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Title: Autobiografía - Obras Completas Vol. XV
Author: Darío, Rubén
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Autobiografía - Obras Completas Vol. XV" ***

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AUTOBIOGRAFÍA

[imagen]

[imagen: Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba
solitario con mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces a mirar
cosas en el cielo, en el mar...

_RUBÉN_
]



[imagen: RUBEN DARIO

AUTOBIOGRAFÍA]

[imagen: ES PROPIEDAD]

[imagen: Autobiografia]

[imagen: Rubén Darío.]



RUBEN DARIO

AUTOBIOGRAFÍA

[imagen]

VOLUMEN XV
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID



[imagen]

     Tuttí gli uomini d’ogni sorte, che hanno fatto qualque cosa che sia
     virtuosa, o si veramente che le virtu somigli, dovrebbero, essendo
     veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere la lora vita;
     ma non si dovrebbe comincíare una tal bella impresa prima que
     passato l’etá de quarant’anni.

(LA VITA DE BENVENUTO DE
M.º CELLINI, FLORENTINO).



I


Tengo más años, desde hace cuatro, que los que exige Benvenuto para la
empresa. Así doy comienzo a estos apuntamientos que más tarde han de
desenvolverse mayor y más detalladamente.

En la catedral de León, de Nicaragua, en la América Central, se
encuentra la fe de bautismo de Félix Rubén, hijo legítimo de Manuel
García y Rosa Sarmiento. En realidad, mi nombre debía ser Félix Rubén
García Sarmiento. ¿Cómo llegó a usarse en mi familia el apellido Darío?
Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han
referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña
población conocíale todo el mundo por Don Darío; a sus hijos e hijas por
los Daríos, las Daríos. Fué así desapareciendo el primer apellido, a
punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello,
convertido en patronímico llegó a adquirir valor legal, pues mi padre,
que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de
Manuel Darío, y en la catedral a que me he referido, en los cuadros
donados por mi tía Doña Rita Darío de Alvarado, se ve escrito su nombre
de tal manera.

El matrimonio de Manuel García--diré mejor de Manuel Darío--y Rosa
Sarmiento, fué un matrimonio de conveniencia, hecho por la familia. Así
no es de extrañar que a los ocho meses más o menos de esa unión forzada
y sin afecto, viniese la separación. Un mes después nacía yo en un
pueblecito, o más bien aldea, de la provincia, o, como allá se dice,
departamento, de la Nueva Segovia, llamado antaño Chocoyos y hoy
Metapa.



II


Mi primer recuerdo--debo haber sido a la sazón muy niño, pues se me
cargaba a horcajadas, en los cuadriles, como se usa por aquellas
tierras--es el de un país montañoso: un villorrio llamado San Marcos de
Colón, en tierras de Honduras, por la frontera nicaragüense; una señora
delgada, de vivos y brillantes ojos negros--¿negros?... no lo puedo
afirmar seguramente..., mas así los veo ahora en mi vago y como ensoñado
recuerdo--blanca, de tupidos cabellos obscuros, alerta, risueña, bella.
Esa era mi madre. La acompañaba una criada india, y le enviaba de su
quinta legumbres y frutas, un viejo compadre gordo, que era nombrado «el
compadre Guillén». La casa era primitiva, pobre, sin ladrillos, en pleno
campo. Un día yo me perdí. Se me buscó por todas partes; hasta el
compadre Guillén montó en su mula. Se me encontró, por fin, lejos de la
casa, tras unos matorrales, debajo de las ubres de una vaca, entre mucho
granado que mascaba el jugo del yogol, fruto mucilaginoso y pegajoso que
da una palmera y del cual se saca aceite en molinos de piedra como los
de España. Dan a las vacas el fruto, cuyo hueso dejan limpio y seco, y
así producen leche que se distingue por su exquisito sabor. Se me sacó
de mi bucólico refugio, se me dió unas cuantas nalgadas y aquí mi
recuerdo de esa edad desaparece como una vista de cinematógrafo.

Mi segundo recuerdo de edad verdaderamente infantil es el de unos fuegos
artificiales, en la plaza de la iglesia del Calvario, en León. Me
cargaba en sus brazos una fiel y excelente mulata, la Serapia. Yo estaba
ya en poder de mi tía abuela materna, doña Bernarda Sarmiento de
Ramírez, cuyo marido había ido a buscarme a Honduras. Era él un militar
bravo y patriota, de los unionistas de Centro-América, con el famoso
caudillo general Máximo Jerez, y de quien habla en sus _Memorias_ el
filibustero yanqui William Walker. Le recuerdo: hombre alto, buen
jinete, algo moreno, de barbas muy negras. Le llamaban «el bocón»,
seguramente por su gran boca. Por él aprendí pocos años más tarde a
andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las
manzanas de California y el champaña de Francia. Dios le haya dado un
buen sitio en alguno de sus paraísos. Yo me criaba como hijo del
coronel Ramírez y de su esposa doña Bernarda. Cuando tuve uso de razón,
no sabía otra cosa. La imagen de mi madre se había borrado por completo
de mi memoria. En mis libros de primeras letras, alguno de los cuales he
podido encontrar en mi último viaje a Nicaragua, se leía la conocida
inscripción:

      Si este libro se perdiese,
    como suele suceder,
    suplico al que me lo hallase
    me lo sepa devolver.
    y si no sabe mi nombre
    aquí se lo voy a poner:
         FÉLIX RUBÉN RAMÍREZ

El coronel se llamaba Félix, y me dieron su nombre en el bautismo. Fué
mi padrino el citado general Jerez, célebre como hombre político y
militar, que murió de ministro en Washington, y cuya estatua se
encuentra en el parque de León.

Fuí algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según se me ha
contado. El coronel Ramírez murió y mi educación quedó únicamente a
cargo de mi tía abuela. Fué mermando el bienestar de la viuda y llegó la
escasez, si no la pobreza. La casa era una vieja construcción, a la
manera colonial: cuartos seguidos, un largo corredor, un patio con su
pozo, árboles. Rememoro un gran «jícaro», bajo cuyas ramas leía; y un
granado que aun existe; y otra árbol que da unas flores de un perfume
que yo llamaría oriental si no fuese de aquel pródigo trópico y que se
llaman «mapolas».

La casa era para mí temerosa por las noches. Anidaban lechuzas en los
aleros. Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos, los dos
únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo. Vivía aún la madre de mi
tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un
temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un
fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña...
Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana
Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los
demonios. Una noche, la mujer gritó desusadamente; los vecinos se
asomaron atemorizados, y alcanzaron a ver a la Juana Catina, por el
aire, llevada por los diablos, que hacían un gran ruido y dejaban un
hedor a azufre.

Oía contar la aparición del difunto obispo García, al obispo Viteri. Se
trataba de un documento perdido en un ya antiguo proceso de la curia.
Una noche, el obispo Viteri hizo despertar a sus pajes, se dirigió a la
catedral, hizo abrir la sala del capítulo, se encerró en ella, dejó
fuera a sus familiares, pero éstos vieron, por el ojo de la llave, que
su ilustrísima estaba en conversación con su finado antecesor. Cuando
salió, «mandó tocar vacante»; todos creían en la ciudad que hubiese
fallecido. La sorpresa que hubo al otro día fué que el documento perdido
se había encontrado. Y así se me nutría el espíritu con otras cuantas
tradiciones y consejas y sucedidos semejantes. De allí mi horror a las
tinieblas nocturnas, y el tormento de ciertas pesadillas inenarrables.

Quedaba mi casa cerca de la iglesia de San Francisco, donde había
existido un antiguo convento. Allí iba mi tía abuela a misa primera,
cuando apenas aparecía el primer resplandor del alba, al canto de los
gallos. Cuando en el barrio había un moribundo, tocaban en las campanas
de esa iglesia el pausado toque de agonía, que llenaba mi pueril alma de
terrores.

Los domingos llegaban a casa a jugar el fusilico viejos amigos, entre
ellos un platero y un cura. Pasaba el tiempo. Yo crecía. Por las noches
había tertulia en la puerta de la calle, una calle mal empedrada de
redondos y puntiagudos cantos. Llegaban hombres de política y se hablaba
de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y
la noche cerraban mis párpados. Pasaba el «vendedor de arena»... Me iba
deslizando. Quedaba dormido, sobre el ruedo de la maternal falda, como
un gozquejo. En esa época aparecieron en mí fenómenos posiblemente
congestivos. Cuando se me había llevado a la cama, despertaba y volvía a
dormirme. Alrededor del lecho mil círculos coloreados y concéntricos,
kaleidoscópicos, enlazados y con movimientos centrífugos y centrípetos,
como los que forma la linterna mágica, creaban una visión extraña y
para mí dolorosa. El central punto rojo se hundía, hasta incalculables
hípnicas distancias, y volvía a acercarse; y su ir y venir era para mí
como un martirio inexplicable. Hasta que, de repente, desaparecía la
decoración de colores, se hundía el punto rojo y se apagaba, al ruido de
una seca y para mí saludable explosión. Sentía una gran calma, un gran
alivio, el sueño seguía tranquilo. Por las mañanas, mi almohada estaba
llena de sangre, de una copiosa hemorragia nasal.



III


Se me hacía ir a una escuela pública. Aun vive el buen maestro, que era
entonces bastante joven, con fama de poeta, el licenciado Felipe Ibarra.
Usaba, naturalmente, conforme con la pedagogía singular de entonces, la
palmeta, y, en casos especiales, la flagelación en las desnudas
posaderas. Allí se enseñaba la cartilla, el Catón cristiano, las «cuatro
reglas», otras primarias nociones. Después tuve otro maestro, que me
inculcaba vagas nociones de aritmética, geografía, cosas de gramática,
religión. Pero quien primeramente me enseñó el alfabeto, mi primer
maestro, fué una mujer, doña Jacoba Tellería, quien estimulaba mi
aplicación con sabrosos pestiños, bizcotelas y alfajores que ella misma
hacía, con muy buen gusto de golosinas y con manos de monja. La maestra
no me castigó sino una vez, en que me encontrara, ¡a esa edad. Dios mío!
en compañía de una precoz chicuela, iniciando, indoctos e imposibles
Dafnis y Cloe, y, según el verso de Góngora, «las bellaquerías, detrás
de la puerta.»



IV


En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un
_Quijote_, las obras de Moratín, _Las Mil y una noches_, la Biblia, los
_Oficios_, de Cicerón, la _Corina_, de Madame Staël, un tomo de comedias
clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué
autor, _La Caverna de Strossi_. Extraña y ardua mezcla de cosas para la
cabeza de un niño.



V


¿A qué edad escribí mis primeros versos? No lo recuerdo precisamente,
pero ello fué harto temprano. Por la puerta de mi casa--en las Cuatro
Esquinas--pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa
famosa: «Semana Santa en León y Corpus en Guatemala»--; y las calles se
adornaban con arcos de ramas verdes, palmas de cocotero, flores de
corozo, matas de plátanos o bananos, disecadas aves de colores, papel de
China picado con mucha labor; y sobre el suelo se dibujaban alfombras
que se coloreaban, expresamente, con serrín de rojo brasil o cedro, o
amarillo «mora»; con trigo reventado, con hojas, con flores, con
desgranada flor de «coyol». Del centro de uno de los arcos, en la
esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la
procesión del Señor del Triunfo, el Domingo de Ramos, la granada se
abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he
podido recordar ninguno... pero si sé que eran versos, versos brotados
instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fué en mi
orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces--y creo que
aun persiste--la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros,
«epitafios», en que los deudos lamentan los fallecimientos, en verso por
lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese
su duelo en estrofas.

A todo esto, el recuerdo de mi madre había desaparecido. Mi madre era
aquella señora que me había acogido. Mi «padre» había muerto, el coronel
Ramírez. A tal sazón llegó a vivir con nosotros, y a criarse junto
conmigo, una lejana prima, rubia, bastante bella, de quien he hablado en
mi cuento _Palomas blancas y garzas morenas_. Ella fué quien despertara
en mí los primeros deseos sensuales. Por cierto que, muchos años
después, madre y posiblemente abuela, me hizo cargos: «¿Por qué has dado
a entender que llegamos a cosas de amor, si eso no es verdad?»--«¡Ay! le
contesté, ¡es cierto! Eso no es verdad, ¡y lo siento! ¿No hubiera sido
mejor que fuera verdad y que ambos nos hubiéramos encontrado en el mejor
de los despertamientos, en la más ardiente de las adolescencias y en las
primaveras del más encendido de los trópicos?...»

Mi familia se componía entonces de mi tía doña Rita Darío de Alvarado,
a quien su hermano Manuel García, esto es Manuel Darío, único que tenía
en tal ocasión dinero, había hecho donación de sus bienes ¡ah, malhaya!
para que se casase con el cónsul de Costa Rica; mi tía Josefa, vivaz,
parlera, muy amante de la crinolina, medio tocada, quien una vez--el día
de la muerte de su madre--apareció calzada con zapatos rojos, y a las
observaciones y reproches que se le hicieron, contestó que «Las perdices
y las palomitas de Castilla...» ¡Cuando digo que era medio tocada! Mi
tía Sara, casada con un norteamericano, muy hermosa, y cuya hija mayor
¡oh, Eros! un día, por sorpresa, en un aposento a donde yo entrara
descuidado, me dió la ilusión de una Anadiómena... Y «mi tío Manuel».
Porque don Manuel Darío figuraba como mi tío. Y mi verdadero padre, para
mí, y tal como se me había enseñado, era el otro, el que me había criado
desde los primeros años, el que había muerto, el coronel Ramírez. No sé
por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora con mi
«tío Manuel». La voz de la sangre... ¡qué flácida patraña romántica! La
paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre,
lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su
padre.

Mi tía Rita era la adinerada de la familia. Mi padre, que, como he
dicho, pasaba como mi tío, vivía en casa de su hermana, la cual era
propietaria de haciendas de ganado y de ingenios de caña de azúcar. La
vida en casa de mi tía Rita me ha dejado un recuerdo verdaderamente
singular e imborrable. Esta señora, que era muy religiosa, casada con
don Pedro Alvarado, cónsul de Costa Rica, tenía, como los antiguos
reyes, dos bufones, enanos, arrugados, feos, velazquescos, hombre y
mujer. El se llamaba el capitán Vilches, y la mujer era su madre; pero
eran iguales, completamente, en tamaño, en fealdad, y me inspiraban
miedo e inquietud. Hacían retratos de cera, monicacos deformes, y el
«capitán», que decía ser también sacerdote, pronunciaba sermones que
hacían reir, pero que yo oía con gran malestar, como si fuesen cosas de
brujos.

Los domingos se daban bailes de niños, y aunque mi primo Pedro, señor de
la casa, era el más rico y un excelente pianista en tan corta edad, ya,
con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las
muchachas, por el asunto de los versos. ¡Fidelina, Rafaela, Julia,
Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! recuerdos, recuerdos
suaves.

A veces los tíos disponían viajes al campo, a la hacienda. Ibamos en
pesadas carretas, tiradas por bueyes, cubiertas con toldo de cuero
crudo. En el viaje se cantaban canciones. Y en amontonamiento inocente,
íbamos a bañarnos al río de la hacienda, que estaba a poca distancia,
todos, muchachos y muchachas, cubiertos con toscos camisones. Otras
veces eran los viajes a la orilla del mar, en la costa de Poneloya, en
donde estaba la fabulosa peña del Tigre. Ibamos en las mismas carretas
de ruedas rechinantes, los hombres mayores a caballo; y al pasar un río,
en pleno bosque, se hacía alto, se encendía fuego, se sacaban los pollos
asados, los huevos duros, el aguardiente de caña y la bebida nacional,
llamada «tiste», hecha de cacao y maíz, y se batía en jícaras con
molinillo de madera. Los hombres se alegraban, cantaban al son de la
guitarra y disparaban los tiros al aire y daban los gritos usuales,
estentóreos y alternativos, muy diferentes del chivateo araucano. Se
llegaba al punto terminal y se vivía por algunos días bajo enramadas
hechas con hojas, juncos y cañas verdes, para resguardarse del tórrido
sol. Iban las mujeres por un lado, los hombres por el otro, a bañarse en
el mar, y era corriente el encontrar de súbito, por un recodo el
espectáculo de cien Venus Anadiómenas en las ondas. Las familias se
juntaban por las noches y se pasaba el tiempo bajo aquellos cielos
profundos, llenos de estrellas prodigiosas, jugando juegos de prendas,
corriendo tras los cangrejos, o persiguiendo a las grandes tortugas
llamadas _paslamas_, cuyos huevos se sacan cavando en los nidos que
dejan en la arena.

Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba, solitario, con
mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces, a mirar cosas, en el
cielo, en el mar. Una vez vi una escena horrible, que me quedó grabada
en la memoria. Cerca de una yunta de bueyes, a orillas de un pantano,
dos carreteros que se peleaban echaron mano al machete, pesado y filoso,
arma que sirve para partir la caña de azúcar, y comenzaron a esgrimirlo;
y de pronto vi algo que saltó por el aire. Eran, juntos, el machete y la
mano de uno de ellos.

Por las tardes y las noches paseaban, a caballo o a pie, vociferando,
hombres borrachos. Los soldados, descalzos y vestidos de azul, se los
llevaban presos. Cuando la luna iba menguando, retornaban las familias a
la ciudad.



VI


Por influencia de mi tía Rita, comencé a frecuentar la casa de los
Padres Jesuítas, en la iglesia de la Recolección. Debo decir que desde
niño se me infundió una gran religiosidad que llegaba a veces hasta la
superstición. Cuando tronaba la tormenta y se ponía el cielo negro, en
aquellas tempestades únicas, como no he visto en parte alguna, sacaba mi
tía abuela palmas benditas y hacía coronas para todos los de la casa; y
todos coronados de palmas rezábamos en coro el trisagio y otras
oraciones. Señaladas devociones eran para mí temerosas. Por ejemplo, al
acercarse la fiesta de la Santa Cruz. Porque ¡oh, Dios de los dioses!
martirio como aquél, para mis pocos años, no os lo podéis imaginar.
Llegado ese día, todos nos poníamos delante de las imágenes; y la buena
abuela dirigía el rezo, un rezo que concluía después de varias
jaculatorias, con estas palabras:

      «Vete de aquí, Satanás,
    que en mí parte no tendrás,
    porque el día de la Cruz
    dije mil veces: Jesús.»

Pues el caso es que teníamos en efecto que decir mil veces la palabra
Jesús, y aquello era inacabable. «¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Jesús!» hasta mil;
y a veces se perdía la cuenta y había que volver a empezar.

Los jesuítas me halagaron; pero nunca me sugestionaron para entrar en la
Compañía, seguramente, viendo que yo no tenía vocación para ello. Había
entre ellos hombres eminentes: un padre Koenig, austriaco, famoso como
astrónomo, un padre Arubla, bello e insinuante orador; un padre
Valenzuela, célebre en Colombia como poeta, y otros cuantos. Entré en lo
que se llamaba la Congregación de Jesús, y usé en las ceremonias la
cinta azul y la medalla de los congregantes. Por aquel entonces hubo un
grave escándalo. Los jesuítas ponían en el altar mayor de la iglesia, en
la fiesta de San Luis Gonzaga, un buzón, en el cual podían echar sus
cartas todos los que quisieran pedir algo o tener correspondencia con
San Luis y con la Virgen Santísima. Sacaban las cartas y las quemaban
delante del público; pero se decía que no sin haberlas visto antes. Así
eran dueños de muchos secretos de familia, y aumentaban su influjo por
estas y otras razones. El gobierno decretó su expulsión, no sin que
antes hubiese yo asistido con ellos a los ejercicios de San Ignacio de
Loyola, ejercicios que me encantaban y que por mí hubieran podido
prolongarse indefinidamente por las sabrosas vituallas y el exquisito
chocolate que los reverendos nos daban.



VII


Florida estaba mi adolescencia. Ya tenía yo escritos muchos versos de
amor y ya había sufrido, apasionado precoz, más de un dolor y una
desilusión a causa de nuestra inevitable y divina enemiga: pero nunca
había sentido una erótica llama igual a la que despertó en mis sentidos
e imaginación de niño, una apenas púber saltimbanqui norteamericana, que
daba saltos prodigiosos en un circo ambulante. No he olvidado su nombre:
Hortensia Buislay.

Como no siempre conseguía lo necesario para penetrar en el circo, me
hice amigo de los músicos y entraba a veces, ya con un gran rollo de
papeles, ya con la caja de un violín; pero mi gloria mayor fué conocer
el payaso, a quien hice repetidos ruegos para ser admitido en la
farándula. Mi inutilidad fué reconocida. Así, pues, tuve que resignarme
a ver partir a la tentadora, que me había presentado la más hermosa
visión de inocente voluptuosidad en mis tiempos de fogosa primavera.

Ya iba a cumplir mis trece años y habían aparecido mis primeros versos
en un diario titulado «El Termómetro», que publicaba en la ciudad de
Rivas el historiador y hombre político José Dolores Gómez. No he
olvidado la primera estrofa de estos versos de primerizo, rimados en
ocasión de la muerte del padre de un amigo. Ellos serían ruborizantes si
no los amparase la intención de la inocencia:

      «Murió tu padre, es verdad,
    lo lloras, tienes razón,
    pero ten resignación,
    que existe una eternidad
    do no hay penas...
    y en un trozo de azucena
    moran los justos cantando...»

No, no continuaré. Otros versos míos se publicaron y se me llamó en mi
república, y en las cuatro de Centro América, «el poeta niño». Como era
de razón, comencé a usar larga cabellera, a divagar más de lo preciso, a
descuidar mis estudios de colegial, y en mi desastroso examen de
matemáticas fuí reprobado con innegable justicia.

Como se ve, era la iniciación de un nacido aeda. Y la alarma familiar
entró en mi casa. Entonces, la excelente anciana protectora quería que
aprendiese a sastre, o a cualquier otro oficio práctico y útil, pero mis
románticos éxitos con las mozas eran indiscutibles, lo cual me valía,
por mi contextura endeble y mis escasas condiciones de agresividad, ser
la víctima de fuertes zopencos rivales míos, que tenían brazos robustos
y estaban exentos de iniciación apolínea.



VIII


Un día, una vecina me llamó a su casa. Estaba allí una señora vestida de
negro, que me abrazó y me besó llorando, sin decirme una sola palabra.
La vecina me dijo: «Esta es tu verdadera madre, se llama Rosa, y ha
venido a verte, desde muy lejos». No comprendí de pronto, como tampoco
me dí exacta cuenta de las mil palabras de ternura y consejos que me
prodigara en la despedida que oía de aquella dama para mí extraña. Me
dejó unos dulces, unos regalitos. Fué para mí rara visión. Desapareció
de nuevo. No debía volver a verla hasta más de veinte años después.

Algunas veces llegué a visitar a D. Manuel Darío, en su tienda de ropa.
Era un hombre no muy alto de cuerpo, algo jovial, muy aficionado a los
galanteos, gustador de cerveza negra de Inglaterra. Hablaba mucho de
política y esto le ocasionó en cierto tiempo varios desvaríos. Desde
luego, aunque se mantuvo cariñoso, no con extremada amabilidad, nada me
daba a entender que fuese mi padre. La verdad es que no vine a saber
sino mucho más tarde que yo era hijo suyo.



IX


Por ese tiempo, algo que ha dejado en mi espíritu una impresión
indeleble, me aconteció. Fué mi primer pesadilla. La cuento, porque,
hasta en estos mismos momentos, me impresiona. Estaba yo, en el sueño,
leyendo cerca de una mesa, en la salita de la casa, alumbrada por una
lámpara de petróleo. En la puerta de la calle, no lejos de mí, estaba la
gente de la tertulia habitual. A mi derecha había una puerta que daba al
dormitorio; la puerta estaba abierta y vi en el fondo obscuro que daba
al interior, que comenzaba como a formarse un espectro; y con temor miré
hacia este cuadrado de obscuridad y no vi nada; pero, como volviese a
sentirme inquieto, miré de nuevo y vi que se destacaba en el fondo negro
una figura blanquecina, como la de un cuerpo humano envuelto en lienzos;
me llené de terror, porque vi aquella figura que, aunque no andaba, iba
avanzando hacia donde yo me encontraba. Las visitas continuaban en su
conversación, y, a pesar de que pedí socorro, no me oyeron. Volví a
gritar y siguieron indiferentes. Indefenso, al sentir la aproximación de
«la cosa», quise huir y no pude, y aquella sepulcral materialización
siguió acercándose a mí, paralizándome y dándome una impresión de horror
inexpresable. Aquello no tenía cara y era, sin embargo, un cuerpo
humano. Aquello no tenía brazos y yo sentía que me iba a estrechar.
Aquello no tenía pies y ya estaba cerca de mí. Lo más espantoso fué que
sentí inmediatamente el tremendo olor de la cadaverina, cuando me tocó
algo como un brazo, que causaba en mí algo semejante a una conmoción
eléctrica. De súbito, para defenderme, mordí «aquello» y sentí
exactamente como si hubiera clavado mis dientes en un cirio de cera
oleosa. Desperté con sudores de angustia.

De la familia materna no conocía casi a nadie. Como mis padres eran
primos, los parientes maternos llevaban también con el suyo el apellido
Darío, así oía yo la historia novelesca de dos hermanos de mi madre,
Antonio, llamado «el indio Darío», que por cierto era, según decires, un
hombre guapo, rubio y de ojos azules y que murió asesinado cruelmente en
una revolución en la ciudad de Granada, en donde, después de ultimarle,
le ataron a la cola de un caballo y fué arrastrado por las calles; e
Ignacio, muerto a traición de un escopetazo; unos dicen que por asuntos
de amores y otros que por robarle, después de haber salido de una casa
de juego. Había también dos primos de mi madre, que habitaban en el
puerto de Corinto, y se dedicaban al negocio de exportación de maderas,
especialmente de mora y de palo de campeche.

Cuántas veces me despertaron ansias desconocidas y misteriosos ensueños
las fragatas y bergantines que se iban con las velas desplegadas por el
golfo azul, con rumbo a la fabulosa Europa. En muchas ocasiones fuí al
puerto, en pequeñas barcas, por los esteros y manglares, poblados de
grandes almejas y cangrejos, y me iba a admirar al cónsul inglés,
Miller, que perseguía a balazos, con su winchester, a los tiburones.



X


Se publicaba en León un periódico político titulado _La Verdad_. Se me
llamó a la redacción--tenía a la sazón cerca de catorce años--, se me
hizo escribir artículos de combate que yo redactaba a la manera de un
escritor ecuatoriano, famoso, violento, castizo e ilustre, llamado Juan
Montalvo, que ha dejado excelentes volúmenes de tratados, conminaciones
y catilinarias. Como el periódico _La Verdad_ era de la oposición, mis
estilados denuestos iban contra el gobierno, y el gobierno se escamó. Un
día fuí requerido por la policía. Se me acusaba como vago, y me libré de
las oficiales iras porque un doctor pedagogo, liberal y de buen querer,
declaró que no podía ser vago quien como yo era profesor en el colegio
que él dirigía. En efecto: desde hacía algún tiempo, enseñaba yo
gramática en tal establecimiento.

Cayó en mis manos un libro de masonería, y me dió por ser masón, y
llegaron a serme familiares Hiram, el Templo, los caballeros Kadosh, el
mandil, la escuadra, el compás, las baterías y toda la endiablada y
simbólica liturgía de esos terribles ingenuos.

Con esto adquirí cierto prestigio entre mis jóvenes amigos. En cuanto a
mi imaginación y mi sentido poético, se encantaban en casa con la visión
de las turgentes formas de mi prima, que aun usaba el traje corto; con
la cigarrera Manuela, que manipulando sus tabacos me contaba los cuentos
del príncipe Kamaralzaman y de la princesa Badura, del Caballo Volante,
de los genios orientales, de las invenciones maravillosas de las Mil y
Una Noches.

Brillaba el fuego de los tizones en la cocina, se oía el ruido de las
salvas que sirven para desgranar las mazorcas de maíz. Un perro,
_Laberinto_, estaba a mi lado con el hocico entre las patas. Vageaba en
el silencio la cálida noche. Yo escuchaba atento las lindas fábulas.

Mas la vida pasaba. La pubertad transformaba mi cuerpo y mi espíritu. Se
acentuaban mis melancolías sin justas causas. Ciertamente, yo sentía
como una invisible mano que me empujaba a lo desconocido. Se despertaron
los vibrantes, divinos e irresistibles deseos. Brotó en mí el amor
triunfante y fuí un muchacho con ojeras, con sueños y que se iba a
confesar todos los sábados.

Por este tiempo llegaron a León unos hombres políticos, senadores,
diputados, que sabían de la fama del «poeta niño». Me conocieron. Me
hicieron recitar versos. Me dijeron que era preciso que fuera a la
capital. La mamá Bernarda me echó la bendición, y partí para Managua.

Managua, creada capital para evitar los celos entre León y Granada, es
una linda ciudad situada entra sierras fértiles y pintorescas, en donde
se cultiva profusamente el café; y el lago, poblado de islas y en uno de
cuyos extremos se levanta el volcán de Momotombo, inmortalizado
líricamente por Víctor Hugo, en la «Leyenda de los siglos».

Mi renombre departamental se generalizó muy pronto, y al poco tiempo yo
era señalado como un ser raro. Demás decir que era buscado para la
incontenible manía de versos para álbumes y abanicos.

A la sazón, estaba reunido el Congreso.

Era presidente de él un anciano granadino, calvo, conservador, rico y
religioso, llamado don Pedro Joaquín Chamorro. Yo estaba protegida por
miembros del Congreso pertenecientes al partido liberal, y es claro que
en mis poesías y versos ardía el más violento, desenfadado y crudo
liberalismo. Entre otras cosas se publicó cierto malhadado soneto que
acababa así, si la memoria me es fiel:

      «El Papa rompe con furor su tiara
    sobre el trono del regio Vaticano».

Presentaron los diputados amigos una moción al Congreso para que yo
fuese enviado a Europa a educarme por cuenta de la nación. El decreto,
con algunas enmiendas, fué sometido a la aprobación del presidente. En
esos días se dió una fiesta en el palacio presidencial, a la cual fuí
invitado, como un número curioso, para alegrar con mis versos los oídos
de los asistentes. Llegó y, tras las músicas de la banda militar, se me
pide que recite. Extraje de mi bolsillo una larga serie de décimas,
todas ellas rojas de radicalismo anti-religioso, detonantes,
posiblemente ateas, y que causaron un efecto de todos los diablos. Al
concluir, entre escasos aplausos de mis amigos, oí los murmullos de los
graves senadores, y vi moverse desoladamente la cabeza del presidente
Chamorro. Este me llamó, y, poniéndome la mano en un hombro, me dijo,
más o menos:--«Hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus
padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas
peores?» Y así, la disposición del Congreso no fué cumplida. El
presidente dispuso que se me enviase al Colegio de Granada; pero yo era
de León. Existía una antigua rivalidad entre ambas ciudades, desde
tiempo de la Colonia. Se me aconsejó que no aceptase tal cosa, pues ello
era opuesto a lo resuelto por los congresales, y porque ello humillaba a
mi vecindario leonés; y decididamente renuncié el favor.

En Managua conocí a un historiador ilustre de Guatemala, el doctor
Lorenzo Montúfar, quien me cobró mucho cariño; al célebre orador cubano
Antonio Zambrana, que fué para mí intelectualmente paternal, y al doctor
José Leonard y Bertholet, que fué después mi profesor en el Instituto
Leonés de Occidente y que tuvo una vida novelesca y curiosa. Era polaco
de origen; había sido ayudante del general Kruck en la última
insurrección; había pasado a Alemania, a Francia, a España. En Madrid
aprendió maravillosamente el español, se mezcló en política, fué íntimo
de los prohombres de la república y de hombres de letras, escritores y
poetas, entre ellos D. Ventura Ruiz de Aguilera, que habla de él en uno
de sus libros, y D. Antonio de Trueba. Llegó a tal la simpatía que
tuvieron por él sus amigos españoles que logró ser Leonard hasta
redactor de la _Gaceta de Madrid_.

Así, pues, mis frecuentaciones en la capital de mi patria eran con gente
de intelecto, de saber y de experiencia, y por ellos conseguí que se me
diese un empleo en la Biblioteca Nacional. Allí pasé largos meses
leyendo todo lo posible y entre todas las cosas que leí _¡horrendo
referens!_ fueron todas las introducciones de la Biblioteca de Autores
Españoles de Rivadeneira, y las principales obras de casi todos los
clásicos de nuestra lengua. De allí viene que, cosa que sorprendiera a
muchos de los que conscientemente me han atacado, el que yo sea en
verdad un buen conocedor de letras castizas, como cualquiera puede
verlo en mis primeras producciones publicadas, en un tomo de poesías,
hoy inencontrable, que se titula «Primeras Notas», como ya lo hizo notar
don Juan Valera, cuando escribió sobre el libro «Azul». Ha sido
deliberadamente que después, con el deseo de rejuvenecer, flexibilizar
el idioma, he empleado maneras y construcciones de otras lenguas, giros
y vocablos exóticos y no puramente españoles.

Era director de la Biblioteca Nacional un viejo poeta llamado Antonio
Aragón, que había sido en Guatemala íntimo amigo de un gran poeta
español, hoy bastante desconocido, pero a quien debieron mucho los
poetas hispanoamericanos en el tiempo en que recorrió este continente.
Me refiero a D. Fernando Velarde, originario de Santander, a quien ha
hecho felizmente justicia en uno de sus libros el grande y memorable D.
Marcelino Menéndez y Pelayo. D. Antonio Aragón era un varón excelente,
nutrido de letras universales, sobre todo de clásicos, griegos y
latinos. Me enseñó mucho y él fué el que me contó algo que figura en las
famosas Memorias de Garibaldi. Garibaldi estuvo en Nicaragua. No puedo
precisar en qué fecha, pues no tengo a la vista un libro publicado por
Dumas, y D. Antonio le conoció mucho. Estableció la primera fábrica de
velas que haya habido en el país. Habitó en León en la casa de D. Rafael
Salinas. Se dedicaba a la caza. Muy frecuentemente salía con su fusil,
se internaba por los montes cercanos a la ciudad y volvía casi siempre
con un venado al hombro y una red llena de pavos monteses, conejos y
otras alimañas. Un día, alguien le reprendió porque al pasar el viático,
y estando en la puerta de la casa, no se quitó el sombrero, y él dijo
estas frases, que me repitiera D. Antonio muchas veces: «¿Cree usted que
Dios va a venir a envolverse en harina para que le metan en un saco de
m...?»



XI


Vivía yo en casa del Licenciado Modesto Barrios, y este licenciado
gentil me llevaba a visitas y tertulias. Una noche oí cantar a una niña.

Era una adolescente de ojos verdes, de cabello castaño, de tez levemente
acanelada, con esa suave palidez que tienen las mujeres de Oriente y de
los trópicos. Un cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía
al andar ilusiones de canéfora. Era alegre, risueña, llena de frescura y
deliciosamente parlera, y cantaba con una voz encantadora. Me enamoré
desde luego; fué «el rayo», como dicen los franceses. Nos amamos. Jamás
escribiera tantos versos de amor como entonces. Versos unos que no
recuerdo y otros que aparecieron en periódicos y que se encuentran en
algunos de mis libros. Todo aquel que haya amado en su aurora sabe de
esas íntimas delicias que no pueden decirse completamente con palabras,
aunque sea Hugo el que las diga. Esas exquisitas cosas de los amores
primeros que nos perfuman la vida, dulce, inefable y misteriosamente.
Iba a comer algunas veces en la casa de esta niña, en compañía de
escritores y hombres públicos. En la comida se hablaba de letras, de
arte, de impresiones varias; pero, naturalmente, yo me pasaba las horas
mirando los ojos de la exquisita muchacha que era mi verdadera musa en
esos días dichosos. Una fatal timidez, que todavía me dura, hizo que yo
no fuese al comienzo completamente explícito con ella, en mis deseos, en
mi modo de ser, en mis expresiones. Pasaban deliciosas escenas de una
castidad casi legendaria, en que un roce de mano era la mayor de las
conquistas. Pero para el que haya experimentado tales cosas, todo ello
es hechicero, justo, precioso. Nos poníamos, por ejemplo, a mirar una
estrella, por la tarde, una grande estrella de oro en unos crepúsculos
azules o sonrosados, cerca del lago y nuestro silencio estaba lleno de
maravillas y de inocencia. El beso llegó a su tiempo y luego llegaron a
su tiempo los besos. ¡Cuán divino y criollo Cantar de los cantares! Allí
comprendí por primera vez en su profundidad: «Mel et lac sub lingua
tua». Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras
cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que
no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La
pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el
lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va por el jardín. Los
viejos duermen en la hamaca. Entonces, en la hora tibia, dos manos se
juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se
compenetran mutuas voliciones; no se quiere pensar, no se quiere saber
si se existe, y una voluptuosidad miliunanochesca perfuma de esencias
tropicales el triunfo de la atracción y del instinto.

Aconteció que un amigo mío estaba moribundo, y, como es por allí
costumbre, las familias amigas iban a velar al enfermo. Iba así la joven
que yo amaba, y alguien me insinuó que ella había tenido amores con el
doliente. No recuerdo haber sentido nunca celos tan purpúreos y
trágicos, delante del hombre pálido que estaba yéndose de la vida, y a
quien mi amada daba a veces las medicinas. Juro que nunca, durante toda
mi existencia, a no ser en instantes de violencia o provocada ira, he
deseado mal o daño a nadie; pero en aquellos momentos se diría que casi
ponía oídos deseosos, para escuchar si sonaba cerca de la cabecera el
ruido de la hoz de la muerte. Esto lo he dicho concentradamente en unos
cortos versos de mi hoy raro libro publicado en Chile, «Abrojos». Amor
sensual, amor de tierra caliente, amor de primera juventud, amor de
poeta y de hiperestésico, de imaginativo. Pero es el caso que había en
él una estupenda castidad de actos. Todo se iba en ver las garzas del
lago, los pájaros de las islas, las nocturnas constelaciones, y en
medias palabras y en profundas miradas y en deseos contenidos y en esa
profusión de cosas iniciales que constituyen el silabario que todos
sabéis deletrear.

Un día dije a mis amigos:--«Me caso». La carcajada fué homérica. Tenía
apenas catorce años cumplidos. Como mis buenos queredores viesen una
resolución definitiva en mi voluntad, me juntaron unos cuantos pesos, me
arreglaron un baúl y me condujeron al puerto de Corinto, donde estaba
anclado un vapor que me llevó en seguida a la república de El Salvador.



XII


Gobernaba este país entonces el doctor Rafael Zaldívar, hombre culto,
hábil, tiránico para unos, bienhechor para otros, y a quien, habiendo
sido mi benefactor y no siendo yo juez de historia, en este mundo, no
debo sino alabanzas y agradecimientos. Llegar yo al puerto de La
Libertad y poner un telegrama a su excelencia todo fué uno.
Inmediatamente recibí una contestación halagadora del presidente, que se
encontraba en una hacienda, en el cual telegrama era muy gentil conmigo
y me anunciaba una audiencia en la capital. Llegué a la capital. Al
cochero que me preguntó a qué hotel iba, le contesté sencillamente: «Al
mejor». El mejor, de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quiero, lo
tenía un barítono italiano, de apellido Petrilli, y era famoso por sus
macarroni y su moscato espumante y las bellas artistas que llegaban a
cantar ópera y a recoger el pañuelo de un galante, generoso,
infatigable sultán presidencial. A los pocos días recibí aviso de que el
presidente me esperaba en la casa de gobierno. Mozo flaco y de larga
cabellera, pretérita indumentaria y exhaustos bolsillos, me presenté
ante el gobernante. Pasé entre los guardias y me encontré tímido y
apocado delante del jefe de la República, que recibía, de espaldas a la
luz, para poder examinar bien a sus visitantes. Mi temor era grande y no
encontraba palabras que decir. El presidente fué gentilísimo y me habló
de mis versos y me ofreció su protección; mas cuando me preguntó qué era
lo que yo deseaba, contesté, ¡oh, inefable Jerome Paturot!, con estas
exactas e inolvidables palabras, que hicieron sonreír al varón de
poder:--«Quiero tener una buena posición social. ¿Qué entendería yo por
tener una posición social? Lo sospecho. El doctor Zaldívar, siempre
sonriendo, me contestó bondadosamente:--«Eso depende de usted...» Me
despedí. Cuando llegué al hotel, al poco rato, me dijeron que el
director de policía deseaba verme. Noté en él y en el dueño del hotel un
desusado cariño. Se me entregaron quinientos pesos plata, obsequio del
presidente. ¡Quinientos pesos plata! Macarroni, moscato espumante,
artistas bellas... Era aquello, en la imaginación del ardiente muchacho
flaco y de cabellos largos, ensoñador y lleno de deseos, un buen
comienzo para tener una buena posición social...

Al día siguiente, por la mañana, estaba yo rodeado improbables poetas
adolescentes, escritores en en ciernes y aficionados a las musas.
Ejercía de nabab. Los invité a almozar. Macarroni-moscato espumante. El
esplendor continuó hasta la tarde, y llegó la noche.

¿Qué pícaro Belcebú hizo en las altas horas que me levantase y fuese a
tocar la puerta de la bella diva que recibía altos favores y que
habitaba en el mismo hotel que yo? Nocturno efecto sensacional, desvarío
y locura. Al día siguiente, estaba yo todo mohino y lleno de
remordimientos. La cara del hostelero me indicaba cosas graves, y aunque
yo hablara de mi amistad presidencial, es el caso que mis méritos
estaban en baja. A los pocos días, los quinientos pesos se habían
esfumado y recibí la visita del mismo director de Policía que me los
había traído. Dije yo:--«Viene con otros quinientos pesos».--«Joven--me
dijo con un aire serio y conminatorio--, aliste sus maletas y, de orden
del señor presidente, sígame». Le seguí como un corderito.

Me llevó a un colegio que dirigía cierto célebre escritor, el doctor
Reyes. Oí que el terrible funcionario decía al director: «Que no deje
usted salir a este joven, que lo emplee en el colegio y que sea severo
con él». Dije para mí: «Estoy perdido». Pero el director era un hombre
suave, insinuante, con habilidad indígena, culto y malicioso, y
comprendió qué clase de soñador le llevaban. «Amiguito--me dijo--, no
encontrará usted en mí severidad sino amistad; pórtese bien, dará usted
una clase de gramática. Eso sí, no saldrá usted a la calle, porque es
orden estricta del señor presidente». En efecto, comencé a hacer mi vida
escolar, no sin causar desde luego en el establecimiento inusitadas
revoluciones. Por ejemplo, me hice magnetizador entre los muchachos.
Hacía misteriosos pases y decía palabras sibilinas, y lo peor del caso
es que un día uno de los chicos se me durmió de veras y no lo podía
despertar, hasta que a alguien se le ocurrió echarle un vaso de agua
fría en la cabeza. El director me llamó y me dijo palabras reprensivas.
No insistí, pero enseñé a recitar versos a todos los alumnos y era
consultado para declaraciones y cartas de amor. En tal prisión estuve
largos meses, hasta que un día, también por orden presidencial, fuí
sacado para algo que señaló en mi vida una fecha inolvidable: el estreno
de mi primer frac y primera comunicación con el público.

El presidente había resuelto que fuese yo--la verdad es que ello era
honroso y satisfactorio para mis pocos años--el que abriese oficialmente
la velada que se dió en celebración del Centenario de Bolívar. Escribí
una oda que, según lo que vagamente recuerdo, era bella, clásica,
correcta, muy distinta naturalmente, a toda mi producción en tiempos
posteriores.

Aquí se produce en mi memoria una bruma que me impide todo recuerdo.
Solo sé que perdí el apoyo gubernamental. Que anduve a la diabla con
mis amigos bohemios y que me enamoré ligera y líricamente de una
muchacha que se llamaba Refugio, a la cual escribí, en cierta ocasión,
esta inefable cuarteta, que tuvo desde luego alguna romántica
recompensa:

      Las que se llaman Fidelias
    Deben tener mucha fe;
    Tú, que le llamas Refugio,
    Refugio, refugiamé.

Era una chica de catorce años, tímida y sonriente, gordita y sonrosada
como una fruta. El caso fué simplemente poético y sin trascendencias.
Poco tiempo después volví a mi tierra.



XIII


De nuevo en Nicaragua, reanudé mis amoríos con la que una vez llamé
«garza morena». Era presidente de la República el general Joaquín
Zabala, granadino, conservador, gentilhombre, excelente sujeto para el
gobierno y de seguros prestigios. Se me consiguió un empleo en la
secretaría presidencial. Escribí en periódicos semioficiales versos y
cuentos y uno que otro artículo político. Siempre lleno de ilusiones
amorosas, mi encanto era irme a la orilla del lago por las noches llenas
de insinuante tibieza. Me acostaba en el muelle de madera. Miraba las
estrellas prodigiosas, oía el chapoteo de las aguas agitadas. Pensaba.
Soñaba. ¡Oh, sueños dulces de la juventud primaveral! Revelaciones
súbitas de algo que está en el misterio de los corazones y en la
reconditez de nuestras mentes; conversación con las cosas en un
lenguaje sin fórmula, vibraciones inesperadas de nuestras íntimas fibras
y ese reconcentrar por voluntad, por instinto, por influencia divina en
la mujer, en esa misteriosa encarnación que es la mujer, todo el cielo y
toda la tierra. Naturalmente, en aquellas mis solitarias horas brotaban
prosas y versos y la erótica hoguera iba en aumento. Hacía viajes a
veces a Momotombo, el puerto del lago. Admiraba los pájaros de las
islas. En ocasiones cazaba cocodrilos con Whinchester, en compañía de un
rico y elegante amigo llamado Lisímaco Lacayo. Mi trabajo en la
secretaría del presidente, bajo la dirección de un íntimo amigo,
escritor, que tuvo después un trágico fin en Costa Rica--Pedro Ortiz--me
daba lo suficiente para vivir con cierta comodidad.

A causa de la mayor desilusión que pueda sentir un hombre enamorado,
resolví salir de mi país. ¿Para dónde? Para cualquier parte. Mi idea era
irme a los Estados Unidos. ¿Por qué el país escogido fué Chile? Estaba
entonces en Managua un general y poeta salvadoreño, llamado D. Juan
Cañas, hombre noble y fino, de aventuras y conquistas, minero en
California, militar en Nicaragua cuando la invasión del yankee Walker.
Hombre de verdadero talento, de completa distinción, y bondad
inagotable. Chilenófilo decidido desde que en Chile fué diplomático allá
por el año de la Exposición Universal. «Vete a Chile--me dijo--. Es el
país a donde debes ir»--. «¿Pero, D. Juan--le contesté--, cómo me voy a
ir a Chile si no tengo los recursos necesarios?--«Vete a nado--me
dijo--aunque te ahogues en el camino». Y el caso es que entre él y otros
amigos me arreglaron mi viaje a Chile. Llevaba como único dinero unos
pocos paquetes de soles peruanos y como única esperanza dos cartas que
me diera el general Cañas--una para un joven que había sido íntimo amigo
suyo y que residía en Valparaíso, Eduardo Poirier, y otra para un alto
personaje de Santiago.

En ese tiempo vino la guerra que por la unión de las cinco repúblicas de
Centro América declarara el presidente de Guatemala, Rufino Barrios. En
Nicaragua había subido al poder, después de Zabala, el doctor Cárdenas.
Y anduve entre proclamas, discursos y fusilerías. Vino un gran
terremoto. Estando yo de visita en una casa, oí un gran ruido y sentí
palpitar la tierra bajo mis pies; instintivamente tomé en brazos a una
niñita que estaba cerca de mí, hija del dueño de casa, y salí a la
calle; segundos después la pared caía sobre el lugar en que estábamos.
Retumbaba el enorme volcán huguesco, llovía cenizas. Se obscureció el
sol, de modo que a las dos de la tarde se andaba por las calles con
linternas. Las gentes rezaban, había un temor y una impresión
medioevales. Así me fuí al puerto como entre una bruma. Tomé el vapor,
un vapor alemán de la compañía _Kosmos_, que se llamaba Uarda. Entré a
mi camarote, me dormí. Era yo el único pasajero. Desperté horas después
y fuí sobre cubierta. A lo lejos quedaban las costas de mi tierra. Se
veía sobre el país una nube negra. Me entró una gran tristeza. Quise
comunicarme con las gentes de a bordo, con mi precario inglés, y no pude
hacerme entender. Así empezaron largos días de navegación entre alemanes
que no hablaban más lengua que la suya. El capitán me tomó cariño, me
obsequiaba en la comida con buenos vinos del Rhin, cervezas teutónicas y
refinados alcoholes. Y por el juego del dominó aprendí a contar en
alemán: eins, zwei, drei, vier, fünf... Visité todos los puertos del
Pacífico, entre los cuales aquellos donde no hay árboles, ni agua, y los
hoteleros, para distracción de sus huéspedes, tienen en tablas, que
colocan como biombos, pintados árboles verdes y aun llenos de flores y
frutas.



XIV


Por fin, el vapor llega a Valparaíso. Compro un periódico. Veo que ha
muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo
un artículo. Desembarco. La misma cosa que en el Salvador: ¿qué hotel?
El mejor.

No fué el mejor, sino un hotel de segunda clase en donde se hospedaba un
pianista francés llamado el capitán Yoyer. Hice buscar a Eduardo
Poirier, y al poco rato este hombre generoso, correcto y eficaz estaba
conmigo, dándome la ilusión de un Chile espléndido y realizable para mis
aspiraciones. “El Mercurio”, de Valparaíso, publicó mi artículo sobre
Vicuña Mackenna y me lo pagó largamente. Poirier fué entonces, después y
siempre, como un hermano mío. Pero había que ir inmediatamente a
Santiago, a la capital. Poirier me pidió la carta que traía yo para
aquel personaje eminente en la ciudad directiva y la envió al
destinatario.

Mi artículo en «El Mercurio», mi renombre anterior... Contestó aquel
personaje que tenía en el Hotel de France ya listas las habitaciones
para el señor Darío y que me esperaría en la estación. Tomé el tren para
Santiago.

Por el camino no fueron sino rápidas visiones para ojos de poeta, y he
aquí la capital chilena.

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones,
mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana.
Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan
y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos
a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando
diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos,
cochero estirado y _valet_, y un señor todo envuelto en pieles, tipo de
financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo.
Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos
dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso,
asombrado y despectivo me preguntó:--¿«Sería usted acaso el señor Rubén
Darío?». Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado
pregunté:--«¿Sería usted acaso el señor C. A.»? Entonces vi desplomarse
toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella
mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga,
mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantaloncitos estrechos que
yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi
valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué
prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras
cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de
rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel
reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un
secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí.--«Tengo--me dijo--mucho placer en
conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le
hablé a su amigo Poirier. No le conviene».

Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la
fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida
práctica, la ilusión que aquel político opulento tenía respecto al poeta
que llegaba de Centro América. Y no había, en resumidas cuentas, más que
el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y
sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su
larga cabellera.



XV


Por recomendación de aquel distinguido caballero entré inmediatamente en
la redacción de «La Época», que dirigía el señor Eduardo Mac-Clure, y
desde ese momento me incorporé a la joven intelectualidad de Santiago.
Se puede decir que la «élite» juvenil santiaguina se reunía en aquella
redacción, por donde pasaban graves y directivos personajes. Allí conocí
a D. Pedro Montt; a D. Agustín Edwards, cuñado del director del diario;
a D. Augusto Orrego Luco; al doctor Federico Puga Borne, actual ministro
de Chile en Francia, y a tantos otros que pertenecían a la alta política
de entonces.

La falange nueva la componía un grupo de muchachos brillantes que han
tenido figuración, y algunos la tienen, no solamente en las letras,
sino también en puesto de gobierno. Eran habituales a nuestras
reuniones Luis Orrego Luco; el hijo del presidente de la República,
Pedro Balmaceda; Manuel Rodríguez Mendoza; Jorge Huneeis Gana; su
hermano Roberto; Alfredo y Galo Irarrázabal; Narciso Tondreau; el pobre
Alberto Blest, ido tan pronto; Carlos Luis Hübner y otros que animaban
nuestros entusiasmos con la autoridad que ya tenían; por ejemplo: el
sutil ingenio de Vicente Grez o la romántica y caballeresca figura de
Pedro Nolasco Préndez.

Luis Orrego Luco hacía presentir ya al escritor de emoción e imaginación
que había de triunfar con el tiempo en la novela. Rodríguez Mendoza era
entendedor de artísticas disciplinas y escritor político que fué muy
apreciado. A él dediqué mi colección de poesías «Abrojos». Jorge Huneeis
Gana se apasionaba por lo clásico. Hoy mismo, que la diplomacia le ha
atraído por completo, no olvida sus ganados lauros de prosista y publica
libros serios, correctos e interesantes. Su hermano Roberto era un poeta
sutil y delicado; hoy ocupa una alta posición en Santiago. Galo
Irarrázabal murió, no hace mucho tiempo, de diplomático, y su hermano
Alfredo, que en aquella época tenía el cetro sonoro de la poesía alegre
y satírica, es ahora ministro plenipotenciario en el Japón. Tondreau
hacía versos gallardos y traducía a Horacio. Ha sido intendente de una
provincia. Todos los demás han desaparecido; muy recientemente el
cordial y perspicaz Hübner.

Mac-Clure solía aparecer a avivar nuestras discusiones con su rostro
sonriente y su inseparable habano. Era lo que en España se llama un
hidalgo y en Inglaterra un «gentleman».

La impresión que guardo de Santiago, en aquel tiempo, se reduciría a lo
siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder
vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades
aristocráticas. Terror del cólera que se presentó en la capital. Tardes
maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el
lago del parque Cousiño. Horas nocturnas con Alfredo Irarrázabal, con
Luis Orrego Luco o en el silencio del Palacio de la Moneda, en compañía
de Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli, hijo del
ministro de Italia.

Debo contar que una tarde, en un «lunch», que allí llaman hacer «once»,
conocí al presidente Balmaceda. Después debía tratarle más detenidamente
en Viña del Mar. Fuí invitado a almorzar por él. Me colocó a su derecha,
lo cual, para aquel hombre lleno de justo orgullo, era la suprema
distinción. Era un almuerzo familiar. Asistía el canónigo doctor
Florencio Fontecilla, que fué más tarde obispo de La Serena y el general
Orozimbo Barboza, a la sazón ministro de la Guerra.

Era Balmaceda, a mi entender, el tipo del romántico-político y selló con
su fin su historia. Era alto, garboso, de ojos vivaces, cabellera
espesa, gesto señorial, palabra insinuante--al mismo tiempo autoritaria
y melíflua. Había nacido para príncipe y para actor. Fué el rey de un
instante, de su patria; y concluyó como un héroe de Shakespeare. ¿Qué
más recuerdos de Santiago que me sean intelectualmente simpáticos?: La
capa de D. Diego Barros Arana; la tradicional figura de los Amunátegui;
D. Luis Montt en su biblioteca.

Voy a referir algo que se relaciona con mi actuación en la redacción de
_La Epoca_. Una noche apareció nuestro director en la tertulia y nos
dijo lo siguiente:

«Vamos a dedicar un número a Campoamor, que nos acaba de enviar una
colaboración. Doscientos pesos al que escriba la mejor cosa sobre
Campoamor». Todos nos pusimos a la obra. Hubo notas muy lindas; pero por
suerte, o por concentración de pensamiento, ninguna de las poesías
resumía la personalidad del gran poeta como esta décima mía:

      «Este del cabello cano
    como la piel del armiño,
    juntó su candor de niño
    con su experiencia de anciano.
    Cuando se tiene en la mano
    un libro de tal varón,
    abeja es cada expresión,
    que volando del papel
    deja en los labios la miel
    y pica en el corazón».

Debo confesar, sin vanidad ninguna, que todos los compañeros aprobaron
la disposición del director que me adjudicaba el ofrecido premio.

Y ahora quiero evocar al triste, malogrado y prodigioso Pedro Balmaceda.
No ha tenido Chile poeta más poeta que él. A nadie se le podría aplicar
mejor el adjetivo de Hamlet: «Dulce príncipe». Tenía una cabeza
apolínea, sobre un cuerpo deforme. Su palabra era insinuante,
conquistadora, áurea. Se veía también en él la nobleza que le venía por
linaje. Se diría que su juventud estaba llena de experiencia. Para sus
pocos años tenía una sapiente erudición. Poseía idiomas. Sin haber ido a
Europa sabía detalles de bibliotecas y museos. ¿Quién escribía en ese
tiempo sobre arte, sino él? ¿Y, quién daba en ese instante una vibración
de novedad de estilo como él? Estoy seguro de que todos mis compañeros
de aquel entonces acuerdan conmigo la palma de la prosa a nuestro Pedro,
lamentado y querido.

Y, ¿cómo no evocar ahora que él fué quien publicara mi libro «Abrojos»,
respecto al cual escribiera una página artística y cordial?



XVI


Por Pedro pasé a Valparaíso, en donde--¡anomalía!--iba a ocupar un
puesto en la Aduana.

Valparaíso, para mí, fué ciudad de alegría y de tristeza, de comedia y
de drama y hasta de aventuras extraordinarias. Estas quedarán para
después.

Pero no dejaré de narrar mi permanencia y mi salida de la redacción de
_El Heraldo_. Lo dirigía a la sazón Enrique Valdés Vergara. Era un
diario completamente comercial y político. Había sido yo nombrado
redactor por influencia de don Eduardo de la Barra, noble poeta y
excelente amigo mío. Debo agregar para esto la amistad de un hombre muy
querido y muy desgraciado en Chile: Carlos Toribio Robinet.

Se me encargó una crónica semanal. Escribí la primera sobre _sports_. A
la cuarta me llamó el director y me dijo: «Usted escribe muy bien...
Nuestro periódico necesita otra cosa... Así es que le ruego no
pertenecer más a nuestra redacción...» Y, por escribir muy bien, me
quedé sin puesto.

¡Que no olvide yo estos tres nombres protectores: Poirier, Galleguillos
Lorca y Sotomayor!

Mi vida en Valparaíso se concentra en ya improbables o ya hondos
amoríos; en vagares a la orilla del mar, sobre todo por Playa Ancha;
invitaciones a bordo de los barcos, por marinos amigos y literarios;
horas nocturnas, ensueños matinales, y lo que era entonces mi vibrante y
ansiosa juventud.

Por circunstancias especiales e inquerida bohemia, llegaron para mí
momentos de tristeza y escasez. No había sino partir. Partir gracias a
don Eduardo de la Barra, Carlos Toribio Robinet, Eduardo Poirier y otros
amigos.

Antes de embarcar a Nicaragua aconteció que yo tuviese la honra de
conocer al gran chileno D. José Victorino Lastarria. Y fué de esta
manera: Yo tenía, desde hacía mucho tiempo, como una viva aspiración el
ser corresponsal de _La Nación_ de Buenos Aires. He de manifestar que es
en ese periódico donde comprendí a mi manera el manejo del estilo y que
en ese momento fueron mis maestros de prosa dos hombres muy diferentes:
Paul Groussac y Santiago Estrada, además de José Martí. Seguramente en
uno y otro existía espíritu de Francia. Pero de un modo decidido,
Groussac fué para mí el verdadero conductor intelectual.

Me dijo D. Eduardo de la Barra: Vamos a ver a mi suegro, que es íntimo
amigo del general Mitre, y estoy seguro de que él tendrá un gran placer
en darle una carta de recomendación para que logremos nuestro objeto, y
también estoy seguro de que el general Mitre aceptará inmediatamente la
recomendación. En efecto, a vuelta de correo, venía la carta del
general, con palabras generosas para mí, y diciéndome que se me
autorizaba para pertenecer desde ese momento a _La Nación_.

Quiso, pues, mi buena suerte que fuesen un Lastarria y un Mitre quienes
iniciasen mi colaboración en ese gran diario.

Estaba Lastarria sentado en una silla Voltaire. No podía moverse por su
enfermedad. Era venerable su ancianidad ilustre. Fluía de él autoridad y
majestad.

Había mucha gloria chilena en aquel prócer. Gran bondad emanaba de su
virtud y nunca he sentido en América como entonces la majestad de una
presencia sino cuando conocí al general Mitre en la Argentina y al
doctor Rafael Núñez en Colombia.

Con mi cargo de corresponsal de _La Nación_ me fuí para mi tierra, no
sin haber escrito mi primera correspondencia fechada el 3 de Febrero de
1889, sobre la llegada del crucero brasileño _Almirante Barroso_ a
Valparaíso, a cuyo bordo iba un príncipe, nieto de D. Pedro.

En todo este viaje no recuerdo ningún incidente, sino la visión de la
«débâcle» de Panamá: Carros cargados de negros africanos que aullaban
porque, según creo, no se les habían pagado sus emolumentos. Y aquellos
hombres desnudos y con los brazos al cielo, pedían justicia.



XVII


Al llegar a este punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo
equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer o
posponer la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que
aconteció después en momentos que no le corresponde y viceversa. Es
fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria.
Así, por ejemplo, pienso en algo importante que olvidé cuando he tratado
de mi primera permanencia en San Salvador.

Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de
ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo
indecible, me sentí mal en la calle. En la ciudad había una epidemia
terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba sería un malestar
causado por el desvelo, pero resultó que desgraciadamente era el temido
morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en
el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y
entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro
Salinas, que fué el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de
clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una
habitación especial y fuí atendido, verdaderamente, como si hubiese sido
un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres
Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud, y sin
temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví
algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los
dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fuí tan bien servido,
que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas
cicatrices que señalan el paso de la viruela.

En lo referente a mi permanencia en Chile, olvidé también un episodio
que juzgo bastante interesante. Cuando habitaba en Valparaíso, tuve la
protección de un hombre excelente y de origen humilde: el doctor
Galleguillos Lorca, muy popular y muy mezclado entonces en política,
siendo una especie de «leader» entre los obreros. Era médico homeópata.
Había comenzado de minero, trabajando como un peón; pero dotado de
singulares energías, resistentes y de buen humor, logró instruirse
relativamente y llegó a ser lo que era cuando yo le conocí. Llegaban a
su consultorio tipos raros, a quienes daba muchas veces no sólo las
medicinas, sino también dinero. La hampa de Valparaíso tenía en él a su
galeno. Le gustaba tocar la guitarra, cantar romances, e invitaba a sus
visitantes, casi siempre gente obrera, a tomar unos «ponches» compuestos
de agua, azúcar y aguardiente, el aguardiente que llamaban en Chile
«guachacay». Era ateo y excelente sujeto. Tenía un hijo a quien
inculcaba sus ideas en discursos burlones, de un volterianismo ingenuo y
un poco rudo. El resultado fué que el pobre muchacho, según supe
después, a los veintitantos años se pegó un tiro.

Una ocasión me dijo el doctor Galleguillos: «¿Quiere usted acompañarme
esta noche a una visita que tengo que hacer por los cerros?». Los cerros
de Valparaíso tenían fama de peligrosos en horas nocturnas, mas yendo
con el doctor Galleguillos me creía salvo de cualquier ataque y acepté
su invitación. Tomó él su pequeño botiquín y partimos. La noche era
obscura, y cuando estuvimos a la entrada de la estribación de la
serranía, el comienzo era bastante difícil, lleno de barrancos y
hondonadas. Llegaba a nuestros oídos, de cuando en cuando, algún tiro
más o menos lejano. Al entrar a cierto punto, un farolito surgió detrás
de unas piedras. El doctor silbó de un modo especial, y el hombre que
llevaba el farolito se adelantó a nosotros.--«¿Están los
muchachos?--preguntó Galleguillos.--«Sí, señor», contestó el rotito. Y
sirviéndonos de guía, comenzó a caminar y nosotros tras él. Anduvimos
largo rato, hasta llegar a una especie de choza o casa, en donde
entramos. Al llegar hubo una especie de murmullo entre un grupo de
hombres que causaron en mí vivas inquietudes. Todos ellos tenían traza
de facinerosos, y en efecto lo eran. Más o menos asesinos, más o menos
ladrones, pues pertenecían a la mala vida. Al verme me miraron con
hostiles ojos, pero el doctor les dijo algunas palabras y ello calmó la
agitación de aquella gente desconfiada. Había una especie de cantina, o
de boliche, en que se amontonaban unas cuantas botellas de diferentes
licores. Estaban bebiendo, según la costumbre popular, un «ponche»
matador, en un vaso enorme que se denomina «potrillo» y que pasa de mano
en mano y de boca en boca. Uno de los mal entrazados me invitó a beber;
yo rehusé con asco instintivo; y se produjo un movimiento de protesta
furiosa entre los asistentes.--«Beba pronto, me dijo por lo bajo el
doctor Galleguillos, y déjese de historias». Yo comprendí lo peligroso
de la situación y me apresuré a probar aquel ponche infernal. Con esto
satisfice a los rotos. Luego llamaron al doctor y pasamos a un cuarto
interior. En una cama, y rodeado de algunas mujeres, se encontraba un
hombre herido. El doctor habló con él, le examinó y le dejó unas cuantas
medicinas de su botiquín. Luego salimos, acompañados entonces de otros
rotos que insistieron en custodiarnos, porque, según decían, había sus
peligros esa noche. Así, entre las tinieblas, apenas alumbrados por un
farolito, entramos de nuevo a la ciudad. Era ya un poco tarde y el
doctor me invitó a cenar.--«Iremos--dijo--, a un lugar curioso, para que
lo conozca.» En efecto, por calles extraviadas, llegamos a no recuerdo
ya qué casa, tocó mi amigo una puerta que se entreabrió y penetramos. En
el interior había una especie de «restaurant», en donde cenaban personas
de diversas cataduras. Ninguna de ellas con aspecto de gente pacífica y
honesta. El doctor llamó al dueño del establecimiento y me
presentó.--«Pasen adentro», nos dijo éste. Seguimos más al fondo de la
casa, no sin cruzar por un patio húmedo y lleno de hierba. «Aquí hay
enterrados muchos», me dijo en voz baja el médico. En otro comedor se
nos sirvió de cenar y yo oía las voces que en un cuarto cerrado daban de
cuando en cuando algunos individuos. Aquello era una timba del peor
carácter. Casi de madrugada salimos de allí y la aventura me impresionó
de modo que no la he olvidado. Así no podía menos de contarla esta vez.



XVIII


Y ahora, continuaré el hilo de mi interrumpida narración. Me encuentro
de vuelta de Chile, en la ciudad de León, de Nicaragua.

Estoy de nuevo en la casa de mis primeros años. Otros devaneos han
ocupado mi corazón y mi cabeza. Hay un apasionamiento súbito por cierta
bella persona que me hace sufrir con la sabida felinidad femenina, y hay
una amiga inteligente, graciosa, aficionada a la literatura, que hace lo
posible por ayudarme en mi amorosa empresa; y lo hace de tal manera que
cuando, por fin, he perdido mi última esperanza con la otra, entregada
desdichadamente a un rival más feliz, me encuentro enloquecido por mi
intercesora. Esta inesperada revolución amorosa se prolonga en la ciudad
de Chinandega, en donde, ¡desventurado de mí! iba a casarse el ídolo de
mis recientes anhelos. Y allí nuevas complicaciones sentimentales me
aguardaban, con otra joven, casi una niña; y quién sabe en qué hubiera
parado todo eso, si por segunda vez amigos míos, entre ellos el coronel
Ortiz, hoy general, y que ha sido vicepresidente de la República, no me
facturan apresuradamente para El Salvador. Lo que provocó tal medida fué
que una fiesta dada por el novio de aquella a quien yo adoraba, y a la
cual no sé por qué ni cómo, fuí invitado, con el aguijón de los
excitantes del diablo, y a pedido de no sé quién, empecé a improvisar
versos, pero versos en los cuales decía horrores del novio, de la
familia de la novia, ¡qué sé yo de quién más! Y fuí sacado de allí más
que de prisa. Una vez llegado a la capital salvadoreña busqué algunas de
mis antiguas amistades, y una de ellas me presentó al general Francisco
Menéndez, entonces presidente de la República. Era éste, al par que
militar de mérito, conocido agricultor y hombre probo. Era uno de los
más fervientes partidarios de la Unión centroamericana, y hubiera hecho
seguramente el sacrificio de su alto puesto por ver realizado el ideal
unionista que fuera sostenido por Morazán, Cabañas, Jerez, Barrios y
tantos otros. En esos días se trataba cabalmente de dar vida a un nuevo
movimiento unificador, y es claro que el presidente de El Salvador era
uno de los más entusiastas en la obra.

A los pocos días me mandó llamar y me dijo:--«¿Quiere usted hacerse
cargo de la dirección de un diario que sostenga los principios de la
Unión?».--«Desde luego, señor presidente», le conteste--. «Está bien»,
me dijo, «daré orden para que en seguida se arregle todo lo necesario».
En efecto, no pasó mucho sin que yo estuviera a la cabeza de un diario,
órgano de los unionistas centroamericanos y que, naturalmente, se
titulaba «La Unión».

Estaba remunerado con liberalidad. Se me pagaban aparte los sueldos de
los redactores. Se imprimía el periódico en la imprenta nacional y se me
dejaba todo el producto administrativo de la empresa. El diario empezó a
funcionar con bastante éxito. Tenía bajo mis órdenes a un escritor
político de Costa Rica, a quien encomendé los artículos editoriales: D.
Tranquilino Chacón; a un fulminante colombiano, famoso en Centro América
como orador, como taquígrafo y aun como militar y como revolucionario,
un buen diablo, Gustavo Ortega; y a cierto malogrado poeta
costarriqueño, mozo gentil, que murió de tristeza y de miseria, aunque
en sus últimos días tuviese el gobierno de Costa Rica la buena idea de
hacerle ir a Barcelona para que siquiera lograse el consuelo de morir
después de haber visto Europa; me refiero a Equileo Echeverría. Luego,
contaba con la colaboración de las mejores inteligencias del país y del
resto de la América Central; y el diario empezó su carrera con mucha
suerte.

Habitaba entonces en San Salvador la viuda de un famoso orador de
Honduras, Alvaro Contreras, que, si no estoy mal informado, tiene hoy
un monumento. Fué este hombre, vivaz y lleno de condiciones brillantes,
un verdadero dominador de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió
persecuciones por ello. En tiempo de la guerra del Pacífico fundó un
diario en Panamá en defensa de los intereses peruanos. Su viuda tenía
dos hijas: a ambas había conocido yo en los días de mi infancia y en
casa de mi tía Rita. Eran de aquellas compañeras que alegraban nuestras
fiestas pueriles, de aquellas con quienes bailábamos y con quienes
cantábamos canciones en las novenas de la Virgen, en las fiestas de
Diciembre. Esas dos niñas eran ya dos señoritas. Una de ellas casó con
el hijo de un poderoso banquero, a pesar de la modesta condición en que
quedara la familia después de la muerte de su padre. Yo frecuenté la
casa de la viuda, y al amor del recuerdo y por la inteligencia, sutileza
y superiores dotes de la otra niña, me vi de pronto envuelto en nueva
llama amorosa. Ello trascendió en aquella reducida sociedad
amable:--«¿Por qué no se casa?», me dijo una vez el presidente--.
«Señor, le conteste, es lo que pienso hacer en seguida.» Y, con el
beneplácito de mi novia y de su madre, me puse a tomar las disposiciones
necesarias para la realización de mi matrimonio. Entre tanto, uno de mis
amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizás sea de los más
sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy
cuenta la América española. Fué con Gavidia, la primera vez que estuve
en aquella tierra salvadoreña, con quien penetran en iniciación
ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura
mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero
seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí
la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde. A
Gavidia acontecióle un caso singularísimo, que me narrara alguna vez, y
que dice cómo vibra en su cerebro la facultad del ensueño, de tal manera
que llegó a exteriorizarse con tanta fuerza. Sucedió que siendo muy
joven, recién llegado a París, iba leyendo un diario por un puente del
Sena, en el cual diario encontró la noticia de la ejecución de un
inocente. Entonces se impresionó de tal manera que sufrió la más
singular de las alucinaciones. Oyó que las aguas del río, los árboles de
la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante
gritaban:--«¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa
injusticia!» E incontinenti se arrojó al río. Felizmente alguien le vió
y pudo ser salvado inmediatamente. Le prodigaron los auxilios y fué
conducido al consulado de El Salvador, cuyas señas llevaba en el
bolsillo. Después, en su país, ha publicado bellos libros y escrito
plausibles obras dramáticas; se ha nutrido de conocimientos diversos y
hoy es director de la Biblioteca Nacional de la capital salvadoreña.



XIX


Listo, pues, todo para mi boda, quedó señalada la fecha del 22 de Junio
de aquel año de 1890 para la ceremonia civil. En ese día debería
efectuarse en San Salvador una gran fiesta militar, para lo cual
vendrían las tropas acuarteladas en Santa Ana y que comandaba el general
Carlos Ezeta, brazo derecho y diremos casi hijo mimado del presidente de
la República. Se decía que había querido casarse con Teresa, la hija
mayor de éste. Si no estoy equivocado había disensiones entre Ezeta y
algunos ministros del general Menéndez, como los doctores Delgado e
Interiano; pero no podría precisar nada al respecto.

Es el caso que las tropas llegaron para la gran parada del 22. Esa noche
debía darse un baile en la Casa Blanca, esto es, en el Palacio
Presidencial.

Se celebró en casa de mi novia la ceremonia del matrimonio civil y hubo
un almuerzo al cual asistió el general Ezeta. Este estaba nervioso y por
varias veces se levantó a hablar con el señor Amaya, director de
Telégrafos y amigo suyo. Después de la fiesta, yo, fatigado, me fuí a
acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa
Blanca. Muy entrada la noche, oí, entre dormido y despierto, ruidos de
descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues
supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar. Más aún,
sería ya la madrugada, cuando sentí ruidos de caballos que se detenían
en la puerta de mi habitación, a la cual se llamó, pronunciando mi
nombre varias veces.--«Levántate, me decían, está tu amigo el general
Ezeta». Yo contesté que estaba demasiado cansado y no tenía ganas de
pasear, suponiendo desde luego que se me invitaba para algún alegre y
báquico desvelo. Sentí que se alejaron los caballos.

Por la mañana llamaron a la puerta de nuevo; me levanté, abrí y me
encontré con una criada de casa de mi novia, o mejor dicho, de mi
mujer.--«Dicen las señoras, expresó, que están muy inquietas con usted,
suponiendo que le hubiese pasado algo en lo de anoche».--«¿Pero qué ha
ocurrido?», le pregunté.--«Que ya no es presidente el general Menéndez,
que le han matado»--«¿Y quién es el presidente entonces?»--«El general
Ezeta». Me vestí y partí inmediatamente a casa de mi esposa. Al pasar
por los portales vecinos a la Casa Blanca encontré unos cuantos
cadáveres entre charcos de sangre. Impresionado, entré al café del Hotel
Nuevo Mundo a tomar una copa; me senté. En una mesa cercana había un
hombre con una herida en el cuello, vendada con un pañuelo
ensangrentado. Estaba vestido de militar y bastante ebrio. Sacó un
revólver y tranquilamente me apuntó:--«Diga, ¡Viva el general
Ezeta!»--«Sí, señor, le contesté, ¡viva el general Ezeta!»--«Así se
hace», exclamó. Y guardó su revólver. Tomé mi copa y partí
inmediatamente a buscar a mi mujer. En su casa se me narró lo que había
sucedido. Durante la noche, mientras se estaba en lo mejor del baile
presidencial, donde se hallaba la flor de la sociedad salvadoreña,
quedaron todos sorprendidos por ruidos de fusilería y se notó que el
palacio estaba rodeado de tropas. Un general, cuyo nombre no recuerdo,
había penetrado a los salones e intimó orden de prisión a los ministros
que allí se encontraban. El presidente, general Menéndez, se había ido a
acostar. La confusión de las gentes fué grande; hubo gritos y desmayos.
A todo esto se había ya avisado al general Menéndez, que se ciñó su
espada e increpó duramente al general que llegaba a comunicarle también
orden de prisión. Entre tanto, la guardia del Palacio se batía
desesperadamente con las tropas sublevadas. Teresa, la hija mayor del
presidente, gritaba en los salones:--«¡Que llamen a Carlos, él
tranquilizará todo esto y dominará la situación!»--«Señorita, le
contestó alguien, es el general Ezeta quien se ha sublevado». El
presidente había abierto los balcones de la habitación y arengaba a las
tropas. Aun se oyó un viva al general Menéndez; pero éste cayó
instantáneamente muerto. Fué llevado el cuerpo, y los médicos
certificaron que no tenía ninguna herida. Al darse cuenta de que Carlos
Ezeta, a quien él quería como a un hijo y a quien había hecho toda clase
de beneficios, a quien había enriquecido, a quien había puesto a la
cabeza de su ejército, era quien le traicionaba de tal modo, el pobre
presidente, que era cardíaco, según parece, sufrió un ataque mortal. El
cadáver fué expuesto y el pueblo desfiló y se dió cuenta de la verdad
del hecho.--«¿Qué piensas hacer?», me dijo mi esposa.--«Partir
inmediatamente a Guatemala, puesto que hay un vapor en el puerto de la
Libertad». Salí a dar los pasos necesarios para el arreglo rápido de mi
viaje, y en el camino me encontré con alguien que me dijo:--«El general
Ezeta desea que vaya dentro de una hora al Cuartel de Artillería».
Cruzaban patrullas por las calles. Unos cuantos soldados iban cargados
con cajas de dinero. Una hora después estaba yo en el Cuartel de
Artillería, que se hallaba lleno de soldados, muchos de ellos heridos.
Un tropel de jinetes. Llega el general Ezeta, rodeado de su Estado
Mayor. Se nota que ha bebido mucho. Desde el caballo se dirige a mí y me
dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de
publicidad sobre el nuevo estado de cosas. Yo salgo y prosigo mis
preparativos de partida; escribo una carta al nuevo presidente
manifestándole que un asunto particular de especialísima urgencia me
obliga a irme inmediatamente a Guatemala; que volveré a los pocos días a
ponerme a sus órdenes. Y me dirigí al puerto de la Libertad. En el hotel
estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo que de orden
superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces empecé por
telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios amigos, rogándoles
se interesasen con Ezeta, y hasta recurrí a la buena voluntad masónica
de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes, íntimo amigo del improvisado
presidente.

El vapor estaba para zarpar, cuando por influencia de Reyes, el
comandante recibía orden de dejar que me embarcase; pero junto conmigo
iba ya persona que observase y que procurase conocer el fondo de mis
impresiones y sentimientos sobre los sucesos acontecidos. Era un señor
Mendiola Boza, cubano de origen. Natural que yo me manifesté ezetista
convencido, y el hombre lo creyó o no lo creyó; pero cumplió con su
misión.



XX


Al llegar a Guatemala supe que la guerra estaba por estallar entre este
país y El Salvador. Menéndez había mantenido las mejores relaciones con
el presidente guatemalteco Barillas, y éste tenía sus razones para creer
que Ezeta le sería contrario, y aprovechara para prestigiarse de la
antipatía tradicional entre salvadoreños y guatemaltecos. No bien hube
llegado al hotel, cuando un oficial se presentó a decirme que el
presidente general Barillas me esperaba inmediatamente. La capital
estaba conmovida y se hablaba de la seguridad de la guerra. Me dirigí a
la casa presidencial, acompañado del oficial que había ido a buscarme.
Penetré entre los numerosos soldados de la guardia de honor y se me hizo
pasar a un salón. Al llegar, vi que el presidente estaba rodeado de
muchos notables de la ciudad. Se hallaba agitadísimo, y cuando yo entré
pronunciaba estas palabras:--«Porque, señores, el que quiera comer
pescado que se moje el...» Yo me senté tímidamente en una silla, fuera
del círculo, pero el presidente me miró y me preguntó:--«¿Es usted el
señor Rubén Darío?»--«Sí, señor», le contesté. Me hizo entonces avanzar
y me señaló un asiento cercano a él--. «Vamos a ver, me dijo, ¿es usted
también de los que andan diciendo que el general Menéndez no ha sido
asesinado?»--«Señor presidente, le contesté, yo acabo de llegar, no he
hablado aún con nadie, pero puedo asegurarle que el presidente Menéndez
no ha sido asesinado». En los ojos de Barillas brilló la cólera--. «¿Y
no sabe usted que tengo en la Penitenciaría a muchos propaladores de esa
falsa noticia?»--«Señor, insistí, esa noticia no es falsa. El general
Menéndez ha muerto de un ataque cardíaco al parecer; pero si no ha sido
asesinado con bala o con puñal, le ha dado muerte la ingratitud, la
infamia del general Ezeta, que ha cometido, se puede decir, un verdadero
parricidio». Y me extendí sobre el particular. El presidente me escuchó
sin inmutarse. «Está bien», me dijo, cuando hube concluído. «Vaya en
seguida y escriba eso. Que aparezca mañana mismo. Y véase con el
ministro de Relaciones Exteriores y con el ministro de Hacienda.» Me fuí
rápidamente a mi hotel y escribí la narración de los sucesos del 22 de
Junio, con el título de «Historia negra», que en ocasión oportuna
reprodujo _La Nación_ de Buenos Aires.

Mi escrito causó gran impresión, y supe después que Carlos Ezeta, así
como su hermano Antonio, aseguraban que si alguna vez caía en sus manos
no saldría vivo de ellas.--«Y pensar, decía algún tiempo más tarde el
presidente Ezeta al ministro de España, don Julio de Arellano y
Arróspide, después Marqués de Casa Arellano y cuya esposa fuera madrina
de mi hijo, en San José de Costa Rica--¡y pensar que yo hubiera hecho
rico a Rubén si no comete el disparate de ponerse en contra mía!» La
verdad es que yo estaba satisfecho de mi conducta, pues Menéndez había
sido mi benefactor, y sentía repugnancia de adherirme al circulo de los
traidores. ¡Será ello quizás un poco romántico y poco práctico; pero qué
le vamos a hacer!



XXI


De mi entrevista con el ministro de Relaciones Exteriores y con el de
Hacienda resultó que por disposición presidencial se me hizo, como en
San Salvador, director y propietario de un diario de carácter
semioficial. A los pocos días, salía el primer número de _El Correo de
la tarde_.

Era el general Barilas un presidente voluntarioso y tiránico, como han
sido casi todos los presidentes de la América Central. Se apoyaba desde
luego en la fuerza militar, pero tenía cierta cultura y excelentes
rasgos de generosidad y de rectitud. Uno de sus ministros era Ramón
Salazar, literato notable, de educación alemana. La guerra se inició,
pero concluyó felizmente al poco tiempo. El poder de los Ezetas se
afianzó en San Salvador por el terror. En cuanto a mí, hice del diario
semi-oficial una especie de cotidiana revista literaria. Frecuentaba a
D. Valero Pujol, uno de los españoles de mayor valor intelectual que
hayan venido a América y cuyo nombre, no sé por qué, quizás por el
rincón centroamericano en que se metiera, no ha brillado como merece.
Viejo republicano, amigo de Salmerón y de Pí y Margall, creo que fué,
durante la república, gobernador de Zaragoza. En Guatemala era y es
todavía el Maestro. Ha publicado valiosos libros de historia y tres
generaciones le deben su luces. Era director de la Biblioteca Nacional
el poeta cubano José Joaquín Palma, hombre exquisito y trovador
zorrillesco. Es aquel autor de cierta poesía que se encontró entre los
papeles de Olegario Andrade y que se publicó como suya, averiguándose
después que era de Palma.

Tenía varios colaboradores literarios para mi periódico, entre los
cuales un jovencito de ojos brillantes y cara sensual, dorada de sol de
trópico, que hizo entonces sus primeras armas. Se llamaba Enrique Gómez
Carrillo. Otro joven, José Tible Machado, que escribía páginas a lo
Bourget, el Bourget bueno de entonces, y que después sería un conocido
diplomático y actualmente redactor de _Le Gaulois_ de París, y otros.

Hice lo que pude de vida social e intelectual, pero ya era tiempo de que
viniese mi mujer y acabásemos de casarnos. Y así, siete meses después de
mi llegada, se celebró mi matrimonio religioso, siendo uno de mis
padrinos el doctor Fernando Cruz, que falleció después de ministro en
París.



XXII


En casa de Pujol intimé con un gran tipo, muy de aquellas tierras. Era
el general Cayetano Sánchez, sostenedor del presidente Barillas, militar
temerario, joven aficionado a los alcoholes, y a quien todo era
permitido por su dominio y simpatía en el elemento bélico. Recuerdo una
escena inolvidable. Una noche de luna habíamos sido invitados varios
amigos, entre ellos mi antiguo profesor, el polaco D. José Leonard, y el
poeta Palma, a una cena en el castillo de San José. Nos fueron servidos
platos criollos, especialmente, uno llamado «chojín», sabroso plato, que
por cierto, nos fué preparado por el hoy general Toledo, aspirante a la
presidencia de la República. Sabroso plato, en verdad, ácido, picante,
cuya base es el rábano. Los vinos abundaron como era de costumbre, y
después se pasó al café y al coñac, del cual se bebieron copas
innumerables. Todos estábamos más que alegres, pero al general Sánchez
se le notaba muy exaltado en su alegría, y como nos paseásemos sobre las
fortificaciones, viendo de frente a la luz de la luna las lejanas torres
de la Catedral, tuvo una idea de todos los diablos. «A ver, dijo, ¿quién
manda esta pieza de artillería?» y señaló un enorme cañón. Se presentó
el oficial, y entonces Cayetano, como le llamábamos familiarmente, nos
dijo: «Vean ustedes que lindo blanco. Vamos a echar abajo una de las
torres de la Catedral. Y ordenó que preparasen el tiro. Los soldados
obedecieron como autómatas; y como el general Sánchez era absolutamente
capaz de todo, comprendimos que el momento era grave. Al poeta Palma se
le ocurrió una idea excelente.--«Bien, Cayetano, le dijo: pero antes
vamos a improvisar unos versos sobre el asunto. Haz que traigan más
coñac». Todos comprendimos, y heroicamente nos fuimos ingurgitando
sendos vasos de alcohol. Palma servía copiosas dosis al general Sánchez.
El y yo recitábamos versos, y cuando la botella se había acabado, el
general estaba ya dormido. Así se libró Guatemala de ser despertada a
media noche a cañonazos de buen humor. Cayetano Sánchez, poco tiempo
después, tuvo un triste y trágico fin.

Por entonces aconteció un hecho que tuvo por muchos días suspensa la
atención pública. El hijo de uno de los más íntegros y respetados
magistrados de la capital tenía amores con una dama, casada con un
extranjero. Como el marido oyese ruido una noche, se levantó y se
dirigió al comedor, en donde estaba oculto el amante de su mujer. Este
se arrojó sobre el pobre hombre y lo mató encarnizadamente con un puñal.
La posición del joven, y sobre todo la del padre, aumentaban lo trágico
del crimen. El asesino estuvo preso por algún tiempo, y luego creo que
le fué facilitada la fuga. Años después, reducido a la pobreza, se le
encontró cosido a puñaladas en el banco de un paseo, en una ciudad de
los Estados Unidos, según se me ha contado.



XXIII


No puedo rememorar por cuál motivo dejó de publicarse mi diario, y tuve
que partir a establecerme en Costa Rica. En San José pasé una vida
grata, aunque de lucha. La madre de mi esposa era de origen
costarriqueño y tenía allí alguna familia. San José es una ciudad
encantadora entre las de la América Central. Sus mujeres son las más
lindas de todas las de las cinco repúblicas. Su sociedad una de las más
europeizadas y norteamericanizadas. Colaboré en varios periódicos, uno
de ellos dirigido por el poeta Pío Víquez, otro por el cojo Quiroz,
hombre temible en política, chispeante y popular; intimé allí con el
ministro español Arellano, y cuando nació mi primogénito, como he
referido, su esposa, Margarita Foxá, fué la madrina.

Un día vi salir de un hotel, acompañado de una mujer muy blanca y de
cuerpo fino, española, a un gran negro elegante. Era Antonio Maceo. Iba
con él otro negro, llamado Bembeta, famoso también en la guerra cubana.

Tuve amigos buenos como el hoy general Lesmes Jiménez, cuya familia era
uno de los más fuertes sostenes de la política católica. Conocí en el
Club principal de San José a personas como Rafael Iglesias, verboso,
vibrante, decidido; Ricardo Jiménez y Cleto González Víquez,
pertenecientes a lo que llamaremos nobleza costarriqueña, letrados
doctos, hombres gentiles, intachables caballeros, ambos verdaderos
intelectuales. Todos después han sido presidentes de la República.
Conocí allí también a Tomás Regalado, manco como D. Ramón del Valle
Inclán, pero maravilloso tirador de revólver con el brazo que le
quedaba; hombre generoso, aunque desorbitado cuando le poseía el demonio
de las botellas, y que fué años más tarde presidente también, de la
República de El Salvador. Sobre el general Regalado cuéntanse anécdotas
interesantes que llenarían un libro.

Después del nacimiento de mi hijo la vida se me hizo bastante difícil en
Costa Rica y partí solo, de retorno a Guatemala, para ver si encontraba
allí manera de arreglarme una situación. En ello estaba, cuando recibí
por telégrafo la noticia de que el gobierno de Nicaragua, a la sazón
presidido por el doctor Roberto Sacasa, me había nombrado miembro de la
delegación que enviaba Nicaragua a España con motivo de las fiestas del
centenario de Colón. No había tiempo para nada; era preciso partir
inmediatamente. Así es que escribí a mi mujer y me embarqué a juntarme
con mi compañero de delegación, D. Fulgencio Mayorca, en Panamá. En el
puerto de Colón tomamos pasaje en un vapor español de la compañía
Trasatlántica, si mal no recuerdo el _León XIII_; y salimos con rumbo a
Santander.

Se me pierden en la memoria los incidentes de a bordo; pero sí tengo
presente que iban unas señoras primas del escritor francés Edmond About;
que iba también el delegado por el Ecuador, don Leonidas Pallarés,
artista, poeta de discreción y amigo excelente; uno de los delegados de
Colombia, Isaac Arias Argaez, llamado el _chato_ Arias, bogotano
delicioso, ocurrente, buen narrador de anécdotas y cantador de pasillos,
y que, nombrado cónsul en Málaga se quedó allí, hasta hoy, y es el
hombre más popular y más querido en aquella encantadora ciudad andaluza.

En Cuba se embarcó Texifonte Gallego, que había sido secretario de ya no
recuerdo qué Capitán General. Texifonte, buen parlante, de grandes dotes
para la vida, hizo carrera. ¡Ya lo creo que hizo carrera! Hacíamos la
travesía lo más gratamente posible, con cuantas ocurrencias imaginábamos
y al amor de los espirituosos vinos de España. Nos ocurrió un curioso
incidente. Estábamos en pleno Océano, una mañanita, y el sirviente de
mi camarote llegó a despertarme:--«Señorito, si quiere usted ver un
naúfrago que hemos encontrado, levántese pronto». Me levanté. La
cubierta estaba llena de gente, y todos miraban a un punto lejano donde
se veía una embarcación y en ella un hombre de pie. El momento era
emocionante. El vapor se fué acercando poco a poco para recoger al
probable naúfrago, cuando de pronto, y ya el sol salido, se oyó que
aquel hombre, con una gran voz, preguntó en inglés:--«¿En qué latitud y
longitud estamos?». El capitán le contestó también en inglés, dándole
los datos que pedía, y le preguntó quién era y qué había pasado.--«Soy,
le dijo, el capitán Andrews, de los Estados Unidos, y voy por cuenta de
la casa del jabón Sapolio, siguiendo en este barquichuelo el itinerario
de Cristóbal Colón al revés. Hágame el favor de avisar cuando lleguen a
España al cónsul de los Estados Unidos que me han encontrado
aquí».--«¿Necesita usted algo?», le dijo el capitán de nuestro vapor.
Por toda contestación, el yankee sacó del interior del barquichuelo dos
latas de conservas que tiró sobre la cubierta del _León XIII_, puso su
vela y se despidió de nosotros. Algunos días después de nuestra llegada
a España, Mr. Andrews arribaba al puerto de Palos, en donde era recibido
en triunfo. Luego, buen yankee, exhibió su barca, cobrando la entrada, y
se juntó bastantes pesetas.



XXIV


En Madrid, me hospedé en el hotel de Las Cuatro Naciones, situado en la
calle del Arenal y hoy transformado. Como supiese mi calidad de hombre
de letras, el mozo Manuel me propuso:--«Señorito, ¿quiere usted conocer
el cuarto de don Marcelino? El está ahora en Santander y yo se lo puedo
mostrar». Se trataba de don Marcelino Menéndez y Pelayo, y yo acepté
gustosísimo. Era un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno
de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se
podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran
de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de
cosas sabias, de cosas sabias de don Marcelino--. «Cuando está don
Marcelino no recibe a nadie», me dijo Manuel. El caso es que la buena
suerte quiso que cuando retornó de Santander el ilustre humanista yo
entrara a su cuarto, por lo menos algunos minutos todas las mañanas. Y
allí se inició nuestra larga y cordial amistad.



XXV


Era el alma de las delegaciones hispanoamericanas el general don Juan
Riva Palacio, ministro de Méjico, varón activo, culto y simpático. En la
corte española el hombre tenía todos los merecimientos; imponía su buen
humor, y su actitud, siempre laboriosa, era por todos alabada. El
general Riva Palacio había tenido una gran actuación en su país como
militar y como publicista, y ya en sus últimos años fué enviado a
Madrid, en donde vivía con esplendor, rodeado de amigos, principalmente
funcionarios y hombres de letras. Se cuenta que algún incidente hubo en
una fiesta de Palacio, con la reina regente doña María Cristina, pues
ella no podía olvidar que el general Riva Palacio había sido de los
militares que tomaron parte en el juzgamiento de su pariente, el
emperador Maximiliano; pero todo se arregló, según parece, por la
habilidad de Cánovas del Castillo, de quien el mejicano era íntimo
amigo.

Tenía don Vicente, en la calle de Serrano, un palacete lleno de obras de
arte y antigüedades, en donde solía reunir a sus amigos de letras, a
quienes encantaba con su conversación chispeante y la narración de
interesantes anécdotas. Era muy aficionado a las zarzuelas del género
chico y frecuentaba, envuelto en su capa clásica, los teatros en donde
había tiples buenas mozas. Llegó a ser un hombre popular en Madrid, y,
cuando murió, su desaparición fué muy sentida.

Fuí amigo de Castelar. La primera vez que llegué a casa del gran hombre
iba con la emoción que Heine sintió al llegar a la casa de Goethe.
Cierto que la figura de Castelar tenía, sobre todo para nosotros los
hispanoamericanos, proporciones gigantescas, y yo creía, al visitarle,
entrar en la morada de un semidios. El orador ilustre me recibió muy
sencilla y afablemente en su casa de la calle Serrano. Pocos días
después me dió un almuerzo, al cual asistieron, entre otras personas, el
célebre político Abarzuza y el banquero don Adolfo Calzado. Alguna vez
he escrito detalladamente sobre este almuerzo, en el cual la
conversación inagotable de Castelar fué un deleite para mis oídos y para
mi espíritu. Tengo presente que me habló de diferentes cosas referentes
a América, de la futura influencia de los Estados Unidos sobre nuestras
Repúblicas, del general Mitre, a quien había conocido en Madrid, de _La
Nación_, diario en donde había colaborado; y de otros tantos temas en
que se expedía su verbo de colorido profuso y armonioso. En ese almuerzo
nos hizo comer unas riquísimas perdices que le había enviado su amiga la
duquesa de Medinaceli. Hay que recordar que Castelar era un «gourmet» de
primer orden, y que sus amigos, conociéndole este flaco, le colmaban de
presentes gratos a Meser Gaster. Después tuve ocasión de oir a Castelar
en sus discursos. Le oí en Toledo y le oí en Madrid. En verdad era una
voz de la naturaleza, era un fenómeno singular, como el de los grandes
tenores, o los grandes ejecutantes. Su oratoria tenía del prodigio, del
milagro; y creo difícil, sobre todo ahora que la apreciación sobre la
oratoria ha cambiado tanto, que se repita dicho fenómeno, aunque hayan
aparecido tanto en España como en la Argentina, por ejemplo en Belisario
Roldán, casos parecidos.

He recordado alguna vez, cómo en casa de doña Emilia Pardo Bazán y en un
círculo de admiradores, Castelar nos dió a conocer la manera de perorar
de varios oradores célebres que él había escuchado, y luego la manera
suya, recitándonos un fragmento del famoso discurso réplica al cardenal
Manterola. Castelar era en ese tiempo sin duda alguna, la más alta
figura de España y su nombre estaba rodeado de la más completa gloria.



XXVI


Conocí a D. Gaspar Núñez de Arce, que me manifestó mucho afecto y que,
cuando alistaba yo mi viaje de retorno a Nicaragua, hizo todo lo posible
para que me quedase en España. Escribió una carta a Cánovas del Castillo
pidiéndole que solicitase para mí un empleo en la compañía
Trasatlántica. Conservaba yo hasta hace poco tiempo la contestación de
Cánovas, que se me quedó en la redacción del _Fígaro_ de la Habana.
Cánovas le decía que se había dirigido al marqués de Comillas; que éste
manifestaba la mejor voluntad; pero que no había, por el momento, ningún
puesto importante que ofrecerme. Y a vuelta de varias frases elogiosas
para mí, «es preciso, decía, que lo naturalicemos». Nada de ello pudo
hacerse, pues mi visita era urgente.

Conocí a D. Ramón de Campoamor. Era todavía un anciano muy animado y
ocurrente. Me llevó a su casa el doctor José Verdes Montenegro, que era
en ese tiempo muy joven. Se quejó el poeta de las _Doloras_ y de los
_Pequeños Poemas_, de ciertos críticos, en la conversación. «No quieren
que los chicos me imiten», decía. Conservaba entre sus papeles, y me
hizo que la leyera, una décima sobre él que yo había publicado en
Santiago de Chile y que le había complacido mucho. Era un amable y
jovial filósofo. Gozaba de bienes de fortuna; era terrateniente en su
país de Asturias, allí donde encontrara tantos temas para sus fáciles y
sabrosas poesías. Ese risueño moralista era en ocasiones como su gaitero
de Gijón. Muchas veces sonríe mostrando la humedad brillante de una
lágrima.

Uno de mis mejores amigos fué D. Juan Valera, quien ya se había ocupado
largamente en sus _Cartas Americanas_ de mi libro _Azul_, publicado en
Chile. Ya estaba retirado de su vida diplomática; pero su casa era la
del más selecto espíritu español de su tiempo, la del «tesorero de la
lengua castellana», como le ha llamado el conde de las Navas, una de las
más finas amistades que conservo desde entonces. Me invitó D. Juan a sus
reuniones de los viernes, en donde me hice de excelentes conocimientos:
el duque de Almenara Alta, D. Narciso Campillo y otros cuantos que ya no
recuerdo. El duque de Almenara era un noble de letras, buen gustador de
clásicas páginas; y por su parte, dejó algunas amenas y plausibles.
Campillo, que era catedrático y hombre aferrado a sus tradicionales
principios, tuvo por mí simpatías, a pesar de mis demostraciones
revolucionarias. Era conversador de arranques y ocurrencias
graciosísimas, y contaba con especial donaire cuentos picantes y
verdes.



XXVII


La noche que me dedicara D. Juan Valera, y en la cual leí versos, me
dijo: «Voy a presentar a usted una reliquia». Como pasaran las doce y la
reliquia no apareciese, creí que la cosa quedaría para otra ocasión,
tanto más, cuanto que comenzaban a retirarse los contertulios. Pero D.
Juan me dijo que tuviese paciencia y esperase un rato más. Quedábamos ya
pocos, cuando a eso de las dos de la mañana, sonó el timbre y a poca
entró, envuelto en su capa, un viejecito de cuerpo pequeño, algo
encorvado y al parecer bastante sordo. Me presentó a él el dueño de la
casa, mas no me dijo su nombre, y el viejecito se sentó a mi lado. El
para mí desconocido, empezó a hablarme de América, de Buenos Aires, de
Río de Janeiro, en donde había estado por algún tiempo con cargos
diplomáticos o comisiones del gobierno de España; y luego, tratando de
cosas pasadas de su vida, me hablaba de «Pepe»: «Cuando Pepe estuvo en
Londres»... «Un día me decía Pepe»... «Porque como el carácter de Pepe
era así»... El caso me intrigaba vivamente. ¿Quién era aquel viejecito
que estaba a mi lado? No pude dominar mi curiosidad, me levanté y me
dirigí a D. Juan Valera. «Dígame, señor, le dije, ¿quién es el señor
anciano a quien usted me ha presentado?»--«La reliquia», me contestó.
«¿Y quién es la reliquia?» «_Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno_»...
La reliquia era D. Miguel de los Santos Alvarez; y Pepe, naturalmente,
era Espronceda.

Salimos casi de madrugada. Campillo, y yo; con nosotros D. Miguel. Desde
la cuesta de Santo Domingo, llegamos hasta la puerta del Sol, y luego a
las cercanías del Casino de Madrid. Yo tenía la intención de ir a
acompañar la reliquia a su casa, pues ya los resplandores del alba
empezaban a iluminar al cielo. Se lo manifesté y él, con mucho gracejo,
me contestó:--«Le agradezco mucho, pero yo no me acuesto todavía. Tengo
que entrar al Casino, en donde me aguardan unos amigos... Ya ve usted;
calcule los años que tengo... ¡y luego dirán que hace daño trasnochar!»
Me desprendí muy satisfecho de haber conocido a semejante hombre de tan
lejanos tiempos.

Un día, en un hotel que daba a la Puerta del Sol, adonde había ido a
visitar al glorioso y venerable D. Ricardo Palma, entró un viejo cuyo
rostro no me era desconocido, por fotografías y grabados. Tenía un gran
lobanillo o protuberancia, a un lado de la cabeza. Su indumentaria era
modesta, pero en los ojos le relampagueaba el espíritu genial. Sin
sentarse habló con Palma de varias cosas. Este me presentó a él; y yo me
sentí profundamente conmovido. Era D. José Zorrilla, «el que mató a D.
Pedro y el que salvó a don Juan...» Vivía en la pobreza, mientras sus
editores se habían llenado de millones con sus obras. Odiaba su famoso
_Tenorio_... Poco tiempo después, la viuda tenía que empeñar una de las
coronas que se ofrendaran al mayor de los líricos de España... Después
de que Castelar había pedido para él una pensión a las Cortes, pensión
que no se consiguió a pesar de la elocuencia del Crisóstomo, que habló
de quien era propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que
comer»...

Conocí a D.ª Emilia Pardo Bazán. Daba fiestas frecuentes, en ese tiempo,
en honor de las delegaciones hispano-americanas que llegaban a las
fiestas del centenario colombino. Sabidos son el gran talento y la
verbosidad de la infatigable escritora. Las noches de esas fiestas
llegaban los orfeones de Galicia, a cantar alboradas bajo sus balcones.
La señora Pardo Bazán todavía no había sido titulada por el Rey; pero
estaba en la fuerza de su fama y de su producción. Tenía un hijo,
entonces jovencito, D. Jaime, y dos hijas, una de ellas casada hoy con
el renombrado y bizarro coronel Cavalcanti. Su salón era frecuentado por
gente de la nobleza, de la política y de las letras; y no había
extranjero de valer que no fuese invitado por ella. Por esos días vi en
su casa a Maurice Barrés, que andaba documentándose para su libro _Du
sang, de la volupté et de la Mort_. Por cierto que le pasó una aventura
graciosísima en una corrida de toros.



XXVIII


Conocí mucho a D. Antonio Cánovas del Castillo, a quien fuí presentado
por D. Gaspar Núñez de Arce. Hacía poco que aquel vigoroso viejo, que
era la mayor potencia política de España, se había casado con doña
Joaquina de Osma, bella, inteligente y voluptuosa dama, de origen
peruano. Mucho se había hablado de ese matrimonio, por la diferencia de
edad; pero es el caso que Cánovas estaba locamente enamorado de su
mujer, y su mujer le correspondía con creces. Cánovas adoraba los
hombros maravillosos de Joaquina, y por otras partes, en las estatuas de
su _sérre_, o en las que decoraban vestíbulos y salones, se veían como
amorosas reproducciones de aquellos hombros y aquellos senos
incomparables, revelados por los osados escotes. La conversación de
Cánovas, como saben todos los que le trataron de cerca, era llena de
brío y de gracia, con su peculiar ceceo andaluz. Su mujer no le iba en
zaga como conversadora lista y pronta para la «ripposta»; y pude
presenciar, en una de las comidas a que asistiera en el opulento palacio
de la Huerta, en la Guindalera, a una justa de ingenio en que tomaban
parte Cánovas, Joaquina, Castelar y el general Riva Palacio.

Cuéntase ahora en Madrid una leyenda, que si no es cierta, está bien
inventada como un cuento de antaño o como un romántico poema. Dícese que
cuando Cánovas fué asesinado por truculento y fanático anarquista
italiano, se repitió en España el episodio de doña Juana la Loca. Y que,
una vez que el cuerpo de su marido fué enterrado, después que le hubo
acompañado hasta el lugar de su último reposo, sin derramar, como
extática, una sola lágrima, la esposa se encerró en su palacio y no
volvió a salir mas de él. Dícese que apenas hablaba por monosílabos con
la servidumbre para dar sus órdenes; que recorría los salones
solitarios, con sus tocas de viuda; que una noche de invierno se vistió
de blanco con su traje de novia; que por la mañana, los criados la
buscaron por todas partes sin encontrarla; hasta que la hallaron en el
jardín, ya muerta; tendida con la cara al cielo y cubierta por la nieve.
Ello es lindo y fabuloso; Tennyson, Bécquer o Barbey d’Aureville.



XXIX


Los miembros de la delegación de Nicaragua, recibimos en la sección
correspondiente de la Exposición, y en su oportunidad, a los reyes de
España, que iban acompañados de los de Portugal. El día de la visita fué
la primera vez que observé testas coronadas. Me llamó la atención
fuertemente la hermosura de la reina portuguesa, alta y gallarda como
todas las Orleans, y fresca como una recién abierta rosa rosada. Iba
junto a ella el obeso marido, que debía tener tan trágico fin. En la
vecina sección de Guatemala, sucedió algo gracioso. Había preparado el
delegado guatemalteco, doctor Fernando Cruz, dos abanicos espléndidos
para ser obsequiados a la reina; pero uno de ellos era más espléndido
que el otro, puesto que era el destinado para la reina regente doña
María Cristina. Los abanicos estaban sobre una bandeja de oro. El
ministro, antes de ofrecerlos, anunció el obsequio en cortas y
respetuosas palabras. La reina doña Amelia de Portugal vió los dos
abanicos y con su mirada de joven y de coqueta se dió cuenta de cuál era
el mejor; y, sin esperar más, lo tomó para sí y dió las gracias al
ministro.

Antes de retornar a Nicaragua, fuí invitado a tomar parte en una velada
lírico-literaria. Hablamos dos personas. Un joven orador de barba negra,
que conquistaba a los auditorios con su palabra cálida y fluyente, D.
José Canalejas, que fué luego presidente del Consejo de Ministros, y yo,
que leí unos versos, creo que los titulados _A Colón_. Poco tiempo
después tomaba el vapor para Centro-América, en el mismo puerto de
Santander, en donde había desembarcado.

No tengo en la memoria ningún incidente del viaje de retorno, solamente
de las horas que el vapor se detuviera en el puerto de Cartagena, en
Colombia. Cartagena de Indias, la ciudad fundada por aquel antepasado D.
José María de Heredia, a quien el poeta cubano-francés ha cantado y
Claudius Popelin ha retratado en cuadro memorable. No lejos de Cartagena
está la residencia de Cabrero, en donde se encontraba entonces retirado
el antiguo Presidente de la República y célebre publicista y poeta,
doctor Rafael Núñez. Este hombre eminente ha sido de las más grandes
figuras de ese foco de superiores intelectos, que es el país
colombiano. Digan lo que quieran sus enemigos políticos, el nombre de
Rafael Núñez ha de resplandecer más tarde en una cierta y definitiva
gloria. Era un pensador y un formidable hombre de acción. Bajé a tierra
a hacerle una visita. Acompañábanle, cuando penetré a su morada, su
esposa doña Soledad y una sobrina. Me recibió con gravedad afable. Me
dijo cosas gratas, me habló de literatura y de mi viaje a España, y
luego me preguntó:--«¿Piensa usted quedarse en Nicaragua?»--«De ninguna
manera, le contesté, porque el medio no me es propicio.» «Es verdad, me
dijo. No es posible que usted permanezca allí. Su espíritu se ahogaría
en ese ambiente. Tendría usted que dedicarse a mezquinas políticas;
abandonaría seguramente su obra literaria y la pérdida no sería para
usted sólo, sino para nuestras letras. ¿Querría usted ir a Europa?» Yo
le manifesté que eso sería mi sueño deseado; y al mismo tiempo expresé
mis ansias por conocer Buenos Aires. «Puesto que usted lo quiere,
agregó, yo escribiré a Bogotá, al presidente señor Caro, para que se le
nombre a usted cónsul general en Buenos Aires, pues cabalmente la
persona que hoy ocupa ese puesto va a retirarse de la capital argentina.
Vaya usted a su país a dar cuenta de su misión, y espere las noticias
que se le comunicarán oportunamente.» No hay que decir que yo me llené
de esperanzas y de alegrías.



XXX


A mi llegada a Nicaragua, permanecí algunos días en la ciudad de León.
Hice todo lo posible por ver si el gobierno me pagaba allí más de medio
año de sueldos que me adeudaba; pero, por más que hice, vi que era
preciso que fuese yo mismo a la capital, cosa que quería evitar por más
de un motivo.

Estando en León, se celebraron funerales en memoria de un ilustre
político que había muerto en París, D. Vicente Navas. Se me rogó que
tomase parte en la velada que se daría en honor del personaje fallecido,
y escribí unos versos en tal ocasión. Estaba, la noche de esa velada,
leyendo mi poesía, cuando me fué entregado un telegrama. Venía de San
Salvador, lugar adonde yo no podía ir a causa de los Ezetas, y en donde
residía mi esposa en unión de su madre y de su hermana casada. El
telegrama me anunciaba en vagos términos la gravedad de mi mujer, pero
yo comprendí por íntimo presentimiento que había muerto; y sin acabar de
leer los versos, me fuí precipitadamente al hotel en que me hospedaba,
seguido de varios amigos, y allí me encerré en mi habitación, a llorar
la pérdida de quien era para mí consolación y apoyo moral. Pocos días
después llegaron noticias detalladas del fallecimiento. Se me enviaba un
papel escrito con lápiz por ella, en el cual me decía que iba a hacerse
operar--había quedado bastante delicada después del nacimiento de
nuestro hijo--, y que si moría en la operación, lo único que me
suplicaba era que dejase al niño en poder de su madre, mientras ésta
viviese. Por otra parte, me escribía mi concuñado, el banquero D.
Ricardo Trigueros, que él se encargaría gustoso de la educación de mi
hijo, y que su mujer sería como una madre para él. Hace diez y nueve
años que esto ha sucedido y ello ha sido así.

Pasé ocho días sin saber nada de mí, pues en tal emergencia recurrí a
las abrumadoras nepentas de las bebidas alcohólicas. Uno de esos días
abrí los ojos y me encontré con dos señoras que me asistían; eran mi
madre y una hermana mía, a quienes se puede decir que conocía por
primera vez, pues mis anteriores recuerdos maternales estaban como
borrados. Cuando me repuse, fué preciso partir para la capital para
hablar con el presidente, doctor Sacasa, y ver si me abonaban mis
haberes.

Llegué a Managua y me instalé en un hotel de la ciudad. Me rodearon
viejos amigos; se me ofreció que se me pagarían pronto mis sueldos, mas
es el caso que tuve que esperar bastantes días; tantos que en ellos
ocurrió el caso más novelesco y fatal de mi vida, pero al cual no puedo
referirme en estas memorias por muy poderosos motivos. Es una página
dolorosa de violencia y engaño, que ha impedido la formación de un hogar
por más de veinte años; pero vive aún quien como yo ha sufrido las
consecuencias de un familiar paso irreflexivo, y no quiero aumentar con
la menor referencia una larga pena. El diplomático y escritor mejicano
Federico Gamboa, tan conocido en Buenos Aires, tiene escrita desde hace
muchos años esa página romántica y amarga, y la conserva inédita, porque
yo no quise que la publicase en uno de sus libros de recuerdos. Es
precisa, pues, aquí, esta laguna en la narración de mi vida.



XXXI


De este modo, encuéntreme el lector, como dos meses después, en la
ciudad de Panamá, en donde, según carta que había recibido en Managua,
del doctor Rafael Núñez, se me debía entregar por el gobernador del
Istmo mi nombramiento de cónsul general de Colombia en Buenos Aires. Así
fué, por la eficaz recomendación de aquel hombre ilustre. No solamente
se me entregó mi nombramiento--en el cual se me decía que se me daba
este puesto por no haber entonces ninguna vacante diplomática--y mi
carta patente correspondiente, sino una buena suma de sueldos
adelantados. En seguida tomé el vapor para Nueva York.

Me hospedé en un hotel español, llamado el hotel América; y de allí se
esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la
noticia de mi llegada. Fué el primero en visitarme un joven cubano,
verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes
y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada, y es
hoy ministro de Cuba en Berlín. Su larga actuación panamericana es harto
conocida. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se
verificaría en casa del famoso «restaurateur» Martín, y que el «Maestro»
deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba
en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó
asimismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Harmand Hall, en
donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos,
para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general
de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables
y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos como
_La Opinión Nacional_ de Caracas, _El Partido Liberal_ de México, y,
sobre todo, _La Nación_ de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa,
llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se
transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de
todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de
un alto y maravilloso poeta. Fuí puntual a la cita, y en los comienzos
de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las
puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran
combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto
lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de
cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y
que me decía esta única palabra: «¡Hijo!».

Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía
acompañarle en la mesa directiva; y cuando me di cuenta, después de una
rápida presentación a algunas personas, me encontré con ellas y con
Martí en un estrado, frente al numeroso público que me saludaba con un
aplauso simpático. ¡Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano
de su cónsul general sentado en público, en una mesa directiva
revolucionaria antiespañola! Martí tenía esa noche que defenderse. Había
sido acusado, no tengo presente ya si de negligencia o de precipitación,
en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso, que el núcleo
de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador
sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi
presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo de mí
una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos
vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse y
defenderse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al
público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos
discursos de su vida, el éxito fué completo y aquel auditorio, antes
hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente.

Concluído el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado
algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba: «¡Don José! ¡Don José!»
«Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso». «Aquí le
traigo este recuerdito», le dijo. Y le entregó una lapicera de
plata.--«Vea usted, me observó Martí, el cariño de esos pobres negros
cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad
de nuestra pobre patria». Luego fuimos a tomar el té a casa de una su
amiga, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus
trabajos de revolucionario.

Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni
en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y
familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la
cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él
momentos inolvidables, luego me despedí. El tenía que partir esa misma
noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué preciosas
disposiciones de organización. No le volví a ver más.

Como él no pudo presidir el banquete que debían de darme los cubanos,
delegó su representación en el general venezolano Nicanor Bolet Peraza,
escritor y orador diserto y elocuente. Al banquete asistieron muchos
cubanos preeminentes, entre ellos Benjamín Guerra, Ponce de León, el
doctor Miranda y otros. Bolet Peraza pronunció una bella arenga y
Gonzalo de Quesada una de sus resonantes y ardorosas oraciones. Al día
siguiente tomamos el tren Gonzalo y yo, pues mi deseo era conocer la
catarata de Niágara, antes de partir para París y Buenos Aires. Mi
impresión ante la maravilla confieso que fué menor de lo que hubiera
podido imaginar. Aunque el portento se impone, la mente se representa
con creces lo que en la realidad no tiene tan fantásticas proporciones.
Sin embargo, me sentí conmovido ante el prodigio natural, y no dejé de
recordar los versos de José María de Heredia, el de castellana lengua.

Retornamos a Nueva York y tomé el vapor para Francia.



XXXII


Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis
oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París
era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la
felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la
Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. E
iba yo a conocer París, a realizar la mayor ansia de mi vida. Y cuando
en la estación de Saint-Lazare pisé tierra parisiense, creí hallar suelo
sagrado. Me hospedé en un hotel español que por cierto ya no existe. Se
hallaba situado cerca de la Bolsa, y se llamaba pomposamente Grand Hôtel
de la Bourse et des Ambassadeurs... Yo deposité en la caja, desde mi
llegada, unos cuantos largos y prometedores rollos de brillantes y
áureas águilas americanas de a veinte dólares. Desde el día siguiente
tenía carruaje a todas horas en la puerta, y comencé mi conquista de
París...

Apenas hablaba una que otra palabra de francés. Fuí a buscar a Enrique
Gómez Carrillo, que trabajaba entonces empleado en la casa del librero
Garnier.

Carrillo, muy contento de mi llegada, apenas pudo acompañarme, por sus
ocupaciones; pero me presentó a un español que tenía el tipo de un
gallardo mozo, al mismo tiempo que muy marcada semejanza de rostro con
Alfonso Daudet. Llevaba en París la vida del país de Bohemia, y tenía
por querida a una verdadera marquesa de España. Era escritor de gran
talento y vivía siempre en su sueño. Como yo, usaba y abusaba de los
alcoholes; y fué mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio
Latino. Era mi pobre amigo, muerto no hace mucho tiempo, Alejandro Sawa.
Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro conocí a
poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos.

Uno de mis grandes deseos era poder hablar con Verlaine. Cierta noche,
en el cafe D’Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de equívocos
acólitos.

Estaba igual al simulacro en que ha perpetuado su figura el arte
maravilloso de Carrière. Se conocía que había bebido harto. Respondía
de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes,
golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con
Sawa, me presentó: «Poeta americano, admirador, etc.» Yo murmuré en mal
francés toda la devoción que me fué posible y concluí con la palabra
gloria... Quién sabe qué habría pasado esta tarde al desventurado
maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la
mesa, me dijo en voz baja y pectoral: _¡La gloire!... ¡La gloire!...
¡M... M... encore!..._ Creí prudente retirarme y esperar para verle de
nuevo una ocasión más propicia. Esto no lo pude lograr nunca, porque las
noches que volví a encontrarle, se hallaba más o menos en el mismo
estado; y aquello, en verdad, era triste, doloroso, grotesco y trágico.
Pobre _¡Pauvre Lelian! ¡Priez pour le pauvre Gaspard!_...



XXXIII


Una mañana, después de pasar la noche en vela, llevó Alejandro Sawa a mi
hotel a Charles Morice, que era entonces el crítico de los simbolistas.
Hacía poco que había publicado su famoso libro _La littérature de tout à
l’heure_. Encontró sobre mi mesa unos cuantos libros, entre ellos un
Walt Whitman, que no conocía. Se puso a hojear una edición guatemalteca
de mi _Azul_, en que, por mal de mis pecados, incluí unos versos
franceses, entre los cuales los hay que no son versos, pues yo ignoraba
cuando los escribí muchas nociones de poética francesa. Entre ellas,
pongo por caso, el buen uso de la _e_ muda, que, aunque no se pronuncia
en la conversación, o es pronunciada escasamente, según el sistema de
algunos declamadores, cuenta como sílaba para la medida del verso.
Charles Morice fué bondadoso y tuvimos, durante mi permanencia en París,
buena amistad, que por cierto no hemos renovado en días anteriores. Con
quien tuve más intimidad fué con Juan Moreas. A éste me presentó
Carrillo en una noche barriolatinesca. Ya he contado en otra ocasión
nuestras largas conversaciones ante animadores bebedizos. Nuestras idas
por la madrugada a los grandes mercados, a comer almendras verdes, o
bien salchichas en los figones cercanos, donde se surten obreros y
trabajadores de «les Halles». Todo ello regado con vinos como el «petit
vin bleu» y otros mostos populares. Moreas regresaba a su casa, situada
por Montrouge, en tranvía, cuando ya el sol comenzaba a alumbrar las
agitaciones de París despierto. Nuestras entrevistas se repetían casi
todas las noches. Estaba el griego todavía joven; usaba su inseparable
monóculo y se retorcía los bigotes de palíkaro, dogmatizando en sus
cafés preferidos, sobre todo en el Vachetts, y hablando siempre de cosas
de arte y de literatura. Como no quería escribir en los diarios, vivía
principalmente de una pensión que le pasaba un tío suyo que era ministro
en el gobierno del rey Jorge, en Atenas. Sabido es que su apellido no
era Moreas, sino Papadiamantopoulos. Quien desee más detalles lea mi
libro _Los Raros_. Me habían dicho que Moreas sabía español. No sabía ni
una sola palabra. Ni él, ni Verlaine, aunque anunciaron ambos, en los
primeros tiempos de la revista _La Plume_, que publicarían una
traducción de «La Vida es Sueño» de Calderón de la Barca. Siendo así
como Verlaine solía pronunciar, con marcadísimo acento, estos versos de
Góngora: «A batallas de amor campo de plumas»; Moreas, con su gran voz
sonora, exclamaba «No hay mal que por bien no venga»... O bien: en
cuanto me veía: «¡Viva don Luis de Góngora y Argote!», y con el mismo
tono, cuando divisaba a Carrillo gritaba: «¡Don Diego Hurtado de
Mendoza!». Tanto Verlaine como Moreas eran popularísimos en el Quartier,
y andaban siempre rodeados de una corte de jóvenes poetas que, con el
Pauvre Lelian, se aumentaban de gentes de la mala bohemia, que no tenían
que ver con el arte ni con la literatura.



XXXIV


Entre los verdaderos amigos de Verlaine, había uno que era un excelente
poeta, Maurice Duplessis. Este era un muchacho gallardo, que vestía
elegante y extravagantemente, y que con Charles Maurras, que es hoy uno
de los principales sostenedores del partido Orleanista, y con Ernesto
Reynaud, que es comisario de policía, formaban lo que se llama la
escuela Romana, de que Moreas era el sumo Pontífice. A Duplessis, que
fué desde entonces muy mi amigo, le he vuelto a ver recientemente
pasando horas amargas y angustiosas, de las cuales le librara alguna vez
y ocasionalmente la generosidad de un gran poeta argentino.

Yendo en una ocasión por los bulevares, oí que alguien me llamaba. Me
encontré con un antiguo amigo chileno, Julio Bañados Espinosa, que había
sido ministro principal de Balmaceda. Se ocupaba en escribir la historia
de la administración de aquel infortunado presidente. Nos vimos
repetidas veces. Me invitó a comer en un círculo de Esgrima y Artes, que
no era otra cosa, en realidad, sino una casa de juego, como son muchos
círculos de París. Allá me presentó al famoso Aurelien Scholl, ya viejo
y siempre monoculizado. Se decía que el juego no era perseguido en ese
club, porque la influencia de Scholl... pero no deseo repetir aquí
murmuraciones bulevarderas.

Comía yo generalmente en el café Larue, situado enfrente de la
Magdalena. Allí me inicié en aventuras de alta y fácil galantería. Ello
no tiene importancia; mas he de recordar a quien me diese la primera
ilusión de costoso amor parisién. Y vaya una grata memoria a la gallarda
Marión Delorme, de victorhuguesco nombre de guerra, y que habitaba
entonces en la avenida Víctor Hugo. Era la cortesana de los más bellos
hombros. Hoy vive en su casa de campo y da de comer a sus finas aves de
corral. Los cafés y restaurants del bosque no tuvieron secretos para mí.
Los días que pasé en la capital de las capitales, pude muy bien no
envidiar a ningún irreflexivo «rastaquouere». Pero los rollos de águilas
iban mermando y era preciso disponer la partida a Buenos Aires. Así lo
hice, no sin que mi codicioso hotelero, viendo que se le escapaba esa
«pera», como dicen los franceses, quisiese quedarse con el resto de mis
oros, de lo cual me libró la intervención de un cónsul, y de mi buen
amigo Tible Machado, que residía, también con cargo consular, en el
puerto del Havre.



XXXV


Me embarqué para la capital argentina, llevando como «valet» a un
huesudo holandés que sin recomendación alguna se me presentó
ofreciéndome sus servicios.

Y héme aquí, por fin, en la ansiada ciudad de Buenos Aires, a donde
tanto había soñado llegar desde mi permanencia en Chile. Los diarios me
saludaron muy bondadosamente. _La Nación_ habló de su colaborador con
términos de afecto, de simpatía y de entusiasmo, en líneas confiadas al
talento de Julio Piquet. _La Prensa_ me dió la bienvenida, también en
frases finas y amables, con que me favoreciera la gentileza del ya
glorioso Joaquín V. González.

Fuí muy visitado en el hotel en donde me hospedaran. Uno de los primeros
que llegaron a saludarme fué un gran poeta a quien yo admiraba desde
mis años juveniles, muchos de cuyos versos se recitan en mi lejano país
original: Rafael Obligado. Otro fué D. Juan José García Velloso, aquel
maestro sapiente y sensible, que vino de España, y que cantó y enseñó
con inteligencia erudita y con cordial voluntad.

Presenté mi Carta Patente y fuí reconocido por el gobierno argentino
como Cónsul General de Colombia. Mi puesto no me dió ningún trabajo,
pues no había nada que hacer, según me lo manifestara mi antecesor, el
Sr. Samper, dado que no había casi colombianos en Buenos Aires y no
existían transacciones ni cambios comerciales entre Colombia y la
República Argentina.

Fuí invitado a las reuniones literarias que daba en su casa don Rafael
Obligado. Allí concurría lo más notable de la intelectualidad
bonaerense. Se leían prosas y versos. Después se hacían observaciones y
se discutía el valor de éstas. Allí me relacioné con el poeta y hombre
de letras doctor Calixto Oyuela, cuya fama había llegado hacía tiempo a
mis oídos. Conocía sus obras, muy celebradas en España. Talento de cepa
castiza, seguía la corriente de las tradiciones clásicas, y en todas sus
obras se encuentra la mayor corrección y el buen conocimiento del
idioma. Me relacioné también con Alberto del Solar, chileno radicado en
Buenos Aires, que se ha distinguido en la producción de novelas, obras
dramáticas, ensayos y aun poesías. Con Federico Gamboa, entonces
secretario de la Legación de México, que animaba la conversación con
oportunas anécdotas, con chispeantes arranques y con un buen humor
contagioso e inalterable, y que ha producido notables piezas teatrales,
novelas y otros libros amenos y llenos de interés. Con Domingo Martinto
y Francisco Soto y Calvo, ambos cuñados de Obligado, ambos poetas y
personas de distinción y afabilidad. Con el doctor Ernesto Quesada,
letrado erudito, escritor bien nutrido y abundante, de un saber
cosmopolita y políglota; y con otros más, pertenecientes al Buenos Aires
estudioso y literario. El dueño de casa nos regalaba con la lectura de
sus poesías, vibrantes de sentimiento o llameantes de patriotismo. Así
pasábamos momentos inolvidables que ha recordado Federico Gamboa, con su
estilo ágil y lleno de sinceridad, en las páginas de su «Diario».



XXXVI


Naturalmente que desde mi llegada me presenté a la redacción de _La
Nación_, donde se me recibió con largueza y cariño. Dirigía el diario el
inolvidable Bartolito Mitre. Lo encontré en su despacho fumando su
inseparable largo cigarro italiano. Sentí a la inmediata, después de
conversar un rato, la verdad de su amistad transparente y eficaz que se
conservó hasta su muerte. Me llevó a presentarme a su padre el general,
y me dejó allí, ante aquel varón de historia y de gloria, a quien yo no
encontraba palabra que decir, después de haber murmurado una salutación
emocionada. Me habló el general Mitre de Centro América y de sus
historiadores Montufar, Ayón, Fernández; recordó al poeta guatemalteco
Batres, autor de «El Reloj», habló de otras cosas más. Me hizo algunas
preguntas sobre el canal de Nicaragua. Estuvo suave y alentador en su
manera seria y como triste, cual de hombre que se sabía ya dueño de la
posteridad. Salí contentísimo.

Era Administrador de _La Nación_ D. Enrique de Vedia. Alto, delgado,
aspecto de figura de caballero del Greco. Grave y acerado, tenía una
sólida y variada cultura y un gusto excelente. A pesar de la diferencia
de caracteres y de edades, cultivábamos la mejor amistad, y por
indicación suya escribí muchos de los mejores artículos que publiqué en
ese época en _La Nación_. Era subdirector del diario _Aníbal Latino_,
esto es, José Ceppi, hombre al parecer un tanto adusto, pero dotado de
actividad, de resistencia y de inmejorables condiciones para el puesto
que desempeñaba. Secretario de redacción era Julio Piquet, experto
catador de elixires intelectuales, escritor de sutiles pensares y de
gentilezas de estilo, y que contribuía poderosamente a la confección de
aquellos números nutridos de brillante colaboración del gran periódico,
que se diría tenían carácter antológico. En la casa traté a crecido
número de redactores y colaboradores, de los cuales unos han
desaparecido y otros se han alejado por ley del tiempo y de los cambios
de la vida; pero ninguno fué más íntimo compañero mío que Roberto J.
Payró, trabajador insigne, cerebro comprendedor e imaginador, que sin
abandonar las tareas periodísticas ha podido producir obras de aliento
en el teatro y en la novela. Fué asimismo amigo mío el autor de _La
Bolsa_, José Miró, que firmaba con el pseudónimo de _Julián Martel_ y
cuya única obra auguraba una rica y aquilatada producción futura. El
pobre Miró pasó en trabajosa bohemia y en consuetudinaria escasez, los
mejores años de su juventud, y, ¡oh, ironías de la suerte!, después que
murió de tuberculosis, se encontró que una parienta millonaria le había
dejado en su testamento una fortuna.



XXXVII


Claro es que mi mayor número de relaciones estaba entre los jóvenes de
letras, con quienes comencé a hacer vida nocturna, en cafés y
cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal
virtud. Frecuentaba también a otros amigos que ya no eran jóvenes, como
ese espíritu singular, lleno de tan variadas luces y de quien emanaba
una generosidad corriente, simpática y un contagio de vitalidad y de
alegría, el doctor Eduardo L. Holemberg; o bien el hoy célebre
americanista Ambrosetti, que ilustraba nuestras charlas con sus
ilustrativas narraciones. Con Payró nos juntábamos en compañía del
bizarro poeta, entonces casi un efebo, pero ya encendido de cosas
libertarias, Alberto Ghiraldo; de Manuel Argerich, cariñoso _dandy_,
que escribió para el teatro; del excelente aeda suizo Charles Soussens,
fiel a sus principios de nocturnidad; de José Ingenieros, hoy psiquiatra
eminente; de José Pardo, que fundara varias revistas; de Diego Fernández
Espiro, el mosquetero de los sonantes sonetos; del encantador veterano
Antonino Lamberti, a quien los manes de Anacreonte bendicen y a quien
las Gracias y las Musas han sido siempre propicias y halagadoras.

Otro de mis amigos, que ha sido siempre fraternal conmigo, era Charles
E. F. Vale, un inglés criollo incomparable.

Una noche, con motivo del aniversario de la reina Victoria, le dicté en
el restaurant de «Las 14 provincias», un pequeño poema en prosa,
dedicado a su soberana, que él escribió a falta de papel en unos cuantos
sobres y que no ha aparecido en ninguno de mis libros. Ese poemita es el
siguiente:

_God save the Queen_

To my friend C. E. F. Vale.

Por ser una de las más fuertes y poderosas tierras de poesía;

Por ser la madre de Shakespeare;

Porque tus hombres son bizarros y bravos, en guerras y en olímpicos
juegos;

Porque en tu jardín nace la mejor flor de las primaveras, y en tu cielo
se manifiesta el más triste sol de los inviernos;

Canto a tu reina, oh grande y soberbia Britania, con el verso que
repiten los labios de todos tus hijos:

_God save the Queen_

Tus mujeres tienen los cuellos de los cisnes y la blancura de las rosas
blancas;

Tus montañas están impregnadas de leyenda, tu tradición es una mina de
oro, tu historia una mina de hierro, tu poesía una mina de diamantes;

En los mares, tu bandera es conocida de todas las espumas y de todos los
vientos, a punto de que la tempestad ha podido pedir carta de ciudadanía
inglesa;

Por tu fuerza, oh Inglaterra:

_God save the Queen_

Porque albergaste en una de tus islas a Víctor Hugo;

Porque sobre el hervor de tus trabajadores, el tráfago de tus marinos y
la labor incógnita de tus mineros, tienes artistas que te visten de
sedas de amor, de oros de gloria, de perlas líricas;

Porque en tu escudo está la unión de la fortaleza y del ensueño, en el
león simbólico de los reyes y unicornio amigo de las vírgenes y hermano
del Pegaso de los soñadores;

_God save the Queen_

Por tus pastores que dicen los salmos y tus padres de familia que en las
horas tranquilas leen en alta voz el poeta favorito junto a la chimenea;

Por tus princesas incomparables y tu nobleza secular;

Por San Jorge, vencedor del Dragón; por el espíritu del gran Will y los
versos de Swinburne y Tennyson;

Por tus muchachas ágiles, leche y risa, frescas y tentadoras como
manzanas;

Por tus mozos fuertes que aman los ejercicios corporales; por tus
_scholars_ familiarizados con Platón, remeros o poetas;

_God save the Queen_


Envío.

Reina y emperatriz, adorada de tu inmenso pueblo, madre de reyes.
Victoria favorecida por la influencia de Nile; solemne viuda vestida de
negro, adoradora del príncipe amado; Señora del mar; Señora del país de
los elefantes. Defensora de la Fe, poderosa y gloriosa anciana, el himno
que te saluda se oiga hoy por toda la tierra: Reina buena: «¡Dios te
salve!».



XXXVIII


Comencé a publicar en _La Nación_ una serie de artículos sobre los
principales poetas y escritores que entonces me parecieron raros, o
fuera de lo común. A algunos les había conocido personalmente, a otros
por sus libros. La publicación de la serie de «Los raros», que después
formó un volumen, causó en el Río de la Plata excelente impresión, sobre
todo entre la juventud de letras, a quien se revelaban nuevas maneras de
pensamiento y de belleza. Cierto que había en mis exposiciones, juicios
y comentos, quizás demasiado entusiasmo; pero de ello no me arrepiento,
porque el entusiasmo es una virtud juvenil que siempre ha sido
productora de cosas brillantes y hermosas; mantiene la fe y aviva la
esperanza. Uno de mis artículos me valió una carta de la célebre
escritora francesa, Mme. Alfred Valette, que firma con el pseudónimo de
_Rachilde_, carta interesante y llena de _esprit_, en que me invitaba a
visitarla en la redacción de el «Mercure de France» cuando yo llegase a
París. A los que me conocen no les extrañará que no haya hecho tal
visita durante más de doce años de permanencia fija en la vecindad de la
redacción del «Mercure». He sido poco aficionado a tratarme con esos
«chermaïtre», franceses, pues algunos que he entrevisto me han parecido
insoportables de _pose_ y terribles de ignorancia de todo lo extranjero,
principalmente en lo referente a intelectualidad.

Pasaba, pues, mi vida bonaerense escribiendo artículos para _La Nación_,
y versos que fueron más tarde mis «Prosas Profanas», y buscando por la
noche el peligroso encanto de los paraísos artificiales. Me quedaba
todavía en el Banco Español del Río de la Plata algún resto de mis
águilas americanas; pero éstas volaron pronto, por el peregrino sistema
que yo tenía de manejar fondos. Me acompañaba un extraordinario
secretario francés, que me encontré no sé dónde, y que me sedujo
hablándome de sus aventuras en Indo-China. Considerad que me contaba:
«Una vez en Saigón...» o bien: «Aquella tarde en Singapour...», o bien:
«Entonces me contestó mi amigo el Maradjad...» ¡No solamente le hice mi
secretario, sino que él llevaba en el bolsillo mi libro de cheques!
Felizmente, cuando volaron todas las águilas, voló él también, con su
larga nariz, su infaltable sombrero de copa y su largo levitón.

Vino la noticia de la muerte del doctor Rafael Núñez, y pocos meses
después recibí nota de Bogotá, en que se me anunciaba la supresión de mi
consulado. Me quedé sujeto a lo que ganaba en _La Nación_, y luego a un
buen sueldo que por inspiración providencial me señaló en _La Tribuna_
su director, ese escritor de bríos y gracias que se firmaba _Juan
Cancio_, y que no es otro que mi buen amigo Mariano de Vedia. Mi
obligación era escribir todos los días una nota larga o corta, en prosa
o verso, en el periódico. Después me invitó a colaborar en su diario «El
Tiempo» el generoso y culto Carlos Vega Belgrano, que luego sufragó los
gastos para la publicación de mi volumen de versos «Prosas Profanas».



XXXIX


«Prosas Profanas», cuya sencillez y poca complicación se pueden apreciar
hoy, causaron al aparecer, primero en periódicos y después en libro,
gran escándalo entre los seguidores de la tradición y del dogma
académico; y no escasearon los ataques y las censuras y mucho menos las
bravas defensas de impertérritos y decididos soldados de nuestra
naciente reforma. Muchos de los contrarios se sorprendieron hasta del
título del libro, olvidando las prosas latinas de la Iglesia, seguidas
por Mallarmé en la dedicada al Des Esseint de Huysmans; y sobre todo,
las que hizo en «roman paladino», uno de los primitivos de la castellana
lírica. José Enrique Rodó explicó y Remy de Gourmont me había
manifestado ya respecto a dicho título, en una carta: «C’est une
trouvaille». De todas esas poesías ha hecho el autor de «Motivos de
Proteo» una encantadora exégesis.

Una de ellas, la titulada «Era un aire suave», fué escrita en edad de
ilusiones y de sueños y evocada en esta ciudad práctica y activa, un
bello tiempo pasado, ambiente del siglo XVIII francés, visión imaginaria
traducida en nuevas verdades músicas. Ella dice la eterna ligereza cruel
de aquella a quien un aristocrático poeta llamara _Enfant Malade_, y
trece veces impura; la que nos da los más dulces y los más amargos
instantes en la vida; la Eulalia simbólica que ríe, ríe, ríe, desde el
instante en que tendió a Adán la manzana paradisíaca. Como siempre, hubo
sus aplausos y sus críticas, en las cuales, gente que había oído hablar
de decadentes y de simbolistas, aseguraban ser mis producciones
ininteligibles, censura cuya causa no he podido nunca comprender. Como
he dicho, había también quienes me seguían y me aplaudían; y tiempo
después debían aquí repetirse por la obra de otros poetas de libertad y
de audacia, iguales censuras, como también iguales aplausos.

Mi poesía _Divagación_ fué escrita en horas de soledad y de aislamiento
que fuí a pasar en el Tigre Hotel. ¿Tenía yo algunos amoríos? No lo
sabré decir ahora. Es el caso que en esos versos hay una gran sed
amorosa y en la manifestación de los deseos y en la invitación a la
pasión, se hace algo como una especie de geografía erótica. El poema
concluía así:

... Amor, en fin, que todo diga y cante,
    Amor que encante y deje sorprendida
    A la serpiente de ojos de diamante
    Que está enroscada al árbol de la vida.

      Amame así, fatal, cosmopolita.
    Universal, inmensa, única, sola.
    Y todas; misteriosa y erudita;
    Amame mar y nube; espuma y ola.

      Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
    Descansa en mis palacios solitarios.
    Duerme. Yo encenderé los incensarios
    Y junto a mi unicornio cuerno de oro
    Tendrán rosas y miel tus dromedarios.



XL


Luego vienen otras poesías que han llegado a ser de las más conocidas y
repetidas en España y América, como la _Sonatina_, por ejemplo, que por
sus particularidades de ejecución, yo no sé por qué no ha tentado a
algún compositor para ponerle música. La observación no es mía. «Pienso,
dice Rodó, que la _Sonatina_ hallaría su comentario mejor en el
acompañamiento de una voz femenina que le prestara melodioso realce. El
poeta mismo ha ahorrado a la crítica la tarea de clasificar esa
composición, dándole un nombre que plenamente la caracteriza. Se cultiva
casi exclusivamente en ella, la virtud musical de la palabra y del ritmo
poético». En efecto, la musicalidad en este caso, sugiere o ayuda a la
concepción de la imagen soñada.

_Blasón_ es el título de otra corta poesía, que fué escrita en Madrid en
el tiempo de las fiestas del Centenario de Colón. Tuve allí oportunidad
de conocer a un gentil hombre, diplomático centroamericano, casado con
una alta dama francesa, como que es, por sus primeras nupcias, la madre
del actual jefe de la casa de Gontaut-Biron, el conde de Gontaut
Saint-Blancard. Me refiero a la marquesa de Peralta. En el álbum de tal
señora, celebré la nobleza y la gracia de un ave insigne; el cisne.
Después están las alabanzas a los «ojos negros de Julia». ¿Qué Julia? Lo
ignoro ahora. Sed benévolos ante tamaña ingratitud con la belleza.
Porque, ciertamente, debió de ser bella la dama que inspiró las estrofas
de que trato, en loor de los ojos negros, ojos que, al menos en aquel
instante, eran los preferidos. Luego será un recuerdo galante en el
escenario del siempre deseado París. Pierrot, el blanco poeta, encarna
el amor lunar, vago y melancólico, de los líricos sensitivos. Es el
carnaval. La alegría ruidosa de la gran ciudad se extiende en calles y
bulevares. El poeta y su ilusión, encarnada en una fugitiva y harto
amorosa parisién, certifica, por la fatalidad de la vida, la tristeza de
la desilusión y el desvanecimiento de los mejores encantos. Rodó--a
quien siempre habría que citar tratándose de «Prosas Profanas»--ha dicho
cosas deliciosas a propósito de estos versos.

Hay en el tomo de «Prosas Profanas» un pequeño poema en prosa rimada, de
fecha muy anterior a la poesías escritas en Buenos Aires, pero que por
la novedad de la manera llamó la atención. Está, se puede decir, calcado
en ciertos preciosos y armoniosos juegos que Catulle Mendès publicó con
el título de «Lieds de France». Catulle Mendès, a su vez, los había
imitado de los poemitas maravillosos de Gaspard de la Nuit, y de
estribillos o refranes de rondas populares. Me encontraba yo en la
ciudad de New-York, y una señorita cubana, que era prodigiosa en el
arpa, me pidió le escribiese algo que en aquella dura y colosal Babel le
hiciese recordar nuestras bellas y ardientes tierras tropicales. Tal fué
el origen de esos aconsonantados ritmos que se titulan _En el país del
Sol_.

Un soneto hay en ese libro que se puede decir ha tenido mayor suerte que
todas mis otras composiciones, pues de los versos míos son los más
conocidos, los que se recitan más, en tierra hispana como en nuestra
América. Me refiero al soneto _Margarita_. Por cierto, la boga y el
éxito se deben a la anécdota sentimental, a lo sencillo emotivo, y a que
cada cual comprende y siente en sí el sollozo apasionado que hay en
estos catorce versos. Entonces sí, ya había caído yo en Buenos Aires en
nuevas redes pasionales; y fuí a ocultar mi idilio, mezclado a veces de
tempestad, en el cercano pueblo de San Martín. ¿En dónde se encontrará,
Dios mío, aquella que quería ser una Margarita Gauthier, a quien no es
cierto que la muerte haya deshojado, «por ver si me quería», como dice
el verso, y que llegara a dominar tanto mis sentidos y potencias? ¡Quién
sabe! Pero, si llegásemos a encontrarnos, es seguro que se realizaría lo
que expresa la tan humana redondilla de Campoamor:

      Pasan veinte años, vuelve él
    y al verse, exclaman él y ella:
  --¡Dios mío, y ésta es aquélla!
  --¡Santo Dios, y éste es aquél!

Hay otra poesía en ese volumen, escrita en España en 1892, en la cual se
ven ya los distintivos que han de caracterizar mi producción anterior, a
pesar de que ese trabajo es castizo, de espíritu español puro, de
acento, de tradición, de manera, de forma. Es en elogio de un metro
popular, armonioso y cantante, la seguidilla. A ese tiempo también
pertenecía el «pórtico» que escribí en Madrid para que sirviese de
introducción a la colección de poesías que con el título de «En tropel»
dió a luz el poeta Salvador Rueda.

_La página blanca_ fué escrita en Buenos Aires, en casa del pobre
Miguelito Ocampo. ¿Quién se acuerda de Miguelito Ocampo?... Hombre de
corazón bueno, de natural ingenio, a quien se debe el primer ensayo de
zarzuela cómica nacional argentina, y que hubiese quizás dejado una
producción más copiosa e importante, si la peor de las bohemias no le
arrebata, primero la voluntad y después la salud y la vida. En su casa
escribí, como he dicho antes, _La página blanca_, en presencia de
nuestro querido viejo Lamberti, a quien dediqué esos versos. Casi todas
las composiciones de «Prosas Profanas» fueron escritas rápidamente, ya
en la redacción de _La Nación_, ya en las mesas de los cafés, en el
Aue’s Keller, en la antigua casa de Lucio, en la de Monti. _El coloquio
de los centauros_ lo concluí en _La Nación_, en la misma mesa en que
Roberto Payró escribía uno de sus artículos. Tanto éstas como otras
poesías exigirían bastantes exégesis y largas explicaciones, que a su
tiempo se harán.



XLI


Otra hospitalidad de buen humor que me acogiera por esos días fué la del
excelente amigo Rouquad. Allí rendíamos tributo a la gula, con platos
suculentos que solía dirigir el dueño de casa. Allí llegaban, entre
otros compañeros ya nombrados, un joven poeta de audacia y fantasía, que
ha producido después libros muy plausibles. Se llamaba Américo Llanos,
era de origen uruguayo y desempeña actualmente el consulado de su país
en San Sebastián de España, con su verdadero nombre, Armando Vasseur.
Iba también cierto abate francés, de apellido Claude, que enseñaba su
idioma al melodioso y elegante lírico de dorados cabellos, Eugenio Díaz
Romero. Este abate tenía una historia de las más escabrosas y que habría
interesado a Barbey d’Aurevilly. Era sobrino de un cardenal. Había
venido a la Argentina muy bien recomendado, pero al hombre le gustaban
mucho los alcoholes, en especial la demoníaca agua verde del ajenjo. En
una de las provincias colgó los hábitos, pues se había enamorado
locamente de la mujer con quien tuvo varios hijos. Ella, atemorizada o
arrepentida, le abandonó para casarse con otro; y poseyó al abate la
mayor desesperación, y la desesperación y el veneno verde le llevaron
casi a la locura. Volvió a Buenos Aires y entonces fué cuando le conocí.
En _La Nación_ he publicado una página en que narro cómo el general
Mitre pudo socorrer una vez al infeliz religioso, en momentos de miseria
y de angustia. Mucho tiempo después, se me apareció en París el
desventurado. Iba de nuevo vestido con sus ropas talares. Lo tenía
recluído el arzobispo en un convento. Le dejaban salir muy de tarde en
tarde y en compañía de algún otro sacerdote; pero esa vez llegó solo. Me
contó sus horas de oración y de arrepentimiento, mas poco á poco se fué
exaltando.--«Vamos, me dijo, a dar una vuelta.» Yo le acompañé a la
calle. Conversaba ya tranquilo, ya agitado, sobre todo cuando me
recordaba a la mujer de quien siempre estaba enamorado, y a sus hijos. Y
como pasáramos cerca de un café:--«Entremos, me dijo, tengo mucha sed,
tomaremos algún refresco». Por más que me opuse, vi que la cosa era
irremediable. Entramos, y con asombro de los concurrentes, el abate, en
vez de un refresco, ya comprenderéis que pidió su veneno. Yo me despedí
más tarde. Al día siguiente llegó a verme de nuevo en un estado
lamentable. Me dijo que todo aquello no era sino obra del demonio; que
él estaba arrepentido y que para cortar el mal de raíz, se iría a una
cartuja que está en una isla cerca de Niza. Creí que todas esas promesas
eran historias; pero el abate desapareció y a los pocos días recibía yo
unas cuantas fotografías de la Cartuja, y una carta en que el triste me
anunciaba su definitiva separación del mundo. No volví a saber nunca más
de él.



XLII


En la redacción de _Tribuna_ me relacioné, por presentación de Mariano
de Vedia, con el doctor Lorenzo Anadón, con el general Mansilla, y los
poetas Carlos Roxlo y Christián Roeber. Mansilla simpatizó mucho conmigo
y publicó a este respecto un precioso y chispeante artículo. Le visité.
En su casa me mostró cosas curiosísimas, entre ellas el mejor retrato
que yo haya visto de su tío D. Juan Manuel de Rozas. Alcancé a conocer
también a su madre, doña Agustina, la belleza célebre que aun
resplandecía en su ancianidad, y a quien, cuando murió, deshojé un
ramillete de rosas literarias. El poeta Roxlo era de trato suave y
delicado y no adivinaba yo en él al futuro vigoroso combatiente de las
luchas políticas. Publicaba sus versos impregnados de perfume patrio y
en los cuales hay sollozos de guitarra pampera, melancólicos aires
rurales, y la revelación armoniosa de un profundo sentir. Roeber era
tipo romántico y legendario. Su novela vital se contaba en voz baja. Se
decía que, por drama de amores, lo que menos le había pasado era recibir
una bala en la cabeza, en duelo, por lo cual tuvo que estar un tiempo
encerrado en un manicomio. Es lo cierto que tenía un conocido título
español, con el cual publicó una serie de traducciones de las novelas de
cierto alegre y ha tiempo pasado de moda autor francés. Mansilla me dió
una comida a la cual invitó a algunos intelectuales. Tengo presente la
larga conversación que allí tuve con el doctor Celestino Pera, y la
interesantísima fecundia de nuestro anfitrión, que narrara amenos
sucesos y prodigara agudas ocurrencias, felices frases, con ese poder de
conversador ágil y oportuno que se ha reconocido en todas partes.

Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como
exquisito, de origen boliviano, Ricardo Jamies Freyre, actualmente
vecino de Tucumán. Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y
catedratico que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde
hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo
aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. El y su
hijo eran para mí excelentes amigos. Con _Brocha Gorda_, pseudónimo de
Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la
isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores
italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al
jugo, regados con tintos chiantis y oscuros barolos. Quien haya
conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los
caballeros de antaño.

Con Ricardo no entrábamos por simbolismos y decadencias francesas, por
cosas d’annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de
entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás
castizos autores. Fundamos, pues, la «Revista de América», órgano de
nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de
esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de
suscripciones y, sobre todo, porque a los pocos números, un
administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y
maneras untuosas, se escapó llevándose los pocos dineros que habíamos
podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa. Pero Ricardo
se desquitó, dando a luz su libro de poesías _Castalia Bárbara_, que fué
una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de
renovadores. Allí se revelaba un lírico potente, delicado, sabio en
técnica y elevado en numen.



XLIII


Y se creó el grupo del Ateneo. Esta asociación, que produjo un
considerable movimiento de ideas en Buenos Aires, estaba dirigida por
reconocidos capitanes de la literatura, de la ciencia y del arte.
Zuberbuhler, Alberto Williams, Julián Aguirre, Eduardo Schiaffino,
Ernesto de la Cárcova, Sivori, Ballerini, de la Valle, Correa Morales y
otros animaban el espíritu artístico; Vega Belgrano, D. Rafael Obligado,
D. Juan José García Velloso, el doctor Oyuela, el doctor Ernesto
Quesada, el doctor Norberto Piñero y algunos más, fomentaban las letras
clásicas y las nacionales, y los más jóvenes alborotábamos la atmósfera
con proclamaciones de libertad mental.

Yo hacía todo el daño que me era posible al dogmatismo hispano, al
anquilosamiento académico; a la tradición hermosillesca, a lo
pseudo-clásico, a lo pseudo-romántico, a lo pseudo-realista y
naturalista, y ponía a mis «raros» de Francia, de Italia, de Inglaterra,
de Rusia, de Escandinavia, de Bélgica y aun de Holanda y de Portugal,
sobre mi cabeza. Mis compañeros me seguían y me secundaban con denuedo.
Exagerábamos, como era natural, la nota. Un Benjamín de la tribu, Carlos
Alberto Becú, publicó una _plaquette_, donde por primera vez aparecían
en castellano versos libres a la manera francesa; pues los versos libres
de Jaimes Freyre eran combinaciones de versos normales castellanos. Becú
hace tiempo abandonó sus inclinaciones líricas y es hoy un grave y
sesudo internacionalista. Luis Berisso publicaba su _Pensamiento de
América_, su traducción de _Belkis_, del portugués Eugenio de Castro, y
trabajaba porque se relacionaran los jóvenes intelectuales argentinos
con los del resto de Hispano-América. Leopoldo Díaz escribía sus
elegancias parnasianas, sus poemas de esfuerzo isotérico. Angel de
Estrada anunciaba con su producción el sutil e intenso poeta y el
prosista artístico y sugestivo que es hoy. Con él y con Alberto Vergara
Biedma, profundizador y elocuente, divagábamos sobre temas de belleza.
Miguel Escalada, que abandonó a las generosas musas, burilaba o miniaba
poemitas de singular y suave gracia. Eduardo de Ezcurra nos hablaba de
su estética y nos citaba siempre a Campanella, uno de sus autores
favoritos. Carlos Baires nos hacía pensar en trascendentes problemas,
con sus iniciaciones filosóficas. Mauricio Nirenstein nos mostraba
selecciones de las letras alemanas y nos instruía en asuntos talmúdicos.
José Ingenieros, con su aguda voz y su agudo espíritu nos hacía vibrar
en súbitos entusiasmos itálicos. José Pardo llevaba alguna página de
pasión, y el bien de su sedoso carácter. José Ojeda nos ungía con el
óleo de la música; y si hay otros que no vienen ahora a mi memoria, han
de perdonármelo a causa del tiempo. Por esos días di en el Ateneo una
conferencia en extremo laudatoria sobre el soñador lusitano Eugenio de
Castro. De ese vibrante grupo del Ateneo brotaron muchos versos, muchas
prosas; nacieron revistas de poca vida, y en nuestras modestas comidas a
escote, creábamos alegría, salud y vitalidad para nuestras almas de
luchadores y de _réveurs_. Un día apareció Lugones, audaz, joven, fuerte
y fiero, como un cachorro de hecatónquero que viniera de una montaña
sagrada. Llegaba de su Córdoba natal, con la seguridad de su triunfo y
de su gloria. Nos leyó cosas que nos sedujeron y nos conquistaron. A
poco estaba ya con Ingenieros redactando un periódico explosivo, en el
cual mostraba un espíritu anárquico, intransigente y candente. Hacía
prosas de detonación y relampagueo que iban más allá de León Bloy; y
sonetos contra «muffles» que traspasaban los límites del más acre
Laurent Tailhade. Vega Belgrano lo llevó a _El Tiempo_, y allí
aparecieron lucubraciones y páginas rítmicas de toda belleza, de todo
atrevimiento y de toda juventud. Dió al público su libro «Las montañas
del oro», para mí el mejor de toda su obra, porque es donde se expone
mayormente su genial potencia creadora, su gran penetración de lo
misterioso del mundo; y porque hasta sus imperfecciones son como esos
informes trozos de roca en donde se ve, a los brillos del sol, el rico
metal que la veta de la mina oculta en su entraña. Yo agité palmas y
verdes ramos en ese advenimiento; y creí en el que venía, hoy crecido y
en la plena y luminosa marcha de su triunfante genio.



XLIV


Tres amigos médicos tuve, que fueron alternativamente los salvadores de
mi salud. Fué el uno el doctor Francisco Sicardi, el novelista y poeta
originalísimo, cuya obra extraordinaria y desigual tiene cosas tan
grandes que pasan los límites de la simple literatura. Su «Libro
Extraño» es de lo más inusitado y peregrino que haya producido una pluma
en lengua castellana. El otro médico, era Martín Reibel, el fraternal e
incomparable Hipócrates de los poetas, a quien Eduardo Talero, entre
otros, debe la vida, y yo, más de una vez, el afianzamiento del más
sacudido y atormentado de los organismos. El otro era Prudencio Plaza,
con quien fuí a pasar una temporada a la isla de Martín García, cuando
él era médico de aquel lazareto. Pasamos allí horas plácidas; nos
perfeccionábamos en el tiro del mauser; leíamos el _Quijote_, nos
confiábamos las ilusiones de nuestros mutuos porvenires. Pero no
olvidaré jamás la llegada de los cadáveres de enfermos sospechosos de
alguna contagiosa enfermedad; ni una autopsia que vi hacer desde lejos,
del cuerpo largo y bronceado de un hindú, pues era la primera vez, la
primera y la única, que he visto ejecutar el horrible y sabio
descuartizamiento. De Martín García envié a _La Nación_ algunas
correspondencias informativas firmadas con un pseudónimo.

Hice después un viaje a Bahía Blanca, en compañía del amigo Rouquaud. No
era por cierto Bahía Blanca el emporio que es ahora; sin embargo, ya se
hablaba mucho del futuro colosal que debería llegar para esa espléndida
región argentina.

De Bahía Blanca partí para una estancia del doctor Argerich, y allí fué
mi primera visita a la Pampa inmensa y poética. Poética, sí, para quien
sepa comprender el vaho de arte que flota sobre ese inconmesurable
océano de tierra, sobre todo en los crepúsculos vespertinos y en los
amaneceres. Allí supe lo que era el mate matinal, junto al fogón, en
compañía de los gauchos, rudos y primitivos, pero también poéticos. Allí
nemrodicé, con excelente puntería, contra martinetas, avestruces, tordos
y pechirrojos, y aun fáciles y poco avisadas vizcachas. Allí atisbé, con
las botas dentro del agua, bandadas de patos, y perseguí a ese espía
escandaloso del aire que se llama el «teru-teru»; allí anduve a caballo
varios días, desde los amaneceres hasta los atardeceres; allí adquirí
fuerzas, y renové mi sangre, y fortifiqué mis nervios, y pasé quizás,
entre gentes sencillas y nada literarias, los más tranquilos días de mi
existencia.



XLV


Retorné a Buenos Aires, y como el producto de mi labor periodística y
literaria no me fuese suficiente para vivir, avino que el doctor Carlos
Carlés, que era Director general de Correos y Telégrafos, me nombró su
secretario particular. Yo cumplía cronométricamente con mis
obligaciones, las cuales eran contestar una cantidad innumerable de
cartas de recomendación que llegaban de todas partes de la República, y
luego recibir a un ejército de solicitantes de empleos, que llevaban en
persona sus cartas favorables. En las primeras no me faltaba el «Con el
mayor gusto...» y «en la primera oportunidad...» o: «En cuanto haya
alguna vacante...» Y a los que llegaban, siempre les daba esperanzas:
«vuelva usted otro día... Hablaré con el director... Lo tendré muy
presente... Creo que usted conseguirá su puesto...» Y así la gente se
iba contenta.

En la oficina tuve muy gratos amigos, como el activísimo y animado Juan
Migoni y el no menos activo aunque algo grave de intelectualidad y de
estudio, Patricio Piñeiro Sorondo, con quien me extendía en largas
pláticas, en los momentos de reposo, sobre asuntos teosóficos y otras
filosofías. Cuando Leopoldo Lugones llegó, también de empleado, a esa
repartición, formamos, lo digo con cierta modestia, un interesante trío.
Cuando no contestaba yo cartas, escribía versos o artículos. En las
quemantes horas del verano nos regocijaba en la secretaría la presencia
de un alegre y moreno portero que nos llevaba refrigerantes y riquísimas
horchatas. Delante de mí pasaban las personas que iban a visitar al
director; y recuerdo haber visto allí, por la primera vez, la noble
figura del doctor Sáenz Peña, actual Presidente de la República.



XLVI


Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre
ciencias ocultas. Me había dado desde hacía largo tiempo a esta clase de
estudios, y los abandoné a causa de mi extremada nerviosidad y por
consejo de médicos amigos. Yo había desde muy joven tenido ocasión, si
bien raras veces, de observar la presencia y la acción de las fuerzas
misteriosas y extrañas, que aun no han llegado al conocimiento y dominio
de la ciencia oficial. En _Caras y Caretas_ ha aparecido una página mía,
en que narro cómo en la plaza de la catedral de León, en Nicaragua, una
madrugada vi y toqué una larva, una horrible materialización sepulcral,
estando en mi sano y completo juicio. También en _La Nación_, de Buenos
Aires, he contado cómo en la ciudad de Guatemala tuve el anuncio
psico-físico del fallecimiento de mi amigo el diplomático costarriqueño
Jorge Castro Fernández, en los mismos momentos en que él moría en la
ciudad de Panamá; y la pavorosa visión nocturna que tuvimos en San
Salvador el escritor político Tranquilino Chacón, incrédulo y ateo;
visión que nos llenó más que de asombro de espanto.

He contado también los casos de ese género, acontecidos a gentes de mi
conocimiento. En París, con Leopoldo Lugones, hemos observado en el
doctor Encausse, esto es, el célebre _Papus_, cosas interesantísimas;
pero según lo dejo expresado, no he seguido en esa clase de
investigaciones por temor justo a alguna perturbación cerebral.



XLVII


No he de dejar en el tintero mis buenas relaciones con un _clown_ inglés
que ha divertido a tres generaciones de argentinos. Ya se comprenderá
que trato de Frank Brown. Los que le conocen fuera de la pista saben que
ese payaso es un _gentleman_; y que un artista, o un hombre de letras,
tiene mucho que conversar con él. Sabe su Shakespeare mejor que muchos
hombres que escriben. Es grave y casi melancólico, como todos aquellos
que tienen por misión hacer reir. Hay que tener en cuenta que el arte
del _clown_ confina, en lo grotesco y en lo funambulesco, con lo trágico
del delirio, con el ensueño y con las vaguedades y explosiones
hilarantes de la alienación. Para manejar todo esto, se precisan una
fuerte salud física y una vigorosa resistencia moral. Con Frank Brown
hemos pasado repetidas horas, agradables y provechosas, y más de una vez
ha aparecido su nombre en mis prosas y versos. Por ejemplo, en aquellos
que empiezan:

      «Frank Brown como los Hanlon Lee
    sabe lo trágico de un paso
    de payaso y es para mí
    un buen jinete de Pegaso.

      Salta del circo al cielo raso;
    Banville le hubiera amado así;
    Frank Brown, como los Hanlon Lee,
    sabe lo trágico de un paso...»

O en la siguiente medalla:


Anverso.

«En el fondo de oro de la fiesta, en traje rojo u oro, oro o rojo
saeteado de estrellas, o recamado de una flora de seda, el rostro
inaudito, máscara de risa cuasi por lo fijo y violento dolorosa,
descendiente de los Hanlon Lee, alado, elástico, Frank Brown, _clown_,
aparece.

La contracción gelásmica se acompaña de súbitos gritos y gestos, siendo
el conjunto demostración de cómo la risa, en lo bufo inglés, como en las
marionetas macabras niponas, se constituyese rayana, en su fondo, en lo
trágico. El tono denota, en aflautados finales, o monólogo coloreado
fuertemente, de acentos de tirolesa, rayados de erres, mientras,
saltante, avanza, batracio o acracio, magistral en su arte extraño, la
figura que el ojo de Bebé agranda, principal, miliunanochesca,
deslumbrante, en única, múltiple empero, apoteósis.

Las palabras sálenle en hipos: acaso el esfuerzo verbal continuando
dolorosa meditación: Fuego de artificios cortado a veces de ausas,
_lazzi_ y gedeonería transcendente. Intimo con caballos, leones, perros,
monos, cebras, hércules, _ecuyères_ y _tonys_; Brown, con un gesto
dominador, explícito, rige.

_¡Music!_ ya se escucha: Tiempos de Buislay y Bell, ¡lejanos! Hoy,
tiempo de Footit, tiempo de Frank Brown. ¿Qué hace, risueño risible,
este _clown_, a las veces filosófico? Parodia a Shakespeare, Hamlet, no
risueño, risible: «doloroso».


Reverso.

«Este es el caballero Frank Brown», que tiene cara de Byron. Hombre
triste y serio, piensa. Su sonrisa, melancolía. (¿Acaso él no conoce a
Durero?) Y como su mano ha acariciado tanto los animales, y los ojos de
los seres inocentes y profundos le han contemplado tanto, su corazón se
ha llenado de íntima bondad.

Es un hombre natural; su imperio, la fuerza y la dignidad. Es inglés,
sabe de poetas.

Es inglés; tiene el culto del hogar, celoso de hembra y cachorro.

Obra con sana y firme voluntad. Su alma de payaso no se ha pintado nunca
la cara. Si queréis verle de cerca, si queréis conversar de Shakespeare
y de la bravura y de la vida justa y sencilla, de la naturaleza sagrada,
y de Dios y de los buenos hombres, id a casa de Luzio, después de la
función del «San Martín», y veréis junto a una mesa, rodeado de amigos,
al «hombre». Le reconoceréis por la cara de Byron.

Es inglés; toma _whisky_ con soda.»

Yo iba siempre a ver trabajar a mi amigo _clown_ en su pista del teatro
«San Martín». Una noche vi allí la demostración del talento especial del
«payo» Roqué, para ganarse amistades y hacerse simpático con sus
habilidades y maneras, a toda clase de gentes. Había leído, por la
tarde, la llegada en su _yacht_ de un potentado inglés, el conde de
Carnarvon, Lord Dudley, a quien acompañaba un príncipe indio, Duhlcep
Sing. En el intermedio de la función del «San Martín» noté en un palco a
un joven de tipo británico, acompañado de otro hombre moreno, que tenía
en su mano derecha un anillo con estupendo brillante negro. Estaba con
ellos uno al parecer secretario. Me encontré con el «payo» y le dije:
«¿Ha visto usted al Lord de Inglaterra y al Príncipe de la India?» y se
lo señalé en el palco. Cuál no fué mi sorpresa, cuando al continuar la
función vi a Roqué sentado en el palco, en risueña conversación con los
dos exóticos personajes. Más tarde llegué a casa de Luzio, y como viese,
muy pasada la media noche, movimiento de mozos que subían a los altos
con pavos trufados y botellas de champagne, pregunté qué fiesta había
arriba, y un camarero me contestó: «Son unos príncipes que están de
farra con el «payo» y unas artistas».

Cierto día llegué a la redacción de _La Nación_, a cuyo personal yo
pertenecía como algo a manera de _croque-mort_, esto es, enterrador de
celebridades, pues no moría un personaje europeo, principalmente poeta o
escritor, sin que D. Enrique de Vedia no me encargase el artículo
necrológico. Por cierto que Mark Twain me jugó una de sus pesadas
bromas. Nos encontrábamos, mis compañeros de café y yo, sin un céntimo,
al comenzar la noche, en casa de Monti; y aunque el bravo suizo nos
hacía crédito, la situación era ardua. En esto, se me llamó por teléfono
de _La Nación_. Fuí inmediatamente y el administrador me mostró un
cablegrama en que se anunciaba que el escritor norteamericano, famoso
por su humorismo, Mark Twain, se encontraba en la agonía. «Es preciso,
me dijo el Sr. de Vedia, que escriba usted un artículo extenso en
seguida para que aparezca mañana con el retrato, pues seguramente esta
noche llegará la noticia del fallecimiento». De más decir que yo puse
manos a la obra con gran entusiasmo y con gran satisfacción y
aprovechando ciertas apuntaciones que sobre el humorista yankee tenía
desde hacía mucho tiempo. Volví, es evidente, a dar la buena nueva a
los amigos que me esperaban en casa de Monti. La muerte de Mark Twain
haría que tuviésemos dinero al día siguiente...

Cuando entregué mi trabajo les fuí a buscar, para que cenáramos juntos
y, por supuesto, pedimos una cena opípara y convenientemente humedecida.
Las libaciones continuaron hasta el amanecer, entre nuestras habituales,
literarias y anecdóticas charlas; y Charles Soussens, nuestro dionisiaco
lírico helvético, se ofreció para ir a buscar al nacer el día, un número
de _La Nación_ a la imprenta. Así fué. Al poco rato le vimos aparecer
desde lejos, por la abierta puerta del restaurant. Traía un número del
diario, pero alzaba los brazos y nos hacía gestos de desolación. Cuando
llegó, con una faz triste, nos dijo: «¡No viene el artículo!» Nos
pusimos serios. Desdoblé el periódico y me di cuenta de la penosa
verdad. Un cablegrama anunciaba la agonía de Mark Twain, pero en otro se
decía que los médicos concebían esperanzas... En otro, que se esperaba
una pronta reacción y en otro, que el enfermo estaba salvado y entraba
en una franca mejoría... Y la salvación del escritor fué para nosotros
un golpe rudo y un rasgo de humor muy propio del yankee, y del peor
género... Felizmente, a propósito de la enfermedad, pude arreglar el
artículo de otro modo y conseguir que pasara, algunos días después.



XLVIII


Fuí, como queda dicho, cierto día, a la redacción del diario. Acababa de
pasar la terrible guerra de España con los Estados Unidos. Conversando,
Julio Piquet me informó de que _La Nación_ deseaba enviar un redactor a
España para que escribiese sobre la situación en que había quedado la
madre patria. «Estamos pensando en quién puede ir», me dijo. Le contesté
inmediatamente: «¡Yo!». Fuimos juntos a hablar con el señor de Vedia y
con el director. Se arregló todo en seguida. «¿Cuándo quiere usted
partir?» me dijo el administrador. «¿Cuándo sale el primer vapor?»
«Pasado mañana». «¡Pues me embarcaré pasado mañana!».

Dos días después iba yo navegando con rumbo a Europa. Era el 3 de
Diciembre de 1898. En esta travesía no aconteció nada de particular,
solamente algo que me da motivo para una rectificación. Recorriendo mi
libro «España Contemporánea» veo que el episodio del capitán Andrews
aconteció en este viaje y no anteriormente, como por explicable
confusión de fecha--repito que no me valgo para estos recuerdos sino de
mi memoria--lo he hecho aparecer.



XLIX


Llegué a Barcelona y mi impresión fué lo más optimista posible. Celebré
la vitalidad, el trabajo, lo bullicioso y pintoresco, el orgullo de las
gentes de empresa y conquista, la energía del alma catalana, tanto en el
soñador que siempre es un poco práctico, como en el menestral que
siempre es un poco soñador. Noté lo arraigado del regionalismo
intransigente y la sorda agitación del movimiento social, que más tarde
habría de estallar en rojas explosiones. Hablé de las fábricas y de las
artes; de los ricos burgueses y de los intelectuales, del leonardismo de
Santiago Rusiñol y de la fuerza de Ángel Guimerá, de ciertos rincones
montmartrescos; de las alegres ramblas y de las voluptuosas mujeres.

Llegué a Madrid, que ya conocía, y hablé de su sabrosa pereza, de sus
capas y de sus cafés. Escribía: «He buscado en el horizonte español las
cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del
alma nacional; Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar
desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez y
Pelayo... No está, por cierto, España para literaturas, amputada,
doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se
diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas
interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de
partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio del
daño general, de las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que
puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la torre». Envié mis
juicios al periódico, que formaron después un volumen.

Frecuenté la legación argentina, cuyo jefe era entonces un escritor
eminente, el doctor Vicente G. Quesada. Intimé con el pintor Moreno
Carbonero, con periodistas como el marqués de Valdeiglesias, Moya, López
Ballesteros, Ricardo Fuente, Castrovido, mi compañero en _La Nación_
Ladevese, Mariano de Cávia, y tantos otros. Volví a ver a Castelar,
enfermo, decaído, entristecido, una ruina, en vísperas de su muerte...
Me juntaba siempre con antiguos camaradas como Alejandro Sawa, y con
otros nuevos, como el _charmeur_ Jacinto Benavente, el robusto vasco
Baroja, otro vasco fuerte, Ramiro de Maeztu, Ruiz Contreras, Matheu y
otros cuantos más; y un núcleo de jóvenes que debían adquirir más tarde
un brillante nombre, los hermanos Machado, Antonio Palomero, renombrado
como poeta humorístico bajo el nombre de _Gil Parrado_, los hermanos
González Blanco, Cristóbal de Castro, Candamo, dos líricos admirables,
cada cual según su manera: Francisco Villaespesa y Juan R. Jiménez,
_Caramanchel_, Nilo Fabra, sutil poeta de sentimiento y de arte, el hoy
triunfador Marquina y tantos más.

Iba algunas noches al camarín de los llamados, por antonomasia, Fernando
y María, esto es, los señores Díaz de Mendoza, condes de Balazote,
grandes de España y príncipes del teatro, a quienes escribí sonoros
alejandrinos cuando pusieron en escena el _Cyrano_ de Rostand.



L


En la librería de Fernando Fe, lugar de reunión vespertina de algunos
hombres de letras, solía conversar con Eugenio Sellés, hoy marqués de
Gerona, con Manuel del Palacio, poeta amable de ojos azules, que
recordaba siempre con cariño sus días pasados en el Río de la Plata; con
Manuel Bueno, ilustrado y combativo, célebre como crítico teatral y hoy
diputado a Cortes; con Llanas de Aguilaniedo, autor de interesantes
novelas y de un libro sobre ciencia penal. A D. José Echegaray me
presentó una noche Fernando Díaz de Mendoza. «Ustedes los americanos, me
dijo, tienen instinto poético...» La frase me supo agridulce... Pero
¡vaya si lo teníamos...! Tiempos después firmaba yo con los escritores y
poetas de la famosa protesta contra el homenaje nacional a Echegaray.
Mi inquina era excesiva... _Juventud, divino tesoro..._

Visité de nuevo a Campoamor, a quien encontré en la más absoluta
decadencia. Estaba, anotaba yo, «caduco, amargado de tiempo a su pesar,
reducido a la inacción después de haber sido un hombre activo y jovial,
casi imposibilitado de pies y manos, la facie penosa, el ojo sin
elocuencia, la palabra poca y difícil, y cuando le dais la mano y os
reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra
dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su espera en la
antesala de la muerte... os digo que es para salir de su presencia con
el espíritu apretado de melancolía». En realidad, aquello era lamentable
y doloroso. El poeta glorioso, el filósofo de humor y hondura, era un
viejo infeliz a quien tenían que darle de comer como a los niños, un sér
concluído en víspera de entrar a la tumba.

Doña Emilia Pardo Bazán continuaba dando sus escogidas reuniones. Allí
solía aparecer, ya ciego, pero siempre lleno de distinción, anciano
impoluto y aristocrático, el autor de _Pepita Jiménez_. Allí me
relacioné con el novelista y diplomático argentino Ocantos, con el
doctor Tolosa Latour, con los cronistas mundanos _Montecristo_ y
_Kasabal_, con el político Romero Robledo, con el popular Luis Taboada,
y con algunas damas de la nobleza que no se ocupaban únicamente en
modas, murmuraciones y asuntos cortesanos, sino que gustaban de departir
con poetas y escritores: la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la
Laguna, cuya hija Gloria tuviera celebridad más tarde por sus singulares
encantos y su valentía de espíritu. Era yo también muy amigo de José
Lázaro y Galdeano, director de la _España Moderna_ y que tenía un
verdadero museo de obras de arte, entre las cuales un pretendido
Leonardo de Vinci.

Con Joaquín Dicenta fuimos compañeros de gran intimidad, apolíneos y
nocturnos. Fuera de mis desvelos y expansiones de noctámbulo, presencié
fiestas religiosas palatinas; fuí a los toros y alcancé a ver a grandes
toreros, como el Guerra. Teníamos inenarrables tenidas culinarias, de
ambrosías y sobre todo de néctares, con el gran D. Ramón María del Valle
Inclán, Palomero, Bueno y nuestro querido ministro de Bolivia, Moisés
Ascarrunz. Me presentaron una tarde, como a un sér raro,--«es genial y
no usa corbata», me decían--a D. Miguel de Unamuno, a quien no le
agradaba, ya en aquel tiempo, que le llamaran el sabio profesor de la
Universidad de Salamanca... Cultivaba su sostenido tema de
antifrancesismo. Y era indudablemente un notable vasco original. El
señor de Unamuno no conocía entonces a Sarmiento, y hablaba con cierto
desdén, basado en pocas noticias, y en su particular humor, de las
letras argentinas. Yo recuerdo que, a propósito de un artículo suyo,
escribí otro, que concluía con el siguiente párrafo:

«Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con
París, que tanto preocupa al señor de Unamuno, tenemos las más
frecuentes y mejores relaciones. Buena parte de nuestros diarios es
escrita por franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido
publicadas por _La Nación_ al mismo tiempo que aparecían en París; la
mejor clientela de Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de
nuestro Jockey-Club, donde _Pini_ es el profesor de esgrima, la _Diana_
de Falguière perpetúa la blanca desnudez de una parisiense. Como somos
fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes
visitas y nos quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos
un pueblo industrioso, bien puede haber quien, en minúsculo grupo,
procure en el centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los
cristales de su capricho: _¡Whim!_ diría Emerson. Crea el señor de
Unamuno que mis «_Prosas Profanas_», pongo por caso, no hacen ningún
daño a la literatura científica de Ramos Mejíal de Coni o a la
producción regional de J. V. González; ni las maravillosas _Montañas de
oro_, de nuestro gran Leopoldo Lugones, perturban la interesante labor
criolla de Leguizamón y otros aficionados a este ramo que ya ha entrado
en verdad en dependencia folk-lórica. Que habrá luego una literatura de
cimiento criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso
libro de Roberto Payró _La Australia Argentina_ y las otras obras del
popularísimo e interesante _Fray Mocho_».



LI


Volví a ver al rey niño, más crecido y supe de intimidades de palacio;
por ejemplo, que su pequeña majestad llamaba a sus hermanitas, las dos
infantas hoy yacentes en sus sepulcros del Escorial, a la una _Pitusa_ y
a la otra _Gorriona_. Busqué por todas partes el comunicarme con el alma
de España. Frecuenté a pintores y escultores. Asistí al entierro de
Castelar, escribí sobre el periodismo español, sobre el teatro, sobre
libreros y editores, sobre novelas y novelistas, sobre los académicos,
entre los cuales tenía admiradores y abominadores; escribí de poetas y
de políticos, recogí las últimas impresiones desilusionadas de Núñez de
Arce. Traté al maestro Galdós, tan bueno y tan egregio, estudié la
enseñanza, renové mis coloquios con Menéndez y Pelayo. Hablé de las
flamantes inteligencias que brotaban. Relaté mi amistad con la princesa
Bonaparte, madame Rattazzi. Di mis opiniones sobre la crítica, sobre la
joven aristocracia, sobre las relaciones ibero-americanas, celebré a la
mujer española; y sobre todo, ¡gracias sean dadas a Dios! esparcí entre
la juventud los principios de libertad intelectual y de personalismo
artístico que habían sido la base de nuestra vida nueva en el
pensamiento y el arte de escribir hispano-americanos, y que causaron
allá espanto y enojo entre los intransigentes. La juventud vibrante me
siguió, y hoy muchos de aquellos jóvenes llevan los primeros nombres de
la España literaria. Imposible me sería narrar aquí todas mis peripecias
y aventuras de esa época pasada en la coronada villa; ocuparían todo un
volumen.



LII


La Exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden de _La
Nación_ de trasladarme en seguida a la capital francesa. Partí.

En París me esperaba Gómez Carrillo y me fuí a vivir con él, al número
29 de la calle Faubourg Montmartre. Carrillo era ya gran conocedor de la
vida parisiense. Aunque era menor que yo, le pedí consejos. «¿Con cuánto
cuenta usted mensualmente?»--me preguntó.--«Con esto», le contesté,
poniendo en una mesa un puñado de oros de mi remesa de _La Nación_.
Carrillo contó y dividió aquella riqueza en dos partes; una pequeña y
una grande. «Esta me dijo, apartando la pequeña, es para vivir:
guárdela. Y esta otra es para que la gaste toda.» Y yo seguí con placer
aquellas agradables indicaciones, y esa misma noche estaba en
Montmartre, en una _boîte_ llamada _Cyrano_, con joviales colegas y
trasnochadoras estetas, danzarinas, o simples peripatéticas.

Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y
como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo,
en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos
recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su
precioso libro «El éxodo y las flores del camino». A Nervo y a mí nos
pasaron cosas inauditas, sobre todo, cuando llegó, a hacernos compañía
un pintor de excepción, famoso por sus excentridades y por su
desorbitado talento: he señalado al belga Henri de Groux. Algún día he
de detallar tamaños sucedidos, pero no puedo menos que acordarme en este
relato de los sustos que me diera el fantástico artista de larga
cabellera y de ojos de tocado, afeitado rostro y aire lleno de
inquietudes, cuando en noches en que yo sufría tormentosas nerviosidades
e invencibles insomnios, se me aparecía de pronto, al lado de mi cama,
envuelto en un rojo ropón dantesco, con capuchón y todo, que había
dejado olvidado en el cuarto no sé cuál de las amigas de Gómez
Carrillo... Creo que la llamada Sonia.



LIII


Yo hacía mis obligatorias visitas a la Exposición. Fué para mí un
deslumbramiento miliunanochesco, y me sentí más de una vez en una pieza,
Simbad y Marco Polo, Aladino y Salomón, mandarín y daimio, siamés y
cow-boy, gitano y mujick; y en ciertas noches, contemplaba en las
cercanías de la torre Eiffel, con mis ojos despiertos, panoramas que
sólo había visto en las misteriosas regiones de los sueños.

Había un _bar_ en los grandes bulevares que se llamaba _Calisaya_.
Carrillo y su amigo Ernesto Lejeunesse, me presentaron allí a un
caballero un tanto robusto, afeitado, con algo de abacial, muy fino de
trato y que hablaba el francés con marcado acento de ultramancha. Era el
gran poeta desgraciado Oscar Wilde. Rara vez he encontrado una
distinción mayor, una cultura más elegante y una urbanidad más gentil.
Hacía poco que había salido de la prisión. Sus viejos amigos franceses
que le habían adulado y mimado en tiempo de riqueza y de triunfo, no le
hacían caso. Le quedaban apenas dos o tres fieles, de segundo orden. El
había cambiado hasta de nombre en el hotel donde vivía. Se llamaba con
un nombre balzaciano, Sebastián Menmolth. En Inglaterra le habían
embargado todas sus obras. Vivía de la ayuda de algunos amigos de
Londres. Por razones de salud, necesitó hacer un viaje a Italia, y con
todo respeto, le ofreció el dinero necesario un _barman_ de nombre John,
que es una de las curiosidades que yo enseño cuando voy con algún amigo
a la «Bodega», que está en la calle de Rivoli, esquina a la de
Castiglione. Unos cuantos meses después moría el pobre Wilde, y yo no
pude ir a su entierro, porque cuando lo supe, ya estaba el desventurado
bajo la tierra. Y ahora, en Inglaterra y en todas partes, recomienza su
gloria...



LIV


En lo más agitado de la Exposición de París, salí en viaje a Italia,
viaje que era para mí un deseado sueño. Bien sabido es que para todo
poeta y para todo artista, el viaje a Italia, al tradicional país del
arte, es un complemento indispensable en su vida. El mío fué una
excursión rápida de turista. Aproveché la compañía de un hombre de
negocios de Buenos Aires, y así tuve siquiera con quien conversar, ya
que no cambiar ideas. Pasé por Turín, en donde visité la Pinacoteca;
tuve ocasión de ver al duque de los Abruzzos; almorzar con el
_onorevole_ Gianolio; trabar mi primer conocimiento con la sabrosa
_fonduta_ aromada de trufas blancas; conocer la Superga y admirar desde
su altura los lejanos Alpes, luminosos bajo el sol. Estuve en Pisa y
admiré lo que hay que admirar, el Duomo, el Camposanto, la Torre
inclinada, rueca de la vieja ciudad, y el Baptisterio. Manifesté, en tal
ocasión, líricas reminiscencias. Fuí a la Cartuja, con carta de
recomendación para el prior Don Bruno; oí cantar, en el calor de la
estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las
cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la
fe y el amor al silencio de aquellos solitarios.

Pasé por Livorno, ciudad marítima y comerciante, vibrante de agitaciones
modernas. Fuí a Ardenza, y en el santuario de Montenero recé una
avemaría a la Virgen llegada de la isla de Negroponto, virgen milagrosa,
amada de los marinos, visitada por Byron y otras conocidas testas. Luego
fuí a Roma. Me poseyó la gran ciudad imperial y papal. Vi en una calle
pasar a D’Annunzio, en su inevitable _pose_; vi a León XIII en su
colosal retiro de piedra; y dediqué al papa blanco un largo himno en
prosa. Esa visita la hice con un numeroso grupo de peregrinos
argentinos, entre los cuales tengo presente al ilustre doctor Garro,
actual ministro de Instrucción Pública, y al señor Ignacio Orzali, mi
compañero de _La Nación_, que ostentaba sus condecoraciones pontificias.
A su Santidad blanca me presentaron como redactor del gran diario de
Buenos Aires, «el diario del general Mitre». El viejecito de color de
marfil me dijo en italiano palabras paternales, me dió a besar su mano
casi fluídica, ornada con una esmeralda enorme, y me bendijo. En mi
libro «Peregrinaciones» podréis encontrar algunas de mis impresiones
romanas, pero no encontraréis dos que voy a contaros.

La primera es mi conocimiento con Vargas Vila, el célebre pensador,
novelista y panfletista político, que para mí no es sino, juntándolo
todo, un único e inconfundible poeta, quizás contra su propia voluntad y
autoconocimiento. Vargas Vila, que ha pasado muchos años de su vida en
Italia, país que ama sobre todos, se encontró conmigo en Roma. Fuimos
íntimos en seguida, después de una mutua presentación, y no siendo él
noctámbulo, antes bien persona metódica y arreglada, pasó conmigo toda
esa noche, en un cafetín de periodistas, hasta el amanecer; y desde
entonces, admirándole yo de todas veras, hemos sido los mejores
camaradas en Apolo y en Pan.

La segunda impresión es mi encuentro con Enrique García Velloso, que,
aunque siempre lleno de talento, no era todavía el fecundo, rozagante,
pimpante y pactolizante autor teatral que hoy conocen las escenas
Argentinas y aun las Españolas. Yo le había conocido desde que era un
adolescente, en casa de su padre. En la urbe romana tuvimos primero
saudades de Buenos Aires, y después nos dimos a la alegría y gozos del
vivir. Y tras animados paseos nocturnos, nos fuimos una mañana, en unión
del periodista Ettore Mosca, al lugar campestre situado en las orillas
del Tíber, que se denomina «Acqua acetosa». Allí, en una rústica
_trattoria_, en donde sonreían rosadas tiberinas, nos dieron un desayuno
ideal y primitivo: pollos fritos en clásico aceite, queso de égloga,
higos y uvas que cantara Virgilio, vinos de oda horaciana. Y las aguas
del río, y la viña frondosa que nos servía de techo, vieron naturales
consecuentes locuras.



LV


De Roma partí para Nápoles, en donde pasé amistosos momentos en compañía
de Vittorio Pica, el célebre crítico de arte, autor de tantas exquisitas
monografías y director de _Emporium_, la artística revista de Bergamo.
Hice la indispensable visita a Pompeya y retorné a París.

Nunca quise, a pesar de las insinuaciones de Carrillo, relacionarme con
los famosos literatos y poetas parisienses. De vista conocía muchos, y
aun oí a algunos, en el _Calisaya_ o en el café Napolitain. Al
Napolitain iba casi todos los días un grupo de nombres en _vedette_,
entre ellos Catulle Mendès y su mujer, el actor Silvain, Ernest
Lajeuneuse, Grenet, Dancourt, Georges Courteline, algunas veces Jean
Moreas y otros citaredas de menor fama. Catulle Mendès no era ya el
hermoso poeta de cabellos dorados, que antaño llamara tanto la atención
por sus gallardías y encantos físicos, sino un viejo barrigón, cabeza de
nazareno fatigado, todavía con fuertes pretensiones a las conquistas
femeninas, las cuales, en efecto, lograba en el mundo de las máscaras,
pues era crítico teatral y personaje dominante entre las gentes de
tablas y bambalinas. Una que otra vez se aparecía, con su melena negra y
sus negros bigotes, el hoy elegido príncipe de los poetas franceses,
Paul Fort, y la verdad es que allí no descollaba, pues su influjo
principal estaba del otro lado del río, en el país Latino.



LVI


Yo seguí habitando la misma casa de la calle Faubourg Montmartre y
cuando regresaba por las madrugadas, solía entrar a cenar a un
establecimiento situado en mi vecindad, y que se llamaba _Au filet de
Sole_. En uno de esos amaneceres llegué en compañía de un escritor
cubano, Eulogio Horta. Estábamos cenando en uno de los extremos del
salón del café. Había un nutrido grupo de hombres de aspectos e
indumentarias que yo no sabía conocer aún, alemanes en su mayor parte, y
franceses. Casi todos ostentaban sendos alfileres y anillos de
brillantes y estaban acompañados de unas cuantas hetairas de lujo.
Espumeaba con profusión el _cordon rouge_, y al son de los violines de
los tziganos, algunas parejas danzaban más que libremente. De pronto
entro una joven, casi una niña, de notable belleza; se dirigió a uno de
los hombres, rojo, rechoncho, de fosco aspecto, con tipo de carnicero,
habló con él algunas palabras... La bofetada fué tan fuerte que resonó
por todo el recinto y la pobre muchacha cayó cual larga era... A Eulogio
Horta y a mí se nos subió, sobre los vinos, lo hispanoamericano a la
cabeza, y nos levantamos en defensa de la que juzgábamos una víctima;
pero la cuadrilla de rufianes se alzó como uno solo, amenazante,
lanzándonos los más bajos insultos. Y lo peor era que quien nos
insultaba más, con la cara ensangrentada, era la moza del bofetón... No
nos pasó algo serio porque el gerente del establecimiento, que me
conocía desde Buenos Aires, salió a nuestra defensa, habló en alemán con
ellos y todo se calmó. Luego vino a nosotros y nos advirtió que nunca se
nos ocurriera salir a la defensa de tales _gourgandines_.

Otras cuantas aventuras de este género me acontecieron, pues en esa
época yo hacía vida de café, con compañeros de existencia idéntica, y
derrochaba mi juventud, sin economizar los medios de ponerla a prueba.



LVII


Había vendido miserablemente varios libros a dos _ghettos_, de la
edición que en París han hecho miles y millones con el trabajo mental de
escritores españoles e hispanoamericanos, pagados harpagónicamente, y
como yo me quejase en aquel entonces, por una de mis obras, se me
mostraron las condiciones en que había vendido para la América española
una escritora ilustre su _Vida de San Francisco de Asis_.

Don Justo Sierra, el eminente escritor y poeta, que en Méjico era
llamado «el Maestro», y que acababa de fallecer en Madrid de ministro de
su país, escribió el prólogo para uno de mis volúmenes,
«Peregrinaciones». En París tuve la oportunidad de conocer a este hombre
preclaro, que en los últimos años de la administración del presidente
Porfirio Díaz, ocupó el Ministerio de Instrucción pública.

El gobierno de Nicaragua, que no se había acordado nunca de que yo
existía sino cuando las fiestas colombinas, o cuando se preguntó por
cable de Managua al ministro de Relaciones Exteriores argentino si era
cierta la noticia que había llegado de mi muerte, me nombró cónsul en
París.

Y a propósito, por dos veces se ha esparcido por América esa falsa nueva
de mi ingreso en la Estigia; y no podré olvidar la poco evangélica
necrología que, la primera vez, me dedicara en _La Estrella de Panamá_
un furioso clérigo, y que decía poco más o menos: «Gracias a Dios que ya
desapareció esta plaga de la literatura española... Con esta muerte no
se pierde absolutamente nada...» Hasta dónde puede llevar el fanatismo y
la ignorancia en todo.



LVIII


Me instruí en mis funciones consulares y tenía como canciller a un rubio
y calvo mexicano, limpio de espíritu y de corazón, y a quien
convencimos, en horas risueñas, algunos hispanoamericanos, de que, dado
su tipo completamente igual al de los Hapsburgos y la fecha de su
nacimiento, debía de ser hijo del emperador Maximiliano; y el «rico
tipo», con poco cariño por su papá y poco respeto por su señora mamá,
llegó a aceptar, entre veras y bromas, la posibilidad de su austriaco
parentesco...

Entre mis tareas consulares y mi servicio en _La Nación_, pasaba mi
existencia parisiense. Era ministro nicaragüense en Francia D. Crisanto
Medina, antiguo diplomático de pocas luces, pero de mucho mundo y
práctica en los asuntos de su incumbencia. A pesar de nuestras
excelentes relaciones, había algo entre ellas que impedían una completa
cordialidad. Me refiero a un antiguo drama de familia, relacionado con
el asesinato de mi abuelo materno.

D. Crisanto, de quien ha hecho Luis Bonafoux, en una de sus crónicas,
bien pimentada _charge_, era un hombre tan feliz y tan ecuánime a su
manera, que no tenía la menor idea de la literatura.., Había conocido,
desde los tiempos de Thiers, a Víctor Hugo, a Dumas, a otras cuantas
celebridades; pero de Víctor Hugo no me contaba sino que en un banquete,
en la inauguración del Hôtel de Ville, le libró de un resfriado
levantándose de la mesa y yéndose a poner su gabán, a causa de una
corriente de aire, cosa que D. Crisanto imitó;... y de Dumas, que una
vez, al salir de una reunión, el famoso autor no encontraba su coche, y
D. Crisanto le fué a dejar en su casa en el suyo... Al ecuatoriano Juan
Montalvo le llamaba «aquel Montalvo que escribía»... Tenía gran
admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de
escritor, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le
contestaba las notas con frases pocos usuales, notas que unas veces eran
para Nicaragua, otras para Guatemala, porque D. Crisanto había tenido el
talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al
mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centroamericanas. Tible
Machado, ministro de Guatemala en Londres y Bruselas, era su pesadilla;
y en la conferencia de La Haya... la cosa acabó en un duelo. Una noche,
en París, la víspera del encuentro en el terreno, me dijo mi ministro:
«Mañana mato a Tible». No lo mató. Cierto es que D. Crisanto había
tenido otro duelo célebre, en tiempos casi prehistóricos, con el
nombrado colombiano, Torres Caicedo, que sacó su herida de la
emergencia.

Contemporáneo de Medina fué el marqués de Rojas, tío de Luis Bonafoux y
que había sido diplomático de Guzmán Blanco, con quien tuvo sus
polémicas y desagrados. Fué aquel marqués pontificio, a quien traté en
su postrimería, muy aficionado a las mujeres y a la buena vida; hombre
rico, tuvo una vejez solitaria y murió entre criadas y criados en su
_garçonnière_. Esos dos ancianos de que he hablado, y que ha tiempo en
paz descansan, eran asiduos al mentidero del Gran Hotel, en donde se
reunían españoles e hispanoamericanos a ejercer la parlería y la
murmuración nacional y de raza.



LIX


Los ardientes veranos iba yo a pasarlos a Asturias, a Dieppe, y alguna
vez a Bretaña. En Dieppe pasé alguna temporada en compañía del notable
escritor argentino que ha encontrado su vía en la propaganda del
hispanoamericanismo frente al peligro yankee, Manuel Ugarte. En Bretaña
pasé con el poeta Ricardo Rojas horas de intelectualidad y de
cordialidad en una «villa» llamada _La Pagode_, donde nos hospedaba un
conde ocultista y endemoniado, que tenía la cara de Mefistófeles.
Ricardo Rojas y yo hemos escrito sobre esos días extraordinarios, sobre
nuestra visita al Manoir de Boultous, morada del maestro de las imágenes
y príncipe de los tropos, de las analogías y de las armonías verbales,
Saint-Pol-Roux, antes llamado el Magnífico.

Entre toda esta última parte de mi narración se mezclan largos días que
pertenecen a lo estrictamente privado de mi vida personal.

Emprendí otro viaje por Bélgica, Alemania, Austria-Hungría, Italia,
Inglaterra. De todo ello me ocupo en algunos de mis libros con bastantes
detalles. Mas no he contado algunos incidentes, por ejemplo, uno en que
escapamos en perder la vida mi compañero de viaje, el mexicano Felipe
López, y yo. Fué en la ciudad de Budapest, por cierto región
encantadora, si las hay. Andábamos recorriendo las calles. Ni López ni
yo hablábamos alemán y nos desolábamos, en los restaurants, de no poder
entender la lista del «menú», porque los húngaros, en lo general, por
odio al austriaco, no quieren emplear al alemán en nada, y así todo está
en su lenguaje para nosotros lleno de escabrosidades. Yendo por una gran
vía, leímos en letras doradas en un establecimiento: _American Bar_; y
encontrando la ocasión de emplear bien nuestro inglés, entramos. Pedimos
sendos cocktails, y nos pusimos a escribir cartas. En esto se nos acercó
un elegante joven, y en un francés cojo pero melifluo, nos dijo, más o
menos, tendiéndonos su tarjeta: que era hijo de un fabricante de
bicicletas; que había estado en Francia donde le habían atendido con
toda gentileza y que desde entonces se había prometido ofrecer sus
servicios, ser útil en todo lo que pudiera y pilotear y atender a cuanto
extranjero de condición llegase a tierra húngara. Nosotros, un tanto
desconfiados por aquel abordaje sin presentación, dimos las gracias con
frialdad, pero el guapo mozo continuó en la carga con tan buenas maneras
y con tanta insistencia que nos vimos obligados a aceptar un champagne
de bienvenida. Y el joven se convirtió en nuestro cicerone.

Nos llevó al Os Buda Vara, al barrio de los magnates, casi todo
construído según la manera de la Secesión; a un jardín público, donde
debía celebrarse un fiesta esa tarde, y al cual debía asistir un
príncipe imperial; nos hizo comer no sé qué mezcla magyar de queso
fresco, cebolla picada, sal y paprika, mojada con una incomparable
cerveza Pilsen, como de nieve y seda. Sin saber cómo ni cuándo se
apareció un hombre con tipo de obrero, que llevaba en la diestra maciza
un anillo de gran brillante. Habló en húngaro con nuestro joven, éste
nos lo presentó como un rico industrial y nos dijo, que, encantado de
que fuésemos extranjeros, nos invitaba esa tarde a una comida compuesta
exclusivamente de platos nacionales. Llevado de mi entusiasmo por las
cocinas exóticas, dije que aceptábamos con gusto, y quedamos en que
nuestro cicerone nos llevaría al punto de reunión. Se nos dijo que el
restaurant elegido quedaba cerca.

Muy entrada la tarde nos dirigimos a la cita. Ibamos a pie, y después de
andar un buen trecho entre villas y quintas, observé que habíamos salido
de la población. Se lo hice notar a mi amigo, pero el húngaro nos
señaló una casa cercana, aislada, y nos dijo que era allí el lugar de la
comida. Advertí a López que la cosa me parecía sospechosa, mas como
viésemos que la casa tenía un jardín y en él había mesitas donde comían
otras gentes, nos parecieron vanas nuestras sospechas. Entramos. Desde
el momento vimos que aquello era un cafetín popular. Apareció el
industrial. Nos hicieron entrar a un cuarto lateral, pidieron cuatro
copas de no recuerdo qué licor. Dije en español a López que no
bebiéramos, pero él bebió con los dos desconocidos. Querían que yo
tomara con ellos, pero dije que no me sentía bien. A poco, el mexicano
se puso pálido y me dijo que le venía un sueño irresistible y que
seguramente nos habían servido un narcótico. Hice que saliéramos para
que tomase un poco de aire, y así se le quitó algo la pesadez de la
cabeza. El hostelero nos dijo que la comida estaba servida. En efecto,
bajo una parra había una mesa para cuatro personas. La cuarta apareció y
nos fué presentada como un señor conde de nombre enrevesado. Era un
coloso mal trajeado y con manos de boyero. Nos sentamos a la mesa y
comimos un _papricak hun_, plato especial del país y otros más de éstos.
Cuando concluímos se nos invitó a pasar al lado del figón, a una cancha
de bochas, o juego de bolos, perteneciente a un club, del cual se nos
dijo que el conde era director. Aquello estaba solitario, daba a un
largo patio, o más bien dilatada extensión de terreno. No lejos, corría
el Danubio. Nos invitaron a tomar un vino tokay, que nos inspiró
confianza, pues la botella vino cerrada. No era el común vino tokay que
se encuentra en todas partes y que sirve para postres, sino un néctar
delicioso, de caldo color dorado, y que apuramos en grandes vasos.
Confieso no haber tomado nunca un vino tan exquisito. Después se nos
insinuó que era preciso, pues de uso corriente y nacional, que jugásemos
a un juego de cartas llamado «el reloj». Como por encanto apareció allí
una baraja y después de algunas indicaciones empezó la partida.

A pocos momentos, tanto el mexicano como yo, habíamos ganado importante
número de florines; pero la partida continuó, y cuando nos percatamos,
tanto él como yo, habíamos perdido todo lo ganado y bastante dinero más.
De común acuerdo resolvimos irnos en seguida, mas cuando manifestamos
nuestra intención, fué como si hubiésemos encendido un reguero de
pólvora. Los hombres se sulfuraron y se pusieron ante nosotros en
actitud amenazante. El joven intérprete nos explicó que se creían
ofendidos. Nosotros estábamos sin armas y no había sino que emplear
alguna treta oportuna. Yo le dije que había en todo una equivocación;
que estábamos dispuestos a continuar el juego al día siguiente, pero que
en ese momento teníamos que ir a la ciudad a recoger un dinero. El conde
habló con sus compañeros y el joven nos dijo que se nos invitaba al día
siguiente para ir a una _pushta_ o estancia húngara para que
conociésemos la vida rural del país. Me apresuré a decir que con
muchísimo gusto, y en los ojos de los bandidos se vió una gran
satisfacción. ¿A qué horas pasará el conde en su automóvil por ustedes?
«Tiene que ser antes de las ocho».--«A las siete y media en punto», le
contesté. Así nos dejaron partir. Cuando llegamos al hotel, el dueño del
establecimiento nos dijo:--«De buena se han librado ustedes. Esos pillos
deben pertenecer a una banda que ha robado y hecho desaparecer a varios
extranjeros, cuyos cuerpos apuñalados se han encontrado en las aguas del
Danubio». Tomamos el tren para Viena a las cinco de la mañana.



LX


Una vez vuelto de ese largo viaje, me tomé algún tiempo de reposo en
París. Inesperadamente recibí cablegrama del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Nicaragua, en que se me comunicaba mi nombramiento de
Secretario de la Delegación nicaragüense a la conferencia Panamericana
del Río de Janeiro. Debería reunirme en Francia con el jefe de la
Delegación, señor Luis F. Corea, que era Ministro en Washington. Una
semana después salimos para el Brasil. Ya he narrado en un diario las
circunstancias, anécdotas y peripecias de este viaje y mis impresiones
brasileñas y de la conferencia, a raíz de este acontecimiento. Vine de
Río de Janeiro, por motivos de salud, a Buenos Aires. Mis impresiones de
entonces quizás las conozcáis en verso, en versos de los dirigidos a la
señora de Lugones, en cierta mentada epístola:

... En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad
    de Buenos Aires, no sin haber escuchado
    a mister Root, a bordo del _Charleston_ sagrado;
    mas mi convalecencia duró poco. ¿Qué digo?
    mi emoción, mi entusiasmo y mi recuerdo amigo,
    y el banquete de _La Nación_ que fué estupendo,
    y mis viejas siringas con su pánico estruendo,
    y ese fervor porteño, ese perpetuo arder,
    y el milagro de gracia que brota en la mujer
    argentina, y mis ansias de gozar de esa tierra
    me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra.
    Y me volví a París. Me volví al enemigo
    terrible, centro de la neurosis, ombligo
    de la locura, foco de todos _surmenage_,
    donde hago buenamente mi papel de _sauvage_
    encerrado en mi celda de la rue Marivaux,
    confiando sólo en mí y resguardando el yo.
    ¡Y sí lo resguardara, señora, si no fuera
    lo que llaman los parisienses una _pera_!
    A mi rincón me llegan a buscar las intrigas,
    las pequeñas miserias, las traiciones amigas,
    y las ingratitudes. Mi maldita visión
    sentimental del mundo me aprieta el corazón,
    y así cualquier tunante me explotará a su gusto.
    Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo.
    Por eso los astutos, los listos dicen que
    no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé!
    Que ando, nefelibata, por las nubes... ¡Entiendo!
    Sí, lo confieso, soy inútil. No trabajo
    por arrancar a otro su pitanza; no bajo
    a hacer la vida sórdida de ciertos previsores.
    Yo no ahorro, ni en seda, ni en champaña, ni en flores.
    No combino sutiles pequeñeces, ni quiero
    quitarle de la boca su pan al compañero.
      Me complace en los cuellos blancos ver los diamantes.
    Gusto de gentes de maneras elegantes
    y de finas palabras y de nobles ideas.
    Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas
    trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos,
    mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos.
    No conozco el valor del oro... ¿saben esos
    que tal dicen, lo amargo del jugo de mis sesos,
    del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta,
    del pensamiento en obra y de la idea encinta?
    ¿He nacido yo acaso hijo de millonario?
    ¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario?...

De vuelta a París fuí a pasar un invierno a la Isla de Oro, la
encantadora Palma de Mallorca. Visité las poblaciones interiores; conocí
la casa del archiduque Luis Salvador, en alturas llenas de vegetación de
paraíso, ante un mar homérico; pasé frente a la cueva en que oró
Raymundo Lulio, el ermitaño y caballero que llevaba en su espíritu la
suma del Universo. Encontré las huellas de dos peregrinos del amor,
llamémosles así: Chopin y George Sand, y hallé documentos curiosos sobre
la vida de la inspirada y cálida hembra de letras y su nocturno y tísico
amante. Vi el piano que hacía llorar íntima y quejumbrosamente el más
lunático y melancólico de los pianistas, y recordé las páginas de
_Spiridion_.



LXI


El gobierno nicaragüense nombró a Vargas Vila y a mí--Vargas Vila era
Cónsul general de Nicaragua en Madrid--miembros de la Comisión de
límites con Honduras, que Nicaragua envió a España, siendo el rey Don
Alfonso el árbitro que debía resolver definitivamente en el asunto en
cuestión. El ministro Medina era el jefe de la Comisión; pero nunca nos
presentó oficialmente ni contaba, ni quería contar con nosotros para
nada. Vargas Vila tiene sobre esto una documentación inédita que algún
día ha de publicarse. El fallo del rey de España, no contentó, como casi
siempre sucede, a ninguna de las partes litigantes, y eso que Nicaragua
tenía como abogado nada menos que a D. Antonio Maura. La poca avenencia
del ministro Medina conmigo hizo que yo me resolviese a hacer un viaje
a Nicaragua.

Hacía cerca de diez y ocho años que yo no había ido a mi país natal.
Como para hacerme olvidar antiguas ignorancias e indiferencias, fuí
recibido como ningún profeta lo ha sido en su tierra... El entusiasmo
popular fué muy grande. Estuve como huésped de honor del Gobierno
durante toda mi permanencia. Volví a ver, en León, en mi casa vieja, a
mi tía abuela, casi centenaria; y el Presidente Zelaya, en Managua, se
mostró amable y afectuoso. Zelaya mantenía en un puño aquella tierra
difícil. Diez y siete años estuvo en el poder y no pudo levantar cabeza
la revolución conservadora, dominada, pero siempre piafante. El
Presidente era hombre de fortuna, militar y agricultor, mas no se crea
que fué ese la reproducción de tanto tirano y tiranuelo de machete como
ha producido la América española. Zelaya fué enviado por su padre, desde
muy joven, a Europa; se educó en Inglaterra y Francia; sus principales
estudios los hizo en el colegio Höche, de Versalles; peleó en las filas
de Rufino Barrios, cuando este Presidente de Guatemala intentó realizar
la unión de Centro América por la fuerza, tentativa que le costó la
vida.

Durante su presidencia, Zelaya hizo progresar el país, no hay duda
alguna. Se rodeó de hombres inteligentes, pero que, como sucede en
muchas partes de nuestro continente, hacían demasiada política y muy
poca administración; los principales eran hombres hábiles, que
procuraban influir para los intereses de su círculo en el ánimo del
gobernante. Esos hombres se enriquecieron, o aumentaron sus caudales, en
el tiempo de su actuación política. Otros adláteres hicieron lo mismo;
la situación económica en el país se agravó, y las malquerencias y
desprestigios de los que rodeaban al jefe del Estado recayeron también
contra él. Esto lo observé a mi paso. El descontento había llegado a tal
punto en Occidente, cuando se creyó, con motivo del matrimonio de una de
las señoritas Zelaya, que el Presidente entraba en connivencias con los
conservadores de Granada, que había preparada en León, para una próxima
visita presidencial, una conjuración contra la vida del general Zelaya.

Amigos míos, entre ellos, principalmente, el doctor Luis Debayle y D.
Francisco Castro, ministro de Hacienda, y el mismo ministro de
Relaciones Exteriores, Sr. Gámez, pidieron al presidente la legación de
España para mí. La unánime aprobación popular, el pedido de sus amigos,
y su innegable buena voluntad, hicieron que el general Zelaya me
nombrase ministro en Madrid, pero no sin que tuviese que luchar con
intrigas palaciegas y pequeñeces no palaciegas, que hacían su sordo
trabajo en contra, y esto a pesar de que la legación tenía un pobre y
casi desdoroso presupuesto, que fué todavía mermado a la salida del Sr.
Castro del Ministerio de Hacienda.



LXII


Partí, pues, de Nicaragua con la creencia de que no había de volver
nunca más; pero había visto florecer antiguos rosales y contemplado
largamente, en las noches del trópico, las constelaciones de mi
infancia. La familia Darío estaba ya casi concluída. Una juventud
ansiosa y llena de talento se desalentaba, por lo desfavorable del
medio. Y se sentía soplar un viento de peligro que venía del lado del
Norte.

Cuando llegué a París, la contrariedad del ministro Medina al saber que
iba yo a sustituirle en su puesto diplomático de España--pues él era
representante de Nicaragua en cuatro o cinco países de Europa--se
exteriorizó con tal despecho, que me juró aquel provecto caballero no
volver a poner los pies en España. Me dirigí a Madrid con objeto de
presentar mis credenciales. Me hospedé en el Hotel de París, y procuré
que aquella Legación, con información de pobreza, tuviese una
exterioridad, ya que no lujosa, decorosa. La prensa me había saludado
con toda la cordialidad que inspiraba un reconocido amigo y queredor de
España.

Recibí la visita del primer Introductor de Embajadores, Conde de Pie de
Concha, noble gentilísimo, y me anunció que el Rey me recibiría en
seguida, pues tenía que partir no recuerdo para qué punto. A los tres
días debía verificarse la ceremonia de la entrega de mis credenciales; y
todavía un día antes andaba yo en apuros, porque no había recibido de
París mi flamante y dorado uniforme. Felizmente me sacó del paso mi buen
amigo el doctor Manrique, ministro de Colombia; él hizo que me probara
el suyo y me quedó a las mil maravillas; y he allí cómo el antiguo
Cónsul general de Colombia en Buenos Aires, fué recibido por el rey de
España, como ministro de Nicaragua, con uniforme colombiano.

Su Majestad el Rey estuvo conmigo de una especial amabilidad, aunque en
este caso todos los diplomáticos dicen lo mismo. Me habló de mi obra
literaria. Conversó de asuntos nicaragüenses y centroamericanos,
demostrando bien informado conocimiento del asunto, y dejó en mi ánimo
la mejor impresión. Cada vez que hablé con él, en el curso de mi misión,
me convencí de que no es solamente el rey _sportman_ de los periódicos
e ilustraciones, sino un joven bien pertrechado de los más diversos
conocimientos, y hecho a toda suerte de disciplinas. Una vez concluída
mi conversación con el monarca, pasé a presentar mis respetos a las
reinas. La reina Victoria apareció ante mi vista como una figura de
arte. Por su rosada belleza, la pompa rica de su elegancia ornamental, y
hasta por la manera como estaba dada la luz en el estrecho recinto donde
me recibió de pie y me tendió la mano para el beso usual. ¡Cuán hermosa
y rubia reina de cuentos de hadas! Hablé con ella en francés; todavía no
se expresaba con facilidad en español. Y tras cumplimientos y preguntas
y respuestas casi protocolares, fuí a saludar a la reina madre doña
María Cristina, delgada y recta, con la particular distinción y aire
imperial que reveló siempre la archiduquesa austriaca que había en la
soberana española. Se mostró conmigo afable y de excelente memoria. Así,
después del acostumbrado diálogo diplomático, me dijo que recordaba la
ocasión en que, en una de las ceremonias de las fiestas colombianas, le
había sido presentado por su primer ministro, D. Antonio Cánovas del
Castillo.

Después hice mi visita a las infantas: doña Isabel, acompañada de su
inseparable marquesa de Nájera, hoy fallecida. El excelente carácter de
doña Isabel, su cultura y su llaneza, bien conocidos de los argentinos,
no ocultan el genio artístico que hay en ella; y cuyo amor al arte supe
en esa oportunidad y en otras posteriores, por su conversación y por su
museo. La infanta doña Luisa, una linda Orleáns, casada con el viudo D.
Carlos, delicada y fina aunque _sportswoman_ airosa y vigorosa que va de
cuando en cuando a bañar su beldad de sol a Sevilla. Y la desventurada
infanta María Teresa, desventurada como su pobre hermana, y tan
desventurada como sencilla y bondadosa, cuya muerte acaba de llorar toda
España. Me recibió en compañía de su marido el príncipe D. Fernando de
Baviera, hijo de su tía la infanta doña Paz. Doña María Teresa,
ingenuamente, sufrió conmigo una equivocación, lamentable para mí,
_¡hélas!_ pues, acostumbrada a representantes hispanoamericanos como los
Wilde, los Iturbe, los Candamo, los Beiztegui, me confundió con esos
millonarios, y me habló de mi automóvil... ¡Pobrecita infanta María
Teresa! A la infanta doña Eulalia no la pude saludar, pues ya se sabe
que es una parisiense y que reside en París.



LXIII


En el cuerpo diplomático, no sabiendo jugar al _bridge_ y con el sueldo
que tiene un secretario de legación de cualquier país presentable, y con
lo de la literatura y los versos, hacía yo, entre los de la carrera, un
papel suficientemente medianejo... Entre los embajadores, disfruté la
grata cortesía del fastuoso britano Sir Maurice Bunsen, y la acogida
siempre simpática y afectuosa del Nuncio, monseñor Vico, hoy cardenal.
Mi único amigo verdadero era el embajador de Francia, porque era también
amigo de las musas; íntimo de Mistral, y autor de páginas muy
agradables, lo cual, señores positivos, no obsta para que actualmente
sea director de la Banque Otomane en Constantinopla.

A todo esto, el gobierno de Nicaragua, preocupado con sus políticas, se
acordaba tanto de su legación en España como un calamar de una máquina
de escribir... Y ahí mis apuros... No, no he de callar esto... Después
de haber agotado escasas remesas de mis escasos sueldos, que según me ha
dicho el general Zelaya, tuvo que poner de su propio peculio, y cuando
ya se me debía el pago de muchos meses, _La Nación_ de Buenos Aires, o
mejor dicho, mis pobres sesos, tuvieron que sostener, mala, pésimamente,
pero, en fin, sostener, la legación de mi patria nativa, la República de
Nicaragua, ante su Majestad el rey de España... En fin, para no tener
que hacer las de cierto ministro turco, a quien los acreedores sitiaban
en su casa de la Villa y Corte, trasladé mi residencia a París, en donde
ni tenía que aparentar, ni gastar nada, diplomáticamente.



LXIV


La traición de Estrada inició la caída de Zelaya. Este quiso evitar la
intervención yankee, y entregó el poder al doctor Madriz, quien pudo
deshacer la revolución, en un momento dado, a no haber tomado parte los
Estados Unidos, que desembarcaron tropas de sus barcos de guerra para
ayudar a los revolucionarios.

Madriz me nombró Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, en
misión especial, en México, con motivo de las fiestas del Centenario. No
había tiempo que perder, y partí inmediatamente. En el mismo vapor que
yo iban miembros de la familia del presidente de la República, general
Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado, D. Antonio Pliego, el
ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la legación de
Francia en Washington. En la Habana se embarcó también la delegación de
Cuba que iba a las fiestas mexicanas.

Aunque en La Coruña, por un periódico de la ciudad, supe yo que la
revolución había triunfado en Nicaragua, y que el presidente Madriz se
había salvado por milagro, no diera mucho crédito a la noticia. En la
Habana la encontré confirmada. Envié un cablegrama pidiendo
instrucciones al nuevo gobierno y no obtuve contestación alguna. A mi
paso por la capital de Cuba, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor
Sanguily, me atendió y obsequió muy amablemente. Durante el viaje a
Veracruz conversé con los diplomáticos que iban a bordo, y fué opinión
de ellos que mi misión ante el gobierno mexicano era simplemente de
cortesía internacional, y mi nombre, que algo es para la tierra en que
me tocó nacer, estaba fuera de las pasiones políticas que agitaban en
ese momento a Nicaragua. No conocían el ambiente del país y la especial
incultura de los hombres que acababan de apoderarse del gobierno.

Resumiré. Al llegar a Veracruz, el introductor de diplomáticos, Sr.
Nervo, me comunicaba que no sería recibido oficialmente, a causa de los
recientes acontecimientos, pero que el gobierno mexicano me declaraba
huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a
la capital, y que esperase la llegada de un enviado del ministerio de
Instrucción Pública. Entre tanto, una gran muchedumbre de veracruzanos,
en la bahía, en barcos empavesados y por las calles de la población,
daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos.
El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó con una carta del
ministro, mi buen amigo D. Justo Sierra, en que en nombre del presidente
de la República y de mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese
mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino. El gobernador civil,
me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días,
esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país,
y que entonces yo podría ir a la capital; y el gobernador militar, a
quien yo tenía mis razones para creer más, me daba a entender que
aprobaba la idea mía de retornar en el mismo vapor para la Habana...
Hice esto último. Pero antes visité la ciudad de Jalapa, que
generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teccelo, donde las
niñas criollas e indígenas, regaban flores y decían ingenuas y
compensadoras salutaciones. Hubo vítores y músicas. La municipalidad dió
mi nombre a la mejor calle. Yo guardo, en lo preferido de mis recuerdos
afectuosos, el nombre de ese pueblo querido. Cuando partía en el tren,
una indirecta me ofreció un ramo de lirios y un puro azteca: «Señor, yo
no tengo que ofrecerle más que esto»; y me dió una gran piña perfumada y
dorada. En Veracruz se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron
fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la
capital, al saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los
estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en
manifestación imponente contra los Estados Unidos. Por la primera vez,
después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa
del viejo Cesáreo que había imperado. Y allí se vió, se puede decir, el
primer relámpago de la revolución que trajera el destronamiento.

Me volví a la Habana acompañado de mi secretario, Sr. Torres Perona,
inteligente joven filipino, y del enviado que el Ministro de Instrucción
Pública habíale nombrado para que me acompañase. Las manifestaciones
simpáticas de la ida no se repitieron a la vuelta. No tuve ni una sola
tarjeta de mis amigos oficiales... Se concluyeron, en aquella ciudad
carísima, los pocos fondos que me quedaban y los que llevaba el enviado
del ministro Sierra. Y después de saber, prácticamente, por propia
experiencia, lo que es un ciclón político, y lo que es un ciclón de
huracanes y de lluvia en la isla de Cuba, pude después de dos meses de
ardua permanencia, pagar crecidos gastos y volverme a París, gracias al
apoyo pecuniario del diputado mexicano Pliego, del ingeniero Enrique
Fernández, y, sobre todo, a mis cordiales amigos Fontaura Xavier,
ministro del Brasil, y general Bernardo Reyes, que me envió por cable,
de París, un giro suficiente.



LXV


El nuevo gobierno nicaragüense, que suprimió por decreto mi misión en
México, no me envió nunca, por más que cablegrafié, mis recredenciales
para retirarme de la legación de España; de modo que, si a estas horas
no las ha mandado directamente al gobierno español, yo continúo siendo
el representante de Nicaragua ante su majestad católica.

Y aquí pongo término a estas comprimidas memorias que, como dejo
escrito, he de ampliar más tarde. En mi propicia ciudad de París, sin
dejar mi ensueño innato, he entrado por la senda de la vida práctica...
Llamado por el artista Leo Merelo para la fundación de la revista
_Mundial_, entré luego en arreglos con los distinguidos negociantes
Sres. Guido, y he consagrado mi nombre y parte de mi trabajo a esa
empresa, confiando en la buena fe de esos activos hombres de capital.

En lo íntimo de mi casa parisiense, me sonríe infantilmente un rapaz que
se me parece, y a quien yo llamo _Güicho_...

Y en esta parte de mi existencia, que Dios alargue cuanto le sea
posible, telón.

Buenos Aires, 11 de Septiembre.--5 de Octubre de 1912.

[imagen:

ACABÓSE
DE IMPRIMIR
ESTE LIBRO EN
MADRID, EN LA
TIPOGRAFÍA YAGÜES
EL DÍA XXX
DE SEPTIEMBRE
DEL AÑO
MCMXVIII]

       *       *       *       *       *

EDITORIAL “MUNDO LATINO”

APARTADO 502.--MADRID


CATALOGO PROVISIONAL

(EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)

                                                                 Pesetas


OBRAS COMPLETAS

DE RICARDO DE LEÓN

(de la Real Academia Española)

Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º,
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut
Valera y retrato del autor, por Vacqué                              50,00

A plazos (5 pesetas mensuales)                                      60,00


DE FRANCISCO VILLAESPESA

I.--Intimidades.--Flores de Almendro                                 3,00

II.--Luchas.--Confidencias                                           3,00

III.--La copa del Rey de Thule.--La musa enferma                     3,00

IV.--El alto de los Bohemios.--Rapsodias                             3,00

V.--Las horas que pasan. (Veladas de amor)                           3,00

VI.--Las joyas de Margarita: Breviario de amor.--La
tela de Penélope.--El milagro del vaso de agua                       3,00

VII--Doña María de Padilla.--La cena de los cardenales               3,00

VIII.--El milagro de las rosas.--Resurrección.--Amigas
viejas                                                               3,00

IX.--Las granadas de rubíes.--Las pupilas de Almotadid.--Las
garras de la pantera.--El último Abderramán                          3,00

X.--Tristitiæ rerum                                                  3,00

XI.--La leona de Castilla.--En el desierto                           3,00

XII.--El rey Galaor.--El triunfo del amor                            3,00


DE RUBÉN DARÍO

(Ilustraciones de Ochoa)

Tomos publicados:

I.--La caravana pasa                                                 3,50

II.--Prosas profanas                                                 3,50

III.--Tierras solares                                                3,50

IV.--Azul                                                            3,50

V.--Parisiana                                                        3,50

VI.--Los raros                                                       3,50

VII--Cantos de vida y esperanza                                      3,50

VIII.--Letras                                                        3,50

IX.--Canto a la Argentina                                            3,50

X.--Opiniones                                                        3,50

XI.--Poema del otoño y otros poemas                                  3,50

XII.--Peregrinaciones                                                3,50

Ediciones especiales de lujo.

HENRIK IBSEN

TEATRO COMPLETO

I.--Catilina. La tumba del guerrero. La castellana de
Ostrat                                                               3,50

II.--La fiesta de Solhaug. Olaf Liliekrans. Los guerreros
en Helgeland                                                         3,50

III.--Los pretendientes a la corona y La comedia del
amor                                                                 3,50

IV.--Brand                                                           3,50

V.--Peer Gynt                                                        3,50

VI.--La unión de la juventud. Las columnas de la sociedad.
    La casa de una muñeca                                            3,50

VII.--Emperador y Galileo                                            3,50

VIII.--Espectros. Un enemigo del pueblo. El pato silvestre           3,50

IX.--La casa de Rosmer. La dama del mar. Hedda Gabler                3,50

X.--El constructor Solness. El niño Eyolf. Al despertar
    de nuestra muerte                                                3,50


JOSÉ FRANCÉS

El año artístico 19,15                                                6,00
   »       »      »   tela                                            8,00

El año artístico 19,16 (con 2,50 grabados)                            10,00
   »       »      »       »       » tela                              12,00

El año artístico 19,17 (con 2,50 grabados)                            11,50
   »       »      »       »       » tela                              13,00


COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES

NOVELAS

_Edmundo González Blanco._--Jesús de Nazareth                        3,00

_José Francés._--La estatua de carne                                 3,00

---- El alma viajera                                                 3,50

_López de Saá._--Los indianos vuelven                                3,50

---- Bruja de amor                                                   3,50

_W. Fernández Flórez._--La procesión de los días                     3,00

_Elías Cerdá._--Don Quijote en la guerra                             2,00

_V. García Martí._--Don Severo Carvallo                              2,50

_María Luisa Latil._--Según labremos                                 3,00

---- Genoveva                                                        2,50

_Eugenio Noel._--El allegretto de la Sinfonía VII                    3,00

---- Cuentos                                                         3,50

_Rafael Cansinos-Assens._--Las cuatro gracias                        3,50

_Francisco Delicado._--La lozana andaluza                            3,00

_J. de Lucas Acevedo._--La Caja de Pandora                           3,00

_Martín de la Cámara._--Vidas llameantes                             3,00


ESTUDIOS Y CRÓNICAS

_Emiliano Ramírez Angel._--Bombilla-Sol-Ventas                       3,00

_J. M. Carretero._--Lo que sé por mí (dos series)                    3,00

_J. Costa._--Alemania contra España                                  3,00

_Pedro Pellicena._--Los Cosacos                                      3,50

_Margarita de la Torre._--Jardín de damas curiosas 3,50

_Fola Igurbide._--El Actor                                           3,50

_Alberto Ghiraldo._--Los nuevos caminos                              3,50

_Enciso._--El soneto en España                                       3,00


POESÍAS

_José Montero._--Yelmo florido (con ilustraciones)                   4,00

_Zurita._--Pícaros y donosos                                         3,00

_Mauricio Bacarisse._--El esfuerzo                                   3,00

_Eliodoro Puche._--Libro de los elogios galantes y de los
    crepúsculos de otoño                                             2,50

---- Corazón de la noche                                             2,50

_Emilio Carrere._--El retablo de los poetas. (Antología)             3,50


TEATRO

_Muñoz Seca y López Núñez._--El Rayo                                 3,00

_H. Ibsen._--Dramas líricos                                          2,00

---- La castellana de Ostrat                                         2,00

LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA

Biografías de los generales: =Alberto I de Bélgica.--Joffre.--Sir
John French.--Lord Kitchener.= Con
preciosas fototipias, a                                              3,00


COLECCION DE AUTORES EXTRANJEROS

Traducidas por _Felipe Trigo, Rafael Cansinos
y Pedro de Répide_.

_Victoriano de Saussay._--La ciencia del beso                        3,50

_René Emery._--Santa María Magdalena                                 3,50

_Maquiavelo._--Obras festivas: La Mandrágora.--El
P. Alberico.--La Celestina.--El archidiablo
Belfegor                                                             3,00

_Claudia Lemaitre._--Juegos de Damas                                 3,50

_Procopio._--Historia secreta                                        3,50

_Anónimo._--Teatro persa                                             3,50


CELEBRIDADES ESPAÑOLAS

I.--Bécquer      (encuadernados en tela)                             3,50

II.--Zorrilla       (ídem)                                           3,50

III.--Espronceda       (ídem)                                        3,50


COLECCION SELECTA

_Tomás de Quincey._--Los últimos días de Kant                        1,00

_Kalidasa._--El reconocimiento de Sakuntala                          1,00

_Rousseau._--Discurso sobre las artes y las ciencias                 1,00

---- Origen de la desigualdad entre los hombres                      1,00

_Luciano de Samosata._--La diosa de Siria                            1,00

_L. Sterne._--Viaje sentimental de un inglés a Francia               1,00

_F. Alvarado._--El filósofo rancio. (Cartas)                         1,50

COLECCION CIENCIA Y ARTE

_Ricardo Yesares._--¿Qué quieres aprender? Electricidad.
    Encuadernado en tela                                             3,50

---- ¿Qué quieres ser? Automovilista. Encuadernado en tela           3,50


OBRAS VARIAS

_Stendhal._--Del amor                                                6,00

_E. M. Segovia_ (Oficial del Banco de España).--Los documentos
    de crédito                                                       5,00

_Rivero._--Legislación de clases pasivas. Volumen de 5,00 páginas,
    encuadernado en tela                                            10,00

_R. Yesares._--Ayuda memoria del mecánico electricista. Un volumen,
    encuadernado en tela                                             1,50


LIBROS DE CARTAS

El arte de escribir cartas                                           1,00

Manual epistolar (encuadernado en tela)                              2,00

Cartas amorosas                                                      0,60

Epistolario de amor (encuadernado)                                   2,00

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*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Autobiografía - Obras Completas Vol. XV" ***

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