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Title: El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Author: Torre, Rafael Martínez de la, Payno, Manuel, Palacio, Vicente Riva, Mateos, Juan A.
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro rojo, 1520-1867, Tomo I" ***

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                             EL LIBRO ROJO

                               DE VENTA



                 CORRESPONDENCIA DE JUÁREZ Y MONTLUC,

                   Antiguo Cónsul General de México

        Acompañada de numerosas cartas de personajes políticos,
                  relativas á la Expedición de México

=Resumen=: Prefacio histórico.--Autobiografía.--=Capítulo I.
(1858-1860).=--I. Elsesser, cuñado de Jecker.--II. El Presidente
Juárez.--III. Morny y las minas de Sonora.--=Capítulo II. (1861)=.--I.
Almonte é Hidalgo.--II. Los bonos de Jecker.--III. Saligny.--IV. Cámara
Sindical de exportación.--=Capítulo III. (1862).=--I. El príncipe
austriaco.--II. Lorencez y Zaragoza.--III. Cartas al Emperador.--IV. El
general Forey.--V. Sus proclamas.--VI. Jecker protegido del ministro de
Prusia.--VII. El Congreso Mexicano.--VIII. Drouyn de Lhuys.--=Capítulo
IV. (1863).=--I. El Gobierno Mexicano aprueba los pasos conciliatorios de
su Cónsul General en París.--II. Nuevas proclamas del general
Forey.--III. Una consecuencia del negocio Jecker.--IV. Proceso de los
Cónsules.--V. Entrada de las tropas en México.--VI. El Marqués de
Montholon.--=Capítulo V. (1864-1866).=--I. El Imperio en México.--II. 1867
¡la catástrofe!--=Capítulo VI. (1867-1872).=--I. Juárez entra en
México.--II. México se levanta.--III. Guerra de Prusia.--IV.
Conclusión.--V. Ultima carta de Juárez.--DOCUMENTOS JUSTIFICATIVOS,
etc., etc.

           Ejemplar, rústica                      $1 50

                       Para pedidos: ANGEL POLA

                    MÉXICO, CALLE DE TACUBA NÚM. 25

 ADVERTENCIA.--Ningún pedido será servido sin el pago anticipado de su
importe. El pago en timbres postales tiene un recargo de 15 por ciento.



                             EL LIBRO ROJO

                               1520-1867

                                  POR

                  VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,

                            JUAN A. MATEOS

                     Y RAFAEL MARTÍNEZ DE LA TORRE

                                TOMO I

                                MEXICO

               A. POLA, EDITOR, CALLE DE TACUBA, NÚM. 25

                                 1905

         Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley



MOCTEZUMA.[1]


I

Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del
Imperio Azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se
retrataban en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la
ciudad.

Un gallardo mancebo que hacía veces de una divinidad, y que por esto le
llamaban _Izocoztli_, velaba silencioso y reverente en lo alto del
templo del dios de la guerra.

Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostándose
en una piedra labrada misteriosa y simbólicamente, tiene un sueño
siniestro. Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni
aún explicarse confusamente lo que le ha pasado. Sale á la plataforma
del templo, levanta la vista á los cielos, y observa asombrado en el
Oriente una grande estrella roja con una inmensa cauda blanca que
cubría al parecer toda la extensión del Imperio. Apenas ha mirado este
fenómeno terrible en el firmamento, cuando cae con la faz contra la
tierra, y así, casi sin vida, permaneció hasta que los primeros rayos
del sol doraron las torres del templo. Alzó entonces el Izocoztli la
vista á los cielos, y la estrella había desaparecido[2].


II

Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del Emperador. «Señor
temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de
fuego en los cielos.»

Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él mismo
permaneció en observación en la azotea de su palacio, y á cosa de las
once vió aparecer repentinamente la fatal estrella roja.

Al día siguiente mandó llamar á todos los adivinos y hechiceros de la
ciudad. Ninguno había visto nada. Nadie se atrevía á interpretar la
aparición misteriosa de los cielos.

Moctezuma mandó llamar á los justicias. «Encerrad, les dijo, á todos
estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni
de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.

«Marchad después por todos los lugares de mi reino y haced que las casas
de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme
arrastrando del cuello por las calles á todos los que teniendo la
obligación de observar los cielos y de interpretar las señales de los
dioses, nada han visto, ni nada han dicho á su Rey.»

La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de
hambre y de sed en las jaulas, y á los pocos días los muchachos de las
escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello á los adivinos de
las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos
sangrientos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y
poderoso Señor Moctezuma II[3].


III

Una tarde, quizá con la intención de ir á la corte de Texcoco, el
Emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes
cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de
una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron á agitarse y á
hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.

Moctezuma se retiró á su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar
la cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que
había ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por
el puente de Xoloco, construído de intento con fuertes maderos, crujió
repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose
consigo al sumo sacerdote y á la mayor parte de los que la conducían.

En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol
el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima
de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad
descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.

Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al
sabio Rey de Texcoco.

Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una
entrevista solemne.

Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de
sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y
tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente
de él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.

--Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la grande
estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?

--La he visto, contestó el Rey de Texcoco.

--¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?

--Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.

Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una
palabra.

--Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey
de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes
de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los
campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era
precursora de la otra más funesta.

--¿Qué anuncia, pues, la estrella?--preguntó Moctezuma con una voz que
apenas le salía de la garganta.

--«Habrá en nuestras tierras y señoríos, continuó el de Texcoco, grandes
calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos
innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión
del Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del
aire y del fuego.»

Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó á llorar diciendo:
«¡Oh, Señor de lo criado! ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitais la
vida! ¿cómo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Señores
poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea
yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adónde huir? adónde
esconderme?»

--En vano el hombre quiere escapar, contestó tristemente el Rey de
Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu
tiempo, y lo has de ver. En cuanto á mí, será la postrera vez que nos
hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya á mi reino moriré.

Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre cosas
graves, y á la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli
murió en efecto el año siguiente[5].


IV

El 8 de noviembre de 1519 fué un día de sorpresa, de admiración y de
extraños sucesos en la gran ciudad de México.

A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, á caballo los unos,
á pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de
acero, y armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y
baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y
el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el
viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y á la cabeza de
esta tropa, seguida de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y
terrible capitán D. Hernando Cortés.

Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y
barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la
multitud, estrujándose y aún exponiendo su vida por mirar de cerca á los
hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.

Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de
oro, acompañado de sus nobles, salió á recibir al capitán Hernando
Cortés y le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio
espacioso, varios torreones y un baluarte ó piso alto en el centro. Era
el palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma, después de haber
cumplimentado á su huésped, se retiró á su palacio. Al día siguiente,
mandó que se hiciese en la montaña un sacrificio á los dioses
_Tlaloques_. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre
reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraron más
irritados. Se estremeció la _Mujer Blanca_, y desde la azotea de su
palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos de
nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del
Anáhuac.


V

A los ocho días de estar Hernando Cortés en México, los aztecas,
irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y
con las demasías que cometían los soldados españoles, dieron muestras
visibles de hostilidad y de disgusto. Cortés no sabía si permanecer, si
abandonar la capital ó situarse en las calzadas. Dos días estuvo sombrío
y pensativo, y al tercer día llamó á sus capitanes. «He resuelto prender
al Emperador Moctezuma, les dijo, y traerle á este palacio. Su vida
responde de la nuestra; lo demás que siga, está encomendado á la guarda
de Dios y de Santiago.»

A la mañana siguiente, después de oir toda la tropa española una misa,
de rodillas y con ejemplar devoción, Cortés tomó la palabra y dijo:
«Vamos á acometer hoy una de nuestras mayores hazañas, y es prender al
monarca en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los españoles
somos un puñado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero
están Dios y la Virgen con nosotros. He escogido á vuesas mercedes para
que me ayudeis á dar cima á esta arriesgada aventura.» Esto diciendo,
señaló á Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lujo,
Velázquez de León y Alonso de Avila, y estos caballeros, seguidos de
algunos soldados, cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron
al palacio del Emperador de México.


VI

Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero
no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y
de que saliesen prontamente de la ciudad.

El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de
algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo
estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba
reclinado entre cojines, y á su derredor había algunos nobles y una
muchacha como de 16 años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y
sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y
parejas hileras de dientes.

Los españoles se presentaron en ese momento.

Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en
el pavimento, el aire feroz é imponente que tenían, y el verlos
seguidos de algunos soldados, inspiró temor á Moctezuma; se puso algo
pálido, pero dominó su emoción y saludó á Cortés y á sus capitanes con
la sonrisa en los labios. «Voy á ensayar el último arbitrio,» pensó
entre sí; y dirigiéndose á Cortés, le dijo:

--«_Malinche_, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran,
y pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades
de mi reino para ofrecértelas.»

Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron á Cortés en unas
bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos,
serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas,
conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte
indígena.

Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza
maquinalmente.

Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez
estaba más alarmado.

Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los
presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño
de sus espadas.

El monarca dominó su orgullo.

--«_Malinche_, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que
el oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al
decir esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la
presentó á Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han
hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una
prenda de mi fe y de mi cariño.»

Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la
ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un
momento y cambió de resolución.

--«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi
religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en
Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»

Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse
rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió
bruscamente de tono.

--«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis
soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido
de muerte, y todo por la traición de _Cuauhpopoca_, que es vuestro
súbdito, y así he resuelto que entretanto viene este traidor y se le
impone el castigo que merece, os llevaré á mis cuarteles, donde
permanecereis bajo mi guarda.»

Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey,
encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:

--«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio
para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»

Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no
iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero
Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:

«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos
avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste
le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron
mano á la espada ó al pomo del puñal[6].

Cortés los contuvo.

Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus
mejillas.

«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las
amenazas de los españoles.

Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.


VII

Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles
llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un
cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos.
Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era
_Cuauhpopoca_, el mismo que había matado á los soldados españoles y
derrotado á Juan de Escalante.

La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y á poco salió y entró
con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Cortés tenía todavía
sus cuarteles.

Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste,
cabizbajo y vestido de una grosera túnica de henequén.

--Cacique, le dijo Cortés con voz terrible, ¿eres tú súbdito de
Moctezuma?

--¿A qué otro señor podía servir?--contestó el cacique.

--Basta con eso, contestó secamente Cortés; y dirigiéndose á los
soldados, les dijo: Atad á esos paganos y preparad las hogueras. Las
flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de
leña.

Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes, y á poco diez y siete
hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera
había uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba
enfrente de su hijo.

Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron
una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar en el
horrendo suplicio.

Cortés se dirigió entonces á la pieza donde estaba Moctezuma.

--Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero
castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia
cometida con los españoles.--Soldado, ejecuta la orden que te he dado.
Un soldado que había seguido á Cortés, se acercó á Moctezuma y le puso
bruscamente un par de grillos en los pies.

Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes
derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al Rey y salió del
aposento.

Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las
hogueras. Se oía el crugido de las carnes y de los huesos que se
tostaban. Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.

Los españoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano,
presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas
columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos,
deformes, negros, calcinados.


VIII

A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de
todos fue la llegada de Pánfilo de Narvaez á Veracruz.

Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la
guarda de Moctezuma y de la ciudad á Pedro de Alvarado, _Tonatiut_ (el
sol), como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro
de su rival.

En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta,
que llamaban _Texcalt_, en memoria de la traslación del dios de la
guerra al templo mayor. Se dirigieron á _Tonatiut_, quien les dió
licencia, con la condición de que no llevasen armas ni hiciesen
sacrificios humanos.

Cosa de 600 nobles concurrieron á la ceremonia, ataviados con sus más
ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y
_areitos_, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados
á la alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta
soldados armados.

¡¡_Tonatiut_ cae sobre nosotros; _Tonatiut_ nos mata!! exclamaron varias
voces. Todos echaban á huir y querían salir; pero eran recibidos por las
picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos
mataban á diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre
corría, y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los
españoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos
de la nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo á sus cuarteles.
Toda la población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta á
acabar con sus asesinos.


IX

Hernando Cortés, después de haber vencido á Narvaez, hécholo prisionero
é incorporado sus tropas, regresó á México y salvó á Alvarado, que
estaba ya á punto de sucumbir.

Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacian salidas,
barrían con la artillería las masas compactas de indígenas, que volvían
á cerrarse y á cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más
furor. Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los
heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían
frenéticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles
volvieron á encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la
ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados á
los ídolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban á
desconfiar, á murmurar contra su capitán.

Cortés requirió á Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y
cesara la guerra.

--¿Qué tengo que hacer ya con el Malinche?--respondió despechado,
dejándose caer sobre sus almohadones.

Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y
Olid interpusieron su influjo y le persuadieron á que se mostrase y
hablase á su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje
real, y subió al baluarte ó piso principal del palacio, y se dejó ver en
la parte más saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su
monarca, cuando cesó el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron
el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra.
Hubo un silencio profundo. Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse,
que manifestarse el amigo de los españoles, que interceder por ellos.
Esto cambió súbitamente al pueblo; su furor redobló, y le gritaron con
rabia:

«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus
antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo
momento.»

Un noble azteca, vestido fantásticamente como una ave de rapiña, se
acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al
Rey. Esa fué la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como
por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y
de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la
nuca por una piedra, cayó desmayado en la azotea.


X

Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y
conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas
horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron
límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa
cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como
su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una
venda que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus
días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores
físicos y morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento
sombrío; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las
tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios,
que se habian abierto para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no
volvió á proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos
que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para
que recibiese el bautismo.

En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió
llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor.
Los oficiales que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se
prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida,
se fué dispersando lentamente por las calles.

Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado
de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y
salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»

Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda
de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.

El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave
que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó
de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en
el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir
una mirada fiera á los más insolentes oficiales.

En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el _astrólogo_,
levantó la voz:--Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido
al último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y
fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga
cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá _ser de
noche_.

La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y
aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple
soldado.

--Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros
preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para
acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais;
pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que
cargueis.

Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al
tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar
sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.


XI

En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de
nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de
los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba
más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en
la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los
españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin
embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.

Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho,
más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la
herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á su
derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi
adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que
Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se
hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un
odio profundo.

La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad,
descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en
los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las
armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y
entraban instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color
al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando
silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.

El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y
soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche
del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se
abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles
aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su
indómito valor[7].


XII

--¿Qué haremos con los prisioneros?--preguntó uno de los oficiales á
Cortés.

--Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta
empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni
ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].

_Tonatiut_ con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba
Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una
hoguera de ocote media apagada.

--Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y
echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que
toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están
muertos, no nos estorben el paso.

Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en
pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la
cabeza.

Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que
allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la
matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la
gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se
incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la
lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las
calles.

_Manuel Payno_



XICOTENCATL[10]


Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de
Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita
República.

Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento gigantesco,
que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del poder y
fuerza del pueblo que le había levantado.»

Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los
othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la
cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados,
exclamando lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es
nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos:» y los guerreros
españoles hollaron el suelo de la libre República de Tlaxcalan.

       *       *       *       *       *

El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban
ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los
Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta
llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de
brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas
plumas.

Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo,
indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes
pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un
puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que
registra la historia en sus anales.

Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el
ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.

De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía
ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así
permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía
silenciosamente á caer en su meditación.

¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los
dilatados horizontes?--Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la
resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.

       *       *       *       *       *

Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio
de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención
dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula,
país sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar
favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el
emperador Moteuczoma.

Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era
una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables,
no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las
llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de
Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les
constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas
aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala,
abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.

Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente el
camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro
Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial
que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta,
y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los
Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, y concluía
proponiéndoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio
emperador de México.

Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran
muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que
aquéllos hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.

       *       *       *       *       *

El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada momento
más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y
una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el paso
para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno: de
repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que
echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se
lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos;
pero éstos, en vez de aterrorizarse por el extraño aspecto de los
caballos, hicieron frente á los españoles y se prepararon á combatir.

Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caballería, si
en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su
auxilio.

Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva para
avisar á su ejército que apresurase la marcha. Entretanto los indios
disparando sus flechas se arrojaron sobre los españoles, procurando
romper sus lanzas y arrancar á los jinetes de los caballos; dos de éstos
fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las
cabezas como trofeos de guerra.

Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los españoles
que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su socorro el resto
del ejército: desplegóse la infantería en batalla, y las descargas de
los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por
primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron á los
enemigos que retirándose en buen orden y sin dar muestra ninguna de
pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar del combate.

Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, como señal
del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.

       *       *       *       *       *

Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés se
presentaron entonces para manifestar, en nombre de la República, la
desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofreciendo
á éstos que serían bien recibidos en la ciudad.

Cortés creyó ó fingió creer en la buena fe de aquellas palabras: cerró
la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la
vigilancia.

Amaneció el siguiente día, que era el 2 de septiembre de 1519, y el
ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso en
marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que celebró uno
de los capellanes.

Rompían la marcha los jinetes, de tres en fondo, á la cabeza de los
cuales iba como siempre el denodado Cortés.

No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su encuentro los
otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anunciándole que el
general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso ejército y decidido á
estorbarles el paso á todo trance.

En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se presentó
blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.

Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una
lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino á rebotar, como única
contestación, sobre los férreos arneses de los españoles.

«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los jinetes bajando
las lanzas arremetieron á aquella cerrada multitud.

Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse: los españoles, ciegos por el
ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron hasta un
desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que
maniobrasen la artillería ni los jinetes.

Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo
desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura.

Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejército de
Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba: era el ejército de
Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate.

Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven
general; era la enseña de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca,
y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas,
indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl.

Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y comenzó un
terrible combate.

       *       *       *       *       *

Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de uno de los
ancianos más respetables entre los que componían el senado de Tlaxcala.

De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus
ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos de
meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su
frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca un
pensamiento de traición, como un pájaro nocturno no se atreve nunca á
cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del día.

Xicoténcatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por
una ajustada y gruesa cota de algodón sobre la que brillaba una rica
coraza de escamas de oro y plata; defendía su cabeza un casco que
remedaba la cabeza de un águila cubierta de oro y salpicada de piedras
preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y
amarillas: una especie de tunicela de algodón bordada de leves plumas,
también rojas y amarillas, descendía hasta cerca de la rodilla; sus
nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas
espaldas descansaba un pequeño manto, formado también de un tejido de
exquisitas plumas.

Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas
de _itztli_, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban
pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual pendía
un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese fantástico y hermoso
traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitología
griega: todo el ejército Tlaxcalteca le obedecía, y era él, el alma
guerrera de aquella República, la encarnación del patriotismo y del
valor; y era él, el que despreciando las fabulosas consejas que hacían
de los españoles divinidades invencibles é hijos del sol, conducía las
huestes de la República al encuentro de aquellos extranjeros,
despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quería la
paz con los cristianos, y sin intimidarse de que éstos manejaban el rayo
y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.

       *       *       *       *       *

El choque fué terrible: un día entero duró aquel combate, y Xicoténcatl,
que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que
retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando
el nuevo día para dar una nueva batalla.

Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha
hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le
prestó asilo para el descanso de aquella noche.

Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés
comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.

Se dió un día de descanso á las tropas.

Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo
que los españoles, á combatir de nuevo.

Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los
medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á
Xicoténcatl un armisticio.

Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un
reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.

Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á
buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.

       *       *       *       *       *

Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues
puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.

Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los
soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya
que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento
del ejército de Xicoténcatl.

Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército
apareció á su vista en una extendida pradera.

El espectáculo era sorprendente.

Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco
viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias
del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas
preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la
luz del nuevo día.

En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de
los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo,
orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la
indómita República.

Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y
un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo
repitieron confusamente.

El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra:
los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente
que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.

No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no
sintiera un estremecimiento de pavor.

El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso
torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un
dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del
sol.

Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de
joyas y de estandartes.

Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los
combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con
el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los
sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.

Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como
dos luchadores.

Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.

Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.

Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el
desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una
roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los
soldados de Cortés.

Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.

Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una
espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua de los
arroyos.

Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y
desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango
sangriento.

La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que
militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil
combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.

       *       *       *       *       *

El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota.
Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la
patria.

Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.

Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al
pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser
atacados durante la noche.

Y el pueblo y el senado creyeron.

Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los
cuarteles de los españoles.

Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército
Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.

Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso
los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el
campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los
montes.

Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los
cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.

El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo,
y le obligó á deponer las armas.

Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.

El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las
montañas.

El senado de la República, que nada había hecho en favor de la
independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores,
destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés
sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso
su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.

       *       *       *       *       *

Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital
del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en
la célebre _noche triste_, con un ejército poderoso compuesto de
españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.

En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes.
Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general,
aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á
sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta
alianza.

Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con
objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas
emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin
saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande
horca.

       *       *       *       *       *

Estamos en Texcoco.

El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las
cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.

Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes
conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan
orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.

Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se
dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del
lago.

El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero
no se estremeció siquiera.

Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante
la muerte.

Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber
abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles
Tlaxcaltecas.

Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la
sentencia con una sonrisa de desprecio.

Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.

       *       *       *       *       *

La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte,
rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro
de muerte.

El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella
República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los
soldados de Cortés le contemplaban con admiración.

A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el
patíbulo de la libertad de una nación.

_Vicente Riva Palacio._



CUAUHTIMOC


I

LOS TRES REYES

Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable _Noche
Triste_, se comenzó á notar en los barrios de la ciudad una horrorosa
enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso
de cuantas plantas benéficas conocían y de cuantos sortilegios les
sugería la superstición, y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños
eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían
en el cuerpo las unas á las otras como los botones de una piña, y en
breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban
sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro
ardiendo hubiesen los verdugos marcado á la víctima. La mayor parte
morían á los cuatro ó cinco días devorados por una fiebre ardiente, y
dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que
como el primero y más funesto presente de la Europa, regalaba á la raza
indígena un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narvaez.

Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron á
elegir Emperador, y recayó el mando en su hermano _Cuitlahuatzin_, bravo
joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la
matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido á Hernán Cortés,
arrojando á los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un
grande ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que
desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de
Tlaxcala, fué atacado de las viruelas y murió después de un corto
reinado. Igual suerte tocó al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron
sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores
fúnebres que eran de costumbre. La población estaba verdaderamente
consternada.

A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los
últimos combates, debió Cuauhtimoc su elevación, y fué elegido
Emperador. Era hijo del Rey _Ahuizotl_ y de una princesa heredera del
señorío de _Tlaltelulco_. Tenía de 20 á 23 años; era gallardo y bien
proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban á la vez que una
dulce melancolía, una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la
belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del
águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera,
negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella
fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la
raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejército,
reunía Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le
mirasen como una divinidad.

La noticia de su elección voló de boca en boca por toda la tierra
mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades,
la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos
de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo
también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y
la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído
sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.

Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos
lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y
los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces
circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle
principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de
edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra
donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de
granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los
huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que
parecían repentinamente animarse y devorar á los que pretendían poner el
pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba
una gran pirámide orientada á los cuatro puntos cardinales, y una
escalera casi vertical de cien escalones conducía á la plataforma. Cerca
estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en
una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de
la guerra.

Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío,
manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante.
Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos.
Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas
columnas de humo oloroso. Después la nobleza, y al último sobresalía,
como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo Emperador
de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y
de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra ó
diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba
Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y á su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey
de Tlacopan.

A los tres Reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles,
tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la
Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles
caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y
unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y
por las barbas largas y espesas, que daban á su fisonomía un aire
imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía
danzar á los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les
obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey ó puntas de
pedernal. Así fué subiendo las difíciles gradas del templo toda la
numerosa concurrencia, hasta que llegó á la plataforma. Los prisioneros
se colocaron en dos hileras á los lados de la piedra de sacrificios. Los
tres Reyes entraron al templo de _Huitzilopoztli_, cuya fisonomía
deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.

Los sacerdotes desnudaron á los Reyes, los vistieron con una especie de
túnica (_xicolli_) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de
muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con
tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y
en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con
un velo verde. Así se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron á
incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en
los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y
otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo
sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los
sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban
_Tlacochalco_, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer
penitencia.

El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación
de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los
españoles, cuando vieron aproximarse á los terribles sacerdotes, se
estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas
gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como
si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes.
Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron á la
piedra convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y
las manos. El sacrificador, con una navaja de _obsidiana_ le hizo una
profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano y sacó
entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la
víctima, y entró á ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros
desbarrancaban al cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio
por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo
con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían
corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su
gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío
altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se
les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados á las
provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los
oficiales aztecas: «_Estos son los hijos del sol._» Sus cabezas fueron
clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y
contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse á
Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven
Emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias
religiosas, se dirigió á su palacio, y allí con los Reyes, los senadores
y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.

--«El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan á
hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el día que he recibido la
corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de
mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los
extranjeros.»

Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y
juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.

A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la
zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían
atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la
alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y
de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros
profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la
ciudad. El Emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba
reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles,
ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se
hiciese un grande acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó
embajadores y oficiales á todas las Provincias con proposiciones de paz
y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía
para arrojar á los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y
esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvió á
cobrar ánimo y se dispuso á recibir resuelta y valientemente á los
enemigos.


II

EL SITIO Y EL ASALTO

Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á
chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana
donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada
por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida
por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista
contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra
la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El
carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del
capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á
entrar en acción y en un combate á muerte.

Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido
de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de
Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón
valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste,
ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista
en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra
imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de
la cordillera del Anáhuac.

El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del
Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus
fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día
último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las
calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de
86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro,
15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la
República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil
Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se
aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio
formal, y finalmente el asalto de la ciudad.

Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro
de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes
por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo
y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés
en esta guerra.

Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que
podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la
agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las
calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su
llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La
primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro
de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la
mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en
Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de
la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza
naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa
de 16,000 canoas[11].

El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un
bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se
levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un
alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de
piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín,
desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro.
Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y
otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda
fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y
mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños
que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable.
Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas
tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando
resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra
española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á
pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de
destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los
cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se
cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los
bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las
brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía
adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas
de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las
calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.

Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio
reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y
procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés,
que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto,
y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan
que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se
organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la
infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones
aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando
hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado
de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que
habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto,
repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba
desde lo alto de un _teocalli_. Los mexicanos, como la avalancha de un
volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los
enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á
los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos
terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una
masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago,
y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni
aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza
irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por
tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo
al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y
salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros
y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde
ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada
y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.

En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los
españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se
distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas
sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se
encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las
azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con
teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.

Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en
la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá
tendrían igual suerte que sus compañeros.

Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su
palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho
Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba
vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres
estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas
discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles,
arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para
mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas
en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.

Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su
corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había
enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz
resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor,
nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.

Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos
aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la
ciudad, al menos de los escombros.

Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina;
pero su ánimo no desfalleció ni un momento.

Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La
artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos
acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos,
los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y
objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos.
El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los
lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la
destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se
arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y
lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción.
Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió
que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería,
emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas
propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad,
no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos
y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al
barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la
_Papantzin_, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y
Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que
iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García
de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la
canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc
en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó
prisionero.--«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la
princesa,»--dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave
española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de
vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los
aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad
indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes
sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles
fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento
huracán, el _viento del infierno_, como le llamaban los aztecas. Los
edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran
arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios,
y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos
alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos
derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el
silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas
fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más
grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.


III

EL TESORO Y EL TORMENTO

Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á
Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde
hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta
victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y
jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad
saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los
resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió
con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras
preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no
era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien
tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para
apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le
correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes
escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el
carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.

--¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?--dijo á Cortés
antes de saludarle.

Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?

--Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que
vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros
de la Corona Azteca, y que......

--Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la
lengua á quien tal diga.

--Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero
del rey de España,--contestó secamente Alderete descubriéndose y
haciendo una profunda reverencia.

Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice
en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?

--Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de
S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si
no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle
ahorcar.

--No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le
he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.

--Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se
ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta
y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.

--No, replicó Cortés secamente.

--Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero
acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais
en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y
aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.

Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas
dijo:--Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.

Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á
los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que
debían dar al infortunado prisionero.

Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que
era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y
dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la
habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey
de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos
unos maderos.

--¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?--les preguntó Alderete.

Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba,
sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de
Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras
soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron
fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con
aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas
encendidas.

--Señor, ¿no véis cómo sufro?--gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.

--_¿Estoy acaso en un lecho de rosas?_--contestó con firmeza el
Emperador azteca.

El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc,
y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza
conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el
suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.

--No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la
muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como
una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la
laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis
jamás.

El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á
los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en
compañía de Cortés.

El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas,
dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no
admitía réplica:--«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su
habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»

El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la
laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de
Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de
los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.


IV

LOS TRES AHORCADOS

El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés
envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna
noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar
severamente al infiel capitán.

Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de
ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del
sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo
y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y
desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo
de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías
encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba
que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías
que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo
mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.

Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como
siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.

Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un
pueblecillo que nombraban _Izancaxac_. No había más que unas cuantas
chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un
animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza
de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del
templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas.
El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.

Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el
sueño, y se levantó y escuchó que los Reyes platicaban alegremente,
procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal,
le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si
fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés
fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su
espada, pero al sacarla reconoció á Cristóbal Mexicalcin.

--¿Qué quieres á estas horas?--le dijo severamente Cortés.

--Señor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos
y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.

--¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos
perros,--exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las
ruinas, penetró en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y
Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido
despiertos, se lanzaron detrás de él.

«Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy á ahorcar á estos bárbaros que
han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.»
Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero
vió los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era nada más que
una esclava.

Cuando Cuauhtimoc fué sacado de la cabaña por los soldados que Cortés
había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increible y
le dirigió la palabra: «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus
promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios
te pedirá cuenta de mi muerte.»

Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron
con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.

Eran las tres de la mañana del segundo día de Carnaval del año de 1525.
La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos
rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se
retiró cabizbajo y pensativo á su aposento. Allí permaneció un momento
fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de
locura, de arrepentimiento quizá, midió á largos pasos la estancia y
salió con la espada desenvainada á cortar los lazos corredizos donde
pendían los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de
Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.

Al abandonar el pequeño ejército de Cortés, al día siguiente, el
solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las
brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos
fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de
los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.

_Manuel Payno._



RODRIGO DE PAZ


I.

EN EL QUE SE REFIERE QUIÉN ERA
RODRIGO DE PAZ, Y QUÉ PAPEL DESEMPEÑABA
EN MÉXICO

El muy magnífico señor Hernando Cortés, gobernador y capitán general de
la Nueva España, tenía necesidad de salir de México, con el objeto de
sofocar y castigar la rebelión de Cristóbal de Olid.

Aquel viaje debía de ser largo y penoso: la distancia á que iba á
encontrarse de la antigua capital del imperio Azteca, haría muy
difíciles las comunicaciones, y se necesitaba establecer un gobierno
provisional, que los intereses del rey y la paz de la nueva colonia
atendiese y vigilase.

Incierto estuvo por algún tiempo el gobernador y capitán general, sobre
á quién elegiría para encargo tan delicado, y sin poder fijarse
definitivamente, porque conocía que entre los que le rodeaban había
muchos, más afectos á las riquezas y á la tiranía, que amigos del buen
gobierno y de la felicidad de los pueblos.

Por fin, urgido de la necesidad y apremiado por las circunstancias, hizo
llamar al Lic. Alonso de Zuazo, al tesorero Alonso de Estrada y al
contador Rodrigo de Albornoz, y los nombró gobernadores durante su
ausencia.

El Lic. Zuazo era un antiguo amigo de Cortés y su asesor en los negocios
del gobierno de la Nueva España, y Estrada y Albornoz habian llegado á
México en 1524, enviados por el rey de España para componer el Tribunal
de Cuentas, en unión de Gonzalo de Salazar, factor, y de Peralmindes de
Chirino, veedor.

Cortés determinó llevar consigo á la expedición de las Hibueras, á
Chirino y Salazar.

Una vez organizado el gobierno, quiso Hernán Cortés cuidar de su
hacienda y dejarla encomendada á persona para él de toda confianza, y
para esto eligió á Rodrigo de Paz, primo suyo, hombre de grande espíritu
y de mucha influencia con el pueblo, y á quien invistió también con los
cargos de regidor y alguacil mayor de la ciudad.

Rodrigo de Paz admitió con gusto las comisiones que le confiaba su
primo, seguro de que esto le daría mayor prestigio y aumentaría el poder
de que entonces gozaba.

Partió Cortés, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesión del
gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al
cabildo con el carácter de tales, el día 4 de noviembre de 1524.


II

DE COMO LAS COSAS DEL GOBIERNO
DE LA NUEVA ESPAÑA IBAN MAL, Y DE COMO
CORTÉS LAS PUSO PEORES

Apenas se había alejado Cortés unas cuantas jornadas de México, cuando
Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenían entre sí motivos de
rencor, se disgustaron completamente.

El nombramiento de un alguacil fué el aparente motivo de encenderse una
disputa, en la que los ánimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la
costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la
razón en las cuestiones de los hombres de honor, los dos
tenientes-gobernadores echaron mano á los estoques, y en poco estuvo que
la espada hubiera dirimido la competencia.

Logróse contenerlos, pero el escándalo habia sido muy grande; y luego
partieron correos avisando á Cortés las desavenencias que ocurrían en la
ciudad.

Chirino y Salazar que acompañaban á Cortés, supieron casi al mismo
tiempo que él lo ocurrido en México, y vieron en esto un medio de
separarse de su lado y tornar á la capital.

Habían llegado á Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y
sembrado por todas partes de peligros.

Inmensas selvas, en donde los árboles seculares crecían tan cerca unos
de otros que se confundían sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con
una engañosa capa de verdura, pero que estremeciéndose al soplo no mas
de los vientos, tragaban al desgraciado que ponía en ellos su imprudente
planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se creía mirar de nuevo
el firmamento, y que parecian á los espantados ojos de los españoles,
como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades:
serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que
encontraban por todas partes los que acompañaban á Cortés.

Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella
naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se
estremecían como una caña cimbradora, al soplo de los huracanes.

Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos;
salían de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos
pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por
los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfórica luz, millones
de insectos de todos tamaños y figuras.

El melancólico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas
veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la
tormenta que se alzaba en el horizonte, á los sonoros tumbos de los
mares.

Aquello era más sublime que lo que podian soportar las almas ruines de
Salazar y de Chirino.

Anhelaban por separarse de allí, y la nueva de los disturbios vino á
presentarles una favorable oportunidad.

Instaron, rogaron y suplicaron á Cortés pidiéndole volver á México,
representándole lo oportuna que sería su presencia en la capital, y los
servicios tan importantes que podían prestar á los intereses de S. M.

Cortés meditó aquella petición y accedió á la solicitud de Chirino y de
Salazar.

Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos
de Cortés, le aborrecían secretamente, y procuraban desprestigiarle en
la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Cortés lo sabía y lo
conocía, por eso no sólo no puso dificultad ninguna en la vuelta de
Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les dió mandamiento
asociándoles también al gobierno de la Nueva España.

Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Cortés, eran
imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para México,
satisfechos y orgullosos de lo que habían conseguido, creyendo en su
fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que
sus desavenencias y torpezas en el gobierno debían dar el más completo
triunfo al esforzado conquistador.

Salazar y Chirino llegaron á México y presentaron en el cabildo de 29 de
diciembre de 1524, la provisión del muy magnífico señor Hernando Cortés
que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.

El Ayuntamiento les reconoció sin dificultad, pero ellos no se
conformaron con eso, sino que excluyeron á Estrada y á Albornoz y se
apoderaron de la administración, no admitiendo en su compañía más que al
Lic. Zuazo.

La división entonces se hizo más profunda. Estrada y Albornoz se unieron
para derribar á sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo
quisieron y lograron atraer á su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz,
que ejercía tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.

En aquel tiempo el Ayuntamiento de México tenía una grandísima
importancia: «ante él presentaban sus nombramientos los gobernadores,
prestaban ante él juramento; él decidía las cuestiones graves que entre
ellos se suscitaban, calificaba sus derechos y facultades, é imponía la
pena de muerte á los que desobedecieran las providencias que de él mismo
emanaban.»

Por eso Rodrigo de Paz que deseaba favorecer á Estrada y á Albornoz, se
presentó al cabildo en 17 de febrero de 1525, manifestando que Salazar y
Chirino no tenían derecho de excluir á sus colegas del gobierno, porque
el mismo Cortés los reconocía aún como tales tenientes gobernadores, en
cartas que de él se habían recibido.

El Ayuntamiento escuchó á Rodrigo de Paz, y acordó que el Lic. Zuazo
resolviera en este negocio[12].


III

DE COMO CINCO ENEMIGOS COMULGARON CON
UNA SOLA HOSTIA CONSAGRADA, DIVIDIÉNDOLA
EN CINCO PARTES

El Lic. Zuazo resolvió que Estrada y Albornoz volvieran á ser
reconocidos como tenientes gobernadores, y el cabildo aprobó esta
resolución.

Salazar y Chirino protestaron, y para infundir el terror decretaron pena
de muerte y perdimiento de bienes contra el alcalde ó regidor que se
«entrometiese» á aprobar lo que el Lic. Zuazo había determinado.

Aquellos hombres tenían un temple de alma tal, que era indudable que
tales penas se llevarían á efecto; pero en cambio tenían que luchar con
hombres de corazón altivo, y Estrada y Albornoz asistieron al cabildo y
fueron reconocidos sin dificultad.

Esto acaecía el 25 de febrero de 1525.

Salazar, hombre ambicioso é inquieto, no podía estar tranquilo en
aquella situación: quería mandar, y mandar solo; Estrada y Albornoz le
estorbaban, y los creía fuertes porque contaban con la protección y
apoyo de Rodrigo de Paz, el hombre entonces más audaz y más poderoso;
Salazar necesitaba dividir á Paz de Estrada y Albornoz, y hacer de él un
instrumento para sus miras.

Entonces, como por una inspiración diabólica, concibió el plan que debía
darle el resultado apetecido, y convenció hipócritamente á sus colegas á
decretar la prisión de Rodrigo de Paz.

Un día repentinamente circuló en México una noticia alarmante: el
alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los
tenientes gobernadores.

En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno
de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos
y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entró y le contempló un
rato en silencio.

--Duéleme de verte en esa situación--le dijo--que á tal no habrías
llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la mía hubieras sido
partidario.

--Holgárame de estar libre--contestó Rodrigo--si mis amigos hubieran
triunfado, pero sigo la suerte á ellos reservada.

--¿Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?

--De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.

--Mira--dijo Salazar mostrándole la orden de prisión firmada también por
Albornoz, Estrada y Zuazo.

Rodrigo de Paz leyó aquella orden con espanto. No podía dudar, sus
amigos le abandonaban y le traicionaban.

Leyó la orden, inclinó la cabeza, y quedó meditabundo. Salazar respetó
aquella meditación, y después, acercándose, le dijo:

--Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres están
conjurados contra tí y ansían tu muerte; ¿quieres libertad, venganza?

--Sí--contestó sordamente Rodrigo.

--Júranos amistad, y Peralmindes de Chirino y yo te pondremos libre y
te vengaremos de tus enemigos.

--Os juro leal amistad por la hostia consagrada.....

Al día siguiente Rodrigo de Paz concurría al cabildo.

Estrada, Zuazo y Albornoz conocieron la intriga que tramaban Salazar y
Chirino, y no eran hombres para callar sus rencores.

Estalló un disgusto terrible en el cabildo, y Salazar, que tenía para sí
que aun no llegaba el momento de obrar, apeló al engaño y la hipocresía.

Nada le importaba, dijo, la amistad de Rodrigo de Paz, cuyo pernicioso
influjo era necesario combatir, y para esto debían ellos de unirse
estrechamente, y como señal de unión y para acallar los rumores que
había en el público, concluyó proponiendo que todos los tenientes
gobernadores comulgasen públicamente, dividiendo la hostia consagrada en
cinco partes.

Aceptaron los otros, y aquel pacto, aconsejado por la más negra falsía y
cubierto sacrílegamente con el manto de la religión, se cumplió en la
iglesia del convento de San Francisco.

Tan engañosa amistad debía desaparecer muy pronto, y así fué en efecto.

El día 19 de abril, Rodrigo de Paz se presentó en el cabildo é hizo
reconocer á sus nuevos amigos Salazar y Chirino, como gobernadores, con
entera exclusión de todos los demás.

En vano protestó con energía el Lic. Zuazo; repitióse el acuerdo y se
impusieron doscientos azotes de pena y perdimiento de bienes á
cualquiera que se atreviese á oponerse á lo dispuesto.

Estrada y Albornoz, lejos de conformarse, pensaron excitar al pueblo,
suscitáronse graves dificultades, los dos bandos estuvieron á punto de
llegar á las manos, y sólo se impidió el conflicto porque el alcalde
Francisco Dávila prohibió que se acudiese con armas en pro de uno ú otro
partido.

Conducta tan prudente costó al alcalde ser maltratado y verse conducido
á la cárcel, de donde tuvo que huir para salvar la vida.


IV

DE LO QUE HICIERON SALAZAR Y CHIRINO CON
ZUAZO, ESTRADA, ALBORNOZ Y PAZ

Las alarmas en la ciudad eran de todo el día, y de todos los días; á
cada momento querian llegar á las manos los partidarios, y el fuego de
la discordia se encendía más y más á cada momento.

El 23 de mayo, con pretexto de conservar la tranquilidad y evitar
desgracias, pero más bien con objeto de expeditar el camino que se
habían trazado los gobernadores, ordenaron que nadie en la ciudad
llevase armas.

Todo parecía haber terminado; pero aquel mismo día Rodrigo de Paz
aprehendió al Lic. Zuazo, que vivía en la casa de Cortés, y se dió orden
para enviarle inmediatamente á la Isla de Cuba.

Alarmóse la gente de la ciudad con esta prisión, y Rodrigo de Paz
ocurrió, para calmarla, al engaño de que por orden del Rey iba á la Isla
á dar allí su residencia.

Estrada y Albornoz pensaron entonces en alejarse de sus enemigos, y
aparentando obediencia pidieron á los que habían sido sus colegas,
licencia para ir hasta Medellín á conducir una cantidad que enviaban á
S. M.

Los gobernadores concedieron sin dificultad aquel permiso.

Salieron Estrada y Albornoz, pero aun iban cerca de México, cuando
Salazar tuvo noticia de que de las Hibueras venían Gil González de Avila
y Francisco de las Casas, y temeroso de que se unieran y volvieran sobre
México, hizo salir á Chirino con una tropa, en persecución de Estrada y
Albornoz.

Chirino alcanzó á los que habían sido sus colegas, y aunque ellos
pretendieron resistirse, unos frailes de San Francisco, que se
encontraron allí, impidieron el conflicto, y Chirino volvió á México con
los prisioneros.

Dueños absolutos del gobierno Salazar y Chirino, sintieron la necesidad
de deshacerse de Rodrigo de Paz, echando por tierra su poder.

Salazar era fecundo en todo género de maldades, y no podía menos de
encontrar un modo para atacar á Paz, y fué sin duda tan ingenioso como
los anteriores.

Difundió la noticia de la muerte de Hernán Cortés.

Aquella noticia debía estar apoyada en todas las apariencias.
Celebráronse solemnes honras por el alma del _conquistador_, en las que
se predicó un sermón, moderando las alabanzas á Cortés por no ofender á
Salazar.

Procedióse á la venta de los bienes de todos los que habían acompañado
al gobernador y capitán general, por considerárseles difuntos, y sus
mujeres fueron autorizadas para pasar á segundas nupcias; y Juana
Mancilla, mujer de Juan Valiente, fué azotada porque afirmó que Cortés
vivía.

Rodrigo de Paz administraba los bienes de Cortés, y no creyó tan
fácilmente la noticia, pero como Salazar y Chirino sostenían que Cortés
debía al Rey setenta mil pesos, é insistían, con objeto de asegurarlos,
en tomar posesión de aquellos bienes, Rodrigo de Paz apeló á las armas y
se hizo fuerte en la casa de Cortés.

El asalto iba ya á darse, y todos preveían grandes catástrofes, cuando
el mismo Estrada, que estaba en calidad de prisionero, y los frailes de
San Francisco, que ejercían muy grande influencia en México, lograron
convencer á Paz que se rindiese.

Salazar y Chirino ofrecieron á Paz todas las garantías para su persona,
y así lo juraron ante los capitanes José de Alvarado y Andrés de Tapia.

Paz abrió las puertas del palacio de Cortés y las gentes de Salazar se
entraron. Allí robaron cuanto les fué posible, é insultaron gravemente á
muchas indias nobles que Cortés tenía allí recogidas para educarlas y
casarlas.

Paz determinó huir de la ciudad é ir en busca de Hernán Cortés á las
Hibueras.


V

REFIÉRESE CÓMO MURIÓ RODRIGO DE PAZ

«Si los conquistadores eran crueles con otros--dice D. Lucas Alamán en
sus _Disertaciones_--no eran por lo menos más benignos entre sí mismos.»

En efecto, así lo probó la conducta de Salazar y de Chirino.

Rodrigo de Paz, á pesar de las promesas y juramentos de los
gobernadores, no gozó mucho tiempo de libertad, y el día 4 de agosto de
1525 asistió por última vez al cabildo.

Al calce de la acta de aquel día, se lee una nota del célebre D. Carlos
de Sigüenza y Góngora, que dice:

«Esta es la última firma de Rodrigo de Paz en este libro, porque después
lo ahorcó su grande amigo Gonzalo de Salazar.»

Terrible ironía encierran estas cortas líneas del ilustre historiador,
porque á pesar de esa grande amistad, el alguacil mayor volvió muy
pronto á ser reducido á prisión.

La codicia desenfrenada de Salazar no conocía límites, ni su ambición
encontraba obstáculo, por sagrado que fuese, que no atropellase con
violencia.

Religión, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma
emponzoñada que esgrimía contra sus enemigos, sin escrúpulo de ninguna
clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba
con indiferencia.

Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambición; la
compañía de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos árboles
que se encuentran en nuestras montañas: convidan dulcemente durante los
ardores del día, y matan al que busca allí un refugio y un consuelo.

Demasiado tarde lo comprendió Rodrigo de Paz.

Preso y encadenado esperaba de un momento á otro que Salazar le enviara
desterrado, ó que la Providencia le deparara un momento oportuno para
huir é irse en busca de Cortés, en cuya muerte, como muchos, no había
creído ni un momento.

Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.

Una mañana, Salazar se presentó en su calabozo; había en el semblante
del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia
tan extraños, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeció.

Bajo aquella hipócrita bondad se descubría el fondo de una intención
negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de
un verdugo envuelto en un crespón azul.

La sonrisa del hombre de bien no podía amoldarse sobre el rostro del
malvado; era un consorcio sacrílego; de la franqueza simulada y de la
perfidia debía resultar una cosa horrible: la hipocresía, el monstruo.

--Rodrigo--dijo Salazar--háste empeñado en labrar tu ruina, á pesar de
que yo procuro salvarte.

--No te comprendo--contestó Rodrigo de Paz procurando ocultar su
indignación--¿qué puedes reprochar de mi conducta?

--Rodrigo, tú tienes ocultos grandes tesoros que pertenecían á Cortés,
tú nos has engañado.

--¡Tesoros!--exclamó Rodrigo de Paz, comprendiendo adónde podía ir á
parar todo aquello.--¡Tesoros! nada tengo, y cuanto tenía, está ya en tu
poder.

--No me engañes, Rodrigo; ¿por ventura cuánto tenía Cortés me has
entregado?

--Todo absolutamente: ¿no se han inventariado los bienes? ¿no se han
almonedado? ¿no habéis ya extraído el oro que depositado se hallaba en
San Francisco? ¿no habéis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval
y de otros capitanes?; entonces ¿qué más queréis?

--No vengo á dar contigo mi residencia--contestó friamente Salazar--sino
á amonestarte que entregues esos tesoros.

--Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.

--¿No?

--Nó, lo he dicho.

--Bien, tú lo has querido.

Y Salazar salió violentamente del calabozo.

Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se
preparaba contra él.

Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos
con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos
se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar
sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y
la cintura.

Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los
ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas
veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes
á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema
tribulación.

Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas
á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba
los ojos con obstinación.

De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos
hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.

--¡Jesús me ampare!--exclamaba--¡Infames!

--Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros--dijo con una calma
infernal el gobernador.

--He dicho la verdad--contestó con energía Rodrigo.

--Pues adelante.

Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el
fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como
con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de
seguir virtiendo aceite.

--¡Salazar! Salazar!--gritaba Rodrigo--no seas cruel, todos sus tesoros
se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo
juro!

--Mientes--contestaba Salazar.

Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en
algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un
líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel
se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían,
y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un
ruido débil, pero horroroso.

Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si
fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como
informes masas, negras, hinchadas, fétidas.

Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y
los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.

Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.

Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.

La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y
conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.

Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies
hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.

Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle
el dogal, Salazar se apareció.

--Aun es tiempo;--le dijo--confiesa y vivirás.

--¿Vivir?--contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta
que cubría sus mutilados pies--¿y para qué quiero vivir así?--y luego,
dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:

--Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me
perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las
Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.

Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la
cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.

Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la
ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.

_Vicente Riva Palacio._



LOS DOS ENJAULADOS


I

EL EMISARIO

Era el domingo 28 de enero de 1526.

Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México
llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se
agrupaba á las puertas de los templos.

Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en
acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.

Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de
nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia
á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.

Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital,
los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza
disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los
domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de
azotes al que á dicha prevención faltase.

Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se
hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo
severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que
enfermo estaría de gravedad.

De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros
se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al
castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando
Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante
del altar.

Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué
despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas
desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.

Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió
muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de
Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la
ciudad.

Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo
el mundo salia con precipitación de su casa.

En el domingo á que nos referimos había también en México una gran
novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos
en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.

Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros
de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos,
y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su
confianza, perfectamente armados.

Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y
se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los
transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á
los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros
albores de la corte de los virreyes.

En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que
trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.

De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un
paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su
destrozado traje nada podía inferirse de él.

Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa
y procuraba recatarse de las gentes.

Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban
las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin
vacilar al monasterio de San Francisco.

En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido
para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.

El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy
pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.

Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que
dentro de él estaban.

Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la
muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento
á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de
libertarse que buscar asilo en San Francisco.

Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud:
pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría,
porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se
detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano
de Rodrigo de Paz.

--Deseo hablar con vuestra merced á solas--dijo el recién llegado.

Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.

--Pero esto ha de ser ahora mismo--continuó el hombre.

Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:

--Vamos.

Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de
San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy
magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que
destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de
Casas.

Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con
el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del
convento.


II

EL PREGÓN

Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó
majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas
que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los
templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.

Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar
lugar á la México de Cortés.

Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo
silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que
todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las
plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas
canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la
noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.

El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había
en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había,
esto era todo.

Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el
convento de San Francisco los allí retraidos.

La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos
lugares.

En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la
defensa.

Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no
habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero
de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.

Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero
Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la
necesidad y colocar á otro en su lugar.

Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que
podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y
sustituirle con otro más á propósito.

La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el
gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para
atacar ó resistirse.

--El tiempo vuela--dijo Jorge de Alvarado--y la indecisión es ahora
nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.

--Y bien, ¿qué hay que hacer?--preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel
momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos
por Salazar.

--Ante todo, prender á ese hombre--contestó Alvarado--quitarle el poder,
impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.

--¿Tienes algún plan?

--Sí.

--Pues díle.

--Escuchadme--dijo con solemnidad Alvarado--en este momento no tenemos
aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á
castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?

--Sí--contestaron los presentes con una especie de rugido.

--Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos
para estos hombres?

--Y para otros más--contestó Tapia.

--¿Y hasta qué número puedes armar?

--Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta
quinientos.

--Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.

--Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.

--Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército:
quinientos hombres me bastan.

--Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.

--Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes
escogidos.

--¿Qué piensas hacer?

--Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te
pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar
intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada,
armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.

Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora
después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:

--Los jinetes están listos.

Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo
que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la
calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.

En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las
brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro
aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.

Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el
tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á
los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi
simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.

Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que
recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen
servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les
mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»

Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto
se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel
pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad
se puso en movimiento.

Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres
se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos
quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.

Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había
cumplido su promesa.

Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.


III

LA ARREMETIDA

Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa
de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de
Salazar.

En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México
hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de
Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á
diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.

Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como
inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los
enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante
la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de
Peralmindes.

Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los
amigos de Cortés determinaron atacarle.

Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le
llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en
busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos
inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan
tímido como una conciencia manchada.

Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas
de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y
procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.

En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó
á Salazar.

--Señor--le dijo--el enemigo se pone en movimiento.

--¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?

--Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han
nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de
Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y
Rodrigo de Albornoz.

--¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?

--Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el
combate.

--¡Que vengan!--dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de
satisfacción á sus tropas y á sus cañones.

--¡A las armas! ¡á las armas!--gritó á ese tiempo uno de los
centinelas--¡el enemigo!

--¡A las armas!--repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un
momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los
mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.

En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con
dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés
de Tapia.

Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés
gran parte de sus tropas y de su artillería.

La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y
allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con
Salazar.

--Señor factor y vosotros los que con él estáis--gritó esforzando su
robusta voz.--Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido,
pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis,
que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al
gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos;
si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros,
señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros
amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga
merced, antes que él venga y os haga cuartos.

--Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría--contestó
Salazar con orgullo--más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó
saldré con ello.

Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar
en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar
gritando:

--Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.

--¡Calla, ó doy fuego!--exclamó Salazar arrebatando un mechero y
precipitándose sobre un cañón.

--Retirémonos á la casa, señor,--gritó en este momento el jefe de la
artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo--el enemigo
nos ataca por la retaguardia.

Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de
Tacuba desembocaba otra columna.

--¡A la casa!--gritó Salazar retirándose el primero.

Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus
jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se
había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que
penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las
puertas dejando á los demás afuera.

Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera
comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.

Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.

Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de
Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.

Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre
los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos
nombramientos.

--¡Santiago y cierra España!--gritó Tapia arremetiendo á la casa.

El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.

Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus
soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.

Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió;
pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó
sobre él para asesinarle.

Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo
Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron
salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.


IV

LAS FIERAS

Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y
corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña
procesión.

En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del
populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una
gruesa cadena que tenía atada al cuello.

Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los
insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.

Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias
humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los
hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de
fruta á la cara.

Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué
paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.

Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se
consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel
_excomulgado_.

--Haremos una jaula--dijo el carpintero Hernando de Torres que se
encontraba allí.

--Sí, una jaula--dijeron todos.

Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad
increíble, ayudado de muchos.

Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes
jaulas formadas de vigas.

--¿Para quién es esa otra?--preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba
cerca de la de Salazar.

--Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero--contestó Hernando
de Torres.

--Tienes razón.

Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una
cadena.

Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en
arrojar piedras y cieno á Salazar.

Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto
que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de
la expiación.

Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se
formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los
guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.

Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué
ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.

Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron
allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.


V

DOS GOTAS EN EL MAR

Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus
enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y así es que no
quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias,
Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.

Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de
1527.

Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses
estuvo encadenado y enjaulado.

Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.

Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y
gobernadores que el rey enviaba.

Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que
venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de
Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco
estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.

Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la
oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.

Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en
Jalisco.

Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la
conquista.

_Vicente Riva Palacio._



LA SEVILLANA


I

LA TEMPESTAD

En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca
pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera.
Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso
personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo
arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se
consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el
piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se
dirigió al hombre gordo.

--¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó
al Puerto de Palos?

--Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso
en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y
se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió
á sentar en la barca y le dijo al piloto:--Adelante, Antón, porque no
tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.

--¿Qué horas son?--preguntó el piloto.

--Las cinco,--contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.

--Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.

La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un
viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el
horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas
volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la
superficie de las aguas.

Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á
tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al
piloto le dijo:

--Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero
tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?

--Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo,
lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la
última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero
antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto,
ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan
llegar á los arrecifes.

--¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?

--Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas
amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros
borrasca desecha. Mirad.

El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo
opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la
luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que
naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento
caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía
un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.

--Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol,
ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés
en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás
retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que
nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser
machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced
preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo
con una bota de tinto, en vez de exponerse á que los pescados se cenen
el vientre de vuesa merced.

--Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto
personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene
ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y
provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes.
Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además
de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.

--Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que
el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su
oficio.

--No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas
nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla
caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en
casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de
vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.

Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á
Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol,
combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde
parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio; el viento irregular
soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando
de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que
brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.

--Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,--dijo el piloto.

--Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un
tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por
momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al
embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella
cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como
si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo.
Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el
piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La
Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la
tempestad que había estallado al entrar en el puerto.

En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas,
moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro,
despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro,
el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban
y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse
y á hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el
embarcadero.

La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido
que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua,
ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la
embarcación.

Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un
cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba
de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil
pedazos.


II

DOÑA BEATRIZ

La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los
arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino
español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa
dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó
el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y
resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus
costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes
de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y
se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos. Don
Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió
á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á
otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y
sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.

El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el
viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo
que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen
estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros
que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.

No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros
puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos
referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así,
en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y
uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don
Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y
el personaje distinguido á quien buscaba.

--Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa
ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la
cámara.

Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las
autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la
muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la
cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su
mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular
palabra ni moverse en algunos minutos.

Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer
española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la
admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la
cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un
blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas
pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta
dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy
pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello
ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable
regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba
ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo
maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil
artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de
abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.

Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al
personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido
entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.

--Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo
hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy
encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa,
mi persona y mis servicios.

El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un
hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena,
de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro
echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un
aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin
contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le
compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el
corazón, y después le acarició suavemente la frente.

--Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha
sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las
aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las
mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en
tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más
á propósito......

--Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que
se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y
de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de
hablar con......

--El Lic. Vena, Visitador de México.

--Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría
dispondrá lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se
incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos
negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo
se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la
encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más
deshecha tormenta.


III

EL VISITADOR

El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron
en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que
aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á los
empleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.

Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero
los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo,
y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron
á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta
horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta
y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde
donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al
Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

--Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y
segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si
pienso más en ella me volveré loca.

El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar.
Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos
lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose
un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo
al través de la luz.

--No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa
de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La
América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas
playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me
cierre el corazón.

--Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su
distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos
meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas
creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.

--Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......

--¿Estar con tu marido, acaso?--repuso violentamente el Licenciado.

--Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una
garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama,
pero no perdona.

Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.

--Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos
amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

--¿Traes tus cartas y tus provisiones?--le preguntó Beatriz.

--Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las
instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?

Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento
quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. En menos de
media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos
á la sala á recibir á la concurrencia.

Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.

Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz,
en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona
llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna
curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al
comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una
suculenta mesa.

Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas y
_provisiones_ del Rey, muy importantes y secretas, había llegado á
Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.

En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la
confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España
y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á
Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de
un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que
estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto á la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quizá no tenían
tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero
que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y
protección del personaje.


IV

LA AUDIENCIA

Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos
de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas
jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los
justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles
personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á
México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le
habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir
sus _provisiones_ para darles cumplimiento.

El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no
había traído las _provisiones_, porque el Virrey Velasco que estaba para
llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los
vasallos de S. M.

La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á sus _estrados_,
le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando
cuenta é instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes,
procurando inspirarle una resolución favorable.

Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las
empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los
encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la _visita_ le
llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y
perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el
Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de
Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con
independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México;
pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su
Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y
le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y
se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.

Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á los _estrados_ de la
Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que
avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.

Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero
temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y
él tuvo tiempo de reponerse.

--Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la
tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta
vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar
al Virrey y á tomar las _cartas y provisiones_ que me traerá, para que
podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él
cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le
tenían enteramente de su parte.

El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su
casa y entró buscando á Beatriz.

--¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?--le preguntó
Beatriz.

--Más me valiera haber muerto,--contestó el Licenciado.--Corremos un
gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada
me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.


V

LOS AZOTES Y LA LOCA

Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar
violentamente el correo á Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo
que había.

Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que á su salida
de España la Corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así
ese Lic. Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que el no
traía para tal personaje cartas ni _provisiones_ algunas.

Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y
pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como
ellos, burlados y robados por un miserable!

El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fué
víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló
á los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.

Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de
marcharse al Lic. Vena y á la linda Sevillana, y los trajo á buen
recaudo á México. El licenciado fué encerrado en la cárcel; la dama en
una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les
habían regalado, devolviéndose á sus dueños.

En breves días se instruyó la causa, y el Lic. Vena fué condenado á diez
años de galeras, y á recibir antes cuatrocientos azotes.

       *       *       *       *       *

La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó á ver la entrada
solemne de la noble é interesante pareja, llenó las calles y los
balcones para presenciar la cruel ejecución.

Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una
bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era
altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.

El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es
la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, _por embaidor, por
embaidor_.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con
todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de
complacencia.

Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro
esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al
suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una
hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado.
Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud
corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró
espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible
azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

       *       *       *       *       *

La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin
llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa
Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.

Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las
doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando
gemidos tan dolorosos que partían el corazón.

_Manuel Payno._



ALONSO DE AVILA


I

PROLOGO.--LA CONFESIÓN

En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el
Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba
una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y
entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y
pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado
su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del
convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados
producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y
estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que
estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin
interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se
escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se
abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un
manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas
barbas del que tocaba.

--¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este
convento, y qué quiere?--preguntó desde adentro el lego portero con
visible mal humor.

--Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del
Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy
Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.

--Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud
de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos
hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece
que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de
ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta
anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío
é inmenso monasterio.

--No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el
manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz
rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español,
no hay que dormirse ni que perder tiempo.

Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los
corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube
de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de
Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de
Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le
cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal
negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le
guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa
del moribundo y penado caballero.

Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara
larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las
enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un
ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en
su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba
iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de
santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de
escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que
asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su
derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las
velas y retirar á todas las rezanderas.

--Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy
aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,--dijo Fr. Domingo
acercándose á la cama del enfermo.

--¿Traéis los Santos Oleos?--respondió el enfermo con una voz trabajosa.

--No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......

--Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo
necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del
infierno. Bendita sea su divina misericordia.

--Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa,
arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión
del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y
se acercó lo más posible al confesor.

       *       *       *       *       *

--¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?--preguntó el enfermo
después de haber confesado sus culpas.

--Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios
perdona los más grandes pecados.

--¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en
dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco
que Dios me ha dado en esta tierra?

--Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los
ojos de Dios.

--Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya
de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que
Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.

--No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de
Dios, que es infinita,--interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no
hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid,
depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.

El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en
voz muy baja.

--¡¡Jesús!!--exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del
sillón; ¿y todo ello es verdad?

--Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la
presencia de Dios.

--Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en
esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.

--¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así
como un hereje, sin esperanza ninguna?--dijo el enfermo con las lágrimas
en los ojos......

--Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una
condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras.
Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo,
pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado,
sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.

Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el
moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia,
avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras
el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y
haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había
vuelto loco.

Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie
salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí
una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el
Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.

--No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse
inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó
el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.


II

EL MARQUES DEL VALLE

En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en
compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y
reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en
nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el
gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos
habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los
conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama
muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la
víctima y al verdugo. El gran _Tonatiut_ había muerto desbarrancado en
Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala;
el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había
exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho
solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de
los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta
años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el
mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].

En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los
habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los
indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante,
que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya
tradición era respetada de los indios mexicanos.

Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana
de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el
nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la
batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores
y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y
de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de
Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de
Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor
de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su
figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y
el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas
prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si
no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y
respetable imagen.

El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener
esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un
castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y
españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é
indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una
reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de
artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de
arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de
guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los
rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza
hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía
regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro
y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y
una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran
sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el
conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de
polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había
entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus
habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al
rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las
cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad
de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy,
según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y
benévolos lectores.


III

LOS HERMANOS

Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura
de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se
formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo,
estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no
había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo
Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo
estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de
fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y
civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía
acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de
habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.

En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con
la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija
le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del
conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la
roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron
silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés,
hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro
Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años,
hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de
nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las
puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era
pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha
la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era
pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el
caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que
tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un
corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de
terciopelo negro.

Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo,
observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron
silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y
desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.

--¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?

--Precisamente nos han dicho......

--Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no
es verdad?

--Me habían dicho que uno solo,--interrumpió Alonso.

--Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para
después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre.
Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del
bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y
que......

--_Reales_ son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de
Avila, y _reales_ las hemos de volver de tal manera, que las majestades
_reales_ queden asombradas de lo que aquí va á pasar.

--Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando
la puerta;--y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:--Sentáos y
evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal
tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.

Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se
sentaron á departir con la mayor confianza.

--¿Sabes, Marqués--dijo Alonso--que tengo un gran cuidado? es decir, de
los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi
espada.

--¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?--preguntó el
Marqués.

--Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea
de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa
con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha
sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la
conjuración.

--Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso;
mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á
la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en
mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal
manera que ni se acuerda del asunto.

--Y la audiencia, ¿sabrá algo?--preguntó el hijo de Doña Marina.

--Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor
Ceynos, cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está
pasando, interrumpió D. Luis Cortés.

--Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,--exclamó D.
Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á
estocadas con esos viejos pergaminos.

--Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos,
porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal
manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la
tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que
el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.

--No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo
tienen de pasar esas fiestas del bautismo.

--En primer lugar, contestó el Marqués...

En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que
se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían
favor.

Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué
uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos
hasta la calle de _Martín de Aberraza_, donde ya reñían furiosamente los
dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de
Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la
otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes
que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa
de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser
porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un
disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos
las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus
hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la
casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el
programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.


IV

EL BAUTISMO

Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba
la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las
que aun falta que contar.

El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde
estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al
frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de
moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España
en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los
sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se
habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se
llamaban del Estado.

La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con
dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una
construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas
ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de
Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad
era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y
se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de
Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos
pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al
canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas
de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban
vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa.
El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en
las esquinas y almenas en las azoteas.

La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces
había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina
frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que
llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del
Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de
Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte
con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que
estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa
Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada
y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las
casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de
los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos
presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más
aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el
bautismo de los dos gemelos.

El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se
desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el
señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro
varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el
acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia
mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su
mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina.
Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á
la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce
caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un
torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el
brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las
armas.

La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde
se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse
completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados,
liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros
cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza
que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones
gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal
de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino
tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros
daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en
seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba
colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante
ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y
sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se
volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la
alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad,
los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria,
favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de
esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en
negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se
descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las
hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante
que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres
sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible
los arrebatara repentinamente por los aires.


V

LA ORGIA Y LA CONSPIRACION

Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de
tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al
interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos
banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus
trozos de toro asado.

El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y
siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso
cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los
ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de
plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la
pared, casi hasta el labrado artesón.

Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran
hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir
la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia
que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de
ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D.
Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez
Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y
otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun
no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando
entró éste.

--Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que
estaba ya puesta y aderezada.

--Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no
sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.

--Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de
tierra no es menos curiosa que la de plata.

El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden
de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente
labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio
de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de
plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con
excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona,
y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa
en que debía sentarse el Marqués del Valle.

Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se
presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.

--Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene
dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos
sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.--Todos los caballeros que
hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado
tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y
exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas
del palacio.

Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y
casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los
reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con
tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría
costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de
Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los
reyes y nobleza mexicana.

Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus
vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El
fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de
joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de
la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de
laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió
un grito diciendo: «_¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras
Señorías!_»

Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á
comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las
conversaciones no tuvieron freno.

--No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han
transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.

--Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.

--¿Todos son de los nuestros?--preguntó D. Luis de Castilla.

Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego
volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la
familia del Marqués.

--¿Por fin se ha convenido en algún plan?--interrogó Nuño de Chávez.

--Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero
con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de
México.

Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en
el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos
y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:--Es todo una
chanza, un juego, una diversión de mis amigos....

--Veamos el plan, dijeron varios.

--Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de
la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que
aquí va á decirse.

Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su
espada.

Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á
hablar:

--Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver
perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas
veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la
nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales
cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la
dependencia de España? Hagámonos _señores de la tierra_ que nuestros
padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra
felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes,
oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos.
¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!

Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón,
y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con
estrepitosos aplausos.

--Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo
restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito
martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.--Se está
construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de
tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío
estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos
unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la
esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para
atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los
oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza.
Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que
tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D.
Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que
se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del
palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y
á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas
para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.

Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de
asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus
frentes ya ardorosas por el licor.

--¿Tendremos miedo?--preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con
los convidados.

La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la
escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más
terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el
Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y
retirados del centro de la ciudad?

El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el
silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del
Marqués, diciéndole: _¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra
Señoría!_

--Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su
compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la
cabeza, la llenó de vino y bebió.

--A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.

El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media
noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que
tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y
formaron una rica y costosa _Encamisada_ recorriendo y alborotando la
ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con _alcancías_,
que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.

De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos
conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y
misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El
Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué,
un ligero calosfrío.


VI

LOS OIDORES

Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la
ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque
desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada
por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los
conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su
hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y
permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una
encomienda.

Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores,
que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de
Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia,
que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas
daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el
mercado y la Universidad.

--Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas,
despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.

--Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escándalo de
los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo
Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á
los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente
somos impotentes y estamos odiados.

--No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.

--Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así,
y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó
el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación
me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el
encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los
Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San
Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de
Villanueva.

--Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos
insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero
repetimos, ¿cómo hacerlo?

--Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro
soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que
se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo
contrario, un día ú otro seremos asesinados.

--Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.

--Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.

--Lo sabemos.

--Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la
Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en
su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.

--Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta
audacia.

--Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí
teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un
mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo
que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del
Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.

--¿Teneis gente dispuesta?--preguntó Villalobos.

--Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan
del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del
Marqués: no nos faltarán.

--Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo
mucho.

Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la
celada que se le tendía, ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.

Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un
asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la
gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.

Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:--Mandad lo que deba
hacerse.

El doctor Ceynos se volvió resueltamente al Marqués, y le dijo con voz
amenazadora: «Dáos preso por el Rey.»

--¿Por qué tengo de ser preso?--contestó D. Martín levantándose de su
asiento y mirando á las puertas.

--Por traidor á S. M., replicó Ceynos.

--¡Mentís!--interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano á su
estoque;--yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.

Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el
último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y
fiera en el Marqués, é hizo seña á los soldados que se acercasen.

El Marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte,
entregó sus armas. Un momento, dijo, y estoy á vuestras órdenes.
Retiróse á un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una
plegaria. Fué la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de
comer á un número de presos ese mismo día de cada año. El Marqués fué
llevado á una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por
Ceynos.

A la misma hora fueron aprehendidos D. Martín y D. Luis Cortés y todos
los convidados alegres á quienes hemos conocido en el magnífico comedor
de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal,
el Deán Chico de Molina, que fué reducido á una estrecha prisión en la
Torre del Arzobispado.


VII

LOS DEGOLLADOS

El 3 de agosto de 1566, víspera de Santo Domingo, á las siete de una
oscura y lúgubre noche, una comitiva fúnebre se dirigía á la plaza
mayor. Alonso de Avila iba montado en una mula con unos grillos en las
manos; estaba vestido de negro, y una ropa ó turca de damasco pardo, con
gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en
el cuello. Su hermano Gil González, ajeno á la conspiración, como hemos
dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de
muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el
verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, precedía muy
de cerca á los presos.

Junto á las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de paño negro, y
alumbrado con la trémula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba
la gente de la Audiencia, y alderredor la población entera, amigos y
enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombríos el
desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Avila
subieron al tablado. Alonso confesó allí ser cierta la conspiración, con
palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las últimas
oraciones no terminaban cuando el verdugo levantó en el aire su terrible
hacha, la que zumbando trozó la cabeza del apuesto y gallardo joven, y
lo mismo pasó con el inocente Gil González, quedando aquel paño fúnebre
humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del
marqués del Valle.

Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres, á la
luz de un opaco cirio, á la iglesia de San Agustín, y las cabezas
amanecieron al siguiente día clavadas en unas picas en lo alto de los
torreones de la Diputación.

_Manuel Payno._



DON MARTIN CORTES

    _Mandaré decapitar_
    _A todos los sospechosos;_
    _Con suplicios espantosos_
    _Haré á México temblar._

    RODRIGUEZ GALVÁN.--_Muñoz._


I

LA FLOTA

En alguno de los artículos anteriores hemos dicho que la entrada de un
barco al puerto de Veracruz, que era el único por donde se hacía el
comercio en la Nueva-España, era un acontecimiento. La llegada de las
flotas que comenzaron á venir con regularidad desde 1561, llenaba de
júbilo á los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto
territorio por telégrafo, como hoy, pero sí por medio de correos
indígenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de
manera que podemos considerarlos como los telégrafos humanos; y
difícilmente en cualquiera otro país del mundo las comunicaciones han de
haber sido tan rápidas y tan seguras como en México desde el tiempo de
los Reyes Aztecas, que tenían sistemado de una manera notable el
servicio de los correos.

Luego que á todo escape llegaba el correo á las poblaciones con la
noticia de que la Flota había llegado con toda seguridad á Veracruz, el
Corregidor, Subdelegado ó justicia mayor del pueblo, se vestía con todo
el lujo posible, el Ayuntamiento se reunía en cabildo pleno, el cura
aseaba y llenaba de gallardetes y de cirios la Iglesia, y los
comerciantes y labradores salían llenos de júbilo de su casa y se
reunían en la plaza á referirse mútuamente las noticias que sabían, ya
de la salud de los Reyes, ya de las aventuras que habían corrido los
barcos en una tan larga y peligrosa navegación, ya de las mercancías que
tenían que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se
repicaban á todo vuelo, y los viejos vinos de España circulaban con
profusión entre los buenos y honrados mercaderes. El día era de holgorio
y de completa alegría. En México, por supuesto, todo se hacía con más
pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse,
temblaban á la llegada de cada Flota, porque las provisiones de la corte
no siempre eran conformes con los deseos de los que aquí gobernaban.

La alegría, en la época á que vamos á referirnos, fué mayor para la
generalidad de los habitantes de México, aunque al mismo tiempo inspiró
el más grande sobresalto á la audiencia y á sus partidarios, que como
hemos visto en la narración anterior, habían mandado degollar á los
hermanos Avila, y tenían reducidos á prisión y encausados al marqués del
Valle y á la mayor parte de los nobles y caballeros ricos é influentes
de la ciudad.

Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo
general Don Pedro de las Roelas había llegado á Veracruz con la
Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de
los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto
personaje, que era nada menos que Don Gastón de Peralta, marqués de
Falces, nombrado virrey de la Nueva España.

Los amigos del Marqués que veían su vida en peligro no economizaban
ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que
mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga ó
embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose á Veracruz con
el fin de trasladarse á España.

Al tiempo que la Flota llegó, dos jóvenes amigos del Marqués y de los
Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación
pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para
Campeche, se dieron á la mar y abordaron antes á la Capitana, logrando
ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.

--¿Qué noticias me dáis del Reino?--les preguntó el Marqués, pasadas las
ceremonias y saludos de costumbre.

--No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitándose con
sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los
oidores han ultrajado á la mitad de la nobleza, han degollado á los
Avila, que eran los jóvenes más apuestos y más queridos de México, van á
degollar al noble marqués del Valle, y van á degollar á los Bocanegras,
y van á degollar á Castilla, y van á degollar á los Sotelos, y van á
degollar al Deán Chico de Molina, y van á degollar á doce padres de San
Francisco y á dos de Santo Domingo, y van......

--Esos monstruos, interrumpió el Marqués, van á degollar á toda la Nueva
España; pero ¿es cierto? ¿ó tratáis de burlaros del Virrey?

--¡Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos
mercaderes que hacemos viajes á Yucatán, y no nos atañen ninguna de
estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos
todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es
muy posible que también los oidores quisieran......

--Degollarme á mí también, ¿no es verdad?--interrumpió el Marqués
retrocediendo un paso.

--Salvo el parecer de su señoría, contestó el más atrevido de los
muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.

Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la
conversación, dió una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos
españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al Marqués.

--Creo, le dijo, que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo
quizá estos muchachos dicen la verdad; será mejor que permanezcáis á
bordo hasta recibir mejores noticias.

--Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa, les dijo el marino, y
los despidió.

El marqués de Falces se quedó efectivamente á bordo, y allí recibió
cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el
Reino. Al cabo de seis días se decidió á ponerse en camino para México,
adonde no llegó sino después de un mes, acompañado de veinticuatro
alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.


II

DE LO VIVO Á LO PINTADO

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, tercer virrey de México, era
hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las
persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y
estaba dispuesto á perdonar cualquier falta que sus descendientes
hubiesen cometido.

Cuando llegó á México, los oidores, asustados con su propia obra, tenían
la artillería abocada contra la ciudad, tercios armados recorrían los
barrios, y la policía vigilaba hasta las acciones de los muchachos que
andaban en la calle. Todas las noches temían que estallase una nueva
conspiración y que ellos corrieran la misma suerte que habían deparado á
los simpáticos jóvenes á quienes degollaron.

Don Gastón mandó retirar inmediatamente la artillería y las guardias,
comenzó á conocer en todas las causas pendientes, calmó la cólera de la
nobleza y volvió á los ánimos de los moradores su perdida tranquilidad.

El proceso del marqués del Valle se seguía por los oidores con
actividad, el Fiscal Céspedes de Cárdenas pidió la confiscación de los
bienes, el Virrey la negó; pero el miedo, que los hacía más crueles, los
inclinaba á sentenciarle á muerte. El marqués del Valle, el hijo más
querido de Cortés, podía ser degollado frente de la Diputación, en el
mismo patíbulo que los Avila.

Don Gastón recibió, al sentarse á la mesa, informe del estado de las
causas; no acabó de comer, sino que se retiró silencioso y pensativo á
su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llamó á su secretario Gordián
Casasano.

--Id á la prisión del Marqués con esta orden, sacadle de ella y traedle
á mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.

El secretario volvió antes de una hora con un hombre embozado hasta los
ojos en un ferreruelo negro. Era el marqués del Valle.

--Don Gastón, dijo conmovido, jamás mi casa olvidará lo que os debe.

--Guardad, Marqués, para otra ocasión esos cumplidos, le contestó el
Virrey tendiéndole la mano, y tratemos ahora de concluír definitivamente
todos estos enojosos procesos. ¿Sabéis que los oidores os condenarán á
muerte?

--Me habrían ya degollado, á no haberlo impedido tan oportunamente el
noble Don Gastón.

--Es verdad, Marqués, es verdad; esos hombres están sedientos de sangre.
Han condenado á muerte á Don Luis Cortés.

--¡Villanos!--dijo el Marqués exaltado; el más inocente, el mejor de los
hijos de mi noble y valiente padre. ¡Pero eso no es posible!

Don Gastón sonrió tristemente y contestó al Marqués:--Todo es posible en
esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy á hacer en este
momento me puede costar la vida, ó cuando menos el virreinato. No
importa. Quiero salvar el nombre histórico de los españoles. Tres viejos
miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patíbulo á
los hijos del capitán más grande que ha tenido la Europa. Os
salvaré......

--Don Gastón, interrumpió el marqués del Valle, os explicaré......

--Nada tenéis que explicarme...... _traidores no los ha habido en
vuestro linaje_, vos lo habéis dicho...... tampoco quiero obligaros.
Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de español. Firmaré la
sentencia de Don Luis, pero en revisión será condenado sólo á la
confiscación y á servir á su costa diez años en Orán. En cuanto á vos,
partiréis para España en la flota de Juan de Velasco. Si el Rey os mata
allá, morid como cristiano y como caballero, que el Rey sabrá por qué
mancha su manto con la sangre del que dió á Castilla el vasto reino de
Nueva España: si os perdona, buena pro os haga. Todo está dicho, y ni
una palabra más.

Don Gastón tocó la campanilla y el secretario entró.--Iréis á casa de
los oidores y los traeréis al palacio, diciéndoles que el servicio de S.
M. los llama inmediatamente.

El secretario salió y el marqués del Valle y el Virrey quedaron
platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las
cosas de España.

Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqués del
Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisión.

--No podemos tratar ni hablar, dijo Ceynos indicando al Marqués,
mientras una persona que debía estar en la prisión se halla en......

Don Gastón tomó todo el aire resuelto é imperioso de quien tiene fijada
en la conciencia una resolución irrevocable.

--El Virrey sí puede hablar, y hablará pocas cosas, pero serán
decisivas,--dijo encarándose, y sin darles asiento. La sentencia de
muerte de Don Luis está firmada, pero en revisión sólo tendrá la pena de
servir diez años á su costa en Orán, y quedará confirmada la
confiscación de sus bienes.

--Su señoría reflexionará, murmuró Ceynos......

--He reflexionado ya, señor licenciado Ceynos, contestó el Virrey
secamente; y continuó:

El marqués del Valle saldrá para España donde continuará su causa, y uno
de vosotros le custodiará hasta entregarle al comandante de la flota.
¿Lo entendeis? y vuestra cabeza responde de la seguridad del
prisionero. Id con Dios.

--Señor Virrey, dijo Ceynos, yo no me encargaré por todo el oro de las
Indias, de conducir á un preso semejante. Sus muchos partidarios nos
atacarían en el camino y nos matarían.

--Ni yo, dijo el otro oidor.

--Ni yo, interrumpió el tercero.

--Entonces yo me encargaré, dijo el Virrey, y ya veréis de qué manera.

--Marqués del Valle, continuó, vos saldréis de México el día que yo os
diga, os embarcaréis en la nao de Felipe Boquin, llamada la _Esterlina_,
iréis á San Lúcar de Barrameda ó á otro puerto de España, y á los
cincuenta días os presentaréis al consejo de Indias, avisándome de todo
esto por los primeros navíos de la próxima flota. Dadme la mano y
prestad _pleito-homenaje_ ante mi secretario Gordián Casasano y el
caballero de Calatrava Don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.

--Señor Virrey, dijeron los oidores, el reo se fugará sin remedio;
protestamos que.......

El marqués del Valle, lleno de enojo quiso contestar al inícuo Ceynos,
pero el noble Don Gastón le contuvo, y dijo con una dignidad y una
admirable firmeza:--«Príncipes, galeras, fortalezas y oficios se
entregan á caballeros con _pleito-homenaje_.» Id con Dios, señores
oidores, y sabed que con el Marqués va también Don Luis su hermano y el
Deán Chico de Molina.

El Virrey saludó con dignidad á los oidores y dijo á su secretario
Gordián: acompañad al Marqués á la casa y hacedle los honores debidos.
Los demás presos fueron puestos en libertad al día siguiente; la ciudad
quedó tranquila.

El Virrey siguió después ocupándose con afán de los asuntos de la
colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde
mandó pintar la batalla de San Quintín, en la cual había tal número de
figuras que según las gentes decían, pasaban de _treinta mil_.

Los oidores furiosos escribieron cartas á España acusando al Virrey de
complicidad con los conjurados y diciendo, que tenía _treinta mil
hombres_ para alzarse con la tierra, y otras muchas calumnias de esa
especie, al mismo tiempo que procuraron, por medio del soborno, que los
despachos que el mismo Virrey remitió á España, fuesen robados y no
llegasen por consiguiente al conocimiento de Felipe II. Todas las
gentes, al ver la mudanza que se originó en el reino, se deshacían en
elogios al Virrey, y decían comparándole con la audiencia: «_Esto sí que
es de lo vivo á lo pintado_;» pero los oidores, cuando platicaban entre
sí regocijándose del triunfo que iban á obtener en la corte, decían
también: «todos los soldados que ha mandado pintar Don Gastón en el
palacio, los hemos considerado como de carne y hueso en el informe que
hemos dado á España. Esto sí es verdaderamente _de lo vivo á lo
pintado_.»


III

EL VISITADOR MUÑOZ

Felipe II, alarmado con las noticias que recibió de la Audiencia de
México y con el silencio de Don Gastón de Peralta, le removió del
virreinato y mandó de visitadores á los Licenciados Jarava, Carrillo y
Muñoz. Eran tres fieras y no tres hombres; Jarava murió afortunadamente
durante la navegación. Carrillo y Muñoz llegaron á México
repentinamente. Don Gastón de Peralta, sorprendido de las bruscas
disposiciones de la corte, levantó una información y se retiró á San
Juan de Ulúa.

El Lic. Alonso de Muñoz era hombre de más de 65 años; alto, seco,
acartonado, de color de aceituna, de ojos torvos y hundidos, de una boca
tosca y antipática; sus facciones todas salientes y duras, sus barbas
gruesas como las cerdas de un jabalí, y que le salían en desorden por
toda la cara hasta cerca de los ojos, lo hacían parecer más bien un
animal feroz que un ser humano; todo, en fin, revelaba su altanería, su
crueldad y su orgullo.

Luego que descansó un par de días, se presentó en la Audiencia, y toda
la hostilidad que los oidores hacían al buen marqués de Falces, se
convirtió en bajeza y adulación tratándose de Muñoz.

--Mil perdones tenemos que pediros humildemente, le dijeron: quizá el
alojamiento no ha sido digno de una tan grande persona.

--Yo no he venido aquí á alojarme bien ó mal, sino á castigar á los
traidores. ¿Qué habéis hecho para defender el trono de nuestro monarca
Felipe y para atajar la cobardía ó quizá también la traición de ese
Virrey débil?

--Señor, nosotros degollamos......

--Ya lo sé; degollásteis á dos mancebos calaveras. ¡Gran cosa, vive
Dios! pero no tuvísteis valor para degollar al Marqués y á sus hermanos.

--Señor......

--Ya vereis: vengan acá esos papeles que llamais procesos, y esta noche
temblará México.

El secretario, sin poder andar de miedo, y con la boca seca de manera
que no pudo responder una palabra á las diversas interpelaciones de
Muñoz, llevó unas resmas de papel escrito que contenían las causas que
les habían instruído á los conjurados con motivo del bautismo de los
gemelos del marqués del Valle.

Muñoz caló unas grandes gafas, tosió estrepitosamente hasta hacer
estremecer la sala; hizo recorrer los estoques y armas contra su acerada
cota de malla interior, para dar á conocer que á todo estaba prevenido,
y comenzó á hojear las causas. Durante una hora ni las moscas turbaron
el silencio.

--Que entre el fiscal Sande, dijo Muñoz después de cerrar los legajos
con una especie de cólera.

El fiscal Sande entró.

--Cobardía, infamia, traición, eso es lo que saco en limpio de estos
papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no
acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan
vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras
cabezas.

Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso á
escribir.

--¿Qué escribís, Sande?--le preguntó Muñoz.

--Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y
leerá, pues creo haber adivinado su intento.

Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia.

Cuando Sande acabó, presentó á Muñoz lo que había escrito.

Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la
noche.

--Se decreta, dijo Muñoz, la confiscación de bienes del marqués del
Valle, de Don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra,
de Nuño Chávez, de Luis Ponce de Leon, de Agustín de Soto Mayor, de
Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de
Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todo estos
quedarán reducidos á una estrecha prisión.

--Volved la hoja, le dijo el fiscal.

Muñoz volvió la hoja y preguntó al secretario de la Audiencia:

--¿Tendremos cárceles bastantes para más de doscientas personas?

--Con perdón de su señoría, después de los que se hallan en prisión,
apenas habrá para veinte.

--Entonces, sin dilación, es menester construír todas las prisiones que
sean necesarias. Serán estrechas, incómodas, y se colocarán en los
lugares más malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de
regalar á los traidores á su Rey. ¿Me entendéis? Quiero que tengan fama
en la historia, y que todos se acuerden en México, dentro de dos siglos,
de _los calabozos de Muñoz_.

Muñoz se levantó, y sin quitarse la gorra ni saludar, salió de la
Audiencia.

En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada,
recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por
los corrales, todas las casas designadas, y arrancaron de su lecho y de
los brazos de sus esposas á las víctimas, secuestrando la ropa, los
papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.

Amaneció el día siguiente, y la consternación y el llanto se veían en
todos los semblantes. Nadie se atrevía á hablar, y todos temblaban
cuando veían pasar á los siniestros satélites del visitador de México.

       *       *       *       *       *

Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hirió á las
más principales y nobles familias, Muñoz fué el dueño y el árbitro de la
ciudad de México. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerró
en su habitación sin dejarse hablar ni ver más que por sus secuaces. Las
causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no
acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.

El día 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gómez de
Victoria y Cristóbal de Oñate. Esa noche ninguna de las familias de los
presos durmió, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios
á los santos para que libertasen de la muerte á sus deudos.

El Ayuntamiento, entre tanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en
cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la
llegada del visitador y la justicia que hacía en nombre del Rey.

El día 9 recorrió las calles una fúnebre procesión. Dos nobles ricos y
principales caballeros, Don Baltazar y Don Pedro de Quesada, atados de
pies y manos, en sendas mulas, aparecían custodiados por numerosos y
feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detenía y gritaba con
toda la fuerza de sus pulmones: «Esta es la justicia que manda hacer S.
M. á este hombre, por traidor; mándanle degollar por ello; quien tal
hace que tal pague.» Llevados de este modo hasta el centro de la plaza
pública (donde hoy están los jardines), el verdugo les cortó la cabeza.

Diego Arias, Baltazar de Sotelo, Pero Gómez de Cáceres, Juan Valdivieso,
Antonio Ruíz de Castañeda y García de Albornoz, fueron sacados
violentamente, de noche, y conducidos á Veracruz para ser embarcados
para España. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas
sumas de dinero, que á título de sueldos se repartían Muñoz, Carrillo,
los oidores y los demás satélites del tirano. Carrillo firmaba todo lo
que Muñoz decretaba.

La consternación y el miedo se cambió en rabia. Aseguran las tradiciones
que una buena parte de la gente principal se reunía en un barrio que se
llamó por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que había
(donde hoy es la imprenta de Don Ignacio Cumplido), conspiraban,
resueltos á matar á Muñoz, á Carrillo y á los oidores, y á libertarse á
toda costa de la más horrenda y sangrienta tiranía.


IV

EL TORMENTO

Martín Cortés, actor principal después de su hermano en este sangriento
drama, era el mejor y más amable de los hombres. Hijo de la hermosa
Marina y del conquistador D. Hernando, por un error de la naturaleza no
había heredado ni la fortaleza y brío personal de su padre, pero sí la
melancolía y la dulzura de la raza indígena, representada en los ojos,
en la fisonomía, en las maneras de la mujer más bella y más célebre que
pueda registrar la historia. Débil, extenuado, enfermizo,
condescendiente por carácter, fiel y amante con su hermano, había
seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado
como un hidalgo á sufrir heróicamente todas las consecuencias. Ya que el
Marqués había escapado, Muñoz quería vengarse en el hermano.

Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos
referido, en el interior de las casas reales tenía lugar uno de esos
actos bárbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.

Don Martín Cortés había sido condenado á sufrir el tormento _de la agua
y de los cordeles_, y los españoles pagaban así en el hijo los servicios
que la madre había prestado en la obra laboriosa y difícil de la
conquista.

A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que había padecido, fué
llevado á la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era
húmeda y sombría, pues recibía una escasa luz por una alta ventana
guarnecida con gruesas barras de hierro.

Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del
tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por
donde pasaban las cuerdas y unos tornos para apretarlas.

Don Martín, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente á sus
verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron
gradualmente para arrancarle una declaración.

No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos,
muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de
los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el
torniquete hasta el punto que las cuerdas se le entraban en la carne y
los dedos de los pies estaban á punto de arrancársele.

En esto entraron Don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla Don
Antonio Morales, pues siendo Don Martín caballero del hábito de
Santiago, conforme á los estatutos de la Orden debían asistir dos
caballeros al suplicio.

Don Martín volvió indignado la vista hacia el Obispo, y nada contestó.

Entonces Muñoz, que desde la puerta vigilaba la ejecución del tormento,
mandó que se le echase un jarro de agua.

Nada dijo tampoco Don Martín.

Muñoz ordenó otro jarro de agua.

Don Martín estuvo á punto de ahogarse, é hizo, á pesar de su debilidad,
un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.

Muñoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.

Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada á Muñoz y
al Obispo.

--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.

Con esfuerzo, porque Don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro
de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar á pesar de tener una
trabilla que se lo impedía.

--Confesad,--le dijeron los verdugos.

--He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir,--dijo el
desgraciado.

--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.

--Puede morir, observó el verdugo.

--Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,--replicó Muñoz.

Otro jarro fué administrado en efecto, pero el infeliz Don Martín moría,
y con voz desfallecida exclamó: «_Ya he dicho la verdad, y por el
Sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí
que me muera._»

El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndolo muerto,
suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado á su prisión.
Algunos días después Don Martín fué condenado á destierro perpetuo de
todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de
tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la
Península, donde murió á poco tiempo á consecuencia de sus martirios y
pesares.


V

LA JUSTICIA DEL REY

La tiranía de Muñoz no conoció ya límites desde que empuñó
definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido
desde entonces para España, si el Rey, escuchando las muchas y justas
quejas de sus vasallos de México, no hubiese puesto un remedio. Los
licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que había dispuesto y
mandado á Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con
amplias facultades para remediar todos los males que á causa del
gobierno de Muñoz aquejaban á la Nueva España.

El Martes Santo entraron secretamente á la ciudad, con sus _cartas y
provisiones_ que mostraron únicamente á la Audiencia; pero los oidores
estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisión de
notificar á Muñoz la cédula de S. M.

Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.

Muñoz, para darse más importancia y para hacer alarde de un acto de
hipócrita devoción, se había retirado á pasar la Semana Santa al
convento de Santo Domingo, y en la iglesia había mandado poner un alto
tablado con un dosel de terciopelo carmesí, todo recamado de oro, un
sitial y un cojín. Allí asistía á los oficios y ceremonias, rodeado de
una compañía de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos é influentes
entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres ó
cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una
manera extraña. Acabados los oficios, Muñoz atravesaba con una estudiada
gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda á
pensar á quiénes robaría los bienes y á quién encerraría en sus inmundos
calabozos.

Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse el alma á las
espaldas, y el Miércoles Santo, muy de mañana, acompañados del
secretario Sancho López de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron
en el convento. Encontráronse con el paje del servicio, pero rehusó
formalmente despertar á Muñoz, por más instancias que le hicieron; así,
tuvieron que esperar más de una hora hasta que otro paje se resolvió, y
de puntillas y vacilando, como quien va á cometer un crimen, avisó á su
amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendían
besarle la mano. Muñoz despidió al audaz paje con una torva mirada, y no
se dignó contestar.

Pasó otra media hora, y entonces Muñoz se vistió é hizo entrar á su
dormitorio á los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones
antiguos, de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y
las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo
galoneados de oro.

Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortesmente, y como se
acostumbraba, preguntaron por su salud.

--La noche fué mala, contestó Muñoz sin darles asiento ni quitarse la
gorra, y la salud no es buena; pero sería mejor si gente atrevida é
importuna no viniese desde la madrugada de Dios á turbar el sueño y el
descanso en días tan santos y tan solemnes.

Estas palabras encendieron la cólera de los oidores, que se cubrieron al
instante la cabeza. Muñoz quería levantarse á reprenderles sin duda,
pero le hicieron una señal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era
el más resuelto, sacó del seno la _provisión real_, y dijo con firmeza:

--Señor secretario, leed esta cédula y notificadla al licenciado Muñoz.

Agurto, alentado y colérico también, tomó el papel, se acercó al
visitador, desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenzó
á leer. A los primeros renglones, Muñoz se quitó la gorra; á los
segundos, recogió sus piernas y se puso en una postura decente; á la
mitad de la cédula, perdió el color; al fin de ella, el hombre estaba
tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes había sido
soberbio, altanero y cruel.

--Señor Muñoz, le dijo Villanueva, están sonando las ocho en el reloj
del convento. Dentro de tres horas saldréis de la ciudad.

--Asistiré á los oficios, murmuró Muñoz, queriendo ganar un poco de
tiempo.

--Dentro de tres horas, repitió Villanueva.

--Dentro de tres horas, dijo Puga.

--¡Dentro de tres horas! gritóle Agurto, y los tres, seguidos de su
alguacil, volvieron la espalda á Muñoz, y sin saludarle salieron de la
celda.

Muñoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran
degollar, recogió el oro que pudo, y disfrazado, á pie, sin custodia
ninguna y acompañado solo de Carrillo, que era su favorito, abandonó por
la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran
las once en el reloj, y tomó el camino de Veracruz.

Cuando los reverendos padres entraron á la celda á ofrecerle sus
servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y
ropas y muebles en desorden. El visitador se había marchado, y difundida
la noticia en un momento, la ciudad se llenó de júbilo, y las gentes
salían de sus casas como si se hubiesen repetido las espléndidas fiestas
del Marqués.

       *       *       *       *       *

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, que estaba, por falta de un
buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muñoz el viaje de
mar. Una sola vez trató Muñoz de saludarle y de trabar conversación con
él, sin embargo de las esperanzas que tenía de que su conducta fuera
aprobada.

--Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra,--dijo el de
Falces con dignidad,--con un asesino y con un hombre vil. Si mis
palabras os mortifican, os haré la merced, llegando á España, de daros
razón con la punta de mi espada. Muñoz devoró el insulto, pensando
vengarse más adelante.

Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del Rey. Falces fué muy bien
recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retiró á
su casa contento y satisfecho.

Cuando llegó su turno á Muñoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo saludó,
ni alzó siquiera la vista para mirarle. Muñoz comenzó á hacer la
relación de sus servicios y de sus méritos. Felipe se levantó entonces,
le miró fijamente, y le dijo con enfado: _No os envié á las Indias á
destruir, sino á gobernar_, y volviéndole las espaldas, se retiró á otro
aposento.

Muñoz quedó petrificado como una estatua; á poco pudo moverse, y salió
de los aposentos reales. Con dificultad llegó á su casa, vacilante y
como ebrio, y apenas acertó á cerrar la puerta para que nadie le viese.

Al día siguiente, los pajes que entraron á servirle el desayuno le
encontraron muerto, sentado en un sillón, con una mano en la mejilla y
la fisonomía descompuesta y hundida; parecía la de un cadáver que
después de una semana se hubiese sacado de la tumba.

Así se cumplió la justicia de Dios y del Rey.

_Manuel Payno._



PEDRO DE ALVARADO


I

EL COMENDADOR

Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á
las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno
á quien sus compañeros daban el sobrenombre de _el Comendador_.

Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había
nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su
naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y
por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían
al mismo Apolo.

Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.

Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo,
único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.

Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío
había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro
de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz
de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había
ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la
historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era
posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces
aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su
sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla _el
Comendador_.

Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan
inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para
hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo,
ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar
verdaderamente aquella condecoración.


II

EL CAPITAN

Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que
circulaban entre ellos.

El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que
por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.

El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la
escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de
que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á
presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río
caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro
de Alvarado.

Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su
tío, no era ya el joven desvalido á quien llamaban satíricamente el
Comendador, no; Alvarado salió con Grijalva en 1518, y entonces, y al
volver á Cuba, se titulaba «el capitán Pedro de Alvarado.»

Las nuevas que de su boca escuchó el gobernador Diego Velázquez, no
podían ser más satisfactorias. Juan de Grijalva había costeado la gran
península de Yucatán descubierta por Francisco Hernández de Córdoba, y
encontrando allí señales de una civilización muy adelantada dió á
aquella tierra el nombre de Nueva-España; llamó «de San Martín,» con el
nombre del primer soldado que la descubrió, una sierra; nombró «de
Alvarado» al río de Papaloapan, en el que entró Pedro de Alvarado con su
buque, «Grijalva» á otro de Tabasco, y después de haber recorrido un
extenso litoral, y haber llegado hasta Ulúa el día de San Juan,
determinó enviar un mensajero al gobernador.

Para esta misión, Juan de Grijalva eligió al más distinguido de sus
capitanes. Y el más distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.

La ambición se despertó con estas relaciones, y bien pronto, el 1.º de
febrero de 1519, once buques se desprendían de la Habana.

Era la expedición que caminaba á la conquista de la Nueva-España, bajo
las órdenes de Hernán Cortés.

Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta
expedición[14].


III

TONATIUH

Triunfante el ejército de Hernán Cortés, entró á la capital de la
República de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la
ciudad recibieron á los españoles más que como á vencedores, como amigos
y como hermanos.

Mil muestras de cariño se dieron por el senado y por el pueblo á los
conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fué entregar á
las hijas de los principales señores, al amor de los capitanes de
Cortés, después de hacerlas bautizar.

El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los
ejércitos de Tlaxcala, tenía una hija que recibió también las aguas del
bautismo, y fué llamada desde entonces Doña Luisa.

Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas
mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de
algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando
descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y
nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los
hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus
ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.

Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba
entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies
perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente
adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían
entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.

Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de
los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de
las bellas de Tlaxcala.

Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á
ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las
miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían
todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber
quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.

Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida
por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.

Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.

--¡Tonatiuh! (el sol)--dijeron los Tlaxcaltecas.

--¡Pedro de Alvarado!--exclamaron los españoles.

En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban
los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña
Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.

Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de
Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había
tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el
indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido
entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni
calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.

Capitán unas veces, soldado otras, allí donde más se empeñaba la pelea
se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo á los más audaces
cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia, ó conduciéndolos al
peligro si así le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del
combate.

Alvarado era más un proyectil que un hombre, se abría paso entre las
compactas masas del enemigo, y dejaba tras de sí como una estela de
sangre y de esterminio.

Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus
pasiones, le arrastró algunas veces á la imprudencia y á la tiranía,
como sucedió en la Isla de Cozumel, en donde aterrorizó á los
habitantes, y como aconteció después en México; pero Cortés, que era
entre aquellos hombres de corazón de acero, como el sol en medio de sus
planetas, refrenó los violentos ímpetus del osado capitán.

Los naturales del país llamaron á Pedro de Alvarado desde los primeros
días, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo célebre, y fué
durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.

Tonatiuh siguió á Hernán Cortés á la capital del imperio de Moctezuma, y
ya hemos referido como ayudó á la prisión del infeliz Emperador y la
horrible matanza que en el mes «Texcatl» de los mexicanos (mayo de
1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.

En la célebre Noche Triste, Alvarado sostenía la retaguardia del
ejército español, y á tal peligro se vió expuesto, que dió su nombre á
una de las calles principales de esta ciudad.

Cortés volvió á sitiar á México, y como siempre, Tonatiuh fué el más
esforzado de sus capitanes, distinguiéndose sobre todo en el asalto del
gran «Teocalli» de Tlaltelolco.


IV

EL GOBERNADOR

El Virrey de México D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y
conquistar nuevas tierras en las costas del Océano Pacífico.

Las fantásticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacían aparecer
aquellas comarcas como un paraíso, en el que una tierra,
maravillosamente feraz, ocultaba en sus entrañas ríos de plata, y en que
los arroyos llevaban arenas de oro.

Dios derramaba allí todas las riquezas que podían ambicionar los
hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el
corazón ó los sentidos, todo se encontraba allí en fabulosa abundancia.

El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del
gobernador y capitán general de Guatemala, y el gobernador vino, por
tierra, á conferenciar con el Virrey, y envió á las costas de Nueva
Galicia una escuadra compuesta de doce naves.

El capitán general y gobernador de Guatemala, que tan poderoso se
mostraba, y que disponía tan fácilmente como un rey, de un ejército y de
una escuadra, era el pobre aventurero de la isla de Cuba, el capitán de
la escuadrilla de Juan de Grijalva, era Tonatiuh, era D. Pedro de
Alvarado, caballero del hábito de Santiago y gobernador y capitán
general de Guatemala.

No más que entonces Alvarado estaba cojo, de resultas de un flechazo que
había recibido en Soconusco.

Don Antonio de Mendoza y Alvarado conferenciaron, según dicen algunos
autores, en d pueblo de Maravatío, y de allí partió Alvarado para la
costa, con objeto de embarcarse y emprender su expedición.

Eran ya los momentos en que la tropa iba á embarcarse, cuando un correo
llegó precipitadamente y se presentó á Pedro de Alvarado.

Las noticias que traía no podían ser peores.

Los naturales de Nueva Galicia se habían sublevado, los españoles habían
sido derrotados en el Mixton, y la ciudad de Guadalajara estaba en
grande aprieto, y el gobernador Cristóbal de Oñate imploraba el auxilio
de Alvarado.

Pedro de Alvarado no vaciló ni un instante, suspendióse el embarque, la
tropa se puso en marcha, y pocos días después el gobernador de Nueva
Galicia y el de Guatemala se encontraban en Tonalán.

Pero los dos gobernadores pensaban acerca del éxito de la campaña, de
distinta manera.

Alvarado, orgulloso con sus antecedentes, con sus hazañas, con sus
riquezas y su poder, con su nombre y con su gloria, despreciaba á los
sublevados, como enemigos á quienes estaba acostumbrado á vencer.

Cristóbal de Oñate, más cauto con la derrota de Mixton, y conociendo las
inexpugnables posiciones de los insurrectos, aconsejaba la prudencia y
desconfiaba del éxito.

Como sucede siempre en tales casos, prevaleció entre ambos pareceres el
más desacertado, y el capitán general de Guatemala no sólo determinó
salir inmediatamente sobre el enemigo, sino que quiso no llevar más
tropas que las que él había traído.

«Dispongámonos al socorro--dijo Oñate cuando le vió partir--que discurro
necesario para los que nos le han venido á dar.»

Aquellas palabras fueron como una profesía que no tardó en cumplirse.

Los indios se habían fortificado, según algunos historiadores, en las
barrancas Mochitiltic, y según otros en Nochistlán, y esperaron
resueltamente á los españoles.

Alvarado no se intimidó, y dando la señal del asalto, se puso al frente
de los suyos, decidido á tomar á viva fuerza aquella posición.

Empeñóse el combate y los asaltantes empezaron á trepar por la pendiente
con raro denuedo; pero los otros se resistieron con brío, y comenzaron á
rodar grandes peñascos, que chocando contra los árboles, los hacían
estallar como si fueran de cristal, y arrastrando en su caída cuantos
obstáculos encontraban, infundían el pavor entre los españoles,
atemorizados por el estrago y el ruido de aquella corriente no
interrumpida de rocas.

Pedro de Alvarado comprendió que había acometido una empresa superior á
sus fuerzas, y dió la orden de retirada.

Trocáronse los papeles, y los indios, de perseguidos se convirtieron en
perseguidores, que saliendo de sus atrincheramientos al observar el
movimiento de los españoles, procuraron cortarles la retirada.

La situación era crítica. Alvarado pie á tierra procuraba cubrir la
retaguardia de su tropa, conteniendo con mucha dificultad al enemigo,
que á cada momento le acometía con mayores ímpetus. El terreno era
quebrado y resbaladizo, y la abundancia de las aguas hacía casi
intransitables aquellas angostas veredas.

Lograron por fin subir á terreno más firme, y los enemigos aflojaron en
su persecución. Sin embargo, como el pánico de una derrota no se disipa
con facilidad, los soldados seguían trepando con precipitación por
aquellas cuestas, que eran casi inaccesibles.

En un caballo flaco y por demás cansado, aguijándole sin compasión, y
queriendo comunicarle con el deseo brío y ligereza, un soldado llamado
Baltazar Montoya, escribano del ejército, trepaba por aquellas
fragosidades, pareciéndole sin duda que el enemigo le alcanzaba de un
momento á otro.

Alvarado marchaba á pie detrás de él, y mirando su afán le dijo:

--Sosegaos, Montoya, que parece que los indios nos han dejado.

Pero el escribano no se dejaba convencer tan fácilmente, y seguía
aguijando con furor al pobre animal.

De repente, el caballo tropezó, Montoya lanzó un grito y el animal
despeñado comenzó á rodar por la pendiente.

Pedro de Alvarado advirtió lo que estaba pasando casi sobre su cabeza, y
quiso evitar el choque, pero fué imposible; el animal cayó sobre él con
todo su peso, y dejándolo sin sentido, lo arrastró también en su caída.

Los soldados volaron al socorro de su capitán. Alvarado volvió en sí, y
antes que todo, pensó en sus soldados; y queriendo evitar una completa
derrota, tuvo la bastante serenidad para despojarse de su armadura y
hacerla vestir á uno de los que con él estaban, á fin de que se creyese
que él iba bueno y que aun estaba en el combate.

Uno de sus capitanes preguntóle qué le dolía.

--El alma, contestó Alvarado; llévenme donde la cure con la resina de la
penitencia.

Esto acontecía el 24 de junio de 1541.

Cristóbal de Oñate llegó á verle, lleno de sentimiento, y Alvarado le
confesó que de nadie sino suya era la culpa, por haber desoído los
consejos prudentes de Oñate.

Llevaban á Pedro de Alvarado para Guadalajara, y en el camino
encontraron al Br. Bartolomé de Estrada, y allí mismo se confesó, y
otorgó su testamento ante los escribanos Diego Hurtado de Mendoza y
Baltasar Montoya, el mismo que había causado su desgracia. El 4 de julio
de 1541, el famoso Pedro de Alvarado había dejado de existir.

Su cadáver fué trasportado después á Guatemala.


EPILOGO

Era la noche del 11 de septiembre de 1541. La noticia de la trágica
muerte de Pedro de Alvarado acababa de llegar á Guatemala, y su viuda
Doña Beatriz de la Cueva lloraba sin consuelo tamaña desgracia, en la
ciudad de Santiago, donde estaba radicada.

Varias damas de las principales familias de la población habían ocurrido
á hacer compañía á la afligida esposa del capitán general.

Serían las dos de la mañana, cuando se estremeció terriblemente la
tierra, por una, dos y tres veces, y se escuchó un pavoroso ruido
subterráneo, que venía como de las montañas.

La cima de uno de aquellos montes se desprendió cayendo hacia la parte
opuesta de la ciudad; pero de allí mismo brotó un torrente
impetuosísimo, que arrastrando inmensos peñascos, se precipitó sobre las
habitaciones, sepultando á seiscientas personas.

Doña Beatriz de la Cueva y doce señoras que la acompañaban, perecieron
aquella noche entre las ruinas de un oratorio en donde se habían
refugiado[15].

_Vicente Riva Palacio._



CARIDAD EVANGELICA

35. En esto conocerán todos
que sois mis discípulos,
si tuviéreis amor los unos
con los otros.

_Evangelio según San
Juan. Cap. XIII._


Pasaba tranquilamente el año del Señor de 1575.

La Nueva España, gobernada á la sazón por Don Martín Enríquez de
Almanza, cuarto Virrey, presentaba un cuadro en verdad halagüeño para su
metrópoli.

Los habitantes parecían olvidar sus penas y sus deseos de independencia,
y comenzaban á sufrir, sin murmurar, el yugo de sus conquistadores; el
comercio era activo, las minas anunciaban ya grandes bonanzas, y las
artes y las ciencias empezaban á tener su asiento en la capital de la
colonia. Estaba ya fundado el colegio de los jesuitas, que después se
llamó de San Gregorio, se abrió el Seminario de San Pedro y San Pablo,
que luego tuvo el nombre de San Ildefonso, y el canónigo tesorero Don
Francisco Santos estableció un colegio de pasantes nobles, que fué el
conocido por colegio de Santos, y estuvo situado en la calle de la
Acequia, célebre por más de un título, y sobre todo, por lo extraño de
sus constituciones y porque en él vivieron muchas personas ilustres en
México por su ciencia.

Nada, pues, parecía turbar la paz de la colonia, y Don Martín Enríquez
escribía satisfecho al Rey, pintándole la felicidad de que se disfrutaba
en toda la Nueva España.

Una noche, sobre el oscuro cielo de México, puro y tachonado de
estrellas, apareció repentinamente un cometa[16].

Aquella era una terrible señal de grandes males para los sencillos
descendientes de Moctezuma, que no podían aún olvidar que un cometa
había también anunciado á sus padres la llegada de los españoles, la
caída del poderoso imperio de los aztecas y la esclavitud de su raza.

Los ánimos comenzaron á turbarse, negras y siniestras preocupaciones se
apoderaron de los hombres más audaces, y una nube de tristeza y
desconsuelo pareció envolverlo todo desde aquel momento.

El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; sólo que
todos se perdían en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras
sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que
traía la peste.

No hubo desde entonces un corazón tranquilo ni un espíritu sosegado: el
presentimiento de la desgracia era unánime.

Duró el cometa algunos días sobre el horizonte, y luego desapareció,
pero no con esto tornó la calma.

Una mañana, á cosa de las ocho, brillaron repentinamente también en el
firmamento tres soles.

Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo,
causando el más terrible espanto á los mexicanos, hasta la una de la
tarde, en que dos de ellos se apagaron.

El terror y el sobresalto no tuvieron entonces límites, y aquellos
fenómenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo
universal ya como el aviso celeste del próximo fin del mundo.

Así, en medio de angustias y de temores, concluyó el año de 1575[17].

       *       *       *       *       *

Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna
manifiesta, se desarrolló entre los naturales de la Nueva España la
peste más terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de
la historia.

Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y
sin embargo, ninguno de los atacados llegaba á salvarse, ni había médico
ni remedio alguno que pudiera darles alivio.

Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, é inmediatamente
sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera á
los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el
vestido más ligero.

Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba,
salían con horror de sus habitaciones, y así desnudos y como locos,
vagaban por los patios de sus casas ó por las calles, y allí expuestos á
la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una
constante é inexplicable inquietud, expiraban, después de nueve días de
padecimientos, en el último de los cuales tenían una gran hemorragia por
las narices.

Aquella calamidad cundía de una manera espantosa, sin que nada bastara
á contenerla, y «tenía--dice el padre Cabo--tan maligno carácter, que no
se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagiándose
casi todos los naturales, los españoles é hijos de ellos gozaban de
salud.»

Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en
todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con
horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se
apoderaron de todos los corazones; ni había quien atendiese á los
enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no
sucumbía por la fuerza de la enfermedad, moría víctima del hambre y del
abandono, y el miedo hizo también morir á muchos infelices.

Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la
_traza_, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para
las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte
y desolación imposible de describir.

En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadáveres;
cadáveres en los patios, cadáveres en los canales, en las canoas, en los
campos, en los caminos; cadáveres por donde quiera y en todas partes.

Familias enteras morían agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con
el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenían sobre
su regazo las cabezas yertas de tres ó cuatro de sus hijos, niños
inocentes que se arrastraban entre los cadáveres de sus padres buscando
el abrigo y el alimento.

Aquello era horrible; aquella confusión de sexos y de edades en los
cadáveres; aquella desnudez expuesta á la luz del sol; aquel
hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre,
pero demacrados, pálidos, contraídos; aquella soledad ante la muerte;
aquella raza que moría toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombrío
y espantoso.

Algunas veces los moribundos tenían que hacer un esfuerzo sobrenatural
para ahuyentar á los perros, á los lobos y á las aves que se arrojaban
ansiosos sobre el cadáver del hijo, á presencia de la expirante madre, y
sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.

El Virrey Don Martín Enríquez y el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras
pensaron al principio en establecer hospitales; pero muy pronto la peste
se hizo tan general, que fué imposible usar de este arbitrio, tanto por
el número de los enfermos como porque no había ya quien los asistiese.

En vano se apeló al auxilio de la ciencia; en vano el Dr. Don Juan de la
Fuente, uno de los médicos más célebres de aquellos tiempos, procuró en
el Hospital Real estudiar en los cadáveres de los apestados, y
descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El
diagnóstico era imposible; pero seguro el pronóstico, la muerte.

Cuanto á un enfermo producía momentáneamente alivio, causaba á otro la
muerte con más violencia; y ya en aquellos momentos era un devaneo
pensar en dar asistencia á los contagiados; apenas se podía conseguir
personas que estuvieran cavando constantemente sepulturas para impedir
que los cadáveres se corrompieran en las calles y en los campos, ó
fueran pasto de los animales.

Los mexicanos creían ya que su raza iba á desaparecer de la tierra, y
los españoles miraban con espanto que iban á quedar solos en medio de
aquel inmenso desierto.

       *       *       *       *       *

En el extenso territorio de México se encuentran todos los climas, todas
las temperaturas, y se hallan pueblos situados casi á la altura de las
eternas nieves, y pueblos que viven bajo el ardiente sol de los
trópicos.

Y sin embargo, la peste se cebaba implacable lo mismo en los habitantes
de las costas del Atlántico y del Pacífico que en los que vivían en los
fríos valles de Toluca y de Puebla, ó en las faldas del Tancítaro, del
Iztatzihuatl ó del Zitlaltepetl.

Pero donde aquellos estragos se hacían más espantosos era en la capital,
tanto por el mayor número de habitantes, como por la triste condición á
que habían quedado reducidos después de la conquista.

Llegó un día en que no había quien siquiera viese á los apestados.

Entonces, el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras llamó á los
superiores de las religiones y comunidades, y les encomendó el cuidado
de los enfermos.

Desde este momento el purísimo sol de la caridad iluminó aquella tierra,
sobre la que Dios hacía pesar una calamidad tan espantosa.

La historia de aquellos días de llanto y de tribulación para los
desgraciados indígenas, es la inmortal página de gloria para el clero
mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostólicos
varones se presentaron á pisar los umbrales de la eternidad para
reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.

Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las
calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas,
los auxilios de la religión, y sobre todo, el santo y sublime consuelo
de la caridad.

Unos curaban con sus mismas manos á los enfermos, otros escuchaban sus
confesiones y les administraban el Viático y la Extremaunción, otros
sacaban de las casas y recogían de las calles los cadáveres para darles
sepultura, y todos, llenos de ese admirable espíritu de amor á sus
hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo
mismo vino á explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, é
inspiraban la resignación entre aquellos millares de víctimas que
sucumbían diariamente.

La noche negra de la desolación hizo brillar la estrella pura de la
caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la
reina de las virtudes.

El triunfo de la caridad se debió entonces á las comunidades religiosas.

El ejemplo de los clérigos y de los frailes de la capital fué seguido
con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los
españoles.

Las damas más principales andaban en las chozas de los infelices,
curando á los enfermos y llevándoles ropa y alimentos.

Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus
evangélicas tareas.

Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que á cada paso se
tropieza con un crimen ó con un acontecimiento originado por las malas
pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de
bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de
memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos
rasgos en que la humanidad se muestra á nuestros ojos, no tal como es,
sino como debiera ser, llena de abnegación, de amor, de caridad.

El año de 1577 comenzó, y la peste seguía asolando á la Nueva España;
pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los
clérigos seguían luchando con la desgracia brazo á brazo.

En aquel año las estaciones parecían haberse conjurado también contra
los desgraciados indígenas, porque aconteció que desde principios de
abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estación de las aguas comenzó
con toda su fuerza.

Pero esto no era un obstáculo para los que velaban por los apestados.
Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su
furia sobre la ciudad, cuando el agua caía á torrentes, y se iluminaban
fantásticamente el valle y las serranías con la roja luz de los
relámpagos, y el trueno se repercutía en las cañadas y entre las selvas,
por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se podía
continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya
avanzaba, ya retrocedía, ya se perdía en una casa para volver á brillar
de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, deteniéndose allí como
para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras
en las negras paredes de las casas.

Eran los frailes que buscaban á los enfermos para curarlos, á los
moribundos para auxiliarlos, á los cadáveres para darles sepultura, á
los niños huérfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que
muriesen de hambre y de frío.

Misión heróica, que debió hacer llorar de ternura á los mismos ángeles.

En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y
patéticas.

Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los
frailes remaban. Unas conducían esperanzas para los vivos, otras
llevaban montones de cadáveres.

Pero aquella lucha debía tener también sus mártires entre los soldados
de la caridad, y los tuvo.

El rector de los jesuitas y un gran número de dominicanos, de agustinos
y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste--con la cual no se
contagiaron--sino de resultas de la terrible fatiga y de la afección
moral causada por la continua presencia de escenas tristes y
conmovedoras.

La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos
héroes y de aquellos mártires al referirnos sus hazañas, y nosotros al
recordarlos, sólo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado:

«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los
unos con los otros.»

       *       *       *       *       *

Aquella horrible peste, á la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que
dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi
repentinamente á fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los
gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de
cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el
testimonio del número de muertos, y eran...... más de _dos
millones_[18].

_Vicente Riva Palacio._



FRAY MARCOS DE MENA

PRIMERA PARTE


Lo que vamos á referir sería para novela exagerado, y, sin embargo, es
exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos años á
las polvosas librerías de los conventos, tiene episodios que darían
materia para escribir muchos y divertidos volúmenes. Conocida y popular,
si se quiere, es la historia de los conquistadores, españoles, pero
están olvidadas las aventuras verdaderamente románticas de los muchos
religiosos que, movidos del espíritu evangélico y de esa rara heroicidad
de convertir á la fe cristiana á los idólatras, no conocían ni
distancias, ni temían á las tormentas, ni les asustaba ningún género de
peligro, y cuando les sobrevenían algunos de esos contratiempos tan
comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por
todas partes de peligros, todo lo referían á Dios, y morían, no con el
indómito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila
serenidad del verdadero creyente que ve en su última hora abiertas las
eternas y diamantinas puertas de los cielos.

Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver más de una vez á
este tema, porque las flotas que de la Península Española venían á
México y regresaban, eran las más veces ó el principio ó el fin de
sucesos importantes ó de raras aventuras.

Cincuenta años después de la conquista, el comercio era ya muy activo en
México, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua,
y cada cierto período los comerciantes de todas las ciudades españolas
ya fundadas, se reunían y emprendían con sus criados, y muchas veces con
sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la
agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que después
han sido célebres, comenzaban á derramar sus raudales de plata, y aunque
La Santa Hermandad había limpiado los caminos de ladrones, los
aventureros que venían en busca de la fortuna, y funcionarios de la
Corona que eran enviados de España, ó regresaban, ó atravesaban los
caminos seguidos de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y
á veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo
este movimiento se aumentaba con la llegada ó con la salida de una flota
del puerto de Veracruz.

A mediados del año de 1553, una flota estaba para darse á la vela. La
Capitana era el navío de mayor porte, ya armado en guerra, ó ya
perteneciente á la marina real. Además de la Capitana había siempre
otros barcos con algunos cañones y tropa, y ellos servían de custodia á
todos los buques mercantes que se reunían para hacer entonces una larga
é incierta navegación, ya porque así sucede siempre en barcos de vela de
muy poco porte, y ya también porque los marinos españoles, aunque
atrevidos y resueltos, no conocían como hoy se conocen con tanta
precisión las corrientes, los cayos y los arrecifes de que está sembrado
todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por demás en la
cruel estación del invierno.

Quizá en ninguna otra época como en esta vez bajó tanta gente á
Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de
cuatro mil personas, que tenían por principal objeto comprar, vender y
cambiar mercancías. Los que tenían conocimientos se alojaron en las
casas, gozando de esa franca hospitalidad española, que tan
generosamente sabían dar á sus amigos los comerciantes de Veracruz,
regalándolos con excelente pescado y con los más exquisitos vinos. La
gente de menos relaciones y valía formó barracas y campamentos en las
afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.

Durante el día, el calor devorante mantenía á todos los huéspedes dentro
de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad
su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas
mansas comenzaban con un monótono ruido á lamer aquellas arenas de
fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas ráfagas perfumadas
y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo
comenzaba á animarse y á tomar un aspecto de alegría y de movimiento.
Las luces se encendían en todas las barracas, y comenzaba la música, el
baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la
naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de
los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada
anunció que sólo esperaba un buen viento para darse á la mar. No hemos
podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún
autor hemos leído el nombre de _Corso_; pero poco interés tiene esta
indagación histórica para lo demás de nuestra narración.

Después de esperar varios días, amaneció uno hermoso y despejado; á poco
sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron á levantar, las
velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían
estado sombríos y tristes, balanceándose junto á Ulúa con el impulso de
la marea, parecía que repentinamente se trasformaban en una alegre y
blanca parvada de aves marinas.

La agitación en el puerto fué sobre toda ponderación. Más de mil
personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle
con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose á caer en el agua
saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían
hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto
podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron á despedirse á
los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y
caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se
van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se
interesen por su suerte.

Entre las personas que había en la playa, casi todas fijaron su atención
en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda,
como si fuese á asistir á un baile, la garganta y los dedos de sus manos
llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena,
de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y
desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos
negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta
dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó
separando imperiosamente con la mano á los que le estorbaban el paso, á
una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los
marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en
pie y saludaron, saltando algunos á tierra para despejar el campo y
ayudarla á embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un
pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dió resueltamente un
paso, á pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza á uno
de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda
aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por
su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los
bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sentó
en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán.»
La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras
y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su
nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los
obligaban á guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se
esparció la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta,
podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el
viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron á bordo de las naves esa idea
supersticiosa y la comunicaron á los demás pasajeros.

El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la
Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco á poco y una
tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y
alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas
rojizas del crepúsculo.

En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y
oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se
recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que
regresaban á México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos
tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal
número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros
iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Méndez, Fr. Diego de la
Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del
convento de Santo Domingo de México.

Mientras que navegan los bajeles rumbo á la Habana, tenemos que decir
dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado
nuestra atención.

       *       *       *       *       *

La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en
Veracruz, se llamaba Doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su
apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural
de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de
los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía
dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y
sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos
en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones é
influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en
Tecama.

En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las
casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de
plata; tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes
pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían á todas las
festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más
principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se
contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y
principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor
parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga.
Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fué muy amigo del
Marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y
conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores.
Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra á la casa del
Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y además, los hijos que
Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las
leyendas, no veían de buen ojo á Doña Catalina. Sea de esto lo que
fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los
años de 1550 á 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó
con sus conjeturas y sospechas.

Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni
ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro
esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba
Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de
toda su confianza.

--Te voy á hacer un encargo,--le dijo;--y á ningún otro lo haría más que
á tí, porque sé cuánto me quieres.

--Yo querer mucho mi ama,--contestó el negro;--mi ama mandar y Francisco
dar vida y todo por ella.

--Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y
aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento,
no digas ni una sola palabra.

El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los
habitantes, se quedó callado.

--Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata;
quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te
necesito, y puedes retirarte.

Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro,
conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su
ama.

--Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir
nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.

--Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera
bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado
á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando,
y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra.
¿Has entendido?

--Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.

--Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto,
nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que
quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de
confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le
tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el
tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la
cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de
su ama.

Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa
exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta,
Francisco inmediatamente decía:

--Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.

Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la
puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención
y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba
á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que
D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las
cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su
cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:

«Dormir dos--pues dormir ó platicar tres.»

Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y
gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada:
Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por
la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden,
abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más
negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á
cerrar, diciendo:

--Calle sola y negra.

--Abre, pues, á Don Bernardino.

Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y
vacilando como si hubiese bebido vino.

--Don Bernardino emborrachar,--dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa
húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó
á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la
imagen de una Virgen, y notó que era sangre.

--Dar tormento á Francisco,--dijo espantado el negro. De tres, morir
uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí--y sin poder articular una
palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.

La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura.
Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de
costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto
pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas
tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio
desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de
terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se
presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.

--Mira, esclavo de Lucifer,--le dijo blandiendo el estoque--si gritas ó
si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por
el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.

Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le
anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del
farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.

--No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á
decir.

Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.

--El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y
que á tí te han herido.

--No herir á mí.

--Sí; lo verás,--dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una
mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.

--No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te
salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te
has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.

La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de
fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó
efectivamente.

--Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la
arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo
demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se
asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á
pedir el favor de la justicia.

En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se
podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de
hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.

Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que
antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados,
y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.

--Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor,
favor, señores!--gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje
era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se
apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la
casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de
sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y
con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la
recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á
puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el
suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.

Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el
cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero
habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron
de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama
hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.

Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios.
¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al
marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.

Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión
en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella
se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su
cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á
presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer
pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.

Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por
Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso
no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no
se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por
el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar
nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con
relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con
actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los
poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la
causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil
pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos
eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus
alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo
Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el
tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama
que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.

       *       *       *       *       *

Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses
de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo,
y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo,
pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de
catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos
pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban
los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que
poblaban entonces las islas.

Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la
dama.

--Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un
tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré
más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.

Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino
fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba
el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La
orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó
tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco
padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.

_Manuel Payno._



FRAY MARCOS DE MENA

SEGUNDA PARTE


Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el
tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y
hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así
eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba
de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador.
Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las
aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía,
al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el
fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente,
como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno
quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que
algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las
olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La
Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y
que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron
completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas
rápidas del _Gulf Stream_, otros se quedaron con la vela mayor, y otros
atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos
como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los
abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal
de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas
bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados
por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La
noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que
tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que
salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que
materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda
ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La
Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo
encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se
aproximaba más el peligro.

La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los
pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del
sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de
nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso
que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y
las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían
conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con
el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de
los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era
fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la
nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el
viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre
amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte,
alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el
viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco
en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los
arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa
de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con
una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que
estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las
ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los
demás el peligro.

No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de
los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de
mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables
barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños,
esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes
acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos
domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y
marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era
el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al
camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una
muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta,
resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué
se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del
peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los
que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y
abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en
medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus
compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los
vientos.

Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y
persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que
todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo
maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La
furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una
ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta
á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando
una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa
sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del
cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí
los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas
implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.

Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los
marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que
gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se
podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban
mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los
unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que
parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos,
pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos
se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se
había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura
de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la
presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron
un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á
encomendar sus almas á la clemencia de Dios.

El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La
escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente
las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras
fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta
tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de
Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con
destreza y energía, y se salvaron.

       *       *       *       *       *

Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer
la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían
hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo,
y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural.
El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y
encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las
cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados,
pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron
desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes,
aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más
de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa
de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que
como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que
tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña
Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En
cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche
alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró
entre los pasajeros.

El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que
reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos,
se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado.
Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables,
y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin
embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron
huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó
de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas
en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución
alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se
dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras
provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres
examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las
maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban
conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con
igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden
alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era
posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse
con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y
completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos
desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave
había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al
concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de
indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron
acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los
arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los
náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado,
fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar
los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en
las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á
regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El
general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible
indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más
animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos
ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando
los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les
parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron
un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de
mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles
armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las
espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que
encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de
combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se
internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y
cargando ellos con sus heridos y muertos.

Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos
comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían
tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta
Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de
camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde
la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error
geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el
bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa,
les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir
á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa
muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin
precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía
existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á
huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y
otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del
general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El
maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más
descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños
sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el
paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena,
y _había fuego en la cabeza y fuego en los pies_. Lloraban los niños,
enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas,
procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa
para descubrirla.»

Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la
patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el
apostólico varón, autor de la _Historia de la Provincia de Santiago de
México_. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no
tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á
los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas
maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba
todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos
domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo
algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento.
Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena
y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo.
Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las
desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos,
ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una
palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente
abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray
Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros
religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de
manera que después del general era el único á quien obedecían y
respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y
la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes
las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban
parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con
troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para
nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos
servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un
continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que
la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser
sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que
se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el
terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas,
tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad,
heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo
de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres
que encontraban.

Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un
caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre
remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una
manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede
ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese
río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y
esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua
dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron
de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor
extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena,
comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas
hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y
más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar
los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas
en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente
poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose
económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían
desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya
muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de
molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les
aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la
balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía,
arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos
á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los
diferentes servicios que habían hecho.

Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la
dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á
distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los
salvajes lo habían hecho en sus canoas.

Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero
cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se
acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin
interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles
que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios,
cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando
lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos
que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su
cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la
noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las
víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones
diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas,
sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á
cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y
terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus
prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y
las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los
peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á
proferir una palabra.

Doña Catalina, á quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado,
durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su
energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje,
aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen
mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que
muchos de los que podían conservar un resto de buen humor, la llamaban
la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de
todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el
escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor
verdaderamente heróico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto á
los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de
sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de
salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dió un diamante del tamaño
de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y
un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro
una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los
peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, á cambio
de las piedras preciosas, servir á Doña Catalina al pensamiento,
esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado
Pánuco. Cuando Doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía
penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos
de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en
lágrimas cayó á los pies de Fray Marcos, le confesó todos sus pecados é
hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes á los
pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días á
la penitencia y á la oración.

--«Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida, le dijo con
una voz suave Fray Marcos dándole la bendición. Si está determinado que
suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con
resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para
nosotros las puertas del cielo.»

Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doña Catalina, y aquellos
buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas,
estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas
desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los
matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios
bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del
nuevo día vino á alumbrar este cuadro de horror y de desolación.

_Manuel Payno._



FRAY MARCOS DE MENA

TERCERA PARTE


Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se
internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los
peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenían aliento ni para
proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su
seno á sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa
de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que
continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión
y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la
suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron á aparecer á los
dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de
dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de
atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron á desnudar, y así que
los dejaron como Adán, los despidieron, sin hacerles otro daño. Fué una
luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio
de la vida, no era nada.

Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron señas de
si querían la ropa, á lo que también por señas contestaron
afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con
un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los
pantalones: pero no fué posible que de grado les entregara una _jaqueta_
encarnada que tenía. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon
muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo
trizas la _jaqueta_ y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por
una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres,
mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no
permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un
pañuelo con que cubrirse.

«Qué lástima tan extraña, dice el maestro Dávila Padilla, sería ver
aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida
y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para
poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y
aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la
vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza
les enseña la naturaleza.»

Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron
completamente desnudos á todos los peregrinos, y comenzaron á vestirse
con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos
de seda á una india que á su vez se desnudó y se engalanó de una manera
ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte,
pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas
que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.

Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y
los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de
Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad
de la tierra.

Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el
punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían
pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como
pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y
señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco
más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país
enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que
apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando
corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las
arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más
espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les
era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes
sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río
de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos
habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed,
y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los
insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no
olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron
completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río,
se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos
encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó
otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los
mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda
esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles
nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La
descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres
tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo
casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver
sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por
los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno
se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las
mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los
pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los
mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los
bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.

No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y
sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los
personajes que más han figurado en esta narración.

Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á
España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar
las facultades y los medios de convertir á los infieles y de
civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y
sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la
última hora la mano de Dios.

Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano,
joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables
virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á
los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos
quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del
martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la
verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros;
pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían
el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la
conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una
sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos
gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero
de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á
un lugar solitario donde morir.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--tenemos pocas horas de vida. Es
necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros
pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada,
última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he
dudado de su clemencia y amparo.

--La vida, hermano,--contestó con una voz apagada Fray Diego--es un
valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir,
y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las
puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor
nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia
infinita.

Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un
árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á
sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de
su cuerpo.

Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su
confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--mientras que nuestras fuerzas lo
permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra
consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras
almas.

Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que
encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á
cavar sus sepulturas.

El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y
algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos
dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y
silencio cavando sus sepulcros.

Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la
última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando
Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le
rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó
suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya
él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores
silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso
tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente
apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco
Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en
México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había
participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta
visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con
cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre
coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele
á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice
el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta
que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y
el seglar le enterró como pudo.

Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que
arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en
vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la
muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto
del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón,
pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México
para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde
donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está
sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del
lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena,
consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las
gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las
fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del
Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de
esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares;
pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y
sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los
enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.

Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una
orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus
pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su
alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas.
Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo
pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte
de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró
una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí.
Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus
compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un
peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una
isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y
pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un
nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero
apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua
brotaron de aquello que habían tomado por una roca.

Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta
el Maestro Dávila, «las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del
cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia
sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los
colodrillos, se fueron río abajo á la mar.» Fray Ignacio fué socorrido
por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y
pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una
verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día
llegaron á la orilla del río, y dejando la embarcación, emprendieron á
explorar el terreno hasta encontrar á la desventurada gente en cuya
demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y
otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían
ánimo para pedir agua.

     «Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos
     entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después
     de media noche comenzaron á caminar con gran prisa, siguiendo cerca
     de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron á los
     demás españoles que se habían adelantado, y excusado por eso, hasta
     entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la
     playa siempre en la mano, sustentándose de soló el marisco muy
     miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios,
     aunque hallaban á algunos españoles flechados y otros muertos,
     porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo
     mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual
     adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron
     al fin los frailes y la demás gente á un río grande que está antes
     del de Pánuco, y comenzaron á dar orden cómo pasarle en balsas, muy
     descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los
     españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en
     rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les
     llevaban de ventaja.»

El resultado de esta maniobra de los indios fué un combate terrible y
tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con
las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos ó ramas
nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos,
sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio llegó á tal grado,
que prefirieron entregarse á las flechas de los indios, y salieron de
aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron á la
agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos.
Cuando salieron del baño, encontraron inmediatamente una bandada de
indios que los habían espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le
dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; á
Fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso
de árbol, y á Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre
ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre,
cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron
buscando á los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías,
matando á todos los que encontraron.

Así pasó ese funesto día, y los salvajes se retiraron creyendo haber
acabado su misión sangrienta.

       *       *       *       *       *

El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices
se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra
parte; el caso fué que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca
de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron
cautelosamente á explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto
de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les
tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios
que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes
lágrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas
sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas
profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados,
les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración, y
encomendándose ellos mismos á Dios, continuaron su peregrinación, en
demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.

En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fué
pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos
de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso
en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir
dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si
hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y
con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le había cubierto
la piedad de sus amigos. Miró á todos lados y no observó sino cadáveres
sangrientos y desfigurados que comenzaban á ser ya pasto de las aves de
rapiña. Se encomendó á Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó
alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con
vida, y él ayudaría á que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La
tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia,
había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las
heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un
vigor desconocido y sobrenatural animaba á su ya descarnado y sangriento
esqueleto. Uno por uno examinó á sus tendidos é insepultos compañeros,
entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de
cansancio se habían quedado muertas estrechando á sus hijos en sus
brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de
existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados é insepultos á
quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el
dolor y la desesperación, habrían infundido miedo á cualquier otro
hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento
sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos
deberes, y dió sepultura á cuantos pudo, para que los restos de los
cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos
alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de
leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas
fúnebres y solitarias tumbas.

Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa
para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo
cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse que
comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen á
inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un
esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del
país un sitio donde exhalar el último suspiro.

Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación
exuberante de aquella costa. Había un mullido lecho de musgo, y algunos
árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca
se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves
habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el
sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no
podía dar un paso mas, resolvió quedarse allí, y dió gracias al Señor
porque le había llevado á aquel paraje, donde bendiciendo las obras de
la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar á la
vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un
lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la
guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de
sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fué uno. Quién sabe
cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este
tiempo, tan pronto había creído oir en la gloria melodías dulcísimas y
desconocidas, como tener delante de sí al demonio «proponiéndole, con
locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino
engaño de los cristianos.»

Cuando despertó de su sueño vió delante de sí una figura extraña, y de
pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos,
reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de
rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de
veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del
naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los
salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al
religioso sus aventuras, que eran parecidas á las de los demás. Hambre,
frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los
salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De
esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los
náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen
religioso había experimentado un placer igual al que le produjo la
vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de
su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.

La negra corrió á la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre
trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya
varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y
que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos
mariscos. En efecto, durante doce ó quince días la negra aparecía con
exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos
ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía á desaparecer, ocupándose en
las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, á duras penas,
podía arrancar á aquella naturaleza salvaje.

Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no
pareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la
noche sin que la negra se presentase. A los dos días perdiendo toda
esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores é
inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió
á tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección
á Pánuco, á ese Pánuco fabuloso que había visto cerca desde el día de su
naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien
arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las
fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma á Dios. Abrió en aquellos
momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos
hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban
desnudos, no tenían arcos ni flechas.

Hízoles una señal, último esfuerzo de que fué capaz, y clavó su rostro
en tierra, no pudiendo ya ni aún soportar la fuerza de la luz. Los
mancebos saltaron á una barca que estaba en el río, sacaron de ella una
sábana blanca, levantaron del suelo á Fray Marcos, le envolvieron en
ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con
dirección á un pueblo de españoles que estaba á trece leguas de
distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le
dieron agua y una «_torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy
bien sazonada_», le cubrieron bien con la sábana, é indicándole la
población, que distaba sólamente algunos pasos, le dijeron: «_Tampico,
Tampico_» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que solo
por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.

       *       *       *       *       *

Fué acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la
pequeña ciudad española. El refirió sus aventuras y bendijo á las
familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un
cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino á
México, adonde llegó á tocar á las puertas de su santo convento, dejando
á los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y á
todos persuadidos de que sin la especial intervención de la Providencia,
era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir á
las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los
desiertos que había atravesado.

Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las
heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de
jara y de pedernal que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió
veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos
males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don
Martín Enríquez salió de Nueva-España para el virreinato del Perú, le
acompañaron el Maestro Fray Bartolomé de Ledesma y Fray Marcos de Mena.
El primero fué electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso
ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los
Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.

_Manuel Payno._



LA FAMILIA CARABAJAL


PRIMERA PARTE

La historia de la familia Carabajal; las terribles persecuciones que
sufrió por la Inquisición; las revelaciones curiosas que ante aquel
tribunal hicieron las diversas personas de dicha familia, acerca de la
observancia y ceremonias de la ley de Moisés, y el fin trágico de todas
esas personas, daría motivo á escribir, no dos ó tres artículos, sino un
gran libro.

Nosotros uniremos al laconismo, necesario á los estrechos límites de
esta publicación, la mayor claridad posible, insertando al pie de la
letra algunas diligencias, tales como existen en las causas originales;
y aunque esto algunas veces parezca cansado, sin embargo, hará formar á
nuestros lectores la idea más perfecta del carácter y procedimiento de
esa terrible institución que se llamó el Santo Oficio.

D. Luis de Carabajal, nativo del reino de Portugal, hombre de 45 años,
llegó á Tampico, nombrado por el Rey de España Gobernador del nuevo
reino de León, por el año de 1583.

D. Luis de Carabajal trajo en su compañía á su cuñado D. Francisco
Rodríguez de Matos y á su hermana Dª. Francisca Núñez de Carabajal, y á
los hijos de estos Dª. Isabel, viuda de Gabriel Herrera y la mayor de
todos los hermanos, de 26 años de edad, Dª. Catalina, Dª. Mariana, Dª.
Leonor, D. Baltasar, D. Luis, Miguel y Anica, que eran muy niños;
además, D. Francisco Rodríguez de Matos y su mujer tenían un hijo
llamado D. Gaspar, religioso, en el convento de Santo Domingo de México,
que había llegado allí poco tiempo antes.

Un año después de la llegada de esta familia á la Provincia del Pánuco,
fueron de México dos comerciantes españoles, Antonio Díaz de Cáseres y
Jorge de Almeida, y casaron, el primero con Dª. Catalina, y el segundo
con Dª. Leonor. Esto motivó el viaje de toda la familia para la capital
de la colonia, adonde pasaron todos á establecerse, viviendo al parecer
cristiana y tranquilamente, y haciendo algunas veces viajes al Mineral
de Tasco, en donde el marido de Dª. Leonor tenía una negociación de
minas.

       *       *       *       *       *

En el año de 1587 la mano de hierro de la Inquisición cayó sobre Dª.
Isabel, la mayor de los hermanos, por denuncia que contra ella se había
hecho como observante de la ley de Moisés. El fiscal Dr. Lobo Guerrero
presentó su acusación, y los inquisidores Bonilla y García decretaron la
prisión de Dª. Isabel, y el secuestro (ó secresto) de sus bienes, como
se acostumbraba en aquel tribunal. Aquí dieron principio los infortunios
de aquella familia, porque la Inquisición, voluntariamente, ó por fuerza
del tormento, obligaba á los desgraciados reos á decir cuanto supiesen,
ó para hablar en los términos propios, _á testificar_ á los hijos contra
los padres, á los padres contra los hijos, á los hermanos contra los
hermanos, á la mujer contra el marido, y á éste contra aquélla.

Y no bastaba que el reo confesase lisa y llanamente la culpa, cargando
con todo el peso de ella, sino que se le atormentaba para que confesara
lo que de otros sabía, que era lo que se llamaba tormento _in caput
alienum_; porque en la Compilación de instrucciones del Oficio de la
Santa Inquisición, hecha en Toledo en el año de 1561, é impresa en
Madrid en 1574 dice el párrafo 45: «Si el reo estuviere negativo de sí y
de otros cómplices, dado caso de que haya de ser relajado, podrá ser
puesto á cuestión de tormento, _in caput alienum_; y en caso de que el
tal venza el tormento, _pues no se le dá para que confiese sus propias
culpas_, _&c._»

Dª. Isabel de Carabajal confesó ante los inquisidores que era observante
de la ley de Moisés; y al principio no quiso declarar que la había
aprendido sino de su marido, que ya no existía, y de su madre Dª.
Francisca de Carabajal. Entonces los inquisidores determinaron que se
procediera á la diligencia de tormento. Copiaremos íntegra la parte
relativa de esta diligencia, hasta el momento en que los dolores
obligaron á confesar á aquella desgraciada, que no tenía entonces, según
su declaración, más que 30 años de edad.

       *       *       *       *       *

[Sidenote: Pronunciación de la sentencia de tormento.]

     «Y luego vista la negativa de la dicha Dª. Isabel, mandaron leer y
     pronunciar la dicha sentencia de tormento, de susso contenida y por
     ellos rubricada, la cual dieron y pronunciaron estando en la dicha
     su audiencia de la mañana, presente para ello el Dr. Lobo Guerrero,
     fiscal de este Santo Oficio, y por testigos Arias de Valdez,
     alcaide, y Pedro de Fonseca, portero; en cuya presencia, se
     notificó á las partes, y luego se salieron de la audiencia.

[Sidenote: Notificación.]

     «Y siendo leída y notificada, la dicha sentencia á la dicha Dª.
     Isabel,

     «Dijo: vaya sobre quien le hace padecer, porque ella ha dicho la
     verdad, y plegue á Dios que esto pare en bien.

     «Y con esto fué mandada llevar, y fué llevada á la cámara del
     tormento, adonde fueron luego los Señores Inquisidores, á hora de
     las nueve y cuarto de la mañana.

[Sidenote: Cámara del tormento.]

     «Y estando en ella fué tornada á amonestar que por reverencia de
     Dios diga la verdad si no se quiere ver en tanto trabajo.

     «Dijo: justicia del Cielo venga sobre quien tanto mal le hace, y
     que ella ha dicho la verdad, y padecerá por Dios que padeció por
     ella en una Cruz.

[Sidenote: Entró el Ministro.]

«Fué mandado entrar y entró el Ministro, y que la desnude. Desnudóse
ella mesma diciendo, que ya ha dicho la verdad, y que primero morirá que
decir lo que no sabe.

[Sidenote: Desnuda.]

     «Y estando desnuda, en camisa baja, las carnes de fuera, fué
     tornada á amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad, y
     no quiera padecer tanto trabajo.

     «Dijo: que ningún tormento pudiera haber para ella mayor que
     hacerla desnudar, y mostrar sus carnes de fuera, gran afrenta y
     dolor para ella.

     «Y con esto le fueron mandados ligar los brazos flojamente, y
     estando ligados, amonestada que diga la verdad, dijo: que ya la ha
     dicho y no la quieren creer, y que aquí ha de morir.

     Y mandóse dar una vuelta de cordel á los brazos: antes de dársela
     dijo: que esta es la verdad, que también Dª. Francisca su madre, y
     Baltazar y Luis de Carabajal, sus hermanos de ella, le dijeron y
     enseñaron todo lo que tiene dicho de la Ley de Moysen, y la
     ratificaron en ella, aquí en México, y su madre la maldecía si
     descubría nada, la cual y ellos, la enseñaron en toda la Ley de
     Moysen que hoy tiene confesado, y con ellos la guardó, y no hay
     otra cosa ni sabe más, y no se acuerda del tiempo en que la
     enseñaron y trataron, más de que esta la guardó en veces, los ocho
     meses que tiene confesados, y Dios es testigo que ha dicho la
     verdad, y dijo al Ministro la dicha, haga su oficio, que no hay
     más; y porque no dijo otra cosa.

[Sidenote: Vuelta de cordel á los brazos.]

     «Amonestada que diga la verdad, se le dió la dicha vuelta de
     cordel, y dió grandes gritos y voces, ay desventurada, que la he
     dicho y me atormentan; vaya por amor de Dios: es Dios testigo que
     la he dicho, y vive Dios que me castigan sin culpa.

[Sidenote: Segunda vuelta.]

     «Amonestada que diga la verdad, se le mandó dar y dió segunda
     vuelta de cordel, y dió grandes gritos que la dejen, que la
     matan......»

Dª. Isabel no pudo ya resistir por más tiempo, y allí, en medio del
tormento, comenzó una larga declaración, denunciando á todas las
personas de su familia y á un gran número de personas, de hombres y de
mujeres, observantes de la Ley de Moisés.

Sólo á la mitad de la declaración consintieron los inquisidores en que
se aflojaran los cordeles.

Después de las confesiones arrancadas á Dª. Isabel por el tormento,
vinieron las causas de todas las personas testificadas por ella, las
cuales á su turno denunciaron á otras, y un número increíble de reos
entró á la Inquisición por esta causa.

Toda la familia Carabajal, incluso el gobernador del nuevo reino de
León, toda fué presa, á excepción de D. Baltasar, que logró fugarse en
Tasco, y contra quien se siguió, sin embargo, el proceso, hasta
sentenciarle á ser quemado en estatua.

Dª. Francisca, madre de todos los jóvenes Carabajal, debía ser, y fué en
efecto la que más resistencia opuso para declarar en contra de sus
hijos; pero el tormento la hizo faltar á los sentimientos de su corazón,
y en las agonías de su dolor testificó contra sus mismos hijos.

Hé aquí pintado con las sencillas palabras del proceso, el terrible
trance en que aquella desgraciada mujer fué obligada á dar su confesión.


_Christi Nomine Invocato_

[Sidenote: Sentencia.]

     «Fallamos atentos los autos y méritos de este proceso, indicios y
     sospechas que de él resultan, contra la dicha Dª. Francisca Núñez
     de Carabajal, que la debemos de condenar y condenamos á que sea
     puesta á cuestión de tormento, sobre las diminuciones que de su
     probanza y confesiones resultan conforme á lo en esta causa votado,
     en el cual mandamos que esté y persevere, tanto tiempo cuanto
     nuestra voluntad fuere, para que diga y confiese enteramente la
     verdad, según y como ha sido amonestada, con apercibimiento y
     amonestación que le hacemos, que si en dicho tormento muriere ó
     fuere liciada, ó dél se le siguiere efusión de sangre, ó mutilación
     de miembro, sea á su culpa y cargo, y no á la nuestra, por no haber
     querido confesar enteramente la verdad, y por estar negativa.

     «Juzgando así lo sentenciamos y mandamos. (_Dos rúbricas_).

[Sidenote: Pronunciación.]

     «La cual dicha sentencia de tormento fué dada y pronunciada por los
     dichos Señores Inquisidores, y el dicho Sr. Inquisidor Lic.
     Bonilla, con los dichos, haciendo veces así mesmo de ordinario
     estando en la dicha su audiencia de la mañana presentes el Dr. Lobo
     Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha Dª. Francisca
     Núñez de Carabajal, y siéndole leída y notificada y dado á entender
     el efecto de ella á la susodicha, habiéndose hallado presentes á la
     dicha pronunciación Arias de Valdez, alcaide, y Pedro de Fonseca,
     portero, que luego se salieron de la audiencia. La susodicha,
     llorando, dijo: que ya dice que creyó derechamente en la Ley de
     Moysen, y esta es la verdad, y que se duelan de ella y de los
     huérfanos de sus hijos, de quien tiene pena, más que de su propia
     vida, y que no la afrenten por amor de Dios.

[Sidenote: Cámara del tormento.]

     «Y con esto fué llevada á la cámara del tormento por el dicho
     alcaide, á la cual fueron luego los dichos Señores Inquisidores, á
     hora de las ocho y media de la mañana, poco más ó menos.

     «Y estando en ella fué tornada á amonestar que por reverencia de
     Dios diga la verdad, y no se quiera ver en este trabajo y peligro.

     «Dijo: que la verdad es que ella creyó derechamente en la Ley de
     Moysen, por enseñanza del Lic. Morales, y por librarse de los
     Señores Inquisidores, ha dicho que creía en ambas leyes, pero que
     es burla; que no creía en la Ley de Jesucristo sino en la de
     Moysen, y que lo demás se lo levantan, y que miren que es mujer, y
     no la afrenten y desnuden, porque aquí ha de morir, y sus hijos
     quedarán huérfanos, y clamarán delante de Dios, y ella morirá aquí
     martir, y afrentada, y su alma irá á gozar de Dios, porque no
     saldrá de aquí viva.

     «Y con esto amonestada, fué mandada entrar, y entró el Ministro, y
     que la desnude;

     «Y dijo: que la maten ó den garrote luego, y no la desnuden ni
     afrenten, aunque la den mil muertes.--_Lo cual dijo de rodillas
     llorando mucho._ Y que miren que es mujer y viuda y honesta, y con
     quien no se sufre hacer esto en el mundo, en especial donde hay
     tanta santidad, y que ya ha dicho que creía en la Ley de Moysen y
     no en la de Jesucristo, y no hay más que decir, ni sabe de más de
     que es triste desconsolada y viuda con hijos que clamarán á Dios.

[Sidenote: Desnuda.]

     «Y estando desnuda, con solo unos zaragüelles, y la camisa baja, en
     carnes de la cintura arriba, fué tornada á amonestar que diga la
     verdad, con apercibimiento de que se pasará con el tormento
     adelante.

     «Dijo á voces, que todo es maldad, y que vaya en remisión de sus
     culpas.

[Sidenote: Brazos ligados.]

     «Fuéronle mandados ligar los brazos flojamente, y estando ligados,
     fué vuelta á amonestar que diga la verdad, y no dé lugar á que se
     pase adelante.

     «Dijo que la verdad toda ha dicho, y que miren que quitan la madre
     á los hijos, y que nunca tal entendió que tal se usara con una
     mujer, y que ella encomienda su alma y ofrece este martirio al que
     en el libro de Espejo de consolación ha leído que adoraron los
     Macabeos.--Porque no dijo otra cosa.

[Sidenote: Vuelta primera.]

     «Amonestada que diga la verdad le fué mandado dar y apretar una
     vuelta de cordel á los brazos; diósele, y dió muchos gritos
     diciendo:--tanta crueldad, tanta, ay, que me muero:--apretósele
     más, y dijo lo mesmo muchas veces, con muchos gritos, y que vaya en
     remisión de sus pecados, que está libre; que todo lo ha confesado,
     y que no la quieren creer.

[Sidenote: Vuelta segunda.]

     «Amonestada, se le dió segunda vuelta de cordel á los dichos brazos
     en la mesma forma, y dió muchos gritos, que se muere, que se muere
     y que le den la muerte junta, porque la descoyuntan del todo y le
     acaban la vida, que no lo puede sufrir, y si más supiera lo dijera.

[Sidenote: Vuelta tercera.]

     «Y porque no quiso decir otra cosa, amonestada que diga la verdad,
     le fué mandada dar tercera vuelta de cordel en la mesma forma;
     diósele y dijo, ya ha dicho que creía y adoraba la Ley de Moysen y
     no la de Jesucristo, porque no la guardaba, sino la de Moysen, y
     dió muchos gritos, y que hayan misericordia de ella, que ha dicho
     toda la verdad, y que se muere.

[Sidenote: Vuelta cuarta.]

     «Amonestada que la diga, se le mandó dar y dió otra cuarta vuelta
     de cordel, en la mesma forma; y dió grandes voces que se muere y no
     lo puede sufrir, y que ya, ya se les acabó á sus hijos su triste
     madre.

[Sidenote: Vuelta quinta.]

     «Diósele otra quinta vuelta de cordel á los brazos, y dijo lo mesmo
     muchas veces, y no se le pudo sacar otra cosa, sino gemir echada la
     cabeza sobre los brazos y cordeles, y luego dijo, que ya ha dicho
     la verdad y no la quieren creer, ni tiene que decir más de que lo
     hacen con ella cruelmente, y que se duelan de este martirio por
     amor del Señor, que se muere.

[Sidenote: Monición.]

     «Y habiéndosele dado las cinco vueltas de cordel en la dicha forma,
     fué mandada tender y ligar en el potro, amonestada que diga la
     verdad, y no dé lugar á que se prosiga en el tormento con tanto
     riesgo de la vida, como él es, quedándole tanta parte del que pasar
     y padecer, lo cual todo es á su cuenta y riesgo por no la querer
     decir, con que excusaría los dolores y martirios que dice.

[Sidenote: Potro.]

     «Y estando tendida en el potro fué vuelta amonestar en la mesma
     forma, y que por reverencia de Dios diga ya la verdad, y se duela y
     compadezca de sí propia.--Y dijo: no tengo que decir sino
     testimonios, y esos no quiera Dios que los diga, ni los he de
     decir, ni los sé; sea él bendito que aquí me tratan con tanta
     crueldad nunca oída jamás á mujer, y es posible que esto se hace
     aquí con las mujeres;--y diciendo esto, se levantó sobre el potro,
     y amonestada dijo: no sé qué decir, sino que triste nací del
     vientre de mi madre, y desdichada fué mi suerte, y mi triste
     vejez.--Y vuelta á tender en el potro, y mandada ligar brazos,
     muslos y espinillas, y que se le pongan los garrotes y se prosiga
     al tormento, la susodicha se volvió á levantar, y levantada, de
     rodillas, arrimada al potro, dijo...... &c.»

       *       *       *       *       *

La fuerza del ánimo no pudo resistir por más tiempo á los dolores del
cuerpo, y después de aquella lucha, la desgraciada Doña Francisca,
desnuda y maltratada, hizo allí una larga confesión, declarando contra
todos sus hijos é hijas. Consta la diligencia en la que se suspendió la
confesión y dice así:

«Y con esto y por parecer que la dicha Doña Francisca estaba fatigada y
afligida, y con gran dolor de estómago, de que se quejaba por estar
desnuda, y al parecer con frío que le dió. Mandaron cesar en el tormento
con protestación que le hicieron de que no la teniendo por
suficientemente atormentada, lo continuaran hasta que enteramente
confiese verdad, y así la mandaron desligar las vueltas de los brazos, y
que sea curada.

«Y que luego fué desligada y puesta en una cárcel cerca de la cámara del
tormento, y curada con cuidado los brazos y su persona. Acabóse esta
diligencia y audiencia á las once, antes de medio día, poquito más ó
menos.»

Las declaraciones arrancadas por el tormento á la desgraciada madre,
dieron el resultado que deseaban los Inquisidores, y en la ratificación
que ante _honestas personas_ hizo cuando le fueron leidas estas
declaraciones, dijo:

«Habiéndolo oido y entendido, dijo: que está bien escrito, y es la
verdad, y en ello se ratifica y afirma, y siendo necesario, lo dice
ahora de nuevo como testigo, contra todas las personas que de lo que en
las dichas audiencias tiene depuesto puedan resultar culpadas en
cualquier manera, y particular y nombradamente

        CENTER
        _Contra_

     «Luis de Carabajal, su hijo.

     «Francisco Rodríguez de Matos (difunto), su marido.

     «Baltasar Rodríguez de Carabajal, su hijo.

     «Doña Catalina, mujer de Antonio Díaz de Cáseres.

     «Doña Leonor, mujer de Jorge de Almeida.

     «Doña Mariana, doncella.

     «Doña Isabel, viuda, todas sus hijas, y

     «Doña Catalina de León, mujer de Pérez Ferro.

     «Y contra cada una de ellas: presentes las dichas honestas
     personas, y que no lo dice por odio, ni enemistad, etc. Pasó ante
     mí.--_Pedro de los Ríos.»_

Siguieron adelante los procesos, y en general todos los hijos é hijas de
Doña Francisca confesaron con tal espontaneidad todo cuanto sabían, que
con ellos no tuvieron los Inquisidores, ni necesidad de ocurrir al
tormento.

Luis de Carabajal, el mozo, no el gobernador, en una de las audiencias
pidió un pliego de papel para escribir y presentar á la Inquisición
unas oraciones en verso que él y su hermano Baltasar habían compuesto
para los días de ayuno, según la ley de Moisés. Presentólas en efecto, y
entre muchas se encuentra este soneto:

      «Pequé, Señor, mas no porque he pecado
    De tu clamor y clemencia me despido;
    Temo, según mi culpa, ser punido,
    Y espero en tu bondad ser perdonado;
    Recélome, según me has aguardado,
    Ser por mi ingratitud aborrecido,
    Porque hace mi pecado más crecido
    El ser tan digno tú de ser amado.
    ¿Si no fuera por tí, de mí qué fuera?
    Y á mí ¿de mí, sin tí, quién me librara
    Si tu mano la gracia no me diera?
    Y á no ser yo, mi Dios, ¿quién no te amara?
    Y á no ser tú, Señor, ¿quién me sufriera?
    Y á tí sin tí, mi Dios, ¿quién me llevara?»

       *       *       *       *       *

Ninguna dificultad se presentó en lo de adelante á los jueces para la
terminación de la causa, y los Inquisidores pronunciaron sus sentencias
que se leyeron en el auto de fe el 24 de febrero de 1590.--Hé aquí la
sentencia de Doña Francisca, á la que son iguales las pronunciadas,
contra todos sus hijos, á excepción de la de D. Baltasar, que fué
condenado por ausente, lo mismo que D. Francisco Rodríguez, su padre,
difunto, á ser quemados en estatua.

     «_Christi Nomine Invocato._ Fallamos atentos los autos y méritos de
     este proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y
     cumplidamente su acusación y querella, damos y pronunciamos su
     intención por bien probada, por ende que debemos declarar y
     declaramos la dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal haber sido
     hereje, judaisante, apóstata, fautora y encubridora de herejes, y
     haberse pasado y convertido á la ley muerta de Moysen y sus ritos y
     ceremonias, creyendo salvarse en ella, y por ello haber caído é
     incurrido en sentencia de excomunión mayor y en todas las otras
     penas é inhabilidades en que caen é incurren los herejes que debajo
     de título y nombres de Cristianos hacen y cometen semejantes
     delitos, y en confiscación y perdimiento de todos sus bienes, los
     cuales aplicamos á la cámara y fisco del Rey nuestro Señor y á su
     receptor en su nombre, desde el día y tiempo en que comenzó á
     cometer los dichos delitos, cuya declaración en nos reservamos. Y
     como quiera que con buena conciencia la pudiéramos condenar en las
     penas en derecho establecidas contra los tales herejes; mas atento
     á que la susodicha en las confesiones que antes nos hizo mostró
     señales de contricción y arrepentimiento, pidiendo á Dios Nuestro
     Señor perdón de sus delitos, y á nos penitencia con misericordia,
     protestando que de aquí adelante quería morir y vivir en nuestra
     Santa Fe Católica, y estaba presta de cumplir cualquier penitencia
     que por nos le fuese impuesta y abjurar los dichos sus errores, y
     hacer todo lo demás que por nos le fuese mandado, considerando: que
     Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva,
     si ansí es que la dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal se
     convierta á nuestra Santa Fe Católica, de puro corazón y fe no
     fingida, y que ha confesado enteramente la verdad, no encubriendo
     de sí ni de otras personas vivas ni difuntas cosa alguna; queriendo
     usar con ella de piedad y misericordia, la debemos de admitir y
     admitimos á reconciliación, y mandamos que en pena y penitencia de
     lo por ella hecho y cometido, hoy día de la pronunciación de esta
     nuestra sentencia, la salga á oir á este presente auto con los
     demás penitentes, en cuerpo, con un hábito penitencial de paño
     amarillo, con dos aspas coloradas de Señor San Andrés y una vela de
     cera en las manos, adonde le sea leída, y allí públicamente abjure
     los dichos sus errores que ante nos tiene confesados, y toda
     cualquiera otra herejía y apostasía, y hecha la dicha abjuración,
     al mandamos absolver y absolvemos de cualquier sentencia de
     excomunión en que por razón de lo susodicho ha caido é incurrido, y
     la unimos y reincorporamos al gremio y union de la Madre Santa
     Iglesia Católica, y la restituimos á la participación de los Santos
     Sacramentos y comunión de los fieles católicos cristianos de ella,
     y la condenamos á cárcel y hábito perpetuo irremisible, la cual
     guarde y cumpla en la parte y lugar que por nos le fuere señalado,
     y el dicho hábito lo traiga públicamente encima de todas sus
     vestiduras, y guarde y cumpla las demás penitencias espirituales
     que por nos le serán declaradas. Y declaramos la susodicha ser
     inhábil é incapaz para poder traer sobre sí ni en su persona, oro,
     plata y seda, y serle defendidas las demás cosas y honras que por
     derecho común, leyes y pramáticas de estos Reynos é instrucciones
     del Santo Oficio de la Inquisición á los semejantes inhábiles son
     prohibidos. Todo lo cual mandamos que así guarde y cumpla, so pena
     de impenitente relapsa, y por esta nuestra sentencia definitiva,
     juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos autos y
     procesos.--_Lic. Bonilla._--_Lic. Santos García._»

[Sidenote: Pronunciación.]

     «Dada y pronunciada fué esta dicha sentencia de susso por los
     Sres. Inquisidores que en ella afirmaron sus nombres, y el dicho
     Sr. Inquisidor Lic. Bonilla, con las veces así mesmo de ordinario
     del arzobispado de México que están en la cámara del secreto de
     este Santo Oficio; estando celebrando auto público de fe dentro de
     la Iglesia mayor y Catedral de esta ciudad de México, sobre un
     cadalso y tribunal alto de madera que en ella había, sábado, día de
     Sto. Matías, 24 del mes de febrero de 1590, presente el Dr. Lobo
     Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha Francisca Núñez
     de Carabajal con las insignias en la dicha sentencia contenidas,
     siendo á todo ello presentes por testigos Diego de Ibarra, D.
     Francisco de Velasco, D. Rodrigo de Vivero y Rodrigo del Río,
     caballero del hábito de Santiago, y Fernán Gutiérrez Altamirano, D.
     Juan Altamirano, y otras muchas personas eclesiásticas y
     seculares.--Passó ante mí.--_Pedro de los Ríos._»

Como aun cuando muchas personas han oido hablar de las abjuraciones
públicas, no todos conocen la fórmula de ellas, copiaré la de Doña
Francisca Núñez de Carabajal, para dar una idea de esa clase de
documentos.

        CENTER
        _Abjuración._

     «Yo, Francisca Núñez, por otro nombre Doña Francisca de Carabajal,
     natural de la Villa de Megodori, en Portugal, viuda de Francisco
     Rodríguez de Matos, difunto, que presente estoy, de mi libre y
     espontánea voluntad abjuro, y detesto, y renuncio, y aparto de mí
     toda y cualquier herejía, en especial esta de que soy infamada y
     testificada, y que he confesado de la Ley vieja de Moysen, ritos y
     ceremonias de ella. Y confieso por mi boca con puro y verdadero
     corazón la Santa Fe Católica que tiene y predica, sigue y enseña la
     Santa Madre Iglesia de Roma, y aquella tengo y quiero tener y
     seguir y en ella permanecer y morir y nunca me apartaré de ella, y
     juro á Nuestro Señor Dios y á los Santos cuatro Evangelios y á la
     señal de la Cruz, de estar y ser sujeta á la obediencia del
     bienaventurado San Pedro, príncipe de los Apóstoles y Vicario de
     Nuestro Señor Jesucristo, y de Nuestro muy Santo Padre Sixto V, que
     hoy día rige y gobierna la Iglesia, y después á sus sucesores, y de
     nunca me apartaré de esta obediencia por suación ó herejía, en
     especial por esta de que soy infamada y acusada, y de siempre
     permanecer en la unidad y ayuntamiento de la Santa Iglesia, y de
     ser en defensión de esta Santa Fe Católica, y de perseguir á los
     que contra ella fueren ó vinieren y de los manifestar y publicar y
     no me ayuntar á ellos, ni con ellos, ni los receptar, ni guiar, ni
     visitar, ni acompañar, ni dar, ni enviar dádivas, ni promesas, ni
     pres, ni los favorecer, y si contra en algún tiempo fuere ó viniere
     que caiga é incurra en pena de impenitente relapsa, y sea maldita y
     excomulgada; y pido al presente secretario testimonio de esta mi
     confesión y abjuración, y á los presentes ruego que de ello sean
     testigos. Siendo testigos los dichos, y con esto la dicha Doña
     Francisca Núñez de Carabajal fué absuelta en forma, y porque dijo
     no sabía firmar, lo firmó por ella uno de los Sres.
     Inquisidores.--_Lic. Bonilla._--Pasó ante mí.--_Pedro de los
     Ríos._»

Iguales á esta sentencia y abjuración fueron las de todos los
individuos, varones y hembras de la familia Carabajal, y que salieron
como penitenciados en el auto público de fe celebrado en México el año
de 1590.

Terminado un proceso en la Inquisición, al reo si no era relajado, y por
consecuencia entregado al brazo secular, y quemado, se le exigían bajo
de juramento dos cosas: primera, que revelase cuanto había oido hablar
en las cárceles del Santo Oficio; y segunda, que sobre lo que allí había
visto ú oido, guardase el más profundo secreto.

He aquí cómo se ejecutaban estas diligencias:

[Sidenote: Juramento.]

     «E luego fuéle recibido juramento en forma debida de derecho á
     dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal, so cargo del cual prometió
     decir verdad.

[Sidenote: Aviso de cárcel.]

     «Preguntada sobre el secreto y avisos de cárcel, dijo: que en el
     tiempo que ha estado presa en las cárceles secretas de este Santo
     Oficio, no ha sabido ni entendido que en ellos se haya hecho ni
     dicho cosa que deba manifestar contra su recto y libre ejercicio,
     ni contra sus ministros, ni que se hayan llevado ni traido recados
     algunos de fuera ni de dentro, ni ella los lleva, é que el Alcaide
     la ha tratado bien y ha hecho bien su oficio.

[Sidenote: Secreto.]

     «Fuéle mandado debajo del juramento que tiene hecho, y so pena de
     excomunión mayor, y que será gravemente castigada, que tenga y
     guarde secreto de todo lo que en su negocio, causa y proceso ha
     pasado, y de todo lo demás que oviere visto y entendido en las
     cárceles de este Santo Oficio durante su prisión, y que no lo
     revele ni descubra en manera alguna directa ni indirectamente, y
     así prometió de lo cumplir, sin exceder.»

Así terminó el primer proceso de la familia Carabajal, y sólo agregaré
la sentencia que recayó contra D. Baltasar, que, como hemos dicho, huyó
sin que la Inquisición hubiera podido encontrarle nunca.

     «_Christi Nomine Invocato._ Fallamos atentos los autos y méritos de
     dicho proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y
     cumplidamente su acusación, tanto cuanto de derecho ha sido
     necesario para haber victoria en esta causa, en consecuencia de lo
     cual que debemos declarar y declaramos el dicho Baltasar Rodriguez
     de Carabajal, haber sido y ser hereje, apóstata, judaisante,
     domatista, fautor y encubridor de herejes, y por ello haber caido é
     incurrido en sentencia de excomunion mayor, y en todas las otras
     penas en que caen é incurren los herejes, apóstatas, las cuales
     mandamos que sean ejecutadas en su persona y bienes y relajamos la
     persona del dicho Baltasar Rodriguez, pudiendo ser habido, á la
     justicia y brazo seglar para que en él sea ejecutada la pena que en
     derecho tal caso requiere, y porque al presente el dicho Baltasar
     Rodriguez no puede ser habido, mandamos que en su lugar sea sacada
     á este presente auto una estátua que represente su persona con una
     coroza de condenado y un Sambenito con las insignias y figura de
     tal condenado, y un letrero de su nombre, la cual esté presente al
     tiempo que se leyere esta nuestra sentencia. Y acabada de leer, la
     dicha estátua sea entregada á la justicia y brazo seglar para que
     la manden quemar é incinerar. Y declaramos sus bienes, muebles y
     raices ser confiscados y pertenecer á la cámara y fisco del Rey
     nuestro Señor, y por esta nuestra sentencia, se los aplicamos, y á
     su receptor en su nombre, desde el día y tiempo que comenzó á
     cometer los dichos delitos, y declaramos por inhábiles é incapaces
     á los hijos é hijas del dicho Baltasar Rodriguez y á sus nietos por
     línea masculina, para poder haber ni poseer dignidades, beneficios
     ni oficios, ansí eclesiásticos como seglares, y otros oficios
     públicos é de honra, y no poder traer armas, oro, plata ni seda, ni
     andar á caballo, ni usar de las demas cosas que por derecho comun,
     leyes y pragmáticas de estos Reynos é instructivos del Santo Oficio
     á los semejantes inhábiles, son prohibidos. Y por esta nuestra
     sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos en
     estos escriptos y por ellos.--_Lic. Bonilla._--_Santo García._»

Esta sentencia se ejecutó al pie de la letra, y D. Francisco Rodriguez
de Matos, difunto, marido de D.ª Francisca, fué también relajado y
quemado en estátua, en el mismo auto de fe.

Como cárcel perpetua se señaló á D. Luis de Carabajal, el joven, el
Hospital de dementes de San Hipólito, y á D.ª Francisca, D.ª Isabel, D.ª
Leonor, D.ª Catalina y D.ª Mariana, una casa aislada que estaba frente
al Colegio de Santiago Tlaltelolco.

D. Luis Carabajal, el gobernador, fué desterrado de las Indias.

Así concluyó esta primera persecución que sufrió la familia de Francisco
Rodriguez de Matos.

_Vicente Riva Palacio._



LA FAMILIA CARABAJAL

SEGUNDA PARTE


El domingo 8 de diciembre de 1596, en la Plaza mayor de México, y
delante de las Casas de cabildo, celebraba la Inquisición un auto
público de fe, y á este auto público salían como penitenciados Doña
Francisca Núñez de Carabajal y sus hijos D. Luis, D.ª Leonor, D.ª Isabel
y D.ª Catalina.

Vamos á ver por qué estaban allí y cuál es la suerte que les esperaba.

       *       *       *       *       *

Por el mes de enero de 1595, el fiscal de la Inquisición, que lo era en
aquella época el Dr. Martos Bohorques, acusó formalmente ante los
Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y D. Alonso de Peralta, á D.ª Francisca
de Carabajal y á sus hijos, por observantes de la ley de Moisés, con la
agravante circunstancia de que todas estas personas habían sido ya
procesadas y reconciliadas por el mismo delito en el año de 1590.

Los Inquisidores, como era natural, ordenaron la prisión de los reos,
que fueron conducidos inmediatamente á las cárceles secretas del Santo
Oficio.

Dióse principio á las causas, cuyos procedimientos, siendo en todo
semejantes á los que dejamos explicados en el capítulo anterior, no es
necesario explicarlos ni repetirlos.

Como de costumbre, unos individuos de la familia declararon contra los
otros: volvieron á aparecer multitud de personas complicadas, y se
acumularon testificaciones sobre testificaciones.

Hay, sin embargo, en el proceso de D. Luis Carabajal, curiosas
diligencias, de las que no queremos privar á nuestros lectores, para que
se formen mejor idea del carácter de los Ministros, y modos de enjuiciar
en el Santo Oficio, en cuyo tribunal no se despreciaba medio alguno para
conocer los pensamientos del acusado y para examinar su conciencia, por
más que estos medios parezcan reprobados é ilícitos, ahora que está
prohibido á los jueces hasta hacer preguntas capciosas á los acusados.

       *       *       *       *       *

Los Secretarios del Santo Oficio y los Alcaides andaban constantemente
escuchando en las puertas de los calabozos de los presos, para saber
sus conversaciones y delatarlas á los Inquisidores; y los presos eran
encerrados juntos para que unos vinieran á delatar las pláticas y
conversaciones de los otros. Así consta en muchas diligencias; por
ejemplo, en la siguiente:


_Declaración del Secretario Pedro de Mañosca_

«En la ciudad de México, á 16 días del mes de Octubre de mil y
quinientos y noventa y cinco años, estando en su audiencia de la mañana
los Sres. Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta,
pareció en ella de su voluntad, Pedro de Mañosca, Secretario de este
Santo Oficio, del cual siendo presente fué recibido juramento en forma
debida de derecho, so cargo del cual prometió de decir verdad, y dijo de
ser de edad de 32 años, poco más ó menos, y dijo: que por descargo de su
conciencia viene á decir y manifestar lo que oyó á los tres, cuatro,
cinco y seis de este presente mes y año, hallándose en todos estos
cuatro días desde las siete horas hasta las ocho por la noche, á la
puerta de la cárcel, donde estaban juntos Luis de Carabajal, preso en
este Santo Oficio y reconciliado que ha sido por él, y Luis Díaz,
clérigo, habiendo ido allí en compañía y juntamente con Pedro de
Fonseca, Notario de los Secretos de este Santo Oficio, y de Gaspar de
los Reyes, Alcaide de las cárceles secretas dél, por orden y mandado de
los dichos Señores Inquisidores. Y lo que pasa es, que habiendo hallado
al dicho Luis de Carabajal, que es muy conocido en la voz, cantando en
voz alta un romance en que parece alaba á Dios y á sus grandezas, que
por haber durado poco no pudo prevenir este ni entender cosa dél para
decirlo por sus palabras. Oyó que el dicho Luis Diaz, clérigo, dijo al
dicho Luis de Carabajal:--deje agora de cantar; dígame, ¿San Pedro en el
infierno está?--y respondió el dicho Luis de Carabajal--Sí, y no
quisiera yo tener tanto fuego como él en la trasera--diciéndolo
suciamente, y que también estaban en el invierno Juan Garrido y su madre
María Fernández, diciéndolo por Ntro. Señor Jesucristo y Ntra. Señora la
Virgen.»

Por este estilo fueron las declaraciones de Fonseca y de Gaspar de los
Reyes, y de los presos que sucesivamente fueron encerrando con Luis de
Carabajal; conviniendo todas sus declaraciones, sin embargo, en que
Carabajal estaba resuelto á vivir y morir en la ley de Moisés.

       *       *       *       *       *

El 17 de marzo de 1595, Gaspar de los Reyes Plata se presentó en la
audiencia de los Inquisidores y dijo: «que por descargo de su
conciencia viene á decir y manifestar que el sábado en la noche, 13 del
presente mes y año, llevando de cenar á Luis de Carabajal, preso en este
Santo Oficio, le dió un melón comenzado que este le había dado para
comer, y le dijo que llevase aquel melón á Dª. Leonor de Carabajal, su
hermana, la cual, por lo que el dicho Luis de Carabajal muchas veces ha
dicho á este, entiende que está presa con las demás y su madre; y luego
dijo: que entiende el dicho Luis de Carabajal, que están presas las
dichas Dª. Leonor y su madre, porque ha dicho á este, nombrándolas, que
tenga cuenta con ellas y las regale. Y este después miró dentro en el
melón y halló entre las pepitas y al cabo de él, un hueso de ahuacate
envuelto en un pedazo de tafetán como morado, de que hizo demostración,
y luego como lo vió envuelto en dicho tafetán, lo llevó al dicho Sr.
Inquisidor Dr. Lobo Guerrero para que lo viese, el cual le mandó que lo
guardase para presentarlo en el tribunal, y las letras que están
escritas en dicho hueso, que se pueden leer, dicen de esta manera:
_Paciencia como Job_; y las letras que se siguen no se pueden leer,
porque con el tiempo que ha pasado se han revenido en el dicho hueso de
ahuacate, y otras letras que están en el mesmo hueso, que se pueden
leer, dicen de esta manera:--_Almas de mi corazon_, _visíteos A. N.
S._, que al parecer quieren decir las dichas letras _Adonay Nuestro
Señor_, y en el dicho hueso hay otras letras que dicen:--_yo la tengo
Gloria á Dios con grillos estoy por mi D._

«Y así mesmo, y el dicho Luis de Carabajal, el domingo siguiente, 14
días del mesmo mes y año, le dió á este un plántano para que diese á la
dicha Dª. Leonor su hermana, en el cual plántano con mucha sutileza, en
medio de él, sacada la carne que bastaba para poner un hueso de
ahuacate, estaba metido el dicho hueso envuelto en un tafetan y de la
mesma color morada, y en el dicho hueso había escrito las letras
siguientes: _albricias, que los Angeles y Santos de Adonay en el Parayso
nos esperan, mártires mias, benditas de Adonay. Yo pensé ir solo,
bendita mia; envíame señas si estás sola ó no, acuérdese Adonay de la
madre Santa, y á tí y á ella tengo en el corazon._»

Muchos recados escritos en huesos de aguacate siguió presentando el
Alcaide, y en todos ellos se descubre el tierno cariño que Luis de
Carabajal profesaba á su madre y hermanas, y la fe ardiente que tenía en
su religión.

Hay uno de estos recados que no podemos menos de copiar; iba también
escrito en un hueso de aguacate y dirigido á Dª. Leonor, y decía así:
«_Angel mio, albricias, que mejor viaje es el del Parayso que el de
Castilla; bienaventurado el pan que comiste, y el agua que bebiste, y
la tierra que pisaste, y el vientre en que anduvimos, que de aquí á poco
hemos de ir á profesar la Religión sacra de los Angeles y Santos, y á
ver la tierra suya de Adonay. ¡Oh qué ricos jardines, músicas y fiestas
nos esperan; lindos torneos se han de hacer en el cielo cuando Adonay
nos corone por su firme fé; nadie desmaye, que su vida con ayuda que
Adonay mi Señor nos dé, la cuesta de esta cárcel es la gloria; ¡quién
pudiera contaros todo lo que el Señor me ha mostrado; mas con su ayuda,
presto nos veremos; tres semanas estuve en un calabozo; ya me sacó
Adonay mi Señor, y me puso donde veo el cielo, día y noche; una Biblia,
con milagro, tuve ocho días aquí; benditas de Adonay, por acordarme de
vos, de mí me olvido._»

Aun sigue más adelante esta carta, y parece increíble que tanto pudiese
escribirse en Un hueso de aguacate. Sin embargo, así consta de los autos
originales.

       *       *       *       *       *

Los Inquisidores mandaron al Alcaide, no sólamente que admitiese esos
recados de D. Luis para sus hermanas, sino que con objeto de saber lo
que se escribia, encargaron al dicho Alcaide que como al descuido
llevase las correspondencias á quienes iban dirigidas, y dejase en los
calabozos pluma, tinta y papel; así consta en el expediente original.

En una de esas declaraciones, dice:

«Y para que el dicho Luis de Carabajal pudiese escribir, visto que
escribia en los huesos de ahuacate, le dejo un tintero muy al descuido,
por mandado de los dichos Señores Inquisidores.»

Más adelante hay una diligencia en que dice: hablando de los papeles que
como resultado de esta intriga traidora escribió Luis de Carabajal, y
entregó el Alcaide Gaspar de los Reyes Plata:

«Y vistos los dichos papeles por los Sres. Inquisidores, Dr. Lobo
Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, mandaron se le entreguen al dicho
Alcaide para que entre algunas frutas y muy al descuido y con mucha
disimulación, los dé á la dicha Dª. Leonor, juntamente con una de las
peras (en estas peras venía escrito un recado), la mayor que hoy dicho
día así mesmo exhibió el dicho Alcaide, como lo tiene declarado en su
dicho, y que esté muy advertido de mirar con mucho cuidado si le diere
la dicha Leonor para su hermano D. Luis de Carabajal algún recado de
frutas ó en otra cualquier manera, y antes de entregarlo lo traiga al
tribunal, y que con la mayor disimulación en algun plántano ó plántanos,
envuelto en algun lienzo, le dé tambien á la dicha Dª. Leonor un pliego
de papel blanco y pluma para ocasionarla á que responda al dicho su
hermano, para que se descubra la verdad y se administre justicia.»

D. Luis y sus hermanas cayeron inocentemente en la red que les tendían
aquellos hombres sin corazón, y sostuvieron una larga correspondencia
por medio de cartas que, antes de llegar á su destino, se copiaban
íntegras en el proceso.

Muchas de ellas, sin embargo, se agregaron originales á la causa, y se
experimenta una extraña sensación al recorrer aquellas líneas trazadas
por la vacilante mano de los que, viviendo en tan dura prisión rodeados
de enemigos y de traiciones, y próximos ya á expirar en una hoguera,
mostraban una fe tan ardiente en sus doctrinas y una tan grande entereza
de alma.

       *       *       *       *       *

Según las reglas de procedimiento, dadas para el Santo Oficio por el
célebre Torquemada, el más terrible de los Inquisidores de España, jamás
el acusado debía conocer á los testigos ni saber su nombre, observándose
tanto cuidado en esto, que si alguna circunstancia había en la
declaración, por donde el reo pudiera adivinar ó venir en conocimiento
de quién era el testigo, debía suprimirse esta parte de la declaración
al notificársela al reo; y como última precaución se observaba por regla
general que las declaraciones de los testigos, al comunicarse al reo,
se pusieran en tercera persona, aun cuando el testigo hubiera hablado en
primera; así, si éste decía que el reo le había dicho tal cosa, al
leerle á aquel la declaración, se decía que un testigo declaraba que el
reo _había dicho á cierta persona_ aquello mismo, para que ni aun por
esto pudiese venir en conocimiento de quién era el testigo.

Uno de los testigos en la causa de la familia Carabajal, y denunciado
por ellos, fué llevado á la Inquisición y procesado.

Confesó sus propias culpas; pero cuando fué requerido como testigo, se
negó enérgicamente á declarar. Víctima de su lealtad, no quiso descubrir
nada que pudiera perjudicar á los mismos que le habían traído á aquella
situación, y esto provenía sin duda del misterio con que se guardaba el
nombre de los testigos. Quizá si Manuel Díaz, que así se llamaba este
infeliz, hubiera sabido que los Carabajales habían tenido la debilidad
de denunciarle, no habría sufrido tan terribles tormentos en la
Inquisición.

En efecto, increíble parece la energía de este hombre en el sufrimiento;
y su constancia venció la crueldad de los Inquisidores. Por esta
circunstancia notable se hace preciso copiar la diligencia de tormento,
que puede dar una idea completa de la heróica resolución de aquel hombre
y de la saña de sus jueces.

[Sidenote: Cámara del tormento.]

     «Y con tanto fué mandado llevar á la cámara del tormento, donde
     fueron los dichos Sres. Inquisidores y ordinario como á las ocho
     horas y tres cuartos de la mañana.

[Sidenote: Monición.]

     «Y estando en ella fué vuelto á amonestar que diga la verdad por
     reverencia de Dios, y no se quiera ver en tanto trabajo, en que
     tiene tanto que pasar y padecer, como entenderá en el discurso del
     tormento: dijo que él ha dicho la verdad.

[Sidenote: Entró el Ministro.]

     «Y con esto fué mandado entrar y entró el Ministro, y que lo
     desnude.

[Sidenote: Desnudo.]

     «Y estando desnudo, en carnes, con unos zaragüelles de lienzo, fué
     tornado á amonestar que diga la verdad y no dé lugar á que se pase
     adelante. Dijo: que si él no dijera la verdad, que no viniera aquí,
     y como él defiende su verdad, le ayude su Dios y le dé esfuerzo
     para pasar este trabajo.

     «Fuéronle mandados ligar los brazos flojamente, y ligados,
     amonestado que diga la verdad, dijo que él ha dicho la verdad.

[Sidenote: Vuelta de cordel á los brazos.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le mandó dar una vuelta de
     cordel á los brazos; diósele y apretósele; dijo con voz muy baja:
     misericordia, que él ha dicho la verdad y callaba.

[Sidenote: Vuelta segunda.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió segunda vuelta de cordel;
     dió grandes voces, ay, ay, ay de mí, que ya la he dicho, y
     quejábase mucho: Dios, habed misericordia de mí.

[Sidenote: Vuelta tercera.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió tercera vuelta de cordel
     á los brazos; dijo: ay Dios de mi alma, ay de mí, que me matan, que
     me matan, muchas veces y con grandes voces, que no puedo decir lo
     que no hice, quítenme la vida.

[Sidenote: Vuelta cuarta.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió cuarta vuelta de cordel á
     los brazos, dió grandes voces, que me muero, que me muero, que yo
     no puedo decir lo que no hice, mátenme, mátenme.

[Sidenote: Vuelta quinta.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió quinta vuelta de cordel á
     los brazos; dijo: Dios, que sabe la verdad que yo defiendo, me
     ayude; quítenme la vida, ay de mí. Ay de mí, quítenme la vida, ya
     he dicho la verdad, ya he dicho la verdad, con grandes voces.

[Sidenote: Vuelta sexta.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió sexta vuelta de cordel á
     los brazos: dió voces, que ya la he dicho, que ya la he dicho,
     miren que tengo cinco hijos, ay de mí, ay de mí, que no he de decir
     lo que no hice.

[Sidenote: Vuelta séptima.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió séptima vuelta de cordel:
     ay, ay, señores míos, que no puedo decir lo que no hice, mis
     señores, que tengo cinco hijos, acábame de una vez, hermano.

[Sidenote: Vuelta octava.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió octava vuelta de cordel á
     los brazos, y decia muchas veces, acábame de una vez, no sea parte
     el dolor para que yo diga lo que no hice, acábame de una vez la
     vida.

[Sidenote: Vuelta nona.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió nona vuelta de cordel en
     los brazos: hayan misericordia de mí, que yo olgara cien mil veces
     que fuera verdad, para no me ver en esto, que no permitan que yo
     diga lo que no hice.

[Sidenote: Vuelta décima.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió la décima vuelta de
     cordel, dió voces y dijo: que pluguiera á Dios que hubiera hecho lo
     que le levantan.

     «Preguntado qué es lo que habia de ser verdad y qué es lo que le
     levantan, dijo que eso que está en ese proceso, y no se lo pudo
     sacar mas, y que no sabia lo que estaba en él; acábame, acábame, lo
     cual dijo á grandes voces, y pluguiera á Dios que fuera verdad, por
     que mi cuerpo no padeciera.

     «Preguntado qué habia de ser verdad.

     «Dijo: qué sé yo, eso que está en ese proceso, que yo guardo la ley
     de Moysen porque no padezca mi cuerpo.

     «Preguntado si es mejor guardar la ley de Moysen y padecer el alma,
     que padezca el cuerpo.

     «Dijo: que dijo que fuera verdad para pedir misericordia.

[Sidenote: Potro.]

     «Y habiéndosele dado las dichas diez vueltas de cordel, fué mandado
     tender y ligar en el potro, y que se le pongan los garrotes á los
     muslos y espinillas y molledos.

[Sidenote: Monestación.]

     «Y habiéndose tendido, ligado y puestos, fué muy amonestado diga la
     verdad, con apercibimiento que se proseguirá el tormento, dijo: Sr.
     Ilustrísimo, plugiera á la sacratísima Vírgen que fuera verdad cien
     mil veces para que yo no padeciera.

[Sidenote: Garrotes.--Primero.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el garrote del
     molledo derecho, y dijo llorando: quítenme la vida, que ya la he
     dicho; quiébranme el brazo: acábese la vida de una vez.

[Sidenote: Segundo.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote del molledo
     del brazo izquierdo. Ay, hermano, que me matais; la verdad digo,
     así ella me valga, acábenme de una vez.

[Sidenote: Tercero.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el garrote del
     muslo derecho, y decía con voz baja muchas veces: acábame ya,
     hermano, que ya la he dicho.

[Sidenote: Cuarto.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote del muslo
     izquierdo, y decia con voz baja: ay, ay, ay, acábame la vida;
     quedáos con Dios, hijos.

[Sidenote: Quinto.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote de la
     espinilla derecha, y dijo con voz baja, que la ha dicho: ya se
     acabó la vida, muchas veces.

[Sidenote: Sexto.]

     «Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote de la
     espinilla izquierda, y con voz muy baja dijo, que la ha dicho; ya
     se acabó la vida, hijos mios, quedaos con Dios: ya he dicho la
     verdad, señor, ya mi vida se me arranca, no permitan que yo muera
     aquí.

[Sidenote: Séptimo]

     «Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el molledo del
     brazo derecho, y dijo algo más alto: señores, acábenme la vida de
     una vez; acábenme la vida de una vez, el que lo padece lo sabe.

[Sidenote: Apriétanse más los garrotes.]

     «Amonestado que diga la verdad, se mandaron apretar todos los
     dichos garrotes, dándosele vuelta: ay, Dios de mi alma, ya la he
     dicho; lo cual dijo con voz alta, y quejábase mucho, como llorando:
     que ya la he dicho; ay, ay, que ya he dicho la verdad, así ella me
     valga.

[Sidenote: Jarros de agua.--Primero.]

     «Pasósele la toca sobre la boca, metida hasta la garganta con un
     palo, y echado un jarrillo de agua, que hacía un cuartillo, dijo:
     sáquenme de aquí, no permitan que muera aquí, no permitan que diga
     lo que no hice.

[Sidenote: Segundo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Tercero.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Cuarto.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Quinto.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Sexto.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Séptimo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Octavo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Noveno.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Décimo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.

[Sidenote: Undécimo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

[Sidenote: Duodécimo.]

     «Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca
     dijo que ya ha dicho la verdad.

     «Quitada la argolla de hierro de la garganta, y preguntado si
     quiere decir algo, dijo que la verdad ha dicho, así ella le valga,
     y quejábase con voz baja, y que más valiera que fuera verdad.

     «Fué mandado quitar los garrotes y desligar del potro, y levantado,
     sentado sobre el potro, amonestado que diga la verdad, dijo que ya
     ha dicho la verdad.

     «Amonestado que diga la verdad, fué tendido en el potro: dijo que
     no se permita que diga lo que no es verdad: señores, no muera yo
     aquí.

     «Amonestado que diga la verdad, se le tornó á poner la argolla de
     hierro en el cuello, y dijo en voz algo alta: ay, Sr. Illmo., que
     ya la he dicho, así Dios se acuerde de mi alma.

     «Lo cual todo visto por los dichos Sres. Inquisidores y ordinario,
     mandaron cesar en el tormento, no lo habiendo por suficientemente
     atormentado y con protestacion de lo continuar cada y cuando que
     convenga. Y asi se le notificó y dijo que lo oia.

     «Y con esto fué desligado de los brazos y llevado á su cárcel,
     donde curado y mirado á lo que pareció, aunque lastimado, no habia
     lission ni quebradura.

     «Acabóse esta diligencia del tormento como á las diez horas y media
     de la mañana.

     «Passó ante mí.--_Pedro de Mañosca._»

A pesar de todo, á este testigo le fué dado garrote, y fué quemado en el
auto de fe del día 8 de diciembre de 1596, en cuyo auto corrieron la
misma suerte la mayor parte de las personas de la familia Carabajal,
como se verá más adelante.

Isabel Rodríguez, mujer de este desgraciado y madre de sus cinco hijos,
sufrió también el tormento, soportando nueve vueltas de cordel en los
brazos, nueve garrotes en el potro y tres jarros de agua, después de lo
cual confesó y salió también al auto de fe mencionado, condenada á
cárcel perpetua.

El marido tenía 36 años de edad y la mujer 32.

       *       *       *       *       *

D. Luis de Carabajal siguió en la prisión, y siguiéronse los procesos de
su madre y hermanas, sólo que ya entonces Luis de Carabajal fué conocido
con el nombre de José Lumbroso porque declaró

«Que Lumbroso tomó por un sueño que soñó, estando preso en esta cárcel
agora cinco años, y fué que soñó que via una redoma llena de un licor
muy precioso, metida en una fundilla como de sombrero, y que le decia
Dios á Salomon: toma una cuchara de este licor y métela en la boca de
este muchacho; y Salomon le metió una cucharada de aquel licor en la
boca de este, y entonces este despertó, y quedó tan consolado, que no
sentia la prision de allí adelante tanto como antes, y entendió este que
aquel sueño fué una lumbre que Dios le quiso dar para que guardase la
Ley de Moysen y entendiese la Sagrada Escritura.»

Luis de Carabajal no tuvo fuerzas ni para sostener la fuerza del
tormento, porque era tal el terror que le causaban los Inquisidores, que
en una de sus declaraciones dijo: «que no se haye en ella el Sr.
Inquisidor Lic. D. Alonso de Peralta, porque le tiemblan las carnes en
verle.»

Un día, al salir de la Audiencia Luis de Carabajal, y conduciéndolo á su
cárcel Gaspar de los Reyes y Pedro de Fonseca, aquel infeliz, cansado ya
de sufrir y no teniendo más porvenir que la hoguera, quiso acabar de una
vez con su vida, y arrancándose violentamente de las manos de sus
conductores, se arrojó al patio desde el corredor de la Audiencia.

Pero aun en esto le fué adversa la suerte, y fué conducido á su calabozo
sin haber sufrido daño alguno de consideración.

Por fin, Luis de Carabajal fué condenado, no sin que antes se hubiera
procurado, conforme á lo dispuesto por las leyes que regían en la
Inquisición, convencerle de sus errores, haciéndole abjurar de la ley de
Moisés y convencerle de la de Jesucristo, para lo cual se echaba mano en
dichos casos de los maestros más notables en la Teología. Consta en el
proceso esta razón: «En la ciudad de México, sábado 24 dias del mes de
Agosto de mil y quinientos y noventa y seis años, dia del Glorioso y
bienaventurado Apóstol, estando en su Audiencia de la tarde los Sres.
Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, presentes
los Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego de Contreras, de la Orden
de S. Agustin, qualificadores de este Santo Oficio, mandaron traer de
su cárcel al dicho Luis de Carabajal, y siendo presente, le fué dicho
como habian venido los dichos Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego
de Contreras, para satisfacerle de las dudas que tiene, y que por amor
de Dios esté atento á lo que le dijeren, para satisfacerle de ellas, y
habiendo estado con él tres horas y media, satisfaciéndole sus dudas y
diciéndole despues qué era lo que queria creer y tener, dijo: que queria
tener y creer, vivir y morir en la ley que Dios Nuestro Señor dió al
Santo Moysen.

«Y visto lo susodicho, los dichos Sres. Inquisidores lo mandaron llevar
á su cárcel, con lo que cesó la Audiencia y se salieron de ella, y á los
dichos qualificadores se les mandó que guarden secreto debajo del
juramento que tienen hecho.»

A 121 ascendió el número de las personas testificadas ó acusadas por
Luis de Carabajal en su proceso, y contra todas ellas se siguió causa.
La sentencia definitiva contra Luis de Carabajal, fué la siguiente:


_Christi Nomine Invocato._

«Fallamos atentos los autos y méritos del dicho proceso, el dicho
Promotor fiscal, haber probado bien y cumplidamente su acusación, segun
y como probarle convino, damos y pronunciamos su intención por bien
probada; en consecuencia de lo cual, que debemos de declarar, y
declaramos que el dicho Luis de Carabajal haber sido y ser hereje,
judaisante, apóstata de nuestra Santa Fé Católica, fautor y encubridor
de herejes, judaisantes, ficto y simulado confitente, impenitente
relapso, dogmatista pertinaz, y por ello haber caido y incurrido en
sentencia de excomunion mayor, y estar de ella ligado y en confiscacion
y perdimiento de todos sus bienes, los cuales mandamos aplicar y
aplicamos á la Cámara y fisco real de Su Magestad, y á su receptor en su
nombre, desde el dia y tiempo que comenzó á cometer los dichos delitos
de herejía, cuya declaracion en nos reservamos, y que debemos de relajar
y relajamos la persona de dicho Luis de Carabajal á la justicia y brazo
seglar, especialmente al Lic. Vasco López de Bivero, corregidor de esta
ciudad, al cual rogamos y encargamos como de derecho mejor podemos, se
hagan piadosamente con él, y declaramos los hijos y hijas del dicho Luis
de Carabajal, y sus nietos por línea masculina, ser inhábiles é
incapaces, y los inhabilitamos para que no puedan tener ni obtener
dignidades, beneficios ni oficios, así eclesiásticos como seglares, ni
otros oficios públicos ó de honra, ni poder traer sobre sí ni sus
personas, oro, plata, perlas, piedras preciosas ni corales, seda,
camelote, ni paño fino, ni andar á caballo, ni traer armas, ni ejercer,
ni usar de las otras cosas que por derecho comun, leyes y pramáticas de
estos Reinos é instrucciones y estilo del Santo Oficio, á los semejantes
inhábiles son prohibidas. Por esta nuestra sentencia definitiva,
juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos escritos, y por
ellos.--_El Dr. Lobo Guerrero._--_El Lic. D. Alonso de Peralta._--_Mr.
D. Juan de Cervantes._»

«Esta sentencia se pronunció estando celebrando auto público de la fé,
en la Plaza mayor de esta ciudad, en las Casas de cabildo de ella, sobre
unos cadalsos y tribunal alto de madera que en ellas habia, domingo, dia
de Ntra. Sra. de la Concepción, 8 dias del mes de Diciembre de mil y
quinientos y noventa y seis años.»

       *       *       *       *       *

Entregado Luis de Carabajal al brazo secular, acto contínuo, se
pronunció la sentencia siguiente:

     «En la ciudad de México, domingo, 8 dias de Diciembre de mil y
     quinientos y noventa y seis años: estando en la Plaza mayor de
     ella, en las Casas del Cabildo, haciéndose y celebrándose auto
     público de la fé, por los Sres. Inquisidores apostólicos de esta
     Nueva España, fué leida una causa y sentencia contra Luis de
     Carabajal, reconciliado que ha sido en este Santo Oficio, que está
     presente, por la cual se manda relajar á la justicia y brazo seglar
     por relapso, impenitente pertinaz, y vista por el Lic. Vasco López
     de Bivero, corregidor de esta dicha ciudad, por Su Majestad, la
     dicha causa y sentencia y remision fecha, y la culpa que resulta
     contra dicho Luis de Carabajal, y que se le entregó personalmente,
     pronunció contra él estando sentado en su tribunal, adonde para
     este efecto fué llevado, la sentencia del tenor siguiente:

     «Fallo, atenta la culpa que resulta contra el dicho Luis de
     Carabajal, que lo debo de condenar y condeno á que sea llevado por
     las calles públicas de esta ciudad, caballero en una bestia de
     albarda y con voz de pregonero, que manifieste su delipto, sea
     llevado al Tiangues de San Hipólito, y en la parte y lugar que para
     esto está señalado, sea quemado vivo y en vivas llamas de fuego,
     hasta que se convierta en cenizas y dél no haya ni quede memoria. Y
     por esta mi sentencia definitiva, juzgando, ansí lo pronuncio y
     mando.--_El Lic. Bivero._»

       *       *       *       *       *

Cumplióse la dicha sentencia, y la misma suerte cupo á la madre y
hermanas de Luis de Carabajal.

Y en el auto de fe celebrado el 8 de diciembre de 1596, murieron en la
hoguera, según la relación original de dicho auto, D.ª Francisca de
Carabajal y sus hijos D.ª Isabel de Carabajal, D.ª Catalina de
Carabajal, D.ª Leonor de Carabajal y Luis de Carabajal. Además de éstos,
fueron también relajados en persona, y murieron en el mismo día, Manuel
Díaz, Beatriz Enríquez, Diego Enríquez y Manuel de Lucena. Sólo D.ª
Mariana de Carabajal quedó por entonces libre, en atención á que estaba
demente; pero como se verá más adelante, fué también quemada en el año
de 1601.

       *       *       *       *       *

D.ª Mariana de Carabajal, sin duda por el terror que le causaron los
procesos seguidos contra su familia, perdió la razón.

Los Inquisidores esperaron con paciencia á que la recobrara; recobróla
en efecto, y fué juzgada y sentenciada á _relajar_, y entregada al brazo
seglar en el auto de fe del 25 de marzo de 1601. La sentencia del
Corregidor dice así:

     «Fallo atenta la culpa que resulta contra la dicha D.ª Mariana de
     Carabajal, que la debo de condenar y condeno á que sea llevada por
     las calles públicas de esta ciudad, caballera, en una bestia de
     albarda, y con voz de pregonero que manifieste su delito, sea
     llevada al Tiangues de San Hipólito, y en la parte y lugar que
     para esto está señalado, se le dé garrote hasta que muera
     naturalmente, y luego sea quemada en vivas llamas de fuego, hasta
     que se convierta en ceniza y de ella no haya ni quede memoria. Y
     por esta mi sentencia, &c.--_El Lic. Morfonte._»

En este mismo auto salió entre los penitentes, Anica, la más pequeña de
todas las hermanas, y que era entonces, verdaderamente, una niña; única
persona que, á lo que parece, logró escapar con vida de las garras del
sangriento tribunal.

El auto de fe de 1601, en el que murió Dª. Mariana, fué sin duda en el
que más lujo desplegaron los Inquisidores. Sería difícil hacer una
descripción de él sin que pareciera exagerada; para evitar este
inconveniente, y para que los lectores del _Libro Rojo_ tengan una
noticia exacta de aquel auto, en el número próximo publicaré una
relación de todo lo acontecido en aquel día, escrita por orden del Santo
Oficio, y que logré encontrar en los revueltos archivos de ese tribunal.

_Vicente Riva Palacio._



LA FAMILIA CARABAJAL

AUTO DE FÉ DE 1601


Relación muy verdadera del triunfo de la ffe, y auto general que se
celebró por el Santo Oficio de esta nueva España, y Real Corte de
México, en 25 de Marzo de 1601, años, siendo Inquisidores los Sres.
Licenciados Don Alonso de Peralta y Gutierre, Bernardo de Quiroz, y
Promotor fiscal de sus caussas, el Dr. Martos de Bohorquez, en la cual
se da cierta y caval noticia de todo lo que por órden de estos Sres. se
puso en obra para el aparato solene y suntuoso del dicho auto, cuyo
testimonio darán las personas que en esta ciudad se hallaron desde el
dia de la publicacion hasta el de su celebracion, á la qual se añadirá
la memoria y lista de los penitenciados que salieron á él, con las
particulares penitencias que les fueron impuestas, y el effecto que hubo
el cumplimiento de ellas.

       *       *       *       *       *

La primera prevencion que tuvo effecto, fué dar principio á este auto, y
tratar de su publicacion, la qual se puso en hobra, Jueves, antes del
medio dia, que se contaron, 15 de Febrero de este año, para cuya
solenidad salieron este dia de las casas del Santo Oficio y bastante
número de familiares, y el Corregidor y Rejimiento y otras muchas
personas de lo mas Ylustre y noble de esta Ciudad, los quales con el
ornato que semejantes publicaciones suelen llevar de Libreas, trompetas,
y atabales, paseando lo mas cercano y público de la plaza, publicaron
con voz de pregoneros el dicho auto, dando el primer pregon á las
puertas del Sancto Oficio, y el segundo á las de Palacio, y el 3.º, 4.º,
5.º, junto á las casas de Cabildo, calle de Sant Francisco, y junto á su
combento; y el último á la entrada de la calle de Tacuba, señalando de
término el que avia de este dia hasta 25 de Marzo, Domingo felicísimo,
en que el divino Jesus bajando del seno de su Eterno Padre al profundo
valle de umildad de la purísima Vírgen María, vino á darnos nueva ley de
gracia, escrita en dos tablas de piedra yncorrutible de su palabra, y
obras, tiempo acomodado á la ocasion en que su santa ley de ffé católica
ollava los Cuellos de los que dejaban la luz, y ley de gracia, por las
sobras de la ley escripta, la figura por lo fijurado, y por la casa del
mal labrado évano, la coluna de nevado marfil y terso marmol; así que
para mayor solenidad se elijió este dia tan acomodado y nacido para el
hacto que en él se avia de celebrar.

En el qual para el seguro de que no hubiese fuga yn ausencia por los
presos que avian de ser penitenciados, se destribuyó por los Sres.
Inquisidores, las noches de cada semana, entre los familiares, para que
en cada una de ellas velasen por su órden las calles, quadras y
prisiones de su casa, hasta el dia del auto, lo qual hizo y cumplió muy
cavalmente, haciendo cuerpo de guardia en el saguan de la Inquisición,
donde cada familiar procuró aventajarse la noche que le cupo llevando en
su compañía jente luzida y noble, de donde á la luz de muchos fuegos que
se hacian se repartian á hacer su vela, estorbando el paso á la jente
que iva con armas no conocida.

No causó poca admiracion á la Ciudad, ver que eran ya 10 de Marzo, y no
se trataba de hacer el cadalso, entendiendo por esto, que no sería tan
suntuoso ni para tanta jente como despues pareció, y la causa de esto
fué, porque dentro, en las casas del Sancto Oficio, en una de sus
plazas, la mas secreta, avia gran número de oficiales, hasí de
carpintería como de pintura, obrando lo mas esencial y de momento, para
su ornato, á la sombra de una sala grande que para su guarda se avia
edificado con acuerdo y parecer de los Sres. Inquisidores, por escusar
costas y gastos que en semejantes ocasiones se podia ofrecer adelante, y
aprovechar en ellas las que el presente les avia causado, de donde á su
tiempo se ivan llevando al cadalso segun era necesario, el qual cadalso
se comenzó hacer á los 12 de este mes, casi en el comedio y arrimado á
los portales de los mercaderes y sederos en la plaza pública de esta
Ciudad.

Y luego el segundo Domingo de quaresma, que fué el de la Trasfiguracion
del Señor, 18 de Marzo, se publicó el edicto de la fé en la Catedral de
esta Ciudad, al qual ocurrió la mas jente que sufrió la capacidad de la
Iglesia y la autorizó con su presencia el Ilustrísimo conde de Monte
Rey, virey de esta nueva España, teniendo el sitial en la capilla mayor
de ella, asiento el Sto. oficio de la Inquisicion, y habiéndose sentado
comenzaron los oficios divinos, y antes del sermon, se leió el Edicto, y
predicó el Provincial de los Franciscos, Fray Buenabentura de Paredes,
hombre doctísimo y digno del sermon, por su mucha cristiandad y
erudicion y eloquencia en alabanza de la festividad y ensalsamiento de
las obras del Sancto Oficio para gran confusion de los enemigos de
nuestra santa ffé cathólica.

El sábado siguiente, 24 de Marzo, á medio dia, se acabó la hobra del
cadalso y su ornato, el qual era dividido en dos partes iguales, de 60
varas en largo y 30 de ancho, aunque la primera parte era mas alta que
la segunda cantidad de una vara, respecto de que la gente pudiese ver y
gozar de todo lo que en ella obiese, y esta division hacian una calle de
ancho de 10 varas, para que la gente pudiese pasar de un lado á otro:
esta primera parte tenia de alto 4 varas, y la segunda tres, y ambas se
formaron sobre gruesos pilastrones de madera, fortificados con otros
atravesados, que hacian labor de claraboyas y sobre las puntas sus
traviesas de buenas vigas, en las quales se yso el planice pro cuyos
lados en circuito, hazian los tablados una ceja de ancho de una vara,
porque la gente no subiese arriba por los pilastrones, y ambas partes
cercavan por lo alto unas muy lucidas barandas pintadas sobre campo
blanco de amarillo, escurecido con pardo y negro. Y á esta primera parte
se subia por una escalera sercada, juntas bigas á modo de aposento, de
ancho de 2 varas, que tenia 18 gradas muy fuertes y bien labradas, á la
qual se entrava por una puerta grande y fuerte, adornada de buena
clavason, y por la parte dentro con su serrojo y llave, y á este modo
tenia otro el tablado de la segunda parte, salvo que la escalera tenia
14 gradas, ambas acian frente á la calle de Sancto Domingo, y á los
lados de estas escaleras se formaron dos aposentos de madera, devajo de
la primera y segunda parte, cada uno: algo espacioso, con sus puertas, y
lovas que avian de servir de cárceles para la gente descomedida y
descompuesta que se prendiese el dia del auto.

Desde la puerta de la primera parte se hizo un palenque que de 80 varas
de largo y seis de ancho, porque la gente no estorvase su entrada, y á
los lados de la puerta avia hechos poyos para en que se apeasen en él,
Santo Oficio, virey, audiencia y demas gente de á cavallo que los
acompañase, porque los cavallos no se estorvasen al apearse unos con
otros, se hizo al lado de los portales un apartamiento, por donde
saliesen, y al modo de este palenque se hizo otro á la puerta de la
segunda parte, que su largo será de 80 varas, y el ancho de 6, por el
qual se avian de entrar los penitentes á su tablado, y á los colaterales
del cadahalso se hicieron 2 tablados para cabildos eclesiástico y
seglar, cada qual con sus asientos, muy bien aderesados, que con su
compañía le hacia de muy gran majestad.

Al principio, y sobre esta primera parte que hacia muro con los portales
de los mercaderes, hácia Oriente, se levantó un medio Teatro del ancho
del tablado, cuya subida tenia 12 gradas divididas en tres partes y
pendientes las unas de las otras, y las de su mitad sobrepujaban á las
de las otras casi media vara y tenían de ancho 2 varas, por las cuales
podian subir tres personas juntas, y por los lados subian unas barandas
de 3 quartas de alto y daban vuelta á las Tribunas que serán de media
vara, y el planice tenia el largo de todas las gradas y 4 varas de
ancho, en cuyos lados y estremos avia 2 Pedrestales prolongados que cada
uno recibia en sí dos colunas quadradas de horden dórico, de alto de 4
varas, en cuyos lissos avia pintados unos escudos de muy buen artificio
con las armas que luego se dirán, y las basas y capiteles corria su
cornisamento proporcionado á las colunas, y por ellas un bien labrado
friso, en cuyo campo se leyan en letras latinas grandes, estas palabras:
«_Veritas stabit et fides convalescet Esdras. Lib._ 4.º, _cap._ 7.º,
_vers._ 34,--que mostraban la majestad de este lugar, hablando con los
herejes y penitenciados, como quien les decia; la verdad permanecerá, y
será firme y estable, y prevalecerá la fé con triunfo glorioso para
vuestra confusión y desengaño, en confirmación de la verdad que siguen
los fieles.

Y los costados de este cornisamento se labraron costosamente, con mucho
primor; y en este friso habia puestos por su órden, cuatro escudos, en
los quales y en los de las colunas se pintaron las armas siguientes: En
los primeros un cuchillo ensangrentado, que hacia forma de cruz con una
hacha de armas, y entre ellos una palma, con tres coronas, doradas,
armas del glorioso Sant Pedro mártir, cuidadoso protector de la fé, y
primer inquisidor de la Iglesia Católica.

Los segundos, un brazo con sus brazaletes y grevas, y en la mano
empuñada una cruz, por cuyo pié servia un glovo de mundo, y empresa
digna de las obras del Sancto Oficio, y por orla un círculo redondo, en
cuyo campo se leyan en letras latinas «Exurje. Domine. Iudica. Causam.
Tuam.» Los terceros tenian unas llaves cruzadas enseñando en el ángulo
de arriba una tiara con 3 coronas, ensignias debidas á la potestad
Apostólica. Los quartos tenian los armas del glorioso Padre Sancto
Domingo, todos ellos adornados de varios y agradables colores que
hermoseaban con gran majestad.

Devajo del friso se formaba un buen espacio hueco de quatro varas, el
qual dividian en dos partes iguales, por su longitud, unos doseles de
terciopelo negro y damasco amarillo, que hacian muralla hasta salir á
recibir las colunas y el cielo abierto.

De los mismos doseles y en la frente del Tribunal, estaba un dosel con
su cielo de terciopelo negro, con senefas de brocado de tres altos, bien
guarnecido de oro y seda, en cuyo campo de sutilísimas y graciosas
bordaduras descubria un muy gracioso escudo grande, adornado de oro y
matices de sedas de colores que su grande primor hacia que á la vista
parecian de pincel, y en su campo las armas reales, y en lugar de
coronel una imperial corona, y á sus lados como por guarda y por la
suya, dos ángeles de muy prima y artificiosa labor, que con sus dos
manos tenian asido el escudo, y en las otras dos, la derecha del uno
tenia una oliva, y la izquierda del otro una espada, insignias de la
justicia acompañada de la misericordia que este Sancto Tribunal luce en
sus causas, y sobre este escudo estaba otro algo mas pequeño, y no de
menos primor, con las armas del Sancto Oficio, en cuya cruz estaba un
Cristo muy devocto, bordado; y este dosel se apreció de toda costa en
cinco mil pesos, y se acabó para este dia y ministerio, y su campo
ocupaban tres sillas, sobre muy ricas alfombras.

La primera de mano derecha con guarnición de terciopelo negro, flecos, y
franjones de oro y seda, y en su asiento un cojin de terciopelo y otro á
los piés para el Sr. Virey.

Las dos guarnecidas de cordovan negro, para los Inquisidores, con otras
doce de lo mismo, repartidas seis en cada lado del dosel para la Real
Audiencia, y todas con clavazon dorada.

Por los lados de este dosel se entraba á la otra mitad del hueco, en la
qual havia una escalera de cinco gradas, con varandas á los lados, por
la qual se descendia á una ventana de las casas de los Portales que para
este efecto se abrió á modo de puerta, por donde se avajaba por otras
tres gradas al suelo de tres salas grandes, que estaban muy costosamente
aderezadas en esta manera.

La primera se aderezó con dosel de terciopelo y damasco carmesí, y el
techo de lo mismo, cubierto el suelo de alfombras muy ricas de oro y
seda, y en el comedio del lado principal estaba un dosel con su cielo de
terciopelo carmesí, sanefas de vrocado y guarnecido de oro y seda, en
cuyo campo estaba una devota figura de Jesucristo Nuestro Señor, en una
cruz de asavachado évano, jaspeado á modo de taracea con clavos de oro,
cubierto con un velo costosísimo, y á sus piés una silla guarnecida de
terciopelo carmesí y clavazon dorada, fluecos y franjas de oro y seda, y
á un lado del dosel estaba un catre con colchones de damasco carmesí,
cubierto con una sobrecama de damasco carmesí y sanefas de vrocado,
guarnecida con franjones, fluecos y borlas de oro y seda, con almohadas
y acericos de olanda, labrados de labores muy primas y costosas con
muchos matices de sedas para este efecto, el qual cubria una cama de
damasco carmesí, cortinas dobladas de lo mismo, aforradas de tafetan
carmesí, cuyas faces cayan dentro y fuera con sanefas y rodapiés de
brocado, guarnecida de alamares, fluecos y botones de oro y seda, y á la
cabecera un _Agnus Dei_ grande guarnecido de chapas de oro de mucha
estima, y á un lado de ella estaba un bufete con sobremesa de damasco
carmesí y sanefas de vrocado bien guarnecida, y otro de la misma suerte
al lado del dosel, y al de la cama estaba una caja de tres cuartas de
alto y poco menos de ancho, aforrada en terciopelo carmesí; por la parte
de afuera y por la de dentro, en damasco: devajo de cuya tapa estaba
otra aforrada y colchada de raso carmesí, y en su mitad un círculo vacío
que caya sobre un vaso guarnecido con pasamanos de oro, chapas,
visagras, cerradura, tachuelas y llave dorada; y á su modo otro menor
con un vaso de vidrio y la misma guarnicion con cordones de seda y oro
con sus borlas, que se hizo para prevencion de la necesidad humana que
se podria ofrecer en semejantes ocasiones. De mucha curiosidad y costo,
junto á ella un bufete de plata, atravesado en él un paño de manos,
labrado curiosamente de oro y seda carmesí.

Y la ventana de esta sala tenia un encerado curioso, porque la gente del
tablado no las enseñorease, la qual sala se cerró con llave y se entregó
á un paje de cámara del Virey, todo lo qual no se estrenó hasta este
dia.

La sigunda sala se aderezó con doseles de terciopelo carmesí, como la
primera, adornada de cantidad de sillas imperiales, y dos bufetes con
sobremesa de damasco y senefas de terciopelo carmesí, que será paso del
Virey para la primera.

La tercera sala se aderezó de paños de corte de muncha estima, dejando
por los lados principales unos vacíos angostos á la larga, en los cuales
se formaron con doseles ocho retretes apartados, y cada uno ocupaba un
vaso; y el suelo de estas dos salas estaba cubierto de alfombras muy
ricas.

Y volviendo al cadalso por las gradas y planicie de la primera parte,
que todo estaba adornado de alfombras ricas y puestas con mucho órden y
concierto. Al lado derecho dél estaba una mesa de dos varas de largo y
una vara y cuarta de ancho, desviada de las gradas otras dos varas, con
una sobremesa de terciopelo negro y sanefas de vrocado, bien guarnecida,
correspondiente al dosel del Tribunal, y en cada uno de sus quatro lados
tenía tres escudos, bordados de oro y seda de varios colores muy
costosos sobre las sanefas en cuyos campos estaban bordadas las armas
del Sancto Oficio que la hermoseaban maravillosamente, y junto á ella un
banco de espaldar, lugar y asiento para el Secretario de este Sancto
Tribunal, y á su lado, en todo lo restante de la mitad de la primera
parte, habia puestos con buen órden veinte vancos grandes, á la larga, y
los delanteros cubiertos de alfombras para los Ministros mayores y
abogados del Sancto Oficio, y los demas para el consulado, oficiales
reales, religiosos caballeros y gente principal. Y al lado izquierdo
avia otros veinte vancos desviados de las gradas dos varas con la misma
orden y compostura que los demas; lugar para los caballeros de la casa
del Virey, y Religiosos y gente principal. De suerte que la mesa y
bancos por un lado y otro, formaban un pasadiso en frente de las gradas
de subida del Tribunal, y del mismo ancho para si se ofreciese vajar uno
de los Sres. Inquisidores el dia del auto á recibir alguna declaración
de relajados, como suele acontecer y aconteció este dia.

Llegava esta calle hasta el fin de la primera parte, en cuyas esquinas y
remates estaban puestos dos púlpitos quadrados, de buena altura,
guarnecidos con sus molduras y cejas, en las quales recibian sobre bien
labrados balaustres, unas cúpulas ó medias naranjas, á fin de que la voz
del relator no se fuese por alto y se oyese la pronunciacion y letura en
lo bajo; pintadas por la órden de las varandas y colunas del Tribunal
que autorizaban y hermoseavan el cadalso maravillosamente, y el púlpito
de mano derecha se aderezó con ornatos de terciopelo y brocado negro,
bien guarnecido y bordado, para predicar en él la palabra divina el dia
del auto. Y desde el fin de esta primera parte se hizo un pasadizo
correspondiente al que formavan los vancos; sobre fuertes pilastrones
que atravesaban la calle que dividia estas dos partes del cadalso con
sus varandas á los lados de la misma pintura; que llegaba al principio y
comedio de la sigunda parte, de ancho de tres varas, en cuya mitad se
levantó una peaña de tres gradas, donde avian de subir los penitentes á
hoir sus sentencias, dejando espacio por los lados para que se pudiesen
pasar de una parte á otra, sin ofensa de la peaña. Al principio de esta
sigunda parte formavan las varandas del pasadiso, en cada lado, un hueco
de vara y quarta en cuadro: en el del lado derecho del Tribunal, estaba
una silla, asiento para el alguacil mayor del Sancto Oficio; y el del
lado izquierdo ocupava un vanco mas ó asiento para los alcaides de las
cárceles secretas y perpetua, á cuyo cargo era traer á la peaña los
penitentes como se ivan llamando.

Y por que como está declarado, la primera parte era mas alta que la
sigunda, una vara, lo restante al pasadiso hasta llegar al medio
piramide, que al fin de ella se formó de gradas para los penitentes, se
hizo sobre vancos de poco mas de 3 quartas de alto, y 2 de ancho, por el
qual proseguian las varandas, asta una vara antes del piramide, por
cuyos lados avia unas escaleras pequeñas, de 3 gradas, por donde se
descendia al planicie del Tablado, cuyos vacíos ocupaban veinte vancos
grandes, hasientos para los familiares padrinos de los penitentes; y 4
varas antes de sitio desta segunda parte se formó un medio piramide que
asia frente el Tribunal, y su largo atravesaba todo el ancho del
tablado, dividido en 3 partes, á modo de las gradas del Tribunal,
fijadas sobre fuertes pilastres con doce gradas que subian
desminuyendose hasta su estremidad, que será de vara y quarta en cuadro,
la qual hasia hasiento sobre un grueso morillo que subia por el remate y
comedio de esta segunda parte, y su hueco se serró de tablas bien
clavadas, á fin de que en él se avia de enserrar vastimentos, agua y
otras cosas, prevenciones para los penitentes, si dellas tuviesen
necesidad el dia del aucto, y por los lados de estas gradas suvian asta
su estremidad las varandas que cercavan el planicie de los tablados y
las acompañavan; de suerte que hacian lavor muy agradable á la vista, y
en las esquinas y rincones de las barandas se pusieron unos pilastrones,
que se ligavan con las molduras de las varandas y basas y cornisas
pintadas como lo demas; y á los remates de las escaleras del pasadiso en
el antepecho del pirámide, avia dos puertas de á vara por donde se
entraba á su hueco.

Todo lo qual cubria la obra de una vela de anjeo nueva que los Sres.
Inquisidores mandaron haser de 2450 varas, para resistencia del gran sol
que por este tiempo hace en esta ciudad, que su largo tenia 68 varas, y
el ancho 34, obrada con gran primor y artificio, por manos de muy
diestros maestros, hasta dejarla puesta y amarrada por fuertes presillas
á 48 morillos altos y gruesos que con mucha igualdad y órden cercavan el
cadalso, desviados dél por los lados 4 varas, y de morillo á morillo
avia 2 varas, la qual subieron por unos carrillos que igualmente tenia
cada morillo, y por lo alto con muy fuertes sogas, duplicadas las unas
para este efecto y las otras para hamarrar sus cabezas á poco menos de
la mitad del alto de otros 3 morillos, que por cada lado, y en frente de
su comedio, á 50 pasos, se pusieron con el órden que los demas, porque
el viento con la grandeza y fuga de la vela no los descompusiese de la
igualdad y concierto que tenian; y fué cosa de ver, que aunque hizo
munchos vientos durante el tiempo que estuvo puesta, estuvieron tan
firmes, y la vela tan tirante, que causó admiracion el gran ingenio y
artificios con que se puso: la qual por lo alto del Tribunal tenia un
enserado de anjeo de 15 varas de largo y 10 de ancho, y entre ella y el
enserado se pusieron cantidad de esteras de palma, para dos efectos, el
uno para mas resistencia del sol al Tribunal, y el otro para defensa del
agua si lloviese, y por grandeza y loor de este cadalso, y de su traza y
compostura, digo que á dicho de muchas personas fidedinas que han andado
muncha parte de la cristiandad, donde han visto gran cantidad de
cadalsos, dicen no haber sido ninguno semejante á su mucha majestad y
hermosura.

Este dia mandaron á pregonar los Sres. Inquisidores, que ninguna persona
de cualquier estado ó condicion, no se atreviese á subir al cadalso el
dia del auto, sin su licencia, so pena de escomunion; y fué tanta la
compostura y quietud de la gente (con esto), que no fueron menester las
carceles, y solo el Notario Pedro de Fonseca tuvo cargo de ambas
puertas, y de dar asiento á cada uno, y de acudir á otras cosas
menesterosas en el cadalso en el dia del auto, que es una de las
grandezas dignas que en este Reyno se tienen á los mandatos del Santo
Oficio.


PROCISION

Entre las 3 y las 4 de la tarde, víspera del auto, se ordenó una
procesion muy solene, por mandado del Santo Oficio, para entero y cabal
aparato del venidero juicio de la fé, en el Convento de Santo Domingo de
esta ciudad, para lo qual se adornaron las calles por donde avia de
pasar, de telas y terciopelos, doseles, paño de corte, Imájenes de
pincel y retratos, lo mas y mejor que sufria el caudal de los vecinos,
en que habia muncho que ver, para lo qual se juntaron en este Convento,
el Clero y Religiones con el mayor concurso de ellos que ser pudo, á que
asistió con su presencia el Chantre de la capital de esta ciudad, el
Lic. D. Melchor Gomez de Soria, en nombre del Cabildo.

Y á esta hora comenzó á salir la procesion guiada por la plazeta de
Sancto Domingo, á la calle del Colegio de los Teatinos, torciendo á mano
derecha por la de Palacio, llevando por principio un estandarte de
tafetan negro bien guarnecido, D. Joan de Altamirano, caballero del
hábito de Santiago, yerno que fué de Don Luis de Velasco, Virey que fué
de esta Nueva España, y al presente lo es del Pirú, á cuyos lados venian
en dos hileras catorce familiares del Santo Oficio con cirios blancos,
de á cinco libras de cera, encendidos y en ellos pintadas las armas de
Sancto Domingo y Sant Pedro Martir, en los quales se pusieron porque
segun lenguaje de los que de mas cerca an tratado las cosas de este
auto, los Sres. Inquisidores han fundado este año una Cofradía de
Oficiales y familiares del Sancto Oficio, devajo del amparo y título de
Sant Pedro Martir en este Convento, y en su seguimiento venian en dos
hileras el Clero y Religiones mezclados unos con otros, entre los cuales
se repartieron por mano de personas fidedinas, y de crédito, mas
cantidad de 800 velas de cera blanca, de á media libra á cada uno la
suya encendida, y ivan con muy buen órden. Y á buen trecho de este
estandarte se siguia una cruz de plata dorada con velo y manga de
terciopelo negro, y á sus lados dos ciriales de plata con manguillas de
terciopelo, que llevavan Religiosos de la dicha Orden, revistidos, y á
sus lados catorce familiares con cirios encendidos como los primeros; y
luego la Capilla de la Iglesia mayor de esta ciudad, cantando Salmos
acomodados á la ocasion en que ivan, á canto de organo, respondiendo en
distinto coro y tono, el que formaban el Clero y Religiones en suave
canto llano, y casi al remate de la procision ivan doce Religiosos de
este convento revestidos con albas y casullas de terciopelo y brocado
negro, en cuyos hombros, remudándose de quatro en quatro venia el Arbol
de la vida, en que Jesucristo Nuestro Señor, vida de todo el género
humano dió remedio al daño que nos causó el fruto del árbol de muerte,
sobre el globo de un mundo dorado y plateado, sembrado de estrellas,
fijado en una peaña guarnecida con frontaleras de brocado, y en las
esquinas quatro ángeles de bulto, hincados de rodillas, adorando la
cruz, la qual era de buen tamaño, pintada de verde, con dos listas de
oro por orla, con su retulo y por toalla una vuelta de tafetan negro,
guarnecido con puntas de seda y avalorio negro, y delante della en dos
hileras sesenta familiares del Sancto Oficio, con cirios encendidos como
los pasados, y toda esta cantidad de familiares son de México, y de
todas las ciudades, villas y lugares de esta Nueva España, que para
este dia se juntaron, y á las esquinas de la peaña ivan quatro
capellanes del Sancto Oficio, con sobrepellises y cirios encendidos como
los de los familiares, y á los lados seis hombres con alabardas nuevas,
guarnecidas de terciopelo negro y tachueladas con tachuelas doradas, y
todas las orlas de los recasos de la cuchilla, media luna, cubo y
varillas doradas, y detras de la cruz ivan los perlados de las Ordenes,
y en lo último el Prior de este convento, F. Cristobal de Hortega, con
capa de brocado y una cruz de oro en las manos, muy curiosa, y dos
Religiosos graves de su Orden revestidos de ornato de brocado negro
bordado de oro y seda, y al lado derecho del Prior iva el Chantre,
acompañándole á su lado el uno de los Religiosos revestidos, y ivan
rigiendo esta procesion, el alguacil mayor del Sancto Oficio D. Lorenzo
de los Rios, y Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de
Valdez, caballeros de esta ciudad y familiares con septros de plata que
en sus principios tenian unos escudos grabados en ellos las armas de
Sancto Domingo y de Sant Pedro Martir, y el Notario de la Inquisicion
Pedro de Fonseca, que llevaba en la mano una cruz de acero pavoniada con
su tronquillos, el qual ponia en órden la procesion, entremetiendo el
clero con las órdenes. Todo lo qual causó tanto silencio que hacia mudas
las calles por donde pasava, y esto en tiempo que ivan llenas de
infinita gente, y en tanto número que á juicio de personas
isperimentadas, en semejantes concursos dicen avia en ellas y en las
ventanas y azoteas y plazas, mas de 50 mil personas. Y llegado que fué
el Estandarte junto á la puerta principal de Palacio, sobre la cual y en
una de sus ventanas bien aderezada, con alfombras, cortinas, sillas y
cojin de terciopelo negro, estaba el Virey, el qual le hizo su
acatamiento debido, y luego dió la vuelta á mano derecha hácia el
cadalso, llegada que fué la Santa Cruz al sitial de Su Señoría, la adoró
con grande edificacion del pueblo, y los pajes de Su Señoría salieron de
Palacio en cuerpo, bien aderezerados, con cirios de cera blanca,
encendidos, con que recibieron la Sancta Cruz, asiendo la adoracion,
levantando las achas y umillando los cuerpos, segun estilo de Palacio y
corte, acompañándola asta el cadalso donde la subieron, y allí dejaron
la cera en medio del planicie de esta primera parte, junto al Tribunal y
sus gradas sobre un altar que avia hecho con muy rico ornamento, quedó
puesto asta las tres de la mañana del día del auto, por cuyo respeto y
compañia se quedaron alli quatro religiosos de cada Orden, y cantidad de
familiares, que á la luz de gran número de cirios y achas velaron el
divino lecho en que el reparador de nuestra caida murió, los quales á
esta hora la llevaron en procision cantando himnos asta lo mas alto del
medio pirámide y gradadas de penitentes, en cuya estremidad la pusieron,
acompañada de los dichos Religiosos y familiares asta el dia. Y esta
noche á las ocho llevó Pedro de Fonseca, Notario del Santo Oficio, y
seis familiares, una cruz grande verde, y la puso cinquenta pasos
desviada del quemadero que abajo se dirá, en su peaña alta de cantería,
con la decencia y reverencia debida, y entre la una y las dos de la
noche por mandado del Santo Oficio el dicho Notario y familiares
llevaron al brasero que está echo de cantería en el Tianguis que llaman
de S. Ipólito, entre la alameda y Convento de los Descalzos Franciscanos
de esta ciudad, quatro maderos con sus argollas, en que avian de morir
quatro relajados, que este dia salieron al auto, donde los fijaron
puestos con guardia, y de alli se fueron juntos á las casas de Baltasar
Mejia de Salmeron, alguacil mayor de esta ciudad, á quien le fué
notificado por el Notario, que conforme á los que avian de morir tuviese
prevenida leña, pregoneros y verdugos para este dia, el que respondió
que estaba presto de cumplir lo que por el Santo Oficio se le mandaba.

Y á las dos de la mañana se comenzó á decir misa en la capilla del Sto.
Oficio, y en todas las parroquias y conventos desta ciudad, por horden
de los Sres. Inquisidores, y con ser competente el tiempo para
conseguir el entero precepto eclesiástico, apenas se vaciaran las
Iglesias, cuando estaban otra vez llenas, hasta que amaneció, que todos
correspondieron á las obligaciones de buena cristiandad y virtud.

Este dia, á las tres de la mañana, despues de haber dado el alcayde de
almorzar á los penitenciados, mandaron los Sres. Inquisidores sacarlos
de sus cárceles al segundo patio de las casas del Santo Oficio, adonde
se les iva poniendo á cada uno las insignias de su penitencia y castigo,
con una vela de cera verde en las manos, después de lo qual, entre las
quatro y las cinco, el fiscal del Santo Oficio iva llamando por una
memoria á los familiares elegidos para acompañar los penitentes,
nombrándolos por sus nombres, de los quales avia ya gran número en el
patio primero, donde se ivan juntando; y á cada dos hombres les
entregaban un penitente, y desta suerte prosiguió asta llegar á los
relajados, que fueron tres hombres, y una doncella de las de _Caravajal_
que quemaron en el aucto pasado, y á cada uno acompañavan dos relijiosos
de las hórdenes, los mas doctos, y dos familiares por guarda; y despues
dellos tres estatuas de difuntos, con ábito penitencial, y en su
seguimiento otras 16 con corosas é insignias de fuego de los difuntos
fujitivos y ausentes relajados, los que llevan escripto en los pechos,
los nombres, tierra y delitos de cada uno, en cuyo remate los tres
dellos llevan tres ataudes negros, pintados en ellos unas calaveras,
sembradas de fuego, y dentro los guesos de los difuntos, y la última con
insignia retorcida en la corosa de maestro domatista de la Ley muerta de
Moysen que guardaba. Y á las seis de la mañana estaban ya puestos en
horden de procesion, y en los corredores vajos y patio del Santo Oficio,
y media hora despues comenzaron á salir por su puerta principal,
llevando por guia tres cruces de las parroquias, con velos y mangas de
terciopelo negro, con los curas y capellanes dellas, y en su seguimiento
124 penitentes, con las 19 estatuas, guiados al cadalso, por la calle de
Santo Domingo; la qual, y sus ventanas y azoteas, y plazas, ocupavan el
mismo número de jente que el dia antes ubo en la procesion, y nunca mas,
de suerte que fué necesario que los familiares sobre bien aderezados
cavallos, fuesen con el alguacil mayor delante, y por los lados,
hasiendo campo á la procesion de penitentes: llegados al palenque de la
segunda parte del cadalso, entraron por él sin ningun estorvo, y
suvieron á las gradas del medio piramide, donde fueron puestos y
sentados, en esta manera, en la grada mas alta, al pie de la cruz, un
relajado calvinista revelde, y en otra mas baja, la doncella; y á sus
lados, otros dos relajados. Y luego, 50 personas con avitos de
reconciliacion, por diversas sectas y leyes de Moysen, y luego otros por
diversos delitos, dos veces casados, hechiceros, blasfemos: en los lados
del pirámide, se repartieron en las varandas, las estatuas igualmente,
de suerte que de lejos se podian ler los retulos, y adornavan las gradas
de penitentes, de modo que parecian muy bien, y los familiares padrinos
se sentaron en sus vancos en la forma arriba dicha.

No estuvo con poco cuidado el Virey esta noche, antes del auto, pues se
levantó á las 3 de la mañana con sus caballeros y gente de palacio á
hoir misa, donde estuvo en vela hasta el dia, dando á entender con esto
como tan cristianisimo Principe, que los tales la an de tener en
semejantes hocasiones, y despues de aver sacado los penitentes del Santo
Oficio, salió luego con gran priesa, por que el dia no alcanzase de
quenta á lo muncho que en él avia que hacer en el, del Real Palacio de
esta Corte, su señoria, acompañado del audiencia Real y de su guardia,
cabildo y lo mas ilustre de la ciudad, guiados por la calle arriba de
Palacio, torciendo á la del Santo Oficio á mano izquierda, donde estavan
ya á punto el Santo Oficio, y estandarte de la fee con el cabildo de la
Iglesia. Y llegado que fué, se pusieron en horden en esta manera:
delante de todos los alguaciles de corte y ciudad, y luego la Caballeria
y familiares y detras los Cavildos de la Iglesia y Ciudad, con la
Universidad, entremetidos unos con otros, y al fin dellos el Secretario,
el alguacil mayor y Ministros mayores de la Inquisicion, y en un buen
caballo aderezado el alcayde de la carcel perpetua, el qual llevaran de
diestro dos personas, por causa de que llevava asido con ambas manos
sobre el arson delantero de la silla, un cofre cerrado, y luego el
Fiscal del Santo Oficio que llevava el estandarte de la fee, que es de
damasco carmesí, con dos puntas, cordones y borlas de oro, y seda, que
por ambas partes tienen sembrados algunos escudos bordados con mucho
artificio y primor, y en sus campos las armas del apostol Sant Pedro,
Príncipe de la Iglesia, y los de Santo Domingo, y Sant Pedro Martyr, y á
su lado el arcangel Sant Miguel y sobre la vara de plata deste
estandarte, yba la Santa Cruz de la fee, toda de oro, de honguillos, con
sus franjillas al pié, de oro y seda, el qual es muy costoso y agradable
á la vista, y á su lado izquierdo iva Don Joan Altamirano, que llevava
las vorlas del estandarte, en cuyo seguimiento venian el Lic. Vivero, y
el Dr. Rivera, consultores del Santo Oficio, y la audiencia real por sus
antiguedades, y en lo último Su Señoria el Virey, que iva á el lado
derecho del Inquisidor mas antiguo, que iva en medio, y detras sus pajes
y criados, y con esta horden llegaron al cadalso á las siete de la
mañana, en el qual, despues de haver subido se asentaron en el Tribunal,
y asientos, con el horden que avian venido; y al principio de las gradas
del medio, por donde suvieron al Tribunal, se sentó el fiscal del Santo
Oficio, teniendo á su mano derecha, fijado en el tablado, el estandarte
de la fee, y á su mano izquierda, Don Joan Altamirano, y tres gradas mas
vajas, Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de Valdes, y en
las tres últimas, el Notario Pedro de Fonseca, á cuyo cargo era llevar
las sentencias á los Relatores, dadas por mano del Secretario.

En las gradas de mano derecha del Tribunal, en la primera, junto á la
varanda de en medio, se assentó el Lic. Vasco Lopez de Bivero,
corregidor que fué desta ciudad, y consultor del Santo Oficio, que por
no ser de la Real Audiencia se le dió este lugar, y á su lado los
Prelados de las hordenes Provinciales, Priores y Guardianes, y mas bajo
los catedráticos de las hordenes, maestros y Religiosos graves; y en las
de mano izquierda, en la primera, Calificadores, Patrocinadores y
Comisarios de los Obispados de este Reyno, y mas bajo, Catedráticos y
Religiosos graves y caballeros; y al pié de las unas y otras gradas avia
repartidos 12 doctores de la Universidad, entremetidos unas personas
graves con otras en bancos, por que el Santo Oficio hordenó que no
uviese lugares señalados, y en el banco de espaldas de la mesa el
Secretario con las llaves del dicho cofre, que era de evano, y se puso
sobre ella, que tenia media vara de alto, y media de ancho, aforrado en
terciopelo carmesí, todo guarnecido con visagras, chapas, cerradura,
tachuelas y llave de oro, y en las esquinas de su asiento, quatro leones
de oro, fijados á el; cuya figura hace demostración feroz por su guarda,
y dentro dél estaban las relaciones y sentencias de los culpados, y
sobre la mesa, recaudo para escribir, con tintero y salvadera de plata,
en que estaban gravadas las armas del Santo Oficio; y como se ha dicho
arriva, se asentaron en los vancos, por su horden, los demas del
acompañamiento. A todo lo qual se dió principio con un Sermon breve, por
el tiempo tan corto que restaba, el qual predicó con mucha asepcion de
los oyentes, el Dr. Don Juan de Servantes, arcediano de la Catedral de
México, catedrático de Escritura, calificador del Santo Oficio, y Juez
ordinario de las causas de la fee, despues del qual, en el mismo púlpito
del Sermon, el Secretario del Santo Oficio leyó el juramento que izo el
Tribunal y todo el Pueblo, sobre un libro misal, de perseguir y arruinar
por todas vias á los enemigos de nuestra Santa Fee Católica, y á su lado
estava el Dr. Aranguren. Capellan del Santo Oficio, que tenia el misal,
revestido con un sobrepellis, y muy rico. No estava con poco cuidado el
secretario en el sacar de las sentencias del cofre por su horden, las
quales iva entregando al Notario Pedro de Fonseca, que las llevava á los
Relatores, y leydas aquellas las ponia en el cofre; y sacava otras, y
desta suerte prosiguió como persona entendida, diestra, cursada en este
ministerio, y muy necesaria en él. Y comenzando á leerse, llamava á la
gradilla del pasadiso, á cada uno de los penitentes, por su nombre y
naturaleza, hasta que las causas de los relajados fueron leydas, y á las
5 de la tarde se entregaron al brazo seglar; y bajados del cadalso, los
llevaron; y á la entrada de calle de Sant Francisco, donde estaba en un
tablado puesto un sitial, adornado de alfombras, y sentado en él el Dr.
Francisco Muñoz Monforte, correjidor de esta Ciudad, y á su lado
izquierdo Juan Perez de Rivera, familiar del Santo Oficio, y escribano
público della, por los quales les fueron pronunciadas sus sentencias, y
notificadas, de donde los llevaron por esta calle con voz de pregoneros,
que manifestaban sus delitos, hasta el quemadero, y en el discurso del
camino, los Religiosos que acompañavan á Simon de Santiago, aleman
calvinista, ficto simulado, confitente revelde, pertinaz, condenado á
quemar, vivo, á quien yvan aconsejando y amonestando por los mejores
medios y caminos que podian, se convirtiese á la Ley Evanjelica y fee
Católica, el qual asiendo poco casso se sonreia como lo izo en el
cadalso, todo el dia, comiendo lo que le daban, con demostracion de
contento, como si uviera de ir á vodas, y con grande desverguenza
respondia, _no cansa padres, que esto no es forza_. Y porfiando les
decia _no des boses padres_, como enojado, y finalmente, sin querer
tomar la cruz en las manos, murió quemado vivo, y siempre tuvo una
mordaza en la boca, por las blasfemias que decia, y era tan torpe de
entendimiento que no allaron caudal en él los Relijiosos para argüirle,
y con sus argumentos convencerle de sus herrores, y con él murió Tomas
de Fonseca Castellanos, el qual aunque hacia demostraciones de morir
cristianamente, fueron con muncha tibieza.

Y luego Dª. Mariana Nuñez de Carabajal, doncella, murió con muncha
contricion, pidiendo á Dios misericordia de sus pecados; confesando la
Santa fee católica, con tanto sentimiento y lágrimas, que enternecia á
los que la oyan, diciendo mil requiebros á la cruz que llevava en las
manos, besándola y abrazándola, con tan dulces palabras, que ponian
silencio á los Relijiosos que ivan con ella, dando todos infinitas
gracias á Dios Nuestro Señor, por la gran misericordia que con ella
usava, por donde se entiende que está en carrera de salvacion, y para
gloria de Jesucristo Nuestro Señor diré lo que dijo esta doncella en el
cadalso, y munchos que allí estavamos, oymos razonando con una ermana
(_Anica_) y sobrina, que tambien salió al auto con ávitos de la
conciliacion; _Boy morir en la Fee de Nuestro Señor Jesucristo_, que fué
cosa de gran regocijo para los cristianos. Este dia se reservó otro
relajado, y se volvió al Santo Oficio no se save porqué causa.

Y prosiguiendo con las sentencias del cadalso asta que quiso anochecer,
que vastó á que se leyesen las causas de dos en dos, y cerrando el dia
con luces de achas, de quatro en quatro, y fenecidas con nueva majestad
y señorío, el Inquisidor mas antiguo tomó la estola y el libro que
trujeron dos capellanes del Santo Oficio, en dos ricas fuentes doradas,
y comenzó en tono grave la ausolbcion, alumbrandole con una vela de sera
blanca, puesta en un mechero de plata, respondiendo la capilla en canto
de hórgano con maravillosas voces que las ay en esta Iglesia Catedral,
con un maestro diestrísimo, y acavada á las ocho de la noche, volvieron
á la Inquisicion, el Santo Oficio, Virey y audiencias con el demas
acompañamiento, y por el mismo horden que avian llevado, y delante
muchas achas encendidas, de cuyas luces avia muncha cantidad, en las
ventanas y puertas de la calle desde el cadalso hasta la Inquisicion,
que en ella causaban gran claridad, y llegados se despidió el Virey y
audiencia.

Y porque los familiares padrinos volviesen con sus ahijados, se
subieron al pasadiso del cadalso, y puestos en él en dos yleras,
arrimados á las varandas, pasaron por medio los Penitentes con sus velas
encendidas, y los padrinos conocieron sus ahijados, y por su horden
fueron vajando á la puerta donde estavan las cruces de las parroquias,
sin velos, con mangas de terciopelo carmesí, bordadas de horo, y seda,
adornadas de munchas flores, por el triunfo de la fee, guiando por la
calle de Sto. Domingo, se volvieron los Penitentes al Santo Oficio,
donde se entregaron al Alcayde, presente el Secretario y Alguacil mayor,
del número de los quales volvieron menos las diez y siete estatuas y
tres relajados que quemaron.

El Lunes siguiente, Martes, Miercoles y Jueves, se sacaron del Sancto
Oficio, en forma de justicia, á azotar por las calles públicas, con voz
de pregoneros que manifestavan los delitos, á los que á ello estavan
condenados, y los que yvan á galeras, se llevaron con testimonios de sus
causas á la Carcel de Corte, y se entregaron al Alcayde y escribano de
entradas de ella, y los negros á sus amos, y los de carcel perpetua al
Alcayde, y los demas se llevaron á los lugares que se les señalaron por
el Sancto Oficio.

Y este dia, la tarde, Lunes 26 de Marzo, el Illmo. Sr. Conde de
Monterey, visorey de esta Nueva España, salió de Palacio, acompañado de
su guardia y de la gente mas principal desta Ciudad, con la qual izo un
general paseo por ella, demostrando la alegría que tenia y todos deven
tener, por el Triunfo de la Sancta Fee Católica, y de la Iglesia Romana,
contra los erejes, y por la destruicion de los vicios, y pecados, lo
qual yzo á imitacion de un paseo que por las mismas causas hizo el Rey
D. Felipe 2.º nuestro Sr. que sea en Gloria, cuando el auto de Casaya,
que se ayó presente. Plegué á Dios nuestro Sr. que todo aya sido par
nuevo ensalsamiento de su santa fee Católica, confusion y abatimiento de
nuestros enemigos, alabanza y gloria de Jesucristo Nuestro Sr., y de su
bendita Madre la Virjen María, y de su corte celestial, por cuyos
méritos se sirva de amparar y ayudar y favorecer á tan Santo y necesario
Tribunal, y prospere los sucesos en la estirpacion de las erejías,
conservando el uso del Santo Oficio, como merece, y su Divina Majestad
puede.


_Amen.--Laus Deo._

Este es el fiel trasunto del original y curioso manuscrito que encontré
en los archivos del Tribunal de la Inquisición: en cuanto á la _lista de
penitenciados_, que existe también, excuso ponerla por ser muy larga,
pues ocuparía quizá un espacio igual á la preinserta relación.

_Vicente Riva Palacio._



LOS TREINTA Y TRES NEGROS


I.

Casi en el mismo año de 1521 en que el imperio de Moctezuma fué
derribado, y sometido el Anáhuac á la dominación de España, comenzaron á
llegar á México esclavos africanos conducidos á la tierra nuevamente
conquistada, por amos cuya sórdida codicia no se saciaba con el oro y la
plata que los naturales del país podían extraer de sus minas.

Los mexicanos, bien por su aversión á los conquistadores, ó bien por sus
antiguas costumbres, no querían trabajar en el beneficio de las minas
con la tenacidad y constancia que deseaban los españoles.

El emperador Carlos V había sido informado de que por el excesivo
trabajo á que se condenaba á los mexicanos por los conquistadores, se
habían producido sediciones y levantamientos más ó menos graves, y que
todo esto podía tener fatales consecuencias para la corona de España;
ordenó, con audiencia de sus consejeros y teólogos, que los americanos
fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios
que había hecho Cortés.

De aquí vino para los españoles la necesidad de tener esclavos
africanos, que trabajando día y noche en las minas, recibiendo una
miserable retribución, y considerados como animales, pudieran enriquecer
muy pronto á sus dueños.

En efecto, fué tan grande el número de los negros que se trajeron á la
Nueva España, y tantas las ganancias que producían á sus amos, que ya en
el año de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mandó á México,
dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando á sus amos
_veinte marcos de oro_, y en proporción los niños y las mujeres.

En un principio los esclavos eran empleados únicamente en el laboreo de
las minas, pero poco después se ocuparon en las siembras y cultivo de la
caña de azúcar, cuya planta aseguran algunos autores que fué llevada á
las islas de América desde las Canarias por el inmortal Cristóbal Colón,
y que Cortés la hizo trasplantar á México.

Por el año de 1608 el número de los negros esclavos era ya tan crecido
en la Nueva España, que apenas había una familia acomodada que no
tuviera muchos de ellos á su servicio[19].

A pesar de que la suerte de los indígenas de América era bien triste por
el trato duro é inhumano que recibían de los conquistadores, era sin
embargo muy dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.

En aquellos primeros años, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy
escasos en Nueva España, y el trabajo de estos animales se suplía con
los esclavos negros, á los cuales se quería comunicar fuerza y vigor con
el látigo de los mayordomos.

Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no sólo porque
el amor á la libertad es innato en el corazón, sino por huir de los
bárbaros tratamientos á que estaban expuestos todos los días y todo el
día.

Rescatarse conforme á las ordenanzas del emperador Carlos V, de que
hemos hablado, era para ellos casi imposible; necesitaban para eso tanto
oro, como no podrían reunir con el asiduo trabajo de toda su vida:
entonces pensaron lo que era natural. La Nueva España, estaba cubierta
de bosques espesísimos é inexplorados; su tierra feraz podía cultivarse
con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de
árboles cuyos frutos podían dar á un hombre y á una familia la
subsistencia. Las montañas convidaban á la libertad, las fieras que
vivían en sus grutas eran mas felices que los esclavos negros de los
españoles, y además en aquellos inmensos desiertos el fugitivo nada
tendría que temer de sus perseguidores: la naturaleza ofrecía la
independencia á los seres convertidos en esclavos por la civilización.

Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia
estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las
serpientes; que al lado de la servidumbre y del látigo, estaban Dios, la
naturaleza y la libertad.

Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron á
huir á los bosques.

Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el
virrey D. Luis de Velasco.


II.

Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el
horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de
Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y
las sombras envolvían la fertil cañada de Aculzingo.

Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles
agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que
bajan por las vertientes de las montañas.

Sin embargo, escuchando con atención podían oirse en medio de aquellos
ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los
vientos ni por las aguas.

Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un
gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre
sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían á su paso.

La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía
caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.

Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron á teñir de rosa el
espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se
había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía
su camino trepando una encumbrada cuesta.

Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados: llevaban los
unos, gregüescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los
otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cuál
vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría
sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto
con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho, de
acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo de belludo: aquello
parecía una mascarada, y podía asegurarse que aquellos trajes eran los
despojos de los pasajeros del camino de México á Veracruz.

En cuanto á las armas de aquellos hombres, era curioso observar que
había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de
los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas,
ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en
extraordinaria confusión.

Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero
al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco á la espalda,
caminaba con gran desenfado otro que llevaba á la cintura pendiente de
un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de
mecha: también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.

Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y á su
cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto,
fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más
propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues
mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba
una buena escopeta.

Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y
peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa á una espaciosa meseta
que coronaba una de las más elevadas serranías.

Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de
todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando
la libertad que iban á defender con las armas y á costa de sus vidas.

La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos; todo el
campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban á
recibirla.

Distinguíase en medio de todos ellos á un negro anciano pero robusto, á
quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca
de aquella tribu errante.

Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se
desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los
grupos de los que les aguardaban, y sólo el que había venido á la cabeza
se dirigió en busca del anciano.

--Buenos días, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con
aire paternal.

--Dios te guarde, padre Yanga, contestó Francisco.

--¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?

--Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.

--¿Qué hay, pues? ¿algunos hermanos nuestros han muerto?

--No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un
hermano, que es también como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me
ha contado......

--¿Qué te ha contado?

--Que de Puebla viene una expedición contra nosotros; mándala un capitán
vecino de aquella ciudad, llamádose Pedro González de Herrera, y ha
salido el día veintiseis......

--Estamos á los treinta días, muy cerca debe venir ya.

--Tal creo, y por eso me he replegado, á fin de disponer todas las
tropas y prepararlas para el combate. Pedro González de Herrera trae
cien soldados españoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios
flecheros, y cerca de doscientos más entre mulatos, mestizos y españoles
que se le han reunido de las estancias.

--Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en
verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios nos ayudará.
¿Por qué camino vienen?

--No han seguido ningún camino real, y se acercan extraviando veredas.
¿Hay vigilantes por todos lados?

--Sí, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos...... Allí viene
corriendo uno; noticia debe traer.

--Sin duda la llegada del enemigo. Pon á tus gentes sobre las armas, y
yo voy al encuentro del vigilante......

El viejo salió á encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó á
disponer sus tropas.

El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos
negros, todos armados.

Yanga volvió.

--Francisco, dijo, es preciso escribir á ese D. Pedro González.

--¿Y para qué?--preguntó Francisco con extrañeza.

--Para decirle que obedecemos á Dios y al rey, pero que queremos nuestra
libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven á nuestros amos
crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; ¿te
parece bien?

--Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?

--El español que tenemos prisionero.

Una hora después salía del campamento de los negros un español que
llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán D.
Pedro González de Herrera.

El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado
por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el
general de las armas, nombrado por Yanga.

Los negros estaban ya esperando la señal del combate.


III.

Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos
días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las
posiciones que ocupaban los negros.

Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.

Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos
se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día
siguiente.

Los soldados de González contaban en su abono con el número, la
disciplina y la buena calidad de su armamento.

Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia
de su causa.

Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las
montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y
luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en
medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas
hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas
estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían
con sus sombras y con sus luces.

Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y
se disponían los combatientes.

Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.

D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.

Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida,
y Dios daría la victoria.

Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de
aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que
dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el
peligro del día siguiente.

Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron
en marcha, en medio de un silencio sombrío.

Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus
soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón
un perrillo de uno de los soldados.

Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales
iba su amo, caminaban al combate y á la muerte, y por eso jugueteaba
entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero á encontrar á la
columna que seguía avanzando sin descansar.

Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que
el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y
ladraba dando muestras de cólera.

--¡Una emboscada!--gritó D. Pedro comprendiendo lo que aquello
significaba.

--¡Una emboscada!--repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo
repentinamente.

El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz
gritó, volviéndose á su tropa:

--¡Santiago y cierra España! ¡á ellos!

--¡A ellos! repitió la columna, y todos comenzaron á trepar velozmente
por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el
perrillo.

Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron
á cortar el paso.

Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron á disparar sus
armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo
fuego á su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que
tenían, procuraban hacerlos huír ó acabarles rodando en gran cantidad
peñascos que para este objeto tenían ya preparados.

Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban
ganando siempre terreno y lanzando á sus enemigos una verdadera lluvia
de balas, de piedras y de flechas.

Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía á los soldados de D.
Pedro González, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones
de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de
cadáveres y de heridos.

Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir
más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más
que algunos cadáveres.

Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los
negros que habían huído volverían á hacerse fuertes en otro lugar, y
sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que
ésta había dado: conquistar á fuerza de sangre una posición que había
necesidad de abandonar á poco tiempo, y con el temor de volverla á
encontrar defendida al día siguiente; y aquella era una campaña tan
penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna
gente, pero en compensación lo mismo había sucedido á sus perseguidores:
la proporción era perfecta.

Todo esto lo comprendió D. Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar
los momentos de la victoria y dar otro sesgo á la campaña.

Ofreció el indulto á Yanga y á los suyos: fijáronse en los árboles por
todas partes cédulas con este ofrecimiento, colocáronse en todas las
alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribió al Virrey.

Proponía una especie de convenio, en el que había mucho de debilidad.

Protestaban no haber tenido intención de faltar á Dios ni al rey, de
quien eran leales vasallos; se comprometían á entregar en lo sucesivo
todos los esclavos fugitivos á sus dueños, mediante una remuneración, y
pedían un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual
recibirían al cura y al justicia que se les nombrase.

El Virrey accedió á todo y les concedió terrenos para formar el pueblo,
que se llamó de San Lorenzo.


IV.

En el entretanto, en México había sido grande la alarma, y el Virrey,
para calmar los ánimos, mandó azotar públicamente á algunos negros que
estaban presos por varios delitos.

Con esto pareció que todo había concluído, y en efecto, en esa confianza
transcurrieron los años hasta 1612.

En este intermedio D. Luis de Velasco el virrey, había sido llamado á
España para el desempeño de un puesto de gran importancia en la Corte:
le sucedió en el gobierno de la colonia el arzobispo de México D. Fray
García Guerra; pero duró muy pocos meses, porque un día al subir á su
coche no pudo tomar bien el estribo, cayó, y como era muy anciano, murió
de resultas del golpe.

Muerto el virrey-arzobispo, la Audiencia tomó posesión del gobierno, y
el oidor decano Otalora se transladó al palacio de los virreyes.

Apenas comenzó á gobernar la Audiencia, cuando se volvió á hablar de la
sublevación de los negros, y las gentes se aterrorizaron.

Mil noticias, ó más bien dicho, mil consejas á cual más extravagantes
circulaban por la ciudad de México y por las ciudades vecinas. El nombre
de Yanga y de Francisco de la Matosa pasaban de una á otra boca
pronunciados con espanto.

Quién aseguraba que en uno de los bosques del camino de México á
Veracruz había un campamento en el que se contaban los negros por
millares; quién decía que durante las frías noches de Febrero
misteriosas tropas rondaban alderredor de las ciudades como ejércitos de
fantasmas evocados por un conjuro; algunos afirmaban que cuando todos
los habitantes de México dormían, ellos, desde los terrados de sus
casas, habían visto en las montañas de los alrededores, hogueras que no
podían menos de ser contraseñas, y habían escuchado los salvajes
aullidos de los negros _bozales_.

Todo esto se creyó, y todo esto dió margen á decir que los negros
esclavos, ayudados por los _bozales_, trataban de alzarse, y hasta se
fijó como plazo para esta sublevación el jueves de la Semana Santa.

La Audiencia gobernadora participó también de aquel temor, y comenzaron
entonces á dictarse medidas de seguridad que no producían más efecto que
aumentar el miedo.

Como la sublevación debía verificarse el Jueves Santo, se suspendieron
las procesiones y fiestas de la Semana Mayor, y en todos esos días á las
oraciones de la noche no se encontraba en las calles un solo transeunte.

Por casualidad, el Jueves Santo á media noche entró á México una piara
de cerdos, y como todos los ánimos estaban preocupados y esperando el
terrible acontecimiento, el primero que oyó el gruñido de aquellos
animales se figuró que eran las voces de los negros que entraban á la
ciudad, y esparció la alarma, y aquella alarma fué tan grande y tan
espantoso el pánico que se apoderó de todos los vecinos, que nadie se
atrevió á salir de su casa á cerciorarse de la verdad, hasta la mañana
del día siguiente.

En estas zozobras se pasaron la Semana Santa y los días de Pascua[20].


V.

No puede saberse con segundad si la Audiencia descubrió realmente alguna
conspiración, ó quiso con un ejemplar ruidoso calmar los ánimos y
acobardar á los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que
apenas pasó la Pascua, México presenció una de las más horrorosas
ejecuciones de que haya memoria.

Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el _mismo día y
hora_ en la plaza mayor de la ciudad.

El gentío era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba
lleno, en todas partes había espectadores, desde todas partes se
contemplaba aquella espantosa matanza.

La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nerón.

Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al
patíbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos, á encontrar la muerte
después de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que á
grito herido encomendaban aquellas almas á la misericordia de Dios, una
multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas
aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendían media hora
después treinta y tres cadáveres.

La ejecución había terminado, pero la gente no se retiraba, y era que
aún había un segundo acto más repugnante.

Los verdugos comenzaron á bajar los cadáveres, y con una hacha á
cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.

Se estaban castigando cadáveres y derramando la descompuesta sangre de
los muertos.

Aquella escena era asquerosa.

Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de
la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.

Mucho tiempo estuvieron allí aquellos trofeos de civilización, hasta que
la Audiencia tuvo parte de que no era ya posible sufrir la fetidez, y
las mandó quitar y que se enterraran.

Así se sofocó aquella soñada conspiración, en el año de 1612.

_Vicente Riva Palacio._



EL TUMULTO DE 1624


Pasó al Virreinato del Perú el Marqués de Guadalcázar, y le sucedió en
el Gobierno de México D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués
de Gelves y Conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.

El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni
á los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la
noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes
de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y
habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años
antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban á
ruidosas cuestiones y á complicadas intrigas para obtener los puestos
elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor
administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar
para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes,
decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se
originaban entre españoles, criollos é indígenas. El Marqués de Gelves,
enterado de la mala situación de la Colonia á los pocos meses de
llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó á
ahorcar á los ladrones, á poner á raya á los Provinciales de los
conventos, á destituir á los empleados infieles, á intervenir,
poniéndose del lado de los pobres, en las inícuas sentencias de los
jueces, y aun á refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido
mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y
cuestiones de las familias.

Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqués de Gelves añadió
mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de
manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería
corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían
entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad
eclesiástica representada en el Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna que
había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande
prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.

El Prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir
los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba
escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había
adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la
ocasión.

El Marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras
del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de
su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de
_Acalhuacán_ (Cuautitlán.) La estación lluviosa fué benigna y pasó sin
novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de
diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la
anegó completamente.

A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maiz que
llegó á valer _cuarenta reales_, siendo su precio común en esos tiempos
el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó á su
colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo
del Virrey, había monopolizado todo el maiz y el trigo y le vendía á
precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas
lenguas dijeron que el Marqués tenía compañía con Mejía y ambos se
habían embolsado grandes ganancias, obtenidas á costa del hambre y de la
miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal
avenido con el carácter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que
un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la
guerra entre las dos autoridades.

No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, Don
Melchor Pérez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos
que entonces como ahora se usaban, recusó á su juez. El Virrey le nombró
otro, y Varaez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde
estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus
bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha
celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una
guardia de doce arcabuceros.

Varaez se dió trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la
intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento
de ponerse frente á frente con el Virrey, otorgó la protección al preso,
y de pronto excomulgó á los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey
ocurrió al delegado del Papa en Puebla, y éste mandó al Arzobispo que
levantase la excomunión. Este no obedeció, y el Virrey recabó duras
providencias en contra del prelado. Tal fué el principio y origen del
terrible tumulto de 1624.

El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad
civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para
conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase
sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las
armas de la Iglesia.

Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y
que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual,
con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su
secretario.

Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:

--¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?

--Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el
eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.

--Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada
necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid
antes que...... y vos, clérigo, aguardad.

El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que
había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó
en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de
la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese
clérigo que mandé llamar esta mañana?--dijo á un ugier que hacía la
guardia.

El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de
resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron
en el gabinete secreto.

--¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo
que os pregunte?--le dijo el Virrey con voz áspera.

El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza,
y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y
capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que
pudo.

--¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra
firma?--le dijo el Virrey.

El clérigo tuvo que revestirse de energía y le contestó que por
miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero
que nada firmaría sin licencia de su prelado.

--Por última vez ¿no firmáis?--preguntó colérico el de Gelves.

El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:

--No, no, señor; nada firmaré.

--¡Armenteros!--gritó el Virrey.

Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus
armas, se presentó por la puerta del costado.

--Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el
acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí
que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.

El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del
brazo y le sacó del gabinete.

--Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre
dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.

Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á
su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras
de la bula de la Cena.

--Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y
que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.

El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de
aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte
reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los
Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los
echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen
del Rey, no podía ser excomulgado.

Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la
Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba
descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el
sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos
que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del
Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre
predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el
lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.

El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez
legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas,
atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las
órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos
los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.

El Arzobispo mandó tocar _entredicho_, y el son pausado y grave de las
campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles
la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M.
el Rey de España.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes
bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo,
mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y
selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de
manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se
movería hasta obtener justicia.

Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á
contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un
escribano llamado Osorio, con este recado:

--«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva
inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia;
y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil
ducados, y saldrá además desterrado del reino.»

El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el
Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y
que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán
poblano.

El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado
la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:

--¡¡Armenteros!!

Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado armado hasta
los dientes.

--En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis,
de grado ó por fuerza, del Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna, y lo
llevaréis á San Juan de Ulúa á que haga compañía al clérigo insolente.

--¿Le llevaré á pie, á caballo ó en coche?--preguntó Armenteros.

--A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que
demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que
se debe á la autoridad; pero no...... no deseo que vaya á morirse......
Disponed mi coche de camino y partid en el acto.

Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de
arcabuceros, y acompañado del Lic. Terrones, alcalde del crímen, del
alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió á la
sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos,
esperaba todavía que le hicieran justicia los Oidores.

--Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan
duras; pero Su Ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de
Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.

--Espero que se me concederán dos ó tres días para...... pues......
porque......

El Arzobispo se ahogaba de la cólera.

--Ni una hora, contestó Terrones.

--Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago
y...... mis males, murmuró el Arzobispo.

--Ni un minuto, interrumpió Armenteros. El coche está ya listo y los
caballos de la escolta impacientes.

--Ni un segundo, añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el
brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después
un coche á escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce
feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y
conducía á su destierro al más temible y poderoso señor de Tenoxtitlán.

       *       *       *       *       *

Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados
y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y
demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de
sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura á Armenteros, que era
un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.

La Audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del Virrey, el cual
en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el
calabozo á los Oidores, á los relatores y á los demás dependientes del
tribunal, y envió un correo con instrucciones á Armenteros para que
envolviese al Arzobispo en un colchón ó en un petate, supuesto que
estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase
violentamente de los límites del arzobispado.

En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del
14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios á Don Juan Pérez de
la Serna eran más pormenorizadas é importantes; de manera que se
resolvió á dar á su vez un golpe terrible y á jugar el todo por el todo.
En la misma noche proveyó y despachó á México dos edictos. Uno de ellos
excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesación _á divinis_.

En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la
marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese
tan acelerado como el Virrey se lo había ordenado, el Arzobispo logró
escabullirse y entrar á la iglesia de San Francisco. Allí revistió los
atavíos pontificales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de
oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en
el altar mayor.

Armenteros buscó á su prisionero para acompañarle á que subiera al
coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la
iglesia decidido á desobedecer la autoridad del Virrey.

El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó
la espada, y echando un terrible juramento se metió como un furioso al
templo, resuelto á atravesar de parte á parte al prelado, y en efecto
llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del
Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto
que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario
de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la
espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas
suplicándole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernáculo, que de
buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado,
que tenía forzosamente que cumplir.

El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por
la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que
permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente
del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron á dar muestras de
disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitán no
se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente á
un motín popular, despachó un correo á México y prometió al prelado que
con tal que sosegase á la gente, él mismo se interesaría para que el
Virrey le mandase volver á la capital en vez de continuar rumbo á
Veracruz.

       *       *       *       *       *

El 15 de febrero de 1624 fué uno de los más notables y terribles de que
hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don José Portillo,
muy de mañana comenzó á cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.

Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el
toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido ó el diablo
les había hecho algo sordos. Dirigiéronse á misa y encontraron una
iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de
templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese
acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la
cabeza por el cuadrante y decían á los conocidos palabras alarmantes y
misteriosas; algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto
bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas
continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos
crecía por momentos, y pronto se propagó la noticia de que el Virrey
estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la
puerta misma de la catedral.

La gente se agolpó á leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos
y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el
escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos,
atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros
esclavos, y á ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del
mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole
reconocido le gritaron _¡muera el hereje! ¡muera el excomulgado!_ grito
que fué repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya
lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar á los
muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron á
tirar rábanos, zapotes y manzanas á la cara de los negros. Las demás
gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor
á la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al
costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas
piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de
Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de
prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.

El Virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y
quiso salir á castigar á los insolentes, pero le contuvo el almirante
Cevallos que estaba á su lado y era hombre de prudencia y de juicio.

--Bueno, no saldré en este momento, pero ¡voto á Dios! que he de
castigar á todos estos malvados y rebeldes, y he de poner más horcas que
árboles hay en la montaña.

Esto diciendo salió á la azotea con un clarín que comenzó á dar toques
que llamaban entonces _rebato_. La alarma se difundió por toda la parte
de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos
acontecimientos, y pronto se vió la plaza y las avenidas principales
llenas de gente que secundaba los gritos de «_Muera el hereje, abajo el
luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia._» Al toque
siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los
días de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los
empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al
Marqués, especialmente el Oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que
levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese á México, con lo cual
todo quedaría sosegado. El Virrey accedió, aunque con visible
repugnancia, y el inquisidor mayor salió de Palacio con un papel que
contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver á su
palacio al temible Don Juan Pérez de la Serna, á quien hemos dejado en
la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada
custodia.

Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del
Virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud
hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver á la
lucha.

El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las
calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las
iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel
pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer
algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de
la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de
Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la
cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y
obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su
amonestación con _silbidos_ y _mueras_, y comenzaron á tirar pedradas á
los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más
de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.

       *       *       *       *       *

El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes
esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo
ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que
estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones,
ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes
caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud
reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan
Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo
recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el
intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al
Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino
anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y
casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso
pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían
levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á
las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y
el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento
era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la
Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los
arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos
á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso
inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud
de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe,
donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la
Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados,
las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y
bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez
embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se
estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del
Arzobispo para recibir su bendición.

       *       *       *       *       *

Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar
el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de
Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la
manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se
desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos
que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista
de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un
furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese
momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe
duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués
de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las
piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza,
provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués
subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado
en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que
formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta
refriega.

El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra
esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la
garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar
auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.

El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la
bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en
cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible
estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los
arcabuces.

--Bien, muy bien, ¡voto á Dios!--exclamó el Marqués luego que vió la
actitud respetuosa del pueblo;--no se atreverán á atacar la bandera del
Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó
llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta
canalla.

Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como
prisionero del Arzobispo.

La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que
dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el
Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.

En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría,
entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron
al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y
gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir
los escalones.

El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:

--¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!

El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.

Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.

El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y
con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.

--¡Fuego, soldados!--gritó de nuevo el Virrey.

Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el
balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en
brazos de la multitud.

El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de
conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por
frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en
la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas
piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los
balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral,
trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de
estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: _¡muera el Luterano!
¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!_

Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni
suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni
quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos;
cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y
aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida,
el resultado de esta ruidosa cuestión.

Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y
entonces una voz gritó: «_fuego al Palacio_,» y todas las voces
repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta
entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se
apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes
fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron,
comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama
rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.

El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad,
echaba rayos por sus ojos.

--¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame
clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el
primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.

Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de
Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el
Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban
al exterminio y á la matanza.

El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las
puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban
en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y
alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las
casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.

El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el
terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y
forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las
llamas.

El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la
conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas
partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los
criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que
comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para
que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro,
hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se
dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando
alhajas y destrozando cuanto encontraban.

El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado,
sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el
cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de
su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y
al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro.
Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta
jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que
esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la
puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido
más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se
dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció
retraído hasta que salió para España.

_Manuel Payno._



DON JUAN MANUEL

............Pues oid:
    Cierta noche apareció
    Muerto de herida cruel,
    Don Fernando Pimentel
    En la calle.--¿Quién le hirió?

    RODRIGUEZ GALVAN.--_El Privado del Virrey._


Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios,
y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal.
Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una
calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un
aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas
antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto
de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los
alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que
de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos
fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y
tan pronto toman formas colosales y se suben á las cornisas de las
azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y
fantásticos á los que pasan.

Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la
calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que
tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la
última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para
siempre de la vida.

Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los
volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el
aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones,
no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos
de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien
daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en
la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en
su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se
repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa
calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando
con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote,
que era un hombre blanco con la venerable auréola de las
canas............

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En el año de 1636 en que colocamos nuestra narración, la calle de Don
Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarán los viajeros. México
estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas
excepciones, no estaban completas. Había grandes y buenos edificios
junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construcción;
otras casas tenían una grande y alta cerca que cubría las huertas ó
jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y
la de que hablamos, había muchos solares intercalados entre las casas y
con una cerca de espinos secos, de adobes ó madera. El propietario de
los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan
Manuel.

Era un personaje por todos capítulos rodeado de misterios y de sombras
que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de
noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa
negra, y permanecía varias horas conversando. Nadie le veía salir, y
algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decían que antes de
tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se
persignaba tres veces, sacaba un estoque con puñon de plata, le
reconocía, examinaba la punta y le volvía á meter en la vaina. Los que
alguna vez vieron esto, temían que el Virrey amaneciese algún día
asesinado en su cama.

Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez había
ido á verle una viuda pobre que tenía dos niñas doncellas, muy jóvenes y
bellas. Don Juan Manuel regaló cinco mil pesos á cada muchacha, y jamás
quiso ni conocerlas.

Don Juan Manuel era celoso, y se decía que su esposa era una dama
principal y de una rara hermosura; pero nadie la había visto, pues
permanecía encerrada en su casa, y salía únicamente á misa á las cinco
de la mañana cubierta con un mantón de lana negro. Nadie visitaba la
casa, y sólo el confesor entraba de vez en cuando á tomar chocolate
después de la misa.

Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con
puñales. El sacó la tizona, se colocó de espaldas contra un zaguán y no
dejó acercarse á ninguno de ellos hasta que por la esquina asomó una
ronda que observó después los rastros de sangre, pues los cinco
agresores habían sido heridos por el bravo caballero.

Don Juan Manuel era hombre no sólo virtuoso sino hasta santo, porque
confesaba y comulgaba cada ocho días, se daba disciplina todas las
noches en la Iglesia más cercana, socorría á muchos pobres, asistía á
las festividades de la Vírgen, y costeaba velas de cera y lámparas que
ardían día y noche en los templos.

Todo esto decían de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre
misterioso, y se podía asegurar que todos le conocían y ninguno le
conocía realmente, porque si se preguntaba por sus señas, unos lo
describían de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonomía
pálida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes
pequeños y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de
estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos
y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos
conformes en cuanto á su traje, añadiendo los mejor informados que
vestía siempre de negro, mientras otros le conocían riquísimos
ferreruelos; pero los más convenían en que de noche se le encontraba por
las calles más sombrías, entrando y saliendo en casas de mala
apariencia, y envuelto en una luenga capa.

Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un
fondo de verdad, poetisa ó trastorna las cosas y las figuras, dándoles
el carácter raro, misterioso é indefinido que tanto halaga la
imaginación humana, y de esto tienen orígen la mayor parte de las
leyendas y tradiciones de todos los pueblos.

Pasó y pasó el tiempo, y cada año se añadía alguna particularidad, algún
nuevo rasgo al carácter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero
se dió enteramente á la devoción, y de la devoción pasó á una melancolía
tan negra y tan profunda, que nada podía consolarle. Sus mejillas se
hundieron, alderredor de sus ojos apareció un círculo morado, y el color
de su semblante blanco y limpio, tornóse en un amarillo opaco y
lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no sólo por una
enfermedad moral, sino por terribles padecimientos físicos.

       *       *       *       *       *

Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á
hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas
y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se
santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que
Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente
enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién
era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia
y desesperación.

Una noche se encontró el cadáver de un hombre asesinado; pero como
había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no
había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á
ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se
encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad
de monedas.

A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se
llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después
periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque
algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la
ciudad.

Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes.
Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole
entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa,
salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un
agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías
de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que
era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le
preguntaba:--_¿qué horas son?_--Las once, contestaba inocentemente el
transeunte.--_Dichoso tú que sabes la hora en que mueres_, respondía Don
Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la
garganta, y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su
casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y
todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más
críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun
para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho
en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo,
había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por
absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y
era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas
del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño
caballero.

El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los
cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas,
y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel
como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino
pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como
hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de
costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un
hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así,
todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se
escuchaba el toque de ánimas.

Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se
encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia
y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna
de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada
en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara
el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de
credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca
se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba
más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la
calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de
la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana
estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho
postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita
delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el
postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.

Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi
á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró
que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche,
hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había
permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó
en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la
cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó
casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco
puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El
asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre,
la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado
entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro
sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían
levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le
dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor
obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se
rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que
hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo,
referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y
las apariciones fueron ya más terribles.

Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la
catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión
de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les
cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á
medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan
Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del
hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de
Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que
parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un
ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el
ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la
catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre,
apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto,
y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión,
regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.

       *       *       *       *       *

Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones
y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor
del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos
dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las
magas lindas y benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las
sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para
ejemplo y enseñanza de los mortales.

El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente
ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una
historia terrible y verdadera.

       *       *       *       *       *

Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en
todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la
Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas
nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de la
_Calle de Don Juan Manuel_, en cuya primera parte refiere la leyenda
popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos
de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica,
no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que
escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:

«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy
principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que
había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey
D. Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, y ya disfrutaba
de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del
virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de
Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué
tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España,
y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados
sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª
Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote
aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes
pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta
proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones
amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal
grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves
murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los
virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto
hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la
administración general de todos los ramos de real hacienda, y por
consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y
como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto
empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqués con
los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta
que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en
tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en
movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los
efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la
Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey
y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por
este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en
Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya,
que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion
á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas,
plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una
señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial
superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á
quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de
venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para
ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos
obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora,
manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México
de un modo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando
corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no
sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con
espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde
Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron
desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del
levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de
pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas.
La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había
permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó
de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al
Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que
á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en
virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de
Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un
cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa
con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil.
Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un
caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido
traído á México desde Orizaba, en donde poseía inmensos bienes, y en
donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos
le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban
á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto
que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este
último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el
modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder
examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió
varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco
Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente
pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento.
El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia
por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del
delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso,
cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca
pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y
misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la
muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de _D. Juan Manuel_,
tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte
de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre de
_calle Nueva_, y era una de las extremidades de la ciudad, pues
concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.

--¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!--dijo
mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.

--Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D.
Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su
debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D.
Juan......

--Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á
quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del
diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah,
qué tiempos!!!

--Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin
acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.

--Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe
á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del
siglo en que hemos nacido.

_Manuel Payno._



EL TAPADO


I.

El mes de mayo de 1683 fué de una gran agitación en México. La capital
de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacífica, había cambiado
repentinamente de situación, y á la monótona quietud de otros días había
sucedido una especie de movimiento febril, una animación extraordinaria
y una conmoción verdadera en todas las clases de la sociedad.

Era que los piratas habían desembarcado en la nueva Veracruz, y los
piratas eran enemigos terribles para las colonias españolas.

Casi á mediados del siglo XVII se turbó repentinamente la tranquila
posesión que tenían los españoles en las islas del mar de las Antillas y
en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpió, y las
flotas que de la América salían para Europa, cargadas de tesoros ó ricas
mercancías, necesitaban ir custodiadas por navíos de guerra, so pena de
caer en manos de los piratas, y aun esta prevención fué inútil algunas
veces, porque los piratas atacaron y vencieron á los almirantes
españoles, como habían vencido á los gobernadores de las ciudades y de
las fortalezas.

El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban
constantemente cruzados por piratas, cuyas hazañas eran el asombro de
los marinos del rey de España, y el dominio de aquellos mares perteneció
sucesivamente á Mansveld, á Juan Morgan, á Lelonois, á Juan Darien, á
Lorencillo, á Juan Chaquez, á Nicolás de Agramont, hombres todos de un
valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.

Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban
á los de guerra, y hacían desembarcos con el objeto de saquear ciudades
de importancia.

Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron
sucesivamente dueños de Puerto-Príncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello,
de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.

Por esto se conmovió la población de México cuando el viernes 21 de mayo
de 1683, á las tres de la tarde, se publicó un bando en el que prevenía
el Virrey que en el término de dos horas se presentaran á tomar las
armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta años de
edad.

Las noticias de Veracruz no podían ser más alarmantes; los piratas,
acaudillados, según se decía, por Juan Chaquez y por el famoso mulato
Lorencillo, habían desembarcado en número de ocho mil hombres, y se
temía como seguro que se internasen en la tierra.

El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energía y actividad,
que al día siguiente, es decir, el sábado 22, estaban ya formadas las
compañías de infantería y caballería, y salían para Veracruz con gente
armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martín de Solís.


II.

Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad
estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser
de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.

Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz,
había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San
Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado
visitador del reino por Su Majestad.

El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México,
y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su
investidura de visitador, á porfía y en todas partes se le asistía y
obsequiaba espléndidamente.

La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus
opresores, y siempre los _criollos_, como llamaban los españoles á los
mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador
que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en
la Nueva España.

Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la
llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal
disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que
ardía en sus corazones.

La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión,
y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.

El vulgo comentó á su modo, lo mismo que los oidores murmuraron á sus
solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender
sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus
intrigas.

Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los
piratas á la Veracruz.

Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos;
los soldados se habían filiado por _castas_ como se acostumbraba en
aquella época, y se habían nombrado capitanes.

El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado
ejército.

Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la
ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y
por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla
Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco
de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de
Larrea.

Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los
piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México,
cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y
la retirada de Lorencillo.


III.

Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas,
se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso
en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.

¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el
mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.

La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande,
un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se
consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de
Estado.

El visitador, investido con las facultades del soberano, representando
su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un
sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.

El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había
quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia
pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían
del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.

Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división
política, más parte tenían los afectos que las razones.

La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque
desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio
de Benavides á México.»

Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su
conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su
prisión, que la gente comenzó á llamarle _el Tapado_, y este sobrenombre
se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio
multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos
ellos no se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar
en aquella misma noche.

Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente
aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se
retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí
atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.

Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló
esta voz:

--Ahí viene.

Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder
el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían
desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían
sobre la punta de los pies.

Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver
otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba
montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.

Ese hombre era el Tapado.


IV.

Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de
junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del
crimen para que le juzgase.

En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz
sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á
la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la
fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no
arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban
promesas ni ofrecimientos.

Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus
mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira,
ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban
que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.

Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto,
y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.

Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de
la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo
Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de
1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de
una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.

El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se
encerró con él.

Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompañaban quedaron en la
puerta esperando el resultado de aquella conversación.

La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí
comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito
que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las
disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero
nada de cierto podía decirse.

Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el
pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que
ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.

El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la
punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus
rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura,
teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que
reconcentra toda su atención para escuchar mejor.

Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el
rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su
rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.

Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó
de la puerta con el rostro sereno.

--¿Qué hay?--preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.

--Nada--contestó moviendo la cabeza con cierta especie de
disgusto--nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......

De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y
entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los
permitía.

Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués
de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.

Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin
hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo
tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de
sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin
contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso
le encontraban.

La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del
Virrey.

¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al
poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube
sombría?

Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno
de los impenetrables misterios en esta causa.

El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el
siguiente día.

La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.


V.

En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los
acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido
saber de Benavides, determinaron darle tormento.

El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha;
pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al
tormento, y pensó en el suicidio.

Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con
que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.

El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y
oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un
agonizante.

--¡Este hombre está enfermo!--exclamó acercándose más y mirándole el
rostro.

--¡Se ahoga!--dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro
cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.

El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría
el pecho de Benavides y lanzó un grito.

--¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!

En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de
ambas puntas desesperadamente.

El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y
luego se lo arrancó del cuello.

Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.

Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los
gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.

--¡Bravo susto nos habéis dado!--le dijo el carcelero--por poco os
matais; tened entendido que me debéis la vida.

--Dios te lo perdone--contestó el Tapado--bien cruel ha sido tu caridad.

Y después de esto volvió á su tenaz silencio.

La noticia del suceso llegó á la Audiencia, y los oidores, temerosos de
que otra vez fuese más afortunado en su tentativa, determinaron
practicar cuanto antes las diligencias del tormento.

¿Para qué describir lo que pasó en aquella bárbara ejecución? Los
tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo
Tribunal de la Inquisición, y sobre poco más ó menos igual el modo de
aplicarlos, y semejantes las fórmulas del interrogatorio y de las
moniciones.

Los lectores del _Libro Rojo_ conocen ya demasiado estas bárbaras
prácticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.

Benavides sufría el tormento con una energía y presencia de ánimo que no
se desmentía ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de
nuevo, y el dolor no arrancó al Tapado la confesión más insignificante.

Y sin embargo, espantoso debió haber sido el sufrimiento de aquel
hombre, porque si la fortaleza de su alma venció al dolor, su cuerpo no
pudo resistir tan duro tratamiento: nada confesó; pero al día siguiente
todo México sabía que iban á sacramentar al Tapado que estaba moribundo
á consecuencia del martirio que le habían hecho sufrir los señores de la
Sala del Crimen.

El Virrey nada decía de todo esto, parecía haberse olvidado
completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba sólo de los
festejos que debían hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que
había nacido cinco ó seis días antes del en que dieron tormento al
Tapado.


VI.

«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su
diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de San Buenaventura fué
el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla
de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe
de Jesús; pusiéronle José María Francisco _omnium Sanctorum_; asistió la
real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas
las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas
generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San
Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la
marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.

«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego
grandes; hubo mucho concurso.

«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»

Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del
Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros
atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban
á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas
cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y
bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las
músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de
los petardos.

Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los
más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde
sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el
sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al
visitador D. Antonio de Benavides.

El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel
apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más
que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las
hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un
pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos
de la multitud que gozaba.

Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura
mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey
mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el
Santísimo.

La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven
para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre
personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.

En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia
había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á
consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en
un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente
un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de
ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la
colonia?

Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa
usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva
España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una
cosa en verdad llena de misterio.


VII.

Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que
restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la
Audiencia.

Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido
condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una
ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy
concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según
las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir,
el miércoles 14.

En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de
agonía, que son el más terrible de los castigos, y durante ellos hizo
llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una
revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.

Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se
llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y
brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus
ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un
hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.

Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin
sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel
rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á
morir cristianamente.

La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba
hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora
publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á
sufrir.

Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza.
Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de
su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.--¡Jesús
te acompañe!--murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides,
marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de
Acapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.

Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron
el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza:
una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á
Puebla.

En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del
verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido
palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el
espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se
obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.

Un momento después la gran plaza estaba desierta.

El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el
Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo.
Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en
México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío
episodio de nuestra historia colonial.

_Vicente Riva Palacio._



ÍNDICE.


                                                        Págs.

Moctezuma II                                               7

Xicotencatl                                               30

Cuauhtimoc                                                46

Rodrigo de Paz                                            71

Los dos enjaulados (Salazar y Chirino)                    91

El Lic. Vena.--La Sevillana                              108

Alonso y Gil González de Avila                           127

Don Martín Cortés                                        159

Pedro de Alvarado                                        185

La Peste.--Caridad Evangélica                            199

Fray Marcos de Mena.--Primera parte                      211

Segunda parte                                            228

Tercera parte                                            245

La Familia Carabajal.--Primera parte                     265

Segunda parte                                            292

Tercera parte                                            318

Los Treinta y tres Negros                                351

El Tumulto de 1624.--El Arzobispo Pérez de la Serna      369

Don Juan Manuel                                          393

El Tapado                                                410


NOTAS:

 [1] La narración de los últimos días de este infortunado monarca,
 se refiere en este artículo enteramente ajustada á las historias y
 crónicas antiguas.

 [2] La aparición de este cometa que tanto miedo causó á los mexicanos,
 parece que es la que señala Arago en su Catálogo en el año de 1514.

 [3] _Historia de las Indias de N. España_ por Fr. Diego Durán,
 publicada por D. José Fernando Ramírez.

 [4] Fr. Diego Durán.

 [5] Torquemada.--_Monarquía Indiana._

 [6] Prescott.--_Historia de la Conquista._

 [7] Prescott.--_Historia de la Conquista._

 [8] Se ha adoptado para finalizar este escrito la tradición más
 probable de la muerte de Moctezuma, y puede verse en el tomo 10.º del
 _Boletín de Geografía y Estadística_ la disquisición histórica hecha
 por el Sr. D. Fernando Ramírez.

 [9] Fr. Diego Durán.

 [10] Prescott, _Historia de México_; Gomara, Ixtlilxochil, Herrera,
 Camargo.

 [11] Torquemada y Sahagun.

 [12] _Actas del Ayuntamiento de México._--_Año de 1525._
 _Alamán._--_Cabo._

 [13] Los datos están tomados de Torquemada, el padre Cabo, y
 especialmente de la curiosa _noticia histórica_ escrita por D. Manuel
 Orozco y Berra. Algunos de los pormenores se encuentran esparcidos
 en las crónicas antiguas de los conventos; así, en estos estudios no
 hacemos sino animar á los personajes y ponerlos por un instante de
 bulto ante el lector, pero conservando en todo la verdad histórica.

 [14] Alamán, Disertaciones.--Prescott, _Historia de la conquista de
 Nueva España_.

 [15] Cabo, _Los tres siglos_.--Mota Padilla, _Conquista de la Nueva
 Galicia_.--M. S. citado por el Sr. García Icazbalceta en su articulo
 «Alvarado.»--_Diccionario de historia y geografía._

 [16] Este cometa es sin duda el mismo que registra Arago en su
 catálogo bajo el número 32, y que fué observado en 1577 por
 Tycho-Brahe, y calculado por Halley y Woldsted.

 [17] Cabo, _Los tres siglos de México_, libro 5.--Torquemada, pár. 6,
 cap. 23.

 [18] Cabo, _Los tres siglos_. Dávila Padilla, _Historia de los
 dominicanos_. Sahagún, _Historia de Nueva España_.

 [19] Cabo, _Los Tres Siglos_.

 [20] Cabo.--Torquemada.--Vetancourt.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro rojo, 1520-1867, Tomo I" ***

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