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Title: El libro rojo, 1520-1867, Tomo II
Author: Mateos, Juan A., Torre, Rafael Martínez de la, Payno, Manuel, Palacio, Vicente Riva
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro rojo, 1520-1867, Tomo II" ***

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                             EL LIBRO ROJO



                               DE VENTA

                             EL LIBRO ROJO

                                TOMO I


Historia de los grandes crímenes de la Conquista, el Gobierno Virreinal,
la esclavitud y la Inquisición, por Vicente Riva Palacio, Manuel Payno,
Juan A. Mateos y Lic. Rafael Martínez de la Torre, que fué defensor de
Maximiliano. Este libro, fundado del todo en la Historia de México,
produce intensa emoción su lectura.--Indice: =Moctezuma
II.=--=Xicotencatl.=--=Cuauhtimoc=: I, Los tres reyes. II, El sitio y el
asalto. III, El tesoro y el tormento. IV, Los tres ahorcados.--=Rodrigo
de Paz=: I, En el que se refiere quién era Rodrigo de Paz y qué papel
desea peñaba en México. II, De cómo las cosas del Gobierno de la Nueva
España iban mal y de cómo Cortés las puso peores. III, De cómo cinco
enemigos comulgaron con una sola hostia consagrada, dividiéndola en
cinco partes. IV. De lo que hicieron Salazar y Chirino con Zuazo,
Estrada, Albornoz y Paz. V, Refiérese cómo murió Rodrigo de Paz.--=Los
dos enjaulados=: I. El emisario. II, El pregón. III, La arremetida. IV,
Las fieras. V, Dos gotas en el mar.--=La Sevillana=: I, La tempestad. II,
Doña Beatriz. III, El Visitador. IV, La audiencia. V, Los azotes y la
loca.--=Alonso de Avila=: I, Prólogo: la confesión. II, El Marqués del
Valle. III, Los hermanos. IV, El bautismo. V, La orgía y la
conspiración. VI, Los oidores. VII, Los degollados.--=Don Martín Cortés=:
I, La flota. II, De lo vivo á lo pintado. III, El Visitador Muñoz. IV,
El tormento. V, La justicia del Rey.--=Pedro de Alvarado=: I, El
Comendador. II, El capitán. III, Tonatiuh. IV, El Gobernador.
Epílogo.--=Caridad Evangélica.=--=Fray Marcos de Mena.=--=La Familia
Carabajal=: Christi Nomine Invocato. Contra. Abjuración. Declaración del
Secretario Pedro de Mañosca. Auto de fe de 1601. Procesión. Amén: Laus
Deo--=Los Treinta y Tres Negros.=--=El Tumulto de 1624.=--=Don Juan Manuel.=
=El Tapado.=

                  =Ejemplar, rústica=       =$ 1.50=



                             EL LIBRO ROJO

                               1520-1867

                                  POR

                  Vicente Riva Palacio, Manuel Payno,

                            Juan A. Mateos

                     y Rafael Martínez de la Torre

                            AMPLIFICACIONES

                                  DE

                              ANGEL POLA

                                TOMO II

                                MEXICO
               A. POLA, EDITOR, CALLE DE TACUBA, NÚM. 25

                                 1906



Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley



LA FAMILIA DONGO

      Al conde Gálvez imitas,
    Pues entiéndelo al revés,
    Que el conde libertó á tres
    Y tú á tres á la horca citas.

    _Pasquin del año de 1789._


Por renuncia de D. Manuel Flores fué nombrado virrey de México D. Juan
Vicente Güemes Horcasitas y Aguayo, conde de Revillagigedo, segundo de
este título, y muy conocido y popular hasta hoy entre los mexicanos, por
las muchas y enérgicas medidas que tomó para el arreglo de la
administración de la colonia, y por los excelentes reglamentos de
policía que puso en planta, que subsisten actualmente, y que forman la
base de las ordenanzas y de las disposiciones municipales.

Llegó este célebre gobernante á México el 8 de Octubre de 1789, y á poco
se presentó un suceso en que acreditó su actividad y su energía.

Vivía en la casa núm. 13 de la calle de Cordobanes un rico español,
comerciante y propietario, llamado D. Joaquín Dongo. El día 24, á las
siete y tres cuartos de la mañana, se dió parte por el alcalde D.
Agustín Emparan de que la casa se hallaba abierta y tirado en el patio y
nadando en su sangre el propietario de ella. Del reconocimiento judicial
que se hizo, resultó que once personas que componían la familia y
criados, habían sido asesinadas de la manera más cruel y más violenta,
pues todos tenían numerosas heridas y los cráneos hechos pedazos, y que
faltaban veintidós mil pesos que habían sido robados de las cajas.

El conde de Revillagigedo no durmió desde el momento que tuvo noticia
del crimen cometido, y dictó toda clase de providencias, aun las que
menos se pensaba que podrían dar un resultado satisfactorio. Un relojero
de la calle de San Francisco observó en la calle de Santa Clara que de
dos personas decentes que platicaban, una de ellas tenía una gota de
sangre en la cinta del pelo; porque es menester recordar que entonces
los hombres tenían un peinado con trenzas entretejidas con cinta. D.
Felipe Aldama, que era el que tenía la mancha, fué reducido á prisión, y
poco después dos de sus amigos íntimos, D. José Joaquín Blanco y D.
Baltasar Quintero. Los tres eran personas decentes y aun nobles, como en
esos tiempos se decía. El 7 de Noviembre, Blanco, Aldama y Quintero
fueron ahorcados en un tablado tapizado de balleta negra, que se colocó
entre la puerta principal del palacio y la cárcel de corte. Los
machetes y varas de la justicia de que usaron para cometer el crimen,
fueron quebradas por la mano del verdugo.

En un documento que se publicó consta la narración de este horrible
crimen; y como no podríamos añadirle ni quitarle nada sin alterar la
verdad histórica, le copiamos á continuación:

       *       *       *       *       *

Entre cuantos ejemplares de excesos y delitos ha manifestado la
experiencia desde la creación y fundación de esta imperial corte
mexicana, no se ha experimentado otro más atroz, más alevoso ni más
desproporcionado, así por sus cualidades y circunstancias, como por las
extraordinarias disposiciones de la ejecución, que el que sucedió la
noche del día 23 de Octubre de 1789, en esta ciudad, en la calle de los
Cordobanes, en la casa de uno de los republicanos de mejor nota, vecino
honrado de este comercio, prior que fué del real tribunal del consulado,
D. Joaquín Dongo, por tres personas europeas, de noble y distinguido
nacimiento, quienes en un proviso fueron la destrucción suya, y de toda
su familia, sin reserva, limitación ni excepción alguna, robándoles su
vida y hacienda con la mayor inhumanidad.

Es el caso, que el día subsecuente, sábado 24, como á las seis de la
mañana, vió un dragón cerca de su cuartel, en el barrio de Tenexpa, un
coche solo, sin quien lo dirigiese y cuidase; con el que dada cuenta á
su jefe le ordenó éste solicitase á su amo, y no faltando prontamente
quien lo conociese, asegurando ser de Dongo, ni quien por grangear
alguna dádiva ó gratificación le pasase noticia, fué un cochero cerca de
las ocho á participárselo á Dongo; pero encontrando la puerta cerrada
pasó á la de la cochera, y empujándola se le puso á la primera vista el
horrendo espectáculo de Dongo y sus criados cocidos á puñaladas,
sembrados todos por el patio, con lo que retirado inmediatamente llevó
por gratificación aquel asombroso encuentro, que al instante comunicó al
alcalde de barrio de aquel recinto, D. Ramón Lazcano, quien instruído de
ello, pasó á participarlo al Sr. D. Agustín de Emparan, del consejo S.
M., alcalde de corte de esta real audiencia, juez de provincia y del
cuartel mayor número 4.º, comprensivo á dicha casa, quien con su notorio
celo y eficacia, pasó inmediatamente, y por ante D. Rafael Luzero,
secretario del oficio de cámara más antiguo de esta real sala,
procedieron respectivamente al más prolijo reconocimiento de los
cadáveres, á la fé de aquellas atroces heridas, y á la más exacta
observación de cuantos indicios, fragmentos y resquicios podía ofrecer
la contingencia para inferir luces al descubrimiento de los agresores.

Entrados en la casa por la cochera, se encontró á primera vista bajo la
escalera del almacén un xacastle de varias vituallas y trastos de
camino, que según se informó era del indio correo, de la hacienda de
Doña Rosa, propia del difunto, que había de haber salido aquella mañana;
á corta distancia un candelero de plata, á la derecha se reconoció el
zaguán, y la puerta principal que se hallaba cerrada con llave, y en el
suelo unos cordeles delgados del mismo con que parecía estar atados los
porteros. Más adelante, en la misma derecha, como á distancia de dos
varas de la escalera principal, estaba D. Joaquín Dongo, tirado en el
suelo, envuelto en su capa y sombrero, con varias y atroces heridas, así
en la cabeza como en el pecho y manos, y de una de las cuales tenía
separados dos dedos enteramente; la del pecho penetrante hasta la
espalda, y la cabeza abierta de medio en medio, sin hebillas,
charreteras y relox. A sus pies el lacayo, reclinado á la derecha, con
fuertísimas heridas en la cabeza: dividido el cráneo. En la covacha que
está bajo de dicha escalera, se vió en medio de ella tirado boca abajo,
atadas las manos por detrás, al portero jubilado, que le llamaban el
Inválido, revolcado en su sangre, con la cabeza igualmente destrozada.
En la puerta de la bodega el cochero con iguales heridas. En el cuarto
del portero actual, se halló dentro al indio correo, tirado en la misma
forma, con la oreja derecha separada, y destrozada la cabeza. A los pies
de éste, el portero actual, con las manos atadas por detrás, con igual
número y clase de heridas.

Reconocido el segundo patio, sus cuartos y caballerizas, y demás piezas
interiores, no se encontró novedad digna de reparo.

Pasado á reconocer el entresuelo, se encontró en la primera pieza un
baúl descerrajado ó abierto, del que faltaron cincuenta pesos á D.
Miguel Lanuza, cajero y sobrino de Dongo, según éste expresó
últimamente. A la tercera se halló en su cama desnudo á D. Nicolás
Lanuza, padre de dicho cajero, con una fuerte herida, en la cabeza, la
que igualmente le dividió el craneo; otra en la cara hacia el lado
derecho, otra en la mano derecha que en el todo tenía separada, con
otras varias de igual consideración; el que estaba boca arriba con las
piernas encogidas, con una escopeta en la cabecera, inclinada hacia
abajo, en acción de que había intentado usar de ella, y los calzones
encima de la cama, como que los había querido tomar de su pretina.

Entrando en el almacén se encontraron de menos (según se reconoció por
dicho D. Miguel Lanuza) varios papeles de medias, y como nueve mil pesos
que estaban en plata bajo del mostrador. La siguiente pieza se encontró
descerrajada, y aun quebrados los barrotes de la puerta; en medio de
ella unos papeles quemados, los que según se reconoció, eran de marca,
blancos, y una arca ó caja descerrajada, en que había catorce mil pesos
efectivos en plata, y encima de la mesa una vela de cera, que demostraba
haberles servido á los agresores en su empresa.

Habiendo subido á las piezas principales y tomado el camino á la derecha
hacia el pasadizo de la cocina, se encontró á la puerta de ella á la
galopina (que estaba recién entrada, como de quince á veinte años)
tirada boca abajo, con la cabeza igualmente destrozada, en grado que los
sesos se hallaban por el suelo y los cabellos esparcidos, tan bien
cortados que parecía haber sido con tijeras.

En la cocina estaba la cocinera boca arriba, con la cara y cabeza
destrozada. Entrando para las piezas principales, se halló en la
anteasistencia á la lavandera, tirada en la misma forma, con dos
heridas penetrantes en la espalda, otra en el brazo derecho, quebrado y
dividido el hueso, y varias en la cabeza. En la asistencia se encontró á
la ama de llaves en la misma disposición, en el estrado, y con la misma
especie de heridas en la cabeza y brazos. En la siguiente pieza, que es
la recámara, se halló descerrajado el ropero y un baúl de carey y concha
grande. En las salas de recibir no se encontró novedad en el ajuar, que
era de plata, ni en la labrada que andaba suelta. En el gabinete del
difunto se encontraron descerrajados dos cofres, y en el suelo algunos
géneros y calcetas nuevas. Una escribanía abierta con una gaveta menos
que se encontró encima del mostrador del almacén. Reconocida la azotea y
demás interiores de los altos, no se encontró más novedad que unas gotas
de sangre en la escalera que subía á ella, que se supone ser de los
sables ensangrentados con que subirían á registrarla, recelosos de no
haber sido vistos ó sentidos, y asegurarse más para su intento.

En este mismo acto procedieron de orden de su señoría los maestros
profesores en cirugía D. José Vera y D. Manuel Revillas, á la inspección
y reconocimiento práctico de los cadáveres con la mayor prolijidad y
esmero.

Evacuada esta diligencia, mandó su señoría se pasasen los cadáveres de
los criados á la real cárcel de corte, donde fueron conducidos en tablas
y escaleras, por medio de los comisarios de su señoría, á lo que fué
indecible el numeroso concurso que asistió quedando en la casa Dongo y
D. Nicolás Lanuza, los que á la noche pasaron á la iglesia del convento
de Santo Domingo, donde al día siguiente por la tarde se sepultaron,
con asistencia de dos de sus agresores (según se dice).

Inmediatamente se proveyó auto cabeza de proceso, dictándose las
providencias más severas y rigurosas órdenes, expidiéndose en el acto
las cordilleras correspondientes, hasta para caminos extraviados,
previniéndose en ellas las reglas y método con que debían manejarse los
respectivos justicias del Departamento á que se dirigían para su puntual
observancia; oficio al capitán de la Acordada para la solicitud y
aprehensión de los que pudiesen descubrirse culpados: órdenes á los
capitanes de la sala, para que previniesen en todas las garitas lo
conducente, por si pasase ó hubiese pasado alguno ó algunos fugitivos
con carga ó sin ella, los que aprendiesen y dieran cuenta, como de
cualesquiera ocurrencia ó indicio ó presunción que se advirtiese, con
otras varías al caso conducentes. A los hospitales, por si ocurriese
algún herido. A los mesones, para tomar razón individualmente de los que
estaban posando, quiénes, de dónde, con qué fin y destino se hallaban en
esta ciudad, si la noche del suceso habían salido, ó quedádose fuera
alguno de ellos. Al cuartel de dragones, por los soldados que hubiesen
faltado la misma noche. A los plateros con la muestra semejante á la de
las hebillas que faltaban al difunto, por si ocurriesen á venderlas ó
tasarlas. Al Baratillo y Parián por lo que pudiese importar. A las
concurrencias públicas y demás diversiones, por las luces que pudieran
producir. A los alcaldes de barrio y sus comisarios, para que por su
parte practicasen las más vivas y exactas diligencias. A los demás
justicias del distrito, con otras muchas que no tienen número ni
ponderación.

No cesando el infatigable celo de su señoría, con cuantos arbitrios le
dictó la prudencia, procedió, á consecuencia de lo determinado, á la
pesquisa, examinando á los que dieron cuenta del suceso, á los vecinos,
y cuantos se consideraron útiles á la calificación y descubrimiento de
los homicidas.

En este acto se proveyó auto para entregar las llaves á D. Miguel Lanuza
y D. Francisco Quintero, de esta vecindad y comercio, á quien se nombró
de depositario con las debidas formalidades: se sacó el testamento, que
se entregó á la parte de la ilustre cofradía de Nuestra Señora del
Rosario, para que procediese á poner en ejecución las disposiciones del
testador, como su albacea y heredera, y que corriesen los inventarios
por cuerda separada, como asunto civil é incompatible á esta pesquisa.

En el siguiente domingo 25 se examinaron á cuantos amoladores fueron
habidos, por las armas que hubiesen amolado. A los cirujanos que se
encontraron, por los heridos que hubiesen curado. A los vecinos de por
Santa Ana y calle de Santa Catarina Mártir, sobre un coche que se decía
haber pasado la misma noche y hora del suceso, con precipitación, y no
consiguiéndose otra cosa que un mar de confusiones; sin embargo, se
continuaron haciendo muchísimas extraordinarias en ronda, registrando
accesorias sospechosas, cateando casas, vigilando concurrencias,
vinaterías y demás parajes de esta clase, hasta que en este cúmulo de
confusiones, en que el público y su señoría se hallaban, dió Dios á
luz, por un vehemente indicio, á uno de los agresores.

El lunes 26 del mismo ocurrió á su señoría cierta persona de distinción,
denunciándole privadamente: Que el sábado anterior, yendo por el
cementerio de Santa Clara, como á las tres y media de la tarde, se puso
á parlar con un amigo, y que á corta distancia estaba igualmente parado
en conversación D. Ramón Blasio, con una persona que no conoció, á quien
le advirtió en la cinta del pelo una gota de sangre, que aún la
conservaba fresca en aquel acto, y vacilando sobre esto, por si acaso
pudiese ser alguno de los delincuentes, lo había consultado con personas
de juicio y prudencia, con cuyo acuerdo lo participaba á su señoría.

En vista de esta noticia, que tuvo á las cinco y media de la tarde,
mandó inmediatamente por el expresado D. Ramón, relojero de la calle de
San Francisco, quien examinado sobre el particular, dijo: Que el sujeto
con quien había conversado en el cementerio de Santa Clara el sábado
anterior, era _D. Felipe María Aldama y Bustamante_, el que vivía en la
Alcaicería; lo que oído por su señoría, dió inmediatamente orden para
que lo fuesen á aprehender, y habiendo ido el capitán Elizalde, D. Ramón
Blasio y los ministros de asistencia de su señoría, no encontrándolo en
su casa, se mantuvieron ocultos en ella hasta como las ocho y media de
la noche, que llegó con la ronda de la Acordada, diciendo era reo suyo,
pues iba con él, sobre lo que se ofreció disputa y competencia entre
ambos hasta el grado de haber pasado dicho capitán de la Acordada á ver
á su señoría, á cuyo tiempo llegó el señor juez originario, y lo mandó
pasar á la real cárcel de corte, donde quedó á su disposición en una
bartolina, y cuando volvió de ver á su señoría, dicho capitán se halló
con él en la cárcel.

Algunos dicen que iba con Aldama para que entregara á Blanco por
querella de su tía, y otros que iba á catearles la casa por algunos
indicios que tenía sobre este particular.

El martes 27, á las siete y media de la mañana, pasó su señoría á la
real cárcel, donde habiendo puesto entre otros reos decentes, en una
pieza reservada al citado Aldama, hizo entrar al denunciante para
identificar la persona, quien al punto lo conoció y entresacó de todos.

«Recibídole juramento á Aldama y preguntádole sus generales, expresó ser
natural de San Juan Bautista Quesama, provincia de Alava, en el señorío
de Vizcaya, soltero, sin ocupación en aquella actualidad, por estar
siguiendo una incidencia en la causa criminal que se le siguió en la
Acordada, acumulándole un homicidio de que había salido idemne dejándole
su derecho á salvo, de que tenía documento, y que cerca de diez años ha
que había venido al reino, de edad de treinta y dos años, ser noble
notorio hijodalgo, cuya calidad justificaría, y para ello exhibía, un
documento que se le devolvió con reserva de su derecho para que lo
presentase en tiempo oportuno. Preguntado dónde había andado el viernes
anterior, con quiénes y en qué forma, dijo: Que como á las tres y media
de la tarde fué á la plaza de Gallos donde se mantuvo hasta cerca de la
oración, que regresado á su casa llegó á poco rato D. Joaquin Antonio
Blanco, con quien fué á la casa de su tía á reconciliarlo con ella por
cierta desavenencia; que no habiéndola encontrado, se restituyó á su
posada, donde se quedó á dormir Blanco, hasta que á la mañana siguiente
salió á buscar á su tía. Preguntado dónde y cuándo tuvo noticia del
suceso de la casa de Dongo, dijo: Que estando el sábado como á las ocho
de la mañana en la esquina del Refugio con D. Rafael Longo, llegó con la
noticia un galleguito, y hablando con Longo, Aldama le dijo: hombre,
dicen que han matado á Dongo y toda su familia, y que el comercio está
alborotado; que asombrados del caso se separaron los tres, y Aldama se
fué para la Acordada, á participarlo á su capitán. Preguntado con quién
estuvo en la calle de Santa Clara aquella tarde, qué trataron, y adonde
se dirigió después, respondió que con el relojero D. Ramón Blasio, con
quien conversó sobre el suceso de que trata la causa; luego pasó á la
calle del Aguila á la casa de Quintero, y no encontrándolo se pasó á los
Gallos. Héchosele cargo sobre la mancha de sangre que tenía la cinta del
pelo, que reconoció, dijo: Que como iba á los gallos donde los que
mataban solían para sacarlos pasarlos por las cabezas de los
concurrentes, no ponía duda en que le hubiese caído alguna gota.
Preguntado de qué se mantenía con la decencia que se advertía, dijo: que
de las libranzas que le mandaba de Querétaro su primo el marqués del
Villar del Aguila, y otros sujetos que le prestaban; que desde el último
Junio había recibido más de mil y seiscientos pesos por mano de D.
«Joaquín Antonio Yermo, á más de que de «los gallos solía adquirir
algunos reales.»

Para la justificación de si había dormido el viernes en su casa con
Blanco, hizo su señoría comparecer á la criada cocinera de Aldama y á su
hermana María Guadalupe Aguiar, quienes preguntadas si conocían á Blanco
dijeron que con motivo de visitar á su amo lo conocían; el que había
dormido el sábado y domingo de la semana anterior en su casa. Que su amo
Aldama estaba pronto á sus horas, en especial de noche; que la del
viernes no salió, y á pedimento de ellas había estado tocando en flauta
hasta muy tarde que se durmieron. Que el sábado se recogió temprano y
que el domingo en la noche se había ido á la comedia.

«En virtud de la cita hecha á Blanco se libró oficio al juez de la
Acordada, para su remisión, al que habían aprehendido la misma noche que
á Aldama en una vinatería, por la dicha queja de su tía, el que habiendo
comparecido se le tomó su declaración inquisitiva, en la que expresó
llamarse Joaquín Antonio Blanco, natural de la villa de Segura,
provincia de Guipuzcoa, soltero, de edad de veintitrés años, sin oficio;
y examinado acerca de dicha cita discordó en ésto, diciendo que había
dormido la noche del viernes á casa de su tía; en cuyo acto se careó con
Aldama y las criadas de su casa, y al cabo de varias disputas hubieron
de convenir todos en que ambos habían dormido aquella noche en la casa
de Aldama, diciendo Blanco que había discordado falsamente, consternado
de que no se le atribuyese algún delito por la falta de su tía, la que
no se «encontraba en su casa; en cuya virtud se restituyó á la
Acordada.»

El día siguiente 28, se proveyó auto para el embargo de la hacienda de
Doña Rosa, y comparecencia de su administrador en esta ciudad, cuyo
despacho se expidió por la estafeta del día.

«El día 29, en prosecución de la pesquisa y con noticia de ser D.
Baltasar Dávila y Quintero, uno de los amigos de Aldama, lo hizo
comparecer por medio del sargento mayor de la plaza, quien expresó
llamarse como dicho es, natural de la isla del Hierro en las de
Canarias, capitán de mar y subteniente de milicias provinciales de dicha
isla: quien preguntado por el conocimiento de Aldama, y si el viernes
había estado con él, respondió conocerle, y que en efecto, el citado día
fué á visitar al declarante que estaba enfermo en cama, entre cuatro y
cinco de la tarde, de suerte que no salió de ella en todo aquel día, ni
en la noche. Preguntado de qué se mantenía, respondió: que á expensas de
la caridad de D. Jacinto Santiesteban y D. Manuel Pineda, quienes le
habían hecho varios suplementos, como constaría de su libro. Preguntado
si conocía á D. Joaquín Dongo, ó tenía noticia del suceso y de sus
agresores, dijo: Que ignoraba enteramente la pregunta, y que aunque se
hablaba con mucha variedad de los agresores, el declarante no podía dar
razón por no concurrir á las mesas de trucos, ni juegos públicos, donde
solían tratarse asuntos de esta naturaleza, recogiéndose como se recogía
á su casa á las siete de la noche. Preguntado si el sábado por la mañana
salió de su casa á comunicar á Aldama, ó éste fué á visitarlo, ó
practicó alguna diligencia que le hubiese encomendado, dijo que no hacía
memoria, aunque una mañana que no tenía presente, lo encontró y le había
dicho se llegase á la vinatería de la Alcaicería y dijera á su dueño que
fuera á su casa de Aldama que quería hablarle.» En este estado
habiéndose hecho comparecer á D. Ramón Garrido, administrador de la
referida pulquería, se examinó sobre la cita y expresó «que el sábado 24
(día en que amaneció la desgracia) á las seis y media de la mañana, le
llevó Quintero recado de Aldama, diciéndole le llevase una libranza que
tenía en su poder para que le diese los cincuenta pesos en que la tenía
empeñada, con una capa blanca con galón, que inmediatamente pasó y
saliendo á recibirlo al medio de la sala, ya con los cincuenta pesos en
la mano, se los dió, y lo despidió, observando estaba vistiéndose de
limpio: preguntado dónde había vivido aquellos últimos días, y dónde al
presente, respondió que en la calle de la Aguila, en un cuarto interior,
y para componerlo se había pasado á la accesoria de la misma casa, y
habría como quince días que volvió al referido cuarto (constando de la
casera que aquella misma noche había vuelto al dicho cuarto), diciendo
tenía miedo no lo mataran en la accesoria por robarlo.»

En vista de tan claras y manifiestas contradicciones, le tomó su señoría
la espada, y lo mandó aprehender por medio de un piquete de soldados que
tenía prevenidos, quienes habiéndolo atado le registraron las
faldriqueras, y le encontraron veinte pesos en un pañuelo: con este
hecho lo bajaron públicamente como á las diez del día á la real cárcel
de corte, y en seguida su señoría,

«Estando en dicha real cárcel, á efecto de continuar la declaración de
Aldama, sobre los nuevos particulares que había ofrecido una mera
contingencia, lo hizo parecer ante sí, quien sin embargo de las
exquisitas y estudiosas preguntas que le hizo, para venir á dar al
objeto del desempeño de la capa y libranza; contestó categóricamente
Aldama con el mayor desenfado, concordando en lo declarado por el
cajero: diciendo, que los cincuenta pesos había pagado de más de ochenta
que había ganado en los gallos, como lo podrían declarar los
encomenderos Villalba y Peredo, los que examinados aseguran haber ganado
como diez y seis ó veinte onzas: pero que al fin salió perdido, y aunque
en la ganancia de este dinero hubo algunas variaciones, con un genio tan
astuto y vivo, al instante persuadía, y quería hacer ver lo contrario.

«En este estado trajeron la dicha capa blanca que estaba en su casa, y
un sombrero negro salpicado de sangre, con una gota de cera en la orilla
del casco; y puéstoselo de manifiesto, lo reconoció todo por suyo, y
héchosele cargo de aquella sangre, dijo; que como había ido á la
procesión de desagravios á San Francisco en que había habido azotados de
sangre, lo habían salpicado, y aun en la cara le habían caído dos gotas
que con la mano se limpió, sobre que se le hicieron fuertes cargos, y se
mantuvo con su dicho. Igualmente se le hizo otro acerca de la gota de
cera, por haberse alumbrado en la facción de los homicidios y robo con
vela de cera, dijo: que como había ido á alumbrar al Señor de la
Misericordia el día de la ejecución de Paredes en la Acordada, y como
era natural ir con el sombrero en la mano y la vela ardiendo, le cayó la
que se le demostró, como otras muchas en la capa que se había quitado el
mismo día, con una cuchara con una brasa, por no tener plancha.
Reconvenido por su señoría por una mancha de sangre que le advirtió,
como medio peso, en el terciopelo de la vuelta de la capa que tenía
puesta, dijo que era de las narices, como lo acreditaba con el pañuelo
que tenía en la bolsa, que igualmente estaba ensangrentado; y á mayor
abundamiento, para mejor prueba, fuesen á ver debajo del petate de la
bartolina donde estaba su colchón, la porción que había vertido de las
narices el día anterior.»

En este estado se suspendió la diligencia.

Inmediatamente el señor juez, en vista de las contradicciones de
Quintero, de las mutaciones que le advirtió en el semblante y la
ambigüedad con que declaraba y se retractaba. En seguida mandó se
reconociera la accesoria en que había vivido y el cuarto que en la
actualidad tenía interior.

Pasado inmediatamente su señoría y el escribano actuario, acompañados
del capitán Elizalde y los comisarios extraordinarios de su asistencia;
se reconoció la puerta de la accesoria que estaba manchada de sangre,
asegurando los reos no haber habido motivo para que la hubiese, pues
ninguno salió herido ni llevaron cosa que la manchara, y abierta ésta,
se encontró descombrada sin trasto alguno, y levantándose á mano derecha
al pie de la ventana la primera viga, se percibieron las talegas, y
levantadas todas, se hallaron 21,634 pesos un real efectivos, inclusos
ochenta que había con otra porción en un pañuelo. Un envoltorio en otro
pañuelo con siete pares de medias de seda, cuatro pares de calcetas,
cuatro camisas, una usada y tres nuevas, y una pieza de saya-saya
carmesí; en una bolsita de mecate se hallaron las hebillas y charreteras
del difunto, dos rosarios y un reloj de plata antiguo, lo que, sacado
públicamente, se pasó á reconocer el cuarto interior y levantando sus
vigas, no se encontró novedad alguna debajo de ellas; pero sí en la
ropa, pues se encontró un chupín rociado de sangre, dos sombreros
manchados de lo mismo, que después se verificó ser uno de Quintero y el
otro de Blanco; tras de la puerta, á mano derecha, estaba una tranca
gruesa con muchas señales de tajarrazos con machete ó sable amolado,
como que en ella habían hecho experiencia y prueba de su corte ó
fortaleza. Un belduque bajo un colchón. Todo lo cual se condujo en un
carro al real palacio, custodiado de soldados, con más, unas medias de
color gris ensangrentadas que estaban debajo de las vigas de la
accesoria; y depositándose en cajas reales el dinero, lo demás se pasó á
la sala de justicia para el reconocimiento y convencimiento de los reos,
á quienes al instante se les puso un par de grillos más.

Como á las cuatro y media de la tarde del mismo jueves se procedió á
tomar confesión á los reos, previo el auto correspondiente, que se
proveyó, y nombramiento de curador á Blanco por ser menor, el que se
hizo en D. José Fernández de Córdoba, procurador del número de esta
real audiencia.

Habiendo su señoría hecho comparecer á Quintero, le recibió el juramento
de estilo y generales acostumbradas, y héchosele el fuertísimo cargo de
lo que resultaba y ministraban los autos sobre ser el agresor principal
de los homicidios de Dongo y su familia, contestó con gran resolución:
que no sabía quiénes fuesen, y mucho menos que él tuviese el más mínimo
participio ni complicidad en ellos: y puéstosele de manifiesto las
alhajas y ropa robada, demostrándosele cosa por cosa, se le preguntó si
las conocía: dijo que no conocía nada; se le reconvino que si conocía
tantas talegas que se habían sacado de debajo del envigado de su
accesoria, y quería verlas: dijo que no sabía ni conocía cosa alguna.
Preguntándole que si conocía el chupín, el belduque, los sombreros, la
tranca y demás que se encontró en un cuarto, dijo: que sólo eso conocía
por suyo, pero que lo de la accesoria no sabía, y algún enemigo, por
hacerle daño, lo introduciría en ella; héchosele cargo de la sangre que
tenía el chupín, dijo: que eran polvos que tomaba y expelía por las
narices. Héchole cargo sobre la tranca y sobre su negativa en caso tan
físico y palpable, el que se le iba formando con la mayor severidad,
dijo en este acto: «Señor, ya no tiene remedio; no quiero cansar más la
atención de V. S., pues Dios lo determina y me han hallado el robo en mi
casa: ¿qué tengo de decir sino que es cierto todo? Que me alivien las
prisiones ya que he dicho la verdad: fuerza es pagar. Aliviándole éstas,
le preguntó su señoría quiénes eran los cómplices, cuántos, dónde
vivían, y cuanto condujo al caso. Respondió que D. Felipe María Aldama y
D. Joaquín Antonio Blanco, que estaba preso en la Acordada, quienes lo
habían insistido á tal desastre, y como necesitado y frágil había
accedido á tan horrendo delito; que aunque se recató, no lo pudo
conseguir, pues lo vituperaron y trataron de un collón; que viéndose
precisado, hubo de entrar en la casa en su compañía, á las ocho y media
de la noche del viernes 23, haciendo Aldama de juez, con el bastón del
confesante, el que le tomó al tocar la puerta; que habiéndole
respondido, dijo: _abre_, y empuñando el bastón, se metió con Blanco, y
el confesante se quedó cuidando la puerta: que no había hecho muerte
alguna: que ellos podrían dar razón, pues no quiso ver aquella
atrocidad, porque se le partía el corazón, y suplicaba que respecto á
que sabía que había de morir presto, se le diese término para
disponerse, dándole la muerte conforme á su ilustre nacimiento, lo que
haría constar. Héchosele las demás preguntas conducentes, dijo que los
otros lo declararían por extenso.

Habiéndose hecho inmediatamente comparecer á Aldama, puesto ante su
señoría con un semblante modesto y compasivo, tiró la vista hacia todos,
y con un tierno suspiro, dijo: señor; ya ha llegado el día de decir las
verdades; y compungido con lágrimas del corazón, significó que la
fragilidad y la miseria humana lo habían conducido á tan horrendo
sacrificio, estimulado de su necesidad, ya violentado y estrechado de
sus acreedores, ya de sus escaseces, tan extraordinarias, y ya de lo
principal, que fué su triste y desgraciada suerte; y pues para Dios no
había cosa oculta, y era su voluntad pagase sus atroces delitos, estaba
pronto á declarar cuanto ocurrió en el caso.

Recibídole juramento en forma de derecho, y héchole las preguntas
acostumbradas acerca de sus generales, que reprodujo, se le formó el
riguroso cargo que ministraban los autos, y el cuerpo del delito acerca
de los homicidios, y robo de Dongo y su familia, á efecto de que
expresase quién promovió el proyecto, entre cuántos, qué día, en qué
disposición, con qué armas, y en qué lugar; con lo demás que se tuvo por
conveniente para la aclaración de tantas dudas y confusiones, en cuya
vista dijo: Que había un mes que estrechado Quintero de sus indigencias
y necesidades, le propuso el pensamiento de que, siendo D. Juan Azcoiti
hombre de conocido caudal, y sólo podían matarlo y quedar remediados; á
lo que resistió bien por su honor, y por estar muy distante de este
pensamiento, contestándole ásperamente sobre que pensase en otra cosa.
Que al cabo de pocos días insistió con dicho pensamiento, y ya más sagaz
le contestó que lo pensaría, con la intención de no hacer aprecio y
prescindir de ello. Que vuelto tercera vez á insistirlo, le dijo: que no
había de quién fiarse, pues él no se valía ni de su padre; y
proponiéndole Quintero inmediatamente á un primo suyo, quedó de verlo
para el efecto; y habiéndolo solicitado, y sabido que estaba ausente en
destino, le propuso á Blanco, quien le dijo estaba recién venido de
presidio, y como quiera que había servido á Azcoiti, era más á propósito
para el caso, á lo que creía no se excusaría; que le contestó lo viese
en hora buena. Que habiendo caído malo el confesante, fué á visitarlo
Quintero, llevando ya á Blanco, y al entrar le dijo: vé á quien te
traigo acá: ahora le puedes decir lo tratado, á que le contestó Aldama:
hazlo tú si quieres, que yo no estoy para eso; á poco rato se fueron:
recuperado Aldama ya de su enfermedad pasó á ver á Quintero, donde halló
á Blanco á quien había hablado ya Quintero, y tratando del asunto entre
Aldama y Quintero, acabaron de seducir á Blanco; y habiendo determinado
el pasar á verificar su intento, vieron ocupadas las piezas vacías con
una familia que vino de fuera, con lo que se les frustraron sus
proyectos. Y puesto inmediatamente el pensamiento en Dongo entre los
tres, ofreció Aldama el instruirse de la casa, diciendo Blanco que tenía
más de trescientos mil pesos en oro, con lo cual salían de penas: que al
día siguiente fué Aldama á ver á Dongo con el pretexto de que le
vendiese una poca de haba, con lo que observó la poca familia que le
parecía tenía, y convenidos todos, quedaron de acuerdo para acecharlo en
sus entradas y salidas de noche, á ver cómo y con quiénes salía, y cómo
volvía: que el miércoles 21 del mismo Octubre dió Aldama cinco pesos á
Quintero para que comprase y dispusiese las armas con que habían de ir;
quien compró dos machetes de campo, uno de más de tres cuartas, que
llevó Quintero; otro más mediano que llevó Aldama, y otro más chico que
llevó Blanco, los que amolaron por la calle de Mesones: que á la noche
fueron á observar la primera salida de Dongo, y no aguardaron á que
volviese: que á la siguiente noche del jueves fueron y estuvieron hasta
que regresó á las nueve y media Dongo. Que instruídos ya en la forma que
salía y entraba, determinaron asaltarlo á la siguiente noche del
viernes: que en efecto fueron dicha noche como á las ocho y media, y
tomando Aldama el bastón de Quintero, tocó la puerta, y respuéstole
quién era, respondió: _Abre_; y habiendo abierto el portero jubilado ó
inválido, le dijo: ¿tú eres el portero? le respondió éste: no, señor;
está en el entresuelo dando de cenar á D. Nicolás: pues llámalo; y
entrando para dentro, lo esperó que bajase, y estando presente, le dijo:
_Pícaro_, ¿qué es de los dos mil pesos que has robado á vuestro amo? y
sin aguardar respuesta, lo mandó atar por detrás, y meterlo en su mismo
cuarto, donde puso á Blanco que lo guardase; y volviéndose al inválido,
le dijo: Y tú, ¿qué razón das de este dinero? Ata á este también, y en
la misma forma lo metieron en la covacha, donde puso á Quintero de
guardia, y revolviendo al zaguán, tomó al indio correo del brazo, quien
estaba en compañía del inválido, y lo pasó al cuarto del portero, donde
estaba Blanco, y entre ambos mataron al indio y al portero, en tales
términos y con tal prontitud, que no dieron una voz: de ahí pasaron á la
covacha, donde estaba Quintero con el inválido, y examinando á éste
sobre la demás gente que había arriba, entre Aldama y Quintero lo
mataron en la misma forma: que luego pasaron al entresuelo Aldama y
Quintero, dejando á Blanco cuidando la puerta, para que avisase de
cualquiera contingencia, y entrando con la vela en la mano, saludando á
D. Nicolás; ya que se vieron cerca, le habían acometido ambos á un
tiempo, y dejándolo muerto, pasaron al instante á las piezas superiores,
y preguntando á las criadas: hijas, ¿cuántas son udes? con sencillez les
respondieron ser cuatro, y entonces se volvió Aldama á Quintero, y le
dijo: vd. meta á esas mujeres en la cocina, y custódielas, inter yo las
voy examinando una por una. Que inmediatamente las metió Quintero en la
cocina, y quedó en la puerta de ella custodiándolas: entonces tomó el
confesante á la ama de llaves de la mano, y se la llevó á la asistencia,
donde la mató: que inmediatamente volvió por la lavandera, y en la
anteasistencia la mató; y habiendo vuelto, le dijo á Quintero: dos han
quedado: una tú, y otra yo; y tomando el confesante á la galopina, y
Quintero á la cocinera, las dejaron en el puesto con la mayor crueldad.
Que acabada esta facción bajaron al zaguán á incorporarse con Blanco
para aguardar á Dongo, donde se estuvieron sentados hasta después de las
nueve y media que oyeron el coche que se acercaba á la puerta; que
entonces se pusieron tras de ella y la abrieron cuando llegó, á
semejanza del portero, y apeándose del coche, éste entró con su lacayo
por detrás con una hacha en la mano, y se le apersonó el confesante,
diciéndole con el sombrero en la mano: «_Caballero, vd. tiene su lugar;
dispense el atrevimiento que se ha tenido de perder los respetos á su
casa._» Súbase vd. con estos caballeros, que yo tengo que hacer con los
criados de vd., y echando mano al lacayo, le contestó el caballero
urbanamente; pero al subir la escalera debió de recelar, por ver los
cuartos cerrados donde estaban los difuntos, y haciendo que metía mano,
lo mataron entre Quintero y Blanco; y viendo el confesante que ya
estaban matando á Dongo, mató él al lacayo que tenía de la mano: en este
intermedio dió vuelta el coche, y el confesante fué á abrir la cochera
para que entrase, y luego que entró cerró la puerta, y estando en esto,
ya los otros habían bajado de las mulas al cochero, y entre todos tres
lo mataron y fueron á esculcar al difunto; le sacaron las llaves de la
bolsa, un rosario, el reloj, hebillas y charreteras de oro, de que no
supo el confesante. Que habiendo subido arriba, habían tenido mil
aflicciones para ver dónde venían; que encontrando en el gabinete una
escribanía, le hizo una de ellas, de donde sacaron una gabeta con las
del almacén; que descerrajaron un ropero y varios cofres, de donde sólo
tomaron la ropa que se les encontró, lo que no había sido con su
consentimiento. Que habiendo bajado al almacén, no encontrando el oro
que buscaban, tomaron nueve talegas que estaban bajo del mostrador y
unos cuantos papeles de medias nuevas. Que de ahí pasaron á descerrajar
la pieza siguiente, en la que quemaron los papeles de las medias porque
les abultaban, y comenzando á tomar el pulso á las cajas que había,
viendo que entre todas una pesaba más, la descerrajaron y sacaron
catorce mil pesos, sin tocar la de las alhajas de su mujer, ni una
fortísima de hierro que no pudieron descerrajar. Que puesto el dinero
sobre el mostrador, de allí lo bajaron al coche, y montando de cochero
Aldama, con gran trabajo, por no poderlo retroceder ni sacar, por ser
difícil aun á los de profesión, como por la gran carga que llevaba, el
que cimbró de tal modo, (que expresó) que sueños de bronce que hubieran
tenido los vecinos, se hubieran alborotado sólo del estruendo que hizo
al salir, y que de un viaje lo condujeron todo después de las once, por
la calle de Santo Domingo, á torcer por la de los Medinas hasta la
accesoria de Quintero, donde bajaron la carga dejando á Quintero con
ella, y el confesante y Blanco fueron á dejar el coche por Tenexpa; y
aunque el primero quería llevarlo por Santa Ana, no quiso Blanco, por
decir que arriba había guardas y podían ser conocidos; que dejado el
coche, arrojaron en el puente de Amaya dos de los machetes, y regresados
en casa de Quintero, tomaron una talega que tenía cuatrocientos pesos, y
distribuidos entre los tres, les cupo como á ciento y treinta pesos, que
tomaron para sus prontas urgencias, y el demás dinero, alhajas y ropa,
metieron debajo de las vigas; luego se retiró el confesante con Blanco,
y al pasar por el puente de la Mariscala tiraron el otro sable que les
había quedado, y de ahí pasó el confesante á dejar á Blanco á su casa,
quien vivía por el Salto de la Agua, en casa de su tía, y no
encontrándola en casa se fueron para la del confesante. En el camino le
dijo Blanco que allí llevaba el reloj de oro del difunto, y habiéndolo
corregido seriamente hizo lo echara en el caño de la agua de la esquina
de la Dirección del Tabaco. Llegados á la casa del confesante se
acostaron, diciendo en la casa que habían ido á un baile. Que al día
siguiente mandó sacar sus prendas, como tiene dicho, y á las nueve llevó
la noticia á la Acordada, y después se fué á los gallos. En este estado
y respecto á que sabía breve había de morir, suplicaba rendidamente á
la justificación de su señoría se sirviese, con atención á la nobleza
notoria de su estirpe, se le diera la muerte correspondiente, no por él,
pues merecía morir tenaceado y sufrir cuantos martirios se imaginasen,
sino por su pobre familia; y mandádose retirar por ser las nueve de la
noche, suplicó se le llamasen unos padres del colegio de San Fernando,
para que lo fuesen disponiendo á su muerte, lo que así se le ofreció y
cumplió.

Inmediatamente mandó su señoría que los capitanes de esta real sala
fuesen á sacar los machetes y reloj, que expresó Aldama haber echado
Blanco en el caño referido.

En virtud de orden de su señoría se mandó por Blanco á la Acordada,
quien hasta esta hora llegó, y estando presente ante su señoría, previo
el mismo juramento, se le hizo cargo de sus delitos, quien sin embargo
de haberle puesto todo el cuerpo del delito de manifiesto, negó,
diciendo no saber de tal cosa ni haber incurrido en semejante atrocidad;
que si lo creía su señoría de él; que si fuera cierto lo confesara, como
había confesado en la Acordada cuando robó á su amo: en esto se mantuvo
hasta cerca de las once de la noche que se mandó retirar, sin embargo de
los foertísimos cargos y convencimientos que se le hicieron.

Al siguiente día viernes se hizo comparecer á Quintero, en virtud de la
discordancia que hubo entre él y Aldama, sobre haber sugerido éste á
aquél, y aquél á éste, y estando puestos rostro á rostro, previo su
juramento, se les hizo cargo de las discordancias de sus deposiciones en
esta materia, y de los homicidios; á que contestó Quintero: que era
cierto que él había sugerido y propuesto el pensamiento á Aldama: que
era cierto cuanto decía, y que él también mató al igual de todos, y
dudoso sobre si él había propuesto primero el pensamiento á Blanco y
Aldama; que quería disponerse, para lo cual quería también padres de San
Fernando, lo que se le cumplió.

A este acto se hizo comparecer á Blanco, y puesto (previo nuevo examen
que se le hizo) rostro á rostro, se le hizo cargo de su negativa, quien
ratificándose en ella, lo comenzaron á persuadir dijese la verdad, que
perdía tiempo, el que era muy precioso: que qué tenía que negar á una
cosa tan palpable como aquella: que no había de tener más resistencia
que ambos, y viéndose convencidos declararon la verdad: que viera sus
mismas medias ensangrentadas, con que le hacían cargo: que de todos
modos había de ser lo mismo; con otras muchas expresiones de esta
naturaleza, sin embargo de las cuales insistió en su negativa.
Recibídole declaración á la tía de Blanco, sobre con qué medias había
salido de su casa, expresó que con unas de color de gris, que son las
mismas ensangrentadas; y habiéndose hecho comparecer á ésta, luego que
se le puso delante, dijo: No es necesario, todo es cierto: yo los
acompañé y cometí los mismos delitos, y me remito en todo á la
declaración de Aldama. Que le trajeran padres, que quería confesarse y
disponerse, lo que también se le cumplió; y todos unánimes y conformes
reconocieron las armas que se les pusieron delante, y dijeron ser las
mismas que fueron la destrucción de todos; con lo que se suspendió el
acto de la diligencia.

En la misma tarde, como á las cuatro, hubo acuerdo extraordinario, con
asistencia de los señores regente y fiscal, que duró hasta después de
las once de la noche, en el que se determinó se recibiese á prueba por
tres días, en los cuales se ratificaron los reos y los testigos
sumarios; se entregasen los autos dentro del oficio al Lic. D. Manuel
Navamuel, á quien se nombró defensor por veinte horas, y concluidas se
pasasen al relator.

En la misma hora se hicieron las citaciones correspondientes, y al día
siguiente se comenzaron á ratificar los testigos, y como á las diez y
media los reos respectivamente, en que añadió Blanco que Quintero lo
había seducido, y Quintero se mantuvo en su duda anterior.

El lunes 2 de Noviembre produjeron los reos sus pruebas sobre la
identificación de sus ejecutorias de nobleza, con tres testigos cada
uno.

El mismo día se presentó escrito por el defensor, sobre que le
permitiese ver los autos en su casa, á lo que habiéndose accedido,
ratificados los cuarenta y seis testigos, se le pasaron los autos por el
capellán Elizalde, el mismo lunes á las nueve y media de la noche en que
se cumplieron los tres días, y le empezaban sus veinte horas. El martes
á las siete y media, que se le cumplieron, pasó dicho Elizalde por ellos
y los condujo al relator por sólo aquella noche.

En este estado declaró Aldama en descargo de su conciencia, que la
muerte que se le acumulaba, y por la que había estado preso en la
Acordada, de un mulato, criado de Samper, era cierta, y que él la había
hecho por robarle dos mil pesos de su amo, los que en efecto le quitó,
al que arrastró y echó en una cueva de mina vieja, yendo él mismo al
reconocimiento del cadáver cuando le dieron la denuncia, como teniente
general que era de aquella jurisdicción de Cuautla de Amilpas.

Y Quintero expresó haber hecho una muerte en Campeche á un pasajero, á
quien le robó seiscientos pesos, lo que también declaró en descargo de
su conciencia.

A las ocho de la mañana del día miércoles se comenzó á relatar la causa
y se siguió á la tarde, con asistencia del señor regente, el señor
fiscal y los reos, cuya relación se concluyó después de la oración,
finalizando el relator Echeverría con las causas de Aldama y Quintero,
de que se le hizo cargo y vinieron de la Acordada.

Relatada la de Blanco, resultó que el año de 87 se procesó en aquel
tribunal por cinco robos que ejecutó en compañía de D. Juan Aguirre su
paisano y cajero que fué de la vinatería de D. Manuel Pineda, en la casa
de Azcoitia, donde servía también de cajero dicho reo, extrayéndole más
de tres mil pesos, y cinco que hizo en Guanajuato, en la tienda de su
amo Alemán; el uno de varias ropas y los otros dos de reales hasta
seiscientos pesos, lo que resultó justificado, por lo que fueron
condenados á ocho años de presidio en Puerto Rico, y que de allí fuesen
conducidos bajo partida de registro, á la casa de contratación de Cádiz,
de donde se dirigieran á los lugares de su origen: que indultado éste
por el Excmo. Sr. Flores, se vino á esta ciudad desde San Juan de Ulúa,
donde desertó.

Por el expediente pasado, con oficio de 2 del corriente, por el Excmo.
Sr. virrey, se advierte hallarse Quintero, por decreto de la misma
fecha, declarado no gozar fuero alguno de guerra, cuya declaración fué
expedida de resultas de la instancia que en el superior gobierno seguía
sobre goce y restitución del fuero militar, de que se había antes
despojado, por la causa que se le siguió en la Acordada, á querella de
la viuda de su primo, quien le imputaba haberle extraído como cuatro mil
pesos, en la que tuvo absolución de la instancia en 13 de Mayo último, y
fué puesto en libertad con reserva de su derecho.

Después de dicha relación informó el abogado de los reos muy
sucintamente, en que pidió que conociendo los graves delitos de los
reos, ya que en el estado presente por lo mismo eran dignos de
compasión, se mirasen con piedad y se les aplicase la muerte con
atención á las circunstancias de su nacimiento, fundando la menos culpa
y complicidad de Blanco, por lo que, y por su menor edad, era digno de
más indulgencia.

Después siguió el señor fiscal, quien sin embargo de no haberle pasado
los autos ni tener más instrucción de ellos que la relación que se hizo
por el relator, hizo una oración de las más prolijas y exquisitas, en la
que concluyó pidiendo, que respecto á los extraordinarios delitos de los
reos, á su gravedad y circunstancias, merecían extraordinarias penas y
un castigo ejemplar, por los cuales habían perdido el goce y fuero de
sus privilegios; pero atendiendo á ciertas leyes y á la probanza que de
su nobleza habían dado, condescendía «en que se les diese garrote
saliendo de la cárcel, y el verdugo delante con el bastón y armas con
que cometieron los delitos, y siendo regular ser una de las calles
acostumbradas la en que vivía Dongo, el pasar por ella, los entrasen por
la puerta principal, y estando un rato en ella saliesen por la cochera,
por donde salieron triunfantes con el robo, salieran á pagar con sus
vidas; que llegados al patíbulo, puestas en alto las armas y bastón al
tiempo de la ejecución, verificada ésta, se destruyeran en el mismo
tablado y que se mantuviesen los cadáveres por tres días en el suplicio
para escarmiento y desagravio de la vindicta pública.»

Por ser ya las ocho de la noche no se votó, y se reservó para el jueves
siguiente, en el que se pronunció la sentencia, que relativamente es la
siguiente: «Hecha la relación acostumbrada de los excesos y delitos de
los reos, hallaron que eran de condenar, y condenaron, á que de la
prisión en que se hallaban saliesen con ropa talar y gorros negros, en
mulas enlutadas, á son de clarín y voz de pregonero que manifestase sus
delitos, por las calles públicas y acostumbradas; y llegados al suplicio
se les diese garrote poniendo el bastón y armas á la vista del público,
y verificada la ejecución se destrozasen y rompiesen por mano del
verdugo, separándoseles las manos derechas: que se fijasen dos en dos
escarpias donde habían cometido los homicidios, y la otra donde se halló
el robo, en la parte superior de la pared, todo con ejecución, sin
embargo de suplicación y de la calidad; y que el dinero depositado y
demás del robo se entregara á la parte de la archicofradía heredera,
como se ejecutó, y esta sentencia fué dada, presente el señor fiscal.»
De la que dada parte á S. E. á las doce de este día, en su consecuencia
pasó el escribano Lucero á la primera pieza del entresuelo de la cárcel,
y haciéndolos traer á su presencia se las hizo saber y notificó: quienes
postrados de rodillas la obedecieron conformes, y asistidos de los
padres fernandinos y del rector de las cárceles Br. D. Agustín
Montejano, pasaron á la capilla, quien les hizo las mayores
exhortaciones de consuelo y conformidad, y postrados ante el altar
hicieron una deprecación la más tierna y lastimosa, de donde tomaron sus
respectivos lugares, que abrigaron con biombos.

En estos tres días se dispuso el cadalzo ó tablado, en medio de la plaza
principal del real palacio y la de la cárcel, con el alto de más de tres
varas, diez de largo y cinco de ancho, todo entapizado y guarnecido de
bayetas negras, hasta el piso y palos.

El día sábado, 7 de Noviembre, entró el teniente de corte y demás
ministros de justicia, y tras ellos los hermanos de la caridad, quien
les dijo: Ya es, hermanos, la hora de ver á Dios; y levantándose se
arrodillaron delante del altar, y auxiliados á gritos pidieron
misericordia, haciendo muchos actos de cristiandad, y puéstoles los
hermanos las ropas fueron acompañados de muchas personas eclesiásticas y
condecoradas, y trepa, por las calles acostumbradas, hasta el suplicio:
subiendo primero Quintero, como capitán de ellos, se colocó en el palo
de en medio, Aldama en el derecho y Blanco al izquierdo. Se quebraron
las armas y bastón, cuya ejecución se concluyó á la una de la tarde,
durando á la vista por orden superior hasta las cinco que se pasaron á
la real cárcel, y separadas las manos derechas se fijaron como se mandó,
las que se quitaron el jueves 17 del mismo año, y con los hábitos de San
Fernando se amortajaron y depositaron en la capilla de los Talabarteros,
hasta el siguiente domingo que los hermanos de la Santa Veracruz en su
parroquia hicieron un decente entierro con misa de cuerpo presente, que
cantaron los fernandinos, y costó doscientos veintisiete pesos.

Este fué todo el infeliz suceso de los desgraciados agresores de Dongo y
su familia.

_Per misericordiam Dei, requiescant in pace. Amén._

       *       *       *       *       *

Al concluir este artículo debemos llamar la atención de nuestros
lectores. El crimen que se ha referido fué, como se vé, cometido por
tres españoles, de una condición y clase no común. En ochenta años que
van transcurridos no se ha vuelto á perpetrar en la capital otro
atentado tan atroz de que sea víctima una familia entera. Esto da una
idea del carácter de las gentes que habitan la capital, entre las que no
podemos negar que haya algunas de costumbres bien depravadas; y
demuestra también que la civilización, aunque lentamente, adelanta entre
nosotros, y esto lo prueban bastante las narraciones históricas que
llevamos publicadas.

_Manuel Payno._



EL LICENCIADO VERDAD

..................¿Y enmudece
    aquella lengua que en el ancho foro
    defendió la verdad...........................

      (NAVARRETE.--Elegía en honor
    del Lic. Verdad.)


I

El aliento de fuego de la revolución francesa había hecho brotar á
Napoleón.

Pero si las revoluciones son como Saturno, que devoran á sus propios
hijos, también es cierto que aquellas madres encuentran siempre un hijo
que los sofoque entre sus brazos.

Llegó un tiempo en que Napoleón hizo desaparecer las grandes conquistas
de la revolución: la República se tornó en imperio, el pueblo volvió á
gemir bajo el despotismo, una nobleza improvisada, la nobleza del sable,
vino á substituir á la aristocracia de la raza, y de allí de donde los
pueblos esperaban el rayo de luz que alumbrara su camino, salieron
torrentes de bayonetas que llevaron hasta Egipto la conquista y la
desolación; Bonaparte se constituyó árbitro de la suerte de las
naciones: sin llevar en sus banderas más que orgullo, sacrificó millones
de hombres á su ambición, la Francia perdió á sus hijos más valientes,
su tesoro quedó exhausto, y un cometa de sangre se elevó sobre el
horizonte de la política europea.

Los reyes temblaban ante el enojo del nuevo César, y palidecían cuando
volvía el rostro hacia sus dominios.

Llegó por fin su turno á la España. Débil y cobarde Fernando VII,
conspiró contra su mismo padre, é imploró como un favor inmenso la
protección de Bonaparte.

Los franceses invadieron completamente la España, y de debilidad en
debilidad Fernando, acabó por abdicar el trono de sus abuelos, y
Napoleón colocó sobre él á su hermano José Bonaparte.

Pero el pueblo español, abandonado por su rey, traicionado por muchos de
sus principales magnates, sorprendido casi en su sueño por los ejércitos
franceses que habían penetrado hasta el corazón del país, merced á la
ineptitud ó á la cobardía de sus gobernantes, comprendió que le habían
vendido; el león que dormía lanzó un rugido; se estremeció y oyó sonar
sus cadenas; entonces vino la insurrección.

Los jefes se improvisaban, brotaron soldados de las montañas y de las
llanuras, una chispa se convirtió en incendio, el viento del
patriotismo sopló la hoguera, y la nación toda fué un campo de batalla.

Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su
independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario,
cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.

Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de
corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.

La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su
patria es un _escogido_ de la humanidad, su memoria es un faro, perece
como hombre y vive como ejemplo.

La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las
causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan
con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder
la existencia.

España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos,
como lucha un pueblo patriota.

Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños
fabricaban el parque y cultivaban los campos.

El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico
armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes
tradiciones de gloria.

Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el
patriotismo hace milagros.

Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España
las juntas provinciales.


II

Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la
colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su
esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión
de Bonaparte.

Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su
derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la
diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran
confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota
colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo,
de nación á nación.

El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al
virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente
general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á
acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso
consultar, quiso saber si contaba con algún apoyo, y citó á la
audiencia para tratar sobre esto con los oidores.

Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con
que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á
la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.

Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó
que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno
usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir
por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron
avergonzados y cabizbajos.

La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin
embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.

Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber
dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon
en España y los que gobernaron sus colonias.

La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y
el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.

En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático
Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaran sus
abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del
vencedor de Francisco I.

Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de
la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir
dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular
lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto
acontecía en 1701.

La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en
México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.

Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó
contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las
conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los
verdugos.

Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas
de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la
muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al
encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray
una representación.

En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía
la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y
la pasó en consulta á la Audiencia.

El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que
tenía ya noticia de lo que acontecía.

Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.


III

La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos,
intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al
favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su
situación.

Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos
abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la
lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de
México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.

La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy
avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman
prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.

En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la
ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana
inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el
principio de actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.

El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el
virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto,
proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué
desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.

El 26 de Julio la barca _Esperanza_ trajo la noticia de que toda la
España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la
independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible
de los acontecimientos.

Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba
el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el
esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía
tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque
aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los
mexicanos.

El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y
el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á
la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores,
el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.

El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que
concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que
sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.

Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico
del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para
que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido
llamados.

Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran
elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con
todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de
independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y
del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la
soberanía popular.

Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz
de un mexicano llamando soberano al pueblo.

El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo
del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las
ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.

El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera
vez en la colonia; después de tres siglos de obscuridad, la estátua se
animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo;
los tiranos no perdonan nunca.


IV

El único resultado aparente de la primera junta, fué jurar á Fernando
VII como monarca legítimo de España é Indias.

Poco tiempo después, el 30 de Agosto, se presentaron en México el
brigadier de marina Don Juan Jabat y el coronel Don Tomás de Jáuregui,
hermano de la mujer del virrey, comisionados ambos por la junta de
Sevilla, para exigir del virrey de México que reconociese la soberanía
de esa junta y pusiese á su disposición el tesoro de la colonia.

Reunióse con este motivo una segunda junta, y allí los comisionados
presentaron sus despachos y sus autorizaciones que se extendían hasta
aprehender al virrey en caso de que se negase á obedecer.

Las discusiones fueron acaloradas, la sesión se prolongó por muchas
horas, y por fin llegó á resolverse definitivamente que no se reconocía
á la junta de Sevilla.

Llegaron pliegos de la junta de Oviedo, conteniendo la misma pretensión;
volvió el virrey á citar otra junta, leyólos en ella y agregó, que
España estaba en la más completa anarquía, y que su opinión era no
obedecer á ninguna de aquellas juntas.

Siguióse aún otra junta, tan acalorada como las anteriores, y el virrey
insistía siempre en renunciar, á lo que se oponía con tenacidad el
Ayuntamiento, y sobre todos el Lic. Verdad.

En fin, Iturrigaray se decidió á formar en México una junta y un
gobierno provisional, á imitación de los de España; llegaron á expedirse
las circulares á los ayuntamientos, y la villa de Jalapa nombró sus dos
comisionados que se presentaron en la capital.

Los oidores no estaban conformes con esa resolución; pretendían
indudablemente deshacerse del virrey con el objeto de que la Audiencia
entrase á gobernar, y como en aquellos días el rey no podía nombrar otro
virrey en lugar de Iturrigaray, y las juntas españolas no eran
reconocidas en México, el poder quedaría durante largo tiempo en manos
de la Audiencia.

Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi
todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus
amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba
con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.

El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la
buena causa; pero el Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á
Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas
conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á
los regidores.

Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el
virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo
personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.

La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.


V

El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado
perderle, y lo cumplieron.

El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar
las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.

--En nombre del cielo, lea V. E. ese papel--le dijo presentándole una
carta.

--¿Qué pides, hija mía?--preguntóle bondadosamente el virrey.

--Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.

La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo,
montó en su carroza.

Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña
en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza,
los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden
ninguna.

Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había
entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar
aquella noche.

El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en
ella.

Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino
porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia,
con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.

Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico
hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir
de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.

Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis
Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron
dar el golpe.

El día 15 de Septiembre de 1808 los conjurados fueron al palacio del
arzobispo, y allí el prelado los exhortó y los bendijo para que salieran
airosos del lance.

Arrojáronse entonces los conjurados sobre palacio, que tomaron sin
dificultad de ninguna especie, porque además de que contaban ya con el
oficial de la guardia, habían, por más precaución, hecho entrar allí
desde la tarde á ochenta artilleros.

Llegaron, pues, hasta la alcoba de Iturrigaray, que dormía
tranquilamente y que despertó rodeado de sus enemigos, que le intimaron
darse á prisión.

El virrey no opuso resistencia; los sublevados se apoderaron de su
persona, lo hicieron entrar en un coche, en el que iban el alcalde de
corte Don Juan Collado y el canónigo Don Francisco Jaravo, y le
condujeron á la Inquisición, á donde quedó preso en las habitaciones
mismas del inquisidor Prado y Ovejero.

La virreyna, en compañía de sus dos hijos pequeños, fué conducida al
convento de San Bernardo, y los oidores, presididos por el arzobispo, se
reunieron al día siguiente muy temprano para comenzar su feliz gobierno.

Así se consumó aquella revolución, que dió por resultado la prisión de
Don José de Iturrigaray y de su familia, y el secuestro de todos sus
papeles y bienes.

Los individuos que formaban entonces la Audiencia y que fueron los
directores de la conspiración, eran:

Regente: Catani.--Oidores: Carvajal, Aguirre, Calderón, Mesia, Bataller,
Villafaña, Mendieta.--Fiscales: Borbón, Zagarzurieta, Robledo.


VI

La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y
así sucedió.

Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á
prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don
Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic.
Cristo y al canónigo Beristain.

Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un
calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta
después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de
morir envenenado.

Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la
Audiencia como el Lic. Verdad.

Verdad se había atrevido á hablar de la _soberanía del pueblo_ delante
de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un
crimen imperdonable.

En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no
puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos
ejemplos, lanzó el más tremendo reto á los partidarios del _derecho
divino_, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo:
este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.

El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una
mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que
había muerto.

¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos
María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de
México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.

Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á
Verdad muerto en su lecho.

Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que
tengo para decir esto.

Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó
al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las
cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy
habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados,
Don Joaquín María Alcalde.

El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando
por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el
agujero de un gran clavo, y alderredor de él, un letrero que decía
sobre poco más ó menos:

_Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad._

Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los
pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con
las ansias de la agonía.

Allí pasó en medio de la obscuridad una escena horriblemente
misteriosa--el crimen se perpetró entre las sombras y el silencio.

Los verdugos callaron el secreto: Dios hizo que el tiempo viniese á
descubrirle.

La historia encontró la huella de la verdad en unos renglones mal
trazados, y en un muro que guardó las señales de las últimas
convulsiones de la víctima.

_Vicente Riva Palacio._



HIDALGO


¿Quién era Hidalgo? ¿de dónde venía? ¿en dónde había nacido? ¿qué hizo
hasta el año de 1810?

¿Qué nos importa? Quédese el estéril trabajo de averiguar todos esos
pormenores al historiador ó al biógrafo que pretendan enlazar la vida de
un heroe con ese vulgar tejido de las cosas comunes.

Hidalgo es una ráfaga de luz en nuestra historia, y la luz no tiene más
origen que Dios.

El rayo, antes de estallar, es nada; pero de esa nada brotó también el
mundo.

Hidalgo no tiene más que esta descripción: Hidalgo era HIDALGO.

Nació para el mundo y para la historia la noche del 15 de Septiembre de
1810.

Pero en esa noche nació también un pueblo.

El hombre y el pueblo fueron gemelos: no más que el hombre debía dar su
sangre para conservar la vida del pueblo.

Y entonces el pueblo no preguntó al anciano sacerdote: ¿Quién eres? ¿de
dónde vienes? ¿cuál es tu raza?

--«Sígueme»--gritó Hidalgo.

--«Guía»--contestó el pueblo.

El porvenir era negro como las sombras de la noche en un abismo.

Encendióse la antorcha, y su rojiza luz reflejó sobre un mar de
bayonetas, y sobre ese mar de bayonetas flotaban el pendón de España y
el estandarte del Santo Oficio.

Del otro lado estaba la libertad.

El hombre anciano y el pueblo niño no vacilaron.

Para atravesar aquel océano de peligros, al pueblo le bastaba tener fe y
constancia; tarde ó temprano su triunfo era seguro.

El hombre necesitaba ser un héroe, casi un dios, su sacrificio era
inevitable.

Sólo podía iniciar el pensamiento. En aquella empresa, la esperanza sólo
era una temeridad.

Acometerla era el sublime suicidio del patriota.

El hombre que tal hizo merece tener altares--los griegos le hubieran
colocado entre las constelaciones.

Por eso entre nosotros Hidalgo simboliza la gloria y la virtud.

La virtud ciñó su frente con la corona de plata de la vejez.

La gloria le rodeó con su aureola de oro.

Entonces la eternidad le recibió en sus brazos.

       *       *       *       *       *

Hay proyectos inmensos, que por más que el hombre los madure al fuego de
la meditación, siempre brotan informes.

Porque una inteligencia, una voluntad, un sólo corazón, no pueden
desarrollar ese pensamiento.

Porque el iniciador arroja nada más el germen que debe fecundarse y
brotar y florecer en el cerebro y en el corazón de un pueblo entero.

Porque aquel germen debe convertirse en un árbol gigantesco que necesita
para vivir de la savia que sólo una nación entera puede darle.

Estas son las revoluciones.

Germen que se desprende, con la palabra, de la inteligencia del
_escogido_.

Arbol que cubre con sus ramas á cien generaciones, cuyas raíces están en
el pasado, cuya fronda crece siempre con el porvenir.

       *       *       *       *       *

México había olvidado ya, que en un tiempo había sido nación
independiente; los hijos oían á sus padres hablar del rey de España,
como rey de los padres de sus padres.

El hábito de la obediencia era perfecto.

Dios había ungido á los reyes; ellos representaban al Altísimo sobre la
tierra; el _derecho divino_ era la base de diamante del trono; para
llegar á las puertas del cielo era preciso llevar el título de lealtad
en el vasallaje; los reyes no eran hombres, eran el eslabón entre Dios y
los pueblos; atentar contra los reyes, era atentar contra Dios, por eso
la majestad era sagrada.

La obediencia era, pues, una parte de la religión.

Pero la religión no se circunscribía entonces al consejo y á la amenaza;
no eran las penas de la vida futura ni los goces del cielo el premio ó
el castigo del pecador, no; entonces la Iglesia dejaba que Dios juzgase
y castigase más allá de la tumba, pero ella tenía sobre la tierra sus
tribunales.

El Santo Oficio velaba por la religión, y la obediencia al rey era parte
de la religión.

Leyes, costumbres, religión, todo estaba en favor de los reyes.

¿Cómo romper de un sólo golpe aquella muralla de acero?

       *       *       *       *       *

La historia de la Independencia de México puede representarse con tres
grandes figuras.

Hidalgo, el héroe del arrojo y del valor.

Morelos, el genio militar y político.

Guerrero, el modelo de la constancia y la abnegación.

Quizá ningún hombre haya acometido una empresa más grande con menos
elementos que Hidalgo.

¡Ser el primero! ¡ser el primero y en una empresa de tanta magnitud y de
tanto peligro!

Cuando un hombre se reconcentra en sí mismo, y cuando medita en todo lo
que quiere decir «ser el primero,» entonces es cuando comprende la suma
de valor y de abnegación que han necesitado poseer los grandes
«iniciadores» de las grandes ideas.

Entonces, al sentir ese desconsolante calosfrío del pavor, que nace, no
más, ante la idea del peligro, entonces puede calcularse cuál sería este
peligro, entonces se mide la grandeza del espíritu de los héroes.

Colón al pretender la unión de un nuevo mundo á la corona de España,
tenía la fe de la ciencia y el apoyo de dos monarcas.--Hidalgo al querer
la libertad de México, no contaba más que con la fe del patriotismo.

Colón buscó la gloria, Hidalgo el patíbulo; el uno fió su ventura á las
encrespadas ondas de un mar desconocido; el otro se entregó á merced del
proceloso mar, de un pueblo para él también desconocido.

Hidalgo comprendió que la religión fulminaría los rayos del anatema
contra su empresa; que el rey lanzaría sobre él sus batallones; que los
ricos y los nobles se unirían en su contra; que los plebeyos,
espantados, escandalizados, ignorantes, huirían de él; que el
confesonario se tornaría en oficina de policía; que el clero y la
inquisición no dormirían un solo instante; que la calumnia tronaría
contra él en las tribunas, en los púlpitos y en las cátedras; todo lo
comprendió, y sin embargo, en un rincón de Guanajuato, en el pueblo de
Dolores proclamó la independencia.

       *       *       *       *       *

Dolores es, en la geografía, una pequeña ciudad del Estado de
Guanajuato.

Dolores, en la historia, es la cuna de un pueblo.

El pedernal de donde brotó la chispa que debía encender la hoguera.

La roca herida por la vara del justo, de donde nació el torrente que
ahogó á la tiranía.

Al pisar por la primera vez un mexicano aquella tierra de santos
recuerdos para la patria, siente latir con más violencia su corazón.

Al llegar frente á la modesta casa que ocupaba el patriarca de la
independencia; al penetrar en aquellas habitaciones; al encontrarse en
la estancia, que en solitarios paseos midió tantas veces el respetable
anciano, se siente casi la necesidad de arrodillarse.

Instintivamente los hombres se descubren allí con veneración, y alzan el
rostro como buscando el cielo, y las miradas se fijan en aquel techo, en
cuyas humildes vigas tuvo mil veces clavados sus ojos el virtuoso
sacerdote, mientras la idea de la esclavitud de su patria calcinaba su
cerebro.

¡Cuántos días de congoja! ¡cuántas noches de insomnio! ¡cuántas horas de
tribulación!

Aquellos muros guardaron el secreto del héroe, ahogaron los suspiros del
hombre, se estremecieron con el grito del caudillo.

Aquella pobre casa, tan pequeña, podía contener en su recinto todo el
ejército de Hidalgo en la noche del 15 de Septiembre de 1810. Y sin
embargo, con sólo eso se iba á derribar un trono, á libertar un pueblo,
á fundar una nación.

Hernán Cortés fué un gran capitán, porque con un puñado de valientes
conquistó el imperio de Moctezuma.

Hidalgo, con un puñado también de valientes, proclamó la libertad de ese
mismo imperio, por eso fué un héroe.

La superstición y la superioridad de las armas aseguraron el triunfo de
Cortés.

El fanatismo y la superioridad de las armas anunciaron la derrota de
Hidalgo.

Pero uno y otro triunfaron; Cortés plantó el pendón de Carlos V en el
palacio de Moctezuma.

Hidalgo murió en la lucha, pero sus soldados arrancaron ese pendón, y
México fué libre.

       *       *       *       *       *

Hidalgo pasó como un meteoro, y se hundió en la tumba, pero el fulgor
que esparció en su rápida carrera, no se extinguió.--Unas cuantas fechas
bastan para recordar esa historia cuyos pormenores viven en la memoria
de todos.

Hidalgo proclamó la independencia el 15 de Septiembre, el 28 del mismo
mes entró vencedor en Guanajuato. Triunfó en las Cruces el 29 de
Octubre, y en Aculco el 7 de Noviembre.

El 30 de Julio de 1811 moría en Chihuahua en un patíbulo.

Para hablar de Hidalgo, para escribir su biografía, sería preciso
escribir la historia de la independencia.

Débiles para tamaña carga, apenas podemos dedicarle un pequeño homenaje
de admiración y gratitud, y creeríamos ofender su memoria, si para
honrarle quisiéramos recordar, si fué buen rector de un colegio ó si
introdujo el cultivo de la morera.

       *       *       *       *       *

Hidalgo es grande porque concibió un gran proyecto, porque acometió una
empresa gigantesca, porque luchó contra el fanatismo religioso que
apoyaba el supuesto derecho del rey de España, contra los hábitos
coloniales arraigados con el transcurso de tres siglos, contra el poder
de la metrópoli que podía poner millares de hombres sobre las armas.

Hidalgo es héroe porque comprendió que su empresa se realizaría, pero
que él no vería nunca la tierra de promisión.

Hidalgo será siempre en nuestra historia una de las más hermosas
figuras, y á medida que el tiempo nos vaya separando más y más de él, se
irá destacando más luminosa sobre el cielo de nuestra patria, y para
nosotros llegará un día un que su nombre sea una religión.

_Vicente Riva Palacio._



ALLENDE


I

Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la
estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las
florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas.
Las unas eran rojas como el pudor de la mujer á los diez y seis años,
las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta
época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría
de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca á otra,
colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento
que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis
visto al insecto dorado besar amoroso á las flores y sacar su néctar y
llevarse su pólen......? Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El
cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el
viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en
medio de los rayos del sol, las montañas unas tras otras, altas,
azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y
añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas
plantadas por la mano de la naturaleza.........

Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta
vereda, me condujo á una de esas mesas interminables de la Sierra Madre,
donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas
cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no
descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los
rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y
producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba
en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una
choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte
tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba á percibir la vista: era
el verdadero desierto de la Syria.


II

¡Qué encanto! ¡qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan
agradable! El desierto desaparece repentinamente, se trasforma, se hunde
á mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un
jardín, y dentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas
resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas
feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre
las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas
plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume
de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y
vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos
árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del
Grande y Excelso Jardinero del mundo.

Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande,
dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde
son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos
encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves
ó con sus manojos de flores.

San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del
Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo
tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo á la vez, y participan
en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande,
otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y
de la belleza de los jardines.

San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es
todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los
sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores
nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en
los patíbulos de Chihuahua.


III

Allende fué el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la
espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus
balas á la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo
conocieron lo describen como un hombre alto, bien hecho, hermoso,
fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en
su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques,
excelente militar para su época y hombre de previsión. No siempre se
siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra
de Independencia no terminó en el primer período en que hizo el mismo
empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.

La idea de la Independencia y de la Libertad aparece depositada en el
cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fué el verdadero autor
de la idea, ó el colaborador de Hidalgo? Parece que lo primero es más
probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano
de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras é
inexorables para los dos.

Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he
hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó á
ser Capitán de dragones de la Reina. Sirvió en San Luis á las órdenes de
Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.

En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y
tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de
su cuerpo, habían pensado en la Independencia, y que de todo esto tenía
conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño,
de Guanajuato, manda prender á todos los que según la denuncia estaban
comprometidos; pero Allende intercepta por una rara casualidad la orden,
manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando
peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega á las doce de la
noche á Dolores, despierta á Hidalgo, hablan los dos un momento, se
deciden á arrojarse á lo desconocido de las aventuras, á lo lúgubre y
sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran
su ataúd, al saludar á la libertad dicen adiós á la vida, se despiden
de la bella naturaleza, y dan con cuatro ó cinco miserables del pueblo
el tremendo é histórico grito de Dolores, el 16 de Septiembre de 1810.
Hé aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica,
sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.


IV

Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos
nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han
conocido tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya
comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan,
se arrojan á una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese
obstáculo de fierro que se llama lo imposible.

De Dolores marcharon Hidalgo y Allende á San Miguel el Grande. Lo
primero que hicieron fué entrar á una iglesia y sacar el lábaro
alderredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado.
De San Miguel, la marcha fué á Celaya. Ya no eran seis los personajes,
sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal
asombrosa y nunca vista.

Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas
distinciones poco importaban entre masas que no podían tener
organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante
siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir á la
capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió á Guanajuato.

En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero
la primera cosa verdaderamente terrible que se vió en Nueva España, fué
el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo
en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga á las playas, el
huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo sus
lavas. La revolución arrebata á la autoridad y la destroza. Las fuerzas
todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad,
una alianza con el orden moral.

Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron á romper con sus
pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su
sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de
Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancerbero, á la
entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta
pedrería acumulada por la paz y arrancada á las entrañas de la tierra
durante tres siglos.

En la peregrinación á que nos referimos al escribir este artículo,
nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo.
Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda,
la barranca, la vereda ó la loma nos daban materia para pensar en todos
aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron á nuestra
existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda, y de
hacienda en pueblo llegamos á Guanajuato, y no volviendo de pronto la
vista ni á las tahonas que molían el metal, ni á las minas profundas ni
á los tejos de plata que caminaban á la Casa de Moneda, nos detuvimos
delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la
mano y con muchos testigos á nuestro lado que nos contaban las cosas
como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las
podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aqui
para que formen parte de esta gran colección, donde hemos resumido las
misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los
hombres y de los pueblos.

No olvidemos que estamos el 28 de Septiembre de 1810, delante de
Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y
de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.


V

«Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la
conmoción fué grande; aquellas calles angostas y pendientes de
Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se
atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la
población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de
pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de
sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la
ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta
emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fué forzoso
que quedaran los que no tenían posibilidad de huir, ó los que demasiado
entusiasmados por la causa del rey creían en la victoria.

Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre,
sobreponiéndose al peligro, y aun á sus opiniones privadas é íntimas, no
hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente á la
ciudad. Este era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos
palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz
concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más
brillantes, tanto físicas como morales. Hombre de instrucción, de
experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos,
como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años
más ó menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta
reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado
las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en
el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la
Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo
se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; más
español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos
é increíbles que seguían á Gonzalo de Córdoba, en los momentos de
peligro acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito
del deber, que como primer funcionario público, le obligaba á defender
al gobierno, se preparó á una obstinada resistencia, calculando que el
resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió: Riaño trazó el
plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su
sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico á
esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo
de honor y de virtudes. Mas volvamos á nuestra narración.

Riaño, con una actividad increíble, mandó abrir fosos en las calles,
construir trincheras, animó á los moradores ya decaídos y abatidos, y
puso sobre las armas cuanta fuerza le fué posible. Ejecutadas estas
medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una
sola al descanso, pasó revista á sus tropas y aguardó más tranquilo los
acontecimientos. Una circunstancia vino á alarmar al jefe y á los
propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era muy corta
para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes
se derramarían por algunas calles, entregándose á la matanza y al
saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate
entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los
caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se
encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con
éxito. La medida no hubiera sido del todo mala, si Granaditas no se
hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya
no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida.
Inmediatamente comenzó á trasportarse dinero, plata y oro en pasta,
baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto
tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y
propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no
interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuerte y depositando los
tesoros en las salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea
concluída, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y
otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el
edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las
puertas, y esperaron al enemigo.

Este no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo
que haría, tanto más cuanto que también tenía un caudillo esforzado que
lo guiara. Este era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio,
ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las
minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en
recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi
prodigiosos. Luego que el cura Hidalgo se aproximó á Guanajuato, el
atrevido muchacho salió á reconocer la clase y número de gente de que se
componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas
veces excede á los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el
negocio iba á ser funesto á los guanajuatenses. En consecuencia, el
muchacho se dirigió á Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo
rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó á gritar «afuera,
muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no
comprendían absolutamente el sentido de estas palabras; mas el muchacho
les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como de facto entraría
vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del
pueblo.» Desde aquel momento no hubo más que una voz: _afuera,
muchachos: á Granaditas_. Aquellos hombres, ya preparados á la furia y á
la matanza abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y
salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio.
Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San
Miguel y á diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de
Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y
afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había
contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes
que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que
esperar más auxilio que el de Dios.

El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y
el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron
detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al
fuerte y hablar verbalmente á Riaño, se le vendaron los ojos y en esta
forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de
guerra, se discutía lo que sería conveniente resolver. Abasolo no quiso
aguardar, y se retiró al campo insurgente.

--¿Estáis en disposición de hablar, señor coronel? dijo Riaño á Camargo
con voz afable y serena; decid el objeto de vuestra comisión.

Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó á
Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego,
volviéndose á los que componían la junta les dijo:

--El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la
libertad, un numeroso pueblo lo sigue......

Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió,
prosiguió con calma:

--Hidalgo quiere evitar la efusión de sangre, y nos amonesta para que
nos rindamos; garantizando nuestras vidas y propiedades: leed:

El oficio se leyó en voz alta por un individuo; un silencio profundo
sucedió; ni el aleteo de una mosca se escuchaba, y si acaso sólo se oía
el ténue ruido que provenía del latido del corazón de aquellos hombres
cuyos rostros lívidos y descompuestos, cuyas miradas tristes y
descarriadas anunciaban que estaban poseídos de espanto y de pavor.

Riaño, que notó estos sentimientos, continuó con voz tan tranquila y
dulce como si estuviera en una conversación familiar:

--Mi deber como magistrado me ha obligado á tomar algunas medidas de
defensa; pero esto no quiere decir que Udes. deban sacrificarse á mis
ideas, á mis caprichos. El ejército de Hidalgo puede ser muy numeroso;
traerá sin duda artillería, y en este caso la resistencia es inútil, y
pereceremos......

--Es verdad, dijeron dos ó tres voces.

--En ese caso vale más rendirse que no hacer una necia resistencia......

Hubo un silencio de algunos instantes, durante los cuales Riaño y
Camargo cambiaron una mirada de alegría, hasta que una voz ronca y firme
gritó:

--No, nada de capitulación, nada: _vencer ó morir_.

--Sí, _vencer ó morir_, clamaron también los demás, animándose
súbitamente......

--¿Conque estáis decididos? preguntó Riaño tristemente......

--Sí, enteramente......

--Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi
deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí.
Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y
levantándose la dió al coronel Camargo, sin que una sola facción de su
rastro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura,
sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de
aquel hombre que veía ya el sacrificio muy cercano.

--¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? dijo Camargo.

--Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles
más instancias: dirían que soy un cobarde. Camargo fué llamado á
almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando
hubo concluido se dirigió á Riaño:

--Conque por fin.........

--Está ya dada la respuesta, le dijo Riaño; pero añadid á Hidalgo, que á
pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la
diferencia de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad,
y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.

Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al
primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.

--Ahora, dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en
la inacción, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir
como buenos españoles. Inmediatamente dió sus disposiciones y formó á
toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; á los que
tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra
porción la destinó á la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se
comunicaba con Granaditas y dominaba la calzada.

En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la
contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fué el de «mueran
los gachupines,» y aquella masa enorme de hombres armados con picas,
palos y machetes comenzó á moverse. Era una larga serpiente la que
retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A
la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que
dominan á Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que
de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules,
amarillas y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes
á cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la
hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron á tres indios.
Esta sangre fué como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de
combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fué reproduciéndose
desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y
una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.

El ejército se dividió en dos trozos: uno de ellos se dirigió al cerro
del Cuarto y á las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San
Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y
silenciosos el principio de este sangriento festín, se levantaron como
impulsados por una máquina, y corrieron á reunirse con los insurgentes y
á hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería, se
dirigió a las prisiones, puso á los criminales en libertad, y
recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba
á su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del
combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había
hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la
Alhóndiga. En cuanto á las gentes temerosas y pacíficas, se habían
encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y
trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este
horrible drama.

Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento
verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato.
Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto
dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento
en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente,
gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar
tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar
después de la explosión de las armas de fuego que disparaban los
enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan
lanzando mil rayos........................................

En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz,
de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas
calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto
defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias
inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían
lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que á
sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un
vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de
fantástico...... A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su
fuerza: las descargas de piedras no cesaban y contínuamente se veía en
el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de
Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En
cuanto á los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar á
cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía
instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio
profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la
multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después, cuando el
frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso,
rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que
estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las
trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos, los
españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de
sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y
algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato.
Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban,
recorría los puntos de mayor peligro, animaba á los defensores del
fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su
valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había
abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó á hacer fuego.
Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le
atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.

El cuerpo de Riaño fué conducido al interior del fuerte, y retirándose
también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la
atrincheraron cuanto fué posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte.
Luego que vió el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se
arrojó á abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas
quejas, y luego, acometido de un furor inaudito, quiso esprimirse una
pistola en el cráneo.

--¿Qué hacéis? le dijo uno: vale más que antes de morir venguéis á
vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza
calmarán vuestro dolor.

--Decís bien, decís bien, contestó soltando la arma: necesito sangre,
necesito venganza. Al acabar estas palabras se dirigió á la azotea,
desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.

El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del
pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes é imponentes en los
corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la
toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha
hablado al principio, le dijo:

--Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pípila.

--Ya se vé que sí, contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en
sus labios.

--Pues la patria necesita de tu valor.......

Pípila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en
sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fué acercando á la
puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se
fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto á los del fuerte, hicieron
caer una lluvia de balas sobre Pípila; pero todas se estrellaban en la
losa, de suerte que llegó á la puerta y arrimó la tea.

En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y
varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los
que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto hicieron fuego.
Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes
se agolparon á la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer á
pedazos.

Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con
puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y
salones, comenzó á ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían
obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes,
pedían á Dios misericordia y sucumbían traspasados á puñaladas. Los que
guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían
destruído un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron á la
noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos
por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.

A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y
patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo
de los cadáveres. En cuanto á las riquezas que había encerradas, fácil
es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el
inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de
Guanajuato.

En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que
recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de
las tiendas los barriles de licores y entregándose á todo género de
excesos.

Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes
con que se anunció la Independencia de México. Como si el pueblo en
aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la
conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba
de una manera inaudita.»


VI

Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días,
salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad
ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fué posible,
y en el mes de Octubre todo ese grande ejército independiente, que en su
mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió á la
capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana. Ixtlahuaca y Toluca.

En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey
Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir
una división de tres mil hombres que puso al mando de D. Torcuato
Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número
sólo le agobiaba, y á medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español
retrocedía, hasta que en el monte de las Cruces tomó posiciones que la
naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió á esperar.

Fué en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal.
Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y á
poco fué ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas
desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba
los días de la conquista, se arrojaban sobre las tropas españolas, y
eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo
eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien
situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y
con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían
las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino
irritar y hacer más tenaz á la raza indígena. Era, á poco más ó menos,
el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de
México en 1521. Es un hecho bien averiguado que los indios de Hidalgo
llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus
sombreros de palma las bocas de los cañones.

Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en
vano, de organizar el ataque y de reducirlo á las reglas de la táctica
española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de
artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban
llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la
metralla.

En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice á los
que le rodean:

--«Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme:»

Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas á su caballo,
y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que
cubría la verdura de los árboles.

Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el
intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube
rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!


VII

«¡Viva México!» grita Allende que había escapado de la metralla; y de un
salto llega á donde están las piezas, les tira el lazo, y lo mismo hacen
los rancheros; amarran á la cabeza de la silla, ponen la espuela á los
caballos y se llevan la artillería, dejando á los soldados españoles
atónitos, con la mecha, el estopín y las balas en la mano.

La batalla se gana completamente; todos los oficiales y soldados
españoles quedan tendidos en el campo, y Trujillo, merced á su caballo,
se escapa y se presenta como una fantasma sangrienta á anunciar la
catástrofe al virrey.

Allende da la orden de marchar inmediatamente á la capital; Hidalgo se
opone, los dos caudillos se disgustan, y el ejército victorioso se
retira en desorden, en las mismas puertas de México. Era necesario nueva
sangre y nuevas victorias para que se consumara la obra y el sacrificio
de los caudillos, para que quedase santificada con su propia sangre. Las
naciones necesitan su bautismo antes de recibir su nombre social.

El ejército se retiró y fué á estrellarse en una desgracia, Aculco, y á
desbaratarse en una fatalidad, Calderón.

Los dos caudillos disgustados, porque la desgracia hace á los hombres
injustos y enemigos, lucharon algunos días más. Allende fué todavía
favorecido por la victoria derrotando en el Puerto del Carnero al
comandante español; pero la desorganización había ya destruido la fuerza
de los independientes. El huracán que comenzó á soplar en Dolores y se
desató terrible en Guanajuato y las Cruces, comenzaba á perder su
fuerza.

Los jefes resolvieron, con los restos del ejército y el dinero que
pudieron reunir, marchar á los Estados Unidos, y allí disciplinar sus
tropas, disponer la campaña y volver de nuevo á recoger seguros
laureles, terminando la obra difícil que habían comenzado.

Lo que llamamos suerte, y que no son más que los acontecimientos negros
y desconocidos que vienen de un caos profundo, dispuso las cosas de otra
manera.


VIII

Hemos comenzado nuestra historia en el pequeño verjel de San Miguel, que
después tomó el nombre de _Allende_, y vamos á terminarla al cabo de
seis meses en un lugar triste, solitario y desierto. En Acatita de
Baján.

Los independientes caminaban lentamente en dirección á la frontera del
Norte. Llevaban cerca de medio millón de pesos en dinero y plata
labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro
cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión
de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente
tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por
tropas insurgentes hasta Monclova.

El capitán español, Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una
emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su
poder cuantos componían la comitiva.

Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el
calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito:
_Ríndanse al Rey_. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó
á tierra, amartilló su pistola é hizo fuego al oficial español que
estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó
su pistola sobre Allende y gritó «fuego» á la tropa que lo seguía: una
nube de balas vino á romper los vidrios y las maderas del carruaje. El
hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la
cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se
echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron
maniatados y entregados á la rigurosa custodia de un oficial. Así que
Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella á
Monclova.

De este lugar se condujeron los presos á Chihuahua, y allí fueron
juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende,
Aldama y Jiménez, y conducidas á Guanajuato fueron colocadas en unas
jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.

_Manuel Payno._



EL PADRE MATAMOROS


I

En el Sur del rico y hermoso Estado de Michoacán, y al pie de un
anfiteatro irregular, formado por las montañas, está situada la hacienda
de Puruarán.

Allí la vegetación es espléndida: anchos y dilatados valles cubiertos de
caña; gigantescas _parotas_, _zirandas_ que nacen y crecen al lado de
las palmeras y que enlazan en ellas sus nudosos troncos semejantes á los
nervudos brazos de un gladiador, y que terminan por ahogarlas y
levantarlas, desarraigándolas de la tierra; copados _tamarindos_ entre
cuyas ramas habitan numerosas tribus de aves canoras; voluptuosos
_plátanos_ cuyas hojas de raso ondulan crugiendo con el aura de la
tarde, y entretejiéndose por todas partes las lianas, que forman
caprichosos columpios, cubiertos de flores y de verdura.

Allí los arroyos cruzan entre alfombras de verdura, ó se desprenden
sobre peñascos tapizados de musgo, y cuando soplan las brisas, todo
tiene un murmullo, un suspiro, un rumor, árboles, lianas, llores,
arroyos, cascadas.

Y sobre este paisaje encantador un cielo purísimo, con ese azul sereno
que cantan los poetas, y que los pintores fingen en sus cuadros de
gloria.

El sol ardiente de la zona tórrida arroja sobre aquella exuberante
naturaleza torrentes de fuego y de luz, y todo germina y todo se
vivifica, y cada hoja cubre un insecto, y cada peña oculta un reptil, y
cada rama guarda un nido, y cada gruta guarece un ser animado.

De aquellos bosques, durante el día sale un concierto, y cuando la noche
tiende sus negras sombras, reina por un instante el silencio, y luego
los cantores del día desaparecen, el bosque se ilumina de nuevo, ya no
con la luz del sol, sino con la fantástica de millones de insertos
luminosos que suben y bajan, y cruzan y giran en continuo movimiento, y
entonces en aquella misma selva, nuevos cantores con distintas armonías,
dulces como las del día, pero más melancólicas y misteriosas, levantan
un himno.

Allí la naturaleza canta á Dios eternamente.

En medio de este paisaje está Puruarán, rica hacienda de caña.

La entrada de la casa habitación y de las oficinas de la hacienda mira
hacia el Norte.

Por el frente de la hacienda pasa el agua sobre un elevado acueducto
sostenido por garbosos arcos.

Al pie del acueducto y á los lados de la casa, se miran las habitaciones
de los trabajadores y dependientes, casi todas formadas de adobe con
humildes techos de paja.


II

Era el 5 de Enero de 1814.

El ejército independiente, derrotado en las inmediaciones de Valladolid,
se había retirado al Sur y estaba en la hacienda de Puruarán.

Aquel ejército que había dado tantas pruebas de valor y de heroicidad,
que había recorrido triunfante por casi toda la Nueva España, estaba en
aquellos momentos desmoralizado, falto de armas, de parque y casi sin
esperanzas de resistir el inevitable empuje de las tropas realistas.

El ilustre Morelos, jefe de aquel ejército, fué obligado por los demás
generales á retirarse de Puruarán, según dicen algunos historiadores, y
los independientes quedaron allí á las órdenes del padre Matamoros.--Las
tropas realistas emprendieron, como era natural, su movimiento sobre
los insurgentes, y el día 5 de Enero llegaron á Puruarán y atacaron.

La victoria no se hizo esperar, y los jefes realistas Llano é Iturbide
se apoderaron de la casa de la hacienda y de las oficinas á donde se
habían hecho fuertes los independientes.

Después del combate, los soldados del rey comenzaron á explorar los
alrededores con el objeto de aprehender á los insurgentes que habían
logrado salvarse; y en una de las pequeñas habitaciones de los
sirvientes de la hacienda, fué hallado el jefe de los insurgentes, el
general Matamoros, que encontrándose solo, á pie y rodeado de enemigos,
había buscado allí un refugio.

Según se dice fué entregado por un oficial de los mismos suyos y hecho
prisionero por el soldado Eusebio Rodríguez, al cual se le dió como
premio de este servicio la cantidad de doscientos pesos.

Matamoros fué conducido inmediatamente á Valladolid.


III

Don Mariano Matamoros, en el año de 1810, cuando Hidalgo proclamó la
independencia de México, era cura de Jantetelco.

En 1811 se presentó al Sr. Morelos en Izúcar, y desde esa fecha militó á
su lado hasta la desgraciada batalla de Puruarán.

Matamoros es llamado por la mayor parte de los historiadores «el más
valiente de los insurgentes.»

En el famoso sitio de Cuautla, Matamoros, por orden de Morelos, se puso
al frente de una fuerza de caballería y logró romper las líneas
enemigas.

Matamoros se inmortalizó con la célebre batalla de San Agustín del
Palmar, en cuya acción no sólo dió muestras de su valor y genio militar,
sino que además probó, como él mismo lo dice en su parte al Sr. Morelos,
que los independientes no se habían lanzado á la guerra con el objeto de
robar.

El convoy custodiado por las tropas españolas derrotadas en el Palmar,
fué respetado, y todo el comercio de la Nueva-España pudo decir entonces
que los «insurgentes» eran soldados disciplinados, y no hordas de
bandidos, como les llamaba Calleja.

Al hablar Matamoros de esta acción, dice:

«La batalla fué dada á campo raso para desimpresionar al conde de
Castro-Terreño, de que las armas americanas se sostienen, no sólo en los
cerros y emboscadas, sino también en las llanuras y á campo
descubierto.»

Constantemente estaba Matamoros organizando tropas, á la cabeza de las
cuales tenía á cada paso que batirse, y sin duda, á no ser por la
desastrosa expedición á Valladolid, Matamoros hubiera libertado
completamente todo el territorio que hoy comprenden los Estados de
Puebla, Oaxaca y Veracruz.

Pero Dios lo había dispuesto de otro modo.


IV

El día 3 de Febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, iba á ser
fusilado un hombre.

Era éste de «pequeña estatura, delgado, rubio, de ojos azules,» y su
rostro conservaba las huellas de las viruelas.

Marchando con ademán resuelto colocóse al frente de los soldados; se
escuchó luego una descarga;--aquel hombre había dejado de existir.

Matamoros había muerto en el patíbulo; la causa de la Independencia
perdía uno de sus más nobles caudillos.

El Sr. Morelos, según su propia expresión, «perdía su brazo derecho.»

México libre, declaró á Matamoros benemérito de la patria, y sus restos
mortales se guardaron en la catedral de esta ciudad.

_Vicente Riva Palacio._



MORELOS


I

EL VIAJERO

Era uno de los primeros días del mes de Octubre de 1810. El sol
descendía lentamente en el horizonte, y sus rayos ardientes bañaban el
bosque de ciruelos, entre el cual se levantan el humilde templo y las
pobres y dispersas casitas que forman el pequeño pueblo de Nucupétaro.

Nucupétaro está situado en el Sur del Estado de Michoacán, en medio de
esa inmensa cadena de montañas que no termina sino hasta las costas del
Pacífico.

El pueblo está en medio de un bosque de árboles de ciruela; pero allí el
calor excesivo hace á la tierra árida y triste, un sol abrasador seca
las plantas, y apenas unos cuantos días, cuando las lluvias caen á
torrentes, los campos se visten de verdura, y los árboles se cubren de
hojas; después, los árboles no son sino esqueletos, y las llanuras y
los montes presentan un aspecto tristísimo.

En Octubre, pues, la naturaleza no se ostentaba allí con sus encantos,
un viento abrasador levantaba en las cañadas nubecillas de polvo, y el
cielo, sin una sola nube, parecía velarse con una gasa que daba á su
fondo azulado un tinte melancólico.

Delante de una de las casitas del pueblo, y á la sombra de un cobertizo
de palma, se mecía indolentemente un hombre sentado en una hamaca.

Aquel hombre parecía estar en todo el vigor de su juventud; era de una
estatura menos que mediana, pero lleno de carnes; moreno, sus negras y
pobladas cejas tenían un fruncimiento tenaz, como indicando que aquel
hombre tenía profundas y continuas meditaciones, y en sus ojos obscuros
brillaba el rayo de la inteligencia.

El vestido de aquel hombre, de lienzo blanco, era semejante al que
usaban los labradores de aquellos rumbos: un ancho calzón y una
_campana_, que es una especie de blusa.

Tenía entre las manos un libro, y sin embargo no leía, meditaba, porque
su mirada vaga se perdía en el espacio.

De repente le sacó de su distracción el ruido de una cabalgadura; volvió
el rostro; y casi al mismo tiempo se detuvo cerca de allí un anciano
que llegaba caballero en una magnífica mula prieta.

--Buenas tardes dé Dios á su merced, señor cura--dijo el recién llegado.

--Muy buenas tardes--contestó el de la hamaca levantándose y
dirigiéndose al encuentro de su interlocutor.--¿Qué viento nos trae por
aquí al señor Don Rafaél Guedea?

--Aquí vengo de dar una vuelta por Tacámbaro, y á ver si me da posada
esta noche su merced.

--Con todo mi gusto--contestó el cura.--Mándese vd. apear.

--Vaya, Dios se lo pague al señor cura Morelos.

Don Rafael entregó su mula á los criados que le acompañaban, se quitó
las espuelas y el paño de sol, y abrazando al cura con grande efusión,
se entró á sentar con él debajo del cobertizo.


II

GRANDES NOTICIAS

--¿Y qué deja de nuevo mi señor Don Rafael por esos mundos?--preguntó el
cura.

--¡Cómo!--exclamó el otro--¿pues aun no sabe su merced las novedades?

--No. ¿Hay algo de nuevo?

--Y mucho, y muy grave.

--Cuénteme vd., cuénteme vd.

--Pues ¿recuerda su merced al señor bachiller D. Miguel Hidalgo, que
estaba en Valladolid en el colegio de......

--Sí, sí, y mucho; ¿le ha sucedido algo?

--¡Pues no digo nada! está su merced para saber, que se ha levantado.

--¿Levantado?

--Levantado contra el virrey y contra los gachupines.

--Pero ¿es cierto? ¿es cosa de importancia?--preguntó Morelos pudiendo
contener apenas su emoción.

--Tan cierto, que toda la gente de tierra fría anda ya revuelta; no se
dice más, ni se habla de otra cosa, sino del señor Hidalgo, que quiere
libertar á la América, y que tan grave es el negocio, que el 16 de
Septiembre amaneció ya levantado el señor cura que era de Dolores, y el
día 28 había tomado ya Guanajuato, que dicen que hubo mucha mortandad, y
que estará ya muy cerca de Valladolid: cuentan, y es seguro, que trae
muchísima tropa, y los gachupines están huyendo y cerrando los comercios
y dejando sus haciendas; en fin, no sé cómo vuestra merced no sabe nada,
porque la novedad es muy grande, y el señor Hidalgo tiene por todas
partes muchos que lo aclaman y lo requieren.

Morelos había seguido la narración de su amigo sin perder una sola
palabra; sus ojos se abrían desmesuradamente, su rostro se coloreaba,
el sudor inundaba su frente, y su pecho se agitaba como si estuviera
fatigado por una lucha.

Por fin, cuando Guedea terminó su relación, Morelos no pudo ya
contenerse; levantóse trémulo, dejó caer el libro que tenía en las
manos, y alzando los brazos y los ojos al cielo, exclamó con un acento
profundamente conmovido, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus
tostadas mejillas.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡bendito sea tu nombre!

Después, dejándose caer en la hamaca, apoyó su rostro sobre las palmas
de las manos, y parecía que sollozaba en silencio.

Don Rafael Guedea, enternecido también, contemplaba respetuosamente á
Morelos, sin atreverse á dirigirle una sola palabra.

Sin duda el viejo hacendado comprendía el choque terrible que debía
haber sufrido aquel gran corazón al saber que ya tenía una patria por la
que podía sacrificarse.

Morelos se había sentido mexicano por la primera vez; el paria, el
esclavo, el colono, escuchaba el grito de Independencia.

Aquel placer era capaz de causar la muerte.


III

EL GUERRILLERO

Pocos días después de esta conversación, Hidalgo con el ejército
independiente, salía de Charo (inmediaciones de Valladolid) para dar la
célebre batalla de las Cruces, y al mismo tiempo, aunque con opuesta
dirección se desprendía de allí Don José María Morelos.

Morelos iba á emprender la campaña por el Sur, y por todo elemento para
acometer tan aventurada empresa, el Sr. Hidalgo había dado al cura de
Carácuaro un papel con la siguiente orden firmada también por Allende:

«Por el presente comisiono en toda forma á mi lugarteniente el bachiller
Don José María Morelos, cura de Carácuaro, para que en las costas del
Sur levante tropas, procediendo con arreglo á las instrucciones verbales
que le he comunicado.»

En manos de un hombre vulgar aquella autorización quizá no hubiera
servido ni para levantar una guerrilla; pero Morelos era un genio.

Sobre aquellas cuantas líneas trazadas en un papel, Morelos iba á fundar
una reputación gigantesca; aquella orden era para él la vara mágica con
la que iba á levantar ejércitos, á fundir cañones, á dar batallas, á
tomar plazas, á formidar por fin á los virreyes y al monarca español.

Durante el camino hasta llegar á su curato, Morelos marchó solo, pero su
imaginación le presentaba por donde quiera divisiones en marcha,
batallones en movimiento, cargas de caballería, asaltos, combates,
escaramuzas, todo el cuadro, en fin, de la terrible campaña que iba á
emprender.

Morelos llegó á Carácuaro, y allí reunió 25 hombres mal armados, y
comenzó su carrera militar.

Conforme á las instrucciones del Sr. Hidalgo, se dirigió á las costas
del Sur.

Saliendo de Carácuaro, llegó á Choromuco, pasó el gran río de Zacatula
por las balsas, llegó á Coahuayutla, tomó el camino de Acapulco,
siguiendo desde allí toda la costa.

Por último, dos meses después de haberse puesto en campaña con 25
hombres, Morelos contaba ya con 2,000 infantes, gran número de jinetes,
cinco cañones y considerable cantidad de pertrechos de guerra.

Casi todo el armamento y todo el parque habían sido quitados al
enemigo.


IV

EL CAUDILLO

Desde esa época Morelos fué el caudillo prominente en la guerra de
Independencia.

Vencedor unas veces, vencido otras, pero siempre constante, valeroso,
inteligente, el humilde cura de Carácuaro era un héroe.

Por todas partes se hacía sentir su poderoso influjo; por todas partes,
á su nombre, se levantaban partidas, y se organizaban tropas, y se daban
combates.

Y no se contentaba sólo con defender su causa por medio de las armas,
sino que sostenía constantemente difíciles polémicas con los curas y las
principales personas del clero, que valiéndose de la religión,
pretendían apartar al señor Morelos del camino que se había trazado.

La historia de las campañas del héroe, es la historia de todas las
poblaciones, de todos los bosques, de todas las llanuras del Sur de
nuestra patria, y sus recuerdos viven imperecederos en todos esos
lugares.

Pero el apogeo de la gloria de aquel grande hombre está en el sitio de
Cuautla.

Reducido Morelos á defenderse en esa ciudad, que hoy lleva con orgullo
el nombre del ilustre caudillo, dió pruebas de la grandeza de su genio.

Una ciudad pequeña en una llanura, abierta por todos lados, con unas
fortificaciones hechas de prisa y sumamente ligeras: ésta era su
posición.

Un ejército bisoño, casi desnudo, con malas armas, con pocas municiones,
y constando de un reducido número: éstos eran sus elementos de defensa.

Félix María Calleja, el vencedor de Aculco, de Guanajuato y de Calderón,
seguido de un numeroso ejército bien armado, perfectamente disciplinado,
orgulloso con sus victorias, provisto de abundantes víveres y
municiones, y constantemente reforzado: esto representaba el ataque.

Y sin embargo Morelos resistió sesenta y dos días y aquel sitio mereció
con razón el renombre de famoso.

Viéronse allí episodios de valor inauditos para impedir que los
sitiadores cortaran el agua; los sitiados hicieron prodigios, y vivieron
los que custodiaban la toma, bajo una constante lluvia de proyectiles.

Por fin la situación se hizo desesperada; el hambre obligó á los
insurgentes á tomar una resolución extrema, y la noche del 2 de Mayo de
1812, el señor Morelos salió de la plaza, atravesó con su pequeño
ejército la línea de circunvalación, abriéndose paso á viva fuerza, y
aunque sufriendo grandes pérdidas, y libre ya de aquel peligro, volvió á
ser el alma inteligente y guerrera de la lucha de Independencia.


V

EL MARTIR

La suerte abandonó por fin á Morelos, y en la acción de Tesmalaca (5 de
Noviembre de 1815) cayó prisionero en manos del general español
Concha.--El martirio debía coronar aquella vida llena de gloria, y
Morelos marchó al patíbulo lleno de valor.

La inquisición, el clero, el virrey, la audiencia, todos quisieron tener
parte en el sacrificio, todos quisieron herir á su víctima, todos
hicieron gala de su crueldad con aquel hombre que los había hecho
temblar, y á cuyo solo recuerdo palidecían.

Semejantes á una jauría hambrienta que se arroja ladrando y furiosa
sobre un león herido, así aquellos hombres _organizaron su justicia_
contra el pobre prisionero de Tesmalaca.

La inquisición le declaró hereje, el clero le degradó del carácter
sacerdotal, la audiencia le condenó por traidor al rey, y el virrey se
encargó de la ejecución.

Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin
embargo un héroe, un caudillo en la más santa y más noble de las
luchas; era, en fin, _el hombre más extraordinario que produjo la guerra
de independencia en México_.

Morelos fué fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de Diciembre de
1815.

Cuando la sangre de aquel noble mártir regó la tierra, cuando su cuerpo
acribillado por las balas dejó escapar el grande espíritu que durante
cincuenta años le había animado, entonces pasó una cosa extraña que la
ciencia aún no explica satisfactoriamente.

Las aguas del lago, tan puras y tan serenas siempre, comenzaron á
encresparse y á crecer, y sin que el huracán cruzase sobre ellas, y sin
que la tormenta cubriera con sus pardas alas el cielo, aquellas aguas se
levantaron y cubrieron las playas por el lado de San Cristóbal, y
avanzaron y avanzaron hasta llegar al lugar del suplicio.

Lavaron la sangre del mártir y volvieron majestuosamente á su antiguo
curso.

Ni antes ni después se ha observado semejante fenómeno. ¡Allí estaba la
mano de Dios!

_Vicente Riva Palacio._



ITURBIDE


El Apoteosis

I

Llegó por fin el día de la libertad de México. Once años de lucha, un
mar de sangre, un océano de lágrimas.--Esto era lo que había tenido que
atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de Septiembre de 1810 hasta
el 27 de Septiembre de 1821.--16 y 27 de Septiembre, 1810 y 1821. He
aquí los dos broches de diamante que cierran ese libro de la historia en
que se escribió la sublime epopeya de la independencia de México.

Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían necesitado
los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella sus nombres
en ese gran libro!

Pero el día llegó; puro y transparente el cielo, radiante y esplendoroso
el sol, dulce y perfumado el ambiente.

Aquel era el día que alumbraba después de una noche de trescientos
años.

Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el sepulcro
tres siglos.

Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciudad de
México estaba conmovida.

¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día en que
recobra su independencia? Pero, ¿quién sería capaz de pintar ese goce
purísimo, cuando se olvidan todas las penas del pasado y no se mira sino
luz en el porvenir; cuando todos se sienten hermanos; cuando hasta la
naturaleza misma parece tomar parte en la gran fiesta?

México se engalanó como la joven que espera á su amado.

Vistosas y magníficas colgaduras y cortinajes ondeaban al impulso del
fresco viento de la mañana, en los balcones, en las ventanas, en las
puertas, en las cornisas, en las torres. Cada uno había procurado
ostentar en aquel día lo más rico, lo más bello que tenía en su casa.

Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, cuadros,
vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo
lucía, todo brillaba, todo venía á dar testimonio del placer y de la
ventura de los habitantes de México.

Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colores de la
bandera nacional, de esa bandera que enarbolada por Guerrero y por
Iturbide en el rincón de una montaña, debía en pocos meses pasearse
triunfante por toda la nación, y flamear con orgullo sobre el palacio de
los virreyes de Nueva España.

Aquellos tres colores simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; un
presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, el
verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire.

Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las plazas,
que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba las azoteas, que
escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa de contemplar
la entrada del ejército libertador, no había quizá una sola persona que
no llevase con orgullo la escarapela tricolor.


II

El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la
muchedumbre el momento de la entrada del ejército _trigarante_.

Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel
grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más
lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad
conquistada por Hernán Cortés el 13 de Agosto de 1521.

1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de esclavitud!

A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en
aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones.

Aquel hombre era el libertador D. Agustín Iturbide.

Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despejada,
serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con diestra
mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con orgullo bajo el
peso de su noble jinete, y que llevaba ricos jaeces y montura
guarnecidos de oro y de diamantes.

El traje de Iturbide era por demás modesto: botas de montar, calzón de
paño blanco, chaleco cerrado del mismo paño, una casaca redonda de color
de avellana y un sombrero montado con tres bellas plumas con los colores
de la bandera nacional.

Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embriaguez de
placer y de entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban el aire, y
se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de las músicas, con
los repiques de las campanas de los templos, con el estallido de los
cohetes y con el ronco bramido de los cañones.

Iturbide atravesaba por el centro de la ciudad para llegar hasta el
palacio; su caballo pisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y una
verdadera lluvia de coronas, de ramos y de flores caía sobre su cabeza y
sobre las de sus soldados.

Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército con
perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y sus joyas, los padres y las
madres levantaban en sus brazos á los niños y les mostraban al
libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las
mejillas.

Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se
arrojaban á coronar á los soldados rasos y á abrazarlos; los hombres,
aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se
encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban.

Aquella era una locura, pero una locura sublime, conmovedora; aquel era
un vértigo, pero era el santo vértigo del patriotismo.

Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de Septiembre
de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la dicha de presenciar
esa memorable escena, que no sienta que se anuda su garganta y que sus
ojos se llenan de lágrimas al escuchar esta pálida descripción, hija de
las tradiciones de nuestros padres y nacida sólo al fuego del amor de la
patria.

Aquel fué el apoteosis del libertador Iturbide.



PADILLA


I

Era la tarde del 15 de Julio de 1824.

Frente á la barra de Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba
pesadamente el bergantín «Spring,» anclado allí desde la víspera.

La tarde estaba serena, apenas una ligera brisa pasaba susurrando entre
la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas hasta reventar á lo
lejos en la playa, y los tumbos sordos de la mar llegaban casi
perdiéndose hasta la embarcación.

Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anunciando con
sus gritos destemplados la llegada de la noche, y se miraban de cuando
en cuando bandadas de aves marinas que volaban hacia la tierra, buscando
las rocas para refugiarse.

Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol se oculta
del lado de la tierra; tristísimo es contemplar esa hora desde un buque
anclado.

Sobre la cubierta del bergantín había un hombre que tenía fija la mirada
en la playa.

Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma postura. Esperaba
y meditaba.

Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno sólo de los músculos
de su fisonomía, y meditaba profundamente, porque nada parecía
distraerle.

La noche comenzó á tender su manto y aquel hombre no se movía.

Por fin, los contornos de la tierra desaparecieron entre la obscuridad,
las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y asomaron
sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, que son como
las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se llama el Océano.

El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentinamente se
irguió.

Era que en medio del silencio de la noche había apercibido el acompasado
golpeo de unos remos.

Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin duda alguna se
acercaba al bergantín una lancha.

--¿Jorge, eres tú?--dijo el hombre del bergantín á uno de los remeros
cuando la pequeña embarcación llegó.

--Sí, señor--contestó una voz desde la lancha.

--¿Y Beneski?

--Espera aquí--contestó otra voz.

El hombre saltó resueltamente á la escala, y con una firmeza que hubiera
envidiado un marinero, descendió por ella y llegó á bordo de la lancha.

--¡A tierra!--exclamó sentándose en el banco de popa.

Los bogas no contestaron, sonó el golpe de los remos en la agua, y la
lancha, obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se deslizó sobre
las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.


II

Al día siguiente, cerca ya de Soto la Marina, caminaba una tropa de
caballería, en medio de la cual podía distinguirse al mismo hombre que
el día anterior había desembarcado del bergantín.

Al lado de aquel hombre marchaba otro que parecía ser el jefe de la
fuerza.

Los dos caminaban en silencio, los dos parecían hondamente preocupados y
poco dispuestos á emprender una conversación.

Por fin, el hombre del bergantín rompió el silencio, y acercando su
caballo al de su acompañante, le dijo con una voz firme:

--Señor General Garza, supuesto que soy su prisionero de vd., ¿no podría
decirme la suerte que se me espera?

Garza levantó los ojos, le miró por un momento, y con acento casi
lúgubre contestó:

--La muerte.

El prisionero no palideció siquiera, pero tampoco volvió á desplegar sus
labios; poco después llegaron á Soto la Marina.

En la misma noche toda aquella población sabía que á la mañana siguiente
sería pasado por las armas el destronado emperador de México D. Agustín
Iturbide, hecho prisionero al desembarcar en la barra de Santander, por
el general D. Felipe de la Garza.

Los historiadores no están conformes en el modo con que fué aprehendido
D. Agustín de Iturbide.

Algunos de sus biógrafos, más apasionados de la memoria del desgraciado
emperador que de la verdad, afirman que Iturbide llegó á las playas
mexicanas ignorando el decreto de proscripción fulminado contra él en la
República, y agregan que desembarcó disfrazado, fingiéndose colono, en
compañía de Beneski; pero que fué reconocido por el modo expedito y
airoso que tenía de montar á caballo.

Todas estas dudas se disipan y todas esas relaciones se desmienten con
sólo trascribir el principio de una carta que en el momento casi de
desembarcar escribía Iturbide á su corresponsal en Londres D. Mateo
Flétcher, y que inserta D. Carlos Bustamante en su apéndice á los _Tres
siglos de México_.


    “A bordo del bergantín “Spring”
    frente á la barra de Santander, 15
    de Julio de 1824.
    «Mi apreciable amigo:


     «Hoy voy á tierra, acompañado solo de Beneski, á tener una
     conferencia con el general que manda esta provincia, esperando que
     sus disposiciones sean favorables á mí, en virtud de que las tiene
     muy buenas en beneficio de mi patria...... Sin embargo, indican no
     estar la opinión en el punto en que me figuraba, y no será difícil
     que se presente grande oposición, y aún ocurran desgracias. Si
     entre estas ocurriere mi fallecimiento, mi mujer entrará con vd. en
     contestaciones sobre nuestras cuentas y negocios, etc.»

     Y esta carta está firmada:--«Agustín de Iturbide.»

Toda la versión, pues, sobre el incógnito de Iturbide, no pasa de ser
una novela.


III

Amaneció el día 17, y se notificó á Iturbide que dentro de pocas horas
debía morir.

Su muerte estaba decretada por Garza, que se fundaba para dar esta
determinación en la ley que proscribía á Iturbide para siempre de la
República.

Notificóse al preso la sentencia, y la escuchó sin inmutarse; pidió que
viniera, para auxiliarle en el último trance, su capellán que había
quedado en el buque, y envió á Garza un manifiesto que había escrito
para la nación.

La serenidad de Iturbide y la lectura del manifiesto conmovieron sin
duda al general, porque mandó suspender la ejecución y se puso en marcha
para Padilla, en donde estaba reunido el congreso del Estado, llevando
consigo al prisionero y tratándole con tantas consideraciones como si él
fuera mandando en jefe.

Llegaron por fin á Padilla, y el congreso determinó que sin excusa ni
pretexto fuese pasado por las armas. En vano Garza, que asistió á la
sesión, procuró probar, convertido entonces en defensor de Iturbide, que
el decreto de proscripción no alcanzaba á tanto, que Iturbide daba
pruebas de sus intenciones pacíficas, trayendo consigo á su esposa y á
sus pequeños hijos. El congreso se mantuvo inflexible, y Garza fué
encargado de ejecutar la sentencia dentro de un breve término.

Volvió entonces á notificarse á Iturbide que podía contar con tres horas
para arreglar sus negocios, después de los cuales debía morir.

Iturbide se preparó á morir como cristiano y se confesó con el
presidente del congreso que era un eclesiástico, y que había salvado su
voto cuando se trató de la muerte del prisionero.

Las seis de la tarde del día 19 fué la hora señalada para ejecutar la
sentencia.--Iturbide salió de la prisión sereno y firme, y deteniéndose
al encontrarse en el campo exclamó:

--Daré al mundo la última vista.

Después pidió agua, que apenas tocó con los labios, y se vendó él mismo
los ojos.

Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, pero
después se resignó con humildad.

Detúvose allí, caminó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó al lugar
del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos entre los
soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para su familia al
eclesiástico que le acompañaba.

En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta algunas
oraciones y besó fervorosamente un crucifijo.

En ese momento el jefe hizo la señal de fuego y se escuchó el ruido de
la descarga.

Cuando se disipó el humo de la pólvora, D. Agustín de Iturbide no era ya
más que un cadáver cubierto de sangre.


IV

Iturbide libertador de México, Iturbide emperador, Iturbide ídolo y
adoración un día de los mexicanos, expiró en un patíbulo, y en medio del
más desconsolador abandono.

Los partidos políticos se han pretendido culpar mútuamente de su muerte.
Ninguno de ellos ha querido hasta ahora reportar esa inmensa
responsabilidad.

En todo caso, y cualquiera que haya sido el partido que sacrificó á D.
Agustín de Iturbide, yo no vacilaré en repetir que esa sangre derramada
en Padilla, ha sido y es quizá una de las manchas más vergonzosas de la
historia de México.

Guerrero é Iturbide consumaron la independencia, y ambos, con el
pretexto de que atacaban á un gobierno legítimo, espiraron á manos de
sus mismos conciudadanos.

No seré yo quien pueda hablar de la muerte de Guerrero; pero en cuanto á
la de Iturbide, exclamaré siempre que fué la prueba más tristemente
célebre de ingratitud que pudo haber dado en aquella época la nación
mexicana.--Iturbide reportaba, si se quiere, el peso de grandes delitos
políticos, venía á conspirar á la República, bien; ¿pero no hubiera
bastado con reembarcarle?

El pueblo que pone las manos sobre la cabeza de su libertador, es tan
culpable como el hijo que atenta contra la vida de su padre.--Hay sobre
los intereses políticos en las naciones, una virtud que es superior á
todas las virtudes, la gratitud.

El pueblo que es ingrato con sus grandes hombres, se expone á no tener
por servidores, más que á los que buscan en la política un camino para
enriquecer y sofocan todas las pasiones nobles y generosas.

Dios permita que las generaciones venideras perdonen á nuestros
antepasados la muerte de Iturbide, ya que la historia no puede borrar de
sus fastos esta sangrienta y negra página.

_Vicente Riva Palacio._



MINA


I

En este libro hemos consignado el fin trágico que la suerte reservó á
los primeros caudillos de la independencia mexicana. Sin experiencia en
las armas, sin elementos para la guerra, y educados en la sedentaria y
tranquila carrera de la iglesia, su mérito y su gloria han consistido
más bien en su abnegación y en su amor á la libertad, que no en el éxito
de sus expediciones militares.

Después del suplicio de Morelos, de ese hombre singular á quien sus
mismos enemigos no pueden negar ni el talento natural para la guerra, ni
la constancia ni el valor, comenzó la fortuna á mostrar su faz hosca y
sañuda á la mayor parte de los caudillos mexicanos que habían conservado
las armas en la mano, y que llenos de fe en la causa de la patria,
habían visto con desdén los ofrecimientos de perdón y aun las más
lisongeras promesas de parte del gobierno español. Todo parecía
concluído. Las partidas de insurgentes que habían quedado, siendo ya
poco numerosas y escasas de elementos para la campaña, no inspiraban ya
temor al gobierno, y el virrey creyó por un momento que había ya
recobrado plenamente el dominio en la Antigua Colonia.

Repentinamente un suceso inesperado sacude en sus cimientos á la Nueva
España, y el fuego de la independencia, que parecía completamente
apagado, se encendió de nuevo para no extinguirse nunca, pues se
encuentra aún vivo y ardiente en el pecho de los mexicanos.

Mina fué el relámpago que un momento iluminó el horizonte de la
revolución, y desapareció en esa insondable eternidad que no podemos
comprender.

Era labrador, pero labrador en la montaña, no en la llanura. Los
montañeses tienen que habituarse á la vida aventurera y casi salvaje.
Los fenómenos todos de la naturaleza parece que se desarrollan de una
manera más imponente en la montaña, y esto, y el ejercicio de la caza,
preparan á esa clase de hombres á la vida militar.

Napoleón I hizo del labrador montañés un guerrillero.

Mina peleó por la independencia de su patria y llegó á ser jefe de la
Navarra, provincia donde vió la luz en fines del año de 1789, Terminada
la invasión, Mina se encontró con otro enemigo, el despotismo, y basta
para personificarlo nombrar á Fernando VII, soberano tan repugnante que
ni aun ha tenido la consideración para los españoles más sumisos y
monarquistas. Mina, en unión de su tío Espoz y Mina, conspiró en Navarra
para restablecer la Constitución. Desgraciado en esta tentativa, tuvo
que huir para salvar la vida, y emigró á Francia y pasó poco tiempo
después á Inglaterra.

Encontró allí un personaje al que no hemos dado todavía todo el honor v
la celebridad que merece. Este personaje era el _Dr. D. Servando Teresa
de Mier_. Este padre fué el primero en propagar las ideas de la
desamortización eclesiástica y de la separación de la Iglesia y del
Estado. Sus obras no las mejoraría en ciertas capitales el progresista
más exaltado de 1870.

Un fraile y un proscrito sin un cuarto en la bolsa, el uno con su
entusiasmo y el otro con su espada, intentan á más de dos mil leguas de
distancia, derribar un gobierno que había triunfado de los más valientes
y esforzados caudillos mexicanos. Desde este momento comienza una serie
de aventuras propias más bien para un romance.

El mismo día que resolvió Mina hacer una expedición á México, alentado
por los consejos y entusiasmo del padre Mier, se presentó resueltamente
en la casa de dos ó tres comerciantes ingleses.

Quizá una semana después, á las tres de la tarde (y hay sobre esto un
canto popular), el guerrillero español abandonaba las costas inglesas, y
surcaba los mares en un barco mercante que tomó á flete, y fué el
principio de su escuadrilla. Le acompañaban el infatigable padre Mier y
treinta hombres terribles y desalmados, que dieron prueba más adelante
de una energía indomable. La primera idea de Mina fué poner directamente
la proa á las costas de México; pero varió de resolución, y para
proveerse de más gente y recursos, se dirigió á los Estados Unidos del
Norte, donde reclutó, en efecto, más de doscientos soldados aventureros
que indistintamente habían servido con los ingleses y con los franceses
en las últimas guerras. Con estas fuerzas, y con otros buques, aunque
pequeños, organizó su expedición y se dirigió á Puerto Príncipe, donde
se encontró con que un terrible huracán le había destruído uno de los
buques que mandó con anticipación, y con que muchos de los aventureros
enganchados se habían desertado.

De Puerto Príncipe salió á la mar la expedición, con dirección á Tejas,
con el fin de reunirse con el comodoro Aury, jefe de unos cuantos
piratas que había reunido bajo sus órdenes. El vómito prieto se declaró
á bordo de la improvisada escuadrilla, y comenzaron á morir oficiales y
marineros. En el estado más triste llegaron á la isla del Caimán. Las
frescas brisas y una pesca abundante de tortugas, volvieron la vida y
las fuerzas á los enfermos. Mina, resistiendo á las enfermedades y á
todo género de contratiempos, llegó por fin á Gálveston, donde abrazó al
pirata Aury, refrescó los víveres, estableció su campamento, se dedicó á
formar sus regimientos, á preparar la expedición, y publicó un
manifiesto que circuló poco tiempo después en México, y reanimó el
entusiasmo por la Independencia.


II

Las aguas de la costa de Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo
común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas
cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.

El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin
duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas á
azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación.
Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al
puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra.
En efecto, era la «Cleopatra,» y á bordo venía el general Don Francisco
Javier Mina.

El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia
ninguna el 15 de Abril de 1817.

El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba á pie, con su espada en
la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques,
pero al fin llegó á la población, donde fijó su cuartel general. Sus
buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz á
atacarlos. La goleta «Elena,» que era muy velera, escapó á la vista del
enemigo; las tripulaciones de la «Cleopatra» y del «Neptuno» vinieron á
tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata
«Sabina,» se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del
aventurero capitán.

El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La «Cleopatra» no
contestaba, y esto irritaba al enemigo.

--Que redoblen el fuego, gritó con voz de trueno.

El cañoneo continuó más fuerte. La «Cleopatra,» siempre silenciosa,
parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.

--¡Esta es una asechanza sin duda! exclamó el jefe español; se tratará
de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el
agua. ¡Al abordaje! al abordaje! y no hay que perdonar á nadie.
Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados á cuchillo.

Los botes, tripulados con un buen número de gente provista de escalas,
garfios, picas y demás instrumentos propios para el abordaje, se
desprendió de la «Proserpina» y resueltamente se dirigió á la
«Cleopatra.» El mismo silencio, la misma terrible inmovilidad.

--¡Animo, marinos! gritó el jefe que mandaba los botes; acordáos que
sois españoles y que estais en la tierra de Cortés. Arriba! á ellos! y
no haya misericordia.

Los marinos españoles se lanzaron como leones.

Un gato, único defensor que había quedado á bordo, corrió por la
cubierta, y mirándose atacado por los marinos de la «Proserpina,» corrió
sobre cubierta, se precipitó, sin saber dónde, cayó sobre la cara del
comandante, se afianzó con las uñas de sus barbas y carrillos, y al
grito de sorpresa y de dolor del bravo marino, el gato cayó en el agua y
desapareció entre las ondas. Los asaltantes tuvieron que soltar una
carcajada.

Sin embargo, el brigadier D. Francisco de Beranger, que mandaba esta
expedición, dió á su regreso á Veracruz un parte en que describía una
terrible batalla naval y un sangriento abordaje. El virrey los recomendó
á España, y decretó que llevaran en el brazo derecho un escudo con el
siguiente epígrafe: AL IMPORTANTE SERVICIO EN SOTO LA MARINA.


III

Mina no perdió su tiempo. Construyó un fuerte regular en Soto la Marina,
y resolvió expedicionar en el interior del país.

La mañana del 24 de Mayo, Mina, ya con su espada ceñida, estaba en la
plaza al frente de sus tropas, que eran las siguientes:

    General y su Estado Mayor             11
    Guardia de honor al mando de Young    31
    Caballería                           124
    Regimiento del Mayor Sterling         56
    Primero de línea                      64
    Artillería                             5
    Criados                               12
    Ordenanzas                             5
                                         ---
                              Total      308

Era ridícula esta expedición. Mejor dicho, era sublime. El comandante
tenía en sus ojos la victoria.

Mina llamó al mayor Sardá.

--Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el
último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado,
yo volveré y haré á balazos que te dejen quieto. Mina estrechó la mano
del mayor, y espada en mano, salió de la plaza de Soto la Marina,
tambor batiente y bandera desplegada.

Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres
y de agua, la tropa comenzaba á fatigarse y á murmurar.

--No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres
frescos, y habitación magnífica, y dinero.

En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del
jefe D. Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una
buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.

Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con
una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó á
Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los
magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época
pertenecía á los Carmelitas. Los dependientes y mozos habían huído,
llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se
acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se
presenta. Armiñan y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien
dice, á las puertas de la hacienda.

Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube á la
azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente
reverberación del campo, una fuerza de infantería como de 1,000
hombres, seguida á cierta distancia por una numerosa caballería.

--Amigos, dice á sus soldados, que habían salido en seguimiento de su
jefe; vamos á ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos
en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más
recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque
más.

La respuesta de esta tropa denonada fué un ¡hurra! estrepitoso, y cosa
de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron á paso veloz al
encuentro de la formidable columna española.

Mina, á los pocos momentos de comenzada la acción, se vió envuelto por
la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas.
En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro,
hizo una descarga á quemaropa á la caballería que se le venía encima,
mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero
sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de
ellos, comenzaron á vacilar y á desorganizarse, y concluyeron con
abandonar el campo y echar á correr. El coronel Piedras, de las tropas
realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del
caballo de su corneta de órdenes, y Armillan se retiró á San José. Esta
fué la célebre acción de Peotillos dada el 15 de Junio.

Mina con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al
interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose
sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y
defendida por trescientos hombres y cinco cañones.

Para Mina no había dificultades, y á todo trance necesitaba apoderarse
de este mineral. Mina intimó rendición á la plaza, y habiendo recibido
una respuesta altanera, se decidió á obrar. Llamó á quince de sus más
atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron
sin ser sentidos á las azoteas de las casas. Descendieron á la plaza,
sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces
asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró á
ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de
Junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte
del Sombrero, que mandaba el jefe independiente D. Pedro Moreno.

A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar
de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el
jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía
sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y
acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en
marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde
encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al
día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después
se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en
menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte
con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron
los jefes realistas Ordóñez y Castañón.


IV

En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las
gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían á verle con admiración, y
el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre
fatal.

El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro
un cuerpo de tropas escogidas que puso á las órdenes del Mariscal Liñán,
y apeló, además, á los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe
de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de Julio, Mina
tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato á Liñán, Orrantia, Negrete,
Villaseñor, Bustamante (Don Anastasio), y cuantos otros jefes se
consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los
atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas
españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin
se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar
dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León, Mina, con cosa
de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se
resolvió á esperar y defenderse hasta el último extremo.

El 1.º de Agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin
interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores
estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por
todos ellos fué rechazado. Entonces se hicieron á Mina proposiciones muy
lisonjeras, que rehusó constantemente.

El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que
había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las
cercanías frescas y abundantes lluvias; mientras los hombres del fuerte
morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus
soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente
y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse á encerrar en
aquellas rocas secas y fatales.

El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre
el fuerte, pero fué rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron
tirados en las barrancas.

Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed
los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche
obscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron
sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la
obscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el
fuerte el 20, y su primera disposición fué mandar fusilar á los enfermos
y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la
Independencia mexicana.

Mina, protegiendo la salida, animando á los débiles, recogiendo á los
dispersos, sostuvo la posición hasta lo último; pero ya rodeado de
tropas españolas, no le quedó más arbitrio que abrirse paso con cien
caballos, logrando escapar de la fuerza enemiga y llegar al fuerte de
los Remedios, en el cerro de San Gregorio.

El 27, Liñán con todas sus tropas se presentó delante del fuerte de los
Remedios. Mina, dejando sus buenas tropas en esta posición, expedicionó
por el Bajío con cerca de 900 insurgentes de caballería. Se posesionó á
viva fuerza de la hacienda del Bizcocho y de San Luis de la Paz. Fué
rechazado de la Zanja y derrotado por Orrantia en la hacienda de la
Caja. No pierde, sin embargo, el ánimo, y con veinte hombres que le
quedaron, se dirige á Jaujilla á conferenciar con la Junta, y empeñado
en auxiliar á los sitiados en el fuerte de los Remedios, vuelve otra vez
á Guanajuato, reune á los insurgentes, toma la mina de la Luz, penetra
en las calles, y allí desorganizadas las tropas que eran colecticias,
bizoñas é insubordinadas, es completamente derrotado. Con 40 infantes y
20 caballos pasa la noche cerca de la mina de la Luz, y al día siguiente
se dirige al rancho del _Venadito_, cuyo dueño era su amigo Don Mariano
Herrera.

«Por las noticias que Orrantia adquirió en Guanajuato, supo el lugar
donde Mina debería encontrarse, y á las diez de la noche salió con 500
caballos, dejando la infantería en Silao. Mina, á quien había venido á
ver Moreno, en la confianza de estar seguro en un lugar tan oculto y con
las precauciones que había tomado, se propuso descansar, y por primera
vez después de muchas noches se quitó el uniforme y permitió que
desensillasen sus caballos.»

Al amanecer del 17, Orrantia llegó al rancho y su avanzada de caballería
rodeó la casa y sorprendió á los que todavía dormían tranquilos. Moreno
murió defendiéndose, y Mina, hecho prisionero, y llevado delante de
Orrantia, fué insultado por éste y maltratado de una manera villana,
hasta el extremo de darle de cintarazos.

El 11 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, fué conducido Mina al
Cerro del Bellaco, donde fué fusilado por la espalda á la vista de los
campamentos español é insurgente, que suspendieron las hostilidades para
presenciar la muerte del indomable aventurero, que aun no cumplía
veintinueve años, y que hizo temblar al antiguo virreinato de la Nueva
España.

_Manuel Payno._



GUERRERO


I

Si Mina fué la tempestad y el rayo que hizo temblar al virrey en la
silla dorada, Guerrero fué la luz de la independencia. Encendida siempre
en las ásperas y ricas montañas del Sur, los mexicanos siempre tuvieron
un punto adonde dirigirse, una esperanza que invocar y un representante
que abogase siempre por la causa justa, pero al parecer perdida, por las
victorias de las armas españolas. Si Guerrero hubiese sido uno de esos
romanos que desde la obscuridad del campo se solían elevar hasta la
gloria de la República, Tácito le habría consagrado un envidiable
escrito como el que le dedicó á Julio Agrícola.


II

No vamos á escribir la biografía de Guerrero. Su vida fué un tejido de
aventuras y una serie de rasgos heroicos, que están íntimamente unidos
con nuestra guerra de once años. Sería necesario escribir la historia
entera, pues Guerrero tuvo la fortuna de sobrevivir á su obra, y la
desgracia de ser jefe de la República y de morir á manos de sus mismos
compatriotas.

Nació Guerrero por los años 1783, en Tixtla. Su familia era de pobres
labradores, restos escapados de la conquista, y que desde esos tiempos
quizá buscaron una poca de libertad en las montañas del Sur. Los años
primeros de Guerrero se pasaron en la fatiga y en el trabajo. ¿Qué
educación, qué literatura, qué ciencias podían penetrar en esas
apartadas montañas y en la casa rústica del campesino? El hombre era
natural, el árbol con la corteza, la flor con todo y las espinas, el oro
con el cuarzo. Pero la alma era en efecto de oro, y la aptitud moral, la
inspiración de lo bueno, bastó para conducirle por el camino de la
gloria y de la honra hasta los grados superiores de la milicia y hasta
el primer puesto de la República.


III

En 1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la Independencia en
Dolores. En 1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la
inspiración patriótica, figuraba como capitán, y servía á las órdenes
inmediatas de D. Hermenegildo Galeana.

El hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En Febrero de
1812, Guerrero ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente á
frente con los jefes españoles, ya alcanzaba en Izúcar una victoria
sobre las tropas regulares que mandaba el brigadier Llano; ya, en fin,
sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había, sin embargo,
escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es lo
que se llama _genio_. Mientras menos son los elementos primitivos,
mientras más inculta es la educación, mientras más obscura es la
personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre las puertas
de la sociedad, y grita á los tiranos con la justicia en el corazón y
con la espada en la mano: _Aquí estoy_.

En 1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el Sur de Puebla,
había militado á las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas
aventuras y peligros, y era ya por fin uno de los _jefes_ de la
Independencia; pero se hallaba en una singular situación.--Los azares de
la guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido á un
soldado asistente, á un fusil sin llave y á dos escopetas. Con estas
terribles fuerzas emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos
esos hombres, es fuerza que tengan algo del Hidalgo de la Mancha en el
cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizo Guerrero, entierra las
escopetas, despide al soldado y se encierra en su casa.

Sin embargo, salió á los pocos días de su situación, de una manera
inesperada.

Se presentó por el rumbo una fuerza española al mando de Don José de la
Peña, de cosa de 700 á 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la
Providencia le deparaba un armamento y un material de guerra, tal cual
se lo había figurado.

En lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de
Papalotla, despertó á los indígenas, los armó con palos; esas armas son
fáciles de encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en
silencio las humildes chozas del pueblecillo hasta la orilla del río.
Allí, Guerrero dió el ejemplo, y todos se arrojaron al agua, y aquel
cardumen de extraños peces dió en la orilla opuesta sin haber hecho el
menor ruido. El campamento del enemigo estaba á poca distancia. Guerrero
cae sobre él, y los soldados de España son despertados á garrotazos,
quedando algunos muertos, otros atarantados, y los más, presas del
pánico, pues no acertaban ni á concebir, como tan de repente tenían á
los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había
pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.


IV

En la larga campaña que hizo Guerrero en el Sur, habría necesidad de
llenar un volumen si nos pusiéramos á referir todos los rasgos de su
valor personal. Citaremos, sin embargo, otro, quizá más notable que el
anterior.

Un día llegó con una corta fuerza al pueblo de Jacomatlán, y observando
que un alto cerro dominaba la población, prefirió ocupar esa posición
militar, como lo hizo en efecto, estableciendo su campamento. La tropa
estaba cansada; en su larga marcha por las asperezas, se había mantenido
con raíces y frutas silvestres, y además, tenían necesidad de bañarse,
pues las enfermedades comenzaban á desarrollarse entre aquel puñado de
valientes.

Guerrero no pudo desentenderse de estas necesidades, y así, accedió á
las súplicas de la tropa, y les permitió que pasasen al pueblo á
proveerse de algunos víveres para surtir el campamento, donde pensaba
permanecer una ó dos semanas, y los que se hallaban enfermos, se bañasen
en un arroyo que á la sazón tenía una hermosa corriente de agua. La
tropa, pues, descendió del cerro, se diseminó entre las casas del
pueblo, y otra parte de ella se dirigió al arroyuelo. Guerrero quedó
solo con el tambor de órdenes y el centinela que cuidaba el armamento.

Así, á las seis de la tarde y cuando Guerrero dormitaba en el recodo de
una peña que le había proporcionado alguna sombra, un muchachuelo llegó
casi sin aliento.

--Señor, el enemigo ha entrado al pueblo y está matando y haciendo
prisioneros á los soldados y á todas las gentes.

Guerrero da un salto, monta en su caballo que tenía ensillado, deja al
centinela con orden de dejarse matar antes de entregar las armas, monta
á la grupa al tambor, armado de un fusil, y se lanza á todo escape por
aquellos breñales.

Pero en vez de huír, como el tambor lo había pensado, Guerrero entra á
las calles del pueblo. El tambor se apea y comienza á tirar de balazos
sobre los enemigos. Guerrero, con espada en mano, se lanza sobre ellos,
y asustados de la intrepidez de un hombre que se atreve solo y tan
denodadamente á pelear, dejan el botín que estaban recogiendo, sueltan á
los prisioneros y huyen. Guerrero reune entonces á los soldados, y con
algunas armas que los españoles habían dejado tiradas, los persigue y
los derrota completamente.

Guerrero había peleado contra 400 hombres mandados por un jefe valiente
que se llamaba D. Félix Lamadrid.

En pocos días se encontraron dos veces Guerrero y Lamadrid en el campo
de batalla, y en Xonacatlán la lucha fué á la bayoneta y cuerpo á
cuerpo, como en las guerras de la antigüedad. Guerrero, aunque con
fuerzas inferiores, salió siempre vencedor.

Después de estas campañas, Guerrero había aumentado mucho sus tropas,
porque su nombre, su fortuna y su trato amable le granjeaban amigos por
todas partes. Tenía, pues, necesidad de vestuario, de municiones, de
armamento y de multitud de otras cosas necesarias para tener en orden y
en servicio á su gente. No tenía más arbitrio sino proveerse á costa de
sus enemigos.

Sin dar cuenta á nadie de su designio, se dirigió con mucho sigilo al
cerro del _Alumbre_, y allí, al parecer, permaneció ocioso y sin objeto
durante muchos días. Una noche puso en movimiento su tropa y la situó
convenientemente en la cañada del Naranjo. Una madrugada salió
personalmente de Acatlán, á la cabeza de una fuerza, toda decidida y
valiente, y antes de que amaneciera el día sorprendió un rico convoy que
Don Saturnino Samaniego conducía de Oaxaca para Izúcar, haciendo huír al
jefe y á los soldados, que escaparon.

Samaniego se reunió en Izúcar con Lamadrid, el eterno antagonista de
Guerrero, y volvieron juntos á la carga, atacándole furiosamente en
Chinantla. La acción duró desde que rompió el día hasta muy entrada la
noche; pero Guerrero quedó vencedor, y Lamadrid y Samaniego, llenos de
rabia, huyeron, dejando en el campo cuantos pertrechos y equipajes
tenían.

Guerrero, que al día siguiente examinó todo el botín, volviéndose á sus
soldados, les dijo: «nuestros almacenes están ya bien provistos, y
nuestros enemigos nos traen los efectos hasta la puerta de nuestra casa,
y ni aun el flete tenemos que pagar.»


V

El amor propio de Lamadrid se hallaba excitado al más alto punto; así
que buscó nuevos encuentros con Guerrero; pero en todas ocasiones salió
derrotado, teniendo á veces que huír, á uña de caballo, como suele
decirse.

Los últimos sucesos de esta especie de desafío á muerte entre el jefe
español y el caudillo insurgente, fueron en los años de 1815 y 1816.
Lamadrid estaba en la orilla izquierda del río Xiputla, y Guerrero llegó
y ocupó la derecha. Desde las dos orillas, las tropas se estuvieron
tiroteando y prodigando durante dos días toda clase de improperios.
Guerrero, en una noche obscura pasó el río, dió furiosamente sobre el
campo enemigo y destrozó á su rival. En Piaxtla y Huamuxtitlán, corrió
una suerte igualmente adversa Lamadrid, á mediados de 1816.

La prisión y muerte de Morelos, y el indulto á que se acogieron algunos
jefes notables, arruinó por ese tiempo la causa de la Independencia.
Guerrero era ya un hombre formado en la guerra y en las fatigas,
atrevido para las sorpresas é impetuoso para el ataque. El gobierno
español conoció su importancia, y llamó al padre de nuestro héroe, le
puso un indulto amplio y completo en la mano, facultándole para que
hiciese á su hijo todo género de promesas, ya de empleos, ya de dinero.

El anciano se encaminó hacia el rumbo donde creía encontrar á su
belicoso hijo, hasta que al fin dió con él.

Abrazó Guerrero con efusión al autor de sus días; pero así que se enteró
de su misión, tomó la mano del anciano, la besó respetuosamente, y acaso
la humedeció con una lágrima; recibió el papel en que estaba escrito su
perdón, quedó un rato pensativo, y después le dobló y le entregó
tristemente á su padre.

--He jurado que mi vida sería de mi patria; y no sería el digno hijo de
un hombre honrado, si no cumpliera mi palabra.

El viejo abrazó á su hijo, le bendijo y se retiró silencioso, tomando de
nuevo el camino, para poner en conocimiento del virrey el mal éxito de
su comisión.

En el año de 1817 Mina desembarcó en Soto la Marina, y en pocos días
hizo la brillante campaña de que hemos dado idea en nuestro anterior
artículo; pero una vez fusilado este caudillo, el desaliento más
completo se apoderó del ánimo de los mexicanos.

Un párrafo de la biografía del general Guerrero, que escribió el Sr.
Lafragua, pinta perfectamente este período, y da una idea de cuánta era
la energía moral del caudillo del Sur.

«La muerte de Morelos, Matamoros y Mina; la prisión de Bravo y Rayón, y
el indulto de Terán y otros jefes, habían derramado el desaliento y el
pavor en toda la Nueva España, que aunque más cercana que nunca á la
libertad, gemía más que nunca atada á la metrópoli.

«Un hombre solo quedó en pie, en medio de tantas ruinas: una voz sola se
oyó en medio de aquel silencio. Don Vicente Guerrero, abandonado de la
fortuna muchas veces, traicionado por algunos de los suyos, sin dinero,
sin armas, sin elementos de ninguna especie, se presenta en ese período
de disolución, como el único mantenedor de la santa causa de la
Independencia.

«Solo, sin rival en esa época de luto, Guerrero, manteniendo entre las
montañas aquella chispa del casi apagado incendio de Dolores, trabajaba
sin tregua al poder colonial, cuyos sangrientos himnos de victoria eran
frecuentemente interrumpidos por el eco amenazador de los cañones del
Sur.

«Lindero de dos edades, Guerrero era el recuerdo de la generación que
acababa, y la esperanza de la que iba á nacer.»


VI

En el año de 1820, Guerrero era ya un general habituado á la metralla,
familiarizado con la sangre de las batallas, heredero legítimo del
valor, de la constancia y del genio militar del gran Morelos.
Triunfante, al fin, aunque lleno de cicatrices, levantaba la cabeza como
los colosos de los Andes, para anunciar á las Américas la buena nueva de
la Independencia.

Fué en ese año cuando pudo conocerse la grandeza de su alma y la
elevación del carácter del hombre oscuro que vió la luz en un pobre
pueblecillo de las montañas.

Nombrado D. Agustín Iturbide comandante del Sur, salió de México el 16
de Noviembre de 1820, resuelto á proclamar la Independencia. El general
español Armijo atacaba á Guerrero; y éste, recobrando su buena estrella,
salía siempre triunfante como años antes del desgraciado Lamadrid.

Iturbide creyó que era necesario contar de todas maneras con un hombre
de tanta importancia, y le dirigió una carta realmente diplomática.
Guerrero le escribió otra llena de franqueza, que se resumía en estas
palabras: «_Libertad, Independencia ó Muerte._»

Esta correspondencia dió por resultado una entrevista de los dos
caudillos en el pueblo de «_Acatempan_.» Se hablaron, se explicaron, se
dieron un sincero y estrecho abrazo. A pocos meses la sangrienta lucha
había cesado, la Independencia estaba consumada, México tenía un
Gobierno Nacional.

Guerrero en la campaña había sido valiente. En _Acatempan_ fué grande;
se inscribió, por la generosa inspiración de su alma, en el catálogo de
los hombres ilustres de Plutarco. Entregó el mando de las fuerzas á
Iturbide, y puso el sello con este acto raro de confianza, de modestia y
de abnegación, á la Independencia de su patria.


VII

El destino de algunos hombres ilustres, es como el de ciertos astros
brillantes que recorren la bóveda del cielo, y parece que al amanecer el
día se hunden y mueren en un horizonte sangriento.

Hemos sólo, á grandes rasgos, apuntado las cualidades militares de
Guerrero. Los partidos trataron de manchar con mil calumnias y cuentos
malévolos este gran carácter que en lo familiar era sencillo como un
niño, consecuente con sus amigos, humilde en la prosperidad, generoso
con los enemigos, y grande y noble con la patria. Llegó feliz á los
linderos de la independencia, y tuvo la fortuna de ver á la patria
libre, pero no dichosa. Apenas terminó la lucha de independencia, cuando
comenzó la guerra civil que todavía no cesa. Guerrero fué arrastrado en
sus muchas y tenebrosas combinaciones. Herido y abandonado en una
barranca, en Enero de 1823, por defender el principio republicano,
vuelve á aparecer en la escena en 1828. La elección presidencial fué uno
de los acontecimientos más notables de esa época, y en la cual los
partidos trabajaron y combatieron terriblemente, divididos y
perfectamente marcados por los ritos masónicos _escoceses_ y _yorkino_.

Don Manuel Gómez Pedraza, que era el caudillo de los escoceses, salió
electo legalmente presidente de la joven y turbulenta República. El
partido yorkino no se dió por vencido ni por derrotado, apeló á las
armas y colocó en la presidencia á su jefe, que era el general Guerrero,
el cual entró á funcionar con este alto carácter en Abril de 1829.

En esa época los españoles invadieron á Tampico. Santa-Anna y Terán
triunfaron, y la independencia se consolidó; pero la seguridad del país
exigía un ejército cerca de la costa, y se estableció un cantón en
Jalapa, á las órdenes del general D. Anastasio Bustamante, que era
vicepresidente.

Bustamante se pronunció contra Guerrero, con las tropas que mandaba.
¡Extrañas anomalías de la historia, y funestas inconsecuencias de las
Repúblicas! Guerrero, que había _sido capaz de hacer la independencia_,
fué declarado _incapaz_ por el congreso; Bustamante entró á gobernar, y
el caudillo del Sur volvió desengañado, triste, enfermo de sus heridas,
á sus montañas del Sur, donde tuvo que tomar las armas para defenderse
de la venganza y de la negra y ponzoñosa saña de sus enemigos.


VIII

Ninguna fuerza pudo vencer á Guerrero en las montañas, en tiempo de la
colonia; ningunas fueron bastantes tampoco en tiempo de la República.
Fué necesario apelar á la más negra y la más odiosa de las traiciones.
«La historia de México tiene algunas páginas oscuras.» Esta es negra; y
ni los años, ni el polvo del olvido, serán bastantes para borrarla.

A principios del año de 1831 se hallaba fondeado en la hermosa bahía de
Acapulco el bergantín genovés «Colombo.» Era su capitán _Francesco
Picaluga_, amigo íntimo de Guerrero y quizá de toda su confianza. Un
día apareció un magnífico banquete preparado á bordo del bergantín.
Guerrero fué convidado, y sin recelo ni sombra de desconfianza pasó á
bordo. La comida fué alegre y espléndida; y concluída, los convidados
salieron sobrecubierta á respirar las brisas de la magnífica bahía.
Picaluga, con una sangre fría que honraría á Judas, declaró á su huésped
que estaba preso, levó las anclas y se dió á la vela, dirigiéndose al
puerto de Huatulco, donde entregó á Guerrero por sesenta mil pesos que
le había dado el traidor y feroz ministro de la Guerra, D. José Antonio
Facio. Guerrero fué conducido por el capitán D. Miguel González á
Oaxaca, y juzgado en consejo de guerra ordinario.

El caudillo de la Independencia, el mantenedor del fuego sagrado de la
libertad, el hombre que tenía destrozado su cuerpo por las balas y las
lanzas españolas, fué condenado á muerte por unos miserables oficiales
subalternos, y fusilado en el pueblo de Cuilapa el 14 de Febrero de
1831.

       *       *       *       *       *

Picaluga fué declarado enemigo de la patria, y condenado á muerte por el
almirantazgo de Génova, en 28 de Julio de 1836; pero bergantín y capitán
desaparecieron como si un monstruo del Océano los hubiera devorado. La
existencia de Picaluga es en efecto un misterio. Unos dicen que se le ha
visto años después en las calles de México; otros que se hizo mahometano
y vive en un serrallo de Turquía, y otros aseguran que varios mexicanos
le han visto en un convento de la Tierra Santa, con una larga barba y un
tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expiar en esta tierra
el horrendo crimen que cometió, y que el Señor misericordioso pueda á la
hora de su muerte abrirle las puertas del cielo.

_Manuel Payno._



OCAMPO


I

Una noche, cerca de las once, Don Melchor Ocampo salía de la casa de una
persona con quien tenía íntima y respetuosa amistad, y que entonces
vivía en la calle de ***

Cuando cerró tras sí la pesada puerta del zaguán, un hombre, embozado
hasta los ojos con un capotón negro, pasó rápidamente, y después otro.
Ocampo no hizo caso, y siguió lenta y tranquilamente hasta la esquina.
Atravesó la bocacalle, y entonces advirtió que los dos embozados se
habían reunido y marchaban delante á pocos pasos, á la vez que otros dos
venían detrás, á algunas varas de distancia. Comprendió, aunque tarde,
que había caído en una emboscada. Si retrocedía á la casa de donde
salió, ó seguía, á la suya, se hallaba siempre en el centro. Registró
maquinalmente sus bolsas, y encontró que no tenía armas; pero sí un
reloj de oro, unas cuantas monedas y un lapicero. Siguió su camino
derecho, pero muy despacio y sin dar muestras ningunas de que había
observado á los que le seguían, y decidido á entregarles el reloj y el
poco dinero que traía.

¡La rara casualidad! En todo el largo tránsito que la vista podía
abarcar, no había ningún _sereno_, ni una alma se encontraba en la
calle. En este orden, Ocampo y los embozados caminaron dos ó tres
calles, y Ocampo se creyó en salvo cuando divisó ya á pocos pasos la luz
de su habitación. Llegó por fin á la puerta, tocó, y con la prontitud
que acostumbraba el portero le abrió; pero notó, con la poca luz que
pudo entrar de la calle, que el portero estaba también embozado. Esto
podía ser una casualidad. Ocampo vivía solo, y aunque preocupado y
curioso, subió á su habitación sin miedo alguno. Al entrar en el pequeño
salón encendió una luz y se encontró sentados en el sofá á otros dos
embozados. Ocampo sonrió entre resignado y colérico.

--Señores, si es para broma, basta ya, les dijo. Yo no he gastado bromas
con nadie; pero bien se puede permitir á los amigos que se diviertan
alguna vez; y si es alguna otra cosa, acabemos también. La casa y todo
está á disposición de los que no tienen valor para descubrirse la cara.

Al decir esto, echó á los pies de los embozados un manojo de llaves
pequeñas, arrimó un sillón y se sentó.

Uno de los embozados se inclinó, tomó las llaves, encendió otra vela y
se dirigió á la alcoba y á las demás piezas de la casa. A este tiempo
los embozados de la calle se presentaron en la puerta del salón.

--Lo había adivinado, dijo Ocampo con voz firme. Este es un golpe de
mano, de acuerdo con el portero. Lo siento, porque le tenía yo por
hombre honrado. Advertiré á vdes., continuó dirigiéndose á los
embozados, que sin duda han recibido malos informes de mi portero, y se
han pecado un buen chasco. Yo no soy hombre rico, y aunque lo fuera,
aquí no tengo gran cosa. Encontrarán vds. cincuenta ó sesenta pesos,
alguna ropa que no vale mucho, y libros que no han de servir á vdes. de
nada, porque si tuviesen amor á la lectura, seguramente no tendrían
afición al robo. Acaben, pues, no vale la pena de que pierdan así su
tiempo ni me desvelen. Tengo sueño.

Los embozados contestaron con una respetuosa cortesía, y se sentaron;
solo uno de ellos se dirigió á las otras piezas. Al cabo de algunos
minutos, los dos hombres que habían entrado á registrar salieron con un
baulito de viaje y un legajo de papeles.

Ocampo volvió á sonreír.

--Otra equivocación tal vez, les dijo. Creerán que yo tengo papeles
reservados. ¡Qué error! Todo lo que vds. traen no contiene más que
apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se
extravíen.

Los embozados, al oír esto, descansaron el baul en el suelo, le abrieron
y metieron cuidadosamente los papeles.

--Esto sí es singular, pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose á ellos, les
dijo: Como habrán vdes. observado, no soy hombre que tengo miedo, ni
menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía
intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Deseo únicamente que
vdes. me digan lo que tengo yo que hacer, y que vdes. hagan breve lo que
les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se
marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo á ocuparme más de lo que ha
pasado.

Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura,
y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría á cabo
irremediablemente. Ocampo le examinó de pies á cabeza con mucha sangre
fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá
esa misma figura alguna otra ocasión.

--Supongo que no me he equivocado, y que vd. es el Sr. D. Melchor
Ocampo, le dijo el hombre misterioso.

--Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi
vida; pero ahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por
gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?

--Tiempo hemos tenido para cometerlo, le respondió el desconocido con
alguna dureza.

--¿Pues entonces?

--Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baul á
propósito y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El
dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el
mismo estado y tendríamos mucho gusto si el Sr. Ocampo pasa á
cerciorarse de que lo que digo es la verdad.

--Me doy por satisfecho.

--Entonces, dijo el hombre misterioso, el Sr. Ocampo tendrá la bondad de
seguirme.

--Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? preguntó Ocampo con calma.

--No quisiera yo que llegáramos á ningún extremo, y sentiría de veras
hacer cualquiera cosa que pudiera ofender á vd.

Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un
rato, y luego dijo:

--Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin
oponer resistencia alguna estoy decidido á seguir con toda calma esta
aventura. Vamos.............. ¿supongo que se me permitirá tomar un
abrigo?

--Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría,
respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.

Ocampo se embozó en ella, entró á sacar á su ropero el dinero que tenía,
y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros
hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.

Echaron á andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y
colocándose á ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con
quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó
del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así
llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber
atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba
un coche con un tiro de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el
hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las
prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la
garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el
tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que
se descubrieron naturalmente, pero á los cuales no pudo reconocer. Los
alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la
entrada á Puebla y á Jalapa. Llegaron á las afueras de Veracruz una
tarde á la hora del crepúsculo. Se dirigieron á pie al muelle, é
inmediatamente se transladaron á una barca que estaba ya con las velas
henchidas y el piloto á bordo. Antes de anochecer sopló un viento
favorable, y á la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan
de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron á Burdeos.

--Antes de que nos separemos, dijo el hombre misterioso á Ocampo, quiero
pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho
de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los
límites de la buena educación, y me atrevo á creer que nuestra compañía
no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara
en que nos hemos encontrado.

--Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente, dijo Ocampo
con cierto acento irónico; pero en verdad, yo no estoy enfadado con
ninguno de vds. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y
si la compañía de vds. debe aún continuar algún tiempo más.

--Aquí nos debemos separar, y solo espero que en cambio de nuestros
cuidados nos prometa vd. no pasar á tierra sino hasta que haya salido
aquel barco que cabalmente comienza á levantar sus anclas. Aquí está una
cartera que suplico á vd. reciba y no abra ni examine hasta que se halle
instalado en la posada que elija en Burdeos.

--Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y á nada me
opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus
ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual
antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las
ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió
al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la
cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México á
otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente á 250
pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no
fué desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que
observase el mundo y que no volviese á México sino cuando personas que
se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió á mi padre una persona respetable y formal, y
yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se
conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad,
y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice
rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví á preguntarle si
era cierto lo que había oído referir respecto á su primer viaje á
Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era
peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor
que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy
conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí
me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se
contaba: así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fué que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que
probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con
economía, sino hasta con miseria, y se dedicó á estudiar las ciencias
naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fué muy notable.

Otra anécdota ha llegado á mi noticia, y quien pudo conocer el carácter
de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos á un café donde
acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente
el francés, y habiendo oido decir algo de México, fijó la atención en un
grupo que se hallaba á poca distancia. Entre otras cosas graves é
injurias relativamente á México, uno de los tertulianos fijó esta
proposición general: _Los mexicanos todos son ladrones_.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy
buen francés:

«Señores, alguno de vds. ha dicho que todos los mexicanos son ladrones.
Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en
consecuencia, el que ha sentado tal proposición, _¡miente!_»

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente á su asiento y siguió tomando su
café.

Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor, pero á
poco comenzaron á discutir y á vociferar. Ocampo les volvió la espalda
en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se
levantó, y dirigiéndose á Ocampo, le dijo:

--Espero que mañana, antes de las seis, os presentareis aquí con
vuestros testigos.

--Ahora mismo es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano á Ocampo y se
pusieron á su disposición.

--¿Cuáles son vuestras instrucciones?

--Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar
el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y
tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le
satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo
encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de una
manera ó de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No
vaya á creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y
delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme á su conciencia y
á su deber, no conocía el miedo.


II

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia
una grande y productiva hacienda de campo en el Estado de Michoacán, que
se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó á
propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de
haber recibido sus bienes dió pruebas evidentes de su aptitud, y más que
todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y
había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La
primera providencia de Ocampo fué llamar á todos sus acreedores.

--Esta hacienda, les dijo, es más bien de ustedes que no mía. Examínenla
á su gusto, y convengamos en la parte de ella que cada uno quiera tomar
para pagarse su deuda.

La mayoría de sus acreedores consentían en renovar las escrituras.
Ocampo rehusó y quiso pagar. Los acreedores eligieron convencionalmente
las fracciones que les pareció, y quedó á Ocampo un potrero sin casa ni
oficinas. Sus acreedores se mostraron satisfechos y fueron pagados, y él
comenzó materialmente la vida ruda y laboriosa del colono.

Fijó su residencia debajo de un grande y frondoso árbol que todavía
existe, y ayudado personalmente de los sirvientes que le eran adictos,
comenzó á levantar una casa pequeña, á cavar las zanjas, á formar las
cercas, á establecer las tierras de labor, á formar, en una palabra, de
una tierra salvaje una hermosa propiedad que literalmente regó con el
sudor de su frente. En el discurso de pocos años había ya una casa
modesta, pero cómoda; un jardín cubierto de las flores más exquisitas, y
unas tierras de labor benditas por Dios, y abonadas con el sudor y el
trabajo de un hombre honrado, y no sólamente admirador de la naturaleza,
sino muy inteligente en la agricultura. A esta nueva propiedad le puso
por nombre _Pomoca_, anagrama de su apellido.


III

Vulgarmente se decía: «Ocampo es un hombre raro.» En efecto, no era
común, y en este sentido había razón para calificarle así. Tenía un
sistema de filosofía peculiar que no pertenecía realmente á ninguna de
las escuelas antiguas ni modernas. Era el conjunto de todas ellas,
modelado en su propio cerebro, con independencia de toda preocupación.
Ocampo pensaba en la misión del hombre sobre la tierra, y para él, esta
misión era la de hacer el bien y propagar la libertad en toda su mayor y
más aceptable latitud; así, la política tenía necesariamente que formar
parte de sus creencias íntimas. ¡Pueden hacer tanto bien los gobiernos!
¡Pueden proporcionar una suma de libertades tan apetecibles y preciosas!
El constituir una parte de esa entidad que podía dispensar los más
grandes beneficios á la sociedad, era para un ciudadano un grande honor
y un motivo de legítima aspiración. He aquí el aspecto bajo el cual
Ocampo miró siempre las cosas públicas; y no hacemos más sino recordar
hoy muchas de las conversaciones que tuvimos con él.

Con unos precedentes tan sinceros y generosos, jamás pudo entrar, ni aun
remotamente, en sus ideas, ni la consideración de un sueldo, ni el
deseo del mando, ni la necia vanidad de figurar. Desde el momento que se
persuadía que no podía hacer el bien en un puesto público, lo dejaba
positivamente, y omitía esas fórmulas y esas ceremonias propias de los
que no obran con la firmeza de una conciencia ajena de todo interés.

Ocampo escribió para el público menos que Otero, que Rosa, que Morales y
que otros muchos hombres distinguidos del partido liberal, y sin
embargo, ejerció en su época mayor influjo que ellos en la marcha de las
cosas políticas. Cuando se establecía en México el gobierno conservador
y dictatorial, Ocampo, ó era perseguido y desterrado, ó desaparecía de
la escena pública y se encerraba en su hacienda á leer ó estudiar, y á
cuidar sus pocos intereses, que tenía en un perfecto estado de orden.
Cuando triunfaba el partido liberal, inmediatamente era llamado á ocupar
algún puesto distinguido. Se prestaba á servir los cargos populares ó
políticos; jamás quiso recibir ningún empleo, aun cuando le instaron
para que aceptara muchos y muy buenos, entre ellos el de director del
Montepío.

Así, fué gobernador de Michoacán, cuyo Estado ha añadido el nombre de
Ocampo á su antigua denominación Tarasca. Gobernó bien, estableció
prácticamente sus doctrinas de libertad; fué, como en todos los actos
de su vida, nimiamente honrado y delicado, y se puede asegurar que
jamás tomó un solo peso que no fuese adquirido con su personal trabajo.

Fué llamado al ministerio de Hacienda en Marzo de 1850, durante la
administración del general Herrera.

En Octubre de 1855 entró á desempeñar el ministerio de Relaciones,
siendo presidente el general Don Juan Alvarez.

En 1858 volvió á desempeñar el mismo ministerio, siendo presidente el
Sr. Juárez, y en 1859 y 1860 estuvo encargado al mismo tiempo de los
ministerios de Guerra y Hacienda. Fué en esta última época cuando
desplegó Ocampo toda la energía de que era capaz, y participando de los
inconvenientes y peligros de toda la época tormentosa de la guerra de la
Reforma, firmó en Veracruz el célebre manifiesto del gobierno
constitucional, y las leyes se expidieron una tras otra hasta completar
la serie de providencias y circulares necesarias para consumar la obra
que había costado tanta sangre y tantos trastornos en los últimos años.


IV

Triunfante el gobierno del Sr. Juárez, volvió con él á México el Sr.
Ocampo; pero á pocos días fué organizado otro Gabinete, y el infatigable
Ministro de la Reforma, sin ninguna aspiración, sin llevar un solo peso,
sin pretender, y antes bien rehusando todas las posiciones que se le
brindaron, se retiró á su hacienda de Pomoca, donde se ocupaba de poner
en orden sus negocios, y en cultivar sus hermosas flores, que fueron el
encanto de su vida.

Llevó á su hogar sus manos limpias. Ni el dinero ni la sangre les habían
impreso algunas de aquellas manchas que, como dice Shakespeare, no
pueden borrar todas las aguas del Océano.

Los restos del ejército reaccionario, pasados los primeros momentos,
volvieron á aparecer con las armas en la mano; y en la República, que
por un momento pareció tranquila, volvió á aparecer la guerra civil.

En la hacienda de Arroyozarco había un español llamado Lindoro Cajiga.
Por motivos más ó menos fundados, que no es del caso calificar, se
separó del servicio de los Sres. Rosas, y reuniéndose con una colección
de hombres desalmados, formó una de esas temibles guerrillas que han
sido el espanto de las poblaciones pequeñas y de las haciendas de campo.

Un día, el menos pensado, se presentó Cajiga en Pomoca y encontró á
Ocampo desprevenido, inerme, confiado y tranquilo, en medio de sus hijas
y de sus sirvientes. Bruscamente le intimó que se diera por preso; y á
pie, y según se dijo con generalidad, tratándole de una manera indigna,
le condujo hasta donde había una fuerza mandada inmediatamente por D.
Leonardo Márquez, y que también estaba á las órdenes de D. Félix
Zuloaga, que se decía Presidente de la República. Lindoro Cajiga obró de
su propia cuenta, ó fué enviado expresamente por Márquez ó Zuloaga? El
caso fué que, apenas este hombre respetable cayó en manos de estos jefes
militares, cuando determinaron que fuese fusilado.

Ocampo no suplicó, no pidió gracia, ni aun algunas horas para disponer
sus negocios; recibió con una completa calma la noticia de su próximo
suplicio.

Pidió únicamente una pluma y una hoja de papel, y escribió, en pocas
líneas, el testamento que ponemos á continuación, con una mano tan firme
y un carácter de letra tan regular y tan correcta como si en medio de su
vida tranquila del campo hubiese estado describiendo las maravillas de
la naturaleza.

Fué fusilado y colgado en un árbol el día 3 de Junio de 1861, frente á
la hacienda de Caltengo.


TESTAMENTO

«Próximo á ser fusilado según se me acaba de notificar, declaro que
reconozco por mis hijas naturales á Josefa, Petra, Julia, i Lucila, i
que en consecuencia las nombro mis herederas de mis pocos bienes.

«Adopto como mi hija á Clara Campos, para que herede el quinto de mis
bienes, á fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad i
distinguidos servicios de su padre.

«Nombro por mis albaceas á cada uno in solidum et in rectum á D. José
María Manzo de Tajimaroa, á D. Estanislao Martínez, al Sr. Lic. D.
Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría i cumplan
esta mi voluntad.

«Me despido de todos mis buenos amigos i de todos los que me han
favorecido en poco ó en mucho, i muero creyendo que he hecho por el
servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

«Tepeji del Río, Junio 3 de 1861.--_M. Ocampo._

«Firman este, á mi ruego, cuatro testigos, i lo deposito en el Sr.
General Taboada, á quien ruego lo haga llegar á mis albaceas ó á D.
Antonio Balbuena, de Maravatío.

«En el lugar mismo de la ejecución, hacienda de Jaltengo, como á las dos
de la tarde, agrego, que el testamento de Dª Ana María Escobar está en
un cuaderno en inglés, entre la mampara de la sala i la ventana de mi
recámara.

«Lego mis libros al Colegio de San Nicolás de Morelia, después de que
mis señores albaceas i Sabás Iturbide tomen de ellos los que les
gusten.--_M. Ocampo._--_J. I. Guerra._--_Miguel Negrete._--_Juan
Calderón._--_Alejandro Reyes._»

Así terminó su carrera, á la edad de 54 á 56 años, uno de los hombres
más distinguidos, más honrados y mejores de la República[1].

_Manuel Payno._



LEANDRO VALLE

     Amigo: te felicitamos por haber dado á tu fe republicana hasta el
     último aliento de tu vida, hasta el último latido de tu corazón. Te
     felicitamos por haber sufrido, por haber muerto.

_V. Hugo._



I

Leandro Valle es una de las figuras más prominentes de la revolución
progresista.

Esa figura, que yace alumbrada por la luz de la historia, dice á la
actual generación que surge la juventud en la tormenta revolucionaria,
como el rayo que va á incendiar los escombros del pasado, para echar los
cimientos del porvenir.

Valle apareció en la revuelta arena de nuestro anfiteatro guerrero bajo
los estandartes de la REFORMA, cuando el clero era una potencia y
parapetaba en sus ciudadelas á sus soldados para defender sus tesoros y
prominencias.

Cuando para escándalo del siglo y vergüenza de la historia, nos
encontrábamos como en la Edad Media, en pleno _feudalismo_, las
escuadras invasoras arrojaban sobre la ciudad heroica sus primeras
bombas en 1847, y la capital se envolvía en las llamas de la guerra
civil, á la voz de _Religión_.

Valle combatía por primera vez al lado de los reformistas, arrebatado
por ese espíritu gigante, que no le abandonó ni en los últimos instantes
de su existencia.

Aquel niño cuya frente serena se ostentó en esos días á la luz
resplandeciente de los cañones, se dejó ver en el combate con el
extranjero, en cuyo estadio se trazaban los preliminares de una carrera
de gloria y de heroicidad.

La fortuna negó á nuestras armas la victoria, pero fué impotente para
borrar las hazañas de nuestros héroes; se veneran aún en aquellos campos
de recuerdos patrióticos las cenizas sagradas de nuestros mártires.

¡Gloria á vosotros, que llevasteis vuestra sangre como una ofrenda á los
altares de la patria!

¡Gloria á vosotros, que rindiendo un homenaje al patriotismo, caísteis
en la arena lanzando vuestro último grito como un saludo eterno á la
libertad!

¡Gloria á vosotros, que sobrevivís á esos días de prueba y arrastrais
una existencia de olvido; vosotros sois los templos vivos de nuestras
memorias, la tradición palpitante de las batallas; cada vez que las
descargas anuncian que uno de vosotros baja al sepulcro, nos parece que
se arranca una hoja de ese libro histórico de nuestras glorias!


II

Cuando una sociedad encalla, se necesitan los choques de la revolución
para sacarla de los arrecifes.

El torrente irresistible del siglo destruye y crea al mismo tiempo; por
eso vemos al mundo antiguo desaparecer con sus tradiciones, con sus
hombres, con su filosofía y si invocamos como un derecho las creencias
de nuestros padres, no recordamos las de nuestros mayores.

La independencia de las naciones no trae siempre consigo la idea de la
libertad.

México, independiente, cayó bajo el poder del clero, y la sociedad yacía
esclava de las prácticas religiosas en su orden político y su
construcción administrativa.

Acabó la _unción_ de los reyes; pero el presidente iba á consagrar su
cabeza bajo el palio y á arrodillarse en los mármoles de la catedral, y
á inclinar la frente agobiada, al resonar en las bóvedas el canto de los
Salmos.

El poder civil desaparecía ante la potestad canónica, ante esa vara
mágica que abre á su contacto las puertas del cielo y las del abismo.

Desde las aldeas hasta las ciudades, ostentaban, templos y monasterios,
sitios de tormento para las vírgenes, foco de pereza y de histérico para
los cenobitas, rompiendo de continuo los _votos_ esas cadenas que el
ascetismo de los siglos medios ha querido imponer á la naturaleza.

Avasallada la sociedad por el sentimiento religioso, subyugada por el
fanatismo y ultrajada por una soldadesca inmoral y desenfrenada, sintió
la necesidad del sacudimiento; la prolongación del letargo podía llegar
hasta la muerte.

Brotó la idea de la Reforma como una fosforescencia de su cerebro; la
idea necesitaba armarse, combatir, triunfar.

Los que habían puesto el dogma de la _intolerancia_ en las cartas
políticas, no eran seguramente los hombres de la revolución.

Los que habían combatido al lado del estandarte de _la fe_, pertenecían
al pasado. No quedaba sino la nueva generación para realizar el
pensamiento reformador de la sociedad.

Pero la juventud necesitaba una guía en el terreno práctico de sus
aspiraciones patrióticas.

Hidalgo había dado el grito de libertad cuando su cabeza estaba cubierta
con el hielo de la vejez; era necesario buscar para la _Reforma_ otra
organización privilegiada que no cediera á los embates de la revolución,
que se presentaría terrible como nunca.

Un antiguo caudillo de la libertad daría con su voz autorizada el
prestigio de la revolución. En el mapa de nuestros recuerdos se
encuentra señalado con una estrella roja el pueblo de _Ayutla_, punto de
la erupción cuya lava debía extenderse sobre los campos todos de la
República.

No seguiremos en esta vez la marcha trabajosa de esa revolución hasta su
triunfo definitivo, porque vamos en pos de la huella de un hombre,
objeto de nuestro artículo.

El gobierno democrático quedó instalado, y la idea de la _Reforma_
aceptada como una conquista del siglo y de la civilización.

El gigante se sintió herido; alzóse terrible en sus convulsiones; rota
su armadura, aun podía empuñar la clava y provocar una reacción
momentánea; pero qué diría de sus esfuerzos sobrehumanos antes de
declararse vencido y humillado ante sus adversarios.

El motín, la conspiración tenebrosa, la tribuna eclesiástica, la
cátedra, todo, todo se puso en juego para falsear los principios
victoriosos.

El 11 de Enero de 1858, la reacción tornó á enseñorearse de la capital,
comunicando su movimiento á los puntos más distantes de la República.

Juárez, después de una marcha trabajosa y de vicisitudes por el interior
del país, se embarcó en el Manzanillo, y atravesando el istmo de
Panamá, entró sereno, como la barca que le conducía, á las aguas del
Golfo, y estableció su gobierno en Veracruz hasta el triunfo definitivo
de la idea progresista.

La revolución tronaba como la tempestad en el cielo de la República.

Se alzaron cien patíbulos, corrió la sangre, se consumaron venganzas
inauditas, el clero se arrancó la máscara, y se entró en la lucha más
terrible que registran nuestros anales.

Volvamos á nuestra individualidad. Leandro Valle quedó fiel á su
bandera, quemó sus últimos cartuchos en las calles de la capital, y
marchó después á unirse con el ejército al interior de la República.

La reacción había tenido un éxito inesperado, el ejército del clero
ganaba batallas por doquiera, y cosechaba triunfos, de los cuales él
mismo se sorprendía.

Estrechos son los márgenes de este artículo para narrar las vicisitudes
de los demócratas y sus grandes sacrificios por la causa de la libertad.

Aparecía un hombre empujado por el huracán revolucionario, se hacía
célebre por su heroicidad, y desaparecía después en una oleada de muerte
y de exterminio.

De esa peregrinación de combates queda una estela de sangre, como una
marca de fuego, sobre los campos y las montañas.


III

El terrible sitio de Guadalajara y las jornadas de Silao y Calpulalpam
anunciaron al mundo de la _reacción_, que había muerto para siempre,
hundiéndose en el pasado con el anatema de los buenos.

Valle venía en ese ejército victorioso, de cuartel-maestre,
distinguiéndose por su arrojo y pericia militar. El 25 de Diciembre de
1860 el ejército liberal ocupó la plaza de México, y los prohombres del
partido clerical huyeron despavoridos, unos al extranjero y otros á las
encrucijadas, donde se hicieron á poco de los restos desmoralizados de
su ejército, entregándose al pillaje desenfrenado y á las escenas de
sangre más repugnantes.

Juárez estaba de regreso en su palacio presidencial, como el pensamiento
de la revolución triunfante.

Convocóse desde luego la Asamblea Nacional, y el nombre de Valle surgió
en las candidaturas populares, y el joven caudillo tomó asiento en los
escaños de la Cámara.

Arrebatado por su carácter fogoso, fué uno de los que propusieron la
Convención, cuya idea no pudo llevarse hasta su término. Valle se había
colocado entre los exaltados, y votaba los proyectos de reforma más
avanzados en nuestra política.

En aquellos días de efervescencia, cuando las pasiones estaban
desbordadas, se supo en la capital que D. Melchor Ocampo, uno de los
hombres más prominentes de nuestro país, había sido asesinado alevosa é
impíamente por la reacción acaudillada por Márquez, ese miserable que
está fuera de la compasión humana, entregado al desprecio y vilipendio
del mundo entero.

El pueblo se sintió herido por aquel rudo golpe, y se lanzó á la cárcel
de reos políticos, en busca de víctimas: entonces Leandro Valle se
apresuró á contener el desórden, habló al pueblo en nombre de su honra
sin mancha, de la gran conquista que acababa de alcanzar en su gran
revolución de reforma, y de su porvenir.

La tempestad se calmó; pero de aquellas olas inquietas todavía se
desprendió una voz fatídica como la de un agorero: _Cuando el general
Valle caiga en poder de los reaccionarios, no le perdonarán_.

Hay palabras que las inspira la fatalidad y las realiza el destino.

El general D. Santos Degollado, de cuya biografía vamos á ocuparnos
próximamente en la galería del _Libro Rojo_, pidió ir en busca de los
asesinos de Ocampo. Desgraciadamente una mala combinación militar le
hizo caer en poder de sus enemigos, que derramaron aquella sangre que
dejó ungida la tierra.

El Gobierno dispuso que Leandro Valle saliera en persecución de los
asesinos.


IV

Hay detalles que recargan las sombras tenebrosas de un drama.

Valle estaba en la fuerza de la juventud, en esa alborada de la vida en
que la luz de la fantasía extiende pabellones de fuego en nuestro
cerebro y envuelve el corazón en una densa nube de aromas: cloroformo
que nos hace soñar en el encanto engañador de la existencia, y horas de
amor en que el ángel de la dicha llama á las puertas del corazón y
trasporta el alma al mundo bellísimo de las esperanzas!......

Valle amaba por la primera vez; su corazón, que parecía encallecido
entre el rumor de las batallas y los trabajos del campamento, rindió su
homenaje á la hermosura, palpitó lleno de cariño, y evocó los genios de
la felicidad y del porvenir!...... Sarcasmo ruin de la existencia!......
Aquella alma virgen y llena de ilusiones, estaba ya en los dinteles de
otra vida!......

Valle debía salir á la mañana siguiente.... á los desfiladeros de las
Cruces, donde el enemigo le esperaba.

Al joven general, que acababa de asistir á combates de primer orden, le
parecía de poca importancia aquella expedición; así es que se entregaba
al esplendor de una fiesta en medio de sus ilusiones de amor y la
efusión simpática de sus amistades.

Valle ofrecía á los pies de su prometida, traer un nuevo laurel de
victoria, cosechar un nuevo triunfo, manifestarse héroe al influjo santo
de aquella pasión.

Resonaba la música poblando de armonía aquella atmósfera de perfumes;
las flores exhalaban su esencia, como el corazón sus suspiros y el
hervidor champagne apagaba sus blanquísimas olas en los labios
encendidos de la belleza!...... Ilusiones, amores, esperanzas; velas
flotantes en la barca de la vida!

En medio de aquel mundo de ensueños, resonó una palabra que es de
tristeza en todas circunstancias...... Adiós!

Frase misteriosa, exhalación pavorosa del alma, voz de agonía, acento
desgarrador que anuncia la separación, parecido al choque de una ola que
se aleja en el mar para no volver nunca!.......... Ay! ¡cuántas olas han
desaparecido en ese mar siniestramente sereno de la existencia,
dejándonos la huella imborrable de los recuerdos!

Valle partió emocionado al campo de batalla; oyóse el rumor de las
cajas, el paso de los batallones, el rodar de la artillería.........
después, todo quedó en silencio!


V

Estamos en la mañana del 23 de Junio de 1861: las nubes se arrastran
entre los pinares del Monte de las Cruces, y una lluvia menuda cae en el
silencio misterioso de aquellos bosques.

Todo está desierto; por intervalos se escuchan los golpes del viento que
agita las pesadas copas de los árboles y arrastra á gran distancia el
grito de los pastores.

Ni un viajero cruza por aquellas soledades, reciente teatro de una
catástrofe.

El huracán de la revolución tiene yermos aquellos campos.

Se ignora la altura del sol, porque las montañas están alumbradas por
luz de crepúsculo.

Repentinamente aquel silencio se turba; grupos de guerrilleros comienzan
á aparecer en todas direcciones, posesionándose de las montañas y
desfiladeros, indicando el movimiento de una sorpresa.

Unos batallones se sitúan en la hondonada de un pequeño valle, en
actitud de espera.

Pasan dos horas de espectativa, cuando se dejan ver las primeras
avanzadas de una tropa regularizada; se oyen los primeros disparos, y
comienza á empeñarse un combate parcial; los soldados de Valle se
extienden por las laderas, desalojando á los reaccionarios, y con el
grueso de sus tropas hace un empuje sobre las del llano, que resisten á
pie firme algunos minutos y comienzan después á desordenarse.

Los guerrilleros de la montaña pierden terreno y se replegan á su campo.

Valle debía obrar en combinación con las fuerzas del general Arteaga que
se le reunirían en aquel campo; pero alentado con el éxito de su primer
movimiento, cree alcanzar, sin auxilio, una fácil victoria, y se lanza
con arrojo sobre el enemigo que huye en desórden.

Una coincidencia fatal viene á arrebatarle su conquista.

Márquez llega al campo enemigo accidentalmente, con fuerzas superiores á
las de Valle, le sorprende en ese desórden que trae consigo la victoria,
y alcanza á derrotarle completamente.

Valle hace esfuerzos inauditos de valor; sus oficiales le quieren
arrancar del campo; pero él prefiere la muerte, á presentarse prófugo y
derrotado en una ciudad que le aguardaba victorioso.

El joven general cae prisionero después de disparar el último tiro de su
pistola.

El tigre de Tacubaya, la hiena insaciable de sangre, tiene una víctima
más entre sus garras y no la dejará escapar.

Está en su poder el soldado á cuyo frente había retrocedido tantas
veces, el que le había humillado en los campos de batalla...... su
sentencia era irremisible! Valle comprendió desde luego la suerte que se
le reservaba, y escuchó con serenidad su sentencia de muerte.

Márquez quizo humillar en su horrible venganza al joven general,
mandando que se le fusilase por la espalda como á _traidor_.

Entre aquella turba de miserables asesinos, no hubo una voz amiga que se
alzara en favor del soldado que había perdonado cien veces la vida de
los prisioneros, y evitado en la capital que la cólera del pueblo
consumase una represalia en personajes de valía entre los reaccionarios.

El vaticinio popular se cumplía: «Caerá en poder de sus enemigos, y no
le perdonarán.»

Cerraba la noche de aquel día aciago, cuando Valle fué conducido al
lugar de la ejecución.

De pie, reclinó su frente sobre la tosca corteza de un árbol, se apoyó
en sus brazos y esperó resuelto el golpe de la muerte.

Oyóse una descarga cuyos ecos repercutieron en el fondo de las montañas,
y al disiparse el humo de la descarga, se vió en el suelo al general
Valle tendido en un lago de su propia sangre, agitándose en las últimas
convulsiones.

       *       *       *       *       *

El rencor de los hombres tiene por límite la muerte; pero hay seres que
en mal hora han venido al mundo para deshonra de la humanidad. Aquel
cadáver, mutilado por el plomo, provocaba aún las iras de su asesino; no
le bastaba la sangre, no; aquello era poco á la venganza; le faltaba la
ostentación del crimen, el alarde de la impiedad!

Aquel cadáver fué colgado á un árbol que han desgajado ya los huracanes,
como el pregón, no del delito de Valle, sino de la infamia de sus
verdugos.

Desde aquel leño ensangrentado pedía el cadáver justicia á Dios, cuya
sombra se alza terrible delante de los malvados, como la amenaza del
cielo en sus horas de inexorable justicia!


VI

El cadáver de Leandro Valle fué recibido en la capital con pompa
fúnebre, y se le tributaron los honores de los héroes.

Sus restos mortales descansan en el panteón de San Fernando, al lado de
las cenizas venerandas de los mártires de la Libertad y de la Reforma.

_Juan A. Mateos._



DON SANTOS DEGOLLADO


I

Hay seres á quienes el destino manifiesto, lanza en el mundo pavoroso de
la adversidad, como relámpagos desprendidos de una nube de tormenta,
para alumbrar el caos y quedar perdidos en los pliegues gigantes de la
tiniebla.

Seres revestidos de una alta misión, apóstoles de una idea sobre el
ancho camino de los mártires, glorificadores del pensamiento, honra de
un siglo y veneración de la humanidad.

Ante esos seres del privilegio histórico, es necesario descubrirse la
frente, como á la vista de un monumento que señala una conquista
civilizadora, ó la revindicación de un derecho hollado.

Hay una palabra que asume el destino entero de una época, ya se opere en
la religión, en la política ó en la filosofía: se llama REFORMA.

Cuando esa idea grandiosa encarna en un hombre, hace de él un mártir, á
veces un héroe.

El mundo oye decir: «_ese hombre es un reformador_,» y su mirada se posa
en la tribuna, y después en ese gólgota donde ha caído gota á gota la
sangre redentora de la sociedad humana!

¡El cadalso! trípode magnífica levantada sobre los gigantes círculos de
la tierra, donde la voz, en sus últimas entonaciones, adquiere el poder
de resonar en los ámbitos del globo.

Diez y nueve siglos vienen las palabras del ajusticiado de Jerusalem
disputándose las lenguas, reapareciendo con los idiomas nuevos,
incrustándose en los monumentos, porque esas palabras cayeron al pie de
la cruz en los momentos supremos de la agonía.

Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese
soplo vivificante de la inmortalidad.

Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las
palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda
por los historiadores del porvenir.

No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la
voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su
advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en la
_idea_ que opera transformaciones tan gigantes.

La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre
al través de la humanidad entera.

Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el
orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las
ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.

Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.

Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida,
como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia
de su época en las transformaciones sociales.

Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si
mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del
Nuevo Mundo.

La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el
fenómeno.

Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar
algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida
social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir,
sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad
indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede
hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se
comprende.

Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna,
desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana,
funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta
por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á
la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y
le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de
víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos.
Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la
voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea
protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del
catolicismo.--Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y
Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios
políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de
las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es
otro el objeto de nuestro artículo.


II

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió
señalando la _tierra prometida_, al pueblo á quien había guiado en el
desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia
eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la
iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de
la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y
pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le
pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el
envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del
desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su
alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y
sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas
durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á un _relapso_; entonó los salmos
Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y
borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba
al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo
magnífico. La juventud se apoderó de aquellos estandartes que debían
llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión
de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían
en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía
llevar en sus labios el _fiat_ de la creación, porque sus filas
aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.

Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo:
la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo,
recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos
y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra
historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la
capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables.
Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la
ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la
victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y
rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una
nueva catástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento,
dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no
quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el
último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando
auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros
fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de
venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios
vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas
que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones
europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo
en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado,
tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí
serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre
esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne
de la resurrección!


III

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba
sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los
labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades,
se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y
atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de
guerra.

La revolución moral estaba efectuada. D. Santos Degollado era el héroe
de aquel gran movimiento; tenía por soldado á Zaragoza.

El reducto inexpugnable de la reacción acababa de capitular ante las
armas republicanas. Guadalajara estaba recuperada.

No queremos recordar la combinación política que motivó la separación
del general Degollado de la dirección de un ejército levantado por él, y
por él llevado á los campos de victoria. El insigne patriota rindió un
homenaje á la autoridad constitucional, y bajó en silencio de su alto
puesto, sin pronunciar una palabra, sometiéndose á las eventualidades de
un proceso.

Le faltaba la última decepción para llenar la vida de un héroe. En
cuanto á su muerte, el destino se ocuparía de realizarla.

Desde aquel momento su estrella se empañó en el cielo del oráculo, y
comenzó á resbalar sobre la huella que termina en el desastre.

Solo, pobre y abandonado, sin más compañía que aquella espada que le
había acompañado durante tantos años de vicisitudes, partió del campo de
la ingratitud con la faz serena, pero con el corazón hecho pedazos.

Aquel hombre extraordinario tenía un consuelo: la religión; era como
Morelos: se persignaba y decía oraciones momentos antes de la batalla.

Se le vió atravesar por los pueblos que respetaban el grande infortunio,
viendo aquella figura histórica como el paso del alma de la revolución,
que iba peregrinante por el suelo de los combates.

Unióse á la división Berriozábal que venía de triunfo del Puente de
Calderón, y tomó hospedaje en la ciudad de Toluca.

La reacción no se dejaría arrebatar el poder sino hasta el último
momento; así es que haciendo un esfuerzo supremo, organizó sus fuerzas y
cayó sobre aquella división avanzada, dándole una sorpresa.

El general Degollado fué hecho prisionero y conducido como un trofeo
entre los estandartes de la reacción.

El pueblo se agolpó á su tránsito, deseaba conocer á aquel hombre que
había llenado las páginas de cuatro años con sus milagros y sus hazañas.

El ilustre prisionero aceptó por completo su destino; sabía que el genio
de la vicisitud batía las alas sobre su existencia, y estaba resignado.

La victoria de Calpulálpan vino á decidir el triunfo completo de la idea
reformista; sobre aquella arena quedó vencida para siempre la reacción.
Un monumento sería en aquel lugar histórico el sarcófago de la sociedad
antigua.


IV

El ejército de la reforma clavó sus estandartes vencedores en la capital
de la República, el día 25 de Diciembre del año memorable de 1860.

Las puertas del calabozo que guardaban á Don Santos Degollado se
abrieron, y aquel mártir de la fe republicana se refugió en un silencio
heroico, sacando su barca del mar borrascoso de las agitaciones
políticas.

Un golpe inesperado vino á herirle cuando yacía en el silencio de su
hogar. Las hordas salvajes de la reacción, esos grupos de miserables
asesinos, marea infecta en el lago obscuro de los motines, perpetraban
el más cobarde de los asesinatos en la persona ilustre de Don Melchor
Ocampo, en el hombre del pensamiento, en el salvador de la idea, en el
cerebro de la revolución reformista.

Los restos ensangrentados del mártir de Tepeji, colgados á un árbol del
camino, y agitándose al soplo del viento, eran desde el suplicio el
pregón de la infamia de sus verdugos, el ejemplo palpitante, la
enseñanza heroica á las generaciones del porvenir.

La sociedad entera se estremeció ante ese drama pavoroso. La hiena de
Tacubaya, ese miserable, hecho del barro de Troppman, y animado por el
soplo del crimen, era el autor de ese atentado, que rechaza con
indignación la severidad humana.

El pueblo se agolpó á las galerías de la Cámara, buscando un eco bajo
aquellas bóvedas, y se encontró con un espectáculo que no esperaba, y
que se registra en la sesión del 4 de Junio de 1861.

En medio de la terrible fermentación de los ánimos, cuando todas las
voces se convertían en un alarido de venganza, se vió aparecer sobre la
tribuna á un hombre de aspecto siniestramente sereno, dejando ver, no
obstante, las señales marcadas del dolor sobre su rostro.

El aparecimiento repentino de aquella figura solemne aplacó la tempestad
desencadenada; entonces se dejó oír el acento patriótico, que había
resonado tantas veces en los campos de batalla y la tribuna
revolucionaria: era la voz de Don Santos Degollado, que vibraba con una
entonación lúgubre, demandando de sus jueces el permiso para vengar la
sangre del patriarca de la democracia. _Ave, Cæsar, moriture te
salutant!_


V

El 15 de Junio, ese año histórico de 1861, el general Degollado
presentaba batalla á la reacción en el monte de las Cruces.

El enemigo le tendió un lazo horrible, aparentó retroceder é hizo caer
en una emboscada á los soldados republicanos. En medio del desórden que
sigue siempre á una sorpresa, el general quiso reconquistar lo perdido y
llamó con su voz de trueno á sus huestes, que se perdían entre los
pinares y rocas de la montaña.

Aquella voz atrajo la atención del enemigo, que se precipitó sobre el
general, á quien el caballo le faltó en los momentos supremos, rodando
sobre las piedras.--Pocos momentos después, la reacción llevaba en
triunfo el cadáver de Don Santos Degollado, horriblemente mutilado y
como un despojo de la batalla.

       *       *       *       *       *

¡Descansa en paz, sublime mártir de la libertad republicana! Los
pendones enlutados de la patria sombrearán tu sepulcro en son de duelo,
y el libro de la historia guardará tu nombre en esa página reservada á
los mártires y á los héroes!

_Juan A. Mateos._



LOS MARTIRES DE TACUBAYA


I

El huracán sombrío de las revoluciones arrastra á su paso los despojos
de las sociedades, desquiciándolas y hundiéndolas en un abismo, tumba
abierta al extravío humano!

El libro ensangrentado de nuestra historia es uno de aquellos monumentos
terribles donde se ve la expiación y el castigo que deja caer la mano
vengadora de Dios, sobre los pueblos á quienes azota la guerra
fratricida.

Medio siglo de combates, de duelos, de asesinatos, han sembrado de
tumbas el territorio de la República, y es, que al descarrilarse nuestra
sociedad de la vía tenebrosa de la conquista, ha llevado en su paso á
dos generaciones con el tren inmenso de sus costumbres, de su
superstición y de sus creencias.

La Reforma ha pasado, como en todos los pueblos, sobre un campo de
muerte; porque las sociedades antiguas se hunden en medio de la
catástrofe.

Reaparece la sociedad moderna bajo la luz de la civilización y de la
nueva idea, y sentada sobre los escombros ensangrentados, pasea su
mirada en torno, y entonces la historia se escribe, y el gran libro de
la experiencia llena sus páginas con el relato de los desastres.

Registramos hoy en las hojas del _Libro Rojo_ la hecatombe más pavorosa
que llenó de indignación al mundo civilizado, y determinó la caída de la
usurpación armada.

He aquí el relato de ese hecho que pasa ya entre los romances populares
con todas sus sombras é invencible horror.

La hora había sonado para las antiguas preocupaciones; el poder del
clero se hundía al _Dies iræ_ de la revolución en los avances del siglo,
y los últimos _soldados de la fe_ luchaban desesperados en nombre de una
causa sentenciada en el tribunal augusto de la civilización.

El pueblo combatía bajo los pendones del progreso, y oponía su sangre
como en los días primeros de su emancipación, á los golpes postreros de
sus enemigos.

El patriarca de la Libertad que como el mito de la religión pagana
convertía las piedras en hombres, levantando ejércitos con sólo el
esfuerzo de su aliento y la fe de su constancia, acercó atrevido sus
trágicos estandartes á la capital de la República, clavando su bandera
sobre ese cerro histórico de Chapultepec, como un cartel de desafío á
sus adversarios.--Menguaba el astro de aquel hombre sublime, mientras
ascendía en el cielo de la patria el sol de sus libertades. La historia
señalaba el 11 de Abril de 1859 como una fecha siniestramente memorable
para la República.

Libróse una batalla sangrienta en que las huestes del pueblo quedaron
derrotadas sobre aquel campo. Hasta ahí, nada presentaba de particular
el lance de guerra, sino la heroicidad de los vencidos.

Abrimos un paréntesis para dar lugar al relato escrito en la misma noche
del 11 de Abril, y bajo las impresiones dolorosas de aquel suceso.

       *       *       *       *       *

El 11 de Abril de 1859 trabóse una batalla en las lomas de Tacubaya, y
el general Degollado resolvió emprender una retirada, señalando una
corta sección que resistiera el empuje de los soldados de la guarnición
de México. Esta sección combatió con valor hasta agotar sus municiones;
la villa fué invadida, el palacio arzobispal ocupado por los soldados de
la reacción, que viendo vencidos á sus enemigos les hicieron fuego y
los lancearon en todas partes, sin hacer distinción entre los heridos.

Algunos jefes y oficiales quedaron prisioneros al terminar la acción del
11. Los heridos no pudieron seguir la retirada, y quedaron en hospitales
improvisados en el Arzobispado y en algunas casas particulares. Con
ellos quedó el jefe del cuerpo médico-militar del ejército federal y
tres de sus compañeros que creyeron inhumano y desleal abandonar á
hombres cuyas vidas podrían salvar, cuyas dolencias podrían mitigar.

Un día antes de la acción se supo en México que eran muy pocos los
profesores que venían en el ejército federal, y que esta escasez podía
hacer mucho más funestos los resultados de una batalla. Esta noticia
hizo que algunos jóvenes estudiantes formaran y llevaran á cabo el noble
proyecto de ir á Tacubaya á ayudar gratuitamente á los facultativos y á
cuidar y operar á los heridos de los dos ejércitos.

Terminada la acción, varios vecinos recorrían el teatro de la batalla
para informarse de lo ocurrido y auxiliar á los moribundos.

Otros jóvenes llegaban en aquel momento á la población, viniendo de
tránsito para México á completar su educación.

La contienda había concluido; contienda entre compatriotas y hermanos,
no quedaba para el vencedor más que el triste y piadoso deber de curar
á los heridos, de sepultar á los muertos y endulzar la suerte de los
prisioneros: esto habría hecho cualquier caudillo que hubiera tenido de
su parte el derecho y la legitimidad. Pero pocas horas antes había
llegado á México D. Miguel Miramón como primer disperso del ejército que
anunció iba á tomar Veracruz y retrocedió espantado de los muros de
aquella heroica ciudad, sin haberse atrevido á atacarla. Humillado,
caído en el ridículo, prófugo, quiere vengar los desastres que debe á su
impericia, y vuela á Tacubaya. El genio del mal, el demonio del
exterminio y del asesinato, cayó sobre aquella población!

Durante el desorden de la ocupación de la villa, se oían tiros por todas
partes. Unos huían, otros se defendían vendiendo caras sus vidas, otros
sucumbían; pero, aunque desigual, había lucha todavía.

Miramón reune en San Diego á Márquez y Mejía; sabe allí los nombres de
algunos de los prisioneros, y estos tres hombres reunidos en un claustro
decretan la muerte de los vencidos y de cuantos se encuentren en su
compañía. Estos tres hombres pronuncian el vae victis! de los tiempos
más bárbaros. Varios jefes palidecen al recibir las órdenes de los
asesinos; pero hay cobardes que se encargan gustosos de la ejecución de
la matanza.

Los soldados caen sobre los heridos; penetran hasta los lechos que les
ha preparado la caridad, y allí los acaban á lanzadas animados por la
voz de Mejía.

Los médicos, pocas horas antes, habían dicho á un oficial que estaban
prestando socorros urgentes á los heridos. El oficial les dijo que
hacían muy bien en cumplir con su deber, y desde entonces los auxilios
de la ciencia se impartieron por ellos, sin distinción, á liberales y
reaccionarios.

Llegó la noche, y comenzó á cumplirse la orden de los jefes de asesinos.

En el jardín del Arzobispado sucumbió la primera víctima, el GENERAL D.
MARCIAL LAZCANO, antiguo militar, que acababa de batirse con un valor
admirable, y que al ser conducido al suplicio fué insultado por
oficiales que habían sido sus subalternos y á quienes había corregido
faltas de subordinación y disciplina. El general les dijo: «_Hay
cobardía y bajeza en insultar á un muerto._»

Inmediatamente corrieron la misma suerte

    El joven D. José M. Arteaga,
    El capitán D. José López,
    El teniente D. Ignacio Sierra.

Los cuatro murieron con valor y fueron fusilados por la espalda; los
cuatro animaron á sus verdugos diciéndoles que no temblaran al hacerles
fuego.

       *       *       *       *       *

Los médicos oyeron los tiros, conocieron lo que pasaba y sin embargo
seguían haciendo vendajes y practicando amputaciones. Hubo quien dijera
á D. Manuel Sánchez que huyera, y él, mostrando un instrumento
quirúrgico que tenía en la mano, y el enfermo á quien operaba, dijo: «No
puedo abandonarlo.»

La soldadesca llega hasta las camas de los heridos, arranca á los
médicos y á los estudiantes de las cabeceras de los pacientes, y un
momento después caen acribillados de balas

    D. Ildefonso Portugal,
    D. Gabriel Rivero,
    D. Manuel Sánchez,
    D. Juan Duval (súbdito inglés),
    D. Alberto Abad.

Portugal pertenecía á una de las familias más distinguidas de Morelia,
era notable por su ciencia y por su filantropía, y era primo hermano de
D. Severo Castillo, el llamado Ministro de Guerra de Miramón.

Rivero ejercía las funciones de jefe del cuerpo médico del ejército
federal, y no quiso retirarse cuando salieron las tropas.

Sánchez fué el que permaneció al lado de los enfermos, aunque se le
advirtió el peligro que corría.

Duval era un hombre estimado por su caridad, por la conciencia con que
ejercía su profesión, y que jamás se había afiliado en nuestros bandos
políticos.

Con estos hombres eminentes que así terminaron una carrera consagrada á
la ciencia y á la humanidad, perecen los dos estudiantes

    D. Juan Díaz Covarrubias,
    D. José M. Sánchez.

Díaz Covarrubias tenía diecinueve años; era hijo de Díaz el célebre
poeta veracruzano, su aspecto era simpático, en su frente se veían las
huellas prematuras del estudio y de la meditación. Estaba para concluir
los cursos de la escuela, y consagraba sus ocios á cultivar las bellas
letras. Es autor de varias novelas de costumbres y de poesías líricas,
que revelan una alma pura, sensible y ansiosa de gloria. Todas sus
ilusiones juveniles, todas sus esperanzas se extinguieron cuando le
anunciaron que lo llevaban á la muerte. Este joven, este niño, pidió que
se le permitiera despedirse de su hermano; los verdugos le dijeron que
no había tiempo. Quiso escribir á su familia; los verdugos le dijeron
que no había tiempo. Pidió un confesor; los verdugos le dijeron que no
había tiempo. Entonces el poeta regaló su reloj al oficial que mandaba
la ejecución, distribuyó sus vestidos y el dinero que tenía en los
bolsillos, entre los soldados; abrazó á su compañero Sánchez, y
resignado y tranquilo se arrodilló á recibir la muerte. El oficial dió
con acento ahogado la voz de fuego, y los soldados no obedecieron; la
repitió dos y tres veces, y al fin sólo dos balas atravesaron el cuerpo
del joven; sólo dos hombres dispararon sus armas. Los soldados lloraban;
Díaz Covarrubias, agonizante, fué arrojado sobre un montón de cadáveres;
algunas horas después, aún respiraba......... Entonces lo acabaron de
matar, destrozándole el cráneo con las culatas de los fusiles!

El mundo calificará estos horrores, que jamás había presenciado ni en
las guerras más encarnizadas. Se ha visto entrar á saco á los ejércitos
en país enemigo; se ha visto el incendio de las ciudades; se han visto
actos de crueles represalias; pero ni en los tiempos bárbaros, ni en la
edad media, ni en las conquistas de los musulmanes, ni en la guerra de
Rusia en Polonia, ni en la del Austria en Italia y en Hungría, ni en los
desastres de los carlistas de España, ni en la actual sublevación de la
India, se han encontrado bárbaros que arranquen de la cabecera del
enfermo el médico para asesinarlo. A los ojos de ningún tirano ha sido
delito curar al herido; el médico de ejército no se considera como
prisionero; jamás es permitido disparar contra la bandera blanca de los
hospitales de sangre; en medio de la guerra, los hombres todos respetan
ciertas reglas de humanidad, cuya observancia es la gloria del valor.

A nuestro siglo, á nuestro país estaba reservada la triste singularidad
de ofrecer un espectáculo tan inhumano, tan cruel, tan salvaje, que hace
retroceder la guerra á los tiempos de Atila y de los hunos.

Los médicos asesinados en Tacubaya son mártires de la ciencia y del
deber. Sus verdugos, que defienden los fueros de clérigos y frailes, han
atropellado los fueros de la humanidad, las leyes de la civilización,
los preceptos del derecho de gentes sancionados por los pueblos
cristianos.

       *       *       *       *       *

Quienes así trataron á los que estaban salvando á sus heridos, ¿de quién
habrán de tener piedad?

El LIC. D. AGUSTIN JÁUREGUI estaba tranquilo en su casa de Mixcoac, al
lado de su esposa y de sus hijos, sin haber tenido la menor relación con
los constitucionalistas. Era hombre que, si bien deploraba los males del
país, estaba exclusivamente consagrado á su familia. Un infame, cuyo
nombre ignoramos, lo denuncia á Miramón como hombre de ideas liberales,
y esto basta para que lo mande aprehender.

Jáuregui tiene aviso de esta denuncia; duda, nada teme, sus deudos le
aconsejan la fuga; pero era ya tarde: una gavilla de soldados se apodera
de él, y maniatado es conducido á Tacubaya. No se le pregunta siquiera
su nombre; es llevado al matadero, y cae fusilado como los otros.

¿Cuál era su delito? ¿De qué se le acusaba?

Nadie lo sabe.

       *       *       *       *       *

Entre los prisioneros estaba D. MANUEL MATEOS, joven de veinticuatro
años que hace un año se recibió de abogado, y tenía felicísimas
disposiciones para el cultivo de las letras, habiéndose desde niño dado
á conocer por sus poesías, que respiraban un entusiasta patriotismo, y
en que cantaba las glorias de nuestros primeros héroes.

Este joven valeroso, instruído é inteligente, había combatido varias
veces contra la reacción; hacía pocos días que, después de haber sufrido
una larguísima prisión, se había incorporado al ejército federal.

Llevado al suplicio, camina sin temblar, indaga quienes han muerto antes
que él: cuando quieren fusilarlo como traidor, se irrita, forcejea para
recibir las balas por delante, y arenga á sus verdugos, diciéndoles que
_los perdona porque no saben lo que hacen cuando consienten en asesinar
á los que luchan por darles la libertad; hace votos porque su sangre no
sea vengada; dice no lo aterra la muerte porque ha cumplido con sus
deberes de mexicano y acepta gustoso el sacrificio de su vida_...... Sus
palabras son interrumpidas por las balas que le hieren el pecho; un
oficial ha tenido miedo de que siga hablando, y manda hacerle fuego
antes de tiempo. ¡Mateos cae, y espira victoreando la libertad!!!

Cuando este joven fué como voluntario á la campaña de Puebla y estuvo en
la batalla de Ocotlán, en medio de la confusión de aquel día descubrió á
su lado á unos oficiales reaccionarios que estaban perdidos. Mateos se
acerca á ellos, les estrecha la mano, los viste con el uniforme de los
rifleros, cede á uno su caballo, y así los salva, trayéndolos á México y
ayudándoles á ocultarse mientras pueden obtener el indulto. Uno de los
oficiales así salvados por Mateos, era ayudante de Haro y Tamariz.

¡Y hombre tan generoso perece en la flor de su edad, sin encontrar un
corazón amigo!

       *       *       *       *       *

Las víctimas completan hasta el número de CINCUENTA Y TRES.

Entre estas víctimas se oyen crueles despedidas, gritos de los que
pedían un confesor, plegarias dirigidas á Dios y víctores á la libertad.
Algunos habían sido prisioneros, otros no tenían más culpa que estar
cerca del teatro de los sucesos: unos eran artesanos, otros labradores;
muchos quedaron con los rostros tan desfigurados, que nadie ha podido
reconocerlos. ¡Mártires sin nombre, pero cuya sangre no dejará por esto
de caer sobre las cabezas de sus asesinos! Entre los testigos de esta
tragedia, muchos lloraban, y á veces soldados y oficiales abrazaban á
las víctimas.....

Los cincuenta y tres cadáveres quedaron amontonados unos sobre otros,
insepultos y enteramente desnudos, porque los soldados los despojaron de
cuanto tenían, y de paso saquearon algunas casas.

Las madres, las esposas, los hermanos, los hijos de las víctimas,
acudieron al lugar del trágico acontecimiento, reclamaron á sus deudos
para enterrarlos, y se les negó este último y tristísimo consuelo.

A los dos días, los cadáveres fueron echados en carretas que los
condujeron á una barranca, donde se les arrojó y donde permanecen
insepultos.

       *       *       *       *       *

¡Víctimas de la ciencia, de la caridad y de la abnegación, dormid en
paz! Vuestros verdugos os han abierto las puertas de la inmortalidad, y
han coronado vuestras frentes con la aureola del martirio y de la
gloria. Estais ya libres de la opresión; no sufrís el sonrojo del
abatimiento de la patria; no veis triunfante el crimen, y estais ya en
la mansión de la eterna justicia!

       *       *       *       *       *

Esta justicia ha condenado ya á los verdugos, que no podrán librarse del
castigo de su culpa. Malditos serán sobre la tierra que empaparon con la
sangre de sus hermanos, á quienes cobarde y alevosamente asesinaron:
malditos sobre la tierra, sí, porque aunque huyan de la patria, en el
destierro los perseguirán sus remordimientos, y todas las naciones
cultas los recibirán con horror y con espanto. No hizo tanto el general
Haynau en la guerra de Hungría, y al llegar á Londres el pueblo lo
apedreó y lo escarneció en memoria de sus iniquidades.

       *       *       *       *       *

¡Dios Santo!! Tú que amparaste al pueblo mexicano en sus tribulaciones;
Tú que diste fuerza á su brazo para filiarse entre las naciones
soberanas; Tú que inspiraste á su primer caudillo la obra sublime de la
abolición de la esclavitud, aliéntalo para que lave la tierra que le
diste, y la purifique de las manchas sangrientas que le imprimen sus
verdugos. ¡Dios de las naciones! Tú que eres misericordioso y
justiciero, alienta, alienta á este pueblo para que recobre sus
inalienables derechos para que asegure su porvenir, para que sea digno
de contarse entre los pueblos cristianos que siguen la ley de gracia,
traída al mundo por tu Hijo á costa de sangre!

       *       *       *       *       *

¡Dios de las naciones! Haz que el crimen tenga expiación; permite que
este pueblo se lave del baldón de sus opresores, haciendo reinar la paz,
la justicia y la virtud; y haz por fin, que este pueblo oprimido
quebrante sus cadenas y sea el terrible instrumento de tu justicia
inexorable.

       *       *       *       *       *

¡Ay de los asesinos! ¡Ay de los verdugos! ¡Ay de los modernos fariseos!
¡Malditos serán sobre la tierra que regaron con sangre inocente, con
sangre de sus hermanos que vertieron con crueldad y alevosía!!


II

Once años han pasado, y está aún abierto el libro de la historia y
palpitante el recuerdo de la catástrofe.

La iglesia de San Pedro Mártir, en cuyo cementerio reposan las cenizas
de los patriotas, no existe ya; los huracanes la derribaron por el
suelo; y hasta sus cimientos han perecido.

Una aguja de mármol señala el lugar del sacrificio; sobre una de sus
piedras se lee en letras negras: ACELDAMA (_campo de sangre_), palabra
de la Biblia, que resume el misterio de aquel lugar que velan los
pabellones de la muerte.


III

Víctimas y verdugos duermen ya el sueño eterno; las primeras vestirán en
el cielo la túnica de los mártires y empuñarán la palma del sacrificio;
los verdugos, rojos con la sangre de sus hermanos, pedirán con labios
trémulos misericordia; Dios, sobre la alta justicia de los hombres,
pronunciará su inexorable fallo.

Uno solo, el principal autor de la hecatombe, vive expatriado de la
sociedad humana, yace como un condenado entre los hombres, con la carga
pesada de su existencia, maldito de los suyos, aborrecido de los
extraños, y con la marca del asesino sobre su frente.

Huye del castigo humano. ¿Podrá esconderse á la mirada de Dios?

México, Octubre de 1870.

_Juan A. Mateos._



COMONFORT


I

La sincera amistad que le profesamos en vida, y el pesar y respeto que
nos causó su muerte trágica y prematura, harán quizá que no seamos
enteramente imparciales al consagrarle unas líneas en esta publicación
donde hemos consignado el funesto fin de hombres célebres y distinguidos
en las edades de nuestra historia. No es una biografía la que vamos á
escribir, sino el recuerdo familiar de algunos de los rasgos más
marcados de un personaje que, de todas maneras, tendrá que figurar en
nuestra historia contemporánea.


II

Puebla pasa por uno de los Estados donde ha penetrado con más trabajo la
civilización.--No tengo esa creencia, y me parece simplemente que el
apego religioso á sus antiguas costumbres y creencias, da motivo á una
crítica que tiene mucho de injusta y de apasionada. Los hombres
distinguidos que ha producido, bastarían para destruir en parte esta
preocupación. Comonfort era originario de un pueblo del Sur de ese
Estado. Sus primeros años fueron, como es común, dedicados a la escuela
y al colegio, donde fué condiscípulo de D. Antonio de Haro y Tamariz,
que murió el año pasado en Roma con el hábito de jesuita.

Nada se encuentra en los años de la juventud de Comonfort que revelara
el alto destino que debía ocupar en la República, y la marcada
influencia que debía ejercer en los negocios públicos. Los empleos que
desempeñó en los primeros momentos de su carrera política, fueron
subalternos y de la esfera política. Después vivió algunos años reducido
al círculo privado, y dedicado al cultivo de una propiedad que tenía en
el campo, situada entre México y Puebla, y la cual enajenó en los
últimos días de su gobierno.


III

Hubo una época en que una tertulia de hombres eminentes y distinguidos
gobernó á México. Esta era la tertulia que se reunía en la casa de D.
Mariano Otero.

Otero era redactor en jefe del _Siglo XIX_, senador, después ministro.
Yáñez era diputado, después fué ministro. Lafragua, diputado varias
veces, después también ministro. No había persona de las que concurrían
habitualmente, que no ejerciese un importante cargo público y un influjo
más ó menos eficaz en los asuntos del gobierno. El alma de toda esta
reunión era D. Manuel Gómez Pedraza, que jamás en su delicadeza y
respeto por los demás, pretendió constituirse en director ó jefe; pero
que se complacía en los últimos años, de ejercer su influjo y de tener
íntima amistad con personas cuyos talentos él más que nadie sabía
estimar. A esta reunión de liberales moderados pertenecía Comonfort, y
fué verdaderamente la época en que se colocó en una esfera de acción y
comenzó á tomar más ó menos parte en la política.

Antes había ya dado una prueba de patriotismo y de valor personal. Había
sido militar, como muchos mexicanos, de milicias nacionales; pero no era
su profesión: sin embargo, cuando las fuerzas americanas llegaron al
Valle de México, y el general Santa-Anna se puso al frente del nuevo
ejército que formó, Comonfort ofreció sus servicios y desempeñó el cargo
de ayudante en toda la campaña del Valle, atravesando por entre las
balas y la metralla, y dando pruebas de una serenidad y una calma, en
medio del peligro, que le captó las simpatías de los antiguos oficiales
que servían en los cuerpos de las tropas de línea. Concluída la campaña,
volvió Comonfort á su vida quieta y á sus ocupaciones privadas.

En la tertulia de Otero, Comonfort era verdaderamente querido de todos.
De un carácter extremadamente complaciente y suave, de unas maneras
insinuantes, de unos modales propios de una dama, como decía Pedraza, no
había persona que le tratase, aunque fuese un cuarto de hora, que no
quedase prendado de su amabilidad. Así sucedió constantemente durante su
gobierno, y más de un enemigo que hubiese querido aniquilarle, se
reconcilió con solo una media hora de conversación. Decían que
Maximiliano era en su trato verdaderamente seductor. Yo no he conocido
otro hombre más agradable, por sus maneras, que Comonfort. La finura y
cortesía del gentilhombre francés de los buenos tiempos, estaba
personificada en él.


IV

Comonfort se hallaba en 1854 de Administrador de la Aduana de Acapulco.
Santa-Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio
pequeño de una gran revolución social que se llamó de la _Reforma_, y
que se ha enlazado posteriormente con sucesos tan importantes como
fueron los de la intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la
dinastía de los Bonaparte.

Comonfort fué el verdadero promovedor y autor del Plan que proclamaron
en Ayutla los generales Alvarez, Moreno y Villareal, que se reformó en
Acapulco, el 11 de Marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la
mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como
caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar.
Fué realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama
revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban
repentinamente de cualquiera parte, en los últimos años de la dominación
española.

Santa-Anna, que por política ó por carácter había sido el amigo de todos
los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez
que gobernó el país fué perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel.
Esta tiranía y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó
generalmente á los mexicanos; así, que en los últimos días del año de
1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su
administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el
de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el
reguero de pólvora estaba ya tendido de uno á otro extremo del país.
Los gobiernos personales han sido frecuentes en la República: como el
gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un
plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en
toda la República; como en efecto lo tuvo el de Ayutla.

Santa-Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días
bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría
acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer,
multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno
de sus generales, ó creyendo conquistar fácilmente una gloria militar,
se puso á la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al
Sur.

Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los
ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa-Anna llegó frente
al puerto de Acapulco el 19 de Abril de 1854.

La gloria de Santa-Anna se apagó para siempre en esta jornada, y
Comonfort comenzó á ser el hombre de la revolución y el personaje
distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el
castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el
oro. Santa-Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y
dinero de D. Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta
expedición.

Santa-Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su
ejército en las ásperas montañas del Sur, levantó el sitio de Acapulco y
regresó á la Capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en
cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.

El dinero que recibió Santa-Anna por el tratado de la Mesilla, prolongó
por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el Sur y
se propagó por Michoacán y Tamaulipas.

Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de
Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco
pasó á Nueva-York, y allí encontró á D. Gregorio Ajuria. Era hombre
especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó á Comonfort
sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que
recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La
revolución triunfó, y Ajuria fué pagado, y más adelante arrendó, en
compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.

El lance fué atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó á
Acapulco el 7 de Diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución
tomó un carácter más positivo y más serio. Comonfort pasó al Estado de
Michoacán con el carácter de General en Jefe de las tropas de aquel
Estado, y Santa-Anna, por su parte, salió también de la capital con un
ejército á combatir á su enemigo; pero regresó el 8 de Junio de 1855,
sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor
estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.


V

El 13 de Agosto de 1855 fué día de holgorio y de fiesta revolucionaria
para el pueblo de la capital. Los bustos de mármol del Ministro D.
Manuel Diez de Bonilla, los libros de pastas blancas italianas, el
piano, los retratos del personaje, los muebles, todo volaba de los
balcones á la calle, donde la plebe furiosa se arrojaba sobre los
destrozos del menaje del que representaba la aristocracia pocos días
antes y lo entregaba á las llamas. Por otras calles conducía una
multitud frenética los coches de Santa-Anna, untados de brea y ardiendo
como unos hornos ó fraguas ambulantes. El aspecto de la ciudad, llena de
gentes de los barrios dispuestas á la venganza y próximas al furor y al
desbordamiento, hicieron que los habitantes cerraran sus casas y
tiendas, y que los hombres que habían hasta ese momento gobernado, se
pusieran en salvo.

¿Qué cosa había ocasionado este movimiento?

Santa-Anna, cansado ya de luchar y persuadido de que no podía dominar la
revolución, abandonó el gobierno, y á las tres de la mañana del 9 de
Agosto salió para Veracruz, donde llegó pocos días después y se embarcó
con dirección á la Habana.

Como los reyes, dejó en un pliego cerrado nombrados los gobernantes que
debían de sucederle; pero la revolución avanzaba á grandes pasos al
centro.

Comonfort continuaba sus hazañas militares, y se hacía á la vez temer y
amar de los pueblos por donde pasaba.

Obraba ya con unas tropas medianamente regularizadas, y en un extenso
Estado como el de Jalisco. Zapotlán era una plaza fuerte, guarnecida con
fuerzas del Gobierno. Comonfort la atacó, asaltó personalmente una
fortificación y llegó hasta la plaza, precediendo á mucha distancia á
sus soldados. Este triunfo, puede decirse personal, le grangeó la
admiración de todas esas poblaciones, y cuando se dirigió á Colima, la
ciudad le abrió sus puertas, y en lugar de balas y pólvora hubo
banquetes, bailes y regocijos.

En la capital se organizó una presidencia interina que ocupó el general
Carrera; pero no siendo reconocido por la revolución, las fuerzas que
desde entonces podían llamarse liberales, se avanzaron á la capital, y
cosa de cincuenta mil hombres de línea que había dejado Santa-Anna, ó se
disolvieron ó fueron tomando parte en el movimiento.


VI

El general Alvarez, patriarca centenario del inexpugnable Sur, fué
también el jefe de una revolución. Vino á Cuernavaca, y allí una junta,
como era de esperarse, lo eligió Presidente. Alvarez eligió á Comonfort
para su Ministro de la Guerra, y con este carácter vino á la capital,
después de derrocado Santa-Anna. La revolución era en el sentido
liberal, pero no progresista. El partido moderado, teniendo por
principio no hacer peligrosas innovaciones, era en ese sentido
antagonista del partido rojo. Comonfort, representante de esa revolución
y de ese partido moderado, fué elegido Presidente substituto el 12 de
Diciembre de 1855, no sin haber tratado de impedirlo el partido liberal
exaltado.

A los pocos días y cuando apenas acababa la revolución llamada de
Ayutla, brotó otra nueva en Zacapoaxtla. Todas las tropas de que podía
disponer el gobierno, le abandonaron; mientras que los pronunciados, á
cuya cabeza estaba D. Antonio Haro, se posesionaron de Puebla con una
gran fuerza, y amagaban la capital.

Fué necesario reclutar nuevas tropas, armarlas, vestirlas y enseñarles
hasta los primeros rudimentos del arte militar; pero con la actividad y
energía que desplegó la administración en esos momentos supremos, se
vencieron todos los obstáculos, y en el mes de Marzo de 1856, Comonfort
se hallaba frente de Puebla con cerca de 16 mil hombres.

Dotado Comonfort, como se dice vulgarmente, de un buen ojo militar y de
un valor sereno é inalterable, arriesga una batalla en Ocotlán, contra
los mejores jefes del ejército de línea, que mandaban las fuerzas
contrarias, y triunfa completamente el 8 de Marzo; estrecha sus
operaciones sobre Puebla, toma la plaza, y habiendo dominado la más
formidable de todas las revoluciones que han estallado contra los
gobiernos de México, regresa triunfante á la capital, donde es recibido
con unas festividades y unos banquetes populares nunca vistos hasta
entonces.

Aunque las fiestas que se hicieron se llamaron de la paz, la paz no duró
sino unos cuantos días. En Puebla hubo otra sublevación y otro sitio, y
en San Luis estalló otro pronunciamiento. De todos estos peligros salió
Comonfort airoso, y logró vencer y tener en su poder á todos sus
enemigos.

Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la
administración, y la reforma tenía que comenzar. D. Miguel Lerdo de
Tejada ocupó el Ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25
de Junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito,
hacía algunos años, por D. Valentín Gómez Farías, el Dr. Mora y el Lic.
D. Juan José Espinosa de los Monteros.

Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo
de la violencia, lleno de bondad no sólo con sus amigos sino con sus
enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando
no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las
exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna.
Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su
espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para
llevar á cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado
fuertes y superiores á su organización. Valiente por naturaleza, ni el
temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban;
pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido
conservador, á quienes siempre trató con una grande consideración. Lo
que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en
la noche el partido conservador, y venía á quedar en ese término
moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero
peligroso é inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que
sufrir á su vez y en determinado tiempo todas las naciones. Quería la
reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. Esto era
imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de
Junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su
eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna
ingerencia de la autoridad civil!

Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era
una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces
enérgicas y decisivas, y otras débiles é ineficaces. El 5 de Febrero de
1857 se promulgó la Constitución.

La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente
para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante.
¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el
seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y
revolucionaria. Este fué el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal
cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también
imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo
triunfo sobre la intervención europea. El tiempo, la experiencia, y los
hechos hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco á poco la
justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las
pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente,
vivo é innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de Diciembre de
1857, tendríamos la constitución republicana, pero no tendríamos la
Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias entre sí, y
el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma.
Que por los medios lentos que el mismo Código señala se hubiera hecho
todo lo que hizo el Gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras
letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido
sino á costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que
recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención
francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y
todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que
en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.


VII

Comonfort fué la víctima. Su carácter, su posición y los
acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le
condujeron al destierro.

Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el
camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador D. Manuel
Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en
breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde
encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo
el globo.

Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma,
vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort
trató de volver á su país, de abrirse camino con nuevos servicios á la
patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como
Presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido
más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una
revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro,
el que suele recorrer toda la linea concluída. Así, en la política, el
que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros,
las amarguras y los desengaños, y otros fueron los que recogieron la
fama, los honores y el poder.

El Sr. Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las
puertas de la patria, por donde ya el infortunado Don Santiago Vidaurri
le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey
algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía
en su residencia en la Frontera, una nueva revolución y un amago á la
constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que
una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la
Capital.

Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del
desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados á luchar en la frontera con
los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se
agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y
se colocó en la línea de México á Puebla.

Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas
á la Plaza, de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y
municiones. Se necesitaba á toda costa introducir un convoy, y esta
operación imposible se encargó al General Comonfort, y en verdad, de los
que la sugirieron los unos obraron por patriotismo y otros por venganza.
La muerte ó la derrota eran inevitables. Comonfort no podía tener ni la
más remota probabilidad de vencer á un número más que triple de las
tropas regulares y bien armadas que mandaba el General Bazaine. Con
efecto, el día 8 de Mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas
de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desórden á nuestras tropas
acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni
la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de
Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado
la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron
materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para
restablecer la acción que definitivamente fué ganada por el mismo
Mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las
lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que
aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo
bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre
de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada
batalla de San Lorenzo, fué ocupada por los franceses cuyo general era
el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro
de San Juan, y no se atrevió á entrar á Puebla sino cuando ya habían
ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, que
merecía ser destituído y condenado lo menos por diez años á un castillo,
recibió sin embargo el bastón de Mariscal.

Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en
una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto,
y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el
enemigo, la suerte hubiera sido igual á la de Puebla, donde la historia
no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede
llamar heróica. El Gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort
comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el Sr.
Juárez. El 16 de Octubre de 1863 fué nombrado Comonfort general en jefe
del ejército que se trataba de reorganizar para resistir sin descanso á
la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que
profesaban los Sres. Juárez, Lerdo y Núñez á Comonfort, sino porque
reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le
había dotado la naturaleza, fué el origen conocido y visible de su fin
trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que
escapan á la indagación de la inteligencia humana, muriese obscuramente
á manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del
enemigo extranjero, empuñando la bandera de la Independencia y de la
Libertad.

No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor, los últimos
sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y
valiente; copiamos lo que el General Rangel, que fué siempre su íntimo y
fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera
variación.

       *       *       *       *       *

     El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército,
     como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan
     amplias facultades como las que tenía el Presidente de la
     República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones,
     impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el
     plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con
     que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases,
     faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban
     reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y
     por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.

     El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en
     compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato;
     de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su
     ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda,
     y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el
     Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la
     casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibió libranzas por valor de
     sesenta y tres mil pesos.

     El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el
     séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del
     C. Presidente.

     Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un
     extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir
     al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en
     el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al
     encuentro.

     El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la
     diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar
     caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya;
     éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos
     como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que
     salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C.
     Presidente, el C. Coronel Rul.

     En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los
     Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía,
     desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde
     días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.

     El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho
     de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito
     y una escolta de menos de 80 caballos.

     Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en
     marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al Señor
     Comonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le
     propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le
     habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables
     y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro
     batallón situado en Chamacuero.

     A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y
     recibió detalles más minuciosos del enemigo.

     Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray,
     avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.

     Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la
     Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de
     Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que
     llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué
     fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo,
     dejando entretanto prisionero al correo.

     Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en
     su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con
     dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el
     pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que
     ocurriese algún ataque.

     Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el
     Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro
     lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A
     poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la
     bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor
     afecto, pues creyeron que era su ánimo pernoctar en ella; pero
     grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya,
     porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo
     le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho
     fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general
     despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados,
     pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados
     con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente
     su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.

     Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General,
     le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por
     donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde
     podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta
     arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y
     emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en
     que había llegado allí.

     El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María
     Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la
     descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar
     polvareda.

     El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de
     la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo
     advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para
     entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.

     A poco andar, se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que
     eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. El
     Coronel Cerda detuvo el carruaje; el General montó á caballo, mandó
     cargar á la escolta, y después de dar esta orden, mandó al general
     Cañedo que avanzasen los infantes que venían á retaguardia para que
     apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la
     caballería. A este mismo tiempo, y habiendo deshecho la corta
     descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y
     envolvieron á los jefes y á la escolta, haciéndola sucumbir, á
     pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos alderredor
     del General Comonfort, el Comandante Velázquez, el Teniente Coronel
     Vergara, y el Coronel Cerda, gravemente herido.

     El General Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su
     séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara,
     desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún
     su pistola, ya descargada, para intimidar á los muchos cosacos que
     le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo
     Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún,
     alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de
     la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su
     lanza en ristre, arma común á toda su fuerza, y deteniéndose
     delante del General Comonfort, bien fuera por el respeto que éste
     infundía, ó por asestarle un golpe seguro, le dió lugar para
     dirigirle la palabra, y le dijo: «Amigo, no me mate vd., y le
     ofrezco hacerle una bonita fortuna.» Aguirre, lejos de aplacarse,
     le contestó: «Que no venía á robar sino á cumplir con las órdenes
     de su general,» dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividió
     el corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el
     General Comonfort.

     En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra cosa que
     de desvalijar el carruaje y aun á los muertos que habían quedado en
     el campo.

     El General Cañedo se encontraba á alguna distancia queriendo
     someter á los llamados infantes para que fueran á batirse, conforme
     á las órdenes del General Comonfort, y que hasta allí habían venido
     custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y
     corrieron para el monte.

     Al día siguiente fué conducido á Chamacuero el cadáver del General
     Comonfort.

       *       *       *       *       *

Cualesquiera que hayan sido los errores que como gobernante cometió
Comonfort, su memoria debe ser grata para los mexicanos, porque era
valiente, honrado, sencillo, afectuoso, franco, generoso y bien
intencionado; y representaba en conjunto la parte buena, amable y noble
de la raza mexicana.

_Manuel Payno._



NICOLAS ROMERO


I

Cuando encontramos en las hojas sagradas del Génesis que el CRIADOR del
Universo tomó un trozo de barro que sólo había recibido el peso de su
augusta planta, forma al hombre, y con su aliento vivificador lo levanta
á la altura de su destino, admiramos como hechuras del Omnipotente á
esos séres que se levantan del seno obscuro de la humanidad y describen
una elipse luminosa en el corto trayecto de su aparición á su muerte.

Dios ha impreso una marca sombría en la frente de los héroes; ellos
ceden á la predestinación de su alto oráculo, y con la íntima convicción
de su destino, aceptan el fuego del martirio, como la aureola de su
glorificación histórica.

Dios marca el momento, y el hombre obedece, impulsado por el oleaje que
lo lleva á las playas desconocidas de su porvenir; enciende en su
cerebro la antorcha de la idea, y lo coloca en esa vía que conduce á la
inmortalidad; desencadena su espíritu, lo fortalece, y se opera esa
transubstanciación de un sér mezquino á un gigante que arranca un lauro
á su siglo y una estrofa de gloria á la humanidad!

Nicolás Romero era uno de esos hombres, y sus glorias pertenecen al
pueblo mexicano.

He aquí las páginas del _Calvario_ de la revolución, trazadas por uno de
los caudillos que hoy recibe en el extranjero los homenajes rendidos al
patriotismo:


II

La Libertad es como el sol.

Sus primeros rayos son para las montañas, sus últimos resplandores son
también para ellas.

Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún
paisaje se ha iluminado primero el valle.

Los últimos defensores de un pueblo libre han buscado siempre su asilo
en las montañas.

Los últimos rayos del sol brillan sobre los montes, cuando el valle
comienza á hundirse en la obscuridad.

Por no desmentir este axioma, la Convención Francesa en 93 tuvo su
llanura y su montaña.

Zitácuaro está situado en una fragosa serranía del Estado de Michoacán.

Era una graciosa ciudad de ocho mil habitantes.

Sus calles, rectas; sus casas, aunque no elegantes, limpias y bonitas.

Su comercio activo, y su agricultura floreciente.

Esta era Zitácuaro en 1863.

La República de México había sido invadida por los franceses.

Los malos mexicanos se habían unido con ellos.

El Gobierno legítimo abandonó la Capital después de esa gloriosa epopeya
que se llamó el sitio de Puebla.

El ejército de Napoleón III ocupaba las ciudades y los pueblos sin
resistencia.

Aquella era la marcha triunfal de la iniquidad.

El paseo militar de la fuerza que vence al derecho.

Pero el derecho debía tener sus representantes sobre la tierra, para
protestar y combatir.--Debía tener sus mártires, y los tuvo.

Y los representantes del derecho y de la Libertad se refugiaron en las
montañas para protestar y combatir.

Y los mártires encontraron en las montañas su Calvario.

Al principio, es decir, antes de que comenzara esa larga serie de
sangrientos combates que con fuerzas tan desiguales sostuvieron los
defensores de aquel heróico pueblo, la hospitalidad no fué de lo más
cordial.--Después que el fuego enemigo los encontró juntos, todos fueron
unos.

En las primeras invasiones, la población emigraba en masa.

Así podía llegar la noticia de la venida del enemigo á la mitad del día
como á la mitad de la noche; en una mañana serena ó en una tarde
tempestuosa.

La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en
movimiento, y la población en masa emigraba á los bosques, llevando cada
una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus
animales.

Era un espectáculo tierno y sublime.

Las madres cargando á sus hijos, los hombres llevando á cuestas á los
enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente los
mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una
inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con
la resignación de los mártires, pero con la energía de los héroes.

Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche,
en medio del agua que caía á torrentes, y alumbrada apenas por hachas
de brea, que la tormenta y el aire apagaban á cada momento.

Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión
fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo á cada
instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la
orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un
lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro
día.

Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.

Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.

Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del
Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos
de «viva el imperio,» y con las detonaciones de la fusilería.

Las familias comenzaban á cansarse, pero no transigían con el enemigo.

Poco á poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose á los
pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado
aún penetrar.

Nicolás Romero escogió el Estado de Michoacán para teatro de sus
hazañas.

El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como
de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía
completamente vulgar, sin ninguna barba, el pelo cortado casi hasta la
raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas: con
su andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas
y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares ó de maíz,
que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia,
de valor y de sagacidad.

Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados
un semidios, una especie de mito. Jamás preguntó de sus contrarios
¿cuántos son?; sino ¿dónde están?, y allí iba.

Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de
tiempo para Tacámbaro.

Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se
batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.


III

Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero
determinó dar un día de descanso á la fuerza.

Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.

El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía
llevar el enemigo en caso de una persecución, era una vereda incómoda y
en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la
montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de
distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien
hombres podía cerrarse el paso á tres mil.

Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin
árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos
calcina los peñascos que las cubren; la yerba que se atreve á brotar,
muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos
raquíticos y sin hojas, retorciéndose á la viveza del fuego que parece
circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.

Por eso la cañada de Papasindán forma un delicioso contraste: arroyos
caudalosos, grandes y majestuosas zirandas y parotas, muchas aves, mucho
ganado, y una grama verde y tupida. Es un oasis en aquel ardiente
desierto.

Romero, pues, podía estar tranquilo.

Pero la suerte de los hombres y de las naciones depende de la
Providencia.

Eran cerca de las diez de la mañana; la tropa descansaba bajo los
árboles, los caballos desensillados pacían libremente, y los oficiales y
los jefes departían alegres en grupos esparcidos acá y allá.

Se habían escuchado algunos tiros, luego un rumor extraño, y
repentinamente los zuavos, seguidos de una caballería de imperialistas,
invadieron el campo republicano.

Nadie pensó en resistir; el pánico de la sorpresa se apoderó de todos, y
el enemigo mataba y aprisionaba sin el menor embarazo.

La división de Nicolás Romero se deshizo como el humo, y el caudillo fué
hecho prisionero á pocos momentos.


IV

En los primeros días de su dominación en México, los franceses eligieron
por teatro de sus ejecuciones la plazuela de Santo Domingo, que está
casi en el centro de la población, y que tiene por límites, al Sur,
edificios particulares; al Norte, la antigua iglesia de los Dominicos,
que da su nombre á la plazuela; por el Oriente, el edificio de la
Aduana, y por el Poniente, una portalería que sirve de asilo á esos
escribientes y poetas pobres que se llaman en México vulgarmente
«Evangelistas,» y que, sentados en un pequeño taburete, delante de un
miserable pupitre, ganan escasamente su vida escribiendo y redactando
versos y cartas de todas clases para los criados domésticos, para los
aguadores y para los amantes pobres que no saben escribir; escritores
que son la primera grada de esa inmensa escalera en cuyo último peldaño
se disputan un lugar Milton y Shakespeare, Cervantes y Quintana, Víctor
Hugo y Lamartine, el Dante y el Petrarca.

Aquella plazuela está verdaderamente empapada en sangre. Allí han sido
sacrificadas tantas nobles víctimas, que si un laurel ó una palma
brotara en memoria de cada martir, ese lugar sería el bosque más
impenetrable de la tierra.

Pero hay modas hasta en el asesinato, y Santo Domingo cayó de la gracia
de los civilizadores de México, y la plazuela de Mixcalco pasó á la
categoría de favorita de los franceses.

Mixcalco está al Oriente de la ciudad, cerca de la garita de San Lázaro.

En otro tiempo había sido el lugar de la ejecución de los criminales;
por eso tal vez causaba cierto pavor á los habitantes de la ciudad, y
por eso casi siempre estaba desierta.

Absurdas consejas corrían sobre aquella plazuela: quién contaba que un
hombre ahorcado allí por haberse robado unos vasos sagrados, paseaba de
noche envuelto en un sudario; quién refería que la cabeza de un reo
muerto impenitente, aparecía en las altas horas también de la noche,
pidiendo «confesión;» quién decía haber oído un grito agudísimo y
desgarrador que lanzaba una mujer vestida de blanco y con el pelo
suelto, y que era nada menos que una madre infanticida, muerta allí
mismo por manos de la justicia.

Sea por esto, ó por lo que es más probable, por la escasez de agua de
aquél barrio, las casas que forman la plazuela se fueron quedando vacías
y arruinando; de modo que en la época en que los franceses ocuparon la
capital, sólo vivían por allí pobres carboneros que durante el día
salían á expender su mercancía.

En aquél lugar triste y apartado debía tener su desenlace ese drama que
hemos visto comenzar en Papasindán.

Se oyó un rumor en la multitud; el movimiento uniforme y simultáneo de
las armas de los franceses produjo, con la naciente luz del sol, un
relámpago siniestro que cruzó por encima del agrupado pueblo, y Nicolás
Romero, sereno y animoso, casi indiferente, penetró en el cuadro en
unión de otros dos oficiales que iban á sufrir su misma suerte.

Infinitas precauciones había tomado la plaza para llevar á efecto la
sentencia; la popularidad de Romero y la notoria injusticia del
procedimiento hacían temer una sublevación popular. Se había adelantado
la hora; la guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, las
patrullas y la gendarmería en movimiento, y sobre todo, la policía
secreta, esa víbora que brota como la yerba venenosa de los pantanos,
del seno de los gobiernos impopulares, en una actividad espantosa.

Romero fumaba desdeñosamente un puro. Los dos oficiales que le
acompañaban, y que también debían morir, eran: un subteniente que había
sido el mariscal de un escuadrón de la brigada de Romero, y el
comandante Higinio Alvarez, jefe de los exploradores de la misma
brigada. Romero iba envuelto en la misma capa que usaba en campaña, y
Alvarez en un zarape tricolor, que imitaba la bandera de la República.

¿Para qué referir la ejecución? Los tres murieron con tanta sangre fría
y con tan orgulloso desdén, como si no fueran á morir.

El sargento francés dió á Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como
si aquella lama de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al
conducir el cadáver de Romero á su última morada, hizo un movimiento tan
fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.

El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.

A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre
de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos
habían borrado con su polvo los últimos rastros.


V

Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria
aun no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.

¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la
ingratitud? ¿No habrá quién coloque una piedra en ese Gólgota, para
decir á nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad su _piedra de
sacrificios_ para inmolar á los patriotas de la independencia mexicana?

Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de
nuestros recuerdos á los MÁRTIRES DE LA LIBERTAD, y consagramos en las
páginas del _Libro Rojo_ la ofrenda de justicia á los héroes cuyos
sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas á las futuras
generaciones.

_Juan A. Mateos._



ARTEAGA Y SALAZAR


Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos
que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar
de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el
sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa
angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos
presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en
mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y
Díaz.

Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas
históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y
lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de
los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que
fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.

       *       *       *       *       *

Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más
contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se
llamaba del Centro.

Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento,
con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos
pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos
combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de
la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa
en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.

Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que
pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar
era el Cuartel-Maestre.

El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente
podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y
transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y
brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto
de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga
pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus
movimientos, provenida de las heridas siempre abiertas que tenía en las
piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro
constantemente risueño y alegre.

Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el
contrario, representaba tener mayor número de años de los que en
realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas
formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada
penetrante del hombre de gran inteligencia.

Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual
fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero
pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar,
tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á
reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del
Ejército del Centro.

¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese
mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de
Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que
mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos
elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia
y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.

Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los
coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo,
Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz,
Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y
escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después
de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una
división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de
cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de
guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.

Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo
más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así
reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse
contra un ejército diez veces superior en número.

Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos
días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse
como el humo, á disiparse como una nube de verano.

       *       *       *       *       *

El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener
por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división,
había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de
batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y
dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo,
según dispusiera el general en jefe.

Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los
ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en
su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que
discutían sobre los movimientos del enemigo.

--General;--me dijo Arteaga--el enemigo debe estar aquí á las cuatro de
la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?

--Mi opinión--le contesté--es que debemos dar una batalla.

Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la
cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad
Villagómez.

Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente,
pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le
había yo encargado el mando de una pequeña brigada de infantería, que
con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del
Centro muchos días de gloria.

El general Arteaga hizo á Villagómez la misma pregunta que poco antes me
había hecho á mí, y Villagómez fué de mi misma opinión.

Entonces insistí yo; Salazar apoyó la opinión de Arteaga, y éste ordenó
la retirada.

Pero esta retirada no debía hacerla nuestra fuerza en un solo cuerpo,
sino que debía dividirse en tres secciones: la primera con los generales
Arteaga y Salazar, tomaría el rumbo del Sur, internándose por la Tierra
Caliente; la segunda, á las órdenes del coronel (hoy general) Ignacio
Zepeda, se dirigiría al Estado de Jalisco, á expedicionar por Zapotlán;
y yo, con la tercera, debía ir hasta Morelia, si no á intentar la toma
de la ciudad, porque estaba fortificada y la mayor parte de mi fuerza
consistía en caballería, sí á poner en alarma á la guarnición.

Con esta resolución ya se dictaron las disposiciones necesarias, y á las
cinco de la tarde, bajo una espantosa tempestad, comenzaron á desfilar
las tropas, tomando cada una de las secciones el rumbo designado: Zepeda
el camino de San Juan de las Colchas, Arteaga el de Tancítaro, y yo el
de la Sierra de Paracho.

En estos momentos, Méndez, con las tropas imperiales, estaba ya á muy
poca distancia de nosotros.

       *       *       *       *       *

Arteaga llevaba la brigada que mandaba Villagómez, una sección que
estaba á las inmediatas órdenes del coronel Jesús Díaz, y algunos
piquetes de infantería y caballería que no estaban incorporados en
ninguna brigada.

A pesar de la tormenta y del mal estado de los caminos, Arteaga hizo
caminar á la tropa que le acompañaba toda la noche del día en que se
efectuó la retirada, y al siguiente día llegaron al pueblo de Tancítaro.

Aquella precipitación había sido una medida prudente, y que los
acontecimientos posteriores confirmaron de necesaria, porque el día 12,
en el momento en que los soldados iban á tomar «el rancho,» llegó la
noticia de que el enemigo estaba tan cerca de Tancítaro, que sin
permitirse tomar el primer bocado á los soldados, se emprendió
violentamente la retirada rumbo á Santa Ana Amatlán.

Sin embargo, Méndez logró alcanzar la retaguardia de los republicanos;
pero Villada, que la cubría con un batallón, sostuvo bizarramente la
retirada, y por esta vez volvió á salvarse aquel pequeño ejército.

Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una
pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.

La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo,
parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por
donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros,
en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los
jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y
cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos
senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y
la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por
qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas
leguas de terreno.

Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir,
hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron
á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.

Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la
vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales
había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de
Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.

Como para dar más seguridad á Arteaga, pocos momentos después de que
llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano,
pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo
que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho
movimiento alguno.

Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de
perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la
tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso
descansar también, aunque fuera por algunas horas.

       *       *       *       *       *

Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la
pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de
aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales
de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas
tiendas algún alimento para calmar su necesidad.

Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de
hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más
terrible, más espantosa.

Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la
resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, como sucede
siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no
volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y
no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron
ciegos y por todas direcciones.

Todos los jefes, incluso Arteaga, fueron sorprendidos en sus
alojamientos y hechos allí prisioneros: Salazar, con sus ayudantes y
algunos criados se hizo fuerte en su casa, y se batió durante algún
tiempo; pero fué obligado á rendirse, y solo el coronel Francisco
Espinosa, gracias á su sangre fría, logró escapar de las manos de los
imperialistas.

Para consumarse aquella terrible desgracia, había bastado apenas una
hora, es decir, dos horas después de haber llegado Arteaga á Santa Ana
Amatlán, él y Salazar, y todos sus jefes y oficiales, y gran parte de
sus soldados estaban prisioneros.

       *       *       *       *       *

¿Quién fué culpable de aquella sorpresa? ¿cómo pudo Méndez haber llegado
hasta Santa Ana Amatlán, sin ser sentido por las fuerzas del general
Arteaga, sin ser detenido por el coronel Solano y por el comandante
Tapia, que habían quedado con dos cuerpos de caballería cubriendo el
camino y en observación de los movimientos de los imperialistas?
Misterios han sido y son éstos para mí, á pesar del empeño que tomé
para saber la verdad.

Arteaga, Salazar y muchos de los que con ellos iban en aquella
desgraciada expedición, creyeron que Solano y Tapia se habían puesto de
acuerdo con Méndez; pero esto me parece imposible, porque Solano era un
joven honrado y patriota, á quien se habían encargado comisiones
peligrosas, y siempre había correspondido perfectamente á la confianza
de sus jefes; y Tapia, por sí solo, nada hubiera podido hacer aún cuando
hubiera querido traicionar.

A pesar de todo, algo habría podido averiguarse si en aquellos días no
hubiera muerto Solano de fiebre en el pueblo de Tancítaro; y como sucede
en las guerras de insurrección, la muerte de un jefe produce,
necesariamente, la desorganización más completa, y luego la dispersión
de las fuerzas que manda, sobre todo si son, como aconteció entonces,
tropas levantadas y organizadas por el mismo jefe, y merced á sus
esfuerzos y á sus simpatías personales.

A Tapia no lo volví á ver más.

       *       *       *       *       *

Treinta y cinco fueron los prisioneros hechos por Méndez en Amatlán,
inclusos los dos generales, y todos ellos, aun algunos heridos, pasaron
el resto de la tarde y la noche del día de la sorpresa, encerrados en un
cuarto, frente á cuyas ventanas las músicas de los vencedores tocaban
alegres sonatas, celebrando aquella poco costosa victoria.

Al día siguiente se emprendió la marcha de regreso para Uruápam, y á los
treinta y cinco prisioneros se les entregaron quince caballos para que
pudieran caminar.

Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de
preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se
le dió en efecto.

Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe
en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una
cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano
pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que
con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada
consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le
habían dado.

El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla
pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y
caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.

Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.

Seis días duró aquella terrible peregrinación, durante la cual el
cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no
encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos
del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de
Octubre.

Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros,
ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días
trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos
hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que
probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.

Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles
familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la
tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales
Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán
González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.

Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella
separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron
que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos,
sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las
primeras víctimas.

Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el
temor, y una nube de tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados
que ya no esperaban sino su turno para morir.

       *       *       *       *       *

En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el
tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en
que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en
Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.

Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había
hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun
no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus
mismos oficiales.

Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de
infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más
que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto
derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.

       *       *       *       *       *

Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez,
Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día
debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.

Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin
recriminaciones, con un valor heróico.

Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de
Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de
sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para
aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros
amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.

El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros
que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última
y suprema hora de su vida.

Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y
dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre
Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo
sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.

Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta
calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.

Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus
cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.

Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los
sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitió marchar
al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.

Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero
y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación
cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.

Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las
cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.

Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo
impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después
la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez
dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.

Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó
apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella
los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus
fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un
grande influjo en el porvenir.

Dios es justo.

_Vicente Riva Palacio._



MAXIMILIANO


_6 de Julio de 1832._

_19 de Junio de 1867._

Aquella fecha fué el día en que nació Fernando Maximiliano José,
Archiduque de Austria. Esta, en la que murió.

La ciudad de Viena, Schònbrum, fué su cuna; la de Querétaro, Cerro de
las Campanas, fué su tumba.

Su nacimiento tuvo el esplendor grandioso de un regio alumbramiento. A
su muerte, un golpe eléctrico tocó todos los corazones, para no dejar
esa memoria, en el reposo del olvido. La luz de la existencia no se
extinguió en las tinieblas de su último día. Al morir acabó el hombre,
para dejar al dominio de todo el mundo la vida del príncipe, la del
político infortunado.

¡Insondable es el destino del hombre!

Al nacer, los plácemes se multiplican y se anuncia una esperanza de
felicidad.

El que nace despierta toda la fe del porvenir.

Un príncipe que viene al mundo, es la alegría de la familia, es la
ilusión dorada de una dinastía; puede ser el genio benéfico de un
pueblo, de una sociedad entera. El contento se generaliza, y las
demostraciones de júbilo resuenan en el extenso ámbito de una monarquía.
Los más lisonjeros ensueños de los padres encuentran la entusiasta
predicción de los amigos, de los partidarios, de los adictos, y el
horizonte de la vida, se dilata más allá de donde en el curso natural de
la existencia se puede pasar.

El príncipe, al nacer, parece que lleva un destino que cumplir:
inmortalizar con sus hechos un nombre que ya suena como gloriosa
herencia que en la sucesión de los siglos han conquistado sus
antepasados. Esperanza de gloria. Esperanza de inmortal nombre.
Esperanza de los amigos y de la patria; ella y ellos hacen votos porque
el príncipe esté predestinado para encumbrar los altos intereses de la
nación; y así lo quieren; porque también quisieran que el que nace para
gobernar, fuese un conjunto de las más grandes virtudes. El valor, la
generosidad, el genio, la más elevada educación, la ciencia y el amor á
la humanidad, debieran ser inseparables compañeros de los que se creen
con título para mandar.

La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres
públicos, puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien,
es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una
pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella
lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la
vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar
sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder,
independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y
dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud
más digna del reconocimiento público.

¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos
delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante
habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen
á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos
concebidos!

Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las
páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en
ese destino.

Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de
Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César,
Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel,
Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensad con detenimiento en el
trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que
impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos
príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno
los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio
indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente
de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo
determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad
vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.

No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad
á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del
verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la
violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el
sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de
moral. ¿La encontraréis siempre? No.

¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?

¿Y el propósito de hacer mal?

¿Y la conciencia de sus faltas?

¿Y la depravación de sus miras?

¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el
terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega
de sus deseos, y el abominable arranque de un corazón vengativo? ¿Lo
encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite
disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.

Pero ¿adónde vamos?

¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?

Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva
ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el
vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia,
inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.

En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos
con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento
que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos
profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus
elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la
muerte por la ley.

A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han
podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la
lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los
antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más
tarde á purificar doctrinas que en su desarrollo detienen el espíritu
progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible,
con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas
pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la
fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia
irrealizable.

       *       *       *       *       *

¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos
un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad
alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de
innegable verdad las causas de un gran drama político!

¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?

¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero
de una gloria secular?

¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas,
quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica
nobleza de Austria y el pueblo de esta República?

México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era
trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas
servían de bandera de libertad y de apoyo del Gobierno. Eran nada,
porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una
nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con
las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían
sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma
de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el
ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las
clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.

El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una
nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos,
secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás
reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha
sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento;
porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible,
asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la
revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de
los pueblos del Sur.

Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo
glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto
de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores
operaciones; y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos,
ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que
descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la
corona de España.

Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de
una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su
poder nacional.

Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los
sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto
en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita
militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas
tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan
notable fué este virreinato por tres siglos.

En los años pasados después de la independencia, la educación ha
cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo
que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á
1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más
democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado
por los fueros de la libertad.

Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos
que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe
Maximiliano aceptó lo que, obra de los hombres, parecía altamente
glorioso en sus fines al archiduque de Austria.

       *       *       *       *       *

Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21
de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de
Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los
fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente
en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el
Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el
Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.

El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante
pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado,
permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán,
ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á
un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas
naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado
firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de
1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la
habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía
crear la división en los invasores, y permitir, además, que se viese
con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían
cada una de las partes que formaron la convención.

Había en lo íntimo, en lo secreto de las instrucciones reservadas que
traían los tres representantes, algo contradictorio que no podía
llevarlos á una inteligencia fácil, á un acuerdo seguro.

Los representantes de España é Inglaterra vacilaron, los de Francia
traían una consigna que cumplir, Napoleón III quería un rey para este
suelo virgen. El príncipe que debía ceñir la corona, sería acaso dudoso;
pero la resolución estaba tomada. México sería una monarquía.

Aun es un misterio si la voluntad enérgica del Conde de Reus rompió la
convención, llevando tras esta resuelta conducta el acuerdo del
representante de Inglaterra; ó si instrucciones superiores prepararon el
rompimiento que dejó al ejército francés solo en este suelo para llevar
adelante las órdenes de su gobierno, que ejecutaba por su cuenta y
riesgo, la más aventurada, peligrosa y estéril de cuantas intervenciones
se registran en los siglos de la historia política del mundo.

La República supo con asombro que, rotas las estipulaciones del tratado
de la Soledad, avanzaban en son de guerra los franceses al mando del
general Laurencez, y ligeros encuentros en las Cumbres de Aculcingo,
obligaron á las tropas de la República, al mando en jefe del general
Zaragoza, á resistir el choque del ejército francés en la ciudad de
Puebla.

El 5 de Mayo de 1862, á las once, comenzó la acción sobre el Cerro de
Guadalupe, y á las tres retrocedieron las fuerzas francesas, llevando ya
en su retirada á Orizaba, la convicción profunda de que la misión que
debían cumplir era algo más peligrosa que un paseo militar.

México ha recogido en la memoria de esa jornada, la de un día de gloria
nacional que solemniza en su aniversario, como la de una segunda
independencia. El recuerdo del 5 de Mayo fué la bandera de la República
en sus días de prueba y de desgracia. Los nombres de los generales
Zaragoza, Mejía, Díaz, Berriozábal, Negrete y otros, han tenido desde
entonces un lugar de preferencia en el corazón de un pueblo que se
apasiona por la superioridad del valor en el cumplimiento del deber.

Después de algunos meses, grandes refuerzos llegaron al ejército francés
mandado ya por el general Forey, y se emprendió un nuevo golpe sobre la
ciudad de Puebla, la que sucumbió el 17 de Mayo de 1863, obligada por un
sitio de más de sesenta días. El hambre puso término á ese sitio,
rindiéndose la plaza, después de romper el ejército mexicano sus armas
y clavado su artillería.

       *       *       *       *       *

Hoy que Francia sufre, y los peligros y el sufrimiento fanatizan el amor
patrio, habrá comprendido Napoleón III, capitulando en Sedán, todo el
inmenso placer que habría en la victoria, toda la inmensa pena de las
derrotas, todas las inexplicables amarguras de una capitulación, y todas
las desgracias de conflictos entre pueblos que derraman su sangre,
gastan sus tesoros, aniquilan sus elementos de vida en luchas que
excitan las malas pasiones, en cuyo desenfreno todo lo pervierten, á
pesar de la buena índole de las masas. México, joven, nacida en este
siglo á la vida nacional, ha sido mártir por los celos extraños de su
propia infancia. Nacida y codiciada, independiente y dividida, su
escuela ha sido la guerra interior y exterior. Francia en el apogeo de
sus días, con su gobierno de veinte años, su rico tesoro, sus
preparativos de guerra, y teniendo por capital la ciudad de París,
centro del mundo, donde se encontraban bienestar y dicha, porque había
algo de magia en aquella gran ciudad para que el viajero de todo el
mundo, á pesar de la diversidad de sus hábitos y costumbres, encontrara
allí la asimilación de lo que era la patria, ha sido el objeto de todas
las miradas; era el baluarte poderoso donde por el hambre podrían
sucumbir hombres que, héroes en el combate, grandes en su patriótica
desesperación, tenían la sentencia de su destino en una triste
capitulación, después de ese sitio de titanes que será el asombro de los
tiempos modernos. El siglo XIX en sus transformaciones políticas, en su
marcha poderosa á los fines de la democracia, y en su grandeza
universal, necesitaba para ser inolvidable, el gigantesco sitio que
oprimió á la ciudad del orbe. Frente al poder del dinero, de la ciencia
y del progreso, se presenta la guerra, la muerte, la destrucción, el
sitio y el hambre.

Francia y Prusia en gigantesco duelo, es víctima la primera, en medio de
su grandeza, y vencedora la segunda, provocada al duelo. París se
enloquece en su desgracia y enarbola la bandera de guerra civil. París,
antes resplandeciente de prosperidad y lustre, da muerte á su propia
vida devorando á sus propios hijos, arrojando, á semejanza del suicida,
elementos corrosivos á sus entrañas, para morir en el fuego, la
destrucción, el aniquilamiento y la desesperación.

París, reina de las ciudades modernas, sociedad poderosa para imprimir
movimiento á las ciencias y á las artes, centro privilegiado del orbe
donde la historia ha grabado sus fechas gloriosas con monumentos que
recuerdan guerras, gobiernos, luchas, victorias, triunfo de la idea y
del arte; ciudad que llora hoy los más grandes infortunios que la más
negra imaginación no podía alcanzar; arrojad de vuestro seno los
elementos de esa vida cenagosa á que la corrupción levantara altares, y
Dios permitirá que de ese huracán espantoso de pasiones desencadenadas,
de ese fuego que destruyó la materia y el espíritu, brote la libertad
pura y santa, que haga á los pueblos hermanos en el progreso y émulos
sólo en el trabajo.

¡Pobre Francia! ¡cuánto atormentan los terribles golpes de la adversidad
sobre las masas de un pueblo! ¡Cuántas víctimas inocentes que no merecen
el castigo de esas grandes desgracias!

México ha sufrido los males del incesante anhelo de otras naciones para
intervenirla. Francia llora hoy la ardiente pasión del imperio, para
imponer su intervención á otras naciones. México pobre, debil, joven y
desheredada por sus propias y extrañas guerras, debe á la constancia de
sus hijos y á su fe, la restauración de la República. Su ejemplo lo ha
invocado Francia, no sólo como lección adversa de su política, sino como
bandera de guerra por su nacionalidad. Reciba nuestros votos por una paz
duradera que afiance en esa poderosa nación la libertad. Ella será
fecunda también para una gran parte del mundo que, por la lectura, por
la tradición, por la costumbre de imitar y por los hábitos de educación,
está dispuesta á aceptar la política de Francia, que tiene, por su
grandeza nacional, un poder mágico, casi irresistible, de propaganda y
de asimilación política.

¡Cómo cambia el poder de las naciones constituídas al abrigo de un poder
personal! En 1863, Francia Imperial enviaba algo menos que el sobrante
de sus legiones á esta tierra víctima de sus disensiones civiles; y hoy
la República Mexicana envía los votos de muchos de sus hijos al pueblo
francés, por su pronta y sólida libertad. ¡Ojalá y ellos se cumplan!
¡Ojalá y el año de 1871, Francia regenerada y libre, sea también la
Francia de la paz y la prosperidad!

       *       *       *       *       *

La tarde del 31 de Mayo de 1863 salió de esta ciudad el Sr. Presidente
D. Benito Juárez. Ese día tuvo lugar la clausura de la Cámara, y más
bien que una solemnidad, fué una lúgubre ceremonia. Era el adiós de
amigos que se dispersaban: fué la triste asistencia oficial de un día de
duelo para la patria. Tras de ese día todo era desconocido. El único
pensamiento de aquellas horas, era partir de la ciudad que debían ocupar
las fuerzas francesas como fruto de su triunfante expedición sobre
Puebla.

La noche arrojaba sobre el alma de esta gran ciudad una melancolía
abrumadora. La agonía de una época, el término de un orden de cosas, el
misterio del día siguiente, daban un tinte sombrío á todas las
fisonomías. ¡Toda la noche fué de movimiento de salida! ¡Cuántas
lágrimas derramadas en ese día de luto! Una despedida sin saber el día
del regreso, tiene algo de semejante á la muerte.

¿Cuándo volverán los que hoy salen?

Sólo Dios puede saberlo......

Esa pregunta del corazón y esta respuesta de la cabeza, daban á tan
triste despedida una amargura que es fácil sentir y difícil explicar.

Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el
interior del país. El Presidente de la República, al partir, había
renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á
muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo
magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su
cumpleaños.

Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y
tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de
cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.

En la dispersión de los poderes públicos, México quedaba sólo al abrigo
de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de
valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria,
supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que
presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la
crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al
Ayuntamiento de México y su digno Presidente.

       *       *       *       *       *

El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para
la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la
intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al
impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á
nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar!
¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique
con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido
el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido
muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la
armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la
conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.

La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del
momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte
del infortunado Archiduque de Austria.

Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la
esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión
entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu
por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque
pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión
alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo
deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos,
envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los
grandes sucesos de América.

El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su
palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón
hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo
grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué
donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el
mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el
trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por
la idea de la gran política, estaba sin embargo preparado para todo lo
que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que
se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la
princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su
confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de
ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra
regada por muchos años con la sangre mexicana.

Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la
multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en
lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol
de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la
verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de
un círculo reducido de hombres.

Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en
México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron
que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo
donde sepultara su trono.

Hasta donde se hayan realizado esas profecías, la historia contemporánea
puede ya apreciarlo.

       *       *       *       *       *

Maximiliano llegó á la capital de la República el 12 de Junio de 1864.
Pasados los primeros días, llamó en lo privado á algunos hombres del
partido liberal, y presentándoles un programa extenso sobre las bases de
independencia nacional, libertad y consolidación de las conquistas de la
Reforma, obtuvo de algunos su participio en la formación del gobierno.

El programa podía condensarse en estas palabras:

Difundir la enseñanza á costa de los más grandes sacrificios, promover
toda mejora material, alentando la colonización en masas y la
inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por
la República en favor de la libertad, y encaminar ésta á su aceptación
por todos los partidos.

Difícil era la reconciliación de las clases y de los corazones. Ese
milagro político no podía ser el instantáneo fruto de un programa. Sólo
el tiempo y la libertad práctica unen á los hombres divididos en
política por opiniones encontradas.

Francia gastaba, entretanto, algunos millones en el apoyo de su
aventura; pero el cansancio en una empresa toda de peligros, no tardó en
expresar palabras de arrepentimiento y de abandono. La versatilidad del
Imperio francés en los actos que llamaba de alta política, era una
presunción de que pondría término á sacrificios que no podían tener
compensación.

El Príncipe Maximiliano luchaba con todo esfuerzo por nacionalizar su
gobierno, y su programa democrático, á su juicio, en lo compatible con
la forma monárquica, está consignado en seis tomos de decretos.

Por un corto período, la fortuna sonrió á la monarquía. Las fuerzas de
la República habían perdido los grandes centros de las poblaciones, y el
Sr. Presidente D. Benito Juárez, y su ministerio compuesto de los Sres.
Lerdo, Iglesias y Mejía, se habían refugiado en Paso del Norte, pequeña
aldea en los confines de la República, á orillas del Río Bravo. Su fe
era su bandera, su constancia la base del porvenir.

Algunos jefes de inquebrantable energía sostuvieron siempre la guerra;
entre ellos el ilustre general D. Vicente Riva Palacio, por cuyo encargo
escribimos esta sencilla historia.

El país estuvo por un período sometido á la sorpresa de los grandes
sucesos; pero la impresión fué pasajera, y las armas de la República
acudieron á combates repetidos que despertaban en la Nación la fe del
porvenir.

Cuernavaca era la residencia del Archiduque el mes de Junio de 1866,
cuando recibió las noticias definitivas sobre la conducta de Napoleón
III. Había resuelto retirar sus tropas y los recursos pecuniarios con
que apoyaba al imperio mexicano. Este dejaría de percibir los quinientos
mil pesos de que todos los mesen disponía á cargo del tesoro francés.

Tan grave noticia tenía altamente preocupado al Príncipe, quien con su
triste fisonomía reveló á la Princesa Carlota el pesar de alguna nueva
desgracia. La mala posición á que se veía reducido el ensayo de
monarquía en México, despertó en el espíritu de los dos príncipes la
idea de enviar un comisionado, un embajador especial al Emperador
Napoleón, para exigirle francas explicaciones, resoluciones firmes sobre
sus compromisos para con el naciente y agitado imperio de México y muy
particularmente para con el mismo Archiduque de Austria, antes de partir
de Miramar. ¿Quién podrá desempeñar esta misión importante? decía
Maximiliano. ¿A quién escuchará Napoleón? ¿Quién podrá hacerle oir todos
los deberes que tiene que cumplir? ¿Quién podrá hacerle comprender las
consecuencias de su falta, si niega hoy lo que antes tenía ofrecido?

Se trajeron á la memoria diversos nombres de personas á quienes el
Emperador de Francia en otro tiempo recibía de buena voluntad; pero que
en la situación á que habían llegado las cosas, con probable seguridad,
casi con evidencia, serían desairadas.

En un momento de ese silencio que impone la perplejidad de ciertas
circunstancias, dijo la Princesa Carlota: «Yo tengo un embajador fiel á
todos sus compromisos políticos, resuelto á todos los sacrificios, y que
se hará escuchar de grado ó por fuerza. Ante su resolución no habrá
obstáculos.»

«¿Quién puede reunir, dijo Maximiliano, todas esas virtudes de adhesión,
y además las facilidades de llegar oportunamente cerca de Napoleón para
contrariar resoluciones tomadas acaso de una manera irrevocable?»

«Yo, contestó la Princesa Carlota, y tal vez sólo yo pueda lograr que se
modifique lo que respecto de México se tiene ya acordado.»

El Archiduque meditó sobre este pensamiento, lo encontró oportuno, y
presentándole solo en oposición dificultades de viaje, recordó que
estaba próximo el 6 de Junio, que era el día de su cumpleaños, y que
según la tradicional costumbre de su casa, la Emperatriz recibía y hacía
todos los honores en la solemnidad de ese día.

Los proyectos de conveniencia que se combaten con accidentes de fácil
solución, están aceptados. Así sucedió con el viaje de la Emperatriz. El
movimiento de la casa era luego el testimonio vivo de la resolución
tomada. El Emperador y la Emperatriz regresaron á México, y el seis de
Junio, después de las solemnidades de la mañana, se hicieron los
preparativos para el viaje á Europa.

       *       *       *       *       *

El día ocho salió para Veracruz la Princesa Carlota, emprendiendo, con
el valor digno de un hombre, una empresa que era superior al empeño de
las más grandes habilidades diplomáticas.

Francia, en la historia de su último imperio, y la del Vaticano en la de
sus días de prueba, tendrán que consagrar algunas líneas á la
infortunada y virtuosa Princesa Carlota Amalia visitando en 1866,
víctima ya de un principio de enajenación mental, á Napoleón III y á Pío
IX.

En su ciencia y brillante educación no alcanzó todos los peligros de la
intervención en la República mexicana. La historia de todas las
intervenciones es la del suplicio de los pueblos, la del peligro de la
independencia, la del sacrificio de la autonomía, y muchas veces el de
los actores mejor intencionados. Los años que corren de este siglo daban
ya abundante materia para demostrarlo sin necesidad de las sangrientas
peripecias del gran drama en que tan sentido se presenta el fin de
Maximiliano, vencido, y la vida congojosa de la Princesa Carlota, que
es la personificación del pensamiento monárquico en la rectitud de su
intención y en la gloria de la fundación; pero también en el extravío de
su juicio, por confiar su suerte á una protección extraña, y en el
sufrimiento de su pesar profundo. Figura histórica, pasajera en su vida
real, transformada por su dolor en una existencia sombría y melancólica,
que conservando en su memoria las negras páginas de su martirio, sin el
orden que imprime el juicio, tiene grabado como en álbum fotográfico el
período de su vida en México. La memoria, el corazón y el entendimiento
funcionan en la demencia, siempre con el pasado á la vista; pero las
páginas de ese gran libro se desencuadernan, se confunden y mezclan,
para hacer de la vida un repertorio donde la memoria, sin orden y
armonía, sin concierto ni exactitud, renueva del tiempo feliz de la
razón lo que más hirió el conjunto de las facultades. La historia del
viaje de la Princesa Carlota, si llega á escribirse, podrá dar alguna
luz sobre la materia, y fijará también el verdadero período de su
enajenación mental. Maximiliano aparece, según la tradición, vivo en la
adoración de la Princesa su esposa; pero en el altar de sus rezos
derrama lágrimas que como flores deposita en la tumba de una memoria.
Tal vez junta en un solo punto, á semejanza de visión extraña, dos ideas
de vida y muerte como el que ve en medio de una tempestad lanzarse á
pique una nave sin socorro posible.

       *       *       *       *       *

El mes de Noviembre de 1866 todo anunciaba la retirada del príncipe y la
del ejército francés. El primero marchó á Orizaba, y la _Novara_, que lo
trajo lleno de entusiasmo y de esperanzas, debía también conducirlo,
atormentado por el mal éxito de su empresa, á su antigua residencia de
Miramar. Lo esperaba en Veracruz para partir.

El príncipe estaba de choque con el ejército francés, que abandonaba su
obra.

Aun las relaciones de cortesía se habían cortado. El mariscal Bazaine y
el general Castelnau habían concertado la retirada del ejército francés;
y el voto unánime y sincero de los mexicanos era que jamás otra
intervención pisara este suelo privilegiado, que sólo necesitaba para su
prosperidad la unión de sus hijos. El imperio francés recibía una
lección severa. Los gobiernos que no miden las cuestiones exteriores más
que por la fuerza física, sacrificando la justicia, se suicidan, porque
preparan ellos su propio sacrificio. Francia, arrebatada por el poder
militar, sintió todo el peso de sus desgracias en la condenación
universal de su política, en el triunfo de la oposición y en la
aceptación tácita de la doctrina Monroe.

Libre Maximiliano de los compromisos de la intervención, llamó á Orizaba
su Consejo, y sometió á su examen la resolución de su viaje. La duda
atormentaba su vida, y necesitaba una resolución. Creía llegado el
momento en que el hombre público debe pertenecer todo á su causa, á sus
principios, á sus partidarios.

Muchos atribuyen á diversos miembros del Consejo, y muy particularmente
á las inspiraciones del jóven general Miramón, el regreso á México.
Nosotros no participamos por completo de esa opinión. Causas de otro
género fueron las que ocasionaron esa resolución. A la llegada del
paquete francés á Veracruz, en Noviembre, recibió el príncipe multitud
de telegramas combinados en cifras. ¿Qué traían de Europa esos
telegramas? No se ha sabido; pero el hecho es que al día siguiente se
dieron las órdenes de regreso, y fué gratificado el jefe de la oficina
del telégrafo con quinientos pesos, entregados en monedas de oro.

Desde ese momento cambió la fisonomía del príncipe. Su vida tomó la
animación de quien tiene un gran propósito que cumplir. Aislado por su
propia voluntad los días anteriores, incomunicado con los demás, vagando
como un sonámbulo por los cercanos campos de Orizaba, volvió á la vida
cuando resolvió morir ó vencer, jugando la existencia hasta perecer en
la demanda.

El 25 de Diciembre de 1866 salió para esta ciudad el Archiduque, con el
propósito de dar vida al ministerio conservador que había formado antes
de partir para Orizaba.

Reciente la historia del gobierno del Imperio, no es posible tocarla en
el reducido espacio de que se puede disponer al ocuparse sólo de la
muerte del príncipe que fué elevado al trono. La historia de esa sombra
de gobierno monárquico no puede aún escribirse; porque las lecciones que
de ella se derivan, se pierden cuando todavía están vivos los
sentimientos de una lucha y de una restauración en un corto período de
tristezas y alegrías, de esperanzas y decepciones, de tragedias
políticas, de piedad y de rigor, de templanza y de exceso, de virtud y
de vicio, de persecución y de amnistía, de gemidos y de bendiciones, de
duelo y de vida.

Los siete años de 63 á 70, son el gran libro de una historia rápida y
complexa, que á semejanza de la de los náufragos, estará llena de vida
en la narración misma de la agonía. Ella entrañará lecciones saludables
para un pueblo que, al sacudir el yugo de la fuerza extraña, ha
proclamado la libertad de todos sus hermanos.

Esa historia la conocerán siempre aún los niños y las mujeres; porque
es la historia de los sentimientos populares y el fin de las disensiones
religiosas en la política militante. Las pasiones todas tomaron parte,
todas se mezclaron. El entusiasmo y el dolor se tocaban á cada paso como
resultado de esos resortes del corazón, que apasionado en una lucha de
hombres contendientes, son tan fieles y cumplidos como la
personificación de un deber sagrado, tan resueltos como una virtud
heroica, y tan firmes como ciegos por la fe, tan adictos á su causa como
á la de su Dios, su religión y su patria. Por esto creían muchos pelear,
y aun los seres inculpables en ese conflicto aterrador tributaban un
culto á la exaltación de sus propias pasiones, como la expresión de la
conciencia recta, como el eco de la conciencia nacional.

Los más grandes errores toman en política las proporciones de un deber,
y á la pasión que se llama patriotismo, virtud facticia muchas veces por
su origen, pero sincera por el tiempo, sólo se le puede desarmar con la
frialdad de la razón, la luz de la justicia y la generosidad de los
sentimientos.

Este período era el punto más grave en la escala de las disensiones de
los partidos; pero también debía ser el término de las profundas
divisiones.

La confirmación que el Príncipe Maximiliano imprimió á las conquistas de
la libertad, á los hechos consumados, y á los principios de la
revolución por la reforma religiosa, puso el sello á cuestiones que
antes fueron el abismo de odios y de sangre entre los partidos.

Los peligros de una existencia precaria para el porvenir de nuestra
patria, amenazada siempre por los elementos intestinos y conflictos
internacionales, ¿no abrirá el corazón mexicano á sentimientos de unión,
único vínculo de poder nacional?

Estos eran los pensamientos de esa época, en que al través de un corto
período, todos veían como indefectible la restauración de la República.

Entretanto, las fuerzas organizadas bajo la dirección de los Generales
Díaz, Escobedo, Corona y Riva Palacio, marchaban sobre las ciudades de
Puebla, México, Guadalajara, Toluca y Querétaro, donde los más
caracterizados jefes del partido militar, ligado en sus últimos días á
la suerte del archiduque de Austria, hacían grandes aprestos de
resistencia. Ingrata la suerte al príncipe, los franceses se retiraron,
dejando sin más apoyo á su protegido, que la fuerza mexicana y algunos
escuadrones de alemanes al servicio del Archiduque, mandados por dos
valientes jefes y el joven coronel Kevenüller.

Todos los prodigios de valor habrían sido estériles contra el país
levantado en masa proclamando la restauración de la República. Una á
una fueron cayendo las ciudades en poder de las armas republicanas.

Querétaro era el lugar que absorbía la atención del gobierno, porque un
fuerte ejército que mandaba en persona el archiduque Maximiliano era
compuesto en su mayor parte de jefes de un valor á prueba, de una
decisión enérgica. Bastaba que entre ese grupo estuviesen los generales
Miramón y Mejía, para comprender que la lucha sería sangrienta,
desesperada, heroica.

Dos meses de sitio en que hubo combates dignos de una memoria especial
en la historia general del país, pusieron término á la lucha desigual
entre sitiados y sitiadores. Estos tuvieron abundantes recursos que les
enviaban de todo el país, abierto á su poder, mientras que en la ciudad
faltaban los elementos necesarios para la vida.

Toda crisis política tiene su término, que es principio y fin de goces y
sufrimientos. La ocupación de una plaza sitiada es una página de doble
vista: para unos todo es vida, animación, alegría, gloria, poder,
porvenir, lisonjas, plácemes, felicitación; para otros es un negro
abismo.

La ciudad de Querétaro el 15 de Mayo de 1867, que fué ocupada por las
fuerzas de la República al mando del general Escobedo, era para muchos
un cementerio donde más que por la muerte misma, tenía el alma de la
población una tristeza aterradora, porque era la tumba de mil
esperanzas, el sepulcro de una época. Pudiera ser la de personas
queridas......... y el misterio del porvenir arrojaba sobre el corazón
sus negras sombras, que sólo disipa el curso de los acontecimientos
elocuentes en su lenguaje, mudo para vaticinar el futuro, y poderoso
para abrir el horizonte.

Al derrumbarse el imperio y caer el monarca en manos de los sostenedores
de la República, la vida se contaba por minutos, y todos los que se
deslizaban en la sucesión de las primeras horas, depositaban una
esperanza de salvación.

Prisionero Maximiliano en el cerro de las Campanas, después de salir del
convento de la Cruz, fué conducido á Querétaro por el general D. Vicente
Riva Palacio. Las altas consideraciones con que este jefe lo distinguió,
quiso corresponderlas el archiduque con alguna demostración, y
dirigiéndose al general Riva Palacio, le dijo: «Permitidme, señor
general, que os ofrezca al entrar á mi prisión mi caballo ensillado:
recibidlo como una memoria de este día.»

       *       *       *       *       *

Una celda del convento de Capuchinas de Querétaro fué la prisión del
príncipe Maximiliano. Humilde como todas las habitaciones de quienes
hacen solemne voto de pobreza, aquella celda tenía que ser histórica.
Edificada para recibir en su seno los suspiros religiosos de alguna alma
que, rompiendo los vínculos de la tierra, sólo miraba en la eternidad la
esperanza de su dicha, recogía hoy á un hombre que en su destino adverso
tenía que mirar siempre al cielo como única fuente de donde podía venir
al alma la luz, ó siquiera de ella un débil rayo sobre la obscuridad en
que va la vida, que en todo su poder, en su pleno vigor, por todas
partes tiene la imagen de la muerte, por todas partes la presencia de la
agonía, que en todos los momentos oye la última hora que suena en el
reloj de la conciencia.

Aquella celda, santificada tal vez años atrás por la vida pura de una
mujer santa, iba á ser la capilla donde depositara sus últimas oraciones
el descendiente de muchos reyes, el hermano del emperador de Austria, el
hijo del archiduque Francisco Carlos José.

Querétaro era todo un cuartel militar. Vencedores y vencidos ocupaban la
plaza. Unos como guardianes y otros como prisioneros.

El Presidente de la República, desde San Luis Potosí, que era la
residencia del Gobierno, dió orden el 21 de Mayo, por conducto del
Ministerio de la Guerra, al general Escobedo, de abrir un proceso al
archiduque de Austria y á los generales D. Miguel Miramón y D. Tomás
Mejía. Seis días se tomó el Ministerio para dictar una resolución, que
quiso fuera hija de una profunda meditación, para que no estuviese
sujeta á los vaivenes de lo impensado.

El príncipe Maximiliano quiso que el Sr. D. Mariano Riva Palacio y
nosotros fuésemos sus defensores, y así lo manifestó en el siguiente
telegrama:

     «Remitido de San Juan del Río, Mayo 25 de 1867.--Recibido en
     Guadalupe Hidalgo á las 9 y 12 minutos del día.

     «El emperador Maximiliano al barón de Magnus, Ministro de Prusia en
     México.--Tenga vd. la bondad de venir á verme cuanto antes, con los
     abogados D. Mariano Riva Palacio y D. Rafael Martínez de la Torre,
     ú otro que vd. juzgue bueno para defender mi causa; pero deseo que
     sea inmediatamente, pues no hay tiempo que perder. No olviden vdes.
     los documentos necesarios.--_Maximiliano._»

Para cumplir este encargo marchamos á Querétaro acompañados del ilustre
abogado D. Eulalio María Ortega, que por su ciencia y carácter
independiente era á propósito para encargarse de seguir el proceso
mientras íbamos á San Luis á pedir la vida de nuestro defendido. El
indulto era la única esperanza.

En Querétaro había sido encargado también de la defensa un ilustre
abogado, el Sr. D. Jesús María Vázquez. La noticia de la prisión del
archiduque fué un rayo inesperado en esta ciudad, muy conmovida también
á la presencia y con los sufrimientos de un sitio. La inquietud de
aquellos días de angustia, sólo se calmaba con la confianza que
inspiraba el general Díaz y demás jefes superiores que mandaban el
ejército sitiador. El cuartel general era Tacubaya, por donde salimos el
1.º de Junio los defensores, acompañados en nuestro viaje á Querétaro
del barón Magnus, ministro de Prusia, y del Sr. Hoorick, encargado de
negocios de Bélgica.

La severa ley publicada en 25 de Enero de 1862 por el ministro Doblado,
no permitía tener confianza en la absolución del consejo de guerra á que
se debía sugetar el archiduque. Someterse á esa ley y morir, era
consecuencia natural. Caer bajo la aplicación del decreto citado, era
perder hasta la más remota esperanza de otra pena que no fuese la
capital.

El único arbitrio era pedir el indulto; y cuanto se hizo para lograrlo,
lo hemos publicado en el año de 1867, en el Memorandum de los
defensores.

«Tomad los decretos del período de mi gobierno, decía el Archiduque en
las instrucciones verbales que nos dió; leedlos, y su lectura será mi
defensa. Mi intención ha sido recta, y el mejor intérprete de mis actos
todos, es el conjunto de mis diversas órdenes para no derramar la sangre
mexicana. La ley de 3 de Octubre fué creada para otros fines que no se
pudieron realizar. La consolidación de una paz que parecía casi
obtenida, era el objeto de esa ley que, aterradora en su texto, llevaba
en lo reservado instrucciones que detenían sus efectos. Dispuesto á
sacrificarme por la libertad é independencia de México, no habrá en el
examen de mi vida un solo acto que comprometa mi nombre. Decidle al
Presidente Juárez que me otorgue una entrevista que creo provechosa para
la paz de la República y para su porvenir.» Tales fueron las palabras
que como despedida dió el archiduque el 6 de Junio, al salir para San
Luis Potosí.

El Presidente creyó que ningún motivo debía detener el curso del
proceso.

El consejo de guerra continuó sus procedimientos, y el 14 de Junio de
1867 se pronunció la sentencia, después de haber agotado los abogados
Ortega y Vázquez, en Querétaro, cuanto recurso tiene un defensor.

La sentencia, es esta:

     «Vista la orden del C. General en Jefe, del día veinticuatro del
     pasado Mayo, para la instrucción de este proceso; la del veintiuno
     del mismo mes, del Ministerio de la Guerra, que se cita en la
     anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando
     Maximiliano de Hapsburgo, que se tituló Emperador de México, y sus
     generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la
     Nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las
     garantías individuales: visto el proceso formado contra los
     expresados reos, con todas las diligencias y constancias que
     contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el
     fiscal, teniente coronel de Infantería C. Manuel Aspiroz: habiendo
     comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente
     coronel de Infantería Permanente, ciudadano Rafael Platón Sánchez:
     todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal, y
     defensas que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus
     procuradores respectivos: el Consejo de Guerra ha juzgado
     convencidos suficientemente: de los delitos contra la Nación, el
     derecho de gentes, el orden y la paz pública, que especifican las
     fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero,
     quinta del artículo segundo, y décima del artículo tercero de la
     ley de veinticinco de Enero de mil ochocientos sesenta y dos, á
     Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la Nación y el
     derecho de gentes, que se expresan en las fracciones segunda,
     tercera, cuarta y quinta del artículo primero, y quinta del
     artículo segundo de la citada ley, á los reos Miguel Miramón y
     Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de
     haber sido cogidos infraganti en acción de guerra, el día quince
     del próximo pasado Mayo, en esta plaza, cuyo caso es del artículo
     veintiocho de la referida ley; y por tanto condena con arreglo á
     ella á los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y
     Tomás Mejía, á la pena capital, señalada por los delitos referidos.

     «Querétaro, Junio catorce de mil ochocientos sesenta y
     siete.--_Rafael Platón Sánchez._--Una rúbrica.--_Ignacio
     Jurado._--Una rúbrica.--_Emilio Lojero._--Una rúbrica.--_José V.
     Ramírez._--Una rúbrica.--_Juan Rueda y Auza._--Una rúbrica.--_Lucas
     Villagrán._--Una rúbrica.--_José C. Verástegui._--Una rúbrica.»

El fallo del Consejo fué confirmado en los términos siguientes:

     «Ejército del Norte.--General en Jefe.--Conformándome con el
     dictamen que antecede del ciudadano asesor, se confirma en todas
     sus partes la sentencia pronunciada el día catorce del presente por
     el Consejo de Guerra, que condenó á los reos Fernando Maximiliano
     de Hapsburgo, y á sus llamados generales D. Miguel Miramón y D.
     Tomás Mejía, á ser pasados por las armas.

     «Devuélvase esta causa al Ciudadano Fiscal, para su ejecución.

     «Querétaro, Junio diez y seis de mil ochocientos sesenta y
     siete.--_Escobedo._--Una rúbrica.»

       *       *       *       *       *

El 16 de Junio de 1867, en la celda de su prisión, preocupado acaso por
lo adverso de su destino, á las once de la mañana se notificó la
sentencia al príncipe que había pretendido fundar una monarquía en la
República Mexicana llamándose Maximiliano Emperador de México. No se
inmutó, ni dió testimonio alguno de sorpresa ó indignación. Su respuesta
fué lacónica, pero muy expresiva. Dijo: «_Estoy pronto._» El valor le
acompañaba siempre, y no le faltó en la hora suprema de la agonía, en
medio de una vida llena de vigor. Sin duda había pensado mucho en aquel
momento, y su raza y su sangre le habían dado en instantes tan críticos
la frialdad alemana que parecían disimular en los buenos tiempos, su
fisonomía franca y expresiva en sus pasiones, su razón pronta y
oportuna, su espontánea palabra, su locución de artista, su deseo de
cautivar, su inquietud incesante en trabajos diversos, su entusiasmo
ardiente por las ideas de su programa, y su amor á la popularidad.
Dominaba en aquella naturaleza mucho de la susceptibilidad latina, que
no es compañera de la inalterable tranquilidad sajona.

Había en aquel sentenciado á muerte una resignación que se asemejaba a
una extraña, inexplicable y casi espontánea conformidad. Superiores los
acontecimientos á las fuerzas y á la voluntad del hombre, Dios imprime
el sello de sus altos decretos á los golpes rudos de la adversidad, ante
la que se postra la naturaleza humana para pedir misericordia, no al
mundo ni á sus pasiones, sino al único Juez infalible de la conciencia
del hombre.

Católico el príncipe, tomó sus disposiciones espirituales. Arregló
también su testamento bajo la impresión dolorosa de la muerte de la
princesa Carlota Amalia. La lloró muerta por la Providencia, á la que
bendijo en medio de su dolor.

Había muerto, en efecto, para la vida animada, para los placeres y la
dicha. Su razón extraviada la colocaba en ese mundo siempre nuevo y
siempre misterioso de la enajenación mental, en que la brújula del
criterio se pierde en los delirios incomprensibles de una enferma
imaginación.

¡Pobre mujer que no ha tenido el consuelo de llorar á plena luz, con
conciencia perfecta, y el corazón comprimido por todo el peso de su
dolor! ¡Desdichada princesa, que acaso tiene un instinto superior á su
extravío, y á medias percibe y mide, allá en el fondo de sus lúgubres y
siniestros desvaríos, la gravedad de su infortunio!

Algunas lágrimas del príncipe á la memoria tierna de su esposa, le
volvieron la serenidad, y su alma, llena de pensamientos y sin dudas
sobre el destino del hombre más allá de la tumba, sintió la paz de quien
está dispuesto á la muerte, como el paso para otra vida.

¿A dónde dirige el alma sus primeros pensamientos después de una
sentencia de muerte? ¿Dios y la familia serán la primera impresión tan
grande y dolorosa, como aterrador el paso que abre las puertas de la
eternidad? ¿Habrá en el espíritu una maldición para los hombres y una
bendición al Sér Supremo?

Morir en salud, perder la vida sin agonía, saber el momento preciso de
un adiós eterno á los amigos, á la patria, á la familia, y no saber qué
hay más allá de ese instante supremo en que el cuerpo, perdiendo sus
resortes, cae en el abismo de una eterna noche para penetrar el
misterio de la eterna vida, tiene algo de dolor profundo y de
resignación filosófica. La conciencia se abre toda para iluminarse como
á la luz de un relámpago, y la revista en examen de la vida pasada, es
tan súbita, que se dibujan, sin duda, como puntos de meditación, los
grandes bienes y los grandes males de la conducta. Al tocar el término
de la vida, cuando llegamos al terrible enigma que separa el tiempo de
lo infinito, ¿será todo luz, todo evidencia, porque allí esté la
presencia de Dios iluminando la conciencia del hombre?

Maximiliano, Miramón y Mejía, en sus tres celdas de Capuchinas, oyeron
casi al mismo tienpo su sentencia de muerte. Al juzgar por su serenidad,
la vieron como la transformación gloriosa de la vida. Compañeros de
campaña, prisioneros del mismo día, juntos debían morir. Miramón
realizaba un pensamiento de su vida. Al ver en Europa el sepulcro del
mariscal Ney, había dicho: “Esta muerte es dulce porque es pronta.
Gloria en la vida, honor en la historia y muerte rápida si el destino es
adverso, es una carrera, que yo apetezco.”

En la resignación de la muerte hay un sello de grandeza que da á el alma
el brillo de grandes pensamientos, y al corazón un manantial de
sentimientos tiernos para la vida, y de esperanzas para la eternidad.

Maximiliano, á la presencia de sus últimas horas, trajo á su corazón
toda la fuerza de quien ha querido hacer de su vida por los peligros una
existencia de gloria, y de su muerte por su valor, una historia toda de
vida. Formó su testamento como soberano y como artista. Encargó que se
escribiese la historia de su gobierno, y también que se acabasen
trabajos de arte en Miramar; hizo obsequios como memoria de despedida, y
puso cartas expresivas de gratitud á sus defensores. Habló de sus
amigos, de sus adictos, y tributando un culto de adoración al porvenir
que no le pertenecía, á ese futuro que no podía mirar, su conversación
frecuente era la paz de la República, la unión de los mexicanos: bajo
esta impresión escribió al Sr. Juárez la carta siguiente:

     «Sr. D. Benito Juárez.--Querétaro, Junio 19 de 1867.--Próximo á
     recibir la muerte, á consecuencia de haber querido hacer la prueba
     de si nuevas instituciones políticas lograban poner término á la
     sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años
     este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio
     puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria.
     Intimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un
     terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo
     conjuro á Ud. de la manera más solemne y con la sinceridad propia
     de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última
     que se derrame, y para que la misma perseverancia que me complacía
     en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha
     defendido Ud. la causa que acaba de triunfar, la consagre á la más
     noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera
     estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.»

«MAXIMILIANO.»



No satisfecho aún con esa carta, encargó al Sr. Lic. Vázquez, que al
llegar el Presidente Juárez á Querétaro le hiciese luego una visita á su
nombre, y le dijera que al morir Maximiliano no llevaba á la tumba
resentimiento alguno.

El Sr. Vázquez cumplió el encargo, y el Presidente contestó manifestando
toda la pena que había tenido en aplicar inflexible la ley por la paz de
la República.

Estas palabras eran el resumen de lo que los defensores habíamos oído en
San Luis, cuando perdida toda esperanza pedíamos aún economía de sangre,
como prenda de reconciliación; y el Sr. Juárez decía:

     «Al cumplir Uds. el encargo de defensores, han padecido mucho por
     la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la
     necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está
     reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento
     inexorables, porque así lo exije la salud pública. Ella también
     puede aconsejarnos la economía de sangre, y este será el mayor
     placer de mi vida.»

Estas fueron las últimas palabras que oímos en San Luis Potosí la noche
del 18 de Junio, después de haber presentado tres exposiciones pidiendo
el indulto, y de haber agotado en multitud de conferencias los recursos
de nuestros sentimientos y de nuestro entendimiento.

En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido,
habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se
difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el
siguiente despacho:

     «Línea telegráfica del Centro.--Telegrama oficial.--Depositado en
     Querétaro.--Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de
     la tarde, el 18 de Junio de 1867.--C-. Benito Juárez.--Desearía se
     concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía,
     que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte,
     y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única
     víctima.--_Maximiliano._»

Nada se obtuvo, y cuando se cerró la puerta de toda esperanza,
comprimido nuestro espíritu por el fin trágico que se presentaba á
nuestra vista, pusimos este telegrama:

     «Telegrama de San Luis Potosí para Querétaro.--Junio 18 de
     1867.--Sres. Lics. D. Eulalio María Ortega y D. Jesús M.
     Vázquez.--Amigos: todo ha sido estéril. Lo sentimos en el alma, y
     suplicamos al Sr. Magnus presente á nuestro defendido este
     sentimiento de profunda pena.--_Mariano Riva Palacio._--_Rafael
     Martínez de la Torre._»

       *       *       *       *       *

En la mañana del miércoles 19 de Junio, formadas las tropas en la ciudad
de Querétaro, sonaban las seis cuando salían de su prisión Maximiliano,
Mejía y Miramón. Antes de salir habían oído misa, que dijo el padre
Soria. ¡Cuánta veneración hubo en aquel acto religioso! ¡Con qué respeto
se asiste al solemne oficio de una religión que alumbra en el último
momento de la vida el porvenir de la que no tiene fin!

Al salir Maximiliano de la prisión, abrazó á los Sres. Ortega y Vázquez.
Marchó al suplicio con la calma de quien ve el fin de una jornada, como
el principio de una gloriosa conquista.

El Cerro de las Campanas era el lugar designado para el trágico fin del
segundo imperio en México.

Poco antes de la hora de salida, comprendió que se acercaba el último
momento de la vida. Después de dar un abrazo al joven militar que debía
mandar la ejecución, salió del convento de Capuchinas, y como despedida
tierna y expresiva de todo lo que le rodeaba, dijo:

«Voy á morir......»

Voy á morir.... Negro, horrible pensamiento, presencia de insondable
abismo, lúgubre, aterrador sentimiento que sobrecoge al espíritu de
miedo y pavor, que anonada y aterra al corazón que aun ama, que tiene
gratas impresiones, que acaricia aún esperanza de la vida; pero
Maximiliano, notificado de muerte; se había despedido del mundo para no
verlo más...... ni una ilusión, ni una esperanza alimentaba. Extranjero
en su patria adoptiva, sólo en el mundo nuevo de una prisión, su alma no
tenía ya quejas que exhalar, ni memorias que evocar. Su dolor fué mudo y
grande, muy grande su disimulo, ó grande, mucho más grande su
resignación filosófica, su conformidad cristiana, la aceptación valerosa
de su destino adverso.

En tres coches caminaban al cerro de las Campanas, acompañados cada uno
de un sacerdote, Maximiliano, Mejía y Miramón.

¿Qué pensamientos llevaba en su alma el infortunado príncipe
Maximiliano? ¿Qué sentimientos se desbordaban de su corazón?

¿La luz purísima de ese cielo azul de Querétaro en la mañana del 19 de
Junio, al caminar al lugar de la muerte, llevaría al alma de Maximiliano
la amargura de la nada en la vida que se extingue, la verdad terrible
del polvo en que se resuelve aún la más gloriosa existencia? ¿La razón
fría y expedita, ó las pasiones nobles y generosas, serían sus
compañeros al abrirse á sus pies la sepultura de su terrestre vida? ¿La
noche eterna de la tumba embargaría antes con su impenetrable obscuridad
todas las potencias? ¿Esa luz diáfana, brillante, sería la atmósfera en
que se hacía sensible la presencia de Dios para el que en su infortunio
lo invocaba como el único consuelo?

Ni un solo pensamiento de odio, ni un sentimiento de disgusto, ni una
palabra de rencor se le oyó á Maximiliano; y su alma y su corazón, su
memoria del pasado y su pensamiento del porvenir, formaban una corriente
incesante de votos por la paz de la República y su libertad é
independencia. Estas fueron sus últimas palabras:

«Voy á morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de
México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva
México!»

Maximiliano, sin ligas ni vínculos sagrados de parentesco, sin patria
que recibiera sus restos inanimados en un monumento destinado á la
memoria de los grandes de Austria, sin familia que llorase su muerte,
hizo de México, de sus amigos, de sus defensores, de sus adversarios, de
sus jueces, de sus vencedores, su propia familia; porque á todos
consagró recuerdos, y para todos deseaba bien y felicidad. Sus
conversaciones, sus votos todos y sus últimas cartas, son irrecusable
testimonio de esta verdad.

Sus últimos momentos fueron sin duda de oración. El que cree, ora.
Hablar con Dios cuando se tocan las puertas de la eternidad, es ley del
pensamiento. Este forma la parte de nuestro sér divino; y cuando se
rompe el velo de la vida para descubrir el misterio de la eternidad,
Dios y el alma son inseparables. Entre la altura del Sér omnipotente y
el camino que conducía al cerro de las Campanas, había una cadena
impalpable: no estaba sugeta al dominio de los sentidos, porque la
verdadera oración es mental; pero Maximiliano pensaba en Dios, en su
omnipotencia, en su misericordia, y Dios recibía esta corriente de
pensamientos como la expresión sincera y religiosa de quien cumple lleno
de fe los deberes de un providencial destino.

Maximiliano, Mejía y Miramón, poetizaron con el valor su muerte. Antes
de pronunciar el primero las palabras que precedieron á la descarga que
imprimió á su vida tan trágico fin, dió á cada uno de los soldados un
maximiliano de oro, moneda valor de veinte pesos mexicanos. Momentos
después, traspasado su cuerpo, cayó desprendido de los espíritus
vitales. Una descarga arrancó su alma del cerro de las Campanas, para
que fuera á ser juzgada por el único Juez infalible. Su cuerpo quedó á
merced de los elementos que combaten la corrupción de la materia, y su
nombre fué saludado como el del héroe mártir del gran drama de la
intervención en México.

El 6 de Julio de 1832, una multitud saludaba llena de entusiasmo el
nacimiento de un príncipe de la casa de Austria.

El 19 de Junio de 1867, una multitud lloraba la muerte del príncipe
Maximiliano.

Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio
de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la
política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de
afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma
alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos
profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta
el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo,
y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud
reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa
política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el
luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de
sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia,
renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos
generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos
dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la
unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la
independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al
través de los años que calman las pasiones, mide bien los
acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de
que formamos parte, pueda decir: _El velo que la Nación arrojó con el
decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de
las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el
examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de
Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una
verdad: la paz, la libertad y la independencia de México._

       *       *       *       *       *

El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de
gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo,
un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que
para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la
admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el
corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y
dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un
hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en
sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de
luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio
de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

       *       *       *       *       *

Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los
restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro
de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica,
permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor
por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni
brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra,
horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La
única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable
pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día
de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre
adorada por el Archiduque.

La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de
pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867,
conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina
austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la
gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío
histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á
bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que
engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867
llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era
un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente
entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la
luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe,
chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba
sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el
alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del
sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que
se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del
espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz
de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en
panteón ambulante de memorias queridas.

Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste
recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de
Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia
enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de
aquellos despojos regios la siguiente inscripción:

                       FERDINANDUS. MAXIMILIANUS

                           ARCHIDUX. AUSTRIÆ

                        NATUS. IN. SCHOENBRUUN

                                  QUI

          IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS

                        DIRA. ET. CRUENTA. NECE

                  QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII

                                HEROICA

                                  CUM

                          VIRTUTE. INTERUIT.

Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de
un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que
no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.

La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la
voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada
fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para
reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que
sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces.
A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía
de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio
de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de
páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la
generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de
los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un
instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires,
vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del
período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el
porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de
inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien
de la patria.

Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir.
Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su
conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión,
México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que
hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la
adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra
patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de
su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz.
La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por
medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su
resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de
nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los
episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy
invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su
propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden
aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones
de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria
que amenace la paz de la República. México había significado antes
anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes
derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz
deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y
versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios
de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso,
independencia y libertad.

La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda
como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal.
Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso
amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la
más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.

Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la
Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los
hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos
solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la
patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran
reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del
suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si
de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus
hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y
feliz con la unión de los mexicanos.»

Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su
realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos
aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de
un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida
nacional.

¡Ojalá y la generación que ha asistido al drama sangriento de las
disensiones por la patria, sea también la que abra por la fraternidad y
conciliación, una nueva vida en el suelo privilegiado de la República!
¡Dios permita que el nombre de México, que al pronunciarse evocaba
recuerdos de sus dolores y lúgubres peripecias, sea saludado en el
porvenir como el pueblo digno de la libertad, tan grande por sus
virtudes, como ha sido sufrido en su infortunio!

México, Julio de 1871.

_Rafael Martínez de la Torre._



APÉNDICE


AMPLIFICACIONES

POR

ANGEL POLA



EN PEREGRINACION, DE POMOCA A TEPEJI DEL RIO


PATEO

Por la vía troncal del Ferrocarril Nacional Mexicano, que parte de la
ciudad de México y en el kilómetro 205, llégase á la estación de Pateo,
formada de un pequeño edificio de cal y canto, casi un cubo, con
techumbre laminada en forma de caballete.

Un amplio y desnivelado camino arcilloso, de dos kilómetros une la
estación con la hacienda del propio nombre, la cual destaca sobre una
colina, entre los cerros de San Miguel el Alto y Paquizihuato,
presentando, al primer golpe de vista, los altos muros blancos de su
perímetro, coronados por los aleros de las casas, el campanario de la
capilla y el follaje tupido de la arboleda.

Frente á la puerta principal aparece, tras pequeña verja, un jardincito
limitado en uno de sus extremos por el departamento administrativo; en
el otro, por un mirador y la sala, y en el fondo, por el ancho corredor
que sirve de atrio al pabellón del edificio central.

En uno de los ángulos del corredor hay una piececita de cinco metros de
latitud por seis de longitud, que tiene paso en su fondo y uno de sus
costados á dos recámaras. La puerta de entrada presenta en una de sus
hojas y á la altura de un metro, un orificio circular de dos centímetros
de diámetro, cubierto por un cristal, y por el que don Melchor Ocampo
vigilaba la carretera, á fin de evitar á tiempo el peligro que lo
amenazase, desapareciendo súbitamente por un escotillón abierto á corta
distancia de sus plantas y que comunica por un subterráneo escalinado en
su principio y cuyo término se ignora. El escotillón, construído debajo
del lecho, quedaba oculto por la alfombra.

El edificio, hermoso de puro sencillo en su estilo, de arquería de medio
punto y esbeltos pilares en sus corredores del interior, ha venido
siendo ceñido desapiadadamente por construcciones modernas, entre las
que resaltan la capilla y los graneros. Inmediato á la primera hay un
jardín extenso de simétricas avenidas y desvanecidos camellones,
sombreado eternamente por multitud de altos cedros, fresnos, eucaliptus
y árboles frutales de variadas especies, todos plantados por las propias
solícitas manos del señor Ocampo.

Existen como testimonios vivientes de nuestra narración, los servidores
José Dolores Gutiérrez, Benito Campos, Epigmenio Moreno y Tomasa X.,
empleados todavía en la hacienda. Refieren llenos de ternura, que el
antiguo amo despertaba con el día, se entregaba invariable y
pacientemente á las labores de campo, prefiriendo las de floricultura y
plantación de árboles raros, alternando estos trabajos con empresas de
mejoras, el estudio á que se dedicaba con afán y la inquebrantable
vigilancia ejercida sobre la servidumbre, en cuyo bienestar estuvo
siempre interesado, acudiendo cariñoso, ora con auxilios pecuniarios
cerca de los pobres, ora con medicinas á la cabecera de los pacientes,
haciéndose acompañar del doctor Patricio Balbuena, radicado en
Maravatío, cuando el caso lo requería, y si era trivial, juzgaba
suficiente su ciencia.

Campos, que raya en los setenta de edad, decíanos, al repreguntarle si
había tratado mucho al señor Ocampo:

--Sí, señores: ¡pues si aquí comencé á ganar medio con él!

--¿Y es verdad que se portaba bien?

Y, en vez, de contestar él solo, á una voz nos respondieron los cuatro
viejos y fieles sirvientes:

--Sí, como un santo; pero harto bueno, harto bueno.

Así es que, entrevistados sucesiva y juntamente, y practicados entre
éllos algunos careos en los puntos discordantes de sus relatos, siempre
convinieron en que aquel amo fué un hombre de bien á carta cabal, asíduo
en el trabajo, estudioso infatigable, con especialidad en la Historia
Natural, la que procuraba llevar á la práctica en sus teorías más
modernas y elevadas, introduciendo en su jardín botánico plantas
exóticas de flores y frutos primorosos, como los pudimos apreciar, al
designarnos estos testigos, cedros, matas de cramelias, arrayanes de
corte caprichoso que señalan los lindes del terreno y bordan los prados,
presentando un conjunto boscoso, perfumado é interesante, lo mismo en
las rotondas, cerca de las fuentes, como en los rincones más apartados y
umbríos, entre los cenadores de atavíos primaverales.

Se distingue en este jardín la principal avenida, que arranca de un gran
enverjado y confina en el fondo obscuro de la vegetación que viste la
tapia que cierra el perímetro, señalada esa avenida por árboles añosos
de cedro, de que penden lama y heno, testimonios de su vetustez. Las
semillas de tales plantas fueron depositadas en la tierra por las mismas
manos del señor Ocampo, que veló por su germinación y desarrollo.


POMOCA

(Hoy Hacienda Subterránea)

Pateo, de la propiedad de don Pedro Rosillo en 1743 y después de doña
María Francisca Javier de Tapia, pasó á ser del señor Ocampo, su hijo, á
la muerte de esta señora, hasta que, en la imposibilidad de proseguir
conservando la hacienda, por razón de los muchos gravámenes contraídos
en el ejercicio de la más pura caridad, calificada por él como derroche,
vióse obligado á fraccionarla, reteniendo la parte designada Rincón de
Tafolla, y enajenando la otra á don Claudio Ochoa, quien,
posteriormente, la vendió á los señores Sotomayor y éstos á su vez á la
viuda de don Angel Lerdo, que es la propietaria, en el presente.

Dueño el señor Ocampo de la fracción Rincón de Tafolla, fué á vivir bajo
unas tiendas de campaña, que fijó en el punto donde dió principio con la
erección de la hacienda, la cual él mismo bautizó con el nombre de
Pomoca y que, como se sabe, es el anagrama de Ocampo.

Terminada, en parte, la obra material de la moderna Pomoca, estableció
allí su residencia y puso en práctica sus tendencias, enriqueciendo el
lugar con un parque de piñones, olivos, cedros y el arbusto rarísimo de
la cruz, idéntico al que existe en el convento del mismo nombre, en la
ciudad de Querétaro. Aprovechando una quebrada del terreno, hizo un
estanque para baños y otro para la procreación de peces, en forma
circular, y con un jardín de aclimatación en su centro. Introdujo el
agua, trayéndola de muy lejos, en una bien construída cañería.

Se ve aún, como islote, un prado ricamente provisto de plantas de valor
científico. Se entraba en esta estancia por una avenida de cedros del
Líbano; y comunicando de la casa á un baño, tupidamente cubierto de
plantas trepadoras, veíase una callecita estrecha y ondulada, bajo palio
de enredaderas de fragancia indecible, que bajaban á trechos sus ramas
cuajadas de hojas, hasta ocultar los asientos de mampostería.

Si á tal cuadro se añade la riqueza del arbolado, que abraza y esmalta
el lugar, se comprenderá el interés que despierta en el ánimo del
viajero el examen de las variadas especies de árboles frutales, de los
frondosos olivos, los piñones y los sauces.

De la obra material no quedan sino desolación y ruinas, hechas por la
mano del hombre, que parecen protestar contra el olvido, la incuria y la
irrespetuosidad de la ignorancia. Sólo se contemplan, abriéndose paso
entre breñales, los muros carcomidos y agrietados de diez piezas,
rodeadas de una superficie cascajosa en los cuales crecen hierbas y
arbustos, y se abrigan sabandijas.

El terreno es una ladera, cerca de San Miguel el Alto.


VENTA DE POMOCA

(Hoy Pomoca)

Allá abajo, en un erial, á poca distancia del punto de bifurcación del
camino real de Toluca á Maravatío, está la venta llamada de Benito Tapia
en época remota; después, de Pomoca, y ahora, Pomoca á secas: teatro del
drama que terminó en tragedia en Tepeji del Río, y duró del 31 de Mayo
al 3 de Junio de 1861: teatro de otra pasión como la del Redentor, que
tuvo su via crucis y su calvario: esta es la primera estación.

Pomoca es una hostería de dos patios, grande el uno, con cuartos á sus
costados y la parte posterior de su frente, y pequeño el otro, que es la
caballeriza y el abrevadero. Fuera, el caserón tiene portal amplio y
alto, y una llanurita hasta el camino real. En su lado izquierdo, pared
por medio, edificó el Mártir su hogar, cuyo trazo es un paralelógramo
estrecho y su fachada la continuación de la fachada de la hostería. Aquí
hay dos ventanas bajas, sin barandales, pertenecientes á la sala, que
hacen juego con otras tantas puertas, hacia el interior: una de las
cuales abre paso al dormitorio del señor Ocampo, siendo una de sus
paredes la divisoria de la hostería, y la otra puerta da al corredor,
cuya forma es la de una escuadra de ramas muy desiguales, abarcando la
menor la mitad de la longitud de la sala, pues que la otra mitad, como
prolongada por adentro, forma el dormitorio, en donde, sobre la mesa de
noche, nunca faltaron libros junto á la vela. Este tiene una ventana por
el corredor y una puerta por un pasillo, que conduce á lo que era
biblioteca y laboratorio del sabio. Del patio grande de la hostería
recibía luz y ventilación. En el departamento, además de los libros,
muchos buenos y raros, había un herbario tan rico y costoso como la
misma biblioteca, una selecta colección de conchas, recogidas unas
durante el destierro en Nueva Orleans y otras en Veracruz; animales
disecados, ejemplares teratológicos, esponjas; planos y mapas, algunos
obra de su pulso; esferas terrestres, celestes y armilares; hornillas,
redomas, sopletes y balanzas de precisión; microscopios, botiquines y
estuches de matemáticas. Ahora el hollín tapiza las paredes y el techo,
y tapiada la ventana, la luz ha huído del recinto.

Al dormitorio siguen en línea recta el aposento de las señoritas Josefa,
Lucila, Petra y Julia, sus hijas adoradas, y de doña Ana María Escobar,
respetada y obedecida; luego, inmediato, el comedor; después, la
cocina, que ocupa el otro lado pequeño del paralelógramo, con un costado
libre, que es el paso del corralito denominado de «Las Gallinas,» en el
que había un subterráneo para ocultar ropa, dinero, alhajas y hasta
personas. Uno de los muros del corralito lo forma la espalda del comedor
y la cocina, otro muro es el mismo del jardín; y tiene por éste, á flor
de tierra, una puertecita secreta de escape.

El jardín era la delicia del señor Ocampo. Las cuatro paredes que lo
cierran desaparecían bajo la cortina de verdura de unos membrillos
enfilados, de duraznos, de perales, de capulines, de manzanos, de
albaricoqueros, de higueras, de sauces. Había frutos de todos tamaños y
sabores, y flores de todos colores y fragancias. Había hasta ochenta
especies de claveles y muy variadas de alelíes, rosas y dalias; injertos
admirables; árboles gigantescos que producían frutos diminutos y árboles
enanos que daban frutos enormes. Aquel lugar parecía un paraíso: había
de todos los frutos y las flores de la tierra, formando lindos
bosquecillos y camellones de figuras caprichosas. ¡El sabio naturalista
se burlaba con su genio de la uniformidad de la madre naturaleza!
¡Variaba los colores de las flores, cambiaba los sabores de los frutos,
les daba forma, hacía los tamaños! Y el agua límpida, fresca y rumorosa,
discurriendo en mil líneas y vueltas por el jardín, transfundía la vida
á aquel mundo vegetal. A este sitio delicioso, en cuyo centro había un
cenador perpetuamente sombreado por plantas trepadoras, ocurría de
diario el Reformador, y con el pantalón remangado, en chaleco y cubierta
la cabeza con una cachucha, tomaba el azadón ó la pala, el rastrillo ó
el zapapico, y abría y esponjaba la tierra, ora para distribuir el agua
en hilos delgados, ora para depositar la simiente de plantas medicinales
valiosísimas, cuyo secreto curativo se llevó consigo.

En tal tarea le acompañaba un mocito de nombre José María Hernández, hoy
anciano, quien, al invocar el recuerdo del amo, nos ha dicho con la voz
anudada y los ojos arrasados de lágrimas:

--Era un buen caballero y un buen señor; pues, como ninguno, auxiliaba á
los pobres.

En la fachada, cerca de los marcos de las ventanas de la sala, hay
señales hondas de balazos. Cuentan que una gavilla hizo una descarga en
esa dirección, para aprehender á un hombre que huía. En las hojas se
conservan todavía unas claraboyitas, por donde el señor Ocampo espiaba
el camino.

La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una
sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados,
bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban
su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho,
sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que
mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella
su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la
mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran
enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban,
repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el
amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con
aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de
puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre,
su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras
refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce.
Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos
humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.

--No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no
serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El
que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus
enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.

Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de
Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados
supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del
Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor
de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las
aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!

Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver
salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban
indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta,
tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro
como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente
un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar.
Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros,
volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la
cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba
inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese
pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros
más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.

El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el
gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan
el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la
estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de
quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las
bestias.


UN SUCESO EXTRAÑO

En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que
nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y
canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de
fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos
plantaron los fresnos.

Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche
del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de
alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la
hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de
las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda,
mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en
el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é
informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como
golpes.

--Parecen de barreta--hizo observar el señor Ocampo.

Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á
registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían
los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo,
que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio
López, administrador de la hacienda:

--Compadre, no es nada.

--Pero, ¿han buscado bien?

--Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.

--¡Qué raro!--prorrumpió el señor Ocampo.

En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos,
precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia,
inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara
Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la
troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta,
volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué
y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no
habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas
enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó
donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la
hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra
monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana
que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en
el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y
partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y
no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á
escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en
el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para
distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de
las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y
resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le
precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el
borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba
detrás; habló y le contestó Campos:

--Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le
pase.

Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda
inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que
acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor
Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad
de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este
rumbo.

--Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de
huir?--manifestó el señor Ocampo.

Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana,
con el sobresalto, durmieron mal.

MIÉRCOLES 29.--El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas
Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan
Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que
partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba
él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una
cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras
ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le
besaron amorosamente la mano.

--Está bien, mis señoras;--les dijo emocionado--allá nos veremos el
sábado, para que nos vengamos juntos.

Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola,
hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y
entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la
cabeza.

JUEVES 30.--Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro,
cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (_Religión_);
acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir,
ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de
su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y
Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese
mantillón la montura, y contestó:

--En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno,
y me dieron éste, así como está.

Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque
corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció
ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido,
repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.

--Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura--dijo el señor Ocampo.

Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:

--Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.

VIERNES 31.--A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente
para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del
camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente;
noticia que comunicó al señor Ocampo.

Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su
ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en
inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.

Al sentarse á la mesa y tener á la vista una taza de caldo, exclamó,
dirigiéndose á doña Ana:

--Comadre, me voy á tomar este caldo como una taza de agua de tabaco.
¡Extraño mucho á mis hijas!

--¿Por qué no se fué usted con éllas, compadre? ¿por qué cambió de
parecer?--le preguntó doña Ana.

--El sábado voy por éllas--respondió, como si tratara de esquivar la
contestación categórica.

Había probado el caldo, cuando se presentó Gregorio García, hospedero, á
noticiarle que un grupo de jinetes, á galope, venía por el puente.

El señor Ocampo se levantó de su asiento y se dirigió á la sala para
espiar por la claraboya de una de las ventanas: al aproximar el ojo, no
vió más que á los últimos.

Entre tanto doña Ana, después de haber rogado apresuradamente al señor
Ocampo que se ocultara, salió al encuentro de los desconocidos, atravesó
el pasillo y, á su salida al patio de la hostería, tropezó con un hombre
de elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco
rubio, tirando á cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros,
vistiendo de charro.

Sin dominar su impaciencia el desconocido, preguntó á doña Ana en dónde
estaba el señor Ocampo; y como le contestase que no sabía, replicó,
exaltándose:

--Cómo es posible que no sepa usted si está.

Y rehusando otra explicación, la condujo á fuerza al interior de la
casa, sin dejar de inquirir en voz alta y con aspereza el paradero del
señor Ocampo. Al pisar los umbrales de la sala el desconocido y doña
Ana, escuchó don Melchor una frase dura, proferida por quien le buscaba,
y se presentó tras de doña Ana, diciendo:

--¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.

El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor
Ocampo, dijo:

--Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?

--Con Lindoro Cajiga--contestó el portador.

Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á
Cajiga:

--Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez,
tomaremos la sopa.

A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase
precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don
Melchor, le preguntó:

--Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?

--No sé si me lo permitirá el señor--contestó Ocampo, señalando á
Lindoro.

--Sí, puede cambiársela--manifestó éste.

El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se
despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y
volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le
había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido
substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á
lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como
Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á
Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la
captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar,
donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á
su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó
sobresaltada:

--¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?

--Pues nada, niña--contestó, pugnando por disimular la gravedad del
suceso.

--Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?--insistió Lucila.

--Lo han tomado prisionero á la una del día--dijo con honda amargura
Gregorio.

Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á
Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena
de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para
hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le
ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas.
Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su
nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:

--Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres,
para dar el Viático, se ponen chaparreras.


PAQUIZIHUATO

En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato,
situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río
Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y
los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en
seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del
antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.

La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió
de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron
sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por
las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje.
Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina,
supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación
el recuerdo.


MARAVATIO

Cerca de las cuatro, Cajiga dió orden de marcha hacia Maravatío. A vista
de algunas haciendas de las muchas que parecen salpicar el valle, entró
en la de Guaracha, para aprehender á Gregorio, que esquivaba su
encuentro, de regreso á Pomoca. Incorporado en la fuerza, continuó ésta
su ruta.

A la caída de la tarde arribó á la población, la cual, con motivo de ser
viernes, día siguiente al Corpus, estaba en movimiento inusitado. Al
percibir á la tropa, huía desbandada la gente, temerosa de sufrir
atropellos, y cerraba sus casas.

Aprovechando estos momentos de pánico, Gregorio logró confundirse entre
la multitud, yendo á ocultarse en la carbonera de la finca de don
Antonio Balbuena.

Hizo alto Cajiga en el mesón de Santa Teresa, de la propiedad de don
Atilano Moreno, ubicado en el ángulo de las calles de Iturbide y las
Fuentes. Hállase este edificio horriblemente carcomido por la acción del
tiempo; la entrada ha sido siempre por Iturbide; el patio estaba rodeado
de cuartos de alquiler. En uno de los del fondo, pasó el señor Ocampo la
primera noche de su via crucis. Hoy son ruinas y apenas señalan su
perímetro las bases de sus muros.

En la esquina, arriba de la placa que nombra la calle de Iturbide, hay
una lápida conmemorativa que reza:

_En esta casa estuvo prisionero el ilustre C. Melchor Ocampo la noche
del 1.º de Junio de 1861_[3].

Al circular la noticia de la llegada del señor Ocampo, el personal más
notable de la población se reunió en la casa de los Balbuena, á
deliberar qué debía hacer para obtener la libertad de su benefactor, á
quien debía no sólo su progreso material, sino su desenvolvimiento
intelectual y moral. Tomado el acuerdo de que el licenciado don
Jerónimo Elizondo escribiese al general Leonardo Márquez, quien le debía
la vida, en solicitud de la libertad del Señor Ocampo, partió Teodosio
Espino con la misión al siguiente día, sábado, 1.º de Junio.

Momentos antes de verificarse la junta, preocupados sus amigos, Dionisio
y Francisco Urquiza, lograron hablar al prisionero y proponerle la fuga,
horadando la pared de su celda, que lindaba con la casa de don Agustín
Paulín. El les contestó:

--Yo no me fugo, porque no soy criminal.

No satisfechos los señores Urquiza de la negativa, acudieron á don
Antonio Balbuena, que ejercía gran ascendiente sobre Ocampo, para que
nuevamente le propusiera la evasión.

--Yo no propongo semejante cosa á Melchor;--les dijo--pues conociendo,
como conozco, su carácter y honradez, es seguro que me desairará.

Como á las nueve de la mañana, Cajiga, después de formar á su soldadesca
en el Portal de la Aurora, donde estuvo á la expectación pública el
prisionero, se puso en camino hacia la hacienda de Tepetongo.


TEPETONGO

Como obedeciendo á extraño impulso, la fuerza de Cajiga fué á parar,
tras larga fatiga, hasta la hacienda de Tepetongo, á las cinco de la
tarde. Frente al extenso portal, hizo alto, y reconocido el prisionero
por don Juan Cuevas, dueño de la finca, mandó decirle con el trojero
Pascual Benavides, radicado actualmente en Toluca, qué se le ofrecía. El
señor Ocampo contestó que nada, expresando su agradecimiento; pero,
después de un momento de vacilación, pidió una taza de chocolate. Al
recibir el aviso de que estaba servido, Benavides, en nombre del amo,
suplicó á Lindoro que permitiese al señor Ocampo pasar al comedor.
Habiendo sido la respuesta una negativa, se le llevó el chocolate y lo
tomó sobre una gran caja de granos, que hizo veces de mesa.

Acto continuo el jefe ordenó la marcha rumbo á la Venta del Aire, la
Jordana y Toshi.


TOSHI

Entrada la noche llegaron á Toshi. Ocampo habló en el despacho con don
Antonio Rivero, administrador de la Hacienda, y en seguida le llevaron á
la pieza de una vivienda, que ve al Poniente y guarda todavía las
mismas condiciones. Allí tomó un vaso de leche, por todo alimento,
manifestándose triste é intranquilo. Durmió mal y, muy de madrugada, el
domingo 2 de Junio, se desayunó sin apetito. Vestía traje negro y
corbata café, y llevaba sombrero hongo de color oscuro. En el patio
montó el mismo caballo colorado, de frente blanca.

Refieren este acontecimiento don Tomás Marín y una anciana, desde
entonces cocinera de la finca, sobre quien, parece, no pasan los años.


ESTANCIA DE HUAPANGO

(Hoy Huapango)

Atravesando á galope sostenido los llanos de Acambay, encumbraron á San
Juanico y entraron en la cañada de Endeje, para caer á la Estancia de
Huapango, después de orillar sus lagunas. Su paso por San Juanico
despertó la curiosidad de Antonia Peralta y José Martínez, que había
merodeado en las filas de Cajiga. Esas dos personas viven aún en el
lugar.

Huapango remeda un castillo medioeval: corona una eminencia, la
defienden altos y fuertes muros, resguarda su entrada una grande y
pesada puerta y en el centro se levanta imponente el edificio. Este era
el refugio de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.

A la hora en que los rayos del sol caían como hilos á plomo, el
centinela del torreón dió el grito de alarma, al descubrir una polvareda
que un grupo de jinetes levantaba tras sí, en su avance. Puestos en
observación los jefes, reconocieron que no era fuerza enemiga la que se
aproximaba.

La presentación de Lindoro Cajiga y su gente, muy conocidos en el lugar
por ser un rincón del teatro de sus fechorías, despertó en la tropa la
curiosidad de saber quién era el que traían entre filas. Luego resonó en
los oídos de todos el nombre de Ocampo y se hizo el tema de las
conversaciones: figura formidable en el partido liberal, se daba
importancia desmedida á su captura.

Puesto en manos de Márquez y Zuloaga, corrieron las órdenes para que
fuera rigurosa la custodia é inviolable la incomunicación.


VILLA DEL CARBÓN

Al atardecer de ese mismo día arribaron Márquez y Zuloaga al pueblo, por
el camino real, en dirección de la Hacienda de Niginí. La tropa que
custodiaba al preso ocupó el Mesón de los Fresnos, situado al Poniente
de la vía y de la propiedad, en esa época, de don José Velázquez, y hoy,
del señor Longinos Maldonado.

El edificio es del estilo arquitectónico rutinario de los poblachos:
patio amplio, alojamientos destartalados, tejado de caballete y portal
corrido. Tres corpulentos fresnos sombrean su frente.

El señor Ocampo durmió en la pieza lateral al zaguán, que tiene salida
por él. La única modificación que se le ha hecho, es la abertura de otra
puerta con vista á la calle.

La noche de la estancia del preso, el señor Doroteo Alcántara, vecino
del pueblo, que conocía á Ocampo y de quien era muy estimado, le
proporcionó los alimentos y la cama.

Así lo refieren don Agapito Tinoco, la señora Manuela Marín y Pedro
Gutiérrez, sirviente del mesón, entonces.

Esta jornada, casi toda de cerranías, fue la más penosa, á pesar de su
hermoso horizonte, á cada paso renovado.


TEPEJI DEL RIO

Como si obedeciese al propósito de extremar la crueldad con el señor
Ocampo, la soldadesca que le condujo, complaciéndose en forzar la
marcha, llegó bien pronto á Tepeji del Río. Era lunes, día 3. La entrada
fué triunfal por la ostentación que hacía de su preciada víctima y la
comedia que representaban, jugando Zuloaga el papel de presidente y
Márquez el de general en jefe de la República.

Hospedadas las fuerzas en distintos mesones, Márquez dispuso que el de
las Palomas, en la calle real, sirviera de capilla al señor Ocampo.
Ocupó el cuarto número 8, hoy convertido en fábrica de jabón.

Casi contiguo al mesón, en la casa de doña Antonia Valladares, viuda de
Sanabria, se alojaron Zuloaga, Márquez y su estado mayor. Esta casa
tiene dos grandes ventanas bajas á la calle, correspondientes á la sala,
donde de continuo estaban los jefes deliberando sobre asuntos
importantes ó platicando regocijadamente.

A las diez de la mañana, al acercarse para curiosear don Ramón
Alcántara, á la puerta de la pieza que ocupaba el preso y en la cual no
había más que una silla de tule, una mesita y una tarima, suplicóle el
señor Ocampo que le trajese un vaso de agua y tinta y papel. El
prisionero se paseaba y veíasele triste y demacrado el semblante. Hizo
su testamento.

A la sazón, era aprehendido León Ugalde, guerrillero liberal, al bajar
de una diligencia, que conducía Pedro Saint Pierre. Apenas puesto en
capilla para ser ejecutado, varias personas del pueblo se interesaron
por su vida y acudieron violentamente á Zuloaga y Márquez en solicitud
de indulto. Formado el cuadro y á punto de entrar en él, llegó el perdón
y regresó á la cárcel.

Las mismas personas, entre las que se hallaban los señores Piedad Trejo,
Agustín Vigueras, José Ancelino Hidalgo y, haciendo cabeza, el cura don
Domingo M. Morales, después de salvar á Ugalde, pasaron en comisión
cerca de Márquez y Zuloaga, para impetrar el indulto del señor Ocampo.
La negativa fué categórica, y hasta con indignación dada por Márquez.

Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:

--Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.

A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete
en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su
calvario, con la serenidad del justo.

Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines,
el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de
Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.

Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo
alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su
testamento.

Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el
portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.

Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con
veneración en el despacho y tienen la nota de pertenecientes á don
Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.

No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez
la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:

--Aquí.

Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable
lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al
vendársele, habló:

--Puedo ver la muerte. Mi única recomendación es que no me tiren al
rostro.

En seguida se oyó una descarga y entre el humo apareció el cuerpo, presa
de las convulsiones de la agonía. El tiro de gracia consumó el crimen.

Presuroso el grupo de verdugos pasó por las axilas del cadáver las
cuerdas que preparó de antemano, para suspenderlo del árbol de pirú, que
se yergue sobre el montículo del ángulo de los dos caminos.

Tenía la cabeza tan caída que tocaba con la barba el pecho. Los
cabellos, largos y suaves, cubrían la cara.

En este punto, la carretera es amplia y recta hasta el pueblo. Esa tarde
había transeuntes como en día de plaza y muchos contemplaron aquel
cuadro.

Márquez no cedió á ningún ruego para que se descendiera el cuerpo.
Después de la salida de las tropas, lo verificaron algunas de las
personas que habían preguntado si podía hacerse el descenso.

El cadáver fué transportado á la casa municipal, para el arreglo de su
entierro. Apolonio Ríos, panadero, le lavó la cara y lo peinó.
Presentaba en la cabeza una herida en la cima, otra en el carrillo
derecho y otra en la comisura labial; en el pecho: una en la tetilla
izquierda y otra en la región dorsal. Tenía quemado parte del semblante.

Estuvieron expuestos los restos hasta el anochecer, en que colocados en
caja tosca de madera blanca, los trasladaron por orden de la autoridad á
la Capilla del Tercer Orden. Unas cuantas personas caritativas del
pueblo los velaron.

Al siguiente día los condujeron á Cuautitlán, donde los recibió una
comisión del Ministerio de Guerra.

En el lugar de la ejecución, hay un monumento que tiene esta
inscripción:

_A la memoria del gran reformador don Melchor Ocampo, sacrificado el 3
de Junio de 1861. 6. 3. 93._

El brazo del pirú que sostuvo el cadáver, ha desaparecido por efecto de
la sequedad; pero el árbol ha echado renuevos y lo cuida la Hacienda, de
la que es dueño don Felipe Iturbe. En carta de don José Manuel Vértiz,
apoderado general, al administrador don Mariano Gil, con fecha 11 de
Noviembre de 1899, se lee esto: «Que no vayan á tirar el árbol de don
Melchor.»[4]

_Angel Pola._

_Aurelio J. Venegas._



SANTOS DEGOLLADO

1810-1861


I

A fines del siglo XVIII desembarcó en el puerto de Veracruz un español
que venía á la Nueva España en busca de mejor suerte que la que le
deparaba la madre patria. Era probo, trabajador y de buena inteligencia.

Entonces Guanajuato tenía fama de ser una de las provincias en que se
hacía fortuna en un abrir y cerrar de ojos.

¡La minería! ¿quién era pobre dedicándose al beneficio de metales? Y el
extranjero partió á ese rumbo, con mucha esperanza y el firme propósito
de que la voluntad no le abandonaría para trabajar.

A la vuelta de algunos años ya era propietario de la Hacienda de Robles,
en la cañada de Marfil. La constancia y hombría de bien aumentaron su
capital. Pasó á ser rico y todo el mundo le llamaba don Jesús Santos
Degollado. Tuvo una compañera, la señora Ana María Garrido, que parecía
hacerle feliz. Dos niños llegaron pronto á alegrar el hogar: Nemesio
Santos, el mayorcito, y Rafael.

Más tarde, el rico español veía caer sus negocios, antes prósperos, y
descendía á la pobreza. Andaba por las calles de Guanajuato, socorrido
por sus amigos, cuando le sorprendió la muerte en la miseria.

El cura de Tacámbaro, don Mariano Garrido, del Orden de San Agustín,
antiguo capellán de un batallón y hermano del conocido fray Mucio, de
Morelia, protegió á la señora Ana María Garrido de Degollado. Allí
estaba con Nemesio y Rafael.

Rafael, flemático, silencioso y retraído.

Nemesio, nervioso, irascible y raquítico. Gracias á la bella forma de su
letra, el cura le tenía metido lo más del día en la vicaría, levantando
actas de matrimonio y escribiendo fes de bautismo. Don Mariano les daba
un trato muy duro á los dos niños. Exigente para con éllos, cualquiera
acción era pretexto para descargar su ira. Casi á fuerza hizo que se
casara Nemesio con la joven Ignacia Castañeda Espinosa[5]. No contaban
veinte años de edad.

Don Santos solía decir á su hijo Mariano:

--Cuando me casé tenía yo dieciocho años.

La pareja vivió al lado del sacerdote, quien, á pesar del cambio de
estado de Nemesio, no modificaba su tratamiento insufrible.

Un día, aburrido el joven de que no era posible hacer llevadera aquella
vida, se echó al hombro su capita de barragán y con una peseta en el
bolsillo se fugó del hogar, dejando en Tacámbaro á su madre, á su
hermano y á su esposa. Y tomó el camino de Morelia.

Al otro día, al obscurecer, llegó á la ciudad sin conocer á nadie, ni
tener razón de nada. En una fonda, frente á la cárcel, pidió medio real
de cena; en seguida dijo á la dueña del establecimiento:

--Señora, ¿me puede usted hacer favor de darme un lugar para dormir?
Acabo de llegar, no conozco á nadie, no sé nada: es primera vez que
vengo aquí.

La extrema bondad se le salía á la cara.

La señora se lo concedió sin vacilar.

Al otro día, destinó una pequeñísima parte del resto de su capital para
comprar papel. Escribió, lo mejor que pudo, un pliego y se presentó en
la notaría de don Manuel Baldovinos, situada en el portal de San José.

--Señor, esta es mi letra, ¿puede usted darme trabajo?

El notario vió de pies á cabeza al joven y luego paseó su mirada por el
pliego, lleno de bonita, preciosa y clara letra.

--¿Esta es la letra de usted?

--Sí, señor, es mi letra--respondió humildemente Nemesio.

--Puede usted venir desde hoy mismo.

Y el fugitivo, muy pobre, sin más ropa que la que llevaba en el cuerpo,
cubriéndose en la noche para dormir con la capita de barragán, comidas
las mangas de la levita por el mucho apego á la mesa de la vicaría de
Tacámbaro, y raídos los pantalones por el roce en la marcha, empezó á
trabajar de escribiente en la notaría las mañanas, con el sueldo de
cincuenta centavos diarios. Al poco tiempo, el doctor José María Medina,
juez hacedor de diezmos y visitador del diezmatorio, que hacía préstamos
de dinero bajo hipoteca, se presentó en la Notaría.

--¿Qué es de mi escritura, Baldovinos?

--Aquí está ya, curita.

El doctor apenas la vió, dijo al notario:

--¿Quién ha escrito esto?

--Ahora lo verá usted, curita.

El señor Baldovinos condujo al cura al interior del despacho y al estar
frente al escritorio de Nemesio, le indicó:

--Aquí le tiene usted.

--Cédame á esto joven, Baldovinos.

Convencido el notario de que el doctor le impartiría protección
decidida, dejó que cargara con él para su casa.

Tendría treinta pesos al mes, habitación y alimentos. La nueva casa
estaba cerca del Seminario. Fué su trabajo el ser escribiente y profesor
del niño Nicolás Medina, con el cuidado especial de perfeccionarle en la
forma de su letra. Siempre le llamó «Nicolacito,» «mi querido
muchachito;» porque era bueno, cariñoso y honrado como él.

El sacerdote, satisfecho de la vida del joven, á los dos años le dió un
empleo de escribiente en la sección de glosa de la Haceduría de las
rentas decimales con la retribución anual de cuatrocientos pesos.

Allí se hizo idolatrar de los canónigos.

Entraba á las ocho de la mañana á la oficina y salía á las doce y media,
y en vez de irse á paseo, se dedicaba al estudio: aprendía latín,
griego, hebreo, francés, matemáticas, física, teología y se enseñoreaba
de todo por su aptitud universal.

El general Medina, que es un retrato fiel de las virtudes de Nemesio, me
decía á propósito de su genio:

--A mí me hizo creer en la ciencia infusa.

Era contador de la Haceduría don Luis Gutiérrez Correa, furibundo
liberal, á quien el clero quería por su intachable manejo y tener en la
punta de los dedos los números[6].

Distinguía al escribiente y procuraba que subiera escalón por escalón,
para cederle su distinguido puesto.

Nemesio llegó á ser contador y mandó traer á su esposa. Por las tardes,
que le quedaban libres, proseguía dedicándose con ahinco á todo: hacía
gimnasia para desarrollar su cuerpo; estableció un taller de carpintería
en su casa y fabricaba bateas y gavetas; aprendió á tocar la flauta y la
guitarra.

En el Colegio de San Nicolás dió un gran concierto, para ministrar
recursos al organista de la catedral, un tal Elízaga, que se encontraba
cesante y pobre.

Nemesio y Pedro Vergara ejecutaron á maravilla en la guitarra unas
variaciones difíciles de Vivián.

Una vez, para que se vea de bulto su carácter, fué con Nicolás Medina,
su íntimo é inolvidable amigo, á las fiestas de Tarímbaro.

Había corrida de toros.

Salió uno bravísimo, feroz, temible, que echó al suelo en un dos por
tres al hombre que lo montaba.

--A mí no me tira--dijo Nemesio.

Y dicho y hecho: bajó al redondel así como estaba elegante: camisa bien
aplanchada, traje de color negro y sombrero alto. Montó á la fiera,
teniéndose firme con la presión que ejercía con los miembros inferiores.
El público parecía haberse vuelto loco al mirar al caballero bien
montado y al animal hecho una furia, corcoveando, bramando, ya libre del
lazo, sin poder echar al suelo al jinete que se sostenía, sin pretal:
aplaudía, y gritaba desaforadamente. El joven alcanzó una ovación
inusitada.

Era tal la fuerza de Nemesio, que domaba un caballo con la presión de
los muslos.

Morelia tenía noticias de su talento y erudición. Una vez le invitó el
Seminario para que fuese á replicar en los exámenes de fin de año. El
Gobierno del Estado no tardó en convencerse de la sabiduría del joven.

A él se debe la organización del Colegio de San Nicolás.

Los señores Luis Gutiérrez Correa, como jefe del partido liberal, Juan
González Urueña, Juan Bautista y Gregorio Ceballos y Melchor Ocampo
celebraban juntas secretas para discutir los medios mejores de derrocar
al gobierno retrógrado. A éllas asistía Nemesio.

El general Ugarte le redujo á prisión por andarse mezclando en la cosa
pública.

Un día, indignado el gobierno santanista, le puso en el cuartel, en
compañía de un bandido muy valiente: Eustaquio Arias, que le adoraba.

Hubo vez en que estando preso el bandido, engrillado, á la vista de la
guardia, hizo que se pronunciara el Cuerpo Activo de Morelia; echó abajo
las rejas de la prisión, salió á la calle todavía con los grilletes
puestos, que se los desclavaron los mismos soldados en el instante en
que el general Ugarte intentaba, reducir al orden á la tropa sublevada.

Dió por muerto á Ugarte y con precipitación pasó sobre él, tomando el
camino de Cuitzeo de la Laguna, para ir á defender las ideas liberales
en Puruándiro.

Nemesio, en el torbellino de adversidades, no había olvidado el
lugarcito aquel para dormir, que, á su llegada de Tacámbaro, le había
dado de tan buena voluntad en su fonda la señora Josefa Saavedra, ó como
la llamaba todo el mundo, doña Pepa la Moreliana, á quien regaló seis
mil pesos, años más tarde[7].

Estrechado por las persecuciones de los santanistas, que no le daban
punto de reposo, se alejó de la ciudad y de su familia, y estuvo
distante de la que le dió el sér, de la señora Ana María Garrido, ó
mejor dicho, Ana María Arcaute, su primitivo y verdadero apellido, que
era de Roma.

El padre Garrido trajo á México, á la señora Arcaute, para que se curara
de una peligrosa enfermedad. En junta de médicos fué desahuciada, y
falleció después de haber recibido los auxilios espirituales de propias
manos de tres obispos.


II

Un día amaneció Morelia entera preguntándose por don Nemesio Santos
Degollado, por su querido gobernante en 1848 y 1857, que apenas tuvo
tiempo para hacer bien y que había sido diputado á la asamblea
departamental en 45, consejero de gobierno en 46 y diputado por elección
unánime al Congreso General, en 55.

Unos decían que había sido desterrado por Santa-Anna á la Villa de
Armadillo, San Luis Potosí. Otros, que se encontraba en México en la
casa de don Valentín Gómez Farías, 2.ª calle del Indio Triste, número 7,
esquina á la de Montealegre. Otros, que se había lanzado á la
revolución, á defender el plan de Ayutla.

Pero levantó cabeza y se le vió de cuerpo entero en Tunguitiro, hacienda
de don Epitacio Huerta, en Michoacán, lugar de cita de los liberales,
donde se encontraban los coroneles Luis Ghilardi, Manuel García
Pueblita y Epitacio Huerta, el comandante de batallón Régules y el
comandante de escuadrón Refugio I. González.

De día estaban con el arma al brazo, ordenando tomas de plazas ocupadas
por los santanistas y haciendo más posible el triunfo del plan de
Ayutla.

De noche, teniendo en mucha cuenta la mala fe de las fuerzas de
Pátzcuaro, se iban á dormir al cerro de Cirate, inaccesible por lo
escarpado y perdedizo por lo nemoroso.

Haciendo expediciones de acá para allá, tomaron á Uruápam; por asalto, á
Puruándiro; los santanistas de la Piedad se rindieron.

De vuelta encontraron que Tinguitiro era presa del fuego. El enemigo
estaba al frente en expectativa. Los soldados de los dos bandos, bien
formados, sin avanzar un punto, se avistaron; pero no se hicieron nada.

Una noche pasaron bajo las ruinas.

La plaza de Puruándiro fué tomada por cincuenta hombres, á la cabeza del
comandante Calderón, sin que lo supieran los jefes del sitio. Vieron
venirse abajo una trinchera y pretendieron ganar tiempo para dar el
asalto; pero un soldado del general Juan Nepomuceno Rocha dijo:

--Señor, si ya están adentro.

--¿Quiénes?

--Pues nuestras tropas, jefe.

En Penjamillo se recibió carta de que se habían pronunciado en Zamora
los señores Trejo y Miguel Negrete, acabados de ascender á tenientes, y
que pedían pronto auxilio.

Degollado ordenó que el comandante Refugio I. González fuera con
cuatrocientos caballos. Allí se encontró con que ya eran coroneles los
tenientes de ayer.

Vagando con muy buenas intenciones, don Santos Degollado vino á parar en
Cocula. El enemigo le dió una sorpresa. Durante el tiroteo se acuerda de
que no se había despedido de la familia que le dió hospedaje; entonces
le dijo al general Huerta:

--Procure usted detener al enemigo, mientras regreso. Voy á despedirme
de la familia y á darle las gracias.

--Señor, nos ataca con ímpetu.

--Sostenga usted el fuego. ¡Cómo va á ser que nos vayamos así, sin
decirle adiós!

--Ya lo tenemos encima.

--Voy á despedirme. No vaya á decir que soy ingrato.

Cuando estuvo de regreso, el general Huerta había perdido un brazo.

Defendió el plan de Ayutla con una convicción apostólica, y llegó á ser
gobernador de Jalisco en 1855.

Era su sueño dorado hacer la felicidad de su país y prácticas las leyes
y la justicia, tales como debían ser en una forma de gobierno
representativo popular. Decretó la abolición de las alcabalas.

Hizo efectiva la libertad de conciencia. Un grupo de jóvenes, entre
ellos Miguel Cruz Aedo, Urbano Gómez, Jesús González, Miguel Contreras
Medellín y José María Vigil predicaban en la plaza de Escobedo las ideas
liberales. _La Revolución_, que tenía por lema: «Ser ó no ser: he aquí
la cuestión», era el órgano del partido puro. No les importaba gritar á
la luz del día: ¡Muera el Papa! ¡Muera el Clero! Un 16 de Septiembre
tanto fué lo que se dijo en la tribuna, presidiendo la celebración de la
fiesta nacional el señor Degollado, que el obispo don Pedro Espinosa
puso el grito en el cielo. Lanzó una carta pastoral furibunda el
reverendo y _La Revolución_ la burló. Hubo cambio de manifiestos entre
los dos, Espinosa y Degollado, en que el uno pedía coacción del pensar y
el otro la negaba dignamente en nombre de la ley. Por esto le llamaban
_purete_ al señor Degollado.

Y sin embargo de esta tirantez de relaciones entre el Gobernador y el
Obispo, cuando unos jóvenes, sin permiso de la autoridad política, ni de
la eclesiástica, repicaron en la Iglesia Catedral de Guadalajara, por la
reapertura del Instituto, don Santos reprendió á los jóvenes y mandó una
satisfacción al señor Espinosa, «manifestándole la ninguna culpa que
tenía en el acontecimiento.»

Su administración no tuvo más defecto que ser demasiado liberal, hasta
para los conservadores. Se llegó á decir, á consecuencia de todo esto,
que don Santos favorecía al partido contrario y lo inclinaba á la
desobediencia del gobierno federal. Por esos días, en Diciembre, se
pronunció un grupito de descontentos en Tepic. Reducidos al orden,
fueron desterrados Eustaquio Barron, cónsul de Inglaterra, y Guillermo
Forbes, cónsul de los Estados Unidos. Protestaron de la enérgica medida,
fundada en el contrabando que hacían; pero ningún efecto surtió la
protesta, porque el consejo aprobó, conforme al derecho de gentes y
leyes del país, la resolución oficial.

El 10 de Febrero de 1856 expidió un decreto, según el cual no
reconocería autoridad originada de movimientos reaccionarios y ofrecía
el territorio para trasladar los supremos poderes; invitaba á los
Estados para una coalición bajo bases de «unión, libertad, integridad
del territorio nacional, inviolabilidad del principio democrático
popular, independencia entre sí para el gobierno interior y cambio
recíproco de auxilios y recursos.» A pesar de tanto bien que hacía, dejó
el puesto y vino á México para ocupar su lugar en el Congreso
Constituyente. Había como cuarenta jóvenes diputados que querían hacer
entrar las más avanzadas ideas liberales en la Constitución. Con ellos
votó siempre Degollado.

Llegó vez en que de un voto pendía la existencia de la Constitución de
57. Muchos deseaban la del año 24 con algunas reformas. Después de tres
días de sesión permanente, vencieron los puros y sin gozar de un solo
centavo de dietas. Sin embargo, en ese mismo año de 57, llegó á tener
algunos miles de pesos el señor Degollado. Un billetero de la Lotería de
San Carlos se acercó, en la calle, á los señores Benito y Fermín Gómez
Farías, rogándoles con insistencia que le compraran un número.

--Mira, ese no sirve. Tráenos un trece mil cualquiera--dijo don Benito
al billetero.

Echó á correr y trajo un trece mil. Costó el entero diez pesos, que pagó
don Benito. Luego que llegaron á la casa, una casita de la calle de
Victoria del señor Cumplido, donde habitaban, Fermín tomó la pluma y
escribió en el billete: «Billete de Benito Gómez Farías, Fermín Gómez
Farías, Nemesio Santos Degollado y Joaquín Degollado.»

El billete fué colocado y olvidado tras un espejo de la sala. Un día, á
la hora de comer, se presenta el billetero muy alegre.

--¡Vengo á decirles que se sacaron la lotería!

--¿Qué lotería?--preguntó Fermín.

--Pues ¿qué lotería ha de ser? ¡La de San Carlos!

--¡Ah, sí, á este señor le compramos el billete que guardamos detrás del
espejo!--exclamó don Benito.

El premio fué de sesenta mil pesos, que se repartieron fraternalmente
entre los cuatro, pagando hasta entonces cada uno á don Benito los dos
pesos cincuenta centavos que les correspondía.

Cuando el golpe de Estado, don Santos Degollado no amaneció en su casa
del callejón de la Olla. Partió á Michoacán para hacer que el poder
ejecutivo del Estado reconociera al gobierno constitucional. Luego se
dirigió al Sur de Jalisco, en Marzo de 1858, después de haber estado en
un hilo la vida de Juárez, y la de los personajes que le acompañaban, en
Guadalajara, por el pronunciamiento del 13, del mismo mes, acaudillado
por Antonio Landa, quien recibió cinco mil pesos.

La última disposición de Juárez, cerca de Colima, antes de embarcarse,
fué que don Santos Degollado sería Ministro de Guerra y que tenía el
mando del Ejército y facultades omnímodas en los Estados del Norte y
Occidente.

La tropa se componía de setenta y cinco infantes y veinticinco dragones.
Se pudieron conseguir mil quinientos fusiles, y volvió don Santos
Degollado a Guadalajara; pero en Junio, ya que había sitiado la ciudad,
supo que Miramón se acercaba con tres mil hombres y catorce piezas de
artillería, y cambió de propósito, regresando á sus posiciones del Sur.
En Atenquique, el 2 de Julio, pudo verse que las fuerzas
constitucionalistas de su mando estaban con alientos para obtener
victoria, pues sostuvieron con el enemigo un combate del que pudieron
salir completamente triunfantes.

Ese mismo mes se encontraba nuevamente don Santos Degollado en Colima,
pertrechándose con esa fe y constancia que le caracterizaban para volver
á la carga. Allí pareció descansar la tropa.

De los jóvenes jefes, ni uno solo perdió la alegría de la juventud.
Cierta mañana se presentó á la casa de don Santos Degollado una
celestina. En una mesa escribía el general Nicolás Medina y cerca de
otra estaba de pié don Santos Degollado.

--Su excelentísima--habló la mujer al señor Medina.

--No soy yo--le dijo, haciéndole una indicación con el pulgar derecho
encorvado.

Entonces, dirigiéndose á quien debía dirigirse:

--Su excelentísima, vengo á darle una queja.

--Diga usted, señora.

--Los jefes Rodríguez, Avila, Saviñón, Rosas Landa, Miravete, Salgado y
Joaquín Moreno han ido á molestar á mis niñas, que no son gente de mal
vivir, y me rompieron un espejo y un pabellón. Yo no puedo perder eso,
excelentísimo señor. Mis muchachas entienden con buenas palabras, pero
no así como éllos quieren.

A don Santos se le subió la sangre al rostro.

--¿Cuánto importa lo que le rompieron á usted, señora?

--Nueve pesos, su excelentísima.

Don Santos se dirigió á su recámara y de una bolsita de manta sacó la
suma.

--Aquí tiene usted, señora: pero no haga usted escándalo. Perdónelos
usted: son jóvenes. No lo volverán á hacer, se lo prometo. Yo los
reprimiré. Vaya usted sin cuidado. No lo volverán á hacer. Perdónelos
usted, se lo suplico.

La celestina recibió la cantidad y se fué muy satisfecha.

--¿Qué dice usted, Nicolacito? Esta es cosa de los mochos que me quieren
desacreditar. De otro lo podía creer, ¡pero de Moreno que es casado!

Pero no todo fué contratiempos: el día 21 de Septiembre hizo que en
Cuevitas pusieran pies en polvorosa las tropas de Casanova.

El 28 de Octubre capituló Guadalajara, mediante un tratado digno para
los liberales. Se les garantizaba la vida á los jefes del enemigo.

Degollado y don Benito Gómez Farías, considerando la exaltación del
pueblo, quisieron que el general José María Blancarte permaneciera en el
palacio de gobierno.

--Quédese usted ahí, en esa pieza--dijo don Santos Degollado á
Blancarte, ofreciéndole amablemente una pieza que seguía á la en que
platicaban.

--Corre usted mucho riesgo--le manifestó Gómez Farías.

--Señores, mejor me lo llevo para mi casa--hizo observar el señor
Antonio Alvarez del Castillo.

Y Blancarte se acogió á Castillo.

El coronel Antonio Rojas se presentó una mañana en la casa en que se
hallaba Blancarte; hizo que sus soldados dispararan sus armas sobre él,
y no satisfecho con haberlo matado, hubo uno que le machacó la cabeza á
culatazos. El hecho llegó á oídos de don Santos Degollado. Primero no
quiso creerlo; pero después que supo la realidad, le abandonó la calma,
esa calma suya que hacía que no tuviese arrugas en la frente.

Quiso poner su renuncia de Ministro de Guerra y Marina y general en jefe
del ejército federal. Los amigos le rodearon para convencerle de la
inconveniencia del paso.

--No puedo permanecer en mi puesto, porque los tratados son inviolables
y la vida del hombre es sagrada. No puedo dejar sin castigo este crimen.
¡Qué dirán de nosotros cuando se sepa! Infame, villano..........

Hubo gran junta en la que discutieron mucho Vallarta y Ogazón, para que
don Santos cambiara de parecer. Medio se calmó luego que Rojas fué
puesto fuera de la ley:

El culpable, que respetaba y quería al señor Degollado, se puso á salvo;
sin embargo, así y todo solía preguntar por su buen jefe.

--¿Qué tal va el amo?--le preguntó una vez, en retaguardia, al general
Nicolás Medina.

--No se le acerque porque le manda fusilar.

--¡Si he matado la víbora que le había de picar!

--No le enseñe la cara porque le ha puesto fuera de la ley.

--¡Ah, qué don Santitos! ¿Conque estoy fuera de la ley? ¡Si yo nunca he
estado adentro!

En San Joaquín, el 26 de Diciembre de 1858, después de hora y media de
combate, Miramón derrotó á Degollado.

No se arredró ante la mala suerte; prosiguió resignado en la defensa de
las ideas constitucionalistas, sufriendo derrotas y obteniendo una que
otra victoria.

El 10 y el 11 de Abril de 1859 fué derrotado por Márquez en Tacubaya.
Allí olvidó en el campo una casaca y una banda que fueron puestas á la
vista de la plebe en la Plaza de la Constitución, de esta Capital, para
que las cubriera de lodo.

En el parte oficial, dirigido de Chapultepec, al general Antonio Corona,
Márquez decía: «Las valientes tropas que me enorgullezco de mandar han
obtenido esta victoria, disputando el terreno palmo á palmo, y en la
lucha no sólo derrotaron al enemigo, sino que le tomaron por la fuerza
toda su artillería, parque, carros, armamento y demás pertrechos de
guerra, contándose entre su pérdida la _casaca y la banda de general de
división que tiene la desvergüenza de usar el infame Degollado, sin
haber servido á la nobel carrera de las armas_.»[8]

Don Santos Degollado fué á parar en Michoacán, para reorganizar fuerzas
y seguir batiéndose por la causa constitucional. Ante jefes y soldados
aparecía inmaculado; á pesar de esto, Vidaurri tuvo la ocurrencia de
ponerle fuera de la ley, el 19 de Septiembre, por pugna con Zuazúa y los
gobernadores de Aguascalientes y Zacatecas, la cual limitaba las
ambiciones del gobernador de Nuevo León.

Nada le hacía dar un paso atrás, nada le desalentaba, nada hizo desviar
en un ápice su constancia. Derrotadas sus tropas en la Estancia de las
Vacas, el 13 de Noviembre de 59, volvió á la carga más constante á San
Luis, en seguida á Lagos, después al Bajío.

El 12 de Noviembre, víspera de la batalla en la Estancia de las Vacas,
tuvo una conferencia con Miramón bajo un mezquite, entre la Calera y la
hacienda del Rayo.

No pudieron llegar á ningún acuerdo.

Al despedirse, Miramón dijo á Degollado:

--Mañana le derroto á usted como tres y dos son cinco.

A lo que respondió don Santos:

--Mi deber no es vencer, sino combatir por principios que al fin tienen
que triunfar porque son los de una revolución grandiosa que en el orden
moral está verificándose en todo el país.

Y era la verdad: don Santos Degollado no tuvo otra mira en la
revolución.

Siempre pobre, estaban primero sus soldados que él. Cuando había, los
jefes sin distinción recibían un peso por cabeza; pero don Santos
Degollado rara vez recibía sueldo. Lo poco que tenía, lo iba gastando
con una economía proverbial.

Una botella de vino en la mesa, á la hora de comer, le inquietaba hasta
la nimiedad.

Le decía al proveedor:

--No ponga usted vino en la mesa. Dirán que si para esto queremos los
préstamos. Basta una comida sencilla sin estos lujos. Es preciso cuidar
de los recursos del soldado y no verse obligado á gravar con mas
contribuciones á los pueblos, que son los que pagan todo esto.

No quería ni que los jefes, en las ciudades ocupadas, fueran al teatro
para que no dieran que hablar. Cuando llegaba su tropa á algún pueblo,
prefería hospedarse en la casa consistorial que en una de familia, para
evitar molestias. Muchas ocasiones sucedía que tras de larga jornada, en
que el cansancio y el hambre estaban por matar á la tropa, al Estado
Mayor y á él, se negaba caballerosamente á aceptar las ofertas que
familias enteras le hacían al llegar á un punto.

--Excelentísimo señor, pase usted á la mesa con su Estado Mayor.

Gracias, mil gracias. No se molesten ustedes, señoras. Si ya comimos.

El general Ghilardi, que á las espaldas del jefe escuchaba la oferta y
el rehusamiento, débil de cansancio, hambre y sed, como en realidad se
encontraban todos, perdía su paciencia y cachaza de italiano, y
respondía.

--Sí, señoras, moléstense ustedes: tenemos mucha hambre.

Y luego, volviéndose á sus compañeros, decía;

--Este don Santos no come, no bebe, no pasea, no nada.

La necesidad de sus fuerzas le obligó á dar su consentimiento para
ocupar la conducta de Laguna Seca, de 1.100,000 pesos, y aun quiso que
toda la responsabilidad cayera sobre él, en Septiembre de 1860.

Con este motivo decía en su manifiesto á la nación:

«Había reservado para mí y para los mios hasta la severidad mezquina, un
nombre puro que legar á mi familia: pero un día la necesidad en nombre
de mi causa llamó á mis puertas para pedirme ese nombre y entregarlo á
la maledicencia, y yo consentí en entregarme como reo y sufrir ese
suplicio peor que el martirio, porque en el martirio consuela la mano
generosa de la gloria.»

Sólamente se le lanzó el anatema de todos los jefes, de Zaragoza,
Huerta, Doblado, Valle, Ogazón y Aramberri, el 29 de Septiembre, al
querer celebrar un proyecto de pacificación del país con el ministro
inglés Mathew[9].

Juárez le destituyó del mando del Ejército.

Todo su pecado fué ese conato de proyecto, cuya alma era el evitar más
derramamiento de sangre, en bien de la patria, y no en el suyo, como lo
saben quienes le sobreviven y entre quienes hay muchos que le vieron
humilde y pobre, como la pobreza y la humildad mismas.

Más de una vez el general Miguel Blanco le llegó á decir:

--¡Cómo, señor! ¿Usted mismo arreglando su ropa?

Y no era don Santos Degollado á secas: era el Ministro de Guerra y
Marina y el general en jefe del ejército federal.


III

Destituído don Santos Degollado del mando del Ejército, el 4 de
Noviembre de 1860, salió de Quiroga para Toluca.

En Queréndaro, el día 25, se le unió don Benito Gómez Farías, su íntimo
amigo.

A su llegada á Toluca, el 2 de Diciembre, se les «recibió con
hospitalidad y grandes honores por el general Berriozábal,» que era
Gobernador y general en jefe de la división del Estado de México.

Amaneció nublado el día 9; á corta distancia no podía distinguirse bien.
Una avanzada de las fuerzas del general Berriozábal fué sorprendida por
los exploradores del general Miguel Negrete, cuyas blusas eran de igual
color que las de aquella,.

Estaban hospedados don Santos Degollado y el señor Gómez Farías en la
casa del gobernador. Allí el enemigo, los sorprendió á los tres[10].

El general Berriozábal supo por la cocinera que Negrete andaba en las
calles. Montó violentamente á caballo para organizar la resistencia y
estar á la cabeza de su tropa. Hubo fuego graneado, pero ya fué tarde:
casi á todos los cogieron de improviso.

Don Santos tuvo que ceder á los ruegos de una familia para pretender su
salvación por las azoteas de la manzana.

Herido en la cabeza, el general Berriozábal fué hecho prisionero.
Tuvieron la misma suerte Degollado y Gómez Farías.

En la cárcel se les formó cuadro para fusilarlos. No esperaban más que
los disparos, cuando logró salvarlos el general José Joaquín de
Ayestarán.

Miramón mandó llamar á Berriozábal al palacio de Gobierno.

--Han caído en mis manos--le dijo Miramón.

--Ya lo veo--respondió Berriozábal.

--Los voy á fusilar.

--¿Para eso me llama usted? Está bien.

Miramón varió de tono y ordenó que le curaran la herida al general
Berriozábal.

Temprano, el día 10, los prisioneros en un coche salieron entre filas,
bien escoltados, de Toluca para México. Miramón se encontraba en el
balcón de Palacio en el momento que pasaban.

Por la ventanilla del coche asomó una cara desconocida.

--¿Quién es ése?--preguntó Miramón desde el balcón.

--Excelentísimo señor, es don Juan Govantes--dijo el oficial.

--Que eche pie á tierra y que camine así--ordenó Miramón.

Govantes había sido reaccionario neto.

En Lerma, el general Antonio de Ayestarán los vigiló durante la noche en
la pieza que les servía de cárcel.

Más tarde, supieron la causa del excesivo cuidado de Ayestarán, que no
los dejó un instante solos en la travesía: Miramón, recelando mucho de
Márquez, había puesto bajo la responsabilidad de Ayestarán la vida de
Berriozábal, Degollado y Gómez Farías.

En un punto del camino, la vida de los tres fué severamente amenazada,
la muerte puesta á la vista.

Márquez ordenó, al atravesar un bosque, que la escolta, disparara sobre
los prisioneros, si las guerrillas de Aureliano Rivera hacían fuego
entre la montaña.

Hubo instante en que Ayestarán se cambiara palabras duras con Márquez.

Sonaron disparos de las guerrillas de Aureliano Rivera y no les llegó la
muerte á los prisioneros, que ya la esperaban por detrás.

En la Capital fueron alojados en el Palacio Nacional. Se les atendió y
se les consideró. Ignoraban lo que acontecía.

El 24, á las siete de la noche, Miramón, de bota federica, puesto el
sombrero y con un fuete en la mano, se presentó en la habitación de
Berriozábal, Degollado y Gómez Farías. Les manifestó que abandonaba la
Capital, encargándolos del orden, para lo cual les dejaba un piquete de
soldados á discreción[11].

Libres los tres prisioneros, habiendo rehusado tener el mando en la
ciudad don Santos Degollado por estar procesado, el general Berriozábal
dió toda clase de garantías á los habitantes.

El 1.º de Enero de 1861 entró el Ejército federal al mando del general
González Ortega.

Nunca México ha visto mayor entusiasmo del pueblo, como esa vez.

La ciudad estaba engalanada; por las calles, donde pasaba el Ejército,
llovían esencias y flores; no había espectador que no lo vitorease.

González Ortega, que traía el estandarte de la ciudad, frente al Hotel
Iturbide, hizo que se le incorporasen, para participar de la gloria del
triunfo, Berriozábal y Degollado, quienes se encontraban tras una
vidriera viendo el desfile.

Ahí el general González Ortega manifestó públicamente, estrechando entre
sus brazos á don Santos Degollado y vitoreándole, que á él le pertenecía
la ovación, porque era el primero por su constancia y su fe.

Juárez, Ocampo y Emparan visitaron á don Santos Degollado, el día 13, en
su casa, la número 2 de San Juan de Letrán.

El gran jurado no pronunciaba aún en la acusación el «ha lugar á
proceso.»

Seguía siendo Magistrado de la Suprema Corte de Justicia.

Más antes había mostrado un rasgo de desprendimiento de su personalidad,
sacrificándola por el amor á la patria.

Dos veces se sujetó á juicio, del Congreso y de la Corte, por la
cuestión Barron-Forbes, que costó dos millones de pesos de
indemnización.

Ahora que se le formaba otra causa, le asistía también la justicia; pero
los «hombres de la fortuna, del poder y de la fuerza estaban contra él.»

_El Artesano Libre_, de Morelia, y _El Partido Puro_, de esta Capital,
le insultaban y vilipendiaban estando _sub judice_: le decían
calumniador, loco, cuasi general, vergonzante, tinterillo y que había
incurrido en escandalosa defección y colgado para ludibrio del viento la
siempre virgen cuanto victoriosa espada.

Y él replicaba en Abril de 1861:

«Siempre se me ha visto bajo los fuegos del fusil en las acciones de
guerra, retirarme el último en los campos de batalla y cuidar la
retaguardia en todas las retiradas para reunir y reorganizar las fuerzas
que estaban á mis órdenes.

«Bien ó mal, yo he servido á la causa nacional, y he probado, hasta en
mis desaciertos, mi buena intención y anhelo por ser útil á mi país.

«Por despreciable y poco digno que yo sea, al fin es un hecho que fuí
uno de los caudillos del pueblo, y cuanto mal se diga ó se publique por
mí, debe afectar á los demás caudillos y deshonrar al gran partido
liberal en presencia de los reaccionarios.

«No busco ni la gratitud ni el aprecio público por mis servicios, porque
ya sabía antes de ponerme al frente del Ejército constitucional que en
todos los países y en todos los tiempos los servicios á la patria no han
encontrado más que almas envidiosas y corazones desgraciados.

«Si antes me cogiere la muerte, tengo hijos y amigos que sabrán volver
por mi honra.»

Su honra le preocupaba.

Lo primero que preguntó al general Ramón Iglesias, al irle á tomar
declaración el 27 de Febrero, fué:

--Dígame usted los nombres de mis acusadores: ¿quiénes son?

El general José María Arteaga le escribía de Querétaro el 28 de Marzo,
participándole que había salido electo presidente en aquella ciudad y
San Juan del Rio.

Le ofrecían la cartera de Guerra y Marina el 8 de Abril.

En esto llegó á sus oídos la noticia del asesinato de Ocampo.

Gómez Farías se presentó á la casa número 2 de San Juan de Letrán, que
habitaba don Santos Degollado, y le refirió el hecho.

--Iremos á vengarlo--dijo don Santos.

--No podemos--respondió Gómez Farías.

--Pediremos licencia, y si nó, nos marcharemos.

Don Santos Degollado se apoyó del brazo de Gómez Farías y se dirigió á
la Cámara á solicitar el permiso de ir á la guerra para vengar á Ocampo.

Al presentarse en el salón, todos los diputados se pusieron de pié; y
luego que dijo el fin que allí lo llevaba, fué objeto de una ovación
unánime.

«Mi deseo se limita á marchar á la guerra, no para sacar de sus hogares
y asesinar á los enemigos indefensos, sino para batirme cuerpo á cuerpo
con los asesinos.»[12]

Y partió á Toluca para cumplir su solemne promesa.

A la puerta de la casa del general Berriozábal, gobernador y jefe de la
división del Estado de México, cuando los caballos piafaban de
impaciencia por la tardanza de los jinetes que no acababan de despedirse
adentro, sus muchos amigos quisieron disuadir á don Santos del propósito
que tenía tomado: vigilar el convoy que debía salir de Tacubaya á su
paso por el Monte de las Cruces, el día 15 de Junio de 1861.

El general Berriozábal le acompañó en el camino.

Hicieron alto en Las Cabezas.

Llegaba la diligencia de México y venía el ayudante Francisco Taboada.

--¿Qué sucede con el convoy?--le preguntó don Santos Degollado.

--Está en Tacubaya--contestó Taboada.

--Retirémonos á Lerma,--dijo Berriozábal al señor Degollado.

--Ese no es mi negocio. El gobierno me dice que viene y debo estar
aquí--respondió don Santos.

Sacó su reloj y dijo á Berriozábal:

--Usted debe volverse.

--Da usted dado en este monte tan peligroso.

--Tomaré mis precauciones.

--Entonces quedo á las ordenes de usted.

Y avanzaron: Berriozábal iría por todo el camino real hasta encontrarse
con el convoy y el general Degollado por entre la montaña; pero antes,
para emprender la marcha paralela, éste ganaría las cumbres del frente á
la Pila y en señal de su llegada tocaría diana.

El general Berriozábal, en menos de un cuarto de hora de espera, oyó un
tiroteo y en seguida la diana prometida; pero debemos advertir, según el
dicho de testigos presenciales, que la diana únicamente la oyó el
general Berriozábal.

Y siguió su marcha.

En Cuajimalpa, el teniente Perfecto Soto se le presentó á noticiarle la
derrota del batallón rifleros de San Luis.

Berriozábal resistió creerlo; sin embargo, retrocedió para reconocer el
campo.

Algunos disparos le hacían de entre la montaña, á la falda de las
cumbres.

Vió pendientes de los árboles muchos cadáveres de soldados.

Ya no le cabía duda: don Santos había sido derrotado.

En Huixquilucan supo que Degollado había muerto.

Allá arriba de las cumbres, después de haberse batido valientemente sus
soldados, el enemigo hizo multitud de prisioneros y luego, afirma solo
Berriozábal, “obligó á los mismos cornetas y tambores de San Luis que
tocasen diana.”

Don Santos, pistola en mano, descendía la pendiente al paso de su
caballo.

Se rompió la brida; se apeó á anudarla y fué hecho prisionero. El
_Chato_ Alejandro le dió una lanzada.

Conducido entre filas, un soldado indígena que se apellidaba Neri le
disparó un tiro por detrás, en el cerebelo.

Fué enterrado por orden de Gálvez en Huixquilucan.

Una oración fúnebre le pronunció el señor Francisco Schafino, que andaba
plagiado por Buitrón.

Corriendo el tiempo, el general Berriozábal derrotó á una tropa
reaccionaria en Toluca, y entre los muertos encontró al indígena Neri.

Llevaba aún en el dedo una prenda de su ilustre víctima: un anillo que
lucía un jaspe y un gorro de la libertad con este letrero abajo:

«TODO POR TI.»


VI

El general Francisco Alcalde, de paso por Huixquilucan, el 5 de Julio de
1862, exhumó los restos de don Santos Degollado.

Yacían cerca de la puerta de la iglesia.

Un soldado del general Aureliano Rivera que había presenciado el
entierro hecho por Gálvez, indicó el sitio.

El cadáver estaba bien conservado: en camiseta, calzoncillos, una herida
en el cerebelo, otra en el cuello y otra en el pecho.

Se leía en el interior de la tapa del ataúd:

     AQUI YACEN LOS RESTOS DEL DESGRACIADO C. SANTOS DEGOLLADO.--UN
     AMIGO SUYO.--SCHAFINO.

Los restos estuvieron expuestos en el Palacio Municipal.

El 21 se le hicieron suntuosas honras fúnebres en esta Capital.

La comitiva del entierro, en la que iba el Presidente de la República,
recorrió el Portal de Mercaderes, Plateros y San Francisco.

En el centro de la Alameda, bajo una rotonda, se pronunciaron
discursos.

El cadáver quedaría depositado en el Panteón de San Fernando, según la
invitación del Gobierno del Distrito, que se hizo representar por el
señor Pascual Miranda.

Después, á petición de la familia, los restos fueron sepultados en el
Cementerio Británico, como en sagrado, para que no fuesen profanados.

El 2 de Noviembre de 1889, el señor Francisco Alatorre, empleado en la
garita de la Tlaxpana y antiguo soldado del general Santos Degollado,
visitó el Cementerio Británico.

Una arboleda alta y frondosa, la tierra negra y húmeda de fertilidad; la
gente iba y venía por las amplias y frescas calles; en los sepulcros,
cargados de adornos, ardían cirios y los deudos parecían retraerse y
estar en vela; el recogimiento del dolor reinaba.

De súbito, el soldado se detiene ante un contraste: entre el rico
embellecimiento artificial había un sepulcro humilde; lo señalaba el
césped y un valladito de arquillos de bejuco, y un ciprés con sus ramas
secas y su sombra le lloraba. Al encuentro salía un frontón en que se
leía este como recuerdo de la patria:

EL GENERAL SANTOS DEGOLLADO.
15 DE JUNIO DE 1861.

El soldado se decubrió y echó á volar su memoria: Morelia, Guanajuato,
Jalisco, Colima, Toluca, el Monte de Las Cruces.

Y luego olvidó todo y se puso á orar por su buen jefe.

Ahí reposaba su general, el COLMENERO como le llamaban, el valiente que
no hizo mal á nadie, que tuvo más patriotismo que ninguno, que fué
siempre justo y honrado y cariñoso.

Lo veía con la eterna dulzura en el rostro alentar á sus soldados en las
batallas, infundirles la esperanza, hacer que amasen á la patria
sacrificándose y ofreciéndole la vida.

--¿Por qué aquí? ¡Ah, eres humilde hasta en la muerte!--dijo el soldado.

Diecisiete años han transcurrido.

El tiempo ha hecho más humilde el sepulcro de don Santos Degollado.

Bien decía el Archiduque Maximiliano al general Nicolás Medina, en 1864:

--¡Pobre hombre! No lo comprendió su siglo, no lo conoció su país[13].

_Angel Pola._



LEANDRO DEL VALLE

1833-1861

     Me viene la conformidad, luego que recuerdo que murió por su
     patria--_Ignacia Martinez_, madre de Leandro del Valle.


I

En el primer año de la segunda década del siglo XIX, cuando Hidalgo
desplegaba el estandarte de la independencia de México en el pueblo de
Dolores, el coronel Rómulo del Valle vivía ya muy comprometido en la
trama urdida para difundir la idea de nuestra emancipación de España y
el derrocamiento del gobierno virreinal, que no le parecía en manera
alguna digno: quería con el alma un régimen político propio y defendía
su credo por todo Querétaro á la cabeza de un grupo de patriotas. Prestó
servicios que debe grabar la Historia, desde 1811 hasta el triunfo de la
Reforma, en que anduvo con el arma al brazo junto con don Juan Alvarez:
¡cuarenta y cinco años de lucha por la autonomía nacional y la
República, y en aquellos tormentosos días en que se jugaban vidas y
haciendas por los principios, el todo por el todo!

Doña Ignacia Martínez, esposa de don Rómulo, con ser católica
devotísima, jamás discutió, ni en el seno del hogar, los pensamientos
liberales del valiente soldado y que andando la revolución heredarían
sus hijos.

Leandro fué quien más llevó en la sangre estos bellos ardores de
patriotismo y libertad. Venido al mundo en México y en la calle de San
Agustín núm. 2, el 27 de Febrero de 1833, su padre le inculcó las ideas
que tejen el indisoluble lazo entre el ciudadano y la tierra en que se
nace. Recibió su instrucción primaria en una escuela de Jonacatepec, E.
de Morelos, que dirigía don Francisco Saldaña, un santo profesor que
cuidaba mucho de tener irreprochable conducta para no aparecer modesto
con hipocresía. Muy joven, á los once años cumplidos, entraba en el
Colegio Militar, carrera por la que sentía, más que curiosidad de niño,
decidida vocación.

Era precisamente el año 1844, cuando Santa-Anna declaró su odio de
muerte al Congreso porque le había negado facultades para imponer nuevas
contribuciones y entraba de paso en la Presidencia el íntegro don José
Joaquín de Herrera. Los ánimos estaban en efervescencia y la dictadura
hacía sentir su peso de plomo sobre todo el país. Empezó estudiando con
gran provecho la táctica de infantería y obtuvo el premio en el examen
de fin de año.

Al siguiente, era sargento segundo, conforme al reglamento del Colegio,
y la aprobación del consejo de profesores. Aprendió concienzudamente la
táctica de caballería, Matemáticas elementales y las otras materias
anexas al curso. Ahí también obtuvo el primer premio.

Intima amistad le unía á Osollo y Miramón, implacables enemigos de los
liberales. Cuentan que en el Colegio, Miramón y Valle solían saludarse
así:

--Mi General--hablaba Miramón con la mano derecha llevada al kepí y
cuadrándose marcialmente.

--Ordene Su Alteza--decía Valle.

Y la broma juvenil tuvo que ser realidad hasta cierto punto: Leandro
llegó á ser general, y Miramón Presidente de la República, todavía muy
jóvenes.

El 20 de Enero de 1847 ascendió á subteniente por especial empeño de don
Valentín Gómez Farías. Este fué el paso que resolvió el porvenir de
Valle.

Desde entonces demostró de continuo el valor y la serenidad tan
peculiares en los trances más difíciles de su vida militar. El 27 de
Febrero, ese día que los 3,300 mentados Polkos se pronunciaron al grito
de ¡muera Gómez Furias! y ¡mueran los puros! Valle defendía el punto de
Santa Clarita y por sostener á don Valentín, se batía cuerpo á cuerpo
con los rebeldes, teniendo presente que el Gobierno establecido cuidaba
con sus cinco sentidos de hacer frente á los Estados Unidos. Agobiado
México por los odios de política y de creencia y por la irrupción de los
bárbaros del Norte, casi enseñoreados del país por estar á punto de
ocupar las principales ciudades, Valle se puso á las órdenes del general
don Juan Alvarez, templado más su denuedo por el peligro en que pasaba
la patria; y transcurrido algún tiempo, á las de don Antonio Banuet.
Cuando este su querido jefe fué herido por el invasor extranjero, le
llevó solícitamente á su hogar y le puso con filial cariño en los brazos
de sus ancianos padres, en tanto él seguía batiendo al enemigo en el
Puente Colorado.

Las revueltas tan obstinadas por aquella luctuosa época le impelían en
fuerza de la índole de su carrera á entrar y salir con frecuencia del
Colegio.

En 1850, á la vez que estudiaba Física y Mecánica, consagraba sus ocios
á la literatura sin dejar por esto de ser uno de los alumnos más
aprovechados: obtuvo como en los anteriores exámenes, el primer premio.
Tan grandes esperanzas el Gobierno cifró en él, que tuvo el propósito
de enviarle á París para que sellara su tan brillante carrera con
mayores conocimientos teóricos en la ciencia de la guerra y más extensa
práctica. La pobreza de sus padres causó en parte el fracaso de aquel
viaje que fué para él un sueño dorado.

Dado su afecto por la poesía y su fama de inteligente, que resonaba
entre sus condiscípulos y profesores, el 15 de Septiembre de 1851, en la
celebración de la Independencia, recitó en el Teatro Nacional una
composición que le valió estrepitosos aplausos por el ardor con que fué
declamada y algunos atrevidos pensamientos que contenía. Por ejemplo,
habla de los guerreros:

     «Con denuedo marcharon á la guerra,
    La paz de sus hogares despreciaron,
    Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,
    Pero al sepulcro con honor bajaron.
    ¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo late
    Mi ardiente corazón! ¡cómo se agita!
    Al recordar los triunfos, el combate,
    El pecho militar siempre palpita.
   --Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,
    ¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!
    Trocara mi existir por vuestra fama,
    Por dejar una página en la historia.»

El mérito es intrínseco y está en que todo lo expresa sinceramente, y
más, en que realizó la promesa al pie de la letra: siempre patriota,
valiente y sin abrigar un solo pensamiento impuro.

Siendo teniente de Ingenieros, el 29 de Marzo de 1853, le nombraron
ayudante del Batallón de Zapadores; entonces este Cuerpo del Ejército
era de lo más escogido entre la milicia, porque los que le formaban no
tenían tacha en su comportamiento, valor y disciplina. Nunca antes ni
después Batallón alguno de la República, no olvidando el de Supremos
Poderes que intentó ser su remedo, tuvo más instruída y decente
oficialidad.

El dictador Santa-Anna, á quien caía en gracia el joven militar por su
apostura, su saber en la ingeniería, su conducta y su valentía, le
ascendió el 1.º de Junio del mismo año á Capitán 2.º de la cuarta
compañía de Zapadores.

Apoyado por sus méritos, cada día más grandes, subía á pasos de gigante
el escalafón, sin dar los saltos que ahora se acostumbra, y con el
previo bautizo de sangre en el campo de batalla recibido de las balas
enemigas por una causa justa y patriótica. Jamás movió una influencia,
de las muchas que tenía, para ascender: los grados venían á sorprenderle
y no iba á buscarlos en las antesalas de los omnipotentes en política.

Un general, antes furibundo reaccionario y hoy republicano, le
aconsejaba hablando de grados:

--Leandro, aproveche Ud. sus buenas amistades de arriba.

--Los medios para ascender los tenemos en nuestras manos--respondía.

Esto da la clave del por qué los conservadores eran después
imperialistas y ahora casi todos estos _fieles y abnegados_ se han hecho
del partido liberal.

En Puebla apresaron á don Rómulo por haber aparecido en público como
liberal exaltado y amigo exigente de la rectitud en los actos
gubernativos. Leandro al llegar á la ciudad y tener conocimiento del
suceso, pidió indignado su baja al Gobernador y Comandante Militar del
Estado.

--No me es posible servir á un Gobierno que no respeta al autor de mis
días--manifestaba dando por fundamento de su solicitud.

El general don Juan Alvarez, satisfecho de los grandes servicios de don
Rómulo durante la revolución del Plan de Ayutla, quiso que Leandro fuese
Agregado á la Legación de México en los Estados Unidos; pero don Ignacio
Comonfort, por causas muy ajenas á su voluntad, no pudo llevar á efecto
el buen deseo de su respetable antecesor; en cambio, á poco tiempo, le
envió á París para compensarle algún tanto la eficaz ayuda que como
ingeniero prestó en el sitio de Puebla el año 56.

Tan enemigo era de los títulos de nobleza, que en circunstancias serias
se burlaba de ellos. Asistió á un gran baile en las Tullerías con el
Ministro de México don Francisco Modesto de Olaguíbel y se hizo anunciar
de los heraldos como Conde del Nopalito.

El joven militar quedó satisfecho de tan deseado viaje, visitando
algunas de las principales ciudades de Europa; la falta de recursos le
cerró las puertas del colegio y ya no hizo más estudios, como fué su
propósito. A fines de 1857 pisaba de nuevo el suelo patrio y obtenía del
mismo Comonfort el grado de Capitán 1.º de la primera compañía del
Batallón de Zapadores.

En la defección de Comonfort hizo esfuerzos por rebelar á los Zapadores
en Santo Domingo y por ello tuvo un serio disgusto con el jefe de la
reacción, al menos así aparecía, el general José de la Parra.

Perdida la capital de la República, el 24 de Enero de 1858, de la noche
á la mañana, salieron en diligencia su padre y él rumbo á Salamanca,
donde se encontraba Doblado.

La víspera de su partida, para tomar parte en la guerra de Reforma,
comió y tuvo una larga entrevista con el general Miguel Miramón en el
restaurant de La Estrella, en la calle del Refugio, frente al portal de
Agustinos, y trataron de sobornarse el uno al otro: Miramón ofrecía todo
un porvenir á Valle, y éste, otro no menos lisonjero á aquél; pero
ninguno cedió: cada quien tomó senda opuesta, sin perder nada esa
fraternal amistad.

Miramón ya le debía la vida: se la había salvado en Puebla.

En Salamanca, á principios de Marzo, Iniestra y Leandro del Valle
formaban parte del Estado Mayor de aquel general.

Cuenta el señor J. Martínez que la víspera de la batalla, en la que más
que perdieron, se dispersaron sus tropas, aconteció una escena curiosa.
Valle tuvo un disgusto con el español Bravo, y éste, inquieto por el
juicio que aquél se había formado de su persona, le dijo:

--¿Usted ha dicho que desconfía de mí?

--Sí, señor, lo he dicho, respondió Valle.

--Podría pedir á usted una satisfacción; pero esto sería indigno entre
dos jefes liberales; mañana, al frente del enemigo, el que menos avance
merecerá la duda.

--Corriente.

--Convenido.

--Déme usted la mano.

Y la promesa quedó pactada.

La prueba fué decisiva, más que en Salamanca, en la carga de Calderón:
Bravo hizo prodigios de valor. Leandro reunió á sus amigos y dijo á su
rival:

--Señor coronel, le pido á usted perdón; yo no había sabido juzgar á
usted.

A Bravo se le ahogó la voz en la garganta y no pudo más que llorar.

Este fué el origen de la inquebrantable amistad de los dos jóvenes
militares.

El premio de su bizarría al resistir las fuerzas de la legalidad al
mando de Doblado, á los tacubayistas de Osollo, y de igual
comportamiento al querer Landa en Santa Ana Acatlán aprehender á don
Benito Juárez y su Gabinete, fué ser ascendido á teniente coronel de
Ingenieros.

Cuando Juárez y su Gobierno, pasado el inminente peligro que corrieron
en Guadalajara, partieron rumbo á Colima para embarcarse en Manzanillo,
dar vuelta por el Istmo de Panamá y salir á Veracruz, Valle estaba á las
órdenes de Santos Degollado; entonces don Rómulo, con el grado de
general, era el comandante militar de Colima por nombramiento que hizo
el popular Degollado.

Durante los cortos días de estancia ahí, mientras se rehacían y proveían
de armamento y municiones las tropas liberales para volver á emprender
la campaña en el centro de Jalisco, Leandro se dedicaba con ahinco, que
parecía rayar en delirio, en ejercitar á los soldados que estaban bajo
su inmediato mando. Su ideal era que reinase entre todos ellos la
instrucción y la subordinación y que pudiesen arrostrar en cualquier
tiempo el peligro. Les predicaba siempre: «Ante el enemigo nunca contéis
el número.»

La acción de Cuevitas le dió nombradía entre los que por envidia
pretendían rivalizar con él. Su valentía y arrojo llegó á ser
proverbial.

En el sitio que las fuerzas liberales pusieron á Guadalajara, en el mes
de Octubre, él fué quien dió el primer paso para alcanzar la victoria. A
iniciativa del general Refugio I. González y con asentimiento tácito de
don Benito Gómez Farías, practicaron una mina de pólvora en el bastión
de la calle de la Merced y se introdujeron por las casas de la manzana
hasta el lugar elegido; estaban vacilantes porque creían arruinar las
fincas contiguas y principalmente la en que iba á hacerse la mina, que
pertenecía á la señora Ornelas de Díaz, quien profesaba hasta el
fanatismo los principios liberales y tenía por santos de su devoción á
Juárez, Degollado y Ocampo. Durante las perplejidades, para no
perjudicarla en lo más mínimo, Leandro del Valle la hacía reflexionar:

--Señora, se va á caer su casa.

--No le hace; no importa.

--Pierde usted todo.

--Pero gana el partido puro.

La mina voló parte del bastión y cuarteó la casa de la patriota, pero no
sin fruto. Una tarde, aprovechando la lista de seis, Refugio I.
González, el coronel Bravo y Valle con los Mosqueteros, entraron los
primeros por la brecha y comenzaron en silencio, con audacia
verdaderamente temeraria, á hacerse de las posiciones del enemigo.
Bravo, compitiendo en arrojo con Valle, subió á la azotea del Palacio de
Gobierno, quitó del asta la bandera de la reacción que flotaba é izó su
blusa roja que llevaba puesta.

Entonces Valle habló así á sus soldados:

«Esta plaza inexpugnable para esos ejércitos asalariados que sirven de
ciego instrumento al gobierno que los paga, ha caído ante vosotros,
soldados de discernimiento y de convicción, para quienes la pérdida de
la vida importa poco con tal que triunfe la causa á que habéis
consagrado vuestros esfuerzos, y que no aspiráis á otra recompensa que
al placer de haber hecho la felicidad de la patria y á un recuerdo
honorífico de la posteridad. Hay entre vosotros algunos más admirables
todavía, que sin esperar que la historia registre sus nombres, se
inmolan sin embargo gustosos en el altar de esa divinidad misteriosa que
ha hecho de los sacrificios humanos la condición indispensable de los
mejoramientos sociales. ¡Mártires anónimos, que fecundáis con vuestra
sangre el árbol de la libertad, para que otros recojan los frutos, sin
pedir salario ni gloria especial para vosotros, mi corazón se llena de
ternura y de veneración al contemplar tanto patriotismo y tanta
abnegación! Vosotros sois los verdaderamente _grandes_ y los
verdaderamente _heroicos_!»

Por esta acción, don Santos Degollado ascendió á Valle, sin perder su
empleo de teniente coronel de ingenieros, á coronel efectivo de
infantería.

Desde 1858 hasta el desconocimiento de don Santos Degollado, Leandro
estuvo compartiendo con él los pocos triunfos y las muchas derrotas,
acompañándole á Michoacán y siguiendo abnegado y perseverante la misma
suerte que él, á quien debía su carrera y respetaba como á su padre.

Teniendo en cuenta los servicios que prestó en el valle de México, se le
dió el grado de general de brigada.

En la Coronilla derrotó á Vélez y le quitó los pertrechos de guerra, y
con la desventaja de que Leandro del Valle iba á la cabeza de restos de
tropa mal organizada y sin instrucción.

Al ser herido el general Uraga en el ataque de Guadalajara, á mediados
de 1860, la presencia de ánimo y el respeto que imponía Valle, hicieron
que los soldados recuperasen la moral ante el gran peligro que los
amenazaba.

El fué el que tuvo el mando de una de las brigadas que defendían el
puente de Tololotlán, cuando las fuerzas reaccionarias emprendieron la
retirada, después de un fuego nutrido de cañón que rompieron sobre los
liberales.

El 20 de Octubre de 1860, el coronel Toro le reemplazaba en el mando de
la primera brigada de la división de Jalisco y era nombrado
cuartel-maestre. Estaba en el sitio de Guadalajara. Días antes, el 29 de
Septiembre, en junta de generales, había reprobado la conducta de don
Santos Degollado, quien envió á González Ortega copia de la carta de
Mathew y las proposiciones de pacificación que le hizo. Fué uno de los
que firmaron la respuesta vehemente á la comunicación del general en
jefe del ejército federal.

Conociendo Zaragoza su pericia militar, le ordenó, el 26 de Octubre, el
desarrollo de un plan de ataque sobre la plaza. Llevado á la práctica,
el 29, en uno de tantos combates, parte del enemigo hizo el simulacro de
suspender el fuego graneado y pasarse: pero apenas estuvo á quemarropa
de los soldados de Valle, rompió de nuevo el fuego y éste pudo salvar
arrojándose á un foso. Se encontraba en el punto de más peligro con
Zaragoza en los instantes en que las fuerzas de la legalidad se
apoderaban á bayoneta calada del resto de Santo Domingo. Al pedir
parlamento el general Severo del Castillo, fueron los representantes de
Zaragoza, Doblado y Leandro del Valle, quienes en la entrevista
rechazaron indignados los puntos de política del país que les tocaron.
Las bases acordadas, y que conservaron intacta la dignidad del ejército,
fueron firmadas por Zaragoza, Doblado y Valle. No habiéndolas cumplido
el enemigo, Valle dirigió desde Zapotlanejo, donde estaba con la
división de Jalisco, y algún botín de guerra, un comunicado á Doblado en
el que se leía: «Supuesto que Castillo ha roto los convenios, debe ser
batido dentro de la plaza ú obligado por la fuerza á salir de ella, á
menos que no se rinda con la fuerza que lo obedece.» Castillo huyó de
Guadalajara rumbo á Tepic y Zaragoza dispuso que Valle le persiguiese.
Este logró dispersarle buen número de sus soldados.

En marcha el ejército para la capital de la República, iba con el
general en jefe y le acompañaba á Guanajuato, Celaya, San Juan del Río,
la Soledad y Arroyozarco. Aquí reunidos los ejércitos del Norte, Centro
y Oriente, aceptaron la batalla en las lomas de San Miguel de
Calpulalpan, que Miramón y Márquez les presentaron el 22 de Diciembre.
El general Jesús González Ortega, á la cabeza de las divisiones de
Zacatecas y unido á Valle, cogieron á paso veloz la retaguardia al
enemigo, que se batía ya con Zaragoza, Lamadrid, Antillón, Toro y
Blanco, y obtuvieron el triunfo definitivo que hizo volver los Poderes
á la Capital. Antes de entrar el ejército en ésta, su amigo de infancia
y compañero de colegio, Miramón, le escribía la siguiente carta:
«Querido Leandro: No sería difícil que Concha necesitase de alguna
persona de influjo del partido triunfante, y prefiero dirigirme á tí que
á alguno de sus parientes, á fin de que hagas por ella, en nombre de
nuestra antigua amistad, lo que en igual caso haría yo por tu familia.
Disfruta de felicidades y manda á tu amigo.--MIGUEL MIRAMÓN, Diciembre
24 de 1860.--Señor general don Leandro del Valle.»

Repuesto el gobierno de la legalidad, tuvo el mando de las armas en el
Distrito y seguidamente ocupó su asiento en el Congreso, como diputado
por Jalisco. Las más de las sesiones tomaba parte en los debates. Fué de
los de la iniciativa, á la muerte de Ocampo, para que se pusieran fuera
de la ley á sus asesinos, desde Zuloaga y Márquez hasta Cobos. El 7 de
Junio de 1861 pronunciaba estas textuales palabras en plena Cámara:
«Hemos votado la suspensión de garantías los liberales rojos, á quienes
no puede atribuirse odio á la libertad y á la Constitución, que hemos
defendido con las armas en la mano.»

El día 1.º había dicho ya: «En nuestras masas hay poco espíritu público
y pocas ideas.»

Y el día que México supo el asesinato de Ocampo, tuvo que ser un héroe
para apaciguar al pueblo amotinado á las puertas de la prisión, que
pretendía matar á Isidro Díaz y Casanova.


II

Iniciando en el Congreso la supresión de los tratamientos oficiales,
supo la muerte de Santos Degollado, y ciego de ira, dejó escapar una
palabra dura contra aquél, que originó con el general Nicolás Medina,
serio altercado, que debía terminar en duelo.

--Estas charreteras me las he puesto á cañonazos--dijo exaltado Valle
palmeándose los hombros.

Y quiso ser el de la revancha.

Una mañana, ¿quién de aquella época preñada de odios, no la recuerda?
Leandro Valle, montando en San Pedro (un brioso caballo alazán tostado),
vestido de gris, luciendo la militar botonadura dorada, fieltro negro,
botas federicas, el pelo al rape, barbirraro en la punta de la barba,
radiante de gloria y muy joven aún, salía de la casa número 4 del Tercer
Orden de San Agustín, para marchar á la cabeza de las fuerzas que el
Gobierno creía suficientes para exterminar las reaccionarias de Márquez
y Zuloaga, que, después de asesinar á Ocampo en Caltengo, invadían ahora
el Estado de México. A la vez, el coronel Tomás O’Horán venía de Toluca
para operar de acuerdo sobre el enemigo, en el Monte de las Cruces. El
general José María Arteaga iba por otro lado, al mismo punto.

Turbado por tristes presentimientos, Valle se había despedido de la que
pronto sería su esposa, la señora Luisa Jáuregui de Cipriani,
prometiéndole la victoria. De paso en la calle real de Tacubaya, dió
también el adiós á doña Ignacia.

--Tal vez no nos veamos más. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre
mía!--exclamó, echándole los brazos, mientras ella, creyente fervorosa,
le colgaba al cuello un relicario de la Virgen de los Remedios.

--No, no quiero; dirán que una cosa creo y otra predico.

--Mira, Leandro, hazlo por mí.

La noche del 22, Márquez y Zuloaga tuvieron noticia en Acapulco, de que
O’Horán, de Toluca, y Valle, de México, salían á combatirles, y
dispusieron marchar la madrugada del 23, para darles encuentro en el
Monte de las Cruces. A las diez y media de la mañana, las avanzadas de
caballería de los coroneles Almancia y Juan Silva tiroteaban á las de
Valle en la Maroma. Luego Márquez ordenó la carga y se empeñó sangrienta
batalla bajo fuego nutrido, hasta cerca de la una de la tarde, en que
Valle, en una loma, ya sitiado, y á la desbandada y muerta parte de su
tropa, formó cuadro. Debilitado el flanco izquierdo de los Batallones de
Moctezuma y segundo de Zacatecas, hizo en triángulo resistencia, y en
zig-zag, para luchar á bayoneta calada. Al ver la irremediable, montó en
San Pedro y rompió el sitio. Un piquete de la caballería le persiguió á
escape y el hizo prisionero en Santa Fe. Desgarraba el cielo nublado uno
que otro tiro de los dispersos en la espesura del monte, cuando Lindoro
Cajiga y el coronel Jiménez Mendizábal aparecieron en el campo de la
guerra, conduciendo en medio á Leandro Valle. Se aproximaba fumando un
puro, con asombrosa tranquilidad, rodeado de una turba furiosa que le
befaba, gritando: ¡Muera el pelón! ¡mátenlo! ¡mátenlo! Avisaron á
Márquez, que se encontraba con su estado mayor y Zuloaga en una
explanada, que habían cogido prisionero á Valle.

--Supongo que á éste sí lo fusilaremos--dijo Márquez á Zuloaga.

--A éste sí, porque lo hemos cogido con las armas en la mano--afirmó
Zuloaga[14].

He aquí la orden de fusilamiento:

«Ejercito Nacional.--General en Jefe.--Leonardo Márquez, General en Jefe
de este Ejército, ordeno que el Capitán de Ingenieros que pertenece á mi
Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga[15], se encargará de pasar por las
armas al traidor á la Patria don Leandro del Valle, el cual será
fusilado por las espaldas, para lo cual se le dejará media hora para que
se disponga, y después de haberle fusilado, que se le ponga en un paraje
público para escarmiento de los traidores, para lo cual pedirá en el
escuadrón de Exploradores Valle, doce hombres, al Comandante de
Escuadrón D. Francisco Aldama.

«Por lo tanto, mando que le comunique esta orden á dicho capitán. Dios y
orden. Cuartel general de Salazar. Junio 23 de 1861.--L. Márquez.--Al
capitán de Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga.»

Lindoro Cajiga y Jiménez Mendizábal cargaron á la derecha del camino con
el prisionero, y en un claro de monte hicieron alto. Y empezaron los
preparativos del fusilamiento. Ordenaron á Valle que se apeara de San
Pedro, porque lo iban á pasar por las armas. Permaneció de pie, cerca de
un tronco de árbol. Una escolta de infantería esperaba la voz de mando.
Al aparecer el capitán que debía ejecutarlo, Valle, desabrigándose, dijo
al P. Bandera, capellán del ejército reaccionario:

--Padre, le regalo á usted mi capa.

Sus botas federicas se las dió al coronel Ismael Piña.

En este instante, Miguel Negrete se presentó á caballo.

--Señor general, yo soy el general Negrete, por cuya cabeza ha ofrecido
usted mil pesos; hoy no quiero más que darle un abrazo.

--Con mucho gusto.

Se apeó Negrete y abrazó á Valle, y éste le regaló su reloj, diciéndole
que como un recuerdo.

Otra voz salió del grupo, la del coronel Agustín Díaz.

--Un antiguo compañero de usted, de colegio, desea tener esa misma
satisfacción.

Valle le abrió los brazos.

--Deseo escribir á mi familia--suplicó al capitán.

Y en un plieguito de papel, escribió con lápiz esta carta:

«En el Monte de las Cruces, Junio 23 de 1861.--Padre y madre queridos;
hermanos todos: Voy á morir, porque esta es la suerte de la guerra, y
no se hace conmigo más que lo que yo hubiera hecho en igual caso; por
manera, que nada de odios, pues no es sino en justa revancha. He
cumplido siempre con mi deber; hermanos chicos, cumplan ustedes, y que
nuestro nombre sea honrado, como el que yo he sabido conservar hasta
ahora.

«Padre y madre: A...... esa carta, á mí, un eterno recuerdo. También de
tí me acuerdo, Agus[16], tú has sido mi madre también.

«A mis hermanos y amigos, adiós.»

Reinaba el silencio del respeto que produce el heroísmo.

Así que terminó, el P. Bandera le dijo:

--Confiésese usted.

--No, no me confieso.

El capellán insistió, acercándosele, cubriéndole con su manteo
(comenzaba á gotear) y hablándole al oído para convencerle.

--Estamos perdiendo el tiempo, padre; ustedes tienen que hacer.

Valle se descolgó un «bejuco» de oro y el relicario que su madre le
había puesto, y dijo á uno de tantos:

--Le suplico que entregue usted á la señora Ignacia Martínez, este
bejuco y este relicario, que no es muy milagroso.

Sacó de sus bolsillos el dinero que tenía y lo puso en manos del
capitán para que lo repartiera entre los soldados que lo iban á fusilar.

Como viera que le apuntaban por las espaldas, manifestó indignado:

--Por qué me han de fusilar por detrás, si no soy traidor.

Supo que la orden era terminante, y entonces dió las espaldas al
pelotón, diciendo:

--Lo mismo da morir por delante que por detrás.

Le miraban los ojos de los fusiles, cuando volvió la cara y advirtió á
uno de los soldados que se le había caído la cápsula, de su fusil.

Efectivamente, así había sucedido.

Terminada la ejecución, Márquez mandó colgar el cadáver en un árbol.
Ratificaba la promesa hecha en Tacubaya, el inolvidable 11 de Abril:
«Estos jóvenes de valor y de talento son los que necesitamos hacer
desaparecer.»

Una bonita acción: Luis Alvarez, ayudante de Leandro Valle, se salvó
porque á su padre, don Melchor Alvarez, debía toda su educación Márquez.

Sabidas las noticias del desastre en México, el general Felipe
Berriozábal, dispuso en Toluca que el coronel Tomás O’Horán, al mando de
un piquete de tropa, fuera á buscar el cadáver de Leandro Valle.
Pendiente de un árbol del camino estaba con este letrero á los pies:
«JEFE DEL COMITÉ DE SALUD PÚBLICA,» y cerca, en la misma postura, el
cadáver de su ayudante Aquiles Collín[17]. Bajo éste, un perrito que le
acompañó siempre en campaña, rascaba la tierra y aullaba con la mirada
fija en los restos de su amo. El perrito fué á parar en poder de la
señora Isabel Ochoa, esposa del general Berriozábal, que vivía en
Toluca. A los cinco días desapareció, y mandado buscar, lo hallaron en
el Monte de las Cruces, debajo del árbol en que suspendieron á Collín:
aullaba, rascaba la tierra y miraba lastimosamente arriba. Llevado de
nuevo á la familia, huyó á los pocos días; pero esta vez fué hallado
muerto bajo el mismo árbol en que había estado pendiente el cadáver.

Collín ofrendó su vida á la lealtad: había escapado, pero al saber que
Leandro Valle había caído prisionero, regresó al campo del combate.

--Quién es ése?--dicen que preguntó Márquez.

Collín, acercándose, contestó:

--Soy Aquiles Collín, ayudante del general Leandro Valle; supe que mi
jefe había caído prisionero, y vengo á correr la misma suerte que él.

--Fusílenlo--dijo Márquez á los suyos.

El día 28 supo la señora Ignacia Martínez que el cadáver de su hijo
llegaría á Mulitas, y salió á su encuentro.--«Yo estaba loca de
dolor--me contaba. Lo ví venir en hombros de unos indios y escoltado por
unos de á caballo. Subí á un coche y le seguí. En la garita de Belem
cedieron á mis ruegos Alcalde y el «Huero» Medina para que me dejaran
verlo, diciéndome:--«Pero sólo lo va usted á ver, nada más á ver.»
Destaparon la caja, ¡ah! estaba hasta en paños menores.»

Esta venerable anciana, que contaba de edad ochenta años y recibía del
Gobierno cien pesos mensuales de pensión, me decía en 1893:

--«Ahí, en ese armario, tengo la camisa ensangrentada que traía Leandro;
pero hace treinta y dos años que no la veo; no quiero verla. Y ya él
presentía su fin. Me contaron que cuando llegó al Monte de las Cruces,
dijo:--«Me huele aquí á muerte»[18].

_Angel Pola._



JOSE MARIA ARTEAGA

1827-1865


Llena toda la época del Imperio con su recuerdo, y el de su fin trágico
aun hincha de odio y venganza el corazón de los mexicanos.

Sus biógrafos no han hecho más que encabezar editoriales con su ilustre
nombre, considerando muy á la ligera la Intervención y el Imperio, sin
referir absolutamente nada de su nacimiento, su niñez, su educación y su
entrada en el ejército. Los bien informados escriben que fué general,
gobernador y que murió pasado por las armas, dándole Aguascalientes por
pueblo natal, y nada más. Uno hay, para colmo es el que le da por tener
autoridad de biógrafo, que ha desempolvado gacetillas y entrefilets, y
todo esto así remendado lo intitula biografía del general José María
Arteaga, en un libraco cuyo enorme volumen está en relación directa de
la inexactitud y la carencia de datos.

El general José María Arteaga no nació en Aguascalientes, como aseguran
los historiadores, sino en México, el 7 de Agosto de 1827. Sus padres
fueron don Manuel Arteaga, militar humilde, á quien le picaban mucho los
puntos de honra, y doña Apolonia Magallanes, toda una señora entregada
al trabajo y cuidado de sus hijos. Don Manuel se retiró á la ciudad de
Aguascalientes y abrió una tienda de comercio al por menor, para poder
pasar la vida. Hasta 1836, José María, que era el primogénito, no tuvo
otro mundo que la tienda y la escuela del señor Ignacio Islas, «hombre
sabio y honrado que le infundió buenas máximas y buena educación.»
Entonces el gobierno dispuso que don Manuel partiese á San Luis Potosí á
prestar sus servicios como militar. Al año falleció y la familia tuvo
que regresar.

Desamparada y pobre, cifró sus esperanzas en José María, ya de edad de
diez años, que quiso aprender el oficio de sastre en el taller de don
Pedro Magallanes, hermano de su madre. Más tarde pasó á ser dependiente
de la tienda de comercio del señor José Rangel. El año de 1848, al
pronunciarse en Aguascalientes contra los tratados de Guadalupe el
general Mariano Paredes, el licenciado Manuel Doblado y el presbítero
Celedonio Domeco de Jarauta, Arteaga brincó el mostrador y formó en las
filas de la Guardia Nacional, de ayudante abanderado. Su madre se
opuso, intentó volverle á la tienda, movió influencias para que
desistiera: todo fué infructuoso; no pudo variar la determinación de su
hijo. Las tropas marcharon á Guanajuato, tomaron la plaza y al cabo de
mes y tres días fueron derrotadas por las del gobierno que mandaban los
generales Anastasio Bustamante y Manuel María Lombardini. Los vencidos
habían dado pruebas de valor y hasta de arrojo. Arteaga dejó la bandera
depositada en una iglesia y regresó disperso al hogar, donde lloraba
desesperada la autora de sus días.

Deseando una vida tranquila, abre su taller de sastre y se pone á
trabajar como hombre formal á quien le inquieta el porvenir. Corridos
pocos meses, se une en matrimonio con la señora Jesús Ortiz, y el hijo
que tienen, que hacía la felicidad de los esposos, fallece al levantar
la bandera santanista en Guadalajara, en 1852, el general José López
Uraga. Arteaga cierra el taller, ceba á un lado la aguja, el dedal y las
tijeras, y sin decir nada á su familia, vuelve á tomar las armas y se
hace soldado del llamado ejército regenerador. Se porta tan bien y tal
es su temeridad en una de tantas batallas, defendiendo un fortín, que,
luego de suspendidos los fuegos, Uraga le dice:--«Usted es más digno de
mi espada que yo.» Y la puso en sus manos, como un regalo por su valor.
El sastre era capitán y había pasado por los grados de subteniente y
teniente. Se proclama el plan de Ayutla en el Estado de Guerrero, y
Arteaga, hecho comandante el 14 de Marzo de 1854, forma parte de la
brigada del general Félix Zuloaga, á quien manda hacia el Sur el
Gobierno para volver al orden á los sublevados. Y Arteaga asiste á las
jornadas de Ajuchitlán, Coyuca, Alto de la Tijera y al sitio de Nusco.

Verdaderamente profesaba las mismas ideas liberales avanzadas que los
que proclamaban el plan de Ayutla; pero sus deberes militares, que era
tan escrupuloso en cumplirlos, le retenían al lado de Santa-Anna, sin
que por esto dejara de pensar en la ocasión propicia para tomar el lugar
que le correspondía en el partido republicano. A los santanistas,
después de treinta y siete días de sitio en Nusco, los rindió la
desnudez, el hambre y la incuria del Gobierno, entregándose á las tropas
del general Juan Alvarez, previo unánime asentimiento á la determinación
tomada en consejo de guerra, de obedecer al gobierno que emanase del
plan proclamado.

Don Ignacio Comonfort agobió de atenciones á Arteaga y le profesó cariño
de hijo, porque era intachable su comportamiento militar. Arteaga anduvo
con el coronel José G. Cosío, teniente coronel Luciano Valdespino y los
comandantes Prisciliano Flores y Juan José de Aranda, todos defendiendo
el plan de Ayutla. En la expedición que á Michoacán hizo Comonfort,
casi llevó de mentor al humilde Arteaga, en quien depositaba plena
confianza, porque le constaba su fidelidad y valentía.

Luego que fué teniente coronel, en Mayo de 1855, se hizo cargo de la
Mayoría General de la División de Operaciones, librando reñidas batallas
en Jalisco y distinguiéndose en el asalto y toma de Zapotlán. En marcha
para Colima las fuerzas de Comonfort, ascendió á coronel del 3er. Ligero
y regresó á Guadalajara, avanzando hacia México con el general Juan
Alvarez. Al sublevarse Puebla el año de 1856, unido al Presidente de la
República, hizo la campaña y levantó más su renombre de valiente en la
jornada de Ocotlán y los asaltos á la ciudad de los Angeles. Amigo de
Ocampo, Lerdo de Tejada y Degollado, se carteaba con éllos para saber la
situación que guardaba el resto del país, porque escribía que la vida de
la República era su vida.

Su buen humor de muchacho de escuela no se le amenguaba con los
sufrimientos en la derrota, ni en los peligros; y ardía de cólera cuando
decaía su fe en el triunfo de las ideas liberales. Derrocado Santa-Anna,
partió para Aguascalientes á visitar á la autora de sus días, y le
manifestó:--Aquí me tienes, ya ves dije que confiaras, que triunfaríamos
y que te estrecharía en mis brazos,--¡Sí, hijo mío, sí! Dios ha querido
que nos veamos; pero sólo Él sabe con cuántas lágrimas se lo he pedido.
Mira: mejor te quiero ver de sastre, que no de soldado.

De vuelta de Puebla, habiendo capitulado la ciudad, lucía la banda de
general de brigada. Y pasó á Comandante Militar de Querétaro, en 1857,
siendo el primer Gobernador constitucional del Estado. Mil dificultades
le salieron al encuentro para cubrir los egresos. Cierta ocasión,
apremiado por la escasez de recursos, empeñó sus armas á fin de poder
pagar á los empleados que carecían de lo más indispensable. Don Luis M.
Rivera habla de su gobierno en estos términos: «Durante su permanencia
en la Comandancia y en el Gobierno se distinguió multitud de ocasiones
no sólo en el terreno de las armas, sino también dictando muchas medidas
sabias y prudentes en bien del Estado: fundó varias escuelas públicas,
arregló los archivos y estableció una biblioteca; todo lo cual fué
totalmente destruído el memorable día 2 de Noviembre de 1857 en que las
hordas semisalvajes de la Sierra, acaudilladas por don Tomás Mejía,
asaltaron esta ciudad bizarramente defendida por el mismo señor Arteaga
y el general don Longinos Rivera, quedando ambos heridos con la mayor
parte de sus compañeros de armas.»

Fué tan firme en sus principios, que era capaz por éllos de sacrificar
cualquiera amistad y hasta su familia. Quería á don Ignacio Comonfort
como á su padre y para con él tenía tales motivos de agradecimiento, que
nada podía negarle sin cometer una ingratitud; pues bien: acaeció el
golpe de Estado, y Arteaga, el predilecto del Presidente de la
República, se indignó contra su autor; y aun se burlaba del mentado
golpe, en carta particular á Comonfort, así: «¡Muy bien, muy bien!
¿Conque usted se ha pronunciado contra sí mismo? Ya me parece verlo
revestido con su manto de Nuestra Señora de Guadalupe.» Y á su buena
madre se anticipaba á manifestarle, para que no lo tachase de ingrato:
«Todo se lo debo á don Nacho, hasta el dulce nombre de hijo; pero no
retrocederé: soy liberal y defiendo la Constitución.» Entonces formó
parte del ejército de la Coalición, organizado por los gobernadores de
Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Jalisco y Veracruz. El 9 de Marzo de
1858 triunfaron Miramón y Osollo en Salamanca, y Arteaga vagó por
Acapulco, á pesar de las ofertas repetidas de altos empleos y de fuertes
sumas de dinero que le hizo Miramón. Incorporado á las tropas juaristas,
fué defensor de la Constitución en Jalisco, Michoacán y Querétaro, y
siempre el primero en las batallas.

Decidido el triunfo del partido liberal en Calpulalpan, tomó nuevamente
las riendas del gobierno de Querétaro. Se adelantó ante el enemigo
extranjero á la cabeza de soldados que le seguían por el patriotismo que
ardía en sus pechos. A la vez quería vengar los asesinatos de Ocampo,
Degollado y Valle. Y marchó á Veracruz. Al general Ignacio Zaragoza
había ofrecido un simulacro á orillas de Orizaba, antes de partir para
Acultzingo. Satisfecho del resultado, comenzó su derrotero en defensa de
la patria contra las fuerzas intervencionistas. Era un hermoso día de
Abril de 1862, entre once y doce de la mañana, cuando el enemigo se
presentó al pie del cerro, frente á las fuerzas republicanas que estaban
en las primeras cumbres. Como pretendiera avanzar, le salió al encuentro
Arteaga, á la cabeza de sus soldados. En medio del tiroteo, el enemigo
simuló una retirada y los cazadores de Vincennes se dispersaron, ganando
la cuesta.

Visto esto por las fuerzas mexicanas, el fuego continuó y con más ímpetu
por los cazadores que consiguieron herir á Arteaga en la pierna
izquierda, abajo de la choquezuela, horadando la bala el peroné y la
tibia. Fué conducido en el caballo del capellán Miguel de los Dolores
Tebles, que éste mismo tiraba del ronzal, á las primeras cumbres de
Acultzingo, donde se hallaba un piquete de tropa. Allí le lavó la herida
el doctor Serdio, vendándola con una bufanda y dos pañuelos. Con la
puerta de una cabaña le improvisaron una camilla y le trajeron á México
escoltado por los oficiales Gregorio Ruiz, Miguel Medina, Julián Fonseca
y Román Pérez. En la cañada de Ixtapa, Leon Ugalde, José Rojo, Juan
Valencia y los generales Ignacio Zaragoza y Miguel Negrete vieron al
ilustre enfermo. El acto fué conmovedor.--No me llores, no me llores; al
cabo no me he de morir, dijo Arteaga á Negrete, que al verle lloraba
como un niño.

Arteaga llegó á México el 9 de Mayo y Juárez con sus Ministros le
visitaron diariamente, estando á su cabecera el célebre doctor Rafael
Lucio. Restablecido, volvió á Querétaro el 10 de Octubre de 1862 á
ocupar el puesto de gobernador, en el que como siempre observó la más
absoluta independencia.

Había defendido á Santos Degollado cuando estaba en el banquillo del
acusado y le veían con malos ojos algunos del poder; y no sólamente hizo
su defensa, sino que aun llegó á postularle para presidente de la
República.

Apenas estuvo en el Estado, ascendió á general de división y le
declararon benemérito de la patria. Organizó fuerzas para resistir á los
franceses que hermanados con los conservadores se dirigían á Puebla.
Desocupado México por el gobierno de Juárez, á causa de la capitulación
de Puebla, Arteaga y los otros jefes republicanos protegieron su
retirada, procurando defender á todo trance el terreno que iban
invadiendo los extranjeros y los traidores, y ministrar á Juárez los
recursos indispensables para el sostén y el funcionamiento regular de su
administración, aunque fuese ambulante.

El 3 de Enero de 1864, habiendo Arteaga llegado á ser gobernador de
Jalisco, hacía una retirada al Sur del Estado, y unas veces avanzaba y
otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en
jefe del ejército del Centro, por nombramiento de don Benito hecho desde
Paso del Norte. No obstante su alta posición, llevaba una vida de pobre.
Su honradez fué tal siendo gobernador de Querétaro, que salió como había
entrado, atenido á su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una
vez se le presentó el director de las escuelas manifestando que carecían
de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román
Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dió los doscientos por
orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que
esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo á su ayudante
Jacinto Hernández:--Dile á Jiménez que me preste cincuenta pesos por
este reloj.

Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con
que acudía á él, y la cantidad que ahora le pedía iba á servir para los
gastos indispensables de su casa. Otra vez, don Cenobio Díaz indujo á
la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, á
que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la casa de
ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó
Arteaga:--Qué, ¿dar poder yo? qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador
para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria, y no que digan
algún día, al verla con lujo: sí, está rica, porque su padre robó cuando
fué gobernador del Estado.

Cuando fué herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa
número 16 de la 1ª calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció
dieciseis mil pesos.--No, señor, contestó; no recibo nada: mi tropa sí
los necesita; yo puedo vivir como quiera. En Michoacán, de jefe de las
tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A
mediados de 1855, huyendo del 4.º de caballería de Wenceslao Santa Cruz
que los perseguía, los suyos le dieron por muerto al caer con caballo y
todo en un barranco. Afortunadamente á medio declive la banda de general
se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa
siguió hacia Tacámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al
siguiente día, halló vivo á su general, le condujo á la Hacienda de
Chopis y se agregó á la fuerza.

Una desavenencia le tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en
la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la
organización de la tropa con que debían hacer frente á Méndez. Arteaga
era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El
calendario señalaba el 20 de Septiembre. El 4 de Octubre pasaron revista
á las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente
de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez á atacar la ciudad con 1,500
hombres. Los republicanos la desocuparon á la una de la tarde y tomaron
camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras
habían partido á distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los mil
cuatrocientos soldados de Arteaga llegaron bien.

El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo,
y emprendieron la retirada á Santa Ana Amatlán, llegando el 13. Sin
embargo de que Méndez les pisaba los talones, ahí descansaron muy
confiados, porque Pedro Tapia, con un piquete, cubría la cuesta, único
camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar á Amatlán, y
Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las once y media de la
mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de
repente oyóse en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! y unos tiros.
El teniente Amado Rangel[19], con cincuenta hombres, entrando por la
cañada, había sorprendido á la fuerza republicana.

--¿Qué pasa, preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.--El enemigo,
mi general.--¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus
exploradores!......--Que Dios salve á usted, mi general.

En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruápan en $3,000
por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron prisionero
fué á Arteaga; dos soldados le conducían; Rangel le salió al encuentro,
se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:--Mi
general.--Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero,
en camisa.

Rangel dió órdenes para que trajeran lo que le faltaba al ilustre
prisionero. Y le manifestó: Señor, yo mando; no se aflija usted, porque
ante mí á nadie se mata; al contrario, usted dispone de todos mis
elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.--No,
hijo; déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no
vuelve.

A las dos de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez, al grito
de ¡viva el Imperio!

Arteaga, demudado, dijo á Rangel: Ahí vienen los tuyos.--Ya usted ve;
tiempo tuvimos.--Lo que siento es que este _Capulín_[20] me
fusile.--Pues no, señor, no lo fusilará.

La verdad es que Amado Rangel quería pasarse á los liberales; pero éstos
prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos.

Rangel fué á encontrar á los suyos.--¡Alto! gritó á las tropas que
avanzaban á escape.--¿Qué hay, Rangel? preguntó Méndez.--Que ya no
corran: hemos tenido completo triunfo: Arteaga está prisionero.--¡Cómo,
hombre?--Sí, señor.--¿Arteaga? ¿el general Arteaga?--Sí, señor.--Pero,
¿lo has visto?--Sí, señor.--¿Lo conoces?--Sí, señor.--Rangel, es usted
capitán!, exclamó Méndez saliendo de su asombro.

Méndez, al redactar el parte oficial de la Victoria[21], prometió á
Rangel, ante don Gabriel Chicoy y el señor Juan Berna, que no fusilaría
á ninguno de los prisioneros. El diálogo no deja de ser interesante:
Señor, vengo á pedirle un favor.--¿Qué quieres, Rangel?--Nada, señor,
que no fusile usted á ninguno de los prisioneros.--Lo que debes hacer es
no meterte á defender á esos caballeros; lo que debías haber hecho era
fusilarlos en el momento que los cogiste prisioneros, no que todo se lo
dejan á uno.--Como había de hacer eso si los cogí descuidados.

Rangel dió la vuelta, y cuando iba como á diez pasos, Méndez le llamó:
Rangel.--Mande usted, señor.--Vaya usted sin cuidado: nada se les hará.

Al llegar á Uruapan, Méndez recibió cartas del general Osmont, Bazaine
y Maximiliano en que le ordenaban que fusilara á todos los prisioneros.
Juan Berna se oponía, haciéndole palpar la monstruosidad á Méndez; y el
español Wenceslao Santa Cruz lo tentaba á que cumpliera fielmente las
órdenes superiores; después de mucho cavilar, Méndez sujetó á la Corte
Marcial á cinco de los principales: Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz
Paracho y Juan González. Arteaga, la víspera de la ejecución, envió á su
madre la siguiente carta que expurgada de erratas se publica por
primera vez: «Uruapan, 20 de Octubre de 1865.--Señora doña Apolonia
Magallanes de Arteaga.--Mi adorada madre:--El 13 de Septiembre he sido
hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré decapitado;
ruego á usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad
he seguido la carrera de las armas. Por más que he procurado auxiliar á
usted, no he tenido recursos con que hacerlo, si no fué lo que en Abril
le mandé; pero queda Dios que no dejará perecer á vd. y á mi hermanita
la _yanquita_ Trinidad. Porque no fuera á morirse de dolor, no le había
participado la muerte de mi hermano Luis, que acaeció en Túxpan en los
primeros días de Enero del año pasado. Mamá, no dejo otra cosa que mi
nombre sin mancha, respecto á que nada de lo ajeno me he tomado, y tengo
fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria.
Muero como cristiano y me despido de vd., de Dolores y de toda la
familia, como su más obediente hijo--Q. B. S. P.--José María Arteaga.»

El coronel Wenceslao Santa Cruz mandó el cuadro de la ejecución, el día
21, á la espalda del Parián[22]. Al ser formados para la descarga los
cinco patriotas, todos demostraron entereza. Arteaga dijo: «Muero
defendiendo la integridad de mi patria, no como general, sino como
ciudadano.» A los pocos días la señora Magallanes recibía un reloj, un
real y otra carta del mártir, en la que le decía: «Es el único
patrimonio que le dejo, defendiendo á mi patria.» El Supremo Gobierno
Federal quiso honrar la memoria de Arteaga, trayendo sus restos á esta
capital, para que reposaran en el Panteón de San Fernando; pero no son
los verdaderos: esos reposan todavía en Uruapan; así lo asegura el único
que les dió sepultura, Angel Frías, hijo natural del mártir.

Ningún fundamento parece tener esta afirmación tan rotunda, pues después
del fusilamiento de Arteaga, Salazar, Villagómez y González (los
indígenas de Paracho se llevaron á Díaz envuelto en una bandera), los
señores Ramón Farías, Tomás Torres y Rafael Rodríguez, éste como
presidente del Ayuntamiento, recogieron los cadáveres para velarlos en
la capilla del Santo Sepulcro y darles sepultura en uno de los ángulos
del cementerio del barrio de San Juan Evangelista. Al acordar el
Supremo Gobierno la traslación de los restos de Arteaga y Salazar al
Panteón de San Fernando, dos personas de las que les dieron sepultura
presenciaron la exhumación, acompañadas de los doctores Manuel Reyes,
Braulio Moreno y Teodoro Wenceslao Herrera. Aún tenían intactas las
ropas y éllas hacían palpable la identidad[23].

_Angel Pola._



CARLOS SALAZAR

1832-1865


Harapienta, demacrada y muerta de hambre, la hermana que le sobrevivía
vagaba calle arriba y calle abajo por el barrio de la Merced, de esta
Capital, sin que ninguno la diera de caridad un rincón cualquiera para
dormir. La infeliz, puestas en fuga sus esperanzas por la mala suerte
que iba tras élla, había tocado un último recurso: que su marido
mendigase un empleo de puerta en puerta, cerca de los que consideraba
sus parientes. Un día, después de llamar mucho, le abrió sus puertas don
Luis Salazar, tío del General; pero élla no volvió por segunda vez, á
pesar de salirle al encuentro la promesa. La muerte, más compasiva que
el pariente, al ver á los esposos extenuados de hambre y frío, quiso que
descansaran y se apresuró á abrirles sus lóbregas fauces.

De su frondoso árbol genealógico, que la fatalidad ha ido podando con
saña implacable, no quedan sino ramas lejanas, casi ingertos, sin la
savia del tronco. Hasta un renuevo, su hija Carlota, no vive ya. Ni
recuerdos hay del capitán Benito Salazar, íntegro empleado de la Aduana
de Matamoros, padre de Carlos.

Doña Tecla Preciado cuenta que nació el valiente republicano en
Matamoros, Tamaulipas, por el año 1832, pues que de la misma edad era
ella. El muchacho parecía el mismísimo demonio por sus peligrosas
travesuras.--«Cree usted, me decía la señora, que de milagro vivía,
porque una vez en el puerto le tiró de la cola al caballo del capitán y
le dió tal coz en la frente que se la abrió. Toda la vida le duró la
cicatriz.»

De ocho años vino á México y le pusieron en una escuela particular
católica, porque sus padres, y más don Benito que su madre la señora
Merced Ruiz de Castañeda, eran antes que todo católicos devotos. Primero
que nada, Carlos debía aprender el Ripalda para que pudiese lograr la
gracia, de rodillas en el confesionario; á renglón seguido, vendrían
como muy secundarias una poquita de Gramática, las cuatro reglas de la
Aritmética y otras unturas de materias que constituían la instrucción
primaria en aquella época.

Realizado su sueño dorado (desde pequeño fué de su agrado la milicia),
entró en el Colegio Militar. Miramón y Leandro Valle estudiaron con él
y fueron condiscípulos y buenos amigos. La identidad de ideas políticas
y religiosas de Miramón y él, dejaban pronosticar que juntos andarían la
misma senda al entrar en la vida pública. El pronóstico tenía
fundamento: para Carlos, ya de edad en que los años dan ideas propias y
fijas, era imposible que el domingo dejara de oir misa y tuviera
cubierta la cabeza al tropezar en la calle con un sacerdote: era herejía
y sobrado pecado para ir al infierno.

El año 1847, días antes de la batalla de Churubusco, de cadete en el
Colegio Militar, pidió permiso para luchar contra los norteamericanos
bajo las órdenes de don Leonardo Márquez, el célebre general conservador
y famoso imperialista. Con tal arrojo peleó,--porque arrojo más que
valor era y fué siempre el suyo, originado por su mucho
patriotismo,--que fué herido en una pierna. Le levantaron del campo de
batalla al día siguiente de librada. Esto le valió una medalla y el
ascenso á subteniente.

Durante el belicoso y despótico gobierno de Santa-Anna, el gobierno
honrado de Herrera y Arista y el efímero de don Juan Bautista Ceballos y
de Lombardini, no mostró en sus actos de militar, si bien tenía un grado
inferior, la menor señal de su republicanismo y liberalismo, que andando
los sucesos le hicieron simpático y lo allegaron numerosos partidarios,
haciéndole figurar como jefe de una gran facción de Michoacán. En este
tiempo pasaba por beato rematado, que arrastraba espada por deber de la
carrera. Sabían sus parientes, quienes le llamaban el _Chino_ y vivía
con ellos en la casa número 4 de la calle de San Ramón, que no dejaba
pasar viernes ni día primero de mes sin ir á ver á la Virgen de la
Soledad y oir misa para sola ella. En medio de su religiosidad resaltaba
su odio al despotismo, emanara de donde emanase. Tal vez esto fué causa
de que yendo en fila cerrada al Sur para combatir el plan de Ayutla y
siendo derrotado, hiciera suyas con entusiasmo, como segundo ayudante
del primer batallón activo de Querétaro, todas las ideas imbíbitas en el
plan y tuviese mayores bríos para sostenerlas sin ser presa del
desaliento, no obstante las dificultades que parecían insuperables á sus
sostenedores. Victorioso el plan de Ayutla, por el que peleó desde la
toma de Nusco basta la llegada de Comonfort y Alvarez á Cuernavaca, fué
por sus méritos militares comandante del Cuerpo de Tehuantepec.

Durante parte de la guerra de tres años, tuvo en México la comisión del
partido republicano, unido á los señores Anastasio Zerecero, Julián
Herrera, coronel Jesús Ocampo y doña Luciana Baz, de proveer de recursos
á las tropas liberales que atacaban los principios reaccionarios. La
desempeñó con buen éxito á pesar de los peligros de que estaba
rodeado. Un día le sorprendió el mismo Miramón en persona en junta
secreta con otros liberales en una casa de por las calles del
Reloj.--Conque conspiras? Ahora no me lo negarás, le dijo Miramón
encarándosele.--Estamos en plática pacífica de amigos.--Conque en
plática, eh?, y á puertas cerradas, y todos ustedes liberales. Estás
preso por ahora.

Y mientras Miramón se interiorizaba de la casa, Salazar subió en un
coche que aguardaba á la puerta; y andando calles largo tiempo sin
rumbo, el cochero quiso al fin saber á dónde conducía al que se había
subido precipitadamente y se encontró con que ya nadie iba adentro.
Salazar, corriendo el vehículo, se había apeado, no pudiendo el policía
Lagarde dar con él. Y fué á incorporarse en Tlalpam al coronel Ramón
Reguera (padre). La ciudadana doña Luciana Baz quedó con las otras
personas desempeñando la comisión aquella. La inquietaba el paradero de
Salazar: si tendría mal fin; los retrógrados eran capaces de todo, aun
de cazarlo en poblado. Admiraba su valor y su persona. Solía decir á la
señora Tecla Preciado, al volver las espaldas Salazar:--«Tecla, qué
cuerpo el de Carlos!» Para ella no existía otro mejor formado en el
mundo: todo bien hecho, en admirables proporciones; era gordo, pero no
obeso, ni eran flojas las carnes; bien parado; limpia de arrugas la
frente; rizado el cabello; la barba le cubría toda la mandíbula
inferior; un bigotito negro que tiraba á bozo; las cejas de alita de
golondrina; la mirada medio bizca y, por sobre todo, su marcialidad;
¡qué porte á la cabeza de sus soldados! Radiaba su alegría y no le
importaban las circunstancias para manifestarla. Mas cuando se le
despertaba el enojo, desconocía al mundo entero, olvidaba el tuteamiento
de sus íntimos y al hablarles decíales con otra voz: señor, señora.
Tenía el rostro encendido y era capaz de sacarle astillas á una mesa de
un puñetazo. Hecho del poder el partido liberal, tuvo el grado de
teniente coronel del Batallón Moctezuma, que al mando del coronel Jesús
Díaz de León guarnecía la capital de la República. Después, el Moctezuma
pasó á ser uno solo unido al Batallón Rifleros de San Luis. En sus
filas, con el grado de teniente coronel, el 20 de Diciembre de 1861,
concurrió á la batalla que tuvo lugar entre Pachuca y el Mineral del
Monte. Allí se hizo acreedor á la condecoración especial que decretó el
Supremo Gobierno. Al poco tiempo marchaba con el mismo cuerpo y los de
Zapadores y Reforma, que formaban la descubierta del Ejército, á la
Soledad, Estado de Veracruz, para resistir á las fuerzas de las tres
potencias extranjeras que empezaban á invadir el territorio nacional.

Verificados los tratados de la Soledad, partió con el Batallón Rifleros
de San Luis al Monte de la Cruces para combatir á Buitrón y los otros
reaccionarios que acababan de asesinar á Ocampo, Degollado y Leandro
Valle. Al fin de esta campaña que terminó con buen éxito, se dirigió á
Puebla y peleó heróicamente contra los franceses el 5 de Mayo de 1862;
mereció y obtuvo por tan brillante hecho de armas el ascenso á coronel y
jefe del cuerpo mencionado. Después tomó participio directo en la
defensa de Puebla, que tenían sitiada los soldados de Napoleón III; por
desgracia cayó en poder de los invasores, pero logró fugarse de la
cárcel y se incorporó, pasados algunos días, al Gobierno legítimo que
permanecía en México.

Cuando Juárez, como Presidente de la República, fué á San Luis Potosí,
le acompañó, siendo Jefe militar de la zona que comprendía Río Verde,
Valle de Valles, San Ciro y otros puntos de la Sierra, que había
precisión de tener en extremo vigilados. Aprovechó todos los elementos
que pudo encontrar, reorganizó su cuerpo, lo instruyó, equipó y le dió
el ejemplo de acatar la Ordenanza. A varios jefes comisionó para que
emprendieran formal campaña contra las guerrillas de traidores que
merodeaban por pequeñas poblaciones y haciendas cometiendo robos y
asesinatos. Más tarde, por acuerdo del Supremo Gobierno, pasó con el
Batallón Rifleros de San Luis, á las órdenes del general José López
Uraga, al Estado de Michoacán. En Morelia, defendida por el general
Leonardo Márquez, al dar el asalto el 18 de Diciembre de 1862, la
fortuna le fué adversa, pero no perdió el valor, ni con una herida que
le atravesó el pecho, ni ante los peligros de muerte sin cuento que le
rodearon durante la batalla, al grado de matar uno tras otro sus
caballos las balas enemigas. La retirada de sus tropas, la hizo él en
camilla hasta Santa Clara del Cobre, donde, sin embargo de sus graves
heridas, no cesó de seguir reorganizando las fuerzas que debían
continuar combatiendo al ejército invasor. Rasgos semejantes de valor
tuvo en otros días. El año 1859, estando el general Aureliano Rivera en
Tlalpam, quince ó veinte de sus oficiales, Salazar á la cabeza de éllos
como comandante de batallón, hicieron formal promesa de llegar á las
garitas de Chapultepec, donde estaba el enemigo, y de hacerle fuego á
quemarropa con pistola. Llegaron á Tacubaya, y en la cantina de la
señora Mariquita Becerril, un tal Palomo y un tal Reguera, oficiales
ambos que se guardaban profundo encono, hicieron en alta voz alarde de
temeridad tomando la vanguardia. Cerca de las trincheras cayó herido
Palomo, y Salazar, que hacía de corneta, al ver el inminente peligro
que corrían, tocó retirada; y una astilla que sacó de un árbol una bala
le quitó de los labios y la mano la corneta; entonces volvió en medio
del fuego graneado á recocer á Palomo, le montó en su caballo y puso á
salvo. En estos trances, la amistad más que el deber le obligaban. Así
en los Reyes, cuando fortuitamente, sin saberlo él, del pronto, el
general Porfirio Balderrain mató al mayor Guerrero, de su Estado Mayor,
loco de ira é indignación se trasladó al lugar del suceso, y asiendo de
la cintura al homicida, le azotó contra la pared y quiso matarle á
taconazos. Tal manera de ser no quiere decir que Salazar fuese de mala
índole; muy por el contrario, buenos sentimientos le animaban y lo
mostró siempre con palabras y hechos. ¡Qué soldado de la Reforma y la
Intervención y el Imperio no recuerda el haber visto llorar á Pueblita
en las peroraciones, de Salazar! No de su gran cabeza, sino de su
corazón le salía, todo lo que hablaba.

Después de la honrosa retirada de Morelia, sin darle las espaldas al
enemigo, sano ya de su herida, se dirigió á Uruapan y luego á Santa
Clara, cuya plaza tomó á viva fuerza á los traidores.

En la Villa de los Reyes, Michoacán, rechazó á los franceses y traidores
que le asaltaron, y los puso en precipitada fuga.

En los primeros días de Abril de 1865, fueron reducidos á prisión, por
orden del general Ramón Méndez, las familias de Salazar (era ya
general), Arteaga, Pueblita y el coronel Jesús Ocampo. Estuvieron
incomunicadas bajo la custodia de los franceses, hasta que unos
comerciantes, dolidos del martirio á que las habían sujetado durante dos
meses y un día, se constituyeron sus fiadores, y lograron por este medio
se las dejase por cárcel la ciudad de Morelia. El único objeto de tal
conducta inquisitorial era el hacer que los jefes de las dichas familias
se sometieran sin peros al llamado Imperio; mas nada pudo lograr Méndez,
porque en aumento el desinterés y la abnegación de aquellos meritísimos
ciudadanos, trabajaron con inquebrantables esfuerzos en difundir el amor
á la patria entre las tropas mexicanas, las cuales sabían todo el mal
que les venía con un gobierno que no fuese propio ni de forma
representativa popular.

Arteaga y Salazar aparecían en discordia ante los republicanos que los
acompañaban, haciendo la campaña contra el Imperio en Michoacán; el
origen de élla era el distinto punto de vista desde el cual apreciaban
los sucesos políticos de las zonas que dominaban.

Pronto se borró esa discordia, sin dejar huella de su paso por esos dos
grandes corazones henchidos de patriotismo. El 16 de Septiembre de 1865
vibraban acordes como si dieran vida á un mismo cuerpo, sintiendo y
pensando idénticamente. Esa fecha la celebraron en Tacámbaro de
Codallos, especie de arsenal de la República en aquella triste época. El
coronel Justo Mendoza, secretario del Cuartel General del Ejército
Republicano del Centro, pronunció un soberbio discurso y lo escucharon
el general en jefe Arteaga, el Cuartel Maestre Salazar, el Estado Mayor,
los jefes y oficiales y un resto vagabundo y simpático de fieles
empleados de diversos ramos de la administración pública. Fué aquella
una fiesta oficial que reanimó á los espíritus que hacían vivir la
República por Michoacán. De allí salieron las fuerzas en vías de
organización. Los traidores y los republicanos tenían prisioneros; los
primeros gestionaban con empeño canjes; lo cual no había podido
efectuarse por las ventajas que querían. Los jefes de uno y otro partido
se carteaban, partiendo la solicitud de los traidores y jefes
extranjeros. El coronel Van der Smissen menudeaba su correspondencia con
Salazar; exigía más de un soldado suyo por un mexicano, y Salazar le
contestaba que en ninguna parte y en ningún tiempo podía ser más un
extranjero que un mexicano. «Acepto el canje--dicen que escribía al
coronel Van der Smissen--pero cabeza por cabeza, porque no puede ser un
extranjero más que cualquier mexicano.»

El general en jefe José María Arteaga pasó revista á las tropas en las
llanuras de la Magdalena, el 4 de Octubre. Llegaban á tres mil
quinientos hombres, sin contar los destacamentos de Zitácuaro, Huetamo y
Tacámbaro. Había tres divisiones.

A la una de la tarde del 9, Arteaga, con las brigadas Díaz, Villagómez y
Villada, cuyo Cuartel Maestre era Salazar, partió á Tacámbaro, porque
hubo noticias de que Méndez llegaba con mil quinientos hombres. Ya el
general Vicente Riva Palacio había salido hacia Morelia con mil hombres,
y otras dos secciones por otros rumbos. En el camino, el coronel
Trinidad Villagómez tiroteaba á la vanguardia del enemigo. La
retaguardia la cubría el teniente coronel Julián Solano con cien
hombres. El mal camino y la tormenta, la noche del 10, no fueron
obstáculo para que llegasen á Tacámbaro. Iban á tomar el rancho, el 12,
cuando corrió la voz de que se acercaba el enemigo y levantaron
violentamente el campo y prosiguieron su marcha; pero hacia Santa Ana
Amatlán, donde llegaron el 13. Arteaga ordenó descanso, confiado en que
Solano, con treinta exploradores, estaba en observación de Méndez frente
á Tancítaro, y que Pedro Tapia, con otros treinta, vigilaba sobre la
colina de la entrada del pueblo la cuesta que tiene como siete leguas de
camino y la cual debía necesariamente pasar el enemigo. Durante la
travesía, Arteaga había estado recibiendo partes de Solano en que
noticiaba que Méndez no se movía de Tacámbaro. En esta seguridad, la
infantería puso en pabellón sus armas y los treinta hombres de
caballería desensillaron y fueron al río á dar agua á la caballada.

Ese mismo día en la mañana, de camino Méndez para Santa Ana Amatlán, vió
las huellas de la tropa republicana y exclamó: «Adelante, muchachos; el
que agarre á Arteaga y Salazar tiene una talega de pesos.»

Amado Rangel, con cien hombres, sorprendió dentro de la cañada, á las
once del día, á la tropa republicana. Los únicos que hicieron
resistencia fueron algunos soldados y jefes del Cuartel Maestre. El
resto de la fuerza, con los otros jefes y Arteaga, se encontraban presos
en un portalito de la plaza, desarmados y bien custodiados. Mientras,
Salazar y su Estado Mayor se batían, sitiados en su alojamiento.
Platicando Rangel con Arteaga, llegó un soldado de los imperialistas y
dijo al primero:--Señor, no se quiere rendir el general Salazar.--Pues
que le prendan fuego á la casa.

Luego Rangel desistió de su idea y fué personalmente, porque así lo
exigían los sitiados, para suspender el fuego.--¿Quién es el general
Salazar? preguntó Rangel al grupo de valientes que hacía resistencia. Y
el más simpático de entre ellos dió un paso al frente y contestó:--Yo;
servidor de usted. Rangel puso sus tropas á las órdenes de Salazar, pero
éste dijo:--Nada, nada, Rangel; á cumplir con su deber. El capitán Juan
González hizo un guiño á Salazar para que aceptase.--Déjalo cumplir con
su deber, dijo Salazar al sacerdote patriota.

A Rangel exigió Salazar, antes de rendirse, la seguridad de su vida, la
de sus otros compañeros y atenciones para su compadre el coronel Jesús
Ocampo, herido gravemente de dos balas, durante la refriega. Rangel se
lo prometió bajo palabra de honor, que fué quebrantada el día 21.

A la salida de Amatlán, los exploradores de Tapia y Solano marchaban con
los soldados imperialistas de Orozco. Vencedores y vencidos llegaron á
Uruapan el 20. Allí recibió Méndez la ley del 3 de Octubre, y para
aplicarla á los prisioneros principales, mandó constituir la Corte
Marcial, la cual con festinación sentenció á muerte al general de
división José María Arteaga, al general de brigada Carlos Salazar, al
coronel Trinidad Villagómez, á Jesús Díaz Paracho y al capitán Juan
González. El jefe traidor Pineda y un escribiente se presentaron á
levantar el acta de identificación de las personas y á notificarles que
serían pasados por las armas á la mañana del siguiente día. Los cinco
liberales oyeron impávidos su sentencia sin objetar nada[24].

Al salir de la prisión la mañana del 21, á las cinco, para ser
fusilados, Arteaga flaqueó; entonces Salazar dándole el brazo, le
dijo:--«Apóyese.» En el cuadro Salazar se desabrochó la camisa, enseñó á
los ejecutantes de la sentencia dónde quedaba el corazón, porque siendo
desleales les temblaría el pulso y le harían padecer. «Me despido de
todos mis amigos y les ruego que no se manchen con el crimen de
traición. Voy á enseñar como muere un leal republicano asesinado por
traidores.» Y quedaron sin vida los cinco valientes.

La toma de Amatlán fué una compra hecha desde Uruapan, cuando dos jefes
se incorporaron á los liberales y andaban en secreteos con Solano y
Tapia. Este recibió tres mil pesos. El castigo no se hizo esperar: los
dos que tramaron la venta fallecieron á los pocos días: uno de ellos de
fiebre á los dos días de la sorpresa en Amatlán.

Aunque fuera de tiempo, al saberse en México la toma de la plaza, una
comisión de personas honorables se acercó á Carlota para que influyera
en que no fuesen fusilados los prisioneros. Contestó: «Hay que matar á
los bandidos para que sirvan de ejemplo de moralidad.»

Méndez enseñó á los prisioneros el decreto de 3 de Octubre y dijo al
general Pérez Milicua: «Debían haber sido fusilados todos; pero sólo he
atacado el tronco y apartado las ramas: con eso es suficiente.» Además,
le enseñó una carta de Maximiliano en que aprobaba su conducta y lo
ascendía á general de brigada. Terminaba ordenando á Méndez que
propusiera á Riva Palacio el canje de los prisioneros belgas, que lo
habían sido en Tacámbaro el 11 de Abril. «Si no acepta Riva Palacio,
fusile á todos.» Eran treinta y cinco[25].

_Angel Pola._



ÍNDICE


                                                                    Págs.

La familia Dongo                                                       1

El licenciado Verdad                                                  35

Hidalgo                                                               52

Allende                                                               61

El padre Matamoros                                                    90

Morelos.--I. El viajero                                               96

II. Grandes noticias                                                  98

III. El guerrillero                                                  101

IV. El caudillo                                                      103

V. El mártir                                                         105

Iturbide.--El apoteosis                                              107

Padilla                                                              112

Mina                                                                 121

Guerrero                                                             137

Ocampo                                                               153

Testamento                                                           170

Leandro Valle                                                        172

Don Santos Degollado                                                 186

Los mártires de Tacubaya                                             198

Comonfort                                                            215

Nicolás Romero                                                       239

Arteaga y Salazar                                                    251

Maximiliano                                                          267

APÉNDICE.--Amplificaciones                                           325

En peregrinación, de Pomoca á Tepeji de Rio.--Pateo                  327

Pomoca                                                               331

Venta de Pomoca (Hoy Pomoca)                                         333

Un suceso extraño                                                    339

Paquizihuato                                                         347

Maravatío                                                            348

Tepetongo                                                            351

Toshi                                                                351

Estancia de Huapango (Hoy Huapango)                                  352

Villa del Carbón                                                     353

Tepeji del Rio                                                       354

Santos Degollado                                                     360

Leandro del Valle                                                    397

José María Arteaga                                                   423

Carlos Salazar                                                       443

                   *       *       *       *       *

                                NOTAS:

 [1] Como los datos de personas que trataron íntimamente al Sr. Ocampo
 no podríamos tenerlos antes de un mes, hemos tenido que reducir este
 artículo á meros apuntes, por no detener más la publicación del LIBRO
 ROJO.

 [2] El general Leonardo Márquez volvió á México en mayo de 1895. Vive
 en el Hotel Washington y goza de buena salud.--Nota del Editor.

 [3] La fecha está errada: debe ser 31 de Mayo. El mismo Márquez
 confirma la rectificación que hacemos. Véase su libro _Manifiestos: el
 Imperio y los Imperiales_, página 286.

 [4] Al escribir este capítulo, queremos hacer constar nuestra
 gratitud, por haber solícitos contribuído cariñosamente al buen
 éxito de nuestras investigaciones, á los Sres. Manuel M. Aranzubia,
 Administrador de Pateo; Miguel Bolaños, dueño de Pomoca; Tirso
 Tinajero, vecino de Maravatío; Ramón Carmona, Administrador de
 Tepetongo; Antonio de Bassoco Pereda, de Toshi; Jerónimo Chaparro,
 Presidente Municipal de Temascaltcingo; Jesús Cano, Presidente
 Municipal de San Miguel Acambay; Leocadio Padilla, caporal de la
 estancia de San Francisco, entre Huapango y Arroyozarco; Tirso
 Meléndez y Jesús Farrera, Presidente Municipal de la Villa del Carbón;
 José de J. Garibay, Jefe Político de Jilotepec; Piedad Trejo y Nicolás
 Alcántara, Secretario del Ayuntamiento de Tepeji del Río; Rafael
 y Mariano Gil, Administrador de Caltengo; Rafael Herrera, que fué
 sirviente favorito de don Melchor Ocampo, quien nos acompañó en toda
 nuestra peregrinación.

 [5] He aquí el acta de matrimonio de don Santos Degollado, sacada
 del archivo del curato de Quiroga, Michoacán: “En catorce de Octubre
 de 1828, yo, el Presbítero Don Mariano Garrido, Teniente de Cura de
 éste, casé y velé según el orden de Nuestra Santa Madre Iglesia, á
 Don Nemesio Santos Degollado, con Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de
 este. Fueron sus padrinos, Don Rafael Degollado y Doña Rita Castañeda:
 Testigos, Don Antonio Torres y Don Paulino Mejía, y lo firmé.--Mariano
 Garrido, una rúbrica.--Al margen, Don Nemesio Santos Degollado con
 Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de este.”

 [6] Don Luis Gutiérrez Correa falleció en esta Capital, siendo
 empleado de la Administración de Correos.

 [7] Al morir, no hace mucho, dejó de heredera á su hermana Rita,
 residente en Celaya, que pasó de pobre á rica, según dice ella, “por
 don Santitos, que Dios lo haya hecho un santo.”

 [8] Véase _Manifiestos: el Imperio y los Imperiales_, por el general
 Leonardo Márquez, páginas 3 y 4.

 [9] Don Benito Juárez decía en una carta fechada en Veracruz el 28 de
 Noviembre de 1860 y dirigida al señor Angel Albino Corzo, entonces
 gobernador de Chiapas:

 “Como usted, sentí el paso en falso del señor Degollado, pues nunca
 podré olvidar sus buenos servicios anteriores.”

 [10] Don Melchor Ocampo dice en carta fechada en Veracruz el 17 de
 diciembre de 1860 y dirigida al mismo señor Corzo, antes citado:

 “Hemos tenido últimamente la desgracia, el día 9, de que el “señor
 Berriozábal se haya dejado sorprender en Toluca.” Esto nos ha hecho
 perder más de mil hombres y lo que es peor, ha hecho caer en manos
 de Miramón al señor Degollado, á Farias (Benito) y otras personas
 importantes, que yo creo servirán de obstáculo, como rehenes, para
 terminar netamente la cuestión. Supongo y deseo que tal golpe vuelva
 más cantos á nuestros demás jefes que ya están bastante cerca de
 México.”

 [11] El 24 de Diciembre de 1861, don Benito Gómez Farías abrigó en
 su casa, calle de San Bernardo número 11, á la esposa y dos niños de
 Miramón, para resguardarlos de la ira popular.

 [12] Al Ministro de Guerra envió este comunicado:

 “Excmo. señor.--Habiéndome concedido permiso el soberano Congreso para
 salir en persecución de los asesinos del más distinguido de nuestros
 mártires C. Melchor Ocampo, tengo la honra de ponerme á las órdenes de
 V. E. para que me ocupe en el servicio de campaña, sin que le sirva
 de embarazo la alta gerarquía de mi empleo militar, que no conservo
 sino como título de estimación del Supremo Gobierno. De consiguiente,
 quede V. E. entendido que no desdeñaré ir á la cabeza de un cuerpo de
 caballería y aún de una compañía de dragones bien montados y armados,
 sujeto á las órdenes de cualquier jefe á quien el Excmo. señor
 Presidente tenga á bien encomendar la dirección de las operaciones.

 “Asimismo, deseo que ese ministerio sepa que me considero libre, no
 obstante mi carácter de general de división, para disponer de mi
 persona y agregarme como guerrillero á cualquiera fuerza de las que se
 pongan en movimiento; pues quiero que no sea una quimera el permiso
 que tengo de salir á batirme como soldado del pueblo, y obro bajo
 la inteligencia de que sólo el soberano Congreso me puede retirar ó
 limitar su licencia y llamarme de nuevo á esta capital.

 “Díguese V. E. dar cuenta con esta nota al Excmo. señor Presidente, y
 sírvase aceptar las protestas de mi consideración y respeto.

 “Dios, libertad y reforma.--México, Junio 6 de 1861.--_Santos
 Degollado._--Excmo. señor ministro de guerra y marina.”

 [13] Esta biografía es el resultado de una serie de entrevistas con
 los generales Nicolás Medina, Felipe Berriozábal, Mariano Escobedo,
 Miguel Blanco, Refugio I. González y los señores Benito Gómez
 Farías, Mariano Degollado, hijo del héroe, y Julián de los Reyes;
 todas personas muy respetables que trataron en la intimidad á don
 Santos Degollado. Ahí están para que digan al que llegue á dudar de
 la exactitud de algún diálogo, ó anécdota, si digo la verdad. He
 procurado repetir lo más fielmente posible lo que me han platicado.

 [14] Con este motivo, alegándome el general Félix Zuloaga que no
 había tenido ningún participio en la muerte de Ocampo, y sí en la de
 Leandro Valle, agregaba:--“Juzgue usted lo que era yo cuando Márquez:
 Estando en Ayutla, un señor Cortina, español, me cobraba por hacer
 estado en su casa y por asistencia: le pedí dinero á Ismael Piña, que
 era tesorero, y lo negó.--Pero, hombre, le dije, ¿me niega usted á
 mi que soy el Presidente?--Sí, me contestó, porque no tengo orden de
 Márquez.--Pero, ¡si soy el Presidente!......

 “Y me quejé á Márquez.”

 [15] He tenido en mis manos el autógrafo de esta orden, la cual me
 permitió copiar al pie de la letra, mi amiga, la señorita Emilia
 Beltrán y Puga, hermana de don Manuel, que pasé por las armas á
 Leandro del Valle.

 [16] Agustina Valle, su hermana.

 [17] Dice el general Miguel Negrete en sus “Memorias,” inéditas aún:

 “De Cuautitlán nos dirigimos por Huisquilucan para el Monte de las
 Cruces, porque de México había salido una columna á atacarnos y
 otra de Toluca, al mando del señor general don Felipe Berriozábal:
 esta segunda columna fué batida y completamente derrotada, haciendo
 prisionero al señor general don Leandro Valle, quien fué fusilado á
 las cinco de la tarde, habiendo salvado ya un extranjero, Aquiles
 Collín, un ayudante suyo, de que lo hubieran fusilado también.”

 Casi al terminar la guerra separatista, el general Miguel Negrete
 fué á San Antonio, Texas, y le picó la curiosidad las atenciones de
 que era objeto por parte de todo el personal del hotel en que se
 había hospedado. Su nombre estaba inscrito á secas en el pizarrón y
 nadie parecía conocerle. La víspera de su regreso á México compró dos
 caballos al dueño del establecimiento y quiso saldar sus cuentas. El
 administrador le manifestó:--No debe usted nada.--¿Cómo nada?--Pues
 si, señor, nada.--Pero si aquí me he hospedado y he subsistido y he
 comprado los dos caballos.--Nada debe usted, mi general, dijo el
 propietario descorriendo el velo del enigma y abrazando muy conmovido
 á Negrete.--¿Por qué no he de deber nada?--Porque á usted le debo mi
 vida: yo soy Aquiles Collín, á quien usted salvó en el Monte de las
 Cruces, cuando Leandro Valle fué fusilado.

 El señor general Aureliano Rivera, que también estuvo en la Maroma á
 descolgar el cadáver de Valle, asegura que no vió el de Collín.

 [18] Este artículo es el resultado de entrevistas que el autor
 ha tenido con la señora Ignacia Martínez y los generales Felipe
 Berriozábal, Refugio I. González, Aureliano Rivera, Nicolas Medina,
 Félix Zuloaga, Miguel Negrete y el coronel Agustín Díaz.

 [19] Hoy es coronel.

 [20] Así apodaban á Méndez los liberales.

 [21] Ministerio de Guerra.--1.ª Dirección.--1.ª División.--México,
 Octubre 24 de 1865--Brigada Móvil.--Coronel en Jefe. Santa Ana
 Amatlán, Octubre 13 de 1865--Excmo. señor.--Con esta fecha digo al
 Excmo. señor mariscal comandante en jefe del ejército, lo que sigue:

 “El día 6 hice salir de Morelia el batallón del Emperador con dos
 escuadrones del 4.º regimiento de caballería, á las órdenes del señor
 coronel don Wenceslao Santa Cruz, con dirección á Pátzcuaro, donde
 llegaron el día 7. En la noche de ese día me incorporé y organicé,
 en el resto de la noche, la brigada que es á mis órdenes y marché el
 8 sobre Uruapan, adonde se encontraban reunidas todas las fuerzas
 enemigas, al mando de Arteaga. El día 9, á las tres de la tarde,
 estaba á las orillas de Uruapan; pero una terrible tempestad me
 privó de penetrar hasta ella, porque los riachuelos crecieron de tal
 manera, que los batallones quedaron cortados en medio de tres de
 ellos, y hasta las doce de la noche pudo hacer su paso. El enemigo se
 dividió en varias fracciones, tomando, una de 700 hombres al mando
 de Ronda y Riva Palacio por Paracho: Zepeda, con Martínez y Simón
 Gutiérrez, por los Reyes, con 600 hombres, y el titulado general en
 jefe del ejército del centro, Arteaga, con el llamado comandante
 general y gobernador de este departamento, Salazar, y el alborotador
 de los indígenas de Uruapan, Tancitaro, Paracho y otros pueblos,
 llamado coronel Díaz Paracho, con otra porción de jefes y oficiales
 que seguían su cuartel general con 1,000 á 1,200 hombres, la mayor
 parte de infantería, tomaron por Tancítaro. El día 10 dí descanso
 á mi tropa y tomé la resolución de seguir á Arteaga con tenacidad.
 Inútil me parece decir á V. E. que mis marchas nunca fueron de frente
 y sí de flanco, para inquietar á todas las partidas á la vez, y que
 Arteaga, que era mi punto de vista, por ser la persona moral de los
 republicanos, nunca comprendiera mi intención. El 12 salí de San
 Juan de las Colchas y llegué hasta Tancítaro, donde se encontraba el
 enemigo: dos horas antes de mi llegada había hecho movimiento, y lo
 perseguí con mis guerrillas tres leguas. Tuve el convencimiento de
 derrotarlo en el resto de la noche; pero era un hecho aislado que no
 ponía en mi poder el armamento, jefes y tropa, y mandé suspender el
 ataque y tomar cuarteles en Tancítaro. Hoy á las dos de la mañana, con
 una sección ligera de 400 infantes y 300 caballos marché sobre este
 punto, donde tuve la seguridad de darle alcance y derrotarlo; porque
 nunca debió creer el enemigo que atravesara doce leguas en la Tierra
 Caliente, en solo las horas de la mañana. Este movimiento me cuesta 14
 soldados muertos de la fatiga, la caballada del 4.º de caballería muy
 estropeada, y más de 40 caballos asoleados: pero he logrado mi objeto:
 he derrotado al enemigo completamente.

 “Son mis prisioneros el general en jefe _Arteaga_; el comandante
 general _Salazar_; los coroneles Díaz Paracho, Villa Gómez, Pérez
 Miliena{*} y Villada; 5 tenientes coroneles, 8 comandantes y otros
 muchos oficiales subalternos, de quienes en relación separada daré á
 V. E. cuenta. Todo el armamento, su inútil caballada y el parque están
 en mi poder. Lo son igualmente 400 prisioneros de la clase de tropa,
 de los cuales pondré en libertad á muchos, porque son cogidos de leva
 de las haciendas y pueblos de su tránsito.

 {*} Debe decir Milicua.

 “Este hecho de armas sólo al Supremo Gobierno y á V. E. toca darle el
 valor que merezca. Voy á hacer mención particular y honorífica del
 teniente Rangel del 4.º de caballería, á quien he ofrecido, á nombre
 de S. M., el ascenso á capitán, pidiéndole la cruz de caballero de
 la Orden de Guadalupe; porque este valiente, con 20 hombres de su
 cuerpo, ha penetrado hasta la plaza, y es el que, por decirlo así,
 ha dado este triunfo á las armas del imperio. El subteniente Navia
 del batallón del emperador, con 8 hombres, ha seguido su ejemplo:
 pero á este oficial no le he ofrecido nada por ser de mi batallón.
 Oportunamente daré á V. E. la relación de estos dos oficiales y de
 la tropa, para que si V. E. lo tiene á bien á estos valientes se
 les conceda lleven un distintivo sobre su pecho, para estímulo del
 ejército.

 “Felicito altamente á V. E. y le suplico tenga á bien hacerlo á mi
 angusto soberano, por esta memorable jornada.

 “Y lo transcribo á V. E. para su conocimiento.

 “Dios guarde á V. E. muchos años.--El coronel _Ramón Méndez_.--Excmo.
 señor ministro de la guerra.--México.”

 Es copia.--El subsecretario de guerra, _J. M. Durán_.

 [22] Un militar afirma que el ejecutor de la sentencia de muerte fué
 el teniente Teodoro Quintana, cuyo pelotón de tiradores fué escogido
 entre la compañía de Zapadores que mandaba el entonces capitán
 Francisco Troncoso, quien era secretario particular del general Ramón
 Méndez y tuvo todo su cariño y toda su confianza.

 El señor Quintana es hoy teniente coronel de caballería, y el señor
 Troncoso, general de brigada.

 [23] Los datos de esta biografía han sido ministrados á su autor
 por la señora Trinidad A. de Gutiérrez, hermana de Arteaga, y los
 señores José María Pérez Milicua, Manuel García de León, Rafael Cano,
 Francisco de P. Troncoso, Amado Rangel, Jacinto Hernández y Juan Ruiz
 de Esparza, todos militares, á excepción del último, que figuraron en
 aquella época, unos como liberales y otros como imperialistas.

 [24] He aquí las cartas de despedida de Salazar y Villagómez:

 Uruapan, Octubre 20 de 1865.--_Idolatrada madre_: Son las siete de la
 noche y acabamos de ser sentenciados el general Arteaga, el coronel
 Villagómez, otros tres jefes y yo. Mi conciencia está tranquila; bajo
 á la tumba á los treinta y tres años, sin que haya una sola mancha en
 mi carrera militar, ni el menor borrón en mi nombre. No llores, mamá,
 ten conformidad, pues el único delito de tu hijo consiste en haber
 defendido una causa sagrada: la independencia de su patria. Por este
 motivo se me va á fusilar. No tengo dinero, porque nada he podido
 ahorrar. Te dejo sin recursos, pero Dios es grande y te socorrerá lo
 mismo que á mis hijos, quienes con orgullo llevan mi nombre......

 Conduce, querida mamá, á mis hijos y hermanos por el sendero del
 honor, porque el patíbulo no puede manchar los nombres de los leales.

 ¡Adiós, madre querida! En la tumba recibiré tus bendiciones. Da un
 abrazo por mi á mi querido tío Luis, á Tecla, Lupe é Isabel: así como
 á mi tocayo, á Carmelita, Cholita y Manuelita; dales muchos besos y
 el adiós que les envío desde lo más profundo de mi alma. Dejo á la
 primera mi reloj dorado, y á Manuel cuatro trajes. Muchas memorias á
 mis tíos, tías, primos y á todos los amibos fieles, y tú, madre mía,
 recibe el último adiós de tu afectísimo y obediente hijo que tanto te
 ama.--_Carlos Salazar._--Sra. Mercedes Ruiz de Castañeda.

 _Aumento._--Si cambia la situación, como creo que cambiará, deseo que
 descansen mis cenizas al lado de las de mis hijos en nuestro pueblo.

 Uruapan, Octubre 20 de 1865.--_Querido papá_: Empleo mis últimos
 momentos para dirigir á Ud. estas cuantas líneas. Deseo legar á mi
 familia un nombre honroso; he procurado hacerlo, defendiendo la causa
 que abracé, pero no lo he logrado. ¡Paciencia! Pero no creo que se
 avergonzará Ud. de reconocer á un hijo que jamás se ha desviado de
 la senda que tan honradamente le trazara Ud. por medio de excelentes
 consejos y de buenos ejemplos. Siempre me he manejado con honradez
 y no tengo remordimiento de conciencia. Me he conducido como hombre
 de bien, y no me pesa; nadie puede quejarse de mi, porque á nadie he
 perjudicado. Confío en que esto formará algún consuelo para su pesar
 y que fundará algún orgullo en mi memoria, pura y sin mancha alguna.
 Muero conforme.

 Sírvase Ud. dar mi último adiós á mi hermano y á todos mis amigos,
 reservando para Ud. el corazón de su hijo sacrificado en aras de su
 patria.--_T. Villagómez._--Sr. D. Miguel Villagómez.

 [25] Los datos de esta biografía han sido ministrados al autor por
 la señora Tecla Preciado, los generales José María Pérez Milicua y
 Francisco del Paso y Troncoso, los coroneles Manuel García de León,
 Jesús Ocampo, José Vicente Villada, Amado Rangel y Jacinto Hernández,
 Rafael Cano y José Felipe Cortés.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El libro rojo, 1520-1867, Tomo II" ***

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