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Title: Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 - Cultura—Ciencias—Educación
Author: Various
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 - Cultura—Ciencias—Educación" ***

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           Año V--N.ᵒ 3                         Mayo de 1919

                         Revista de Filosofía

                     Cultura--Ciencias--Educación

                  PUBLICACIÓN BIMESTRAL DIRIGIDA POR
                            JOSÉ INGENIEROS

                                SUMARIO

    _321_--_Rodolfo Rivarola_       Discurso de apertura de la Universidad.

    _332_--_David Peña_             Alberdi, Sarmiento y Mitre. Alrededor
                                      de 1852.

    _358_--_J. Alfredo Ferreyra_    Acotaciones a Montaigne.

    _367_--_Rodolfo Senet_          Los sentimientos morales, estéticos y
                                      religiosos.

    _386_--_J. Laub_                ¿Qué son espacio y tiempo?

    _406_--_Leopoldo Maupas_        Lógica inductiva.

    _437_--_Nicolás Besio Moreno_   Ulises en el Infierno dantesco.

    _442_--_César Reyes_            Democracia individualista.

    _457_--_Octavio Méndez Pereyra_ La crítica y el arte.

    _462_--_José Ingenieros_        Las ideas filosóficas de Ameghino.

                         ÍNDICE DEL VOLUMEN IX

                     Redacción: calle Viamonte 743
           Administración: Casa Vaccaro--Avenida de Mayo 638
                             BUENOS AIRES


EN LOS NUMEROS PRÓXIMOS

    _Carlos O. Bunge_       Ensayo sobre Sarmiento (póstumo)

    _Ernesto Quesada_       Desenvolvimiento social hispano americano.

    _Juan Agustín García_   Notas sobre la evolución colonial.

    _José Nicolás Matienzo_ Problemas universitarios.

    _Roberto J. Giusti_     Ensayo sobre Amiel.

    _Pedro N. Arata_        La ciencia en la época del Renacimiento.

    _Franciso de Veyga_     La psicología hindú.

    _Rodolfo Rivarola_      Cuestiones de filosofía política.

    _Joaquín V. González_   Problemas culturales y universitarios.

    _Leopoldo Maupas_       Ensayos de lógica.

    _Carlos F. Melo_        Fundamentos y función social del Derecho.

    _Enrique Mouchet_       Sobre psicología del lenguaje.

    _Víctor Mercante_       Principios básicos de la educación.

    _Rodolfo Senet_         Los sentimientos morales y religiosos.

    _Juan Chiabra_          La metafísica dogmática contra la ciencia.

    _J. Alfredo Ferreyra_   Estudios de ética.

    _Alcira Villegas_       Ética social.

    _Félix Icasate Larios_  Las categorías en Aristóteles y Kant.

    _R. Sarmiento Laspiur_  La obra científica de Julio Méndez.

    _Cristóbal M. Hicken_   La obra científica de Eduardo L. Holmberg.

    _Eusebio Gómez_         Psicología de las pasiones antisociales.

    _Narciso Laclau_        El problema de la vida.


_Obras de JOSÉ INGENIEROS_

Acaban de reeditarse:

    LA SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA (11.ª edición corregida)

Un volumen de 220 páginas: $ 1 m/n.

     SIMULACION DE LA LOCURA (8.ª edición, revisada por el autor)

Un volumen de 400 páginas: $ 2 m/n.

           SOCIOLOGÍA ARGENTINA (7.ª edición, muy aumentada)

Un volumen de 450 páginas: $ 2 m/n.

           PRINCIPIOS DE PSICOLOGIA (6.ª edición, corregida)

Un volumen de 400 páginas: $ 2 m/n.

                 CRIMINOLOGIA (7.ª edición, corregida)

Un volumen de 314 páginas: $ 2 m/n.

            EL HOMBRE MEDIOCRE (5.ª edición, muy corregida)

Un volumen de 250 páginas: $ 1 m/n.

                      HACIA UNA MORAL SIN DOGMAS

Un volumen de 212 páginas: $ 1 m/n.

         PROPOSICIONES, relativas al porvenir de la filosofía

Un volumen de 160 páginas: $ 1 m/n.

     Pedidos a la Casa Vaccaro, AVENIDA DE MAYO 638, Buenos Aires



                         REVISTA DE FILOSOFIA

      Año V--N.° 3                                  Mayo de 1919



DISCURSO DE APERTURA DE LA UNIVERSIDAD

POR EL DR. RODOLFO RIVAROLA

Presidente de la Universidad de La Plata


La situación actual del mundo, en lo político, económico, social y
moral presenta problemas para un porvenir inmediato de tal magnitud que
ni siquiera me animo a nombrar, y mucho menos a abrir discusión sobre
ellos en este acto. Están fuera de nuestro país, y asimismo, gravemente
al parecer, dentro de nuestras fronteras. Diríamos que se respiran en
el ambiente y producen en nuestro espíritu una sensación de peligro
próximo. Con todo, no es de ello que debo hablar en este acto, sino de
lo concreto de nuestros problemas más inmediatos, los que correspondan
a la común aspiración de la mejor enseñanza, y a la mayor consideración
y estimación recíproca de profesores y alumnos.

En mi razonamiento, lo que digo significa, para mí, que hay un
compromiso de conciencia que nos afecta por igual a profesores y
alumnos. Tenemos los primeros que saber claramente para qué enseñamos
y los segundos saber también claramente para qué asisten a nuestras
enseñanzas.

En el análisis de la primera proposición _para qué enseñamos_,
confesemos dos motivos egoístas: la satisfacción de una tarea honrosa
y la percepción del honorario. No podemos moralmente contentarnos con
los motivos egoístas. Uno y otro implican el cumplimiento de un deber,
sin el cual, en vez de satisfacción, sentiríamos vergüenza y pena,
si tenemos conciencia regularmente normal y moral. Nuestro honorario
se compone de dos partes: una que paga la Sociedad por su órgano,
el Estado; otra que pagan los alumnos a título de derechos que la
Universidad percibe. Nuestro servicio será para la Sociedad, en cuanto
la Universidad deberá proveerla de aptitudes individuales útiles para
su bienestar, su mejor gobierno, sus mejores servicios administrativos,
su mayor producción económica, su mejor justicia, su mejor moralidad,
salud o higiene. Deberá ser para cada alumno, en cuanto le habilitará
para que sirviendo bien a la sociedad, se sirva a sí mismo mediante la
remuneración honrada de su trabajo.

Si hemos tomado a nuestro cargo la responsabilidad de enseñar, es
porque confiamos en nuestras aptitudes; pero tal vez no meditamos
suficientemente en el fin de nuestras enseñanzas. De aquí se sigue que
nuestros planes de estudios, nuestros programas o nuestros métodos
puedan carecer de precisión para orientarnos hacia la utilidad social e
individual.

       *       *       *       *       *

Es urgente distinguir entre la elaboración de la ciencia y su
aplicación, o sea entre investigar y hacer. ¿Por qué haríamos un
investigador de física cuando sólo necesitamos un electricista?
¿Por qué haríamos un botánico, cuando necesitamos un agricultor? Un
electricista deberá convertir su habilidad en dinero: un agricultor
lo mismo. Su servicio será para un industrial, particular, sociedad o
colectividad, en vista de una retribución correspondiente. ¿Qué haría
con el investigador de física o de botánica, el industrial a quien sólo
interesara el rendimiento económico más provechoso, si el sabio ocupara
su tiempo en adelantar la ciencia en vez de adelantar las entradas
en dinero de la industria? Ante el peligro de que la investigación
científica arruinase la industria ¿despediría el sabio o, por lo menos,
le relegaría a un laboratorio y tomaría un técnico? Lo que digo del
físico y del botánico, lo digo también del químico, del médico, del
veterinario, del abogado y de cuanto _saber_ debe transformarse en
_hacer_, de cuanta ciencia debe ser arte: _arte de curar_, se decía de
la medicina.

El método de educar para la ciencia y el método de preparar para
la profesión, son necesariamente diversos como correspondientes a
fines distintos. El primero aspira a la explicación más completa de
las cosas; el segundo a la ejecución más perfecta de las obras. La
ejecución es más perfecta cuando responde con mayor exactitud al
fin deseado, aunque en cualquier caso particular el ejecutor ignore
la explicación. Continuando todavía con uno de los ejemplos que he
propuesto, la agricultura es fuente de riqueza nacional; la proposición
sería de una trivialidad afligente si intentara decir alguna
novedad. En ella va contenida la afirmación de ser la agricultura
arte de economía; arte de producir riqueza transformada en su signo
representativo, la moneda. Cuando diplomamos a un perito agrónomo,
no tenemos que certificar sus conocimientos científicos o teóricos
en las diversas ciencias que adelantan la agricultura. Se nos pide
únicamente que certifiquemos su habilidad para transformar semilla en
dinero. Deberá nuestro perito tener esta habilidad; con el menor gasto
posible producir la mayor utilidad. No solamente deberá saber cuál
es la semilla que produce mejores plantas, sino que es indispensable
que sepa cuánto cuesta y dónde se vende, y deberá saber qué precio se
obtendrá por los productos. La perfección de este arte no estará, pues,
en presentar los frutos más hermosos, según el criterio estético, sino
en obtener los de mayor utilidad económica, porque este es el fin del
servicio. Una escuela de agronomía es, pues, una escuela económica,
destinada a preparar comerciantes de la agricultura, y ella misma debe
ser una casa de comercio agrícola, para que sus alumnos puedan ser
buenos comerciantes (no demos a la palabra la acepción jurídica) de la
industria rural.

Sé que expreso estos pensamientos contrarios a otros que oigo y leo
sobre enseñanza agrícola. Tengo desde muchos años en los oídos esta
frase de los especialistas más respetables y distinguidos: las escuelas
de agricultura son establecimientos de enseñanza y no de producción;
a lo cual contesto que deben ser de producción para que se aprenda
a producir. Pero declaro que mi interés de este momento no es abrir
polémica sobre esta cuestión, sino presentar un ejemplo de demostración
lógica, aplicable a cualquier arte, considerada en el único aspecto
que indicará el método de enseñarla: su finalidad. Quien acude a un
abogado porque tiene un pleito, le interesará que su letrado obtenga
el reconocimiento de lo que cree su derecho, le importará poco lo que
sepa sobre problemas de reformas legislativas, que correspondan al
grado de estudio cuyo objeto es la mejor organización de la sociedad.
Lo mismo, quien acude a un médico es para que le cure la enfermedad; le
importará poco cuáles sean sus profundos conocimientos en determinada
investigación de laboratorio, si no ha visto muchos enfermos y
aprendido su arte al lado de quien los asistía y los curaba de modo
que él mismo sepa curar... por lo menos las enfermedades curables, las
únicas que se curan, como decía el doctor Wilde.

       *       *       *       *       *

El tema que aquí trato es el mismo que sometí a la Asamblea General
de Profesores, en agosto del año pasado; y lo consideraremos de nuevo
en la próxima Asamblea General. Me sirve ahora para traerlo hasta
algunas de las cuestiones universitarias que parecen haber tomado mayor
importancia.

Las ideas corrientes de organización universitaria argentina,
sus planes de estudio y métodos, aspiran a hacer principalmente
profesionales, o sea técnicos, mediante métodos de investigación
científica. No hay distinción positiva, bien clara, entre la
preparación para la ciencia y la preparación para la profesión. No
tenemos escuelas técnicas, porque la enseñanza técnica está dentro
de las mismas universidades, y cuando se encuentra afuera imita los
métodos y planes científicos, aspira a igualar con la enseñanza que
debería ser puramente científica y no profesional. No es para mí
inconveniente que se encuentre dentro de la Universidad lo científico
puro y lo profesional, lo elemental y lo superior; pero a condición
de que distingamos lo que corresponde a una y otra finalidad de la
enseñanza.

Cuando se cita el ejemplo de universidades extranjeras, especialmente
alemanas, y se encomia su admirable libertad de enseñar lo que el
profesor quiera, y de aprender el alumno lo que quiera, de asistir
o de no asistir a clase, de elegir unas materias y no otras, de no
dar exámenes, etc., se advierte al mismo tiempo que en aquellas
universidades la enseñanza es puramente científica, y que la técnica
se da en institutos especiales. He mostrado en otro momento y lo
repito ahora, que hay gravísimo error en aplicar aquellas ideas a las
universidades argentinas, que no son puramente científicas, sino que
proponen a la vez los dos fines de preparación para la ciencia y para
la profesión.

Cuando los estudios científicos con educación especial en métodos
adecuados y rigurosos, corran por separado de los métodos para la
preparación profesional, diremos claramente que no hay exigencia de
asistir a clase, ni reglamento de práctica, ni obligación de alumno:
quien quisiere aprender asistirá a la enseñanza que pueda darle quien
tenga ciencia para enseñar.

Esta separación es simplemente una tesis que sostengo; no es una
realidad existente en nuestras universidades. Muchos, tal vez
la mayoría, no creen en ella, como yo no creía antes de haberme
rectificado. Toda la enseñanza universitaria está organizada bajo
el supuesto de una base científica sin distinción de finalidad
científica o profesional. De esto resulta que, en definitiva, no sea
ni preparatoria de aptitudes científicas ni preparatoria de habilidad
profesional.

La medida en que la enseñanza científica deberá servir a la preparación
profesional, es en casos particulares de positiva dificultad. Lo
reconozco y lo declaro. Por eso mismo, y mientras la tesis no se haya
convertido en realidad, corresponde que cada alumno se proponga a sí
mismo la cuestión de su propia vocación y destino que desea dar a sus
estudios. En la enseñanza de cada materia, encontrará una parte o un
aspecto, un modo o un método que se ajustará mejor a sus deseos o
conveniencias. Es en este sentido que la presencia en la clase será
para él un beneficio que a su tiempo lamentará haber descuidado, aun
cuando a su juicio, en cuya infalibilidad de hoy no debe creer, le
parezca que la enseñanza no responda a su interés futuro.

Por otra parte, quien aspire solamente a ejercer una profesión, por ser
ésta de carácter que requiere derivarse de conocimientos científicos,
ninguna medida de tiempo que emplee en adquirirlo le será perjudicial
para su profesión. De la misma manera, quien aspire a consagrar su
empeño en la adquisición de la ciencia, en ninguna manera le será
perjudicial cualquier contacto con el arte o aplicación profesional de
la ciencia.

Demasiado sabemos por experiencia propia que no alcanzamos a ser
hombres de ciencia, desde que discutimos o inventamos muy poca cosa en
la vía de la producción científica, y si adquirimos alguna habilidad
profesional es con frecuencia mediante rectificación de errores que
reconocemos después de haberlos cometido.

Mediante la misma rectificación de errores bajo el látigo de la
experiencia diaria, hemos llegado a profesar en la cátedra y a tener
en verdad cierta experiencia que utilizamos y debemos utilizar para
aprovechamiento de los jóvenes que en calidad de alumnos nos reclaman
el fruto de lo que la vida haya sembrado en nuestro espíritu. Agregaré,
porque es verdad y porque hablo sin disimulo, que así como no todas
las tierras son apropiadas para que la semilla germine y salga a la
luz la planta, no en todos los espíritus la experiencia da frutos
iguales. Resulta así natural desigualdad en aptitudes para enseñar.
Tal desigualdad se hará mayormente manifiesta, cuanto mayor sea lo
que puede llamarse individualismo profesional, quiero decir, completa
libertad del profesor para hacer o no hacer, enseñar o no enseñar,
guardar analogía con la media normal del método de enseñar, o no
guardarla, sea por mayor aproximación a cualquier extravagancia de
genio o de talento, o por retardo, hijo de la pereza, o de cualquier
otra madre.

Entretanto, cumplidas las exigencias de planes de estudio y programas,
el decano o director de instituto firma un diploma que certifica con
valor de instrumento público inatacable que el poseedor del pergamino
o cartulina sirve profesionalmente para lo que el documento declara.
Suscripto por el decano o director, el documento pasa a la firma del
presidente de la Universidad y es así, bajo esta doble fe de verdad,
que el público la recibe.

Parece elemental que por respeto a la firma propia, que es el propio
honor, nada sea suscripto por ella que no sea verdad. De esto nace el
deber de verificar si es cierto lo que bajo la propia firma se declara
y el derecho de hacer lo necesario para cumplir con el deber. El decano
o director tiene deber y derecho de verificar la enseñanza que se da
bajo su dirección inmediata y el rector o presidente tienen deber y
derecho de exigir que la vigilancia sea cumplida. Estas son funciones
del cargo respectivo, declaradas por la ley y bajo la responsabilidad
de los funcionarios a quienes las confía.

Supone esta organización universitaria, que cada cual cumple con su
deber y facilita en perfecta armonía y cordialidad el cumplimiento del
deber de los demás. Todo profesor debe tener agrado en que su enseñanza
sea directamente vigilada por el propio decano o director, que para
esto cuenta con el voto de la mayoría, que no es más que un signo de
voluntad de la total corporación docente. Debe tener agrado y ver en la
función de vigilancia un descargo de la propia responsabilidad y una
seguridad contra el error de los alumnos.

Son francas mis expresiones y deseo que nadie las encuentre ásperas
como papel de lija. Me son sugeridas por la observación de lo que en
parte explica alguna agitación universitaria fuera de nuestra casa, por
muy tranquilos que nos sintiéramos de que en la nuestra no habrá motivo
de análogos sinsabores. Un aspecto de cualquiera reforma universitaria
que hayamos observado, deja advertir de alguna falta de idoneidad del
personal docente. Los alumnos descubren algunas veces este defecto y
ejercen ellos, en formas propias de la edad, el legítimo derecho de
descontento, que la dirección de la enseñanza debió prever y evitar.
Es natural que cuando falta gobierno regular desde arriba, comience
el gobierno irregular desde abajo, que puede ser, por lo irregular,
desgobierno. La reacción se hace revolucionaria y corren a veces igual
suerte los buenos y los malos, si acaso los primeros no son los que se
retiran de la lucha amargados y entristecidos. Cuanto desde este punto
de mi discurso podría decir, me llevaría demasiado lejos. La limitación
de tiempo me conduce a esta única declaración de mi pensamiento: el
mal de que estoy hablando no se cura con reformas electorales en la
provisión de los cargos universitarios. Con ellas o sin ellas puede
crecer si no se despierta la conciencia del deber que a cada cual
impone la función que le está confiada.

Y como deseo concluir, adelanto que no pongo en mis palabras ninguna
reserva sobre los diversos recursos alegados para corregir males de
este género.

Por el momento me ocuparé de dos de ellos que sirven de tema a
conversaciones de alumnos y profesores, a saber: la asistencia de
alumnos en los consejos directivos y la libre asistencia o inasistencia
a las clases teóricas.

En cuanto a lo primero, declaro mi disconformidad con el voto electoral
de los alumnos para elegir autoridades universitarias. De todas maneras
tal voto está excluído por nuestra ley universitaria. En cambio,
consecuente con pensamientos ya antiguos en mi experiencia de estas
cosas, he suscripto con el vicepresidente de la Universidad, señor
Besio Moreno, el proyecto para que los alumnos tengan delegados con voz
en los consejos, que ha sido sancionado anteayer.

En cuanto a la asistencia obligatoria, me he declarado autor de la
iniciativa que es el texto de la ordenanza de fecha 3 de marzo de 1906
que dice: “en la Universidad Nacional de la Plata no habrá alumnos
libres”.

Su objeto fué crear el estudiante universitario para la Universidad
que entonces se fundó. El efecto de esta resolución está a la vista.
La nueva Universidad pudo ser un simple establecimiento de mesas
examinadoras para alumnos de todas las regiones de la República. La
ciudad de la Plata es hoy universitaria porque los estudiantes han
tenido que ser alumnos regulares. De esta ordenanza han derivado otras,
particulares de las facultades o generales de la Universidad, que han
declarado obligatoria la asistencia a un número de clases. Yo deseo que
la ordenanza que excluye los alumnos libres sea mantenida y no tengo
inconveniente en que se derogue la asistencia obligatoria. Todo estará
en encontrar la definición del alumno libre excluído, o la definición
del alumno propio o regular por algún signo diverso de la asistencia
obligada a un número proporcional de clases de todos los cursos y en
todos los años. No es esto imposible, ni siquiera difícil, y muchos
alumnos conocen ya el pensamiento que es objeto de mis reflexiones para
hallar solución a este problema.

La no asistencia a clase tiene dos aspectos; uno el de los alumnos
perezosos que no van a clase o huyen del profesor que les interroga;
otra el de los alumnos diligentes que aspiran a prepararse seriamente
y quieren significar por su inasistencia a algunas clases su
disconformidad con los profesores que creen malos. De este último
aspecto sólo puedo reconocerles que ejercitarán ellos una función
realmente abandonada, cuando tal ocurriese, por los respectivos decanos
y consejos.

La no asistencia a las clases puede ser realmente un signo de
disconformidad de los alumnos con un mal profesor; pero sé por
experiencia que data de algunos años antes de que nacieran los jóvenes
que ahora son alumnos, que también es motivo de deserción de la clase
el temor de ser interrogados para observaciones de clasificación.
Seamos todos absolutamente sinceros; séanlo, pues, como yo, los jóvenes
que me escuchan o que lean después estas declaraciones; el alumno que
estudia mal, que se distrae en cosas que no son las correspondientes
a su preparación para la clase o que no tiene educación mental
anterior, está siempre dispuesto a faltar el día en que sospecha que
puede ser interrogado. Profesores más empeñosos, los que asisten con
interés y disposición docente, los que dan muestra de su labor en la
producción científica y hacen lo que es posible hacer para adelantar
los conocimientos, podrán ver sus clases desiertas el día en que se
propongan interrogar. Esto es de mi experiencia personal, si se me
permite contarme entre los que hayan seguido con alguna vocación la
carrera docente y pensado y escrito sobre diversas materias de ciencia
y enseñanza desde hace treinta años. He tenido la fortuna de que mis
alumnos me consideraran siempre con respetuosa amistad y no me dieran
sino satisfacciones en mi vida de profesor. Es, pues, el cuento que
hace próximamente veinte años tenía yo a mi cargo una clase de Derecho
Civil en la Universidad de Buenos Aires, con más de doscientos alumnos
en lista. Comencé mi año con el afán de profesor todavía joven y con
ilusiones mejores que la realidad. Preparé mis lecciones metódicamente,
con sumarios de exposición que no he vuelto a hacer desde entonces,
y dí con este método un curso de conferencias. A cierta altura de mi
exposición del programa, quise informarme de la utilidad que para los
alumnos tuviera mi enseñanza de la materia; el aula estaba completa
como de ordinario; comencé a nombrar uno por uno a los que estaban
en la lista, y como continuaba yo leyendo sin que nadie se dijera
presente, me dirigí a la clase con esta pregunta: “Pero, señores,
¿quiénes son ustedes?” Como tampoco respondieran, hablé particularmente
a uno de la primera fila: “¿Cómo se llama usted?” Me dijo su nombre;
yo lo había leído. Le pregunté: ¿Por qué no ha contestado usted
cuando le llamé? Porque no estaba preparado, señor. Pasé a otro con
la misma pregunta y la misma respuesta. Les dije entonces: “No es
posible que la imprevisión de ustedes sea tanta que ni siquiera se
encuentren preparados para saber cómo se llaman; para esto no necesitan
preparación”. Seguí informándome y resultó que toda la clase estaba
presente para escuchar y ausente para hablar. Si yo hubiera dicho en la
anterior que interrogaría, no hubiera tenido a quien llamar porque el
aula habría estado desierta.

Es este caso de inasistencia voluntaria con asistencia corporal,
que no he olvidado cada vez que se ha hecho el argumento de que la
inasistencia de los alumnos sea un signo positivo de la incapacidad
del profesor. Pero es también verdad, señores, que lo mismo que
ocurre a tantos otros en todo género de funciones, no me he decidido
a reconocer mi propia incapacidad, que si la reconociera tendría que
abandonar necesariamente la función de mi cargo.

Para no perder a mis alumnos de entonces ni enfriar mi entusiasmo de
profesor privándome de numerosa asistencia, declaré que no volvería a
interrogar, con aviso ni sin aviso previo, y todo lo contrario, quedaba
a disposición de mis alumnos, para ser interrogado por ellos sin previo
aviso.

Y sucedió así; después de repetir mi declaración al terminar algunas
clases que siguieron, alguien me interrogó, y luego otros y otros
más. Pude entonces descubrir que una pregunta es indicio más seguro
de estudio o talento en quien la hace que una respuesta a una
interrogación. Efectivamente, en toda pregunta va contenido un elemento
para la respuesta; algo como presentación de términos afirmativos o
negativos; y la posibilidad de error se reduce a contestar no, en
lugar de sí, o viceversa. Entretanto, para formular la pregunta ocurre
la necesidad de optar entre una multitud de términos, y formular
previamente múltiples juicios de opción para que la pregunta tenga
sentido. Descubrí así, que tal vez la verdad en estos casos está, como
en muchos otros, al revés de lo que vemos. En realidad, un hombre de
estudio y de ingenio preguntará siempre cosas interesantes; un tonto no
preguntará sino tonterías.

Se me disculpará la pesada narración de mi anécdota, que no he sabido
contar más brevemente, pero estimo que algún valor tenga para quienes
hacen todavía experiencia de profesores y de alumnos; puede asímismo
concluirse de ella que tales cuestiones como las que hoy se agitan no
son nuevas.

Sirvan los pensamientos de este discurso para que profesores y alumnos
pongan su mejor voluntad en comenzar y continuar las labores del año
con el mejor empeño en el estudio y la mejor cordialidad en el trato.

       *       *       *       *       *

Me complace declarar que esta cordialidad ha sido como un signo
o carácter particular de esta Universidad. La generalidad de los
profesores pusieron siempre noble y generoso empeño en servir sus
cátedras del mejor modo posible. El ejercicio continuado de la docencia
ha formado en ellas ese caudal de experiencia que no se improvisa ni se
adquiere fuera del ejercicio de la cátedra. Alguna que otra excepción
que habría que hacer con sentimiento en días recientes, sirven para
confirmar que las direcciones de la enseñanza universitaria no son
indiferentes al deber de vigilancia o al ejercicio de su autoridad
cuando el caso ocurra.

Las aptitudes que se adquieren en la experiencia no pueden ser
suplidas por ningún otro origen, aunque tenga por medida la vocación o
disposición natural para enseñar. Se debe tolerar en cierta medida de
equidad cualquiera falla de menor cuantía, cuando se sabe lo difícil
que es llenar la vacante de una cátedra.

No sé por qué destino personal he tenido desde hace más de veinte
años, por razón de mis cargos universitarios, la grave responsabilidad
de elegir candidatos para el profesorado superior. Las vacilaciones,
diría mejor las tribulaciones de mi espíritu, las han tenido cuantos
han pasado por semejante situación. No se puede ser profesor porque
sí, porque se reciba un nombramiento o porque se tenga un título
profesional. De esto puede resultar un profesor, pero no hay relación
entre el título o nombramiento y la aptitud para enseñar.

Sirvan estas palabras para dar un consejo amistoso a los jóvenes que
tan repetidamente me dan pruebas de confianza consultándome sobre
intereses generales de la enseñanza o sobre sus casos particulares.
Piensen y admitan la posibilidad de ser llamados algún día a
la cátedra; de ser llamados aunque no aspiren a ella, o de ser
aspirantes aunque hoy no tengan estímulos ni sientan vocación que
podrá despertarse en lo sucesivo. Al asistir a cada clase aprendan
dos cosas, a saber: la concerniente a la materia particular de la
enseñanza y la que corresponde al modo o método de enseñar. Aprendan
lo correspondiente a la rama de las matemáticas, de las ciencias
sociales o de las ciencias naturales, de que tratan sus profesores, y
aprendan a la vez, por el ejemplo que tienen a la vista, de qué manera
se enseña. Tienen ellos una medida o patrón de crítica que les servirá
para evitar, cuando a ellos les toque enseñar, los defectos que crean
advertir como alumnos. Piensen en hacerlo mejor cuando les llegue el
turno de profesor.

Advierto que mis palabras en lo que estoy diciendo son superfluas.
Tengo repetidos testimonios de ser los alumnos de esta Universidad
disciplinados en el estudio, amantes de la institución y dispuestos a
honrarla dentro y fuera de la casa. A propósito, y antes que el año
que ha pasado se aleje en la corriente del tiempo, que se lleva todos
los recuerdos, detenga en este lugar el de la grata impresión que
produjo en mi espíritu la opinión que dejaron de sí mismos y de la
Universidad los jóvenes delegados al Congreso Universitario de Córdoba,
el año anterior. Recogí, entonces, de fuente sincera y de testigos
inmediatos, la seguridad de que los delegados de la Universidad de
la Plata se habían conducido con tal seriedad y circunspección, que
se hizo notable en la opinión de aquella ciudad y se esparció luego
fuera de ella. Al regreso de la delegación, tuve el placer de escuchar
el relato de los asuntos tratados por ellos y confirmar personalmente
la buena opinión que habían conquistado. Pensé entonces que por mucho
que tal circunspección fuese inspirada por condiciones de temperamento
personal, algún influjo tenía en ellas la colectividad de estudiantes y
alguna en esta última la dirección docente de facultades e institutos
y la obra perseverante de mi antecesor en fundar el porvenir de la
Universidad sobre la base de los buenos sentimientos recíprocos
entre profesores y alumnos. Puede comprenderse cuánta será mi propia
felicidad si llego a comprobar que no se ha destruído ni disipado en
mis manos el tesoro de simpatías acumuladas en la Universidad que tengo
tanto honor en presidir. Espero que en ellas mismas se encuentre la
mayor felicidad para cuantos comiencen hoy un año más en el trabajo de
enseñar y de aprender.

Y así esperaremos con serenidad y de frente los peligros que amenazan
al mundo y los que más de cerca nos aflijan.

Quedan abiertos los cursos de 1919.

17 Marzo 1919.



ALBERDI, SARMIENTO Y MITRE

ALREDEDOR DE 1852

Por DAVID PEÑA

Profesor en las Universidades de Buenos Aires y La Plata


Por el asedio y otras causas, la rueda de argentinos residentes en
Montevideo se achicó de pronto hacia 1851, aumentando, en cambio,
las que existían en Santiago, Valparaíso y Copiapó. Otros pasaron al
Perú, otros a Bolivia y otros al Brasil. Esta incorporación ahondó
la divergencia que ya existía en Chile entre los primeros acerca de
las cuestiones internas de la República Argentina y sus problemas
exteriores. Algunos de los recién llegados se inclinaron al grupo que
tenía su sede en Valparaíso y otros al Club que comenzaba a funcionar
en Santiago.

Sarmiento y Alberdi eran los representantes de éstas como tendencias
antagónicas que estaban latentes en todos los espíritus, manifestadas
en los vagos anhelos, en las observaciones críticas, en las
conversaciones de las ruedas familiares de las tardes y las noches. Los
sucesos y los hombres de la patria se apreciaban de diverso modo, como
también se discrepaba al considerar los planes referentes al futuro.

Cuando Sarmiento y Mitre abandonaron el hospitalario Chile, ya quedaban
divididos los ánimos, mucho antes de Caseros.

Sarmiento y Mitre, acompañados de Aquino y de Paunero, embarcáronse en
Valparaíso, con rumbo a Montevideo, a donde llegaron el 2 de Noviembre
de 1851. De allí escribe Sarmiento a don Manuel Montt esta fatua
confidencia: “Todos presienten que hay un rol que me está reservado, y
mi llegada parece que llena una necesidad”.

Tal ufanía sería explicable tratándose del escritor, pero no del
político, y menos del organizador. Bien conocidos eran los méritos
de la pluma de Sarmiento como incansable denostador de la tiranía y
anheloso propagandista del régimen de libertad, para que no se le
estimulase con el augurio de que el general Urquiza sabría apreciar
debidamente sus talentos y utilizar su pluma; pero no suplían sus
tentativas en el papel para acreditarle capacidad de mando, en una
campaña que llevaba consumidas existencias valiosas y el patrimonio
de dos generaciones. A él le bastaba, sin embargo, que el hermano de
Lavalle le hubiera regalado las espuelas que usara el general, o que
el ministro Batlle se desprendiera de su espada, en su obsequio, para
sentirse animado de aquel superior aliento que transportaba heroísmo
a la adarga de Don Quijote. Puso en agitación a medio Chile con su
proyecto de penetrar a su país por la región andina al frente de una
expedición, y, al salir con Paunero, Aquino y Mitre... sólo obtuvo
el acompañamiento de tres peones que andaban sin trabajo. Mas ¿qué
importa? Habían sido soldados del Ejército de los Andes, desde luego
sargentos, y nada más fácil que del Regimiento de Granaderos a caballo.
A poco, uno de ellos, su asistente, se deja seducir por un bombero de
Pacheco y, entre libación y libación, le entrega el paquete de papeles
y el “Diario de Campaña” de su jefe el escritor.

Sarmiento trasladóse a Gualeguaychú, acompañado de Aquino, donde el
general Urquiza preparaba su ejército desde su cuartel general. La
entrevista debió ser interesante. Sarmiento vestía un flamante traje
de teniente coronel, grado que él se concediera ante sí y por sí.
Urquiza lo reconoció y mantuvo en ese grado, con su poco de apego
por el extraño personaje que pusiera su pluma poderosa al servicio
de la campaña contra Rosas y también de su persona. Conocía todos
los artículos laudatorios del eminente escritor de “La Crónica”, “La
Tribuna” y “Sud América”, como de años atrás las páginas de “Facundo”;
pero también sabía que Sarmiento constituía una fuerza incierta,
un punto de apoyo de insegura resistencia, un aliado intermitente.
Debióle bastar un simple golpe de ojo al Favio criollo para averiguar
la psiquis de aquel raro compatriota que hablaba a destajo de las
eminencias europeas y barajaba los ejemplos de la América del Norte,
entre el ludir de las caballadas y el hervor del campamento, semejante
a colmena. De aquella conversación en la carpa no resultó Sarmiento
jefe del Estado Mayor sino encargado de redactar el “Boletín” del
ejército. Munido de fondos, regresó a Montevideo a organizar su
imprenta ambulatoria.

Paunero y Mitre lo esperaban allí. Con ellos se embarcó en uno de los
buques de la escuadra brasileña que debían proteger el pasaje del
ejército, soportando en el Paso del Tonelero el fuego de las baterías
enemigas al mando de Mansilla, amigo después de ellos. Al siguiente
día llegaron al Diamante, donde ya había empezado el ejército de
Urquiza el pasaje histórico. Mientras Mitre y Paunero ocupan los
puestos que se les tenía ofrecidos, Sarmiento prepara los enseres de la
imprenta militar. Una vez la columna en marcha, Sarmiento se adelantó
hacia el Rosario sin la correspondiente autorización del general en
jefe, a recibir las anticipadas ovaciones de aquella modesta villa que
se acababa de declarar por la revolución[1].

Fué allí mismo y a los breves días, que aconteció el suceso desgraciado
y alarmante de la sublevación del regimiento de Aquino y el asesinato
de este jefe por sus propios soldados. Mitre atravesaba esa noche el
campo para ir a visitarlo en su carpa, y distraído en la conversación
con quien lo acompañaba, se separó del camino. Si llega antes, asiste
a la tragedia. En homenaje a la amistad y a su empeñosa solicitud,
Urquiza recomendó de todos modos la aprehensión de los soldados
fugitivos, prometiéndole que sería inexorable con los asesinos del
valeroso jefe.

Caseros se produce. Sarmiento no tiene ningún papel militar, pero
asiste a la batalla. Mitre comanda unas piezas de artillería frente
a frente de su ínclito ex jefe el coronel Martiniano Chilavert, el
antiguo unitario pasado recientemente a las fuerzas de Rosas después de
sus lucidos servicios a la causa opuesta.

La batalla de Monte Caseros ha sido juzgada con distinto criterio
como hecho de armas, pero del punto de vista de su acción política y
moral, es una batalla grande, de las más grandes después de las de la
Independencia, como que allí fué, por fin, aventada la omnímoda tiranía
que desde 1829 resistiera todos los embates y cruzadas.

En los preliminares de esta acción, preocupaba a Urquiza la
averiguación del jefe a quien Rosas entregaría la dirección del
combate, como que de su elección dependería, en mucho, el éxito, dando
siempre sus ojos, al repasar la lista, con el nombre del general
Pacheco. Díaz, Chilavert, Lagos, no detenían su atención. Era Pacheco.
Era Pacheco. Entonces urdió una supuesta correspondencia con él, de
anterior data, y escribióle cartas como si fueran la continuación de
aquélla, cartas que confiaba a chasques con instrucción respecto del
camino que debían de tomar, el mismo por donde estaban apostados los
centinelas de Rosas. Apresados los citados mensajeros, eran llevados
ante el Restaurador con el cuerpo del delito.

Contábale yo este episodio al general don Benjamín Victorica hace
muy pocos años y, al oirme, él completó la narración de esta manera:
“Como se acercara el momento de la batalla y el gobernador (Rosas) no
le hubiera designado al general Pacheco su papel en ella, y en cambio
Manuelita había tenido ya actos de preferencia y de obsequiosidad para
con Lagos, el general Pacheco resolvió entrevistarse con el general
Rosas, buscándolo donde se hallara. Rosas consintió en recibirlo en
las proximidades de Caseros, en un edificio que antes sirviera de
panadería. Yo me quedé a la espera del general Pacheco, de quien era
ayudante. Cuando salió, vi su fisonomía descompuesta.--“Ciertamente el
gobernador debe de estar loco”, fué lo único que me dijo. Nos alejamos
en nuestros caballos hasta una casa semi abandonada, seguidos de los
soldados que formaban su guardia. Penetramos a una de las piezas,
y como era ya de noche, preparamos nuestros recados como camas y,
acostados uno cerca del otro, encendimos nuestros cigarros mientras nos
venía el sueño.

De pronto vi una sombra pegada a la ventana cerca de la cual yo estaba,
y oí mi nombre pronunciado apenas. Me levanté al instante y acudí al
llamado. Un hombre embozado hasta los ojos díjome que un amigo, que
no puedo nombrar a usted, me prevenía no dormir esa noche cerca del
general Pacheco. El misterioso mensajero desapareció en seguida.

Yo dí aviso al general del peligro que lo amenazaba, y él dispuso
entonces volver a ensillar los caballos y separarse de aquel sitio.
Lentamente proseguimos en dirección a sus campos. El general Pacheco,
terminaba el doctor Victorica, no asistió en efecto a la batalla. Al
otro día tuvimos noticias del resultado de ella, muy distantes del
lugar en que se había realizado”.[2]

Vencedor Urquiza, estableció su residencia en Palermo. Los primeros
días, sofocados los asaltos de la canalla y los robos de delincuentes y
soldados, debieron ser de regocijo indescriptible para los que volvían
a ver las calles de Buenos Aires después de una proscripción forzosa o
voluntaria de más de cuatro lustros.

¡Buenos Aires! Los de menor alejamiento eran los que salieron jóvenes
a la época que iniciara Alberdi la égida en 1838. Mitre no conocía
propiamente la ciudad soñada, pues trasladado a Patagones el mismo año
de su nacimiento, de allí pasó a la estancia del hermano de Rosas, y de
esa estancia a Montevideo. Así se explica que en los días inmediatos
a Caseros aquellos hombres jóvenes se pasaran recorriendo los lugares
históricos con un fervor intenso y un tanto melancólico, porque se
sentían como extraños en el hogar común[3].

Vencedor Urquiza, decía, estableció su residencia en Palermo. Allí
le presentaron parte de los desertores asesinos de Aquino, los que
fueron en seguida fusilados. También lo fué Chilavert, a causa (a
estar al ayudante Elías) de su arrogante manifestación hecha con el
objeto de que lo supiera Urquiza, que para él Rosas representaba la
causa de la nacionalidad; y que, lejos de arrepentirse de su reciente
renegación, la volvería a cometer una y cien veces. Saldías, pariente
de Chilavert, ha rodeado de comentarios dramáticos este final del
talentoso artillero para hacerlo caer como un héroe de leyenda; y otros
historiógrafos han difundido el dato de que Mitre le vituperó con
energía la acción al mismo vencedor. Si a renglón seguido se recuerda
que el rasgo fisonómico de Urquiza que nos han grabado a fuego los
mismos narradores, transformaban a aquel hombre en tigre, con sus ojos
verdes, brillantes por la cólera, y sus pómulos movidos por el temblor
del odio, no sabemos cuando tienen razón: si cuando trazan la figura de
Urquiza en actitud de oir, sumiso, la reprimenda del comandante Mitre,
o cuando lo muestran poseído de la crueldad de las fieras.

Urquiza no se entrega a las delicias de Capua. Urgido por el
cumplimiento de sus promesas hechas a la faz de América y del mundo, va
derecho a la solución de los problemas que preocuparan a los hombres
de Mayo y que quedaron interrumpidos en el último ensayo del año
26, brillando un día en la mentalidad de Facundo:--la organización
nacional.

Echa el vistazo en derredor y percibe de inmediato el espíritu unitario
en conciliábulo extraño, resto de aquel rezongo de los que detuvieron
el paso de Dante en el Infierno.

Urquiza protege la ciudad; Urquiza declara y demuestra no querer
intervenir en un solo acto relativo al manejo interior de Buenos Aires;
Urquiza comparte su victoria y su gloria con todos los generales del
ejército aliado acordándose del propio jubiloso modo de los orientales
como de los correntinos, de los brasileños como de los entrerrianos.
Impide que se inmiscuya el ejército en los preliminares del acto
electoral que después de veinte años va a llevarse a cabo, a fin
de que haya una legislatura libre. Todo lo espera del patriotismo
como el suyo. No hay vencedores ni vencidos, vuelve a decir, como en
Montevideo. Olvídese el pasado. No hay otro enemigo que el que yace
derrocado, camino de la proscripción. ¿A qué perseguir ese enemigo? No
se pesquisará a nadie, pues, porque todos los argentinos hacen falta al
fin inmediato y perentorio de reconstruir el edificio desde sus propios
cimientos. Mientras llega el momento de ensayar el ejercicio de las
nuevas instituciones y de dar al país su ley fundamental, por medio
de un congreso general, ocupe el gobierno de la provincia de Buenos
Aires el varón más anciano y también el más ilustre, el que desempeñara
accidentalmente el cargo de presidente al renunciar Rivadavia, el autor
de la Canción Nacional de 1813.

Todo esto por el lado inmediato y con relación a Buenos Aires. Del
Arroyo del Medio para allá, ¿qué hacer con las provincias? ¿Qué hacer
con las gobernaciones? Si se las desatiende o desconoce y con más
razón si se les humilla o ataca, volveráse a la guerra civil del año
20 como pensaba Sarmiento el año 92. Se plantearán las luchas de
Buenos Aires contra López, Ramírez y Bustos. No. No se ha destruído
una tiranía de 20 años para empujar al país reconquistado, hacia
una anarquía innecesaria. Esos gobiernos de provincia representan
“intereses creados”. Hay que acordarles intervención en la obra común
de la organización política, porque son partes del todo, ramas de un
mismo árbol, miembros de la familia que vuelve a estar reunida. A fin
de inspirarles confianza, comenzando por las clases obscuras, en cuyo
seno está el hogar gaucho y en él la materia de que se ha de hacer el
pueblo, ofrézcase un hecho material visible que sirva de promesa y de
vínculo ideal, tardío y complicado si ha de traducirse en palabras;
simple y claro si el signo entra por los ojos. Y Urquiza propone, como
en el ejército, el uso de una cinta colorada como prenda de conformidad
en la iniciación del nuevo credo republicano argentino.

Lo grave de la decisión estuvo en el color elegido, y acaso únicamente
en el color, pues el uso de cintas como distintivos políticos se
pierde en los siglos. Como primer antecedente argentino figuran las
escarapelas repartidas por Beruti y French a los patriotas de 1810.
Pero Urquiza necesitaba apoyarse en los mismos servidores de Rosas, y
en el color residía el secreto. Claro es que si la cinta colorada le
aportaba el concurso de los federales, despertaba la desconfianza o
engendraba la “fobia” en los unitarios. ¿Adónde habría ido a parar la
inspiración de Sarmiento, provocada por el color colorado, si Urquiza
elige el azul? Pero todo el mundo sabe que en la época de Rosas no
existía este color en Buenos Aires.

La cinta colorada o cintillo--después de ser aceptado--fué el pretexto
para el repudio y el encono, atribuyendo al vencedor el propósito
oculto de substituir la tiranía de Rosas por la propia. Pero se
escondió en los revueltos pechos la causa verdadera que era el afán de
reemplazarlo en la tarea de la organización de la República. ¿Y quiénes
hubieran realizado esa organización? ¿Los unitarios que dirigieron
sin acierto la campaña militar que dió el triunfo completo al general
Oribe? ¿Los unitarios civiles que, dispersos de Montevideo a Chile
y del Brasil a Bolivia no habían podido juntar los medios eficaces
de derrocar a Rosas desde 1835 a 1852, cayendo en el error de creer
que si la pluma bastó para engendrar el desprestigio de un déspota,
pudo también unir pueblos desarticulados por el odio y trabajados
por la desconfianza? ¿Cuál era el hombre capaz de ocupar la posición
de Urquiza, por valimientos propios, considerando valimientos para
las funciones de gobierno desde el factor de la riqueza material,
que afianza la independencia de la conducta y facilita la ayuda a
los demás, hasta el claro conocimiento de las necesidades de todo el
territorio a gobernar, y desde el talento de clasificar y medir hombres
e intenciones, hasta las galas del valor físico, necesario a demostrar
en todo la superioridad señalada por el medio?

Urquiza celebra conferencias con los hombres distinguidos que concurren
a Palermo, jóvenes o viejos, provincianos o porteños, militares o
civiles.

Tenía del gaucho de la tierra el astuto disimulo y una sin igual
penetración para distinguir el valer positivo del mérito ocasional.
Mezcla y lucha de claridad interior y de vacilación externa, concebía
el problema sin poseer los medios mentales para resolverlo, como que
su instrucción sólo le permitía la resultante pero no los términos.
Era clara su visión y podía, con mano firme, realizar el trazo; pero,
faltábale la línea y el color.

Muy conocedor de hombres, prefería siempre oírlos. Su silencio era
en él una facultad equivalente a la función de asimilación de cuanto
convenía a su espíritu. Escaso de dulzura para atraerlos por los
recursos ondulantes, hoy tan esparcidos en política, elegía el camino
más corto para que lo entendieran.

Entre las variantes de los caudillos argentinos, carecía de la
generosidad de Facundo, del donaire de Ramírez, de la mansedumbre
de Benavídez, de la implacable y fría exterioridad de Rosas, de la
hipocresía de López. Su gran pasión fué poseer tierras. No hubo señor
feudal más rico en campos. La más enorme de sus satisfacciones era
dominar el horizonte de una altura y descubrir con sus ojos los límites
infinitos de sus posesiones para no hallarles término.

Sarmiento no mereció de parte del general Urquiza la distinción del
intercambio de ideas políticas, por lo que resolvió de pronto pedir
licencia para trasladarse a Río Janeiro y de allí volver a Chile. ¿Qué
había acontecido? Hasta tanto lleguemos a la explicación cierta de tan
repentino alejamiento, digamos que su amor propio comenzó a sufrir
desde la travesía del ejército donde sólo se le distinguía con el mote
de “El Boletinero”.

¿No supo mantener, o en aquel ambiente complejo no le quisieron
acordar, la autoridad moral a que era acreedor por sus antecedentes
intelectuales, y antes de un rompimiento, prefirió la deserción
voluntaria? Más adelante se verá el fundamento de esta duda.

Sarmiento se detiene en Río, con efecto, y allí es recibido con
afabilidad por el joven emperador del Brasil don Pedro de Alcántara,
muy capacitado para el conocimiento de los hombres y sucesos del Plata
por su inclinación a la información oral y a la lectura.

“El emperador, dice Sarmiento en carta a Mitre,--joven de veintiséis
años (Sarmiento tiene 41) estudioso, y dotado de cualidades de espíritu
y de corazón que lo harían un hombre distinguido en cualquier posición
de la vida, se ha entregado con pasión al estudio de nuestros poetas,
publicistas, escritores sobre costumbres y caracteres nacionales.
Echeverría, Mármol, Alberdi, Gutiérrez, Alsina, etc., etc. son nombres
familiares a su oído, y por lo que a mí respecta, habíame introducido
favorablemente “Civilización y Barbarie”, hace tiempo, con la primera
edición, habiéndose procurado después “Sud América” “Argirópolis”,
“Educación Popular”, etc.[4].

Hasta el momento actual nada ha podido ocurrir que baste a alterar los
vínculos de compañerismo y amistad entre Sarmiento, Alberdi y Mitre.
Sarmiento ha tenido, es cierto, dos encuentros periodísticos con
Alberdi, explicables por las modalidades de temperamento, antes que
por disconformidad de ideas, a propósito de la tesis de Alberdi para
graduarse en Chile, la primera vez, y otra “sobre lo que era “honesto y
permitido” en un extranjero en América”. Se han escrito con asiduidad y
recíprocamente se han auxiliado con nobleza. Es al volver Sarmiento a
Chile que procura embarcar a Alberdi en sus prejuicios y enconos contra
Urquiza, trayéndole la pasión de sus enojos; pero Alberdi se gobierna
a sí mismo y opone su tranquila fe en la obra imperecedera y en las
cualidades del obrero.

Esta fe la ha demostrado Alberdi escribiendo casi improvisadamente
un libro que constituye la colaboración más trascendental a la obra
realizada y a realizar por el general Urquiza, a quien se lo envía con
la siguiente carta:

    A S. E. el Señor General

        Don Justo José de Urquiza

                                       Valparaíso, Mayo 30 de 1852.

            Señor General:

    Los argentinos de todas partes, aun los más humildes y
    desconocidos, somos deudores a V. E. del homenaje de nuestra
    perpetua gratitud por la heroicidad sin ejemplo con que ha
    sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por
    tantos años. En cortos meses ha realizado V. E. lo que en
    muchos años han intentado en vano los primeros poderes de
    Europa, y un partido poderoso de la República Argentina. Quien
    tal prodigio ha conseguido ¿por qué no sería capaz de darnos
    otro resultado, igualmente portentoso, que en vano persigue
    hace cuarenta años nuestro país? Abrigo la persuasión de que
    la inmensa gloria--esa gloria que a nadie pertenece hasta
    aquí--de dar una Constitución duradera a la República, está
    reservada a la estrella feliz que guía los pasos de V. E. Con
    este convencimiento he consagrado muchas noches a la redacción
    del libro sobre “Bases” de organización política para nuestro
    país, libro que tengo el honor de someter al excelente buen
    sentido de V. E. En él no hay nada mío sino el trabajo de
    expresar débilmente lo que pertenece al buen sentido general
    de esta época y a la experiencia de nuestra patria. Deseo ver
    unida la gloria de V. E. a la obra de la Constitución del
    país; mas, para que ambas se apoyen mutuamente, es menester
    que la Constitución repose sobre bases poderosas. Los grandes
    edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino
    porque están cimentados sobre granito; pero la historia,
    señor, los precedentes del país, los hechos normales, son la
    roca granítica en que descansan las constituciones duraderas.
    Todo mi libro está reducido a la demostración de esto, con
    la aplicación a la República Argentina. Espero que encuentre
    en la indulgencia de V. E. la acogida que merecen las buenas
    intenciones, y que admitirá con igual bondad V. E. la
    seguridad de mi gratitud, como ciudadano argentino, y del
    respeto profundo con que tengo el honor de suscribirme de V. E.
    atento servidor.

                                                   Juan B. Alberdi.

El general Urquiza se apresura a contestar esta carta en la siguiente
forma:

    “Al señor Doctor

            D. Juan B. Alberdi

                                                    Valparaíso.

                          Palermo (Buenos Aires), Julio 22 de 1852.

        Apreciable compatriota:

    La carta que con fecha 30 de Mayo me ha dirigido usted,
    adjuntándome un ejemplar de su libro “Bases y puntos de partida
    para la organización política de la República Argentina”, ha
    confirmado en mí el juicio que sobre su distinguida capacidad,
    y muy especialmente sobre su patriotismo, había formado de
    antemano.

    Me es muy lisonjero encontrar en la generalidad de los
    argentinos el deseo y la firme resolución de contribuir a que
    nuestra querida patria se constituya al fin un sistema de leyes
    digno de sus antecedentes de gloria y capaz de conducirla al
    grado de prosperidad que le corresponde.

    Conociendo bien esos sentimientos de los argentinos, contando
    con ellos y con sus decididos esfuerzos, me he puesto al frente
    de la grande obra de constituir la República. Tengo fe de que
    esta obra será llevada a cabo.

    Su bien pensado libro, es, a mi juicio, un medio de cooperación
    importantísimo. No puede ser escrito ni publicado en mejor
    oportunidad.

    Por mi parte, lo acepto como un homenaje digno de la patria y
    de un buen argentino.

    La gloria de constituir la República debe ser de todos y para
    todos. Yo tendré siempre en mucho la de haber comprendido
    bien el pensamiento de mis conciudadanos y contribuido a su
    realización.

    A su ilustrado criterio no se ocultará que en esta empresa
    deben encontrarse grandes obstáculos. Algunos, en efecto, se me
    han presentado ya; pero el interés de la patria se sobrepone a
    todos. Después de haber vencido una tiranía poderosa, todos los
    demás me parecen menores.

    ¡Que la República Argentina sea grande y feliz, y mis más
    ardientes votos quedarán satisfechos!

    Usted hallará siempre en mí un apreciador de sus talentos y de
    su patriotismo y en tal concepto los sentimientos sinceros de
    un afectuoso compatriota y amigo.--Justo José de Urquiza.”

La aparición de las “Bases” fué saludada con entusiasmo dentro y fuera
del lugar en que su autor residiera. En Chile puede apreciarse esa
impresión con sólo saber que el Club Constitucional Argentino que
presidía don Gregorio Gómez, resolvió un acuerdo que significó un
homenaje cívico en favor de la personalidad de Alberdi.

Sarmiento, por su parte, deja estampado así su juicio acerca de “Las
Bases”.

                                    “Yungay, Septiembre 16 de 1852.

        Mi querido Alberdi:

    Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del
    buen sentido bajo las formas de la ciencia.

    Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo
    toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro “Bases”
    va a ejercer un efecto benéfico.

    Es posible que su Constitución sea adoptada; es posible que
    sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo suprimido o
    alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones: su
    libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de
    todos los hombres de corazón.--Domingo F. Sarmiento.”

Desde ese instante los hombres que rodeaban al general Urquiza tuvieron
su brújula segura para orientar el barco que acababan de tripular. Mas
las opiniones del grupo unitario persistían en su afán de no despegarse
del terreno, entendiendo que era a ellos a quienes les correspondía por
derecho propio la tarea de organizar la República.

Para medir entretanto en su tamaño real la obra que acababa de realizar
el general Urquiza, conviene echar una mirada retrospectiva hacia el
Buenos Aires que Rosas había gobernado y las maneras que usó.

Rosas había comenzado por dividir la sociedad en dos partes: lo físico
y lo moral. Lo moral era el elemento ilustrado de la ciudad, que tuvo
a Rivadavia por representante y cuyo fracaso estaba fresco. Lo físico
era la campaña, el elemento inculto, que él representaba y para el
cual reivindicaba el ensayo del gobierno. Para identificarse a él,
decía, había llegado al sacrificio: a abandonar las comodidades y las
seguridades del poblado y a hacer abandono absoluto de su provecho
personal.

Había vivido en contacto íntimo con la masa, en el desierto, con el
paisano paria. Ahora probaría el manejo de la cosa pública con esa
fuerza incomprendida y se vería que el éxito estaba de su lado; que
eran estos hombres repudiados los que tenían de su parte el buen
sentido, el patriotismo y la honradez[5].

Después del último ensayo constitucional--27 años atrás--el espíritu
público de Buenos Aires había caído en la atonía a que contribuye y
arrastra en conspiración la lentitud del tiempo, sometiéndose a la
pasibilidad fatalista de todo pueblo inculto, hecho al manejo del
héroe, cacique o César. Faltaba en su seno el ejercicio, aún primario,
de toda libertad democrática. La reunión pública no existía. No se
conocía el debate de la prensa ni de la Sala de Representantes. El
ambiente de claustro universitario había desaparecido. La rueda social
enrarecida, no daba asidero ni siquiera al comentario, porque el
espionaje de la servidumbre se encargaba de transportarlo en delación
de los oídos de doña Encarnación Ezcurra, y, después de ella, a los de
cualquiera de los directores de la Mazorca. Rosas hacía un gobierno
de información plebeya y poseía en sus manos los hilos de todas las
familias, como los tenía el virrey y el obispo en la época de la
colonia. No había suceso de carácter policial que no pasara su vista
para su resolución. La vida de Buenos Aires estaba contenida en los
prontuarios o carpetas que a diario se elevaban a su conocimiento,
arriba de las cuales, en dos líneas, debajo de su extracto, iba la
pena, escrita de su puño. Era el gobierno de la menudencia íntima, pero
a cuya virtud él debía el dominio de cada cuestión, de cada hogar, de
cada ser, y por tanto, de la sociedad entera.

Los asuntos de mayor volumen, relacionados a los intereses, civiles
o comerciales o a las grandes faltas o crímenes, pasaban, con mayor
razón, a su conocimiento inmediato y en escrupulosa preferencia.
Entonces se entendía con los jueces directamente, sin cortapisas ni
escrúpulos, echando mano siempre de un recurso en el que era artista
supremo. La anécdota de su entrevista con el doctor don Vicente López
es así tan sugerente y de tan provechosa enseñanza psicológica que vale
por una demostración.

Otro recurso de que Rosas usaba para su dominación, era el dinero.
Las almas angustiadas, apuradas todas las soluciones, iban en última
instancia, a él; y hecha la confesión del desastre y la sentida promesa
de la gratitud eterna, venía el préstamo en fácil y abundante forma.
Rosas era el hidalgo prestamista que sólo pedía la adhesión como
interés, y esta franca munificencia, secreto de todo caudillismo, era
más abierta y espontánea con aquellos individuos de quienes él se
prometía un favor político o militar. Banco de descuentos, de provisión
o ayudas, formábase en su torno el halo del hombre providencia, tanto
más general y esparcido cuanto mayor era su tacto para manejarse con
los favorecidos. Estos tratos eran siempre directos y reservados.
Manuelita intervenía para los de otra laya: la súplica ante “tatita”
para indultos, conmutaciones, gracias. Este espíritu detallista y
administrador regía en sus relaciones con los gobernadores y sus
emisarios, aunque éstos fueran chasques. Rosas presidía personalmente
desde el suministro de armas o ropas para el ejército, hasta el de una
pieza de lienzo para el gaucho portador de cartas.

Dipútanse el desempeño de comisiones ante él desde los confines de
la República, los más infelices paisanos, porque la “menta” de su
generosidad se había extendido hasta ellos. Quien, había traído un
caballo regalado; quien, un poncho, quien, un traje. Los gobernadores
que gozaban de la amistad de Rosas tenían franquicias comerciales
para sus Estados, soluciones para los intercambios de sus productos,
para los problemas de su moneda o para los pasajes de sus haciendas.
Y cuando esos gobernadores venían a su sede, eran proverbiales los
agasajos de toda la sociedad de Buenos Aires, amén de sus favorables
concesiones. A Quiroga le decreta honores que recorren la gama del
placer, desde el caballo a la bacanal degastadora y crapulosa. A López,
banquetes y vacas; a Ibarra plata y armas.

En los asuntos arduos obtiene el medio de saber, valiéndose de
una estratagema. Cuando se presenta una cuestión internacional o
simplemente de derecho administrativo o de gobierno, complicada o
difícil, manda llamar a su despacho o a su casa al doctor Lorenzo
Torres, explica el caso y le pide su juicio. Horas más tarde usa el
mismo procedimiento para con el doctor Dalmacio Vélez; y por el mismo
repetía la consulta con don Pedro de Angelis o don Tomás de Anchorena.
Preparado de este modo, reunía todo el cónclave y a cada uno presenta
la cuestión con la argumentación tomada del contrario, resultando que a
su modo repite el papel de Napoleón en la discusión del Código.

Tiene la pluma fácil: es de su agrado el escribir. Escribe sobre todo:
desde la carta política a Ibarra, glosando el versículo de la Biblia de
“quien no está conmigo está en contra de mí” al billetito penetrante y
avisor, como el mandado a doña Inés Dorrego. ¡Todo un espécimen! Dos
son sus grandes amanuenses de confianza: Reyes, cuya letra llega a
confundirse con la de él, y don Pedro de Angelis, que lo interpreta a
maravilla.

Un otro factor de verdadera confianza y como complemento de su
personalidad: la casa que habita.

Cualquiera podría creer que quien vivía en esa penumbra era un
misántropo, un enfermo, un melancólico a lo Francia, Felipe II o Luis
XI. No, por cierto. Rosas es una expresión casi permanente de buen
humor, entremezclado con una cantidad de inconsciencia manifiesta, que
lo acerca al terrible filósofo siempre optimista y cínico hechura
de Luzbel. Ordena un fusilamiento o un degüello y en seguida está
apto para urdir una broma. Tras de un asesinato, del de Maza, por
ejemplo, puede reir si se le ocurre hacer llamar por medio de Corvalán
al señor Obligado, que ese día ha tomado purga. Como a Alejandro VI,
un espectáculo de muerte puede abrirle el apetito. Ahora, pasemos al
Rosas de la proscripción. Es charlador, sociable, cultor de damas, y
borrajeador incansable de cuartillas. Fabrica él mismo adobes; anda a
caballo todo el día, luego se pone a escribir un libro de medicina.
Llama a su criada con cencerro; se hace dar friegas en las piernas;
no le agradan las visitas de americanos. Tal su régimen por años.
¿Tuvo una hora de honda meditación en las soledades de Southampton?
¿Sintió una sola vez, una siquiera, el estremecimiento de ese dolor
que remuerde por no haber hecho a su patria y a sus compatriotas todo
el bien que pudo y que deja escapar por entre las palmas de las manos?
Por lo menos en el instante final, en esa última palpitación del
cerebro y del corazón, de la memoria y de las fibras, al despedirse
del cuadro lleno de luz ante su vista interior, ¿lo sacudió una
angustia, un recuerdo hondo, un arrepentimiento de los que acaso bastan
a la purificación en el dintel de la Eternidad? Ni uno solo. Su hija
nos habla de la agonía y de la muerte serena de su padre, como un
historiador nos hablaría de la agonía y muerte de un justo. ¡Conciencia
humana! ¿Qué eres?

Pero, volvamos a tomar los hilos de nuestro discurso o sea lo que
importa a las tres vidas paralelas, materia de estos capítulos.

Al regresar Sarmiento a Chile con el ánimo enconado contra el general
Urquiza por el único delito de que Urquiza no le consultara sobre el
plan de Caseros, primero, y luego sobre el mejor modo de organizar
el país, dióse a glosar los 26 Boletines de la Campaña del Ejército
Libertador de que había estado encargado, intercalando entre ellos
comentarios despectivos contra la persona del general vencedor. Al dar
a luz este trabajo, determinó dedicárselo a Alberdi.

Según un pasaje de esta dedicatoria parecería que Alberdi hubiera
suscitado la polémica en “El Diario” de Valparaíso; pero el aludido
rechaza categóricamente la alusión.

La dedicatoria está llena de velados cargos y otros bien directos
contra Alberdi, desde la inculpación de su posición semioficial,
hasta la de creerlo interesado en lanzar a Sarmiento a la anticipada
publicación de su “Campaña”, que él reservaba para muchos años después.
Desde su ignorancia de los hechos, que Sarmiento en cambio acaba de ver
envueltos en sangre, hasta el recuerdo de su deserción de Montevideo,
al acercarse a Oribe.

La censura, pues, a Urquiza comienza con una página adversa a su amigo,
a quien llama “Mi querido Alberdi”.

La “Campaña en el Ejército Grande” se inicia con la Introducción, que
es otro golpe indirecto a Alberdi, y entra luego, como diario de un
viaje, a referir impresiones de los distintos puntos y accidentes por
que ha tenido que pasar, desde su salida de Chile hasta la “fuga” de
Buenos Aires, después de Caseros.

En forma amena, pero falta de cohesión, va dejando escapar sus
sentimientos y reflexiones sobre los hombres y los sucesos que le salen
al encuentro, destacando siempre de la interesante narración su figura
en primer término.

Sin constituir una crónica de hechos, ni menos un estudio de
caracteres, esta producción de Sarmiento, tan rica de matices, puede
ser considerada como un auxiliar para la historia de la época o del
acontecimiento que comprende, si bien debe cuidarse quien la utilice,
del espíritu preconcebido que la mueve. Bajo la pasión demoledora de
estas páginas, no obstante, asoma aquí y allá un afecto, un rasgo de
admiración, un verdadero aplauso a tal o cual figura determinada,
todo ello mezclado con lo anterior, como tintas claras y obscuras,
manejadas a un tiempo en un mismo estado de ánimo por un firme pincel.
No se ajusta el autor a ningún género dado, como que la soltura sigue
siendo su característica; quiero decir que, junto a la descripción de
un paisaje, vése un estudio de paralelo; y al lado de una reflexión
filosófica, que dá a la oración un corte de discurso moral, interrumpe
un diálogo y con éste una narración pintoresca y con ella un apóstrofe
y en seguida un retrato y por último una epístola.

De estas páginas, que causan el efecto de hojas diseminadas, Sarmiento
lo va diciendo todo muy aprisa, con el único cuidado de no posponer al
protagonista ni un instante. Y por ese propio apuro, el protagonista
moral y material, nos resulta un extraño ser, un ser inexplicable. De
pronto un hombre que tiene miedo a un perro y, al lado, un valeroso
crítico del general en jefe, compitiendo con él en volumen político y
social, como por ejemplo al adelantarse al Rosario, o al recibir las
primeras salutaciones de Palermo. Unas veces el servidor medroso que
espera del ayudante una palabra tranquilizadora de parte del superior;
otras, el violento discutidor que a voz en cuello censura al padre ante
su hijo. De pronto, vestido de pequeño mariscal francés, con plumas en
el sombrero, depositando a gritos palabras peligrosas en el oído de las
gentes que le salen al paso. Más tarde, sometiéndose a las menores
indicaciones del general, con una disciplina rayana en servilismo.

A las impresiones relacionadas con lo que Sarmiento llama su Campaña,
están unidos sus juicios referentes a los sucesos que siguieron a la
batalla, en la cual, desde luego, no desempeña ningún papel.

    “Mi papel de “boletinero” me exoneraba de toda obligación
    militar con mis jefes, por lo que, así que hubimos de rompernos
    los cuernos, dejé al general Virasoro con sus edecanes y sus
    caballos blancos, yo que no andaba muy bien montado, y busqué
    el batallón oriental que mandaba el coronel Lezica y me coloqué
    donde no estorbase, con mi ayudante, el capitán Dillon y uno
    de mis asistentes, pero en lugar bien aparente, precaviéndome
    contra ciertas bromas que estaba seguro se harían valer contra
    mí,--el militar con guantes y con levita,--si podían decir que
    me había perdido.”

En balde será el empeño de hallar en esta producción de Sarmiento las
pruebas que justifiquen sus acerbas manifestaciones contra el general
Urquiza, a quien llega a examinar hasta en su faz doméstica. Del relato
mismo se desprende que éste y todos los jefes que lo acompañan, sólo
tuvieron consideración y afecto para con el instable compañero.

    “Enrolándome, dice Sarmiento, en el Ejército, tuve ocasión de
    conocer de cerca el personal de guerra de nuestro país, los
    jefes más acreditados, los medios de acción y cuanto interesa
    al publicista, al historiador, al viajero, y al político
    argentino. Merecí de todos, distinción y aprecio, y reconocí
    las virtudes, patriotismo, capacidades, y talentos de los
    hombres que han de figurar más tarde. Déboles a todos los
    jefes y oficiales el más profundo agradecimiento. Fuí siempre
    atendido por los coroneles Urdinarrain, Palavecino, Basabilvaso
    y otros de Entre Ríos; considerado por Virasoro y Galán: y sólo
    con el coronel Pirán tuve reyertas en que nos decíamos ambos
    las impertinencias de más grueso calibre.”

En lo que se relaciona con el general Urquiza, Sarmiento nos dice que
en cierta ocasión le dió mil explicaciones, lo llamó su amigo y se
estrecharon varias veces la mano. Hay pasajes en que su devoción por el
general Urquiza pasa por entre sus enconos, como la luz por entre los
celajes, y en que llega a aplaudir terribles hechos de sangre, tal como
en la escena en que traen a la presencia del general vencedor al jefe
rosista Santa Coloma, que Urquiza manda degollar por la nuca en castigo
de sus víctimas, inmoladas en la misma forma.

Viaja el monorritmo de la cinta colorada por entre las páginas de la
“Campaña” como una obsesión formada e impuesta a los fines de disculpar
tanto agravio férvido en la pluma del autor. Pero si hay momentos en
que el tema puede ser oído con alarma, descúbrese en seguida que es uno
de los “sistemas” a que obedece la modalidad literaria de Sarmiento, y
de la que no se aparta a pesar de consejos tan sanos y autorizados como
los que ya le había dado don Valentín Alsina.

Tal es la síntesis de la “Campaña en el Ejército Grande”. La
imparcialidad del lector crítico no puede atenuar el egotismo y la
imprecación hiriente que constituyen su esencia, porque el limo que
sus aguas dejan, fecundiza la figura del vencedor de Caseros, dando un
resultado contraproducente acerca de la tolerancia de su alma, frente a
la ingratitud que lo combate.

Alberdi no considera el ataque de este punto de vista, sino del que
le es directo. Mas, lejos de contestarlo en el tono de la réplica,
volviéndola también reducida y personal, saca partido doctrinario
del asunto y lo eleva a la altura de un estudio, generalizándolo y
legándolo como enseñanza.

Retirado en Quillota, dedicó cuatro cartas a su adversario que aparecen
fechadas tres en el mes de enero y otra en febrero desde Valparaíso.

Explica en la primera que no hubiera leído, por escasez de tiempo, la
“Campaña”, cualquiera sea su mérito, a no verse obligado a ello por
la dedicatoria, lo que a su vez lo determina a analizar y contestar
todo el trabajo. Advierte que nada tendrá que hacer con la persona del
contendor, quien sólo le merecerá una crítica alta, digna y respetuosa,
y que su propósito capital es estudiarlo en sus escritos. Y al entrar
en materia, comienza por establecer cuán distinta tiene que resultar
la prensa, desde la caída de Rosas, si ha de intentar llegar a la
eficacia de sus fines políticos. Tras del dibujo del licenciado de
la vieja prensa, insubordinado a toda regla o disciplina, agitador
de poblaciones y de improvisada preparación, especie de gaucho malo,
el lector vé alzarse, como en fotografía superpuesta, la efigie de
Sarmiento. Estas primeras cuatro cartas son de una notable importancia
por la serenidad, por la lógica, por la fuerza destructora e inmensa y
por el estilo diáfano.

Es acaso el primer escritor de América que conoce los insuperables
secretos de la difícil síntesis. Escribe, con la menor cantidad de
palabras, la mayor porción de ideas. Del ahorro de sonidos, obtiene más
substancia y pensamiento. Es la pluma de las “Bases”. Y lo admirable
de su construcción, es que lejos de perder la forma de su belleza, la
aumenta en flexibilidad y ondulaciones, volviendo tan terso y sutil
el velo, que se ve toda la imagen al través. De modo que es el latín
clásico traducido al español armonioso.

Estas cartas debieron producir la sensación de las máquinas de guerra
de los griegos que se destinaban a aplanar los cuerpos de los muertos,
después de la batalla. . .

Pero, Sarmiento no estaba muerto. Contestó la réplica de Alberdi con
toda la violencia de su temperamento de demostrado luchador, tirando a
fondo sus formidables golpes de clava como para finalizarlo todo.

Su prosa es amplia, su brazo largo, su juego desordenado y abierto,
sus golpes a la cabeza del contendor. No le perdona ni la letra. Y de
la letra, la estatura, la manera de reir, las intenciones, y, acto por
acto de su vida de abogado, de escritor, de periodista.--“Alma y cara
de conejo”, le dice. “Sólo sabe agrupar pesetas y palabritas”. Llega al
giro despreciativo minúsculo: “pillito”, “ratoncito que roe papeles”.
“Estate quietito: tú serás enviado diplomático en Chile”.

Otras veces, del asunto obtiene el vocablo que le viene a la pluma:
“ergotista genovés”, recordando que Alberdi estuvo en Génova y que allí
escribió uno de sus libros. “Andate enhoramala, botarate”.

La gracia y la novedad del denuesto se traduce en figuras como ésta:
“Es una esponja de limpiar muebles que absorbe todas las ideas para
volverlas a estrujar y aplicarse a todas las cosas sucias”.

El tono sube:--“Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que
pertenecen “a la multitud de frac” que le saque los calzones a ese
raquítico, jorobado de la civilización, y le ponga polleras. . .”
“Entecado que no sabe montar a caballo”. . . “Abate por sus modales;
saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por
el miedo; eunuco por sus comparaciones políticas; federal-unitario,
ecléctico-panteísta; periodista, abogado, conservador, demagogo”.

Este es Sarmiento de una vez:--“¡Pues, qué! ¿quería mamar a dos tetas?”

Sarmiento vuelve a recuperar el campo como Hércules vencedor. Sus
amigos, sus admiradores, los jóvenes, los viejos, sus compatriotas,
el resto de emigrados que presenciaban el encuentro desde la sombra
del tendido, lanzaron el ¡hurra! del loor ganado. Sarmiento era el
representante de la democracia brava frente a la borla doctoral.

¿Y Alberdi? No responde. ¿Dónde está el doctor Alberdi? No es habido
en los sitios sociales ni en el foro. ¿Qué le pasa al académico
escritor? Su posición es tan ingrata que sus íntimos y correligionarios
deciden instarlo a la refriega, pero se hallan con que el metódico
trabajador tiene entre manos, en esos mismos instantes, un proyecto de
Constitución para su país, que forma el complemento de las “Bases”.
Hasta tanto no lo termine, no se enterará de los nuevos ataques
de Sarmiento. Vanos fueron los argumentos que se le hicieron para
demostrarle la necesidad perentoria de que ensayara la refutación
de los cargos y acusaciones de su enemigo implacable. Alberdi . . .
Pero estoy cometiendo una falta de probidad y de buen gusto al dar
ropaje propio a un relato que ha sido ya hecho por un maestro, por el
inolvidable Lucio V. López, que a su vez repite la narración de su
ilustre padre, testigo de la época, amigo por igual de Alberdi y de
Sarmiento.

Al ocuparse Lucio López de la reimpresión de las “Cartas Quillotanas”
en 1873, legó páginas de insuperable mérito, que contienen con la
dramaticidad del momento, noticias directas de la psicología de los dos
soberbios contendores. Helas aquí:

       *       *       *       *       *

“Las “Cartas Quillotanas” están destinadas a vivir siempre en la
literatura política de nuestro país. Ellas son la más severa lección
que se ha dado a la prensa que emplea el dicterio y el insulto para
convencer al público y confundir al adversario. Ellas son la protesta
más ardiente y victoriosa que puede hacerse contra esa literatura feroz
de que la ignorancia vulgar de nuestras sociedades se ha amamantado
en las pasadas luchas civiles, creando reputaciones de arcilla e
inconsistentes que la justicia severa de los fallos modernos tiene por
fuerza que desconocer.

Esas cartas son poco conocidas en Buenos Aires. Hasta hace muy poco,
tan sólo las conocíamos por las referencias de sus contemporáneos, y
su crónica había llegado hasta nosotros, sin que hubiéramos podido
procurarnos las preciosas páginas que las contenían. Es por esto, que
no podemos menos de agradecer al editor el verdadero servicio que se ha
hecho a las letras argentinas, haciendo de ellas una edición copiosa
que, al mismo tiempo que pueda repartirse con profunsión por todos los
rincones de la República, sirva para estudiar tranquilamente y sin
pasiones mezquinas la índole de ciertos hombres que las injusticias del
pasado han tratado de obscurecer.

La historia de las “Cartas Quillotanas” es interesante. Un testigo
ocular nos ha narrado su crónica que vamos a tratar de transmitir a
nuestros lectores con toda la imparcialidad que nos corresponde.

La refutación del doctor Alberdi a la Campaña del Ejército Grande, que
el señor Sarmiento le narra intencionalmente, exasperó el ánimo de éste
con justos motivos. El golpe había sido mortal. La contestación había
apurado todos los recursos de la sátira y la pluma de Alberdi había
rayado en el papel la caricatura del adversario con los gráficos rasgos
de un Chatam y con la culta acrimonía de un Timon. La primera parte de
las cartas es la gran parodia “de la Campaña”.

Los gritos de la herida fueron tan elocuentes por parte del señor
Sarmiento como había sido punzante el dardo sutil que la causaba. Su
espíritu se encrespó, tomó formas colosales, midió el cuerpo de su
adversario y prorrumpió en un torrente de lava escrita característico
en él, si tenemos en cuenta una cualidad remarcable de sus talentos:
la labia copiosa con que manifiesta sus pasiones. Alberdi se encontró
ahogado por aquella avalancha. Danton y Robespierre, y todas las furias
de la revolución francesa, no habrían producido una diatriba más
sublime que aquella.

El señor Sarmiento no es clásico sino “criollo puro” y sin embargo, es
curioso de notar, cómo en su réplica a las primeras cartas de Alberdi,
palpita el más legítimo paganismo haciendo recordar las pasiones del
anatema clásico puesta en boca de los dioses, menos el estro de Homero
y de Virgilio.

La cultura del lenguaje, la delicadeza del escritor, todos los
escrúpulos sociales están desconocidos en la réplica del señor
Sarmiento y para que no se dude de nuestra aseveración puede leerse
el siguiente párrafo con que ataca al señor Alberdi. “Usted ha tenido
la debilidad de eludir la ley penal por el decoro; pues yo tendré la
gentileza “de degradar mi rango de escritor y de insultar la ley y la
sociedad poniendo escritos inmundos contra usted”.

Si Facundo hubiera sabido escribir, no de otra manera hubiera escrito.

La réplica del señor Sarmiento hizo gran sensación en Chile. Los
amigos de Alberdi se enfriaron en su entusiasmo. Los amigos del señor
Sarmiento aprovecharon esta frialdad y la convirtieron en éxito para
sus afecciones. El señor Sarmiento estaba triunfante y la “vox populi”
sancionaba su victoria. Alberdi había enmudecido y todos consideraron
que el golpe lo había abrumado. ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? ¿Cuál
era la causa de su silencio? Este continuaba. Días, semanas y meses
pasaban sin que respirase. Varios amigos suyos resolvieron buscarlo
y decirle la crítica posición en que se encontraba. Lo hicieron, y
fueron recibidos en su gabinete donde trabajaba con perfecta calma y
tranquilidad. Le manifestaron lo que pasaba en Chile con su persona,
y una vez enterado, oyeron con asombro de sus labios que no había
leído la réplica del señor Sarmiento, que estaba sumamente empeñado
en concluir su proyecto de constitución para la República Argentina
y que había previsto que la lectura de las cartas de su adversario,
podía distraer su atención poniendo en conflicto la terminación de su
obra. En vano fué que sus amigos le manifestasen la necesidad en que
estaba de salir cuanto antes de su crítica posición. Su determinación
fué irresistible. No hizo la lectura y se dispuso a desocuparse del
trabajo que se lo impedía. Extrañó, sí, la debilidad de la opinión para
condenarlo tan ligeramente y quiso tal vez imponerle con su silencio
el castigo de su ligereza. A los pocos días llamó a uno de sus amigos
y le manifestó que su proyecto de Constitución estaba concluído y
que al día siguiente partía para Quillota a ocuparse de contestar al
señor Sarmiento cuya réplica ya había leído. Prometió a sus amigos
vindicarse ante la opinión y anonadar a su adversario para siempre.
Regresó de Quillota al poco tiempo trayendo un rayo que lanzó de
improviso y que cambió el hado próspero de su contendor. Y en efecto,
“La complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina”, que era el título de la contrarréplica, fué fatal para
el señor Sarmiento. Este había presentado infinidad de hechos que
menoscababan la reputación del doctor Alberdi. Estos hechos fueron
desmentidos uno por uno, con datos tan fidedignos que toda la opinión
reconoció su veracidad. Alberdi en boca de Sarmiento había sido indigno
instrumento de los gobiernos, mal abogado, mal escritor, ignorante,
mal político y en fin dueño de las cualidades más poco envidiables que
se pueden poseer, y el mismo Alberdi, según su expresión, se encargaba
de “tomar por la oreja al mentiroso, sentarlo en el banco de la risa
y hacerlo desmentirse con sus propios escritos” que dejaban a Alberdi
bajo el punto de vista de un hombre digno, independiente, buen abogado,
brillante y competentísimo escritor, político hábil y en fin con todas
las excelentes dotes que las pasiones febriles del señor Sarmiento le
habían desconocido.

Las últimas cartas de Alberdi corrieron de mano en mano con un
prestigio extraordinario. Llamó la atención sobre todo la parte
final titulada “Enmienda Honorable” que es una colección crecida,
compuesta únicamente de elogios de todo orden, debidos a la pluma de su
adversario. La crónica cuenta que el señor Sarmiento quedó sumamente
mal parado. Ofreció cuarenta cartas más con las que prometía hundir por
siempre a su antiguo amigo, pero sólo produjo dos y la mala acogida que
recibieron acabó de descorazonarlo para siempre haciéndolo abandonar
la escena que le había arrebatado tan felizmente su adversario.

Esta es la sencilla historia de las “Cartas Quillotanas”, cuya
reimpresión acaba de hacerse y cuya lectura no podemos menos de
recordar a los que no lo hayan hecho. En ellas se verá que la República
Argentina tiene en su literatura ingenios de nota, cuyos escritos
participan del género de los que inmortalizaron a Fígaro y a Cormenin.

De las “Cartas sobre la prensa” resulta, que hasta el odio a Buenos
Aires, otro de los cargos vulgares con que se ha querido combatir
a Alberdi, nadie lo ha expresado como el actual presidente de la
república en los siguientes párrafos que insertamos:

“En vano le han pedido (a Buenos Aires) las provincias que les dejase
pasar un poco de civilización, de industria y de población europea:
una política estúpida y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero
las provincias se vengaron mandándole en Rosas mucho y demasiado de
la barbarie que a ellos le sobraba. Harto caro la han pagado los
que decían: “La República Argentina acaba en el Arroyo del Medio”.
(Sarmiento: “Facundo“, pág. 23, 1.ª edición).

“Tucumán tiene hoy una grande explotación de azúcares y licores que
podría permutar por las mercaderías europeas “en esa ingrata y torpe
Buenos Aires” desde donde le viene hoy el “movimiento barbarizador”.
(Sarmiento: “Facundo”, pág. 195. 1.ª edición).

“¡Eh! vergüenza de Buenos Aires, os habeis hecho las guaridas de todas
las alimañas, que Paz hace huir del interior”. (Sarmiento: “Facundo”,
pág. 195, 1.ª edición).

“Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano, porque el pueblo de
Buenos Aires, con todas sus ventajas es el más “bárbaro” que existe en
América”. (Sarmiento: “Sud América”, tom. 2, núm. 2.--Mayo 1.ᵒ de 1851).

Después de estas inserciones, todo comentario nos parece inútil, pues
la justicia no puede hacer sino uno que no corresponde repetir.”

       *       *       *       *       *

Terminado y remitido, pues, con urgencia el Proyecto de Constitución,
Alberdi vuelve a la polémica, titulando esta vez sus escritos así:
“Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina” y precediéndolas de una saludable “Advertencia”.

Si eficaces fueron las primeras, estas últimas resultaron decisivas.
Y debieron serlo, de verdad, porque redujeron a silencio la pluma de
Sarmiento y abrieron doble brecha en su cuerpo y en su ánimo. En cartas
íntimas gime su cuita y expresa el dolor de su carne macerada por el
látigo de Alberdi[6].

Quedó abierto desde entonces el abismo que había de separar hasta
más allá de la tumba el alma de estos dos argentinos. ¡Y qué larga y
profunda fué la venganza de Sarmiento contra las “Cartas Quillotanas”!

De modo que por su orden de tiempo debe leerse la “Campaña del Ejército
Grande” de Sarmiento, punto inicial de la polémica; en seguida las
“Cartas sobre la prensa” más conocidas por “Cartas Quillotanas”
de Alberdi; luego “Las Ciento y Una” de Sarmiento, y, por último,
“Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina” punto final, puesto por Alberdi.

No hay otro duelo en los fastos literarios de América de mayor
repercusión y de mejor enseñanza. Préstanle su fama el volumen de sus
autores, la habilidad en las armas y la gravitación que tuvo en los
sucesos públicos de la patria.

El lauro ha sido discernido por la posteridad a Alberdi, quien al
domeñar todos sus humanos impulsos, habilitóse a sí mismo para vencer
al adversario, colérico y sin freno, impulsivo, ciego y cruel. Alberdi
constituye de entonces un modelo en la alta polémica. La cultura
universitaria, aun en la pelea, tenía que salir victoriosa de la locura
del titán.



ACOTACIONES A MONTAIGNE

(Notas marginales)

Por J. ALFREDO FERREYRA

Profesor en la Universidad de La Plata


Conocía a Montaigne por la monografía que Compayré le dedica en su
galería de didactas ilustres. Había meditado también el capítulo que el
mismo Montaigne dedica con tan buen sentido a la educación: sus vistas
reformadoras y libres, de hombre del Renacimiento. Pero por primera
vez leí todos sus ENSAYOS en las vacaciones de 1905-1906. En enero a
febrero de 1913, los repasé, pero no de punta a cabo, sino según el
método con que él los escribió. Abría las páginas que más me llamaban
la atención, o buscaba aquellas en que creía encontrar la aclaración de
una duda mía, o por saber qué opiniones alentaba el autor sobre tal o
cual cuestión.

Conozco, además, biografías del hombre, desde luego cortas, pues ha
sido un cuerpo de poca acción. Todo su espíritu, movedizo y ondulante,
está en su obra. Su biografía es su libro. Europa ha producido algunos
hombres de pensamiento y de acción, cuyo prototipo es César. Pero en
América no son raros los ejemplos de Mitre, Sarmiento, Roosevelt. El
concepto de la educación integral bien practicado, creo que ha de
fomentar al hombre que hace y piensa al mismo tiempo, pues la acción
social me parece tan excitadora, como el estudio sedentario de un
problema científico.

Quiero transmitir mi impresión personal sobre Montaigne, como quien
comenta al pasar una lectura en voz alta. Incitar a leer los grandes
libros podría ser un servicio didáctico: se cuenta entre los deberes y
los derechos del maestro de escuela.

       *       *       *       *       *

Es un genio que hace de la modestia, de la franca confesión de sus
ineptitudes, una fuerza principal. Constituye casi una excepción entre
sus congéneres que pecan de vanidosos, según lo creía Sarmiento.
Sócrates confesaba que nada sabía, para mejorar su situación mental
respecto a los otros hombres. Jesús se endiosó. Y la lista sería larga.

Alguna vez, es verdad, que la humildad de Montaigne se parece al
orgullo de Diógenes al través de su capa remendada. Reitera su pereza,
por ejemplo. Le gusta leer indolentemente a los clásicos latinos sin
propósito determinado, hasta que cierta necesidad de exponer sus
reflexiones y sugestiones le hace tomar la pluma. Parecería que con
ello muestra que no hay que forzar a los temperamentos, torciendo o
pretendiendo torcer las vocaciones grandes o pequeñas con presiones
exteriores y artificiales, a que han sido bastante aficionados los
padres y las escuelas.

Recalca filosóficamente su falta de memoria, intuyendo con gran
sagacidad de su propia introspección, que esa deficiencia, lejos de
ser un mal absoluto, puede favorecer la meditación y las concepciones
originales. El memorista corre el peligro de ser un incorregible
repetidor de cosas ajenas.

       *       *       *       *       *

Montaigne quiere sobrevivirse; de ahí que defienda la inmortalidad
en cualquier forma. En ninguna parte he visto tratada esta cuestión
con rasgos de mayor originalidad que en los Ensayos. Presenta el caso
de capitanes antiguos o coetáneos que encargaban que su cuerpo o su
esqueleto acompañase a sus ejércitos en el curso de la guerra, para
asegurar su triunfo. No cita al Cid, cuyo cadáver montado en Babieca,
ganó su última batalla contra la morisma en Valencia. Otras veces,
para el cadáver no se pedía tregua ni concesiones al enemigo, como si
continuara vivo el jefe al que pertenecía.

Este es realmente un modo concreto de concebir la inmortalidad
subjetiva, formulada casi tres siglos después por Comte.

       *       *       *       *       *

Muchos pensadores antiguos--Epicuro, Lucrecio, Séneca, entre otros--no
creyeron en la supervivencia del cuerpo ni del alma después de la
muerte. Estuvieron muy lejos de comulgar con el valle de Josafat.
Debemos convenir que el buen sentido ha tenido sus representantes en
todos los tiempos, como el mal sentido los tiene aún en el siglo XX, en
que un señor de Unamuno, ahuecando un tanto la voz, llama a la muerte
“pavoroso e insoluble problema”.

       *       *       *       *       *

La ociosidad produjo los ENSAYOS de Montaigne; esa ociosidad, que
dejaba vagar con libertad (“la del caballo que dispara sin freno,
albarda, ni jinete”) su mente por diferentes asuntos, sin orden
aparente. Nunca la ociosidad ni la comodidad de un hombre que no tuvo
necesidad de ganarse la vida produjo tan glorioso resultado.

       *       *       *       *       *

A Montaigne le faltó, en general, el punto de vista social de que
participamos, ahora aún los principiantes en sociología. Una ciencia
más o menos sistematizada ayuda mucho las operaciones mentales.
Montaigne precedió a Montesquieu en más de un siglo; de modo que la
concepción de un organismo social o de organismos sociales regidos por
leyes internas y externas, a semejanza de los individuales, era acaso
anticipada para él.

En su original capítulo acerca de los medios contradictorios que los
hombres han empleado para llegar al mismo resultado o a resultados
opuestos, se nota esa ausencia de concepción sociológica.

Un vencido o los vencidos en una guerra, han obtenido clemencia del
vencedor unas veces por la súplica y otras por el valor altivo. En
otras ocasiones, uno y otro medio han conducido al exterminio, a la
mayor cólera del vencedor, aunque éste fuera el magnánimo transigente
Alejandro de Macedonia.

Atribuye Montaigne estos hechos exclusivamente a la psicología personal
del vencedor; nunca a otras circunstancias, principalmente las sociales
que tanto influyen en los acontecimientos, mucho más que los deseos y
resoluciones individuales.

Maquiavelo, en sus _Aforismos políticos_ fundados en la Historia de
Tito Livio y en la de su tiempo, tiene idénticas observaciones; pero
mayor perspicacia sociológica, para inducir que en la función pública
se cambia de método con el cambio de circunstancias.

       *       *       *       *       *

Montaigne no se contenta con lo presente, y con lo que ve, y donde
vive. Se extiende hacia lo pasado y mucho hacia lo porvenir. Sale de la
tierra. Lo desconocido lo atrae. Se reconoce habitante del Universo.
Actuando en un radio limitadísimo, de aislamiento en su castillo, habla
de un radio inmenso, desconocido, que la Humanidad va desbrozando
poco a poco. El infinito y la eternidad están descubiertos. Imposible
sujetar la imaginación a la ciencia experimental, por más que sus
resultados constituyan su solo regulador externo. Cuando se pierde este
elemento de equilibrio, la imaginación se exalta hasta la locura, como
Don Quijote que, a fuerza de palos y de no leer más, notó al fin que
los nidos no tenían pájaros. No quiere decir que los creadores, por
la imaginación, no sean incomparables intuitores. Comte llama a los
grandes poetas profundos observadores de la naturaleza humana.

Este descontento por la realidad develada por sabios y poetas, en cada
época de la evolución mental colectiva, produce las hipótesis más sanas
y más disparatadas. Lo primero, engendra el progreso comprobable y
utilizable; lo segundo, las vaguedades metafísicas que se complacen en
meditar horas enteras si los valles se mueven o se están quietos, y
otras tonterías. Las luces relativamente verdaderas y las relativamente
falsas, marchan paralelas.

       *       *       *       *       *

Montaigne trata del rezo con su buen sentido positivo. Las peticiones
de la oración son muchas veces injustas y generalmente egoístas. “Dios”
merecería respeto y debe recibir homenajes y “servicios”, y no pedidos
de codiciosos, maleantes de todo género que ruegan salir sin peligro
o airosos de una aventura. Margarita de Navarra recuerda de uno que
atravesaba compungido el interior de una iglesia, para ir a dormir con
su querida, haciendo antes actos de devoción ante el altar mayor.

A Montaigne se le ha escapado, sin embargo, el lado psicológico de
la plegaria: su fuerza sugestiva y autosugestiva, cuando es sincera.
La oración teológica ha debido producir sus efectos en el período
correspondiente de la Humanidad, y del que muchos seres humanos aún
no han salido. Ahora, en vez de suprimirse, debería transformarse
en creación positiva, en propósitos determinados de acción, como
lo aconseja Smiles. En la gran guerra, se inventó la plegaria del
centinela y del soldado, como acto de resolución resignada, por ideales
humanos, sin invocación sobrenatural.

       *       *       *       *       *

Llama la atención de Montaigne la vanidad de Cicerón, y la detracta.
Visto el gran romano a través de ese juicio, parece un petimetre sin
méritos que busca gloriolas, apelando hasta al “réclame”. No es así.
Cicerón tenía cualidades sólidas, y, en su género, fué uno de los más
perfectos que exhiba la historia. Es claro que mostraba también el
reverso del orador y del artista: instabilidad, indecisión. Me habría
satisfecho más y habría sido más justo un estudio sobre la personalidad
total. Pero Montaigne no supo o no quiso hacerlo por cualquier razón.
Ya se sabe que él no escribió un libro, sino una serie de artículos
sobre lo que se le antojaba y cuando se le antojaba. No fué un escritor
profesional que tuviera que exprimir su inteligencia sobre temas
obligados u obligantes.

Para cohonestar su juicio unilateral sobre Cicerón, debe anotarse
que la antropología no es de su tiempo, y los psicólogos natos, los
Shakespeares y Cervantes, han sido muy contados, aún en esta época de
psicologías.

A medida que más se penetra en el estudio del hombre, más se explican
sus anomalías, sin odio, tal vez con piedad y aun amor. Si el análisis
crítico es cada vez más profundo, la censura va de capa caída, manejada
sólo por los meros literatos que abominan de todo lo que no coincide
con sus inclinaciones personales instituídas, sin mayores miramientos,
en el patrón único para juzgar todo. Debemos aceptar lo irremediable,
es decir, los millares de temperamentos diferentes y diferenciados,
y su distinta manera de manifestarse. En el fondo, es un bien que la
naturaleza humana muestre tantos matices como la naturaleza cósmica.

       *       *       *       *       *

Montaigne (1533-1592) no creía en el progreso, es decir, en la
evolución aprovechada por el hombre. Estaba con el _corso e ricorso_.
Era hombre del siglo XVI. Comte sostiene que la idea de un progreso
continuo e indefinido se afirmó en el siglo XVII y XVIII, como lo
demuestran las fórmulas orgánicas de Pascal, Leibnitz y Condorcet,
que instituyeron una Humanidad, sobre las patrias, que constantemente
aprende y constantemente crece.

Yo creo que uno de los hechos que más ha afirmado la creencia de
un progreso general, a pesar de los retrocesos regionales o de
factores aislados, es la conquista sucesiva de la Humanidad sobre la
Naturaleza, es decir, el método experimental que dió sostén sólido a la
ciencia. Esta se aplicó a la industria que trasforma constantemente las
cosas en el sentido de su mayor utilidad humana. Estas trasformaciones
objetivas se han impuesto. El progreso subjetivo de las ideas era menos
discernible, ya porque está fuera del contralor de la mayor parte
de las gentes, ya porque su mezcla y confusión por los sofistas de
todos los tiempos que hacen juegos malabares, aparentan muchas veces
estacionamiento o retroceso.

El progreso de las cosas derivadas del progreso de las ideas, ha
producido a su turno el desenvolvimiento de éstas, que se apoyan así
en una comprobación externa. El progreso se realiza por inventos
sucesivos, dice Pasteur. Cada nuevo invento demuestra un mayor dominio
del hombre sobre el universo cósmico y social, y nos da la perspectiva
de que ese dominio será ilimitado. Cada vez que un eminente genio ha
afirmado una imposibilidad en el futuro, ha errado, dice Flammarión.

Las ideas invisibles pueden discutirse; pero su encarnación en hechos
sucesivos, no. Si todo es ilusión, si no nos es dable percibir al
Universo tal cual es por deficiencia de sentidos y estructura cerebral,
la utilización de las cosas, de los hechos y de las leyes para el
acrecentamiento humano, es una realidad aunque no fuera la realidad.

       *       *       *       *       *

Montaigne es el tipo del hombre del Renacimiento. Ama la gloria
literaria de Grecia y de Roma. Cita constantemente a sus pensadores, a
sus poetas, historiadores, oradores. Plutarco y Séneca son sus guías.
Pero Horacio, Juvenal y Persio, Cicerón, Terencio, Ovidio, Plinio el
viejo y el joven, ratifican sus afirmaciones. Sábese que hablaba el
latín. Lo aprendió desde niño, conversando, como un idioma vivo, y
leía constantemente a los creadores de tan profunda literatura. No era
latinista de catálogo, de los tantos defensores del latín, incapaces
de leer de corrido tres sentencias del Cornelio Nepote. Virgilio y
Lucrecio están siempre en la punta de su pluma. Resurge, pues, en su
mente, libre observadora del presente moderno, la antigüedad clásica.
Esa aleación ha producido una síntesis inmortal con los ENSAYOS.

Montaigne está lejos de ser un dogmático: no quiere y, sobre todo, no
puede serlo. Su afirmación es siempre débil; su duda, transparente. Su
positivismo es notorio; pero no dispone de elementos necesarios para
apoyarlo.

Nada de antropocéntrico, y esa es una de sus glorias. Su pensamiento y
sentimiento ondulantes participan de la diversidad de los temperamentos
humanos. Parecería que quisiera observar el mundo al través de cada
uno de sus semejantes. Hay en él varios espíritus, como los que
inspiraban a Goethe. Nada lo apasiona, todo lo reflexiona, es un famoso
plurilateral.

Leí con cuidado el capítulo que dedica a Raimundo Sabunde, donde se
muestra más su positividad. Cree que los animales tienen más que
instinto: inteligencia y sentimientos morales. La diferencia con el
hombre es sólo de grados. Hace presentir a Lamarck y a Darwin. Cita un
número asombroso de hechos referentes a los animales. Hoy que ha tomado
cuerpo la psicología animal, resurge Montaigne.

La verdad es que todos los problemas, resueltos o no, de que está
ocupada la Humanidad presente, ya han sido propuestos por los antiguos,
y a muchos se les ha dado en remotos tiempos una solución acertada,
si bien por excepcionales pensadores que predicaren o no en desierto.
El problema de la muerte, de la inmortalidad, de Dios: todo ha sido
tratado abundantemente. Lucrecio, siguiendo a Epicuro, cuya doctrina
poetizó, sostuvo que el aniquilamiento del cuerpo traía también el del
alma, función corporal. Alguien dijo que Dios no era un ser, ni menos
extrauniversal, sino una ley. Otros, que la inmortalidad objetiva del
alma era apenas un mito poético y consolador para el tiempo respectivo.

Nótase también que muchos problemas metafísicos se han reducido por los
progresos de la ciencia que ha muerto hipótesis y divagaciones, creando
probablemente otras. Pero la ciencia no sólo ha respondido a muchas
interrogaciones seculares, sino que ha mostrado el régimen fecundo
de la razón humana, el método que ha descubierto y ha de descubrir
gradualmente, con mayor o menor rapidez, enigmas que la inquietud
humana formula sin cansarse.

       *       *       *       *       *

En Montaigne se nota el sentimiento de la verdad relativa. Nadie lo
tuvo como él al afirmar o negar. Pregunta más que contesta. De nada
está completamente seguro. Define con simpatía el Pirronismo. Pero
él es sólo Pirronista intelectual. No llegó a la ética estoica que
alcanzó el sublime escéptico griego. Este enseñaba que todas las
cosas son igualmente inciertas y discutibles. Es necesario dudar de
todo y ser indiferente a todo. De ahí derivaba su moral, doctrina de
renunciamiento e indiferencia, que él practicó fielmente con organismo
adaptado.

No tener opinión ni sobre el bien, ni sobre el mal, es el medio de
evitar todas las causas de turbación. Las más de las veces los hombres
mismos se hacen desgraciados: sufren porque son privados de lo que
creen ser un bien, o temen perderlo, porque estiman que esto sería
un mal. Suprímase toda creencia de este género, y todos los males
desaparecerán. Dejar que siga el mundo como es, y que cada uno tome su
lote de males inevitables: he ahí el ideal de Pirrón. No le importaba
más vivir que morir, porque no estaba convencido que lo uno fuera bien
y lo otro mal. En un naufragio, mostró con toda calma a los pasajeros
despavoridos la impasibilidad de un cerdo que comía tranquilamente,
mientras el barco se sumergía. Así debería ser la impasibilidad
consciente del sabio, en presencia de los hechos de la vida y de la
muerte. Pudo decir con Lucrecio que la religión no consiste en adorar
piedras o ensangrentar altares, sino en contemplar con ánimo sereno la
corriente favorable o adversa de los sucesos.

Montaigne no tuvo nunca la concepción, ni menos practicó la ética de
Pirrón. Fué un rico que vivió cómodamente en su castillo campestre,
bien servido, eligiendo su sociedad, pensando muy mal de las mujeres,
perfumando sus pañuelos y guantes, abrigándose mucho en invierno porque
era friolento, y temiendo la muerte.

       *       *       *       *       *

En la voluptuosidad de leer descansadamente a los genios antiguos,
meditar espontáneamente, escribir sin trabajar, anotando los
pensamientos que su profunda naturaleza le sugería: así se engendró ese
libro universal que se llama los ENSAYOS. Salió espontáneamente como la
seda del gusano.

Es un realista sin prejuicios y sin las groserías de Rabelais. Es el
padre espiritual de Renán, de Anatole France, de la sonriente ironía
francesa también heroica. Es la resurrección, al través de las letras
latinas, de la mentalidad griega tan poco respetuosa de los dogmas, tan
poco asustadiza de los misterios, tan poco sorprendida de lo nuevo, que
aceptó sin mayores preocupaciones el todo o la nada de la vida.

Febrero 1919.



LOS SENTIMIENTOS MORALES, ESTÉTICOS Y RELIGIOSOS

Por RODOLFO SENET

Profesor de la Universidad de Buenos Aires


LA RELIGIÓN Y LOS SENTIMIENTOS ÉTICOS

Tener una religión sin poseer sentimientos religiosos, es no tener
nada. Los sentimientos religiosos deben ser siempre previos a su
sistematización y sintetización en forma de religión.

La ética que se basa en los principios religiosos, es ultraegoista.
El estudio de la gran mayoría de los preceptos morales que surgen
de esa fuente, comprueban con toda evidencia el aserto. Tomaré el
tan difundido “Haz bien y no mires a quien”, que sólo obedece a que,
persiguiendo el sujeto beneficiarse a sí mismo, claro está que sea
indiferente el individuo sobre quien recae la acción. El benefactor lo
es, ante todo, de sí mismo, puesto que su buena acción no quedará sin
su premio correspondiente y se sumará en su haber. Si bien es cierto
que el hecho es que resulta un beneficiado, la falta de discernimiento
con que se aplica el beneficio, indica que el primer plano lo ocupa el
benefactor, siendo absolutamente indiferente el beneficiado. Los que
practican la caridad aplicando el precepto sin tener en cuenta para
nada su beneficio personal, creen de buena fé realizar un acto moral,
y no obstante, es pseudomoral; los que lo realizan desde el punto
de vista de la recompensa futura, inconscientemente, realizan actos
inmorales. De este modo, cuando un religioso hace una obra piadosa
cualquiera, con el ánimo de hacer méritos, quien debe agradecer es él
antes que nadie y no el que recibe el beneficio, y debe quedarle grato,
además, por prestarse o hacerse cómplice de su egoismo, puesto que el
premio que espera obtener supera con mucho al bien realizado.

La moral religiosa es una moral a base de premios y castigos, de
carácter eminentemente egoista, prometiendo castigos horrendos o como
recompensa un sensualismo que envidiarían los epicuristas. El “rogaré
por Vd.”, el “Dios se lo pague”, etc., que contestan los beneficiados,
en los casos de limosna, por ejemplo, indica una devolución de
ultratumba infinitamente mayor al beneficio realizado. Si esa moral se
pudiera hacer efectiva en la vida diaria, la usura ahogaría a la vida
misma.

Por lo demás, el eje sobre el que reposa, especialmente la moral
religiosa, es la cuestión sexual.

El instinto de conservación específico, satisfecho de acuerdo con los
preceptos establecidos, resulta siempre una inmoralidad disimulada,
y por tanto, tolerada. En el terreno afectivo-emocional, su base más
honda, está en la afectividad negativa y en la emotividad depresiva.

No entraré a analizar la pseudomoralidad que aporta en la ética
individual, la religión; caería en el terreno del deporte de los poco
cultos que recién descubren la pseudomoralidad de la ética religiosa.

Lo que trataré de ver es si normalmente, si racionalmente, se puede
edificar una ética o se pueden formar sentimientos morales, a base de
religión.

Los prácticos lo consagran así, y, no obstante los reiterados fracasos,
la rutina subsiste. El hogar religioso, trata desde la más tierna edad
de formar en el niño sentimientos religiosos. Luego las clases de
doctrina dadas por sacerdotes del culto, y en algunos países atrasados
la enseñanza de la religión en la escuela, tratan de crear sentimientos
religiosos a bases de enseñanza de la religión.

Claro se vé que si es absurdo tratar de formar sentimientos morales,
enseñando moral teórica, lo es _a fortiori_, pretendiendo hacer
penetrar a los niños en abstracciones muy alejadas de su mentalidad y
en cuestiones de carácter dogmático. Los resultados así lo atestiguan,
pues salvo el caso de que al sujeto lo haya rodeado un ambiente muy
propicio, o que se trate de sujetos de cierta pobreza mental, los
demás, cuando llegan a jóvenes, hablan en tono jocoso de la religión
que les inculcaron en la niñez, evaporada hoy; recuerdan lo odioso
de esa enseñanza impuesta, o bien las travesuras de las clases de
doctrina, o los regalitos para atraerlos, u otros procedimientos como
juegos, etc., para inculcarles la fe.

Analizar todas estas tentativas para desarrollar en el niño
sentimientos religiosos, desde el punto de vista psicológico, es,
sencillamente, tiempo perdido. Basta una palabra, se trata de
disparates.

No se pueden desarrollar sentimientos morales a base de sentimientos
religiosos, porque los últimos están por sobre los primeros, son
superiores en jerarquía y mal pueden ser causa de los sentimientos
morales, cuando deben ser efectos de éstos. Los sentimientos morales
son previos a los religiosos, de manera que no son los sentimientos
religiosos los que conducen a los morales, sino que la evolución
superior de los morales conduce a los religiosos. Si los sentimientos
religiosos son verdaderos, sinceros, si no se trata de vividores o
mistificadores, para llegar a esta etapa de la evolución psíquica, el
sujeto debe, necesariamente, haber construído antes todo su andamiaje
ético, para construir más tarde su monumento religioso. Antes de llegar
a la fé, el individuo ha tenido un período de duda, o por lo menos, de
discusión y de grande sintetización, de carácter, no solo sentimental,
sino también mental. Los sujetos verdaderamente religiosos son grandes
razonadores; sólo los débiles mentales tienen fe sin discernimiento.

En la filogenia el sentimiento religioso es el último en aparecer.
Obsérvese que las religiones de los pueblos al través de la Historia,
siempre expresan la síntesis de su progreso y civilización; es decir,
que a nosotros, como colectividad, nos da la expresión más avanzada
de su progreso. La religión ocupa siempre la cúspide, no está en
la base. Cuando la religión queda por debajo de los conocimientos,
necesariamente se modifica o es reemplazada por otra. De ese
modo vemos, al través de los tiempos, modificarse las religiones
paralelamente a los adelantos en la cultura y civilización.

En la ontogenia ocurre lo mismo; los sentimientos religiosos son los
últimos en aparecer. En la niñez no existen en realidad, todo lo más,
encontraremos la emoción del temor, que sólo se liga a cuestiones
religiosas si al niño se le orienta en esa dirección mediante
sugestiones; de otra manera ese temor en el niño, nada tiene que hacer
con lo religioso actual y estará vinculado a formas filogenéticas más o
menos remotas; el temor religioso será instintivo. Durante la juventud
lo general es que el sujeto sea indiferente, no se preocupe, es decir,
está en un período donde aún no ha formado síntesis y es irreligioso
como regla general. Los sentimientos religiosos se forman en una época
relativamente tardía, la edad madura, como síntesis de los sentimientos
morales.

En la vejez y, particularmente, en la edad senil, las tendencias
religiosas, el fanatismo de los ancianos, se debe a otras causas.

Siendo mucho más amplios los sentimientos religiosos que el sentimiento
de equidad y de justicia, a título de simple comparación, para
diferenciarlos, digo: que los sentimientos religiosos, son a los
morales, lo que el sentimiento de equidad es al de justicia. El
sentimiento religioso, para el que lo posee, es lo superior, comprende
una síntesis enorme, donde entra lo ideal, lo intangible, lo sublime,
lo perfecto, la evolución o la superstición de las concepciones morales
del sujeto; los sentimientos morales no son superhumanos, sino muy
humanos, dentro de lo real y de lo tangible. El sentimiento moral es al
religioso, lo que lo concreto es a lo abstracto, lo que lo relativo es
a lo absoluto.

Fundar los sentimientos morales en los religiosos, es pues, proceder en
sentido inverso; es antilógico.

Los procedimientos empleados en la enseñanza de la religión, y
particularmente, para desarrollar o dar siquiera nacimiento a
sentimientos religiosos en los niños, demuestran hasta la evidencia,
que no se pueden desarrollar sentimientos, ni siquiera adquirir ideas
religiosas, sino mediante los sentimientos morales.

Lo contrario es absurdo, o, por lo menos, no se vé su posibilidad;
equivaldría a pretender educar las aptitudes intelectuales del sujeto,
sin instruir. Los resultados están de acuerdo con lo manifestado, los
niños tienen tantos sentimientos religiosos antes como después de los
cursos de doctrina. Lo común es que el resultado, a la larga, concluya
por ser contraproducente.

Es que en realidad de los sentimientos éticos a los religiosos media
una respetable distancia en la ontogenia, como ha ocurrido en la
filogenia. En la juventud ya se presentan bastante desarrollados los
sentimientos morales, mientras que, como regla general, los religiosos
ni siquiera comienzan a alborear. Estos, como lo he manifestado, no son
más que resultantes de grandes síntesis, las que no pueden realizarse
sino al través de los años. Además, para que los sentimientos morales
evolucionen hacia la formación de los religiosos, es menester que
construyan los intermediarios entre unos y otros, representados por los
sentimientos estéticos. Ya volveré sobre este asunto.


LOS SENTIMIENTOS ESTÉTICOS Y LOS ÉTICOS

Considero á los sentimientos estéticos como íntimamente vinculados con
los éticos, siendo los estéticos de jerarquía superior a los éticos,
más que nada, por su formación filogenética.

Creo que los sentimientos estéticos del individuo pueden servir
de norma para valorar los morales y que puede establecerse como
regla general, que a mayor evolución de los sentimientos estéticos
corresponde mayor evolución de los éticos. De este modo, se podría
enunciar el principio, o con más corrección para no asignarle tanto
alcance, la regla, en esta forma: _los sentimientos estéticos están en
relación directa con los éticos_.

Aquí el lector, inmediatamente me objetará en una forma a su juicio
contundente, diciéndome que, justamente, los cultores de la estética,
los profesionales de ella, en su gran mayoría, no son los que más
brillan por su moralidad, sino al contrario, por su inmoralidad.

Dejemos estas objeciones para su debido tiempo, si es que después de
precisar el alcance de los términos, se persiste en ellas.

El orden de formación filogenética de los sentimientos es el siguiente:
sentimientos éticos, a los que les ha seguido casi inmediatamente los
estéticos, y por último los religiosos.

En la ontogenia los sentimientos morales y los estéticos se presentan
aparentemente simultáneos, es decir, a sentimientos éticos determinados
le corresponden sentimientos estéticos determinados, o a la misma
altura de evolución, tal cual ocurre con los sentimientos morales y
estéticos, en la niñez, en la adolescencia, etc. Esto indicaría que la
sucesividad de sentimientos éticos y estéticos en la filogenia ha sido
corta, por su aparente simultaneidad en la ontogenia.

Se infiere que los sentimientos estéticos en la filogenia no
pudieron ser originariamente primitivos, sino que derivaron de
los éticos que estaban en más estricta vinculación, o mejor,
dependían más directamente de la lucha por la vida, del instinto
de conservación, siendo los sentimientos estéticos, en cualquiera
de sus manifestaciones, los sentimientos del triunfo en la lucha
por la existencia; es decir, los sentimientos estéticos dependieron
de lo bueno, de lo útil, de lo eficaz, pero para eso debió existir
previamente la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo
inútil, lo eficaz e ineficaz, que eran, en definitiva lo moral y lo
inmoral.

En la ontogenia resultan ambos sentimientos asociados y todo lo ético
es estético y lo estético para ser tal, en los sujetos normales, debe,
necesariamente, ser ético. Sólo un falso discernimiento puede disociar
lo estético de lo ético, admitiendo que pueda existir lo estético
independientemente de lo ético, o en otros términos, que pueda existir
algo estético que no sea moral. Por lo demás se vé que lo amoral es
inestético, como que lo inestético es amoral y que lo inmoral es
antiestético, y que solo como aberraciones se presenten los sujetos que
estiman lo inmoral, o en particular, algo inmoral, como estético.

Dije que el sentimiento estético en su origen es el sentimiento del
triunfo en la lucha por la vida. No voy a tratar de demostrar esta
tesis, sobre la cual he escrito un libro. Sólo recordaré que en los
sentimientos estéticos, como en las demás aptitudes, existe una larga
gradación desde lo rudimentario hasta los grados más avanzados y que
su vinculación con el instinto de conservación, es tanto más evidente
cuanto más inferiores son, pues en los grados superiores la causa
originaria resulta muy alejada por la cantidad de intermediarios que
intervienen entre el instinto, o mejor dicho, la satisfacción del
instinto en la lucha por la vida y el sentimiento estético.

En la naturaleza las cosas o los fenómenos no son ni morales, ni
inmorales, ni estéticos, ni antiestéticos, sino amorales e inestéticos.
El sentimiento de lo moral o de lo bello nace en nosotros por las
reacciones que en nuestro sistema nervioso provocan esos agentes. De
ahí que lo estético y lo moral dependan del individuo y que sea el
criterio de la mayoría el que pretenda dar la pauta de lo estético,
antiestético, moral e inmoral.

Naturalmente que no hay razón alguna para limitar la estética a las
manifestaciones del arte y creer que los sentimientos estéticos sean
sentimientos ligados exclusivamente al arte. El arte no es el único
poseedor de la estética, ni cosa semejante. Si se han hecho casi
sinónimos es porque el arte, para ser tal, exige el concurso de la
estética, o mejor dicho, debe provocar reacciones de carácter estético;
pero la estética del arte, o las reacciones estéticas provocadas por
las ramas del arte, se diferencian solo de grado con las provenientes
de otros géneros de actividades humanas, son términos de una misma
serie y las reacciones estéticas que provoca una obra de arte pueden
ser muy inferiores a las provocadas por la ciencia o superarlas, según
el grado de evolución del sujeto que las percibe.

Recordaré, brevemente, las etapas de la filogenia de los sentimientos
estéticos que corresponden exactamente a los que se observan en la
ontogenia.

1.ª _Estética motriz._--Llamo así a las reacciones estéticas
provenientes de las nociones que provee el sentido muscular. La belleza
reside en la dirección, o bien en la velocidad, o bien en la agilidad,
o bien en la precisión, etc., del movimiento. El movimiento es el
agente de la reacción estética y la belleza reside en el movimiento,
ya obre el sujeto como actor o como espectador. Es la estética más
rudimentaria: la del hombre primitivo, la del salvaje actual y la del
niño. Sus sentimientos estéticos están ligados a ejercicios, manejo de
las armas, deportes, bailes, etc.; su estética musical está más en el
ritmo que en la melodía, es decir, en la noción de movimiento.

Para que el agente provoque sentimientos estéticos es menester que
sea llevado a la mayor perfección posible, por ejemplo, que el o los
movimientos ejecutados sean de la mayor agilidad y precisión, pues lo
imperfecto, pesado, o grosero, resulta antiestético. En la filogenia,
lo más perfecto fué lo más útil, porque conducía más directamente al
triunfo. La estética resultó de una ética utilitaria. El sujeto que
sobresalía, que se distinguía de los demás, era el que mejor realizaba
lo estético, si llegaba a lo verdaderamente excepcional, fué el
superhombre de esos tiempos, el respetado, el temido, el que servía de
término de comparación, de unidad moral o término superior, y también
el término superior en lo estético. La dependencia de lo estético de
lo moral se presenta muy clara en el hombre primitivo y en el salvaje
actual y también en los individuos inferiores de las colectividades
cultas que son otros tantos salvajes dentro de un medio evolucionado,
y, por último, en el niño. En éste, particularmente en el período
belicoso, es notable su admiración por el más fuerte y con especialidad
por el diestro en el manejo de los puños. Endiosan al peleador,
alabando sus sopapos, sus quites, etc. El niño, como el salvaje, admira
y respeta al que prima por más diestro en la fuerza bruta.

La sucesividad: ética, estética y religión, se observa muy bien en el
estadio de la estética motriz, en que el hombre no había llegado aún
a discernir lo mejor de lo peor, lo bueno y lo malo, etc., sino en el
mundo sensorio, y, aun en éste, limitado a las sensaciones musculares
que, a los efectos de la realización de la vida, ocupaban el primer
puesto, eran los primordiales. El sujeto que sobrepasaba a los demás
en fuerza muscular, o bien en el manejo de las armas, por ejemplo,
realizaba lo más estético, prevalecía, era luego el jefe, el árbitro
de lo ético, el modelo en la realización de lo estético; si llegó a lo
extraordinario, las generaciones siguientes lo erigieron en ser mítico,
más tarde en dios. Hombre extraordinario, jefe, mito, dios; he ahí un
origen estético de muchos dioses primitivos y origen estético-motor
surgido del sentido muscular como arma para satisfacer el instinto de
conservación en la lucha por la vida. En aquellas épocas alejadas, el
arma más eficaz para el triunfo era la fuerza muscular y la maestría
para utilizarla mejor, porque aún no habían nacido otros medios de
lucha, el hombre admiró y exaltó lo más perfecto, y llegó a crear los
dioses que representaban el summum de la fuerza o de la perfección
en las nociones que provee el sentido muscular. Pero la fuerza y la
maestría si eran armas eficaces para la lucha por la vida, no lo eran
para luchar contra agentes naturales como la tempestad, el rayo, la
obscuridad; y el sentimiento del temor nacido de la ineficacia de
los medios de lucha, dió origen a la creación de dioses misteriosos,
monstruosos, brutales. Pero estos dioses eran de origen más remoto;
estos dioses productos del terror perduraron y fueron, poco a poco,
desplazados por los dioses motores. Los dioses de origen fóbico
convivieron cierto tiempo con los dioses motores, hasta que estos
últimos los desplazaron del todo.

Y este fenómeno de simultaneidad y desplazamiento gradual de dioses de
distinto origen, ha sido de todos los tiempos y es el que, aunque con
mucha mayor complejidad, ocurre actualmente.

No fueron los dioses los que engendraron al miedo sino el miedo el que
creó a los dioses, como muy bien lo dijo _Lucrecio_. Como el hombre
los creó bajo la influencia depresiva del terror, que es eminentemente
antiestético, todos esos dioses son sumamente antiestéticos: son
creaciones cuya sola vista debe provocar el mismo sentimiento de
terror con que fueron creados, son dioses onomatopéyicos del terror,
como ocurre con la diosa Kali indú, o los animales monstruosos de los
egipcios que poblaban la tierra de que habla Máspero, o los dioses
estrafalariamente horribles de los asirios y caldeos, etc.

Tampoco fueron los dioses los que crearon los sentimientos estéticos
motores, sino los sentimientos estéticos motores los que crearon los
dioses motores, cuyas figuras representan el summum de la estética
motriz de entonces. Tal ocurre con los dioses egipcios que no eran de
origen fóbico, como Ammon que era un dios de fuerza, Osiris e Isis,
dioses de energía o fuentes de energía, Hércules que cae de un plano
superior en Egipto a uno más inferior en Grecia que estaba en un
período mucho más avanzado de evolución, y los dioses de fuerza, los
dioses motores pasan a la categoría de semidioses o héroes: Teseo,
Perseo, Belerofonte, Cadmo, etc.

Se ascendió de lo estético a los dioses y no se descendió de los dioses
a lo estético. Los dioses sintetizaron lo estético.

Lo estético se presenta así como un grado de evolución superior a lo
ético, como un sentimiento intermediario entre el sentimiento moral y
el religioso. Por eso es que en el sentimiento de la inspiración, el
inspirado se encuentra en un estado sentimental intermediario entre el
sentimiento que provocan las reflexiones morales y el éxtasis místico.
El momento de inspiración es un momento de _éxtasis estético_ y el
sujeto se halla en lo que respecta al mundo exterior, en un estado de
semiconciencia, casi completamente aislado y no completamente aislado,
ajeno a todo lo que ocurre fuera de él, como acontece en el _éxtasis
místico_, que, en lo que concierne al sentimiento, es la superevolución
del éxtasis estético.

Pero la estética motriz no es exclusiva de los pueblos primitivos y
salvajes; en infinidad de hombres se encuentra hoy, si no en la forma
rudimentaria del salvaje, en un grado de evolución algo superior. Como
es muy reducido el número de sujetos en los cuales los agentes motores
ya no provocan reacciones estéticas, resulta que la estética motriz
es cultivada, no solo por los motores, sino por todos aquellos en los
cuales este factor tiene aun importancia psicológica. Así se explica
que perduren aún cantidad de deportes, que solo se diferencian de los
del salvaje por la indumentaria de los que los realizan, o por la forma
o los medios de realizarlos. Si se estudian los medios de provocar
reacciones estéticas motrices, en las colectividades más avanzadas, se
verá que son de una enorme variedad, desde el simple culto de la fuerza
en los atletas, boxeadores o luchadores, hasta el tango, desde las
cinchadas o gatas paridas al partido de _football_ o de _tennis_, desde
las cinchadas y visteadas al sable o al florete y desde el juego del
sapo al campeonato de tiro.

En el niño, durante la primera, la segunda infancia y aun invadiendo
la niñez, las reacciones estéticas provienen, especialmente, de
excitantes motores, ya obre como actor o como simple espectador. Por
grados insensibles, durante la niñez, de la estética motriz pasará al
predominio de la estética sensoria, que culminará al final de la niñez.

El sujeto puede quedar estacionado, en lo que a sentimientos estéticos
se refiere, en cualquier etapa. Si queda en la sensoria, será un
adulto cuyos sentimientos estéticos serán sensorios y reaccionará
como reacciona un niño, es decir, mediante excitantes sensorios. Si
se estaciona en la motriz, sus sentimientos estéticos se manifestarán
exclusivamente en lo motor y representará, en ese concepto, a un
salvaje viviendo en un medio culto.

2.ᵒ _Estética sensoria._--En la filogenia, sobre la base de las
reacciones estéticas de carácter motriz, evolucionaron las _sensorias_.
Llamo así, a las reacciones estéticas provenientes de todas las
sensaciones, excepto las musculares o las que provoca en el espectador
el movimiento, para las cuales se reserva el vocablo motriz, es decir,
reacciones estéticas motrices. Los sentimientos estéticos de origen
sensorio, provienen, pues, de las sensaciones visuales, auditivas,
tactiles y térmicas, gustativas, olfativas y de orientación.

El nacimiento de estas reacciones estéticas en la filogenia, se
explica porque complejizándose cada vez más, con la concurrencia
vital, la lucha, fué necesario emplear mayor número de medios, y de
medios más eficaces. Sucedió, entonces, lo mismo que ocurre ahora. Al
hombre primitivo no le bastaron en una etapa dada, para tener éxito,
las sensaciones musculares y la fuerza muscular, y tuvo que echar mano
de otros medios auxiliares, que no podían provenir más que del empleo
de los otros sentidos, perfeccionándolos, o adaptándolos mejor con el
uso. Pero lo auxiliar en su origen, se fué convirtiendo, poco a poco,
en fundamental, pasando lo fundamental, en muchas actividades, a ser
secundario. El hombre primitivo superaba, como supera con mucho el
salvaje actual, al hombre culto, en lo que respecta a sentido muscular.
Salvo actividades excepcionales, el sentido muscular no es el más
importante a los efectos de la lucha diaria y más concurso prestan las
otras sensaciones, sin exceptuar, naturalmente, a los obreros.

En el estadio de la estética sensoria, para los que han llegado a
penetrar en él, la estética motriz es de carácter secundario, pasando a
ocupar el primer puesto la sensoria.

En la Historia el tipo de estética sensoria es el pueblo griego.
Téngase en cuenta que aludo a la cultura media del pueblo griego y no a
la de sus grandes hombres.

Los dioses primitivos de origen fóbico desempeñan allí un papel muy
secundario; los dioses motores como Hércules han caído a la categoría
de héroes. No obstante esto, no por eso desaparece la estética motriz,
como no ha desaparecido hoy y por inferior que sea perdurará aún, y
se manifiesta en los diversos juegos celebrados y cantados por sus
poetas. Pero las sensaciones, de lo ético ascendieron a lo estético, y
de lo estético se llegó a lo religioso. De ahí la serie de dioses de
origen sensorio, de mitos, de genios, todos de carácter estético. Si
se exceptúa Júpiter que es un dios de fuerza, Marte que lo es motor y
alguno más, los otros en su mayoría son evidentemente sensorios: Venus,
Cupido, Baco, Eolo, las nereidas, las sílfides, las ondinas, etc.
Quedan Plutón, las arpías, las furias y otros genios de origen fóbico,
pero ya no son tan horripilantes como los dioses fóbicos asirios o la
diosa Kali.

Los epicureístas y los estoicos no son más que dos tendencias
antagónicas en una ética sensoria, que llega a culminar en la estética
sensoria. Tanto los epicureístas como los estoicos surgen del mundo
sensorio, como propulsor de la voluntad: satisfacer la sensación de
afectividad positiva, o no satisfacerla prefiriendo la negativa; he
ahí a la sensación obrando en la voluntad, para unos como elemento de
impulsión (epicureístas), para los otros como elemento de inhibición
(estoicos), o si se quiere plantear en otros términos: el dominio de
los sentidos sobre el _yo_ o el dominio del _yo_ sobre los sentidos.

En la actualidad no son muchos los que han ultrapasado el límite de la
estética sensoria. La mayoría permanece en ella, perfeccionándola. Su
ética será también poco elevada.

En el terreno del arte los estetas sensorios son aquellos que
reaccionan ante las sensaciones; en visión el sujeto reaccionará
ante el colorido, la perspectiva, la distribución en el paisaje, el
conjunto, el claro-oscuro, etc.; en audición, se extasiará con el
timbre, con la altura del sonido, con la intensidad, pero no le exige
mucho más; en el gusto, será un perfecto goloso, etc.

En las producciones artísticas al visual le bastará la estética motriz
o sea la ejecución, la virtuosidad del pintor, y el elemento sensorio,
el colorido, la perspectiva, etc.

En literatura preferirá al descriptor colorista, importándosele muy
poco del contenido, de la tesis sustentada, del meollo de la obra.
Al auditivo le llamará la atención la parte motriz, ritmo, compás,
movimiento, virtuosidad; preferirá en la audición lo puramente melódico
o armónicamente simple. Las complejidades quedan fuera de su alcance.

Es de advertir que cantidad de productores, a los que se les
llama artistas, sólo realizan la estética motriz y sensoria y sus
producciones no ultrapasan ese límite. Naturalmente, obtienen un
éxito inmediato; son los menos discutidos, porque la estética de sus
producciones es perfectamente accesible para la gran masa y para los
críticos que, si son tales, es por incapacidad de ser productores,
lo que equivale a decir que siempre están en un plano inferior al
productor, aunque su producción no ultrapase el límite de lo sensorio.
Es por eso, por lo que, en general, los críticos hincan sus garras en
la producción superior, que les es inaccesible, y no en la inferior,
que pueden catar mejor.

La moralidad de los artistas que no ultrapasan la estética sensoria
debe estar de acuerdo con sus sentimientos estéticos y nada tiene de
extraordinario pues, que sean _sensualistas_, libertinos que llevan
una vida disipada, como ocurre con una cantidad de literatos y de
artistas en general, que en realidad son pseudo artistas, los que
llegan hasta creer que la producción superior trae aparejado ese género
de vida. Pero analícense sus producciones y se verá que les espera una
existencia precaria; que no tendrán más longevidad que la del artículo
de diario, o de la columna de revista o cosas semejantes; no pasan
jamás a la Historia.

No ocurre lo mismo con cerebros como el de Víctor Hugo, con artistas
como él, como Carducci, como Zola, cuya forma tachada de inmoral, es
un medio de llegar a la estética del pensar, que surge de una profunda
ética.

Claro está que al hablar de artistas excluyo a los llamados artistas
líricos, bufos, cómicos, dramáticos, danzantes, prestidigitadores, etc.
Del punto de vista de la mentalidad y del sentimiento, estos sujetos
tienen muy poco de artistas y mucho de pobres diablos. Sus sentimientos
estéticos, salvo las excepciones de sujetos superiores, son inferiores
como lo son los éticos.

Cuando se habla pues de artistas inmorales, lo que debe discutirse, en
primer término, es si se trata realmente de artistas y no de sujetos
con sentimientos estéticos sensorios que no ultrapasen este límite.
Por lo demás, no hay por qué circunscribir los sentimientos morales
a un fallo, sino tomarlos en toda su amplitud. Me parece que no se
debe echar en olvido todas las prendas morales que posea un individuo,
porque tenga hábitos alcohólicos que no dañan más que a su persona,
por ejemplo. No es vulgar encontrar entre los artistas, estafadores,
ladrones o criminales. Si cabe llamar artistas a los sujetos cuyas
producciones no van más allá de excitar nuestros sentidos y esos
artistas en su mayoría son inmorales, en cualquier caso serían simples
excepciones que no destruirían la regla, porque, sin ir más lejos, en
nuestro medio, los sujetos de producción que van mucho más allá de
lo sensorio, que yo conozco y que constituyen la gran mayoría, son
individuos de la más elevada moralidad.

Cierto es que han existido artistas y grandes artistas inmorales, pero
son casos aberrantes, excepcionales, y su inmoralidad ha sido siempre
unilateral, una falla personal sin sanción penal.

Como lo he manifestado, en la ontogenia, las reacciones estéticas de
carácter sensorio se encuentran en su período álgido al fin de la
niñez; se instalaron en la época motriz y declinan en la adolescencia y
pubertad en los sujetos que evolucionan hacia formas superiores.

En la mujer, este período es de menor duración que en el varón, por ser
la mujer más precoz en el período sexual. Las mujeres que se estacionan
en la estética sensoria son excepcionales; su enorme mayoría penetra en
los sentimientos estéticos sexuales que, más o menos perfeccionados,
según los sujetos, son el término de la evolución de sus sentimientos
estéticos. Sólo rarísimos casos excepcionales ultrapasaron este límite,
para penetrar en la estética intelectual.

3.ᵒ _Estética sexual_.--No llamo estética sexual a la belleza física,
moral o intelectual de la mujer o del hombre. La estética sexual
resulta de las reacciones de carácter estético provenientes de la
esfera sexual.

La tendencia hacia el acto sexual o su realización, está muy lejos de
lo estético y debe considerarse simplemente como la satisfacción de
una necesidad de la vida orgánica. Si se le considerara como estética
sexual, resultaría toda la humanidad compuesta de estetas sexuales y
que los más impulsados, lo serían más. Pero ocurre que éstos, cuando
persiguen como fin el acto sexual, teniendo poco en cuenta la persona
con quien se realiza, no son ni remotamente estetas sexuales. Entre los
varones el número de estetas sexuales es muy reducido, particularmente
en la edad viril; en la juventud suele ser mucho más frecuente, pero lo
ordinario es que sea un período de transición, que declina en su forma
estética en plena edad viril.

La mujer en su enorme mayoría resulta con respecto al varón, esteta
sexual, pero la sexualidad femenina difiere de la masculina, no sólo
cuantitativamente, sino también cualitativamente.

El instinto de conservación específica se satisface por un doble
mecanismo, tanto en el varón como en la mujer. En otros términos,
intervienen dos factores muy complejos: el fisiológico y el psíquico.

Orgánicamente el hombre difiere de la mujer en que la zona de
excitación sexual es mucho más extendida en ésta que en aquél. Si
diferencias hay en el orden físico, mayores y más complicadas son en el
orden psíquico.

De los dos factores que intervienen en la sexualidad, el fisiológico es
primitivo, el psíquico es adquirido. De la intensidad de su actuación
resultan los tipos de amor.

Cuando prima el factor fisiológico porque el psíquico es rudimentario,
se está en presencia del amor animal, de la forma más inferior del
amor. El candidato para satisfacer ese amor es cualquiera, lo único
que se requiere, por ser condición indispensable, es el sexo opuesto,
pero los atributos sexuales secundarios entrarán poco en cuenta; si los
posee mejor, se le aplicará el dicho de que “lo que sobra no daña”.
Este tipo, es el tipo del amor fisiológico, que nada tiene de estético;
es puramente instintivo, y, por tanto, impulsivo.

No me ocuparé de los tipos intermediarios, que se encuentran en mi
trabajo sobre ese tópico, e iré al término opuesto de la serie:
predominio del factor psíquico que llega a hacer aparecer al
fisiológico como nulo en un principio, rudimentario después y sigue su
curso ascendente mucho más tarde. En estos casos se trata de estetas
sexuales.

En mi trabajo sobre sentimientos estéticos he descripto este tipo. Aquí
no haré más que dar un boceto:

El amor está lleno de atributos de carácter fuertemente sentimental
y débilmente intelectual, porque el factor sentimental casi anula
al intelectual. Son los casos donde cuadra bien el dicho de que “_el
amor es ciego_”. El amor es un complejo de ideal, ilusión, pasión,
fe, franqueza y alta dosis de timidez, no obstante la fe, celos, y
cosas así aparentemente antagónicas, de coexistencia imposible; tiene
un fondo marcadamente megalómano, puesto que el amante es el elegido
por el ser amado, el único que ha podido conquistarlo entre cantidad
de pretendientes, todos llenos de brillantes dotes y ese ser amado
es superior a los demás: posee las más altas aptitudes y si no lo
parece es porque modestamente las oculta y esa modestia contribuye
a exaltar sus atributos estéticos; en una palabra, el ser amado es
excepcionalmente superior, de donde resulta que el amante, debe también
serlo, pues de otra manera no se explicaría la correspondencia en el
amor. En estos sujetos existe un sentimiento marcado de triunfo, y si
no existe, inventa dificultades que vencer.

Largo sería anotar todas las características del esteta sexual. En la
época sexual o período sexual que corresponde a la pubertad y a la
juventud, el tipo de esteta sexual abunda; y está representado por el
joven realmente enamorado. En la edad adulta ya ha declinado el período
y los casos no son abundantes.

En la mujer es el tipo normal. El amor femenino es de reacciones
eminentemente estéticas.

La proyección más vasta de la estética sexual está en el romanticismo;
es una estética que sea directa, sea indirectamente, a veces al
través de muchos intermediarios, tiene como base el amor sexual. Los
románticos son, pues, estetas sexuales y han sido descriptos en sus
casos más agudos por novelistas, también románticos, es decir, de la
misma pasta, con los nombres de _Atala_, _Romeo_, _Julieta_, _Pablo_,
_Virginia_, _Graciella_, _Rafael_, _Werther_, _etc_. La literatura
moderna está plagada de descripciones de tipos de esa clase, o bien se
basan en argumentos sentimentales o románticos.

La estética sexual evoluciona en todos los casos sobre la base de
la estética sensoria y de la estética motriz; su mayor desarrollo
haciéndola prevalecer, oscurece a las otras formas y las reacciones
estético-sensorias son ya débiles, siéndolo mucho más las
estético-motrices. Los individuos estetas sexuales son superiores a
los estetas sensorios y _a fortiori_, a los estetas motores. En los
primeros las reacciones estéticas provienen del sentimiento; en los
segundos, de las sensaciones, y en los últimos, del movimiento. El
orden ascendente es, pues, éste: 1.ᵒ, estética del movimiento; 2.ᵒ,
estética de las sensaciones; 3.ᵒ, estética del sentimiento, y la 4.ᵒ,
corresponde a la estética del pensamiento.

Entre el amor puramente impulsivo del imbécil, del degenerado mental,
o la sexualidad fisiológica del que realiza el acto satisfaciendo una
necesidad de la vida vegetativa, por higiene, y el esteta sexual, media
una distancia enorme. En los primeros desempeña el papel primordial el
instinto y todo se reduce a ese papel, mientras que en el último entran
en colaboración sentimientos de distinta naturaleza, la imaginación en
una proporción enorme, y otras aptitudes intelectuales.

La estética sexual se asienta en la filogenia sobre la base de la
motriz y de la sensoria, y aparece cuando los sentimientos han
alcanzado un alto grado de desarrollo. La evolución superior de esta
estética a base de sentimientos, dió lugar a las religiones a base
sentimental.

El triunfo en la lucha para satisfacer el instinto de conservación
individual dió lugar a las reacciones estéticas motrices y sensorias,
y en el instinto de conservación de la especie a las sexuales. La
estética motriz y sensoria tienen su punto de origen en la satisfacción
del instinto de conservación del individuo; la estética sexual, en el
instinto de conservación de la especie.

Los dioses más arcaicos fueron de origen fóbico; les siguieron los
dioses motores y luego los sensorios. El desarrollo de la estética
sexual, trajo como consecuencia un mayor vuelo sentimental, lo que
dió origen a los dioses de origen sentimental, que son los dioses
actuales. Llámesele El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, Dios, Cristo,
la Virgen María, llámesele ángeles, santos o santas, son perfectamente
dioses, semidioses, héroes. Pero son dioses creados más que de nada,
del sentimiento, poseyendo los atributos de la fuerza. Obsérvese que
no hay un sólo santo sabio, los santos capaces de realizar milagros
equivalen a los dioses secundarios o los héroes del paganismo, pero
aquí se caracterizan por sus atributos sentimentales, por su ética
sentimental. Las cuestiones de carácter científico quedan para la
discusión de los hombres; en el reino de los cielos no se hace cuestión
de conocimientos, sino de sentimientos. El diablo o satanás, y en
general los diablos, son dioses fóbicos, seres horribles de un poder
extraordinario para la realización del mal. Satanás es un dios atávico
que está descalificado, pues sólo reducidísimo número de sujetos en el
mundo civilizado cree realmente en su existencia. En cambio se le ha
substituído por un concepto abstracto del mal; es una forma nueva, cuyo
fondo es atávico, porque es de origen fóbico. La existencia del mal,
es la conversión a lo abstracto de los dioses fóbicos concretos de las
religiones salvajes primitivas.

Religiones a base sentimental o de origen estético sentimental, son las
actuales en los pueblos más cultos, las más difundidas y que afectan
al mayor número de individuos dentro de las colectividades cultas. Los
pueblos salvajes están en etapas mucho más inferiores; sus dioses son
fóbicos o motores, como ocurre en los pueblos del Africa Central, en
algunas sectas indúes, en los Onas o los Yagan fueguinos, etcétera,
etcétera.

El último estadio, como veré más adelante, corresponde a los dioses que
nadie conoce con el nombre de dioses, surgidos de la intelectualidad,
es decir, a los dioses intelectuales, que surgen de la estética
intelectual que sólo afecta a muy reducido número de individuos de las
colectividades más avanzadas.

4.ᵒ _Estética intelectual_.--La estética intelectual proviene de
las reacciones estéticas de origen mental. La belleza de la idea,
la belleza del pensamiento. Es la estética del pensar, o el término
superior de la serie que comenzando con el movimiento, asciende en el
sentir, se perfecciona con el sentimiento en la sexualidad y llega a
su punto culminante en la intelectualidad. Las reacciones estéticas de
carácter intelectual están en el mundo de las operaciones superiores
de la mente, están en las ideas; más complicadas y armónicas, en
los juicios; de mayor empuje y amplitud, en el razonamiento, y como
pináculo, en la creación.

La estética intelectual no se encuentra en las operaciones de las
aptitudes adquisitivas, sino en forma oscura y rudimentaria; es propia
de las aptitudes elaborativas, en el sujeto que piensa, que medita,
que en cualquier forma crea, rectifica, corrige, amplía o simplemente
discute ideas. Su expresión más elevada se encuentra en los pensadores,
en los filósofos, en los inventores y en los descubridores.

La belleza reside, como en las otras formas, en el triunfo, en llegar a
la deducción o inducción, en intuir, en arribar a la teoría, principio
o ley. Como los sujetos sienten la belleza del fin que persiguen, es
muy común que se la atribuyan a los medios para llegar a ese fin. Sólo
así se explica que los naturalistas hablen de hermosos ejemplares de
acaroidios, de ofideos o de arácnidos, que un anátomo patologista
aluda a un lindo caso de tumor y que se hable de bellas colecciones de
casos teratológicos, de hermosas colas de panochtus o de hoplophurus,
y apliquen calificativos como bello, hermosísimo, precioso, etc., a
cosas de por sí evidentemente antiestéticas. Es que lo estético no
está en la cosa misma, sino en lo que permite construir esa cosa.
El vulgo, incapaz de apreciar lo último, ríe o queda estupefacto de
la aplicación de los adjetivos. Sólo por las reacciones estéticas
intelectuales se explica la existencia de individuos que se pasan días
enteros, semanas, meses, años meditando, o persiguiendo la solución
de un problema científico cualquiera. Sólo por el placer estético
intelectual se explica el afán de llegar a la meta, no sólo en los
hombres entregados a las ciencias, sino en todo aquel que ejercita sus
aptitudes intelectuales persiguiendo la explicación de un fenómeno de
carácter social o la discusión de un asunto de carácter moral, y le sea
indiferente o abandone por completo todo lo que para la generalidad
es estético. Estos sujetos son excepcionales, y en ellos, los agentes
de las reacciones estéticas comunes, no los hacen reaccionar. No
encuentran belleza donde la enorme mayoría goza y si la encuentran
siempre será débil, pues la estética intensa, para ellos, está en
la elaboración superior. De ahí que sienten plaza de raros, porque
en realidad lo son, pero son raros como sinónimos de excepcionales,
y son raros, en el concepto de salir de la norma general, lo que se
interpreta como sujetos inexplicables, ridículos o cuasi ridículos.

En la mujer sólo como rarísima excepción se encontrarán casos que
invadan el terreno de la estética intelectual y una de las causas
primordiales está en su reducido vuelo de la imaginación creadora,
siendo la mujer más perceptiva que imaginativa y más sentimental que
imaginativa.

En la filogenia, la estética intelectual es reciente, si se compara con
los otros géneros de estética, y el período histórico sólo nos habla de
reducidísimo número de sujetos intelectualmente superiores, que son los
que reaccionan a la estética intelectual, en cada época. Si la estética
motriz o las reacciones estético-motrices son un carácter específico;
las sensorias, étnico; las sexuales, de pueblo; las intelectuales, han
sido en todo lo que conocemos, un carácter puramente individual.

De ese modo, si en la filogenia las reacciones estético-intelectuales
se nos presentan como un carácter individual, no podemos ni siquiera
hablar de ellas en la ontogenia, y sólo afectarán al sujeto excepcional
de que se trate. La filogenia de la estética intelectual está, pues,
en formación; sólo con el andar de las generaciones, cuando se haya
convertido siquiera en carácter de pueblo, se podrá hablar en la
ontogenia de la mencionada estética, como reproducción de un carácter
adquirido en la filogenia.

Claro se ve que la estética del pensar, no puede aparecer sino con
la capacidad de pensar de acuerdo con la edad. Pero en esto, como se
trata de un carácter individual, no se puede invocar la ley de herencia
homocrona y las variaciones en los sujetos son muchas; mientras Pascal,
por ejemplo, fué muy precoz, Darwin no lo fué tanto. Algunos grandes
hombres manifestáronse tales desde temprana edad, otros en la edad
madura.

Derivando los sentimientos estéticos de los éticos, la estética
intelectual proviene de la ética intelectual. Pero la estética
intelectual (así como la estética sexual, eminentemente sentimental,
conducía a la religión sentimental) conduce a la religión intelectual o
a los sentimientos religiosos de origen intelectual.

El esteta intelectual con su gran aptitud de razonar, buscando el
origen de las cosas, las causas de todos los fenómenos, en su afán de
síntesis, no pudiendo poner límites o vallas a su aptitud, vuela hacia
esas síntesis o esa síntesis que la encuentra como la causa primera más
razonable y cree, por convencimiento en la Naturaleza, o en la Fuerza,
o en la Materia, o en la Verdad, etc., etc., que son otros tantos
dioses de origen intelectual. Así los hay partidarios o religiosos de
las leyes de la Naturaleza (politeístas) de la Energía, de la Materia,
del Absoluto (monoteístas), etc. No tienen religión determinada, pero
han construído su edificio personal, en el que creen con toda buena fe,
con toda sinceridad, sin sospechar siquiera que están abiertamente en
el campo religioso. Claro es que sus dioses o su dios carecen de forma,
de dimensión, etc., no tienen los atributos de los dioses primitivos,
pero son siempre la causa. No existe culto externo, ni prácticas
religiosas, pero sí el convencimiento. Decir que no existe Dios y que
todo se explica por la Evolución, es decir que la evolución es Dios:
sostener que la energía es la causa o el origen de todo, es cambiar
la palabra Dios, por energía. No hay en verdad grande originalidad en
el asunto, porque el Dios único, causa u origen de lo estático y de
lo dinámico, de la materia, de la fuerza, de todo el mundo fenomenal
conocido y desconocido, ha tiempo fué concebido. La única verdad que
hay en todas estas intentonas, es el hecho de querer penetrar en
explicaciones que aparentemente aproximan al hombre a esa causa única.
Los sujetos que invocan como causa a la Naturaleza y sus leyes, a la
Materia, a la Energía, etcétera, y que se dicen ateos e irreligiosos,
no han hecho más que no tener prácticas externas y substituir el nombre
de Dios por la causa invocada. El irreligioso no se preocupa nunca en
buscar la causa primera, busca, si es tipo de labor mental, la causa
inmediata, si la encuentra trata de inquirir la causa de esta causa,
sin lanzarse en hipótesis, si no la encuentra, es decir, su espíritu
no está ávido del conocimiento que no pueda adquirir experiencial o
experimentalmente. El antirreligioso, en general lo es, para imponer su
insospechada religión; él cree de buena fe no tenerla y en realidad no
la tiene por la falta de coherencia, de cuerpo, de doctrina, pero todas
sus creencias que se arraigan con profunda fe, lo hacen en general un
fanático. Esto ocurre con suma frecuencia: son los que más combaten el
fanatismo y a título de libres pensadores tratan de coartar la libertad
de pensar.

Los verdaderamente religiosos psicológicamente se aproximan muchísimo
siempre que sean sujetos superiores; lo que aleja en religión a los
sujetos, son las prácticas religiosas, la mediocridad que interpreta o
la inferioridad.

La decadencia de las religiones, estriba más que en nada, en la
pertinacia de querer explicar por las causas primeras lo que debe
explicarse, porque puede explicarse sin recurrir a ellas, por apegarse
a sus prácticas, por hacerse rutinarios y no evolucionar paralelamente
a las ciencias. El sentimiento religioso requiere cada vez más la base
intelectual. El afán de lo ignoto conduce al sentimiento religioso,
pero no comenzará el sentimiento religioso sino en el límite superior
de lo racionalmente explicable.

El hombre de ciencia es, en general, irreligioso mientras no invada el
terreno de lo metafísico y pueden considerarse como raras excepciones
los que no lo intentan siquiera. Lo común es que hombres de ciencia que
se han declarado enemigos acérrimos de la metafísica, se debatan en
plena metafísica y sostengan que su metafísica no es tal por tomar como
punto de partida bases eminentemente positivas. La verdad es que la
mente humana en su afán de volar no reconoce vallas y que por caminos
muy diversos se vuela a lo ignoto. Los que sostienen que ha pasado
la época de la metafísica y que no volverá más, están en un grave
error; es la metafísica antigua la que ha pasado y dió su cosecha; los
adelantos en materia científica no hacen más que desplazar más adelante
a la metafísica; cada arremetida, la empuja más allá, pero ella
conserva los más vastos dominios donde tanto suelen recrearse los que
más impugnan a la vieja metafísica. Ella existirá mientras existan los
problemas de lo desconocido; cuando mucho de lo desconocido actualmente
sea conocido, ese lote de la metafísica habrá ingresado al dominio de
lo positivo y desde allí se tendrá en frente el campo de la metafísica
futura tentando constantemente a la inteligencia a hacer incursiones
por sus vastos dominios.



¿QUÉ SON ESPACIO Y TIEMPO?

Por J. LAUB[7]

    _A Alberto Einstein, en el XL aniversario de su natalicio._

    “Consuetudine oculorum assuescunt animi, neque admirantur,
    neque requirunt rationes earum rerum, quas semper vident”.
    Cicero: _De Natura Deorum_.


INTRODUCCION

1. Si me hubiera atrevido hace veinte años a hablar del espacio y
tiempo, habría tenido primero que justificar mi invasión en el sagrado
templo de la metafísica. Pero en la última década la situación ha
cambiado totalmente, y al tratar hoy como físico la cuestión del
espacio y tiempo, estoy como en mi casa. En efecto, las investigaciones
de _Einstein_ y _Minkowski_, basadas en la _física experimental_, han
dado al mencionado problema una solución general que conservará en
todo caso siempre su valor para la crítica del conocimiento y para la
metafísica.

2. Estudiando la evolución de las ciencias exactas, llama la atención
que el físico “ex officio” se haya ocupado relativamente poco en el
siglo XIX de la cuestión que nos interesa, aunque espacio y tiempo
constituyen el edificio en que todos los fenómenos físicos tienen
lugar. Mientras que el número de las publicaciones metafísicas sobre
el problema del tiempo y del espacio es casi inmenso, la mayor parte
de los físicos apenas han dedicado algunas investigaciones a estos
conceptos tan fundamentales.

Cierto es que encontramos ya discusiones sobre tiempo y espacio en el
tratado de Newton: “_Philosophiae naturalis principia mathematica_”,
aquella obra maravillosa que todavía hoy es una joya del pensamiento
humano; cierto es que _Ernesto Mach_ y _Henri Poincaré_ se ocuparon muy
extensamente del espacio y tiempo; sin embargo ninguna investigación
ha provocado en las esferas filosóficas y en las ciencias exactas un
cambio tan radical como la _teoría de la relatividad_ introducida por
_A. Einstein_ en el año 1905.[8]

3. El fundamento de este cambio hay que buscarlo, según mi juicio,
en el hecho de que con la teoría de la relatividad se produce una
verdadera revolución en nuestros conceptos y nuestras opiniones
anteriores, una revolución que podemos, según el ilustre físico
_Planck_, comparar únicamente con la que provocó en la astronomía el
sistema de _Copérnico_.

Pero esta no es la única causa. Sabido es que los físicos son muy
críticos y no se dejan engañar con especulaciones interesantes e
ingeniosas. También algunas obras metafísicas contienen disertaciones
muy finas que pretenden derrumbar todo lo pasado, sin embargo, el
investigador de las ciencias exactas, orgulloso y frío, deja de lado
esos trabajos, sin tomarlos en cuenta. _Lo nuevo y lo maravilloso en
la teoría de la relatividad consiste en lo siguiente: A. Einstein
partiendo del experimento, demuestra que los hechos reales nos obligan
a transformar nuestras ideas del espacio y tiempo._ Pero no es sólo
eso. Las nociones modificadas por la nueva teoría nos permiten
explicar una serie de hechos que han originado para las otras teorías
físicas dificultades invencibles. Además, apoyándose sobre un nuevo
concepto del espacio y tiempo, se puede prever, sirviéndose de métodos
_puramente analíticos_, algunos fenómenos accesibles al experimento,
teniendo de esta manera la posibilidad de dilucidar la verdad de
nuestra teoría. _La gran diferencia entre las teorías filosóficas
del espacio y tiempo y entre la teoría de la relatividad, consiste
entonces en que la última se funda en el experimento, permitiendo una
comprobación cuantitativa._

4. La mayor parte de los metafísicos se apoyan en sus consideraciones
en el razonamiento, muy raras veces en la observación y experiencia,
casi nunca en el experimento. Esta es la causa de que los resultados
obtenidos por los metafísicos apenas se aplican a la realidad cuando ya
chocan con contradicciones. No es raro el caso de que la metafísica,
teniendo exagerada fe en la omnipotencia del pensamiento, llega _ad
absurdum_. Por eso se entiende que ella ha perdido su autoridad entre
los representantes de las ciencias exactas, hasta el punto de ser
considerada como completamente superflua e inútil.

Pero con mucha frecuencia también los naturalistas cayeron en errores
muy extremos, considerando sus métodos y resultados como infalibles, en
la creencia de que se encontraban en el seguro terreno del experimento.
Tuvieron la convicción de haber expulsado de su imperio todo lo
trascendental y que en sus conclusiones jamás traspasaron los límites
de lo que es dado por la experiencia.

Constituye el gran mérito de _Ernesto Mach_ el haber llamado la
atención acerca de que entre los conceptos fundamentales de física
hay muchos restos de origen metafísico, que deben ser forzosamente
eliminados. Sin embargo, ningún sabio se animó a sacudir con tanta
sagacidad y con tanta audacia los pilares de las ciencias físicas como
_Einstein_, quien empezó sus investigaciones con la siguiente sencilla
pregunta: ¿cómo se miden en física el tiempo y el espacio?

5. Tocando ya en esta ocasión la célebre pregunta de si hay _un espacio
absoluto_, si existe un _tiempo absoluto_, tenemos primero que aclarar
algo que nosotros comprenderemos con la palabra “_existe_”. “_Existe_”,
por ejemplo: “existe un átomo”, equivale a haber introducido este
concepto en las ciencias, basándonos en el experimento: sabemos algo de
las propiedades del átomo, conocemos su reacción bajo las influencias
físicas y químicas; no podemos _por el momento_ desistir de él y no nos
conduce a la contradicción con la experiencia.

_¿Y qué dice la palabra “absoluto”?_ Hablando del espacio _absoluto_
¿queremos quizás expresar que él existe _en sí y por sí_, independiente
de nosotros, independiente de nuestras observaciones y medidas? Pero
en este caso el problema del espacio absoluto y tiempo absoluto
coincidiría con el problema del objeto “_en sí_”, que difícilmente
provocará mucho entusiasmo entre los físicos.

6. Con estas palabras indico el objeto de mis conferencias y revelo
mi modo de pensar respecto de este asunto. Desde luego podría entrar
ya en el campo de las ciencias físicas y empezar con el ensayo de
un _tratamiento sistemático_[9] _de los conceptos fundamentales de
tiempo y espacio, tema principal de estas conversaciones._ No tomo,
sin embargo, este camino y me traslado primero a los dominios de
las especulaciones metafísicas, haciéndolo intencionalmente por las
siguientes razones:

El problema de tiempo y espacio interesa no solamente al naturalista
sino también al _filósofo_. Es una cuestión en la cual se ocupa el
cerebro humano desde los tiempos más remotos hasta hoy día, librando
verdaderas batallas, a las cuales se podría aplicar con una cierta
ironía las palabras de Mefistófeles:

    “¡Ay, en verdad te lo digo,
    yo que centenares de años
    estoy royendo y royendo
    el fruto indigesto y áspero!

    ¡Ay, en verdad te lo digo!
    De la cuna al Camposanto
    digerir no puede el hombre
    la levadura de antaño”.

En la lejana antigüedad, en la Edad Media, en la época la más moderna,
se afirma, se comprueba, se niega que haya un tiempo absoluto, que haya
un espacio absoluto. Los métodos de investigación cambian, se llega a
distintos resultados; sin embargo, creemos no equivocarnos comparando
la evolución de nuestro problema de disputa con _el movimiento sobre
una espiral, pues en el fondo llegamos siembre al mismo punto, pero
situado un poco más alto_.

Una historia análoga recorren las otras nociones fundamentales de las
ciencias físicas, lo que trataremos en otra oportunidad.

Un ejemplo ilustrará lo dicho. Es sabido que ya _Leukippos y
Demócritos_ han introducido el concepto _átomo_ en las ciencias.
Según ellos el universo consiste en pequeñas partículas indivisibles
(_átomos_), que son de la misma cualidad y se distinguen únicamente por
su _forma_, _tamaño_ y _posición_, (_diferencias geométricas_). Hoy
día la hipótesis atómica es el fundamento de las ciencias naturales,
pero el átomo moderno de _J. J. Thomson_ o de _Bohr_, aquel aparato
complicado, en cuyo mecanismo penetramos cada día más, es _muy
distinto_ del átomo de Demócritos y tiene una existencia asegurada en
una enorme cantidad de hechos experimentales.

Tenemos, pues, que considerar de suma importancia, ocupándonos
de cuestiones tan primordiales como las de tiempo y espacio, el
_conocimiento y la crítica de las opiniones de otros sabios_; debemos
consultar la historia, aquella grande maestra de investigación, pues de
esta manera podremos también apreciar mejor _las grandes ventajas_ y el
_enorme progreso_ de _las teorías modernas_.

Pero esto implica ya tácitamente que bajo ninguna condición podemos
_dejar de lado a la filosofía_, porque en lo que hemos heredado de
los griegos no se puede separar las ciencias exactas de la filosofía
y hasta en los tiempos modernos sería muy difícil trazar un límite
entre los investigadores de ciencias exactas y filosóficas, cuando nos
encontramos en los campos limítrofes de las nociones fundamentales.


CAPITULO I

TIEMPO Y ESPACIO EN LA CIENCIA GRIEGA Y ROMANA

7. Tiempo y espacio ocupan desde los primeros principios del
pensamiento al espíritu humano, pues ya en las fábulas míticas
encontramos estos conceptos. Y así leemos en el primer libro de Moisés,
“y la tierra era desierta y vacía”.

_Pherekydes_ de Syros, introduce al Zeus, tierra y _tiempo_, como
elementos fundamentales para la evolución del universo.

Cuando el hombre llegó del fantástico mito a la ciencia, preguntó, no
solamente cuál es el fundamento _temporal_ del mundo, sino también cual
es su _esencia_. De esta manera surgieron la cosmología, la física, la
ontología, con los problemas del tiempo, espacio, materia, etc.

En general, en las primeras filosofías se identificaba el espacio
geométrico con el físico, especialmente cuando se llegó a la convicción
de que también el aire, anteriormente considerado como vacío, tiene
peso.

8. Estudiando la filosofía jónica, vemos que _Anajimandros_ atribuye
a su sustancia universal lo _infinito_ en el _tiempo_ y _espacio_;
la arché es lo ápeiron, distinta de todos los elementos conocidos en
aquella época, y sin embargo, con propiedades _corporales_.

_Pytágoras_ y sus discípulos consideran los números como formas legales
de todos los fenómenos, pero el _espacio_, el símbolo de la geometría,
es para ellos el _mediador_ entre el _número_ y la _naturaleza_. Parece
que la escuela pytagórica ha introducido en la ciencia griega el
concepto del _vacío_, aplicándole a los intervalos entre los sonidos.

8. _Los Eleatas_.--Discusiones _muy detalladas_ y bastante profundas
sobre la naturaleza del espacio y tiempo, encontramos por la primera
vez en la filosofía de los _Eleatas_.

Es sabido que el punto culminante de este pensamiento forma el concepto
del ser y el de la _unidad_ de todo lo que sucede. _Lo característico
de todos los representantes de esta escuela es la negación del
espacio_[10].

_Parmenides_, el más importante pensador eleata, en su poema “Sobre
la naturaleza”, afirma lo siguiente: Los sentidos no conducen a la
verdad, pues ellos nos engañan, indicándonos la multiplicidad y el
eterno cambio de las cosas; a lo _verdadero nos lleva la razón y el
pensamiento_, que reconoce “_el ser de lo existente como indispensable;
el ser del no-ser como imposible_”. La verdad está fundada en el
principio de que únicamente el _ser es_ y que el _no-ser no es_.
Podemos solamente pensar _en un ser, y no hay pensamiento sin el ser al
cual se refiere_. Según _Parmenides_, _pensar y ser es lo mismo. Mas el
espacio es un vacío, es un no ser, por esta causa él no puede existir_
(ni en el pensamiento).

El _ser_, según este filósofo, no tiene ni origen ni fin, es eterno,
inmóvil, _invariable_. Parece que él _duda de la existencia del
tiempo_. Y en efecto, ¿para qué servirá el concepto tiempo en un mundo,
_donde nada sucede en el tiempo, donde se niega la realidad a todos
los fenómenos temporales_? Para _Parmenides_, efectivamente, no puede
existir tiempo ni tampoco espacio, pues admitiendo su realidad, sería
lo mismo como afirmar que _es_ los que _no_ es.

Parecería, entonces, que el universo de _Parmenides_ debería ser
ilimitado e infinito. Sin embargo lo _real_ es, según él, algo
_extenso_ y que tiene la forma de una _esfera_. Es difícil concebir
esta rara deducción de _Parmenides_; quizás la simetría y el hecho de
que también la esfera no tiene ni fin ni origen, le indujeron a aceptar
esta forma.

9. _Melissos_, otro Eleata también, atribuye al _ser_ la extensión,
pero le saca todo lo _corporal_; además, le dota, no solamente de lo
_infinito_ en el _tiempo_, sino también en _el espacio_. “_Lo que es, era
en la eternidad, y será en eternidad. El ser debe ser también infinito
en su tamaño._” Este pensador hace, sencillamente el salto del infinito
en el tiempo al infinito en el espacio, introduciendo, en vez del
origen y fin _temporal_, los respectivos conceptos para el espacio.

En vista de que niega la posibilidad del movimiento, no admite tampoco
la _existencia del espacio_. “_El vacío es nada y una nada no puede ser_”.

A pesar de esto, según _Melissos_, existe en el universo una sustancia
que no tiene _nada de corporal_. “_Pues siendo “una” no debe tener
cuerpo. Porque si tuviera espesor tendría también partes y ya no sería
una unidad_”.

No podemos imaginarnos en qué consiste la materia mundial de este
filósofo, ni cuál es la diferencia entre aquella sustancia universal y
el espacio (vacío).

10. _Zeno_, el discípulo de Parmenides, según _Platón_, el fundador
del método dialéctico, trata de demostrar la imposibilidad del
espacio, tiempo (y también del movimiento), por medio de sus célebres
_perplejidades_, “aporias”.

La noción espacio la somete, además, a la siguiente crítica. Si todo lo
real (ser) está en el espacio, entonces también el mismo espacio,--si
no carece de realidad--debe encontrarse en espacio, es decir, en un
_segundo espacio_. Mas por la misma razón el segundo espacio debe estar
en un _tercero_, y así _ad infinitum_. No tenemos, según _Zeno_, otra
alternativa que aceptar estas consecuencias o negar la realidad del
espacio.

Las deducciones de _Zeno_, como de los otros filósofos de esta escuela,
son sofismas, son juguetes con palabras, son, en la mayor parte,
también equivocaciones lingüísticas, pues aplican los sustantivos para
designar todas las abstracciones posibles, identificándolas con hechos
y objetos _concretos_. Nosotros podríamos, por ejemplo, de la misma
manera, afirmar: todo lo real tiene lugar en el tiempo. Si el tiempo
es real, entonces, él también debe tener lugar en un tiempo, es decir,
en un segundo tiempo, etc. Mas podemos también decir: Todo lo real o
existente tiene existencia, si ésta no es una quimera, ella también
debe tener una existencia, es decir, una segunda existencia, etc.

11. Volviendo a las perplejidades, podemos decir lo siguiente: _Zeno_
llega en sus aporias (Achilles y la tortuga, la flecha volante, etc.)
a la conclusión de que tiempo y espacio son ideas imposibles, sino
queremos admitir contradicciones con la experiencia. Pero lo que él de
hecho demuestra, es la _imposibilidad de dividir el espacio y el tiempo
continuo en partes discretas_.

Por el momento nos interesa, especialmente, la aporia, en la cual trata
de evidenciar la relatividad (de la medida) del movimiento y se podría
agregar la relatividad (de la medida) del tiempo.

Tomo esta aporia de la obra clásica de _Gomperz_: “Pensadores griegos”,
modificándola para nuestros fines.

12. Sean tres coches (_A_, _B_, _C_,) de la _misma estructura_ y de la
_misma longitud_, por ejemplo, 10 m. El primer coche _A_, sea dotado de
un movimiento uniforme, rectilíneo, siendo su velocidad de 100 metros
por minuto; el segundo _B_ se encuentre en el estado de _reposo_; el
tercero _C_ tenga el _mismo_ movimiento con la _misma_ velocidad _como
A, pero dirigida en el sentido contrario_. El tiempo que el punto
inicial _I_ de _A_ emplea para llegar al punto final de _B_ será,
evidentemente, el doble de lo que necesita para alcanzar el punto final
del coche _C_ de la misma longitud. Preguntando ahora con qué velocidad
se mueve _A_, tenemos que dar una contestación contradictoria, según
sea que refiramos la velocidad al coche _móvil_ _C_ o al coche _B_ (en
reposo).

Se podría ahora agregar de nuestra parte que si un observador tomase
la velocidad del coche _A_ como fundamento para ajustar su reloj,
encontraría también distintos _tiempos_.

Este resultado lo consideró _Zeno_ como tan anormal y ridículo, que lo
ha tomado como la mejor comprobación de la _no_ existencia del tiempo,
espacio y movimiento.

Vemos, pues, qué consecuencias fatales puede tener el verbalismo
excesivo. Los _Eleatas_ se han enredado en sus propias palabras, de
suerte que han perdido el buen sentido para la realidad. Al frente
de su pensamiento ponen la noción de la _unidad absoluta_, lo que,
naturalmente, es incompatible con el concepto de la extensión, con los
conceptos espacio y tiempo.

13.--_Demócritos._--Una reacción muy saludable contra los eleatas
encontramos en la filosofía de los _atomistas_. _Demócritos_ de Abdera,
el mayor naturalista de la antigüedad, introduce el _espacio_ (vacío),
pues lo precisa para el movimiento de los átomos. Según Demócrito el
espacio (vacío), el _no ser_, tiene una _verdadera existencia, una
existencia tan real como los mismos átomos_.

Y de este modo asistimos al interesante fenómeno de que los fundadores
del _materialismo_ elevan los _invisibles átomos_, el _invisible
espacio_, a la _categoría de un verdadero ser_; mientras que los
semiracionalistas eleatas niegan el espacio, pues ellos conciben,
únicamente, lo que es corporal, es decir, conciben únicamente lo
_presente_.

14. _La filosofía ática._--De nuestro problema fundamental han tenido,
naturalmente, que ocuparse los grandes filósofos áticos. Y, en efecto,
en las obras de _Platón y Aristóteles_ encontramos consideraciones
importantísimas sobre el tiempo y especialmente sobre el espacio.

_Platón_, el primer filósofo que con la mayor precisión plantea el
problema de _cómo y si puede existir una ciencia_, quiere fijar lo
que queda conservado siempre en la corriente de los fenómenos, para
llegar al conocimiento de la _verdad absoluta_. Por esta razón hace los
mayores esfuerzos para fundar una ciencia _general_ de la verdadera
esencia de las cosas. Según _Platón_ el mundo de nuestros sentidos,
aquel mundo que sufre continuos cambios y transformaciones, no puede
conducir jamás a la verdad. _El camino a la realidad está en el
pensamiento, en la razón pura._ Pues siendo, según _Platón_, fuera de
toda duda, que el _razonamiento_ nos lleva a un conocimiento _superior_
a la observación, resulta que forzosamente también los objetos de
nuestro pensar tienen un _mayor grado_ de _realidad_ que los del mundo
sensible. Por esta causa _Platón_ crea el concepto “_idea_”, que _forma
el contenido objetivo del pensamiento_. _En las ideas está la realidad
absoluta, en las ideas concebimos el verdadero ser, la esencia del
universo_, independiente de todas influencias externas[11]. Los objetos
de la naturaleza forman un mundo de una verdad relativa; mientras que
las _ideas_ representan el mundo de _verdad absoluta_. Hay, entonces,
según _Platón, dos mundos distintos: la naturaleza y las ideas_.

Las ideas ocupan en la filosofía platónica una posición tan
privilegiada, que solamente el saber de ellas forma _la ciencia_
(epístéme), la que es el privilegio de Dios y de un pequeño número de
mortales; el saber de la naturaleza es solo una especie de opinión o
persuasión (doksa), con mayor o menor probabilidad.

15. Ahora bien: según Platón se llega a la _idea_, como ya lo indica
su nombre, por intermedio de una especie de _mirar las cosas, de
interesarse por intuición_. Las ideas se forman por la mirada de los
objetos que actúan sobre nuestros sentidos, pues observando las cosas
corporales la razón pura reproduce la idea, cuando el alma recuerda la
idea vista ya antes del nacimiento (_a priori!_)

Se podría, entonces, esperar que el gran filósofo idealista considerará
al tiempo y espacio como ideas. Pero esto no sucede porque, según él,
justamente lo que caracteriza el mundo de nuestras percepciones es su
cambio en el espacio y con el tiempo. _Por eso el tiempo y espacio no
pueden tener sitio en el imperio de las ideas._ La _idea_, el verdadero
ser, (usía) se la imagina _Platón_ en su intuición filosófico poética,
reinando eternamente en un lugar superceleste, allá arriba en los
campos de la verdad. _La idea está fuera del espacio y tiempo y de otra
parte: tiempo y espacio están fuera de las ideas._ Y así leemos en
el Timeo[12], según mi juicio la mayor obra de _Platón_: “Es preciso
distinguir entre lo que _es y existe siempre_, sin haber nacido jamás,
y lo que nace o pasa siempre, sin existir lo mismo. Lo que _es_ y
_subsiste lo mismo_, es comprendido por el puro pensamiento; lo que
deviene siempre, objeto mudable de los sentidos, no puede ser conocido
sino de una manera conjetural. _Las ideas han existido siempre, no
habiendo tenido principio._ El mundo ha tenido principio, entonces,
no ha existido siempre. Lo que ha comenzado a ser, es necesariamente,
corporal, visible y tangible”.

16. _Platón_ conocía perfectamente la capital importancia del espacio
y tiempo para nuestro conocimiento, pero para explicar su esencia
chocó con dificultades sin poder resolverlas. El se dió cuenta de que
estas nociones son de una estructura especial y de que no pueden ser
consideradas ni como ideas ni como objetos de la sensación. Para salir
del dilema _Platón asigna al espacio y tiempo una posición intermedia
entre las ideas y las cosas de la experiencia._

Según _Platón_ también el mundo empírico tiene su importancia--aunque
no la misma que las ideas--para el saber humano, pues él es una copia
del eterno modelo de ideas. Los seres de la naturaleza son copias de
los seres eternos, formados a su semejanza; además, _justamente_ estas
copias _dan el motivo_ para la creación de ideas. Por otra parte, las
cosas de la naturaleza las _observamos siempre en el espacio y en el
tiempo_, siendo de esta manera estos últimos mediadores entre el mundo
de ideas y él de nuestra percepción.

17. Refiriéndome a las propiedades del espacio, debo decir que, según
_Platón_, el espacio _no tiene ninguna_ forma, _es la pura negación_
del ser, pero es capaz de tomar todas las figuras posibles, gracias
a las determinaciones geométricas. (Por eso _Platón_ considera la
geometría como un saber indispensable para los filósofos; en la entrada
de la Academia platónica estaban fijadas las palabras: “Sin geometría
no hay entrada”). El espacio infinito e informe (ápeiron) y la forma
geométrica (péras) suministran _juntos_ los objetos de nuestros
sentidos. Al espacio _solo_ no podemos concebirlo ni con el pensamiento
ni con los sentidos, ni es un concepto ni un objeto de percepción,
ni idea. El es el “_no_” _ser_, sin el cual no podemos ver las ideas
copiadas y representadas en los objetos sensibles. “El espacio no muda
jamás su naturaleza, recibe continuamente todas las cosas en su seno,
sin tomar absolutamente ninguna de sus formas particulares. _Es el
fondo de todo lo que existe_”.

Al espacio _Platón_ le atribuye tanto valor que lo cuenta entre los
principios fundamentales para la formación del universo. En el _Timeo_
leemos las palabras: “He _aquí el resultado de mis reflexiones, y en
resumen mi opinión_: el _ser_, el _lugar_ y la _generación_, son _los
tres principios fundamentales_”.

Tiene para nosotros un interés especial el hecho de que a pesar de todo
_Platón_ introduce en el Timeo la existencia de un espacio _eterno_,
una especie de semiidea que parece ser, quizás el _modelo_ de nuestro
espacio común, en que observamos los fenómenos.[13]

Para darnos todavía mejor cuenta de la opinión platónica sobre el
espacio, conviene citar todavía las siguientes palabras de _Platón_:
“_Es preciso reconocer una tercera especie, la del lugar eterno, que
no puede ser destruído, que sirve de teatro para todo lo que nace, no
está sometido a los sentidos, es solo perceptible a una especie de
razonamiento bastardo, que vislumbramos como un sueño al decir que es
de absoluta necesidad que todo lo que existe esté en algún lugar y
ocupe algún espacio_”. Gracias a una especie de pseudo razonamiento
nosotros creemos, entonces, que el espacio es algo real, que todo lo
que existe debe estar en el espacio. _Pero de hecho el espacio nuestro
no tiene una existencia real, y nosotros nos encontramos como en un
sueño._

18. Opiniones muy originales tiene _Platón_ sobre el _tiempo_. El
_tiempo_, como lo observamos nosotros, es _según él una copia de
la eternidad_. Mientras que el tiempo del mundo sensible corre
continuamente adelante en forma de días, meses y años, su modelo (la
eternidad) _descansa siempre en sí_. No puedo ilustrar mejor la opinión
platónica del tiempo, que citando las siguientes bellas palabras del
_Timeo_:

“Cuando el padre y autor del mundo vió moverse y animarse esta imagen
de los dioses eternos (es decir, de las _ideas_), que él había
producido, se gozó en su obra, y lleno de satisfacción, quiso hacerla
más semejante aún a su modelo. Y como este modelo era un ser eterno,
se esforzó para dar al universo, en cuanto fuera posible, este mismo
género de perfección. Pero esta naturaleza eterna del ser inteligible
no había medio de adaptarla a lo que es engendrado. Así es que Dios
resolvió crear una imagen móvil de la eternidad, y por la disposición
que puso en todas las partes del universo, hizo a semejanza de la
eternidad, que _descansa en la unidad_, esta _imagen eterna_, pero
_divisible_, que llamamos el _tiempo_. Los días y las noches, los meses
y los años, no existían antes, y Dios los hizo aparecer, introduciendo
el orden en el cielo. Estas son _partes_ del _tiempo_, y como el tiempo
huye, el futuro y el pasado son _formas_ que en nuestra ignorancia
aplicamos muy indebidamente al _Ser eterno_. Nosotros decimos de
él: ha sido, es, será; cuando sólo puede decirse, en verdad: él es.
Las expresiones _ha sido, será_, solo convienen a la _generación,
que pasa y se sucede_ en el tiempo. Tales expresiones representan
_movimientos_, y el Ser eterno inmutable, inmóvil, no puede ser más
viejo ni más joven; no existe, ni ha existido, ni existirá en el
tiempo. En una palabra, no está sujeto a ninguno de los accidentes
que la generación pone en las cosas que se mueven y están sometidas
a los sentidos; _éstas son formas del tiempo que imita la eternidad,
realizando sus revoluciones, medidas por el número_. “El tiempo fué,
pues, producido con el cielo, a fin de que, nacidos juntos, perezcan
juntos, si es que deben algún día perecer; y fué hecho, según el modelo
de la naturaleza eterna, para que se pareciese a ésta todo lo posible.
Porque el _modelo está siendo_ de toda eternidad, y el _tiempo es_,
desde el principio hasta el fin, _habiendo sido_, _siendo_ y _debiendo
ser_. Con este designio y con este pensamiento, Dios, _para producir el
tiempo_, hizo _nacer el Sol_, la _Luna_ y _los otros cinco astros_, que
llamamos planetas y que _están destinados a marcar y mantener la medida
del tiempo_.”

Existe, entonces, según _Platón, una especie de reloj mundial y eterno,
cuya imagen es el tiempo nuestro, observado y medido por movimiento de
planetas_.

Parece que _Platón_ hasta _identifica_ el _tiempo_ del mundo
experimental _con el movimiento_, pues en el _Timeo_ habla de los
planetas como (órgana chrónu); otra vez dice: Chrónos hé tu uranú
kínesis: _Tiempo_ el _movimiento_ del cielo.

19. Las palabras pronunciadas despiertan en mi memoria las célebres
afirmaciones del gran físico inglés _Isaac Newton_ sobre el “_tiempo
verdadero y absoluto_” en oposición con el tiempo “_relativo y vulgar_”.

En la definición 8 de la mecánica (“_Philosophiae naturalis principia
mathematica_”), _Newton_ exclama:

“Tempus _absolutum_, _verum_ et mathematicum in se et natura sua absque
relatione ad externum quodvis aequabiliter fluit alioque nomine dicitur
duratio. _Relativum, apparens_ et vulgare est sensibilis et externa
quaevis durationis per _motum mensura_ (seu accurata seu inaequabilis),
qua vulgus _vice veri temporis utitur ut hora, dies, mensis, annus_.

_Tempus absolutum_ a _relativo_ distinguitur in astronomia per
aequationem _temporis vulgi_. Inaequales enim sunt dies naturales,
qui vulgo tamquam aequales pro mensura temporis habentur. Hanc
inaequalitatem corrigunt astronomi, ut ex veriore tempore mensurent
motus celestes. _Possibile est, ut nullus sit motus aequabilis, quo
tempus accurate mensuretur. Accelerari et retardari possunt motus
omines, sed fluxus temporis absoluti mutari nequit. Eadem es duratio
seu perseverantia rerum, sive motus sint celeres, sive tardi, sive
nulli._”

_¿No hay una sorprendente analogía entre las afirmaciones_ de _Platón_
y de _Newton_?

20. Haciendo ahora un brevísimo resumen en palabras modernas, podemos
decir lo siguiente: Según _Platón_ tiempo y espacio _son el fundamento
del mundo sensible, pues todos los fenómenos tienen lugar en algún
espacio y en un cierto tiempo. El espacio es algo informe, ilimitado,
incorporal e invisible, pero puede tomar todas las formas geométricas
posibles por intermedio de los cuerpos_.

Aunque _Platón_ en su cosmogonía hace nacer los elementos del espacio,
sin embargo, no cabe duda de que el espacio platónico _no_ coincide
con el concepto moderno de la _materia_ que está caracterizado por la
inercia. Lo “_ápeiron_” de _Platón_ es el receptor de los fenómenos
físicos, pero distinto del concepto “_hyle_” (materia) de Aristóteles.

21. Estudiando las obras platónicas, se ve con qué enormes dificultades
ha tenido que luchar el gran filósofo para resolver nuestro problema.
Esta es la razón porque usa tan distintas y raras expresiones, cuando
analiza las nociones espacio y tiempo. La causa principal de las
dificultades está en esto, que _Platón_--como los otros filósofos
griegos--no _ha podido concebir la noción del vacío_.

22. En la _teleología_ platónica el espacio y tiempo ocupan un lugar
muy singular. Dios ha creado un mundo _absolutamente perfecto_, es
decir, el mundo de las _ideas_, el mundo de las _verdades absolutas_;
pero el género humano observa en la naturaleza únicamente _imágenes_,
_copias_ muy pálidas de aquel mundo divino, porque justamente el
espacio y tiempo tienen la culpa de que nosotros veamos todo de una
manera imperfecta y percibimos sólo verdades _aparentes_. Nuestro
horizonte es limitado, pues estamos obligados a mirar las cosas en vez
de “_sub especie eternitatis_” en un espacio y tiempo limitado. Espacio
y tiempo, pues, no sólo son los mediadores entre el mundo sensual e
ideal, sino, además, _no nos permiten ver el universo_ (las ideas) _en
su verdad desnuda_.

23. Como nos convenceremos más tarde, las investigaciones de _Platón_
forman el punto de partida para toda la concepción _idealista_
(relativa) del espacio.[14] No cabe duda de que _Platón_ sintió,
en su intuición filosófico-poética, que el espacio es la condición
indispensable para poder percibir y comprender los fenómenos de
la naturaleza, lo que él expresa diciendo: la condición “_para la
presentación de las ideas en el mundo de sensibilidad_”. Aplicando
la terminología de _Kant_ será, quizás, permitido afirmar que
para _Platón_ el espacio era casi la condición “_de una posible
experiencia_”.

Pero, a pesar de todo, _Platón_ no llegó a considerar el espacio y
menos todavía el tiempo como formas de _nuestra intuición_; pues en el
fondo no ha tenido nociones completamente claras sobre el asunto. Él
mismo lo confiesa con la franqueza propia de los grandes pensadores,
cuando dice: “_El espacio es una especie de ser, que participa de lo
inteligible de una manera obscura e inexplicable_”.

No vacilamos en afirmar que _Platón_ estaba ya _muy cerca_ de
considerar el espacio como una forma de nuestra intuición, es decir,
que tenía la solución casi en la mano, pero se le escapó. Han debido
pasar siglos, han tenido que aparecer los sistemas de _Berkeley y Hume_
antes de conseguir este sencillo resultado: tiempo y espacio son formas
de intuición.

El gran genio griego en su intuición concibió el problema, pero la
solución clara y precisa la dió _Kant en su criticismo_.

También en las ciencias modernas encontraremos algo análogo. Un
pensador meridional--me refiero a _Poincaré_--ha echado las bases para
la reforma del concepto tiempo, sometiendo la noción “_simultaneidad_”
a una crítica _muy interesante_; mas la solución exacta, el nuevo
concepto tiempo, lo dió un físico del Norte de Europa.

_Aristóteles_.--24. _Aristóteles_, el más eminente discípulo de
_Platón_, no sigue el camino del maestro; pues funda más bien un
sistema propio que está, en cierto sentido, opuesto a la doctrina
idealista.

_Aristóteles_ era más universal que _Platón_ y le superó,
especialmente, en sus conocimientos de las _ciencias naturales_. Un
cerebro sumamente vasto, era el verdadero _polisabio_, la encarnación
del saber de su época, de suerte que con razón se le indica hasta
hoy día con el epíteto “_el filósofo_”, por antonomasia. Como buen
observador, atribuyó mucha importancia a las ciencias naturales; en
sus investigaciones trató en lo posible de _definir_ todo, es decir,
fijar en cada fenómeno _aislado_ lo esencial “usía” y al mismo tiempo
expresar su relación con el concepto general.

25. _Platón_ proclamó como la _única_ realidad los objetos de los
conceptos _generales_ (ideas), que tienen existencia completamente
_independiente de_ las _cosas sensuales_; los objetos aislados eran,
según _Platón_, solo imágenes de lo verdadero.

_Aristóteles_ rechaza este pensamiento, pues, según él, el _error
principal del sistema platónico consiste justamente en aquella
separación completa de las ideas y de los objetos_.

Los conceptos generales expresan, según _Aristóteles_, únicamente
propiedades _comunes a muchos objetos aislados_; mas los conceptos
generales por sí mismos no tienen existencia independiente. Pero si lo
general no subsiste por sí mismo, no puede ser sustancia (“usia”), la
que por su parte forma el fundamento real de todo.

Como sabemos _Platón_ ya _a priori_ atribuye a las ideas una existencia
original, independiente del mundo de nuestros sentidos, creando, de
este modo, dos mundos completamente distintos. _Aristóteles_ considera
imposible que la doctrina idealista pueda explicar la esencia del
mundo empírico; según sus juicios, hay más bien que suprimir aquella
contradicción entre el mundo de ideas y el mundo de objetos, _pues
las ideas no deben ser concebidas como algo distinto de las cosas
sensuales_. Para conseguir la verdad, para conocer la esencia del
mundo, hay que examinar con mucha precisión y mucho cuidado los
fenómenos de la naturaleza. Y haciendo esto se llega al resultado
de _que la verdadera realidad está en lo individual_. Mientras,
entonces, para _Platón_, la verdad está en el concepto general, según
Aristóteles, al revés lo _individual_ (“tóde tí”) _es el tipo de la
completa realidad_.

Mas no hay que creer que Aristóteles entienda con su “tóde tí” los
objetos _materiales_; pues también, según él, todo lo sensible es
pasajero y mudable, mientras que el saber, la ciencia, debe ocuparse
de _cosas invariables y eternas_. El objeto del verdadero conocimiento
es, pues, lo _individual_, pero no lo_ material_, lo sensible, sino lo
_individual concepcionalmente pensado_. La realidad metafísica está,
entonces, _fundada en lo individual determinado por el concepto_.

Llegamos al conocimiento del mundo saliendo de los hechos aislados
é investigando la relación entre lo especial y lo general. En esta
ocasión nos convencemos de que _cada objeto_ de la naturaleza consiste
en _materia y forma_, estando estas dos ligadas de tal manera que jamás
puede _subsistir materia sin forma o forma sin materia_.[15]

La “usia” se compone de _forma y materia_; y la generación estriba en
esto; que la esencia de las cosas (“usia”) pasa de la mera posibilidad
“_dinamis_” a la _realidad_ “_energeia_”. La _materia_ (“_hyle_”)
representa la _posibilidad_, de que la materia, plasmada por la forma,
se convierte en _realidad_.

La materia es pura _pasividad_, es el objeto en el cual los fines, o
mejor dicho, los _designios_ de la naturaleza, hallan su realización.
Pero no hay _contraste entre materia y forma_ (como entre la “idea” y
el “objeto sensible” de _Platón_), no subsisten dos cosas distintas
y opuestas: materia y forma, sino que el mismo objeto, considerado en
su materia, es _la posibilidad de la realidad, representada por su
forma_.[16]

Será, quizás, permitido decir: _Materia y forma son los dos lados de la
misma medalla_.

26. El paso de la posibilidad a la realidad se efectúa por intermedio
del _movimiento_. _Aristóteles_ distingue tres especies de movimiento:
1) cuantitativo o cambio del tamaño; 2) cualitativo o cambio de las
propiedades del cuerpo; 3) cambio del lugar en el espacio. Pero todas
estas especies quedan reducidas al movimiento de la última clase. La
materia, tiene una inclinación natural, “desea” la forma; pero en vista
de que es sólo posibilidad, puede tomar distintas formas; ella tiene
_inercia_ y por esto impide la completa realización de la naturaleza,
siendo de este modo la causa del azar en el universo.

27. En la filosofía de _Platón_ hemos encontrado _tres_ fundamentos
principales del mundo:

1) _Ideas._

2) _Sensibilidad._

3) _Espacio_ (ápeiron), mediador entre 1 y 2, donde sólo 1) tiene una
existencia original e independiente. _Aristóteles_ acepta _cuatro
causas originales_ (arché).

1) _Materia_, _Pasividad o Posibilidad_.

2) _Forma_, _Actividad_.

3) _Movimiento_, mediador entre 1 y 2.

4) _Designio final_,

pero al mismo tiempo trata de unir los tres grados platónicos de
realidad en un solo concepto real. De esta manera, la _transcendencia_
de _Platón_ queda reemplazada en cierto sentido por la _inmanencia_.

28. Después de lo explicado podemos esperar, que 1) _Aristóteles_,
seguramente, también se ocupará de los conceptos, espacio y tiempo,
pues cada movimiento--una de las “_arché_”--tiene lugar en el espacio y
tiempo.

2) que el espacio no tendrá ya un papel análogo a lo “_ápeiron_” de
_Platón_.

3) que _Aristóteles_ se apoyará más en la observación y en los hechos
aislados (tratando el problema que nos interesa).

4) que el _naturalista Aristóteles_ llegará a una solución distinta de
la platónica.

Y, en efecto, ya en su célebre obra “_Categorías_”[17] _Aristóteles_ se
ocupa del espacio y tiempo.

29. Tiempo y espacio aparecen como la 5 y 6 categorías.

Aristóteles distingue en las “categorías” cantidades _discretas y
continuas_. _El espacio lo cuenta entre las cantidades continuas_,
porque “_las partes del cuerpo, que mediante su reunión van a pasar
a un término común, ocupan siempre un espacio. Por consiguiente, las
partes del espacio, que ocupa cada una de las partes del cuerpo, se
suman en este mismo término común en que se reúnen las partes del
cuerpo mismo: luego el espacio es una cantidad continua, puesto que sus
partes van a pasar mediante su reunión a un término común_”.

El tiempo también _es continuo_; porque “_de una parte lo presente se
relaciona a la vez con lo pasado y con lo porvenir_”.

Una diferencia principal entre el espacio y el tiempo la encuentra
_Aristóteles_ en el hecho de que “las partes del espacio tienen entre
sí una _relación de posición, mientras_ que las partes del tiempo por
el contrario tienen entre sí un cierto _orden_, puesto que en el tiempo
esta parte es _anterior_, y aquella otra posterior”. “Partes del tiempo
no pueden tener una posición, porque ninguna de las partes del tiempo
es permanente”. “_Lo que no es permanente no puede tener posición_”.

El tiempo es, según _Aristóteles_, muy estrechamente ligado con el
_número_; los dos se unen en el concepto común “antes” (“_próteron_”) y
“_después_” (“_hysteron_”).

30. El espacio es el lugar que ocupa el cuerpo. Esto se podría deducir
de las palabras citadas de las “Categorías”. Sin embargo no hay que
pensar en que _Aristóteles_ identifica el espacio con la forma del
cuerpo, pues él mismo lo advierte expresamente, que en tal caso los
cuerpos se moverían no _en_ el espacio sino _con su_ espacio.

Para evitar equivocaciones Aristóteles dió la siguiente definición del
espacio:

“_El espacio es el límite inmóvil entre el cuerpo envolvente y el
envuelto_”.

El espacio exige, entonces, la presencia de la materia o con
más exactitud la _presencia, por lo menos, de dos cuerpos_. _La
subsistencia del espacio está ligada a la existencia del mundo
corporal._ Y así el espacio de la mesa en la sala será el límite fijo
entre la mesa (envuelta) y el aire que la envuelve.

Se ve en seguida que esta explicación aparente de la “esencia” del
espacio se basa en una observación muy grosera.

Ya de la definición resulta que el espacio _aristoteliano_ tiene que
ser _limitado_; además, resulta la _imposibilidad_ del espacio _vacío,
pues se entiende por sí mismo_,--si el espacio es el límite entre el
cuerpo envolvente y el envuelto--_que donde no hay cuerpos tampoco hay
espacios_.

Aunque _Aristóteles_ estaba convencido de que el concepto de espacio,
“vacío” contradice al sentido común[18], sin embargo, dió en sus obras
muchos otros argumentos contra la posibilidad de un espacio vacío e
ilimitado.

31. _Argumentos contra el espacio vacío:_

Si además del espacio (_tópos_) ocupado por los cuerpos hay un
_otro vacío_, entonces al entrar un cuerpo en éste (vacío), debían
atravesarse dos espacios.

Otro argumento es el siguiente: _Aristóteles_ deduce que en un espacio
vacío todos los cuerpos debían caer con la misma velocidad; lo que,
según su juicio, es una cosa imposible; por consiguiente un vacío no
puede subsistir. Esta demostración aparente, y, además, falsa[19], le
parece ser una refutación tan _decisiva_ que exclama con ironía: “Y así
resulta _que la afirmación del vacío en realidad es un vacío_”.

32. _Argumentos contra lo infinito del espacio._ Cada cuerpo tiene que
estar en un cierto lugar, porque cada cuerpo tiende a su lugar natural,
pero en lo infinito no hay un lugar determinado, no hay diferencia
entre abajo y arriba, entre la derecha e izquierda; _por consiguiente
el espacio es limitado_.

Debemos imaginarnos el mundo como algo _acabado, completo y perfecto_.
Mas _Aristóteles niega_, sobre todo, que las cantidades infinitas
pueden existir como algo “_acabado_”, porque “_lo infinito no existe,
sino se forma_”; entonces, un espacio infinito no puede subsistir en el
mundo.

Todo el espacio está limitado, según Aristóteles, por la esfera
celeste, porque en su creación la divinidad consumió toda la materia
existente. Más allá de la esfera celeste, cuyo centro es nuestra
tierra, no hay, entonces, materia, por consiguiente allá no hay
espacios y mucho menos espacios vacíos, _lo que sería un doble
disparate_.

33. Cerrando la discusión sobre el espacio quiero, todavía, mencionar
que _Aristóteles_ trata de demostrar que nuestro espacio no puede tener
_más que tres dimensiones_. Lo hace refiriéndose a la costumbre de
decir “ambos” cuando hay dos, y que cuando hay tres se habla ya del
“todo”, porque no hay una palabra especial.

34. Al concepto _tiempo_ lo somete _Aristóteles_ a un tratamiento
parecido al del espacio. En la “_Física_” leemos lo siguiente: “_El
tiempo es una cantidad continua, él es el número_ (medida) _del
movimiento con relación a lo precedente y lo sucesivo_”.

Debo llamar la atención de que en esta definición la palabra
“_movimiento_” se refiere no solo _a los fenómenos físicos_ sino
también _a los psíquicos_, pues _Aristóteles_ dice una vez: “_Si
bien al reinar la obscuridad y calma nosotros no percibimos ninguna
impresión del cuerpo, tenemos, sin embargo, en seguida la sensación
del tiempo, cuando se produce en nuestra alma algún movimiento_”
(conmoción). Por esta razón _Gomperz_ pone, en vez de la palabra
“_movimiento_” (kinesis), “suceso”.

_El tiempo es pues, la medida_ (el número) _del movimiento_. La unidad
de este número (medida) constituye el concepto de “_ahora_”; por _el
movimiento_ de dicho concepto “ahora” _nace el tiempo_.

_Aristóteles no identifica_ el tiempo con el movimiento, como sucede en
las obras de _Platón_; _pero el concepto “tiempo” está ligado al número
y al movimiento_. _Donde no hay cuerpos no hay tiempo._

Siendo el movimiento del universo, según _Aristóteles_, sin principio
ni fin, sigue ya forzosamente de la definición que _el tiempo es
infinito e ilimitado_.

En una ocasión se pregunta _Aristóteles_, si el tiempo podría
substituir aunque no existiera el alma. Su contestación es: _el tiempo
no puede subsistir sin el alma_, como _el número no puede existir sin
la persona que cuenta_.

Debíamos, entonces, admitir que _Aristóteles_ niega la existencia de un
tiempo absoluto. Y sin embargo, introduce al lado del tiempo infinito,
en el cual se mueve lo mudable, el concepto “_eternidad_” (“_aión_”),
que es la esencia sin tiempo de lo invariable, y así Dios no está en
el tiempo, sino en la eternidad. _Todos los fenómenos tienen lugar en
el espacio y tiempo, únicamente Dios no está ni en el tiempo ni en el
espacio_.

35. En las “_categorías_” _Aristóteles_ analiza también los conceptos
_prioridad y simultaneidad_. Por razones especiales citaré lo que
afirma de la simultaneidad: “_Se dice, en general y en el sentido más
especial de la palabra, que dos cosas son simultáneas, cuando su
existencia tiene lugar al mismo tiempo. Ni la una es anterior, ni la
otra posterior; se dice también que existen a la vez en el tiempo_”.

“En _general se llaman simultáneas las cosas cuya existencia se produce
a la vez en el tiempo_”.

Volveremos sobre este punto al tratar en el último capítulo el concepto
_simultaneidad_ en la teoría de la relatividad.

36. Tampoco _Aristóteles_ considera tiempo y espacio como _formas de la
intuición_; en su filosofía, tiempo y espacio aparecen un “_accidens_”
de los cuerpos. Según mi juicio el concepto aristotélico del espacio
significa _un paso atrás_ en _comparación con Platón_.



LÓGICA INDUCTIVA

POR LEOPOLDO MAUPAS

Profesor en la Universidad de Buenos Aires

    1.--El problema de la lógica inductiva.--2. Fundamento de
    la inducción.--3. La causa como principio crítico.--4. El
    principio de causalidad como postulado de la inferencia
    causal.--5. La constatación de la coincidencia solitaria, como
    base experimental de esa inferencia.--6. Leyes empíricas.--7.
    Fundamento y determinación de las leyes empíricas.--8.
    Aplicaciones de las leyes empíricas.--9. Conclusión.


I.--EL PROBLEMA DE LA LÓGICA INDUCTIVA

El conocimiento crítico empieza, en la evolución del espíritu humano,
cuando la verdad se refiere no a la creencia sino a los fundamentos de
la creencia.

La experiencia que sirve de fundamento a la ciencia siempre es
indirecta, y se realiza por medio del razonamiento crítico. La
experiencia directa no es fundamento científico. La comprobación
de la dirección rectilínea de la propagación de la luz, no sería
posible referirla a la experiencia directa. Se prueba indirectamente
en la forma de la sombra de un cuerpo opaco. La forma de la sombra
verifica que la dirección de la luz es rectilínea, porque comprueba
indirectamente la conclusión del razonamiento geométrico que determina
cuál sería la forma de la sombra si los rayos luminosos se propagaran
en dirección rectilínea. La realización de la previsión en la
experiencia, prueba así indirectamente, la dirección de la luz.

La experiencia que funda al conocimiento científico es así indirecta, y
el razonamiento crítico es el instrumento que la hace posible.

El valor de la crítica científica, supone, pues, una experiencia
justa y un razonamiento legítimo. La conclusión será falsa, aunque el
razonamiento sea legítimo, si la experiencia no es justa. Si veo mal la
sombra que produce el cuerpo opaco y no concuerda con la que debería
producir de acuerdo con el razonamiento geométrico, la conclusión que
podría sacar con la dirección rectilínea de la luz sería falsa en razón
de la deficiencia de la experiencia. En cambio sería falsa en razón
de la ilegitimidad del razonamiento, si la sombra de la experiencia
no concuerda con la que debería producirse según el razonamiento
geométrico, por error de cálculo (aunque la observación de la sombra
sea justa).

Veamos en qué puede consistir la ilegitimidad del razonamiento.

Sabemos que el razonamiento crítico es una serie de sustituciones de
afirmaciones idénticas. Decimos que “la Democracia es la mejor forma
de gobierno”, porque entendemos que decir “mejor forma de gobierno”
es igual a decir “gobierno que responde al interés de la mayoría de
los ciudadanos” y que decir “gobierno que responde al interés de la
mayoría de los ciudadanos” es lo mismo que decir “gobierno que se
someta al contralor de la voluntad de la mayoría”; pero esto es lo
mismo que decir “Democracia”; por lo tanto, suprimiendo las identidades
intermedias concluímos que “la Democracia es la mejor forma de
gobierno”.

El razonamiento crítico es así una serie de sustituciones de
afirmaciones. Ahora bien; cada sustitución es evidente o no lo es. Si
no lo es, necesita demostración. En ese caso un nuevo razonamiento
tendrá que fundar las sustituciones, y así sucesivamente como lo
dijimos al hablar de los problemas de la crítica científica[20], hasta
llegar a la afirmación de sustituciones evidentes por sí mismas.

Pero, llegados a esos términos básicos del razonamiento, ¿cómo se
funda la legitimidad de la sustitución? También lo hemos dicho al
ocuparnos del mecanismo de la crítica. La sustitución se legitima en
la evidencia de la identidad de la sustitución. Sustituyo la forma de
la sombra que me daba el razonamiento geométrico por la sombra que mis
ojos ven en la experiencia realizada, porque hay identidad entre las
dos formas. Esa evidencia de la identidad de los términos sustituídos
es así el criterio único y último en que se funda la legitimidad de la
sustitución.

De manera, pues, que en definitiva, el fundamento de la sustitución
o exclusión de los términos en los razonamientos es la evidencia de
su identidad o de su contradicción. Ahora bien; la identidad o la
contradicción, constatada en la evidencia, no es susceptible de
verificación. La evidencia es el criterio último y único de la verdad.
No es rectificable. Si la evidencia se equivoca, no hay manera de
reparar la equivocación. Solamente la experiencia contradictoria o
mayores conocimientos pueden modificar nuestras primitivas evidencias.
Mientras esto no sucede, la conciencia sigue tranquila y exenta de
curiosidad, por la imposibilidad en que se encuentra de sospechar su
error. Pero, si llega a suceder, al comprobar la falsedad de muchas
sustituciones que parecieron evidentes, puede reconstruir el proceso
del error y determinar sus causas, y en consecuencia precaverse de
ellas. De la experiencia del error nació así la lógica.

El propósito de explicar las falsas sustituciones de términos en los
razonamientos, justifica pragmáticamente los estudios lógicos, y les da
sentido en la teoría de la ciencia.

Ahora bien; en sus reflexiones acerca de las causas del error en
los razonamientos, el espíritu humano ha encontrado que la falsa
sustitución de los términos puede provenir o bien de deficiencias
de lenguaje, o de mala interpretación de la experiencia en las
generalizaciones, o de deficiencias en las observaciones, y también de
prejuicios individuales o colectivos. Ejemplos de lo primero son todos
los casos en que se violan las reglas de la lógica formal. Si de la
consideración de que el rey de Sajonia era Francisco Augusto III y de
que los ingleses son sajones deduzco que Federico Augusto III era rey
de Inglaterra, el error tiene por causa una inadvertencia de lenguaje,
por dar a la palabra sajón, cuando hablo de Federico Augusto como
rey de los sajones, una extensión que no tiene cuando califico a los
ingleses como sajones. La lógica formal nos previene contra esa causa
de error indicándonos que en los silogismos el término medio se debe
tomar por lo menos una vez en toda su extensión. Ahora bien; en los
ejemplos propuestos, la palabra sajón en ninguno de los dos casos se
refiere a todos los sajones.

Ejemplos de falsa sustitución por deficiencia en la interpretación de
la experiencia, son todos aquellos casos en que se violan las reglas de
la lógica inductiva. Si he comprobado que el vapor de agua en Buenos
Aires disuelve una sustancia, que se podría encontrar en abundancia en
una montaña de 3.000 metros, y resuelvo establecer una industria para
su explotación; si esa sustancia para disolverse necesita vapor de agua
a la temperatura que tiene en Buenos Aires, mi determinación se fundará
en un falso razonamiento, por falsa generalización respecto a la
temperatura a que el agua hierve. La temperatura del vapor de agua no
llegaría a disolver la sustancia, porque a esa altura el agua hierve
antes de alcanzar la temperatura requerida.

Ejemplos de deficiencias en la observación o de prejuicios individuales
o colectivos, serían todos aquellos que nos hacen ver en las cosas
caracteres que no tienen y las falsas nociones que nos hacen establecer
entre esas cosas y otras, relaciones de identidad que no existen. El
que se asusta de los gestos que hace el que se despereza ha observado
mal el acto. Los exorcismos con que en la edad media se pretendía
curar a los endemoniados no eran sino consecuencias de los prejuicios
de la época. Estas causas de error son inevitables. Bacon indica las
precauciones que conviene tomar para evitar las malas observaciones.
Estas indicaciones son de carácter puramente psicológico; pero es
interesante conocerlas, y hemos de ocuparnos de ellas al hablar de los
principios de la investigación. Por lo que se refiere a los prejuicios
individuales y colectivos, representan el estado de la ciencia
individual y colectiva. Contra ellos nada se puede. Sólo más ciencia
puede evitarlos.

En el último artículo que he publicado en esta revista he indicado
como procede la lógica formal para evitar los malos razonamientos
que tienen su origen en la indebida extensión de los términos en el
lenguaje. Y he indicado también cómo ese problema desaparece, y en
consecuencia la necesidad de la lógica formal, si se da a los términos
valor pragmático. Procediendo en términos definidos pragmáticamente, el
peligro de razonar mal por deficiencia de lenguaje desaparece.

Con esto queda claramente delimitada la función de la lógica
inductiva en la solución de los problemas que plantea la crítica del
conocimiento. Su función es verificar el valor de las generalizaciones.
Un razonamiento puede ser justo desde el punto de vista formal; puede
no tener defectos de observación; los prejuicios podrían no tener
importancia para la conclusión, y sin embargo ser ésta falsa en razón
de una mala generalización. Y para esclarecer estas afirmaciones, voy
a recurrir a un ejemplo que he empleado a menudo: la inferencia que se
saca de la muerte de una cobaya respecto al efecto que produciría en
el hombre la inyección de la sustancia que le produjo la muerte. La
inferencia se funda en la identidad de constitución que se establece
entre el hombre y el cochinillo de la India, que afirmamos en razón de
la identidad de los caracteres de su constitución. La determinación
de la identidad de los caracteres podría ser justa, y con todo la
inferencia podría ser ilegítima en razón de la falsa generalización.
Puede ser cierto que el conejillo murió a consecuencia de la inyección
de la sustancia venenosa. Puede ser también que sea legítima la
identidad de constitución que se ha observado entre el hombre y el
conejo. Pero, la generalización podría ser ilegítima si, por ejemplo,
el conejo no murió en razón de los caracteres de su organización, en
lo que son idénticos con los del hombre, y que de haber sido por esa
causa legitimarían la generalización. Si por el contrario la inyección
hubiese muerto al conejo porque momentos antes había comido una yerba
determinada, el hecho no solamente no prueba que los hombres morirían
con igual inyección, sino que tampoco probaría que los demás conejos
hubiesen de morir a consecuencia de ella. La única generalización que
se podría hacer sería que los conejos que han comido tal sustancia
morirán si se les inyecta el veneno en cuestión. Pero, ¿en qué consiste
la falsa generalización? ¿Cuáles son las condiciones que tiene que
reunir una generalización justa?

Y esa pregunta nos acerca a la delimitación de la función propia de
la lógica inductiva. Y digo nos acerca, porque la lógica inductiva no
tiene por función determinar las condiciones de toda generalización,
sino de aquellas generalizaciones que se fundan en la inducción.

Efectivamente, hay dos clases de generalizaciones: las que se fundan
en la simple enumeración de los caracteres constatados en los casos
particulares, como cuando se ve que cada una de las fichas que se
encuentran encerradas en una caja son de color rojo, y generalizando
se afirma que las fichas de esa caja son rojas. La otra clase de
generalización es la que se funda sólo en la observación de uno o más
casos particulares, como cuando afirmo que los hombres mueren si un
balazo les atraviesa el corazón, fundado en que Juan murió por esa
causa.

Las generalizaciones que no son más que la expresión de una totalidad,
se fundan en la enumeración de todos los casos. Esta clase de
generalización, salvo deficiencias en la observación, no puede tener
más causas de error que la enumeración incompleta. Si he observado bien
y he contado todos los casos, la generalización no puede ser falsa[21].

Así es cómo la teoría de la inducción tiene por función resolver
uno de los problemas que plantea la crítica de los conocimientos,
y que consiste en determinar las condiciones que debe reunir una
generalización fundada en la inducción.

La importancia de la lógica inductiva es así enorme. Constituye la
teoría fundamental de casi toda la ciencia de lo real. Pero grandes
dominios de la ciencia se construyen fuera de su fundamento, y
para acabar de determinar los límites de sus funciones, veamos
especialmente cuáles son los que no se fundan en ella.

La lógica inductiva sólo se refiere a la verificación de las ideas
reales generales que se fundan en la inducción. Ni las ideas irreales,
ni las ideas concretas, ni las ideas generales que se fundan en
la simple enumeración, son susceptibles de verificación por el
razonamiento inductivo. Tampoco se fundan en la inducción las leyes
derivadas de otras más generales.

Efectivamente, las ideas matemáticas, o son principios racionales,
axiomas, definiciones y postulados, es decir, verdades intuitivas
inverificables y presupuestos que se afirman sin demostración, o son
ideas construídas sobre esos elementos. Ahora bien; los elementos de
esas construcciones, los principios racionales, son inverificables,
y el valor de las ideas derivadas se determina en la coexistencia
armónica del sistema. El origen psicológico de las ideas matemáticas
podrá ser experimental; pero su crítica científica nada tiene que ver
con ese origen experimental. Por eso es que la teoría de la inducción,
que trata de determinar las condiciones que debe reunir la experiencia
para permitir la generalización, nada tiene que ver con la verificación
de las ideas irreales.

Tampoco tiene función que llenar la lógica inductiva en las ciencias
aplicadas. Estas operan con ideas concretas y su verificación no
es objeto de la lógica inductiva. Como lo dijimos en su lugar, las
ideas concretas se verifican en el conocimiento de su ley, es decir,
de la idea general de la que son un caso particular. Se verifican
deductivamente. La simple constatación de un hecho particular no nos
saca del conocimiento vulgar: conocer científicamente un hecho concreto
es explicarlo, y explicarlo para la ciencia en la actualidad, lo mismo
que para Aristóteles, es determinar su ley. Cuando se le puede deducir
de ésta, el hecho queda explicado.

Tampoco son de aplicación las reglas de la lógica inductiva a
la verificación de las ideas generales que se fundan por simple
enumeración, con lo que vienen a quedar excluídas de su consideración
las leyes que S. Mill llama leyes de coexistencia no dependientes de
causalidad, es decir, la determinación de los caracteres primitivos de
los géneros.

Y, por fin, tampoco son de aplicación las reglas de la lógica inductiva
a las ideas generales, cuando éstas se deducen de otras ideas más
generales.

La lógica inductiva no es, pues, la teoría de toda la ciencia. Ni
siquiera de toda la ciencia de lo real. Gran parte de ésta escapa a su
fundamento; pero su dominio es tan grande y tan importante, que casi se
podría decir que es la teoría de la ciencia experimental.

Y con esto dejamos determinada la función de la lógica inductiva: es la
teoría de la verificación de las ideas generales que se fundan en la
inducción.


II.--FUNDAMENTOS DE LA INDUCCIÓN

Pasemos a considerar cómo la lógica inductiva trata de resolver el
problema que se le propone.

La inducción consiste en verificar la afirmación general en uno o en
varios casos particulares. Sabemos, por habernos ocupado de ello al
estudiar la crítica del conocimiento, qué es lo general. Lo general es
lo común a varios. Y por lo tanto la fuente para la verificación de las
ideas generales tiene que ser los casos individuales que comprende. El
problema que plantea la verificación de las ideas generales es saber
cómo se puede verificar en lo particular la verdad que se afirma en
general.

Ahora bien; si lo general es lo común a varios, sumando en los casos
particulares los caracteres comunes se podrá verificar la verdad de la
afirmación general: Si individualmente se puede constatar que cada uno
de los doce apóstoles usaba barba, la afirmación general de que los
apóstoles eran barbudos queda verificada.

Pero no siempre es posible hacer el recuento de los casos particulares
que constituyen un género. Por el contrario, en la mayoría de los casos
no es posible la enumeración. No es posible contar todos los ejemplares
del género hombre para verificar la afirmación de que el hombre es
mortal. Y aunque se pudieran contar los que existen actualmente, no
podríamos comprender en la enumeración a los hombres que fueron y a los
que serán. Y sin embargo generalizamos también para ellos. Fundándonos
en la afirmación de unos cuantos casos, afirmamos que lo que en ellos
hemos constatado es la expresión de una ley general.

La generalización por inducción se distingue de la generalización por
simple enumeración, en que ésta es el resultado del recuento de todos
los casos particulares comprendidos en la afirmación general; mientras
que la inducción se funda sólo en algunos casos y a veces en uno solo.

Pero, ¿cómo es posible que lo constatado en uno o en varios casos se
pueda afirmar de todos los individuos comprendidos en el género? Y
sobre todo ¿cómo distinguir los casos particulares que expresan lo
general de aquellos que no lo hacen? Porque no siempre lo particular es
prueba de lo general.

Si un balazo atraviesa el corazón de Juan y muere, este hecho
particular es una prueba de la afirmación general de que los hombres
mueren si una bala les atraviesa el corazón. Pero, si bañándose
Juan muere ahogado en el río, este hecho particular no probaría la
afirmación general de que los hombres que se bañan en el río mueren
ahogados. ¿Por qué en un caso el hecho particular verifica la verdad de
la idea general y en el otro no? ¿Cuál es el fundamento de la inducción?

La respuesta es fácil. En el primer caso afirmamos que la muerte de
Juan prueba que en el mismo caso los demás hombres morirían porque la
herida que sufrió en el corazón es la _causa_ de la muerte. En cambio,
en el segundo caso, no podemos decir que los hombres que se bañan en el
río han de morir ahogados, porque la _causa_ de la muerte de Juan no es
el hecho de que se haya bañado en el río sino la de que no sabía nadar
y no hubo nadie que pudiera auxiliarlo. En cambio el conocimiento de
esta causa nos permitiría generalizar y afirmar que los que no saben
nadar y no tienen quiénes los auxilien, en las mismas circunstancias,
morirán ahogados.

Así es como el conocimiento de la causa del hecho particular es lo
que nos permite generalizar. Y debemos decir, por lo tanto, que el
fundamento de la generalización es la determinación de la causa de un
hecho.

Pero con esto sólo hacemos una constatación, y es la de que la
inducción la fundamos en el conocimiento de la causa de los hechos
particulares. Pero una cosa es lo que hacemos y otra cosa es la
legitimidad de lo que hacemos. Inducimos fundándonos en el conocimiento
de la causa de los hechos; pero, ¿con qué derecho lo hacemos?

He ahí el problema de la legitimidad de la inducción.

Este problema es insoluble para el dogmatismo. A pesar de las pruebas
de ingenio que se han dado en este sentido, de nada han valido las
proezas realizadas para fundar la legitimidad de la inducción. Y sin
embargo nada más fácil de legitimar cuando se tiene en cuenta el
sentido pragmático de los términos en el razonamiento. Se legitima
por la identidad de los términos sustituídos cuando se sustituye a lo
particular lo general. Veamos cómo puede ser esto.

Cuando afirmo en general lo que he constatado como causa del hecho
particular, no digo nada nuevo, digo lo mismo de lo mismo. En la
comprobación de la muerte de Juan a causa de la herida sufrida en el
corazón, hago más y hago menos que comprobar la causa de la muerte
de Juan. Hago menos en este sentido, de que no constato la causa
de la muerte de Juan en toda la complejidad del concepto dogmático
de Juan. La muerte del Juan cuya causa constato, no es la del Juan
padre de familia, o del Juan persona honesta, o del Juan versado en
conocimientos astronómicos, sino simplemente del Juan cuyo sistema
circulatorio depende de la integridad de su corazón. El Juan de cuya
muerte constato la causa es el Juan organismo vital con un sistema
circulatorio determinado. Y en la constatación de la muerte de Juan
hago más que constatar la causa de su muerte, porque afirmo la causa
de la destrucción de los organismos construídos sobre el tipo del que
él presenta. No es la causa de la destrucción del organismo de Juan
en cuanto es de Juan, sino la destrucción de un organismo de un tipo
determinado. Ahora bien; cuando generalizamos procedemos de la misma
manera al referirnos a los demás hombres. Al decir que los demás
hombres morirán si se les hiere en el corazón, no pensamos ni en la
extensión del concepto hombre, ni en todas sus diversas características
que determinan su comprensión. No es al hombre en cuanto racional que
se generaliza, no es al hombre en cuanto animal que prepara su comida,
que pensamos, sino al hombre organismo de tal tipo. Ahora bien; como
en la comprobación de la muerte de Juan sólo hemos visto al organismo
de tal tipo, al afirmar en general no hacemos sino decir lo que hemos
constatado en particular, es decir, que el organismo de tal tipo muere
si se le hiere en el corazón.

Así es como el principio de identidad es el fundamento que legitima
la inducción, de la misma manera que legitima las otras formas del
razonamiento. Por eso hemos dicho, al ocuparnos del razonamiento
crítico, que éste es único en sus tres formas: matemática, inductiva y
deductiva. Razonar es sustituir términos idénticos. En el razonamiento
matemático la identidad se manifiesta en la igualdad de los términos;
en el razonamiento deductivo aparece oculta en la subordinación de la
especie al género; en el razonamiento inductivo hay que desentrañarla
en la determinación de la causa.

La determinación de la causa justifica, pues, la inducción en cuanto
permite fundarla en el principio de identidad.

La determinación de la causa es así fundamental para legitimar la
inducción. Y la legitimidad de la inducción supone en consecuencia la
posibilidad de determinar la causa. Si no se pudiesen determinar las
causas de las cosas, la inducción no sería posible, y no podríamos
aceptar las generalizaciones fundadas en ella, es decir, casi todas las
leyes de la naturaleza.

De ahí la importancia que tiene para la ciencia la discusión acerca de
la existencia de las causas y de la posibilidad de determinarla.


III.--LA CAUSA COMO PRINCIPIO CRÍTICO

Causa, en lenguaje corriente, es una cosa o un hecho cuya presencia o
ausencia impone la presencia o ausencia de otra cosa o hecho que se
llama efecto. La idea de causa implica la de acción o eficiencia de la
causa sobre el efecto. Pero la noción de causa no es sensible. Vemos
sucesiones; mas no la acción del antecedente sobre el consecuente.
La noción de causa tampoco es inteligible. Tiene contradicciones
intrínsecas que no es posible resolver. La causa es un concepto
relativo. No se concibe la causa sin efecto. Pero si es relativa le
está en cierta manera subordinada, y en este caso ¿cómo hablar de
dependencia del efecto a la causa? Por otra parte la causa no se puede
concebir ni como anterior ni como coetánea del efecto. Si desapareciera
antes de producirse el efecto, no existiría la acción de la causa sobre
el efecto; pero, si fueran coetáneos, ¿cómo determinar la causa?;
¿quién sería el que acciona a quién?

La afirmación del concepto de causa, como concepto real, ofrece
obstáculos al parecer insuperables, y las ciencias, a fin de no cargar
con concepto tan difícil de justificar, tienden a eliminar su uso y
a sustituirlo por otros que, desempeñando las mismas funciones, no
presenten tan graves dificultades. Y así es como renunciando a la
investigación de las causas primeras de las cosas, ven un sustitutivo
en los conceptos de función y energía.[22]

La noción de causa como concepto real, es difícil de defender, y si
la lógica inductiva tuviese que esperar que terminaran las disputas a
que ha dado lugar su aceptación, para poder constituirse, deberíamos
decir con S. Mill que sería de desesperar el poder adoptar una buena
teoría de la inducción. Salvo que dijéramos, también con Mill, que
afortunadamente la ciencia de la investigación de la Verdad por la
vía de la Prueba, es independiente de las controversias que perturban
la ciencia del espíritu humano, y que no es necesario proseguir el
análisis de los fenómenos intelectuales hasta ese último límite que
sólo puede contentar a un metafísico.

Pero no creo que sea necesario cortar la dificultad como lo hace Mill
a la manera de Alejandro el nudo gordiano. La noción de causa como
concepto real ofrece evidentemente dificultades insuperables. Pero creo
que procediendo pragmáticamente se puede orillar la dificultad en la
teoría de la inducción. Y para esto tenemos que hacer una distinción
análoga a la que hicimos al considerar los principios generales de
todo razonamiento, los de identidad y de contradicción. En éstos
distinguimos el principio crítico del concepto real. Y en la causa
tenemos que hacer igual distinción. Una cosa es el concepto metafísico
de la causa realizada en los objetos y otra cosa es el principio
crítico fundamento de la inducción.

La causa como principio crítico es la necesidad subjetiva de afirmar
la relación de causalidad entre dos fenómenos, necesidad que se funda
en el postulado del determinismo universal por una parte y en la
imposibilidad por la otra de referir la producción del fenómeno a otro
antecedente que no sea el que calificamos de causa. Como principio
crítico sólo tiene valor subjetivo, a diferencia del concepto real que
afirma la existencia de la correlación. Como principio crítico tiene
sólo un valor instrumental. Y este valor dependerá de su eficacia.
La afirmación de la causa tiene el mismo valor instrumental que la
afirmación de la identidad y de la contradicción en los razonamientos.
Estos, como conceptos reales, ofrecen los mismos inconvenientes. Lo
sensible no ofrece ejemplos ni de identidades ni de contradicciones,
e inteligiblemente son también inconcebibles; pero tienen valor
instrumental, y en este sentido son eficaces, y por eso los afirmamos.
Esto que para nosotros los escépticos no presenta dificultades,
naturalmente no puede ser admitido por un dogmático.

La noción de causa, como la de identidad y de contradicción, vale como
principio crítico; pero a diferencia de aquellos principios que se
afirman intuitivamente, la noción de causa supone una inferencia. La
necesidad en que se encuentra el espíritu humano de afirmar la relación
causal entre dos fenómenos, proviene de la imposibilidad de explicar
en otra forma la sucesión o la coexistencia entre ellos. La relación
causal no está dada en la observación, a diferencia de la identidad y
de la contradicción. La contradicción de que un negro sea blanco es
intuitiva, como lo es la identidad del color de las diversas partes de
una pared blanca. Pero la constatación de una relación causal nunca
puede resultar de la intuición sensible. La relación causal no es
perceptible. Es imposible ver la acción de una cosa sobre la otra: “por
ejemplo, la acción de una billa sobre la otra; la acción de la luna
sobre el mar. Hume lo ha demostrado, y nadie lo ha contradicho. Así,
pues, la observación no puede constatar la causa; aunque tuviéramos los
ojos de Argos o microscopios que aumentaran un millón de veces, no se
vería a este respecto más de lo que vemos” (Rabier).

La afirmación causal es el producto de una inferencia. Si dos hechos
se suceden de modo que la aparición de uno determina la del otro y
no viceversa, y si entre ellos no se interponen otros hechos u otras
cosas, sentimos la necesidad de afirmar la relación causal, la que se
funda así: 1.ᵒ en la existencia de un presupuesto: el de que los hechos
no se producen sin causa; y 2.ᵒ en una constatación: la de que no
existen otros antecedentes que el que se afirma como causa.

La noción de causa como principio crítico sólo afirma un estado
subjetivo, lo mismo que el principio de identidad y de contradicción.
Pero, a diferencia, de éstos, que se fundan intuitivamente, la
noción de causa supone una inferencia que la afirme, fundada en un
postulado invariable que es el principio de causalidad o determinismo
universal, y en una constatación de hecho, la de la ausencia de otros
antecedentes, es decir la coincidencia solitaria de la causa con el
efecto. El valor de la afirmación de una causa depende, por lo tanto,
del valor del postulado y de la legitimidad de la constatación.
Veamos, pues, el valor del principio de la casualidad primero, y luego
determinemos la manera de proceder para establecer la coincidencia
solitaria entre los dos fenómenos.


IV.--EL PRINCIPIO DE CAUSALIDAD COMO POSTULADO DE LA INFERENCIA CAUSAL

El determinismo universal es un postulado crítico, un principio del
razonamiento real, como el principio de identidad y el de contradicción
lo son de todo razonamiento, tanto real como ideal. La ciencia de lo
real no sería posible si se negara el principio de causalidad, porque
este es el fundamento de la afirmación de la causa, y la determinación
de la causa es el fundamento de la inducción. Renunciar a él sería
renunciar a la crítica científica en materia de conocimientos reales y
afirmar el derecho a la arbitrariedad.

Esa es su función lógica. Tiene, además, una función psicológica:
es uno de los fundamentos y el que da direcciones principales a la
curiosidad humana. La creencia de que todas las cosas tienen una
causa es lo que impulsa el pensamiento del hombre. A ella obedece
inconscientemente el salvaje, cuando supone un genio en cada objeto
para explicar sus cambios y movimientos. El conocimiento de ciertas
fuerzas naturales y la reducción consiguiente de los fenómenos, limita
la intervención de los espíritus y nace el politeísmo. La concepción
de la posibilidad de un principio universal de la naturaleza, evita la
necesidad de la diversidad de dioses para su explicación y la noción
de Dios se conserva como la de un primer motor, en la argumentación
de los teístas contra los sabios materialistas que aun no han podido
determinar la causa primera que podría suplirlo. Y lo mismo que en
esta dirección general de la ciencia, en las cuestiones particulares
siempre es el sentimiento del determinismo, de la creencia en la
existencia de una causa, lo que impulsa las investigaciones.

La función de este principio es así enorme en las ciencias. Para
nosotros los escépticos es un postulado, como lo son los principios
de identidad y de contradicción. Y la legitimidad de su afirmación
resulta de su valor instrumental. La ciencia lo exige, y la utilidad de
la ciencia para el hombre es lo que en definitiva le da razón de ser.
La utilidad de la ciencia justifica así el principio en que ella se
funda y determina a su vez los límites de su legitimidad. La ciencia
ha demostrado su utilidad en la explicación de nuestra experiencia,
y dentro de este límite, en consecuencia, el principio de causalidad
se justifica; pero, si pretendiera franquearlo, nuestro escepticismo
tendría que detenerlo. Su legitimación en el campo de la metafísica
requeriría la previa determinación de la utilidad de las soluciones que
hubiese permitido alcanzar.

La aceptación del carácter axiomático o de presupuesto con que
podemos afirmarlo los escépticos, no es compatible con el punto de
vista dogmático, porque ese principio no tiene los caracteres de las
verdades axiomáticas, ni siquiera la evidencia requerida para poder
afirmarlo como postulado. De no probarse la verdad del principio,
habría que afirmar su carácter hipotético; pero esto sería dar razón al
escepticismo, ya que ese carácter hipotético se extendería a toda la
ciencia de lo real, que no podría tener más valor que el que tiene su
fundamento. Por eso es que los dogmáticos se han esforzado en fundar
la legitimidad del principio de causalidad universal; pero sólo han
conseguido dar explicaciones psicológicas. Los empiristas pretenden
que el fundamento del principio está en la experiencia. Pero es fácil
demostrar que la experiencia nunca nos ha puesto en presencia de la
_necesidad_ que implica el principio de causalidad. Hume lo ha probado.
La experiencia sólo nos presenta sucesiones; pero no da cuenta de la
necesidad de la sucesión. Empíricamente, sólo se puede explicar el
sentimiento de espera del efecto, por la costumbre de ver unidos los
dos fenómenos. Pero esa costumbre, como lo ha demostrado Kant, no puede
justificar la seguridad de la espera. De que siempre un fenómeno haya
seguido a otro, no se puede concluir que siempre lo tenga que seguir.
Por eso Kant pretende justificar el principio en otra forma. También
buscan los empiristas un fundamento genético; pero no en la materia
de la experiencia sino en la constitución del espíritu humano. El
principio de causalidad es un principio a priori del entendimiento.
Forma parte de la constitución mental, y en consecuencia no se
puede hacer de menos que ver las cosas a través de esta categoría
fundamental. Pero la explicación de Kant no sólo no justifica el
valor objetivo del principio sino que para no postular el principio
de causalidad tiene que postular la constitución del espíritu humano.
Es querer desalojar una hipótesis con otra hipótesis, y sustituir a
una dificultad otra mayor. Como lo dice Rabier, en la exposición clara
e interesante que hace de esta cuestión, sólo el idealismo absoluto
podría dar certeza dogmática a este principio; pero ¿en dónde estarían
las pruebas del idealismo absoluto?

Las dificultades con que tropieza el dogmatismo para querer fundar el
principio de causalidad, no lo son para el escéptico. Este se atiene
a sus propias fuerzas y no pretende sobrepasarse. Sabe que la certeza
está fuera de nuestro alcance y modestamente se satisface con aquello
a que nuestras fuerzas llegan. La verdad dogmática nos está vedada,
y se resigna a conseguir conocimientos útiles para la dirección de
nuestra conducta. El principio de causalidad ha hecho sus armas y la
utilidad de su aplicación en la investigación científica es fundamento
suficiente para que le reconozcamos en su carácter de principio
director de la ciencia. Tiene toda la verdad que nuestro escepticismo
reconoce: su utilidad repetidamente constatada y jamás desmentida en la
dirección de la crítica y de la investigación científica.

Pragmáticamente el principio de causalidad se legitima por su valor
instrumental, y se justifica en definitiva por el valor de la ciencia
para la dirección de la conducta. Tal es el fundamento de la base
invariable en que se funda la determinación de la causa. Pasemos a
considerar la manera como se determina la segunda base de la inferencia
de la causa: la determinación de la coincidencia solitaria entre el
antecedente y el consecuente.


V.--LA CONSTATACIÓN DE LA COINCIDENCIA SOLITARIA COMO BASE EXPERIMENTAL
DE LA INFERENCIA CAUSAL

La segunda condición para poder inferir una relación de causalidad en
la sucesión o coincidencia de dos fenómenos es la imposibilidad de
que el efecto tenga otro antecedente. Pero, ¿cómo se puede fundar la
coincidencia solitaria entre los dos fenómenos?

Si los fenómenos, dice Rabier, se presentaran en una sucesión lineal,
siguiendo cada secuente a un solo antecedente, la relación de
causalidad resultaría de esa coincidencia solitaria. Pero es el caso
de que en la experiencia la sucesión de los fenómenos nunca se nos
aparece así. Suelen aparecer antecedentes y consecuentes confundidos en
masas conjuntas, sin que podamos decir en qué relación individual se
encuentran unos con otros.

A pesar de esto, dice también Rabier, sería con todo posible realizar
experimentalmente la coincidencia solitaria, si siendo todopoderosos
como el Creador, nos fuese posible realizar en algún rincón del
universo una especie de vacío absoluto impenetrable a toda influencia
de las partes adjuntas a los fenómenos: podríamos excluir todos los
antecedentes a los que no siguiera la aparición del fenómeno; pues, en
ese caso habríamos realizado la coincidencia solitaria.

Pero esto tampoco es posible realizarlo. La realización experimental
de la coincidencia solitaria es imposible. No es posible aislar todos
los antecedentes y todos los consecuentes. Hay antecedentes variables
que es posible excluir; pero, hay antecedentes invariables que no es
posible modificar, ni excluir. Y entre estos antecedentes invariables
algunos son causas permanentes, otros son simplemente efectos de la
coligación de causas, otros son efectos de la misma causa que produjo
al consecuente, y por último entre esos antecedentes suele haber causas
concurrentes del consecuente.

No es mi propósito hacer una exposición de la lógica inductiva que
no tendría razón de ser, ya que nada tengo que agregar y muy poco
que rectificar a lo que S. Mill ha expuesto en su tratado de Lógica.
No tengo más propósito que hacer resaltar su sentido, que no siempre
aparece suficientemente definido, y sobre todo indicar la posición
que ocupa en la teoría de la ciencia que he expuesto en artículos
anteriores de esta Revista. Dado mi propósito es hasta conveniente que
no me detenga en los detalles y de que pase superficialmente una mirada
de conjunto sobre el asunto que voy considerando. Por eso en este lugar
me refiero al interesante capítulo de S. Mill sobre la determinación
de las causas. Aquí me reduzco a afirmar la imposibilidad de realizar
experimentalmente la coincidencia solitaria.

No es posible realizar experimentalmente la coincidencia solitaria.
¿Quiere esto decir que la determinación de las causas de las cosas
no sea posible? Esa sería la solución a que deberíamos llegar si
el espíritu humano no hubiera encontrado el medio de salvar esa
imposibilidad. Ha sido gloria de Bacon encontrarlo: “Cierto es que no
es posible ni separar ni unir por el fuego de la naturaleza; pero, sí
lo es con la mente que es como fuego divino”. No es posible excluir los
antecedentes experimentalmente; pero, la fuerza de la lógica lo puede
realizar. La coincidencia solitaria se determina idealmente.

¿Pero, como se ha podido alcanzar ese resultado? ¿Cómo es posible
realizar idealmente lo que no se puede hacer experimentalmente? Ese
resultado se alcanza por medio de los llamados métodos experimentales
para determinar la causa, que concebidos por Bacon, han sido
definitivamente determinados por S. Mill.

Estos métodos son cinco: el de concordancia, el de diferencia, el
método combinado de concordancia y diferencia, el de resíduo y el de
variaciones concomitantes.

La aplicación de estos métodos supone la previa determinación de los
antecedentes y de los secuentes. Se basa en las tablas de presencia y
de ausencia. Cuando se trata de determinar la causa de un fenómeno,
hay que empezar por observar las condiciones de su producción y anotar
cuidadosamente todos los antecedentes. Y de la misma manera respecto
de los diversos antecedentes, observar y anotar los consecuentes. Esas
observaciones permiten determinar los casos de presencia y de ausencia
de los diversos antecedentes y de los diversos consecuentes.

Hechas esas tablas es posible ver en ellas por la aplicación de los
métodos experimentales la coincidencia solitaria. Lo que no se podía
realizar experimentalmente, es decir, la separación de los antecedentes
y secuentes, se puede conseguir idealmente, eliminando los antecedentes
que en las tablas de presencia, muestran que pueden estar ausentes o no
variar, cuando el fenómeno secuente existe o varía, o bien, que pueden
haber estado presentes o variado cuando el fenómeno no se ha producido
o no ha variado. En cualquiera de esos casos se vé evidentemente la
falta de coincidencia entre los fenómenos, y en consecuencia, quedan
eliminados.

Ahora bien; si en ese proceso eliminatorio resulta un antecedente
que no se puede eliminar, que siempre ha estado presente cuando el
fenómeno se ha producido y que ha estado ausente en los casos en que
el secuente no ha existido, se dice que la concordancia de ausencia y
de presencia demuestra que ese es el único antecedente que puede ser
causa del fenómeno secuente. Taine trae el siguiente ejemplo: Se trata
de determinar la causa del sonido. Se observa los casos en que un oído
normal percibe sonidos. El sonido puede producirse con una campana,
con una cuerda que se hace vibrar, con un tambor que se golpea, con un
clarín en el que se sopla, con la boca y los pulmones en la voz humana.
En esas diversas observaciones lo único que permanece constante es
la vibración de un cuerpo sonoro que se propaga a través de un medio
hasta llegar al aparato auditivo. Esta vibración transmitida es el
antecedente buscado.

Por el método de diferencia se llega al mismo resultado procediendo
no, como en el método anterior, por eliminación sucesiva de los
antecedentes no causales, sino por eliminación conjunta de todos los
antecedentes no causales, de la siguiente manera: Se observa que todos
los antecedentes que existían antes de producirse el fenómeno siguen
subsistiendo en el momento de su producción, excepción hecha de uno
que se ha agregado o que se ha quitado. Si los antecedentes presentes
en el momento de la aparición del fenómeno existieron con anterioridad
sin producirlo, demuestra esto, que no son la causa del fenómeno, y
eliminados solo queda como antecedente solitario el fenómeno agregado
o suprimido. Por ejemplo el que camina tranquilamente por la calle y
cae muerto por un balazo, la coincidencia solitaria entre la muerte y
el balazo resulta de la consideración de que todos los antecedentes que
acompañaron al balazo, existían el segundo anterior en que se produjese
el hecho, y que en consecuencia no pueden haber sido la causa de la
muerte, puesto que en ese segundo anterior no la habían producido.

Los otros métodos, el combinado de concordancia y diferencia, el de
variaciones concomitantes, y el de residuos, son simples aplicaciones
de los principios de estos dos métodos. El método combinado es la
realización del principio del de diferencia por la doble aplicación del
método de concordancia a los casos positivos y negativos. Si en todos
las reuniones en que interviene Juan siempre hay discusiones violentas,
variando la composición de las personas, por una primera concordancia
Juan aparece como el antecedente invariable. Una segunda concordancia
de la que resultara que todas esas personas han intervenido en
otras reuniones sin que haya habido discusiones violentas, en las
que Juan no ha estado, permitiría concluir, realizando el principio
del método de diferencia, que la única diferencia entre todos esos
casos está en la presencia o la ausencia de Juan. El método de
variaciones concomitantes, no es más que una modalidad de los métodos
de concordancia y de diferencia. La modalidad consiste en que la
concordancia y la diferencia se determinan, no en la presencia y
ausencia de los fenómenos, sino en la concomitancia de sus variaciones.
Todo cuerpo tiene calor. La dilatación de los cuerpos por el calor no
se podría determinar si hubiese de compararse la dilatación en cuerpos
que tienen y en cuerpos que no tienen calor. Pero, se puede observar
la influencia del aumento y de la disminución de la temperatura en
la dilatación de los cuerpos. El método de residuos no es más que la
aplicación del principio del de diferencia. Es la eliminación de los
antecedentes cuyos efectos se conocen, y la atribución de un efecto
dado, al único antecedente que queda y cuyos efectos no se conocen.
Si hay objetos construídos por cuatro obreros y puedo individualizar
los objetos construídos por tres de ellos, los demás son los que ha
construído el cuarto obrero.

Estos diversos métodos suponen, si son la aplicación del principio de
concordancia, que se han podido determinar todos los antecedentes.
Porque si no se hubiesen determinado todos los antecedentes, podría
ser que el antecedente no considerado fuera la causa del fenómeno, y
que la relación invariable que se ha constatado entre los fenómenos
fuera debida simplemente a que son efectos de una misma causa o bien
el resultado de la coligación primitiva de sus causas. El día y la
noche son efectos de una misma causa: el movimiento de la tierra. El
ignorante que prescinde de este antecedente podría ver en la sucesión
del día a la noche una relación de causalidad. La coligación de causas
primitivas podría ser la razón de que los negros sean motudos. La
convicción íntima de que no conocemos todos los antecedentes que pueden
influir en la producción de esos caracteres somáticos, a pesar de la
invariabilidad de la relación, nos impide afirmar de que entre ellos
pueda haber relación de causalidad.

Y si son la aplicación del principio del método de diferencia los
diversos métodos suponen la imposibilidad de que con la introducción
o la exclusión del antecedente considerado, no se haya introducido
o excluído otro antecedente. Para poder afirmar que la causa de la
muerte del transeunte ha sido el balazo que lo ha herido, sería
necesario poder afirmar con toda seguridad de que en el momento en que
la bala iba a entrar en el corazón no sufrió un ataque de apoplejía.
La ignorancia del peso del aire, dice Rabier, había hecho explicar la
ascensión del agua en las bombas por el horror al vacío.

Ahora bien; no es posible tener la seguridad que los principios de esos
métodos exige. No es posible tener la seguridad en el caso del método
de concordancia, de haber tenido en cuenta todos los antecedentes del
fenómeno. Y en el caso del método de diferencia no es posible tener la
seguridad absoluta de que con el antecedente considerado no se haya
agregado o suprimido inconscientemente, algún otro antecedente, como en
el caso de la explicación de la ascensión del agua en las bombas.

Y he ahí una nueva razón de dudar del valor dogmático de las
generalizaciones mejor fundadas. Suponiendo resueltas las objeciones
que se refieren al fundamento de la inducción tropezaríamos en esta
consideración con una objeción insalvable, y de proceder dogmáticamente
tendríamos que negar valor a la ciencia de lo real, a la única ciencia
que puede tener valor propio.

Pero siendo escépticos podemos aceptar los fundamentos psicológicos
que se dan para salvar la dificultad. La repetición de la experiencia
un número suficiente de veces llega a eliminar la _probabilidad_ de
que pueda existir otro antecedente, además de los considerados, por lo
que se refiere al método de concordancia, y la improbabilidad de que
hayan intervenido otros antecedentes con el considerado en el método de
diferencia cuando se toman ciertas precauciones en las experiencias.
Por ejemplo en la muerte por asfixia de un pájaro colocado en una
campana de vidrio, la rapidez de la introducción del gas venenoso en
la experiencia, aleja la sospecha de que pueda haber intervenido otro
antecedente en la muerte del animal.

La determinación de la coincidencia solitaria que ha de permitir
la inferencia de la causa, no tiene, pues, más fundamento que la
_probabilidad_, concepto puramente subjetivo que a un espíritu
dogmático consecuente tendría que llevarlo a la negación de la ciencia.

Pero no es esta la única dificultad para la determinación de las causas
de los fenómenos. Hasta ahora hemos supuesto el caso de fenómenos cuya
causa es única; pero esto no es lo común. Lo corriente es el caso
de pluralidad de causas. Y cuando esto sucede no siempre es posible
la aplicación de los métodos anteriormente mencionados, y cuando es
posible su aplicación requiere precauciones especiales.

Cuando un fenómeno es producido por diversas causas, para saber si los
métodos empíricos son aplicables hay que distinguir el caso de causas
que producen separadamente sus efectos de aquellos en que se combinan
para producirlos. Un ejemplo de lo primero sería la determinación de
las causas de la producción del agua.

La determinación de las causas cuando obran separadamente es
relativamente sencilla. Se aplican los métodos anteriormente indicados.
Se hace la comprobación para cada una de las causas como si fueran
causas únicas en grupos de fenómenos en que no intervengan las
otras causas. O bien se hace en el curso de observaciones en que
desfilen todas las causas. Resultará en este segundo caso que nunca
se encontrará en las observaciones el antecedente invariable, porque
todas las causas pueden faltar sucesivamente, siempre que alguna de
ellas esté presente. Pero, con todo, después de cierto número de
observaciones, se encontrará que si bien todos los antecedentes pueden
variar, sólo pueden variar dentro de ciertos límites: el fenómeno no se
produce si faltan todos los de cierto grupo de antecedentes. Si alguno
de ellos existe se produce el fenómeno, aunque falten los demás; pero,
si todos faltan, el fenómeno no se produce.

Mas complicado es determinar las causas cuando éstas se combinan
para producir el efecto. Se pueden presentar dos casos. O las causas
se combinan en forma tal que el efecto es algo nuevo, completamente
distinto de sus causas: un nuevo fenómeno con leyes propias, como
sucede en la combinación del oxígeno y del hidrógeno para producir
el agua; o bien es algo en que la individualidad de las causas no
desaparece, y en el producto en consecuencia sigue subsistiendo la ley
de sus causas, por ejemplo el movimiento combinado de dos fuerzas.

No es mi propósito hacer la exposición de la lógica inductiva, como
ya lo he dicho, sino determinar su sentido y exponer sus líneas más
generales para facilitar la lectura de los tratados. Por eso me
reduciré en este punto a llamar la atención sobre las indicaciones que
en esas lecturas se encontrarán respecto a la manera como se determina
las causas.

Cuando se trata de determinar las causas que producen efectos que son
fenómenos distintos a sus causas, hay que distinguir si el fenómeno
es reversible a sus causas o no lo es. El agua es reversible a sus
elementos. La vejez no es reversible a las causas que la han producido.
Si las causas son reversibles, la determinación de las causas se reduce
a la determinación de los efectos. Los efectos de oxidación del hierro
por el agua permiten la separación de los elementos constitutivos del
agua. Pero, si no son reversibles, la determinación de sus causas
es más difícil. Para hacerlo hay que proceder como en el caso de la
combinación de causas en el que éstas no pierden su individualidad: Las
causas de la vejez se determinan por el mismo procedimiento que las
causas de un movimiento combinado.

Ahora bien; en estos últimos casos se procede de la siguiente manera.
Si se sospecha que las causas de un fenómeno pueden ser tales o cuales,
se formula la hipótesis de sus causas, y luego se procede: 1.ᵒ, a
determinar los efectos de cada una de esas causas; 2.ᵒ, a calcular el
efecto posible de la combinación; 3.ᵒ, a la verificación experimental
del cálculo. Son los tres momentos de lo que se llama el método
deductivo experimental, y que es el más corriente en las ciencias, y el
único aplicable en ciertos ramos del conocimiento humano. Es el método
obligado en las ciencias biológicas, psíquicas y sociales.

Naturalmente, la determinación de las causas por estos diversos métodos
de uso obligado cuando se trata de pluralidad de causas, está lejos
de presentar la seguridad que ofrecen los métodos experimentales que
determinan las causas únicas. Por eso para juzgar del valor de las
generalizaciones fundadas en la aplicación de los métodos inductivos
tenemos que referirlo al de sus métodos más precisos.

Ahora bien; de todo lo dicho, podemos concluir que si fuera posible
la aplicación lógica de los principios a que responden los diversos
métodos experimentales, la determinación de la coincidencia solitaria
sería perfecta; pero, como de hecho nunca se puede tener la seguridad,
en los casos en que se aplica el método de concordancia, de haber
considerado todos los antecedentes, la fe que se puede tener en los
resultados de su aplicación queda quebrantada. Y por lo que se refiere
a la aplicación del método de diferencia, no se puede eliminar la
imposibilidad de la introducción o extracción de otros elementos
conjuntamente con la causa considerada.

Nuestro escepticismo vuelve, pues, a encontrar nuevos motivos de
duda, y un dogmático no podría dejar de reconocer que la fe concedida
al resultado de los métodos experimentales se funda más en motivos
psicológicos que en fundamentos lógicos.

Y con esto podríamos dar por terminada la exposición de la lógica
inductiva, refiriéndonos para el conocimiento de sus detalles a la obra
fundamental de S. Mill; pero habríamos dejado de considerar uno de sus
aspectos más interesantes: el de las generalizaciones inductivas que
suponen la ignorancia de las causas de los hechos particulares que las
fundan; me refiero a la teoría de las leyes empíricas no causales, las
leyes empíricas propiamente dichas.


VI.--LEYES EMPÍRICAS

Las leyes empíricas son, como las leyes causales, generalizaciones
inductivas; pero se distinguen de éstas en que no se fundan en el
conocimiento de la causa de los hechos, sino en su suposición.

A las leyes empíricas se las suele definir diciendo que son aquéllas
leyes que no se dejan reducir a otras; pero, que se suponen reductibles.

Esa definición de las leyes empíricas tiene en vista no la
verificación, sino la explicación de esas leyes. Sabemos que no es lo
mismo verificar que explicar. Para un hecho concreto, explicarlo es
reducirlo a su ley. Lo que explica la temperatura de 100° que tiene el
vapor de agua que sale de la cacerola, es la ley de la ebullición del
agua a la presión de la altura del mar. De la misma manera explicar una
ley es reducir esa ley a una ley más general. La ley de la gravedad
terrestre no es más que un caso de la ley de la atracción universal.
Esta explica a la primera.

Las leyes primitivas, las que explican a las otras, no pueden ser
explicadas por otras; pero, como no son reductibles, no se les llama
empíricas. Se llaman empíricas las que no son reductibles; pero que se
supone que han de llegar a serlo.

Ahora bien; entre esas leyes empíricas hay algunas que son causales,
por ejemplo la fórmula de la composición del agua. Es empírica, porque
suponemos que debe existir una causa que, sirviendo como de eslabón en
la explicación, exprese el por qué de la combinación del oxígeno y del
hidrógeno. Pero, con ser empírica esta ley, se afirma universalmente,
para cualquier tiempo y cualquier lugar, porque hemos determinado la
relación causal del agua con la combinación de sus elementos. Pero
existen otras leyes empíricas que no se afirman en el conocimiento de
las causas, sino simplemente en la observación constantemente repetida.
Sabemos que las razas animales y vegetales mejoran por cruzamiento;
pero es una afirmación empírica cuya causa desconocemos. No conociendo
la causa de los hechos, cuya repetición hemos podido constatar, como no
nos es posible distinguir, entre los diversos antecedentes que suelen
acompañar la producción de los fenómenos, cuáles pueden ser excluídos
y cuáles no, sólo nos permitimos afirmar como ley la observación
constantemente repetida dentro de las condiciones generales que suelen
rodear a la experiencia.

Desde el punto de vista de la crítica del conocimiento, no interesa la
consideración de las leyes empíricas causales, pues reúnen todos los
requisitos a que debe responder una inducción legítima. Pero no sucede
lo mismo con las leyes empíricas propiamente dichas, con las que no son
causales. Cierto es que la generalización la afirmamos dentro de los
límites de las condiciones en que se han realizado las experiencias;
pero, aunque sólo se afirmen dentro de esos límites, ¿qué es lo que
puede legitimar la generalización, si la generalización inductiva
sólo la hemos podido fundar en el conocimiento de las causas de los
fenómenos particulares?


VII.--FUNDAMENTO Y DETERMINACIÓN DE LAS LEYES EMPÍRICAS

El fundamento de la inducción en las leyes empíricas es el mismo que
el de las leyes causales: Siempre es la afirmación de la causa lo que
legitima la generalización; pero, mientras que en las leyes causales
la causa se designa, en las leyes empíricas la causa se supone. No
se puede determinar cuál sea la causa; pero se puede afirmar que la
causa existe. La aplicación de estas leyes es más reducida porque la
causa no se puede determinar, y por eso se limita la generalización a
las condiciones de tiempo y de lugar en que las experiencias se han
realizado; pero, dentro de estos límites, la ley se justifica. Veamos
cómo.

El fundamento de las leyes empíricas es un fundamento invertido. En
las leyes causales la afirmación de la regularidad se funda en el
conocimiento de la causa. En las leyes empíricas, al revés, lo que
funda la suposición de la causa es la regularidad. El conocimiento de
la causa permite afirmar la regularidad, porque la relación causal
implica necesidad. Pero, a su vez, la regularidad tiene que suponer
una causa que la explique, salvo que se admitiese la intervención del
azar en la repetición de los hechos. Y por lo tanto, si eliminamos la
posibilidad del azar en la coincidencia de dos fenómenos, ésta sólo
se puede explicar por la intervención de una causa. La regularidad
quedaría fundada, y la generalización, en consecuencia, legitimada. Y
así es como por la suposición de la causa, constatada en la regularidad
de la coincidencia, se justifica la inducción de las leyes empíricas.
La eliminación del azar en la coincidencia de dos fenómenos es lo que
legitima la generalización de la ley empírica.

Pero, ¿cómo eliminar la posibilidad del azar en la consideración de
la coincidencia de dos fenómenos? Tal es el problema que plantea el
fundamento de las leyes empíricas.

Así como la idea de causa implica las de determinación y necesidad, la
de azar implica la indeterminación y la contingencia. El azar sería la
indeterminación y la contingencia. El azar sería la indeterminación
de los fenómenos, la posibilidad de que acaezcan o no. Las cosas
sucederían al azar si no existiesen más motivos para que sucedieren en
una forma o en otra.

¿Pero, la idea de azar así comprendida es admisible? La afirmación del
azar, como concepto real, ha dado lugar a las mismas, sino a mayores
dificultades, que la afirmación en el mismo sentido de la causa. Así
como se ha podido negar la existencia de la causa, se puede negar la
existencia del azar.

Por lo pronto la idea de azar implica la negación del principio de
causalidad. Pero a su vez la noción de causa exige la de azar sin la
que no tendría sentido. Si no todas las coincidencias son causales,
es porque hay algunas que no lo son, es decir, que son producto del
azar. La afirmación del azar como concepto real ofrece dificultades
insalvables, y como la noción de causa, y las de identidad y de
contradicción, consideradas desde este punto de vista, son argumentos
fundamentales para el escepticismo.[23]

Considerado como principio crítico, el azar es la indeterminación en
que se encuentra nuestro espíritu para afirmar, debido a la falta de
motivos. Como la noción de causa es un concepto subjetivo, y es la
negación de la causa. Expresa la ausencia de motivos para creer en la
regularidad de la relación que hemos observado entre dos fenómenos. Y
el fundamento de su afirmación, pragmáticamente, es el mismo que el
de su concepto correlativo, el de causalidad: su valor instrumental.
Sin insistir sobre este punto, y determinado el valor exclusivamente
crítico que atribuímos a este término, veamos cuáles son los
fundamentos que pueden eliminar o que justifican la eliminación del
azar, es decir, la indeterminación de nuestro espíritu en presencia de
una coincidencia constante.

Excluída la determinación de la causa ¿cuál sería el fundamento
que permitiría afirmar la regularidad? En la experiencia vulgar la
repetición constante de una relación cuando es repetida y variada, se
presenta como una prueba de la regularidad; pero estas condiciones no
son garantías suficientes para un espíritu científico. Si un fenómeno
existe siempre y otro se produce accidentalmente, es forzoso que
coincidan constantemente en todas nuestras experiencias. Supongamos el
ejemplo que da Mill. Las estrellas fijas siempre han coexistido con
todos los hechos que han realizado los hombres. No hay coincidencia
más constante, repetida y variada. Sin embargo, es imposible que haya
entre los hechos y las estrellas relación de causalidad, porque la
coincidencia se mantiene con hechos contradictorios. Por otra parte,
si para nosotros una coincidencia es fortuita, no habría más razón,
para que la coincidencia no se volviera a repetir, como para que se
repitiera indefinidamente. La coincidencia por constante y repetida que
sea, por sí sola no justifica la afirmación de una regularidad.

Pero, si no es la repetición de la coincidencia constante lo que
justifica la afirmación de la regularidad, ¿en qué puede fundarse ésta?

La ciencia no acepta la simple repetición como fundamento de la
generalización. La coincidencia entre dos fenómenos debe ser tal, que
la suposición de la causa sea obligada. No basta que la repetición
sea frecuente, es condición que esa frecuencia sea mayor que la que
debería _esperarse_ entre ellas. Una repetición constante--lo hemos
visto en el ejemplo de las estrellas--no es fundamento para afirmar
una regularidad. En cambio una repetición no constante, pero que sea
más frecuente de lo que normalmente debería esperarse, puede serlo. En
Inglaterra llueve con todos los vientos, dice Mill; en este sentido
no se podría decir que haya relación de necesidad entre la lluvia y
un viento dado; pero la lluvia puede tener, con todo, alguna relación
causal con uno de los vientos. Pero, ¿cómo se puede determinarlo?
Evidentemente, hay que observar si llueve más con un viento que con
otro; pero, esta simple constatación de la frecuencia no basta. Si
llueve dos veces más con el viento O. que con los otros vientos,
esto no querrá decir que hay relación de causalidad entre viento y
la lluvia, porque como en Inglaterra sopla dos veces más el viento
O. que los otros vientos, lo normal sería que lloviera dos veces más
con él que con los otros. Estaría esa relación en los términos de la
normalidad y en consecuencia no se podría hablar de relación causal
entre los dos fenómenos. Pero, si en vez de llover dos veces más la
frecuencia fuera mayor, deberíamos reconocer que hay alguna causa común
que tiende a producir conjuntamente la lluvia y el viento del O., o
bien, que sea el viento mismo del O. que tienda a producir la lluvia.

Como vemos, el fundamento de la ley empírica supone la determinación
de la normalidad de la frecuencia de los fenómenos. La frecuencia
_normal_ de dos fenómenos no elimina la posibilidad del azar; pero, la
frecuencia _normal_ nos obliga a suponer la existencia de una causa.

Ahora bien; la normalidad de la coincidencia se refiere a la relación
de frecuencia entre los fenómenos referida a una unidad de medida.
En el ejemplo propuesto esa unidad de medida ha sido el año. Se
observa cuántos días llueve en el año con cada uno de los vientos, y
se establece la proporción numérica. Luego se hace lo mismo con la
frecuencia de los diversos vientos. La comparación de esas proporciones
permite establecer la normalidad.

Pero, ¿por qué es que la _anormalidad_ funda la afirmación de la
regularidad, y la _normalidad_ es signo de que la repetición no es
causal? Y con esto llegamos al punto esencial de nuestra exposición, a
la determinación del fundamento íntimo de las leyes empíricas.

Hemos dicho que el azar supone la indeterminación. Y la indeterminación
nos impide atribuir más razón de ser a la repetición de un fenómeno
que a su no repetición. La coincidencia constante es compatible con la
idea de azar, pues no hay más razón para que una cosa que se produce
por azar no se vuelva a reproducir, como para que se reproduzca
indefinidamente. Pero, si esto es así, ¿cómo se puede afirmar que la
anormalidad de los fenómenos es fundamento de la existencia de una
causa, y que la anormalidad sea signo del azar? ¿No es contradictorio
hablar de normalidad a propósito de los hechos que se producen al azar?
¿Esto no es asignarle leyes al azar? ¿Cómo es posible que el azar se
manifieste en una forma regular, si el azar supone la negación de toda
regularidad?

Si hubiéramos de habernos atenido a la concepción dogmática del azar,
y buscar analíticamente su eliminación, ésta no hubiese sido posible,
porque habría una contradicción insanable entre el concepto del azar
y las condiciones que requiere su eliminación. Pero, la experiencia,
siempre maestra, ha puesto al espíritu humano en presencia de casos
reales sencillos que se acercan a la realización práctica de la noción
de azar, y le ha demostrado la regularidad de su funcionamiento,
permitiéndole descubrir experimentalmente las leyes del azar.

Estos casos reales sencillos son los que presentan los diversos juegos
de azar. En ellos se ha constatado empíricamente la regularidad de los
hechos que no tienen más razón de ser en un sentido que en otro. Y por
la observación se ha llegado a descubrir que la regularidad del azar
está determinada por su posibilidad. Es por lo tanto la experiencia
la que ha permitido constatar que lo que no tiene más razón de ser en
un sentido que en otro, tiende a realizar todas sus posibilidades.
La posibilidad de que salgan los diversos números en el juego de los
dados es igual para todos. En consecuencia todos tenderán a salir el
mismo número de veces. En una ruleta bien construída todos los números
saldrán el mismo número de veces.

Así, pues, en esos casos sencillos, la experiencia ha demostrado
que la indeterminación de las causas tiende a realizar todas las
posibilidades. Pero, en cambio ha enseñado que la presencia de un
invariante, es decir, una causa, tiende a reproducir una sola de las
posibilidades. Si el dado ha sido cargado o la ruleta adulterada, uno
de los números tenderá a salir con más frecuencia que los otros.

Así es, como, fundados en la constatación experimental de casos
sencillos que parecen realizar todas las condiciones teóricas del
azar, se ha llegado a afirmar que la tendencia a reproducir todas
las posibilidades es una prueba de la fortuidad de las diversas
combinaciones, mientras que la tendencia a reproducir una sola de las
posibilidades es una prueba de la presencia de una causa invariante.

Tal es el fundamento de la ley empírica en la eliminación del azar.

Veamos ahora como se procede para la determinación de las
posibilidades, ya que esto es fundamental para determinar la normalidad
que califica al azar.

En ciertos casos es relativamente fácil determinar las posibilidades.
Cuando sólo hay dos bolas en una caja, la posibilidad se reduce a
la de extraer una de las dos bolas. Sólo son posibles dos casos.
La posibilidad de pronunciar una letra del alfabeto es de 25. La
posibilidad de que llueva durante un año es de 0 a 365 días. Si, por
lo tanto, se nota cierta limitación y regularidad en las observaciones
hechas durante varios años, es que debe haber alguna causa que la
determina. De la misma manera la posibilidad de la mortalidad de
personas de 20 años en un país es de 0 al total de individuos de esa
edad. Por lo tanto, si el número no varía o se nota una correlación
entre su aumento y el de la mortalidad, se puede decir que hay causas
invariables que determinan el porcentaje de la mortalidad. Pero, la
posibilidad de posiciones con relación a una recta son infinitas. En
este caso cualquier repetición sería anormal. De manera que cuanto más
nos acerquemos a lo infinito de las posibilidades, la repetición será
tanto más indicativa de una relación causal. Cuanto mayor sea el número
de las posibilidades, la repetición de las coincidencias será más
indicativa de la presencia de una invariante. Y por lo tanto, cuanto
mayor sea el número de las posibilidades, mayor será la seguridad
que resulta de la constatación de la regularidad. El que procede con
grandes números aumenta las posibilidades, y cada repetición tiene más
valor que cuando las posibilidades son pocas. Que salga tres veces
seguidas el as, no es prueba de que esté falseado el dado; pero, si
las observaciones de tres años seguidos en un país de 100 millones de
habitantes dan la misma cifra de mortalidad, es una prueba de causas
invariantes.

Hasta aquí nos hemos referido a la determinación de la normalidad de
un fenómeno por sí mismo; pero la regularidad puede aparecer entre dos
fenómenos. Por ejemplo la coincidencia entre el viento y la lluvia de
que antes hemos hablado. La normalidad de las coincidencias se refiere
siempre a sus posibilidades, y la posibilidad de sus coincidencias la
determina la multiplicación de sus propias posibilidades. Si llueve
una vez cada tres días durante el año, y venta del oeste cada dos, la
posibilidad de su coincidencia la determina la multiplicación de ½ por
⅓, esto es, ⅙. Por lo tanto si cada seis días coinciden la lluvia y
el viento del oeste, la coincidencia es normal; pero, si fuera mayor
tendríamos que concluir en la existencia de una relación causal entre
el viento del oeste y la lluvia.

Tal es el procedimiento para determinar la normalidad que permite
fundar las inducciones de las leyes empíricas.

Pero ese procedimiento no sólo tiene ese valor crítico. Al estudiarlo
S. Mill se refiere a casos en que es un verdadero instrumento de
investigación. Por él se llega a descubrir la regularidad de causas
ocultas cuando concurren numerosas causas en la producción de ciertos
fenómenos. Por ejemplo la influencia constante del sol en la elevación
de la temperatura estival. Permite también descubrir fenómenos que
escapan a la observación. Por ejemplo la constatación de la regularidad
en la diversidad de temperatura durante el día, que sólo se ha podido
descubrir por medio de las estadísticas.


VIII.--APLICACIÓN DE LAS LEYES EMPÍRICAS

Hasta aquí he hablado del _fundamento_ de las leyes empíricas no
causales. Pasemos a considerar las _previsiones_ que permiten.

Esta distinción entre el fundamento y la aplicación de las leyes
empíricas no está bien establecida en la obra de S. Mill, y es una de
las causas que dificultan su lectura en esta parte.

Las leyes causales permiten previsiones absolutas. El conocimiento de
la causa permite la previsión absoluta del efecto. Pero, en las leyes
empíricas se ignora la causa. Sólo se sabe que hay una causa, pero sin
poder determinarla. Se sabe que hay causas que hacen que durante el año
llueva 90 días; pero, ¿lloverá mañana? La ley se refiere al año, no a
los días del año.

Si la ley fuera causal, podríamos saberlo porque conociendo la causa,
la respuesta dependería solamente de la determinación de su presencia
o de su ausencia. Pero, ¿en qué medida podríamos aprovechar la ley
empírica para el pronóstico? La ley empírica sólo permite en este
sentido afirmar probabilidades, y sus aplicaciones se hacen por el
cálculo de probabilidades.

El cálculo de probabilidades se refiere así, no al fundamento de la
ley empírica, sino a sus aplicaciones particulares. El cálculo de
probabilidades sólo puede tener lugar si se conoce la ley. Es necesario
saber que la ley existe, que el fenómeno se producirá. El cálculo de
probabilidades puede servir para determinar nuestra indecisión ante
la falta de precisión de la ley; pero no para fundar la ley, como
parece querer decirlo S. Mill. La ley empírica de la mortalidad no se
funda en el cálculo de las probabilidades. El asegurador que necesita
seguridades y no probabilidades, no basa sus cálculos en éstas, sino
en la ley empírica que dan las tablas de la mortandad. El dueño de la
ruleta tampoco va a probabilidades, va a seguro.

El cálculo de probabilidades tiene por función suplir la falta de
precisión de la ley. Tiene su razón de ser cuando se quieren sacar
conclusiones de una ley que no están expresadas en ella. Las tablas
de la mortalidad, respecto a la previsión de la mortalidad, no
expresan probabilidades. Dentro de ciertos límites, entiende expresar
una previsión absoluta. Sólo da probabilidades, si se quiere sacar
conclusiones que ella no expresa, respecto de personas singulares
comprendidas en las edades a que se refieren las tablas de mortalidad.
De la misma manera de cálculo de probabilidades no tendría por qué ser
empleado por el propietario de la ruleta. Sólo podría interesar al
jugador que, no teniendo más razón de pensar que ha de salir un número
que otro, necesita decidirse, y a falta de mejores motivos cuenta las
probabilidades de uno y otro. Para el jugador que, sabiendo que tiene
que salir tantas veces el as, cuenta las veces que ha salido, jugará
casi seguro contra él, si ha salido acercándose al límite de lo que
debe salir. Pero, esto no quiere decir que tenga que ganar.

La aplicación del cálculo de probabilidades exige así el conocimiento
de la ley, y la ignorancia de su frecuencia. Es decir que debe ser una
ley que o no exprese relaciones constantes, o que las aplicaciones
que se quieren hacer de ella estén fuera del límite de su constancia.
Por eso sería un absurdo la aplicación del cálculo a la veracidad
de los testigos. Para que le fuera aplicable sería necesario una
ley que estableciera la regularidad del porcentaje de la veracidad
de los testigos. Si existiese esa ley, la aplicación del cálculo
de probabilidades a la determinación de la veracidad de un testigo
singular sería tan legítima como en el caso de la determinación del
jugador a favor de un número determinado. Pero si en aquel caso el
empleo del cálculo de la probabilidad puede ser una manera de salir
de la indecisión, y que tiene su razón de ser porque en los grandes
números acaba por ganar el que se dirige por ella, aunque aplicado a
la apreciación testimonial se pudiese llegar a los mismos resultados,
es decir, que en el total de condenas en los juicios criminales
prevalecerían las condenas justas basadas en la apreciación testimonial
por el cálculo de probabilidades, siempre sería una infamia a la
que nuestra conciencia moral se resistiría pasar por la condena de
inocentes, en razón de que en sus totalidades habría un porcentaje
considerable en que la justicia saldría triunfante.


IX.--CONCLUSIÓN

Y con esto creo que puedo dar por terminada la exposición de la teoría
de la generalización inductiva, pues si bien Mill comprende en ella a
las generalizaciones fundadas en la analogía, a las generalizaciones
no dependientes de causalidad, y a las generalizaciones aproximativas,
creo que lo hace erróneamente.

Efectivamente, las generalizaciones analógicas son falsas
generalizaciones. La analogía puede ser un instrumento de
investigación, de descubrimiento; pero, no sólo no puede dar un
fundamento lógico a la generalización, sino que basta poder determinar
que una generalización es analógica para declararla infundada. Para
la práctica y para la investigación, la analogía puede tener mucha
importancia: pero no la tiene de ninguna manera para la crítica de los
conocimientos.

Por lo que se refiere a las leyes de coexistencia no dependientes
de causalidad, a mi modo de ver S. Mill erróneamente las considera
en la lógica de la inducción. Las relaciones entre las propiedades
elementales de los cuerpos, cuya solidaridad se generaliza, no tiene
más fundamento que la simple enumeración. Esas generalizaciones no
hacen más que expresar lo que se ha observado hasta el momento. No
son una inducción. No son el producto de la generalización de lo que
se ha observado en uno o en varios casos, sino la afirmación de una
coincidencia a la que no se le conocen excepciones.

Por lo que se refiere a las generalizaciones aproximativas, es decir,
generalizaciones parciales, como cuando se dice la mayor parte de los
vascos son honestos, S. Mill distingue perfectamente el caso de las
cuasi generalizaciones, que no tiene valor científico, de la verdadera
generalización hecha en forma de aproximación. Las primeras pueden
tener un interés muy grande para la vida y se justifica el interés con
que S. Mill las estudia; pero, para la crítica científica no tienen
valor alguno. Se deben usar con grandes precauciones. En cambio, las
generalizaciones aproximativas, que son verdaderas generalizaciones,
en su limitación, son absolutas, es decir, que limitadas al porcentaje
o a la tendencia que expresan en su aplicación, permiten previsiones
absolutas. Es el caso de las generalizaciones sobre los grandes
números. Las tablas de la mortalidad, son generalizaciones de esta
naturaleza. En sus aplicaciones, como grandes números, son tan
absolutas como las otras inducciones. Lo prueba la ganancia de las
compañías de seguros. En las especulaciones de carácter social, en las
que sólo se tienen en vista masas humanas, en que la consideración de
los individuos desaparece, las generalizaciones aproximativas tienen
un valor absoluto, porque las excepciones individuales no llegan a
modificar los resultados totales que son los únicos que interesan.
Otro caso en el que las generalizaciones aproximativas tienen un valor
absoluto es cuando se conoce la causa de la generalidad de un fenómeno
o de las excepciones individuales, y la generalización se expresa con
la limitación que impone su causa o las causas de las excepciones
individuales.

Ahora bien; las generalizaciones aproximativas, cuando tienen esas
condiciones de una verdadera generalización, son o leyes causales
o leyes empíricas no causales. De modo que, salvo la forma de la
expresión, que no afecta su valor científico, no hay por qué hacer
de las generalizaciones aproximativas una categoría especial de
generalización entre las inductivas.

Así, pues, podemos concluir que la teoría crítica de la generalización
abarca la justificación de las generalizaciones por simple enumeración,
y las generalizaciones inductivas. El fundamento de las primeras es
evidente, no así el de las generalizaciones inductivas. Hemos fundado
la inducción en el principio de identidad por la determinación de la
causa. Luego hemos indicado y discutido el valor de los métodos para
determinar las causas. Y al llegar a este punto hemos observado que no
siempre es posible la determinación de la causa; pero, no por eso la
ciencia se arredra, y fundada en la simple regularidad, formula leyes
que se llaman empíricas no causales. Y nos hemos preguntado por su
fundamento. Hemos visto que siempre lo es la afirmación de la causa;
pero, que no pudiendo determinarse, se la supone. Pero, esa suposición
no es arbitraria. Requiere la constatación de la regularidad, que hemos
visto que se funda en la eliminación del azar. La realización de su
condición teórica da a las leyes empíricas el mismo valor que tienen
las causales, en los límites dentro de los que se afirman.

De la excursión que hemos hecho por la teoría de la generalización
inductiva, que es el fundamento de casi toda la ciencia de lo real,
lejos de amenguar nuestro sentimiento escéptico, éste ha tenido que
fortificarse; pero, no por eso nuestro escepticismo nos ha hecho negar
la ciencia, al contrario, sólo él la puede salvar. Fríamente analizada
con criterio dogmático hubiéramos tenido que negarla cien veces.



ULISES EN EL INFIERNO DANTESCO[24]

POR NICOLAS BESIO MORENO

Profesor en la Universidad de La Plata


                                       Punta del Este, marzo 5 de 1919.

    Querido amigo:

He leído con vivo placer su interesante estudio sobre el fraude, y
sobre la moral de Ulises, aparecido en su _Revista de Filosofía_ de
este mes de Marzo. Toda la enseñanza que de él brota, sería de alta
utilidad para los gobernantes y políticos de nuestro tiempo.

Pero, quiero referirme a las citas dantescas, que usted hace en el
trabajo, justificadas por cierto, ya que el primer poeta de todos los
tiempos, ha destinado a los falsarios y traidores, como usted lo dice,
numerosos cantos de su Infierno. Fraude, hijo de la soberbia, primero y
más grave de los pecados de la fe de Dante. A él también se refiere en
los cantos X, XI y XII del purgatorio.

“En vano--dice usted--releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos
entre los fraudulentos al _divino_ Ulises, arquetipo clásico de todos
los simuladores. Y sorprende la ausencia pues el viaje...”

El párrafo me resulta inexplicable, conocidas sus aficiones dantescas y
por las mismas citas, justísimas, que lo preceden.

El prudente rey de Itaca aparece entre los fraudulentos peores, pues el
canto XXVI del Infierno, está dedicado a los grandes compañeros Ulises
y Diomedes, allí reducidos no sólo por sus fraudes, sino por haberlos
hecho cometer a otros; en el mismo canto se narra el último viaje y la
muerte de Ulises.

       *       *       *       *       *

Hacia poco más de la mitad del canto XVI del Infierno, el altísimo
sabio y su duque comienzan a acercarse al reino espantoso de los
fraudulentos de toda especie, al que los transporta el monstruoso
vigilante de la entrada. El bello episodio de la cuerda que ceñía el
talle del poeta, inicia el descenso al pavoroso círculo octavo, de los
verdaderos fraudulentos, pero ya, poco antes, en los últimos fosos
del círculo séptimo, se aperciben los usureros, perseguidos por la
implacable lluvia de fuego.

El canto XVIII, describe las dos primeras fosas del círculo octavo,
donde los seductores de mujeres, por cuenta ajena (rufianes) y por
cuenta propia, marchan en sentidos contrarios, perseguidos por
multitud de diablos, y donde los aduladores--también mísera especie
de indignos--están sumergidos en repugnante estiércol, como fuera
repugnante el vicio que en vida padecieron. Allí se ven el maldito
hermano de Ghisolabella, el seductor de Isífile y Medea, la desdichada
Taide.

En la tercer fosa del círculo octavo (canto XIX) pone Dante a los
numerosos simoníacos de sus tiempos, que están cabeza abajo, con los
pies ardiendo y aun las piernas; allí están el pérfido papa Nicolás
III, Clemente V y todos los demás desdeñados por el poeta.

En la cuarta fosa (canto XX), los adivinos tienen la cabeza dada
vuelta y caminan retrocediendo. Allí aparecen el gigante Anfiarco,
prudentísimo varón, a quien Esquilo en sus “siete sobre Tebas” pone
frente a la puerta Homoloidea, donde adivina su propia desdicha;
Tiresias, el adivino de la misma ciudad de Cadmo; Aronta, que vaticinó
el triunfo de César; la hija de Tiresias, que asentó donde debía
fundarse la ciudad patria de Virgilio; Euripilo y muchos más.

La quinta fosa, de cola hirviente, encierra a los intrigantes (canto
XXI y XXII) y la sexta a los hipócritas (canto XXIII), donde Caifás,
que aconsejara la crucifixión, marcha oprimido por una dorada capa de
plomo.

Y siguen los tipos de falsarios. A los ladrones se llega en la fosa
séptima (canto XXIV) donde están mordidos por serpientes y quedan
reducidos a cenizas, de las que renacen a su forma primitiva pasando
por la de serpientes. Entre las multitudes se divisa al que hubo de
apoderarse del trono de San Jacobo; en el canto XXV Caco y cinco
ladrones florentinos sufren el castigo de su bajo delito en la tierra.

Y así llegamos al famoso canto XXVI, donde hemos de encontrar a Ulises
y Diómedes entre los consejeros fraudulentos de que se ocupa también el
canto XXVII.

       *       *       *       *       *

Usted vé cómo, hasta ahora, son todos fraudulentos.

Usan unos del fraude para seducir mujeres y entregarlas a otros o
gozarlas ellos mismos; otros usan todo género de fraudes para poder
aplaudir y adular a los poderosos; luego los fraudulentos en simonía,
que venden las ventajas de su encumbrada posición; los adivinos
también, hijos del fraude, porque la adivinación, siendo imposible para
los mortales, tenía que llevarlos a la mentira frecuente; nadie usa
más del fraude que los intrigantes, pues de él se valen para vaciar
su envidia o su ambición, que es soberbia; de los hipócritas no hay
que explicar si son fraudulentos, pues ocultan invariablemente sus
propósitos para parecer lo que no son; usan del fraude los ladrones,
después; y los consejeros fraudulentos, más delictuosos que todos,
pues se empeñan en hacer cometer su delito a los demás, aparecen
representados por los dos grandes héroes troyanos Ulises Laertíada
y Diómedes Tideida, unidos en la expiación como fueran unidos en el
delito.

Es en este asombroso canto XXVI, donde Dante tiene la maravillosa
intuición de la llama parlante, que la física habría de realizar
muchos años después. Los condenados están enteramente envueltos en una
llama que termina en punta, siendo mayor la de Ulises, el ingenioso,
de linaje divino, que la de Diómedes, por ser aquél el director de
las intrigas comunes y el autor único de muchas intrigas propias, y
por ser, como usted dice, el que instigara a otros honestos a cometer
delito de fraude; Diómedes, más heroico, más grande en la guerra,
invicto siempre, vencedor de los propios dioses en los combates
troyanos, merecía más consideración que el que arrancara a Aquiles de
los brazos de Deidamia, para llevarlo ante los muros de Ilión.

No; Dante no podía olvidarse de ningún héroe ni personaje considerable
de la guerra de Troya, porque la fundación de Roma--que era para el
sumo poeta la máxima grandeza de la tierra--fué debida a linaje troyano
y a la caída de la ciudad de Príamo.

Así Electra, madre del fundador de Troya, está en el Limbo, con Héctor
y Eneas, padre de Silvio; entre los lujuriosos, Elena y Aquiles y
Paris; Diómedes y Ulises ya citados; ni deja de recordarse de Príamo y
Hécuba, Agamenon (I. XXX, 15; I. XXX. 16; Par. v. 69), Orestes su hijo
(Purg. XIII, 32) y otros atridas más.

Pero Dante tenía un interés fundamental en ocuparse del esposo de la
honesta Penélope, pues debía apartarse de la tradición homérica que no
daba al fin del Laertíada un carácter tan trabajado y difícil, como
el que él debía asignarle. Ulises estaba destinado, antes de morir,
a salvar los límites del Mediterráneo y fundar Lisboa en la costa
atlántica, para caer después sepultado en el anchuroso mar.

A la invocación gentilísima del mantuano, la más alta de las
llamas que formaban el grupo de los héroes comienza ya a agitarse
murmurando--como la que el viento al mover fatiga--así la punta aquí y
allá llevando--cual si fuera una lengua la que hablase--lanzó sus voces
fuera y dijo: “Cuando--... y habla de tal modo el ingenioso Ulises
durante 52 versos del mayor poema.

Pero aquí no terminan los fraudulentos y, como aquéllos, está aquí
Bonifacio VIII; después vienen los cismáticos: Mahoma, Rev. de Medicina
y otros; falsarios de toda calidad, como los falsificadores de metales;
de personas, como la incestuosa Mirra y la triste Hécuba; de monedas;
de palabra, como la mujer de Putifar y Simón de Troya, que logró abrir
la brecha de sus muros.

En el círculo noveno (canto XXXI) se castigan otras formas de soberbia;
entre ellas la de los gigantes que quisieron escalar el cielo.
Finalmente viene la mayor forma del fraude: la traición, para la
que se destina el mayor castigo ideado por Dante. Los traidores de
sus parientes, primero; luego los traidores a la patria; después los
traidores de sus comensales; los traidores de sus benefactores; y,
finalmente, los traidores a la divinidad y a la majestad: Judas y Bruto
el asesino de César, y Lucifer mismo.

Discúlpeme, mi amigo, que ésta haya salido tan larga y cuente con su
amigo affmo.

                                                       N. BESIO MORENO.

_Señor doctor José Ingenieros._



DEMOCRACIA INDIVIDUALISTA[25]

POR EL DR. CESAR REYES

Ex magistrado en La Rioja


I

Escribía hacia los años de la Revolución de Mayo Bartolomé Hidalgo,
primer poeta nativo del Río de la Plata, en sus poesías gauchescas,
haciendo hablar al paisano Chano, “capataz de una estancia en las islas
del Tordillo”, en sus diálogos con el gaucho Contreras, “de la guardia
del Monte”:

    _Contreras_

    Pues yo siempre oí decir
    Que ante la lay era yo
    Igual a todos los hombres.

    _Chano_

    Mesmamente, así pasó
    Y en papeletas de molde
    Por todo se publicó
    Pero hay sus dificultades
    En cuanto a la ejecución.
    Roba un gaucho unas espuelas,
    O quitó algún mancarrón,
    O del peso de unos medios
    A algún paisano alivió;
    Lo prienden, me lo enchalecan,
    Y en cuanto se descuidó
    Le limpiaron la caracha,
    Y de malo y saldeador
    Me lo tratan, y a un presidio
    Lo mandan con calzador;
    Aquí la lay cumplió, es cierto
    Y de esto me alegro yo,
    Quien tal hizo, que tal pague.
    Vamos, pues, a un señorón:
    Tiene una casualidá...
    Ya se ve... se _remedió_...
    Un descuido que a un cualquiera
    Le sucede, si, señor,
    Al principio mucha bulla,
    Embargo, causa, prisión
    Van y vienen, van y vienen,
    Secretos, almiración,
    ¿Qué declara? que es mentira,
    Que él es un hombre de honor.
    ¿Y la mosca? no se sabe,
    El estao la perdió,
    El preso sale a la calle
    Y se acaba la junción,
    ¿Y esto se llama igualdá?
    ¡La perra que me parió!
    En fin dejemos amigo,
    Tan triste conversación,
    Pues no pierdo la esperanza
    De ver la reformación.

Y en eso estamos, desde hace ya más de un siglo, en que nuestro
humanista cuanto patriota, que fué militar de la Independencia,
escribía:--manteniendo la esperanza de ver la reformación. ¿Hasta
cuándo? Desde los albores de la independencia, desde antes, desde la
dominación española, ya se decía en el papel que “todos éramos iguales
ante la ley”. Este equívoco se ha prolongado hasta el presente en
nuestras instituciones. Las leyes dicen una cosa; los hombres que las
aplican y ejecutan, hacen otra cosa bien distinta.

Los magistrados y los funcionarios, hasta el presente, mienten
cuando dicen que hacen la justicia igual para todos. Consciente
e inconscientemente, la hacen en beneficio de la clase social a
que pertenecen. Y como las aristocracias y burguesías, hasta el
momento actual, en estos países, y en general en el mundo, dominan
a la clase obrera, a la clase pobre, a los que ha dado en llamarse
despectivamente, en ciertas regiones de América, _chinos_, _negros_,
_mulatos_; y no obstante ser éstos los más, las clases dominantes
disponen de magistrados y funcionarios que les pertenecen, y éstos,
naturalmente, tienen que abogar por su propio gremio.

La reacción democrática--si ella ha de ser una verdad en la práctica,
y no sólo una farsa en el papel--tiene que venir del mismo pueblo,
y no del Estado, porque sin contadas excepciones los aristócratas
o burgueses--de los cuales, como digo, están constituídos hoy los
gobiernos--no pueden renunciar a su privilegio de casta para levantar
a los que sufren, al pueblo obrero. Se necesita de hombres que por
temperamento tengan un exquisito sentimiento humanista, que sean
altruistas o filósofos, un conde León Tolstoy, un Roberto Owen, por
ejemplo, de los cuales en este mundo de egoísmo y superficialidad
apenas se contaría una docena. Cuando el pueblo se instruya y adquiera
cierta independencia económica por sí mismo principalmente,--y también
en segundo orden, por los que tímidamente, mezquinamente, le dé el
Estado--, podrá reivindicar sus derechos, llevando a los puestos
públicos por el voto en los comicios genuinos representantes de sus
filas, con instrucción sí, y cultura moral, pero que no renieguen
de su origen una vez que se encuentren encumbrados, aunque esto es
difícil en ellos, puesto que obra el recuerdo de la infancia y la
tradición de sus manes en cuanto han sufrido. Así se han de inclinar
más a favorecer a los que sufren, al pueblo obrero, y no a las clases
gobernantes, extrañas a sus dioses lares. Mientras el pueblo no tenga
netos representantes de su estirpe, mientras obedezca a mandatarios de
clases antagónicas a las suyas, va perdido; son mandatarios infieles
que no han hecho más que traficar con el nombre de la democracia,
pero cuyos intereses y sentimientos tienen tanto de demócratas como
los españoles que vinieron a civilizar y enseñar el evangelio a los
indios, exterminándolos por avaricia. Fuera de esa condición, _sine
qua non_ para que triunfe evolutivamente la democracia, se necesita
esta otra: que el Estado constituído por los privilegiados, nobles,
capitalistas, y sus secuaces sacerdotes y militares, no obstaculice
por la fuerza la participación en el gobierno de la clase _pleveya_,
porque entonces todo esfuerzo del pueblo sería ineficaz, y su reacción
no podría venir sino por la revolución, oponiendo la fuerza a la
fuerza. En nuestra república tenemos conseguido ya el libre voto--por
lo menos en el papel, que en la práctica dista mucho aún de ser una
realidad--; es posible, pues, el triunfo de la democracia, siempre
que las clases trabajadoras, que son la mayoría votante, tengan en
el gobierno _genuinos_ representantes obreros, o hijos de obreros
levantados con sus propios esfuerzos y que no desconozcan a su estirpe.
Es verdad que, en ciertas provincias, al pueblo argentino le falta
instrucción e independencia económica para poder comprender y buscar en
la práctica legal su prosperidad individual y social; ahí, pues, debe
tender la prédica: a que se instruya, a que trabaje en condiciones más
ventajosas, solidarizándose, por ejemplo, en las huelgas para hacerse
oir del capitalista; por otra parte, hoy la ciencia no es patrimonio
de los ricos, pues pueden adquirirse libros de celebridades mundiales
por exiguo precio, al alcance del obrero. La cuestión económica y la
instrucción se complementan; por más que haya capacidad intelectual,
no puede haber libertad de obrar sin base económica; el estómago manda;
a la inversa, con algunos ahorros que tenga el hombre, si no tiene
instrucción, va expuesto a dejarse explotar por otros más instruídos,
o a perder su dinero en malos negocios. Buscar la independencia
económica no es buscar la usura. Los capitales al alcance de todas las
necesidades sociales, y no reconcentrados en pocos millonarios; deben,
además, ponerse en circulación para favorecer intereses sociales,
especialmente de las clases que más los necesitan, y no guardarse en
las cajas de fierro o en Bancos, de donde sólo se los puede extraer
con intereses crecidos y con garantía hipotecaria o firmas fuertes.
En Norte América, donde la organización social se acerca algo a la
democracia de verdad, no ha surgido el capital de las explotaciones
de los gobiernos sino por la obra propia de trabajadores esforzados,
quienes después donan grandes cantidades a sociedades de beneficencia,
hospitales, institutos científicos y de trabajos prácticos, pero no
las dan a las manos muertas de las iglesias y conventos, como entre
nosotros, único caso en que aquí ocurren donaciones. En este país se
han adquirido las fortunas, casi en tu totalidad, por las mercedes
que los reyes españoles primero, y los gobiernos patrios después,
hicieron de extensos territorios a los pocos españoles y argentinos
de la burocracia, desheredando a los demás del pueblo, que, como los
pobres indígenas, vinieron a quedar parias en el propio suelo que los
vió nacer. No hay más que ver los títulos de esas mercedes, que aun
circulan en los expedientes judiciales, para convencerse; así, por
ejemplo, he visto títulos de tierras de la familia Arias que a su
antepasado, Juan Manuel, le entregaron los gobiernos patrios casi la
tercera parte de los Llanos. Después la tierra se ha valorizado por
obra de la inmigración--compuesta casi en su totalidad de elemento
obrero--que crea pueblos y cultivos, y por los ferrocarriles,
resultando que de la noche a la mañana esos propietarios de extensas
zonas de campo, antes sin mayor valor relativo, por mercedes o compras,
han visto centuplicados el precio de sus tierras y han resultado
algunos archimillonarios. ¿No es justo, pues, que estos señores
contribuyan al bienestar social, poniendo a disposición de los que no
tienen, lo que han recibido directa o indirectamente de la sociedad y
del trabajador? Y si el enriquecido por el trabajo de todos se niega a
retribuir al obrero, a compensar a la sociedad por lo que ha obtenido
de ella, el Estado, haciendo justicia, una vez que esté constituído
por representantes netos de la clase popular, lo ha de conseguir con
una política socializadora, sin necesidad de expoliaciones, las
cuales sólo se justifican cuando el monopolio raya al extremo, como
sucedía con las manos muertas de curas y nobles en Francia, cuando
la revolución, que vivían en el derroche, al paso que, como dice La
Bruyére (“Los Caracteres”) andaban gentes pasteando por los campos
de Francia a duras penas de poderse distinguir si eran hombres; como
actualmente en Rusia, que millares o millones de pueblo pagaban con
la miseria, en los calabozos de Siberia, y en las guerras externas
interminables, el derroche, el libertinaje y las locuras de dominio de
sus zares, nobles y militares.

Política de justicia se necesita, tendiente a elevar el pueblo
trabajador, haciéndolo participar de derechos económicos, científicos,
sociales y morales, que al presente le están restringidos, lo cual
se conseguirá con darle independencia económica, con instruirlo, con
educarlo. Se comenzará a darles base económica, legislando la materia
de los contratos obreros, para que no sean explotados por patrones,
fijándoles el mínimum del salario y el máximum del jornal, los
accidentes en las fábricas a costa del capitalista, el derecho a la
huelga; dándoles en enfiteusis tierras fiscales, en este país, donde,
como ha dicho Sarmiento, “el mal que tenemos es la extensión”, para
que las pueblen y no sufran hambre también ellos; para que poblado el
desierto haya prosperidad social, por el aumento de producción, porque,
como dice bien Alberdi, la riqueza no la da la tierra pelada sino el
trabajo del hombre aplicado al suelo (“Estudios Económicos”).

Mejor todavía que en enfiteusis, la tierra se debe dar al que la
trabaja, para que se radique en ella definitivamente y la ame formando
su hogar, pero darla solamente a los que la necesitan y son capaces de
hacerla producir, prohibiendo su negociación privada para que no se
rehagan los latifundios de los señores feudales.


II

La Revolución de Mayo no resolvió el problema social argentino;
ella, como la Revolución de Julio en Francia, ha sido el triunfo de
la burguesía y no del pueblo, si bien el pueblo fué el que las hizo
triunfar; pero no estando preparado ni económica, ni intelectualmente,
resultó suplantado, dominado; con esas campañas, de que nos
enorgullecemos tanto, se desalojó dos plagas sociales, la nobleza y
el clero (en nuestro caso forasteras todavía), pero se levantó una
tercera, los burgueses semiinstruídos y capitalistas, o sea la clase
media. Es decir, en el caso de la Argentina, los criollos que se
dedicaron al comercio y la ganadería--pues los españoles desdeñaban
como oficio propio de negros y villanos--y se instruyeron en los
escasos colegios y universidades de Córdoba y Chuquisaca, fueron los
que constituyeron la burguesía. Porque en la colonia del Río de la
Plata, y en toda Sud América, a excepción del Perú, nobles no había ni
para remedio, salvo los mandatarios de orden superior que nos enviaban
y regresaban a Europa sin dejar familia, como que les estaba prohibido
el radicarse; según enseña la historia, la inmigración española a
América era la ley de la población peninsular. Mas, andando el tiempo,
estos españoles, plebe allí, comenzaron a considerarse nobles aquí, en
relación con el indio; y tenían razón, a su modo, porque físicamente
e intelectualmente esa raza estaba más adelantada. Expulsados los
españoles, los hijos de éstos continuaron esa aristocracia _ad hoc_,
nacida aquí en el medio, y también los mestizos que económica e
intelectualmente--por ambas fuerzas y por la de las armas en las
guerras de la independencia--se levantaron dominando, avasallando, al
_gaucho_ del campo y al _cholo_ de las ciudades[26].

No es otro el origen de toda aristocracia, burocracia y gobierno en
general: el dominio por la fuerza, la subyugación de una clase social,
para explotarla. Con la evolución de las sociedades la lucha de raza
a raza, de tribu a tribu, de clase a clase, de grupo a grupo, externa
e interna, se atempera, por la adquisición de sentimientos sociales,
del principio de justicia, pero no desaparecen del todo. Siempre hubo
vencedores y vencidos; y la teoría de que no haya ni vencedores ni
vencidos, pasará a ser una realidad en un porvenir aun bastante lejano,
según lo hace ver el resultado de la actual guerra europea, que, no
obstante el humanismo y la democracia decantados por Wilson, y en
gran parte ciertos, los aliados se están _achureando_--como diría un
criollo--el ex imperio alemán, hoy nación democrática, bajo el pretexto
de que fué una teocracia.

Con la historia en la mano se puede constatar que el proceso de los
Estados en el mundo fué ese, la clase “_dominante_” vencedora resultó
gobierno, la clase “_dominada_”, vencida, quedó pueblo explotado. Los
que lo niegan son precisamente los interesados en que ello no aparezca
y en poder seguir así explotando al pueblo sin que se aperciba, bajo
la carátula de protectores del mismo, vestidos con la piel del cordero.

Nos bastaría citar la opinión de eximios sociólogos, y filósofos, que
han estudiado la cuestión política, libres de las banderas de los
partidos y del espíritu de clase.

Mientras, pues, las luchas de clases no estén eliminadas o
poderosamente atemperadas, lo cual pensamos se conseguirá en un
porvenir no remoto, la clase democrática, los explotados, los obreros,
deben estar prevenidos para llevar al gobierno sus representantes
_netos_, que miren por propios intereses, para elevar su condición
social, y no los “domestiquen”, mirando por desemejantes intereses.


III

Estando ya las clases trabajadoras en el poder, ¿de qué modo
reivindicarán sus derechos acaparados por los burócratas y los
parásitos? ¿Por la _democracia individualista_, sistema norteamericano?
¿Por el _minimalismo_, o programa mínimo del socialismo, como el del
partido socialista argentino y los similares europeos? ¿O, finalmente,
por el _maximalismo_, como el actual gobierno ruso, o programa máximo
socialista?

Desde luego, débese eliminar el minimalismo, como tercera cuestión,
porque está comprendido en el maximalismo, que es el verdadero
socialismo, o comunismo de Estado, tal como lo pensaron y crearon Saint
Simon, Owen, Fourier, Marx, Engels, la Internacional, etc., puesto
que el programa mínimo--o sea la mejora obrera en el trabajo, con
disminución de horas y aumento de jornal, prohibición del trabajo de
los niños y mujeres en las fábricas y garantía de los accidentes--sólo
ha sido ideado, como lo confiesan los socialistas, transitoriamente,
para hacer posible la lucha obrera con el capital en las condiciones
actuales sociales, y hasta que por su libertad económica y su
instrucción el obrero esté en capacidad de obtener que el Estado
socialice la propiedad privada. Los socialistas minimalistas nunca
pierden de vista el verdadero programa, aunque más remoto del partido,
o sea la socialización de los medios de producción. A este verdadero
socialismo, que ha triunfado hoy en Rusia--pues como bien lo hace ver
Kantor, la constitución que se ha dado dicho gobierno ruso no es más
que la aplicación de los principios proclamados por la Internacional
Socialista--ha dado en llamarse _maximalismo_, nombre que viene de
programa máximo, y se tiene a Carlos Marx como su verdadero fundador.

El maximalismo no entraña, pues, como cree el vulgo, fatalmente la
revuelta y el desorden; se puede conseguir con la evolución mediante
la conquista del poder por el voto libre de la mayoría socialista de
una nación, o mediante la revolución armada en casos extremos. En
Rusia se hizo por la revolución, pues allí los hechos la justifican
plenamente--no tenía garantía del voto el obrero, era sacrificado
en las guerras y en las cárceles siberianas, moría de hambre en el
rico territorio que él cultivaba para otros; con la evolución jamás
se hubiere levantado ese pueblo, era insoportable su situación,
peor, muy peor, a la que pasaba el pueblo francés en 1789, cuando se
sublevó contra los nobles y el clero en la revolución de que tanto se
vanagloria la humanidad. Con el triunfo del maximalismo en Rusia, se
evitaron las horribles matanzas de millones de obreros rusos en la
guerra externa con Alemania, donde a los paisanos reclutados se los
llevaba sin armas, mal alimentados y casi descalzos, a pelear en esas
fronteras rocallosas y heladas, contra soldados bien pertrechados,
a servir de carne de cañón; y así durante esa guerra entre Alemania
y Francia, hecha “de arriba” por el pueblo ruso, perdió éste más de
3 millones de obreros. Se evitaron también los estragos no menos
inhumanos que los zares y nobles cometían sobre la plebe, en el orden
interno, con la emancipación de esta clase domesticada. Es verdad
que hubo excesos; los hay en toda revolución, y ellos se justifican
plenamente ante la necesidad del triunfo de la causa salvadora. Rodaron
unas cuantas cabezas de nobles y jefes de ejército, explotadores
sistemáticos del pueblo, pero se economizó derramar mucha sangre
popular en holocausto a los dioses zarinos, en la guerra europea y
en los calabozos de la Siberia. No fueron tantos los desórdenes como
pinta la prensa interesada en desprestigiar la causa por el único
cablegrama parcial que nos viene, el aliado, y hay que dudar de la
verdad de esas comunicaciones. Aun así mismo, de ser ciertas las
noticias, los desmanes cometidos por la célebre revolución francesa,
que tanto ponderamos, fueron inmensamente superiores a los ocurridos
hoy en Rusia, cuando no había día en que no se hiciera rodar del
cadalso la cabeza de algún dirigente. Y la tal _libertad_, _igualdad_
y _fraternidad_ que proclamó quedó letra muerta; fué libertad para
los burgueses, igualdad y fraternidad entre los miembros de esa sola
clase social. Siquiera la revolución social rusa, crea una libertad,
igualdad y fraternidad mucho más extensa, una libertad, fraternidad e
igualdad para la gran masa obrera, y no sólo de Rusia sino del mundo
entero, puesto que dicha constitución maximalista tiene una cláusula
por la cual se tiende a organizar la humanidad bajo una confederación
de estados, formados todos de modo semejante al gobierno actual ruso.

Es claro, pues, que los países en que la situación del obrero no
sea extrema, como fué en Rusia, pueden llegar al maximalismo por la
evolución política, y allí no habrá ni los pocos excesos que en Rusia
fueron inevitables.

Por lo demás, el socialismo máximo no es, como se dice por algunos,
una simple utopía, un sueño de filósofos. Fuera de que ya lleva más
de un año de práctica en lo que fué imperio absoluto de los zares,
existió, como sabemos, en varios pueblos. Así, por ejemplo, en el gran
imperio del Perú al arribo de los españoles se vivía en un régimen
algo comunista, en ciertas cosas más acentuado que el establecido
por los maximalistas rusos, y sin embargo, el imperio floreció y las
gentes vivían cómodas; no había ricos (fuera de la clase sacerdotal
y de la aristocracia imperial--que ellas siempre han sido pudientes
en todas partes--mas eran clases reducidas en comparación con la
gran masa popular) pero tampoco había miseria; la propiedad del
suelo pertenecía al Estado, y él era quien asignaba al individuo que
llegaba a la adolescencia un lote para que lo trabajara, y todos
estaban obligados a hacerlo, pues eran fiscalizados directamente
por empleados del Estado. Ni el producido del trabajo pertenecía al
operario, sino que iba a almacenes y graneros públicos, de donde se
repartía a la población en cada aldea o pueblo, por cabeza, y había
justicia relativa allí, puesto que todos trabajaban fiscalizados y
no existían haraganes que “vivieran de arriba”. Estudiándolos dice
el Dr. Luis Jorge Fontana: “Cada ciudadano nacía libre para la ley
que fijaba los deberes y derechos de cada individuo ante la patria,
la religión, la familia y para con sus semejantes... La agricultura,
hoy embrionaria y empírica en América, como que recién empezábamos a
fundar escuelas, constituía la principal fuente de recursos nacional
en otra época. Cada hombre al llegar a la edad de la pubertad recibía
del Estado un terreno ubicado y delineado oficialmente para que lo
cultivase y formase hogar y familia. Desde el emperador hasta el
último de sus súbditos cultivaban la tierra, él removía el suelo en
cierto período del año con un azadón de oro y los ciudadanos con
herramientas de un metal compuesto, una aleación de bronce tan duro
como el acero. Regaban los campos por medio de acueductos sacados de
ríos y de lagos y por canales menores, acequias, el agua era llevada
a largas distancias y levantábanla hasta la cumbre de las montañas.
Su distribución y servicio tenían reglamentación admirablemente
estudiada; construían puentes y calzadas de dimensiones colosales, y
el ejército en tiempo de paz era ocupado en la construcción de las
obras públicas” (“Ab Ovo”, págs. 36 y 47). El Dr. Ernesto Quesada
escribe: “Pero lo que es admirable--y es esto cabalmente lo que más
nos interesa en el presente curso--es su organización social. Era una
sociedad basada en un comunismo perfecto y en una burocracia técnica,
que gobernaba un monarca autocrático, pero inspirado siempre en el
bien de la comunidad. Durante siglos funcionó tal organización con
el éxito más completo y realizando lo que las actuales doctrinas
socialistas no han soñado siquiera en imaginar; el individuo era un
sencillo rodaje de la comunidad y sus actividades se ejercían como
simples funciones sociales, reglamentadas y vigiladas por el órgano
de dicha comunidad, constituída por la burocracia imperial. Nunca ha
registrado la historia en parte alguna del mundo una organización tan
perfecta, dentro de esa orientación, y con un resultado más completo en
cuanto a la prosperidad nacional y al funcionamiento del sistema; las
misiones jesuíticas lo imitaron con análogo éxito durante el período
de la Colonia. La comunidad por el órgano del gobierno, interviene en
todos los actos de la vida, reglamentándolo todo y cuidando de que todo
marche armoniosamente. Y eso que se trataba de un extenso imperio,
englobando poblaciones de origen étnico distinto y de diverso grado
de cultura” (“El Desenvolvimiento social hispanoamericano”, Revista
de Filosofía, Noviembre de 1917, pág. 461). Foustel de Coulanges, en
su obra célebre “La ciudad antigua”, trae: “Se sabe de algunas razas
que jamás han llegado a establecer la propiedad privada, y de otras
que sólo la han establecido tarde y penosamente. No es, en efecto,
problema fácil el saber si en el origen de las sociedades puede el
individuo apropiarse el suelo y establecer tan recio lazo entre su
ser y una parte de la tierra, que puede decir: “Esta tierra es mía;
ésta es como una parte de mí”. Los tártaros conciben el derecho de
propiedad cuando se trata de los rebaños, y no lo comprenden cuando se
trata del suelo. Entre los antiguos germanos, según ciertos autores,
la tierra no pertenecía a nadie; la tribu asignaba todos los años a
cada uno de sus miembros un lote para cultivar y cambiaba el lote al
siguiente año. El germano era propietario de la cosecha, pero no de
la tierra. Todavía ocurre lo mismo en una parte de la raza semítica y
entre algunos pueblos eslavos” (pág. 70, edic. Madrid). Sigue el autor
haciendo notar que en Grecia y Roma y en la India, es decir, en la raza
aria, de donde nosotros tomamos esa civilización, la propiedad del
suelo fué desde un comienzo privada, y como consecuencia del culto a
los muertos y al hogar, familiares, que estaban adscriptos al suelo y
no podían dejar abandonado su culto y sus muertos. De modo, pues, que
sólo por una razón de orden religioso e histórico es que los actuales
pueblos de raza aria son individualistas en la propiedad del suelo,
según esto. Es de advertir que a propósito he citado autores que nada
tienen de socialistas; y si cabe duda todavía al respecto léase el
capítulo “La Reglamentación Comunal”, de la obra del individualista
Spencer, “Instituciones industriales”, donde trae innumerables ejemplos
de pueblos que han sido comunistas; en algunos el origen, la razón
de nacer del comunismo fué el matriarcado, o parentesco por la línea
femenina.


IV

Los que nos hayan seguido hasta aquí creerán, acaso, que estoy
convertido en un maximalista declarado. Sin embargo, como lo explicaré
en seguida, es lo contrario; sólo he querido demostrar hasta aquí que
el maximalismo no es un sistema utópico, ni siempre revolucionario, y
aunque revolucionario en algunos casos no anárquico, como se lo pinta
por los que no lo conocen y por los que tienen interés en desfigurarlo.
Pero es el caso que con ese sistema social el individuo puede quedar
aniquilado, se debe enteramente a la sociedad; todos son iguales,
malgrado las diferencias naturales; se puede crear así una _igualdad
artificial_ en vez de la _igualdad natural_, la cual consiste, como
se ha dicho bien, en respetar las desigualdades naturales. Con este
sistema de coacción pública, donde todo está reglamentado por la
sociedad de antemano, que se ha erigido en Estado--confundiendo así dos
hechos sociológicos que son bien distintos--se mata toda iniciativa
individual, se destruye toda diferencia innata o adquirida, se hace
imposible, en una palabra, la selección, y con ella el mejoramiento
individual y social rápidos, desde que se pone trabas a la lucha por el
triunfo de los más fuertes, de los más capaces, de los más laboriosos.

Además, este comunismo de Estado destruye la libertad, y el ideal de
las civilizaciones modernas es aumentar la libertad individual, no
siendo más el Estado y la sociedad sino un medio para adquirirla, para
que el hombre viva bien, pudiendo satisfacer libremente sus necesidades
naturales, siempre que respete iguales necesidades por parte de los
demás.

Como han hecho notar bien los escritores de derecho político, con el
comunismo la sociedad se vuelve más gregaria, el hombre es menos libre
que el soldado, y se retrograda así al régimen del estatuto, del mando,
de la coacción, propio de las sociedades primitivas en donde por razón
de las continuas e ininterrumpidas guerras externas e internas, se
hacía necesaria mucha subordinación en el pueblo y un régimen fuerte
de mando por el gobierno. Pero con la civilización se ha impuesto
el régimen contrario, o sea el del contrato, el de la voluntad, que
regla todos los actos de los hombres libres y civilizados. En el siglo
pasado, Inglaterra y Norte América--naciones respetuosas de la libertad
individual--fueron las más avanzadas en el progreso del mundo; los
árabes, donde la ley de Mahoma les regla todo, son los más atrasados
hoy. Una sociedad en tales condiciones progresa hasta un limitado
estado, y de ahí no puede pasar, vive por siglos estacionaria; no
habiendo iniciativa individual, hombres que se hagan a sí mismos, y
no resulten hechos por el estado, no puede haber innovación, cambio,
_progreso_; habrá _orden_ cuando más y por el tiempo que se quiera,
pero faltará el otro elemento del _desarrollo social_, desde que éste
se forma, como bien lo explica Comte, del _orden_ y del _progreso_
sociales. Por esto, estamos en contra del socialismo maximalista o
comunista; y del llamado minimalista también, porque, como queda dicho,
no es más que la introducción del socialismo, desde que sus adeptos
jamás pierden de vista al ir consiguiendo esas ventajas mínimas, las
_máximas_, a las cuales se les apuntan ya francamente, cuando les llega
la ocasión de dar el golpe, ya sea en los comicios o por la revolución.
Ahora, es claro que el programa mínimo del socialismo, puede ser
sostenido y practicado en su generalidad, y aun avanzando, por
cualquiera que tenga ideas liberales, que desee la mejora obrera, que
sea demócrata verdadero. La democracia individualista norteamericana,
con el presidente Wilson a la cabeza, desarrolla ese programa, y no
solamente para Estados Unidos sino para el mundo entero, propiciando el
sistema de organizar las naciones formando una liga de ellas, para unir
las gentes y evitar las guerras. Filósofos individualistas como Spencer
y pensadores como Alberdi, lo sostuvieron también en obras célebres
anteriormente. ¡Hay que leer ese “crimen de la guerra” del pensador
argentino, la obra más sesuda que se ha escrito contra la guerra, para
convencerse de la elevación de miras del gran humanista argentino--que
no tiene una estatua en su tierra y vivió y murió como paria, pues no
supieron comprenderlo,--adelantándose más de un siglo a su tiempo! En
su obra “Instituciones Industriales”, escrita por el año 1890, Spencer
desarrolla la idea, cómo, sólo con el obrar individual y democrático,
es decir, con que el individuo ejercite sus libertades naturales a
condición de respetar iguales derechos por parte de los otros, tanto
en el interior como en el exterior de los países, y que los Estados
se concreten a hacer respetar y nada más esas _igualdades_ en las
_libertades_ en vez de desatender la función de justicia que es su fin
primordial y de ocuparse de otros asuntos que son del rol individual,
como ocurre hasta ahora, y es lo que obstaculiza el progreso; creándose
además, con la disminución de las guerras, por el comercio, por las
industrias, por el tráfico, por la inmigración, por las ciencias, una
confederación de Estados mundial, Estados que no serán imperialistas
sino más reducidos y más iguales en lo futuro--así opinaba Spencer
que debía crearse la democracia universal siguiendo el desarrollo de
los pueblos. Y a mi juicio dió en el clavo de la cuestión, como lo
cree también el sociólogo Vaccaro, y lo está practicando con éxito
indiscutible Norte América y su presidente demócrata individualista
Wilson.

Pero es el caso que muchos años antes, Alberdi propuso lo mismo, en la
obra que cito, allá por el año 70, con motivo de los preludios de la
guerra francoprusiana.

Haciendo honor al pensador argentino, vamos a transcribir los
siguientes párrafos; dice hablando de la libertad interna: “En mi
opinión la ruina de la supremacía militar de la Francia no es hija
de los contrastes y reveses de su reciente guerra con Prusia, sino
que esos reveses son resultado de la ruina que ya existía, sin
manifestarse, de esa supremacía. Ha muerto a mano de otros progresos de
la Francia en el camino de la civilización. Un gobierno sin libertad,
un país sin industria aventajada, son más capaces de preponderancia
militar que un país libre y rico por la preponderancia noble de su
industria. En este sentido la Prusia y Rusia son más capaces de
preponderancia militar que la Inglaterra. El ejército perfeccionado
es la expresión de un gobierno en que la subordinación prima a la
libertad”. Y en otra parte, hablando de la cuestión externa, dice: “El
mayor obstáculo para llegar a la organización del mundo en una vasta
sociedad de naciones es la existencia de lo que hoy se llama _grandes
poderes_ o grandes aglomeraciones nacionales; pues lo primero que
exige en nombre de su grandeza uno de esos poderes, cuando se trata de
decidir la contienda que le divide con otro, es que nadie intervenga
ni se mezcle en esa decisión. Ese _nadie_ es la sociedad general, el
mundo neutral, es decir el juez natural de los pleitos internacionales.
Remover ese obstáculo es propender sistemáticamente a la subdivisión de
las grandes naciones, es decir, a la disminución de su poder para que
ninguna de ellas sirva de resistencia invencible a la formación de la
Nación suprema y definitiva, compuesta de todas las naciones del mundo,
hoy dispersas, errantes y anarquizadas entre sí. Los grandes Estados
son lo que eran los grandes señores como obstáculos y resistencias al
establecimiento de la sociedad política y de la autoridad nacional
de cada país. De modo que en lo internacional, como en lo interior
de cada nación, se llega a la unidad general por la división de las
unidades parciales que aspiran a realizarla... “Unidad que no depende
de la multitud, es tiranía: multitud que no se reduce a la unidad es
confusión”, ha dicho Blas Pascal”. (Páginas 321 v 284, _Obras Post_.).


V

Así, pues, en resumen, pensamos: Que con una democracia individualista
en lo interno y externo de las actuales naciones, es decir, con el
obrar amplio por el individuo, haciendo uso de su libertad, pero
respetando iguales libertades por parte de los demás, o sea la
_igualdad_ de las libertades naturales, y con la garantía real,
verdadera, por parte de los gobiernos de esas libertades en el obrar
para el individuo, sin mayores restricciones que las que imponen el
ejercicio de las mismas por parte de los demás, es como la sociedad
humana tiende a evolucionar en lo futuro para ser feliz el hombre
y progresar él y la sociedad. La humanidad necesita así, para
constituirse definitivamente, de la Confederación de naciones _en donde
todas entren como iguales_, para que haya la fuerza pública necesaria
a castigar las violaciones a la justicia de los Estados, cometidas
por alguna o algunas naciones que pretendieran hacer uso de sus
libertades abusivamente, es decir, desconociendo iguales derechos de
vida por parte de las otras. Con sólo, pues, el principio de justicia,
individualista: _la libertad, igual para todos_, o sea la igualdad
_natural_ en el obrar, se ha de organizar la humanidad democrática del
porvenir. Por el respeto de ese principio, en virtud del convencimiento
que la ciencia aporte a las gentes a medida que el pueblo se vaya
instruyendo, y se vaya haciendo hábito dicho principio de justicia a
fuerza de vivirlo cada vez más ampliamente por el tráfico en aumento
siempre entre los pueblos, y sobre todo, sabiendo, como deben saber,
que detrás de su violación está el poder de la comunidad para castigar
al individuo abusivo que se toma las libertades ajenas, creyéndose
privilegiado en el mundo, se creará la _libertad_, la _igualdad_ y
la _fraternidad_. No es con palabras, mentidas en los comicios, ni
con letras de molde en las leyes, ni tampoco con oraciones en los
conventos donde el amor al prójimo a nombre del Dios es predicado
por explotadores de los “fieles”; a esta altura del discurso, si
obligado estuviera a pronunciarme entre Norte América, democrática
individualista, y Rusia actual, socialista maximalista, entre Wilson
y Lenine mi predilección no se haría esperar; optaría por los Estados
Unidos y Wilson, sin que por esto pensare que todo lo realizado por
ellos sea perfecto, y sí solo sostengo el sistema, la tendencia, que
allí mismo se ha de perfeccionar, pues dista mucho de alcanzar el ideal
democrático individualista.

Jóvenes amigos; señores. Mientras las luchas de clases, de tribus,
de naciones, no se atemperen por el respeto recíproco de las gentes
al principio de justicia que dejo explicado, desconfiad siempre
de esos protectores de clases desemejantes que os quieren ayudar
desde el poder--“proteccionismos” que día a día se ven fracasar
en los individuos y en las naciones.--Mas, tal desconfianza, tal
precaución, no debe ser nunca un obstáculo puesto al advenimiento de
una confraternidad de miras democráticas, igualitarias _naturales_,
porque esto implicaría formar clases cerradas y naciones guerreras
que han sido fatales para el progreso de los pueblos y la humanidad.
Los aristócratas o burgueses que adoran tanto al pueblo y quieren
pasar por demócratas, traten de conseguirlo, pero haciendo primero
los sacrificios de sus privilegios injustos, antes de que el pueblo,
desengañado, cambie el tono de sus reclamaciones. A tiempo están de
abdicar tantos privilegios económicos, sociales y políticos de que
gozan. ¡Que se hagan ver!



LA CRÍTICA Y EL ARTE

POR OCTAVIO MENDEZ PEREYRA

De Panamá


Si el arte es uno de los objetos más elevados de la actividad humana
y la forma de trabajo más difícil, es, por lo tanto, de lo que merece
despertar en nosotros más interés y más simpatía. He aquí porqué
la crítica de arte ha podido alcanzar en nuestros tiempos un gran
desarrollo y llegado a ser una de las ciencias más complejas, una
ciencia que es sociología, historia, psicología, estética, lógica,
óptica, acústica, geometría y cien ciencias más a la vez. No ejercen,
pues, el verdadero apostolado de la crítica los que aun se empeñan en
la pueril tarea de constituirse en árbitros para juzgar, por sí y ante
sí, sin la preparación y la disposición requeridas, lo que es producto
de elementos heterogéneos que es preciso conocer y estudiar, si se
quiere emitir un juicio exacto, justo e interesante.

Taine ha llegado a establecer, en una reacción unilateral exagerada,
que “para comprender una obra de arte, un artista, un grupo de
artistas, es preciso representarse con exactitud el estado general del
espíritu y de las costumbres, del tiempo a que pertenecen”[27]. Aunque
fuera posible aplicar tan rigurosamente esta regla del maestro de la
Filosofía del Arte, siempre quedarían por considerar el temperamento
personal del autor y, sobre todo, la obra misma, en cuanto a la
cantidad de vida independiente que pueda contener, porque el verdadero
objeto del arte es la expresión de la vida.

Y como la vida no es sino una gran complejidad, resulta verdad que
la crítica de arte tiene por fuerza que ser una de las labores más
complejas del espíritu humano y, por esto mismo, una ciencia muy amplia
y liberal, que acepte con simpatía e interés todas las manifestaciones
de la inteligencia, todas las creaciones de la fantasía y todos los
temperamentos y particulares predilecciones. Mientras más numerosos y
contrarios sean éstos, tanto mejor para la solidez de los estudios y
la seguridad de los principios, tal como, en el campo de las ciencias
naturales, acontece al botánico o al zoólogo con las infinitas
manifestaciones de la vida vegetal o animal. El único deber del crítico
es “exponer hechos y mostrar cómo se han producido esos hechos”;
dejarse emocionar, y comunicar después sus emociones y las ideas que
encierra la producción. No es confesar preferencias, pedir genio,
exigir profundidad, señalar errores, imponer preceptos, absolver,
condenar, amonestar...

Por otra parte, conviene tener presente que la verdadera obra de
arte no puede ser analizada en detalle, con la sequedad del químico,
porque entonces deja de ser obra de vida y se convierte en un cuerpo
frío e inexpresivo, en una especie de mecanismo sin influencia
emocional y educativa. La obra de arte sólo es fecunda y eficaz en
los momentos en que actúa como una fuerza viva sobre nosotros, en
que influye con entusiasmo sobre el individuo y desarrolla en su
alma armonías sensibles, emociones hondas, calor y simpatía. Y es
que la emoción estética no es la consecuencia de un análisis, de una
disección detallada; es algo que se apodera de nosotros en bloque
como si entre el alma del artista y la nuestra un fuego divino
hubiese producido misteriosa fusión. Antes de juzgar la razón, juzga
nuestro sentimiento, y muchas veces aquélla es incapaz, como observa
Gauckler, de fallar por otra cosa que por la impresión sentida. “Si
durante los últimos siglos--dice--se ha tratado de proscribir del arte
la imaginación y de buscar lo bello en las propiedades exteriores
de las obras exclusivamente, ha sido porque entonces la filosofía,
eminentemente racionalista, ha sido la expresión de una reacción
contra el gran movimiento sentimental que caracterizó a la época del
Renacimiento”[28]. Una cosa es, pues, la emoción de arte y otra es la
habilidad técnica, muy apreciable, sin duda, pero menos significativa y
menos importante en los dominios complejos de la estética. Lo primero
que debemos buscar en la obra de arte es su expresión, su significado,
su razón de ser, la que no puede menos de estar relacionada con
una manifestación de vida, sea ésta un pensamiento, una pasión, un
sentimiento o una necesidad. Sólo después de haber descubierto el
sentido oculto bajo las formas, la sangre que las vivifica, estamos
capacitados para juzgar hasta qué punto el artista ha logrado traducir
fielmente su idea, o expresar correctamente su sentimiento. La forma
da, sin duda, valor y carácter al fondo, pero no es, en definitiva,
sino una envoltura, un mero estuche que vale mucho más por lo que
contiene, cuando contiene algo.

En todo caso, hay que tener en cuenta que para gozar enteramente de
una obra de arte es preciso ser apto para comprender la pasión, el
sentimiento que la informa y la idea que la encarna y le da vida. Es
preciso también, muchas veces, encontrar en la obra una manifestación
de lo mejor de nosotros mismos, darle algo de nuestra propia alma, o
ser capaces de animarla con nuestros propios sentimientos y una emoción
espontánea y honda.

“Para comprender bien una obra de arte--dice Guyau--es preciso
penetrarse tan profundamente de la idea que en ella domina, que se vaya
hasta el alma de la obra o que se le dé una, de tal modo que adquiera a
nuestros ojos verdadera individualidad y constituya algo como otra vida
en pie al lado de la nuestra”[29]. Es decir, hay que revestir de cierta
unidad y de cierta vida la obra para armonizarse con ella, como si por
un acto de la inteligencia y el corazón la hubiésemos antropomorfizado,
le hubiésemos dado calor de humanidad. Sólo entonces habremos dejado de
ser fríos y pasivos ante la obra artística y estaremos en aptitud de
fraternizar con ella y perdonarle los pequeños defectos, para admirar
mejor lo que tenga de bello y de bueno.

Porque la admiración necesita de constantes perdones y el estudio de
constante simpatía para ser fecundos, de la misma manera que el hombre
necesita ser amado, o, por lo menos, ser simpático, para ser perdonado
y ser comprendido. En arte--ha dicho el mismo Guyau[30] “basta con
demasiada frecuencia el no querer ser conmovido para no serlo, pues uno
es siempre más o menos libre de negarse a sí mismo, de encerrarse en
su yo hostil y hasta de perderse en él”. Y “lo triste es--agrega--que
el que quiere hallar lo feo lo encontrará casi siempre y perderá por
el placer de la crítica el de ser _conmovido_ que, según La Bruyère,
vale aún más”. Otro autor, Emilio Henniquin[31], ha llegado a escribir,
por este mismo camino, que “una obra sólo tendrá efecto estético sobre
las personas que poseen una organización mental análoga e inferior a
la que ha servido para crear la obra, y de la que puede ser deducida”.
Y ello parece efectivo porque es evidente que existen, por otro lado,
egoísmos intelectuales, prejuicios razonados, segundas intenciones,
temperamentos hoscos e insociables a los cuales una obra, por meritoria
que sea, produce siempre una antipatía que ciega el corazón a las
bellezas y el cerebro a todo entendimiento. Sólo por esto se comprende
a Lope cuando insulta a Cervantes, a Víctor Hugo cuando niega a Goethe,
a Voltaire cuando rebaja a Shakespeare, ese mismo Voltaire que convenía
en reconocer _un placer en no tener placer alguno_, acaso obedeciendo
a la convicción íntima de que “rebajar a otro es elevarse a sí mismo”.
A pesar de esto, siempre será más humana, más elevada y más educativa
la crítica serena e imparcial de las bellezas y los defectos, que la
crítica sistemática de los defectos. “Puede ser útil descubrir un
defecto en un diamante; es mejor encontrar un diamante en la arena”.

La obra de arte, cuando es sincera, es la más elevada pretensión del
hombre y merece nuestro respeto cariñoso por imperfecta que ella sea.
“Grano de arena arrojado en este mundo en trabajo, tiene la ambición
de detener su evolución perpetua, de dar duración a lo que pasa, de
retener lo que huye, de inmortalizar lo que muere... Y así es como el
sentimiento estético, que no es el arte, conduce a él”[32].

Amarlo todo, admirarlo todo, comprenderlo todo, he ahí la verdadera
filosofía del hombre sano y fuerte. Una indulgencia inagotable para
todas las debilidades humanas, un vasto perdón para todas las vanidades
y utopías y esa _amable y piadosa filosofía de la buena sonrisa_ para
todos los defectos y errores, he ahí la mejor coraza del crítico y el
más genuino temperamento del hombre culto. No impidamos, pues, con
críticas estrechas, que cada cual haga su ensayo de volar como las
mariposas, como las avecillas o como las águilas; cada vuelo llena su
misión en la naturaleza, tiene su explicación, encierra su dosis de
belleza y constituye una necesidad de la armonía universal. ¿Qué sería
del cóndor si al intentar sus primeros ascensos le cortásemos las alas
rudimentarias? ¡Cuántas veces el ave que escaló las nubes y embriagó
sus pupilas de sol no cayó antes, en sus primeros revuelos, de la copa
del arbusto o de la cima de la roca escarpada!

Seamos generosos, seamos sensatos, y dejemos también nosotros que las
energías de nuestro ser contribuyan a las puras construcciones del
arte; que el esfuerzo noble e idealista triunfe sobre las barreras
del materialismo y las pasiones bastardas; que nuestra alma, en fin,
trate de elevarse a la suprema belleza humana y ensaye comulgar con
las infinitas armonías de la naturaleza. Esa belleza y esta comunión,
lejos de aminoramos, nos harán, con sus misteriosos secretos, más
fuertes, más grandes y más virtuosos.

Por la obra de arte renovamos y sostenemos nuestros goces más delicados
y, “si es verdad que la Ciencia no tocará jamás con el dedo el gran
Desconocido que persigue, el Arte nos consolará de su impotencia
haciéndonos entrever en las armonías pasajeras, cuyo secreto nos
entrega, la imagen de esa armonía superior, causa y fin de toda
materia, de todo movimiento, de toda vida”[33].

No cerremos, pues, el corazón y el cerebro a los grandes misterios y
palpitaciones de la vida. Que cada palabra bella, que cada esfuerzo
sincero, que cada pensamiento noble, que cada gesto original, que cada
paso recto, produzca en nuestro espíritu una vibración afectuosa y
caiga en su seno como abono de luz para nuevas germinaciones... Que
nuestra alma, abierta al cielo cómo una flor inmensa, recoja en su seno
todos los perfumes, todas las armonías, todos los colores, todas las
caricias, para transformarlos en néctar precioso de belleza, de bondad
y de vida. Y así habremos llenado la más alta misión en la tierra.



LAS IDEAS FILOSÓFICAS DE AMEGHINO

POR JOSE INGENIEROS

Profesor en la Universidad de Buenos Aires

    I. Su orientación filosófica inicial.--II. El transformismo
    y la paleontología filosófica.--III. “Mi Credo”; los cuatro
    Infinitos; la vida y la muerte.--IV. Noción de Dios y noción
    de Espacio.--V. Filogenia del lenguaje.--VI. El origen de la
    Vida.--VII. Otros aspectos.


I.--SU ORIENTACIÓN FILOSÓFICA INICIAL

La índole misma de sus estudios científicos impuso a Ameghino el examen
de ciertos problemas filosóficos. Dotado de un temperamento imaginativo
y revolucionario, se inclinó, desde muy joven, a generalizar los
resultados de la experiencia y a trascender sus dominios técnicos
mediante hipótesis de cierto vuelo.

En la Memoria presentada en 1876 a la Sociedad Científica Argentina,
sobre la geología de la formación pampeana, adviértese que está
impregnado de Lyell y Darwin. Es transformista. Con vigorosa pujanza
juvenil defiende su posición filosófica y embiste a los que en nombre
de la teología y de la rutina se oponen a la investigación de la
Verdad. En esa época pasaba por aguda crisis el llamado “conflicto
entre la Religión y la Ciencia”; son, sin duda, un reflejo de ella los
párrafos preliminares de su Memoria, bastante significativos acerca de
su pensamiento inicial, pues el autor tenía veinte y dos años de edad.

Su tesis es profundamente subversiva. Considera que los teólogos, o
sabios de antaño, habían subyugado a las gentes sencillas enseñándoles
mentiras que ellos mismos no creían; para apuntalar el despotismo
necesitaban mantener al pueblo en la ignorancia, inculcándole ideas
retrógradas y supersticiosas; una de ellas era la leyenda bíblica de
la catástrofe diluviana con que un Dios vengativo había castigado a
la humanidad. Los tales sabios de antaño pretendían ahora explicar
los hallazgos de fósiles, suponiendo que la legendaria catástrofe los
había enterrado inesperadamente; pero la hora había llegado de que
terminaran esas patrañas, pues los restos fósiles no son antediluvianos
y pertenecen a especies que vivieron y evolucionaron durante el vasto
período de tiempo en que fueron sedimentándose los terrenos llamados
diluvianos, cuya progresiva estratificación no acredita la hipótesis
tradicional.

       *       *       *       *       *

“¿De dónde han venido (los restos fósiles, en general)? ¿Qué mano,
qué fuerza, qué poder inmenso es el que ha llevado sus despojos a las
cumbres de las montañas a miles de pies de elevación, ha rellenado con
ellos su interior, los ha transportado al centro de los continentes a
grandísimo número de leguas de los mares actuales, y los ha enterrado
en las entrañas de la tierra a centenares y aun a millares de metros
de su superficie? ¿Qué mano misteriosa es la que ha dejado en la
superficie de la tierra un monumento imperecedero tan elocuentísimo de
su inmenso poder?

“Estas preguntas hacía el pueblo a los sabios de antaño. Estos,
después de haber estudiado la cuestión y encontrado una explicación
satisfactoria y conveniente para ellos,--puesto que mediante ella
trataron de afianzar y aun consolidar el inmenso castillo bamboleante y
sin cimientos que habían fabricado sus antecesores sobre la ignorancia
del pueblo, al cual tenían subyugado a su capricho (ignorancia que
trataron siempre de mantener y aun fomentar, inculcando en el pueblo
ideas retrógradas y supersticiosas, para de este modo asegurar mejor
su despotismo),--se apresuraron inmediatamente a contestar diciendo
que todos esos restos de seres organizados que se encuentran dispersos
y enterrados en todas partes del globo, son los restos de los
desgraciados seres que vivían cuando ocurrió el diluvio universal, que
habían sido víctimas de dicha catástrofe. Y que sus restos, habiendo
sido acumulados, enterrados y dispersados en todas direcciones del modo
más confuso, venían a ser, por consiguiente, la prueba más evidente y
convincente de la gran catástrofe, por medio de la cual la irritación
del Todopoderoso hacia la concupiscente raza humana de entonces, hizo
devastar al mundo entero destruyendo a hombres y animales. ¡Como si
estos últimos también hubiesen sido culpables!

“Esta fué la respuesta de los sabios o, más bien dicho, de los teólogos
de antaño, puesto que casi todas las ciencias eran antes enseñadas
por el clero; y aunque hubiese habido alguna persona que hubiera
dudado de la posibilidad de dicha catástrofe, se habría guardado muy
bien de revelar su opinión, pues ahí estaba pronto el despotismo de
la teocracia para ponerle un freno a la lengua cada vez que hubiera
tratado de poner en discusión cualquiera de las falsas hipótesis de la
ciencia teocrática. Pero al dar esa respuesta, creían que nadie les
había de probar lo contrario, y muy lejos estaban de creer que llegaría
un día no muy lejano en que se probaría por medios evidentes y hechos
irrecusables, no tan sólo que los numerosos restos organizados que se
hallan enterrados en las entrañas de la tierra no son el resultado
del diluvio universal, sino que hasta se llegaría a demostrar que es
imposible que esta misma catástrofe haya tenido lugar...”

En efecto, el agua que se encuentra en nuestros mares es insuficiente
para cubrir toda la superficie de la tierra, hasta los picos más
elevados. Para sostener la existencia del diluvio universal se debería
suponer que las aguas provienen de algún punto exterior al planeta, o
que Dios las creó de la nada y después de haber conseguido su objeto
las volvió a la nada. Tal hipótesis le parece imposible, geológicamente
hablando, pues de todos los fenómenos que se han verificado en nuestro
globo, desde sus orígenes, no se conoce ninguno debido a causas
sobrenaturales; “por consiguiente, el diluvio universal, explicado
por causas agenas a las leyes naturales y que no caen bajo nuestros
sentidos, es un absurdo, es un imposible geológico. Casi todas las
montañas, aun las más altas del globo, presentan en su superficie
bancos de coral, conchas marinas de diferentes especies, etc., que
los partidarios del diluvio universal atribuyen a dicho cataclismo,
suponiendo que las aguas los llevaron y depositaron en las cimas de las
montañas; pero ¿cómo explicar el hecho de que muchas de esas montañas,
desde su base hasta su cima, están en su interior completamente llenas
de dichos despojos puestos por capas sucesivas; que cada una contiene
sus fósiles característicos de los cuales no se encuentran vestigios
en las otras capas; y que cada una denota pertenecer a períodos de
millares de años durante los cuales se fueron modificando lenta pero
progresivamente los seres animales que durante ellos vivían? ¿Cómo
explicar el hecho de que algunas de esas capas están compuestas de
animales marinos y otras de fluviales? Nunca consiguieron los teólogos
explicarlo satisfactoriamente.

“Sólo a los ateos, según los llaman ellos, les estaba reservado poder
explicarlo satisfactoriamente, como han probado de un modo evidente los
geólogos que dichas montañas no son otra cosa que terrenos formados
lentamente en el fondo de los mares y los lagos, que más tarde fueron
sublevados por efecto del calor del horno central de la tierra, que
careciendo, comparativamente a la gran intensidad de su calor, de
suficientes válvulas de seguridad (volcanes), los formaba en los puntos
menos resistentes de la corteza terrestre sublevando inmensas capas de
terreno, cuya mayor parte yacían en el fondo de los mares de aquella
época, y que son los que constituyen nuestras montañas actuales”.

Los partidarios de las viejas tradiciones creyeron defenderlas
reconociendo esos acontecimientos geológicos, pero agregando que habían
ocurrido antes del diluvio legendario; los efectos de éste debían
buscarse en los terrenos móviles o poco coherentes (sedimentarios)
que descansan sobre los anteriores y a los que se dió el nombre de
_diluvium_ o terrenos diluvianos. “Por consiguiente, la cuestión no se
reduce más que a saber si realmente los terrenos, a cuyo conjunto se ha
dado el nombre de _diluvium_, son el producto de una gran catástrofe.
Casi todos los geólogos modernos, fundándose en hechos, pruebas y
razones convincentes, se han declarado por la negativa.”

       *       *       *       *       *

Lo que Ameghino se propone, en suma, no es simplemente describir
observaciones estratigráficas ni colecciones de fósiles; desea
intervenir en uno de los grandes conflictos trabados entre la Ciencia
y la Religión, poniendo al servicio de la primera sus observaciones
personales. En efecto, “los terrenos que ocupan la superficie de las
pampas argentinas hasta una profundidad de veinte metros y más, a
cuyo conjunto se ha dado el nombre de _formación pampeana_ o terrenos
pampeanos, corresponden por su situación geológica a los que en Europa
se han llamado diluvianos. En estos terrenos se han encontrado, lo
mismo que en sus análogos europeos, los huesos de un gran número de
mamíferos conocidos generalmente con el nombre de _antediluvianos_.
En estos terrenos se han encontrado huesos humanos y objetos de su
industria, a los cuales, por estar como están, mezclados con huesos
de mamíferos extintos llamados _antediluvianos_, habría también que
aplicarles dicho calificativo. Ahora bien: el término _antediluviano_
ha sido introducido en la ciencia para designar cualquier cosa que
fuera anterior al supuesto diluvio universal, cuya existencia era
antes casi generalmente admitida. Si conservásemos dicho término para
designar los animales que se encuentran en el terreno pampeano y los
huesos humanos que se han encontrado junto con ellos, sería lo mismo
que si dijéramos que los animales a que pertenecieron dichos huesos
fueron anteriores a la supuesta catástrofe diluviana, es decir, a una
supuesta fecha o punto de partida, puesto que el diluvio, como nos
lo quieren hacer entender los defensores de las erróneas tradiciones
bíblicas, no ha sido más que una gran inundación simultánea sobre toda
la superficie de la tierra.

“Por eso es que para nuestros fines nos resulta de suma necesidad
saber si los terrenos pampeanos han sido formados momentáneamente por
efecto de una gran inundación, o son, por el contrario, el producto de
la reunión de un gran número de causas, que estuvieron en actividad
durante un largo número de años.

“Si lo primero es exacto, los animales cuyos restos encontramos en
ellos deben haber vivido con anterioridad a la catástrofe que los
formó y de la que fueron víctimas; y en ese caso el calificativo de
_antediluviano_ les sería bien aplicado.

“Si fuese lo segundo, el término _diluvio_ o _diluviano_ ya no
indicaría una data o fecha, sino una época o un gran período de tiempo,
durante el cual habrían tenido vida los numerosos seres organizados
cuyos restos se encuentran en los terrenos que durante él se formaron;
y, en consecuencia, el término _antediluviano_ sería mal aplicado,
porque equivaldría a decir que tuvieron vida anteriormente a una
catástrofe que jamás ha tenido lugar y podría substituirse por el de
_diluviano_, que equivaldría a decir que tuvieron vida durante la época
o período así llamado.

“Vamos a tratar de resolver la cuestión no con simples hipótesis o
argumentaciones sin fundamento, sino con razones, pruebas y hechos,
cuya exactitud podrá comprobar cualquiera”.

Su propósito no es, como se vé, simplemente descriptivo; si observa
terrenos y colecciona fósiles, persigue fines ideológicos más elevados.
Tiene, ciertamente, a los veinte y dos años preocupaciones que merecen
el nombre de filosóficas. Reaparecen ellas en _La Antigüedad del
Hombre en el Plata_ (1880), verdadero resumen de todos sus escritos
precedentes, y persisten en _La Edad de la piedra_ y en el _Homenaje
a la memoria de Darwin_, verdaderos eslabones que articulan su
pensamiento juvenil con las ideas científicas de su vida entera.


II.--EL TRANSFORMISMO Y LA PALEONTOLOGÍA FILOSÓFICA

El ciclo de su obra viril se inicia con _Filogenia_ (1884), obra
que por su método y orientaciones pertenece al género de la llamada
_paleontología filosófica_.

Después de Goethe, Oken y Buffon,--los precursores,--el transformismo
fué enunciado, con firmeza creciente, por Lamarck, Saint-Hilaire y
Darwin. Las obras de este último, concordantes con las expuestas por
Lyell en otros dominios, revolucionaron la zoología; a poco, mientras
Haeckel y Huxley le aportaban comprobaciones valiosas, cundió entre
los paleontólogos el transformismo y primaron en el estudio de los
fósiles los trabajos de reconstrucción filogenética. Neumayr delineó la
de los invertebrados, Cope la de los vertebrados; ambos introdujeron
en la paleontología el transformismo, más darwinista en el primero y
más lamarckiano en el segundo. Al mismo tiempo daba a luz Gaudry sus
leidísimos volúmenes sobre “los encadenamientos del mundo animal”,
coronados más tarde por su “ensayo de paleontología filosófica”.

Durante la estancia de Ameghino en Europa (1878-1881) esa orientación
filosófica de la paleontología estaba en pleno auge; refléjase ella
ampliamente en _Filogenia_ (1884), obra que tiene, junto a sus muchos
méritos, los apresuramientos propios de esa época, que justificaron la
prudente voz de alarma lanzada por Zittel.

El prólogo de _Filogenia_, en su parte final, es de un optimismo
fervoroso. Ameghino se propone restaurar el árbol filogenético para
dar la demostración irrefutable del transformismo; confiado en su
juventud, sólo pide tiempo para ello. Declara que una empresa de tal
magnitud y responsabilidad científica no puede esperarse de hombres que
tienen ya una reputación hecha y temen arriesgarse a comprometerla; las
obras revolucionarias están reservadas a los jóvenes. “Reconozco la
necesidad imperiosa de proceder cuanto antes a bosquejar este ensayo de
clasificación genealógica, y voy a acometer la empresa sin disimularme
las dificultades que para ello tendré que vencer, los deberes que me
impone, los sinsabores que quizá me reserva y la acerba crítica con que
sin duda será acogido por todos los que no tienen fe en el porvenir
y en las innovaciones, y ven detrás de cada revolución un caos, sin
reflexionar que después del fuerte rugir del trueno y de la obscuridad
que momentáneamente produce el encapotado cielo, la bóveda celeste
se muestra más límpida y azul, y el sol aparece más brillante y más
hermoso”.

_Filogenia_ es un simple punto de partida, la fijación del método
para llegar al fin; así lo expresa el subtítulo: “principios
de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y
proporciones matemáticas”.

Nunca olvidó Ameghino esa orientación filosófica inicial. Pasó los
más de sus años siguientes en clasificar las cuatro grandes faunas
paleontológicas de las formaciones pampeana, paranaense, hermosense
y patagónica, determinando a la vez sus condiciones geológicas;
pero de tiempo en tiempo volvió a lanzar una mirada sinóptica a
su obra, conexionándola con sus propios orígenes y proyectándola
sobre el porvenir[34]. Ya en plena madurez, acicateado por algunos
descubrimientos, renacieron en él con nuevos bríos las inclinaciones
antropogenéticas que había revelado en el capítulo final de
_Filogenia._ Ocupó sus últimos años en perfeccionar la serie de
los ascendientes del hombre, problema de la mayor trascendencia
filosófica. Sostuvo, como Darwin y todos los darwinistas, que los
antecesores del hombre no deben buscarse entre los actuales monos
antropomorfos, sino entre los monos ya extinguidos que dieron origen a
ambas ramas; pero a todos los excedió en el empeño que puso en acabar
una demostración tan inútil. No la necesita ya ningún transformista;
nunca parecería suficiente a quien desee creer en el origen
sobrenatural del hombre y en la invariabilidad de las especies.


III.--“MI CREDO;” LOS CUATRO INFINITOS; LA VIDA Y LA MUERTE

En 1899 publicó Ameghino tres artículos sobre _Los Infinitos_: espacio,
materia y movimiento[35]. Sus conceptos fundamentales reaparecieron
en la conferencia _Mi Credo_, pronunciada el 4 de agosto de 1906, en
la Sociedad Científica Argentina; en este conocido trabajo renovó su
adhesión a los principios del naturalismo filosófico, cuyas hipótesis
más corrientes expuso en forma sencilla y con visible originalidad en
ciertos detalles.

       *       *       *       *       *

Concebía el Cosmos como un conjunto de _cuatro infinitos_: el inmutable
_infinito espacio_, ocupado por el _infinito materia,_ en _infinito
movimiento_ en la sucesión del _infinito tiempo_.

“Materia y espacio tienen la relación de contenido y continente. El
espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único
inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia.
Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de
él, es un imposible.

“La materia es la substancia palpable que llena el Universo, y no
podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción
del espacio ocupada por un átomo de materia no puede ser a la vez
ocupada por otro.

“La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es
evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera
del espacio.

“Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo,
que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo
paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la
materia.

“Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que
aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y
tangible.”

       *       *       *       *       *

Dejando los infinitos intangibles, espacio y tiempo, se detiene
Ameghino a examinar los dos infinitos tangibles: materia y movimiento.

Acepta el atomismo para explicar la constitución de la materia. El
movimiento no existe independiente de la materia; es sinónimo de fuerza
o energía.

La evolución de la materia obedece a dos movimientos opuestos, de
igual intensidad: concentrante y radiante, es decir, de atracción y
repulsión. La evolución concentrante es progresiva; la radiante es
regresiva.

Un principio fundamental rige la universalidad del movimiento: “la
intensidad del movimiento está en relación inversa de la densidad
de la materia”. Hay mundos en formación y mundos en disolución: ese
equilibrio es eterno.

La materia presenta numerosos estados, desde el etéreo que llena
los espacios estelares, hasta el pensante que constituye el cerebro
en actividad. La estructura de esos estados es variadísima,
correspondiendo a cada uno de ellos un agrupamiento molecular distinto.
La transición entre esos estados es necesariamente progresiva. “La
infinita variedad de aspectos bajo los cuales se presenta la materia,
como todos los fenómenos físicos y químicos, se reduce al predominio
(localizado en el tiempo y en el espacio) del movimiento concentrante
o del movimiento radiante, que modifican la materia variando a lo
infinito su grado de elevación jerárquica y la complejidad de los
agrupamientos moleculares. Todos los elementos de la materia son
múltiplos del átomo único fundamental: el éter.

Los cambios de estado de la materia se acompañan de absorción o emisión
de calor.

Si los átomos son impenetrables, las moléculas son penetrables; los
distintos estados de la materia coexisten contenidos los unos en los
otros.

Las diversas formas de energía se transforman entre sí en proporciones
siempre equivalentes.

Los fenómenos físicos consisten en variaciones de la composición
molecular de la materia; los fenómenos químicos son disociaciones y
reagrupaciones de los elementos moleculares.

Las leyes naturales, con excepción de las muy pocas que rigen los
infinitos, no son eternas ni inmutables; son modos de equilibrio
entre el movimiento concentrante y el movimiento radiante: a cada
modificación de las condiciones de equilibrio corresponde una variación
de las leyes naturales.

       *       *       *       *       *

“No hay diferencia de substancia entre los cuerpos orgánicos y los
cuerpos inorgánicos, entre el cuerpo vivo y el cuerpo muerto”; entrando
en la composición de ambos los mismos elementos, su diferenciación
es secundaria y no primitiva, datando de una época relativamente
recientísima. Los organismos se formaron sobre la tierra cuando
su condensación fué suficientemente avanzada y la temperatura
suficientemente baja para que no se coagularan los albuminoides: “los
organismos son el resultado de la transformación de los inorganismos”.
La vida es una modalidad complicada del movimiento: todas sus
manifestaciones se reducen a formas de movimiento que ya encontramos en
los inorganismos.

La cantidad de materia viviente es invariable en las actuales
condiciones de equilibrio de la tierra y no variaría en cuanto ellas
persistiesen; está determinada por la cantidad de nitrógeno disponible
que existe sobre la tierra, que no puede sufrir aumento o disminución
sin producir un desequilibrio en el estado dinámico periférico de
nuestro globo.

Los primeros organismos se constituyeron por generación o evolución
espontánea, al transformarse la materia inorgánica. Actualmente la
generación espontánea no existe. No puede existir porque ya no hay
nitrógeno libre, cuya totalidad está acaparada por el mundo orgánico
existente, que representa la cantidad máxima de materia susceptible de
vivir.

La formación espontánea de la materia viviente se efectuó una sola vez
y no volverá a producirse; fué una etapa en la evolución de la corteza
terrestre, cuyas condiciones no se repetirán. La vida continuará sin
discontinuidad mientras duren las actuales condiciones de equilibrio de
la corteza terrestre. La materia de la corteza de los otros planetas ha
pasado o pasará por la misma etapa, lo que implica la posibilidad de
que sobre ellos aparezcan organismos vivientes.

Si la cantidad de materia viva es invariable, el aumento numérico de
algunos organismos debe implicar la disminución de otros; esa es la
causa última de la concurrencia vital o lucha por la vida. Siendo
limitada la cantidad de materia asimilable, ese es el límite natural de
la reproducción en los organismos: unos seres tienen que sucumbir para
que los demás puedan vivir.

Colocado en condiciones favorables del medio, el protoplasma, o
los seres vivos elementales, serían inmortales; la muerte es un
desequilibrio entre el ser vivo y su medio.

Los organismos más complicados son colonias de organismos elementales,
entre quienes se dividen las funciones necesarias a la vida del
conjunto; su muerte es un desequilibrio en esa división del trabajo.

La diversificación, complicación y perfeccionamiento de los organismos
se efectúa por una constante adaptación al medio, el cual también
evoluciona constantemente.

En la evolución individual cada organismo atraviesa las etapas
recorridas por sus antecesores en la evolución de las especies: la
ontogenia repite la filogenia, en sus fases generales.

Los hábitos adquiridos en la evolución de la especie, aparecen en
el individuo como instintos; siguiendo ese proceso, que nada puede
interrumpir, el hombre de las edades futuras nacerá con todos nuestros
conocimientos actuales involucrados potencialmente en su instinto.

       *       *       *       *       *

Los seres vivos mueren cuando la disimilación es mayor que la
asimilación; el organismo se mineraliza progresivamente y sus funciones
se entorpecen hasta hacer imposible el equilibrio total.

El hombre podrá algún día retardar su muerte, “poco menos que
indefinidamente”. El término de duración de la vida no es fijo; debemos
dilatarlo el mayor tiempo posible. “No creo que la muerte deba ser
siempre una consecuencia inevitable y fatal de la vida”. Los organismos
unicelulares, en determinadas condiciones, son teóricamente inmortales;
los policelulares mueren porque sus células se mineralizan y dejan de
funcionar, lo que se efectúa en época fija e invariable. Aunque la masa
total de materia viviente sea invariable, ella puede estar dividida
entre un número variable de individuos. “Puede, pues, concebirse,
sin que sea un contrasentido ni esté en contradicción con las leyes
naturales en vigencia, la posibilidad de que pudiera existir cierto
número de organismos inmortales, que vivieran constantemente a expensas
del mundo orgánico”.

Para alcanzar una longevidad indefinida es necesario que el
funcionamiento orgánico no sea obstruído por la acumulación de
sedimentos inertes. La tendencia evolutiva hacia una mayor longevidad
es general y está muy acentuada en los organismos superiores; el hombre
podría conocer las condiciones que la determinan y adaptar su propia
evolución en ese sentido, “darle dirección y colocarse resueltamente en
el camino de la inmortalidad”.

A nuestros lejanos descendientes “dotados de una longevidad de miles de
años; con el saber innato de sus antecesores, heredado bajo la forma
de instinto; con órganos de los sentidos mucho más perfectos que los
del hombre actual; con una materia pensante infinitamente superior, les
seria posible resolver los grandes problemas del Universo que se nos
presentan todavía en forma de lejanas nebulosas”. La especie humana
actual, salida de las precedentes, engendrará a su vez una especie más
perfecta, próxima al concepto que el hombre se forma de la divinidad.
En nuestros futuros descendientes, podría quedar cumplida la profecía
bíblica: ellos serían a imagen y semejanza de los dioses[36].


IV.--NOCIÓN DE DIOS Y NOCIÓN DE ESPACIO

La concepción del Cosmos como conjunción de cuatro Infinitos, se
encuentra explicada con mayor detenimiento en los artículos ya citados,
anteriores a _Mi Credo_. La concepción panteísta está desenvuelta en
su breve artículo _Noción de Dios y noción de Espacio_[37], destinado
a contestar la pregunta: “¿Hay algo que en verdad exista, o que
cuando menos pueda ser concebido en sana lógica como existente, que
esté más arriba que el espacio y la materia?” Y después de reconocer
la universalidad de la creencia en “un ser superior que gobierna el
Universo y es autor y origen de todas las cosas”, da su respuesta
decisiva: “la existencia de un ser superior, creador del Universo, es
incompatible con la noción de la existencia y la eternidad del espacio
y la materia”. Trata de probar con múltiples razonamientos lógicos la
incompatibilidad de las nociones de Dios y de Espacio, terminando con
las siguientes conclusiones explícitas:

“La idea de Dios es una idea primitiva, simple, sencilla, infantil,
hija del temor que engendra lo desconocido y de la ignorancia, que sólo
tiene ojos para ver las apariencias. Idea nacida con el hombre desde el
estado salvaje y que ha ido modificándose poco a poco a medida que el
hombre se civilizaba y cultivaba su inteligencia, hasta hacer de tal
idea una concepción puramente metafísica, dotada de atributos no menos
metafísicos, sirviéndome de esta expresión en su acepción más vulgar,
que quiere que sea metafísico todo aquello que no se comprende. Y en
efecto: nada hay, por consecuencia, tan metafísico como la noción de
Dios y de sus atributos, puesto que todo ello es lo más incomprensible.

“La noción de espacio es, por el contrario, una idea compleja, que sólo
ha podido presentarse en espíritus elevados y afirmarse como resultado
del conocimiento previo del Cosmos.

“Una no deja lugar para la otra; y así como todo pueblo inferior
se aniquila, desaparece y se extingue al estar en contacto con uno
superior, así también la noción de Dios se disipa ante la concepción
mucho más grandiosa, a la par que real y positiva, de la eternidad de
la infinita materia, en movimiento infinito, que llena el infinito
espacio”.


V.--FILOGENIA DEL LENGUAJE

Nunca osaron pensar Lamarck y Darwin, que la Anatomía Comparada y
la Paleontología podrían corroborar el transformismo explicando las
variaciones morfológicas que han permitido la evolución del lenguaje.
Ameghino lo intentó en su escrito póstumo “_Origen poligénico del
lenguaje articulado_”, en cuyo texto parece alterado el orden natural
de los problemas y no están bien distribuídos los materiales[38].

Fácil es separar en esta monografía los elementos relativos al estudio
de cuatro cuestiones distintas: 1.ᵒ Filogenia General del Lenguaje;
2.ᵒ Restauración filogenética de los órganos del lenguaje articulado;
3.ᵒ Origen poligénico de las lenguas humanas; 4.ᵒ Seriación de los
elementos fonéticos del lenguaje articulado.

       *       *       *       *       *

La primera cuestión--Filogenia General del Lenguaje--parte de que, en
la evolución de las especies animales, el lenguaje va convirtiéndose de
mímica emotiva en lenguaje articulado. Para ello pasa por cuatro etapas
progresivas:

1.ª Lenguaje animal o emotivo, propio de los animales, constituído por
gritos vocales acompañados de expresiones musculares (gestos) para
determinar mejor su significado.

2.ª Lenguaje exclusivamente vocal o prehumano, propio de los
antecesores del hombre.

3.ª Lenguaje semiarticulado, constituído por vocales y semiconsonantes,
sonidos intermedios que participan a la vez de la vocal y de la
consonante. Corresponde a los primeros representantes del género
humano, cuya mandíbula carecía, todavía, de apófisis geniglosa.

4.ª Lenguaje articulado, en el que los órganos bucales entrecortan
el sonido vocal para constituir sílabas distintas. Este ha
comenzado con la formación de la apófisis geniglosa, y ha alcanzado
independientemente distintos grados de desarrollo.

(La parte mímica, expresiva o emotiva, ha ido disminuyendo a medida que
iba en aumento el significado de las voces).

Ameghino analiza cada una de esas cuatro etapas, deteniéndose,
especialmente, en la última, o sea el lenguaje articulado.

“No quiero invadir terreno extraño a mis conocimientos. Sin embargo,
se me permitirá que exprese mi opinión, según la cual considero el
estudio y clasificación de las lenguas del mismo modo que el estudio y
clasificación de las especies en historia natural. Las lenguas deben
ser tratadas como se tratan las especies. Schleiger ya había entrevisto
este paralelo entre la lingüística y la historia natural, reconociendo
que el lingüista debía abordar el estudio de las lenguas en la misma
forma que el botánico estudia las plantas; pero no llevó el parangón a
términos más precisos. Esta es la vía que debe seguirse.

“Las lenguas representan para mí las especies, y los dialectos las
variedades de esas especies; las lenguas madres representan las
familias y varias familias afines constituyen los órdenes de lenguas.

“Las especies lingüísticas están constituídas por tres sistemas de
órganos: 1.ᵒ Los sonidos son los caracteres más fundamentales, los
órganos (sonidos) duros de las lenguas, los que forman su armazón o
esqueleto, equivalentes a los huesos en los vertebrados; son, como
éstos, los que varían y se modifican con mayor lentitud, y, por
consiguiente, los que deben servir para la distinción de los grupos
principales, como los órdenes y su origen. 2.ᵒ Las voces o palabras,
equivalen a los órganos blandos que varían con mucha mayor facilidad y
sirven para determinar o definir las especies (lenguas) y variedades
(dialectos). 3.ᵒ Las construcciones y formas gramaticales son sistemas
de órganos que sirven para determinar las relaciones que hay entre las
especies (lenguas) y agruparlas en géneros y familias. Entre esos
órganos los hay primitivos, recientes, atávicos, perfectos, etc.”

“En las lenguas, como en las especies en historia natural, hay
numerosísimas variedades, especies, géneros y familias extinguidas.
Para llegar a resultados definidos hay que estudiar las lenguas
desde el punto de vista filogenético, el mecanismo de los sonidos
en sí y en sucesión en el niño, es decir, aplicando el método de
los paleontólogos para establecer las líneas filogenéticas de los
distintos grupos lingüísticos. Hay, pues, que hacer la filogenia de
las formas desaparecidas y de cada uno de los órganos (es decir, de
los sonidos), determinando la época de aparición relativa o sucesiva,
y las modificaciones que esos sonidos han debido experimentar desde su
primera aparición hasta nuestros días”.

       *       *       *       *       *

Nada más lógico que la segunda cuestión--Restauración filogenética de
los órganos del lenguaje articulado--para el autor de _Filogenia_.
El lenguaje articulado es una función desempeñada por órganos.
Prescindiendo de su aspecto psíquico, vinculado a la anatomía
e histología cerebrales, Ameghino se detiene a estudiar los
órganos indispensables para que el lenguaje vocal se convierta en
semiarticulado y en articulado.

Examina, en primer lugar, la variación progresiva de los huesos y
órganos que intervienen en la fonación y en la articulación de los
sonidos; bien observada, esta parte del trabajo resulta una nueva (y,
en verdad, inesperada) aplicación del _procedimiento de la seriación_
a los órganos del lenguaje, para restaurar _su filogenia_. “Los
representantes actuales de la clase de los mamíferos y lo que la
paleontología nos enseña sobre los que los han precedido, nos permiten
rehacer el camino de la evolución de estos órganos desde los mamíferos
más primitivos hasta el hombre”; los analiza, deteniéndose en los monos
y en los antropomorfos, advirtiendo que “en la naturaleza actual no
hay formas de transición entre esa conformación propia de los cebinos
y los catarrinos, y la del hombre. Pero los primeros hombres que
aparecieron sobre la tierra, muestran a este respecto una conformación
completamente intermedia, y en algunos casos puede decirse que idéntica
a la de los monos”.

Atribuye una importancia especial en la función del lenguaje
articulado a la morfología de la apófisis geniglosa, eje principal
de los movimientos linguales en el hombre. Carecen de ella todos los
mamíferos; en los antropomorfos, que se consideran tan cercanos al
hombre, la dificultad de hablar depende, no sólo de la ausencia de la
apófisis geniglosa, sino de la disposición de la dentadura y de los
labios. En los antecesores inmediatos (especies o razas) del hombre
actual, falta esa apófisis; de ese hecho puede inferirse lógicamente
que ellos no pudieron poseer un lenguaje netamente articulado. Parécele
evidente que esta clase de lenguaje fué primitivamente simple y
limitado a muy pocos sonidos; el uso desarrolló los músculos linguales
y el crecimiento de la apófisis geniglosa, permitiendo esta última una
grandísima amplitud de movimientos en todas direcciones, correlativa a
la creciente complicación del lenguaje articulado.

Fácilmente se adivina que las observaciones sobre dicha apófisis
han sugerido a Ameghino sus hipótesis generales sobre filogenia del
lenguaje.

       *       *       *       *       *

La tercera cuestión planteada en este bosquejo--origen poligénico de
las lenguas humanas--está muy someramente expuesta. ¿La adquisición
de la función del lenguaje articulado se ha efectuado en una sola
región de la tierra o en varias a la vez, ha tomado origen en una
sola raza o en varias por separado? Para dilucidar este problema se
resuelve “a examinar las mandíbulas antiguas que del hombre se conocen
en las diferentes partes del mundo, para poder determinar si todos se
han desenvuelto sobre el mismo plan y seguido un mismo camino, o si
obedecen a distintos planes y han seguido distintos caminos. En el
primer caso, habría probabilidad de un origen único, siempre que ese
camino no hubiera sido emprendido independientemente en las distintas
regiones. Pero si el modo de desarrollo obedece a más de un plan y
un camino, entonces es evidente, que el origen es independiente y
poligénico”. De ese estudio infiere: 1.ᵒ Que el lenguaje articulado
tiene diversos orígenes independientes. La apófisis geniglosa es
un carácter poligénico y no monogénico. Esta apófisis empezó a
delinearse, en el fondo de la fosa geniglosa, independientemente
en las grandes regiones de la tierra y también en pueblos de una
misma región; empezó por pequeñas rugosidades que representaban,
entonces, un carácter profético. El estado en forma de fosa geniglosa
sin rugosidades ni apófisis, fué la característica del hombre al
concluir la época terciaria. 2.ᵒ Todo induce a creer, además, que la
facultad del lenguaje, no solo las razas humanas la han adquirido
independientemente, sino también en épocas distintas y algunas en
tiempos geológicos relativamente muy recientes”.

       *       *       *       *       *

La cuarta de las cuestiones--Seriación de los elementos fonéticos del
lenguaje articulado--es la que ha alcanzado un desenvolvimiento menos
incompleto (Cap. V, titulado “sonidos consonantes”). También es,
ciertamente, la parte más constructiva y original, aunque se advierte a
cada instante que el autor no conoce los estudios modernos de fonética
experimental y comparada; esto le habría facilitado su obra y sus
resultados serían más valederos.

Es imposible resumir los análisis que le llevan a reconstruir ciertos
“phylae” de evolución de los sonidos lingüísticos fundamentales. El
_procedimiento de la seriación_, establecido en _Filogenia_ para los
caracteres de los huesos fósiles, aparece aquí aplicado a seriar los
elementos fonéticos (fonemas) del lenguaje articulado. No se sabe qué
admirar más, si el ingenio, si la lógica, si algunos resultados cuya
evidencia resulta de la imposibilidad de lo contrario. Es un bosquejo,
sin duda; el propio Ameghino reconoce y lamenta su ignorancia de las
disciplinas filológicas corrientes. Pero lo importante es la indicación
de un _nuevo método_ para el estudio comparado de las lenguas, que
contribuiría a la formación de una _filología genética_ realmente
integral.

Las ideas generales que dominan en este escrito póstumo contienen
todo lo útil que podía esperarse de la obra completa: una orientación
para otros. Ameghino carecía de nociones rudimentarias de fonética y
de filología; había llegado a una edad en que no pueden emprenderse
estudios enteramente nuevos[39].


VI.--OTROS ASPECTOS

Algunas ideas de _Mi Credo_ están desenvueltas en un escrito póstumo de
Ameghino: _El Origen de la Vida_[40]; son breves notas sobre el origen
de los seres, la primera aparición de la vida, la generación espontánea
en el origen de la misma, su improbabilidad actual, las condiciones
necesarias para el desarrollo de la vida, etc. Carecen de originalidad,
desarrollando las ideas más corrientes entre los partidarios de la
teoría físico-química.

Fácil es advertir que Ameghino, en el _Credo_ que hemos sintetizado
con fidelidad, da por planteados y resueltos los problemas filosóficos
de “origen” y de “genealogía”. Sobre el origen del cosmos, de la vida
y del pensamiento, adhiere estrictamente al naturalismo filosófico;
pertenece a la corriente de pensadores que en el siglo pasado contó
con grandes nombres, desde Darwin hasta Ostwald, convergiendo a una
_concepción del mundo fundada en las ciencias naturales_. Justo es
advertir, sin embargo, que sus ideas se limitaron a generalizaciones
poco definidas, no alcanzando la forma del monismo energético, que ha
sido la expresión más sistemática de esa tendencia.

En cuanto al problema “gnoseológico”, piedra de toque para clasificar
a un filósofo, Ameghino admite, de hecho, que la experiencia es el
fundamento de todo conocimiento, iniciándose como observación empírica,
coordinándose como ciencia y proyectándose en lo desconocido como
hipótesis fundada en la experiencia. Nunca trató en particular este
problema de lógica, ajeno a sus dominios científicos; pero siempre que
a él se refirió incidentalmente, su obsecuencia al método científico
fué absoluta y se esforzó por practicarlo, en cuanto ello le fué
posible.

Su posición moral fué netamente optimista. Se dejó llevar por la
imaginación en sus previsiones relativas a la futura longevidad humana,
que llamó “inmortalidad” en términos metafóricos, más propios de la
poesía que de la ciencia.

Rindió culto a la Verdad con derechez ejemplar y virtud pocas veces
igualada. Y, sin salir de la Naturaleza, imaginó un Dios nacido de la
Naturaleza misma: el Hombre perfeccionado de la humanidad futura.



ÍNDICE DEL VOLUMEN IX


                                                                      Págs.

  _Agote, Luis_               --El Helenismo de Alejandría               28

  _Blanco, Julio Enrique_     --Sobre el origen y desarrollo de
                                las ideas teleológicas en Kant          223

  _Besio Moreno, Nicolás_     --Ulises en el infierno dantesco          437

  _Bianchi, Alfredo A._       --La huelga sangrienta                    304

  _Bustos, Zenón_             --La Revolución Social que nos amenaza    136

  _Culturales, Asociaciones_  --La huelga sangrienta                    318

  _Donoso, Armando_           --La conversión de Brunetiére             206

  _Ferreyra, J. Alfredo_      --Emile Corra y los ejércitos invisibles  239

      »         »             --Acotaciones a Montaigne                 358

  _González, Joaquín V._      --La Paz Internacional y el Derecho
                                de las Naciones                         279

  _Giusti, Roberto F._        --La huelga sangrienta                    304

  _Guardia, Ernesto de la_    --La unidad en la estética                253

  _Ingenieros, José_          --Psicología de los celos                  83

      »        »              --La significación histórica del
                                movimiento maximalista                  146

      »        »              --La moral de Ulises                      264

      »        »              --La huelga sangrienta                    315

      »        »              --Las ideas filosóficas de Ameghino       462

  _Kantor, Moisés_            --El problema social y la revolución
                                rusa                                    114

  _Korn, Alejandro_           --La Reforma Universitaria                  1

  _Laub, J._                  --¿Qué son espacio y tiempo?              386

  _Lobos, Eleodoro_           --La Reforma Universitaria                 16

  _Lugones, Leopoldo_         --La huelga sangrienta                    311

  _Maupas, Leopoldo_          --La lógica formal                         56

      »     »                 --Lógica inductiva                        406

  _Méndez, Julio_             --La Reforma Universitaria                 24

  _Méndez Pereyra, Octavio_   --La crítica y el arte                    457

  _Mercante, Víctor_          --Marcos Sastre y “El Tempe Argentino”     46

  _Peña, David_               --Alberdi, Sarmiento y Mitre              161

    »     »                   --Alberti, Sarmiento y Mitre              332

  _Reyes, César_              --Democracia individualista               442

  _Rivarola, Rodolfo_         --Discurso de apertura de la Universidad
                                de La Plata                             321

  _Senet, Rodolfo_            --Origen de los sentimientos morales      187

      »       »               --Los sentimientos morales, estéticos
                                y religiosos                            367

  _Zeballos, Estanislao S._   --La Reforma Universitaria                  6



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Sarmiento.

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filosofía (psicología, ética, lógica, estética y metafísica) mediante
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    Julio Cruz Ghio, Ernesto Nelson, Nerio A. Rojas, Alberto
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    Maupas, E. Herrero Ducloux, Julio Noé, Alcira Villegas, etc._

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retrospectiva y contemporánea de la cultura americana, y especialmente
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                             Buenos Aires.



FOOTNOTES


[1] A este preciso momento se refiere Sarmiento en la siguiente carta
que me escribió en enero de 1888, año de su muerte, con motivo de
la aparición del diario _La Epoca_ que fundé y dirigí en la ciudad
de Rosario. La valiosa comunicación del grande hombre fué como el
_Programa_ de mi hoja. Escrita toda ella de su puño y letra, el
original no presenta ni una simple enmendatura. Esta carta fué
reproducida por la _Revista de Derecho, Historia y Letras_ en junio de
1899.

He aquí esa carta, que acaso pueda ser considerada como el último
aliento espiritual de Sarmiento:

    “Señor don David Peña--Rosario.

        “Mi jóven amigo:

    “Con el primer mes del año 1888 me anuncia un amigo aparecerá
    en el Rosario un diario dirigido por usted. Apenas asome las
    narices a la luz pública, encargo a usted lo salude con el
    sacramental: HAPPY NEW YEAR y le eche sobre los hombros como
    blandos pañales o sobre la cabeza, como la imposición de las
    manos de los ancianos, a guisa de bendición, las palabras que
    siguen, puesto que quiero que, como retoños de viejo roble, se
    reconozcan como descendientes felices los diarios del Rosario,
    de la alocución que dirigí a sus habitantes en 1852 al pasar
    por sus desiertas y apenas trazadas calles, con la _primera
    página impresa_ que vió la luz en Rosario, aun antes de existir
    una imprenta.

    “Traíala ambulante el Ejército Grande, y hubo de lanzar desde
    el Rosario, como que entraba en campaña, su primer boletín.

    “No había de montarse la prensa por pesada, ni adiestrádose el
    personal de cajistas e impresores, para echar a volar mil hojas
    sueltas en una hora.

    “Un jefe de Estado Mayor preside la operación del tiraje. Al
    principio, la tripulación de aquel barquichuelo se encoge
    de hombros y se ríe del propósito de hacer milagros con tan
    exigüos medios: una escobilla para entintar la forma, que está
    negra y muda sobre un banco, a guisa de yunque donde el Vulcano
    de nuestro siglo, ha de descargar sus repetidos martillazos,
    hasta que entrando en calor el metal, tome la forma que el
    arte, la ciencia y la voluntad humana le imprima. Esta es la
    prensa.

    “¡Atención! manda el sañudo jefe, vamos a imprimir una carta a
    los vecinos del Rosario prometiéndoles la victoria de Caseros.
    (Una concurrencia de pueblo, inmensa, toda la platita labrada
    del Rosario que cabía dentro de una sala en 1852, se había
    reunido para felicitarnos y desearnos feliz y gloriosa campaña
    contra el tirano).

    “¡Atención! ¡Numerarse por la derecha! 1, 2, 3, 4, 5, 6.
    Número uno, pone tinta a la forma con el entintador a guisa de
    tapón; núm. 2, pone la hoja de papel; núm. 3, impone encima la
    frasquetita de papel; núm. 4, golpea con la escobilla hasta
    que se impriman las letras del otro lado; núm. 5, levanta la
    frasqueta; núm. 6, retira la hoja impresa y luego, el núm. 1,
    entinta la forma; núm. 2, pone el papel; núm. 3, impone la
    frasqueta, etc. _Da capo_. El que retira el papel va a leer
    lo impreso, para ver si está bien. ¡Alto ahí!, grita el jefe
    que manda la maniobra. Ese movimiento no está en la táctica de
    imprimir al vuelo, se pierde tiempo, se para la rueda. Al fin y
    tirados los ejemplares, se van apartando los malos.

    “La operación sigue, los artilleros se adiestran a cargar
    aquel formidable obús, una página impresa que tantas murallas,
    torreones y barreras ha hecho caer; y que, como el otro día me
    mostrasen en la estupenda fábrica de cerveza de Mr. Biecker,
    un obrero que hace catorce años está llenando botellas de
    cerveza, y sus manos corren de una a otra como se ven las
    alas del picaflor agitarse hasta desaparecer, yo me decía,
    sin sorprenderme, patarata ¡si hubieran visto imprimir en el
    Rosario mil hojas de una carta impresa, al aire libre, rodeados
    seis obreros inteligentes, de una forma, haciendo volar hojas y
    más hojas!...

    “Este es el origen de la imprenta en el Rosario, y aquella
    escena su más claro timbre de gloria. ¿Conservará alguien algún
    ejemplar de aquella carta a los ciudadanos? Sería un buen
    pergamino que ostentase ese diario de ud. para demostrar que
    es Fijodalgo, y no un cualquiera, sino de muy noble alcurnia,
    lanzado a la calle, a la de Dios que es buena.

    “Ahora, el Rosario es la primera ciudad de la República
    Argentina, por el número de sus habitantes y su asombroso
    movimiento, sus muelles, su red de ferrocarriles, de
    circunvalación y subterráneos, pues Buenos Aires es la capital,
    y no entra en las ciudades de provincias. La Plata, ha ya
    destronado a Córdoba. El Rosario es el Chicago del Río de la
    Plata, al que los ascensores colosales envían torrentes de
    trigo y lino que van a desembarcar a Inglaterra, pues los
    granos se embarcan a sí mismos cayendo dentro de las bodegas de
    los vapores que los trasportan.”

    Pero el Rosario, es además, la boca y los oídos por donde
    entran los alimentos y los espíritus y los rumores de la
    civilización. El Rosario es la capital del pueblo argentino
    transformándose de raza, de instintos, de ideas, y es allí
    donde debe estar, para el servicio de los pueblos nuevos, aquel
    banco, a guisa de yunque, para amartillar ideas, que unos pocos
    vecinos vieron funcionar en 1852:--la imprenta. Sea ese diario
    de ud. el yunque. La barra de hierro agrio, frío, duro, que
    tenemos por delante es la _nacionalización de residentes_,
    y esos residentes están en el Rosario, en la Esperanza, en
    cien colonias, felices y afincados, sin haber declarádose
    propietarios orgullosos de la patria que han conquistado con
    el sudor de su frente, para legar a sus hijos con la República
    libre, y no para mandar de regalo a algún príncipe pseudo de
    allende los mares.

    Le he descrito la manera de imprimir boletines en seis tiempos,
    y dejar atrás las prensas a vapor. Tomo de “Viajes por Europa,
    Africa y América”, la receta que me enseñó un gran maestro, y
    he aplicado con grande e infalible éxito a enfermos que los
    médicos habían declarado incurables; oiga usted:

    “En Barcelona encontréme con Juan Tompson, uno de esos
    pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra
    se encuentran en mayor o menor número, como aquellos griegos
    de Constantinopla cuando los Hunos se apoderaron de ella. El
    Facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés,
    que estaba allí; la Revista de Ambos Mundos acababa de hacer
    su complaciente _Compte-rendu_ del librote, y heme aquí, que
    sabiendo mi llegada a Barcelona, M. Lesseps, el célebre cónsul
    general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos
    de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que tan raro
    libro había escrito.

    Amigos a las dos horas de conocernos, Cobden, que a la sazón
    estaba en Barcelona, tuvo los honores de un te, durante el
    cual debía serle yo presentado. ¿Os imagináis a Cobden, un
    O’Connell vivo, cáustico, entusiasta, ardiente en la polémica,
    rápido, inspirado en la réplica? ¡Cuánto os engañáis, mi pobre
    Victorino! (Lastarria). Es un papanatas, fastidiado como un
    inglés, reposado como un axioma, frío, vulgar, si es posible
    decirlo, como las grandes verdades.

    Hablamos casi los dos solos toda la noche; contóme algunas
    de sus aventuras, de sus luchas, mostróme sus medios de
    acción, la estrategia de su palabra, los cuentecillos con que
    era preciso entretener al pueblo para que no se durmiera,
    escuchando. Lamentóse de la casi insuperable dificultad que
    oponían las masas por su incapacidad de comprender, por sus
    preocupaciones; dióme una tarjeta por si alcanzaba él a estar
    de regreso en Mánchester a mi paso por aquella ciudad y no nos
    separamos sino en la puerta de mi hotel, quedando yo abrumado
    de dicha, abismado de tanta grandeza y tanta simplicidad,
    contemplando medios tan nobles y resultados tan gigantescos.
    No dormí esa noche, tenía fiebre: parecíame que la guerra iba
    a caer en ridículo, cuando generalizándose aquel sistema de
    agregación de voluntades, de justa posición de masas, fuese
    puesto en práctica, para destruir abusos, gobiernos, leyes,
    instituciones. ¡Qué cosa más sencilla!

    Hoy somos dos, mañana cuatro, el año siguiente mil, reunidos
    públicamente en un mismo gobierno. ¿Resiste el gobierno?

    Es que aún no somos muchos, es que quedan en favor del abuso
    mucho más.

    Sigue la predicación y los folletos, y los diarios, y la
    asociación y la Liga. El Gobierno o las Cámaras saben el día y
    la hora en que están vencidos y ceden; íd. ¡a poner en planta
    tan bello sistema en América!

    Cobden había destruído o atacado, antes de comenzar su obra,
    todos los grandes principios en que reposaba la ciencia
    gubernativa. El _equilibrio europeo_ él lo declaró manía de
    entrometerse en asuntos ajenos por desaburrirse los ministros.
    Las _colonias_ eran sólo el medio de proporcionar empleo a
    los hijos menores de los lores. La _balanza comercial_, el
    resumen de la ignorancia en economía. La política con todas sus
    pretensiones de ciencia, el charlatanismo de bobos o de pillos.

    La _protección_ a las industrias nacionales, un medio inocente
    de robar dinero al vuelo, arruinando al consumidor y dejando
    en la calle al fabricante protegido. En cambio de todas estas
    verdades fundamentales él sustituía el buen sentido, el sentido
    común de todos los hombres, más apto para juzgar que la ciencia
    interesada de lores y ministros.

    Ahora parto para Africa. Llevo cartas para el mariscal Bugeaud,
    y una casi orden al cónsul de Mallorca para que me haga
    conducir a Argel por el primer vapor de guerra que se presente.”

    Ya conoce usted la receta, y la historia ha probado que es
    infalible; pruébela usted en el Rosario aunando voluntades,
    pueblos, patriotismo, intereses en uno común: la República
    Argentina independiente, culta y libre.

    Yo siento que me flaquean las fuerzas, que el cuerpo es
    débil y que debo emprender otro viajecito luego. Pero, estoy
    preparado precisamente porque se necesita poco equipaje; con
    lo encapillado sobra; pero llevo el único pasaporte admisible,
    porque está escrito, en todas las lenguas: “servi a la
    humanidad”. De pobre que era, en unos países, le mostré caminos
    y mares que conducían a otros más felices, y un millón me debe
    en parte haber ahorrado a sus hijos las más duras penas de la
    vida, que son la destitución y el hambre. Habían vendas espesas
    de ignorancia y barbarie en el pueblo y traté de arrancarlas;
    oí el ruido en torno mío, el ruido de cadenas que no estaban
    aún rotas y me junté a quienes forcejeaban por quebrantarlas.
    Hoy trato de reunir muchos egoísmos, muchos dialectos en una
    sola masa homogénea: el pueblo, y pudiera ser que un misil me
    alcance, y tenga que dejar caer de la mano la espada, que,
    como lo ha visto, es la pluma que usted empuña. Guárdela del
    orín del negocio, suprimiendo o avanzando ideas, según sopla
    el viento. Le aseguro que por todas partes nos es favorable;
    con Wilson caen los negociantes, en favores; con Cleveland
    se robustece la moral en la política. Con la nacionalización
    de residentes habremos engrandecido la Patria. Las colonias
    de Santa Fe, el Rosario con cien mil almas luego, son apenas
    bosquejos de bellos cuadros de bienestar y libertad que no
    hemos de ir a buscar en Europa, dejada a los que en ella moran.

    Saluda a usted su affmo. amigo

                                                   D. F. SARMIENTO.

[2] Ocupándose Sarmiento de la primera parte de este episodio en casa
del presidente Avellaneda, se apoyaba en él para elogiar al general
Urquiza en forma extraordinaria. Pero antes de referir a mi manera el
juicio, prefiero transcribir la página que lo contiene, del _Número
Único_ que se publicó en homenaje de Urquiza en la ciudad de Buenos
Aires en mayo de 1901 y que dice textualmente así:

                   URQUIZA JUZGADO POR SARMIENTO

    “Habiendo hecho conocer don Marco Avellaneda del doctor David
    Peña un juicio de Sarmiento sobre Urquiza, consignado en
    un interesante libro de recuerdos personales, en el que se
    hallan entremezclados impresiones y juicios de otra época,
    recogidos por el actual Ministro de Hacienda y por él salvados
    del olvido en esta forma íntima, empeñóse el doctor Peña con
    amistosa insistencia, en obtener una copia de esa página, que
    textualmente reproducimos:

    “En tiempo de la presidencia de mi hermano Nicolás, nos
    encontrábamos reunidos una noche en su casa particular, varias
    personas, entre las que estaba el general Sarmiento.

    Se hablaba del talento militar del general Paz, y dirigiéndose
    mi hermano a Sarmiento, le dice: ¿Cuál de los militares que
    usted ha conocido tenía más talento? Urquiza--contestó sin
    trepidar--y ante la exclamación de sorpresa con que fué
    recibida su respuesta, agregó--“¡Sí! Urquiza tenía genio
    militar y también genio político.

    “Yo lo he tratado en la campaña contra Rosas, nos dijo. Voy a
    referirles algunos rasgos suyos en apoyo de mi opinión.

    “Desde que atravesamos el Paraná, el general Urquiza principió
    a preocuparse del militar a quien Rosas confiara el mando
    del ejército--recorría los nombres de todos los que a éste
    acompañaban y se detenía siempre en el del general Pacheco. Era
    el único que le inspiraba recelos, y se propuso anularlo.

    He aquí el medio de que se valió: Le escribió cartas en
    términos amistosos, casi confidenciales. Leí una de ellas en
    la que le anunciaba que su primer acto, después de vencer a
    Rosas sería nombrarlo gobernador de Buenos Aires, conteniendo
    además, frases como éstas: “como usted sabe...” “de conformidad
    a lo que le comuniqué...” que indicaban que procedía de acuerdo
    con él. La correspondencia era conducida por _chasques_ a
    puntos en donde debían ser tomados por agentes de Rosas. Tres
    o cuatro gauchos fueron degollados, pero logró su objeto.
    Pacheco fué separado del ejército de Rosas. En el combate entre
    las vanguardias que tuvo lugar el 31 de enero, las tropas de
    Urquiza entraron a la pelea vivando a Pacheco.

    En seguida Sarmiento refirió los siguientes hechos: “El día
    de la batalla de Caseros, el general Urquiza, al frente de su
    ejército, recorría con su anteojo de campaña la línea enemiga
    hasta que llamó a un joven oficial de su escolta, diciéndole:
    “--Ayúdeme a buscar las tropas del jefe N. que derrotamos el
    día 31”. Una vez que fueron encontradas, inició el ataque
    llevando el ataque contra ellas, que dió por resultado la
    completa dispersión de esas fuerzas, que, desmoralizadas ya por
    la derrota anterior, ni siquiera intentaron resistir.

    Pocos momentos antes de principiar la batalla, se acerca a gran
    galope un ayudante del general Virasoro, que le dice: “--El
    jefe del estado mayor manda prevenir a V. E. que ha olvidado
    indicarle cuál será el punto de reunión en el caso de una
    contraste”--“Contéstele usted que no hay mas punto de reunión
    que el campo de batalla”.

    “Estas palabras, continuó Sarmiento, habían sido pronunciadas
    cuarenta años antes por Napoleón; pero yo estoy seguro de que
    Urquiza no las conocía, porque no era hombre para plagiar a
    Napoleón ni a nadie.

    “Lo que he referido me basta para pensar que el general Urquiza
    tenía genio militar, y creo que también tenía genio político.

    “Su programa de fusión de olvido del pasado; su llamamiento
    a los federales de posición social que no se habían manchado
    con crímenes, como los Anchorena, los Carreras, el doctor
    Lorenzo Torres, etc., no tenía por objeto, como se ha creído
    vulgarmente, ofender a los unitarios y satisfacer sus pasiones
    de partido, sino que, por el contrario, eran el fruto de
    un hábil y bien meditado plan político, porque creyó con
    razón, que no era posible fundar un gobierno solamente con
    nosotros, los unitarios, que éramos llamados advenedizos,
    porque no teníamos ni fortuna, ni familia, ni relaciones, ni
    vinculaciones de ningún género con la sociedad de nuestro país.
    Pero, en lo que demostró más habilidad política fué en convocar
    a los gobernadores al acuerdo de San Nicolás.

    “Derrotado Rosas, no dejaba ninguna institución, ningún poder;
    nada quedaba en pie, sino esos gobernadores de provincia,
    semibárbaros todos, y asesinos y ladrones en su mayor parte.

    Eso era lo único que podía servirle para formar un Congreso que
    constituyera el país. Ahora estoy perfectamente convencido de
    ello.

    ¿Qué habría sucedido si Urquiza deja que las provincias
    derrocasen a sus gobernadores, antes de que se reuniese
    el Congreso Constituyente? Significa decir que se hubiera
    encendido la guerra civil, porque no hay que olvidar que muchos
    de ellos tenían elementos para defenderse. Si pensamos en el
    aislamiento en que vivían los pueblos, en el desierto que los
    rodeaba, en las dificultades casi insuperables de comunicación,
    lo probable es que hubiéramos vuelto al año 20, y que habrían
    transcurrido largos años sin constituirse la Nación”.

    Mucho tiempo después de oir esta conversación que me causó
    sorpresa por las opiniones anteriores de Sarmiento sobre
    Urquiza, se la referí a Pedro Goyena, quien me manifestó que
    le habían asegurado que el general Mitre pensaba ahora como
    Sarmiento respecto al Acuerdo de San Nicolás.

    Buenos Aires, julio 31 de 1892.

                                                  MARCO AVELLANEDA.

[3] En unos apuntes relativos al doctor don Carlos Tejedor, que me
fueron facilitados por su esposa, figura el dato de que en aquellos
primeros días de su reincorporación a la ciudad, el doctor Tejedor se
pasaba sentado largas horas de la noche solo y reflexivo, junto a la
pirámide de Mayo.

[4] Obras completas, t. XIV, pág. 69.

Es sensible que esta carta no figure entre las editadas por el Museo
Mitre. La carta que se inserta en el libro editado por don Alejandro
Rosa no es igual a la presente.

[5] Conversación íntima de Rosas con don Santiago Vasquez,
representante del gobierno de Montevideo, el mismo día que ocupa el
mando por primera vez (diciembre de 1829). (Revista del Río de la
Plata, tomo V, pág. 599).

Rosas se adelanta y coincide en la clasificación científica de los
elementos sociales: _La foule et la élite. (La cité moderne, por Jean
Izoulet_).

[6] SARMIENTO-MITRE. Correspondencia 1846-1868. Págs. 33-34 y 35.
(Edición de Museo Mitre).

[7] Esta publicación contiene literalmente las conferencias que he
dado en la Facultad de Filosofía y Letras. He tratado en lo posible
de consultar las obras originales; no he podido, sin embargo, hacerlo
siempre.

[8] A. Einstein: Zur Elektrodynamik der bewegten Korper, Annalen der
Physik, 1905.

[9] Más tarde pienso tratar de la misma manera los otros conceptos
fundamentales de física, como masa, energía, etc.

[10] Espacio lo identifican siempre con el espacio “vacío”.

[11] No cabe duda que en la formación de la noción _idea_ influyen
en el espíritu de Platón los conceptos fundamentales de geometría
(formas), que no representan los objetos del mundo empírico (objetos
de la naturaleza) y tienen únicamente la existencia en nuestro
pensamiento, pues, por ejemplo, el punto, la línea, la superficie, no
existen de hecho en el mundo físico y son una abstracción de nuestro
espíritu. Además el origen psicológico de la idea platónica hay que
buscarlo en las leyes lógicas y en las normas de ética.

[12] Esta obra es también una especie de resumen de toda la filosofía
platónica.

[13] Muchos representantes de la filosofía idealista ven en este
hecho una cierta contradicción de Platón y hasta quieren negar la
autenticidad de la parte de Timeo en que se trata del espacio _eterno_.
A nosotros nos parece muy plausible que el fundador de la teoría de dos
mundos distintos introduzca también un modelo para el espacio.

[14] Influencia sobre Kant y Schopenhauer. Recuerdo que Schopenhauer
empieza una de sus obras con las palabras: “Platón el divino”, etc.

[15] Por _forma_ entiende Aristóteles no sólo la forma corporal, sino
también el conjunto de las propiedades que caracterizan a un cuerpo,
(color etc.).

[16] “No la _esfera_, no el _metal, sino la esfera metálica_ se
_forma_”.

[17] “Categorías” es una obra no sólo de carácter lógico gramatical,
sino también una especie de introducción a la _metafísica_
aristoteliana. Pues aunque en el primer momento aparecen como una
clasificación de palabras--la obra empieza: “Las _palabras_, cuando
están aisladas, sólo pueden expresar una de las cosas siguientes,
etc.”--en el fondo las 10 categorías corresponden a los _distintos
modos de ser_, contenidos en las palabras.

[18] Es ya una conclusión de la definición.

[19] Desde Galileo y Newton sabemos que efectivamente todos los cuerpos
caen en el vacío con la misma velocidad.

[20] Véase página 398 en el número de noviembre de 1918 de esta Revista.

[21] A esta clase de generalización, que se suele llamar inducción
aristotélica, conviniendo todo el mundo en que no es inducción,
pertenecen las que Stuart Mill califica de generalizaciones no
dependientes de causalidad; pero tal vez sin advertir su naturaleza no
inductiva.

[22] Véase en Wundt. LOGIK en el tomo primero la interesante exposición
que hace de la evolución del concepto de Causalidad.

[23] Véase la exposición de esta cuestión en el _Traité de Logique
Générale et de Logique Formelle_, de REVOUVIER, T. II, Cap. XXXVIII.
Letra D. _Du principe du calcul des probabilités_. Véase también la
definición del azar en el libro de Poincaré, _Calcul des Probabilités_.

[24] Sr. D. Nicolás Besio Moreno.--Mi querido amigo:

Estoy más asombrado que usted, si cabe, del desatino aparecido en
mi artículo “La moral de Ulises”. La explicación, sin embargo, es
sencilla. Obligado a abreviar el texto para que cupiese en las 24
paginitas de la colección “América” que lo editó, le hice varios
cortes, en pruebas de imprenta que no volvieron a mis manos.

Cayó en los cortes un largo párrafo relativo a Ulises en Dante; y
para restablecer la continuidad del texto, donde decía “_No en vano_,
releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos entre los fraudulentos
al divino Ulises, arquetipo clásico de todos los simuladores. _Y habría
sorprendido_ la ausencia...”, tuve el poco tino de corregir: “_En
vano_, etc.,... _Y sorprende_ la ausencia”. Esta modificación, sugerida
por mi propio corte al texto, resultó disparatada con relación al texto
del poema (cuyo Infierno aprendí de memoria en la niñez y del que aun
puedo recitar cantos enteros).

Con las mismas pruebas de imprenta, ya corregidas (!) por mí, se
compuso el texto publicado en la _Revista de Filosofía_, que acaso yo
no habría vuelto a leer, ni habría rectificado nunca, sin la oportuna
advertencia de usted, que muy sentidamente le agradezco.

Como no tengo pequeña vanidad literaria, ni me avergüenzo de esta
_gaffe_--que no es la primera ni será la última en mi obra escrita--le
ruego me autorice a publicar su interesante carta en el próximo número
de la _Revista_.

Muy afectuosamente le saluda, su amigo.--_José Ingenieros._

[25] Conferencia pronunciada, bajo los auspicios del “Centro Liberal”,
en La Rioja, el 20 de febrero de 1919.

[26] Los que descendemos de fundadores de la independencia
argentina--como Rodríguez Peña; los que pertenecemos a familias que
desde sus más remotos antepasados han gozado del concepto social de
lo que se llama aristocracia, tenemos sobrada autoridad para hablar
de este modo, y hacemos esta manifestación con el solo propósito de
evitar el seguro argumento de los “aristócratas”, empedernidos, que nos
tratarán de parciales suponiendo somos “mulatos”.--C. R.

[27] Taine, _Filosofía del arte_.

[28] Gauckler, _Lo bello y su historia._

[29] Guyau, _El arte desde el punto de vista sociológico._

[30] Guyau, _El arte desde el punto de vista sociológico._

[31] Henniquin, _La crítica científica._

[32] E. Marguery, _La obra de arte y la evolución_.

[33] E. Marguery, _La obra de arte y la evolución_.

[34] Ver “_Una rápida ojeada a la evolución filogenética de los
mamíferos_”, 1889; “_Visión y Realidad_”, 1889; “_La Argentina al
través de las últimas épocas geológicas_”, 1897; “_Sinopsis_”, 1898;
“_Sinopsis_”, 1910.

[35] En la revista “La Pirámide”, editada en La Plata.--Con el título
_Espacio_, _Materia y Movimiento_, fueron reimpresos en la “Revista de
Filosofía”, Buenos Aires, Enero de 1918.

[36] El texto de _Mi Credo_ dice literalmente, en términos
_deliberadamente_ equívocos: “y sólo entonces se habrá cumplido lo que
dice el profético versículo de la Biblia . . . que el hombre sea la
imagen y semejanza de Dios”. Es sabido que la palabra Dios equivale
en labios de Ameghino a Naturaleza, como en todos los filósofos
panteístas.--Sobre la analogía intrínseca entre el ateísmo y el
panteísmo, ver mis escritos _Hacia una moral sin dogmas_ (Capítulo III)
y _Proposiciones_, Cap. II, “La hipocresía de los filósofos”.

[37] Publicada en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Noviembre de
1917, con la siguiente nota:

“Hace algunos años, una delegación de una biblioteca de Chivilcoy fué
a visitar al eminente sabio, que ya era director del Museo de Historia
Natural de Buenos Aires, y le invitó a colaborar en un número único que
esa institución se proponía editar.

“El sabio accedió, y, para no escribir una página de paleontología,
escribió _Noción de Dios y noción de espacio_, que completa otros
tres trabajos breves (“Los infinitos”, “El infinito materia” y “La
constitución de la materia y el infinito movimiento”) que había
escrito, accediendo a colaborar en una revista intitulada “La
Pirámide”, que se editaba en La Plata.

“La biblioteca chivilcoyana debió estremecerse ante el presente griego
que le resultaría el trabajito enviado por el sabio, y, sin duda, para
no hacerlo público sin ofender al director del Museo, renunció hasta
hoy a publicar el número único.

“Así es cómo quedaron inéditas hasta ahora estas pocas páginas que el
señor Alfredo J. Torcelli, compilador de las obras de Ameghino, entrega
a la publicidad por intermedio de esta _Revista_”.

[38] Publicado en los “Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines”, La
Plata, Octubre de 1911, con la siguiente advertencia: “Trabajo póstumo
y sin terminar, escrito a fines de 1910 y a principios de 1911”.--Los
originales (acaso no enumerados por el autor) no han sido bien
ordenados para esa publicación, que aumentaría en interés y claridad
con una ordenación distinta.

[39] El editor de las _Obras Completas_ prestaría un servicio a
los lectores de Ameghino si al reimprimir este bosquejo variase la
disposición de sus párrafos y la distribución del material, buscando
una ordenación más lógica.--En la forma actualmente conocida, el
trabajo es de difícil intelección.

[40] Publicado en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Marzo de 1918,
con la siguiente nota del editor de sus _Obras Completas_:

“_Origen y persistencia de la Vida_” es un trabajo que Ameghino había
empezado a redactar antes de su salida del Museo de La Plata.

Parecería que el sabio condensó el propósito de esa obra en este
pensamiento, que después fué más claramente expuesto en “_Mi Credo_”:

“Yo no pretendo haber encontrado la causa del movimiento: el Movimiento
en sí mismo es un Infinito comparable al Infinito Tiempo y al Infinito
Espacio; es comparable a la Materia en que es como ella transformable,
pero no extinguible.--Lo que creo haber encontrado es la ley a que
obedece: esto es, que la cantidad de Movimiento está en relación
inversa de la masa”.

Entre los papeles del sabio han sido hallados dos planes de la obra:
uno, que parece previo y comprende nueve títulos; y otro, más amplio,
que comprende quince títulos. El capítulo que hoy se entrega a la
publicidad es el undécimo.

La continuación sistemática y metódica de _Origen y persistencia de
la Vida_ debió ser dejada de mano por Ameghino, sin duda esperando
disponer alguna vez de tiempo y de tranquilidad para conducirla a
término. Pero a través de los años ha ido depositando en las tapas
de los cuadernos que le servían de carpetas esbozos de ideas y hasta
simples títulos de asuntos.

De las apuntaciones de pensamientos que existen en la carpeta
denominada “Prólogo”, resulta que era propósito del autor escribir su
obra en francés, tratando la evolución en conjunto.

“Quien crea en los dogmas--dice--y profese como artículos de fe la
creencia en la existencia del alma, en la inmortalidad futura y en la
muerte como fin o término de todo ser, tiene bastante con lo que sabe y
no tiene necesidad de aprender más: está en posesión de toda la ciencia
que es capaz de asimilarse. No precisa leerme. Que sea feliz con su
saber”.--ALFREDO J. TORCELLI.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 - Cultura—Ciencias—Educación" ***

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