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Title: Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Author: Valera, Juan
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1" ***

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                             LAS ILUSIONES

                          DEL DOCTOR FAUSTINO

                              JUAN VALERA

                                NOVELAS

                             Las Ilusiones

                          del Doctor Faustino

                                   I

                        [Illustration: colofón]

                            OBRAS COMPLETAS

                                TOMO V

                  Es propiedad. Derechos reservados.



                          [Imagen decorativa]

                          A MI QUERIDO AMIGO

                      DON RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA


Te dedico esta novela como el matador dedica su obra antes de matar el
toro. Ni él ni yo sabemos si saldrá bien ó mal lo que dedicamos. El
público y tú habréis de juzgar y sentenciar, cuando la novela se imprima
por completo, no bien se escriba. De todos modos, aunque la novela salga
malísima, como es buena la voluntad con que te la dedico, tendrás
siempre que agradecer, aunque no tengas que aplaudir. Verdad es que,
como yo te debo tanta amistad desde hace años, apenas si empiezo á
pagarte con esta muestra de cariño, y, bien miradas las cosas, tampoco
tienes que agradecerme la dedicatoria.

Yo no diré al público, porque sería quitar atractivo á mi composición,
que cuanto en ella he de contar será fingido. Villabermeja es una
verdadera utopia: sus héroes jamás existieron. Con todo, no estará de
sobra que tú divulgues esto por ahí, pues forjo mis creaciones
fantásticas, como entiendo que hacen todos los novelistas, con elementos
reales, tomando de acá y de acullá entre mis recuerdos, y me pesaría de
que saliese algún crítico zahorí afirmando que hago retratos.

Harto sé que el río del olvido se llevará pronto en su corriente esta
novela, con multitud de composiciones insulsas, escritas á escape para
llenar las columnas de los periódicos. No hay miedo, por consiguiente,
de que dentro de un par de siglos salgan los eruditos averiguando
quiénes fueron todos los de mi cuento, como imaginan que averiguan hoy
quién fué Sancho, quién D. Quijote, quién el rucio, y cuál el lugar de
D. Quijote, dando por seguro que fué Argamasilla de Alba; pero lo que no
ha de suceder dentro de un par de siglos, pudiera suceder al momento, y
contra esto te suplico que trabajes, afirmando, como es la verdad, que
carecen de originales en el mundo los pobres partos de mi fantasía.

Acógelos tú en tus brazos cariñosos y defiéndelos de las injurias á que
van á exponerse, si, como sospecho, nacen feos y endebles.



[Imagen decorativa]

INTRODUCCIÓN

DONDE SE TRATA DE VILLABERMEJA, DE D. JUAN FRESCO Y DE LAS ILUSIONES EN
GENERAL.


Mi excelente y antiguo amigo D. Miguel de los Santos Álvarez, pensador
optimista, sereno observador de las cosas y razonable filósofo, sostiene
con agudeza que en la vejez se gana por un lado lo que se pierde por
otro, que no hay motivo ni razón para afligirse, y que es díscolo quien
se aflige. El vulgo, dice él por vía de ejemplo, imagina que, cuando
alguien se queda calvo, es porque falta el jugo que alimenta las raíces
de sus cabellos y éstos se caen; pero como sucede siempre que al que se
queda calvo le nacen pelos y aun cerdas en las narices y en las orejas,
y las cejas crecen y se robustecen de modo que suelen dar sombra á la
cara, no puede atribuirse la calvicie á falta de jugos. En las mujeres
es más patente aún este fenómeno, apareciendo casi sin excepción en la
que pierde el pelo de la cabeza un maravilloso y fecundo florecimiento
de cerdas en la barba y labio superior, lo cual la hace digna rival de
la condesa Trifaldi ó de Santa Librada, si bien á estas señoras les
ocurrió milagrosamente lo de _embarbarse_, á una por duro castigo de un
mal intencionado encantador, y á otra por especial favor del cielo, á
fin de que salvase la joya de su castidad, puesta en grave peligro,
mientras que por lo común es ordinaria operación de la caprichosa
Naturaleza, sin que se vislumbre finalidad alguna, el _embarbamiento_ de
que aquí se trata.

Véase, pues, cómo no hay tal carencia de jugos en la vejez, sino cambio
de dirección en ellos. Lo mismo sucede ó debe suceder con todo lo demás.

Traigo esto á propósito de que cuando joven era yo más severo en mis
censuras que ahora que voy siendo viejo, lo cual se comprende, porque no
había yo cometido tantos pecados, ni incurrido en tantos errores, ni
dado en tantos extravíos como más tarde. Yo censuraba á los otros, no
advirtiendo aún, con inocente petulancia, lo mucho que habría que
censurar en mí. Hoy, que lo advierto, soy mil veces más benévolo é
indulgente con todos, á fin de serlo conmigo.

Entre las infinitas cosas que yo censuraba, era una la afición de
ciertos poetas y escritores á encomiar la áurea medianía, el retiro, la
vida campestre y el encanto del lugarcillo en que nacieron, así como la
propensión que muestran á volver á dicho lugar, y á vivir y morir allí
tranquilos, ni envidiados ni envidiosos, lejos del mundo y de sus pompas
vanas.

Cuantos así hablaban ó escribían se me antojaba que eran hipócritas, que
eran como el usurero Alfio ó poco menos. Aquello de Martínez de la Rosa,
que dice:

     Padre Dauro, manso río
    De las arenas doradas,
    Dígnate oir
    Los votos del pecho mío,
    Y en tus márgenes sagradas
    Logre morir,

me excitaba la bilis de un modo superlativo. ¿Por qué, murmuraba yo, ha
de atolondrarnos este señor con sus ayes y suspiros, estando, como está,
tan en su mano dejar la embajada de París ó la presidencia del Consejo
de Ministros, ó su brillante puesto en las Cortes, y retirarse á los
cármenes umbríos y á los solitarios verjeles que están entre los cerros
del Generalife y del Sacro Monte, por donde corre mansamente el Darro, y
donde la Fuente del Avellano vierte sus cristalinos raudales?

Más tarde me he convencido de que Martínez de la Rosa no suspiraba sin
pasión por su Granada. He incurrido, en mi tanto, en el mismo defecto,
si defecto es. Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que
me voy á mi lugar, que deseo vivir allí, _ut prisca gens mortalium_,
cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y
casi, casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y
otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo y lo
digo con sinceridad, hallando preferible á todo aquella _descansada
vida_, deseando ser uno de _los pocos sabios que en el mundo han sido_,
y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer sólo de mí
depende cumplirle y satisfacerle.

Ahora comprendo y noto las dificultades con que, hasta para cumplir tan
modesto deseo, tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono á los
que hablan con amor y con _saudades_ de la vida rústica desde el
bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mí y que se
considere que no es farsa esta ternura entrañable con que vuelvo los
ojos y el ánimo al rincón tranquilo é ignorado donde están los majuelos
que crió mi padre y el plantonar que, á fuerza de fatigas y de apuros,
vió crecer y medrar hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron á
dar abundante fruto.

Mi lugar está en la misma provincia, y á corta distancia del lugar donde
nacieron D. Luis de Vargas y Pepita Jiménez, á quienes supongo que
conocen mis lectores; pero no voy á hablar de mi lugar, sino de otro,
también muy cercano, á donde suelo ir de temporada, porque tengo allí
una capellanía y otros bienes, que me producen, calculando por un
quinquenio, cerca de medio duro diario. Este lugar es más pequeño y
pobre que el mío y que el de Pepita, y su campo es menos bonito y ameno;
pero sus naturales entienden lo contrario, y no dudan de que aquello es
lo mejor del mundo.

Situada la población, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, á la
falda de un árido peñascal ó pelado cerro y rodeada de montes por todas
partes, abarca sólo el espectador, aunque se coloque en lo más alto del
campanario, un horizonte harto mezquino. Apenas hay huertas en las
cercanías, sino viñas, olivares y tierras de pan llevar. Sin embargo, en
las cañadas, por donde serpentean sendos arroyuelos, se ven hermosas
alamedas, y todo aquel suelo parece á sus hijos, que enamorados le
cultivan, tan fértil y bendito, que no aciertan á explicarse
naturalmente su fertilidad generosa, y sostienen que el trono de la
Santísima Trinidad está colocado precisamente sobre sus cabezas y que
deja sentir su benéfico influjo por todos aquellos contornos. Creen,
además, que el Santo Patrón del pueblo es muy celoso y activo, y que
siempre está intercediendo con Dios para que todo lo prospere y mejore.
Así, y no de otra suerte, logran, según ellos, mediante una especial
providencia é intervención divina, la riqueza y hermosura del paraíso en
que presumen que viven.

La imagen del Santo Patrón es de plata y no tendrá más de treinta
centímetros de longitud; pero el valer no se mide por varas. Según
tradición piadosa, en otro lugar inmediato ofrecieron una vez por este
santo pequeñito quince carretadas de otros santos de todos linajes y
dimensiones, y el cambio no fué aceptado. El santo pagó con usura el
amor que sus ahijados le profesan. Los que ofrecieron las quince
carretadas, viendo que no lograban por buenas la posesión del santo, es
fama que le robaron una noche; pero el santo se escapó bonitamente del
sitio en que le habían encerrado y volvió á aparecer en su nicho al otro
día. Desde entonces está el nicho defendido por gruesas barras de
hierro. Y no se crea que se toman estas precauciones por el miserable
valor de la plata que pesa el santo, sino porque es el defensor del
lugar y su refugio, remedio y amparo en todos los males, adversidades y
peligros.

Confieso que el espíritu crítico de nuestra época descreída ha penetrado
también en este lugar, amortiguando el entusiasmo por su Santo Patrono;
pero aun recuerdo el frenesí, el profundo afecto de gratitud con que le
aclamaban, años ha, cuando le sacaban en procesión é iba la fervorosa
muchedumbre gritando delante de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es
tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios!»,
expresión sincera de la persuasión en que estaban de que su santo, si es
lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado y en lo material
para lo espiritual, así como tal máquina de vapor tiene fuerza mecánica
de tantos miles de caballos, tenía fuerza taumatúrgica nada menos que de
cinco mil demonios, á pesar de lo pequeño que era.

Lo que yo no he visto nunca, lo que no quiero creer, lo que me parece
invención y habladuría de los pueblos cercanos para dar vaya á los de
este pueblo, es el exceso de familiaridad con que trataban en ocasiones
á su santo, llevándole, cuando no llovía, á una fuente que llaman el
Pilar de Abajo, y zambulléndole allí para que lloviese, lo cual, se
añade, no dejaba nunca de ocurrir en el acto ó pocas horas después.
Sobre esto de la zambullida devota tengo yo mis dudas. Los lugareños de
Andalucía son envidiosos y burladores, y pueden haberlo inventado sin
fundamento.

No es, por desgracia, lo de la zambullida la única cantaleta que dan á
los del lugar de que hablo. Como hay en él muchos rubios, y hubo hasta
pocos años ha un rico convento de frailes dominicos, los llaman, para
exasperarlos, hijos del Padre Bermejo, lo cual ha ocasionado frecuentes
pedreas entre muchachos de unos pueblos y otros, y mojicones, y á veces
palos y hasta navajazos entre hombres, turbando la paz de que debe
gozarse en ferias y romerías.

No es caso singular el que refiero. Apenas hay lugar en Andalucía contra
el cual no se haya inventado algún chiste ofensivo en los lugares
circunstantes. Del Viso, por ejemplo, se dice que es la tierra de las
chimeneas, porque no las hay, y se pregunta si saben allí lo que son
piñones, porque apenas si se produce algo más que piñones en todo su
término. Sobre Valenzuela y Porcuna se difunden mil epigramas, porque no
hay leña ni carbón en muchas leguas á la redonda, y se calientan y
guisan con combustible poco oloroso. De Palma del Río aseguran que nadie
almuerza allí más que naranjas, y que, no concibiéndose ni la mera
posibilidad de que nadie almuerce otra cosa, hacen esta pregunta: donde
no hay naranjas, ¿qué almorzarán? Á los de Tocina los embroman afirmando
que la música de la misa mayor se acompaña con una guitarra, porque no
hay órgano en la iglesia. Á los de Fuentes de Andalucía basta llamarlos
de Fuentes de la Campana para que se enojen. De otro lugar donde hay una
torre muy primorosa, se dice que á todo forastero que la ve y la admira,
procuran los naturales inculcarle en la mente que la dicha torre, está
hecha allí.

Para no pecar de prolijo no pongo aquí mayor número de ejemplos. Basten
los citados para comprender que no es desgracia única la del lugar á que
voy aludiendo, y que está en las costumbres andaluzas el darse vaya y
cantaleta con algo por el estilo.

Sea como se quiera, creo que debe y puede considerarse al Padre Bermejo
como á un personaje patriarcal, raíz y tronco de toda una casta
lugareña; y así, para distinguirla y nombrarla, sin proferir el
verdadero nombre, que ya he dicho que debo callar por ciertos respetos,
llamaré á aquellos lugareños los bermejinos, y llamaré Villabermeja al
lugar en que viven.

Procedo en esto como los doctos historiadores de los tiempos heroicos, y
noto en nuestros días, tratándose de lugares de corta población, lo
mismo que sucedía en el albor de la historia, en los siglos dorados y
poéticos en que los patriarcas vivieron. Perseo dió nombre á los persas,
Heleno á los griegos ó helenos, Heber á los hebreos, Chus á los
chusitas, Jafet á los jaféticos, y así discurriendo, hasta llegar á
nuestro Padre Bermejo, de donde arranca la denominación de bermejinos.

No debe colegirse de lo dicho que el Padre Bermejo fuese un personaje
real. Tal vez fué la prosopopeya de todo un pueblo. Muchos sabios de
ahora interpretan de esta suerte el nombre y la vida de algunos
patriarcas citados en los primeros capítulos del Génesis. Tubalcain,
pongo por caso, es para ellos, no un hombre que vive unos cuantos
siglos, sino toda una raza humana: los turaníes, ó mejor diremos, un
ramo ó varios ramos de los turaníes, llamados acadienses, protomedos,
calibes y tibareños, los cuales fueron los primeros que trabajaron los
metales y pasaron de la edad de piedra á la de bronce.

No faltan ejemplos tampoco de atribuir con malevolencia y en son de mofa
un patriarca grotesco ó aborrecible á una nación ó casta. Los egipcios,
v. gr., suponían que los hebreos nacieron en el desierto de un nefando
consorcio de Tifón, dios del mal, cuando, caballero en una burra, iba
huyendo de Horo, y no recuerdo bien si de su hermano Osiris, ya entonces
resucitado. De este carácter malévolo se revisten, á no dudarlo, la
fábula ó _mito_ del Padre Bermejo y el apodo de bermejinos; pero no
teniendo yo otro nombre mejor á la mano, repito que me he de permitir
llamar Villabermeja al lugar que describo y bermejinos á sus habitantes,
haciendo todas las salvedades posibles y jurando y perjurando que no
trato de inferir la menor ofensa á mis semipaisanos.

Yo los quiero á todos muy bien; y además hay entre ellos una persona
cuyo carácter, entendimiento y afable trato me encantan, y á quien me
honro en considerar como uno de mis mejores amigos.

Esta persona es conocida con el apodo de Don Juan Fresco, y así la
llamaremos, seguros de que no lo tomará á mal. Don Juan Fresco es un
verdadero filósofo.

Cuando chico le llamaban Juanillo. Se fué del lugar y volvió riquísimo,
ya muy entrado en años y con un don como una casa. Atendidas la novedad
y la frescura de este don, la gente dió en llamarle D. Juan Fresco, y no
de otra suerte se le conoce y distingue.

Pasa con razón por un potentado; pero como no quiere mezclarse en
política, ni en elecciones, ni en nada, no es el cacique como debiera
serlo. Villabermeja, contra la costumbre y regla general de los lugares
de Andalucía, está descacicada ó acéfala.

Al volver á su país natal, este varón excelente ha dado, en mi sentir,
la mayor prueba de amor á la patria que puede imaginarse, ó cuando no,
ha dado muestra de una portentosa despreocupación.

En cualquiera otra parte pasaría por un caballero; allí tiene por primos
ó sobrinos al carnicero, al alguacil, á media docena de licenciados de
presidio y á otra gente por el mismo orden. Pero de esto no se le
importa un ardite. ¿Merecería llamarse D. Juan Fresco si no tuviera
tanta frescura?

Por el contrario, mi amigo D. Juan saca de lo desastrado de su familia
ciertas deducciones lisonjeras. Asegura que no es casta la suya de
ganapanes ó destripaterrones humildes, sino de gente del bronce,
hidalga, de ánimo levantado, en quien prevalecen los bríos y el vivir
heroico y el gran ser de los bermejinos de la Edad Media, que eran
guerreros fronterizos de tierra de moros. Los Frescos, llamémoslos á
todos así, no sirven para cavar: tienen que revestirse de la toga ó
empuñar las armas, y por eso, no habiendo habido mejores medios de
satisfacer tan nobles instintos, uno es carnicero, alguacil el otro, y
no pocos se han echado al camino, en varias ocasiones, ya de
contrabandistas, ya de desfacedores de agravios de la fortunilla ciega,
enmendando, hasta donde les es dable, el mal repartimiento que de sus
presentes y favores ella tiene hecho.

En tales razones funda D. Juan la apología de su familia; no sé aún si
con toda seriedad ó de broma, porque es el mayor socarrón que he
conocido en mi vida.

Tendrá ahora sus setenta años muy largos de talle; pero está más firme
que un roble y más derecho que un huso: no le falta diente ni muela, y
conserva todo su cabello, que, por ser rubio como de legítimo
bermejino, disimula ó encubre las canas. Monta á caballo como un
centauro y dispara su escopeta con tanto tino como si poseyera las balas
encantadas de Freischütz, ó fuera un Filoctetes á la moderna.

Don Juan vive con esplendidez nada común por aquellos lugares. Su casa
está situada en la plaza, y como todas las de los ricos de por allí, se
compone de dos: una destinada á la labranza, donde hay lagar, bodega,
candiotera, molino de aceite, cochera, alambique y caballerizas; otra de
comodidad y aparato, con patio enlosado, fuente y columnas de mármol,
flores, muebles elegantes, y, ¡cosa extraña! una escogida y rica
biblioteca. Esta biblioteca no es sólo de adorno. D. Juan lee mucho y
sabe mucho también.

De su vida y del origen de su riqueza diré en resumen lo que él me ha
contado, excitado por mí, porque es hombre que habla poco de sí mismo.

Nació casi con el siglo y no conoció á su padre. Su madre era viuda ó
algo parecido á viuda. En estos pormenores no entra nunca D. Juan, á
pesar de su filosofía.

A la edad de siete años ya se ingeniaba para contribuir con su óbolo al
gasto de la casa. Ora cogía cardillos, espárragos ó alcauciles, que
luego vendía; ora se encargaba de vender zorzales, anguilas ó zancas de
ranas, que otros cazaban ó pescaban. Más entrado en años, esto es, de
diez á catorce ó quince, iba á escardar ó á coger aceitunas, y hasta
llegó á cuidar de una piara de cerdos. En este último oficio le conoció
su tío, el famoso cura Fernández, una de las mayores glorias del lugar.

La guerra de la Independencia había terminado; nuestro deseado Fernando
VII reinaba ya, y el cura susodicho se reposaba sobre sus laureles y
había depuesto las armas, después de haber sido, durante cinco ó seis
años, en la serranía de Ronda, y por casi toda la extensión de las
provincias de Córdoba y Málaga, caudillo animoso de una cuadrilla de
patriotas, que los franceses apellidaban _brigantes_.

El cura Fernández había sido y era el clérigo más jaque, campechano y
divertido de que puede jactarse Andalucía. Tocaba con primor la
guitarra, cantaba como nadie la caña y el fandango, y tenía la
corpulencia y los puños de un jayán. Nadie le había vencido jamás ni en
tirar á la barra, ni en luchar á brazo partido, ni en pulsear, ni en
poner los labios en el borde de una tinaja de 160 arrobas de vino, bien
llena, y rebajarla medio dedo ó uno, sin que ni la cabeza ni el estómago
padeciesen. Hablaba caló con primor, tenía una conversación muy amena, y
contaba mil chascarrillos graciosos.

No se crea, sin embargo, que era un cura inmoral é ignorante. Si era un
Viriato de sotana, bajo las apariencias de bandolero había en él un
fervoroso católico, un buen sacerdote y un humanista, teólogo y filósofo
muy instruído. Hablaba latín con la misma facilidad que castellano,
aunque todo con ceceo y acento andaluces. Era terrible en las
controversias, argumentando en materia y en forma, como ninguno de su
tiempo; y, aunque tomista y escolástico, conocía el movimiento
filosófico de los últimos siglos, desde Descartes hasta Condillac, y los
más recientes sensualistas y materialistas franceses, á quienes
refutaba.

Acabada la guerra, el cura Fernández, que aun no era cura, aunque le
llamaban así, se retiró á Archidona, donde daba lecciones de Latín y de
Filosofía, auxiliando más bien que compitiendo con los escolapios. El
Obispo de Málaga fué por allí á hacer su visita pastoral; y si bien
había sido compañero de seminario de Fernández, fijó poco en él su
atención. Fernández no se picó, conociendo que las preocupaciones y
cuidados del Obispo tenían la culpa de todo; pero, como era chancero y
alegre, quiso embromar á su antiguo condiscípulo, proporcionándose
también ocasión de tener con él una larga entrevista. Cuando el Obispo
salió en coche de Archidona para proseguir su visita, ya el cura
Fernández había salido y le estaba aguardando en la Peña de los
Enamorados. Iba el cura con traje de campo muy majo; se había puesto
unas patillas postizas de boca de hacha, y llevaba como acólito á un
foragido, á quien con sus amonestaciones había traído á mejor vida,
alcanzando su indulto. El foragido, ya con esta jubilación, se empleaba
en hacer de ángel; esto es, en acompañar á viajeros tímidos ó inermes, á
fin de salvarlos en cualquier mal encuentro que en el camino se les
ofreciera.

Tanto el cura Fernández como su compañero iban en esta ocasión para
poner miedo en los pechos más valerosos: ambos á caballo y con sendos
trabucos.

Salieron, pues, de improviso al camino, cuando pasó el coche de su
Señoría Ilustrísima; desarmaron con rapidez á los dos escopeteros que
iban custodiándole, y el ángel dijo con buenos modos al Obispo que
echara pie á tierra. Obedeció el santo varón y bajó con su secretario,
aunque bastante atribulado. Extraordinaria fué su consolación y grande
su contento cuando el cura Fernández se quitó las patillas postizas y
procedió á la anagnórisis ó reconocimiento, mostrándose como
condiscípulo afectuoso y lleno de respeto, que sólo deseaba echar un
filete á la amistad y tener un rato de palique. Llevó el cura al Obispo
á una especie de tienda de campaña que á un lado del camino tenía
preparada, y allí le regaló con rosoli y mistela, con bizcochos y
mostachones, y con rosquillos de Loja, que son los más delicados que se
comen.

Estuvo tan discreto el cura Fernández, lució tanto en la conversación y
dijo tan buenas cosas, así de filosofía como de teología, que el Obispo
salió encantado y halló agradable hasta el susto que había recibido.

Pronto, con la protección del Obispo, llegó el cura Fernández á ser cura
en Málaga, en el barrio del Perchel, donde tenía feligreses muy á
propósito para que él los catequizara, y ovejas levantiscas que bien
requerían pastor de sus hígados y arrestos.

Siendo cura en Málaga, vino Fernández á Villabermeja á ver á los de su
familia y á respirar los aires patrios. El sobrino porquerizo le pareció
despejado y apto para cualquier cosa, y llevósele á Málaga consigo. No
se engañó el cura. Su sobrino aprendió á escape cuanto él sabía y más,
así de _música_ como de _gimnástica_, esto es, así de ejercicios
corporales como de ciencias y letras. El cura Fernández estaba
embelesado de transmitir con tanta prontitud su saber y de ver qué
sobrino de tanto mérito era el suyo, por lo cual quiso que se hiciera
clérigo, seguro de que llegaría á obispo cuando menos; pero D. Juan no
tenía vocación y declaró repetidas veces que no le llamaba Dios por
dicho camino.

Toda su pasión era ver mundo y buscar aventuras, recorriendo tierras y
mares. Merced al influjo del tío, entró, pues, en el colegio de San
Telmo, donde, á los cuatro años, salió consumado piloto.

Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de
Simbad, y si, como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy
sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora sólo importa saber
que, habiendo llegado D. Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su
reputación, fué nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de
Filipinas, que debía hacer varias expediciones á Calcuta con ricos
cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía.
La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar; los
marineros, malayos; chinos los cocineros y calafates; el contramaestre,
francés; inglés el segundo, y sólo cuatro ó cinco españoles. Con esta
torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices á
las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se
preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en
palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las
bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y
siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza
opulenta, emporio del extremo Oriente.

Como, á más de un sueldo crecido, tenía derecho á llevar una gran
pacotilla, D. Juan acertó á hacer su negocio, y á la vuelta á Lima de su
tercer viaje se encontró millonario.

La independencia del Perú le obligó á escapar de aquel país con otros
muchos españoles; pero, en vez de volver á Europa, se quedó en Río
Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en
tierras lejanas, volvió D. Juan á Europa; y después de viajar por
Alemania, Francia, Italia é Inglaterra, el amor del suelo nativo le
trajo á Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.

Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador.
Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus
viajes y aventuras.

Ha permanecido soltero toda su vida, y no es de temer que al cabo de
ella haga la locura de casarse.

D. Juan Fresco es la providencia de toda su fresca y numerosa familia,
si bien no parece hombre de mucha ternura de corazón. Jamás le oí,
durante meses, recordar amores ni amistades, ni de América, ni de la
India, ni de ninguna parte. A la única persona que recordaba á cada
momento, con verdadera efusión de gratitud y cariño, era al cura
Fernández, que murió en Málaga querido de todos, pobre porque daba de
limosna cuanto tenía, y digno de ser canonizado, si hubiera sabido
guardar mejor las que, valiéndonos de un galicismo, se llaman hoy
_conveniencias_; pero como contaba chascarrillos poco decentes á veces,
y había hecho la guerra, y había dado bromas como la que dió al Obispo,
y hasta más pesadas, era harto difícil la canonización.

A pesar de la idolatría que profesaba D. Juan á su tío, no me atrevo á
afirmar que le imitase en punto á ser religioso y buen católico. D. Juan
era positivista. Sólo daba crédito á lo que observaba por medio de los
sentidos y á las verdades matemáticas. De todo lo demás nada sabía, nada
quería saber; hasta negaba la posibilidad de que nada se supiese. Era,
no obstante, muy aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos,
y le interesaban como la poesía. Los comparaba á novelas llenas de
ingenio, donde el espíritu, la materia, el yo, el no-yo, Dios, el mundo,
lo finito y lo infinito, son las personas que la fantasía audaz y
fecunda del filósofo baraja, revuelve y pone en acción á su antojo. D.
Juan, no obstante, distaba mucho de ser escandaloso ni impío. Aunque
para él no había ciencia de lo espiritual y sobrenatural, esto no se
oponía á que hubiese creencia. Por un esfuerzo de fe, entendía D. Juan
que podía el hombre ponerse en posesión de lo que el discurso no
alcanza, y elevarse á la esfera sublime donde por intuición milagrosa
descubre el alma misterios eternamente velados para el raciocinio.

Cuando yo estaba en Villabermeja solía dar largos paseos por las tardes
con D. Juan Fresco, viniendo luego á reposarnos los dos en un sitio
llamado la Cruz de los Arrieros, á la entrada del lugar. Esta cruz de
piedra tiene un pedestal, de piedra también, formado de gradas ó
escalones. Allí, al pie de la cruz, nos sentábamos ambos.

A veces nos acompañaba Serafinito, joven de veintiocho á treinta años,
soltero, huérfano de padre y madre, bastante rico para lo que es la
riqueza de los lugares, y muy dulce de carácter, aunque melancólico y
taciturno.

Desde la Cruz de los Arrieros, sostenía D. Juan Fresco que se disfrutaba
de la vista más hermosa del mundo. Yo me sonreía y le miraba con
atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se
notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente ó de burla. Era,
sin duda, una alucinación patriótica.

Una tarde del mes de Septiembre, D. Juan, Serafinito y yo estábamos
sentados al pie de la Cruz de los Arrieros. El sol se había ocultado ya
detrás de los cerros que limitan la vista por la parte de Poniente, y
había dejado el cielo, por todo aquel lado, teñido de carmín y de oro.
Sobre los cerros que están á espaldas del lugar, y aun sobre el
campanario, mientras que yacía en sombras todo el valle, daban aún los
rayos oblicuos del sol, reflejando esplendorosamente en la pulida
superficie de las peñas que coronan la cima de dichos cerros. Pocas y
blancas nubes turbaban el limpio azul de la bóveda celeste, vagando á
merced de un viento manso y arreboladas y luminosas con los reflejos del
sol. La luna mostraba ya su rostro pálido muy alto sobre el horizonte, y
algunos luceros empezaban á columbrarse en la región más obscura del
éter y más apartada del disco solar.

Por el lado por donde la vista, en este bajo suelo, podía espaciarse
más, se espaciaba una legua. Los cerros terminan allí el horizonte. Paz
suave reinaba por donde quiera.

Los olivares y las viñas cubren la mayor parte del terreno cultivable.
Los peñascos áridos, que forman las cumbres, no tienen cultivo ni pueden
tenerle. Las diversas heredades y haciendas están separadas entre sí, y
de los caminos y veredas, por vallados de zarzamora y pitas. Tal vez, en
los terrenos más fértiles y húmedos, se muestran en estos vallados la
madreselva, el granado y las mosquetas. En los sitios más resguardados
del frío invernal crece también y fructifica la higuera chumba.

Las hazas del ruedo y demás tierras de pan llevar estaban ya segadas, y
sobre la negrura de la tierra amarilleaban el rastrojo, los cardos y
toda la yerba seca, que el polvo y los ardores de la canícula habían
hecho como yesca. En algunos puntos habían sido incendiados los
rastrojos, y la llama corría formando una línea tortuosa, dejando negro
el suelo en pos de sí y levantando densa humareda.

La viña, que es el plantío que allí más abunda, verdeaba aún cubierta de
pámpanos lozanos. Estaban ya vendimiando, y por varias sendas y caminos
venían al lugar carros y reatas de mulos con el último acarreo de uva de
aquel día, que había de quedar amontonado en los lagares para empezar á
pisar en la madrugada siguiente. Volvían asimismo á descansar de sus
trabajos los vendimiadores, y de vez en cuando se oía una canción
alegre, cantada en coro, ó se escuchaba allá á lo lejos una copla de
playeras con que distraía sus pesares un arriero que tornaba solo con su
recua de alguna expedición, ó un gañán que volvía de arar con los bueyes
ó las mulas uncidas aún al arado.

En las cañadas hay arroyos cuyas orillas están cubiertas de mimbrones,
álamos blancos y negros, adelfas, juncos, mastranzos y otras yerbas de
olor. Hay asimismo ocho ó nueve huertecillos, que no tiene el mayor una
fanega de tierra; pero esta tierra está bien aprovechada, y se alzan en
ella nogales gigantescos, higueras pomposas, que dan los más dulces
higos que se comen en el mundo, y otra multitud de frutales.

El arroyo más caudaloso de la cercanía está á un cuarto de legua de la
población, y las mozas que iban allí á lavar, volvían también, terminada
ya su faena, con el lío de ropa lavada puesto sobre la cabeza, y con la
alegría de la juventud en el alma y el donaire y el brío campesino en
todos los gallardos y libres movimientos del cuerpo, bien dibujadas sus
formas robustas y elegantes bajo los pliegues de las breves y ceñidas
enaguas de percal ó del más ceñido y corto refajo de amarilla bayeta
antequerana.

D. Juan Fresco contemplaba toda esta escena como en éxtasis, y se
ratificaba más y más en que Villabermeja y sus alrededores eran lo mejor
del mundo. Creció su entusiasmo, recordando los mejores años de su vida,
al ver cierta polvareda que se levantaba en el camino principal. Á poco
se empezaron á oir mil regocijados gruñidos en todos los tonos, desde el
más tiple al más bajo, y luego se distinguió una floreciente piara de
cochinos de todas edades y de ambos sexos, guiada por un hábil zagalón
de catorce á quince años. Cada vecino del lugar, cada bermejino, tenía
alguna dulce prenda en aquella piara, tenía el futuro regalo suyo y de
toda su familia entre aquellos sabrosos mamíferos, que habían de
convertirse en jamón, tocino, morcillas, longaniza, lomo en adobo,
manteca y otros artículos, custodiados en la despensa y preparados para
todo evento digno de celebrarse y para cualquier día en que acude un
huésped á la casa ó repican recio é importa echar el bodegón por la
ventana.

Bastaba el zagalón para ser capitán de aquella tropa, cuya disciplina
era admirable. Ningún cerdo se descarriaba jamás. No bien llegaban todos
á las primeras casas, tocaba el pito el zagalón, y la piara se
dispersaba en seguida, trotando y galopando cada uno de los que la
componía y cruzando calles y callejuelas hasta meterse en la casa de su
amo, saltar por el zaguán y la cocina baja, sin cuidarse de no echar á
rodar cualquier trasto que encontrase por medio, y parar sólo en el
corral, donde nunca faltaba su pocilga ó lagareta.

Pasado un poco el éxtasis de D. Juan, no pude menos de decirle:

--Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero
entusiasmo que tiene usted por Villabermeja. Se comprende que por ser el
pueblo de V. le guste más que ningún otro, que viva V. en él
contentísimo, que prefiera esta rustiquez á todos los esplendores y á
todas las elegancias de Madrid ó de París. Lo que no se comprende es la
ceguedad con que un hombre que no es como muchos bermejinos, que jamás
salieron de aquí, sino que ha visto las más bellas comarcas del globo,
se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura á todo
lo que ha visto.

--¿Qué quiere V., amigo mío?--contestó don Juan Fresco.--Yo no digo que
esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis
estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro y las costas
fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas
de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas,
y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y
limoneros, y el haber vivido en las orillas feraces del Ganges y del
Brahmaputra, con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado
las márgenes del golfo de Nápoles, tan risueño y lleno de recuerdos
clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien
jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más
rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa á mí
que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte
pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad,
no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al
cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus
abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez
las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas?
Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los
ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de
memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama,
Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en
Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar, como exclamo: Cuantos
olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo
aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de
mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá
blanquean las tierras de la capellanía de V., que son algo calizas;
aquel huerto le tuvo arrendado mi madre, y allí pasé algunos de los
mejores años de mi niñez? ¿Ve V. aquel cañaveral que está en medio del
huerto, á orillas del arroyo?--Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.

--Sí le veo,--contestaba yo.

--Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la
inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio
más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en la vida.

--¿Cómo fué eso?--preguntó Serafinito.

--El cañaveral--respondió D. Juan,--está ahora como á principios del
siglo presente, cuando tenía yo diez años ó menos. Yo era entonces tan
ignorante, que más no podía ser: no sabía leer ni escribir, ni tenía
idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de
cristal, donde estaban clavadas las estrellas á manera de clavos, y por
donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles
ú otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un
espacio infinito; unas cavernas sin término, un abismo sin límites,
lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro
infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y
donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre Eterno y
toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo
persuadido de que precisamente encima de Villabermeja, que es donde más
se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La
música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos;
y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al
cañaveral, y cerraba los ojos, y reconcentraba todos mis sentidos y
potencias á ver si lograba oir algo de aquella música, que no imaginaba
muy distante. Á tal extremo llegó mi entusiasmo, que pensé oirla algunas
veces. Yo era aficionadísimo á la música, y si mi manía de ver mundo y
mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido,
quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté
una caña del cañaveral; hice varios canutos, y á fuerza de pruebas y
tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de
otro, acerté á dar su justo valor á cada nota, y logré formar una
acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había
oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el
mundo, porque las inventaba yo mismo ó eran como reminiscencias vagas de
la música del cielo que había logrado oir en mis arrobos. Mi invención
de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo
el lugar, y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren
ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de
parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas
habitables del globo terráqueo.

Nada tenía que replicar á esto Serafinito, más convencido que el propio
D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba;
pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los
que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel
hombre.

En vista de esto, dí otro giro á la conversación diciendo á D. Juan:

--No quiero disputar más con V., y doy por valederas y firmes las
razones que alega, á pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá
V. que hable es de la extrañeza que me causa ver á usted lleno de un
sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas,
impropias de un positivista.

--Paso por lo del sentimentalismo--replicó don Juan.--Jamás he presumido
de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de
corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida
tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni
he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las
ilusiones.

--¿Cómo que no tiene V. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en
ilusiones su amor de V. á este lugar?

--No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre
esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero
volver. Quiero, sí, demostrar á V. que no tengo ilusiones y que me
importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.

--Pues qué--dijo entonces Serafinito,--¿será un absurdo lo que dice el
poeta:

      Las ilusiones perdidas
    Son las hojas desprendidas
    Del árbol del corazón?

--El dicho del poeta no es absurdo--contestó D. Juan Fresco,--si se
entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano
nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus
ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas
no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.

--¿Qué entiende V. por ilusiones?--dije yo.

--Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna--contestó
D. Juan.--Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo
mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la
verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe
deplorarse.

--Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como
sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le
hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro
está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo
del mismo modo.

--Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que
los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á
la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y
resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber
yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la
ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado
la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida
merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: _El árbol de la ciencia no es
el árbol de la vida_; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida
es el árbol de la verdadera ciencia.

--No comprendo bien sus pensamientos de usted.

--Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo
conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más
sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en
cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?

--Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo
conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por
experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos
lamentamos.

--Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo
conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos
presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más
sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto
conocidas.

--¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?--repliqué yo.

--¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo
como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por
distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio,
¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que
quiera?

--Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos,
cuanto imagina ó cree.

--Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es
lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino
algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa
esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y
necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el
químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en
retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá
descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y
pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me
inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio
en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas
obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia?
¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta
el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el
sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no
haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras
inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que
V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una
forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo
material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que
es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á
nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán
otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural,
como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el
término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos
explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío:
la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está
borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es
sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más
infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas
edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe,
como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más
mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su
pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues,
con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer
que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe,
calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad
científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones,
aunque no es la más bellaca.

--¿Cómo es eso?--dijo Serafinito.--¿Con que tener ilusiones es una
bellaquería?

--Casi siempre--replicó D. Juan.

--V. habla así--dije yo,--porque llama ilusiones á las malas, y no á las
buenas.

--Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V.
ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó
de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones
en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas
ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y
que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.

--Ponga V.--dijo Serafinito,--algunos ejemplos de esas ilusiones.

--Nada más fácil--contestó D. Juan.--Hay una señorita en Madrid,
elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir
veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían
en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de
condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi
todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita
exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los
tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un
siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con
un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y
enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros,
quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se
arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más
moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á
Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin
salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había
forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con
su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de
que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes,
de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en
que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á
servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los
días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo
menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la
hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien
nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo
metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien
plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea
en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas;
las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si
acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven
pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen
más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último,
las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya
quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro;
el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el
abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus
embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo.
Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta
de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino
ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos
humanos.

--Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó
desdichados, tienen ilusiones y las pierden.

--Son los que más ilusiones tienen y las pierden--prosiguió D. Juan
contestando á mi interrupción.--No niego, sin embargo, que hay multitud
de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de
haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta
clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de
juicio y poca entereza de carácter.

--Aclare V. eso también con ejemplos,--dijo Serafinito.

--Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que
sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y
privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más
respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir
publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche,
porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco
considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora
empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á
decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas
mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con
diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en
creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio
y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio,
fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora
quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo
de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de
generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en
rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles
una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime.
La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en
ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la
utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia
ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines
bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á
fines que lo son también.

--Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son
virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran
el bienestar material?

--Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la
sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más
espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno
sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados:
primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse
en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la
Bolsa.

--Según V., por consiguiente--interrumpió Serafinito,--es verdadero el
refrán que dice: _Honra y provecho no caben en un saco_.

--Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso.
En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y
no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme
sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de
carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho,
ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó
creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se
desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los
así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la
Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y
castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy
bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y
pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme?
¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este
mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las
perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos
magras que tocino y hueso?

--Vamos--dije yo sonriéndome,--lo que deduzco de todo es que á mi amigo
D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó
que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el
tener y perder ilusiones.

D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me
pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un
suspiro:

--Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado.
¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!

No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y
triste, se echó á llorar como un niño de siete años.

Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor
Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.

D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y
cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.

La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy
á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla,
ninguna tesis contraria á las ilusiones.

D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.

Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he
entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de
los sucesos.



[Imagen decorativa]

I.

LA ILUSTRE CASA DE LOS LÓPEZ DE MENDOZA


Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos
lugar fronterizo de tierra de moros.

Aun está en pie el castillo ó fortaleza que tenía allí el duque, señor
del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas
encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en
cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la
iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y
bastante posterior á la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban
batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían á
Dios en el castillo mismo ó en medio de los campos. Después de la
conquista de Granada fué, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y
vinieron á edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.

La casta belicosa de los bermejinos fué desde entonces doblando poco á
poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en
mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.

Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos
peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fué
á la corte, y nadie volvió á verle por el lugar. Ni amado ni odiado,
nadie volvió á pensar en él. El administrador del duque era quien
arrendaba ó daba á censo las tierras.

A principios de este siglo, salvo el ausente é invisible duque, apenas
había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres ó cuatro familias
hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus
ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos
treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas
familias hidalgas, ó se habían confundido con la plebe, agobiadas por la
pobreza, ó habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna.
Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza,
desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.

La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya
en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra
del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el
balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas
de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y
complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente
esculpido sobre mármol blanco también.

Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras
claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones
faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y
cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el
amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica,
brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios
sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que
ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas,
las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para
que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y
hierbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en
primavera y da á la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero
del tejado es tan ancho, que deja un espacio grande entre su extremidad
y el muro donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos
nidos.

Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y
zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo há, apenas hay granos que llevar
á aquellos graneros, sólo los habitan algunos buhos y lechuzas
melancólicos, y algunos ratones parcos y ascetas.

Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres ó
cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La
casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada
con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas
por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los
amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas
estaciones.

La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado,
á la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las
blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles
abiertas ó en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos
álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota
movimiento de carros, carretas y caballerías.

No hace muchos años, aun no se había construído, á tiro de escopeta del
lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado
de la iglesia, en un corralón, frente á la casa de los Mendozas. Sólo se
enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas,
quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con
retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera,
lleno de profusas é intrincadas labores de talla. En el camarín de esta
capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz á cuestas, vestido con túnica
de terciopelo, bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es
hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta
imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más
milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el
mayor ingenio por parte del autor en punto á mecánica; pero ha sido de
mucho efecto, y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre
Jesús, merced á una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo
derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas
Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición á la
muchedumbre de los fieles, una ó dos veces cada año, cuando le sacan en
procesión.

Pero volviendo á la casa solariega de los Mendozas, fácil es de
comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio
y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.

La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que
su habitación.

El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de
los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron
los frailes dominicos al lugar, y el lugar se fué enfrailando, ésta fué
la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la
secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado
por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de
notoria aptitud y denuedo.

Nadie en el lugar quería mal á los Mendozas, porque no había memoria de
que hubiesen hecho daño á la gente menuda. Nadie tampoco les tenía
envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse
cosas que podían ofender á la familia.

De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos
amoríos escandalosos con una cautiva mora y hechicera. De otro Mendoza,
no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había
casado con una judía ó con una coya ó princesa peruana, que sobre esto
no se estaba muy de acuerdo, aunque, si bien se nota, no implica
contradicción, pues para nuestros lugareños, judío ó moro es equivalente
á todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el
bautismo, se dice que está judío ó que está moro aún.

Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero, y la
coya ó judía más tarde, infundieron en la sangre de los Mendozas cierta
levadura de impiedad. En cambio, la judía ó coya trajo en dote á su
marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa
solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas
ó empeñadas después.

Como complemento ó añadidura se aseguraba que la judía ó la coya trajo
de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba,
multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y
emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás á saber. En
varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún
vecino del lugar, sin saber á qué atribuir su riqueza, habíase supuesto
que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la
vigilancia del espíritu de la princesa india, que le custodiaba, ó
venciéndole ó dominándole por artes diabólicas.

Murmurábase también de la aparición casi diaria, en les desvanes de la
casa, de un célebre comendador Mendoza, el cual había estado en Francia
durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances
trágicos y misteriosos, y por la manera con que vivió los últimos años
de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y
la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque,
no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no
faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto
llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.

Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que
habían difundido los frailes para desacreditar á los Mendozas, los
cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador
Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco
López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo,
siguiendo; según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados.
Desde el año 1823 hasta que murió, fué muy vejado y perseguido.

En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar y serviles,
como por ejemplo, el Escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran
una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que
vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las
guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían
ido á servir al Rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y
garbeando por estilo heroico cuando se presentaba, y habían vuelto al
cabo al lugar, á la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con
mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al
pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con
brillantez por su amor á la vida inquieta; pero en la administración
tranquila de sus bienes jamás se habían empleado con acierto, de suerte
que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias é Italia
donde ir á rehacer ó á mejorar patrimonios, el de los Mendozas había
caído por tierra del modo más lamentable.

Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas,
empeñó muchas fincas y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron
libres, de 1820 á 1823.

Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del
caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.

Aunque vagamente, bien entendían y daban á entender los críticos que el
espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad
Media, que coincidía algo con el de los tiempos modernos; que su
despreocupación ó poca piedad tal vez, no había sido tan grande en
épocas anteriores, y que por lo menos había aumentado mucho desde que el
comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y
que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo
de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los
bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo
contrario á aquella familia.

Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el
vulgo amaba á los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la
educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no
tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos
administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos
mismos á costa del magnánimo duque; el cual andaba en Madrid hecho un
Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El
furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de
reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero á
premio ó con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos
ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general,
acrecentando el acerbo común del haber de la nación, creando riqueza;
pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados
con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones
venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes
adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación
ó una absorción de bienes que á todos pertenecían, verificada con
infernal astucia. El antiguo refrán que reza: _Los ricos en el cielo son
borricos, los pobres en el cielo son señores_, se oía con frecuencia en
los labios de los bermejinos, como pronosticando, en son de amenaza, que
la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde
al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba
el castigo, echándose á la vida airada con armas y caballo.

Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es
sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el
encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la
limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.

Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen
con afecto á los Mendozas. Merced á la actividad fecunda que la moderna
civilización imprime en todo, á pesar de nuestras inacabables discordias
civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el
lugar; y no pocas familias de arrieros ó de gañanes, que habían hecho
dinero y fundado casa principal, empezaban á tener humos aristocráticos,
recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides, y yendo á
ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su
ascendencia por línea recta de varón en varón, y por legítimo
matrimonio, hasta uno de los compañeros ó hermanos de armas que vino con
el primer López de Mendoza á custodiar aquella fortaleza y á molestar á
los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De
aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con
el cariño respetuoso á la casa de los Mendozas, gloria común de todos y
monumento del antiguo caudillo.

Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de
sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de
sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa.
El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la
caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los
López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras,
otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro
con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la _cuadra_ ó
salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se
despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó,
hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso
de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.

En esto de los perros, y sobre todo en los podencos, era donde más había
resplandecido el afecto de los bermejinos á los López de Mendoza. Los
podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están á media
ración ó á menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se
hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar, por sus
latrocinios é inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza
segura, ni pedazo de jamón ó de carne con que se pudiera contar, ni
lonja de tocino á buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no
obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza.
Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora
de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz
dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo lo que es muy
frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de
bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo á
los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En
balde ella, defendiéndose con las manos,

    _Clamores horrendos simul ad sidera tollit;_

la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese
el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan
oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este
reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para
contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa
desnudez.

No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la
tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto
involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía
límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya
toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en
el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en
tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con
exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni
algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco
comunicativa.

Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era
bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre,
sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y
almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios
individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador,
con los cuales tenía sus tertulias.

Del mayorazgo Mendoza, del hijo de Doña Ana, que vivía también en la
casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la
convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se
decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo
que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.



[Imagen decorativa]

II.

¿PARA QUÉ SIRVE?


No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede,
ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se
me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo
no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo
concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y
afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que
corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que
porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y
todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de
las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este
último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el
que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con
su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego
diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el
que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito
de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se
compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y
sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas
se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un
punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó
por lo menos con cuco?

El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de
organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es
aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más
metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo
desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia
soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese
ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más
esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos
dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á
los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en
la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de
correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.

Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los
materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad,
y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y
muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos
indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre _si los
monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, se resolvería en favor de
los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó
conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato
legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo
sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza
de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un
ojo más, como Furier pretendía?

No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío
de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el
aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno
con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que
después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en
cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los
átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde
vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en
aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en
que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.

Por dicha, el _¿para qué sirve?_ de nuestro epígrafe, no requiere que
ahondemos tanto. Este _¿para qué sirve?_ era la pregunta que Doña Ana se
hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y
era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo,
diciendo: _¿para qué sirvo?_ y no sabiendo qué contestar.

Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto
el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales;
era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha
dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada
de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se
preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la
contestación.

Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le
ponga yo en algunos antecedentes.

Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres
de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de
Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los
fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus
grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en
la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde
entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.

Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda,
Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto
castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar
cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la
revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana,
enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y
haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían
saber en España las mujeres.

Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno;
y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse
para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que
ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse
con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los
Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de
Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda,
como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos
autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y
que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la
tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto,
sin entrar en detenidas investigaciones.

Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había
pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en
Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni
una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy
caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle,
pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor
de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos
de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy
elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero
orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un
tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La
primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no
le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los
bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el
cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como
quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana,
ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.

Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar
el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato,
en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y
constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su
marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste,
templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y
haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba
alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la
familia, y solía ser muy amena.

El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se
apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del
modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á
Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo
Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La _Historia de
España_, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el _Teatro
crítico_ y las _Cartas eruditas_ de Feijóo, eran sus libros predilectos
en prosa.

Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y
cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con
lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.

Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante:
la educación completa de su único hijo.

Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con
tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo,
á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la
_gimnástica_. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero
en dichas cosas estaba bastante adelantado.

El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad
con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase,
habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo
por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo
menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede
imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el
mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor,
todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al
cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango
y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por
último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se
aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre
que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades,
un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el
libro de monsieur Rollin traducido al castellano.

Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso
compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin
embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de
la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un
señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de
ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y
los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.

Como D. Francisco había sido _negro_, esto es, muy liberal, á pesar de
preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él
llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de
que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio.
Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce
esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía
aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á
nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo
Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron
paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino
que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y
ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga,
ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que
fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por
dos, y se juzgaba otra Cornelia.

Doña Ana comprendió, á pesar de todo, la utilidad de que el niño
siguiese una carrera; y después de meditarlo bien, eligió la de abogado,
no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese
las leyes, y supiese reformarlas y darlas á su patria cuando llegase la
ocasión.

El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó á
traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fué luego al
Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió
filosofía con el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y,
por último, cursó el Derecho en la Universidad de Granada, donde, por
arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristianos, no había
severidad en cuanto á la asistencia.

Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del
tiempo que duraba el curso. Luego iba á examinarse; y, merced á la
longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.

En las excursiones á Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor
Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo
temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba
desde el lugar el señorito, se quedó en Granada, para que el señorito la
montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en
Granada, mereciendo esta ciudad llamarse _la tierra del ochavico_. Con
veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas
y servicio de amo, criado y jaca.

Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el
pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios.
Seis era el precio corriente de las mejores casas, donde las patronas
más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y
otra multitud de regalos.

En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de
licenciado y doctor _in utroque_. Doña Ana le bordó una primorosa muceta
y le hizo una borla riquísima para el bonete.

El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis
duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su
muceta, su toga y su bonete emborlado, y el mayorazgo Mendoza, cuando
volvió á los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato
de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.

Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba D. Faustino
y era doctor, empezaron á llamarle el doctor Faustino, título y nombre
con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le
designaremos.

El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió á su casa lleno
de ilusiones y deseoso de ir á Madrid á realizarlas. Por desgracia, su
ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.

El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes,
que era, al parecer, lo que había estudiado.

El título que le habían dado en la Universidad era un título
huero.--¿Para qué sirve el título?--se preguntaban el Doctor y su madre.

El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la
fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago,
Maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría
bien que fuese á Madrid á ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y
el Doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima; sabían
que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable
tenían que objetar contra la abogacía; pero una estética irresistible,
un sentimiento superior á todo raciocinio les hablaba poderosamente al
alma, clamando: «D. Faustino no puede ser abogado;» D. Faustino, además,
si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en la
filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas
por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la
sentencia de Triboniano ó de no sé qué otro jurisconsulto, anterior á
las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más á propósito para
muchos camellos que para un hombre sólo, y más siendo este hombre
Alcaide perpetuo y Maestrante.

--¿Iré á Madrid á pretender un empleo?--se preguntaba D. Faustino. A
esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de
Santiago y la maestranza, sino el mismo título de Doctor, que D.
Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué
degradación, pretender ó tomar un empleo de ocho ó diez mil reales, que
era lo más que podían darle, é ir á confundirse y aun á quedar por bajo
de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni
maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de
mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!

¿Aspiraría D. Faustino á entrar en la carrera judicial? Pero, ¿qué
puesto obtendría, contando con favor y humillándose á pretender del
Ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era
inaceptable. D. Faustino se resignaría á ser oidor, pero no podía ser
menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su
casa solariega, y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde
su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los
destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y
mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho
propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.

¿Se dedicaría D. Faustino á la literatura? Mucha afición tenía á esto;
pero, ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino,
además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi
tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma
sensible, y el sabio que enseña la verdad severa á los hombres, no deben
pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los
próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen á caer en el
servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio
sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de
aduladores de los príncipes ó de las muchedumbres. Había que pensar
también, si, aun allanándose á lisonjear el gusto de muchedumbres ó de
príncipes, toparía el Doctor Faustino con algunas ó con algunos que
quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el
Doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender á la
corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, á la
moda ó al capricho. Pero como el público eterno no paga, el Doctor
decía, con Alfieri, que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar
pan, y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los
escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.

Varias veces pensó el Doctor Faustino en meterse á periodista, tomándolo
por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato á la
vez; pero ¿cómo sujetarse á los antojos de un director, tal vez rudo,
ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de
Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico
tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse
asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un
periódico y se dignase darle veinte ó treinta duros al mes para que
escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase á pasar
algún tiempo de novicio (el Doctor se estremecía y horripilaba sólo de
pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias
para compaginar el correo extranjero, ó recortando, armado de unas viles
tijeras, sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas
en cuartillas lo recortado, á costa de la propia saliva, para mayor
ignominia? El Doctor Faustino no era posible que fuese periodista
tampoco.

En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando,
discurriendo y discutiendo qué podría ser, á qué podría dedicarse, para
qué podría servir el Doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan
arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el Doctor servía y
valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático
para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse
entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito, era lo
difícil de hallar, así para el Doctor como para su madre.

No había medio, ó al menos era muy aventurado, que el Doctor Faustino se
lanzase á Madrid, á la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la
redacción de un periódico, en una oficina ó en el estudio de un abogado
alguna ayuda de costas mientras llegaba á personaje.

El caudal de los Mendozas hacía tiempo había menguado mucho. Don
Francisco, con su desgobierno, le había disminuído más y le había
empeñado.

Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre á Doña Ana, sus
pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero á
tener relaciones con cierta ninfa á quien llamaban la Joya, y más tarde
con otra ninfa á quien llamaban la Guitarrica. Ni la Guitarrica ni la
Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni
se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con M. Augusto, ni
anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada
parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya
vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor.
La Joya, además, lo mismo que la Guitarrica, se vestían bastante bien
para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D.
Francisco.

Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las
mismas bizarrías de Don Faustino siendo estudiante en Granada, donde
había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había
perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya
sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de
maestrante y otro de oficial de lanceros de la Milicia Nacional. Este
último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo
complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.

Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la
Milicia, y á D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante
de campo; de suerte, que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual
iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos
era exquisito, y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La
multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y
elegancia, y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable
truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos
dineros.

D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de
maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa
llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de
becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de
Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de
muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica,
fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las
calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que
en estas cosas y con otras se había gastado la moneda, y ya había leído
él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído, lo
hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que _la
moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive
en sociedad_.

Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir á vivir en
Madrid, donde todo cuesta un sentido, en comparación de lo que valen las
cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que
hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y á dos ó
tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de
recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones
aristocráticos.

Hubo ocasiones en que madre é hijo pensaron en que D. Faustino fuese á
Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más
dinero, ó bien se viniese á descubrir quién él era por su mismo
esplendor y por las bellas acciones ó escritos que hiciese ó compusiese;
pero este arbitrio se abandonó por impracticable.

Ir á Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo á
pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba
á peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid D. Faustino,
asistiendo en la sociedad _comm’il faut_, y viviendo con extraordinaria
economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes
suponen cuatrocientas pesetas, ó sea cuatro tinajas de vino, que
importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas; la
mar de vino, la cosecha entera de los mejores años, no habiendo _oidium_
ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid, ¿con qué se
pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué se
satisfacían los intereses del dinero tomado á rédito (al 20 por 100)
sobre buenas hipotecas? _Hic opus, hic labor est_, según el profano.

A pesar de todo, el Doctor Faustino no se resignaba á no ir á Madrid,
donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades,
se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria,
posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que
él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género
de ambición que el Doctor no tuviese. Andaba como toro picado del
tábano.

En punto á oratoria esperaba ser un Demóstenes, no á la pata la llana y
sencillote como fué el de Atenas, sino con todos los floreos que privan
en nuestra edad, más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto
como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica
forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que
acertase á adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los
procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía:
«Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace
en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con
suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando
murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega á su término
dichoso, fecundando con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por
el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que,
despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible
obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja á
perderse en el hondo foso que circunda, ampara y hace inexpugnable el
alcázar de la propiedad sagrada.» Cuando este señor hablaba en estrados
era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban
entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba á las nubes,
combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta
ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico,
atinó á expresarse así hablando de él: «Este desventurado, que en el
naufragio de su fortuna tuvo que asirse á la dura tabla de su navaja;»
con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El Doctor Faustino,
aunque de suyo no era muy propenso á tantos tropos y lindezas, se sentía
capaz de eclipsar á su maestro, si en ello se empeñaba.

De poesía aun se le alcanzaba más al Doctor Faustino. Era aquélla la
época del romanticismo, y el Doctor se había hecho romántico de los más
furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y sujetivos; esto es,
el Doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni
ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de
Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba
que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía
al pensamiento y á la pasión; pero es lo cierto que hacía mil
combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que á veces en una
misma composición ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta
de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo
cual les daba extraña lindeza _esquemática_, pues la composición venía á
figurar un lenguado. El Doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu
crítico y descreído que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se
juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta, un _genio_, y está dicho
todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían á su propia
crítica, con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma;
y, en honor de la verdad y del pobre Doctor, hemos de declarar aquí que
dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su
romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de
Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y
acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser
mozo de café que poeta ridículo!» El Doctor Faustino, por consiguiente,
aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos;
y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda
evidencia, ó hasta que tales los compusiese.

Sólo un verso, que él repetía á menudo entre dientes, tenía mérito
singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.

    ¡Siento sobre mi frente arder el caos!

decía el verso espantable.

Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.

En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había
estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no
servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia
entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no
adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.

--¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden
enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho
insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó
mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor
pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera,
sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros.
De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los
autores.

Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este
rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia
humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de
comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los
humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los
misterios del mundo visible y del invisible.

El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se
explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que
no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.

No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de
exaltación, pero no de locura.

Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la
realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un
diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó
engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero,
placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar,
y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en
la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que
despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de
dudar si le poseía ó no le poseía.

Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el
Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.

Hablaba entonces el Doctor con su madre y le comunicaba su propósito.

La prudente señora preguntaba siempre al Doctor:

--¿Qué plan llevas?

--Ninguno,--contestaba el Doctor.

--¿Quieres quizá dedicarte á la abogacía?

--Nunca.

--¿Ganarás dinero y posición como periodista ó como empleado?

--Tampoco.

--¿Ganan algo los poetas?

--Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco
ó nada.

--Para escribir, por otra parte--añadía Doña Ana,--alguna obra en prosa
ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí
que en la corte.

--En eso no cabe duda,--tenía que contestar el Doctor Faustino.

--Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y
cariñosa madre.

El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía
que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su
miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y
sonreía melancólicamente.

Cuando estaba solo decía entre sí:

--Vamos,--¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!

La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:

--Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de
cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es
tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir,
como no sea para ser su propio tormento.



[Imagen decorativa]

III.

PLAN DE DOÑA ANA


Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba
en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi
de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia,
se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el
capítulo anterior.

La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas
doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos
vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de
apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo
propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á
nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su
persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos
aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y
en el invierno, envuelto en su capa.

Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que
le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y
procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y
no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que
pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.

Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que
presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más
_fantasía_, valiéndonos de los términos mismo del lugar.

El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy
rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus
dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de
Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto
entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la
Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que
un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á
Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta
ahora son designadas.

Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor.
Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco
ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban
también el abogado Peperri.

El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza,
sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más
solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la
Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón,
desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era
aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas
ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres
que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y
de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud
de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al
Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.

No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el
Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las
Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir
alguna burla contra ellas.

El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos
géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un
fin práctico.

En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el
Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de
que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se
hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los
espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en
Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á
Madrid.

Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos
los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de
veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le
excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de
gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones
espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde
penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico
tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos,
que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que
los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al
verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un
caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían
con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia
de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba
más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo
tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey
y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la
plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la
cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían
las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las
décimas de

    Apurar, cielos, pretendo...

--¡Qué lástima--pensaba Doña Ana,--que este hijo mío no logre vencer sus
sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará
quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que
entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos
los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con
mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su
merced con Dios, nostramo.»--«Dios bendiga á su merced, señorito?»--Un
dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi
hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos
los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á
componer en Madrid.

--Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?--seguía cavilando Doña Ana.

Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.

La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era
por dentro espaciosa y cómoda.

Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda
independencia, en el piso bajo.

Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal,
cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de
bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de
Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un
brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y
vasos de China.

Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para
tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios
gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo,
floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y
en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para
levantarlas á pulso.

La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera
sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios
armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado
Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos
impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la
educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el
contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las
refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las
obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban _El hombre feliz_, el
_Eusebio_ y _El Evangelio en triunfo_. Había en otro lado algunos libros
de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos,
castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de
Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban
la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias
naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico
muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de
1834.

En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á
los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y
Arolas.

Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo
en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores;
no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de
campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio
olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.

La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del
muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones
cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba
el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared
había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos
palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de
modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como
sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre
la mesa los papeles, el tintero y los libros.

En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar
con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces
de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos
traseros en torno del hogar.

No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El
escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la
chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas
con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas
escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En
varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y
garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran
verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.

Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir
á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y
anchura?

En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á
pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á
la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones,
morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil
artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de
palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de
zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían
tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos,
gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y
otras semillas.

Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse
aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña
Ana, que no había cosa de que no cuidase.

Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de
damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel ó toalla que no se
zurciese y durase con notable aseo.

Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden,
sahumada con alhucema.

El Doctor Faustino, sin embargo, quería irse á buscar aventuras.

Todo un invierno estuvo meditando Doña Ana. Luego escribió varias cartas
y sostuvo una correspondencia, sin decir nada á su hijo. Al cabo, una
noche, cuando ya había llegado la primavera, estando madre é hijo á
solas en el salón de los sillones antiguos, de los retratos y del árbol
genealógico, Doña Ana se explicó de esta suerte:

--Estáme atento, hijo mío, pues voy á hablarte de un asunto de suma
importancia.

El Doctor prestó la atención más respetuosa; y sentados ambos en un
ángulo de la gran sala, prosiguió hablando la madre:

--Harto advierto y deploro que eres infeliz con esa vida que llevas.
Aquí hay tranquilidad y algún bienestar; pero te faltan objetos que
satisfagan tu ambición, tu sed de gloria y hasta tu amor. No me quejo de
tí porque quieras abandonarme é irte á Madrid. Nada más natural. Pero tú
mismo convienes en que sería demencia irte á Madrid sin un real, como se
va cualquier aventurero. Dicen en este lugar _la pobreza no es deshonra,
pero es un ramo de picardía_, con lo cual enseñan que la dura necesidad
obliga á veces, hasta á los hidalgos y bien nacidos, á hacer bajezas en
que yo no quisiera que incurrieses nunca. Por eso he buscado un medio de
que vayas á Madrid, sin exponerte á vivir allí como un perdido, ó sin
acabar de arruinarte.

--¿Y cuál es ese medio?--preguntó el Doctor Faustino, todo alborozado.

--Voy á decírtelo--contestó la madre.--Ya sabes que en la ciudad de...,
distante de aquí catorce leguas, vive mi prima queridísima, Doña Araceli
de Bobadilla. Aunque tiene más de sesenta años, la siguen llamando la
niña Bobadilla, porque nunca ha querido casarse, no habiendo hallado
sujeto de su condición en quien emplear su voluntad y á quien dar su
mano. Tu tía Araceli vive con bastante desahogo en una hermosa casa. En
su pueblo va á haber bailes, toros y otras diversiones, con motivo de la
feria, que será dentro de una semana, y Araceli te convida á que vayas á
su casa á ver la feria y á pasar el tiempo que quieras.

--¿Y qué voy ganando yo con ver la feria y estar de huésped en casa de
la niña Bobadilla?

--A eso voy. Ten calma que todo se andará. La niña Bobadilla tiene un
hermano llamado D. Alonso, poseedor de un riquísimo mayorazgo, y más
rico aún que por el mayorazgo, por su buen tino y mejor suerte como
labrador de varios cortijos y criador de ganado lanar y vacuno. Vive D.
Alonso en la misma ciudad que Araceli; está viudo quince años há, y
tiene una hija de diez y ocho, cuyo nombre es Costanza, de cuya
hermosura y discreción no hay encarecimiento que no se oiga, y en elogio
de cuya virtud, recato y buena crianza se hacen lenguas los más
descontentadizos.

--Vamos, ¿y qué?--interrumpió el Doctor.

--¿Para qué andar con rodeos? Yo he tratado de tu casamiento con esta
señorita. Su padre la adora y tiene millones.

--Madre, ¿quiere V. hacer de mí un Coburgo?

--¿Y por qué no, hijo de mis entrañas? Tú tomarás dinero como quien toma
alas para volar; pero volarás luego, y encumbrarás tan alto á tu mujer,
que no le pesará de haberte dado las alas. Ella te conoce ya por el
retrato en miniatura, en que estás tan guapo, con la muceta y el bonete
de Doctor; y mi prima Araceli, que le ha enseñado el retrato, me dice en
sus cartas que has gustado mucho á Costancita.

--Me alegro, mamá, me alegro; pero yo no sé aún si ella me gustará ó me
disgustará.

--Para eso han de ser las vistas, hijo mío. Nadie te pone un puñal al
pecho. Nada hay concertado aún. Posible es que D. Alonso sepa algo del
proyectillo; pero ha de aparecer como que no sabe nada. Ni tú ni
Costancita os habéis comprometido. Os veréis, os trataréis, y si no os
agradáis, en paz; no hay nada perdido.

--El tiempo y la fatiga y los gastos de viaje...--dijo el Doctor.--Mejor
será desistir y que yo no vaya.

--Yo he prometido ya que irás, y no me dejarás fea.

--No, mamá; si V. lo ha prometido, no habrá más que ir.

--Sí, Faustinito. Mira, me da el corazón que te vas á enamorar como un
bobo de mi señora Doña Costanza. De ella no digo nada, porque, según
Araceli, está ya hecha un volcán desde que contempló tu retrato.
Pronostico que habrán de hacerse las bodas.

--Si Costancita me parece bien y es tan rica, nos resignaremos.

Dada la venia por el Doctor Faustino, Doña Ana desplegó, durante cuatro
días, toda su actividad en los preparativos del viaje. Echó é hizo echar
cuellos y puños nuevos á algunas camisas del Doctor que estaban algo
estropeadas; examinó las levitas y fraques de Caracuel, y halló que, por
fortuna, no habían sido injuriados por la polilla, y en el mejor de los
dos vestidos de majo hizo varias reformas indispensables.

La víspera de la partida tuvo Doña Ana una larga y acalorada discusión
con su hijo, empeñada ella en que llevase los dos uniformes de
maestrante y oficial de lanceros y D. Faustino en que no los había de
llevar.

Al fin triunfó el parecer de Doña Ana. El uniforme de maestrante luciría
mucho en un baile de gran etiqueta que se anunciaba. Y en cuanto al otro
uniforme, ¿qué duda tiene que parecería bien y rebién, llevándole D.
Faustino á la feria y corriendo al estribo del birlocho de Doña Costanza
de Bobadilla, caballero en la jaca castaña, con su portapliegos
lustroso, sus plumas blancas y su chasca polaco? Lo único que consintió
Doña Ana que no fuese á la expedición fué la lanza, porque al cabo no
iba á haber formación ni cargas de caballería, y parecería ya demasiado
belicoso el llevarla. Doña Ana, no obstante, sintió que Costancita no
viese á su hijo hacer el molinete, como enredando en sus raudos círculos
las balas y la metralla. Doña Ana decía que entonces se asemejaba su
hijo á Diego León.

Como en la ciudad á donde iba el Doctor Faustino no había Universidad ni
salón de grados ó paraninfo, hubo de desperdiciarse también otro medio
de seducción, y no se embaularon la muceta, el bonete, la borla y demás
insignias doctorales.

Por último, llegó el día de la partida. Madre é hijo se abrazaron
cariñosamente. El Doctor Faustino, con traje de campo, zahones, faja y
marsellé, montó en su jaca castaña, enjaezada con aparejo redondo, lleno
de flecos de seda, y dos retacos. Respetilla, como escudero, le seguía
en un mulo tordo, y con vestidura parecida, aunque más pobre. Después
cerraba la marcha otro criado, nada menos que con tres mulos de reata,
donde iban el equipaje del señorito y no pocos presentes que había
dispuesto Doña Ana para obsequiar á Doña Araceli y á la misma Doña
Costanza. Allí les enviaba piñonate, alfajores, hojaldres, gajorros,
arrope de varias clases en canjilones tapados con corcho y yeso, gachas
de mosto, empanadas de boquerones, carne de membrillo y otros mil
regalos de repostería, por donde es celebrada en todas partes la gente
de Villabermeja.

La expedición salió muy de mañana del lugar; pero no tanto que las
Civiles, que eran tan ventaneras como madrugadoras, no estuviesen ya
atisbando detrás de la celosía. El Doctor Faustino y todo su séquito
tuvieron que pasar forzosamente por delante de la casa del escribano.

Oye, Rosita--dijo Ramona, al ver pasar al Doctor,--¿á dónde irá el Conde
de las Esparragueras?

--A conquistar algunas tierras más fértiles y que produzcan más
ochavos,--contestó Rosita.

El Doctor oyó el chiste de aquellas desvergonzadas y se puso rojo como
una amapola. Pensó que sabían que iba á hacer el papel de Coburgo y que
por eso se mofaban; pero las Civiles no sabían á dónde iba el Doctor
Faustino.



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IV.

DOÑA COSTANZA DE BOBADILLA


Las catorce leguas que separaban al Doctor Faustino de la casa de su tía
Doña Araceli fueron quedando atrás, sin que ocurriese nada memorable.

La caravana ó pompa _novial_ paró aquella noche en una venta que distaba
nueve leguas de Villabermeja. Allí cenaron pollos con arroz y pimientos,
que parecieron exquisitos después de jornada tan fatigosa, y sardinas
fresquísimas, que les vendió un arriero que venía de Málaga y que se
albergó por dicha bajo el mismo techo. Las sardinas, asadas sobre las
brasas, estaban saladas de veras, y fueron un gran incentivo y
despertador de la sed. El Doctor, su escudero Respetilla, el mozo de los
mulos y hasta el arriero vendedor de las sardinas, á quien convidaron á
cenar, comieron patriarcalmente en la misma mesa y empinaron bien el
codo, dando un millón de besos á la bota del Doctor. Luego durmieron
como bienaventurados, sobre unas haldas que rellenaron de paja,
sirviendo de almohadas los aparejos de las bestias.

Antes de que clarease, ya estaban de punta el señorito y sus dos
criados. Éstos, á pesar de las libaciones de la noche anterior, mataron
el gusanillo con aguardiente de anís doble, y el señorito tomó una
jícara de chocolate.

Vaciadas las haldas en el pajar, pagada la cuenta y aparejadas las
caballerías, se pusieron de nuevo en camino, cuando ya las estrellas se
habían desvanecido y perdido todas en la blanca é incierta luz del alba,
brillando sólo en la celeste bóveda el lucero miguero.

Era una hermosa mañana de primavera. Golondrinas, jilgueros y ruiseñores
cantaban. El ambiente diáfano, el vientecillo lleno de frescura y la
rosada luz que iba asomando por el Oriente, alegraban el corazón.

El Doctor se sentía menos melancólico que de costumbre.

Como gente que va á caballo y picando mucho porque tiene mucho que
andar, la caravana se salía del camino más trillado ó iba buscando las
trochas, ya cortando por unos olivares, ya tomando veredas y atajos por
medio de cortijos y dehesas, ya siguiendo por la orilla de algún arroyo
ó trepando por algún cerro.

Respetilla era admirable para guiar en un camino y se puso delante. El
Doctor Faustino le seguía. Detrás arreaba el mozo, con el equipaje y los
presentes en los tres mulos de reata.

Tan embelesado y distraído iba el Doctor, que ni se daba cuenta de lo
que pensaba.

El sol salió. Anduvieron más de un par de leguas. Eran las nueve del
día.

Sólo entonces recordó el Doctor, ó dígase volvió en sí, y bajó de los
espacios etéreos para pedir de almorzar.

--Un poco más allá hay una fuentecilla que tiene un agua muy buena y
sombra; allí almorzaremos, si quiere su merced,--dijo Respetilla.

En efecto, no tardaron en llegar á la fuente. Se apearon, se sentaron
sobre la yerba, bajo una corpulenta encina y almorzaron de un buen
repuesto de carnero fiambre, huevos duros y jamón en dulce, que en las
alforjas traían. La bota, aunque colosal, harto enflaquecida ya con el
jaleo de la noche anterior, acabó de quedar enjuta, pegadas una con otra
las dos caras interiores de la corambre.

Cierto que para decir que el Doctor y su séquito caminaron, durmieron,
cenaron y almorzaron, tal vez censure el lector que yo me detenga, y tal
vez afirme, además, que lo mejor sería que diese ya el viaje por
terminado, trasladándome con mi héroe á casa de Doña Araceli; pero yo
diré al lector, para disculparme, que el Doctor Faustino, después de
haber almorzado, y prosiguiendo su viaje en la misma forma, y
acercándose ya á la ciudad, donde tal vez iba á contraer un compromiso
que influyese en gran manera en su suerte y vida, tuvo una meditación ó
soliloquio tan esencial y transcendental, que no puedo menos de ponerle
aquí en compendio y resumen. Para ello, como para todo, me valdré de las
noticias circunstanciadísimas y hasta prolijas, que me suministró D.
Juan Fresco, las cuales fueron tantas, que yo, lejos de ampliar la
historia con invenciones mías, lo que hago es encerrar cuanto en ella se
contiene en las menos frases que puedo, pues no me agrada ser difuso.

Importa, no obstante, decir cuatro palabras sobre un punto que aun no
hemos tocado. Algo entrevé ya el lector de las cualidades morales é
intelectuales del Doctor Faustino, pero nada sabe aún de su aspecto y
fisonomía.

El doctor era alto, delgado, aunque robusto, y rubio, no ya tirando á
rojo su cabello, como suele por lo común el de los bermejinos, sino más
bien de un rubio pálido. A pesar de ser aquella época la del más
frenético romanticismo, no se había dejado crecer la melena, si bien no
estaba tan corto su pelo que no se pudiesen ver y admirar los rizos
naturales en que se ensortijaba, siendo á la vez suave como la seda.
Lucía, pues, en el Doctor, en grado elevadísimo, una de las cualidades
con que distinguen más los etnógrafos á la raza aria: era _euplocamo_
por excelencia. La patilla, rubia también como el oro, era bastante
poblada, y el bigote, que sin duda no se había afeitado nunca, tan
delicado como el bozo. El Doctor tenía la frente despejada y serena, las
mejillas sonrosadas, la nariz un poquito aguileña y la boca chica y con
buena dentadura. Su tez era blanca y transparente como la de una dama, y
los ojos grandes, azules y llenos de dulzura melancólica. En suma,
nuestro héroe merecía en cualquiera parte la calificación de guapo mozo,
si bien un tanto desgarbado. A caballo estaba bien, pero más que
señorito de la tierra, parecía un inglés que se había disfrazado,
vistiéndose á la moda de Andalucía. Esta última calidad había de
favorecerle, porque parecer andaluz entre andaluces no hace sobresalir á
nadie, mientras que toda la traza del Doctor tenía algo de extraño y
peregrino, que es lo que más atrae y encanta á las mujeres.

Meditando, pues, el Doctor, mientras caminaba, iba diciendo entre sí de
esta manera:

--Por complacer á mi madre he acometido una empresa que por mi propio
consejo é iniciativa no hubiera yo acometido jamás. ¿Qué voy á ofrecer á
Doña Costanza de Bobadilla, si gusto de ella, si ella gusta de mí, y
llega el caso de pedirla en matrimonio? Mi casa solariega del lugar y
unas cuantas fincas, cuyos productos se consumen en pagar los intereses
del capital en que están empeñadas. Todo esto es ridículo. Valiera más
no tener nada que tener esto. Lo ilustre de mi nombre no importa para
ella, que es tan ilustre como yo. Además, en España apenas hay nadie que
no sea ilustre. En cuanto alguien tiene dinero y da valor á estas
vanidades, prueba que desciende del Rey Wamba si se le antoja. Si yo
tuviese un título, aunque fuera el de Conde de las Esparragueras, que me
han dado las hijas del escribano, ya sería otra cosa; ya habría algo que
ofrecer. Siempre tiene vivo aliciente para una muchacha el pensar que la
van á llamar condesa y que en las tarjetas va á poder escribir _La
Condesa de Tal_. Es cierto que yo tengo el título de doctor y el de
alcaide perpetuo; pero no se estila que el esposo transmita estos
títulos á la esposa por legítima que sea. Doña Costanza de Bobadilla, si
llegase á ser mi mujer, no podría escribir en las tarjetas: _La doctora
y alcaidesa perpetua de la fortaleza y castillo de Villabermeja_.
Vamos... está visto; yo no tengo que ofrecer sino esperanzas. Pero si
Costancita las acepta por buenas, y me da en cambio su corazón, su mano
y cinco ó seis mil duros de renta, que dicen que puede y quiere darle su
padre, ¿por qué no aceptarlo todo? Además de tener por marido á un
joven de mis prendas, el dinero que dé á Costancita su padre será como
dado á usura, ó más bien como puesto en una aparcería, en que pongo yo
el saber, el ingenio y el trabajo.

Aquí se encumbraba la meditación, pero con tal rapidez, que no es fácil
seguirla y menos encerrarla dentro de un lenguaje hablado ó escrito. El
Doctor, ora se veía coronado en el Liceo de Madrid, después de haber
leído una fantasía ó un poema oriental; ora salía á la escena en el
teatro del Príncipe, donde acababa de representarse un portentoso drama
suyo; ora estaba despachando ó dando audiencia en la silla ministerial;
ora venían á pedirle albricias sus numerosos amigos porque la Reina
tenía á bien concederle el título de duque, libre de lanzas y medias
annatas, en pago de sus relevantes servicios; ora llegaba á París de
embajador, y el rey Luis Felipe y toda su corte se quedaban encantados
de su mucha discreción y finura, y ora inventaba un nuevo sistema de
filosofía para que informase todas las demás ciencias secundarias,
creando así la ciencia primera, una y toda, con general asombro y
contentamiento de los nacidos.

Estos triunfos y otros mil, que pasaban refulgentes, arrebatadores,
estruendosos, ricos en color, llenos de armonía y de belleza por la
mente entusiasta, se tocaban con la mano, tomaban cuerpo, se iban á
realizar, una vez dueño el Doctor Faustino de los cinco ó seis mil duros
de renta de Doña Costanza de Bobadilla.

--Pero no--proseguía el Doctor,--no me casaré con Doña Costanza si no me
enamora, ó al menos si no tiene talento y hermosura, por donde la gente
llegue á presumir que pude enamorarme de ella aunque no sea tal el caso.
No me casaré, aunque pierda y desbarate todos mis ensueños.

El Doctor se decía esto, porque los hombres nos complacemos en
engañarnos á nosotros mismos, poniéndonos en trances apurados, que no
existen, y saliendo de ellos de un modo heroico. ¿Quién no se ha fingido
alguna vez que le acometen seis ó siete enemigos y que él les hace cara
y les vence y aterra? Y con todo, si los seis ó siete, ó tal vez uno
solo le acomete de verdad, es probable que ponga pies en polvorosa.
¿Cuántas costurerillas y cuántas fregatrices no dan por seguro en el
fondo del alma que ni el propio Fúcar las seduciría, aunque les
ofreciese el oro y el moro? Y, sin embargo, sabe Dios con cuán ligero
empuje suele luego el interés derribar su entereza.

El Doctor no ignoraba que Doña Costanza era bonita, y, por consiguiente,
no había para qué hacer del heroico y desprendido, diciendo que no se
casaría con ella si no fuese bonita. Pero esto, que llaman ahora _darse
charol_, no es sólo para deslumbrar á los otros, sino para
deslumbrarnos y deleitarnos en nuestras propias perfecciones.

Verdad es que el soliloquio del Doctor era más candoroso, era
profundamente sincero y notable, cuando continuaba:

--¿Y si Costancita no me quiere? ¿Y si me halla poco ameno, encogido y
sin chiste? ¿Y si no comprende el valor de mi alma? ¿Y si no cree en mi
porvenir, como yo creo? ¿Y si, á pesar de su falta de fe en mí y de sus
desdenes, soy yo quien me enamoro de ella? Entonces será menester
matarla. Pero, ¿qué culpa adquiere, si no le caigo en gracia? ¿Por qué,
no digo matar, pero ni tan sólo odiar á una mujer que nos desdeña? En
este último caso desesperado, ya sé lo que debo hacer. Desoiré los
consejos de mi madre; me iré á Madrid sin recursos, á la ventura;
lucharé; no reposaré hasta ganar dinero, posición y nombradía, hasta
probar á Doña Costanza que soy digno y más que digno de ella; que no
necesito de su dinero para elevarme; que mis ensueños de ambición no son
vanos. Casi estoy por irme ya á Madrid derechito, y entrar por la Puerta
de Toledo con todo ese aparato y estruendo de mulos, y con las alforjas,
el piñonate y demás presentes, que no faltará allí quien se los coma.

El Doctor, no obstante, seguía caminando en pos de Respetilla, hacia el
pueblo y casa de su tía Doña Araceli, sin poner la proa hacia Madrid
sino por un instante y con la imaginación sólo.

--Eso sí--añadía:--si Doña Costanza no me ama y yo la amo, me siento
capaz de algo más grande y poético que lo que hizo Marsilla por Isabel.
Aquél fué por esos mundos, para ganar la mano de su amada. Yo iré por
esos mundos, á dar razón de quién soy, á llenarlos de mi gloria y á
ganar al cabo el desdeñoso corazón de Costancita. Si ahora no me amase,
obscuro y desconocido, ¿cómo no había de amarme y aun de idolatrarme
cuando me viese descollar entre la multitud, con la frente ceñida en oro
y lauro, y grabado mi nombre, con indelebles y gruesas letras, en las
páginas de la Historia?

Tomando este giro la meditación, el Doctor se representaba tan á lo vivo
que amaba ya á Costancita y que no era amado de ella, que empezó á
suspirar con furia, como si se hubiese puesto enfermo. Respetilla iba
muy adelante y no le oyó; que si no, se hubiera asustado.

En esto llegaron todos á un visillo, y desde allí descubrieron la ciudad
á donde iban á parar. Blancas eran las casas por el mucho enjalbiego, y
con grandes patios, desde cuyo centro se alzaban las verdes copas de
naranjos, acacias, adelfas, azofaifos y cipreses. Un riachuelo, que
corre por delante de la ciudad, regaba no pocas huertas en una fértil
llanura que se extendía á los pies de los viajeros.

A la bajada del cerrillo tomaron éstos la carretera, saliendo de la
vereda ó camino de herradura.

Diez minutos más tarde se divisó una nubecilla blanca sobre la
carretera. Después un bulto que se movía.

Respetilla, con vista de águila, lo advirtió y reconoció todo, y
volviendo riendas, vino hacia su amo gritando:

--Señorito, señorito, ahí vienen á recibir á su merced. Ese es el
birlocho del Sr. D. Alonso.

No se había engañado Respetilla. Ya se estaba oyendo el sonar de los
cascabeles y campanillas de plata que adornaban los pretales y colleras
de los lindos caballos negros que tiraban del birlocho.

El Doctor se gallardeó sobre el aparejo redondo, se limpió el polvo con
el pañuelo, se ladeó el sombrero con donaire, y puso espuelas á la jaca,
que llegó pronto cerca del coche, haciendo mil escarceos.

El birlocho se paró entonces, y el Doctor pudo ver á dos damas que en él
venían.

La una era vieja y seca como una pasa, pero con ojos muy vivos y
semblante bondadoso y alegre. Vestía de negro y traía en la cabeza una
papalina con moños morados.

La otra era menudita, pero graciosa. Negro el cabello como la endrina y
más negros los ojos. Los labios como el carmín; sonriendo siempre y
dejando ver unos dientes blanquísimos é iguales. La nariz
caprichosamente respingada, lo cual daba á su rostro cierto aire
atrevido, burlón y de malicia infantil. La tez, fresca, limpia y
brotando salud y juventud. El color, trigueño. El talle, flexible, no
como una palma, sino como una culebra. Y por último, todo lo que de las
formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, artística y
sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino
en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones,
según las reglas del arte, y en consonancia con la edad de diez y ocho
años y la condición de señorita principal y cuidadosa de su persona, y
no de descuidada aldeana.

Vestía la dama gentil un traje de seda de color de lila, y en la cabeza
no llevaba más tocado que sus negros cabellos, ni más adorno que seis ó
siete rosas, alternando con la clara púrpura de sus pétalos la alegre
verdura de varias hojas de tallo.

Ambas señoras conocían al Doctor por el retrato, y no había miedo de
equivocarse. Así es que Doña Araceli, pues no era otra la viejecita que
venía en el birlocho, exclamó apenas se acercó al Doctor:

--Buenos días, sobrino; bien venido seas.

--Bien venido, señor primo--dijo Doña Costanza.

El Doctor saludó con la mayor cordialidad. Bajó del caballo y dió un
abrazo muy cariñoso á su tía, y á la primita un apretón de manos,
advirtiendo, á pesar del guante, que la mano de la primita era pequeña,
y los dedos largos, afilados y aristocráticos, y no aporretadillos y
plebeyos.

--Mira, sobrino--dijo Doña Araceli,--yo he querido salir á recibirte, y
he pedido prestado el birlocho á Costanza, que ha tenido la bondad de
acompañarme. Tu tío Alonso no ha podido venir, porque anda afanadísimo
apartando el ganado que quiere presentar en la feria; pero no te puedes
quejar cuando viene en cambio su hija.

El Doctor se deshizo en cumplimientos, y hasta formuló algunas frases
bonitas, á pesar de que estaba cortado y de que naturalmente era algo
tímido.

Costancita llamó lisonjero á su primo, y se puso colorada.

--Oye, sobrino--dijo Doña Araceli,--¿quieres creer que Costancita tenía
miedo de verte y hablarte, figurándose que estabas siempre de doctor,
tan serio como en el retrato, y temerosa de cometer alguna falta de
prosodia ó de soltar una patochada? Ahora, que te ve de majo, me parece
que ya no se asusta.

--Siempre me asusto, tía... ¡Y qué cosas dice usted! ¡Válgame Dios!
¿Cómo había yo de creer que mi primo viniese á caballo, vestido de
doctor, con su muceta, borla y bonete? ¡Vamos, no me haga V. tan simple!
Lo que yo creía es que mi primo es muy entendido é instruido, esté ó no
con el traje doctoral, y que quizás me tuviese en menos cuando notase lo
ignorante que soy. No... y lo que es este miedo, no se me ha quitado
todavía.

El Doctor volvió á deshacerse en cumplidos, alambicando mucho y
devanándose los sesos para demostrar, en lenguaje corriente, sin aparato
ni términos científicos, que la mujer todo lo sabe y penetra por
intuición, aunque nada estudie, y que en la cara y en los ojos de su
prima se columbraba y traslucía más ciencia que en Aristóteles, en
Platón y en Santo Tomás de Aquino.

Ya había demostrado el Doctor dicha tesis por dos métodos distintos, é
iba á demostrarla por el tercero, cuando le interrumpió Doña Araceli,
diciéndole que sin duda vendría cansado, y que cabalgase de nuevo, á fin
de llegar pronto á su casa, donde podría reposarse.

El Doctor montó otra vez á caballo; y trotando al estribo del birlocho,
del lado en que iba su prima unas veces, y otras, por cortesía, del lado
de la vieja, llegó con ellas á la ciudad y á la casa de Doña Araceli.

En los veinte minutos que duró este dulce complemento del viaje, el
Doctor lanzó veinte mil miradas incendiarias á su prima: á millar de
miradas por minuto.

Costancita recibió el bombardeo de un modo delicioso, aunque difícil de
explicar. Ya parecía que penetraba toda la intensidad y significación de
aquellas miradas, y bajaba la suya con un pudor lleno de agüeros
dichosos; ya que en su inocencia no consideraba aquellas miradas sino
como muestras de cariño propio de parientes, y las pagaba con otras
miradas de afecto puro y sin pasión de amor; ya se reía con risa sonora
y franca, como si la provocase á reír el súbito y volcánico
enamoramiento del primo; ya, por último, lanzaba ella también de vez en
cuando alguna mirada tan semejante á la del Doctor, que no parecía sino
que era la misma, que volvía á él de rechazo, haciéndose mil y mil veces
más bella al reflejar en los negros ojos de Costancita.

El Doctor llegó algo mareado á la puerta de la casa de Doña Araceli.
Todo se le volvía cavilar si Doña Costanza era un angelito ó un
diablito; pero angelito ó diablito siempre le hechizaba.

Se apeó el Doctor de su caballo, que tomó de la brida un criado para
llevarle á la caballeriza, y dió la mano á Doña Araceli, para bajar del
birlocho. Apenas bajó Doña Araceli, acudió el Doctor á dar la mano á
Costancita para que bajase también.

--No, primito. Yo no bajo; me voy á casa. Adiós, primito. Adiós, tía.

Y diciendo--¡á casa!--al cochero, se fué Doña Costanza, dejando al
Doctor tan embobado, siguiéndola con los ojos hasta que la perdió de
vista. Ella volvió la cara dos ó tres veces antes de desaparecer, y al
ir á pasar la esquina disparó la última mirada, que por la distancia no
pudo ya el Doctor distinguir de qué clase era.



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V.

PRIMERA IMPRESIÓN


Doña Araceli instaló al Doctor en un cuarto muy alegre y bonito, con un
balcón á un patio interior, cuyos muros estaban tapizados con las
siempre verdes y frondosas ramas de varios naranjos y limoneros, y en
cuyo centro se alzaba un surtidor de agua cristalina, derramándose en
una taza de mármol con peces colorados. Todo alrededor se veían arriates
con flores. Su aroma y el apacible murmullo de la fuente lisonjeaban á
la vez olfato y oído.

En el cuarto había cama, sillas, tocador, sofá y mesa de escribir: todo
limpio y bueno.

Allí dijo al Doctor el ama de la casa que podría descansar un rato,
hasta las tres de la tarde, hora de la comida.

Luego le dejó entregado á sus propias reflexiones.

Faltaba poco tiempo para las tres, y el Doctor no tenía gana de
descanso. Púsose, pues, á pasear y á hacer examen de conciencia.

Hombres hay que la tienen clara, y otros que la tienen confusa. La del
Doctor era de la última clase. No quiere decir esto que viese menos y
peor que otros en el fondo de su alma. Tal vez nace la confusión de la
conciencia de ver demasiado. Los que no ven más que aquello que les
conviene, agrada ó adula, lo ven ó creen verlo con gran claridad. Los
que ven también lo que los contraría, vacilan y se enredan. El pro y el
contra de sus propias acciones, y un tropel tumultuoso de encontrados
pensamientos y propósitos, pelean sin tregua allá dentro.

Con la misma obscuridad y contradicción que se veía el Doctor á sí
propio, veía los demás objetos que venían á pintarse en su interior
sentido.

La primera duda que se proponía el Doctor era la siguiente:

--¿En qué concepto tendré á mi prima?

Ya estaba cierto de que era bonita, elegante y discreta; pero no sabía
si era buena ó mala.

Lo que no quería creer es que fuese medio mala ó medio buena. O había de
ser Costancita un breve cielo, ó un resumen y amasijo de todos los
diablos. Propenso el Doctor á exagerar las cosas, apasionado y
romántico, decía de Costancita:

--¡Ella será mi salvación ó mi perdición, mi infierno ó mi gloria, mi
Tabor ó mi Calvario!

Claro está que Costancita no le era indiferente, que casi estaba ya
enamorado de ella. Después se preguntaba:

¿Y ella... pagará mi amor? ¿Será capáz de pagarle? ¿Será capáz de
comprenderle siquiera?

Procedamos con método.

Este mismo amor, elevado, difícil de comprender, cuya magnificencia tal
vez no cabe en el angosto cerebro del vulgo de las mujeres, ¿le sentía
ya ó no le sentía el Doctor por Doña Costanza?

El Doctor no sabía qué responder á esto, como no sabía qué responder á
casi nada, á fuerza de saberlo todo.

Amaba ó no amaba á Costancita, según lo que por amor se entendiese. Y
como él se daba una multitud de definiciones del amor, resultaba que
unas veces la amaba y otras veces no la amaba.

Si la quería con el fervor de la mocedad, viéndola linda, fresca,
aseada, elegante, algo coqueta, consideraba que podría amar sucesiva ó
simultáneamente á otras muchachas como se presentasen á sus ojos
adornadas de los mismos requisitos.

--El amor--añadía--, es exclusivo: luego no amo á mi prima con verdadero
amor.

¿Amaba á su prima porque en su rostro, en sus ojos, en su sonrisa, había
creído descifrar y traslucir un espíritu simpático con el suyo, lleno de
inteligencia, de pasión y de vida? El Doctor recelaba que iba ya
amándola así, y entonces concedía, no que la amaba como se ama á la
mujer en general, sino con el exclusivismo propio del verdadero amor;
con predilección al menos. A poco que hiciera la primita, el Doctor se
consideraba preso en sus redes.

Pero en este amor repentino, ¿no podría intervenir por mucho el interés?
¿No podría parecerse su amor al del profeta Elías hacia el cuervo? El
Doctor despojaba entonces mentalmente á su prima de la renta que debía
darle su padre y de las esperanzas de una pingüe herencia. Con este
despojo, algo se sutilizaba y se esfumaba el amor; pero no se evaporaba
ni desvanecía. Aún quedaba en el alma su figura, si bien menos
determinados los contornos. Sentía el Doctor que, prescindiendo de la
conveniencia, importaba poner otras condiciones más poéticas que los
acabasen de decidir; era menester que el dibujo de su amor se concluyese
y determinase con líneas más puras, pero al cabo con otras líneas.

El amor propio, la vanidad, ¿no podría ser, en este caso, estímulo y
fundamento del amor? El Doctor se confesaba que sí. Pero ¿qué amor,
nacido en corazón humano é inspirado por un objeto, humano también,
finito y perecedero, hace su primera aparición limpio de toda mezcla de
otros sentimientos más vulgares? El oro del amor rara vez sale de sus
ocultos mineros sin estar en liga con metales de más baja ley. Sólo el
fuego vivísimo que en sí lleva le purifica después en el crisol del
alma, donde, si el alma tiene la firmeza y el temple que necesita para
resistir dicho fuego, acaba por resplandecer el amor puro, como oro
exento de toda escoria y de superiores quilates.

Con esta comparación metalúrgica se tranquilizaba bastante el Doctor,
porque se estimaba en tanto y empezaba á estimar en tanto á su prima,
que se afligía de que en sus relaciones con ella pudiera haber nada que
no fuese poético y moralmente bello.

--¿Qué habrá pensado de mí la primita?...--era otra de sus preguntas.

Entonces sentía un noble deseo de agradar, y un delicado y modesto temor
de no agradar. Pero ¿esto probaba la existencia de un amor tan sublime
como el Doctor lo fantaseaba? En manera alguna.

El Doctor era de aquéllos que desean agradar á todo el linaje humano,
aunque no le amen, y ser apreciado aun de las personas á quienes menos
aprecian.

Notaba él, sin embargo, que deseaba ya con más ansia agradar á la prima
que agradar á cualquiera otro individuo. Sólo quedaba por cima de este
deseo de agradarla el deseo de agradar á muchos á la vez, el deseo de
gloria. ¿Qué era preferible, enamorar á la muchedumbre ó enamorar á la
prima? ¿Llegaría á amarla de modo que hasta á la gloria la prefiriese?
El Doctor se quedaba perplejo en este punto. La cuestión estaba en
hallar en lo profundo del alma de su prima los tesoros poéticos que él
por momentos le atribuía con la imaginación generosa. Si hallaba estos
tesoros, preferiría á su prima hasta á la gloria. Era indispensable que
fuese tan mala ó tan buena como él soñaba, ya que hasta por mala
comprendía él que podría amarla de amor no vulgar.

¿Y si la primita no era ni buena ni mala, ni tonta ni discreta, sino un
ser mediano? Aquí el Doctor creía que no llegaría á amarla, salvo en un
caso. Su prima podía tener en el metal de la voz, en la luz fulmínea de
la mirada, en la armonía de las facciones, en el movimiento del cuerpo,
en el aire, en el ambiente magnético de su ser, un atractivo misterioso,
cuya fuerza, sin que ella la comprendiese, sedujera y encadenara á un
hombre como él. Así tal vez hay demonios ó genios que acuden sumisos á
un conjuro, pronunciado por alguien que sabe la fórmula de memoria, si
bien ignora su valor y el secreto y la razón de su eficacia. Así tal vez
un músico, cantando ó tocando, despierta en un alma superior, como el
Doctor juzgaba la suya, sentimientos y pensamientos que él ignora, que
él no atina ni á concebir en su mente.

Todo esto y mil cosas más discurrió el Doctor con rapidez y en forma de
maraña, sin poner orden ni concierto en sus vagas imaginaciones.

Descendiendo luego á negocios más triviales, pensó en que le convenía
que su prima gustase de él, para lo cual era de suma importancia no
ponerse en ridículo á sus ojos, pues él entreveía ya que su prima era
algo burlona.

El miedo de hacerse blanco de sus burlas crecía con el afecto. Mientras
más imaginaba amarla, más miedo tenía de hacerla reír á su costa.
Importa declarar aquí, á pesar de todo, y aun exponiéndonos á que
nuestro héroe pierda muchas simpatías entre nuestras lectoras, si
llegamos á tenerlas, que el Doctor no formaba muy favorable opinión del
juicio de las mujeres en general. A la más recta y acertada en sus
juicios no solía darle un criterio superior al de un niño de diez años.
Temblaba, no obstante, de aparecer digno de risa á los ojos de su prima.

Aunque era inocentón y casi siempre estaba en Babia, se dió á cavilar y
presumir que el retrato enviado por Doña Ana á Doña Araceli, con muceta,
bonete y borla, había hecho reír á Doña Costanza. Entonces se percataba
de que el retrato estaba mal pintado, como pintado por seis duros, y de
que además estaba él muy serio en el retrato.

--Vamos--decía,--mi prima imaginó que yo era un extraño pendantón de
lugar; un bicho raro. Mejor... ya se habrá desengañado; ya me ha visto;
ya habrá formado de mí mejor idea. De todos modos, bien pronosticaba yo
que el uniforme de lancero y el de maestrante no habían de cautivar á
este diablo de chica. No quise disgustar á mi madre. Por eso los he
traído; pero los dejaré en el fondo de los baúles y me guardaré de decir
que los tengo aquí.

Tomada con brío esta resolución de no emplear los uniformes para
conquistar el corazón de Doña Costanza, surgía otra dificultad de mayor
tamaño, si cabe.

--Y el piñonate, los gajorros y demás comestibles, que vienen de
presente, ¿me estará bien entregarlos?

Aquí el Doctor se acordó de aquellos versos de _La Gatomaquia_, cuando
habla el poeta del presente que Micifuf enviaba á Zapaquilda:

     ¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?
    En fin, vió que traía
    un pedazo de queso
    de razonable peso,
    una pata de ganso y dos ostiones.

Su presente le pareció gatuno. Lamentó su miseria. Deploró no haber
traído algún brazalete de oro y diamantes, algún collar de perlas ó
algún rico medallón de esmeraldas y rubíes, en vez de traer empanadas
de boquerones; pero, en fin, en Villabermeja no había otras joyas
mientras no se descubriesen las emparedadas por su tatarabuela, la
princesa india. _Nemo dat quod in se non habet._

Además, todo el busilis estaba en dar el arrope, las gachas de mosto y
las empanadas de un modo sencillo y humilde. La mirra, el oro y el
incienso de los reyes de Oriente, no fueron más gratos á la divinidad
humanada que las pobres y rústicas ofrendas de los pastores.

No se serenaba el ánimo del Doctor con este recuerdo evangélico. La
sangre se le agolpaba á las mejillas sólo de pensar en el instante de la
entrega de las empanadas y del arrope.

¿Entregaría el presente á Doña Araceli de parte de su madre, salvando
toda su responsabilidad? En esto podría haber falta de piedad filial y
sobra de cobardía. ¿Haría que Respetilla lo diese todo buenamente á
alguna criada para que ésta lo entregase á la señora? Tal arbitrio ó
recurso no parecía mal al pronto; pero apenas recapacitaba el Doctor,
cuando le encontraba relleno de inconvenientes y preñado de peligros.
Acaso las criadas, que en Andalucía suelen ser aficionadas á golosinas,
se atracasen de todo ó se llevasen gran parte á sus casas, ó agasajasen
á sus novios con lo más apetitoso y delicado, menoscabando así la
grandeza y dignidad del presente, antes de que le viese Doña Araceli y
fuese á encerrarle en la despensa.

Ello es que la entrega del presente dió mucho en qué pensar á D.
Faustino. ¡Cuánto se arrepentía de haberle traído!

--Estuve sobrado condescendiente con mi madre,--se decía, sin recordar
que él mismo, dentro de Villabermeja, respirando aquellos aires, sujeto
á aquellos influjos campesinos, y distante aún de la prima burlona y
seductora, no había considerado con desdén ó desvío el presente
suculento. Ahora, por el contrario, quizás ponderaba más de lo justo su
ridiculez, murmurando entre dientes:

--Costancita se va á burlar de mí. De seguro que ha visto los tres mulos
de reata que venían en pos de nosotros. Sin duda que estará diciendo:
¿Qué traerán aquellos mulos? ¿Qué ocultarán aquellos serones y cofines?
Tal vez repetirá, en prosa, el verso de _La Gatomaquia_:

    ¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?

Cruelísima carcajada va á soltar cuando su tía Araceli le envíe de mi
parte gachas de mosto y arrope y empanadas de boquerones. ¡No falta más
sino que yo haga la advertencia que me encargó mi madre que hiciera! Mi
madre me encargó que hiciera la advertencia de que estas empanadas no se
toman con chocolate... Pero, señor, ¿y por qué no han de tomarse con
chocolate? Pues lo que es á mí me gustan. No pocas veces, á pesar de su
picadillo de cebollas y tomates, me he sacado con ellas, á pulso, un par
de jícaras bien hondas. Con todo, mejor hubiera sido no traer las
empanadas. ¿Me callaré que he traído los comestibles, y se los cederé á
Respetilla para que los devore? Tampoco. ¡No, y mil veces no! Respetilla
es interesado, y podría poner con ellos tienda en la feria, y hasta
suponer que era por cuenta mía, y que el alcaide perpetuo de la
fortaleza y castillo de Villabermeja se había metido á bodegonero.

Así cavilaba y se contradecía el Doctor, cuando entró Respetilla,
cargado con los baúles.

--¿Dónde vienen los uniformes?--preguntó el Doctor en voz baja, no
hiciese el diablo que le oyeran.

--En este baúl--dijo Respetilla señalando el mayor.--¿Saco el de lancero
para que su merced vaya de lancero á ver á su prima?

--No, maldito de Dios. No saques ni el de lancero ni el de maestrante.
No digas siquiera que has traído tales uniformes.

--Pues qué, ¿no le gusta á la señorita la gente de tropa?

--No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traído los uniformes.

--Válgame Dios--añadió Respetilla,--pues si á la señorita no le gusta
la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos de
doctor?

--Porque tampoco le gustan aquellos arreos.

--Entonces, ¿qué arreos le gustan?

--Yo no sé. Ningunos.

--Pues todo aquello de doctor es muy vistoso. ¡A fe que lo celebraron
poco el cura y el médico, el día en que su merced se lo puso para que le
viesen en casa!

--No digas simplicidades. Cuenta con charlar aquí. Que no sepan que yo
me vestí de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el
cura.

--Toma... ¡y qué mal hay en eso! Y el ama Vicenta también quiso ver á su
merced, y su merced se volvió á poner otro día el bonete y el ropón
negro y la esclavina colorada. Por señas que el ama dijo á su merced:
¡Ay hijo mío, qué hermoso estás así: te voy á comer á besos! ¿Quién me
había de haber dicho que se criaría á mis pechos un doctor tan resalado?

--Bien, bien; pero aquí no está el ama que me crió; y como en cada
tierra hay sus usos, y como esto se parece más á Granada que á nuestro
lugar, conviene obrar con circunspección. Lo que en Villabermeja fué una
condescendencia inocente, lícita y hasta indispensable, aquí podría
pasar por una tontería. No hables á nadie tampoco del traje de doctor.

--¿Pues de qué hablo?

--De nada. De tí mismo. ¿Qué necesidad tienes de hablar de mí? Cállate.

Respetilla se calló, y su amo se lavó y vistió con pantalones, levita y
chaleco.

Cuando le llamaron al comedor, y durante la comida le dijo Doña Araceli
que Respetilla le había entregado el presente de su madre, al Doctor se
le quitó un peso de encima.

Doña Araceli, sin la menor ironía, elogió el arrope y las gachas y todo
lo demás, incluso las empanadas, y dijo que había enviado gran parte á
su sobrina, á quien gustaban mucho aquellas cosas.

El Doctor se avergonzó entonces por un motivo contrario. Creyó que había
tenido una mala vergüenza del lugar en que había nacido, del presente, y
hasta de su madre que le enviaba. Lo cierto es que la esencia de esto
que llaman ahora _cursi_ está en el exagerado temor de parecerlo.

Mientras que el Doctor había estado pensando y haciendo cuanto queda
dicho, su prima Doña Costanza tenía con su padre, que acababa de llegar
del campo, el siguiente coloquio:

--¡Dios te guarde, muchacha!--dijo D. Alonso, entrando en el cuarto de
su hija, sin haberse aún descalzado las espuelas.--¿Llegó por fin
Faustinito, como anunciaba mi prima Ana?

--Sí; papá: llegó Faustinito.

--¿Saliste á recibirle con tu tía? ¿Le viste y le hablaste?

--Sí, papá.

D. Alonso miró atentamente á su hija, como si quisiese descubrir en la
mirada el efecto que había hecho el primo.

Importa advertir aquí que D. Alonso era el padre más amoroso que puede
imaginarse. Su hija le dominaba y hacía de él lo que quería. Nada amaba
D. Alonso tanto en el mundo, si se exceptuaba su dinero. Su dinero y su
hija eran sus dos amores, y los dos fundamentos de su desmedido orgullo.
Lo mismo que se dejaba dominar por la codicia, se dejaba dominar por el
amor paternal. No había sacrificio que no hiciese por ganar dinero. No
había capricho de su hija á que no se prestase, como no hubiese que
sacrificar el dinero que había ganado.

D. Alonso era brusco, censurador, enemigo de todo compromiso y de toda
ligereza; pero, refunfuñando y rabiando, pasaba por todo como se
empeñase su hija.

--Siento que haya venido ese chico--dijo al cabo de un rato D.
Alonso.--Te he aconsejado mil veces que no le hicieses venir; pero tú no
haces caso de mis consejos. Eres loca de atar.

--¿Y qué locura hay en haberle hecho venir? ¡Vaya, papá bonito, no estés
tan desabrido conmigo!

--¿Cómo que no hay locura? Mi sobrino es mi sobrino, y no es ningún mono
para que tú te diviertas.

--Mira, papá, ¿de dónde infieres tú que yo gusto de monos para
divertirme, ni que lo sea Faustinito, ni que yo quiera divertirme con
él, en mal sentido se entiende? Porque, lo que es en buen sentido, él es
mono, y quizás, quizás acabe por divertirme yo con él más de lo que
crees. ¿Por qué no he de enamorarme de él y darle mi blanca mano?

--Aunque dice el refrán que _quien habla mal de la pera es quien se la
lleva_, no puedo creer que hables con formalidad. Pues qué, ¿será tal el
Faustino vivo que logre inspirarte amor, después de haberte dado tanto
que reir en efigie? Aquí, donde nadie nos oye, confiesa que le has hecho
venir por curiosidad y por gana de burlas y risas.

--Bien, ¿y qué? Lo confieso. ¿Dónde está el pecado? Figúrate que
Faustinito ha venido para mi recreo durante la feria. ¿Qué hueso se le
rompe? ¿Qué tormento se le da? ¿De qué soga se le ahorca? ¿A qué palabra
se le falta?

--Pero, hija mía, ¿no es un pecado burlarse así de un pobre muchacho? Tu
tía Araceli, á quien debes heredar y que ha tomado el negocio de buena
fe y por lo serio, ¿no se picará si llega á entender tu malicia?

--No, papá, porque estos pecadillos míos no se los digo á nadie más que
á tí, porque para tí no tengo secretos. Por otra parte, lo repito con
seriedad, me he llevado chasco. No te diré que me voy á enamorar del
primo; pero, al verle, no le he hallado ridículo como en el retrato.
¿Quieres creer que es guapo mozo? Y no parece tonto ni ordinario. En
fin, ya le veremos con más detención esta noche. La tía le traerá á casa
de tertulia. ¡Ah! se me olvidaba. El infeliz nos ha enviado una
infinidad de chucherías de su lugar, que ya he mandado poner en la
despensa. Y monta bien á caballo. Y la jaca castaña que trae no es
ningún jamelgo.

--¿Y qué tal se explica?--preguntó D. Alonso.

--Muy bien se explica,--respondió Doña Costanza.

--¡Eres muy original, hija mía; eres muy original!

--¿Y por qué soy original? ¿Qué das á entender con eso?

--Doy á entender que me haces pasar de Herodes á Pilatos. Yo no quería
que nos burlásemos de Faustino, y que nos indispusiésemos con la
familia, y que hiciésemos una afrenta á nuestra propia sangre y casta;
pero, la verdad, tampoco quisiera que acabases por enamorarte de un
hombre más perdido que las ratas, y que tal vez no sirva para cosa
alguna, sino para comerse lo que yo te dé. Pues no creas que es mucho.
La fama es mentirosa y ponderativa. _En dinero y calidad, la mitad de la
mitad._ ¿Qué piensas tú que podré yo darte? Harto sabes lo malas que han
sido en estos últimos años las cosechas de trigo y de aceituna. El
Gobierno nos saca el redaño á fuerza de contribuciones. Todo se lo
tragan en Madrid. Aquello es un sumidero de caudales. Vamos, ¿qué
piensas tú que podré yo darte?

--¿Y qué sé yo, papá? Tú me darás cuanto yo te pida. ¿Pues qué me
negarás, queriéndome tanto?

--No es que yo te niegue nada, sino que no tengo mucho. No te figures
que tu papá es un Creso. Lo más que podré darte son tres mil duritos de
renta. Para vivir aquí hay de sobra; pero si quieres ir á Madrid ó á
Sevilla, esto es poquísimo, y no hay que contar con más en mucho tiempo.
Yo estoy robusto y pienso vivir veinte años lo menos todavía.

--Ojalá me vivas mientras yo viva. Pues qué, ¿no te quiero yo con todo
mi corazón?

--Sí, me quieres. Ya lo creo que me quieres; pero no eres dócil, haces
cuanto disparate te pasa por la cabeza: estás demasiado mimada. En fin,
no vayas á enamorarte ahora de ese descamisado de Doctor Faustino.

--Entonces me burlaré de él, y afrentaré á mi familia, á mi sangre y á
mi casta, y se picará la tía Araceli, á quien debo heredar.

--Pues no te burles de él tampoco.

--Mira, papá: esto, he leído yo en no sé qué librote que se llama un
dilema. Tiene dos términos: ó burlarme ó casarme. ¿Qué prefieres?

--Niega tal dilema. Conviértele en trilema ó en cuatrilema. Añádele el
término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y
contento á su casa cuando pase la feria, ó añádele el término de
desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles ni
te cases.

--No me vengas con sofisterías, papá; aquí no hay más que dilema y
archi-dilema; ó boda ó burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al
pobre primo dándole calabazas enconfitadas?

Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló,
reconociendo tácitamente la existencia del dilema y dando un beso en la
frente á Doña Costanza.

Ella, en cambio, hizo á su padre el lazo de la corbata, le dió cuatro ó
seis palmaditas en el carrillo y le acarició, por último, la calva con
una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre
sus manos blancas y suaves.

D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su
hija, que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil
duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni
de broma, en casarse con el Doctor Faustino; pero se consolaba con creer
que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma, y sólo temía que
fuese algo pesada.



[Imagen decorativa]

VI.

CARTA DEL DOCTOR Á SU MADRE


Dos días después de la llegada del Doctor á casa de Doña Araceli,
pareció necesario que el mozo, que había venido con los mulos, volviese
con ellos á Villabermeja, así para evitar gastos é incomodidades á la
espléndida anfitriona, como porque los mulos no eran del Doctor; sino
prestados. La ilustre casa de los López de Mendoza no podía sustentar ya
sino la jaca del Doctor, el mulo de Respetilla, y dos borricos que casi
siempre estaban _estudiando_. En Villabermeja se entiende por _estudiar_
dejar sueltas en el campo las caballerías para que ellas se busquen la
vida, alimentándose de la escasa hierba que pueden hallar, sobre todo
cuando no llueve. Como el Doctor pensaba quedarse con su tía una larga
temporada, el mozo de los mulos volvió con ellos de vacío al lugar. D.
Faustino envió por este medio una extensa carta á su madre, que
trasladaremos íntegra en este sitio, por ser un importante y fidedigno
documento de nuestra historia.

La carta decía:

     »Querida madre: No sé si alegrarme ó entristecerme de haber venido
     por aquí y de haber acometido esta empresa. La tía Araceli es la
     misma bondad, la quiere á V. mucho y me ha recibido y tratado con
     el mayor afecto. Aunque la tía tiene talento, es tan candorosa, que
     no descubre en nada la malicia. Así es que los elogios que
     Costancita hizo de mí, al ver el retrato doctoral, créame V.,
     fueron irónicos, y la tía los tomó por moneda corriente. Costancita
     me ha hecho venir por curiosidad y porque es muy caprichosa y
     porque está muy mimada por su padre y hace cuanto se le ocurre; mas
     no porque se enamorase al verme en efigie con el bonete y la
     muceta. Por fortuna, me lisonjeo de haber infundido en el ánimo de
     Costancita mejor idea vivo que retratado.

     »He hablado con el tío Alonso, que, gracias á Dios, tiene buena
     índole, pues sería insufrible si no la tuviera. Está tan vano y
     engreído con sus riquezas, que se figura que es el hombre más
     discreto, hábil y entendido entre cuantos mortales conoce. Atribuye
     á ciencia suya, y no á feliz casualidad, el haber hecho tanto
     dinero, y entiende que poseyendo él en alto grado dicha ciencia,
     que es la principal, puede y debe decidir sobre todas las otras
     sin apelación. Habla, pues, de política, de literatura, de artes,
     de todo, en suma, con autoridad imperiosa; y como aquí apenas hay
     persona de la sociedad que no le deba dinero ó favores, todos
     acatan su opinión como la voz de un oráculo, y no hay quien le
     contradiga.

     »La amabilidad del tío es extraordinaria, no sólo conmigo, sino con
     cuantos vienen á verle. Quiere pasar por un señor muy llano, lo
     cual no impide que sea majestuoso y entonado á la vez. Se dirige á
     todos con cierto aire de protección y de superioridad, que no
     ofende por la natural buena fe de que nace.

     »El tío presume también de chistoso y goza mucho de que le rían las
     gracias. Cuantos asisten de noche á su tertulia se juzgan en la
     obligación de reírselas, y por lo común, se las ríen sin esfuerzo
     ni violencia, porque el dinero está dotado de tal encanto, que
     agracia la palabra y los pensamientos de quien le tiene.

     »Nada ha dicho el tío por donde se pueda colegir que sabe nuestros
     planes.

     »Sólo se ha jactado conmigo, y creo vana la jactancia, de que, si
     quisiese, podría disponer de todos los votos de este distrito y
     hacer un diputado á su gusto.

     Dos ó tres veces me ha interrogado como para examinar mi
     capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí.
     Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable ó
     adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia
     rústica y campechana, tiene el tío, á mi ver, mucha recámara y
     disimulo.

     »No hablo á V. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como
     todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman duos
     amorosos ó se divierten contando chismes. Costancita parece una
     emperatriz. Dos ó tres amigas están junto á ella, como si fueran
     sus damas de honor ó su servidumbre, y luego se forma en torno un
     ancho círculo de admiradores.

     »Al punto se advierte que todos la adoran, sin que la deidad
     adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos
     y adoraciones con alguna mirada piadosa ó con alguna dulce sonrisa.
     Á Costancita se le graba y ahonda, cuando sonríe, un precioso
     hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña, además, unos dientes
     blanquísimos.

     »No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con
     ella á solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto
     respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera
     profanar el amor, hablándole de amor, antes de estar cierto de que
     la amo.

     »Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella?
     Me echa miradas muy cariñosas; pero no acierto á calcular todo el
     valor y significado de estas miradas. Creo que á ninguno de los
     admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor
     propio puede engañarme, siempre estoy espiándola á ver si mira á
     algún otro del mismo modo que á mí.

     »Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho
     candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué
     melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete
     años.

     »Y no obstante, ¡si viera V. con qué discreción habla en ocasiones,
     qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda á éste ó se burla de aquél,
     y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se
     queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su
     diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan
     graciosa, que aun sin que sea á su padre puede embobar á
     cualquiera.

     »Al principio (ya V. sabe lo receloso que yo soy) empecé á temer
     que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría
     de corazón; pero ya creo que no: ya creo que es buena.

     »¡Si oyera V. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando
     me llama primito!

     »En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y
     considera mucho, y me saca conversación á propósito para que yo
     pueda lucirme, y me anima y me aprueba cuando digo algo que le
     parece bien.

     »Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me
     han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien á caballo, y que sé
     contar cosas muy entretenidas y amenas.

     »Hasta llega á asegurar que las empanadas de boquerones que hacen
     en Villabermeja le saben á gloria, y que de las que yo he traído,
     se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.

     »Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces
     ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reir;
     otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha
     querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo; si el
     Comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa; si en
     Villabermeja roncan al hablar como en Jaén ó gastan otro linaje de
     ronquidos; y, por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo
     milagros ó vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le
     contesté dando involuntariamente á mis palabras cierto tinte vago
     de libre pensador, y afirmando que el Santo Patrono no trabaja
     ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto
     con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía
     Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente
     serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal, y en todo
     aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando
     que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.

     »Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda.
     Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes que yo me enamore
     de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será
     natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así,
     sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer
     á mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.

     »Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la
     tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa.
     Recuerdo á aquel novio que dijo que si su futura llevaba para
     comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron
     ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no
     era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así
     tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena
     mis ilusiones, ó como no la obligase á vivir á Villabermeja, en un
     perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los
     conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza,
     con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas,
     con nuestro vino y aceite, y con cuanto V. prepara y guarda en la
     despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de
     García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.

     »Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita...
     ¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera,
     lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción,
     de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá
     ir á las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá tambien sus
     esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende
     de mí y llegue á adorarme. Y si se prenda de mí y llega á adorarme,
     ¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita
     dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el
     gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos
     estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera
     Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino.
     Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como
     yo ó más pobre.

     »Y aquí me pregunto: ¿tengo vocación para hacer este idilio? Si
     Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi
     alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría
     en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños
     de ambición y de gloria?

     »Desde que ví á Costancita me estoy preguntando esto, y no atino
     con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta
     equivale á esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en
     su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme á mi mismo
     fingiéndome que amo ya á Costancita, cuando en realidad no amo sino
     su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo?
     ¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la
     hermosura de mi prima, ó acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo
     lugareño ¿para qué presumir de fino enamorado y de romántico
     adorador de la señora de mis pensamientos?

     »Para que responda á estas preguntas, para que confiese su crimen,
     hace dos días, desde que ví á Costancita doy á mi alma todo género
     de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no
     contesta claro. ¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje
     de Villabermeja á esta ciudad, acepté é hice sin repugnancia el
     papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar
     mi conducta, fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se
     despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza
     de ser un aspirante á su dote provendrá de que ya la amo?

     »En fin, yo ando muy confuso, y no atino á explicarme estas cosas.

     »Tal vez, como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo
     más distinguido que hay en punto á mujeres son las Civiles, y como
     en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida
     estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas
     con quienes he tratado alguna bailarina ó alguna pupila, me he
     dejado deslumbrar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de
     dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que
     quien le inspira.

     »De cualquier modo que sea, presiento en este asunto algo más serio
     de lo que pensábamos.»



[Imagen decorativa]

VII.

PRELIMINARES DE AMOR


Hay en mi mente mil razones que la inclinan á no proseguir la narración
de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su
publicación me lleva ahora á continuarla.

El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas
hay poco ó nada que le haga interesante, y, sobre todo, su posición de
señorito pobre es antipoética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente
novelesco puede ocurrir á un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin
dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en
edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras ó en lucha abierta
con nuestra civilización y foragido de ella, donde sean, de acuerdo con
la sentencia del ingenioso hidalgo, _sus fueros, sus bríos; sus
pragmáticas, su voluntad_. Pero protegido á par que reprimido por un
juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de
vecindad ó con pasaporte, sujeto á multitud de reglas, encomendada la
defensa propia á gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de
faltar, no ya á un precepto de ley, no ya á un reglamento de policía
urbana, sino á lo que llaman _conveniencias_, ¿qué se ha de esperar que
dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela?
De no romper con la sociedad haciéndose mendigo ó bandolero, importa
sobreponerse á ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen ó un
Montecristo.

Nada de esto era nuestro pobre Doctor, y yo no he de apartarme un ápice
de la verdad, suponiendo lo que no era. Suplico, pues, á mis lectores
que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más
prosaico realismo.

A fuerzas de trabajo y de súplicas, habían logrado Doña Ana y el Doctor
que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino
superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al
contado, caso raro por allí, y á diez reales la arroba. El producto
líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo á los
marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba á la cantidad de
mil nuevecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha
suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla.
Según el uso del país, cada cien reales, ó sea cada ochocientos
cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba,
cosida con guita ó con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de
balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho
cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la
esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos,
sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los
cuartos vengan á menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y
las aceitunas adquieran cierto sabor y olor á la mugre de los cuartos.
Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en
esportillas, que mil reales en oro. El Doctor, sin embargo, no quiso
emprender la conquista de su prima Doña Costanza con aquel numerario tan
voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi
hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, ó mejor dicho en pos de
los tres del equipaje y de los presentes. El Doctor tuvo, pues, la
precaución de acudir á la vieja tendera, que le quería bien, á pesar de
la mala pasada que hicieron los podencos comiéndose el reparo de
bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el
insigne favor de cambiarle los mil y nuevecientos reales en dobloncillos
de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la
posada durante el viaje.

A los cuatro días de vivir el Doctor en casa de Doña Araceli, un señor
Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él á la feria, le llevó al
Casino, le indujo á jugar al monte, le excitó é echar tres ó cuatro
vaquitas, que todas berrearon, y los mil nuevecientos reales se vieron
reducidos á poco más de mil.

Temeroso el Doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no
volver al Casino, para no caer en la tentación de jugar al monte.

Era menester que los mil reales que le quedaban alcanzasen para el
tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar á
los criados al partir, y para los gastos del regreso á la patria.

La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la
melancolía y el encogimiento del Doctor en todas partes. Se avenía tan
mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de Alcaide perpetuo y
demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D.
Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le
hubieran dado cañazo.

Llegaron los días de la feria: hubo toros; hubo mucho turrón y mucho
garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino
fué á los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria,
caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte,
pero se divirtió menos que en un entierro.

Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el
principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles ó en el
paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una
semana, y así llegó el último día de la feria, pero los amores de D.
Faustino y de Doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer
día en que ambos primos se vieron.

Si el Doctor hubiera hallado á Doña Costanza por acaso, sin previo aviso
y concierto de que venía á vistas para casarse con ella, el Doctor le
hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué
es decir á Doña Costanza? Al lucero del alba, á la propia Diana, á la
propia Vesta, los hubiera declarado el Doctor. Su proceder tímido no
nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo
imaginaba. Allá en su rica fantasía segaba á montones cuantas flores
brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por
el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores
adornaba y cubría su declaración de amor á Doña Costanza; pero no bien
apartaba de nuevo las flores y quedaba la declaración escueta, el Doctor
no veía sino esta fórmula prosáica: «Tráeme los tres ó cuatro mil duros
de renta, que me hacen mucha falta. Yo, en cambio, no tengo sino amor.»
Cada vez que á solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el
Doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de
dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más á
su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor; pero los
mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza
bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor
desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?

¡Cuánto lamentaba el Doctor entonces, tocando y aun pasando los límites
entre la razón y la locura, no haber nacido en Oriente y ser corsario ó
_klepta_ y _giaour_, como un héroe de Byron, ó no haber nacido en
humilde cuna para ser bandolero como José María, ó no haber nacido en el
siglo XI ó XII para conquistar á cuchilladas y lanzadas, no ya dinero,
sino un imperio, y dárselo luego á Costancita en pago de su corazón!

Doña Araceli, que, por amor á su amiga y prima Doña Ana, había preparado
el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino Doctor, se dolía
de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería ó no
se atrevía, con todo, á decir nada á D. Faustino. Juzgaba más
conveniente dejar á los presuntos novios en completa libertad para que
todo dependiese de su iniciativa.

El Doctor había dado un bufido á Respetilla siempre que éste, á las
horas de irse á acostar su amo, que era cuando más á solas le veía,
había empezado á hablarle del noviazgo. El Doctor, pues, respecto á sus
amores con Doña Costanza, estaba reducido á un soliloquio perpetuo.
Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una
noche le dijo:

--Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.

--Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro ó cinco más, y nos volveremos á
Villabermeja,--contestó el Doctor.

--Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha
aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado: estamos lucidos.

--¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.

--Señorito, yo tengo mucha ley á su merced, y aunque me dé de palos he
de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que
conviene.

--Respetilla, Respetilla, _cuidados ajenos matan al asno_.

--Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de
su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son
para mí más que propios.

--¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje.
Te doy completa libertad por esta noche.

--Pues, señorito, lo primero que digo es que _fray Modesto nunca fué
guardián_. Su merced anda muy encogido y cobarde, _y de cobardes no hay
nada escrito_. Yo sé, de buena tinta, que mi señora Doña Costanza tiene
más gana de que su merced le diga algo de amores que un gitano de hurtar
un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como
su merced se calla, Doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del
romance con su camarero Gerineldos.

--¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa _buena tinta_ de que la
sabes?

--La buena tinta es una morena más retrechera que el reló de Pamplona,
que apunta, pero no da, y me tiene achicharrado hace días.

--Me dejas en la misma duda. ¿Quién en esa retrechera?

--¿Quién ha de ser?... Manolilla.

--¿Y quién es Manolilla?

--Señorito, perdone su merced: ¿tengo yo la culpa de que á su merced se
le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y á obscuras,
y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como
ha leído, viva en Belén, como quien dice?

--Pues, hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para
tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más
importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.

--Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más
que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera: es la criada
favorita de Doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he
venido á vistas, cómo la he hallado vacante, la he dicho: aquí me
tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo
algunas noches por una de las rejas del jardín.

--¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de
mí?

--Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más
que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su
merced parece á veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no
declararse.

--¿Eso dice?

--No digo yo, ni dice Manolilla, que ella lo diga con las mismas
palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros á exponer de
otra suerte el sentido de lo que dice.

--Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?

--Esta noche á la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá á la ventana
Manolilla á pelar la pava conmigo.

--¿Podrás llevar una carta mía para Doña Costanza?

--¿Y por qué no? Escríbala en seguida su merced.

D. Faustino se puso al momento á escribir la carta; y una vez escrita,
se la entregó al criado, que se fué á ver á Manolilla.

El Doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto
que la carta produciría y lleno de zozobra de hacer reir á Doña
Costanza.

Lo primero que hizo el Doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto á la
mañana siguiente para limpiarle la ropa, fué preguntarle si había
entregado la carta.

--Manolilla quedó anoche en entregársela á su ama en cuanto su ama se
despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita, y
se la sabrá de memoria,--contestó Respetilla.

--¿Crees tú que habrá contestación?

¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que
Manolilla me traerá la contestación, y yo vendré en seguida á dársela á
su merced.

Mientras pasaban estas cosas entre el Doctor y Respetilla, Doña Araceli,
harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió
á romper el silencio y á tener una explicación con su sobrina. Con
pretexto de ir á misa, salió de su casa muy temprano y se fué á ver á
Doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. Don Alonso
había ido al campo á caballo, de lo que se alegró Doña Araceli, que no
quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos
amores.

Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia; y
como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se
deleitaba, cuando ya era vieja, en que la gente joven se amase, y hasta
aceptaba y hacía el tercer papel, con la misma vehemencia y ternura con
que en su juventud había hecho el primero.

Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi
sentir, dar un nombre feo, malsonante y de vilipendio, tanto que no me
atrevo á estamparle aquí, á las mujeres ya viejas que conciertan
voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado
más sublime á que puede elevarse el amor en lo humano; es la
manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del
amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay
obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta
virtud archi-amorosa, tan de nigrada y escarnecida. La que ejerce esta
virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento,
enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la
desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado.
Sólo mujeres tiernas y excelentes, como Doña Araceli, son capaces de
esta virtud. Hay, además, en esta virtud mucho de semejanza al estro
poético, á la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello,
de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores,
que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y
compenetración de dos almas en una sola?

Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró Doña Araceli
en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia transcendía por toda ella.
No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet ó Lubin. Apenas si había
más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no
disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban á
Doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín é
Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.

Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los
cristales entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse
por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban
la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba,
cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama se veía un
altarito, con dos velas encendidas; y sobre el altarito, una Purísima
Concepción de talla, bastante bonita.

Doña Costanza no usaba papalina, cofia, ni redecilla para recogerse el
pelo durante la noche; de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba
entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco ni el uso ni
aquel clima benigno otra vestidura para dormir, que la holanda venturosa
que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de Doña Costanza, plegándose y
ajustándose un tanto á la garganta, merced á una cinta de seda azul
celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha
ligera cubrían á la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte, que
revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.

Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante
entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina;
y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la
besó, diciendo:

--¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces
una Magdalena sin penitencia y sin pecado!

--Tiita, no se burle de mí con lisonjas. Mire V. que no soy presumida.

--¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha
visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios, que quiso lucirse y echar
el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver á
las mujeres para juzgar sobre su mérito: despeinadas, sin afeites, sin
cascarilla ni arrebol, como el Señor las ha criado.

--¿Qué la trae á V. por aquí tan de mañana, tía?

--Pero, muchacha, ¡qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas!
¡Si pareces una rosa!--interrumpió Doña Araceli.

Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre,
cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de
la almohada la carta del Doctor, que Manolilla le había dado y que ella
acababa de leer.

--¿Qué quiere V., tiita? V. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y
sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?

--Dí también que sin amor y sin desvelos. Eso es lo que no me explico,
hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego
seductor que los anima? ¿De aquí, de este corazoncito? Pero, ¿cómo ha de
proceder, si este corazoncito está helado?

--¡Helado! ¿Y de dónde infiere V. eso? Al contrario, tía. Sepa V. que
mi corazón está lleno de amor.

--¿Para quién, hija?

--Hasta ahora, tía, para nadie. Pero, ¿dejará de arder el amor y de
morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se
emplee?

--No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor, sino
deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de
objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tu gozar? ¿A qué
apeteces unirte, amándolo?

--Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de V. Cuando hay
amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se
crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¡Y si V. viese qué
precioso es el objeto que forjo en mis sueños!

¿No se parece nada á tu primo Faustino?

--A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan
mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas,
aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa.
¿Cómo he de saber yo de fijo si mi objeto soñado se parece al primito ó
no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.

--¿Luego amas una imágen que no sabes cómo es?

--Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.

--No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos ni
diabluras si quieres ó no á tu pobre primo.

--Antes sería menester saber si él me quiere ó no.

--El te quiere, te adora. Eso se conoce.

--V. lo conocerá, tía, porque V. tiene más conocimiento que yo. Yo soy
inexperta y tan mocita, que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si
me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Porqué no se declara? ¿Quiere él y
quiere V. que yo le pretenda?

--No, hija Costanza. El no se declara porque es muy tímido.

--La timidez y la tontería suelen confundirse.

--En este caso no. Además, Faustinito no ha tenido ocasión. ¡Tú estás
siempre tan circundada!

--Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.

--¿Y quién sabe si él la anda buscando?

--Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos,
tiita, yo la quiero á usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni
ocultar á V. nada.

--Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.

Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de
su primo entre los lindos dedos.

--Aquí está el gato--tía--dijo.--Aquí está el gato. Ocho días ha tardado
el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese V. que no se
precipita y que va con calma, reflexión y reposo.

--No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido á escribirte antes.
Léeme la carta.

Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga V. á papá ni á
nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.

--No tengas cuidado. Yo me callaré. Lée.

Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete, que decía así:

«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de
fidelidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi
corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan
contra ella y procuran matarla. Acudo á tí para que la perdones y la
ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva.
¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso, no condenes á esta
esperanza sin oir antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y
dónde podré hablarte? Si cierta simpatía que he creído leer en tus
ojos, si cierta piedad con que me miras á veces, no son mentira que mi
fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oirme lejos de la
turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el
más fervoroso de todos, tu primo.--_Faustino_.»

¿Ves cómo no debes quejarte?--dijo Doña Araceli.

--Y si yo no me quejo, tía.

--¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en
ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido sin dejar de ser
modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide
nada! Y tú, ¿qué vas á hacer?

--Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar
pensando durante otros ocho días la contestación.

--Costancita, no seas mala. ¿Le quieres ó no le quieres?

--¿Y yo qué sé tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando
con franqueza, yo me temo que voy á amarle. Advierto que me atrae, que
se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será
menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy
querida. Después... repito que allá veremos.

--Entretanto, ¿qué vas á contestar?

--Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.

--Se va á morir de impaciencia.

--Pierda V. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve V. que el
primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una
cita á solas, ó yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme
demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?

--Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un
momento por una reja?

--¿Y quién le dice á V. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.

Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo Doña Araceli á su
sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma
con relación á D. Faustino.

Doña Araceli, no obstante, volvió á su casa algo más confiada en el buen
éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.



[Imagen decorativa]

VIII.

AL PIE DE LA REJA


Todo aquel día estuvo el Doctor alborotado y lleno de ansiedad
aguardando contestación de Doña Costanza.

Vió á su prima en el paseo y en la tertulia. Le habló delante de los
otros amigos y amigas que la cercaban. No notó ningún signo de que
Costancita hubiese recibido bien su carta. Antes al contrario, le
pareció que Costancita estaba con él más seria que de costumbre. Sus
miradas eran menos benévolas y frecuentes. El Doctor se dió á sospechar
que había caído en desgracia, y se puso más melancólico que de
costumbre.

Respetilla no había podido ver en todo el día á la doncella favorita. D.
Faustino le preguntó en balde sobre la suerte y paradero de su carta.

Aquella noche volvió el Doctor á las doce de la tertulia de D. Alonso á
casa de la tía Araceli. En vez de desnudarse, rogó á su criado que fuese
cuanto antes á hablar con Manolilla, y que á la vuelta entrase á
hablarle, que él le aguardaba despierto y vestido.

Así lo hizo, y se quedó sentado á la mesa leyendo un libro de filosofía;
pero no acertaba á entender ni un renglón siquiera. Sobre las páginas
graves del libro brincaba la imagen de Costancita, riéndose,
enamorándole y distrayéndole de todo.

Transcurrieron dos horas mortales. Después de las dos oyó D. Faustino
pasos de puntillas en los corredores. A poco levantó Respetilla el
picaporte y entró en el cuarto.

--¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación?--preguntó el Doctor.

--Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa?
El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco, y
por poco no me quedo á dormir al sereno.

--¿Traes carta?--volvió á preguntar D. Faustino.

--No se apure su merced.

--¿Qué hay? No me apuro--dijo el Doctor, contradiciendo lo apesadumbrado
y lastimero de la voz lo mismo que expresaba.--No me apuro. Dí ¿qué hay?

--Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado á Manolilla
porque le entregó la de su merced, á la que dice que no quiere
contestar.

--¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir
aquí tonteando. Mañana nos volvemos á Villabermeja.

--Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las
figura.

--¿Y por qué lo crees?

--Lo creo porque á Doña Costanza, que no quiere contestar á su merced,
le ha entrado de repente una manía rara.

--¿Qué manía?

--Ha dicho á Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso; que el jardín
está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y
con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha
contestado que sí; que el jardín está encantador de una á dos de la
noche, y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana
al jardín á la referida hora.

--¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da cita! ¡Quiere
verme y hablarme por la reja del jardín!

--Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en
ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos.
Ni Doña Costanza á Manolilla, ni Manolilla á mí, han dicho nada de cita.
No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que Doña Costanza
tiene el capricho de bajar mañana al jardín, á la una de la noche; para
oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín
hay dos rejas que dan á la callejuela, su merced puede ir por allí,
porque la calle es del Rey, y nadie le prohibe á su merced estar en la
del Rey, y su merced puede oler también el azahar á la hora que se le
antoje.

--Iré, Respetilla; iré sin falta.

--Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que
no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando
estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar á la reja
como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la
casualidad de que vea su merced allí cerca á la prima, y por casualidad
podrá hablarle.

--¡Ojalá que tan feliz casualidad se realice!--dijo el Doctor
suspirando.

--No suspire V., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay
casualidades que parecen providencia.

El Doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dió á su
criado una monedilla de cuatro duros, equivalente á ocho arrobas de vino
superior de su candiotera, y á poco menos de la duodécima parte de su
haber en metálico.

Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores.
Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa; más bien
menos. D. Faustino la vió, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas
y adoradores. La habló... y como si tal cosa.

La impaciencia devoraba al Doctor. El día le parecía eterno. La tertulia
interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la
noche.

Ya D. Faustino había acompañado á la tía Araceli desde la tertulia á
casa, y había cenado con ella. Estaba listo.

No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el Doctor se escapó
con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la
pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.

Antes de que diese la una en el reló de la iglesia mayor, ya estaban el
Doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy
altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados; pero
sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se
descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de
naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y
plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio
profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente que estaba
en el centro.

No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las
estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua
del arroyo por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En
ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma
sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.

--Aún no han bajado, señorito,--dijo Respetilla.

--Calla y aguardemos,--dijo el Doctor.

Transcurrieron en silencio tres ó cuatro minutos.

--Ahí vienen ya, ahí vienen--dijo Respetilla.--Ea, no se quede su merced
así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo, no se asusten
estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro y deje la ventana
libre, á ver si vienen.

El Doctor obedeció con docilidad á Respetilla: se apartó de la ventana y
se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir
agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza
y Manolilla estuvieron á poco en la ventana donde se hallaba el Doctor.

--¡Qué hermosa noche, Manuela!--dijo Doña Costanza.--¡Cuánto me alegro
de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos
habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso
se pondría!

El Doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.

Por último, se desembozó y se acercó á la reja, donde estaba su prima.

--¡Ay! dijo ésta asustada.

--No te asustes, Costancita: soy yo, tu primo Faustino.

--¡Hola, hola, primito!--dijo Doña Costanza, riéndose.--¡Vaya un susto
que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el
mismo antojo los dos!

--Así es, prima. Yo también estaba muy desvelado, y he salido á tomar el
fresco y á respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha
sido el hallarte.

--Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba
hablando contigo á estas horas, y por la reja, sólo Dios sabe lo que
haría!

Al llegar á este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya
Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente, sin decir
«queden ustedes con Dios,» y estaban hablando muy cerquita el uno del
otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.

El Doctor imitó á su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin
duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y
naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por
momentos estuvieron tan próximos, que el Doctor aspiró el fresco y
perfumado aliento de la boca de Doña Costanza, y sintió que el fuego de
su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.

--Te amo, te adoro--exclamó entonces el Doctor, en voz baja, aunque
vehemente.--Para esto quería verte á solas. Esto quería decirte. Ámame ó
mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu
amor me siento capaz de todo. De tí depende mi suerte y mi vida. Tú
puedes salvarme ó perderme. Eres más linda que las flores, más fresca
que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos
poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran á realizarse.

--Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me
aterra. Ten juicio, ó no vendré otra noche.

--¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?

--Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy
juicioso.

--Pero ¿no me quieres?

--Pues ¿si no te quisiera, vendría?

--¿Con que me quieres de amor?

--Mira, Faustino, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho
como á primo, y como se quiere á un amigo, y como se quiere á un
hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo; pero de amor, ignoro
lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué
debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue á mí misma y me
estudie.

--Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese
afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?

--No trates tú ahora de engañarme, Faustino. Harto se me alcanza que
amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo
más. Y en prueba de ello, voy á hacerte una confianza.

--¿Cuál, bien mío?

--Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es
mucho. Cuando me paro á pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?

--¿Qué se te ocurre?

--Que mi alma anda como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno
de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya
mi alma hacia tí; pero no es amor todavía. Es inclinación á amar. Si mi
alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.

--¡Ojalá caiga pronto!

--¡Cruel, hombre sin caridad! ¿Tan mal quieres á mi alma? ¿Qué te hizo
la pobrecilla?

--Herirme, matarme de amores.

--¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando
te oigo. ¿Serán frases, me digo; serán figuras retóricas, ó sentirá
éste de veras lo que dice?

--¿Dudas de mi lealtad y buena fe?

--Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando, y más aún
diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas á tí
mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de
flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas,
¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí,
estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me
dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías
también, con la misma sinceridad, gloria é infierno, salvación y
condenación, y todo lo restante que me dijiste?

--No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.

--Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero
ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto
ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo á dar crédito á lo
que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.

--¿Por qué te vas tan pronto? ¡Apenas has llegado y ya me dejas!

--Estoy llena de inquietud. Temo que me sorprenda mi padre. Cualquier
ruido me espanta. Un soplo de viento entre las hojas me hace temblar.
Vete.

--¿Vendrás mañana á la misma hora?

Costancita vaciló un rato. Luego dijo:

--Vendré mañana.

--¿Estarás más tiempo hablando conmigo?

--Estaré si eres bueno, si pierdo un poquito el temor, si me voy
convenciendo de que me quieres.

--Y tú, ¿me querrás?

--Ya te he dicho que quiero quererte. Bien sabes tú que el amor es cosa
terrible para una mujer. Me siento atraída hacia él, y retrocedo al
mismo tiempo espantada, como si viera á mis pies una sima sin fondo, muy
obscura y llena de misterios. Á la vez que quiero amarte, tengo miedo de
amarte. Adiós. Déjame por hoy. Pídele á Dios que me dé un sueño
tranquilo. Si no duermo nada esta noche, mañana estaré pálida y con
ojeras, y papá empezará á hacerme preguntas, y quién sabe lo que
recelará, porque es muy caviloso. Vete ya, Faustino.

D. Faustino se preparó á partir. Dirigió una tiernísima mirada á
Costancita, y le dijo:

--Dame la mano.

Doña Costanza no podía tener el mal gusto de negarle allí la mano que le
daba en público.

El Doctor la estrechó entre las suyas y la cubrió de besos.

Poco después, él y Respetilla salieron de la callejuela y se fueron muy
alborozados hacia la casa de Doña Araceli, siguiendo su camino por las
calles de menos tránsito, á fin de no llamar la atención.

Orgulloso de su triunfo, prendado como nunca de Costancita, levantando,
no ya castillos en el aire, sino alcázares hadados, paraísos, olimpos y
jardines de Armida, se durmió aquella noche D. Faustino López de Mendoza
al son de una serenata magnífica con que le arrullaban el sueño todos
los genios del amor y de la esperanza.



[Imagen decorativa]

IX.

ENTREVISTA MISTERIOSA


Durante tres ó cuatro días se repitió la misma función, si con algunas
variantes en los pormenores, idéntica en la substancia.

De día, cercada siempre Doña Costanza de amigas y admiradores, no daba
ocasión para que su primo le hablase en secreto.

Solía cruzarse sólo entre ambos alguna mirada fugitiva; pero tan confusa
en la expresión por parte de ella, que aun sorprendida por alguien no
hubiera podido ser interpretada de modo que los comprometiese.

De noche, con el mismo recato y las mismas precauciones, se renovaban
las citas y los coloquios por la reja del jardín; pero el amor no daba
un paso.

La mariposa revoloteaba siempre en torno de la luz y no se quemaba.

La inclinación á amar no llegaba á convertirse en amor.

Las esperanzas de D. Faustino no se realizaban ni se desvanecían.

Mientras él se veía al lado de ella, se sentía bajo el poder de un
hechizo. A todo se sometía. Era crédulo como un niño y sumiso como un
esclavo. No hallaba razón que oponer á los discursos con que ella sabía
contenerle, y se consideraba dichosísimo y más que pagado con recibir, á
cuenta de sus rendimientos y de un amor ya decidido, aquellas vagas
promesas de amor posible, aquella propensión de afecto, aquel preludio
de correspondencia con que Doña Costanza le traía embelesado y falto de
juicio.

Pronto, sin embargo, pasada la primera embriaguez, y cuando no estaba en
presencia de Doña Costanza, empezaron á asaltar al Doctor mil
pensamientos harto poco lisonjeros.

--¿Por qué este misterio en nuestras relaciones?--se preguntaba.--¿Qué
perdería mi prima en dejar ver delante de gente que hace más caso de mí,
que me distingue más, que empieza á quererme un poco? ¿No hay cierta
hipocresía, no hay cierta doblez en su conducta?

La disculpa que hallaba para esto el Doctor Faustino salvaba en parte la
buena intención de su primita; pero, en cambio, era desfavorable á la
vanidad de él y á sus aspiraciones.

--Mi primita aguarda, sin duda, á que esta propensión que tiene á
amarme se convierta en amor ya hecho; á que este germen de pasión nazca
y crezca y se desenvuelva. Mientras esto no sucede, estoy amenazado de
que su amor muera antes de nacer, ó de que no sea amor, sino simpatía
vaga, lo que siente hacia mí. Esta simpatía puede desvanecerse como el
humo, y Costancita, previendo que puede desvanecerse, no quiere que deje
rastro ni huella. Pero en el fondo de los melindres y niñerías de mi
primita, tan mimada y tan candorosa en apariencia, ¿no hay un
refinamiento de disimulo, de sangre fría y de cálculo despiadado? ¿No
está jugando con mi corazón, con mis sentimientos y hasta con mi
dignidad? ¿No es cruel la incertidumbre en que me deja? ¿Es lícito que
le sirva yo como de juguete para que se pregunte: ¿le quiero ó no le
quiero? y no sepa qué contestar?

Contra estas cavilaciones ocurrían al Doctor varios argumentos que no
carecían de alguna fuerza.--¿No seré demasiado exigente?--se
decía.--¿Qué derecho tengo á que me ame ya? ¿Qué derecho tengo ni
siquiera á que mi amor sea creído? Hasta hace poco, ¿no he dudado yo
mismo de mi amor? ¿Por qué extrañar que dude ella? ¿Cómo, pues, culpar á
mi prima porque no cede, porque no me entrega sin reserva su corazón, no
estando segura de la sinceridad, de la ternura, de la devoción del mío?
¿Qué pruebas de amor le he dado hasta ahora? ¿Qué sacrificio he hecho
por ella? En verdad que ninguno. Ir á verla, á hablarla y á besarle la
linda mano por la reja del jardín, lejos de ser sacrificio, es regalo y
deleite. Y á trueque de tan dulces favores, ni siquiera sé mostrar un
poco de paciencia, ni menos tener alguna confianza en su buena fe y
sanos propósitos.

Así acusaba el Doctor á su prima, y así la defendía en el tribunal de su
conciencia, sin llegar nunca á dictar un fallo definitivo. Entre tanto,
siempre estaba deshecho, aguardando la suspirada una de la noche, en que
acudía á la reja del jardín, acompañado de su fiel Respetilla.

Los amores de éste no adelantaban más que los de su amo. También seguían
en el mismo ser; pero Respetilla se lo explicaba todo, suponiendo que
cada tierra tiene sus usos, y que los de aquélla exigían que los amores,
tanto señoriles cuanto lacayunos y fregatricios, caminasen con lentitud,
y que, en vez de gastar alas, gastasen pies de plomo.--_No se ganó
Zamora en una hora_,--añadía Respetilla.--_Lo que mucho vale mucho
cuesta_. Pues qué, ¿no hay más que meterse de rondón en los corazones de
tan lindas mozas, como trasquilados por iglesia, y entrar en ellos á
saco y á sangre y fuego, sin previa resistencia, sin combate y sin abrir
brecha á fuerza de trabajos y fatigas?

En esta situación las cosas, Respetilla vino una mañana al cuarto de su
amo, que acababa de despertarse, y le entregó una carta.

Un desconocido se la había dado en aquel mismo instante, en la puerta de
la calle, desapareciendo en seguida.

--¿Quién me escribirá?--se preguntó el Doctor.--¿Si será Costancita?

Esperándolo, sin duda, abrió la carta y leyó con asombro lo que sigue:

«Eterno amor mío: Te has olvidado de mí. Ya no me conoces. Yo no te
olvido y siempre te amo. Mi espíritu está ligado al tuyo por un lazo
indisoluble, que ni el destino adverso ni el tiempo destructor romperán
nunca. Á través de mil fugitivas existencias, en la rápida corriente de
los seres mudables y de las formas pasajeras, mi alma permanece, y tu
amor es su esencia. En la vida mortal que hoy tengo en el mundo, el
cielo, cuyos fines ignoro y acato, ha puesto entre tú y yo obstáculos
casi insuperables. No he querido luchar contra los decretos y designios
del cielo. Por eso no me he presentado ante los ojos de tu carne. No
quiero que sepas ni el nombre que llevo. Llámame _tu inmortal amiga_.
Velo sobre tí. Te veo sin que me veas. Cuando se rinde al sueño mi
cuerpo, mi espíritu vuela á tí y se pone á tu lado. ¿Tan material y
distraído te has vuelto, que no me sientes en lo más íntimo de tu ser
cuando te acaricio y me uno á tí en un místico abrazo? ¿No hay ya brío
en tu espíritu para evocar el mío? Los ojos inmortales de tu espíritu,
¿no logran la aparición de aquélla á quien tanto has amado en otras
edades? ¿No hay, ni durante el sueño ni durante la vigilia, un confuso
recuerdo en tu mente de los pasados amores? Empiezas á amar, amas ya á
otra mujer, y tengo celos. ¡Qué horrible es el tormento de estar celosa!
Nada haré, sin embargo, en contra de ese amor que nace en tu alma. En
esta vida mortal, no puedes, no debes ser mío. ¡Sería una locura! ¡Sería
un crimen!... No me es lícito, por egoísmo, oponerme á que seas de otra.
Lo lloraré; lo lloro; pero sabré resignarme. Con todo, si esa mujer á
quien amas es fría de corazón, indigna de tí, y te abandona y te burla,
yo te consolaré, dulce bien mío. Mi amor invariable no acaba ni con la
rivalidad, ni con el desdén, ni con el olvido tuyo. No quiera Dios que
llegues á ser infeliz; mas si lo fueres, evócame, dí con toda la energía
oculta de tu corazón: «¡Acude, consuelo mío!» y me tendrás contigo. Hace
días que lucho con el deseo de mostrarme materialmente á tus ojos. Tal
vez no pueda resistir á este deseo. Tal vez te llame para verte y hablar
contigo y guardar una prenda tuya. ¿Vendrás si te llamo? Sí, yo creo que
vendrás. Eres noble y generoso, y no me privarás de este bien. Quiero un
recuerdo tuyo quiero una viva impresión tuya en los sentidos materiales
de que estoy revestida, antes de perderte para siempre en esta
existencia transitoria, antes de que seas dichoso con esa mujer frívola
por lo menos. Adiós. Acuérdate de _Tu inmortal amiga_.»

Maravillado se quedó el Doctor con la lectura de esta carta, haciendo
sobre ella mil diversas suposiciones.--¿Será mi primita la que me
escribe para burlarse de mi romanticismo con algo más romántico todavía?
¿Será alguna loca que se ha enamorado de mí y cree de veras todos estos
delirios? ¿Será el tío Alonso, ó algún tertuliano de su casa, que trata
de embromarme? En fin, sea como sea, lo mejor es quemar la carta y no
decir á nadie que la he recibido. Buen chasco se va á llevar el que
pensó divertirse con el efecto que la carta iba á producir en mí.

El Doctor quemó la carta: ni á Respetilla confió palabra de su
contenido, ni á su madre, á quien todo se lo confiaba, le escribió sobre
dicho incidente.

Siguió el Doctor amando de día á Doña Costanza, y viéndola y hablando de
amor con ella por las rejas del jardín, en las altas horas de la noche;
pero cuando se quedaba solo en su cuarto, cuando la prolongada vigilia
sobrexcitaba sus nervios, creía sentir extraños rumores á su lado, como
si se deslizase junto á él una sombra. Una vez despertó de su sueño
temblando casi y con sudor frío, y pensó sentir en la frente la
impresión ligerísima de unos labios etéreos, que habían depositado en
ella un beso de amor. Don Faustino López de Mendoza, filósofo
racionalista, estaba avergonzado de su cobardía y de su momentánea
credulidad; pero es el caso que dos ó tres noches casi juzgó inevitable
la aparición de un espíritu, y sacó de su corazón fuerzas para recibirle
con valor y sin amilanarse.--Si es un espíritu, ¿por qué ha de ser
terrible?--decía.--El espíritu de una mujer hermosa, de quien anduve yo
enamorado, Dios sabe cuándo, no debe ser para asustar, sino para
deleitar.--Dicho esto, el Doctor se serenaba y se reía; pero al punto se
trocaban en cuidado la serenidad y la risa, porque se persuadía de que
estaba oyendo el andar vago y tácito de un espectro que se alejaba, y el
susurro de una vestidura levísima, y hasta un suave, profundo y triste
suspiro.

¡Cuántas veces resonó en lo íntimo de su alma la última frase de la
carta que había quemado: _Acuérdate de tu inmortal amiga_!

--¿Me iré á volver loco?--se preguntaba entonces.--¿Tendré una
naturaleza miserable, débil, nerviosa, en quien prevalece la fantasía
sobre la razón y el discurso? ¿Estaré acaso al arbitrio de cualquiera
tunante, á quien se le antoje escribirme una carta disparatada, robarme
la tranquilidad y sacar de quicio todos mis sentidos y potencias?

Esta agitación oculta del Doctor no impedía que siguiese su vida
acostumbrada y que sus amores con D.ª Costanza creciesen en él y
permaneciesen en ella en la misma situación germinal, incierta é
indecisa.

A las tres noches después de recibir la extraña carta, volvía el Doctor
con Respetilla á casa de Doña Araceli. El coloquio amoroso no había sido
largo. Eran las dos nada más.

Al revolver de una esquina se acercó al Doctor una pobre vieja y le dijo
en voz muy baja:

--Señor caballero, necesito hablar con V. sin que su criado lo oiga.
Vengo de parte de la _inmortal amiga_.

Respetilla se había quedado detrás. El Doctor aguardó á que llegase y le
dijo:

--Vete á casa; no me sigas: espérame despierto hasta las cuatro.

Bien sabe el demonio lo que se le ocurrió entonces á Respetilla.
Perdónele D.ª Costanza el mal pensamiento. Respetilla dió á su amo las
buenas noches con un tono lleno de malicia, y le miró con envidia y
espanto, como quien dice: ¡Que haya logrado éste lo que no logro yo por
más que lo pretendo!

Respetilla no tuvo más recurso que obedecer á su amo, dejarle é irse á
la casa.

Solos ya en la calle D. Faustino y la vieja, entablaron este coloquio:

--¿Qué me quiere esa amiga inmortal? Si es burla de algún chusco, yo le
prometo que habrá de costarle cara.

--No es burla, señor caballero. Es asunto muy serio. Quizás la carta que
recibió V. se resintiese un poco del estado de la desgraciada. Tenía
mucha fiebre cuando la estaba escribiendo; pero hoy está bien de salud y
forma un empeño grandísimo en ver á V.

--¿Y quién es esa mujer? Dígame V. su nombre.

--No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Mi obligación es decir á V.
que me siga y venga á verla.

--¿Y cómo aventurarme á ir á ver á quien no conozco?

--¿Tiene V. miedo, señor caballero?

--Abuela, yo no tengo miedo. Vaya V. delante y guíe. Iré al infierno, si
es menester.

--Tengo encargo de no llevar á V. sin imponerle algunas condiciones.

--Vamos, dígalas pronto. Me someto á ellas como no sean desatinadas. La
curiosidad de ver á mi inmortal amiga puede mucho en mí.

--Son las condiciones, que V. no ha de procurar nunca averiguar el
nombre de ella; que no la ha de perseguir; que no ha de tratar de
conocer la casa á donde voy á llevarle ahora; que no ha de preguntar
mañana, ni pasado, ni nunca, si por acaso la recuerda, quién vive en
dicha casa, y, por último, que en el punto que yo le diga á V.
_vámonos_, V. me ha de obedecer, dejar la casa, y venirse conmigo hasta
este mismo sitio, donde le dejaré para que se vuelva solo á la suya.
¿Acepta V. las condiciones?

--Las acepto.

--¿Me da palabra de caballero de que las cumplirá?

--La doy.

--¿Por lo más sagrado?

--Basta ya. Queda empeñada mi palabra de honor.

--Pues sígame V.

Aunque la ciudad era chica, no tanto que no hubiera en ella un laberinto
de calles estrechas y tortuosas, por donde se internó D. Faustino,
precedido de la vieja.

Mientras andaban, iba el Doctor formando todo género de hipótesis para
explicarse aquella aventura. Podía ser una burla de Doña Costanza ó de
su padre ó de algún pretendiente de Doña Costanza. Aquel Marqués de
Guadalbarbo, con quien el Doctor había echado las vacas en el Casino,
presumía de chistoso. ¿No sería él quien le embromaba? De Málaga, de
Granada y de Sevilla habían acudido á la feria algunas mozas alegres, de
éstas que llaman ahora _traviatas_. ¿No sería posible que alguna de
estas mozas se hubiese aficionado del Doctor, viéndole en la feria, y
deseosa de tener con él una cita, hubiese inventado todo aquel aparato
novelesco para lograrla y hacerla más picante y más grata? Pero ¿qué
moza andaluza de dicha laya, con perdón sea dicho de las del gremio,
tiene el espíritu bastante cultivado para escribir la carta que D.
Faustino recibió, é inventar maraña tan fina? Sería su amiga inmortal
alguna vieja casquivana? ¿Sería alguna mujer enferma de enajenación
mental?

Discurriendo de este modo, llegaron á la puerta de una casa, donde se
paró la vieja. Al llegar el Doctor, empujó la vieja la puerta, que
estaba entornada, y entró é hizo entrar al Doctor en el zaguán,
entornando otra vez la puerta, y quedando el zaguán obscuro como boca de
lobo. El Doctor, aunque iba bien armado, tuvo cierto recelo y puso mano
á la pistola que llevaba en el cinto. La vieja buscó á tientas el
agujero de la llave de la puerta interior, por donde se entraba en la
casa desde el zaguán, y abrió con la llave que guardaba en el bolsillo.

La misma obscuridad que en el zaguán había dentro de la casa.

La vieja tomó de la mano al Doctor, y con mucho silencio le hizo subir
por una escalera. Luego pasaron por dos cuartos, también á obscuras.
Llegaron, por último, á la puerta de otro cuarto, por cuyos resquicios
se veía luz. La vieja dió un golpecito en la puerta.

--Adelante,--dijo una voz de mujer.

--Entre V., señor caballero,--dijo la vieja.

D. Faustino entró en el cuarto, y la vieja se quedó fuera.

El cuarto estaba pobremente alhajado, pero muy limpio. No había más que
media docena de sillas y una mesa, sobre la cual se veía un velón de
Lucena con dos mecheros ardiendo. En el fondo había una puerta, que
conducía á una alcoba.

De pie, en medio del cuarto, estaba una mujer alta y delgada, toda
vestida de negro. Sus cabellos eran también negros, negros como el
ébano. El color de su rostro, trigueño claro. Sus ojos, hermosísimos y
del color de los cabellos. Todas sus formas, elegantes.

Aunque pálida y ojerosa, en la tersura de su frente y en la frescura de
su tez se notaba que era una joven de veinte años lo más.

--Caballero--dijo aquella joven con voz dulce y algo trémula,--perdóneme
V. que le haya molestado, escribiéndole primero, y después obligándole
casi á tener esta entrevista conmigo. Cuando escribí á V. la carta
estaba yo muy exaltada: creo que tenía calentura. Esto baste para
explicar á V. cualquiera extravagancia que pudiese haber en la carta.

--Señora, ¿qué he de creer entonces de la carta que V. me escribió y que
ya califica de extravagante?

--Todo en el fondo. Yo no califico de extravagante sino el estilo,
quizás lleno de exaltación.

--Luego es V. _mi inmortal amiga_.

--Lo soy.

--¿V. me conoce desde hace tiempo?

--Le conozco á V... V. es quien se ha olvidado de mí.

--Dígame V. algo para que la recuerde. ¿Dónde, cuándo nos hemos visto?

--¡Escucha, Faustino! Perdóname que te hable así, que te llame por tu
nombre... ¡Hemos sido tan íntimos!... ¡Nos hemos amado tanto!...

El Doctor miró con la mayor atención las hermosas facciones de aquella
mujer, y llegó á creer que las recordaba; pero de un modo tan confuso,
que no acertaba á decirse en qué ocasión las había visto. Aun despertaba
más en él confusos y perturbadores recuerdos el metal sonoro y simpático
de su voz femenina.

--¡Escucha, Faustino!--repitió la mujer.--Ya te lo escribí. Ahora te lo
digo. Yo no debo ser tuya en esta vida mortal; pero quería verte y
hablarte una vez sola antes de que nos separásemos para siempre. Un
destino cruel, horrible, me condena á huir de tí... Ama á esa joven.
¡Dios quiera que sea digna de tí! ¡Dios te haga dichoso!... ¿Me
concederás una gracia?

--Pídeme lo que quieras,--dijo el Doctor, pensando si estaría con una
loca, sospechando aún si sería todo aquello una burla, y recelando á
veces si él mismo estaría soñando ó delirando.

--Dame, como memoria tuya--dijo la mujer,--un bucle de tu pelo rubio.

Apenas lo dijo, se acercó al Doctor, que estaba turbado y sin saber lo
que le pasaba, y le cortó un bucle con unas tijeras que tomó de la mesa.

Todo esto fué más breve que el tiempo que tardamos en referirlo.

--Ya me has visto _de nuevo_--prosiguió la mujer.--No te olvides _de
nuevo_ de mí... Si algún día eres desdichado, llámame y acudiré á
consolarte. Hoy eres dichoso y no me necesitas... Dímelo con sinceridad.
¿Amas á Doña Costanza?... Responde lealmente; responde como debe
responder un caballero.

El Doctor, así interpelado, no pudo menos de contestar:

--Amo á Doña Costanza.

--¡Vete, vete, vete!--dijo la mujer con acento lastimero á par que
iracundo.

D. Faustino iba á irse, obedeciendo á aquella voz imperiosa; pero, de
pronto, la mujer le echó los brazos al cuello. Sintió el Doctor sobre su
rostro su aliento juvenil. Luego, la impresión de un beso sobre cada
uno de sus párpados.

Tuvo un momento de aturdimiento y de ceguera. Al volver en sí, la mujer
ya se había apartado de él y se había ido por la puerta del fondo,
cerrándola con llave.

La vieja estaba al lado del Doctor.

--Cumpla V. su palabra, señor caballero--dijo la vieja.--Sígame V., le
dejaré en el mismo sitio en que nos encontramos.

D. Faustino vió que era inútil toda súplica y toda averiguación. La
vieja le recordaba su palabra de honor empeñada, y no tuvo más remedio
que cumplirla, siguiendo á la vieja.

Ella le llevó por otras calles, dando rodeos, adrede sin duda para
desorientarle. Al cabo le dejó casi á la puerta de la casa de Doña
Araceli.



[Imagen decorativa]

X.

LA NIÑA ARACELI


Hasta después de la entrevista misteriosa con su _inmortal amiga_ no
conoció el Doctor cuán de veras estaba enamorado de Doña Costanza. En su
_inmortal amiga_, mientras la tuvo presente, nada había visto de
fantasma aéreo, de diabólico ni de inconsistente, sino una mujer sólida,
maciza, hermosa é interesante, y, sin embargo, ningún impulso de amor
sensual había despertado aquella mujer en su pecho, ocupado todo con el
amor de la primita.

Lo que la innominada le inspiró desde luego fué una simpatía profunda y
una vehemente curiosidad. Pero ¿cómo satisfacerla?

El Doctor era de suyo muy sigiloso; había prometido callar, y ni á su
madre ni á Respetilla contó nada de la extraña aventura.

En balde recorrió todas las calles de la ciudad en busca de la casa
donde la desconocida se le había aparecido. Era torpe para recordar
sitios. Lo menos sospechó de treinta casas; pero no decidió que fuese
ninguna. Cuando veía una mujer alta y delgada, imaginaba si sería su
_amiga inmortal_. Se acercaba y la miraba el rostro, y se convencía de
que no. A veces corría detrás de las viejas, á ver si volvía á ver á la
vieja que le guió á la casa. Tampoco la volvió á ver.

--¿Quién será mi _inmortal amiga_?--se preguntaba el Doctor.

Mientras duró vivo en su alma el recuerdo de la impresión material de
aquellos labios hermosos sobre sus párpados y del dulce calor de aquel
aliento juvenil sobre su rostro, ni soñando ni velando, en la obscuridad
y silenciosa soledad de la noche, oyó el Doctor de nuevo vagos rumores
como de una sombra que se desliza, ni creyó sentir junto á él espíritu
alguno. Sus cavilaciones para averiguar quién ella sería, tomaron un
carácter que podemos calificar de enteramente realista. El Doctor llamó
á careo con la impresión que la desconocida le había dejado á todas las
mujeres que vivían en su memoria y con quienes había tenido algo de
parecido al amor. De lo único de que se penetró el Doctor, evocando
tales recuerdos, fué de que nunca había amado. Su primer amor era pues,
Doña Costanza. Había tenido, sí, algunas aventuras galantes, más ó menos
plebeyas. Ninguna de las heroínas de aquellas aventuras era su _amiga
inmortal_; ni las pupileras, costureras y bailarinas de Granada, ni una
gitanilla, ni varias _traviatas_ de oficio, de quienes también se
recordaba, ni tres ó cuatro muchachuelas guapas, que habían servido á su
madre, y con quienes el Doctor, allá en su primera mocedad, había estado
más insinuante y había sido más familiar de lo que al ilustre mayorazgo
de los López de Mendoza cuadraba y convenía.

Resultaba, pues, que dentro de los límites de lo naturalmente posible,
según el Doctor lo entendía, su _amiga inmortal_ no se había mostrado
jamás ante sus ojos, desde que era hombre y se llamaba D. Faustino,
hasta la noche de la entrevista misteriosa que dejamos referida.

Ella podría haberle visto sin ser vista, y haberse enamorado de él.
¿Dónde y cómo? Difícil era averiguarlo.

Pasaron tres ó cuatro días y la impresión viva, la huella, por decirlo
así, de los labios de la mujer innominada, se borró de los párpados del
Doctor; pero la imagen de aquella mujer, que por los ojos había pasado
al alma, allí permanecía impresa. Y no sólo en el alma, en la misma
retina creía el Doctor que conservaba aquella imagen. Mientras más
tiempo pasaba, después de haber visto materialmente á la mujer, más
persistía la imagen, adquiriendo cierta consistencia fantástica. Cuando
cerraba los ojos, cuando estaba á obscuras, la veía cercada de un nimbo
luminoso.

Aunque algo confusa é indistinta, el Doctor, al contemplar aquella
imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que
guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato
del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de
terciopelo negro, con mangas acuchilladas y brahones, collar de perlas
magníficas, gorguera y puños de lechuguilla ó abanillos, y en la cabeza
muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía
que era de la coya ó señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa
solariega de los López de Mendoza.

Al Doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto á su
_inmortal amiga_, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba
bastante al retrato de la coya.

Ya se entiende que la imaginación poética del Doctor estaba en completa
discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico.
Todos los razonamientos del Doctor venían á demostrar que la mujer
desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era
una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con
siglos, sino con veinte años de edad, á lo más, y que había de llamarse
Juana, Francisca, Teresa ú otro nombre por el estilo, de los muchos que
hay en el calendario.

El Doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de
_inmortal amiga_, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago á su
visión, y la llamó María. Quizás fué casualidad; quizás contribuyó á
esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de
llamar á sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia ú otros nombres algo
pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce
nombre de María; y cuando sus versos no eran _¡A ella!_ eran _¡A María!_
casi siempre.

Lo singular fué que, después de haber puesto el Doctor á su desconocida
el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces allá
en su interior, vino á recordar con algún asombro, chocándole un poco la
coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el
señor rey D. Felipe II, se había llamado también Doña María.

Recordaba luego el Doctor varios cuentos que había leído ó que había
oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación
la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la _amiga
inmortal_, daban, por otra parte, cierta luz á su entendimiento para
explicarlo todo racionalmente.

En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente
claro, y el de la desconocida, á quien sólo había visto algunos minutos,
era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más
imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya
andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había
contribuído á infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño
había oído referir que la coya era además el más activo de los genios,
espíritus familiares ó lares de su casa. Mientras que el Comendador
Mendoza se limitaba á ir penando por los desvanes, la coya había
intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en
Villabermeja. Éstos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la
imaginación del Doctor.

Lo más seguro, pues, era creer que la _amiga inmortal_ era una loca, ó
una _romántica_, ó una mujer que había querido divertirse á costa del
Doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse á la coya, dado
que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como
verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser
parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del Doctor,
y por lo tanto de la coya?

En lo que al Doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la
carta recibida, ni la entrevista en la casa á donde le llevó la vieja,
ni los besos en los párpados. Su _amiga inmortal_, por testimonio
evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el
aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y
aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el Doctor muy
bien.

Como hombre previsor, prohibió á Respetilla que dijese á nadie, ni á
Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa,
hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo á su amo,
que se calló, á pesar de su afición á contarlo todo, y siguió
sospechando que Doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y
que se podía comparar mejor á cualquier reló bien dispuesto que al reló
de Pamplona, de que habla la copla de fandango.

Desgraciadamente para D. Faustino, las atrevidas sospechas de Respetilla
carecían de fundamento. Doña Costanza no acababa de amar á su primo, si
bien seguía _queriendo quererle_ y viéndole todas las noches un ratito
por la reja del jardín.

En cambio, el afecto que el Doctor había infundido en el tierno corazón
de la niña Araceli era más vehemente cada día. Este afecto era amor y
más que amor; pero, como era amor sentido con humildad y devoción
magnánima, y por un espíritu encarcelado en una triste armazón de huesos
y forrado de una piel llena de arrugas, había tomado la forma sublime y
desprendida de querer realizarse y consumarse por medio de otra tercer
alma y por medio de otro cuerpo joven y hermoso, á quienes también amaba
é idolatraba la niña Araceli.

Pensarán algunos que esto que refiero es insólito y raro; pero, si lo
meditan bien, notarán que ocurre con frecuencia. Hay, por dicha,
corazones de viejos y de viejas que no tienen la monstruosidad de amar
para sí, que no se encastillan en el egoísmo, y que siguen amando con
más energía y de un modo más completo, si cabe, que cuando eran mozos.
Uno de estos corazones, y de los más nobles, era el de Doña Araceli.

Amaba á Costancita con más ternura que la amaba y podía Amarla D.
Faustino, y había acabado por amar á D. Faustino, no ya sólo para
casarse con él, sino para arrostrar por él muertes, miserias y cuanto
hay que arrostrar, si ella se hallase en el cuerpo de Doña Costanza. Su
sueño de oro era, por consiguiente, verlos casados á ambos. Faustino y
Costanza eran como dos pedazos de su propia alma, en cuya unión estrecha
ponía Doña Araceli toda su felicidad y todo su deleite.

La amistad vivísima y constante que, desde la infancia había unido á
Doña Araceli con Doña Ana, madre del Doctor, había servido de fundamento
al afecto de Doña Araceli por D. Faustino. Las prendas personales de
éste habían después, con el trato y la convivencia, acrecentado aquel
afecto. La niña Araceli ardía, pues, de impaciencia al ver que tardaban
tanto en llegar á un término dichoso los amores entre sus dos sobrinos.

La conferencia que tuvo con Costancita, y de que ya dimos cuenta, se
repitió en balde otras dos veces.

Recelando Doña Araceli que la timidez de su sobrino fuese causa de que
el amor no adelantara, se decidió al cabo á hablar con él del asunto, y
para ello se le llevó un día á su cuarto, y allí á solas se explicó de
esta manera:

--Muchacho--le dijo,--no he querido hasta ahora hablarte claro; pero ya
es menester que te hable. No se entiende bien que siendo, como eres, tan
lindo mozo, tan galán, tan discreto y tan sabio, seas al mismo tiempo
tan para poco. Yo concerté con tu madre que vinieses aquí á ver si
enamorabas á Costanza y te enamorabas de ella. Por amor á tu madre,
quería yo hacer tan ventajoso casamiento. Desde que te conozco y trato
te he tomado mucho cariño, y ya deseo hacer la boda por amor hacia tí;
mas para esto contaba contigo, y veo que me faltas. Y no por falta de
amor, no. Yo conozco que amas á mi sobrina. Confiésalo, ¿no es verdad
que es muy graciosa? ¿No es verdad que tiene talento? ¿No es verdad que
la adoras?

--Sí, tía, la adoro,--interrumpió D. Faustino.

--Entonces, ¿por qué no se lo dices, bobo? Yo sé que ella está muy
inclinada á quererte; pero, ya se vé, ¿dónde has aprendido tú que han de
ser las mujeres las que pretendan y persigan? Hijo mío, estás perdiendo
el tiempo y la coyuntura, y te va á pasar lo que al héroe de una antigua
comedia que llaman _El castigo del pensé que_... Aunque eches á tu prima
miradas como sinapismos ó cáusticos, que le quemen el corazón, esto no
basta; es menester hablar.

El Doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja,
contestó á su tía:

--Pero, ¿dónde y cómo he de hablar á mi prima, rodeada siempre de gente
ó al lado de su padre?

Aquí Doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta
amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:

--Ea, no seas embustero; fuera disimulo. Yo sé que has escrito á
Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de
expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar.
Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es
timidez ó soberbia de tu parte no escribir nueva carta, ya que la
primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.

El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino,
y Doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al Doctor, que éste,
á pesar de su sigilo, vino á confesar á su tía que hacía ya algunas
noches que hablaba con Doña Costanza por la reja del jardín.

Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma
la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más
insignificantes pormenores, rayaba en locura. Gozaba con ellos como si
fuese su alma, á la vez, el alma del Doctor y el alma de Doña Costanza
enamorada.

D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.

--¡Válgame Dios poderoso!--decía Doña Araceli.--¿Con que siete veces
hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta
noche, á la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente
perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no
acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de
bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y
dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza, que aquí no es del caso:
háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por
tí, dime, ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus
labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?

--Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.

--¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería.
¡Esa chica es un alcornoque, es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta!
¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es
recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos
coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las
niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero, ¿qué digo
como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja si está expuesta al
sol de Julio sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?

--Tía--contestó D. Faustino suspirando,--yo creo que Costanza no me ama.
El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para
ella.

--No, hijo mío, no digas eso; Costanza te ama. Si no te amase, no
tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir á hablar contigo
por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os
convengáis pronto, á fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia,
ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave é indisoluble coyunda del
matrimonio.

D. Faustino no tenía qué contestar á tan buenos deseos y balbuceó mil
gracias. Animada Doña Araceli, prosiguió diciendo:

--Yo lo arreglaré todo ó he de borrarme el nombre que tengo.

--Tía, considere V. lo que hace y no me pierda. No diga V., por Dios, á
Costanza que yo no he sabido callar y he dicho á V. el secreto de
nuestras citas. No me lo perdonaría nunca.

--¡Hombre, no te asustes ni te eches á temblar! Si sigues así, vas á ser
el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado, que
nada diré á Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios
para ganarte por completo su voluntad.

--Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no
echemos á perder el asunto por querer llevarle á escape.

--En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que
bailes.

--Dios lo haga, tiita Araceli.

--Oye, Faustinito, te voy á decir una cosa, aunque tú, como eres
filósofo, te vas á burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los
sinsabores que por tí paso.

--¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra V. porque V.
protege mis amores con su hija?

--No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se
alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago,
y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único
seguro es que someterá su voluntad á la de su hija, si ésta se decide
con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío
Alonso no está muy prendado de tí; te halla soñador, distraído, poco ó
nada práctico, y, por último, casi no me atrevo á decírtelo, porque yo
misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...

--¿Y de qué me acusa?

--Te acusa...

--Dígalo V.

--Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te
enmendarás. Yo he leído en el _Año Cristiano_ y en otros libros piadosos
la vida de varias princesas y señoras de alto copete, que se casaron con
reyes judíos, moros ó paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no
ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia ó menos
garabato que ellas?

--Sí, tiita: no dude V. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo
que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame V. al fin
cuáles son esos sinsabores.

--Hijo mío, son una tontería de que te vas á burlar.

--No me burlaré: hable V.

--Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que
yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después,
cuando tú eras niño he pasado con ella en Villabermeja una larga
temporada, y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor
intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu
familia y de tu casa.

--¿Y qué puede V. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy
pobrísimo? Yo no lo oculto.

--No es eso, hijo mío, no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un
delirio, pero que me conturba á veces. Has de saber que los bermejinos
hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en
todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú
naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de tí,
pronosticando cosas obscuras, que no quiso ó no supo declararme. Después
oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su
estrado el retrato de la persona cuyo espíritu, desprendido hace siglos
del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi
imaginación se ha exaltado en estos últimos días, y he creído ver
vagamente dicho espíritu en la forma que tiene en el retrato.

--¿Usted ha visto á la coya, tía?--dijo D. Faustino, con cierto asombro
que no pudo disimular.

--Sí, la he visto en sueños dos ó tres veces, y me ha mirado con mucha
ira, y he creído entender que se opone á que yo intervenga en el asunto
de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandéz, he tenido
miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de
que no estoy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.

--Pero V. ¿no ha visto á la coya sino en sueños?

--Pues ¿cómo había de verla de otra suerte?

Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden
siglos y siglos paseando por acá para asustar ó para divertir á los
vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!

--Eso es verdad, tía.

--Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción, y
sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones.
Dígolo, porque no hace muchos días fuí á misa muy de mañana á la Iglesia
Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas
noté al principio que había á mi lado una mujer alta, delgada, vestida
de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fué poco á poco llamando
luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que
yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara
hacia mí, la ví por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer
que se parecía aquella cara á la del retrato que posee tu madre.

--¿Y no ha vuelto V. á ver á esa mujer?--preguntó el Doctor.

--No, no la he vuelto á ver. La alucinación que en mí produjo entonces
es causa, sin duda, de otros sueños que luego he tenido; pero la señal
de la cruz ahuyenta á los malos, y yo procuraré no tenerles miedo.
Aunque Satanás se oponga, he de trabajar para que te cases con
Costancita.

Con esto dió fin Doña Araceli al coloquio, dejando al Doctor con grandes
esperanzas de ser completamente feliz con sus pretensiones amorosas, si
bien un tanto confuso y meditabundo, á causa de todas aquellas
coincidencias de la coya, del retrato y de la _amiga inmortal_ á quien
llamaba María.



[Imagen decorativa]

XI.

ACTIVIDAD DIPLOMÁTICA


Después de la conversación con su sobrina, Doña Araceli conoció que
importaba _herrar ó quitar el banco_; echó sus cuentas, calculó que
aquel estado de cosas no debía durar, y resolvió presentar su
_ultimatum_ á su sobrina y á su hermano don Alfonso, á fin de que diesen
los pasaportes al Doctor ó le aceptasen y reconociesen como novio
oficial y esposo futuro de Costancita.

Las razones que tuvo Doña Araceli, después de recapacitarlo bien, deben
exponerse aquí en resumen.

D. Faustino empezaba á hacer un papel bastante desairado. Toda la gente
de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se
encubre, sabía que había venido á vistas; y como de las vistas nada
resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo
pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el Doctor no tenía
mundo, y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.

Aunque Doña Araceli amaba con todo su corazón á Doña Costanza, _el amor
no quita conocimiento_, y Doña Araceli auguraba mal del disimulo y
recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el Doctor sin
confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para
que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había
hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no
hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar
lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y
allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas
por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida.
¿Cómo resistir, si se ama un poquito, á las palabras dulces y ardientes,
á los suspiros, á los juramentos de amor, á las quejas, al deseo
expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene
fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la
obscuridad, de la incierta luz de los astros, que parece que se enamoran
unos á otros en la bóveda azul; del perfume de las flores, de la blanda
frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma ó
del trino amoroso de algún ruiseñor, y de otros mil incentivos que
ofrecen á tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo
de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba Doña Araceli, era
irresistible á los diez y ocho años de edad.

Comprendan también mis lectores que ya he dado á entender que Doña
Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que
presumen de severidad, lo primero que deben hacer es no acudir por la
noche á la reja á hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el
autor de esta historia que no haya mujeres que acudan á la reja; que
estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto ó más
que Doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero
repito que lo mejor es no acudir á la reja. Así se lo recomiendo á los
padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. _Quien quita la
ocasión, quita el ladrón._ No sólo el vino embriaga.

Sea como sea, Doña Araceli no acertaba á comprender por qué, á pesar de
toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado á
la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo
le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las
ternuras de Doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita
no quería al Doctor, y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.

--En efecto--pensaba Doña Araceli,--es menester estar revestida de la
piel del diablo para bajar á hurtadillas al jardín, de una á dos ó tres
de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y
todo esto con el propósito de dar la mano á besar y de decir:--Ya
veremos si te quiero. Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del
día!

Otra consideración se ofrecía á la mente de Doña Araceli, que no tiene
vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis
lectoras más graves.

La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel
misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba á su primo? ¿Para
qué no hablarle ya como á futuro delante de todos los tertulianos de su
casa? Lo de ir á la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera
tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aun no amaba.

Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio
de la brevedad se pasan por alto, Doña Araceli se puso la mantilla y se
fué á casa de D. Alonso, resuelta á arreglarlo ó tronarlo todo, sin más
dilación ni rodeo.

D. Alonso estaba en el Casino y Doña Costanza recibió sola á su tía. Lo
que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente
como pudiera hacerlo un taquígrafo.

--Costancita--dijo Doña Araceli después del saludo y tomar
asiento,--quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor
amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no
conviene que salga burlado. ¿Le quieres ó no le quieres? Ya no puedes
alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle
penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le
amas? Y si no le amas, para qué engañarle con vanas esperanzas,
consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas
hacerle ó que ya le has hecho?

--Tía, tía--respondió Doña Costanza,--V. viene contra mí espada en mano.
V. es quien viene á herirme. V. viene tremenda. ¿Y cómo quiere V. que yo
conteste á todo eso? Deseo amar á mi primo. Me siento inclinada á
amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?

--Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué ¿después de
tres ó cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar á tu primo, nada te
dice el corazón ni en favor ni en contra?

--No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y
la cabeza responde; y entre el corazón y la cabeza se arman disputas
crueles, que me aturden y desesperan.

--Confíate en mí, Costancita,--dijo Doña Araceli con mucha ternura,
acercándose á su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.

--Mire V., tía, la quiero á V. tanto, la creo á V. tan buena, que voy á
abrirle mi alma y á revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy
á exponer á V. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.

--Habla, habla, hermosa mía.

--Sin bromas, tía Araceli: yo soy niña, soy inexperta, sé poco de
pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados,
como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya á mi primo, el
cual es discreto, buen mozo, instruído y tiene otras muchas prendas
estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya
á Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar á un hombre
por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito
doble ó triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo
las reflexiones. Creo que él me ama; pero también necesito en él doble ó
triple amor del que me tiene.

--¿Cómo es eso? Explícate.

--Es muy sencillo. Con doble ó triple amor, con un amor inmenso,
sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí ó en Villabermeja
en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la
aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos á tenerlos, serían la
gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos
en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida,
cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que
envenenase la copa encantada é inexhausta de nuestra dicha en el mundo.
Pero sin ese amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino á creer
que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría á
vivir aquí ó en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso.
Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, á
lo más, tres ó cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en
Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree V.
que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará á ganar
mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en
política podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses
ó un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino
no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de
rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va á
encumbrarse á los primeros puestos, y que le va á durar la prosperidad,
todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y
sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que
constituyan un capital de veinte mil duros, ó sean mil duros de renta ó
poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar
como sabio, como orador ó como poeta; pero con este brillo ni se paga á
la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni
joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella
también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y
aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si
alguna vez me sacaba á relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas
de la Corte por una señora temporera, efímera ó provisional, por una
semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían:--¿Quién es
esa?--Y otras responderían con desdén:--Esa es la ministra tal; esa es
la mujer del Doctor Faustino ó del poeta Faustino.--Peor es, á no
dudarlo, que el marido sea el obscuro ó aquél á quien sólo por su mujer
se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser
para un hombre el que le designen con el título del marido de la Doña
Tal, ó del marido de la Condesa de Cual, ó algo por este orden; pero
también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno á
sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las
ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos,
á no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño
de ambición y de gloria, y nos resignáramos á vivir en un rincón. No
crea V. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo,
que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He
hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino, que
venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por
crear también en su alma un amor tal por mí, que matase su ambición y
todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo
uno ni lo otro. Se lo confesaré á V. todo. No por una perversa
coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños
campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado á
Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado á besar
mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado
elocuente, apasionado, tierno; pero entretejiendo con sus amores sus
ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente, para seducirme, la
realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición,
que á menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las
mujeres.

--¡Ay, niña Costanza!--esclamó Doña Araceli, casi con lágrimas en los
ojos, muy contrariada y atribulada.--Me pasma, me aterra, me confunde lo
que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.

--Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo
yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo
ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado V.,
me enseña á discurrir como discurro.

--Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué,
¿para no pasar por semifregona ó por dama temporera es menester tener
más de tres ó cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas las
necesitan las feas ó las necias para llamar la atención; pero las
discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde
quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije
más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la
discreción? Además, á una señora como tú, tan bien nacida y emparentada,
¿quién ha de atreverse á no tenerla por legítima señora, aunque no vaya
en coche?

--Tía, crea V. que el dinero es el que constituye en esta época, como
quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré
plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía
personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un
negrero, de un usurero ó de un bandido.

Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de
Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de
convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.

--¿Y qué piensas hacer, hija mía?--dijo por último.

--Si yo tuviese veinte mil duros de renta--respondió Costancita,--me
casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará á V. que le amo. Si yo no
tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por
marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y
profundo amor, que satisfaría mi orgullo y me movería á no ser menos
generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos,
y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil, que no hay
más recurso que despedir á mi primo, dándole calabazas con la mayor
dulzura. Y crea V. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy
enamorada de él, ¿no he de sentirlo?

Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó á llorar como un niño
mimado á quien se le rompe su más precioso juguete.

Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía
siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el
primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había
sido incasable, y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz
ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido
casadera, y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas
melancólicas acudieron en tropel á su alma, y Doña Araceli acompañó en
su llanto á Costancita. Ambas lloraron á dúo, con la mayor desolación,
los infaustos amores del Doctor Faustino.

Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros
países, debían de hacer las madres cuando llevaban al sacrificio á los
hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban á ser inmolados
en aras de los dioses Cabires ó de otros implacables genios
subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.

En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo
que el mal no tenía remedio.

El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una
sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo
prescrito por su naturaleza.

Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa tan inmutable y
serena como el sol, las estrellas y las flores.

Doña Araceli trató también de disimular su mal humor; pero no pudo
disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo: según
costumbre, siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía; pero aquella
noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala
suerte, suspiró, chilló, y al Marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca
galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo
también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo
llegó á perder los estribos y la debida compostura.

A la una de la noche fué el Doctor á la callejuela, acompañado de
Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir á la
ventana. Salió, por último; pero llorosa, sobresaltada y triste.

--Faustino--dijo,--mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho;
pero lo sabe todo; y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho
prometer que no volveré á hablarte. Falto sólo á la promesa para
despedirme de tí. Mi padre se opone resueltamente á estos amores, y no
debo resistir á su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de
mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte; no
puedo ocultártelo más: ¡te amo!

El _te amo_ final fué la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de
las mal disimuladas calabazas. El Doctor entendió (y quizás no se
engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el _te
amo_ era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de Doña
Costanza. La propuso que la robaría y la llevaría depositada donde ella
quisiese, y aseguró que, por amor de ella, arrostraría todos los
peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y
sobrenaturales hay en el universo.

Con superior talento, y sin herir al orgullo del Doctor, hizo ver Doña
Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y
de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su
padre tenía razón en oponerse á los amores, y que ellos, aun amándose
mucho, como se amaban, se harían infelices si fueran marido y mujer; que
el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el Doctor tenía abierto un
risueño porvenir de venturas y de gloria, y que ella, lejos de prestarle
alas para llegar á él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para
que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso á paso.

En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento
no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo.
Serviría de modelo á mil discursos semejantes que con frecuencia se ven
obligadas á pronunciar las señoritas.

El pobre Doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que
quedar agradecido.

No se entienda, sin embargo, que Doña Costanza era una coqueta fría,
embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana y con el
Doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad.
No mentía afirmando que amaba al Doctor. Le amaba, y le amaba
ardientemente; pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer y
sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.

Hasta el suponer Doña Costanza que su alma era hermana de la del Doctor,
combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales
sentimientos en lucha, le hacía simpático, querido y adorable á su
primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y
apartaba de sí.

--Se me desgarra el corazón--decía Doña Costanza,--pero es preciso que
no nos volvamos á ver; es preciso olvidar estos días de locura, este
sueño fugaz de amor insano y peligroso.

Así Costancita coronaba de flores á su víctima al clavarle el puñal en
las entrañas.

Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas
brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.

Lo que Doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes
sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como
estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el Doctor,
conmovidísimo, acercó los labios y dió un beso en aquella serena y
cándida frente.

Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo
Costancita:

--¡Adiós, primito, adiós!

Costancita hizo ademán de irse.

--¿Así me dejas, cruel?--exclamó D. Faustino.

--Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.

--¡Aborrecerte... jamás!... ¡Quiera el cielo que pueda dejar de amarte!

--No, no me ames... Ama á otra que sea menos indigna ó menos desdichada
que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!

Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada
Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El Doctor se
guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo
en su estancia, lloró mucho y durmió poco.

A la mañana siguiente pretextó que acababa de recibir una carta de su
madre avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su
partida.

Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima
Costanza; después de repartir quinientos reales de propina á los criados
y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de
abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el Doctor tomó el camino de
Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles
con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.

Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y
sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.

El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de
Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia
para esta verdadera historia.



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XII.

EL MARQUÉS DE GUADALBARBO


El personaje cuyo nombre sirve de epígrafe tenía cerca de cincuenta años
de edad y más de veinticinco mil duros de renta. Era viudo y sin hijos.

En la fértil y extensísima dehesa de Guadalbarbo había un castillo
feudal, desde donde, según contaba el Marqués, pelearon sus heroicos
progenitores contra los moros durante seis ó siete siglos. Los
maldicientes afirmaban que el abuelo del Marqués había sido lechuzo; que
enriquecido, en tiempo de Carlos III, había comprado aquella dehesa y
otras fincas, y que su padre, cuyas bufonadas hacían reir mucho á María
Luisa, había titulado después. Pero, como quiera que sea, ora vertiendo
la sangre de los infieles, ora haciendo derramar lágrimas á los fieles y
atrayendo á los labios de una graciosa reina la dulce risa, es lo cierto
que el Marqués de Guadalbarbo tenía renta y título, vinieren de donde
vinieren.

Algo había heredado del carácter alegre y de la chispa y amenidad que
tan útiles fueron á su padre; pero, en el fondo, era un señor muy grave,
morigerado y á veces austero. Su hermana mayor, la Condesa del Majano,
estaba casi en olor de santidad, y el Marqués se asesoraba con ella á
menudo y solía tomarla por norma y pauta de su conducta.

Deseoso el Marqués de recorrer sus estados, y de abandonar, al menos por
una corta temporada, el bullicio y las intrigas de la corte, había
venido á la tierra de D. Alonso, donde poseía algunos bienes.

Un mes hacía que estaba allí. La Condesa del Majano se devanaba los
sesos por averiguar qué le detendría tanto tiempo. El Marqués apenas
escribía, y cuando escribía era muy lacónico.

Por último, como diez días después de la partida del Doctor Faustino,
escribió el Marqués á su hermana una extensa carta, que lo declaraba
todo, y que trasladaremos aquí íntegra.

La carta rezaba:

«Querida hermana mía: Cuando te refiera las causas y razones que me
detienen aquí, no lo extrañarás como me dices que lo extrañas. Tú misma,
á fuerza de lamentar los vicios, los desórdenes y los escándalos de esa
capital, me has disgustado de ella, y me has impulsado á venir entre
estas gentes sencillas.

«Estoy contentísimo aquí. He hallado un amigo excelente en un caballero
principal, llamado don Alonso de Bobadilla, el cual reúne dos prendas
que rara vez se hallan juntas: es activo, cuidadoso de sus cosas,
entendido en agricultura y ganadería; sabe, en suma, dónde le aprieta el
zapato, y es al mismo tiempo el hombre más temeroso de Dios, más devoto
y más amigo de ir á la iglesia que he conocido en mi vida. Cuando no
está en el campo cuidando de su hacienda, suele estar en el jubileo ó en
alguna novena, y rara vez en el Casino.

«Mucho me ha servido la amistad de este hombre, así para mejorar mis
bienes con sus consejos, como para mi contentamiento espiritual con su
agradable trato.

«El tal D. Alonso es viudo como yo; pero con la dicha de tener una hija
preciosa. No he visto jamás criatura más llena de candor. Y no creas que
es tonta, ignorante ni parada. Al contrario; Costancita, que así se
llama, tiene extraordinario despejo y viveza. Su claro entendimiento
está bastante cultivado; pero su educación ha sido sólida y muy
cristiana, hasta rayar en la austeridad. ¡Qué interesante contraposición
se advierte entre su malicia infantil, sus risas y sus chistes, y la
ignorancia santísima de todo lo malo, que desde el fondo de su puro
corazón viene á iluminar sus inocentes travesuras!

«El recogimiento con que ha criado á Costancita una señora, tía suya,
que permanece doncella, ha sido extraordinario y ha dado, como debía
suponerse, los más sazonados frutos. Ya que Costancita es mujer, y, como
dice su padre, ha salido á volar, ni con su misma tía se acompaña. La
tía vive aparte, y Costancita siempre al lado de su papá, que está hecho
un Argos y no la deja ni á sol ni á sombra.

«Nunca ha leído Costancita ni una sola de estas perversas novelas que
ahora se escriben, sino libros de devoción, algo de Historia y mucho de
_Año Cristiano_. Cose y borda con notable primor; por encargo de su
padre me ha hecho una petaca de pita, que es un prodigio de paciencia, y
sabe preparar y condimentar mil deliciosos platos de dulce y repostería,
que le enseñaron las monjas, en cuyo convento entró con su tía cuando
pasó Gómez por aquí. Luego permaneció en el convento más de dos años, y
casi fué menester que su padre la sacase de allí por fuerza, porque se
había encariñado con aquellas benditas madres y se empeñaba en tomar el
velo.

«Criada así Costancita, es un ángel en la tierra. Hace muchas limosnas;
envía flores y cera á la iglesia del convento donde estuvo, y es
fervorosa devota de la Purísima Concepción.

«La tía, á quien llaman la niña Araceli, es muy buena señora, salvo que
se enfurece cuando juega al tresillo y pierde. Y eso que jugamos á
ochavo. Y digo _jugamos_, porque yo le hago la partida muy á menudo.

»No he visto gente que mire menos á su propio interés, en ciertas cosas,
que esta niña Araceli y este bueno de D. Alonso. ¿Quieres creer que
tienen un pariente en un lugarcillo no muy distante de aquí; que este
pariente no tiene absolutamente sobre qué caerse muerto, y consintieron
ambos en que viniese á vistas para que se casase con Costancita si los
primos se gustaban?

»Por dicha, el tal pariente, que ha estado aquí algunos días, es un
pedantón de siete suelas, pervertido con las espantosas y abominables
doctrinas que ahora se enseñan en las universidades, y tan impío, que
nadie le ha visto en misa una sola vez. ¿Cómo había de convenir
semejante trasto á Doña Costancita? Así es que apenas si ella le ha
mirado. Ha sabido tratarle con afabilidad, como á pariente, eso sí; pero
sin hacerle caso como á novio, tal vez sin caer en la cuenta de que
venía á pretender su mano, porque la pobre niña, á pesar de lo lista y
avispada que es en todo aquello que no puede inclinarse ni torcerse á lo
pecaminoso, tiene completamente cerrados los ojos sobre ciertas
particularidades. Tengo motivos para estar convencido de ello y esto es
lo que más me encanta.

«En fin, el primo ateo se ha largado á su lugar con viento fresco,
convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy
seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su
prima. Pero, ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos
en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia, y no he
sorprendido jamás que mire á nadie sino como Dios manda. Sólo mira ella
con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira á su
padre ó contempla en la iglesia la imágen de algún santo ó de alguna
santa.

«¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de
Madrid, que tienen novios á montones, que coquetean con unos y con
otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!

«¡No puedes figurarte lo que me he acordado de tí cuando hacías la justa
censura, ya de esta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña,
porque me veías propenso á entrar en relaciones, y querías retraerme de
tan funesta inclinación mostrándome los peligros que me
amenazaban!--Costancita es todo lo contrario, me decía yo entonces.--¡A
ésta sí que no la censuraría mi hermana!

«En fin, ¿para qué hemos de andar con rodeos? Tú eres la primera persona
á quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no
son posibles coqueteos ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído,
ni sacarla á valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no
conduzcan al matrimonio, con el beneplácito de su familia. La honestidad
y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que
infunde su honrado padre, y la misma sencillez é ignorancia de la linda
muchacha, no consienten otra cosa. Rendido á la evidencia de estas
razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único
remedio posible y decoroso. He pedido á D. Alonso de Bobadilla la mano
de su hija Doña Costanza.

«D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro,
pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la
consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.

«Costancita ha pedido diez días para decidirse.

«Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el
más feliz de los hombres aceptando mi mano.»

Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del Marqués.
Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden
cronológico riguroso, añadiré que á las tres semanas de escrita la carta
que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa Condesa del Majano, que
vino en posta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la
modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el
enamorado Marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres ó cuatro
mil duros que prometía, á dar dos mil duros al año, que el generoso
marido, con otros cuantos miles más, señaló á su mujer para que se
vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de
la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en
ella.



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XIII.

EXAMEN DE CONCIENCIA


Sin ningún incidente digno de contarse había hecho el Doctor su viaje de
retorno á Villabermeja.

Su madre, á quien refirió de palabra lo que por cartas no había contado
de sus amores con Doña Costanza, y del fin desengañado que tuvieron,
puso á su sobrina como hoja de perejil, y no trató con más piedad al
bueno de D. Alonso de Bobadilla.

Después de este natural y disculpable desahogo, la señora Doña Ana
Escalante de López de Mendoza se afligió en el alma de ver á su pobre
hijo derrotado y humillado, y el mismo Doctor tuvo que consolarla,
mostrando que la derrota apenas lo era, ya que él había ido á enamorar á
Costancita, y no á su padre, y sosteniendo que no había humillación en
que no se llevase á cabo la boda por razones de estado y hacienda que D.
Alonso aducía, y por razones de prudencia que Costancita había
expresado, y que él mismo había reconocido y aceptado como buenas.

Así pasaron algunos días, hasta que llegó por el correo el parte oficial
del casamiento de Costancita con el Marqués de Guadalbarbo. El furor de
Doña Ana se recrudeció entonces, y el Doctor hizo por calmarle con mil
reflexiones juiciosas.

Calmados ambos al fin, porque no hay agitación que no acabe, cayeron
madre é hijo en una melancolía tranquila, y siguieron viviendo en
Villabermeja, más apartados que antes del trato de toda aquella gente.

Doña Ana administraba el caudalillo, cuyos productos se consumían casi
todos en pagar los intereses de la deuda, y cuidaba diestramente de la
casa, donde con orden y severa economía lograba conservar el lustre
señoril.

El Doctor, entre tanto, estudiaba, meditaba y daba largos paseos á pie,
subiendo á menudo á los cerros, y sobre todo al de la Atalaya, para
descubrir más horizonte. También iba á veces en su jaca á la quinta, que
era lo mejor de su caudal. La quinta estaba en un sitio muy agreste y
distante de los caminos reales, en la cumbre de otro cerro.

Casi la única persona con quien hablaba el Doctor, además de su madre,
era el fiel Respetilla, quien solía entretenerle y arrancarle alguna
sonrisa contándole los chismes y novedades del lugar, y á quien, por
falta de otro sujeto más á propósito, había tomado el Doctor por
contrario para tirar al sable y al florete, llenándole á menudo de
cardenales el cuerpo con el sable de madera, y no saliendo ileso casi
nunca, pues el Doctor no era un portento en la esgrima, ni para serlo
había recibido las suficientes lecciones. Por lo demás, aunque el Doctor
tenía la mano pesada y daba á Respetilla sobre diez palos por cada uno
que recibía, los de Respetilla eran tan recios y desaforados, que valía
tanto el diezmo que pagaba como la cosecha que por todo su cuerpo iba
recogiendo. Este ejercicio, no obstante, era muy provechoso para el
cuerpo y para el alma de los dos, y en fuerza de la costumbre, sentía ya
amo y mozo como necesidad y comezón y hasta cierto deleite en apalearse
todos los días.

A pesar de sus coloquios y combates con Respetilla, y á pesar de las
largas conversaciones con Doña Ana, siempre quedaban al Doctor muchas
horas de día y de noche, durante las cuales, en la más esquiva y
completa soledad, se complacía en recogerse y reconcentrarse dentro de
sí mismo, juzgando los sucesos de su vida y sondeando los senos más
profundos de su conciencia.

De la aparición de la mujer misteriosa nada había dicho á su madre; pero
una de sus primeras diligencias al volver á Villabermeja había sido ir
á ver el retrato de la coya, que estaba en el estrado, el cual era la
_cuadra_ ó sala cuadrada del piso principal. El Doctor examinó
atentamente el retrato; pero no acertó á decidir si era real ó imaginada
su perfecta semejanza con su _inmortal amiga_. Por otra parte, su
_inmortal amiga_ le tenía, al parecer, olvidado hacía tiempo, y su
recuerdo, aunque persistente, iba haciéndose algo confuso.

La obra de Pantoja era bellísima; pero al cabo no era más que una
imagen, y no podía despertar en el Doctor, que gozaba de cabal juicio,
sino simpatías meramente artísticas. La certidumbre de que aquél era el
retrato de una antepasada suya, muerta hacía tres siglos, cortaba además
los vuelos á su imaginación.

El Doctor había leído un cuento oriental, de cierto príncipe que halló
en el tesoro de su padre un retrato de mujer de quien se enamoró; pero
el príncipe creyó contemporáneo suyo el original del retrato. Salió en
su busca por el mundo, y nunca pudo dar con la mujer amada. Sólo vino á
averiguar, después de mucho tiempo y peregrinaciones, que la dama á
quien amaba por el retrato había sido una reina de la isla de Serendib,
no menos prendada de Salomón que la de Sabá, y quizás la más bella y
favorita de sus mujeres. Si el príncipe hubiera sabido á tiempo que el
retrato era de aquella antiquísima reina, jamás se hubiera enamorado.
El Doctor Faustino no podía ser más loco que el Príncipe.

A pesar de todo, se deleitaba tanto en mirar el retrato y llegó á
cobrarle tanto cariño, que se le trajo al salón del piso bajo, donde él
vivía, poniendo en el hueco otro retrato de los que adornaban y
autorizaban su salón.

No dejaba el Doctor, entre tanto, de recordar á su _inmortal amiga_ de
carne y hueso, y de forjar nuevas hipótesis para explicarse la carta que
de ella recibió y la extraña cita y aventura que tuvo con ella. Base de
estas hipótesis era siempre la afirmación de la existencia real,
visible, tangible, corpórea y sólida de una hermosa mujer, que le había
escrito, que le había hablado y que le había besado los párpados. Pero
¿quién era esta mujer? Harto sabía el Doctor que ni la boca, ni los
ojos, ni los brazos, ni la frente, ni todo el cuerpo en conjunto, eran
lo esencial de aquella mujer; que algo había en ella de indivisible que
pensaba y amaba, y á esto llamaba espíritu. Dábale, pues, nombre de
espíritu y no se encontraba más adelantado. Su ciencia impía no le
llevaba más allá. ¿Era algo el espíritu por sí, ó era un resultado de
toda aquella trabazón y concordia de partes, una armonía divina que
brotaba de aquellos órganos? Si el espíritu era algo por sí, bien podía
permanecer después de la muerte y ser antes del nacimiento. En este
caso, ¿por qué no había de estar en aquel cuerpo de mujer, que él había
visto y tocado, el espíritu de la coya? El espíritu que le animaba á él
¿no podía también ser el mismo que animó á uno de sus abuelos, el amante
y marido de la coya, pongamos por caso? Pero pronto desechaba de sí este
pensamiento como un desatino.

--¿Qué razón hay--se decía,--para sospechar tal cosa, cuando nada
recuerdo de ninguna vida anterior á ésta que vivo? De esta misma vida
apenas tuve conciencia hasta que mi espíritu acabó de formarse, saliendo
de la primera infancia, como quien sale á luz de un seno tenebroso. Se
diría que fué menester que la luz material hiriese mis ojos, que los
objetos sensibles hiciesen impresión en mi alma, que la palabra humana
me revelase la verdad penetrando en las ondas sonoras del aire por mis
oídos, para que el espíritu, que sólo estaba en germen, diese razón de
sí, fuese conociéndose á sí propio, pues sin conocerse no era.

El Doctor, si bien más inclinado á dudar que á negar ó afirmar, infería
de todo que ni su _inmortal amiga_ era la coya, ni él era otro que no
fuese el Doctor Faustino. No aseguraba ni negaba para sí una vida más
allá de la tumba. Sobre esto vacilaba. Pero cuando se prometía la vida
ultramundana, se la prometía con recuerdo completo, con la misma forma y
el mismo carácter, nombre y fisonomía de entonces. Cuando se prometía,
en sus momentos de entusiasmo, una prolongación de su existencia más
allá del sepulcro, todo lo ideal y etérea que puede suponerse, en otros
mundos, en otras esferas, en otros cielos, no se comprendía sino como
tal Doctor Faustino, hasta con el mismo cuerpo que entonces tenía,
aunque los átomos que le formasen fueran de luz y de gloria, en vez de
ser de lodo terrestre.

--Sin embargo--seguía meditando el Doctor--¿dónde va mi espíritu cuando
duermo? ¿No se corta, no se para entonces su vida? ¿No será la muerte
como el sueño? Cuando duermo, no siendo el sueño muy profundo, creo
sentir, aunque confusamente, que soy. Cuando despierto, me asegura la
verdad de mi existencia el recuerdo claro y patente de toda mi vida
anterior. Pues ¿por qué, aun imaginando la muerte como un largo y
profundo sueño entre dos vidas, no ha de acudir al alma cuando
despierta, esto es, cuando vuelvo á nacer, el recuerdo patente y claro
de todas las existencias pasadas? Cuando tal recuerdo no acude, no hay
razón para creer el dogma de los antiguos brahmanes, divulgado en Europa
por el sabio de Samos y renovado tantas veces. Yo soy todo lo que soy, y
en la sucesión y en las mudanzas de mi vida hay una esencia permanente,
que es como hilo de oro que enlaza en un collar muchas perlas. El mundo
visible, la serie de mis impresiones, mis deleites, mis dolores, mis
esperanzas, mis desengaños, mis dudas, mi ciencia, todo está enlazado en
este hilo que persiste, que á veces creo que no se acabará jamás. Pero,
¿cómo he de creer que es eterno? ¿Cómo creer que tampoco ha empezado,
cuando veo y noto su principio? Si en el sueño queremos suponer que se
rompe, la memoria de todo lo anterior al sueño al punto le reanuda. Pero
si en mí hubo muerte corporal antes de ahora, ¿dónde está la memoria que
reanude la vida actual á la vida anterior á esa muerte? ¿Se baña quizás
el espíritu cuando el cuerpo muere, en el río del olvido? ¿Va á
confundirse acaso en el infinito Océano del espíritu? ¿Hay un mundo del
espíritu, como hay otro de la naturaleza, y la compenetración de ambos
es la humanidad? Si fuera así, lejos de creer en la existencia de mi
individuo antes de mi nacimiento y después de mi muerte, me inclinaría
mucho á dudar de la misma vida que ahora vivo. ¿Qué sería yo entonces,
sino apariencia, ilusión efímera? Sólo habría real y efectivo por un
lado la naturaleza y el espíritu por otro, como dos modos de la misma
substancia. Ni mi ser ni mi conocer serían más que ilusorios, en cuanto
yo me afirmase como ser finito y limitado, que vale tanto como afirmarme
distinto de los demás seres.

El Doctor discurría así, de noche, á solas, en la gran sala baja, donde
estaban los retratos, incluso el de la coya, y donde había también un
espejo. En aquella soledad, sin temor de que le viesen y tuviesen por
loco, se tocaba el cuerpo con las manos, se miraba al espejo y se veía,
andaba y oía sus pisadas al andar, hablaba y escuchaba su palabra misma.
Luego se reía de aquella prueba pueril que se estaba dando de su propia
existencia. Cerraba entonces los ojos, se quedaba inmóvil en un sillón y
prescindía de todo, hasta del pensamiento, y entonces la prueba de que
existía era más clara: no era porque se veía, ni porque se tocaba, ni
porque andaba, ni porque se oía, ni porque pensaba, sino era porque era.
Desenvolvía luego aquella escueta y pura afirmación de su ser, y
resultaba algo como el hilo ó lazo de unión donde venía la memoria á
engarzar todos sus pensamientos, impresiones, ideas y deseos. Más allá
de cierto término, ni había hilo, ni objeto alguno que ensartar en el
hilo. Luego allí expiraba todo; luego aquello había tenido principio;
luego antes no había sido nada.

El Doctor discurría una noche con tan cándida buena fe, que al llegar á
este punto fué á la mesa de su bufete y sacó de un cajón su fe de
bautismo. Quiso cerciorarse y se cercioró de que había nacido en el año
1816, y se declaró á sí propio que hasta entonces no había habido Doctor
Faustino ni espiritual ni material, y que todos los seres que llenan el
espacio sin límites, y todos los sucesos y cambios que traman y tejen la
tela del tiempo, dentro de la eternidad inmutable, habían existido y
ocurrido sin que él tuviese arte ni parte en cosa alguna.

Después continuó cavilando:

--En la corriente de la vida, en la serie de los casos y de los seres he
aparecido poco há. ¿Me hundiré, desapareceré para siempre, volveré á la
nada de donde salí, ó persistiré en lo futuro? Toda esta substancia que
forma mi cuerpo, ¿no se ha renovado ya varias veces, y yo he
permanecido? Mi forma misma, ¿no ha cambiado en lo accidental? Y, sin
embargo, ¿esencialmente no persiste hasta mi forma? Pues ¿por qué no ha
de seguir persistiendo? Persistirá; pero ¿cuál será el modo de su
persistencia? Como idea, no sólo persistirá, sino que preexistía. Como
realidad, tal vez persista, pero no preexistió. En todo caso, hasta su
persistencia como idea será más firme después de haber existido en
realidad. Antes de ser yo realmente, era sólo, en la inteligencia
infinita, una idea inmutable, eterna como esa inteligencia. Lanzado
ahora en el seno de lo sucesivo y mudable, apareciendo mi ser en la
corriente del tiempo, al menos vivirá también larga vida, ya que no vida
inmortal, como idea y como recuerdo, en otras inteligencias finitas.
Algún efecto ha de producir esta vida mía; alguna huella ha de dejar;
para algo he nacido; para algo soy. Sin embargo, no me contento con esta
inmortalidad, ó con esta vaga duración de más allá del sepulcro. Quiero,
no la duración de mi nombre, ni de mis pensamientos, ni de mis obras,
sino de todo yo, con el recuerdo vivo de mi nombre, de mis pensamientos
y de mis obras, aunque este recuerdo venga á ser un tormento sin fin de
remordimientos y de vergüenza.

Aquí volvía el Doctor á recordar la fecha de su nacimiento. Luego
añadía:

--Nada: yo no era antes de 1816. Todo lo ocurrido hasta entonces, ni
pena ni gloria para mí; pero de lo que he pensado, y hecho, y amado, y
sentido, y aborrecido desde entonces, quiero gloria y pena y recuerdo
perenne, y responsabilidad que no cabe. Yo me siento libre. Hay un poder
en mí que no se doblega, ni cede, ni se humilla ante la misma
omnipotencia. Si obedece sus decretos es porque quiere. Si no los
obedece, es porque quiere. Debe responder y responde de todos sus actos.
Ya sea caduca, ya sea inmortal, la existencia de esto que llamo mi
espíritu, en este instante fugaz, en esta vida que vivo ahora, no es un
paso como otros muchos que voy haciendo en el camino de la perfección,
sino que es trance que decide de todo mi destino, de toda la eternidad
para mí. En esta vida he de hacerme adecuado á la idea eterna que hay
de mí si fuera de esta vida no soy más que una idea, ó de merecer en
realidad todos aquellos grados de excelencia y de beatitud á que estoy
llamado. Un poco de ciencia, un poco de vana curiosidad ha destruído en
mí las creencias. Mi mente vuelve, con todo, por el discurso á coincidir
en las más importantes de lo que por fe me enseñaron. Será esta vida un
tránsito, una peregrinación á otra vida mejor; pero de esta vida depende
todo. Lo esencial es esta vida. La acción del drama está en ella. Si
queda para mí después una eternidad, toda ella se resume y cifra en este
instante. Toda ella es sombra, reflejo, consecuencia, resultado de lo
que ahora yo determine. Cielo é infierno, con su perdurable extensión,
nacen ahora en el centro de mi alma, en el abismo de mi conciencia, la
cual, por cima del torrente silencioso del tiempo que va pasando, vive
en lo eterno. Es absurdo suponer que la vida es un ensayo, y que, si
sale mal, venimos después á hacerlo mejor en otra. El vivir humano es
más serio, más digno que todo eso. Toda la educación, todo el progreso,
toda la purificación, todo el bien á que podemos aspirar ha de lograrse
ahora ó nunca. De esto vivo seguro, ya permanezca nuestro espíritu
penando ó gozando, pero inactivo después del drama, ya sobreviva sólo
como concepto eterno con el recuerdo de las obras que hizo.

De esta suerte llegaba á persuadirse el Doctor Faustino, no de que el
espíritu de la coya no vagase por la casa y pudiese entenderse con él,
sino que la _inmortal amiga_, lejos de ser la coya, era un espíritu en
cuerpo viviente mil veces más real que la sombra, el recuerdo, el
concepto de la coya, revestido de forma sensible por la imaginación
creadora de milagros.

Así volvía el Doctor, después de mucho discurrir, á la pregunta del
principio: ¿Quién era su _inmortal amiga_? ¿La habría visto, conocido y
amado, y se habría olvidado de ella?

A este propósito recordaba el cuento de Doña Guiomar, que le contaban
las criadas cuando niño.

Una hechicera poderosa había robado á Doña Guiomar, que era lindísima, y
la tenía encerrada en una torre muy alta, sin puertas, porque la
hechicera subía á la torre volando. La torre estaba en medio de
solitaria llanura, donde casi nunca llegaban pies humanos. La suerte
quiso, no obstante, que un hermosísimo príncipe, hijo de rey poderoso,
se extraviase un día yendo de caza, y apartándose de sus monteros,
halconeros y demás comitiva, el príncipe vino á encontrarse en la oculta
y misteriosa llanura donde estaba la torre. El sol brillaba cerca del
cénit. Doña Guiomar, en el elevado mirador de la torre, peinaba la
sedosa madeja de sus cabellos rubios con un peine de plata. El reflejo
del sol en aquellos lustrosos y dorados cabellos deslumbraba la vista.
El rostro de Doña Guiomar parecía circundado de refulgente aureola.

Doña Guiomar era de lo más bello que puede fingir la más discreta y
generosa fantasía. El príncipe, galán atrevido, elocuente y bello
también. Nacidos el uno para el otro, se enamoraron y cautivaron al
punto.

Con sábanas y colchas, con vestidos y otras telas, formó Doña Guiomar
una larga escala. Por ella se desprendió; llegó donde estaba el
príncipe, se dieron ambos palabra de casamiento; la confirmaron con un
apretado y prolongadísimo abrazo, y puesta Doña Guiomar á las ancas del
caballo, huyó con el príncipe de su prisión y de la hechicera.

Aunque caminaban de prisa, Doña Guiomar notó, al cabo de un rato, que la
hechicera, que había vuelto á la torre y visto que ella se había
escapado, venía en su persecución. Ya estaba cerca la hechicera, ya iba
casi á tocar con su mano á Doña Guiomar, cuando ésta tiró al suelo el
peine de plata con que se peinaba, y se formó de repente una cordillera
de montañas altísimas, con las cumbres cubiertas de nieve y de hielo. La
hechicera quedó del otro lado de las montañas; pero tal era su poder y
tanta su cólera y su brío, que salvó las crestas nevadas, bajó al
llano, y ya iba alcanzando de nuevo á Doña Guiomar y á su amante. Doña
Guiomar, entonces, tiró al suelo un puñado del perfumado afrecho con que
se lavaba las blancas manos. Al punto se formó un intrincado matorral de
jaras, espinos y zarzas, cubierto todo él de niebla muy espesa. La
hechicera pudo, con todo, atravesar el matorral, aunque destrozándose
las carnes, y sin extraviarse, á pesar de la niebla, se puso otra vez al
alcance de Doña Guiomar y de su raptor. Doña Guiomar tiró, por último,
al suelo el espejito en que se miraba, y luego se extendió entre ella y
su perseguidor un río profundo, rápido y caudaloso. La hechicera pasó á
nado el río. Aunque desfallecida ya y sin fuerzas, llegó cerca de Doña
Guiomar. Doña Guiomar se tapaba la cara por no verla y los oídos por no
oirla.

--¡Vuelve la cara, hija mía, vuelve la cara, para que te vea la última
vez antes de perderte para siempre!--decía la hechicera.--Hija mía, tén
compasión de mí, que te he criado. Mírame una vez, ya que me abandonas.

Doña Guiomar no quería mirar, pero el príncipe la rogó que fuese
compasiva y mirase. Volvió entonces la cara, y la hechicera dijo:

--Permita el cielo que quien te lleva te olvide.

Esta terrible maldición se cumplió. Llegados el príncipe y Doña Guiomar
cerca de la capital del reino, donde reinaba el padre del príncipe,
dejó éste á Doña Guiomar en una quinta, pensando volver allí por ella
para que hiciese su entrada en la corte con gran pompa y aparato. Pero,
no bien la dejó, se le borró su imágen, su nombre y su amor de la
memoria, y así permaneció años, hasta que por otro caso milagroso, que
forma la segunda parte del cuento, vino al fin á recordarla.

Este cuento, como todos los de hadas, encantamientos y asombros, puede
con facilidad traducirse en símbolo y alegoría. Por esto el Doctor
fantaseaba que Doña Guiomar era la poesía, la imaginación, la fe, que
obra milagros con quien la lleva para salvarse de la fría razón que la
tenía aprisionada. Un momento de abandono basta luego para que la fe se
olvide y desconozca.

La _inmortal amiga_ era, pues, como Doña Guiomar: era la fe, la poesía,
el concepto más puro del alma del Doctor, olvidado, desconocido por una
maldición de la hechicera, que representaba y cifraba en sí ambición,
ciencia profana, codicia, vanidad, orgullo y otras malas pasiones.

Fuese quien fuese en el mundo real la mujer vestida de negro que una vez
se le había aparecido, el Doctor se sentía inclinado á convertirla en
figura alegórica. Hecha esta conversión, todo se explicaba con
facilidad. De la poesía no quedaba en el alma del Doctor sino el
egoísmo. En su desesperada modestia, creía que habían muerto en su alma
la devoción y la fe.

En otra noche de insomnio, lleno el Doctor del más doloroso abatimiento,
se culpaba á sí mismo, y todo lo justificaba á la vez.

--Bien miradas las cosas--pensaba,--más amor he alcanzado de Costancita
que el que yo le daba y el que yo merecía. ¿Por qué fuí á enamorarla y á
ver si me casaba con ella, sino por razones de conveniencia? Pues, si
fué así, harta razón tuvo ella para mirar también por lo que le convenía
y casarse con el Marqués, á cuya elevación y fortuna no era probable que
jamás hubiese yo llegado. Es cierto que algo de amor despertaron en mi
alma la hermosura y juventud de mi prima; pero amor tibio, vacilante,
incierto. Si yo la hubiese amado con todo el corazón, mi amor se hubiera
impuesto y hubiera hecho nacer en el corazón de ella otro amor capaz de
sacrificio. ¿Por qué lamentarnos de la falta de amor, de amistad, de
ternura, que guardan para nosotros las demás almas humanas? ¿Les prodiga
la nuestra iguales tesoros, para exigir el cambio? ¡Ah! Yo amo con amor
inmenso; mas no para rendirme y sacrificarme en aras del objeto amado,
sino para hacerle todo mío. La fuente del verdadero amor está seca para
mí. El verdadero amor empieza por conceder á su objeto cuantas
perfecciones y excelencias le hacen amable; y después que le ha dado
tales excelencias y perfecciones, se postra ante él y le adora y se
ofrece en holocausto. El amor egoista, como el mío, anhela para sí un
objeto dotado de todas esas perfecciones; pero examina, critica y jamás
le halla. Entonces, dice:--Si yo encontrase una mujer como la que sueño,
¿qué sacrificios no haría por ella, qué virtudes no mostraría, con qué
afecto no la amaría? Por desgracia no la hallo, y nada de esto puedo
hacer. Mi amor sin objeto es también un amor sin obras. Si yo creyese en
el progreso de la humanidad, en el lazo estrecho que une las almas, en
la comunión de los espíritus, en el movimiento ascendente de todos los
corazones hacia la luz, el bien y la hermosura, ¿qué no sería yo capaz
de hacer para contribuir en algo á este progreso, á esa ascensión, á esa
ventura y grandeza del linaje humano? Por desgracia no creo mucho en
eso, y así es que no hago nada. Siento que haya en mi alma este amor de
la humanidad tan estéril. Si yo considerase que esta patria, este pueblo
ó nación de que formo parte es merecedor de todo amor, ¿quién sabe las
hazañas y heroicidades que haría por elevarle á la mayor altura? Pero no
hago nada, porque al cabo no estoy muy seguro de que esto que llamamos
la patria sea más que un terreno, como otro cualquiera, donde por acaso
he nacido, y de que esto que llamo mi nación pase de ser un conjunto de
hombres venidos de mil diversas regiones, de varias castas y orígenes, y
sin más vínculo que el de leyes, instituciones y creencias forzosamente
impuestas por los más poderosos á los más débiles. El amor de la patria
queda también estéril y sin objeto, á pesar de su intensidad. El amor de
la belleza y del bien es amor de abstracciones: es el amor de mí mismo,
si no hallo objeto fuera de mí que me parezca bueno y hermoso. Mi alma,
sin embargo, está enamorada. ¿A quién ama mi alma? Quizás ama un ideal
inasequible, que trabajo de continuo en forjar dentro de mí, sin llegar
nunca á dar el ídolo por terminado.

Otro objeto de amor más excelso, más comprensivo, reconocía el Doctor
que le convenía buscar para que su corazón se aquietase; pero no se
atrevía á negar la realidad de la existencia de ese objeto, y, de miedo
de encontrarse con un fantasma, no le buscaba.

El Doctor había leído las poesías desesperadas que privaban en aquella
época; pero aun no habían salido á luz, ó no habían llegado á su
noticia, las atrevidas especulaciones de los filósofos desesperados
novísimos. Schopenhauer y Hartmann no habían penetrado en Villabermeja.

No habían, con todo, sido pocos los libros materialistas é impíos que el
Doctor había leído. Veía además el pro y el contra de todas las
cuestiones, y la índole de su entendimiento le llevaba á dudar.

La melancolía de su alma, en aquellos días, lo pintaba todo con los
colores más negros.

Sin embargo, contra las negaciones que había hecho de todo objeto digno
de su amor, él mismo se presentaba varios argumentos.

--Es muy cómodo--decía,--negar el objeto digno. Así se disculpa la
pereza, la frialdad ó la cobardía. ¿Seré tal vez un miserable, incapaz
de todo arranque generoso, y para justificarme á mis propios ojos quiero
persuadirme de que no creo que haya un objeto que merezca que yo me
sacrifique por él, que iguale al amor?

Luego pensaba si los filósofos y los poetas pesimistas lo habían sido
por discurso y reflexión serena, ó por ser enclenques ó pobres, por
falta de salud ó de dinero. Mas suprimiendo esto último, no dejaba el
Doctor muy bien parado el orden de las cosas. ¿Por qué había de haber
dolores físicos ó miserias sociales de tal naturaleza, que cambiasen así
la condición de los hombres? Por otra parte, afirmar tal influjo era el
colmo del excepticismo: era afirmar lo vano é interesado y falso de todo
sentimiento y de toda idea. Si un sistema filosófico impío pudo provenir
de que su autor padecía del estómago ó de que no tenía dinero bastante,
ó de que no comía bien, también un sistema filosófico muy religioso y
optimista pudo provenir de que el autor gozaba de envidiable salud y
tenía satisfechas todas sus necesidades.

Cuando el Doctor llegó á este punto en sus cavilaciones, recordó
sonriendo unos versos muy conocidos de Lope de Vega. Un lacayo,
disfrazado de médico, es consultado por un caballero que padece honda
tristeza, y se entabla este diálogo:

    --Nada me parece bien;
    Todos me son importunos.
    --¿Tenéis dineros?
                --Ningunos.
    --Pues procurad que os los den.

El remedio de la tétrica filosofía del Doctor, ¿era el mismo de que
hablaba el lacayo de Lope? En gran parte, sí. El Doctor tenía la
ingenuidad de confesárselo, si bien la confesión le humillaba y vejaba.
¿Por qué un alma tan grande como la suya se conmovía y trastornaba por
cosa tan accidental y de poco valer? Porque el Doctor quería ir á
Madrid, darse á conocer, brillar, hacerse famoso, y sin algún dinero no
podía lograrlo.

El Doctor procuraba consolarse de no ir á Madrid; procuraba desistir de
sus sueños de ambición y de gloria. Entonces se hacía un argumento ó
discurso parecido al que hizo no recordaba bien qué sabio á Pirro, rey
de Epiro, que se desvelaba é inquietaba, ansioso de conquistar el
mundo.--Conquistaré primero toda la Grecia, decía Pirro.--¿Y después?
preguntaba el sabio.--Después la Italia.--¿Y después?--El Asia menor y
la Persia, y la Bactriana y la India, y, por último, toda la tierra.--¿Y
después?--volvía á preguntar el sabio.--Después me reposaré triunfante y
seré dichoso.--Pues haz cuenta que ya lo conquistaste todo: sé dichoso y
repósate.

Este coloquio, si tenía fuerza para convencer á Pirro, que al fin soñaba
con la conquista del mundo, mayor fuerza debía tener para el Doctor,
quien, en sus mayores raptos ambiciosos, ni soñaba ni podía soñar sino
con ser, por unos cuantos meses,

    Uno de los cien Ministros
    Que al año vienen y van,

en un país que, lejos de conquistar los otros, no sabe conquistarse á sí
mismo.

Algo más tranquilo el Doctor después de este razonamiento, pensó en
dedicarse á la vida contemplativa, desechar la práctica por la _teoría_.
¿No está acaso en la _teoría_ la suprema felicidad y el verdadero fin
del hombre? El universo podrá estar mal, si se atiende al bien de los
seres que le pueblan. La vida será un triste presente: el dolor físico y
el dolor moral quedarán inexplicables. De todo esto prescindía el Doctor
por lo pronto. Pero ¿cómo negar el grandioso espectáculo que nos ofrece
esta máquina del mundo? ¿Cuánto no queda aún por descubrir, por
investigar y hasta por ver en dicha máquina, así en las partes como en
el conjunto? Y no sólo en lo que es ahora, sino en lo que ha sido y en
lo que ha de ser. ¿Qué origen tuvo todo ello? ¿Cuál será su fin? ¿Dónde
está el propósito? Dado que estas preguntas pudiesen tener satisfactoria
contestación, lo mismo se podía escuchar la voz del oráculo revelador en
Villabermeja que en la heroica villa de Madrid, capital de todas las
Españas.

Aunque sin meterse en honduras científicas ni en averiguaciones de
ningún género, bien podía el Doctor darse por pagado de ver las cosas
como poeta, admirándolas y celebrándolas; limpiando bien el alma de
malas pasiones, para que fuese bruñido y claro espejo que reflejase el
mundo dentro de sí, no sólo en cuanto se extiende y dilata por los
espacios, sino en su prolongación en los tiempos, con todas las series
sucesivas de creaciones y manifestaciones que en él ha habido.
Confesemos que la hermosa casa solariega de Villabermeja era cómodo y
regalado asiento para asistir á esta representación magnífica y
perpetua. El alma del Doctor, además, al reflejar en sí todas las cosas,
no lo haría sin gracia y desmañadamente, sino que las hermosearía y
perfeccionaría según ciertas leyes de buen gusto y de elegancia,
tachando defectos y errores, produciendo armonías y creando, en suma,
para sí un universo mil veces más bello. Aunque el Doctor no hiciera más
que esto en toda su vida, ¿quién ha de negar que cumpliría con una gran
misión? Pues, ¿de qué vale el universo y toda su hermosura, si no hay
inteligencia que le mire y le comprenda? Decidido el Doctor á
consagrarse á esto, no tendría ya que preguntarse con pena ¿para qué
sirvo? Serviría para justificar la creación.

Por desgracia, ahondando un poquito más el Doctor en estas reflexiones y
soliloquios, se encontró con una dificultad aterradora. Para la práctica
ya había visto que sin amor nada podía; para la teórica halló también
que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba
con amor, y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, ó
al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor
era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor
hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el
poeta, y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba. Quería convencerse
primero, sin ningún amor, de que un objeto era bueno, muy bueno, y
después amarle. No sentía el rapto generoso, la noble confianza del alma
enamorada, que se lanza con amor al objeto y luego le halla bueno y
bello.

Crea el lector que me pesa ahora de haber elegido para mi cuento un
personaje de tan enmarañado carácter como el Doctor Faustino. Me obliga,
contra mi gusto, á escribir este largo soliloquio que debe aburrirle;
pero ya no podemos retroceder. Yo procuraré ser breve, aunque mucho se
quede por decir.

Desesperado el Doctor de no amar lo bastante, así para la vida práctica
como para la vida especulativa, en lo que tienen de más egregio, volvió
á su tema de hacer una vida práctica y especulativa á la vez, más llana
y más vulgar, y volvió á soñar con ir á Madrid en busca de aventuras y
de triunfos. La falta de dinero, el grande obstáculo, apareció en
seguida ante sus ojos.

Una sola bujía alumbraba el salón en que se hallaba. La luz iluminaba
apenas los retratos de los ilustres Mendozas. Todos ellos eran menos que
medianos, salvo el de la coya. El Doctor los miró casi con ira, porque
le habían dejado un nombre y no le habían dejado riqueza. Tuvo gana de
pegarles fuego. También pensó llevárselos á Madrid y ponerlos en un
baratillo, á ver si los compraba algún usurero ó algún publicano que
quisiera ennoblecerse y tener ascendientes, prohijándolos, ó mejor
dicho, _propadrándolos_. Pero ni esta esperanza le daban sus
ascendientes. ¿Qué publicano ó qué usurero es tan tonto en el día, que
busque ascendientes y no vea en sus contratas y suministros títulos de
sobra para tener todos los títulos? Y no sin razón, pensaba el Doctor.
Desechadas mil preocupaciones, no había de conservar él la menos
filosófica: la de la nobleza. Ya que había renegado de todo, se empeñó
en renegar hasta de su casta.--Vosotros--dijo á sus ascendientes,--no
valíais más acaso que el contratista que funda hoy su nobleza.

El largo insomnio había excitado de tal suerte sus nervios, que el
Doctor, en aquella soledad, en el silencio de la noche, con la luz de
una sola bujía que, iluminando muebles y cuadros, formaba mil sombras
caprichosas en las paredes, imaginó que todos sus ascendientes ofendidos
se destacaban de los marcos y caminaban contra él deslizándose como
espectros. Hasta la coya se reía entre compasiva y burlona. El ambiente
se hizo sofocante, como si respirasen allí todos los personajes de los
retratos, vueltos á la vida, y como si su respiración fuese de fuego. El
Doctor tuvo calor y frío á la vez; pero no tuvo miedo sino de volverse
loco. Hubiera sido indigno de un filósofo suponer que retratos pintados
habían de echar á andar para darle un susto ó embromarle de alguna
manera.

El Doctor, no obstante, fué hacia la ventana, que estaba cerrada, aunque
era á principios de Mayo, y para respirar el aire libre abrió de par en
par maderas y cristales.

El sitio á donde daba la ventana que abrió el Doctor era poco risueño.
En primer término, la calle solitaria y sin salida. Las tapias del
corralón que servía de cementerio, enfrente. Y á la derecha, uno de los
torreones cilíndricos del castillo, sobre el cual se apoyaba la casa.
Más allá de las tapias del corralón se levantaban los muros de la
iglesia, y se veía un poco del arco y pasadizo que con el castillo la
une. Antes del arco formaba la casa un recodo. La luna llena iluminaba
la calle, sin gente y sin más ruido que el formado por un viento manso,
que doblaba la larga yerba que crecía en la misma calle y encima de las
tapias del corralón.

En nada de esto se fijó el Doctor al abrir la ventana. Otro objeto más
importante absorbió toda su atención en el momento. Frente por frente de
la ventana, junto á la tapia del corralón, iluminado el rostro por la
luz de la luna, inmóvil como una estatua, con dolorosa expresión en el
semblante, tal vez con lágrimas en los hermosos ojos, vió el Doctor á
una mujer alta, delgada, vestida de negro, y creyó reconocer á su
_inmortal amiga_.

--¡María! ¡María!--exclamó; pero no le respondió la mujer. La mujer echó
á andar hacia el arco.

--¡María!--dijo el Doctor de nuevo.

Entonces creyó notar en todo el cuerpo de la mujer un temblor, un
estremecimiento nervioso; pero ella ni contestó ni volvió la cara.

De buena gana se hubiera el Doctor lanzado á la calle para perseguir á
su visión. La gruesa reja de hierro que tenía la ventana impidió la
realización de su deseo.

¡María!--dijo el Doctor por tercera vez; y entonces dió la vuelta á la
esquina la mujer vestida de negro y el Doctor la perdió de vista.

Precipitadamente tomó el Doctor el sombrero, salió al patio, abrió la
puerta que daba al zaguán y quitó la tranca que defendía la puerta
exterior. La llave, por fortuna, estaba puesta. Abrió la puerta exterior
y fué corriendo en busca de su _inmortal amiga_, que debía estar aún á
pocos pasos de distancia.

Eran las tres de la mañana. No había un alma en las calles. El Doctor
las pasó y examinó todas dos ó tres veces. Dió vuelta á la iglesia y al
castillo; saltó por cima de las tapias del corralón, y hasta en aquella
mansión de los muertos buscó á su _inmortal amiga_. Todo fué en balde.
Parecía que se la había tragado la tierra.

Pensó luego el Doctor si estaría en el campo, y salió al campo, y anduvo
por los caminos sin saber dónde iba, hasta que despuntó la aurora.

Las campanas tocaron á misa primera, y el Doctor se decidió á oir
aquella misa. Quizás vería en la iglesia á la mujer misteriosa, como la
había visto la niña Araceli.

Tampoco vió en la iglesia á la mujer misteriosa.

El Doctor estaba tan inconsecuente, tan fuera de sí, tan otro, que, á
pesar de su impiedad filosófica, hizo por modo extraño algo como
oraciones y súplicas al Jesús Nazareno, de que era hermano mayor, y al
santo pequeñito, patrono del pueblo, á ver si le ayudaban á dar con su
_inmortal amiga_. Los poderes sobrenaturales fueron sordos á la voz del
Doctor y no le mostraron lo que buscaba.



[Imagen decorativa]

XIV.

PENITENCIA PARA EL DIABLO


La nueva aparición, confirmando más á D. Faustino López de Mendoza en la
creencia de que su _inmortal amiga_ era un ser vivo, y persuadiéndole de
que estaba en Villabermeja, le excitó á buscarla con ahinco. Pasmoso
era, sin duda, que se ocultase tan bien en lugar tan pequeño; pero el
Doctor perdió la esperanza de hallarla como no fuese registrando casa
por casa.

Este asunto de la mujer misteriosa le pareció de tal condición, que no
quiso fiarse de Respetilla para que le ayudase en sus averiguaciones.
Por motivos opuestos, y quizás más poderosos se guardó bien asimismo de
decir nada á su madre. Cuando María (la llamaremos así, ya que el Doctor
así la llamaba) se escondía tanto, razones poderosas tendría para ello.
Si el Doctor se hubiera confiado á Respetilla, hubiera expuesto á María
á que la descubriesen. Confiándose á su madre, la hubiera llenado de
recelos. Sabe Dios lo que imaginaría su madre de mujer que así se
ocultaba.

Sólo había otra persona, cuyo sigilo era grande y cuyo afecto hacia el
Doctor era mayor aún. Á ésta pensó en confiarse para que le ayudase á
descubrir á María. Dábase la circunstancia de que esta persona era la
más á propósito que había en toda Villabermeja para poner en claro un
misterio y despejar una incógnita. Apenas había familia que no
conociese, ni lance que no supiese, ni amores que ignorase, ni pendencia
matrimonial de que no tuviese noticia. Sabía esta persona hasta lo que
comían en cada casa. Si ella no daba, pues, con la _inmortal amiga_, la
_inmortal amiga_ era un ser _inaveriguable_ y utópico, por más que fuese
al mismo tiempo real, visible y tangible. La persona en quien pensó el
Doctor para que le ayudase en las investigaciones era su propia nodriza,
el ama Vicenta, la cual, desde que le crió, seguía en la casa, sirviendo
á Doña Ana.

Ya estaba resuelto á confiárselo todo, cuando, dos días después de la
aparición de María, fué el Doctor á su quinta en la jaca. La casera
estaba sola á la puerta de la quinta mientras que el casero cavaba.

--Señorito--dijo la casera,--esta mañana me entregaron un papel para su
merced.

--¿Quién le entregó?--preguntó el Doctor.

--Un forastero á quien no conozco.

--Venga ese papel,--dijo el Doctor.

--Aquí está,--contestó la casera dando á don Faustino un pliego cerrado,
que él recibió con emoción extraordinaria, pensando reconocer en la
letra del sobrescrito la mano de la mujer misteriosa.

Salió entonces en medio del campo, y mirando antes á todas partes para
cerciorarse de que nadie había por allí que pudiese verle ó
interrumpirle, abrió la carta y leyó lo siguiente:

»No ha sido mi propósito presentarme á tus ojos ni herir tu imaginación
con el prestigio de lo sobrenatural. Mi alma soñadora, anhelando
explicarse esta fuerza invencible que me lleva hacia tí, descubre, tal
vez se finge, otras existencias, en que tú y yo, sin obstáculo alguno
que entre nosotros se interpusiese, nos amamos y fuimos dichosos; pero
no pretendo imponerte esta creencia. Mi alma cree también que, durante
el sueño, desprendiéndose, por obra del amor, del cuerpo que anima,
vuela y se pone á tu lado; mas no aspiro tampoco á que lo creas. Yo te
amo, y sólo aspiro á que me ames. Tengo miedo, no obstante, de lograr lo
mismo á que aspiro. ¿Para qué aspirar á que me ames, si no es posible,
en esta vida, que nuestro amor nos dé ventura? De aquí lo singular de mi
proceder. De aquí el huir de tí y el buscarte. La prudencia me induce á
huir; el amor me lleva á tí á pesar mío.

»Hay además en mi vida un misterio horrible que no quiero, que no debo
revelarte. Hay algo que está en mí y no está en mí, y que me hace
indigna de tu amor. No presumas ni sospeches por eso que reside la
indignidad en lo que es mi persona.

»Un diamante se conserva entero, puro, aunque caiga en el fango.
Impenetrable á toda substancia corrosiva, sólo la luz penetra en su seno
y le alegra y le llena de claridad y de hermosura. Tú eres la luz, mi
corazón es el diamante.

»Una pequeña semilla cayó en la tierra. El sol, con su calor divino, la
fecundó. Allí brotó una planta lozana, y en la planta una flor; pero no
abrirá el cáliz ni dará su aroma si el sol, que eres tú, no lo acaricia.

»Mucho tengo que agradecerte, aunque no lo sabes. Ser flor y diamante te
lo debo á tí, que eres mi sol y mi luz. La firmeza para resistir al
fango en que había caído te la debo á tí, mi luz, y fuí diamante y no
fango. El brío, la fuerza para ascender á la región serena del aire,
saliendo del seno inmundo de la tierra, te lo debo á tí, mi sol, que con
tu divino calor hiciste subir por el tallo, hasta el sellado cáliz, las
esencias suaves y delicadas que son tuyas y para tí se guardan.

»Abandonada de todos, ruda, ignorante, ni los sagrados misterios de una
religión que yo no comprendía, ni los santos que están en los altares,
y cuya vida y cuyas virtudes yo ignoraba, hubieran evitado mi
perdición. Dios quiso salvarme por tu medio. Dios, sin duda, infundió en
mi alma una admiración hacia tí, que ha levantado mi espíritu y le ha
hecho apto para concebir todo lo bueno. La preocupación constante de no
hacerme indigna de tí, de no perder toda esperanza de que me estimases,
ha sido mi escudo y mi defensa en los primeros años de mi vida.

»Más tarde vino el espíritu consolador y me llevó á su lado. A su lado
se ha abierto mi alma á todas aquellas ideas nobles y á todos aquellos
sentimientos generosos de que es capáz por su semejanza con Dios. Yo,
sin embargo, aunque lejos ya de tí, no pude olvidarte. Antes bien
recordaba con más viveza que la primera iluminación de mi alma fué obra
tuya. Cuanto yo aprendía luego, cuanto por estudio y natural discurso
alcanzaba, lo veía como cifrado é incluído en aquella primera
iluminación de que tú fuiste causa. De esta suerte creció mi amor hacia
tí. Como germen caído en terreno inculto, así tu amor cayó en mi alma.
Todo cultivo posterior, lejos de extirpar el germen, ha contribuído á
que se desenvuelva y brote con lozanía.

»Hasta la ausencia, el no verte en muchos años, poetizó más y más tu
recuerdo. Te he vuelto á ver y no has desmerecido á mis ojos del
concepto que de tí tenía, fundado en recuerdo tan poético. Así es que
toda soy tuya. No dejaré de amarte aunque no me ames; no dejaré de
amarte aunque me aborrezcas ó me desprecies.

»Si te oculto quien soy, tengo para ello razones poderosas. Respétalas y
no me persigas.

»No hables de mí con nadie; te lo suplico.

»Si me amas, yo lo adivinaré y te buscaré. ¿Podré huir de tí, podré
resistirme si me amas?

»Si no me amas, ¿para qué turbar con mi presencia tu sosiego? De mi amor
mismo, aunque me abandonase y fuese toda tuya, no tomarías ni gozarías
sino aquella mínima parte, quizás la más vulgar y grosera que tú fueses
capaz de sentir por mí. Tal es la condición del amor. Quien guarda para
alguien todos sus tesoros, jamás podrá darlos, por más que lo desee,
como la persona amada no produzca y dé en cambio iguales tesoros de
amor.

»La otra noche me viste por acaso y á pesar mío, abriendo de repente la
ventana de tu cuarto. Tú me verás de más cerca, tú me verás junto á tí y
por mi voluntad, si llegas á amarme. Tal vez me verás, aunque no llegues
á amarme, si no logro vencer esta inclinación que me lleva hacia tí
anhelante de un momento de felicidad, por más que sea menester comprarla
á costa de tu desvío y de un siglo de tormentos. Adiós.--Tu _María_.

«El primer efecto que hizo la lectura de esta carta en el ánimo de D.
Faustino, fué el de excitar el deseo más vehemente de buscar y de
hallar á la mujer misteriosa.

A pesar de la súplica que contenía la carta, diciendo--_No me
persigas_,--el Doctor hizo cuanto pudo, aunque en balde, por descubrir á
aquella mujer.

El otro precepto de la carta--_No hables de mí con nadie; te lo
suplico_,--hizo más fuerza en la voluntad del Doctor. Por no faltar á él
no se atrevió á hablar de María ni siquiera con el ama Vicenta.

Pasaron, pues, ocho ó diez días, durante los cuales leyó el Doctor la
carta cien veces, meditó sobre ella y no halló rastro de la persona que
la había escrito.

Trasladado á lenguaje llano, el contenido de la carta daba de sí lo que
sigue:

María era de Villabermeja. Nacida de lo más vil y abyecto de la sociedad
había visto y admirado al Doctor cuando niña, enamorándose de él. Esta
pasión sublime, engendrada en el alma antes de que María llegase á la
adolescencia, la había salvado de perderse para siempre. La carta se
expresaba á las claras sobre este punto. De ello no podía dudar el
Doctor, por más que no recordase á ninguna chica pobre de ocho á diez
años á quien hubiese podido inspirar una pasión. Algún alma caritativa
(y el Doctor menos que nadie, porque estaba siempre en Babia, podía
adivinar quién fuese) se había después llevado á María y la había
educado. La educación y la ausencia, lejos de destruir el amor de ella
hacia el Doctor, le habían poetizado y sublimado.

Impulsada de este amor irresistible, María, á pesar suyo y conociendo
que dicho amor no podía tener término feliz, perseguía al Doctor y
procuraba enamorarle.

D. Faustino López de Mendoza, aunque viciado por las malas lecturas y
por la triste ciencia de su siglo, tenía excelentes prendas, corazón
generoso y una sinceridad nobilísima. Tenía además veintisiete años.

Soñaba, pues, con amar y ser amado; pero ni quería engañar á los demás
ni engañarse á sí mismo. ¿Qué razón había para que amase ya á la mujer
misteriosa? Apenas la había visto, apenas había hablado con ella.

Sin embargo, tal era la inclinación de D. Faustino á todo lo poético y
extraordinario, que se esforzó por quedar enamorado de su María.

Se dice de algunos personajes que perdieron la fe, y que, con fervoroso
deseo de recuperarla, hicieron durante meses y años como si la tuvieran:
rezaron sin creer en el rezo, cumplieron todos los preceptos y se
sometieron escrupulosamente al rito. Así creyeron al cabo. Quien esto
escribe conoce á un sujeto, que hoy está en opinión de santo, y que
durante el período de su transformación asistía á una reunión de
racionalistas y descreídos.

--¿Dónde va V., D. Fulano?--le preguntaban cuando se retiraba.--Voy á
hacer _guasa_ religiosa--contestaba él. Hasta que á fuerza de hacer esta
_guasa_, acabó por tomarlo todo por lo serio y ser casi un bendito
siervo de Dios, como es en el día, sahumando y aromatizando con el
perfume de su santidad el campamento de D. Carlos VII.

El carácter del Doctor era inflexible. No podía el Doctor, por nada en
el mundo, hacer _guasa_ amorosa, ni de ninguna clase. Si el verdadero
amor había de venir en pos de la _guasa_, aunque no viniese nunca.

Y, sin embargo, _la inmortal amiga_ interesaba al Doctor. Su alma estaba
ansiosa de amarla. Mas para amar lo que no se ve ni se toca, ¿por qué
amar á una mujer? Ámese la ciencia, la belleza ideal, la poesía increada
antes de revestir una forma, la perfección moral irrealizable en esta
vida que vivimos: ámese á Dios, en suma.

Amar á una mujer con fervor semejante al que debe emplearse en el amor
de estas cosas más altas, es una idolatría; idolatría que no se
comprende si no se ve ó si no se toca el ídolo.

Dante, gran maestro de amor, lo había dicho en una admirable sentencia;
salvo que Dante cometió la injusticia de acusar sólo á las mujeres de
este linaje de materialismo. Dante deplora lo poco ó nada que

    _.....in femmina fuoco d’amor dura_
    _Se l’occhio o il tatto spesso nol riaccende._

¿Por qué no deploró y confesó Dante el mismo defecto en el hombre?

Tal vez el gran poeta confundió con el amor verdadero la adoración de la
mujer como figura simbólica y como alegoría y personificación de la
ciencia divina, de la inspiración poética y hasta de la patria. Así amó
él á Beatriz. Así amó Petrarca á Laura. ¿Podía el Doctor amar así á su
María?

Antes de recibir la última carta no hubiera sido difícil. Después de
recibida la última carta era casi imposible. A la mujer que ha de ser
objeto de un amor de este género importa que las circunstancias la
levanten por cima del amador, la pongan como en un pedestal, la
encierren como en un impenetrable santuario. Esto tal vez no basta, por
último, y es menester que venga la muerte y la arrebate á misteriosas
esferas, y deje sólo de ella, en este bajo suelo, un fantasma etéreo, un
simulacro divino, forjado por la mente, y cuya mera aproximación á
nosotros, ó soñando ó velando, nos encumbre al paraíso y nos traiga como
un subido deleite y como un sabor prematuro de eterna bienaventuranza.

El Doctor, reconociendo con humildad que no lo merecía, había sido y era
para su María lo que Beatriz para Dante. Estaban, por un capricho de la
suerte, los papeles trocados. Pero ¿cómo hallar él en María á su Beatriz
ó á su Laura, después de la confesión ingenua que en su última carta
María le había hecho?

El Doctor, pues, muy á pesar suyo, tuvo que confesar que deseaba la
presencia de María; que su amor, fuese ella quien fuese, lisonjeaba su
amor propio; que sentía hacia ella piedad, profunda simpatía y hasta
cierta ternura, pero no verdadero amor. Ni siquiera sentía el amor
simbólico y metafísico de Dante y Petrarca por sus dos queridas,
verdaderamente inmortales.

Lejos de sosegar esta confesión el ánimo del Doctor, le atormentaba con
amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el
mayor de los tormentos.

Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad
corporal. Paseaba desaforadamente á pie y á caballo; los combates al
sable con Respetilla eran cada día más largos y feroces; tiraba á la
barra; levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó á tomar el azadón
y cavó con ahinco hasta derretirse sudando; pero, al consumir y gastar
así sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la
inflamada vehemencia del espíritu.

Respetilla no era tonto; quería bien á su amo; recelaba que, en aquella
vida solitaria que estaba haciendo, acabaría por volverse loco, y no
dejaba ningún día de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y
que ya que por falta de dinero no le era dable irse á vivir á la corte,
hiciese de la necesidad virtud; se figurase que Villabermeja era en
substancia lo mismo que Madrid, y tratase á la gente de Villabermeja,
distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas
de sus paisanos, entre las cuales las había muy bonitas, alegres y
discretas.

Una mañana, después del combate al sable, Respetilla habló de este modo:

--¡Alabado sea el poder de Dios, y lo que ve el que vive! Cosas hay que
no las creyera quien no las viera. Tenga por cierto su merced que jamás
he dudado yo, antes he creído muy natural, que haya habido ermitaños
penitentes, que se zurrasen de lo lindo con unas tremendas disciplinas,
no comiendo más que hierbas y no bebiendo más que agua, no pensando en
amores ni en amistades, y viviendo en la soledad; pero, al cabo de esta
amarga vida, alcanzaban tales ermitaños la gloria eterna, la música
celestial y qué sé yo cuántas delicias. Para ganarse la voluntad de Dios
bien pueden hacerse sacrificios. Lo que no comprendía yo, hasta que lo
he visto en su merced, es que haya también ermitaños y penitentes del
diablo. Si la mitad de la penitencia, del recogimiento, de la
abstinencia, de las vigilias y estudios en que su merced consume su
mocedad y su vida, se encaminasen á agradar á Dios, nada tendría yo que
decir, sino que su merced era un santo. Lo malo es que yo sospecho que
su merced no se sacrifica sino para dar gusto al diablo, que al fin no
tiene gloria que darle, ni siquiera le da, en esta vida, dinero y poder,
aunque sea á trueque del infierno en la otra. Jamás había yo querido
creer en las brujas, porque no comprendía qué gusto habían de tener, al
ver tan perdidas á las que pasaban por tales, en servir al diablo sin
recibir salario. Ahora empiezo á creer en la brujería. No se ofenda su
merced, señorito. Su merced es brujo, y está dando culto al diablo y
sacrificándole su mocedad y su existencia.

--Yo no doy culto al diablo--contestó el Doctor, no poco lastimado del
tino con que Respetilla le atacaba:--yo doy culto á la necesidad
invencible. Si á eso llamas tú _diablo_, sea enhorabuena: doy culto al
diablo.

--¿Y qué necesidad tiene su merced de vivir como vive?

--¿Puedo, acaso, vivir de otro modo? Donde quiera que yo fuese haría un
papel ridículo sin un cuarto. ¿Á qué oficio voy á ponerme, si no sirvo
para nada? No hay más que resignarme á vivir en Villabermeja. Y aquí,
¿qué otra vida he de hacer que la que hago?

--¿Y por qué no hacer aquí otra vida?--replicó Respetilla.--¿Para qué
desea su merced ir á Madrid? Sin duda para tratar á aquella gente. Pues
trate su merced á la de aquí, y se ahorrará el viaje. Pues qué, ¿la
gente de Madrid es distinta de la de Villabermeja? Todo se va allá,
señorito.

--Vamos, ¿y dónde está esa gente? ¿Con quién te parece á ti que me
trate?

--Con todo el mundo. Hay, además, una casa á donde yo quisiera que fuese
su merced, porque allí se divertiría.

--¿Y cuál es esa casa?

--La de mi señor compadre el Escribano.

--Pues si sus hijas me detestan.

--Detestan á su merced porque su merced no va á verlas. Las pobrecillas
están picadas.

--¿Cómo sabes tú eso?

--Toma, porque me lo han dicho. Yo hablo mucho con las dos, y sobre todo
con Jacintica, la viuda del guarda, que las acompaña siempre y va con
ellas á misa, visitas y paseo. Ramoncita, la hija menor del Escribano,
es muy bonachona, y hace lo que quiere Rosita, su hermana mayor. Pronto
la casará con el hijo del boticario, que está ya acabando la carrera, y
dentro de pocos meses será médico. Rosita, en cambio, no tiene novio,
ni quiere tenerle, aunque ya pasa y más que pasa de veinticinco años. ¿Y
para qué, si es libre, rica, señora de su casa, y dispone del caudal y
manda en su hermana y en su padre y en cuantos la rodean?

--¿Querrá también mandar en mí?

--No, sino ser mandada, por lo que yo barrunto.

--Respetilla--dijo D. Faustino,--tú eres un tentador, un verdadero
diablo, y me propones un disparate, por no decir otra cosa. ¿A qué he de
ir yo á ver á Rosita? ¡Bueno fuera que creyese Rosita que yo iba á
pretenderla, en busca de su dote, como fuí en busca del de Doña
Costanza, é imitase á mi prima, _calabaceándome_!

--Yo conozco á Rosita, y sé que no pensará semejante cosa. Ni sueña en
casarse con su merced, ni menos en darle calabazas.

--Pues entonces, ¿en qué sueña?

--En broma y palique. Aquí no tiene con quién hablar. No hay más novio
posible para ella que el hijo del boticario, que corre ya por cuenta de
su hermana. Rosita ha leído muchas novelas é historias y es muy
elegantona. Conversar con su merced, sin proyecto de ninguna clase,
sería para ella el colmo del contento. Dice Jacintica que ella dice que
su merced sólo es capaz de entenderla en Villabermeja; que para los
demás patanes de por aquí está ella como si estuviera en griego. Dice
también Jacintica que en todas las ferias donde ha estado Rosita ha
pasado por de Sevilla ó de Granada, cuando no por de Madrid, y que nadie
ha sospechado que fuese de Villabermeja. Tan bien se viste, y tan
atinada y _afilustrada_ es en cuanto habla.

--Tú acabarás por hacerme creer que Rosita es un dije--exclamó D.
Faustino.

--¡Ya lo creo que lo es! Y no de similor, sino de oro. Y luego, ¡lo que
sabe! ¡Dios mío, lo que sabe! ¡Y qué genio! Ya, ya... Hasta á su padre
le tiene metido en un puño... El Escribano, ya sabe su merced, tiene su
por qué. ¿Estamos?... La niña del secretario del Ayuntamiento: la
Elvirita, viuda del capitán... Pues nada: no se lleva Elvirita sino lo
que Rosita quiere que se lleve. Y en vez de ser Rosita la que adula y
sirve á Elvirita, sucede lo contrario. Elvirita está con Rosita casi tan
humilde como una criada.

--¡Hombre, tú me cuentas de Rosita verdaderos milagros!--dijo el Doctor.

--¡Pues á fe que es ella poco milagrosa!

--Y dime--continuó D. Faustino,--¿el Escribano está por la noche de
tertulia con sus hijas?

--Casi nunca: de día está el Escribano en los negocios de su oficio, y
de noche arrullando á su tórtola. La tertulia de las hijas del
Escribano se suele reducir al hijo del boticario, novio de Ramoncita, y
á Jacintica, y nada más. ¿Quiere su merced verlo? Venga conmigo esta
noche.

D. Faustino puso aún algunas dificultades; pero empezaba á sentirse tan
aburrido y le había hecho tal impresión el que Respetilla le llamase,
con tan certero instinto, ermitaño y penitente del diablo, que decidió
al fin dejar la penitencia diabólica y salir en busca de aventuras,
aunque fuese _encanallándose_ en Villabermeja.

FIN DEL TOMO I



ÍNDICE DEL TOMO I.


                                                                _Páginas._

A mi querido amigo D. Ramón Rodríguez Correa                           5

Introducción. Donde se trata de Villabermeja,
de D. Juan Fresco y de las ilusiones en general                        7

I.--La ilustre casa de los López de Mendoza                           49

II.--¿Para qué sirve?                                                 65

III.--Plan de Doña Ana                                                91

IV.--Doña Costanza de Bobadilla                                      107

V.--Primera impresión                                                123

VI.--Carta del Doctor á su madre                                     143

VII.--Preliminares de amor                                           153

VIII.--Al pie de la reja                                             173

IX.--Entrevista misteriosa                                           185

X.--La niña Araceli                                                  201

XI.--Actividad diplomática                                           219

XII.--El marqués de Guadalbarbo                                      237

XIII.--Examen de conciencia                                          245

XIV.--Penitencia para el diablo                                      275

                   *       *       *       *       *

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                        En La Imprenta Alemana
                          En Madrid Á Xv Días
                              De Julio De
                              Mcmvi Años

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