramente pudiésedes ver
la diferencia, que de mis buenos consejos á vuestras escusas no
justas se señala. Mas, pues tan duro y tenaz en vuestro propósito os
mostrais, y veo ser por demas la citola en el molino si el molinero
es sordo, no con poca pena habré de seguir vuestra voluntad, poniendo
por obra vuestro querer. Una cosa os pido eficazmente, que me señalés
quién ansí fué bastante tan repentinamente á subjetar vuestro corazon
nunca domado, para del todo ver si la tal pena con razon sustentais.

_Fler._ Pláceme, señor, en que os he convencido á lo que tanto
deseaba, y por el auxilio que me prometeis, os doy soberanas gracias,
quedando en deuda para quando en semejante negocio esteis puesto.

_Selv._ En otra cosa me lo podeis pagar si algo fuere, que en eso á
buen seguro estoy de no os haber menester. Y porque veais en qué lo
estimo, os prometo que tomarie quantos juros y rentas me trujesen
pagados á cien mil el millar para quando fueseis enamorado y yo
fiador, que no se cumpliese tan presto el término como el del otro
que mercó el sayo de seda en Granada por gran precio, pagando un
real por cada azotado que sacase la justicia hasta que la postura se
cumpliese. Mas dexado agora esto, decidme ya, si querés, quién la
señora sea, que lo deseo en estremo saber.

_Fler._ Primero os quiero traer á la memoria una historia antigua
para que más asegurado satisfaga á vuestra peticion. Sabed, pues,
que, como recita Bocacio y ántes dél Valerio, Candaulo, rey de los
lidos, demostrando su mujer, que muy hermosa dama era, á un gran
amigo suyo llamado Gigés por habérselo rogado mucho, vino que aquel
Gigés, muy enamorado de su hermosura, buscó manera para cumplir sus
deseos, y viendo ser imposible en vida del Rey, le mató alevosamente,
y siendo él poderoso señor, alcanzó lo que tanto deseaba juntamente
con el reino. Bien veo ser esto para con vos escusado, mas, porque
es de sabios prevenir con tiempo á lo que acaescer puede, lo digo.
La señora que de sola su vista me captivó, sabed que quién sea áun
yo lo ignoro por causa que lugar para sabello me faltó; mas di el
cuidado desto á mi criado Escalion, que acaso comigo entónces, como
suelo, lo llevaba, y como él sea un hombre que en este caso ó para
una quistion, en el reino dubdo que se halle otro tal, muy confiado
en su buena industria, por no dar causa de sospecha á los que
pasasen, á mi posada me vine, dexándole á él allá, donde no ha vuelto.

_Selv._ Pues así es, envia un paje á saber en qué se detiene, y sea
Risdeño mi enano, que muy entendido en cualquier cosa le hallo.

_Fler._ Muy bien me parece; hacedle venir aquí.

_Selv._ Risdeño, Risdeño.

_Risdeño._ Señor.

_Selv._ Mira dó te manda que vayas el señor Flerinardo.

_Risd._ ¿Es para matar á álguien, por ventura? sea, que mi buena
disposicion á más que eso me convida.

_Fler._ Vén acá, amigo Risdeño; tú has de ir por el monesterio de la
Trinidad y adelante, á do este dia estuvo el que volteó en la maroma,
mira acaso si ves á mi criado Escalion por allí, y dirásle que mucho
espacio es el suyo para en la priesa que estoy puesto.

_Risd._ No más, señor, que yo se lo diré, y si fuese necesario le
daré una fraterna; que sin dubda en algun bodegon con alguna dama
quintañona se debe haber detenido, como suele.

_Fler._ Anda, que no es de los que piensas; mas escusado es, que ves,
allí viene.

_Risd._ ¡Oh hi de puta, y qué color trae el gentil odre; parece que
entró á matar el fuego de Sant Francisco, segun viene de sudando y
tiznado! ¿Qué es esto, Escalion? ¿habeis andado á moxinetes y más
ruin sois vos con alguna legion de sartenes ó calderas, que por
cierto que pareceis poco ménos que moharrache con vuestra cara de
membrillo asado en horno de pastelero?

_Escalion._ Ea, peonzuelo de axedres, calla, que por el terrible
baladro de Merlin hé de os dar un puntapié por esos vientos, que
cuando acordeis á caer no valga el real de á cuatro en el reino.

_Selv._ Tente, Escalion, ¿no ves que es mi criado?

_Esc._ ¡Oh pesar de la gruta de Hércules! ¿y no mirais las afrentas
que en la cara me ha dicho el ratoncillo de monja, que juro por el
acerado mazafrusto de Sócrates, por ménos que esto suelo yo poblar un
nuevo ciminterio, y dar un mes qué hacer á todos los clérigos de un
arzobispado?

_Fler._ No haya más, Escalion, que bien se ve lo que tú vales; mas
dime, yo te ruego, lo que concluido dexas, y si conociste á la
causadora de mi pena.

_Esc._ ¡Oh pesar de las que en la cara tengo y tal decis! pues ¿era
yo por ventura algun niño, que una no nada que me mandábades, no
habia de cumplir? Sabed que supe quién eran sus padres y cómo la
doncella se llama, y antejuro por la fantasma de la reorpada de una
su familiar, que no poco obligada á mi servicio queda.

_Fler._ Dime ya ¡oh! por tu fe, mi buen amigo Escalion, lo que tanto
deseo, en dos palabras; no uses de tantas circunferencias con quien
la soga en la garganta la nueva está esperando.

_Esc._ Pues así lo quieres, así sea: sabrás que como de tí me aparté,
yo me lancé en su posada de un vuelo, y sin haber quien cuenta me
pidiese, yo me voy en la cocina, donde aguardando tiempo, detras de
una artesa un rato estuve escondido.

_Risd._ ¡Oh, cómo miente el panfarronazo; y aquí el quarto viene todo
tiznado, y dice que estuvo tras una artesa!

_Esc._ Landrezuela, ¿áun no querés callar? ¿qué estais murmurando
entre dientes?

_Fler._ Déxale, hermano: prosigue en tu plática.

_Esc._ Pues sabréis, señor, que no mucho despues que allí entré,
vino á la cocina una dueña honrada, con quien yo otro tiempo tuve
conocimiento, que, como yo la vi, salgo á raso, donde despues de
muchas pláticas la pregunto quién allí vivie, y quién era una hermosa
doncella que á la fenestra que salie á la plazuela habrie una hora
estaba en ella puesta; entónces con muy buena voluntad me respondió
que la casa era de Polibio.

_Selv._ Ya, ya, ya, no más, por vida de todo el mundo, señor
Flerinardo, que sois enamorado de Isabela, hija del mismo Polibio,
que mi hermana Rosiana muchas veces me ha dicho que es la más gentil
dama de este pueblo, con quien ella tiene mucha conversacion y
amistad.

_Esc._ Voto á rus, bien se ha ordenado, que juro á mi vida sólo pude
saber que vive allí Polibio, y lo demas era compuesto.

_Fler._ ¿Qué es lo que estás diciendo contigo, Escalion?

_Esc._ Digo, señor, que así es como el señor Selvago dice.

_Selv._ Pues más os hago saber que tiene muy gran patrimonio para
ella, que otro hermano que tiene de muy niño con un tio suyo que le
prohijó fué en unas naos á cierta provincia de la Nueva España, donde
iba por Gobernador, y nunca del uno ni del otro hasta hoy se supo;
mas de su mucho recogimiento, os hago saber que, segun de mi hermana
sé, es muy grande, por lo qual este negocio pongo en grandísima dubda.

_Fler._ ¡Oh alto y poderoso Dios, cómo son grandes tus maravillas!
que yo deseaba en estremo esta nueva, pensando que algun descanso
en mi afligido corazon pondria, y á lo que veo ha ser para mi mayor
tormento, sabiendo del soberano valor de mi seráfica dea, de mucha
castidad adornado, y mi baxo merecimiento de inmensas pasiones
esmaltado: ¡ay de mí sin mí! pues lo soy de quien teniéndome en sí
convertido, memoria de mí ninguna tiene, ni en mí poder se halla, por
su crescido merescimiento, para que mi trabajosa fatiga manifestada
le sea.

_Risd._ Señor Flerinardo, por el amor que mi señor os tiene haré por
vos lo que por otro que él no hiciera, esto es, que yo voy algunas
veces con recaudos de mi señora Rosiana para ella, yo os manifestaré
la primera vez que haga este camino, y podréis comigo envialla á
decir vuestro propósito, que yo me profiero, atento á lo ya dicho,
de por obra ponello, y esto ha de ser con que hagais á Escalion
alguna afrenta ó le nalgueis bien, porque me quiso denántes tragar, y
me llamó peon de axedres, raton de monja y otras mil sabandijas; sino
de otra manera será escusado.

_Selv._ Juro de verdad que mi Risdeño ha dado el mejor camino que en
esto puede haber; no resta sino que así se determine, que yo seré en
que presto se haga.

_Fler._ Tan usado soy toda mi vida á sufrir desventuras, que dubdo
si soy yo á quien tanto bien se le concede; á vos, señor Selvago,
doy las gracias por las mercedes que sin yo merecello de contino
me haceis, y á tí, hermano Risdeño, prometo que de mí no vayas
descontento.

_Risd._ No quiero otra cosa sino lo que he dicho.

_Selv._ Por mi fe, Risdeño, que la afrenta que le harán ha de ser
hacelle amigo tuyo.

_Risd._ Amigo sea él de Barrabás, que mio no por agora.

_Selv._ Cierto que lo has de hacer.

_Fler._ Ea, Risdeño, haced lo que vuestro señor os manda y yo mucho
os ruego.

_Risd._ Agora, pues todos me lo rogais, sea, con tal condicion que
me pida perdon de lo pasado.

_Fler._ Cumple con él, Escalion, por tu fe, que bien sabes lo que en
ello me va.

_Esc._ Áun él piensa que lo tiene todo acabado.

_Fler._ Dexa eso, haz lo que te digo, que ninguna honra pierdes.

_Esc._ Quiero pues: señor Risdeño, yo os pido perdon de las
descortesías que os dixe.

_Risd._ Levantaos, hijo, Dios os dexe lograr.

_Esc._ Hi, hi, hi, gracioso está por mi vida, y la mano me da que le
bese; quita, Risdeño, que eso no quedó en la postura.

_Risd._ Anda, que bien la puedes besar, que una vez llevé el acetre
al cura quando un domingo echaba agua bendita, y áun os promete que
esta mano os vengue de quien os enojáre.

_Selv._ ¿Estás ya contento, Risdeño?

_Risd._ Sí, y muy pagado.

_Selv._ Alto pues, bien será que yo me vaya á mi posada, que se hace
hora de acostar; por la mañana nos juntarémos en la iglesia, señor
Flerinardo, y darémos una vuelta cabalgando por esa calle, que gran
deseo tengo de á vuestra señora ver, por las nuevas que della tengo.

_Fler._ Si poder para salir fuera tuviere, así se hará.

_Selv._ Haceos al trabajo, que no es tiempo de regalo, y á Dios
quedeis.

_Fler._ Con él vais, mi señor.

_Risd._ ¿No me hablais, amigo Escalion, que me voy?

_Esc._ San Cristóbal os acompañe, gentil hombre.

_Risd._ El pajecito de Sant Bartolomé con vos quede.



CENA SEGUNDA DEL PRIMER ACTO.

  En que Velmonte, criado de Flerinardo, dice á Escalion, compañero
  suyo y gran panfarron, que le acompañe esa noche en un concierto
  que con una moza tinie, donde no pudiendo con razones excusarse,
  acuerdan los dos de llevar en su compañía tres criados de
  Selvago. Lo que así acordado, habiendo dado algunas músicas, y
  topado un alguacil que los puso en alboroto, á sus posadas tornan
  á dormir. Introdúcense:

VELMONTE. — ESCALION. — SAGREDO. — RUBINO. — CARDUEL. — RISDEÑO. —
ALPINA. — ALGUACIL. — MOZA.


_Velmonte._ Haréisme merced, señor Escalion, por otra tal, que me
guardeis el cuerpo esta noche, porque tengo de hablar á cierta moza;
que ya sabeis que obras son veces, y que qual por mí tal por tí, y
que aunque uno sea rey, á veces ha menester á un rústico labrador;
dígolo porque, aunque yo para con vos sea muy poco, algun dia me
habréis menester. Y tambien, si teneis memoria, habréis oido decir
que la una mano lava la otra, y las dos al rostro, lo cual significa
que los que de una comunidad son, en el tiempo necesario se han de
favorecer.

_Escalion._ ¡Oh señor Velmonte, y qué mal viaje sería el nuestro
de esa manera! No esteis en que más seguro iréis solo que en mi
compañía, que yo juro por la metafísica de Aristótiles, el menor de
toda la ciudad no sabria mi salida quando en el camino nos pusiesen
treinta celadas de parientes y amigos de hombres que yo he privado de
la vida; pues viéndose mi vigoroso brazo en tal aprieto, ¿qué ha de
hacer sino despedazar dos ó tres docenas dellos, de do se siga alguna
revuelta, que fuera mejor habernos estado en casa? De mí, que diga
que no, todavía me pesa enviar tantas ánimas de fieles al purgatorio:
demas desto, mi confesor otra cosa no me encarga sino que tenga
conciencia de los huérfanos y viudas que por mi causa padecen gran
laceria en toda Europa.

_Velm._ Para eso buen remedio: no se dé quenta de nuestra salida, y
así no habrá lugar lo que decis.

_Esc._ ¡Oh qué donoso caso! Por el santo martilojo de peapá, el
diablo se trasformaria en alguna persona y lo manifestaria, quando
otro faltase, por el provecho que dello le podrie venir. Mas mejor
será, pues todavía estais en que hagamos este camino, que fuésemos
sin espadas, porque no haya, aunque se ofrezca, causa en algun
rompimiento.

_Velm._ Tan de culpar es por cierto dar cinco de corto como de
muy largo, que desa manera en manifiesto peligro nos pondriamos,
especialmente en semejante negocio; de mi parte os digo que mi espada
de noche me es buena compañera, la qual en ningun tiempo dexaré.

_Esc._ Pues que así os parece, hágase otra cosa que se me
representa acertada, la qual es que nos vamos por la posada de
Selvago, y llevarémos los dos criados con Carduel, su paje, que
llevando su guitarra, miéntras vos hablais con la dama, no sonará
mal un chistecico de aquel rapaz, que, segun he sabido, canta
maravillosamente.

_Velm._ ¿Pues y los dos criados á qué han de ir allá, que es dañoso
tanta gente en tal caso?

_Esc._ Andá, que todos somos amigos, y miéntras más moros más
ganancia, quanto más que serán menester para que me tengan á que no
haga tajadas á todos los que pasaren, que vos y el paje érades poco
para mis grandes fuerzas.

_Velm._ No me medre Dios si éste no es un gran panfarron cobarde, que
porque no le asienten el guante, si tiene algun enemigo, pone tantas
escusas.

_Esc._ ¿Qué dices, Velmonte, que no te entiendo?

_Velm._ Digo que sea como te parece.

_Esc._ Alto, pues, vamos luégo.

_Velm._ Pues toma tu espada, y mira si quieres una rodela, que allí
están dos.

_Esc._ No quiero sino el espada, que ella y la capa harán lo que
convenga.

_Velm._ Alto, pues, sin detenernos vamos fuera.

_Esc._ Con pié derecho, que el corazon me da que tengo de rebanar
alguno ántes que á la posada vuelva.

_Velm._ Por aquí, por San Cristóbal, echemos, que es el mejor camino.

_Esc._ Sea por do quisiéredes; mas, decid, ¿quién son los que están á
la puerta?

_Velm._ Vuelve, vuelve, no huygas, Escalion, que no es sino Risdeño
el enano, que toma aire á la puerta.

_Esc._ ¡Oh pesar del terrible Nembroth, que así has de afrentar la
persona, como si fuese quien quiera, diciendo que huyese! Va la
persona á ponerse á la calleja por asegurar sus espaldas pensando que
tiene los enemigos á ojo, y ultrájasme dese modo.

_Velm._ Perdóname, que pensé que por otra causa lo hicieses.

_Esc._ Bueno está el pensé, por vida de mi agüela la tuerta; pues
dime agora, ¿por un pensamiento que tenga has de lastimar la honra de
un hombre como yo? reniego de los huesos de Brumandilon, mi padre, si
una cuchillada en la cara no sufriera mejor que tal ultraje; cómo, ¿y
hombre soy yo que tengo de huir?

_Velm._ Acaba ya, que pues te pido perdon y conozco mi yerro, no
soy á más obligado; mira que ya vienen aquí los criados de Selvago,
Rubino y Sagredo, que nos deben haber conoscido; no se les diga lo
pasado, que sé que me culparán, porque te conocen bien.

_Esc._ Destos he yo menester, que de presto los torno bobos haciendo
del cobarde esforzado.

_Rubino._ ¡Oh, señores, qué buena venida es ésta á tal hora!

_Esc._ El señor Velmonte nos ha menester á todos esta noche, y á
Carduel con su guitarra, que todavía nos darémos una buena holgadura.

_Sagredo._ Alto, voto á Mares, que yo llevaré tambien mi ruiseñor,
que no sonará mal con la guitarra.

_Esc._ Pues haced llamar al paje.

_Sagr._ Veisle aquí do viene con Risdeño, que él nos entró á decir
cómo veníades.

_Risd._ ¡Oh mi amigo Escalion! no quiero perder un abrazo.

_Esc._ Eso como mandéredes, que yo soy el que gano.

_Risd._ Ántes estais en eso engañado, que porque abaxándoos me
hiciésedes acatamiento os abracé.

_Esc._ Aunque eso sea, soy á más obligado; mas decidme, señor
Risdeño, ¿quereis ir á dar una vuelta por la ciudad en la compañía?

_Risd._ ¿Y si llama Selvago entre tanto?

_Carduel._ De eso bien seguro que ántes del alba será la vuelta.

_Risd._ Sea pues, que, en fin, por llevar con vosotros á quien os
defienda de quien os enojáre, me habeis sacado de mis casillas.

_Velm._ Pues, señor Carduel, ¿está buena la guitarra?

_Card._ De verdad que hoy la encordé, porque tenía pensado de ir á
dar una gateada al alba en cierto cabo; empero, pues viene á cuenta,
no sabrá mal en el primer sueño.

_Risd._ ¿Cómo, Carduel? ¿eres por ventura enamorado?

_Card._ Sí, por cierto, que no lo negaré, y áun en cabo que me siento
por muy dichoso.

_Risd._ Ya, triste de vos, padre, ¿no considerais el caso? á quien no
pusimos vida va con chapines á misa. Pues dime, ¿qué ves en el mundo,
que te cuentas por enamorado?

_Card._ ¿Qué tengo de ver? ¿Soy algun enano como vos para no sello?

_Risd._ Ya duelos le dé Dios al camaron de alberca; decí, ¿no os
parece que cual soy tengo mejor disposicion para serlo que vos, que
áun no sois, como dicen, fuera del cascaron?

_Card._ Si por cierto, y áun para chirriar de una jaula como tordo.

_Risd._ ¿Pasais por esto? ¿No veis qué dice? al fin fin que tantas á
Pedro como á tu amo, cada ruin zapato há lazo; pues no medre yo si á
mi señor no lo dixere cómo ya andais emputecidillo.

_Card._ Señor Escalion, ruégale por tu salud que no se lo diga, que
dirá al mayordomo que me azote.

_Esc._ Señor Risdeño, por mi vida, que no lo has de decir.

_Risd._ No me lo ruegues, señor, que aquel rapacillo no se ha de
igualar con un hombre barbado como yo.

_Velm._ Por mi fe, que lo has de callar, porque te lo ruego yo.

_Risd._ Ora si él me pide perdon de rodillas y me besa la mano, soy
contento; si no, bien será escusado.

_Esc._ Hazlo, señor Carduel, que por vida de mi amiga, otro tanto me
pasó á mí este dia con él por mandado de mi señor Flerinardo.

_Card._ Alto, que sí haré.

_Risd._ Pues con mucha contriccion.

_Card._ Señor Risdeño, yo os pido que me perdoneis si de mis palabras
recebis enojo.

_Risd._ Alto, que yo os perdono; levantaos, hijo.

_Esc._ Hi, hi, hi, pese á la puta que me parió, señor Risdeño, qué
gracioso eres; sús, alto, vamos de aquí, que las doce han dado.

_Velm._ Ea tú, señor Carduel, toca la guitarra, veamos en qué mundo
vivimos.

_Esc._ Por el dorado vellocino de la Reina de Nápoles que va divino,
y áun el ruiseñor no suena mal. Por vida de tus amores, señor
Carduel, que digas una coplita de las que sueles.

_Card._ De tal manera me conjurastes, que me conviene hacello.

_Esc._ Sea, pues aquí no será en vano, que una mochacha me suele
mirar quando de dia paso por aquí, y no de mal ojo.

_Card._ Callad pues:

      _Ojos garzos há la niña,
    ¿Quién se los enamoraria?_

      Es tan linda y tan hermosa
    La niña con su mirar,
    Que causa pena rabiosa;
    Sólo por la contemplar,
    A todos quiere matar
    Con sus ojos de alegría
    ¿Quién se los enamoraria?

_Esc._ Por la temerosa figura de la serpiente Hidra, con mayor gracia
y más al propósito no vi cosa decir en toda mi vida; dome á Dios,
Carduel, si mujer me hallára, si por tí yo no perdiera oyendo las
gargantas que tu tan deleitosa voz levanta, matizadas con la bien
ordenada música cordial que tus dedos componen.

_Risd._ Agora digo que con razon eres enamorado, Carduel.

_Card._ ¿Qué os parece, señor Risdeño? pues sabed que ello y yo
estamos prestos á lo que os cumpliere.

_Velm._ Aquí es el lugar; bien podeis, señor Carduel, cantar alguna
cosita buena.

_Card._ Luégo se hará, habiendo conocido bien la estancia; ¡ay si nos
oyen, con paciencia, no nos envien por colacion algunas lágrimas de
Moysen ú sopas de arroyo!

_Velm._ Señor Escalion, allegaos un poco más comigo, por merced.

_Esc._ El señor Rubino irá, que quiero gozar de la música.

_Velm._ No hace al caso, quédense los dos, que si algo fuere
menester, cerca es; un silbo lo puede hacer todo.

_Esc._ Sea como mandáredes.

_Velm._ De verdad, que bien digo yo que de cobarde tiene Escalion más
que de esforzado, que ansí con la música se escusó de llegarse aquí
comigo. Mas, ¿qué digo yo? ¿es mi señora Alpina la de la fenestra?
Ella es, cierto; ¡oh mi muy amada señora! mirad lo que ordenais deste
vuestro criado que por vuestro mandamiento aquí es venido.

_Alpina._ ¡Oh mi señor Velmonte! rato há que os estoy esperando;
decidme, señor, ¿traésme los botines que me mandastes?

_Velm._ Mi vida, aquí vienen, ved qué quereis que se haga.

_Alp._ Señor, que deis una vuelta, porque hay ventanas, y de presto
os entraréis, que yo tendré la puerta como conviene, que ya todos los
de casa duermen.

_Velm._ Como mandais, señora, se hará. ¡Oh Velmonte, cómo este dia
con piedra blanca le has de señalar, pues tan presto gozarás de tan
buena y desenvuelta mochacha! La puerta me parece que abre, á la
Magdalena me encomiendo.

_Alp._ Paso, señor, mirad no hagais estruendo, que duermen aquí cerca
los mozos, no nos sientan.

_Velm._ Mi vida, así será como decis.

_Alp._ Por mi vida, que vuestras obras no concuerdan con vuestras
palabras; mas decidme, ¿aquellos que allá fuera tañen vienen con vos?

_Velm._ Mi señora, sí, que amigos son todos, y áun os digo que está
allí un rapaz que canta maravillosamente.

_Alp._ Oid, oid, que por mi salud ya cantan.

_Card._

    _¡Oh qué gozo tan gozoso,
    Cómo goza mi sentido
    Gozando de ser querido!_

_Velm._ ¡Dome á Dios, y cuán á proposito ha cantado!

_Alp._ ¡Oh qué gracioso rapaz! por cierto que parece que los ángeles
cantan con él.

_Velm._ Oiga, ¿qué dice la vuelta?

_Card._

      Ya mi gozo se ha gozado
    Con el gozo que buscaba;
    Gozoso y regocijado,
    Del sumo gozo gozaba;
    Este gozo me causaba
    Que se goce mi partido
    Gozando de ser querido.
      Quien goza de gozo tal,
    Con gozo debe mostrarse,
    Que gozar de gozo igual,
    Sin gozo puede gozarse,
    Y pues gozo puede darse
    A mi gozoso partido,
    Gózese siendo querido.

_Risd._ Por mi vida, Carduel, que juegas lindamente de vocablo;
mas por me hacer merced que digas una copla á una moza que está en
aquella ventana.

_Card._ Por serviros, señor Risdeño, más que eso me profiero hacer.

_Risd._ La voluntad os tengo, señor, por servir; mas haced lo que
agora os ruego.

_Card._

      ¡Oh ventana muy dichosa,
    Cómo fué tal tu ventura,
    Que gozes, sin sentir cosa,
    D’una dama tan graciosa
    Y de tanta hermosura!
      ¡Oh si yo tú me volviera,
    Y me quedára sentido,
    Cómo muy dichoso fuera,
    Porque así gozar pudiera
    De los gozos de Cupido!

_Esc._ ¡Oh Carduel, qué bien lo haces! juro al bendito rosario de
Santa Marta, que de presente y tan al propósito no vi en mi vida
mejor cosa; ¿qué dices en esto, señor Risdeño?

_Risd._ Digo que tenés razon; mas oidme un poco, veréisme requebrar
con la dama, que no será de poco pasatiempo.

_Esc._ Vé presto, por tu fe, Risdeño, que de cosa no holgaré más que
de oirte; mas mira que rajes largo.

_Risd._ A mi cargo. Despues que mis ojos con temeraria osadía (norte
de mi procelosa vida) miraron tu divina y angélica figura, de tal
manera quedaron captivos, que más un punto de libertad no han tenido;
¡oh, pues, mi verdadera señora! pídote humildosamente que me digas,
pues jamas pensé sino en te servir, por qué así con tanta crueza
me quieres de contino tratar. ¿No sabes que en me dar la muerte
pierdes un siervo muy leal á tu servicio, y que más que quantos viven
firmemente te ama? mas, pues de tu acostumbrada crueza quieres usar,
yo te ruego que del todo me des la muerte, porque con ella reciba el
descanso que viviendo tan perdido tengo; de lo qual, si bien miras en
ello, no te viene otro provecho sino adquirir en tu soberano valor un
pernicioso renombre de violenta matadora del que con mayor lealtad
jamas sirvió á Cupido.

_Moza._ ¿Quién es vuestra merced, señor, que en verdad á nadie veo,
que no sé si habla alguna piedra?

_Risd._ Deso reniego yo, mi señora, que mi flaco merecimiento delante
de vuestro soberano merecimiento sea nada y en tal por vos siempre
tenido.

_Moz._ Por mi fe, señor, que estaba yo bien ajena que así por mi
causa alguno tan perdido estuviese; mas mirad, señor, que por ventura
estais engañado, y no soy quien vos pensais.

_Risd._ ¡Ay mi señora! por mi vida, no me deis tales disfavores,
que no tendré poder para los sufrir, que habiéndoos tanto tiempo
servido, á manera de desden me digais que no sois vos la que sin vida
viviendo me hace andar; que si mi intencion ántes de agora no os he
descubierto, no ha sido sino por temor de os enojar; verdaderamente
os digo, mi señora, que si las penas que por vos he padecido y de
cada dia padezco del todo os fuesen demostradas, no dudo sino que
concederíades en mi ruego, movida solamente de piedad de mis ansiosas
querellas y penosos trabajos.

_Moz._ Pues que así es, señor, que tantas penas por mis amores habeis
pasado, haced dos cosas que os diré, y con ellas podréis salir de
pena.

_Risd._ ¡Oh mi señora, y cómo me puedo llamar dichoso, pues algo me
quereis mandar! por tanto decid, señora, que mil haré, quanto más dos.

_Moz._ Lo uno es que me digais quién sois, y lo otro que os caseis
comigo, que de otra manera será escusado; que de verdad os digo que
estotro dia me traian al sacristan de mi lugar, y áun por bien poco
se dexó de efectuar, que no fué sino que él ni sus padres ni los
mios quisieron; por tanto, ó me responded concediendo, ó partíos de
mi puerta, que no parece bien las mozas como yo estar á tal hora
hablando con quien no conocen.

_Esc._ ¡Oh pese á rus con la zuratica! ¿no la ois? de casamiento
habla y que no se dará ménos.

_Card._ Bien vendrá, mas oid qué responde Risdeño.

_Risd._ El mayor beneficio que mi ventura me pudie hacer es el
presente; por tanto, señora, en lo que decis del casamiento, yo me
siento por muy dichoso; en lo decir quién soy, para allá dentro lo
guardo; por tanto mirad cómo quereis que se haga.

_Moz._ Señor, primero me lo habeis de decir y jurar que me tomaréis
por esposa, que no querria que me engañásedes.

_Risd._ ¡Oh perla, cómo eres graciosa! Y no quiera Dios que á quien
yo tanto quiero engañe; por tanto méteme allá, que á voces no lo he
de decir.

_Moz._ Señor, haré lo que decis; pero la entrada no hay otra si no os
atais en una soga que yo os echaré, y con mi ayuda y vuestra ligereza
subais; mas hagoos cierto que no estais acá muy seguro, porque si
los dos hijos de mi señor nos oyen, no os podréis librar bien si no
sentis en vos fuerza para contra ellos.

_Risd._ Deso, señora, no tengais pena, que aunque los contrarios
fuesen siete armados de corazas y capellinas, para el mundo que me
tiene, mozo tenés delante, que á todos hiciese cara y los quitase los
despojos; por tanto no dubdeis de echar la soga.

_Moz._ Señor, pues una cosa os encomiendo, que de dos mancebos que
son los hijos de mi amo, al menor en ninguna manera hagais mal,
porque me dió una sortija de plata y le quiero yo mucho.

_Risd._ Pues, entrañas mias, pídoos de merced que primero vais á
fregar, porque si de fuerza lo habeis de hacer, hecho estará ántes
de mi subida, y más porque no lo sientan los que allí hácia nosotros
vienen, que me parece mucha gente.

_Esc._ Gente y mucha, pese á Mars; alto, piés hácia la posada, dad al
diablo cuenta con serranos.

_Card._ Espera, espera, Escalion, que la ronda es.

_Alguacil._ ¿Quién sois, gentiles hombres? ¿qué armas traeis?

_Risd._ ¡Oh señor Nava, vuestra merced es y así desconoce á sus
servidores!

_Alg._ ¡Oh señor Risdeño, y á tal hora por aquí!

_Risd._ Señor, salimos á pasear un poco yo y mis compañeros por coger
el aire.

_Alg._ Bien me paresce, mas ¿quién era el que huyó denántes?

_Risd._ Escalion, el criado de Flerinardo, que, como tiene tantos
enemigos, no fiándose en nosotros, quiso acogerse á sus piés.

_Alg._ No me habien dicho eso á mí dél, pero cosas son que
acontescen; vos, señor Risdeño, ¿tenés necesidad de nosotros?

_Risd._ Yo tengo de serviros, señor.

_Alg._ Pues á Dios, caballeros.

_Risd._ Con él vayais, señores.

_Esc._ ¡Ay, ay, desdichado, que cerca vienen, muerto soy! ¡Jesus,
Jesus, confision! ¡oh, qué cortado voy, válame Dios, de la muerte! de
cierto en los piés no me puedo tener, la muerte tengo ya tragada. ¡Oh
desdichado de tí, Escalion, á qué te ha traido tu ventura! quiérome
arrojar en esta mazmorra que aquí está abierta, pues ya mis piernas
no tienen poder para más huir. Mas áun no asoman los enemigos, sin
dubda á mis desventurados compañeros deben de estar destrozando, ¡oh
desventurados de vosotros, y quán afortunado fué vuestro nascimiento,
pues tan mal habréis logrado vuestra alegre juventud! Agora el
diablo creo me hace á mí blasonar de las armas, y siendo más cobarde
que una gallina, lo qual por un cabo es bueno, porque siquiera me
tengan en algo; mas doy á la mala rabia tenida que por ella habeis
de andar siempre la barba sobre el hombro, y estar obligado á que
ninguno en toda la ciudad haga desafío que por compañero ó padrino
no os convide, donde en diez años que en esto he andado, he sacado
de barato este relativo, ó rascuñillo de veinte y cinco puntos que
tengo de oreja á oreja, y tres veces apaleado, y quiera Dios que esta
noche no quede la vida por las costillas. Mas ¿qué digo yo? si tras
mí vinieran, ya hubieran llegado; sin duda por la otra calleja se
fueron, y si esto es ansí, y mis compañeros quedaron libres, en el
mundo no me conviene parar; mas, empero, buena escusa será llamar á
Velmonte diciéndole que riñen los compañeros; buen consejo es, allá
vuelvo, mas no sea el diablo que me engañe, mas todavía quiero ir,
que allí pienso que está. ¡Hola, hola, señor Velmonte, que matan á
nuestros compañeros, pese al mundo, que nosotros y vos enhoramala acá
venistes esta noche!

_Velm._ ¡Oh mi señora Alpina! ¡á Dios quedeis, que voy á ver qué sea
esto!

_Alp._ ¡Oh señor, no salgais, no os acaezca alguna desventura!

_Velm._ Dexadme, señora, que mal haria que viniéndome acompañar se
viesen en algun peligro y no los favoreciese.

_Alp._ Pues á Dios vais, que en gran fatiga quedo; tomá, que se queda
la rodela.

_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion?

_Esc._ Andad, que allá lo veréis; echad mano, que así conviene
muramos como hombres; échense esas lanzas en los pozos.

_Velm._ ¿No diréis qué es?

_Esc._ Treinta hombres, que bien lo decia yo ántes.

_Risd._ ¿Para quién, Velmonte, para quién?

_Velm._ ¿Que no estais todos muertos, que así me lo dixo Escalion?

_Risd._ Anda, calla, era nada, el alguacil y dos porquerones que van
rondando, fuéronse en conociéndome.

_Esc._ ¡Oh pesar de la leche que mamé, y tal me decis! Dexadme, que
yo haré á nada, que no me ponga otra vez á mí en alboroto.

_Velm._ Dexalde al cobarde, que no hayais miedo que mate moro.

_Risd._ Pues que si le vieras ir voceando, que parecia que ciento
iban tras él.

_Esc._ Quiero volverme y decir que no los hallé; mas ¿qué rodelas
y espadas son éstas? sin duda algunos huyendo de la justicia, como
acontece, las arrojaron en este portal para volver por ellas; de
molde me vienen, que diré que dexo á sus dueños mal heridos. ¡Oh,
descreo de la hórrida barba de Caron, y cómo por tener piés los demas
se escaparon, que ellos conoscieran quién es Escalion!

_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion? ¿qué rodelas y espadas son ésas?

_Esc._ ¿Qué ha de ser, pese al mundo? mis cosas que no pueden dexar
de ser.

_Risd._ Cuéntanos, Escalion, por tu fe, lo que ha pasado.

_Esc._ Habeis de saber que, como fuese tras el alguacil como vistes
allá abaxo, salieron docena y media de hombres á mí, y como yo
iba enojado, por la ganzúa y tinacetas del buen ladron, no hice
dellos más caso que si uno ó dos fueran; pues doy tras ellos tan
denodadamente, que al primero maté y el segundo no habló más; los
otros, por presto que quise ir á ellos, con miedo de mis regurosos
golpes, tomaron las de villadiego, que fué parte para les dar la
vida; yo por guardar mi costumbre, que es gozar del despojo de los
vencidos, les tomé las armas que veis.

_Risd._ ¿Es posible eso, Escalion?

_Esc._ Posible, por vida del turco, andad comigo; vellos heys que no
bullen pié ni mano con dos heridas terribles, que Héctor ni áun su
hijo Astianax, el que Ulíxes despeñó de una torre, no las hicieran.

_Risd._ Dalo al demonio, vámonos á la posada, no nos echen á todos la
culpa.

_Esc._ ¿Qué echar culpa? ¿no estoy yo aquí? que sabida la verdad, el
mismo Corregidor dirá que vayan con los muchos, porque tomar de mí la
enmienda sería echar á perder el reino todo.

_Velm._ Vámonos, por vuestra vida, Escalion, que todavía es bueno
ponernos en salvo.

_Esc._ Sea así, pues lo quereis.

_Risd._ Decidme, Escalion, por vuestra fe, ¿cómo nos dexastes
denántes quando el alguacil?

_Esc._ Ya no más; sabed que yo, con la música, estaba un poco
dormido, y despertando á deshora, semejóseme que treinta hombres
nos iban á matar, y porque no me hallasen de sobresalto, desviéme
para echar mano y ponerme como convenia, y así ansí, acordándome de
Velmonte, fuíle á llamar porque todavía hiciera su parte.

_Risd._ Agora bien está, aquí nos podemos despartir y cada uno á
su posada se vaya á dormir lo que de la noche queda; en lo de los
muertos nadie hable palabra, que no sabiéndose el matador todavía no
tenemos peligro, lo que si se sabe es al contrario.

_Velm._ Sea pues; señores, por este suceso se pierde la colacion, mas
otro dia se vendrá, señor Carduel, yo serviré las mercedes.

_Card._ Servicio y pequeño. Señor, Dios os guie.



CENA TERCERA DEL PRIMER ACTO.

  En que Flerinardo se levanta y pide á su criado Velmonte de
  vestir, pasando con él muchas razones sobre el amor; viene
  Selvago á le visitar. Flerinardo cuenta un sueño que dice haber
  esa noche tenido, despues de lo qual Velmonte dice lo que á
  todos esta noche con la música ha acontecido. Luégo Selvago y
  Flerinardo se van cabalgando á ruar. Entre tanto Escalion va á
  pedir cuenta á una mujer que tiene en el lugar público, sobre
  lo qual riñen y pone él manos en ella, siendo luégo por un otro
  rufian, llamado Hetorino, apartados. Introdúcense:

FLERINARDO. — VELMONTE. — SELVAGO. — ESCALION. — RISDEÑO. — LESBIA. —
HETORINO.


_Fler._ ¿Mozos, mozos?

_Velm._ Señor.

_Fler._ ¿Es de dia?

_Velm._ Más acertado fuera preguntar si era hora de comer.

_Fler._ ¿Qué me dices? ¿Por ventura estás loco, que, segun me parece,
no há dos horas que duermo?

_Velm._ El dicho está gracioso; como comenzases despues de amanecer
á dormir, poco más habrias dormido; mas porque me creas, mira por
esta fenestra y verás á Febo, como, por estar en medio de nuestro
horizonte, las terrestres sombras ha del todo disminuido.

_Fler._ Cierto ansí es como dices, en lo qual veo cómo se muestra en
mí el nuevo hábito que he profesado; que no solamente mis potencias
interiores, mas áun las costumbres exteriores en otras muy diversas
y diferentes ha trasformado; dame, dame presto de vestir, que no
conforma el descuido presente con el concepto que en mi ánimo se
muestra.

_Velm._ ¿Qué vestidos quieres, señor?

_Fler._ El jubon y calzas leonadas me conviene por la congoxa que me
atormenta. El sayo será el morado recamado de oro, pues mi ventura lo
ha querido. Asimesmo la gorra de la medalla de Cupido me darás, pues
ya por mi divisa le tengo.

_Velm._ ¡Oh, señor, y cómo perfectamente eres alindado y
gentil-hombre! De verdad que con más razon viéndote en un espejo de
tí te debrias enamorar, que aquel niño fermoso Narciso en la fuente,
como los poetas cuentan, que por no poder gozar de lo que amaba, fué
en flor de su nombre convertido.

_Fler._ ¡Ay de mí, que con todo eso delante de mi querida señora me
siento por más disforme que Tersítes, por causa de ser ella la summa
de hermosura y perfeccion seráfica que hasta hoy ha sido en el mundo
descubierta!

_Velm._ Dime, señor, ¿sufres afan en ser enamorado?

_Fler._ Por mi fe, que estás donoso en el preguntar. Dime, ¿de tan
torpe naturaleza estás formado que en mi apariencia no lo vees?

_Velm._ No tomes pasion que no lo digo por tanto; mas dime, ¿tomarias
de tu voluntad tu libertad primera si te fuese dada?

_Fler._ No por cierto, aunque con ella me rogasen, porque el amor es
de tal condicion que la pena que á sus súbditos da tiene dentro de sí
una delectable gloria y muy apacible descanso.

_Velm._ Pues ¿qué será la causa que siempre os mostrais ser
congoxosos?

_Fler._ Esto causa que todos los que aman son avaros, y porque los
ignorantes en el amor no le deseen, muestran tal apariencia, tiniendo
otra cosa en lo secreto encerrada.

_Velm._ De esa manera aunque os veamos quexar no os darémos crédito,
pues, como habemos dicho, es todo falso.

_Fler._ A pocas me habrias cogido á pelo, mas porque siento en tí
que no eres digno para que tales misterios manifestados te sean del
todo, te lo quiero encubrir, sino vé que me aparejen de comer, que
pues veo ser hora y yo tengo gana, no me será dañoso.

_Velm._ Señor, hecho está, quando fuéredes servido te puedes sentar.

_Fler._ Sea luégo, mas tú tendrás entre tanto cuidado de me hacer
aparejar el caballo blanco con el jaez de carmesí, que tengo de salir
luégo fuera.

_Velm._ Como lo mandas, señor, se hará. ¿Habeis visto cómo le así
de las piguelas quando me negaba que el amor no tiene especie de
pena? y á la verdad, si bien lo miramos, no dexaban de tener razon
sus palabras, porque el amor la pena que á sus verdaderos servidores
pone, siendo en sí rigurosa, dellos por gloria apacible es recebida;
donde se sigue que fuerza el cuerpo á que muestre en exteriores
señales su sér, que es penoso, puesto caso que el sentido goce de la
encubierta y engastada gloria. Por esta causa los de semejante tiro
tocados, mostrando mucha tristeza, están llenos de apacible descanso;
mas ¿qué digo yo? ¿este que aquí viene no es Selvago? él es cierto;
bien será irlo á denunciar á mi señor, que no creo le pesará de su
venida, y con razon pues siempre el médico fué apacible al enfermo.
¡Señor, señor!

_Fler._ ¿Qué dices, Velmonte?

_Velm._ En el zaguan se apea el señor Selvago.

_Fler._ Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al
afligido pueblo.

_Velm._ Vesle, ya entra.

_Fler._ ¡Oh señor Selvago, escusado habés mi ida á vuestra posada!

_Selv._ Por tanto vengo yo por quitaros de trabajo; mas ¿qué ha sido
la causa que no habeis hoy parecido por la iglesia?

_Fler._ No otro sino que habiendo toda la noche gastado en diversos
pensamientos, ya cerca de la aurora me vino un profundo sueño,
en el qual cosas maravillosas, aunque bien oscuras, me fueron
representadas; en esto, pues, gasté hasta poco más há de una hora, en
que he dado la refeccion quotidiana al cuerpo.

_Selv._ Pues, señor, ¿no nos dirés alguna cosa de lo que entre sueños
os fué demostrado?

_Fler._ Fácilmente se concederá lo que dices, pues el mesmo deseo
tengo yo para ver si de vos es entendido lo que á mí tan ajeno se me
hace.

_Selv._ Aunque por temeridad tengo pensar de entender lo que á vos
se muestra oscuro, todavía para ver su dificultad, deseo que me lo
esplaneis por entero.

_Fler._ Habeis pues de saber, señor, que no sería yo bien en aquella
imágen, que apropiada es á la muerte, convertido, quando la señora
que en captividad mi corazon tiene puesto, se me demostró con tanta
ira y enojo contra mí, quanta hermosura y beldad para con todos
tiene; yo, pues, con mayor temblor en mis miembros que la hoja seca
en el alto roble combatida del indomable Boreas, con mucha humildad
esperaba á qué muerte más severa me quieren condenar sus crueles
razones. Habiendo, pues, algun tanto mis muchos miedos considerado,
con algo más apacible rostro, desta manera me habló. ¡Oh tú, que por
tan mi verdadero captivo te has mostrado, forzando tu fuerza á la
que de mi parte te ha venido, demostrando asimesmo por palabra la
gran pena que en obra por mí padeces, como á la verdad eres digno
á que rigurosamente mi crueldad contra tu locura proceda, pues no
solamente violaste mi limpieza con tu dañado pensamiento, mas, áun
poniendo mi honra en condicion, te jactas y vanaglorias en á todos
manifestarlo; cierto de gran pena te has hecho digno, y no tanto
por lo ya declarado, quanto por tener voluntad de posponer mi amor
por el de aquella que otro que fraternal por ley humana y divina
es vedado, pues mira quien tal crímen cometió con qué cara pedirá
misericordia, pues cierto que con razon le será negada! Yo entónces,
puesto en grave congoxa por oir semejantes razones, vueltos mis ojos
en dos fuentes, de hinojos delante aquel seráfico aspecto me pongo,
pronunciando tales palabras, con abundancia de sospiros esmaltadas.
¡Oh gloria por quien la mia en rabiosa pena fué tornada, dulce y
apacible recordacion y memoria de mis trabajosos afanes, ruégote (si
rogarias en tu alto merecimiento tienen lugar) que si mi persona por
obra ó pensamientos maliciosamente tu soberano valor ha maculado,
solamente porque yo ignoro la culpa, por tí me sea demostrada, para
que, como fénix, yo mesmo de tu ofensa en mí ejecute la debida
venganza! Entónces ella, con rostro amoroso y apacible, me respondió
en esta manera. Por ver tu mucha contricion, y que áun el pecado no
se puso por obra, yo quiero por agora perdonarte; mas avísote que
mires por tí, que en gran peligro estás puesto, y más te digo, que
el mono mofador muy presto mudará su sér, y en manso unicornio será
convertido, perdiendo de tal manera su libertad, que sólo de coraje
en el filo de la muerte será puesto, donde por el mesmo que su pena
causára, la vida le será restaurada con muy crecido placer y soberano
gozo, de que no pequeña parte te vendrá. Pues dichas estas palabras,
subitáneamente de mi vista se desapareció, y yo de aquel profundo
sueño fuí libre.

_Selv._ Maravillosas cosas me habeis dicho, señor Flerinardo, y á
la verdad en gran turbacion por ello soy puesto; dado que de lo que
sea estoy bien ignorante, por lo qual será sano consejo privarlo de
la memoria; que por la mayor parte los sueños siempre son vanos, y
que el presente no lo sea y amenace trabajos, no por eso los debemos
sentir dos veces, agora con la recordacion, y despues con la obra.

_Fler._ Ansí es, señor, como decis; por tanto, si os parece, vamos
fuera, que ya es tiempo del ruar.

_Selv._ Sea quando fuéredes servido.

_Risd._ Señor Flerinardo, por cumplir lo que os prometí, sabed que
mañana tengo de ir con recaudo de mi señora Rosiana para Isabela; por
tanto ved qué me mandais que por vos haga, que de grado lo tomaré á
cargo.

_Fler._ ¡Oh mi verdadero amigo, y cómo nueva de tanto placer no me la
hubieras ya manifestado! Sabe que una letra tengo escrita; mira si
hay en tí osadía para se la dar.

_Risd._ Señor, con que vuestro nombre vaya dentro, á mí me place,
porque la daré debaxo de algun fingido color.

_Fler._ Así será como dices; y pues por aquí es el camino, quando
hobieres de ir te podrás entrar por allá.

_Risd._ Bien me parece; así se hará, señor.

_Fler._ Escalion, tú, Velmonte, quedaos en la posada con los criados
del señor Selvago; solamente Risdeño vaya en nuestro seguimiento.

_Esc._ Albricias te diera porque ántes habláras: alto como saeta que
de la ballesta sale, á la gualtería; me llego á ver el cayro que
mi puta Lesbia dende ántes de ayer ha cogido, que bien sé que ha
tenido feria con los gancheros de la maderada; pues ñégeme blanca,
que hago voto solemne á las cenizas del Ilion troyano si el diablo
sea bastante de la sacar de mis manos viva; héla, está á su puerta,
con mal ojo me mira, pues mándola yo que aunque le pese ha de hacer
virtud. Puta, enhorabuena esteis, si quisiéredes; ¿cómo os ha
pasado con la maderada? diréis vos, cada dia viniese; pues hágoos
saber que á buen tiempo llegó, que, como el vivir, he menester dos
escudos, en que tengo mi espada y broquel empeñado, que juro al santo
devoramiento de Jonas, un niño me sacase el alma si quisiese, pues
mira si es razon que habiendo yo hecho los escesos que tú bien sabes,
que ande las manos en el seno; por tanto, sin más me detener, me da
lo que te pido, que mi señor Flerinardo me podrá echar ménos en la
posada.

_Lesbia._ Por mi vida, Escalion, que tú vienes donoso cada dia con
tus pedidos y demandas; mas dime, ¿quál marimaderada, ó qué dices?
que así viva yo que no te entiendo.

_Esc._ Pues no os me hagais de nuevas, que es Dios mi señor, y no
creo en otro, si en él, bofeton os dé que el guante os dexe engastado
en lo profundo de los sesos.

_Lesb._ Quítate allá, Escalion; muestra tus fieros á quien no te
conozca, que viejo es Pedro para cabrero, y muy bien he visto hasta
dó llega tu lanza; una vez te hube menester, y en todo el mundo
pareciste, con tener contigo un tributo; fin tuvo, que cada dia se
llega el tercio; requiérote, ó que mudes la condicion, ó hagas cuenta
que no me conocistes, que por los huesos de mi madre, que pudren,
que si por tí no fuese, rufo hay en el pueblo que sin le dar blanca
alzase las manos á Dios porque yo le hablase, y áun no me faltaria
una faldilla cada dos meses de su parte, lo que de tí, de cuatro
años acá que te conozco, ni áun una sed de agua no he conocido, sino
pelarme las cejas, y áun sobre eso malas gracias.

_Esc._ ¿Qué es esto, puta? ¿de quándo acá os nacieron alas? ¿por
ventura ha andado Hetorino al oreja, que os igualais y teneis tanto
rallo? Pues requiéroos que luégo me deis lo sobredicho; si no, por
los bipereos caballos de la gorgona Medusa, cien pasadas en derredor
de esta casa haga temblar la tierra, en fin de lo qual tu persona con
la de todas tus vecinas sin redencion cruelmente se trague y consuma;
por tanto, porque desto seas libre, dame, vida, lo que pido, que en
tu servicio se ha de poner, y gastándolo yo, haz cuenta que tú lo
gastas.

_Lesb._ ¿Con qué? mala rabia me diese que me quitase la vida si yo
tal hiciere; y ¿por qué, malos años, por tus ojos los bellidos, has
de tener en mí cambio para que tú gastes con bellacas donde te se
antoja?

_Esc._ ¡Oh pesar de la terrible chimera, y que tal tengo de oir y que
no tome venganza de quien me ha causado tal enojo! mas, espera.

_Lesb._ Señores, señores, que me mata este rufianazo en mi casa.

_Esc._ ¿Rufianazo? bellaca, toma.

_Lesb._ ¡Ay, ay, ay! justicia de Dios sobre mí venga si no hiciera
que te carguen de leña, don cobardazo, que para mí tienes tú manos.

_Hetorino._ ¿Qué es esto, señor Escalion, y qué voces son éstas,
Lesbia, que das que decir á todo el barrio?

_Esc._ ¡Oh, señor Hetorino, sabed que me ha tratado muy mal de
palabras, que yo ántes me quebrára el ojo que poner manos en ella!

_Lesb._ ¿Así que esto ha de pasar con este desuellacaras?

_Het._ Calla, calla, Lesbia; no des cuenta á muchos, que te están
escuchando: vos, señor Escalion, íos de aquí, no se recrezca más mal
de lo pasado si viniere algun alguacil, al instante.

_Esc._ Sea como mandáredes, que, en fin, no se gana honra con una
mujer.

_Lesb._ Anda, anda, rufianazo; plega á Dios que á la puerta halles
quien te saque el alma.

_Esc._ ¡Oh pesar del mundo malo, y tal tengo de sufrir! Dexadme,
señor Hetorino, que no creo sino en Dios si tajadas no la hago á
puntillazos.

_Het._ No harás, por mi vida, sino que nos vamos, que viene gente.

_Esc._ Agora sea como quisiéredes; mas sabed que me haceis agravio,
que estas tales, si no es con su daño, no se pueden tolerar.



CENA CUARTA DEL PRIMER ACTO.

  En que Isabela, hermosa doncella, siendo estrañamente captiva del
  amor de Selvago, muy mucho entre sí se lamenta, hasta que por
  Cecilia, doncella y criada suya, la manifiesta que Risdeño la
  viene á visitar de parte de Rosiana, hermana del mesmo Selvago,
  el qual, siendo en su presencia, una carta de Flerinardo en
  nombre de Rosiana la da, y della se despide. Siendo, pues,
  por Isabela enteramente entendida, con mayor pena vuelve á su
  cuidado, hasta que siendo ansimesmo por Valera, ama de leche
  suya, visitada, y sabido enteramente el negocio, prometiéndole
  gran favor y provecho en el caso con un fingido conjuro que ha de
  hacer, astutamente la saca muchas y muy ricas joyas, y con ellas
  á su casa torna muy gozosa. Introdúcense:

ISABELA. — CECILIA. — RISDEÑO. — VALERA.


_Isabela._ ¡Oh soberano Criador de todas las cosas, debaxo cuyo poder
y mando las virtudes de los cielos en su propio oficio permanecen,
rodeando á su voluntad las operantes influencias, signos y planetas
celestes con maravilloso artificio, sin en un punto de su debido
límite y sendero desviar, no todas de una operacion y medida por
causa que chaos ó confusion no hubiese en ellas, sino unas en su
apariencia mayores que otras, para que por su exemplo los mortales,
no con igualdad de estados más diferentes, su siglo pasasen! Asimesmo
criaste con maravilloso saber los cuatro elementos, de los cuales
el fuego, que es el más ligero, careciendo de cuerpo, el más alto y
cercano lugar de los cielos ocupa, teniendo debaxo de sí el aire,
que es el segundo en ligereza y asiento, el qual predomina y señorea
sobre las aguas señaladas por tercer elemento, estando éstas asimismo
sobre el último y más pesado, que es la tierra. Todo lo qual, en la
creacion del soma ó cuerpo humano pone tasada parte, acudiendo tú
con lo mejor y más noble, que es el ánima racional, que le aparta
y divide de los brutos terrestres, siendo la más apta y aparejada
obra para que, loándote, tus soberanas maravillas en alguna manera
conozcamos, ¡Oh, pues, poderoso Dios, que de nada á tu imágen y
semejanza me criaste y ansimesmo con tu sangre y muerte redemiste
para que tu gloria á mi voluntad gozase! ¿Qué será, oh Dios? ¿qué
novedad es esta que ansina tan repentinamente yo otra me hallo, de
mí sin apartarme apartada, sin me trocar vuelta, sin vida muriendo,
con vida sin la tener? Lloro, espántome; gimo, maravíllome; rio,
tengo pena; hablo, desahógome; callo, consúmome; compañía me da
pena, soledad me congoxa, placer me destruye, pesar me acaba,
descontento no quiero, contento me da muerte. ¡Oh, pues, Dios bueno,
qué contrariedades tan diversas en mí de tan poco espacio acá he
sentido, que la vida me mata y la muerte me sería saludable medicina
y provechoso remedio! ¡Oh desventurada doncella, en fuerte hora
nascida, en contrario planeta engendrada! ¿qué es de tu presuncion?
¿qué es de tu fantasía? ¿qué es de tu gravedad? ¿qué es de tu tan
amada limpieza, tu grande recatamiento, tu amada libertad, tu claro
linaje, tu soberano valor, tu descanso, tu placer, tu alegría, tu
contento, y finalmente, tu fresca mocedad, deleitosa juventud y
muy alabada hermosura? ¡Ay de mí, que todo lo veo trabucado, todo
muerto, todo perdido, sin que esperanza alguna de recuperarlo me
quede! ¡Oh amor, amor, que he entendido ser éstos tus juegos, tus
tratos y tus perdidos devaneos! Tú á los grandes señores abates, á
los medianos atormentas y á los pequeños lastimas. Al emperador,
al rey, al magnífico, al noble, al caballero, al ciudadano con el
rústico labrador señoreas; en todos mandas, á todos debaxo tu yugo
pones, á todos con mil géneros de penas atormentas. A unos ensalzas,
á otros pierdes, á otros abates, á otros das dolor, á otros descanso,
á otros sospechas, á otros enemistades, á otros confianza, á otros
guerra, á otros paz y á otros, finalmente, das amargoso fin. Tú
asuelas los reinos, pierdes las ciudades, tramas civílicas batallas
en los ciudadanos, destruyes todo género de personas, y maldad no
se comete en el mundo que por tí no sea tramada y por tu causa
concluida. Yo, doncella noble, de muy generosos padres recreada, no
sólo porque sienta tu violento poder, me quisiste lastimar, mas áun
con muy cruel muerte me fuerzas á que mi vida, llena de angustias
y dolores, en dolores angustiada perezca. ¡Oh Selvago, caballero
illustre, el más apuesto que mis ojos vieron! vida por quien la mia
del todo no perece, yo te pido que si aquella mesura que para todos
tienes, comigo no te falta, que no desprecies mis piadosas lágrimas
y humildosas plegarias, porque mi vida del todo no se consuma. Mas
¿qué digo yo, mal afortunada doncella, y estas razones convienen á
tal persona como yo soy, y no paso ántes por mil géneros de muertes,
que tambien tengo merecidas, queriendo así destruir mi honestidad y
honra? No, no, no será así, que primero conviene que mi trabajosa
vida perezca, que tal deshonra dé á mi famosa prosapia y linaje; mas
¡ay de mí! que el amor que en mis entrañas encerrado tengo, es tan
grande que no consiente que por istinto razonal me rija, forzando mi
fuerza á que del todo se fuerce en amar al que forzosamente debe ser
amado.

_Cecilia._ Señora, señora.

_Isab._ ¿Qué me quieres, Cecilia?

_Cec._ Risdeño está aquí, que te quiere hablar de parte de su señora
Rosiana.

_Isab._ Di que éntre. ¡Oh Dios mio, y quán dichosa y bienaventurada
sería yo si de parte de aquel caballero su señor viniese!

_Risd._ Fermosa señora, tu gran amiga Rosiana te manda comigo besar
las manos y te envia este prendedero, de dos que su hermano le
dió, que porque le parecieron buenos y galanes, dedicó el uno á tu
servicio.

_Isab._ Risdeño hermano, cada dia me quiere tu señora hacer mercedes
sin querer recibir los pequeños servicios que de mi parte le son
ofrecidos; mas hágote saber que el prendedero no querria que por
dármele de tu parte dixeses venir de tu señora.

_Risd._ Puesto caso que ansí fuese, mi señora, ¿perdia algo vuestro
valor por ello? ¿No os parece que soy yo persona para dar empresa, y
ser querido y amado de la más hermosa dama de todo el mundo?

_Isab._ Por cierto, Risdeño, así lo digo, especialmente considerando
bien tu buena dispusicion y gentileza.

_Risd._ De verdad, señora, que precio más esa palabra que si me
hicieran marqués del Perú, porque me podré alabar que me llamó
gentilhombre la más apuesta y hermosa dama que jamas nació; que
aunque yo veo no ser así, todavía por venir de tal cabo, me gozo;
mas, dexado agora esto, tomad esta carta que me dió Rosiana para vos.

_Isab._ ¿No digo yo que todo viene lleno de sospechas tu mensaje? mas
dime, ¿qué novedad es ésta, que me escriba Rosiana no lo habiendo
acostumbrado?

_Risd._ Cada dia hay novedades en el mundo; por tanto ved qué me
mandais.

_Isab._ Al presente no otra cosa sino que des mis besamanos á tu
señora y que con mi Cecilia enviaré mi recaudo.

_Risd._ Yo vendré por él, si fuéredes servida.

_Isab._ No quiero que tomes tanto trabajo, pues será escusado.

_Risd._ Pues, señora, así lo quereis, así sea; el Señor, que tan
hermosa os hizo, en vuestra compañía quede.

_Isab._ El ángel bueno te acompañe, Risdeño, que siempre me das
placer con tus palabras.

_Risd._ Por obra quisiera yo que fuera eso, señora; mas, pues no
puede ser, recebid la voluntad del pobre gentilhombre.

_Cec._ Señor Risdeño, aunque no os haya hecho ningun servicio,
recebiré merced de vos que deis mis encomiendas á Carduel, y llevarle
heis este par de escofias y paños de manos que le mandé estotro dia,
por señas que son labrados por mi mano.

_Risd._ Señora Cecilia, por dichoso tengo á Carduel por ser de tal
persona como vos favorecido; mas yo os prometo, á fe de gentilhombre,
que otro galan hay en el pueblo de quien muy mejor que dél fuérades
servida.

_Cec._ Con él estoy muy contenta, señor Risdeño; mas pídoos que me
digais quién es ese galan que me decis.

_Risd._ Yo; que os juro, por vida de mi amiga, que os sirviera mejor
que Roldan, y en ello no perderíades cosa.

_Cec._ ¿Sabeis que pienso, señor Risdeño? que estais burlando de mí.

_Risd._ ¿Burlar ó qué? Burlado me vea á las cañas, aunque fuese
almorzando con un par de perdices, si tal hago, sino que os aconsejo
lo que os cumple que dexeis á Carduel, que es rapaz y pelado, por mí,
que aunque no soy muy grande de cuerpo, en fin, soy hombre bienquisto
donde quiera, y más que tengo un pariente del padrastro de la suegra
de mi abuela en Indias, que fué agora treinta años allá y nunca dél
han sabido, que no puede dexar de venir presto con mucho dinero para
todos nosotros; pues mira que mal librarás tú desto, señora Cecilia.

_Cec._ Agora quédese para otro dia, señor, que haya más tiempo,
porque me llama mi señora, y dime si quieres hacer esto que digo.

_Risd._ Por haceros placer, aunque sea contra mi mesmo, hasta la
muerte lo cumpliré.

_Cec._ Pues Dios os pague, señor Risdeño.

_Risd._ Él quede con vos, mi señora.

_Isab._ ¡Cecilia, Cecilia!

_Cec._ Señora.

_Isab._ Entorna tras tí esa puerta, y si mis padres aquí por ventura
vinieren, házmelo saber; á los demas védales la entrada.

_Cec._ Así será, señora.

_Isab._ Agora que estoy sola quiero ver lo que en la carta viene, que
no puedo creer que de Rosiana sea; cierto que mi esperanza salió
verdadera, que esta letra de varon parece; ¡oh señor Dios, si fuese
de mi verdadero amigo, quán por dichosa me tendria! mas, en fin, con
leella quitaré todas estas dubdas.


CARTA.

  «Así como los pequeños hijos de la caudalosa real ave, puestos
  á los radiantes rayos del lúcido Febo, para que verdaderamente
  sean tenidos por legítimos y propios hijos de la tal madre,
  con grande admiracion ocupan la vista en aquella prefulgente
  luminaria, sin tener parte para de allí ser apartados por el
  crecido amor mezclado de grande admiracion que tan fixo en ella
  pusieron, de la mesma manera, excelente señora, mi flaco y débil
  entendimiento puesto delante tu claro y lúcido aspecto, para que
  su sér claramente demostrase qué parte de humano en sí tenía,
  de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados
  aires con profundos alaridos esmalta, sin que las contínuas
  suasiones de su madre, la razon, de tal espetáculo apartarlo
  puedan, no dexo de sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y
  muy temerosa contienda que dentro de mí siento encrudelecerse,
  despues que mis ojos fueron con tu divina vista clarificados;
  mas considerando la gloria y triunfo que se me puede seguir,
  siendo en ella victorioso, con grande y humildosa paciencia hasta
  que tu soberano valor de ello sea contento, sustentarla pretendo;
  mas ¡ay de mí! que sin duda no será tan diamantino corazon que
  la fuerza de quien la mia se siente forzada, algun espacio de
  tiempo sustentar pueda. Si tienes, excelente señora, deseo de
  saber quién es el que tan atrevido á tu valor, sin merecimiento,
  ser quiso, sabrás que Flerinardo se nombra, que otro valor no
  tiene sino el deseo que de ser tuyo en sí considera, y porque tal
  atrevimiento á más no pase, en esto sin cesar ceso, pidiendo á tu
  mucha clemencia, no por mi valor, mas por el que de tu parte me
  viene, un dón me sea concedido, el qual es que siendo recibido de
  tu soberano valor benignamente, del nombre de ser tuyo se me dé
  que goce, con que mis gozos de tal gozo gozando, su vida sin tan
  rabioso tormento se pueda gozar.»

_Isab._ ¡Oh soberano Dios, y quán profundos son tus misterios!
verdaderamente agora todo el caso de esta carta entiendo, que
Flerinardo pasando estotro dia por la calle de la fenestra de mi
retraimiento, quando Rosiana se vino á holgar en mi compañía fué
por él vista en la mesma fenestra, y segun ella me dixo, muy captivo
(por las señales que mostró) de su fermosura; de que se siguió que
habiendo él sido sabidor que la tal fenestra era de mi aposento,
pensando ser yo la que su libertad habia captivado, tal osadía ha
cometido. ¡Ay de mí! que dello ningun bien se me sigue, porque
siéndole á Selvago manifestado, lo que por su grande amistad es
cierto, no espero que de mí se duela, de que por muy cierta tengo
mi muerte, por causa que la vida con alguna esperanza hasta aquí se
sustentaba.

_Cec._ ¡Señora Isabela, señora Isabela!

_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia?

_Cec._ Tu ama Valera te viene á visitar, que habló con tus padres y
pregunta por tí.

_Isab._ Súbela aquí, que yo la perdonaré su visitacion.

_Cec._ Vesla, viene, señora.

_Valera._ Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas,
fresca como las flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi
conciencia, que de cada dia más te vas tornando una emperatriz en
fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una Verónica
y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas
andas de oro.

_Isab._ Téngote en merced la visitacion, que bien creo me quieres
bien, pues la crianza que en mí hiciste con el tiempo áun no has
olvidado; mas en lo que dices que estoy hermosa, sabe que no es oro
todo lo que reluce, que qualquiera pasa trabajos.

_Val._ ¿Y qué trabajos pasais, hija mia? ¿por ventura será el cuidado
de la familia, ó de los muchos hijos? Cierto, como las malas venturas
que yo padezco deben ser; sola, triste y en laceria entre cuatro
paredes, sin haber quien á mi triste vejez me haga algun refrigerio ó
regalo: ¡ay, hija mia! éstos debes de llamar trabajos, que los que tú
puedes pasar tortas son y pan pintado.

_Isab._ No sé: cada qual siente sus duelos.

_Val._ En forma me debria reir si tuviese gana de pensar qué son
los que, hija, llamas duelos, que cierto de esto no puede faltar;
que pedistes la ropa de seda, no os puso el sastre la guarnicion
á vuestro contento, ó que enviastes á comprar cintas de una color
y truxeron de otra, ó que la criada no vino tan presto á vuestro
llamado, y otras cosas á ésta semejantes: ¿es esto, hija? dilo, no
hayas vergüenza. Ya dolor, hija mia, si te vieses vieja, sola y
amarga, llena de mil enfermedades y sin un cornado que gastar, ni
ménos qué poder vender; de dia en el verano al resestero y en el
invierno al helada, querer comer y no tener qué, y ya que se halle,
no poder; despues en la noche, para aliviar el afan del dia, echaros
en unas atochuelas sin otra cobertura: éste me podés vos con razon
llamar afan, que lo demas no hay por qué se haga caso dello.

_Isab._ Madre señora, los tuyos no quiero que iguales con los mios,
porque ésos el cuerpo lastiman, mas estos otros atormentan el ánima.

_Val._ Ya, ya, mal lograda muera yo, que bien salva estoy dello,
si te entendia; agora digo que tienes razon, algun gentilhombre ha
llamado á tu puerta, ¿qué me dices? ¿es esto? Pues, hija, si así es,
no me lo debes negar, que sábete que hasta la muerte me hallarás
aparejada en tu servicio, con tal que ames á quien te convenga y
debaxo de yugo matrimonial, que lo demas á Dios es enojoso y á las
gentes aborrecible.

_Isab._ Madre señora, sabe que á ese blanco asiesto mis tiros, que no
me tengas por tal que otra cosa en mí hubiese.

_Val._ Pues así es y tus pensamientos son tan buenos, dime el negocio
por entero, que mi madura edad te dará en ello el consejo más
conveniente, y no quiero que tengas en poco lo que te prometo, que
de cierto es más que puedes pensar, por tanto no cumple que se me
encubra.

_Isab._ Madre mia, digo que en afortunado tiempo mis ojos miraron á
Selvago, hermano de mi gran amiga Rosiana.

_Val._ ¡Oh Dios, y qué agradables me han sido, hija, tus razones!
que, así Dios me dé buena postrimería, muchas veces he pensado quien
en esta ciudad te convenia más por esposo, y cierto otro no hallaba
sino el que me has dicho, y su compañero y grande amigo Flerinardo;
mas resta que me digas si eres tú dél amada, porque siendo así, con
poco trabajo vendria todo á buen fin.

_Isab._ Sabe, madre, que si esto así fuera, que por la más dichosa
que todas las nacidas me pudiera contar; mas no sé yo si él ama en
otro lugar, que esto me hace vivir en grave tormento.

_Val._ Hija hermosa, en eso no tengas cuidado, que yo te prometo de
te dar cosa, con que desde la primera vez que te vea, padezca por tu
causa mayor pena que tú por él puedes agora tener.

_Isab._ ¡Oh mi buena señora y piadosa madre! sabe que si lo que de
palabra dices por obra se cumple, que te seré en más cargo que á la
madre que me parió, porque ella me dió sér, ó fué á lo ménos causa,
y tú me redimes de cruda y trabajosa muerte.

_Val._ Hija y señora, lo que yo digo yo lo cumpliré; resta que á mi
casilla, á lo poner en obra, me llegue, donde ántes de una hora me
profiero dar la vuelta.

_Isab._ Madre mia, para eso será menester alguna cosa.

_Val._ No puede ser ménos.

_Isab._ Con me lo decir será luégo remediado.

_Val._ Segun de una grande amiga mia he sabido, que en otros
tales casos se ha exercitado, será menester lo que agora diré.
Primeramente, una saya blanca, con su cuerpo y mangas, de tu persona,
para cierto conjuro necesaria.

_Isab._ Y qué tal, madre, te la daré; mas agora me acuerdo que no sé
si podrá servir, porque es de grana y está guarnecida de brocado de
raso.

_Val._ Ántes es muy propia, que el amarillo del oro aprovechará más
en el conjuro. Es ansimesmo menester un manto, que te le cobijases la
primera vez en disanto ó en domingo.

_Isab._ No le tengo sino de tafetan, mira si será bueno.

_Val._ Sea negro, que abasta. Un tocado tuyo es menester, el que
tú más quieres, porque miéntras más le hubieras amado, más te amará
Selvago en viéndote.

_Isab._ Una crespina morada con ricas piedras es la que yo más
quiero, por ser galana de mucho precio.

_Val._ Ése me hará á mí más provecho.

_Isab._ ¿Qué dices, madre?

_Val._ Digo que será muy propia, por ser morada es amores; mas te
hago saber que todo, en acabando el conjuro, se ha de quemar, porque
ansí conviene.

_Isab._ Con que aproveche no me pena; mas di si es menester otra cosa.

_Val._ Has de buscar en todo caso un joyel en que esté pintado ó de
bulto hecho un corazon con saetas.

_Isab._ No será menester buscalle, que vesle, aquí le traigo al
cuello, y áun por mi vida, que vale más de cincuenta escudos él y la
cadena en que está.

_Val._ Propio viene, porque ansí encadenes tú á Selvago; ansimesmo
son menester dos vasos de plata para poner ciertos liquores.

_Isab._ Dos jarros tengo allí que no se acuerdan en casa dellos,
buenos pienso que serán.

_Val._ Tambien has de proveer de algunas conservas, mas eso quede
á tu arbitrio, porque qualesquiera bastarán; y finalmente, esa
colonia de carmesí que tienes ceñida habrá de ir allá, en la qual se
pondrá toda la fuerza del negocio, que de todo ello te será vuelta;
mas ten cuidado de te la poner al tiempo que por tu calle pase
Selvago, y como lo veas venir, pondráste de manera en la fenestra que
pueda él verte la colonia; mirarle has al rostro desde que asome,
sin pestañear y partir los ojos dél, lanzando algunos pequeños
sospiros por espacio de algun tiempo, y con solo esto que hagas
verás maravillas; y áun te certifico que si en algo de lo dicho no
yerras, que le ha de hablar, y áun de tal manera, que tú conozcas la
operacion que habrá hecho en él el conjuro.

_Isab._ Plega á Dios, madre, que como dices sea, que en lo que á mí
toca yo lo cumpliré bien. Resta que me digas si falta otra cosa,
porque se te dé con lo dicho, que mi Cecilia lo llevará á tu posada
en veces.

_Val._ Por mi vida, que á tí he menester que me quites la vergüenza
en tanto pedir, aunque no querria que fuese tanto que nos hallásemos
al cabo con nada, boqui-abiertas, cantando: _Tres ánades, madre_.

_Isab._ ¿Qué dices, madre, que no te entiendo?

_Val._ Señora, lo que digo es que si se pudiesen haber algunas
blanquillas, que el conjuro iria más perfecto.

_Isab._ Dineros tengo, madre, no me tengas por pobre; mas dime qué
tanto montarán las blanquillas que dices.

_Val._ Yo te diré: el número de siete es el más perfecto entre todos
los números, y más dos sietes, y más tres, y por órden adelante en
donde quiera que hobiere cabal número de sietes; mas hágote saber que
el más de todo es siete sietes; sino, infórmate de los arisméticos,
verás cómo te digo la verdad.

_Isab._ Sin informarme te creo; por tanto acaba de concluir.

_Val._ Digo ansí, señora, que setenta ducados han de ser, ó setenta
reales, mas no será tan firme como lo primero.

_Isab._ Los setenta ducados te daré, y más si más pidieras, y áun en
oro, que pocos se hallarán por la ciudad al presente.

_Val._ Alto, señora, que si las tres tocan, se habrá de quedar para
mañana.

_Isab._ ¡Cecilia, Cecilia!

_Cec._ Señora.

_Isab._ Tráeme de mi recámara la saya blanca de grana y el manto que
me puse este domingo, quando fuí á ver á mi prima al monesterio.

_Cec._ Veslo aquí, señora.

_Isab._ El tocado ó crespina morada y los dos jarros de plata, que
los hallarás al suelo del arca encorada, traerás tambien.

_Cec._ Señora, ¿quieres hacer almoneda, que aquí lo traigo? Por el
tocado dan cinco blancas, y si vos habeis puesto de vendelle á quien
más diere por él, seguro le tengo, porque el caudal de la madre vieja
áun no llega á tanto.

_Isab._ Calla, mala landre te mate, que no es tiempo agora de reir,
sino cúbrete tu manto y debaxo lleva lo que pudieres desto adonde mi
ama Valera dixere. Tendrás aviso si alguno te preguntáre qué llevas
y por fuerza lo hubiera de saber, que digas que para que se adobe lo
llevas.

_Cec._ Señora, ansí lo haré.

_Val._ Señora hija, el dinero me puedes dar, las conservas no se te
olviden.

_Isab._ Ves aquí. Madre, el dinero; en otro camino llevará Cecilia
las conservas, que las tendré aparejadas.

_Val._ Pues yo me voy, la Madre de Dios quede contigo.

_Isab._ Ella te guie, madre mia.



CENA PRIMERA DEL SEGUNDO ACTO.

  En que Valera, muy gozosa con las joyas que lleva, á su casa
  llegada, manda á Cecilia que á la puerta la aguarde, donde
  fingidamente en una pieza alta hace grande estrépito y ruido
  porque Cecilia piense que entiende en el conjuro; la qual,
  estando á la puerta, á su requebrado Carduel vido pasar, con
  quien tiene graciosas pláticas. Siendo, pues, despedida y por
  Valera despachada, á su señora da el recaudo, y como acaso
  Selvago por allí en aquel instante pasase, de Isabela, que á la
  fenestra estaba, escesivamente fué enamorado, donde habiéndole
  manifestado su propósito, á su posada muy cuidadoso y pensativo
  vuelve. Introdúcense:

VALERA. — CECILIA. — CARDUEL. — ISABELA. — SELVAGO. — RISDEÑO.


_Val._ Hija Cecilia, por tu vida, que con lo que allá queda seas de
vuelta presto, porque me hará gran falta si las tres primero hobieren
dado.

_Cec._ No tengas pena, madre, que presto tornaré; por tanto yo voy.
Dios quede contigo.

_Val._ Él sea en tu compañía. Por mi salud, que desta vez yo salga
de laceria, y á pesar de gallegos deseche el pelo malo por entero;
no, sino fingid santidad toda la vida, que yo os mando mucha mala
ventura. Cierto fué grande mi sagacidad, y mayor la simpleza de
Isabela, aunque si bien se mira, el amor siempre desecha de su posada
toda razon y consejo, que ciertamente no es tal Isabela que le falte
para ser bien entendida, aunque el buen crédito que de mí tiene fué
gran parte á que el negocio viniese á tales términos, que pensando
ser para su provecho, ha enriquecido mi casa, y áun pensará que me
resta debiendo. Mas ¿qué digo yo? ¿qué haré para que con lo que he
prometido pueda salir á seguro puerto? que de verdad, si Selvago ama
en otra parte, con trabajo le podrémos inducir á que haga virtud;
que si no ama, cosa fácil será, porque solamente viendo á Isabela,
la hermosa niña y de lucida prosapia, que le mira con amorosos ojos,
acudiendo con algunos sospiros á sus tiempos, más que diamante ha de
ser su corazon si no hace sentimiento. Mas aunque yo lo del conjuro
burlando decia no dexa de ser menester si él, como digo, ama en otro
cabo; y si así es, como á botica famosa me voy á casa de Dolosina,
la sotil hechicera, que por ser alivio de cuitados, siendo tan amiga
mia, ella nos sacará el pié del lodo. ¡Ay Dios! ¿quién llama á mi
puerta, que cosa muy nueva es? ¡Jesú, Jesú, hija Cecilia! ¿y tú eres?
por mi salud, que áun pensé que no fueras llegada á tu casa; bien
paresce que tienes mejores piernas para caminar que no yo, pues tal
priesa te has dado.

_Cec._ Madre señora, Isabela me ha sacado de harona, que á su deseo
alas habia yo menester.

_Val._ Cállate, hija, que de esa condicion son los enfermos.

_Cec._ Pues ¿qué enfermedad tiene mi señora?

_Val._ ¿Qué mayor la quieres que amar no siendo amada?

_Cec._ Agora creo, madre, lo que me dices, que áun yo no estoy muy
libre de ese mal, que buen testigo representaría en el caso.

_Val._ Pues, hija Cecilia, á nadie puedes mejor decir tus secretos
que á mí, que te los sabré encubrir y dar remedios en ello
provechosos.

_Cec._ Por la bondad de Dios, agora ni vuestra ayuda ni la ajena me
puede causar mal ni bien, que sé cierto que soy amada en igual grado
que amo.

_Val._ Aunque eso así sea, no te haria daño quien te diese cosa con
que no tuvieses temor que te habia de olvidar para siempre, ni por
otra, aunque fuese más hermosa.

_Cec._ Si tú, madre, lo que dices hicieses, no sé con qué te lo
podria satisfacer, porque de otra cosa al presente no tengo temor.

_Val._ A mí no quiero que paga alguna me des, sino que proveas lo en
el caso necesario.

_Cec._ Si mi posibilidad en ello es bastante, yo estoy muy aparejada.

_Val._ Agora lo puedes ver. Lo primero son necesarias dos palomas
de color de ñeve para sacarles la hiel, que es cosa en esto muy
aprobada; ansimesmo un cabrito tierno y de buen tamaño, dos
gallinas prietas cresticoloradas, dos quesos de los de Mallorca ó
Pinto, dos docenas de huevos de ánsar con algunas madrecillas, dos
cangiloncillos de hasta cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó
Monviedre, y ansí, finalmente, dos monedillas de oro bermejo; que si
tú desto me provees, verás maravillas.

_Cec._ Entiende agora en lo necesario, que despues darémos un córte
en esto.

_Val._ Mira, hija, que aunque se te haga dificultoso, que el provecho
que dello resulta lo ha de hacer fácil, que bien sabes que mucho no
ha de costar poco, y que á buen bocado buen grito; quanto más que lo
dicho, en una vuelta de ojo que des en la despensa de tu señor lo
puedes á tu salvo cantusar y enviármelo.

_Cec._ Ansí es, madre; mas lo que has dicho más tira á bastecida cena
que á remedio en casos de amores.

_Val._ Poco sabes de achaques de mastuerzo; pues yo te digo que quien
esto te aconseja no te quiere ver muerta.

_Cec._ Madre, si puede ser, darme has traslado de lo sobredicho, y
tendrémos cuenta en la bolsa, que tal puede ser, que al fin sea todo
aire.

_Val._ Ya pensé que te tenía convertida; mas pues lo veo contrario,
espérate aquí baxo un poco, que allá arriba quiero concluir con el
negocio de Isabela; avísote que por cosa que oigas no te alteres,
porque ningun daño te puede venir.

_Cec._ Así será, madre, como dices. ¿No habeis visto la dueña honrada
cómo me quiere coger de las piguelas? Pensábase, por su vida, que sus
tres treinta años habian de bastar á burlarse de mis quince, pues yo
le juro que ha menester más letras de las que tiene para comigo, que
aunque no me he visto en estudio, sé bien quántas son cinco y no he
miedo que alguno me eche dado falso. Válala el diablo, la consuegra
de Barrabas, qué estruendo trae allá arriba; por mi vida, que me
tengo de salir á la puerta, que no soy bastante de oillo sabiendo
que lo causa gente de garabato. En buena hora yo lo dixe, que si
bien veo, mi Carduel es el que viene por allí; bien será este buen
rato que se me apareja echalle en mi casa, pues el lugar y el tiempo
lo consienten. ¡Oh mi señor Carduel, con eso hace tal dia! ¿Cómo es
posible que gozo de vuestra agradable vista? Sin duda que este dia
puedo llamar bienaventurado, pues en él tanto gozo me ha venido sin
yo dél ser merecedora.

_Card._ No con ménos turbacion mi verdadera señora, está ocupado
mi sentido con la gloria tan inmensa que goza, que de dubda mi
juicio está lleno pensando si la bienaventuranza que posee es
sueño ó ficcion; no sé qué en ello piense, porque verdaderamente
la figura que me captivó y de contino trae muerto es la que estoy
contemplando; mas si considero quán contraria la fortuna siempre se
me ha mostrado, no me hallo digno de tanto bien como al presente
poseo. ¡Ay mi señora! por amor de Dios que me desengañes del engaño
(que sin engañar siempre me engaña) en que al presente estoy puesto,
declarándome si sois vos aquella que tantas cuitas y mortales deseos
me hace padecer, trayendo mi sentido sin que sienta, y sintiendo no
tenga de sí parte.

_Cec._ Señor mio, sabed que yo soy aquella que no ménos de obra
por vos padece que de palabras vos por mí habés mostrado, y la que
miéntras Febo, con su agradable rostro dando la vuelta en nuestro
hemisferio, con la Europa su claridad participa, el pensamiento de
vos no aparta, por causa que el otro restante de tiempo, el tal,
junto con el ánima, en vos tiene trasformado, reservando para sí
solo aquello de que, por no poder consigo más, en mí sin mí tiene
su aposento; y pues quedais en vuestra pregunta satisfecho, de la
mesma manera á la de mi parte ofrecida os pido que con la respuesta
satisfagais; esto es, que por vos me será declarado cómo os habeis
sentido despues que de mi presencia corporal habeis sido apartado.

_Card._ Ya podeis ver, mi señora, qué tal se podia sentir el cuerpo
siendo ausente de su ánima, que por tal á vos os confiesa y siempre
ha tenido; por tanto con más razon debo yo á vos preguntar lo que de
mí habeis querido saber, pues no en mí, sino en vos, vivo, y mi vida
en vos tiene su asiento y morada cierta; por lo qual, si ver quereis
cómo estoy, en vos mesma lo podés ver y muy fácil conjeturar; mas
decidme, mi señora, ¿qué buena ventura para mí ha sido aquesta que de
vuestra soberana vista, en tan no pensado lugar, al presente se me
haya concedido que goce, que de cierto bien descuidado estaba yo que
tanto descanso en esta jornada se me habia de seguir?

_Cec._ Señor, he venido con cierto recaudo de mi señora Isabela á una
su ama que aquí vive; mas decidme adónde vos guiais vuestro camino,
que, segun me parece, no es de mucho espacio.

_Card._ Así es, señora, que vengo de la posada de Flerinardo á
saber si quiere esta tarde ruar, y paréceme que se ha sentido mal
dispuesto, y con esto vuelvo á mi señor, que me está esperando.

_Cec._ Pues si ansí es, no cese vuestro viaje; sólo quiero de vos
saber si os dió no sé qué de mi parte Risdeño.

_Card._ Señora, sí, y por ello vuestras fermosas manos beso, que me
parece que lo tal no es otra cosa para mí sino poner cadenas fuertes
al que con grillos en vuestra prision teneis captivo.

_Cec._ Más que no eso merece vuestra persona, señor Carduel; mas
agora el Ángel de la Guarda os acompañe, que entro en esta casa.

_Card._ El mesmo y la Magdalena quede en vuestra compañía, mi señora.

_Cec._ Doy al demonio la vieja y sus zarzas, ¿y quándo ha de acabar?
mas héla dó viene; ¡válame el poderoso Dios, si no parece que sale de
la herrería de Vulcano, segun sale tiznada!

_Val._ Hija Cecilia, toma este ceñidor y dale á tu señora, y díle de
mi parte que mucho me debe, que á gran peligro me he puesto por ella,
que haga como le dixe.

_Cec._ ¿Quieres otra cosa, madre?

_Val._ No, hija, sino que la Trinidad vaya contigo.

_Cec._ Y con vos quede. Por mi vida, que tengo temor desto que la
dueña honrada me dió, que sé cierto que ha estado en las manos de
los enemigos malos. De verdad que con razon deben ser castigadas las
personas á éstas semejantes, que con sus tratos perversos, no sólo
ponen sus almas en los infiernos, mas á muchos cuitados en muy duros
afanes y dolores, por sus falsos intereses, hacen vivir. Poco sosiego
muestra Isabela, que de su fenestra me hace señas que vaya presto,
haciéndosele pesado y floxo el paso que traigo con no me alcanzar un
huelgo á otro.

_Isab._ ¿Qué me dices, Cecilia? ¿traes recaudo, que tanto te has
detenido?

_Cec._ Veslo aquí, señora, y díxome Valera que mucho le debes por lo
hecho, y que hagas con el ceñidor segun te dixo.

_Isab._ Dime, ¿viste por ventura lo que con él obró?

_Cec._ No tuve ese lugar, que se subió ella en una pieza alta,
habiéndome dicho que en lo baxo esperase, y comiénzase adonde estaba
un ruido que gran miedo me puso. Semejábame que daban en unas
calderas grandes golpes, mas otra cosa no pude ver.

_Isab._ Pues, hermana Cecilia, ten cuidado de te poner en esa
fenestra, que á estas horas suele Selvago pasar, y si acaso le
vieres, sea yo dello sabidora.

_Cec._ Por mi vida, á buen tiempo hablaste, que vesle, allí viene.

_Isab._ ¿Qué me dices?

_Cec._ Lo que oyes, y sino, asómate y verle has.

_Isab._ Razon tienes. ¡Oh Cupido, dios de los enamorados! yo, tu
sierva, humilmente te pido que en esta hora muestres tus maravillas;
que, pues mi libertad en la deste caballero pusiste, no consientas
que tan libre triunfando tus soberanas leyes profane, haciendo
mi vida con tantas cuitas y mortales deseos con deseos deseosa
deshacerse.

_Selv._ ¡Oh soberana deidad, debaxo cuyo poder y mando el universal
orbe se rige y gobierna! ¿Y qué será esto que mis ojos agora
consideran y con tanta veneracion adoran? ¿Por ventura es alguna
vision angélica que de las celestiales moradas en las tierras es
venida? que cierto no es de creer en humano cuerpo tan suprema
beldad y hermosura ser junta, donde las ebúrneas aljofaradas
de su divino rostro demuestran los vivos esmaltes del celeste
rosicler sobrepujando á los diáfanos rayos de la lúcida Proserpina
en claridad soberana; pues si esto es así, no será sino que la
humildosa salutacion que á su divinal espectáculo conviene, por
mí al presente le sea ofrecida en esta manera con gran turbacion
comenzada. ¡Oh imágen de aquella cuyo natural retrato en lo íntimo de
mi alma al presente se ha esculpido, no con livianos y perecederos
matices, mas con nativos y premanecientes colores maravillosamente
debuxada; causando con la nueva causa de acaescimientos nuevos y no
pensados efectos de desventuras, entretexidos en el precipitadero
donde aposento han tomado! ¡Oh ubérrima y abundosa fuente de toda
fermosura, de donde con estraño y sotil artificio sus muy provechosos
liquores maravillosamente hasta lo íntimo de mi corazon han manado,
causando en él un metamorfoseos ó conversion nunca semejante vista,
por causa que en lugar de ser con ellos recreado, en furibundos y
espantables fuegos le han encendido, causando que su principal sér
de que se crió, en pura y delicada agua se convierta, demostrándose
por los vidriosos ojos en gran abundancia al nuevo mundo, donde
del todo han de ser niquiladas y consumidas! ¡Oh más que seráfica
y esclarecida vision, nobilísimo y excelente espectáculo, donde
mis ansiosas querellas de hoy más han de ir á juicio, por causa de
haber sido citadas por el portero de tus no perdonadores ojos, en
donde, no por temer su buena justicia, mas por la rigurosidad del
juez, rigurosamente á muerte y tenebrosas tinieblas serán juzgadas,
padeciendo, no la pena que cometieron, pues fué ninguna, mas el
deseo que de servir á tí, mi real princesa, han tenido! ¡Oh pues
preclara y divina dea! pido humilmente á tu grande potestad, no por
los servicios que de mí has recebido, que son ningunos, mas por
el deseo que de servirte, despues que mis ojos tu divina figura
contemplaron, he tenido, que con benevolencia de tu piadosa majestad
salida, hablando metafóricamente, los sacrificios que dentro de mi
atribulado corazon á tu persona se ofrecen, demostrándose el humo que
del tal sacrificio es causado, por los incensarios de los lacrimosos
ojos, de tí sean recibidos, y al presbítero de los tales, instituidor
del nombre de ser tuyo, le sea dado que goce, porque de otra manera,
siendo por tí vencido y con crueldad tratado, no solamente por tu
causa sentirá una rabiosa muerte, mas áun, como fénix, con espontánea
voluntad por él mesmo será causada. De donde, no sólo tu real persona
será maculada con nombre de desagradecida, mas tu ínclita fama,
con mancilla á su sér no conveniente, alcanzará renombre de cruel,
homicida y violenta matadora.

_Cec._ Señora, señora, señora Isabela.

_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia, que así me quieres apartar de mi deseada
gloria?

_Cec._ Tu madre Senesta viene por el corredor hácia tu aposento.

_Isab._ ¡Oh desventurada yo, que así mi descanso se me acaba!
Contornea esa fenestra, porque del todo mi descanso quede en
tinieblas.

_Cec._ Señora, ya es hecho.

_Selv._ ¡Ay de mí, el más afortunado de los nacidos! ¡triste yo, que
mi gloria se ha eclipsado, mi descanso es consumido, mi alegría es
desterrada y mi libertad es del todo perdida! ¡Ay, ay, desventurado!
¿qué nueva herida es ésta, que mis entrañas ha traspasado? ¡Ay de
mí, que agora la siento, agora la hallo, agora me duele, agora me
lastima, y finalmente, agora por ella pienso perder la vida! ¡Mozos,
mozos!

_Risd._ Señor.

_Selv._ Dime por tu fe, Risdeño, ¿adónde estoy?

_Risd._ Cierto, la pregunta es donosa, con que no hay dia que por
esta calle no pase dos ó tres veces.

_Selv._ Mira, Risdeño, no me lastimes con tus palabras; que de mí
te digo que otro soy del que solía, y de cosa de lo pasado no tengo
memoria.

_Risd._ Dime, ¿por ventura hante rociado de alguna fenestra con agua
del infernal rio Flegeton? porque tiene tal propiedad, como tus
razones han demostrado.

_Selv._ Sábete que así es como dices, sino que otras veces suele ser
traido por los demonios, y agora fué por un ángel celestial á mí
dado; y por tanto da razon á mi demanda, que no sin causa lo pregunto.

_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿no tienes memoria que ésta es la posada de
Polibio, y que con quien hablabas era su hija Isabela?

_Selv._ ¡Oh desventurado yo! ¿y es verdad lo que me es dicho?

_Risd._ Sí, cierto.

_Selv._ Pues mucho más es mi muerte; mas dime, ¿viene álguien con
nosotros?

_Risd._ Señor, no; que tú los mandastes á todos los criados quedar en
la posada.

_Selv._ Pues así es, pídote que sea secreto lo que has visto, y con
esto nos volvamos, que en mí no se halla poder para adelante pasar.

_Risd._ Sea como, señor, tuvieres por bien.



CENA SEGUNDA DEL SEGUNDO ACTO.

  En que Selvago, que con grave enfermedad quedó en su lecho,
  de su madre y hermana es visitado; asimesmo por su leal amigo
  Flerinardo, con quien tiene muchas pláticas sobre su inopinada
  enfermedad. Introdúcense:

SELVAGO. — RISDEÑO. — FUNEBRA. — ROSIANA. — FLERINARDO.


_Selv._ Aderézame, Risdeño, ese lecho en que este mi fatigado cuerpo
el último descanso reciba.

_Risd._ Señor, ya por obra he cumplido lo que de palabra mandaste;
mas dime, yo te ruego, qué es lo que en tí sientes, pues en són de
doliente usas de sus previlegios.

_Selv._ Siento tanto, que mi sentido en sentirlo sin sentir queda.

_Risd._ Di, ¿es enfermedad del cuerpo?

_Selv._ No, mas poca sanidad del ánima.

_Risd._ Por ahí anda Isabela.

_Selv._ Pues dime, adivino malicioso, ¿cómo sabes lo que has hablado?

_Risd._ Donoso estás, por mi fe, como si yo no estuviera presente
quando con ella platicaste.

_Selv._ Sin dubda, ya no me acordaba; mas ruégote me digas, pues te
picas de sabido, ¿qué conjeturas de su meneo concebiste?

_Risd._ Buenas.

_Selv._ ¿Cómo no me parecieron á mí tales?

_Risd._ Puede ser, porque los á tí semejantes los favores que les
dan no creen, y por el contrario, el disfavor sin que se les dé le
reciben; dígolo por causa que sentí de Isabela, que no le pesaba en
que le declarabas tu pena, que es buena señal para tu parte.

_Selv._ Dime, ¿no vistes cómo contorneó la fenestra y se fué?

_Risd._ Allá voy, no me vuelvas las palabras, que si bien lo miras,
no se entró por tu causa, pues con buen semblante hasta el fin oyó
tus razones.

_Selv._ ¿Pues por qué crees que lo hiciese?

_Risd._ Alguna cosa le constriñó en ello, lo que se vido claramente
en que primero volvió su cabeza que el cuerpo hiciese muestra de se
ir; y despues de entrada no contorneó la fenestra sin que pasase
algun tiempo primero, y por tanto no conviene, pues eres discreto,
que tales extremos muestres sin causa, que no desde el lecho la has
de servir, sino padeciendo en pié trabajos y fatigas por su causa.
Y pues lo que te digo vees ser así, esfuérzate, que, como dice el
refran, visto hemos acuchillados, que podrá ser que otro dia ganes lo
que hoy piensas haber perdido.

_Selv._ ¡Oh, cómo con razon dicen que el sano dice al doliente: Dios
te dé salud! Pues hágote saber que más mal hay que parece. Dime,
¿tú no sabes que mi gran amigo Flerinardo pena por ella y que me
descubrió á mí su secreto, y que conforme á ley de amistad yo he
caido en crímen de traicion?

_Risd._ No mires en eso, señor, que más obligado eres á tí que no á
otro.

_Selv._ Siendo yo de tu estado y condicion no fuera mucho; mas en
el ilustre y magnífico caballero no se consiente, porque no sólo su
vida ha de apartar de mácula, mas su fama de pensamiento della, que
si bien miras, más se parece en el buen paño la raza que en el no
tal, y que tanto en quanto yo y los de mi estado á los del vuestro
sobrepujamos, tanto somos más obligados á librar de mácula nuestra
fama y honra, y de la misma manera alguna cosa en nosotros sería
pecado, que en vosotros no tendría dél especie, por lo qual á mí
conviene con alegre voluntad rescebir la temerosa muerte ántes que mi
famoso linaje reciba algun peligro en su limpieza; una cosa te ruego
por la crianza que en tí he fecho, que el caso á todos hasta despues
de mi muerte tengas celado, que sin dubda pienso que su venida no
puede tardar, segun lo que mi atribulado cuerpo siente y mi afligido
espíritu padece.

_Risd._ Señor, Dios lo hará mejor que vuestro entendimiento en
sí concibe; mas agora mirad lo que conviene, que á vuestra madre
Funebra, y hermana veo acá venir.

_Funebra._ Hijo mio, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentís?
¿qué mal es el vuestro, que mi ánima, despues de lo saber, ningun
descanso ha tenido? Por vuestra vida, mi amor, que me lo digais, que
si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima lo padezco, por causa
de ser vos en quien mi vida, despues de la muerte de vuestro padre,
está pendiente.

_Selv._ Señora mia, grave mal es el que siento, y mayor por ignorar
la causa; pídoos, porque no me seais causa de mayor pena, que vos no
la tomeis, que siendo Dios servido, yo cobraré salud cumplida.

_Fun._ Así plega á su infinita bondad, que con la muerte de vuestro
padre sea contento y no me dé otro semejante azote con la vuestra.

_Ros._ Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida
con razon os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes,
no sería pequeña la merced que de vos recebiria, porque no sólo
tendríades en mí quien en igual grado que vos vuestro mal sintiese,
mas en ello hasta la muerte trabajaria, buscando la medicina en
vuestra pena más conviniente.

_Selv._ Mi querida hermana, bien de poco entendimiento sería yo si
á vuestras consolatorias razones negase, pudiendo, su convenible
respuesta; mas hágoos cierta que para lo que decis en mí falta el
poder de manifestarlo, por ser del todo en ello ignorante; aunque
os hago saber que de tal manera lo podria rodear fortuna, que en
vuestras manos mi vida ó muerte estuviese. Mas empero al presente,
como he dicho, tan poca razon de mi dolencia os puedo dar, como
grande sinrazon sería, sabiéndola, querérosla encubrir.

_Ros._ Pues tal es, señor, vuestro propósito, no os quiero en esto
dar más enojo, sino rogar al Criador de todas las cosas que aquella
sanidad os envie que más os conviene, porque mi señora madre, de tal
hijo, y yo de tan buen hermano, pudiésemos enteramente gozar.

_Selv._ Ansí, mi señora, os ruego yo, que gran pena me sería dexar
en tal tiempo su postrimera edad en pena y vuestra agradable juventud
en angustia.

_Risd._ Señor Selvago, tu gran amigo Flerinardo te viene á visitar,
que sabiendo tu mala disposicion, un punto no se detuvo.

_Selv._ ¡Oh poderoso Dios, que mi fin llega! ¡Ay, ay!

_Ros._ Señor mio, señor mio; ¡ay desventurada de mí, mi hermano y mi
señor muerto!

_Fun._ ¡Oh, la más triste y desdichada de las nacidas! ¡y no revienta
madre que tal pudo ver!

_Risd._ Mirad, señora Rosiana, que puede ser desmayo; rocialde el
rostro y tornará en sí.

_Ros._ Muestra esta redoma; triste fué mi nacimiento, que su rostro
no da señal en tales experiencias.

_Risd._ ¿No veis, señora, cómo dixe verdad, que ya vuelve en su
sentido?

_Selv._ ¡Oh querida hermana! ¿por qué no dexastes á mi penosa vida
que del todo se acabára, porque sus fatigas hicieran lo mesmo?

_Risd._ Señora Rosiana, usad del mesmo remedio con vuestra madre, que
no ménos es necesario para su vida.

_Fun._ ¡Ay, ay, desventurada mujer, que de tal hijo ha de ser privada!

_Ros._ Mi señora, sabed que no es lo que pensais, que ya está muy
mejorado.

_Fler._ ¿Qué es esto, señor Selvago? ¿es por ventura regalo? ¿hoy
no estabádes en toda buena disposicion? ¡Válame el poderoso Dios, y
qué trocado estais en tan poco tiempo! por mi verdad, que á dubda lo
tuviera si por esperiencia no lo hobiera visto.

_Selv._ En eso verés, señor Flerinardo, qué sentirá el espíritu de
dentro, quando tales señales el cuerpo de fuera muestra.

_Fler._ ¡Cómo! ¿y no sabrémos vuestra enfermedad qué sea?

_Selv._ No he sentido otra cosa sino que en este instante me
sobrevino un tal desmayo en el corazon, que á pocas fuera de me
quitar la vida.

_Fler._ ¿Pues agora qué tal os sentis?

_Selv._ Mejor, gracias se den al omnipotente Dios, que todo lo ordena.

_Fler._ Mi señor, no temais, que placerá al que habeis dicho que del
todo vuestra mejoría se cumpla.

_Selv._ Ansí le plega á su divina clemencia.

_Fun._ Mi hijo, ¿querés alguna cosa á mí ó á vuestra hermana, que nos
vamos á nuestro aposento?

_Selv._ Mi señora, no otra cosa sino que no tengais pena, que Dios es
piadoso y concederá en vuestras plegarias.

_Fun._ Él lo tenga por bien por quien él es.

_Ros._ Señor hermano, Dios os cumpla la mejoría, como todos habemos
menester.

_Selv._ Mi querida hermana, en vuestras oraciones me encomiendo.

_Ros._ Deso podés, mi señor, estar seguro, que aunque indigna, gran
parte de la noche presente pienso de gastar en mi oratorio.

_Selv._ Con esa confianza pienso del todo ser guarecido.



CENA TERCERA DEL SEGUNDO ACTO.

  En que estando solos Selvago y Flerinardo, por haber allí estado
  Rosiana se viene á descubrir el engaño que Flerinardo tenía
  en nombrarse por amador de Isabela. De que, rescibiendo gran
  mejoría Selvago en su enfermedad del cuerpo, buscando otra tal
  para las pasiones del ánima, por causa de Flerinardo, á Escalion
  se da cargo que llame una famosa alcagüeta á quien se cometa el
  negocio. Introdúcense:

FLERINARDO. — SELVAGO. — ESCALION.


_Fler._ ¡Cómo, señor Selvago! ¿que esta gentil dama que aquí agora se
partió es vuestra hermana?

_Selv._ Es de cierto; mas ¿por qué lo decis?

_Fler._ Porque me siento por el más bienaventurado de los nacidos.

_Selv._ ¡Oh mi verdadero amigo! pídoos por el firme vínculo de
amistad que entre nosotros está, que la causa de vuestras razones del
todo me declarés.

_Fler._ Sabed, mi buen señor, que la señora por quien mi vida
muriendo vive es ella, y gocéme porque siendo hermana vuestra, y vos
tanto mi señor, en yugo matrimonial no me será negada.

_Selv._ ¡Oh poderoso Dios y Señor, cómo son grandes tus maravillas y
no ménos tus secretos infalibles! Sabed, mi buen señor, que no sólo
vuestras razones me han vuelto la vida, mas mi espíritu de muy grande
y rabiosa pena han librado.

_Fler._ Pues, señor, pídoos que la causa del todo me denunciés, que
de vuestro contento no poca parte me puede caber.

_Selv._ Es, pues, desta forma: que, como acaso este dia viese en
una fenestra de su aposento á Isabela, hija de Polibio, abrasado
mi corazon de su fermosura, pensando que de vos fuese amada, los
estremos que habés visto me forzó á que mostrase, donde si por vos no
fuera, ciertamente mi vida trabajosa en trabajos al presente perdiera
su sér, no por verme de amor desesperado, mas por lo que á vuestra
verdadera amistad era deudor.

_Fler._ Maravillas, señor, me habeis dicho; mas en ninguna manera
puedo pensar de dó procedió el engaño de me tener por captivo de
Isabela.

_Selv._ Yo os diré, señor, lo que en eso entiendo: ya habréis sabido
que mi hermana tiene con Isabela grande conocimiento, pues acaso,
como otras veces suele, este otro dia se fué á se holgar con ella,
donde, estando en la fenestra de su aposento, de vos fué vista, y
vos della enamorado, de do se sucedió ser cosa verisímil pensar que
por Isabela era vuestra pena, por ser la tal fenestra de su aposento,
y su persona tan digna de ser amada.

_Fler._ Verdaderamente, señor Selvago, creo lo que habés dicho, y no
tengo por ello otro pesar sino la carta que Risdeño de mi parte le
llevó, que me tendrá de hoy más por burlador, y en vuestro partido no
viene dello algun provecho.

_Selv._ Aunque sea bien de estimar lo que decis, no por eso quiero
interrumpir la gloria que he recibido con algun pesar de su memoria,
que, pues de la angustia pasada así soy librado, en lo venidero no
debo temer; que, como dicen, Dios no hizo á quien desampare.

_Fler._ Así es verdad; mas pídoos que dexado esto aparte me digais
si tenés memoria del sueño que este dia os manifesté, que cierto al
presente se ha cumplido, que dicie, si bien me acuerdo, que el mono
mofador, que sois vos, por lo que contra mí sustentastes del amor,
perderia su sér y en manso unicornio sería convertido, esto es, ser
preso del amor de Isabela por la propiedad del unicornio; ansimesmo
que por el caso sería puesto en peligro de muerte, como aquí se ha
visto, del qual sería librado por quien lo causára, que soy yo, pues
de mí vuestra pena procedia, y por mis palabras fué del todo quitada.

_Selv._ Cierto, así es, señor, como decis, y muchas veces acaesce por
arte diabólica salir algunos sueños verdaderos, porque á los demas se
dé crédito, lo que por la sacra religion es vedado.

_Fler._ Bien es verdad lo que, señor, decis; mas ¿qué será que por
la mayor parte en sueños se nos representa lo que el cuerpo de dia
intentó?

_Selv._ Eso procede por parte de otros cinco sentidos, fuera de los
esteriores, que el ánima posee, y como ella de su sér no esté sujeta
á las pasiones actuales, del mesmo privilegio todas sus potencias
gozan; de do se sigue que durmiendo el cuerpo, los sentidos del
ánima velan, que causan los sueños; y lo mesmo á los irracionales
es concedido, que el caballo y el can y todos los semejantes, como
qualquier hombre, sueñan, y de aquí vemos que los canes estando
durmiendo ladran y se revuelven entre sí.

_Fler._ Holgado he, señor, con lo que habés dicho, aunque en algo
dello no estaba ajeno; mas trocando razones, dicidme, ¿qué sentis
al presente del amor? ¿por ventura habés ya mudado vuestro parecer
antiguo?

_Selv._ Señor, áun no, ni Dios lo quiera, que si contra vos este
dia argüí en su ofensa, no fué sino contra uno de tres que el sabio
señala, conviene á saber: uno divino, el qual es santo y bueno; otro
comun, como el que un amigo con otro tiene, y éste tiene el medio de
todos. El ultimo llaman velvino ó bestial, pues semejante es quien en
él se pone, por ser malo y puesto en el carnal apetito, del qual dixo
el anciano Séneca que si de los dioses tuviese el perdon, y de las
gentes ningun vituperio ni afrenta, sólo por la suciedad que consigo
tiene, con todas sus fuerzas le habia de evitar y huir. Contra éste,
pues, fué mi intento de incusar por malo, como de verdad lo es, de
donde por lo dicho podemos sacar que si uno con nombre de amador
es baptizado, no por eso ha de ser reprendido hasta que su intento
demuestre, conforme al qual, ó de dado á la virtud, ó de vicioso,
puede adquirir renombre; pues claramente hemos visto que de tres
partes en que se divide el amor, las dos son buenas y la una mala,
aunque, si bien se mira, más son los que por la mala van, aunque
sola, que por las dos buenas caminan, y por esto, tomado el amor
absolutamente por el malo ántes que por el bueno entendemos.

_Fler._ Aunque eso así sea, no dexais por lo pasado de tener culpa,
pues mi intencion ignorábades; mas dexando esto, al presente
procuremos en dar remedio á vuestra enfermedad.

_Selv._ En la pasion del ánima, señor, os le pido, que para la del
cuerpo ya no es necesario, pues del todo le he ya conseguido.

_Fler._ Huelgo que por vuestra boca la nombreis pasion, mas sabed que
para todo hay su contrario, y ansí le habrá en vuestro mal.

_Selv._ ¡Oh mi verdadero señor y leal amigo! ¿y cómo pensais hacer
tanto bien?

_Fler._ Agora lo sabréis; mas cumple que se le dé parte en ello á mi
criado Escalion.

_Selv._ Señor Flerinardo, no sé qué me diga, que mal concepto tengo
dél, que cumple más de palabra que de hecho.

_Fler._ ¡Oh, cómo de cierto estais engañado en pensar tal, por ser
muy al contrario de su condicion! quanto más que en esto no ha de
servir sino de ser intérprete entre vos y una dueña honrada deste
pueblo, cuyas maravillosas hazañas y tratos ingeniosos á quantos los
han oido tiene hiantes y fuera de juicio, por ser en gran manera no
creibles.

_Selv._ Pues, señor, hacelde llamar, si pensais ser ése buen camino.

_Fler._ ¡Escalion, Escalion!

_Esc._ ¿Qué me mandas, señor, que aparejado como siempre estoy en tu
servicio?

_Fler._ Buen amigo, es menester que en presencia del señor Selvago
cuentes lo que estotro dia de aquella buena vieja me comenzaste á
decir, porque al caso nos sería al presente necesaria.

_Esc._ ¡Cómo! ¿y ansí pensais que tan manualmente los hechos no
pensados de aquella famosa hechicera se han de relatar? Pues yo juro
por lo que á ley de quien soy debo, que si Livio otra vez al mundo
volviera, con su arpada lengua y limada policía, mayor materia en la
vida desta hallára para escrebir que quando los hechos de todo el
pueblo romano por décadas relató; mas por ser á vuestro mandamiento
obediente, bien en suma quién ella sea y sus manuales tratos
demostraré. Habeis, pues, de notar que quando la famosa Claudina
vivió, tuvo una hija por nombre llamada Parmenia, que, despues de
la muerte de su madre, ni gualtería dexó por correr, ni meson por
arrastrar, ni áun muladar ni establo que no probase; pasando, pues,
su bellaca vida desta forma, una hija le dió la ventura más abundosa
de padres propios que mozo de convento apelativos. Ésta, pues, es
la que entre manos tenemos, que siendo nacida, su madre la baptizó
con nombre de Dolosina, conveniéndola para la vejez tanto quanto
sus obras dan por testimonio; dexo de contar que la madre, viéndose
algun tanto en dias, procuró de mudar el oficio y volverse al que
de generacion y avolorio le viene, en el qual se dió tan buena
industria como en el pasado habia tenido maña, aprovechándose de la
inocente hija en lo que le salia á pelo, que, como asaz de fermosura
tuviese, no poco de necios era requestada, donde, con industria de
su madre, ella hacia para sí mangas y para la vieja faldillas. Pues
como ninguna cosa en su sér permanezca, no se haciendo ya tanta
cuenta della, acordó la buena madre de sacar á la pequeña hija á
volar, trayéndola por diversas partes y regiones, hasta que teniendo
su asiento en Milan, la buena vieja dió fin á sus dias, quedando
la hija huérfana y en estraña tierra, aunque no por eso perdió la
realeza de su ánimo, que con lo que al presente de hacienda tenía,
dió consigo en París, abriendo su tienda y mostrando sus mercaderías
á la córte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento con cierto
nigromántico, su arte muy por entero la enseñó, saliendo en él
tan famosa maestra, quanto el delicado entendimiento de una mujer
es bastante. No contenta mucho con tal nacion, en España pretende
tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su
propia tierra fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa,
vieja y disforme volvió. Fué, pues, desde poco aquí casada con un
panfarron llamado Hetorino, mi amigo especial, con quien agora bien
contenta y gozosa vive. Tienen allá cerca el rio una casa con dos
puertas y dos moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles
hombres en la una, y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose
entre las dos casas de discípulos, no pocos (ántes muchos y muy
grandes) malos recaudos entre dia. Es asimesmo la vieja la más subtil
y taimada alcagüeta hechicera que en nuestros tiempos, ni áun creo
que en los pasados, se hallára; porque, no sólo con sus palabras
y conjuros ablanda los muy duros corazones, mas áun con su meneo
y visaje os hace venir las manos atadas á conceder su propósito y
voluntad; muchas veces, como su marido (de quien yo he sabido) me ha
dicho, que con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos
se torna invisible, y desde algun tiempo da señas verdaderas de lo
que pasa en muy diversas tierras; tiene tambien poder de convertirse
en animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, mas áun se
defiende de quien su mal procura, porque, como dicen, o demo á los
suyos quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está
celado, mas por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida,
ántes siempre, confesándose por pobre, por una moneda de plata hará,
como dicen, ciribones. Tiene á la contínua en su casa dos mozas de
buen parecer para alivio de cuitados que sus aventuras buscan, que
tan bien amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos
dias, que al triste que en sus manos cae, no sólo con sus fingidos
halagos lo que encima tiene les da, mas áun la palabra por prenda de
más les dexa empeñada. Ésta, pues, de quien, señores, habeis oido, es
la dueña por quien me habeis preguntado, de quien con razon se podria
decir que lo que en la leche mamó, en la mortaja mostrará; por tanto
ved si en algun caso á su oficio tocante la habeis menester, que yo
salgo fiador, si morralla bulle en ella, halleis muy cierto remedio y
refugio apacible.

_Selv._ Señor Flerinardo, en dubda estoy de poner este negocio en
manos de mujer tan nefanda, que cierto, por sólo ella ser en él
participante, qualquier infortunio que acaezca tenemos bien merecido.

_Fler._ No mirés, señor, eso, que tambien hemos visto por mano de
personas indignas haberse obras excelentes efectuado; por tanto, si
á vos os parece, pues agora es ya noche, hacelda venir en la mañana
ante vos, que si muy á vuestro propósito no se profiere concluir este
hecho, poco se habrá perdido.

_Selv._ Pues, señor, así os parece, así se haga; no resta sino quién
será el mensajero.

_Esc._ Señor Selvago, por vuestro amor, yo lo quiero ser; mas hágovos
saber que si alguna cosa de paga no ve, no la sacarán de casa con
garabatos, fundándose en que dicen que, lodo seco mal se pega.

_Selv._ Por eso no quede, que ves aquí diez escudos que le puedes
dar de mi parte, prometiéndole grandes mercedes si en ella halláre
remedio mi fatiga.

_Esc._ Desa manera yo digo que teneis el pleito de vuestra parte.

_Fler._ Pues, señor Selvago, porque se hace tarde, bien de mañana
será mi vuelta; pídoos que os esforceis, que mal parece tanta
flaqueza en edad tan floreciente, y adios, que me voy.

_Selv._ Con él vais, mi señor, que yo haré por cumplir vuestro
mandamiento.



CENA QUARTA DEL SEGUNDO ACTO.

  En que Escalion va á casa de Dolosina á le llevar los diez
  escudos de parte de Selvago. Los quales la dexa habiendo con ella
  acabado que entenderá en aquellos negocios, quedándose asimesmo
  esa noche en casa de la vieja con una su criada llamada Libina.
  Introdúcense:

ESCALION. — DOLOSINA. — CLAUDIA. — LELIA. — LIBINA.


_Esc._ Ahora que ya Flerinardo se ha entrado á su aposento, quiero ir
á casa de Dolosina con el recaudo de Selvago, ca mejor se negociará
agora que de mañana, y áun podria ser que del porte de los diez
escudos tuviésemos buena cama hasta el alba. Buen acuerdo es éste;
alto, via á caminar por esta calle, pues será á ménos peligro. Bien
está, que ya veo la puerta, y á Dios si están acostadas; mas poco se
perderá en que llame, pues venimos con provecho. Tá, tá.

_Dolosina._ ¿Hija Lelia, hija Lelia? corre presto, por tu vida, mira
quién llama á tal hora á la puerta, y si es el mercader de quien te
dixe hoy.

_Lelia._ Madre señora, si es él, más vale que vaya á le abrir Claudia
que yo.

_Dol._ Bien has dicho; vé pues, Claudia, mira quién es.

_Claudia._ Ya voy, madre, mas por mi salud, que en el llamar más
semeja al bachiller desta mañana que al que decis.

_Dol._ Sea quien fuere, asómate á esa fenestra y vello has.

_Claud._ ¿Quién está allá baxo?

_Esc._ Gente de paz es, señora Claudia; abrid á Escalion si sois
servida.

_Claud._ ¡Válale el demonio al desuella caras! ¿y qué quiere á tal
hora? Madre, Escalion es, ¿mandas que abra?

_Dol._ Vé, hija, que no se pierde cosa; veamos qué demanda es la suya.

_Claud._ Entra, señor Escalion, y sube si fueres servido.

_Esc._ ¡Oh perla, y cómo eres graciosa! mas dime, ¿está Hetorino y la
madre en casa?

_Claud._ Señor Escalion, él hoy se partió fuera de la ciudad; la
madre está arriba; sube si eres servido.

_Esc._ A ella he yo menester, señora; por tanto allá subo. Muy buenas
noches, señora Dolosina, y á la compañía y todo.

_Dol._ Muy buenas te las dé Dios, hijo Escalion; ¿qué es lo que
mandas en mi pobre casa, que ya sabes que todo está á tu mandar?

_Esc._ Madre señora, cierto negocio provechoso que se ha recrecido;
mas primero que dél te dé cuenta, quiero que me digas quién es
esta hermosa doncella, que por la ley del cuaderno, muy bien me ha
parecido.

_Dol._ ¡Ay traidor, cómo se te van los ojos tras la carne nueva! Bien
dicen que la tal aplace; mas sábete que es doncella bien quitada
de todo ruido, que me ha rogado que la tenga aquí en mi casa algun
tiempo recogida, que por ser huérfana de padre y madre, sin algun
arrimo de pariente, fuérale trabajoso pasar en su honra la vida, que,
mal pecado, tenemos un mundo tal, que las semejantes, estando solas,
poca seguridad tienen de las malas lenguas y perversas intenciones,
de que se sigue que la mala llaga sana, y la mala fama mata; que lo
uno está en causa propia, y lo otro en ajena lengua.

_Esc._ ¿Cómo es su gracia?

_Dol._ Libina.

_Esc._ Pues á fe de gentil-hombre, que si la señora Libina por suyo
me recibiese, que no perdiese en ello cosa, ántes se podria alabar
que tenía señorío sobre quien no consentiria que su chapin abajase á
ménos.

_Dol._ Hijo Escalion, muy contrarias van tus palabras de lo que yo te
he dicho; mas si te parece, dime á qué fué tu venida, porque es hora
que dés la vuelta y acá nos recojamos.

_Esc._ Madre, á solas lo quiero haber contigo, por tanto mira dó
quieres que sea.

_Dol._ Entraos, hijas, en esa pieza miéntras hablamos dos palabras.
Ya está hecho, bien puedes decir tu recaudo.

_Esc._ Madre señora, has de saber que de parte de Selvago, único
amigo de mi señor Flerinardo, á tí soy venido, que te ruega
excesivamente que luégo de mañana á su posada te llegues, que será
cosa bien de tu provecho, á lo que, de mi oido, por lo bien que te
quiero, dixe que alguna cosa comigo adelantada te enviase, lo qual
fué tan cumplidamente como su generosa persona demanda, por tanto ves
aquí diez escudos de presente que te envia, y largos ofrecimientos
de futuro si remedio en su fatiga pusieres, que á lo que yo imagino
es de amor; por tanto, mira qué me respondes, que cierto tú lo debes
hacer, pues provecho no pequeño dello se te seguirá.

_Dol._ Aunque, hijo Escalion, ya tenía por mí de no ponerme en
semejantes tratos, por rogármelo tú al presente, yo mudaré mi
propósito concediendo en tu ruego; y á lo que dices que por mí
heciste, yo lo tengo en soberana gracia, y quedaré obligada á ser
presta en todo lo que te cumplirá.

_Esc._ Pues, señora, entre otras mercedes que de tí espero, es una,
que hables por mí á Libina, esta doncella que aquí tienes, que cierto
della estoy muy pagado, y si no recibiese algun favor sería puesto en
toda congoxa.

_Dol._ Porque veas, hijo, lo que te amo, yo haré por tí lo que por
mi padre fuera escusado, por tanto reposa un poco, que yo te tornaré
alegre, porque sientas qué es hacer placer á la madre Dolosina, que
lo sabe muy bien pagar con el doblo. ¿Hija Libina?

_Libina._ ¿Qué es lo que mandas, señora?

_Dol._ Quiero de tí tanta gracia que hables á este señor y le
quieras, que en ello no perderás cosa.

_Lib._ Por mi salud, madre señora, que en otra cosa puedes mandar,
que eso es bien escusado.

_Esc._ Haz, señora Libina, lo que la madre te ruega, que juro por los
temidos barbotes de Pluton, de te servir bien y lealmente, fuera de
lo que tu valor vale, porque he sabido que eres quitada de semejantes
tratos.

_Lib._ Gentil hombre, poca necesidad tengo al presente de vuestros
servicios, por tanto mudad vuestro propósito; y de vos, madre, estoy,
y con razon, bien afrentada, que sabiendo mi condicion me probais con
tales palabras.

_Dol._ Ea, hija, haz lo que te digo, que yo fiadora, que dello no
quedes pesante.

_Lib._ Por mi vida, madre, que es en vano; ¡cómo! ¿y así habia de
poner mácula en mi fama? Jesú, tal no me mandeis, que moriré de pesar.

_Esc._ Madre, así Dios te dé buena postrimería, que no cesen tus
palabras en mi favor, y toma la capa mia, porque miéntras más se
escusa, más su amor me abrasa.

_Lib._ ¿Qué te dice ese señor de secreto? que, por mi fe, su
pensamiento es en vano.

_Dol._ Díceme que se tiene por bienaventurado en tener tales
pensamientos, que al fin piensa que tu crueldad será contra él
amansada.

_Lib._ Sí, sí, sí; dichoso él, como cera de todos santos, no se vaya
de por ese camino; espéreme en pié, que yo le aseguro que de tal
pecado no lo acusen.

_Dol._ Bien veo yo, hija Libina, ser esto fuera de tu condicion; mas
has de mirar que te lo ruego yo, que algun dia me habrás menester,
que aunque te sea cuesta arriba, bien habrás oido que mano besa
hombre que la quirrie ver cortada, quanto más que yo conozco de tí
que no querrias que lo fuese la suya.

_Lib._ Por mi vida, madre, que no estás en lo cierto, que si no
mirase á no darte á tí enojo, ya de aquí me habria partido por no oir
tales razones.

_Dol._ Pues por mi salud, que aunque más santa te muestres, que has
de recibir de nosotros fuerza; alto, hijo Escalion, vén comigo, que
yo la dexaré donde haya menester las manos.

_Lib._ ¡Ay madre! ¿por que me haces tanto mal?

_Dol._ Por tu bien es, hija.

_Lib._ ¿Qué mucho ganar es hacer placer á este gentil hombre?

_Dol._ Agora quiero, hijo, que delante de mí la abraces para ver
dónde llega tu diestra.

_Lib._ Ya en brazos de un toro de Xarama le vea yo, que corre siete
leguas tras una moxca.

_Dol._ Haz, hijo, lo que te digo.

_Lib._ No será él tan desmesurado.

_Dol._ ¿En mesuras me mirais? Alto, que en esta cárcel aprisionados
quedaréis, sin esperanza de que hasta el alba quedeis libertados, que
yo me llevo la llave.

_Esc._ Madre señora, ten cuidado de mi negocio.

_Dol._ Sí tendré, hijo; huelga, que siendo tiempo yo te llamaré.

_Claud._ Señora madre, ¿qué se hizo de Libina y Escalion?

_Dol._ Sabe, hija, que allá los dexo encerrados en la pieza de los
huéspedes.

_Lel._ ¿Dióte alguna cosa?

_Dol._ ¿Y qué me habia de dar, Lelia? ¿No soy más obligada á la
amistad que tiene con mi marido Hetorino, que á interes alguno?

_Lel._ No lo digo porque recibas pena, madre, sino que pensamos
Claudia y yo, quando llamó á la puerta, que fuese alguno de nuestros
huéspedes, y cayó la suerte á Libina, que dello estaba bien
descuidada.

_Dol._ Andá, locas, íos acostar, que vuestro san Martin os vendrá
otro dia.

_Lel._ Ya vamos, madre, quédate á buenas noches.

_Claud._ Por tu fe, Lelia, que nos lleguemos callando al aposento
donde sus mercedes están; veamos las razones que entre sí pasan,
pues él es tan taimado y ella no peca de necia.

_Lel._ En Dios y en mi conciencia que me lo quitaste de la boca, que,
como dicen, si bebo, en la taberna, si no, huélgome en ella; ya que
esta noche estamos vacantes, tomarémos un rato de pasatiempo oyendo
las bravosidades que entre sí tendrán.

_Claud._ Pues sea con mucho tiento, no sientan la celada que les
tenemos puesta.

_Lel._ ¿No le oyes, Claudia? ¿no le oyes al necio cómo se lamenta?

_Claud._ Óyete, no lo sientan, que al cabo estoy.

_Esc._ Por Dios, señora Libina, que no creyera que tan cruda habias
de ser para quien tanto como yo te quiere, especialmente en lugar tan
aparejado á batalla de amores, en que solos estamos; no, señora, por
tu vida, no seas de tal condicion, sino concede en mi voluntad, que
yo te aseguro que no te pese despues de habello hecho.

_Lib._ Donoso está, por mi vida, yo le digo que se vaya y él
descalzóse las bragas; mas decid, hombre de bien, por vuestra fe,
¿qué servicios ó qué dones he de vos recebido para concederos vuestro
ruego? ¿qué conocimiento de mí teneis, que así pensais? hoy venido y
cras garrido. Pues prométoos que no se hace la boda de hongos, sino
de buenos florines redondos, ó servicios, que en tanto los estimo, y
por tanto os podes tener por dicho que de mí al presente no habréis
más de lo habido.

_Esc._ Señora, si miras la buena voluntad que desde que te vi te he
tenido, á más me eres obligada.

_Lib._ Deso comerémos, por vida de mi agüelo; pues hágoos saber,
hermano, que en más estimo un real de plata que quantas voluntades
hay en el mundo, que no sé que color tienen.

_Esc._ Pues te muestras contra mí tan zahareña y no quieres hacer lo
que te digo, una cosa de tí quiero que no me sea negada, la qual es
que de tu voluntad, con que al presente seré contento, me dés una
docena de besos.

_Lib._ Xó que te estriego; por mi vida, que le solteis el freno y
escopirá, ó le asgais de la barba y deciros ha mil gracias; axó,
niño, dalde un tres, que dos merece; ya los diablos le besen, que no
tienen mocos.

_Lel._ ¿Pasa por tal cosa Claudia?

_Claud._ En verdad no lo creyera si ciento de á caballo me traxeran
por testigos; en Dios y en mi conciencia, mayor asno enalbardado que
éste no se halle en toda Arcadia, aunque el pastor Argos con sus
cien ojos le fuera á buscar.

_Lel._ Por mi salud, que tienes razon, que de verdad yo acá fuera en
oirlo tengo el mayor empacho del mundo.

_Claud._ Pues yo no, sino que parece que lo sueño, ca se ha oido
éste es en toda la ciudad por muy valiente y desenvuelto tenido; y
verdaderamente dicen que en donde se piensa que hay tocinos no hay
estacas, pues tan cobarde y atado al presente se muestra.

_Lel._ Así es, hermana Claudia, el vulgo inconstante, que lo bueno en
malo y lo malo en bueno suele mudar, dando á unos fama de santos y
graves varones, y no siendo vero lo que dice el pandero, tienen en su
pecho una hedionda piscina encubierta; y por el contrario, otros, por
hipócritas y malos tenidos, tienen su tribunal y asientos por electos
en la eterna beatitud.

_Claud._ Clara y manifiesta verdad es ésa; mas calla un poco, verémos
en qué paran los trajes, qué responde Escalion á lo dicho.

_Esc._ ¡Oh pesar del horrendo dragon domado por el fuerte
Belorofonte! ¿y cómo ía de ser verdad que con tus cruezas y desvíos
has de dar la muerte al más temido varon de toda Europa? no será,
sino que yo llame á la madre, que me dexe salir á tomar venganza de
quantos delante se me pusieren, pues de quien me causó el enojo no
conviene.

_Lib._ Ce, señor, por tu fe, no hagas tal cosa, sino llégate acá,
dime si há mucho que me conoces.

_Esc._ ¡Oh, Dios sea loado, que me dices que á tí me llegue!

_Lib._ Por mi vida, que ya dello me pesa. Ce, señor, por vuestra
vida, que os tengais en vos, que no soy de las que pensais.

_Esc._ ¡Oh qué blanco pecho que tienes, señora Libina! Juro por las
que en la cara tengo, que mejor no le vi en toda mi vida, aunque por
mis pecados he visto muchos; pues la delicadez dél es de olvidar,
sino que me parece tomar en las manos mantequillas de Guadalajara.

_Lib._ De verdad que con razon dice el proverbio, mete el gallo en el
muladar y saldrá heredero, ó lo que más le conviene, al judío, dalde
un palmo y toma cuatro. ¿Cómo, y tal ha de pasar, gentil hombre?
teneos allá, que por los huesos de mi madre (que pudren) he de dar
voces como una loca.

_Esc._ Señora mia, pídote de gracia que me digas, si fueres servida,
cómo de tu gentileza podré gozar, y toma de mí quanto quisieres, que
de verdad te digo que me tienen tus amores muerto.

_Lib._ Ya no os moristes vos, marido, por falta de caperuzas, que
siete teníades en vuestra arca.

_Esc._ ¡Oh pesar del mundo malo! ¿y que esté yo rabiando por tu
causa, y tú diciéndome gracias? por tu fe, no seas, señora, de tal
condicion, que me harás hacer una locura que llegue á orejas del
turco.

_Lib._ Agora, si tú por mí hacer quieres una cosa, yo concederé en tu
ruego; mas en otra manera será escusado.

_Esc._ No tardes, pues, en me lo decir, que, por el gorjal de Sant
George, ántes será hecho que dicho, y si es cosa de armas y tengo de
castigar algun atrevido, á mí por un cabo, y á que tangan por él por
otro, puedes enviar.

_Lib._ No es lo que piensas, sino que me hagas haber once varas de
anascote para un manto, y seda con que guarnecello, y serás luégo
sano; y no pienses que con otro hiciera esto, que cierto no es
ansí, que si no mirase tu gentileza y que me tienes buen amor, por
mi salud, fuera bien escusado, por ser yo persona tan quitada de
semejantes tratos.

_Esc._ ¡Válale el demonio á la coxita remilgada, y qué palabras
suelta! juro por mi verdad, que por ella se debió decir: pico de once
varas, y con qué guarnecelle.

_Lib._ ¿Qué dices entre dientes, señor? ¿parécete caro? Pues dilo
presto, que podrá ser, si te detienes, haber vuelto el propósito.

_Esc._ Digo, señora, que pudiéndome mandar un caso de honra, me
afrentas en pedirme una nonada.

_Lib._ Con eso seré yo contenta.

_Esc._ Pues ¿cómo será, que no lo tengo aquí?

_Lib._ Más dias hay que longanizas; tráelo tú, que luégo serás pagado.

_Esc._ Señora Libina, ves aquí cuatro reales para en señal, y yo te
prometo, á fe de quien soy, de te los enviar mañana.

_Lib._ No querria que me burlases.

_Esc._ Bien parece que no me has contratado mucho, pues dubdas en mi
palabra.

_Lib._ Agora, señor, muestra, que yo te fio; mas, por mi vida, que te
sosiegues un poco, que la noche es larga.

_Esc._ Así es menester, señora, para quien ha de caminar largo y
dormir en ella.

_Claud._ ¿No ves, Lelia, lo que pasa, y cómo ha sabido Libina traer
el agua á su molino haciéndole creer del cielo cebolla y que era una
religiosa?

_Lel._ Cierto es entendida, y ya se tiene cuatro reales para el pico
de la cañada.

_Claud._ Ansí me parece; mas si tuvieres por bien entrémonos en
nuestro albergue, que ya tienen sus mercedes pausa, y lo de aquí
adelante es más para gustallo de presencia que para oirlo de léjos.

_Lel._ Es bien acordado, sea luégo.



CENA PRIMERA DEL TERCERO ACTO.

  En que estando Selvago en su aposento entendiendo con la música,
  viene Escalion con la vieja á le hablar, á quien habiendo su mal
  declarado, y siendo por ella buen fin prometido, en señal de
  cumplida paga Selvago le da cincuenta doblas con que á su casa á
  lo poner por obra vuelva. Introdúcense:

SELVAGO. — RISDEÑO. — ESCALION. — DOLOSINA.


_Selv._ ¡Válame el poderoso Dios! ¿qué será esto? ¿por ventura no
estaba yo agora en el reino de mi señora, lleno de su gracia y
gozando de su soberana gloria? ¿pues, cómo me hallo en mi lecho? sin
duda que con algun fingido ensueño he sido engañado; bien será me
certifique de segunda persona. ¡Mozos, mozos!

_Risd._ ¿Qué mandas, señor?

_Selv._ Dime, Risdeño, por tu fe, ¿dónde he yo estado esta noche?

_Risd._ El cuerpo, señor, á do se halla al presente, mas del alma no
sé cosa.

_Selv._ Pues dime, necio, viviendo yo, ¿pueden hacer divorcio entre
sí?

_Risd._ No sé, pregúntaselo á Sant Agustin, que dice que el amador
tiene su ánima en donde ama.

_Selv._ Agora verdaderamente creo que de cierto yo no soy Selvago,
que en Isabela está convertido y en ella vive; mas yo soy su efigies
y cuerpo, y así no fué vano lo que poco há entre sueños imaginaba;
mas dime, ¿qué hora piensas que sea?

_Risd._ Despues de la salida de la luminaria en quantidad mayor del
firmamento, puede dos veces el cinocéfalo haber urinado.

_Selv._ ¿Qué has dicho, que no te he bien entendido?

_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿No sabes la propiedad del cinocéfalo, que
tiene apariencia de mona?

_Selv._ No, mas di quál es.

_Risd._ De urinar de hora en hora tan por nivel, que sobrepuja al
más concertado relox que ser pueda, por obrar en él naturaleza, y
por esto habiendo urinado, como dixe, dos veces despues de la venida
del sol, que es la mayor lumbre del cielo, por causa que es ciento y
veinte y cinco veces mayor que la tierra, serán las seis del dia.

_Selv._ Gracioso estás con tus poesías á mí, que estoy la soga á
la garganta; dame aquel laud y salte á la puerta de la sala, y si
vieres á Flerinardo, ó á otro de su parte, entrarás á me lo decir
luégo.

_Risd._ Señor, así lo haré. ¡Oh santo Dios, y qué soberana gracia
tiene este hombre en quanto mano pone, y cómo constriñe el
instrumento que en sus manos tiene á que de su pena y dolor sea
participante! De cierto que si el famoso Orfeo y el dulce Orion
con el estimado Anfion al presente fueran vivos, con ser los más
excelentes músicos que la antigüedad tiene en memoria, en ninguna
manera con esto se podian igualar, que de verdad mi sentido tiene
elevado en oir los altos y baxos, cercas y léxos de las sonoras
cuerdas, ordenando á sus tiempos con suave melodía unos pequeños
descuidos que, con mayor cuidado, los ánimos de los circunstantes en
ella eleva. Ya me parece que su voz hace muestras de querer, con su
alta armonía, las fantasías y diferencias del instrumento matizar;
que, segun otras veces he visto, no ménos las apacibles gargantas,
los delicados sonidos de la voz mostráran bien gustosas, que los
ligeros dedos, los confusos redobles con suave dulzura han ordenado;
mas ¿quién es esta fantasma ó estantigua que con Escalion viene? ¿Por
ventura el fuerte Enéas, en él convertido, con la anciana Sibilla,
quieren en los infiernos, donde Selvago pena entrar la segunda vez?
Pues ténganse por dicho que no han de pasar tan livianamente como
piensan en mi barca, pues el ramo de oro no les fué concedido.

_Esc._ Amigo Risdeño, estés en buena hora, ¿qué hace tu señor Selvago?

_Risd._ Señor Escalion, vos seais bien venido, y si en lo que mi
señor entiende quereis saber, allegaos á la puerta de aquella sala y
seréis en vuestra pregunta satisfecho.

_Esc._ Dime, por tu fe, ¿es él el que tañe?

_Risd._ No otro.

_Esc._ Por tu vejez, madre, que gocemos un poco de la música, que
tiempo nos queda, pues no es ella de perder.

_Dol._ Sea, hijo, como quieres, que, por mi verdad, el sentido me
tiene allá robado, que, mal pecado, como la armonía y dulzura de la
música representa y sabe á la celestial gloria, y yo, en lo último de
mi vida esté, no puede hacer ménos de poner mi juicio por algun tanto
en lo que tan presto para siempre tiene de gozar.

_Esc._ Así quiera Dios, madre, y que allá todos nos veamos.

_Dol._ Harto, hijo, es de pusilánimo y miserable el que piensa de no
verse allá y tiene en ello muerta su esperanza, mas callemos algun
tanto, y del todo de la música podrémos gozar, que comienza nueva y
alta materia.

_Selv._

      A los montes de Parnaso,
    A caza va mi cuidado,
    Vestido de ropas verdes
    Que la esperanza le ha dado;
    De canes, que son servicios,
    Viene todo rodeado,
    Los monteros pensamientos
    Vienen cerca de su lado;
    En una cueva metida,
    Lugar solo y apartado,
    Descubierto han una cierva,
    Tras ella todos han dado;
    Las cornetas de gemidos
    Fuertemente han resonado,
    El cuidado y un montero
    Los primeros han llegado;
    La cierva, sin tener miedo,
    Muy constante se ha mostrado,
    Los perros se parten della,
    Que tocalla no han osado,
    Porque, con sola su vista,
    Los ha muy mal espantado.
    Ellos estando en aquesto,
    Un caballero ha llegado,
    Armado de ricas armas,
    Con señales de morado;
    En su mano trae blandiendo
    Un dardo bien afilado,
    Que, como al cuidado vido,
    Con soberbia le ha hablado:
    Por tu muy gran osadía
    De mí serás maltratado;
    Diciendo estas palabras
    El venablo le ha tirado,
    Por medio del corazon
    De parte á parte le ha pasado:
    No contento con aquesto,
    A la cueva le ha llevado,
    Échale fuertes prisiones,
    Do le dexa encarcelado.

_Dol._ Por mi salud, hijo mio, que me semeja que en la gloria de
la melodía del ángel Sant Miguel he gozado el tiempo, que aquí con
vosotros oyendo á Selvago he tenido.

_Esc._ Por la cruel remembranza de Megera, madre, que tienes la
mayor razon del mundo; mas, pues lo ha ya dexado, entremos si fueres
servida.

_Risd._ Escalion, mira, una palabra al oido.

_Esc._ Di lo que quisieres.

_Risd._ Quiero que me digas de qué cimenterio ó soterraño has sacado
esta semejanza de la suegra de Barrabás, que contigo viene.

_Esc._ Calla en mal hora, no digas tal, que si lo sabe será gran
daño, que ésta sola basta á dar la medicina más conveniente á la
peligrosa enfermedad de tu señor.

_Risd._ Pues dime, ¿es, por ventura, el espíritu de Galeno, que
fuiste por él al otro mundo para este negocio?

_Esc._ Otra vez á doce, anda con nosotros, que presto sabrás de su
venida, y quién sea, y no burles de quien te puede dañar, que muy
fácil, por su arte, puede saber lo que della dixiste.

_Risd._ Ya, ya, á fe de gentil hombre, que sé ya todo el caso, que tú
debes haber sacado del ciminterio del Cármen el cuerpo de Celestina,
que este dia falleció, y como allí tan presto se consume y come la
carne, no hallaste sino los huesos que traes contigo; digo esto, si
fué verdad, que murió de la caida del andamio de su casa, y no se
estuvo, como la otra vez, escondida tras el artesa.

_Esc._ Bien dicen que quien mucho habla pocas veces acierta; mas no
sé qué de tí me piense, que así quieres con tus pesadas palabras en
són de gran poder á tu señor quitarle el remedio que le viene. Por
tanto, yo te ruego que tus palabras cesen y vayas á decir á Selvago
cómo estamos aquí.

_Risd._ Agora, que yo iré, no tomes pasion con lo que burlando se
dice. ¿Señor, señor? Escalion, el criado de Flerinardo, y una dueña,
están allí fuera, que te quieren hablar, si les das licencia.

_Selv._ Di que entren, mal mirado, que yo dello primero te avisé.

_Dol._ ¡Oh mi hijo y buen señor! vos esteis muy en buen hora, en
buena fe; mas decidme, yo os ruego, ¿qué enfermedad es la vuestra,
que á tal hora teneis el aposento de los tales por morada?

_Selv._ Madre mia, tu venida sea para mí tan buena como la de Judit
con la cabeza de Holoférnes á los afligidos ciudadanos; pídote que me
perdones si no te fago el acatamiento á tu persona debido, pues mi
poca salud es en ello la causa.

_Dol._ ¿Y qué dolencia es la vuestra, hijo? que, por mi salud, segun
de vuestro rostro concibo, no puede faltar sino que de regalo sea.

_Selv._ Mi señora, sabe que para en eso fuiste llamada; por tanto,
siéntate, reposa un poco, que toda mi fatiga te será descubierta,
donde, si en tí en alguna manera remedio se hallase, no sólo á un
enfermo darás la vida, que es asaz buena obra, mas áun mi persona
y bienes en tu poder serán puestos, quedándote aún con esto en muy
grande deuda.

_Dol._ Pues, señor, no ceses en me lo decir, que si hiciere al caso,
aunque mi poder sea poco, sólo por lo que tu persona merece, junto
con la vida en tu servicio sacrificaré.

_Selv._ ¡Oh madre mia, y cómo me eres agradable! Cierto si por obra
cumples lo que de palabra has profesado, con mi vida no te podré
gratificar; por tanto, has de saber que mi vida sin ella se ve por
ser del todo muerta y de sí apartada y en ajeno poderío crudamente
captiva, lo que en la vista de Isabela, hija de Polibio, en un
instante de tiempo se ordenó.

_Dol._ Al cabo estoy, señor; á buen entendedor pocas palabras.

_Selv._ Pues, madre, ¿qué conjeturas tienes en esto? ¿parécete grande
la dolencia, ó carece de remedio?

_Dol._ De ser grande no pongo duda, mas sábete que para todo hay
remedio sino para la muerte.

_Selv._ Pues ¿cómo piensas hacer esta caridad?

_Dol._ Yo te diré: tú tienes pujamiento de sangre, por tanto paréceme
que alguna sangría será necesaria.

_Selv._ ¿Quieres decir, madre, que dineros lo pueden hacer todo?

_Dol._ Parece que me viste el juego.

_Selv._ ¿Pues será menester otra cosa?

_Dol._ Sí, tres en número.

_Selv._ ¿Quáles son?

_Dol._ Las que el Gran Capitan al arzobispo mozárabe señaló, cuando
la guerra de Orán ordenaba.

_Selv._ Di, pues, ¿qué fué lo primero?

_Dol._ Dineros.

_Selv._ ¿Lo segundo?

_Dol._ Dineros.

_Selv._ Bien te entiendo; di qué fué otra cosa.

_Dol._ Dineros.

_Selv._ Pues quanto en eso no se perderá cosa, que hartos dineros hay.

_Dol._ Pues tuya es Isabela.

_Selv._ Mira lo que dices.

_Dol._ No creas que la vejez caduca el sentido me haya robado, como
las otras esteriores potencias, que de cierto no es así, pues ella y
la necesidad en gran manera le han limado y polido, á que fácilmente,
por conjeturas en el principio, los fines ciertos y verdaderos
inquira; por tanto callen barbas y hablen cartas, que es lo que más
hace al caso, y verás quién es la vieja Dolosina, y cómo sus promesas
no son falsas.

_Selv._ Risdeño, toma esta llave y sácame un portacartas que verás en
aquel cofre.

_Risd._ Señor, vesle aquí.

_Selv._ Madre mia, toma estas cincuenta doblas en señal de que lo
restante es tuyo, si verdaderas fueren en todo tus palabras.

_Dol._ Téngotelo en merced, señor, éstas, con las diez que ayer con
Escalion me enviaste, que en el hacer de las mercedes has mirado el
mucho valor de quien las da, y no el poco merecimiento de á quien se
conceden.

_Selv._ Madre señora, mucho vales, y á más te soy obligado por tus
agradables promesas.

_Dol._ Agora, mi buen señor, yo me quiero partir para con más
brevedad concluir el negocio.

_Selv._ Madre mia, merced recebiré, que si en su presencia te vieres
y te hiciere al caso, esta letra le des de mi parte.

_Dol._ Mi buen señor, yo lo cumpliré bien, aunque poco hace al caso;
mira si me mandas otra cosa.

_Selv._ Que el ángel bueno te guie en esta jornada; mira si tienes
necesidad de alguno de mis criados que te acompañen hasta la posada.

_Dol._ No hay necesidad, señor, que quien me truxo tomará este
trabajo.

_Selv._ Escalion, hermano, ruégote, si allá no fueres necesario, que
des luégo la vuelta, que tengo de haber cierto negocio contigo.

_Esc._ Yo cumpliré vuestro mandado, señor Selvago.

_Selv._ Madre señora, al Criador de todas las cosas te encomiendo.

_Dol._ Él quede, señor, en tu compañía; no tomes pena demasiada, ten
buena esperanza en el suceso, que en manos está el pandero que le
sabrá tañer.

_Selv._ Con esa esperanza sustentaré la vida.



CENA SEGUNDA DEL TERCERO ACTO.

  En que Escalion, por la promesa que á Libina hizo, no osa entrar
  en casa de la vieja y despídese; la vieja pide cuenta á su criada
  Lelia de los negociantes que han venido. Despues desto hace
  un conjuro sobre la carta de Selvago, y con ella para casa de
  Polibio se parte. Introdúcense:

ESCALION. — DOLOSINA. — LELIA.


_Esc._ Señora Dolosina, ¿sabe que me parece que por tí ha cantado el
cuclillo, que vas cargada de oro como abeja á la colmena?

_Dol._ ¿No sabes, hijo, que del rio á veces cargado á veces vacío?
mas hágote saber que con todo eso no alcanzo para un orinal de plata.

_Esc._ Agora, madre señora, esto aparte, sábete que no puedo entrar
en tu casa; por tanto, como llegue á la puerta, me darás licencia.

_Dol._ ¿Tienes algun arduo negocio, ó qué es la causa?

_Esc._ No, pese al mundo, sino que mandé anoche á Libina once varas
de anascote, y díle en señal quatro reales y quedó mi palabra
obligada á que se las llevaria hoy, y reniego de los tártaros si
tengo más blanca que un podenco, ni rastro de donde al presente me
venga.

_Dol._ Hijo Escalion, recio caso es no cumplir la palabra que se
pone, especialmente un hombre como tú, de los quales es dicho, de la
palabra, como el toro por el cuerno, se han de preciar; y tú erraste
en el prometer, pues posibilidad te faltaba, mas aunque esto ansí
sea, yo rogaré á Libina que te espere más tiempo, y ella lo hará por
mi ruego y porque dicen que el deudor no se muera, que la deuda sana
queda; mas mira que te aviso que no me hagas caer en vergüenza con
ella, si esperándote por mí despues la burlares, que yo, como dicen,
seré tenida á lo pagar, y no es razon, pues de mí recibes la buena
obra.

_Esc._ ¡Valga el demonio la vieja enredadera! ¿y fuera mucho que me
escusára con la otra, pues hoy tal lance á mi causa ha echado? sino
que piensa que diciendo que me espere áun me pone en gran cargo;
pues, no las ayude Dios más, que ellas de mí lo lleven si del Perú no
me viene, que, por el sacrílego robo de Elena, treinta saltos dé sin
que se me caiga blanca, y de pelado regatease la soga, como dicen.

_Dol._ ¿Qué dices, Escalion? ¿viénesme por ventura royendo las
faldas? No lo debes hacer, que de cierto no es pequeña la buena
voluntad que yo te tengo, y si tienes alguna necesidad, dilo luégo,
no hayas vergüenza, que quien no habla no le oye Dios.

_Esc._ No digo, madre, sino que reniego de los trasuntos de Balcebú,
porque á tal tiempo me vino esta necesidad con que mi palabra ha de
venir á ménos.

_Dol._ Agora, hijo, confia en Dios que todo se hará bien; mas ves
aquí mi posada, mira si quieres entrar.

_Esc._ Tornarme quiero, pesar de quien me parió, que ya no osaré
parecer donde gentes hobiere; quédate á Dios, madre, que yo pienso de
hacer algun hecho que sea sonado, que de dos males el mayor se ha de
evitar, que es que no se quiebre mi palabra.

_Dol._ El Ángel bueno te acompañe, hijo. Tá, tá, tá.

_Lel._ ¿Quién llama allá fuera?

_Dol._ Abre, Lelia, que yo soy.

_Lel._ Madre, enhorabuena vengas.

_Dol._ Dime, Lelia, ¿qué hacen esas mochachas?

_Lel._ Sube y vellas has echadas, que áun agora duermen el sueño de
la salud.

_Dol._ Bien me parece que otro ha de ganar lo que ellas han de
comer, mas pase, que agora tienen tiempo; dime, ¿ha venido álguien á
buscarme?

_Lel._ De parte del tiniente, á quien llevaste la moza ántes de ayer,
te enviaron dos pares de perdices con muchos perdones á vueltas.

_Dol._ Dios le dé de sus bienes, que sabrosas serán por ser de las
rentas de Dios escotadas.

_Lel._ El mercader de Claudia vino luégo como que tú te fuiste, y ha
estado con ella y se ha ido.

_Dol._ ¿Qué truxo?

_Lel._ Una saya naranjada que cantusó á su esposa, para Claudia, y un
manto razonable guarnecido, para tí.

_Dol._ Andar, agua vertida no toda cogida; de quien no nos debe nada
buenos son cinco dineros; dime si ha venido otrie.

_Lel._ La desposada, que tiene el joyel empeñado en los dos ducados,
vino muy asustada por causa de estar hoy convidada en casa de su
esposo, y por no estar tú aquí hube yo de ser el zurujano; y áun, por
mi conciencia, que pasó un mal rato por no ser yo buena maestra, en
pago de lo qual me dexó esta sortija de oro.

_Dol._ Bien haces, hija, de ensayarte temprano, que, por mi salud,
quando grande te lo halles y dello no seas pesante; mas la sortija me
viene á mí de derecho, por ser tú aprendiz en mi casa.

_Lel._ Madre, yo te la daré; mas déxamela traer algun dia primero.

_Dol._ Muestra, boba, que no es anillo en el dedo, sino honra sin
provecho, y tener siempre cuidado no se pierda sin lo sentir, lo
qual, si acaesce, da doblado pesar que recreacion con él han tenido,
y por tanto será bien que me le des, que quien quita la causa quita
el pecado.

_Lel._ Toma, madre, que más quiero ser yo pesante que tenerte á tí
descontenta; los dos ducados están entre las almohadas de tu lecho.

_Dol._ Bien está todo eso; dime, hija mia, si me ha venido otrie á
buscar.

_Lel._ No, madre, no ha venido otra persona alguna.

_Dol._ Pues, hija Lelia, tráeme aquí lo necesario para un conjuro;
eso mesmo, los vestidos rotos de mujer mendicante y pobre, que con
ellos tengo de ir á cierto negocio.

_Lel._ Madre señora, ves aquí he traido los vestidos que me pides y
eso mesmo lo necesario para el conjuro, que es: el ólio infernal,
las candelas del cerco de la otra noche, el ídolo de arambre
juntamente con la bujeta del ungüento serpentino, la lengua del
ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez rémora, los
testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las
taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de
Mayo. Mira si es menester otra cosa.

_Dol._ La redoma azul pequeña, con el agua del rio Leteo, me trae
tambien.

_Lel._ Vesla aquí, madre, ¿quieres más?

_Dol._ No, sino que cierres bien la puerta y arriba te subas.

_Lel._ Hecho está, madre.

_Dol._ Yo, la maga y gran sabidora Dolosina, enseñada en las artes
del mago Simon, sin falacia ni engaño, á tí, Pluto, rey y señor
predominante en las tremendas y espantables tinieblas del Erebo y
reino infernal, donde el rio Cocito, con sus negras y oscuras aguas,
por las breñas y rocas, donde las sombras hacen su habitacion se
despeña; juez soberano entre los rectísimos pretores. Minos, Caco,
y Rodamante, veedores esecutarios en las causas de los afligidos
pasajeros de Caron, domador, eso mesmo, de las terribles y no
domables fuerzas de las tres tartáreas furias, Alecto, Megera y
Tesifon, con las virtudes ocultas de los presentes materiales te
conjuro: á que dexado tu cetro y silla real, vengas con aquella
obediencia á que me estás obligado tú, en pago del dedo cordial que
te tengo ofrecido, á me servir, y sin engaño ni aparencia fingida,
cumplas en todo y por todo, mi querer y voluntad; y si tu imperial
persona, en otros importantes negocios ocupada, tuviera por enojosa
esta venida, por el tanto, con tus veces y grande poder, á mi fiel
familiar Escarcafierro me envia, el qual en esta carta que presente
tengo, se encierre, y siendo en manos de Isabela puesta, de la
manera que esta imágen de arambre es abrasada con estas virgíneas
candelas, así su corazon con fuegos excesivos en el amor de Selvago
se encienda, matando con la presente agua del olvido, traida del
infernal rio Leteo, todos y qualesquier amores que en otras personas
haya puesto; donde lo contrario haciendo, no sólo de tu poder y
persona blasfemaré, mas con todas mis fuerzas te seré capital enemiga
y cruel competidora, donde, con buen seguro, que en mi poder te
llevo, con estas armas de fingidos vestidos, á comenzar la dubdosa
batalla me parto.



CENA TERCERA DEL TERCER ACTO.

  En que Dolosina, de muchos temores acompañada, en hábitos de
  pobre mendicante va á casa de Polibio, y fingiendo pedir limosna,
  en el aposento de Isabela, guiada por Cecilia, entra, donde con
  muchos rodeos alguna parte de su mensaje le declara; lo que por
  Isabela entendido, ignorando de qué parte viniese, ella y Cecilia
  con las almohadillas de labrar le dan muchos golpes, hasta que
  fingiéndose por muerta, estando ellas un poco descuidadas, se les
  va huyendo, dexando allí la carta de Selvago. Introdúcense:

DOLOSINA. — CECILIA. — ISABELA.


_Dol._ ¿Áun qué sería si hubiese la vieja Dolosina de pagar hecho y
por hacer, en este camino? que por mi salud, mirando bien en ello,
en gran peligro voy, especialmente con el hábito que llevo, que
sólo en ser conocida cae mi vida en gran riesgo; pues los agüeros
que he visto lo adoban. Dos falcones maltratando una graja se me
representaron en saliendo de mi casa; poco más acá vi en el suelo
una lechuza muerta; el primer hombre que al encuentro me vino, sobre
ser cornudo, le dieron este dia de palos: bueno va todo, quiera Dios
no sean badanas, que en este oficio, y en un caso semejante al que
agora voy, dexó mi abuela Claudina la vida por las costillas en
manos de los criados de Theofilon; pues mi madre Parmenia indicio
hay de que por otro tanto en Milan la mataron á talegazos. Ahora
bien, sea lo que fuere, venga lo que viniere, que piés malos camino
andan. Dolosina es astuta, y lleva buena compañía, quanto más que si
con la empresa salimos, más me valdrá de cien síes renovados, y por
tanto, haldas en cinta priesa á caminar rico ó pinjado, muerto ó con
gran ditado, de una vez que á todo riesgo un jubon sin mangas, ó un
almilla de plumas, podrémos medrar. Mas agora esfuerza, esfuerza,
Dolosina, ten buen corazon, que el tal quebranta mala ventura; pues
que la puerta de Polibio se muestra de enfrente, y nadie parece, de
rondon me entro, que el hábito lo demanda, y adios: ¿quién será esta
doncella que á mí se viene? Cierto no sería poco tenella de nuestra
parte; quiérola hablar blandamente, que buenas palabras valen mucho.
Hija hermosa, dicha buena hayais en todo lo que mano pusiéredes,
¿recibiria de vos tanta gracia que delante de la señora Senesta me
pusiéredes? que, mal pecado, vengo con una necesidad muy grande, y
como haya sabido ser ella persona en quien las tales como yo hallan
siempre gran auxilio y socorro, deseo con ella probar mi ventura por
ver si es verdad lo que se dice.

_Cec._ Dueña honrada, mucho quisiera cumpliros vuestro deseo, mas
sabed que al presente será escusado, porque está en su aposento,
con mi señor Polibio, durmiendo la siesta; aunque si es cosa que en
alguna limosna ó obra pia toque, mi señora Isabela la remediará.

_Dol._ ¡Oh, cómo he hallado buen puerto! de verdad que con tal
comienzo no puede ser el fin adverso.

_Cec._ ¿Qué dices, madre? Si te parece, bien; si no, darás la vuelta.

_Dol._ Digo, hija, que aunque á la señora Senesta quisiera, que bien
suplirá en mi necesidad la señora que me habés dicho.

_Cec._ Pues detente un poco, vieja honrada, iré á se lo decir.

_Dol._ Pues sea presto, por vuestra vida, que mi pena no quiere
dilacion. ¡Oh, cómo si al dicho del esforzado Héctor doy crédito, que
dice que comienzos prósperos traen tales fines, yo pienso de salir en
este caso con paz y del todo vencedora, pues tan oportuno lugar para
mi propósito demostrar se me ha seguido! Ea, ea, esfuerza, Dolosina,
que ya se llega tu hora, en la cual no harás pequeña ganancia, si
desplegas tu lengua y abres tu entendimiento, en manifestar tu
propósito.

_Cec._ Madre, entra comigo, que Isabela te aguarda.

_Dol._ ¡Ay, hija, plega al misericordioso Dios que tal acogimiento en
su presencia halles, como al presente de tí he tenido!

_Cec._ A él le plega por su infinita bondad; mas ves allí á mi
señora, llégate allá, y manifiesta tu necesidad, que con ayuda de
Dios ella será remediada.

_Dol._ Así lo creo yo, hija, que do tanta hermosura se muestra, no
puede faltar piedad grande para los que della son menesterosos.
Doncella ilustre, y la más hermosa de cuantas en el mundo viven, el
Señor que tal os formó, en estado y honra os prospere, porque los
afligidos y necesitados en vos hallen cumplimiento de sus deseos.

_Isab._ Dueña honrada, tú seas bien venida. Por haber sabido de
esta mi doncella que con cierta necesidad á mi señora Senesta
venías, y ella esté al presente ocupada, yo su hija, por lo que á
ser caritativa debo, siendo de tu cuita certificada, si mis fuerzas
fueren en ello bastantes, te la remediaré; por tanto no ceses en me
lo decir, que aliende de ser limosna, por ser mujer como yo, con más
entera voluntad cumpliré tu deseo.

_Dol._ ¡Ay perla de oro, y cómo te lo dices! ¡Cierto que de tal
figura no se esperaba ménos! Has, pues, de saber, señora, que mi
venida en esta casa ha sido por ver si una grande necesidad que
tengo, en alguna manera remedio alcanzase; que como nosotros los
necesitados y afligidos no tengamos otrie á quien ocurrir con
nuestras miserias sino á los ricos y poderosos, los quales de justo
derecho son tenidos en nos remediar, y como en este caso esta familia
á todas las de la ciudad sobrepuje, aquí determiné de me llegar,
concibiendo en mi pecho que si aquí me falta remedio, mi cuita sin él
perecerá; de donde grande detrimento y pérdida á mi vida se sigue.

_Isab._ Madre mia, por tu fe que no llores ni te acuites, que si,
como he dicho, no me falta el poder, tú partirás de mi presencia
contenta.

_Dol._ Así lo creo yo cierto, mi señora, que no sin causa puso Dios
tanta beldad y gracia en un cuerpo humano, sino para que más en tener
misericordia entre todos se señalase.

_Isab._ Dexa eso, madre, y dime tu cuita, que tengo deseo de sabella
para del todo la remediar.

_Dol._ De cierto, hija mia, que á lo que al presente de tí he
concebido que debes ser muy misericordiosa y llena de piedad,
lo que en una doncella ilustre y fermosa como tú estrañamente
resplandece; porque dado caso que, como dice el Evangelio, aquellos
son bienaventurados que se preciaren de misericordiosos, siendo, como
es, gran virtud en qualquier estado, en los de ilustre prosapia es
muy mayor en estremo, lo que manifiesto se ve quando un gran señor
ó rey perdona á sus súbditos ó á otros los crímines que contra él
cometieron, que nace de por ser misericordiosos querer más dexar sus
ofensas sin castigo, que ver en su próximo tormento: exemplo tenemos
en nuestro gran César Carolo V, luz que á todos los magnánimos y
fuertes antiguos en tinieblas dexa, con quanta misericordia y piedad
haya tratado á sus muy crueles enemigos, habiéndolos tenido en su
poder, como fué los dias pasados al Rey de la Galia, que contra él
tan contrario se mostró, donde teniéndole en su poder, y por muy
justa batalla vencido, no sólo le perdonó, mas áun muy llegado á él
en afinidad y parentesco, á su tierra le envió. Eso mismo con el
fuerte Duque de Saxonia, y sus parientes y allegados, que con tan
justa causa merecian otro acogimiento que el que en él hallaron;
mas su imperial persona, no mirando los deservicios que dellos habia
recebido, con misericordiosa y pia benivolencia los brazos abiertos,
el perdon con su amistad les ofrece. Pues si dello debe ser loado, no
quiero que mi baxo juicio y débil entendimiento lo determine, pues
por serlo tanto indeterminado se queda. Todo esto, hermosa doncella,
os he querido decir porque veais en quanto sois de estimar, por
la gran misericordia que en vos, á lo que he visto, se encierra,
por donde á los que contra vuestra persona erraren sois tenida á
perdonar, y ansimesmo á los que de vuestro acorro tuvieren necesidad,
como yo agora, con alegre cara y larga voluntad se la ofrecer.

_Isab._ Dueña honrada, para comigo, que bien se me entiende todo
lo que has dicho, no son menester rodeos ni circunferencias, sino
manifiéstame tu fatiga, que yo procuraré de la remediar.

_Dol._ ¡Oh mi emperadora, y cómo si así fuese yo me podria contar por
bienaventurada, y mi vida saldria de laceria y afan muy crecido! mas
primero que de mí lo sepas, te quiero decir de dónde nace la caridad,
y por qué unas personas tienen en buscar á otras, en sus fatigas,
remedio.

_Cec._ A la larga toma el galgo la liebre; valga el demonio á la
vieja importuna, si ya no me tiene quebrada la cabeza con sus
palabras, y áun quiere comenzar materia nueva; por mi vida, que no la
sufra yo más, sino que allá fuera me salga, acabe quando quisiere.

_Dol._ Digo, pues, señora piadosa, que principalmente se sigue de
la buena voluntad y amor, lo que se ve muy á la clara en nuestro
redemptor y maestro Jesuchristo, que por el amor que al humanal
linaje tuvo, con caridad y querer excesivo, por redimirle se ofreció
á muerte de cruz en aquel siglo bien vituperable. Pues de la mesma
manera nosotros, discípulos de tal maestro enseñados en caridad, nos
dolemos de las adversidades y desventuras de nuestros próximos, y
les buscamos con todas nuestras fuerzas remedio, siendo guiados por
un amor secreto que en ello nos fuerza, donde quien lo contrario
hiciere, con razon debe de ser reprehendido, pues no cumple lo que en
la ley de fe tanto es encomendado. Pues si esto es así, ¿con quánto
querer debemos, con caridad amorosa, socorrer á nuestros próximos en
sus necesidades? pues sabemos del sabio que dice: que quien favorece
al mortal hace obra de Dios inmortal, especialmente los ricos y
poderosos á los necesitados y afligidos; y no digo tanto en los ricos
como en otros mil estados, que unos á otros nos podemos aprovechar y
favorecer, ansí como en las gracias que habemos aprendido por arte,
como con las que la naturaleza en nos puso, participándolas con
aquellos que dellas tienen necesidad y serán ansimesmo por ellas en
sus cuitas remediados.

_Isab._ Dueña honrada, bien basta lo que me has dicho; por tanto
luégo me di tu fatiga quál sea, que tengo otra cosa en que entender.

_Dol._ Piadosa doncella, así lo haré; por tanto óyeme con atencion
mis palabras, y cumplirás tu deseo si de sabello alguno tienes.

_Isab._ Mejor me ayude Dios, que tú vienes con necesidad, sino con
alguna buena trama, y si así es, mándote yo que no te alabarás dello.

_Dol._ ¿Qué dices, señora?

_Isab._ Digo que de presto concluyas ó me dexes ya.

_Dol._ ¡Oh mi señora, y cómo lo quieres ya saber! Pues yo te prometo
que es con razon porque tú eres la que en ello ganas.

_Isab._ Pues ¿en qué gano yo, buena vieja? por mi vida, que tengo
mil recelos de tí, y que no sé si lo que yo agora digo será falso.

_Dol._ Señora, no perturbes mis razones con tus inopinados
aceleramientos, que si digo que tú ganas, es porque quien hace
limosna adquiere provecho para el ánima, y quien la recibe, para
el cuerpo; pues si esto es así, mira si ganas tú más en remediar
mi cuita que yo, mas porque no recibas mayor pena de la recibida
con mis largas y toscas razones, has de saber que yo fuí casada en
mi mocedad con un fidalgo, y por mi mala ventura, al segundo año
enviudé, quedándome de mi amado marido un hijo pequeño. Pues no
contenta la fortuna con aquesto, en una noche toda mi hacienda y
bienes por un fuego perdí, porque, como dicen, la miseria sigue á
los afligidos y persigue á los escogidos; donde sola, que parientes
ningunos conocia, y pobre desde entónces, he pasado mi trabajosa
vida peregrinando por diversas naciones, siempre en compañía de mi
pequeño hijo, el qual en poco tiempo creció, parándose tan fermoso y
agraciado, quanto otro dubdo que en su tiempo fuese; yo, con amor de
madre, mendigando, ó como pude, le hice enseñar las gracias que á un
gentil mancebo convienen, entre las quales la música en gran manera
en él floreció, ayudando su melodiosa voz, en tal manera que espanto
á quien lo oye ponia; pues, estando yo algo con él consolada, y ya á
su causa con algun remedio, hubo en una ciudad donde estábamos con
otro mancebo una question, en la qual su contrario perdió la vida, y
por miedo de la justicia aquí nos venimos, do pasamos grande laceria
por causa que á mi hijo una grave dolencia le ha sobrevenido, de que
mi afortunada vida en tal manera se ve congojosa y fatigada, que la
muerte excesivamente desea por ser su postrimero remedio.

_Isab._ Pues, dueña honrada, ¿qué me pides agora á mí para en eso?

_Dol._ ¡Oh mi buena señora! ¿quieres que te lo diga? sabe que lo que
yo de tí para su mal quiero, es tu soberana gracia.

_Isab._ Buena vieja, en gran confusion me ponen tus palabras; mas di,
¿qué entiendes por mi gracia?

_Dol._ Que dés tú, pues eres poderosa, á aquel enfermo la vida, que
por tu causa muere.

_Isab._ ¿No digo yo que áun en mal punto acá habries venido, doña
falsa, con tus alcahueterías?

_Dol._ ¡Jesú, Jesú, señora! ¡Desdichada de mí! no dés voces, que no
soy de las que piensas, ni mi venida es á ningun mal.

_Isab._ Pues dime, mala, en tales dias envejecida, ¿cómo dices que
ese tu hijo por mi causa muere?

_Dol._ Señora, no pienses que en ello hablo de gracia, que de cierto
es así, porque el pobre que con necesidad muere, el rico que dello
fué sabidor le mata, y si piensas que en ello te engaño, pregúntaselo
á todos los doctores santos, y verás si es así; más desdichado fué mi
nacimiento, que bien sé yo que dicir la verdad amarga, y por esto me
has afrontado mis canas, pero sea, que más pasó Dios, y sus siervos
más han de pasar, aunque ni por esto de tal cargo seré acusada, que
por no me avergonzar á los que tienen, mi hijo con suma necesidad
pereciese.

_Isab._ Yo te cogeré á las palabras, doña raposa, y áun, por mi fe,
que pienses llevar lana y vuelvas sin cuero.

_Dol._ ¿Qué dices, señora? ¿pésate ya por lo que dixiste? si así es,
yo te perdono, pues por ignorancia pecaste.

_Isab._ Anda ya, anda, buena vieja; á otro perro con ese hueso, que
muy bien te he entendido, y sé dónde asiestas tus tiros; no te me
hagas tan santa con tus palabras, pues en ellas está el engaño; mas
dime de parte de quién vienes, que podria ser tu mensaje no fuese
en vano; mas si de otro cabo de quien yo pienso viene, amonéstote
que otra vez acá no me vuelvas, porque librarás mal, y ésta se te
perdonará atento á los sermones de piedad que tú me has predicado.

_Dol._ ¡Ay señora! ¿y quién dices? que cierto mi venida no es más de
lo que has sabido.

_Isab._ Dueña noble, ya te he dicho que te he bien entendido; á perro
viejo, no tús tús, que ya sabes bien que de cosario á cosario no se
pierde sino los barriles; por tanto dime lo que te pregunto, que en
tal hora puedes ser venida, que de mí lleves buen galardon por tu
mensaje.

_Dol._ ¡Oh mi buena hija! sabe que tu pensamiento es verdadero, y de
parte de quién yo vengo por esta carta lo verás.

_Isab._ ¡Ah doña falsa, que cogido os he la verdad sin que la podais
encubrir! mi fe, aunque vieja y yo mochacha, engañado os he. ¡Oh
mala vieja, quién no estuviera avisada de las tales como tú, que
con sus azucaradas y santas palabras, vienen á robar la castidad de
las nobles doncellas! pues yo os aseguro que el pago que de aquí
llevares será, conforme á la misericordia que á mi honestidad debo,
bien igual á tus sermones. Agora ¿qué dices en esto? ¿no respondes?
¿por ventura buscas algunas escusas? pues yo te digo que te serán
escusadas; mas bien será que anden las manos y cesen las palabras,
que, pues á mí injuriaste, de mí llevarás el castigo. Oyes, Cecilia,
Cecilia.

_Cec._ Señora.

_Isab._ Ven aquí, toma tu almohadilla, darémos un refregon á esta
falsa alcagüeta, que ansí mi honra y limpieza queria robar.

_Cec._ ¿Qué, desas es la señora? Alto, que aparejada estoy.

_Dol._ Aun en mal hora acá habriemos venido, si esto así se prosigue
adelante.

_Isab._ ¿Qué murmuras, malvada? ¿Tienes alguna escusa?

_Dol._ Digo, señora, que este papel es una purga que asentó hoy el
doctor, y habia de costar mucho precio, lo cual á tí venía á pedir;
y porque me creyeses te la mostraba, y si piensas aún que en ello te
engaño, tómala y verlo has.

_Isab._ Esas escusaciones á quien no te entendiese, matrera, tus
falsas revueltas, pues hágote saber que mal se cubre cabra con la
cola; por tanto, si recepta es, recibe en ella nuestros golpes, pues
escudo y capacete te falta. Alto, hermana Cecilia, á las manos, mas
cierra primero la puerta, no se nos vaya el gallo.

_Dol._ En mal punto acá vine, que esto á dos palabras tres pedradas;
me parece que vale más al fin callar, como negra en baño, que cada
gallo canta en su muladar.

_Cec._ Ea, señora, no canses que tiene mucho pelo; y áun no siente
los golpes, toma exemplo en mí, y qué tajos arrojo.

_Dol._ ¡Ay! ¡Ay, desventurada yo, que me fino!

_Isab._ Redobla tus golpes, Cecilia, en esta cuña que ya rechina la
piedra y presto caerá.

_Cec._ Por mi fe, vesla en el suelo.

_Dol._ ¡Ay, señores, que me muero, confision!

_Cec._ Ya te absuelven, hermana, y áun de tal manera que puedes á tus
descendientes dar parte.

_Isab._ Déxala ya, Cecilia, que bien basta lo hecho.

_Cec._ ¿No ves, señora, que destas tales se dice que tienen siete
almas como gato, y áun no será la primera del todo salida? mas agora
bien está, pues mi almohadilla demuestra las entrañas de trabajada;
mas ¿qué piensas hacer desta, que, á lo que creo, está muerta?

_Isab._ Por mi fe que dello me pesase, porque solamente quisiera
escarmentalla; mas si es hecho, y no se puede escusar, con hacerlo
saber á mi señor Polibio todo el caso por entero, no habrá más; que
quien burla al burlador, ya habrás oido.

_Cec._ Pues, señora, yo quiero ir á llamalle.

_Isab._ Bien será; torna, torna, Cecilia.

_Cec._ ¿Qué dices, señora?

_Isab._ ¿No ves qué recia va por el escalera abaxo? Cierto que con
engaño lo fingie, que en viéndote salir, y la puerta abierta, luégo
se levantó más recia que un quadrillo.

_Cec._ Así me parece, mas no la arriendo la ganancia desta tarde; y
si bien le supo, tórnese al regosto.



CENA CUARTA DEL TERCERO ACTO.

  En que Isabela, leida la carta que la vieja dexó, y entendiendo
  enteramente el caso, mucho su celeridad y poco miramiento incusa;
  Cecilia le da muchos consuelos; en fin de pláticas va á llamar á
  Valera para que entienda en las amistades de Dolosina con ellas.
  Introdúcense:

ISABELA. — CECILIA.


_Isab._ Agora ¿consideras, Cecilia, quantos engaños y traiciones
hay por el mundo? ¿Quién pensára tal, que esta mala vieja, con sus
fingidas santidades y palabras dulces, vinia á contaminar el homenaje
de mi limpieza?

_Cec._ Cierto, señora, que no debia ser esperta en las armas; pues
viniendo á dar combate á fortaleza, venía sin amparo de capacete
para las piedras y petrechos que los cercados habian de soltar en su
defensa.

_Isab._ ¿No viste cómo se hizo muerta como raposa apaleada?

_Cec._ Si vi, mas poco le prestó, que si mi espada no hiciera
muestras de se quebrar, no cesára aún por su industria la batalla.

_Isab._ Agora bien, vaya á la mala ventura, que por el necio atrevido
de quien la envió, no faltaré al amor que á Selvago tengo; pues por
sus razones este dia pasado claramente conocí no vivir engañada.

_Cec._ ¡Ce, señora, qué digo yo! ¿No ves la carta que traia la
falsaria á par de la puerta?

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que la hagas pedazos, que me parece
ofender á Selvago lo contrario haciendo.

_Cec._ Por mi salud, señora, que tal no sea, sino que hemos de saber
en qué mundo vivimos, y reir un poco con sus necedades, pues se puede
hacer tan á nuestro salvo.

_Isab._ Haz tú lo que por bien tuvieres, mas yo lavo en ello mis
manos; mas mira á todo esto no sea recepta de purga, como dixo la
vieja, y te quedes soplando las manos, tu gozo en el pozo, con la
miel en los labios.

_Cec._ Anda, señora, que no es noramaza, que toda la sangre de
alteracion se me habia ido á la servilla: mas oye si te parece, pues
á tí viene dirigida, y si algun paso lamentable en ella vieres, mira
que con lágrimas y sospiros le solenices, porque así conviene, y es
precepto en la ley de bien amar.

_Isab._ Anda en mal hora, ó la rompe, ó acaba ya.

_Cec._ Agora oye:


_Carta._

  «Si fuerza en la mia hubiese para la que de tu parte me viene,
  seráfica dea, en alguna manera relatar, no sólo mi rabiosa
  fatiga en ello recibiria contento, mas á tu grande piedad y
  benivolencia, acerca de ella, mostrarie en alguna manera su sér;
  mas ¡ay de mí! que ni la pena que por tí padezco consiente, por
  ser tal, en papel ser esculpida, ni ya que lo fuese de tí, ni
  de ninguno de los mortales por lo mesmo le serie dado crédito,
  porque todas quantas veces el radiante Febo, su lucida corona del
  Oriente en nuestra Europa nos demuestra, en fénix convertido,
  en fuegos por mí mismo fabricados, soy deshecho, tornando en el
  instante á renacer; porque la pena siendo perdurable, infinito
  sea su tormento. No dexo de recebir, mi dea, algun pequeño
  consuelo por tan á la clara haberte mi propósito declarado,
  aunque por otra parte considerando la cruda respuesta, por ser
  ninguna, que por tí me fué dada, en más y mayor descontento es
  convertido; de donde una tal desesperacion á mis sentidos se
  demuestra, que la vida tienen por pena, y la muerte les sería muy
  agradable vida, la que, último y postrer medio de descanso en
  mi trabajosa cuita deseo que fuese, y sin duda será, si tú, mi
  preclara dea, no truxeres el saludable letuario de tu soberana
  gracia al en tí convertido Selvago, y por tí crudamente de la
  vida excluido.»

_Isab._ ¡Ay de mí! la más sin ventura doncella de las nacidas, y ¿qué
oigo? ¿Y es verdad que de parte de mi Selvago me viene este mensaje?
Muestra, muestra, Cecilia, ese bienaventurado papel, aunque en muy
fortunado tiempo llegado, seré en ello bien certificada para que la
pena, que tan bien he merecido en dar tal pago á quien tanto bien me
traia, en mí execute.

_Cec._ Mira, señora, que no me parecen bien los extremos que
muestras, pues más con razon habias de tomar gozo con tal
acaescimiento, que por él demostrar tanta tristeza.

_Isab._ ¡Ay desventurada yo, que áun esto es poco, pues tan
desaconsejada he sido con quien toda mi gloria en su poder tiene!
dime tú, ¿no ves quánta razon tengo para salir de sentido, pues por
mi poco saber, no ménos que de mi muerte he sido causa, si Selvago
de lo que con su mensajero pase es sabidor? pues es cierto que de hoy
más de mí no tendrá cura, habiendo una vez á él y otra á su carta con
tanta esquiveza tratado.

_Cec._ Señora Isabela, ántes en eso vives engañada, porque la
condicion de los hombres es tal, que aquello que les es negado con
mayor eficacia procuran, y lo que fácilmente les conceden, muy
presto dellos es olvidado; quanto más que siendo, como es, Selvago
bien entendido, sabiendo el caso por entero, ántes por él te dará
gracias, que, como dices, se apartará de su propósito, porque si
tú apaciblemente á la vieja y su mensaje recibieras ignorando la
parte, no sólo de liviana fueras ultrajada, mas áun de inconstante
amadora adquirieras renombre; pues la fe á su verdadero amor debida,
recibiendo mensaje ignorando ser suyo, del todo era falsada.

_Isab._ Por verdad, hermana Cecilia, gran consolacion y deleite de
tus palabras me viene, que sin ellas fuera imposible remediar mi
vida; mas pídote por el amor y fidelidad que me eres deudora, pues
en lo uno tan bien has razonado, que en lo que de aquí resulta me
aconsejes, para que si algo por mi ignorancia se ha perdido, con tu
mucha discrecion se recupere, y yo, del crudo tormento que padezco,
algun remedio reciba.

_Cec._ No dexo de conocer, mi señora, ser gran presuncion la mia en
ponerse á dar parecer á quien á mí y á muchos otros le puede dar,
mas porque no parezca que tu mandamiento recuso, cumpliré lo que por
tí me es mandado; digo, pues, que, sin más detenimiento, á tu ama
Valera mandes llamar, la qual venida, ella dará algun medio como te
reconcilies con aquesta vieja que con el mensaje aquí vino, que yo
sé que las dos tienen en sí gran amistad; porque, si no me engaño,
aunque con hábito de mendicante venía disfrazada, es Dolosina, la
famosa alcagüeta, que tales ensayos hace para más á su salvo ordenar
sus tratos.

_Isab._ Bien me parece, Cecilia, lo que has dicho; por tanto, por mi
amor, que tú recibas el trabajo en llegarte á su posada á la llamar.

_Cec._ Señora, en todo cumpliré tu mandamiento; por tanto á Dios
quedes, que yo voy.

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que no tardes, y vé en buen hora.



CENA PRIMERA DEL QUARTO ACTO.

  En que Dolosina, medrosa por lo pasado, encuentra con Valera;
  cuéntanse las dos sus negocios, muy alegres por lo que la una
  de la otra colige. Dolosina la encarga que recaude una carta
  de Isabela para Selvago, y con este acuerdo se despiden.
  Introdúcense:

DOLOSINA. — VALERA.


_Dol._ Alivia tus piés, Dolosina, que áun todavía estás en la tierra
de tus enemigos, no tengan alguna celada encubierta ó vengan en el
alcance caballeros corredores que nos quiten el despojo y quede la
vida de las pihuelas; quiero echar por esta calleja hácia Sant Roman,
que me parece encubierta, en que me podré librar, si tras de mí
vinieren; ya no hay peligro, que léxos estoy, quiero reiterar lo que
por mí ha pasado, pues, como dicen, en salvo está el que repica; por
mi vida, que puedo hacer cuenta que hoy nací, pues de tan eminente
peligro fuí librada, con razon se podria de mí decir, atrevióse
morilla y comiéronla lobos; válame Dios, y que fortaleza y sagacidad
de doncella; sin duda que pasé por ello y no lo puedo creer viendo
una mochacha áun, como dicen, con la leche en los labios, y que tan
fácilmente á la vieja y astuta Dolosina engañase, haciéndole sacar el
hijo del cuerpo y decir duro y maduro, y despues, sin podello negar,
en porte del mensaje, darme tal trato ella y la otra rapaza de su
criada, aunque, por mi vejez, si no fuera por el lugar ser peligroso,
que todos nos entendiéramos á coplas; mas pase, que yo fiadora de
tomar la venganza á mi propósito, mujer es y fermosa, mal me andarán
las manos, pues allá dexé la carta, si no la hago caer en el garlito,
aunque más haga de la grave y generosa. Mas ¿qué digo yo? ¿y cómo
podrá ser esto quando mis sagaces razones para con ella tan poco
aprovecharon? cierto que será trabajoso caso de vencer su fortaleza,
que es á la verdad muy entendida, y al parecer muy casta por extremo;
por mi salud, que si de su manera fuesen todas las mujeres de nuestro
tiempo, que mala ganancia harian las de mi oficio, mas loores á Dios
que no son todas así. Mas ¿qué digo yo? ¿es Valera la que allí viene?
Cierto, ella es, quiérome atapar y pasarme de largo, no me conozca
con el hábito que llevo; mas escusado es, que ya me ha conocido.

_Val._ ¿Qué es esto, señora Dolosina? ¿qué hábito es éste? por
ventura es negocio de importancia, pues así las armas habeis cambiado.

_Dol._ Así es, hermana, como decis; mas ¿dónde guiais vuestro camino
tan de prisa, que me parece que vais á ganar beneficio?

_Val._ Ántes ando en os hurtar el oficio.

_Dol._ ¿Cómo así?

_Val._ Como que tengo para vista del proceso cincuenta piezas de oro
en mi casa.

_Dol._ ¿Quién es la parte?

_Val._ Es secreto.

_Dol._ Por mí no lo dexará de ser.

_Val._ Mi hija de leche, Isabela.

_Dol._ ¡Santo Dios, y qué oigo! pues decidme, hermana Valera, así
hayais buena postrimería ¿quién es el galan?

_Val._ Selvago, si le conoces, se nombra.

_Dol._ ¿Es sueño lo que oigo? agora, pues, las partes me habeis
dicho, decidme lo que pasa, que de vuestro provecho no me puede á mí
pesar.

_Val._ Esa confianza tengo yo de vos, y por tanto os lo quiero
decir. Habeis de saber que Isabela muere por este caballero, y
descubriéndome á mí su secreto, le prometí que con un conjuro que en
un su ceñidor pondria, la primera vez que mirase á Selvago le haria
venir en su propósito; en fin de razones, ella me cargó de cosas de
precio, que dixe ser apropiadas al conjuro, el qual le embié con una
su criada, y yo voy agora con la priesa que veis, á ver lo que ha
pasado.

_Dol._ Maravillas me habeis dicho; mas hágoos saber que yo ando en un
negocio del mesmo Selvago con el hábito que veis.

_Val._ ¡Ay desventurada yo, y qué oigo!

_Dol._ Ántes bienaventurada, y comigo juntamente; que sabed que muere
por Isabela.

_Val._ ¡Oh mi buena hermana! ¿y es verdad lo que decis?

_Dol._ Sí por cierto.

_Val._ Agora os quiero abrazar, que sin duda me habeis dado la vida,
y si os parece, pues bien á nuestro salvo lo podemos hacer, vos
á Selvago por una parte, y yo por otra á Isabela, hagámosles que
compren caro el placer que esperan gozar.

_Dol._ En mi corazon estais, así sea; mas hágoos saber que he hoy
con Isabela estado, que iba por le dar una carta, y siendo en su
presencia, poco me valieron mis astucias á que no barruntase á lo
que iba, y ella y una su criada me dieron un trato de cuerda con sus
almohadillas en que labran, que pensé perder la vida; mas libréme
dellas huyendo dexándoles en un rincon la carca.

_Val._ ¿Dijístesle de parte de quién íbades?

_Dol._ No hubo lugar.

_Val._ Pues en eso estuvo el error; mas, pues ya pasó y no puede
dexar de ser, íos á vuestra casa, que yo quiero llegarme allá, y con
lo que negociáre, á vos acudiré.

_Dol._ Bien me parece eso; mas debes de procurar que ella le escriba
una carta, en que lo mande que esta noche á la hablar por alguna
secreta parte se llegue, que si ella le ama, como decis, fácil será
de alcanzar, y si así fuese, á mí darés provecho y á vos no vendrá
daño.

_Val._ Bien, estoy en eso, mas todavía fuera mejor alargarles la cura
para que alargáran la paga á nosotras.

_Dol._ No se pierde cosa en que se haga lo que tengo dicho, por tanto
concluye de presto, y con la carta, si ser puede, irés luégo á mi
posada.

_Val._ Alto, pues ansí os parece, ansí sea; no me quiero detener, id
con Dios.

_Dol._ Él os guie, hermana Valera; ¿qué te parece, Dolosina, de los
tratos y mudanzas de este mundo? ¡quán presto perdido y quán presto
ganado! ¡quán poco há estaba la más afligida del mundo, apaleada,
habiendo tan mal negociado, y agora alegre y regocijada! y con razon,
pues las albricias que dello espero, no las trocaria por cien piezas
de oro; quiera Dios que no se abuchorne la venida de Valera, que
si así no es, por ciertas las tengo; agora bien, ya veo mi puerta,
quiero entrar y reposar un poco, que el tiempo dirá lo que ha de ser.



CENA SEGUNDA DEL QUARTO ACTO.

  En que Cecilia encuentra en el camino con Valera, y dándole el
  recaudo de su señora, va con ella á la ver, donde acaba que una
  carta para Selvago escriba en que le manda que esa noche por la
  fenestra de su aposento venga á la hablar. Hecho esto, Isabela
  da largas mercedes á Valera, ansimesmo una rica sortija para
  Dolosina, en seña que las amistades sean firmes; despues de lo
  qual, Valera va con este recaudo á Dolosina. Introdúcense:

VALERA. — CECILIA. — ISABELA. — DOLOSINA. — LELIA.


_Val._ ¿Es la que allí viene Cecilia? ella es sin duda; ¿y adónde
endereza tan de priesa su camino? quiérola llamar, que, segun va de
cuidadosa, no me ha visto. Cecilia, Cecilia.

_Cec._ ¡Oh madre! por mi vida, que te iba á buscar, que mi señora
Isabela te ha necesidad.

_Val._ Alto, pues, hija, vamos quando quisieres, aunque se pierda
otro negocio bien importante que agora tenía.

_Cec._ Así cumple, madre, porque mucho eres menester.

_Val._ ¿Tiene otra nueva enfermedad, ó siéntese fatigada con la llaga
antigua?

_Cec._ Algo deso no puede faltar; mas agora vamos á la posada, que
della serás satisfecha en tu pregunta; ya parece la puerta, entra
presto, madre, que ya mi señora nos ha visto y nos llama.

_Val._ ¡Oh mi perla de oro y mi señora! ¿no me decis si os hallais
más sosegada con la operacion del conjuro? que, por mi salud, bien
segura estoy que os fué provechoso, por lo mucho que á mí de mi parte
me costó.

_Isab._ Madre señora, si lo que por mí has hecho te hobiese de pagar
por entero y como tú mereces, muy más grande habia de ser mi valor y
posibilidad; porque te certifico que fué grande la operacion de tu
obra, que, como tú ántes me denunciaste, así como me vido fué preso
de mi amor, y por palabra me lo demostró, de que yo soberanamente me
gozaba si la fortuna, enemiga de todo placer ajeno, no lo hobiera hoy
trabucado; ca sabe que una dueña en hábitos de mendicante me vino con
una carta suya, mas yo, ignorante que dél fuese, no sólo de palabra,
mas de obra, yo, y juntamente comigo, Cecilia, mi doncella, la
tratamos muy mal, hasta tanto que de las manos se nos fué dexándose
la carta en el suelo, por la qual he sabido todo el caso, de que
estoy la más afligida y atribulada mujer del mundo, con temor que si
de Selvago es sabido, viendo mi esquiveza, no haga mudamiento, que
causaria que mi vida otro tanto hiciese.

_Val._ Mi buena hija, sabe que ya lo tengo todo eso remediado.

_Isab._ ¡Oh mi buena madre! ¿y cómo has hecho tanto bien?

_Val._ Yo os diré: poco ántes que con Cecilia, que por vuestro
mandado á me buscar iba, encontrase, estuve con esa vieja que decis,
que muy íntima amiga mia se muestra, que siéndole por mí preguntado
la celeridad y estrañeza de su vestido, como entre nosotras ninguna
cosa haya secreta, por entero me lo declaró; y yo como vuestro
corazon tanto entendiese, viendo el mal que se puede seguir, porque
lo que con vos pasó no manifestase á Selvago, le prometí de vuestra
parte la respuesta de la carta, y ansí mesmo que esta noche con
vuestra licencia os podria hablar, por algun lugar secreto, lo
que ella os vinie á decir junto con os traer la carta; y si yo lo
prometí, no se os debe hacer grave, pues mayor mal fuera si á Selvago
le fuera descubierta la manera que en recebir su mensaje se tuvo.

_Isab._ ¡Ay amiga! Como por un cabo me has de cruda muerte hecho
libre, y por otro me das á pasar gran afrenta; que puesto caso
que de corazon á Selvago ame, no tampoco quisiera darle ansí tan
abiertamente mi libertad en conceder lo que por mí prometiste.

_Val._ Señora hija, si bien miras en ello, no es tan grande el
favor, si se le concede, como vos le pintais, que de hablallo de una
fenestra á vuestra honra ningun peligro se sigue.

_Isab._ Bien está, madre, lo que dices, mas debaxo esa hoja hay otra,
que quien para en eso le concede lugar, es causa á que en lo demas le
dé posesion; que será tan escusado como lo que más lo puede ser, si
vínculo de matrimonio no se pone de por medio.

_Val._ Mi señora, así se lo podés declarar, y qual el tiempo tal el
tiento; que si conforme á vuestro propósito respondiere, haréis lo
que por mejor y más honesto tuviéredes, y si no, podréisle vos de
su propósito desengañar, aunque para mí tengo que no será él tan
desmesurado, viendo que ántes gana que pierde en el negocio.

_Isab._ Hermana Cecilia, ¿qué dices tú en esto?

_Cec._ Digo, señora, que lo que se ha de hacer tarde que se haga
temprano no es mucho.

_Isab._ Pues dame papel y tinta, que más quiero por el consejo de
vosotras errar, que por el mio acertar en el caso.

_Cec._ Ves aquí, señora.

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que miéntras yo escribo saques algunas
conservas aquí á mi madre, en que entienda.

_Cec._ Ve, señora, que sí haré. Ce, madre, ¿hay posibilidad en tí
para poner en cobro estas rajas de poncil con estas pastillas? Por
señas que á mi señor le fueron enviadas desde Valencia.

_Val._ Hija Cecilia, aunque las muelas se me cayeron, encías me
quedaron, que tienen sus veces.

_Cec._ Pues toma, madre, y si quieres que las parta ó enternezca con
los dientes, porque no tomes trabajo, yo lo haré por amor de tí.

_Val._ Calla en mal hora, no te hagas tú Marta, la que de piadosa
maxcaba el azúcar á los dolientes; pues hágote saber que hablando
en véras, que fiase más en mis encías que tú en tus dientes, porque
ellos te pueden faltar, y á mí no tengo temor sino que de cada dia
más me sean mejores.

_Isab._ Madre Valera, ves aquí la carta, y á esa buena vieja dirás
que si viese el pesar que tengo de lo pasado, que fácilmente me
perdonaria, y darle has esta sortija de mi parte, porque algo de lo
pasado se enmiende; y dirá de mi parte á Selvago que á las doce, en
la fenestra de mi aposento, le espero. Tú, por lo que por mí has
hecho, aunque sea bien poco, tomarás esas cien piezas de oro que para
buxerías me dió mi madre Senesta este dia.

_Val._ Bésote, señora, las manos por mercedes tan cumplidas, que bien
en sí demuestran la parte de donde proceden.

_Isab._ Madre, déxate agora deso, y vé con el recaudo, que de mucho
más eres merecedora.

_Val._ Pues, hija señora, yo voy, plega á Dios que él cumpla vuestros
deseos con mucha honra vuestra y de todos los que bien os quieren,
porque á mí me quepa parte.

_Isab._ El ángel bueno te acompañe, madre.

_Val._ Y con vos quede, hija mia.

_Cec._ Madre, bien puedes salir, que no parece persona por el patio.
Dios vaya contigo, y dirás á Dolosina que no tenga de mí querella,
pues era mandada.

_Val._ Sí haré, hija, queda con Dios. ¿Qué te parece, Valera? ¿y
que rechaza ésta para perder el juego? Como tan de presto has sido
rica y fuera de laceria, no sino estáte en tu casilla fingiendo
santidad, que allí te irá la comida por vida del turco. Fuera, fuera
la burlería, sino que cada uno trabaje, y de lo que trabajáre coma
y negocie por el mundo, poniéndose en peligros y afrentas, que como
dicen: quien no se aventura no aventura, y quien no sufre trabajo,
no goce enteramente del descanso; yo cierto poco trabajé, mas púseme
en grave peligro de honra y vida, mas como la fortuna á los osados
favorezca, así truxo en tan buen órden mi deseo; mas agora cese esto,
que, si bien veo, la puerta de Dolosina es aquélla. Verdad es que en
su fenestra está puesta por atalaya esperando mi venida.

_Dol._ ¿Hija, Lelia? ¿hija, Lelia? Vé presto. Abre esas puertas.

_Lel._ ¿Viene tu marido Hetorino, madre?

_Dol._ ¡Anda, que no! haz lo que te digo.

_Lel._ ¡Oh, señora Valera! ¿Y tú eras? Sube, que allá está la madre.

_Val._ Así lo quiero hacer, hija Lelia.

_Dol._ ¿Qué tenemos, comadre, hijo ó hija?

_Val._ Hijo, y áun bien á nuestro provecho.

_Dol._ Donde vos estábades no podia ser otra cosa; mas merced
recibiré en que me declares por estenso lo que allá ha pasado.

_Val._ Es así que yo las hallé en gran alboroto, y penadas sobre lo
que en vos habian hecho, despues que supieron por la carta la parte,
y cierto que les pesa verdaderamente por ello.

_Dol._ No quiere Dios más del pecador, y eso les bastará para comigo,
aunque gravemente me habian injuriado.

_Val._ Yo les quité parte de su pena diciendo haberte aplacado con
que enviase respuesta, y á dar licencia que esa noche se viesen,
sobre lo qual pasamos muchas cosas más; en fin de razones quedó
convencida, y así escribió esta carta, encargándome que te la diese,
pidiéndote de su parte perdon; ansimesmo que digas á Selvago cómo á
las doce le aguarda en la fenestra de su aposento; mira si he bien
negociado, que en señal de lo dicho ser verdad te envia esta sortija,
y porque del todo tu rencor olvides.

_Dol._ Así me parece, por cierto, que pintado no podia ser mejor á
nuestro propósito; mas espantada estoy cómo no os dió á vos parte,
pues tanto por ella habeis hecho.

_Val._ Anda que sí dió, y áun razonable.

_Dol._ ¿Qué, por mi vida?

_Val._ No cosa.

_Dol._ Ea, dilo ya.

_Val._ Cien monedas de oro.

_Dol._ Desas estocadas que te tiren muchas, no será mucho que quedes
mal herida.

_Val._ Así me parece; mas por mi fe que te las trocase por las
albricias que de Selvago has de haber.

_Dol._ Sabes que veo que más vale páxaro en mano, que las tienes
seguras, y yo no sé lo que sucederá; mas mira si me mandas alguna
cosa, que quiero luégo allá llegarme.

_Val._ No más sino que vayas en buena hora, que en la mesma, á pesar
de gallegos, tornaré yo adonde salí; mañana voy allá á saber lo que
ha pasado, y luégo aquí á holgarme contigo un poco.

_Dol._ Pues vendrás ántes de comer, porque comas juntamente con
nosotros, que aunque no sea la comida como tú mereces, recebirás la
voluntad.

_Val._ Para conmigo no tienes necesidad de ofertas ni semejantes
convites; mas porque no me tengas por mal criada, yo acepto la
merced, y Dios quede contigo, que me parto.

_Dol._ Él te guie, hermana Valera, que por esta otra calle es mi
camino.



CENA TERCERA DEL QUARTO ACTO.

  En que Funebra viene á ver á su hijo Selvago, el qual con ella
  trata sobre el casamiento de Flerinardo con Rosiana; queda en que
  se sepa la voluntad de las partes; desde á poco viene Flerinardo,
  con quien Selvago tiene razones sobre lo concertado; ansimismo
  viene la vieja con Escalion, y dando la carta, con las alegres
  nuevas de sus albricias, lleva dos ricas joyas con que á su
  casa torna muy placentera; entre tanto Selvago y Flerinardo se
  aparejan para el concierto. Introdúcense:

FUNEBRA. — RISDEÑO. — SELVAGO. — FLERINARDO. — ESCALION. — DOLOSINA.


_Fun._ Dime, Risdeño, ¿cómo ha estado tu señor esta noche? ¿hale
venido algun desmayo despues que yo y su hermana le dexamos?

_Risd._ Señora, con ayuda de Dios, mejor se ha sentido.

_Fun._ Dios sea bendito por siempre jamas, amén, que cierto de
cuidado en toda la noche no he dormido sueño; entra, por tu fe, hijo
Risdeño, y mira si duerme ó qué hace, que le quiero ver.

_Risd._ Señora, ya voy; hablando está entre sí, ¡ay Dios! y ¿qué
dice?

_Selv._

      Pues mi fuerza se ve fuerte,
    Forzando siendo forzada,
    Con fuerzas fuerce la muerte
    Y será beatificada.

_Risd._ ¡Gran Dios, y que sentenciosa cancion temporalmente
fabricada! de cierto que las muy famosas del poeta castellano de
nuestros tiempos no la igualan, ni áun llegan á ella con cien azotes;
quiero callar, que parece que prosigue en su propósito.

_Selv._

      Levántate, corazon,
    Por esos aires y vuela;
    Y descubre tu pasion
    A tu muy dulce Isabela.

_Risd._ En eso habias de parar, que es lo que más te duele; agora
bien, quiero decirle á lo que vengo, no le tome la venida de su madre
inopinadamente. ¿Señor, señor? dexa por agora tus elevamientos, mira
que tu madre Funebra te viene á visitar.

_Selv._ Dame, pues, de vestir, Risdeño, no me halle á tal hora en la
cama y barrunte algo de mi dolencia.

_Risd._ Donoso estás, por mi fe, con haberte ya llorado por muerto.

_Selv._ ¿Qué me dices? ¡cómo! ¿y mi mal le fué manifiesto?

_Risd._ Bien parece que todos tus sentidos tienes ocupados en la
contemplacion de Isabela; pues ¿no te acuerdas de anoche quando con
la venida de Flerinardo estuviste sin sentido?

_Selv._ Ya caigo en lo que dices, vé, pues, mira si saldré yo allí
fuera.

_Risd._ No será menester, señor, que ya viene.

_Selv._ Pues iráste de aquí tú, que quiero comunicar con ella algunos
secretos.

_Fun._ Mi hijo, en buena hora esteis, pláceme que os veo levantado y
fuera del peligro de anoche.

_Selv._ Mi señora, por ello doy muchas gracias á Dios, que de
vuestras lágrimas se dolió, no mirando mi grave malicia, de mayor
castigo merecedora; mas si, señora, tuviéredes por bien, os querria
dar parte de un pensamiento que tengo, que no poco me tiene cuidoso
por lo mucho que á vos y á mí toca.

_Fun._ Pues, hijo, luégo me le declarad; que siendo como decís,
razones que en él sea yo certificada, porque si fuere cosa en que
consejo quadre, especialmente el mio, en ello está bien aparejado.

_Selv._ Madre señora, dexados los preámbulos y largos razonamientos
que en tales casos suelen ser traidos, pues al presente para con
vos no son necesarios, considerando en el trance que ayer mi vida
se vido puesta, y que sería gran dolor para mí, si la muerte me
llamase, dexar vuestra persona junto con la de Rosiana desmamparadas,
yo determino, si dello fuéredes contenta, á vos un buen hijo, y á
ella un honrado y noble marido dexar, con quien no sólo nuestro
claro linaje será ennoblecido, mas en muy sublime gloria ensalzado,
habiendo al presente en ella oportunidad bastante; lo que si de las
manos se dexa agora, dubdo que tan presto otro semejante caso se nos
ofrezca.

_Fun._ Mi hijo y mi buen señor, bien sabes que despues de la muerte
de vuestro buen padre, en vos ella y yo toda nuestra esperanza hemos
tenido, pues esto claramente se nos muestra; en lo que á mí toca, yo
lo dexo en vuestras manos, porque sé que seréis tan celoso en mirar
lo que á vuestra hermana conviene, como el cercano parentesco lo
demanda; solamente quiero de vos saber quién la parte sea, porque
mas, habiéndose ordenado por vos, sabiéndolo, me goce.

_Selv._ Sabed, señora, que con quien yo tengo pensado que este
negocio se execute, es con el generoso y muy noble caballero
Flerinardo, íntimo de mis amigos, cuyas virtudes y magnificencias si
hobiese por entero de mostrar, ántes tiempo que materia me faltaria;
solamente quiero que sepais que él solo es el que á mi hermana
meresce, y si él no, pienso que otro que más que él sea áun no ha
nascido, y pues esto tan á la clara se demuestra, lo que falta es que
della su intencion y postrera voluntad sepais, porque más en contento
de las partes se ponga por obra, quedándome á mi cargo de lo mesmo de
Flerinardo saber, para que más presto se confirme.

_Fun._ Hijo mio, en estremo soy gozosa de vuestras palabras, por
tanto yo quiero luégo poner por obra lo que por vos me es encargado,
y con lo que hobiere tornaré á vos.

_Selv._ Mi señora, así os lo encomiendo, rogándoos que con gran
vigilancia colijais si Rosiana dello es contenta, porque, sin su
voluntad, no quiera Dios que yo haga cosa contra ella.

_Fun._ Así lo haré, hijo mio, y agora esforzaos y comed, pues se hace
tiempo que yo voy á lo poner por obra.

_Risd._ ¿Señor, señor? Flerinardo viene.

_Selv._ A mejor tiempo no podia ser su venida.

_Risd._ Vesle, ya entra.

_Fler._ ¡Oh mi señor Selvago! eso sí que me contenta, y no mostrar
la flaqueza de ayer.

_Selv._ Mi señor Flerinardo, á ira de Dios, como dicen, no hay casa
fuerte; mas pues de mí, poco más ó ménos, podréis conocer como en mi
pena me ha pasado, resta que cómo en vuestra fatiga os ha contescido
me declarés.

_Fler._ Por lo que vos sentis, mi señor, quiero que eso conozcais;
pues la dolencia es tal, que más por esperiencia se puede devisar que
por palabras ajenas entender.

_Selv._ Pues sabed, señor, que no puse en olvido lo que me dixistes;
ca sabed que lo comuniqué con mi señora Funebra, y viene bien en ello.

_Fler._ ¡Oh mi señor Selvago! ¿y es verdad lo que decis, ó haceislo
por me conhortar?

_Selv._ Cierto, señor, así pasa; por tanto sed alegre, que si tan
seguro estuviese yo en mi pena como vos en vuestro deseo, no me sería
trabajosa, porque desde aquí os doy por vuestra á mi hermana, y yo
por tal os recibo.

_Fler._ Mi señor Selvago, si las mercedes que de vos contino he
recebido por entero hobiese de gratificar ó servir, muy más grande
habia de ser mi valor; solamente con esto os pienso de pagar, que
es ponerme en vuestro poder para que de mí y de lo que poseo podais
enteramente á vuestra voluntad disponer; pues no sólo hoy con vuestro
prometimiento me habés dado la vida, mas de muy cruda muerte redemido.

_Selv._ Señor Flerinardo, más que eso merece vuestra generosa
persona; mas decidme, ¿habeis visto á vuestro criado Escalion?

_Fler._ Agora en el camino me vido, y pienso que se vino tras de mí.

_Selv._ Risdeño, mira si está Escalion en la posada.

_Risd._ Con el señor Flerinardo vino, y díxome que le diese de comer,
que estaba ayuno por andar en vuestro servicio.

_Selv._ Él tiene mucha razon; vé tú, mira si se le dió, y en habiendo
comido, dile que se allegue aquí.

_Risd._ Luégo se hará.

_Fler._ Decidme, señor Selvago, ¿y qué concertastes con aquella buena
vieja?

_Selv._ No más de que tomó, al parecer, muy á pechos el negocio, y á
eso quiero enviar á Escalion para que sepa si se ha negociado algo.

_Fler._ Bien me parece; sea pues luégo, que veisle viene.

_Esc._ Señor Selvago, ¿qué me quereis mandar, que presto soy?

_Selv._ Que reciba de tí tanta gracia, que te llegues en casa de
Dolosina á ver lo que ha negociado.

_Esc._ ¡Oh señor, y cómo soy afligido en no poder cumplir vuestro
mandamiento!

_Selv._ ¿Cómo así?

_Esc._ Mandé ayer once varas de anascote á una su criada con
protestacion de se las llevar hoy, y no sólo no las tengo, mas ni
áun de qué comprallas, que por la santa letanía más pobre estoy que
puta en cuaresma; no sé si la moneda ha tomado miedo de mí, como los
hombres, que así huye de verse en mis manos.

_Selv._ Pues por eso no quede, que si de anascote se las mandastes, á
fin de que vaya adelante tu palabra, yo te las daré de carisea para
que se las dés.

_Esc._ Señor, bésote las manos por la merced, que por venir á tal
tiempo la estimo en más.

_Selv._ Pues anda, Risdeño, á mi recámara y dáselas, y otras tantas
para él, con que se vista, que más le debo yo por andar tan de buena
gana en mi servicio.

_Esc._ ¡Oh señor Selvago! agora digo que me has puesto en tanta
obligacion que, por las encendidas brasas de San Lorenzo, si
Dolosina no trae buen recaudo de ir yo con mano armada á casa de
Polibio, y á pesar de quien me lo quisiere estorbar, sacar á su hija
Isabela, y la poner en tu poderío, mamparándote de todo el mundo que
sobre el caso te quiera dañar; pues sólo con saber que soy yo de tu
parte, no habrá alguno tan fuera de sentido que contra tí quiera ser,
por no desmamparar su cabeza.

_Selv._ Bien se cree de tí, Escalion, que harias como dices; mas
agora, como te hayan proveido, irás donde te tengo dicho.

_Esc._ Señor, pues así lo quieres, así sea; mas mejor fuera de una
vez echar á un cabo estos negocios. Alto, señor Risdeño, agora se
verá vuestra amistad, que, pues está en vuestro poder, no sea la
carisea de lo peor, no se diga por vos, bueno os lo dan; ¿entendéisme?

_Risd._ Por mi fe, Escalion, que es de lo mejor que alza cola en esta
tierra; veis aquí veinte y dos varas en dos partes.

_Esc._ Bien es como dicis; mas lo uno se me quede aquí hasta la
vuelta, y quedaos á Dios, que voy de priesa. Mi fe, Escalion, á
muchas destas pedradas podria ser que te echasen los sesos de fuera,
mas por mi fe, bien mirando en ello, que es gran liberalidad para
mí ésta, que dé carisea por anascote, y tanto en quantidad á la
coxita de Livina: cierto que será mejor tramontallo sin dalle cosa,
que seguro estoy que no me pida delante el alcalde la palabra: mas
¡qué digo yo! ¿no es aquélla Dolosina? ella es, que aldear trae. ¡Oh
señora Dolosina! vengas en buen hora, que bien has sido deseada, y á
buscarte iba á tu casa, y á cumplir mi palabra con Livina y darla por
anascote carisea, porque sienta á quién hizo placer.

_Dol._ Hijo Escalion, placer he que cumplas lo que con ella pusiste,
por ser de hombre de bien; mas si te parece, porque no trabajes
tanto, déxalo en aquella casa á guardar hasta la vuelta.

_Esc._ Bien será, así lo quiero hacer.

_Dol._ Y áun de estos bobos son los que yo he menester, que por
hacerse liberales y ser tenidos por generosos, hinchen mi casa, y
dejan la suya vacía.

_Esc._ Madre, ya lo dejé, vamos presto á la posada, que si has
negociado bien, yo te mando por tus albricias doscientos pesantes de
oro.

_Dol._ Lo que fuese sonará, y allá lo sabrás.

_Risd._ Señor Selvago, ya viene Escalion y la vieja.

_Selv._ ¿Qué me dices, Risdeño? ¿es posible?

_Risd._ Sí, por cierto, que ya llegan cerca.

_Selv._ ¿Miraste qué rostro traien, alegre ó triste?

_Risd._ Bien placentero á lo que parece.

_Fler._ Señor Selvago, salgamos á la recebir, que estos que poco
pueden, tienen en mucho cuando alguno de nosotros les hace alguna
vénia, que para ellos sea grande.

_Selv._ Bien decis, señor, así se haga.

_Esc._ ¿No ves, madre, á Selvago y á mi señor cómo nos salen á
recebir?

_Dol._ Así me parece.

_Selv._ ¿Qué me dices, madre? ¿no me pides albricias? Mira que lo
tendré por mala señal.

_Dol._ Áun tiempo hay para todo, entremos allá dentro, que si no las
he pedido, no es porque no hay de qué, sino porque estoy segura que
otro venga á me las ganar.

_Selv._ ¿Qué me dices, madre? Mira que saldré de sentido. Por Dios
que me digas en una palabra si me traes buen recaudo, ó por el
contrario, porque de una gran congoxa en que estoy pueda ser libre.

_Dol._ ¿Y qué tendries, señor, por buena nueva?

_Selv._ Que hobiese mi señora con algun engaño recebido mi carta.

_Dol._ ¿Y si la hobiese recebido sabiendo ser tuya?

_Selv._ No lo creo.

_Dol._ Luego ménos tendrás por verdad lo restante, quando en eso
pones dubda; mas si te diese yo un testimonio firmado de su mano,
¿daríesle crédito?

_Selv._ Entónces sí; mas porque eso es imposible, por tal esto otro
tengo.

_Dol._ Si yo te lo diese aquí, luégo ¿qué mercedes me daries?

_Selv._ Ningunas serien bastantes.

_Dol._ ¿A lo ménos?

_Selv._ Lo que mi posibilidad pudiese.

_Dol._ Pues agora quiero ver en tus mercedes quánto la nueva estimas,
y cómo galardonas á quien en el filo de la muerte se ha visto hoy por
tu causa; mas dejadas razones por escusadas, sábete que Isabela te
ama cordialmente.

_Selv._ ¡Oh santo Dios, y qué oigo! ¿Y es esto posible? Por tu te,
madre y señora, dime la verdad, y no quieras por darme alguna pequeña
esperanza al presente, hacer que en lo venidero reciba muerte cruda y
dolorosa.

_Dol._ Pues más te hago saber, que esta noche has de ir por su
mandado á la hablar por la fenestra de su aposento, al punto de la
media noche.

_Selv._ Ya, ya, ya, agora digo que es ficcion todo lo que me has
dicho; pues eso es tan imposible como sería posible baxar los
planetas y signos celestes á tomar asiento acá en la tierra.

_Fler._ Señor Selvago, no tengais tan poca confianza en esta noble
dueña, que en sus palabras pongais dubda, quanto más que cosa es
virisímil, si Isabela os ama, daros este favor, mereciéndole vos tan
bien.

_Selv._ ¡Oh mi señor Flerinardo, no me digais tal, que no puede ser
que mi señora tantas mercedes, siendo tan pequeño mi valor, me quiera
conceder!

_Dol._ Pues sabe, señor, que así es verdad, como tengo dicho, y por
esta carta escrita por su mano lo podrás fácilmente conocer.

_Selv._ ¡Oh mi buena señora! ahora os creo, agora siento que decis
verdad, agora bien conozco mi mucha infidelidad y engaño manifiesto.

_Dol._ Toma, señor, léela, y siendo certificado de mis palabras, veré
en quánto la nueva, para tí tan dichosa, estimas.

_Selv._ ¡Oh papel bienaventurado, pues fuiste merecedor de tocar
aquellas diafanas y ebúrneas manos de mi seráfica dea! dime, yo te
ruego, en un punto, por aquella gran gloria que en aquel tiempo
recebiste, el secreto que en tí viene esculpido; porque más presto mi
fin ó mi vida gloriosa se cumpla.

_Fler._ Señor, mirad lo que dentro viene y dejaos de palabras, que
traen poco fruto.

_Selv._ ¡Oh mi señor! dejadme gozar por entero de tan gran
bienaventuranza como tengo presente, pues con ello solo mi vida
bienaventurada consiste.

_Fler._ Lugar habrá para todo, haced agora esto.

_Selv._ Quiero, pues, hacer vuestro mandado.


CARTA.

  Si los muy famosos romanos concedian gloria de triunfo á sus
  fuertes caudillos, que tales contra alguna gente, aunque rústica
  y bárbara, se mostraron, de quánta mayor gloria tu presuntuoso
  corazon es digno en no sólo haber tenido atrevimiento de gozar de
  pensamientos nocibles á mi soberano valor, mas áun por tu boca en
  mi presencia manifestallos; bienaventurado tú, pues que ya, sin
  te poder ser quitado, de la gloria de tal atrevimiento gozaste,
  forzando á que mi fuerza su rigor contra tí aplacase, y no sólo
  constreñirme á que por entero tus lamentables querellas oyese,
  mas áun acerca dellas mi piadosa clemencia su sér en alguna
  manera demostrase; con razon te puedes contar entre los del todo
  beatificados, pues lo que á todo el mundo fuera vedado, en tí
  solo hubo suficiencia para que se concediese, que es gozar de
  tales pensamientos como gozas, hallándose en tí valor bastante
  para lo tal; no debes tomar presumpcion ni soberbia con esto,
  pues que quien tuvo atrevimiento para en lo que tuviste, de lo
  tal, bien es merecedor; á lo que el mensajero te dijere darás
  crédito, y si vieres que te cumple, pondrás por obra.


_Selv._ ¿Qué os parece desto, señor Flerinardo? ¿y con qué podré yo
pagar á quien dello ha sido la causa?

_Fler._ Cierto, señor, que vos os podeis tener por bienaventurado, y
de las mercedes que á esta noble dueña hiciérdes es bien merecedora,
pues en tan poco espacio de tiempo, lo que fuera mucho concluirse en
diez años, acabó.

_Selv._ Madre mia, estas dos fuentes de mi aparador recibe agora de
mi parte, y ruega á Dios que esto tenga buen suceso, que no perderás
los pasos que por mí has dado.

_Dol._ ¡Oh mi señor, y cómo verdaderamente por sólo vuestra
magnificencia y liberal condicion, de grande realeza acompañada,
mereceis que todo el mundo os sea subjeto, quanto más esta pobre
vieja con la obligacion que por lo pasado de servir os tiene! mas
porque no penseis que os quiero ser desagradecida, os quiero dar una
joya que la estimarés en más que las que vos á mí me habés dado,
que es esta sortija, que de parte de vuestra señora me fué dada por
cierta afrenta que con ella me pasó, ántes que supiese que de vuestra
parte era enviada.

_Selv._ Verdaderamente, madre señora, que la tengo en más de lo que
dices, y la quiero pagar bien á vuestro contento, y será de enviaros
á vuestra posada una pieza de contray para que os vistais vos y
vuestra gente.

_Esc._ ¿No ves, Risdeño, qué lance ha la vieja echado?

_Risd._ Sí, que fuera de las dos fuentes, que por mi fe, con la
hechura, valen más de quatrocientos ducados, quiso echar aguja para
sacar reja, aunque de verdad que de todo es merecedora, que mucho en
tan poco tiempo ha negociado.

_Esc._ Así me parece.

_Dol._ Señor Selvago, bien parece que á nadie quieres deber, bien
en ello se parece tu generoso ánimo y noble condicion, que no
se contenta con no deber á alguno, mas quiere que todos le sean
obligados; mas, pues aquí no hay qué hacer, yo me quiero tornar á mi
casa, tú, señor, tendrás cuidado de ser al punto de las doce á la
fenestra de su aposento, que así me fué mandado que te lo dijese.

_Selv._ Bien lo tengo en cargo, madre mia, mira quién quieres que te
acompañe.

_Dol._ Escalion me hará la merced, como suele; sús, pues, el Criador
de todas las cosas quede en vuestra compañía, mis señores.

_Selv._ Él vaya contigo, madre.

_Fler._ Escalion, dexando á la madre te volverás, porque te habrémos
menester esta noche.

_Esc._ Bien, señor, no tomes ménos de cinta de plata.

_Fler._ Señor Selvago, si sois servido, esta noche os quiero
acompañar.

_Selv._ Mi buen hermano y señor, no es justo que tomeis tanto
trabajo, que asaz tengo de gente que me acompañe.

_Fler._ Todavía quiero ir con vos, que no sabemos lo que puede
suceder.

_Selv._ Pues así lo quereis, sea, señor, como fuéredes servido; mas
miéntras se hace hora, podemos un rato reposar y tomar la refeccion
quotidiana; tú, Risdeño, tendrás cuidado de nos aparejar las armas
que vieres ser necesarias, y en siendo tiempo avisarnos.

_Risd._ Señor, sed seguro que yo lo haré todo.



CENA QUARTA DEL QUARTO ACTO.

  En que Selvago y Flerinardo van al concierto enviando delante á
  Carduel, el qual con Cecilia tiene sus requiebros; llega Selvago,
  habla con Isabela. Conciertan que otra noche vengan por un su
  jardin, y por palabras de presente la reciba por esposa; con que
  muy gozosos tornan á sus posadas. Introdúcense:

SELVAGO. — FLERINARDO. — RISDEÑO. — CARDUEL. — CECILIA. — ISABELA.


_Selv._ Risdeño, Risdeño.

_Risd._ Señor.

_Selv._ Mira si está todo á punto, que me parece ser ya hora.

_Risd._ Rato há que lo tengo aparejado.

_Selv._ Pues llama esos mozos, y darnos has á nosotros dos cotas y
dos rodelas.

_Risd._ Veslas aquí, señor, juntamente con otros dos montantes.

_Selv._ Vistámoslas, que si áun fuere temprano darémos una vuelta á
la cibdad.

_Fler._ Alto, pues; mas dime, Risdeño, ¿ha vuelto Escalion de casa de
Dolosina?

_Risd._ Señor, no; que debió de quedarse para escalentarla los piés.

_Fler._ ¡Oh hi de puta, mal mirado! pues que, ¿no sé lo dije yo que
volviese luégo y me dixo que así lo haria? por mi vida, no hay más
ley en éstos que en los tártaros; qué donoso chiste, que los ha el
hombre de tener en las palmas de contino para aprovecharse dellos en
una necesidad, y siendo venida hanse de salir afuera; pues yo juro, á
fe de caballero, que no lo pierda Escalion de mí.

_Selv._ Señor Flerinardo, no es justo que por un enojo pequeño que
dél os venga, que acaso no habrá sido más en su mano, olvides los
servicios que hasta hoy os tiene hechos, quanto más que al presente
no es necesario, pues bien tenemos quien nos acompañe.

_Fler._ Pues, señor, si os parece vamos luégo, no sea causa nuestra
tardanza que lo ganado se pierda, que mejor y más justo es que
nosotros esperemos, que no que Isabela nos aguarde.

_Selv._ Bien me parece, señor, así sea; tú, Risdeño, llama á Carduel,
mi paje.

_Risd._ Señor, vesle aquí, mira qué le mandas.

_Selv._ Dime, Carduel, ¿sabes dónde es nuestro camino?

_Car._ Muy bien, señor.

_Selv._ Pues véte un poco adelante, y avisarnos has de lo que pasáre,
si hay ruido de gente, ó si está todo sosegado.

_Car._ Así lo haré, señor.

_Selv._ ¿Vienen esos mozos, Risdeño?

_Risd._ A la puerta están bien á punto, que Sagredo va hecho un
relox, y sus compañeros de la misma manera.

_Selv._ Pues quédate tú si quieres á reposar, no recibas alguna
afrenta si se nos recreciere algun peligro.

_Risd._ Señor, por no obedeceros en eso os pido que me perdoneis; ca
sabed que con vos tengo de ir, y lo que de vos fuere será de mí, ni
quiero que penseis que, aunque el cuerpo no es muy aventajado, que
me faltará corazon para cualquier caso de afrenta, especialmente en
vuestro servicio.

_Selv._ Téngotelo en merced, Risdeño, que si yo de tal manera te
hablé, no fué porque de tu lealtad dubdase, mas porque me pesaria en
estremo si á mi causa se te recreciese algun daño.

_Risd._ Siendo yo con vos no temeré cosa que venirme pueda, por
tanto, comencemos nuestro camino, y cesen las palabras que traen poco
fruto.

_Fler._ Por mi fe, Risdeño, si fueras del tamaño de San Cristóbal, y
tuvieras esfuerzo conforme al que con ese pequeño cuerpo demuestras,
que tú solo tuvieras más aventajada fortaleza que todo el mundo junto.

_Risd._ ¿Cómo, señor, y tan á pocas hablas en mi gran valentía? Pues
yo os aseguro que sin que San Cristóbal me prestase su cuerpo, osase
entrar en campo sobre un caso de honra con quatro tales como vuestro
criado Escalion, y áun pensaria de les llevar los despojos.

_Selv._ Desa manera á más te pones que el pastor de la Sagrada
Escriptura, pues él, siendo de tu estatura, lo hubo con uno solo, y
tú lo quieres haber con quatro.

_Risd._ Pues más digo que no los venceria yo con honda como ese que
habés dicho.

_Selv._ ¿Pues cómo?

_Risd._ A puros torniscones y puntillazos.

_Fler._ Por mi vida, Risdeño, que si fueras en tiempo de los epimeos,
á quien tú pareces, que dellos fueras en rey elegido, porque los
defendieras de las grullas, que con ellos tienen batalla.

_Selv._ Agora cese esto para otro dia; gocemos de Carduel un poco,
que me parece que va cantando adelante.

_Fler._ Por mi fe que no suena mal la voz del rapaz con el sosiego de
la noche.

_Car._

      _Servid, servid, amadores,
    Con lealtad á Cupido;
    Que vuestros tristes clamores
    Tendrán gozo muy cumplido._

      El que firme se tuviere
    En su fatiga cuidosa,
    Quando ménos se temiere,
    Le vendrá nueva gozosa;
    Y ansí su pena rabiosa
    Y su dolor no fingido
    Tendrán gozo muy cumplido.

      Las fatigas y pasiones
    Que dan dolor al penado,
    Se tornan consolaciones,
    Viéndose ser remediado,
    Asina vuestro cuidado,
    Y dolor que da Cupido,
    Tendrá gozo muy cumplido.

_Selv._ Por mi fe que más conforme á lo que en mi corazon tengo, no
podia ser cancion en la vida.

_Fler._ Cierto que en sí es bien sentenciosa; más en extremo suena
bien con las gargantas y melodiosos descuidos con que el rapaz la ha
matizado.

_Selv._ En extremo parece bien; mas ya á lo que veo llegamos cerca,
bien será detenernos aquí un poco miéntras el relox da la determinada
hora.

_Fler._ Sea pues; mas si, señor, os parece, nosotros dos podemos
llegarnos más á ver si hay muestras de algun sentimiento.

_Selv._ Sea así; mas decidme, señor Flerinardo, ¿no gustais del
requiebro de mi paje? que, por mi fe, con razon aquí se puede
decir para esas cruces, que este són no es de perder, porque segun
me parece ya ha descubierto campo el rapaz, y enemigos con quien
escaramuce y se dé de las astas.

_Fler._ Ora oigamos un poco, sabrémos algo de su secreto.

_Cec._ Por cierto, señor, no con ménos presteza salí forzada á gozar
más por entero de vos, oyendo la sabrosa melodía de vuestro suave
canto, que los agrestes latinos, al sonido de la temerosa furia,
quando la venganza del herido ciervo de Silvia se tomaba.

_Car._ Con razon mi señora, habés apropiado mi ronca voz de cisne
al terrible baladro de la infernal Alecto, pues tan semejantes son
en especie; mas pídoos, mi señora, que no por eso la batalla que
vuestra soberana hermosura de contino me hace en alguna manera se
encruelezca, porque los soldados de mis congoxosos pensamientos del
todo no sean rendidos, y por vuestra mucha crueldad, miserablemente
muertos.

_Fler._ Por mi fe que no espunta necio el rapaz. ¿No habeis visto,
señor Selvago, cómo cimentó tan maravillosamente su propósito de la
comparacion de la dama?

_Selv._ Así me parece, mas oigamos la respuesta della.

_Cec._ Con más razon, mi señor, tengo yo de tener duelo de los
soldados que de mi parte en la batalla, que habeis dicho, pelean,
porque mirando ser vos caudillo de la parte contraria, y estando
fortificado de persona de tanto valor, con armas defensivas de tantas
gracias y gentilezas, ansimesmo las ofensivas de tan subidas razones
y sentenciosas palabras como de contino les tirais, no pongo dubda
sino que todos ellos, siendo vencidos, vuestra vitoriosa mano sobre
ellos y mí quede triunfante y vencedora.

_Selv._ Por mi fe que se han igualmente juntado sus mercedes, que por
bachillerejo que él sea, ella merece bien el grado de licenciada,
pues tan sabiamente sabe difinir las proposiciones y argumentos por
él puestos; mas ya me parece que dan las doce y nuestra hora se
llega, bien será ponernos en el puesto.

_Fler._ Hora oid, señor, que ella se despide, veamos qué sea la causa.

_Cec._ Mi señor, grande afan llevo comigo por dexar tan presto,
siéndome forzado, vuestra graciosa plática y dulce conversacion,
mas para otro dia se quede; mi señora Isabela me encomendó que á
esta hora la llamase para lo que vos bien sabeis, por tanto me dad
licencia.

_Car._ Mi señora, si no tuviese esperanza en lo que dices, aquí fuera
mi muerte, mas por esta causa me habré de sufrir, y en lo que decis
que sé bien, digo que así es; porque sabed que mi señor es venido ó
llega cerca, y yo á lo hacer saber me adelanté, por tanto ved qué se
hará sobre ello.

_Cec._ Que, señor, le digais que se llegue luégo hácia aquella otra
fenestra que allí parece, que así me lo encomendó mi señora.

_Car._ Pues, mi buena señora, yo voy, los ángeles queden en tu
compañía.

_Cec._ Y contigo vayan, señor.

_Selv._ Ta, ta, por Dios, Carduel está gracioso, que con la criada de
mi señora lo habia.

_Fler._ Agora no me maravillo de lo que á los dos he oido hablar, que
como dicen, en casa del alboguera todos son albogueros; pues él en
vos, y ella en su señora, tenian tales maestros.

_Selv._ Hora oigámonos, no sienta lo que sentido habemos.

_Car._ Mi señor Selvago, una criada de Isabela me dixo que debaxo de
aquella fenestra tu ventura esperases.

_Selv._ Pues, señor Flerinardo, aquí podés hacerme la merced. Tú,
Carduel, di á Risdeño, que allí baxo verás, que se venga contigo
adonde el señor Flerinardo está, y que haga al un criado desos que se
quede donde los dexamos, y al otro que se pase á la otra calleja, y
que si á su salvo lo pudieren hacer, que defiendan la calle á los que
vinieren, y si no, que hagan alguna seña.

_Car._ Señor, así se hará.

_Selv._ Mi señor Flerinardo, alguna buena rogativa os encomiendo,
pues será necesario en este trance.

_Fler._ Andad, señor, que el ánimo me da que habeis de venir con más
alegría que llevais cuidado; tened buen corazon, que todo lo demas es
vano.

_Selv._ En cargo lo tengo; adios, hasta la vuelta.

_Isab._ Dime, Cecilia, ¿sabes si ha venido aquel caballero?

_Cec._ Señora, ahí está donde tú le mandaste.

_Isab._ Pues abre paso esa fenestra, y certifícate bien si es él.

_Cec._ ¿Quién es el que está abaxo?

_Selv._ El que sentencia de su vida ó muerte, afligido está
esperando.

_Cec._ Llega, señora, no temas, que es él.

_Isab._ Véte, pues, tú un poco á dormir, no te enojes con mis
prolixidades.

_Cec._ Ya voy, señora. Bueno va esto; á solas lo quiere haber.
Dentro está el tordo de la gorrionera; mas á mí ¿qué me pena? donosa
estaba yo si habia de ser la judía de Zaragoza, que llorando duelos
ajenos cegó, quanto más que por mí y ella se podria decir: cállate y
callemos, que sendas nos tenemos.

_Isab._ Dime, señor, ¿por mandado de quién eres ahí venido?

_Selv._ Mi señora, soylo por el de aquella que no sólo mi vida rige y
gobierna, mas mi ánima tiene debaxo su dominio y mando sometida.

_Isab._ Pues y tú ¿qué sientes en eso?

_Selv._ Siento tanto, que mi sentido por sentillo mucho sin sentido
queda.

_Isab._ Cierto que jamas vi tantas contrariedades en un ente ó cuerpo
como tú agora has demostrado, si no fuese en aquella ficion que el
humano entendimiento inventó, llamada Chimera, cuya compostura de
cuerpo es semejante á la que en tus palabras has demostrado.

_Selv._ Así es, mi buena señora, como decis; que sabed que mi juicio,
despues que de vuestra soberana vista fué tocado, en semejante
ficion, que habés dicho, fué convertido; porque si esa Chimera
tiene su cabeza de dragon, cuya propiedad es cubrir sus oidos á las
palabras del encantador, porque dél no le venga daño, así mi sentido
desecha toda audiencia al que de su intento apartarle procura, por
el mal que se le seguiria en dexar de padecer por tal causa; y si
otra parte en este animal fingido de doncella se muestra, que es
el cuerpo, ansí mi entendimiento es de mujer, pues en ella, si tal
se consiente decir, es convertido. Tiene ansimismo esta ficion los
brazos de oso, cuya propiedad en ser desacordado se señala, ansí
mi juicio por tenella en vos, de sí ninguna memoria tiene. Dásele
tambien á este simulacro imposible lo alto de sus piernas, que
tienen nombre de corvas ó muslos de leon, que sus pequeños hijuelos,
naciendo muertos en vida trae; así mi sentido la muerte, que sin
gozar de la vida que tengo, ántes poseie, con fuertes clamores hizo
de sí apartar, y con nueva vida ennoblecer. Finalmente, las piernas
y regimientos de este monstruo son de cabra, que por los riscos y
peñas fragosas es hallada, sin temor de la muerte que de allí se
le puede recrecer, pues ansimesmo mi entendimiento subido con sus
pensamientos en la cumbre de tu soberano valor, con grave pena teme
no ser precipitado y caido en triste muerte de desesperacion, la qual
me está muy cierta si tu soberana piedad, ocurriendo al eminente
peligro que se le ofrece, en alguna manera no diere de mano para que
libremente dél libertarle pueda; y pues por tan particular, excelente
señora, en lo que por tu causa soy convertido y por tí padezco, te
ha sido declarado, pido á tu grande clemencia que con la brevedad
necesaria en el presente lugar, donde por tu mandamiento soy venido,
alguna forma de vida, que tal con razon pueda ser llamada, por tí se
me declare, ó pronunciando la sentencia contra este afligido amador,
á muerte precisa sea sentenciado, para que con ella gane lo que
viviendo por tan perdido tiene.

_Isab._ Holgado he, noble caballero, con las razones últimas que
por tí han sido pronunciadas, por causa que con ellas pides lo que
yo deseo que entre nosotros se haya efectuado, que es con brevedad
responder al intento que por tus razones me ha sido declarado; y
por tanto oye atentamente lo que decir quiero, porque tú de la
vanidad que contigo tienes, y yo de fatiga que con tus mensajes y
palabras recibo, serémos libres. Bien he conocido de tí desde el
primer dia que tuviste atrevimiento de me declarar tu propósito,
que me amas, aunque con qué amor yo lo ignoro, porque si es bueno
y á buen propósito enderezado, á mi padre, y no á mí, habeis de ir
con semejantes mensajes, y si por el contrario es malo, mira si es
justo que una doncella noble y generosa como yo, en su fama y honra
tal mácula pusiese; y por tanto, pues, por estas breves razones que
de mí has oido puedes colegir lo mucho que sobre el caso te pudiera
demostrar, ruégote, por aquella nobleza que tu claro linaje en sí
tiene, que no quieras más con tus muchas importunaciones el honor de
una tal doncella como yo empecer, mas apartando de tí tan nefanda
voluntad, ciegues el camino al mal apetito y le abras á la razon que
claramente te demostrará quán provechosas y buenas sean mis palabras,
y por el contrario, quán dañosos y malos tus deseos ilícitos.

_Selv._ Si pensára, cruel señora, que para del todo matarme, el
presente favor de tí me venía, ántes la sentencia rigurosa en mí
executára, que habiendo gozado de tan vana esperanza, al presente
con más crecido tormento y pasion en mí sentilla; mas ¡ay de mí!
que ni hay causa para que tal ay de mí se manifieste, pues la
bienaventuranza que en este ay se me sigue, en ay de soberano gozo se
convierte, que por bienaventurado me podria intitular si la vida que
agora ó despues ha de pagar la deuda que debe, con pagarla á lo que
tu soberano valor y fiel servicio es obligada, de tales dos deudas se
viese libre para más la poner en la fama en morir por tal causa; mas
si esto con brevedad ser pudiese, no por pequeña bienaventuranza lo
tendria, mas ¡ay de mí! que por ser muy al contrario mi vida viviendo
en muerte morirá, y mi fin desventurado sin serlo, con estarme de
contino presente olvidado de su oficio y nombre, de mí teniendo
fastidio, será para siempre apartado y dividido. ¡Oh mi muy verdadera
señora, escesivamente pido á tu soberano valor, pues el modo de
muerte y el quándo, que es luégo, por tí se me ha manifestado, el
lugar á tal sacrificio perteneciente por tí se me declare, porque
cumpliendo en todo tu mandamiento y querer, no sólo tú seas en ello
satisfecha, mas áun mi muerte será gloriosa y su fin bienaventurado
siendo en todo á tu querer obediente!

_Isab._ Cesen, cesen, ¡oh señor mio! tus injustas querellas, que
si mis razones fueron bastantes á causallas, mi sentido no lo es en
oillas, por el rabioso tormento que muestras á mi causa padecer,
no solamente mi fuerza á que sus fuerzas sienta constriñe, mas áun
recibiéndole por suyo enteramente con otro nuevo que en mí concibe,
su sér me fuerza á sentir, y mi fuerza sin ella forzosamente en
manifiesto peligro se ve puesta; por tanto, escusados qualesquier
preámbulos y circunferencias, sabe, señor mio, si no lo sabes,
que tuya soy y por tal me tengo y confieso; y si dices que por mí
sufres grave pena, yo por tí rabioso tormento; y si por mi causa
pierdes la vida, yo por la tuya paso dos mil muertes; y pues, señor,
tan abiertamente mi voluntad has sabido, haz, ordena, manda á tu
voluntad, que de mí (pues mi libertad señoreas) por entero serás
obedecido; y si atento al entrañable amor que en tí tengo, con
vínculo de matrimonio tuvieres por bien de recibir la tal posesion,
aunque clandestinamente y sin licencia de mis padres, se haga,
teniendo bien por entendido que, con limpio amor y igual grado soy
de tí amada, posponiendo tu persona á todo peligro y afrenta que en
este caso se pueda suceder, gloriosamente me gozáre, y lo contrario
haciendo, no sólo no me pagarás el verdadero amor que me eres
obligado, mas de mi muerte y fin miserable serás causa.

_Selv._ Ni mi persona por obra, ni mi sentido de palabra, ni áun mi
entendimiento en imaginacion excelente, señora, será bastante á te
dar las gracias por las soberanas mercedes que de tí al presente
me vienen. ¡Oh bienaventurado yo, que habiendo mi vida visto el
espantable barquero del oscuro rio Flegeton, siendo en el punto de
la muerte, tan maravillosamente por quien era la causa soy en ella
restaurado y vuelto! ¡Oh si fuese posible, mi señora, que lo mucho
que mi ánimo siente, el cuerpo con alguna demostracion te lo pudiera
representar! como creo que de lo hecho, no solo tendrias pena, mas
en ser tanto de mí estimada soberanamente te gozarias, porque con
palabras vanas exteriores, lo verdadero que en el interior siento no
dañe con el velo del callar, quiero en todo satisfacer; solamente
digo que con el amor y voluntad que las mercedes me prometeis, con
esa las recibo, contándome por igual de los que de la eterna beatitud
gozan, en que me hagais digno de vuestro soberano matrimonio; por
tanto, ved, señora, cómo quieres que se ordene, que aparejado estoy,
como siempre, para en todo cumplir vuestro mandamiento.

_Isab._ ¡Oh mi señor, bien tenía por mí que donde tanta virtud mora
otra respuesta no se esperaba! por lo que, si os parece, la noche
siguiente en esta mesma hora, trayendo vos aparejo, por las paredes
del jardin, que desta otra parte parece, podréis entrar, donde algun
buen órden en nuestros negocios se determine, porque más, sin ofensa
de Dios, nuestros deseos se cumplan.

_Selv._ Mi señora, en soberana merced la que por vos me es prometida
recibo, y como decis se cumplirá.

_Isab._ Mi señor, aunque bien contra mi voluntad, os pido licencia,
porque allende de ser hora, para quitar la sospecha que se puede
recrecer si alguno nos viese, es bien acordado.

_Selv._ Mi señora, si la pena que dello recibo no se templase en
alguna manera con la gloria que tan presto conseguir espero, en
manifiesto peligro sería mi vida puesta; mas considerando lo dicho al
presente me habré de sufrir, y por tanto, vos, mi señora, la teneis y
para á mí eso mesmo la dar.

_Isab._ Pues, señor mio, el Criador de todas las cosas os acompañe.

_Selv._ El mesmo quede con vos, mi señora. ¿Qué os parece, señor
Flerinardo? ¿habeis oido algo de lo pasado? ¿puédome tener
enteramente por dichoso?

_Fler._ Mi señor, muy bien lo he oido, y de cierto que entre los
tales podeis ser contado, pues de tal persona en tan excesivo grado
sois querido.

_Selv._ Así es como decis; mas, pues en esto no hay más que hacer,
si os parece volvamos á la posada y reposarémos lo que de la noche
queda; y siendo el dia venido, yo hablaré con mi señora Funebra
sobre vuestro negocio, porque enteramente seais alegre, quedando los
desposorios públicos para cuando los mios se celebren.

_Fler._ Señor, téngoos en merced, que, con vuestra mucha alegría, de
mí no habeis perdido memoria.

_Selv._ Esa causa la pone más en mí, que, pues vos en mi pena habeis
sido participante, justo es que en la gloria y descanso seamos
ansimesmo conformes, y pues ya dentro en la posada estamos, bien
será entrar á nuestro albergue; vosotros, criados, íos á dormir, que
no pondré en olvido el buen servicio que esta noche de vosotros he
recebido; ruégoos que en ello tengais el secreto que conviene y la
calidad del hecho demanda.



CENA PRIMERA DEL QUINTO ACTO.

  En que Escalion concierta con Sagredo y Rubino, los criados
  de Selvago, un convite en casa de Dolosina. Venida la hora, y
  sentándose á comer, llega Risdeño á la puerta con un dón para
  la vieja. Entrando comen todos juntos, pasando entre ellos
  graciosas cosas. Acabada la comida dales nuevas del desposorio
  de Flerinardo ser ya concertado, con que muy gozosos él á su
  posada se vuelve, quedando los otros en casa de la vieja con sus
  criadas. Introdúcense:

ESCALION. — SAGREDO. — RUBINO. — DOLOSINA. — VALERA. — CLAUDIA. —
LELIA. — LIBINA. — RISDEÑO.


_Esc._ Aun ¿qué sería si esta noche hobiesen despachado á mis amos,
enviándolos, como dice el refran, con cartas al purgatorio? que
por mi fe á mala señal tengo haber tan presto Isabela vencídose,
y concedido en el negocio. ¿No fuese ántes alguna guadramaña para
cogellos á todos juntos como en gorrionera, donde paguen hecho y
por hacer? Agora sea, que yo no lo estimo en dos quartos, pues en
salvo está el que repica; y si nos faltase señor, pan comen en
las Italias. Por mi vida, pues, que estaba donoso Flerinardo en
avisarme que diese presto la vuelta; ¿pensábase el necio que estoy
harto de vida? pues engáñase cierto, que más agora que nunca quiero
gozar de mi mundico, pues es mi tiempo, y no que fuera donde, por
ventura, en llegando nos dieran caperuza, ó nos enviáran cargados de
leña; una fuí al baño, y ésa con daño. Este otro dia salieron todos
los compañeros, y áun tuve la muerte á los ojos, que á pocas me
pudieran engastonar en lienzo, y enviarme á poblar el pradillo de San
Agustin, y ¿habia de tornar al juego? pues á fe mia que se engañan
en más de la mitad del justo precio, que desde entónces firmé en mí
de nunca más perro al molino, porque cantarillo que muchas veces
va á la fuente, ó dexa el asa ó la frente. ¿Mas qué digo? ¿no son
éstos Rubino y Sagredo, los criados de Selvago? Ellos son, cierto,
quiéroles hablar sobre qué mundo corre, y si han ellos sido en la
escaramuza, y andan descarriados por aquí. ¡Oh, señores! Y ¿dónde por
estos barrios?

_Sag._ Señor Escalion, están Selvago y Flerinardo en consulta sobre
ciertos negocios, y nosotros venímonos á dar una gateada por aquí á
buscar quien bien nos haga.

_Esc._ ¡Oh, pese al mundo, y cómo he sido engañado, que tan á su
salvo salieron del juego! Pues, señores, ¿sabeis si Flerinardo ha
preguntado por mí?

_Rub._ Creemos que no, porque los dos no han salido de un aposento.

_Esc._ ¿Pues no me decis cómo os fué esta noche? que yo he estado el
más afligido hombre del mundo, que me quisiera hallar en ello, sino
que Dolosina jamas me dió ese lugar, que, como su marido Hetorino
está fuera del pueblo, ella no quiere dexar su casa á humo de pajas,
por temor no la roben; y áun tambien os digo que me tiene hoy allá
convidado.

_Sag._ En lo que desta noche preguntais, sabed que nos fué muy bien;
mas decidnos, señor Escalion, ¿qué gente tiene en su casa Dolosina?
porque os hago saber que Rubino y yo deseamos ser sus parrochianos,
con apercibimiento que acudirémos bien con las obladas.

_Esc._ Sabed, señores, que tiene tres mozas de gentil parecer, de las
cuales una, llamada Libina, tengo yo; mas si vosotros quereis, yo
seré parte á que con las otras privásedes vosotros, mas hágoos saber
que ha de bullir pecunia.

_Rub._ Ántes nos haréis la mayor merced del mundo, que en eso no
faltará.

_Esc._ Pues sea de esta manera: esperadme aquí miéntras voy á la
hablar en ello, y si puedo, negociaré con ella en que hoy comamos
todos juntos.

_Rub._ A tiempo vendria, que á fe mia dos pavos y quatro gallinas he
cantusado de la despensa, de ántes de ayer acá, con intento que el
domingo nos diéramos una holgadura en la huerta del Rey; por tanto
id, que aquí os esperamos.

_Esc._ Pues adios hasta la vuelta. A fe como guante al pié me viene
esto, porque cuidoso andaba por llevar algo de mi parte á la mesa de
Dolosina, que parece mal, quando el convidador es de ménos cuantía
que el convidado, entrarse las manos en el seno á sentarse á la mesa.
A la puerta veo á Dolosina, quiero dalle el mensaje. Madre señora,
¿qué haces pensativa aquí?

_Dol._ Mi fe, hijo, pienso cómo salir de vergüenza contigo y con un
ama de Isabela que tengo convidada, aunque por tí no me daria tanto,
pues como en tu casa estás; pero dáseme de la otra, que yo no tengo
tanta posibilidad como su persona merece.

_Esc._ Pues, madre, un buen remedio te daré si recebirle quieres, el
qual es que los dos criados de Selvago, Sagredo y Rubino, por oidas,
de Claudia y Lelia, tus doncellas (perdóneme Dios si peco), andan en
alguna manera enamorados, y si tú les das licencia que vengan hoy á
comer contigo, ellos proveerán tu mesa de manera que muy á tu honra
cumplas con quien has dicho; y no te pese dello, que mozos son que lo
que por ellos hicieres te sabrán agradecer y gratificar.

_Dol._ Hijo Escalion, ellos y los buenos años vengan en buen hora á
mi casa á recebir servicio.

_Esc._ Madre, pues yo voy á que envien el recaudo.

_Dol._ Hijo, con la bendicion de Dios.

_Esc._ Bien se ha negociado esto; pues la vieja vino tan de corazon
en ello.

_Sag._ ¿Qué nos dices, Escalion?

_Esc._ Que hagais lo que dixisteis, que de buena voluntad seréis
recibidos.

_Rub._ ¡Oh, Dios te dé salud, hermano Escalion, que de verdad no
tenía mayor deseo que tener alguna persona con quien pase tiempo, y
le dé parte de mis placeres!

_Esc._ Pues decidme, ¿qué pensais enviar?

_Rub._ Yo de mi parte dos pavos y quatro gallinas, asimismo el pan
que fuere menester y un buen xamon de tocino.

_Sag._ Pues yo daré principio y postre conforme al tiempo, que será
fruta verde y olivas de Córdoba y queso de Pinto.

_Esc._ Mirad que no contais lo más necesario.

_Sag._ ¿El vino, creo, decis? Pues no tengais pena, que no faltarán
seis ú ocho azumbres de lo de Monviedro.

_Esc._ Contigo me entierren, que quentas al uso del flamenco, que
decia: entre dos compañeros veinte y cinco de vino y uno de pan, y
sobra pan y falta vino; mas tened cuenta de lo proveer con tiempo,
que lo dicho basta quanto la mar.

_Rub._ Deso perded cuidado, que luégo se hará.

_Esc._ Pues alto, ildo á proveer y dad la vuelta, que aquí os espero.

_Rub._ Sea, quedad con Dios.

_Esc._ Por mi fe, Escalion, que á muchas destas se te ha de caer la
colilla; ayer paño para un entero vestido que el príncipe se lo puede
cubrir, esta noche pasada con Libina, que hace comigo más caricias
que la reina Iseo con Tristan, agora comer de autan á costillas de
otro; así, así, pese al mundo, anden todas, y más la caxcada, que
buen rey mozo nos tenemos, haya buena olla, que mal testamento no
ha de faltar. Pues á Dios digo mis culpas, si se hace lo que he
medio oido del desposorio de Flerinardo con Rosiana, allí serán
las descabeñadas, pues librea buena y otros percancillos no pueden
faltar. Pues, por mi fe, aunque dexe una razon por otra, que no
trocase mi estado por del mejor caballero del reino, porque si bien
se mira vivo más descansado y más á mi provecho que todos ellos;
que sus estados y señoríos, no sólo no les traen descanso, mas áun
les causan vida muy desventurada, porque por mucho que tengan para
cumplir con la honra, siempre andan alcanzados, tristes, cuidadosos,
pensativos, llenos de cuidados y congoxas; no tienen un placer
que no reciban innumerables pesares y zozobras. Siempre la barba
sobre el hombro, quando por su causa, quando por la de sus vecinos
y parientes; el pecado venial que cometen se les hace mortal; la
injuria que reciben, por pequeña que sea, es muy acumulada de todos;
andan en mayor peligro si los reyes se muestran furiosos; siempre,
aunque estén sanos, con muletas, que son los criados, los quales, si
les faltan, en casa han de estar encerrados; pues si las rentas no
les acuden á tiempo, no cumpliendo con quien deben, son en público
baldonados y en secreto maldecidos; asimismo son á más obligados con
los pobres, y que poco pueden, lo que si por no poder más no se hace,
luégo el vulgo tiene materia de que roer; esto, en suma de mil quento
de razones que pudie traer al propósito; por el contrario, yo contino
alegre, contino lleno de placer sin haber á quien, si á Dios no,
de mí bueno ni de mí malo sea tenido á dar cuenta, con mi diayvito
donde quiera valgo, donde quiera me honran, donde quiera soy tenido,
si aquí me va bien, acullá no he temor que por robarme me quiten la
vida; si recibo alguna afrenta, en dos dias no hay memoria; si me
quiero ir á pasear sin que aguarde á los criados, lo pueda hacer; y
finalmente, yo, en descanso y dos mil pasatiempos paso mi vida, que
dellos son deseados y nunca habidos, por lo qual muy claro se muestra
que en más aventajada y de desear sea mi vida que la de los que he
dicho. Ya me parece que veo á mis compañeros, bien será, pues se hace
hora, no detengamos la ida.

_Rub._ ¿Es hora, señor Escalion?

_Esc._ Eso decia comigo, que podemos ir, porque huésped con sol ha
honor, quanto más que si fuese temprano podrémos pasar un rato de
tiempo con aquella gentalla.

_Sag._ Sea pues, que ya á razon ha de estar aparejado despues que se
envió.

_Esc._ Iza, iza, ojo á la ventana.

_Rub._ ¿Quién es aquélla, Escalion?

_Esc._ Libina es, que nos llama.

_Sag._ Buena moza es, por mi vida, si la pieza es tal como la muestra
del paño.

_Esc._ Presto seréis fuera de esa duda; mas ahora entremos.

_Dol._ ¡Oh mis hijos! ¡Oh mis emperadores! tal se me torne el bien
qual vosotros me pareceis.

_Sag._ ¡Qué enjaezada parola tiene la noble! mas qual yo y ella
somos, tal salud la dé Dios.

_Dol._ Entrad, mis señores, que todo es vuestro, y como tal lo podeis
tener, juntamente con su dueño.

_Sag._ Madre señora, en buen hora estés tú y la compañía y el
ofrecimiento te tenemos en soberana gracia, que de la mesma manera de
nosotros te puedes servir y en ello estamos muy aparejados.

_Esc._ Dime, madre, ¿quién es aquella dueña que allí está?

_Dol._ La que, hijo, te dixe hoy que era ama de Isabela y gran amiga
mia, que por me hacer á mí merced, hoy se vino á estar con nosotros.

_Esc._ Pues, señora, hazme merced que mandes baxar aquí á Lelia y á
Claudia, que estos mis señores compañeros en tal la recibirán.

_Dol._ ¡Ay hijo! ¿no ves que están las cuitadillas, mal pecado,
desnudas, entendiendo en el comer? mas ten paciencia, que tiempo
habrá para todo; mas esto aparte, por tu fe, Escalion, que me digas,
¿estos gentiles hombres son de la ciudad ó forasteros?

_Sag._ Madre mia, de aquí somos naturales.

_Dol._ Pues decidme, señores, quién fueron vuestros padres, porque si
lo que decis así es, no puede ser sino que de mí seais conocidos.

_Sag._ Sabe, señora, que yo soy hijo de Sempronio, criado de Calixto,
y de Elicia, y este mi compañero es de Parmeno y Areusa, donde por
la familiaridad que nuestros padres tuvieron, ansimesmo por el
parentesco que entre nuestras madres hobo, entre nosotros tenemos muy
firme amistad y bien querencia.

_Dol._ ¡Oh mis buenos hijos! por mi salud, que os he de abrazar, ca
sabed que no pequeño conocimiento tuve yo con vuestras madres, ántes
que desta tierra Parmenia mi madre me llevase, y áun, por mi salud,
que cuando volví y supe el desdichado caso que á las dos acaesció,
que no fué mi dolor pequeño.

_Esc._ Pues dime, madre, ¿qué les aconteció?

_Dol._ No fué nada, hijo.

_Esc._ Dilo ya, madre.

_Dol._ Diéronlas de puñaladas, que no fué nada.

_Esc._ Echa allá, ¿y es pulla ésa? mas dinos, madre, ¿y quién hizo
tanto mal? que, por las ebúrneas puertas tartáreas, sólo por lo que
á la amistad de su hijos debo, en todo el mundo sabiendo quién es le
busque, y más tajadas le haga que letras tiene Baldo y Bartulo con la
Coronica española.

_Sag._ Por mi vida, madre, que hasta agora bien ayunos deso hemos
estado; ca los dos de pequeños nos salimos desta tierra, y por gran
aventura en Italia nos conocimos, donde con deseo de nuestra patria
aquí tornamos, y queriendo saber qué se hizo de nuestros padres, nos
fué dicho que de sus muertes naturales murieron, por lo qual estamos
muy espantados de lo que dices.

_Dol._ Pues yo os diré, hijos: sabed de cierto que Parmeno y
Sempronio por homicidas de una buena vieja murieron degollados en
el mercado, y Areusa, poco despues en casa de la famosa Celestina,
á manos de dos rufianazos, que, si bien me acuerdo, se nombraban
Grajales y Barrada. Eso mesmo Elicia, mucho tiempo despues por un
panfarronazo llamado Brumandilon; aunque no se fué sin castigo éste,
porque degollado murió, y no pensés lo dicho haber muchos dias que
pasó, que de cierto la sangre tienen reciente; mas de una cosa,
hijos, os podés alabar, que teneis madres medio mártires, que, por mi
salud, casi sin culpa las mataron.

_Esc._ Arre nora mala, y á todos ha metido la vieja en la danza, que,
por mi vida, este Brumandilon que ha dicho fué mi padre; ya dolor,
y si se descubriese á mis compañeros, cómo tomarian de mí rabiosa
venganza; mas esto aparte, á fe que está donosa Dolosina, que piensa
que se deleitan estos otros mucho con sus palabras, y no sabe que,
como dicen, no hay peor burla que la verdadera, y ella dalle que
dalle, y entre col y col lechuga, bien te quiero más bao; y despues
que los ha descalabrado, úntales el casco diciendo que sus madres
fueron medio mártires.

_Dol._ ¿Qué dices entre dientes, hijo Escalion?

_Esc._ Digo, madre, que pues eso es ya pasado, no lo traigas de
presente á la memoria, pues no estamos en tiempo de llorar los
muertos, sino de tomar placer entre los vivos.

_Dol._ Mi hijo, no pienses que lo que he dicho ha sido sin causa,
que quiero que sepas que no tanto he querido decir esto por dar á
estos señores pasion en ello, mas porque nos acordemos de la muerte,
que á nadie perdona, y que hoy somos y mañana no; porque, como dice
el sabio, su memoria es parte á nos apartar de ofender á Dios,
especialmente en los placeres y regocijos, de que tenemos ejemplo en
la historia de San Juan que se intitula el limosnero; el qual, siendo
gran señor y obispo, industriosamente hacia labrar su sepulcro bien
despacio siendo muy suntuoso en obra, porque, como todos le dixesen
que ¿cuándo se habia de acabar? le recordasen que se habia de morir;
ansimesmo tenía un hombre que industriosamente, quando estaba en
algun regocijo ó banquete, le venía á decir que hiciese acabar su
sepulcro, pues no sabia quando le habrie menester, porque acordándose
de su muerte no se destemplase en la tal fiesta á cometer algun vicio
y pecado: eso mesmo un señor eclesiástico, noble y generoso caballero
en nuestros tiempos, sobre un mármol que tiene labrado para en siendo
muerto poner su sepulcro, recibe la refeccion quotidiana, y todos ó
los más dias quiere comer en él, en el qual mármol están cortados
unos hermosos versos que, demostrando la historia del caso, nos
avisan que nos abstengamos, con la memoria de la temerosa muerte, de
pecar, especialmente en los tales actos y convites, cosa por cierto
en que cada qual habia de tomar exemplo por el grande fruto que dello
se nos puede conseguir. Esto al presente baste, que pues Libina viene
á nosotros, ya la comida debe estar á punto.

_Lib._ Madre señora, todo está aparejado, ven quando fueres servida.

_Dol._ Sea luégo, hija, que nunca yo hallo mejor tiempo para comer
que quando lo tengo gana, ni me sabe mejor acordándome que Dario, rey
de Persia, huyendo de Alexandre, su enemigo, habiendo perdido todo su
exército, en un cenegal hediondo y lleno de cuerpos muertos se abajó
á beber, diciendo que cosa no le habia sabido mejor en su vida que
aquello, porque con más sed lo habia bebido; por tanto, hijos, si os
parece, vámonos á sentar.

_Esc._ ¡Ay madre! ¿y quién ha de ir acordándose lo que de la muerte
has dicho? que, por mi vida, las cabras nos has metido en el corral
con tus palabras.

_Dol._ ¿Por eso habias de dexar de comer? anda en mal hora, ven,
sentémonos.

_Esc._ Ojo, compañeros, veréslas, que vuestras requebradas han de ser.

_Rub._ Di sus nombres, y señala quál es Lelia, que por el nombre le
soy aficionado.

_Esc._ La que trae las servilletas á la mesa se llama Claudia, la
otra que anda allá dentro es Lelia, por quien preguntais; Claudia es
fresca como veis y hermosa, mas Lelia es más mochacha: si os parece,
lleguémonos hácia allá, y hablarlas hemos.

_Dol._ ¿Dónde vais, locos? venios á sentar.

_Esc._ Acá es, madre, sobre un ciento de bodoques: siéntate tú, que
vamos á ver si las cocineras usan bien su oficio.

_Dol._ Pues así pasa, ven, siéntate, señora Valera, y remojarémos la
palabra miéntras aquellos locos vienen.

_Val._ Cierto, no es malo el xarope; ¿y de dónde lo hobiste? que por
mi salud jamas lo hallo sino vinagre, donde quiera que voy por ello.

_Dol._ Selvago me lo envió, dos horas há; con juramento, que despues
he besado veinte veces el cangiloncillo en que está, que dado caso
que no bebiese, me deleito de llegallo á la boca.

_Val._ Y áun con eso tienes en el rostro tales colores, que por mi
salud en tu mocedad no las podias tener tales.

_Dol._ Malo va esto, vieja me ha llamado; mas no se me irá con ella.

_Val._ ¿Qué dices, comadre?

_Dol._ Digo que como ya tú, de vieja, estás en los huesos, que no has
podido tomar color como yo.

_Val._ Eso me parece al judío que dió la pasa al carnero, y le
atentaba luégo la cola por ver si habia engordado; tú no ves que
hasta que el vino que agora bebí haga operacion áun habrá tiempo.

_Dol._ Pues por la misma causa verás que mis colores son de mio, y
no causados por la bebida; que sabe, si no lo sabes, comadre, que
toda mi vida he sido fermosa y fresca mujer, y como agora en lo mejor
della esté, mira qué maravilla si tengo colores.

_Val._ ¿Qué años habrás, comadre?

_Dol._ Este otro dia hice esa cuenta, y hallé en el libro de la
parrochia que tengo hasta cuarenta años.

_Val._ De la mitad arriba, y áun Dios y ayuda.

_Dol._ ¿Qué dices, comadre?

_Val._ Que de más edad te juzgára.

_Dol._ Y áun más te hago saber, que por de ménos edad me tengo, de
lo qual es buen testigo mi marido Hetorino, que se espanta de ver
el cuerpo que tengo de noche; por lo qual pienso que el libro de
la parrochia se engañó, que mal pecado quando se hace el baptismo,
como el sacristan está embarazado, da el libro á que lo escriban
mochachos, y ellos ponen lo que se les antoja.

_Val._ Ora, comadre, dexa eso, demos otro deogracias, pues tan
ocupados con vuestras dueñas están esos gentiles hombres.

_Dol._ Otra hallarés más perezosa en eso.

_Val._ Ora tañeldes la campanilla, que mucho tardan en su plática.

_Dol._ Locos, locos, ¿por qué no os venis á sentar?

_Esc._ Madre, si tú no vienes á echar el baston entrellos será
escusado, porque la batalla está muy rigurosa, especialmente que las
damas áun de hablarlos se desdeñan.

_Dol._ Agora espera, que yo os concertaré. ¿Qué es esto, Claudia? Y
tú, Lelia, ¿por qué no hablais estos señores, y os venis con ellos á
comer?

_Claud._ ¡Ay, madre, déxate deso! Comed vosotras allá, que yo y Lelia
despues comerémos.

_Dol._ Anda, mal hora, déxate deso. Tómala tú, señor. ¿Cómo es tu
gracia?

_Sag._ Sagredo.

_Dol._ ¿Y el compañero?

_Sag._ Rubino.

_Dol._ Pues, señor Rubino, toma por la mano á Lelia, y tú, hijo
Sagrado, á Claudia; Escalion él se tendrá el cargo á su Libina, y
vámonos á sentar.

_Lel._ ¡Ay, señor! déxame, que no soy desas, ni tengo de ir allá.

_Dol._ ¿Qué es esto, Lelia? ¿Mándolo yo y dices tú otra cosa? ¡Por mi
salud, si no mirára al honor de los convidados, que yo hiciera cosa
que no pluguiera á todas! mas irse han los huéspedes, y comerémos el
gallo, que asaz habrá tiempo.

_Esc._ Ea, señora, no tomes pena, que á ella le pesa por te haber
enojado.

_Dol._ Anda, hijo, déxame, que aquella habia de cumplir de ojos lo
que yo mandaba por la boca.

_Esc._ Hora no haya más. Tú, señor Rubino, con la señora Lelia en
este cabo os asentad, y junto, en esotro cabo, estará Sagredo y
Claudia; yo y Libina nos sentarémos acá en lo baxo; las dos madres,
pues se hallan solas, hagan entre sí compañía en la cabecera de la
mesa.

_Claud._ Madre, á la puerta llaman.

_Dol._ Vé, pues, hija, mira quién es.

_Claud._ ¡Dios sea comigo! y á Risdeño, el enano de Selvago, tenemos
á la puerta con un mozo que trae una pieza de paño.

_Dol._ Él y los buenos años: vé, hija, por tu fe, abre.

_Claud._ Ya voy, señora.

_Risd._ Esté enhorabuena la fresca.

_Claud._ En tal venga el gentil-hombre. Sube, señor, si eres servido,
que allá está mi señora.

_Risd._ Quiero, pues, madre, estés en buen hora tú y la compañía.
¿Qué es esto que veo? ¿y aquí estais vosotros, y no hubiera memoria
del pobre de Risdeño?

_Dol._ Hijo, señor, vengas en buen hora. Daca, Claudia, aquí una
silla, ponla entre mí y la señora Valera. Siéntate, señor, por tu
vida, y comerás.

_Risd._ Quiérolo hacer, pues que tanto me lo ruegan. Tú, mochacho,
dexa sobre esa arca el paño y véte.

_Dol._ No le envieis, señor, comerá primero.

_Risd._ Déxale, madre, que será menester en la posada, que si algo
habie de comer, yo supliré por él y por mí.

_Dol._ Pues ¿y dónde lo habies de echar, señor, que tu cuerpo con
poca cosa se podria henchir?

_Risd._ Donoso está el dicho. ¿Cómo, madre, y agora sabes que tengo
dos estómagos? Pues quiero que sepas que lo que en cuerpo falto
eché en estómagos, que otra cosa no tengo de dentro; si no, exempli
gracia, comenzad á partir esas aves y verés maravillas.

_Claud._ Por mi salud que dice verdad. ¿No veis que hace de engullir?

_Sag._ Déxale, señora, que mucha priesa trae mucho vagar, y quien con
ligereza el camino anda, de descansar tiene.

_Esc._ Ce, señora Dolosina, mira que no guardas la ley de palacio,
que has bebido tres veces con el primer manjar.

_Dol._ Hijo, por eso estamos agora en la sala donde hay otra ley, que
bien sabes que dixo el sabio: «Cuando estuvieres en Roma vive como en
Roma»; por esto quiero yo guardar la ley de sala, pues en ella estoy.

_Esc._ Madre, ¿quántas veces, tú que sabrás todas las opiniones, es
lícito beber en una comida?

_Dol._ Por cierto, hijo, abusion es que nunca la cato, ni la puedo
hallar lo firme; unos, por ser malaventurados, dicen tres, otros,
casi semejantes, dicen cinco, otros nueve, otros trece, y otros, de
la qual opinion soy yo, dicen treinta y seis veces; mas empero yo,
por cumplir con todos, bebo tres, y despues seis, y ansí adelante
hasta el último término, por topar y cumplir lo más cierto.

_Risd._ Eso me parece, madre, como el teniente que echaba las
fiestas, y decia: esta semana, señores, no sé en qué dia cae una,
fiesta de guardar, holgad toda la semana, y así toparés con ella.

_Dol._ Así es, hijo, como decis, por lo qual con justa causa se
me consiente, como ves; quanto más que de tal culpa me desculpa
el refran antiguo que dice que el horno y el viejo por la boca
se calientan; que puesto que yo agora no sea vieja, por estar en
víspera de ello, puedo usar de sus previlegios; mas en eso no mireis
vosotros, que vais, miéntras yo hablo, como por la posta, por esos
pavos, y á pocas me habríedes dexado los huesos en los platos.

_Esc._ No hables, madre, que bien sabes que oveja que bala bocado
pierde, hasta que te enfade el manjar, como hace Risdeño, y no
tendrás de nosotros queja.

_Risd._ ¿Sabeis por qué lo hago yo? yo os diré. Contáronme un
cuentecillo sobre otro tanto como esto, con el qual quedé avisado, y
fué que dos hombres, en un camino que iban, llegaron á una posada,
donde siéndoles puesta para comer una liebre, el uno dellos preguntó
al otro al principio si tenía memoria de que habia muerto su
padre, el respondió que le dieron unas calenturas, y mandándole el
médico sangrar, vino á descubrirse ser resfriado, donde haciéndole
medicinas, y dándole purgas, obrando con algunas dellas tanto que
si viviera quedára purgado para toda su vida, al fin de questiones
levantándosele el pecho tomó y murióse; pues miéntras aquél contaba
esto el compañero habia ya dado al traste con la liebre, de lo cual
el que contaba se sintió mucho, aunque no lo demostró. Otro dia,
poniéndoles, en otro lugar, una gallina para comer, tornó á preguntar
el de primero al otro que de qué habia muerto su padre, el qual,
dando muchos y grandes bocados, respondió en una palabra diciendo: de
una landre.

_Esc._ Hi, hi, hi, por mi vida que estuvo donoso, aunque para
nosotros tambien fué bueno el cuento; pues no te hará daño lo que
entre tanto comiste.

_Risd._ Por eso remedié yo con tiempo, que fué tener pausa hasta que
los estómagos dixeron, no más pavos por agora.

_Esc._ Madre, por tu fe, que nos eches acá el un jarrillo desos, que
allá el uno bastará.

_Dol._ ¡Ay hijo, no digas tal! por tu vida, que me dará desmayo si
así lo hiciese; ¿tú no ves que yo al uno y mi comadre al otro habemos
tomado por compañeros? mas porque con los amigos más se ha de hacer,
toma allá.

_Risd._ Alonge, dixo Lucía al odre; porque bien me basta á matar
la sed lo que escancian las dos que tengo al lado; pues por su
abundancia, traspasando su fuerza el intervalo de enmedio, llega á
poner operacion en mis estómagos.

_Dol._ En Dios y en mi conciencia, comadre, que nos ha llamado
borrachas en buen romance.

_Val._ Comadre, nunca peor os digan; ca sabed que un tiempo, segun he
oido, se tuvo por virtud, que fué quando el gran Caton lo exercitó;
y porque en persona tan veneranda no hubiese vicio, ese que en él se
halló, por ser dél usado, le baptizaron por virtud.

_Dol._ ¡Oh quién fuera en ese dorado siglo!

_Risd._ Burlada te halláras, porque á las mujeres les era vedado.

_Dol._ ¿Qué decis? no lo creo.

_Risd._ Pues sabe que era ansí, que tenian por averiguado ninguna
mujer que bebiese vino ser casta, y despues acá por el apóstol fué
dicho que en el vino estaba la luxuria.

_Dol._ Cierto, gran crueldad hacian éstos con sus mujeres, pues que
tanto bien les vedaban.

_Risd._ Ántes les hacian honra, y si ellos lo bebian, más era por ser
fuertes en las batallas que tenian que por el apetito del cuerpo; más
digo, que algunos mataron sus mujeres porque lo bebieron, y ninguna
pena por ello les fué dada, lo que agora, no solamente á las mujeres
se consiente, mas á los infantes pequeños muy contra toda razon se
les da, porque dado caso que los ponen en mala costumbre, acórtanles
la vida, porque siendo el niño en sí muy cálido por razon de la
sangre que tiene nueva, y el vino ansimismo siendo caliente, dos
extremos juntos consumen la vida al que ansí le fué dado; mas esto
aparte, señores compañeros, mirad que es mucho retozar ése, especial
estando quien lo vea á diente.

_Sag._ Señor Risdeño, no tenés en eso más razon que un bonete
redondo, que si vos sois corto, echaos á vos la culpa, que buenas
mochachas tenés al lado.

_Risd._ Eso será para pedilles consejo en algun arduo caso.

_Sag._ Anda, señor, que el pajar viejo, desque encendido, malo es de
apagar.

_Risd._ Bien es verdad, mas hasta en eso es el trabaxo, y tambien
aquí no hay lugar de lo que decis, porque si yo mostrase mas favores
con alguna de estas señoras, la otra con razon de mí se podia quejar.

_Claud._ Donoso está, por mi vida.

_Risd._ Mas si alguno de vosotros, señores, quiere comigo trocar
asiento, no recibiria pequeño servicio en ello.

_Esc._ Qué, ¿áun servicio ha de ser?

_Risd._ Ya veis, señor, si tal persona como yo se sufre hablar en
otros términos.

_Dol._ Volvedme, hijos, el jarrillo si habés hecho con él.

_Esc._ ¿Ya se acabó eso otro?

_Dol._ Sí, hijo, que, como Risdeño echaba en sus dos estómagos, con
lo que nosotras bebimos concluyóse presto.

_Esc._ Toma, madre.

_Dol._ ¡Ay hijos, y cómo os habeis habido tan cruelmente con él, que
casi tripas no le habeis dexado!

_Risd._ Por mi vida, que son buenas las olivas, y que siempre las
acostumbro por me hacer buen estómago y me quitan la sed de la tarde.

_Dol._ Así es que en eso son apropiadas.

_Esc._ Pues, madre, perdónanos nuestro atrevimiento; tu, Risdeño,
negocia con la madre, que nosotros nos entramos en otra pieza.

_Risd._ Ántes os quiero decir á todos unas buenas nuevas.

_Esc._ ¿Qué son?

_Risd._ Que están concertados los desposorios de Flerinardo y
Rosiana; por tanto, concluid presto, que seréis en la posada
necesarios.

_Esc._ ¡Oh, Dios te dé buenas nuevas, que así será como decis! Ea,
compañeros, cada uno á su albergue con su huéspeda, que quien tiempo
tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente.

_Risd._ Señora Dolosina, mi señor te envia muchas saludes de su
parte, y esta pieza de raja que te mandó ayer en pago de la sortija.

_Dol._ Mi hijo, á tu señor dirás de mi parte que le beso las manos
mil veces por las mercedes que cada dia me hace, y si tú de mí has
menester alguna cosa, aparejada estoy.

_Risd._ De la misma manera me puedes mandar, madre; mas agora me da
licencia, que me he detenido.

_Dol._ Tú, hijo, la tienes.

_Risd._ Pues quédate con Dios, señora.

_Dol._ Él vaya en tu compañía.

_Val._ Comadre, muchos años nos holguemos juntas, y mirad si me
mandais algo, porque voy á la posada de Isabela.

_Dol._ No más sino que le deis mis besamanos, y que le tengo en
merced la sortija.

_Val._ Así lo haré, comadre, quedá en buen hora.

_Dol._ La madre de Dios te guie, comadre Valera.



CENA SEGUNDA DEL QUINTO ACTO.

  En que Polibio habla con su mujer Senesta, en que será bien dar
  compañía á su única hija Isabela. Senesta despues de razones
  viene en ello; conciértanse que le vendrá bien Selvago; queda en
  que por un primo del mesmo Polibio se le hable. Introdúcense:

POLIBIO. — SENESTA.


_Pol._ Señora y mi amada compañera Senesta, pues que Dios por su
infinita misericordia tuvo por bien de juntarnos á los dos en
matrimonio, y ansimesmo darnos de sus bienes tan largamente con
mucha honra de linaje; y lo que más se ha de estimar, un dón tan
excelente, que fué el fruto de bendicion con que gran consuelo y
descanso siempre hemos tenido en nuestra hija Isabela, tan cumplida
de gracias interiores como de exteriores adornada; yo tengo en mí
determinado, si en ello juntamente vuestra voluntad viene, porque la
fortuna con algun mal reves no tenga lugar (soltándose del palo de
Bocacio) contra nosotros, de que se le dé una compañía tal qual su
noble linaje demanda y su agraciada persona merece, porque dado caso
que hasta hoy no se ha visto en ella causa de algun mal indicio, sólo
porque, como dicen, quien quita la causa quita el pecado, me parece
ser éste buen acuerdo para que nuestra fama y honra se adelante de
contino; y si miramos á los antiguos, que tinien por costumbre no
poner esta carga en sus hijos hasta que ya en perfecta edad los
veian llegados, sufríese por la simplicidad y buenas maneras de
aquel dorado siglo lo que agora no ha lugar por la mucha malicia
del nuestro; tenemos exemplo y cada dia lo vemos por experiencia
que muchas nobles y generosas personas, por la confianza que de sus
hijos tenian, los vinieron á perder, hallándolos clandestinamente,
no á su honra, desposados, de que los míseros padres, viendo su fama
perdida, no sólo de la hacienda en casos que se recrecen, mas de la
vida son privados y miserablemente destruidos; por lo qual claramente
se demuestra que no pequeño cuidado han de tener los padres en poner
estado con tiempo á sus hijos, y más si fueren hijas, y muy mayor
si las tales de hermosura son adornadas; porque dificultosamente se
puede guardar lo que por muchos es cobdiciado, y pues para que no
las pierdan, deben temprano ponellas en cuidado de contentar marido
y regir familia, lo que se aprueba con aquel verdadero y vulgar
proverbio que dice que aquélla fué mejor doncella que más temprano
fué casada, porque con la carga del matrimonio acesoria, no sólo
pierden todas y cualesquier liviandades que la juventud en sí tiene,
mas con grande castidad y virtud procuran gobernar sábiamente aquello
en que de tan niñas fueron impuestas.

_Senesta._ Mi señor Polibio, la sentencia de vuestras sábias y
discretas razones en su principio demuestra lo que qualquier
agradecido christiano con su Dios ha de tener, que es darle soberanas
gracias por los bienes que dél tiene recebidos, en lo qual digo que,
en lo que á mí toca, yo cumplo, aunque no por entero, mas con todo
aquello á que mis fuerzas son bastantes. Decis más, mi señor, que por
quitar toda ocasion á nuestra hija Isabela en alguna liviandad que
perjudique á nuestra honra, determinais de ponella en estado perfeto
de vivir; cierto si no conociese bien á quien he criado, no habrie
dubda, sino que en eso habie de tener grande recatamiento; mas dígoos
de cierto, mi señor, que podeis bien dormir á sueño suelto en ese
caso y con mucha seguridad, porque, si me decis de muchas nobles
doncellas que han degenerado á su linaje, cometiendo algun mal exceso
en su fama, á lo ménos no quiero que mi Isabela ser de las tales se
presuma; porque, si consideramos su mucha virtud, su grande castidad,
su contínuo recogimiento, su extraña gravedad, su cumplido saber, su
gravedosa presuncion, no sólo semejantes escrúpulos os quitará, mas
qualquier cuidado en su guarda nos hará perder; por tanto, mi señor,
considerando lo dicho, no cures tan presto ponella en tantos cuidados
y trabajosos desabrimientos como la carga del matrimonio en sí tiene,
sino dexalda, señor, goce enteramente parte de su juventud en sosiego
y descanso, que, teniendo con más perfeta edad mayor experiencia en
los tratos de tal estado, cumpliéndose lo que decis ella en ello,
más sábiamente se regirá, y nosotros, entre tanto, de su presencia
agradable y linda conversacion gozar podrémos.

_Pol._ No quiero, señora, que penseis que todas las cosas tienen
dentro de sí la aparencia que de fuera muestran, pues se ve ser
muy al contrario; especialmente en este animal tan no conocido que
racionalmente por miembro diviso, cuya condicion atestiguan todos los
sabios que por entero imposiblemente se puede conocer, lo que se ve
manifiesto en lo que nosotros cada dia más nuevamente en nosotros
descubrimos; por lo qual no es razon que tanta confianza en vuestra
hija acumuleis, pues de cierto entónces la conoceréis ménos quando
más pensais que la teneis conocida, y si de sus virtudes y linaje
decis, digo que no es justo que dello tanto caudal se haga, pues
vemos muchas veces en el buen paño caer raza; y pues esto y lo dicho
tan claro se muestra, ruegos, mi señora, que en mi voluntad vengais,
porque en ello sólo se hace lo que al provecho de todos conviene.

_Sen._ Pues, señor mio, ésa es vuestra voluntad, aunque verme quitada
de tal hija lo sienta en el alma, yo lo tendré por muy bueno, y si
con mis palabras habeis recibido enojo, pídoos que me perdoneis,
porque dello no fué causa querer seros inobediente, sino la fuerza
que al amor filial me forzaba me fuerza á ser contra la vuestra
fuerza; mas con la instancia que puedo os demando, mi señor, que me
digais qué causa más agora que nunca para tratar en esto se os ha
ofrecido.

_Pol._ Mi señora, yo os tengo en señalada gracia en que vuestra
voluntad en este caso á la mia subjetés, y en lo que decis que por
qual razon más agora que otra vez en esto os hablé, os quiero
demostrar. Habeis de saber que pensando en mi pensamiento muchas
veces quién más de los desta ciudad á ser nuestro yerno sea
perteneciente, entre otros he hallado dos que igualmente á nosotros
son convenientes, de los quales, el uno se llama Flerinardo y el otro
Selvago; pues teniendo yo de contino ojo alerto en estos que tengo
dicho, hame sido hoy manifestado que Flerinardo está ya prometido en
casamiento y hechos sus contratos con Rosiana, hija de vuestra gran
amiga Funebra, y ansimesmo hermana de Selvago, el otro que yo digo;
por lo qual, atento á que otro tanto no haga el mesmo ya nombrado
Selvago, lo que si así fuese faltaria en toda la ciudad quien á
nosotros convenga, yo determino este dia en todo caso enviarle al
comendador, mi primo, á que sobre el negocio le hable y su voluntad
enteramente descubra.

_Sen._ ¡Oh señor, y cuán por dichosa me podria tener si lo que decis
se efectuase! porque á la verdad, de la mesma manera que habeis dicho
pasa, en efecto, que esa doncella que habeis dicho tiene con nuestra
hija muy firme amistad, y luégo que allá se ordenó, le envió su
mensaje á se lo facer saber, y de cierto que en lo que de Selvago
decis, sería caso bien acertado, porque no sólo por el conocimiento
tan antiguo que con su madre tengo lo deseo, mas, entendiendo bien
sus virtudes y buenas maneras, en estremo lo querria ya ver concluido.

_Pol._ Pues, señora, en esto por el presente no haya más, que yo
tendré cargo en que hoy se ponga por obra; y si por ventura se
confirma, todos en ello recebirémos entero contentamiento, y si acaso
por la parte dél faltáre no debemos recebir pena por ello, que, como
dicen, quando una puerta se cierra otra se abre; solamente vos,
señora, lo encomendad al eterno Dios, que, si para su servicio ha de
ser, él lo ordene, y si al contrario, él prestamente lo confunda y
deshaga.



CENA TERCERA DEL QUINTO ACTO.

  En que Selvago con su cuñado Flerinardo va al concierto; llegados
  al jardin, Selvago canta un soneto. Despues de lo qual, entrado,
  su señora lo está esperando, donde habiéndola recebido por esposa
  goza de los últimos gozos del amor, de que muy gozoso del jardin
  sale, y por intercesion de Flerinardo conocen la gran cobardía
  de Escalion, de lo qual con mucho placer se tornan á dormir.
  Introdúcense:

SELVAGO. — RISDEÑO. — CARDUEL. — FLERINARDO. — ESCALION. — ISABELA. —
CECILIA.


_Selv._ ¿Duermes, Risdeño?

_Risd._ Señor, no; ¿qué mandas?

_Selv._ Que me des mis armas y hagas aderezar esos mozos.

_Risd._ Señor, veslos aquí; los compañeros se quedan aparejando.

_Selv._ Pues tenme de ahí (que, si no me engaño, las once tocó agora
el relox), armaréme.

_Card._ Señor, señor.

_Selv._ ¿Qué dices, Carduel?

_Card._ Flerinardo con sus dos criados, Escalion y Velmonte, están á
la puerta.

_Selv._ ¡Oh, cómo la verdadera amistad siempre en las necesidades se
conoce! sin duda que le soy en mucho cargo.

_Risd._ Señor, en más te es él á tí, pues hoy le has remediado todas
sus fatigas en prometerle tu hermana por esposa.

_Selv._ Aunque lo que dices así sea, no dexo por eso de sentir lo que
por mí hace; mas acaba presto, Risdeño, darás esa escala de cuerda á
Carduel que lleve, y tú ansimesmo aquel laud.

_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿y has de ser como el mosquito que va cantando
á robar los que duermen?

_Selv._ El símile como de quien sale; siendo tú chiquillo y ruinejo,
así hablas en tu comparacion del mosquito tu pariente.

_Risd._ Aunque chiquillo y ruinejo, como vos, señor, decis, no me
trocaria por uno que más alto que vos fuese.

_Selv._ ¿Cómo así?

_Risd._ Por las muchas virtudes y gracias que los de tal marca
tenemos.

_Selv._ Di, pues, algunas, en tanto que me acabo de aderezar.

_Risd._ En metro os las podria decir, porque así me las enseñaron á
mí; mas, por abreviar, en dos palabras concluiré. Primeramente por
la mayor parte los de esta estatura son todos muy vivos, ingeniosos
y ardidos, que, por verse los tales ser en poco tenidos, siempre
inquiren nuevas y esquisitas invenciones para ser de todos estimados;
tambien si un pequeño se desafia con un grande, si el tal pequeño
vence es más estimada su vitoria por ser más contra natura. Tienen
otro provecho, que el pequeño que fuere á la guerra armado, siendo
las armas conformes al cuerpo, no le darán con el peso mucha pena, y
si el tal fuere á caballo, le dará ménos fatiga, y con otro tendrá
ventaja en las armas defensivas, pues detras de un escudo se puede
defender, y ofender al contrario; y si fuere huyendo y los enemigos
llegaren cerca, fácilmente donde quiera se puede esconder y encubrir
su persona. Eso mesmo si en frontera ó campo se halláre, do ha de
jugar el artillería, más seguro estará de las pelotas que el grande;
y si acaso le hurtaren sus armas ó vestidos, allende de medrar poco
el ladron con ellos por ser chicos, donde quiera los podrá conocer;
tambien es gracia que si entráre por puertas ó ventanas pequeñas,
no tendrá necesidad de se abajar ni se hará mal en la cabeza. Es
escelencia de los tales que con poco dinero se pulen y atavian, y si
hecho lo mercáren, aunque sea mayor, fácilmente lo pueden tornar
á su medida; esles tambien provecho, que si fueren á dormir en
cama angosta, el pequeño dormirá más á su talante que el que no lo
fuere. Son ansimesmo los de tal estatura pulidos, que por estirarse
y ser mayores andan muy del tempe, y tienen bien otra gracia, que
sin pena se visten y calzan por tener los brazos más llegados á los
piés, donde si algo se les cayere de las manos, sin que se sienta,
lo tornan á recoger, y por lo dicho éstos son muy buenos danzantes.
Sobre las dichas gracias, si el de tal estatura fuere mercadante de
cosa que se ha de medir á brazas, ganarán más, porque le dan á él
grande brazada, y él dala pequeña. Tienen tambien sobre lo dicho otra
escelencia, que si dieren alguna caida de lugar alto, el de ménos
estatura dará ménos golpe; y si acaso fuere camino en la fiesta,
siendo avisado, á la sombra del compañero se defenderá del sol; y
finalmente, todas las veces que con otro habla, le hacen acatamiento,
porque para bien entendelle, se acorvan estando él muy entonado. Esto
es, señor, lo que yo hallo más en el de mi estatura que en el de la
vuestra, sin otras muchas cosas que sobre el caso pudiera decir y por
prolixidad dexo.

_Selv._ Cierto que he tomado gran deletacion con tus palabras, que
las debes tener de coro para semejantes tiempos; mas, pues ya estoy
del todo á punto, vamos fuera; tú, Carduel, véte adelante, como ayer
hiciste, camino del huerto.

_Card._ Ya voy, señor.

_Selv._ ¿Tomaste el laud, Risdeño?

_Risd._ Bueno está eso, señor, ¿y no le ves, que hace más bulto que
yo?

_Selv._ Pues si no le quieres llevar, dásele á Sagredo que le lleve.

_Risd._ Agora, señor, que yo le llevaré; porque si acaso hubiere
alguna refriega me pueda tan en tanto esconder en él.

_Selv._ ¿Pues cómo, así nos habies de ayudar? ¿no te mostrabas anoche
más fuerte de eso?

_Risd._ No, señor, que ayer no iba allá Escalion, y yo tenía sus
veces, y siendo él presente, no podria ser más de como quien soy,
aunque todavía pondria el laud en medio de la batalla para que allí
se descarguen los golpes y quebrante la furia de las partes.

_Selv._ Agora bien, vamos fuera, ¿es mi señor hermano Flerinardo?

_Fler._ Él, que aunque indigno dese nombre, mucho os desea servir.

_Selv._ ¡Oh señor, y no reposárades esta noche! que para en esto de
hoy mi gente bastara.

_Fler._ Ora, señor, dexad esas razones por escusadas, y vamos nuestro
camino, que yo recibo la merced en que de mí acepteis algun servicio.

_Risd._ Señor Flerinardo, ¿no venía en vuestra compañía Escalion?
¿dónde está?

_Fler._ No sé cierto, mas de quanto agora estaba comigo, y tras de
nosotros debe venir, si no ha tomado las de villadiego y dádonos
cantonada.

_Risd._ Vesle allí dó viene; anda, Escalion, no te quedes tanto atras.

_Esc._ ¡Oh pesar de quien me parió, Risdeño! ¿y para qué me das
voces? que venía ahí echando mano pensando que los enemigos parecian,
y dado caso que así fuera, nos quedáramos burlados, porque oyendo tal
nombre, si ellos eran naturales de Europa, no pongas dubda que me
pararan delante.

_Risd._ Pues ¿cómo es verdad lo que dices, pues que cada dia nos
cuentas nuevas questiones que has tenido?

_Esc._ Eso es verdad, que no me conociendo toman esa presuncion;
mas si despues, por aventura, de mis manos salen sin herida mortal,
quando el caso cuentan á quien me conoce, les dice que ese dia
nacieron.

_Selv._ Señor Flerinardo, una palabra al oido.

_Fler._ ¿Qué decis, señor?

_Selv._ Que deseo conocer en estremo dó llega su lanza de Escalion,
porque verdaderamente creo ser todas sus blasonerías fingidas, y si
os parece, lo podrémos probar esta noche.

_Fler._ Señor, haced como vos quisiéredes; mas no sea de manera que
nos cueste caro la burla si él hace algun desvarío.

_Selv._ No, que en eso primero se proveerá; mas agora, pues al huerto
hemos llegado, entendamos en lo que conviene, que despues habrá
tiempo para todo.

_Fler._ Haced como os pareciere.

_Selv._ Muestra, Risdeño, ese laud miéntras viene la hora, descubrirá
este gozoso corazon alguna parte del gran contentamiento que en sí
tiene.

_Risd._ Vesle aquí, señor.

_Selv._ Pues di á Velmonte y á Escalion que se detengan en la boca de
aquella calle, Sagredo y Rubino se pondrán en aquella encrucijada que
allí baxo parece, y que á todo el mundo defiendan el pasaje.

_Risd._ Señor, ya se ha hecho, y Escalion dice que si álguien por
su pertenencia quisiere pasar, que le ha primero de engastonar su
espada en el cuerpo y facelle volver sin cabeza ni piernas, porque no
tenga necesidad de caperuza ni zapatos.

_Selv._ Anda, déxale, que del dicho al fato hay gran rato; y oye, que
quiero comenzar un nuevo soneto, nuevamente en mi pecho concebido y
por mi soberano gozo fabricado.


SONETO.

      Resuene mi voz alta y amorosa,
    Sus gozos con gran gozo demostrando,
    Los altos con los baxos matizando,
    Su gloria nos descubra gloriosa:
      ¡Oh cielos luminosos, tierra umbrosa!
    ¡Oh fuegos incorpóreos, mar terrible!
    ¡Oh tierra, muestra gozo no falible,
    Pues gozas tú con ellos de mi diosa!
      En tí su cuerpo tienes pincelado,
    Su diáfano rostro no terreno,
    Ten gozo por haber ansí sacado
      Sus lustres y matices de tu seno,
    De quien yo solo vivo en su memoria,
    Por ser mi suma pena y suma gloria.

_Isab._ Dime, Cecilia, ¿no estás fuera de sentido en oir música tan
atractiva y melodiosa?

_Cec._ Por cierto, señora, que no ménos en oilla estoy espantada que
pesante porque tan presto hizo fin.

_Isab._ ¿Qué sientes de la sentencia del soneto?

_Cec._ Que por más que diga, eres de más merecedora.

_Isab._ Anda, necia, que no te digo sino quán maravillosamente ha
declarado su propósito.

_Cec._ Eso merezco yo, que me llames necia, porque mentí diciendo que
merecias más.

_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia, parécete que tengo razon en hacer lo que
por él hago?

_Cec._ Cierto, señora, que sí, y bien á vuestro seguro, pues vuestro
padre corresponde tambien al negocio.

_Isab._ En pensar eso estoy de gozo casi fuera de sentido; mas
llégate, por tu fe, mira si sube, pues ya la música cesó.

_Cec._ Eso será escusado, que veslo por entre aquellos jardines dó
viene.

_Isab._ Pues, Cecilia, mira que te ruego, y, como señora, te mando
que de mi presencia no te apartes; porque puesto caso que hago lo que
ves por este caballero, en ninguna manera querria que en mí tomase
entera posesion, hasta que habiendo recebido las bendiciones de la
Iglesia, por Dios y por las gentes nos sea concedido lugar.

_Cec._ Ansí lo haré, señora; ¿habeis oido lo que dixo? pues, mejor
me salve Dios, que va de todo corazon, sino con la boca chiquita; mas
pase, que ansí cumple en su honra.

_Selv._ ¡Oh gloria de mi penosa fatiga, y pena de mi deseada gloria!
á tu seráfica hermosura pido humilmente, en señal del dón que por tí
se me ha otorgado, de tus ebúrneas manos se me dé que goce, para que
con las gozosas muestras del corazon enviadas y por los ojos salidas,
el gran huego que de tu parte me consume, en alguna manera con su
contrariedad algun tanto se mitigue.

_Cec._ Mi señora, mira que no se consiente lo que con ese caballero
haces, en tenelle de hinojos en tu presencia tanto tiempo.

_Isab._ Mi verdadero señor, si en lo que mi doncella dice alguna
parte de razon tiene, pídoos que me perdonés; mas si el soberano gozo
que en vuestra vista he recebido considerais, no tendrés en mucho que
llegado hasta el corazon imprimiendo en él su poderío, acudiendo allí
todos los sentidos para más sentille, lo esterior sin sentir dexase;
mas ya que la razon de la causa los ha tornado en sus asientos,
pídoos quanto puedo que os levanteis, si no deseais que yo haga lo
mismo.

_Selv._ En eso como en lo demas, prometo, mi señora, de no salir de
vuestro querer y voluntad.

_Cec._ Eso ha que me contenta, ¿no veis que abrazada la tiene? mi
fe, aunque yo presente estoy, poco valgo para encoger su buena
desenvoltura; mal año para gato romano que tal presa haga con asadura
de neblí, con la garza, que viene más á cuenta como él con ella.

_Isab._ Mi señor, no me parece bien lo que haces.

_Selv._ Descanso mio, si te di paz en pago de la guerra que contino
me haces, fué por cumplir con lo que á generoso ánimo se debe, en dar
bien por mal.

_Cec._ Bien alega de su derecho el magnífico, y áun, por mi vida,
que, segun de las vísperas entiendo, que en el disanto, él de queja
y mi señora de doncella, han de ser libres; por lo qual será bien
del mal no tanto, y hacerme entre ellos teniente y darles las manos,
porque, segun se presume de los gentiles hombres de este tiempo, no
será mucho que diga, andando dias, si te vi no me acuerdo. Ora, mis
señores, bien será que lo que se ha de hacer tarde se haga temprano,
y seais por mí desposados miéntras más á vuestra honra se ordena.

_Selv._ Mi señora, ¿teneis por bien lo que vuestra doncella ha dicho?

_Isab._ Señor mio, por eso fué mi venida en el presente lugar.

_Selv._ Pues, en nombre de Dios, que yo recibo, aunque indigno, las
mercedes.

_Cec._ Alto, pues, dadme las manos; vos, señora Isabela, ¿quereis por
marido y por esposo á Selvago, que presente está? y no aguardeis á
tercera vez, no se canse el zorriote, pues será escusado por faltar
madrina que del trenzado estire.

_Isab._ Digo que sí.

_Cec._ Y vos, señor Selvago, ¿quereis por tal á Isabela?

_Selv._ Sí, con entera voluntad.

_Cec._ Dios os haga largos tiempos buenos casados. Agora no resta
sino que se provea la colacion, y mirad que no os suelto mis
derechos, aunque otrie haga las velaciones, que se lleve las arras.

_Selv._ Buena doncella, por el presente, en pago de lo que decis,
recebid esta medalla que en vuestro cuello os pongais, no perdiendo
la esperanza en lo porvenir.

_Cec._ Mi señor, aunque por el tanto no se dixese, no quiero dexar
de recebir mercedes que con tanta voluntad son ofrecidas; y, por mi
vida, que si de tal manera me pagasen todos, que no dexase de tomar
las manos cada dia á diez ó veinte docenas de personas, y áun les
soltaria lo de futuro; mas ¿qué digo yo? ¿y esa palabra es la primera
que os hablais? tá, tá, tá, no paro más aquí.

_Isab._ ¡Oh mi señor, por Dios os ruego que no hagais tal, porque me
perderéis para siempre!

_Selv._ Mi señora, ántes os tendré más ganada; y por tanto perdonad
mis atrevidas manos, que jamas pensaron os deservir.

_Isab._ ¡Cómo! ¿y tanta desvergüenza ha de pasar y áun delante
testigos?

_Selv._ Así, siendo por ellos certificado, despues tendré por
verdadera la gloria que al presente consigo.

_Cec._ Eso me parece bien, que anden barbas y callen cartas.

_Isab._ ¡Ay desventurada yo! mi honra perdida, mi vida acabada, ¡ay,
ay!

_Selv._ ¿Señora mia, señora mia? ¡ay traidor de mí, que tanto mal he
cometido contra quien de muerte á vida me habia redemido! no será
sino que con esta espada de mí tome rabiosa venganza.

_Cec._ ¡Oh gran Dios! ¿y qué es esto? detente, detente, señor, no
hagas tanto mal, mira que perderás á tí y á tu señora.

_Selv._ ¡Oh traidor de mí, que ya la tengo perdida! por lo qual me
conviene un punto más no vivir.

_Cec._ Señor, sólo te pido miéntras rocío su rostro con agua de aquel
estanque, tengas paciencia, que tú verás cómo siendo en sí tornada,
hago con ella que te perdone.

_Selv._ Pues, buena doncella, sea con brevedad, porque mayor no la
tenga mi vida.

_Isab._ ¡Ay, ay!

_Cec._ Señora, señora mia, vuelve en tí; acorre al tu Selvago si le
quieres ver vivo, que por tu causa se quiere él mesmo en tu nombre
sacrificar.

_Isab._ ¡Qué oigo, triste yo!

_Cec._ Desplega tus ojos y verás que sólo aguarda una palabra de tí
contra él para pagarte la ofensa que contra tí cometió, y si deseas
que viva, vé, desvíale de su propósito.

_Isab._ ¡Oh señor! y ¿qué desvarío tan grande es el vuestro?

_Selv._ Mi señora, no otro sino que si vuestra misericordia me falta,
faltarme ha la vida.

_Isab._ Soltad, por Dios, el espada, que me dais mayor pena en esto
que en la traicion que contra mí cometisteis.

_Selv._ Sabed, señora, que será escusado si de vos el perdon no me es
concedido.

_Isab._ Ora, pues yo tuve la culpa en me fiar en vos, justo es que la
pena padezca; por tanto yo os perdono.

_Selv._ Señora mia, ¿por qué habés hecho tan gran sentimiento en que
yo tomase la posesion en lo que de derecho era mio?

_Isab._ Aunque eso así sea, no era razon que tal pasára hasta que las
bendiciones de la Iglesia se hayan recebido, y si no mirase que éstas
nos serán dadas presto, yo me diera, en pago de mi pena, la muerte.

_Selv._ Ora, señora, ¿no me decis cómo sabés que nuestros desposorios
se celebrarán públicamente presto?

_Isab._ ¿Cómo decis eso, y no os habló hoy el comendador, mi tio,
de parte de mi señor Polibio, en que si queríades hacer comigo
matrimonio? ca sabed que Cecilia estuvo esta siesta á la puerta de
su aposento, y, segun me dijo, habiendo entre sí hablado sobre el
desposorio de vuestra hermana con Flerinardo, trataron en que me
desposasen con vos, sobre lo qual os hablaria el Comendador.

_Selv._ ¡Santo Dios, qué oigo! sabed, señora, que así pasa como
habeis dicho, que hoy me habló, y yo, ignorando la parte de quien
venía, porque no me fué por él dicho, por no despedille luégo, que
fuera mal mirado, dije que hablaria á mi señora Funebra y le daria
respuesta, y pues ya soy avisado, daldo por concluido.

_Isab._ Así me parece, señor, que lo debes hacer; mas, por mi vida,
que no tornés á vuestras pesadas burlas, que me dais grande enojo en
ello.

_Selv._ Bien mio, al que en mí manda, que es el amor, echad la culpa,
pues en mí, por ser dél forzado, ninguna veo.

_Cec._ ¡Qué justicia de Dios! que estén sus mercedes en tales
comedias haciendo pausa tras cada acto, y la pobre Cecilia que la
papen duelos, estando acá á diente, teniendo á su Carduel tan cerca,
no será sino la primera vez que acá vuelva á hacer de modo que
entrando no tenga yo envidia de sus abrazos ni besos, y ahora me
sufro, porque á más andar se viene á nosotros el aurora; por lo qual
será bien los despartir, no los tome allí el dia. Mis señores, aunque
os sea trabajoso, por el presente os conviene apartar por ser ya
cerca la mañana.

_Selv._ Mi señora, no menor pena siento con las palabras desta
doncella que con vuestra presencia alegría; mas, pues de fuerza se
ha de cumplir, dexando con vos el ánima, el cuerpo á muy tenebrosa
cárcel va sentenciado.

_Isab._ Mi verdadero amigo, no con ménos pena que lleveis quedo; mas
con la esperanza de tan presto enteramente gozar de vos quiero en
alguna manera me conhortar.

_Selv._ Ella sola será bastante á me sustentar la vida; y pues así
conviene, el ángel bueno quede, mi señora, en vuestra compañía.

_Isab._ Él guie, mi señor, tus pisadas. Cecilia, anda paso,
entrémonos en nuestro aposento, no seamos sentidas.

_Cec._ Ya estamos acá, señora.

_Isab._ Pues tornea esa puerta y véte á acostar, dormirémos lo que de
la noche queda.

_Selv._ Echa, Carduel, esa escala.

_Card._ Puesta está, señor, mira cómo bajas, que hace oscuro.

_Selv._ ¡Oh mi señor Flerinardo! y qué de cosas os tengo que contar
en siendo en la posada, con que de cierto seréis muy alegre, por
tanto vamos allá si os parece.

_Fler._ Primero deseo que hiciésemos lo que en la venida ordenamos de
Escalion, porque he visto en él, despues que aquí venimos, cosa con
que tengo dubda en su esfuerzo, y querria ser en ello certificado.

_Selv._ Pues, Risdeño, vé donde están Rubino y Sagredo, y decirles
has de mi parte que vayan secretamente por aquella otra calle á dar
do está Escalion, y que sin llegarse cerca hagan muestra de acometer,
desnudas sus espadas; y que hecho, sin se detener, se tornen á sus
estancias sin decir lo que hicieron disimuladamente.

_Risd._ Señor, ya van determinados á cumplir tu mandado.

_Esc._ ¡Oh pésete y no á tal, y aquellos á matarnos vienen! alivia,
Escalion, tus piés y al soto, que no mientes en ello, ¡ay, ay,
desventurado yo, que me matan!

_Velm._ Cómo, Escalion, ¿así me dexas?

_Esc._ ¡Santo Dios, que me matan! ¡confesion!

_Selv._ ¿No veis, señor Flerinardo, qué verdadero salió mi
pensamiento? y qué gritar trae el cobarde.

_Fler._ ¿Qué es esto, Escalion, que has, que así vienes dando voces?

_Esc._ ¡Ay señor! cien hombres de punta en blanco armados nos
salieron á matar, y de los primeros golpes derribaron á Velmonte,
mas entre tanto rebané dos ó tres docenas dellos, en que quebré el
espada; por lo qual, viendo los contrarios ser tantos, arrojándoles
lo que del espada me quedaba, acogíme á los piés, y lo mesmo os
aconsejo que hagais, que más vale decir aquí huyeron que aquí fueron
muertos.

_Fler._ No hayas miedo, vuelve con nosotros.

_Esc._ No, señor, dexáme, que basta el estrago que dexo hecho; que
pienso que voy mal herido, iréme á curar.

_Fler._ Detente, muéstranos la herida.

_Selv._ ¡Oh, qué donoso caso! ¿no veis qué huir lleva?

_Fler._ De cierto que lo veo y lo pongo en dubda, segun la confianza
que dél tenía.

_Selv._ Sabed, señor, que siempre le he yo tenido por lo que aquí
ha mostrado, que todas sus hazañas más consisten en blasonar
desaforadamente que en algo que de hecho fuese; y pues esto ya se ha
concluido, bien será que demos la vuelta á la posada.

_Fler._ Sea, señor, como por bien tuviéredes.



CENA QUARTA DEL QUINTO ACTO.

  En que Risdeño, muy gozoso por haber ya su señor Selvago,
  con voluntad de sus padres, alcanzado por esposa á Isabela,
  celebrándose juntamente allí el desposorio de Flerinardo en casa
  de Polibio, ve venir un estranjero, el qual, por su intercesion,
  le lleva delante de Polibio, donde declara ser Flerinardo hijo
  del mesmo Polibio; por las quales nuevas, todos muy gozosos,
  entran á cenar, y se da fin á la comedia, quedando dos hermanos
  con otros dos juntos en yugo matrimonial. Introdúcense:

RISDEÑO. — CRATINO. — POLIBIO. — FLERINARDO. — SELVAGO. — SENESTA.


_Risd._ ¡Oh, cómo por este caso de Selvago ha parecido verdadero
aquel dicho del sábio que dice que los principios, á buen propósito
enderezados, no pueden haber desastrados fines! Habés considerado
el fin de los amores tan excesivos, aunque castos, de Selvago, mi
señor, cómo sin ser el caso descubierto, tan á su honra ha conseguido
el fin de sus deseos, habiendo sido desposado, con voluntad de sus
padres, con su señora Isabela, celebrándose juntamente las de su
gran amigo Flerinardo con su hermana; de cierto que él debe más que
otro alguno dar muchas y muy cumplidas gracias al Señor, que de todo
ha sido causa, pues tan conforme á su apetito y voluntad todos sus
negocios le han sucedido; mas ¿qué digo yo? y ¿quién es este medio
doctor que á mí se viene? estranjero parece en su hábito, quiérole
hablar y sabré de dónde trae camino. Hombre honrado, si no lo habeis
por pesadumbre, reciba yo de vos tanta gracia, que vuestra venida en
esta tierra me declarés; pues, no sólo vuestro hábito pone admiracion
á quien le mira, mas vuestra reverenda persona causa deseo de saber
dónde se enderece.

_Cratino._ Buen amigo, sabed que yo soy de aquí natural, aunque há
grandes tiempos que por estrañas naciones he caminado; por lo qual os
pido de gracia que me digais si teneis algun conocimiento con los que
en esta casa, donde vos poco há salistes, habitan.

_Risd._ Señor, sí; ved qué en ello me mandais.

_Crat._ Que me dixésedes si un caballero, que Polibio se llama, vive
en ella.

_Risd._ Sabed, señor, que ansí es como decis, y áun en ella hoy se
celebra gran fiesta, por causa de dos solemnes desposorios que en
ella han sido hechos.

_Crat._ Pues, señor, en lo uno me habeis hecho la merced, en lo otro
no me falte vuestra cortesía en me decir quién son los que tal acto
constituyen.

_Risd._ Un caballero llamado Selvago con una hija de Polibio,
asimesmo otro caballero dicho Flerinardo, no desta tierra, con una
hermana del mesmo Selvago, que, por la fiesta ser más solemne, hácese
todo aquí junto.

_Crat._ ¡Oh gran Dios, y qué oigo! ¿y es posible que aquí esté
Flerinardo?

_Risd._ Decidme, señor, ¿conoceis vos á Flerinardo?

_Crat._ E áun traigo las mejores nuevas para él que jamas pensó oir;
por tanto guiadme donde está, que en su presencia sabréis el caso á
vuestra voluntad.

_Risd._ Pues, entrad comigo, que yo haré lo que decis; agora ¿veis
aquel viejo anciano que allí parece? pues aquél es Polibio, y el que
está á su mano diestra es Flerinardo, por quien preguntais.

_Crat._ A Dios gracias, que bien los conozco; por tanto yo les
quiero hacer más alegres que al presente están, hablando primero
á Flerinardo, veamos si con el tiempo me ha ya desconocido. Noble
caballero, ¿conócesme, que muchas veces me habrás visto?

_Fler._ Por mi fe, buen señor, que decis gran verdad, mas el dónde yo
lo ignoro.

_Crat._ Y tú, señor Polibio, mira que por ventura de mí has recibido
algun servicio.

_Pol._ Cierto, ó la caduca edad me engaña, ó vos teneis por nombre
Cratino, debaxo cuya disciplina encargué yo un solo hijo que yo tuve.

_Crat._ Pues sabe, señor, que ansí es como dices.

_Pol._ ¡Oh mi buen amigo Cratino! ¿pues no me decis qué buenas nuevas
me traeis de vuestro discípulo y mi buen hermano Sergio?

_Crat._ Mi señor, de vuestro muy noble hijo y mi discípulo, mejor las
sabréis vos que yo, pues con él tanto tiempo habeis contratado, ca
sabed que Flerinardo, que presente está, es.

_Pol._ ¡Santa María! ¿y qué me decis, que yo no lo creo?

_Crat._ Pues yo, señor, sí; por tanto, con atencion oid mis palabras
y seréis en vuestra dubda satisfecho. Es, pues, de saber que al
tiempo que Sergio, vuestro hermano, fué señalado por gobernador en
una provincia de la Nueva España, á su peticion, por no tener hijo
alguno, le distes uno que vos teníades, llamado Beliselio, el qual
prohijó, y con él fué, habrá hasta diez y ocho años, á gobernar su
tierra; en la qual, siendo llegado, tomó gran conocimiento y amistad
con un rico varon que allí tenía su asiento; mas no habia medio año
allí vivido, quando por una grave enfermedad fué de la vida privado,
dexando en guarda de vuestro hijo aquel con quien tanta amistad
habia tomado, juntamente con toda su hacienda y haber; mas el noble
rico, tomando muy grande amor con el infante, y careciendo él de
hijos, ansimesmo espontáneamente le prohijó, donde por su mandado,
quitándole su propio nombre, que era Beliselio, que tenía, con nombre
de Flerinardo le hizo de allí adelante llamar. Pues en este tiempo
yo le enseñé todo aquello que á semejante persona que á la suya era
convenía; despues de todo lo qual, con deseo de ver aquella fértil y
abundosa tierra, determiné con voluntad gastar algun tiempo en verla,
lo que no se pudo hacer tan ligeramente, que quando di la vuelta para
vuestro hijo, supe que por haber sido muerto aquel noble hombre que
le habia prohijado, quedando él por heredero de tesoro innumerable,
sabiendo ser natural desta tierra, en ella determinó pasar; lo que
por mí sabido, en su seguimiento me puse para del todo manifestalle
quién su linaje fuese, pues con él, no sólo será placiente, mas en
todos, á quien cabe parte, causará gozo soberano y muy jocundo.

_Pol._ ¡Oh gran Dios, y cómo son grandes tus maravillas, que habiendo
tan cerca de mí tenido un hijo, cuya memoria grande pena me causaba,
haberle así desconocido, y pudiendo ansimesmo con su presencia
recebir alegría, pensando ser en ausencia, con su deseo padecer
grande y penoso tormento! ¡Oh mi buen hijo, que entre mis brazos te
tengo y lo pongo en dubda, segun se me hace arduo de creer que tanto
bien en la postrimera edad me estaba aparejado!

_Fler._ ¡Oh mi padre y mi buen señor! cómo de hoy más soy enteramente
bienaventurado; pues habiendo sido por dos veces huérfano, con grave
tormento mio, para que agora en mayor estima al verdadero y entre
todos tan aventajado tuviese.

_Sen._ Mi señor Polibio, pídoos que me dexés gozar de la
bienaventuranza de tal hijo; pues si en el parto graves dolores por
su causa padecí, no menores fatigas por su ausencia he tenido.

_Pol._ Vos teneis mucha razon, mi señora, por tanto hágase como pedis.

_Sen._ ¡Oh luz y clara luminaria, en que yo me contemplo! y ¿es
posible que del bien de tenerte en mis brazos me sea dado que goce?

_Fler._ Mi señora madre, el bien yo le recibo en podelle tan
enteramente gozar, por haberme Dios hecho tan dichoso que de tales
padres fuese producido y engendrado.

_Selv._ Mi buena señora, dénos parte dese caballero, pues mi señora
esposa y hermana suya, no la menor de pena, entre todos, con su
ausencia ha recibido; por lo qual no es justo que de la gloria del
conocimiento sea no participante.

_Fler._ Mi buen señor, á vos y á ella, junto con mi señora esposa,
igualmente quiero abrazar, pues con igual grado de amor á todos tres
os amo y estimo; y de verdad, dexada aparte la gloria que de cobrar
tales padres recibo, que soberanamente me gozo en hallarme allegado
pariente con las tres personas que más en este mundo quiero, fuera
tambien de la honra que en serlo de tales excelencias estrañamente me
glorifico.

_Selv._ Respondiendo por las partes, digo, señor, que nosotros de
tal conocimiento debemos con razon ser enteramente contentos, por lo
mucho que todos ganamos en tal persona como vos tener por afine y
pariente en tan cercano grado.

_Pol._ Ora, mi buen amigo Cratino, yo querria saber de vos una cosa,
de que tengo alguna dubda de tanto bien como gozo; lo qual es que
me digais cómo jamas se ha sabido por acá eso todo que me habés
dicho que allá ha pasado, pues no es verisímil que una muerte de una
persona tan noble y principal, como era mi hermano el gobernador,
tanto tiempo estuviese callada y secreta.

_Fler._ Mi señor, yo os daré en eso más razon que Cratino, mi
maestro, podia dar, por causa que en ello fuí más certificado. Es
de saber que así como Sergio, el que yo tenía por padre, murió, á
consentimiento de los principales de la provincia eligieron por
gobernador un caballero natural de aquella tierra; esto fué en una
ciudad la más noble de la isla, echando fama ser aquél el que de
acá se habia elegido, y ellos lo hicieron pensando tener con él más
libertad, pues era entre ellos nacido; el qual, con temor que no le
fuese el mando quitado, puso mucha vigilancia en que la muerte del
propio gobernador no se manifestase; asimesmo aquel rico, en cuyo
poder yo quedé, amándome mucho, por miedo no me apartase dél si mis
deudos el caso entendiesen, ayudó á que fuese guardada el astucia;
que siendo fallecido, y quedando yo por su legítimo heredero,
sabiendo ser deste reino de Castilla natural, en él vine con todo mi
heredamiento, que en rentas y juros, siendo aquí venido, gasté, con
intencion de hacer aquí perpétua morada.

_Pol._ Agora sí que Dios nos ha concedido más mercedes que nosotros
merecemos, en que á tan próspero suceso todo haya venido.

_Risd._ Señor Polibio y señores desposados, sabed que yo guié
aquí este noble varon, y pues fuí causa que tanto regocijo hayais
tenido, muestre cada uno aquí su liberalidad y quién sea, esto es,
que me dedes algo con que tenga casa y pucheros, porque determino
de me casar y no hallo quien me quiera, que viéndome tan ruinejo
y sin blanca, á nadie llego que no diga Dios te ayude por toda
esta hacera, enviándome para galeote; que todavía si tuviese algun
dinero, no faltaria quien, por no llorar los duelos de sus vecinos,
se aburriese á se casar comigo, que como, gracias á Dios, ha habido
ogaño tan buena cosecha de mujeres, teniendo yo alguna pecunia no me
podrá faltar una. En mí, señor Selvago, bien seguro lo tengo, mas
en vosotros, señores, querria que hubiese alguna virtud para los
zagales perrigalgos que en vosotros se encomiendan.

_Fler._ Ven acá, Risdeño, ¿y casarte quieres? ¿no ves que la carga
del matrimonio es pesada, y tú, siendo chiquillo, no la podrás llevar?

_Risd._ Por eso me encomiendo yo á los buenos, para que lo que en mí
faltáre por ellos sea cumplido; quanto más que, aunque chiquillo,
todavía tendria fuerzas, con un cayado que me ayudase, á llevar la
carga, y áun para dar á mi mujer con él, si necesario fuese.

_Fler._ Calla en mal hora, no digas eso, que no hallarás quien
contigo se quiera casar.

_Risd._ Pues áun esto no es mucho, que yo os prometo que primero que
dé la mano, tengo de dar en un papel ciertos capítulos á mi esposa,
que ha de ser para que diga si los entiende guardar, y si no, que
busque amo.

_Fler._ ¿Tienes algunos de coro?

_Risd._ Sí tengo.

_Fler._ Pues dilos, por tu vida, veamos si hacen al caso á nuestras
señoras esposas.

_Risd._ El primero, que en ninguna manera me lleve á vivir á
Cornualla, porque es muy dañoso lugar. Lo segundo, que en todo y por
todo me ha de ser obediente, y si yo la mandáre que ruede, que ella
se arroje de cabeza. Lo tercero, que gobierne bien su familia. Lo
quarto, que no destruya ella en banquetes y almuerzos de comadres,
lo que Risdeño zanqueando á casa truxere. Lo quinto, que no me tome
conversacion ni amistad con mujeres ni otras personas de mala fama.
Lo sesto, que en su casa esté recogida y honesta, y por la calle sea
muy recatada y amadora de honra. Lo séptimo, que no me sea demandona
ni pedidora de buxerías, ni venga á decir fulana tiene esto y yo
no, porque me daria á mí no buena comida, y quizá sería causa á que
Risdeño, enojado, la hiciese saltar el oropel de las servillas y
recibiese de botiboleo media docena de ya me entendeis. Éstos son
los siete pecados más graves acerca de las mujeres en el matrimonio;
otras circunferencias y avisos le daria de mí á ella.

_Fler._ Por verdad que estás gracioso; mas yo te seguro que con las
condiciones dichas no te cases tan presto.

_Risd._ Ese cuidado dexalde á mí, dadme vos lo que yo pido, que
podria ser que estuviese ya ojeada.

_Selv._ Dime, Risdeño, ¿es hermosa?

_Risd._ Si es ó no, á Dios ha de dar la cuenta; quanto más que, yo
fiador, que algun ciego la querria ver.

_Pol._ Ora que Risdeño tiene mucha razon en lo que ha dicho y pide;
por tanto, yo de mi parte le mando para su casamiento una pieza
ataviada con una cama de ropa.

_Risd._ Pues, señor, me haceis la merced, señalad que la pieza y cama
ha de ser conforme al cuerpo de mi esposa, porque si para mí fuese,
con una de vuestros galgos cumpliríades la manda.

_Pol._ Agora que ansí lo digo.

_Fler._ Yo te mando seis pares de capas y sayos para tu cuerpo, y en
nombre de mi señora esposa, todos los vestidos de mantos y sayas que
se debieren dar á la novia, conforme á su estado.

_Risd._ Señor Flerinardo, téngoos en merced qué me haceis tanta
fiesta como hace el calendario á San Juan, que le da seis capas, y
vos dáismelas con sayos y todo, aunque la manda no es para en tiempo
que haga aire, porque yendo con sayos y capas, no teniendo calzas, no
sería mucho que fuese echando plazos por toda la ciudad; á vuestra
señora esposa tengo en merced su manda, y ruego á la Madre de Dios
que así la cobije con su manto, como con el suyo ha de cubrir á mi
esposa.

_Selv._ Yo, en pago de lo bien que me has servido, te mando
doscientos escudos, y en nombre de mi señora esposa, el oro que á la
tuya perteneciere.

_Risd._ Señor Selvago, en mucho cargo os soy, pues con vuestra
manda no temeré las lanzas y saetas de la mala ventura, habiéndome
armado con dosciendos escudos para mi defensa; mas encomiéndoos
que no se tornen broqueles, porque no servirán tanto, que son
chiquillos. A la señora, vuestra esposa, debo mucho, pues así con
el oro amarillo de desesperacion que me manda, me reserva de la que
pudie tener en comprallo de los plateros, que me lleváran los ojos;
y pues al presente, señores, aquí no hay más que negociar, y tan
prósperos sucesos todos estos acaecimientos han tenido, muy alegres y
regocijados vosotros, por lo ya dicho, y yo, por de muy pobre verme
rico y prosperado, será bien acordado entrarnos á cenar, porque, como
dicen, los placeres y los duelos con pan son buenos; con lo qual yo,
Risdeño, hombre de bien aunque chiquillo de cuerpo, amigo de todos
aquellos que mi bien desean y mi provecho procuran, pidiendo por las
faltas cometidas el debido perdon, acabo de representar la comedia
llamada _Selvagia_.


FIN.



  [Ilustración] Fué impresa la presente obra en la
  Imperial ciudad de Toledo, en
  casa de Joan Ferrer. Acabóse
  á diez y seis dias del mes
  de Mayo. Año de
  M. D. LIIII.



  COMEDIA

  NUEVAMENTE COMPUESTA

  LLAMADA SERAPHINA,

  EN QUE SE INTRODUCEN NUEVE PERSONAS

  LAS QUALES EN ESTILO CÓMICO Y Á VEZES EN

  METRO VAN RAZONANDO HASTA DAR

  FIN Á LA COMEDIA.



ARGUMENTO DE LA COMEDIA.


  Evandro, caballero natural del reino, antiguamente Lusitania
  llamado, y al presente Portugal, se enamoró de una señora,
  Serafina llamada, de estrema manera hermosa y dotada de todo
  género de virtud, natural del reino de Castilla; y era casada
  con un caballero, Filipo llamado, el qual era de natura frio, á
  cuya causa Serafina se estaba vírgen, fué causa principal para
  se enamorar de Evandro; pero Artemia, madrastra suya y madre de
  Filipo, en gran manera la guardaba. A cuya causa, Pinardo, criado
  y paje de Evandro, fué, en hábito de mujer, en casa de Serafina,
  y se echó con Artemia, y con Violante, doncella de Serafina, y
  concertó con Serafina que hablase á Evandro, y así tornó á casa
  muy próspero; pero Popilia, sirvienta de casa de Evandro, y Davo,
  criado suyo, mucho y largamente informaron á Evandro de cómo
  Artemia era dueña de malas costumbres. De lo qual maravillado
  Evandro, fué en casa de Serafina desfraçado, solamente acompañado
  de Pinardo, donde efectuó su propósito, hallando vírgen á
  Serafina, y así todo hobo próspero y agradable fin; pero en el
  principio, Cratino, secretario de Evandro, mucho lloraba y se
  quexaba del amor por ver á Evandro tan penado y tan cargado de
  dolor á causa de los amores de Serafina.



[Ilustración]



CENA PRIMERA.

EN QUE SE INTRODUCEN

CRATINO. — POPILIA. — EVANDRO. — DAVO. — PINARDO.


_Cratino._ ¡Oh amor halaguero, oh cruel, oh soberbio, oh enojoso,
oh desabrido, oh altivo, oh airado, oh vergonzoso, oh de poca
vergüenza, oh amargo, oh dulce, oh enojoso y triste, oh alegre y
deleitoso, oh presuntuoso, oh humano, oh turbio en tus cosas, oh
de dulce y de agradable conversacion, oh desatinado, oh de gran
concierto, oh temeroso, oh humilde, oh esquivo y terrible, oh manso
y lisonjero, oh de poco sosiego, oh reposado y no presuroso en tus
cosas, oh inicuo, oh justo, oh inconstante y antojadizo, oh firme
en tus cosas, oh apresurado y movible, oh constante y moderado en
tus hechos, oh vario, oh firme, oh piélago y golfo de tempestad y
contínuo tormento, oh puerto seguro y sin temor de contraria bonanza,
oh pobre de juicio, oh acompañado de prudencia y de toda crianza,
oh mísero y pobre, oh rico y pródigo y muy liberal, oh ajeno de
razon, oh acompañado de toda la discrecion del mundo, oh embarazado
en tus obras, oh desenvuelto de conclusion, oh amigo de brevedad,
oh enemigo de la concordia, oh cauteloso, oh llano negociador! ¡oh
cómo nos ligas, oh cómo nos atas y sueltas, oh cómo aprietan tus
ligaduras, oh cómo afloxas tus atamientos, oh cómo nos atormentas, oh
cómo nos libras de tus prisiones y fuertes cadenas, oh cómo ciegas y
trastruecas el entendimiento, oh cómo nos alumbras con tu luz de la
manera quel rutilante Febo, alumbrando de claror al sublunar mundo
fugados loglevos vapores!

_Popilia._ Altas maravillosas cosas anda investigando Cratino, y
tanto inculca unas con otras, tan contrarias y repunantes entre
sí, que no sé adónde se dirige sermon tan ofuscado; pero oigamos,
que cada camino, como dicen, suele descobrir sus sendas y hondos
barrancos.

_Davo._ Mil chimeras estoy revolviendo en la imaginacion, y mil
sospechas se me engendran de la novedad no acostumbrada; porque
quien vido á Cratino estar inquiriendo con demasiada atencion las
potencias y poderío del amor y las obras, y acto en sí tan confuso y
repunante, no es sin misterio; causa hay, y áun no de pequeña carga;
yo aseguro agradable me sería que á tantas enigmas diese conclusion;
pero él procede, prestémosle el oido benigno, porque el sermon no
perezca, y si alguna duda ó cosa que le parezca resultáre, allí nos
quedamos, él juega armado y los compañeros en la tabla, y áun le
podemos sobre ello decir el sueño y la soltura, y siquiera porque vea
en qué feria vende su mercadería, porque la verdad hija es de Dios,
y al amigo ó al enemigo no se le debe decir cosa al contrario del
verdadero camino; pero grandes aceleraciones me ocurren con velle
tan desatinado, Dios lo convierta todo en sosiego, mas el alma me da
que desta vuelta no lloremos duelos ajenos, y yo aseguro que no nos
loemos de haber pasado el vado sin mojarnos la zapata.

_Pinardo._ Así burlando, como si nuestro mal lo pudiésemos echar á
puerta ajena, suelen decir que cada buhonero alaba sus agujas; pero
al presente ni las nuestras ni las ajenas, sino oye á Cratino y verás
si tenemos necesidad de abrir el ojo, porque, á lo que siento, la
nuestra no toca en el hito ni en el blanco; y si lo miras, conocerás
á la clara en lo que está, porque por la víspera se conoce el
disanto, y, como dicen, harto es de ciego el que no ve por tela de
cedazo.

_Dav._ Pues oye, oye, que á sus nuevas querellas se torna de la
manera que primero.

_Pin._ Pues diga bien y gaste su almacen, que ésas son mis misas, y
áun podrán decir por mí, el harto del ayuno no tiene cuidado ninguno.

_Dav._ ¿Que almorzado has, á lo que parece?

_Pin._ Mas qué, ¿me tengo de mantener del aire como camaleon, ó
andarme haciendo papo de aire como cuervo en el verano? á la fe, no
lo niego, que lo primero que hago, en poniendo los piés en el suelo,
es guachapear con aquello blanquillo de Madrigal, y despues venga
Dios y véalo, que, por mi fe, como dice la otra, ántes beberé que
me toque; y esto hecho, lo demas dé do diere y ruede el mundo como
quisiere y á la mano que por bien tuviere, que de lo demas yo tener
pena, así puedes llamar al rey compadre.

_Dav._ De manera que el que quisiere tu saliva ayunas ha de ser en la
cama.

_Pin._ Pues ¿qué quieres, que pise el sapo en ayunas? así puedes
pedir cerezas por Navidad; pero apriesa habla Cratino, oigamos,
porque, como dicen, quien escucha, de su mal oye.

_Crat._ ¡Oh amor, y cómo escedes los límites de tu jurisdiccion!
¡oh cómo nos distraes en feos actos y en torpes hechos! ¡oh cómo á
tu causa se tuerce nuestro triste y miserable vivir! agora digo que
no culpo á Lamech, que en la edad primera contraxo bigamia, casando
con dos mujeres, contra la dotrina dada á nuestro primer padre en el
huerto de los deleites, «serán dos é una carne»; ni ménos inculpo al
aceleroso Catilina, que, por amor de casar con la romana matrona,
mató al hijo; ni pongo culpa á Clodio, que dió causa á que el César
repudiase su legítima mujer; pues trocadas de tu frecha, y llagados
de tu áspera mano, excedieron en estremo los límites y términos de la
razon; pero no sé qué diga, confuso estoy, porque esta tan suprema
potestad del divino consistorio, de la soberana justicia te está
permitida, y tú, mandado eres, subjeto estás; por ajeno mando te
riges y gobiernas; cállome, cállome, porque quien tras otro cabalga
no ha silla, que, do quieres, la subjeccion te releva de culpa, mil
defensas tienes, notorias están, á la clara parescen, no digo más;
pues que el que sufrió venció, y vido lo que quiso, y á buen callar
llaman Sancho, y en boca cerrada no entra mosca. Especialmente que,
andando á escuras, presto tropieza hombre, y caminando por donde
no es el camino pisado, pocas veces se acierta, y áun Diógenes lo
reprobaba; pues tambien hablar hombre en lo que no sabe cosa escusada
me parece; allá se avenga, si mal ó bien tiene, él se lo buscó, sé
que no tengo de cegar llorando duelos ajenos, de do diere, venga lo
que viniera, que lo que fuere de los otros será de mí; porque, á lo
que siento, no son tan necios, que cada uno no querrá guardar su
cabeza.

_Pop._ A solas piensas que estás, amigo Cratino, y tienes las espías
de las puertas adentro, y pensando que nadie tenias, has hablado,
como entre compadres, lo tuyo y lo ajeno, y has revuelto tantas
materias ofuscando lo claro, cubriendo de color á lo prieto; y así
tan confusamente te has habido en el proceder, que resumir las dudas
que de tus sentencias resultan sería querer tomar truchas con haldas
enjutas; por tanto, no me revuelvo contigo, porque sería enojarte
á tí herirme en el ojo, pero mal suena eso que con tanta eficacia
estás afirmando, que, tornándolo de latin en romance, dices que no
culpas á los hombres porque ciegamente aman, y parece que los escusas
con matizado lustre, diciendo que Dios gobierna todas las cosas. Al
cabo estás, entendida me tienes, y si ése es buen coger de agraces,
tú lo ves; fea cosa es y mal parece reprobar á la clara la fuerza y
poder, franca libertad y libre albedrío, de fino quiebras, y mira que
muchas veces por conservar la cosa, se pone en parte que en la mayor
necesidad no paresce; torna, torna en tí, y mira lo que dices, y
emienda lo dicho, que más vale ser tenido por necio que por porfiado,
y áun si miras, del sabio es mudar el consejo.

_Crat._ Pues cómo, ¿no sabes que Dios permitió que el primer hombre
amase nuestra primera madre y así lo formó con una inclinacion
natural? verdad es que nunca desordenadamente se amaron en el estado
de la gracia.

_Pop._ Tú te lo dirás todo, de manera que confiesas que despues
del pecado, y así por quebrantar el precepto de Dios, vino la
desenfrenada luxuria de la carne y el tan libidinoso apetito.

_Crat._ Así lo digo, así lo afirmo, y cosa en contrario no la siento.

_Pop._ Satisfecha estoy para comigo, y di ya lo que quisieres, que yo
cuenta hago que me he librado de las manos del gavilan, ó como dicen,
de los cuernos del toro.

_Pin._ ¡Oh cómo estoy enojado, Cratino, de las cosas que te has
dexado decir contra el amor! en verdad no quisiera que tan á rienda
suelta hobieras en esta materia caminado, porque serás tenido por
maldiciente, especialmente en decir mal de lo bueno; y ¿cómo no sabes
que dice el filósofo que el amor es fundamento de todas las virtudes?
y ¿cómo no sabes que ninguna cosa puede ser virtuosa si en ella no
mora amor? en tanto que decia Salomon: en todo no vi sino vanidad,
y humo, y viento, y miseria, y vi que debaxo del sol no habia cosa
estable, salvo el amor de Dios. Y áun si miras los dos preceptos
mosaicos de donde depende toda la ley, dicen; amarás á Dios y al
próximo, de manera que mediante el amor somos salvos, y sin él, mia
fe, por demas es la citola en el molino de que el molinero es sordo;
pues si del amor tenemos tan grandes bienes, tan grandes provechos,
y mediante él esperamos el reposo perpétuo, y la holganza sin fin, y
la gloria y quietud perpétua, ¿para qué has estado profazando? ¿por
qué murmuras? ¿por qué contradices á la ley de la razon? ¿no miras
que es cosa peligrosa nadar agua arriba y seguir la opinion del vulgo
tan ajena del camino de la verdad? ¿qué dices, qué dices? ¿embazado
estás? ¿por qué? ¿pensabas que no hay más de hablar á sabor de
paladar?

_Crat._ No habria palabra mal dicha si no fuese repetida, esto digo;
en lo demas, alta me la levantas, por altanería vuelas; abáxate,
abáxate y gozarémos de tu conversacion, porque áun los bienes quieren
ser comunicados para que el poseedor mejor comunique dellos, porque
yo no hablo dese amor tan caritativo, ántes es mi sermon dirigido
contra el amor natural, y si la lengua erró, el corazon no pecó.

_Pin._ Eso digo yo, que es buen emendar de avieso, por saltar del
fuego dar en las brasas; y ¿cómo no sabes que el amor natural es el
que inclina el ánimo de cada uno á amar su semejante, así que cada
hombre se mueve á amar á otro, por natura ó por costumbre, aunque
no espere deleite carnal? así parece por las aves y animalias, que
las verás en manadas, y aunque no tienen entendimiento, por fuerza
y por virtud del amor natural, se acompañan unas con otras y se
deleitan con su semejante, sin pensamiento de apetito carnal, porque
no hay cosa criada que no tome placer destar con su semejante, y así
decia Salomon que qualquiera cosa deseaba su semejante; y áun este
amor natural, más te digo, que no es en la mano del hombre, y así
dice el filósofo que las personas engendradas so una constelacion,
naturalmente son de una voluntad y siempre se aman; y así, decia
Platon, ¿quiéres saber quien es semejable á tí? mira quién te ama,
porque suficiente causa es para inducir y causarse amor el deleite
intelectual, y por eso, como sabes, decia el Ciceron, el amor
perfecto no es, salvo amar á otro, no por fuerza, no por miedo,
no por interese que esperes dél: así queste amor natural con los
requisitos y condiciones que has visto, justo y lícito es, y áun asaz
virtuoso, y en él no hay que increpar ni dél tienes que decir, ni por
ello culpar en cosa.

_Crat._ Mucho andas, Pinardo, sotil, y áun no con pequeña diligencia
por me tomar á las palabras, y pues andas con tantos circunloquios
trastornando las filosóficas cartas, no hablo, no hablo ni ménos en
cosa culpo, salvo al amor abominable, que, en su torno á la contínua,
sin descansar un punto está torciendo y moviendo á la voluntad
humana, induciéndola al amor de las hembras, solamente por el deleite
que dellas se espera; ésta es mi intencion, ésta es la pleita para
que he estado aderezando el esparto, ésta es la madexa que ando por
devanar, ésta es la tela que con tanto ahinco ando tramando; agora
puedes decir lo que quieres, que no uso de circunferencia, ántes
hablo pan por pan y vino por vino al uso de mi tierra.

_Pin._ Léxos andabas, mi Cratino, de la verdad, mucho dexabas y áun
bien apartado del trillado y llano camino por te ir por las ásperas
sendas, pues no hay atajo sin trabajo; mándote yo, por tanto, usar de
los propios términos, y á cada uno llámale su nombre y responderte
ha; y de lo blanco no quieras hacer negro, ni por el contrario, ni
del vicio no quieras hacer virtud, ni á la virtud, usurpándole su
nombre, no la cuentes en el número de los vicios; y como que, con
tus manos lavadas y tu cara sin vergüenza, á dos por tres llamas al
deleite y desenfrenada luxuria amor, por Dios, andas bueno, eso me
parece el enjabonar la viuda los tocados negros, pues sabe, sabe que
ese apetito que mueve á la voluntad humana se llama amores, y no
amor, y el deleite del tal amor consiste en el cuerpo, y por eso no
se puede ni debe llamar amor; porque Aristóteles decia que amor no
es sino querer que la persona que hombre ama haya bien, y el que ama
solamente por interese corporal, que espera del que ama, no lo ama
de la manera que comunmente y por la mayor parte se aman los hombres
y hembras, que no es sino por saciar su carnal y dañado apetito; así
que esta concupicencia desordenada ni es amor ni áun cosa que le
semeje. Porque el verdadero amor grandes cosas hace por amor de la
persona á quien ama, y si no las hace no es amor; en tanto que decia
el Apóstol que ninguno podia forzar el corazon del que ama mucho,
y que áun la muerte no lo podia sobrepujar; y de aquí, si se te
miembra, decia el Salomon en los _Cánticos_, el amor es fuerte como
la muerte.

_Crat._ Atento estoy, amigo Pinardo, á tan altas doctrinas de tan
resplandecientes colores como estás matizando, trabajando de ingerir
tan frescos rosales y tan suaves olores entre mis ramas emponzoñadas
procedientes de la misma raíz del baladro; el amor verdadero y
honesto quál sea, por maravillosos términos lo has esplanado, al cabo
estoy, satisfecho me has y áun bien alumbrado de la ceguedad que así
me ofuscaba los sentidos; y así decia el maestro del divino Platon
hablando de la desenfrenada lujuria, no hay mayor captiverio que ser
sometido á amor, y que no tienen ojos los que sensualmente aman,
decia asimismo, porque aquel amor de concupicencia no es virtud, mas
es vicio.

_Pin._ Algo me vas entendiendo, y pues te satisfacen bien mis
sentencias, ¡oh, qué propósito! piensas que decia el Augustino
en el libro de las respuestas, amor no es al, salvo el que ama
transtornarse en la cosa amada por conformidad de vivir; pero en lo
demas ilícito y inhonesto, á que tú quieres llamar amor hermoseándole
el nombre, digo que ensucia el ánima y consume el cuerpo, quita la
virginidad, roba la fama, enoja á Dios, y así decia el Ciceron:
quel siervo de la lujuria no puede enseñorear á otro, y que el que
della usa es más esclavo que el comprado; y así decia Sant Pablo que
los deleites del mundo puso Dios en la lujuria. E Aristóteles al
gran Alexandre, ya que conquistaba el mundo, le escribió diciendo:
¡Oh clemente Emperador, no te inclines á la lujuria, porque es
destruicion del cuerpo, abreviamiento de la vida, corrompimiento
de virtudes, traspasamiento y quebrantamiento de ley, y engendra
costumbres de hembra! así que guárdate, guárdate de tal lazo, que
Salomon dice que ni se puede esconder el fuego en el seno sin que se
queme la ropa, ni puede estar el hombre con las mujeres sin pecar;
por tanto, hermano, el tal tercio húyelo de tu carga, que mal está
la estopa cabo el fuego, pues el encomendar la oveja al lobo, ya ves
que procede de notoria simpleza, y querer tú andar los piés descalzos
por cima de las brasas, sin quemarte la planta de los piés, cosa
imposible parece, así que destos juegos huye, huye, que, á buena fe,
desta manera se hacen los cogombros retuertos.

_Crat._ Ya veo de dónde tiras; tan olvidado estuviese el enemigo
de la humana natura de mi ánima quanto yo estoy apartado de lo que
piensas; más honda, más honda va la conseja, más honda va, ¡ojalá en
mí se ensolviera todo, y nuestro señor Evandro estuviera desenredado
desa red ó los piés fuera del lazo!

_Pop._ ¿Qué me dices, que áun todavía dura esta conseja? malo se
pára este arroz, sobre que yo pensé que no tienen cosa más olvidada
se torna agora al regosto; bien le debiera saber las ojuelas, pues
lo que él ganáre en esa mercaduría poco vivirá quien no lo verá, y
áun podrá ser que nadára y se ahogára á la orilla, y eso piensa y en
eso entiende, y por mi fe, donoso está; el pecar humana cosa es, el
perseverar en el mal, obra es del diablo; esto me parece: de lo que
ganará en esta venta, no quiero parte, que al gallarin le saldrá.
Como creo en Dios, no está en sí ni lo tengo por hombre cuerdo.

_Crat._ Adivinar agora, en hora mala lo ves; buena andas, Popilia, en
tal tiempo pidiendo seso á tanto yerro, me parece eso como preguntar
al israelita si sabe oficio de cantero.

_Pin._ Burlando estais de la feria teniendo en poco el mal de nuestro
amo; pues yo seguro que le valiera más estar de quartanas ó herido
de landre, que no tornar á entender en esos embarazos, que ni tienen
cabo ni medio, especialmente que la envidia de algunos, que ya me
entendeis, daña más de lo que se puede pensar.

_Dav._ Contigo estoy; por eso decia el vandálico preceptor de la
moral filosofía, que el envidioso se paga de decir mal de lo bueno
y decir bien de lo malo, y el beato Gregorio decia, no hay mayor
tormento que la envidia, y cierto, como la polilla gasta la ropa, así
la envidia gasta al hombre que della usa, y do mora envidia no puede
morar amor.

_Pin._ Bien dicen que ni el envidioso medró, ni quien cabe él
moró; pero hágote saber que la mayor venganza que puedes tomar del
envidioso es hacer buenas obras, por eso, hermano Davo, échate bien á
dormir, no te guardes, que á buena fe, que dice Séneca que te has de
guardar más de la envidia de los amigos y parientes que de la de los
enemigos.

_Dav._ Bien veo que dese vicio nació el primer derramamiento de
sangre sobre la haz de la tierra á causa del hijo del primer hombre;
pero ¿quién se guardará del ladron de casa, y quién se guardará
de la indignacion y ódio de su madrastra? que ya todos sabeis que
Serafina es una cordera mansa y una paloma sin hiel, pero el aya que
la gobierna guarda fuera, Dios te libre ni áun de encontralla en la
calle.

_Pin._ No sé qué tema teneis vosotros tanto tiempo há con esta mujer,
porque yo algunas veces le he hablado, pero no la hallo sino tan
justificada y tan apuesta en la razon como si fuese una santa.

_Dav._ El santo de Pajares, que se quemaba él y no las pajas, y como
eso sabe hacer; y por tomarte á las palabras, en buena fe, dé siete
vuelcos en el infierno; Dios me guarde del diablo, y despues della y
de su ira.

_Pin._ Eso dexado para en su tiempo, dí que goces, Cratino, que ha
sido la causa de tornar Evandro al juego viejo con los naipes nuevos.

_Crat._ La imaginacion en la cosa siempre suele refrescar las llagas,
esto de una parte, y tambien ver á la clara la voluntad de Serafina,
han dado causa á que el viejo dolor, cobrando aliento de nuevo con
recientes fuerzas, ha tornado á lo atormentar de tal manera, que toda
esta noche ni él ha dormido ni á mí dexó pegar los ojos; pues despues
que el polo encomenzó á enseñar la gentilidad y resplandeciente cara
de Apolo, como los sentidos, con sobrevenir la luz, se divertieron
algo de la especulacion en que con tanto ahinco estaban ocupados,
¿quién te podrá decir las lástimas que ha dicho, las lágrimas que ha
derramado, los desmayos que de rato en rato le ocupaban la potencia
de los vitales espíritus, gimiendo y sollozando y sacando tantos
sospiros y tan tristes de enmedio de las entrañas, que tras cada
uno parecia que ya la carne, condolida de tantos trabajos, quedaba
desmamparada y convertida en su primera composicion? ¿y quién podria,
con mil lenguas que tuviese, contar las grandes pasiones y en sí tan
repugnantes que le he visto estar padeciendo? Mi fe, hermanos, viendo
la causa en tal estado y el negocio en términos no convenientes á
la salud de Evandro, como me doliese su cuita, como si sobre mis
sentidos la tal pena se estuviera ministrando, tomé por mejor remedio
salirme de la sala y entrarme aquí, como veis, llorando ventura tan
fuerte y tan contraria y tan áspera y de dañosa zozobra; pero si
quereis ver lo que digo y la razon de mi cuita, vení, vení, que desde
la puerta veréis que de cien partes no digo la una de lo que pasa.

_Pin._ Vamos, vamos, que no es tiempo de andar á la flor del berro, y
llegados á la puerta seguirémos el consejo más sano, conformándonos
con la disposicion en que viéremos estar la cosa.

_Pop._ Hablando está entre sí, oigamos, sabrémos en qué ley vivimos.

_Evand._

      La muerte con sus fervores,
    Con mal que punto no olvida,
    Ya me abraça;
    Y en ver tantos disfavores,
    La desconsolada vida
    Se embaraça;
    Y el sentido dice: «Vén
    Vén, vén y habe compasion
    Del ya vencido.
    Esperanza mia por quien
    Padece mi corazon
    Dolorido.»
      Porque con el tal favor,
    Que será qual nunca es vido
    Acá jamas,
    Luégo cesará el dolor,
    Y las ánsias del sentido
    Habrán compas.
    Y pues ellas me dicen
    Qu’en viendo tu perficion
    Sería guarido,
    ¡Oh señora, ten por bien
    De me dar el galardon
    Que te pido!
      Y si aquesto se me niega,
    Venga ya la confesion
    Y su extremo;
    Pues la muerte ya se allega,
    Y en hallarme en tal sazon,
    No la temo.
    Y estando en tanta porfía,
    Porque tus bienes alexas,
    Triste estoy;
    Y pues punto de alegría
    No tengo, si tú me dexas,
    Muerto soy.
      Pero no, que pensamiento
    De lo tal en mí se cuaje
    Ni se sienta,
    Mas está el entendimiento
    Esperando el tal mensaje
    En gran afrenta;
    Y áun qu’el triste bien confia,
    Dice con ánsias muy viejas,
    Pues no erró:
    «Vida de la vida mia,
    ¿A quién contaré mis quexas
    Si á tí no?
      »Mas para questé contento,
    Pues que mi triste vivir
    A nadie aplace,
    Otra salud no la siento.
    Salvo aceptar el morir,
    Pues te place;
    Ó haz qu’el fuego que m’arde
    Lo apague de mis sentidos,
    Con favores,
    Aquel dios de amor tan grande,
    Que consuela los vencidos
    Amadores.
      »El qual siente lo que siento,
    Y siente qu’el mi sentir
    Ya no siente,
    Y siente qu’el sentimiento
    Del sentido y consentir,
    Bien consiente
    En que la muerte no tarde;
    Y á tí, pues tienes sentidos,
    Mis dolores,
    De mando asoluto mande,
    Que hieran en tus oidos
    Mis clamores.
      »Y si aquesto no concedes,
    El alma, con tal querella,
    Se me arranca;
    Pero mira que bien puedes
    Atender, si tú quies vella,
    Como basca;
    Y venga tu gran bondad
    A ver la rabia espantosa
    Que no fenece,
    Y la justa pïedad
    Que á persona tan hermosa
    Pertenece.
      »Y á la cuita que á mi alma,
    De las carnes ya la aparte
    Y la alexa,
    Vuestra merced ponga calma,
    Y tambien el fuego aparte,
    Que me aquexa;
    Y la muy gran crüeldad,
    Que de angustia temerosa
    Me fornece,
    Incline tu voluntad
    A mi vida dolorosa,
    Que padece.
      »Por qu’el sentido me priva
    El sentir que estais airada,
    Mi señora;
    Y con pena tanto esquiva,
    La mi vida amancillada
    S’empeora;
    Por tanto, el grave pensar
    Haz que cese, y el cuidado
    Tan pujante,
    Y aquel tanto desear,
    Que hace ser porfiado
    Al amante,
      »Haciendo que ya no crezca
    La pena, que así se muestra
    Mi enemiga,
    Y el sentido ya aborrezca
    El mal que á mi vida adiestra,
    Y no lo siga;
    Y haz el daño, avadar,
    Que al corazon ha ligado,
    Más que ante,
    Que no lo dexa mudar,
    Sino quanto más penado
    Más constante.»

_Pin._ ¡Oh alto y maravilloso fabricador de las cosas criadas, y
qué gran manera de metrificar, por cierto los sonetos del Serafino
toscano no se igualaron, con harta parte, en la sentencia ni en la
gentileza, ménos se pueden equiparar los metros del galano Petrarca!
¡qué manera tan grande ha tenido para decir lo que quiere! por
cierto, si á noticia de Serafina viniese esta glosa tan alta, que en
el mismo instante concediese en su voluntad, porque le constaria á la
clara que la pasion que por ella se siente da causa de inventar lo
que no se pensó.

_Pop._ Sin duda estoy muy contenta de lo que entre sí le he visto
estar metrificando, pero bien será que entremos por consolalle,
porque, como dicen, llagas untadas duelen y no tanto.

_Dav._ Bien será, y anda adelante, Pinardo, que cierto la compañía
mucho desecha toda pasion y todo género de tristeza, y, como dicen,
todos los duelos con pan son buenos.



CENA SEGUNDA.

EN QUE SE INTRODUCEN

EVANDRO. — CRATINO. — POPILIA. — DAVO. — PINARDO.


_Evand._ Mozos, mozos, ¿estais ahí?

_Crat._ A la puerta de la sala estábamos, ¿qué mandas, señor?

_Evand._ ¡Oh cómo me abraso en el fuego que veo á la clara proceder
de los ojos de Serafina! ¡oh cómo sirviéndola pensé valer más y
todo me ha sucedido al contrario! ¡oh cómo la misma discordia está
predominando en mi pecho! ¡oh cómo la confusion me acompaña! no me
veo capaz de salud, el remedio de mi consuelo della depende, mi salud
recobrarse imposible es: ¡oh cómo me sería agradable la muerte! ¡oh
cómo en cosa la temo, por cierto tan grata me sería su vista qual fué
la del gran vandálico Duque al católico Rey, nuevamente pasado en la
provincia antiguamente Latina llamada! Pero ya, ya ahinojándose van
unas pasiones sobre otras, poner habrán término en mi vivir, porque
cierto es que las cosas que ya van de vencida y no pueden mucho
tiempo durar permaneciendo en un sér, declinar habrán, porque todas
las cosas del mundo celeste y sublunar por cierta órden se rigen, y
por la Providencia divina, ya á cada un sér le está limitada la obra
y fuerza para que ha de provechar; y el norte y trion y planetas,
por cierto órden se rigen, la qual exceder en un punto imposible
cosa es, segun natura. Si, que la vida, amancillada con tan sobradas
angustias, fatigada con tan demasiados trabajos, cargada de tan
contínuos dolores, enflaquecida de las contínuas vigilias, decaida
de las enojosas lágrimas, no puede durar ni estar tan firme que no
fenezca, porque al hombre términos le están constituidos, los quales
no puede traspasar.

_Pin._ Mejor sería, señor, entender en buscar algun conviniente
remedio á tu salud, que estar añadiendo materiales al fuego y
atizándolo con tan nuevos géneros de querellas.

_Evand._ ¿Qué mejor remedio que desear la muerte? ¿qué mejor consuelo
que desear del todo el fin de mis tristes y miserables dias? pues
tanto le aplace á aquella que, con sola su vista me tiene aherrojado
en tan áspera prision, que la servidumbre del crudo tirano no fué más
dañosa á los vecinos de Agrigento.

_Dav._ Para todas las cosas hay medio, para todas las enfermedades
hay sus medicinas aplicadas, para todas las llagas hay cura y
defensivos, y áun no hay dolor tan grande al qual el tiempo y su
discurso no lo disminuya y ablande; por tanto, esfuerza, esfuerza y
no te desmayes, que áun Serafina mujer es, del género de las quales
dixo Salomon, de cien hombres he hallado uno bueno, pero de mil
mujeres ninguna he hallado buena.

_Evand._ Calla, calla, boca sin verdad, que entendiendo las cosas y
autoridades al desuso infamas al sexu femíneo, mediante el qual se
sustenta la humana natura, y no sabes que áun el mismo Salomon dixo:
el que halló buena mujer halló alegría, y el que echa la buena mujer
echa todo el bien de su casa; y áun el Augustino dixo: ninguna cosa
habia en el mundo peor ni mejor que la mujer; pues ¿qués lo que estás
diciendo? ¿qué estás profazando? porque si quieres mirar y notar
con atencion lo que diré, la perfecion de Serafina abasta adornar
las faltas de todas las que podrias recitar por culpadas, porque
ella es prudente en todo género de disciplina, la qual virtud mucho
resplandece en la hembra.

_Dav._ A osadas, enhoramala, ¡y cómo la tienes bien entendida! Si
prudente fuese, de otra manera se habria gobernado en esta jornada.

_Evand._ Pues está atento, por mi vida, y no murmures ni hables entre
dientes, que por extenso te quiero informar de las virtudes y de las
gracias de natura, de que Serafina está asazmente adornada; ella
es muy pacífica y amiga de toda concordia, de la qual virtud está
escripto: bienaventurados los pacíficos, porque ellos poseerán el
reino de los cielos.

_Pin._ A la fe pacífica, pero no quiere consentir contigo en la paz y
áun creo que lo acierta.

_Evand._ Está atento, Pinardo, así la ventura próspera te acompañe.
Es honesta en su habla y traje, más que la mujer del ateniense
Focion, de la qual se escribe que unas amigas suyas le mostraban muy
grandes atavíos y joyas de sus personas, y ella no teniendo ninguna
de aquellas cosas, dixo: yo no curo de más atavíos de ser mujer de
Focion.

_Pop._ Mucho holgaria, señor, que nos informases quién era ese
Focion, de quien tanto contentamiento tenía la venerable matrona.

_Evand._ Focion fué ciudadano de Aténas, y sabido en derecho y asaz
adornado de la moral filosofía, y áun fué capitan de la ciudad, y fué
tan moderado en sus cosas, aunque era pobre, que enviándole el Grande
Alexandre setenta talentos de oro, no los quiso recebir, y despues
le envió trescientos y ménos los recibió; á cuya causa fué tan
estimado, que, despues que el universal monarca venció la segunda vez
en batalla al gran Rey Dario, no se halla que en las cartas á nadie
escribiese saludes si no fuese á Antipatro y á Focion.

_Pop._ ¡Oh, qué agradable me ha sido, señor, oir historia de varon
tan digno de fama! agora puedes tornar al presupuesto primero.

_Evand._ Es constante en sus propósitos; de la qual virtud dice
el Tulio que ninguna cosa hay de tanta estima ni tan digna en los
hombres como la constancia, y cerca desta virtud está escripto en las
escrituras lacedemónicas del Licurgo, que habiendo dado las leyes
á los de Lacedemonia, con temor que no las quebrantasen les tomó
juramento que las guardarian hasta que él volviese, y él se fué á la
ínsula de Delfos y nunca más volvió; y al tiempo que murió, mandó que
sus cenizas fuesen echadas en la mar, porque los de Lacedemonia no
las juntasen y las truxesen, y quebrantasen las leyes que las habia
dado.

_Pin._ Mia fe, desa virtud mejor fuera que estuviera falta Serafina,
para que mejor se efectuára vuestro propósito.

_Evand._ Y es muy templada en todas sus obras y muy humilde en la
conversacion, no presuntuosa, no soberbia, no vanagloriosa, no
lisonjera, no dura de cerviz, ántes muy piadosa y acompañada de
misericordia; muy liberal con sus servidores, no avara, no enojosa,
no airada, ántes muy mansa en todas las razones, muy justificada
en sus obras; no lisonjera en las palabras; muy verdadera en la
razon, muy leal á sus parientas y amigas; no engañosa, no parlera,
no desabrida, no de malas respuestas á sus criadas, no loca, no
envidiosa, no inconstante, no triste ni con alteracion en sus hechos,
y ¡qué fornida de castidad, virtud tan resplandeciente en la hembra!

_Pin._ Luego ¿en qué andas como Pedro, por demas corriendo tras la
esperanza vana y navegando por parte adonde ninguno halló puente?
correr en caballo sin freno me parece á mí todo aquesto, sino sólo
querer pescar en el golfo con delicada caña.

_Pop._ Dexalo que, como dices, ¿quién loára la novia sino su madre?
pues que, á buena fe, si hobiésemos de volver la hoja, que áun la
linda Serafina no se quedase fuera del coco, ántes le alcanzaria
buena parte de la colacion.

_Pin._ Agora, pues, diga lo que quisiere, que quien de locura
enferma, tarde ó nunca sana.

_Crat._ ¿Qué has estado hablando, Popilia? ¿parécete que me
contradigo en algo?

_Pop._ Digo, señor, que allende de ser la misma verdad lo que es
dicho, Serafina es muy hermosa y graciosa, y en verdad la blanca flor
del azucena ni la muy colorada del rosal ni la del lirio, del olor
tan suave, no resplandece más en mi vista, pero cosa conviniente
sería que te apartases, señor, desta demanda, porque el agua desta
balsa muy pesada es á los que de ella beben; pues estas pendencias
con mujeres casadas no engendran sino bandos y discordias en los
pueblos, especialmente cuando son emparentadas de nobles parientes
de la manera que Serafina; así que, señor, trabajar debrias por la
olvidar, que en verdad bien suele amargar á las veces este adobado, y
áun quemar los rostros la cocina de la tal boda.

_Evand._ ¿Olvidar dices, Popilia? ántes se olvidará la noble Diana
de dar claridad á las tinieblas noturnas, y ántes los polos se
olvidarán de ser guias de los errados mareantes, y ántes el quarto
planeta se olvidará de dar la vuelta en el zodiaco, que á mí me pase
por pensamiento olvidar á mí señora Serafina; ni ningun temor ni
peligro, ni las amenazas de la misma muerte no me son inconveniente
para en cosa retroceder de lo ya comenzado, venga lo que viniere,
suceda fortuna próspera ó contraria, que ántes las siete pléyades
dexarán de parecer con la bruma que yo dexe de seguir la voluntad y
mando de Serafina.

_Pin._ No le hables, Popilia, más á la mano, déxalo, cada loco con
su tema, y si mal le fuese en la mercaduría, su bolsa lo sentirá,
cada uno es juez y físico de sí mismo; ande el torno, que yo no me
entiendo de salir del juego entre tanto que bulleren los dineros
ajenos.

_Pop._ Pues tan determinado estás de echar la soga tras el caldero,
porque no vaya todo de mal en peor, gástese el tiempo en buscar
remedio conviniente á tu enfermedad y no se entienda de hablar en lo
escusado.

_Crat._ Poco te parece que has dicho, Popilia, á buena fe, en medio
del hito has dado, no sé si tirabas allá, pero ¿á dó el remedio?
¿adolo? que yo no siento ni pienso que en el mundo nadie tendrá tan
recto ni esperto juicio que con harta parte pueda en esta conjuntura
acertar, y grandes y muy oscuros nublados tienen ofuscada la puerta
deste tan incierto remedio, el camino desta negociacion tambien está
muy cubierto de malezas, más ásperas que las de la montaña Ida; así
que venga Dios y véalo, que todo lo veo turbio y avena por escardar.

_Evand._ La verdad te ha fablado Cratino, amiga Popilia, porque como
Artemia, suegra y madrasta de Serafina, sintióla casada, no la pierde
de vista, y tiene tanto cuidado della, que no solamente ha hecho lo
que digo, pero há más de un mes que ni por pensamiento sale de casa;
pues tener pensamiento de vella en ventana ni en celosía es pensar
subir al cielo con escalera; y no solamente pasa esto, pero tráela
tan acosada y vale en todo tanto á la mano, que nunca la madre del
César tanto persiguió ni temió la deshonestidad de la nuera, quanto
Artemia tiene y recela la honra del único hijo.

_Crat._ Y áun allende deso es tan celosa de su natura, que siempre
está temblando sobre Serafina.

_Dav._ Bien hace en corregirla, que así despues hallará en ella
gracia, segun afirma Salomon, y como persona discreta se há en la
negociacion, porque el castigo al amigo en secreto ha de ser; y así
decia Diógenes, que el que quisiere ser amado de su amigo castíguelo
secretamente, porque la correccion secreta engendra amor; y así
amonestaba el divino Platon, que ninguno á su amigo lo castigase en
público, ni ménos cuando estuviese sañudo. De manera que asaz lo hace
como persona prudente en querer castigar en cabeza ajena.

_Pin._ Viña y niña y habar malo era de guardar, canta el andaluz, y
áun Salomon dice: guarda á la mujer luxuriosa y valerte ha poco, así
que quanto ellas quieren todo sin más pensallo es hecho, peores son
de guardar que casa de dos puertas; mándole yo á la vieja bruxa que
si la otra quiere no dexará de hacer sus mangas, y áun bien anchas, y
áun nunca Dios me diese otra pena sino tenella engañada ántes de tres
dias, aunque ponga más guarda que el alcalde de Atienza.

_Evand._ Mira lo que dices, Pinardo, atiéntate; gran virtud es saber
refrenar la lengua, especialmente que no estamos en tiempo de hablar
palabras ociosas.

_Pin._ Como ociosas de verdad lo afirmo por los santos de Dios, que
me atreveré de traerte respuesta de Serafina, aunque Artemia la tenga
en el vientre de la ballena.

_Evand._ ¡Oh qué agradable me es ese sermon! por cierto el de
Demóstenes no fué más grado en el senado ateniense, quando el rey
Filipo pedia que diesen en rehenes á los oradores de la ciudad; pero
imposible cosa prometes, que por tan imposible lo tengo como querer
trabajar en que el primer movimiento de la natura dé fin á su curso,
en ménos espacio de veinte y cuatro horas.

_Pin._ Pues yo, señor, me encargo de la negociacion, y desde luégo me
parto en casa de Artemia: mira qué mandas que diga, mira qué mandas
que haga, y si buen recaudo no truxere, no esperes verme; pero aunque
sepa abaxar al triste barquero, y aunque sepa ir á hacer compañía á
los que andan vagorosos en la ribera Letea, tengo de cumplir la mi
palabra.

_Evand._ ¡Oh cómo tengo por fé lo que Pinardo ha dicho! ¡Oh cómo
se duele de mi mal! Y pues tan fiel amigo tengo, que pocas veces
lo hallan las atribulados, ya ni temo á la desabrida fortuna, ni
áun al amor, que tan riguroso se demuestra contra mí, ni ya tengo
pensamiento de ver contraria zozobra. E las ánsias tristes, que así
desacompañaban de todo consuelo al atribulado corazon, huyendo van
como los glebos vapores, heridos de los rayos del rutilante Febo. Y
el grandísimo tormento en que el miserable vivir estaba padeciendo á
la contínua, afloxado ha sus muy ásperas ligaduras.

_Pin._ Ce, ce, Popilia.

_Pop._ ¿Qué me dices?

_Pin._ Entre tanto que ese ciego de razon y falto de entendimiento es
tan devaneando, como suele, anda acá á tu cámara, y vestirme he tus
vestidos, que así entiendo ir á verme con Artemia.

_Pop._ Anda allá; pero guarda por malos de tus pecados no te conozcan.

_Evand._ ¡Oh con quánta diligencia, con quánta solicitud procura
Pinardo mi salud! ¡Oh cómo tengo pensamiento que ha de dar fin á mis
desconsolados sospiros! ¡Oh cómo á mi ver ya mi vida está colgando de
la lengua de Pinardo!

_Dav._ Aosadas, señor, aunque es mozo y de poca edad, yo le tengo por
tan astuto, y por tan entendido en todo, que bien hará lo que tiene
prometido, y áun tan cumplidamente, que yo fiador quel quede sin
vergüença y tú sin quexa; pero recia cosa es amar y estar ausente,
aunque tambien dicen que la ausencia suele causar olvido.

_Crat._ Bien lo creo en el que livianamente ama, y en el que fué
tocado en los esteriores sentidos; pero en el que fué tocado en las
potencias intelectuales y dentro en la misma ánima, al contrario es y
delante está aosadas el verdadero ejemplo, y la verdadera experiencia
de lo que tengo dicho.

_Evand._

      _Al morir viendo la vida,
    Y qu’el hilo nunca corta,
    Del tal dolor condolida,
    Ni se acuerda, ni se olvida,
    Ni el bien ni el mal la deporta._
      Porque estar de vos ausente
    Es llorar el bien pasado;
    Y el sentido que tal siente,
    De lo que siente consiente,
    Qu’el sentir sienta cuidado,
    Y la vida enmudecida,
    Viendo qu’el mal no se acorta,
    Del angustia dolorida,
    _Ni se acuerda, ni se olvida,
    Ni el bien ni el mal la deporta_.
      Mas si mi fuego y mi llama,
    Y sentir teneis sentido,
    Claro está, graciosa dama,
    Qu’el ausencia al que bien ama
    Ni le da, ni causa olvido;
    Ni el olvido no me olvida,
    Ni olvidar no me conhorta;
    Mas mi vida con tal vida,
    _Ni se acuerda, ni se olvida,
    Ni el bien ni el mal la deporta_.
      Porque do toca el amor,
    Tal fuego y tal plaga dexa;
    Que más crece el disfavor
    Y el ánsia y grave dolor
    Mientra el triste más se alexa.
    Y áun crece tan sin medida,
    A la luenga y no á la corta,
    Que la vida, ya sin vida,
    _Ni se acuerda, ni se olvida,
    Ni el bien ni el mal la deporta_.
      Y cresciendo la esperanza,
    Siempre crece la tal quexa,
    Porque con la confianza
    De ver tiempo de bonanza,
    Siendo ausente más se aquexa;
    Y de ya descaecida
    La vida no se conforta;
    Y de estar tan decaida,
    _Ni se acuerda, ni se olvida,
    Ni el bien ni el mal la deporta_.

_Dav._ ¡Oh cómo nos ha quitado Evandro de la duda en que estamos! ¡Oh
cómo ha dicho maravillas, y por tan sotil estilo que la sentencia de
tan sublimados versos trasciende á todo entendimiento humano!

_Evand._ ¡Jesus! ¡Jesus! Y cómo vienes, Pinardo, ¿qué, en hábito de
mujer tiendes seguir este viaje?

_Pin._ Mira qué quieres que diga ó haga, que desta manera entiendo
engañar la grosa, porque ella me tendrá por moza desas que andan
picando los cantones, y no se recelará, y yo dalle he con la mayor,
por tanto no es tiempo que me detenga; mira ques lo que me mandas.

_Evand._ Que des esta carta á Serafina, y me traigas respuesta si me
cumple vivir ó si mi espíritu abaxe á visitar las infernales furias.

_Pin._ Pues yo me voy, y ruega á Dios por salud, que lo demas yo te
lo daré hecho de cera, ó mal me andarán las manos.

_Evand._ El ángel de la Paz te acompañe, y vaya y venga en tu guarda.



CENA TERCERA.

EN QUE SE INTRODUCEN

DAVO. — PINARDO. — ARTEMIA. — SERAFINA. — VIOLANTE.


_Dav._ A buena fe, Pinardo, que debes parar mientes por tí, que
quien adelante no mira, atras se halla, y destas marcadurías tales
siempre veo escapar sin narices, ó á bien librar con un jubon sin
mangas, porque, como dice, quales las romerías tales son las veneras,
especialmente que ir tú con vestiduras mudadas, y en hábito de mujer,
llevas el cuchillo á la garganta, y áun si miras la soga arrastrando;
y tambien de necesidad has de mudar tu nombre para efectuar tu
engaño, cosa reprobada en derecho, mayormente en perjuicio de
tercero, pues quien en malos pasos anda, en mal acaba, y no puede
hablar verdad, y si la dixeses, bonico te pararian, pues hablando
mentira la tal cocina muchas veces suele amargar, y áun salir á los
rostros; y áun Salomon decia que ántes hombre debe amar al ladron que
no al mentiroso; por eso guárdate, que áun sant Gregorio decia que
por las mentiras de los malos no se conoce la verdad.

_Pin._ Anda, calla, que quien burla al burlador, etc.

_Dav._ El engañado á la postre no hallará ganancia, decia Salomon, y
el poeta afirma, Dios destruye los engañadores y sus engaños y malas
lenguas; y áun si miras, debaxo de la piel del cordero va encerrado
el lobo, y mira que los malos pensamientos hacen apartar al hombre de
Dios.

_Pin._ Titubeando estó, no sé qué me haga; grandes inconvenientes se
me representan de la sentencia, que de tu sermon á las clara procede;
pero ¡oh cuitado de mí! ¿qué haré? que lo he prometido, y allende de
quedar corrido de lo ya comenzado, no me cumple parar en el mundo si
retrocedo de la primera intencion.

_Dav._ El primer movimiento no es en mano del hombre, dice Platon,
mas la perseverancia en el pecado abominable, cosa parece, y el
decreto afirma que nunca la carne se corrompe sin el pensamiento;
así que tu voluntad dañada, y tan aparejada para el mal, refrénala,
que, áun allende de los notorios inconvenientes, Artemia sabe mucha
malicia y es formada en todo género de engaños, y sobre manera
sospechosa, sentirte ha luégo la cazada y así del juego saldrás
descalabrado; por eso, hermano, si quieres bien librar, concierta tu
vida de manera que se asegure tu persona; y esto se mire, que cierto
aquella vieja cautelosa es, y dos mil géneros de acechanzas te armará.

_Pin._ ¿Quieres que te diga á un traidor dos alevosos, y podria ser
que uno piense el bayo y otro quien lo ensilla, si mucha arte sabe la
raposa, más quien la toma?

_Dav._ Adoba por ahí; ya lo digo yo que la moza loca no ha menester
toca; y bien dicen que por demas es á la cabeza quebrada untalle el
casco.

_Pin._ Quédate adios, que ántes la dulce primavera dexará de pintar
los campos y florestas con frondas, produciendo flores matizadas con
diversos colores, que yo me aparte de efectuar lo ya comenzado; y ya
hecho es, la muerte ó la vida comigo va, hacer otra cosa burla sería
de muchachos, no quiera Dios que sea tenido por inconstante.

_Dav._ Sé que no eres rio, que no te puedes volver quando quiera que
te pareciere, alzándote á tu mano.

_Pin._ Gran tacha es no ser hombre firme en sus propósitos, y áun,
segun afirma el Salustio, la inconstancia es señal de locura, y el
filósofo dice que el inconstante sus cosas pone á la ventura.

_Dav._ Bien estoy con eso que dices; pero el perseverar en el vicio
la constancia con el pecado, no se debe llamar constancia, ni nombre
de firmeza merece; y, por el contrario, el que de mal propósito y del
camino de los vicios se aparta, no se ha de llamar inconstante, ántes
sabio y muy firme en los actos virtuosos y nobles; pero, pues tan
predestinado estás en el mal, haz lo que quisieres, y yo arriba me
voy, que por demas me parece que es dar consejo á la cabeza loca, ni
ménos lavar con lexía la cabeza del asno.

_Pin._ Por esperimentado mancebo tengo á Davo en todo género
de negociacion, y bien veo que él como está sin pasion conseja
discretamente, pero ¿qué tengo de hacer sino andar por aqueste
camino bueno ó malo, cayendo ó levantando, errando ó acertando, y
mostrándome en todo osado, que á los tales la fortuna dicen que suele
favorecer? pero el mejor consejo al presente es entrarme en casa de
Artemia, pues estó á la puerta, como que entro á ver el aposento, lo
qual no tendrán por cosa nueva, porque como la casa es labrada por
tan maravillosa arte, todos los forasteros tienen por costumbre de
vella como cosa de admiracion; y si acaso viere á Serafina, al tiempo
el consejo, que nunca me faltarán razones ni nuevos achaques, y todo
es menester; pero válala la maldicion, desde aquella rexa que está en
el corridor me llama Artemia, ¿áun quál ha de ser si me ha conocido
el diablo?

_Artemia._ ¿Sois de aquí de la ciudad hija, ó qué enhorabuena quereis
en nuestra casa? entrad, entrad, no hayais vergüenza, que, como
suelen decir, al mozo vergonzoso el diablo lo truxo á palacio.

_Pin._ Mozo dice; á otra palabra como esa dexo el manto y la saya
como el otro fraile los hábitos, y baxo las escaleras como un
cuadrillo; ¿por ahí me entras? no me personeo dese lado; que palabras
tiene la noble, habla sin monte.

_Art._ No lloreis, hija, no lloreis; pero allegaos acá y contadme lo
que quereis, y decí, ¿cómo venis así enojada?

_Pin._ Yo, señora, soy huérfana de padres, y un tio mio, que vive á
la puerta de Sant Juan del Alcázar, es mi tutor, y su mujer trátame
tan mal que hoy por dos veces ha cuidado matarme, y yo de desesperada
me he salido de casa con intencion de buscar con quién viva, porque
en ninguna manera puedo sufrir aquella mujer.

_Art._ Pues no lloreis, hija, no lloreis, que yo enviaré por ese
vuestro tio, y haré que dé órden en vuestra vida, ¿oyes, oyes, hija
Violante?

_Violante._ ¿Qué mandais, señora?

_Art._ A esa pecadora de moza sola y desconsolada, métela en mi
cámara, y dale de cenar y estése ahí.

_Viol._ ¿Cómo os llamais, hermana?

_Pin._ Ilia me llaman, que no debiera nacer.

_Viol._ Pues andad acá, hermana, andad acá, quel llorar poco
aprovecha.

_Serafina._ Válala la maldicion aquella moza, y cómo parece á Pinardo
el paje de Evandro, ¿es su hermana ó es él mismo? aunque bien me
puedo engañar, porque suelen decir que un diablo parece á otro; pero,
como que voy á otra cosa, quiero ir al aposento de Artemia y sabré
qué hay en el mundo, que una espina tengo atravesada en el corazon, y
el alma me da que es esto cosa de gran novedad.

_Ilia._ A Serafina veo, y si las pisadas trae enderezadas acá, sola
estoy; áun si viniese pienso que se urdirla bien esta tela.

_Ser._ Estaos, hermana, estaos, n’os levanteis, que debeis estar
fatigada.

_Il._ Más fatigado está Evandro y lo pasa.

_Ser._ ¡Jesus, Jesus, y eres Pinardo! es verdad que no me la daba el
espíritu.

_Pin._ Esta carta traigo de Evandro, y por traella traigo la muerte
á los dientes, como veis, y Artemia anda por ahí, no es tiempo de
pláticas; leelda, señora, y dadme la respuesta, que, como veis, en el
filo está la negociacion, y desta mi venida depende la salud y vida
y honra de Evandro, y áun la vuestra, como veis, no se queda en la
posada; sábia sois, en tal reputacion estais tenida acerca de todos,
pensaldo bien, pensá las cosas, que yo cumplido he con lo que debo al
servicio de quien me ha criado.

_Ser._ No sufren dilacion estas cosas, como dices, hermano Pinardo;
turbada estoy, no sé qué me diga, yo me voy para mejor poder entender
en tu despacho, porque malo es burlar hombre con su cabeza.


CARTA DE EVANDRO Á SERAFINA.

  Señora y todo mi bien: Si como perdí la libertad y todo libre
  albedrío, con claridad tan resplandeciente que de contino está
  procediendo de vuestra vista, juntamente no cobrára esperanza
  de libertad, escusado me fuera el mi tan apasionado vivir,
  porque, estando acompañado de tan sobrada pasion, ningun alivio
  ni sentido tuviera para poder estar á la contina especulando
  en vuestra sobrada gracia y demasiada hermosura, acompañada
  de tan incomparable beldad, que claramente veo rescebir los
  apasionados sentidos clarífica y resplandeciente luz, contra las
  escuras tinieblas de que á vuestra causa el entendimiento se
  halla ocupado; pero con vuestra vista toda la escuridad y niebla
  cerrada se convierte en lumbre, tan fulgente como la procediente
  de los rayos del clarífico Apolo, de manera que manifiesta es
  la cuita que por vos me atormenta; pues remedio en verdad no
  lo espera, porque vuestra tan sobrada honestidad y mesura le
  antepone mil géneros de inconvenientes. De manera que, sin más
  esperanza de salud, rescibo en satisfacion, y por cumplida paga,
  mis males y tan demasiado tormento ser á vuestra causa, y con
  esto sería contento y me satisfaria si entero estuviese, que mis
  sobradas ánsias se sienten de vos, pues sois la causa principal
  y primera de donde mi desconsolado y tan penado vivir proceden,
  pero mi poco merecimiento, enemigo del tan sobrado atrevimiento,
  me representa tantos temores, que me hallo indigno de áun pensar
  en lo tal, y así quedo el más aherrojado captivo de quantos en la
  casa de amor padescen.

      Por la carta bien paresce,
    Muy linda graciosa dama,
    Que mi vida os obedece,
    Y que por vos no fenece
    Tan grande fuego y tal llama.
    Pero los tristes sentidos
    Que se abrasan,
    Aunque están ya decaidos,
    En verse tan encendidos
    Bien os llaman,

      Diciendo con gran clamor,
    Ven, ven, señora, por quien
    Padecemos,
    Y aumentarás el dolor,
    Y tendrémos mayor bien
    Del que tenemos.
    Y creciendo el tal favor,
    No estimarémos la muerte
    Ni la vida,
    Ni tendrémos más temor
    De ver desastrada suerte
    Ni caida.

      Pues los otros exercicios,
    Tan prontos al daño y mal
    Tras que andamos,
    Ya han cesado en sus oficios
    Diciendo: señora, y val
    Que espiramos.
    Así que no están en calma,
    Ántes ya muy consumidos
    Os desean;
    Y los sentidos y el alma,
    Con angustias condolidos,
    Mucho penan.

      Y desta arte así padece
    Pena y tormento mortal
    La mi vida,
    Y la triste ya fenece
    Con el ánsia desigual,
    Que no la olvida.
    Y tambien el pensamiento,
    Vacilando en el dolor,
    Que así lo trata,
    Siente congoxas, tormento,
    Viendo claro el disfavor
    Que lo mata.

      Así que mirando aquesto,
    Dama del mundo más bella,
    Me vencí,
    Pues que no tan lindo gesto,
    Ni ménos tan clara estrella,
    Yo la vi.
    Y con esto satisfago
    Del todo al entendimiento,
    Segun veis,
    Pues que con vuestro halago,
    En tan crudo y gran tormento
    Le teneis.

      Mas ya recibe por gloria
    Ser la causa do depende
    Á lo que apunta,
    La de más alta memoria
    Que el ingenio humano entiende
    Ni barrunta,
    En lo qual cierto, contento
    Le tendrá la tal porfía,
    Y estaria,
    Si tuviese pesamiento,
    Que por vos, señora mia,
    Se sabía.

      Así que á la clara ved
    Que mi vida que os adora
    Siempre os llama,
    Y no quiere otra merced,
    Sino que sepais, señora,
    Cómo os ama;
    Y que dello no pasion,
    Ni cosa que lo parezca
    Recibais,
    Ni ménos alteracion,
    Aunque mi vida fenezca,
    Vos sintais.

_Ser._ ¡Oh atribulado corazon, y cómo te cumple padecer, pues á tu
causa está penado el que más amas! ¡Oh potencias del ánima, pues
sois las más nobles en la humana compostura! ¿por qué no estais
muy despiertas y sintiendo, con sentimiento crecido, el dolor que
Evandro está padeciendo á mi causa? ¡Oh esteriores sentidos, que
no vigilais á la contínua, consintiendo en todo género de pasion,
pues fuistes y estais culpados como partícipes en el delito que de
mi parte se cometió contra Evandro! ¡Oh corporales exercicios! ¿por
qué n’os apresurais en que la voluntad de Evandro se cumpla? Porque,
estando él con dolor, estando triste, estando enojado, estando en
tormento, estando acompañado de pasion, estándose abrasando en un
fuego más agente y más intolerable que no el del infierno, no puedo
yo vivir. ¡Oh si la hermana se apresurase en cortar el hilo! ¡Oh si
las superiores y celestes potencias dexasen de influir la operacion
de natura en mi inferior y flaca composicion, ninguna cosa al
presente más agradable me sería; gozo de lo tal, sin comparacion,
se derramaria por mis venas! ¡Oh alto Dios, padre comun del género
humano, y quán maravillosas y incomprensibles son tus obras! ¡Oh
de quánta excelencia está acompañada la masa flaca de la pesada
y enojosa tierra! ¡Oh de qué sér tan infinito está adornada y
compuesta que del entendimiento humano no se puede imaginar! y pues
tan inmensas maravillas usaste con el hombre, adornándolo de tan
maravillosa perfeccion, haz al presente, por tu infinita y eterna
bondad, que mi espíritu no vaya desesperado á la casa del desabrido
y triste Pluton, porque, segun en el agonía en que está, y segun
la pena y angustiada vida que padezco, gran temor se me representa
que habré de facer compañía al apasionado Ixio, tan atormentado del
enojoso buitre, que nunca un momento dexa de estar cebándose con
nueva crueza en su pecho; pero ¡oh cuitada! que para más aumento de
mi pasion, vienen mis criadas, pensando que tengo mucha voluntad de
compañía.

_Viol._ Hora es, señora, que duermas, que Artemia ya se ha retraido,
y algo es noche.

_Ser._ Pues tráeme, Violante, así el alto Señor te cumpla lo que
más deseas, una caxa de acorza, porque comeré un bocado, que muy
angustiada me siento y de parte del corazon me vienen grandes
desmayos.

_Viol._ Héla aquí, señora; pero tengo pensamiento que te haces
preñada, porque ya me parece que es tiempo, pues há cerca de seis
meses que estás casada.

_Ser._ ¡Bien está en la cuenta; por mi fe, á causa de la incapacidad
de mi marido, y á causa de su demasiada impotencia, me estoy tan
vírgen como el dia en que nací; estáme esotra diciendo del preñado!

_Viol._ ¿Digo algo, señora? pienso que estoy en lo cierto, porque
callas.

_Ser._ Digo, hermana Violante, que eso fuera y mañana pascua, pero si
tan derecha te vas acostar.....

_Viol._ ¡Amarga de mí, y si es verdad lo que por la ciudad se suena
que su marido no es para mujer! ¡Ay! digo que estará estotra donosa,
moza y fermosa y rica, y que le falta lo mejor. Como es buena cosa el
hombre sin manos, pues dos mujeres en la cama tan bien parecen, qual
sea su sueño; pues guarde el cuerno, que de allí se suele levantar la
tos á la gallina: como se contentan estotras mucho que les guarden la
fe sobre tal caso, no me maravillo, sobre que la noche quel marido
no habla con ellas, otro dia no les veis el gesto. Andase estotro
la mitad del tiempo fuera de casa, y despues piensa cumplir con
palabras; áun no sea verdad lo que se suena de Evandro, ¡ay! digo yo
que sería la burla coronada.

_Ser._ ¿Qué hablas entre dientes, Violante? Véte á dormir.

_Viol._ Acá lo ha Marta con sus pollos.



CENA CUARTA.

EN QUE SE INTRODUCEN

ARTEMIA. — ILIA. — VIOLANTE. — SERAFINA.


_Art._ Pues, hija Ilia, ¿estais más consolada?

_Il._ ¡Oh desventurados huérfanos! que así como carecen de defensor
en faltalles el padre, así carecen de todo bien, y faltos de las
cosas necesarias y ajenos de todo sosiego, y acompañados de asaz
trabajos, pasan su desconsolada y ansiosa vida, procurando todo el
mundo de los danificar, y áun las gentes se traen por refran: á él, á
él, que no tiene padre; aosadas que no sin causa el derecho les llamó
miserables personas porque todos no entienden salvo en les acumular
unos agravios sobre otros; pues los tutores lo hacen bonico, qual
dicen duelos, tal les dé Dios la salud, que no gastan tiempo sino en
destruilles los bienes, y entre sí, ellos burlando, se andan diciendo
al menor vendelde la raíz, comelde lo mueble, y despues haga lo peor
que viere; no sin causa aosadas por grande maldicion está dicho en
el Salmo: sus hijos sean huérfanos y su mujer viuda.

_Art._ ¡Jesus, Jesus, y tanto sabes! y bachillera me parece esta
moza, maravillada me estoy; ¿y qué será esto, mezquina? y ha estado
en estudio.

_Il._ ¿Qué está la vieja razonando? sin cuentas ¿qué reza?

_Art._ Dios, hija, lo remedie todo, que bien estás en lo cierto; pero
el tiempo es largo, échate ahí á mis piés, y Dios nos recuerde á buen
sueño.

_Il._ Lo que sé quiere la mona piñones mondados; eso me dices por la
ley de Dios, como dice el beneficiado de San Polo, que amanecia el
mozo á la cabecera.

_Art._ Pues mira, fija Ilia, que no me descobijes.

_Il._ Y áun en eso ha de parar la conseja.

_Art._ Hacer honra á estas mozas tales recia cosa es, porque daisles
el dedo y tómanse la mano; y ¡amarga de mí, y creo que es loca, y acá
se sube, y á mi ver se quiere alzar á mayores! estendeos, veréis como
ruin en casa de su suegro; aosadas, como dixo la raposa, que si desta
escapo y no me muero, nunca más bodas al cielo.

_Il._ ¿Qué diablos dice la vieja? callando está, me parece, á todo,
y aunque le estoy tentando las piernas, no dice nada; creo que hace
del dormido, á otro perro con ese hueso.

_Art._ Sosiégate, Ilia, sosiégate y estate queda, que andas dando
vuelcos como si estuvieses de parto.

_Il._ Sosegar ó qué; ¿y así pensais que se ha de reposar la moza? á
buena fe, no huelgue hasta saltalle encima.

_Art._ Mira que me darás mala noche, que toda la ropa te has llevado;
y si miras, me has dexado en cueros.

_Il._ Pues ¿tras qué ando yo? y ¿tengo aquí otras ovejas que
trasquilar ni otras vacas que guardar? pero necesidad hay de hacer
del loco, porque así dicen: híceme albardar y comíme el pan; quiero
encomenzar á saltalle en las agujas, fingiendo que me toma espíritu,
que ella sin duda callará por no caer en tan gran vergüenza; y sús, á
los manojos, que aquí no espero buena nueva destarme como bozal.

_Art._ ¡Jesus, Jesus, y qué es esto. Madre de Dios! y el demonio la
toma á esta moza.

_Il._ Así, así, vieja cornera; ¿pensais que es todo estar hablando de
talanquera?

_Art._ Hija Ilia, hija Ilia, ¿por qué me quereis ahogar? ¿qué mal os
he hecho? no responde, el diablo tiene en el cuerpo; pero ¿qué tengo
de hacer? quiero callar, sino ahogarme ha, quiérola dexar pase su
mal; mas aosadas, que nunca más perro al molino.

_Il._ Bien calla y disimula la vieja, aunque ha sentido el chiste; y
paréceme que dexa obrar al mozo á su voluntad, y áun en tiempo está
que creo que volveria los gañivetes con pocas palabras.

_Art._ Ilia hermana, reposaos; mirá, pecadora de vos, qué mal es el
que os toma, que debe ser mal de fuera y me habeis cuidado ahogar.

_Il._ Mejor te ahorquen, que no tienes entendida quán honda va la
conseja; sobre que está metiendo tanta obra como caballo garví y
tengo necesidad de tenerme á las crines, está disimulando haciéndose
de nuevas; aosadas que dicen bien, que pajar viejo es malo de apagar,
pero ya es hecho tras lo que andaba, quiero hacer otra vuelta del
inocente y abaxarme á los piés, porque no sé qué me diga de lo
pasado, y haciendo esto veré en lo que para la negociacion, y como
viere así haré; mas mucho me paresce que está tascando en el freno,
bien toma la sal, pienso que poco habria que hacer para domalla, pues
para hacella andar, aosadas, que no soy yo el primero que le echa
las trabas, segun anda de dos en dos.

_Art._ Donosa moza es ésta, que bien talludo tiene el virgo; á la fe,
á los piés de su madre. ¿Vídose tal engaño jamas? Y aquesto no debe
ser sino alguno por burlar le hicieron vestir en hábito de mujer, y
debe ser algun mozo bonazo, y ándase de casa en casa como mostrenco;
áun no sé qué me diga, que mucho ha callado, lo qual es señal de gran
cautela. Pues lo poco que habló, un jurista no dixera más á mi ver.
Desatinada me tiene, no sé á qué fin fué su venida. Quiero metelle en
pláticas, y podrá ser que atine en algo de lo que me conviene saber,
y quiero hacer que no siento, y podré con él refregar un poco mi
hilado y jugar á la gana pierde, ó en el saco al pié del hoyo, porque
mozo me parece de muy buen fregado, y creo que no se hará mucho de
rogar, segun es redomado, como potro; de manera que complacelle
quiero y lavar bien mis madexas, que esto no es cada dia, y sacaré mi
vientre de mal año, que ya no puede ser más negro el cuervo que las
alas, y áun, aosadas, que pocos cocos son menester hacelle para que
torne al juego; pues en lo demas es falto, tómenlo por descaminado,
que tanto tiene como un borrico de dos años, y aosadas que dicen
bien, que boyezuelo malo en el cuerno cria; pero roncando está, y
aunque le doy del pié no siente, ¿qué será esto, si hace del ventero?
Hija, Ilia, ¿dormis? subíos un poco acá y contarme heis qué mal es el
vuestro, pues es bonico, hija, bonico; subíos paso.

_Il._ Si lo dixo al sordo, no al perezoso, que ya lo tengo adobilado.

_Art._ Bien será hacer que no siento, por mejor efectuar mi
propósito; paso, paso, Ilia, que no os corren moros ni va tras vos
el toro; con todo eso es pena con estos rapaces que no saben sino á
sordas y á locas cumplir su voluntad, y á los otros que los papen
duelos.

_Il._ Quien vido la vieja haciendo del estado, con las tocas largas,
con las haldas luengas, los ojos baxos, muy honesta en sus pláticas,
y á buena fe, la cordobesa no es tan disoluta en la cama, que no lo
puedo más encarecer, aunque está ganando á cuatro dineros como cada
hi de vecino; por mi fe, espantado estoy, y hame de comer, si así me
trata no amanezco vivo, que no me ha de dexar quitar de encima; por
esto se debiera decir: arregostóse la vieja á los bredos, ni dexó
verdes ni secos; bien será hacer del modorro y volverme de concha, y
así andaré granjeando, que ella quede contenta y yo bien pagado. Pero
mucho digo, porque Salomon dice que ni el infierno nunca se harta
de ánimas, ni el fuego de quemar, ni la tierra de agua, ni la mujer
desta salsa de lo mal cocinado, y á la clara parece, la experiencia
cada dia la vemos, y éste las debe dar causa á ser tan desolutas, de
que pierden la vergüenza; aosadas que por esto dice Sant Bernaldo,
más milagro es estar con las mujeres y no pecar, que no resucitar
muertos: así que bien es que por un rato se quede al sol de Dios.

_Art._ Volveos acá, hija mia Ilia, ¡oh cómo sois desamorada!

_Il._ Y él dalle; á esa otra puerta, que ésta no se abre; á buena fe,
aunque más sepais ni más traigais la mano por el lomo, no me tomés
allá hasta que sea el dia.

_Art._ Más sabe que una raposa, no puedo entender el fin; ello dirá,
que no es cosa ésta para pasalla como gato sobre brasas, yo fio que
yo sepa de qué pié coxquea la moza; pero gran dolor siento á su
causa, tocado me ha en el corazon, lastimadas tengo las entrañas, en
gran fuego me abraso. ¡Oh amor enojoso, que áun en mis envejecidas
canas no has querido perdonar! ¿en qué te erré? ¿qué hice contra tí?
¿por qué tan mal me tratas? ¡oh cómo eres odioso á toda edad, y en
todo estado de gentes procuras de inxerirte en el tiempo del mayor
descuido aunque no te llamen! ¡oh cómo estoy desatinada! ¡oh cómo no
es en mi mano dexar de cumplir el apetito de la voluntad desordenada!
Mas ya es el dia, la luz, desechando las noturnas tinieblas, entra
por la ventana. Ilia, Ilia, mira, hija, ques ya tarde, abre los ojos,
que áun pienso que estás durmiendo.

_Il._ Aun, hija, que habrá de ser, y si lo dice de verdad; mas gentil
pensamiento es el mio, habiéndola puesto quatro ó cinco veces en las
espinas de Santa Lucía, pensar agora que tiene creido que me llaman
Ilia; mas, pues ella hace del bobo por sacar las nueces del cántaro,
¿que me pena á mí? quien compra y miente, su bolsa lo siente; pero
para que un engaño se quite con otro, y una arte con otra, quiero
hacer todavía del necio sobre sello, y así verá en lo que está, y
quiero levantarme sin decille nada.

_Art._ Amiga Ilia, no, por mi vida, n’os levanteis, que áun es
gran mañana, y áun el hijo de Latona no resplandece, y Bóreas anda
delicado con la sazon del hieme, y áun llegaos acá, que algo habeis
estado fatigada esta noche, y contarme heis qué enfermedad es la
vuestra: ¡oid estas razones! ¿veis? al juego se torna la mochacha;
adoba esas barreras, que se va el toro.

_Il._ ¡Qué engullir tiene la vieja desto que no tiene huesos! pues
dése priesa, que por mucho madrugar no amanece más ayna. Mas lo que
me parece es que no se contenta con lo razonable, y tan caliente se
quiere sorber el caldo que le habrá de amargar, porque acabaré yo y
quedarse ha el papo al aire, cantando: dos ánades, madre, van por
allí.

_Art._ Mucho me habeis fatigado, hermana Ilia, ¿por qué lo haceis así?

_Il._ No, sino muchas veces Ilia, y apretar el torno porque salga
el mosto; pero con todo eso me quiero levantar, que mi partido se
ha asegurado, y desde aquí digo que está en mi mano meter moros en
la tierra, ó, cómo dicen, áun puedo pregonar vino y vender vinagre
y salirme con todo, pues cierto es que quien el padre tiene alcalde
seguro va á juicio; pero cara me cuesta la melcocha, que á muchas
noches destas podria hombre quedarse como Juan Alonso, en la playa, y
cantando: pésame de vos el conde.

_Art._ ¿Qué haréis ahora, hija Ilia, en qué quereis entender?

_Il._ Irme, señora, si mandas, porque allá en mi casa tendrán pena
por no saber dónde estoy, y puédome volver despues, si vos, mi
señora, estais en algo contenta de mi servicio.

_Art._ Por mis puertas, tal sea mi salud, qual vos, Ilia, me
pareceis; en mí por cierto, hija, tendréis madre y más que madre, y
todas vuestras necesidades se cumplirán, y bien me paresce que vais
donde decis, mas luégo, así goceis, os volved. Violante, Violante,
¿estais ahí?

_Viol._ Aquí estoy, ¿qué mandas, señora?

_Art._ Que aquesta pecadora de moza le deis de almorzar, que está
algo enferma, y pienso que en toda esta noche no ha pegado los ojos.

_Viol._ Andad acá, hermana.

_Il._ Ese mal me hagas; quanto que desa manera cada noche querria ser
el novio.

_Viol._ Estas tetillas de gallina podeis comer, hermana, y áun si
bebeis vino, cataldo aquí, y por mi fe, ques traido desde Madrigal.

_Il._ Así se me caerá la cola, por eso no hagais sino rogarme bien
que coma, que vergonzosa es la moza.

_Ser._ Ce, ce, Violante; por tu vida, que ántes que esa moza se vaya
me la traigas, que la quiero hablar.

_Viol._ Entraos un poco, hermana mia, ántes que os vais, en el
aposento de la señora Serafina.

_Il._ Mas pensé que eran badanas: ya voy, Violante, por cumplir lo
que mandas, aunque en verdad más necesidad hay de irme, que yo segura
que anda mi tio bebiendo los vientos por saber dónde estoy. Pero
quien malas mañas há, tarde ó nunca las perderá.

_Ser._ ¿Cómo te ha ido, Pinardo, cómo te ha ido, que pienso que has
estado más encogido que galgo en espuerta?

_Pin._ Heme concertado con la madre, señora, y pienso que hemos de
ser dos á dos, ó como dicen, tres al mohino.

_Ser._ ¿Qué me dices? ¿qué, estais amigos?

_Pin._ ¿Y cómo amigos? y me ha rogado que vuelva luégo, que en todo
su seso piensa que soy mujer.

_Ser._ ¡Mas, por tu vida!

_Pin._ Y áun por la de Dios.

_Ser._ ¿Pues á tí qué te parece?

_Pin._ Que nos ha Dios hecho señalada merced, si lo sabes conocer.

_Ser._ ¿Cómo es eso? ea, pasa adelante.

_Pin._ Estando la vieja desabrida es andar á caza con huron muerto, y
de la negociacion no se esperaban, salvo mil desconciertos; pero pues
ya yo puedo ser intercesor, y entrar y salir cada hora y cada rato,
debes, señora, pues claramente amas á Evandro, de abreviar la causa,
y, como dicen, lo que se habia de comer cocido hágase asado, y más se
podrán hacer las cosas con la brevedad; que la dilacion en aquestas
cosas, y el estar pidiendo pan de trastrigo siempre daña, miraldo
todo, y tu alma en tu palma, y nadie es tan buen juez como cada uno
de sí mismo. Al cabo estás; pero si mi consejo tomases, esta noche yo
traeré á Evandro, y á la hora que mandases te hablaria en tu misma
cámara. E pues tengo el mando y el palo, no dubdes que yo lo haré. En
esotro, señora, te determina, y no tengas temor, que á los corneros
quebrados y á lo otro hecho, bien me entiendes, señora, que nunca
faltan rogadores.

_Ser._ Burlando me parece que estás, Pinardo, de los de la feria; y
pues tanto quieres apurar el testigo y sacar el hijo del cuerpo, si á
eso te atreves, quanto por mí no te detengas más, porque mi voluntad
ya la sabes más há de tres pares de juéves, y si quieres sentir, bien
sabes que amo á Evandro como el agua á la tierra, pues quien bien
ama, tarde olvida, como habrás oido; porque donde el amor toca, tal
llaga, tal dolor, tanta fatiga, tal congoxa dexa, que más de diez
y nueve Mayos serian menester pasar para quel mal, envejecido y sin
calma, en un punto afloxase su dolorido exercicio; de mi voluntad
certificarás á Evandro, y á eso que dices, bien me parece, pero por
imposible lo tengo, conciértalo allá, y ver y creer, como santo
Tomas; pero Violante te llama, y á gran priesa, no te debes detener,
ántes disimuladamente te vé, y Dios lo remedie de la manera que es
menester, pero muy acompañada de mil sobresaltos me dexas.

_Viol._ Anda, Ilia, que Artemia te llama, que no sé qué te quiere
decir ántes que te vayas.

_Il._ ¿Áun si quiere que le dé otra vuelta y pague el escote del
almuerzo? y ¿áun habrán de ser las tetillas de la gallina los limones
del ventero?

_Viol._ Oir quiero desde esta rexa, que está en el retraimiento, qué
secretos son éstos, que no estoy bien con la venida de esta moza.

_Art._ ¡Oh amiga Ilia! llegaos acá, que no me he levantado á
causa del gran dolor de la madre, que me ha dado despues que os
levantastes, y áun, si quereis, con la mano podeis tentar de quán
levantada la tengo.

_Il._ ¿Que eso me dices?

_Art._ Mirá si me ha entendido la moza, que ya está encima, como
buitre encima la carne, y la verdad, no otro amor sino con mozos, que
ántes teneis necesidad de tentallos de freno que despuelas.

_Il._ Aunque me tenga por chocarrero, pues la vieja está á sus
vicios, ántes que pase el juego adelante le quiero dar un tiento.

_Art._ ¿Esperas alguna cosa, hija Ilia?

_Il._ Áun con Ilia se habrá de quedar; estó diciendo, señora, sino
que no me quieres entender, que jugué mis vestidos, y por no tener
qué traer ando desta manera, ¿que hay que negar la verdad?

_Art._ Pues, amigo mio, daos priesa, que yo lo remediaré todo, y deso
no paseis congoxo.

_Pin._ La pulga le he echado en la oreja, ó, como dicen, el agraz
en el ojo, bien está; pero dola á la muerte, que bien hace con la
hierba, y sabor toma con los caracoles: acabe, que aquí veré á lo que
se estienden sus pensamientos, porque el juego y el tentar al hombre
en la bolsa, gran toque y muy verdadero suele ser, y áun, amigo,
amigo suelen decir, pero no hableis en el dinero; y cierto esta
avaricia desordenada, ya tan condida en todas partes, mucho aparta al
género humano del camino de la virtud; porque procurando cada uno su
propio interese, ni se acuerda de amigo ni de Dios, y muy virtuoso,
muy virtuoso ha de ser el que en la mayor necesidad no pierde la
vergüenza; y por esto decia Sant Gregorio que en todas las cosas
del mundo se hallaba algun sí, salvo en el avaricia, pues es verdad
que es de la calidad de los otros vicios; llegaos á Sant Hierónimo
y diráos que todos los vicios se envejecen en los hombres, salvo el
avaricia, que siempre se renueva y crece, y áun acerca deste vicio
dice Salomon, que el que sigue la avaricia turba su casa, y el que
ama las riquezas no habrá fruto dellas; y Pitágoras dice que así como
el albarda redunda en daño del asno y en provecho del amo, así el
vicio de la avaricia es dañoso al avaro y provechoso á los estraños;
y á este propósito el moral Séneca decia, quel hombre debe mandar el
dinero y no obedecerlo, y áun dice que de dos linajes de gentes no
se puede haber bien, salvo mal, de los locos y de los escasos; y que
más era de estimar el hombre sin dineros que los dineros sin hombre
afirmaba Themístocles, filósofo y capitan ateniense. Así que veamos
lo que hará Artemia; pero á lo que parece, bien devanó esta madexa.

_Art._ Hijo mio, cata aquí treinta doblas, éstas tengo al presente
en esta bolsa que estaba á la cabecera; levantarme he y todas tus
necesidades se proveerán, por eso pierde cuidado.

_Pin._ La pella tengo, bueno es el páxaro en la mano, y de esperar
al buitre que va volando sazon hay, levantarme quiero, que ya rabio
por estar fuera desta prision, y allende de satisfacer á Evandro
encomenzaré á bullir con el dinero.

_Viol._ ¡Jesus, Jesus, y tal hay en el mundo! ¿que novia ha sido la
dueña honrada aquesta noche, y sobre todo áun págale el caballaje?
pero no me maravillo, que en tal lugar le han picado, mirá si era
buena mi sospecha; donosa es la moza, bobeaba, siempre tuve yo á
este Pinardo por mala bestia, mirá qué ha sabido; y las pláticas
de Serafina éstas son, todas eran en la conseja, y más la vieja;
pues, á buena fe, que me ha de alcanzar parte de la colacion, ó mal
me andarán las manos. ¿De casada jugais? pues á perro viejo no tús
tús, y si pensais que no os entienden, agua cogeis con arnero. Más
que empapada está la vieja, como agua en esponja, oyendo á esotro
que sabe más ruindad que Merlin, pero cállome; mas ántes que Pinardo
se vaya, en buena fe me ha de tentar el pulso, pues se pica de
cirujano, y haré de la boba con él, y así andarémos todas en la
danza, y luchando, como dicen, á más tomar.

_Pin._ ¡Oh pecador de mí, y en la rexa veo á Violante! acechando
está; bien ha visto lo que ha pasado, ya ella conosce que el
lobo anda en hábito de mansa oveja, temor tengo no redunde algun
inconveniente; pero cuerda es, y doncella bien mirada en todas
sus cosas, creo yo, que aunque no por mí, que podrá ser que no
haya conocido aún quién soy, pero, por la honra de Artemia, calle
disimulando otra cosa allende que lo siente.

_Art._ Fijo mio, pues de que hayais dado recaudo en vuestros negocios
n’os olvideis de acudiros hácia acá.

_Pin._ Yo, señora, lo llevo bien en cuidado, y á Dios quedeis, que ya
son casi las diez horas.

_Art._ Nunca pensára, si por vista de ojos no lo viera, que así
el amor me derribára, maravillada estoy de mí; ¿adónde estoy? ¡oh
qué ajena me hallo de la libertad en que primero estaba! ¡oh qué
falta me hallo de razon! ¡oh cómo el entendimiento está desatinado
con la incogitada novedad! pero harto haré si lo puedo encubrir
de Serafina, sino ¡ay! dirá ques cosa torpe el que reprende ser
reprendido de la misma culpa. Agora veo que la cuitada tiene razon de
amar á Evandro, porque recia cosa es moza y hermosa estar en dieta.
Pues ayunar y ver comer á los otros es tentacion y áun no pequeña,
me parece, pues levantar la liebre sin matalla cosa enojosa es, y
encender el fuego y matallo en encomenzando á arder cosa escusada
parece; pero la culpa fué mia, que quise nuera sin tener hijo, porque
harto es estar sin el ó tenello incapaz.

_Viol._ Hermana Ilia, hermana Ilia.

_Pin._ ¿Qué mandas?

_Viol._ Aquí en mi aposento te quiero dos palabras, y aunque está
todo revuelto, recibirás la voluntad.

_Pin._ ¿Y á qué propósito ha cerrado las ventanas y la puerta? ¿si
quiere que pague el pato?

_Viol._ ¿Qués lo que dices, Ilia, que hablas entre dientes?

_Pin._ Digo que todos estamos de un color, pero tambien me maravillo
de lo que has hecho.

_Viol._ Aquí en este estrado, que está delante mi cama, te asienta,
hermana; no te maravilles de cosa que veas, que las mujeres humanas
somos, y los secretos grandes á los amigos se han de decir en
secreto; dotrina tenemos del Salvador, que viniendo con grandes
compañas á Hierusalen, á los discípulos, sus muy amados, aparte de
las otras gentes, les dixo cómo iba á padecer y que habia de rescebir
muerte de cruz, y que habia de resucitar al tercero dia. Así que,
Ilia, bien es tener amistad unas personas con otras, y cosa dulce es
la conversacion entre los amigos y parientes.

_Pin._ Si las manos tuviese quedas y no me estuviese besando, bien me
paresce lo que dice Violante; pero véola tan encendida, que creo que
hobo envidia de lo de la vieja y quiere hacer la chaza, necedad será
no cumplille lo que desea; pero quiero encomenzar á jugar, véamos en
qué la hallaré.

_Viol._ Mirad, hermana, por la pasion de Dios, que estoy vírgen, no
me toqueis con el dedo.

_Pin._ ¿Vírgen? y ¡qué tacha! mas ¿dedo era? ni áun por eso, como si
no viese lo que es.

_Viol._ ¡Jesus, Jesus hijo de Dios! ¿y hombre érades, y eso habeis
hecho, y así me habeis destruido, y así me habeis querido deshonrar?

_Pin._ ¡Qué palabras, y estálo tomando con dos manos! pero con algo
han de cubrir sus vergüenzas.

_Viol._ ¡Oh cómo he perdido la virginidad, virtud tan resplandeciente
en la hembra! ¡Oh Pinardo, y cómo hasta en la hora presente no conocí
tus cautelas! por tí y otros tales se dice en la ley de gracia:
guardaros heis de los que andan vestidos como ovejas, y son como
lobos robadores.

_Pin._ Violante hermana, cada uno busca sus medios y procura lo que
bien le está, cada una guárdese y abra el ojo, la estopa cabe los
tizones en peligro está, ¿yo rogábate? tú me paresce que has estado
la golosa por tastar la fruta nueva; pero yo no sé nada, de mis viñas
vengo, lo que puedo hacer por amor de tí y por ser del linaje que
eres, descargar mi conciencia, que te juro de casarme contigo, porque
áun allende de lo que tengo dicho, estoy tan satisfecho de tu gran
beldad y de tu demasiada gracia y fermosura sin comparacion de tal
manera que ya estoy penando por tí, y me hallo falto de la libertad
de que poco ántes estaba asaz adornado, de tu voluntad querria ser
cierto, porque conformándome con tu intencion me gobernaré en la
presente jornada.

_Viol._ ¿Qué quieres que diga, señor mio, sino que seguiré tu
voluntad hasta la muerte, y que de mí ordenes lo que mejor te estará?

_Pin._ Pues el tiempo dilacion no la concede, en anocheciendo soy de
vuelta, porque tengo de cumplir lo encomendado; á Dios te quedes, que
peligro habrá en la demasiada tardanza.

_Viol._ El Espíritu Santo te acompañe.



CENA QUINTA.

EN QUE SE INTRODUCEN

PINARDO. — CRATINO. — EVANDRO. — DAVO. — POPILIA.


_Pin._ No me parece sino que salgo de la galera, en verdad que
hago cuenta que hoy me he nacido, grandes cosas he despachado en
poco tiempo, pero, de que Dios quiere con todos aires llueve;
¿quién pensára que Artemia, con toda su honestidad y con todo el
autoridad del mundo, hubiera picado en el anzuelo tan de presto?
pues ¿quién nunca jamas pensó que Violante, doncella hermosa y de
buenos parientes, conociéndome á la clara, me otorgára, de su propia
voluntad, su persona sin ser compelida ni inducida con palabras? ¡Oh
amor, amor, y quán sotil y delicada es el aguja con que labras! ¡oh
quán prima es la vira con que hieres! ¡oh cómo es invisible á la
vista humana! ¡oh cómo tu ponzoña no se siente hasta que tiene hecha
impresion en las entrañas! ¡oh cómo lo veo á la clara! ¡oh cómo no
te ha bastado por esperiencia, haberme instruido en haberme enseñado
la caida de Artemia y la desenfrenada voluntad de Violante, sino
que al presente, por vista de ojos, para que no culpe á nadie, me
quieres contar en el número de tus cuentos y prisioneros! pero ¿qué
haré? porque, como dicen, guardeos Dios de, hecho es; quiero encubrir
mi dolor lo mejor que podré y entrarme en casa, que éste es el mejor
remedio: ¡oh quán fuera de seso veo ir corriendo á Cratino! pienso
que va á pedir las albricias, á buen almendro seco se llega, mejor
viene quien trae en la bolsa la paga, y por esto podria decir quien
lo supiese: sobre cuernos siete sueldos, y sobre cornudo apaleado.

_Crat._ Esfuerza, esfuerza, señor, y torna en tí; cata que viene
Pinardo, tu solícito intercesor, y áun á buen seguro que ha recaudado
bien, que el alma me lo da.

_Evand._ ¿Qué, viene Pinardo? ¡oh cómo no lo puedo creer, y por
tan imposible lo tengo como querer tocar con el puño en el cielo!
mil sospechas se me engendran de su tardanza, temor tengo de algun
infortunio ó desastrado acaescimiento, porque ir de la manera que iba
es como el que va entre la cruz y el lecho, y en verdad ninguna buena
esperanza tengo de su tardanza.

_Crat._ ¿Que no, señor? pues cátalo ahí tan sano como una manzana, y
tan fresco como una rosa, y áun podrian jugar con él á, vivo te lo
doy, y áun quedalle el brazo sano.

_Evand._ ¡Oh mi Pinardo! ¡oh mi fiel criado! ¡oh todo mi abrigo y
mamparo! tu venida sea con tanta prosperidad qual fué la del nuestro
gran Cárlos en las Españas, nuevamente, llamándose Rey; dime, dime:
¿soy de muerte, ó soy de vida, ó soy libre, ó condenado á perpétua
servidumbre? Dilo ya, que de tu lengua depende á la clara mi vida
ó mi muerte, mi salud ó enfermedad, mi tristeza perpétua ó gozo
infinito, el reposo ó el contínuo trabajo, el sosiego ó el atribulado
vivir; ¡oh cómo estoy tal, que con qualquiera cosa con tanto que te
apresurases sería contento!

_Pin._ Yo fuí, y entré en tal pié en casa de Artemia, que di la carta
á Serafina, y lo que te responde es que esta noche en anochesciendo,
desfrazado vayas comigo, porque en su cámara, á solas, me parece que
lo quiere haber contigo; débeslo poner por obra, y dexando todos
esotros círculos rodeos: aquésta es la verdad, y á la corta lo he
dicho como vizcaíno, pero no tienes que pensar más de en dar recaudo
á la moza, que pienso que voluntad no le falta.

_Evand._ ¡Oh inmenso y maravilloso Dios! ¿qué me está diciendo
Pinardo? ¡si estoy aquí ó si estoy durmiendo! ¡oh incomprensible
deidad! ¡oh suma y soberana omnipotencia, que de tanto bien haya yo
de gozar! imposible me parece segun natura, por no ser proporcionado
á mi capacidad.

_Pin._ Todo eso es gastar tiempo en balde y repicar en el broquel.

_Evand._ Déxame, Pinardo, que me hallo indigno de parecer ante
la luz, que con su demasiado y extraño resplandor encandela mis
sentidos, de la misma manera que el artero cazador á la no recelosa
perdiz; pero dexados estos inconvenientes tan grandes que de parte
de aquella angélica imágen me ocurren, ¿qué me dirás de Artemia?
¿llevarás medio que con ella concertásemos treguas, aunque fuese por
pequeña distancia de tiempo?

_Pin._ ¿Cómo treguas? á la fe paces perpétuas y firmadas, con más que
juramento, quedan concertadas entre mí y ella, pues de quebrantallas,
no más pensamiento que el rey de los bohemios eximirse del mando de
nuestro gran César.

_Evand._ Cosas estás razonando, Pinardo, dignas y más que dignas de
la cautela de Horacio. Pero en verdad tan atordido estoy de lo que
me dices, como el piadoso Enéas oyendo la respuesta de Apolo quando
tentó de abaxar á la ribera, donde halló vagando al buen Palinuro,
saje y maestro de su flota. Así que mucho holgaria de muy por
estenso ser avisado de lo que al entendimiento humano, en la primera
apariencia, parece imposible.

_Pin._ Pues así quieres, y estás de gana de comer alcarchofas, sabe
que Artemia me llamó, y queriendo ser informada de quién era, le
dixe dos mil mentiras; abaste que conmovida de compasion me hizo
dar de cena, y áun despues echar á sus piés donde, los más abajes
desechados, quedamos tan amigos como dos hermanos; y áun no le abastó
la burla, sino que ya yo despedido hoy de Serafina, con tan buena
respuesta como has oido, hizo á Violante que me tornase á llamar con
propósito de rehacer la chaza, que no pienses que es mujer desas ni
se contenta ménos, aunque el un pié en la huesa, sino una en el saco
y otra en el papo.

_Evand._ ¿Y díceslo de verdad?

_Pin._ Y áun, por las reliquias de Roma y por la casa santa de
Hierusalen, lo juro.

_Evand._ Agora digo que no fué tan gran hazaña la del Teseo de matar
el Minotauro, ni la del gran Hércules en vencer al Gedeon, ni Acastus
su hermano la hazaña de la muerte del puerco de Calidonia, es meaja
en capilla de fraile, en comparacion del hecho tan digno de fama
inmortal acabado por Pinardo; por cierto no tengo en tanto el Alcídes
domar los fuertes y bravos leones de su natural, ni desterrar las
arpías del rey Sineo, quanto haber tú amansado la cabeza de aquella
indómita serpiente que me dices, que para tanto eres y á tanto se
estendieron las tus fuerzas.

_Pin._ Pues es verdad que me contenté con andar jugando con ella á la
zueca pella solamente.

_Evand._ Pues ¿á qué más podia pasar la burla adelante?

_Pin._ ¿Á qué? burlandillo es la cosa, á la fe, que le hice dar
señal, así como hacen los nigrománticos al conjurado espíritu, y
como quien no quiere la cosa, no me dió sino treinta doblas y en la
burjada vienen.

_Dav._ Sí, por la pasion de Cristo, en la bolsa las trae.

_Evand._ ¡Por el omnipotente Dios, tanto milagro me paresce eso como
ver volar un buey! y más has hecho que si en la plaza de Túnez las
ganáras cativando algun moro; y pues tan buen recaudo has puesto,
llama acá al contador y hágate una libranza de trecientas dramas de
oro, para cumplir tus necesidades.

_Pop._ Eso tengo yo, en buena fe, por mayor milagro, y áun por obra
bien sobrenatural.

_Pin._ Dios, señor, te consuele y te acreciente la vida y estado, y,
como creo, que vienen á pedir de boca para lo que allá dexo medio
tramado ó texido del todo.

_Evand._ ¿Qué, por tu vida? cuéntamelo en presencia de todos y sin
que cosa dexes por recitar, que muy agradable me será oirte.

_Pin._ Has de saber que yo que me abaxaba, andando de bien en mejor,
llamóme Violante á su cámara, diciéndome Ilia, porque aquel nombre
era el que allá me llamaban, y yo, pensando que queria otra cosa, ni
quitó ni puso, salvo cerrar la puerta y ventanas, y abrazóse comigo
fingiendo que no sabía quién yo me era habiéndome visto en la lucha
con Artemia; y mia fe, yo no supe del fuero de que vi que aquella
bobilla se cebaba del aire, salvo encabestralla, porque se acordase
del juego, y en fin, nos venimos á conocer, y la apacigüé con que la
di la palabra de casarme con ella.

_Dav._ Luego de corro en corro te has andado, quanto que desa manera
á mi ver por tí ha cantado el cuquillo.

_Pin._ Pues ¿qué piensas, que me duermo en las pajas? no, sino échate
á dormir sin perro.

_Evand._ Por la ley sagrada, aunque á sabiendas hobieras querido
hacer tanto estrago no hobieras hecho más. Pero, pues que así
es, tambien te den para Violante dos piezas de seda, y cumple la
palabra que le diste, que Dios lo remediará todo; mas cierto estoy
maravillado de cómo Artemia se enlazó seyendo dueña tan honrada y tan
honesta, y de tanto consejo y de tanta autoridad, y tan antigua en
los dias, y habiendo sido tan casta todos los dias de su vida.

_Pop._ Aosadas enhoramala, ¡y cómo la conoces y sabes la manera de su
vida!

_Evand._ ¿Qué hablas entre dientes, Popilia? que áun tú bien sabes la
verdad y tienes entera noticia de las cosas de Artemia.

_Pop._ No es permiso al femenil hábito hablar en perjuicio, y así
quiero dexarte con tu porfía dando pasada; pero so el sayal hay al.

_Evand._ Santa María del Socorro, ¿qué es eso que me dices á cabo de
rato, que no sé bien la verdad?

_Dav._ La verdad, hablando contigo, señor, Artemia es una mala
bestia, envidiosa, rencillosa, soberbia, avarienta, mentirosa,
deshonesta, perezosa, enojosa, enemiga en conclusion de toda bondad,
enemiga de todo sosiego, y áun se ha picado un poquito de andar
de digme en digme, y despues en cada colada ha querido echar sus
manteles; que ni se contentó de doncella ir al tálamo vírgen como
el portal de Cuarte, sino que áun despues, con mil autos y hechos
deshonestos, ensució el lecho del noble marido; pues notorio es
asimismo que á su padre de Serafina no le guardó mucha lealtad,
pues despues que enhorabuena enviudó ha emendado el avieso, qual
sea su negra vida, qual ella lo ha hecho ántes y despues, que ni se
contenta con tener en su casa por huésped, de que viene á visitar,
al provisor del obispo, ni se contenta con la demasiada conversacion
del vicario, ni con la contínua visita del guardian de ya sabeis, ni
con la amistad antigua del otro cabez mordido, que ya me entendeis,
sino que agora de nuevo ha tomado al que pide para las ánimas de
purgatorio, y para acabar de subir el paño de color á ser refregado
con estotro, por probar estotro género de gentes de palacio, y áun
habrá dicho con su cara sin vergüenza, yo aseguro: quien se muda Dios
le ayuda.

_Evand._ Por la Vírgen Nuestra Señora, no has dicho cosa que
nuevamente no viene á mi memoria, ¿y es verdad esto, Popilia?

_Pop._ Lo que se dice, ó es, ó quiere ser; las gentes hablan por ahí
lo suyo y lo ajeno, levantando testimonios sobre cuerpo hechor. Por
esto dicen que la caña oxalá quebrada y no sonada.

_Dav._ Ciertamente ha vendido bien barato su hilado Artemia, y ni
ha curado de regatear mucho ni de pararse en las meajas, y áun á lo
quel vulgo dice no le llega la renta á la mitad del año, dando á los
unos haldas, á los otros mangas, á los otros hábitos de diversos
colores, á cada uno segun que su religion lo manda; á los otros dando
sobre-pellices fechas á las mil maravillas, de lienzo sevillano, del
lino del Guadalcanal, que cuesta á moneda de oro la vara; pues los
presentes que envia por año, ¿quién lo podria contar? las cargas
de ansarones, enteras, de pollos, de anadones, de lechones, de
capones, de palominos, de gallinas, las cestas de huevos frescos,
la docena de las perdices, el par de los carneros, la media docena
de los cabritos, la ternera entera, las ubres de puerca en adobo,
las piernas de venado en cecina, los jamones de dos y de tres años,
las cargas de vino tinto, blanco, aloque, clareas, vin grec, otros
quella hace hacer adobados en casa con mil aromatizados olores; pues
las frutas que les envia á cada uno en su estado, ya es cosa de
locura, codoñate, calabazate, citronate, costras de poncil, nueces
moxcadas, limones en conserva, pastas de confaciones de cien mil
maneras, priscos, peras, membrillos de diversas maneras confacionados
y cocidos en el azúcar, y á las vueltas muchas frutas de sarten de
mil cuentos de maneras, trayendo las mujeres de en cabo la ciudad,
diestras en aquellos menesteres escogidas, como dicen, á moco de
candil; y todo para contentar, porque mejor le sobasen la pelleja,
queriendo suplir con las riquezas el defecto y fealdad de la natura,
porque vella es como la cimbarra del Córpus Cristo y de hechura
de almario, larga y desvaida, y el color y gesto como máxcara mal
pintada, el talle como rocinazo de molinero, la vista como ídolo del
tiempo antiguo, el andar y vision de estantigua y fantasma de la
noche, en verdad que tanto temiese encontralla de noche como ver una
mandrágula. ¡Jesus, Jesus, Dios me libre de tan mal encuentro!

_Crat._ Pues harto en suma en la verdad has procedido, Davo, que yo
no sé quién sin mentir la enxabonára mejor.

_Evand._ Por la Verónica sancta de Jaen, no estoy en mí en oir lo
que vosotros decis, pero lo que más creo es ver la bolsa de Pinardo
poblada y su corazon caliente.

_Pin._ Tiempo es, señor, que vayas y te dexes de más rondallas,
porque ya anochece y has de ir solo y sin esas ropas de seda,
désnudate luégo, y en calzas y jubon y con una capa de camino te
irás, y yo me voy á quitar estas ropas de gallina; entre tanto te
debes aderezar, porque sin dubda tardamos, y mira que á quien dan no
escoge.

_Evand._ Bien me parece que ha dicho Pinardo; sácame, Cratino, una
capa y todo lo que vieres que cumple para ir algo demudado, que sano
consejo es, y por tal lo tengo, el que Pinardo me da, y cierto de los
ángeles ha sido guiado en toda esta su peregrinacion.

_Dav._ Como la intencion era buena y los pasos en servicio de Dios,
no me maravillo.

_Pop._ Déxalos que ellos hierven sin fuego y andan sin andalid, y en
tal pararán.

_Pin._ Desa manera, señor, vas bien desfrazado, vamos que delante voy
por descubrir la tierra.

_Evand._ Pues vosotros os quedad, y tú, Popilia, ruega á Dios por
todos, y que en todo se cumplan y efectuen mis deseos.

_Pop._ Como son muy justos no es maravilla.

_Dav._ Ida sin venida.

_Crat._ ¡Oh Davo, como nunca en cosa das buen tercio, siquiera por
bien parecer!

_Evand._ Alarga el paso, Pinardo, y procura de ir, como suelen decir,
á sombra de tejados, y aunque algo se dilate la cura, vé siempre por
las calles más angostas, porque el que mal hace siempre aborrece la
luz, y áun es justo que se recele.

_Pin._ Agora me parece, señor, que eches el pié derecho delante, que
á la puerta estamos, por eso cúbrete el rostro, y Dios nos tenga de
su mano.

_Evand._ Ó la vista con las noturnas tinieblas me engaña, ó es
Violante la que anda por los corredores.

_Pin._ Ella es, ya viene, que ya yo la tenía avisada; y sin dubda
todas las cosas ocurren felices, y de los prósperos principios
siempre suelen avenir fortunados sucesos.

_Viol._ Ce, ce, Pinardo, andas tras mí.

_Pin._ ¿Hay alguna cosa de nuevo?

_Viol._ Que está Serafina en la talaya, media hora há, y ya sabe de
la venida de Evandro. Por tantos derechos os id á su cámara, que
Artemia retraida está, y todos los de casa tengo retraidos en la
cocina baxa.

_Pin._ Éste, señor, es el aposento de Serafina; ya ella sabe que
estás aquí, debes entrarte, que yo y Violante aquí nos quedamos por
ver si son bravos los toros, y mirarémos asimismo si es verdad lo
que se dice, que de cosario á cosario no se pueden ganar salvo los
barriles.



CENA SEXTA.

EN QUE SE INTRODUCEN

EVANDRO. — SERAFINA. — PINARDO. — VIOLANTE. — ARTEMIA. — FILIPO. —
DAVO. — POPILIA. — CRATINO.


_Evand._ ¡Oh cómo de la inopinada vista se turba el sentido! ¡Oh cómo
la vista se disipa y los delicados ojos pierden su grato exercicio
con la clarífica lumbre, más rutilante que la de la cara de Apolo
morando en el signo del toro! ¡Oh cómo las potencias del ánima ya
no sienten, de privadas con el demasiado gozo que por ellas se va
derramando! ¡Oh cómo los miembros, frios del defecto que sienten en
no ser infusos de los superiores espíritus, están temblando con temor
que barrunta la segregacion del ánima del dementado cuerpo, como
veo á la clara ser verdad lo que los filósofos afirman, que ántes
morirá un hombre de alegría demasiada que de mucho enojo! ¡Oh cómo me
fuera más honesto morir ausente de mi señora, y no en parte donde mi
muerte se haya de hacer partícipe con quien no tiene culpa de mi tan
apasionado vivir!

_Pin._ ¿Paréscete que Serafina entra por astrologías, ó no sé por
dónde? en buena fe, mejor fuera diciendo y haciendo.

_Viol._ Todo es bueno dello con dello; mas Serafina habla, oigamos
del arte que enseña su plática, que acá entre nosotras por maestra la
tenemos.

_Pin._ Á la prueba, que á tiempo estamos.

_Ser._ ¡Oh cómo las angustias de la misma muerte se han aposentado
en mis entrañas! ¡Oh cómo las condolidas ánsias de todo en todo van
privando de sus potencias á las inteligencias de compostura más
nobles, porque, viéndote, señor, penado y el amanzillado corazon
fatigado de la tan vieja porfía, no puede resistir al predominante
dolor que, al alma, con nueva manera de acucia, al presente está
atormentando! Y así conviene á la ya enflaquecida carne de la
intolerable pasion que á la contina la está consumiendo, que sienta
usando de su natural á la fatiga triste de la demasiada desventura
que al presente le ocurre, la qual le causa, en medio del mismo
sentido, tal confusion, que no me paresce sino que los agentes de
la natura se han suspendido por acortar mi nueva querella, poniendo
término á mi ansioso y desconsolado vivir.

_Pin._ ¡Oh qué facundia tan grande ha tenido Serafina en el
razonar! ¡Oh qué elegancia en los vocablos! ¡Oh qué presteza de
entendimiento! ¡Oh por quán gentil y compendioso estilo, aunque en
breves palabras, ha explicado su intencion!

_Viol._ Medio sin habla paresce que está; ¿no ves cómo casi apénas
puede responder á lo que Evandro le está diciendo? Gran desmayo le ha
tomado; cierto verdaderamente le amaba.

_Pin._ Las manos me paresce que le andan á Evandro, y la lengua, á
lo que siento, está enmudecida; eso es lo que hace al caso, que no
el andar por las ramas; mucho me paresce que se quexa Serafina; ¿qué
será esto?

_Viol._ ¡Pues cuidas de mí! ¿no quieres que se quexe? estáse tan
vírgen como el dia en que nació.

_Pin._ Qué, ¿todavía os estais en vuestras trece, porfiorando que
Filipo es incapaz para novio?

_Viol._ Pregúntaselo á Evandro despues, que será el testigo de vista,
que yo lo que me dicen aquello digo.

_Ser._ ¡Oh señor mio, y cómo me lastimais mucho!

_Evand._ Por los angélicos sanctos, nunca pensára tal cosa. ¡Oh qué
virtud tan grande de hembra! haber sufrido la impotencia del marido
tanto tiempo, si por vista de ojos no lo viera, todo el mundo no
bastaba á hacérmelo creer.

_Pin._ Bien me paresce que se impone Serafina, que ya no gruñe;
y pues ya es de noche, y ellos se toman á la burla, bien será.
Violante, que nos vamos á tu cámara.

_Viol._ Todos los de casa há dos horas que duermen, la puerta está
abierta; anda delante y échate, que yo me voy á ver qué hace Artemia,
y así aseguraré las paradas.

_Pin._ Pues yo me voy.

_Art._ ¿En qué andas, hija Violante?

_Viol._ Venía señora, á ver si mandas algo.

_Art._ Dios te consuele y te haga bienaventurada; pero dime, ¿qué se
ha hecho Ilia? ¿cómo no ha vuelto?

_Viol._ De estas mozas cantoneras no hay, señora, que hacer pié; ya
estará aposentada en otra casa, porque, por la gracia de Dios, donde
quiera que llegan hallan la mesa puesta.

_Art._ Bien; pero quedó de venir, pena tengo en verdad de ver aquella
desventurada de moza andar tan desconsolada.

_Viol._ En otra parte te duele.

_Art._ Así que tendrás cuidado, hija, de en viniendo á casa traérmela
acá, porque lástima tengo de vella desconsolada y falta de consejo.

_Viol._ Buena harina le debria hacer el mozo, bien le debiera pesar
las ceceras, segun se vuelve á su tienda.

_Art._ ¿Qué estás diciendo. Violante?

_Viol._ Digo que haces bien en tener compasion del próximo, porque
por la boca del Salvador está dicho: bienaventurados los que habrán
misericordia, porque la hallarán en nuestro señor Dios. E por eso
decia San Pablo, que la piedad y misericordia aprovecha para recabar
de nuestro señor Dios los bienes deste mundo y del otro.

_Art._ Huélgome, hija, con lo que dices, y por eso te aviso muchas
veces que leas, porque el mejor exercicio de todos es, para todos
estados de gentes; pero la misericordia, pues que della hablas, en
dos maneras es, que una es espiritual y otra es temporal; porque
segun los sagrados doctores, perdonar las ofensas, castigar al que
yerra, consejar al que dubda, mostrar al que no sabe, consolar al
afligido, sufrir las injurias por amor de Dios, rogar á Dios por
amigos y enemigos, y por los muertos y por los vivos, obras son de
misericordia espirituales; pues dar de comer al que no tiene, y
vestir al que está desnudo, y dar de beber al que ha sed, y visitar
y servir al pobre, y visitar y librar al encarcelado, y sepultar los
muertos, obras son de misericordia corporales; pero la diferencia
que hay del cuerpo al ánima, ésa hay de las unas obras á las otras,
porque de mayor excelencia y dignidad son las espirituales. E acerca
de aquesta virtud decia el rey Alexandre que la hacienda de los
hombres se multiplicaba en tres maneras: por ganar amigos, por haber
compasion de otro, y por perdonar á los enemigos, que la venganza no
puede estar sin daño. Y decia Platon quel que desecha los ruegos del
pobre vendrá en pobreza. Así que, hija, esto te encomiendo, y muy
noche es, véte á dormir y Dios te consuele.

_Viol._ Si tales fuesen las obras como las palabras, todo estaria
bueno, mas ¿qué me pena á mí? que el predicador decia el otro dia:
hacé lo que digo y no lo que hago.

_Pin._ Agora, donosa bienes, que á buena fe no hay dos horas de aquí
al dia.

_Viol._ Hame detenido preguntándome por tí, y áun en todo su
seso te llama Ilia; y sobre ques bien haber misericordia de los
desconsolados, me ha estado rezando un sermon más largo que hoy y
mañana.

_Pin._ Déxala, huélguese y roiga agora en los granzones, que
amanecerá y medrarémos.

_Viol._ Paso, señor, por vuestra vida, mirá que no soy de hierro, no
me trateis desta manera.

_Pin._ Todas os quexais sin causa, ¿qué haria si os hiciesen mal?

_Viol._ ¿Mas paréscete ques buen andar por los abroxos descalza?

_Pin._ ¿Por abroxos? á la fe, por flores, y áun bien frescas, os
parece á vosotras que andais quando caminais por este tal camino,
sino que ya es vuestra costumbre por no agradecer el placer que se
os hace, decir mal de lo bueno, porque, la mejor y la peor, todas os
quereis hacer de rogar, aunque más os sobre la gana.

_Viol._ No pensé que tenias tan poca vergüenza, Pinardo; pero abasta,
ya sé que no has de hallar suelo.

_Pin._ Anda, que miéntras más moros más ganancia; pero levantémonos,
que el alba viene con su rostro muy tierno, y irémos á ver en qué
anda la letra dominical.

_Viol._ Bien has dicho; pero en mi conciencia, que lo fizo bien
contigo Evandro.

_Pin._ Hermana mia, de las dos piezas de seda te harás dos ropas,
y de los dineros y monedas que me dió, y con lo que tú tienes,
vivirémos á nuestro placer; y ántes de tres dias le digo á la vieja
que me case contigo, y hacello há, y áun todavía caerá de esquero con
algo para ayudar á rescatar el captivo, y áun pasarémos nuestra vida
á placer.

_Viol._ Placer tengo deso en verdad, y buen consejo me parece; pero
anda y darémos conclusion en lo que estamos, porque bien será
proveer esto, aunque quitemos de las haldas por añadir en las mangas.

_Ser._ Abasta ya, señor, por mi vida, sé que nos habeis de matar.

_Pin._ Áun se están repicando á concejo; deseoso viene mi amo, bien
le debe saber la ternera, como estaba manida sacado há su vientre de
mal año.

_Evand._ ¡Oh Vírgen María, señora, y cómo se ha ido la noche en un
soplo y ya es el dia claro!

_Ser._ Deso, señor, no tengas congoxa, que ya hoy aquí te estarás
hasta la noche, que esto no es cada dia.

_Viol._ Contenta está nuestra ama, que áun el dia le quiere
encerrado, uno en la cama y otro en el palacio me parece aquesto;
pues ándese ahí con su vihuela haciendo són á cada uno que quisiere
bailar.

_Pin._ Déxalos, que áun á tí no te amarga el adobado.

_Viol._ ¿Qué será bueno hacer?

_Pin._ Que te vayas á tu cámara, y yo voy al aposento de Artemia,
porque, aunque me pesa, ha de cumplir esta jornada.

_Viol._ Ojos hay que de lagaña se pagan.

_Pin._ Qué rezar que lleva, como si no supiese la voluntad con que
voy.

_Art._ ¿Quién toca á la puerta? ¡oh hijo y más que hermano, y tú seas
tan bien venido como el agua en el mes de Mayo! y ¿qué tardanza ha
sido ésta tan grande? ¿ha habido algun inconveniente?

_Pin._ He estado aguardando á mi amo Evandro, y con esto me he
detenido.

_Art._ ¡Que lo has estado aguardando! ¿y dónde está? ¿anda él tambien
á caza?

_Pin._ Yo os aseguro que está bien emboscado ó trasconejado, como
suelen decir.

_Art._ ¿Adónde, por tu vida?

_Pin._ Más te va en esto; espera y cura de tus duelos, y dexa á la
pecadora de Serafina goce de su hilaza, que todas os lo quereis hacer.

_Art._ ¿Y eso me dices? y creo que está en casa Evandro.

_Pin._ Adevinar, de una dubda me has sacado; déxala, sé que no has de
ser tú sola la novia, y á las otras que las papen duelos.

_Art._ Y ¿ques posible?

_Pin._ Otra vez doce, y creo que te pesa.

_Art._ En estar tú, hijo, en medio y haber sido el intercesor, me
place en verdad, y pues que así es, démonos de buen tiempo, que este
mundo no ha de durar para siempre; y esta vez pase, pero de aquí
adelante todo quiero que pase por mi mano, y anden todas, y así se
lo dí á Evandro, que de hoy más seamos buenos amigos, y que se quede
Pedro en casa y el diablo vaya para ruin. E si mi hijo es bobo,
que lo sea en buen hora, que esotra pecadora no ha de estar hecha
camaleon deseando lo que sobra á sus vecinas.

_Pin._ Mucho me huelgo en verdad, señora, de quan cuerdamente lo
miras.

_Art._ Pues ¿qué quieres? ¿téngome de matar por lo que no puedo
haber? Déxame, que hoy somos y mañana no; gocémosnos, que Dios sabe
en quál casa hay más dinero; pero eso que haces me parece bien, no
olvidar las piernas, porque es el caballo lerdo.

_Viol._ ¡Ah señora!

_Art._ ¿Qué dices, hija?

_Viol._ Que en esta hora viene Filipo del aldea y áun no se ha apeado.

_Pin._ ¡Oh cómo somos perdidos!

_Art._ Calla, bobo, que yo lo proveeré todo, como hecho de oro y de
azul.

_Pin._ ¿Y tan presto vas?

_Art._ Hijo, hijo.

_Filipo._ ¿Qué mandas, señora?

_Art._ Aquí, callando, te entra en este aposento.

_Fil._ ¿Hay algo de nuevo?

_Art._ Hoy le ha venido á Serafina su costumbre más desordenada que
otras veces; será gran bien que no la veas, y hay necesidad que ella
no sepa que eres venido, porque con el demasiado gozo sentirá grande
alteracion y podrá nacer de la demasiada alegría algun desastrado
caso.

_Fil._ ¡Oh señora, cómo está bien proveido! pues cerrad la puerta
tras vos.

_Viol._ El asno, con su alma de cántaro, áun sufrirla los cuernos á
ojos vistas.

_Pin._ Pues ¿tan presto vienes?

_Art._ Ya queda en el corral, y le he hecho creer que Serafina está
con su costumbre, y que hay necesidad que hasta mañana no la vea.

_Pin._ ¡Oh sotil invencion! ¡oh nuevo género de inventar cautelas!
¡oh astuta y aguda en todo género de maldad!

_Art._ ¿Maravíllaste, Pinardo? pues por esto dicen, algo va de Pedro
á Pedro.

_Pin._ Pues, señora, ya es tarde, quiero ir á decir á Evandro que nos
vamos, que ésta no es casa de por vida, si mandas algo dímelo; pero
yo cada dia me estaré en la posada, que Filipo mucho es mi señor.

_Art._ Pues vé en paz y estotro no pongas en olvido.

_Viol._ Cata, Pinardo, ques tarde y habrá necesidad que veas á
Evandro, ¿en qué andas atónito?

_Pin._ Pues vamos y sabrémos si está leuda la masa, ó si está cortido
el cordoban.

_Viol._ Áun les dura el dar de las martilladas, ¿son herreros?

_Pin._ Evandro habla, oigamos.

_Evand._

      Ya se alexan los mis males,
    Ya el dolor tambien se olvida,
    Ya las ánsias tan mortales,
    Ya las cuitas desiguales
    No amenazan á la vida.
      Y los dolores sin calma
    Al bien no dan ya desvío,
    Y el sentido en sí se pasma
    De ver que dentro en el alma
    Se me causa algun alivio:
    Y los daños inmortales,
    Que crecian muy sin medida,
    Están tornados atales,
    Que sus cuitas desiguales
    No amenacen á la vida.
      Porque con vuestra belleza,
    El mal se alexa y destruye,
    Y la tan grande tristeza
    Y la muerte sin pereza,
    Con sus angustias ya huye;
    Y las tan descomunales
    Ánsias ya van de vencida,
    En saber que están ya tales,
    Que sus cuitas desiguales
    No amenacen á la vida.

_Viol._ ¡Oh, válame la pasion del hijo de Dios, y qué alta y qué
maravillosa cancion! ¡oh cómo los versos de aquel gran mantuano Maron
en la inflacion y pesadumbre, no se les igualan, y por qué sotil
y maravilloso estilo ha ensalzado la gloria de que al presente su
espíritu está triunfando!

_Pin._ Mas parece que se entienden á coplas.

_Viol._ Pues no seas tan pesado, que áun te pueden sentir de dentro;
ea, ya, ten alguna vergüenza, mira quál estoy, ni te ha de abastar la
cama ni poyos ni paredes.

_Pin._ Pues ya, señora mia, ya es hecho, y pues tanto te quexas,
quiero ir acá adentro, aunque sea el agua de por Sant Juan, y
esparciré todos estos ñublados, que hora es que diésemos parte al dia.

_Viol._ Y áun á la noche me parece á mí que es tiempo ya de dar
parte, porque el rutilante Febo, ya aposentado en el ocaso, no
resplandece en nuestro horizonte.

_Pin._ ¿Por ahí me entras? no estoy más aquí.

_Evand._ ¿Cómo vienes, Pinardo? ¿qué hora es?

_Pin._ ¿Agora preguntas eso? vámonos, mirá, señor, que anochece, y ya
Filipo es venido.

_Ser._ ¡Vírgen María!

_Pin._ Él vino habrá una hora del aldea, y Artemia á mi causa le
hizo entrar allá, en el postrer aposento de la casa, diciéndole que
tú, señora, estabas con tu costumbre, y porque no sintieses alguna
alteracion convenia que no te viese hasta mañana.

_Ser._ ¡Oh próspero suceso! mas dime, Pinardo, ¿qué, tan privado
estás?

_Evand._ Ya yo, señora, te he informado de lo que pasa, por eso
duerme á buen sueño.

_Pin._ A mí la fe, teniéndola en el degolladero, de que la vi á la
colla díxele cómo estabas en casa.

_Ser._ ¿Qué me dices?

_Pin._ A la fe, ni quité ni puse; pero lo que pasa díxeselo.

_Ser._ ¿Y qué te respondió? así no veas contraria ventura de las
cosas que más deseas.

_Pin._ Por el crucifijo de Búrgos, que se holgó como si viese el
cielo abierto, porque ella bien vido que su mercaduría no se podia
vender secreta; y por no jugar á calla y callemos que sendas nos
tenemos, no hay traicion que no hará. E por concluir, me dixo á la
clara que de hoy más quiere hablar á Evandro, y que la riña de Sant
Juan sea paz para todo el año.

_Ser._ De manera que todo lo has soldado y asegurado con el hábito de
hembra, y despues ándate ahí diciendo mal de las mujeres.

_Pin._ Yo, nunca Dios tal mande; pero vamos, señor, que el tiempo es
largo y ya sabes el camino.

_Evand._ ¡Oh! cómo se me arrancan las entrañas en pensar que, un
solo momento, me tengo de ver ausente de la vida en que mi triste y
miserable vivir se sostiene.

_Ser._ Yo, señor, soy la que quedo tan desconsolada con tu ausencia,
qual quedaron los caballeros del gran Alexandre en tierras ajenas
peregrinando, ya muerto el universal caudillo; pero, pues éste es
el mejor consejo, sigámoslo, y la Vírgen del Remedio te guie y lo
remedie todo, como todos deseamos, conservando tan demasiado gozo
como de tu vista se me ha causado.

_Evand._ Por el mismo camino que venimos te torna, Pinardo, que muy
encubierto es; pero por nosotros podrán decir, anoche fuí y agora
vengo, marido bueno.

_Pin._ Así acontece en estas casas recias, á la mañana la cocina y á
la noche la carne; pero sube, señor, que yo quedo á cerrar la puerta.

_Evand._ Davo, Davo, ¿estás ahí?

_Crat._ Todos estamos aquí, señor, esperando, y no poco recelosos de
tu tardanza.

_Evand._ ¡Cómo soy de todo bienaventurado! ¡oh cómo mi voluntad se ha
cumplido! ¡oh cómo he gozado de la más acabada y perfecta doncella
que en el mundo vive!

_Dav._ No sea el virgo postizo, por hacelle creer que truena.

_Evand._ Y pues ya mis pensamientos tristes hallaron vado, y mis
desconsoladas pasiones han cesado, con el demasiado gozo que por las
venas se va derramando, no es tiempo de más querellas ni de buscar
géneros de nuevas lamentaciones; alégrate, alégrate, Popilia, que no
hizo Dios á quien desmamparase.

_Pop._ Pues que ya, señor, la Vírgen sin mancilla lo ha remediado
todo, de hoy más con más acuerdo, con más consejo, con más
sufrimiento le gobierna, y hora es que reposes; si te parece,
salirnos hemos.

_Evand._ Cuerdamente has hablado, Popilia; ¿adónde vas, Pinardo,
adónde vas? mira no digan por tí que eres el mozo del escudero
gallego.

_Pin._ Con Violante me voy, porque de que te dan la vaquilla acude
con la soguilla.

_Dav._ Donde te quieren mucho no vayas á menudo, dice el otro,
porque la mucha familiaridad ódio engendra.

_Pin._ Entre los necios y hombres de poca estima es eso, y entre
los que andan jugando, á hurta cordel, el juego de la corre-vela,
pero, entre los discretos y nobles, miéntra más familiaridad y más
conversacion, más causa es de amistad, y así os quedá y holgaos entre
esta gente de palacio, y regocijaos bien, que yo, Pinardo, acabo de
representar la comedia Serafina llamada.

[Ilustración]



NUNQUE COMPUESTO POR EL MISMO AUTOR.


      Nunca jamas la soberbia
    Careció de desconcierto;
    Ni vide tiro más cierto
    Que hablando siempre verdad;
    Ni hay otra linda beldad,
    Salvo abundar en virtud;
    Ni hay mayor ingratitud
    Qu’el no conocer á Cristo;
    Ni jamas yo bien he visto
    Sin esperanza de gloria;
    Ni vide peor memoria
    Que pensar siempre en el vicio;
    Ni vi mejor sacrificio
    Que el corazon humillado;
    Ni vide más hondo vado
    Qu’el de la poca conciencia;
    Ni vide perfecta sciencia
    Sin proceder de lo alto;
    Ni hay hombre pobre ni falto,
    Salvo el de poco sentido;
    Ni hay otro mejor olvido
    Que del mal que daña al alma;
    Ni hay otra más dulce calma
    Que la de los pensamientos;
    Ni tan prestos movimientos,
    Como los de la mujer;
    Ni más fuerte contender
    Que esforzar la voluntad;
    Ni hay otra mayor bondad
    Que la falta del pecado;
    Ni vi bienaventurado
    Al que sigue tras el mundo;
    Ni vi, segun aquí fundo,
    Contra cierzo buen abrigo;
    Ni al pobre tener amigo,
    Por más que tenga parientes;
    Ni vi más perdidas gentes
    Que las que siguen el mal;
    Ni mayor daño, ni tal,
    Que la voluntad cativa;
    Ni vi cosa más esquiva,
    Que la hembra, si está airada;
    Ni vi cosa mal gastada
    Si se da al menesteroso;
    Ni vi qu’el qu’es presuroso,
    Abunda de discrecion;
    Ni vi yo mejor lecion
    Que de la Sacra Scriptura;
    Ni hay cosa tan mala é dura
    Qu’el malo fingir qu’es bueno;
    Ni hay mal de que así me peno,
    Qu’en ver padecer al justo;
    Ni vi hecho más injusto
    Que es culpar al inocente;
    Ni tartamudo elocuente,
    Ni el perezoso dispierto,
    Ni con enojo concierto,
    Se vido en el más prudente;
    Ni vi que nadie bien cuente,
    De lo que pasa en consejo.
    Yo, fiador, que no se espere.
    Así que, dé donde diere,
    Pues se guarda tal costumbre,
    Que nunca la muchedumbre
    Acierta en cosa que haga:
    Y así no vi mayor plaga
    Que amar é ser dañado;
    Ni otro mejor dictado,
    Qu’es usar de la lealtad;
    Ni vi mayor claridad,
    Qu’es es ser muy limpio en la fama;
    Ni vi más caliente llama,
    Que si amais de corazon;
    Ni vi yo mayor pasion
    Que si os niegan el servicio;
    Ni vi yo mejor oficio,
    Qu’el de la contemplacion;
    Ni vi que mala intencion
    A la larga floreciese;
    Ni vi quien permaneciese
    En bien, siguiendo maldad;
    Ni vi mayor crueldad
    Que entender en torpes hechos;
    Ni vi mejores provechos,
    Que de la justa ganancia;
    Ni vi que la temperanza
    Dañase á quien la siguió;
    Ni mayor mal no se vió
    Qu’el del secreto enemigo;
    Ni hay otro perfecto amigo,
    Sino el que se muestre en faltas;
    Pero destos
    No verás uno entre ciento.


FIN.



ÍNDICE

  Advertencia preliminar                  i
  Carta a J. E. Hartzenbusch           xiii

  COMEDIA SELVAGIA

  Portada original                     xvii
  Prólogo del autor al lector             I
  Dirige el autor su obra               VII
  Andreæ Alfonsi epigramma              XII
  Argumento de la comedia              XIII

  Primer acto
    Cena primera                          1
    Cena segunda                         30
    Cena tercera                         52
    Cena cuarta                          65

  Segundo acto
    Cena primera                         84
    Cena segunda                         99
    Cena tercera                        107
    Cena quarta                         119

  Tercero acto
    Cena primera                        134
    Cena segunda                        146
    Cena tercera                        153
    Cena cuarta                         169

  Quarto acto
    Cena primera                        175
    Cena segunda                        181
    Cena tercera                        190
    Cena quarta                         208

  Quinto acto
    Cena primera                        226
    Cena segunda                        253
    Cena tercera                        260
    Cena quarta                         279

  Colofón                               292

  COMEDIA SERAFINA

  Portada                               293
  Argumento de la comedia               295
    Cena primera                        297
    Cena segunda                        320
    Cena tercera                        335
    Cena cuarta                         349
    Cena quinta                         370
    Cena sexta                          384
  Nunque compuesto por el mismo autor   401





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina" ***

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