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Title: Opiniones - Obras Completas Vol. X
Author: Darío, Rubén
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Opiniones - Obras Completas Vol. X" ***

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                              OPINIONES



                            [Illustration:

                               OPINIONES

                                  POR

                              RUBEN DARIO

                            [Illustration]

Volumen X de las obras completas. Administración: Editorial MUNDO LATINO

                                MADRID]

                     [Illustration: ES PROPIEDAD]

                        Al Dr. Fernando Sánchez

                         _Dedica este libro,_

                              _su amigo_

                             _RUBÉN DARÍO_

_En este libro, como en todos los míos, no pretendo enseñar nada, pues
me complazco en reconocerme el ser menos pedagógico de la tierra. Van
aquí mis opiniones y mis sentires, sobre cosas vistas e ideas
acariciadas. Todo expresado de la manera más noble que he podido, pues
no me avengo con bajos pensamientos ni vulgares palabras. No busco el
que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad!,
¡libertad!, mis amigos. Y no os dejéis poner librea de ninguna
clase.--R. D._

_París, 1906._



[Illustration] EL EJEMPLO DE ZOLA


Entonces, Lucas, en una última mirada, abarcó la ciudad, el horizonte,
la tierra entera, donde la evolución comenzada por él se propagaba y se
acababa. La obra estaba hecha, la ciudad fundada. Y Lucas expiró, entró
en el torrente de universal amor, de la eterna vida.» Así concluye el
segundo evangelio, _Trabajo_. Ahora antes de terminar la tarea, pero ya
con un mundo hecho, Zola descansa para siempre, llevado, arrancado a su
labor por la más estúpida contingencia. Acabo de regresar de su
entierro. Un pueblo en silencio, pueblo de pensadores y de trabajadores,
le acompañaba. Fué ceremonia imponente de recogimiento y de severidad.
Iban los hombres de la idea y los hombres del taller. Se extendían, en
el vasto cuerpo de la negra procesión, los grupos de eglantinas rojas.
Un minero iba, pies desnudos entre gruesos zuecos, con su uniforme de
trabajo. Un herrero, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesado
martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al sol opaco, sobre su
hombro, una hoz. ¡Esa es la gloria! Iban sabios y poetas. Iban obreros
de blusa, y niños y niñas con sus padres. Se llevaba al camposanto de
Monmartre al potente bondadoso, al creador de tanta obra robusta y
fecunda, al poeta homérico de la sociedad futura, al servidor de la
verdad, al profeta de los proletarios, al gran carácter de un tiempo sin
caracteres, a quien toda la tierra saludó un momento como una
encarnación de la virtud humana, de la eterna conciencia, de la
indestructible justicia y de la divina libertad de pechos de oro.

Estas grandes conmociones tan solamente las causan los que salen de las
aisladas torres, marfil, cristal o bronce, del arte puro. Hay, para
lograr tamañas coronas, que ser fuente y pan para los demás,
conformándose con el propio dolor, hermano de la gloria. Hay que
convencerse de que no se ha venido con el mayor don de Dios a la tierra
para tocar el violín, o el arpa, o las castañuelas, o la trompeta.
Tocarlas, sí, para universal gozo y danza dionisíaca, en paz y fiesta
común con todos. No la superhombría, no el neronismo, no la crueldad
orgullosa: antes el bien que se hace con la luz y en la luz el abrazo
fraterno. Mientras más alta es la catarata, más perlas tiene su agua
pura, y su voz dice la armonía de la naturaleza y el iris la corona.
Saltimbanquis de palabras o juglares de ideas, sin la bondad que salva,
muy pintorescos y bonitos, son de la familia de los pájaros; cuando
mueren, por el plumaje se les diseca; si no, van al muladar con los
perros muertos. Desventurado el que, teniendo el vino de la bondad y de
la fraternidad humana, no exprimió jamás su corazón en su copa cuando
vió pasar el rebaño de hermanos con sed, bajo los látigos de arriba.
Zola fué eso: el viñador copioso y generoso. No como Hugo, desde la
olímpica sede en que, como papa literario, con su tiara llena de gemas
líricas, vestido de orgullo, repartía sus dones; no como Tolstoï, tan
vecino de la clínica como del santoral; no como Ibsen, ceñudo, obscuro y
doloroso. Zola, que fué tan atacado, porque, se decía, buscaba los
afectos más viles de la vida, complaciéndose en la pornografía y en la
obscenidad, ha sido un enorme y puro poeta del amor, un músico órfico y
augusto de las multitudes, un cantor de la hermosura natural y de la
fecunda obra engendradora, un visionario de la humanidad que viene, de
la dicha de las naciones futuras, de la dignificación de nuestra especie
en la vía progresiva de su perfeccionamiento, en el ritmo divino.

Era un grande hombre de bien. No lo que se llama por la generalidad un
«hombre honrado». No conozco, decía De Maistre, la conciencia de los
criminales; conozco la de algunos hombres honrados, y es espantosa. Era
hombre de bien y buen gigante el último de los evangelistas. Fué
predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de
engrandecimiento y de deber, y a la muchedumbre señaló el rumbo de las
venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran
naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un
casto, el que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que
mostró la sombra roja del alcohol; un sonador, el práctico y concienzudo
arquitecto de tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral
director de ideas de estos últimos tiempos, y el tímido solitario, un
valiente que, al llegar la hora, se puso a arrostrar las ciegas turbas
furiosas que le insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como el
Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es soberbio y se entierra
en la historia para quedar como una estela moral inconmovible al paso de
los vientos de los siglos.

       *       *       *       *       *

Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuerzo perpetuo desde los
años primeros de vacilaciones y de angustias, angustias y vacilaciones
que doran una juventud ardorosa y una esperanza radiante. Los problemas
de la vida, la práctica prosaica de la existencia de quien no ha nacido
en la riqueza, el pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus
espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; familia a cuestas; los
dolorosos préstamos a los amigos; las deudas de otra clase y los
embargos; alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que quedará
en su memoria inolvidable; la bohemia que se sigue sin sentirle apego,
esa bohemia obligatoria por la escasez y la falta de ambiente y medios
distintos que se desearían; la miseria. Ese mudar de casas, tan
indicador de que no se ha encontrado aún el asentado y reposado vivir
que necesita el trabajador para la realización de su obra--antes de que
llegue la posesión de Medan y el hotel de la calle de Bruxelles. Y de
todo triunfa esa voluntad acerada y templada: de las amarguras de la
necesidad y de las tristezas de más de una desilusión; de las absurdas
solicitudes de dinero y de los mezquinos obstáculos que se presentan a
los mejores deseos; del vivir como en el número 11 de la calle Soufflot,
pared de por medio con las más desastradas mujerzuelas, y de la soledad,
mala consejera de los débiles, cuando busca en París sus modos de
ascender--y primero de comer. Cuenta uno de sus amigos íntimos que sus
menús de entonces se componían de pan y café, o pan y dos sueldos de
queso italiano, o pan y dos sueldos de patatas fritas. Y que a veces
eran de sólo pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en un
reciente estudio sobre los artistas y el dinero: que los sufrimientos
del comienzo son precisos para hacer sentir lo que es la lucha humana
por la vida y pesar el dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas páginas
admirables en que las pesadumbres de los intelectuales están tan
profundamente manifestadas y tan sinceramente sentidas. El inmenso
peligro de la bohemia en el principio de toda vida de artista es para
los que no ven ni la seriedad del existir ni la obligación que viene
para consigo mismo, para con los hombres y para con la eternidad.
Preciso es que la juventud se pase, dice un proloquio francés que excusa
las locuras de los años frescos, en que para uno todo es aroma de
rosas, oro de sol, gracia y vibración de amor. Mas una vez pasada la
primavera, la estación exige el fruto, fruto de noble desinterés, de
conciencia, de servicio a la comunidad. Los que no se dan cuenta de esa
ley de lo infinito, caen, ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el
sentido moral se pierde, todo está perdido, pese a la habilidad, a la
intriga; saldrá de la bohemia, si sale, un arrivista tortuoso, un ágil
funámbulo en la sociedad, pero el artista ha muerto. Zola murgerizó
poco, y esto porque preciso era, ¡qué diablo!, en esos años amables
trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así, recuerda uno de sus biógrafos
que «una vez, habiendo recorrido en vano todo el barrio sin encontrar a
quien pedir prestados los pocos centavos de la comida, y teniendo en ese
momento del brazo a una mujer, la querida de algunas semanas, ¿qué hace
el futuro propietario de Medan? Se quita el sobretodo y se lo da a la
mujer.--¡Lleva eso al Montepío!--Y entró a su habitación en mangas de
camisa, con un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó la voluntad,
porque así debía ser, comiéndose pan de amor y bebiéndose vino de
esperanza. A buena hambre no hay pan duro; a buena juventud no hay
ásperas horas, por ásperas que sean. La salvación está en la sangre
noble que hierve, en el impulso consciente que hace saltar, volar, sobre
la dificultad y sobre el abismo. Es la estación perfumada en que florece
en toda alma artística un ramo de cuentos a Ninon, que es un ramo de
rosas risueñas de rocío.

Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla en versos aunque no los
haga. Antes que cuentos, por tales melodiosas razones, hizo Zola versos.
Los versos fueron después abandonados, pero el dón rítmico y orquestal
no dejó nunca al magnificente sinfonista de sus nutridas construcciones.
Y por ser sincero y consciente de su misión escribió estas palabras de
raro valor y de especial dignidad mental: «No puedo volver a leer mis
versos sin sonreir. Son muy débiles y de segunda mano; no más malos, sin
embargo, que los versos de los hombres de mi edad que se obstinan en
rimar. Mi única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad de
poeta y de haberme puesto valerosamente a la tarea del siglo con el rudo
útil de la prosa. A los veinte años es hermoso tomar semejante decisión,
sobre todo antes de haber podido desembarazarse de las imitaciones
fatales. Si, pues, mis versos deben servir de alguna cosa, deseo que
hagan volver en sí a los poetas inútiles, que no tienen el genio
necesario para librarse de la fórmula romántica, y que se decidan a ser
bravos prosadores, _tout bètement_.» Conociéndose extranjero entre los
para él improbables dioses, se decidió a entrar en la vocación que le
conducía a ser un guía, un pastor, un maestro entre los hombres, con un
idioma claro, abundoso, tupido, fatigante a veces, pero siempre poemal
en su arquitectura, a punto de que sus dos afinidades más cercanas están
en Homero y Wagner. Era un cuerdo. Así amontonó bloque sobre bloque
hasta formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres de ideas y de
símbolos como uno de los más colosales monumentos de la ciudad futura.

       *       *       *       *       *

Ejemplo de dignificación personal en un hombre dotado con los mejores
brazos para asir al paso a la fortuna desde el principio, y expuesto a
claudicaciones y rupturas con sus propias ansias nobles y generosas.
Desde el _commis_ de la librería Hachette hasta el autor millonario, en
toda su vida se refleja una luz de honestidad viril que en pocos de los
contemporáneos de su talla puede encontrarse. El que tuvo el valor y la
entereza de retorcer el pescuezo a los cisnes de sus primaverales
jardines poéticos por no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los
demás y llevó el respeto a sus convicciones y la pasión de la verdad
hasta el sacrificio en el más tempestuoso y terrible de los momentos de
su vida. Es preciso conocer lo mefítico, lo venenoso del ambiente de la
vida literaria, para admirar por completo tanta energía, tanta
resistencia en ese cuello taurino y tanta pepsina en el estómago de
avestruz del heroico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos! Recordaréis con
qué tragicómica glotonería ha contado él cómo el horrible batraciano fué
su alimento de todos los días: el sapo del anónimo, el sapo del insulto,
el sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la envidia y de la
enemistad desleal, los multiplicados sapos de los periódicos, de las
malignas y feroces caricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre
yo los he visto a esos sapos ponzoñosos en formas inmundas. «¡El
testamento de Zola!», gritaba un camelot casi al lado de la procesión.
Pagué los diez céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzoso
pasquín contra un muerto, contra un muerto ilustre. No puedo citar nada
de él. Baste decir que conservo entre mis curiosidades otro «testamento
de Zola», publicado en 1898, cuando el proceso, y que el de ahora es más
infame, más estercolario. Y en el antiguo se lee: «Je lègue donc: La
totalité de mes œuvres aux chalets de nécessité qui en feront l’usage
qui naturellement s’indique. A madame de Boulancy un exemplaire de
_Nana_, relié en veau; a Joseph Reinach mon volume sur I’Argent. A Nana,
les petits millions que j’ai gagnés en exploitant la lubricité de mes
contemporains. A mes enfants, la défense absolue de lire mes œuvres.»
Del actual no se puede escribir una línea. Extraña que la policía no
haya impedido la venta de esas deyecciones de sucios cuervos. Y eso no
es todo; hay algo peor, indigno de París, indigno de la Francia culta y
valiente. Diarios, diarios ricos y mundanos como el _Gaulois_,
publicaban ese mismo día crueles epigramas, hirientes suposiciones,
amargas invenciones contra el que no había aún sido depositado en la paz
de la tierra. Zola no había muerto asfixiado; eso era una mentira, una
novela. Zola se había suicidado, entre otras cosas, porque ya no se
leían sus libros y estaba escaso de dinero... ¡Y ha dejado dos millones!
No se leían, no se vendían sus libros después del _affaire_, entre
ciertos grupos políticos franceses; pero en Francia mismo había muchos
lectores de Zola en todas las clases sociales, y en el extranjero, tan
sólo con lo que _La Nación_, en Buenos Aires, y otros periódicos de
Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia, España y Estados Unidos pagaban por
el derecho de publicación de sus obras, se suma una cantidad que no
supone la mayor parte de sus detractores. El diario de Drumont apareció
vergonzoso de odio; el de Rochefort ya se calculará cómo, y hojas
menores andaban por ahí impresas con hiel. «Ha muerto asfixiado, decía
una. ¡Así «los» matan en la _fourrière_!...» Estas cosas no se borrarán
hasta el día en que Zola sea conducido del cementerio de Montmartre al
Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. Blindado, con esas saetas de
caribe, tuvo que luchar en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que
resistir su constitución de hércules del pensamiento, de artesano del
deber. Y así no claudicó ni rompió nunca con sus propias ansias nobles y
generosas. Menestral de razón y de conciencia, se mantuvo sin descansar
en la buena tarea que ayudará al progreso de la Francia, su madre, y,
por lo tanto, de la humana estirpe. Otros se habían regodeado en mesa de
príncipes de la fortuna, habrían aprovechado su vigor para subir al
poder civil, habrían dado a sus vanidades toda suerte de pastos. El no
fué ni mundano siquiera. ¡No sabía estar en un salón! No sabía conversar
con las «gentes». Siendo tan grande, era tímido el Adamastor, era poco
_chic_ el Polifemo. Allá en Medan se vestía con traje tosco de campesino
y pesados zuecos; hablaba con los campesinos, amaba a sus perros,
observaba el campo, que dice su misterio en secreto; hacía en una islita
«su Robinsón». Por las noches, leyendo hasta muy tarde, oía pasar los
trenes bajo sus ventanas. Espiaba las horas al vuelo. Trabajaba siempre.
Como su mujer no fué fecunda, tuvo de un amor discreto dos hijos, a
quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento de la admirable
esposa. Ella sabía que él era bueno, que tenía un gran corazón su grande
hombre sencillo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Dicen que por
eso, por sólo eso, el ilustre laborioso era un profesor de perversidad,
un corrompido, un hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile Zola
estuvo con esos hijos naturales al lado del cadáver.

       *       *       *       *       *

Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del desinteresado defensor de
Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo. No es aún,
ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un
traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me informan--y hay que
averiguar esto bien--que ha dado para el monumento que se levantará a
Zola trescientos francos... «¡Trescientos francos!» Si esto es verdad,
ese rico israelita, me atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen
que le llevó a la Isla del Diablo. Mas no se trata de una personalidad
mínima, que fué el pretexto de una gran batalla de justicia. Se trata
del poderoso y magnífico talento doblado de carácter que puso su nombre
ante la iniquidad supuesta como una bandera. «Zola’s name--a barbarous,
explosive name, like an anarchist’s bomb»--escribió un día el agudo
Havelock Ellis. Más que un estallido de bomba, me evoca ese nombre un
flamear de bandera, sobre todo si se pronuncia a la italiana: Zola. Ante
las pasiones rabiosas, ante los intereses del militarismo, esa bandera
flameó por la razón, por el derecho, por la conciencia humana. Estamos
en Roma:

      Quis numerare queat felics prœmia, Galle,
    Militiæ?...................................
................................ quorum
    Haud minimum illud erit ne te pulsare togatus
    Audeat; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec
    Audeat excussos prætori ostendere dentes,
    Et nigram in facie tumidis livoribus offam,
    Atque oculos, medico nil promittente, relictos.

Vagelio fué poco cuerdo para Juvenal al exponerse ante los zapatos
ferrados de la milicia. Zola sabe con quién han de combatir y no es
Vagelio. El se presenta, ha abandonado su retiro de productor pensante
para entrar a la acción. Ir a la acción es el deber del verdadero
pensador de nuestro tiempo; ir a la acción por las sanas causas y servir
a su fe y a su convicción a riesgo de todo. Otros irían a los capones y
perdices, al gozo del capital adquirido, a cuidar lo que se ha acaparado
y a velar por el chorro de luises que viene de casa del editor
Charpentier. Zola lo arrostró todo; expuso, en efecto, su fortuna, su
nombre, antes infamado tan solamente por los peones de la literatura--y
por algunos maestros excomulgados--, lo fué por los sicarios de la
política. Mas él no tuvo vacilaciones en frente de ningún peligro. Hasta
con la muerte se le amenazó. Su bella sangre italiana, griega y
francesa, hirvió con vivo hervir latino. La marea popular subió en
contra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo en cuenta su
magnífica valentía, su heroísmo, su respetabilidad intelectual, su
soberano quijotismo. Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así
le ha pintado Henry de Groux en una tela dantesca. Mas ese quijotismo
estaba armado de potente lógica, de decisión, de fortaleza. Entre los
soldados y el populacho resistió, sosteniendo la verdad, la que él creía
la verdad. Todas las naciones de la tierra, desde el Japón hasta la
América del Sur; todos los pueblos de la tierra, de San Petersburgo a
Buenos Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago a Roma, desde las más
populosas ciudades hasta los más humildes villorrios, fueron conmovidos
por la actitud brava del capitán civil frente a los capitanes de la
espada. Su nombre se vió entonces como una bandera, representación y
signo de lo justo, de lo verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un
instante, pues ella desencadenó una tormenta en la patria francesa, que
todavía se presenta con más negros augurios. El porvenir de este gran
país será en mucha parte obra de la influencia del evangelista. Sus
palabras han sido alimento del pueblo. El también ha dejado su gran saco
de harina, el «saco de harina» de que habla en una de sus arengas
nuestro general. Los mismos que hoy le insultan mañana le celebrarán
mañana, cuando se haya destruído la miseria pasional de ahora, la
locura de las opiniones transitorias, la ceguedad de las masas vendadas.
Ese ejemplo de valor será saludable a las generaciones. Todo ello
entrará en la leyenda que es historia y será vestido de belleza por los
glorificadores que vienen. La gloria verdadera aguarda a quien poco se
preocupó de la gloriola. La gloria de los serenos combatientes de los
sublimes combates. La gloriola acaba con la persona; la gloria es del
alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el estupendo novelador
esté al lado del estupendo poeta, en el Pantheon.

No os extrañéis que junte a esas dos figuras gigantescas. Si Hugo fué
Genio, Zola fué Hombre. No, no fué genio el creador de los Rougon
Maquart, porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, sobre la
realidad. El genio es intuición, y Zola, con ser tan soberbio poeta, fué
un metódico, un inductivo, un matemático. El obró con la razón, con la
verdad cognoscible. El fué el esplendoroso idealista de sus últimas
novelas-poemas, por haber llegado ya hasta el territorio de Utopía,
después de compulsar el millón de documentos que afirmaron la exactitud
de su creación anterior. Creía en la perfectibilidad de la máquina
social. Iba hacia el oriente de su sueño con la fe invencible en la
Canaán venidera. Los pueblos tienen necesidad de los genios, pero quizá
más de los verdaderos hombres.

Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúnebre en que vi pasar el
carro negro en que iba aquel que resucitó en nuestra época, llenos de
nueva vida, al león, al águila, al buey... A Lucas, a Marcos, a Mateo.
Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron los letrados y el gobierno.
Los hombres que llevaban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron
sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había brotado de
repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!

[Illustration]



[Illustration] GORKI


He aquí un autor cuya boga es ciertamente justa; este ruso que viene
después de Gogol, después de Turgueneff, después de Tolstoï, después de
Dostoieuski. Su nombre, recién descubierto, resuena y va hoy por toda la
tierra civilizada, de otro modo que las recientes importaciones polacas,
ya en baja en la moda y en las librerías. Este autor es un exótico y un
sincero. Los críticos franceses se quejan del imperio del exotismo, del
triunfo de tantos nombres extranjeros en el público francés. La razón de
la preferencia por tantas obras de otras naciones, es clara. El público
de Francia está sujeto desde hace mucho tiempo a una alimentación
intelectual especial, que equivale a la cocina nacional; platos
exquisitos, demasiado bien hechos, muy pimentados y perfumados de la
trufa gala; pastelería de gastados o de gentes de demasiado alegre
vivir, en que se llega hasta el _gateaux_ a base de kola. Es el reino
de lo artificial. Cuando se importa un buen plato fortificante y
natural--las gentes del Norte los tienen muy buenos--, los consumidores
se regocijan y agotan el artículo. Así los _beefsteacks_ de reno de
Ibsen, o los _rostbeefs_ de oso de Tolstoï. Otra cosa son las en extremo
comerciales ensaladas de Sienckiewicz y compañía.

Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que lo que trae Máximo Gorki
es alimento fuerte y nutritivo; solamente semejante a una olorosa
barbacoa, o a una carne con cuero, o asado al asador--tanto la estepa
está en correspondencia fraternal con la Pampa--. La estepa sería la
hermana pálida.

Gorki es una voz que clama en la estepa; y el mundo le escucha porque ha
tenido la suerte de llegar en buena hora. Gorki es lengua de pueblo, y
se hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y como es hondamente
humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad. Es
vasto pensador brotado entre las muchedumbres como un alto pino en una
floresta. Observa en el mundo que ha rozado gestos y enigmas. Su
espíritu es el espejo baconiano: _speculumm quoddam incaotatum plenum
spectris et visionibus_. Su obra, que está repleta de vida, se siente,
por lo tanto, llena de misterio. Es uno de esos autores, muy raros por
cierto, que hacen comprender la divina afirmación de Shakespeare sobre
las muchas cosas que hay en la tierra y en el cielo incomprensibles para
nuestra filosofía. Es una alma inmensa que ha recogido y anotado los
gritos, las violencias y los sueños de sus hermanos que sufren y caen.
Es el San Juan de Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente,
comprenderéis que no se trata de un literato. No es «el distinguido
escritor», ni «el eminente novelista», ni «el célebre hombre de letras».
En efecto, se trata de un _atorrante_.

Entendámonos. Un atorrante argentino, un _tramp_ inglés o
norteamericano, un _gueux_ francés; es el feliz filósofo del arroyo, el
príncipe de la miseria, el hermano de los perros, el abandonado que
abandona, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. Gorki no ha sido,
pues, un atorrante; pero ha vivido la vida de un atorrante, de los
tristes, de los pobres, de los hambrientos que en la horrible miseria
rusa mascan tinieblas y beben aguardiente, el veneno nacional; luego, la
vida de los obreros, peor por otros motivos que la de los vagabundos; y
en esa enorme nación, cuasi oriental, en que ha nacido y sufrido, ha
sentido las palpitaciones y los suspiros de las masas pasivas, las
manifestaciones de esa enigmática alma rusa, tan propicia a la visión y
al misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre el país
extensísimo y frío, y bajo la opresión de un Gobierno semiteocrático, y
de una vida social abrumadora, extraña a la piedad, en un ambiente de
fatalismo. Gorki trata asuntos que otros escritores rusos han tratado, y
tiene algunas veces semejanza con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o
con Tolstoï; pero tiene más verdad que todos, puesto que extrae de su
propia carne, de su propia experiencia; ha escrito «con sangre», como
diría el gran loco del Zarathustra. En cuanto a Tolstoï, un escritor de
la penetración de Rachilde, dice con razón: «El conde Tolstoï es un gran
señor incapaz de juzgar las cosas de otra manera que desde lo alto.
Gorki, que casualmente ha visto de cerca la existencia misma de ciertos
rusos, dice verdades, pero no echa su maldición a nadie... porque los
verdaderos filósofos saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolstoï
puede muy bien ser un loco. Gorki es ciertamente un cuerdo, y, sobre
todo, un poeta ebrio de la naturaleza antes que de fanatismo.»

Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sabido lo que es la lucha por
la vida, por el simple pan, en la tierra de la miseria y de la nieve. Ha
podido observar todos los egoísmos y todas las infamias, y si no se
contaminó, fué por exceso de virtud natural; _virtud_, fuerza, valor. Si
no hubiese sido un intelectual genial, sería un gran bandido. La mano
del diablo de su suerte le puso todos los malos pasos a la vista, todas
las trampas para hacerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio
corrompido y alcohol... De todo triunfó el arcángel triste que lleva
adentro. Imaginaos un adolescente casi, lleno de sueños, con un enorme
corazón sensitivo y una admirable comprensión de las cosas y de los
hombres, obligado por la más dura pobreza a trabajar en los más ásperos
oficios y a comunicarse tan solamente con obreros esclavizados, con
pobres viciosos; a padecer la crueldad y la malignidad de los capataces
y de los patronos, panadero, herrero, vendedor ambulante, buhonero, y a
encontrarse a cada paso con el crimen, con el asesinato, con el robo; y
al mismo tiempo a comprender cómo la mayor parte de los criminales eran
principalmente obra del medio, víctimas ellos mismos del daño ambiente.
Así creció, así aprendió a leer y a escribir; así surgió de pronto un
colosal revelador de lados desconocidos y profundos del alma eslava, con
un verbo claro y neto, como los hechos, sin afeites de estilo; pero
fotógrafo maravilloso, que deja ver lo interior de las cosas, algo como
los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de sus imágenes
sorprendentes un vapor de luz piadosa, un noble amor humano y un respeto
por lo desconocido, por el grave misterio en que vamos a tientas. Dios
aparece, se hace presente, en lo vago, aunque no se nombre a menudo,
como en otras obras rusas en que los ímpetus místicos de esa gigantesca
raza pueril se muestran frecuentemente entre el sufrimiento y el miedo.
Mas surgen a cada paso las que él llama «las grandes y perturbadoras
cuestiones que se abren como abismos ante la razón humana y lo llevan
irresistiblemente hacia las tinieblas». El no asegura «esto es» ni «esto
no es». No tiene necesidad de las enseñanzas del pope, ni hace su
oración ante la panagia; pero sabe, como todo verdadero meditativo, que
en las manifestaciones de la naturaleza, y, sobre todo, en el hombre
mismo, hay oculto un secreto que pugna por demostrarse, y que en la
complicación de la existencia no hay un gesto inútil ni un movimiento
que no tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no se hacen
decisivas hacia una afirmación teológica, ni caen en el escepticismo; y
sus ideas de justicia están basadas en una moral superior, que sorprende
en lo inexplicado y fatal la causa de los hechos, de manera que, en
parte, la delincuencia es un mal cuya responsabilidad no recae toda en
quien viene a ser como un grano de trigo bajo la piedra triturante de su
destino. Una parte de la culpa no está entre los hombres.

Uno de sus principios es que algo de malo hay en todo hombre bueno, como
algo de bueno hay en todo hombre malo; es la antigua dualidad, que lucha
en el ser humano, elemento. La cordura de Gorki sabe que no debe nunca
ser osado a sobrepasar la lógica categoría. Su temperamento singular
obra adecuado en ese medio de su país, en que una especie de
sonambulismo colectivo parece que se uniese, en las pasivas
muchedumbres, a la oriental resignación de padecimientos seculares.

La organización social rusa ha herido con sus durezas y angulosidades la
delicadeza del espíritu superior, nacido para otra existencia que la de
la inacción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy vivamente. «Precisa
haber nacido--dice--en una sociedad civilizada para tener la paciencia
de vivir en ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de alejarse de
esa esfera de convenciones penosas, de venenosas mentiras consagradas
por el uso, de ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de
diversas formas de falta de sinceridad; en una palabra, de toda la
vanidad de vanidades que hiela el corazón, corrompe la inteligencia y
con tan poca razón se llama la vida civilizada. He nacido y me he criado
fuera de esta sociedad, y, por tal motivo, no puedo aceptar su cultura a
fuertes dosis sin experimentar en seguida la necesidad de salir de su
cuadro y olvidar las complicaciones múltiples, los refinamientos
enfermizos de tal existencia.» Estamos lejos del sentimentalismo de
Rousseau. Siguiendo los pasos de Gorki, a la orilla de los mares
natales, o entre las isbas de la campaña, por las calles de las pequeñas
ciudades, como a la entrada de las populosas, vemos, por fin, que entra
en el país Anarquía. Va llevado por amor y por odio, las dos fuerzas que
ritman los latidos de su inmenso corazón.

Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha visto, ha padecido, y
cuenta con una lengua desnuda, pero señalada de gestos, de ademanes
indicadores, iniciadores de hechos venideros o que traen reminiscencias
de hechos pasados. Y aunque la humanidad rusa es verdaderamente
especial, los signos son comprensibles y despiertan las correspondencias
en cualquier otra raza o en cualquier otro rincón del mundo, en donde se
sufra, se llore o se sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos,
obreros pacientes o malignos, o sus vagabundos; pero les cubre con un
velo de lástima, y si no los absuelve, como la naturaleza, indiferente,
tampoco los condena. De pronto suele señalar en el corolario de una
sucesión de acciones o en un hecho aislado los motivos cerebrales, las
perversidades congénitas, y de acuerdo con esto, con la conciencia
moderna, excusa la misma criminalidad. Todo aparece embebido en ese
vapor de vodka que flota sobre el pueblo ruso, ese alcoholismo
alucinante que ayuda a la eclosión de las malas fuerzas secretas en el
silencio de las noches espectrales y llenas de misteriosa complicidad.

La naturaleza atrae a este genial intelecto con su encanto y su libertad
salvaje, y sabe leer en ella, comprende más de un jeroglífico, pone el
oído a más de una voz del más allá. Es una especie de Novalis ingenuo
que ha caminado mucho tiempo teniendo hasta el pecho el lodo del camino
de la vida, pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgica y por la
mirada de las estrellas. Siente que las ideas entre las olas y el aire
pierden su acritud y hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez
consejos del ruido del mar, y se ha apaciguado su alma al soplo
infinito. Y ha soportado las lecciones del vivir ayudado por la bondad
del alma universal. Cuando alude a sucesos de su vida, cuando narra
cosas dolorosas de su existencia, las tempestades que han golpeado su
juventud, es de una simple elocuencia dominadora. Hay, entre otras, una
anécdota en uno de sus cuentos que abre una puerta de claridad sobre su
experiencia de bregas, de desconfianzas y de desconsuelos, en que sólo
ha podido triunfar a fuerza de perseverancia, de labor y de valor. Narra
su odisea con un príncipe georgiano, a quien por lástima tuvo que
acompañar y alimentar, él, pobre obrero, en un viaje largo y miserable
hasta Tifflis... «Le daba de comer, le explicaba los bellos sitios que
viera, y recuerdo que una vez, habiéndole de Baktchisarai, le cité
algunos versos de Puchkine. No le produjeron efecto alguno. «--¡Ah,
versos...! Mejores son las canciones. Conocía yo a un georgiano, Mato
Legeava, que sabía cantar... ¡Qué canciones! Gritaba mucho, mucho,
parecía que le clavaran un puñal en la garganta. Mató a un posadero y le
enviaron a Siberia...--» Cada vez que volvíamos a juntarnos perdía un
poco más de su estima, y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros
asuntos iban mal. Apenas podía ganar yo un rublo o un rublo y medio por
semana, y esto era poco para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos
procuraban grandes ventajas. (El príncipe prefería mendigar a
trabajar...) Su estómago era un abismo que todo lo sorbía: uvas,
melones, pescado salado, pan, fruta seca. El abismo parecía crecer y
exigir mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía que nos
marcháramos de Crimea, diciendo que estábamos ya en otoño y que aún nos
quedaba gran trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de Crimea y
nos dirigimos a Teodocia, con objeto de ver si se ganaba algún dinero.
Volvimos a mantenernos de fruta seca y de esperanzas. Veinte verstas más
allá de Aluchta nos detuvimos para pasar la noche. Decidí a Charko a
andar por la playa. El camino era más largo, pero yo quería respirar la
brisa marina. Encendimos una hoguera y nos tendimos junto a ella. La
noche era espléndida. El mar, de un verde obscuro, chocaba contra las
rocas a nuestros pies, y el cielo, estrellado, callaba sobre nuestras
cabezas. A nuestro alrededor suspiraban la maleza y las hojas de los
árboles olorosos. Aparecía la luna. Un pájaro cantaba, y sus trinos
resonaban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador de las ondas,
y cuando este ruido hubo cesado oyóse el agudo chirrido de un insecto.
Brillaba el fuego alegremente, parecido a un gran ramillete de flores
rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua estaba desierto, sin
nubes el cielo, y yo, en el borde de la tierra, soñaba con lo
infinito... Embriagado por la majestuosa belleza de la noche, me
desvanecí en una maravillosa armonía de colores, sonidos y perfumes; el
tímido sentimiento de una presencia augusta embargaba mi corazón, que
con fuerza de un júbilo extraño cesó de latir... De repente Charko se
echó a reir. «--¡Já, já! Vaya una cara que pones. ¡Pareces un carnero!
¡Já, Já!--» Me asusté como si un rayo hubiese caído junto a mí. Era
peor. Sí, mucho peor.»

He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha enseñanza, porque pone
de manifiesto la imposibilidad de conciliación entre el intelectual y
los elementos que desgraciadamente componen, tanto en Rusia como en el
resto de la tierra, la joven aristocracia. Esto es lo que provoca lo que
llama el Creador de valores nuevos, «la creciente del nihilismo».

El porvenir habla ya por mil signos; ese destino se anuncia por todas
partes; para escuchar esa música del porvenir todos los oídos están
atentos. «Nuestra civilización europea toda se agita desde hace largo
tiempo bajo una presión que va hasta la tortura, una tensión que crece
de diez en diez años, como si quisiera provocar una catástrofe:
inquieta, violenta, precipitada; semejante a un río que quiere terminar
su curso, que no refleja ya, que teme reflejar.» La filosofía de Gorki
es un substrátum de experiencia. Su escuela ha sido la desgracia en la
edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo cree y afirma: todos los
hombres que luchan por la vida, que están presos en su lodo, son más
filósofos que Schopenhauer, porque jamás una idea abstracta tomará una
forma tan precisa como la que el dolor arranca de un cerebro. Este
potente candoroso es un extranjero delante de los retóricos, delante de
los arregladores de fórmulas y de palabras. «Estos se
extasían--dice--para sostener su reputación de hombres que comprenden la
belleza, y no porque sientan el encanto sin par de la gran madre, fuente
de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso de los azares de su
vida algunas grandes almas han comunicado con él a través de los libros.

No es un letrado, no es un leído, mucho menos un universitario; pero de
cuando en cuando uno conoce, por una cita o por una comparación o
reminiscencia, sus autores favoritos o los que han dejado alguna huella
en su mente. Fuera de la literatura rusa se ve que ha leído a
Shakespeare y a Cervantes, y a este último se nota que le ama, gracias
al maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído también a Swift, y debe
haberle sabido áspero y fuerte como un trago de vodka. Mas su libro
principal es mucho más vasto y más repleto de verdades. Hablando de un
ingrato, dice:

«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en los más abultados libros
escritos por los sabios; porque la sabiduría de la vida es siempre más
profunda y más amplia que la sabiduría de los hombres.»

Los libros de Gorki pueden parecer demasiado secos a los lectores de
cosas bonitas, de libritos coquetos y sabrosos, hechos por desahogados
_diletantti_ o por industriales de la literatura; pueden aparecer
inmorales a los hipócritas que se regodean con las peores obscenidades
con tal que vayan disimuladas entre encajes de Francia o decoradas de
estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quienes van por el mundo
como dormidos o privados por ingénita estupidez del don de comprensión y
de meditación. _El matrimonio Orloff_ es una obra maestra en todas
partes; los cuentos de Gorki son diamantes en su género. _Los tres_ es
una novela de una fuerza y de un interés tales, que no puede abandonarse
una vez empezada. Es un estudio de fatalidad, una reproducción verídica
de una existencia atormentada y conducida al crimen por la violencia y
la inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y temeroso. La obra
interesa tanto a los sabios que buscan resolver el problema de la
justicia, basados en el estado de la máquina humana y de los medios
sociales, como a los que, espiritualistas esperanzados o convencidos,
juzgan que no se mueve la hoja del árbol sin el influjo de una potencia
suprema y secreta. ¿Le seguiremos llamando Dios, si gustáis?



[Illustration] EL POETA LEÓN XIII

    «Ma gia morte s’appressa: ¡deh! in quell’ora
    Madre, m’aiuta lene, lene allora
    Quando l’ultimo di ne disfaville
    Con la man chiudi le stanche pupille;
    E conquisto il demon che intorno rugge,
    Cupidamente, all’anima che fugge
    Tu, pietosa, o Maria, l’ala distendi:
    Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.


Cuando _La Nación_, de Buenos Aires, me envió a Italia y comuniqué la
impresión que hiciera en mi ánimo el augusto Papa blanco que hoy
descansa en la muerte, citaba esos versos suyos, religiosos y pálidos
como cirios. Como cirios son los versos de León XIII, por la palidez y
por la llama, y porque, aun cuando en veces iluminasen cosas profanas,
se consumen por Dios. Admirad y alabad al teólogo tomístico, al político
progresista, al evangélico sociólogo, al sesudo autor de sus encíclicas.
Yo celebro al poeta; yo celebro al pastor de pueblos que se detiene en
sus paseos matinales a ver cómo crecen las flores del jardín de
Horacio; al tiarado frecuentador del Dante; al viejecito transparente y
delicado que se está muriendo y dice: «Escribid lo que voy a dictar»; y
lo que dicta son versos. Versos puros y clásicos, versos que brotan con
son castalio de una límpida fuente latina. Celebremos, los que guardamos
aún como un raro tesoro, el entusiasmo, la pasión de un ideal de
Belleza, la memoria del que, bajo el inmenso peso de su triple corona,
conservó ligero y alado el pensamiento, y armoniosa y dulce la palabra,
en relación apacible con las inmarcesibles musas. Pues el lírico que
acaba de dejar su jaula dorada del Vaticano sabía amar la vida y
celebrar sus dones, y en sus exámetros católicos oiréis un rumor de
abejas paganas.... Son abejas que se han posado en las rosas de Virgilio
y sobre los mirtos de Flacco... ¿Qué importa? Él llevaba a la pradera en
que las ninfas de rosadas carnes han sentido el frescor del rocío de la
aurora, sus pasos piadosos; junto a Filomela hacía revolar la blanca
paloma del Espíritu Santo, y el gran Pan veía pasar entre las verdes
hierbas, paciendo, maravilloso de candidez y de luz sublime, un
corderito cuyos mansos ojos reflejan el universo, y cuyo contacto
purifica la negra tierra: el Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo.

No _otium_, sino _ars cum dignitatem_... Se veía que se había refrescado
en el agua de Juvencia; la vida lo amaba.

El admirable Pontífice podía decir: «Entendámonos, una vez por todas.
Hay sentencias que aceptamos porque sí, sin razón alguna, porque han
sido dichas por personajes remotos, en una lengua muerta más o menos...
Así, creemos como una verdad, porque está en griego, lo de que los
amados de los dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa. Los amados de los
dioses mueren viejos... Y si, además de eso, son amados de Dios, mueren
más viejos aún, como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del mundo, León
XIII. Los que mueren jóvenes son los amados de los diablos...» Y a fe
que hubiera hablado con mucha razón.

Desde sus primeros versos hasta esa serena y sentida _Nocturna
ingemiscentis meditatio_ que, en los instantes mismos de su Extrema
Unción, pulía y repulía clásicamente, el favor apolíneo se revela, al
propio tiempo que el apego a las formas ilustres y a la lengua sabia,
que hacen del sagrado _scholar_ uno de los últimos cisnes que habría el
de Mantua acogido con placer en su lago sonoro.

No es de gran importancia saber si aquel canto nocturno fué el último, o
si lo fué su composición en honor de San Anselmo:

    Puber Beccensi cupide se condere claustro
    Patricia Anselmus nobilitate parat,
    Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus
    Sub patre Herluino crescit et usque pius;
    Florentem ingenio juvenem ad cœlestia natum
    Quem non perficiat tale magisterium?
    Hinc pastor fidel divinæ, hinc munere doctor
    Sublimi in superis vertice conspicuus.

Es el caso que supo morir líricamente, y en belleza, como un cisne.
Después lo descuartizó la Ciencia y lo expuso la Tradición...

       *       *       *       *       *

Se le ha comparado con un águila, con un águila blanca, con una blanca
águila vieja. Chartran, que lo pintó orando; Laszlo, que revela sus
manos; Benjamín Constant, que quiere mostrar su pensamiento; los
pintores todos, que han dejado en el lienzo la venerable figura, parece
que tuviesen la obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica.
Cuéntase que, en un instante de buen humor, se quejó el Papa a uno de
esos artistas de que hubiese insistido tanto en su nariz... En la obra
de Laszlo, las manos semejan garras marfileñas... Ya os he dicho cómo
para mí la diestra de León XIII, al tenerla entre mis dedos, al
depositar en ella, sobre la gran esmeralda de la esposa, mi beso
sincero, me pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de cinco
pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una pequeña ave de fina
pluma... Ha habido diabólicos escritores de calumnias que han dicho que
con esas pálidas manos estrangulaba pajaritos que hacía cazar con redes
de seda en sus jardines. En cuanto a las grandes narices, ciertamente
son ellas la que patentizan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre
Santo debía haber sabido que, entre los poetas, de Ovidio a Cyrano, las
grandes narices han sido acariciadas por la gloria; y entre los
filósofos, Aristóteles, en el tratado de los Animales, hace su elogio.
No recordaré, por excesivamente profano, el de Lampridio; pero sí la
afirmación de un antiguo autor italiano: «Il naso grande da argomento
d’uomo da bene.»

La nariz, la faz toda, era de águila, como la de Dante, y como la de
Poliziano era de rinoceronte. Voltaire también la tenía de águila, y
cuando he vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en mi memoria la
máscara pontificia, he visto, en verdad, que César Zumeta y Hughes Le
Roux tienen razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de
Arouet... Nada quita esto a su alta potestad, a su fe celeste--_lumen in
cœlo_--, a su misión sagrada de representar sobre la faz de la tierra
al Divino Doctor de la Dulzura. Quiero fijarme, sobre todo, en su
carácter de intelectual; y a propósito de la sonrisa, certificar que el
poeta León XIII era cien veces superior, lira en mano, al admirable y
detestable autor de _La Pucelle_... Pero ambos no cazaban moscas.

Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo rey David, hasta Oscar de
Suecia y Carmen Silva. Eso es fácil y aun decoroso de ser, cuando no se
caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha visto menos, se ha
visto rara vez, y tan solamente vienen a mi recuerdo los nombres de
Gregorio el Magno, que inmortalizó el canto católico y que merece el
nombre de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y León XIII, que no temían la
compañía de las Piérides y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y
mágica música que celebró al pío Eneas o los encendidos labios de Cloe.
Los asustadizos tienen el sedativo antecedente de la homilía de San
Buenaventura, que no juzga pecaminosa la frecuentación de las liras
antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas, ¿qué han sido sino
almas artísticas los ministros de Cristo, que en lo antiguo como en lo
moderno han creído con justicia que honrar a Dios por la Belleza no es
más que honrarlo con creces? Como Gregorio, Agustín amó la música;
Ambrosio el milanés, la hermosura litúrgica; Gregorio el de Nasianzo, la
poesía, con toda la falange de los poetas místicos latinos de la Edad
Media; Marbodio el de las gemas, Paulino de Nola, Rústico, Juvenco,
Lactancio, Sedulio y todos los demás que tan bellamente ha exhumado en
nuestros días la noble erudición de M. de Gourmont. Así, dice el
venerable Beda hablando de los viejos poetas cristianos, sus versos
inspiraban el desprecio al siglo y avivaban en las almas el ansia de la
vida eterna.

Hicieron suyas también las ideas de la Escritura y dieron tanto encanto
a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en escucharlos.
La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio de
Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la
encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su
resurrección del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu
Santo, la iluminación de los apóstoles y la maravillosa conquista del
mundo por la doctrina de Jesús, eran alternativamente el objeto de sus
cantos. Describían también a grandes rasgos el terror del juicio futuro,
los horrores de la cárcel eterna y el dulce reposo del reino celestial;
pero la pintura de la bondad de Dios y de su justicia les servía mucho
más a menudo para hacer volver a los pecadores al amor del bien y a la
práctica de la virtud. En parte, pueden aplicarse esas palabras a las
poesías de Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos que turban,
de repente, la tranquilidad de la poesía ungida en el seminario. No en
vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos
domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples recreos
académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas
italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la
señal del aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila
blanca!

       *       *       *       *       *

«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...» Un Papa es quien dice
esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en
lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de altas
vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y
baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo
Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a
la ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a
relativas victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad
de la historia libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de
decir cuando se le observó que cierto célebre francés protestante
revolvía y anotaba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no
oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando en la peligrosa cuestión
social, de manera que traía a su verdadero origen y justicia el deber
del rico y del proletario? Artista de armiño y púrpuras papales, como
Gregorio, se complacía en la audición de los cánticos eclesiásticos;
como Julio, gustaba de la arquitectura y de la pintura; como Clemente,
de la escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y
de las magnificencias decorativas, y más artista que todos, en sí mismo,
tenía el secreto del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del
verso. Bien sentiría el ambiente de paganismo que en la basílica de las
basílicas dejaron tantos antecesores suyos que alegraron la tristeza
católica con la resurrección de griegos esplendores, y colocaron la
concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila de agua
bendita.

De todos modos, los dioses ministraban a Jesucristo: Baco, el vino de la
consagración; Ceres, la harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio
y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos del órgano
basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán los dioses,
porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han
ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el
universo y aplicando su influencia sobre el hombre.

El espíritu de León se despertó a la vida artística desde que, en su
Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza vivaz y
palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes
aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en
donde el pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema
vegetal, y las alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul
de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.

Y luego, cuando pasados los años de fatigas estudiosas y de sucesivos
triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los tronos, no hay duda
que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que nunca. Tiene en
la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de los césares
y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas superpuestas que
irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles labrados por
todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta Miguel
Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos
melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el
anillo del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores;
es una de las dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de
Velletri y la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que
decoran su jardín, cuando en sus paseos va a repetir un exámetro al son
del chorro de la fuente, o a ver representar un antiguo misterio, o a
meditar en la suerte del mundo, o a evocar la llama del Santo Espíritu,
o del _deus_, o del daimon que le inspiraba. Ardiente pompa
cardenalicia, uniformes que traen al presente la grandeza y el decoro de
edades más estéticas, frescos en que los más maravillosos pintores de la
tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las visiones de antiguos
iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al
cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin armonía, en una época
sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma armónico, su
poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se confunde con
el divino pastor de Galilea.

¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has perdido en el
desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un copo
de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante;
la humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena
voluntad van en la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán
nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incensarios del demonio;
las naciones se miran con el recelo de los individuos; los reformadores
claman sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue en la misma
altura solar, todo de luz y de intuición sagrada, mirando las obras
humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando
sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la _Summa_; sois
teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro
pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois
justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun
cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y
discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos
italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.

«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Segnatura, Rafael, a quien
llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos
cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de
la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la
Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la
armonía; la Teología, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de
esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo
visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y
así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella
de acompañaros y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en
donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, no
entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá acontecido, ¡oh,
santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas
dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el Paraíso
que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis
siempre en compañía de vuestro breviario?

[Illustration]



[Illustration] LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA


Me he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis
viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo
higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d’Orsay hasta más
allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo
pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con un chambergo
semejante al del general Mitre, al sabio Mommsen. Por allí he encontrado
al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una vez al
Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su
masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Omnibus y automóviles pasan
veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto.
Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el
atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos,
bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también
junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la
cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen
tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.

Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas sobre el parapeto.
Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras. Y entre las
cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los
aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas
prohibidas, vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para
colegiales y gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de
Aldo Manucio, o de las memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el
tiempo en que se podía encontrar una ganga por casualidad, la joya
bibliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba treinta o
cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores estacionados a lo largo de
los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas de
los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No obstante, la
baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable. La obra
rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.

Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de
libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa
vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la
nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y
aguardar al cliente o al transeunte que se siente atraído por la fila
de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son
variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los
primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía,
de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado
Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores,
sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión
encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M.
Anatole France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y
socialismos como está, él, el más aristocrático de los escritores
franceses, que desaparece de repente de París y aparece en los palacios
de príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, o a Atenas... No
tiene ya tiempo de ir a las deleitosas correrías del bibliófilo, que en
un tiempo fueron su placer. Junto a los respetables profesores, al lado
de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada
de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas
indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas
de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho.
Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran
recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que
el vendedor les compra con seguridad, a un precio relativo, sus
volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas
comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen
salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los
«magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes
del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay
pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a
eminentes académicos, con sendas y elogiosas dedicatorias.

Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas, novelas de todas
clases y de infinitos autores, desde los del siglo XVIII hasta los de
nuestros días, ejemplares de libros que «acaban de aparecer», a 3,50
francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay rimeros de gloria fallida,
arrobas de ingenio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas de musas
trashumantes que trabajaron para el olvido, esfuerzos inútiles... Allí
yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»:
¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas novelas...! ¡Nada,
nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía de nombres
desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de talento
encontráis siempre. Es el muladar de los _ratés_ y el cementerio de los
mediocres.

Impresos en elegantísimo papel, en formatos artísticos, con magníficas
ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que han pagado bien caro
una tentativa de consagración literaria. Poetas francorrumanos y franco
brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la princesa de
Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están representados
por tomos de versos, momias de poemas, marchitos homenajes, exhumadas
galanterías, adornadas generalmente con el retrato de los autores...
Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las vanidades. Allí duermen
arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su sueño de mañana.
En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de esos cajones
de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una
«plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece
la baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de
terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula
_Humbles Mousses_. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues
veréis que el caso merece la pena:


LOS VERDADEROS RICOS

    Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día
       Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,
    Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,
       O bajo la cabaña, humilde morada;

    Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda
       En donde pensáis que estaríais mejor,
    Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:
       ¡Sois vosotros los felices de este mundo!

    Los pórticos de mármol y los artesonados
       Ocultan el cielo, las corrientes aguas;
    Cuando se tiene la idea de acumular rentas,
       ¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?

    Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida
       Se da por el dinero;
    La luz serena y el aire, el azul cambiante,
       El sol, de alma encantada,

    El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,
       El césped, el perfume de las rosas,
    La embriagante dulzura de las innumerables cosas
       Bellas de formas o de colores,

    Vienen a ofrecerse, sin pedir nada
       Al más modesto de los transeuntes,
    Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,
       Bosteza el dueño del dominio.

    Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,
       Está sin necesidades y sin goce:
    Saturado de todos los placeres que da el oro,
       No desea nunca nada más.

    ¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?
       El hombre afligido de tesoros,
    Se halaga esperando un amor compartido:
       Una dote lo atrajo a él mismo.

    Su corazón está lleno de sospechas adormidas,
       Y mientras que el pobre diablo
    Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,
       El duda de todos sus amigos.

    ¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,
       Y sin cuidado del mañana
    Le véis, caminando, la mano en la mano,
       Su palacio hecho a la soberbia,
    Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría
        De admirar la simple Naturaleza,
    Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!
        Comprarlos con su oro.

El autor de eso se llama François Haussy, pero ese es el pseudónimo que
oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame Humbert; que
hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas que
conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un
poeta a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...

Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos lugares importantes
lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he comprado unas
_Prosas profanas_, con la dedicatoria borrada, a treinta céntimos. Los
que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos «queridos
maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de
libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras
de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven
hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los
cuales estudios hay uno del susodicho maestro, ditirámbico,
ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro
del libro, y en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y
humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni le importó
un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos hice
el rescate... Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado vender en
_tas_ gran número de autores editados por el _Mercure_, sin cuidarse de
borrar bien dedicatorias como las que he hallado en las _Ballades_, de
Paul Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de las orillas del
Sena se recogen lecciones de... filosofía, y valiosísimos granos de
experiencia? Si no, os lo certifico ahora.

Más allá del Instituto hay un intermedio entre libros y libros, el que
llenan las cajas de vendedores de medallas, de curiosidades, monedas
antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una especie de
museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los que
venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras
preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a
Santiago Rusiñol, asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de
todos los siglos, desde fragmentos de objetos de la época cuaternaria
hasta escarapelas del tiempo de la Revolución. Y más allá, continúa la
serie de cajas de libros, custodiados por sus taciturnos vendedores.

Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un
franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una _Nuestra Señora de
París_, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los
malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba
de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en
tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por
sesenta céntimos.



[Illustration] UN CISMA EN FRANCIA


Malos vientos soplan sobre la barca de Pedro, que _Mumen in cœlo_
dejó en tempestad y que _Ignis ardens_ comienza a dirigir. El
catolicismo pasa por una gran crisis; mejor dicho, el cristianismo; mas
contra el catolicismo, contra la iglesia romana, se amontonan las más
negras nubes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca sagrada el
_non prevalevunt_... No hay hoy profetas. Apenas M. León Bloy acaba de
resurgir rugiendo contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas
columnas: Coppée, Didon, Brunetière, Huysmans, Bourget y otras menores,
¡cuán menores! Los rugidos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado
ocupado con otros asuntos. Entre tanto, en la España católica, la
enemiga contra Cristo cunde; en la Francia cristianísima se expulsan las
Congregaciones y el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y
demócrata, en la Sede suprema, hace perder su brillo y su misterio a la
Tradición. Cosa singular. Es en los países no católicos donde el
catolicismo se expende y avanza tranquilo. Y un César protestante y
fantasioso hace pensar, por su actitud, si no estarán próximos los
tiempos en que, como en la Edad Media, se vea la formidable liga entre
las dos mitades de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el
Emperador.

Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre bajo el auspicio de
los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios
que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la parte
que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las
tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas
revueltas de esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido,
por tan largo tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de
decadencia, y a pesar de las faltas llevadas al extremo con una
obstinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un asombroso vigor!
¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad! ¡Cuántas almas excelentes
entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que leche y miel,
dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas tiendas,
ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se
desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir
y decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus
moradas!» A pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a
ciertos lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que,
sin las fundaciones religiosas hubieran permanecido sepultados en la
vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde
encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de
las antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde
se da la mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?

Aun en esa asociación, a veces un poco inocente, entre el catolicismo y
los restos de la vieja sociedad francesa; en ese neocatolicismo, a
menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera pura y
honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer
que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá
como el águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el
fuego la depure, que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta
de haber esperado demasiado en la tierra, que borre de su orgullosa
basílica: _Christus regnat, Christus imperat_, que no se crea humillada
cuando ocupe en el mundo una posición que no será grande sino a los ojos
del espíritu.» ¿Quién ha escrito tales palabras, si no completamente
ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no
es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que hoy pronunciase ese
discurso en las Cámaras francesas sería calificado de clerical. Lo que
hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe ha
sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los cuales
las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido
simplemente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos literarios.
Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la religión padeció una
verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración elegante
hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el mediocre
cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de toda
creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán,
que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el
manicomio.

Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables que los que la simple
política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los que lanzarle
pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las pasadas
flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de
la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la
resurrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias
de afuera, y que enciende, después de largos siglos, fuegos que pueden
producir un verdadero incendio en la romana basílica de las basílicas.

Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor español--he nombrado a D.
Edmundo González Blanco--demostraba, en un artículo admirable de vigor,
la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que no tenemos en
nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al
formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para
constituir nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente,
nuestro catolicismo patriótico. Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y
esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo
sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe
conmovería, ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero
español partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia
independiente nacional, hasta con el detalle de su misa propia, de la
vuelta al uso del antiguo rito muzárabe.

Pues bien, todo eso es poca cosa con lo que encierra el siguiente suelto
publicado ayer por _Le Figaro_: «El cardenal Richard, arzobispo de
París, acaba de prohibir, por carta, a los alumnos de todos sus
seminarios la asistencia a los cursos que el señor abate Loisy enseña en
la Sorbona, en la Escuela de Altos Estudios. En la misma carta exhorta a
todos los seminaristas que posean las dos últimas obras del señor abate
Loisy a que las entreguen a sus superiores. Creemos saber que la
comisión de Estudios Bíblicos instituída por León XIII no tardará en
pronunciar su juicio sobre los libros acusados.» ¿Cuál es la doctrina
que se condena del abate Loisy? Yo no he leído los libros de este
sacerdote; pero sí sé que no es un _défroqué_ más o menos sonoro, a la
manera del padre Jacinto, del abate Charbonnel. M. Jean de Bonnefon, que
es ducho en la materia, nos dice que la condenación o la absolución del
abate Loisy es en realidad el fin o la transformación de la iglesia
romana. «Es la conclusión de diez y nueve siglos de fe o el prefacio de
un culto futuro.» Por mucho menos se quemó a Savoranola. La reforma que
se desea en España es sencillamente de forma, y tiene razonables
antecedentes; la tentativa del cismático francés va al fondo de la
creencia, mina la base dogmática. El abate, que es persona de mucha
ciencia humana, comienza por afirmar viejas herejías: Que Jesucristo no
afirmó que fuese Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el Pentateuco no
es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de Tobías, el de Job, el
de Judith, son simple literatura; que «todo el Antiguo Testamento está
escrito sin ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más que un
objetivo arqueológico de edificación religiosa». Eso, dicho por Renan,
por Strauss, por Max Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es
de un sacerdote, sacerdote que no abandona ni la tonsura ni el hábito, y
que cree servir así a la verdad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia
entera sea de su opinión. Lo principal está en lo referente al Nuevo
Testamento: «La divinidad de Jesucristo no está escrita en el Evangelio.
La Resurrección, la institución de los Sacramentos, la jerarquía de la
Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si se tiene fe. El cuarto
Evangelio no tiene ningún valor histórico; la resurrección de Lázaro es
un símbolo.» ¡Cómo debe estremecerse, en lo invisible, la sombra de
Torquemada! Con la Nueva Jerusalem swedenborguiana, con las mil y una
sectas del cristianismo yanqui, con el flamante profeta Elías y su
productiva Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Iglesia no
tiene nada que temer. Pero el abate Loisy es un dulce y piadoso enemigo
íntimo que, si no se anula pronto, causará trascendentales perjuicios,
y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal Richard, el fuerte
viejecito que quiso confesar a Hugo. Es una nueva aparición de la
incompatibilidad entre el progreso y la fe, entre la religión y la
ciencia, entre la razón terrestre y la razón celeste. León XIII y su
Santo Tomás no dejarán de tener culpa en la valentía del osado abate.
_Lumen in Cœlo_ no quiso iluminar en la ocasión; veremos si _Ignis
ardens_, que aparece tan benigno, quemará, así sea metafóricamente.

En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspecto moderno y
superescolar, no es nueva. A través del océano del tiempo es un mugrón
del arrianismo, llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha sido
el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los suyos niegan su divinidad,
Eutiquio le suprime toda humanidad, aboliendo así la redención, y
Nestorio, estableciendo la división entre la parte divina y humana,
destruía la unidad que constituye teológicamente el Hijo, ¿cuántos
heresiarcas más se han atrevido con el más sagrado de los misterios
cristianos? Sin embargo, entonces se discurría en el terreno de la
filosofía religiosa, de la ciencia divina, de las doctrinas que dieron
nacimiento y desarrollo a la patrología.

El abate Loisy es de última hora. Viene con la ciencia de hoy, es
profesor «en Sorbona» y sabe lenguas orientales, arqueología, todo lo
que sabía Renan. «--¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar--dice el
formidable profeta, y alguien que muy poco tenía de cura, Büchner,
escribe en su libro, no religioso por cierto: «La fe tiene raíces en
indisposiciones del alma inaccesibles a la ciencia.»

El cardenal Richard se preocupa grandemente del caso. Lo que debe hallar
más grave su eminencia, y con él todos los católicos, es que el abate no
renuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y cree servir al
«más grande de los hombres», en su calidad sacerdotal y profesoral.
Demás decir, que ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la
Iglesia. El abate Loisy, simplemente, en el concepto católico, es un
excomulgado. En él están contenidos todos los antiguos heresiarcas,
desde Arrio hasta Berenger. Su exegesis renaniana, por el caso de su
ministerio, no puede menos de causar el mayor escándalo entre los
sinceros y firmes creyentes. Y su condenación o absolución por Pío X
será la continuación de la normal doctrina católica, apostólica, romana,
o el krack del Espírito Santo.

[Illustration]



[Illustration] LAS TINIEBLAS ENEMIGAS


Los profesores, los sabios oficiales, los doctores de la ciencia humana
que creen haber asido la verdad con cuatro pinzas y cuatro estadísticas;
los que ven hasta dónde alcanza lo que saben, los explicadores novísimos
del alma, los que han escamoteado a Dios, os podrán hablar largamente y
en términos semigriegos, que complacían ya a Molière, de las causas más
o menos probables que han llevado a una horrible muerte a un poeta
maldito que estaba casi olvidado: Maurice Rollinat. Yo procuraré deciros
sucintamente la pesadilla de su vida y el espanto de su fin. Porque aquí
una vez más se cumple _Talis vita, finis ita_. Todo es uno en el hombre:
existencia, obras, impulsos; la fatalidad, que tiene muchos nombres,
rige la vida, desde el espermatozoario hasta la podredumbre. Y así hay
la fatalidad del bien, como hay fatalidad del mal, fatalidad angélica y
fatalidad demoníaca. Y tal hombre desde la cuna va para el altar, y tal
otro para la batalla, y tal otro para mirar pensativo las entrañas del
mundo. Allí están los instintos y las vocaciones. Vocaciones, es decir,
llamamientos, llamamientos de voces inaudibles que están en lo profundo
del misterio y de la eternidad. Y la eternidad y el misterio estarán
ante las cosas humanas cuando no exista ni el polvo de recuerdo de la
sabiduría de hoy, y como estaban en los tiempos en que se levantó la
Esfinge egipciaca y en que había pensadores y sacerdotes en la Atlántida
y en Palenke.

       *       *       *       *       *

Maurice Rollinat fué un poeta de talento, ni mayor, ni menor; en todo
caso, en las antologías entrará como un poeta menor, a causa de ser su
obra casi toda reflejo y eco; reflejo lejano de Poe, eco de Baudelaire.
Su poética no alcanzó al simbolismo ni se quedó completamente en el
Parnaso. Su alma fué la de un romántico puro, exacerbado, pues hasta en
su licantropía tuvo un antecesor en el antiguo batallón huguiano.

Apareció su nombre repentinamente y se apagó de pronto, como un fuego
fatuo o de artificio. Era en los tiempos de la impasibilidad parnasiana
por un lado y de la sequedad naturalista por otro. Apenas Richepin había
puesto por un momento agitación con sus _Chansons des Gueux_. El
ambiente era propicio para otra cosa. Rollinat apareció como cultivador
de «flores del mal», rimador y músico macabro. Cantaba en _cabarets_ y
salones versos baudelerianos con música suya, y canciones propias,
aullantes, gimientes, con una voz lúgubre y un aire más lúgubre aún. Era
en los tiempos en que Sarah Bernhardt, entre cuatro cirios, se complacía
en dormir en un ataud... Sarah Bernhardt se encantó con el nuevo lírico,
que tan bien sentaba a sus nervios. Era en los tiempos en que aquel mal
sujeto, que se llamaba Albert Wolf, hacía y deshacía reputaciones en las
primeras columnas de _Le Figaro_, y Albert Wolf dedicó un elogioso
artículo al lírico que agradaba a Sarah Bernhardt, y París reconoció en
seguida que Maurice Rollinat tenía genio. La moda estaba por las
neurosis, verdaderas o falsas. ¿Rollinat era sincero, o era un _poseur_?

La tragedia lamentable de sus últimos días, después de tantos años de no
variar de actitud, aun lejos de París y sus literaturas, fuerzan a creer
que el pobre poeta era sincero. Cuando más, podría suceder que el hábito
de estar agitado y la obligación estética de la desesperación le hayan
al fin perturbado el cerebro y acabado por lanzarle en el abismo a que
tantas veces se asomó. Luego los venenos del carácter, los modificadores
del pensamiento, los paraísos artificiales que no son sino infiernos
verdaderos, llámense alcohol, morfina, cloral, le acabaron de empujar en
el reino temeroso de las tinieblas enemigas. Una vez más se hace
palpable la verdad que encierra un decir que se encuentra entre los
principios de la antigua Cábala: «No hay que jugar al fantasma, porque
se llega a serlo.» Ese más allá tan desconocido hoy como en los más
recónditos siglos, contiene todo lo que hay de profundamente misterioso
en el universo, la esencia del pensamiento, el secreto de la locura, la
verdad del ensueño, la razón de la muerte. Claro es que los que tenemos
una creencia religiosa cualquiera, no contamos con la última hipótesis
del último estudioso y con la última suposición del más flamante
descubridor de absoluto. Rollinat en otras épocas habría sido tratado
por el exorcismo y, posiblemente, quemado; por menos se quemó a otros.
Hoy ha muerto en una clínica, gracias a que los antiguos teólogos están
sustituídos por los modernos psiquiatras, lo cual está reconocido como
una ley del progreso.

       *       *       *       *       *

Uno solo de los libros del desventurado os dará una idea de la caja de
Pandora y urna de los demonios que era su pobre cráneo: _Las neurosis_,
dividido en cinco partes: «Las almas», «Las lujurias», «Los espectros» y
«Las tinieblas». Un médico os dirá: «Delirio de la persecución,
lipemanía, parálisis general»; un doctor de la Iglesia os declararía
francamente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas de la persecución
del fantasma del crimen, el superaguzado instinto del daño: los vagos
estremecimientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañezas de la
música, el alma de Chopin y de Poe, los horrores de la pasión carnal,
las crueldades de la carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las
torturas, los gatos, las serpientes, los tísicos, el suicidio, el gusano
de tierra, la «leche de serpiente», los lagartos verdes, el idiota, el
miedo, el amante macabro, la señorita esqueleto, la muerta embalsamada,
el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, el bohemio, el enterrado
vivo, el soliloquio de Troppmann, el verdugo monómano, el monstruo, el
loco, la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipocondríaca, la
quimera, la locura, el mal de ojo, la navaja de barba, la vilanela del
diablo, la rabiosa, los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías
lentas, el ataud, la Morgue, la putrefacción, el silencio de los
muertos, el infierno, el epitafio, _De profundis_... Todos esos son
títulos o temas de sus poesías, y las poesías corresponden al tema...
Todo eso se recitaba y se sabía de memoria en los salones parisienses...
Platos especiales, versos _faisandès_, complemento del estremecimiento
nuevo traído por el otro maestro infeliz, Baudelaire. Mas en la
suposición de que en Rollinat fuese natural esa manera de mirar la
existencia por su parte obscura, fúnebre y diabólica, en el público no
podía durar lo que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no se
volvió a hablar más del féretro de Sarah Bernhardt ni de las canciones
tenebrosas del sombrío melenudo «que se parecía a un lobo».

Se dijo que se había ido al campo a llevar una vida de campesino. Otros
libros de versos suyos, en que hasta el sentimiento de la naturaleza
está expresado con su preocupación, con su obsesión eterna, llegaron,
pero ya no tuvieron el éxito que los primeros poemas de sombra, de
noche, de miedo y de sangre. El pintor sueco Allan Osterlind, que fué de
sus íntimos, ha narrado algo de su vida en la campaña. Osterlind
recordaba las largas noches de invierno, en Fresselines, en que el poeta
pasaba al piano, cantando con su voz potente y singular, que iba de bajo
a tenor, las melodías originales inspiradas en sus versos campestres:
«La canción de la perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los
cuervos». Contaba su vida entre sus perros y gatos, y el gozo del poeta
en recibir a sus amigos, en retenerlos hasta por la mañana a la hora en
que la poción de cloral le procuraba un sueño pesado, surcado de sueños
fantásticos... Casado, en la paz del campo, adonde cuentan que solía
salir con gruesos zuecos, de pesca, de excursión, no pudo, sin embargo,
encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado las regiones del miedo:
harto provocó el terror en sus libros y en su vida. Solía errar entre
ruinas y lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la enfermedad, le
había agarrado con sus uñas potentes. La vida se vengaba de él
entregándole por completo a lo que está más allá de ella, a los
delirios, a los terrores, al imperio de las tinieblas enemigas.

       *       *       *       *       *

Veinte años después de su separación de París, ciudad de su éxito y de
su perdición, volvió. Hace como tres meses... ¿A qué viene Rollinat? ¿A
traer un nuevo libro en que renuncia a las sombras y saluda el bien que
hay bajo el cielo azul? ¿A cantar un alba de paz, de felicidad humana,
de amor entre los pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armonía?
No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su mujer, que ha sido
mordida por un perro rabioso. Y días después el amargo hombre, todo
nervios y terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, que ha
muerto de la más horrible muerte: de rabia.

En seguida, en su desesperación, vuelve al campo, en donde no puede
estar un sólo momento tranquilo; recurre a los narcóticos, a los
brevajes de olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la locura
llega, violenta, y hay que traerlo a una casa de salud, a las cercanías
de París, a Ivry, a la clínica del doctor Moreau, de Tours. Allí muere,
y mañana lo entierran.

Esta noche, después de escritas las líneas anteriores, he abierto el
volumen de _Las neurosis_ y me he quedado ciertamente estupefacto al
encontrarme con un poema, que es extraño que a ninguno de los necrólogos
de Rollinat haya llamado la atención... Es algo que espanta... Para
coincidencia es demasiado... Luego, la casualidad, es algo tan
misterioso... La poesía, «escrita hace veinte años», es la siguiente,
que traduzco literalmente:


LA RABIOSA

    ¡Quiero morder! ¡Retiraos!
    ¡La noche cae sobre mi memoria
    Y la sangre sube a mis ojos locos!
    ¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
    Babea a través de mis cabellos rojos.

    Ya he hecho horribles hoyos
    En mis dos pobres manos de marfil,
    Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
              ¡Quiero morder!

    Calmaría mi sed en vuestros cuellos
    Si pudiese todavía beber.
    ¡Oh! Siento en mi mandíbula
    Una rabia abominable:
    ¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
              ¡Quiero morder!

Se comprende que, después del horroroso desenlace del accidente de que
fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed ardiente de sus
nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el suicidio,
que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes
que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el
manicomio.

    Oh! comme je comprends l’amour de Baudelaire
    Pour ce grand Ténébreux qu’on lit en frissonnant!

dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los malos maestros», diría con
razón Jean Carrère. En otra parte escribe:

    A force de songer, je suis au bout du songe;
    Mon pas n’avance plus pour le voyage humain,
    Aujurd’hui comme hier, hier comme demain.
    Rengaine de tourment, d’horreur et de mensonge!
    Il me faut voir sans cesse, où que mon regard plonge,
    En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin,
    Satan fausse mes yeux, l’ennui rouille ma main,
    Et l’ombre de la Mort devant moi se prolonge.

El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus dedicatorias... a Barbey, a
Bloy, a Rops, a Charles Buet, al doctor Julien... Seguramente Rops
pintó su «Bebedora de ajenjo» por los versos que Rollinat dedicara a
aquel médico. Quisiera traduciros el rondel de «La locura»,
profético..., como el «Mal de ojo»... o el «Horóscopo», en que

... soudain, de dressant dans la brume
                  Devant mes pas,
    Un long Monsieur coiffé d’un chapeau haut de forme
                  Me dit tout bas
    Ces mots qui s’accordaient avec la perfidie
                  De son abord:
   --Prenez garde; car vous avez la maladie
                  Dont je suis mort.

Pero no dejaré de transcribir íntegro el «Epitafio», que es de una
horrible actualidad y que hará meditar a los reflexivos:

    Quand on aura fermé ma bière
    Comme ma bouche et ma paupière,
    Que l’on inscrive sur ma piérre:
   --«Ci-git le roi du mauvais sort.
»Ce fou dont le cadavre dort
»L’afreux sommeil de la matière,
»Fremit pendat sa vie entière
»Et ne songea qu’au cimetière.
»Jour et nuit, par toute la terre,
»Il traina son cœur solitaire
»Dans l’epouvante et le mystêre,
»Dans l’angoisse et dans le remord.
»Vive la mort! Vive la mort!

Sin embargo, en la última página de su tremendo libro se le escapa, a
pesar de su obsesión malsana, un clamor que pide piedad: _Mon Dieu_...
Dios haya, por fin, en la eternidad, libertado del dolor el alma del que
fué condenado en vida, y salve a los poetas de buena voluntad del
imperio de Las tinieblas enemigas.

[Illustration]



[Illustration] ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS


En el antiguo teatro de Orange, junto a los viejos muros que el Rey Sol
llamaba los más bellos de su reino, al amparo de las divinidades
antiguas que protegieron la civilización helénicorromana, Jean Moreas,
poeta francés, de sangre griega, hace en estos momentos renacer la
gloria de los ilustres coturnos, renovando en sonoros y soberbios versos
a su antepasado Eurípides, y cumpliendo una vez más, en la fuerza de su
otoño, la promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas de Grecia
libarían una miel francesa.

       *       *       *       *       *

Hace diez años tuve el honor de hablar por primera vez en nuestra
América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos
Aires, como cónsul general de Colombia, _vía_ París... En este soñado
París había recogido las impresiones espirituales que más tarde fueron
_Los Raros_. Iba con cosecha de ilusiones y amables locuras... Mi
sueño, ver París, sentir París, se había cumplido, y mi iniciación
estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y me entusiasmaba...
Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno
Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas. ¡Amigo
de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había
nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques,
adonde iba a soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados
de ramas nudosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores!

¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba entonces en casa del
temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El
era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la entonces
hirviente bohemia intelectual de _La Plume_. Conocía a casi todos los
miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con
Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo:
«Esta noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy
vivamente.

Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a buscarme. Encontramos al
poeta del _Pelerin Passionné_ en un café del barrio, creo que en el
Vachette. Estaba a su lado su entonces compañero menor y ayudante en sus
líricas campañas, Maurice Duplessis. Y encontré a un Moreas sereno,
sonoro, admirable parlante, amable, noblemente fraternal, sin buscar ni
admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a los insensatos. Y
como le dijese que el holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en
que se trataba de la leyenda moreana--vanidad cómica, frases
asustadoras, autolatría--, me dijo simplemente con su voz de bronce, del
profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos toda esa
noche de arte, de ideal, de belleza--es decir, él habló... Como cerraron
el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la
mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es
el pasado--¡ah!, como mi fresca juventud.

Las páginas que publiqué en _La Nación_ sobre Moreas fueron hechas en el
mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes
y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad. Confieso que
jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más poseída de
la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir la
vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y
piadosa de Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su
diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excepción en esta ciudad de
las duras intrigas, de las crespas batallas; los roces ásperos no han
hecho más que abrillantar sus facetas, como a las piedras finas. Primero
sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le atacaron la rivalidad y
la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor
siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la _réclame_. Desdeñó cetros
de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras
que desaparecen... Y modificándose, mejorándose, siempre siendo el
mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un lado confina con la
selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde están sus
abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos. Y
así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes,
fué simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal
de sus poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su
íntimo consejo su más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa
que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales _Stances_ y ha
concluído su _Iphigénie_, la desde hace tanto tiempo anunciada e
incubada tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su
retiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy,
con el triunfo de Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos
en la historia de las letras francesas los buenos combates de los
simbolistas y decadentes, aclarado el campo intelectual, surge
definitiva la figura del lírico resucitador de las hermosuras clásicas,
del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a decir en pleno
siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de la
Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de
heroísmo y de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de
recordar por los siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.

Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni menospreciar sus
primeras victorias. No hay que renegar de la juventud. Las _Syrtes_, el
_Pelerin_, las obras primigenias, inician la obra por venir, la obra
presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras decisiones futuras.
Mejorarse no es contradecirse. Simplificarse no es desdecirse. Cada
momento tiene su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la
naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no hay mejor
certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan--o la hostia.

      Paris, je te ressemble; un instant le soleil
    Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
    Au vent septentrion si tu te fais pareil,
    Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
      Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
    Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
    Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
    Et le sombre destin sourit sur mon visage.

Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, pues, que es necesario
que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París,
que se parezcan a París y que de repente digan palabras universales,
sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad: «Hélas! que
le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan
sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es
en la trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.

Cuando he vuelto a París a establecerme--por siempre--no he procurado
buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de
impertinente la admiración intempestiva y la solicitud irrazonada. Por
otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta es una mala condición de
mi carácter en mis tareas. No he sido hecho para la visita ni fabricado
para la _interview_. Tanto peor para mí, que no he gozado de la
familiaridad de los _chers maîtres_. No obstante, a Moreas le he vuelto
a ver. Triste, con su melancolía altiva y con sus canas. Allí, en el
café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a Courteline y otros
señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y Moreas,
notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo--¡un
Carrillo cuán otro!--con Duplessis--¡un Duplessis cuán cambiado!--hemos
solido recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos
Aires, cargado de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras
verdes a los mercados, una mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.

La _Iphigénie_ actual estaba ya empezada en aquellos días. En tal
ocasión dije que el poeta preparaba una pieza para la Comedia Francesa,
y que, dados sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella pieza
es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua memorable escena
del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de Francia.

Gloria sea dada al severo ordenador de admirables escenas y al siempre
magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es exageración
deciros que los versos de Moreas--los mejores de Moreas--son superiores
a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa. Este
descendiente de los Píndaros y de los Sófocles se expresa con singular
majestad en el verbo de los Racine y de los Chenier, y he aquí también
uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el
decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.

Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y de sabia armonía.
Esto es del coro del quinto acto:

      Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête
              Où couléront des pleurs
    Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête
              D’un chapelet de fleurs
    Telle, en riche apparat, victime couronnée,
              Pour désarmer le ciel,
    Une pure génisse à la peau tachetée
              S’approche de l’autel,
    Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie
              Près des courantes eaux,
    Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie
              Au son des chalumeaux.
    Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,
              Avec un soin jaloux,
    T’élevait pour te voir dans le palais prospère
              D’un prince ton époux.
    Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!
              Une brutale main
    Avec le fer aigu fera de la poitrine
              Jaillir ton sang humain.
    Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage
              D’un charme virginal.
    Et la fierté décente et la fleur de ton âge
              Sauraient vaincre le mal,
    Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,
              Le vice injurieux
    Ont fait que les mortels sont livrés sans défense
              A la haine des dieux!

Y esto de Ifigenia al coro:

    Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets
    Vous ferez retentir des chants qui seront dignes
    D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits
    Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.
    Où sont les vases d’or et les libations?
    Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.
    O rapide Artemis qui règnes sur les monts,
    Je donne sans trembler le sang que tu demandes.
    Voici ma chevelure et mon front virginal;
    Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.
    Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal
    En célébrant ma mort comme un heureux présage.
    Je triomphe de Troie et fais tomber à bas
    Sa forte citadelle et sa muraille antique,
    Et pour fixer enfin la chance des combats,
    J’efface de mon sang l’oracle prophétique.
    O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,
    Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,
    Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont
    Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?

La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo
saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación
de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a
Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain,
y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron
campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias
blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue
su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don
divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta,
poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!

[Illustration]



[Illustration] A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES


Acabo de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama
francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula _L’Ombre des jour_,
y viene después de otro: _Cœur innombrable_. Este flordelisado
volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro
de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con
la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente
por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de
Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no
le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una
media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de
rosa--a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda
malla, húmeda aun de su preferida fuente.

La condesa de Noailles no es una _basbleu_. Es una bella flor humana
llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es
una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de
figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven
exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra
simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un
automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y
soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa
apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los
bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su
naturaleza:

      Car dans ce temps, haute et paisible
    La Nature, ses bois, ses eaux,
    N’avalent pas cette ame sensible
    Qui plus tard fit pleurer Rousseau.

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a
coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama
aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué
dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del
desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La
condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto
natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que
el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia
de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y
que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él
se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular
poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo,
dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda
de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas
primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de
los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria
y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se
singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su
patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de
atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra
al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente.
Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su
juventud y su sed de amor:

    Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
    Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
    Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
    Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.

Ronsard se consolaba con ser leído _a la chandelle_ por la amada
envejecida; y Ponsard--¡hay distancia!--dijo la misma cosa en un soneto
a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada
después de la muerte», y dice:

    Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
    Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
    Ayant tout oublié des compagnes réelles,
    M’accueille dans son âme el me préfère à elles.

Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre
los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a
asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de
las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del
espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la
ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta
hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo.
La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza
que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos
contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El
público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor
blasonado--en nuestros países el rico autor--como labor de _dilettante_,
como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele
haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se
atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La
sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones
mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el _flirt_
moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la
agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de
una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse
a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha
habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me
refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras _viragos_ del
feminismo militante.

Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo
no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese
que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la
sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se
llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos
delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados
científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay
hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.

A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la
marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo
alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la
antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en
ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando
se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y
digamos con el excelente Chrisale:

    J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,
    Elle accommode mal les noms avec les verbes,
    Et redise cent fois un bas et méchant mot,
    Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
    Je vis de bonne soupe et non de beau langage.

Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas, buen lenguaje y
buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que las
bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de
los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver
con los puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda
verdadera alta dama de antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que
no por el cuidado de su belleza y por la distinción de su jerarquía ha
dejado en abandono el capítulo importante y clásico de los asuntos
caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Victoria. Y luego, se
puede escribir el _Heptameron_ y hacer los ricos platos de dulce que
sabía confeccionar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga serie
de madamas que han dejado muy buenas obras y que han sido muy
hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa
famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma
señora. La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon,
la de Sevigné, la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les
faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, economía y ojo
listo, eso no.

       *       *       *       *       *

Lo que no es aceptable son las ridículas impertinentes, las excesivas
Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y quieren abrazar a Vadius
por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que el griego hay
muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la _snob_, la decadente, la
wagnerista, la partidaria del amor libre, la Eva nueva, la doctora
escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso
que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con
Armanda.

No hay en Francia la cantidad de _authoresses_ que en Inglaterra y los
Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que escriben,
autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha muerto
hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera
de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los
raros salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin,
o, más recientemente, Mme. Adam.

Unas cuantas personalidades se destacan en el copioso grupo. Cierta
revista muy mundana--_Femina_--ha propuesto como tema de un concurso, a
sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres francesas,
paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión fué
actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en
plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna,
Jeanne Chauvin, Judith Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith
Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin, Henry Greville, Gyp, Manœel de
Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean
Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne Mayrel,
Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret, Mesureur,
Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand, Clémence
Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux, Marcel
Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían
llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de
los mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias
humanas. Ya hay bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre
la de «inmortales» varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de
la mayor estimación y aun admiración, y los hay medianos y casi
desconocidos. No puede haber parangón alguno entre, por ejemplo, Judith
Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así
sucede bajo la Cúpula!

Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante todo, las de esas dos
admirables luchadoras que van a la acción, que ponen voluntad y talento
al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pacificadora
_Severine_. Luego vienen las de puro intelecto, las imaginativas y
ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme.
Vallete, o sea _Rachilde_, aparece como el cerebro femenino más
complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos.
Hace unos diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis
entusiasmos de entonces iban hacia la parte extrañamente diabólica y
misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya
a la escritora sadista--_Sade toujours_--, a la juglaresa incendiaria,
sino a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable destructora, a la
Sybila de la anarquía, cuyas ideas, hoy manifestadas en nuevas novelas,
o en críticas singulares, se puede no seguir, pero no se puede dejar de
admirar.

       *       *       *       *       *

Después están las estudiosas, como Lucía Félix Faure; las «maestras»,
como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el pensamiento
femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida entre
la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su
marido ha vertido, esas _Mil noches y una noche_, de los que parece
emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el
autor de _Cyrano_; la señora de Mendès, bella, que hace versos
hechiceros, y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que
no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento especial de esa temible _Gyp_?
Hay, por último, una novelista de actualidad, alabada por los
periódicos, y que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la
Vaudère. Aseguran que sus libros se venden mucho, y que está de moda en
los salones. No hay nada más intencionalmente obsceno, ni más
desprovisto de arte, que las lucubraciones de esta distinguida joven de
letras.

[Illustration]



[Illustration] NIÑAS-PRODIGIOS...


Se han descubierto recientemente en Francia algunas niñas-prodigios; dos
de ellas poetisas. Una, Carmen d’Assilva, aun siendo de nombre
«portugais» y aun estando en Francia, da tristeza: tiene diez años, una
carita pálida, de grandes ojeras, y ha escrito cinco volúmenes de
cuentos, un volumen de monólogos y de versos y siete piezas de teatros,
que ha representado ella misma... Es miembro de la «Societé des gens de
lettres» y de la «Societé des auteurs dramatiques» desde los nueve años.
Sardou le escribió: «Sois el autor más joven que se conoce, hija mía; os
felicito y os estimulo a que sigáis produciendo mucho, respetando
también los estatutos de nuestra Sociedad, que os remito.» Es de tenerle
lástima... La otra es Mlle. Antoni Coullet, de diez años también, y de
un talento indudablemente superior al de la anterior, aunque no haya
producido tanto. Coppée está encantado de ella y ha hecho que Lemerre
le publique un tomito de versos, entre los cuales los hay lindos. Citaré
los siguientes, sin traducirlos, para que se pueda apreciar mejor la
facultad poética de esta niña:


SUR MON PORTRAIT

    O vous! ne cherchez pas en ces trais la beauté.
    Il est des fleurs qui sont moins belles que la rose,
    Mais comme un papillon un court instant se pose,
    L’espoir des joies d’autruil sur elle est arrêté.

He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente a la autora no le han de
haber permitido conocer a Verlain:


VIEUX CARROSSES

    Aux temps lointains, où vos banquettes de velours,
    Frolaient le frais volant des blanches mousselines,
    Tandis qu’un chant sereint et doux de mandolines,
    Descendait lentament du faîte blanc des tours;
    Vous en avez tant vus, de satins et d’atours...!
    Le marchepied, usè par la haute bottine,
    Caresse, en souvenir, la mante incarnadine
    Et fait gémir le sable roux des vieilles cours...!
    Quand, au retour du bal, sous la mantille blanche,
    Et sous le grand col blanc, la large et plate manche,
    Une veine poudrée ouvrait vos rideaux clairs;
    Elle jetait au loin son evantail, et lasse,
    Fâle, elle s’étendait, noble et pleine de grace,
    Posant sur le velours sa main de rose chair.

Y este otro soneto:


A LA JEANNE D’ARC, DE CHAPU

    Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,
    Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?
    Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,
    Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!
    Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami
    Te montre, en vision, cette tombe embrasée
    Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,
    Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.
    Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,
    Et sur ton front brillait une lueur si douce,
    Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!
    Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,
    Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu
    Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.

Ved la opinión del poeta de _Les Humbles_: «Cuando el padre y la madre
de Antonine Coullet me mostraron los versos de su niña y me dijeron que
la _authoress_ tenía diez años, quedé estupefacto, como quedarán todos
los lectores. Pero a mi encantada sorpresa sucedió en seguida un
sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en el
pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un rostro
melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo
antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia
obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no
ha aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su
ortografía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado intacta la
ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita.
Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario
los ha hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un
rosal da sus flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda,
reminiscencias, palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que,
ciertamente, no comprende. Pero probadlos esos versos por la lectura en
alta voz, como se prueba la calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y
reconoceréis que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, llenos de
imágenes, en donde se estremece también muy a menudo una sensación
verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal precocidad. La palabra
«vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me viene
espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después
de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño
sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don
poético de esta niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus
primeras sonatas. Ese hombre de genio principió también como
niño-prodigio. Ante esta _mignonne_ Antonine pienso en el pequeño
Wolfang, sentado al piano.»

Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. Ante un caso semejante
al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que recordar que los
niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las promesas de su
infancia. Los demasiado amados de los dioses mueren brutos... todos
hemos visto a esos maravillosos compañeros de colegio que dejan
asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos
industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más
peligrosa aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de
pensar... El _record_ de la precocidad femenina creo que lo ha ganado
cierta niñita que, con motivo de una _enquête_, envió a una gran revista
mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de
casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os
confío a vos esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me
atrevería a decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si
no tienes más que doce años!» ¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no
se puede ser razonable a los doce años y adorar u ocuparse de un hogar y
de sus hijos? La edad no tiene nada que ver con el asunto; y tengo en mi
familia una tía de setenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la
vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego de los
caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el _petit Noël_, ni en
las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me
dejara ponerme _en menage_, y... comprar niños, se haría mucho mejor que
obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar
verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán
apreciarla. Es un caso que hace pensar en la posibilidad de la
transmigración de las almas... Es un caso de teratología psíquica.

He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la hermana del gran Blas.
Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental, y deleitó con
sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo también
algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza.
«Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de
son esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout»,
dice en su biografía Mme. Perrier. La _petite_ Pascal publicó, como la
_petite_ Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba lo
mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y comprar
hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline,
por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran,
puesto que compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti
de son enfant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse
après ses poupées». Se buscan en los primeros intentos las primeras
revelaciones del alma. Le dió la viruela y quedó horrible. Digna hermana
de su profundo hermano, sufrió con paciencia. Doce años tenía cuando
desempeñaba, a pesar de su cara picada, un papel en el _Amour
tyrannique_, de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, que decía
de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de grand». Luego
se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor composición sobre
la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que con
Corneille.

Entre los grandes nombres femeninos de la historia no es la precocidad
un común distintivo; sin embargo, para saber en su tiempo lo que una
Oliva Sabuco de Nantes, hay que haber sido un prodigio de estudio y de
comprensión desde muy tierna edad. En Santa Teresa todo es más
intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay ejemplos admirables.
Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de quien el
canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos
datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A
los once, conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua
un tratado de mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil
voces escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el alemán. Como
Cornelia Piscopia era un «oráculo _settilingue_». De Brosses, que la
conoció, escribía a su amigo el presidente Bonhier en una carta estos
párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo darle noticia, mi
querido presidente, de una especie de fenómeno literario de que acabo de
ser testigo, y que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que el Duomo
de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se me ha hecho entrar en
un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta personas de
todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita Agnesi
sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte
años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos
han traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen
augurio. No esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con esa
señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido
hacer una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa
jovencita una bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el
mundo. Ella le ha contestado muy bien; después de lo cual se han puesto
a disputar en la misma lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las
causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen algunas. Ella ha
hablado como un ángel sobre estas materias; yo nada he oído sobre eso
que me haya satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó que
disertara lo mismo con ella sobre el asunto que quisiese, con tal que
fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto al ver
que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una
lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un
hermoso cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo
con que el alma puede ser impresionada por los objetos corporales, y
cómo éstos se comunican con los órganos del cerebro; y en seguida sobre
la emanación de la luz y sobre los calores primitivos. Loppin ha
disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre las
propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he comprendido
nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para contestarle en
latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de recordar
en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre los
cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la
filosofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una persona de su edad
comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho que me haya
asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua que
seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y
corrección. Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y
la conversación se hizo general. Cada persona hablaba con ella en su
lengua propia.»

Ya se ve que ésta supera a todas nuestras cultilatiniparlas de la
actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas marisabidillas, y aun a
nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el caso de
Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos
volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional,
obra cuyo título es: _Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici
d’ogni secolo_, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos
de 250 poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio,
prosista, autora de versos, traductora de Terencio. «Doctissiman
fœminam Terentianis versionibus celebrem; et comico opere Italicorum
excellentissime»--; dice de ella el entusiasta Barbieri. Eran, sin duda,
tiempos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, flirt y otras
disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin ridículo se le
permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.

       *       *       *       *       *

A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscutible humorista, se
pudo leer en Londres, en el siglo antepasado, el anuncio teatral
siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y de Enrique
VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que ha
desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en
Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la
precocidad toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de
Montesquiou, al contrario, cuenta de una su amiguita y pariente,
niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas singulares. Si el caso
particular es verdaderamente raro--dice--, el hecho no lo es en sí. «La
infancia es poeta»--ha dicho Mme. Valmore--. Y Víctor Hugo ha escrito
estos versos, que son una noble explicación del precoz milagro:

    Il est, ou ne sait quel nuages de figures
    Que les enfants, jadis vénérés des augures,
    Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
    Ce petit voit peut-être un œil étinceler...

La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido exacto de su
etimología _in spirat_, y sopla en el virginal y delicado instrumento
como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce
Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es a
menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños
contienen ese _infandum_ que nos hace estremecer como algo de no
humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no
se encuentra sino en algunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña poetisa
no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en apariencia--y
en realidad--de toda preocupación literaria. De repente se verificaba el
prodigio.

Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa chiquilla de la
nobleza francesa--hoy ya crecidita y bella como un astro--. Estos, en
prosa, que parecen sacados de antología china:


LAS TRES PERLAS DEL MAR

Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos, como tres perlas.

Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más bellos, como si los amase.

Las montañas parecían flores a los barcos; y los barcos parecían a las
montañas chorros de agua.

Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya no se vió nada...


SOBRE EL AGUA

Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo color veía obscurecerse a
través de su esmeralda. El rosa de la carne surgía como un fruto en ese
verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada por la uña, rodeaba
el dedo, formando un globo a través del cual aparecía como un objeto
precioso.


EL INSECTO

El niño abrió lentamente su pequeña mano. El escarabajito estaba vuelto
de espaldas, como una minúscula tortuga. Después se levantó, se puso a
correr con toda ligereza de sus patas de hilo. Eleonora hizo un puente
con su mano; la coccinela recorrió los dedos, dió vuelta al más chiquito
y subió sobre la perla de un anillo, en donde se quedó un momento.
Luego, extendiendo sus alas que se reflejaron en la perla,
enrojeciéndola, voló».

Esta es una verdadera perla, digna de una verdadera niña y de un
verdadero prodigio.

Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda pena esas compañías
infantiles que suelen recorrer los países representando piezas hechas
para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas postizas
de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a jovencitas
en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar esa
especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de
esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia
lectores de la _Justina_, del «divino» marqués o de la _Antijustina_,
del Retif.

Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por manejos y artes de
horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al paladar. En las
almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como en crimen,
no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre ante el
espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los
paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus
maneras y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si
no con el espíritu pervertido, con una idea muy especial de la
existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de la carta
que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años
se piensa así, ¿qué será a los veinte?

[Illustration]



[Illustration] ROSTAND, O LA FELICIDAD


Monsieur Edmond Rostand, el célebre autor de _Cyrano_, el benjamín de la
Academia Francesa, es, indudablemente, un hombre feliz. Sus muchas
docenas de admirables camisas son las camisas del hombre feliz. Tiene
millones, tiene una linda mujer que le comprende dos veces y que se
llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar y gozar en Cambo,
lugar meridional y florido. Cada paso que ha dado ha sido un triunfo.
París y las parisienses se han enamorado del rey Rostand. Su entrada al
palacio Mazarín ha sido un acontecimiento nacional. Si viene una
emperatriz, él es quien la saluda en verso. Los _reporters_ publican sus
menores gestos y comentan sus menores deseos. En el Museo Grevin tiene
su estatua de cera. La fotografía le ha popularizado en todas las
posturas. En las ilustraciones se le ve kodakeado en el campo,
ilustremente, al lado de su esposa, como antes a Daudet con la suya. El
día de su recepción de inmortal, Sarah llevaba el compás de las frases y
Coquelín le besó. Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más que
para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, naturalmente, de la
elegancia y del lujo, y en ellos vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta
salud. Cada vez que escribe un verso se gana un luis, si no más:

    Ce sont les cadets de Gascogne
    De Carbon de Castel-Jaloux,
    Bretteurs et menteurs sans vergogne
    Ce sont les cadets de Gascogne...

Diez luises por lo menos. _L’Aiglon_, _La Samaritaine_, la mar de
luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde quiere. Su pegaso
tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de cierta novela
de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama parisiense,
es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera
disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de
los Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a
ser rey de la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta
universal.» Ninguna exageración le sienta mal. Su gloria es gascona.
Tiene la suerte de hablar en una lengua que todo el mundo entiende. Sus
piezas son representadas y aplaudidas en todos los teatros de la tierra.
El poeta Mendès escribe de la Francia: «La patria de Corneille, Hugo y
Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica
a admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante
incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el
César de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe,
la sabiduría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la
felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir
una casa en un sitio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo
el agua del gentil Nive, tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí
mi vida. ¿Para qué recargarla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de
trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de trabajo que se quiere
imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de
trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace nacer a su
_Cyrano_ en una cuna de oro y a su _Aguilucho_ en un nido de marfil. Y
luego él mismo se da a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de
sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. _¡Veinard!_:
Rostand, o la Felicidad.

       *       *       *       *       *

Todo no está, en la lógica de la existencia, muy puesto en razón. Es un
caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar
su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello uso sabe
hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al contrario,
al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos
que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando concluyó el _Quijote_;
que Homero fué un mendigo; que muchos grandes poetas vivieron y murieron
en el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me decía una vez un
amable hotentote: «Dios quiera que nunca le sonría a usted la fortuna»,
y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría al pato y
al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado que ha de ser
paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para que su
canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien
mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin
los miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba
hermosamente en su quinta, colmado de los oros del César; Lamartine
nunca tuvo más melodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica
ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor de los millones. ¿Qué
no hubieran hecho Laforgue con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con
rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es pactolizada. Y el talento
innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se sabe muy bien, no
hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus dramas
han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand
habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre
todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que
Dios no da, ni Salamanca ni el Banco de Francia lo prestan.

La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más que ineptitud y
mediocridad, a pesar de cuantas maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo
primero es ser pescador de luna; si se pesca desde un puente de plata,
la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe valorar y amar los bellos
espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el
lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer, entre el gozo
irrazonado y el fastidio...

¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna manera. El mérito del
portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato jardín, como el
«Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la _réclame_ con un
monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por
Dios! Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El
verbo de la Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M.
Rostand, que sucede a M. de Bornier en su sillón de la Academia
Francesa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un poeta elegante,
delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente rimador; y como teatral, como
poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! No se
burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay otros que
son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan los
arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de
la muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier
de l’Isle Adam hay su distancia...

       *       *       *       *       *

En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que
se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan
solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la
bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El
clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y
entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul
del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin
embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias
protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en
cualidades diferentes al autor del _Aiglón_, inferior a Banville, a
Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del
Mediodía--no hay peor cuña que la del mismo palo--, Jean Carrère, que
es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria
resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y
mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac
en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace
un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué
amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los
autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida
interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia
Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional;
parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla
se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que
no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas
rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años
recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre
cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se
mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en
nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas,
del éxito de nuestros actores, de las _tournées triomphales_, de
nuestras grandes _vedettes_. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra
sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de
conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en
América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y
emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la
«misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con
cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo,
absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia
situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores
que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia
del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la
escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los
actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de
desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad
teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a
los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y
guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como
representante de la Francia, a su ilustre _valet de comédie_!» Monsieur
Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional;
pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para
este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los
galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco
representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió
expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a
las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand
defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay
sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su
vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano
invisible que baja el telón.

[Illustration]



[Illustration] LA PRENSA FRANCESA


I

Los diarios.

Uno que otro día suelo comprar la _Gazette de France_, el venerable
diario que casi nadie lee, salvo los abonados monarquistas. Lo compro
por honrar la memoria de Théophraste Renaudot, que no era ningún Gordon
Bennet, y por leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Maurras. Esa
vieja hoja, la primera que salió de las prensas francesas, está hoy
decaída, como las ideas que representa. Su figura no luce, sus hábitos
no van con la nueva vida periodística de este París que se ayanquiza,
que ha cambiado, que se ha transfigurado, en cuerpo y alma, desde los
tiempos en que Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en la
enseña del _Grand Coq_. Hay algunas publicaciones que permanecen fieles,
hasta donde les es posible, al pasado; pero la evolución del periodismo
francés tiene etapas demasiado marcadas en su historia. Los tiempos han
cambiado; y, desde la aparición del primer periódico, la prensa ha
correspondido a su tiempo.

       *       *       *       *       *

Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni. En ellas hay un
capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra ya de
«l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El
hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas,
dice, aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes.
El _Journal de Paris_, célebre a la sazón por un _canard_ ruidoso. Este
periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar
sobre el agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La
afirmación no era cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación
que tres años después un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con
unos zapatos de su invención. El _Journal de París_ no quedó ya como
mentiroso... Goldoni habla también de la _Gazette de France_. Aparecía
entonces dos veces por semana, «y si no da las noticias más frescas, las
da en cambio más seguras».

El _Journal Europeen_ era «una gaceta inglesa traducida al francés». Muy
dedicada a cosas parlamentarias, y muy buscada por el público. El
_Mercure de France_ había dejado de publicarse mensualmente y aparecía,
más pequeño, cada sábado. Cita con elogio el _Año Literario_, de Freron.
El _Journal des Savants_ «non e fatto per tutti». La _Gazette des
Tribuneaux_, útil para empleados y curiales, y el _Journal de
l’Agriculture_, para los cultivadores. El más afortunado era la
_Bibliothéque des Romans_. Merecía ser leído el _Journal de
Litterature_, «benissimo scritto e molto giudizioso nelle sue critiche».
Solamente hay en ese tiempo dos diarios: el _Journal de París_ y el
_Journal de France_. «Objeto principal de este último es el anunciar los
bienes muebles e inmuebles que se venden o alquilan, de las cosas de que
querían deshacerse los posesores», etc., etc. En cuanto al _Journal de
Paris_, «algunas veces el público lamenta que no sea bastante rico de
noticias». Y el buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico
de noticias todos los días? Y luego, ¿se puede decir todo, escribir
todo, imprimir todo? No sospechaba por cierto en lo porvenir la
información actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, se
escribe todo, se imprime todo.

En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó sino con la
Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez; Desmoulins, con
su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas activas. Las
luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja con su
noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza su
_Ami du Peuple_; y el periodismo furioso y sanguinario tiene iniciadores
como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto
istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su _Journal de
la Liberté de la Presse_. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino
libertinaje.

Bajo el poder del emperador no hay expansión para la prensa. Después
nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier, precursores
de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y compañía.

A la vuelta de los Borbones hay un despertamiento. El periódico cuenta
con plumas como las de Bonald, Lamennais, Chateaubriand, que sustentan
los principios conservadores, mientras el liberalismo tiene a Cousin,
Guizot, Royer-Callard, Foy, Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos
representantes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis Veuillot.
Girardin, como dice en una buena frase M. Edmond Pilon, crea _la Presse
d’un coup de plume et tue Armand Carrel d’un coup d’épée_. A través de
los cambios políticos, brillan los Louis Blanc, los Raspail, Hugo mismo,
que fué colosal periodista. El segundo imperio llenó los diarios de
literatos y poetas. Nacieron los Scholl, los Saint-Víctor, los Gautier,
los Vacquerie. La guerra y la Comuna pasaron. Hubo una transformación en
todo. Los diarios cambiaron de ideas, de rumbo, o suavizaron sus
tendencias. El número ha aumentado largamente. Y un soplo venido de los
Estados Unidos, ha propagado últimamente el espíritu yanqui en el
diarismo, como ha creado el _magazin_, fotográfico, de actualidad y de
curiosidad.

¿Quién no sabe que el _Temps_ es el más serio y autorizado de los
diarios parisienses? Sus cortos artículos editoriales resumen en
juicios, casi siempre acertados, los movimientos de la política
mundial. En cada número un redactor representa el pensamiento
espiritual, la crítica fina, Pierre Mille o Nozieres, por ahora. Allí se
publican las «interviews» famosas, «los paseos y visitas» de un eminente
reporter: M. Adolphe Brisson. La crítica literaria y dramática cuenta
siempre con dos «normaliens» de fuste. Los que han firmado, firman, o
firmarán esas secciones, han sido, son o serán de la Academia Francesa.
Los asuntos militares los tratan en largos artículos dos militaristas
fuertes, como los hermanos Margueritte. Un reposado gentleman-farmer
envía de cuando en cuando agradables cartas sobre agricultura. En el
folletín hay casi siempre una novela extranjera.

En cuanto a información, el _Temps_ es de los más adelantados, y sus
noticias son siempre de buen origen. Antes de pasar adelante, he de
advertir que es inútil buscar aquí una información semejante a la de los
grandes diarios yanquis, ingleses y argentinos.

El _Figaro_, que ha pasado recientemente por una crisis resonante,
guarda su carácter tradicional, moderado y mundano. Se conserva la
usanza de los «sonetos políticos», de Magnard. Siempre, el redactor en
jefe, da su opinión sobre la situación, si no en catorce versos, en más
o menos espacio que el que ellos ocuparían. El primer artículo es
literario, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, o en vísperas
de serlo. Un redactor hay, cuotidianamente, para un asunto de interés
actual en la vida parisiense, y, entre la legión de sus reporteres,
cuenta con el reporter parisiense por excelencia M. Chincholle, y con un
hábil interviewista, M. Huret. Mantiene en la mayor parte de las
capitales europeas corresponsales que están, o aparentan estar, en todos
los secretos de cancillería y de salón. Como crítico teatral firmaba
Henry Fouquier; hoy llena la tarea Emanuel Arene. Recientemente el
_Figaro_ ha llamado a Catulle Mendés a su colaboración literaria fija, y
el buen poeta dice, en prosa y verso, cada quince días, impresiones,
sensaciones e ideas.

El _Gaulois_ es el rival mundano del _Figaro_. Su clientela es
monárquica y de alto rango. En su redacción se guardan todas las
conveniencias. Tiene una sección muy interesante, sus _blocnotes_
parisienses. Como el _Temps_ y el _Figaro_, se vende a quince céntimos.
Manifiesta también preferencia por la literatura y el arte. Conservador
y todo, tiende a mejorar como empresa. El _Journal des Debats_ es el
viejo periódico sabio y correcto de antaño. Tiene una clientela especial
y distinguida. Guarda la tradición del folletín de crítica dramática.
Sus colaboradores son casi todos miembros del Instituto. Es el periódico
senador, antiguo par de Francia. El _Journal_ ha comenzado con gran
éxito y ha seguido una vida de éxitos. Diario cuyo director literario es
M. José María de Heredia, tiene un estado mayor de excelentes literatos
como redactores. Cuenta también con buenos periodistas, en el sentido
exacto de la palabra. Se distinguen en esto su redactor policial y su
vulgarizador científico. En cuanto a sus plumas principales, las hay
fuertes, admirables para la revista y para el libro, como la de M. Paul
Adam, cuyos artículos muy sesudos, atrevidos y macizos, no son muy
propios del diario; Michel Prince publica sus diálogos picantes; André
Theuriet, sus impresiones y cuentos campestres; «Severine» hace su
propaganda humanitaria; Mezervy dice sus historietas voluptuosas; Hugues
la Roux, sus viajes e impresiones, y así otros cuantos colaboradores
fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tiene buenos
reporteres, como Naudeau, y tres escritores risueños: Pouchon, famoso
sacerdote de Baco; Alphonse Allais, que es en París lo que Luis Taboada
en Madrid y Eustaquio Pellicer en Buenos Aires, y Franc Nohain, un
humorista en versos amorfos, que recibe las confidencias de las
cafeteras, de los billares, de las muñecas y de otras cosas así, y que
agarra una rima y no la suelta hasta no acabar con la paciencia de sus
lectores.

El _Matin_, que en su nueva época ha iniciado un movimiento de
información y de actividad diarística que le ha sido muy provechoso, y
el _Français_, que aparece por la tarde, en dos o tres ediciones, son de
una misma empresa. Publican siempre un artículo de actualidad, un cuento
y muchas noticias locales y extranjeras. Sus redactores principales son
Ch. Laurent y H. Harduin. Tienen un crecido número de colaboradores y
reporteres que han tenido ingeniosas ideas e iniciativas, como el que se
tiró al Sena para ver si lo salvaban los perros de la policía, y se
quedó una noche escondido en un sarcófago del Louvre, y George Daniel
que se ha disfrazado de mil maneras y ha ejercido cien oficios para
contar sus aventuras a los parisienses. El _Echo de Paris_, órgano del
nacionalismo, es un diario bien hecho, bien informado, con una buena
sección de telegramas del extranjero, y que se distingue como _L’Eclair_
por sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero se harían estas
líneas interminables si hablara de todos.

El establecimiento del _New York Herald_, en París, la invasión yanqui,
las relaciones más estrechas con los Estados Unidos, han traído al
periodismo nueva vida. Ya son señalados los redactores políticos que
hacen su largo editorial, los extensos capítulos, de antes, o las
dilatadas vociferaciones. Se busca decir en pocas líneas mucho. No se
declaman las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en literatura, en
arte, en sport, se aumenta la parte informativa, el elemento curioso, la
anécdota inédita. Con esto ha llegado también la _réclame_. Hay diarios
que dan primas a sus suscriptores; otros, como el _Journal_, han
inundado de carteles vistosos los muros de París, recomendando tal o
cual folletín espeluznante, y ofreciendo un premio de valor a la persona
que averiguase el final de la novela y la suerte de cada uno de los
personajes, después de publicados los primeros capítulos. El _Matin_ y
el _Français_ han iniciado las _sorpresas_. Los redactores del
periódico, desde el redactor en jefe hasta el último reporter, han
salido por las calles a ofrecer un sobre cerrado a las personas que
andan con el diario ostensiblemente. Los sobres contienen billetes de
mil francos, automóviles, una _villa_ amueblada y otros regalos de
mayor o menor precio. El _Journal_ siguió el ejemplo, y lanzó una
especie de combinaciones que eran simplemente una lotería, por lo cual
la ley cayó sobre la tentativa. Hoy hace lo mismo que el _Matin_.
Naturalmente, esa _auto-réclame_ no la hacen diarios graves y estirados.
Entre esos, el _Figaro_ ofrece a sus suscriptores el aliciente de las
invitaciones a sus fiestas y recepciones. Hay otros medios. El _Matin_
envió a un redactor a dar la vuelta al mundo en el menor tiempo posible;
el _Journal_ hizo lo mismo. Luchan a quien más acapara la atención
pública. El _Journal_ acaba de lograr una gran victoria: ¡ha sacado del
presidio a un condenado a perpetuidad, inocente, según se ha probado; le
ha traído a París, le ha banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo
en la estación del ferrocarril! El _Matin_ se ha puesto pálido... Sería
necesario algo más sensacional: un condenado a muerte, inocente también,
arrancado a la guillotina... Pero eso no es fácil.

       *       *       *       *       *

¿El papel político de cada diario? Conforme a los intereses del partido
que lo sostiene. ¿El tono habitual de ellos? En un curioso estudio de M.
de Noussanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de frases y
palabras usuales en el repertorio de cada uno. _La Croix_: «Este
gobierno nefasto... El ejército encarna la patria... No queremos por
prueba... En cambio... Los francmasones... La francmasonería...
Revuelta... Los revoltosos... Dios... Castigo... Misericordia...
Cólera... Cristiandad... Anticristiana... Obolo... Pequeño óbolo...
Documentos... Escándalo... Perfidia...» _L’Aurore_: «Los gobernantes,
explotadores y ladrones... Los bandidos, los asesinos galoneados...
matadores... carniceros y violadores... Yo quiero... Yo... Yo haré... Yo
he dicho... Yo he citado... Yo repito... Las órdenes de la conciencia...
Las luces de la razón... Los pretorianos... Brutos... Policía...
Malhechores civiles y militares... Cadáveres... Barbarie... Fuego y
sangre... Cobardías... Atrocidades... Infamias...» _La Libre Parole_,
órgano, como se sabe, de los antisemitas: «Este Ministerio de muerte y
de ruina... El ejército desorganizado... Yo... Yo soy... Yo sé... Ya
veis... Ya veréis... Imaginad... Notad... Escuchad... Desde el punto de
vista de... Hay... Hay más... El ejército... Los judíos... La judería...
El oro... Los cosmopolitas... Israel... El país... Canalladas...
Traidores... Abominable... Inmundo...» El _Figaro_: «Cuando se tiene el
honor de ser un hombre de gobierno... Es preciso... Respetamos demasiado
el ejército... El respeto de las instituciones... El respeto de las
leyes... El respeto del orden... La libertad... Las libertades... La
masonería... Los jacobinos... Las pasiones... Sospechas...
Sospechosos...» _La Patrie_: «El Ministerio de vergüenza y de
traición... El ejército francés sobre todo... Así pues... Ved aquí...
Ved... Desde la guerra... La lección del pasado... Parlamentarismo...
Incoherencia... Fe... Ley... Odiosos sectarios... Sin patria... Nuestros
adversarios... Los peores bandidos... La libertad... Las libertades
violadas... Este pueblo... Un gran pueblo... Las conciencias
francesas... Deber patriótico... Derechos imprescriptibles... Esperanzas
invencibles...»

Por sus palabras los conoceréis.

Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en mal, el periodismo que
merecen.


II

Las revistas.

Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras convencionales, una de
ellas ésta: la _Rue de Deux Mondes_ es un cuadernote ilegible; no se
puede tener en la mano sin que el sueño no llegue a rendir al lector; es
una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos, refugio de
veteranos. Nada de esto es cierto sino en parte muy relativa. La noble
revista ha contado siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y
brillantes: es una publicación no extraña a la amenidad y
suficientemente valiente para dar acogida a obras a veces arriesgadas,
desde las de la Sand hasta las de D’Annunzio; es abierta a las
corrientes de ideas extranjeras, y en sus páginas han tenido lugar en
toda época trabajos de escritores de todas partes del mundo. Siempre ha
habido en su redacción una pluma hábil cosmopolita: antes era M. de
Mazade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron juzgados, a su tiempo, los
libros de Sarmiento, entre otros americanos.

Lo que sí es cierto es que la _Revue de Deux Mondes_ es la academia de
la prensa. Los autores franceses que escriben en ella son candidatos
para un asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el número de los
Cuarenta. Su opinión oficial, representada siempre por un crítico de
seso, no es ciertamente revolucionaria ni independiente. Para eso están
las revistas de otra índole. De Buloz a Brunetière, la dirección es la
misma. La revista que lleva como norma la seriedad y el buen sentido no
pretende, por otra parte, más que ser leída por el grupo que constituye
su especial clientela. Y en cuanto al color de sus ideas es invariable,
como el salmón de su cubierta.

       *       *       *       *       *

En realidad, la revista más respetable, si el respeto se mide por la
edad, sería el _Mercure de France_, cabalmente la revista más
independiente, más atrevidamente intelectual, más sólidamente moderna.
Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus citadas Memorias, dice: El
_Mercurio de Francia_, llamado antes el _Mercurio Galante_, ha variado
ahora el orden de su distribución. En vez de un volumen al mes, da una
parte cada sábado. Este trabajo es hecho por una sociedad de literatos:
comprende cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la literatura,
los teatros, las noticias políticas, y ha siempre conservado el antiguo
uso de los enigmas y logogrifos, de los cuales da la explicación en el
volumen sucesivo. El vocablo _enigma_ debe entenderlo cualquiera, pero
el de _logogrifo_ puede muy bien ser desconocido de muchas personas:
yo, por ejemplo, no tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la
explicación que se encuentra en el diccionario de Trevoux: «Logogrifo:
especie de símbolo en palabras enigmáticas; consiste en cualquier
alusión equívoca, o mutilación de palabras, por el cual se varía el
sentido literal de la cosa significada: de manera que está entre el
equívoco, o el verdadero enigma o emblema.» Las palabras de Goldoni
toman hoy un picante valor, cuando se sabe que ha sido en su reciente
época el _Mercure de France_ el campo de aparición y el lugar de batalla
de los simbolistas de la literatura, de los enigmistas del arte. Los
ingenuos emblemas de antaño se cambiaron en prosas extraordinarias y
raras, en poesía misteriosa y cabalística, con el curso del tiempo. La
verdad: esa revista, en su período contemporáneo, ha sido la _Revue de
Deux Mondes_ de los intelectuales en el mundo entero, de Rusia a los
Estados Unidos, de París a Tokio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la
causante principal del movimiento de ideas que en arte y filosofía
adquirió en estos últimos tiempos una expansión internacional y una
potencia cosmopolita. El decadentismo desapareció con señaladas
individualidades: el simbolismo dejó de ser una escuela para dejar en la
obra personal de sus principales sostenedores la verificación del
triunfo de una tendencia, de la victoria de una lucha mental que ha
influído en todas partes en las creaciones del espíritu y en el arte de
exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en que se hablaba de esta
publicación como una de las tantas tentativas de los «nuevos», de los
«jóvenes»; los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los jóvenes,
reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, desaparecieron Mallarmé y
Villiers de l’Isle Adam, dejando en la historia de las letras francesas
el resplandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en su madurez:
Henry de Regnier, altísimo poeta; Remy de Gourmont, cuya obra compleja,
profunda, sabia, vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, como
la de Nietzsche, quizá conmueva al mundo. Madame Rachilde, la
inteligencia más rara, a mi entender, que ha tenido una mujer sobre la
tierra; Jules de Gaultier, hábil manejador de ideas, filósofo
inesperado, cuyos recientes libros _De Kant a Nietzsche_ y _El
Bovarismo_ recomiendo a nuestros espíritus de meditación, a nuestras
inteligencias que no temen el vértigo de las altas especulaciones;
Barthélemy, que ha escrito una obra sobre Carlyle que es una obra
maestra, y una pléyade de estudiosos, de trabajadores, exploradores en
plena selva de ideas, o mineros de futuro. El _Mercure_ tiene la
particularidad de tener una redacción cosmopolita, y en cada número hay
una reseña del movimiento intelectual universal en secciones especiales.
Los «epílogos» de Gourmont y los juicios de Mme. Rachilde son verdaderos
atractivos para los sibaritas de las letras.

       *       *       *       *       *

El _Correspondant_ es una revista admirablemente dirigida, de gran
mérito por la calidad de su colaboración y que sostiene las ideas del
elemento conservador y religioso. Es poco leída en el gran público,
pero muy leída en las clases altas, en que no soplan vientos de _fronde_
ni se agitan otros problemas que los del sostenimiento de los antiguos
ideales y regímenes.

La _Grande Revue_ fué fundada a raíz de la famosa cuestión Dreyfus, y su
director es el célebre abogado Labori. Según su programa, se señala esta
publicación por dos caracteres esenciales: «desde el punto de vista
intelectual, la independencia absoluta de toda escuela, pues conviene
acoger lo que hay de excelente o de verdaderamente original en todos los
géneros: desde el punto de vista material, la periodicidad mensual, pues
en presencia de las múltiples ocupaciones de la vida moderna y del
número creciente de obras de toda suerte que hay que recibir a veces,
solamente para recorrerlas, una publicación consistente en un grueso
volumen mensual, compuesto con cuidado para que todo interese, y por lo
tanto completo y menos costoso que las obras similares, no tiene sino
ventajas». A lo cual se puede observar que hay una buena cantidad de
revistas mensuales tan nutridas o más que esa revista y que su lectura
se resiente de pesadez y de sequedad.

La _Revue Bleu_ es hebdomadaria, como su _adlátere_ la _Revue
Scientifique_. Se distingue por la variedad y la actualidad de sus
temas, y asimismo por lo escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo
que toca a sus ideas, se adorna de un sabio eclecticismo que no le aleja
ninguna simpatía.

No se puede decir lo mismo de la _Revue Blanche_. Esta es una de las más
intelectuales y, sin disputa, la más combatiente, emprendedora y activa.
Es anárquica, demoledora y nutrida de ideas. Su colaboración es
cosmopolita, como la de _Mercure_, y puede asegurarse que jamás se ha
escrito en ella una sola página en que no haya audacia y talento. Lo
subido de su color--¡a pesar de su candidez apelativa!--le ha atraído
los odios de los reaccionarios, pero le ha dado también una inmensa boga
en el mundo pensante, tanto en Francia como en el extranjero. Ha hecho
campañas sonoras y memorables, como la de Montjuich, dirigida por
Tarrida del Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades cometidas
en las prisiones militares francesas. Es uno de los órganos que más han
dado a conocer el actual pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada
tiene en él un defensor y un propagandista, así en literatura, como en
ciencia, como en política. En ella nació a la vida de la celebridad el
combatiente Gohier.

La _Revue Universelle_ es una continuación perpetua del diccionario
Larousse. Es un término medio entre la ilustración y la revista. Mezcla
la colaboración de ideas con las actualidades y curiosidades, aumentando
su prestigio de divulgación con sus numerosos fotograbados.

La _Revue de Paris_ es aristocrática, de un mundano intelectualismo y
ofrece a sus lectores de cuando en cuando lo más celebrado de autores
extranjeros en boga. No se distingue por ninguna particularidad. Parece
que, sin embargo, tiene una, y no la menos interesante para los
escritores: es la que más caro paga la colaboración entre todas las
revistas publicadas en París.

_La Plume_ es de hermosa historia. Fué un tiempo, con el _Mercure_, el
palenque de los poetas y escritores nuevos. Ha pasado por mil
vicisitudes: en ella nacieron a la vida de la gloria muchos autores hoy
ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se presenta flamantemente
como una de las mejor escritas y más artísticamente presentadas. _La
Plume_ daba en sus primeros tiempos banquetes, en realidad modestos
ágapes, pero que tenían la especialidad de ser presididos por una
celebridad del arte, de la ciencia, de la literatura. Hoy ha acentuado
su carácter artístico: inicia exposiciones, publica muy interesantes
monografías sobre los mejores pintores o escritores, y aunque ha vuelto
a las antiguas comidas, éstas no tienen ni la resonancia ni la alegría
de las otras, según parece. La juventud, _hélas!_, ha pasado.

Como su nombre lo indica, la _Revue Hebdomadaire_ aparece cada semana.
Es de un formato reducido, un cuadernito siempre lleno de curiosos
artículos, poesías y novelas. Antes daba la preferencia a las novelas y
reproducía obras conocidas. Hoy todo lo que publica es inédito, y la
dirección procura mejorar cada día. Lástima es que se insista en el
tamaño reducido, que, indudablemente, no hace bien a la revista.

La _Revue Brittannique_ desapareció. Es una lástima, pues desde que
Pichot la fundara, no dejó de ser una publicación seria, informada
intelectualmente y bien organizada como empresa. Era también una de las
revistas que más se ocupaban de la actividad mental extranjera, siempre
tan poco conocida entre los escritores de este país.

Hay una enorme cantidad de revistas especiales, desde las sabias
filosóficas y profesionales hasta las que son órganos de grupos y
escuelas, como _L’Effor_ o la _Revue Naturiste_, sin contar con las
innumerables de letras y artes que se fundan, viven un poco de tiempo y
se acaban. Fundación y _fundición_.

[Illustration]



[Illustration] LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO


Monsieur Charles Wiener, el muy estimable diplomático francés, tan
conocido en la América del Sur, dió en una ocasión una conferencia sobre
el Uruguay; en la cual conferencia, publicada después, se leen estas
palabras: «El número enorme de los animales matados permite juzgar la
importancia del comercio de las pieles secas o saladas, en gran parte
acaparado por un _trust_ norteamericano. Permitidme aquí una explicación
etimológica: los hombres que manipulan las pieles de los animales
desollados, y que, además, no son destazadores artistas, constituyen una
categoría de obreros llamados «arrastracueros», de donde viene, por
corrupción, la palabra extraña de _rastaquouère_. Aprovecho ese
paréntesis filológico para hablaros algo sobre la palabra y sobre la
cosa».

La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura;
pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga
del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar--«¿Quo resta buena
avatas salem pampas?»--es de la misma especie que el turco de cierta
farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el
Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya
prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos
hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había
llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl
inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o
en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona
en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de
l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del
Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el
día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el
hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense,
pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin
haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar
su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas
las memorias: una cara de _pain d’épice_; dos ojos negros, con el
movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo
la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente
poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo
pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de
damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la
América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en
cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de
los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar
su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en
Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena
de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata;
tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de
camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada
de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se
puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún
personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo
aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de
Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las
garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del
_Figaro_, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses
enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de
manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas
partes...»

Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rastacuero? ¿En ser exótico?
Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el calificativo a Krüger o a
Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras preciosas? Nadie se
atreverá a tachar de rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los
muchos anillos en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con
las suyas semejantes a las de un rey bárbaro. ¿En el tipo? El mismo
Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos parisienses tienen los ojos de
D. Iñigo. ¿En el color? _El pain d’épice_ no se le puede aplicar a todos
los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo? Los _petits-sucriers_
abundan en este maravilloso país.

A mi entender, el rastacuerismo tiene como condición indispensable la
incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen gusto. Desde lejanos
tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid a Carlomagno,
los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de riqueza han
venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que
viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o
arregladores de empréstitos para que la célebre figura representativa
surgiese. Puesto que de esos países vinieron, no los más cultos, sino
los más hábiles, con todos los defectos nativos sin barnizar. _Parvenus_
o señorones de aldea, creyeron que Lutecia era conquistable con exceso
de colorines y mala ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos
ricachos, como el personaje de una de las novelas del escritor chileno
señor A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su mujer y a sus
hijas, esas hijas que formarán lo que llamaba Juan Montalvo matrimonios
deslayados; jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. Por eso
el mismo Scholl se atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las
extranjeras sin marido son rastacueras.» En cuanto a los que no osan
presentarse en el café de la Paix sin encasquetarse un título
cualquiera, los hay de la manera más sonoramente grotesca. Millones
incásicos o aztecas compran títulos del Papa--y no en el café de la
Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza--, surgen los Iñigos
marqueses y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense
contra el hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y
levantinos que merecen el epíteto célebre, se explica por tales razones
y ejemplos.

       *       *       *       *       *

Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre hay cueros en la
palabra, y como en donde de manera principal abundan los ganados y de
donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial del Río
de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M.
Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis,
comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y
derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por
derroches y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero.
¿Por qué? ¿Por la falta del color de _pain d’épice_ o de _forro de
bota_, como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame
rastacuero al más estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán
Blanco, que era culto, hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una
de sus hijas con el hijo del _arbiter elegantiarum_ del segundo
Imperio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros
entroncan hoy en árboles genealógicos de la nobleza europea por virtud
de los mismos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nuevo, que en su
latín lo decía ya en lo antiguo el maravilloso y rudo Juvenal:

    Neu credas ponendum aliquid discriminis inter
    Unguenta _et corium_. Lucri bonus est odor ex re
    Qualibet. Ylla tuo sententia semper in ore
    Versetur, Dis atque ipso Jove, digna, poetæ:
    _Unde habeas quaerit nemo; sed oportet habere_.

No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo ni profesión, ni
necesita de fortuna para serlo--el rastacuero tal como se entiende en
París, una vez adoptada la palabra--. Buckinghan no era un rastacuero,
ni el duque de Osuna, ni Aguado el banquero. Pero sí tales tipos
singulares, cuyos nombres se olvidan, italianos, españoles, argentinos,
peruanos, chilenos, mejicanos, bolivianos; cuatro caballos, título
inesperado o desenterrado, pompa de encargo, propinas del chá, cuando no
juego sospechoso; _sport_ a la mala, matrimonio de agencia o
intermediario, castillo súbito, relaciones compromitentes.

La evolución del rastacuerismo se nota en su civilización. La
extravagancia exterior en la decoración personal, en las maneras de
derroche violento y copioso, han dado paso a una especie de
compenetración con la alta sociedad parisiense--nunca en el riñón del
Fauboug--, sobre todo después de que los millonarios yanquis han abierto
la mayor parte de las puertas antes cerradas herméticamente. El
«brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, sino corregido y
aumentado por la facilidad de relaciones.

Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado también. Se dice entre el
_demimonde_: «¡Qué «rasta» estás esta noche!», para alabar un lujo o una
elegancia. Y en ese mismo medio mundo no hace muchos años, cuando los
Prados y Pranzinis, la palabra «rastacuero» era un insulto... y una
alabanza. En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de Heredia,
y en el alto mundo a notables individualidades se les da la calificación
en diarios mundanos...

       *       *       *       *       *

Los verdaderos están en todas partes...

...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles, vestidos de cueros...;
ellos van, ellos y ellas, bajo la noche fría, en los magníficos
carruajes, vestidos de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos de
sus riquezas, por todas partes, con los huevos de garza y las garras de
tigre de que hablaba el mosquetero Scholl.

Cueros y perfumes, los internacionales Guarangos: _Unguenta et
corium_...



[Illustration] EL ESCULTOR ARGENTINO IRURTIA


Monsieur Irurtia: La _concierge_ me conduce, en un patio en que se ve
mucho cielo y medran tupidas enredaderas, que el mes ha deshojado, a la
puerta del taller que busco.

--_Entrez!_

El artista argentino, con sus manos llenas de la tierra del trabajo, sus
cabellos revueltos, su barba crecida, su cuerpo robusto que envuelve la
larga blusa, el gesto amable, la sonrisa hospitalaria, me acoge.

       *       *       *       *       *

La modelo no ha dejado la tarima. Su bella plástica, acostumbrada a la
visión de tantos ojos, queda tranquila ante la contemplación de un
artista más. Yo ruego al escultor amigo que no interrumpa su tarea, y
por largo rato gozo del espectáculo que no me cansaría nunca. Ver crear,
ver surgir la forma expresiva, alma inmóvil de la materia, entre las
manos de un obrero intelectual, es hermoso.

De cuando en cuando examino el recinto, que ya conozco. Es el mismo
estudio modesto en donde he visto nacer y morir, por la voluntad
descontentadiza de su autor, muchas obras que no alcanzaron el grado de
su deseo; el mismo modesto, modestísimo estudio, en donde he oído al
gran Rodin dar alabanza y estímulo al joven estatuario que sueña con el
día feliz en que a su patria llegue el triunfo del arte verdadero y
desinteresado, del arte sincero y noble de que los pueblos tienen
necesidad como del pan. En un rincón veo, envuelta en sus paños, la
nueva obra que he venido a visitar, la que ha satisfecho a su creador lo
suficiente para librarse del martillo iconoclasta.

En las paredes están las reproducciones de piezas anatómicas y
fragmentos de yeso, copias de trozos célebres. No lejos encuentro varias
_maquettes_ del ideado monumento de un héroe argentino. A un lado el
estante de los libros, que suple a los amigos en la vida cuasi ascética
de este solitario estudioso y serio, serio hasta la melancolía.

Puesta a un lado, después de largo rato de labor, la figura que está en
estudio actualmente, la modelo descansa. Luego se viste cerca de la
salamandra que da su sabroso calor, y se despide de nosotros sonriente,
con un apretón de manos y un sonoro _ arrivederci_ de su linda boca de
Italia.

Entonces veo la obra nueva «Las pecadoras».

Rogelio Irurtia es joven, pero su talento es de una fuerza sólida y
madura. Comenzó sus estudios en Buenos Aires, ha hecho el viaje a
Italia, indispensable para todo artista, y luego ha venido a París
pensionado por el Gobierno. De un carácter concentrado, retraído, tímido
como todos los vigorosos, ha vivido siempre dedicado a su arte, en esta
maravillosa metrópoli de las metrópolis, y ninguno de los halagos y
tentaciones de este ambiente de placeres lo ha arrancado a su meditación
y a su ensueño, defendido por una labor continua y una soledad discreta.
En las almas de los artistas existen las vírgenes cuerdas y las vírgenes
locas. La de Irurtia es de las cuerdas. Su cultura no es extensa, pero
es firme. No quiere hacer literatura de mármol o de bronce. Ha encarnado
simplemente y humanamente el problema de la vida. Ha puesto los ojos de
su espíritu y de su cuerpo en el espectáculo del sufrimiento humano.
Como Constantin Mennier, se ha sentido conmovido por el Trabajo, y como
Rodin, a quien admira, por la dominación del amor omnipotente que arde
en la tierra. Y ha visto directamente, sin lentes de preocupación ni
anteojos académicos. Con esto está ya significado que no existe en él la
tendencia a lo retórico y menos a lo bonito, ni la sujección a los fríos
cánones de los dirigentes diplomados. Es un talento leal consigo mismo.
Aunque tiene sus admiraciones, no juzga que tenga que sujetarse nadie al
yugo de los maestros, por grandes que sean, a la imitación de estilos o
maneras que cuando valen y vencen, es que son manifestaciones de
temperamentos, exteriorizaciones de potencias individuales. Así, siempre
ha sido hasta cruel con su propia producción. Ha intentado y vuelto a
intentar dar realidad a su pensamiento, y, como lo he dicho antes, ha
destruído lo que no ha satisfecho a su propósito. Entre otras, he
sentido la desaparición, el año pasado, de una «Maternidad» expresiva y
de singular ejecución. En verdad, el grupo actual, la creación reciente,
merece vivir, y vive por su propia razón. «Las pecadoras» afirman un
maestro de mañana y una innegable fuerza de ahora. Quien así sabe
representar uno de los más duros aspectos del dolor humano, merece el
aplauso de todos y el orgullo de los suyos. «Las pecadoras»--me
dice--son mujeres que, agobiadas por el peso de sus remordimientos,
vagan sin patria, sin otra esperanza que la Cruz, ¡su única
consolación!». En efecto, son las fatales máquinas de amor, el pobre y
terrible rebaño de prostitución, el animal de belleza y miseria, la
castigadora víctima, la hembra apocalíptica en cuya frente se lee la
palabra _Misterium_. Este concepto de la eterna Magdalena, y su fin de
esperanza, es raro en un artista que piensa en este formidable París
moderno en una época en que se proclama el endiosamiento de la
cortesana, y en que toda idea de cristianismo lucha contra gruesas
oleadas de positivismo, de sensualismo, de indiferencia y de crueldad.

La cortesana, la pecadora de hoy, sale significando la danza, con su
cuerpo deformado por el uso del corsé, pero admirable, del taller de
Falguiere, o deja, cuando muere, millones en joyas que se venden en la
casa de remates. Es el ídolo, es la tirana, es la dueña. Cierto es que
esos son tipos de cortesanas y no la cortesana. La pecadora de Irurtia
ha caído, y vaga luego como una sombra de duelo y de pena. Mientras
Popea tiene siempre litera, otras de sus infelices compañeras acechan
por las Suburras. En la obra de que me ocupo, la idea es cristiana, la
«obscura total idea», para emplear una frase de Schiller en su
correspondencia con Goethe. Si el autor, con un amor pagano, ha modelado
las formas, y con un cuidado antiguo ha tratado la _drapérie_, es
modernísimo en la expresión y en la comprensión del sujeto. ¿Hay alguna
reminiscencia en ese estilo que brega por ser personal? Es posible. El
autor no asiste al taller de Fidias en esta presente Atenas; pero, de
hacerlo, entre Agorácrito y Alcámenes, sería Alcámenes, por sus ímpetus
de independencia, por su anhelo incesante de libertad. Esa independencia
la ha demostrado no dejándose arrastrar por la moda o por el snobismo,
que hacen de la violencia rodiniana la única manera aceptable en
escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no existe, por ejemplo, un
Bartholomé?

Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy un culto praxiteliano.
Las hetairas son representadas como sacerdotisas de amor carnal; es el
tiempo en que en los Salones los maestros exponen, en esculturas
policromas, como en la antigüedad, el poema del cuerpo femenino, tan
solamente visto a la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en
que a esos escultores corresponden eminentes escritores paganizantes,
como M. Paul Adam y M. Pierre Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la
casa de Friné. Irurtia, cristiano, mira el más allá, sin limitarse
exclusivamente a oir las doctrinas de los seguidores de Epicuro. Su
visión es áspera y tenebrosa, pero tras esa tiniebla hay una luz para él
indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala y a las Marías de
Egipto. Yo no sé que otro, antes que él, haya extraído del negro tema de
la Trata de blancas una obra semejante. En este sentido, este trabajo
une a su mérito estético un valor moral. Digo moral, no moralizador...
Irurtia no es miembro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salvation
Army, ni amigo del senador Berenger. Es un artista.

¡Un artista!

Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las patrias deben a las
artes. Ya el lujo dejó para el cuerpo la ostentación, la riqueza. Ahora,
lo que al espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los Estados
Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a
sus artistas. «Somos, un país esencialmente agrícola y pecuario.»
Entendido. Hace miles de años una rama de la raza indogermánica, los
griegos, llegó al más admirable cultivo y gozo del arte; pero antes, en
Grecia, habitaban los pelasgos, que eran esencialmente agricultores. El
cultivo de la tierra, el pastoreo, fueron primero que la Lira, que el
carro de Terpis, que el mármol labrado por Policleto, que el triunfo
completo del arte en la tierra armoniosa y divina. Luego, el arte
ateniense, ¿dónde encuentra sus mejores seguidores? En el Peloponeso;
pero, sobre todo, entre los trabajadores, entre los activos e
industriosos argivos. El pueblo etrusco fué también primero un pueblo de
trabajo y de empresas prácticas: _filotecnon etnos_. Las grandes
ciudades artísticas italianas fueron ciudades industriosas y
comerciantes. ¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra al mundo
por sus progresos materiales y prácticos, no ha de llegar a brillar en
la civilización humana por sus artistas, sobre todo contando con
abundancia de «espíritu primo», de talento nativo? Dígase lo que se
diga, en la juventud argentina hay un tesoro colosal de porvenir. Para
lograrlo, hay que pensar en el toro nacional... ¿Cómo?

Hay un mito antiguo--recientemente tratado por M. Paul Adam, a propósito
de la obra de Franz Cumont, sobre los Misterios de Mithra--que parecería
inventado de propósito para el pueblo argentino. «Es un símbolo
maravilloso, dice, el venerado por el culto de Mithra, el joven dios
pérsico, cuyo culto secreto han propagado los legionarios romanos a
través de la Europa occidental desde los tiempos de César.»

La leyenda dice que el héroe nacido de la roca volcánica, con la
antorcha y la espada en las manos--tal la humanidad ya provista de
inteligencia industriosa--, persiguió al toro brutal que reinaba
entonces sobre la tierra, lo asió por los cuernos, lo montó, lo fatigó
durante una carrera furibunda, y luego, habiéndolo echado en tierra, se
lo llevó, arrastrándolo, a su caverna. Pero el búfalo no se resignó a
estar domado. Se escapó, atropelló, persiguió a débiles y pacíficos.
Entonces, «por orden del Sol», Mithra, mediador entre lo incognoscible y
el mundo sensible, corrió, ayudado por su perro, hacia el monstruo
destructor. Lo esperó a la hora en que volvía cerca de la caverna a
llevar la devastación. Lo agarró por el hocico, le torció el pescuezo,
lo venció, y el dios hundió su espada en el flanco de la víctima
jadeante. Entonces hubo este prodigio: «Del cuerpo del bruto moribundo
nacieron todas las hierbas y plantas saludables que cubrieron el suelo
de verdor. De su medula espinal germinó el trigo que dió el pan, y de su
sangre la viña que produjo el brevaje sagrado de los misterios. El
espíritu maligno quiso lanzar contra el animal agonizante las criaturas
inmundas, para emponzoñar en él la fuente de la vida; el escorpión, la
hormiga, la serpiente, intentaron inútilmente devorar las partes
genitales y beber la sangre del cuadrúpedo prolífico; pero no pudieron
impedir la prosecución del milagro. La simiente del toro, recogida y
purificada por la Luna, produjo toda especie de animales útiles, y su
alma, protegida por el perro, fiel compañero de Mithra, se elevó hasta
las esferas celestes, en donde, divinizada, llegó a ser, bajo el nombre
de Silvano, guardián de los rebaños.» La estela que decoraba los templos
del dios militar eternizaba la memoria de esta fecundidad bienhechora.
El tauroctono se mostraba allí bajo la apariencia de un joven robusto y
bello, en el instante en que, los ojos al cielo, inmola la salvajez de
la bestia. A la derecha y a la izquierda de la presa palpitante dos
pequeñas imágenes le representaban aún llevando antorchas, signos de la
luz espiritual en cuyo nombre se cumplía el sacrificio. Este perfecto
símbolo instruía a los soldados en su deber y los justificaba. Era para
abolir la barbarie destructora, era para permitir la obra del espíritu
sabio, legislador y pacificador, que los ejércitos de Roma podían, sin
crimen, atacar a las hordas y multitudes bestiales que pululaban en los
países sin cultura antes de invadir un día los países que las artes
fertilizan, antes de arruinar allí las fuerzas bienhechoras. Pero una
vez conquistadas, sometidas, educadas esas multitudes, a su vez cultivan
la tierra, edifican las ciudades en que se congregan los traficantes,
los ricos, los artistas, los pensadores. Y de esas nuevas fuentes de
inteligencia brota más luz para alumbrar las vías de la felicidad
humana. Matar el toro era así fecundar el mundo. M. Paul Adam
encontraría que en el país de las pampas, bajo el Sol de la patria
argentina, casi todo el mito se ha cumplido. Se combatió la barbarie, la
tiranía, la destrucción; se cultivó la tierra, Silvano protegió los
ganados; se fundaron las ciudades, llenas de industriosos y de ricos.
¿Qué falta? La llegada del Arte, la victoria de la inteligencia y del
espíritu. ¡Que llegue pronto! El Sol brilla. Mithra lo quiera.

Entonces no tendrán por qué desconsolarse o abatirse los talentos
jóvenes como Irurtia. La ciudad será lo que debe ser en la nobleza y
decoro municipales. Las ferias rurales tendrán su contrapeso en las
exposiciones intelectuales.

Me despedí del autor de «Las pecadoras» deseándole vida resistente,
voluntad perseverante, esperanza y valor. Tengo la conciencia de que en
este «nuevo» hay un gran artesano del ideal, que es lo que todo artista
plástico debe ser. Cuide la Argentina sus talentos, como hacen los
prácticos yanquis. No se proteja lo mediocre importado, pudiendo tener
lo sublime nacional.

[Illustration]



[Illustration] CLÉSINGER Y SU OBRA


Recientemente he tenido la grata oportunidad--en la amable compañía de
dos poetas argentinos, Angel de Estrada y Leopoldo Díaz--de visitar,
plaza Pereire, rue Guillaume Tell, el recinto en que se encuentra la
obra, puede decirse completa, del gran escultor Clésinger. Debí la buena
impresión de Arte a Mme. Berthe de Courrière, sobrina y heredera del
artista, a la cual tuve la honra de ser presentado por M. Remy de
Gourmont, el querido maestro y buen amigo. Es difícil encontrar reunida
toda la producción de un estatuario, de un pintor. De pintores sólo
recuerdo a Wiertz y a Gustave Moreau; de estatuarios a Thorwaldsen. En
este caso, la piadosa voluntad de Mme. de Courrière ha librado de ser
regadas aquí y allá las numerosas producciones de quien, con Rude y con
Carpeaux, forma, como muy bien dice M. de Gourmont, la trinidad de los
grandes últimos escultores franceses desaparecidos. Por otra parte, la
decisión de la heredera está apoyada por el voto escrito de los más
grandes nombres del arte francés contemporáneos, entre los cuales Puvis
de Chavannes, Carrière, Rodin, para no citar otros, los cuales han
dejado manifiesto su deseo de que no se venda separadamente la obra
clésingeriana, que constituye por sí sola un museo especial y que en su
unidad representa una vasta elección de belleza y es la manifestación de
un momento en la historia de la escultura francesa. ¿De un momento? «En
la historia de la escultura francesa en el siglo XIX, dice el insigne
escritor que he citado, Clésinger es un hombre; y más: una fecha; y más
aún: una época. El personifica, como tallador de mármol, el Arte
románico. ¿Es el Víctor Hugo? Ningún estatuario del siglo fué un Hugo.
¿El Alexandre Dumas? Eso y algo más, pues con la perpetua fecundidad,
Clésinger, tuvo el perpetuo estilo. Fué malo, a menudo, pero con fuga,
con locura». Es que Clésinger tenía lo que significaba antes con una
palabra hoy fuera de moda, tenía «inspiración.» Inspiración, esto es, la
sinceridad irreflexiva, el pensamiento voluntario e impetuoso que
explica y exhibe la libre alma. Romántico, tenía que serlo, por su
tiempo y por su ambiente. El también, cuando el siglo tenía catorce
años, nació en Besançon, «vieja villa española». No, no fué un Hugo;
pero él también esculpió fragmentariamente una su leyenda de los siglos;
él también se saturó de antigüedad; él también encarnó la Paz, la
Libertad y la Fraternidad; él también hizo su labor en la historia y en
la mitología; él también modeló una que otra «Oriental», él también
formó su Esmeralda, su Zíngara, que es la _Danseuse au tambourin_; él
también pagó tributo al Sátiro; y celebró en bronce y mármol a
Carlomagno, a Francisco I, a Napoleón el Grande... y a la República.

Su primera labor se ajusta a las tradiciones, sigue las ideas y
enseñanzas de maestros imbuídos en el clasicismo. Se hace al oficio
oficial, y no hay duda de que en ello aprende la gramática de la
estatuaria, la indispensable regla, las normas académicas que sirven
hasta a los más atrevidos, cuando son atrevidos que tienen genio.
Clésinger, si no era un genio, tenía genio. Su obra fecunda lo demuestra
hasta en sus trabajos más defectuosos. Estaba lejos de la chatura de
muchos de sus contemporáneos patentados, y en ciertas creaciones suyas
fué, puede decirse, un revolucionario, un «nuevo», y no sin razón tuvo
la simpatía y el aplauso de Gautier, y principalmente, en este caso, de
Baudelaire.

       *       *       *       *       *

Clésinger tuvo una _travagliata vita_, como dice el admirable Benvenuto
de la suya. Mas, como el mismo, bravo y estupendo artista, gozó, en días
dichosos, de esplendores y de honores. Para mí es un espíritu igual al
de aquellos soberbios hombres del Renacimiento, de aquellos
cinceladores, pintores, arquitectos, escritores, poetas, que sabían
comprender el gozo de la vida y aprovechar para la propia exaltación de
la existencia sus dones de superioridad mental, su potencia comprensiva
y su vibrante hiperestesia.

Clésinger tuvo una _travagliata vita_, comió un tiempo el pan de miseria
preciso a todo victorioso futuro, y cuyo seco y áspero gusto hace
saborear mejor los champañas del triunfo. No sé si, como el autor del
Perseo, tuvo la suerte de contemplar una salamandra entre las llamas y
de tener la inmunidad contra los escorpiones; mas, sí, cuentan sus
biógrafos y narran sus amigos que la enemistad y la envidia no lo
perdieron nunca de vista, ni aun cuando desapareció de la competencia
por la puerta negra del sepulcro. El otro día, un joven escultor
hispanoamericano, de fuerte talento, me contaba sus duras penas; y no
hice sino leerle un fragmento de carta de Clésinger para que se fuese
consolado. «Si me hubieseis visto, escribía a un amigo, estos días
últimos, trabajando, sin fuego, en un desván, hubierais tenido compasión
de mí; mi padre hubiera llorado al ver mi miseria y mi hambre, porque
tenía hambre, y siempre esa palabra: nada, nada, me hacía trabajar más
que dormir; en fin, después de haber concluído mi dibujo, lo he
expuesto: un inglés lo ha encontrado de su gusto y me lo ha comprado por
cincuenta francos (cincuenta francos, ¡qué fortuna!); haré otros». En
las notas de Mme de Courrière, como en detallado y lujoso volumen de
Estinard, se hace resaltar esa época de sufrimiento y de capricho que
forma la parte más interesante de la vida de Clésinger. Sufrimiento y
capricho, ¿no aparecen siempre en toda existencia de intelectual? Es el
_whim_ del pensador anglosajón y la dolorosa y misteriosa venganza de
las potencias ocultas que se sienten divisadas o rozadas. Este escultor
buscó la libertad desde la adolescencia, combatió de cien maneras, y
tuvo la pasión de Italia, y fué correspondido. Ella le enseñó el secreto
de sus _pierres de jadis_, y si no le dió un León X, por culpa del
tiempo, le ofreció un excelente Pío IX la amistad de grandes señores
descendientes de los protectores de Leonardo y de Miguel Angel y la
hospitalidad vaticana, al favor de la púrpura cardenalicia. Allí refinó
su paganismo; allí pudo soñar y evocar épocas de belleza libre y de
mística resurrección. Allí aprende y comprende el arte cesáreo que debe
crearle simpatías en la corte francesa del segundo Imperio, el que ha de
hacerle rememorar en su estatua de Napoleón I al dorado caballero que
está ante el Capitolio. Allí ama a Cleopatra.

       *       *       *       *       *

La milagrosa reina que, a la par de la de Saba, todavía hacer sentir al
mundo el perfume de su voluptuosidad, tuvo en Clésinger un magnífico
adorador. La _Femme piquée pour un serpent_, quizá la más bella
representación escultórica de la soberbia y sensual fascinadora. Me
explico, cuando su aparición, el éxito, los ataques, la defensa del
crítico Thoré y la tragedia de Delphine Gay, y después, ¡hasta la
bacante de Moreau-Vautier, del Luxembourg! Carne admirable, forma
vencedora, en la última palpitación, plasmada en mármol para la
inmovilidad de las cosas eternas. Lo que apenas recordaba en una piedra
grabada del museo Florentino un artista de la antigüedad, lo renovó
espléndidamente el gran romántico de Besançon. Luego surgirá,
hierática, su Cleopatra del loto, la reina ante César, trabajo que se
cuenta entre las obras maestras de todos los museos de la tierra. Luego,
¡la Cleopatra moribunda! Clésinger dejó una armoniosa teoría de figuras
llenas de gracia, musas, estaciones, danzarinas; pero no hay que olvidar
que era un vigoroso, que era dueño de la fuerza, que era el maestro de
los leones y de los búfalos. Domaba la soberbia leonina, poéticamente,
colocando sobre los lomos de la bestia fiera amores o mujeres. El había
comprendido la belleza de los países pastoriles, donde en los vastos
llanos, en las inmensas pampas, se alza la orgullosa figura de la vaca,
sagrada en la India; del toro, que se quedó con la soberbia de Júpiter.
El sabía adornar los palacios, o las entradas de esas grandes fiestas
pecuarias, de esas exposiciones que son el lujo de la ganadería inglesa,
yanqui o argentina, y que saben contar los Whitman y los José Marti. Su
«Toro romano», como el farnesio, dice la imperiosa salvajez de la bestia
noble; sus búfalos tienen en su testuz la familiaridad del huracán; son
hermosos y monstruosos... _Deformis scapulis torus eminet..._ dice en
alguna parte Plinio. Mugen. Viven. Se les aplicaría el epigrama clásico
a la vaca de Mirón.

Otro lado en que se revela la impetuosidad del estatuario, es en su amor
por la escultura militar, lo que él llamaba sus «hombres de hierro». «No
tengo más confianza que en ellos, decía. Espero que esas estatuas
militares, Hoce, Kléber, Carnot, Marceau, me traerán buena suerte, a mí
que no he dejado de ser nunca soldado y patriota». «En efecto, había
intentado, dice uno de sus biógrafos, hacer revivir a los generales de
la Revolución y había logrado encontrar un acento muy personal para sus
evocaciones militares. Su tarea quedó inacabada.»

Como muchos intelectuales irreflexivos no supo tener en cuenta la parte
práctica de la vida. Fué siempre un joven, y esto fué una virtud y un
defecto. El sol y la luna del país de Bohemia no se apagaron jamás para
él. Pero era también, como él se complacía en decirlo, un soldado.
Gustaba de las bellezas terribles de la guerra que hacen la gloria de
los grandes «hombres de hierro».

En el manejo de la línea, en la lucha con la expresión, en la creación
de la forma soñada, encontró un campo de acción y de descanso la
tempestad de sus nervios, la tempestad que lleva en su interior todo
intuitivo, todo creador, todo poeta, todo artista. Sus retratos no
revelan el padecimiento, aunque la boca y los ojos digan más de una
melancolía; la que tradujo en «Perseo y Andrómeda».

Un día pasó la muerte, estúpidamente como a menudo, y se lo llevó. Dejó
una larga herencia de mármoles, de bronces, de yesos, bustos, estatuas,
obras monumentales. La política le fué fatal, pues se enterró al mismo
tiempo que Gambetta, y, como a otros grandes artistas, la muchedumbre lo
pospuso en su atención al tribuno. Luego, llegó el olvido; y hoy hay un
despertamiento, el despertamiento que antecede, en los vedados ilustres,
a la cierta resurrección en la gloria, en la posteridad.



[Illustration] MISS ISADORA DUNCAN


¡Canta, oh musa, a Isadora, la de los pies desnudos, y sus danzas
ultra-modernas de puro arcaicas, y sus piernas de Diana, y las músicas
antiguas que acompañan las danzas, y los veinticinco francos que hacían
pagar en el teatro Sarah Bernhardt por una butaca! Pues es en realidad
digna de mucho entusiasmo esa rítmica yanqui que hace poesía y arte con
la gracia de su cuerpo, ninfa, sacerdotisa y musa ella misma, en un
impudor primitivo y sencillo, digna de las selvas sagradas y de las
paganas fiestas. París no ha correspondido a la novedad, porque la
prensa estuvo seca por culpa, dicen, del empresario. Mas no faltaron los
novedosos de siempre, los snobs, tales princesas y tales artistas, amén
de la colonia, que siempre está dispuesta a apoyar todo lo que viene del
país poderoso en donde, si hay gigantes Morganes y Rockefellers, surgen
hadas Loïs e Isadoras.

Antes de aparecer en el teatro, Miss Duncan había danzado en la
intimidad, para regalo de señalados amigos, como en los salones de la
princesa Polignac, y en una fiesta dada en honor de Rodin, en pleno
aire, en la amable campaña, hizo la gracia de un espectáculo único,
digno de poetas y de artistas. Faltaba allí tan solamente D’Annunzio,
para decir en un _laude_ el retorno de los dioses, _vía_ Nueva York.

       *       *       *       *       *

Es nuevo y es bello, de encantadora belleza, ese resucitar de viejas
visiones. Y natural es que sea una norteamericana la que realice el
prodigio, porque si hay un país en donde el cultivo del cuerpo y de la
euritmia humana hace modernos los días pindáricos, ese país es el gran
país de los Estados Unidos. Debo advertir que en nuestros centros
latinos y católicos las danzas de Miss Isadora tienen que aparecer
perfectamente inmorales: «Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais
marchando»; y siendo Miss Isadora una filósofa danzante que proclama
como sus principales maestros--¡de baile!--a Darwin y a Haeckel, predica
la libertad de la naturaleza, la desnudez, como Pierre Louys, y predica
con el ejemplo: su cuerpo está apenas cubierto con una especie de kiton;
otras veces usa las túnicas botticellescas, y siempre la fina tela
parece como si estuviese húmeda. No hay malla ninguna, y se necesita una
despreocupación completamente artística, o un esfuerzo de
intelectualidad de que no son capaces todos los espectadores de un
teatro, para no ver en la armoniosa anglosajona otra cosa que la
Primavera de Sandro o Ariadna perseguida por Baco.

Pero, repito, el espectáculo es bello, da un positivo deleite estético,
y un estatuario como Rodin es justo que se haya sentido feliz al ver
encarnadas y con movimiento las figuras de los bajorrelieves, de las
pinturas de las ánforas. ¿Habrá podido esa mujer joven, vigorosa,
robusta, llena de vida, impregnada de literaturas, filosofías y artes
libres; habrá podido esa pagana mantener su ideal artístico libre de
contaminación en la región de las ideas, en la castidad cerebral de una
vestal del ritmo, de una sacerdotisa de Terpsícore? La bailarina de los
pies desnudos, que es elegantemente pedante y muy de su tierra, ha
escrito páginas curiosas que desenvuelven su teoría de la danza del
porvenir, y a propósito de sus brazos blancos, de sus clásicas zapatetas
y de sus lindos hallazgos, ya habéis visto cómo se proclama discípula
del autor del _Origen de las Especies_. Podía agregar al inevitable
Nietzsche, catedrático de gozo dionisiaco, que mira en el baile la mayor
manifestación de la libertad de la vida, como una acción enérgica y
sublime. La danza para Miss Isadora no debe tener ningún artificio y
debe ser nada más que una transposición o concentración del ritmo
universal en el ritmo humano. Más que danza, la suya, es mímica; es la
animación de la escultura femenina, y sus ademanes y pasos son renovados
de los kernóforos, ándema, kaladismos, etc., que se pueden hallar en
Laborde. Ella ha pasado largas horas en los museos, y ha visto animarse
los mármoles; y a la actitud fija de las figuras escultóricas ha
agregado el gesto anterior y el gesto posterior, completando así el
poema de la forma, por el movimiento armonioso que cambia bellamente las
líneas.

La iniciadora de esta danza, que ella dice del porvenir, es, pues, una
descubridora del pasado. En todo caso es una creadora de belleza que
amaría Fidias y que halagaría Barnum... Miss Isadora no es hermosa, pero
quizá de tanto contemplar las figuras de los museos se parece a ciertas
estatuas y a ciertas mujeres de los pintores primitivos. El cuerpo es
soberbio, y cuando se presenta triunfa de algo verdaderamente delicado:
la dificultad, la rareza de encontrar un pie perfecto. La impresión
helénica se siente. Para apreciar en su valer las danzas de esta mujer
original hay que tener indispensables nociones de cultura clásica.

Imaginaos en un sencillo decorado una figura casi alada, en una
turbadora semidesnudez femenina, pero que os evoca en seguida las
creaciones de la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es
Euridice, ya Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el rostro, con el
movimiento cambiante, dulcemente lento o ágilmente vivo, se explica el
dolor de Orfeo o la expectativa al son de la flauta pánica que produce
luego el gozo de la ninfa o la fuga ante la persecución de Baco
enamorado, el temor y el temblor, todo lírico, espléndido y sensual. Hay
saltitos y cambios de lugar que parecerían por un instante ridículos en
ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; pero la magia de la evocación
vence del momento peligroso y el _deus_ que posee a la danzarina mima
se manifiesta de manera incontrastable y estupenda. Ahora, un buen señor
de negocios, que va al teatro a hacer su digestión, quizá encontrará
todo eso absurdo o se fijará en cosas que no son propiamente el sutil
hechizo de esta obra y de ese acto de arte. Yo de mí diré que ante la
sugerente _performance_ sentí venir a mis labios la lírica invocación.
«Oh, vosotras, que reinais sobre las ondas del Cefiso, cuyas riberas
nutren generosos corceles, ¡oh, Gracias!, a quienes no se canta lo
bastante, diosas de la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua
raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si hay en la vida de
los mortales algún encanto y adorno, lo deben a vosotras; vosotras
dispensáis la cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos no
presiden jamás ni danzas ni festines sin llamar a las augustas Gracias;
son ellas las que regulan todo en el cielo, y sentadas al lado del dios
que lleva un arco de oro, del vencedor de Python, adoran eternamente la
gloria del dios del Olimpo. Amable Aglae, Eufrosina que te complaces con
los cantos de la lira, hijas del más potente de los dioses, escuchadme;
y tú, Talía, que sonríes a nuestros himnos, lanza una mirada sobre esas
danzas ligeras que celebran una feliz victoria; pues vengo en mis versos
a cantar a Asópico, con el modo lidio; a Asópico, por quien la ciudad de
Minias triunfa en Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías moradas
de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa noticia; dile que tú has
visto combatir a su hijo, y que la victoria de alas de oro ha puesto
sobre su joven frente la corona de las luchas gloriosas.» E Isadora ha
sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y Eco, siendo la misma Terpsícore;
y por ella he creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, niño
vencedor en la carrera del estadio, y las danzas que lo celebran, y la
divina Hélade, con su sol de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo
que gozaría mi ilustre amigo Guido Spano ante esta Gracia danzante,
antigua griega de carne viva.

       *       *       *       *       *

Lo pagano de Miss Isadora viene también de los pintores del
Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli la
habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una
de sus _canzone a ballo_, por ser su danza una _consolatio grossisima_,
como diría el viejo Antoine Arène.

Mas, entendámonos: la palabra danza no es propiamente aplicable a la
representación de la Duncan. Danzas son las de las bayaderas, y
_ouled-nail_, las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y la
polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan son más bien
actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más
que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la
naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey
coreográfico David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que
canta Leconte de L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la
cabellera de jazmines, no sé si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela
Gorriti, según testimonio del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss
Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico,
está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según
su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas,
el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico
movimiento, al impulso musical de su espíritu. Esto, como véis, es un
poco más complicado que los _entrechats_ de la Cleo de Merode o de
Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la definición del
barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la danza es el
gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es
demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se
compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de
los desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard,
Bernay, Mauri; su alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan
Blasis y Lemaître y Noverre. Su inspiración no se encuentra en el
diccionario de Compan; mas Luciano la reconocería discípula de Thea,
frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su
desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el bosque por un
fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra civilización un
velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama la
decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de
que los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los
griegos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después que se
representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y
eso, siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había
representado. Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que
esos bailarines fueron siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una
intriga, conducirla, sostener los caracteres y llegar a un buen
desenlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla monstruosa de
tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza afeitada y los
pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que hay
diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y
hace admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte
se aplica la definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de
ideas y sentimientos. Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin
que de Mariquita.

Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota que los antiguos
griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este prodigio:
baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el _clair-de-lune_
con su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los
veinticinco francos de la butaca.

[Illustration]



[Illustration] REMY DE GOURMONT


Me apresuro a escribir estas líneas porque una grave preocupación me
inquieta: M. Rémy de Gourmont, autor para pocos, escritor de una
_élite_, de una aristocracia mental internacional, está amenazado de la
atención de todas las gentes... La prensa le solicita, el reporterismo
le busca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo sea, si no
popular, vulgar, como el de Nietzsche... Vulgar en las citas, en las
afirmaciones de la mediocracia escribiente: «M. de Gourmont por aquí; M.
de Gourmont por allá...»; y eso es terrible... Fuera de que, como según
parece, mi especialidad es la de lo «raro», mi admiración y mi afección
por el autor de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad de su
vida, en su aislamiento severo, en su monasticismo intelectual. Hace
como unos diez años que, con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y
admirables, las de su campaña del idealismo, sus prosas del _Mercure_,
sus _plaquettes_ exquisitas, su sabio _Latin mistique_; y nos
complacíamos el poeta y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición,
en lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en encontrar un
erudito que fuese un poeta. Escalígero entre los lirios. Baluce entre
las esfinges. Lipsio bajo los laureles. Después nos comunicamos por
asuntos literarios, y cuando llegué a París era su amigo. Pasé aquí
cinco años y no le fuí a visitar. Respetaba mucho su silenciosa y
retirada labor, su misterio. Sabía que era, en esta capital
americanizada por la _réclame_ y por el industrialismo de la publicidad,
lo que son los especiales diamantes y los especiales espíritus: un
solitario.

Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle de Saint-Péres, en su
casa de libros. Una casa de libros, viejos tapices, obras de arte. Se
pasa antes por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. Pierre de
Querlon, un alma singular, describió eso en páginas sutiles y amables.
Esas páginas eran hoy más bellas, porque él era joven y acaba de morir.

He visto primero a una prima y a un hermano de M. de Gourmont. Ella es
la sobrina y heredera del escultor Clésinger, de quien os he hablado en
otra vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que encierra un
gran talento. M. Jean de Gourmont, cuyos pensares y decires sobre
literatura son en el _Mercure_ un buen regalo. La morada es silenciosa y
triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud y de ensueños, apenas
turbado, según parece, por uno que otro demonio, entre otros el demonio
Elzevir, diría Hugo.

Yo entré con cierto temor y timidez. No he podido--y ya estoy al medio
del camino de la vida--llegar a ser familiar, confianzudo con el talento
superior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy de Gourmont. París
no me ha inficionado de su bulevardismo igualitario, y en un maestro que
es verdaderamente un maestro no veo yo a mi «querido colega».

M. de Gourmont es uno de los pocos maestros que aún hoy merezcan ese
nombre. Yo, al estar sentado frente a él en su gabinete de estudio, al
verle con su ropa monacal de labor entre libros y libros, junto a un
soberbio Clésinger dorado de penumbra, apoyado en su mesa cargada de
manuscritos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la suya, y al oirle
hablar poco y difícil, hondo y seguro, pasé a otra época y a otro
momento. Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que
fuese un Lulio. Sé bien que estos nombres no quedan bien para nuestro
siglo y para nuestras costumbres; pero recordad siempre que os hablo en
la sinceridad de mi conciencia, y que Pascales y Erasmos no existen
muchos actualmente para la comparación. Así, pues, llegué tímido; salí
encantado. Agradecido lo estaba antes, puesto que he merecido a M. de
Gourmont juicios demasiado benévolos y defensas demasiado justas. Cuando
por ahí se asombraban de que mis _Prosas profanas_ fueran versos, el
autor del _Latin mistique_ me escribía del título: «_C’est une
trouvaille_», para asombro de ciertas ignorancias. Encontré en él, bajo
su indumentaria de fraile, una nerviosidad inquietante revelada por
cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor admirado: un odio
profundo a lo vulgar, a lo mezclado, a lo híbrido, al socialismo, al
nacionalismo, al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la moral de
regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo profesor, a todo
doctor diplomado, a toda disciplina, a toda obligación. Y, sobre todo,
el odio a lo estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. ¡Cuando yo
decía que no es para todas las gentes! Y cuando yo os decía mi inquietud
por la irrupción del Kodak y de la _interview_ a su celda, a su
refugio...

       *       *       *       *       *

¿Qué importan las genealogías? _Stemmata quid faciunt?_ Importan mucho,
sobre todo, en este caso. Pierre de Querlon dice: «Desciende de la
familia de los pintores, grabadores, tipógrafos, de los siglos XV y XVI,
a que perteneció aquel Gilles de Gourmont a quien se deben las primeras
impresiones hechas en París en caracteres griegos y hebreos.» Además,
por parte de madre, Malherbe es uno de sus antecesores. Pero yo sé de
uno más, que ninguno de sus biógrafos ha nombrado, y que explicaría
ciertas conquistas mentales y actitudes audaces de este perfecto
pensador y libre filósofo: Hernán Cortés. La combatividad ancestral se
ejerce en otros planos y elementos; pero, como el antepasado, como el
_ancêtre_, ante el problema de la vida, una vez llegado a una convicción
en el océano de las sofías, ha quemado sus naves.

El que hubiera sido en otras épocas benedictino sapiente y creyente, el
que ha creado tanta figura y castillo de ideal y de ensueño, tiende cada
vez más a la explicación de la existencia fuera de toda teología. Yo
admiro, pero no aplaudo; dado que, después de todo, no estoy por lo de
quedarse en una costa desconocida con la ceniza de los únicos bajeles.
Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una
_navicella_, una _parva navis_, si no completamente católica, muy
cristiana. Eso sí; los remos son de marfil y las velas son de púrpura. Y
ella conduce a alguna parte.

En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se creería primero
influído de un soplo platónico, se junta más, en su madurez, a la
observación y al criterio aristotélico, por su investigación sobre el
secreto humano, por su manera de encarar el enigma de nuestro ser.
Solamente que se basa en lo que Aristóteles no comprendía: la libre
acción del hombre en el universo.

He ahí lo que es este buscador de infinito y analizador de lo que cae
bajo la lente de su criterio: un sabio del siglo XX, que corresponde a
lo que era un amante de la sabiduría en la Grecia antigua, a un profesor
en Sorbona en la Edad Media: para resumir en una comparación las faces
de ese espíritu habría que buscar nombres que no son tampoco de nuestro
tiempo. He nombrado a Pascal: no estaría de más nombrar a Descartes. Un
Descartes que no se interesa demasiado en el pasaporte de la verdad y un
Pascal sin el abismo.

Su erudición está aparte de la de los simples eruditos de biblioteca y
academia. En la inmensa selva de la producción humana ha herborizado con
una atención pasmosa y un gusto supremo. Estudio de religiones y estudio
de lenguas; estudio de poéticas y estudio de dramáticas; estudio de
razas y de costumbres, fisiología, etnología, _folk-lor_. Estudia
después de lo que hay en los libros, en las palabras, en las doctrinas,
lo que hay en la naturaleza. Se baja a ver una hormiga después que ha
examinado una teoría. Escribe un capítulo de experimentación científica,
un escolio, una apostilla, una nota, luego un verso. Yo no sé de qué
rincón de su estancia, de qué cajón de su biblioteca, saca un caballo de
ébano y marfil, como el de Kamaralakmar del cuento árabe. Se monta y se
va al azul. Aparece el «conquistador» de la armonía lírica, mágica.
Porque habréis comprendido que ese caballo extraordinario es,
complicadamente, Pegaso. ¿No es verdad, Simona? Al menos si tú no lo
sabes, la nieve lo sabe, el molino lo sabe, los árboles y la tierra lo
saben. Su poesía es ardientemente concentrada, amorosamente serena. Su
bucólica es misteriosa, su paganismo es religioso; mas después de todo,

    _Nunc in Aristippi furtim precepta relabor._

Más que el Gourmont de hoy--¿por qué no decirlo?--me place aquel
Gourmont de antaño--¡de ese antaño no tan lejano!--que convenía a mis
mirajes de juventud. Leyendo una página de la _Física de amor_, por
ejemplo, tengo nostalgia del ambiente de las _Letanías de la Rosa_, de
las _Prosas morosas_... Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus
frutos, y de ese robusto árbol mental la savia siempre es la misma.

En alguna ocasión he de realizar un verdadero ensayo sobre la obra de M.
de Gourmont: _Sixtine_, novela de la vida cerebral; el _Latin mistique_,
que tanto alabara Huysmans, y que es labor de concienzudo sabio al par
que poeta; _Lilith_, poema dialogado de una extraordinaria concepción y
de una purísima forma; _Le Fantôme_, en que está entrevisto el enigma de
la mujer a través de un extraño ceremonial de ideas y de sensaciones, en
un rito a la vez carnal y cuasi religioso; _Théodat_, la pieza dramática
que dió tanto que decir cuando se representó, en el Théatre D’Art, en
los floridos días del simbolismo; el admirable ensayo sobre _Idéalisme_;
las joyas verbales de _Fleurs de jadis_; la secreta hermosura del
_Château singulier_, y de las _Proses moroses_; la _Historie tragique de
la princesse Phenisa_, los _Hieroglyfes_ y las _Histoires magiques_, que
en realidad lo son; _Phocas_, prodigiosa resurrección; y luego su obra
de crítica, las decisivas y famosas _Masques_, que ilustró tan
originalmente Valloton; su profunda y sólida _Esthetique de la langue
française_, la _Culture des idées_, _Le probleme du style_, que destruye
los sueños de inmortalidad de los que juzgan que todo se hace por
recetas, y ese _Chemin de Velours_, de una filosofía tan nueva y de un
tan agudo interés. Y luego las novelas, como _Les Chevaux de Diomeds_,
en que el psicólogo seguro se une al celebrante de las glorias
sensuales, o _Le songe d’une femme_, castillos en el aire y placer
animal, ensueño y abrazo. Y después sus cuentos y tal o cual creación
perfecta, como ese shakespeareano _Vieux Roy_, que la América latina
conoce en castellano gracias a la versión de nuestro armonioso y soñador
Díaz Romero.

       *       *       *       *       *

Y, por último, la obra poética, corta, pero de especial riqueza de
calidad, la cual, sí, no puede ser gustada sino por entendimientos
escogidos. Así, _Les saintes du Paradise_, las _Oraisons mauvaises_ y
tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin contar con la vasta
labor de las ediciones de ciertos autores antiguos que este bibliófilo
entre los bibliófilos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que
harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo Gillis. Y con los
incomparables _Epilogues_, reflexiones, consideraciones, concreciones
filosóficas, que, reunidos a la manera de algunos libros de Nietzsche,
forman un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo su ligera
apariencia.

Su último libro, la _Fisique de l’Amour_, es un admirable estudio sobre
la función sexual en la naturaleza; hay un deleitable maridaje de
ciencia y de arte. El pensador y el artista son en este caso--como en el
de Maeterlink--uno mismo. Y los que logran absorber el sutil vapor de
ideas que se desprende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de
ese maestro meditabundo, son recompensados con la íntima voluptuosidad
de comprender y admirar.



[Illustration] HENRI DE GROUX


Los diarios de París dieron la noticia. «El pintor de Groux ha
desaparecido.» Me llamó la atención que los diarios se ocupasen del
pintor de Groux, desaparecido o no... A poco se aumentó la noticia: «El
pintor de Groux, que había desaparecido, ha estado encerrado en una casa
de locos en Italia; de allí se ha fugado y no se sabe en dónde está.»
Luego: «El pintor de Groux ha parecido y está en Marsella. Es cierto que
se ha fugado de una casa de locos.» ¡Mi pobre amigo de Groux!

A éste es al único intelectual de por aquí que he podido llamar
verdaderamente «amigo» durante un tiempo, en este ambiente en donde cada
día me siento más extranjero... Me lo presentaron la admiración, el
arte, la pobreza. Le he tratado íntimamente, en compañía del poeta
Amado Nervo. Era allá en la época de la Exposición. Los tres nos
juntábamos en casa de un músico iluminado, teósofo y swedemborguiano,
que nos quería convertir... No duró mucho su tentativa, sino sospecho
que todos hubiéramos ido a parar a la casa de Italia que ha hospedado a
de Groux, a menos que no nos metiesen aquí cerca, en Charenton.

Mas ¿ha habido verdaderamente motivo para aprisionar como orate al
desventurado artista? No hay duda de que su aspecto, su indumentaria,
sus maneras, acusan cierta excentricidad...; ¡pero entonces habría que
encerrar al ochenta por ciento de las gentes!... Además, para los que
siguen al pie de la letra las teorías y los decires de los señores
Lombroso, Nordau y compañía, el autor del «Cristo de los ultrajes» no
es, ni puede ser, una persona normal y sana... Si se le trata, el
diagnóstico se confirma, y si se le oye juzgar a los hombres, y
especialmente a los artistas de su tiempo, se le declarará digno de la
ducha y de la camisa de fuerza. Su figura es igual, según León Bloy, a
la de Ernest Hello. Bloy también ha escrito en alguna parte que de Groux
lleva consigo el daño y la desgracia, que es _jetattore_..., y esto
después de ponerlo a la altura del sol y de la luna como artista...
«¡Buen servicio le debo!», me decía _en ricanant_ el pobre pintor.
Alguien me ha afirmado que éste tuvo una parte de su vida en auge y
ganancia; que entonces ayudó a todo el que lo solicitaba. Mas la perra
suerte, la mala sombra, como dicen en España, la _guigne_, como dicen
aquí, le ha perseguido toda su vida. A tal grado, que me explico
aseguren que se halla atacado del delirio de la persecución.

No se pueden recibir tantos palos de lo desconocido; no se puede ser la
cabeza de turco de lo invisible sin sentirse una natural inquietud, que
acaba por desencuadernar los sesos. Y luego, en la dolorosa esclavitud
de un artista selecto que, tiene que padecer horribles promiscuidades y
la tiranía del industrialismo, las injusticias de la crítica, que no
señala el éxito sino al que la paga; y en las durezas de la vida de
necesidad de quien no quiere prostituir su talento, en el aislamiento de
su orgullo, con los nervios vibrantes a cada paso, con la sangre
revuelta de rabia ante las imprudencias de la _réclame_, no encontrando
sino sonrisas de desdén en unos, conmiseración ineficaz en otros,
dificultades para trabajar, penas íntimas y la rebusca cotidiana de lo
preciso..., no sé quién, estoicamente, pudiera resistir. Pues aquí la
lucha es enormemente mayor que en ninguna parte, y las dificultades y
los inconvenientes para un artista, para un hombre de pensamiento se
multiplican más que para nadie. Así son de numerosos los naufragios. Así
es infinito el número de los desaparecidos en la tormenta de París. De
miles no queda ni el nombre ni el recuerdo. El arrivismo ha traído
después el más funesto de los males, el crack de la gloria y el imperio
de la gloriola. Es el momento para los prestidigitadores de la fama. Es
el momento para los amantes del instante, del éxito, del _succés_. Los
espíritus aislados, los que no entran en la corriente, son señalados. Y
aun de esos, hay quienes aflojan.

       *       *       *       *       *

En verdad, si algún pecado atrae el misterioso castigo de la «fuerza
enemiga» en Henri de Groux, o es el de la carne, o es el del orgullo. Su
obra no es, ni con mucho, casta; pues en sus desnudeces más olímpicas y
paganas aparece una concepción del encanto femenino completamente
católica; es decir, lujuriosa. La antigua Venus imponente y sencilla,
impulsora de las fuerzas naturales, tiene poco que ver con esas figuras
ambiguas nacidas al influjo de preocupaciones teológicas y soplos
demoníacos. Hay mucho de dantesco en el conjunto de sus pinturas, y
mucha semilla medioeval, que ha hecho brotar a través del tiempo, en
medio de las intranquilidades y exacerbaciones de los fines del siglo
pasado, una extraña vegetación de cactus y orquídeas infernales. A pesar
de las conquistas de la eternamente perfeccionable y corregible
corporación de los sabios, el Diablo, como el Dios del famoso director
de periódico, será «siempre de actualidad.»

En cuanto al orgullo del artista, es enorme, ciertamente, aumentado por
los injustos triunfos de la mediocridad y por el inconcebible
rebajamiento del gusto general en nuestra época, tan llena de
indiferencia por las altas cosas mentales. El sustenta su categoría,
abomina a los predicadores de la igualdad, cara a los pequeños, y mira
sus semejantes tan solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo
perdonan los acomodaticios fabricantes y los que aceptan la imposición
de la chatura común. El no figura en la cáfila de pagadores de
biografías y autorretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no
se echa por la calle del medio a hacer retratos mundanos; dice, donde
quiera que le pongan atención, lo mal que piensa de los Carolus Durán y
otros del Instituto; ríe con risa maligna; tiene la ocurrencia
corrosiva, la broma ácida; agregad a esto el no ser propiamente un
Adonis, antes bien un «tipo» singular, el soñar continuamente, el
fracasar en cuanta tentativa de mejorar de fortuna ha hecho, y el
monologar a veces por la calle... decidme si no es muy explicable que
buenos burgueses florentinos y mal intencionados compatriotas, de
consuno, le hayan hecho ir a parar al manicomio... De donde, felizmente,
logró escaparse, y en donde encontró tema para otro de sus poemas
pictóricos extraordinarios... El también, como el Gibelino, a quien
admira y ha interpretado, puede decir que vuelve del infierno.

Es de todas maneras una existencia trágica la suya, y su obra es como su
existencia. El conflicto estalla por la hostilidad del medio y su
ninguna voluntad de adaptación. Es un desarraigado de un lejano siglo,
un extranjero en la humanidad que presencia la lucha rusojaponesa... Un
día he visto en su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: Dante,
Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Baudelaire, entendidos a su modo
extraño, misterioso... Un libro había por allí: las _Fleurs du mal_...
¡Eso ha sacado de las malas compañías! Y si al primer llegado se le
preguntase qué piensa de la carrera fatigosa y de la vida de de Groux,
de seguro que os saldría con el eterno recurso de la bohemia. De Groux,
sin embargo, es cabalmente algo muy distinto del tipo tradicional del
bohemio. Desde luego, y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus
frecuentaciones del café, es sobrio. Es casado, tiene familia. Es triste
y serio, como no toque en la conversación un asunto que haga estallar su
bilis en carcajadas hirientes. Como todo hombre de su intelecto, tiene
una leyenda, que se yuxtapone a la realidad de su trabajado pasar. Ha
sufrido días muy duros, temporadas harto amargas, que su ex amigo Bloy
ha dejado ver de manera bien transparente en su _Mendiant ingrant_ y en
su reciente _Mon Journal_. Ha intentado cien veces el seguir un trabajo
ordenado que le diese la realización de tanto cuadro en proyecto como
tiene ideado; mas hay algo, sin duda alguna, algo que le acosa y le hace
siempre desmayar en medio de la tarea: es un perseguido de la miseria.
No le han faltado mecenas temporarios, cuyos apoyos no le han servido
sino para reposar un tanto en su carrera de fatigas y penurias. El
primero fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, según él
mismo me lo contara hace como un año, la princesa de
Wolkenstein-Trotzburg, esposa del embajador austriaco en París, dama que
se distingue por su entusiasmo por Wagner y que ha sabido apreciar el
mérito de de Groux.

En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños de salas de exposición
han sido para el asendereado artista, según su impresión y experiencia,
feroces. Los usos y gestos de ese temible grupo han sido denunciados más
de una vez por escritores valientes, desgraciadamente no en la prensa
diaria, que por más de una razón no aceptaría tales claridades, sino en
revistas de circulación reducida. Allí han hablado los Mauclair y los
Peladan. Allí se han expuesto las criminales maniobras de los lanzadores
de renombre en provecho propio; de los que preparan sus stocks de telas
para pregonar el mérito de tal o cual impresionista vivo o muerto; de
los mantenedores de la crítica simoníaca; de los explotadores del
talento; de los martirizadores del desconocido genial; de los usureros
de la fama y asesinos de la necesidad.

Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y cómo desuellan a los
pobres artistas que llegan a sus puestos, y cómo se hacen pagar
enormemente el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su vez,
lanzan, es la palabra, y ponen de actualidad tal talento averiado, tal
_amateur_ con fortuna o tal olvidada mediocridad, a la que se hace el
_boniment_ para engañar a las gentes.

       *       *       *       *       *

Si los turiferarios de la falsa gloria le han evitado, de Groux ha
tenido en cambio la aprobación de ciertos excelentes. Remy de Gourmont,
Heredia, han sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile Lemonnier,
Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, han escrito sobre él páginas
brillantes de entusiasmo. El último, en su apocalíptica fuga, ha
clamoreado la grandeza del genio de de Groux a los cuatro puntos
cardinales. De pocos pintores de estos tiempos, y de todos los tiempos,
se han dicho palabras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte
Lemonnier: «Ese joven Henri de Groux, ese espíritu impermeable y virgen
sobre el cual se ha deslizado sin penetrarle la corrosiva educación de
un tiempo propicio a los malignos y funestos, a los instintivos, de
repente se denuncia épico, afiebrado de cataclismos, torturado de
imágenes sangrientas, sin parentesco con ninguna escuela, sin analogía
con sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix, hambriento de
destrozos y carnicerías, todo empurpurado de sus flujos bermejos». Y
Jules Destree: «Al lado de ese temperamento de colorista que le acerca a
Delacroix al punto que se le pudiera aplicar muy adecuadamente los
versos de Baudelaire:

    Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges,
    Ombragé par un bois de sapins toujours, verts,
    Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges
    Passent, comme un soupir étouffé de Weber.

Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su parentesco con los
primitivos es muy cierto. Como ellos, tiende sobre todo a ser sugestivo.
Su realismo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, pero es
evocador del ensueño, se lanza más lejos que la realidad, con
proyecciones de más allá, en el infinito del pensamiento, de misterio y
de sueño por todas partes esparcido y flotante alrededor de nosotros,
realismo con brotes de alma, sobrenaturalismo que es la expresión más
alta del arte verídico y grande.» «Es únicamente un artista, un
filósofo», afirmaba André Fontainas. El diálogo entre el rey Leopoldo y
el pintor, contado por Charles Buet, es curioso: «--Monsieur de
Groux--dijo el rey visitando el Salón--; conocía ya la obra de vuestro
padre. Es la primera obra vuestra que veo. Habéis hecho una cosa muy
_extraña_, pero es una página notable. Quisiera haceros algunas
preguntas.--Tengo la certeza, sire,--respondió Henri de Groux--, de
haber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y seguramente intolerable
para el _philistin_. Así me siento feliz de que haya tenido la fortuna
de gustaros.--Sí; pero ¿por qué _los_ habéis hecho a todos tan
obstinadamente feos?--Sire, pensé que los sentimientos que _ellos_
expresaban no debían embellecerlos.--Pero el Cristo mismo, ¿por qué es
tan feo? ¿Por qué expresa el pavor, el espanto?--La tradición le
representa bello y lleno de esperanza.--He pensado que el Cristo, siendo
Dios que se ha hecho hombre para asumir todos los dolores y todas las
miserias humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza vulgar, y
que en esa circunstancia había debido asumir el miedo, el miedo físico,
y aun la apariencia, el aspecto de la culpabilidad».--Lo que decís es
interesante, pero muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, pues Henri de Groux
no es heterodoxo pintando a Jesús feo, que los primitivos han siempre
representado así, según un texto de Tertuliano, del tratado _De carne
Christi_, y según también la palabra del salmista: _Ego sum verneis et
non home, opprobrium hominum et abjetio plebis_.» Y sobre ese mismo
cuadro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William Ritter: «¡Y bien!
El «Cristo de los ultrajes», que sólo la música había osado por el genio
fulgurante de Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos lo ha
dado, y nos lo ha dado tal, que el suplicio de Matho, entregado a la
plebe de Cartago en Salambó, no es nada al lado de esta espantable
pena.» Y Octave Mirbeau: «Bajo su aparente ingenuidad de primitivo, M.
Henri de Groux es un pintor consumado; es maravillosamente hábil en el
juego de los colores. Sus telas tienen el aspecto de objetos preciosos,
de materia lujosa que deben, ante todo, mostrar las obras de arte. Hay
en él una mezcla de tapicero persa y de imaginero gótico, con todo un
golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas son meticulosamente
compuestas; desde el punto de vista del color, es el color el que guía y
dirige. En su aparente desorden es minuciosamente lógico, y su
imaginación, que es viva, que es desbordante de verbo, no va sino hasta
donde el color le indica ir. Su «Moisés salvado de las aguas», así como
sus bohemios, son puras obras maestras de colorista. La alegría de esas
telas estalla en sonoridades soberbias», Y Charles Morice: «¡La vida, la
verdad de la vida! Es ella la que de Groux, en los ojos de los músicos y
de los poetas y de otros héroes, y en las obras por su pincel
comentadas, ve y nos muestra con el gesto imperioso de una voluntad
orgullosa de no ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista violento,
tumultuoso, conmovedor, siempre original, que llega a una intensidad de
realización y de evocación que se impone a la imaginación y fuerza a la
memoria, tal se afirma», dice Charles Salunier. «Es, ante todo, un
poeta», señala Ivanoe Rambosson. Su nombre es célebre en el arte
contemporáneo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este mismo
crítico italiano ha estudiado en una de sus más bellas obras el talento
y la producción de Henri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro
terrible: «Les trainards, rêve aprés la bataille»; «Rappresentava un
campo dopo la bataglia: in alto della tela scorgevansi le case del
vicino villagio; in primo e secondo piano v’ra una confusione
raccapricciante di cadaveri e di carrogne sbudellate e sanguinolenti, di
ferilli in agonia, di sconquassati ordegni guerreschi e, in mezzo a tale
cuenta rovina, avanzavansi, a passi cauti, cinque o sei losche figure di
depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tirate da grossi cani di
Terranovae sovraccarricho di spoglie.

Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettrale e, ad acrescere
l’orrore, contribuiva tanto la voluta mancanza anche del più piccolo
lembo di firmamento quanto le deficienze di prospettiva e l’uniforme
tinta verdastra, evocante il colore della putrefazione. Como esprimere
con parole la terribilitá di quei cadaveri aggroviagliati, affastellati
l’uno sull’altro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le budella
serpeggianti fuori dal ventre? ¿Come esprimere il supremo orrore di
quegli occhi vitrei e spalancati, che nessuna mano pietosa aveva
chiusi?»

Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista de horror y de misterio.

Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios ciclos: el ciclo dantesco,
el wagneriano, el napoleónico, fuera de variados y alucinantes
espectáculos de imaginación y enigma que se ha complacido en trasladar a
la tela.

Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan logrado evocar los
extraños ambientes y percepciones de los sueños, y esas cosas raras e
inexplicables que supiéranse de otras existencias y que se encuentran en
tales páginas de extraordinarios escritores, como Poe, Mallarmé,
Quincey.

Sus páginas de sombra y espanto llegan a la angustia de ciertas
pesadillas. Su visión tenebrosa hace pensar en los bajos fondos de la
demonología, en tormentosos terrores milenarios, signos y conjunciones
astrales, lluvias de sangre, presagios y apariciones funestas. Es un
prodigioso expresador de pavores y un fatal evocador y comentador del
fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la Muerte cabalgante
sobre la desolación de la campaña llena de cadáveres; en sus «Vendanges»
traduce la irrupción de las cóleras siniestras populares en el corazón
de la noche; su Napoleón no es el dios dueño del Aguila como Júpiter,
sino un Napoleón de desolación, de meditación, de triste humanidad. Es
el espectro de los espectros, ya en la vida retirada de Rusia, ya en la
caída de Waterloo o en Santa Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo,
miserable, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los ultrajes»
nadie ha hablado como el tonante Bloy: «Es el sufrimiento del Cristo,
tal como lo han contado los santos visionarios en libros de diamantes
que sobrevivirán al juicio final de las literaturas; tal como lo han
certificado los testigos que se hacían «degollar» para obedecer a la
orden de ser «configurados en su muerte»; tal, en fin, como la Iglesia,
no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su pavorosa
Liturgia. Es el huracán de las torturas imaginables, sin el contrapeso
de ninguna eficaz piedad para el agonizante voluntario, cuyo último
suspiro extingue el sol y turba las constelaciones.»

Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de la _Divina Comedia_, son
telas poemales que trasponen la idea del poeta a la concepción del
artista. Lo propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas en lo que he de
insistir es en su don milagroso de revelador, o, mejor dicho, recordador
de otros planos psíquicos, de otras rememoraciones de confusas
existencias, misterioso siempre; misterioso en su orientalismo
insinuante de detalles y perspectivas, misterioso en sus figuras de
mujeres ultraturbadoras y de un más que humano secreto; ni la Eva
dormida, o la Palas sentada, o la carnal Jezabel, o la acre y almizclada
adolescente del frontispicio diabólico del «Pehor», de Gourmont;
misterioso en sus aglomeradas muchedumbres, en la manifestación del alma
baja y feroz de los populachos, de la erupción de instintos crueles y
bestiales de las heces humanas; misterioso en las actitudes y miradas de
sus héroes y hasta de sus animales y larvas, sus leones, sus águilas,
sus caballos, sus buhos, sobre todo sus buhos; o ya en sus mitologías, o
en las reminiscencias de malos sueños; en su cultura macabra de las
facies cadavéricas, en las alusiones satánicas y relentes de ultratumba,
en la traslación de la atmósfera sensible de «cuento», de leyenda, de
delirio o de locura.

Buen artista, de Groux es compasivo con los humildes de abajo, con el
pueblo que sufre la tiranía de la estupidez triunfante. Mas no se mezcla
con los brutales elementos. Quiere «sólo un déspota, el Genio», como
dice brava y aristocráticamente ese cantor de las rojas esperanzas que
tiene por nombre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la burguesía
ostentosa e ignara de la nobleza decadente y rebajada, del
igualitarismo, tan odioso como imposible. Baudelaire ha sido uno de sus
peligrosos guías en su senda de tinieblas y de espantos. De tanto
frecuentar el reino de lo desconocido, en donde no se camina sino
tanteando el lado de los abismos y negros despeñaderos, y en donde no
puede prestarle sus ojos nictálopes su amigo el buho, es probable que su
cerebro no se encuentre completamente fácil para el diario comercio de
los hombres. Es posible también que en el imperio de las tinieblas
enemigas cuente con más de una animosidad. Y si, como asegura Bloy, se
ha olvidado por completo de Dios, todo él está vulnerable para los
puñales invisibles.

El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de cosas misteriosas, y de
su contacto con la locura en el manicomio italiano ha de sacar nuevas
apariencias de horrores visionarios. Si de la nocturna confabulación de
contrarias fuerzas sale su fatal sentencia, será una pérdida para el
alto arte, un duelo para el pensamiento. Será el golpe final para quien,
desde la cuna, fué señalado a la desgracia y al dolor como víctima de un
influjo saturnino, de una influencia maligna, diría el pobre Lelian.

Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las ásperas luchas,
cobrando aliento después de las sacudidas de la hostil suerte, halle en
la labor metódica un consuelo y una salvación.

Aunque, ¡la pobreza es tan infame!

[Illustration]



[Illustration] LO QUE QUEDA DE HEREDIA


José María de Heredia está ya enterrado en el cementerio de Rouen,
adonde fué a hacer compañía a su mujer. Tras sus despojos iban tres
poetas, sus tres yernos: Henry de Regnier, Maurice Maindron y Pierre
Louys.

Se presentan ya muchos candidatos al puesto de bibliotecario del
Arsenal. Se habló un poco de la desaparición del célebre artista del
soneto. Se escribieron unos cuantos artículos. Después, ha venido el
silencio sobre el que partió en lo gris del otoño. No obstante, queda de
él mucho, en poco. Un libro. Ese libro vivirá. Mil hay que dejan cien
volúmenes para el olvido y para los ratones.

       *       *       *       *       *

Fué, como es sabido, cubano de nacimiento, pero esto es un accidente que
apenas advertís en tal reminiscencia de uno o dos sonetos. El fué poeta
francés, completamente francés, a pesar de sus pergaminos de
«conquistador», a pesar del «ancêtre», del fundador de ciudades. Nació
en Cuba, como su maestro Leconte de Lisle nació en la isla Borbón, o
como Julio Laforgue nació en Montevideo. Mas su gloria es absolutamente
francesa, porque su alma se nutrió en Francia, sin conservar casi nada
del perfume de las islas natales. Vagamente ese perfume le llega una
vez, a la orilla del mar... No es el mismo caso el de otro José María
que hoy comienza a engarzar en hermosos collares perlas de Francia: José
María Cantilo. Si llega el triunfo futuro, será gloria argentina, a
pesar de la lengua de adopción en que exprime sus líricos pensares.

Hay la idea común de que los parnasianos fueron simples artesanos del
verso, fabricantes de piezas de orfebrería. «Nosotros, que cincelamos
los versos como copas», decía uno de los más grandes entre ellos. El
verbo humano y el ritmo divino tienen tal virtud, que no le es posible
al artífice más impasible labrar una copa que no esté siempre llena de
algo. La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el vino de poesía
diluído un sentimiento, un pensamiento. Y en las urnas de José María de
Heredia se conserva un licor precioso que ganará calidades envejeciendo.
Ciertamente fué un orfebre como todos los del Parnaso. Tenía el cuidado
de la rima, la preocupación de la palabra y, naturalmente, el orgullo
del pensamiento. No hay uno solo de los «impasibles» que no tenga en su
estrofa, en la apariencia, fría, un estremecimiento emocional, pues
emoción hay hasta en las más profundas especulaciones mentales.

Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del mármol y del metal,
materiales de su labor. La dedicatoria a su madre en «Les Trophées» es
una lápida romana. La mayor parte de sus sonetos son casi epigráficos,
dignos de una estela. Heredia no escribió una sola línea que no fuese
monumental. De allí esa augusta disposición de los conceptos, esa noble
euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de sus pequeños templos de
catorce columnas.

Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único. ¿Se habría preferido
que amontonase en las librerías volúmenes sobre volúmenes, a la manera
de tanto fecundo multíparo de la literatura cuya prole, sin dolor
creada, servirá tan sólo por su inanidad y número para hacer más pesada
y más invisible la losa del más justificado de los olvidos?

       *       *       *       *       *

A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar de la cita que en una
ocasión me dio el maestro por medio del poeta Angel de Estrada, nunca
fuí a verle, ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de que era
administrador, después de Nodier, de Alexandre Duval, del bibliófilo
Jacob, de Loredan Larchey, de Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas
sé que todos los que a él se acercaron quedaron encantados de sus
afabilidades señoriles, de su fondo hidalgo, de su generosidad
espiritual. No creo que le agradase mucho hablar el español, el cual,
según tengo entendido, pronunciaba con acento francés. Estaba, por otra
parte, un poco sordo; así es que la entrevista que tuvo con Núñez de
Arce, hace años, debe haber sido curiosa, dado que el poeta español
hablaba muy poco y muy mal el francés.

Heredia era amado de la juventud, de esa juventud acusada tantas veces
de iconoclasticismo y de irrespeto para con los maestros. A esta
acusación contesta con mucha justicia un claro y valiente espíritu,
André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, y demasiado pronto numerosos,
Verlaine, Mallarmé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad en que
se os abandonaba?, y vos, magnánimo superviviente de una época valiente,
León Dierx, ¿quién os rodea de fervor y de afección mas que nosotros?
¿Quiénes, pues, José María de Heredia, desde los primeros años
literarios venían con un orgullo tímido a consultaros, a entregaros sus
esperanzas y a confiaros sus dudas?» Y es que el carácter acogedor y la
noble confianza que inspiraba el perfecto lírico daban a los
principiantes un amable calor de entusiasmo, un seguro estímulo, un
deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era el alma misma de ellos
la que sentía la espuela de oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos
amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José María de Heredia,
ningún _aîné_ supo acoger, lleno de una bondad igual, a los
principiantes, a quienes prodigaba con simpatía sus consejos
fraternales. ¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes su casa fué
abierta, ha podido perder el recuerdo de los primeros minutos de su
primera visita? Cuando desfalleciendo casi de temor y de respetuosa
incertidumbre el recién llegado era introducido a un vasto y claro
gabinete cuadrado, sonoro de voces vibrantes y alegres, se habría
sentido presa de un vértigo extraño y temeroso, si el Poeta,
suspendiendo con un ademán alguna disertación tumultuosa, no acorriese
casi de un salto a él, a darle la bienvenida, con abundancia y precisión
que daban al espíritu ansioso y encantado a la vez el tiempo de
reponerse, de admirar, y de comprender a un tiempo, y amar a ese hombre,
que se revelaba completamente en su movimiento de cordialidad franca y
de calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproximaron. Mi proverbial
condición ursina no me permitió poder apreciar personalmente la
gentileza hospitalaria del hidalgo.

La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya sabéis que sus tres hijas
se casaron con escritores. Hasta la hora actual, parece que son felices,
y ningún rumor de divorcio se ha oído. Una de las jóvenes, la casada con
Henry de Regnier, es mujer de gran talento, y se ha hecho notable por
sus poesías, publicadas casi todas en la _Revue de Deux Mondes_, y,
sobre todo, por las novelas que ha firmado con el pseudónimo de Gerard
d’Houville, nombre de un abuelo maternal de brava y pintoresca vida. Su
salón era uno de los pocos que quedan exclusivamente literarios, y allí
se reunía mucha parte de la _élite_ de la mentalidad francesa
contemporánea.

       *       *       *       *       *

En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único artículo que conozco en
que se decrete y anuncie la desaparición en el olvido de la obra
herediana. «Les Trophées» de Heredia! Cuando hoy hay quien exhume y
comente los seccionales del lejano y encriptado Du Bartas. Se ignorará
en lo porvenir a Heredia si se borra por completo la historia de la
poesía francesa en el siglo XIX, en la cual él es ciertamente un
«antillano»; tiene su isla.

Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y por el material _aere
perennius_, esa «Leyenda de los siglos» en miniatura, ese museo _di
camera_, esa labor cuyo defecto sólo es la casi completa perfección. Tal
la de su maestro Leconte de Lisle, y la de su antecesor Chenier. Poesía
pura y lengua pura. Y tanta confianza había en el alma del poeta en lo
futuro, que el primer soneto de la colección está dedicado al Olvido:

      Le temple est en ruine au haut du promontoire...

           *       *       *       *       *

    Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux
    Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines,
    La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.

Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la historia, supo
concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán
admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su
cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes,
los dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la
gran figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago
de Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a
Neso, cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de Epiro»; la
centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»; la
admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de
centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une
odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y
Medea aparecen como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto
dedicado a ese pintor. En el «Termodonte» véis pasar a los potros
blancos, rojos de la sangre de las Vírgenes. En «Artemis», la diosa se
presenta como llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego pasará,
cazadora, saltando entre sus molosos; y la flauta pánica resonará en una
ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador de ninfas desnudas». Su
risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso cincelado, en cuyos
flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y
Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en
rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador,
triunfa a las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los
funerales de Adonis; Circe siente los perros sagrados que la siguen
aullando. En un soneto dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que
habría podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, «Marsyas»,
hace recordar el Marsyas de mármol del Louvre.

Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue sobre la mar su grande
sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le ciel ebloui de ses
ailes de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlacés font un tiède
berceau».

En los epigramas y bucólicas es un admirable evocador de la vida
antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones votivas; clamores
de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten; esclavos,
sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un
corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce;
un cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o
bien estas palabras que hoy son para dichas por sus propios labios
fríos:

    Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse,
    Et maintenant habite, hélas! A pour jamais,
    L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.

En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de Virgilio. Conoceréis al
discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en labios de un pastor.
El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida es breve, como
cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las sombras».
He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una
sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un
triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:

    Grave-les dans la frise et dans les bas-relief
    Profondement, de peur que l’avenir te frustre...

Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a un gran pájaro de oro que
espía a lo lejos su presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre
soneto en que Antonio ve en los ojos puntuados de oro de Cleopatra:

    Toute une mer immense ou fuyaient des galères.

Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos epigráficos suceden la
Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en su terreno de
labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que decora
las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En
«l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió
Verlaine, y en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués
de Bradomín.

Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, Petrarca y Ronsard; y es
un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que contribuyen a la gloria
fraternal de Claudis Popelin.

En los conquistadores, puede decirse que se recrea en la gloria del
Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por
el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con «une
Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los
Trópicos, se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo.
Es allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen
cubano del poeta.

       *       *       *       *       *

Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia una traducción de Bernal
Díaz del Castillo, un «Romancero», inferior a lo que en este sentido se
encuentra en la «Leyenda de los Siglos», y «Les Conquérants de l’Or»,
fragmento épico que poca cosa puede agregar a su gloria.

Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves, las estatuetas, los
templetes, las logias que construyó con amor y pasión de artista. Y
vivirán, sobre todo, porque puso en ellos su vida y su alma, su
constante esfuerzo y su adoración a la Belleza pura.

Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la sociedad ni cambiar el
mundo. No se dedicó a la pistonuda carrera de apóstol. Era un cuerdo.

[Illustration]



[Illustration] NUEVOS POETAS DE ESPAÑA


Mi distinguido compañero Enrique Gómez Carrillo ha venido a verme, en su
calidad de redactor de la sección de letras españolas en el _Mercure de
France_, y me ha dicho: «Necesitamos que me conteste esta pregunta: ¿Qué
piensa usted sobre el estado actual de la poesía en España?» La pregunta
es compleja, porque no hay una poesía actual española, sino muchos
poetas españoles. Pocos excelentes, algunos buenos, y los demás...

Lo que sí se advierte en el primer momento es que la manera de pensar y
de escribir ha cambiado. La liberación de la intelectualidad es un
hecho, y más que la europeización, la universalización del alma
española. En mi «España contemporánea» he hablado del movimiento mental
que por la influencia del simbolismo francés transformó las letras
hispano-americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a España, y
dió nueva vida a las letras españolas. Se acabaron el encantamiento, la
sujeción a la ley de lo antiguo académico, la vitola, el patrón que
antaño uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer versos de
determinada manera, a lo Fray Luis de León, a lo Zorrilla, o a lo
Campoamor, o a lo Núñez de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la
libre manifestación de las ideas, el vuelo poético sin trabas, se
impusieron. Y eso trajo una floración nueva y desconocida. Y el nivel de
los espíritus subió. Hasta hace pocos años, apartando al gran Zorrilla,
los poetas castellanos estaban en segundo o tercer término entre los de
Europa. Ahora, entre los poetas jóvenes de España, los hay que pueden
parangonarse con los de cualquier Parnaso del mundo. La calidad es ya
otra, gracias a la cultura importada, a la puerta abierta en la vieja
muralla feudal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas.

       *       *       *       *       *

Antonio Machado es quizá el más intenso de todos. La música de su verso
va en su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es la de
un filósofo estóico. Sabe decir sus ensueños en frases hondas. Se
interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo
sobre la tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo inmenso,
neroniano y diogenesco. Tiene la admiración de la aristocracia
intelectual. Algunos críticos han visto en él un continuador de la
tradición castiza, de la tradición lírica nacional. A mí me parece, al
contrario, uno de los más cosmopolitas, uno de los más generales, por
lo mismo que lo considero uno de los más humanos.

Su hermano Manuel, que ha permanecido en París durante varios años, es
muy diferente. Este es fino, ágil y exquisito. Nutrido de la más
flamante savia francesa sus versos parecen escritos en francés, y desde
luego puedo asegurar que son pensados en francés. Es en muchas de sus
poesías--por ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco--un verleniano
de la más legítima procedencia. Con los elementos fonéticos del
castellano ha llegado a hacer lo que en francés no han logrado muchos
seguidores del prodigioso Fauno. Sus «arietas» son perfectas. En cuanto
a sus resurrecciones de viejos metros y sus tentativas de versolibrismo,
indican un gran virtuoso y un artista de la palabra.

Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta asturiano, pero que es
castellano, pero que es cosmopolita; joven, luego rico en primavera,
luego sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador de la libertad,
luego soñador. D. Ramón Pérez de Ayala tiene un nombre que trasciende a
líricas vejeces, a pergaminos venerandos, a flores secas halladas en un
breviario de arcipreste enamorado de las musas. D. Ramón Pérez de Ayala
es un poeta absolutamente del siglo XX, con igual educación estética que
nuestros mejores poetas hispano-americanos actuales, y con una hermosa
independencia de espíritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la
manera más sencillamente posible. Mas hay que advertir que la sencillez
es en este caso lo más dificultoso. Ahora todos queremos ser
sencillos... Todos nos comemos nuestro cordero al asador después que lo
hemos tenido encintado en el _hameau_ de Versalles. El Sr. Pérez de
Ayala se expresa a veces con reminiscencias clásicas, arando en el
antiguo y fecundo campo con los apacibles bueyes de Berceo y de Juan
Ruiz; y su arado, de modernísima fábrica, hiere la tierra con igual
virtud que los venerables y rudos hierros viejos. He leído «La paz del
sendero», manifestación primigenia de esta fragante alma. Tiene el autor
demasiado talento para que sonríamos ante la premura de un dolor fatal
apenas entrevisto. Desde esos primaverales años clama una voz de hondo y
meditabundo poeta, animado por el infuso saber, amargo don del destino.

    Con sayal de amarguras, de la vida romero,
    Topé tras luenga andanza con la paz del sendero.
    Fenecía del día el resplandor postrero.
    En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

    No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
    Parecía que Dios en el campo moraba.
    Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba,
    Morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

    La flor de madreselva, nacida entre bardales,
    Vertía en el crepúsculo olores celestiales.
    Veíanse blancos brotes de silvestres rosales,
    Y en el cielo las copas de los álamos reales.

    Y como de la esquila iba besando el son
    Al canto del jilguero, mi pobre corazón
    Sintió como una lluvia buena de la emoción;
    Entonces a mi vera vi un hermoso garzón.

    Este garzón venía conduciendo el ganado,
    Y este ganado era por seis vacas formado;
    Lucidas todas ellas, de pelo colorado,
    Y la repleta ubre de pezón sonrosado.

    Dijo el garzón:--Dios guarde al señor forastero.
   --Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero
    Rapaz.--Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero.
    En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

    Sentí en la misma entraña algo que fenecía.
    Y quedó dulcemente otro algo que nacía.
    En la paz del sendero se anegó el alma mía.
    Y de emoción no osé llorar. Atardecía.

Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta fragante alma en su
más amable estación. Es una primavera sentimental color de otoño. Hay
después sensaciones rurales y familiares que tan solamente pueden
compararse a las de Francis Jammes. Son de una modernidad intensa, y en
su manera clara y en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que complica
en nuestro espíritu el acendrado cultivo mental. ¡Cuán extraordinario es
encontrar en las almas nuevas de todos los puntos del mundo la alegría!
Pérez de Ayala no es una excepción. De la tristeza principesca e
hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la casi rústica de «La paz del
sendero», no hay gran diferencia. Es una diferencia de decoración, de
ambiente, de música. El sutil veneno es el mismo. Hay amor,
naturalmente; amor de verdad, a la antigua, amor de _clair-de-lune_ y de
adoración romántica. Lo sexual no tiene gran importancia cuando la
primera ilusión llega con sus manos llenas de jazmines. Cuando el poeta
de los «Jardines lejanos» ve que sus princesas de ilusión tienen blancos
y rosados senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha hablado
al oído.

He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de Ayala, de abolengo
literario que obliga, es en la generación a que pertenece de los poetas
que piensan. Las nuevas influencias que han transformado la poesía
castellana han traído con la renovación de la forma un grande amor a las
ideas. Un escritor de gran valer y de extrañas violencias, el Sr.
Unamuno, se enreda en eso de las ideas, desdeña las ideas, sin ver que
ellas son nuestra única manifestación, el único fruto que da constancia
de la existencia del árbol humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía,
y el sabio no halló sino una gran verdad con lo de «pienso, luego soy».
Pensemos, pues, y que el sentir no se excluya, pues el sentimiento mismo
se produce en nuestra máquina cerebral. El palacio de Psique está entre
las paredes del cráneo, allí donde Cajal y compañeros van encontrando
desconocido en la mina misma de los pensamientos.

       *       *       *       *       *

Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es un señor. Continúa la
tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos,
prendados de nobleza, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con
todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su
pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces «con pensamientos nuevos
hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos hace versos nuevos.
El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos
versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos
libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un
ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay
magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II que en cualquier
literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma
española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus
«sonetos» se resienten de heredianos algunos: los escritos en
alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de
los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.

       *       *       *       *       *

Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jiménez, he dicho en otra
ocasión lo que pensaba. Hablaba yo de su don musical. Decía de él...:
«lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha
aprendido a ser él mismo--_être soi même_--, y dice su alma en versos
sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está
enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así, en su poesía no busquéis
salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una
sonrisa de convaleciente,

    Convalescente di squisitti mali...

pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida».

       *       *       *       *       *

Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de todas las formas, seguidor
de todas las maneras, hasta que se encontró él mismo, si es que se ha
encontrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su mundo interior de
modo que, ciertamente, seduce y encanta. También es cierto que ha
sufrido mucho, y que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro
Maestro el Dolor.

       *       *       *       *       *

En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado desde hace algún tiempo y
ha producido ya los mejores frutos. No puede negarse que hoy impera una
influencia extranjera, cosmopolita, pero principalmente francesa e
italiana. Mejor dicho, d’annunziana. (Villaespesa, Pujol--un joven poeta
que comienza con los mejores bríos, muy sentimental, muy musical, muy
elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que ha expresado sus quereres y soñares
con modos refinados, dando a veces un tono menor que traduce sus
prematuras melancolías contagiosamente.)

No dejan de encontrarse--sobre todo, en los sujetos a las ordenanzas
académicas--gestos pasados, libreas mentales, poesías «a la manera
de...», o a _l’instar_, como se diría en París. Mas los que imperan son
los otros.

Hay, por ejemplo, uno de los más nuevos, Andrés González Blanco, que se
ha impuesto desde los comienzos. Sus versos revelan una gran cultura,
una gran mentalidad, y, como antes se decía, una gran «inspiración». En
estas líneas olvido, seguramente, a otros buenos poetas, gentiles
adoradores de las musas. Mas hay que ver que aquí indico únicamente mis
preferencias.

[Illustration]



[Illustration] EN ASTURIAS


I

Desilusión del milagro.

Por Palacio Valdés y el difunto _Clarín_ sospeché la vida ovetense, en
tierra de Asturias. La existencia ciudadana, como en nuestras antiguas
villas hispano-americanas, aún tibias de la empolladura colonial, con
sus curas, bachilleres, señoronas y chismes. Las iglesias siempre
triunfantes, la alta sociedad untada de _sports_ por el contagio de los
viajes. En el ambiente universitario, aún rancio, invasión de cosas
nuevas que llegan del extranjero. Para ver bien todo eso, ahí tenéis _El
Maestrante_ y _La Regenta_. Y en las revistas podéis saber que es aquí,
en Oviedo, donde tiene su asiento principal esa ciencia internacional y
periódica que posee sus mejores representantes españoles en los
profesores Posada, Buylla, Dorado y Altamira.

Yo voy a lo que más puede interesar vuestra curiosidad y halagar vuestra
fantasía. Os ofreceré un poco de maravilloso.

Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un tesoro de reliquias más
rico que el de cualquier basílica italiana o que el de Nuestra Señora de
París; y que entre las cosas que aquí se encuentran las hay
extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de ellas a través de
cristales de poesía. Saludé, pues, la torre esbelta y labrada, la
plazoleta antigua y estrecha, y me encontré en el ambiente oloroso a
incienso de las vastas naves ojivales. Era la hora del coro y los
canónigos celebran el oficio. Resonaba el canto llano. Un órgano se
hacía oir de tanto en tanto. Y como vibrantes chirimías, las voces de
los monagos se unían a los agudos del instrumento. Uno de esos levitas
en miniatura andaba por ahí con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A
una seña se me acercó. Le pregunté por el lugar de las reliquias, y el
duende, no exento de gravedad, me dijo que tuviese paciencia por unos
instantes. Y fué a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto al
facistol. Algunos minutos después salió acompañado de dos canónigos. A
una indicación les seguí.

Entramos por una puerta cercana a la sacristía. Subimos una escalera;
bajamos otra corta. Henos ante otra puerta junto a la cual hay una
campana que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tanto, los
canónigos rezan. Uno de ellos, algo encorvado, misterioso, de ojos
agudos, llama mi atención. Mientras le miro me instruye en voz baja un
poeta del país que me acompaña: «--Ese es un bravo y terrible
sacerdote... Ha sido periodista de combate, hombre de empuje... Le
llaman El Angelón...»

La puerta se había abierto, y tanto El Angelón, semejante a un Claudio
Frollo, como el otro canónigo, nos precedieron al entrar al Relicario,
sin dejar de mascullar sus rezos. Entraba claridad por la puerta y no
recuerdo si por algún ventanillo; mas el monago encendió un cirio, y con
el tono y manera de un cicerone que se respeta, comenzó a pronunciar su
sabida lección y a mostrar a mi intranquila curiosidad un cúmulo de
sacras maravillas. Poco me faltó del «Breve sumario de las santas
reliquias que en la cámara santa de Oviedo se veneran manifiestas, fuera
del arca santa, después que por la misericordia divina, por el año de
mil setenta y cinco, a instancia del señor Rey Don Alfonso el VI, fué
abierta con asistencia de varios de los prelados de España, que por la
general devastación del reino se hallaban refugiados en dicha ciudad; y
asimismo de las indulgencias concedidas a este santuario, que ganan los
que visitan y asientan cofrades en virtud de esta bula». Poco me faltó,
digo; pero con lo que percibí tuve para copiosa provisión de ensueños en
una exploración de invisible por espacio y tiempo.

Mas antes os he de decir la historia milagrosa de estas riquezas
benditas, tal como consta en episcopales documentos. Reinaba Cosroes de
Persia sobre Jerusalem, dominada por sus ejércitos, cuando por
disposición divina fué llevada de la ciudad superilustre a tierras
africanas una caja, hecha en «madera incorruptible», por cristianos que
habían recibido la doctrina de los apóstoles mismos. Siempre
prodigiosamente, la caja erró de Africa a Cartagena de España, de
Cartagena a Sevilla, de Sevilla a Toledo, de Toledo al Monte Sacro de
Asturias y del Monte Sacro a la iglesia de San Salvador, de Oviedo,
«donde dicha arca fué abierta, y hallaron en ella los fieles muchos
cofrecitos de oro, de plata, de marfil y de coral, los cuales, abiertos
con suma veneración, ciertas cédulas atadas a cada reliquia de las que
dentro estaban, manifiestamente declaraban lo que cada una era». El arca
estaba central ante mí, mas cubierta de antiguas chapas y bien labrada
orfebrería. Y dentro del arca, algunos de los objetos venerados que no
se muestran sino en señalados días del año, con ocasión de fiestas
especiales y con gran aparato ritual y manifestaciones de fe.

       *       *       *       *       *

La vocecita dijo:--«Esta es una pequeña parte de la sábana santa en la
cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.»
Yo sentía una vaga emoción, con un vago perfume de infancia..., a pesar
de que un mal diablillo me andaba por lo interior diciéndome: «¡Muy
bien, muy bien! ¿Qué van a decir, si usted cuenta esto, ciertos amigos
suyos que saben tanto del protoplasma?» Dejé murmurar al diablillo, y vi
en frente de mí, bajo un fanal en un marco de oro, un trozo de tela
blanca, que me pareció demasiado blanca para tantos siglos, y muy
semejante a ciertos tejidos manchesterianos. Mas luego abandoné las
influencias razonadoras, y con el admirable poder imaginativo pude
agrandar el pedazo de tela y ver el inmortal cuadro del descendimiento,
y el del lavado del santo cuerpo, y la piedad del vecino hierosolimitano
que primero que todos los celebrantes de la misa colocó sobre el
Corporal la misteriosa y carnal Hostia antes de la transubstanciación.

Continuaba el rezar de los canónigos, y la fina vocecita casi no se daba
tiempo:--«Estas son ocho espinas de la Corona Sagrada, de la Corona
cruel que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro Redentor.» Y vi,
en una a modo de custodia, las negras espinas, que más bien se me
representaron clavos. Recordé una que antes viera en ya no sé cuál
templo romano, y la corona despojada de sus espinas que se muestra el
Jueves Santo a los fieles en la basílica parisiense, corona que parece
un círculo de secos mimbres... Mas surgió en la lejanía de lo pasado, en
la tarde lívida y eléctrica del Calvario, la dolorosa y portentosa
Figura, con la frente ceñida por la diadema de martirio, sangre y
palidez, amargura humana y desconsuelo divino.

--«He aquí--prosiguió la lengua infantil--un pedazo de la caña que los
judíos pusieron a Cristo por burla.» Recordé a las iluminadas, a las
videntes Emerich y Agreda. Lo que pude ver fueron unas a manera de dos
hojas de palma resecas, de amarillento color. Mas se apareció la
indestructible canalla burladora e insultadora de las majestades
espirituales, y el triste Cristo, vestido de melancolía, soportando la
tortura de las risas miserables.

--«Un pedazo de la túnica inconsútil...» no logro verla en el relicario;
«de su sepulcro», tampoco; «de los pañales en que estuvo envuelto en el
pesebre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. Me hace pensar
en los panes encontrados en las ruinas de Pompeya. Y después me entra un
pueril deseo... Si pudiera probarse esa supernatural pasta, en la cual,
antes que por las palabras de la consagración, estuvo la carne simbólica
de la divinidad, simbólica y efectiva para el creyente... ¡Y si probando
esos relieves del ágape de los 13 no conseguiría uno la visión de lo
inmortal, la potencia de lo infinito, los dones que traen las lenguas de
fuego del Santo Espíritu...!

Mas el monago no da paz a la palabra:--«He aquí uno de los treinta
dineros porque Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por Judas.»--¿En
dónde está? «Dentro de esa caja.»--Lo creo.--¡Judas, desastrado Judas,
precioso chivo emisario del cristiano triunfo, pobre cabeza de turco de
la Redención! El libro de Petruccelli della Gatina es un curioso
libro... Mas, sobre todo, hay que meditar, ¡oh creyentes mis hermanos!,
en que Judas cumplió las disposiciones del Padre; y en que sin la obra
inconsciente suya _no se hubieran cumplido las profecías_.

En cuanto a este dinero, uno de los treinta famosos, creo que debería
sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral ovetense, y
llevarse a París, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a otra
parte cualquiera del mundo, a la casa de otro congénere, donde pudiera
devengar los racionales intereses.

Ocultos también están los que canta la boca del eclesiástico gnomo
«preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen; lienzos
humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no fué
sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la
inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo
mortal sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen,
completa e intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio
están cometiendo los canónigos que conservan y se glorian de poseer algo
de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, en San Salvador de
Oviedo. Yo opino que habría que sacar a la luz esos cabellos. Y si son,
en efecto, ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo en la mano
del sayón, tornarse éstos hebras de luz sobrenatural; notar los sabios
una descomposición en la máquina del día, y la humanidad sentir
entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse las almas
en un deseo de amor universal y de fe profunda.

Después, aquí están un lignum-crucis, que no me interesa tanto después
del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de Notre-Dame; un
pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los
apóstoles después de la Resurrección--cosas que no me mostraron--;
tierra sobre que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y
tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el sepulcro
del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la entrada
en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una
redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los
cristianos habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos,
obstinados por su antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y
con una lanza hirieron el costado derecho, del cual salió sangre y
agua.» No veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. Pero
_credo_.

       *       *       *       *       *

Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el monaguillo: algo de
la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan
Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!; la suela
de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de
un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del
pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la
cartera, ¡sí, la cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que
los gauchos guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la
Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos y reliquias de todos los
que vais a oir: San Juan, San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos
Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, Primitivo, Justo,
Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano, Mamés, Verísimo,
Máximo, Vedulo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio,
Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el Exorcista, Eugenio,
otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías, Martino, obispo
Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda, Justa,
Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona,
Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa
Catalina.

¡Ah, no!

Y El Angelón y su compañero siguen rezando.

       *       *       *       *       *

Y luego me muestran «una parte de la vara con que Moisés dividió las
aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un lápiz, yo, que
soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire pondría
espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!

Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo, labrada por mano de
los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos; y se me dice
que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual ayunó
Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto
del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia,
Ananías, Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió
el agua en vino; los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de
Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y los de San Julián y
de San Serrano, y la espaldilla de San Pedro Regalado y otros huesos
más...

¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El Angelón y su colega me
están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis
cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.

Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios... Pero, ¡idos al
diablo!


II

A la orilla del mar.

Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino
que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos--ante el
caprichoso Cantábrico.

Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso de Oviedo, junto a la
desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago. En frente se
divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano caserío; y
más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no
debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita
nueva y fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está
al pie de una pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de
conservas marinas y un restaurant que se ve bullicioso y se siente
sonoro los domingos. La Arena es lugar de pescadores, y por el lado de
la costa tiene una que otra casita pintoresca que alquilan las pocas
familias que vienen durante el verano.

Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en construcción que
avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro, la costa
abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.

Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma, son tranquilas y
serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado,
y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo cargado de
frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de
panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no
muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos
cantaban su melopea, un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda
y unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo.

Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los
pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las
embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras
antiguas en desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la
suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el
retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces
la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando
se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que
aguardan.

Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un
huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no
les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia
chica y triste, en donde los más devotos forasteros retroceden ante el
formidable ejército de pulgas, que sin duda el rey de las moscas, o sea
Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes.
Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y
emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones» botella.
Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.

       *       *       *       *       *

El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y
amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos
y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en
días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que
les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y
esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde
están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.

Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en
esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas
épocas, dramas tremendos. «Por allí--me dice un pescador, señalándome el
extremo del rompeolas--, por allí murieron el invierno pasado catorce
hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor
con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la
espuma. Recuerdo ya viejos versos:

      Claudicante, viejo, solo.
    Viene del Polo el Invierno.
    Eolo sopla en su cuerno
    Saludando al rey del Polo.
    Al son del cuerno de Eolo
    Lanza el gran mar su clamor.
    Sobre el oceánico hervor
    Da el tritón su canto extraño,
    Y con su crespo rebaño
    Pasa el terrible pastor...

Como todas las gentes de mar, como las de Normandía, como las de
Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su patrón celeste, su
representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro de los
huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el
bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los
árboles de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión
anual, va vestido de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos
y músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según se me informa, se
verificará pronto, y ya tendré entonces ocasión para describírosla.

No han progresado mucho que digamos estos lugares desde el año de 1794,
en que se publicaron las _Memorias históricas del principado de Asturias
y obispado de Oviedo_, por el Dr. D. Carlos González de Posada, canónigo
de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor Pedro Cavals.
Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena: «Puerto de
mar a la boca del río Nalón, dos leguas y media distante de Avilés, y
de corta población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 vecinos en la misma
boca del Nalón y frente a La Arena, sin más distancia que el río en
medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inmediaciones
se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las maderas que
bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo, Cangas,
Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos
puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo
nombre, corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»

Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza, ha
de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a
España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios comerciales
y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y cuya
riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha
de cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá
aquí veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros
automóviles que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes
_petits-chevaux_, y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que
dan estas cosas primitivas, se irán con la música y los sueños a otra
parte. Aunque pronto no habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La
unificación del planeta será absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros
mártires se estremecerán en la eternidad, y sobre el globo uniforme
prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.

Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño. La clientela no es
numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los visitantes
que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se ve
pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio
minúsculo hacia las olas.

A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco graves, el imaginarse a
Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado algo más tremendo
al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas costas. He
advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la guapa
y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las
envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón
más salaz _recule épouvanté_. Mas no percatan las pudorosas damas que
las tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se
pegan al cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro
en los talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una
realidad irónica y flagrante.

He notado que las puestas de sol no son aquí, al menos por estos días,
prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he visto libre de
nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se muestra sino
a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de
viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una
como cordillera de montañas obscuras, cuyos filetes bruñía de un fuego
vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no se veía. Fué más
tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se abrió una
tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro
solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y
se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones
amontonados. La cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando
blandamente aquella aglomeración de masas enormes y obscuras. El mar,
que fué primero gris, luego plateado, luego violeta, luego verdoso,
luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente en el último
momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de las
aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos
algodones sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la
llegada de una vela latina, de una rezagada barca pescadora, con la
aparición, siempre enigmáticamente luminosa, del milagro de las
estrellas.


III

San Telmo.

Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. El patrón ya sabéis que
es San Telmo, el de los fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre
estas buenas gentes, la superstición queda. En Dios se puede tener poca
fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la mañana, temprano,
sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles del
pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos
vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo
misa con sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en
una intempestiva Marcha Real cuando el sacerdote alzó.

Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante, que es de D. Edmundo
Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista y escritor
ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde debía
pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que
llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro
kodak en finas manos.

La procesión fué después del almuerzo. Desde donde yo estaba pude
dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor de una
fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí,
casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de
«preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del
Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover
de barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el
«Brillante» en fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada,
argentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, manchado de
pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis
apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y
estudioso que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas
blancas, con un jardincillo en que hay verdores apacibles, flores e
higueras.

Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la procesión. El cielo se
ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua está como el
cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis hanté:
Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente
reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el
acento con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me
asomo me parece veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me
antoja ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión
en barcas. Entre las pequeñas de los pescadores viene, como un
Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que está el santo. Y en el
vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las barcas de los
pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros, todo es
una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España!
¡España!

Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presencio, no es el triunfo
marino del Bucentauro; es una fiesta española y asturiana. Son los
buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran el día de su
patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de función
imponente por sus lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de las
góndolas señoriales, paños de seda flecados y bordados de oro. La
obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas sobre el
cristal especular.

Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son dulce de la provincia,
de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las
aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan, pues es el
día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En la
procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de
banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la
embarcación en que pasa el santo, van vecinos notables, autoridades,
curas con sus roquetes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedumbre
que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de plata. Y hay por todas
partes alegría, la alegría de un día de regatas.

¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar, de las terribles
rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y cordial con tus
gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos ásperos,
van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del
calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la
racha de mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que
va el trabajador de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos
eléctricos, a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras
telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. Dales buen tiempo, mucha
pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor,
beberán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un
diablo rojo que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses
y descabezando santos!


IV

San Telmo se porta bien.

... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi barquero. El cual es un
marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las
da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante, me dijo en
medio de la conversación:

--Yo creo haber visto al diablo, señor.

--¿Cómo, Evaristo?

Y me contó una su nocturna aventura, complicada con un caso telepático
que complacería al duque de Argyll.

--Melo de la Morena--me dijo--era un pescador como yo. Nos conocíamos
desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la sardina.

Una noche--de esto hace poco tiempo--volvía yo por la ría, del lado en
que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros... Era como la
media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme en la
lancha un tanto hacia la ribera, oigo:--«¡Evaristo! ¡Evaristooo!--Y la
voz era tan espantosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. No
obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre, reconocimos juntos
la voz de Melo de la Morena.--Es Melo de la Morena, dije yo.--Es la voz
de Melo de la Morena, afirmó mi padre--. Pero, ¿qué andará haciendo a
estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían
pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es
superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del
lugar, y de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por
la mañana vi a Melo de la Morena:--Melo, ¿qué andabas haciendo anoche
tan lejos, por el puente de Muros, como a las doce?--Yo estaba en mi
cama, dijo Melo.--Pues mi padre y yo hemos oído tu voz que nos
llamaba--. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo--. Y lo terrible del
caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a la
sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.

--A todo esto, Evaristo--le dije--, no ha aparecido el diablo.

--Es verdad--contestó--. Eso fué otra noche. Y digo sería el «diaño»;
aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me narró sus
aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las
ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una
barca para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca,
de pie.--Vamos, padre; dijo Evaristo.--Ya voy--respondió la figura
blanca--. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de llamar, y la figura
seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que aquello era cosa
diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la figura. La cual
se deshizo como un humo.

--Evaristo--le dije--, indudablemente era el «diaño».

En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer llorando, que corría
hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:

--Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres. Allá por la punta del
muelle.

Fuimos a ver lo que pasaba.

El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un fuerte viento nordeste que
había causado el desastre. A la vista de los que estábamos, en la costa,
una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba volcada. Se
notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas. ¿Cuántos
pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos.
Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos
hacia las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas,
lloraban también. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la
concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se escuchaban lamentaciones:
«¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una
Hécuba. «Aquélla--me dijeron--tiene un hijo en la pesca; aquella otra
tiene dos hijos; aquella otra su marido y un hijo.» Así era la
desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón
más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena era
para conmover a un hombre de bronce.

Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir: «¡San Telmo, señor
San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de nuevo las
lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero. Todos
nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?

¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a escuchar entre el
grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros y diesen
cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a remolque,
y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin
doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca
de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a
reconocer a los que venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.»
«Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.» Y venían voces de ellos: «¡No hay
cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»

Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados los náufragos. Uno de
ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la
muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San Telmo:

--¡San Telmo, te has portado bien!


V

Un eclipse.

Siendo España un país favorecido por los «eclipses»--desde que se pone
el sol en sus dominios...--he aquí que la reciente manifestación solar
ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención del mundo. De
todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en los
asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos
astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se
aleja el pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen
el patriarcal, con su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con
sus ojos meditativos y profundos entre la nieve de su senectud; vino
Rayet sonriente con su corona de invierno, y otros cuantos más, con los
más jóvenes, con los coroneles de la artillería óptica, y con las
ayudantas, la inevitable compañía femenina, las cantineras de las
batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá
y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando anda
por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e
inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica
de la corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con
Cahen, que compite con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos
brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman Lockyer,
dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia llegaron
Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un
cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De
Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De
Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann,
Dugan, y más alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece
astralmente el gran Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más
notorios y más eficaces cazadores de secretos celestes, y de Estados
Unidos un batallón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, director del
californiano observatorio de Lick. La América latina estaba felizmente
representada por Méjico, con un excelente cuerpo de astrónomos
mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio de Santiago.
Confieso que me sorprendió no encontrar un representante argentino, uno
de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en Córdoba y
en La Plata.

Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno español y las
autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones con
cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más
literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los
lugares adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra
civilizada, fué saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, y
paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su
excelente señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de
sabia consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron
los campamentos astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo
científico, el turismo europeo invadió por esos días la Península; y,
como sucede en ocasiones semejantes, todo se puso por las barbas del sol
y los cuernos de la luna: hoteles, habitaciones en casas particulares,
alimentación y cuanto se hubo menester. Lord inglés hubo que pagó dos
mil pesetas diarias el departamento para su familia. Y era como en el
cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los comestibles y las
habitaciones? No, señor; lo que son raros son los lores y los eclipses.»
Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Sigüenza, en
Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios para
sus observaciones, el negocio fué pingüe.

En España fueron grandes el movimiento y la curiosidad. Los trenes, la
víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de gente a los lugares
estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de todas clases de
curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que aquí llaman
«botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico precio.

Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey de su tiempo y de su
edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué, con su
agilidad y bizarría de siempre, en su automóvil, y la Reina y las
Infantas también fueron, desde el palacio de Miramar de San Sebastián,
en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias del veraneo. Y tras
el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre
elegante que se desprendió de sus nidos de _villegiatura_ para ir a la
ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril.
Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia
para poner la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid,
y para inaugurar una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó
conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir en seguida a cazar
rebecos a los picos de Europa. Visitó las instalaciones astronómicas
nacionales y extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas
diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa a
hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó
de todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar
por él la función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el
mejor punto para contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el
firmamento.

El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuando reapareció la luz
del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No lo entiendo.

Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el célebre autor del
_Escándalo_ y del _Diario de un testigo de la guerra de Africa_,
presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de 1860, y en las
impresiones que de él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba
sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio,
animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y monótonos
zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de
un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las
aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos
al deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora
anunciada y esperada hace tiempo por los astrónomos...

... El eclipse había principiado, pero aún no se percibía alteración
ninguna en la luz del sol.

A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer las nubes, mientras el
mar se ponía cada vez más sombrío.

La luz del sol era blanca como la de la luna, y la sombra de los cuerpos
intensamente negra, pero de vagos contornos.

El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana. ¡El sol se hallaba en
el mediodía, y, sin embargo, se aproximaba la noche! Nuestros semblantes
se iban poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no era
semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba
fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro. Las nubes tomaban
un color gris, como el de la ceniza. El mar continuaba
obscureciéndose... ¡En esto (todo lo que yo digo sucedió en menos de un
segundo), en esto expira instantáneamente el último fulgor, cambian de
aspecto todas las cosas, vense lucir las estrellas cerca del astro
agonizante, levántase un espantoso viento, hace frío, corren las nubes,
ennegrece el mar, camina la sombra a nuestros pies, parece ser que se
desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro;
muere el sol... y sustitúyelo un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y
grandioso; más bello que todo lo imaginado por el hombre! Un grito de
terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen
indudablemente que se ha acabado el mundo. Pero al ver que el sol ha
sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo
alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso,
en un viva, en un «bravo», en una aclamación frenética y entusiasta.»

Don Pedro Antonio de Alarcón explica, pues, el motivo del aplauso; lo
explica como poeta y como creyente. Yo supongo más bien semejante
explosión de entusiasmo teatral una manifestación vulgar, no del pueblo,
sino del público, de la concurrencia semileída, que celebra el hecho
como el final de una función pirotécnica, o del ensayo de una nueva
lámpara de luz eléctrica...

       *       *       *       *       *

Ahora, he aquí mis impresiones personales.

... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña terraza, o más bien
jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del Cantábrico. La
mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o menos,
desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había
caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba
fresco. Las olas formaban gran movimiento. No había, en lo que la vista
alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las casas
vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban
en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros
diminutos y grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos,
afanosos; saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el
mundo miraba el cielo con un vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el
mundo, y apunté hacia Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero
Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman el primer contacto.
En la bola incandescente del sol noté la intrusión de la luna. Varias
veces observé, a medida que lo negro iba aumentando sobre la superficie
solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué una bolsa de oro, ya
una raja de melón, ya una hoz.

La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba sobre el mar y sobre la
tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse
total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió una noche
súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno como
temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las
gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines»
dejaron de merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse
a las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último
se acurrucaron junto a un muro. Habían salido unas pocas barcas. La
obscuridad no me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la
Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el comentario de un
misterioso coro.

En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá en busca de los
nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un verdadero
malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban
allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios. Yo no
había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo
había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era
el mismo sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos
hipnagógicos. Y pensé luego en las ancestrales angustias, en los
terrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No habría gran verdad
en el espanto de la humanidad antigua, que veía yo reflejado en el
inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se destacaba un
sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca, un
nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos
tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de
sombra rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía
temblar a los hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes,
el precursor de las catástrofes.

Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y fatales, brilló por un
momento, maravilloso, el diamante de Venus.

A un viejo criado que está cerca de mí, y que se consterna, le preguntó:
«¿Qué tiene usted?» «Tengo miedo», me dice. Y esa era la palabra; había
miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo
en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la tierra conmovida.

Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. Y los andarines
anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron
manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como
llena de súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva
mañana, y el día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su
tranquilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí
este párrafo de la «Crónica de los Reyes Católicos», de Bernáldez, en
que habla «del espantoso eclipse que el sol fizo: «...El dicho año de
mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve días del mes de
julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol un eclipse, el más
espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se
cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el
cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a
poco a poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a
las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día
esclareció como en los días de antes solía estar, y así se puso el sol
muy caliginoso». Buen Bernáldez, que no sospechaba el _coronium_, pero
que vivía en una época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien
no es hoy de buen gusto nombrar.



ÍNDICE


                                          _Páginas_

El ejemplo de Zola                               7

Gorki                                           23

El poeta León XIII                              35

Libros viejos a orillas del Sena                47

Un cisma en Francia                             55

Las tinieblas enemigas                          63

Algunas notas sobre Jean Moreas                 73

A propósito de Mme. de Noailles                 83

Niñas-prodigios                                 93

Rostand, o la felicidad                        107

La prensa francesa:

      I. Los diarios                           115

     II. Las revistas                          125

La evolución del rastacuerismo                 133

El escultor argentino Irurtia                  141

Clésinger y su obra                            151

Miss Isadora Duncan                            159

Rémy de Gourmont                               167

Henri de Groux                                 175

Lo que queda de Heredia                        191

Nuevos poetas de España                        201

En Asturias:

      I. Desilusión del milagro                211

     II. A la orilla del mar                   220

    III. San Telmo                             226

     IV. San Telmo se porta bien               230

      V. Un eclipse                            234

[Illustration:

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID, EN LA TIPOGRAFÍA YAGÜES EL DÍA
X DE MAYO DEL AÑO MCMXVIII]

       *       *       *       *       *


                       Editorial “MUNDO LATINO”

                         APARTADO 502.--MADRID


                     Extracto del Catálogo general

                                           _Pesetas_

OBRAS COMPLETAS

DE RICARDO DE LEÓN

(de la Real Academia Española)

Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º,
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut
Valera y retrato del autor, por Vacqué     50,00

A plazos                                   60,00


DE FRANCISCO VILLAESPESA

I.--Intimidades.--Flores de Almendro.                   3,00

II.--Luchas.--Confidencias.                             3,00

III.--La copa del Rey de Thule.--La musa enferma.       3,00

IV.--El alto de los Bohemios.--Rapsodias.               3,00

V.--Las horas que pasan. (Veladas de amor)              3,00

VI.--Las joyas de Margarita: Breviario de amor.--La
tela de Penélope.--El milagro del vaso de agua.         3,00

VII--Doña María de Padilla.--La cena de los cardenales. 3,00

VIII.--El milagro de las rosas.--Resurrección.--Amigas
viejas.                                                 3,00

IX.--Las granadas de rubíes.--Las pupilas de Almotadid.--Las
garras de la pantera.--El último Abderramán.            3,00

X.--Tristitiæ rerum.                                    3,00

XI.--La leona de Castilla.--En el desierto.             3,00

XII.--El rey Galaor.--El triunfo del amor.              3,00


DE RUBÉN DARÍO

(Ilustraciones de Ochoa)

Tomos publicados:

I.--La caravana pasa                                    3,50

II.--Prosas profanas                                    3,50

III.--Tierras solares                                   3,50

IV.--Azul                                               3,50

V.--Parisiana                                           3,50

VI.--Los raros                                          3,50

VII--Cantos de vida y esperanza                         3,50

VIII.--Letras                                           3,50

IX.--Canto a la Argentina                               3,50

X.--Opiniones                                           3,50

XI.--Poema del otoño y otros poemas                     3,50

Ediciones especiales de lujo.


COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES

_Edmundo González Blanco._--Jesús de Nazareht           3,00

_Emiliano Ramírez Angel._--Bombilla-Sol-Ventas          3,00

_Francisco Delicado._--La lozana andaluza               3,00

_J. M. Carretero._--Lo que sé por mí (dos series)       3,00

_J. Costa._--Alemania contra España                     3,00

_Fola Igurbide._--El Actor                              3,50

_José Montero._--Yelmo florido                          4,00

_José Francés._--La estatua de carne (novela)           3,00

-- El alma viajera (novela)                             3,50

_J. de Lucas Acevedo._--La Caja de Pandora              3,00

_López de Sáa._--Los indianos vuelven                   3,50

-- Bruja de amor                                        3,50

_W. Fernández Flórez._--La procesión de los días        3,00

_Zurita._--Pícaros y donosos                            3,00

_Elías Cerdá._--Don Quijote en la guerra                2,00

_V. García Martí._--Don Severo Carvallo                 2,50

_María Luisa Latil._--Según labremos                    2,50

-- Genoveva                                             3,00

_Rafael Cansinos-Assens._--Las cuatro gracias           3,50

_Eugenio Noel._--El allegretto de la Sinfonía VII       3,00

_Pedro Pellicena._--Los Cosacos                         3,50

_Mauricio Bacarise._--El esfuerzo                       3,00

_Eliodoro Puche._--Libro de los elogios galantes y de
los crepúsculos de otoño                                2,50

-- Corazón de la noche                                  2,50


LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA

Biografías de los generales: Alberto I de Bélgica.--Joffre.--Sir
John French.--Lord Kitchener. Con preciosas
fototipias, a                                           3,00


COLECCIÓN DE AUTORES EXTRANJEROS

Traducidas por _Felipe Trigo_.

_Victoriano de Saussay._--La ciencia del beso           3,50

_René Emery._--Santa María Magdalena                    3,50

_Maquiavelo._--Obras festivas: La Mandrágora.--El
P. Alberico.--La Celestina.--El archidiablo
Belfegor                                                3,00


CELEBRIDADES ESPAÑOLAS Y SUD-AMERICANAS

I.--Bécquer (encuadernado)                              3,50

II.--Zorrilla (ídem)                                    3,50

III.--Espronceda (ídem)                                 3,50


COLECCION SELECTA

_Tomás de Quincey._--Los últimos días de Kant           1,00

_Kalidasa._--El reconocimiento de Sakuntala             1,00

_Rousseau._--Discurso sobre las artes y las ciencias    1,00

-- Origen de la desigualdad entre los hombres           1,00

_Luciano de Samosata._--La diosa de Siria               1,00

_L. Sterne._--Viaje sentimental de un inglés a Francia  1,00

_F. Alvarado._--El filósofo rancio. (Cartas)            1,50


EL AÑO ARTÍSTICO

El año artístico 1915                                   6,00

»  »  » tela                                            8,00

El año artístico 1916 (con 250 grabados)               10,00

»  »  »  »  » tela                                     12,00

El año artístico 1917 (con 250 grabados)               11,50

»  »  »  »  » tela                                     13,00


OBRAS VARIAS

_Stendhal._--Del amor                                   6,00

_E. M. Segovia_ (Oficial del Banco de España).--Los documentos
de crédito                                              5,00

-- Manual epistolar                                     2,00

_Rivero._--Legislación de clases pasivas. Volumen de
500 páginas, encuadernado en tela                      10,00

_R. Yesares._--Ayuda memoria del mecánico electricista.
Un volumen, encuadernado en tela                        1,50





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Opiniones - Obras Completas Vol. X" ***

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