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Title: Cuentos y crónicas - Obras Completas Vol. XIV
Author: Darío, Rubén
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos y crónicas - Obras Completas Vol. XIV" ***

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CUENTOS
Y CRÓNICAS

[imagen]


[imagen]

[imagen:

RUBÉN
DARÍO

[imagen]

CUENTOS Y
CRÓNICAS
]



ES PROPIEDAD

[imagen: CVEN TOS Y CRÓNI CAS]



CUENTOS Y
CRÓNICAS

POR

RUBEN DARIO

ILUSTRACIONES

DE

ENRIQUE OCHOA

[imagen]

VOLUMEN XIV
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID

[imagen: CUENTOS]



EL CASO DE LA SEÑORITA AMELIA

(CUENTO DE «AÑO NUEVO»)

[imagen: Las tres señoritas Revall hubieran podido hacer
competencia a las tres Gracias.]


I

Que el Doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es
profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y
misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre _La
plástica de Ensueño_, quizás podríais negármelo o aceptármelo con
restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne,
lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo negaríais la luz
del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos
versos? Pues bien; esta noche pasada, poco después que saludamos el
toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo
Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se
llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba, aureolada de orgullo,
su gruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se
veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que
formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés. El
doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo
había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal
cualquiera. Por ejemplo, ésta: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!» La
mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su boca
después de oir mi exclamación, confieso que hubiera turbado a
cualquiera.

--Caballero--me dijo saboreando el champaña--; si yo no estuviese
completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los
que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma,
sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois
sino máscaras de vida, nada más... sí, sino supiese eso, si viese en vos
algo más que un hombre joven de fin de siglo, os diría que esa frase que
acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en
mí la respuesta más satisfactoria.

--¡Doctor!

--Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera
hecho en otra ocasión.

--Creo--contesté con voz firme y serena--en Dios y su Iglesia. Creo en
los milagros. Creo en lo sobrenatural.

--En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreir. Mi narración
espero que os hará pensar.

En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Mina, la hija
del dueño de casa: el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado
por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los
salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: _happy new
year! happy new year!_ ¡Feliz año nuevo!

El doctor continuó:

--¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe.
_Ignoramus et ignorabimus._ ¿Quién conoce a punto fijo la noción del
tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a
tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando
logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido
desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres
veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha
podido apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis.
Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes
expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he
intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi
todas mis ilusiones.

Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos;
yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus
orígenes y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo
y en la teosofía, que he pasado del plan material del _sabio_ al plano
astral del _mágico_ y al plan espiritual del _mago_, que sé cómo obraba
Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio,
en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y
en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida
de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo que
_no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema_, y que la
inmensidad y la eternidad del _misterio_ forman la única y pavorosa
verdad.

Y dirigiéndose a mí:

--¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga,
sharira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la
fuerza vital, el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la
fuerza espiritual y la esencia espiritual...

Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir
al doctor:

--Me parece que íbais a demostrarnos que el tiempo...

--Y bien, dijo, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo,
vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

--Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo
fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en
tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta,
y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres
Gracias. Demás está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para
encender una hoguera de amor...

_Amooor_, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido
en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con
los dedos ágiles y regordetes, y continuó:

--Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y
que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El
mismo, tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia,
su alegre y roja risa, su picardía infantil... diré que era ella mi
preferida. Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de
los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso
y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía
mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta
mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y
culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla, Amelia!... Sucedía que,
cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme,
llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?» He aquí la pregunta
sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos,
y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de
deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, a plena boca,
saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El por qué
de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos
lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa
de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al
despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos y
sentimentales; dí un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre
los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de
Amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y
el más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí
en un barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y
admirado general Mansilla cuando se fué a Oriente, lleno de juventud y
de sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las
ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la
pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad
epistolar que mantenía con madama Blavatsky, habíame abierto ancho campo
en el país de los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de
saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente
sagrada de la verdad. Fuí ¡ay! en busca de la verdad, y si es cierto que
mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no
se pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban
contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de
la filosofía india, el archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedemborg;
oí la palabra de los monjes budhistas en medio de las florestas del
Thibet; estudié los diez sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza
el espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el
principio de la vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego,
la altura, la profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el
Mediodía; y llegué casi a comprender y aun a conocer íntimamente a
Satán, Lucifer, Ashtarot, Beelzebutt, Asmodeo, Belphegor, Mabema,
Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de comprensión; en mi insaciable
deseo de sabiduría; cuando juzgaba haber llegado al logro de mis
ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las manifestaciones
de mi pobreza, y estas ideas. Dios, el espacio, el tiempo, formaban la
más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia, Africa,
Europa y América. Ayudé al coronel Olcot a fundar la rama teosófica de
Nueva York. Y a todo esto--recalcó de súbito el doctor, mirando
fijamente a la rubia Minna--¿sabéis lo que es la ciencia y la
inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules... o negros!


II

--¿Y el fin del cuento?--gimió dulcemente la señorita.

El doctor, más serio que nunca, dijo:

--Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad.
¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina,
después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo,
y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el
fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero
que hice fué indagar el paradero de la familia Revall. «¡Los Revall--me
dijeron--las del caso de Amelia Revall!», y estas palabras acompañadas
con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la
pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fuí
recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo
pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las
paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes
retratos, en los cuales reconocí a las dos hermanas mayores, se miraban
melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina: «¡Oh,
amigo mío, oh, amigo mío!» Nada más. Luego, una conversación llena de
reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y de sonrisas de
inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré entender, vine
a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia, no me
atreví a preguntar nada... Quizás mi pregunta llegaría a aquellos pobres
seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable
desgracia y una deshonra... En esto vi llegar saltando a una niñita,
cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se
dirigió a mí, y con su misma voz exclamó: «¿Y mis bombones?». Yo no
hallé qué decir.


III

Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y movían la cabeza
desoladamente...

Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la
calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido
todo. La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma
que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia,
ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del
Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del
desconocido Dios!

El Doctor Z era en este momento todo calvo...



CUENTO DE PASCUA

[imagen]

     Tenía un parecido tan exacto con
    los retratos de María Antonieta...


I

Una noche deliciosa en verdad... El «réveillon» en ese hotel lujoso y
elegante, donde tanta belleza y fealdad cosmopolita se junta, en la
competencia de las libras, los dólares, los rublos, los pesos y los
francos. Y con la alegría del champagne y la visión de blancores
rosados, de brillos, de gemas. La música luego, discreta, a lo lejos...

No recuerdo bien quién fué el que me condujo a aquel grupo de damas,
donde florecían la yanqui, la italiana, la argentina... Y mi asombro
encantado ante aquella otra seductora y extraña mujer, que llevaba al
cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo... Luego, un diplomático
que lleva un nombre ilustre me presentó al joven alemán políglota, fino,
de un admirable don de palabra, que iba, de belleza en belleza, diciendo
las cosas agradables y ligeras que placen a las mundanas.

--M. Wolfhart, me había dicho el ministro. Un hombre amenísimo. Conversé
largo rato con el alemán, que se empeñó que hablásemos castellano y, por
cierto, jamás he encontrado un extranjero de su nacionalidad que lo
hablase tan bien. Me refirió algo de sus viajes por España y la América
del Sur. Me habló de amigos comunes y de sus aficiones ocultistas. En
Buenos Aires había tratado a un gran poeta y a un mi antiguo compañero,
en una oficina pública, el excelente amigo Patricio... En Madrid... Al
poco rato teníamos las más cordiales relaciones. En la atmósfera de
elegancia del hotel llamó mi atención la señora que apareció un poco
tarde, y cuyo aspecto evocaba en mí algo de regio y de elegante a la
vez. Como yo hiciese notar a mi interlocutor mi admiración y mi
entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo bajo, sonriendo de cierto modo:

«¡Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡Una cabeza histórica!» Me fijé
bien. Aquella mujer tenía por el perfil, por el peinado, si no con la
exageración de la época, muy semejante a las «coiffures à la Cléopâtre»,
por el aire, por la manera y, sobre todo, después que me intrigara
tanto un galón rojo que llevaba por único adorno en el cuello, tenía,
digo, un parecido tan exacto con los retratos de la reina María
Antonieta, que por largo rato permanecí contemplándola en silencio. ¿En
realidad, era una cabeza histórica? Y tan histórica por la vecindad... A
dos pasos de allí, en la plaza de la Concordia... Sí, aquella cabeza que
se peinara a «la circasiana», «à la Belle Poule», «al casco inglés», «al
gorro de candor», «à la queue en flambeau d’amour», «à la chien
couchant», «à la Diane», a la tantas cosas más, aquella cabeza...

Se sentó la dama a un extremo del hall, y la única persona con quien
hablara fué Wolfhart, y hablaron, según me pareció, en alemán. Los vinos
habían puesto en mi imaginación su movimiento de brumas de oro, y
alrededor de la figura de encanto y de misterio hice brotar un vuelo de
suposiciones exquisitas. La orquesta, con las oportunidades de la
casualidad, tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas, «moscas asesinas»,
trianones de realizados ensueños, galantería pomposa y libertinaje
encintado de poesía, tantas imágenes adorables, tanta gracia sutil o
pimentada, de página de memoria, de anécdotas, de correspondencia, de
pánfleto... Me venían al recuerdo versos de los más lindos escritos con
tales temas, versos de Montesquiou Fezensac, de Regnier, los preciosos
poemas italianos de Lucini... Y con la fantasía dispuesta, los cuentos
milagrosos, las materializaciones estudiadas por los sabios de los
libros arcanos, las posibilidades de la ciencia, que no son sino las
concesiones a un enigma cada día más hondo, a pesar de todo... La fácil
excitabilidad de mi cerebro estuvo pronto en acción. Y, cuando después
de salir de mis cogitaciones, pregunté al alemán el nombre de aquella
dama, y él me embrolló la respuesta, repitiendo tan sólo lo de lo
histórico de la cabeza, no quedé ciertamente satisfecho. No creí
correcto insistir; pero, como siguiendo en la charla yo felicitase a mi
flamante amigo por haber en Alemania tan admirables ejemplares de
hermosura, me dijo vagamente: «No es de Alemania, es de Austria». Era
una belleza «austriaca...» Y yo buscaba la distinta semejanza de detalle
con los retratos de Kucharsky, de Riotti, de Boizont, y hasta con las
figuras de cera de los sótanos del museo Grevin...


II

--Es temprano aún me dijo Wolfhart, al dejarle en la puerta del hotel en
que habitaba. Pase usted un momento, charlaremos algo más antes de mi
partida. Mañana me voy de París, y quién sabe cuándo nos volveremos a
encontrar. Entre usted. Tomaremos, a la inglesa, un «whisky-and-soda» y
le mostraré algo interesante. Subimos a su cuarto por el ascensor. Un
«valet» nos hizo llevar el bebedizo británico, y el alemán sacó un
cartapacio lleno de viejos papeles. Había allí un retrato antiguo,
grabado en madera.

--He aquí, me dijo, el retrato de un antecesor mío, Theobald Wolfhart,
profesor de la Universidad de Heidelberg. Este abuelo mío fué
posiblemente un poco brujo, pero de cierto, bastante sabio. Rehizo la
obra de Julius Obsequens sobre los prodigios, impresa por Aldo Manucio,
y publicó un libro famoso, el _Prodigiorum ac ostentorum chronicon_, un
infolio editado en Basilea, en 1557. Mi antepasado no lo publicó con su
nombre, sino bajo el pseudónimo de Conrad Lycosthenes. Theobald
Wolfhart era un filósofo sano de corazón, que, a mi entender, practicaba
la magia blanca. Su tiempo fué terrible, lleno de crímenes y desastres.
Aquel moralista empleó la revelación para combatir las crueldades y
perfidias, y expuso a las gentes, con ejemplos extraordinarios, cómo se
manifiestan las amenazas de lo invisible por medio de signos de espanto
y de incomprensibles fenómenos. Un ejemplo será la aparición del cometa
de 1557, que no duró sino un cuarto de hora, y que anunció sucesos
terribles. Signos en el cielo, desgracias en la tierra. Mi abuelo habla
de ese cometa que él vió en su infancia y que era enorme, de un color
sangriento, que en su extremidad se tornaba del color del azafrán. Vea
usted esta estampa que lo representa, y su explicación por Lycosthenes.
Vea usted los prodigios que vieron sus ojos. Arriba hay un brazo armado
de una colosal espada amenazante, tres estrellas brillan en la
extremidad, pero la que está en la punta es la mayor y más
resplandeciente. A los lados hay espadas y puñales, todo entre un
círculo de nubes, y entre esas armas hay unas cuantas cabezas de
hombres. Más tarde escribía sobre tales fantásticas maravillas Simon
Goulard, refiriéndose al cometa: «Le regard d’icelle donna telle
frayeur a plusieurs qu’aucuns en moururent; autres tombèrent malades». Y
Petrus Greusserus, discípulo de Lichtenberg--el astrólogo--dice un
autor, que, habiendo sometido el fenómeno terrible a las reglas de su
arte, sacó las consecuencias naturales, y tales fueron los pronósticos,
que los espíritus más juiciosos padecieron perturbación durante más de
medio siglo. Si Lycosthenes señala los desastres de Hungría y de Roma,
Simon Goulard habla de las terribles asolaciones de los turcos en tierra
húngara, el hambre en Suabia, Lombardía y Venecia, la guerra en Suiza,
el sitio de Viena de Austria, sequía en Inglaterra, desborde del Océano
en Holanda y Zelanda y un terremoto que duró ocho días en Portugal.
Lycosthenes sabía muchas cosas maravillosas. Los peregrinos que
retornaban de Oriente contaban visiones celestes. ¿No se vió en 1480 un
cometa en Arabia, de apariencia amenazante y con los atributos del
Tiempo y de la Muerte? A los fatales presagios sucedieron las
devastaciones de Corintia, la guerra en Polonia. Se aliaron Ladislao y
Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de un comentador: «Las nubes
tienen sus flotas como el aire sus ejércitos»; pero Lycosthenes, que
vivía en el centro de Alemania, no se asienta sobre tal hecho. Dice que
en el año 114 de nuestra era, simulacros de navíos se vieron entre las
nubes. San Agobardo, obispo de Lyon, está más informado. Él sabe a
maravilla a qué región fantástica se dirigen esas ligeras naves. Van al
país de Magonia, y sólo por reserva el santo prelado no dice su
itinerario. Esos barcos iban dirigidos por los hechiceros llamados
_tempestarii_. Mucho más podría referirle, pero vamos a lo principal. Mi
antecesor llegó a descubrir que el cielo y toda la atmósfera que nos
envuelve están siempre llenos de esas visiones misteriosas, y con ayuda
de un su amigo alquimista llegó a fabricar un elixir que permite
percibir de ordinario lo que únicamente por excepción se presenta a la
mirada de los hombres. Yo he encontrado ese secreto, concluyó Wolfhart,
y aquí, agregó sonriendo, tiene usted el milagro en estas pastillas
comprimidas. ¿Un poquito más de whisky?

No había duda de que el alemán era hombre de buen humor y aficionado, no
solamente al alcohol inglés, sino a todos los paraísos artificiales.
Así, me parecía ver en la caja de pastillas que me mostraba, algún
compuesto de opio o de cáñamo indiano.

--Gracias--le dije--no he probado nunca, ni quiero probar el influjo de
la «droga sagrada». Ni hachis, ni el veneno de Quincey...

--Ni una cosa ni otra. Es algo vigorizante, admirable hasta para los
menos nerviosos.

Ante la insistencia y con el último sorbo de whisky, tomé la pastilla, y
me despedí. Ya en la calle, aunque hacía frío, noté que circulaba por
mis venas un calor agradable. Y olvidando la pastilla, pensé en el
efecto de las repetidas libaciones. Al llegar a la plaza de la
Concordia, por el lado de los Campos Elíseos, noté que no lejos de mí
caminaba una mujer. Me acerqué un tanto a ella y me asombré al verla a
aquellas horas, a pie y soberbiamente trajeada, sobre todo cuando a la
luz de un reverbero vi su gran hermosura y reconocí en ella a la dama
cuyo aspecto me intrigase en el «réveillon»: la que tenía por todo
adorno en el cuello blanquísimo un fino galón rojo, rojo como una
herida. Oí un lejano reloj dar unas horas. Oí la trompa de un automóvil.
Me sentía como poseído de extraña embriaguez. Y, apartando de mí toda
idea de suceso sobrenatural, avancé hacia la dama que había pasado ya el
obelisco y se dirigía del lado de las Tullerías.

--«Madame, le dije, madame...» Había comenzado a caer como una vaga
bruma, llena de humedad y de frío, y el fulgor de las luces de la plaza
aparecía como diluído y fantasmal. La dama me miró al llegar a un punto
de la plaza; de pronto, me apareció como el escenario de un
cinematógrafo. Había como apariencias de muchas gentes en un ambiente
como el de los sueños, y yo no sabría decir la manera con que me sentí
como en una existencia a un propio tiempo real y cerebral... Alcé los
ojos y vi en el fondo opaco del cielo las mismas figuras que en la
estampa del libro de Lycosthenes, el brazo enorme, la espada enorme,
rodeados de cabezas. La dama, que me había mirado, tenía un aspecto
tristemente fatídico, y, cual por la obra de un ensalmo, había cambiado
de vestiduras, y estaba con una especie de fichu cuyas largas puntas le
caían por delante; en su cabeza ya no había el peinado a «la Cléopatre»,
sino una pobre cofia bajo cuyos bordes se veían los cabellos
emblanquecidos. Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a un lado
como una carreta, y unas desdibujadas figuras de hombres con tricornios
y espadas y otras con picas. A otro lado un hombre a caballo, y luego
una especie de tablado... ¡Oh, Dios, naturalmente!: he aquí la
reproducción de lo «ya visto»... ¿En mí hay reflexión aún en este
instante? Sí, pero siento que lo invisible, entonces visible, me rodea.
Sí, es la guillotina. Y, tal en las pesadillas, como si sucediese, veo
desarrollarse--¿he hablado ya de cinematógrafo?--la tragedia... Aunque
por no sé cual motivo no pude darme cuenta de los detalles, vi que la
dama me miró de nuevo, y bajo el fulgor color de azafrán que brotaba de
la visión celeste y profética, brazo, espadas, nubes y cabezas, vi cómo
caía, bajo el hacha mecánica, la cabeza de aquella que poco antes, en el
salón del hotel, me admirara con su encanto galante y real, con su aire
soberbio, con su cuello muy blanco, adornado con un único galón color de
sangre.


III

¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabría decir,
puesto que ello fué bajo el imperio desconocido en que la ciencia anda a
tientas; el tiempo en que el ensueño no existe, y mil años, según
observaciones experimentales, pueden pasar en un segundo. Todo aquello
había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde me encontraba,
avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre el
jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas
estaban aun abiertas. Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas
horas, seguí adelante. Saldré, me dije, por la primera puerta del lado
de la calle Rivoli, que quizás esté también abierta... ¿Cómo no ha de
estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardín el de las Tullerías?
Arboles, árboles de obscuros ramajes en medio del invierno... Tropecé al
dar un paso con algo semejante a una piedra, y me llené, en medio de mi
casi inconsciencia, de una sorpresa pavorosa, cuando escuché un ¡ay!
semejante a una queja, parecido a una palabra entrecortada y ahogada;
una voz que salía de aquello que mi pie había herido, y que era, no una
piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la mirada vi la faz de
la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban
las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se
extendía vasto cual una selva, me llenó del encanto grave que había en
su recinto de prodigio. Y a través de velos de ahumado oro refulgía
tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me sentí como en
una certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo
incoherente, resonaban en la caja de mi cerebro las palabras: «¡Ultima
hora! ¡Trípoli! ¡La toma de Pekín!» leídas en los diarios del día,
Conforme con mis anhelos de lo divino, experimentando una inexpresable
angustia, pensé: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Señor! ¡Padre nuestro...!»

Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dulce y dorada, una forma
de lira, y sobre la lira una cabeza igual a la del Orfeo de Gustave
Moreau, del Luxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y alrededor había
como un movimiento de seres, de los que se llaman animados porque almas
se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman inanimados
porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me ayuda
mi recuerdo, aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la concordia, y
la lira será entonces consagrada en la pacificación!» Y cerca de la
cabeza de Orfeo vi una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba
avanzando hacia ellas una tortuga de oro.

Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito, como el de un coro, de
muchas voces. Y a la luz que os he dicho, vi que quien gritaba era un
árbol, uno de los árboles coposos, lleno de cabezas por frutos, y pensé
que era el árbol de que habla el libro sagrado de los musulmanes. Oí
palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbol
había sangre.

Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino retroceder a la salida
del jardín, y vi que por todas partes salían murmullos, voces, palabras
de innumerables cabezas que se destacaban en la sombra como aureoladas,
o que surgían entre los troncos de los árboles. Como acontece en los
instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me
pasaba era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y en tanto, pude
_reconocer_ una temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de
un héroe, asida de su movible e infernal toisón de serpientes: la tantas
veces maldecida cabeza de Medusa. Y de un brazo, como de carne de oro de
mujer, pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortijada y oscura, y
era la cabeza del guerrero Holofernes. Y la cabeza de Juan el Bautista;
y luego, como viva, de una vida singular, la cabeza del Apostol que en
Roma hiciera brotar el agua de la tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz
de Vivar arrojó, en la cena de la venganza, sobre la mesa de su padre.

Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra y la de la reina María
Estuardo... Y las cabezas aumentaban, en grupos, en amontonamientos
macabros, y por el espacio pasaban relentes de sangre y de sepulcro; y
eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de Bayaceto; y las
de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados
asiáticos; y las de los innumerables decapitados por su fe, por el odio,
por la ley de los hombres; las de los decapitados de las hordas
bárbaras, de las prisiones y de las torres reales, las de los
Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...

Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre seguirás sobre la faz de la
tierra? ¿Y tú, París, cabeza del mundo, serás también cortada con hacha,
arrancada de tu cuerpo inmenso?

Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores palabras, de un grupo en
que se veía la cabeza de Luis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe,
cabezas de nobles y cabezas de revolucionarios, cabezas de santos y
cabezas de asesinos, avanzó una figura episcopal que llevaba en sus
manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias,
exclamó:--¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!

Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama del hall del hotel, a
la dama austriaca con el cuello desnudo; pero en el cual se veía como un
galón rojo, una herida purpúrea, y María Antonieta, dijo:--¡Cristo ha de
resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la cabeza de
Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pablo, el árbol de cabezas, el
bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondo
grito, clamó:

--«¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de resucitar!...»

--Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer--concluyó mi
buen amigo el doctor.



LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO

[imagen]

      Ilustrísimo señor, a Fray Pedro
    lo henos encontrado muerto.


I

Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el
amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio,
me señaló una lápida, en que leí únicamente: _Hic iacet frater Petrus_.

--Este--me dijo--fué uno de los vencidos por el diablo.

--Por el viejo diablo que ya chochea--le dije.

--No--me contestó--; por el demonio moderno que se escuda con la
Ciencia.--Y me narró el sucedido.

Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno
espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso nervioso,
pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas
y el laboratorio, que le era permitido por los bienes que atraía a la
comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas.
Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a
Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro
fraile Schawartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre
con el azufre.

Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones
astrológicas y quiromáticas; ella le desviaba de la contemplación y del
espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la
curiosidad, que perdían a nuestros primeros padres. La oración misma era
olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso
y febril. Como toda lectura le era concedida y tenía a su disposición la
rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos
equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y
a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que
estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su
olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el alma de la
Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Antecristo, y que para
el verdadero varón de fe, _initium sapientiæ est timor Domini_.


II

¡Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no
comprendía tu celeste virtud, que ha hecho ciertos a los Celestinos!
Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un celestial
nimbo a algunos mínimos, de Dios queridos, entre los esplendores
místicos y milagrosos de las hagiografías.

Los doctores explican y comentan altamente, cómo ante los ojos del
Espíritu Santo las almas de amor son de mayor manera glorificadas que
las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes
_traux_ de sus Fisonomías de Santos, a esos beneméritos de la caridad, a
esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y
blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu,
bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos
cariñosos y sororales por la puras estrellas del firmamento. Joris Karl,
el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura,
en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de
resplandores paradiasíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la
pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y al aplauso de las
potestades de los cielos. Y Fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...

El, desde luego creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas
el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación
de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba
cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo
vedado y en lo arcano de universo era obra del pecado, y añagaza del
Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la
adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.


III

Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de Fray Pedro un
periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos
realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán
Röentgen, quien llegara a encontrar el modo de fotografiar a través de
los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la
luz catódica, del rayo X. Vió el facsimil de una mano cuya anatomía se
transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados
entre cajas y bultos bien cerrados.

No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia
de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se
contenía, punzaba sus anhelos...

¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos
sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que
se mezclaban su teología y sus ciencias físicas...? ¿Cómo podría
realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma
imaginación?

En las horas litúrgicas de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos
los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por
súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de
sangre, ya con la mirada como estática, fija en lo alto, o clavada en
la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de
aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado
omnitranscendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del Bien y del
Mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y
raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la
manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría
él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre
laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar _las anheladas pruebas_,
hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y
en la convicción humanas... Él ofrecería más de lo que se ofreció a
Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien
podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y
origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como
podría permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las
visiones de los éxtasis y en las manifestaciones de los espíritus
celestiales, sus formas exactas y verdaderas?

¡Si en Lourdes hubiese habido un Kodak, durante el tiempo de las
visiones de Bernardetta! ¡Si en el momento en que Jesús, o su Santa
Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se
aplicase convenientemente la cámara obscura...!

¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión! Así
cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno
de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.


IV

Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su
deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina
y a la oración, en su celda se presentó a su vista uno de los hermanos
de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.

--Hermano, le dijo, os he oído decir que deseábais una de esas máquinas,
como esas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he
podido conseguir. Aquí la tenéis.

Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Fray Pedro,
desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que, debajo del
hábito, se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas
de chivo.

Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagróse a sus
experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la Misa excusándose como
enfermo. El padre provincial solía amonestarle, y todos le veían pasar
extraño y misterioso y temían por la salud de su cuerpo y por la de su
alma.

Y perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos,
llaves, dentro de libros y demás cosas usuales. Hasta que un día...

O más bien una noche, el desventurado se atrevió, _por fin_, a realizar
su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró
en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se
hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una
sagrada forma. Salió veloz para su celda.


V

Al día siguiente, en la celda de Fray Pedro, se hallaba el Sr. Arzobispo
delante del padre provincial.

--Ilustrísimo señor, decía éste; a Fray Pedro le hemos encontrando
muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le
causaron daño.

--¿Ha visto su reverencia esto?--dijo su señoría ilustrísima,
mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en
la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en sus
divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.



[imagen: CRÓNICAS]



BAJO LAS LUCES DEL SOL NACIENTE

[imagen]

      Los cerezos florecían, y entre sus ramas
    alegres se divisaba un monte azul.


Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las
cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos
florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana
de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra
corría un arroyo dorado. Muñecas de carne, con la cabellera atravesada
por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos.
En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las
niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los
«kimonos» historiados se envolvían cuerpos casi impúberes e
inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se
llamaba a sí mismo «el loco del dibujo». Floreros raros se llenaban de
flores extrañas ante los budhas risueños. Nobles daimios hacían lucir al
sol curvos sables de largo puño. Los «netskes» y las máscaras
reproducían faces joviales o aterrorizadas, caras de brujas o
regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía,
se vivía una vida casi de sueño.

Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias, que llegaban a
las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se educaba la sonrisa y
se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con respeto las antiguas y
sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se
desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y blanda cortesía.
Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la
imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la
justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad
jerárquica, y el superior era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior.
Bonzos sabios enseñaban la fuerza de las plegarias y la fe en las
potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes;
eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la traición. La
poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía cantar
más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más
amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles
amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos, de
flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y
metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias
inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la
vida, de manera que detenían en un papel de seda el aletazo de una
carpa, el salto de un tigre o el vuelo de una garza. Campesinos
pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja
paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y se sabía por seguro
que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budhistas, los
hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los
consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los
héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme
el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan
grande del honor, que el suicidio en casos especiales formaba parte de
las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se
saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los
niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante
las vasijas de calada madera había siempre, en tibores de prodigiosa
porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados
infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios
superior. Tiene como atributos la inteligencia, el valor, el amor. Por
la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios
Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que forman, con su padre, una
augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y, por
último, los divinos antecesores de la familia imperial y de la raza
humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen
divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina;
pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del
hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las
siete virtudes que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la
piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la
sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la
virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en
el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer
el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A
cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será
recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses, pues,
estaban en completo estado de barbarie.

En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie
que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se
supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos
prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había
conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que
estudian los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los
hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuna. Un misterio
legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones
orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que,
según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido», guardaba con
admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los
violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y
libraron la integridad del territorio.

Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del
gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas
en que se cantan la fidelidad y el amor en flor eternamente. Las
danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan discretamente a los
espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y
hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es
el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado:
valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad
filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por
un principio, y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño,
en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las
tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor
del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras.
Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien,
en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de
la raza: El alma del Japón. Así, el renunciamiento a la propia
satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber
cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran características de
esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki aprendían
ejemplos de tiempos remotos, como el siguiente: «El príncipe Mayoana,
de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de
su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura, y las
multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se
adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces, y
dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace
poco, está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz.
Si humilde esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no
conservo la esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de
abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en
mi casa». Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas, y se lanzó de
nuevo en el combate. Mas las fuerzas le abandonaron, y había agotado ya
todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no tenemos flechas, y
nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué nos resta que
hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe. «Ahora,
quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al
príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus
pies su propia cabeza.»

Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto
comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en
los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice Hearn,
llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene
necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones
morales. «Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas
morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la
misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene
hambre, y a beber cuando tiene sed. El, el sapiente Hirata: «Toda acción
humana es la obra de un dios.» Y de nuevo Motoonori: «Haber comprendido
que no hay ni camino que conocer, ni ruta que seguir, es seguramente
haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez Hirata: «Si
tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor
de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del
camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es
el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes
para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus
padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus
amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así pensaba el
Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los
hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.

Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el
Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.

«Hoy, dice sonriendo afiladamente el japonés Hayashi a un periodista
parisiense, hoy tenemos acorazados, tenemos torpedos, tenemos cañones.
¡Los mares de la China se enrojecieron con la sangre de nuestros
muertos, y con la sangre de los que nosotros matamos! Nuestros torpedos
revientan; nuestros shrapnells crepitan, nuestros cañones arrojan
obuses; morimos y hacemos morir; y vosotros, los europeos, decís que
hemos conquistado nuestro rango, ¡que nos hemos civilizado! Hemos tenido
artistas, pintores, escultores, pensadores. En el siglo XVI editábamos
en japonés las fábulas de Esopo. ¡Éramos entonces bárbaros!»

¡Oh, sí! Hoy están los descendientes de los antiguos daimios
completamente civilizados. Al _jiu-jitsu_ nacional, han agregado los
conocimientos adquiridos en el Creusot y en Essen. Se les obligó a
aprender la ciencia de la guerra en establecimientos occidentales; se
les demostró que pasar la vida feliz, sin derramamientos de sangre, sin
soldados, sin militarismo, sin cañones Krupp, era el colmo de lo
salvaje. Se les enseñaron los caracteres occidentales para que pudieran
leer los diarios nacionalistas de Francia, los discursos de M. Jaurés,
las obras de Kipling; así supieron lo interesante del nacionalismo, lo
útil del socialismo, lo superior del imperialismo. Como son hábiles y
emprendedores, los nipones tuvieron pronto arsenales de ideas nuevas,
tuvieron nacionalistas, socialistas, imperialistas. Se dieron una
constitución. Se vistieron como se visten los hombres de Londres, que es
como se visten los hombres de todo el Occidente. Vieron claramente que
sonreir siempre es malo, ser afable es dañoso, ser piadoso es ridículo.
Se convencieron de que ser de presa es lo mejor sobre la superficie de
la tierra. Se militarizaron; se armaron, fueron excelentes discípulos de
los carniceros de los países cristianos. Destruyeron toda la poesía
posible, convirtieron a Madame Chrisantème en institutriz inglesa y en
enfermera. Se lanzaron al asesinato colectivo con un apetito
sobrehumano. Oku, Kuroko, Togo, entran en la categoría de semidioses.
Se trató de matar al mayor número de rusos posible. Se trató de volar
barcos, de «dinamitar» puentes, de arrasar batallones. Se va a la
conquista, al degüello, al odio. ¿En dónde está ese mundo de vagos
ensueños, ese mundo como lunas extra-terrestres, como astral, que admiré
en las escenas, en la maravillosa actriz Sada Yacco que era una
revelación de belleza exótica y peregrina? ¿En dónde están los antiguos
pintores Kakemonos, los antiguos Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las
nobles creencias, los generosos ideales, la dulzura del carácter, las
genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma antes encantadora del
pasado Japón?... En la Mandchuria, la tierra se llenó de cadáveres...
Los mares chinos se enrojecieron de sangre.

Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío, con amor a la
guerra...

La civilización ha triunfado...



MI DOMINGO DE RAMOS

[imagen]

      Y veo en un país lejano
    una vieja ciudad.


Mi pobre alma, con una alegría de convaleciente, se despierta este día,
domingo, sonríe a la luz del sol de Dios, se sacude como un ave húmeda
del rocío de la aurora, y, a pesar de que quiero contenerla: «¡Mira que
estás muy débil! ¡mira que casi no tienes alientos! animula, blandula,
vagula, ¿a dónde vas?» no me hace caso, ríe como una locuela de catorce
años, se va, bajo el esplendor matinal, al jardín de mi fantasía, al
huerto de mi mente, y vuelve con dos verdes y frescos ramos de palma,
alzando los brazos al cielo, en un divino ímpetu, como si quisiera
volar.

--Animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?

--¡Voy a Jerusalén!--me dice mi pobre alma.

Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de peregrino, sin alforja
de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la fiesta, arrastrada
por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin miedo a los
abismos, a las fieras y a las víboras.

Tal parece que fuese llevada por una ráfaga milagrosa, o sostenida por
el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no sabe hoy de las
tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja la ciudad
de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y
ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada
primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un
perfume celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su
ungüento de fe y de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad,
fortaleza; en sus mejillas pálidas, una llama de niñez; en su frente,
tan combatida por el dolor, una refrescante guirnalda florida. ¿Que
vendrán las espinas después?...

Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las palmas; hoy debe
asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más bellas
canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará
con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con
jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.

Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no quiere poner su
pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado paso, sigue
su ruta, y, tan ligera va, que el aire no la siente pasar. Las montañas
nada son para ella. Va sobre las cambroneras sin que sus pies desnudos
se hieran; los leones de la selva la miran con cariñosos ojos, y se
dicen: «He allí la pobre alma que va a Jerusalén, hoy, Domingo de
Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza, pero ella es
invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los desiertos
no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva en
sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura;
la alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para
que llegues a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma
mía, acude, no tardes, vuela a Jerusalén!».

--«Yo soy tu infancia»--, me dice una voz entre tanto. Dícemelo una voz
encantadora que regocija y deleita mis potencias.

Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un inmenso e
incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud maravillosa,
la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la
tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de
yerbas olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos
florece una aurora de visiones, que me atraen con una magia imperiosa;
a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido por largo
espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es
halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios
de mi infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer
pensamiento, limpio y sonoro como una medalla argentina.

Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de gentes sencillas, en donde
Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus perfectos pescadores.
Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas pasa un vuelo
vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el
llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que
duermen los huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la
calle principal decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras
floridas; en esas alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas,
grecas, franjas y encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La
policromía del suelo fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las
selvas nativas, rosas para el rosal, hojas frescas para los verdes, y,
para el blanco maíz que el fuego reventó la noche anterior, cuando a
los granos trepitantes acompañaron alegres canciones. Las gentes han
madrugado, si no han pasado en vela la noche del sábado; han madrugado y
están vestidas de fiesta, aguardando la hora de la misa. Así, cuando ha
dado la señal el campanario, el desfile comienza: severas autoridades,
familias de pro, licenciados de largas levitas flotantes; la cruel
Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes y el pueblo
en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y
púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres
morenas. Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez
al año, por la cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a
la misa. Sobre aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un
soplo del buen tiempo pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas,
de los intactos respetos y de la autoridad incontrastable de los
patriarcas. Para ir al templo preceden los cabellos blancos a los grupos
de fieles. Y la campana grande alegra a todos; todos los corazones
reciben el propio influjo; rige las voluntades un mismo ritmo de
impulsión. La campana grande es la lengua de la ciudad; ella despierta
reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares y orgullos
patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la inspira y
que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.

Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del potente órgano de
Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los sochantres; un
velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso y
litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo
fugitivo, es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las
cúpulas eclesiásticas, los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo,
al aspirarlo, mientras el alma se eleva con la plegaria, goza en una
como sagrada sensualidad. Visión del sacerdote: la simbólica del gesto;
el poder de las evocaciones divinas: la hostia, nieve sobre la pompa de
los oros y la gracia ascendente de los cirios, ¡Suena, suena, haz
estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca el organista
de barba larga.

Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado delante del
sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la más
alta cumbre, buscad el copo que en sí contenga la blancura misma: esa
es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los lirios, escoged el
que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las
bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de
su contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que
responde a la inmortal anunciación de la Lira.

¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el azul del Señor dirigen
las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los aires sus arcos de
harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado palomar,
desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas se
ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas
de las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el
oro de un palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre
una asna; el prefecto lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e
ingenuo escultor de la escuela quiteña, Nuestro Señor está hermoso y
real sobre su cabalgadura. Sus atavíos son los de un arzobispo; lleva
magna capa sostenida por un paje eclesiástico; sus ojos dulces miran
como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae en rizos sobre
los hombros; su mano derecha, detenida en un gesto hierático, bendice
al mundo. Así va, seguido de gran muchedumbre, sobre las alfombras
policromas y olorosas, bajo las arcadas de banderolas. Pendientes de los
arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas, cestos de flores, pelicanos
con el pecho herido, garzas reales, águilas y palomas, monstruosos
caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.

El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación perfumada de las
enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado de fino
óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de
primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación
gallarda de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto
extraño, como un concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan
los viejos; mujeres y niños hay coronados de palma. Y la procesión va
por la calle mayor, la calle Real, con una solemnidad llena de gozos y
fragancias. Y he allí que al llegar a un punto dado, bajo el más bello
arco de colores, hay una hermosa granada de plata que deja entrever
granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el Señor del
Triunfo se detiene un instante, la bella fruta oriental se abre, como
reventada de sol y de savia, y de su seno vuelan, como un grupo de
mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas que lleva el aire
sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo triunfante,
versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente;
logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que,
con la diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades
de los cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante
real, siente como hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo
de Ramos! Es ese niño que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la
anciana abuela de cabellos crespos y recogidos como una marquesa de
Boucher.

Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como si estuviese
sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha rimado
los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que
se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas
armonías, los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su
pobre alma, enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad
del ensueño!

Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus ojos pueriles miran
de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca del Cristo
lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto,
semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente
aureolada se destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en
la mano una imperial palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y
dominante, como la voz de un dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te
viene a hechizar y arrastrar para siempre en el triunfo del Domingo de
Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo soy la Gloria! Yo vengo a
mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de plata, los sublimes
Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento y tu sér
todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos, por
amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»

Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en su débil persona como
la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón palpita en un
desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.

Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las casas de los
creyentes, como poderosos e invencibles talismanes. Queda junto a los
retablos antiguos, junto a los santo-cristos que guardaban los lechos
familiares, los ramos que el tiempo seca, y que las canículas doran y
tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan los truenos y caen los
aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de relámpagos, fórmanse
de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas salvadoras.
Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las
amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado
de la Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su
suerte un ramo de aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles
inviernos, de ásperos huracanes, de voraces langostas, de hoces
afiladas, ha crecido y producido otros ramos nuevos.

De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus dos palmas gallardas,
la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como sostenida por
cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre de la
Esperanza.

--«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he aquí que miro en
sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama de sangre.
Vuelve reconfortada, para arrostrar las tinieblas y elementos que la
combaten en el habitáculo del debil y vibrante cuerpo. Pues es ella la
víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas desconocidas que
ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo, son los
pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los
nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se
desatan por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular
pulpo del sexo cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas
del Mundo y del Demonio encarnados en la Maldad ingénita y en la
Estupidez humana; los truenos de la vida, las rachas, los ventiscos de
las rudas horas amargas, de odiosa espuma; los relámpagos de la
concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas nubes de la
envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos inmotivados; la
Mujer--_¡Misterium!_--con su arcana misión de pecado y de llanto; el
crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad,
guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor;
pálida, pálida, la Muerte...

¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma bendita para coronar mi
frente!



HOMBRES Y PAJAROS

[imagen: Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí
lo que suele verse en los jardines de París...]


Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí lo que suele
verse en los jardines de París, especialmente en las Tullerías y en el
Luxemburgo. Mientras al amparo de las alamedas saltan los niños o juegan
con sus aros y las nodrizas cuidan de sus bebés, y en los bancos hay
lectores de diarios, y más allá jugadores de «foot-ball», y paseantes
que flirtean, o estudiantes que estudian, o pintores que cazan paisajes,
y en las anchas filas de las fuentes, al ruido del chorro de agua,
minúsculos marinos echan sus barquitos de velas blancas y rojas, unas
cuantas personas cumplen con una obligación sentimental y graciosa que
se han impuesto: dar de comer a los pajaritos. Generalmente, los únicos
que aprovechan son los gorriones, los ágiles y libres gorriones de
París. Hay también las palomas, pero las palomas no son las que más
gozan de la prebenda. Parecen estar fuera de su centro, de lugares en
donde reinan solas, sin competencia ni reparto: la plaza de San Marcos
de Venecia, o las cercanías del palacio Pitti, en Florencia. Aquí, pues,
son los gorriones, pequeños e interesantes vagabundos, opuestos a la
vida normal de las abejas, por ejemplo, y que esperan por estudioso
biógrafo un Maeterlinck alegre.

No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y la Ley están
representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades, forma
valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca
del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones,
saca de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar:
¡Juliette!... Y una fina gorrioncita se desprende de la bandada
chilladora y saltante, y se va a colocar en la cabeza, en los hombros,
en la mano del hombre. «Louise, Jean, Friederic, Mimi, Toto, Mussette».

Los pájaros libres del jardín, que entienden por sus nombres
respectivos, van todos a la voz que les llama. Y es un revoloteo
incesante alrededor del amigo que regala, y una fiesta a que, por otra
parte, están completamente acostumbrados. Unos cazan la miga al vuelo,
otros la toman en la mano, otros la recogen del suelo.

El hombre les habla, les acaricia, les regaña. _Prends garde,
gourmand._ «Ten cuidado, glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita,
así no se come»... «Insolentes, ahora vais a ver». Les trata con
naturalidad, con amistad, con confianza, con familiaridad. Todos ellos
le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener todos igual
uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una gota
de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre
todos ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un
solo día, desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de
manera que, si faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el
mundo alado que puebla los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a
faltar para siempre, los pobres animales estarían de duelo, a menos que
su alma en libertad fuese visible para ellos en la transparencia de los
aires.

Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la vista, y hubo duelo
entre los pájaros y gozo a su retorno.

En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al lado de las galerías
del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes personas que dan de
comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de ver a un
viejecito, de aspecto venerable, de ropas modestas, que lleva en su
solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué sabio, qué poeta será? ¿O
qué filósofo anciano que venga con un espíritu semejante al de su
antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer y
glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un
caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación,
varón de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño
gigantesco. Los pájaros se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre
los hombros de elefante, le revuelan por el magnífico vientre, y en
ramilletes temblorosos se le prenden de las manos regordetas, llenas de
bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno, como todos los gordos.
Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte también su
ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a ambos
les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el
anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando
les deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan
en el veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los
sonríe; parece que se despide hasta el día siguiente.

Y nada es más suavemente impresionante, en la frescura de la mañana o en
la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los diarios, de ver la obra
del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor de los vicios.
Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los asesinatos,
las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una inmensa
ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve
pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la
codicia, la ferocidad, la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos,
con conocidos, llenos de hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra
uno más allá, astucias, intrigas, rebajamientos, prostituciones, la caza
al _sou_, la caza al franco, la caza al luis, al billete, al cheque, los
aires de neurosis que soplan sobre las terrazas; los asesinos elegantes;
los espadachines cobardes; los ambiciosos; los _ratés_; la vergüenza de
abajo; los crímenes de arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra;
lo artificial entronizado; las podredumbres cotidianas; la farsa
continua, la negación de Dios. Y hay aquí estas gentes que vienen a dar
de comer a los pajaritos...

Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es un vasto cuerpo como el
cielo de Swedenborg, o el universo de Campanella. Tiene un organismo
propio, semejante a los astros de Bruno, _animali intellettuali_: tiene
una cabeza, unos brazos, un corazón, un vientre y un sexo; tiene sus
grandes pensamientos, sus grandes sentimientos, y sus buenas y malas
acciones, y sus bellos gestos y la banda gris del Sena que refleja los
diamantes celestes.

Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo,
en el _argot_ parisiense, _sorbonne_ quiere decir cabeza. Allí está el
órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que
vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos
meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los
conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan
en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los
maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de
Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se
desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas.
Es el Panteón, son los museos.

Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos
siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el
ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas,
cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la
ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por
el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo
río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y
los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando
la altura, fijos en los astros.

A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las
extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de
chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros
que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar,
los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades
populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg
Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en
Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de
Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París
manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son
brazos robustos e inteligentes, y también terribles.

El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que
los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios
nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la
República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca
mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien
dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor
fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a
esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y
el casino de las naciones.

Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo
el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades
silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y
lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se
sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese
corazón quiere hablar se llama _Severine_, como se llamaba Luisa Michel.
El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a
sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que,
viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar
de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por
fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver
el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles
cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió
el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice
que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión
de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las
universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los
pajaritos.

No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas
solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de
las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún
sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza--paisajes,
animales, flores o aguas--y las simpatías por las manifestaciones
amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar
nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía
epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra
unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o
la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu
que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula,
que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el
cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de
esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad,
amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el
amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es
un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad.
Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz
de Virgilio:

      _Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus._
    _Athereos dixere: Deum manque ire per omnes._
    _Terrasque tractusque maris, extumque profundum._

Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron
al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.

Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten
mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes,
que también supo ser armonioso sin los suyos...

En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido
por los ojos de los pajaritos.

Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo
sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se
levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas
por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían
con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una
buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé
que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la
crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los
cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los
pajaritos...



PRIMAVERA APOLINEA

[imagen: Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de
voluntad, juventud, mucha juventud: un poeta.]


I

Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud,
mucha juventud: un poeta. Habla:

--Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del
gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda
mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres,
puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de
guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo
el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso:
¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi
íntima volición.

Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra
me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició
en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y
atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a
las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a
rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé
sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades,
fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba,
sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la
naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y
obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana,
vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el
universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de
ensueños y de ideas.

Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas
divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el
alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a
buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los
pesebres. Creí--aurora irreflexiva--en la fuerza del odio, sin
comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el
instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una
como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta
comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas.
Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de
mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las
sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de
flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas
nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo
soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades,
mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario
adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión
desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la
blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito
cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces
abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.

Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a
los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades.
Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la
interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué
de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a
los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y
surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime
de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo,
es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la
penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de
venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a
pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y
de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer
de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que
consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar
hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se
encabritaba en veces,

      ¡bravo potro salvaje
    que no ha sentido espuelas de jinete!

No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las
villanías y miserias que manchan en ocasiones las más finas perlas. En
ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos
de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se
confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de
mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara
a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de
amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de
ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de
vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo
siempre las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las
fatalidades, de la injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos,
Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan
ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y
ambicioné la vida heroica. El Océano fué una nueva revelación para mis
alas mentales. El amor mismo fué animador de mis designios de conquista.
En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte
en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de
la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento de la humanidad por el
sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas
leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los
pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas
amplias y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las
tres razas que dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al
mover mis largos cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.

Y luego fué como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí
la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia.
Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en
la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir
humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser
nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de
nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos,
y, sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de
claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se
tienen con amar.


II

Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora armoniosa en
que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El
cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de
artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica,
y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.

Y salimos al hervor de París.



VISIONES PASADAS

[imagen: Una vaga tristeza flota en la costa extensa y
solitaria...]


LA MAREA

Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria, cuando baja la
marea. El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho. Los
muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera. La
playa está cubierta de un lodo betuminoso y salino, donde resaltan
piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostras.

Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas
hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de
sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y
raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre
cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y
oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su
chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.

Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la
orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado
en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca.
Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el
aire a la sordina.

La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se
despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De
allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela
radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme
tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y
sus convulsivas agitaciones.

El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la
floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente
cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se
deshace.

¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la
tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando
alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas.
Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro,
risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a
pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y
canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes,
para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las
velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como
el inmenso y misterioso océano.


A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)

El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea
usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de
la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer
valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas.
Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos
suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a
aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de
Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el
empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?

Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas
y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace
frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La
soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al
idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y
magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos
amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con
Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo,
señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

       *       *       *       *       *

En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay,
por dolores hondos y flechas implacables!--iré, señora, a la Vía Láctea,
a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso.
Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel,
y en la

[imagen: Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa...]

enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y
pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán
su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su
alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima,
para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás
de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un
lento y rosado vals.

       *       *       *       *       *

Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba,
que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el
monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda,
¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor?
Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria,
la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que
allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus
iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado
vals.


LA VIRGEN NEGRA (Havre).

En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un
pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este
divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y
secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso
de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar
y el campo.

El zócalo de su estatua está vestido de verdura por una fresca invasión
de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los marineros. Desde su
trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella, muchos hijos
de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las tempestades,
blancas barcas chorreando agua salada.

_¡María Stella!_ La estrella del mar tiene al Dios hijo en los brazos.
¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste, en
su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras
barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la

[imagen: En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se
encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen.]

sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de Orcher, marineros del
Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los campanarios, los
cirios nuevos y las ofrendas florales.

Ella, que es estrella de la mañana, es también el faro, la estrella de
la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. _¡Stella
Vespertina!_ Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él su
enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su
bronce, tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las
vírgenes delicadas de los lienzos y de las místicas esculturas
policromas que están en los templos. De todas las manos que a ella se
tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no halla apoyo? Tú, que te
hundes, no tienes en tus labios sino palabras de blasfemia y de
desesperanza...

El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores canosos, domadores
de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca en una
inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con
el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella
tiene siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a cada
instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a
Behemot, y lo que detiene a Leviathan.

Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve entoldada por un zodiaco
de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a sus pies, no hace su
obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada espuma le canta.
El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase, listo su
puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.

«Madre María--dice la golondrina--, ya volví de la tierra de Africa.»

«Madre María--dice la anciana abuela--, ¿nada malo ha pasado al
grumete?»

«Madre María--dice una mariposa blanca--, la niña rubia que aguarda al
novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»

Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se
ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte
buey y su caballo normando.

El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la
felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha
asimismo la plegaria del cultor.

Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar,
porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y
serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para
todos.

Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son
muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto
como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí
cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad,
y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.



LOS MISERABLES

[imagen]

    Viejos de largas barbas canas; hombres
    fuertes; hombres jóvenes.



LOS MISERABLES

    _Los «gueux» franceses, los
    «tramps» yankis, los «atorrantes»
    argentinos._


El «Gueux».

Quien haya visto en ciertos paseos, en la _banlieue_, o bajo arboledas
_hantées_, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura
grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos
malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al
mismo tiempo la repugnancia y la lástima?

Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas
imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices
rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes:
hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus
lugares preferidos.

¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas,
o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto
a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.

La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la
Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del
país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con
Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.

Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los
tiempos y las costumbres.

El _gueux_ de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón.
Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos _vendangeurs
de costé_, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por
patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige
prophète».

Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable _Notre Dame_, la célebre
Corte de los Milagros. Villón, en sus _Testamentos_, ha dejado una
pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más
ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le
nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes
les filles et de tous les mauvais lieux; _item_ connaît-il celui de
tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du
guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs,
lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous
les cachots et tous les gibets.»

Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de
París, de entonces, como el mismo Gringoire.

La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de
nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire
de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza,
el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres
y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una
carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja
reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos
distrae a los _gueux_, que son amigos de las farsas y de las locuras.

Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están
listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares
sospechosos.

En cuanto a la Corte de los Milagros, se componía de gentes activas, en
su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos
ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran
crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía
predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo
tiempo que escribía sus célebres baladas en el _jargon_ de la poco noble
«camaradería».

De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los _gueux_ parisienses
ha cambiado por completo.

Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido distintos resultados.
Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por ejemplo, la
introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos, de
bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los
alcoholes, las negras filosofías. Existe en la alta Italia una
enfermedad que se llama _pellagra_, y que proviene de exclusiva
alimentación compuesta de _polenta_ y castañas. Así, ciertos libros han
causado en el pueblo una como _pellagra_ moral, y el principal síntoma
de la terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta
cuando habla el alma del desheredado de la vida, del paria, por boca de
sus cancioneros.

Arístides Bruant, el aeda de los _gueux_, canta en su _Mirliton_:

    T’es dans la rue, va, chez-toi!

La casa del mendigo, del hambriento, es la calle: la misma de los canes
sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van por todas
partes en sus horribles _déshabillés_, se tambalean, se tienden en los
bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el último
jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las
avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables
tabernas, quien les habla al oído es el crimen.

Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo de París en que se
agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero sabía pintar y
compadecer en su _Cabaret_.

«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del _Mirliton_, que nadie
comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot» la
inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más
malos que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!» Yo les
condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant,
les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su
celda levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer
de la mayor parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre
todo inconscientes, como una de las formas de la irresponsabilidad;
pero, en todo caso, es Bruant quien ha puesto primero el dedo en la
llaga. Ciertamente, el cancionero harto disculpa las fechorías y hazañas
del «apache» y de la peligrosa compañera de éste; mas la caridad y la
compasión tienen sus límites, y la sociedad y justicia tienen que ver
como enemigos a esos sombríos desventurados que saben, entre otras
cosas, dar el _coup du père François_, lo mismo que una puñalada, al
pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la desgracia de
pasar cerca de ellos.

En la canción de Bruant _A’ Saint-Ouen_, uno de esos parias sociales
muestra su áspera vida. En el primer _couplet_ dice cómo, en un mal día,
a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño, está
condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay
una sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.

Y el final:

      Enfin, je n’ sais pas comment
    on peut y vivre honnêt’ment,
            c’est un rêve;
    mais on est récompensé,
    car, comme on est harassé,
            quand on crêve...
    l’cim’tière est pas ben loin,
            á Saint-Ouen.

Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el acatamiento a las leyes de la
suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza. En _Heureux_, Bruant
presenta al viejo vagabundo, en tiempo de invierno. Cuando le muerde las
carnes la brisa fría y la necesidad de descansar le hace buscar un
refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en su cueva,
entre los tubos viejos del acueducto.

      Et puis, doucett’ment, on s’endort...

           *       *       *       *       *

    Alors on sent comme un’caresse,
    on s’allong’ comm’dans un bon pieu...
    Et l’on rêv’ qu’on est à la messe
    où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.

La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus tipos varían, desde el
clásico personaje de arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible,
hasta la madre mendiga, el «apache» siniestro, el «rigolard», etc.

La caridad no puede matar tantas hambres, por más que se establezcan
lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte el
anarquismo, con la idea de su _soupe-conférence_, hábilmente fundada y
dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el alimento
que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica
les entraba por el estómago.


“El Tramp”.

Si hay un sér que tenga grande semejanza con el _atorrante_ argentino,
aparte de su mayor tendencia criminal, es el que en los Estados Unidos
se llama _tramp_.

Para hacer la comparación, baste con presentar el tipo, apoyados en
Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia, hace ya
tiempo.

El _tramp_ ¿es un ladrón, un vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.

El _tramp_, como le llaman en los Estados Unidos, y especialmente en el
Canadá, es un producto extraordinario de nuestra moderna civilización.
Puede tener todos los defectos, y ser _tramp_ sin tener ninguno. Como el
_atorrante_.

El _tramp_, en su calidad de mendigo de profesión, es fácil de conocer y
de describir. Se presenta a la puerta de una villa, por ejemplo, y pide
una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida de _débauche_, y sus
vestidos desgarrados y en desorden son una verdadera caricatura de todo
lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos tienen miradas
agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer pronto, o
quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».

El _tramp_ vagabundo es perezoso, borracho muy frecuentemente, lleno de
todos los vicios, y de un trato brutal. En una palabra, es el terror de
los lugares poco poblados, y el problema de las grandes ciudades.

Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 _tramps_, los
cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.

Existe, sin embargo, otra especie de _tramps_, que no pertenece a la
clase de los _tramps_ mendicantes: es el _tramp_ por fuerza, digámoslo
así.

El _tramp_ puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener
todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable
que el _tramp_ obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios
industriales de este siglo.

Hace cincuenta años, el _tramp_ no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por
qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más
refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por
decreto de la providencia, que el _tramp_ está llamado a invadir la
América entera? ¿El _tramp_ llega a serlo, por no ser suficientemente
inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo
XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil
solución.

¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad,
hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que
ondulan verdaderos mares de trigo?

Hay sus causas indudablemente. Esos _tramps_ que no lo son sino por
necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían
volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto
inútiles los _útiles_, e inútiles a muchos obreros.

Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes
llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la
más humilde habitación, _allí donde antes de la invención de las
máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres_.

Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la
riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al
alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros
efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los
obreros de su única fortuna: el trabajo.

Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del _fermier_ inglés son
debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción
de sus tierras.

Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de
las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser
manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de
cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no
encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de
encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente
que les hace caer en la dantesca región del _tramp_.

No todos los _tramps_ pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran
número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000
hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala
situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a
desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos
salidas enfrente: el suicidio, o la vida del _tramp_.

La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la
existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y
esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad
pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos
constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de
ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos
de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres)
disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los
tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las
compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y
conductores quieran.

En los diarios se leen avisos como éste:

«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad
contagiosa.»

Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas.
Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos
hablado.

Otra gran causa de que exista el _tramp_ obrero, son las detenciones de
los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos
capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos
años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien
millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los
trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué
que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que
aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a
causa del alza.

Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la
cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su
gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de
las materias primas, deteniendo la producción.

Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el _tramp_, es decir, el
hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del
trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema
industrial desorganizado y establecido contra todo principio de
humanidad.

La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de
emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en
consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.

Ese problema del _tramp_, del _gueux_, es uno de los más formidables de
nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le
dan ninguna esperanza de alivio.

¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas
plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros
del barrio italiano, o del Bowery?


El «Atorrante»

El _atorrante_ argentino ha llenado antes la población, a medida que ha
ido en aumento la vida europea, por decirlo así.

La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al
desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria
toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.

Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del
mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que
ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la
segunda a la caridad.

_La Nación_, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una
comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos
hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta
exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata
del _atorrantismo_, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas
que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan
de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que
poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los
animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las
enfermedades que padecen».

Y hoy pasa lo mismo.

El _atorrante_ duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos
aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir
acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido
de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los
muelles, o en cualquier oscuro rincón.

Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres
de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y
mueren cínicamente; es decir, como los perros.

A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues
encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos
necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos
generosas.



PARÍS NOCTURNO

[imagen]


     Fabuloso París, eternamente renombrado
    como el paraíso de las delicias
    amorosas.


He aquí el crepúsculo. El cielo toma un tinte rojizo. El abejeo de las
vías humanas se acentúa. Monsieur se viste, Madame inspecciona
singularmente sus cabellos, sus hombros, sus ojos y sus labios. Los
_autos_ vuelven del bosque como una enorme procesión de veloces
luciérnagas. La ciudad enciende sus luces. Se llenan las terrazas de los
bulevares, y se deslizan las fáciles peripatéticas, a paso parisiense,
en busca de la buena suerte.

Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o intermitentemente en
los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés y
restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy
indispensable tango argentino, por ejemplo: _Quiero papita_.

Un pintoresco río humano va por las aceras, y la _tiranía del rostro_,
que decía Poe, se ve por todas partes. Son todos los tipos y todas las
razas: los yankis importantes e imponentes, glabros y duros; los
levantinos, los turcos y los griegos, parecidos a algunos
sud-americanos; los chinos, los japoneses y los filipinos, con quienes
se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que en seguida se define;
el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su manera, y el de
los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y elástico,
cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el
italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas
respectivas, y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado
que va a su casa, y la gracia de la parisiense por todas partes, y todo
el torrente de Babel, al grito de los _camelots_, al clamor de las
trompas de automóvil, al estrépito de ruedas y cascos, mientras las
puertas de los establecimientos de diversión o de comercio echan a la
calle sonora sus bocanadas de claridad alegre.

El _morne_ Sena se desliza bajo los históricos puentes, y su agua
refleja las luces de oro y de colores de puentes, barcos y chalanas. El
panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H de piedra
sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo de
las lámparas. En la orilla izquierda del gran río parisiense, por donde
hay aún gentes que sueñan, artistas y estudiantes, el movimiento en la
luminosidad de bulevares y calles se acentúa, y autobuses y tranvías
lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en busca de, sonríe
por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo siglo. Ya no se
ve entrar a las cervecerías y cafés el _béret_ de antaño, y junto a las
mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas extranjeras, sobre
todo los varios castellanos de la América nuestra. Un japonés de
sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y platudo
se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya
como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los
escolares. Así, después que ha pasado la comida en la taberna del
Panteón para unos, para otros en _bouillons_ o _crémeries_, propicios a
la economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se
dirigen, como no sea a algún cine o _cabaret_ de cancionistas. Después
los cafés se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las
mesitas; hasta que el vecindario que tranquilo duerme se suele despertar
por la madrugada, a los cantos en coro de los noctámbulos.

En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos
lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las cenas en los
cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan altamente
se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón
mejor, cuando no es un _azucarerito_ francés como el que aun se
recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo
va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la
tradición.

Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso
que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas _damas_ enarbolan los
más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen
forradas academias o traficantes figurines, para gloria de la _boîte_ y
regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de
todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo
la urgente influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales
establecimientos de los bulevares, se consagra la _noce_ verdaderamente
parisiense, para el calavera de París, o _d’ailleurs_, que cuenta con
las rentas de un capital, o con los productos de una lejana estancia,
puesta, hacienda, rancho, fundo o plantación.

Por la calle del faubourg Montmartre y de Notre-Dame-de-Lorette,
asciende todas las noches una procesión de fiesteros, tanto cosmopolitas
como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches blancas.

Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos para lo que era antaño
un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe ya la
mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren
que la Musa sea atropellada por el automóvil.

Lo incómodo para la ascensión a la sagrada _butte_ es la afluencia de
apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos. Cuando
se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la
experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a
un cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques
u oros en el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings,
relucientes de orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo
de los tziganos, y en donde la botella de champaña obligatoria se
ostenta en la heladera.

Estas son las casas con nombres de abadía rabelesiana o de roedor
difunto. Allí, los indispensables violinistas hacen bailar a las
hetairas, o heteras, que convierten en champaña los luises de los
gentlemen ciertos o dudosos; danzarines de España, o de Italia, o de
Inglaterra, demuestran las tentaciones de las jotas, garrotines,
tarantelas, o _gigues_; M. Berenger no estaría muy tranquilo desde luego
si presenciase tales ejercicios coreográficos, y sobre todo cuando las
machichas brasileñas y los tangos platenses son interpretados con
floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente en que la
palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no son
para las niñas que comen su pan en _tartines_, como aquí se dice, están
en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del
mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el
paraíso de las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar
de lo que se diga, es para el amante de la diversión y del jolgorio,
para los derrochadores del dinero y de la salud, un imán irresistible.
El chino en su China, el persa en su Persia, el más remoto rey bárbaro y
negro que haya pasado por el paraíso parisiense, recordará siempre sus
encantos y pensará en el retorno.

Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede encontrarse confort,
lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en ninguna parte se
goza de todo eso como en París, porque algo especial circula en el aire
luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su
inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los
reyes de otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de
aceites, o de dólares, a su presencia se convierten en esclavos,
esclavos de sus caprichos, de sus locuras, de sus miradas, de sus
sonrisas, de su manera de andar, de su manera de hablar, de su manera de
recogerse la falda, de comer una fruta, de oler una flor, de tomar una
copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más exquisita sacerdotisa
de la diosa _hija de la onda amarga_, patrona de la ciudad de las
ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los países de la
tierra.

       *       *       *       *       *

París nocturno es luz y único, deleite y armonía; y, _hélas!_ delito y
crimen... No lejos de los amores magníficos y de los festines
espléndidos, va el amor triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada,
o casi mendicante, la solicitud armada, la caricia que concluye en robo,
la cita que puede acabar en un momento trágico, en el barrio peligroso,
o en la callejuela sospechosa.

Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los que van al bar
elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del placer. Ni el
extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha venido
con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso.
Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que
con el oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en
donde el Amor transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos
años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menos desinterés.
Aun los tiempos del _Chat noir_ se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se
dice que los artistas de hoy, los mismos artistas! no piensan más que en
la ganancia, y que el asno Boronali, del _Lapin Agile_, es el único
artista verdaderamente independiente. Así, los hombres cabelludos y con
anchos pantalones y con pipas, que se ven por Montmartre, no son
artistas siquiera. El talento mismo, en ellos no es ciego; no lleva
venda, cuando más un monóculo, que por lo general es un luis de Francia,
una libra esterlina, o un águila americana. Y ese amor que no ciega, en
París se ve mejor de noche que de día.



POEMAS DE ARTE

[imagen]

     ¿Qué pálida princesa difunta es conducida
    á la isla de la muerte?...


BOEKLIN


I

La isla de los muertos.

En qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla
sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no
tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni
los negros árboles mortuorios en sus hojas: los negros cipreses
mortuorios, que semejan, agrupados y silenciosos, monjes-fantasmas.

Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas por el tiempo, se
ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en donde, bajo
el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina especular
de abajo refleja los muros de ese solitario palacio de lo desconocido.
Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en el poema de
Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la
Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono
menor, canto de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio
fuese interrumpido por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una
visión envuelta en un velo como de nieve...

Allí es donde comienza la posesión de Psiquis; en esa negrura es donde
verás quizás brotar, pobre soñador, de la obscura larva, las alas
prestigiosas de Hipsipila. A tu isla solemne ¡oh, Boeklin! va la reina
Betsabé, pálida. Va también, con un manto de duelo, la esposa de
Mauseolo, que pone cenizas en el vino. Va Hécuba, y ¡horrible trance! va
silenciosa, mordiendo su aullido, clavando sus dedos en los dolorosos,
maternales pechos. Va Venus, sobre su concha tirada por las blancas
palomas, por ver si vaga gimiendo la sombra de Adonis. Va la tropa
imperial de las soberbias porfirogénitas, que amaron el amor al mismo
tiempo que la muerte. Va en un esquife divino, con un arcángel por
timonel, la Virgen María, herido el pecho por los siete puñales.

[imagen]

     Más allá de las solitarias islas en donde
    descansan los pájaros viajeros...


II

Idilio marino.

Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros
viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está
entronizada la Vencedora, en la irresistible omnipotencia de su
desnudez.

En su blanca piel está la sal, el perfume marino de Anadiómena, y la
serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y humillada, el
soberano triunfo del encanto femenino. Europa sobre el lomo del toro, la
Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta las
uñas al león. Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol,
en tanto que el monstruo recibe una caricia de la tentadora mujer, que
bajo el inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su
supremo impudor.

[imagen]

     Suena la risa del tritón, que muestra
    su cabeza de sileno oceánico...


III

Sirenas y tritones.

Con más sonoridad que el ruido del caracol, suena la risa del tritón,
que muestra su cabeza de sileno oceánico, ceñida con hojas de las
desconocidas viñas que crecen en los campos submarinos, y rosas de una
flora extraña e ignorada, cortadas entre líquenes y flotantes medusas.
Tras él se infla una faz batraciana, boca redonda y carnuda, ojos
saltones. Se ven danzar las ondas. En el seno de una se hunde, con un
salto natatorio, una ninfa de opulentos muslos, que tiene aletas en los
talones. Más allá, otra erige sus pechos, y su cabeza coronada de algas.
Con asombro jocoso viene un Sancho centauro acuático, braceando; la
grupa está sobre la ola, y la espuma le forma un cerco hirviente y
blanco por la redondez de la barriga, en la cual muestra su honda
mancha, como la señal de un golpe de espátula, el ombligo.

En primer término, en la transparencia del agua, una sirena extiende su
bifurcada y curva cola de pescado, negro y plata; a flor de espuma,
tiembla la doble rotundidad en que termina el talle.

La faz medrosa mira hacia un punto en que algo se divisa, y casi no
atiende la hembra al tritón fáunico, que la atrae, invitándola a una
cita sexual, tal como en la tierra, al amor del gran bosque, lo haría
Pan con Siringa.

[imagen: Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos,
señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco y vuestra
alma blanca.]


IV

Día de Primavera.

Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos, señorita, con vuestro
sombrero blanco, vuestro vestido blanco, y vuestra alma blanca. Yo
tendría mi negro dolor. Procuraría haceros soñar dulces sueños, y el
laúd no tendría para vos sino los más acariciadores sonidos.--Sí, dice
ella, mas esa villa italiana... ¿no será la morada de la más infeliz de
las mujeres? Los árboles sombríos forman un misterioso recinto de duelo.
El agua de los arroyos parece monologar extrañas historias de amores
difuntos. El crepúsculo inunda, con su tenue tinta de melancolía, todo
el paisaje. El anciano que contempla meditabundo las ninfas, parece la
encarnación de un triste pasado. Los niños que juegan cerca de la
«villa», no alcanzan a hacer que mi alma encuentre una sola nota de
alegría.

Nuestra alma, a veces, contagia con sus males el alma de las cosas.


V

Los Pescadores de Sirenas.

Péscame una ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus escamas radiantes la
irisada riqueza metálica que decora las admirables arenques. Péscame
una, cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y
cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales
abanicos de pedrería; péscame una que tenga verdes los cabellos, como
debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y
mágicas chispas, cuya boca salada bese y muerda, cuando no cante las
canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises, cuyos senos
marmóreos culminen florecidos de rosa y cuyos brazos, como dos albos y
divinos pithones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes
placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de
perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se
divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son
ciertamente malos pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un
grueso palo nudoso, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y
poco apetecible que su compañero ha pescado. Este saca la red, y no
parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el
agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas
bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje,
mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la
antorcha del sol.



CURIOSIDADES LITERARIAS

[imagen]

     La Habana aclamaba a Ana, la dama
    más agarbada, más afamada.


Hablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde
griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados
con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al
derecho, guardando siempre el mismo sentido, acrósticos enrevesados, y
luego, prosas en que se suprimiera una de las vocales en largos cuentos
castellanos.

Entonces, yo les hablé de una curiosidad, en verdad de las más
peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que
dirigía allá en la lejana Nicaragua un mi íntimo amigo. Es un cuento
corto, en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. No encontraréis
otra vocal más que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor?
Sudamericano, seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia.
Ignoro e ignoré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me
refiero:


AMAR HASTA FRACASAR

(_Trazada para la A._)

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada.--Amaba a
Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.

Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar
trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal
plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada
mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá
trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca
para apañar larga plata, para agarrar adahalas[1]. ¡Bravas
agallas!--¿Mas bastaba tal cabala?--Nada ¡cá! ¡nada basta a atajar la
llama aflamada!

Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada.
Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas.
Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana
a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar!
gratas pasan para apalambrarlas[2] mas, para clavar la azagaya[3] al
alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!

Pasaban las añadas[4]. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las
sagradas arras, trataban hablar a Marta para _afrancar_[5] a Ana, hablar
al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡cá! ¡nada
faltaba para andar al altar!

Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al
alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba
ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara.
¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana,
tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las
brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas
a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara,
atalantadas a las palabras:--¡acá! ¡acá! ¡atrapad al canalla-mata-damas!
¡amarrad al rapaz!--Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para
lanzar a la armada; más nada hará para tantas armas blancas. Clama,
apalabra, aclara ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta
manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! avara bajasa[6], al atrancar a Ana tras las barbacanas
sagradas (algar[7], fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a
Ana? ¡Ca! ¡Asparla[8], alafagarla, matarla! tal trataba la malvada
Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada,
aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras Casa Blanca,
asayaba[9], a la par gran mal; a la par balaba[10], allanar las barras
para atacar la alfana[11], sacar la amada, hablarla, abrazarla...

Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar
la alba, al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La
lancha, ya aparada[12], pasa al galán a la Habana. ¡Ya la has
amanada[13] gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana!
¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán
¡avanza, galán, avanza!

Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán[14], mas la tapada,
taparanla más. Aplaza la hazaña...

Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana, para Ana
nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:

      La barca lanzada
    allá al ancha mar
    arrastra a la Habana
    _canalla-rapaz_.

      Al tal _mata-damas_
    llamaban asaz,
    mas jamás las mata,
    las ha para amar.

      Fallar las amarras
    hará tal galán,
    ca, brava alabarda
    llaman a la mar.

      Las alas, la alaba,
    la azagaya... ¡Bah!
    nada, nada basta
    a tal batallar.

      Ah, marcha, alma Atala
    a dar grata paz,
    a dar grata andanza
    a Chactas acá.

Acabada la cantata, Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al
adra[15]. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La alma.
La alma la da al galán. Afanada llama a ña Blasa, aya[16] parda ña
Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla,
Ana la _jala_ las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da
ahajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la
parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa
aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para
Blas!

Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz,
patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!

--¡Amada Ana!...

--¡Blas!...

--¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!

--¡Ah, jamás!

--¡Alma amada!...

--¡Abraza a Ana hasta matarla!

--¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!...

A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas.
La cámara daba lar para Blas, para Ana...

Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava, brava, lanza a la playa
la fragata: la vara.

La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca tablas al tajamar; nada
basta a salvar la fragata. ¡Ah, tantas almas lanzadas al mar, ya
agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para
acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah! tantas brazadas,
tan gran afán para nada; hállala, mas la halla ya matada. ¡Matada!... Al
palpar tan gran mal nada _bala_ ya, nada trata alcanzar. Abraza a la
amada. «¡Amar hasta fracasar!» clama... Ambas almas abrazadas bajan a
la nada[17]. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más... ¡ca! ya Ana
hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. «¡Mamá, ya,
acababa Ana. Papá, ya, acababa Blas!...»

Nada habla la Habana para sacar a plaza a Marta, tras las pasadas; mas
la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.

       *       *       *       *       *

_Et voilà._ ¿Quién me dirá el nombre del autor?



INDICE


CUENTOS

                                                                   _Pags._

El caso de la señorita Amelia (cuento de Año Nuevo).                   8

Cuento de Pascua.                                                     19

La extraña muerte de Fray Pedro.                                      39


CRÓNICAS

Bajo las luces del sol naciente.                                      55

Mi domingo de Ramos.                                                  71

Hombres y pájaros.                                                    87

Primavera apolinea.                                                  103

Visiones pasadas.                                                    115

Los miserables.                                                      133

París nocturno.                                                      153

Poemas de arte.                                                      167

Curiosidades literarias.                                             187

[imagen: ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID, EN LA
TIPOGRAFÍA YAGÜES EL DÍA XXV DE SEPTIEMBRE DEL AÑO MCMXVIII]

       *       *       *       *       *

EDITORIAL “MUNDO LATINO” APARTADO 502.--MADRID


CATALOGO PROVISIONAL (EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)

_Pesetas_

OBRAS COMPLETAS

DE RICARDO DE LEÓN (de la Real Academia Española)

Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º,
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut
Valera y retrato del autor, por Vacqué                    50,00
A plazos (5 pesetas mensuales)                            60,00


DE FRANCISCO VILLAESPESA

I.--Intimidades.--Flores de Almendro                         3,00
II.--Luchas.--Confidencias                                   3,00
III.--La copa del Rey de Thule.--La musa enferma             3,00
IV.--El alto de los Bohemios.--Rapsodias                     3,00
V.--Las horas que pasan. (Veladas de amor)                   3,00
VI.--Las joyas de Margarita: Breviario de amor.--La
tela de Penélope.--El milagro del vaso de agua               3,00
VIl.--Doña María de Padilla.--La cena de los cardenales      3,00
VIII.--El milagro de las rosas.--Resurrección.--Amigas
viejas                                                       3,00
IX.--Las granadas de rubíes.--Las pupilas de Almotadid.--Las
garras de la pantera.--El último Abderramán                  3,00
X.--Tristitiæ rerum.                                         3,00
XI.--La leona de Castilla.--En el desierto.                  3,00
XII.--El rey Galaor.--El triunfo del amor.                   3,00


DE RUBÉN DARÍO

(Ilustraciones de Ochoa)

Tomos publicados:

I.--La caravana pasa.                  3,50
II.--Prosas profanas.                  3,50
III.--Tierras solares.                 3,50
IV.--Azul.                             3,50
V.--Parisiana.                         3,50
VI.--Los raros.                        3,50
VII.--Cantos de vida y esperanza.      3,50
VIII.--Letras.                         3,50
IX.--Canto a la Argentina.             3,50
X.--Opiniones.                         3,50
XI.--Poema del otoño y otros poemas.   3,50
XII.--Peregrinaciones.                 3,50

Ediciones especiales de lujo.


HENRIK IBSEN

TEATRO COMPLETO

I.--Catilina. La tumba del guerrero. La castellana de
Ostrat.                                                      3,50

II.--La fiesta de Solhaug. Olaf Liliekrans. Los guerreros
en Helgeland.                                                3,50

III.--Los pretendientes a la corona y La comedia del
amor.                                                        3,50
IV.--Brand                                                   3,50
V.--Peer Gynt                                                3,50
VI.--La unión de la juventud. Las columnas de la sociedad.
La casa de una muñeca                                        3,50
VII.--Emperador y Galileo                                    3,50
VIII.--Espectros. Un enemigo del pueblo. El pato silvestre   3,50
IX.--La casa de Rosmer. La dama del mar. Hedda Gabler        3,50
X.--El constructor Solness. El niño Eyolf. Al despertar
de nuestra muerte                                            3,50


JOSÉ FRANCÉS

El año artístico 1915                                        6,00
    »     »       »   tela                                   8,00
El ano artístico 1916 (con 250 grabados)                    10,00
    »     »       »       »       »      tela               12,00
El año artístico 1917 (con 250 grabados)                    11,50
    »     »       »       »       »      tela               13,00


COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES

NOVELAS

_Edmundo González Blanco._--Jesús de Nazareth                  3,00

_José Francés._--La estatua de carne                           3,00
      --              El alma viajera                          3,50

_López de Saá._--Los indianos vuelven                          3,50
      --              Bruja de amor                            3,50

_W. Fernández Flórez._--La procesión de los días               3,00

_Elías Cerdá._--Don Quijote en la guerra                       2,00

_V. García Martí._--Don Severo Carvallo                        2,50

_María Luisa Latil._--Según labremos.                          3,00

         --         Genoveva.                                  2,50

_Eugenio Noel._--El allegretto de la Sinfonía VII.             3,00

      --       Cuentos.                                        3,50

_Rafael Cansinos-Assens._--Las cuatro gracias.                 3,50

_Francisco Delicado._--La lozana andaluza.                     3,00

_J. de Lucas Acevedo._--La Caja de Pandora.                    3,00

_Martín de la Cámara._--Vidas llameantes.                      3,00


ESTUDIOS Y CRÓNICAS

_Emiliano Ramírez Angel._--Bombilla-Sol-Ventas.      3,00

_J. M. Carretero._--Lo que sé por mí (dos series).   3,00

_J. Costa._--Alemania contra España.                 3,00

_Pedro Pellicena._--Los Cosacos.                     3,50

_Margarita de la Torre._--Jardín de damas curiosas.  3,50

_Fola Igurbide._--El Actor.                          3,50

_Alberto Ghiraldo._--Los nuevos caminos.             3,50

_Enciso._--El soneto en España.                      3,00


POESÍAS

_José Montero._--Yelmo florido (con ilustraciones).       4,00

_Zurita._--Pícaros y donosos.                             3,00

_Mauricio Bacarisse._--El esfuerzo.                       3,00

_Eliodoro Puche._--Libro de los elogios galantes y de
                   los crepúsculos de otoño.              2,50

        --        Corazón de la noche.                    2,50

_Emilio Carrere._--El retablo de los poetas. (Antología). 3,50


TEATRO

_Muñoz Seca y López Núñez._--El Rayo.    3,00

_H. Ibsen._--Dramas líricos.             2,00

    --     La castellana de Ostrat.      2,00


LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA

Biografías de los generales: =Alberto I de Bélgica.=--=Joffre.=--=Sir
Jhon French.=--=Lord Kitchener.= Con preciosas fototipias, a          3,00


COLECCION DE AUTORES EXTRANJEROS

Traducidas por _Felipe Trigo_, _Rafael Cansinos_ y _Pedro de Répide._

_Victoriano de Saussay._--La ciencia del beso        3,50

_René Emery._--Santa María Magdalena                 3,50

_Maquiavelo._--Obras festivas: La Mandrágora.--El
                    P. Alberico.--La Celestina.--El
                    archidiablo Belfegor             3,00

_Claudia Lemaitre._--Juegos de Damas                 3,50

_Procopio._--Historia secreta                        3,50

_Anónimo._--Teatro persa                             3,50


CELEBRIDADES ESPAÑOLAS

I.--Bécquer (encuadernados en tela)                       3,50
II.--Zorrilla (ídem)                                      3,50
III.--Espronceda (ídem)                                   3,50


COLECCION SELECTA

_Tomás de Quincey._--Los últimos días de Kant                1,00

_Kalidasa._--El reconocimiento de Sakuntala                  1,00

_Rousseau._--Discurso sobre las artes y las ciencias         1,00
     --           Origen de la desigualdad entre los hombres 1,00

_Luciano de Samosata._--La diosa de Siria                    1,00

_L. Sterne._--Viaje sentimental de un inglés a Francia       1,00

_F. Alvarado._--El filósofo rancio. (Cartas)                 1,50


COLECCION CIENCIA Y ARTE

_Ricardo Yesares._--¿Qué quieres aprender? Electricidad.
                           Encuadernado en tela                   3,50
           --            ¿Qué quieres ser? Automovilista.
                           Encuadernado en tela                   3,50


OBRAS VARIAS

_Sthendal._--Del amor                                             6,00

_E. M. Segovia_ (Oficial del Banco de España).--Los
  documentos de crédito                                           5,00

_Rivero._--Legislación de clases pasivas. Volumen de
                  500 páginas, encuadernado en tela              10,00

_R. Yesares._--Ayuda memoria del mecánico electricista.
                      Un volumen, encuadernado en tela            1,50


LIBROS DE CARTAS

El arte de escribir cartas                                        1,00
Manual epistolar (encuadernado en tela)                           2,00
Cartas amorosas                                                   0,60
Epistolario de amor (encuadernado)                                2,00

[imagen]


NOTAS:

 [1] Adahalas, lo mismo que adehalas.

 [2] Apalambrar, incendiar.

 [3] Azagaya, dardo.

 [4] Añadas, el tiempo de un año.

 [5] Afrancar, dar libertad, licencia.

 [6] Bajasa, mujer mala.

 [7] Algar, caverna o cueva.

 [8] Aspar, atormentar.

 [9] Asayar, experimentar.

 [10] Balar, desear ardientemente.

 [11] Alfana, iglesia. Voz de la germania.

 [12] Aparar, preparar.

 [13] Amanar, poner a la mano. Ya la tienes a mano.

 [14] Atafagar, fatigar, sofocar.

 [15] Adra, porción de un barrio, barriada.

 [16] Aya, se dice vulgarmente de las criadas de razón.

 [17] Almas por cuerpos, Dios me libre de la impiedad.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cuentos y crónicas - Obras Completas Vol. XIV" ***

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