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Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince
Author: Larra, Mariano José de
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince" ***

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DOLIENTE, TOMO IV (DE 4)***


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      https://archive.org/details/eldonceldedonenr04larr


NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

      En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
      versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.



EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:

HISTORIA CABALLERESCA
DEL SIGLO QUINCE

por

D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.

SEGUNDA EDICION.

TOMO IV.



Madrid:
IMPRENTA DE I. SANCHA,
1838.



EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.



CAPITULO XXXII.

      En Castilla está un castillo
    que se llama Rocafrida;
    tanto relumbra de noche
    como el sol al medio dia.

          _Rom. de Montesinos._


Existe á cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña
en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por
nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes
salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones
que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al
maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habian
declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le
daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio
tenia. En el siglo XV presentaba el aspecto, que aun en el dia suelen
presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas
que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas
aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo
tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes
á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes
espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad,
pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y
que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina.
En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza
en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de
ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus
anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino
que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que
hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.

A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la
iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los
mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido,
y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca.
Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor
diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio
militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un
ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso,
contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario
en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de
aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia
la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente
de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de
la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre
la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona
de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse
inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos
tiempos de ignorancia solia frecuentemente suceder, mil vagas
tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado
algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole
cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que
en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido
fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos
remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco
realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable
y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido
el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de
odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su
vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á
sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que
este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase
á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia
de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos
abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de
Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero
le habia dejado despues sin verdadero motivo por otro y otros
moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo
leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo
sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á
mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra
Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion
de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo
la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á
las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la
confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á
las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños
la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no
hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la
parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y
dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos,
con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas
doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo
del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era
todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él
como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y
de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con
esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse
los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero
el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos
de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas
bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las
veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como
le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo
consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él
con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor
es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso?
solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro
haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué
osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra
de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia
entonces el redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y
con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja.
Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo,
muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos
que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de
ternezas de moras pérfidas y veleidosas.

No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador.
Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese
caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar
á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto
fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no
bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse
en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro:
desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas
relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se
decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde
decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y
fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja;
pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza,
cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el
aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la
conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual
leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió
entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y
volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay
moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el
moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se
daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta
principal del interior del castillo, que decia efectivamente en
letras gordas arábigas, y en árabe dialecto: _es tarde_.

No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder
de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja
viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar
que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo
perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las
piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho en vida, y á los
ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.

De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre
todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una
voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba
quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer
la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida
y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como
quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra.

Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos
aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el
pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo
ni esperanza amorosa que aquel fatal _es tarde_, que á la fundacion y
suerte del castillo presidia.

Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su
memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no
creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia
todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No
habia padre que no creyese deberle la palidez de su hija, esposo que
no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado
que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la
revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais
en que habia vivido.

Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer
lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el
tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar
pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los
diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los
esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone
el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la
venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se
quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.

Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus
amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor
como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en
unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser
muy mora, ni muy hechicera por cierto, para hacer otro tanto cada
y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado
defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion
alguna al inocente moro.

Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía
el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era
esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las
que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero
verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de
Arjonilla.

Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la
huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad
con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al
caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó
venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba,
aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja
baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.

Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el
cual servia la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba
á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de
alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la
cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una
alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos
fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo
largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos
visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como
todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos
en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes
mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa,
y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente
que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de
cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de
tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma
flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion
de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque
cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la
otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y
era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el
recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza.

La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del
justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos
cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas
alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su
rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.

Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña
para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el
inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia
provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no
era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el
cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma
pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente
al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de
moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche
de tal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del
siglo XVI con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras
de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella
inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos
ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi
era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de
la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes,
á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner
la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento
tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion
de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo
oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de
aire que en la region atmosférica discurrian.

Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por
lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un
individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien
parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale
primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no
los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á
la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En
segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia
la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo,
con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer
lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto
le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas
aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero
en fin, del que tenia menos agua en su bodega.

El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero,
fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban
aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan
cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre
de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la
verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento
del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince
para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas
facultades, y que aquel se prometia una lucida paga de sus esmeradas
y particulares atenciones.

—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á
su derecha habia puesto el posadero.

—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar
servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en
toda la tierra.

—El pan es el que es malo, dijo el viajero.

—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose
obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido.
Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente
que he tenido que recurrir á un vecino...

—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.

—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.

—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que
cenaba.

—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una
sonrisa agradable el amo.

—¿Teneis mucha familia?

—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo
el flexible.

—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo
visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse
en su distraido cuanto importante y misterioso silencio.

—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar
el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la
conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla.

—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su
vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero.

—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron
ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado
pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los
que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava...

—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre,
levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro.
Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.

—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced...

—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?

—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe
que en estas casas...

—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará
lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama.
¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?

—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni
de cama, ni cuarto, ni...

—Ni diablos que te lleven.

—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la
mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por
vos si urge...

—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui;
pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una
posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no
veis que escucho? ¡Voto va!

—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.

—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?

—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia:
llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno
lo que es suyo.

—¡Ah! de ese modo... porque de otro...

—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.

—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy
cansado.

—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes,
añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que
cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden
vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil
en la casa, contando con este.

Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su
natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las
gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á
quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las
tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.

—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban.

—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que
siguiera viendo.

—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color
de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive
Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen
párroco, es decir, á oscuras.

—¿Y sabeis quién sea el forastero?

—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve
mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.

Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues
de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo
mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con
aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.

—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez,
llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos
podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia,
acerca de ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien
alhajado establecimiento?

—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta
especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con
respecto al forastero, no acostumbro á revelar...

—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que
no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas
que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber
de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro...

—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!

—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se
cogen truchas...

—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la
honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que
se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que
paga... y que pagará...

—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre
honrado que ha cenado media despensa...?

—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se
traslada porque nos ha nacido un príncipe...

—¡Oiga! Tendrémos mercedes.

—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las
funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros
pecheros...

—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...

—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de
quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro
que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y
Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que
aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.

—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas
se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.

—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza.
¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el
mismo moro del castillo. ¿Y qué se le ha perdido al señor _pelo
rojo_ en Arjonilla?

—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con
todo el mundo.

—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á
que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en
las medias.

—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al
castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron
abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha
cedido las llaves al señor _pelo rojo_ como le llamais, y que ha
venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con
respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un
prisionero...

—¿Un prisionero?

—¡Chiton!

—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su
esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...

—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros
encantados?

—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros
es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el
castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la
historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe
del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi
abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una
blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba
de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero
como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las
cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo
me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo
ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de
cristiana, ni...

—Adelante, Nuño, adelante.

—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el
pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que
habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto
salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que
nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas
y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es,
que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque
venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el
diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí
efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos:
“Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas:
levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de
donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida
y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando
parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza
que no se cumple.

—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.

—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la
incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.

—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de
conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde
que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio.
¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer
una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?

—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que
mireis...

—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?

—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas
materias... bueno es mirar dos veces...

—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y
aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo
Hernando, el montero de su alteza!

—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena,
ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.

—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes
de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola
aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles.
Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines,
de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó
quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la
punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á
las barbas...

—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero.

—¿Y por qué no?

—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y
sacristan, montero y guardabosques.

—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á
Hernando, ni á nadie.

—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque
supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía.

—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus
frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.

—De buena gana, contestó Nuño.

—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para
todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa,
que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.

Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez
acercáronse todos los que en el hogar estaban.

—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y
yo...

—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre
de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el
meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como
por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion;
¡Peransurez!

—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente
al forastero.

—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes,
que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la
posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la
interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez?
dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo.

—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.

—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel
montero vuestro amigo...?

—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...

—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?

—¿Pero á qué viene...?

—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara.

—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?

—¡Chiton! me importa no ser conocido.

—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...

—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza
mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en
el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio.

—Pero, ¡y mi honor!

—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto
el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si
no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro
rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.

—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en
seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si
os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.

—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en
el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la
puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como
gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en
guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de
seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.

Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el
chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso
el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de
valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces
convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia
aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan
imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la
feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que
hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo
de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su
buena fama y reputacion.

[Ilustración]



CAPITULO XXXIII.

      Bien sabedes, vos, señora,
    que soy cazador real;
    caza que tengo en la mano
    nunca la puedo dejar.
    Tomárala por la mano
    y para un verjel se van.

        _Rom. del conde Claros._


—¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron
apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser
de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado
del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?

—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose
en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo
él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis
atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren,
y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con
tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometido ayudarme en la
montería que me trae á este bendito lugar.

Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo,
cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo
menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner
al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al
punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro
capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:

—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo
en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde,
recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar
la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la
nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina,
un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi
leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía,
salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar.
En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara,
porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero
no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle,
ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de
Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico
caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de
sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al
llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia
llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos
Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de
caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira.
Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian
indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero
para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que
andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme
debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era
se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la
mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es
la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que
no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi
señor. ¿Lo habrian muerto? No, porque estuviera alli su cuerpo, y
porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los
cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su
hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente
la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las
cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á
entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca
de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre
sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes
de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el
rastro, el rastro del doncel.

Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le
hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra,
y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise
probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra,
gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr
á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa
con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió
el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo
en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da
un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha
tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve
la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por
montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger.
¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!

—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el
fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por
acariciar al animal.

—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos
leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el
herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que
habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse
á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian
llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio
de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo
entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y el que lo
prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia
servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia
tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin
embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego
quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento.
Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de
que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia
interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas:
declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de
llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias;
entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca
de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada
por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi
ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y
disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.

Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la
causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel.
Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo
mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre
de pelo crespo y rojo...?

—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...

—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto
subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por
qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo.
Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de
montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto
motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea
la empresa?

—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo
en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos
andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores
que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de
una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo,
discurramos el medio mas prudente...

—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de
juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un
venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece
siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?

—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito.
Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el
ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?

—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel
y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor
en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os
despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de
disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan
ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.

—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en
seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo,
que _el buen montero, riñon cubierto_, y mañana amanecerá Dios, y con
su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.

—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos!
Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.

Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha
la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el
castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que
presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.

[Ilustración]



CAPITULO XXXIV.

      En una torre fue puesto
    con cadenas á recado.
    . . . . . . . . . . .
    La condesa entrára dentro
    do está el conde aprisionado.
    . . . . . . . . . . .
    Ambos hablan en secreto,
    y conciertan en celado;
    que por librar tal persona
    á mas que esto era obligado.

          _Rom. de Sepúlveda._


Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de
la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería
del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el
castillo albergue digno de él.

Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un
modo satisfactorio esta singularidad.

Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos
caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando los
dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan
importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo
de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque
habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian
prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y
aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita
amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion.
Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién
podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se
le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de
la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer
al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier
accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la
existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo
quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de
la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion.
El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la
gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; asi,
decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar
de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo
su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de
sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á
sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en
un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando
el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la
alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba
fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor.
Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad
futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo
esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique
habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir
primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza
de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera
sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura
grandeza.

El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado
la industria del astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia
nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja
que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una
manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones
del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío
aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un
tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como
Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas
por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la
horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte.

No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible.
El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de
Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia
de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se
sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su
alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar
por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz
é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó
Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y
mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre
que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal
acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco
estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero
para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á
ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas.
Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su
lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde
debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer
entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se
figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de
su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus
acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las
dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo
tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada
á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro
alguna comunicacion con los de fuera: insistió bastante ademas en la
fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban
los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el
ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y
prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el
particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la
hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento
que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se
adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se
habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los
misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del
amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era
la verdadera causa de aquella estravagancia.

No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera
de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con un
_como gusteis_ siempre asomado á los labios para salir á la menor
indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se
vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito,
perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos
perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste
decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera
posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia
pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun
hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas
pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor
del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.

Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del
mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente
conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina
despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser
conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que
habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su
gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa
que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:

—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño, lo que mas os convenga. Y se
notó que Nuño no le habia respondido el _como gusteis_ de ordenanza.
Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con
toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con
Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en
la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia
nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del
emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un
placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al
señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su
petulante continente.

No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del
hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á
dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia
parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado
intento.

Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo.
En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó
bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y
custodia; algun grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian
mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las
operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran
todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí
sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero
ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido
y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales
emisarios del conde.

Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada,
digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no
otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que
el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca
consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes
lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las
desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision
un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el
brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre
las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que
haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad
en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de
un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion
del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz
aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros
del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados,
y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á
orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la
zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del
torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio,
y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa
plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma
para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se
podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de
puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido
construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á
quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en
caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion
por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que
pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella
caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las
dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente
por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse
con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo
que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas
completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior
de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer,
y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes
á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos
determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian
encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino
parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos,
como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é
quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche
tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando
solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia,
ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era
la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia
oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo
anterior dejamos dicho.

Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla
de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior
del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada
por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía
solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de
evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en
la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el
pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita
amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente,
y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en
las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la
ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan
lastimero trance.

La habitacion que por ser la mejor y la mas espaciosa se habia
reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y
Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado.
Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas
en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba
clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el
estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en
aquel tiempo para el servicio de la mesa.

Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos
hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española,
la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno
enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado
de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto
displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion
petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á
sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el
de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amor
propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado
juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus
servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado
con él la fortuna.

Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos,
y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba
de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que
embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su
cuerpo como en un cubo desfondado.

—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de
uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.

—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor
Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que
habiais menester?

—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este
famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus
picado.

—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba
me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra
señoría.

—Gracias, señor Rui Pero.

—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y
las dos de las torres, y de la galería interior del preso?

—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras
esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi
amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...

—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo
tanto á disponer...

—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio
de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de
los prisioneros. De otra suerte...

—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero;
bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis
conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal
intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.

—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo,
solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion.
Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?

—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y
gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus.
¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.

—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han
llamado al castillo dos caminantes fatigados...

—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.

—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son
caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden
albergue por esta noche.

—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?

—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el
castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa
lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.

—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que
les enseñe el camino un hombre del castillo.

—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente,
repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella
comision.

—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban
confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes?
Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de
paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es
encantado y nada hospitalario. Van de paso.

—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.

—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos
espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y
suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...

—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.

—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que
vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible.

—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí;
parece que el cielo se derrite en agua. Seria una inhumanidad por
cierto.

—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo
queden á la intemperie en una noche...

—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue
á cumplir la orden.

—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda
vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán
de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el
peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es
que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como
asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun
la faena que damos á nuestras copas.

Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia
no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza,
de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.

De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos
padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, como un paraguas
espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á
medio cerrar.

Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los
primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar
sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo
espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.

[Ilustración]



CAPITULO XXXV.

      Mentides, fraile, mentides,
    que no decís la verdad.
    . . . . . . . . . . .
    Mató el fraile al caballero,
    á la infanta va á librar:
    en ancas de su caballo
    consigo la fué á llevar.

        _Rom. del conde Claros._


Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado de
llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian sus
ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á
otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido
notado de los defensores del castillo, á no ser porque no habiendo
creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar ceremonia,
habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su prudencia
convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, y aun hay
cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero
en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia,
se habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar
al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia
resultado en detrimento de la razon de entrambos.

—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si
les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que
visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el
castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios
que pudieran haber encontrado en su camino.

—_Pax vobiscum_, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave.

—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi
huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos
dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latin.

—En ese caso, _Te Deum laudamus_, repuso el padre respirando como
aquel á quien le quitasen de encima una montaña.

—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco
político por dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos
cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera,
que se quiten esos hábitos que traen tan mojados...

—_Et super flumina Babilonis_, dice el salmista: _vetat regula_, la
regla nos lo impide.

—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias
que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera regla
de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino
nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado
hasta entonces la palabra.

Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que
deberian hacer.

—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su
indecision: ¿no es cierto, señor camarero?

—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si
sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles
gusanos de la tierra...

—_Vinum lætificat cor hominis_, interrumpió el padre. Nosotros
agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo
beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir:
vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros _exultemus_, _et
lætemur_.

—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que
nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?

Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si
encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de
aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension
del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer
en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en
responder con cierta serenidad el mismo padre.

—Mi superior está achacoso; es sordo ademas _tanquam tabula_...

—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se
llamaba la enfermedad del padre.

—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha tan
sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de
esta noche debe de haberle perjudicado mucho. _Benedictus qui venit._
Venga ó no venga, añadió para sí el padre.

Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia
permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba
blanca, y su capucha le envolvia todo el medio de arriba.

—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo?
preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del
padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos
sentido.

—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de
defensa. Aunque _manet nobiscum dominus_, bueno es llevar ademas
un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad
no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni
yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas
mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra
seguridad, si bien _Deus vigilat_.

—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz curiosidad.

—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, hijo, de
Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la obediencia
no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andujar
de nuestra misma orden, que es como veis de San Francisco, hijos
mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli
antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y
los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage.
_Introibo_, dijimos, _ad altare_.

—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta
entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque
nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta:
si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió
el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se
retiren, señor Ferrus.

—_Amen_, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de
salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el
castillo.

—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus,
apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las
centinelas no se han relevado aun.

—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago
disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos
solos un instante por su propio servicio.

—_Ite, misa est_, replicó el padre echando una bendicion gravísima á
entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus
interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que
necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.

—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas
famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre
silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia.
¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez,
que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os
entiende de cazar en latin á las mil maravillas.

—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé
lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en
cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las
vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los
padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto,
y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.

—Pobre venado es este, Peransurez: es nuestro, dijo Hernando.
Hace la señal del pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No
tardarémos en tañer de oscisa. ¿Pondrémosle canes?

—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya
el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.

—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...

—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad por
la salida...

—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus
hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el buitron.

Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en
cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor
armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente
abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos
frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que
enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é
introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia corrido
mucho, y que debia de ser en gran manera interesante su mensage.
Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un
poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro
cuánta sorpresa le infundia.

—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle recorrido.

—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.

—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de
Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...

—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.

—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid llegó
á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y
pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado
para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de
Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros
y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por
momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño,
hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir
pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde
Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y
torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe
don Juan. Háse traido consigo á los principales señores de la corte,
y esta noche debe dormir en Andujar.

—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.

—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, por
hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con
este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor vigilancia.

—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No
vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?

—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde
alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues
que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su
físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de
madrugada.

—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto
no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre,
añadió Ferrus al emisario.

—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á
venir conmigo á la corte.

Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines,
y conversando acerca de la determinacion del rey, y del singular
acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.

—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á Ferrus,
que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de
hospedar en este castillo á la corte...

—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo
encantado...

—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre.

—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja la
mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con
la estúpida espresion de la embriaguez.

—¡Hola!

—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no bebeis?

—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de agradecer
el ofrecimiento.

—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.

—¿Y la mora? preguntó el padre.

—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la
torre...

—¿En la torre?

—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os
dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!

—¿Con que arriba? preguntó el padre.

—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah!
¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino
que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en
seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver
si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo
os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui;
llamaremos cuando os hayamos menester.

Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la
puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las
palabras del alcaide.

—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez, que
asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las que
se le escapaban al imprudente mancebo.

—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves
todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que
hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y
señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la
hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su
poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de
Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia
gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno
sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui
Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de
despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse
de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos,
que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al
montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese
un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides
un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que
preparado llevaban, á manera de mordaza, y atáronlos en seguida
fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos
conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con
la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura
que hacian sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta,
y mirándose con ojos aun mas abiertos, sin acabar de comprender
si estaban encantados por el moro del castillo, ó si habrian dado
hospedage á dos diablos del otro mundo que venian á castigar su
descompuesta vida.

Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo
de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado
recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide.

Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar
del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era
indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella en que
estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar importunas
centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse
en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria de
favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en
encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta
detras del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera
oscura les probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada
uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando,
que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la
mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras,
ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando
llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio
posible por no dar la alarma en el castillo.

Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz
desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una galería,
y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad,
no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al
único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele de antemano
que no se separase del estremo de la galería mas distante de la
prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un mancebo
profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos
que parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que
habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de
la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda
faccion.

—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo al
servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros;
este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos
despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un
ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo.
Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del
demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de
su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo
es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen
tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del
no comer y del no dormir; ¡voto va!

En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto
profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería.

—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario.
Asunto concluido. ¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo,
segun dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos?
Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese
conjurar el encanto con esta lógica observacion.

Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de una
cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el
oido del infeliz.

—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como
si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin
apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el ruido.

En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á
ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le
levantaron en alto.

—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el
miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á
quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas
por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros
aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.

—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.

—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una cadena?

—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la
puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin,
una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la
prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.

Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.

—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, arrojándose
á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la
desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras ropas.

Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver
venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que
á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que
paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que
los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro
para traerla el alimento.

—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido,
señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios
de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de
esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.

Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada,
que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste,
inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella
horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado;
creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya
á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada
incredulidad.

Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras
cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta,
levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una
larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando
largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.

—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y
descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó
cristiana, hablad: ¿qué nos quereis?

—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues de
haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero
espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer
en el mismo estupor.

No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un
antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando
con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él
estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra.
Dejadme; ¿seria posible?

—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la
infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en mi
rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy
hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme,
prosiguió acercando la luz á su semblante.

—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando retrocediendo.

—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con vosotros.

—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernando al sentirse detenido por la
víctima ¿vivís?

—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo dudais.

—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?

—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha
propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos
al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis
al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?

Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia debajo
de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces
habia visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.

—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!

—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la encerrada:
¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?

—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El montero
Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.

—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os
veo, y cómo en ese trage?

—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos
para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del monte.
¡Ea! Venid con nosotros.

—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me
mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles
como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...

—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos
siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este
estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento
actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que
un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la
iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.

Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada á
que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones,
que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una
espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos en
fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus
dudas para mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos
habian pasado ya gran parte de la noche en dar con la prision, y
despues de tantos afanes faltábales aun desempeñar la verdadera
mision que en tal peligro les habia puesto.

Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito que
sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la
recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa,
tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir
al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de
faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes
habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante
la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado
cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida
ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena
se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen
ver á la puerta al amanecer.

Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo
mas adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron
de buscar por la parte, que no habian recorrido aun, la prision del
doncel, dejando para despues de encontrarla el determinar la forma
de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste
le parecia sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en
obsequio de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado
su fiel Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche
como si estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en
aquella peligrosa tentativa.

[Ilustración]



CAPITULO XXXVI.

      Ya la gran noche pasaba
    é la luna sestendia:
    la clara lumbre del dia
    radiante se mostraba;
    al tiempo que reposaba
    de mis trabajos é pena
    oí triste cantilena
    que tal cancion pronunciaba.

    _Don Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._


No bien hubieron tomado la determinacion que dejamos referida,
echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar
con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido
comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos
escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió
reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarian como á
diez varas del pie de la muralla interior.

Fatigados de la faena que la ignorancia de las llaves les acarreaba,
y aun mas del silencio y cuidado con que les era indispensable
proceder, tomaron alli algun descanso. La cautiva, que acababa
de esperimentar una emocion tan inesperada, y que en medio de su
debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado,
y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia
harto inseguras todavia, no pudiendo resistir á tantos afectos
encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna,
que felizmente encontró en la pieza en que á la sazon se hallaban.
Perdian ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prision
del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche
anterior y á deshoras habia creido oir un laud débilmente pulsado,
cosa que no le habia acaecido nunca desde su llegada al castillo;
este dato convenia con la fecha de la prision de Macías; y hubiera
jurado, les añadió, que salia el eco del pie de la torre. Esta
advertencia solo podia animar á los generosos amigos del prisionero.
Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué
hora podria ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta
tronera, y pudo distinguir que el cielo se habia serenado; un viento
fuerte de norte lanzaba hácia las playas africanas algunas nubes
dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de
la luna en su ocaso advirtió á Hernando, asi como la posicion de
algunas estrellas que acertó á ver, que podria faltar una hora todo
lo mas para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observacion nada
favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo
sospechar que debajo de ellos debia de haber al pie de la muralla
un soldado de faccion. Esta precaucion le confirmó en la idea de
que debia caer hácia aquella parte del castillo la buscada prision.
Resolviéronse, pues, á probar la aventura y poniendo el éxito en
manos de Dios, á quién fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo
voto á la Vírgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus
cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso
si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una
nueva llave en la puerta que debia conducirlos, segun todas las
probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor de un laud, que
al pronto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.

—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la
blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.

Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspension, y de alli
á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido
acento una cantica, de la cual pudieron percibir los fragmentos
siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la
interrumpian, y del monotono rumor del torrente, que á los pies de la
torre por la honda zanja se desprendia.

      ¿Será que en mi muerte te goces, impía,
    ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata?
    ¿Asi al tierno amante, mas fino, se trata?
    ¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?
    ¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!
    Mis tristes gemidos levántense al cielo,
    pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo.
    Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.
    . . . . . . . . . . . . . . . . .

      La copa alevosa, que amor nos colmó,
    tambien heces cria, señora, en mi daño.
    Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.
    La copa y las heces mi labio apuró.
    ¡Ay triste el que al mundo sensible nació!
    ¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!
    ¡Ay mísero aquel, que asi amor maltrata!
    ¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!

      ¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
    tiranos me disteis una alma de fuego?
    ¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
    bebido, en el pecho, se torna el licor?
    Contempla, señora, mi acerbo dolor.
    ¡Ay! torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;
    ingrata; aunque sea, como antes, mentira,
    la dicha me vuelve, me vuelve tu amor.

      No mas á mis ruegos te muestres impía,
    ó pérfida hermosa, muy mas aun ingrata.
    No asi al tierno amante, mas fino, se trata.
    No quepa en tu pecho tan grande falsía.
    Dolor no se vuelva lo que era alegría.
    Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,
    si en vano mis quejas se elevan al cielo,
    ¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!

Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que
habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente
la habian oido.

Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas, diéronse
prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos
se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible
alano, el cual no bien salió al aire libre cuando comenzó á ladrar
dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.

—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio.

—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su
ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su
perro.

No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.

—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el
cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del
faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.

—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando
rápidamente los ojos del que acababa de caer.

—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad para
despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro
centinela con este intempestivo ruido.

—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz
éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo
del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo
ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo
dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y
á poco el infeliz habia ya espirado.

Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les
quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta
á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el
rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase
los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar
en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian
venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente la
prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.

—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo;
pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para
ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto
amanezca?

Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista habian
creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por último,
Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir Peransurez
y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en
aquella posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion;
pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia
logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria
la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al
salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo
Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues
no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron
tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder
á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo;
fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la
presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia
hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando,
aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir
que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas
que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de
montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su
lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso
no seria reconocido y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de
salvacion. Hízolo asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo
del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á
Peransurez acerca de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y
en llegando á la corte.

Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de volver
á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo su
capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente á lo
largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo,
donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su salida,
siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus la
noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los
dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no menos
interesantes de nuestra historia.

Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores de
la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que
hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si
antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la puerta
principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de
cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió,
pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano
llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en
reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de
armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron
encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos,
Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las
preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy
semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la
pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en
pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad dificil de
pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habian
de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra; preparaban
otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y
juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse unas puertas,
derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por dentro nuestros
atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden
y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular
en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado
sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la
cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió
esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó
si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas
de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil
el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre
todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que
pueda anhelar saber el impaciente lector.

[Ilustración]



CAPITULO XXXVII.

      El rey moro de Granada
    mas quisiera la su fin;
    la su seña muy preciada
    entrególa á don Ozmin.
      El poder le dió sin falla
    á don Ozmin su vasallo,
    y escusóse de batalla
    con cinco mil de caballo.

    _Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas._

      Dos mil vidas diera juntas
    por ser el desafiado.

    _Batalla de Rugero y Rodamonte._


Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles
interesantes los personages de nuestra desaliñada narracion, de saber
el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su
cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta
para dar entrada al pagecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores
de la llave. Mucho sentimos que la complicacion de sucesos, que
bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos
antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que el tiempo,
que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos
completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que
cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y
nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el
que entró nada contó nunca, razon que tenemos para sospechar que
fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que nada de ello se
supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero Lopez de
Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente
en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que esta
tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan Perez. Hubo quien
aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él mucho despues de
haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya conocemos la mala
intencion del judío; y es de presumir que alarmase al marido acerca
de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y
el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernan Perez
acerca de lo que alli podia haber ocurrido.

Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, de
resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su
esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza,
y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la
acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido
del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en
su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de
ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para
averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en
limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido
un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto
hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á
adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir ó
morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido en
su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente
á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia encargó
al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder
de éste con su inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse
al mismo tiempo que se verificaria el combate, donde quiera que
estuviese la corte, al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo
que habia dado su alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga
para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si
éste le presentaba con las pruebas legales del delito, escusaríase
la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que
recurrir al juicio de Dios, seria aquel inevitable.

Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta noche
en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse éste á
todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperacion,
esperó en un continuo llanto y congoja el dia en que habia de
desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de verse espuesta
á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente
generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la vida de su
desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, como tenia
motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.

Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion
alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo
el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que
no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira
que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y
el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda
virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello;
pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á
su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion,
ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de
su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada
Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la
lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable
existencia.

La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse
trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique
el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la
cogió por tanto en Andujar.

Amaneció este dia, y nadie en la corte pudo dar razon al rey,
cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis
Guzman fue el único que pudo esponer sencillamente como Hernando,
fiel criado del doncel, le habia visitado en la noche del sarao,
manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipage de su
amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia
vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no habia
vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos
los que conocian, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías,
no dudaban un punto que se presentaria en la lid el dia emplazado,
tanto mas cuanto que se habian publicado los convenientes edictos
y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie
tenia motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel
á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero de
sospecharlo á saberlo habia tanta distancia como hay de la mentira á
la verdad.

Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del
feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido
llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia
con el peso de sangre agena, descansando en la vigilancia de su
emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de
gentes de su devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia
verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar
condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho
valimiento, y el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo
que el cielo le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida
de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su
alteza, proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en
un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique,
con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia,
haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con la
voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no dejaba
de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.

A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado
combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga don Enrique
el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del
dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.

Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez Dávalos,
de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demas
dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un
faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo,
precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en
que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle
numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos.
Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda
que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su
esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia,
pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad
de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo
que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor
cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego Lopez
de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado para
la averiguacion de aquel horrendo crímen, el cual sin embargo habia
permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios
de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el
justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo
se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena,
achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion,
y lo demas ocurrido en el caso.

Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada
de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de
nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no
sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las
claras el estado en que se hallaba.

Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la denegacion
del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.

Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual
presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia
dignado su alteza ordenar la prueba del combate.

Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió que
era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual hizo por
medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.

El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora,
que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de
la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia
entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller,
fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba
del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció
á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante;
pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo
y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los
combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo
Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta entonces
en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena;
Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó un agudo
chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la
seguia. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el
contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la
cual anuncióse como el campeon de don Enrique.

Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo todo el
efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron
los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes
combates. La muger acusadora por una parte, y el marido campeon del
acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó
á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo
permitirás, señor...!

Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso
silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del
trono.

Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á
este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en
los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella
ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no
compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era
para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su
causa á su esposo y á su amante.

Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer
requerimiento del faraute.

Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose
Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con
loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó
dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la
muerte presto, la muerte!

—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba
para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que
antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en
el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar
de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la
acusadora será ejecutada.

—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá
la corte al sitio del combate.

Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de
Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperacion. Don
Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba
en sus labios. Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no
tener contrario, y de la inopinada tardanza.

—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á su
enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo
puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.

—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de
agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los
ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto
tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos
farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don
Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia
toda incomunicacion con la acusadora.

Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir
al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de Elvira.

Don Luis Guzman vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su
silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa
el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en
vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.

[Ilustración]



CAPITULO XXXVIII.

      Traidor sois, Payo Rodriguez,
    el mayor que ser podia.
    Yo vos haré conocer
    ser verdad lo que decia.
    Entraré con vos en lid
    y en ella vos venceria.
      —Mentides, Rui Paez Viedma,
    Pai Rodriguez respondia.
    Por eso sois vos reptado,
    no yo que nada debia.
    Diéronse luego sus gages,
    y en el campo entrado habian.
    Procuran de se matar
    muy cruel batalla habian.

          _Sepúlveda_, _Rom._


—¿Pararemos aqui, si os parece? decia deteniendo su mula á la puerta
de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya hemos dado una
pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos
anteriores.

—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su
muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.

—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!

—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada,
semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del
endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á
una fenestra. No hay posada.

—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz,
que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...

—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á
decir la vieja.

—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para
esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula
mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior
del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar
en la cuadra.

—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo
en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la
vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido
prolongado, como se aleja tronando la tempestad.

—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de
Nuño.

—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!

—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media
Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba
del combate en este pueblo, que Dios bendiga.

—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su
audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?

—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las
afueras del pueblo.

—Como gusteis, repuso el buen Nuño.

Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo,
dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada.

—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie,
y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez,
y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos
hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca
fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al
padre sacristan? No, sino veníos despues con letras para el señor
justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto
va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corria hácia la
plaza del pueblo, ¿nos daréis razon del señor justicia mayor?

—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan
pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir
al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el
duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros
al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y
siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes,
y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que
seguir el consejo del muchacho.

—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en buen
hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta haréis su
comision: ¿ha de correr tanta prisa?

—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre
propone...

—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el
curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.

Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de
cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado,
y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los
jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo
de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia
servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque
dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los
centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde
ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper
las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.

Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las
bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para
ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia
los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á
otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su
compañero.

—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.

—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que
hechizó á su muger, es acusado por ello.

—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas
gentes que tienen pacto con el diablo.

—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo
que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran
que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo
cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata...

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba
otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué.
¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora
Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus
secretos, cometido la ligereza de...?

—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal
encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer
una ligereza!

—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada
para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son
mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.

—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el
combate no se verificará...

—¿No, eh?

—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.

—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.

—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el
judío... maldiga Dios á los judíos.

—Amen.

—Amen.

—Amen.

—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han
echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le
tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha
de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey
Artus.

—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petrimetre incrédulo
de aquel tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de
verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores
con la dama acusadora; hálos sorprendido el marido, y...

—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los
barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona,
hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito
que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por
tierra en un instante el honor de una dueña!

—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la repasata,
y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos
habemos menester...

—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y
encendida la quisquillosa mogigata.

—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los
trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos
hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por si
podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia mayor.

Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros
anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del
combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos
farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios
ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar
fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su
alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y
el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala.
Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los
demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso
revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia
de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos
persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza
acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su
confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á
semejantes oficios debian seguirle.

Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el
campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y
piqueros; de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo
de su alteza, y otros en varios puntos estremos de la liza.

Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo
enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar
con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia
celebrarse el santo sacrificio de la misa.

Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante
apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos
de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y
custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo
negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada
garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella
perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas
veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y
prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de
un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor;
su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes
lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al lado,
vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima
lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de
consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera
oidas.

Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y
Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba
rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño
negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla
de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el
jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de
seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda,
labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de
piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal,
deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El
manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.

Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas,
y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages,
caballeros y gentiles homes de su casa, vasallos suyos, vestidos
todos de ceremonia y paz como su señor.

Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual
distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de
su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya
al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y
cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una
afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que
era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de
los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de
reo.

Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir
todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al
rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate,
que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de
otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.

Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada
la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de
Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando
el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un
soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban
hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados
de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada,
y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez
vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa
ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado,
con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de
grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete
italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa
continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con
la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba
rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del
palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres
vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada
vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor;
dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimientos
que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima
infeliz de su propia virtud y generosidad.

Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron
los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces
consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.

Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio
succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.

Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia
distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que
de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba
la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir
que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo
trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza
si su campeon no venia?

Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase ya
el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como
si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado
á darle, solo por el hecho de haber él concebido esperanzas de
presenciarla. Circunstancia que prueba que el público de Andujar en
el siglo XV se parecia á los públicos de todas las épocas y paises.
Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses
del combate: habia contado con una diversion, porque generalmente las
calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversion no
llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento
y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, caballero aleve y
descortés que se habia ofrecido al socorro de una dama para faltar
despues á su palabra y su fé; quien se indignaba contra Villena
achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion del pundonoroso
doncel.

Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador
de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado
Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion,
ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar
á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al
palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos
de acudir á ver qué pretendia aquel palurdo; espúsole entonces
el montero como tenia dos palabras que comunicar á su señoría al
justicia mayor.

Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No
es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la
audiencia.

—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos mios
los que tengo que comunicarle.

—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá
él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero de la
taberna del rincon?

—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan
injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho...

—¡Favor al rey! gritó el faraute.

—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes
tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que hablar á su
señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy verificarse, y
vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces de tu especie?

Una carcajada del faraute, y un golpe que con la vara de su insignia
dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse
ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de
aplausos resonó por toda la plaza.

—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte
curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la
disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se
volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor
alboroto.

Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de entrar en
la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que preguntaba
ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la acusadora,
le hablaba con voz agitada y resuelto continente.

Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho
negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento,
y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente
obrada, y que decia en letras de plata _imposible_, _venganza_,
llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que se
elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.—¡Él es! ¡él
es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.

—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Háse
salvado el doncel!

Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal:
llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta
esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que
tenia el mariscal.

Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su
indignacion.

¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel?
Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen
agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.

El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor
singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante
á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo,
“¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á
su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible
actitud ya de acometer.

Otro tanto hizo el recien venido, y tomó de mano de uno de sus dos
pages una ponderosa lanza.

El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del
tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron
su debido puesto á ambos combatientes.

Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el rey
de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró
á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que iba
á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y
que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas,
ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la
orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y
en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de
nuevo en seguida al frente de su adversario.

Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no
pudo contenerse por mas tiempo Elvira.

—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en
actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta! quiero ser
antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!

Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los
gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor
al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada
Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada
desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.

Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute
dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese
á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña,
so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le
cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio,
interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero
irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra
el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la
entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon
cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban.

Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de
ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la
batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las
armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la
brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una
voz: “_Legeres aller, legeres aller, é fair son deber_”, segun la
fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.

Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres,
arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General
fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se
encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron
entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas
negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y
éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos
caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del
súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los
caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió
la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan
Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo,
y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la
accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el
mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique
de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del
éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel
caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de
armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su
ventaja.

El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage
habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando
despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su
espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando
desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo
negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle
el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó
Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar
el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accion que
puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con
que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion
del enemigo.

Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los
jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á
no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor.
Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido,
cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era
tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy
poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de
su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario,
que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado.
Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del
caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza!
¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las
negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole
el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido
de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus
piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al
suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los
circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio.
A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó
sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á
cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por
concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó
en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la
víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre
su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el
éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos
de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre
tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia
esperado conseguir.

Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido
del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey
de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el
pecho, y tocándole con su maza: “¡_Hé aqui_, clamó en voz alta, _hé
aqui el juicio de Dios_!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira
es calumniadora. _Hé aqui el juicio de Dios._

Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien
la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de
semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el
campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y
desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en
el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza
declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de
ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el
vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser
entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en
un patíbulo.

Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya
en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de
armas su grida de ¡_hé aqui el juicio de Dios_! cuando se notó que
su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie
entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir,
clamó en alta voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don
Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su
muerte.”

Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á
los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo
lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron
la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don
Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!

—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado
á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar
confirmará tan alegre nueva.

No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la
multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda
suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.

—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y
atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!

Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del
negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de
Peransurez y de varios armados, se dirigió á apearse ante su
alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se
ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la
esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido
terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora
queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que
venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado.

Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia
ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de
Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua
para quien nada tenia ya interes en el mundo.

Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido,
desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar
señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia
bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el
sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes
por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor,
arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido
el caballero por los oidos y las narices al recibir el golpe de
Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus
facciones.

—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le
reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira,
devorando con sus ojos las facciones del caido. _¡Ah, no es él!_
esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. _¡No
es él!_ y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de
cariñosos besos.

Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don
Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia
dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando
persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su
persona, sin quitarse la visera.

[Ilustración]



CAPITULO XXXIX.

      Yo malo que obré el pecado,
    merecia haber la paga.
    Mis ojos sean malditos
    que su hermosura miraran,
    que á no mirarla ellos
    todo este mal se escusaba.
    No mireis, justo señor,
    su pecado; pues le paga
    el cuerpo que lo tal hizo
    á ella haced librada.

          _Rom. del rey Rod._


Luego que Fernan Perez se hubo repuesto algun tanto de su primer
asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo lo mal parado que
estaba entre los suyos, llegóse á él con aire resuello.

—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?

—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que anda
mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La
fuga es nuestra salvacion.

Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la
confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros
y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en
seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda
suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia
hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que
quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su
conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca
desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio,
hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta
mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno
abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado
de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido
en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó
al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para
advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa,
segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por
esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como
debia presumirse de su ausencia en el combate.

Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de
los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta
manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia
dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y
de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío
Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del
conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte
á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que
manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el
rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva
de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su
presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su
venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de
las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.

Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor
de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad
del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un
principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á
seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y
Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos
acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los
otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La
impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la
partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas
mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.

En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la
confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se
habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros
se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero
se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas
esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido
á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no
haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero
una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos
monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando
sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los
emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no
una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su
situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero
de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar
á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca
distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo
desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los
suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla.
Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia
pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una
rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder,
permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender
cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se
acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á
buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto
á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que
habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo
interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á
los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo;
pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto
como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un
corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba
entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las
llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se
ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de
continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba
que volviese con su presa.

Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la
escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la
vigilancia.

—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse.

—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de
relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?

—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae;
pero atras.

—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar.

—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion?

—Malo, dijo para sí Hernando.

—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el
centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.

—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su astucia
no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, conocerás
mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste
gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió
Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso
de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro,
y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle
dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da
vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del
corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al
de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin mas
accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida la
saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido,
colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender
de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma
que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de
su herida corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la
escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el
corazon con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que
fuese á ver solo por primera vez.

El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde
su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del
torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su
estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su
alma.

—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado
infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te
lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora,
goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida
que yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Hernan
Perez! ¡De esta suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro
de la mia! ¡Siento su corazon latir fuertemente contra el mio; la
veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis
mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada
por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis
oidos. La estrecho entre mis brazos. Dia y noche desde entonces
siento sobre mis labios la opresion dulcísima, el calor inmenso de
los suyos, ¿No lo sientes, Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este
ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el
infierno todo sobre mis labios desde entonces!

El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon del
doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, y un
momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el
prisionero de creer á sus ojos.

—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á
tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un
villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo.
Salgamos.

—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?

—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la
mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y
urge el tiempo.

—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con
dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.

—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de
grado, si no quieres venir á tu pesar.

Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza
del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, ayudado
de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir
en el corredor.

—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han descubierto
los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.

Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y
obligóle á subir con él la escalera.

—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios soldados
que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De alli
á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas
gente por momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero,
animaba á los suyos con promesas y amenazas.

—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo soy
el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi señor.
Llega, y probarás mi venablo.

—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es
el traidor; ¡muera Hernando, muera!

Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo
prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era
evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir
por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron
precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus
enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en
ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero
gritando con la espada desnuda:

—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El doncel
me pertenece.

—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y
dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.

Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez
solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto
Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese
un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número
de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera
jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su
señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo
á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas,
aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida
sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su
alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero
que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,

—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la
prision, ó eres muerto.

No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de
que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus
entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida,
yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y
llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo
trémulo le guiaba.

Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías,
cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando
resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el
estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don
Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al
mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la
condesa fuéles abierto el puente.

Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la
prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde
que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la
mayor actividad.

Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la
prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la
fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja,
llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de
los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado
forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su
sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos.
Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se
soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo
ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas.
Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por
el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos
en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor
queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza
de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo.
No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus
ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las
cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con
voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos
de doña María y de Elvira el horroroso combate.

—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida,
tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde
del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan
Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será
mi tumba!

No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado
que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus
golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al
ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella,
desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de
la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique
y los suyos.

—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en
seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á
Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso
del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su
cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en
hierro, y profiriendo sordamente _¡es tarde! ¡es tarde!_

Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó
hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de
pausa y de terror se siguió.

—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y
se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia
alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel!
gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería
al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel
furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta,
destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba
gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi
mano. ¡Pieza! ¡pieza!

Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima,
envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel.
Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por
el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la
trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona.
Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la
fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya
para siempre el manantial de sus lágrimas.

—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí!

—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.

—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez:
¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de
su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer
á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho
agudos alaridos.

Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste
llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre
nosotros eterna separacion!

Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma!
¡Santiago!

De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate.
Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche,
replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el
hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor
clavó el pendon real en una almena.

Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en
compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas
reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de
perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener
ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida
aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su
alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia
hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre
en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á
manos de un oso mas feroz que él.

Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el
impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo
ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo
contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los
ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus
estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron
la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico
entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que
para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte
quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.

Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre
de Calatrava por el capítulo de la orden.

Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que empezó
el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa muchos
dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á recordar
nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; tanto,
que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima,
no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito en una
orden religiosa.

Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos
puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los
combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche
el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger
desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de
las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde!
lema antiguo del fatal castillo.

No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la mora
encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de la
destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde!

[Ilustración]



CAPITULO XL.

    ¡Tarde acordaste!!!...

        _Rom. del conde Claros._


Algunos años habian pasado ya desde los sucesos que dejamos
referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo
del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y ocupábale
en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos y
parcialidades.

Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una tarde por
la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del mas lujosamente
vestido la satisfaccion que da el poder y la riqueza; distinguíase en
el ceño y en la oscura frente del otro la huella de antiguos pesares.

—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, veria de
buena gana qué turba es aquella que se agita en el estremo de la
plaza. ¿Llegamos?

—Como gusteis, señor don Luis de Guzman, repuso secamente su
compañero; si bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito
sin agravarse mis males.

Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos le
formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una muger
en medio parecia querer huir de la importuna concurrencia. Sus
vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo
suelto y descuidado parecia haber sido hermoso; sus facciones flacas
y descompuestas debian haber tenido en su juventud proporciones
agradables. Esto era todo lo mas que se podia decir. Sus ojos
hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego estraordinario, y
parecian querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras; sus
mejillas descarnadas; su frente surcada de arrugas, y sus manos de
esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible
consumia su existencia.

Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrian tras ella.—¡La
loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es?
¡La loca! ¡la loca!

A toda esta algazara respondia la desdichada con una feroz y
estraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando una
estúpida y horrible carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es
tarde! despedazábase al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el
pecho.

—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.

—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecia conocer al
caballero, ¡es la loca!

—¿Y quién es la loca?

—Aqui, repuso el muchacho, solo por ese nombre la conocemos; de
temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive
por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los dias
enteros mirando á los barrancos. No habla mas que dos palabras. No
llora nunca: ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aqui siempre
estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una
diversion.

—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no quereis verla, señor Hernan Perez?

—No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso
alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aqui, señor don
Luis.

—O alguna amante desdichada, señor Hernan Perez, dijo riéndose con
indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De alli á
poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que
seguia ostigando á la demente, la cual solo respondia de cuando en
cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es
tarde! ¡es tarde!

Pocos años despues entró una madrugada el sacristan de la parroquia
de santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle ver un
bulto estraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la
loca.

—Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Esta se quedaria
aqui ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena muger ¡Estará
borracha!

Dábale con el pie, pero el bulto no se movia. Acercóse el sacristan,
y vió que la loca tenia un hierro en la mano, con el cual habia medio
escrito sobre la piedra; _¡es tarde! ¡es tarde!_ Pero ella estaba
muerta. Sus labios frios oprimian la fria piedra del sepulcro. Un
epitafio decia en letras gordas sobre la losa:

AQUI YACE MACÍAS EL ENAMORADO.

[Ilustración]



ÍNDICE DEL TOMO CUARTO

  CAPITULO XXXII      1
  CAPITULO XXXIII    31
  CAPITULO XXXIV     40
  CAPITULO XXXV      59
  CAPITULO XXXVI     83
  CAPITULO XXXVII    94
  CAPITULO XXXVIII  108
  CAPITULO XXXIX    136
  CAPITULO XL       155



      *      *      *      *      *      *



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
    actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
    la grafía de mayor frecuencia.

  * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
    interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres
    puntos.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
    que, en el original impreso, carecen de ellas.

  * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
    original impreso.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince" ***

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