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Title: Antología de prosistas castellanos
Author: Pidal, Ramón Menéndez
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Antología de prosistas castellanos" ***

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las
    negritas entre signos de =igual= y los interletrajes espaciados
    entre ~tildes~. Las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Las cifras en subíndice son precedidas por «↓» y las cesuras
    espaciadas en los versos se muestran como « · ».

  * Se han respetado las ortografías originales de las distintas
    épocas. Las inconsistencias ortográficas no se han normalizado.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se ha tenido en cuenta el texto de la primera edición
    de esta obra.

  * Se han renumerado las notas a pie de página y se han colocado al
    final de cada capítulo.



  PUBLICACIONES DE LA REVISTA
  DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA

  VOLÚMENES PUBLICADOS

  I

  INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO
  DE LA LINGÜÍSTICA ROMANCE

  POR W. MEYER LÜBKE
  TRADUCCIÓN DE A. CASTRO

  II

  ANTOLOGÍA DE PROSISTAS
  CASTELLANOS

  POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL



  JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
  CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS

  RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

  ANTOLOGÍA DE PROSISTAS
  CASTELLANOS

  [Ilustración]

  MADRID
  1917



Imp. Clásica Española. Cardenal Cisneros, 10.--Teléf. 4430



PRÓLOGO


La edición primera de esta colección de prosistas apareció en 1899.
La obra, abandonada desde entonces por mí, aparece ahora en una
segunda edición, bastante corregida y aumentada con trozos de algunos
autores más.

       *       *       *       *       *

Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede
instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es
preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos
tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular
propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con
lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a
apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o
de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto
el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra
comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar,
por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien
el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido
especial con que él escribió cada palabra, representándonos en
nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al
escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento
las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que
fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la
impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en
los contemporáneos del autor cuando la leían.

Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal, y que es
imposible realizarlo tratándose del estudio de autores en la segunda
enseñanza; pero, de todos modos, es preciso que las observaciones
gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir
en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de
las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente
histórico.

Las notas que acompañan a la presente colección, no quieren ser un
comentario suficiente para el alumno: no se proponen más que hacer al
profesor más llevadera la difícil tarea de poner un trozo antiguo al
alcance de los alumnos, y de hacer que éstos entren, en lo posible,
dentro de la época, y dentro de la intención y estilo de cada autor.

Las breves introducciones que preceden a cada autor, sólo pretenden
dar una orientación general, de muy diverso alcance y carácter en
cada caso, para esbozar una sumaria historia del desarrollo de la
prosa; sugieren, nada más, algunas cuestiones relacionadas con esa
historia.

Las notas son una muestra de las múltiples explicaciones de puntos
de gramática, de estilo, y a veces de historia literaria, que
ocasionalmente deben hacerse con motivo de la lectura. Claro es
que cada profesor tiene que multiplicar estas explicaciones de
acuerdo con la índole y objeto principal de su enseñanza. Sobre
todo, queda al profesor el comento literario; ha de enlazar el
fragmento aquí publicado con la obra entera de donde procede; ha de
hacer comprender el plan y fondo de esa obra, relacionándola con
el conjunto de la producción literaria española de la época; ha de
ahondar en el pensamiento del autor, y descubrir su nota distintiva.
En todo debe llevar al alumno a que formule juicios propios sobre las
cuestiones tratadas; a que ejercite su discernimiento y su crítica
independientemente de las nociones recibidas en los manuales; a que
eduque su buen gusto, en fin.

Esta colección proporcionará a los alumnos trozos bastante extensos
de obras que no podrían o no deberán leer enteras. Sólo incluye
autores hasta comienzos del siglo XIX, porque son los que están más
fuera de la mano del estudiante; no porque los autores modernos no
deban formar parte, y muy principal, de las lecturas de clase.

Los textos van, en general, ajustados a las ediciones más antiguas
de la obra de donde proceden. Para Moratín se sigue la edición de la
Academia de la Historia. Para Santa Teresa, Jovellanos y Toreno, la
edición de la Biblioteca de Autores Españoles. Para Mendoza se tienen
presentes los manuscritos de _La Guerra de Granada_. Para don Juan
Manuel se han consultado todos los códices del _Conde Lucanor_. El
Arcipreste de Talavera va según la edición de Pérez Pastor.


ADVERTENCIA SOBRE LA LENGUA MEDIEVAL

La antigua lengua castellana, aunque no difiere considerablemente
del español moderno, presenta, como es de suponer, bastantes
caracteres distintos. Por de pronto diremos sólo que, en cuanto a
la pronunciación, la lengua antigua era más rica en sonidos que la
moderna.

Distinguía una _s_ sorda y otra sonora (con análoga diferencia que la
que existe en francés entre _poisson_ y _poison_); la _s_ sorda se
escribía doble entre vocales (_passar_, _escriviesse_), y sencilla
cuando era inicial o iba tras consonante (_señor_, _mensage_), o
delante de consonante sorda (_estar_, _España_); la _s_ sonora se
escribía sencilla entre vocales (_casa_, _cosa_).

Distinguía también la _ç_ (o _ce_, _ci_), sorda, de la _z_ sonora;
aquélla era un sonido parecido al que hoy pronunciamos en za, ce,
ci, zo, zu; y la _z_ antigua era el mismo sonido, pero acompañado
de sonoridad en las cuerdas vocales. Por la pronunciación y la
ortografía se diferenciaban, por un lado: _hace_, _haces_, singular
y plural del sustantivo moderno «haz», y por otra parte: _haze_,
_hazes_, del verbo «hazer», moderno «hacer».

Se distinguían también la sorda _x_ de la sonora _j_ (con análoga
diferencia a la que existe en el francés entre las iniciales de
_chambre_ y de _jour_). Por la pronunciación y la ortografía se
distinguían antes: _rexa_ de ventana y _reja_ de arado.

Se distinguían también una _b_ oclusiva, es decir, pronunciada
juntando completamente los labios, como cuando pronunciamos hoy
con energía el imperativo _basta_, y una _v_ meramente fricativa,
pronunciada con los labios a medio cerrar solamente, como cuando hoy
decimos _saber_, _ave_. La distinción existe, pues, hoy día; pero
hoy la pronunciación de una u otra _b_ no se atiene a la ortografía,
ya que ésta escribe ora _b_ ora _v_, según la escritura latina, sin
atender a la pronunciación moderna; además la distinta pronunciación
hoy depende sólo de la posición más o menos débil de la consonante
(oclusiva, cuando va inicial o tras consonante: _basta!_, _ven!_,
_ambos_, _envidia_; fricativa, cuando va entre vocales: _la bestia_,
_la voz_, _haber_). Por el contrario, en la lengua antigua la
pronunciación de la _b_ o la _v_ dependía de la etimología de la voz,
y a veces entrañaba diversa significación en los vocablos: _cabe_,
_cave_, de los verbos «caber» y «cavar», se distinguían antes por
la pronunciación, hoy tan sólo por la ortografía; y antiguamente
se escribía y se pronunciaba la _v_ en muchos vocablos que hoy se
escriben con _b_, como _cavallo_, _bever_, y viceversa _bivir_,
_bívora_.

Si en la lectura no se acierta a producir o no se quieren hacer estas
distinciones, pronúnciense la _ss_ y la _s_ como la _s_ moderna; la
_ç_ y la _z_, como la _z_ moderna; la _x_ y _j_, como la _j_ moderna;
la _b_ y la _v_, como la _b_ moderna.



ALFONSO EL SABIO

(1220-1284)

Y SUS CONTINUADORES


Mientras la poesía castellana venía cultivándose desde el siglo XII,
y había producido, ya hacía mucho, una obra maestra como el _Poema
del Cid_, la prosa tan sólo empezó a tener un cultivo literario en el
reinado de San Fernando († 1253), y no produjo obras verdaderamente
notables sino en la corte de su hijo Alfonso X. La poesía aparece con
un carácter popular o nacional, y se enlaza desde su comienzo con la
poesía de otros idiomas románicos, con la francesa, con la gallega
y la provenzal principalmente. La prosa aparece con un carácter más
erudito, ejercitándose en obras científicas o didácticas, copiadas
o inspiradas en las literaturas más sabias de entonces: la latina,
la árabe y la hebrea. En este primer período de su desarrollo, la
prosa se ejercita principalmente en traducir las materias que hasta
entonces se expresaban sólo en las lenguas doctas de la época; en las
traducciones se procuraba una fidelidad más literal que literaria,
y en todo caso los varios estilos de los autores traducidos se
sobreponían al estilo del adaptador castellano.

Mucho de esto se ve en varias de las grandes obras emprendidas por
Alfonso el Sabio, y muy particularmente en la _Crónica general de
España_, que empezó a componerse en su reinado, hacia el año 1270, y
en la cual se seguía trabajando durante el reinado de su hijo Sancho
IV, en 1289. El estilo de la _Crónica_ ofrece sus sencillos encantos,
precisamente a causa de la gran variedad que reviste, según traduce
las apasionadas _Heroidas_ de Ovidio, los elocuentes y sentenciosos
exámetros de la _Farsalia_ de Lucano, el bullicio anecdótico de
_Los Césares_ de Suetonio, la penetrante y cruda minuciosidad de
los historiadores árabes, el simbolismo retórico de los poetas
musulmanes, los heroicos versos de los juglares castellanos, el
bíblico lirismo de San Isidoro o la honda emoción personal del
arzobispo don Rodrigo, que a jirones rasgan la dura sequedad de las
crónicas medievales.

Así, la prosa de la _Crónica_ tiene el gran atractivo de ser un
reflejo multicolor de las más elevadas corrientes de arte que se
dejaban sentir en las diversas generaciones que convivieron y se
sucedieron en la corte castellana, durante los dos reinados de
Alfonso X y de Sancho IV.

Mas a pesar de esta múltiple influencia de los textos traducidos,
la _Crónica General_ ofrece una marcada originalidad, lo mismo como
compilación histórica representativa de la más vasta cultura de la
época, que como obra literaria en que el lenguaje está sometido a una
elaboración artística. De diversos testimonios consta que, aunque
Alfonso el Sabio no escribía enteramente por sí las obras que llevan
su nombre, él dirigía a los redactores a quienes se las encomendaba
y corregía lo que éstos hacían, cuidando muy especialmente de que
los idiomas doctos, de donde se tomaban las materias diversas,
no estropeasen la pureza del castellano, y de que la lengua, en
general, fuese elegante. En el prólogo del _Libro de la Esfera_ se
dice que el rey «tolló las razones que entendió eran sovejanas et
dobladas et que non eran en castellano drecho, et puso las otras
que entendió que complían; et quanto al lenguaje endreçólo él por
sise»[1].

El vocabulario y la construcción son, en efecto, muy castizos, y el
lenguaje, en medio de su sencillez, posee una poderosa eficacia.
El relato conserva todavía ciertas fórmulas de las narraciones
populares, no hechas para la lectura, sino para la recitación en
público, como aquellas en que los juglares se dirigían a sus oyentes.
Así, la _Crónica_ se dirige a menudo a su público: _E sabet que... Ya
oistes de suso... en esta manera que vos avemos contado... conviene
que vos digamos..._ Igual práctica se observa en los primeros
prosistas franceses, por ejemplo en Villehardouin.

La inhabilidad para el paso de la narración en verso de los juglares
a la narración prosaria de la historia, se observa en la escasez de
formas del período, manifestada, sobre todo, en la pobreza extrema de
las conjunciones. Es de gran monotonía la larga serie de cláusulas,
yuxtapuestas casi únicamente por medio de la simple conjunción
copulativa _e_.

Presentamos a continuación dos muestras de la _Crónica_. La primera
está escrita en el reinado de Alfonso X, y es principalmente un
arreglo, o mejor, una traducción de Suetonio; la segunda está
redactada en la corte de Sancho IV, y es una anécdota, probablemente
tomada de la tradición oral. Se notará entre ambos trozos alguna
considerable diferencia de lenguaje, a pesar de que el primero no
representa el habla más antigua empleada en la parte de la _Crónica_
compuesta bajo Alfonso X, ya que la lengua más arcaizante es la usada
en los 100 primeros capítulos de la obra. Por ejemplo, la apócope
de la vocal _e_ final (_siet_, por «siete»; _franc_, por «franque»,
moderno «franco»; _yl_, por «y le»; _cuemol_, por «como le»), y a
veces la de la _o_ final (_poc a poco_, _much a menudo_, _tod el
pueblo_), se practica en el primer trozo de la _Crónica_, siguiendo
el uso predominante en el castellano durante el siglo XII y primera
mitad del XIII; pero tal apócope es ya casi desconocida en el segundo
trozo, usándose, por lo general, tan sólo en el caso del pronombre
_le_ cuando va tras las partículas _que_ y _no_, o tras un verbo
(_quel_, por «que le»; _nol_, por «no le»; _díxol_, por «díjole»).
De este modo, en los escasos veinte años que dura la elaboración de
la _Crónica_, observamos a ojos vistas una de las más importantes
evoluciones del español literario: la pérdida de las terminaciones
agudas en consonante, que le asemejaban antes al francés, y la
preferencia marcada por las terminaciones llanas en vocal, que le
asemejaban al italiano. Otras muchas diferencias podrían observarse;
por ejemplo la preposición _pora_ que se ve en el primer fragmento,
tiene ya en el segundo la forma moderna _para_. Por éste y otros
casos se manifiesta cómo la lengua literaria evolucionaba, sobre todo
en cuanto a la estructura de las palabras, más activamente en este
primer período de su desarrollo que durante todos los sucesivos.


  CRÓNICA GENERAL DE ESPAÑA

  172. Dell imperio de Nero, et luego de los fechos que contecieron
  en el primer año de su regnado.

Luego que Claudio fue muerto, fincó[2] Nero, su yerno, por emperador
de Roma et de todo ell[3] imperio; e avíe dizeocho años quando
començó a regnar, e regnó dizitres[4] años et ocho meses...

Este Nero[5] era mesurado de cuerpo, ni muy grand ni muy pequeño,
pero avíelo todo lleno de manziellas[6] et de mal olor; avíe los
cabellos castaños et la cara fremosa más que de buen donario;
no avíe el viso claro, ni veíe bien de los ojos; la cerviz avíe
delgada et el vientre colgado, et las piernas muy delgadas. Seyendo
niño aprisiera[7] todas las siet artes: et desque se partió daquel
estudio, fue muy sotil en assacar de suyo cosas nuevas; assí que
trobava muy de grado, et faziélo sin tod affán.[8] E fue de pintar
muy maestro a maravilla et de fallar de nuevo[9] muchas estrañas
pinturas.

Mostrósse por muy piadoso en el comienço del su imperio, diziendo
que no regnava él por sí, mas por mandado de Claudio Augusto; et
por ende no dava escusa ninguna de no seer franc et piadoso et
compañón[10] a quiquier, ante lo era a todos. Los grandes pechos
de que se agraviavan las tierras, todos los tollió et amenguó la
mayor partida dellos. A todos los nobles senadores que eran venidos
a pobreza, poníeles soldada señalada pora cad año porque pudiessen
vevir onradamientre. Quando iudgavan alguno a muerte, yl dizién[11]
que escriviesse el su nombre en la sentencia cuemo avíen costumbre
de fazer los otros emperadores, dizíe: «¡Dios, quanto querría no
saber letras ningunas!» E quando los senadores le dizién gracias por
alguna cosa que les prometié, dizié él: «quando lo mereciere, me
las daredes». Otrossí mando defender[12] por toda la cibdat que nol
presentassen si no fruta et legumbres et estas cosas rafezes.[13]

E sabet que entre todas las otras cosas que ell emperador
Nero aprisiera seyendo niño, aprisso ell arte de la música
maravillosamientre; et de todas las cosas que los músicos provaron
pora mantener las vozes et las aver más altas et más claras,
numqua el dexó ninguna que las todas no prouasse et las no usasse
cada dia;[14] ca muchas uezes tomava una grand tavla de plomo,
et echávasse tendudo en tierra, et poníela sobre sus pechos, et
suffríela allí muy grand pieça; e con sabor de cantar, alimpiava ell
estómago más vezes et de más maneras que no conviníe; dexava de comer
las maçanas et todos los otros manjares que empeecién a la voz.

Estava un dia cantando en el teatro, et tremió la tierra assoora,[15]
et estremeciósse el teatro todo, de guisa que se espantaron todos
quantos y estavan; mas tan grand sabor avíe el de cantar, que por
todo el miedo non quedó fasta que ovo acabada su cantiga. E este
desvergonçamiento de cantar en los teatros cuemo joglar fue él
tomando poc a poco; ca luego en el comienço cantava encubiertamientre
en los juegos que fazíe en su poridad con sus privados et con los
joglares de su casa; e desí fuélo faziendo en los theatros ante
las gentes; et vencié a todos los joglares de quantas maneras de
joglería[16] ellos podien assacar.[17] E era omne que andava much a
menudo en su carro por tal que lo catassen las gentes. E nol cumplie
de usar destas artes del cantar en la cibdat de Roma tan solamientre,
ante lo fazie muchas veces en los puertos de Achaya et en todas las
cibdades o[18] avién en costumbre de trobar et cantar a porfía. Los
maestros del canto et de los estrumentos avién establecido entre sí,
por fazer plazer a Nero, del enviar todas las coronas et las cantigas
de los que vencién et eran coronados por ende; et enviávangelas
todavía;[19] e él recibielas tan de grado, que fazíe por ellas mucha
onra a los mandaderos que gelas traíen, de guisa que les fazíe comer
antéll, en logares que no estaua otro sino él et aquellos que eran
muy sus privados.

Mientre él cantaba en el theatro, no era ninguno osado de se partir
ende, ni ir a ningún logar por cosa[20] que mester le fuesse; e
tanto durava i et tan affincadamientre lo fazíe, que alguno de los
que estavan i veyéndolo, tan enojados eran de lo oir et de loallo
con miedo, que por razón que estavan cerradas las puertas de los
castiellos o de las villas, dexávanse despeñar a furto[21] por los
adarves a dentro, et dellos[22] faziense muertos por tal que los
levassen ende. E viniendo una vez de Grecia a Roma, entró en la
cibdat en aquel carro mismo en que Octaviano Augusto venciera sus
batallas,[23] et traienlo cavallos blancos, et él vistíe unos paños
de pórpola lavrados a[24] estrellas doro, et traie en la cabeça una
corona tal cuemo la dell ídolo de Júpiter, e otra en la mano diestra
cuemo la de Phyton,[25] et ivan antél grandes compañas de joglares
cantando las cantigas et diziendo las fablas de que los él venciera,
et contando los logares en que contesciera cada una cosa; e ivan de
pos él muchas gentes faziendo muy grandes alegrías; e los cavalleros
et los nobles omnes llamávanlo el su vencedor, et fazienle derramar
açafrán por las carreras; et yendo él sobrello much a passo, fazienle
sacrificios de muchas naturas. E fazie pintar todas sus imágenes a
manera de joglar, tañiendo cítolas et otros estrumentos. Et por quel
porfazó[26] dello un joglar una vez, firiólo muy mal.

E tan grand estudio poníe en guardar la voz, cuemo uos de suso
dixiémos,[27] que por tal de la guardar, cuando avié de llamar algun
cavallero, otri lo llamava por él, et lo quel avié a dezir, diziégelo
muy quedo. E en el logar de los juegos numqua fazié ninguna cosa a
menos de[28] seer í el maestro de las vozes quel castigasse cuemo
fiziesse et que no quexasse mucho las venas.

A muchos prometíe su amor porque lo loavan mucho: a algunos
prometiógelo cuemo por encubierta, porque lo no loavan tanto como él
querie.

Luego de comienço fué glotón et de gran luxuria et muy cobdicioso,
mas ívalo començando poc a poco et encubiertamientre, así que
cuydavan los omnes que lo fazié con yerro de mancebía; mas desque lo
fué usando, bien semejava que avie de natura todos aquellos malos
vicios...


  178. De lo que conteció en ell año catorzeno.

... E quando Nero oyó aquestas nuevas de cuemo las Españas eran
alçadas et Galba con ellas, tóvosse por muerto, et desmayó tanto, que
allí perdió toda esperança de bien, assí que yógo[29] por muerto una
grand pieça sin fablar; et desque acordó,[30] rompió sus paños et
firióse mucho en la cabeça, llamando: «¡Mesquino, ¿qué será de mí?»

E sabet que ante que Nero muriesse, vió algunas señales de su muerte,
assí que soñó una noche que andava sobre mar governando una nave, et
falleciól el governage,[31] et levávalo su mugier, que era ya muerta,
a unas tiniebras much estrechas, et cubríesse todo de formigas
aladas; e otrossí abriósse una uez un luziello[32] por si mismo, et
salió ende una grand uoz que lo llamó por su nombre.

Estando Nero en Roma en esta cueyta, llegól mandado de cuemol
desampararan todas las otras huestes que eran por las otras tierras.
Et los mandaderos diéronle las cartas a la tabla o seíe[33] yantando;
et con pesar que ovo, trastornó la mesa, et dos vasos que teníe muy
preciados, quebrantólos. Et tomó yaquanto[34] de poçón et encerrólo
en una buxeta.[35] Et envió algunos de sus afforrados,[36] daquellos
en que se él mas fiava, a la cibdad de Ostia a guisar una nave en que
fuxiesse. E desí cometió[37] en poridat a alguno de los tribunos et
de los centuriones si queríen foyr con él. Et los unos nol queríen
responder, et ivan su vía; los otros dizienle descubiertamientre que
no queríen; de guisa que uno dixo a muy grandes vozes:[38] «¿Fasta
quando nos durará esta mesquindat que es peor que muerte?»

Començó a pensar Nero en muchas guisas por tal de no aver a obedecer
a Galba, et asmó si saldríe al mercado de la cipdat, et que se
parasse en medio de tod el común, et pidiesse mercet a todos quel
perdonassen los males que fiziera fasta entonce; mas ovo miedo que si
allá saliesse, ante que al mercado llegasse, seríe todo despeçado;
et por ende dexó este cuidar fasta otro dia, et echósse a dormir.
A la media noche despertó, et envió mandaderos por todas las casas
de sus amigos, que los despertassen et les dixiessen que les rogava
que viniessen fasta él. Et ni vinieron los amigos, ni tornaron los
mandaderos. E quando el vió aquesto, levantósse, et tomósse[39] con
muy pocos, et fué a todas las casas de sus amigos; et nol quiso abrir
ninguno; et con grand cueyta tornósse pora su casa, et no falló í
ninguno de todas sus guardas, ca fuxieran todos; ca assí cuemo él non
se fiava en ninguno, otrossí ninguno non se fiava en él. E los en qui
él más se fiava eran dos viles omnes; ell uno avié nombre Nimphidio,
et ell otro Gemellio; et estos aborrecieran ya las sus crueldades,
et por que veíen que matara muchos de sus amigos, tovieron que assí
faríe a ellos; et por ende atoviéronse al consejo de los que lo
queríen matar, et desamparáronlo.

E quando Nero se vió assí desamparado de todos, andó por sus palacios
buscando alguno que lo matasse et no falló. Entonce dixo: «¿Ni é yo
amigo, ni enemigo?» Et assí cuemo estava, descalço et en saya, fué
corriendo quanto pudo por se echar en el rio de Tibre; mas desque
llegó allá, repintiósse; et assí cuemo fué, assí se tornó apriessa,
pensando de buscar algún logar ascondido en que assessegasse[40]
so coraçón. E vistiósse otra vestidura sobre la saya, et cubrió la
cabeça et puso un alquiná[41] ante la cara; et assí descalço como
estava, cavalgó en su cavallo, et quatro compañones con él tan
solamiente. Et desque llegó al logar o queríe ir, que es a una legua
et a un migero de la villa, arrendó so cavallo en una espessura a
unas çarças et a unos árvoles; et él fuesse a pie por un sendero que
se desviava a una casiella que estava í escondida en muy fuerte logar
et much esquivo.[42] Et tanto era el sendero áspero[43] de andar et
lleno de çarças, que se ovo a despojar aquella vestidura que vistie
et a echarla tenduda sobre los çarçales, porque estava descalço, et a
andar sobrella de pies et de manos; et rompiósse toda la vestidura;
et llegó él a aquella casiella a grand pena,[44] andando por cuevas
e por peñas. E cuemo vinié cansado, echósse a dormir en un lecho muy
pobreziello que í estava duna cócedra pequeña et cubierto dun paño
viejo et roto.

Otro dia mañana, los que vinieran con él consejávanle que se fuesse
et no suffriese tanto porfazo;[45] mas él tenie en coraçón de se
matar, et mandó fazer allí ante sí una fuessa a medida de su cuerpo;
et desque fué fecha, mandó traer agua con que lo bañassen et fuego
con que lo quemassen. E estava Nero llorando et faziendo llanto de
quantos males le contescíen, et dizíe: «¡Ay que sotil maestro se
pierde oy en mí!» E él tardando en aquesto, vino de Roma un mandadero
a aquel logar, quel dixo que todo el senado de Roma lo avíen dado
por juizio por enemigo de los romanos, el[46] mandavan buscar
pora matallo. E quando él oyó aquesto, fue much espantado, et dos
cuchiellos que troxiera consigo, sacólos et començó a catar qual era
más agudo; et desí tornólos en sus vainas diziendo que aun no era
venida la ora de la su muerte. A las vezes castigava a aquellos sus
compañeros que llorassen et fiziessen llanto por él; a las vezes
quel dixiessen exiemplos dalgunos que se mataran, por tal de avivalle
el coraçón que se pudiesse él matar; a oras denostava la su pereza.

E éll estando en esto, ívanse ya llegando a aquel logar los
cavalleros que enviaran depós él los romanos que lo prisiessen et
lo levassen vivo. E tanto que lo él sintió, sacó ell un cuchiello
et metiósselo por el coraçón, con ayuda pero dell uno de los que
í estavan, que primió el cuchiello. E en muriendo, tenie los ojos
torvados[47] et tan feos que se espantavan quantos lo veíen. E desta
guisa murió Nero ell emperador, seyendo en edat de treinta et dos
años; acabósse en él et fue desfecha et destroída toda la compaña de
César Augusto, de cuyo linage él descendíe.


  1084. Capítulo de commo Garçi Pérez de Vargas tornó por la cofia
  a aquel logar ó se le cayera.

Otro dia depués que el rey don Fernando fué a posar a Tablada,[48]
mandó a los cavalleros de su mesnada que fuesen guardar los
erveros.[49]

Garçi Pérez de Vargas, et otro cavallero que avíe a ir con ellos,
detoviéronse en el real et non salieron tan aína commo los otros; et
en yendo[50] en pos ellos, vieron ante sí, por ó avien a pasar en
el camino, ssiete cavalleros de moros. Et dixo el cavallero a Garçi
Pérez: «Tornémosnos; non somos más de dos.» Et Garçi Pérez dixo:
«Non lo fagamos; mas vayamos por nuestro camino derecho, ca nos non
atendrán.» Et el cavallero dixo que lo non quería fazer: ca lo tenía
por locura si dos cavalleros, que ellos eran, fuesen cometer[51] de
pasar por do estavan siete: et fuese aderredor del real, por non ser
conosçido, fasta que fué en su posada.

El real do estava la tienda del rey era un poco en altura, et por o
ellos ivan era llano; et el rey don Fernando óvolo a ojo, et los que
con él estauan, et vió de commo se tornava el un cavallero et que
fuera el otro en su cabo:[52] otrosí vió aquellos siete cavalleros de
moros commo le estauan delante, teniéndol el camino por do él avie a
pasar: et mandó quel fuesen acorrer. Don Llorenço Suárez que estaba
í con el rey, que avíe visto a Garçi Pérez quando saliera del real,
et conosçiól en las armas et sabíe que él era, dixo al rey: «Señor,
déxenle, que aquel cavallero, que fincó en su cabo con aquellos
moros, es Garçi Pérez de Bargas, et para tantos commo ellos son non
a mester ayuda; et si los moros lo conosçieren en las armas, non lo
osarán cometer, et sil cometieren, vos veredes oy las maravillas que
él fará.»

Garçi Pérez tomó las armas quel traye su escudero, et mandól que
se parase en pos él et que se non moviese a ninguna parte, sinon
así commo él fuesse que así fuese él en pos[53] él. Et en alazando
la capellina, cayósele la cofia en tierra, et non la vió; et
endereçó por su camino derecho, et su escudero en pos él. Los moros
connosçiéronle en las armas commo era Garçi Pérez, ca muchas vezes
gelas vieran traer et bien las conosçién, et nol osaron cometer; mas
fueron a par dél, de la una parte et de la otra, faziéndol cadamañas
et sus abrochamientos[54] una grant pieça; et quando vieron que se
non bolvíe a ninguna parte nin se queríe desviar por cosa que ellos
feziesen, sinon que todavía iva por su camino derecho, tornáronsse et
fuéronse a parar[55] en aquel logar ó se le cayó la cofia.

Quando Garçi Pérez se vió desenbargado de aquellos moros, dió las
armas a su escudero; et quando desenlazó la capellina et non falló su
cofia, preguntó al escudero por ella; et el escudero le dixo que non
gela diera. Et desque fué cierto que se le avíe caido, tomó sus armas
quel avíe ya dadas, et díxol que pasase en pos él et que toviese ojo
por la cofia allí ó se le cayera. Et el escudero, quando vió que se
queríe tornar por ella, díxol: «¡Commo, don García, por una cofia vos
queredes tornar a tan grant peligro? et non tenedes que estades bien,
quando tan sin daño vos partiestes de aquellos moros, sseyendo ellos
siete cavalleros et vos uno solo, et queredes tornar a ellos por una
cofia?» Et Garçi Pérez le dixo: «Non me fables en ello, ca bien veyes
que non he cabeça para andar sin cofia»; et esto dezíe él porque era
muy calvo, que non tenié cabellos de la meitad de la cabeça adelante;
et tornóse para aquel logar do ante tomara las armas.

Don Llorenço Suárez quando lo vió tornar, dixo al rey: «¿Vedes commo
torna a los moros Garçi Pérez, quando vió que los moros nol queríen
cometer? agora va él cometer a ellos; agora veredes las maravillas
que él fara, que vos yo dezía, sil osaren atender.»

Los moros quando vieron tornar a Garçi Pérez contra ellos, tovieron
que se queríe conbater con ellos, et fuéronse ende acogiendo, que non
se detovieron í más.

Quando Llorenço Suárez vió a los moros commo se acogién ante Garçi
Pérez, que nol osaron atender, dixo al rey: «Sseñor, ¿vedes lo que
vos yo dezía que nol osaríen atender aquellos siete cavalleros de
moros a Garçi Pérez en su cabo?[56] Sabet, señor, quel connosçieron;
catadlos commo se van acogiendo antél, que nol osan atender. Yo so
Llorenço Suárez,[57] que conosco bien los buenos cavalleros desta
hueste quales son».

Garçi Pérez llegó a aquel logar do se le cayera la cofia et fallóla
í, et mandó a su escudero desçender por ella: et tomóla et sacodióla
et diógela; et púsosela en la cabeça, et fuese ende para do andavan
los erveros.

Quando los que fueron guardar los erveros se tornaron para el real,
preguntó don Llorenço Suárez a Garçi Pérez, ante el rey, quien fuera
aquel cavallero que con él saliera del real. Et Garçi Pérez ovo
ende grant enbargo, et pesól mucho porque don Llorenço Suárez gelo
preguntara ante el rey, ca luego sopo que viera[58] el rey et don
Llorenço Suárez lo que a él aquel día oviera contesçido; et él era
tal omne et auíe tal manera que nol plazíe quando le retraíen[59]
algun buen fecho que él feziese; pero con grant vergüença ovo a dezir
que nol conosçíe nin sabíe quien fuera. Et don Llorenço Suárez ge
lo preguntó después muchas vezes, quien fuera aquel cavallero, et
siempre le dixo que nol conosçíe, et nunca dél lo podieron saber,
pero que lo conosçía él muy bien et lo veíe cada dia en casa del
rey: mas non queríe que el cavallero perdiese por él su buena fama
que ante avíe, ante defendió al su escudero que por los ojos de la
cabeça[60] non dixiese que lo conosçía; et el escudero así lo fizo,
que nunca lo quiso dezir pero que gelo preguntaron después muchas
vezes.


NOTAS

  [1] Véase A. G. SOLALINDE, en la _Revista de Filología Española_,
  II, 1915, págs. 283-288.

  [2] _Fincar_ tenía en la Edad Media los significados varios que
  después asumió el verbo «quedar».

  [3] La forma del artículo _ell_ por _el_, usada más generalmente
  ante vocal, abunda mucho en todas las obras de Alfonso X.

  [4] _Dizitres_ por ‘trece’ (hoy en algunas regiones se usan
  «diez y dos», «diez y tres», o formas análogas); compárese el
  _dizeocho_ precedente, para la reducción de _diez_ a _diz_ en
  posición proclítica.

  [5] Aun en el siglo XVI era forma corriente _Nero_ en vez de
  _Nerón_; aquélla deriva del nominativo latino, y ésta, del
  acusativo.

  [6] SUETONIO, _Nero_, 51, dice: «corpore maculoso et faetido,
  subflavo capillo»...

  [7] El verbo _aprender_ hacía su perfecto yo _aprise_, tu
  _aprisiste_, él _apriso_.

  [8] _Sin todo afán_, ‘sin ningún trabajo’; en frases negativas
  se empleaban indefinidos positivos en vez de los negativos: «nin
  todos los del vando», ‘ni ninguno de los del bando’. Véase _Mio
  Cid_, pág. 375↓29.

  [9] _Fallar de nuevo_, ‘idear, inventar’.

  [10] _Compañón_, ‘compañero’ en un sentido adjetivo de ‘afable’.
  SUETONIO, _Nero_, 10, «neque liberalitatis neque clementiae, ne
  ~comitatis~ quidem exhibendae ullam occasionem omisit».

  [11] El imperfecto (y tiempos afines) terminaba alguna vez en
  _ía_ (sobre todo la primera persona, véase unas líneas más abajo
  _querría_); pero en general terminaba en _ie_, con el acento ora
  en la _i_, ora en la _e_.

  [12] _Defender_, ‘prohibir’.

  [13] _Rafez_, ‘rahez’, ‘de poco valor’.

  [14] El pronombre enclítico se podía separar del verbo a que se
  refiere, interponiéndose entre ambos otras partes de la oración.
  Hoy habría que poner el enclítico inmediato al verbo, ordenándo
  así: «que no _las probase_ todas y no _las usase_». Véase _Mio
  Cid_, p. 409↓24.

  [15] _Assoora_, ‘de súbito’; compárese igual sentido que tiene
  hoy «a deshora». SUETONIO, 20, usa el adverbio «repente».

  [16] _Joglería_, o juglaría, es el arte del juglar.

  [17] _Assacar_, ‘inventar’.

  [18] Las formas _o_ y _do_ se usaban indistintamente por _onde_,
  _donde_.

  [19] _Todavía_, ‘siempre’, acepción primitiva, de la cual se pasó
  a la moderna de ‘aun’. Compárese el francés «toujours» que reúne
  los dos significados de ‘siempre’ y de ‘aun, en este momento’
  (j’ai toujours ma migraine).

  [20] _Cosa_ se usaba mucho en expresiones indefinidas negativas,
  donde hoy se emplea «nada». «Non se podían los moros por cosa
  defender.» _Fernán González_, 195. El uso duraba en la época
  clásica: GARCILASO, en la _Egloga II_, escribe: «No t’aconsejo
  yo, ni digo cosa Para que devas tú por ella darme Respuesta tan
  azeda i tan odiosa», y TIRSO, en _Marta la Piadosa_, II, «no te
  diré cosa ya». El uso subsiste en alguna expresión moderna, como
  «no vale cosa».

  [21] _A hurto_, ‘a hurtadillas’, ‘escondidamente’.

  [22] _Dellos_, genitivo partitivo ‘algunos de ellos’. Véase _Mio
  Cid_, pág. 335↓27.

  [23] Los traductores que empleaba Alfonso el Sabio para sus
  obras, no siempre traducen exactamente, ni mucho menos. Aquí,
  por desconocimiento de las antigüedades romanas, traducen
  el «triumphare», neutro, como activo. SUETONIO, _Nero_, 25,
  dice: «eo curru, quo Augustus olim triumphaverat, et in veste
  purpurea...»

  [24] La preposición _a_ indica el modo del adorno; así escribe
  don JUAN MANUEL «el paño era començado..., et díxol a qué figuras
  et a qué labores lo començaban de fazer». Véase _Mio Cid_, página
  377↓39.

  [25] Otro ejemplo de mala inteligencia del texto latino.
  SUETONIO, _Nero_, 25, escribe: «coronamque capite gerens
  Olympiacam, dextra manu Pythiam, praeeunte pompa ceterarum cum
  titulis, ubi et quos quo cantionum quove fabularum argumento
  vicisset».

  [26] _Porfazar_, ‘murmurar, censurar’. En otro pasaje, de la
  misma Crónica, se lee: «e daquí se levantó grand mormorio entre
  los romanos, que porfazavan de Cristo et echavan la culpa deste
  destruimiento a la cristiandat, que dizíen que les no iva assí
  mal en el tiempo que aoravan los ídolos».

  [27] Otro ejemplo de interpolación de palabras entre el enclítico
  y el verbo: ‘como arriba _os_ dijimos’.

  [28] _A menos de_, ‘sin’, expresión usual aun en la época
  clásica. SUETONIO, _Nero_, 25: «nisi astante phonasco, qui
  moneret parceret arteriis ac sudarium ad os applicaret».

  [29] El verbo _yazer_ hacía su perfecto, yo _yógue_, tu
  _yoguiste_, él _yógo_.

  [30] _Acordar_, como _recordar_, significaba ‘despertar’.

  [31] _Governage_, como _gobernalle_, ‘timón’; ‘le faltó el timón’.

  [32] Este lucillo o sepulcro es el Mausoleo. SUETONIO, _Nero_, 46
  «De Mausoleo, sponte foribus patefactis, exaudita vox est nomine
  eum cientis».

  [33] _Seer_, derivado de ~sedere~, significaba ‘estar sentado’;
  _la tabla o seíe_ ‘la mesa a que estaba sentado’.

  [34] _Yaquanto_ era un indefinido que significaba ‘algo’, esto
  es: ‘tomó un poco de veneno’.

  [35] _Buxeta_ ‘bujeta, cajita, pomo’; SUETONIO, _Nero_. 48:
  «sumpto... veneno et in auream pyxiden condito».

  [36] SUETONIO: «praemissis libertorum fidissimis Ostiam ad
  classem praeparandam».

  [37] _Cometer_, ‘proponer’; véase _Mio Cid_, pág. 583↓5.

  [38] Las frases adverbiales _a voces_, _a priessa_, hoy tienden
  a petrificarse, pero antes admitían toda clase de adjetivos
  calificativos del sustantivo: _a altas voces_, _a grant priessa_,
  véase _Mio Cid_, pág. 373↓16.

  [39] Los verbos sinónimos _tomar_, _coger_, _prender_, se usaban
  en forma reflexiva, con el significado de ‘irse’, y «prísose con
  sus omnes» significa ‘se reunió con su gente, se fué con ellos’.
  Hoy se conserva el mismo giro en la frase metafórica _tomarse con
  uno_, ‘reñir con uno’.

  [40] _Assessegar_, hoy ‘asosegar’.

  [41] _Alquiná_ o _alquinal_, voz de origen árabe, que significa
  ‘toca, pañuelo’.

  [42] Era frecuente, cuando un sustantivo llevaba dos adjetivos,
  que uno de éstos fuese antepuesto y otro pospuesto, «buena
  imaginación e fuerte» (véase _Mio Cid_, pág. 415↓25).

  [43] Muy a menudo el adverbio de cantidad iba separado del
  adjetivo a que se refiere, interponiéndose entre ambos el verbo
  y otras voces: «mucho fué alegre», «tanto es limpia», véase _Mio
  Cid_, pág. 418↓26.

  [44] _A grand pena_, ‘con gran trabajo’.

  [45] _Porfazo_, ‘humillación, afrenta’. Véase pág. 16, nota 26.

  [46] _El_ es la conjunción, unida al pronombre enclítico
  apocopado ‘y le’.

  [47] No es ‘turbado’, sino ‘torvo, espantoso, airado’.

  [48] San Fernando, para asegurar el asedio de Sevilla, se
  estableció en Tablada, rodeando su campamento de un gran foso.

  [49] ‘Herberos’ o ‘forrajeadores’.

  [50] El gerundio con _en_, formando una oración incidental
  temporal, era muy usado antiguamente.

  [51] _Cometer_, significaba no sólo ‘acometer’, sino también
  ‘intentar’.

  [52] _En su cabo_ ‘por sí solo’, ‘solo’; se decía _vevir en so
  cabo_ ‘vivir aparte o solo’; comp. unas líneas más abajo _fincó
  en su cabo_, ‘quedó solo’.

  [53] Nótese en este ejemplo el uso extremamente inhábil y
  anfibológico del pronombre _él_; una vez se refiere al escudero y
  otra a Garci Pérez, produciéndose confusión al mismo tiempo que
  cacofonía. Comp., pág. 32, nota 67.

  [54] Dos voces que me son desconocidas, y que sólo el contexto
  puede explicar.

  [55] _Pararse_ significa ‘ponerse, situarse’; «a la puerta se
  paravan», véase _Mio Cid_, pág. 785↓10.

  [56] _En su cabo_, ‘solo’, según se dijo arriba. pág. 23, nota 52.

  [57] _Yo so_, etc., es un grito de satisfacción de don Lorenzo,
  semejante al grito de guerra que daba el señor para animar a los
  vasallos, afirmando su personalidad: «Yo so el rey de Castilla,
  que cobdicié este día», _Poema de Alfonso XI_, 1678; «Yo so Ruy
  Díaz, mio Çid el de Bivar», etc.

  [58] Aunque el sujeto del verbo es doble, como va pospuesto, el
  verbo puede ir en singular: «dixo Raquel e Vidas», véase _Mio
  Cid_, pág. 362↓32.

  [59] _Retraer_, ‘referir, contar’. «Por ont siempre sepades
  retraer e contar Quanto puede a omne la buena fe prestar»,
  BERCEO, _San Millán_, 199; «Fué por toda la tierra aína retrahido
  Que era el sant omne desti sieglo transsido», San Millán, 322.

  [60] _Por los ojos de la cabeça_, como si dijese ‘por su vida’,
  ‘pena la vida’. Alude a la pena de ceguera que se usaba mucho en
  la antigua Edad Media, aunque ya no era corriente en la época de
  Alfonso X; era la pena inmediata, en gravedad, a la pena capital.
  También se decía «por los ojos de la cara», o «de la faz». Véase
  _Mio Cid_, pág. 772↓27.



DON JUAN MANUEL

(1282-1348)


Don Juan, hijo del infante don Manuel, se nos presenta como
continuador de las tradiciones literarias fomentadas por su tío
Alfonso el Sabio. Don Juan empezó a escribir movido de la admiración
que en él despertaban las obras de Alfonso; tanto, que su primera
producción es un modesto resumen de la _Crónica General de España_,
hecho hacia 1320. En el prólogo de este resumen pondera don Juan
el estilo claro, elegante y, sobre todo, conciso, que el Rey Sabio
empleaba: «Et púsolo todo complido e por muy apuestas razones e en
~las menos palabras que se podía poner~.»

Procurando emular estas dotes del rey su tío, llegó don Juan a
superar a su modelo. Con segura satisfacción del éxito logrado,
escribía el autor, hacia 1330, esta crítica de su estilo propio:
«Sabed que todas las razones son dichas por muy buenas palabras
et por los mas fermosos latines ~que yo nunca oi decir~ en libro
que fuese fecho en romance; et poniendo declaradamente complida la
razón que quiere decir, ~pónelo en las menos palabras que pueden
seer~»[61].

La sobriedad era su preocupación, según puede observarse en su
obra maestra _El libro de Patronio_ o el _Conde Lucanor_ (primera
parte, escrita entre 1328 y 1332). Este libro es una colección de
cuentos tradicionales, así que varios de ellos se encuentran a la
vez referidos en otros autores; y si comparamos los de don Juan con
los del Arcipreste de Hita (que escribió unos diez años después),
observamos un marcado contraste entre la juguetona y verbosa
animación del Arcipreste y la mesurada compostura del estilo de
don Juan Manuel. Atento éste principalmente a acumular en la frase
trabazón lógica y fuerza didáctica, se detiene en desarrollar los
sentimientos que pone en juego, se esmera en preparar las situaciones
a que la narración conduce; pero, en cambio, mira con manifiesto
desvío la ornamentación externa del relato. Tanto propende a no
apartarse de la narración seguida, que, a pesar de su fin didáctico,
ni siquiera se entretiene en intercalar un discurso sentencioso o
una máxima; deja, por lo común, que la moralidad se desprenda del
fluir de la acción, y sólo le da una forma aforística al final de
cada cuento. No obstante, aunque siempre en forma fugaz, no descuida
dar viveza al relato; véase, por ejemplo, la rápida pero feliz
descripción de la bajada al subterráneo de don Illán, en el primer
cuento que aquí se inserta.

En multitud de rasgos el lenguaje de don Juan Manuel se parece al
de la segunda parte de la _Crónica General_; en ambos textos se
ven los mismos defectos de la época arcaica, tales como la gran
inhabilidad que revela el abuso del pronombre _él_ (pág. 32, nota
67). Además, ni uno ni otro suelen emplear el diálogo; lo corriente
es que el personaje principal hable en discurso directo, y el que
contesta lo haga en forma indirecta, o sea en tercera persona.
Pero, sin embargo, fácil es observar un gran progreso entre los dos
autores. Don Juan construye el período en modos más variados que la
_Crónica_, y a la ingenua viveza de ésta, sustituye una expresión
más intencionada, que sabe lograr ya efectos muy variados, entre
los que sobresale la ironía. En fin, por su mayor originalidad de
composición, y por la serena y sencilla eficacia de su lenguaje,
don Juan se nos muestra indisputablemente como un estilista muy
superior[62].


  LIBRO DE PATRONIO
  O DEL CONDE LUCANOR

  ENXIENPLO XI.--Delo que contesçio a un deán de Santiago con Don
  Illán, el grand maestro de Toledo.

Otro dia fablava el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et
contaval su fazienda en esta guisa: «Patronio, un omne vino a me
rogar[63] quel ayudasse en un fecho que avía mester mi ayuda, et
prometióme que faría por mí todas las cosas que fuessen mi pro et mi
onra, et yo començel a ayudar quanto pude en aquel fecho; et ante
que el pleito fuesse acabado, teniendo[64] él ya que su pleito era
librado, acaesçió una cosa en que cunplía que la fiziesse por mí et
él púsome escusa; et después acaesçió otra cosa que pudiera fazer
por mí et púsome escusa commo a la otra; et esto me fizo en todo lo
quel rogué que fiziesse por mí. Et aquel fecho por que él me rogo non
es aun librado, nin se librará si yo non quisiere; et por la fiuza
que yo he en vos et en el vuestro entendimiento, ruégovos que me
consejedes lo que faga en esto.»

«Señor conde», dixo Patronio, «para que vos fagades en esto lo que
devedes, mucho querría que sopiésedes[65] lo que contesçió a un deán
de Santiago con Don Illán, el grand maestro que morava en Toledo».

Et el conde le preguntó commo fuera aquello.

«Señor conde», dixo Patronio, «en Santiago avía un deán que avía
muy grant talante de saber el arte dela nigromançía, et oyó dezir
que don Illán de Toledo sabía ende más que ninguno que fuesse en
aquella sazón et por ende vínose para Toledo para aprender de aquella
sçiencia».

«Et el dia que llegó a Toledo endereçó luego a casa de Don Illán
et fallólo que estava leyendo en una cámara muy apartada. Et luego
que llegó a él, recibiólo muy bien, et díxol que non quería quel
dixiesse ninguna cosa de lo por que venía fasta que oviese comido. Et
pensó[66] muy bien dél et fizol dar muy buenas posadas et todo lo que
ovo mester, et diól a entender quel plazía mucho con su venida».

«Et después que ovieron comido, apartósse con él[67] et contól
la razón por que allí viniera, et rogól muy affincadamente quel
mostrasse aquella sçiençia que él auia muy grant talante de la
aprender. Et Don Illán díxol que él era deán et omne de grant
guisa[68] et que podría llegar a grant estado, et los omnes que grant
estado tienen, de que todo lo suyo an librado a su voluntad, olbidan
mucho aína lo que otre a fecho por ellos; et él que se reçelava que
de que él[67] oviesse apprendido dél aquello que él quería saber,
que[69] non le faría tanto bien commo él le prometía. Et el deán le
prometió et le asseguró que qualquier bien que él oviesse que nunca
faría sinon lo que él mandasse; et en estas fablas estudieron desque
ovieron yantado fasta que fué ora de çena. Et de que su pleito fue
bien assossegado[70] entre ellos, díxo Don Illán al deán que aquella
sciençia non se podía aprender sinon en lugar mucho apartado, et que
luego essa noche le queria amostrar do avían de estar, fasta que
oviesse apprendido aquello que él quería saber. Et tomól por la mano
et levól a una cámara; et en apartándose de la otra gente, llamó
a una mançeba de su casa et díxol que toviesse perdizes para que
çenassen aquella noche, mas que non las pusiessen a assar fasta que
él gelo mandasse.»

«Et desque esto ovo dicho, llamó al deán, et entraron entramos por
una escalera de piedra muy bien labrada, et fueron descendiendo por
ella muy gran pieça, en guisa que paresçia que estavan tan vaxos que
passava el rio de Tajo por çima dellos. Et desque fueron en cabo del
escalera, fallaron una possada muy buena, et una cámara mucho apuesta
que y avia, ó estavan los libros et el estudio en que avía de leer.»

«De que se assentaron, estavan parando mientes en quales libros
avian de començar; et estando ellos en esto, entraron dos omnes por
la puerta, et diéronle[71] una carta quel enviava el arçobispo su
tio, en quel fazía saber que estava muy mal doliente, et quel enviava
rogar que sil quería veer vivo, que se fuesse luego para él. Al deán
pesó mucho con estas nuebas, lo uno por la dolençia de su tio, et lo
al por que reçeló que avía de dexar su estudio que avía començado.
Pero puso en su coraçon[72] de non dexar aquel estudio tan aína, et
fizo sos cartas de repuesta et enviólas al arçobispo su tio.»

«Et dende a tres o quatro dias llegaron otros omnes a pie que traían
otras cartas al deán, en quel fazían saber que el arçobispo era
finado,[73] et que estavan todos los de la eglesia en su eslección,
et que fiavan por la merçed de Dios que eslerían[74] a él. Et por
esta razon que non se quexasse de ir a la eglesia, ca mejor era para
él en quel esleyessen seyendo en otra parte que non estando en la
eglesia.»

«Et dende a cabo de siete o de ocho dias, vinieron dos escuderos
muy bien vestidos et muy bien aparejados, et quando llegaron a él,
vesáronle la mano et mostráronle las cartas en commo le avían
esleido por arçobispo. Et quando Don Illán esto oyó, fue al electo
et díxol commo gradesçía mucho a Dios por que estas buenas nuevas le
llegaran a su casa; et pues Dios tanto bien le fiziera, quel pedía
por merçed que el deanasgo, que fincava vagado,[75] que lo diesse a
un su fijo. Et el electo díxol quel rogava quel quisiesse consentir
que aquel deanadgo que lo oviesse un su hermano, mas que él le faría
bien en la iglesia en guisa que él fuesse pagado, et quel rogava que
fuesse con él para Santiago et que levasse con él aquel su fijo. Et
Don Illán díxo que lo faría.»

«Et fuéronse para Santiago; et quando í llegaron, fueron muy bien
reçebidos et mucho onradamente. Et desque moraron í un tienpo, un
día llegaron al arçobispo mandaderos del papa con sos cartas en
cómmol dava el obispado de Tolosa et quel fazía graçia que pudiesse
dar el arçobispado a qui quisiesse. Quando Don Illán oyó esto,
retrayéndol[76] mucho affincadamente lo que con él avía passado,[77]
pidiól merçed que lo diesse a su fijo. Et el arçobispo le rogó que
consentiesse que lo oviesse un su tio, hermano de su padre. Et Don
Illán díxo que bien entendíe quel fazía grand tuerto, pero que esto
que lo consintía en tal[78] que fuesse seguro que gelo emendaría
adelante. Et el arçobispo le prometió en toda guisa que lo faría
assí, et rogól que fuesse con él a Tolosa et que levasse su fijo.»

«Et desque llegaron a Tolosa, fueron muy bien reçebidos de condes
et de quantos omnes buenos avía en la tierra. Et desque ovieron í
morado fasta dos años, llegáronle mandaderos del papa con sos cartas
en commo le fazía el papa cardenal, et quel fazía graçia que diesse
el obispado de Tolosa a qui quisiesse. Entonçe fué a él Don Illán et
díxol que pues tantas vezes le avía fallesçido[79] de lo que con él
pusiera, que ya aquí non avía logar del poner escusa ninguna que non
diesse alguna de aquellas dignidades a su fijo. Et el cardenal rogól
que consentiese que oviesse aquel obispado un su tio hermano de su
madre, que era omne bueno ançiano, mas que, pues él cardenal era, que
se fuese con él para la corte que asaz avía en que le fazer bien. Et
Don Illán quexósse ende mucho, pero consintió en lo que el cardenal
quiso, et fuesse con él para la corte.»

«Et desque í llegaron, fueron muy bien reçebidos de los cardenales et
de quantos en la corte eran, et moraron y muy grand tienpo. Et Don
Illán affincando cada dia al cardenal quel fiziesse alguna graçia
a su fijo, et él poníal sos escusas. Et estando assí en la corte,
finó el papa; et todos los cardenales esleyeron aquel cardenal por
papa. Estonçe fué a él Don Illán et díxol que ya non podía poner
escusa de non conplir lo quel avía prometido. Et el papa le dixo que
non lo affincasse tanto, que sienpre avría lugar en quel fiziesse
merçed, segund fuesse razón. Et Don Illán se començó a quexar mucho
retrayéndol quantas cossas le prometiera[80] et que nunca le avía
conplido ninguna, et diziéndol que aquello reçelara él la primera
vegada que con él fablara. Et pues aquel estado era llegado et nol
cunplia lo quel prometiera, que ya non le fincava logar en que
atendiesse dél bien ninguno. Deste affincamiento se quexó mucho el
papa et començól a maltraer, diziendol que si más le affincasse,
quel faría echar en una cárçel, que era ereje et encantador, et que
bien sabía él que non avía otra vida nin otro offiçio en Toledo, do
él morava, sinon bivir por aquella arte de nigromançía. Et desque
Don Illán vió quanto mal le gualardonava el papa lo que por él avía
fecho, espidióse dél; et solamente[81] nol quiso dar el papa qué
comiese por el camino.»

«Estonçe don Illán dixo al papa que pues al non tenía de comer, que
se avría de tornar a las perdizes que mandara assar aquella noche.
Et llamó ala muger et díxol que assasse las perdizes. Et quando esto
díxo don Illán, fallósse el papa en Toledo deán de Santiago, commo
lo era quando í bino; et tan grand fué la verguença que ovo que non
sopo quel dezir. Et don Illán díxol que fuesse en buena ventura, et
que assaz avía provado lo que tenía en él, et que ternía por muy mal
enpleado si comiesse su parte de las perdizes.»

«Et vos, señor conde Lucanor, pues veedes que tanto fazedes por aquel
omne que vos demanda ayuda, et non vos da ende mejores graçias,
tengo que non avedes por qué trabajar nin aventurarvos mucho por
llegarlo[82] a logar que vos dé tal galardón commo el deán dió a don
Illán.»

El conde tovo esto por buen consejo, et fízolo assí, et fallósse ende
bien. Et por que entendió don Johan que era este muy buen exienplo,
fízolo poner en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

      Al que mucho ayudares · et non te lo conosçiere,[83]
    menos ayuda abrás · desqu’en grand onra subiere.


  ENXIENPLO XXXV.--De lo que contesçió a un mançebo que casó con
  una muger muy fuerte et muy brava.

Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, et díxole: «Patronio,
un mio criado me díxo quel traían cassamiento con una muger muy rica,
et aun que es más onrada que él et que es el casamiento muy bueno
para él, sinon por un enbargo que í ha; et el enbargo es éste: díxome
quel dixeran que aquella muger que era la más fuerte et la más brava
cosa del mundo. Et agora ruégovos que me consejedes si le mandaré que
case con aquella muger, pues sabe de qual manera es, o sil mandaré
que lo non faga.»

«Señor conde Lucanor», dixo Patronio, «si él fuer tal commo fué un
fijo de un omne bueno que era moro, consejalde que case con ella;
mas si non fuere tal, non gelo consejedes.» Et el conde le rogó quel
dixiesse commo fuera aquello.

Patronio le dixo que en una villa avía un omne bueno que avía un fijo
el mejor mançebo que podía ser, mas non era tan rico que pudiesse
conplir tantos fechos et tan grandes commo el su coraçón le dava a
entender que devía conplir; et por esto era él en grand cuydado, ca
avía la buena voluntat et non avía el poder.

Et en aquella villa misma avía otro omne muy más onrado et más rico
que su padre, et avía una fija et non más, et era muy contraria de
aquel mançebo, ca quanto aquel mançebo avía de buenas maneras, tanto
las avía aquella fija del omne bueno de malas et revesadas; et por
ende omne del mundo non quería casar con aquel diablo.

Et aquel tan buen mançebo vino un dia a su padre et díxole que bien
sabía que él non era tan rico que pudiesse darle con qué él pudiesse
bevir a su onra, et que pues le convinía a fazer vida menguada et
lazdrada o irse daquella tierra, que si él por bien tobiesse, quel
parescía mejor seso de catar algun casamiento con que pudiesse aver
alguna passada.[84] Et el padre le dixo quel plazía ende mucho si
pudiesse fallar para él casamiento que le cunpliesse. Et entonçe le
dixo el fijo que si él quisiesse, que podría guisar que aquel omne
bueno, que avía aquella fija, que gela diesse para él. Et quando el
padre esto oyó, fué muy maravillado et díxol que commo cuidava en tal
cosa, que non avía omne que la conosçiesse que, por pobre que fuesse,
quisiesse casar con ella. Et el fijo le dixo quel pidía por merçed
quel guisasse aquel casamiento; et tanto lo afincó que commo quier
que el padre lo tovo por estraño, que gelo otorgó. Et fuesse luego
para aquel omne bueno, et amos eran mucho amigos, et díxol todo lo
que passara con su fijo, et rogól que pues su fijo se atrevía a casar
con su fija, quel plogiesse et gela diesse para él. Quando el omne
bueno esto oyó a aquel su amigo, díxole: «Par Dios, amigo, si yo tal
cosa fiziesse, seer vos ía muy falso amigo, ca vos avedes muy buen
fijo, et ternía que fazía muy grand maldat si yo consintiesse su
mal nin su muerte; casó çierto que si con mi fija casase, que sería
muerto o le valdría mas la muerte que la vida. Et non entendades que
vos digo esto por non conplir vuestro talante, ca si la quisiérdes, a
mí mucho me plaze de la dar a vuestro fijo o a quien quier que me la
saque de casa.» Et aquel su amigo le díxo quel gradesçía mucho quanto
le dizía, et que pues su fijo quería aquel casamiento, quel rogava
que le pluguiesse.

Et el casamiento se fizo, et levaron la novia a casa de su marido.
Et los moros an por costunbre que adovan de cenar a los novios
et pónenles la mesa et déxanlos en su casa, fasta otro día; et
fiziéronlo aquellos assí; pero estavan los padres et las madres et
los parientes del novio et dela novia con grand reçelo, cuidando que
otro día fallarían el novio muerto o muy mal trecho.

Luego que ellos fincaron solos en casa, assentaronse a la mesa; et
ante que ella ubiasse a dezir cosa, cató el novio enderredor de
la mesa, et vió un perro, et díxol yaquanto bravamente: «Perro,
danos agua a las manos»; et el perro non lo fizo; et encomençósse a
ensañar, et díxol más bravamente que les diesse agua a las manos; et
el perro non lo fizo. Et desque vió[85] que lo non fazía, levantóse
muy sañudo de la mesa, et metió mano a la espada et endereçó al
perro; et quando el perro lo vió venir contra sí, començó a foir,
et él en pos dél saltando amos por la ropa et por la mesa et por el
fuego, et tanto andudo en pos dél fasta que lo alcanzó et cortól
la cabeça et las piernas et los braços et fízolo todo pedaços, et
ensangrentó toda la casa et toda la mesa et la ropa.

Et assí muy sañudo et todo ensangrentado, tornóse a sentar a la
mesa, et cató enderredor, et vió un gato, et díxol quel diesse
agua a manos; et por que non lo fizo díxole: «¿Commo, don falso,
traydor, non vistes lo que fiz al perro por que non quiso fazer lo
quel mandé?; yo prometo a Dios que si poco nin más porfías, que esso
mismo[86] faré a ti que al perro.» Et el gato non lo fizo, ca tan
poco es su costunbre de dar agua a manos commo del perro; et por que
non lo fizo, levantóse, et tomól por las piernas et dió con él a la
pared, et fizo dél mas de çient pedaços, et mostrando muy mayor saña
que contra el perro.

Et assí, bravo et sañudo et faziendo muy malos contenentes[87]
tornóse a la mesa et cató a todas partes; et la muger quel vió esto
fazer, tovo que estava loco o fuera de seso et non dezía nada. Et
desque ovo catado a cada parte, vió un su cavallo que estava en
casa[88] (et él non avia más de aquel) et díxol muy bravamente que
les diesse agua a las manos; et el cavallo non lo fizo. Desque vió
que lo non fizo, díxol: «¡Cómmo, don cavallo! ¿cuydades que por que
non he otro cavallo, que por esso vos dexaré si non fizierdes lo que
yo vos mandare? Yo juro a Dios que tan mala muerte vos dé commo a
los otros; et non ha cosa viva en el mundo que non faga lo que yo
mandare, que esso mismo non le faga». Et el cavallo estudo quedo; et
desque vió que non fazía su mandado, fué a él et cortól la cabeça, et
con la mayor saña que podría mostrar, despedaçólo todo.

Et quando la muger vió que matava el cavallo non aviendo otro, et que
dizía que esto faría a quien quier que su mandado non cunpliesse,
tovo que esto non se fazía ya por juego et ovo tan grand miedo
que non sabía si era muerta o biva. Et él assi bravo et sañudo et
ensangrentado, tornóse a la mesa, jurando que si mil cavallos et
omnes et mugeres oviesse en casa quel saliessen de mandado, que todos
serían muertos. Et asentósse, et cató a cada parte teniendo la espada
sangrentada en el regaço; et desque cató a una parte et a otra et
non vió cosa viva, bolvió los ojos contra su muger muy bravamente et
díxol con grand saña, teniendo la espada en la mano: «Levantad vos
et dat me agua a las manos.» Et la muger que non esperava otra cosa
sinon quela despedaçaría toda, levantóse muy apriessa et diól agua a
las manos; et díxole él: «¡Cómmo gradesco a Dios por que feziestes
lo que vos mandé, ca de otra guisa, por el pesar que estos locos me
fizieron, esso oviera fecho[89] a vos que a ellos!» Et despues mandól
quel diesse de comer, et ella fízolo; et cada que él dezía alguna
cosa, tan bravamente gelo dizía et en tal son, que ella ya cuidava
que la cabeça era ida del polvo.

Et assi pasó el fecho entrellos aquella noche, que nunca ella fabló,
mas fazía lo que él mandava. Et desque ovieron dormido una pieça,
díxo él: «Con esta saña que ove esta noche, non pude bien dormir:
catad que non me despierte cras ninguno et tened me bien adobado de
comer.»

Et quando fue grand mañana,[90] los padres et las madres et los
parientes llegáronse a la puerta, et por que non fablava ninguno,
cuidaron que el novio estava muerto o ferido, et desque vieron por
entre las puertas a la novia et non al novio cuidáronlo más. Et
quando ella los vió a la puerta, llegó muy passo et con grand miedo
et començóles a dezir: «Locos, traidores ¿qué fazedes e commo osades
llegar a la puerta nin fablar?; callad, si non todos, tan bien
vosotros commo yo, todos somos muertos.» Et quando todos esto oyeron,
fueron muy maravillados, et desque sopieron commo passaron en uno,
presçiaron mucho el mançebo que assí sopiera fazer lo quel cunplía,
et castigar[91] tan bien su casa. Et daquel dia adelante fue aquella
su muger muy bien mandada et obieron muy buena vida.

Et dende apocos dias su suegro quiso fazer assí commo fiziera su
yerno, et por aquella manera mató un gallo et díxole su muger: «A la
fe don fulán, tarde vos acordastes, ca ya non vos valdría nada si
matassedes çient cavallos, que ante lo ovierades a començar, ca ya
bien nos conosçemos.»

«Et vos, señor conde, si aquel vuestro criado quiere casar con tal
muger, si fuere él tal commo aquel mançebo, consejalde que case
seguramente, ca él sabrá como passe en su casa; mas si non fuere tal
que entienda lo que deve fazer et lo quel cunple, dexadle que passe
su ventura. Et aun conséjovos que con todos los omnes que ovierdes a
fazer, que sienpre les dedes a entender en qual manera an de passar
conbusco.»

Et el conde obo éste por buen consejo, et fízolo assí, et fallóse
dello bien. Et por que Don Johan lo tovo por buen enxienplo, fízolo
escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

      Si al comienço non muestras qui eres,
    nunca podrás después quando quisieres.


NOTAS

  [61] _Libro de los Estados_ 90º (pág. 335_b_ de la Biblioteca de
  Autores Españoles, tomo LI). Los «fermosos latines», de que se
  alaba don Juan Manuel, no son «latinismos», como pudiera creerse,
  pues su lenguaje no es nada propenso al cultismo; la frase tiene
  un sentido más vago, quiere decir simplemente «expresiones
  elegantes».

  [62] Para el lenguaje de don Juan Manuel, pueden verse: F. DÖNNE,
  _Syntaktische Bemerkungen zu Don Juan Manuels Schriften_, Jena,
  1891, y S. GRÄFENBERG, _Don Juan Manuel_, _El Libro del Cavallero
  et del Escudero_, en Romanische Forschungen, VII, 1893, p.
  523-549.

  [63] Los pronombres enclíticos del infinitivo dependiente por
  medio de preposición, podían ir o con el verbo regente: _tornólas
  a catar_, o entre la preposición y el infinitivo, como se ve en
  el texto.

  [64] _Tener_ significa ‘pensar’, como en frases modernas: «tengo
  para mí que...»

  [65] Debiera estar escrito _sopiessedes_; seguimos la ortografía
  del principal de los manuscritos conservados de las obras de
  Don Juan. Está escrito entre los siglos XIV y XV, y refleja la
  gran vacilación en el uso de la _s_ y la _ss_ que existía en
  muchas regiones de España. La imprenta vendrá a regularizar estas
  vacilaciones, y a seguir una ortografía más precisa, semejante a
  la de Alfonso el Sabio.

  [66] _Pensar de uno_ significaba ‘cuidar de él’; «e pensó
  dél», traduciendo el latín ‘et curam ejus egit’, _Mio Cid_, p.
  793↓19. Análogo es el sentido del verbo en «pensar el caballo,
  pensar bien sus canes», etc., de donde se deriva el sustantivo
  _pienso_.

  [67] Adviértase continuamente la ambigüedad en el uso del
  pronombre _él_, que notamos. Comp., pág. 24, nota 53; 33, nota 71;
  41, nota 85.

  [68] _Guisa_ significaba, en general, ‘manera’, y aquí significa
  ‘manera de ser’ o ‘condición’. Se decía también «omne de alta
  guisa», por hombre de elevada posición social.

  [69] Esta repetición de la conjunción _que_, fué corriente aun en
  él período clásico.

  [70] _Assossegar_, ‘asentar, pactar’. El significado más
  corriente del verbo era ya entonces el moderno de ‘sosegar,
  calmar, pacificar’.

  [71] Igual ambigüedad que respecto de _él_, puede notarse en el
  uso de la forma enclítica del pronombre.

  [72] _Poner_ significaba ‘convenir, concertar’, y _poner en su
  coraçón_ significa literalmente ‘convenir consigo mismo’, es
  decir, ‘resolver, decidir’.

  [73] Hasta el siglo XVII, el auxiliar usado con el participio
  de los verbos neutros o reflexivos, era _ser_ en lugar de
  _aver_, así se decía «fué nacido, son llegados, ya eran idos, es
  levantado», junto a «lo avien fecho», etc. Véase _Mio Cid_, pág.
  359↓13.

  [74] También se decía _esleirían_. Es el verbo _esleir_ forma
  popular, en vez de la moderna y culta _elegir_; se conjugaba como
  el moderno _desleir_, o con variantes propias de estos verbos con
  hiato.

  [75] Esta forma _vagar_, que es la popular, fué sustituída por la
  culta _vacar_.

  [76] _Retraer_, además de ‘referir, contar’, significaba
  ‘recordar, echar en cara’.

  [77] _Lo que con él avía passado_, ‘lo que había tratado con
  él’, aludiendo a la promesa primera que el deán había hecho. En
  _Cervantes_ hallamos: «entre los tres passaron un graciosissimo
  coloquio», _Quijote_, II, 2; ¿«qué coloquios pasó contigo»? I,
  31, y después: «de lo que el cura y el barbero passaron con
  don Quixote cerca de su enfermedad», II, 1; siendo este último
  uso del verbo, igual al de don Juan Manuel, mal comprendido
  generalmente.

  [78] _En tal_ por ‘con tal’; así dicen todos los manuscritos de
  la obra.

  [79] Esto es: ‘tantas veces le había faltado en lo que con él
  conviniera’. Comp. «que falleçríe en aquello que pussiera con
  ellos, e amenguaríe mucho de su prez e de su onrra», _Crónica
  General_, pág. 38 _a_, 9, y «nada non me compliste... ¿por qué me
  falesçiste», _Fernán González_, 545 _d_.

  [80] ‘Le había prometido’; la forma verbal en _ra_ conservó por
  mucho tiempo su valor etimológico de pluscuamperfecto.

  [81] _Solamente non_ ‘ni siquiera’. Usábase con igual sentido
  _sol non_: «sol non será pensado», _Mio Cid_, pág. 392↓8.

  [82] _Llegar_ por ‘hacer llegar, conducir’; «la merced que Dios
  le avía hecho en le llegar a tal estado», véase _Mio Cid_, pág.
  731↓4; usual aun en el período clásico: «si Dios me llega a
  tener algo que de gouierno». _Quijote_, II, 5.

  [83] _Conoscer_, como _reconocer_, significaba ‘agradecer’. De
  aquí el derivado más usual, _desconocido_, ‘desagradecido’.

  [84] _Passada_ es la ‘manera de vivir’; decimos hoy «un pasar».
  Así, FR. LUIS DE GRANADA dice: «No pedimos superfluidades ni
  demasías, sino pan necessario y para de presente, y como una
  passada, pues no somos nacidos para perpetuarnos acá.»

  [85] Nótese en todo este párrafo cómo, aunque se intercala varias
  veces un sujeto incidental (el perro), no se renueva después la
  mención del sujeto principal (el novio). Esta concisión sería hoy
  mirada como defectuosa.

  [86] _Esso mismo_, o simplemente _esso_, significaba ‘lo mismo’,
  ‘igual’. Usábase aun en el período clásico: «como yo esté harto,
  esso me haze que sea de çanahorias que de perdizes», _Quijote_,
  II, 55; y «esso estima los palos que las vozes», LOPE DE VEGA.

  [87] _Contenente_, ‘gesto, ademán’. Hoy _continente_, significa
  más bien ‘compostura, aire del semblante o del cuerpo’.

  [88] Había costumbre de albergar los caballos en la misma cámara
  donde las personas. La _Crónica General_ nos dice en su capítulo
  791: «et porque a aquella sazón era la guerra con los moros tan
  grand et tan cutiana, assí los cavalleros et los condes et aun
  los reis mismos paravan sus caballos dentro de sus palacios et
  aun, segund cuenta la estoria, dentro en sus cámaras o durmíen
  con sus mugieres, porque luego que oyessen ferir apellido,
  toviessen prestos sus cavallos et sus armas». Esta explicación,
  buscada en la guerra con los moros, es caprichosa; en otros
  países de Europa se conocía la misma costumbre.

  [89] ‘Lo mismo hubiera hecho a vos’. Véase la nota 86 de la página
  42.

  [90] _Grand mañana_, ‘muy de mañana’ o simplemente ‘de mañana’.
  «Andidieron de noche, bien fasta los albores; Grant mañana
  por miedo de algunos pastores, Metiéronse en una cueva los
  traidores», BERCEO, _Santo Domingo_, 434. Comp. fr. «de grand
  matin».

  [91] _Castigar_, significaba simplemente ‘advertir’, ‘amonestar’
  ‘ordenar’.



ALFONSO MARTÍNEZ DE TOLEDO

ARCIPRESTE DE TALAVERA

(1398.--Vivía aún en 1466)


Alfonso Martínez de Toledo escribió una historia de España que
tituló _Atalaya de Crónicas_, y unas _Vidas de San Isidoro y de San
Ildefonso_; la obra por la que fué y es más conocido es el libro
que, según las ediciones antiguas, «tracta de vicios y virtudes, e
reprobacion del loco amor, ansi de los hombres como de las mugeres, o
segund algunos llamado _Corbacho_». Este nombre se le dió tomándolo
de la sátira de Boccaccio contra las mujeres, pero Alfonso Martínez
quiso que su libro quedase sin título alguno: «sin bautismo, sea
por nombre llamado _Arcipreste de Talavera_ donde quier que fuere
levado». Lo acabó el año de 1438.

Este libro es importante en la historia de la prosa castellana por
dos razones: representa de un modo especial una manera de estilo
elegante que dominó en el siglo XV, y nos ofrece, por primera vez que
sepamos, el habla popular tratada bajo una forma artística en prosa.
En uno y otro aspecto ejerció marcada influencia; baste decir que en
uno y otro, el autor de _La Celestina_ es tributario conocido del
Arcipreste de Talavera.

Dominaba entonces en el estilo trabajado una fuerte corriente de
latinismo, la cual iba a menudo mezclada con italianismo, ya que
desde el siglo anterior, autores italianos, como Boccaccio, por
ejemplo, deslumbraban a nuestros escritores con una extraña elegancia
de hipérbaton y léxico latinizantes. Este exotismo, que revestía
formas muy crudas y exageradas, aparece templado en el _Arcipreste de
Talavera_. El hipérbaton llega, es verdad, a casos extremos, como,
por ejemplo, el de la separación del sustantivo y del adjetivo: «face
la vista perder, e mengua _el olor_ de las narices _natural_... el
gusto de la boca pierde...; pues _las potencias_ del ánima _tres_
todas son turbadas»; pero esto es raro en nuestro autor. El rasgo que
más abunda en él es la colocación del verbo al final de la frase:
«non es muger que de sí muy avara non sea en dar, cavilosa en la mano
alargar, temerosa en mucho emprestar, abondosa en cualquier cosa
tomar, generosa en lo ageno dar...» También el cultismo propagaba
el uso de varios participios de presente: «su conosciente o amigo»;
«otros mançebos aun hoy bivientes.» Además, hay que señalar el
latinismo, y el extranjerismo en general, como copiosa fuente de
renovación del vocabulario; así el Arcipreste usa _sustancia_ por
‘hacienda, bienes’, _estudiarse_ por ‘esforzarse’, _superbioso_
por ‘soberbio, soberbioso’, acumulando a veces estos neologismos:
«el vasallo contra el señor, e el servidor contra su _maestro_, el
_súbdito_ contra su _subyugante_.»

A menudo en esta época se buscaba también la elegancia mediante un
amplio desarrollo del concepto; el giro espacioso de la frase tendía
a dar cierta majestad solemne a la expresión; la insistencia en la
idea procuraba una mayor viveza y eficacia de la imagen: «La Pobreza
alçó sus ojos en alto, e començó de mirar la pompa e loçanía e locura
e vanagloria, la jactancia e orgullo que la Fortuna consigo traía...
Pues tú dizes que fazes e desfazes, viedas e mandas, ordenas e
dispones todas las cosas del mundo, e que son a tu govierno e mando
las baxas e aun las altas.» Véase la reiteración de un pensamiento
que va a parar a una cita del Arcipreste de Hita: «¿Quien es tan
loco e fuera de seso que quiere su poderío dar a otro, e su libertad
someter a quien non deve, e querer ser siervo de una muger que
alcança muy corto juizio, e demás, atarse de pies e de manos en
manera que non es de sí mesmo, contra el dicho del sabio que dize:
Quien pudiere ser suyo non sea enagenado, que libertad e franqueza
non es por oro comprada?, e exemplo antiguo es, el qual puso el
Arçipreste de Hita en su tractado.»

La abundancia, que seduce al Arcipreste de Talavera, degenera a
menudo en verbosidad, aun en los trozos doctrinales del libro: «¡Ay
del triste desventurado, que por querer seguir el apetito de su
voluntad que brevemente pasa, quiere perder aquella gloria perdurable
de paraíso que para siempre durará! ¡Si el triste del ombre o muger
sintiese drechamente qué cosa es perdurable, o para siempre jamas, o
por infinita _secula seculorum_ aver en el otro mundo gloria o pena!»
Esta verbosidad cuadra bien cuando se aplica a reflejar el lenguaje
del pueblo, según se verá en los trozos que publicamos.

Otra manera de elegancia fué la similicadencia, moda que todavía
hallamos en vigor durante el siglo XVI, por ejemplo, en Fray Antonio
de Guevara. El _Arcipreste de Talavera_ nos la ofrece, sobre todo, en
los párrafos de afectada viveza: «Plégale a Nuestro Señor... que así
velemos e nos aperçibamos, e del enemigo Satanás nos guardemos, e de
los viçios nos corrijamos, e de los pecados en bien nos enmendemos.»
Muy comúnmente se llega a la prosa rimada, como se ve en el ejemplo
de posposición del verbo, que ponemos arriba. Y es notable que
estas rimas abunden en la charla vulgar, según puede verse en los
trozos aquí insertos, mostrándonos un curioso giro de la locuacidad
vehemente, hoy enteramente desusado.

Otro ejercicio del ingenio popular, antes más desarrollado que
hoy día, era el uso abundante de los refranes, y el Arcipreste de
Talavera no dejó de emplearlos para caracterizar el habla callejera,
siendo en este particular un inspirador directo del autor de la
_Celestina_ e indirecto del _Quijote_, como nota muy bien Menéndez
Pelayo[92]. Pero este crítico atribuye a nuestro Arcipreste el
mérito de haber adivinado el ritmo del diálogo, a lo cual no podemos
asentir. El Arcipreste compone, sí, admirables discursos familiares,
pero el diálogo no alcanza en él más desarrollo que en el _Lucanor_,
por ejemplo. Para ver roto el estrecho molde medieval de la mera
sucesión de discursos, necesitamos llegar a _La Celestina_.


  ARCIPRESTE DE TALAVERA
  PARTE II, CAP. I

  De los viçios e tachas e malas condiçiones de las perversas
  mugeres, e primero digo de las avariçiosas.

Por quanto las mugeres que malas son, viçiosas e desonestas o
enfamadas, non puede ser dellas escripto[93] nin dicho la meitad que
dezir o escrevir se podría por el hombre,[94] e por quanto la verdad
dezir non es pecado, mas virtud, por ende digo primeramente que las
mugeres comunmente por la mayor parte de avariçia son doctadas; e por
ésta razón de avariçia muchas de las tales infinitos e diversos males
cometen: que si dineros, joyas preçiosas e otros arreos intervengan
o dados les sean, es dubda[95] que a la más fuerte non derruequen,
e toda maldad espera que cometrá la avariçiosa muger con defrenado
apetito de aver, asi grande como de estado pequeño...[96]

Asy la muger piensa que non ay otro bien en el mundo sinon aver,
tener e guardar e poseer, con sulíçita guarda condensar,[97] lo ageno
francamente despendiendo e lo suyo con mucha industria guardando.
Donde por esperiencia verás que una muger en comprar por una blanca
más se fará de oir que un ombre en mil maravedis. Item, por un huevo
dará voces como loca e fenchirá a todos los de su casa de ponçoña:
«¿Qué se fizo este huevo? ¿quién lo tomó? ¿quién lo levó? ¿Adole[98]
este huevo? Aunque vedes que es blanco, quiçá negro será oy este
huevo. ¿Quién tomó este huevo, quién comió este huevo? Comida sea de
mala ravia. ¡Ay huevo mio de dos yemas, que para echar vos guardava
yo! ¡Ay huevo mio, qué gallo e qué gallina salieran de vos! del gallo
fiziera capón que me valiera veinte maravedises e la gallina catorze,
o quiça la echara e me sacara tantos pollos e pollas con que pudiera
tanto multiplicar, que fuera causa de me sacar el pié del lodo. Agora
estarme he como desventurada, pobre como solía... ¡Ay huevo mio de
la meajuela redonda, de la cáscara tan gruesa, ¿quién me vos comió?
¡Ay Marica, rostro de golosa, que tú me has lançado por puertas: yo
te juro que los rostros te queme, doña vil, suzia, golosa! ¡Ay huevo
mio, y que será de mi! ¡Ay triste, desconsolada, Jesús, amiga, y cómo
non me fino agora! ¡Ay Virgen María, cómo non rebienta quien vee tal
sobrevienta![99] ¡Non ser en mi casa señora de un huevo! Maldita sea
mi ventura e mi vida si non estó en punto de rascarme[100] o de me
mesar toda. ¡Ya,[101] por Dios! ¡guay de la que trae por la mañana el
salvado, la lumbre, e sus rostros quema soplando por la encender; e
fuego fecho, pone su caldera y calienta su agua e faze sus salvados
por fazer gallinas ponedoras; y que, puesto el huevo, luego sea
arrebatado! ¡Ravia, Señor, y dolor de coraçon, endúrolos[102] yo,
cuitada, e paso como a Dios plaze, e liévamelos el huerco! ¡Ya,
Señor! e liévame deste mundo, que mi cuerpo non goste más pesares nin
mi ánima sienta tantas amarguras. ¡Ya, Señor! por el que tú eres, da
espaçio a mi coraçon con tantas angosturas como de cada dia gusto.
¡Una muerte me valdríe más que tantas, ya por Dios!». Y en ésta
manera dan bozes e gritan por una nada.

Item, si una gallina pierden, van de casa en casa conturbando toda
la vezindat: «¿Do mi gallina la ruvia, de la calça bermeja, o la de
la cresta partida, çenizienta escura, cuello de pavo, con la calça
morada, ponedora de huevos? ¿Quién me la furtó? Furtada sea su
vida. ¿Quién menos me fizo[103] della? Menos se le tornen los días
de la vida. ¡Mala landre, dolor de costado, ravia mortal comiese
con ella; nunca otra coma, comida mala comiese, amen! ¡Ay gallina
mia, tan ruvia! un huevo me dabas tú cada día; aojada te tenia el
que te comió, asechándote estaba el traidor; desfecho le vea de su
casa[104] a quien te me comió; ¡comido le vea yo de perros aina!,
¡cedo sea! ¡véanlo mis ojos, e non se tarde! ¡Ay gallina mia, gruesa
como un ansarón, morisca de los pies amarillos, crestibermeja! más
avía en ella que en dos otras que me quedaron. ¡Ay triste! aun agora
estava aquí, agora salió por la puerta, agora salió[105] tras el
gallo por aquel tejado. El otro día, ¡triste de mí, desaventurada,
que en mal ora nascí, cuitada!, el gallo mio bueno cantador, que
asi salían dél pollos como del çielo estrellas, atapador de mis
menguas, socorro de mis trabajos, que la casa nin bolsa, cuitada,
él bivo, nunca vazia estava. ¡La de Guadalupe señora, a ti lo
acomiendo! señora, non me desampares ¡ya, triste de mí! que tres
días ha entre las manos me lo llevaron. ¡Jesús, quánto robo, quánta
sinrazón, quánta injustiçia! ¡Callad, amiga, por Dios; dexadme
llorar, que yo sé qué perdí e qué pierdo oy! E cada uno le duele lo
suyo ¡y tal joya como mi gallo! ¡Cuitada, e agora la gallina! Rayo
del cielo mortal e pestilençia venga sobre tales personas: espina o
hueso comiendo se le atravesase en el garguero, que Sant Blas non
le pusiese cobro. Non diré, amigas, aina diría que Dios non está
en el cielo, ni es tal como solía, que tal sufre e consiente. ¡Oh
Señor, tanta paciencia e tantos males sufres! ¡ya, por aquel que tu
eres, consuela mis enojos, da lugar a mis angustias, sinon raviaré
o me mataré o me tornaré mora![106] Agora, noramala, si Dios non
me vale, non sé qué me diga. Dexadme, amiga, que muere la persona
con la sinrazon, que mal de cada rato non lo sufre perro nin gato:
dapno de cada dia, sofrir non es cortesia: oy una gallina e antier
un gallo, yo veo bien mi duelo, aunque me lo callo. ¿Cómo te feziste
calvo? Pelo a pelillo el pelo levando. ¿Quién te fizo pobre, María?
Perdiendo poco a poco lo poco que tenía.[107] Moças, venid acá. ¿Non
podeis responder?--Señora.--Ha, agora, landre que te fiera, y ¿dónde
estavas? dy, ¿non te duele a ti asi como a mí? Pues corre en un
punto, Juanilla, ve a casa de mi comadre, dile si vieron una gallina
ruvia de una calça bermeja. Marica, anda, ve a casa de mi vezina,
verás si pasó allá la mi gallina ruvia. Perico, ve en un salto al
vicario del arçobispo que te dé una carta de descomunión que muera
maldito e descomulgado el traidor malo que me la comió. Bien sé que
me oye quien me la comió. Alonsillo, ven acá, para mientes e mira que
las plumas no se pueden esconder, que conocidas son. Comadre, ¿vedes
qué vida ésta tan amarga? yuy, que agora la tenía ante mis ojos.
Llámame, Juanillo, al pregonero, que me la pregone por toda esta
vezindad. Llámame a Trotaconventos, la vieja de mi prima, que venga e
vaya de casa en casa buscando la mi gallina ruvia. ¡Maldita sea tal
vida, maldita sea tal vezindad! que non es el ombre[108] señor de
tener una gallina, que aun non ha salido el umbral, que luego non es
arrebatada. Andémonos, pues, a furtar gallinas, que para ésta[109]
que Dios aqui me puso, quantas por esta puerta entraren ese amor les
faga que me fazen.[110] ¡Ay gallina mia ruvia! y ¿adónde estádes vos
agora? Quien vos comió bien sabia que vos quería yo bien, e por me
enojar lo fizo. Enojos e pesares e amarguras le vengan por manera que
mi ánima sea vengada. Amen. Señor, asi lo cumple tú por aquel que tú
eres: e de quantos milagros has fecho en este mundo, faz agora éste
porque sea sonado.»

Esto e otras cosa faze la muger por una nada. Son allegadoras de
la ceniza, mas bien derramadoras de la farina.[111] En las faldas
rastrando e en las mangas colgando, e otros arreos desonestos que
ellas trahen, non ponen cobro, por do sus maridos, parientes e amigos
desfazen ¡y ponen cobro en el huevo e la gallina! E aun ellas mesmas
dizen quando las faldas las enojan: el diablo aya parte en estas
faldas, e aun en la primera que las usó; mas non maldize[112] a sí
mesma que las trae. E si alguno ge lo retrae, responde: pues fago
como las otras. E bien dize verdad, que ya la muger del menestral, si
vee la muger del cavallero de nuevas guisas arreada, aunque non tenga
que comer, cayendo o levantando, ella así ha de fazer, o morir.[113]
Non son sino como monicas: quanto ven, tanto quieren fazer: «¿Viste
fulana, la muger de fulano, la vezina, cómo iva el domingo pasado?
Pues quemada sea, si este otro domingo otro tanto non llevo yo, e aun
mejor.» Quantas ropas visten las otras, de qué paño, qué color, qué
arreos, qué cosas traen consigo, yo te digo que tanto paran mientes
en estas cosas que non se les olvidan después: «fulana llevava
ésto, çutana vestía ésto», por quanto en aquello ponen su corazón e
voluntad, mas non en el provecho de su casa, estado e honra, sinon en
vanidades e locuras, e en cosas de poca pro.


  PARTE II, CAPÍTULO XII

  De como la muger parlera siempre fabla de fechos agenos.

La muger ser mucho parlera, regla general es dello:[114] que non
es[115] muger que non quisiese siempre fablar e ser escuchada. E non
es de su costumbre dar logar a que otra fable delante della; e si
el dia un año durase, nunca se fartaría de fablar e non se enojaría
día nin noche. E por ende verás muchas mugeres que de tener mucha
continuaçión de fablar, quando non han con quien fablar, están
fablando consigo mesmas entre sí. Por ende verás una muger que es
usada de fablar las bocas de diez ombres atapar e vençerlas fablando
e maldiziendo. Quando razón non le vale ¡bia[116] a porfiar! e con
esto nunca los secretos de otro a otra podríe çelar. Antes te digo
que te deves guardar de aver palabras con muger que algund secreto
tuyo sepa, como del fuego: que sabe, como suso dixe, non guarda lo
que dize con ira la muger; aunque el tal secreto de muerte fuese, o
venial, o lo que más secreto le encomendares, aquello está reptando
o escarvando por lo dezir e publicar, en tanto[117] que todavia
fallarás las mugeres por reconçillos, por renconadas e apartados
diziendo, fablando de sus vezinas e de sus comadres e de sus fechos,
e mayormente de los agenos. Siempre están fablando, librando[118]
cosas agenas: aquélla cómo bive, qué tiene, cómo anda, cómo casó
e cómo la quiere su marido mal, cómo ella se lo meresçe: cómo en
la iglesia oyó dezir tal cosa; e la otra responde tal cosa; e así
pasan su tiempo dependiéndolo en locuras e cosas vanas, que aquí
espaçificarlas seríe imposible. Por ende general regla es que donde
quier que ay mugeres ay de muchas nuevas.[119]

Alléganse las benditas en un tropel, muchas matronas, otras moças
de menor e mayor hedad, e comiençan e no acaban, diziendo de fijas
agenas, de mugeres estrañas; en el invierno al fuego, en el verano
a la frescura, dos o tres horas, sin mas estar diziendo: «tal, la
muger de tal, la fija de tal, ¡a osadas, quién sé la vee?, ¿quién
non la conosce! ovejuela de Sant Blas, corderuela de Sant Antón
¡quien en ella se fiase!» etc... Responde luego la otra: «¡o bien si
lo sopiésedes, como es de mala luenga! ¡ravia Señor, allá irá! ¡por
Nuestro Señor Dios, embaçada estaríades comadre! ¡quien se la vee,
simplezilla!» etc..., todo el dia estarán detrás mal fablando.

E si quieres saber de mugeres nuevas, vete al forno, a las bodas, a
la iglesia, que allí nunca verás sinon fablar la una a la oreja de la
otra, e tomar las unas compañías con las mal querientes de las otras;
e afeitarse e arrearse a porfía, aunque sopiesen fazer malbarato de
su cuerpo por aver joyas, e ir las unas mas arreadas que las otras,
diziendo: «pues mal gozo vean de mí si el otro domingo que viene tú
me pasas el pié delante». Ayúntanse las unas loçanas de un barrio
contra las otras galanas de la otra vezindad: «Pues agora veamos a
quáles mirarán más, e quáles serán las más fabladas e presçiadas;
¿quiçá si[120] piensan que non somos para plaça?[121] ¡mejor que non
ellas! aunque les pese e mal pese, sí somos, en verdad. ¡Yuy, amiga!
¿non vedes como nos miran de desgaire? ¿Quieres que les demos una
corredura e una ladradura? Riámonos la una con la otra e fablemos
así a la oreja, mirando fazia ellas, e vereis como se correrán; o
antes que ellas se levanten pasemos aina delante dellas, porque los
que miraren a ellas, en pasando nosotras, fagan primero a nosotras
reverençia antes que non a ellas, e esta les daremos en barva aunque
les pese, quanto a lo primero.» E estas e otras infinitas cosas
largas de escrevir estudian las mugeres e urden, en tanto[122] que
nunca donde van e se ayuntan fazen sino fablar e murmurar e de agenos
fechos contractar. Do podemos dezir la muger ser muy parlera e de
secretos muy mal guardadora. Pon ende quien dellas non se fia non
sabe qué prenda tiene e quien de sus fechos se apartase e más las
olvidare, bivirá más en seguro: desto yo le aseguro.


NOTAS

  [92] _Orígenes de la novela_, I, 1905, pág. CXIX.

  [93] Construcción vacilante. El complemento se anticipa en
  nominativo, con una oración de relativo: _las mugeres que_...
  y luego se reproduce acerca del verbo mediante el pronombre
  _dellas_, provisto de la preposición conveniente. Sin tal
  anticipación del complemento se diría: «Por cuanto no puede ser
  escrito de las mugeres que malas son la mitad...»

  [94] _El hombre_ tiene aquí el sentido pronominal indefinido de
  ‘uno’. Mas abajo señalamos otro ejemplo de este uso.

  [95] _Dubda_ significa ‘temor’; ‘es de temer que no derriben a la
  mas fuerte’, usando el _no_ afirmativo con los verbos de temor:
  ‘es de temer que la derriben’.

  [96] Hipérbaton: «la muger asi grande como de estado pequeño.»

  [97] _Condensar_, más comúnmente _condesar_, significaba
  ‘guardar’.

  [98] _Adole_ y _dole_, adverbio interrogativo con el pronombre
  enclítico, expresión elíptica usual aun en el siglo XVI: ‘do le
  hallaré’ Un romance popular usa juntas la forma elíptica y las
  completas, que explican este giro:

      ¿Do los mis amores? ¿dolos?
      ¿do los andaré a buscar?

  [99] _Sobrevienta_, ‘caso impensado, sorpresa, sobresalto’.

  [100] _Rascarse_ en el sentido de ‘arañarse’ o ‘despedazarse’ la
  carne; ésto y mesarse el cabello eran señal de duelo.

  [101] _Ya_ interjección antigua de origen árabe.

  [102] _Endurar_ ‘sufrir, padecer’.

  [103] Curiosa perífrasis: «_fazer_ a uno _menos_ de una cosa»
  significaba ‘quitar a uno una cosa’; en latín «minus fecit»
  ‘quitó, robó’; véase _Mio Cid_, pág. 343↓5.

  [104] La pena antiguamente impuesta a los traidores era el
  derribarles la casa, y esta pena quiere la mujer que sea aplicada
  al traidor que le robó la gallina.

  [105] Las ediciones impresas del libro del Arcipreste ponen
  _saltó_. Antes el verbo _salir_ tenía también el significado de
  ‘saltar’.

  [106] Entre las estrepitosas señales de dolor que da la mujer,
  lamentando su gallina, no podía faltar la amenaza de renegar de
  la fe. No de otro modo, quejándose de una gran deshonra, dice
  doña Lambra a su marido en el romance: «Si desto no me vengais,
  mora me quiero tornar.»

  [107] Nótense las rimas continuadas. Sin embargo parece que
  no hay aquí más refrán popular que el que corresponde al que
  registra el Marqués de Santillana bajo esta forma «¿Cómo te
  feçiste calvo? Pelo a pelo pelando.»

  [108] _El ombre_ con valor pronominal: ‘no es uno dueño de tener
  una gallina’. Véase arriba la nota segunda de este trozo.

  [109] _Para_ y _par_ son preposiciones usadas en las fórmulas de
  juramentos (comp. «par Dios») y véase _Mio Cid_, pág. 387↓36
  «_para ésta_, especie de amenaza que se hace poniendo el dedo
  índice sobre la naríz, y equivale a ‘tú me la pagarás’» (_Dicc.
  de Autoridades._)

  [110] _Ese_ usado como pronombre de identidad, véase arriba,
  página 42, nota 86; _amor_ ‘gracia, buena voluntad’ y «fazer amor
  a uno» significaba ‘agasajarle’, y también ‘perdonarle’ (véase
  _Mio Cid_, página 465↓3). La frase del Arcipreste significa,
  pues, ‘la misma gracia les haré que a mí me hacen’, ‘no perdonaré
  a ninguna gallina como no perdonan a las mías’. Nótese también la
  anteposición de _quantas_ en nominativo, en vez de _aquantas_, y
  la especificación de su relación con el verbo mediante el dativo
  _les_. Compárese la nota primera de este trozo.

  [111] Refrán: «allegadora de la ceniza y derramadora de la
  harina».

  [112] Sintaxis descuidada, singular en vez de plural.

  [113] Construcción elíptica: ‘o ha de morir’.

  [114] Las oraciones de infinitivo son muy usadas por el
  Arcipreste. Citaremos ejemplos del mismo tipo que el que
  anotamos: «Envidiosa _ser_ la muger mala, dubdar _en ello_ sería
  pecar en el Espíritu Santo». «La muger mala en sus fechos e
  dichos non _ser_ firme nin constante, maravilla non es _dello_».
  El pronombre neutro se refiere a toda la oración de infinitivo.

  [115] _Ser_ tiene aquí el significado de ‘existir’. Véase _Mio
  Cid_, página 846↓38.

  [116] _Bia_ interjección muy usada por el Arcipreste de Talavera
  «¡bia al atahona!» (pág. 59), y especialmente con el infinitivo
  narrativo: «E tómase el tal oro en lazeria farta e muchas
  fadas malas, e después ¡bia a llorar!» (pág. 167). Emplea esta
  interjección el _Libro de Alexandre_ 473: «¡via, dixieron todos,
  mas val que moiramos!».

  [117] _En tanto_ es usado por el Arcipreste como conjunción
  consecutiva, ‘pues’, ‘de modo que’. Al final de este trozo
  señalamos otro ejemplo.

  [118] _Librar_ en el sentido de ‘despachar, arreglar un negocio’.

  [119] Nótese la preposición del genitivo partitivo (véase arriba,
  página 15, nota 22) antepuesta al adjetivo. El giro corriente en
  la Edad Media era «muchas de nuevas» (_Mio Cid_, pág. 382↓11),
  compárese el fr. «beaucoup de nouvelles». El giro que usa el
  Arcipreste es una desviación de ese.

  [120] La conjunción _si_ que tantas veces encabeza interrogación
  indirecta («dime si piensan que...»), se usaba también
  encabezando interrogaciones directas «¿si piensan que...?», «¿si
  es pagado?» _Mio Cid_, pág. 852↓4. Hoy se usa en el futuro «¿si
  pensarán que...?».

  [121] _Ser para en plaza_ ‘ser para en público, ser digno de
  mostrarse en público’. Otra frase algo análoga era: _ser para en
  cámara_.

  [122] Otro ejemplo de _en tanto_ ‘pues’.



FERNANDO DE ROJAS

(Hay memorias suyas hasta el año 1538)


La primera edición conocida de _La Celestina_ o _Comedia de Calisto y
Melibea_, es de Burgos, 1499; pero la obra debió ser compuesta hacia
1490. En sus primeras ediciones salió a luz comprendiendo 16 actos.
Después, a partir del año 1502, apareció añadida hasta comprender 21,
y se duda si estos cinco actos posteriores son obra del mismo autor,
Fernando de Rojas, que presenta al público los 16 actos primeros.
Además, según la carta «del autor a un su amigo», que va al frente
de la edición de 1501, Rojas sólo era autor de los actos segundo a
decimosexto, pues el acto primero se da como obra de un anónimo.

Rojas, en la citada carta, dice que ese primer acto le cautivó por
«su estilo elegante, jamás, en nuestra castellana lengua, visto ni
oído», y tal juicio fué confirmado, respecto de toda la obra, por
la posteridad. Antiguamente, Juan de Valdés, en el _Diálogo de la
lengua_, dice con su buen gusto habitual: «_Celestina_..., soy de
opinión que ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua
esté más natural, más propia ni más elegante»; y, modernamente,
Menéndez Pelayo acomoda esta afirmación a las circunstancias, y la
amplía diciendo: «Si Cervantes no hubiera existido, _La Celestina_
ocuparía el primer lugar entre las obras de imaginación compuestas
en España.»

El estilo de _La Celestina_ renueva y esmera las principales
perfecciones con que los escritores del siglo XV venían moldeando
el idioma. La elocuencia en la expresión de las pasiones, buscada
afanosamente en las novelas sentimentales de Rodríguez del Padrón
o de Diego de San Pedro, se depura en _La Celestina_, haciéndose
mucho más intensa y menos afectada; la irrestañable charla popular
que desborda en el arcipreste de Talavera, se encauza aquí más viva
e intencionada y menos monótona; sobre todo, el diálogo, que hasta
entonces apenas existía, pues no se ejercitaba sino en la sucesión
de discursos desgranados, ahora se articula y se anima, y se matiza
maravillosamente en ésta que es, a la vez, primer ensayo y obra
maestra de la prosa dramática española.

Valdés mismo señala los excesos que empañan esa naturalidad y
elegancia por él ponderadas en _La Celestina_. «Es verdad que peca el
estilo en dos cosas, las cuáles fácilmente se podrían remediar...:
la una es en el amontonar de vocablos, algunas veces tan fuera de
propósito como _magníficat a maitines_; la otra es en que pone
algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano,
y en partes adonde podría poner propios castellanos, que los hay.»
Ambos defectos son los principales de la época, y de ellos no se
libra _La Celestina_, si bien los presenta atenuados.

Ya hemos visto, al hablar del arcipreste de Talavera, a qué
aspiraciones artísticas respondían esos que tan a menudo nos aparecen
como defectos. Rojas da también un curso lento a la expresión,
y busca con la redundancia la elevación del estilo: «¿En quién
hallaré yo fe? ¿Adónde hay verdad? ¿Quién caresce de engaño? ¿Adónde
no moran falsarios? ¿Quién es claro amigo? ¿Quién es verdadero
amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones?»--«Hasta que ya los rayos
illustrantes de tu claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi
coraçón, despertaron mi lengua, estendieron mi merescer, acortaron
mi covardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerças,
desadormescieron mis pies e manos...» De esta reiteración usa mucho
más Rojas que el arcipreste de Talavera, y especialmente le sirve
para matizar el habla popular.

La similicadencia y la rima son en cambio muy poco usadas por Rojas:
«Tú lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de plazer,
viéndote tan fiel»; «Por Dios que, sin más dilatar, me digas quién
es esse doliente que de mal tan perplexo se siente, que su passion
y remedio salen de una mesma fuente». En cambio propende mucho a
la trasposición del verbo al final de la frase, como a menudo se
observará.

Atendiendo al otro defecto señalado por Valdés, podemos decir que
Rojas, lo mismo que el arcipreste de Talavera, usa del latinismo
menos que los exagerados escritores de aquel siglo, tales como don
Enrique de Villena o Juan de Mena. En los trozos aquí publicados se
hallarán algunos ejemplos: _inmérito_, _mixto_, _ilícito_, _súbito_,
_perplexo_, siempre pocos.

Este suave cultismo de vocabulario y de construcción responde bien
a la elegante gravedad del diálogo, a la viveza sentenciosa, a la
fragancia humanística que trasciende de toda la obra, ora entre citas
expresas de la antigüedad clásica, ora en imitaciones de ellos no
declaradas;[123] y esa elevación de forma y de fondo permite a Rojas
trazar sus escenas, aun las de más bajo y crudo naturalismo, dentro
de un ambiente ideal, y estilizar sus tipos, aun los más repugnantes,
revistiéndolos de la dignidad propia de la tragedia.

Porque tragedia es _La Celestina_. El primitivo título de _Comedia_
se justifica por el tono de la mayoría de las escenas; pero del
desenlace surge la glorificación del Amor, como divinidad terrible
que triunfa a costa del lloro y la muerte de sus servidores, y
según esta concepción, ya en las primeras páginas de la obra late
la tragedia. Y si bien, por lo general, la acción fluye tranquila o
se remansa en el primoroso diálogo tan propenso a la más reposada
amplitud, luego, contrastando con esa calma, el desenlace se
precipita en relámpagos sangrientos, engendrados por los furiosos
torbellinos del amor y de la codicia del oro.

Esta obra fuerte y elegante está, sin embargo, construída con una
lengua todavía insegura, rebelde, que ostenta muy marcados caracteres
de transición. Por la soltura de la construcción, y, sobre todo, por
la suavidad y gracia con que la frase se pliega al pensamiento, la
lengua de _La Celestina_ es hermana de la de los grandes escritores
del siglo XVI; pero por sus formas gramaticales está muy ligada aún
al período medieval. Signo muy visible de esta vacilación es la _f_-
inicial que se conserva en pugna con la _h_- que después triunfó;
_fazer_, _fermosura_, etc., conviven en _La Celestina_ con _hazer_,
_hermosura_, etc. Además usa muchas formas y construcciones arcaicas,
como _vies_ por ‘veías’, _fueste_ por ‘fuiste’, _morciélago_ por
‘murciélago’, _pelligeros_ por ‘pellejeros’, _encomparable_,
_enefable_, _empedir_, _engenio_, _acordarse a una cosa_ por
‘_acordarse de una cosa_’, todas las cuales aparecen ya en la edición
de Sevilla, 1501, remozadas tal como hoy se usan.[124]


  COMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA

  PRIMER AUTO.--Entrando Calisto una huerta empós de un falcón
  suyo, falló í a Melibea, de cuyo amor preso, començóle de
  hablar; de la qual rigorosamente despedido, fue para su casa muy
  sangustiado.[125]

CALISTO.--En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.--¿En qué, Calisto?

CALISTO.--En dar poder a natura que de tan perfeta hermosura te
dotasse, y fazer a mi inmérito tanta merced que verte alcançasse, y
en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiesse.
Sin duda encomparablemente es mayor tal galardón que el servicio,
sacrificio, devoción, y obras pías que por este lugar alcançar
tengo yo a Dios ofrescido. Ni otro poder mi voluntad humana puede
complir.[126] ¿Quien vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún
hombre como agora el mio? Por cierto los gloriosos sanctos que
se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo agora en el
acatamiento tuyo. Mas, ¡o triste! que en esto deferimos: que ellos
puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança,
y yo misto[127] me alegro con recelo del esquivo tormento que tu
absencia me ha de causar.

MELIBEA.--¿Por grand premio tienes esto, Calisto?

CALISTO.--Téngolo por tanto en verdad, que si Dios me diesse en el
cielo la silla sobre sus sanctos, no lo ternía por tanta felicidad.

MELIBEA.--Pues aun más igual galardón te daré yo, si perseveras.

CALISTO.--¡O bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran
palabra haveis oido!

MELIBEA.--Mas[128] desaventuradas, de que me acabes de oir; porque
la paga será tan fiera qual la merece tu loco atrevimiento, y el
intento de tus palabras, Calisto, ha seído.[129] ¿De ingenio de tal
hombre como tú, haver de salir para se perder en la virtud de tal
muger como yo? ¡Vete, vete de aí!

CALISTO.--Iré como aquel contra quien solamente la adversa fortuna
pone su estudio[130] con odio cruel.

       *       *       *       *       *

CALISTO.--¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldito?

SEMPRONIO.--Aquí estoy, señor, curando destos cavallos.

CALISTO.--¿Pues cómo sales de la sala?

SEMPRONIO.--Abatióse el girifalte y vínele endereçar[131] en el
alcándara.

CALISTO.--¡Assí los diablos te ganen, assí por infortunio arrebatado
perezcas, o perpetuo intollerable[132] tormento consigas, el qual
en grado incomparable a la penosa y desastrada muerte que espero
traspassa! ¡Anda, anda, malvado, abre la cámara y endereça la cama!

SEMPRONIO.--Señor, luego hecho es.

CALISTO.--Cierra la ventana y dexa la teniebla acompañar al triste,
y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos
de luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que deseada a los afligidos
viene! ¡O si viniéssedes agora Erasistrato, médico[133], sentiríades
mi mal! ¡O piedad de Sileuco, inspira en el Plebérico coraçón,[134]
porque sin esperança de salud no embíe el espíritu perdido con el
desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!

SEMPRONIO.--¿Qué cosa es?

CALISTO.--¡Vete de aí, no me fables, sino quiçá, ante del tiempo de
mi rabiosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin!

SEMPRONIO.--Iré, pues solo quieres padecer tu mal.

CALISTO.--¡Vé con el diablo!

SEMPRONIO.--No creo, según pienso, ir[135] comigo el que contigo
queda. ¡O desaventura! ¡O súbito mal! ¿Qual fue tan contrario
acontescimiento, que assi tan presto robó el alegría deste hombre y,
lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dexarle he solo o entraré
allá? Si le dexo, matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese, no
me curo; más vale que muera aquel a quien es enojosa la vida, que no
yo que huelgo con ella. Aunque por al no deseasse vivir, sino por
ver a mi Elicia, me devría guardar de peligros. Pero si se mata sin
otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero
entrar; mas puesto que entre, no quiere consolación ni consejo; asaz
es señal mortal no querer sanar;[136] con todo, quiérole dexar un
poco; desbrave, madure, que oído he dezir que es peligro abrir o
apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco:
dexemos llorar al que dolor tiene, que las lágrimas y sospiros mucho
desanconan[137] el coraçón dolorido; y aun si delante me tiene, más
comigo se encenderá, que el sol más arde donde puede reverberar. La
vista a quien objecto no se antepone, cansa; y quando aquel es cerca,
agúzase. Por esso quiérome sofrir un poco; si entretanto se matare,
muera; quiçá con algo me quedaré, que otro no lo sabe, con que mude
el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte agena,[138] y
quiçá me engaña el diablo; y si muere matarme han, y irán allá la
soga y el calderón.[139] Por otra parte dizen los sabios que es
grande descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuytas
llorar, y que la llaga interior más empece. Pues en estos estremos en
que estoy perplexo, lo más sano es entrar, y sofrirle y consolarle;
porque si posible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es
guarescer por arte y por cura.

CALISTO.--Sempronio.

SEMPRONIO.--Señor.

CALISTO.--Dame acá el laúd.

SEMPRONIO.--Señor, vesle aquí.

CALISTO:--

    ¿Qual dolor puede ser tal,
    que se iguale con mi mal?

SEMPRONIO.--Destemplado está esse laúd.

CALISTO.--¿Como templará el destemplado? ¿Como sentirá el armonía
aquel que consigo está tan discorde; aquel[140] a quien la voluntad
a la razón no obedece; quien tiene dentro del pecho aguijones, paz,
guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, pecados, sospechas, todo a
una causa? Pero tañe y canta la más triste canción que sepas.

SEMPRONIO.--

    Mira Nero de Tarpeya
    a Roma como se ardía;
    gritos dan niños y viejos,
    y él de nada se dolía.[141]

CALISTO.--Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora digo.

SEMPRONIO.--No me engaño yo, que loco está este mi amo.

CALISTO.--¿Qué estás murmurando, Sempronio?

SEMPRONIO.--No digo nada.

CALISTO.--Dí lo que dizes, no temas.

SEMPRONIO.--Digo, que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un
vivo que el que quemó tal çibdad y tanta multitud de gente?

CALISTO.--¡Cómo? Yo te lo diré: mayor es la llama que dura ochenta
años que la que en un día passa, y mayor la que mata una ánima,
que la que quema cient mill cuerpos. Como de la apariencia a la
existencia, como de lo vivo a lo pintado[142], como de la sombra a
lo real, tanta diferencia ay del fuego que dizes al que me quema.
Por cierto, si el del purgatorio es tal, más querría que mi spíritu
fuesse con los de los brutos animales, que por medio de aquél ir a la
gloria de los sanctos.

SEMPRONIO.--¡Algo es lo que digo![143] ¡A más ha de ir este hecho.
No basta loco, sino ereje.

CALISTO.--¿No te digo que fables alto quando fablares? ¿Qué dizes?

SEMPRONIO.--Digo, que nunca Dios quiera tal, que es especie de
heregía lo que agora dixiste.


  QUARTO AUTO.--Celestina andando por el camino habla consigo
  misma, fasta llegar a la puerta de Pleberio, onde halló a
  Lucrecia, criada de Pleberio. Pónese con ella en razones;
  sentidas por Alisa, madre de Melibea, y sabido que es Celestina,
  fázela entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a Alisa; váse.

LUCRECIA.--¿Quien es esta vieja que viene haldeando?

CELESTINA.--Paz sea en esta casa.

LUCRECIA.--Celestina, madre, seas bienvenida. ¿Qual dios te traxo por
estos barrios no acostumbrados?

CELESTINA.--Hija, mi amor; desseo de todos vosotros; traerte
encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras vieja y moça, que
después que me mudé al otro barrio, no han sido de mi visitadas.

LUCRECIA.--¿A esso solo saliste de tu casa? Maravíllome de tí que no
es essa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.

CELESTINA.--¿Más provecho quieres, bova, que cumplir hombre
sus desseos? Y tambien como a las viejas nunca nos fallecen
necesidades... ando a vender un poco de hilado.

LUCRECIA.--¡Algo es lo que yo digo! en mi seso estoy, que nunca metes
aguja sin sacar reja.[144] Pero mi señora, la vieja, urdió una tela,
tiene necessidad dello; tú de venderlo; entra y espera aquí, que no
os desavenirés.

ALISA.--¿Con quien hablas, Lucrecia?

LUCRECIA.--Señora, con aquella vieja de la cuchillada, que solía
vivir aquí en las tenerías, a la cuesta del río.

ALISA.--Agora la conozco menos; si tú me das a entender lo incógnito
por lo menos conocido, es coger agua en cesto.[145]

LUCRECIA.--¡Jesú, señora! Más conosçida es esta vieja que la
ruda.[146] No sé como no tienes memoria de la que empicotaron por
hechizera...

ALISA.--¿Qué oficio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.

LUCRECIA.--Señora, perfuma tocas, haze solimán y otros treynta
oficios; conoce mucho en yiervas, cura niños, y aun algunos la llaman
vieja lapidaria.

ALISA.--Todo esso dicho no me la da a conocer. Díme su nombre, si le
sabes.

LUCRECIA.--¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad
que no le sepa ¿havíale yo de ignorar?

ALISA.--¿Pues por qué no le dizes?

LUCRECIA.--He vergüença.

ALISA.--Anda, bova, díle, no me indignes con tu tardança.

LUCRECIA.--Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

ALISA.--¡Hí, hí, hí! ¡Mala landre te mate si de risa puedo estar,
viendo el desamor que deves de tener a essa vieja, que su nombre has
vergüença nombrar! ¡Ya me voy recordando della! ¡Una buena pieça! No
me digas más; algo me verná a pedir; dí que suba.

LUCRECIA.--Sube, tia.[147]

CELESTINA.--Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con la
noble hija. Mis passiones y enfermedades han impedido mi visitar
tu casa, como era razón; mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi
verdadero amor, que la distancia de las moradas no despega el querer
de los coraçones; assí que lo que mucho desseé, la necessidad me
lo ha hecho complir. Con mis fortunas adversas otras, me sobrevino
mengua de dinero; no supe mejor remedio que vender un poco de hilado,
que para unas toquillas tenía allegado; supe de tu criada que tenías
dello necessidad; aunque pobre, y no de la merced de Dios, veslo
aquí, si dello y de mí te quieres servir.

ALISA.--Vezina honrrada, tu razón y ofrecimiento me mueven a
compassión, y tanto, que quisiera cierto más hallarme en tiempo de
poder complir tu falta, que menguar tu tela. Lo dicho te agradezco;
si el hilado es tal, serte ha bien pagado.

CELESTINA.--¿Tal, señora? Tal sea mi vida y mi vejez, y la de quien
parte quisiere de mi jura.[148] Delgado como el pelo de la cabeça,
igual, rezio como cuerdas de vihuela, blanco como el copo de la
nieve, hilado todo por estos pulgares, aspado y adreçado. Veslo aquí
en madexitas; tres monedas me davan ayer por la onça, assí goze desta
alma pecadora.

ALISA.--Hija, Melibea, quédesse esta muger honrrada contigo, que ya
me parece que es tarde para ir a visitar a mi hermana, su muger de
Cremes, que desde ayer no la he visto, y tambien que viene su paje a
llamarme, que se le arrezió desde un rato acá el mal...

CELESTINA.--¿Y qué mal es el suyo?

ALISA.--Dolor de costado, y tal, que según del moço supe que
quedava, temo no sea mortal. Ruega tú, vezina, por amor mío, en tus
devociones, por su salud a Dios.

CELESTINA.--Yo te prometo, señora, en yendo de aquí, me vaya por
essos monesterios, donde tengo frailes devotos míos, y les dé el
mismo cargo que tú me das; y demás desto, ante que me desayune, dé
quatro bueltas a mis cuentas.[149]

ALISA.--Pues, Melibea, contenta a la vezina en todo lo que razón
fuere darle por el hilado; y tú, madre, perdóname, que otro dia se
verná en que más nos veamos.

CELESTINA.--Señora, el perdón sobraría donde el yerro falta; de Dios
seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la dexe gozar
su noble juventud y florida mocedad, que es el tiempo en que mas
plazeres y mayores deleites se alcançarán, que a la mi fe, la vejez
no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de
renzillas, congoxa continua, llaga incurable, manzilla de lo pasado,
pena de lo presente, cuydado triste de lo por venir, vezina de la
muerte, choça sin rama que se llueve por cada parte, cayado de mimbre
que con poca carga se doblega.

MELIBEA.--¿Por qué dizes, madre, tanto mal de lo que todo el mundo
con tanta eficacia gozar y ver dessean?

CELESTINA.--Dessean harto mal para sí, dessean harto trabajo; dessean
llegar allá, porque llegando viven, y el vivir es dulce, y viviendo
envegescen. Assí que el niño dessea ser moço, y el moço viejo, y
el viejo más, aunque con dolor; todo por vivir, porque como dizen:
viva la gallina con su pepita.[150] ¿Pero quien te podría contar,
señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuidados, sus
enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su renzilla,
su pesadumbre, aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos su
primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver, puestos
los ojos a la sombra, aquel hundimiento de boca, aquel caer de
dientes, aquel carecer de fuerça, aquel flaco andar, aquel espacioso
comer? Pues ¡ay, ay, señora!, si lo dicho viene acompañado de
pobreza, allí verás callar todos los otros trabajos quando sobra la
gana y falta la provisión, que jamás sentí peor ahito que de hambre.

MELIBEA.--Bien conozco que dize cada uno de la feria segund le va en
ella,[151] assí que otra canción cantarán los ricos.[152]

CELESTINA.--Señora, hija, a cada cabo ay tres leguas de mal
quebranto;[153] a los ricos se les va la bienaventurança, la gloria
y descanso por otros alvañares de asechanças que no se parescen,
ladrillados por encima con lisonjas. Cada rico tiene una dozena de
hijos y nietos que no rezan otra oración, no otra petición, sino
rogar a Dios que le saque d’en medio; no veen la hora que[154] tener
a él so la tierra y lo suyo entre sus manos y darle a poca costa su
casa para siempre.

MELIBEA.--Madre, pues que assí es, gran pena ternás por la edad que
perdiste. ¿Querrías bolver a la primera?

CELESTINA.--Loco es, señora, el caminante que enojado del trabajo
del día quissiese bolver de comienço la jornada para tornar otra
vez aquel lugar, que todas aquellas cosas cuya possesión no es
agradable, más vale poseellas que esperallas, porque más cerca está
el fin dellas quanto más andado del comienço; no ay cosa más dulce
ni graciosa al muy cansado que el mesón, assí que aunque la mocedad
sea alegre, el verdadero viejo no la dessea, porque el que de razón y
seso carece, quasi otra cosa no ama sino lo que perdió.

MELIBEA.--Siquiera por vivir más, es bueno dessear lo que digo.

CELESTINA.--Tan presto, señora, se va el cordero como el
carnero;[155] ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan
moço que oy no pudiesse morir; assi que en esto poca avantaja nos
levais.

MELIBEA.--Espantada me tienes con lo que has hablado; indicio me
dan tus razones que te aya visto otro tiempo. Díme, madre, ¿eres tú
Celestina, la que solía morar a las tenerías, cabe el río?

CELESTINA.--Señora, hasta que Dios quiera.

MELIBEA.--Vieja te has parado; bien dizen que los dias no se van en
balde[156]; assí goze de mí, no te conosciera sino por esa señaleja
de la cara. Figúraseme que eras hermosa; otra pareces, muy mudada
estás.

LUCRECIA.--¡Hi, hi, hi! Mudada está el diablo. ¿Hermosa era con aquel
su Dios-os-salve[156] que traviessa la media cara?

MELIBEA.--¿Qué hablas, loca? ¿Qué es lo que dizes? ¿De qué te ríes?

LUCRECIA.--De como no conoscías a la madre en tan poco tiempo en la
filosomía[157] de la cara.

MELIBEA.--No es tan poco tiempo dos años, y más que la tiene arrugada.

CELESTINA.--Señora, ten tú el tiempo que no ande, terné yo mi forma
que no se mude. ¿No has leido que dizen: Verná el día que en el
espejo no te conozcas?[158] Pero también yo encanecí temprano, y
parezco de doblada edad, que assí goze desta alma pecadora y tú desse
cuerpo gracioso, que de quatro hijas que parió mi madre yo fui la
menor. Mira como no so vieja como me juzgan.

MELIBEA.--Celestina amiga, yo he holgado mucho en verte y conoscerte;
también hasme dado plazer con tus razones. Toma tu dinero y vete con
Dios, que me parece que no deves haver comido.


NOTAS

  [123] Algunas de estas imitaciones advierte Menéndez Pelayo en
  su fundamental estudio sobre la _Celestina_, publicado en los
  _Orígenes de la Novela_ III, 1910, pág. XLII, etc.--Alguna vez el
  cultismo de Rojas se exacerba, por ejemplo en el discurso final
  de Pleberio, pagando demasiado tributo a una erudición huera y
  tosca, muy de moda entonces.

  [124] Sin razón el Sr. Foulché-Delbosc, corrige estas formas como
  «erratas y deficiencias», en la pág. 174 de su reimpresión de la
  edición de _La Celestina_ hecha en Burgos, 1499.

  [125] _Sangustiado_ forma derivada de otra perdida,
  *_esangustiado_ (del latín *ex-angustiatus), como el verbo
  arcaico _secutar_ por _esecutar_ (del latín executare), o el
  vocablo vulgar _sagerao_ por _exagerado_. En la traducción del
  _Coloquio de las Damas_, del Aretino, por Fernán Juárez, se halla
  «una muy gran sangustia... muy sangustiada» N. Bibl. A. E., XXI,
  261 _b_.

  [126] ‘Ni hay otro poder (que el divino de que Calixto viene
  hablando) que pueda satisfacer mi voluntad humana’. Las ediciones
  modernas unen esta cláusula a la anterior con una coma, que no
  tiene sentido. La edición antigua pone punto.

  [127] _Misto_, adverbio, que se opone a _puramente_: los santos
  se glorifican de una manera absoluta, sin reserva; mi alegría
  está mezclada de dolor. Como consecuencia del lugar final que
  tiende a ocupar el verbo, el adverbio se le antepone: «Fortuna
  medianamente partió lo suyo», «haz tu lo que bien digo y no lo
  que mal hago», etc., en el mismo Auto primero de _La Celestina_.

  [128] _Mas_ por ‘mas bien’: «--Y allá hablaremos largamente...
  cerca destos amores.--Mas dolores; que por fe tengo que de muerto
  o loco no escapa desta vez». Auto VIII.

  [129] ‘y cual ha sido el intento’. Respeto la puntuación de la
  edición incunable. Las ediciones modernas ponen punto y coma o
  punto tras _atrevimiento_.

  [130] _Estudio_ ‘diligencia, empeño’ (comp. _estudiarse_
  ‘esforzarse’ página 48).

  [131] _Endereçar_ ‘arreglar’ volver a colocar en la percha al
  gerifalte que se había abatido. Con los verbos de movimiento hoy
  va el infinitivo regido de la preposición _a_ pero, antiguamente
  no: «se van omillar» etc. _Mio Cid_, pág. 349↓35. La edición de
  Sevilla 1501 ya elimina el arcaísmo y pone «vinele a endereçar».

  [132] Es frecuente en la _Celestina_ la _ll_, contraria a la
  etimología en _tollerar_ y _callentar_; sin duda se pronunciaba
  _tol-lerar_ por falso cultismo, como se pronunciarían
  _intel-lectual_, _fal-lacia_ y otras voces que en latín presentan
  dos _ll_ y en romance una sola.

  [133] Las ediciones de Burgos 1499 y Sevilla 1501 dicen «Eras
  y Crato médicos» y «piedad de silencio». Como no existen tales
  médicos Eras ni Crato, otras ediciones trataron de corregir, y
  así hallamos: «Crato y Galieno» y «piedad de Celeuco» (1514,
  1595); «Erasistrato y Galieno» y «piedad de Seleuto», «p.
  Seleucal» (1570 y otras, alguna en vez de «seleucal» estropea
  «celestial»). Nuestra corrección es la más sencilla: _eras e
  crato_ es confusión facilísima por _erasistrato_, dado que la
  _c_ y la _t_ en la escritura medieval tiene forma muy semejante,
  y _silencio_ por _sileuco_ o _seleuco_ también se confunden,
  dada la igualdad de _n_ y _u_ en la mayor parte de las grafías.
  Esta corrección es también la única exacta: Calisto alude a una
  anécdota de _Valerio Máximo_, VII, 3, según la cual, habiendo
  Erasístrato, médico, conocido que la enfermedad de Antíoco es
  de amor, logra que el rey Seleuco padre de Antíoco, por salvar
  la vida de su hijo, le ceda piadosamente el amor de Estratónica
  de quien el joven está enamorado. Esta anécdota fué muy famosa
  desde la Edad Media; Juan de la Cueva la refirió en un romance y
  Moreto le dedicó una comedia, _Antíoco y Seleuco_. Como se ve,
  el médico Galieno no debe figurar para nada; es por tanto sólo
  exacta a medias la corrección de la edición de 1570; así como
  las otras, aunque todas revelan conocimiento de la anécdota de
  Valerio Máximo. En vista de ellas, es graciosa la seguridad con
  que un anotador moderno, después de lanzarse a afirmar que no
  hubo tal médico Erasístrato, introduce en el texto los nombres
  de Hipócrates y Galeno, para luego ilustrarnos escribiendo
  que Galieno o Galeno nació en Pérgamo, hijo de fulano, y que
  Hipócrates fué famoso médico nacido el año tantos de la Olimpíada
  tal.

  [134] _Pleberio_ es el padre de Melibea, en el corazón del cual
  desea Calisto que obre la piedad de Seleuco, para que sea benigno
  con un enfermo de amor.

  [135] Una de las oraciones de infinitivo a que hemos aludido. ‘No
  creo que vaya conmigo’.

  [136] Refrán que GONZALO CORREAS (_Vocabulario de refranes_,
  página 54) pone en dos formas «Asaz es señal...» etc. y «Asaz es
  de mal no querer sanar.»

  [137] La edición de Sevilla 1501 y las siguientes: _desenconan_.
  La forma de la edición de 1499 es aceptable, a pesar del verbo
  _enconar_ que precede. Se mezclan mucho formas como _malancolia_,
  _melancolía_, _melanconia_. CORREAS en su _Vocabulario_, pág.
  195 _a_, da como refrán «Lágrimas y suspiros mucho desenconan el
  corazón dolorido.»

  [138] CORREAS, pág. 136 _a_, da el refrán completo; «Esperar
  salud en muerte ajena, se condena.»

  [139] Hoy «Echar la soga tras el caldero» como ya pone
  COVARRUBIAS (s. v. caldero) «es, perdida una cosa echar a perder
  el resto; está tomado del que yendo a sacar agua al poço, se
  le cayó dentro el caldero, y de rabia y despecho, echó también
  la soga, con que le pudiera sacar atando a ella un garabato o
  garfio.»

  [140] La edición de 1514, para evitar la ambigüedad que se
  origina de estas dos preposiciones a juntas, puso aquí «en quien.»

  [141] Romance divulgadísimo en los siglos XVI y XVII. La música
  con que lo cantaba Sempronio podía ser la que da LUIS VENEGAS DE
  HENESTROSA en su _Libro de cifra nueva_, Alcalá 1557, o la que
  pone JUAN BERMUDO en su _Declaración de instrumentos musicales_,
  1555. Tan popular se hizo el comienzo de este romance cuando se
  trataba de algún despiadado, que en el _Rinconete_ de CERVANTES
  la Cariharta, enojada con Repolido, le llama «ese marinero de
  Tarpeya, ese tigre de Ocaña», es decir que el primer verso había
  cristalizado en un disparate popular, semejante al otro que
  equivale a «tigre de Hircania.»

  [142] «Como de lo vivo a lo pintado (cuando hay gran diferencia
  en algo») CORREAS pág. 361. Una comedia de CLARAMONTE lleva el
  título _De lo vivo a lo pintado_. Es hoy frase muy corriente.

  [143] Esta misma exclamación la repite Lucrecia en el otro trozo
  de _La Celestina_ que aquí publicamos, p. 75, arriba.

  [144] «Meter aguja y sacar reja.» (Cuando se da poco para sacar
  mucho) CORREAS; «Dar aguja y sacar reja: quando con pequeño don
  se alcança cosa de mucho interesse» COVARRUBIAS.

  [145] «Como coger agua en cesto» (A trabajo perdido) CORREAS
  _Vocabulario_ pág. 597 _b_.

  [146] «_Ruda_, es yerva conocida, y aunque de grave olor, tiene
  muchos provechos en sí, y por el mucho uso della y ser a todos
  tan común, dezimos de alguna persona ser mas conocida que la
  ruda.» COVARRUBIAS.

  [147] _Tia_ usado como título de respeto para las personas
  ancianas del pueblo; así como _madre_ en boca de Alia y de
  Melibea. Celestina, en cambio, llama «señoras» a éstas. Lucrecia
  antes (p. 74) llamó también _madre_ a Celestina.

  [148] Frase obscura. Parece que Celestina alude al uso jurídico
  de prestar juramento una persona acompañada de otras varias que
  juraban con ella: ‘tan buena como mi tela sea mi vejez y la de
  quien quisiere apoyarme en este juramento’.

  [149] _Cuentas_ significa ‘el rosario’: Celestina ofrece rezarlo
  cuatro veces.

  [150] Refrán que también tiene la forma de «Viva la gallina y
  viva con su pepita.»

  [151] Refrán que hoy es más bien: «Cada uno habla (o cuenta) de
  la feria como le va en ella.»

  [152] Comp. la frase «Ese es otro cantar» significado ‘eso es
  distinto’.

  [153] Refrán que tenía múltiples formas: «Dondequiera hay una
  mala legua.» «En cada cabo hay dos leguas (o un rato) de mal
  quebranto.» «A cada cabo hay tres leguas de quebranto.» CORREAS,
  pág. 292 _b_, 119 _b_, 14 _a_.

  [154] Hoy se dice «_No ver_ uno _la hora de_ una cosa», para
  denotar el deseo grande de que llegue el momento de que algo
  suceda. Se entiende ‘no ver nunca llegar la hora’, es decir que
  la impaciencia hace que parezca muy largo el tiempo. En la forma
  antigua, _la hora que_ está por ‘la hora en que’. Compárese la
  frase _aun vea el hora que_ por ‘ojalá llegue tiempo que’ o ‘en
  que’ _Mio Cid_, pág. 488↓38, 779↓10.

  [155] Refrán.

  [156] _Dios-os-salve_, o _Dios-te-salve_, nombre humorístico de
  la ‘cicatriz’ o ‘costurón’.

  [157] _Filosomía_ ‘fisonomía’.

  [158] Tomado de Petrarca, como otros varios pasajes de este
  trozo.



EL LAZARILLO DE TORMES

Autor anónimo anterior a 1554


Las primeras ediciones conocidas de esta novela son tres, impresas en
Burgos, Alcalá y Amberes, en el mismo año 1554; las tres suponen otra
anterior de la cual ellas derivan.

La prosa castellana había tenido en la Edad Media un cultivo temprano
y aventajado; nos admira ya en el siglo XIII con Alfonso el Sabio, en
el XIV con don Don Juan Manuel, y produce, en tiempos de los Reyes
Católicos, obras tan notables como la _Celestina_. Bajo el reinado de
Carlos V tomó mayor vuelo; aplicáronla a la exposición doctrinal Fr.
Antonio de Guevara, Hernán Pérez de Oliva, Juan de Valdés, etc., y
apareció como maestra consumada en la novela. En este terreno no es
ciertamente su mérito mayor haber servido a narraciones _idealistas_
de aventuras en los Libros de Caballerías, pues este género decaía
ya de su viejo esplendor, que en el siglo XIV había producido el
Amadís de Gaula; un nuevo lenguaje de la narración se desarrollaba
ahora, a mediados del siglo XVI, complaciéndose en la pintura
satírica de tipos y costumbres sociales, tomados de la realidad, con
todo el vigor y crudeza con que en ella se ofrecen, y este es sin
duda el aspecto más importante que ofrece la prosa en tiempo del
Emperador. Con estas narraciones _realistas_ que forman la llamada
novela picaresca (por abundar en tipos de pícaros, truhanes, vagos,
espadachines y ladrones), España dió a la literatura universal el
primer modelo de la novela moderna de costumbres.

El _Lazarillo_, aparecido en los últimos tiempos del emperador Carlos
V, es la más antigua de estas novelas picarescas, la más popular
en España[159] y la más conocida en Europa, y nos ofrece como una
novedad (a pesar de la _Celestina_) el cultivo de la lengua popular
y corriente, en que no escasean las incongruencias gramaticales que
consigo arrastra la viveza de la conversación; por eso en el prólogo,
el pobre Lázaro, antes de empezar a referir su historia, disculpa el
_grosero estilo_ en que por fuerza ha de contarla.

En este estilo llano, propio para la pintura de escenas de la
vida ordinaria, parecido al que cincuenta años más tarde empleará
Cervantes, es el Lazarillo admirable modelo. Su lenguaje se distingue
especialmente por una sobriedad magistral; cada palabra va derecha a
lograr un marcado efecto pictórico y satírico.

Esta excelencia, sin embargo, no nos ha de impedir el notar cierta
falta de habilidad en la construcción de una frase un poco larga, y
alguna dificultad en las transiciones, embarazadas con adverbios y
conjunciones inútiles o pesados: _en este tiempo_, con el sentido de
‘luego’ o ‘entonces’, _finalmente_, _de manera que_, etc.; pero éste
no es defecto suyo propio, pues algo análogo hallamos en casi todos
los escritores de este siglo, como Mendoza, Granada y León; cada
vez menos, conforme la lengua va ganando en experiencia. Advirtamos
también que es enteramente inexacta la apreciación que en 1620 emitió
un implacable corrector y discreto continuador del Lazarillo, Juan de
Luna, diciendo que la frase de esta antigua obra era «más francesa
que española». Quizá le chocaba el uso abundante del pronombre
personal acompañando a las formas verbales, donde, por no haber
necesidad de insistir en la persona, se omite hoy: _yo por bien
tengo_, _yo oro ni plata no te lo puedo dar_, _yo hice_, _yo dormí_
(pág. 94), y otros casos así, que Luna corrigió en su edición, y que
se hallan también, por ejemplo, en Mendoza; o frases como _no curé de
lo saber_ (je n’ai cure de le savoir), o voces tales como _coraje_
o _luengo_[160], que son del más castizo castellano, por más que no
le parecieran corrientes a Luna; como éste era maestro de español en
Francia, se le antojaban tomadas del francés cuantas expresiones oía
en su idioma patrio que a él no le eran familiares y se asemejaban a
otras francesas.


  LAZARILLO DE TORMES
  TRATADO III

  Lázaro[161], herido desgraciadamente por un clérigo avaro, a
  quien servía en Maqueda, abandona este pueblo y sirve en Toledo a
  un hidalgo tan presumido como pobre y holgazán.

Desta manera me fué forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco,
con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad
de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se
me cerró la herida; y[162] mientras estaba malo siempre me daban
alguna limosna; mas después que estuve sano todos me decían: «tú,
bellaco y gallofero[163] eres; busca, busca un amo a quien sirvas.»
¿Y adónde se hallará ése[164], decía yo entre mí, si Dios agora de
nuevo (como crió el mundo) no lo criase? Andando así discurriendo
de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad
se subió al cielo), topóme Dios con un escudero[165] que iba por
la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en
orden; miróme y yo a él, y díjome: «mochacho, ¿buscas amo?» Yo le
dije: «sí, señor».--«Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te
ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy».
Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que[166] me
parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.
Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran
parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendía pan
y otras provisiones; yo pensaba y aun deseaba que allí me quería
cargar de lo que se vendía, porque esta era propria hora[167] cuando
se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por
estas cosas. «Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía yo, y
querrá que lo compremos en otro cabo.»

Desta manera anduvimos hasta que dió[168] las once: entonces se entró
en la iglesia mayor, y yo tras él; y muy devotamente le vi oir misa
y los otros oficios divinos, hasta que todo fué acabado y la gente
ida. Entonces salimos de la iglesia, y[169] a buen paso tendido
comenzamos a ir por la calle abajo; yo iba el más alegre del mundo,
en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer; bien consideré
que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto[170], y
que ya la comida estaría a punto, y tal como yo la deseaba y aun la
había menester. En este tiempo dió el reloj la una, después de medio
día[171], y llegamos a una casa, ante la cual, mi amo se paró y yo
con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo,
sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa, la
cual[172] tenía la entrada obscura y lóbrega, de tal manera, que
parecía que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro
della estaba un patio pequeño y razonables cámaras[173]. Desque
fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando[174] si
tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente
soplando un poyo que allí estaba, la puso en él; y hecho esto,
sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y
cómo había venido a aquella ciudad, y yo le di más larga cuenta que
quisiera; porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la
mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedía; con todo eso,
yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo
mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en
cámara[175].

Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego[176] vi mala señal, por
ser ya casi las dos y no le ver más aliento[177] de comer que a un
muerto. Después desto, consideraba aquél tener cerrada la puerta
con llave ni[178] sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por
la casa; todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella
silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de
marras[179]; finalmente ella parecía casa encantada. Estando así,
díjome: «tú, mozo, ¿has comido?»--«No, señor, dije yo, que aun no
eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.»--«Pues,
aunque de mañana, yo había almorzado, dice, y cuando ansí como algo,
hágote saber que hasta la noche me estoy ansí; por eso, pásate como
pudieres, que después cenaremos.» Vuestra merced crea, cuando esto le
oí, que estuve en poco de caer de mi estado[180], no tanto de hambre
como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me
representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos;
allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me
pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado
y mísero, por ventura toparía con otro peor; finalmente, allí lloré
mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera; y con todo,
disimulando lo mejor que pude:[181] «señor, mozo soy que no me fatigo
mucho por comer, bendito Dios[182]; deso me podré yo alabar entre
todos mis iguales, por de[183] mejor garganta, y ansí fuí yo loado
della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.»--«Virtud es esa,
dijo él, y por eso te querré yo más: porque el hartar es de los
puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.»--Bien te
he entendido, dije yo entre mí; maldita tanta medicina y bondad como
aquestos mis amos, que yo hallo, hallan en la hambre. Púseme a un
cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían
quedado de los de por Dios.

Él, que vió esto, díjome: «Ven acá, mozo, ¿qué comes?» Yo lleguéme
a él, y mostréle el pan; tomóme él un pedazo, de tres que eran,
el mejor y más grande[184], y díjome: «¡Por mi vida, que parece
éste buen pan!»--«¡Y cómo agora, dije yo, señor, es bueno!»--«Sí,
a fe, dijo él; ¿adónde lo hubiste? ¿Si[185] es amasado de manos
limpias?»--«No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor
dello.»--«Ansí plega a Dios», dijo el pobre de mi amo, y llevándolo
a la boca comenzó a dar en él tan fieros[186] bocados como yo en lo
otro. «¡Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios!» Y como le sentí de
qué pie coxqueaba[187], dime priesa, porque le vi en disposición,
si acababa antes que yo, se comediría[188] a ayudarme a lo que me
quedase; y con esto acabamos casi a una. Mi amo comenzó a sacudir
con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas[189], que en los
pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba,
y sacó un jarro desbocado, y no muy nuevo, y desque hubo bebido,
convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije: «Señor, no bebo
vino.»--«Agua es, me respondió, bien puedes beber.» Entonces tomé
el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí
estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme
en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: «Mozo,
párate[190] allí, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas
hacer de aquí adelante.» Púseme de un cabo y él del otro, y hecimos
la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía
sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa...
Hecha la cama, y la noche venida, díjome: «Lázaro, ya es tarde, y de
aquí a la plaza hay gran trecho; también en esta ciudad andan muchos
ladrones, que siendo de noche, capean[191]; pasemos como podamos, y
mañana, viniendo el día, Dios hará merced; porque yo por estar solo
no estoy proveído; antes he comido estos días por allí fuera, mas
agora hacerlo hemos[192] de otra manera.»--«Señor, de mí, dije yo,
ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche, y aun más,
si es menester, sin comer.»--«Vivirás más, y más sano, me respondió,
porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir
mucho, que[193] comer poco.» Si por esa vía es, dije entre mí, nunca
yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero
en mi desdicha tenella toda mi vida. Y acostóse en la cama, poniendo
por cabecera las calzas y el jubón[194], y mandóme echar a sus pies,
lo cual[195] yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque
las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y
encenderse[196], que con mis trabajos, males y hambre, pienso que
en mi cuerpo no había libra de carne. Y también, como aquel día no
había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no
tenía amistad; maldíjeme mil veces, Dios me lo perdone, y a mi ruin
fortuna. Allí lo más de la noche y lo peor, no osándome revolver por
no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus
calzas y jubón, y sayo y capa; ¡y yo que le servía de pelillo![197];
y vísteseme muy a su placer de espacio; echéle aguamanos, peinóse y
puso su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponía, díjome:
«¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es esta! No hay marco de oro en el
mundo porque yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio[198]
hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los
tiene»; y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo:
«Vesla aquí, yo me obligo con ella[199] cercenar un copo de lana.»
Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero,
un pan de cuatro libras.» Tornóla a meter, y ciñósela, y un sartal
de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo
derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando
el cabo de la capa sobre el hombro, y a veces so[200] el brazo,
y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta,
diciendo: «Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oir misa, y
haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está; y
cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al[201]
quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.» Y súbese por la
calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le
conociera pensara ser muy cercano pariente al Conde Claros[202], o a
lo menos camarero que le daba de vestir.

Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad,
y ponéis el remedio. ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no
piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado
y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le
cuenten[203] por muy bien almorzado? Grandes secretos son, Señor,
los que vos hacéis, y las gentes ignoran. ¿A quién no engañará
aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensará
que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel
mendrugo de pan, que su criado Lázaro trujo un día y una noche en
el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy,
lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir
del halda del sayo?[204] Nadie, por cierto, lo sospechará. ¡Oh Señor,
y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados,
que padecen por la negra que llaman honra[205] lo que por vos no
sufrirían!...

Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que
el día demediase, y si viniese[206], y por ventura trajese algo que
comiésemos; mas en vano fué mi esperanza. Desque vi ser las dos, y
no[207] venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la
llave donde mandó, y tórnome a mi menester; con baja y enferma voz y
inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos, y la
lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas
más grandes que me parecía; mas como yo este oficio le hobiese
mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo
aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no
había caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di,
que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas
libras de pan ensiladas[208] en el cuerpo, y más de otras dos en las
mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la tripería, pedí
a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras
pocas de tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada
su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como
entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas
mejor lo hizo Dios. Preguntóme do[209] venía; yo le dije: «Señor,
hasta que dió[210] las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra
merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas
gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que
en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y
dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí.
Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por
Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como ello[211] me parece
bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que
toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que
en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»--«De
eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno
tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»--«Agora, pues, come,
pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque
te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido:
debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que
a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin
dubda, de ellas[212]; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en
ella, aunque me la den por mía.»

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé
la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y
disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía
sus ojos de mis faldas, que aquella[213] sazón servían de plato.
Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo
que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada
día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber
dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente,
yo deseaba aquel[214] pecador ayudase a su trabajo del mío, y se
desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo[215], por
ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y
aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba
paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en
comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo
verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»--La muy buena
que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con
todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba[216], y me abría camino
para ello, y díjele: «Señor, _el buen aparejo hace buen artífice_;
este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y
sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»--«¿Uña de
vaca es?»--«Sí, señor.»--«Dígote que es el mejor bocado del mundo,
y que no hay faisán que ansí me sepa.»--«Pues pruebe, señor, y
verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro
raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a
comer, como aquel que lo había gana[217], royendo cada huesecillo de
aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote,[218]
decía, es este singular manjar.»--Con mejor salsa lo comes tú[219],
respondí yo paso.--«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera
comido bocado.»--Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo
entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído;
es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo
sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como
la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos
ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento
y paso contado[220] a papar aire por las calles, teniendo en el
pobre Lázaro una cabeza de lobo.[221] Contemplaba yo muchas veces
mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y
buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese,
mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver
que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y
muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase[222], yo lo
pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de
su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece
lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento:
que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un
poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me
parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya
cornado de trueco[223], ha de andar el birrete en su lugar[224]. El
Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

Pues estando yo en tal estado, pasando[225] la vida que digo, quiso
mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella
trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este
tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los
pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de
allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la
ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión
de pobres azotando por las Cuatro Calles[226], lo cual me puso tan
gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien
vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio
de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres
días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas
mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par
de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de
la lacería[227] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual
muy pasado me pasaba[228], y no tenía tanta lástima de mí como del
lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a
lo menos en casa bien los[229] estuvimos sin comer; no sé yo cómo o
dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo
con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que
toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz
no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada
entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo:
«¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves,
es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de
padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»

Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no
sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un
real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de
Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá,
Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan
y vino y carne; _quebremos el ojo al diablo_[230]; y más te hago
saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta
desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita
sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella
entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni
bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal
vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos
hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa,
comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy
contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi
triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué
éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que
le[231] emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado,
dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero,
a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo
muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por
darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho
una que debía ser su[232] mujer del difunto, cargada de luto, y con
ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y
diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os me[233] llevan? ¡a la
casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa
donde nunca comen ni beben!»[234] Yo que aquello oí, juntóseme el
cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa
llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio
de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que
pude para mi casa, y entrando en ella cierro a[235] grande priesa,
invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga
ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que
fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué
has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»--«Oh señor, dije yo,
acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»--«¿Cómo así?» respondió
él.--«Aquí arriba le encontré, y venía diciendo su mujer: _marido
y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la
casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!_
acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó,
aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran
rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la
aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó
la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían
de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer,
el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va
diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues
Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de
comer.»[236]--«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo.
Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome,
que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a
encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto
yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y
mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi
consideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este
escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de
su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que
con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento
y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi
deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido
razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda[237], y
díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más
de[238] por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor,
dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades
en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»--«Sí
es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas
veces yo se le[239] quitaba primero, no fuera malo comedirse él
alguna, y ganarme por la mano.»--«Paréceme, señor, le dije yo, que
en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen
más.»--«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la
honra, en que el día de hoy[240] está todo el caudal de los hombres
de bien; pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas
vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien
quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar
en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra
calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un
hidalgo[241] no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo,
siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su
persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial,
y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me
decía: _mantenga Dios a vuestra merced_[242]. Vos, don villano ruin,
le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿_Manténgaos Dios_, me
habéis de decir como si fuese quien quiera? De allí adelante, de
aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»--«¿Y no es
buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le
mantenga Dios?»--«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres
de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de
hablar menos de: _beso las manos de vuestra merced_, o por lo menos,
_bésoos, señor, las manos_, si el que me habla es caballero. Y ansí
aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento[243], nunca más
le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey
abajo, que _manténgaos Dios_ me diga.»--Pecador de mí, dije yo, por
eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie
se lo ruegue.--«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo
en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien
labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de
Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se
podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar
derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y
otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y
vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me
ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos
hallo; mas es gente tan limitada[244], que no los sacarán[245] de
su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan;
mas servir con[246] estos es gran trabajo, porque de hombre os
habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y
las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más[247]
cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y
satisfaceros vuestros sudores, sois librados[248] en la recámara, en
un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre[249]
con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura
no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios,
si con él topase, muy gran su privado[250] pienso que fuese, y que
mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como
otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires
y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle
cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente
en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas
que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la
gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a
él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos
para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado;
decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser
malicioso mofador, malsinar[251] a los de casa; y a los de fuera
pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y
muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y
a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres
virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios,
y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede
descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy,
de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta
manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación
de su persona valerosa.


NOTAS

  [159] El nombre del protagonista _Lazarillo_ pasó a ser
  sustantivo apelativo para designar al guía de ciego; y la frase
  _oler el poste_ (= prever un peligro), alude a una aventura
  de esta novela, pues Lazarillo se vengó del ciego en Escalona
  guiándole a que se descalabrase contra un poste, y diciéndole:
  «¿Cómo olistes la longaniza y no el poste?» Esta aventura se
  recuerda en un cuento popular, terminado con el dístico «y usted
  que olió la sardina, ¿por qué no ha olido la esquina?», FERNÁN
  CABALLERO, _Cuentos y poesías populares andaluces_, Madrid,
  Romero, 1907, pág. 174 (comp. _Revue Hispanique_, VII, p. 92-93).

  [160] V. MOREL-FATIO en el Prefacio de su traducción francesa del
  _Lazarillo_.

  [161] El protagonista _Lázaro_ se llamó _de Tormes_ por haber
  nacido en Tejares, aldea de Salamanca, a la orilla del río
  Tormes. No se dijo _del Tormes_, porque en castellano antiguo
  los nombres de los ríos solían no llevar artículo: «las aguas de
  Duero, sobre Tajo», etcétera. Véase adelante cómo Fray Luis de
  León dice «en la ribera de Tormes».

  [162] Nótase poca habilidad en la unión de los párrafos. En vez
  de esta conjunción _y_, tan poco apropiada, puso el ya citado
  corrector Juan de Luna: «que fuera mejor no se me cerrara porque
  mientras...»

  [163] _Gallofa_ es la comida que reparten en los conventos a los
  pobres, y _gallofero_, según Covarrubias (1610), «el pobretón que
  sin tener enfermedad se anda holgazán y ocioso, acudiendo a las
  horas de comer a las porterías de los conventos».

  [164] El demostrativo sólo indica muchas veces, en el uso
  familiar (por esto Juan de Luna lo suprimió aquí), extrañeza
  o desconocimiento de la cosa a que se refiere. Recuérdese la
  inurbanidad de la pregunta «¿quién es ése,?», por «quién es ese
  señor».

  [165] _Escudero_, según Covarrubias, que escribía a principios
  del siglo XVII, era «el hidalgo que lleva el escudo al caballero
  en tanto que éste no pelea con él. En la paz los escuderos
  sirven a los señores de acompañar delante sus personas, asistir
  en la antecámara o sala; otros se están en sus casas y llevan
  acostamiento (o salario) de los señores, acudiendo a sus
  obligaciones a tiempos ciertos. Hoy día más se sirven dellos las
  señoras, y los que tienen alguna pasada huelgan más de estar en
  sus casas, que de servir, por lo poco que medran y lo mucho que
  les ocupan». Recuérdense bien todas las palabras de Covarrubias,
  para entender mejor las conversaciones que Lázaro tendrá con su
  amo.

  [166] Hoy tiene también _que_ el sentido causal de _porque_.

  [167] Hoy habría que poner el artículo: _la hora propia_.

  [168] Aquí se sobreentiende como sujeto «el reloj», según dice
  unas líneas más abajo: «En este tiempo dió el reloj la una.»
  Véase en la p. 98 dos casos más. Hoy tomamos como sujeto el que
  realmente es acusativo, y decimos: «dieron las once».

  [169] Las ediciones de B. y Al., omiten la conjunción.

  [170] Más común es _por junto_, como ponen las ediciones
  posteriores, o sea _por mayor_.

  [171] Esta perífrasis era ya anticuada en tiempo de J. de Luna,
  que pone simplemente: «dió la una y llegamos...»

  [172] Véase lo que decimos acerca de este relativo en los
  extractos de Fray Luis de Granada y de Mariana, págs. 126 y 201.
  Luna corrigió: «entramos por una entrada obscura».

  [173] Para Luna era ya desusado este sustantivo, pues pone
  _aposentos_.

  [174] Esta ambigüedad la salva Luna: _y me preguntó_.

  [175] _No ser para en cámara_, significa «no ser correcto o
  cortés». Era muy corriente entonces un cantarcillo para motejar a
  los poco cortesanos:

        No sois vos para en cámara, Pedro;
      no sois vos para en cámara, non,
      sino para en camaranchón.

  [176] _Luego_ significaba ‘entonces’, y no ‘después’.

  [177] Nótese la frase _mostrar aliento de hacer algo_, por ‘tener
  aire de’ o ‘trazas de’. No se halla en los Diccionarios, y no era
  tampoco conocida de Luna que puso «no tenía más talle de comer...»

  [178] La conjunción _ni_ equivale a veces a _y no_, aun cuando
  la proposición antecedente no lleve negación. Si la lleva, este
  sentido es evidente; _No quiso ni querrá_ es lo mismo que _No
  quiso y no querrá_.

  [179] Alude al _arca_ del clérigo de Maqueda.

  [180] «_Caer de su estado_, el que, turbada la cabeza, cae en
  tierra amortecido» (Covarrubias). Hoy más bien significa ‘venir a
  menos’ o ‘descaecer de su estado’.

  [181] Otras ediciones añaden _le dije_; pero no es indispensable,
  pues se omitía a veces la frase introductora del discurso directo.

  [182] Elipsis muy usual en vez de «bendito sea Dios por ello».

  [183] El demostrativo _deso_, regido de _alabar_, anuncia toda
  la proposición _por de mejor garganta_. La construcción es: «me
  podré alabar de esto: por ser de mejor garganta».

  [184] Nótese la descuidada naturalidad de este giro, que Luna
  trocó impertinentemente así: «tomóme el mejor pedazo de tres que
  tenía».

  [185] Esta conjunción condicional anunciando una interrogación
  era ya desusada en tiempo de Luna.

  [186] _Fiero_ tenía el significado general de _grande_.

  [187] _Coxquear_, ‘cojear’.

  [188] _Comedirse_, «anticiparse a hacer algún servicio sin que
  se lo adviertan o pidan» (Covarrubias), usado aun hoy en Ecuador
  (Tobar) y Argentina (Segovia). El sentido de ‘anticiparse’ vese
  también en las págs. 100 y 108.

  [189] Luna veía, con razón, este párrafo superabundante, y puso:
  «acabamos casi a una; sacudióse unas migajas menudas que en los
  pechos se le habían quedado». En lo que no estuvo acertado, fué
  en no hacer resaltar, como el texto, que las migajas eran _pocas_
  y _muy menudas_.

  [190] _Parar_ tenía en lo antiguo casi todas las acepciones de
  _poner_: pararse en pie, pararse delante, etc.

  [191] _Capear_ es lo que hoy decimos _atracar_; según
  Covarrubias: «Quitar por fuerza la capa al que topan de noche
  en escampado; esto se hace dentro de los lugares y de noche; y
  si les dan lugar, quitan con las capas los sayos, y siempre las
  bolsas si traen algo en ellas.»

  [192] Hoy se diría _harémoslo_ o _lo haremos_. El futuro
  _haré_, _harás_, se compone de _hacer he_, _hacer has_, pues el
  infinitivo se contraía antiguamente en _fer_ o _her_, _har_, y
  entre el infinitivo y el verbo auxiliar se podían colocar los
  pronombres enclíticos, como aquí sucede.

  [193] El correlativo propio de _tal_ es _cual_; pero también
  se usan _que_ (amenazó hacer tal cosa _que_ sería muy sonada)
  y _como_, que emplearíamos hoy en el caso del texto, a no ser
  cacofónico antes de _comer_.

  [194] Las _calzas_ eran el abrigo de las piernas, en lugar de
  nuestros pantalones, que por ser más anchos que las antiguas
  calzas se llamaron _calzones_. «_Jubón_, vestido justo y ceñido
  que se pone sobre la camisa y se ataca (o ata por medio de
  agujetas) con las calzas» (Covarrubias).

  [195] Otra vez J. de Luna borró este _lo cual_, y puso _yo lo
  hice_.

  [196] Esto es: se encendían en ira los huesos de Lázaro y reñían
  con el cañizo del lecho, por estar el colchón tan falto de lana.
  «En toda la noche dejaron de rifar», giro familiar que Luna
  corrigió añadiendo la negación omitida _no dejaron de_.

  [197] «_Servir de pelillo_, hacer servicios de poca importancia y
  de mucha curiosidad» (Covarrubias).

  [198] Espadero famoso que firma la espada de Fernando el
  Católico, que se conserva en la Armería Real de Madrid (_Antonius
  me fecit_), y la atribuída a Garcilaso de la Vega, el de la
  hazaña del Ave María. V. _Catálogo de la Real Armería_, por el C.
  DE VALENCIA DE D. JUAN, 1898, págs. 213 y 256.

  [199] Varias veces se podrá observar en este fragmento del
  Lazarillo la supresión de la preposición _a_ cuando le precede o
  sigue otra _a_ final o inicial de palabra: «me obligo con ella a
  cercenar».

  [200] _So_ era ya anticuado para Luna, que puso _debajo_.

  [201] Luna decía, como nosotros, _en el quicio_.

  [202] Las ediciones dicen _Conde Alarcos_ o _Conde de Arcos_,
  héroe de un romance en que para nada se habla de lujo y galas.
  Hay que corregir _Conde Claros_, protagonista de otro romance que
  cuenta los amores funestos del Conde con la Infanta Claraniña,
  y describe largamente como el Conde se viste ayudado por el
  _camarero_ que recuerda Lazarillo:

        Media noche era por filo,
      los gallos querían cantar,
      Conde Claros con amores
      no podía reposar,
      que amores de Claraniña
      no le dejan sosegar.
      Cuando vino la mañana,
      que quería alborear,
      salto diera de la cama,
      que parece un gavilán;
      voces da por el palacio
      y empezara de llamar:
      «levantá, mi _camarero_:
      dáme vestir y calzar.»
      Presto estaba el camarero
      para habérselo de dar:
      diérale calzas de grana,
      borceguís de cordobán,
      diérale jubón de seda
      aforrado en zarzahán,
      diérale un manto rico
      que no se puede apreciar,
      trescientas piedras preciosas
      alrededor del collar;
      tráele un rico caballo
      que en la corte no hay su par,
      que la silla con el freno
      bien valía una ciudad,
      con trescientos cascabeles
      alrededor del petral,
      los ciento eran de oro
      y los ciento de metal
      y los ciento son de plata
      por los sones concordar.

  [203] Debiera decir _cuente_, como _piense_; pero cometióse esta
  incongruencia porque el _quien_ tiene aquí un sentido colectivo:
  _Todos los que le encuentren le contaran_...

  [204] «_Sayo_, vestidura que recoge y abriga el cuerpo, y sobre
  ella se pone la capa para salir de casa» (Covarrubias).

  [205] _Por la negra que llaman honra_ es una frase anticuada que
  corresponde a la que hoy se usa «por la negra honrilla».

  [206] Es decir, _y ver si viniese_.

  [207] Otras ediciones ponen _y que no venía_; pero la conjunción
  _que_ se omite muchas veces aun hoy, y muy bien se puede decir
  «desque vi no venía».

  [208] _Ensilar_ es propiamente guardar el trigo en los silos o
  cuevas, y metafóricamente engullir o comer mucho.

  [209] _Do_, aquí ‘de donde’.

  [210] Véase línea 6, y pág. 88, nota 168.

  [211] Está el personal neutro, con valor de demostrativo,
  representando una proposición anterior, que es _el pedir
  limosna_. Hoy diríamos _eso me parece bien_.

  [212] Hoy el genitivo partitivo forzosamente ha de ir precedido
  de _uno_, _alguno_, _poco_, _mucho_, _cual_, etc. Luna corrigió
  también el arcaísmo poniendo _una dellas_. En un romance, dice
  Fernán González altaneramente al enviado del rey: «villas y
  castillos tengo, todos a mi mandar son; _dellos_ me dejó mi
  padre, _dellos_ me ganara yo; esto es, _algunos de ellos_ los
  heredé, _otros_ me los gané yo.

  [213] Esto es, _a aquella_; véase atrás pág. 95, nota 199.

  [214] Otro caso de omisión de la conjunción _que_. (Sigue un
  juego de palabras en que _trabajo_ se toma en el doble sentido
  de necesidad o aflicción del cuerpo, o sea hambre del amo, y de
  fruto del trabajo o mendicidad del criado: «deseaba que aquel
  pecador socorriese su miseria con el miserable fruto de mi
  trabajo».)

  [215] «_Aparejo_, lo necesario para hacer alguna cosa»
  (Covarrubias).

  [216] Alusión al refrán _ayúdate y ayudarte he_ o _ayúdate y te
  ayudará Dios_.

  [217] En _lo había gana_ se mezclan dos construcciones antiguas:
  _había gana de ello_ + _lo había en gana_; en la primera se usa
  _haber_ en el sentido de tener, y la segunda es análoga a otras:
  _haber en voluntad_, _haber en deseo_. Para Luna el giro era ya
  anticuado, y puso: «como aquel que tenía buena gana».

  [218] _Almodrote_, cierta salsa que se hace en aceite con ajos,
  queso y otras cosas machacadas en el mortero.

  [219] Alusión al hambre llamada _salsa de San Bernardo_, y al
  refrán «No hay mejor salsa que el buen apetito».

  [220] Esto es, ‘paso compasado’; hoy se dice «por sus pasos
  contados», con toda regularidad, orden y lentitud.

  [221] _Cabeza de lobo_, la ocasión que uno toma para aprovecharse
  de ella más de lo razonable, como el que mata un lobo y lleva la
  cabeza por los lugares de la comarca para que todos le den algo
  en recompensa del bien que ha hecho en matar un animal dañino.
  Así lo explica Covarrubias. Antes, en el Diccionario de Alonso
  Sánchez de la Ballesta, Salamanca, 1587, hallamos: «_La cabeza
  del lobo_; cuando buscamos algún artificio para sacar dineros, le
  llamamos cabeza de lobo, porque los que la muestran sacan de los
  lugares sus provechos por haber quitado la vida al enemigo del
  ganado.» El Diccionario de la Academia, hasta su edición 14.ª, no
  traía más que la frase, evidentemente corrompida, _ser cabeza de
  bobo_.

  [222] _Pasar_ significa tener lo necesario para vivir. No hace
  falta para nada corregir, como hace Luna, _con que él lo pasase
  bien_.

  [223] _Cornado_, una moneda que tenía grabada una corona
  (_coronado_); la usaron los reyes desde Sancho IV; era de muy
  baja ley la que mandó batir Alfonso XI en 1331, para remediar
  la falta de dinero, por lo cual se siguió gran carestía. Por
  desprecio se dice «no valer un cornado». No es conocida la frase
  _de trueco_, que Luna desecha, escribiendo: «aunque no haya
  cornado ni blanca»; claro es que _trueco_ tiene aquí la acepción
  de ‘cambio’ de la moneda.

  [224] Véase pág. 109, sobre cuánto regateaba un hidalgo el quitar
  su bonete para saludar.

  [225] ‘Llevando esta vida’ o ‘haciendo tal vida’.

  [226] Lugar de Toledo, no lejos de la Catedral, entre la calle de
  las Cordonerías, de la Chapinería, de la Obra Prima y del Hombre
  de Palo.

  [227] _Lacería_ vale trabajo, miseria, y metafóricamente el
  sustento con que se pasa miserablemente la vida.

  [228] Se notará que Lázaro abusa un poco de los juegos de
  palabras; aquí creo que quiere decir: ‘muy pasado, enjuto o
  demacrado, como la fruta pasa, me pasaba la vida con aquello’.

  [229] En vez de _los_, la edición de Burgos pone _lo_, que
  pudiera ser un pleonasmo representando a la frase siguiente: _sin
  comer_.

  [230] _Quebrar el ojo al diablo_, hacer lo mejor, más justo y
  razonable, pues así se le disgusta y da tormento; se usa, en
  general, _quebrar los ojos a uno_ por desplacerle o desagradarle.

  [231] Este _le_ se refiere a objeto demasiado lejano, así que
  otras ediciones corrigieron: «en qué emplearía mi real que fuese
  mejor...»

  [232] _Su_ pleonástico precediendo al genitivo posesivo, como hoy
  «su padre de usted».

  [233] Este _me_ es lo que se llama un _dativo ético_, muy usado
  para indicar, por medio de un pronombre en dativo, la persona que
  moralmente se interesa en la acción del verbo. Es frecuente en
  griego y latín: «Depresso incipiat jam tum _mihi_ taurus aratro
  ingemere.» (_Georg._ I, 45.)

  [234] «Este modo de llorar los muertos se usaba en toda España
  (dice Covarrubias, s. v. «endecha» en 1610), porque iban las
  mujeres detrás del cuerpo del marido, descabelladas, y las hijas
  tras el de sus padres, mesándose y dando tantas voces, que en
  la iglesia no dejaban hacer el oficio a los clérigos, y así se
  les mandó que no fuesen; pero hasta que sacan el cuerpo a la
  calle están en casa lamentando, y se asoman a las ventanas a dar
  gritos cuando le llevan, ya que no les dejan ir tras él.» Hoy día
  todavía se hace cosa semejante en algunas aldeas.

  [235] Luna quitó el arcaísmo, poniendo _con gran priesa_. Hoy se
  conserva el uso de _a_ para indicar el modo, en vez de _con_ en
  la frase adverbial _aprisa_, que está por _a prisa_. Compárese
  también _a voces_, _a empujones_, etc., etc.

  [236] Elipsis familiar: ‘ve por algo de comer’, ‘por lo de
  comer’. Luna retocó: «ve a buscar de comer».

  [237] Hoy, _hacienda_, significa, comúnmente, finca rural o
  riquezas de otra clase; pero antes valía también negocio en
  general.

  [238] Giro ya desusado para Luna, que corrigió «no más sino por
  no quitar el sombrero». Hoy diríamos: «no más que por no quitar
  el sombrero». Los comparativos hoy se construyen, ordinariamente,
  con _que_; pero también a veces con _de_: «más grande _de_ lo que
  parece»; y siempre que a _más_ le sigue un numeral cardinal, y
  no está en una frase negativa, es obligatorio el _de_: «iban más
  _de_ veinte hombres»; con negación, es potestativo.

  [239] Nótese la vacilación leísta; antes dijo _quitárselo_ y _os
  lo quitaba_.

  [240] Esto es _en el día de hoy_. La relación de tiempo se
  expresa muchas veces sin preposición, y aquí se suprime para
  evitar la repetición: _en que en el día_.

  [241] _Hidalgo_ era sinónimo de _noble_, en general; pero más
  concretamente designaba el ínfimo grado de nobleza; es decir, la
  persona de linaje noble que no tenía título ninguno especial.
  Como dependían directamente del Rey, sus personas, casas y
  heredades estaban exentas de la jurisdicción señorial; de ahí el
  orgullo del pobre amo de Lázaro.

  [242] La fórmula _manténgaos Dios_ y _Dios mantenga_, es saludo
  rústico muy usado en nuestro teatro antiguo. Fray Antonio de
  Guevara, en una de sus epístolas familiares, fechada en Avila,
  1533, dice: «Acá, en nuestra Castilla, es cosa de espantar y
  aun para se reir las maneras y diversidades que tienen en se
  saludar... Unos dicen _Dios mantenga_, otros dicen _manténgaos
  Dios_, otros _en hora buena estéis_... Todas estas maneras de
  saludar se usan solamente entre los aldeanos y plebeyos, y no
  entre los cortesanos y hombres polidos; porque si, por malos
  de sus pecados, dijese uno a otro en la Corte _Dios mantenga_
  o _Dios os guarde_, le lastimarían en la honra y le darían una
  grita. El estilo de la Corte es decirse unos a otros: _Beso las
  manos de vuestra merced_.»

  [243] Que me hartaba con tanto «manténgaos Dios»; juego de
  palabras, basado en el sentido propio de «mantenimiento»,
  ‘alimento’.

  [244] La Academia sólo registra el significado moderno de
  limitado, hombre de cortos alcances. Covarrubias no conoce éste,
  y sólo nos da el que conviene a las palabras del Lazarillo; «ser
  un hombre limitado, es ser corto y poco liberal».

  [245] _Todo el mundo_, aunque gramaticalmente es singular, es por
  el sentido un plural.

  [246] Las ediciones posteriores: _servir a éstos_.

  [247] _Lo más más cierto_, refuerzo del adverbio por repetición;
  como si dijera: «lo muy más cierto» (comp. adelante pág. 239, n.
  491, _menos menos_).

  [248] _Ser librado_, recibir libranza u orden de pago; _librar_,
  expedir la libranza el que debe una cantidad. _Recámara_, el
  aposento que está más adentro de la cámara donde duerme el señor,
  y donde el camarero le tiene sus vestidos y joyas.

  [249] _Asienta hombre_, esto es, «se asienta uno»; _hombre_ era
  muy usado en sentido pronominal indefinido, como el francés _on_.

  [250] Hoy _gran privado suyo_, como ya modernizó Luna.
  Antiguamente el posesivo se podía colocar entre el sustantivo y
  otro determinante; v. gr.: _un mi amigo_ por _un amigo mío_.

  [251] _Malsinar_ es delatar, y _malsín_ el cizañero o delator.
  («El que de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con
  mala intención y por su propio interés», Covarrubias.)



DIEGO HURTADO DE MENDOZA

(Hacia 1503-1575)


El último tercio del siglo XVI (incluyendo los primeros decenios
del XVII) señala el punto más alto de gloria a que llegó nunca la
prosa castellana, tanto en hermosura como en difusión por todo el
mundo civilizado. Se presenta originalísima y genial en dos géneros,
por cierto bien opuestos: el más sublime lenguaje místico, capaz de
encerrar todos los secretos de la filosofía del amor divino, y la más
descarada lengua picaresca, implacable en la pintura satírica de la
numerosa casta de amigos de la holganza y del hambre. Pero, además,
el castellano aparece ya diestro en tratar toda clase de asuntos
científicos y artísticos, y cumplidos los votos que en 1588 hacía el
padre Malón de Chaide, se encuentran ahora «todas las cosas curiosas
y graves escritas en nuestro vulgar, y la lengua española subida en
su perfección, sin que tenga envidia a alguna de las del mundo, y tan
extendida cuanto lo están las banderas de España, que llegan del uno
al otro polo».

El estilo medio de esta época es, por su buen gusto y condiciones
artísticas, muy superior al de todas las otras; en el siglo XVII
comenzará ya la decadencia con los abusos increíbles del culteranismo
y del conceptismo. Respecto al vocabulario, en el siglo XVI hallamos
el mayor uso literario de voces castizas, o sea del fondo más antiguo
de la lengua, y por lo tanto más conformes con la índole y genio
propio de la misma; luego el caudal léxico se acrecentó tanto como se
enturbió, en el siglo XVII con multitud de neologismos y cultismos, y
en el XVIII con extranjerismos.

       *       *       *       *       *

Dúdase de que don Diego Hurtado de Mendoza sea el autor de la
_Guerra de Granada_; pero las razones presentadas están lejos de
ser decisivas[252], y por ahora podemos continuar respetando la
atribución tradicional de la obra, tanto más cuanto que el estilo
de ésta y el de la correspondencia diplomática de don Diego que se
conserva, ofrece notables puntos de semejanza[253].

Con la _Guerra de Granada_, la prosa histórica española deja
definitivamente de producir meras crónicas o sencillas relaciones
cronológicas, al uso de la Edad Media, para emplearse en narraciones
más artísticas al uso de la historia clásica, adornadas con
discursos, retratos, descripciones, episodios y digresiones sobre
antigüedades y usos. Mendoza tomó por modelos a Salustio y a Tácito,
y les imita en su estilo conciso y cortado, al cual da realce con
frecuentes sentencias y reflexiones morales.

La concisión de Mendoza, como dice bien Capmany, es algunas veces
extremada, en lo que sin duda afectó el autor particular estudio,
de tal manera que deja a veces el sentido obscuro u ambiguo. Este
defecto nace principalmente de la construcción de las frases; algunas
parecen mutiladas, digámoslo así, y otras mal enlazadas, por
faltarles las voces copulativas que ligan los miembros del período o
señalan las secciones o tránsitos de uno a otro: modos de hablar que
sólo admite la lengua latina, muy opuestos a la índole y claridad de
la castellana[254].

Este defecto lo veremos colmado después con peor exceso por los
prosistas místicos.

Alguno atribuyó también a la pluma de Mendoza el _Lazarillo de
Tormes_; pero hoy nadie sostiene tal atribución. Nada absolutamente
tienen de común la corriente y familiar manera de contar que se
observa en la novela, con la estudiada y llena de ambición literaria
que nos ofrece la _Guerra_.


  GUERRA DE GRANADA
  PRÓLOGO

Mi propósito es escribir la guerra que el Rey Católico de España Don
Felipe II, hijo del nunca vencido Emperador Don Carlos, tuvo en el
reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos[255],
parte de la cual yo vi[256] y parte entendí[257] de personas que
en ella pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas
cosas de las que escribiere parecerán a algunos livianas y menudas
para historia, comparadas a las grandes que de España se hallan
escritas[258]: guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones
de ciudades populosas; reyes vencidos y presos, desposeídos,
restituídos y otra vez desposeídos, muertos a hierro[259]; discordias
entre padres e hijos, hermanos y hermanos, suegros y yernos;
acabados linajes, mudadas sucesiones de reinos; libre y extendido
campo y ancha salida para los escritores. Yo escogí camino más
estrecho, trabajoso, estéril y sin gloria[260], pero provechoso y de
fruto para los que adelante vinieren: comienzos bajos, rebelión de
salteadores, junta de esclavos, tumulto de villanos, competencias,
odios, ambiciones y pretensiones; dilación de provisiones, falta de
dinero, inconvenientes o no creídos, o tenidos en poco, remisión y
flojedad en ánimos acostumbrados a entender, proveer y disimular
mayores cosas; y así no será cuidado perdido considerar de cuán
livianos principios y causas particulares se viene a colmo de grandes
trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi fuera de remedio;
veráse una guerra al parecer tenida en poco y liviana dentro en
casa[261], mas fuera estimada y de gran coyuntura, que en cuanto
duró tuvo atentos y no sin esperanza los ánimos de príncipes amigos
y enemigos, lejos y cerca; primero encubierta y sobresanada[262], y
al fin descubierta, parte con el miedo y la industria y parte criada
con el arte y ambición; la gente, que dije pocos a pocos junta,
representada en forma de ejércitos; necesitada España a mover sus
fuerzas para atajar el fuego; el rey salir de su reposo y acercarse a
ella; encomendar la empresa a Don Juan de Austria, su hermano, hijo
del Emperador Don Carlos, a quien la obligación de las victorias del
padre moviese a dar la cuenta de sí que nos muestra el suceso; en
fin, pelearse cada día con enemigos, frío, calor, hambre, falta de
municiones, de aparejos en todas partes, daños nuevos, muertes a la
contínua: hasta que vimos a los enemigos, nación belicosa, entera,
armada y confiada en el sitio, en[263] el favor de los berberíes
y turcos[264], vencida, rendida, sacada de su tierra y desposeída
de sus casas y bienes; presos y atados hombres y mujeres; niños
cautivados, vendidos en almoneda o llevados a habitar a tierras lejos
de la suya: cautiverio y transmigración no menor que las que de
otras gentes se leen por las historias. Victoria dudosa y de sucesos
tan peligrosos, que alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros o
los enemigos los[265] a quien Dios quería castigar, hasta que el
fin della descubrió que nosotros éramos los amenazados y ellos los
castigados. Agradezcan y acepten esta mi voluntad libre y lejos
de todas las cosas de odio o de amor[266] los que quisieren tomar
ejemplo o escarmiento, que esto sólo pretendo por remuneración de mi
trabajo, sin que de mi nombre quede otra memoria.


  LIBRO IV, CAPÍTULO LXXIII, DE LA GUERRA DE GRANADA

  El Duque de Arcos, encargado por el Rey de las operaciones
  militares en la sierra de Ronda, va a reconocer el fuerte de
  Calalui, donde, en 1501, habían sufrido una gran derrota los
  cristianos, en la que había muerto don Alonso de Aguilar, hermano
  mayor del Gran Capitán. Mendoza, imitando a Tácito, hace una
  sentida y patética descripción del lugar y del suceso.

(El Duque) mandó apercibir la gente de la Andalucía y de los señores
de ella, de a pie y de a caballo, con vitualla para quince días,
que era lo que parecía que bastase para dar fin a esta guerra. En
el entretanto que la gente se juntaba, le vino voluntad de ver y
reconocer el fuerte de Calalui[267], en Sierra Bermeja, que los moros
llaman Gebalhamar, adonde en tiempos pasados se perdieron don Alonso
de Aguilar y el Conde de Ureña[268]: don Alonso señalado capitán
y ambos grandes príncipes entre los andaluces; el de Ureña abuelo
suyo[269] de parte de su madre, y don Alonso bisabuelo de su mujer.

Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la montaña,
previsión necesaria por la poca seguridad en acontecimientos de
guerra y poca certeza de la fortuna. Comenzaron a subir la sierra,
donde se decía que los cuerpos habían quedado sin sepultura[270];
triste y aborrecible vista y memoria. Había entre los que miraban
nietos y descendientes de los muertos o personas que por oídas
conocían ya los lugares desdichados. Lo primero dieron en la
parte donde paró la vanguardia con su capitán por la escuridad de
la noche, lugar harto extendido y sin más fortificación que la
natural, entre el pie de la montaña y el alojamiento de los moros.
Blanqueaban calaveras de hombres y huesos de caballos, amontonados,
desparcidos, según, cómo y dónde habían parado; pedazos de armas,
frenos, despojos de jaeces[271]. Vieron más adelante el fuerte de los
enemigos, cuyas señales parecían pocas y bajas y aportilladas[272].
Iban señalando los pláticos de la tierra dónde habían caído
oficiales, capitanes y gente particular[273]; referían cómo y dónde
se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el Conde de
Ureña[274] y Don Pedro de Aguilar, hijo mayor de Don Alonso; en qué
lugar y dónde se retrajo Don Alonso y se defendía entre dos peñas; la
herida que el Ferí, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza
y después en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando
a brazos: _¡Yo soy Don Alonso!_; las que el Ferí le respondió cuando
le hería: _Tú eres Don Alonso, mas yo soy el Ferí de Benestepar_, y
que no fueron tan desdichadas las heridas que dió Don Alonso como
las que recibió[275]; dónde mataron los capitanes rendidos, dónde
tomaron los estandartes, dónde los despedazaron y escarnecieron[276];
cómo lloraron a Don Alonso amigos y enemigos. Mas en aquel punto
renovaron los soldados el sentimiento; gente desagradecida sino en
las lágrimas. Mandó el general hacer memoria[277] por los muertos,
y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz,
inciertos si rogaban por deudos o por extraños, y esto les acrecentó
la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.

Vista la importancia del lugar si los enemigos lo ocupasen, envió
dende a poco el Duque una bandera de infantería que entrase en el
fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolución del Rey que
concedía a los moros cuasi todo lo que le pedían, que tocaba al
provecho dellos, y comenzaron algunos a reducirse...


NOTAS

  [252] Don Lucas de Torre en el _Boletín de la Acad. de la
  Hist._, LXIV, 1914, págs. 461 y sigs., ha negado la atribución a
  Mendoza de la _Guerra de Granada_, sosteniendo que ésta es una
  mera prosificación de los diez y ocho primeros cantos de _La
  Austriada_ de Juan Rufo, poema publicado en 1584. Ahora bien, las
  relaciones entre ambas obras son precisamente las contrarias;
  _La Austriada_ es _La Guerra_ puesta en verso, como puede verse,
  por ejemplo, comparando el segundo fragmento que aquí publicamos
  de la historia, con los versos correspondientes del poema: este
  se aparta mucho más de la fuente de inspiración, Tácito, que _La
  Guerra_. Así en _La Austriada_, XVII, 94, etc.:

        Causaba horror, mancilla y desconsuelo
      la vista aborrecible y lastimera
      de huesos a que el hado y la ventura
      negaron la funebre sepultura...

  Más exacto es el «se decía...» etc., de _La Guerra_.

        Víanse infinidad de calaveras
      de hombres, y huesos grandes de caballos,
      según y donde y como las guerreras
      aventuras pudieron derriballos...

  Más exacto es el «blanqueaban... amontonados, desparcidos...,
  donde habían parado», de _La Guerra_.

        Referían algunos qué oficiales
      y qué personas otras señaladas
      en cada parte el alma habían rendido.

  _La Guerra_: «donde habían caído». La imitación de Tácito se
  halla borrada ya en esta otra octava:

        Mas el buen general, porque la historia
      y pasos fuesen más bien empleados,
      por los muertos mandó hacer memoria
      sobre aquellos peñascos encumbrados;
      de todo corazón piden victoria
      con plegaria solene los soldados,
      que el lamentable objeto y remembranza
      les aumenta el deseo de venganza.

  (Impreso lo anterior, hallo aprovechada la comparación del
  segundo pasaje aquí citado de la _Austriada_, en un importante
  artículo de R. FOULCHÉ-DELBOSC, _L’autenticité de la Guerra de
  Granada_, Revue Hispanique, t. XXXV, 1915, pág. 512.)

  [253] A. MOREL-FATIO, _Quelques remarques sur «La Guerra de
  Grenade», de don Diego Hurtado de Mendoza_, (en el Annuaire de
  l’École pratique des Hautes Études 1914-1915), págs. 36-43 del
  extracto.

  [254] Morel-Fatio en el estudio citado, insiste muy severamente
  en los defectos de Mendoza: la pobreza del vocabulario, que trae
  abuso de ciertas voces y repeticiones desairadas; asonancias y
  aliteraciones; imitación a veces inhábil de Salustio y Tácito;
  frases mal construídas, o dispuestas artificiosamente para dar
  a un pensamiento cualquiera cierto aire de profundidad que le
  sienta mal. No se puede, sin embargo, asentir a varias de las
  censuras hechas por el Sr. Morel-Fatio a los pasajes que cita
  como ejemplo de los defectos señalados.

  [255] Poco después de la conquista de Granada, a raíz de una
  insurrección de los moros, Cisneros logró que se bautizaran de
  50 a 70.000; otros muchos se desterraron al Africa. (Año 1500.)
  Claro es que estas conversiones en masa fueron seguidas de
  frecuentes apostasías y reconversiones.

  [256] Mendoza, a causa de una pendencia habida en el palacio real
  con don Diego de Leiva, fué desterrado a Granada en 1569, cuando
  hacía ya cuatro meses que la rebelión había comenzado. Allí pasó
  los seis últimos años de su vida. Estaba ligado con parentesco
  a los principales actores de las cosas de Granada: el padre de
  Mendoza, segundo Conde de Tendilla y primer Marqués de Mondéjar,
  había sido gobernador de Granada en 1492, y su hermano mayor don
  Luis lo era aún algunos años antes de la guerra; el Marqués de
  Mondéjar, capitán general al comienzo de la campaña, era sobrino
  del escritor.

  [257] _Entender_, por oir o escuchar, es bastante usado en
  nuestros clásicos; así como _exprimir_ por _expresar_, _sujeto_
  por _asunto_; voces que hoy serían tenidas por galicismo
  imperdonable, no siéndolo.

  [258] No alude Mendoza a ser su obra historia de un suceso
  particular, que otras muchas había ya de esta índole (AVILA
  Y ZÚÑIGA, _Comentario de la guerra de Alemania_; PERO MEJÍA,
  _Relación de las comunidades de Castilla_, etc.), sino a la
  pequeñez que se podía achacar a la rebelión de los moriscos.

  [259] Hoy no es muy corriente el uso de la preposición _a_ para
  indicar el instrumento, aunque se conservan las frases _a sangre
  y fuego_, _quien a hierro mata_, etc.

  [260] Tácito dice: «In arcto et inglorius labor.» La enumeración
  que antecede también recuerda algo el prólogo de las _Historias_,
  de Tácito: «Haustæ, aut obrutæ urbes... corrupti in dominos
  servi, in patronos liberti; et quibus deerat inimicus, per amicos
  oppressi.»

  [261] Mendoza explica en su historia cómo el desamor al bien
  público y la mala administración prolongaron excesivamente la
  guerra, juntamente con el egoísmo y pereza de los que no querían
  acabarla pronto. _Dentro en_, arcaísmo por _dentro de_.

  [262] _Sobresanar_ «cerrar una herida sólo por la superficie,
  quedando dañada la parte interior.»

  [263] Nótese la supresión de la conjunción _y_. Aunque el estilo
  de Mendoza es cortado, más que nada lo es por la afectada omisión
  de conjunciones y verbos; el pensamiento, en cambio, permanece en
  suspenso a través de una porción de frases seguidas.

  [264] Los rebeldes buscaron apoyo en los moros de Africa y en
  el Sultán Selim II, quienes les proporcionaron algunas armas y
  soldados.

  [265] En la lengua corriente se suprimiría _los_, o se haría
  resaltar más su fuerza demostrativa sustituyéndolo por _aquellos_.

  [266] Esta protesta de sinceridad recuerda la del comienzo de las
  _Historias_, de Tácito: «Sed incorruptam fidem professis, nec
  amore quisquam et sine odio dicendus est.»

  [267] El historiador Zurita le llama _Calaluz_, nombre hoy
  desconocido.

  [268] Aquí _se perdieron_, no quiere decir ‘murieron’, según
  entienden muchos, sino ‘fueron desbaratados’; pues el Conde de
  Ureña salvó la vida, como se verá.

  [269] _Suyo_, es decir, del Duque de Arcos. Debe evitarse la
  ambigüedad a que frecuentemente se presta el uso del posesivo.

  [270] Toda esta descripción está imitada de Tácito (Anales I,
  61) cuando refiere cómo Germánico, en tiempo de Tiberio, al ir a
  combatir con Ariminio, visitó el campo de Teutoburgo (al Norte
  de Westfalia, entre el Ems y el Weser), donde bajo el reinado de
  Augusto había sido derrotado y muerto Varo, perdiéndose con él
  tres legiones. Mendoza imita frases y palabras de Tácito: «In
  quo reliquiæ Vari, legionumque insepultæ dicebantur... incedunt
  mœstos locos, visuque ac memoria deformes.

  [271] Tácito: «Medio campi albentia ossa, ut fugerant, ut
  restiterant, disjecta vel aggerata; adiacebant fragmina telorum,
  equorumque artus...»

  [272] _Señales aportilladas_, llenas de _portillos_. Este es el
  nombre castizo, en vez de ‘brecha’, que es palabra moderna y de
  origen extranjero.

  [273] Tácito: «Referebant hic cecidisse legatos, illic raptas
  aquilas, primum ubi vulnus Varo adactum, ubi infelici dextra et
  suo ictu mortem invenerit...»

  [274] El pueblo, a quien conmovió profundamente la muerte de don
  Alonso de Aguilar, no perdonó al Conde de Ureña el haberse salido
  con vida de la batalla de Sierra Bermeja, lo cual dió ocasión «a
  los cantares y libertad española», según frase del mismo Mendoza.
  Un cantarcillo preguntaba:

        Decid, buen Conde de Ureña,
      ¿dónde don Alonso queda?

  Hubo varios romances cantando el desastre. Uno, muy famoso,
  empieza con este sentido lamento:

        ¡Ríoverde, Ríoverde,
      tinto vas en sangre viva!
      Entre ti y Sierra Bermeja
      murió gran caballería;
      murieron duques y condes,
      señores de gran valía...

  El hijo de don Alonso, don Pedro, peleaba de rodillas y mal
  herido al lado del héroe, quien le suplicaba le abandonase para
  ir a consolar a su madre; pero hubiera perecido con su padre si
  no le hubiese separado de allí don Francisco Alvarez de Córdova.

  [275] Don Alonso, al oir que luchaba con el odiado y terrible
  Ferí, recogió sus últimas fuerzas para herirle, pero le faltó
  aliento y fué rematado.

  [276] Tácito: «Utque signis et aquilis per superbiam insulserit
  (Ariminius).»

  [277] Los soldados de Germánico no oran por sus compañeros,
  sino que entierran sus huesos juntamente con los del enemigo:
  «Trium legionum ossa, nullo noscente alienas reliquias an suorum
  humo tegeret, omnes, ut coniunctos, ut consanguineos, aucta in
  hostem ira, moesti simul et infensi condebant.» Mendoza no debió
  haber copiado estas hermosas palabras, pues las oraciones de los
  españoles no beneficiaban igualmente a amigos y enemigos.



FRAY LUIS DE GRANADA

(1504-1588)


El _Libro de la Oración y Meditación_ se imprimió por primera vez en
1567, y la _Introducción al Símbolo_, en 1582. El lenguaje castellano
había servido ya, no sólo para escribir libros de entretenimiento,
sino para tratar asuntos graves y doctrinales en manos de Fray
Antonio de _Guevara_, Juan de _Valdés_, Florián de _Ocampo_, etc.
Sin embargo, antes de Fray Luis de Granada, sólo el beato _Juan de
Avila_ († 1569) había empleado el romance en cuestiones de mística y
teología de un modo genial, entre varios de segundo orden.

«El Venerable Ávila, dice Capmany, había creado, por decirlo así, un
lenguaje místico de robusto y subido estilo, y el Venerable Granada
lo hermoseó, lo retocó con lumbres y matices y le dió número, fluidez
y grandiosidad en las cláusulas.»

Granada es el tipo acabado de la lengua oratoria del siglo XVI; el
espíritu popular de la predicación cristiana aparece en él unido
a las más altas cualidades artísticas de la persuasión; por la
amplitud del período recuerda a Cicerón, en quien se inspiraba;
alguno le llamó el _Cicerón de España_. Su principal empeño en
el terreno del arte parece haber sido enriquecer la construcción
sintáctica sacándola de la sencillez ordinaria de la conversación
a la complejidad y magnificencia del discurso elevado. En su obra
latina _Retórica eclesiástica_, código de sus principios artísticos,
se desentiende de la que allí se llama _composición sencilla o
simple_, diciendo que «no está sujeta a la ley de los números ni
tiene períodos _muy largos_, y della usamos nosotros _en el trato
familiar_»; en cambio, estudia con prolijidad la _composición doble_
que «usa de oraciones torcidas y _largas_»; a menudo deja traslucir
su predilección por las más complicadas construcciones, así que dice
de una de sus clases: «Cuanto más larga, tanto es más elegante, con
tal, empero, que guarde tasa en esta extensión.»

Es preciso notar en su período largo que ni suele serlo en exceso,
como el de algunos oradores de hoy día, ni tiene ordinariamente la
redondez del silogismo, sino que fluye más bien por la simple adición
de miembros; y se muestra la inexperiencia del que por primera vez
intenta una reforma, en que esa adición está, las más veces, hecha
con conjunciones meramente copulativas, y sobre todo por medio del
relativo _el cual_ (comp., página 89, nota 172), que aparece, no sólo
usurpando casi completamente el puesto de su sinónimo _que_, sino que
se usa mucho cuando para nada haría falta ligar dos miembros con los
lazos de relativo y antecedente, y sería menos pesado, por ejemplo,
enlazarlos por la simple copulativa y un demostrativo: _Los santos
mártires, siendo vencidos y muertos, vencieron y triunfaron del
mundo; lo cual muestra_ (y esto muéstralo) _una carta del Emperador
Maximino, el cual_ (quien) _después de haber intentado_, etc.
(Símbolo II.º, 13.º, § 3). _Esto nos declaran los cuatro postreros
capítulos del libro de Job, en los cuales_ (donde) _hablando Dios
con este santo, le da conocimiento de su omnipotencia...; para lo
cual_ (para ello) _comenzando por las partes mayores del universo...
discurre luego por todas las otras menores...; después de lo cual_
(y después) _desciende a tratar de los animales_ (Símbolo I.º, 1.º).

En los trozos que siguen se pueden ver muestras de los principales
aspectos del estilo de Fray Luis: el tono grandilocuente e inflamado
de la Meditación sobre el Juicio final; el tono retórico y declamador
empleado en la consideración del Descendimiento, que no parece que la
escribió, sino que la habla desde el púlpito, y la placidez risueña y
candorosa con que se deleita en la pintura de animales y plantas en
la primera parte del _Símbolo de la Fe_.


  LIBRO DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN

  La meditación para el jueves en la noche es sobre el Juicio
  final.--Señales que le precederán; confusión del pecador ante el
  Juez.

Así estará el aire lleno de relámpagos y torbellinos, y cometas
encendidos. La tierra estará llena de aberturas y temblores
espantosos, los cuales se cree que serán tan grandes, que bastarán
para derribar, no sólo las casas fuertes y las torres soberbias,
más aun hasta los montes y peñas arrancarán y trasformarán de sus
lugares. Mas la mar sobre todos los elementos se embravescerá, y
serán tan altas sus olas y tan furiosas, que parecerá que han de
cubrir toda la tierra. A los vecinos espantará con sus crescientes,
y a los distantes con sus bramidos, los cuales serán tales que de
muchas leguas se oirán.

¿Cuáles andarán entonces los hombres[278], cuán atónitos, cuán
confusos, cuán perdido el sentido, la habla[279] y el gusto de todas
las cosas? Dice el Salvador que se verán entonces las gentes en
grande aprieto y que andarán los hombres secos y ahilados[280] de
muerte, por el temor grande de las cosas que han de sobrevenir al
mundo. ¿Qué es esto (dirán), qué significan estos pronósticos, en qué
ha de venir a parar esta preñez del mundo, en qué han de parar estos
tan grandes remolinos y mudanzas de todas las cosas? Pues así andarán
los hombres espantados y desmayados, caídas las alas del corazón y
los brazos, mirándose los unos a los otros; y espantarse han tanto
de verse tan desfigurados, que esto sólo bastaría para hacerlos
desmayar, aunque no hubiese más que temer. Cesarán todos los oficios
y granjerías, y con ellos el estudio y la cobdicia de adquirir;
porque la grandeza del temor traerá tan ocupados sus corazones, que
no sólo se olvidarán destas cosas, sino también del comer y del
beber, y de todo lo necesario para la vida. Todo el cuidado será
andar a buscar lugares seguros para defenderse de los temblores de
la tierra, y de las tempestades del aire, y de las crescientes de la
mar. Y así los hombres se irán a meter en las cuevas de las fieras,
y las fieras se vendrán a guarecer en las casas de los hombres,
y así todas las cosas andarán revueltas y llenas de confusión.
Afligirlos han los males presentes, y mucho más el temor de los
venideros; porque no sabrán en qué fines hayan de parar tan dolorosos
principios. Faltan palabras para encarescer este negocio, y todo lo
que se dice es menos de lo que será. Vemos agora que cuando en la mar
se levanta alguna brava tormenta, o cuando en la tierra sobreviene
algún grande torbellino o terremoto, cuáles andan los hombres, cuán
medrosos y cuán cortados, y cuán pobres de esfuerzo y de consejo;
pues cuando entonces el cielo, y la tierra, y la mar, y el aire del
mundo haya su propia tormenta; cuando el sol amenace con luto, y la
luna con sangre, y las estrellas con sus caídas, ¿quién comerá, quién
dormirá, quién tendrá un solo punto de reposo en medio de tantas
tormentas?...

El Señor vendrá como una tempestad y torbellino arrebatado[281]; y
sus pies levantarán una grande polvareda delante de sí. Indignóse
contra la mar, y secóse, y todos los ríos de la tierra se agotaron.
El monte Basán y Carmelo se marchitaron, y la flor del Líbano se
cayó. Los montes se estremecieron delante dél, y los collados
quedaron asolados...

Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de
cada uno, según lo escribe el profeta Daniel por estas palabras:
Estaba yo (dice él) atento, y vi poner unas sillas en sus lugares, y
un anciano de días se asentó en una dellas; el cual estaba vestido
de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también
blancos, así como una lana limpia. El trono en que estaba asentado
eran llamas de fuego, y las ruedas dél como fuego encendido, y un río
de fuego muy arrebatado salía de la cara dél. Millares de millares
entendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían
delante dél. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche, y vi
venir en las nubes uno que parescía hijo de hombre. Hasta aquí son
palabras de Daniel; a las cuales añade Sant Joan, y dice: Y vi todos
los muertos, así grandes como pequeños, estar delante deste trono y
fueron abiertos allí los libros; y otro libro se abrió, que es el
libro de la vida; y fueron juzgados los muertos según lo contenido
en aquellos libros, y según sus obras. Cata aquí, hermano, el arancel
por donde has de ser juzgado; cata aquí las tasas y precios[282]
por donde se ha de apreciar todo lo que heciste; y no por el juicio
loco del mundo, que tiene el peso falso de Canaan en la mano, donde
tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda
nuestra vida con tanto recaudo, que aun no has echado la palabra por
la boca, cuando ya está apuntada y asentada en su registro...

Pues qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios
con él en este examen, y allá dentro de su consciencia le diga
así: Ven acá, hombre malaventurado, ¿qué viste en mí, porque[283]
así me despreciaste, y te pasaste al bando de mi enemigo? Yo te
levanté del polvo de la tierra, y te crié a mi imagen y semejanza,
y te di virtud y socorro con que pudieses alcanzar mi gloria. Mas
tú, menospreciando los beneficios y mandamientos de vida que yo te
di, quisiste más seguir la mentira del engañador, que el consejo
saludable de tu Señor. Para librarte desta caída descendí del cielo a
la tierra, donde padescí los mayores tormentos y deshonras que jamás
se padescieron. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de
sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios,
bofetadas, deshonras, tormentos y cruz. Por ti, finalmente, nascí
en mucha pobreza, viví con muchos trabajos, y morí con gran dolor.
Testigos son esta cruz y clavos que aquí parescen, testigos estas
llagas de pies y manos que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y
la tierra delante de quien padescí, y testigos el sol y la luna que
en aquella hora se eclipsaron. Pues ¿qué heciste desa ánima tuya,
que yo con mi sangre hice mía? ¿En cúyo[284] servicio empleaste lo
que yo compré tan caramente? ¡Oh generación loca y adúltera! ¿Por
qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí,
tu Criador y Redemptor, con alegría? Espantáos, cielos, sobre este
caso, y vuestras puertas se cayan[285] de espanto, porque dos males
ha hecho mi pueblo: a mí desampararon[286], que soy fuente de agua
viva, y desamparáronme por otro Barrabás. Llaméos tantas veces, y
no me respondísteis; toqué a vuestras puertas, y no despertastes;
extendí mis manos en la Cruz, y no las mirastes; menospreciastes mis
consejos, y todas mis promesas y amenazas. Pues decid agora vosotros,
ángeles; juzgad vosotros, jueces entre mí y mi viña: ¿qué más debí yo
hacer por ella de lo que hice?

Pues ¿qué responderán aquí los malos, los burladores de las cosas
divinas, los mofadores de la virtud, los menospreciadores de la
simplicidad?...


  Meditación para el sábado por la mañana. Descendimiento de Cristo
  y llanto de la Virgen.

Pues cuando la Virgen lo tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá
explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de paz, llorad con esta sagrada
Virgen, llorad cielos, llorad estrellas del cielo; y todas las
criaturas del mundo acompañad el llanto de María! Abrázase la madre
con el cuerpo despedazado; apriétalo fuertemente en sus pechos (para
esto sólo le quedaban fuerzas), mete su cara entre las espinas de
la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro; tíñese la cara de la
Madre con la sangre del Hijo, y riégase la del Hijo con las lágrimas
de la Madre. ¡Oh dulce Madre! ¿es ese por ventura vuestro dulcísimo
Hijo? ¿Es ese el que concebistes con tanta gloria y paristes con
tanta alegría? Pues ¿qué se hicieron vuestros gozos pasados? ¿Dónde
se fueron vuestras alegrías antiguas?[287] ¿Dónde está aquel espejo
de hermosura en quien vos os mirábades?[288] Ya no os aprovecha
mirarle a la cara; porque sus ojos han perdido la luz. Ya no os
aprovecha darle voces y hablarle; porque sus orejas han perdido el
oir. Ya no se menea la lengua que hablaba las maravillas del cielo.
Ya están quebrados los ojos que con su vista alegraban al mundo.
¿Cómo no habláis agora, Reina del cielo? ¿Cómo han atado los dolores
vuestra lengua? La lengua estaba enmudecida; mas el corazón allá
dentro hablaría con entrañable dolor al Hijo dulcísimo, y le diría:
¡Oh vida muerta! ¡Oh lumbre escurescida! ¡Oh hermosura afeada! ¿Y
qué manos han sido aquellas que tal han parado[289] vuestra divina
figura? ¿Qué corona es ésta que mis manos hallan en vuestra cabeza?
¿Qué herida es ésta que veo en vuestro costado? ¡Oh summo Sacerdote
del mundo! ¿qué insignias son éstas que mis ojos ven en vuestro
cuerpo? ¿Quién ha manchado el espejo y hermosura del cielo? ¿Quién
ha desfigurado la cara de todas las gracias? ¿Estos son aquellos
ojos que oscurescían al sol con su hermosura? ¿Estas son las manos
que resuscitaban a los muertos a quien tocaban? ¿Esta es la boca por
do salían los cuatro ríos del paraíso?[290] ¿Tanto han podido las
manos de los hombres contra Dios? Hijo mío, y sangre mía, ¿de dónde
se levantó a deshora esta fuerte tempestad? ¿Qué ola ha sido ésta
que así te me[291] ha llevado? Hijo mío, ¿qué haré sin ti? ¿A dónde
iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían
a rogarte por sus hijos, y por sus hermanos defunctos; y tú con tu
infinita virtud y clemencia los consolabas y socorrías; mas yo que
veo muerto a mi hijo y mi padre, y mi hermano y mi Señor[292], ¿a
quién rogaré por él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesu
Nazareno, Hijo de Dios vivo, que consuela a los vivos, y da vida a
los muertos? ¿Dónde está aquel grande Profeta poderoso en obras y
palabras?


  INTRODUCCIÓN AL SÍMBOLO DE LA FE
  PARTE PRIMERA

  Admirable providencia para la conservación de las frutas. La
  granada.

Pues la hermosura de algunos árboles cuando están muy cargados de
fruta ya madura, ¿quién no la ve? ¿Qué cosa tan alegre a la vista,
como un manzano o camueso, cargadas las ramas a todas partes[293]
de manzanas, pintadas con tan diversos colores, y echando de sí un
tan suave olor? ¿Qué es ver un parral, y ver entre las hojas verdes
estar colgados tantos y tan grandes y tan hermosos racimos de uvas
de diversas castas y colores? ¿Qué son estos, sino unos como[294]
hermosos joyeles, qué penden deste árbol? Pues el artificio de
una hermosa granada ¡cuánto nos declara la hermosura y artificio
del Criador![295] El cual por ser tan artificioso no puedo dejar
de representar en este lugar. Pues primeramente Él la vistió por
de fuera con una ropa hecha a su medida, que la cerca toda, y la
defiende de la destemplanza de los soles y aires; la cual por de
fuera es algo tiesa y dura, mas por dentro más blanda, porque no
exaspere[296] el fructo que en ella se encierra que es muy tierno;
mas dentro della están repartidos y asentados los granos por tal
orden, que ningún lugar, por pequeño que sea, queda desocupado y
vacío. Está toda ella repartida en diversos cascos, y entre casco
y casco se extiende una tela más delicada que un cendal, la cual
los divide entre sí; porque como estos granos sean tan tiernos,
consérvanse mejor divididos con esta tela, que si todos estuvieran
juntos. Y allende desto, si uno destos cascos se pudre, esta tela
defiende a su vecino, para que no le alcance parte de su daño...
Cada uno destos granos tiene dentro de sí un hosecico blanco, para
que así se sustente mejor lo blando sobre lo duro, y al pie tiene
un pezoncico tan delgado como un hilo, por el cual sube la virtud y
jugo, dende lo bajo de la raíz hasta lo alto del grano; porque por
este pezoncico se ceba él, y cresce, y se mantiene, así como el niño
en las entrañas de la madre por el ombliguillo. Y todos estos granos
están asentados en una cama blanda, hecha de la misma materia de que
es lo interior de la bolsa que viste toda la granada. Y para que nada
faltase a la gracia desta fruta, remátase toda ella en lo alto con
una corona real, de donde paresce que los reyes tomaron la forma de
la suya. En lo cual paresce haber querido el Criador mostrar que era
ésta reina[297] de las frutas. A lo menos en el color de sus granos
tan vivo como el de unos corales, y en el sabor y sanidad desta fruta
ninguna le hace ventaja. Porque ella es alegre a la vista, dulce
al paladar, sabrosa a los sanos, y saludable a los enfermos, y de
cualidad que todo el año[298] se puede guardar. Pues ¿por qué los
hombres que son tan agudos en filosofar en las cosas humanas, no lo
serán en filosofar en el artificio desta fruta, y reconoscer por él
la sabiduría y providencia del que de un poco de humor de la tierra
y agua cría una cosa tan provechosa y hermosa? Mejor entendía esto la
Esposa en sus cantares, en los cuales convida al esposo al zumo de
sus granadas, y le pide que se vaya con ella al campo para ver si han
florescido las viñas y ellas.


  PRIMERA PARTE

  Pintura del pavo real.

Entre estos animales el que más claro parece que conoce su hermosura
es el pavón, pues vemos que él mismo hace alarde de sus hermosas
plumas, con aquella rueda tan vistosa, que por muchas veces que la
veamos, siempre holgamos de verla y de sentir la ufanía con que él
extiende aquellas plumas, preciándose de su gentileza y haciendo esta
demostración della. La cual hace las más veces[299] cuando tiene la
hembra presente, para aficionarla más con esto. Y cuando quiere ya
deshacer la rueda, hace un grande estruendo con las alas para mostrar
juntamente valentía con la hermosura. En lo cual todo vemos una
imitación de las cosas que se pasan en la vida humana...

Y tratando primero del fin que tuvo el que la crió, parece que así
como en la fábrica de aquellos animalillos pequeñitos nos quiso
mostrar la subtileza y grandeza de su poder y sabiduría (la cual en
tan pequeña materia pudo formar tantas cosas), así en la hermosura
desta ave nos quiso dar una pequeña muestra o sombra de su infinita
hermosura. La razón[300] que a esto me mueve es ver que este plumaje
tan grande (que es de vara y media de largo) no sirve ni para cubrir
el cuerpo desta ave (pues excede tanto la medida dél), ni tampoco
ayuda para volar, porque antes impide con su demasiada carga; y pues
habemos de señalar en esta obra algún fin, no veo otro sino el que
está dicho...

Y dejando aquellos ramales[301] o cabellos que van acompañando el
asta de las plumas de la cola hasta el cabo dellas (que son todos
harpados y de hermosos colores), vengamos a aquel ojo que está al
cabo dellas, formado con tanta variedad de colores, y éstos tan finos
y tan vistosos, que ningún linaje de las tintas que han inventado los
hombres podrá igualar con el lustre y fineza destos. Porque en medio
deste ojo está una figura oval de un verde clarísimo, y dentro dél
está otra cuasi de la misma figura y de un color morado finísimo, y
éstas están cercadas de otros círculos hermosísimos[302], que tienen
gran semejanza con los colores y figuras del arco que se hace en las
nubes del cielo; a los cuales sucede en torno la cabellera, hermosa
también, de diversos colores, en que se remata la pluma. Y en este
ojo o círculo que decimos, hay otra cosa no menos admirable, y es
que los cabellos o ramales de que esta figura se compone están tan
pegados unos con otros, y tan parejos y iguales en su composición,
que no parece que aquella figura es compuesta de diversos hilos, sino
que es como un pedazo de seda continuada que allí está.

Pues ¿qué diré de la hermosura del cuello que sube del pecho hasta
la cabeza, y de aquel color verde que sobrepuja la fineza de toda la
verdura del mundo? Y lo que pone más admiración es que todas aquellas
plumillas que visten este cuello son tan parejas y tan iguales entre
sí, que ni una sola se desordena en ser mayor o menor que otra. De
donde resulta parecer más aquella verdura una pieza de seda verde,
como dijimos, que cosa compuesta de todas estas plumillas. No faltaba
aquí sino una corona real para la cabeza desta ave; mas en lugar
della tiene aquellas tres plumillas que hacen como diadema, y son
el remate de la hermosura desta ave[303]. Y como tengan estas tres
plumicas tanta gracia, y no sirvan más que para su hermosura, vese
claro que de propósito se puso el Criador a pintar esta ave tan
hermosa. Lo que aquí se ha dicho, entenderá mejor quien pusiere los
ojos en una pluma destas, porque más sirve para esto la vista que las
palabras. Y no se debe echar en olvido que la hermosura y colores
de todo este plumaje no es como la de las flores[304], que en breve
se marchita, sino es perpetua y estable, y por eso sirve para otras
cosas que se hacen dellas.


NOTAS

  [278] En esta interrogación, _cuál_ tiene el valor de ‘qué tal’,
  y _cuán_ seguido de adjetivo, el valor de ‘lo... que’; _cuán
  atónitos_ = ‘lo atónitos que andarán’. La frase _perdido el
  sentido_, es decir, un participio con su complemento, hace las
  veces de uno de tantos adjetivos de esta enumeración.

  [279] Granada dice _la habla_, porque en su tiempo la _h_ era
  aspirada e impedía el encuentro de las dos _a_.

  [280] _Ahilado_, ‘extenuado o desfallecido’. «Arescentibus
  hominibus prae timore et expectatione, quæ supervenient universo
  orbi». (Luc. XXI, 26.) Muéstrase la abundancia de la frase de
  Granada en estas amplificaciones de los textos bíblicos que
  traduce, como la exuberancia de su imaginación en los extensos
  comentarios que le inspiran. Todo este brillante párrafo no es
  más que un desarrollo del versículo de San Lucas transcrito;
  Granada recomienda el uso de esta exornación amplia: «para que
  mirando el predicador agudamente la fuerza y, por decirlo así,
  la fecundidad de las sentencias, las sepa sacar y desenvolver
  con palabras; porque hay algunos tan estériles y ayunos, a
  quienes los retóricos llaman áridos, que dicen las cosas no con
  estilo oratorio sino dialéctico, usando de palabras llanas sin
  amplificación alguna; lo cual es más proporcionado para las
  escuelas y ejercicio de la disputa, que para la predicación».
  (_Retórica eclesiástica_, II, 10.)

  [281] Todo este párrafo es traducción de Nahum I, 3-6: «Dominus
  in tempestate et turbine viæ eius, et nebulæ pulvis pedum eius...»

  [282] Nótese cómo Granada no se arredra ante la expresión
  trivial, como sea precisa; el empleo de estas palabras, de uso
  tan meramente oficinesco, pero tan concretas y apropiadas, no
  daña en nada a la dignidad de la expresión. Es un vicio del
  estilo buscar una falsa nobleza en el uso casi exclusivo de voces
  lo más abstractas y cultas posibles, en vez de tender, por el
  contrario, a las más precisas y concretas, que siempre son más
  expresivas y, como tal, logran efecto más artístico.

  [283] _Porque_ y _pues que_, son conjunciones causales de uso
  bien distinto hoy. Sin embargo, Granada usa _porque_ en el
  sentido de ‘ya que, supuesto que’. Admira la sencillez del tono
  general en este largo apóstrofe unida a tanta grandeza y tan
  conmovedora vehemencia; todo él está inspirado en Jeremías, II, 5
  a 13; Isaías, V, 3 y 4.

  [284] Hoy el posesivo _cuyo_ hecho interrogativo se usa solamente
  como predicado del verbo _ser_, y esto en lenguaje poético
  (_¿cúyo es el ganado?_). Es lastimoso el desuso en que va cayendo
  este cómodo relativo.

  [285] _Caer_, hacía _caya_ y _traer_, _traya_, como hoy _haber_
  hace _haya_. Luego, a semejanza de _venga_, _ponga_, etc., se
  dijo _caiga_, _traiga_.

  [286] Hoy es necesario el uso enclítico o afijo del dativo o
  acusativo del pronombre: _me desampararon_; y cuando, como
  aquí sucede, es preciso dar énfasis al pronombre, se repite
  pleonásticamente con preposición: _Me desampararon a mí_.
  El lenguaje viejo decía _a mí parece, a él ofreció_, como
  modernamente se conserva el arcaísmo en algún caso _a vos atañe,
  a ellos interesa_. Granada usa bastante del solo pronombre con
  preposición, y ahora calcó el texto latino: «Duo enim mala fecit
  populus meus: =Me= derelinquerunt fontem aquæ vivæ», etc.
  Jeremías, II, 13.

  [287] Estas dos cláusulas semejantes, que varían en torno de la
  palabra _gozos_ o _alegrías_, y las demás repeticiones retóricas
  que siguen, más propias que de una meditación escrita (donde
  resultan monótonas), lo son de un sermón hablado, donde las
  sazona la animación del tono y de la viva voz. Granada, en su
  _Retórica eclesiástica_ (II, 11), llama a estas consideraciones
  patéticas _afectos_, pues van encaminados, como él dice, a
  «inflamar los afectos del _auditorio_».

  [288] Durante todo el siglo XVI tenían una _d_ en su terminación
  la persona vosotros del imperfecto de indicativo, y subjuntivo
  (_veníades_, _viniésedes_), de los condicionales (_vendríades_,
  _viniérades_) y del futuro de subjuntivo (_viniéredes_). En el
  siglo XVII esta _d_ desapareció ya.

  [289] Véase atrás pág. 93, nota 190.

  [290] Comparación bizarra de la boca de Cristo con el lugar
  deleitoso (locus voluptatis), de donde, según el _Génesis_, II,
  10, manaba el río de cuatro brazos que regaba el Paraíso.

  [291] Este _me_ es un dativo ético, v. atrás pág. 106, nota 233.

  [292] En vez de repetir la conjunción, pudiera repetirse la
  preposición, lo cual es más frecuente en los complementos dobles
  o triples: «veo muerto a mi hijo, a mi padre, a mi hermano»; pero
  entonces parecería más bien que esos complementos se referían a
  tres personas diversas, y aquí no es ese el caso.

  [293] _Cargadas las ramas_, etc., es una cláusula absoluta sin
  enlace gramatical con el resto del período, como en latín el
  ablativo absoluto u oracional. El sentido de la frase _a todas
  partes_, exige hoy diversa preposición.

  [294] Véase adelante pág. 167, n. 352, y pág. 168, n. 357.

  [295] El afán de Granada por construir su frase de muchos
  miembros le lleva a un uso fatigoso del relativo _el cual_,
  puesto como débil lazo de unión entre unos y otros; defecto
  que luego se generalizó en extremo. _El cual_ es más cómodo
  que el simple _que_, por distinguir el género y número de
  su antecedente, evitando así anfibologías; pero aquí existe
  la confusión, por poder ser antecedentes dos masculinos que
  preceden, y más bien parece referirse a _Criador_ que a
  _artificio_, no siendo en realidad esto así. Ganaría el texto en
  brevedad diciendo simplemente: «¡Cuánto nos declara la hermosura
  y artificio del Criador! Primeramente él la vistió por de
  fuera...»; no hace falta nada más, y en un escrito sobra todo lo
  que no hace falta.

  [296] _Exasperar_, por ‘lastimar’ o ‘dañar’, es latinismo inútil;
  poco después dice _delicado_ por _delgado_.

  [297] La idea, a veces pueril, que de las _causas finales_ se
  manifiesta en estas descripciones de la naturaleza, no deja de
  añadirles gracia y candor.

  [298] Hay doble elipsis por _de (una) cualidad (tal) que_; hoy o
  se elide sólo el artículo indefinido o sólo el pronombre.

  [299] _Las más veces_ es muy superior a la pesada expresión _la
  mayor parte de las veces_. En la Edad Media se decía también _las
  más aves por la mayor parte de las aves_.

  [300] Nótese la estructura de este período que, según Granada
  en su _Retórica_ (V., 16, § 2), reviste aquella forma «con que
  hablamos redondamente, esto es, en que corre la oración encerrada
  como en un círculo, no acabando la sentencia sino en el fin; y
  así representa la imagen de un perfecto silogismo».

  [301] Llama _ramales_ a las ‘barbas’ de la pluma, usando ese
  derivado de _ramo_ en el sentido general de ‘ramificación’, o sea
  derivación divergente que imita la disposición de las ramas.

  [302] Granada usa con profusión de los superlativos. Don Antonio
  Capmany le censura, tanto por esto, como por usar algunos
  cuyo positivo encierra ya el grado supremo, por ejemplo:
  _divinísimo_ e _inmensísimo_. Don Rufino José Cuervo cree que el
  _omnipotentísimo_ de Granada puede justificarse suponiendo que la
  inflexión superlativa afecta sólo a _potente_ y no a la primera
  parte de la palabra, y que tiene el sentido de ‘el que en grado
  eminente lo puede todo’. (_Notas a Bello_, nota núm. 46.)

  [303] Dos párrafos seguidos terminan con las mismas palabras
  _desta ave_. Nuestros clásicos se preocupaban poco de estos
  pormenores eufónicos más superficiales, a los que hoy se da gran
  importancia.

  [304] Esta licencia de concordancia, por _no_ =son= _como_
  =los= _de las flores_, está hoy en el uso corriente, porque la
  imaginación en el masculino _colores_ no ve más que una idea
  accesoria, es decir, _la hermosura de los colores_. En los
  extractos de Cervantes notaremos concordancias parecidas.



SANTA TERESA DE JESUS

(1515-1582)


Se incluyen aquí dos ejemplos de sus cartas; otro narrativo, de su
propia _Vida_, que ella misma escribió, y cuya última redacción es de
1565 ó 66, y un trozo doctrinal tomado de las _Moradas_, escritas en
1577.

La prosa de la Santa es el tipo perfecto del lenguaje familiar de
Castilla en el siglo XVI, el mismo de la conversación; pues la
autora, al escribir, estaba ajena de toda preocupación literaria;
no redacta, habla sencillamente. Las cartas están escritas a
vuela-pluma, a veces al final de ellas dice a su correspondiente:
«Si faltaren letras, póngalas»; la relación de su _Vida_, ella misma
nos lo advierte, no le costó más cuidado ni tiempo que el que gastó
materialmente en escribirla; así que por todas partes se ve el
desaliño y la frescura de la palabra hablada, y hablada al descuido.
Además, como el idioma castellano aun no estaba tan fijado por la
literatura como hoy, el habla corriente entre la gente educada
de varias provincias, no sólo se diferenciaba de la literaria en
su sintaxis, sino en la forma de las palabras. La impuesta en la
lengua escrita era, por lo común, la usada en Toledo, y difería muy
frecuentemente de ella la que era usual en Avila, en la tierra de
Santa Teresa; el lenguaje de ésta es, pues, el familiar de Castilla
la Vieja, inestimable por lo único, ya que los demás autores clásicos
se ajustan mucho más al patrón común que entonces se imponía. No
abundan en los grandes autores la multitud de voces que caracterizan
el habla de Santa Teresa, la mayor parte de las cuales subsisten hoy
en el habla vulgar de muchas regiones, como _añidir_, _cuantimás_
(cuanto más), _enriedos_, _anque_, _naide_, _ortolano_ (hortelano),
_piadad_; los epítetos familiares _urguillas_ (cosa que hurga,
carcoma, pesadilla), _lloraduelos_; el uso del posesivo con artículo
_la mi Isabela_, _la mi Parda_, y multitud de giros, frases hechas y
refranes enteramente populares.

Con este lenguaje y con este estilo, la prosa de Santa Teresa encanta
por su llaneza, por la ausencia total de propósitos literarios; su
pluma obedecía solamente a la alta inspiración que la guiaba al
redactar su pensamiento: «Cuando el Señor da espíritu, pónese con
facilidad y mejor; parece como quien tiene un dechado delante; mas si
el espíritu falta, no hay más concertar este lenguaje que si fuese
algarabía.» Por esto Fray Luis de León, que revisó las obras de la
Santa para darlas a la imprenta, admirado del gracioso desaliño que
se observa en ellas, escribía: «En la forma del decir, y en la pureza
y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las
palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo
yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellas se iguale.»

Pero la exageración de estas cualidades es frecuente; la incorrección
gramatical llega a extremos a veces insufribles. En los extractos
que siguen se verá, por ejemplo, lo que abunda el pronombre _él_ sin
llevar expreso el substantivo o antecedente que representa.


  VIDA DE LA SANTA
  CAPÍTULO PRIMERO

  Cuenta cómo pasó su primera edad

Éramos tres hermanas y nueve hermanos; todos parecieron a sus padres,
por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fuí yo, aunque era
la más querida de mi padre; y antes que comenzase a ofender a
Dios, parece tenía alguna razón, porque yo he lástima cuando me
acuerdo[305] las buenas inclinaciones que el Señor me había dado y
cuán mal me supe aprovechar de ellas.

Pues[306] mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios.
Tenía uno casi de mi edad; juntábamonos entramos[307] a leer vidas
de santos,--que era el que yo más quería, anque[308] a todos tenía
gran amor y ellos a mí--; como vía los martirios que por Dios las
santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios,
y deseaba yo mucho morir ansí; no por amor que yo entendiese tenerle,
sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en
el cielo; y juntábame con este mi hermano a tratar qué medio habría
para esto. Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor
de Dios, para que allá nos descabezasen; y paréceme que nos daba
el Señor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino
que[309] el tener padres nos parecía el mayor embarazo. Espantábanos
mucho el decir que pena y gloria era para siempre en lo que leíamos.
Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto; y gustábamos de decir
muchas veces: _para siempre, siempre, siempre_. En pronunciar esto
mucho rato, era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido
el camino de la verdad.

De que vi que era imposible ir adonde me matasen por Dios,
ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta que había en casa
procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas
pedrecillas, que luego se nos caían; y ansí no hallábamos remedio
en nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción ver cómo me
daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa. Hacía limosna como
podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que
eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota
y ansí nos hacía serlo. Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas,
hacer monesterios, como que éramos monjas; y yo me parece deseaba
serlo, aunque no tanto como las cosas que he dicho.

Acuérdome que, cuando murió mi madre, quedé yo de doce años poco
menos; como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida
fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con
muchas lágrimas[310]. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que
me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana
en cuanto me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí.
Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado
entera en los buenos deseos que comencé. ¡Oh, Señor mío! pues parece
tenéis determinado que me salve, plega a vuestra Majestad sea ansí;
y de hacerme tantas mercedes como me habéis hecho, ¿no tuviérades
por bien, no por mi ganancia, sino por vuestro acatamiento, que no
se ensuciara tanto posada adonde tan contino habíades de morar?
Fatígame, Señor, aun decir esto, porque sé que fué mía toda la culpa;
porque no me parece os quedó a vos nada que hacer para que desde esta
edad no fuera toda vuestra. Cuando voy a quejarme de mis padres,
tampoco puedo, porque no vía en ellos sino todo bien, y cuidado de mi
bien.

Pues pasando de esta edad, que[311] comencé a entender las gracias de
naturaleza que el Señor me había dado, que según decían eran muchas,
cuando por ellas le había de dar gracias, de todas me comencé a
ayudar para ofenderle...

Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré.
Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran
que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras;
porque con serlo[312] tanto mi madre, de lo bueno no tomé tanto en
llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho. Era
aficionada a libros de Caballerías[313], y no tan mal tomaba este
pasatiempo, como yo le tomé para mí; porque no perdía su labor, sino
desenvolvíemonos para leer en ellos; y por ventura lo hacía para
no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que
no anduviesen en otras cosas perdidos. Desto le pesaba tanto a mi
padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a
quedarme en costumbre de leerlos[314], y aquella pequeña falta que
en ella[315] vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar[316] a
faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas
del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascondida de mi
padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía
libro nuevo, no me parece tenía contento.


  LAS MORADAS
  PRIMERAS MORADAS, CAPÍTULO II

  Provecho que se saca del humilde conocimiento de sí mismo

La humildad siempre labra, como la abeja en la colmena la miel... Mas
consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores,
ansí el alma en el propio conocimiento; créame[317], y vuele algunas
veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su
bajeza mejor que en sí mesma y más libre de las sabandijas, adonde
entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento, que
anque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en
esto, tanto es lo de más como lo de menos, suelen decir. Y créanme,
que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud, que muy atadas
a nuestra tierra. No sé si queda dado bien a entender; porque es cosa
tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás
relajación, por subidas que estéis[318] en los cielos; pues mientra
estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la
humildad. Y ansí torno a decir, que es muy bueno y muy rebueno[319]
tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que
volar a los demás, porque este es el camino; y si podemos ir por
lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar? mas
que busque cómo aprovechar más en esto. Y a mi parecer, jamás nos
acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios: mirando su
grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza, veremos
nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos
estamos de ser humildes. Hay dos ganancias de esto: la primera está
claro, que parece una cosa blanca, muy más blanca[320] cabe la negra,
y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro
entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado[321] para
todo bien, tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de
nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente.


  CARTAS
  CARTA 132

  Al señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa; desde Toledo a 2
  de Enero de 1577

    Jesús

Sea con vuestra merced. Da tan poco lugar Serna[322], que no querría
alargarme, y no sé acabar cuando comienzo a escribir a vuestra
merced; y, como nunca viene Serna, es menester tiempo.

Cuando yo escribiere a Francisco[323], nunca se la[324] lea vuestra
merced, que he miedo tray alguna melencolía, y es harto declararse
conmigo. Quizá le da Dios esos escrúpulos para quitarle de otras
cosas; mas, para su remedio, el bien que tiene es creerme[325]...

Gran fiesta tuvimos ayer con el nombre de Jesús: Dios se lo pague a
vuestra merced. No sé qué le envíe por tantas como me hace, si no es
esos villancicos, que hice yo, que me mandó el confesor las[326]
regocijase, y he estado estas noches con ellas, y no supe cómo, sino
ansí. Tienen graciosa tonada, si la atinare Francisquito para cantar.
Mire si ando bien aprovechada. Con todo, me ha hecho el Señor hartas
mercedes estos días.

De las que hace a vuestra merced estoy espantada. Sea bendito por
siempre. Ya entiendo por lo que se desea la devoción, que es bueno.
Una cosa es desearlo y otra pedirlo; mas crea que es lo mejor lo
que hace, el dejarlo todo a la voluntad de Dios, y poner su causa
en sus manos. Él sabe lo que nos conviene, mas siempre procure ir
por el camino que le escribí: mire que es más importante de lo que
entiende...

No me cansan sus cartas de vuestra merced, que me consuelan mucho,
y ansí me consolara poderle escribir más a menudo; mas es tanto el
trabajo que tengo, que no podrá ser más a menudo; y an[327] esta
noche me ha estorbado la oración. Ningún escrúpulo me hace, si no es
pena de no tener tiempo. Dios nos le dé para gastarle siempre en su
servicio, amén.

La esterilidad de este pueblo en cosas de pescado, que[328] es
lástima a estas hermanas; y ansí me he holgado con estos besugos.
Creo pudieran venir sin pan, según hace el tiempo. Si acertare
haberlos, cuando venga Serna, u algunas sardinas frescas, dé vuestra
merced a la superiora con que nos las envíe, que lo ha enviado muy
bien. Terrible lugar es este para no comer carne, que an un huevo
fresco jamás hay. Con todo pensaba hoy que ha años que no me hallo
tan buena como ahora; y guardo[329] lo que todas, que es harto
consuelo para mí.

Esas coplas que no van de mi letra no son mías, sino que me
parecieron bien para Francisco, que como hacen las de San José de las
suyas, esotras hizo una hermana. Hay gran cosa de eso estas Pascuas
en las recreaciones. Es hoy segundo día del año.

Indina sierva de vuestra merced. Teresa de Jesús.

Pensé que nos enviara vuestra merced el villancico suyo; porque estos
ni tienen pies ni cabeza, y todo lo cantan. Ahora se me acuerda uno
que hice una vez, estando con harta oración, y parecía que descansaba
más. Eran: (ya no sé si eran ansí); y porque vea que desde acá le
quiero dar recreación:

      ¡Oh hermosura, que ecedeis
    A todas las hermosuras!
    Sin herir, dolor haceis;
    Y sin dolor deshaceis
    El amor de las criaturas.

      ¡Oh ñudo, que ansí juntais
    Dos cosas tan desiguales!
    No sé por qué os desatais:
    Pues atado, fuerza dais,
    A tener por bien los males.

      Quien no tiene ser, juntais
    Con el ser que no se acaba:
    Sin acabar, acabais:
    Sin tener que amar, amais:
    Engrandeceis nuestra nada.

No se me acuerda más. ¡Qué seso de fundadora! Pues yo le digo que
me parecía estaba con harto, cuando dije esto. Dios se lo perdone,
que me hace gastar tiempo: y pienso le ha de enternecer esta copla
y hacerle devoción; y esto no lo diga a nadie. Doña Yomar y yo
andábamos juntas en este tiempo. Déla mis encomiendas.


  CARTA 211

  De Santa Teresa a su confesor Fray Jerónimo Gracián, llorando la
  muerte del General de los Carmelitas Fray Juan Bautista Rubeo.
  Fecha en Ávila a 15 de octubre de 1578.

    Jesús.

Sea con vuestra paternidad el Espíritu Santo, mi padre[330]. Como
le veo quitado[331] de esas baraúndas, háseme quitado la pena de lo
demás, venga lo que viniere. Harto grande me la ha dado[332] las
nuevas, que me escriben de nuestro padre general. Ternísima estoy; y
el primer día llorar que llorarás[333], sin poder hacer otra cosa,
y con gran pena de los trabajos que le hemos dado, que cierto no
los merecía; y si hubiéramos ido a él, estuviera todo llano. Dios
perdone a quien siempre lo ha estorbado, que con vuestra paternidad
yo me aviniera, anque, en esto, poco me ha creído. El Señor lo trairá
todo a bien; mas siento lo que digo, y lo que vuestra paternidad ha
padecido; que cierto son tragos de la muerte lo que me escribió en la
carta primera, que dos he recibido después que habló al nuncio.

Sepa, mi padre, que yo me estaba deshaciendo, porque no daba luego
aquellos papeles, sino que debe ser aconsejado de quien le duele poco
lo que vuestra paternidad padece[334]. Huélgome, que quedará bien
experimentado, para llevar los negocios por el camino que han de ir,
y no agua arriba, como yo siempre decía: y a la verdad ha habido
cosas por donde lo impedían todo, y ansí no hay que tratar de esto,
porque ordena Dios cosas para que padezcan sus siervos.

Ya quisiera escribir más largo, y han de llevar esta noche las
cartas, y casi lo es ya, que lo he sido[335] con el obispo de
Osma[336], para que trate con el presidente y con el padre Mariano lo
que le escribí, y dije enviase a vuestra paternidad. Ahora he estado
con mi hermano[337], y se le encomienda mucho.


NOTAS

  [305] _Acordarse_, construído como _recordar_ con un dativo
  reflexivo y un acusativo, es poco usado,

        Y como Ovidio escribe en su epistolio,
      que no me acuerdo el folio,
      estas heridas del amor protervas
      no se curan con hierbas.
          LOPE, _Gatom_. 2.

  [306] Sobre _pues_, conjunción continuativa que encabeza las
  transiciones, v. BELLO. _Gram._ § 1267.

  [307] Anticuado por _entrambos_. Esta cláusula _juntábamonos
  entramos a leer vidas de santos_ está sin duda trastocada,
  debiendo colocarse detrás de _gran amor y ellos a mí_.

  [308] _Anque_, forma vulgar por «aunque». Después hallaremos _an_
  por «aún».

  [309] _Sino que_ en el sentido de _pero_. (V. BELLO. _Gram._ §
  1280.)

  [310] Nótese a cada paso la ausencia de retoque; este complemento
  _con muchas lágrimas_ debiera ir inmediatamente después del verbo.

  [311] Después de oraciones temporales, _que_ puede usarse en
  vez de la frase adverbial de tiempo _luego que_, _después que_;
  por ejemplo: «en estando lejos de aquí, _que_ me vea libre del
  peligro, no me meteré yo en otra.» Si la oración temporal no
  lleva el verbo en gerundio ni infinitivo, sino en forma personal,
  el _que_ es un tanto pleonástico, pues pudiera reemplazarse por
  la simple conjunción copulativa: «cuando esté lejos de aquí,
  _que_ (y) me vea libre...» Por este mismo giro se explican
  modismos tales como estos: «jura que al volver _que vuelva_ al
  Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo»; «en llegando _que
  llegue_.»

  [312] Este _lo_ representa un adjetivo que no existe; Santa
  Teresa tomó en su imaginación el substantivo _de virtud_ por el
  adjetivo equivalente _virtuoso_.

  [313] Es muy común decir _libros de caballería_; ha de decirse
  _caballerías_ en plural, que este nombre se da a las hazañas
  llevadas a cabo por un caballero. La afición a las novelas
  caballerescas fué predominante en España por el espacio increíble
  de más de tres siglos. En el siglo XIV el Canciller Pero López de
  Ayala, entre sus yerros más grandes, se lamentaba de haber sido
  víctima de tan desatinada afición:

        Plogome otrosí oir muchas vegadas
      Libros de devaneos e mentiras probadas:
      _Amadis_, _Lanzalote_ e burlas asacadas,
      En que perdí mi tiempo a muy malas jornadas.
          (_Rimado de Palacio_, copla 162.)

  A mediados del siglo XVI Santa Teresa se acusa de igual pecado,
  y a principios del XVII era todavía tan desmedido el apego a
  tales novelas, que Cervantes, para amenguarlo, ridiculizó en su
  _Quijote_ los extravíos que tan dañosa lectura causaba.

  [314] Este _los_ se refiere a _los libros de caballerías_ que,
  aunque hace mucho se nombraron, no dejan de estar presentes a
  la memoria en todo este pasaje. Otra vez vemos aquí la sintaxis
  de la Santa obedecer más a la viveza de la imaginación que a la
  lógica gramatical.

  [315] El pronombre _ella_ se refiere a _la madre_ aunque no se la
  haya nombrado inmediatamente antes. Otra vez cabe la observación
  de la nota anterior.

  [316] Nuevo descuido de la autora que pensaba haber escrito antes
  _me hizo enfriar_, o cosa parecida.

  [317] _Créame_ y los verbos que siguen en singular debieran ir en
  plural, pues la Autora se dirige a sus monjas, como adelante se
  ve.

  [318] Santa Teresa trata generalmente a las religiosas de _su
  merced_ en tercera persona de plural; aquí las habla en segunda
  persona de plural. Es común, en escritores más cuidados, este
  cambio de tratamiento. Fray Luis de Granada dice a la Virgen:
  «alegra_te_ con esta esperanza y cesen ya _tus_ gemidos... Bien
  veo, señora, que no basta nada desto para consola_ros_». (B. Aut.
  esp., VIII, pág. 82 _b_).

  [319] Esta especie de superlativo formado mediante el prefijo
  _re_ que refuerza el sentido del adjetivo simple, es muy propio
  del castellano (_refino_, _relimpio_, _remucho_, _remejor_);
  muchos escritores lo desdeñan por familiar.

  [320] Ante los adverbios _más_ y _menos_ usaban nuestros
  clásicos las formas apocopadas _muy_, _tan_, _cuán_ («cuán más
  agradable»), en vez de las formas plenas _mucho_, _tanto_,
  _cuanto_, que son hoy de rigor (V. BELLO _Gram._ § 1023).

  [321] Las leyes lógicas de la concordancia exigirían _se hacen
  más nobles y aparejados_; la licencia hoy tolerable sería _se
  hace aparejada_.

  [322] Serna era el mandadero que llevaba las cartas de don
  Lorenzo.

  [323] Francisco se llamaba el hijo mayor de don Lorenzo. La Santa
  era naturalmente directora de los negocios espirituales de todas
  las personas de su familia. Lorenzo había prometido obediencia a
  su hermana, como luego se verá.

  [324] Este _la_ representa al substantivo _carta_ que la autora
  consideraba embebido en el verbo _escribiere_. (Recuérdese lo
  dicho página 148 n. 312 y pág. 149, 314 y 315, y véase 153, n.
  326.)

  [325] El sujeto de este verbo no es _Francisco_, como parece,
  sino _don Lorenzo_.

  [326] Este _las_ se refiere a las monjas de la comunidad.

  [327] _An_ es contracción vulgar por _aun_. Comp. arriba _anque_.

  [328] Sobra el _que_ para hacer sentido.

  [329] _Guardar_ sin complemento, con el sentido de «guardar la
  abstinencia».

  [330] Vocativo con el posesivo antepuesto.

  [331] _Quitar_ tiene aquí el sentido anticuado de libertar,
  eximir, que subsiste en la frase «libre y quito».

  [332] Concordancia viciosa.

  [333] Frase adverbial, como _llora que llora_ o _llora que
  llorarás_, para denotar la continuidad de la acción.

  [334] Habla aquí de las persecuciones de que era objeto la
  reforma de la Orden que entonces se llevaba a cabo. El entregar
  los papeles de la visita al Presidente del Consejo de Castilla
  fué un paso poco acertado que dió lugar a conflictos en los que
  Gracián quedó comprometido.

  [335] El _lo_ se refiere a _larga en escribir_; es decir: «que
  he sido larga en escribir al Obispo». La autora pensaba haber
  puesto antes: «ya quisiera ser más larga en escribir», en vez de
  «quisiera escribir más largo».

  [336] El Obispo de Osma, don Alonso Vázquez, confesor de la Santa
  en Toledo.

  [337] Don Lorenzo de Cepeda.



FRAY LUIS DE LEÓN

(1527-1591)


Los dos primeros libros de los _Nombres de Cristo_ se imprimieron en
1583; los tres completos, en 1585. _La perfecta casada_, en 1586.

Como se ha visto, la prosa castellana contaba ya en el último tercio
del siglo XVI con muy notables cultivadores.

Fray Luis de León consideraba, sin embargo, que el idioma no había
logrado aún el cultivo esmerado y profundo de que era digno. Claro
es que no podía satisfacerle, aunque lo admiraba, el estilo humilde,
sencillo y descuidado de Santa Teresa; pero ya es más chocante que,
hablando del poco cultivo de la lengua, no dedique ni una alabanza,
ni un recuerdo, a su predecesor, Fray Luis de Granada; el estilo de
éste era un estilo oratorio que sin duda, no contentaba al maestro
León, por no encajar dentro del ideal de perfección artística que
él perseguía[338]. Así que se consideró a sí mismo, más que como
innovador, como padre de la prosa literaria, y no le faltaba alguna
razón.

El lenguaje de Fray Luis de Granada tenía solemnidad, elevación y
valentía; pero por estar aún el idioma poco diestro en la expresión
de razonamientos y pensamientos abstractos, no halla muchas veces
los recursos delicados de la construcción gramatical, y tiene algo
de desmañado y flojo. Por esto Fray Luis de León encontró que el
castellano encerraba tesoros aun no hallados de cadencia, proporción,
asiento y armonía.

Granada se esforzó en trabajar la frase, considerándola como un
silogismo, como un razonamiento o un apóstrofe; León le dedicó su
cuidado mirándola más especialmente como una obra de arte. Los
tratados del uno son como sermones puestos por escrito; los del otro,
como poesías redactadas en prosa[339]. El uno es más elocuente, el
otro más poeta; el uno es, en suma, orador, y el otro escritor.

Fray Luis de León nos declara que su arte era en todo reflexivo y
meditado; arte de selección cuidadosa de palabras, y hasta de letras;
arte de cálculo y medida en la disposición de frases; arte en todo
diestro, esmerado y primoroso que nos ofrece la lengua castellana
ataviada con todos los elementos poéticos y musicales de que es
capaz, y levantada a la altura de las lenguas clásicas.

Él mismo declara también que su empeño principal fué poner en el
habla del vulgo número, abundancia, entonación y armonía. Sin
embargo, a veces usa períodos defectuosos, y esto principalmente por
construirlos tan largos que casi se rompe el enlace de su comienzo
con su remate[340]. Además, las conjunciones _porque_ y _pues_
aparecen encabezando multitud de frases, con el pueril objeto de
encadenarlas materialmente a la que antecede, cuando de no ligarlas
de otra manera bastaría que esta trabazón corriera solamente a cargo
del pensamiento. En fin, pocas veces cae en la tentación de buscar
la falsa elegancia, puesta en moda ya desde el siglo XV, de remitir
afectadamente el verbo al fin de la proposición (verbi gracia:
«Con el calor del día y del sueño _encendidos_ demasiadamente y
_dañados_», pág. 175).


  NOMBRES DE CRISTO
  INTRODUCCIÓN AL LIBRO III

  Declara Fray Luis en qué procuró mejorar el lenguaje de sus
  escritos sobre el ordinario y familiar.

Mas a los que dicen que no leen aquestos mis libros por estar en
romance[341] y que en latín los leyeran, se les responde que les
debe poco su lengua, pues por ella aborrecen lo que, si estuviera
en otra, tuvieran por bueno. Y no sé yo de dónde les nace el estar
con ella tan mal; que ni ella lo merece, ni ellos saben tanto de la
latina que no sepan más de la suya, por poco que della sepan, como
de hecho saben della poquísimo muchos. Y destos son los que dicen
que no hablo en romance, porque no hablo desatadamente y sin orden,
y porque pongo en las palabras concierto y las escojo y les doy su
lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en
el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio
de particular juicio[342], ansí en lo que se dice, como en la manera
como se dice; y negocio que de las palabras que todas hablan elige
las que convienen y mira el sonido dellas, y aun cuenta a veces las
letras, y las pesa y las mide y las compone, para que, no solamente
digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía
y dulzura. Y si dicen que no es estilo para los humildes y simples,
entiendan que, así como los simples tienen su gusto, así los sabios y
los graves y los naturalmente compuestos no se aplican bien a lo que
se escribe mal y sin orden; y confiesen que debemos tener cuenta con
ellos, y señaladamente en las escrituras que son para ellos solos,
como aquesta lo es.

Y si acaso dijeren que es novedad, yo confieso que es nuevo, y camino
no usado por los que escriben en esta lengua, poner en ella número,
levantándola del decaimiento ordinario. El cual camino quise yo
abrir[343], no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la
pequeñez de mis fuerzas, sino para que los que las tienen se animen
a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes
pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas,
y para que la igualen, en esta parte que le falta, con las lenguas
mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas
virtudes.


  LIBRO PRIMERO

  Dirigiéndose al Obispo de Córdoba, don Pedro Portocarrero,
  introduce Fray Luis los personajes que figurarán en el diálogo de
  la obra, y supone que son tres amigos suyos, de su misma Orden de
  San Agustín.

Era por el mes de Junio, a las vueltas[344] de la fiesta de San
Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios,
cuando Marcelo, el uno de los que digo (que así le quiero llamar
con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré
a los demás), después de una carrera tan larga, como es la de un
año en la vida que allí se vive[345], se retiró, como a puerto
sabroso, a la soledad de una granja que, como vuestra merced sabe,
tiene mi monasterio en la ribera de Tormes[346]; y fuéronse con él,
por hacerle compañía, y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde
habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la
del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al
culto divino[347] lo que se le debía, todos tres juntos se salieron
de la casa a la huerta que se hace[348] delante della. Es la huerta
grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin
orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora
y la sazón.

Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se
anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron
juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una
pequeña fuente, en ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que
tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella
parte, y corriendo y estropezando, parecía reírse. Tenían también
delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y
más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en
aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por
aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca.
Así que, asentándose y callando por un pequeño tiempo, después de
sentados, Sabino (que así me place llamar al que de los tres era el
más mozo), mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así:

«Algunos hay a quien la vista del campo los enmudece[349], y debe
ser condición de espíritus de entendimiento profundo; mas yo, como
los pájaros, en viendo lo verde, deseo o cantar o hablar.»

--«Bien entiendo por qué lo decís--respondió al punto Marcelo--, y
no es alteza de entendimiento, como dais a entender por lisonjearme
o por consolarme, sino cualidad de edad y humores diferentes que nos
predominan y se despiertan con esta vista, en vos de sangre, y en mí
de melancolía[350]. Mas sepamos--dice--de Juliano[351] (que éste era
el nombre del tercero) si es pájaro también o si es de otro metal.»

--«No soy siempre de uno mismo--respondió Juliano--, aunque agora al
humor de Sabino me inclino algo más. Y pues él no puede agora razonar
consigo mismo mirando la belleza del campo y la grandeza del cielo,
bien será que nos diga su gusto acerca de lo que podremos hablar.»

Entonces Sabino, sacando del seno un papel escrito y no muy grande:
«Aquí, dice, está mi deseo y mi esperanza.»

Marcelo, que reconoció luego el papel, porque estaba escrito de su
mano, dijo, vuelto a Sabino y riéndose: «No os atormentará mucho el
deseo a lo menos, Sabino, pues tan en la mano tenéis la esperanza; ni
aun deben ser ni lo uno ni lo otro muy ricos, pues se encierran en
tan pequeño papel.»

--«Si fueren pobres--dijo Sabino--, menos causa tendréis para no
satisfacerme en una cosa tan pobre.»

--«¿En qué manera--respondió Marcelo--, o qué parte soy yo para
satisfacer a vuestro deseo, o qué deseo es el que decís?»

Entonces Sabino, desplegando el papel, leyó el título, que decía:
_De los nombres de Cristo_; y no leyó más, y dijo luego: «Por cierto
caso hallé hoy este papel, que es de Marcelo, adonde, como parece,
tiene apuntados algunos de los nombres con que Cristo es llamado en
la Sagrada Escritura, y los lugares de ella adonde es llamado así. Y
como le vi, me puso codicia de oirle algo sobre aqueste argumento,
y por eso dije que mi deseo estaba en este papel; y está en él mi
esperanza también, porque, como parece dél, éste es argumento en
que Marcelo ha puesto su estudio y cuidado, y argumento que le debe
tener en la lengua; y así, no podrá decirnos agora lo que suele
decir cuando se excusa, si le obligamos a hablar, que le tomamos
desapercibido. Por manera que, pues le falta esta excusa, y el tiempo
es nuestro, y el día santo, y la sazón tan a propósito de pláticas
semejantes, no nos será dificultoso el rendir a Marcelo, si vos,
Juliano, me favorecéis.»


  LIBRO II, CAPÍTULO III

  Marcelo explicando a sus amigos por qué el nombre de _Príncipe de
  Paz_ es aplicado a Cristo, declara qué cosa es paz.

Calló Marcelo un poco, luego que dijo esto..., y descansando, y como
recogiéndose[352] todo en sí mismo por un espacio pequeño, alzó
después los ojos al cielo, que ya estaba sembrado de estrellas, y
teniéndolos en ellas como enclavados, comenzó a decir así:

«Cuando[353] la razón no lo demostrara, ni por otro camino se pudiera
entender cuán amable cosa sea[354] la paz, esta vista hermosa del
cielo que se nos descubre agora, y el concierto que tienen entre
sí aquestos resplandores que lucen en él, nos dan suficiente
testimonio. Porque, ¿qué otra cosa es, sino paz, o ciertamente
una imagen perfecta de paz, esto que agora vemos en el cielo y
que con tanto deleite se nos viene[355] a los ojos? Que[356] si
la paz es, como San Agustín breve y verdaderamente concluye, una
orden sosegada o un tener sosiego y firmeza en lo que pide el buen
orden, eso mismo es lo que nos descubre agora esta imagen. Adonde el
ejército de las estrellas, puesto como en ordenanza y como concertado
por sus hileras[357], luce hermosísimo; y adonde cada una dellas
inviolablemente guarda su puesto; adonde no usurpa ninguna el lugar
de su vecina ni la turba en su oficio, ni menos, olvidada del suyo,
rompe jamás la ley eterna y santa que le puso la Providencia; antes,
como hermanadas todas y como mirándose entre sí, y comunicando sus
luces las mayores con las menores, se hacen muestra de amor; y
como en cierta manera[358] se reverencian unas a otras, y todas
juntas templan a veces sus rayos y sus virtudes, reduciéndolas a una
pacífica unidad de virtud, de partes y aspectos diferentes compuesta,
universal y poderosa sobre toda manera[359].

»Y si así se puede decir, no sólo son un dechado de paz clarísimo
y bello, sino un pregón y un loor que con voces manifiestas y
encarecidas nos notifica cuán excelentes bienes son los que la paz en
sí contiene y los que hace en todas las cosas. La cual voz y pregón
sin ruido se lanza en nuestras almas, y de lo que en ellas lanzada
hace[360], se ve y entiende bien la eficacia suya y lo mucho que
las persuade. Porque luego, como convencidas de cuanto les es útil
y hermosa la paz, se comienzan ellas a pacificar en sí mismas y a
poner a cada[361] una de sus partes en orden. Porque si estamos
atentos a lo secreto que en nosotros pasa, veremos que este concierto
y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sosiego,
y veremos que con sólo tener los ojos enclavados en él con atención,
sin sentir en qué manera, los deseos nuestros y las afecciones
turbadas que confusamente movían ruido en nuestros pechos de día, se
van quietando poco a poco, y como adormeciéndose, se reposan, tomando
cada una su asiento, y reduciéndose a su lugar propio, se ponen sin
sentir en sujeción y concierto.

»Y veremos que, así como ellas se humillan y callan, así lo principal
y lo que es señor en el alma, que es la razón, se levanta y recobra
su derecho y su fuerza, y como alentada con esta vista celestial y
hermosa, concibe pensamientos altos y dignos de sí, y como en una
cierta manera se recuerda[362] de su primer origen, y al fin pone
todo lo que es vil y bajo en su parte, y huella sobre ello[363].
Y así puesta ella en su trono como emperatriz, y reducidas a sus
lugares todas las de más partes del alma, queda todo el hombre
ordenado y pacífico.

«Mas ¿qué digo de nosotros que tenemos razón? Esto insensible y
aquesto rudo del mundo, los elementos y la tierra y el aire y los
brutos se ponen todos en orden y se quietan luego que poniéndose el
sol, se les representa aqueste ejército resplandeciente. ¿No veis
el silencio que tienen agora todas las cosas, y cómo parece que
mirándose en este espejo bellísimo, se componen todas ellas y hacen
paz entre sí, vueltas a sus lugares y oficios, y contentas con ellos?

»Es sin duda el bien de todas las cosas universalmente la paz; y así,
dondequiera que la ven, la aman. Y no sólo ella, mas la vista de su
imagen de ella las enamora y las enciende en codicia de asemejársele,
porque todo se inclina fácil y dulcemente a su bien. Y aun si
confesamos, como es justo confesar, la verdad, no solamente la paz
es amada generalmente de todos, mas sola ella es amada y seguida y
procurada por todos. Porque cuanto se obra en esta vida por los que
vivimos en ella, y cuanto se desea y afana, es por conseguir este
bien de la paz, y este es el blanco adonde enderezan su intento y el
bien a que aspiran todas las cosas. Porque si navega el mercader y si
corre los mares, es por tener paz con su codicia, que le solicita y
guerrea. Y el labrador en el sudor de su cara y rompiendo la tierra
busca paz, alejando de sí cuanto puede al enemigo duro de la pobreza.
Y por la misma manera, el que sigue el deleite y el que anhela la
honra y el que brama por la venganza, y, finalmente, todos y todas
las cosas buscan la paz en cada una de sus pretensiones. Porque, o
siguen algún bien que les falta, o huyen algún mal que los enoja.»


  LA PERFECTA CASADA
  LIBRO VII

  Comentando el versículo de los _Proverbios_, XXXI, 15: «madrugó
  y repartió a sus gañanes las raciones», hace Fray Luis una
  primorosa descripción del alba y encarece las delicias del
  madrugar.

El madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque
no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar
de la cama en amanesciendo a las casadas. Y guarda en esto Dios,
como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno,
en que aquello a que nos obliga es lo mismo que más conviene a
nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro
provecho[364]. Así que, no sólo la casa, sino también la salud,
pide a la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro
cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la
naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la
que conserva y da salud a los hombres.

Pues ¿quién no ve que a aquella hora despierta el mundo todo junto,
y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos,
y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que
en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y
huye el daño, y sigue y apetece el provecho, o que, para decir la
verdad, es ella eso mismo que a cada una de las cosas conviene y es
provechoso), no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que
nos adormecen, ni sacara por el oriente los claros rayos del sol, o
si los sacara, no les diera tanta fuerza para nos despertar?[365].
Porque si no despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las
ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera
que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere, sin duda, que nos
despierte. Y pues ella nos despierta, a nuestra salud conviene que
despertemos.

Y no contradice a esto el uso de las personas que ahora el mundo
llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y
regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del
día[366]. Ante esta verdad, que se toca con las manos, condena
aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados o por sus pecados de
ellos mismos[367], hacen honra y estado[368], y ponen parte de su
grandeza en no guardar ni aun en esto el concierto que Dios les pone.
Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala
con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho,
daráme vuestra merced[369] licencia para que lo ponga aquí, porque es
palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado
en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la
letra[370], y que por decir _establo_ decían _estado_. Y ello a la
verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce
de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también
y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la
sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del
sueño, encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen
la salud, mas también aficionan e inficionan el corazón feamente.
Y es cosa digna de admiración que, siendo estos señores en todo lo
demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su
deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir
lo más deleitoso de la vida, que es la mañana.

Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se
halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere
el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo
entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que
no sin causa los poetas la coronan de rosas)[371], y el aparecer la
hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves,
¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente? y las flores y
las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor. Y como
cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea
toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza[372] y como alarde
de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y
todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para
recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus
bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver
semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos,
aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda
la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo
sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se
deleita con el nascer de la luz y con la figura[373] del aire y
con el variar de las nubes; a los oídos las aves hacen agradable
armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las
yerbas despiden de sí es olor suavísimo, pues el fresco del aire de
entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y
cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le
despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios
del día.

Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas,
que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el
sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que
dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced
que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus
ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante
sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y
agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de
haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta a las cosas de su casa,
entienda en su oficio.


NOTAS

  [338] Véase la nota 343 de la pág. 161.

  [339] Algunos de sus párrafos tienen el mismo asunto que sus
  versos, no sabiéndose si son su esbozo y plan o su comentario y
  explicación. (Véase pág. 169, nota 359, y pág. 170, nota 363.)

  [340] Véase, por ejemplo, la larga interrogación de la pág. 173.

  [341] Se censuró a Fray Luis por haber escrito en castellano
  los dos primeros libros de los _Nombres de Cristo_, impresos en
  1583; pues, aunque ya habían escrito el P. Avila y el P. Granada,
  muchos seguían creyendo que un teólogo no debía emplear para
  sus obras sino el latín. Fray Luis contestó reimprimiendo los
  _Nombres de Cristo_, en 1585, adicionados con un tercer libro a
  cuya introducción pertenece el presente extracto.

  [342] Es decir, que no es cosa común a todos los que hablan una
  lengua, sino que exige particular disposición y estudio. Es
  antigua en España la creencia de que la lengua propia ni merece
  ni requiere atención y trabajo; Juan de Valdés se queja de los
  que con tanta negligencia y tan inmerecido desdén la tratan, y
  Ambrosio de Morales, en 1546, decía: «siempre ha quedado nuestra
  lengua en la miseria y con la pobreza que antes tenía... que todo
  nace del gran menosprecio en que nuestros mismos naturales tienen
  nuestra lengua, por lo cual ni se aficionan a ella, ni se aplican
  a ayudarla». (Introducción al _Diálogo de la dignidad del hombre,
  del M. Hernán Pérez de Oliva_, tío de Morales.)

  [343] Fray Luis, al principio de esta introducción, habla poco
  menos que como si él fuera el primero en aplicar el castellano
  a asuntos serios, quejándose «de lo mal que usamos de nuestra
  lengua no la empleando sino en cosas sin ser». No es admisible
  que desconociera los autores citados en la pág. 125, y por fuerza
  habría leído las obras místicas del Beato Juan de Ávila y del
  Venerable Granada, que andaban ya impresas; sin embargo, a juzgar
  por las palabras que ahora emplea, parece que no le satisfacían
  mucho y no las tomaba en consideración.

  [344] _A vueltas de_ significa ‘alrededor de, cerca de’; así
  fijando después el día en que esto sucedía, dícese que era el de
  San Pedro, que es en 29 de Junio, cinco días después de San Juan.
  En esta frase el artículo se usa rarísima vez: _a las vueltas_.

  [345] Cuando el acusativo es de igual raíz que el verbo, exige
  algún complemento que le especifique, pues de lo contrario sería
  un acusativo del todo inútil, v. gr.: _vivir una vida fatigosa_
  (véase BELLO, _Gram._ § 796); aquí se sobreentiende _con la vida
  (tan fatigosa) que allí se vive_.

  [346] Los nombres de ríos sin artículo, v. pág. 86, n. 161. Los
  agustinos calzados, que llegaron a Salamanca por los años 1330,
  fueron los fundadores de este convento. Hoy no existe el edificio
  antiguo, pues fué bárbaramente destruído por el ejército francés
  en 1812, y aunque reedificado, se demolió más tarde, ocupando
  hoy su solar la nueva calle llamada de Oliva.--Este monasterio
  tenía, para descanso y recreo de los frailes, una granja, llamada
  _la Flecha_, a legua y media de distancia, río arriba, a la vera
  del camino de Salamanca a Madrid. (V. M. VILLAR y MACÍAS, _Hist.
  de Salamanca_, I, 453, etc.) La apacible descripción que hace
  Fray Luis de este paisaje concuerda en todo con la realidad; tal
  como él lo pinta, se reconocen hoy la casa de los frailes, las
  cuestas que empiezan a sus espaldas y que si hacia Aldealengua
  se van insensiblemente suavizando y disminuyendo, prolónganse
  larguísimo espacio eslabonándose hacia Salamanca; todavía existe
  la desordenada arboleda que tanto deleitaba la vista del poeta, y
  la risueña fuente que baja desde la cuesta al huerto,

      y como codiciosa
      de ver y acrecentar su hermosura,
      hasta llegar, corriendo se apresura.

  En fin, el huerto mismo existe, que tanta inspiración guardaba
  para el autor de la oda a la _Vida retirada_ y que se llama, como
  queda dicho, huerta de la _Flecha_.

  [347] Destinada al culto está desde antiguo una capilla cerca de
  la huerta, frente a la aceña de la Flecha y contigua a la casa
  del molinero.

  [348] _Hacerse_ era muy usado con nombres de lugar en el mismo
  sentido que ‘extenderse, hallarse’, o sea ‘estar situado’.

  [349] _Los_ dice la edición de Salamanca 1585. Es el acusativo
  que debe ponerse con propiedad gramatical; pero disuena algo a
  causa del uso generalísimo del dativo _le_ por el acusativo,
  cuando se trata de personas.

  [350] _Humor de sangre y de melancolía_ significa temperamento
  sanguíneo y melancólico o bilioso.

  [351] _Sepamos de Juliano si es pájaro_, en vez de _sepamos si
  Juliano es pájaro_, es un caso de _atracción_ del sujeto de la
  proposición dependiente que se construye con el verbo principal;
  como en griego y en latín: _rem vides quomodo se habeat_ (v.
  DIEZ, _Gr._ III, 360.)

  [352] Nótese el uso que tiene el adverbio _como_; _como
  recogiéndose_ no afirma que se recogiera sino que todo su aspecto
  y semejanza era como la del que se recoge; _como enclavados_,
  semejando enclavados; _como_ viene a ser en ambos ejemplos un
  simple afijo o partícula prepositiva para denotar mera semejanza
  con la voz que le sigue, sentido que se ve más claro si el _como_
  se refiere a un substantivo: «encontró Don Quijote con dos como
  clérigos», «unos como joyeles» (v. BELLO, _Gramática_, § 1234 y
  1236).

  [353] _Cuando_ tiene muchas veces el valor de la frase adverbial
  _aun cuando_.

  [354] En las interrogaciones indirectas la proposición secundaria
  puede llevar su verbo en indicativo (como hoy es lo ordinario) o
  en subjuntivo; aquí se diría hoy más bien: «cuán amable cosa es
  la paz». En los siglos XVI y XVII era más común el subjuntivo,
  «dícese qué cosa sea la paz, lo que valga la paz».

  [355] _Venirse a los ojos_ equivale a ‘saltar a la vista’ o
  ‘presentarse’.

  [356] _Que_, conjunción causal, abreviada de _porque_.

  [357] Respecto al _como_ repetidas veces usado aquí para
  denotar no el modo, sino la semejanza con ese modo, véase la
  nota 352, de la pág. 167: _como mirándose_, semejando que se
  miran. _Concertado por sus hileras_ se diría simplemente hoy:
  «concertado por hileras» (o sea distribuído en hileras), sin el
  posesivo; éste indica que el concierto les es a las estrellas
  propio y natural. Es modismo antiguo; Don Alfonso el Sabio dice
  «fabla el Arzobispo por su latín», es decir: en el latín que
  usaba siempre al escribir.

  [358] Hoy este _como_ que denota semejanza no se suele usar
  antepuesto a verbos y proposiciones enteras, sino después de
  verbos que denotan una apreciación o figuración; es decir,
  seguido de un _que_ enunciativo: «se me figuraba =como que=
  querían acercarse aquellos hombres», «hace como que no quiere».
  «=Como en cierta manera= se reverencian», sería hoy: «parece como
  que se reverencian»; al fin de este trozo se repite este mismo
  giro: =como en una cierta manera recuerda= = ‘parece como que
  recuerda’.

  [359] Esta admirable descripción recuerda y amplía algunos versos
  de la Oda XII del mismo autor, «Noche serena»:

        Quién mira el gran concierto
      de aquestos resplandores eternales,
      su movimiento cierto,
      sus pasos desiguales,
      y en proporción concorde tan iguales...

  [360] _Lanzar, echar pregón o voz_ se emplean por los simples
  ‘pregonar’ o ‘vocear’. Compárese la concordancia _voz y pregón
  lanzada_ con la que hallamos en la _Introducción al Símbolo de
  la fe_ (pág. 142) y en el _Quijote_ (comienzo del extracto de la
  parte II, capítulo 23).

  [361] _A cada_ se lee en la edición de Salamanca, 1585. Antes se
  admitían más acusativos con preposición; hoy apenas se le pone
  _a_ sino cuando el acusativo es nombre de persona determinada,
  personificación, animal o nombre propio de lugar, así que se
  diría «a poner cada una de sus partes». También se diría con
  más rigor: «comienzan ellas a pacificarse y a poner sus partes
  en orden», pues la acción reflexiva no se refiere para nada a
  _poner_ y sí sólo a _pacificar_, por lo cual no debe agregarse
  el pronombre reflexivo a _comienzan_, ya que este verbo rige lo
  mismo a _poner_ que a _pacificar_.

  [362] Para el giro _como en cierta manera_, véase la nota 358,
  pág. 168. _Acordarse y recordarse_ tenían, como se ve aquí, una
  misma construcción y régimen (cfr. p. 145, n. 305). Hoy se
  diferencia mucho, pues se dice _acordar-se de una cosa_ y
  _recordar una cosa_.

  [363] El alma contemplando la hermosura de la noche estrellada
  se acuerda de su primer origen que es celestial, se siente como
  desterrada en este mundo y ve con claridad las alturas del otro.
  Igual pensamiento expuso en verso el maestro León, y casi con
  iguales palabras que aquí, salvo que no es el espectáculo de la
  noche serena el que arroba el alma, sino la sublime música del
  ciego Francisco Salinas:

        A cuyo son divino
      mi alma, que en olvido está sumida,
      torna a cobrar el tino
      y memoria perdida
      de su origen primera esclarecida.
        Y como se conoce,
      en suerte y pensamientos se mejora,
      el oro desconoce
      que el vulgo ciego adora,
      la belleza caduca engañadora...

  [364] Esto es, «en que agradece como un servicio lo que debemos
  hacer por nuestro provecho».

  [365] Hoy los pronombres personales átonos nunca se anteponen
  al infinitivo, sino que se le posponen enclíticos. (V. BELLO
  _Gram._ § 915). Fray Luis de Granada dice «que nadie sea osado a
  la despertar». (_Guía de pec._ I. 16. § 1 B. AA. EE. VI, 61 _a_.)
  Sólo como provincialismo se conserva la costumbre arcaica; en
  Asturias, por ejemplo, se puede decir: «hay que lo dejar», «tengo
  que os contar».

  [366] Este es antiguo defecto español atestiguado por algunos
  extranjeros; el barón alemán Conrado de Bemelberg, que para
  perfeccionarse en el castellano viajó por España ocho años
  después de muerto Fray Luis, escribe en una carta, fecha en
  agosto de 1599, dando cuenta a su padre de lo que le parecía
  nuestra tierra: «quien en España quiere negociar, más que
  ordinaria paciencia ha de tener, pues a mediodía tienen costumbre
  de levantarse, y después de levantados ir a la misa, acabada la
  cual se meten a comer, y después de la comida, o a jugar o a
  dormir o pasearse a caballo por las calles».

  [367] En _sus pecados de ellos_ no es _de ellos_ un inútil
  pleonasmo, sino que está exigido por la vaguedad del _su_, que
  no determina si el poseedor es masculino o femenino, ni singular
  o plural. Hoy esta doble indicación del posesivo no se conserva
  sino cuando el poseedor es _usted_: «su padre de usted», «su casa
  de usted».

  [368] Nótese la frase, no registrada en los Diccionarios: _hacer
  honra y estado de una cosa_, ‘fundar en ella su condición y su
  dignidad’.

  [369] _Vuestra merced_ se dirige a Doña María Varela Osorio, a la
  cual dedicó su obra Fray Luis de León.

  [370] _Errar la letra_ es frase figurada; tómase en sentido
  propio «equivocarse en la escritura o lectura», cuando se trata
  de algún documento escrito, sobre cuya interpretación se discute.
  El uso de esta expresión, u otras análogas, era muy corriente.
  En la _Celestina_ (auto IX) se dice, hablando de las veces que
  se debe beber: «Madre, pues _tres_ veces dicen que es lo bueno
  y honesto todos los que escribieron.--Hijos, estará corrupta la
  letra: por _trece, tres_.» (Véase _Rev. de Filología Española_,
  IV, 50).

  [371] Homero calificó a la Aurora de _dedos de rosa_ y según él
  todos los poetas clásicos; Ovidio llámala _rosea dea_ (_Ars. am._
  III. 84). Claro es que en el Renacimiento esta denominación era
  un lugar común. Cervantes la llamó _rosada aurora_ (_Quijote_ I.
  2).

  [372] _Hacer plaza_ no está registrado en los diccionarios con el
  sentido que aquí tiene de ‘hacer ostentación’. Sólo se le apunta
  el significado de ‘sacar a la plaza o publicar una cosa’.

  [373] _Figura_ dice la edición de Salamanca 1586, pero debe ser
  errata.



EL P. JUAN DE MARIANA

(1536-1623)


Su _Historia de España_ latina salió a luz por primera vez en Toledo
en 1592; en la misma ciudad se publicó la primera edición romanceada
en 1601.

La historiografía contaba ya en España con diestros investigadores,
que habían rectificado multitud de errores de la historia
tradicional, mediante el estudio crítico de crónicas, diplomas,
inscripciones, etc.; tales eran Garibay, Ambrosio de Morales, Zurita.
Mariana no se sentía inclinado a estas tareas, pues las suyas
habituales eran las del teólogo y moralista; sólo como ocupación
accesoria se dedicó a componer la Historia de España. Así que no
se propuso continuar los estudios especiales en averiguación de
la verdad, sino que, contentándose con lo hecho por otros, como
en sus obras echaba de menos el arte de la narración, no aspiraba
sino a vulgarizar lo estudiado por otros: _mi intento no fué hacer
historia, sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido_.
Su principal preocupación fué, pues, la narración agradable; escoge
en las diversas fuentes que maneja la versión de los hechos que
buenamente le parece más verdadera, y luego la expone sin reparo
crítico alguno; sucediendo más de una vez que la hermosura de un
relato fabuloso le atrae y le obliga a acogerlo sin expresar la menor
duda, pues lo que él pretendía era hacer, más que una historia
averiguada, una historia literaria y nacional, de la cual nada bello
y nada heroico debía ser excluído. Ciertamente que consiguió tal
propósito; su obra es hasta ahora el más digno monumento en honor de
la historia y tradiciones españolas, como lo es Tito Livio de las
romanas.

En el estilo de esta obra se ven claramente influencias, tanto de
la índole personal del autor, como de sus lecturas habituales. La
entereza de carácter y la austeridad de pensamiento de Mariana se
reflejan en su narración histórica, a veces seca, pero que sabe
revestirse siempre de un aire de autoridad y decoro que, como dice
Capmany, «apenas distingue uno después si son las cosas o las
palabras las que aparecen grandes y majestuosas». Ni aun en las
arengas es declamador o retórico.

Las habituales tareas de teólogo, político y moralista a que se
consagró Mariana, hacen que su narración, no sólo esté llena de
máximas y aforismos, según la costumbre general de los historiadores
de la época, sino que se desvíe, más o menos visiblemente, para
obligarla a correr por el cauce de las ideas filosóficas y sociales
del autor.

Su cultura clásica le hace imitar a Tito Livio en la manera amplia
y tranquila de relatar, y a Tácito en las sentencias y reflexiones
con que moraliza constantemente el relato. Además, como Mariana
había escrito primero su obra en latín, de aquí que al romancearla
conservara algún dejo de construcción latina como el que apuntamos en
la nota de la página 193.

En fin: la obligada lectura de crónicas castellanas de los siglos
XIV y XV le encariñó con el lenguaje viejo, y de ellas se le pegaron
multitud de arcaísmos, como: _aína_ ‘presto, luego’; _al_ ‘otro’,
_asaz_ ‘bastante, harto’; _ca_ ‘porque’, muy usado por Mariana, y
algo también por Fray Luis de Granada; _dende_ ‘desde allí’, _hobo_
‘hubo’, _maguer_ ‘aunque’, _suso_ ‘arriba’. Sin duda esto tenía por
objeto revestir así el lenguaje de un aspecto más venerable. Razón
tenía Saavedra Fajardo al decir en su _República literaria_ que así
como otros se tiñen las barbas por parecer mozos, Mariana se las
teñía por hacerse viejo. Lo cierto es que con ser la _Historia de
España_ treinta años posterior a la _Guerra de Granada_ de Mendoza,
representa un lenguaje mucho más antiguo. Este no es defecto especial
de Mariana, quien sabe mantener en un límite prudente el arcaísmo;
las Crónicas ejercían tal atractivo sobre los que las leían, que
los poetas que sacaban de ellas romances o comedias, solían imitar
su lenguaje arcaico con mucha más exageración que a Mariana, pues
llegaban a escribir sus versos contrahaciendo la _fabla antigua_.

Además del arcaísmo prudentemente manejado, se observa en Mariana
alguna otra afectación; sobre todo un particular estudio para
huir del uso del gerundio, forma verbal de que tanto abusan las
malas narraciones; en su lugar, Mariana emplea con preferencia
el participio oracional. Fuera de esto, el estilo de Mariana se
distingue por una gran llaneza y naturalidad, y por una construcción
ligera que prefiere la nueva yuxtaposición de las cláusulas a
englobarlas con relación de dependencia[374].


  HISTORIA DE ESPAÑA
  LIBRO XVII, CAPÍTULO XIII

  Muerte del Rey Don Pedro el Cruel, 22 ó 23 marzo, 1369. En el
  capítulo anterior contó Mariana cómo Don Enrique, vuelto de
  Francia, allegó en rededor suyo muchos partidarios; le recibieron
  por Rey Burgos y otras ciudades, y cercó a Toledo que aún se
  mantenía por Don Pedro.

El Rey Don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar, y
sospechoso de los demás, lo que sólo le restaba, se resolvió de
aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y
riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y
conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas.
Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo;
estaba aquejado y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación.
Esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo
y dalle[375] la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla;
decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor
era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes
que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían
su voz[376]. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras
debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la
divina justicia, que estaba ya determinada de muy presto castigallas.
Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fué que Vitoria,
Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las
armas del Rey de Navarra[377], y por falta de socorro por estar
Don Pedro tan lejos, se entregaron al Navarro. Ayudó a esto Don
Tello[378], el cual, si estaba mal con Don Pedro, no era amigo de su
hermano Don Enrique, y así se estaba a la mira[379] en Vizcaya, sin
querer ayudar a ninguno de los dos.

Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que
aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones,
algunos de los que favorecían a Don Enrique intentaron de
apoderalle[380] de una torre del muro de la ciudad que miraba al
real, que se dice la torre de los Abades. Como no le sucediese[381]
esta traza, procuraron dalle entrada en la ciudad por el puente de
San Martín[382], sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a
las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos.

Sabidas estas revueltas por el Rey Don Pedro, dióse muy mayor priesa
a irla a socorrer, por no hallalla perdida cuando llegase. Para ir
con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos Don
Sancho y Don Diego llevallos a Carmona, que es una fuerte y rica
villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó
arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de
Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la
mitad de ellos, ¡mal pecado![383], eran moros, y de quien no se
tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío
y gallardía que fuera necesario. Dícese que al tiempo de su partida
consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien
tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una
profecía de Merlín[384], hombre inglés que vivió antes deste tiempo,
como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las
partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra,
comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá
recoger en sí, y todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y
después gormarlo ha[385], y tornará atrás. Y no perecerá luego por
esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas
al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y
encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces: una al mundo, y
otra a Dios, y desta manera acabará.» Esta fué la profecía, fuese
verdadera o ficción, de un hombre vanísimo que le quisiese burlar;
como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.

El Rey Don Pedro, con la hueste que hemos dicho, bajó del Andalucía
a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los Oretanos antiguos,
cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en
un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por Don
Enrique la venida de Don Pedro, dejó a Don Gómez Manrique, Arzobispo
de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él,
con dos mil y cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar
el paso de la infantería, partió con gran priesa en busca de Don
Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de
Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin[386] con seiscientos caballos
extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen
tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en
pelear. Llegaron al tanto[387] allí Don Gonzalo Mejía, maestre de
Santiago, y Don Pedro Muñiz[388], maestre de Calatrava, y otros
señores principales que venían con deseo de emplear sus personas
en la defensa y libertad de su patria. Partió Don Enrique con esta
caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los
enemigos, antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de
Toledo.

Ellos, cuando vieron que estaba tan cerca Don Enrique, tuvieron gran
miedo, y pensaron no hobiese alguna traición y trato para dejarlos
en sus manos; a esta causa[389] no se fiaban los unos de los otros.
Recelábanse también de los mismos vecinos de la villa. Los capitanes,
con mucha priesa y turbación, hicieron recoger los más de los
soldados que estaban alojados en las aldeas cerca de Montiel; muchos
dellos desampararon las banderas de miedo o por el poco amor y menos
gana con que servían.

Al salir del sol formaron sus escuadrones de ambas partes y animaron
sus soldados a la batalla. Don Enrique habló a los suyos en esta
sustancia[390]: «Este día, valerosos compañeros, nos ha de dar
riquezas, honra y reino, o nos lo ha de quitar. No nos puede suceder
mal, porque de cualquiera manera que nos avenga, seremos bien
librados; con la muerte, saldremos de tan inmensos e intolerables
afanes como padecemos; con la victoria, daremos principio a la
libertad y descanso, que tanto tiempo ha deseamos. No podemos
entretenernos ya más; si no matamos a nuestro enemigo, él nos ha de
hacer perecer de[391] tal género de muerte, que la ternemos[392]
por dichosa y dulce si fuere ordinaria, y no con crueles y bárbaros
tormentos. La naturaleza nos hizo gracia de la vida con un necesario
tributo, que es la muerte; ésta no se puede excusar; empero los
tormentos, las deshonras, afrentas e injurias, evitarálas vuestro
esfuerzo y valor. Hoy alcanceréis una gloriosa victoria, o quedaréis
como honrados y valerosos tendidos en el campo. No vean tal mis
ojos; no permita vuestra bondad, Señor, que perezcan tan virtuosos
y leales caballeros. Mas ¿qué muerte tan desastrada y miserable
nos puede venir que sea peor que la vida acosada que traemos? No
tenemos guerra con enemigo que nos concederá partidos razonables,
ni aun una tolerable servidumbre, cuando queramos ponernos en sus
manos; ya sabéis su increíble crueldad, y tenéis bien a vuestra costa
experimentado cuán poca seguridad hay en su fe y palabra. No tiene
mejor fiesta, ni más alegre[393], que la que solemniza con sangre y
muertes, con ver destrozados los hombres delante de sus ojos. ¿Por
ventura habémoslo[394] con algún malvado y perverso tirano, y no
con una inhumana y feroz bestia, que parece ha sido agarrochada en
la leonera para que de allí con mayor braveza salga a hacer nuevas
muertes y destrozos? Confío en Dios, y en su apóstol Santiago, que
ha caído en la red que nos tenía tendida y que está encerrado, donde
pagará la cruel carnicería que en nos[395] tiene hecha; mirad, mis
soldados, no se os vaya; detenedla, no la dejéis huir, no quede
lanza ni espada que no pruebe en ella sus aceros. Socorred, por
Dios, a nuestra miserable patria, que la tiene desierta y asolada;
vengad la sangre que ha derramado de vuestros padres, hijos, amigos
y parientes. Confiad en nuestro Señor, cuyos sagrados ministros
sacrílegamente ha muerto, que os favorecerá para que castiguéis tan
enormes maldades, y le hagáis un agradable sacrificio de la cabeza de
un tal monstruo horrible y fiero tirano»[396].

Acabada la plática, luego con gran brío y alegría arremetieron a
los enemigos; hirieron en ellos con tan gran denuedo, que sin poder
sufrir este primer ímpetu en un momento fueron desbaratados. Los
primeros huyeron los moros[397], los castellanos resistieron algún
tanto; mas como se viesen perdidos y desamparados, se recogieron,
con el Rey Don Pedro, en el castillo de Montiel. Murieron muchos
de los moros en la batalla, muchos más fueron los que perecieron
en el alcance[398]; de los cristianos no murió sino sólo un
caballero[399]. Ganóse esta victoria un miércoles, catorce días de
marzo del año de 1369.

Don Enrique, visto cómo Don Pedro se encerró en la villa, a la
hora la hizo cercar de una horma (pared de piedra seca) con gran
vigilancia porque no se les pudiese escapar. Comenzaron los cercados
a padecer falta de agua y de trigo, ca lo poco que tenían les dañó
de industria[400], a lo que parece, algún soldado de los de dentro,
deseoso de que se acabase presto el cerco. Don Pedro, entendido el
peligro en que estaba, pensó cómo podría huirse del castillo más a
su salvo[401]. Hallábase con él un caballero que le era muy leal,
natural de Trastamara, decíase Men Rodríguez[402] de Sanabria; por
medio deste hizo a Beltrán Claquin una gran promesa de villas y
castillos y de docientas mil doblas castellanas, a tal que, dejado
a Don Enrique, le favoreciese y le pusiese en salvo. Extrañó esto
Beltrán; decía que si tal consintiese, incurriría en perpetua infamia
de fementido y traidor; mas como todavía Men Rodríguez le instase,
pidióle tiempo para pensar en tan grande hecho. Comunicado el negocio
secretamente con los amigos de quien más se fiaba, le aconsejaron
que contase a Don Enrique todo lo que en este caso pasaba; tomó su
consejo. Don Enrique le agradeció mucho su fidelidad, y con grandes
promesas[403] le persuadió a que con trato doble hiciese venir a Don
Pedro a su posada, y le prometiese haría lo que deseaba. Concertaron
la noche; salió Don Pedro de Montiel armado sobre un caballo con
algunos caballeros que le acompañaban; entró en la estancia de
Beltrán Claquin con más miedo que esperanza de buen suceso. El recelo
y temor que tenía dicen se le aumentó un letrero que leyó poco antes,
escrito en la pared de la torre del homenaje del castillo de Montiel,
que contenía estas palabras: _Esta es la torre de la Estrella_. Ca
ciertos astrólogos le pronosticaron que moriría en una torre deste
nombre. Ya sabemos cuán grande vanidad sea la destos adevinos, y
cómo después de acontecidas las cosas se suelen fingir semejantes
consejas. Lo que se refiere que le pasó con un judío médico es cosa
más de notar. Fué así, que por la figura de su nacimiento le había
dicho que alcanzaría nuevos reinos y que sería muy dichoso. Después,
cuando estuvo en lo más áspero de sus trabajos, díjole: «cuán mal
acertastes en vuestros pronósticos», respondió el astrólogo: «aunque
más hielo caiga del cielo, de necesidad el que está en el baño ha de
sudar.» Dió por estas palabras a entender que la voluntad y acciones
de los hombres son más poderosas que las inclinaciones de las
estrellas[404].

Entrado pues Don Pedro en la tienda de Don Beltrán, díjole que ya
era tiempo que se fuesen. En esto entró Don Enrique armado; como vió
a Don Pedro, su hermano, estuvo un poco sin hablar como espantado;
la grandeza del hecho le tenía alterado y suspenso, o no le conocía
por los muchos años que no se vieran. No es menos sino que los que
se hallaron presentes estaban entre miedo y esperanza vacilando. Un
caballero francés dijo a Don Enrique, señalando con la mano a Don
Pedro: «mirad que ese es vuestro enemigo.» Don Pedro con aquella
natural ferocidad que tenía, respondió dos veces: «yo soy, yo soy.»
Entonces Don Enrique sacó su daga y dióle una herida con ella en
el rostro. Vinieron luego a los brazos, cayeron ambos en el suelo;
dicen que Don Enrique debajo, y que con ayuda de Beltrán, que les
dió vuelta y le puso encima, le pudo herir de muchas puñaladas, con
que le acabó de matar. Cosa que pone grima, un rey, hijo y nieto de
reyes, revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano
bastardo. ¡Extraña hazaña!

A la verdad, cuya[405] vida fué tan dañosa para España, su muerte le
fué saludable; y en ella se echa bien de ver que no hay ejércitos,
poder, reinos ni riquezas que basten a tener seguro a un hombre que
vive mal e insolentemente. Fué este un extraño ejemplo para que en
los siglos venideros tuviesen que considerar, se admirasen y temiesen
y supiesen también que las maldades de los príncipes las castiga
Dios, no solamente con el odio y mala voluntad con que mientras viven
son aborrecidos, ni sólo con la muerte, sino con la memoria de las
historias, en que son eternamente afrentados y aborrecidos por todos
aquellos que las leen, y sus almas sin descanso serán para siempre
atormentadas.


  LIBRO XIX, CAPÍTULO XV

  Es alzado por Rey de Castilla Don Juan II. Abnegación de su tío
  Don Fernando de Antequera.

Hecho el enterramiento y las exequias del Rey Don Enrique con la
magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y
tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer
las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran
conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A
muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veinte
y dos meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno.
Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que
por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público
el testamento del Rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que
la Reina, su mujer[406], y el Infante Don Fernando, su hermano, se
encargasen del gobierno del reino y de la tutela del Príncipe. A
Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la
guarda del niño; la enseñanza a Don Pablo, Obispo de Cartagena,
para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller
mayor, hasta tanto que el Príncipe fuese de edad de catorce años.
Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les
encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.

Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban
que el testamento se hizo un día antes de la muerte del Rey cuando
no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido;
que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las
tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. Desto
se hablaba en secreto, desto en público en las plazas y corrillos.
Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se
debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la
mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían
mala voz[407] en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual
asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba
mucho. Ofrecíaseles que el infante Don Fernando los podría sacar
de la congoja en que estaban y de la cuita[408], si se quisiese
encargar del reino; mas recelábase que no vendría en esto por ser
de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada
cual les daba el nombre[409] que le parecía, quién de miedo, quién
de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios
que más a ellas se semejan. La ausencia de la Reina y ser mujer
y extranjera daba ocasión a estas pláticas. Estaba a la sazón en
Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la
muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían
aquellas cosas[410] que se removían en Toledo.

Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron
dar un tiento al infante Don Fernando. Tomó la mano Don Ruy López
Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más
declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas
razones primero; después, en presencia de otros de su opinión, le
hizo para animalle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy
pensado desta sustancia: «Nos, señor, os convidamos con la corona
de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera[411] para el
reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta
salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento;
ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales
personajes acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja.
Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos, es cosa
fea; mas desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se
recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca
flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen,
enseñan bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar a
otro, conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo
vivían los hombres derramados por los campos a maneras de fieras; no
se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las
familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la
edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos
de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños
y aun entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos
con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza
al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar[412]
y defender de cualquier agravio y demasía. Este fué el origen que
tuvieron los pueblos, éste el principio de la majestad real[413], la
cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la
templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba
por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre
todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado
poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces
de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser
más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el
que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía
a la virtud y méritos de la vida, dallo al que ninguna muestra ha
dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en esto ni
valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es
averiguado que por la muerte del Rey Don Enrique el Primero sucedió
en esta corona, no Doña Blanca, su hermana mayor, que estaba casada
en Francia, sino Doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo
mostró la santidad y perpetua felicidad de Don Fernando, su hijo.
El hijo menor del Rey Don Afonso el Sabio la ganó a los hijos de su
hermano mayor el Infante Don Fernando, porque con sus buenas partes
daba muestras de Príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas?
Vuestro abuelo el Rey Don Enrique quitó el reino a su hermano y
privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo
hacer, será forzoso confesar que los Reyes pasados no tuvieron
justo título. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se
apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es deste
lugar apurallo; lo que se sabe es que hasta hoy le ha conservado y
mantenídose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo
acá dos hijas del Rey Don Juan de Aragón perdieron la corona de su
padre, que se dió a Don Martín, hermano del difunto, si bien estaba
ausente y ocupado en allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por
justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que
ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos.
Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza,
sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá
por mal que queramos por Rey un Príncipe de la alcuña[414] real de
Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno?
Mirad, pues, no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder
a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el
trabajo y la carga desamparar a la patria común, que de verdad,
tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de
vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente
lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno
destos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida, no será
necesario.»

Después destas razones los demás grandes que presentes estaban se
adelantaron, cada cual por su parte, para suplicalle aceptase. No
faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo
en favor de aquella demanda. A todo esto el Infante, con rostro
mesurado y ledo[415], replicó y dijo no era de tanta codicia ser Rey
que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de
ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba
la Reina viuda y sola[416], a cuya defensa toda buena razón le
obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en
el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella
voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona; pero que en
ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en dalles
por Rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto
y por el procomún de la patria él no se quería excusar de ponerse a
cualquier riesgo y fatiga y encargarse del gobierno, según que el
Rey, su hermano, lo dejó dispuesto; solo, en ninguna manera se podría
persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.

Concluído esto, poco después juntó los señores y prelados en la
capilla de Don Pedro Tenorio, que está en el claustro de la iglesia
mayor. El condestable Don Ruy López, por si acaso había mudado de
parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por Rey.
El, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién, sino al
hijo de mi hermano?» Con esto levantaron los estandartes, como es de
costumbre, por el Rey Don Juan el Segundo, y los reyes de armas le
pregonaron por Rey, primero en aquella junta, y consiguientemente por
las calles y plazas de la ciudad.

Gran crédito ganó de modestia y templanza el Infante Don Fernando
en menospreciar lo que otros por el fuego y por hierro pretenden.
Los mismos que le insistieron aceptase el reino, no acababan de
engrandecer su lealtad, camino por el cual[417] se enderezó a
alcanzar otros muy grandes reinos que el cielo por sus virtudes le
tenía reservados. Fué la gloria de aquel hecho tanto más de estimar,
que su hermano al fin de su vida andaba con él torcido y no se le
mostraba favorable.


  LIBRO XX, CAPÍTULOS II Y IV

  Muerto sin sucesión el Rey aragonés Don Martín, es elegido por
  sucesor Don Fernando de Antequera.

Los catalanes, aragoneses y valencianos, naciones y provincias que
se comprehenden debajo la Corona de Aragón, se juntaban cada cual de
por sí para acordar lo que se debía hacer en el punto de la sucesión
de aquel reino y cuál de los pretensores les vendría más a cuento.
Los pareceres no se conformaban, como es ordinario, y mucho menos las
voluntades. Cada cual de los pretendientes tenía sus valedores y sus
aliados, que pretendían sobre todo echar cargo y obligarse al nuevo
Rey[418] con intento de encaminar sus particulares, sin cuidar mucho
de lo que en común era más cumplidero.

Los catalanes por la mayor parte acudían al conde de Urgel, en
que[419] se señalaban sobre todos los Cardonas y los Moncadas, casas
de las más principales; y aun entre los aragoneses, los de Alagón
y los de Luna se les arrimaban; en que pasaron tan adelante, que
Antonio de Luna, por salir con su intento, dió la muerte a Don García
de Heredia, Arzobispo de Zaragoza, con una celada que le paró[420]
cerca de Almunia, no por otra causa, sino por ser el que más que
todos se mostraba contra el conde de Urgel y abatía su pretensión.
Pareció este caso muy atroz, como lo era. Declararon al que lo
cometió por sacrílego[421] y descomulgado, y aun fué ocasión que
el partido del conde de Urgel empeorase; muchos por aquel delito
tan enorme se recelaban de tomar por Rey aquel cuyo principio tales
muestras daba. Los nobles de Aragón asimismo acudieron a las armas,
unos para vengar la muerte del Arzobispo; otros para amparar el
culpado. Era necesario abreviar por esta causa y por nuevos temores
que cada día se representaban: asonadas de guerra por la parte de
Francia y de Castilla, compañías de soldados que se mostraban a la
raya para usar de fuerza si de grado no les daban el reino. Las tres
provincias entre sí se comunicaron sobre el caso por medio de sus
embajadores que en esta razón despacharon. Gastáronse muchos días en
demandas y respuestas; finalmente se convinieron de común acuerdo
en esta traza: que se nombrasen nueve jueces por todos, tres de
cada cual de las naciones; éstos se juntasen en Caspe, castillo de
Aragón, para oir las partes y lo que cada cual en su favor alegase;
hecho esto y cerrado el proceso, procediesen a sentencia; lo que
determinasen por lo menos los seis de ellos, con tal, empero, que
de cada cual de las naciones concurriese un voto, aquello fuese
valedero y firme. Tomado este acuerdo, los de Aragón nombraron por
su parte a Don Domingo, Obispo de Huesca, y a Francisco de Aranda
y a Berenguel de Bardax[422]. Los catalanes señalaron a Sagariga,
Arzobispo de Tarragona, y a Guillén de Valseca y a Bernardo Gualbe.
Por Valencia entraron en este número Fray Vicente Ferrer, de la orden
de Santo Domingo, varón señalado en santidad y púlpito, y su hermano
Fray Bonifacio Ferrer, cartujano, y por tercero Pedro Beltrán[423].
Resolución maravillosa y nunca oída, que pretendiesen por juicio de
pocos hombres, y no de los más poderosos, dar y quitar un reino tan
importante.

Los jueces, luego que aceptaron el nombramiento, se juntaron y
despacharon sus edictos, por los cuales citaron los pretensores
con apercibimiento, si no comparecían en juicio, de tenellos por
excluídos de aquella demanda. Vinieron algunos; otros enviaron sus
procuradores...

Luego que el negocio de la sucesión estuvo bien sazonado, y oídas
las partes y sus alegaciones, se concluyó y cerró el proceso[424];
los jueces confirieron entre sí lo que debían sentenciar. Tuvieron
los votos secretos y la gente toda suspensa con el deseo que tenían
de saber en qué pararía aquel debate. Para los autos necesarios,
delante la iglesia de aquel pueblo hicieron levantar un cadahalso
muy ancho para que cupiesen todos, y tan alto que de todas partes se
podía ver lo que hacían; celebró la misa el Obispo de Huesca, como se
acostumbra en actos semejantes. Hecho esto, salieron los jueces de
la iglesia, que se asentaron en lo más alto del tablado, y en otra
parte los embajadores de los príncipes y los procuradores de los que
pretendían. Hallóse presente el Pontífice Benedicto[425], que tuvo
en todo gran parte. A Fray Vicente Ferrer, por su santidad y grande
ejercicio que tenía en predicar, encargaron el cuidado de razonar
al pueblo y publicar la sentencia. Tomó por tema de su razonamiento
aquellas palabras de la escritura: «_Gocémonos y regocijémonos y
démosle gloria porque vinieron las bodas del cordero_[426]. Después
de la tempestad y de los torbellinos pasados abonanza el tiempo y
se sosiegan las olas bravas del mar, con que nuestra nave, bien
que desamparada de piloto, finalmente, caladas las velas, llega al
puerto deseado. Del templo, no de otra manera que de la presencia
del gran Dios, ni con menor devoción que poco antes delante los
altares se han hecho plegarias por la salud común, venimos a hacer
este razonamiento. Confiamos que con la misma piedad y devoción
vos también oiréis nuestras palabras. Pues se trata de la elección
del Rey; ¿de qué cosa se pudiera más a propósito hablar que de su
dignidad y de su majestad, si el tiempo diera lugar a materia tan
larga y que tiene tantos cabos? Los reyes sin duda están puestos en
la tierra por Dios para que tengan sus veces, y como vicarios suyos
le semejen en todo. Debe, pues, el Rey en todo género de virtud
allegarse lo más cerca que pudiere y imitar la bondad divinal. Todo
lo que en los demás se halla de hermoso y honesto es razón que él
sólo en sí lo guarde y lo cumpla. Que de tal suerte se aventaje a sus
vasallos, que no le miren como hombre mortal, sino como a venido del
cielo para bien de todo su reino. No ponga los ojos en sus gustos ni
en su bien particular, sino días y noches se ocupe en mirar por la
salud de la república y cuidar del procomún. Muy ancho campo se nos
abría para alargarnos en este razonamiento; pero, pues el Rey está
ausente, no será necesario particularizar esto más. Sólo servirá para
que los que estáis presentes tengáis por cierto que en la resolución
que se ha tomado se tuvo muy particular cuenta con esto: que en el
nuevo Rey concurran las partes de virtud, prudencia, valor y piedad
que se podían desear. Lo que viene más a propósito es exhortaros a
la obediencia que le debéis prestar y a conformaros con la voluntad
de los jueces, que os puedo asegurar es la de Dios, sin la cual todo
el trabajo que se ha tomado sería en vano, y de poco momento la
autoridad del que rige y manda, si los vasallos no se le humillasen.
Pospuestas, pues, las aficiones particulares, poned las mientes en
Dios y en el bien común; persuadíos que aquel será mejor príncipe
que con tanta conformidad de pareceres y votos, cierta señal de la
voluntad divina, os fuere dado. Regocijáos y alegráos; festejad este
día con toda muestra de contento. Entended que debéis al santísimo
Pontífice, que presente está para honrar y autorizar este auto, y
a los jueces muy prudentes, por cuya diligencia y buena maña se ha
llevado al cabo sin tropiezo un negocio, el más grave que se puede
pensar, cuanto cada cual de vos a sus mismos padres que os dieron el
ser y os engendraron.»

Concluídas estas razones y otras en esta sustancia, todos estaban
alerta esperando con gran suspensión y atención el remate deste
auto y el nombramiento del Rey. Él mismo en alta voz pronunció la
sentencia dada por los jueces, que llevaba por escrito. Cuando llegó
al nombre de Don Fernando, así él mismo, como todos los demás que
presentes se hallaron, apenas por la alegría se podían reprimir,
ni por el ruido oir unos a otros. El aplauso y vocería fué cual se
puede pensar. Aclamaban para el nuevo Rey, vida, victoria y toda
buenandanza. Mirábanse unos a otros, maravillados como si fuera
una representación de sueño. Los más no acababan de dar crédito
a sus orejas; preguntaban a los que cerca les caían quién fuese
el nombrado. Apenas se entendían unos a otros; que el gozo cuando
es grande impide los sentidos que no puedan atender ni hacer sus
oficios. Los músicos, que prestos estaban, a la hora cantaron con
toda solemnidad, como se acostumbra, en acción de gracias, el himno
_Te Deum laudamus_.

Hízose este acto tan señalado prostero del mes de junio, el cual
concluído, despacharon embajadores para avisar al Infante Don
Fernando y acucialle[427] la venida. Hallábase él, a la sazón, en
Cuenca, cuidadoso del remate en que pararían estos negocios.


NOTAS

  [374] Véase G. CIROT, _Mariana historien_, 1915, p. 366.

  [375] _Dalle_ por _dar-le_. En los siglos XVI y XVII la _r_ final
  del infinitivo se solía convertir en _l_ ante la _l_ inicial
  del pronombre enclítico, y así se decía _decillo_, _servilla_,
  _escribilles_, _mostrallas_, etc.

  [376] _Tener voz de uno_ equivalía a ‘seguir su causa’, ‘mantener
  su derecho’, pues _voz_ significó el derecho o el título que
  alguno tiene sobre alguna cosa.

  [377] Este rey era Carlos II.

  [378] Hijo menor de Don Alfonso XI y Doña Leonor de Guzmán. Casó
  en 1353 con Doña Juana de Lara, asesinada por orden de Don Pedro.
  Luego, Don Enrique le instituyó heredero del condado de Vizcaya y
  del señorío de Lara, como viudo de Doña Juana.

  [379] En vez de _se estaba a la mira_, ponen algunas ediciones
  modernas _se entretenía_, y diez veces más eliminan el verbo
  _estar_ en los fragmentos de Mariana que aquí se publican. La
  repetición de vocablos no era entonces defecto tan molesto como
  hoy lo es; en el párrafo siguiente nótese la repetición del verbo
  _suceder_ con dos acepciones diferentes.

  [380] Hoy úsase como activo _apoderar_ sólo en el sentido de
  «dar poder a una persona para que represente en juicio a otra»;
  antiguamente significaba «poner en posesión de algo, hacer dueño»
  y Mariana lo emplea mucho, por más que en su tiempo ya era poco
  frecuente. El real o campo de Don Enrique estaba en la Vega; la
  _Torre de los Abades_ (en el Paseo de la Vega Alta, cerca de la
  Puerta del Cambrón) fué efectivamente ocupada por soldados de Don
  Enrique, pero los partidarios de Don Pedro le pegaron fuego para
  rescatarla. El relato circunstanciado de estos hechos se halla en
  la Crónica del Canciller Don Pero López de Ayala, contemporáneo
  de Don Pedro; Mariana le sigue paso a paso, abreviándole.

  [381] Nótese el significado (no registrado en el Diccionario
  de la Academia) del verbo _suceder_, ‘tener feliz éxito’;
  respondiendo al significado de _suceso_ ‘éxito’. Este significado
  tiene en latín _succedere_ y _successus_ (res succedit, successus
  rerum). En otras ediciones se pone _les sucediese_, que parece
  mejor lección.

  [382] Los de Don Pedro quitaron las llaves del arco del puente
  y éste duró caído hasta que lo reedificó el Arzobispo Don Pedro
  Tenorio en tiempo de Felipe II. El _Puente de San Martín_ al
  Oeste y el de _Alcántara_ al Este, son las dos entradas que
  Toledo tiene por la parte del río.

  [383] _¡Mal pecado!_ es una exclamación anticuada de indignación
  o enojo. Los moros, que seguían a Don Pedro, eran de Granada,
  cuyo Rey Mohamad fué aliado de Don Pedro.

  [384] Sobre las profecías de Merlín, v. adelante la nota al
  _Quijote_ p. II, cap. 23. Claro es que ésta es una de tantas
  profecías forjadas en tono solemne después que han sucedido los
  sucesos que vaticinan; Ayala ya la pone en su Crónica, y parece
  que no la inventó tampoco él, pues otras Crónicas contienen otra
  profecía análoga.

  [385] _Gormar_ es anticuado (Mariana lo copia de Ayala) por
  ‘vomitar’, o figurado ‘volver uno por fuerza lo que retenía sin
  justo título’. _Gormarlo ha_ está por _gormarálo_ (v. atrás pág.
  93, nota 192); adelante se halla _caérsele han_ = _caeránsele_;
  estas formas, corrientes en tiempo de Ayala, eran ya desusadas en
  el de Mariana. _Péñolas_ por _plumas_ es otro arcaísmo.

  [386] Es el famoso caballero francés Beltrán Du Guesclin.

  [387] _Al tanto_ parece equivaler a ‘otrosí’, ‘también’.

  [388] Era el maestre a nombre de Don Enrique. Había otro a nombre
  de Don Pedro, llamado Don Martín López de Córdova, ejecutado al
  ser tomada Carmona, en 1371, por las tropas de Don Enrique.

  [389] La preposición _a_ denota muchas veces la causa u ocasión:
  «a las voces de Constanza salió a los corredores la Argüello».
  (Cervantes); hoy decimos _a causa de esto_ en vez de _a esta
  causa_.

  [390] Este discurso falta en Ayala y es de la propia invención de
  Mariana. Tales arengas eran adorno indispensable de la historia
  al estilo clásico.

  [391] La preposición _de_ indicando el medio (morir de muerte
  violenta, herir de una cuchillada, etc.)

  [392] _Tener_ como _venir_, _poner_ y otros verbos análogos,
  hacían su futuro _terné_, _verné_, _porné_.

  [393] Este orden de los dos adjetivos, uno antepuesto y otro
  pospuesto (supone la elipsis _mejor fiesta ni más alegre fiesta_)
  era antes corriente, en vez del giro que hoy se usa en la lengua
  escrita: _mejor ni más alegre fiesta_.

  [394] En _habémoslo_, el pronombre _lo_ nos ofrece el uso natural
  del neutro, pues hace el oficio de representar una proposición
  entera, ya que equivale a «habemos lo que litigamos», «esto
  que defendemos», «este negocio o causa que sostenemos». Pero
  el femenino _la_ se generalizó mucho en lugar del neutro, por
  sobreentenderse _cosa_ y en vez de _el más diestro lo yerra_, se
  dijo _la yerra_, _¡la hicimos buena!_, _hacérsela_, _pegársela a
  uno_ (v. DIEZ, _Gram._ III, 47); aun el plural femenino es muy
  usado: _pagárselas a uno_; y en el ejemplo de Mariana diríamos
  hoy: «nos las habemos con una bestia feroz».

  [395] El pronombre _nos_ en tiempo de Mariana ya no se usaba
  ordinariamente sino por _yo_ en documentos redactados por
  personas de alta dignidad; pero tal como aquí Mariana lo usa, es
  decir, como plural efectivo en vez del moderno _nosotros_, era un
  arcaísmo casi sólo conservado en poesía.

  [396] Esta calificación que Enrique da a su hermano, según
  Mariana, es histórica. En los diplomas de la cancillería
  enriqueña nunca se nombra a Don Pedro con más suaves epítetos:
  «el traidor tirano que se llamaba Rey», o «aquel mal tirano», o
  «el traidor hereje tirano».

  [397] Hoy decimos: «los moros huyeron los primeros». En ambos
  casos _primero_ tiene funciones de adjetivo, pero significado de
  adverbio («los moros huyeron primeramente»), cosa que sucede muy
  a menudo, lo mismo que en latín, con _solus_, _primus_, _ultimus_
  (DIEZ, _Gram._ III, 7), v. gr. «solos Don Antonio y Don Juan
  no quisieron»; aquí y en el ejemplo de Mariana es evidente la
  función adjetiva de _solos_, _primeros_, por estar en plural;
  en el otro ejemplo que ofrece Mariana unas líneas más abajo:
  «murió sólo un caballero» se puede dudar si _solo_ es adjetivo
  de caballero, o un adjetivo adverbializado que no hace funciones
  de adjetivo, sino de adverbio, por lo cual no dejaría de ser
  masculino aunque se mudara el género del substantivo: «murió sólo
  una mujer».

  [398] El _alcance_ es la persecución del enemigo que huye.

  [399] Véase la nota 397, pág. 189. Mariana dió aquí una
  interpretación exagerada al texto de la Crónica de Ayala, para
  hacer más prodigiosa la narración. Ayala no dice que muriera sólo
  un cristiano, sino sólo uno de los principales: «en esta batalla
  non morieron de los del Rey Don Pedro omes de cuenta, salvo un
  caballero de Córdoba que decían Juan Ximénez; e la razón porque
  pocos morieron fué porque los unos posaban en las aldeas, e non
  eran llegados a la batalla, e los otros que y eran recogiéronse
  con el Rey al castillo de Montiel.»

  [400] «Hacer una cosa _de industria_, hacerla a sabiendas y
  adrede, para que de allí suceda cosa que para otro sea acaso y
  para él de propósito.» (Covarrubias.)

  [401] _A su salvo_ equivale a _en salvo_, _a mansalva_, sin
  peligro.

  [402] Sobre este _Men Rodríguez_, fantaseó una novela famosa Don
  Manuel Fernández y González.

  [403] La ayuda prestada por Du Guesclin al fratricida fué, en
  efecto, liberalmente pagada por una de esas famosas _mercedes
  enriqueñas_, por la que el Caballero francés recibió las villas
  de Soria, Almazán, Atienza y otras, las mismas que Don Pedro le
  había ofrecido por mediación de Men Rodríguez.

  [404] Aun en tiempo de Mariana existía, si bien muy mitigada, la
  antigua superstición de que los astros influían en los hechos
  de los hombres; hacíase por los doctos la salvedad de que su
  influencia no llegaba a anular el libre albedrío.

  [405] El antecedente de _cuya_ está callado, como en la frase
  de Coloma; «temiendo que entregaría la ciudad a cuya era» (V.
  BELLO, _Gram._, § 1053); pero lo más singular de la construcción
  de Mariana es, que ese mismo antecedente tácito es el poseedor a
  que se refiere el posesivo _su_; es decir, que el antecedente de
  _cuyo_ va envuelto en el posesivo de la proposición principal (v.
  CUERVO, _Dicc._ II. 713 _b_) y hay que construir: «fué saludable
  su muerte de aquel cuya vida fué tan dañosa (aquel cuya vida fué
  dañosa, su muerte fué saludable)». En el texto latino escribió
  Mariana: «sed cuius funesta Hispaniæ vita fuerat, mors extitit
  salutaris».

  [406] La reina viuda de Enrique III era Doña Catalina de
  Lancáster. El infante Don Fernando es el llamado «de Antequera»,
  hijo de Juan I y de su primera mujer Doña Leonor, hija de Pedro
  IV de Aragón. El Obispo de Cartagena es el judío converso Don
  Pablo de Santa María, autor de sabias obras de controversia.

  [407] _Poner mala voz_, poner tacha, hablar mal, desacreditar.

  [408] Acerca del orden de estos dos complementos _de la congoja y
  de la cuita_, compárese lo dicho en la nota 393 de la pág. 188.

  [409] «Virtudes =que= cada cual =les= daba el nombre» está
  por: «virtudes =a que= cada cual daba el nombre»: en lugar
  del relativo con preposición _a que_ se puso simplemente la
  conjunción _que_ y luego se indicó la relación de caso, que la
  conjunción no podía expresar, por medio del pronombre _les_.
  Analícese este otro ejemplo de la Diana de Montemayor: «un valle
  =que= toda cosa =en él= me daba gloria». (V. DIEZ, _Gram._ III.
  350).

  [410] La frase «tenía recelo en qué pararían aquellas cosas» está
  por: «tenía recelo de (aquello) en que pararían»; la agrupación
  desagradable de preposiciones _de en que_ hizo que se suprimiera
  _de_.

  [411] _Cumplidero_ ‘que cumple o conviene’, ‘conveniente.’

  [412] «Al que entendían los podría amparar»; a pesar de
  omitirse la conjunción _que_, las dos proposiciones resultan
  gramaticalmente unidas por el hecho de estar en subjuntivo el
  verbo de la subordinada. Es giro bastante común (creo no venga,
  ordenóle le entretuviese) y que se usa en latín (concedo sit
  dives, oro dicas). (Véase DIEZ, _Gram._ III, 313). Mariana usa de
  él a menudo; más abajo dice «para suplicalle aceptase.»

  [413] Mariana aprovecha a menudo estos discursos de su propia
  invención para deslizar en boca de otros sus propias ideas
  políticas, y aquí sienta el pacto social como origen del poder
  real, en contra de la opinión del derecho divino de los reyes.

  [414] Covarrubias, contemporáneo de Mariana, da como anticuada
  _alcuña_; «vale linage, casta, descendencia; latine, genus,
  stemma. Es muy usado término en la lengua castellana antigua, así
  en las crónicas como en las leyes y contratos».

  [415] Era anticuado ya en tiempo de Mariana; el mismo Covarrubias
  dice: «_ledo_, vocablo castellano antiguo; vale alegre, contento;
  de la palabra latina _lætus_.»

  [416] «Despojaba un niño» y «menospreciaba la reina» son casos
  raros de acusativo sin preposición, tratándose de nombres de
  persona cierta y determinada. (Véase CUERVO, _Dicc._ I, 12 _b_).
  Lope dijo: «no disgustemos mi abuelo», y Fray Luis de León:

        Yo con alegre canto
      mi Dios celebraré y su nombre santo.

  Adelante se verá cuánto usaba Quevedo este acusativo sin
  preposición.

  [417] Ediciones modernas corrigen: «camino por donde se
  enderezó»; y en la pág. 205, línea 8, «sus edictos por los cuales
  citaron», se corrige en «sus edictos con que citaron». Véase
  arriba p. 89, n. 172.

  [418] _Echar cargo_, compárese _ser uno en cargo_ que vale ‘ser
  deudor’, frase no apuntada en los Diccionarios.--Tampoco figura
  en ellos _obligarse_ con el sentido de ‘ganarse el agradecimiento
  de alguno’; el texto latino de Mariana dice: «novumque Regem
  officio obstrictum habere.»--En fin, tampoco está en los
  Diccionarios el adjetivo substantivado _particulares_ con el
  sentido que usa Mariana de ‘negocios privados o personales’.

  [419] Aquí _en que_, y más abajo, equivale a ‘en lo que’,
  representándose con el neutro _(lo) que_ toda la oración que
  antecede. La supresión del artículo neutro _lo_ parece más común
  si le precede preposición _en_: «llamáronla Isla de San Juan, por
  haber llegado a ella el día del Bautista y por tener su nombre
  el general; en que andaría la devoción mezclada con la lisonja.»
  (Solis). Con otras preposiciones disuena: «me preguntó si iba; a
  (lo) que no respondí», y es imposible sin preposición: «me mandó
  ir; lo que hice de buen grado».

  [420] _Parar_ equivale a _preparar_.

  [421] _Declarar_ en el sentido de ‘decidir públicamente sobre la
  categoría o condición de algo’ se construye hoy, ordinariamente,
  con un predicado sin _por_: «le declararon y coronaron Rey»; «lo
  eligieron Rey», al lado de «lo eligieron por Rey». (DIEZ, _Gr._
  III, página 11.) En el período clásico ese predicado llevaba
  ordinariamente preposición _por_; Quevedo dice: «y declararon por
  tres enemigos del cuerpo a los médicos». (V. CUERVO, _Dicc._ II,
  página 829.)

  [422] Berenguer de Bardají, gran Justicia de Aragón y uno de los
  principales promovedores del compromiso.

  [423] Jurista valenciano, no nombrado desde el comienzo, sino
  luego, en sustitución de Ginér Rabaxa, que enfermó.

  [424] 24 de Enero de 1412.

  [425] El aragonés Pedro de Luna o Benedicto XIII.

  [426] «Gaudeamus et exultemus et demus gloriam Deo, quia venerunt
  nuptiæ Agni.» Este versículo del Apocalipsis fué realmente el
  tema del discurso de San Vicente; pero el discurso en sí mismo es
  invención de Mariana.

  [427] _Acuciar_ por ‘apurar’ o ‘dar prisa para que se haga alguna
  cosa’, es un arcaísmo que Mariana resucitó con acierto, ya que no
  tiene buen equivalente en la lengua moderna.



FRAY JOSÉ DE SIGÜENZA

(1544-1606)


Publicó la _Historia de la Orden de San Jerónimo_ en los años 1600 y
1605.

Escribía con gran esmero, cosa poco acostumbrada entre sus
contemporáneos, así que su lenguaje es de lo más puro y correcto
que hay en castellano; notable por la elegancia, siempre sobria,
que mantiene la alteza de la narración aun cuando ésta se emplee en
las más pobres y humildes vidas en que por fuerza había de ocuparse
a menudo. Menéndez y Pelayo coloca a Sigüenza entre los primeros
estilistas españoles después de Juan de Valdés y Cervantes.

Tenía un concepto de la Historia enteramente artístico; tanto, que
llega a señalarle como leyes, en primer lugar, el _estilo_, y sólo
en segundo término, la veracidad: «Prometo ser en cuanto pudiere
religioso en las leyes de la historia; la primera, que es el estilo
y una manera de contar breve, lisa, sin afectación ni afeites,
procuraré imitalla en aquellos primeros príncipes de la lengua latina
que acertaron en esto felizmente, cultivando con mucho estudio su
lengua, lo que en la nuestra pensamos alcanzar sin trabajo. La verdad
y la fe, que es lo segundo, y el alma sin la cual ni ésta ni otra
merece nombre de historia, será de tanta entereza que ella misma
asegurará sin sospecha a los lectores.»


  HISTORIA DE LA ORDEN DE SAN JERÓNIMO
  PARTE II (1600), PÁGINA 251

  Cuenta la vida de Fray Juan de Carrión, llena de humildad simple
  y candorosa.

Era este siervo de Dios natural de Carrión, de padres honrados, y
llamóle Dios al estado de la religión siendo de más de veinte y cinco
años, hombre hecho, Sacerdote ya, y el tiempo que vivió en el siglo,
de buen ejemplo. Sintieron mucho en su pueblo que los dejase, porque
con su vida y ejemplo aprovechaba a todos. Vínose al monasterio de
Nuestra Señora de Guadalupe, pidió el hábito al padre Fray Fernando
Yáñez, echó luego de ver su buena alma, y diósele de buena gana.
Industrióle él mismo en las cosas de la religión, y a la buena
leche de esta doctrina le hizo crecer presto, y pasar del estado de
infante al de varón perfeto, y a la medida de la edad de la plenitud
de Cristo. Ansí olvidó todo lo de atrás, y tan de hecho renunció
el mundo, que vino aun a perder la memoria de lo que había sido;
cosa felicísima, y que si fuese en nuestra mano, o ya que no lo es,
procurásemos merecerla, nos haría como bienaventurados en la tierra.
Acontencióle muchas veces vestirse el pellón que tenía sobre la cama,
e irse ansí a Maitines, y sin advertir qué llevaba, ni que se reirían
dél, todo olvidado de sí mismo y puesto el pensamiento en Dios,
porque jamás se apartaba de su presencia, llevándole dentro de sí, o
imaginándose dentro dél. Por ésta y por otras muchas cosas que hacía,
sin advertencia de lo de afuera, le llamaban Fray Juan el Simple,
unos burlando de su inocencia, otros admirados de su perfeción:
juzgando cada uno conforme a la regla con que se nivelaba dentro. Y
era en la realidad lo uno y lo otro, porque en la malicia (o como
agora las llamamos: discreciones humanas) era semejante a aquel niño
que puso Cristo por modelo de su escuela, y de la traza que habían
de tener los que habían de entrar en su reino, y junto con esto, y
necesariamente junto, un juicio muy alto, y tanta claridad y aviso
para las cosas de la religión y virtud y del negocio de su estado,
que en sus pareceres y en sus votos, ninguno de los aventajados le
hacía ventaja; como quien tenía la ciencia que es propia de los
santos y estaba levantado en otra más excelente región. Andan estas
almas sencillas (digámoslo ansí) como zabullidas en Dios y en sí
mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación
de malicia. Y como aquel mar inmenso no le puede mudar ni alterar
cosa criada, los que dentro dél se recogen, gozan de una calma y
bonanza que no se puede explicar, sino con las mismas palabras que
quiso Dios lo dijesen sus Profetas santos, como lo cuenta David en
las Enigmas y Símbolo de aquel Psalmo tan celebrado: _Qui habitat
in adiutorio altissimi, in protectione Dei cœli commorabitur_. Que
aun estas primeras palabras no se podrán bien declarar en nuestra
lengua, y mucho menos entenderse, sino de los que supieren aquel
lenguaje. Alcanzó nuestro simple Fray Juan esto en poco tiempo, y el
modo (según algunos dicen) fué, porque en ninguna cosa se buscó a sí
mismo, ni miraba en su provecho particular, ni en sus gustos, no sólo
en las cosas corporales, sino aun en las de virtud, y que llamamos
de espíritu, procurando a los principios salir con victoria contra
todos sus apetitos, y levantarse sobre todo quanto tenía apariencia
de negocio proprio, haciéndose fuerza y violencia, en quanto sentía
que era propria voluntad, hasta venir a no tener cosa suya ni en
las potencias exteriores ni interiores, y quedarse en una candidez
e inocencia grande, dejándose llevar de sola la voluntad divina,
que era para él la de su Prelado. Esta simpleza santa, dicen los
ejercitados, que es aquel _biso_ o aquel lino blanquísimo (era un
lienzo de Egipto) más delicado que la más fina holanda, recio con
esto y de mucha dura, como le pinta la Escritura, de hilo doblado
y torcido, de que se hacían las telas y velos del Tabernáculo del
Señor, porque no basta ser blanco y de un hilo, sino que han de ser
dos. No sólo no buscarnos en las cosas materiales interese de carne
y sangre, mas aun en los mismos ejercicios de las virtudes se mezcla
el amor proprio, si no se le mira a las manos con gran recato. Tan
delicada es esta estambre que ha de hacer el aposento a Dios. Sin
duda dicen bien, y bien hacía nuestro Fray Juan en caminar con tanta
perseverancia con estos pasos, que son los contrarios por donde aquel
hombre primero perdió para todos aquella pureza, blancura e inocencia
con que salió de las manos de su Hacedor, y quedamos desemejados y
feos, deslustrada tanta hermosura. Desta virtud o fuente de virtudes,
manaban en este siervo de Dios otras muchas; era para todos afable,
dulce, amoroso, consuelo de quantos con él trataban para quanto le
querían en obras de humildad y caridad. Dondequiera que la obediencia
le llevaba, sin otro discurso ni razón más de que era mandado, iba
alegre. Vivió algunos años en esta pureza y en el reposo de una
virtud que tanto nos hace parecidos a Dios; no sabemos quantos ni
otras muchas circunstancias que hicieran harto el caso entenderlas.
Quando el Señor quiso llevarle deste mundo, de que él estaba tan
fuera, revelóle su voluntad, pues eran tan unos en ella. Estaba un
día en el coro con el convento, en el oficio divino, santo y bueno,
sin género de indisposición ni otro acidente; tocóle el espíritu del
Señor, hablóle dentro y revelóle su fin. En ese mismo punto comenzó
a andar en el coro de una parte a otra con fervor y con acto que
parecía estaba fuera de sí; iba de uno en otro religioso a las filas
donde estaban asentados; echábase a sus pies y besábaselos; pedíales
perdón del mal ejemplo que les había dado con sus negligencias y
faltas. Puesto allí de rodillas y derramando lágrimas, decía a cada
uno: «Perdóname, hermano, por el amor del Señor, y mira que me
mandas para el otro mundo, que estoy de partida para allá.» Puso
admiración en todos la novedad de Fray Juan; los más discretos
suspendían el juicio desto, que por de fuera parecía locura; otros
se reían teniéndola por simpleza, y aun otros pensaban que se había
tornado loco. Muchos que conocían su entereza y buen juicio, y le
tenían por siervo de nuestro Señor, decían que no carecía aquello de
algún misterio, y que sin duda le habían hecho revelación de su fin.
Acabados estos abrazos y despedidas con actos tan humildes, se puso
de rodillas en medio del coro, alzó los ojos al cielo, hirió tres
veces los pechos con el puño, como quando decía la culpa, y díjosela
al Señor desta manera: «Perdóname, Señor, la multitud de defectos que
he hecho en este santo lugar, rezando y cantando las horas, y la poca
reverencia y devoción con que he estado aquí delante de tu Majestad
divina y de los Ángeles santos que nos acompañan.» Dijo esto, y de
allí a un poco, estando con gran sosiego de cuerpo y espíritu, dió el
alma a su Criador.


  PARTE III (1605). PRÓLOGO

Prosiguiendo voy el discurso de mi historia, y diré mejor el
de mi obediencia, pues sólo ella es la que puede darme aliento
para carrera tan larga. Diré también, con verdad, lo que dijo el
Historiador Romano en el medio de su obra. Pudiera dejallo aquí,
si no fuera cebando el alma con el gusto del sujeto. Ansí también
lo confieso, pues ansí me acontece, y porque con lo que hasta aquí
se ha descubierto, bastaba para juzgar lo que resta, mas no basta
para la integridad y al amor que a la misma obra se debe, que se
ha de anteponer al propio gusto. Historia es, como se ha visto,
humilde y de humildes, contra la primera ley de historia que pide
siempre cosas grandes. No se veen pensamientos ni discursos largos
de Príncipes para conquistar nuevos reinos, o mudar de sus asientos
grandes Estados, descubrir nuevas provincias, trastornar repúblicas,
consejos profundos de paz y guerra, trocar la paz y deshacer las
suertes de todo esto temporal y visible; cosas que se huelgan
todos de leellas, y con tanto gusto (ojalá con tanto fruto) que se
olvidan de la comida y aun del sueño. A mí no me dieron a escoger,
que no es pequeña disculpa; abracé mi suerte, que a muchos parecía
desgraciada, estéril, pobre; y en lo que hasta aquí ha salido a
luz, se han desengañado buena parte dellos y mudado de parecer.
Certifican personas de buen juicio que se ha hecho evidencia, no
sólo ser sabrosa y de fruto la historia, que trata casos raros y
empresas grandes, y todo eso que llaman hazañoso, sino también la
que se humilla al yermo, al claustro, al silencio y al silicio, y a
quanto tiene nombre de mortificación, que suena siempre tan mal a
las orejas del mundo. Véese en esta historia trocado todo, y en vez
de aquellas preñadas pláticas de los Consejeros de Estado, de los
razonamientos de los Capitanes para disciplinar al ejército o animar
los soldados a la batalla, de aquellas promesas de la vitoria o
presagios de la suerte adversa, de las conjeturas de lo que pretende
el enemigo, la loa del soldado valiente, la diligencia, destreza
y ánimo del Capitán, los varios trances de la fortuna, la alegría
del buen suceso, la riqueza del despojo y de la presa, el número de
los muertos y cautivos, los premios de los que, como esforzados,
escalaron primero el muro o derribaron las banderas enemigas, y otros
cien particulares con que se enriquecen las historias profanas;
en vez, digo, de todo esto, entran las amonestaciones santas, los
consejos de una celestial prudencia, donde se descubre la sutileza
y el ingenio de nuestro mortal enemigo; la perseverancia en el
ejercicio santo, la fortaleza en el rigor de la penitencia, el
fruto de la oración continua, la sumisión del cuerpo, el desprecio
de sí mismo, el desengaño de las cosas visibles, la vitoria contra
nuestras pasiones, la lucha porfiada contra nuestros apetitos;
la esperanza del premio, y tal premio, los anuncios de la salud
del alma, los recatos, aun en el estado más seguro; el celo de la
cerimonia, aunque sea pequeña, porque no se toque al muro de lo
esencial; las prevenciones antes de llegar a las cosas sagradas;
apoyar lo que se desmorona del rigor primero y esforzar lo que parece
va enflaqueciendo en la virtud; muertes venturosas, suficientes para
encender en santa invidia los más tibios; castigos rigurosos a culpas
casi sin nombre, mejores para labrar coronas que para enmienda de los
delincuentes, y otro alarde de cosas semejantes, menudencias para los
ojos del siglo y de tanta estima en los de Dios, que no las remunera
menos de con un reino eterno.



MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

(1547-1616)


Publicóse por primera vez la primera parte del _Quijote_, en 1605; la
segunda parte, en 1615. Las _Novelas ejemplares_, en 1613.

Los variados encantos en que abunda su dicción, la vida lozana que
ostenta, su avasalladora hermosura, y, sobre todo, la inagotable
fuerza cómica, se apreciarán más que por la explicación y el
análisis, por la reiterada y atenta lectura.

Su sintaxis se prestará a múltiples observaciones de pormenor. En
general es, como la del _Lazarillo de Tormes_, la de la lengua
familiar que sigue con ligereza al pensamiento, sin preocuparse de
aquella trabazón inflexible que obliga al pensamiento a seguir los
lentos pasos de la lógica gramatical. Hoy, en los escritos, no se
toleran mil licencias de construcción que usamos al hablar y que usó
Cervantes también al escribir; no hemos de corregirlos en sus obras
como lo haríamos en los cuadernos de un alumno, sino estudiarlos
como una manera de otros tiempos, que al fin y al cabo fueron los
más gloriosos de nuestras letras. Por otra parte, estos casos en que
Cervantes pasaría hoy por incorrecto, son muchos menos de los que
algunos creen, y en los trozos que siguen habrá ocasiones sobradas
de rechazar a Clemencín, Hartzenbusch y demás críticos rigoristas,
que se empeñan en mirar al autor del _Quijote_ como escritor
descuidado. Su prosa (usando las palabras de un censor del _Quijote_)
será siempre maestra soberana «en la lisura del lenguaje castellano,
no adulterado con enfadosa y estudiada afectación».

Aparte de tal estilo, que es el más admirable suyo, empleó Cervantes
otro, libre de esos pretendidos defectos, como más trabajado y
artificioso, a la manera que usaban generalmente los que estudiaban
los autores latinos e italianos. Este se ve en su primera obra, _La
Galatea_, en la última que escribió, el _Persiles y Sigismunda_, y en
los episodios de tono sentimental e idealista que se intercalan en el
_Quijote_.

En fin, una tercera manera se puede señalar en el estilo de este
autor, si bien es pasajera y contrahecha, que aparece en las parodias
de los libros de caballerías (por ejemplo, en la descripción del
lago encantado que aquí se copia); en ella el lenguaje se llena de
afectación y arcaísmo intencionado.


  QUIJOTE
  PARTE I, CAPÍTULO I

  Condición y ejercicio del famoso hidalgo.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme[428],
no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en
astillero[429], adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una
olla de algo más vaca que carnero[430], salpicón[431] las más noches,
duelos y quebrantos los sábados[432], lentejas los viernes, algún
palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes[433] de
su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte[434], calzas
de velludo[435] para las fiestas con sus pantuflos[436] de lo mismo,
y los días de entre semana se honraba con su vellorí[437] de lo
más fino... Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta
años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro,
gran madrugador y amigo de la caza... Es, pues, de saber que este
sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más
del año), se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y
gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun
la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y
desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura
para comprar libros de caballerías en[438] que leer, y así llevó a su
casa todos cuantos pudo haber dellos, y de todos ningunos le parecían
tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva[439],
porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas[440] razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos
requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba
escrito: _La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal
manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra
fermosura_; y también cuando leía: _Los altos cielos que de vuestra
divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen
merecedora del merecimiento, que merece la vuestra grandeza_. Con
estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las
entendiera el mismo Aristóteles si resucitara para sólo ello.


  PARTE I, CAPÍTULOS XLIX Y L

  Don Quijote es metido en una jaula por el cura y el barbero,
  que le hacen creerse encantado para grandes empresas, y así le
  llevan a su casa. En el camino se les une un canónigo de Toledo,
  quien, compadecido del prisionero, y hallándole cuerdo en sus
  razones, logra hacerle desenjaular y le exhorta a que abandone
  sus disparatadas caballerías. Sobre esto se enreda una discusión,
  que lejos de convencer a Don Quijote, acaba por suscitar en su
  imaginación el sueño de la más ideal aventura caballeresca. Al
  principio, el canónigo, fiando mucho en sus buenos consejos,
  dirige a Don Quijote esta vehemente exhortación:

«Y si todavía llevado de su natural inclinación quisiere leer
libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el
de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan
verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César,
Roma; un Anibal[441], Cartago; un Alejandro, Grecia; un Conde Fernán
González, Castilla; un Cid, Valencia[442]; un Gonzalo Fernández[443],
Andalucía; un Diego García de Paredes[444], Estremadura; un Garci
Pérez de Vargas[445], Jerez; un Garcilaso[446], Toledo; un don
Manuel de León[447], Sevilla; cuya[448] leción de sus valerosos
hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más
altos ingenios que los leyeren. Esta sí será letura digna del buen
entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote mío; de la cual
saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado
en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad,
osado[449] sin cobardía, y todo esto para honra de Dios, provecho
suyo y fama de la Mancha, do[450], según he sabido, trae vuestra
merced su principio y origen.»

Atentísimamente estuvo Don Quijote escuchando las razones del
canónigo, y cuando vió que ya había puesto fin a ellas, después
de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: «Paréceme,
señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a
querer darme a entender[451] que no ha habido caballeros andantes
en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos,
mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho
mal en leerlos y peor en creerlos, y más mal[452] en imitarlos,
habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería
andante[453] que ellos enseñan; negándome que no ha habido[454] en
el mundo Amadises ni de Gaula, ni de Grecia[455], ni todos los otros
caballeros de que las escrituras están llenas.»

--«Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va
relatando»--dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió Don
Quijote: «Añadió[456] también vuestra merced, diciendo que me habían
hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y
puéstome[457] en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda
y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor[458]
deleitan y enseñan.»--«Así es»--dijo el canónigo.--«Pues yo--replicó
Don Quijote--hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es
vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra
una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera...;
porque querer dar a entender a nadie que Amadis no fué en el mundo,
ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las
historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo
enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber
en el mundo que pueda persuadir a otro que no fué verdad lo de la
infanta Floripés y Gui de Borgoña[459], y lo de Fierabrás con la
puente de Mantible[460], que sucedió en el tiempo de Carlomagno?
Que ¡voto a tal! que es tanta verdad como es ahora de día; y si es
mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni
la guerra de Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el Rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan
en su reino por momentos[461]; y también se atreverán a decir que es
mentirosa la historia de Guarino Mezquino[462] y la de la demanda
del Santo Grial[463], y que son apócrifos los amores de don Tristán
y la reina Iseo[464], como los de Ginebra y Lanzarote[465], habiendo
personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona,
que fué la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y
es esto tan así[466], que me acuerdo yo que me decía una mi[467]
agüela de partes[468] de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas
reverendas: Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona[469]; de
donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o por lo menos debió
de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues ¿quién podrá negar no ser
verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta
hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija[470] con que
volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por
los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la
clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno
de Roldán[471], tamaño como una grande viga; de donde se infiere que
hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,

    destos que dicen las gentes
    que a sus aventuras van[472].

Si no... digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones,
del Paso[473], las empresas de Mosén Luis de Falces[474] contra don
Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas
hechas por caballeros cristianos destos y de los reinos extranjeros,
tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase
carecería de toda razón y buen discurso.»

Admirado quedó el canónigo de oir la mezcla que Don Quijote hacía de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas
cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería,
y así le respondió: «No puedo yo negar, señor Don Quijote, que no
sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en
lo que toca a los caballeros andantes españoles; y asimismo quiero
conceder que hubo doce Pares de Francia; pero no quiero creer que
hicieron todas aquellas cosas que el Arzobispo Turpín[475] dellos
escribe... En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del
Carpio[476]; pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que la
hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del
conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería
de los reyes, confieso mi pecado: que soy tan ignorante o tan corto
de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.»

--«Pues allí está, sin duda alguna--replicó Don Quijote--; y, por más
señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se
tome de moho.»

--«Todo puede ser--respondió el canónigo--; pero por las órdenes que
recebí, que no me acuerdo haberla visto; mas, puesto que conceda
que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos
Amadises ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ahí nos
cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado
y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se dé a
entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las
que están escritas en los disparatados libros de caballerías.»

--«¡Bueno está eso!--respondió Don Quijote--. Los libros que están
impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos
a quien se remitieron[477], y que con gusto general son leídos y
celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los
ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros,
finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y
condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta
apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria,
los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día
por día, que el tal caballero hizo o caballeros[478] hicieron? Calle
vuestra merced, no diga tal blasfemia--y créame, que le aconsejo
en esto lo que debe de hacer como discreto--, si no léalos y verá
el gusto que recibe de su leyenda[479]. Si no, dígame: ¿hay mayor
contento que ver, como si dijésemos, aquí[480] ahora se muestra
delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y
que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y
lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables,
y que del medio del lago sale una voz tristísima, que dice: _Tú,
caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando,
si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho, y arrójate en mitad de
su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno
de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete
castillos de las siete fadas[481], que debajo desta negregura[482]
yacen?_ ¿Y que apenas el caballero no ha acabado[483] de oir la voz
temerosa, cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse
a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de
la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su
señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata
ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con
quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece
que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad
más nueva[484]; ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan
verdes y frondosos árboles compuesta[485], que alegra a la vista su
verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto[486]
de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos, que por los
intricados[487] ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas
arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan.
Acullá vee una artificiosa fuente, de jaspe variado[488] y de liso
mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco[489] ordenada, adonde
las menudas conchas de las almejas con las torcidas casas blancas y
amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre
ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen
una variada labor, de manera que el arte imitando a la naturaleza,
parece que allí la vence. Acullá, de improviso, se le descubre un
fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro;
las almenas, de diamantes; las puertas, de jacintos; finalmente,
él es de tan admirable compostura, que con ser la materia de que
está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de
perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura; y
¿hay más que ver después de haber visto esto, que ver salir por la
puerta del castillo un buen número de doncellas, cuyos galanos y
vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias
nos los cuentan, sería nunca acabar, y tomar luego la que parecía
principal de todas por la mano al atrevido caballero, que se arrojó
en el ferviente lago[490], y llevarle sin hablarle palabra dentro
del rico alcázar o castillo... y bañarle con templadas aguas, y
luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de
cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella
y echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo menos menos[491],
dicen que suele valer una ciudad[492], y aun más? ¿Qué es ver, pues,
cuando nos cuentan que tras todo esto le llevan a otra sala, donde
halla puestas las mesas con tanto concierto, que queda suspenso y
admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos[493], toda de ámbar y de
olorosas flores distilada? ¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de
marfil? ¿Qué verle servir todas[494] las doncellas, guardando un
maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de manjares,
tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de
alargar la mano? ¿Cuál será oír[495] la música, que en tanto que
come suena, sin saberse quién la canta ni adónde suena? ¿Y después
de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero
recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es
costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más
hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél,
y de cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden
al caballero, y admiran a los leyentes que van leyendo su historia?
No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que
cualquiera parte que se lea de cualquiera historia de caballero
andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere; y
vuestra merced créame y, como otra vez le he dicho, lea estos libros,
y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la
condición, si acaso la tiene mala.»


  PARTE II, CAPÍTULO XVI

  Don Quijote en su camino se halla con un discreto caballero de
  la Mancha, en el cual Cervantes cifra su propio ideal de la vida
  santa y sencilla.

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre, que detrás
dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua
tordilla, vestido un gabán[496] de paño fino verde, jironado[497] de
terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo
de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo[498] de morado y
verde; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde
y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no
eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran
de oro puro.

Cuando llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y picando a
la yegua se pasaba de largo; pero Don Quijote le dijo: «Señor galán,
si es que vuesa merced lleva el camino que nosotros, y no importa el
darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.»... Detuvo
la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de Don
Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en
el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de
lo Verde a Don Quijote, mucho más miraba Don Quijote al de lo Verde,
pareciéndole hombre de chapa[499]: la edad mostraba ser de cincuenta
años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño, la vista entre alegre
y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser
hombre de buenas prendas[500]. Lo que juzgó de Don Quijote de la
Mancha el de lo Verde fué, que semejante manera ni parecer de hombre
no le había visto jamás: admiróle la longura de su caballo[501], la
grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus
armas, su ademán y compostura, figura y retrato no visto por luengos
tiempos atrás en aquella tierra.

Notó bien Don Quijote la atención con que el caminante le miraba,
y leyóle en la suspensión su deseo; y como era tan cortés y tan
amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le salió
al camino, diciéndole: «esta figura que vuesa merced en mí ha visto,
por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me
maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa
merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero

    destos que dicen las gentes
    que a sus aventuras van.

Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme
en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese
servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha
muchos días que tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá, y
levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo
viudas, amparando doncellas, y favoreciendo casadas, huérfanos y
pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así por
mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en
estampa[502] en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta
mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.
Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras o en una sola,
digo que yo soy Don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado
el _Caballero de la Triste Figura_; y puesto que[503] las propias
alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto
se entiende, cuando no se halla presente quien las diga: así que,
señor gentil-hombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro,
ni mi atenuada flaqueza os podrá admirar de aquí adelante, habiendo
ya sabido quién soy y la profesión que hago[504].»

Calló en diciendo esto Don Quijote, y el de lo Verde, según se
tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de
allí a buen espacio le dijo: «acertastes, señor caballero, a conocer
por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la
maravilla que en mí causa[505] el haberos visto, que puesto que como
vos, señor, decís que el saber ya quién sois me lo podría quitar, no
ha sido así, antes ahora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado.
Cómo, ¿y es posible que hay[506] hoy caballeros andantes en el mundo,
y que hay historias impresas de verdaderas caballería? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare
doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera,
si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el
cielo, que con esa historia que vuesa merced dice que está impresa de
sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las
innumerables de los fingidos caballeros andantes de que estaba lleno
el mundo, tan en daño de las buenas costumbres, y tan en perjuicio y
descrédito de las buenas historias.»--«Hay mucho que decir, respondió
Don Quijote, en razón de si son fingidas o no las historias de los
andantes caballeros.»--«¿Pues hay quién dude, respondió el Verde,
que no son falsas las tales historias?»--«Yo lo dudo, respondió Don
Quijote, y quédese esto aquí, que si nuestra jornada dura, espero en
Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la
corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.»

Desta última razón de Don Quijote tomó barruntos el caminante de que
Don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras
lo confirmase; pero antes que se divirtiesen en otros razonamientos,
Don Quijote le rogó le dijese quién era, pues le había dado parte de
su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
«yo, señor caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de
un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido: soy más
que medianamente rico, y es mi nombre Don Diego de Miranda; paso la
vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos: mis ejercicios
son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino
algún perdigón manso[507] o algún hurón atrevido; tengo hasta seis
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia
algunos, y de devoción otros: los de caballerías aun no han entrado
por los umbrales de mis puertas; hojeo más los que son profanos que
los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con
el lenguaje, y admiren y suspendan con la invención, puesto que[508]
destos hay muy pocos en España; alguna vez como con mis vecinos
y amigos, y muchas veces los convido: son mis convites limpios y
aseados, y no nada escasos: ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas, ni soy
lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis
bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no
dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que
blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en
paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y
confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.»

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos
del hidalgo; y pareciéndola buena y santa, y que quien la hacía debía
de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fué a
asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le
besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo le
preguntó: «¿qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?»--«Déjenme
besar, respondió Sancho, porque me parece vuesa merced el primer
santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.»--«No
soy santo, respondió el hidalgo, sino gran pecador; vos sí, hermano,
que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.» Volvió
Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la
profunda malencolía[509] de su amo, y causado nueva admiración a Don
Diego.


  PARTE II, CAPÍTULO XXIII

  Terminado el relato episódico de las bodas de Camacho, o mejor
  dicho, de Basilio, quiere visitar Don Quijote la Cueva de
  Montesinos[510]; en esta visita le acompaña un primo de cierto
  Licenciado, que había hallado Don Quijote en su camino. Después
  de haber descendido a la sima Don Quijote atado con cuerdas,
  cuenta al Primo y a Sancho lo que vió en la cueva. Cervantes
  llena de finísima poesía toda esta concepción fantástico-burlesca.

«A obra de doce o catorce estados[511] de la profundidad desta
mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz
de poder caber en ella[512] un gran carro con sus mulas. Éntrale una
pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio
vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohino de verme, pendiente y
colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin
llevar cierto ni determinado camino, y así determiné entrarme en
ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes
más soga, hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o
rimero, me senté sobre él, pensativo además[513], considerando lo que
hacer debía para calar al fondo, no teniendo quien me sustentase; y
estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo,
me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber
cómo ni cómo no, desperté dél, y me hallé en la mitad del más bello,
ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar
la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos,
y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo
esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha;
pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre
mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí
ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o
alcázar, cuyos muros y paredes parecían de trasparente y claro
cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que
por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano vestido
con un capuz[514] de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba;
ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso
verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra[515], y la barba
canísima le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un
rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los
dieces asimismo como huevos medianos de avestruz: el continente,
el paso, la gravedad y la anchísima presencia[516], cada cosa de
por sí y todas juntas me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y
lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme:
«Luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quijote de la Mancha,
que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda
cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña
sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu
ánimo stupendo: Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar
las maravillas que este trasparente alcázar solapa, de quien[517]
yo soy alcaide y guarda mayor perpetua[518], porque soy el mismo
Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» Apenas me dijo que era
Montesinos[519], cuando le pregunté si fué verdad lo que en el mundo
de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho
con una pequeña daga[520] el corazón de su grande amigo Durandarte,
y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su
muerte. Respondióme que en todo decían verdad sino en la daga, porque
no fué daga, ni pequeña[521], sino un puñal buído[522], más agudo que
una lezna.»

--«Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el tal puñal de Ramón de
Hoces el Sevillano.»--«No sé, prosiguió Don Quijote, pero no sería
dese puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesvalles,
donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación
no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la
historia.»--«Así es, respondió el Primo; prosiga vuesa merced, señor
Don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.»

«No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así digo que
el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde
en una sala baja, fresquísima sobremodo[523], y toda de alabastro,
estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el
cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce ni de
mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros,
sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a
mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas
su dueño)[524] puesta sobre el lado del corazón, y antes que
preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso, mirando al del
sepulcro, me dijo[525]: Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí
encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín[526],
aquel francés encantador, que dicen que fué hijo del diablo; y lo que
yo creo es que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un
punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó, nadie lo
sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según
imagino. Lo que a mí me admira es que sé tan cierto como ahora es de
día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después
de muerto le saqué el corazón con mis propias manos (y en verdad que
debía de pesar dos libras, porque según los naturales, el que tiene
mayor corazón es dotado de mayor valentía del[527] que le tiene
pequeño); pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero
¿cómo ahora se queja[528] y sospira de cuando en cuando como si
estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:

      ¡Oh mi primo Montesinos!
    Lo postrero que os rogaba,
    Que cuando yo fuere muerto,
    Y mi ánima arrancada,
    Que llevéis mi corazón
    Adonde Belerma estaba,
    Sacándomele del pecho,
    Ya con puñal, ya con daga[529].

Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: Ya, señor
Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el
aciago día de nuestra pérdida; ya os saqué el corazón lo mejor que
pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié
con un pañizuelo de puntas[530], yo partí con él de carrera para
Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas
lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos, y limpiarme con
ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas; y por
más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no
oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia
de la señora Belerma[531], la cual, con vos y conmigo y con Guadiana,
vuestro escudero, y con la dueña Ruidera[532] y sus siete hijas y
dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos nos
tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan
de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan
Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión
que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas
lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la
Mancha, las llaman _las Lagunas de Ruidera_: las siete son de los
Reyes de España[533], y las dos sobrinas, de los caballeros de una
orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero,
plañendo asimesmo vuestra desgracia, fué convertido en un río llamado
de su mesmo nombre, el cual, cuando llegó a la superficie de la
tierra y vió el sol del otro cielo, fué tanto el pesar que sintió
de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra;
pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de
cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le
vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con
las cuales y con otros muchas que se llegan, entra pomposo y grande
en Portugal; pero con todo esto, por dondequiera que va muestra su
tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces
regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de
los del Tajo dorado[534]; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!,
os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que
no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual
Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que
no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna
manera; sabed que tenéis aquí en vuestra presencia (y abrid los
ojos y veréislo) aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene
profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la Mancha, digo,
que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha
resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por
cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados,
que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas.--Y
cuando así no sea, respondió el lastimado Durandarte con voz
desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y
barajar[535]; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio
sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos
acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos. Volví la
cabeza, y vi por las paredes de cristal, que por otra sala pasaba una
procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas
de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco.
Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo
parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas
y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que
el mayor de alguna[536] de las otras: era cejijunta, y la nariz
algo chata, la boca grande, pero colorados los labios, los dientes,
que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos,
aunque eran blancos como unas peladas almendras: traía en las manos
un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de
carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos, cómo
toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y
de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que
la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos,
era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la
semana[537] hacían aquella procesión y cantaban, o por mejor decir,
lloraban endechas[538] sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón
de su primo: y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa
como tenía la fama[539], era la causa las malas noches y peores días
que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes
ojeras y en su color quebradiza; y no toma ocasión su amarillez y
sus ojeras... sino del dolor que siente su corazón por el que de
continuo tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante: que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso,
tan celebrada en todos estos contornos y aun en todo el mundo.--Cepos
quedos[540], dije yo entonces, Señor Don Montesinos; cuente vuesa
merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es
odiosa, y así no hay para qué comparar a nadie con nadie; la sin par
Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien
es y quien ha sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor
Don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal,
y no dije bien en decir, que apenas igualara la señora Dulcinea a la
señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué
barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera
la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta
satisfacción que me dió el gran Montesinos, se quietó mi corazón
del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la comparaban con
Belerma.»

--«Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de cómo vuesa merced no se
subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló
las barbas sin dejarle pelo en ellas.»--«No, Sancho amigo, respondió
Don Quijote, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos
obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros,
y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que
no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas
que entre los dos pasamos»[541]. A esta sazón dijo el Primo: «yo
no sé, Señor Don Quijote, cómo vuesa merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que está allá abajo[542], haya visto tantas cosas y
hablado y respondido tanto.»--«¿Cuánto ha que bajé?» preguntó Don
Quijote.--«Poco más de una hora», respondió Sancho.--«Eso no puede
ser, replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y
tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres
días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.»--«Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho, que como
todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo
que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con
sus noches.»


  COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,
  PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]

  Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados
  de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas;
  es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de
  diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre
  al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las
  locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.

_Berganza._ Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación,
y viene aquí de molde.

_Cipión._ Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe
estar muy lejos el día.

_Berganza._ Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta
enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un
poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman
arbitristas[546].

_Cipión._ Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.

_Berganza._ Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado,
estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la
cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente
de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba,
respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me
queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en
su _Poética_, que no salga a luz la obra que después de compuesta
no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de
veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el
sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso,
entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque
el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen
el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que
con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe,
digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y
depravado siglo nuestro!»--«¿De qué trata el libro?» preguntó el
alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el
arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento
de la _Historia de la demanda del Santo Brial_[551], y todo en
verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo
esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin
admitir verbo alguno[552].--«A mí, respondió el alquimista, poco
se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la
desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera
mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento
o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la
ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y
con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»--«¿Ha hecho
vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la
experiencia de sacar plata de otros metales?»--«Yo, respondió el
alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se
saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal,
con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»--«Bien
han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón
el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el
otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal;
mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde
arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto
fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo
he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando
no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me
acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate
de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la
faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está
cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece
de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por
minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que
acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo
Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y
aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser
del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego
yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus
dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en
diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho
suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde
le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio
que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños;
pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo
que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas
mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede
desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de
pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la
edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez
en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere
y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta,
carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel
día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle
un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda
libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta,
como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de
personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos
o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado
al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no
más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas.
Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes
tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería
provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al
cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese
conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y
de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios,
que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y
del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé
admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de
semejantes humores venían a morir en los hospitales.


NOTAS

  [428] Según tradición coetánea, ya apuntada en el Quijote de
  Avellaneda, alude a Argamasilla de Alba, pero esto no indica que
  Cervantes haya estado allí preso, como quisieron suponer algunos
  críticos. El _Quijote_ «se engendró en una cárcel» como Cervantes
  dice, pero fué en la de Sevilla, donde efectivamente estuvo preso
  el autor.

  [429] _Astillero_: estante en que se ponían las astas o lanzas,
  adorno del portal de la casa de un hidalgo.

  [430] Un refrán dice: «Vaca y carnero, olla de caballero.» La
  vaca, entonces, era comida más barata que el carnero.

  [431] Los restos de la carne de la comida los convertía la gente
  aprovechada en salpicón para la noche. _La ensalada y salpicón_
  es el primer plato en «La Cena» de Baltasar de Alcázar.

  [432] Los duelos y quebrantos eran un manjar que se componía de
  huevos y torreznos, según la _Mojiganga del Pésame_, atribuída a
  Calderón:

      huevos y terreznos bastan,
      que son duelos y quebrantos.

  Lo mismo vienen a decir Oudin y Franciosini, en 1614 y 1621. Pero
  Lope de Vega, en _Las bizarrias de Belisa_, dijo:

      Almorzando unos torreznos,
      con sus duelos y quebrantos,

  lo cual prueba que, para él, los torreznos eran cosa aparte. En
  el _Dic. de Autoridades_ se consigna que «duelos y quebrantos
  llaman en la Mancha a la tortilla de huevos y sesos». Como se ve,
  el nombre en cuestión tenía aplicación varia. El sábado es día
  en que la Iglesia, si no ordena, aconseja la abstinencia; pero
  en España, desde antiguo, se guardaba muy imperfectamente esta
  práctica. A principios del siglo XVI hay ya expresos testimonios
  de la costumbre que existía en Castilla, Andalucía e Indias
  (no en Navarra y Aragón) de tolerarse como comida para esta
  abstinencia del sábado la llamada _grosura_ de los animales, o
  sea la asadura, tripas, manos, patas y cabeza, y también el gordo
  del tocino. (Benedicto XIV, en 1745, eximió a Castilla, León e
  Indias de toda abstinencia del sábado.)

  [433] Expresión que equivale a _las tres cuartas partes_.

  [434] _Velarte_ era paño fino y estimado en el siglo XVI.

  [435] Las _calzas_ cubrían toda la pierna a diferencia de las
  _medias_ (esto es: medias calzas) que no cubrían el muslo. El
  _velludo_ es una especie de terciopelo.

  [436] _Pantuflo_, calzado de gente anciana, que se ponía encima
  de los borceguíes o zapatos para abrigo y para librarse del lodo.

  [437] _Vellorí_, paño entrefino, de color pardo ceniciento, de
  lana sin teñir. Adviértase que Cervantes no pinta a Don Quijote
  miserable, sino en una posición desahogada. Véase cuán diferente
  es el traje del hidalgo pobre que describe Fray Antonio de
  Guevara en su _Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea_, cap.
  V (año 1539): «el pobre hidalgo que en la aldea alcanza a tener
  un sayo de paño recio, un capuz cerrado, un sombrero bueno,
  unos guantes de sobre año, unos borceguíes domingueros y unos
  pantuflos no rotos, tan hinchado va él a la iglesia con aquellas
  ropas, como irá un señor aforrado de martas; no gozan de este
  privilegio los que moran en la villa o ciudad, porque allí
  acontece el marido no salir de casa por tener la capa rayda, y la
  mujer no ir a misa por falta de ama».

  [438] Este _en_ suprimido por la 3.ª edición del Quijote de 1608,
  denota la frecuencia de la lectura de esos libros.

  [439] F. de Silva, natural de Ciudad Rodrigo, autor de la
  _Crónica de los muy valientes caballeros Don Florisel de Niquea
  y el Fuerte Anaxartes_, que le valió bastante dinero a pesar de
  su mal estilo. Repetidas veces contrapone las voces _razón_ y
  _sinrazón_ y abusa de toda clase de juego de palabras, lo cual
  satiriza Cervantes en los párrafos que a continuación forja.

  [440] Hoy _intrincadas_.

  [441] Se pronunciaba Anibál hasta en el siglo XVII: «No dicen que
  Cipión Xerxes, Pirro y Anibál Tuvieran riqueza tal, Tal tierra,
  tal posesión.» (LOPE DE VEGA, _El Conde Fernán González_.)

  [442] El Cid no tuvo por patria a Valencia, sino Bivar; pero como
  conquistó de los moros la ciudad y el reino de Valencia, se llamó
  a ésta _Valencia del Cid_ (para distinguirla de Valencia de Don
  Juan y otras), por donde luego se distinguió al héroe, ya desde
  el siglo XII, con el epíteto de _señor de Valencia_ o _el que
  Valencia ganó_ y luego simplemente _el Cid de Valencia_.

  [443] Gonzalo Fernández de Córdova, el Gran Capitán, natural de
  Montilla.

  [444] García de Paredes nació en Trujillo 1469, murió en Bolonia
  1533. Era de grandes fuerzas, por lo que alguno le llamó _el
  Sansón de Extremadura_; a él se atribuyen gran parte de los casos
  de fuerza prodigiosa, que se cuentan vulgarmente, como el parar
  una rueda de molino. Realizó hazañas increíbles en la guerra de
  Nápoles, alistado en el ejército del Gran Capitán.

  [445] Este caballero no era de Jerez, sino de Toledo, según
  Mariana. Sirvió en la conquista de Sevilla a San Fernando. El
  hijo de éste, Alfonso X, y su nieto Don Juan Manuel, cuentan en
  la _Crónica general_ y en el _Conde Lucanor_ varias hazañas de
  Garci Pérez; la más famosa va puesta arriba, página 22.

  [446] Aunque el gran poeta toledano fué valiente soldado, no
  es de suponer que se le mencione aquí como hombre de vida
  hazañosa. Probablemente Cervantes, queriendo citar notables
  personajes históricos, citó uno fabuloso, el Garcilaso de quien
  un romance cuenta que, durante el cerco de Granada, mató un moro
  de extraordinario valor, que por befa traía prendida a la cola
  de su caballo el _Ave María_; otros cuentan esta hazaña de un
  Garcilaso histórico, que fué el primero que pasó el Salado el día
  de la gran batalla. El romance dice que por haber ocurrido esta
  hazaña en la Vega de Granada, se llamó Garcilaso _de la Vega_; ya
  el Garcilaso del Salado y su padre, que fué privado de Alfonso
  XI, se llamaron _de la Vega_, por proceder de la Vega montañesa,
  donde hoy se encuentra la ciudad de _Torrelavega_.

  [447] Don Manuel Ponce de León hallóse en la conquista del reino
  de Granada, y de él se cuentan hazañas portentosas. Además, un
  romance cuenta de él una anécdota fabulosa: Doña Ana de Mendoza,
  para probar el valor de los caballeros de la corte, hizo caedizo
  su guante en una leonera; Don Manuel, espada en mano, se metió
  entre los leones y recobró el guante, pero lo entregó a la dama
  dándole un bofetón, para castigarla por haber puesto en riesgo de
  honra a tanto hijodalgo por un capricho. Este mismo asunto tiene
  una balada de Schiller, _el Guante_, compuesta en 1797.

  [448] Cervantes nos ofrece aquí uno de los ejemplos más extraños
  del uso de _cuyo_; carece de todo valor pronominal y equivale a
  una simple conjunción. No responde más que al afán de ligar en
  forma de oración de relativo, la que bastaba que fuera con la
  simple cópula: «y la lección de sus hechos».

  [449] Así escribió Cervantes. Clemencín y la edición de
  Hartzenbusch corrigen: «cuerdo sin cobardía».

  [450] _Do_ o _donde_ por _de do_ o _de donde_ es giro comunísimo
  de la lengua.

  [451] Hoy, que el estilo común es menos genial, pero más atildado
  que en los siglos de oro, se podría censurar la reunión de estos
  tres infinitivos. Sin embargo, sería corrección desdichada la
  supresión de _querer_, pues anuncia el ningún efecto que en Don
  Quijote hizo la peroración del buen canónigo.

  [452] El último término de la gradación: _mal_, _peor_, _más
  mal_, es hoy: _mucho peor_, y antes era también: _mucho más
  peor_: «y aun peor, perdición de las personas; y mucho más peor,
  perdición de las tristes de las almas.» (ARCIPR. DE TALAVERA,
  _Corbacho_.)

  [453] La _caballería_ era una especie de sacerdocio militar, en
  el que se ingresaba mediante la ceremonia de _armar_ al caballero
  novel, o sea de conferirle la dignidad de caballero otro que ya
  lo fuese, cosa semejante al sacramento del orden. El caballero
  estaba especialmente obligado a guardar lealtad a su señor,
  fidelidad a su amigo, a amparar por dondequiera la justicia y
  vedar el mal, ser largo, desprendido, etc., etc. En los Poemas
  caballerescos italianos se habla de _cabalieri erranti_ y en las
  novelas españolas, de _caballeros andantes_.

  [454] Pudiera haber dicho también _negándome que haya habido_.
  La repetición pleonástica de negaciones que en otras lenguas se
  destruyen una a otra, es muy peculiar del castellano; unas líneas
  más adelante se hallará también «no puedo yo negar que _no_ sea
  verdad», etc.

  [455] _Amadis de Gaula_, el más antiguo y famoso libro de
  caballerías, era ya muy leído por el Canciller Ayala antes de su
  prisión en la batalla de Nájera, 1367 (v. atrás p. 148, n. 313).
  Constaba de tres libros, según el poeta Pedro Ferruz, coetáneo
  de Ayala. Hay quien pretende que su autor fué el portugués Vasco
  de Lobeira, el cual no pasó de ser un simple arreglador de la
  obra más antigua. Es desconocida esta redacción primitiva tanto
  como su autor. En tiempo de los Reyes Católicos, Garci Ordóñez de
  Montalvo escribió la redacción que hoy se conserva, añadiéndole
  el cuarto libro. Amadis es el prototipo del amor delicado,
  firmísimo e inquebrantable de un caballero por su dama. Tan
  famosa fué esta novela, que tuvo muchas continuaciones; una es el
  _Amadis de Grecia_.

  [456] Hoy diríamos _añadió que_ y no _añadió diciendo que_;
  añadir se usaba en igual manera que hoy _proseguir_: _prosiguió
  diciendo que_. Una reunión parecida de los verbos añadir y decir,
  v. atrás pág. 130, líneas 24 y 25.

  [457] Hoy no se junta el pronombre enclítico a los participios
  pasivos, pero sí en los siglos de oro de nuestra literatura.

  [458] Hoy se emplea el adverbio _más_ en vez de _mejor_ con los
  verbos que denotan acciones útiles o agradables, _agrada más_,
  _aprovecha más_.

  [459] Floripés hija del Almirante sarraceno Balán, enamorada del
  caballero francés Gui de Borgoña, libertólo de la prisión en que
  yacía con otros Pares de Francia, guareciéndolos en una torre
  donde se mantuvieron contra todo el poder de los infieles, hasta
  que Carlomagno los socorrió. Esta fábula que procede de poemas
  franceses del siglo XII, figura en la novelesca _Historia de
  Carlomagno_ que puso en castellano Nicolás de Piamonte.

  [460] Fierabrás (en francés «el de los fieros brazos») era, según
  los poemas franceses de la Edad Media, un descomunal gigante,
  que peleó en singular combate con el caballero de Carlomagno,
  Oliveros; vencido por éste, fué su mejor amigo después de hacerse
  bautizar. Esta patraña pasó también a la ya citada historia
  fabulosa de Carlomagno, con la de la puente de Mantible, donde
  cobraba el Almirante Balán (el ya mencionado padre de Floripés)
  un pontazgo humillante a los cristianos, que por allí tenían que
  pasar: sesenta perros de caza, cien doncellas, cien halcones
  mudados y cien caballos con sus jaeces, y el cristiano que no
  podía pagar ésto perdía su cabeza. Carlomagno ganó la puente con
  grande estrago y perdición de hombres.

  [461] La leyenda de Troya fué popular en la Edad Media, y en
  sus héroes se buscó ascendencia para los modernos; Artús era
  descendiente de Eneas. Este rey bretón, llamado también Arturo,
  fué centro de un gran ciclo de leyendas divulgadas por toda
  Europa; es el fundador de la fabulosa caballería de la _Tabla
  redonda_ o _mesa_ redonda a que se sentaban los caballeros. A
  su metamorfosis en cuervo atribuye Cervantes en otro lugar del
  _Quijote_, y en el _Persiles y Sigismunda_, el que los ingleses
  se abstuviesen de matar cuervos.

  [462] Otro héroe de poemas franceses en la Edad Media (Garín
  Mesquin) que sufrió también una adaptación al castellano en uno
  de tantos libros, que según decía Juan de Valdés en tiempo de
  Carlos V, «demás de ser mentirosísimos, ~tienen tan mal estilo~
  que no hay buen estómago que los pueda leer».

  [463] _Demanda_, en términos caballerescos, es el acto de
  empeñarse en una empresa. El _Grial_ era la copa en que había
  recogido la sangre de Cristo José de Arimatea; cuando éste fué a
  evangelizar la Bretaña llevó consigo el Grial, pero andando el
  tiempo heredó la reliquia un rey indigno; entonces se empeñaron
  en la demanda del Santo Grial Artús y los caballeros de la Tabla
  redonda; Perceval (el Parsifal de la ópera de Wagner) mereció por
  su castidad y demás virtudes dar fin a la aventura, ganando la
  santa reliquia, que después de su muerte fué arrebatada al cielo.

  [464] Otra ficción bretona como la de Artús y el Santo Grial.
  Tristán esperaba una nave que le traía noticias de Iseo; los
  navegantes se olvidan de poner en el mástil la señal convenida
  para anunciar que las noticias eran buenas, y Tristán, creyendo
  por esto que Iseo era muerta, expira de dolor; pero en la nave
  venía la misma Iseo, la cual al ver a su amante muerto, cae a su
  lado sin vida.

  [465] Otra leyenda del ciclo bretón. _Ginebra_ era la mujer del
  rey Artús, _Lanzarote_ su amante, y la dueña o aya _Quintañona_
  la que favorecía sus amores. Bien conocido es el romance cuyo
  comienzo recuerda el mismo Quijote.

        Nunca fuera caballero
      de damas tan bien servido,
      como fuera Lanzarote
      cuando de Bretaña vino,
      que dueñas cuidaban dél
      doncellas de su rocino,
      esa dueña Quintañona
      esa le escanciaba el vino.

  [466] Muchos dirán: _y tan es así esto_; construcción incorrecta,
  pues para que se pueda usar _tan_ en vez de _tanto_, es preciso
  que le siga inmediatamente un adjetivo o adverbio. Se puede
  decir, por lo tanto, _tan así es_ o _tanto es así_, pero no _tan
  es así_. (CUERVO. Apuntac. críticas, § 416.)

  [467] Giro muy común en los siglos XVI y XVII, _un mi amigo_ por
  lo que hoy decimos _un amigo mío_. _Agüela_ por _abuela_ es hoy
  muy vulgar, como _güelta_, _güeno_, _gomitar_, y otras voces en
  que la _g_ sustituye a la _b_ o _v_.

  [468] Así dicen todas las ediciones antiguas. Las de este siglo
  modernizaron _de parte_. Es giro arcaico que hallamos en el
  _Fuero de Navarra_: «de partes de la madre», «de partes de sierzo
  nin de buchurno».

  [469] Era personaje tan popular, que _dueña Quintañona_ servía
  para denominar a cualquier dueña: «¡miren la dueña Quintañona!
  ¡Daca la dueña Quintañona!» La toca era distintivo de viudas y
  dueñas como hoy lo es de monjas.

  [470] La novela de _Pierres_, hijo del Conde de Provenza, y de
  _Magalona_, hija del Rey de Nápoles, trasladada en 1526, procede
  de un antiguo poema francés del siglo XII. Más adelante dice
  Cervantes que el caballo de madera se regía por una clavija que
  tenía en la frente; en él hizo Pierres grandes viajes «y robó a
  la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando
  embobados a cuantos desde la tierra los miraban.» Según advierte
  después el canónigo, es pura invención de Don Quijote el que la
  tal clavija se enseñase en la Armería Real; en cambio es muy
  cierto que, hasta hace no muchos años, se enseñaba allí la silla
  del caballo del Cid, la espada de este héroe, las de Bernardo del
  Carpio, del Rey Pelayo y otras cosas más estupendas.

  [471] Según la historia cierta, Roldán iba en la retaguardia
  del ejército de Carlomagno, que fué deshecha en Roncesvalles;
  las leyendas francesas (popularizadas desde antiguo en España)
  añadían que Roldán, al verse en peligro, había querido avisar a
  la vanguardia tañendo su cuerno, pero sopló en él con tal fuerza,
  que reventó las venas de sus sienes y murió. Este cuerno se
  pretendía custodiar en la iglesia de Roncesvalles.

  [472] Versos de Alvar Gómez, de Ciudad Real, en su traducción de
  los _Triunfos del Petrarca_.

  [473] Esto es: _el del Paso Honroso_, personaje histórico. Era
  un valiente leonés, que en 1434, y previa licencia de Juan II,
  mantuvo junto al puente del río Orbigo el _paso honroso_, en el
  que se había comprometido, para honra de su dama, a romper 300
  lanzas con los caballeros que se presentaran; acudieron a esta
  quijotesca empresa 68 aventureros de España, Portugal, Francia,
  Italia y Bretaña.

  [474] Mayordomo de Alfonso V de Aragón, que en 1428 combatió ante
  la corte de Don Juan II contra Gonzalo de Guzmán.

  [475] Obispo de Reims, muerto en el año 600, a quien las fábulas
  carolingias suponen inseparable compañero de Carlomagno; es el
  autor fingido de una crónica latina del Emperador y sus Pares
  forjada en el siglo XII por algún clérigo de nación francesa.

  [476] El canónigo cree más en Bernardo que en el Cid, y sin
  embargo, el Bernardo del Carpio, vencedor de Roncesvalles, es de
  todo punto fabuloso; sólo existió un Bernardo Conde de Ribagorza,
  que, auxiliado por gente franca, reconquistó de moros este
  condado, suministrando algunas hazañas a la leyenda del fabuloso
  Bernardo leonés o del Carpio.

  [477] Esto es «se remitieron para ser juzgados y aprobados».
  Cuenta Melchor Cano de un buen clérigo, a quien no cabía en
  la mollera que un libro impreso con las licencias necesarias
  contuviera mentiras, así que tenía por tan verdadera y probada la
  historia de Amadis, como las fábulas de Esopo.

  [478] Hartzenbusch corrigió con gran desenfado: _o tales
  caballeros_, sin duda porque hoy se haría resaltar más la
  duplicidad del sujeto, poniendo: «que tal caballero hizo o tales
  caballeros hicieron».

  [479] _Leyendas_ es hoy desusado en la acepción de _lectura_, por
  más que el Diccionario de la Academia no señala esta acepción
  como anticuada.

  [480] A la viveza con que habla Don Quijote cuadra bien la
  supresión del segundo _que_ en: «hay mayor contento que ver
  aquí se muestra delante de nosotros un lago». Hartzenbusch, sin
  embargo, suplió: _que aquí_; no hace falta. Podía Cervantes
  haber suprimido también consecuentemente el _que_ de las frases
  siguientes: _y_ =que= _andando andando_... _y_ =que= _del medio
  del lago, y_ =que= _apenas el caballero_; pero una vez que no
  quiso hacerlo, no tenemos motivo alguno para censurarle por esos
  _ques_, como hace implacablemente Clemencín.

  [481] El _hada_ (voz derivada del latín _fata_, plural del
  neutro _fatum_, _hado_), es un ser fantástico de la mitología
  moderna bien conocido. El número _siete_, como el _tres_, aparece
  consagrado en multitud de invenciones populares (siete infantes
  de Lara; un venablo cortador, siete veces fué templado en la
  sangre de un dragón, etc.), el bellísimo romance de la Infantina
  encantada dice:

        Fija soy yo del buen rey,
      y la reina de Castilla;
      _siete_ fadas me fadaron
      en brazos de un ama mía
      que andase los _siete_ años
      sola en esta montiña.

  [482] _Negregura_, hoy anticuado por negrura.

  [483] _Apenas_ seguido de _no_ es giro hoy chocante que no debe
  imitarse, según nota BELLO, § 1209. Para usar el _no_ habría que
  escoger otro adverbio como _casi, aun no ha acabado de oir...
  cuando se arroja_.

  [484] Cuando Eneas baja a los infiernos se describe así el Elíseo
  (_Eneida_, VI, 638):

      devenere locos laetos, et amoena vireta...
      Largior hic campos aether et lumine vestit
      purpureo; solemque suum, sua sidera norunt.

  [485] En consonantes como _floresta_ y _compuesta_, no reparaban
  nunca nuestros grandes prosistas; hoy somos más meticulosos y los
  evitamos cuidadosamente. También hoy se evitaría repetir tres
  veces seguidas el verbo ver: «hay más que ver, después de haber
  visto esto, que ver salir...»

  [486] Frase de Garcilaso:

      y las aves sin dueño
      con canto no aprendido
      hinchen el aire de dulce armonía.

  Fray Luis de León también la imitó:

        Despiértenme las aves
      con su cantar sabroso no aprendido.

  [487] _Intricados_, como el _entricadas_ que escribió antes, pág.
  223, nota 440.

  [488] _Jaspe variado_, esto es «de varios colores».

  [489] Acordándose de _bruto_, se dijo _brutesco_ por _grutesco_,
  o cosa hecha a modo de la rusticidad de las grutas; hoy
  _grotesco_.

  [490] _Ferviente_ por _hirviente_, como antes _fadas_ por
  _hadas_, eran arcaísmos ya mucho tiempo antes de Cervantes,
  quien de intento los pone, remedando el estilo de los libros
  de caballerías, que usaban de estos arcaísmos para dar aspecto
  de antigüedad a la narración. Cosa igual hacían los autores
  de romances del siglo XVII; v. gr., el de aquel tan sabido
  que empieza: «Non es de sesudos homes... facer denuesto a un
  fidalgo». La _f_ en el siglo XV ya no se pronunciaba en _facer_,
  _fijo_, etc., sino como una ligera aspiración representada por
  _h_, _hacer_, _hijo_; hoy hasta esta aspiración ha desaparecido y
  la _h_ no tiene valor alguno.

  [491] _Menos menos_ es el refuerzo por repetición de que hablamos
  arriba, pág. 111, n. 247.

  [492] Recuerda graciosamente Cervantes un lugar común de romances
  y libros de caballerías, usados para ponderar el valor de una
  cosa. Por ejemplo el romance de Palmero dice:

        Una esclavina trae rota
      que no valía un reale,
      y debajo traía otra,
      bien valía una ciudade.

  Hoy decimos «vale un imperio».

  [493] Esta expresión anticuada, que hoy exigiría el uso del
  artículo «agua a las manos» o «para las manos», se ha fundido en
  una sola palabra: _aguamanos_.

  [494] «Verle servir todas», esto es: «ver todas las doncellas
  servirle». El dativo enclítico, cuando un infinitivo rige a otro,
  se coloca indistintamente en cualquiera de los dos infinitivos.
  No tenía razón ninguna Hartzenbusch para creerse obligado a
  corregir «¿Qué verle servir de todas las doncellas?»

  [495] _Cuál será oír_; Clemencín y Hartzenbusch dicen que _cuál_
  debe corregirse en _qué_ para uniformar ésta con las anteriores
  interrogaciones. Don Quijote es muy dueño de cambiar un relativo
  por otro, cuando bien le parezca, y de suprimir el substantivo
  concertado con _cual_, lo mismo que lo suprimió con _que_, y así
  la frase «¿Qué (maravilla) es ver cuando nos cuentan...» puede
  muy bien estar seguida de la otra «¿Cuál (placer) será oír la
  música...»

  [496] El _gabán_ usábase para andar en el campo y de camino; en
  la ciudad sólo servía de ropa de casa.

  [497] Llamábanse _jirones_, o, como dice Covarrubias, _gironas_,
  «ciertos pedazos triangulados que ingerían en el ruedo de
  los sayos para que hiciesen más ruedo, y en los que eran de
  terciopelo echaban estos jirones de brocados o telas, y se
  llamaban _sayos agironados_».

  [498] El _asimismo_ se refiere sólo al color _verde_, que era el
  que predominaba en el vestido del caminante, pues nada tienen que
  ver los dos colores accesorios _leonado_ y _morado_.

  [499] Se llama _chapado_ «el hombre de hecho y de valor, porque
  va guarnecido con su virtud y esfuerzo». (Covarrubias.)

  [500] Aquí _prendas_ no parece significar ‘partes o dotes
  naturales’ según costumbre, sino ‘posición social’.

  [501] Rodríguez Marín corrige «de su cuello», enmienda rechazada
  por la enumeración semejante que luego hace Don Quijote, en la
  cual se repiten los términos «caballo», «amarillez», «flaqueza»,
  y se habla de las armas. Conocida es la longura de Rocinante,
  caballo «largo y tendido», como se dice en el cap. IX.

  [502] _En estampa_ equivale a ‘en letras de molde’. Cuando se
  publicó la segunda parte del _Quijote_, en 1615, llevaba la
  primera ya 10 ediciones en Madrid, Valencia, Lisboa, Bruselas y
  Milán, y se había traducido al francés en 1614, y al inglés en
  fecha incierta.

  [503] _Puesto que_ significaba antiguamente ‘supuesto que’, ‘por
  más que’ o ‘aunque’. Hoy se usa con la significación de ‘pues
  que’.

  [504] Hoy diríamos «la profesión que sigo», esto es, «a la cual
  me dedico.» _Hacer profesión_ de una cosa es «preciarnos della y
  cumplirla a todo trance» (Covarrubias).

  [505] _Causar maravilla_ por ‘causar admiración o sorpresa’, es
  expresión vulgar, nacida por confusión de las dos equivalentes:
  _causar admiración_ y _maravillar_. _Admiración_ es la suspensión
  de ánimo que produce la cosa maravillosa, y _maravilla_ es
  la cosa que causa admiración; sin embargo, ambos términos
  se confunden, y lo mismo que Cervantes usó _maravilla_ por
  _admiración_, es muy común usar _admiración_ por _maravilla_ o
  cosa admirable: «esa escultura es una admiración».

  [506] Hoy se pondría en subjuntivo.

  [507] _Perdigón manso_, pollo de perdiz, propio para cazar con
  reclamo. El de lo Verde quiere decir que no caza con grande
  pérdida de tiempo y dinero, sino modestamente, con un simple
  reclamo para las perdices y un hurón para los conejos.

  [508] _Puesto que_ ya se ha dicho que significaba _por más que_.

  [509] Sobre alguna variante de esta palabra, véase _Celestina_,
  página 71, n. 137.

  [510] La Cueva de Montesinos está en el término de Osa de Montiel
  y cerca de la ermita de San Pedro de Saelices y de una laguna de
  las llamadas de Ruidera, nacimiento del Guadiana.

  [511] _Estado_, medida tomada de la estatura de un hombre. Se
  medían por estados las paredes de cantería, los pozos u otra cosa
  honda. (Covarrubias.)

  [512] Las reglas de concordancia, fijadas hoy con una rigidez
  enteramente artificial, exigen _en él_; algunas líneas adelante
  repite la concordancia con _cavidad_, preferida a _espacio_, como
  voz más significativa e importante.

  [513] Antiguamente se usaba mucho el adverbio _además_ para
  encarecer la significación del adjetivo a que se junta con el
  valor de ‘sumamente’, ‘muy’, ‘en gran manera’; en general se
  posponía al adjetivo: «se levantó de la mesa mohino además». Hoy
  se usa en su lugar _por demás_.

  [514] El Diccionario de Sebastián de Covarrubias, compuesto
  por los mismos años que el _Quijote_, dice: «_Capuz_, una
  capa cerrada, larga, que hoy día traen algunos por luto, y
  antiguamente era el hábito de los españoles honrados en la paz,
  como lo era la toga de los romanos.»

  [515] Gorra fina de lana que se traía de Milán.

  [516] En el entremés del _Retablo de las maravillas_, dice
  Cervantes de un gobernador que tenía «peripatética y anchurosa
  presencia».

  [517] _Quien_, en el período clásico se refería lo mismo a
  personas que a cosas. (BELLO, _Gr._, § 329.) Abundan los ejemplos
  en todos estos extractos.

  [518] _Guarda_, _guía_, _escucha_ y otros substantivos verbales
  por el estilo, son femeninos por su terminación, y masculinos por
  su significación.

  [519] Montesinos es un héroe peculiar de nuestros romances; a
  pesar de pertenecer a la leyenda de Carlomagno, no es conocido
  este personaje en la literatura francesa. Habiendo sido su padre
  acusado falsamente por Tomillas al Emperador, fué arrojado al
  destierro; allí nace el héroe en un monte despoblado, lo que le
  valió el nombre de _Montesinos_, y ya crecido, marchó a París
  y mató al traidor Tomillas. Otros romances nos dan a conocer
  a Montesinos como primo y grande amigo de Durandarte.--Este
  Durandarte, lo mismo que su amigo Montesinos, es parto de la Musa
  castellana, desconocido en la literatura carolingia francesa;
  su origen es muy singular: el nombre de Durandarte se aplicaba
  antiguamente a la espada de Roldán (pues las espadas de los
  caballeros llevaban nombres propios, como las dos del Cid: Colada
  y Tizón), pero un poeta vulgar castellano, poco enterado de esto,
  tomó el nombre como de persona, y fantaseó sobre él la historia
  de un héroe, suponiéndole muerto también en Roncesvalles, como
  Roldán; supo adornar su invención con el sangriento legado que
  Durandarte hace al morir, lo cual dió al asunto una excepcional
  fama y popularidad; quizá se inspiró en el _Amadis_, quien al
  verse en un peligro, encarga a su escudero que si muere le saque
  el corazón y lo lleve a su señora Oriana, cuyo era.

  [520] Don Quijote alude al romance siguiente:

        Muerto yace Durandarte
      al pie de una alta montaña,
      llorábalo Montesinos
      que a su muerte se hallara;
      quitándole está el almete,
      desciñéndole la espada;
      hácele la sepultura
      _con una pequeña daga_;
      sacábale el corazón,
      como él se lo jurara,
      para llevar a Belerma,
      como él se lo mandara.

  Vemos que Don Quijote punteaba mal en su memoria los versos; los
  romanceros afirman sólo que la pequeña daga sirvió para hacer la
  sepultura.

  [521] Hartzenbusch corrigió sin necesidad: _ni pequeña ni
  grande_. La humorística contradicción de Montesinos, no para
  en desmentir el substantivo, sino que niega superfluamente el
  adjetivo. La aclaración de Montesinos es de gran substancia, si
  atendemos a que, como dice Covarrubias, la _daga_ y el _puñal_
  «todo viene a ser una cosa». Sin embargo, bueno será distinguir:
  como la daga tiene filo, necesita guarnición y gavilanes para
  proteger la mano, cosa que el puñal no lleva, pues hiere sólo de
  punta.

  [522] _Buído_ no era voz muy usual; no sabía Covarrubias,
  coetáneo de Cervantes, lo que quería decir. Significaba,
  probablemente, hoja con la punta estriada en tres canales: la
  punta buída de las espadas estaba prohibida, como más dañosa, por
  las pragmáticas reales del tiempo de Cervantes.

  [523] _Sobremodo_ y el moderno _sobremanera_ son usados
  indistintamente por Cervantes.

  [524] Compárese la frase corriente y usada por Cervantes (II,
  capítulo XXI) «hombre de valor y de pelo en pecho», así como la
  voz francesa _poilu_ ‘valiente’, tratada en _Modern Language
  Notes_ XXXII, 375.

  [525] _Tenía la mano_, _preguntase_ y _me dijo_ son tres
  verbos que tienen tres sujetos diferentes, los cuales debieran
  expresarse en los dos últimos, o cambiarse el giro: «y
  Montesinos, viéndome suspenso, antes que yo preguntase, me dijo».

  [526] Personaje que figura en las leyendas del ciclo bretón (o
  sea del Rey Artús, de Tristán e Iseo, etc.). No era _francés_
  o de _Galia_, sino de _Gaula_, que es el nombre caballeresco
  de Gales o Bretaña en general. A Merlín se atribuían cuantas
  profecías se forjaban en la Edad Media sobre grandes
  acontecimientos; por eso Don Quijote fué también profetizado por
  Merlín, según dice luego Montesinos a Durandarte. (Véase atrás,
  pág. 184, n. 384).

  [527] _Mayor de_ por _mayor que_; es construcción usada todavía
  con el comparativo, especialmente con los numerales. (v. BELLO,
  _Gr._, § 1016 y 1017).

  [528] Esto es lo que admira a Montesinos, quien rompió el hilo
  sintáctico de sus palabras, distraído por la digresión sobre el
  peso de la entraña de su amigo.

  [529] Estos versos son de un romance viejo, salvo los dos
  últimos, de tono un tanto burlesco, que son invención de
  Cervantes, y suponen la imaginación de Don Quijote preocupada
  con la noticia recién aprendida de que Montesinos había sacado
  el corazón de su amigo, no, como decían todos los romances, con
  daga, sino con puñal.

  [530] Parodiando a uno de los romances de Montesinos, que dice:

        Por el costado siniestro
      el corazón le sacara...
      _envolvióle en un cendal_
      y consigo lo llevaba.
      _Entierra primero al primo;_
      con gran llanto lamentaba
      la su tan temprana muerte
      y su suerte desdichada.

  [531] No hay que suplir la preposición _a_ como hacen algunas
  ediciones modernas, suponiéndola embebida en la _a_ final de
  Belerma. El pronombre _nos_ representa cerca del verbo el largo
  complemento directo que va antepuesto, y determina, a la vez, el
  caso en que debiera estar ese complemento.

  [532] Aunque antes de Cervantes existían localizadas en las
  lagunas de Ruidera tradiciones referentes a Montesinos, parecen
  invención de Don Quijote la dueña Ruidera y el escudero Guadiana
  con su metamórfosis en río.

  [533] Una de las lagunas de Ruidera se llama _del Rey_. Parece
  que dos de ellas pertenecían a la orden de San Juan, y las
  restantes al Rey. En total no son, como dice Cervantes nueve,
  sino 13, y dos más que se secan por el verano.

  [534] El Guadiana tiene fama de criar mucho pescado, aunque
  malsano.

  [535] _Paciencia y barajar_ es una expresión proverbial con
  que se exhorta a la paciencia a los perdidosos en el juego de
  naipes. Nótese el uso del infinitivo con valor de imperativo, muy
  peculiar del español y portugués, aunque se presenta también en
  francés «prendre tant de grammes de cette potion».

  [536] Por _alguna_ se diría hoy mejor _cualquiera_ con
  significado de _ninguna_. Del uso de _alguno_ por _ninguno_
  en frases negativas como: «sin ser visto de alguno» se pasó a
  darle este valor en otras que sólo son negativas por la idea que
  envuelven: «contribuyó más que otro alguno a su adelantamiento».

  [537] Durandarte al morir y encargar a Montesinos que llevase
  a Belerma su corazón, le mandaba también que se lo recordase
  incesantemente:

      y traelde a la memoria
      dos veces cada semana.

  [538] Endechas eran canciones tristes que se lloraban sobre los
  muertos de cuerpo presente. Solían ser cuartetas de seis sílabas,
  y algunas tenían cierto encanto lúgubre y plañidero, como esta
  que, al decir de Covarrubias, era ejemplo casero y sabido de
  todos en tiempo de Cervantes:

        Parióme mi madre
      una noche obscura,
      cubrióme de luto,
      faltóme ventura...

  [539] _Tener_ equivalía a ‘opinar’; en latín «fama tenet». Hoy se
  dice «tengo para mí que...» Rodríguez Marín, en su edición del
  Quijote IV (1916), interpreta de otro modo: ‘como tenía fama de
  serlo’.

  [540] _¡Cepos quedos!_ expresión del lenguaje truhanesco y
  carcelario; voz dirigida al criminal que remueve el cepo tratando
  de huir. La comparación «quedo como un cepo», que usa la _Pícara
  Justina_, alude a la pesadez e inmovilidad de los cepos.

  [541] _Pasar razones_, _coloquios_, etc., era muy usado por
  ‘cruzarse palabras’.

  [542] Es descuido de Cervantes por «como ha estado allá abajo».

  [543] Eran perros que guardaban el Hospital de la Resurrección en
  Valladolid, fundado en tiempo de Carlos V, en 1553; hoy le llaman
  Hospital de Esgueva. Los perros acompañaban también, de noche, a
  los hermanos de la capacha, para pedir limosna, y les alumbraban
  llevando en su boca una linterna.

  [544] Hoy los indefinidos _uno_, _otro_ no suelen llevar
  artículo, cuando forman una cláusula distributiva de más de
  dos miembros; v. BELLO, _Gr._ § 1172. Nótese que el repetir la
  preposición para empezar la enumeración es familiar. En el estilo
  limado de hoy se repetiría colocándola al fin del primer miembro
  de la enumeración: «en las camas estaban: un alquimista en una,
  en otra un poeta», etc., o mejor simplemente, «un alquimista, un
  poeta», etc.

  [545] Alquimista era el químico antiguo que se empeñaba en hallar
  la piedra filosofal, o sea cierta sustancia con la cual pudiese
  componer y sacar artificialmente el oro de otros minerales.

  [546] Los arbitristas eran economistas ramplones, que se
  dedicaban a imaginar _arbitrios_ o proyectos tan sencillos como
  disparatados, con los que pretendían curar los más complicados
  males de la hacienda y la administración de los últimos reyes
  de la casa de Austria. El nombre noble para designar a los
  hacendistas era el de _políticos_. La palabra _economista_ es
  sólo de nuestros días.

  [547] Igual observación que en la nota 544 de la pág. 262. Hoy _de
  uno_.

  [548] Ars poet. 388. «Nonumque prematur in annum, membranis intus
  positis.»

  [549] Esto es, que le había costado veinte años de _ocupación_, y
  que había _pasado_ más de los diez años consabidos esperando la
  publicidad; a esta espera la llama con juego de palabras estado
  _de pasante_.

  [550] _Sujeto_ por ‘asunto’ pasa hoy por galicismo a ojos de
  muchos. Cervantes dice en otro lugar: «dar sujeto a sus versos».

  [551] _Brial_, túnica usada en la antigüedad por hombres y
  mujeres. _La demanda del Santo Brial_, en lugar del _Santo Grial_
  (véase página 230, n. 463), es desatino intencionado, como lo es
  el decir que el arzobispo Turpín escribió la historia de Artús
  (véase página 233, n. 475).

  [552] Es decir, sin valerse para el consonante del verso de las
  fáciles terminaciones esdrújulas que ofrece la conjugación, como
  _mandábamos_, _mandándome_, _mándale_, etc.

  [553] De la confusión de las dos expresiones _poco se me alcanza_
  + _poco entiendo_, resultó la frase extraña, de Cervantes, _poco
  se me entiende_.

  [554] La construcción: _manando en oro_, es resultado de la
  confusión de las dos frases _manando oro_ y _nadando en oro_,
  sin que tenga nada que ver con la construcción intransitiva del
  latín: «culter manans _sanguine_». El _Guzmán de Alfarache_, por
  ejemplo, dice: «todos manábamos oro.»

  [555] _Potencia propincua_, ‘posibilidad próxima, a pique, muy
  cerca’.

  [556] _El punto fijo_ o _de longitud_ es el medio de determinar
  exactamente la longitud en alta mar. Como resolver el problema de
  la longitud en las cartas de marear era tan interesante para las
  grandes navegaciones de los españoles y portugueses, el gobierno
  de Felipe III ofreció varios premios a los que hicieran este
  hallazgo; siendo muchos los que gastaban su vida en tal estudio,
  que entonces parecía quimérico e imposible, dado el atraso de las
  ciencias y que aun para Newton fué irresoluble.

  [557] ‘Cuando menos lo pienso’. El _Diccionario de Autoridades_
  dice: «_Cuando menos se cata_ o _cuando no se cata_, frases para
  explicar una cosa impensada, que sucede cuando menos se espera o
  piensa.»

  [558] _Carnero_ es la sepultura común destinada en los
  cementerios a los cadáveres que no tienen enterramiento propio.
  Díjose de _carne_, como _osero_ o _huesera_ de hueso, sitio
  destinado en los cementerios a amontonar los huesos. Covarrubias
  añade: «y los papeles que no son de provecho, y por ser antiguos
  no se queman, poniéndolos en alguna parte retirada, dicen
  _echarlos en el carnero_; a imitación del de los muertos.» Esta
  frase no está en el Diccionario Académico.

  [559] _Reduzga_ por _reduzca_, es forma extraña de conjugar los
  incoativos que se conserva hoy en _yazgo_ al lado de _yazco_.
  Nació por analogía con verbos tales como _valgo_, _tengo_, etc.

  [560] La población de la Península a principios del siglo XVII,
  antes de la expulsión de los moriscos, se calcula en nueve
  millones y pico. (DON JOSÉ GARCÍA BARZANALLANA, _La población de
  España_, pág. 19.)

  [561] _Al menorete_ equivale a ‘por lo bajo, por lo poco’.

  [562] Hoy se escribe _aechar_, limpiar en el harnero las
  semillas, quitándoles el polvo, paja y piedras.

  [563] El demostrativo _tal_ tiene aquí valor del indefinido
  _alguno_. Nótese la elipsis siguiente _que (el ayunar) le fuese
  conveniente_.

  [564] _Riyo_, _riyes_ llevaba una _y_ eufónica para evitar el
  hiato: _río_, _ríes_.



DON FRANCISCO DE MONCADA

(1586-1635)


La _Expedición de los Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos_
fué escrita en 1620, pero no se publicó sino en 1623.

Aunque floreció este autor ya en el siglo XVII, no hallamos en él
rastros del gusto literario de su época; pertenece por su estilo al
siglo XVI, pues se inspira visiblemente en la guerra de Granada de
Mendoza.

Es, como él, sentencioso y conciso, pero no extrema tanto la brevedad
en el decir, ni su estilo es afectadamente cortado; nótese la
amplitud extraordinaria de la frase en todo el Prólogo. El lenguaje
de Moncada tiene aspecto muy semejante al moderno, gracias a la
trabazón más perfecta de las cláusulas, hija de las condiciones
naturales del autor más que de estudio y esmero, ya que el trabajo de
corrección y lima se descubre poco en esta obra, según se echa de ver
en descuidos tales como el señalado en la página 272, nota 566.

No obstante se descubre en el tono general cierta ligera afectación,
por ejemplo, en lo muy a menudo que relega el verbo al fin de la
frase.


  EXPEDICIÓN DE CATALANES Y ARAGONESES
  CONTRA TURCOS Y GRIEGOS

  PRÓLOGO

Mi intento es escribir la memorable expedición y jornada que los
catalanes y aragoneses hicieron a las provincias de levante, cuando
su fortuna y valor andaban compitiendo en el aumento de su poder y
estimación: llamados por Andrónico Paleólogo, emperador de griegos,
en socorro y defensa de su imperio y casa: favorecidos y estimados
en tanto que las armas de los turcos le tuvieron casi oprimido, y
temió su perdición y ruina; pero, después que por el esfuerzo de
los nuestros quedó libre dellas, maltratados y perseguidos con gran
crueldad y fiereza bárbara, de que nació la obligación natural de
mirar por su defensa y conservación, y la causa de volver sus fuerzas
invencibles contra los mismos griegos y su príncipe Andrónico; las
cuales fueron tan formidables, que causaron temor y asombro a los
mayores príncipes de Asia y Europa, perdición y total ruina a muchas
naciones y provincias, y admiración a todo el mundo. Obra será esta,
aunque pequeña por el descuido de los antiguos, largos en hazañas,
cortos en escribirlas[565], llena de varios y extraños casos, de
guerras continuas en regiones remotas y apartadas, con varios pueblos
y gentes belicosas, de sangrientas batallas y victorias no esperadas,
de peligrosas conquistas acabadas con dichoso fin por tan pocos y
divididos catalanes y aragoneses, que al principio fueron burla de
aquellas naciones, y después instrumento de los grandes castigos que
Dios hizo en ellas. Vencidos los turcos en el primer aumento de su
grandeza otomana, desposeídos de grandes y ricas provincias de la
Asia menor, y a viva fuerza y rigor de nuestras espadas encerrados en
lo más áspero y desierto de los montes de Armenia; después, vueltas
las armas contra los griegos, en cuyo favor pasaron, por librarse de
una afrentosa muerte, y vengar agravios que no se pudieran disimular
sin gran mengua de su estimación y afrenta de su nombre, ganados por
fuerza muchos pueblos y ciudades, desbaratados y rotos poderosos
ejércitos, vencidos y muertos en campo reyes y príncipes, grandes
provincias destruídas y desiertas, muertos, cautivos o desterrados
sus moradores (venganzas merecidas más que lícitas), Tracia,
Macedonia, Tesalia y Beocia penetradas y pisadas, a pesar de todos
los príncipes y fuerzas del oriente, y últimamente, muerto a sus
manos el duque de Atenas con toda la nobleza de sus vasallos y de los
socorros de franceses y griegos, ocupado su estado, y en él fundado
un nuevo señorío.

En todos estos sucesos no faltaron traiciones, crueldades, robos,
violencias y sediciones; pestilencia común, no sólo de un ejército
colectivo y débil por el corto poder de la suprema cabeza, pero de
grandes y poderosas monarquías. Si como vencieron los catalanes a
sus enemigos, vencieran su ambición y codicia, no excediendo los
límites de lo justo, y se conservaran unidos, dilataran sus armas
hasta los últimos fines del oriente, y viera Palestina y Jerusalén
segunda vez las banderas cruzadas. Porque su valor y disciplina
militar, su constancia en las adversidades, sufrimiento en los
trabajos, seguridad en los peligros, presteza en las ejecuciones,
y otras virtudes militares, las tuvieron en sumo grado[566], en
tanto que la ira no las pervirtió; pero el mismo poder que Dios les
entregó para castigar y oprimir tantas naciones, quiso que fuese
el instrumento de su propio castigo. Con la soberbia de los buenos
sucesos, desvanecidos con su prosperidad, llegaron a dividirse en
la competencia del gobierno; divididos[567], a matarse; con que
se encendió una guerra civil tan terrible y cruel, que causó sin
comparación mayores daños y muertes que las que tuvieron con los
extraños.


  Descripción de los Almugávares y de su modo de pelear

La antigüedad, madre del olvido, por quien han perecido claros hechos
y memorias ilustres, entre otras que nos dejó confusas, ha sido
el origen[568] de los almugávares; pero según lo que yo he podido
averiguar, fué de aquellas naciones bárbaras que destruyeron el
imperio y nombre de los romanos en España, y fundaron el suyo, que
largo tiempo conservaron con esplendor y gloria de grande majestad,
hasta que los sarracenos en menos de dos años le oprimieron, y
forzaron a las reliquias deste universal incendio que[569] entre
lo más áspero de los montes buscasen su defensa, donde las fieras
muertas por su mano les dieron comida y vestido.

Pero luego su antiguo valor y esfuerzo, que el regalo y delicias
tenían sepultado, con el trabajo y fatiga se restauró[570], y
les hizo dejar las selvas y bosques, y convertir sus armas contra
moros[571], ocupadas antes en dar muerte a fieras. Con la larga
costumbre de ir divagando, nunca edificaron casas ni fundaron
posesiones; en la campaña y en las fronteras de enemigos tenían
su habitación y el sustento de sus personas y familias: despojos
de sarracenos, en cuyo daño perpetuamente sacrificaban las vidas,
sin otra arte ni oficio más que servir pagados en la guerra, y
cuando faltaban las que sus reyes hacían, con cabezas y caudillos
particulares, corrían las fronteras; de donde vinieron a llamar los
antiguos el ir a las correrías, _ir en almugavería_.

Llevaban consigo hijos y mujeres, testigos de su gloria o afrenta;
y como los alemanes en todos tiempos lo han usado, el vestido de
pieles de fieras, abarcas y antiparas de lo mismo. Las armas: una
red de hierro en la cabeza a modo de casco, una espada y un chuzo
algo menor de lo que se usa hoy en las compañías de arcabuceros. Pero
la mayor parte llevaban tres o cuatro dardos arrojadizos; era tanta
la presteza y violencia con que los despedían de sus manos, que
atravesaban hombres y caballos armados; cosa al parecer dudosa, si
Desclot y Muntaner[572] no lo refirieran, autores graves de nuestras
historias, adonde largamente se trata de sus hechos, que pueden
igualar con los muy celebrados de romanos y griegos.

Carlos, Rey de Nápoles, puestos ante su presencia algunos prisioneros
almugávares, admirado de la vileza del traje y de las armas, al
parecer inútiles, contra los cuerpos de hombres y caballos armados,
dijo con algún desprecio que si eran aquellos los soldados con que
el rey de Aragón pensaba hacer la guerra. Replicóle uno dellos,
libre siempre el ánimo para la defensa de su reputación: «Señor, si
tan viles te parecemos y estimas en tan poco nuestro poder, escoge
un caballero de los más señalados de tu ejército, con las armas
ofensivas y defensivas que quisiere; que yo te ofrezco con sola mi
espada y dardo de pelear en campo con él.» Carlos, con deseo de
castigar la insolencia del almugávar, aplazó el desafío y quiso
asistir y ver la batalla. Salió un francés con su caballo armado de
todas piezas, lanza, espada y maza para combatir, y el almugávar con
sola su espada y dardo. Apenas entraron en la estacada, cuando le
mató el caballo, y queriendo hacer lo mismo de su dueño, la voz del
Rey le detuvo, y le dió por vencedor y por libre. Otro almugávar en
esta misma guerra, a la lengua del agua[573], acometido de veinte
hombres de armas, mató cinco antes de perder la vida. Otros muchos
hechos se pudieran referir, si no fuera ajeno de nuestra historia el
tratar de otra largamente.

La duda que se ofrece sólo es del hombre, si fué de nación o de
milicia en sus principios. Tengo por cosa cierta que fué de nación, y
para asegurarme más en esta opinión, tengo a George Pachimerio[574],
autor griego, cuyos fragmentos dan mucha luz a toda esta historia,
que llama a los almugávares descendientes de los avares, compañeros
de los hunos y godos; y aunque no se hallará autor que opuestamente
lo contradiga, por muchas leyes de las _Partidas_ se colige
claramente que el nombre de almugávar era nombre de milicia, y el
ser esto verdad no contradice lo primero, porque entrambas cosas
pueden haber sido; en su principio, como Pachimerio dice, fué de
nación; pero después, como no ejercitaran los almugávares otra arte
ni oficio, vinieron ellos a dar nombre a todos los que servían en
aquel modo de milicia, así como muchas artes y ciencias tomaron
el nombre de sus inventores. Pero dudo mucho que hubiese quien se
agregase a los almugávares, milicia de tanta fatiga y peligro, sin
ser de su nación[575], porque la inclinación natural les hacía
seguir la profesión de los padres; ni hay hombre que, pudiendo
escoger, siguiese milicia que desde la primera edad se ocupase con
tanto riesgo de la vida, descomodidad y continuo trabajo. Nicéforo
Gregoras[576] dice que almugávar es nombre que dan a toda su
infantería los latinos (así llaman los griegos a todas las naciones
que tienen a su poniente); pero no hay para qué contradecir con
razones falsedad tan manifiesta, y más contra un autor tan poco
advertido en nuestras cosas como Nicéforo.


NOTAS

  [565] Imitación de Mariana, quien en el Prólogo de su historia
  dice: «España, más abundante en hazañas que en escritores...» En
  las enumeraciones que siguen, recuerda este prólogo de Moncada al
  de Hurtado de Mendoza, a quien especialmente imita.

  [566] Esta frase está construída con gran descuido e
  inconsecuencia. Deben borrarse los dos primeros _su_, escritos
  por Moncada, pensando dar otra conclusión a la frase, que luego
  olvidó. Tal como la termina hay que leer: «porque valor y
  disciplina militar, constancia, etc...»

  [567] Participio absoluto y elipsis del verbo; la frase completa
  sería: «una vez divididos _llegaron_ a matarse».

  [568] _Origen_ es el predicado de _ha sido_, en lugar de
  _memoria_, que va anticipado. La frase completa sería: _ha sido
  la del origen_.

  [569] Hoy se diría: «forzaron _a_ que buscasen»; Moncada suprimió
  quizá la preposición, porque la precedía otra con el acusativo
  «_a_ las reliquias.»

  [570] Aunque Moncada suele poner el verbo en plural cuando tiene
  varios sujetos, aquí usa el singular, porque _valor y esfuerzo_
  son una mera redundancia, y como el adjetivo _antiguo_ les
  precede, y, por lo tanto, ha de ir en singular, contribuye más a
  presentarlo a la imaginación como sujeto único y no doble.

  [571] El castellano antiguo no usaba artículo con los nombres de
  naciones: «desamparó a castellanos»; «mucho plogo a castellanos.»

  [572] Bernardo Desclot y Ramón Muntaner, cronistas catalanes de
  la Edad Media. La historia del primero llega hasta la muerte de
  Pedro III el Grande, 1285, y la de Muntaner hasta Jaime II.

  [573] «Lengua del agua», orilla, tierra que el agua lame con sus
  ondas.

  [574] Autor de la historia de Andrónico Paleólogo.

  [575] Este razonamiento contradícelo Desclot, cap. 79, quien
  afirma que los almugávares eran de varias naciones, a pesar de
  que en su tiempo vivían únicamente de entradas y robos en tierra
  de sarracenos: «e son Catalans e Aragonesos e Serrayns».

  [576] Autor de una Historia Bizantina.



DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS

(1580-1645)


Su _Política de Dios_ fué publicada en 1626; en igual año, la _Vida
del Buscón_; los dos _Sueños_ titulados: las _Zahurdas de Plutón_ y
la _Visita de los Chistes_ en 1627, y el _Marco Bruto_ en 1644.

El siglo XVI había adornado el lenguaje con el período amplio y
la frase fluida y encadenada. Fray Luis de Granada y Fray Luis de
León, habían adiestrado en su uso la prosa doctrinal; Cervantes, la
prosa narrativa. Sólo en los historiadores (sobre todo en Mendoza,
bastante menos en Mariana) se advertía la opuesta tendencia, a la
frase cortada y breve. Esta manera especial de los historiadores
obedecía, según se ha dicho, a la imitación de Salustio y Tácito,
y como en el siglo XVII abundan, al par de los historiadores, los
escritores moralistas, que se inspiraban habitualmente en las obras
de Séneca el filósofo, cuajadas de sentencias, antítesis y simetrías,
de ahí que, contrastando con el lenguaje del siglo XVI, predomine
en el del XVII la frase elíptica. Era ésta la forma apropiada para
el estilo _conceptuoso_ que entonces predominó entre los prosistas
(contrario al que dominó en los poetas, el _culterano_); la cláusula
corta se prestaba muy especialmente para exponer los _conceptos_, que
así llamaban a la comparación primorosa de dos ideas que mutuamente
se esclarecen, y en general todo pensamiento agudo enunciado de
una manera rápida y picante. Lo que principalmente buscaba el
conceptista al escribir, era hacer gala de agudeza e ingenio, por
eso muestra gusto especial por las metáforas forzadas, asociaciones
anormales de ideas, transiciones bruscas, y gusto por los contrastes
violentos en que se funda todo humorismo, que humoristas son los
grandes escritores de este siglo, Quevedo y Gracián. En estos
autores geniales, el conceptismo aparece lleno de profundidad, la
frase encierra más ideas que palabras (al revés del culteranismo,
que prodiga más las palabras que las ideas); pero en los autores de
orden inferior de este siglo la agudeza suele estribar únicamente
en lo rebuscado del pensamiento, en equívocos triviales y en
estrambóticas comparaciones. El siglo XVI fué el de esplendor de la
prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas
de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra
literaria el artificio y la agudeza.

Quevedo es el representante más notable del estilo propio de los
autores del siglo XVII y el maestro de casi todos ellos. Es un genio,
aunque un genio de la decadencia; modelo en la expresión siempre
penetrante y enérgica, en el lenguaje satírico lleno de ironía y
escarnio, en el chiste pronto y centelleante, en los abultados rasgos
con que esboza los tipos caricaturescos de sus obras festivas y las
tétricas fantasías burlescas de sus _Sueños_. El defecto que a veces
echa a perder el estilo de Quevedo es la exageración del ingenio,
la originalidad extravagante, la oscuridad del concepto; como dice
Fernández Guerra: «hacen sudar sus genialidades y agudezas, y sobre
todo su lenguaje es tan idiótico y exquisito, que pone a prueba, para
sólo entenderlo a veces, a los talentos más ejercitados en el estudio
de nuestro riquísimo idioma».

En su lenguaje se mezclan el artificio literario con la castiza
llaneza popular; su vocabulario, al par que abunda en términos
técnicos y pedantescos, es de los más ricos en toda clase de términos
vulgares, sin que retroceda ante lo más grosero y soez, ofreciéndonos
así mezcladas las reminiscencias de la poderosa cultura del autor con
la vena genial de su inspiración picaresca.

En el manejo de los caudales de la lengua, muestra Quevedo soltura
y desenfado tan magistral, que halla siempre en ella instrumento
dócil a sus más sutiles y extrañas ocurrencias; se doblegan a los
caprichos de su imaginación lo mismo la sintaxis que la significación
de las voces, a las que frecuentemente da un valor convencional y
de ocasión, o las leyes de composición de las palabras, pues las
forja nuevas siempre que las echa de menos para lograr un efecto
cómico, creando así un diccionario burlesco suyo propio, lleno de
voces tales como _titulecer_, remedo de amanecer; _disparatario_, por
vocabulario de disparates; _pretenmuela_, cuando no le parece propio
usar «pretendiente», y otros innumerables, algunos de los cuales
forman parte de nuestro lenguaje ordinario. La invención de Quevedo
en el vocabulario de burlas la continúan otros autores de este siglo,
Gracián por ejemplo, en el vocabulario de las ideas abstractas; y
de esta labor de enriquecimiento y neologismo proviene la mayor
parte del caudal de la lengua moderna que hoy hablamos. La riqueza
heredada, que el lenguaje del siglo XVI ostentaba como único tesoro,
parecía ya escasa.


  POLÍTICA DE DIOS Y GOBIERNO DE CRISTO

  En esta obra dirige Quevedo a Felipe IV reglas de buen gobierno
  fundadas en los textos de la Biblia. Aquí, comentando a San
  Lucas, VII, y San Mateo, XI, da las señas ciertas del verdadero
  rey.

Envió San Juan sus mensajeros a Cristo, que le preguntaron si era el
que había de venir, el que esperaban, el Mesías prometido, el rey
Dios y hombre. Bien sabía San Juan que era Jesús el prometido, y que
no había que esperar a otro: no aguardó a nacer para declararlo[577].
¿Por qué, pues, manda a sus discípulos el Precursor santísimo que
de su parte le pregunten a Cristo lo que él sabía? La materia fué
la más grave que dispuso el Padre Eterno, y que obró el Espíritu
Santo, y que ejecutó el amor del Hijo: tratábase de dar a entender
al mundo con demostración que Jesús era hombre y Dios, el rey ungido
que prometieron los Profetas; quiso[578] que su pregunta enseñase con
la respuesta de Cristo lo que no podía tener igual autoridad en sus
palabras. Literalmente lo probaré con el texto sagrado.

Preguntaron a Jesús si era el prometido, el que había de venir; y
Cristo respondió con obras sin palabras; pues luego resucitó muertos,
dió vista a ciegos, pies a tullidos, habla a los mudos, salud a los
enfermos, libertad a los poseídos del demonio; y después dijo: «Id y
diréis a Juan que los muertos resucitan, los ciegos ven, los mudos
hablan, los tullidos andan, los enfermos guarecen.» Quien a todos da
y a nadie quita; quien a todos da lo que les falta; quien a todos da
lo que han menester y desean, ese Rey es, ese es el Prometido, es el
que se espera, y con él no hay más que esperar. Pobladas están de
coronas y cetros estas acciones. No dijo: «Yo soy rey»; sino mostróse
rey. No dijo: «Yo soy el Prometido»; sino cumplió lo prometido. No
dijo: «No hay que esperar a otro»; sino obró de suerte, que no dejó
que esperar de otro.

Sacra, Católica, Real Majestad[579], bien puede alguno mostrar
encendido su cabello en corona ardiente en diamantes, y mostrar
inflamada su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada
con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio el cetro
con el peso del oro, y dificultarse a la vista remontado en trono
desvanecido[580], y atemorizar su habitación con las amenazas bien
armadas de su guarda[581]; llamarse rey, y firmarse rey; mas serlo y
merecer serlo, si no imita a Cristo en dar a todos lo que les falta,
no es posible, Señor. Lo contrario, más es ofender que reinar.

Quien os dijere que vos no podéis hacer estos milagros, dar vista y
pies, y vida, y salud, y resurrección y libertad de opresión de malos
espíritus, ese os quiere ciego, y tullido, y muerto, y enfermo, y
poseído de su mal espíritu. Verdad es que no podéis, Señor, obrar
aquellos milagros; mas también lo es que podéis imitar sus efectos.
Obligado estáis a la imitación de Cristo. Si os descubrís donde os
vea el que[582] no dejan que pueda veros, ¿no le dais vista? Si
dais entrada al que necesitando de ella se la negaban, ¿no le dais
pies y pasos? Si oyendo a los vasallos, a quien[583] tenía oprimido
el mal espíritu de los codiciosos, los remediais, ¿no les dais
libertad de tan mal demonio? Si oís al que la venganza y el odio
tiene condenado al cuchillo o al cordel, y le hacéis justicia, ¿no
resucitáis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de
las viudas, que son mudos, y para quien todos son mudos, ¿no les
dais voz y palabras? Si socorriendo los[584] pobres, y disponiendo
la abundancia con la blandura del gobierno, estorbáis la hambre y
la peste, y en una y otra todas las enfermedades, ¿no sanáis a los
enfermos? Pues, ¿cómo, Señor, estos malsines de la doctrina de Cristo
os acreditarán los milagros de esta imitación, que sola os puede
hacer rey verdaderamente, y pasar la majestad de los cortos límites
del nombre? Por esto, soberano Señor, dijo Cristo: «Mayor testimonio
tengo que Juan Bautista, porque las obras que hago dan testimonio de
mí.» Y reconociendo esto San Juan, no dijo lo que sabía, sino mandó
a sus discípulos le preguntasen quién era, para que respondiendo sus
obras viese el mundo mayor testimonio que el suyo.

Pues si no puede ser buen rey, imitador del verdadero Rey de los
reyes, el que no diere a los suyos salud, vida, ojos, lengua, pies y
libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto? Será, sin duda, mal
espíritu, enfermedad, ceguera y muerte. Considere Vuestra Majestad
si los que os apartan de hacer estos milagros quieren ellos solos
veros y que los veáis; acompañaros siempre; que no habléis con otros,
y que otros no os hablen; que no obréis salud y vida y libertad,
sino con ellos; y sin otra advertencia conoceréis que os ciegan, y
os enferman, y os tullen, y os enmudecen; y os hallaréis obseso de
malos espíritus vos, cuyo oficio es obrar en todos los vuestros lo
contrario.

¡Insensatos electores de imperios son los nueve meses! Quien debe la
majestad a las anticipaciones del parto y a la primera impaciencia
del vientre, mucho hace si se acuerda, para vivir como rey, de
que nació como hombre. Pocos tienen por grandeza ser reyes por el
grito de la comadre; pocos, aun siendo tiranos, se atribuyen a la
naturaleza: todos lo hacen deuda a sus méritos. Dichoso es quien
nace para ser rey, si reinando merece serlo; y no se merece sino
con la imitación de las obras con que Cristo respondió que era rey.
El angélico Doctor Santo Tomás, en el opúsculo _De la enseñanza
del príncipe_, dice que si los monarcas, que están en la mayor
altura y encima de todos, no son como el fieltro, que defiende de
las inclemencias del tiempo al que le lleva encima, son como las
inclemencias, diluvios y piedra sobre las espigas que cogen debajo.
Lleva el vasallo el peso del rey a cuestas como las armas, para
que le defienda, no para que le hunda. Justo es que recompense,
defendiendo, el ser llevado y el ser carga.


  VIDA DE MARCO BRUTO

  Haciendo amplios comentarios al texto de la Vida de Bruto,
  escrita por Plutarco, supone que el matador de César pronuncia
  ante el pueblo esta oración:

«Ciudadanos de Roma: Las guerras civiles, de compañeros de Julio
César os hicieron vasallos; y esta mano, de vasallos os vuelve a
compañeros. La libertad que os dió mi antecesor Junio Bruto contra
Tarquino, os da Marco Bruto contra Julio César. De este beneficio
no aguardo vuestro agradecimiento, sino vuestra aprobación. Yo
nunca fuí enemigo de César, sino de sus designios; antes tan
favorecido[585], que en haberle muerto fuera el peor de los ingratos,
si no hubiera sido el mejor de los leales. No han sido sabidoras de
mi intención la envidia ni la venganza. Confieso que César, por su
valentía y por su sangre, y su eminencia en la arte militar y en
las letras, mereció que le diese vuestra liberalidad los mayores
puestos; mas también afirmo que mereció la muerte, porque quiso
antes tomároslos con el poder de darlos, que merecerlos: por esto
no lo he muerto sin lágrimas. Yo lloré lo que él mató en sí, que
fué la lealtad a vosotros, la obediencia a los Padres; no lloré su
vida, porque supe llorar su alma. Pompeyo dió la muerte a mi padre;
y aborreciéndole[586] como a homicida suyo, luego que contra Julio
en defensa de vosotros tomó las armas, le perdoné el agravio, seguí
sus órdenes, milité en sus ejércitos, y en Farsalia me perdí con
él[587]. Llamóme con suma benignidad César, prefiriéndome en las
honras y beneficios a todos. He querido traeros estos dos sucesos a
la memoria, para que veáis que ni en Pompeyo me apartó de vuestro
servicio mi agravio, ni en César me granjearon contra vosotros
las caricias y favores. Murió Pompeyo por vuestra desdicha: vivió
César por vuestra ruina: matéle yo por vuestra libertad. Si esto
juzgáis por delito[588], con vanidad le confieso; si por beneficio,
con humildad os le propongo. No temo el morir por mi patria; que
primero decreté mi muerte que la de César. Juntos estáis, y yo
en vuestro poder; quien se juzgare indigno de la libertad que le
doy, arrójeme su puñal, que a mí me será doblada gloria morir por
haber muerto al tirano. Y si os provocan a compasión las heridas
de César, recorred todas vuestras parentelas, y veréis cómo por él
habéis degollado vuestros linajes, y los padres con la sangre de
los hijos, y los hijos con la de sus padres, habéis[589] manchado
las campañas y calentado los puñales. Esto, que no pude estorbar y
procuré defender[590], he castigado. Si me hacéis cargo de la vida de
un hombre, yo os le hago de la muerte de un tirano. Ciudadanos: si
merezco pena, no me la perdonéis; si premio, yo os le perdono.»


  LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN

  El autor finge en este _Sueño_ que, dejando el camino
  desagradable y solitario de la virtud, se pasa a otro atestado de
  gente de todas condiciones que por él corría; encarece el humor
  agradable y entretenido de estos pasajeros, y pondera su contento
  de ir en compañía tan reverenda y honrada.

Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas: «¡Dejen pasar
los boticarios!»[591]--¿Boticarios pasan?--dije yo entre mí--; al
infierno vamos. Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por
una puerta como[592] de ratonera, fácil de entrar[593], e imposible
de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: «Al infierno vamos»;
y todos, estando en él, dijeron muy espantados: «¡En el infierno
estamos!» ¿En el infierno?--dije yo muy afligido--; ¡no puede ser!
Quíselo poner a pleito; comencéme a lamentar de las cosas que dejaba
en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas;
y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo, y vi venir
por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto[594] había
conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según
se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto.

Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes.
Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que
iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete
demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi
nombre; díjele y pasé. Llegaron a mis compañeros, y dijeron que eran
remendones, y dijo uno de los diablos: «Deben entender los remendones
en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se
vienen por acá.» Preguntó otro diablo cuántos eran; respondieron
que ciento, y replicó un verdugo mal barbado entrecano: «¿Ciento,
y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos
recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no
recibirles.» Afligiéronse ellos; mas al fin entraron. Ved cuáles
son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en
el infierno. Entró el primero[595] un negro, chiquito, rubio, de
mal pelo; dió un salto en viéndose allá, y dijo: «Ahora acá estamos
todos.» Salió de un lugar, donde estaba aposentado, un diablo de
marca mayor[596], corcovado y cojo; y arrojándolos en una hondura
muy grande, dijo: «Allá va leña.» Por curiosidad me llegué a él y le
pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo (que era diablo
de pocas palabras): «Yo era recuero de remendones. Iba por ellos al
mundo, y de traerlos a cuestas me hice corcovado y cojo; he dado en
la cuenta, y hallo que se vienen mucho más apriesa que yo los puedo
traer.» En esto hizo otro vómito dellos el mundo, y hube de entrarme
porque no había donde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a
traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno,
remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de
novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me
llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y
hablóme un hombre, que por las tinieblas no pude divisar más de lo
que la llama que le atormentaba me permitía. «¿No me conoce? me dijo;
a...» (ya lo iba a decir) y prosiguió tras su nombre:... «el librero?
Pues yo soy. ¡Quién tal pensara!» Y es verdad, Dios, que yo siempre
lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros... «¿Qué
quiere?--me dijo viéndome suspenso--pues es tanta mi desgracia que
todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos
libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y
por lo[597] que hicimos barato de los libros en romance y traducidos
del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en
otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán
a Horacio en castellano en la caballeriza.» Más iba a decir, sino
que un demonio le comenzó a atormentar con humazos de hojas de sus
libros, y otro a leerle alguno dellos. Yo, que vi que ya no hablaba,
fuíme adelante, diciendo entre mí: Hay quien se condena por obras
malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieran propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número
de ánimas gimiendo, y muchos diablos con látigos y zurriagas
azotándolos[598]. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino
cocheros; y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que
quisiera más (a manera de decir) lidiar con lacayos; porque había
cochero de aquellos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que
la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el
oficio, pues no sabían chasquear los azotes tan bien como ellos...

Y lleguéme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar
diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad
de ver frío en el infierno, qué era aquello; y salió a responder
un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y
dijo: «Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los
bufones, truhanes y juglares, chocarreros hombres por demás[599]
y que sobran en el mundo, y que están aquí retirados, porque si
anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta, que
templaría el dolor del fuego.» Pedíle licencia para llegar a verlos;
diómela, y calofriado llegué y vi la más infame casilla del mundo,
y una cosa que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos
a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones
vi muchos hombres honrados que yo había tenido por tales; pregunté
la causa, y respondióme un diablo que eran aduladores, y que por
esto eran bufones de entre cuero y carne[600]. Y repliqué yo, cómo
se condenaban, y me respondieron: «Gente es que se aviene acá sin
avisar, a mesa puesta y a cama hecha como en su casa. Y en parte los
queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros, y
nos ahorran de trabajos, y se condenan a sí mismos; y por la mayor
parte en vida los más ya andan con marca del infierno, porque el que
no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas en
las nalgas o pelar las cejas; y así, cuando acá los atormentamos,
muchos dellos después de las penas sólo echan menos las pagas...»

Y volviendo vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego,
ni hielo, ni demonio, ni pena alguna, dando las más desesperadas
voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose
pedazos a golpes y a vuelcos. ¡Válgame Dios!--dije en mi alma, ¿de
qué se queja éste no atormentándole nadie? Y él cada punto doblaba
sus alaridos y voces. «Dime, dije yo: ¿qué eres y de qué te quejas,
si ninguno te molesta, si el fuego no te arde[601] ni el hielo te
cerca?»--«¡Ay!, dijo dando voces, que la mayor pena del infierno es
la mía: ¿verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más
crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?», dijo; y empezó a
morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir; «vélos, que sin
piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué
terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer, y de los
consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación
tan continua! Déjasme tú, y sale el entendimiento con imaginaciones
de que hay gloria que pude gozar, y que otros gozan a menos costa que
yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento,
para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad
no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas
invisibles, y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres
potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la
conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí
miserable y perpetuo alimento de sus dientes.» Y diciendo esto,
salió[602] la voz: «¿Hay en todo este desesperado palacio quien
trueque sus almas y sus verdugos a[603] mis penas? Así, mortal, pagan
los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y fueron
discretos; ellos se son infierno y martirio de sí mismos.» Tornó
amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él
medroso, diciendo: ¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina
y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién se lo vió[604] llorar
sólo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno?


  VISITA DE LOS CHISTES

  En este _Sueño_ el autor ve en el Infierno a varios personajes
  que se nombran en frases hechas. Entrevista con Don Enrique de
  Villena.

Descubrióse una grandísima redoma de vidrio, dijéronme que llegase,
y vi jigote, que se bullía[605] en un ardor terrible, y andaba
danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando
unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo
un brazo, un muslo y una pierna, y al fin se coció y enderezó[606]
un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé,
y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no me diferenciaba de
los muertos. ¡Jesús mil veces!, dije, ¿qué hombre es éste, nacido
en guisado, hijo de una redoma? En esto oí una voz que salía de la
vasija, y dijo: «¿Qué año es éste?»--«De seiscientos y veinte y dos»,
respondí.--«Este año esperaba yo.»--«¿Quién eres, dije, que, parido
de una redoma, hablas y vives?»--«¿No me conoces?, dijo; la redoma
y las tajadas ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico
de Europa?[607] ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de
una redoma para ser inmortal?»--«Toda mi vida lo he oído decir, le
respondí; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre
dijes y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a
sospechar fué que eras algún alquimista que penabas en esa redoma, o
algún boticario; todos mis temores doy por bien empleados por haberte
visto.»--«Sábete, dijo, que mi nombre no fué del título que me da
la ignorancia[608], aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié
y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los
doctos.»--«Sí me acuerdo, dije yo: oído he decir que estás enterrado
en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.»--«Ya que
has venido aquí, dijo, desatapa esa redoma.» Yo empecé a hacer fuerza
y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era
hecha, y díjome: «espera; dime primero: ¿hay mucho dinero en España?
¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito?
¿Qué valor?» Respondíle: «No han descaecido las flores de las Indias,
aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas desde España al
cerro del Potosí, con que se van restañando las venas, y a chupones
se empezaron a secar las minas.»--«¿Ginoveses andan a la zacapela
con el dinero?, dijo él; vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses
son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con
gatos[609]. Y vese que son lamparones, porque sólo el dinero que va a
Francia[610] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo[611]
andando esos usagres de bolsas por las calles? No digo yo hecho
jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes
que verlos hechos dueños de todo.»--«Señor nigromántico, repliqué yo,
aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo
caudal, úntanse de señores, y enferman de príncipes; y con esto y los
gastos y empréstidos[612] se apolilla la mercancía y se viene todo
a repartir en deudas y locuras. La verdad adelgaza y no quiebra, en
esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y
quiebran.»--«Animádome has, dijo, con eso. Dispondréme a salir desta
vasija, como primero me digas en qué estado está la honra en el
mundo.»--«Mucho hay que decir en esto, le respondí yo; tocado has una
tecla del diablo: todos tienen honra y todos son honrados, y todos lo
hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se
está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estados debajo
de tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y
que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar
esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un
testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado
antes se ha de dejar morir entre dos paredes que sujetarse a nadie,
y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la
cuenta, y llaman honra a la comodidad; y con presumir de honrados y
no serlo, se ríen del mundo.»--«El diablo puede salir a vivir en ese
mundecillo, dijo el. Considérome yo a los hombres con unas honras
títeres que chillan, bullen y saltan; que parecen honras, y mirado
bien son andrajos y palillos. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El
embuste y la trapaza caballería? ¿Y la insolencia donaire? Honrados
eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos a los
extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España
ni el vino se queja de mal bebido ni los hombres mueren de sed. En
mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora
parece que se sube hacia arriba... Dime, ¿hay letrados?»--«Hay plaga
de letrados, dije yo; no hay otra cosa sino letrados; porque unos
lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio,
y déstos pocos; y otros (éstos son los más) son letrados porque
tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré
como apasionado), y todos se graduan de dotores y bachilleres,
licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que
por las universidades; y valiera más a España langosta perpetua que
licenciados al quitar.»--«Por ninguna cosa saldré de aquí, dijo el
nigromántico. ¿Eso pasa? Ya yo los temía, y por las estrellas alcancé
esa desventura; y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de
letrados me avecindé en esta redoma, y por no los verme quedaré hecho
pastel en bote.» Repliqué: «En los tiempos pasados, que la justicia
estaba más sana, tenía menos dotores, y hála sucedido lo que a los
enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más
peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia,
por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada
como especias. Un Fuero Juzgo con su _maguer_ y su _cuemo_, y
_conusco_ y _faciamus_, era todas las librerías; y aunque son voces
antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil,
y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios,
Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios, consejos y decisiones y
responsiones y lecciones y meditaciones; y cada día salen autores, y
cada uno con tres volúmenes: _Doctoris Putei_, I, 6, volúmenes 1, 2,
3, 4, 5, 6 hasta 15. _Licenciati Abbatis de Usuris_, _Petri Cusqui
in Codicem_, _Rupis_, _Brutiparcin_, _Castani_, _Montocanense de
Adulterio et Parricidio_, _Cornazano_, _Rocabruno_, etc. Los letrados
todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan
diciendo: tengo tantos cuerpos; y es cosa brava que las librerías
de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus
amos. No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no
dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí.
Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar
a él; que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas: los
pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador, sin
justicia, y la justicia sin dinero, de las partes. ¿Queréis ver que
tan malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera
porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera
pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no
hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no
hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles,
no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no
hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera
cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de
un licenciadito, lo que disimula una barbaza[613] y lo que autoriza
una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán: Negocio es de
estudio; diga vuesa merced, que ya estoy al cabo; habla la ley en
propios términos.--Toman un quintal de libros, dánle dos bofetadas
hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa, arremedando un abejón,
luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa,
muy esparrancado de capítulos, y dicen: En el propio caso habla
el jurisconsulto. Vuesa merced me deje los papeles; que me quiero
poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y
vuélvase por acá mañana en la noche; porque estoy escribiendo sobre
la tenuta de Trasbarras; mas, por servir a vuesa merced, lo dejaré
todo. Y cuando al despediros le queréis pagar (que es para ellos la
verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver), dice,
haciendo grandes cortesías y acompañamientos: ¡Jesús, señor! Y entre
Jesús y señor, alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca
un doblón.»--«No he de salir de aquí (dijo el nigromántico) hasta
que los pleitos se determinen a garrotazos; que en el tiempo que por
falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían
que el palo era alcalde[614], y de ahí vino: _Júzguelo el alcalde de
palo_. Y si he de salir ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes
del mundo, que quien quisiere estar en paz y rico, me pague los
letrados a su enemigo para que lo embelequen y roben y consuman.
Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?»--«Sí la hay, dije yo; no hay
otra cosa sino Venecia y venecianos.»--«¡Oh! dóila al diablo (dijo
el nigromántico) por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda
darla a nadie sino por hacerle mal. Es república esa, que mientras
que no tuviere conciencia durará, porque si restituye lo ajeno no le
queda nada. ¡Linda gente!, la ciudad fundada en el agua, el tesoro
y la libertad en el aire, la deshonestidad en el fuego; y al fin es
gente de quien huyó la tierra[615], y son narices de las naciones
y el albañal de las monarquías por donde purgan las inmundicias de
la paz y de la guerra; y el turco los permite por hacer mal a los
cristianos, los cristianos por hacer mal a los turcos, y ellos, por
poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos, y así
dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los
suyos contra los cristianos. ¡Ea, que antes fuisteis venecianos que
cristianos! Dejemos eso, y dime: «¿hay muchos golosos de valimientos
de los hombres del mundo?»--«Enfermedad es (dije yo) esa de que todos
los reinos son hospitales.» Y él replicó: «Antes casas de orates
entendí yo; mas según la relación que me haces, no me he de mover
de aquí. Mas quiero que tú les digas a esas bestias que en albarda
tienen la vanidad y ambición, que los reyes y príncipes son azogue
en todo. Lo primero, el azogue, si le quieren apretar, se va; así
sucede a los que quieren tomarse con los reyes más mano[616] de lo
que es razón. El azogue no tiene quietud; así son los ánimos por la
continua mareta de negocios. Los que tratan y andan con el azogue,
todos andan temblando; así han de hacer los que tratan con los reyes,
temblar delante dellos de respeto y temor, porque si no, es fuerza
que tiemblen después hasta que caigan. ¿Quién reina ahora en España,
que es la postrera curiosidad que he de saber; que me quiero volver
a jigote, que me hallo mejor?» «Murió Filipo III», dije yo.--«Fué
santo rey y de virtud incomparable (dijo el nigromántico), según leí
yo en las estrellas pronosticado.»--«Reina Filipo IV días há», dije
yo.--«¿Eso pasa? (dijo). ¿Qué, ya ha dado el tercero cuarto para la
hora que yo esperaba?» Y diciendo y haciendo subió por la redoma, y
la trastornó y salió fuera. Iba diciendo y corriendo: «Más justicia
se ha de hacer ahora por un Cuarto que en otros tiempos por doce
millones.»

Yo quise partir tras él, cuando me asió del brazo un muerto, y dijo:
«Déjale ir; que nos tenía con cuidado a todos; y cuando vayas al otro
mundo di que Agrages estuvo contigo, y que se queja que le levantéis:
_Agora lo veredes_[617]. Yo soy Agrages: mira bien que no he dicho
tal; que a mí no se me da nada que ahora ni nunca lo veáis; y siempre
andáis diciendo: _Agora lo veredes, dijo Agrages_. Sólo ahora que
a tí y al de la redoma os oí decir que reinaba Filipo IV, digo
que ahora lo veredes. Y pues soy Agrages, _agora lo veredes, dijo
Agrages_.»


  VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS
  EJEMPLO DE VAGABUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS

  El buscón cuenta cómo estuvo en pupilaje con un compañero suyo de
  escuela, hijo de un notable segoviano.

Determinó, pues, Don Alfonso de poner a su hijo en pupilaje: lo
uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado.
Supo que había en Segovia un licenciado Cabra, que tenía por oficio
de criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para
que le acompañase y sirviese. Entramos primer domingo después de
Cuaresma en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite
encarecimiento. El era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle,
una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir[618] para
quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color. Los
ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos;
tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de
mercaderes; la nariz entre Roma y Francia...; las barbas descoloridas
de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que
amenazaba comérselas; los dientes le faltaban no sé cuántos, y pienso
que por holgazanos y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate
largo como avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a
buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos
como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de media abajo, parecía
tenedor, o compás con dos piernas largas y flacas; su andar muy de
espacio; si se descomponía algo, se sonaban los huesos como tablillas
de San Lázaro[619]; la habla ética; la barba grande, por nunca se la
cortar[620], por no gastar; y él decía que era tanto el asco que le
daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría
matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los
otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras,
y guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos
de caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no
se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían
por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca
parecía negra, y desde lejos entre azul; llevábala sin ciñidor; no
traía cuello ni puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana
mísera y corta, lacayuelo[621] de la muerte. Cada zapato podía ser
tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él:
conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos
que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado,
por no gastar las sábanas; al fin, era archipobre y protomiseria.
A poder, pues, déste vine y en su poder estuve con Don Diego, y la
noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática
corta, que por no gastar tiempo no duró más; díjonos lo que habíamos
de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuímos
allá: comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio
era un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta
cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los
vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de
flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y
dijo: «¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son
amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que
sois nuevo.»

Yo con esto me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que
todos los que de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas,
con unas caras que parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el
licenciado Cabra y echó la bendición; comieron una comida eterna,
sin principio ni fin; trajeron caldo en unas escudillas de madera,
tan claro, que en comer una dellas peligraba Narciso más que en la
fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado
tras un garbanzo güérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra
a cada sorbo: «Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo
que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.» Acabando de decillo,
echóse su escudilla a pechos[622], diciendo: «Todo esto es salud y
otro tanto ingenio.» ¡Mal ingenio te acabe! decía yo entre mí, cuando
vi un mozo, medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en
las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo
aventurero a vueltas, y dijo el maestro: «¿Nabos hay? No hay para
mí perdiz que se le iguale: coman, que me huelgo de vellos comer.»
Repartió a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las
uñas y se les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo,
dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba,
y decía: «Coman, que mozos son, y me huelgo de ver sus buenas ganas.»
Mire vuesa merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.

Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el
plato unos pellejos y unos güesos; y dijo el pupilero: «Quede esto
para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.»
¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado, decía yo; que tal
amenaza has hecho a mis tripas! Echó la bendición, y dijo: «Ea, demos
lugar a los criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio,
no les haga mal lo que han comido.» Entonces yo no pude tener la
risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese
modestia, y tres o cuatro sentencias viejas, y fuése. Sentámonos
nosotros; y yo, que vi el negocio mal parado, y que mis tripas pedían
justicia, como más cano y más fuerte que los otros, arremetí al
plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los
dos y el un[623] pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido
entró Cabra diciendo: «Coman como hermanos, pues Dios les da con
qué; no riñan, que para todos hay.» Volvióse al sol y dejónos solos.
Certifico a vuesa merced que había uno dellos que se llamaba Surre,
vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una
cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no
la acertaba a encaminar de las manos a la boca.


NOTAS

  [577] Alusión al pasaje de San Lucas, I, 41. «et factum est, ut
  audivit salutationem Mariæ Elisabeth, exultavit infans in utero
  ejus.»

  [578] La omisión de las conjunciones convenientes da alguna
  oscuridad al razonamiento seguido en este punto.

  [579] Este era el largo título oficial aplicado a los reyes en
  tiempos de Quevedo.

  [580] «_Desvanecido_, el flaco de cabeza, o el necio, loco
  presumido, o que da crédito a las lisonja.» (Covarrubias.)

  [581] «La guarda del Rey o del Príncipe, los que ciñen su persona
  cuando sale en público, y en su palacio están en la antecámara.»
  (Covarrubias.) Esta acepción no la da el Diccionario de la
  Academia a _Guarda_, sino sólo a _Guardia_.

  [582] Aquí _el que_ hace el doble oficio de sujeto de _vea_ y de
  complemento de _dejan_, en vez de separar ambos poniendo _aquel_
  como sujeto _a quien_ como complemento.

  [583] El plural _quienes_ era muy poco usado, aunque no faltan
  ejemplos desde la primera mitad del siglo XVI (v. CUERVO, _Notas
  a Bello_, pág. 54).

  [584] Véase atrás, pág. 200, n. 416.

  [585] El sobreentenderse una vez «_fui enemigo_ de sus designios»
  y otra «_fui_ tan favorecido» quita claridad a estas elipsis.

  [586] El sujeto de esta cláusula absoluta debiera de ir expreso,
  pues no se adivina hasta que, pasada la oración temporal: «luego
  que tomó las armas», se llega al verbo principal «le perdoné.»

  [587] Confirmación a lo dicho en la nota 268 de la pág. 121.

  [588] Compárese lo dicho en la pág. 203, n. 421, respecto al verbo
  _declarar_.

  [589] El sujeto _padres_ e _hijos_ refiérese a aquellos a quienes
  habla Bruto.

  [590] En el sentido de vedar, impedir.

  [591] Véase otra vez la nota 416 de la pág. 200.

  [592] Véase pág. 167, nota 352.

  [593] Hay mezcla de dos construcciones; en una, _fácil_ es
  calificativo de _puerta_ y rige al infinitivo _entrar_ (tomado
  en sentido pasivo) mediante la preposición _de_: «puerta fácil
  de entrar», como se dice «fácil de entender» por «fácil de
  entenderse» o «de ser entendido», expresión que en latín se
  haría por gerundio, «facilis ad intelligendum». En la otra
  construcción, _fácil_ está en sentido neutro, como predicado del
  verbo tácito, cuyo sujeto es _entrar_: «puerta que era fácil
  entrar por ella.» Tenemos, pues, la suma «_puerta fácil_ de
  entrar» + «_puerta por la que_ era fácil entrar.» = «_puerta
  fácil_ de entrar _por ella_.» La construcción se complica luego
  por el hecho de que el intransitivo _salir_ no puede tomarse,
  como _entrar_, en sentido pasivo. Como si dijéramos: «cosa buena
  de tratar» + «cosa acerca de la que es bueno tratar» = «cosa
  buena de tratar, pero delicada de insistir sobre ella.»

  [594] Envuelve su antecedente _tanto_ o _todo_, y va en neutro
  denotando la colectividad.

  [595] Adjetivo con sentido de adverbio, como en latín _primus_,
  _a_, _um_, por el adverbio _primum_. Véase atrás pág. 99, nota
  213.

  [596] _Marca_ es la medida cierta del tamaño ordinario que debe
  tener una cosa; «espadas de la marca», «paños de marca»; hablando
  del papel se dice: «de marca menor», «de marca mayor», designando
  ésta el que es de mayor tamaño que el otro, para estampar mapas,
  láminas y libros grandes.

  [597] _Lo que_ equivale a ‘lo mucho que’, ‘el grado en que’.
  (BELLO _Gr._, § 976.)

  [598] Considera en _ánimas_ el sentido de ‘hombres’.

  [599] _Por demás_ equivale a ‘en demasía, con exceso’; acepción
  que falta en el Diccionario académico. Usaba también _además_,
  véase pág. 148, nota.

  [600] «_Entre cuero y carne_, lo que no penetra, sino que es casi
  superficial.» (Covarrubias.)

  [601] _Arder_, en el sentido transitivo de ‘abrasar’ fué harto
  frecuente en los tiempos clásicos, pero ya en el siglo pasado lo
  notaba de raro el Diccionario de Autoridades. En el Diccionario
  vulgar tuvo la marca de anticuado hasta la décima edición; en la
  undécima (1869) y duodécima (1884) está rehabilitado (CUERVO,
  _Dicc._) El mismo Quevedo dice:

        Ícaro en senda de oro mal segura
      arde sus alas por morir glorioso.

  [602] Tal vez equivale a ‘esforzó la voz’ por más que parece raro
  este sentido transitivo de _salir_.

  [603] Cosa que se puede trocar _con_ otra (Nebrija). Trocar una
  cosa _por_ otra (Covarrubias).

  [604] El _se_ es un reflexivo impropio, en dativo, que se usa con
  ciertos transitivos para realzar la parte que el sujeto toma en
  la acción, como: no sé lo que me digo.

  [605] _Bullir_ en el sentido de ‘moverse’, tiene uso reflexivo.
  Santa Teresa dice: «_no osa bullirse ni menearse_.»

  [606] Usado en el sentido anticuado de _aderezar_ o guisar las
  viandas.

  [607] Don Enrique de Villena fué nieto de Don Alonso, Marqués
  de Villena, primer condestable de Castilla, y después Duque
  de Gandía, hijo del Infante Don Pedro de Aragón. La madre de
  Don Enrique fue Doña Juana, hija bastarda del Rey Don Enrique
  II; «Este Don Enrique fue inclinado a las ciencias y artes mas
  que a la caballeria;... dexóse correr a algunas viles o raeces
  artes de adivinar e interpretar sueños y esternudos y señales,
  e otras cosas tales que ni a príncipe real, e menos a católico
  cristiano convenían». Murió en Madrid, de cincuenta años, a 15 de
  diciembre de 1434. Depositaron su cuerpo en el convento de San
  Francisco. (FERNÁN PÉREZ DE GUZMÁN _Generaciones y semblanzas_,
  capítulo XXVIII.) El vulgo supuso que Don Enrique, por arte de
  nigromancia, se había hecho picar en jigote y encerrar en una
  redoma para volver a segunda vida.

  [608] Alude a la errada denominación de Marqués de Villena que
  vulgarmente se aplica a Don Enrique. Un manuscrito de este
  _Sueño_ tiene esta variante: «Sabe, dijo, que no fuí Marqués
  de Villena, que ese título me da la inociencia: llamáronme Don
  Enrique de Villena, fuí Infante de Castilla; estudié y escribí»,
  etc.

  [609] Quevedo usa mucho la voz _gato_ en su acepción de ‘ladrón
  ratero’.

  [610] Aclara este pasaje la variante que ofrece un manuscrito:
  «sólo el dinero que va a Francia sana de esos lamparones,
  porque el Rey de Francia no admite ginoveses». A los reyes de
  Francia les atribuía el pueblo la milagrosa virtud de curar los
  lamparones o escrófulas.

  [611] Esto es: «¿había de salir yo?» Los verbos _haber_ y _tener_
  alternan en su uso de auxiliares, pero aquí es de notar la
  ausencia de la preposición _de_.

  [612] Anticuado, por _empréstito_.

  [613] Parece que toma la barba como característica de los
  letrados: en esto debe fundarse el refrán: _callen barbas y
  hablen cartas_. De la gorra dice Covarrubias: «Llamaron medias
  gorras aquellas cuya faldilla caía derecha la mitad, y cubría
  el pestorejo, y las orejas, y con una toquilla que formaba una
  rosa en medio de la coronilla y ésta era cobertura de letrados y
  consejeros de los Reyes. Esto está ya mudado, porque empezaron a
  levantar un pedazo de la copa de la gorra..., luego la empinaron
  toda, de suerte que della al sombrero hay poca diferencia.»

  [614] En el sentido anticuado de ‘_juez_’.

  [615] Alude a la fundación de Venecia.

  [616] Tener mano con uno, tener poder y valimiento con él.

  [617] Agrages, sobrino de la Reina Elisena, madre de Amadis de
  Gaula e hijo del Rey Languines, es uno de los héroes del famoso
  libro de _Amadis_, cuya lectura, muy común entre próceres e
  hidalgos en los siglos XV y XVI, llevó al público el adagio en
  fórmula de amenaza que se ridiculiza en este lugar.

  [618] COVARRUBIAS dice: «Son temidos los bermejos por cautelosos
  y astutos, como lo insinua Marcial... Y bermegía vale tanto como
  agudeza maliciosa extraordinaria y perjudicial.»

  [619] Los lazarinos, que padecían la lepra llamada mal de San
  Lázaro, pedían limosna, haciendo ruido con unas tablillas o
  tejuelas.

  [620] Véase atrás, pág. 173, n. 364.

  [621] «_Lacayo_, el mozo de espuelas que va delante del señor
  cuando va a caballo. Es vocablo alemán introducido en España
  por la venida del rey Filipo, que antes no se había usado.»
  COVARRUBIAS.

  [622] «Echarse un cántaro de agua a pechos, beber con mucha sed.»
  COVARRUBIAS.

  [623] En estas fórmulas partitivas se suprime hoy el artículo
  ante el numeral.



EL P. BALTASAR GRACIÁN

(† 1658)


Publicó en 1650, con el nombre de Lorenzo Gracián, la primera parte
de su novela filosófica _El Criticón_, y en 1653, la segunda. _El
Discreto_, colección de retratos morales, apareció en 1646.

Este profundo escritor, diestro conocedor de la naturaleza humana,
tan gustado por los filósofos y moralistas franceses y alemanes en
los siglos XVII y XVIII, pertenece, por su estilo, a la escuela
de Quevedo, de quien era gran admirador. Era, como dice Menéndez
y Pelayo, «talento de estilista de primer orden, maleado por la
decadencia literaria; pero, así y todo, el segundo de aquel siglo en
originalidad de invenciones fantástico-alegóricas, en estro satírico,
en alcance moral, en bizarría de expresiones nuevas y pintorescas,
en _humorismo_ profundo y de ley...; el que quiera hacerse dueño de
las inagotables riquezas de nuestra lengua, tiene todavía mucho que
aprender en _El Criticón_, aun después de haber leído a Quevedo».

Es quizá el escritor más conciso de nuestra literatura. Su laconismo
es casi siempre de admirar; lo profesaba como una de las principales
reglas de su estilo: _lo bueno, si breve, dos veces bueno; más
obran quintas esencias que fárragos_; por esto sus obras brillan
principalmente en la abundancia de máximas morales, animadas por un
espíritu de profunda observación. Pero cayó en las exageraciones
de todos los conceptistas, mirando como única fuente de belleza
el concepto agudo, variado de mil artificiosas maneras: «Son
los conceptos, escribía, vida del estilo, espíritu del decir, y
tanto tienen de perfección cuanto de sutileza. Hase de procurar
que las _proposiciones_ hermoseen el estilo, los _misterios_ le
hagan preñado, las _alusiones_ disimulado, los _empeños_ picante,
las _ironías_ le den sal, las _crisis_ hiel, las _paranomasias_
donaire, las _sentencias_ gravedad, las _semejanzas_ lo fecunden y
las _paridades_ lo realcen; pero todo esto con un grano de acierto:
que todo lo sazona la cordura.» Esta le faltó a menudo, haciéndole
caer en los extremos del ingenio y dando a su expresión oscuridad
enigmática.

Lo mismo que Quevedo, maneja el lenguaje con gran libertad, empleando
compuestos y derivados nuevos, y en sus obras se hallarán palabras
desusadas en el siglo XVI, principalmente abstractas, que los
culteranos y conceptistas introducían entonces en la lengua para
la expresión desembarazada de pensamientos generales. Como ejemplo
pueden recordarse: _reagudo_ ‘el que se pasa de listo’, _conrey_,
_conreynar_ ‘conregnare’, _improporción_, _incomprensibilidad_,
_exorbitancia_, _desautorizado_, _integérrimo_, etc.


  EL DISCRETO
  NO ESTAR SIEMPRE DE BURLAS. SÁTIRA.

Es muy seria la prudencia, y la gravedad concilia veneración de dos
extremos; más seguro es el genio majestuoso. El que siempre está
de burlas nunca es hombre de veras, y hay algunos que siempre lo
están, tiénenlo por ventaja de discreción y le afectan; que no hay
monstruosidad sin padrino; pero no hay mayor desaire que el continuo
donaire. Su rato han de tener las burlas; todos los demás las veras.
El mismo nombre de sales está avisando cómo se han de usar. Hase de
hacer distinción de tiempos, y mucho más de personas. El burlarse con
otro es tratarle de inferior, y a lo más, de igual, pues se le aja el
decoro y se le niega la veneración.

Estos tales nunca se sabe cuándo hablan de veras, y así los igualamos
con los mentirosos, no dándoles crédito a los unos por recelo de
mentira, y a los otros de burla. Nunca hablan en juicio, que es tanto
como no tenerle, y más culpable, porque no usar de él por no querer,
más es que por no poder, y así no se diferencia de los faltos sino
en ser voluntarios, que es doblada monstruosidad. Obra en ellos la
liviandad lo que en los otros el defecto; un mismo ejercicio tienen,
que es entretener y hacer reír, unos de propósito, otros sin él.

Otro género hay aún más enfadoso por lo que tiene de perjudicial,
y es de aquellos que en todo tiempo y con todos están de fisga.
Aborrecibles monstruos, de quienes huyen todos más que del bruto de
Esopo, que cortejaba a coces y lisonjeaba a bocados. Entre fisga y
gracia van glosando la conversación, y lo que ellos tienen por punto
de galantería es un verdadero desprecio de lo que los otros dicen,
y no sólo no es graciosidad, sino una aborrecible frialdad. Lo que
ellos presumen de gracia es un prodigioso enfado de los que tercian.
Poco a poco se van empeñando hasta ser murmuradores cara a cara. Por
decir una gracia os dirán un convicio, y éstos son de quien Cicerón
abominaba, que por decir un dicho pierden un amigo o lo entibian;
ganan fama de decidores y pierden el crédito de prudentes. Pásase el
gusto del chiste y queda la pena del arrepentimiento: lloran por lo
que hicieron reír. Estos no se ahorran, ni con el más amigo ni con el
más compuesto, y es notable que jamás se les ofrece la prontitud en
favor, sino en sátira; tienen siniestro el ingenio.

Este, con otros defectos infelices, nace de poca sustancia y acompaña
la liviandad. En hombres de gran puesto se censuran más, y, aunque
los hace en algún modo gratos al vulgo por la llaneza, pone a peligro
el decoro con la felicidad; que como ellos no la guardan a los otros,
ocasionan el recíproco atrevimiento.

Es connatural en algunos el donoso genio. Dotóles de esta gracia
la naturaleza, y si con la cordura se templase, sería prenda, y
no defecto. Un grano de donosidad es plausible realce en el más
autorizado; pero dejarse vencer de la inclinación en todo tiempo es
venir a parar en hombre de dar gusto por oficio, sazonador de dichos
y aparejador de la risa; si en una cómica novela se condena por
impropiedad el introducirse siempre chanceando a Davo, y que entre
lo grave de la enseñanza o lo serio de la reprensión del padre al
hijo mezcle él su gracejo, ¿qué será, sin ser Davo, en una grave
conversación estar chanceando? Será hacer farsa con risa de sí mismo.

Hay algunos que, aunque le pese a Minerva, afectan la graciosidad,
y como en ellos es postiza, ocasiona antes enfado que gusto, y si
consiguen el hacer reír, más es fisga de su frialdad que agrado de
su donaire. Siempre la afectación fué enfadosa, pero en el gracejo,
intolerable, porque sumamente enfada, y queriendo hacer reír,
queda ella por ridícula, y si comúnmente viven desacreditados los
graciosos, ¿cuánto más los afectados, pues con su frialdad doblan el
precio?

Hay donosos y hay burlescos, que es mucha la diferencia. El varón
discreto juega también en esta pieza del donaire, no la afecta, y
esto en su sazón; déjase caer como al descuido un grano de esta sal,
que se estimó más que una perla, raras veces, haciéndole salva a la
cordura y pidiéndole al decoro la venia. Mucho vale una gracia en su
ocasión. Suele ser el atajo del desempeño. Sazonó esta sal muchos
desaires. Cosas hay que se han de tomar de burlas, y tal vez las que
el otro más de veras. Único arbitrio de cordura, hacen juego del más
encendido fuego.

Pesado es el extremo de los muy serios, y poco plausible Catón con
su bando, pero venerado; rígida será la de los compuestos y cuerdos;
pocos la siguen, muchos la reverencian, y aunque causa la gravedad
pesadumbre, pero no desprecio.

Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de
ingenio, chancear aún en la misma muerte; que si los sabios mueren
como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando. De esta
suerte un Carvajal mostró cuán rematada había sido su vida.

Los hombres cuerdos y prudentes siempre hicieron muy poca merced a
las gracias, y una sola bastaba para perder la real del Católico
prudente. Súfrense mejor unos a otros los necios, o porque no
advierten o porque se semejan. Mas el varón prudente no puede
violentarse, si no es que tercie la dependencia.


  EL CRITICÓN
  PARTE I, CRISI VI

  Visitando Critilo y Andrenio el mundo, buscan en vano, como
  Diógenes, algún hombre. Sátira de la que abandonan toda
  aspiración práctica por entregarse a ilusiones exageradas y vanas.

En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo
de rato y cansancio toparon con medio, un medio hombre y medio fiera;
holgóse tanto Critilo cuanto se inmutó Andrenio, preguntando: «¿Qué
monstruo es éste tan extraño?»--«No temas, respondió Critilo, que
éste es más hombre que los mismos, éste es el maestro de los reyes
y el rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh, qué bien
nos viene y cuán a la ocasión! Pues él nos guiará en esta primera
entrada del mundo, y nos enseñará a vivir, que importa mucho a los
principios.» Fuése para él saludándole, y correspondió el Centauro
con doblada humanidad; díjole como iban en busca de los hombres,
y que después de haber dado cien vueltas, no habían podido hallar
uno tan sólo».--«No me espanto, dijo él, que no es éste siglo de
hombres, digo, aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué, pensabais
hallar ahora un don Alonso el Magnánimo, en Italia; un Gran Capitán,
en España; un Enrico IV, en Francia, haciendo corona de su espada y
de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo, ni
aun memoria dellos.»--«¿No se van haciendo?», replicó Andrenio.--«No
llevan traza, y para luego es tarde; pues de verdad que ocasiones no
han faltado.»--«¿Cómo no se han hecho, preguntó Critilo?»--«Porque se
han deshecho; hay mucho que decir en ese punto, ponderó el Quirón;
unos lo quieren ser todo, y al cabo son menos que nada; valiera
más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con
las tijerillas de Tomeras. Pero yo digo que ni es eso ni esotro,
sino que mientras el vicio prevalezca, no campeará la virtud, y sin
ella no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene
arrinconadas a Belona y a Minerva en todas partes, y no trata ella
sino con viles herreros, que todo lo tiznan y todo lo yerran. Al
fin no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes, ni
en las armas, ni en las letras. Pero decidme, ¿dónde los habéis
buscado?» Y Critilo: «¿dónde los habemos de buscar sino en la tierra?
¿No es ésta su patria y su centro?»--«Qué bueno es eso, dijo el
Centauro; ¡mirá cómo los habíais de hallar! No los habéis de buscar
ya en todo el mundo, que ya han mudado de hito; nunca está quieto
el hombre, con nada se contenta.»--«Pues menos los hallaremos en
el cielo», dijo Andrenio.--«Menos, que no están ya ni en cielo ni
en tierra.»--«Pues ¿dónde los habemos de buscar?»--«Dónde? En el
aire.»--«¿En el aire?»--«Sí, que allí se han fabricado castillos en
el aire, torres de viento donde están muy encastillados, sin querer
salir de su quimera.»--«Según eso, dijo Critilo, todas sus torres
vendrán a ser de confusión, y por no ser Ianos de prudencia, les
picarán las cigüeñas manuales, señalándolos con el dedo, y diciendo:
¿éste no es aquel hijo de aquel otro? De suerte que con lo que ellos
echaron a las espaldas los demás les darán en el rostro.»--«Otros
muchos, prosiguió el Quirón, se han subido a las nubes, y aun hay
quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza en
las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios,
camaranchones de su presunción. Pero la mayor parte hallaréis acullá
sobre el cuerno de la luna, y aun pretenden subir más alto, si
pudieran.»--«Tiene razón, voceó Andrenio, acullá están, allá los
veo, y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros,
según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una
cara y ya otra, y aun ellos también no cesan entre sí de armarse
zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.»--«¡Hay
tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar propio del
hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en
este medio, y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¿Hay tal
disparate?»--«Sí, lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta
lástima para unos y de risa para otro, ver que el que ayer no se
levantaba de la tierra ya le parece poco un palacio, ya habla sobre
el hombro el que ayer llevaba la carga en él; el que nació entre
las malvas pide los artesones de cedro; el desconocido de todos hoy
desconoce a todos; el hijo tiene el puntillo de los muchos que dió su
padre; el que ayer no tenía para pasteles asquea el faisán; blasona
de linajes el de conocido solar, el vos es señoría; todos pretenden
subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los
de un toro, pues estando fuera de su lugar, es forzoso dar abajo con
ejemplar infamia.»



D. FRANCISCO MANUEL DE MELO

(1611-1667)


Publicó el año de 1645 su _Historia de los movimientos y separación
de Cataluña, y de la guerra entre la Majestad Católica de Don Felipe
el IV y la Diputación General de aquel Principado_.

Aunque Melo era natural de Lisboa, su lenguaje es castizo y elegante
castellano, modelo en la expresión feliz y acertada. Multitud de
portugueses de los siglos XVI y XVII miraban como suya propia a
nuestra lengua.

La dicción de Melo, breve, cortada y aforística, recuerda al tan
imitado Mendoza, que es su modelo; también, como éste, se inspira en
Tácito, de quien copia el corte general de su Prólogo. Pero no queda,
como Moncada, restringido a estos modelos antiguos; Melo pertenece de
lleno, por su estilo, al gusto del siglo XVII, y es un imitador de
Quevedo; aunque esto se ve más en sus otras obras (_Las tres musas_,
_Política militar_, _Eco político_), también resalta en la _Guerra de
Cataluña_, donde abundan las frases henchidas de pensamientos agudos
y profundos, las metáforas audaces e ingeniosas.

En el arte de la historiografía, representa una tendencia más
decidida a retratar con superior viveza y realidad los hechos de
que había sido testigo presencial, y, sobre todo, a caracterizar los
personajes, ayudándose para esto hasta de las arengas, que en la
pluma de otros historiadores no servían sino de mero adorno retórico:
«Procuro no faltar a la imitación de los sujetos cuando hablo por
ellos, ni a la semejanza cuando hablo de ellos; en inquirir y
retratar afectos, pocos han sido más cuidadosos; si lo he conseguido,
dicha ha sido de la experiencia que tuve de casi todos los hombres de
que trato; he deseado mostrar sus ánimos, no los vestidos de seda,
lana o pieles, sobre que tanto se desveló un historiador grande de
estos años, estimado en el mundo.» Pero entiéndase que esta mayor
profundidad a que aspira Melo, no va guiada hacia un fin científico
de exactitud, sino hacia un ideal puramente literario, deseando con
ese análisis de caracteres dar más interés dramático a su historia;
por lo demás, para lograr efectos artísticos, calla la verdad o
la violenta sin escrúpulo, como hacían todos los historiadores a
la manera clásica; por ejemplo: Melo, buscando el interés para su
relato, puso artificiosamente como primer estallido de la revolución
el tumulto que ensangrentó las calles de Barcelona el día del Corpus
de 1640, con cuya descripción formó una de las páginas más hermosas
de su obra, de la que aquí incluímos un extracto, y, sin embargo,
para concertar en ella el efecto, hubo de callarse que hacía ya
treinta y siete días que los disturbios habían comenzado[624].


  HISTORIA DE LA GUERRA DE CATALUÑA
  LIBRO I, PÁRRAFOS 79 A 99

  Estalla la revolución en Barcelona el 7 de junio de 1640

Había entrado el mes de junio, en el cual, por uso antiguo de la
provincia, acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona
muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos que
lo más del año viven desordenadamente, sin casa, oficio o habitación
cierta; causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares
donde los reciben; pero la necesidad precisa de su trato, no
consiente que se les prohiba; temían las personas de buen ánimo su
llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su
atrevimiento en perjuicio del sosiego público.

Entraban, comúnmente, los segadores en vísperas del Corpus, y se
habían anticipado aquel año algunos; también su multitud, superior a
los pasados, daba más que pensar a los cuerdos, y con mayor cuidado
por las observaciones que se hacían de sus ruines pensamientos.

El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola,
estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le
parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores
fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal
propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres
de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de
cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo,
juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante
votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores
eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el
cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza;
que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden
de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que
se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban
justificar su intención por cualquier suceso.

Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la
peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres;
empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se
atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían
parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas
compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza
no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su
poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían
pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por
conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también
porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su
remedio podía estar en sus manos.

Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución
del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio;
continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores.
Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos
mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que
muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez
otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.

Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles
y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en
todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia,
sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y
concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre
la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo
paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de
la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos
se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano,
sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía,
deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese
un miserable suceso...

Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre
facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle
conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del
Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre
los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de
los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre
ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados
de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el
tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían
furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos,
apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña
y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de
Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en
los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las
ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído.
La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para
todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos;
sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en
el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso,
pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo,
servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería,
y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los
españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado,
y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y
dichoso.

Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del
conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los
mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.

Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos
naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados
de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su
palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que
pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona
con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que
accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de
don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la
dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban
todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con
ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el
yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi
todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles
de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con
tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a
los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona,
sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su
dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta
suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos
los trances de su fortuna.

Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque
ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme
a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por
sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo
mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.

No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en
la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y
revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel
último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus
acciones.

Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni
sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales
deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en
nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.

Intentó por última diligencia satisfacer su queja al pueblo,
dejando en su mano el remedio de las cosas públicas, que ellos ya
no agradecían, porque ninguno se obliga ni quiere deber a otro lo
que se puede obrar por sí mismo; empero ni para justificarse pudo
hallar forma de hacer notoria su voluntad a los inquietos, porque las
revoluciones interiores, a imitación del cuerpo humano, habían de
tal suerte desconcertado los órganos de la república, que ya ningún
miembro de ella acudía a su movimiento y oficio.

A vista de este desengaño se dejó vencer de la consideración y deseo
de salvar la vida, reconociendo últimamente lo poco que podía servir
a la ciudad su asistencia, pues antes el dejarla se encaminaba a la
lisonja o a remedio acomodado a su furor. Intentólo, pero ya no le
fué posible, porque los que ocupaban la tarazana y baluarte del mar,
a cañonazos habían hecho apartar la una galera, y no menos porque
para salir a buscarla a la marina era fuerza pasar descubierto a las
bocas de sus arcabuces. Volvióse, seguido ya de pocos, a tiempo que
los sediciosos a fuerza de armas atropellaban las puertas; los que
las defendían, entendiendo la causa del tumulto, unos les seguían,
otros no lo estorbaban.

A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas
y voces; cada casa representaba un espectáculo; muchas se ardían,
muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía a la
furia; olvidábase el sagrado de los templos; la clausura e inmunidad
de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas;
hallábanse hombres despedazados sin examinar otra culpa que su
nación; aun los naturales eran oprimidos por crimen de traidores:
así infamaban aquel día a la piedad, si alguno abría sus puertas
al afligido o las cerraba al furioso. Fueron rotas las cárceles,
cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes.

Había el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces
de los que le buscaban pidiendo su vida; y depuestas entonces las
obligaciones de grande, se dejó llevar fácilmente de los afectos de
hombre; procuró todos los medios de salvación, y volvió a proseguir
en el primer intento de embarcarse; salió segunda vez a la lengua
del agua, empero como el aprieto fuese grande y mayor el peso de las
aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguían,
porque llegando al esquife de la galera, que no sin gran peligro los
aguardaba, hiciese como lo esperase también; no quiso aventurar la
vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse
el mozo, y alcanzando la embarcación, no le fué posible detenerla
(tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina);
navegó la galera, que le aguardaba fuera de la batería. Quedóse el
Conde mirándola con lágrimas, disculpables en un hombre que se veía
desamparado a un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto
de su perdición, volvió con vagorosos pasos por la orilla opuesta a
las peñas que llaman de San Beltrán, camino de Monjuich.

A esta sazón, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban
rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de
aquella victoria; todos sus pasos reconocían los de la tarazana: los
muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente a la muerte,
hicieron que no pudiese ocultarse a los que le seguían. Era grande
la calor del día, superior la congoja, seguro el peligro, viva la
imaginación de su afrenta; estaba sobre todo firmada la sentencia en
el tribunal infalible; cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo,
donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban,
fué muerto de cinco heridas en el pecho.

Así acabó su vida don Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, dando
famoso desengaño a la ambición y soberbia de los humanos, pues aquel
mismo hombre, en aquella región misma, casi en un tiempo propio, una
vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Oh grandes, que os parece
nacisteis naturales al imperio! ¿Qué importa, si no dura más de la
vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al
precipicio?


NOTA

  [624] DON CELESTINO PUJOL Y CAMPS, en su _Discurso_ de entrada
  en la Academia de la Historia, Madrid 1886, estudia los diversos
  puntos en que Melo violentó la verdad de los hechos.



DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS

(1744-1811)


La _Memoria en defensa de la Junta Central_ fué escrita un año antes
de la muerte del autor.

El siglo XVIII es de gran decadencia de la prosa. Apenas se empleaba
ésta más que en la exposición doctrinal y en la controversia;
abundan los investigadores de la historia, Berganza, Flórez, Masdeu,
Mayans; pero si sus escritos están muy llenos de crítica, carecen
de estilo, y la historia como arte no se escribe hasta Quintana; la
novela no tiene otra manifestación notable que el _Fray Gerundio_
del Padre Isla; en fin, apenas se hallarán sino dos maneras de
prosa: la didáctica y la polémica. A consecuencia de esta pobreza
de vida literaria, los buenos escritores de este siglo encontraban
una gran dificultad en su camino; pues lejos de disponer de una
lengua artística favorable, la hallaron estragadísima, teniendo que
aplicar cuidado y atención muy especiales en huir los muchos defectos
en que abundaba la lengua que entonces se escribía ordinariamente.
El vocabulario de la lengua escrita andaba muy menguado por el mal
gusto de amanerados autores, que ni se inspiraban en los clásicos
nacionales ni en el habla viva del pueblo; su principal fondo lo
formaban, de un lado, los latinismos extravagantes y los términos
abstractos introducidos a manos llenas en la poesía y en la oratoria
por los culteranos, y en la prosa por los conceptistas, y de otra
parte, gran caudal de galicismos que se desbordaba merced al gran
favor que en toda Europa gozaban entonces las ideas y los libros
franceses.

Jovellanos consiguió expurgar su dicción de estos viciosos elementos;
y si en las oraciones académicas y discursos de su primera época
no lo consiguió del todo, en la _Memoria de la Ley Agraria_ y en
la _Defensa de la Junta Central_ aparece su estilo muy aliviado
de cultismos y libre de galicismos. Sin embargo, entiéndase esto
último respecto del galicismo en el vocabulario, que era fácil de
desterrar cuando ya existía el Diccionario académico de autoridades,
que permitía averiguar rápidamente si tal vocablo estaba o no
autorizado por nuestros buenos escritores; pero el galicismo en la
sintaxis, como es más difícil de reconocer y de estudiar, escapó
con mayor facilidad a las persecuciones de nuestros más esmerados
prosistas[625].

Jovellanos puede pasar por el mejor tipo de prosa que nos ofrece el
siglo XVIII; en él aparecen reunidos con feliz tino los elementos de
la lengua clásica, con los elementos nuevos que era necesario acoger
para reflejar el pensamiento moderno, predispuesto a giros distintos
que los habituales en los autores antiguos, y preocupado de materias
por ellos no tratadas, como las relacionadas con la economía.

Jovellanos era ciertamente un purista, que buscaba restaurar, en
lo posible, la castiza lengua de nuestros clásicos; pero no era
radical en esta tendencia, como lo fué Vargas Ponce, que cayó en una
exageración sistemática de arcaísmo; el purismo de Jovellanos, como
el de Toreno y Quintana, fué templado, el que prevaleció e informa la
lengua que hoy usamos todos.

Lejos de toda afección de clasicismo rígido, la prosa de Jovellanos
es la primera de un grande autor moderno que nos ofrece un nuevo
elemento de riqueza; el _provincialismo_, usado intencionadamente
como recurso artístico, para lograr una expresión breve y pintoresca.
En sus cartas familiares, sobre todo en las dirigidas a su paisano
el canónigo don Carlos González de Posada, se hallan bastantes voces
asturianas, como _bígaro_ (caracol de mar), _escazabellar_ (revolver
papelotes), _solmenar_ (sacudir con fuerza), _peñerar_ (cerner),
etcétera[626], y basta recordar las novelas de Valera y de Pereda
para comprender el valor que en una obra literaria pueden tener estos
elementos dialectales.


  DEFENSA DE LA JUNTA CENTRAL
  ARTÍCULO III, INIC.

  La Junta Central, que asumió el poder de la nación en 1808
  en ausencia de Fernando VII, terminó su misión en enero de
  1810, siendo sus miembros objeto de calumnias y persecuciones
  secundadas por la suprema Regencia y por el Consejo de España e
  Indias. Jovellanos, miembro de esa Junta, habla en defensa propia
  y de sus compañeros.

En la última calumnia divulgada contra los miembros de la Junta
gubernativa, acabaron de vomitar sus enemigos todo el odio que
en sus ruines almas escondían. Era muy grave, sin duda, sobre
vergonzoso, el crimen de _peculato_; pero el de infidencia a la
patria en las circunstancias en que, y en las personas a quienes
se imputaba, reunía toda la enormidad que podía hacerle en el más
alto grado abominable y atrocísimo. Y esto hace ver que si nuestros
calumniadores fueron bastante insensatos para atribuirnos un crimen,
que por inverosímil y repugnante se haría increíble o se desvanecería
por sí mismo, también fueron bastante malvados en aprovechar el
momento que era más favorable para producir el pronto y terrible
efecto a que aspiraban. Hallábase la nación consternada por la
triste y no esperada derrota de Ocaña y por la falta del mejor de
sus ejércitos; los enemigos, vencida la barrera de Sierra-Morena,
venían derramándose sobre los cuatro reinos de Andalucía; uno de
sus ejércitos se avanzaba al de Sevilla y amenazaba su capital;
aquella populosa ciudad estaba ya en el mayor sobresalto, y en
este punto el Gobierno, saliendo de ella para trasladarse a la
isla de León, parecía abandonarla a su suerte. ¡Qué momento tan
oportuno para representar los centrales como fugitivos y traidores
a la credulidad de un vulgo tan acostumbrado a oír esta voz, y tan
agitado y descontento entonces, como propenso siempre a atribuir a la
infidelidad las desgracias públicas!

Pero por más que circunstancias tristes y raras hubiesen favorecido
aquella calumnia en Sevilla, por más que su eco hubiese resonado
en otras partes por algunos días, por más que la emulación y la
envidia hubiese salido en su apoyo en los lugares en que se reunió el
Gobierno, el tiempo sólo bastó para desvanecerla; la verdad tomó su
lugar, y se puede ya asegurar sin reparo que no habrá hoy en toda la
extensión de España un solo hombre de sano juicio y recto corazón que
pueda darle el más pequeño asenso.

Porque ¿a quién podría persuadirse que hombres tan altamente
calificados por la opinión pública cayesen todos de repente en tanta
vileza y corrupción como sus calumniadores suponían? ¿Cabía esto
siquiera en el corazón humano? No por cierto. Capaz del bien y el
mal, así como no se levanta de un vuelo hasta la cima de la heroica
virtud, tampoco se despeña de un golpe en la sima de la iniquidad.
Máximas de prudencia y justicia, de moderación y honestidad, bebidas
en la primera educación; ejemplos de fortaleza, de beneficencia y
patriotismo presentados en la juventud, y admirados y fielmente
seguidos, forman los hábitos virtuosos que le perfeccionan y elevan
por grados a la primera. Ignorancia y abandono en la primera
edad, malos ejemplos aplaudidos o defectos tolerados, y pasiones
mal reprimidas en la adolescencia, forman los hábitos perversos,
que le corrompen y abaten hasta la segunda. Cabe sin duda en la
flaqueza humana que un hombre antes inocente, agitado por el furor
de una pasión fogosa y exaltada, se arroje sin reflexión a cometer
alguna acción temeraria y violenta; pero ¿cabrá en este hombre
un atroz designio, que no pueda concebirse sino por la más negra
iniquidad, ordenarse sino con la más fría y profunda meditación,
ni ejecutarse sino por medios viles, oficios tenebrosos, arterías
y astucias pérfidamente maquinadas? Y lo que no cabe en un hombre
solo ¿cabría en más de treinta de tan distinguido carácter y de
probidad tan generalmente reconocida? Creer, pues, que todos, sin
excepción alguna, desmintiesen de repente esta probidad, y haciéndose
insensibles al freno del honor y sordos a la voz de la conciencia, y
olvidados de lo que debían a su Dios, a su rey, a su patria y a sí
mismos, se hiciesen de repente traidores, sería creer un fenómeno,
tan raro en el orden moral como el retroceso de los planetas en el
orden físico.

Y aun dado por posible este fenómeno moral, ¿cómo lo sería que en
tanto número de personas de tan diferente condición y carácter se
hallase tan estrecha unión, tan estudiado disimulo, tan profundo
secreto y tan tortuosa conducta, como este malvado designio requería?
Y cuando esto fuera repugnante en cualquier noble corporación, cuando
lo fuera en el más humilde gremio o cofradía, ¿cuánto más no lo
fuera en un cuerpo compuesto de tan nobles y tan varios elementos;
en un cuerpo en que se habían reunido prelados, grandes, canónigos,
militares, togados, intendentes y otras personas de diferente clase
y profesión; en un cuerpo cuyos individuos se distinguían, más
todavía que por su profesión, por su clase, por su educación, por
sus talentos, por sus estudios, por sus servicios y por su conducta
y carácter, y entre los cuales, por lo mismo, no podían faltar ni
el deseo de dominar y distinguirse, ni la lucha y diferencia de
opiniones, ni los celos y desavenencias, ni la falta de discreción
y prudencia, ni la buena ni aun la mala emulación; vicios endémicos
que turban la concordia de todas las corporaciones? Y cuando nuestros
enemigos no cesaban de llamar defectuosa e imperfecta nuestra
institución, precisamente porque entre tanto número de individuos
creían difícil hallar la unión, la actividad y el secreto necesario
para salvar la patria, ¿cómo podrían creer que sólo era fácil para
venderla? ¿Creían por ventura que esta unión era imposible para el
bien, y sólo posible y fácil para el mal? ¡Insensatos! El honor, la
conciencia, el respeto a la opinión pública, el amor a nuestro rey
y a nuestra patria, y el odio a la tiranía, nos pudieron unir y nos
unieron para desempeñar fielmente nuestro deber hasta donde nuestras
luces y nuestras fuerzas alcanzaron. ¿Cuáles, decid, cuáles pudieron
ser los motivos que nos uniesen para prostituirle?

Porque siendo constante que los hombres no obran sin que algún
impulso mueva o determine su acción, y que este impulso deba ser
proporcionado a la grandeza de las acciones que produce, a nuestros
enemigos toca señalar cuál pudo ser el que sacándonos de la senda
del honor y virtud nos despeñó en tanta vileza y depravación.
Sentimientos de odio y de amor, de temor o de interés, suelen mover
poderosamente las acciones humanas. Y bien, ¿cuál de éstos pudo
movernos a ser traidores a nuestro rey y a nuestra patria? ¿Será
el odio a un rey tan virtuoso y tan desgraciado, o a una patria
tan generosa y tan afligida? ¿A un rey que libraba en nosotros la
esperanza de recobrar su libertad y su trono, o a una patria que nos
había confiado el rescate de su rey y la defensa de su libertad?
¿Sería acaso el amor? Pero ¿a quién? ¿Al monstruo de perfidia que
tan vilmente había engañado a nuestro amado e inocente rey, y tan
cruelmente estaba ultrajando y oprimiendo a nuestra heroica y querida
patria? ¿Sería el temor? Pero ¿qué podían temer los que estaban
cubiertos con el escudo de la suprema autoridad y defendidos por todo
el poder de una nación tan heroica y valiente? ¿Sería el interés?
Pero ¿cuál pudo tentar a los que habían abandonado sus empleos, su
casa, su fortuna y sus esperanzas para servir y ser fieles a su
patria? Ni ¿qué interés pudo presentar a nuestra ambición la ruin
política del tirano? ¿De mando? ¿Cuál igualaría al que ejercíamos en
el seno de nuestra patria? ¿De honores? Y ¿cuáles serían comparables
a aquel a que nuestra patria nos había elevado? ¿De otras altas
recompensas? Pero ¿cuáles podría esperar nuestra perfidia de
un tirano ofendido y provocado, que no pudiese esperar nuestra
fidelidad de una patria generosa y reconocida? No, no; si esto no
cabía en nuestro carácter ni en nuestra conciencia, menos cabía en
nuestra razón ni en nuestra seguridad. ¿Podíamos acaso desconocer la
condición de un tirano, modelo de tiranos, tan sabiamente prevista y
tan exactamente definida por nuestras leyes? ¿Podíamos poner la menor
confianza en los halagos y sugestiones de un monstruo, para quien la
religión, los dulces vínculos del amor y de la sangre, el honor, la
amistad, la buena fe, son nombres vanos; para quien las palabras, las
promesas, los más solemnes tratados y los más santos juramentos, no
son otra cosa que medios de seducción y perfidia?

Pero ¿qué digo? Los que disfrutábamos el alto honor de estar al
frente de la nación más heroica del mundo, y aclamados en ella por
padres de la patria, ¿iríamos a postrarnos a los pies del soldán de
la Francia, para que nos pusiese en la lista de sus viles esclavos?
¿Iríamos a inclinar la rodilla ante el sátrapa de Madrid, para
ayudarle a usurpar el trono de Pelayo y robar a nuestro Fernando
el Sétimo la herencia de los Alfonsos y los Fernandos de Castilla?
¿Iríamos a mezclarnos con los Ofarriles, Urquijos y Morlas; con los
caballeros Arribas y Marquinas, para ser, como ellos, insultados
y despreciados por los insolentes bajáes del tirano, o iríamos a
confundirnos entre los demás apóstatas de la patria, para ser, como
ellos, escupidos y escarnecidos por nuestros fieles y oprimidos
hermanos, para ostentar a su vista la ignominia que cubre siempre el
rostro de los traidores, y para ser a todas horas objeto de su odio y
execración? ¡Oh, colmo de ignominia y vileza! ¡Oh, asombro de malicia
y perversidad! ¡Españoles, hijos de la lealtad y el honor, dechados
de probidad y buena fe, sed vosotros jueces en esta causa! Juzgad,
pronunciad si aquellos honrados ciudadanos que merecieron un día
vuestra confianza, pudieron caer en tan vil y vergonzoso abatimiento.
Y si todavía los hallais dignos de loor o de aprecio, haced que
vuestro imparcial y respetable juicio desplome sobre sus infames
calumniadores toda la ignominia con que quisieron manchar sus nombres
y memoria.


  CARTAS
  CARTA A DON ANTONIO PONZ

  El autor describe las romerías de Asturias y habla de la llamada
  _Danza Prima_.

Después de haber sesteado un rato por los lugares amenos y sombríos
de aquel contorno, se empiezan a disponer las danzas, que sirven de
ocupación al resto de la tarde. Estas danzas no son menos sencillas
y agradables que los demás regocijos del día. Cada sexo forma las
suyas separadamente, sin que haya ejemplar de que el desarreglo o la
licencia los hayan confundido jamás. El filósofo ve brillar en todas
partes la inocencia de las antiguas costumbres, y nunca esta virtud
es más grata a sus ojos que cuando la ve unida a cierta especie de
placeres, que la corrupción ha hecho en todas partes incompatible con
ella.

Aunque las danzas de los hombres se parece en la forma a la de las
mujeres, hay entre unas y otras ciertas diferencias bien dignas de
notarse. Seméjanse en unirse todos los danzantes en rueda, asidos de
las manos, y girar en rededor con un movimiento lento y compasado, al
son del canto, sin perder ni interrumpir jamás el sitio ni la forma.
Son una especie de coreas a la manera de las danzas de los antiguos
pueblos, que pueden tener su origen en los tiempos más remotos y
anteriores a la invención de la gimnástica. Pero cada sexo tiene su
poesía, su canto y sus movimientos peculiares, de que es preciso dar
alguna razón.

Los hombres danzan al son de un romance de ocho sílabas, cantado por
alguno de los mozos que más se señalan en la comarca por su clara
voz y por su buena memoria; y a cada copla o cuarteto del romance
responde todo el coro con una especie de estrambote, que consta de
dos solos versos o media copla. Los romances suelen ser de guapos y
valentones, pero los estrambotes contienen siempre alguna deprecación
a la Virgen, a Santiago, San Pedro u otro santo famoso, cuyo nombre
sea asonante con la media rima general del romance.

Esto me ha hecho presumir que tales danzas vienen desde el tiempo de
la gentilidad, y que en ellas se cantarían entonces las alabanzas de
los héroes, interrumpidas y alternadas con himnos a los dioses. Lo
cierto es que su origen es muy remoto, que el depravado gusto de las
jácaras es muy moderno, y que la mezcla de ellas con las súplicas
a los santos es tan monstruosa, que no pudieron nacer en un mismo
tiempo, ni derivarse de una misma causa.

Tampoco sería extraño presumir que estas danzas eclesiásticas, y
que tienen cierto sabor a los usos y estilos litúrgicos de la media
edad, pudieron ser traídas acá por los romeros que en ella venían
a peregrinar en este país; pues ya sabe usted que las romerías de
San Salvador en Oviedo, fueron en algún tiempo muy frecuentadas, y
aun de ellas dura todavía algún resto. Lo cierto es que esta mezcla
de devoción, regocijo y francachela, tiene parecer muy conforme al
espíritu de los siglos supersticiosos y al carácter de aquellos
devotos vagamundos, que con título de piedad andaban por entonces de
santuario en santuario, dados a la vida libre y holgazana, comiendo,
bebiendo y saltando por el rey de Francia.

Como quiera que sea, estas danzas varoniles suelen rematar muchas
veces en palos, única arma de que usa nuestro pueblo; y como nunca la
sueltan, vería usted a todos los danzantes con su garrote al hombro,
que sostienen con dos dedos de la mano izquierda, libre los otros
para enlazarse en rueda, seguir danzando en ella con gran mesura y
seriedad. Sucede, pues, frecuentemente que, en medio de la danza,
algún valentón caliente de cascos empieza a victorear a su lugar o su
concejo. Los del concejo confinante, y por lo común rival, victorean
al suyo; crece la competencia y la gritería, y con la gritería la
confusión; los menos valientes huyen; el más atrevido enarbola su
palo; le descarga sobre quien mejor le parece, y al cabo se arma tal
pelea de garrotazos, que pocas veces deja de correr sangre, y alguna
se han experimentado más tristes consecuencias.

Para remediar estos abusos, alguna vez ha pensado el gobierno en
prohibir el uso de los palos; pero ¡pobre país si esto sucediera! Los
hombres naturalmente tímidos y amantes de su conservación, gustan de
llevar consigo alguna prevención, alguna defensa contra los insultos
que les amenazan. Prohibido el uso de los palos, entrará sin duda
el de las navajas y cuchillos, armas mortíferas que hacen a otros
pueblos insidiosos y vengativos, y enervan y extinguen el valor y la
verdadera bizarría.

Ni por este uso puede usted tachar de bárbaros a mis paisanos.
Semejantes escenas, además de interesar en gran manera la curiosidad
por cuanto hieren fuertemente la imaginación de los espectadores, son
muy del gusto de los pueblos no corrompidos por el lujo, y en cierto
modo están unidas a la condición misma de la humanidad. «El hombre,
dice el sabio Fergusón, es demasiado propenso a las lides y a emplear
sus facultades naturales contra cualquiera enemigo: gusta de ensayar
su razón, su elocuencia, su constancia y aun su vigor y fuerzas
corporales. Sus recreos son muchas veces imagen de la guerra, el
sudor y la sangre suelen correr en sus juegos, y las fracturas y aun
la muerte dan término alguna vez a las fiestas y pasatiempos de su
ociosidad. Nacido para morir, hasta en su diversión halla su camino
para el sepulcro...»

Dejemos, pues, a los pueblos frugales y laboriosos sus costumbres,
por rudas que nos parezcan, y creamos que la nobleza del carácter en
que tienen su origen merecen por lo menos esta justa condescendencia.

Pero las danzas de las asturianas ofrecen ciertamente un objeto,
si no más raro, a lo menos más agradable y menos fiero que las que
acabamos de describir. Su poesía se reduce a un solo cuarteto o copla
de ocho sílabas, alternado con un largo estrambote, o sea estribillo,
en el mismo género de versos, que se repite a ciertas y determinadas
pausas. Del primer verso de este estrambote que empieza:

    Hay un galán de esta villa,

vino el nombre con que se distinguen estas danzas.

El objeto de esta poesía es ordinariamente el amor, o cosa que diga
relación a él. Tal vez se mezclan algunas sátiras o invectivas,
pero casi siempre alusivas a la misma pasión, pues ya se zahiere la
inconstancia de algún galán, ya la presunción de alguna doncella, ya
el lujo de unos, ya la nimia confianza de otros, y cosas semejantes.

Lo más raro y lo que más que todo prueba la sencillez de las
costumbres de estas gentes, es que tales coplas se dirigen muchas
veces contra determinadas personas; pues aunque no siempre se las
nombra, se las señala muy claramente, y de forma que no pueda dudarse
del objeto de la alabanza o de la invectiva. Aquella persona que más
sobresale en el día de la fiesta por su compostura o por algún caso
de sus amores; aquel suceso que más reciente es y notable en la
comarca; en fin, lo que en aquel día ocupa principalmente los ojos
y la atención del concurso, eso es lo que da materia a la poesía de
nuestros improvisantes asturianos. Ya ve usted si les será fácil
indicar las personas sin nombrarlas expresamente.

Supongo que para estas composiciones no se valen nuestras mozas de
ajena habilidad. Ellas son las poetisas, así como las compositoras de
los tonos, y en uno y otro género suele su ingenio, aunque rudo y sin
cultivo, producir cosas que no carecen de númen y de gracia. Pondréle
a usted dos ejemplos, entre mil que pudiera señalar, y si no entiende
el dialecto, tenga paciencia, que otros le entenderán.

En una de estas romerías a que concurrió cierto amigo mío, se había
presentado una fea que, entre adornos, llevaba una redecilla muy
galana y de color muy sobresaliente. Al instante fué notada de las
mozas, que le pegaron esta banderilla:

      Quítate la rede negra
    y ponte la colorada,
    para que llucia[627] la rede
    lo que non llu[627] la tó cara.

Era yo bien niño cuando el Ilmo. señor don Julio Manrique de Lara,
obispo entonces de Oviedo, se hallaba en su deliciosa quinta de
Contrueces, inmediata a Gijón, el día de San Miguel. Celebrábase
allí aquel día una famosa romería, y las mozas, como para festejar a
su ilustrísima, formaron su danza debajo de los mismos balcones de
palacio. El buen prelado, que estaba en conversación con sus amigos,
cansado del guirigay y la bulla de las cantiñas, dió orden para que
hicieran retirar de allí las danzas: sus capellanes fueron ejecutores
del decreto, que se obedeció al punto; pero las mozas, mudando de
sitio, bien que no tanto que no pudieran ser oídas, armaron de nuevo
su danza, cantando y recantando esta nueva letra, que su ilustrísima
celebró y oyó con gusto desde su balcón gran parte de la tarde:

      El señor obispo manda
    que s’acaben los cantares;
    primero s’an d’acabar
    obispos y capellanes.

Los estribillos con que se alternan estas coplas son una especie
de retahila que nunca he podido entender; pero siempre tienen sus
alusiones a los amores y galanteos, o a los placeres y ocupaciones
de la vida rústica. Los tonos son siempre tiernos y patéticos, y
compuestos sobre la tercera menor. Llevan la voz de ordinario tres
o cuatro mozas de las de más gallarda voz y figura, colocadas a la
frente del coro, y las otras van repitiendo ya la mitad de la copla,
ya el estribillo, a cuyo compás giran todas sin interrupción sobre
un mismo círculo, pero con lentos, uniformes y bien acordados pasos.
Entretanto resuena en torno una dulce armonía, que penetrando por
aquellos opacos y silenciosos bosques, no puede oírse sin emoción ni
entusiasmo.

No constan estas danzas, como nuestros modernos bailes, de fuertes y
afectadas contorsiones, propias para expresar unas pasiones violentas
y artificiosas, sino de movimientos lentos y ordenados, que indican
las tranquilas afecciones de un corazón inocente y sensible. Si esta
es o no una ventaja para los pueblos que la melindrosa corrupción
tiene por bárbaros, no parece un problema difícil de resolver.


NOTAS

  [625] En la misma _Defensa de la Junta Central_ escribía
  Jovellanos frases como esta: «no sólo nos tachan de usurpadores
  de la autoridad, no sólo atribuyen esta usurpación _a un espíritu
  el más conocido y descubierto de ambición y amor propio_, sino
  que para darle todo el carácter de la tiranía, la califican de
  violenta y forzada.» (I.ª 25.) La expresión «à _un_ esprit, _le_
  plus connu et le moins caché, d’ambition et d’amour propre» sería
  en francés correcta y aceptable; sin embargo, es menos corriente
  que la otra con artículo definido: «à _l_’esprit _le_ plus
  connu», que también es semejante a la de Jovellanos.

  [626] En una poesía (_Bibliot. Aut. Esp._ XLVI, 7 _a_) dice
  Jovellanos: «No pudo vencer a la tu mano en blancura;» el
  artículo con el posesivo es un asturianismo, que el autor acogió
  acaso a título de arcaísmo (v. pág. 144, línea 11).

  [627] _Llucia_ por ‘luzca’, y _llu_ por _lluz_, y éste por
  ‘luce’. En asturiano, toda _l_ inicial se hace _ll_ (_llobu_,
  _lluna_), y la _e_ final de los verbos se pierde tras ciertas
  consonantes (_quier_, _pon_, _merez_). Otros dialectalismos son
  _rede_ por ‘red’; también se dice _parede_, _ciudade_, etc. _la
  tó cara_ ‘tu cara’.



DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

(1760-1828)


El folleto de la _Derrota de los Pedantes_ apareció en 1789.

Moratín, el hijo, descuella sobre todo por su admirable prosa
dramática, que no se había vuelto a escribir desde _La Celestina_ de
Rojas, y _La Dorotea_ de Lope; pero es también muy digno de atención
en sus otras obras, donde se muestra, como dice Menéndez y Pelayo,
«uno de los escritores más correctos y más cercanos a la perfección
que hay en nuestra lengua, ni en otra alguna. Niéganle algunos viveza
de fantasía, profundidad de intención, calor de afectos y abundancia
de estilo. Aun la misma perfección de su prosa antes estriba en la
total carencia de defectos que en cualidad alguna de orden superior,
sin que conserve nada de la grande y caudalosa manera de nuestros
prosistas del siglo XVI. La sobriedad del estilo de Moratín, se
parece algo a la sobriedad forzada del que no goza de perfecta
salud; hay siempre algo de recortado y de incompleto que no ha de
confundirse con la sobriedad voluntaria, última perfección de los
talentos varoniles y señores de su manera.»

Su vocabulario es de una riqueza muy estimable, pero también es más
estudiado que espontáneo; lamentábase Moratín del olvido en que se
habían perdido multitud de voces y frases, y de la pobreza y sequedad
increíbles a que se reduce el lenguaje usual, aun en personas
letradas, y se propuso resucitar en sus escritos, lográndolo con gran
tino y acierto, buen número de expresiones que sin duda no había
recibido él por la tradición oral, sino por la lectura de nuestros
clásicos a que desde niño era aficionado.


  DERROTA DE LOS PEDANTES

  Los poetastros pedantes asaltan el Parnaso; Mercurio les impone
  una tregua, y cogiendo prisionero a uno de ellos, lo lleva ante
  Apolo en calidad de embajador.

Entraron, pues, en un salón magnífico y espacioso; el pavimento y
las paredes eran de esquisitos mármoles, la decoración corintia, las
basas y capiteles de sus columnas de oro purísimo, como también los
adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la pintura
todos los encantos de la ficción.

Allí se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento
humano: muda historia, capaz de encender el ánimo y arrebatarle a la
contemplación de los objetos más sublimes. En una parte se veía a los
hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura
tomó las formas que dió después a materias más durables, variando,
según la mayor o menor consistencia de ellas, la proporción de sus
edificios. A otro lado los egipcios daban principio a la geometría,
señalando sus campos con términos de piedras hacinadas, para que el
Nilo en sus inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros
señalaban en el suelo los contornos de la sombra, de donde tomó
su origen la pintura, perfeccionándose después lentamente con la
invención casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció
la antigüedad. Otros cortaban la corriente de un río, fiados a un
tronco mal seguro; una gran multitud admiraba desde la opuesta
orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban
al pecho sus pequeñuelos hijos. Los árabes y caldeos observaban
el aparente giro del sol, y en las serenas noches al planeta que
recibe su luz, y los demás astros que la distancia nos amenora o
nos oculta. La escultura en otra parte ponía sobre las aras bultos
informes que adoraba supersticioso el temor, y más allá los Fidias,
Lisipos y Praxiteles daban a los mármoles y bronces tan elegante
forma, que en algún modo parece que el arte disculpaba la idolatría.
Allí Orfeo reducía a los hombres en vida social, les daba leyes, y
les persuadía la necesidad de un culto religioso. Confucio enseñaba
virtudes morales a los remotos chinos. Eaco, Radamanto, Minos, Solón,
Licurgo y Numa establecían leyes, gobernando en justicia y paz nuevas
repúblicas; y a más distancia se veían florecer las ciencias y las
artes a la sombra de la libertad. Allí estaba representado el padre
Homero, a quien rodeaban con admiración los poetas de todas las
naciones y todos los siglos. Píndaro, al son de la lira, celebraba
con sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el
nombre de Hierón. Simónides cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos,
añadiendo nuevos sonidos a las cuerdas griegas, hacía aborrecible
entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en
amor, se precipitaba del promontorio de Leucate al mar, y repetía
muriendo el nombre de su ingrato Faón; en tanto que Anacreón de
Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano, danzaba alegre
al son de las flautas entre las Gracias y los Amores. Allí acudía la
juventud de Grecia a escuchar en las Academias, el Liceo y el Pórtico
las austeras lecciones de la moral; y no muy lejos se levantaban
teatros magníficos para declamar con el auxilio de la música las
grandes obras de Eschilo, Sófocles y Eurípides, que alternaban con
las del atrevido Aristófanes, a quien Menandro siguió después para
obscurecer la gloria de cuantos le habían precedido. En otra parte
Demócrito y el divino Hipócrates, reclinados junto a un sepulcro ya
destruído, conversaban profundamente a la sombra de unos cipreses
mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida,
los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que
ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá Demóstenes desde la
tribuna de las arengas conmovía al pueblo ateniense, le persuadía
por algunos instantes a sacudir el yugo macedónico; excitaba en
él estímulos de valor, recordándole las épocas gloriosas de sus
triunfos, los nombres santos de Milciades, Conón, Cimón y el justo
Arístides; y oponiéndose, por una parte, a todo el poder de Filipo,
y por otra, a la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia
de un vulgo corrompido e ingrato, veía a pesar de su elocuencia
irresistible perecer para siempre la libertad de su país, y perecía
con ella.

En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba
Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los
más célebres poetas españoles, según la edad en que florecieron, así
ocupaban por su orden las sillas.

Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no
menos se admiraron todos los demás al ver su figura ridícula, porque
era el hombre la más triste visión que imaginarse puede: reviejuelo,
arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo
tiñoso, chiquirritillo y contrahecho, si bien es verdad que le
desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco
y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en unas bayetas
pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un
ribete de arambeles por las orillas a modo de randas o cucharetero;
sus movimientos eran más vivos de lo que su edad prometía, la acción
teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.

--«Este es, dijo Mercurio a su hermano, el que he podido agarrar
entre aquella turba; él te dirá lo que deseas saber;»--y acercándose
a él, le dijo al oído: «mirad, señor, que aquí no os sufrirán
disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y a qué es
su buena venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo
hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar a los
perros, según le he visto de mal humor esta tarde;» y habiendo dicho
ésto, se fué volando a observar lo que pasaba en la escalera.

El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías,
y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó
a delirar de esta manera:

      «Reverberante Numen que del Istro
    Al Marañón sublimas con tu zurda,
    Al que en ritmo dulcísono te urda
    Elogio al son del címbalo y del sistro:
      Si la alígera prole de Caistro
    Blandos ministra acentos a mi burda
    Armónica pasión, ¡ay! no te aturda
    Ver rompo de tu tímpano el teristro.
      La nubígena Dea en alto plaustro,
    Ungiendo el nervio de oloroso electro,
    Me lleva en alas del Ouest y el Austro,
      Y hurtando a las Memnósides el plectro,
    Hoy me intromito en el fulgente claustro,
    Obstupefacto, a venerar tu espectro.»

Reventaba Apolo entre la indignación y la risa; las musas se tendían
por los suelos dando exorbitantes carcajadas; los poetas se miraban
los unos a los otros sin saber lo que les sucedía, y el badulaque,
muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero
Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo: «Ved, señor
enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis
versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es...».--«¡Ah! dijo el
de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decírmelo,
que ya lo he comprendido, lo que quiere es otro soneto con los mismos
consonantes; pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benévolo...»

Pero volvamos la mal tajada péñola a referir lo que Mercurio hizo
mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse
ni fiar a la fortuna el éxito de aquella empresa; había llegado a
entender, aunque confusamente, la pretensión estrafalaria de los
filólogos; y conociendo que Apolo no podía concederles nada, pensó
seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que
sólo a garrotazos se podría concluir tan enrevesado asunto.

Llamó a consejo a los poetas que imaginó más inteligentes y
acostumbrados a tales peleonas; tratóse el caso con la madurez que
requería, y se acordó, por último, que se hiciera provisión de
armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros, que
estaban en las inmediaciones de la cocina destinados a socarrar
pollos y envolver especias, y que además se recogiesen cuantos
trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para
convertirlos en armas arrojadizas, o en parapetos y trincheras.

Tratóse después del orden que se debía guardar en los ataques, y
resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de
la escalera, obligando a los eruditos a que, dejando el portalón,
pasaran al patio, creyendo todos que allí se les podría combatir más
a placer, ya fuese en batalla campal, o ya arrojando sobre ellos,
desde las ventanas que había alrededor, cuanto pudiera ofenderlos y
destruirlos.

Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar
herido Cervantes, mandase el ala derecha; la izquierda, don Diego de
Mendoza; el centro, don Alonso de Ercilla, y el cuerpo de reserva,
que debía acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al conde
de Rebolledo, acompañado de Lope de Vega, Cristóbal de Virués y otros
sujetos de acreditado valor y experiencia militar.

Después de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hacia
la escalera cuanto hallaron que podía ser útil para un caso de
rompimiento; acudieron luego al repuesto de los malos libros, y
llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces
no habían servido de gloria a sus autores, ni de utilidad alguna al
género humano, y en aquel día se hicieron apreciables; porque no hay
duda en que un mal libro, por malo que sea, siempre sirve, y más si
es de buen tomo, para descalabrar con él a cualquiera cuando no hay a
mano abundante provisión de cachiporras o peladillas de Torote.

Hecho, pues, todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del
culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver a la
zurra, fuese volando a decir a su hermano cuanto había dispuesto.
Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse a los
enemigos, creyendo que a sus razones y autoridad ni debían ni podían
oponerse. Dudó mucho Mercurio si aquella cuadrilla desvergonzada
guardaría respeto y moderación, hallándose ya obstinada en conseguir
por fuerza lo que pretendía; pero hubo de ceder, mal de su grado, a
las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al
techo para anunciar su venida.

A este tiempo empezó a notarse un rumor y conmoción general en el
bando contrario, mal satisfecho del suceso que había tenido la
erudita oración de su embajador; pero, dando Mercurio un grande
aullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que
Apolo iba a presentarse; que venerasen en él al grande hijo de
Júpiter, y que, pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en
cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.

Apolo entonces, levantado en hombros de los más robustos, se dejó
ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y
agradable a persuadirlos que, dejando las armas, se volviesen a sus
casas a cuidar de sus mujeres e hijos, si los tenían. Que no creyesen
que la nación perdería nada, perdiéndolos a ellos; pues no sólo
la harían una gran merced en quemar todos sus papeles y no volver
a escribir jamás ni aun la cuenta de la ropa, sino que, por otra
parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras
pasadas, podían dedicarse a varios ejercicios honestos, y adquirir
por ellos una subsistencia segura como buenos ciudadanos y gente de
juicio. Díjoles también que los hombres habían nacido para trabajar,
y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos
pocos, siendo buenos, bastan para ilustrar a todos los demás con su
sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera y trivial
como se habían imaginado, pues cualquiera ciencia o facultad necesita
todo un hombre, toda una vida, y tal reunión de circunstancias, que
rara vez llega a verificarse; y aun por eso, siendo tantos los que
siguen la carrera de las letras, son tan pocos los que han llegado
a poseerlas en grado sobresaliente, y a merecer el aprecio público
por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la
literatura nacional a otros talentos muy superiores, sin comparación,
a los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudición
enciclopédica que tanto les había trastornado la racionalidad, y tan
ridículo papel les había hecho hacer en estos últimos años a los
ojos de la Europa culta; y que sobre todo abjurasen de buena fe el
error de haberse creído poetas. Que no envidiasen esta gloria a los
que realmente lo son; gloria mezclada siempre de sinsabores los más
amargos; gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo a los
que, viviendo, pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las
cenizas de los que ya no existen.

Más iba a decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en
el zaguán, los gritos y amenazas, que Apolo, temiendo algún insulto
de parte de aquel populacho feroz, se bajó a toda prisa del trono
racional en que estaba encaramado, y comenzó a echar tacos y reniegos
por aquella boca, que Dios nos libre.

Seguía entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el
endiablado tuerto corría de un lado a otro atizando el fuego de la
discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le había hecho y
el poco aprecio que le merecían las doctas fatigas de tantos sabios;
ellos, que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo que
no es posible ponderar a qué extremo llegó entonces su frenesí.--«No
es ese, decían, no es ese Apolo; a ese no le conocemos, y estos son
ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros, tomándolo a
fiesta y tararira; que venga el hijo de Latona, que venga, él nos
conocerá y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.»

--«Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos
malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para
darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invención? Pero yo les juro por la
asquerosa Estigia que no se han de reir de mí; no, si no hacéos de
miel y paparos han moscas; para ellos no sirven razones; lo que no
les duele, no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta,
que la paguen, y acabemos de una vez con ellos.»

Dicho esto, se metió entre los suyos, repitió las órdenes, previno
los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de
trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de
Apolo las nuevas armas de que se habían prevenido.

Llovían librotes sobre los literatos intrusos; unos viejos, sucios y
despilfarrados; y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda,
y con láminas y elogios ultramontanos, y notas y animadversiones.
Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida
de sus gentes; pues aseguran algunos sujetos fidedignos, apoyados
en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron
derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece o catorce
contusionados o aturdidos.

Con esta pérdida se notó algún desfallecimiento en aquellas tropas, y
nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo a
cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los jefes
procuraban contenerlos, conociendo cuán cerca está de ser temeridad
el valor si la prudencia y el arte no le dirigen.

Pero a este tiempo ocurrió un accidente que puso a los de la escalera
en grave peligro de perderse; porque acabada que fué la primera
descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso _Macabeo
de Silveira_, que arrojado de robusta mano parecía una bala de cañón,
según el ímpetu que traía; hirió de paso, aunque levemente, a Luis
Barahona de Soto; y, volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al
tierno Garcilaso, que sin ser poderoso a resistirle, cayó aturdido
sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.

Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignación y
dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis o siete tomos
que vió a sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo.
No bien llegaron allá los _Comentos de Góngora_, que ésta era
la gracia de los tales volúmenes, cuando se conoció el horrible
estrago que habían hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios;
lo que advertido por los de Apolo, se adelantaron algunos a querer
seguir hacia aquella parte la derrota; pero así que se alejaron de
los demás, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso a la
escalera; dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo
pudieron volverse a incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la
retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.


  VIAJE A ITALIA

  Fragmento de esta obra póstuma

Debajo de Pórtici y Resina está sepultada la ciudad de Herculano;
los edificios más considerables de ella que hasta ahora se han
descubierto, son un foro y un teatro; en el foro se hallaron las
dos estatuas ecuestres de los Balbos, una de Vespasiano y otras de
varias familias ilustres. El proscenio del teatro tiene ciento y
treinta pies de ancho, y en las veinte y una gradas destinadas a los
espectadores y los espacios restantes, se ha calculado que cabían
diez mil personas. La cantidad de ceniza y lavas que cayeron sobre
esta ciudad fué tal, que sus edificios se hallan a sesenta, ochenta y
cien pies de profundidad. Esto hace muy difícil la excavación, pues
además de la consistencia y grueso de las materias que hay que romper
a pico, es necesario sostener con postes y estribos las excavaciones,
para que todo no se hunda y arruine; y además, ¿cómo es posible
taladrar un terreno sobre el cual existen en pie tantos edificios,
sin que éstos se resientan? Mientras permanezcan Resina y Pórtici, no
se pueden adelantar los descubrimientos de Herculano.

Siguiendo el camino, que va siempre inmediato al mar, se hallan
después de Resina la torre del Greco y la de la Anunciata,
poblaciones contiguas unas a otras con poca o ninguna interrupción,
bien situadas y alegres, de mucha gente, llenas de casas de campo,
con jardines, huertas y abundante cultura. Atraviesa el camino por
encima de un gran torrente de lava que arrojó el Vesubio en 1760,
mezclada con cenizas y enormes piedras; abrasó todo el terreno,
destruyó los edificios que halló al paso, y bajó hasta el mar con
estrago espantoso. A poca distancia se hallan las ruinas de Pompeya,
ciudad antigua que hasta la mitad de este siglo permaneció tan oculta
a la vista humana, que nadie se atrevía a fijar el paraje en que
estuvo. La multitud de cenizas que cayeron sobre ella, detenidas
de los huecos de sus calles y edificios, formaron una elevación
de terreno, el cual, haciéndose con el tiempo vegetal y fértil,
comenzó a labrarse, y hoy se ve encima de los templos, teatros y
sepulcros de Pompeya, enlazarse las parras a los chopos, y segar el
labrador mieses abundantes. Las excavaciones que se hacen en este
sitio cuestan poco trabajo, así porque todo es ceniza lo que hay que
romper, como porque es mucho menor la profundidad a que se encuentran
las ruinas que en Herculano. Hasta ahora se han descubierto dos
calles, una de ellas con la puerta de la ciudad, y varios sepulcros,
un cuartel, un templo de Isis y dos teatros. No es posible caminar
por aquel paraje sin una especie de entusiasmo que todos aquellos
objetos inspiran. Este era el teatro: aquí se acomodaba el pueblo,
allí la nobleza, por allí salían los actores, aquí se oyeron los
versos de Terencio y Plauto, este recinto sonó con aplausos públicos;
los hombres desaparecieron, y el lugar existe. Este era el templo:
allí está la inscripción, allí las aras; las paredes anuncian
todavía, en pinturas y estucos, los atributos de la deidad. Aquí se
degollaban las víctimas; aquí, escondidos los sacerdotes, prestaban
su voz a un mudo simulacro, y el pueblo, lleno de terror, creía
escuchar la divinidad misma anunciando a la ignorancia humana los
futuros destinos. Esta es una calle: empedrada está, como las de
Nápoles, con lavas que ha vomitado ese volcán vecino; a un lado y
otro hay ánditos para que pase el pueblo seguro de los carros: aun
se ven las señales de las ruedas. Veis aquí las tiendas: allí se
vendieron licores; la insignia que está a las puertas, la señal que
ha dejado el pie de las copas sobre el mostrador, y las hornillas
inmediatas para tener caliente la bebida, lo manifiestan. Allí hay
otra donde se vendían príapos: la insignia está esculpida sobre la
puerta; allí está el aparador repartido en gradas, donde se exponían
estos dijes a la vista pública. Estas son casas de gente rica; este
es el pórtico, sostenido en columnas de ladrillo revestidas de
estuco, con decoración dórica; allí está el patio con la galería
que le rodea: estancias pequeñas, altas, con mosaicos en el suelo y
pinturas en las paredes; el baño, la estufa, con pared hueca, por
donde se comunicaba el calor; el jardín, la fuente, la bodega, con
grandes cántaros; la sala de conversación, la de comer, la alcoba, el
poyo donde estaba el lecho; pinturas voluptuosas por todas partes,
triunfos de amor. Veis allí los sepulcros que erigió la patria
agradecida a sus hijos ilustres; la inscripción anuncia sus nombres y
su calidad; allí reposan sus cenizas. ¡Qué silencio reina en todo el
contorno! ¡Qué soledad horrible! Y ¡todavía el Vesubio arroja llamas
y retumban sus cavernas con rumor espantoso!

Este monte, distante dos leguas y media de Nápoles, hacia la parte
oriental, tiene de altura unas seiscientas toesas; su figura es
cónica, con base muy ancha, la parte superior se compone de lavas,
piedras, cenizas, arenas y escorias, sin yerbas, ni plantas, ni
árboles, ni animales, ni hombres; aspereza horrible, cavernas
profundas, soledad, silencio en la parte inferior, donde es el
terreno fertilísimo; hay mucha cultura de árboles y viñas, que
producen excelentes vinos, y en lo más llano, cerca ya del mar, se
ven las alegres poblaciones de Pórtici, Resina, Torre del Greco,
Torre de la Anunciata, y otras muchas que le rodean. Si se considera
la inmediación de este volcán y el riesgo inminente de que un día
reviente incendios, trastorne toda su circunferencia, y sepulte en
fuego y cenizas aquellas moradas deliciosas, centro del lujo y de
los placeres, se conocerá ¡cuán fácilmente se olvidan los hombres
del peligro, por más que vean presente la amenaza! Pórtici está
edificada encima de Herculano opulenta; Pompeya se descubre ahora,
después de haber permanecido largos años oculta bajo las cenizas que
en ella cayeron; en los jardines del rey y en otras varias partes
en que se han hecho excavaciones profundas, se hallan hasta treinta
capas distintas de lava, y éstas seis o siete veces interrumpida
con tierra vegetal y restos confusos de edificios, que es decir:
treinta veces aquel terreno, que ahora habitan los hombres con tal
seguridad, ha estado cubierto de torrentes de fuego con el trascurso
de los siglos; seis o siete veces se han olvidado los hombres del
estrago anterior, han cultivado y han habitado aquel territorio;
otras tantas se han repetido aquellos horrores, y, no obstante, hoy
viven sobre tantas ruinas, sin temer que la naturaleza, en un solo
momento, renueve igual destrozo. La montaña de Soma, que por el
lado de Oriente y Mediodía rodea al Vesubio, parece ser una parte
de él; ambos están sobre una misma base, y parece haberlos desunido
algún hundimiento, de que resultó una abertura lateral, aumentándose
después la cima del volcán con las materias mismas que arroja. Las
montañas de Soma, por la parte interior, que mira al Vesubio, toda
está rota y quebrantada, y la opinión de haber sido en otros tiempos
estos dos montes uno solo se fortifica, no solamente por la forma
de entrambos, sino también por la identidad de las materias de que
se componen. Este volcán tiene, además de la boca principal, varias
aberturas, que rompen u obstruyen sucesivamente la dimensión de la
crátera; se ha encontrado diferente en varias ocasiones también la
distancia que hay desde sus bordes hasta donde se halla el fuego;
toda la parte interior de su gran boca, compuesta de ásperas masas de
piedras, lavas, cenizas, pómez y escorias metálicas y bituminosas,
presenta a la vista varios colores, siendo los principales el blanco,
verde, amarillo, ceniciento y morado. Casi siempre arroja humo con
más o menos abundancia; de noche se ven salir por su boca llamaradas
y materias líquidas que se revierten en varias direcciones, y a
corta distancia se congelan. Si se examinan las señales que ha
dejado este volcán en sus erupciones, se pierde la imaginación en
el cálculo de su antigüedad; la memoria de los hombres, limitada y
oscura, abraza apenas un corto espacio de su edad larga, anterior a
todos los monumentos que conocemos y a las naciones de que tenemos
algunas noticias. La primera erupción de que hablan los escritores
es la del año de 79 de Jesucristo, en que perecieron Herculano y
Pompeya. Plinio el naturalista, que se hallaba en Miseno, atravesó el
mar con deseos de observar sus efectos, y murió a las faldas de este
monte, sofocado por el humo. Desde entonces hasta la edad presente
se cuentan treinta y tres o treinta y cuatro erupciones, más o menos
terribles, que han hecho de aquel país un montón confuso de ruinas,
convirtiéndole muchas veces en un desierto. No pueden leerse sin
admiración y horror los efectos de estas erupciones. Suena un rumor
confuso en las cavernas de la gran montaña, sale humo espeso por su
boca, le agita el aire y esparce oscuridad y fetor por los campos
vecinos; se aumenta el estruendo, revienta el monte, y entre una
espesa lluvia de ceniza ardiente, que cubre la atmósfera y sepulta
en tinieblas a la populosa Nápoles, con estampidos y relámpagos sale
una columna altísima de fuego, arrojando al aire enormes piedras
candentes, que se precipitan a los valles; brama impetuoso el viento,
se altera el mar, tiembla la tierra, inflámase por todas partes el
monte y derrama torrentes de agua entre las lavas que desde su altura
bajan ardiendo al mar, abrasando y reduciendo a cenizas los árboles,
las mieses, los edificios, las ciudades, que al pasar aniquila o
sepulta; irritados los elementos, anuncian el trastorno final del
mundo, y en sólo un momento desaparecen naciones enteras.



EL CONDE DE TORENO

(1786-1843)


La _historia del levantamiento, guerra y revolución de España_ se
publicó en cinco tomos, 1835-37.

Es un admirable ensayo de restauración de la forma histórica clásica
y de imitación particular de Mariana. No le imita en sus discursos
y arengas, género que ha pasado definitivamente de moda; pero sí en
las sentencias y reflexiones breves, y sobre todo, en la narración
corriente y limpia, hecha en un lenguaje fácil y elegante, y también
afectadamente arcaico, aunque en este punto no llegue ciertamente su
afición por el arcaísmo al extremo que en el P. Mariana.


  HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA
  PRIMER SITIO Y DEFENSA DE ZARAGOZA

Sin muro y sin torreones, según nos ha transmitido Floro, defendióse
largos años la inmortal Numancia contra el poder de Roma. También
desguarnecida y desmurada, resistió al de Francia, con tenaz
porfía, si no por tanto tiempo, la ilustre Zaragoza. En ésta como
en aquélla mancillaron su fama ilustres capitanes, y los impetuosos
y concertados ataques del enemigo tuvieron que estrellarse en los
acerados pechos de sus invictos moradores. Por dos veces, en menos de
un año, cercaron los franceses a Zaragoza: una, malogradamente; otra,
con pérdidas e inauditos reveses. Cuanto fué de realce y nombre para
Aragón la heroica defensa de su capital, fué de abatimiento y desdoro
para sus sitiadores, aguerridos y diestros, no haberse enseñoreado de
ella pronto y de la primera embestida.

Baña a Zaragoza, asentada a la derecha margen, el caudaloso Ebro.
Cíñela al mediodía y del lado opuesto, Huerba, acanalado y pobre,
que más abajo rinde a aquél sus aguas y casi enfrente adonde, desde
el Pirineo, viene también a fenecer el Gállego. Por la misma parte,
y a un cuarto de legua de la ciudad, se eleva el monte Torrero, cuya
altura atraviesa la Acequia Imperial, que así llaman al canal de
Aragón, por traer su origen del tiempo del emperador Carlos V.

Antes del sitio hermoseaban a Zaragoza en sus contornos feraces
campiñas, viñedos y olivares, con amenas y deleitables quintas, a que
dan en la tierra el nombre de torres. A la izquierda del Ebro está el
arrabal, que comunica con la ciudad por medio de un puente de piedra,
habiéndose destruído otro de madera en una riada que hubo en 1802.

Pasaba la población de 55.000 almas; menguó con las muertes
y destrozos. No era Zaragoza ciudad fortificada, diciendo
Colmenar[628], a manera de profecía, cosa ha de un siglo, «que estaba
sin defensa, pero que reparaba esta falta el valor de sus habitantes».

Cercábala solamente una pared de diez a doce pies de alto y tres de
espesor, en parte de tapia y en otras de mampostería, interpolada
a veces y formada por algunos edificios y conventos, y en la que
se cuentan ocho puertas que dan salida al campo. No lejos de una
de ellas, que es la del Portillo, y extramuros, se distingue la
Aljafería, antigua morada de los reyes de Aragón, rodeada de un foso
y muralla, cuyos cuatro ángulos guarnecen otros tantos bastiones. Las
calles en general son angostas, excepto la del Coso, muy espaciosa
y larga, casi en el centro de la ciudad, y que se extiende desde
la puerta llamada del Sol hasta la plaza del Mercado. Las casas,
de ladrillo, y por la mayor parte de dos o tres pisos; la adornan
edificios y conventos bien construídos y de piedra de sillería.
La piedad admira dos suntuosas catedrales: la de Nuestra Señora
del Pilar y la de la Seo, en las que alterna por años, para su
asistencia, el Cabildo. El último templo, antiquísimo; el primero,
muy venerado de los naturales por la imagen que en su santuario se
adora. Como no es de nuestra incumbencia hacer una descripción
especial de Zaragoza, no nos detendremos ni en sus antigüedades
ni grandeza, reservando para después hablar de aquellos lugares
que, a causa de la resistencia que en ellos se opuso, adquirieron
desconocido renombre, porque allí las casas y edificios fueron otras
tantas fortalezas.

Si ningunas eran en Zaragoza las obras de fortificación, tampoco
abundaban otros medios de defensa. Vimos cuán escasos andaban al
levantarse en mayo. El corto tiempo transcurrido no había dejado
aumentarlos notablemente, y antes bien se habían aminorado con los
descalabros padecidos en Tudela y Mallen. En semejante estado, déjase
discurrir la consternación de Zaragoza al esparcirse la nueva, en la
noche del 14 de junio, de haber sido aquel día derrotado don José
de Palafox en las cercanías de Alagón, según dijimos en el anterior
libro. Desapercibidos sus habitantes, tan solamente hallaron consuelo
con la presencia de su amado caudillo, que no tardó en regresar a la
ciudad. Mas el enemigo no dió descanso ni vagar. Siguieron de cerca
a Palafox, y tras él vinieron proposiciones del general Lefebvre
Desnouettes, a fin de que se rindiese, con un pliego enderezado al
propio objeto, y firmado por los emisarios españoles Castel-Franco,
Villela y Pereira, que acompañaban al ejército francés, y de quienes
ya hicimos mención.

Fué la repuesta del general Palafox ir al encuentro de los invasores,
y con las pocas tropas que le quedaban, algunos paisanos y piezas
de campaña, se colocó fuera, no lejos de la ciudad, al amanecer del
15. Estaba a su lado el marqués de Lazán y muchos oficiales, mandando
la artillería el capitán don Ignacio López. Pronto asomaron los
franceses y trataron de acometer a los nuestros con su acostumbrado
denuedo. Pero Palafox, viendo cuán superior era el número de los
contrarios, determinó retirarse, y ordenadamente pasó a Longares,
pueblo seis leguas distante, desde donde continuó al puerto del
Frasno, cercano a Calatayud, queriendo engrosar su división con la
que reunía y organizaba en dicha ciudad el Barón de Versages.

Semejante movimiento, si bien acertado en tanto que no se consideraba
a Zaragoza con medios para defenderse, dejaba a esta ciudad del todo
desamparada y a merced del enemigo. Así se lo imaginó fundadamente el
general francés Lefebvre Desnouettes, y con sus 5 a 6.000 infantes y
800 caballos, a las nueve de la mañana del mismo 15, presentóse con
ufanía delante de las puertas. Habían crecido dentro las angustias;
no eran arriba de 200 los militares que quedaban entre miñones y
otros soldados; los cañones, pocos y mal colocados, como gente a
quien no guiaban oficiales de artillería, pues de los dos únicos
con quien se contaba en un principio, don Juan Cónsul y don Ignacio
López, el último acompañaba a Palafox, y el primero, por orden suya,
hallábase de comisión en Huesca. El paisanaje andaba sin concierto,
y por todas partes reinaba la indisciplina y confusión. Parecía,
por tanto, que ningún obstáculo detendría a los enemigos, cuando
el tiroteo de algunos paisanos y soldados desbandados los obligó a
hacer parada y proceder precavidamente. De tan casual e impensado
acontecimiento nació la memorable defensa de Zaragoza.

La perplejidad y tardanza del general francés alentó a los que
habían empezado a hacer fuego, y dió a otros alas para ayudarlos
y favorecerlos. Pero como aun no había baterías ni resguardo
importante, consiguieron algunos jinetes enemigos penetrar hasta
dentro de las calles. Acometidos por algunos voluntarios y miñones de
Aragón, al mando del coronel don Antonio de Torres, y acosados por
todas partes por hombres, mujeres y niños, fueron los más de ellos
despedazados cerca de Nuestra Señora del Portillo, templo pegado a la
puerta del mismo nombre.

Enfurecidos los habitantes, y con mayor confianza en sus fuerzas
después de la adquirida, si bien fácil, ventaja, acudieron sin
distinción de clase ni de sexo adonde amagaba el peligro, y llevando
a brazo los cañones antes situados en el Mercado, plaza del Pilar
y otros parajes desacomodados, los trasladaron a las avenidas por
donde el enemigo intentaba penetrar, y de repente hicieron contra sus
huestes horrorosas descargas. Creyó entonces necesario el general
francés emprender un ataque formal contra las puertas del Carmen y
del Portillo. Puso su mayor conato en apoderarse de la última, sin
advertir que situada a la derecha de la Aljafería, eran flanqueadas
sus tropas por los fuegos de aquel castillo, cuyas fortificaciones,
aunque endebles, le resguardaban de un rebate. Así sucedió que los
que le guarnecían, capitaneados por un oficial retirado, de nombre
don Mariano Cerezo, militar tan bravo como patriota, escarmentaron
la audacia de los que confiadamente se acercaban a sus muros.
Dejáronlos aproximarse, y a quemarropa, los ametrallaron. En sumo
grado contribuyó a que fuera más certera la artillería en sus tiros,
un oficial, sobrino del general Guillelmi, quien encerrado allí
con su tío desde el principio de la insurrección, olvidándose del
agravio recibido, sólo pensó en no dar quiebra a su honra, y cumplió
debidamente con lo que la patria exigía a su persona.

Igualmente fueron los franceses repelidos en la puerta del Carmen,
sosteniendo por los lados el tremendo fuego que de frente se les
hacía, escopeteros esparcidos entre las tapias, alameda y olivares,
cuya buena puntería causó en las filas enemigas notable matanza.
Nadie rehusaba ir a la lid; las mujeres corrían a porfía a estimular
a sus esposos y a sus hijos, y atropellando por medio del inminente
riesgo, los socorrían con víveres y municiones. Los franceses,
aturdidos al ver tanto furor y ardimiento, titubeaban, y crecía con
su vacilar el entusiasmo y valentía de los defensores. De nuevo, no
obstante, y reiteradas veces embistieron la entrada del Portillo,
desviándose de la Aljafería, y procurando cubrirse detrás de los
olivares y arboledas.

Menester fué, para poner término a la sangrienta y reñida pelea, que
sobreviniese la noche. Bajo su amparo se retiraron los franceses a
media legua de la ciudad, y recogieron sus heridos, dejando el suelo
sembrado de más de quinientos cadáveres. La pérdida de los españoles
fué mucho más reducida, abrigados de tapias y edificios. Y de aquella
señalada victoria, que algunos llamaron de las Eras, resultó el
glorioso empeño de los zaragozanos de no entrar en pacto alguno con
el enemigo, y resistir hasta el último aliento.

Fuera de sí aquellos vecinos con la victoria alcanzada, ignoraban
todavía el paradero del general Palafox. Grande fué su tristeza al
saber su ausencia, y no teniendo fe en las autoridades antiguas ni
en los demás jefes, los diputados y alcaldes de barrio, a nombre del
vecindario, se presentaron, luego que cesó el combate, al corregidor
e intendente don Lorenzo Calvo de Rozas, que hechura de Palafox,
merecía su confianza. Instáronle para que hiciera sus veces, y
condescendió con sus ruegos en tanto que aquél no volviera.

Unía Calvo en su persona las calidades que el caso requería.
Declarado abiertamente en favor de la causa pública, habíase fugado
de Madrid, en donde estaba avecindado. Hombre de carácter firme
y sereno, encerraba en su pecho, con apariencias de tibio, el
entusiasmo y presteza de un alma impetuosa y ardiente. Autorizado,
como ahora se veía, por la voz popular, y punzado por el peligro que
a todos amenazaba, empleó con diligencia cuantos medios le sugería el
deseo de proteger contra la invasión extraña la ciudad que se ponía
en sus manos.

Prontamente llamó al teniente de rey don Vicente Bustamante para
que expidiese y firmase a los de su jurisdicción las convenientes
órdenes. Mandó iluminar las calles, con objeto de evitar cualquiera
sorpresa o excesos; empezáronse a preparar sacos de tierra para
formar baterías en las puertas de Sancho, el Portillo, Carmen y
Santa Engracia; abriéronse zanjas o cortaduras en sus avenidas;
dispusiéronse a artillarlas, y se levantó en toda la tapia que
circuía a la ciudad una banqueta, para desde allí molestar al enemigo
con la fusilería. Prevínose a los vecinos en estado de llevar armas
que se apostasen en los diversos puntos, debiendo alternar noche y
día; ocupáronse los niños y mujeres en tareas propias de su edad y
sexo, y se encargó a los religiosos hacer cartuchos de cañón y fusil,
cumpliéndose con tan buen deseo y ahinco aquellas disposiciones, que
a las diez de la noche se había ya convertido Zaragoza en un taller
universal, en el que todos se afanaban por desempeñar debidamente lo
que a cada uno se había encomendado.

Con más lentitud se procedió en la construcción de las baterías, por
falta de ingeniero que dirigiese la obra. Sólo había uno, que era don
Antonio San Genis, y éste había sido el 15 llevado a la cárcel por
los paisanos, que le conceptuaban sospechoso, habiendo notado que
reconocía las puertas y la ronda de la ciudad. Ignoróse su suerte
en medio de la confusión, pelea y agitación de aquel día y noche,
y sólo se le puso en libertad, por orden de Calvo de Rozas, en la
mañana del 16. Sin tardanza trazó San Genis atinadamente varias obras
de fortificación, esmerándose en el buen desempeño, y ayudado, en
lugar de otros ingenieros, por los hermanos Tabuenca, arquitectos
de la ciudad. Pintan estos pormenores, y por eso no son de más, la
situación de los zaragozanos, y lo apurados y escasos que estaban
de recursos y de hombres inteligentes en los ramos entonces más
necesarios.

Los franceses, atónitos con lo ocurrido el 15, juzgaron imprudente
empeñarse en nuevos ataques antes de recibir de Pamplona
mayores fuerzas, con artillería de sitio, morteros y municiones
correspondientes. Mientras que llegaba el socorro, queriendo Lefebvre
probar la vía de la negociación, intimó el 17 que a no venir a
partido pasaría a cuchillo a los habitantes cuando entrase en la
ciudad. Contestósele dignamente, y se prosiguió con mayor empeño en
prepararse a la defensa.

El general Palafox, en tanto, vista la decisión que habían tomado
los zaragozanos de resistir a todo trance al enemigo, trató de
hostigarle y llamar a otra parte su atención. Unido al barón de
Versages, contaba con una división de 6.000 hombres y cuatro piezas
de artillería. El 21 de junio pasó en Almunia reseña de su tropa, y
el 23 marchó sobre Epila. En aquella villa hubo jefes que notando
el poco concierto de su tropa, por lo común allegadiza, opinaron
ser conveniente retirarse a Valencia y no empeorar con una derrota
la suerte de Zaragoza. Palafox, asistido de admirable presencia de
ánimo, congregó su gente, y delante de las filas, exhortando a todos
a cumplir con el duro, pero honroso deber que la Patria les imponía,
añadió que eran dueños de alejarse libremente aquellos a quienes no
animase la conveniente fortaleza para seguir por el estrecho y penoso
sendero de la virtud y de la gloria, o que tachasen de temeraria su
empresa. Respondióse a su voz con universales clamores de aprobación,
y ninguno osó desamparar sus banderas. De tamaña importancia es en
los casos arduos la entera y determinada voluntad de un caudillo.

Seguro de sus soldados, hizo propósito Palafox de avanzar la mañana
siguiente a la Muela, tres leguas de Zaragoza, queriendo coger a los
franceses entre su fuerza y aquella ciudad. Pero barruntando éstos
su movimiento, se le anticiparon y acometieron a su ejército en
Epila a las nueve de la noche, hora desusada, y en la que dieron de
sobresalto e impensadamente sobre los nuestros por haber sorprendido
y hecho prisionera una avanzada, y también por el descuido con que
todavía andaban nuestras inexpertas tropas. Trabóse la refriega, que
fué empeñada y reñida. Como los españoles se vieron sobrecogidos, no
hubo orden premeditado de batalla, y los cuerpos se colocaron según
pudo cada uno en medio de la obscuridad. La artillería, dirigida por
el muy inteligente oficial don Ignacio López, se señaló en aquella
jornada, y algunos regimientos se mantuvieron firmes hasta por la
mañana, que sin precipitación tomaron la vuelta de Calatayud. En su
número se contaba el de Fernando VII, que aunque nuevo, sostuvo el
fuego por espacio de seis horas, como si se compusiera de soldados
veteranos. También hombres sueltos de guardias españolas defendieron
largo rato una batería de las más importantes. Disputaron, pues, unos
y otros el terreno a punto de que los franceses no los incomodaron en
la retirada.

Palafox, convencido no obstante de que no era dado con tropas bisoñas
combatir ventajosamente en campo raso, y de que sería más útil su
ayuda dentro de Zaragoza, determinó, superando obstáculos, meterse
con los suyos en aquella ciudad, por lo que, después de haberse
rehecho, y dejando en Calatayud un depósito al mando del barón de
Versages, dividió su corta tropa en dos pequeños trozos; encargó el
uno a su hermano don Francisco, y acaudillando en persona el otro,
volvió el 2 de julio a pisar el suelo zaragozano.

Ya había allí acudido días antes su otro hermano el marqués de
Lazán, que era el gobernador, con varios oficiales, a instancias y
por aviso del intendente Calvo de Rozas. Deseaba éste un arrimo
para robustecer aun más sus acertadas providencias, acordar otras,
comprometer en la defensa a las personas de distinción que no lo
estuviesen todavía, imponer respeto a la muchedumbre, congregando una
reunión escogida y numerosa, y afirmarla en su resolución por medio
de un público y solemne juramento. Para ello convocó el 25 de junio
una Junta general de las principales corporaciones e individuos de
todas clases, presidida por el marqués de Lazán. En su seno expuso
brevemente Calvo de Rozas el estado en que la ciudad se hallaba, y
cuáles eran sus recursos, y excitó a los concurrentes a coadyuvar
con sus luces y patriótico celo al sostenimiento de la causa común.
Conformes todos, aprobaron lo antes obrado, se confirmaron en su
propósito de vencer o morir, y resolvieron que el 26 los vecinos,
soldados, oficiales y paisanos armados, prestarían en calles y
plazas, en baterías y puertas, un público y majestuoso juramento.

Amaneció aquel día, y a una hora señalada de la tarde se pobló el
aire de un grito asombroso y unánime «de que los defensores de
Zaragoza, juntos y separados, derramarían hasta la última gota de su
sangre por su religión, su rey y sus hogares».


NOTA

  [628] _Annales d’Espagne et de Portugal_, par don Juan Alvarez de
  Colmenar, t. V, pág. 431, edición de Amsterdam.



ÍNDICE


                                                     _Páginas._

  PRÓLOGO                                                    1
    Advertencia sobre la lengua medieval                     5

  ALFONSO EL SABIO Y SUS CONTINUADORES                       7
    Comienzo del reinado de Nerón                           11
    Muerte de Nerón                                         17
    Garci Pérez de Vargas y su cofia                        22

  DON JUAN MANUEL                                           28
    Don Illán y el deán de Toledo                           30
    El mozo que casó con mujer brava                        39

  ALFONSO MARTÍNEZ DE TOLEDO                                47
    Vicios y tachas de las mujeres                          50
    La mujer habladora                                      58

  FERNANDO DE ROJAS                                         62
    Primera entrevista de Calixto y Melibea                 66
    Celestina va a casa de Melibea                          74

  AUTOR ANÓNIMO DEL LAZARILLO DE TORMES                     83
    Lázaro y el escudero de Toledo                          86

  DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA                             113
    Prólogo de la _Guerra de Granada_                      116
    El Fuerte de Calalui                                   120

  FRAY LUIS DE GRANADA                                     125
    Meditación del Juicio final                            127
    Descendimiento de Cristo                               133
    Descripción de la granada                              136
    Pintura del pavo real                                  139

  SANTA TERESA DE JESÚS                                    143
    Narración de su infancia                               145
    _Las Moradas_                                          150
    Carta a su hermano don Lorenzo                         152
    Carta a Fray Jerónimo Gracián                          155

  FRAY LUIS DE LEÓN                                        158
    Del arte de escribir la lengua vulgar                  160
    Introducción a los _Nombres de Cristo_                 162
    Cristo, príncipe de Paz                                167
    Alabanza del madrugar                                  172

  EL P. JUAN DE MARIANA                                    178
    Muerte de Don Pedro el Cruel                           181
    Proclamación de Don Juan II                            194
    El compromiso de Caspe                                 202

  FRAY JOSÉ DE SIGÜENZA                                    210
    Vida de Fray Juan de Carrión                           211
    Prólogo de la _Historia de la Orden de San Jerónimo_   216

  MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA                             219
    Comienzo del _Quijote_                                 220
    Diálogo de Don Quijote y el Canónigo                   224
    El Caballero del Verde Gabán                           241
    La Cueva de Montesinos                                 248
    _Coloquio de los perros_                               262

  DON FRANCISCO DE MONCADA                                 269
    Prólogo de la _Expedición de Catalanes y Aragoneses_   270
    Los Almugávares                                        273

  DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS                      278
    Señales del verdadero Rey                              281
    Discurso de Marco Bruto                                286
    _Las Zahurdas de Plutón_                               288
    Don Enrique de Villena en la redoma                    295
    El dómine Cabra                                        305

  EL P. BALTASAR GRACIÁN                                   311
    No estar siempre de burlas                             312
    Fragmento de _El Criticón_                             316

  DON FRANCISCO MANUEL DE MELO                             320
    Muerte del Marqués de Santa Coloma                     322

  DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS                         331
    _Defensa de la Junta Central_                          334
    Carta a Don Antonio Ponz                               341

  DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN                         349
    _Derrota de los Pedantes_                              350
    El Vesubio                                             361

  EL CONDE DE TORENO                                       369
    Primer sitio y defensa de Zaragoza                     369





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