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Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince
Author: Larra, Mariano José de
Language: Spanish
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DOLIENTE, TOMO II (DE 4)***


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      https://archive.org/details/eldonceldedonenr02larr


NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

      En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
      versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.



EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:

HISTORIA CABALLERESCA
DEL SIGLO QUINCE

por

D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.

SEGUNDA EDICION.

TOMO II.



Madrid.
Imprenta de Don José María Repullés.
1838.



EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.



CAPITULO IX.

      Ese caballero, amigo,
    dime tú que señas trae.

          _Cancion. de Rom._


La hora del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique de
Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien habia
comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno
acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas,
habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso
juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á
esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas que el
confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No
habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera
tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber
ocurrido, no se habia determinado ni á salir en persona á reconocer
el estado de las cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos
sirvientes. Habíale entretanto sorprendido el sueño en medio de la
encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba
se habia reclinado en su rico lecho, determinado á esperar al dia
y con él la aclaracion de los acontecimientos de la noche. El sol
sin embargo, que á mas andar se venia, amaneciendo por las doradas
puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar
á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narracion
no se habia introducido aun la moda regalona de perder las gentes
principales las horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente
lecho.

La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su
gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida),
presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion con
que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella
se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado
homenage el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres,
caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles
y pages conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido
que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase
solo la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas
misteriosas sobre su estraña ausencia.

—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?

—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez?

—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando
volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y
se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.

—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue á
ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa.

—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso.

—¡Dios me perdone! como un moro.

—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya se esplica su ausencia. Habrá
tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...

—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto.

—Es el camarero.

—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo.
Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor
inquietud preguntó:

—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar.

—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el mas
atrevido de los caballeretes.

—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y
acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su
señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus
tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á
prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.

Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero
no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer
escudero.

—Dios nos dé su bendicion, dijo en entrando, al comenzar este dia, y
se santiguó devotamente.

—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en
las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero
de su señoría, esclamaron despues.

—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser
indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las
órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.

No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona,
á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas á un lado
respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia visto antes
que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle
de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales
cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de uso.—Caballeros,
dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme
de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la antecámara de su alteza,
adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, quedaos.

Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo
bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio
recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo.

—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo
que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.

—Esa pregunta, señor...

—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una
hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto
caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden
de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero,
dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su
ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis
entrado?

—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.

—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á Ferrus?

—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be
visto.

—¿Peor? esplicaos presto.

—Y peor lo que he oido.

—¿Habeis oido?

—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la cabeza
de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar,
habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran
el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de
la otra parte del foso, un laud asaz bien templado.

—Seguid, Vadillo.

—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la parte
precisamente del alcázar que habita...

—Seguid.

—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia
cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon
se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...

—¡Vadillo!

—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha!
ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le
acometí.

—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico?

—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía.

—¿Se defendió?

—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el
espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó.

—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.

—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia
llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la
frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad
ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin
embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se
quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas
osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en
mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del
montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad.
Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo
espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.

—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea?

—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al
anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al
hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí,
pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y
gallardo mancebo.

—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es
preciso tenerle á buen recaudo.

—¿Conócesle tú entonces, gran señor?

—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo á
Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al
músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha
tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi
enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo
de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis
lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es
preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien
pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de
quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion?

—Dispon, señor, de mi vida.

—Venid conmigo; prontitud y secreto.

Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando
apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las
caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer de la
mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero buscó y
habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría.
El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacian
pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de
nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia
aquel pareció dar á éste instrucciones de grave peso, despues de las
cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados
que para su plan habian escogido, y desaparecieron entrándose por la
cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto
de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta
un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos
resultados.

[Ilustración]



CAPITULO X.

    Mate el conde á la condesa,
    que nadie no lo sabria,
    y eche fama que ella es muerta
    de un cierto mal que tenia.

          _Rom. del conde Alarcos._


Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del
montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma
comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la
serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de
las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó
á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de
tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de
su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio
temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que
el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos
hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.

El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su
hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella
volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y
preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de
aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.

Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page,
mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y
de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime
que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien
que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por
entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso
en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á
escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino
de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de
suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular
convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras
preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista
llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el
alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á
Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á
otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió
el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió
apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la
cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.

No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del
obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya
mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien
habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de
dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil
que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero
de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que
importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál
habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero,
si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase
sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en
el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el
interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió,
pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con
él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina
amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo
sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.

Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste
Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero
no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á
aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron
vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen
alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado
traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su
inocente esposa.

Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas
trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser
el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las
asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes
por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra
y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los
resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su
generosidad.

Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el
desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la
caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos
y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la
catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico;
pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del
page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al
desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no
daba noticias de su persona.

Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea
aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque
idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.

—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.

—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues
de un momento de inútil espectacion.

—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.

—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...

—De muchacho.

—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta,
los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno
aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa;
veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los
labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija,
inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada
ya.

—Seria algun criado que pasaba.

Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los
pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse
por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso
al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira
unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento,
tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres,
habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.

Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de
Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que
nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular
el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver
echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus
fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento
de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad
de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se
cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto
de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.

Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías
de la señora y su camarera.

—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña
María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra
confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente
page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado
servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?

Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de
reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á
las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente
el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines
mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al
tirano esposo de la víspera.

—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras
acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?

—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los
sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar
justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado
mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras
virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis
sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.

—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo
á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la
sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó
sin respuesta la muda interrogacion de su señora.

—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de
mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas
y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en
esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos
dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas,
presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun?

—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del
deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah!
si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si
fuesen un lazo...

—¡María!

—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz
aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais
bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle
al leon el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo
os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo
intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda
al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el
buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma
del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los
condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.

Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado
con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion,
habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un
estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó
la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:

—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.

Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien,
acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su
semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante
de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz,
deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba mas
facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era
por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente
en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas
facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de
Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.

Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno
de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron
por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un
amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.

Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña
María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia
proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los
circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un
hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian
armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que
sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza y rostro,
á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes
ni qué especie de hombres fuesen.

Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su
camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion
esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si
se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas
motivo para temer algun nuevo peligro.

—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que
os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las
conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...

No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser
gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los
demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una
palabra.

—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y
estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de
la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.

—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y
quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo
consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la
sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo
su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á
una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y
maldecia.

—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y
ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de
los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.

En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que
le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del
desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la
casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en
cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas
de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro,
que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la
cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia
alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.

Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto
lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza.
Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si
descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con
los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría;
voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte
caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas
sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo
un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor,
y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el
al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que
el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle,
pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la
escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo
que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga,
no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí,
procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.

Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira,
que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de
la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los
llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de
entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin
duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo,
contra su robusto y valeroso brazo.

—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al
Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra
salida.

No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del
estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa
de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz
del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de
traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este
acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de
la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de
que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban
aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie
veía clara la verdad.

No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el
secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta
que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y
de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente
en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que
estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva
y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á
que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas
y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos,
aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos
que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del
alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir
víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la
guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último
estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas
minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban
muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la
boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir
del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos
por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y
llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro
que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la
primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente
objeto de asegurarse las espaldas.

Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa
corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos
al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y
aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.

[Ilustración]



CAPITULO XI.

      Cuando el conde aquesto vido
    . . . . . . . . . . . . . .
    fuérase para el palacio
    donde el rey solia estar,
    saludó á todos los grandes,
    la mano al rey fue á besar.

    _Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom._


La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en
anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de
la del _muy alto y poderoso rey don Enrique III_.

Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros oficios
de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla.
Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el
orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui Lopez
Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, duque de
Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso
de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don
Garci Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego
Lopez de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller
mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique,
donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian.
En el momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su
regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo
de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y
sosteníanle del brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen
Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud,
tenia el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban
sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la
enfermedad, noble con todo, grave y lleno de magestad: sus ojos eran
hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la
penetracion y la severidad: su andar era lento y su voz flaca.

Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con
raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María
de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don
Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor
silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista
apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro
lado con su natural sequedad.

—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó
su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha vuelto de la
montería del Real de Manzanares?

—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y
despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don
Enrique volvió ayer del Pardo.

—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida
presentarse á su rey...

—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces
que...

—¿Causas? quiero saberlas.

—Seis enmascarados han robado á su esposa.

—¿Robado? ¿dónde?

—En su cámara misma.

—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la
cabeza... esplicaos.

—Nada hay mas cierto, señor.

Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al
rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento.

—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido
la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que
tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os
cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente
y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi
muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis
descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su
atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré
dar seguro aunque me le pida.

Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á
ocupar su lugar.

—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se
estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no
paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la
guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante?

—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la
supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien
con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los
moros vuelven á hacer la entrada...

—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor
miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos
moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.

Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal
dicho de Enrique el Doliente.

Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio
de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar
la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas
armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio
por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el
medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha
la tercera á los pies casi del trono.

—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente
y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo,
rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y
Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion.

—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.

Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las
espaldas, y llegado á la puerta, _entrad_, dijo con voz descomunal.

Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras
con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer
escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus
armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El
estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan
en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre
campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y
escuderos vasallos del poderoso don Enrique.

Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces
reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los
demas señores y asistentes.

—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy
noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble
é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa,
viene á pedir justicia y reparacion.

Respondido _hablad_ tres veces tambien por el faraute de su alteza,
comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion
de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa,
y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los
cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al
mismo tiempo.

—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid
cuál sea el fruto de vuestra espedicion.

—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi
cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte
vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores;
á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia,
porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor!
Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que
buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me
pueden anunciar.

Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los
caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y
el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.

—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento
de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los
sangrientos restos.

—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no
hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia!

—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III.

—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello
testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con
estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una
muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse
de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se
supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las
peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo
desengaño.

—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso?

—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que
achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin
duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví.

—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al
alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni
formalidad alguna castigar al que como villano se portó.

—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos
indicios de quién pueda ser el robador?

—Ninguno, respondió Villena levantándose.

—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...?

—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...!

—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo.
Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al
delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los
oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde
quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios
Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando
su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que
lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano
ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede
privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho
sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble
ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y
al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora,
don Enrique.

—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.

Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le
separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla
ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle
repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle.
Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden
que habian venido.

Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir.
¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria
muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero
ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y
forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia
creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos
de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto
callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia
de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado
visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia
tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon,
y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos
mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio
el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los
mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces
mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los
suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.

[Ilustración]



CAPITULO XII.

      Por dar al dicho don Quadros
    dado ha al emperador.
    . . . . . . . . . . . .
      —¿Por qué me tiraste, infante?
    ¿por qué me tiras, traidor?
      —Perdóneme tu alteza,
    que no tiraba á tí, no.

        _Rom. ant. del infante vengador._


No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus
caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta
alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el
intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve
conversacion.

—Fernan, nada tenemos que temer.

—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.

—¡Fernan!

—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus
órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.

—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.

—¿De nada?

—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso
ser maestre de Calatrava.

—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga
por última vez.

—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que
necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino
que habrán tomado los armados.

—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su
silencio y de su fidelidad.

—Bien; ¿y Ferrus?

—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?

—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es
la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno
todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre
honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador
prisionero?

—Podemos verle.

—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha
estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la
corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene
noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si
alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.

—Eso, señor, pudiera no convenirte.

—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde
esté.

Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno
músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida
abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su
conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la
condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo
acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple
caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona.
Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no
estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su
esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha
de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su
corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja
del pecho á voluntad.

A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y
nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia,
no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.

Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una
larguísima galería se encontraba.

—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente.
Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el
escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion,
cerrándose tras ellos la puerta.

—¿Y el preso? preguntó Vadillo.

—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes,
segun ronca tranquilamente.

—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?

—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor
escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado;
pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá
salir despues del medio dia.

—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.

—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.

—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado
de la violencia que con él se ha usado?

—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo
el ilustre conde...

—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.

—Voy á advertirle que vuestras señorías...

—Presto, Alvar, presto.

Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y
Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No
tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado
al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con
el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus
ilustres huéspedes.

—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.

—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á
violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo
y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías
determinen. Pero aqui está.

Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto
al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador,
se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor,
esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan
dura prision tu fiel Ferrus?”

Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y
su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico
pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera
preparado para el raposo.

—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso
conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid acá, don Villano,
añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar,
venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado?
¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de
la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio
Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.

—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo
si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero
me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.

—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.

—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico
que yo cogí.

—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger,
ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de
cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...

—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí
tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al
que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse
precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que
tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...

—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al
oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?

—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y
cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia
visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber
por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien
sabe Dios que en aquel trance me santigüé...

—Adelante; miserable, acaba.

—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré
el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las
heridas que el mal enemigo me habia hecho.

—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique.
¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!

—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no
diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que
tañía.

—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos
que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza,
Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para
tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte
yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el
primero que llegase?

—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que
habia de hacer contra el diablo en viéndole...

—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal
servidor? Enséñamele, desalmado.

—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y
mejor.

—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo
por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente
doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre
vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será
recompensada.

Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron
silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en
poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su
cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa
que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco
inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion
se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia
imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco
cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi
que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo
impedido.

[Ilustración]



CAPITULO XIII.

      ¿Qué es aquesto, mi señora?
    ¿quién es el que os hizo mal?

          _Cancion. de Rom._


Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á
nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con
insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le
deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por
fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la
averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas
de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en
derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna,
ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse
primero y esclamó:

—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...?

Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el
pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno,
soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y
comenzó á dar brincos.

—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero
por...?

Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de
la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado
á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.

—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran
desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...

—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién
me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién
sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos
encontrado asi mano á mano con esa columna negra?

—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes
nuevas?

—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el
que tañía...

—Lo sé... y...

—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, mas largas
que las del arenero...

—¿Inútilmente?

—Si, pero por fin llegó.

—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! Sigue.

—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados
los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó,
y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la
espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de
gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con
voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me
dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del
hechicero?

—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que
una hermosa dama...

—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele
entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa:
largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en
fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á
una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente
contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El
infierno me envia enemigos en medio de la soledad, y la Madre de
Dios me abandona. Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido
mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el
alcázar; las órdenes mas rigurosas, dadas no sé por quién despues
de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que
entrase el dia para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana
el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger
necesita mi amparo en cualquier ocasion, mal pudiera negársele un
doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro.
A Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le
atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse
entonces en su pardo gaban, y cubriéndose con él la cabeza, oíle
sollozar y salí. Hé aqui, prima, las nuevas.

—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa
supiste...?

—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...?

—Sí: ¿nada sabes?

—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion
me asustan...

—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa
villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor
imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis
diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en
todas mis conjeturas.

Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia
nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido
page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo
de luz.

—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios
violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar
á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y
qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser
callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me
guiarás adonde pienso ir.

—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan
atolondrado como le llaman.

Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de
gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de
tan estraordinarias escenas.

Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba
que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la
condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien
se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por
otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del
conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado
honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero
que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito
á Elvira imaginarlo siquiera.

Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero,
y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de
los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una
intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de
su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos
tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el
criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia
podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto
constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios,
y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero
la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus
sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia
del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso
obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate:
propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso
silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner
á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á
desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que
habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde
la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera
encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar
libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna
casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su
esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una
esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las
respuestas.

Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse
ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al
infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido
hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero,
en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones
á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que
pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus
reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese
dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en
negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de
la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en
la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable
aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira.
Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero
nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y
parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos
de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural
penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del
de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado
cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los
antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo
ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga
que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus
oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar,
de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla
todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la
impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse,
pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad,
y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin,
que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía
oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron
creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por
la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada
virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella
lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en
su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios
creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba,
sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma
tranquilidad.

[Ilustración]



CAPITULO XIV.

      Contadme vuestros enojos;
    no tomeis melenconía,
    que sabiendo la verdad
    todo se remediaria.

        _Rom. del conde Alarcos._


En la misma postura que el page referia haber dejado al melancólico
doncel, envuelto en su gaban hasta los ojos, y roto á sus pies el
laud, permanecia cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole
con su acostumbrada sequedad:

—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de
rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.

Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él
una figura envuelta en un ropon negro, y cubierta la cara con la
mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salian
sobre todo de su casa, ó cuando habian de hablar con caballeros
desconocidos.

—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esa dama? preguntó
desembozándose con enfado el doncel.

Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podia
indicar que no venia á hablarle con testigos,—Retírate, Hernando,
dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una
mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía
mil encontradas ideas.

—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estais: si alguna
revelacion teneis que hacerme, si alguna ocasion teneis que
proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no
en vano os habeis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y
poderoso rey de Castilla.

—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir
la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que
desfiguraba enteramente la mascarilla que cubria su rostro.

—Nombradlos, señora; si algun caballero ha mancillado el nombre de
una orden de caballería, el me dará razon y satisfaccion...

—No os altereis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros,
que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre
por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna
en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos.
¿Conoceis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de
Albornoz...?

—¿Seria posible? Seríais vos, señora...

—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...?

—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y
de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una y
otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus
sospechas.

—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en
seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la
condesa se decia...

—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace de
tan triste historia... y vive el conde todavia... y...

—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia
piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los
pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será preciso que un
caballero salga fiador con su espada de su acusacion. ¿Estareis
mañana en la corte de don Enrique...?

—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta
corte...

—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros?
repitió lanzando un amargo suspiro.

—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, que
mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...?

—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...?

—Jamas; pero...

—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este
momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que
atropella, los riesgos á que se espone...?

—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...

—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido
de ligero cuando he creido que...

—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os
pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un
color...

—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la
inocencia: el mio es imposible...

—¡Imposible!—Elvira, vos sois...

—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la
esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro
deseo...

—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que
conozco, como pudiera conocer...

—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta
en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...

—Nunca podia padecer su honor...

—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana
ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la
tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de
mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado la dama que
nombrasteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.

—¿Eso sabeis?

—Lo sé.

Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta
tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la ropa de
la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza,
declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don Enrique,
y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un
notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el doncel como si
quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su
terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo correspondió
á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí,
arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia.
Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar,
pero un ademan imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse,
y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el
espacio en una oscura noche del estío, desapareció á sus ojos
la aérea vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra
acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la
vista fija, como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la
distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle
que al desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia
reunido la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda
alguna esperando.

—_Sé doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento despues
Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo
pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en
indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas
la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazon del
hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un
miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!!

[Ilustración]



CAPITULO XV.

    ¿De dónde vino este diablo?

          _Rom. del Cid._


De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su
favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga
la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale
la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle
acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya
probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar,
de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto
laboratorio.

—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu
singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...

—¿Eres ya maestre, señor...?

—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo
de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon
don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este
favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como
yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá
de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la
necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que
él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para
el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá
menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi
allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple
corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta
nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la
muerte del maestre de Calatrava...

—Tu antecesor.

—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del
astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las
batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de
una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus
cansados años le permitian.

—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico
de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la
mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura
era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su
oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la
noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia.
Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta
gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con
una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo
semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente
colocadas encubertaba su calva zolloa.

—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...?

—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son
necesarias.

—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis
menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del
ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...?

—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos.
Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera,
y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros.
Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera
terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será
preciso desviar y no consultar.

—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima:
antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar
de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante
almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez
pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander
mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el
apartado polo, caerá herido de invisible mano...

—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida
ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para
oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don
Enrique el Doliente, á quien su débil contestura arroja como una
víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años
enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á
ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra
impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion,
y acordaos de que es mas facil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la
indignacion del impaciente Villena.

—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible
efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones,
¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana?

—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el
crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida
esencia del oro; pero el medio, el medio...

—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle,
mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero que la esperiencia me
obliga, en fin, á desechar tristemente?

—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el
conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la
esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso
metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió
alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto
bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese
no hay espíritu en el orbe que no responda.

—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?

—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don
Enrique gozais?

—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico
del rey don Pedro el Cruel...

—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis
arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer
marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra
existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas
que una prolongada impostura...?

—¿Pero esas preguntas...?

—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son
fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser
maestre de Calatrava.

—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la
muerte de la condesa no es ya un enigma para...

—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos...

—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero
hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...

—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os
hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno.

—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...

—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que
invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida.

—¿Qué dices, señor?

—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.

—¿Y creeis que Clemente VII...?

—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...

—¡Qué de importantes noticias!!

—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué
hora vereis á su alteza?

—Debo asistir á su refaccion de la noche.

—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis
hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza
las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre
de Calatrava ha de ser...

—Don Enrique de Villena.

—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo
título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey
que no nos hemos visto.

—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del
jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una
habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una
comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que
encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre
el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides
buscando remedios á su dolencia.

—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis
fines...

—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella
agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á
esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en
sus dias á tener sed.

—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el
corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el
pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he
hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles
el dia que se digne llamarme á su juicio,

—En ese caso...

—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo
valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones
vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...

—¿Se llama?

—Macías.

—¿Está en Calatrava?

—En el alcázar, por mi desgracia.

—Prosigue, señor; la otra...

—Elvira, la muger de...

—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que
derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...

—No: hablad ahora.

—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una
pasion que le domina...

—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo...

—Os equivocais.

—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.

—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de
esa corte ciega y atrasada...

—Proseguid.

—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre
su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele
varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte
años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi
esperiencia.

—Díjome sin creer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo
aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...

—¿Casada?

—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo
para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á
pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor
al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero
incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el
ramillete á riesgo de su vida...

—Adelante, Abrahem.

—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y
entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos,
esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco
anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte...

—¡Santo Dios!

—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á
Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido:
la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado
atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre
precursor de la muerte.

—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...?

—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el
doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí
solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen.

—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí:
quitáisme un peso horrible.

—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos.

—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que...

—No importa. Una ocasion.

—Y que Hernan Perez...

—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero
es osado, pundonoroso, valiente...

—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de
mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...

—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de
encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida? Supongo que
sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan
terrible golpe... Vos erais tambien esposo y...

—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa
materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.

—Señor...

—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis
de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos
un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de
quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco
edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...

—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo
entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía
pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden.

—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible
mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que
distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de
la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como
nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores
hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del
físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió
á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado,
para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don
Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus,
que en la cámara impaciente le esperaba.

[Ilustración]



CAPITULO XVI.

      Viendo aquesto un moro viejo
    que solia adivinar...
    suspirando con gran pena,
    aquesto fue á razonar.

          _Canc. de Rom._


Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal
contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de
Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza
fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó
sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey
de Castilla habia de representar de alli á poco. Llegada la hora,
asistió como tenia de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora
previniéndole los platos que debia comer y los que solo debia gustar,
ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversacion
naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de
chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó
la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara,
y á presencia solo del buen condestable Rui Lopez Dávalos, que gozaba
con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á superticiones y
hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un
sentido que no acierto á comprender. Dime por tu vida si algun fausto
acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad
nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San
Francisco, á quien venero particularmente.

—Vana es ya la intercesion de los santos, señor, cuando es pasada la
hora del hombre.

Paróse aqui el inspirado varon, arqueó las cejas con siniestro mirar,
dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció
suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias
del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza,
pendia de su boca, ni mas ni menos que el reo que espera oir de la
de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo
judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinado el cielo
detenidamente,—No me engañaron, esclamó con voz hueca y sonora,
que salia como un trueno de lo mas hondo de su agitado pecho, no me
engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro, que ha
presidido tan infausto dia, velado entre cenicientas y rojas nubes,
acabó su diurna revolucion, y corrió á lanzarse en la inmensidad de
los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso.
¡Oh rey! humilla tu frente soberbia: la iglesia de tu Dios, dividida
y presa de un cisma prolongado, ve caer su columna principal; el
sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus
sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las
llaves de Pedro y el anillo del Pescador.

—¡Dios mio! esclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado
condestable; ¡Clemente VII!

—Sí; Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el
tributo de que solo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del
cielo, pudo eximirse. Pero, esperad: veo levantarse sobre su asiento
y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre
de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confia el timon de
su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta
mision has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu
aragonesa condicion, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos!
En tí habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y
del Sacro Colegio Romano.

—¡Don Pedro de Luna! esclamó vuelto hácia el condestable el
sorprendido rey: ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una
venerada estampa de las llagas de San Francisco, ¡oh portento!
continuó; libradme, señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas
predicciones son hechas por arte de vos reprobado...

—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado
Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la
ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos.
Los hechos que te refiero, ademas, no son predicciones de incierto
porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales
penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los
que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñon ha sido
testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves
aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con
vacilantes oscilaciones, á la derecha de la osa menor, siguiendo la
direccion de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la
parte de Calatrava...

—Abrahem, ¿qué nueva desdicha...?

—Una columna de la cristiandad española yace derribada; el rayo
contra el moro de Granada se estinguió. Acaba de entregar su
espíritu al Señor...

—¿Guzman? preguntó con precipitacion el buen Lopez Dávalos.

—Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del
norte impele violentamente hácia el mediodia? miradla reunirse á
los demas vapores que un resto del calor del dia levanta de la
húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha
eclipsado para no volver á lucir jamas.

Al llegar aqui, un profundo silencio succedió á la tonante voz de
Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por
el alma del difunto maestre.

—Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de
ser infalibles, sangre mas ilustre ha de reemplazar la del piadoso
maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja
las barras de Aragon. Otro aragonés llevará á la victoria á los
valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza á los hijos de
don Jaime y un nieto del primer condestable de Castilla...

—Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta
Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprehensibles, pero el
tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava
hubiera apartado á ese nieto del primer marques de Villena del
alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado,
pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha
llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su
afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del
maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó
Providencia. Abrahem, decid, ¿habeis visto hoy al conde de Cangas?

—Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatan, tu
alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y
desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi
cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará
de su estancia en estos momentos de luto para su corazon. No he
visto, pues, al conde...

—No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el
alto cargo á que el cielo le destina.

—No creo que haya pensado en ello siquiera; ni menos que pueda saber
nadie en el alcázar todavia la triste muerte de don Gonzalo...

—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi
pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus
caballeros no opondrian obstáculo á tan acertada eleccion.

—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con
solemne entonacion; é inclinando la cabeza, el recojimienio en que
quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.

—Condestable, dijo el rey despues de una ligera pausa, mañana
dispondreis que la corte se reuna. Quiero recibir á los embajadores
del Tamorlan y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en
mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y despues de la agitacion de
esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.

Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las
puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero:
el rey de alli á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito,
desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando
aquella parte del regio alcázar sumida en el mas profundo silencio.

[Ilustración]



CAPITULO XVII.

      Yo os repto los zamoranos,
    por traidores fementidos,
    repto á todos los muertos,
    y con ellos á los vivos,
    repto hombres y mugeres,
    los por nacer y nacidos,
    repto á todos los grandes,
    á los grandes y á los chicos,
    á las carnes y pescados,
    y á las aguas de los rios.

         _Canc. de Rom._


Aun no habia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando
ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el
coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana
siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del
maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que
el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia
sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó
tranquilo el resultado de su artificio.

El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba
ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en
notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del
rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros
que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo.
Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la
misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia.

—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido
arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué
novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista
Pedro Lopez de Ayala?

—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me
escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.

—¿El de las trovas que comienzan _Gran sosiego é mansedumbre_ á doña
Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran
Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?

—El mismo. Buen ingenio.

—¿Y qué os dice?

—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para
componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil
maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el
rayo hace un año.

—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso
en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina.
Premiaránlo bien.

—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador,
que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?

—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el
maestre estaba malo...

—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender...

—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...

—¡Ah! vos bohordais bien.

—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie
lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero.
Cobróle aficion el rey solo por eso.

—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!

—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él.
¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega
desaparece? Mirad ahora la condesa...

—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de
Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque,
sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas de _lais_, y _virolais_,
que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al
marques de Santillana.

—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza
gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que
el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A
propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?

—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis
que en palacio...

—Oh, la verdad nunca gusta á...

—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.

—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de
ceremonia por las puertas del salon. Apartáronse los caballeros, y
don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de
Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos
de sus casas.

Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su
alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del
condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon
del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y
detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos
lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector
que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes
y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto,
pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que
procuraba él disimularla,

—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en
derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?

—Acábanse, señor, de recibir estas.

—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está
próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá
Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado
solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija?

—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?

—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos
de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las
eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando
Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De
esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues:
dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?

—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí,
embajador del llamado gran Tamorlan.

—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las
cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver
una cosa que no todos los dias se veía.

Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un
page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y
Hernan Sanchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al
Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas
regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises.

Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada
habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua,
le sirvió de truchiman.

—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á
tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España.
Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias
cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino,
acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores
le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus
saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor
el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para
tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le
ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion
del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al
poderoso Tamurbec, rayo de Dios.

—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy
respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores
mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y
presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero
que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y
fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez
de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios.

Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una
rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion
con que honras á tu vasallo.

Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos
caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que
de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles.

Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia,
sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las
primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el
rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de
máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues
á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia
no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de
que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se
habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta,
que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de
esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos
grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los
cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que
habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza
sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues
por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia
manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció
mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los
cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de
su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y
venian lindamente ataviados. Al dia siguiente salieron ya varios
jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas
recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la
barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque
los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido
y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de
punta, ni mas ni menos que el asta de un toro.

Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero
de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la
muerte del maestre.

—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.

—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.

—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.

Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en
las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro,
una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el
rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban
detenidamente sus contornos, por ver si descubrian quién fuese la
que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente
hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que
su alteza le diese licencia para hablar.

—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me
habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas?
Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente:
¿sabeis quién sea esta dolorida?

—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su
presencia te incomoda, señor, harásela salir.

—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun
misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique,
alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta
manera.

—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada
dama.

—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de
Castilla negó justicia á nadie.

—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con
notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda
que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en
tu villa de Madrid, en tu propio palacio.

—¿Un crímen?

—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que
rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los
que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de
Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...

—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras
órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.

—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos
fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente
rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.

—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes.
Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas
de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo
semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento
en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama,
la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija
del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del
perpetrador del asesinato de su esposa.

—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió
á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir
esto?

Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía
que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le
tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular:
por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su
noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no
desmiente nunca su fidelidad.

—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus
beneficios...

—Nombradle, dijo el rey, nombradle.

—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal
sostenido disimulo, ¿quién es?

—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.

—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?

—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena
y á la tapada.

—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los
señores todos que rodeaban el trono.

—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan
y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me
privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la
alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu
misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me
has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta
espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió
de esa manera el suyo atropellado...

—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve
rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas
distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia
se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.

—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña
desconsolada.

—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que
habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...?

—La verdad nunca puede ser ultraje.

—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...?

—Juráralo si fuera menester.

—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis
tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á
la faz del sol. La mentira es la que se esconde.

—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo.
¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme
en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su
alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién
soy algun dia.

Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese
anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?

—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un
nombre.

—Guardadle, pues.

—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé
que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros
me rodean.

—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al
impostor...?

—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.

—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga
vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...?

—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor
con inquietud. ¡En tormento!

—A tiempo estais de desdeciros...

—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los
ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que
rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas.

—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.

—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las
puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero,
esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos,
no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa
empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger?

Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion
desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas
caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que
tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la
acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y
favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién
la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor
del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio!
¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa.
¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la
inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto
en la acusacion.

—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.

Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces
en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si
algun caballero tomaba la demanda de la acusadora, y succediendo
á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo
preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de
su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en
tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y
arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora.

No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin
exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer
en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado.

Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y
puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia,
y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el
estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige
que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo.
Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres,
caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero
que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de
la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á
hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad
de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro
para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la
gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de
presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?

—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara
todavia.

—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la
alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin
sentido en brazos de sus dos dueñas.

Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario
que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de
Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos
instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el
advenedizo defensor de su acusadora.

Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos
precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra
y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su
capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su
bizarro valor.

—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia
el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la
demanda de la desconocida, fuese la que fuese.

Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de
las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á
Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de
nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le
conoceis?

—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados.

—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado
mancebo.

—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de
los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido
de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba
levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal
su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías.

—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el
Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes
á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo
poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.

—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan
larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente
el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion
que estimo calumniosa.

—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella.

—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la
tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama
que elegís.

—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey
y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el
dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona
de tu confianza que elijas de mis circunstancias, y quedaré hasta
que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os
admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero.

Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon
dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con
una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas:
_imposible_, _venganza_:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que
insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo
acaso en la lid...?

—_Imposible_, repuso por lo bajo tambien la tapada.

—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías.

—_Venganza_, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el
lazo.

—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.

—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi
desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías,
doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique
de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á
todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y
aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre
doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á
lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las
venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia,
y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á
varios.

Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y
silencio siguió á esta accion determinada.

—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el
trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel,
ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique,
rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á
don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á
cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en
la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor
de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo
que don Enrique inmóvil no recogia el guante que le habia arrojado
su contrario.

—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que
el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me
han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu
alteza una calumnia que desprecio y...

—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías...

—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger
la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor...

—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero.

—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan,
alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos
para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas.

Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á
entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro
lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava;
espero que ni los caballeros de la orden ni su santidad desaprobarán
esta eleccion que recae en mi misma sangre.

—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy
pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...

—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de
los presentes.

—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales
caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago,
y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía.
Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis.

Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo
al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del
combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra
cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede
permanecer durante el plazo que falte para el combate.

El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la
encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con su marcha
desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha
sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se
retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por
dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo?
preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no
dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron
acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel
dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les
quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero.

Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la
bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los
muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa
familiaridad.

—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un
estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su
frente.—Bien venido á la _corte_.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven
osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, es verdad...
¡_corte_, _corte_ funesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora
imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi
cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.

Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su
cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su
imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba
ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la
palabra _corte_, pronunciada por el físico, habia hecho en su
imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos
al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha
andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué
distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.

[Ilustración]



CAPITULO XVIII.

      Melisendra está en Sunsueña,
    vos en París descuidado,
    vos ausente, ella muger.
    Harto os he dicho; miraldo.

          _Rom. de Gaiferos._


En cuanto habia llegado á su habitacion don Enrique de Villena, se
habia despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente
si era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se
habia presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla.
Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginacion de su
consorte tan heróica determinacion, pero lo que con mas cuidado le
traía, era la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel
para tomar sobre sí su demanda, y la esclamacion de la tapada al
oir la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal
que bien con el músico de la noche anterior á la desaparicion de la
condesa. Podia ser casual esta coincidencia; podian muy bien, su
consorte por amistad á doña María de Albornoz, y Macías por amor á
esa misma, ó por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el
mismo camino. Esta reflexion sin embargo, no bastaba á declarar sus
dudas, y pensó en el partido que deberia tomar si no encontraba á
Elvira en su cuarto.

Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su
habitacion, y la primera persona con quien dió fue con el listo page,
el cual con aire sumamente alegre,

—Buenos dias, le dijo, señor Hernan Perez; bien haceis en venir,
porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de
alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos
son inútiles.

—¡Vuestra prima, señor page! dijo con asombro y gravedad el escudero.
¿Supongo que no os quereis burlar de mí?

—¿Yo burlarme, señor escudero: pésia mi alma? Para burlas estamos por
cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitacion. Entrad vos
mismo y lo vereis.

Abrió Hernan Perez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra
cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él
á Elvira, que con afectuosas palabras

—Esposo, le dijo, cuán mal lo haceis conmigo; vos teneis secretos
para mí, vos pasais los dias enteros lejos de mí: hoy, sobre todo,
me habeis dejado sola, y sabeis que no tenia ya la compañía de la
condesa...

—Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabeis que... Pero nunca pudo decir
mas el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí,
pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra
parte la dama enlutada habia quedado en palacio.

—¿Qué teneis? ¿Traeis alguna mala nueva?

—Sí por cierto, contestó mas repuesto Hernan Perez: os traigo la de
que me he vuelto loco.

—Muy cuerdo lo decís.

—Jurára que os habia visto en otra parte...

—Puede...

—¿Cómo? ¿puede...?

—Tantas veces me habeis dicho que no me separo un punto de vuestra
imaginacion, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no
es cierto?

—Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta
mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estais
aqui...

—¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazon en la mano... ¿Quereis
que salga efectivamente...?

—No, no es eso; es, es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.

—Lindo humor traeis, esposo. Si hubiérais perdido una amiga, si os
persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho:
_un crímen se ha cometido, y el criminal está impune_...

—¿Qué decís? ¿oís vos esa voz?

—Os digo que no puedo desechar de mi imaginacion que esa pobre
condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...

—¡Silencio! gritó con terror Vadillo.

—¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.

—¿Qué habeis soñado?

—Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea...
no sé qué efecto...

—Contad.

—Nada: soñé que habia estado en la corte no sé por qué accidente, y
que una dueña enlutada se habia aparecido á pedir justicia...

—Proseguid, dijo temblando Vadillo.

—Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á
abrazarla y...

—¿Vos?

—Yo, y me rechazó: “Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no
la ves correr aun?” Un chorro entonces pareció salpicarme toda y
temblé... Pero ¡Dios mio! vos temblais tambien.

—No.

—Sí.

—Bien; sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si
habrá muerto efectivamente la condesa: ¿seria capaz conde...? ¡Que
horror! Por otra parte conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo
hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Yo he sido
cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podia ser sino la
sombra misma de la condesa. ¡Jesus! ¡Jesus! ¡Vírgen Santísima! gritó
Vadillo fuera de sí.

—Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabeis que empiezo á temer que sea cierta la
pérdida de vuestra razon...? Contadme por Dios...

—Nada; imposible: en dos palabras: ¿vos no habeis salido?

—¡Qué pregunta!

—¿No saldreis?

—¡Qué aire!

—A Dios, Elvira, á Dios. No me espereis hasta la noche. Asuntos de
importancia me llaman al lado de don Enrique...

—¿Os vais? ¿Para eso habeis venido? Mirad...

—Bien sé que me quereis, que me sois fiel; soy un loco... pero...
la condesa... ya sabeis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra
presencia me hace mal.

Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la
cual quedó sollozando en un sillon con el page al lado.

—Esto es mejor, dijo el page. ¿Llorais de veras?

—Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las
consideraciones del mundo...

—¿Cómo? ¿Lo decís porque teneis que agasajar y poner buen semblante á
vuestro esposo?

—¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha
dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar
sino á él; ¡es tan bueno!

—Pues entonces, dijo el page, no os entiendo: yo por mí, si no os
viera llorar, ahora me reiria, soltaria la carcajada.

—¿Por qué? ¿Por que una circunstancia desgraciada le ha puesto en el
caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Por
que una muger tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo,
se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño
ten lástima siempre al engañador, que en realidad ese es el mas
risible, y ese es acaso realmente el engañado.

Despues de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pagecillo.

—Mira, Jaime, si va lejos ya Hernan Perez.

—Tan lejos que no le alcanzaria el mismo Hernando, que no hay corza
que no alcance.

—Vamos, pues, page; no hay tiempo que perder: ya tienes tus
instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?

—Como la muerte, respondió el page. Dichas estas palabras, Elvira y
el page pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con
ellos.

Hernan Perez entre tanto recorria con mas terror que zelos las
inmensas galerías del alcázar: cada pisada suya le parecia las de la
condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de
enemigos armados en un dia de batalla, y que perecen de terror ante
la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparian los
primeros á la brecha, y no subirian nunca solos una escalera oscura.
En aquel momento Hernan Perez era de estos: el menor ruido que
hubiera oido realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante
de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía
él la imaginacion llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras
y emplazamientos. Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla
de golpe, y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos
casi fuera del cráneo.

—¿Qué traeis, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el
desorden de su escudero.

—Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atras
todavia, y procurando componer su semblante.

—¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo
al pasar por delante de la lámpara de la galería.

—No es eso, señor, no es eso.

—¿Qué es, pues? esplicaos.

—Mi esposa...

—¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?

Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la esplicacion del escudero,
y no sabia don Enrique qué creer de semejante asombro.

—Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no
es mi esposa, porque mi esposa está en su habitacion, y mi esposa no
ha salido ni saldrá...

—¿Estais seguro?

—Como estoy vivo.

—¿Quién puede entonces...?

—No puede ser, dijo Ferrus, sino...

—La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.

—¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! esclamó soltando una
estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.

—¿Te ries, señor?

—¿No he de reirme si habeis perdido entrambos la cabeza?

—Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin,
quiero que me hayais referido de la condesa la pura verdad. ¿Estais
seguro de que el encargado de...?

—Delirais, Vadillo, delirais. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo
de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estais seguro
de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos
modos es necesario que vayais á buscar al astrólogo: os aguarda para
darme una razon que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais,
Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolucion...?

—Manda, señor, á tu escudero.

—Bien, pues yo confio á vuestro talento esa intriga: si el
nigromántico lo sabe, os lo dirá; sino ved de tocar siquiera
esa sombra, que como la toqueis, y como ella ofrezca cuerpo y
resistencia, añadió riéndose don Enrique, podeis estar seguro, no
quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí de que
es persona; y á ser hombre como parece muger...

—Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la
esperiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he
tenido tan rara, tan estraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos,
señor...

—Vadillo, os he visto pelear; sé que teneis valor. Conozco por
otra parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una
preocupacion es mas fuerte que cien ballesteros.

Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo; donde
le esperaban acontecimientos mas estraordinarios cien veces que
los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á
las intrigas que debia preparar el nigromante, y lo otro porque
entonces que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que
debia tratarle con mas amistad y consideracion que nunca. No debia
faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde
que iba á ser Hernan Perez caballero, y desde que el singular duelo
de la mañana habia venido á complicar tan estraordinariamente los
negocios y los intereses de los principales personages de nuestra
verídica historia.

[Ilustración]



CAPITULO XIX.

      Y despues de haber propuesto
    su intento y sus pretensiones
    á los de guerra y estado
    que atento le escuchan y oyen,
    en confuso conferir
    se oye un susurro discorde,
    que sala y palacio asorda
    la diversidad de voces.

        _Rom. de Bernardo del Carpio._


Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas
sus ambiciosas ideas de elevacion, no perdonaba medio alguno de
llevarlas á cabo, ni daba un punto reposo á su imaginacion, buscando
trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era sin embargo
bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el
camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y
poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto,
si es que ha llegado á tomar alguna aficion á los sucesos que le
vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don Luis de Guzman,
que paseaba el salon de la corte en la mañana de este mismo dia
hablando con el famoso coronista Pero Lopez de Ayala. Si no ha
olvidado á aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le
presentamos por primera vez, tendrá presente tambien que el coronista
le habia designado como sucesor probable de su tio don Gonzalo de
Guzman, último maestre de Calatrava. Llamábanle efectivamente á
este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su
vida egemplar é irreprensible conducta, el título de comendador de
la orden, y la confianza que inspiraba á los mas de los caballeros.
Era generalmente querido, y en realidad mas digno del maestrazgo
que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el
valor solia suplir todas las demas calidades: teníale don Luis en
alto grado, y habia dado de él repetidísimas y brillantes pruebas
en las guerras de Portugal y de Granada, al paso que de don Enrique
se podia sospechar fundadamente que no era su virtud favorita,
pues nadie recordaba haberlo visto jamas en ningun trance de
armas. Habia probado ademas don Luis que conocia los deberes todos
de buen caballero en las diversas justas y torneos en que habia
sido mantenedor ó aventurero; sabia manejar en todas ocasiones con
singular gracia un caballo, rompia una lanza con bizarría, acometia
con denuedo en la carrera, corria parejas con estrema donosura, cogia
sortijas con destreza, y disparaba cañas con notable inteligencia.
Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes
circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que
cantaba las hazañas agenas, á falta de las propias. Pero era el
mal que en la corte de don Enrique no habian obtenido todavia las
trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron á
alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende á
que las trovas servian solo para matar el fastidio momentáneamente
en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien
manejada derribaba á un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran
mas de temer los enemigos que el fastidio.

Las intrigas de don Enrique habian impedido que este mancebo generoso
supiese á debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tio. La
primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió,
y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado,
circunstancia que no acertaba á esplicarse á sí mismo facilmente, y
el dolor le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido
prontamente. Sacóle empero de su letargo la eleccion que hizo el rey
de su pariente para succeder en el maestrazgo, é indignóle aun mas
que semejante nombramiento la bajeza con que se adelantaron varios
caballeros de su orden á proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal
podia sin embargo en aquella circunstancia manifestar su agravio,
ni menos oponerse á la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera
intentado, hubiérale sido muy dificil pronunciar una sola palabra,
porque debemos añadir á lo que de su carácter llevamos manifestado,
que tenia tanto don Luis de cortesano, como don Enrique de valiente.
Todos sus conocimientos estaban reducidos á los de un caballero de
aquellos tiempos: habíanle enseñado en verdad á leer y escribir,
merced á la clase elevada á que pertenecia; pero cuando no tenia
olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la
mayor parte del tiempo, no comprendia por qué se habrian empeñado
sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos
estudios, que no le podian ayudar, decia, á rescatar una espuela ni
el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota por débil que
fuera, que almete por mal templado habia cedido nunca á la lectura
de un pergamino por bien dictado que estuviese, ó al rimado de una
trova por armoniosa que sonase? Despreciaba asimismo las galas del
decir, y el elegante artificio de la oratoria, porque solia repetir
que él llevaba la persuasion en la punta de su lanza, y efectivamente
habia convencido con ella á mas moros que los misioneros que iban
continuamente á Granada; éstos no solian sacar otro fruto de su
peregrinacion cristiana que la palma del martirio, la cual podia ser
muy santa y buena para su alma; pero no daba un solo súbdito á la
corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este
ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo, y que no hubiera
hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en
la fuerza de su brazo, consistia su popularidad, porque entonces como
ahora se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son mas
análogas, y que le es mas facil tener: en ellas tomaba su orígen el
carácter impetuoso y poco ó nada flexible de don Luis; cuando oyó la
eleccion que habia hecho el rey Doliente, miró á una y otra parte
todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le
agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera é
indignacion, miró en seguida al rey, miró al conde de Cangas, miró á
los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros, y
sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte,
accion que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado
estraordinariamente la atencion de los circunstantes. Nadie sin
embargo la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente
al desahogo de su mal reprimida indignacion. Hubiera él dado su mejor
arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en
el momento aquel en que la acusadora de su rival habia apostrofado
á los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido
Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la
belleza; porque es de advertir que la acusacion, que, como á todos,
le habia parecido inverosímil en el instante de oirla, comenzó á
tomar en su fantasía todos los visos no solo de verosímil, sino de
probable, y hasta de cierta desde el punto en que se vió suplantado
por el que era objeto de la querella. Es evidente, dijo para sí,
que don Enrique es un fementido: mientras mas lo pienso, mas me
convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡matar á una muger!!! Desde que
hizo este raciocinio hasta el dia de su muerte, don Luis de Guzman
no pudo admitir jamas suposicion alguna que no fuese en apoyo de
esta opinion: era evidente para él que don Enrique habia matado á su
esposa, y aunque la hubiera vuelto á ver de nuevo buena y sana, cosa
que no sabremos decir si era facil ya que sucediese, hubiera dudado
primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Asi juzgan
los hombres, y los hombres exaltados sobre todo.

Llegado don Luis á su casa, llamó á su escudero, y le dió el encargo
de convocar á los caballeros de Calatrava en quien mas confianza
tenia, y que no habian asistido á la corte de aquel dia. Mientras que
el escudero partió á desempeñar su delicada comision, quedó don Luis
paseando á lo largo su habitacion, y maquinando cómo podria asir la
dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.

De alli á poco comenzaron á ir llegando los caballeros de Calatrava,
llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa
novedad que en la orden ocurria. Varios entre ellos tenian el
mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podian
alegar mas causa de su enemistad á don Enrique que el haber éste
conseguido lo que ellos para sí deseaban: estos tales se hubieran
reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste
el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al
poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comunmente
en los mas de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en
esta ocasion sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes;
pero habia una circunstancia favorable para ellos esta vez: á saber;
que Villena prestaba mucho campo á la oposicion, de suerte que en
realidad no eran sus enemigos los que tenian ventaja, sino él el
desventajado.

No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de
don Luis Guzman mas de veinte entre caballeros y comendadores de
Calatrava. Seguia paseándose en silencio el desairado candidato,
y solamente una seca inclinacion de cabeza, y un ademan mas seco
todavia, con que hacia seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando
en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraido y
preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual, y esperaba con
humilde resignacion á que tuviese por conveniente romper tan incómodo
silencio: lo mas á que se estendia el atrevimiento en tan solemne
reunion, era á preguntar en voz imperceptible alguno á su compañero
y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le
pareció á don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la
rienda á su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que
está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que
usa, ó vituperársele los vocablos que para espresar sus ideas adopta.

—¡Por Santiago, caballeros de Calatrava! esclamó: que hoy luce un dia
bien triste para nuestra orden. Dia de oprobio, dia que no saldrá
facilmente de vuestra memoria. Un rey débil, un rey enfermo, un rey
en cuya mano estaria mejor la rueca de una dueña que la lanza de
un caballero, osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto
va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto á sufrir
humillaciones. ¿Sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava? se
interrumpió bruscamente á sí mismo el comendador, parándose de pronto
en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso
que trae mal estudiado, y que se decide por fin á reasumir en una
sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones:
¿sabeis lo que es honor, caballeros de Calatrava?

A la primera enunciacion de este inesperado apóstrofe, dejóse
percibir sordo murmullo de desaprobacion en el auditorio, y
poniéndose en pie uno de sus principales oyentes,

—Duda es esa, señor don Luis de Guzman, que cada uno de los que
mirais aqui reunidos á vuestro llamamiento sabria desvanecer bien
presto, á no ser vos el que la anunciais. Ignoro los motivos que
podeis tener para haber llegado á darle entrada en vuestro corazon,
pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que
os sirvais esponernos brevemente la causa que á esta convocacion os
mueve, y á declarar qué habeis visto en los caballeros de la orden
que provoque tan alta indignacion. Espada tenemos todos, y en cuanto
al valor, no será esta la primera ocasion en que probemos que no
estamos acostumbrados á sufrir ultrajes impunemente.

—Nunca dudé, contestó don Luis con la satisfaccion de un hombre que
ve abundar á sus oyentes en sus mismas opiniones, nunca dudé de
vuestro valor. Como comendador mas antiguo, como pariente de nuestro
buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creido tener
derecho á convocaros cuando se trata de los altos intereses de la
orden, y de evitar acaso su ruina.

—¿Su ruina? esclamaron á una todos los caballeros.

—Su ruina, sí, repitió Guzman, su ruina. Hoy ha llevado un golpe
que tarde ó nunca se reparará. Varios de vosotros lo habeis oido.
Escuchadlo los demas con espanto y con indignacion. No se espera ya
á que los caballeros de la orden, reunidos en su capítulo, pongan á
su cabeza, movidos de justas razones, al caballero mas perfecto, mas
esperimentado en las lides, mas prudente en los consejos. No: un rey
por sí y ante sí, atropellando nuestros mas sagrados derechos, eleva
á la dignidad que mil hechos heróicos, que una larga vida de virtudes
bastan apenas á merecer, ¿á quién? á un hombre cuyo penacho no sirvió
nunca de guia á los valientes en una batalla, á un hombre que nunca
dió el primero ni oyó resonar en torno suyo el grito de ¡Santiago
cierra España! Á un hombre que ha trocado la lanza por la pluma cuyo
campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos; que
no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él
rimas. Á un hombre, caballeros, de quien con fundada razon se dice
que tiene inteligencia con los espíritus, y que...

—¡Qué horror!

—Oidlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ese es el hombre que
nos destinan por maestre: un afeminado cortesano, un intrigante
ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...

—¡Fuera, fuera! gritaron á una los caballeros, cuyos ánimos iba
templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la
pasion que dominaba en el comendador.

—¿Lo sufriremos? continuó don Luis, como una piedra que caida de una
altura desmesurada sigue rodando largo espacio despues de llegada al
llano, ¿lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro á Santiago
de no dormir desnudo y de no comer pan á la mesa mientras que vea la
orden á su cabeza al... al... ¿para qué callarlo en fin? al asesino
de su esposa.

No necesitaban ni tanto ya los caballeros reunidos en casa del
comendador para acabar de perder la poca sangre fria que les quedaba.
La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada
en medio de un monton de estopa seca. Veíase lucir en todos los
semblantes la misma animacion que en el de Guzman; todos provocaban
y escitaban mútuamente su cólera con la relacion de las ofensas que
en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido ó del rey
Doliente ó del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon
largamente las calidades del conde de Cangas. Habia quien lo habia
visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un
cementerio en compañía del judío Abenzarsal; habia quien le habia
visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer á los ojos de los
circunstantes; y hasta se llegaba á probar que habia estado en mas
de una ocasion en dos partes opuestas á un mismo tiempo: lo cual,
como convinieron todos, no podia obrarse sino por arte del demonio,
si se atiende á que cada uno no suele tener en el mundo mas que un
cuerpo; ahora bien, era cosa sabida que el demonio no hace nada de
valde, circunstancia que podria hacerle pasar perfectamente por
escribano ó agente de negocios; de lo cual era forzoso inferir que
don Enrique le habria vendido su alma, si bien no habia entre tanto
ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio
le podian resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto
mas cuanto que á todo tirar no era realmente de las mejores.

Quedó sin embargo establecido por punto general; primero, que don
Enrique habia sido, era y seria eternamente nigromante por pacto con
el demonio: segundo, que habia sido asimismo, era y seria eternamente
el asesino de su esposa, lo cual habia de ser irremisiblemente
cierto, mas que no hubiese tal demonio, ni tal esposa muerta, cosas
para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.

Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa
el resolver la deposicion del maestre: esto en verdad ofrecia mas
dificultades, pero la imaginacion las superó; convínose primeramente
en que don Luis de Guzman quedaria en la corte para esponer
reverentemente á su alteza que los estatutos de la orden de Calatrava
determinaban que solo pudiese ser nombrado el maestre por eleccion
de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para
ganar tiempo mientras se recababa de su alteza la revocacion del
nombramiento ilegal, saldrian varios de los caballeros presentes en
calidad de emisarios á los diversos puntos donde habia fortalezas
y castillos de la orden para evitar que se reconociese y prestase
juramento de pleito homenage al conde de Cangas. Uno sobre todo
debia ir y declarar al clavero de la orden residente en Calatrava
que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese
desempeñando las funciones de maestre, lo cual ademas le suplicaban
rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedia á la
eleccion del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.

No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer
los caballeros habian hecho voto solemne de llevar adelante su
empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la
hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas:
todos habian ofrecido al santo de su devocion el don que les parecia
mas grato á sus ojos, y se habian separado, despues de conferidos
poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que
llamaron _capítulo estraordinario_, y al cual supusieron igual poder
que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las
circunstancias en que se habia celebrado.

Verdad es que tampoco se habia dormido don Enrique de Villena, á
quien no se le ocultaba que podria encontrar una enérgica oposicion
en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habian
pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual
providencia enviando á Calatrava á Alhama, y á otros puntos emisarios
que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas
de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas
de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en
ningun caso ser contraria á la eleccion de su alteza la eleccion del
capítulo, que bien sabia él que se necesitaba para la tranquila é
indisputable posesion del apetecido maestrazgo.

Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de
Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y
volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la
parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus
mas allegados servidores.

[Ilustración]



CAPITULO XX.

      Quien esto vos aconseja
    vuestra honra no queria.

          _Rom. de don García._


Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal,
paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecia esperar
á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas
intrigas en que le tenia embarcado á la sazon su desmedida avaricia.

—¿Si habré cometido una imprudencia? decia. ¡Oh! á mi edad seria
imperdonable. ¡Los motivos que me espuso fueron tan poderosos y
tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio
de condescendencia hay en el corazon del hombre, el mas duro, el mas
empedernido, el mas viejo, para con una muger, y una muger hermosa
y jóven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí
imprudencia alguna.—Señora, me hallais en la mayor inquietud...
estaba anocheciendo ya...

—Os dí mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicísteis mal
en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os
advertí: bien conoceis cuán dificil es que en mi posicion pueda
continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á
ocultarme me obligaron nada tenian de comun con su alteza; muchas
veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las
posiciones de la vida... En fin ya me habeis comprendido. Espero,
pues, que si no habeis hablado á su alteza, le hableis cuanto antes
os sea posible.

—Esta misma noche, señora, podreis retiraros. Una vez que sepa su
alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber...?

—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!

—Vuestra estancia aqui es ahora indispensable. Su alteza pudiera
querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra
parte no es de estrañar que quiera tomar con la acusadora de su
querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre
todo cuando no presenta acusacion tan atrevida vislumbre alguna de
verosimilitud.

—¿Vos tambien, Abenzarsal, vos que conoceis á don Enrique de
Villena...?

—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...

—De todo, Abrahem, de todo.

—Veo que os hace obrar, señora, algun resentimiento particular...
¡Oh! sabido es que el conde fue siempre aficionado en demasía á las
bellas...

—De nada le hubiera servido esa aficion para conmigo...

—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...

—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecucion;
pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo,
él es y no yo...

—Lo sé, señora...

—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi
señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones.
Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal.
Hállome bajo la proteccion de las leyes, bajo la salvaguardia de mi
estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.

—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á
hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su
cámara todavia su doncel favorito, cuya larga ausencia no podia menos
de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conoceis supongo al doncel
Macías? ¡pero qué distraccion! es vuestro defensor.

—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico
morisco, nunca le hablé...

—¿No?

—Ya visteis que su presencia en la corte no tenia indicio de cosa
premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo
que ningun caballero de la corte de don Enrique queria arrostrar por
una débil muger el poder del insolente Villena.

—Y su bizarro valor fue en ese caso y su cortesanía lo que le obligó
á...

—¡Oh! eso no es nada. Mas es de admirar la cobardía de los demas
caballeros que su valor. Ese es deber...

—No sereis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que
negareis al único caballero que os ha librado del riesgo en que
estabais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le
concede...

—Ciertamente, no. ¿Sabeis qué hora es?

—Aqui teneis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...

—¿A quién?

—Al doncel.

—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no
sentia.

—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo
tiene edad ya de enamorarse.

—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos...?

—No; pero sabeis que á su edad es raro el caballero que no puede
llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es
desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote
no pueda llevar...

—¿Qué decís?

—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible sino al aguijon
de la gloria. En ese caso su galantería seria pura caballerosidad...

—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.

—Paréceme, señora, que teneis interes en interrumpir la conversacion
del doncel... ¿Seria yo indiscreto al hablar delante de vos...?

—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera
otro. Solo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que
recientemente me ha merecido.

—Solo una cosa tenia que añadir, en el supuesto de que esta
conversacion no os incomode... ¿Estais inquieta?

—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habria de
estarlo?

—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...

—¡Mi caballero!

—Forzosamente ha de serlo.

—Sí; mi campeon; repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho
á su pesar.

—Como querais. La posicion en que está para con vos, ese misterio que
os empeñais en guardar, la compasion que inspirais, y el entusiasmo
al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que
habeis...

—No me lisonjeeis, y acabad.

—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginacion ideas que no
habrá tenido nunca tal vez, y en su corazon una aficion...

—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo pero admiro vuestra
penetracion. ¿Habeis conocido antes en mi rostro que me sentia
incomodada...?

—¿Será cierto? esta conversacion...

—No, la conversacion no, repuso la dama reclinándose; pero la
agitacion del dia, la precipitacion ademas con que he tenido que
andar no me ha permitido tomar alimento y siento una debilidad...

—¿No os decia yo? la palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved
qué necio, y yo creía que era la conversacion... ¡Qué tontería! Ya
veo que el dia que habeis traido hoy es mas que suficiente motivo...

—Decís bien.

—Ya sabeis que mi primera ciencia es la de curar, si quereis seguir
mis consejos...

—¡Ah! ¿Creeis que esta debilidad...?

—¿Quereis tomar algun alimento?

—Me será imposible...

—Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...

—¿Teneis...?

—Yo mismo os la prepararia... Os daria descanso y fuerzas.

—Como gusteis, Abrahem.

—La tomareis, dijo el físico, preparando unas yerbas, y podreis
descansar un rato aqui mientras que paso á hablar á su alteza.

—Pero en vuestra ausencia...

—No temais: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que
vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo.
Ningun sitio del palacio mas seguro que este: su inmediacion á la
cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas
galerías...

—No, no es que tema ningun peligro; pero...

—Perder el miedo; por otra parte teneis vuestro antifaz, que puede
en todo caso guardaros de la indiscrecion, y vuestras dos dueñas
esperan vuestras órdenes en mi antecámara. A la menor voz, ellas y
los ballesteros...

—Decís bien.

—Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en
mi habitacion; mi ausencia será corta.

—Eso deseo.

—Tomad, pues, señora, esa bebida.

—¿Pero me respondeis de su eficacia...?

—Estoy seguro de ella: apuradla.

—Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola
gota he dejado.

—Obrásteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que
disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos
ahora un momento.

—No, no hay necesidad.

—Presto conoceréis sus efectos; es maravillosa la virtud de la
bebida; al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero despues... Y
obra con una rapidez...

—Sí; paréceme que siento como pesadez...

—¿No os dije? acaso os hará dormir...

—¡Dormir, Dios mio! y aqui...¡Abrahem!!

—¡Señora!

—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habeis dicho?

—¡Oh! será un momento... una hora...

—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... Me pondré el antifaz...

—¿Qué decís? si quereis mi lecho...

—¡Dios mio! ¡Dios mio...!¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de
plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah... Bien.

Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no
podia ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó
caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella
sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano
traía, y en que lucia su nombre con gruesos caractéres góticos de
oro y seda artificiosamente mezclados. El mas profundo letargo habia
sobrecogido á la enlutada, y el astrólogo conocia efectivamente muy
bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.

—¡Es mia! dijo, despues de un momento de silencio, el físico: ¡es
mia! añadió levantando el antifaz con que se habia cubierto la dueña
la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus
hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola
segura aqui para mas de dos horas. Una hora tengo para hablar con su
alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal,
sí, pero pagada. Esta es la circunstancia que han de tener las
intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitacion
y las puertas de ella; cerró la comunicacion con la escalera secreta,
y salió con direccion sin duda á la cámara de su alteza.

[Ilustración]



CAPITULO XXI.

      ¿Cuyo es aquel caballo
    que allá bajo relinchó?
    . . . . . . . . . .
      ¿Cuyas son aquellas armas
    que estan en el corredor?
    . . . . . . . . . .
      ¿Cuya es aquella lanza
    que desde aqui la veo yo?

        _Canc. de Rom. Anón._


Mas de una hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia
sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia
alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en
el laboratorio reinaba.

Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco
buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando
éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza
inmediata á la del astrólogo.

—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese
astrólogo?

—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he
visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré
en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”

—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!

—¿Por qué, Hernando?

—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver
y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de
Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de
los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.

—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa
suerte.

—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano
derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el
venado contra el cual disparo mi venablo.

—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?

—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres
conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de
aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna
nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la
bestia.

—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el
ingenio que la fuerza.

—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar
lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para
monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame
Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu
tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un
lobo he cogido al alzapie.

—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de
montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi
salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.

—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios.
Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado
pudiendo cazar.

—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una
buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto
no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí
mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido
se está.

—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era
enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con
Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta
prediccion del astrólogo que la pasada.

Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso
doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios
presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el
objeto de su supersticiosa visita.

La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo
ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no
ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo
que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel
por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado
trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba
la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido
caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí;
le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á
sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un
ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una
persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su
oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle
en su primera sospecha.

—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta
habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...?
pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo
vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles
y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que
esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por
esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto
anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de
despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!

La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á
la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa
dormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado
indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el
torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no
la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la
una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada
á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada
blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que
descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que
suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia,
resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña.
La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada
forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y
deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora.
Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz
de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro,
por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del
resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas
el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de
una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado
suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del
ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los
intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo
plateado.

El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni
acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de
su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como
si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado
rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.

No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion
aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes
la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible
pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y
antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho
oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus
trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad
parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que
atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién
puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis
acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un
mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á
despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la
muerte...

—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la
vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando
Macías á tu lado?

Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el
antifaz.

—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó
entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada
su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de
no descubrirla.

—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger
cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un
fuego desconocido corrió por sus venas.

—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida
por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero,
cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar,
Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á
una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No
llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?

—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?

—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.

—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que
pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué
haceis? Huid, huid ahora que os conozco.

—¡Cruel! ¿por qué?

—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero
qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino
ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.

—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo
precipitadamente su mano.

—¡Elvira!

—¡Silencio!

—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis
que muera á vuestros pies.

—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para
poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto
que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué
exigís de mí?

—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su
loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?

—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.

—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos?
¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?

—¿Yo?

—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada?
¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?

—¿Yo?

—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y
bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á
leer en ellos.

—Santo Dios, ¿qué decís?

—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y
elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente?
¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que
su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la
comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga;
¡con amor!

—¿Pero Macías, delirais?

—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la
felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira!
Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se
pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas
fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.

—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y
haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais
de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé?
¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?

—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado
olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma
os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese
hidalgo.

—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...

—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante
mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en
conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira,
¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras
almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es
imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me
abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á
todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme _os amo_,
y nada mas.

—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo
usais, y que este encuentro, _casual_ sin duda, en la habitacion
del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven
imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le
traspasareis.

—¡Jamas! ¡Dios mio!

—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa,
jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí;
os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...

—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el
doncel con toda la amargura de la desesperacion.

—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.

—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra
voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me
abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...

—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!

—Si; pero esa puerta se cerrará...

—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo
desgraciada?

—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del
astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré
satisfaccion á vuestras preguntas.

—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la
mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y
penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.

El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor
en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho
del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.

—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la
habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido
balído de la inocente oveja.

Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del
doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar
de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo
riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es
esta enlutada?

Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió
por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me
ha encargado y menos á vos...

—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la
tapada con ánimo al parecer de descubrirla.

—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al
mismo tiempo el brazo del doncel.

Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de
rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una
mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el
doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,

—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.

—La he de seguir, esclamó el hidalgo.

—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...

—¿Y con qué derecho...?

—Con el de la fuerza.

—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?

—Yo mismo.

—Sacad la espada...

—¿Osado y descortés?

—Sacadla.

—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos.
Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para
envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...

—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo:
¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que
hablaros: salgamos.

—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo
hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.

—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!

Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando
entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo
cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe
anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en
seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de
una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera
retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su
mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor.
Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, y su larga ropa crugía
barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro
alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas
nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.


FIN DEL TOMO SEGUNDO.

[Ilustración]



ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO


  CAPITULO IX         1
  CAPITULO X         11
  CAPITULO XI        28
  CAPITULO XII       40
  CAPITULO XIII      50
  CAPITULO XIV       60
  CAPITULO XV        67
  CAPITULO XVI       81
  CAPITULO XVII      89
  CAPITULO XVIII    116
  CAPITULO XIX      127
  CAPITULO XX       144
  CAPITULO XXI      154



      *      *      *      *      *      *



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
    actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
    la grafía de mayor frecuencia.

  * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
    interrogación. Los puntos suspensivos se han normalizado a tres
    puntos.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
    que, en el original impreso, carecen de ellas.

  * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
    original impreso.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince" ***

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