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Title: Socialismo y ciencia positiva - (Darwin-Spencer-Marx)
Author: Ferri, Enrique
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Socialismo y ciencia positiva - (Darwin-Spencer-Marx)" ***

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                            ENRIQUE FERRI
                  DIPUTADO AL PARLAMENTO ITALIANO.

                                * * *

                             SOCIALISMO
                                  Y
                          CIENCIA POSITIVA
                        (DARWIN-SPENCER-MARX)

              TRADUCIDO DE LA PRIMERA EDICIÓN ITALIANA
                                POR
                         ROBERTO J. PAYRÓ.

                                * * *

                            BUENOS AIRES
              IMPRENTA DE «LA NACIÓN» SAN MARTÍN 344
                                1895



{III}

ÍNDICE.

                                                              Páginas
El traductor a los lectores argentinos..............................V
Prefacio..........................................................XXI

_Primera parte. Darwinismo y socialismo._
I. Virchow y Haeckel en el Congreso de Munich. Las tres pretendidas
contradicciones entre darwinismo y socialismo.......................3
II. La igualdad de los hombres.....................................10
III. Los vencidos en la lucha por la vida..........................26
IV. La supervivencia de los más aptos..............................41
V. Socialismo y creencias religiosas...............................51
VI. El individuo y la especie......................................57
VII. La «lucha por la vida» y la «lucha de clase»..................64

_Segunda parte. Evolución y socialismo._
VIII. La tesis ortodoxa y la tesis socialista ante la teoría
científica de la evolución.........................................87
IX. La ley de regresión aparente y la propiedad colectiva..........94

{IV}
X. La evolución social y la libertad individual...................102
XI. Evolución, revolución, rebelión, violencia personal. Socialismo y
anarquía..........................................................121

_Tercera parte. Sociología y socialismo._
XII. El limbo estéril de la sociología............................153
XIII. Marx completa a Darwin y a Spencer. Conservadores y socialistas
..................................................................156

Obras citadas por el autor........................................171

* * * * *

{V}

EL TRADUCTOR A LOS LECTORES ARGENTINOS.

He aquí un libro que debe ser leído por cuantos se ocupan o preocupan
de la cuestión social, por más que sólo sea un trabajo de polémica
y propaganda, sin grandes pretensiones científicas ni largos
desarrollos complementarios de las ideas en él expuestas.

Tiene otros méritos: es accesible a todas las inteligencias sin exigir
preparación especial; da una clarísima explicación de lo que es el
socialismo marxista; echa a rodar las conjeturas infundadas y las
interesadas calumnias; rebate con éxito las objeciones que se hacen
a éste y que muchas veces tienen todo el aspecto de sentencias
inapelables; desvanece los temores que despierta en ciertos espíritus
la creencia de que el socialismo marchará a la conquista de su ideal
político con las armas en la mano, y demuestra de una manera clara,
terminante y fructífera, que este movimiento que se inicia en el
mundo entero, no es el espasmo epiléptico de una humanidad enferma,
sino la marcha gradual, acusada por síntomas a veces sobresaltados,
de una evolución inevitable y lógica, que podrá prolongarse,
pero que llegará necesariamente a su fin.

{VI} Importa que estas ideas --que no son creadoras del _hecho_, sino
derivadas de él y por él inspiradas--, tengan amplia difusión
entre nosotros; el problema planteado tan categóricamente en
Europa no puede dejarnos en la indiferencia, desde que sabemos
cuán poderoso influjo ejerce aquí la evolución europea, cuya
repercusión trajo la revolución de 1810, efecto indirecto pero
innegable de la de 1789, y que ha seguido produciendo otros
efectos reflejos que se acentuarán cada vez más.

Hemos podido observar, sin embargo, que en la mayoría de los
argentinos --hasta entre los inteligentes y estudiosos-- la
idea del socialismo se refiere siempre al embrión romántico
de principios de siglo, y permaneciendo en estado de nebulosa,
se asocia al nombre de Blanc, de Proudhon, de Fourier, de
Saint-Simon, se confunde con el comunismo, y viene a ser una
amalgama informe de individualismo, socialismo y anarquía, sin
que se siga siquiera con mediana atención la evolución poderosa
y progresista que en él se efectúa a partir de Carlos Marx.

La propaganda ardiente y a veces calumniosa de sus adversarios,
el sentimentalismo utópico de la mayoría de sus adeptos, la poca
difusión de las obras socialistas en este país, las mayores
facilidades y seguridades de vida que suelen encontrarse aquí,
son otras tantas causas de esa indiferencia y de esa ignorancia,
que hace encogerse de hombros a los más, diciéndose que no ha
llegado el momento de preocuparse de la cuestión social.

La lectura de este trabajo del sociólogo italiano {VII} desvanecerá
necesariamente este falso concepto que se tiene del socialismo,
al presentar, con sólida argumentación y numerosos datos ilustrativos,
un cuadro exacto de la situación actual de la evolución en el viejo
mundo, los progresos realizados, la estrecha vinculación que el
socialismo tiene con la ciencia positiva, etc., haciendo que el libro,
de polémica en su propósito principal, sea al mismo tiempo
de propaganda clara y eficaz.

Sin embargo, el lector tropezará con observaciones y afirmaciones que,
exactas en el medio en que actúa el autor y para el cual escribe,
cesan de serlo en este país y en otros países americanos, o pierden
de su fuerza por no estar generalizadas las causas que las provocan:
por ejemplo en las partes en que se refiere al enriquecimiento rápido,
a las dificultades de la juventud para ilustrarse, al celibato forzoso
del soldado, etc., etc., y que para aplicarse a nosotros tienen que
ser modificadas hasta tal punto que se hace necesaria una observación
personal y directa del medio, las costumbres, los habitantes, etc.
Salvo estos puntos en que el lector tiene que juzgar con el criterio
de Europa, suponiéndose en medio de sus viejas sociedades, el resto
del libro generaliza, y sus premisas y conclusiones son perfectamente
adaptables a nuestro país. Y aún más: esas observaciones hoy
discutibles vendrán a ser perfectamente exactas más tarde,
cuando haya ejecutado su completa evolución el capitalismo
industrial, comercial y territorial que tan rápidamente nos invade.

Hemos querido hacer notar esto, por cuanto la {VIII} apariencia
de inexactitud de algunos párrafos inaplicables al medio en que
vivimos, pero reflejo de la verdad en el viejo mundo, daría
asidero a la crítica, ya superficial ya malévola, proporcionando
armas decisivas al parecer a los que asisten con desconfianza o
temor al desarrollo y a la difusión de la idea socialista.

Y esta idea tiene que hacer mayor camino cada vez, aumentando de
día en día el número de sus prosélitos, en razón del aumento del
proletariado. Hace algunos años, el socialismo no tenía entre nosotros
sino pocos partidarias aislados. Las cosas cambian rápidamente,
y en este momento existen en Buenos Aires cinco agrupaciones
socialistas, a saber: Centro Socialista Obrero, Centro Universitario
Socialista, Fascio dei Lavoratori, Les Egaux y Vorwärts que acaba
de inaugurar un hermoso edificio construido por su cuenta.

Además de la publicación de libros, folletos y artículos de los
socialistas europeos, que toman incremento cada vez mayor,
aparecen dos periódicos socialistas que tienen su existencia
asegurada: _Vorwärts_ fundado en 1886 y _La Vanguardia_ en 1893,
aparte de otras numerosas publicaciones de vida efímera, y
de las que suele hacer _La Nación_ de artículos y correspondencias
de De Amicis, Reclus, Liebknecht, etc.

Pero otro síntoma señala claramente la evolución que se efectúa,
y son las treinta y cuatro sociedades gremiales y de resistencia
que hoy existen --entre las que figura una de mujeres-- que
cuentan con numerosos asociados y que sin duda no tardarán en
adherirse al socialismo como pasa con las _Trade Unions_ inglesas.

Y decimos que este movimiento se irá acentuando, {IX} porque
todo se encarga de precipitar la evolución, hasta en esta misma
ciudad, cuya gran masa de población ignora aún la idea socialista:
desde la mayor unificación de los capitales, o sea el aumento
de la propiedad individual, hasta el inesperado crecimiento del
número de los asalariados en sus diversos nombres y categorías . . .
¿Qué importa para su realización que un fenómeno sea observado o no?
¿Acaso los gérmenes necesitan para su desarrollo del microscopio del
sabio? ¿El mundo se ha detenido en su evolución progresiva por la
indiferencia medieval? Si la causa existe ¿el no advertirla
puede impedir sus efectos?

Sin detenerse a considerar hechos que ya no son aislados aunque sean
insignificantes en relación a los análogos que se producen en Europa,
y complaciéndose en la observación de los que triunfan, es decir, de
las excepciones, se olvida generalmente que hay una enorme masa de
población que puede calcularse en mucho más de la mitad del total
que vive de un salario más o menos mezquino.

El censo que se prepara --si no sufre los usuales olvidos y
enmendaturas para que todo aparezca muy _bonito_--, va a
proporcionar datos bien curiosos y reveladores sobre el estado
actual de las clases pobres. Mientras nos llega, para presentarnos,
aun sin querer, un cuadro verdaderamente desolador de las provincias,
no es inútil recorrer las páginas del censo de la capital levantado
en 1887, tomando como buenas las primeras cifras, pues los mismos
detalles presentan discordancias incomprensibles en los diversos
capítulos de la obra en que se repiten.

{X} Por ese censo sabemos que sobre 423.996 habitantes, 38.904
eran empleados de comercio, 75.622 obreros, y 73.598 individuos
dedicados al _servicio personal_. Contábanse también entonces
9137 empleados públicos y 1499 maestros . . . Es decir 198.760
individuos asalariados, fuera de muchos miles más cuya vida era
de _dependencia_ absoluta o relativa . . . Las circunstancias
han variado, y después de la «crisis de progreso», muchos
miembros de la clase media han descendido un escalón, yendo a
engrosar el número de los asalariados, sea en una, sea en otra
de las múltiples formas que asume el Proteo-jornal, mientras
que ha continuado la inmigración, aunque en menor escala, y con
la depreciación del papel moneda hemos asistido al fenómeno del
encarecimiento de la vida con la baja de los salarios y el alza
de los artículos de primera necesidad, desde el pan hasta la
habitación. De tal modo que se ha hecho más difícil la existencia
de los asalariados y al mismo tiempo ha aumentado su número . . .

Un diario argentino que se reputa serio y que leen las clases
pobres, suponiendo en él una tendencia amplia que no tiene, se ocupa
hace tiempo de estas cuestiones, y alarmado por la paralización de
algunas industrias, que dejan sin trabajo a numerosos obreros, viene
repitiendo que hacen falta consumidores y que, por consiguiente, hay
que fomentar la inmigración del proletario productor . . . No nos
detendremos a refutar esta enormidad, desprovista hasta de apariencias
de sentido común; citamos el caso porque demuestra que hasta en este
país, que aparece como privilegiado, la {XI} cuestión está planteada
en términos análogos a los europeos, aun cuando se inicie apenas.

El simple examen de las cifras y de los apuntes que acabamos de
exponer, teniendo en cuenta el enorme aumento de la población que
hoy pasa de 600.000 habitantes, basta para darse cuenta de que la
idea del socialismo tiene ya _causa_ --aunque el efecto no se haya
resentado en formas ostensibles y categóricas--, desde que --como
lo demuestra Ferri en las páginas que van a leerse-- se trata de
una cuestión económica, aunque esté íntimamente ligada a la política.

Muchos son los síntomas precursores de un gran movimiento futuro:
la fundación de las agrupaciones ya citadas, la propaganda cada vez
mayor, las huelgas recientes reivindicando las 8 horas de trabajo
y el aumento de salarios, etc., etc., como efecto; la carestía
enorme de los alquileres, la depreciación de la moneda papel, la
falta de trabajo en algunas industrias que se derrumbarían sin los
derechos prohibitivos a pesar del precio del oro, y el individualismo
industrial y territorial cada vez más acentuado, como causa.

No es esto un cuadro imaginario, y estamos satisfechos de poder
ofrecer aquí el testimonio de un observador que no puede tacharse
de apasionado --el doctor Francisco Latzina-- quien en un estudio
sobre los _latifundios_ {[Nota al pie:] _La Nación_, núm. 7648, de
17 Marzo 1895, «La calamidad de los latifundios.»} decía lo
siguiente, refiriéndose a nuestro país:

«La concentración de la tierra en pocas manos {XII} progresa con
movimiento acelerado, e implica la degradación de los pequeños
propietarios al papel de arrendatarios o peones. Esta misma
tendencia de concentración de los capitales, reduce al artesano
independiente a jornalero, al bolichero a peón, al pequeño
comerciante a empleado de un negocio grande, y a las personas
que han sido independientes en el régimen antiguo, a la dependencia
de las grandes empresas.»

Esto no es metafísica; viene de la observación directa de los hechos,
y otros escritores como E. Quesada, Lallemant, etc., han parado
mientes en ello antes de ahora. Y no hay que demostrar --porque
salta a la vista--, la agravación rápida del mal, agravación que
resulta de nuestro sistema monetario y del proteccionismo a la
industria que favorece a los menos en detrimento de los más,
cuya vida se encarece en términos alarmantes, así como del
drenaje de intereses enormes que van al extranjero, etc., etc.

Claro es que este estado de cosas se irá acentuando con el
aumento de población y por la inevitable tendencia absorbente
de los grandes propietarios territoriales.

Lo mismo que con el territorio, lo mismo que con la industria
está sucediendo con el comercio. Las grandes casas como la Ciudad
de Londres, el Progreso, etcétera, que cuentan con capitales
crecidos y con los más variados artículos, realizando diariamente
ventas importantísimas que les permiten competir con ventaja en
el mercado, están siendo la sombra del manzanillo para el pequeño
comercio, que tiene que vender más caro en razón de que no
introduce directamente sus {XIII} mercaderías, de que siempre
paga algo más a los intermediarios, y de que sus ventas son en
menor escala. Muchos de los pequeños comerciantes son, pues,
absorbidos, y no es extraño verlos ir a servir a esas mismas
casas que indirectamente, en apariencia, han causado su ruina.

Pero esto pasa generalmente desapercibido, quizá porque
no haya tomado aún los resueltos contornos que en Europa.

Para el no observador puede aún ser aplicable a la República Argentina
la célebre frase de Pangloss, a pasar de la vida semisalvaje de los
jornaleros criollos de nuestras provincias, de cuyo trabajo se abusa,
y de las privaciones del obrero, que en las ciudades comienza ya a
verse obligado a vivir en montón, en infectos tugurios.

La situación de los trabajadores argentinos en las provincias no puede
ser más abyecta: descalzos, casi sin ropas, ignorantes hasta el grado
sumo, no alcanzan muchas veces a ganar una mensualidad de diez pesos
que gastan en alcohol, embriagándose y riñendo muy a menudo en luchas
sangrientas, sin otra causa positiva que la borrachera y la
ignorancia. En algunas provincias hemos podido ver estancias en que
trabajaban tribus de indios reducidos, sin salario alguno, casi
desnudos, por el trozo de carne de sus comidas y algunos vasos de
aguardiente los días de fiesta. Pero aquellos que han salido de la
vida salvaje no tienen una existencia mucho mejor, y viven miserables,
no sólo en las estancias, sino en los ingenios, y en todas las
industrias enriquecedoras de sus amos, que ostentan en {XIV}
Buenos Aires o en las capitales de provincia el lujo que les
proporciona el _supertrabajo_ obtenido en su beneficio de la
ignorancia y la semiesclavitud de sus peones y obreros.

En muchas provincias la ignorancia es, por decirlo así,
fomentada por el capital, pues tiene la emancipación del
obrero que, sabiendo algo, se negaría a la cuasi esclavitud actual.

Así en las antiguas Misiones, donde los trabajadores suelen
vivir de mandioca y naranjas como en el Paraguay. Así en la
misma provincia de Buenos Aires donde el gaucho, más apto,
para las tareas de la ganadería, y sólo por ser gaucho,
tiene mucho menor salario que el obrero europeo . . .

Esto no nos lo dicen los anteriores censos ni nos lo dirá el que se
prepara, porque su compilación tiene siempre un propósito político
más o menos consciente, y la estadística no se usa para mostrar
males, sino para equilibrar fuerzas electorales o para aumentar
el crédito exterior con riquezas que suelen no existir y poblaciones
que amenudo sólo han sido engendradas por el cerebro del estadígrafo
político. Ya daríamos ejemplos si no temiéramos extendernos demasiado.

Entretanto, y olvidándolo todo, se repite:

«No hay por qué pensar en el socialismo. No estamos en Europa donde
escasean los medios de vida; aquí cualquiera se hace rico.»

Quizás la proporción de los que se enriquecen sea mayor aquí que en
otras partes; pero una simple mirada a nuestro rededor nos demostrará
que se trata de {XV} un pequeño tanto por mil, mientras que el resto
continúa esclavizado al capital, más poderoso y más absorbente cada
vez.

Lo que hay, sí, es que, todavía hoy, los remedios se presentan
más fáciles que en el viejo mundo, porque aquí --donde se aplica
a Spencer, vendiendo los ferrocarriles-- hay aún mucha tierra
fiscal improductiva, que podría servir de base para una evolución,
acelerada por el impuesto a la renta, a los terrenos baldíos a
las herencias, etc., etc., que necesariamente se realizará más
tarde en medio de mayores sacudimientos que darán inmenso relieve
a Rivadavia y su previsora ley de enfiteusis. Aquél profundo
observador previó, en efecto, lo que iba a pasar, algo de lo
que está pasando y mucho de lo que no ha pasado todavía, y es
lástima que sus lecciones se hayan olvidado en estas épocas en
que aún se espera una renovación de la «crisis de progreso»
que _nunca_ se repetirá en la misma forma, porque cada día se
irán acentuando más las diferencias de clase que ya se diseñan
tanto, así como el capitalismo absorbente y el derrumbe ya
iniciado de las clases medias que van descendiendo escalón por
escalón hasta que lleguen al proletariado y reaccionen entonces
entrando de lleno en la lucha de clase.

Cabe observar aquí lo que ha pasado con los centros agrícolas de
la provincia de Buenos Aires, con las colonias de Santa Fe, cuya
gran parte está aún en manos de empresarios que se enriquecen,
etc. etc., y lo que pasa en los territorios nacionales como en
el Neuquén, por ejemplo, donde muchos labradores no pueden colonizar
porque inmensas zonas, las mejores {XVI} y más feraces, están desde
años atrás en poder de concesionarios que las dejan improductivas
esperando una oportunidad feliz que les permita especular con el
mayor valor de la tierra, artificialmente provocado, puesto que
no habiendo sido trabajada no puede calcularse qué producto
dará, único medio de señalar su valor real y positivo.

En este territorio --para no citar otros-- hay un concesionario
que posee, él solo, _cuatrocientas leguas_, que arrienda para
pastoreo, sin haber hecho una construcción ni haber cumplido
con ninguna de las prescripciones de la ley; otro encumbrado
concesionario hace lo mismo con _trescientas leguas_, en que nada
ha puesto y cuyos arrendamientos cobra, contándose por docenas los
posesores de lotes de _treinta y dos_ leguas, que en esos vastos y
feraces terrenos no se han cuidado de levantar ni un rancho.

Y esto, poco más o menos, ocurre en todos los territorios
condenados así a convertirse en puntos improductivos o a
ser bombas aspirantes de lo que produzcan los trabajadores.

A pesar de las lecciones recibidas, el mal parece no tener
remedio, tan generalizado está.

Pregúntese a los especuladores en tierras de Bahía Blanca y otras
comarcas semiestériles o que exigen mucho esfuerzo para la producción,
qué beneficio general o particular produjo a la larga la suba de
los terrenos; pregúntese a los territorios más fértiles, qué
beneficio les han traído los propietarios de grandes feudos
abandonados y casi eriales mientras viene {XVII} --que no vendrá
sino con la producción-- el mayor valor de la tierra . . .

¿Dónde nos llevaría un examen aparentemente prolijo de todos
los inagotables aspectos de la cuestión? . . . El prólogo rompería
sus proporciones, para tomar las del libro, las del _in folio_,
aquí donde no suelen resolverse con este criterio sino con el
escolástico, todos los problemas económico-sociales, de tal
manera que cuanto se dijese en este sentido sería nuevo e
incitaría a grandes desarrollos hasta al escritor mediocre.
Pocos, bien pocos --sobrarían para contarlos los dedos de
una mano-- son los que se libran de la lógica de factura,
con premisas falsas o variables, del capitalismo, y pueden
lanzarse a la observación directa de los hechos, sacados
los anteojos de todos colores del prejuicio y de la tradición . . .

Así no se mira por su lado positivo nuestra dependencia del capital
europeo, invertido en ferrocarriles, industrias, bancos, empréstitos
--temas fecundos, y el último sobre todo, de muchos libros por
escribir-- cuyos productos e intereses, dobles y triples de los que
rigen en el viejo mundo, no se invierten aquí, ni mejoran la situación
de obreros y trabajadores, sino que vuelven al punto de partida del
capital, a hacer más fácil la vida del que lo arriesgó, como
es lógico, natural y _justo_ en el sistema actual . . .

Y sin embargo, se sueña con muchas cosas, a las que debería haber
dado golpe de muerte la frase fundada en cifras que en un informe
al ministro de hacienda, doctor Terry, para acompañar su conocida
_memoria_ {XVIII} al Congreso sobre la conversión, lanzó el doctor
Francisco Latzina y que nosotros recogemos aquí:

«El oro a la par es la ruina de la agricultura y de todas las
industrias, y el agio a un tipo inferior de 300, significa la
_insolvencia del gobierno_ respecto de sus acreedores a oro».

¡Qué atolladero! Y lo más curioso es el sitio en que ha sido
presentado a la pública atención, malbaratando el utópico
andamiaje del ministro.

Se ve, pues, si hay o no tela en que cortar, si nos detuviéramos
a examinar los males de que padecemos, incurables en el sistema
económico actual.

Pero terminemos aquí estas líneas, que no pretenden sino dar
una ligera idea del camino que el socialismo tiene que hacer
entre nosotros.

Nuestros millonarios habrán sufrido a causa de la crisis natural e
inevitable, una merma en su capital absoluto con la baja de la tierra,
la depreciación de la moneda etc., etc., pero nadie que pare mientes
en ello podrá negar que su capital relativo ha aumentado por la ley
que Ferri expone de que los ricos se hacen más ricos y los pobres más
pobres cada vez. Y algunos aún no habrán experimentado ni esa
disminución absoluta, como los que colocaron su dinero en propiedades
muebles que fueran susceptibles de convertirse siempre en oro.

Mientras tanto, las clases medias que vivieron fácilmente en aquel
período de fiebre --que no ha de olvidar ninguno de los que lo han
presenciado, y que a pesar de todo nos ha dejado adquisiciones que
nadie {XIX} nos puede quitar--, ven cada vez más dificultada su
existencia, y si no aciertan todavía con el remedio, los observadores
tienen que ver en esas amargas penalidades de hoy, el punto de
partida de una evolución inevitable, que tanto puede venir,
como repercusión, del movimiento europeo, cuanto --a la
larga-- de los mismos gérmenes existentes en nuestro país.

Roberto J. Payró.



{XXI}

PREFACIO.

Mientras escribo la segunda edición de un ensayo ya antiguo sobre
_Socialismo y criminalidad_ (Turín, 1883) en el que, siguiendo la
evolución progresiva de mi pensamiento científico, he de completar
las ideas _sociológicas_ de entonces con las ideas _socialistas_
de hoy; quiero publicar este trabajo, el que ha sido, en parte, la
conferencia dada en Milán el 1º de Mayo del año que corre.

Darwinista y spenceriano convencido, me propongo probar como el
socialismo marxista --el único que tenga método y valor científicamente
positivo, y por lo mismo el único que ahora inspira y dirige
con unidad a los socialistas demócratas de todo el mundo civil--
no es sino el complemento práctico y fecundo en la vida
social de esa moderna revolución científica, preparada en los
siglos pasados por la renovación italiana del método experimental
en todos los ramos del saber humano, y ejecutada y disciplinada
en nuestros días por las obras de Darwin y de Spencer.

Verdad es que Darwin, y sobre todo Spencer, se han quedado a la mitad
del camino de las últimas {XXII} conclusiones de orden religioso-
político-social, que derivan de sus indestructibles premisas de hecho.

Pero ese episodio personal que no puede detener el inevitable progreso
de la ciencia regenerada y de sus consecuencias prácticas --en
formidable acuerdo con las más dolorosas necesidades de la vida
contemporánea--, no hace, por otra parte, sino evidenciar más la
justicia histórica que debe recaer sobre la obra científica
y política de Carlos Marx, en quien se completa la gran
trinidad renovadora del pensamiento científico moderno.

* * *

El sentimiento y la idea son las dos inseparables fuerzas
propulsoras de la vida individual y colectiva.

El socialismo, que hasta hace pocos años estaba a merced de las
fluctuaciones vivaces pero indisciplinadas, y por lo tanto no
concluyentes, del sentimiento humanitario, ha encontrado en la obra
genial de Marx y de los que la han desarrollado y completado, su
brújula científica y política. Esta la razón de sus conquistas
cuotidianas en todas sus manifestaciones de la vida sentimental e
intelectual.

La civilización, al mismo tiempo que representa el desenvolvimiento
complicado, fecundo y bello de las energías humanas, es también un
_virus_ de terrible poder infeccioso. Al lado de los esplendores del
trabajo artístico, científico, industrial, acumula los productos
gangrenados del ocio, de la miseria, de la locura, del delito, del
suicidio físico, y de ese suicidio moral que se llama el servilismo.

{XXIII} El pesimismo --síntoma doloroso de la vida sin ideales, y en
gran manera efecto de agotamiento o de degeneración del sistema
nervioso-- preconiza el aniquilamiento final como cesación del dolor.

Nosotros, por el contrario, tenemos fe en la eterna «virtud medicinal
de la naturaleza»; y el socialismo representa justamente ese íntimo
hálito de vida nueva y mejor que libertará a la humanidad --aunque
sea con un proceso febril-- de los productos virulentos de la fase
presente de la civilización, para conservar y rejuvenecer en una fase
ulterior, las energías sanas y fecundas en bien para todos los humanos.

Roma, Junio de 1894.

Enrique Ferri.



{1}
PRIMERA PARTE. DARWINISMO Y SOCIALISMO.



{3}

I. VIRCHOW Y HAECKEL EN EL CONGRESO DE MUNICH.

El 18 de Septiembre de 1877, en el congreso de naturalistas de Munich,
Ernesto Haeckel, el famoso embriólogo de Jena, pronunció un elocuente
discurso en defensa y como propaganda del darwinismo, que atravesaba
entonces por su época más aguda y tempestuosa de polémica y de lucha.

Pocos días después, Virchow, el gran patólogo --que aunque milite ya
en el partido parlamentario «progresista» es bastante _misoneísta_,
tanto en la política como en la ciencia-- combatía enérgicamente la
teoría darwiniana de la evolución orgánica, contra la cual, con
agudísima previsión, lanzaba el grito de alarma y el anatema político,
diciendo que «el darwinismo conduce directamente al socialismo».

Protestaron de seguida los darwinistas capitaneados por Oscar Schmidt
y por Haeckel; y para {4} que a tanta oposición de índole religiosa,
filosófica y biológica levantada entonces contra el darwinismo, no se
agregara también esta grave preocupación política, sostuvieron que,
por el contrario, la teoría darwiniana estaba en abierta y absoluta
contradicción con el socialismo.

«Si los socialistas fuesen pillos (escribía el profesor Oscar Schmidt
en el _Ausland_ de 27 de Noviembre de 1877), harían todo lo posible por
sofocar en el silencio la teoría de la sucesión, porque esa doctrina
proclama altamente que las ideas socialistas son inaplicables».

«En efecto, agregaba Hseckel, no hay doctrina científica que declare
más abiertamente que la teoría darwiniana, que la igualdad de los
individuos a que tiende el socialismo es un imposible, y que esa
quimérica igualdad está en contradicción absoluta con la necesaria
desigualdad de hecho que en todas partes existe entre los individuos.

»El socialismo pide para todos los ciudadanos derechos iguales,
iguales deberes, bienes iguales e iguales goces; la teoría de la
herencia establece, por el contrario, que la realización de estas
aspiraciones es pura y simplemente imposible; que, en las sociedades
humanas como en las animales, ni los derechos, ni los deberes, ni la
propiedad, {5} ni los goces de todos los individuos asociados, son ni
podrán nunca ser iguales.

»La gran ley diferencial enseña que, tanto en la teoría general de la
evolución, cuanto en su parte biológica o teoría de la herencia, la
variedad de los fenómenos surge de una unidad originaria, la
diferencia de las funciones de una identidad primitiva, la complejidad
del organismo de una sencillez primordial. Las condiciones de
existencia son, desde el ingreso a la vida, desiguales para todos los
individuos. Agréganse las cualidades hereditarias, las disposiciones
innatas más o menos desemejantes, ¿cómo, pues, podrían ser iguales en
todas partes, nuestras tareas en la vida y sus resultados consiguientes?

»Cuanto más desarrollada está la vida social, más importancia adquiere
el gran principio de la división del trabajo, y la existencia duradera
del estado exige más que sus miembros se dividan los deberes tan
varios de la vida; y puesto que el trabajo que debe ser realizado por
los individuos, así como el consumo de fuerza, de ingenio, de medios,
etc., que demanda, difieren en el más alto grado, es natural, también,
que la recompensa de ese trabajo sea proporcionalmente desigual.

»Estos son hechos tan sencillos y evidentes, {6} que todo hombre
político, inteligente y culto, debería, según me parece, preconizar la
teoría de la herencia y la doctrina general de la evolución, como el
mejor contraveneno para las absurdas utopías igualitarias de los
socialistas.

»¡Y es el darwinismo o teoría de la selección, lo que en su denuncia
ha tomado Virchow como blanco, más que el transformismo o teoría de la
herencia, siempre confundida con aquélla! El darwinismo es todo menos
socialista.

»Si se quiere atribuir tendencias políticas a esta doctrina inglesa
--lo que es lícito-- esas tendencias no podrían ser sino
aristocráticas, nunca democráticas, y menos socialistas.

»La teoría de la selección enseña que en la vida de la humanidad, como
en la de las plantas y de los animales, siempre y en todas partes sólo
una débil minoría arriba a vivir y a desarrollarse; la inmensa
mayoría, por el contrario, sufre y sucumbe más o menos prematuramente.
Innumerables son los gérmenes de todas las especies vegetales o
animales, y los individuos jóvenes que no florecen; pero el número de
los que tienen la suerte de desarrollarse hasta su completa madurez,
y alcanzan al final de su existencia, es hasta cierto punto
insignificante.

»La cruel y despiadada «lucha por la vida», {7} feroz en toda la
naturaleza animada, y que tiene naturalmente que serlo, esa eterna e
inexorable competencia de todo cuanto vive, es un hecho innegable. Sólo
el número escaso de los electos, de los más fuertes y de los más aptos,
está en condiciones de sostener victoriosamente esa competencia; la gran
mayoría de los competidores desgraciados debe perecer necesariamente.

»Que se deplore esa fatalidad trágica, está bien; pero no se puede ni
negarla ni variarla. ¡Todos son los llamados; pocos son los elegidos!

»La selección, la _elección_ de estos elegidos está necesariamente
ligada a la derrota o a la pérdida del gran número de seres que son
sobrevividos. Por eso, otro hombre de ciencia inglés ha llamado al
principio fundamental del darwinismo "la supervivencia de los más
aptos, la victoria de los mejores".

»En todo caso, pues, el principio de la selección no es, en manera
alguna, democrático; es más bien fundamentalmente aristocrático. Si
entonces el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias tiene,
--según Virchow--, "un lado extremadamente peligroso" para el
hombre político, consiste esto, sin duda, en que favorece las
aspiraciones aristocráticas.»

* * *

{8} He copiado _in extenso_ esta argumentación de Haeckel, porque es
precisamente --con diverso tono y con expresiones más o menos
precisas y elocuentes-- la que repiten aquellos adversarios del
socialismo que gustan de asumir actitudes científicas y se sirven
--para comodidad en la polémica-- de las frases hechas que, hasta
en la ciencia misma, tienen más curso de lo que parece.

Sin embargo, es fácil demostrar cómo, en este debate, la mirada de
Virchow ha sido más segura y más límpida, desde que la historia de
los últimos veinte años ha venido a darle plenamente la razón.

Ha sucedido, en efecto, que el darwinismo y el socialismo han
progresado juntos con una maravillosa fuerza de expansión,
conquistando el uno para su doctrina fundamental la unanimidad de
los naturalistas, y continuando el otro en su difusión --tanto en
sus aspiraciones generales como en su disciplina política-- por
todos los poros de la conciencia social, como inundación torrencial
de territorios enteros determinada por el aumento diario del
malestar material y moral, o como infiltración lenta, capilar,
irrevocable en los cerebros más despreocupados y menos serviles
del interés personal de la ortodoxa ruindad.

{9} Ahora bien, así como las teorías políticas o científicas son
fenómenos naturales como cualesquiera otros y no el adorno caprichoso
y efímero del albedrío individual de quien las inicia y las propaga,
así también es evidente que si ambas corrientes del pensamiento
moderno han podido, juntas, vencer las primeras y más fuertes
oposiciones del misoneísmo científico y político, y si juntas aumentan
día a día la falange de sus conscientes partidarios, esto significa
por sí solo --casi diré por una ley de _simbiosis_ intelectual--
que no son ni inconciliables ni contradictorias entre sí.

Pero, por otra parte, los tres argumentos principales a que, en
substancia, se reduce el raciocinio antisocialista de Haeckel, no
resisten ni a la crítica más elemental de las nociones científicas,
ni a la observación más superficial de la vida ordinaria.

1º El socialismo tiende a una quimérica igualdad de todos y de todo,
el darwinismo, por el contrario, no sólo comprueba, sino también
explica las razones orgánicas de la natural desigualdad de los
hombres en sus aptitudes, y por lo tanto, en sus necesidades.

2º En la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los
animales, la inmensa mayoría {10} de los nacidos está destinada a
sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la
«lucha por la vida». El socialismo, por el contrario, pretende que
todos deben vencer en esa lucha y nadie debe sucumbir en ella.

3º La lucha por la vida asegura «la supervivencia de los mejores y de
los más aptos» y sigue más bien un procedimiento aristocrático de
selección individualista, que la democrática nivelación colectivista
del socialismo.

* * * * *

II. LA IGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES.

La primera de estas objeciones opuestas al socialismo en nombre del
darwinismo, carece en absoluto de base.

Si fuese cierto que el socialismo aspira a la _igualdad de todos los
hombres_, nada sería más exacto: el darwinismo lo condenaría
irrevocablemente.

Pero aun cuando, todavía hoy, muchos de buena fe, como oyentes que
repiten las frases hechas, o de mala fe, por habilidad polemista,
sostengan que socialismo es sinónimo de igualdad y de nivelación,
la verdad es, por el contrario, que el {11} socialismo científico
(es decir, aquel que se inspira en la teoría de Marx y que es el
único que hoy merezca ser sostenido o atacado) no niega para nada
la desigualdad de los hombres, ni la de los demás seres vivientes,
desigualdad innata y adquirida, física y moral.

Sería como decir que el socialismo pretende, por ejemplo, que por
decreto del rey o del pueblo se establezca que: «¡De hoy en adelante,
todos los hombres tendrán un metro y setenta centímetros de
estatura! . . . »

Pero el socialismo es algo más serio y menos fácil de combatir.

Y el socialismo dice: _Los hombres son desiguales, pero son hombres_.

Y así, aun cuando todo individuo humano nazca y se desarrolle de una
manera más o menos distinta de los demás (porque así como en una selva
no hay dos hojas idénticas, en todo el mundo no existen dos hombres
perfectamente iguales), todo hombre, por el simple hecho de ser _un
hombre_, debe tener asegurada una existencia de hombre y no de ilota
o de bestia de carga.

Nosotros también sabemos que no todos los hombres pueden llevar a cabo
el mismo trabajo, ahora que las desigualdades sociales aumentan las
desigualdades naturales; ni lo podrán tampoco {12} bajo el régimen
socialista, cuando la organización social tienda, al contrario, a
atenuar las desigualdades congénitas.

Siempre habrá quien tenga un cerebro y una musculatura más aptos para
la labor científica o artística y quien para un trabajo manual, o de
precisión mecánica, o de esfuerzo agrícola, etc.

Pero lo que no debería haber y que no habrá, es hombres que no
trabajen nada, y otros que trabajen mucho o muy mal recompensados.

No es esto sólo: el colmo de la injusticia y de lo absurdo es que,
ahora, el que no trabaja tiene las recompensas mayores, que le asegura
el monopolio individual de la riqueza, acumulable por transmisión
hereditaria; riqueza que en el menor número de los casos se debe a los
sacrificios de ahorro y de privaciones inhumanas del actual poseedor,
o de algún antepasado laborioso; y que casi siempre es fruto secular
de espoliaciones por conquista militar, por comercio poco decoroso
o por favoritismo de los soberanos; siempre y de todos modos
independiente de cualquier esfuerzo, de cualquier trabajo socialmente
útil por parte del heredero, a menudo dilapidador veloz en las varias
formas del ocio más o menos barnizado de una vida tan vacía cuanto
brillante en apariencia.

{13} Y si no se trata de riqueza heredada, se trata de riqueza
defraudada. Aparte del mecanismo económico de que hablaré después,
revelado por Carlos Marx, y por el cual, aun fuera del fraude, el
capitalista o propietario puede acumular normalmente, sin trabajar,
una renta o una ganancia; aparte de esto, digo, es un hecho que
los patrimonios más rápidamente acumulados o engrosados ante
nuestros ojos, no son ni pueden ser fruto del trabajo honrado.

El trabajador realmente honrado, y por lo tanto infatigable y
económico, que llega a elevarse de la condición de asalariado a la de
jefe de fábrica o empresario, podrá acumular en una larga existencia
de privaciones, cuando más algunos miles de liras. Por el contrario,
aquellos que sin descubrimientos industriales debidos a su genio,
reúnen millones en pocos años, no pueden ser más que negociantes poco
escrupulosos, aparte algún caso excepcional de un honrado golpe de
fortuna. Y esos son los que --parásitos de los Bancos y los negocios
públicos-- viven como señores, cubiertos de condecoraciones
carnavalescas y de honores oficiales . . . premio a sus buenas acciones.

Y viceversa, los que trabajan, que son la inmensa mayoría, no tienen
más recompensa que {14} un alimento y una habitación que bastan apenas
para no dejarlos morir de hambre cruel, y cuyos fondines, cuyos
desvanes, cuyas callejuelas infectas en las grandes ciudades, o cuyas
casuchas en la campaña, no se admitirían ni para caballerizas ni para
establos! . . .

Y esto sin agregar los desesperados espasmos de la desocupación
forzada, que es uno de los tres síntomas más dolorosos y más
crecientes de esa _igualdad en la miseria_ que se propaga por el
mundo económico en Italia y, más o menos, en todas partes.

Hablo del inmenso ejército de los _desocupados_ entre los operarios
agrícolas e industriales, de los _abandonados_ entre la pequeña
burguesía, de los _expropiados_ por impuestos, deudas o usura entre
la pequeña propiedad.

No es verdad, pues, que el socialismo pida para todos los ciudadanos
una igualdad material y positiva de trabajo y de placeres.

La igualdad puede, solamente, asumir la forma de la obligación de todo
hombre a trabajar para vivir, asegurándose a todo individuo las
condiciones de existencia _humana_, en cambio de la labor dada a la
sociedad.

La _igualdad entre los hombres_ según el socialismo --como decía
Malon-- debe entenderse por lo tanto en un doble sentido relativo.

{15} 1º Que todos los hombres, como tales, tengan aseguradas las
condiciones de existencia humana.

2º Que, por consiguiente, los hombres sean iguales en el _punto de
partida_ de la lucha por la existencia, para que cada uno desarrolle
libremente su personalidad, en igualdad de condiciones sociales.

* * *

Ahora, el niño que nace sano y robusto, pero pobre, tiene que
sucumbir en la competencia con el niño nacido débil, pero rico.

Esta es precisamente la radical e inmensa transformación que no
sólo pide el socialismo, sino que indica y prevé como evolución
ya comenzada en la humanidad presente --y necesaria, fatal, en la
humanidad próxima futura--.

Transformación que consiste en la conversión de la propiedad privada
o individual de los medios de producción, es decir, de la base física
de la vida humana (tierra, minas, casas, fábricas, máquinas,
instrumentos de trabajo, medios de transporte) en propiedad colectiva
o social, según los métodos y procedimientos de que debo ocuparme
más adelante.

Entretanto, queda demostrado que la primera objeción del raciocinio
antisocialista no tiene consistencia alguna, sencillamente porque
parte {16} de una premisa que no existe: es decir, supone que el
socialismo moderno afirma y quiere una quimérica igualdad física y
moral de todos los hombres, en que el socialismo científico y
positivo no sueña siquiera.

Por el contrario, el socialismo afirma que esta desigualdad entre
los hombres (que en una organización social mejor deberá atenuarse
inmensamente, suprimiendo todos los defectos orgánicos y físicos
que la miseria viene acumulando de generación en generación) no
podrá desaparecer todavía, precisamente por las razones que el
darwinismo ha descubierto en el misterioso mecanismo de la vida
y en la sucesión sin fin de los individuos y de las especies.

En cualquiera organización social, como quiera que se imagine,
siempre habrá hombres altos y bajos, débiles y fuertes, sanguíneos
y nerviosos, más o menos inteligentes, en quienes prevalezca la
musculatura o el cerebro; es bien que así sea, y además es inevitable.

Y es bien que así sea porque de la variedad y desigualdad de las
aptitudes individuales, nace espontáneamente esa división del trabajo
que el darwinismo señala como una ley, tanto de la fisiología
individual como de la economía social.

{17} Todos los hombres deben vivir trabajando: pero cada uno debe
hacer el trabajo que responda mejor a sus aptitudes, para evitar
desperdicios perjudiciales de fuerza y también para que el trabajo no
repugne, y hasta llegue a ser placentero y necesario como condición
de salud física y moral.

Los hombres que han dado a la sociedad el trabajo que responde mejor
a sus aptitudes innatas y adquiridas, son igualmente meritorios porque
concurren por igual a esa solidaridad de labor por la que se determina
justamente la vida del conglomerado social y, solidariamente, la de
cada individuo.

El campesino que labra la tierra hace un trabajo más modesto en
apariencia pero no menos necesario, útil y meritorio que el del
obrero que construye una locomotora o del ingeniero que la perfecciona
o del hombre de ciencia que lucha contra lo desconocido en un gabinete
de estudio o en un laboratorio.

Lo esencial es que todos trabajen en la sociedad, así como en el
organismo individual todas las células realizan sus diversas funciones,
más o menos modestas en apariencia --por ejemplo entre las células
nerviosas y las musculares y óseas-- pero funciones y trabajos
biológicos {18} igualmente necesarios y útiles para la vida del
organismo entero.

Y como en el organismo biológico ninguna célula viva está sin trabajo,
sino que toma su nutrición de la recompensa material en cuanto
trabaja, así en el organismo social ningún individuo debe vivir sin
trabajo, en cualquier trabajo que sea.

Y he aquí, ahora, cómo se desvanecen muchas de las dificultades
artificiales que al socialismo oponen sus adversarios.

--¿Quién lustrará los botines bajo el régimen socialista? pregunta
Richter en aquel libro suyo tan linfático que llega a la grotesca
suposición de que, en nombre de la igualdad social, «el Gran
Canciller» de la sociedad socialista, se vea obligado, antes de
ocuparse de la cosa pública, a lustrarse los zapatos y a remendarse
la ropa! De veras que si los adversarios del socialismo no tuviesen
mejores argumentos, sería perfectamente inútil la discusión.

--Pero todos querrán hacer los trabajos menos fatigosos y más
agradables --se dice con mayor apariencia de seriedad.

Y bien, volvemos a contestar que lo misma sería referirse desde
ahora a un decreto que dijese:

{19} _Desde hoy en adelante todos los hombres nacerán pintores
o cirujanos._

Pero, justamente las variedades antropológicas de temperamento y de
carácter son las que distribuirán, sin necesidad de regularización
monacal (otra infundada objeción contra el socialismo), las diversas
tareas intelectuales y manuales.

Decidle a un campesino de constitución mediana que vaya a estudiar
la anatomía o el código penal; por el contrario, decid a quien tenga
más desarrollado el cerebro que los músculos, que vaya a arar en vez
de observar con el microscopio: uno y otro preferirán el trabajo para
el cual estén mejor dispuestos.

Tampoco será tan grande el desorden de las profesiones como muchos lo
indican fantásticamente, cuando la sociedad está ordenada según el
régimen colectivista. Suprimidas las industrias de mero lujo
_personal_ --que tantas veces representa un indecoroso sarcasmo a la
miseria de los más-- la suma y la variedad de los trabajos se adaptará
gradualmente, es decir, naturalmente, a la fase de la civilización
socialista, como corresponde ahora a la fase de la civilización burguesa.

En el régimen socialista, cada cual tendrá {20} mayor libertad de
consolidar y aplicar sus aptitudes propias, y no sucederá como ahora,
que por falta de medios pecuniarios muchos campesinos y ciudadanos y
pequeños burgueses, dotados de natural inteligencia, permanecen
atrofiados, y se ven obligados a ser labradores, obreros o empleados,
cuando podrían dar a la sociedad un trabajo diferente y más fecundo,
como más adaptado a sus cualidades particulares.

Lo esencial está únicamente en que tanto el labrador como el
profesional que dan su trabajo a la sociedad, tengan por ella
aseguradas las condiciones de una existencia digna de seres humanos.
Así será también suprimido el indigno espectáculo de que, por ejemplo,
una bailarina sólo con sus piruetas, en una noche, gane lo que un
hombre de ciencia o un profesional recibe en todo un año de trabajo,
cuando no encarna a la miseria de levita.

Las bellas artes vivirán bajo el régimen socialista, porque el
socialismo quiere que la vida sea dulce para todos --y no, como ahora,
para algunos privilegiados-- y dará por lo tanto, grande, maravilloso
impulso a todas las artes, aboliendo el lujo privado, pero favoreciendo
el esplendor de los edificios y de las reuniones públicas.

Pero, entretanto, serán más respetadas las {21} proporciones de la
recompensa asegurada a cada uno en razón de los trabajos realizados.
Proporciones que también se disminuirán, disminuyendo el tiempo de
trabajo en razón de su rudeza o de su peligro; así, si un campesino
pudiera trabajar siete u ocho horas diarias al aire libre, un minero
debería trabajar tres o cuatro. En efecto, cuando todos trabajen y se
hayan suprimido muchos trabajos improductivos, la suma total de
cuotidiana labor, repartida entre los hombres, será mucho menos pesada
y más soportable (con la mejor alimentación y habitación y con la
distracción asegurada) de lo que hoy lo es por aquellos que trabajan y
que son tan mal recompensados; mas no hay que considerar esto sólo,
sino también que los progresos de la ciencia aplicada a la industria,
harán cada vez menos fatigosa la labor humana.

Por eso el trabajo mismo será buscado espontáneamente por todos, a
pesar de la falta de salario o remuneración acumulable como riqueza
privada; justamente porque el hombre sano, normal y bien alimentado,
así como huye de un irabajo excesivo y mal recompensado, así también
huye del ocio, sintiendo una verdadera y propia necesidad fisiológica
y psíquica de diaria ocupación correspondiente a sus aptitudes.

{22} Lo vemos, en efecto, diariamente en la clase ociosa que busca en
las varias formas, más o menos fatigosas, del _sport_, cómo sustituir
el trabajo productivo, justamente como necesidad fisiológica para
evitar los perjuicios del ocio absoluto y del aburrimiento.

El problema difícil consistirá, después, en _proporcionar_ la
recompensa del trabajo hecho por cada uno. Y es sabido que el
colectivismo adopta la fórmula:

«A cada uno en relación con el trabajo realizado»

mientras que el comunismo adopta la otra:

«A cada uno según sus necesidades».

Nadie podrá decir _á priori_ cómo será resuelto este problema _en
sus detalles prácticos_; pero esta imposibilidad de profetizar el
porvenir en sus detalles, se opone sin razón al socialismo para
tratarlo de irrealizable utopía. Nadie habría podido profetizar _á
priori_, en el alboreo de ninguna civilización, sus desenvolvimientos
sucesivos, según lo diré después, al hablar de los métodos de
renovación social.

Lo que, en cambio, podemos decir con plena seguridad, por las
inducciones más acertadas de la psicología y de la sociología, es esto:

{23} Es innegable, como lo reconoció también Carlos Marx, que
esta segunda fórmula --que para algunos es lo que distingue al
anarquismo (teórico y platónico) del socialismo-- representa un
ideal ulterior y más complicado. Pero es también innegable que,
de todas maneras, la fórmula del colectivismo representa una fase
de evolución social y de disciplina individual que deberá
necesariamente preceder a la del comunismo.

¡No hay que creer que con el socialismo la humanidad vaya a realizar
completamente todos los ideales posibles, y que después no le quede
nada que desear ni que conquistar! . . .

La posteridad estaría condenada al ocio y la vagancia si
pretendiéramos agotar todos los posibles ideales humanos.

El individuo o la sociedad que no tienen ya un ideal por qué combatir,
están muertos o moribundos. La fórmula del comunismo podrá, pues, ser
un ideal ulterior que conquistar, cuando el colectivismo haya llegado
a su completa acción por los procedimientos históricos de que me
ocuparé más adelante.

Pero, por ahora, volviendo a Darwin, queda, pues, eliminada la
pretendida contradicción entre el socialismo y el darwinismo, a
propósito de la igualdad de todos los hombres en que no sueña
{24} el socialismo y que tampoco quiere, darwinianamente.

Así se contesta también a la repetidísima objeción de que el
socialismo quiere sofocar y suprimir la personalidad humana bajo la
uniforme capa de plomo de la colectividad, reduciendo al individuo a
la función monástica de una de tantas abejas de la colmena social.

Es precisamente lo contrario.

En efecto, es evidente que la atrofia y la pérdida de tantas
personalidades que podrían surgir con mucha mayor ventaja propia y
de los demás, ocurren ahora, en la actual organización burguesa, en
que cada hombre --salvo raras excepciones de las individualidades más
sobresalientes-- cuenta por lo que _tiene_ y no por lo que es.

El que nace pobre --claro que sin tener la culpa-- puede haber salido
de la naturaleza siendo un genio artístico o científico, pero si no
tiene patrimonio propio que le facilite el modo de triunfar en las
primeras batallas por la vida y de completar su cultura, o si el pastor
Giotto no tiene la suerte de encontrarse con el rico Cimabue . . .
entonces esa inteligencia tiene que ir a apagarse en la inmensa cárcel de
los asalariados, y la misma sociedad pierde tesoros de fuerza intelectual.

En cambio, el que nace rico, sin que en ello {25} tenga parte, puede
ser un microcéfalo o un fatuo cualquiera; pero está cierto de que
llegará al escenario del teatro social, y que todos los serviles serán
para él pródigos en elogios y caricias, y sólo porque _tiene_ dinero,
creerá ser diferente de lo que _es_.

Por el contrario, con la propiedad colectiva, es decir, bajo el
régimen socialista --teniendo cada individuo aseguradas sus condiciones
de vida-- el trabajo diario no servirá sino para sacar a luz las
aptitudes especiales, más o menos geniales de cada hombre, y los años
mejores y más fecundos de la vida no serán, así, consumidos como ahora
en la conquista desesperada, espasmódica y envilecedora del pan de
cada día.

En el socialismo tendrán todos, con la seguridad de una existencia
humana, la verdadera libertad de desarrollar y manifestar su propia
personalidad física y moral, tal como se tuvo al nacer, en la infinita
variedad y desigualdad antropológica, que el socialismo no niega pero
que quiere ver mejor encaminada hacia el libre y fecundo
desenvolvimiento de la vida humana.

* * * * *

III.  LOS VENCIDOS EN LA LUCHA POR LA VIDA.

La segunda contradicción que se señala entre socialismo y darwinismo
es, que mientras por el darwinismo se demuestra cómo la inmensa mayoría
de los nacidos --entre las plantas, los animales, los hombres-- está
destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora
en la «lucha por la vida», por el socialismo se pretende al contrario
que todos triunfen de esa lucha y nadie sucumba en ella.

Varias son las respuestas que pueden darse.

La primera es que en el mismo campo biológico de la lucha por la vida,
la desproporción entre los individuos nacidos y los sobrevivientes va
atenuándose progresivamente según se pasa de los vegetales a los animales y de los animales al hombre.

Además, esa ley de desproporción decreciente entre «llamados» y
«elegidos» sirve también para las diversas especies de un mismo
orden natural.

En efecto, en el orden vegetal, cada individuo genera cada año un
número desmesurado de semillas, de las que sólo sobrevive una parte
{27} infinitesimal. En el orden animal, disminuye el número de los que
nacen de cada individuo, y aumenta el número de los sobrevivientes. En
el orden humano, entretanto, es mínimo el número de nacidos que cada
individuo puede generar, pero sobrevive la mayor parte.

No es esto sólo; en el orden vegetal como en el animal y en el humano,
las especies inferiores y más sencillas, las razas y las clases menos
elevadas, son las que tienen en sus individuos mayor abundancia
generadora y más rápida generación en cambio de menor longevidad en
los individuos.

Un helecho produce millones de esporos y vive poco tiempo, mientras que
una palmera da pocas docenas de semillas por año, y tiene vida secular.

Un pez produce muchos millares de huevos, mientras que el elefante
y el chimpancé tienen pocos hijos y viven muchos años.

Entre los hombres, las razas salvajes son más prolíficas y tienen
escasa longevidad, mientras que las razas civilizadas tienen escasa
natalidad y longevidad mayor.

De modo que, aun permaneciendo en el terreno exclusivamente biológico,
es evidente que la proporción de los vencedores en la «lucha por la
{28} vida» aumenta cada vez más sobre el total de los nacidos, según se
pasa de los vegetales a los animales, de los animales a los hombres, y
según se vaya de la especie o variedad inferior a las razas o variedades
superiores.

La misma férrea ley de la lucha por la vida, va, pues, disminuyendo
la hecatombe de los vencidos, tanto cuanto se elevan complicándose
y perfeccionándose las formas de esa misma vida.

Sería, pues, un error oponer, sin más razón, el socialismo a la ley
darwiniana de la selección natural, tal como se manifiesta en las
formas primitivas de la vida, sin tener en cuenta su continua
atenuación al pasar de los vegetales a los animales, de los animales
al hombre, y en la misma humanidad, de las razas primitivas a las
razas más adelantadas.

Así, pues, representando el socialismo una fase de progreso ulterior en
la vida de la humanidad, no puede en manera alguna oponérsele una
interpretación tan grosera e inexacta de la ley darwiniana.

* * *

Cierto es que los adversarios del socialismo han abusado de la
ley darwiniana o mejor dicho de esa interpretación «brutal»,
para intentar una justificación a la moderna competencia {29}
individualista, que demasiado a menudo se convierte en una forma
disimulada de antropofagia, y hace propia del estado social presente,
aquella condición del _homo homini lupus_ que Hobbes colocaba por el
contrario en el supuesto estado _natural_ del hombre, antes del
contrato de convivencia social.

Pero el abuso de un principio científico no es la prueba de su
falsedad, pues más bien sirve de aguijón para precisar más su
índole y sus términos, y obtener su más exacta y completa aplicación
práctica, como estoy haciéndolo en esta explicación de perfecta
armonía entre socialismo y darwinismo.

He ahí por qué, en la primera edición de mi _Socialismo y
criminalidad_, he sostenido que la lucha por la vida es ley innata
de la humanidad, como de todos los seres vivientes, aunque cambie y
se atenúe continuamente en sus formas.

Tal es aún mi pensamiento, contra el de algunos socialistas que
creyeron mejor vencer esa objeción opuesta en nombre del darwinismo,
afirmando que en la humanidad la «lucha por la vida» es una ley que
debe perder todo valor y toda aplicación una vez realizada la
transformación que el socialismo desea. La señalaban, pues, como una
ley que, tiránica dominadora de todos {30} los seres, desde el
microbio hasta el mono antropoide, debería extinguirse y caer inerte
a los pies del hombre, como si él no fuese un eslabón indisoluble de
la gran cadena biológica.

Yo, por el contrario, sostuve y sostengo que la lucha por la
vida es ley inseparable de la existencia, y por lo mismo, de
la humanidad; pero que, siendo siempre ley inmanente y continua,
va transformándose en su contenido y atenuándose en sus formas.

En la humanidad primitiva, la lucha por la vida casi no se distingue
de la que sostienen los demás animales: es la lucha brutal por el
alimento cuotidiano o por la hembra --desde que hambre y amor son
las dos necesidades fundamentales y los dos polos de la vida-- y esa
lucha se traba con sólo la fuerza muscular. En una fase ulterior, se
agrega la lucha por la supremacía política (en el clan, en la tribu,
en la aldea, en la comuna, en el estado) y se combate cada
vez menos con los músculos, cada vez más con el cerebro.

En el período histórico, la humanidad greco-latina combate por la
igualdad _civil_ (abolición de la esclavitud); vence, mas no reposa,
porque la vida es lucha; la humanidad de la Edad Media lucha por la
igualdad _religiosa_, y la conquista, pero no se detiene; al terminar
el pasado siglo, {31} lucha por la igualdad _política_. Y ahora la
humanidad lucha por la igualdad _económica_, no en el sentido de
igualdad material y absoluta, sino en el más positivo, que he
explicado antes; y todo hace prever, con seguridad matemática,
que esta lucha también se terminará para ceder su lugar a
nuevas conquistas y a ideales nuevos para nuestros sucesores.

Y con el cambio sucesivo del significado o de los ideales de la
lucha por la vida, continúa la progresiva atenuación de los métodos
de lucha, que de violenta y muscular se torna más pacífica e
intelectual, a pesar de las regresiones atávicas o las manifestaciones
psico-patológicas de las violencias personales del individuo
contra la sociedad y de la sociedad contra el individuo.

Sobre esta concepción mía --que recientemente ha tenido espléndida
demostración en la obra genial de Novicow, quien ha desmentido, sin
embargo, la lucha sexual--, sobre esta concepción, digo, volveré más
ampliamente en el capítulo que trata del _Porvenir moral de la
humanidad_, en la segunda edición de _Socialismo y criminalidad_.

Por ahora bástame agregar una respuesta a la objeción antisocialista:
no sólo disminuye siempre la desproporción entre nacidos y
sobrevivientes, sino que también la misma «lucha por {32} la vida»
cambia de significado y se atenúa en sus modalidades a cada fase
sucesiva de la evolución biológica y social.

Así, pues, el socialismo puede afirmar muy bien que deben asegurarse
a todos los hombres las condiciones de una existencia de hombre --a
cambio del trabajo dado a la colectividad--, sin tropezar por eso
contra la ley darwiniana de la supervivencia de los vencedores en la
lucha por la vida, y desde que es necesario interpretarla y aplicarla
exactamente en sus varias manifestaciones a la vida progresiva de la
humanidad, en relación a las épocas primitivas de ésta y en
relación al orden inferior de vivientes vegetales y animales.

* * *

Por otra parte, el mismo socialismo, científicamente comprendido, no
impide y no puede impedir que haya siempre en la humanidad vencidos en
la lucha por la vida.

Este argumento se refiere más directamente a las relaciones entre
socialismo y criminalidad, porque justamente los que sostienen que
la lucha por la vida es ley caduca de la humanidad, afirman en
consecuencia que el _delito_ (forma anormal y antisocial de la lucha
por la vida, así como el _trabajo_ es la forma normal y social) {33}
deberá desaparecer de la Tierra, y por eso se cree encontrar cierta
contradicción entre el socialismo y las doctrinas de la antropología
criminal sobre el delincuente nato, que también se derivan del
darwinismo.

Reservando para otro lugar el más amplio desarrollo de esta cuestión,
puedo, entretanto, resumir así mi pensamiento de antropólogo
criminalista y de socialista al mismo tiempo:

Ante todo, la escuela criminal positiva se ocupa de la vida presente,
y su mérito es incontestable por haber aplicado el método experimental
al estudio del fenómeno criminal, deduciendo de él lo absurdo e
hipócrita de los actuales sistemas penales basados en el concepto del
libre albedrío y de la culpa moral, y aplicados en las cárceles de
sistema celular, que llamé y llamo «una de las aberraciones del siglo
XIX», para sustituirle por la simple segregación de los individuos
inaptos para la vida social por condiciones patológicas congénitas o
adquiridas, permanentes o transitorias.

Pero decir que con el socialismo desaparecerán todas las formas del
delito, es una afirmación inspirada por generoso idealismo
sentimental, mas no fundada en rigurosa observación científica.

{34} La escuela criminal positiva demuestra que el delito es un
fenómeno natural y social --como la locura y el suicidio-- determinado
por la anormal constitución orgánica y psíquica del delincuente, junto
con las influencias del ambiente físico y del ambiente social. Factores
antropológicos físicos y sociales concurren siempre unidos
indisolublemente a determinar cualquier delito, del más leve al más
grave --como pasa en resumen con todo acto humano--; sólo que para
cualquier delincuente y para cualquier delito es diversa la intensidad
determinante de cada orden de factores.

Por ejemplo: en el asesinato cometido por celos o por alucinación, la
acción más poderosa pertenece al factor antropológico, sin que por eso
pueda excluirse la acción del ambiente físico y del ambiente social.
Por el contrario, en el delito contra la propiedad, o también contra
las personas, por furor de muchedumbre amotinada, o por alcoholismo,
etc., la intensidad mayor es del ambiente social, sin que por eso pueda
excluirse la influencia del ambiente físico y del factor antropológico.

El mismo raciocinio --completando el examen de la objeción
antisocialista hecha en nombre del darwinismo-- puede repetirse para
las {35} enfermedades comunes, aunque, por otra parte, el delito
pertenece también a la patología humana.

Cualquier enfermedad aguda o crónica, infecciosa o no, grave o ligera,
es la resultante de la constitución antropológica del individuo y de
las influencias del ambiente físico y social. Solamente que en las
diversas enfermedades varía la intensidad determinante de las
condiciones personales o del ambiente; la tisis o la cardiopatía por
ejemplo, son enfermedades que dependen en grandísima parte de la
constitución orgánica individual, aunque concurriendo a ella la
complicidad del ambiente; pero la gota, o el cólera, o el tifus, o la
caquexia palustre etc., dependen, por el contrario, de las condiciones
sociales y físicas del ambiente más que de otra cosa. He ahí por qué la
tisis hace estragos hasta entre las gentes acomodadas y, por lo tanto,
bien alimentadas y mejor alojadas; mientras que el cólera hace el
máximum de víctimas entre los mal alimentados, es decir, entre los pobres.

Es, entonces, evidente que con el régimen socialista de la propiedad
colectiva que asegura a cada hombre las condiciones de existencia de
hombre, disminuirán muchísimo, y quizá desaparezcan --con la ayuda de
los continuos descubrimientos científicos y de la progresiva {36}
previsión higiénica-- las enfermedades determinadas en gran parte por
las condiciones del ambiente y por la insuficiente alimentación y
abrigo contra la intemperie; pero no por eso desaparecerán las
enfermedades por traumatismo, la locura, las pulmonitis, etc.

Lo mismo debe decirse del delito: suprimida la miseria y las inicuas
desigualdades de condiciones económicas, seguro es que por la falta
directa del estímulo del hambre, aguda y crónica, por la indirecta
influencia benéfica, física y moral de la mejor alimentación, y por la
falta de ocasiones de abusar del poder o la riqueza, disminuirán
muchísimo y desaparecerán esos delitos en gran parte ocasionales y que
toman su mayor intensidad determinante del ambiente social. Pero, sin
embargo, no desaparecerán, por ejemplo, los atentados contra el pudor
por inversión sexual patológica, o los homicidios por epilepsia,
o los hurtos por degeneración psicopatológica etc., etc.

Del mismo modo, con el socialismo se hará más extensa e intensa la
cultura popular, desaparecerán los analfabetos, todo ingenio tendrá
como desenvolverse y consolidarse libremente; pero no por eso
desaparecerán los idiotas y los imbéciles por condición patológica
hereditaria, {37} por más que también tenga benéfica influencia
preventiva y alejadora sobre las degeneraciones congénitas
(enfermedades comunes, delincuencia, locura, neurosis), la mejor
organización económica y social, unida a la guía cada vez más
clarovidente de la biología experimental, y por lo tanto de las más
frecuentes abstenciones personales de procreación en los casos de
enfermedad hereditaria.

Vale decir, en conclusión, que también en el régimen socialista
--aunque en proporciones infinitamente menores-- habrá siempre
vencidos en la lucha por la vida, bajo la forma de débiles, de
enfermos, de locos, de neuróticos, de delincuentes, de suicidas,
y por consiguiente que el socialismo no niega la ley darwiniana.

Pero con la inmensa superioridad de que las formas epidémicas o
endémicas de la degeneración humana, física y moral, serán
completamente suprimidas con la eliminación de su fuente principal,
que es la miseria física, y por lo tanto moral, de los más.

Así pues, aunque la lucha por la vida continúe siendo la eterna
fuerza propulsora de la existencia social, se desenvolverá en formas
cada vez menos brutales y más humanas o intelectuales, y por ideales
cada vez más elevados, es decir, {38} de perfeccionamiento fisiológico
y psíquico, sobre la base fecunda del pan cuotidiano para el
cuerpo y para la mente, asegurado a todos los hombres.

* * *

A propósito de la «lucha por la vida» es preciso no olvidar otra ley
del darwinismo natural y social, a la que algunos socialistas han dado
excesiva y unilateral importancia, mientras que, por el contrario,
muchos individualistas la han condenado a erróneo olvido: hablo de la
ley de solidaridad entre los seres vivientes o de la misma especie,
como entre los animales que viven en sociedad por la abundancia del
común alimento (herbívoros) o también entre especies diversas, por
ese fenómeno que los naturalistas llaman hoy de simbiosis, de acuerdo
en la vida.

Es excesivo afirmar que en la naturaleza y en la sociedad la única
ley imperante sea la lucha por la vida, como es excesivo decir que
esa ley no rige para la humanidad. La verdad positiva es que la lucha
por la vida es también ley eterna en el mundo humano, aunque se atenúe
en las formas y se eleve en los ideales; pero al lado suyo, y más que
ella, como determinante progresivamente eficaz de la evolución social,
está la ley de la solidaridad o cooperación entre los seres vivientes.

{39} En las mismas sociedades animales, la ayuda mutua contra las
fuerzas naturales adversas o contra especies vivas enemigas, tiene
manifestaciones constantes y cada vez más intensas, que se desarrollan
más en la especie humana, comenzando por las mismas tribus salvajes; y
máxime en aquellas que, por condiciones favorables del ambiente, o sea
por seguridad y abundancia de medios de subsistencia, presentan el
tipo industrial o pacífico de sociedad humana, antes que el militar o
batallador que demasiado predomina (justamente por la falta de
seguridad e insuficiencia de los medios de vida) en la humanidad
primitiva y en las fases de la civilización menor o regresiva;
aunque, como lo ha demostrado Spencer, ese tipo tienda continuamente
a ser sustituido por el tipo industrial.

Por eso, para permanecer en el mundo humano, mientras en los albores
de la evolución social el predominio pertenece más a la ley de la
lucha por la vida que a la ley de la solidaridad, a medida que la
división del trabajo y por ella la connecesidad entre las partes
crece en el organismo social, la lucha se atenúa y se transforma,
y la ley de solidaridad y de cooperación adquiere un imperio
progresivamente intenso y extenso. Y todo esto, siempre por la
razón fundamental que {40} indicó Carlos Marx y que constituye su
verdadero y grande descubrimiento científico, es decir, por la
seguridad o inseguridad de las condiciones de existencia, y en
primer término, entre ellas, la seguridad de la alimentación.

Tanto en la vida de un individuo como en la de varios individuos o de
varias sociedades, puede comprobarse que cuando los medios de
alimentación, base física de la existencia, están asegurados, la ley
de solidaridad predomina sobre la de lucha, y viceversa. El
infanticidio y el parricidio se consideran acciones no sólo lícitas
sino debidas en el mundo salvaje, si la tribu vive en islas donde los
alimentos escasean (Polinesia, etc.) y se convierten en acciones
inmorales y delictuosas en los continentes donde el alimento es más
abundante y seguro. Así del mundo actual, la falta de seguridad en
el pan de cada día para la mayor parte de los hombres, recrudece y
embrutece también las manifestaciones de la lucha por la vida, o
de la «libre competencia» como dicen los individualistas.

Apenas la propiedad colectiva asegure a cada hombre las condiciones de
existencia, prevalecerá indudablemente la ley de solidaridad.

Lo que hoy sucede en pequeño y por excepción en la familia que,
mientras sus negocios {41} marchan bien y tiene asegurado el pan
cuotidiano, se halla en perfecto acuerdo y pronta a la mutua
benevolencia, para dejar que intervengan el desacuerdo y la lucha,
apenas la miseria asoma, sucede también en grande en la sociedad
entera, y sucederá como regla constante en cualquier mejor
organización futura.

Tal será la conquista, y tal, lo repito, es la interpretación más
completa y más fecunda que debe darse con el socialismo a las
inexorables leyes naturales descubiertas por el darwinismo.

* * * * *

IV. LA SUPERVIVIENCIA DE LOS MÁS APTOS.

La tercera y última objeción del raciocinio haeckeliano, mientras es
exacta en sus términos técnicamente biológicos y darwinianos, carece
de base en la aplicación que de ella quisiera hacerse en el campo
social contra el socialismo.

Se dice: la lucha por la vida asegura la supervivencia de los
mejores y de los más aptos, y sigue por lo tanto un procedimiento
aristocrático de selección individualista antes que la democrática
nivelación colectivista del socialismo.

Comencemos, una vez más, por precisar bien {42} en qué consiste la
famosa selección natural, fruto innegable de la lucha por la vida.

La expresión repetida por Haeckel y por tantos otros de «supervivencia
de los mejores y más aptos» debe ser corregida en el sentido de
suprimir la palabra _mejores_. Esto representa un resto de aquella
teología por la cual se admitía en la naturaleza y en la historia un
punto final a que alcanzar mediante un mejoramiento continuo.

Por el contrario el socialismo, y más aún la teoría de la evolución
universal, ha excluido todo _finalismo_ del pensamiento moderno y de
la interpretación de los fenómenos naturales: la evolución comprende
también la involución y la disolución. Puede ser, y es, que en el
resultado final, comparando los dos extremos del camino de la
humanidad, se halle que realmente hubo una mejoría poderosa;
pero de cualquier manera, esta no va en línea recta ascendente,
si no, como dice Goethe, siguiendo una espiral, con ritmos
parciales de progreso y de regreso, de evolución y de disolución.

Cualquier ciclo de evolución, tanto en la vida individual como en la
vida colectiva, lleva consigo los gérmenes del correspondiente ciclo
de disolución; y viceversa, con la putrefacción de la {43} forma ya
agotada, se prepara en el laboratorio cierno nuevas evoluciones y
nuevas formas de vida.

Por eso en el mundo social humano cada fase de civilización lleva
consigo y desarrolla siempre los gérmenes de su propia disolución,
de la que evoluciona una nueva fase de civilización --cambiando más
o menos de asiento geográfico-- en el ritmo eterno de la humanidad
viviente. Las antiguas civilizaciones hieráticas del Oriente se
disuelven y resurgen en el mundo greco-romano, reemplazado después
por la civilización feudal y aristocrática de la Europa Central,
disuelta a su vez por los excesos a que había llegado, como las
civilizaciones anteriores, la sucede la civilización burguesa,
más desarrollada en el mundo anglo-sajón. Pero ésta siente ya los
calofríos de la fiebre de disolución, mientras nace y evoluciona
la civilización socialista, que se esparcirá en mayor extensión
del mundo que cada una de las civilizaciones anteriores.

* * *

No es, pues, exacto decir que la selección natural determinada por la
lucha por la vida asegura la supervivencia de los _mejores_; la
verdad es que asegura la supervivencia de los más _aptos_.

{44} Y la diferencia es grandísima, tanto en el darwinismo natural
como en el social.

Indudablemente: la lucha por la vida determina la supervivencia de los
individuos más adaptados al ambiente y al momento histórico en que viven.

Ahora bien, en el campo biológico natural, el libre juego de las
fuerzas y de las condiciones cósmicas, determina precisamente una
elevación de las formas vivas, desde el microbio al hombre.

En el campo humano, entretanto, de aquello que Spencer llama la
cooperación superorgánica, la interferencia de otras fuerzas y de
otras condiciones, determina a veces una selección al revés,
disolutiva, que es siempre la supervivencia de los más _aptos_
en un ambiente especial y en un momento histórico, pero que resiente
justamente las condiciones viciadas --si lo son-- de ese ambiente mismo.

Tal es la cuestión de las «selecciones naturales» que también
interpretan inexactamente, de primera impresión, algunos socialistas
y no socialistas, en el sentido de negar toda aplicabilidad de las
teorías de Darwin a la sociedad humana.

Es sabido, en efecto, como se ha viciado la selección natural en la
humanidad civil, con el {45} concurso de la selección _militar_,
_matrimonial_ y sobre todo _económica_.

El celibato que se impone hoy a los soldados, ejerce evidentemente
una influencia perniciosa sobre la raza humana, porque deja en el
hogar a los más débiles en la procreación, mientras expone a los
jóvenes más sanos a la esterilidad transitoria, y, en las grandes
ciudades, a los peligros de la sífilis, desgraciadamente no tan
transitoria.

Así el matrimonio, perjudicado como está en la civilización
presente por los intereses económicos, efectúa por regla general
una selección sexual al revés, porque las mujeres defectuosas o
degeneradas pero con buena dote, encuentran marido más fácilmente
que las más robustas, del pueblo o burguesas, que están, sin dote,
condenadas a esterilizarse en el celibato, o a perderse en la
prostitución más o menos dorada.

En la vida social compleja es, pues, innegable la influencia de
las actuales condiciones económicas, por las que el monopolio de
la riqueza asegura a sus posesores el triunfo en la lucha por la
vida, de tal modo que los ricos, aunque menos robustos, gozan de
más larga existencia que los mal alimentados; mientras que por el
trabajo inhumano, diurno y nocturno, impuesto a los hombres adultos
y por el más desastroso {46} todavía que impone a las mujeres y a
los niños el capitalismo moderno, se degradan cada vez más las
condiciones biológicas de la gran masa de los proletarios.

A esto se agrega también ahora la selección moral al revés, por
medio de la cual el capitalismo, en la lucha trabada con el
proletariado, favorece la supervivencia de los serviles, mientras
persigue y trata de extinguir a los individuos de carácter, menos
dispuestos a soportar el juego de la actual organización económica.

La primera impresión determinada por la comprobación de estos hechos,
conduce a negar que la ley darwiniana de la selección natural tenga
aplicabilidad y valor alguno en el mundo humano.

Pero he sostenido y sostengo que esas selecciones sociales al revés,
no sólo no contradicen la ley darwiniana, sino que constituyen un
argumento ulterior en favor del socialismo, que, por ese lado,
reclama precisamente, y determinará sin duda, un funcionamiento
más benéfico de la misma ley inexorable de la selección natural.

En efecto, la ley darwiniana no es «la supervivencia de los
_mejores_»; es solamente la de los «más _aptos_».

Ahora, es evidente que hasta los efectos {47} degenerativos producidos
por la selección social, y especialmente por el más amplio campo de
acción continua, en la organización económica actual, confirman hoy y
siempre la supervivencia de los más adaptados a este mismo orden
económico.

Si los vencedores en la lucha por la vida son los peores y los más
débiles, no quiere decir que la ley darwiniana no encuentre aplicación;
significa sólo que el ambiente está viciado, y en él, por lo tanto,
sobreviven los que están más adaptados a él.

Así como en mis estudios de psicología criminal he tenido que
comprobar muy a menudo que en las cárceles o en el mundo criminal
quedan vencedores los delincuentes más feroces o más astutos,
justamente porque son los más _adaptados_ a ese ambiente viciado;
así en el individualismo económico moderno vence quien menos
escrúpulos tiene, y la lucha por la vida favorece a quien está más
adaptado a un mundo en que el hombre vale por lo que tiene (sin que
importe cómo lo ha tenido) y no por lo que es.

La ley darwiniana de la selección funciona, pues, en el mundo humano
también; y el error de los que lo niegan proviene de confundir el
actual ambiente y momento histórico (que toma el {48} nombre de
_burgués_ como el de la edad media se llamó _feudal_) con la historia
entera de la humanidad, y no ver por lo tanto, que los innegables y
desastrosos efectos de la actual selección social al revés, no son más
que la confirmación de la ley darwiniana de la «supervivencia de los
_más aptos_». La observación popular expresa ese hecho con el refrán
de _la botte da il vino che ha_ (la bota da el vino que tiene) y la
observación científica lo explica con las necesarias relaciones
biológicas entre un ambiente determinado y los individuos que nacen,
luchan y sobreviven en él.

Pero esto, justamente, constituye un argumento decisivo en favor del
socialismo. Salvándose el ambiente de los vicios que hoy lo enturbian
a causa del desenfrenado individualismo económico, se corregirán
también, necesariamente los efectos de la selección natural y
social. En un ambiente física y moralmente sano, serán también
sanos los individuos, más aptos y por lo mismo sobrevivientes.

La victoria en la lucha por la vida estará verdaderamente asegurada
entonces a quien tenga mayores y más fecundas energías físicas y
morales, y por lo tanto la organización económica colectivista,
asegurando a cada hombre los {49} medios de subsistencia, deberá
mejorar necesariamente la raza humana en lo físico y en lo moral.

* * *

Pero se añade: aunque se admite que el socialismo y la selección
darwiniana marchan de acuerdo ¿no se ve que la supervivencia de los
más aptos constituye un procedimiento aristocrático individualista
que va contra la nivelación socialista?

Tenemos la respuesta, por una parte en la observación hecha más atrás
sobre la libertad asegurada por el socialismo a todos los individuos
--y no sólo a pocos privilegiados o afortunados como ahora-- para
afianzar y desarrollar su propia personalidad. El efecto de la lucha por
la vida será entonces, verdaderamente, la supervivencia de los mejores,
justamente porque en un ambiente normal la victoria está asegurada
a los individuos más normales. Y entonces el darwinismo social no
hará sino continuar y hacer más fecundo en bienes el darwinismo natural.

Pero, por otra parte, y contra la afirmación de una indefinida
selección aristocrática, es preciso recordar otra ley natural que
viene a completar ese ritmo de acciones y reacciones que determina
justamente el equilibrio de la vida.

Es necesario agregar a la ley darwiniana de {50} las desigualdades
naturales, la correlativa e inseparable de ella, que después de Morel,
Lucas, Galton, De Candolle, Ribot, Spencer, Madame Royer, Lombroso,
etc., fue puesta en su mayor evidencia por Jacoby.

La misma naturaleza que hace de la «selección» y de la elevación
aristocrática una condición de progreso vital, restablece en seguida
el equilibrio con una ley niveladora y democrática.

«De la inmensidad humana surgen individuos, familias, razas que tienden
a elevarse sobre el nivel común; trepan por las alturas escarpadas,
llegan a la cumbre del poder, de la riqueza, de la inteligencia, del
genio, y una vez llegados se precipitan abajo y desaparecen en los
abismos de la locura o de la degeneración. La muerte es la gran
niveladora; aniquilando todo cuanto se eleva, democratiza la humanidad».

Todo lo que tiende a constituir un monopolio de las fuerzas naturales,
choca contra la ley suprema de la naturaleza que ha dado a todo
viviente el uso y la disposición de los agentes naturales: el aire y
la luz, como el agua y la tierra.

Todo lo que se aleja muy abajo o muy arriba del término medio
humano --que varía elevándose de época en época, pero que tiene
valor absoluto en cada momento histórico--, no es vivaz, y se apaga.

{51} Tanto el cretino como, el genio, el hambriento como el
millonario, el enano como el gigante, son monstruos naturales o
sociales, y la naturaleza los hiere inexorable con la degeneración o
la esterilidad. Estirpes aristocráticas, dinastías de soberanos,
familias de genios artísticos o científicos, prole de millonarios . . .
todas siguen la ley común que viene a confirmar las inducciones,
igualitarias en ese sentido, de la ciencia y del socialismo.

* * * * *

V. SOCIALISMO Y CREENCIAS RELIGIOSAS.

Así, pues, ninguna de las tres pretendidas contradicciones entre
darwinismo y socialismo, afirmadas por Haeckel y repetidas por tantos
otros, resiste a un examen más sereno y sincero de las leyes naturales
que toman su nombre del de Carlos Darwin.

Pero quiero agregar que el darwinismo no sólo no contradice al
socialismo, sino que más bien constituye una de sus premisas
científicas fundamentales, como también, según lo veía acertadamente
Virchow, que el socialismo no es, por una parte, más que la lógica y
vivaz filiación del darwinismo, como por otra parte lo es del
evolucionismo spenceriano.

* * *

{52} La teoría de Darwin, quiérase o no, al demostrar que el hombre
desciende de los animales, ha dado un grave golpe a la creencia en
Dios, creador del universo y del hombre con un _fiat_ especial. Y es
por eso que las más encarnizadas oposiciones y las únicas que
sobreviven contra su inducción fundamental, han sido y son promovidas
en nombre de la religión.

Cierto es que Darwin no se dice ateo y que no lo es Spencer; y en
rigor, tanto la teoría de Darwin como la de Spencer pueden conciliarse
con la creencia en Dios, porque se puede admitir que Dios haya creado
la materia y la fuerza, y éstas se hayan desenvuelto luego en formas
sucesivas, siguiendo el impulso creador inicial. Pero es innegable,
sin embargo, que esas teorías que han hecho cada vez más inflexible y
universal la idea de la causalidad natural, caen inevitablemente a la
negación de Dios, porque contra esa idea queda siempre la pregunta de:
--Y a Dios ¿quién lo ha creado? --Y a la respuesta de expediente de
que Dios ha existido siempre, se le opone la misma, diciendo que
siempre ha existido el universo. --Según la observación de Ardigó, el
pensamiento humano no puede concebir que la cadena que va de los
efectos a las causas pueda detenerse en un punto dado convencional.

{53} Dios, como decía Laplace, es una hipótesis de que no ha menester
la ciencia positiva y que, cuando más, según Herzen, es una X que
resume en sí, no ya lo _incognoscible_ --como dicen Spencer y
Dubois-Reymond-- sino todo _lo que no es conocido todavía_ por la
humanidad. Y es, por lo tanto, una X variable, que se restringe y
retrocede a medida que avanzan los descubrimientos de la ciencia.

Y he ahí por qué la ciencia y la religión proceden en razón inversa,
la una debilitándose y atrofiándose tanto cuanto la otra se extiende y
refuerza en la lucha contra lo desconocido.

Ahora bien, si éste es uno de los efectos del darwinismo, es
evidentísima su repercusión sobre el desarrollo del socialismo.

Suprimida la fe en ultratumba, donde los pobres serían los elegidos
del Señor, y la miseria de este «valle de lágrimas» encontraría eterna
compensación en el paraíso, es natural que se reavive el deseo de un
poco de «paraíso terrestre» también para los miserables y los menos
afortunados, que son los más sobre la Tierra.

También fuera del socialismo, Hartmann y Guyau han notado que la
evolución de las creencias religiosas se realiza en el sentido de
{54} que mientras todas las religiones tienen en sí la promesa de
la felicidad, las primitivas admiten la realización de esa felicidad
en la vida misma del individuo, de donde las sucesivas la transportaron
por exceso de reacción, a ultratumba, y en la fase definitiva esa
realización de la felicidad se repone nuevamente en la vida humana,
pero no ya en el breve instante de la existencia individual, sino en
la permanente evolución de la humanidad entera.

Así, pues, el socialismo también por este lado, se acerca a la
evolución religiosa y tiende a sustituirla, porque justamente
quiere que la humanidad tenga en sí misma el «paraíso terrestre»
sin esperarlo en un _más allá_ que, cuando menos, es muy
problemático.

Y he ahí por qué muchos han notado que el movimiento socialista
tiene, por ejemplo, muchos caracteres semejantes a los del
primitivo cristianismo, hasta por el ardor de la fe en el que
ha desertado del árido campo del escepticismo burgués: tanto
que varios hombres de ciencia, hasta no socialistas, como Wallace,
Laveleye, De Roberty etc., admiten que el socialismo puede
sustituir perfectamente con su fe humanitaria la fe ultraterrestre
de las viejas religiones.

Pero las relaciones más directas y eficaces son {55} siempre, sin
embargo, las que existen entre el socialismo y la creencia en Dios.

Cierto es que el socialismo marxista, después del Congreso de los
socialistas en Erfurt (1891) declara justamente que las creencias
religiosas son asunto de la conciencia privada, y que por lo tanto el
partido socialista combate toda forma de intolerancia religiosa, sea
contra católicos, sea contra judíos, como yo sostuve también en un
artículo contra el _antisemitismo_. Pero esa superioridad de miras no
es, en substancia, más que el efecto de la seguridad de la victoria
final.

Justamente porque el socialismo sabe y prevé que las creencias
religiosas, si no como fenómenos patológicos de la psicología humana,
como las calificó Serbi, seguramente como inútiles fenómenos de
incrustación moral, están destinadas a atrofiarse ante la divulgación
de la cultura naturalista, aunque sólo sea elemental; justamente por
eso el socialismo no siente la necesidad de combatir de una manera
especial las mismas creencias religiosas, destinadas a perecer. Y eso
aunque sepa que una de las fuerzas más poderosas en favor suyo, es
justamente la falta o la disminución de la creencia en Dios, por
medio de la cual los sacerdotes de todas las religiones y en todas
las fases históricas, han sido los más {56} fuertes aliados de las
clases dominantes, al mantener a las turbas subyugadas por la
fascinación religiosa, como las fieras bajo el látigo del domador.

Y he ahí por qué los conservadores más clarovidentes, aunque sean
ateos por su cuenta, lamentan que el sentimiento religioso --ese
narcótico preciocísimo-- vaya decayendo entre las masas,
entendiéndolo ellos, utilitaria y farisaicamente (aunque no lo digan)
como un instrumento de dominación política.

Desgraciadamente, sin embargo, --o afortunadamente-- el sentimiento
religioso no puede restablecerse por decreto de rey ni de presidente
de república. Se va extinguiendo, no por culpa de éste o del otro, y
sin necesidad de propaganda especial, porque está en el aire que
respiramos --preñado de inducciones científicas experimentales-- que
no encuentre ya las condiciones de existencia que hallaba tan
favorables en la ignorancia mística de los siglos pasados.

Y queda así demostrada la directa influencia de la ciencia positiva
moderna --que sustituye el concepto de la causalidad natural al del
milagro y de la divinidad--, en el desarrollo rapidísimo y en las
bases experimentales del socialismo contemporáneo.

* * * * *

{57}

VI. EL INDIVIDUO Y LA ESPECIE.

El segundo punto que demuestra la filiación directa del socialismo
científico del darwinismo, está en el diverso modo de concebir al
individuo con relación a la especie.

El siglo XVIII se cerraba con la glorificación exclusiva del
individuo, del _hombre_ --como entidad por sí estante-- y no era,
en las obras de Rousseau, más que un benéfico exceso de reacción
contra las tiranías política y sacerdotal de la Edad Media.

Es consecuencia directa de este individualismo, el artificialismo
político de que he de ocuparme en seguida, al estudiar las relaciones
de la teoría de la evolución con el socialismo, y que es común tanto
a los gobernantes del sistema burgués cuanto a los anarquistas
individualistas, desde que unos y otros creen que la organización
social puede cambiarse de hoy a mañana por el golpe mágico de un
artículo de ley o por la explosión más o menos homicida de una bomba.

Por el contrario, la biología moderna ha cambiado radicalmente
ese concepto del _individuo_ y ha demostrado en su campo y en el de
la {58} sociología que, por una parte, el individuo no es más que el
conjunto de elementos vitales más simples, y por otra parte que el
individuo por sí estante (_selbstwesen_ dirían los alemanes) no
existe, sino que existe sólo en cuanto es parte de una sociedad
(_gliedwesen_).

Todo lo que vive es una asociación; una colectividad.

La misma _mónada_, la misma célula viviente, que es la expresión
irreductible de la individualidad biológica, es un compuesto de
diversas partes, cada una de las cuales, a su vez, está compuesta
de moléculas, que están compuestas de átomos.

El átomo sólo existe como individuo, pero el átomo es invisible e
impalpable, y el átomo no vive.

Todo cuanto vive es una asociación, una colectividad.

Y a medida que se asciende en la serie zoológica hasta el hombre,
aumenta más y más la complexidad del compuesto, la federación de
las partes.

Porque así como a la metafísica del individualismo corresponde el
artificialismo jacobino, unificador y uniformador, así a la
_positividad_ del socialismo corresponde el concepto del federalismo
nacional e internacional.

{59} Como el organismo de un mamífero no es más que una federación
de tejidos, de órganos, de aparatos, el organismo de una sociedad
no puede ser sino una federación de comunas, de provincias, de
regiones, y el organismo de la humanidad una federación de naciones.

Y como sería absurdo concebir un mamífero que debiera mover por
ejemplo la cabeza uniformemente con las extremidades y éstas todas
juntas, así también es absurda una organización política y
administrativa en la que, por ejemplo, la última provincia del norte
o de la montaña, debiese tenerlos mismos engranajes burocráticos,
la misma red de leyes, los mismos movimientos de la última provincia
del sur o de la llanura, por amor a la simétrica uniformidad que es
la expresión patológica de la unidad.

Dejando de lado estas consideraciones políticas --según las cuales,
como he dicho en otra parte, la única organización posible para
Italia como para cualquier otro país, me parece ser la unidad
política en el federalismo administrativo--, queda evidenciado
que al final del siglo XIX, el individuo como entidad estante por
sí, se encuentra destronado en el campo de la biología y en el de
la sociología.

{60} El individuo existe; pero sólo en cuanto forma parte de un
compuesto social.

Robinson Crusoe --la genuina expresión del individualismo-- no puede
ser sino una leyenda o un caso patológico.

La especie --esto es, el compuesto social-- es la grande, viva y
eterna realidad de la vida, como lo ha demostrado el socialismo y
como lo confirman todas las ciencias positivas, desde la astronomía
hasta la sociología.

Así, mientras al final del siglo XVIII Rousseau decía que sólo el
individuo existe, y que la sociedad es un producto artificial del
«contrato», y añadía --atribuyendo (como antes Aristóteles al hablar
de la esclavitud) carácter humano permanente a las manifestaciones
transitorias del momento histórico de putrefacción del antiguo régimen
en que él vivió-- que la causa de todos los males era la sociedad,
pues todos los individuos nacían buenos e iguales; así, por el
contrario, al fin del siglo XIX todas las ciencias positivas están
acordes en decir que la sociedad, el compuesto, es un hecho natural
e invencible de la vida, así en las especies vegetales como en las
animales, desde las primeras «colonias animales» (zoófitos), hasta
la sociedad de las mamíferos (herbívoros) y del hombre.

{61} Y todo aquello que el individuo tiene de mejor en sí, lo debe
justamente a la vida social, por cuanto cada fase de evolución está
caracterizada por condiciones patológicas y finales de putrefacción
social que son, sin embargo, esencialmente transitorias y preludian
fatalmente un nuevo ciclo de renovación social.

Si el individuo pudiera vivir como tal, viviría obedeciendo a una
sola de las dos necesidades e instintos fundamentales de la
existencia: la alimentación --esto es, la conservación egoísta del
organismo propio, mediante esa primordial función que ya Aristóteles
señalaba con el nombre de _ctesis_--, de conquista de la comida.

Pero todo individuo debe vivir en sociedad, justamente porque se le
impone la segunda necesidad e instinto fundamental de la vida, la
reproducción de seres semejantes a él, para conservación de la especie,
y de esa vida de relación y reproducción (sexual y social) es que
nace precisamente el sentido moral o social, por el cual aprende el
individuo no solo a _existir_ sino a _coexistir_ con sus semejantes.

Puede decirse, pues, que estos dos instintos fundamentales de la
vida --pan y amor-- llenan una función de equilibrio social en la
vida de los animales, y especialmente del hombre.

{62} El amor es, para el mayor número de los hombres, la principal
dispersión fisiológica y primera de las fuerzas acumuladas, más o
menos abundantes, con el pan cuotidiano, y economizadas en la diaria
labor, o que han quedado intactas en la parasitaria ociosidad.

El amor es el único goce que tenga verdaderamente carácter universal
e igualitario, tanto que el pueblo lo llama «el paraíso de los
pobres», que, precisamente, son empujados por la religión a gozar de
él sin limitación alguna --_crescite et multiplicamini_-- porque el
agotamiento erótico, sobre todo en el macho, mientras aminora o hace
olvidar las torturas del trabajo o del hambre servil, enerva también
la energía de la constante organización, y tiene por lo tanto una
función útil a la clase dirigente.

Sin embargo, así como a este efecto del instinto sexual corresponde
ineludiblemente el otro, de aumento de población, así la
inmovilización de un orden social dado, es frustrada justamente por
la presión de la población que en nuestro siglo se acentúa por el
fenómeno característico del _proletariado_, y la evolución social
procede por lo tanto, inexonerable y fatal.

Volviendo al argumento: de todas maneras es innegable que, mientras
al final del siglo XVIII {63} se creía que la sociedad era hecha para
el individuo --y de esto podría derivar como repercusión imprevista
quizás, que millones de hombres pudiesen y debiesen vivir trabajando
y sufriendo a beneficio de unos pocos individuos--, al fin del
nuestro las ciencias positivas han demostrado que es el individuo
el que vive para la especie, siendo ésta sola la realidad eterna
de la vida.

De donde brota evidente toda la dirección del pensamiento científico
moderno en el sentido sociológico o socialista, contra el exagerado
individualismo, que dejó como herencia el siglo pasado.

Es verdad que la biología demuestra que no debe caerse en el opuesto
extremo --en que caen algunas escuelas de socialismo utópico y de
comunismo-- de no ver después más que la sociedad, para olvidar
completamente al individuo. En efecto, es otra ley biológica que la
existencia del compuesto es la resultante de la vida de todos los
individuos, como la existencia de un individuo es la resultante
de la vida de las células de que se compone.

Pero de todas maneras queda demostrado que el socialismo científico
que señala el fin de nuestro siglo y será el alba del siglo XX, está
en acuerdo perfecto con la dirección del {64} pensamiento moderno,
hasta en el punto fundamental del predominio dado a las exigencias
vitales de la solidaridad colectiva y social, ante las exageraciones
dogmáticas del individualismo, que señala un poderoso y fecundo
despertar a fines del siglo pasado, pero que a través de las
manifestaciones patológicas de la desenfrenada competencia, toca
fatalmente a la explosión «libertista» del anarquismo que predica
la acción individual con olvido completo de la solidaridad social
y humana.

Y así es como se llega al último punto de contacto y de íntima
conexión entre darwinismo y socialismo.

* * * * *

VII. LA «LUCHA POR LA VIDA» Y LA «LUCHA DE CLASE».

El darwinismo ha demostrado que todo el mecanismo de la evolución
animal, consiste en la lucha por la vida entre individuo e individuo
de una misma especie, por una parte, y entre especie y especie en el
mundo entero de los vivientes por otra.

Así, todo el mecanismo de la evolución social fue reducido por el
socialismo marxista a la ley de la _lucha de clase_, concentrando
en ella no sólo {65} la atención como secreto motor y única
explicación positiva de la historia humana, sino también el ideal y
la rígida norma disciplinaria del socialismo político, substrayéndolo
así a todas las incertidumbres elásticas, vaporosas e inconcluyentes
del socialismo sentimental.

La historia de la vida animal no ha encontrado su explicación
positiva sino en la gran ley darwiniana de la _lucha por la vida_
--por la que solamente se pueden determinar las causas naturales del
nacimiento, el desarrollo y la extinción de las especies vegetales y
animales, desde las épocas paleontológicas hasta hoy--. Así, la
historia de la vida humana no ha encontrado su explicación sino en la
gran ley marxista de la _lucha de clase_, para la que los anales de
la humanidad primitiva, bárbara y civilizada, dejan de ser un
caprichoso y superficial kaleidoscopio de episodios individuales,
para convertirse en un drama determinado, grandioso y fatal
--consciente o inconscientemente, tanto en los detalles nimios cuanto
en las catástrofes gigantescas-- por el motor fatal de las
_condiciones económicas_ que son la base física y por consiguiente
imprescindible de la vida y de la _lucha de clase_ por la conquista
y conservación de la fuerza económica de que, necesariamente,
dependen {66} todas las demás (la fuerza político-jurídico-social).

De este grandioso concepto, que constituye la gloria imperecedera de
Carlos Marx --y le señalan en la sociología el puesto que Darwin
tiene en la biología y Spencer en la filosofía natural-- tendré
ocasión de hablar más adelante, al delinear las relaciones que
existen entre la sociología y el socialismo.

Por ahora me basta con señalar otra concordancia entre darwinismo y
socialismo, consistente en que mientras la expresión _lucha de clase_
puede causar una primera impresión de antipatía (que hasta yo
confieso haber tenido cuando no había comprendido aún el espíritu
científico de las teorías marxistas) encierra, entretanto, en su
verdadero significado, la ley primera de la historia humana, y puede
por consiguiente ser, ella sola la norma segura para el advenimiento
de la nueva fase de evolución humana que el socialismo prevé y
apresura.

Lucha de clase quiere decir que la sociedad humana, como cualquiera
otro organismo viviente, no es un todo homogéneo, la suma indistinta
de un número más o menos grande de individuos, sino por el contrario
un organismo viviente, resultante de la agregación de partes {67}
diversas y cada vez más diversas, cuanto más alto es el grado de la
evolución social.

Así como un protozoo está casi solamente compuesto de gelatina
albuminosa, mientras un mamífero está formado por tejidos
diversísimos entre sí; así una tribu acéfala de los salvajes más
primitivos está solamente compuesta de pocas familias que viven
más bien en agregación de pura vecindad material, mientras que
una sociedad privilegiada del mundo histórico o contemporáneo se
compone de clases diversas entre sí, sea por la constitución
fisio-psíquica de los mismos componentes, sea por lo complejo de
las costumbres y de las tendencias de su existencia personal,
familiar y social.

Estas clases diversas pueden ser rígidamente catalogadas como en
la antigua India desde el _bramino_ al _sudra_, y también en la
Europa de la Edad Media, desde el emperador o el pontífice al
feudatario, al vasallo, al artesano; de tal modo que no sea admitido
entre una y otra clase el cambio de los individuos que por sólo el
azar del nacimiento le pertenecen; o que pueden perder la etiqueta
legal, como sucede en Europa y América después de la Revolución
Francesa, y admitir por lo tanto, como rara excepción, el cambio y
el pase de los individuos de una a otra --como las {68} moléculas
químicas en los fenómenos de exósmosis y de endósmosis, o según la
expresión de Dumont, por un fenómeno de «capilaridad social»--. Pero
siempre, de todos modos, esas varias clases existen como realidad
innegable y rebelde a toda nivelación de superficie jurídica, por
cuanto persiste la razón fundamental de su variedad.

Carlos Marx es quien, más lúcidamente que cualquier otro, ha
indicado, comprobado y confirmado esta razón en el crisol de la
observación sociológica, por la diversidad de las condiciones
económicas.

Variarán los nombres, las apariencias, los fenómenos de repercusión
en cada fase de evolución social, pero siempre el fondo trágico de
la vida humana estará en el contraste que existe entre quien tiene
el monopolio de los medios de producción --y son los menos-- y quien,
por el contrario, está desposeído de ellos --y son los más--.

_Guerreros y pastores_, en la sociedad primitiva, apenas realizada la
apropiación, primero familiar y luego individual, de la tierra bajo
el colectivismo inicial; _patricios y plebeyos_; _feudales y
vasallos_; _nobles y pecheros_; _burgueses y proletarios_ . . . todas
estas son indicaciones diversas de un hecho idéntico: el monopolio
de la riqueza de un lado, el trabajo productor del otro.

{69} Ahora bien, la gran importancia de la ley marxista --lucha de
clase-- consiste precisamente en indicar con evidente precisión _en
qué_ está verdaderamente el punto vital de la cuestión social, y
_por qué método_ se puede arribar a resolverla.

Mientras la base económica de la vida política, jurídica y moral no
se asentó con evidencia positiva, las aspiraciones de los más hacia
un mejoramiento social vagaron inciertas entre la reclamación y la
conquista parcial de algún instrumento _accesorio_, como libertad
de culto, sufragio político, instrucción pública, etc., etc. Y no
se niega que tales conquistas hayan sido de grande utilidad.

Pero el _sancta sanctorum_ permanecía impenetrable siempre a los
ojos de la multitud, y el poder económico, al persistir como el
privilegio de los menos, hacía que cualquier conquista o concesión
quedara edificada en el aire, sin raíces, arrancada del cimiento
sólido y fecundo, único que puede dar vida y fuerza perennes.

Ahora que el socialismo --aun antes que Marx, pero no con tanta
precisión científica-- ha señalado en la apropiación individual,
en la propiedad privada, de la tierra y de los medios de producción,
el punto vital de la cuestión: ahora el {70} problema está planteado,
preciso, claro, inexorable en la conciencia de la humanidad
contemporánea.

* * *

¿Cuál es el método de abolir este monopolio del poder económico y
su consiguiente serie de dolores, de males, de odios y de iniquidad?

Aquí está el método de la _lucha de clase_ que partiendo del dato
positivo de que toda clase tiende a conservar y acrecentar las
ventajas y privilegios conquistados, enseña a la clase privada del
poder económico, que para llegar a obtenerlo, la lucha (y de las
modalidades de esta lucha nos ocuparemos en seguida) debe ser de
clase a clase, no de persona a persona.

Odiar, ultrajar, suprimir a este o aquel individuo que pertenece a
la clase dominante, no hace adelantar un segundo la solución del
problema, y antes bien la retarda por la reacción del sentimiento
común contra la violencia personal, desde que ofende el principio
de _respeto a la persona humana_ que el socialismo proclama bien
alto para todos y contra todos. Y no coopera a la solución del
problema, porque la anormal condición presente (que se ha hecho
más aguda), miseria de muchos y satisfacción de pocos, no es efecto
de la mala voluntad de este o aquel individuo.

{71} Hasta por ese lado, en efecto, el socialismo está en pleno y
completo acuerdo con la ciencia positiva que niega el libre albedrío
en el hombre y estudia la actividad humana, individual y colectiva,
como el efecto necesariamente determinado por las condiciones de
raza y de ambiente.

El delito, el suicidio, la locura, la miseria, no son el fruto
del libre albedrío, de la culpa individual, como predica el
espiritualismo metafísico; ni es fruto del libre albedrío ni
culpa individual del capitalista, si el obrero está mal
retribuido, sin trabajo, en la miseria.

Todo fenómeno social es la resultante necesaria de las condiciones
históricas y del ambiente; y en el mundo moderno, la facilidad y
la frecuencia de las relaciones por todas partes de la tierra, ha
hecho más estrecha la dependencia de cada hecho --económico,
político, jurídico, moral, artístico o científico-- de las
condiciones más lejanas y más indirectas de la vida universal.

Dada la organización actual de la propiedad privada, sin limitación
de herencia familiar y de acumulación personal; dada la continua y
cada vez más completa aplicación de los descubrimientos científicos
al trabajo humano de transformación de la materia; dado el telégrafo
y el vapor; dado el torrente cada vez más {72} desbordante de las
migraciones humanas, es inevitable que la existencia de una familia
de labradores, de operarios, o de pequeños comerciantes, etc., ligada
a los hilos invisibles pero inexorables de la vida del mundo, por
los que la cosecha del algodón, del café o del trigo en los países
más lejanos, repercute por todas partes del mundo civil, así como
el aumento o la diminución de las manchas solares es un coeficiente
de las periódicas crisis agrícolas, e influye directamente sobre el
destino de millones de hombres.

En este grandioso concepto científico de la «unidad de las fuerzas
físicas», según la expresión del padre Secchi, o de la solidaridad
universal ¿cómo puede admitirse aún el concepto mezquino e infantil
del libre albedrío y del individuo como causa de los fenómenos
humanos?

Si un socialista tuviese la idea --aun con miras de beneficencia--
de fundar un taller industrial para dar trabajo a los desocupados,
y produjese un artículo abandonado por la moda o por la necesidad
del consumo general, se vería evidentemente obligado a quebrar, a
pesar de sus intenciones filantrópicas, por el decreto mudo pero
inevitable de las leyes económicas.

O si un socialista quisiese dar a los obreros de su establecimiento
un salario doble o triple {73} que el corriente, tendría sin duda
alguna la misma suerte, por la misma inexorable aplicación de las
leyes económicas, porque tendría que vender sus mercaderías con
pérdida, o que guardarlas en sus almacenes, sin venderlas mientras
su precio --en igualdad de clase-- fuese superior al del mercado.

Se vería reducido a la quiebra, y el mundo no le daría otro
consuelo que llamarlo _un buen hombre_, palabra que en la
actual fase de «moralidad mercantil» tiene doble sentido.

Aparte, pues, de las relaciones personales más o menos cordiales
entre capitalista y obrero, su respectiva condición económica
está fatalmente determinada por la ley del _supertrabajo_ con
la que Marx explica irrefutablemente cómo el capitalista puede
acumular riquezas sin trabajar, sólo porque el obrero produce
en cada jornada de trabajo un equivalente de riqueza superior
al salario recibido, demasía de producto que naturalmente va a
beneficio gratuito del capitalista, aun cuando se le quisiese
deducir el salario de un trabajo suyo intelectual de dirección
técnica y administrativa.

La tierra abandonada al sol y a la lluvia, no produce por sí sola
ni trigo ni vino. Los minerales no salen por sí solos de las
entrañas de la tierra.

{74} La producción de la riqueza no se efectúa sino por una
transformación de la materia trabajada por la labor humana. Y sólo
porque el campesino cultiva la tierra, el minero extrae los
minerales, el obrero mueve las máquinas, el químico hace
experimentos en su gabinete, el ingeniero inventa etc., etc.,
es que el propietario o el capitalista, sin haber hecho nada
para heredar su patrimonio, y sin fatiga alguna si permanece
_ausente_ de su propiedad, puede tener cada año asegurado un
producto que otros producen para él a cambio de pan escaso y
miserable vivienda, envenenados las más de las veces por los
miasmas de los arrozales o de los pantanos, por el gas de las
minas o de los talleres, sin lograr nunca una existencia digna
de criaturas humanas.

Y hasta en el régimen de la perfecta medianería --que se muestra
como una fórmula de socialismo práctico-- queda siempre que
preguntar por qué milagro el propietario, que no trabaja, ve llegar
a su casa el trigo, el aceite y el vino en cantidad suficiente para
vivir con comodidad, mientras que el medianero da cada día su
trabajo para arrancar a la Madre Tierra el alimento para sí y
para los otros.

Lo que hay de menos doloroso en la {75} medianería es la seguridad
tranquila de llegar a fin de año sin los espasmos de la desocupación
a que están condenados los trabajadores adventicios de la campaña y
de la ciudad. Pero, en substancia, el problema queda sin alteración
y siempre hay uno que vive bien sin trabajar, porque diez viven mal,
trabajando.

Tal es el engranaje de la propiedad privada y tales sus
efectos, fuera y contra la misma voluntad de los individuos.

Así, resulta vana y estéril toda tentativa contra este o aquel
individuo: lo que hay que cambiar es la orientación de la sociedad,
lo que hay que abolir es la propiedad individual, no con la
_repartición_, como vulgarmente se dice, y que sería forma más
aguda y más mezquina de propiedad privada, mientras que un año
después, persistiendo esa orientación individualista, se volvería
al _statu quo_, sólo en beneficio de los más pillos y de los
menos escrupulosos.

Pero la abolición de la propiedad privada o individual,
sustituyéndola la propiedad colectiva y social de la tierra y
de los medios de producción; sustitución que, por otra parte,
mientras no puede hacerse por decreto, de hoy a mañana, como
algunos nos acusan de querer, se va realizando de día en día,
de hora en hora en forma directa y en forma indirecta.

{76} En forma directa: porque la civilización señala una
continua sustitución de propiedades y funciones sociales, a
las que antes eran propiedades y funciones individuales. Los
caminos, los correos, los ferrocarriles, los museos, la
iluminación urbana, la instrucción, etc., etc., que hasta
hace pocas decenas de años eran propiedades o funciones
privadas, se han hecho propiedades o funciones sociales; y
sería absurdo pensar que este procedimiento directo de
socialización deba detenerse justamente ahora, en vez de
acelerarse progresivamente, como se va acelerando todo en
la vida moderna.

En forma indirecta: como último efecto del individualismo económico
que tomó el nombre de _burgués_, de los bravos lugareños que en la
Edad Media vivían en los burgos sometidos al castillo feudal y a la
iglesia parroquial --símbolos de la clase entonces dominante-- y que
preparados por un trabajo fecundo y consciente y por las condiciones
históricas que cambiaron la orientación económica del mundo (como el
descubrimiento de América) hicieron su revolución al final del siglo
XVIII, conquistando con ella el poder, y escribiendo páginas de oro
en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y con los
milagros de la ciencia aplicada a la industria . . . {77} pero que
describen ahora la parábola descendente y presentan síntomas
evidentes de una disolución sin la cual, por otra parte, no sería
posible la inauguración de una nueva fase social.

El individualismo económico, llevado a sus últimas consecuencias,
determina necesariamente la centralización progresiva de la propiedad
en un número cada vez más restringido de personas. El «millonario»
es palabra nueva, propia del siglo XIX, y expresa en proporciones
más evidentes este fenómeno que George reducía a la ley histórica
del individualismo económico, por la cual los ricos se hacen cada
vez más ricos, y los pobres más pobres.

Ahora, es evidente que cuanto más restringido es el número de los
detentadores de la tierra y de los medios de producción, tanto más
fácil se hace su sustitución --con o sin indemnización personal--
por parte de un solo propietario que es la sociedad y que no puede
ser más que ella.

La tierra es la base física del organismo social. Es, por lo tanto,
absurdo que pertenezca a pocos individuos y no a toda la colectividad
social, como sería absurdo que perteneciese al monopolio de pocos
propietarios, el aire que respiramos.

Y esta es la intención suprema del socialismo.

{78} Pero, es evidente que no se puede llegar a eso, tomando como
punto de mira a este o aquel propietario, a este o aquel capitalista.

Ese es también un medio individualista de lucha, que está destinado
a permanecer estéril o que por lo menos exige un desparramo inmenso
de fuerzas para obtener escasos resultados parciales y provisionales.

Por eso es que cuando veo a los hombres políticos afanarse con
protestas diarias o anecdóticas, en una lucha personalista --a la
que, por otra parte, las asambleas y el público se acostumbran y
amoldan por su misma monótona continuidad--, me parece ver a un
higienista extravagante que quisiera hacer habitable un pantano,
matando a tiros y uno por uno los mosquitos, en vez de proponerse
como método y objetivo, el completo saneamiento de toda la zona
miasmática . . .

¡Nada, pues, de luchas o violencias personales! Lucha de clase, en
el sentido de dar a la inmensa clase de los trabajadores de cualquier
arte o profesión, la conciencia de estas verdades fundamentales y por
lo tanto de sus propios intereses de clase, contrapuestos a los
intereses de la clase que retiene el poder económico, para llegar
con la organización consciente a la conquista {79} de ese poder
económico, por medio de los demás poderes públicos que la
civilización actual ha asegurado a los pueblos libres.

Aunque pueda preverse que la clase dominante de todos los países,
antes de ceder restringirá las libertades públicas que para ella
eran inocuas cuando las usaban los trabajadores no constituidos en
partido de clase, sino distraídos o hipnotizados en seguimiento de
otros partidos políticos, tan radicales en las cuestiones accesorias
cuanto profundamente conservadores en la cuestión fundamental de la
organización económica y de la propiedad.

Lucha de clase, pues. Lucha de clase a clase.

Y lucha, se comprende, con los métodos de que hablaré en seguida,
al ocuparme de los cuatro modos de transformación social: evolución,
revolución, rebelión, violencia personal.

Pero, entretanto, lucha de clase en el sentido darwiniano,
repitiéndose en la historia humana el drama grandioso de la
lucha por la vida entre especie y especie, sin relajarse en el
pugilato salvaje e insignificante de individuo a individuo.

* * *

Detengámonos en este punto, aunque el mismo argumento de las
relaciones entre darwinismo y {80} socialismo podría ir más
lejos, siempre en el sentido de eliminar toda pretendida
contradicción entre una y otra corriente del pensamiento
científico moderno, y de confirmar, por el contrario, el más
íntimo, natural e indisoluble acuerdo.

Por eso, la aguda previsión de Virchow responde exactamente al
paralelo histórico de Juan Jacoby.

«En el mismo año en que apareció el libro de Darwin (1859), de una
dirección enteramente distinta hacia el mismo objetivo, dábase
empuje a un importantísimo desarrollo de la ciencia social, por
medio de un trabajo que permaneció mucho tiempo desconocido,
trabajo que tiene por título _Crítica de la economía política_,
por Carlos Marx, y que fue precursor de la obra _El capital_.

»Lo que el libro de Darwin sobre el _Origen de las especies_ es
para el génesis y la evolución de la naturaleza inconsciente
llegando hasta el hombre, lo es la obra de Marx para el génesis
y la evolución de la comunidad de los individuos humanos, de las
naciones y de las formas sociales de la humanidad».

Y he ahí por qué la Alemania contemporánea, que ha sido el campo
más fecundo para el desarrollo de las teorías darwinianas, lo es
también {81} para la propaganda consciente, disciplinada,
inconmovible, de las ideas socialistas.

Y he ahí por qué, justamente, en Berlín, en las vidrieras de
las librerías de propaganda socialista, las obras de Carlos
Darwin tienen su puesto de honor junto a las de Carlos Marx.



{83}

SEGUNDA PARTE. EVOLUCIÓN Y SOCIALISMO.



{85}

INTRODUCCIÓN

Aun ante la teoría de la evolución universal que --fuera de este
o aquel detalle más o menos discutible-- representa verdaderamente
la orientación vital del pensamiento científico moderno, se ha
creído razonable afirmar que contradice substancialmente las
teorías y los ideales prácticos del socialismo.

Pero aquí hay error evidente.

Si por socialismo se entiende esa complicación fluctuante de
aspiraciones sentimentales que muchas veces se ha cristalizado
en las utópicas creaciones artificiales de un nuevo mundo humano,
que por un golpe de varita mágica debía sustituir de un día para
otro al viejo mundo en que vivimos, entonces es perfectamente
cierto que la teoría científica de la evolución condena los
prejuicios y las ilusiones del artificialismo político,
reaccionario o revolucionario, pero romántico siempre.

{86} Pero la desgracia de nuestros adversarios está en que el
socialismo actual es muy diferente del que precedió a la obra de
Marx: y fuera del sentimiento animador de protestas contra las
iniquidades presentes y de la aspiración de un porvenir mejor,
nada tiene de común con aquel en su estructura lógica y en sus
mismas inducciones, sino la visión clara, matemáticamente exacta,
(en fuerza justamente de las teorías de la evolución) de la final
organización social, basada en la propiedad colectiva de la tierra
y de los medios de producción.

Esto se hará evidente en el examen de las tres pretendidas
contradicciones principales que, según se afirma, existen entre
el socialismo y el evolucionismo científico.

Entretanto es imposible no ver, desde ahora, la filiación directa
del socialismo marxista, también, del evolucionismo científico,
cuando se piensa que aquél no es, justamente, más que la aplicación
lógica y consecuente de la teoría evolucionista en el campo económico.

* * * * *

{87}

VIII. LA TESIS ORTODOXA Y LA TESIS SOCIALISTA ANTE LA TEORÍA
DE LA EVOLUCIÓN.

En resumen ¿qué dice el socialismo? Que el mundo económico presente
no puede ser inmutable y eterno, sino que por el contrario representa
una fase transitoria de la evolución social, a la que debe suceder
una fase ulterior y un mundo diferentemente organizado.

Que esta diversa organización venidera deba realizarse en sentido
colectivista o socialista --o también individualista-- es lo que
resulta como conclusión última y positiva del estudio ya hecho
sobre las relaciones entre darwinismo y socialismo.

Entretanto es necesario establecer aquí, que esa afirmación
fundamental del socialismo --fuera de los detalles de la futura
organización social de que hablaré más adelante-- es coherente
con la teoría experimental del evolucionismo.

¿Cuál es, pues, la contradicción substancial entre la economía
política ortodoxa y el socialismo? Esto: que la economía política
ha sostenido y sostiene que las leyes económicas por ella analizadas
e ilustradas acerca de la producción y la {88} distribución de la
riqueza son _leyes naturales_ . . . no, sin embargo, en el sentido
de que sean leyes determinadas naturalmente por las condiciones del
organismo social (lo que sería exacto) sino en el sentido de que son
_leyes absolutas_, es decir propias de toda la humanidad en todo
tiempo y lugar, y por consiguiente inmutables en sus puntos
principales aunque susceptibles de modificaciones parciales y
accesorias en sus expresiones de detalle.

El socialismo científico sostiene, por el contrario, que las
leyes establecidas por la economía política clásica, desde Adam
Smith en adelante, son leyes propias del actual momento histórico
de la humanidad civil, y que por lo tanto son leyes esencialmente
_relativas_ al instante en que fueron analizadas, y como ya no
responden a la realidad de las cosas si se quieren hacer
extensivas, por ejemplo, a la remota antigüedad histórica y más
aún a los tiempos prehistóricos, no pueden representar una
inmutable petrificación del porvenir social.

Ahora, de estas dos tesis fundamentales, la tesis ortodoxa y la
tesis socialista ¿cuál es la más acorde con la teoría científica
de la evolución universal?

La respuesta no es dudosa.

{89} La teoría de la evolución --cuyo genial creador ha sido
verdaderamente Heriberto Spencer-- desenvolviendo y fecundando
en el terreno sociológico la dirección relativista ya señalada
de la escuela histórica tanto del derecho como de la economía
política (que era parcialmente heterodoxa), ha dado al pensamiento
humano esta imprescindible brújula: que todo cambia, que el
presente --tanto en el orden astronómico como en el biológico,
como en el sociológico-- no es más que la resultante de las
transformaciones precedentes, naturales, necesarias e incesantes,
mil veces milenarias, y que, en consecuencia, así como el presente
es distinto del pasado, así también el porvenir será sin duda alguna
distinto al presente.

Así, el spencerismo no ha hecho más que dar una provisión
verdaderamente maravillosa de pruebas científicas en todos los
ramos del saber humano, a los dos pensamientos abstractos de
Leibnitz y de Hegel, de que «el presente es hijo del pasado,
pero padre del porvenir» y de que «Nada es, pero todo llega»;
lo que, desde Lyell la geología había, sobre todo, demostrado
maravillosamente, sustituyendo al concepto tradicional de los
cataclismos imprevistos, el concepto científico de la gradual y
diaria transformación de la tierra.

{90} Verdad es que el enciclopédico saber de Heriberto Spencer
es deficiente en economía política, o por lo menos no ha dado en
ese terreno pruebas tan completas como en las ciencias naturales;
pero eso no impide que el socialismo, después de todo, no sea otra
cosa, en su concepto animador, que la aplicación lógica de la teoría
científica de la evolución natural, al orden de los fenómenos
económicos.

Justamente por esto es que Carlos Marx, primero (en 1859) con la
_Crítica de la economía política_ (y también con el famoso
_Manifiesto_ de 1847, escrito por él y Engels, casi diez años
antes de los _Primeros principios_ de Spencer, y maravilloso por
su potencia y por su lucidez de síntesis) y después con el
_Capital_ (1867) ha venido a completar en el campo social
la revolución científica provocada por Darwin y Spencer.

Mientras el viejo pensamiento metafísico concebía la moral, el
derecho, la economía, como la combinación de leyes absolutas y
eternas según el modo platónico de pensar, y limitando su
observación al mundo histórico, sin usar otro instrumento de
indagación que la lógica fantasía del filósofo, inoculaba en
el cerebro de tantas generaciones ese concepto del absolutismo
de las leyes naturales, debatiéndose en el dualismo {91} de la
materia y del espíritu; la ciencia positiva, por el contrario,
llegando a la síntesis grandiosa del _monismo_, es decir, de
la única realidad fenoménica --materia y fuerza inseparables e
indestructibles-- desarrollándose de una manera continua, de
forma en forma según normas relativas al tiempo y al lugar, ha
cambiado radicalmente la orientación del pensamiento moderno
justamente en el sentido de la evolución universal.

Moral, derecho, política, no son más que superestructuras más
que reparaciones de la estructura económica, y varían con ésta
de un paralelo a otro, de un siglo a otro siglo.

Esta es la grande, la genial intuición de Carlos Marx en la
_Crítica de la economía política_ de la que más adelante examinaré
la parte que se refiere a la fuente única de las condiciones
económicas, pero de la que importa ahora señalar lo referente
a su continua e irrefrenable versatilidad, desde el mundo
prehistórico al mundo histórico y en las varias épocas de éste.

Normas de la moral, creencias religiosas, sanciones jurídicas de
leyes civiles o penales, organización política, todo cambia y
todo está en relación con el ambiente histórico y telúrico en
que se observa.

Asesinar a sus padres es el mayor de los {92} delitos en Europa
y en América; matarlos es, por el contrario, una acción obligatoria
y santificada por la religión en la isla de Sumatra, así como el
canibalismo es lícito en el centro del Africa y lo fue en la Europa
y en la América prehistóricas.

La familia que apenas se forma transitoriamente (como entre
los animales) en el comunismo sexual primitivo, se organiza en
la poliandria y el _matriarcado_ allí donde los escasos
alimentos exigen un escaso aumento de población, pero pasa a
la poligamia y al patriarcado cuando está donde esa razón
económica fundamental no domina tiránicamente, para asumir por
último en el mundo histórico la forma monogámica que es,
sin duda, la mejor y la más adelantada, aun cuando necesite
ser libertada del convencionalismo absolutista del vínculo
indisoluble y de la prostitución disfrazada y legalizada (por
razones económicas) que la manchan en el mundo actual.

¿Y sólo la constitución de la propiedad debe continuar eterna,
inmutable, en esta corriente oceánica de instituciones sociales
y de reglas morales, sujetas a continuas y profundas evoluciones
y transformaciones?

¡Sólo la propiedad debe permanecer imperturbable e inalterable
en su forma de {93} monopolio privado de la tierra y de los
medios de producción! . . .

Esa es la absurda pretensión de la ortodoxia económica y jurídica,
con la única concesión a las irresistibles comprobaciones de la
teoría evolucionista (hecha por los progresistas o radicales tanto
en la ciencia como en la política), de que puedan variarle los
ornamentos accesorios, atemperarle los _abusos_, pero quedando
siempre intangible el principio de que unos pocos individuos puedan
apropiarse la tierra y los instrumentos de producción, necesarios
a la vida de todo organismo social, que debería así permanecer
eternamente bajo el dominio más o menos eterno de esos detentadores
de la base física de la vida.

Basta exponer así, en su límpida precisión, las dos tesis
fundamentales --la ortodoxa del derecho y de la economía práctica
y la heterodoxa del socialismo económico y científico--, para
decidir sin necesidad de más este primer punto de controversia:
que en todos los casos la teoría de la evolución está de acuerdo
perfecto e irrefutable con las inducciones del socialismo,
mientras que, por el contrario, contradice las afirmaciones
contrapuestas del _inmovilismo_ económico y jurídico.

* * * * *

{94}

IX. LA LEY DE LA REGRESIÓN APARENTE Y LA PROPIEDAD COLECTIVA.

Pero --dicen los adversarios-- aun admitiendo que el socialismo,
al invocar una transformación social, esté de acuerdo aparentemente
con la teoría evolucionista, no se desprende de eso que sus
conclusiones más precisas --entre las que figura la fundamental
de la sustitución de la propiedad social o la propiedad individual--
sean apoyadas por la misma teoría. Nosotros, por el contrario
--se dice-- sostenemos que justamente contra esa teoría científica
chocan diametralmente esas conclusiones, y en consecuencia son,
por lo menos, utópicas y absurdas.

Y la primera contradicción que se señala entre socialismo y
evolucionismo, consistiría en que la vuelta a la propiedad
colectiva de la tierra sería al mismo tiempo la vuelta a las
edades primitivas y salvajes de la humanidad, y el socialismo,
por lo tanto, sería en efecto una transformación, pero al revés;
es decir, contra la corriente de la evolución social, que del
primitivo colectivismo territorial ha llegado a la presente
propiedad individual, índice de la adelantada civilización.
El socialismo, por consiguiente, representaría en ese caso un
regreso a la barbarie.

{95} También esta objeción tiene una parte de verdad que es
innegable: la afirmación de que la propiedad colectiva (por
lo menos, en las apariencias externas) será una vuelta hacia
la primitiva organización social. Pero, la conclusión que de
ahí se deriva, es absolutamente errónea y anticientífica,
porque olvida una ley menos comúnmente observada pero no por
eso menos verdadera y positiva que la evolución social.

Es una ley sociológica que un médico francés de mucho ingenio,
muerto ya desgraciadamente, (Dramard) no ha hecho más que señalar
a propósito de algunas afinidades entre transformismo y socialismo,
y de la que me he ocupado reconociéndole toda su verdad e
importancia, aun antes de inscribirme en el socialismo militante, en
las páginas 420-424 de la tercera edición de mi _Sociología criminal_
(1892) y sobre la que he insistido nuevamente en mi polémica con
Morselli, a propósito del divorcio.

Esa ley de regresión aparente demuestra que es un hecho constante
la vuelta de las instituciones sociales a las formas y a los
caracteres primitivos.

Antes de presentar algunos ejemplos evidentes, quiero demostrar
que Cognetti De Martiis, desde 1881, demostraba conocer
intuitivamente {96} y de un modo vago esa ley sociológica,
porque su libro sobre las _Formas primitivas en la evolución
económica_ (Turín 1881), tan notable por la abundancia,
precisión y seguridad de sus datos positivos --aunque no
llegara a conclusión alguna después de la riqueza de su
análisis sociológico-- se cerraba en las últimas líneas con
una vaga referencia a la posible reaparición, en la futura
evolución económica, de las formas primitivas que señalan
el punto de partida.

Y recuerdo también que cuando, en la universidad de Bolonia,
asistía a las lecciones de Carducci, varias veces le he oído
indicar que en las formas y en el fondo de la literatura, el
progreso último no es muchas veces más que la reproducción del
fondo y de las formas de la literatura primitiva, greco-oriental;
así como, en resumen, la teoría moderna del monismo, que es el
alma misma de la evolución universal y que representa la última
y definitiva disciplina positiva del pensamiento humano frente a
la realidad del mundo, después del brillante vagabundear de la
metafísica, no hace más que volver a los conceptos de los filósofos
griegos y de Lucrecio, el gran poeta naturalista.

Pero también en el orden de las instituciones sociales son
demasiado evidentes y numerosos {97} los ejemplos de este
regreso a las formas primitivas.

Ya hablé de la evolución religiosa según Hartmann, por la cual,
en las épocas infantiles de la humanidad, la felicidad se creía
accesible en la existencia individual, después en la vida de
ultratumba, y ahora tiende a volver a colocarla en la misma
humanidad, pero en la serie de las generaciones por venir.

Así Spencer (_Sociología_, III, capítulo V) señalaba en política
que la voluntad de todos --elemento soberano de la humanidad
primitiva-- cede paso a paso su lugar a la voluntad de uno solo
y en seguida de pocos (por medio de diversas aristocracias:
militares, de nacimiento, de profesión, de dinero) y tiende por
último a volver a hacerse soberana con el procedimiento de la
democracia (sufragio universal, referéndum, legislación directa
popular, etc.)

El derecho de castigar, simple función de defensa en la humanidad
primitiva, tiende a serlo de nuevo desprendiéndose de toda
pretensión teológica de justicia retributiva, superpuesta por
la ilusión del libre albedrío al fondo natural de la defensa,
pero deshojado ahora por las observaciones típicas sobre el
delito como fenómeno natural y social, que demuestran que es
absurda {98} e imposible la omnisciente pretensión, del legislador
o del juez, de pesar y medir «la culpa» del delincuente y
equilibrar el castigo, en lugar de limitarse a segregar, temporal
o perpetuamente del consorcio civil, a los individuos inaptos
para él, como se hace con los locos o los atacados de enfermedades
infecciosas.

Con el matrimonio pasó lo mismo: su fácil disolución en la humanidad
primitiva cedió poco a poco a las imposiciones absolutas de la
teología y del espiritualismo, que creen que el «libre albedrío»
puede ligar eternamente el destino de una persona con un monosílabo
pronunciado en momentos de tan inestable equilibrio psíquico como
el período del noviazgo y de las bodas. Pero luego se impone la
vuelta a la forma espontánea y primitiva del consentimiento, y la
unión matrimonial, con el uso siempre creciente y cada vez más
fácil del divorcio, retorna a sus orígenes, saneando la familia,
que es la célula social.

Así es también con la organización de la sociedad, en la que el
mismo Spencer ha tenido que reconocer la tendencia fatal de un
regreso al primitivo colectivismo, después de la apropiación
primero familiar y en seguida individual de la tierra --como lo
ha demostrado él mismo-- ha llegado a sus últimos extremos, tanto
que en {99} algunos países (ley _Torrens_) la tierra se ha
convertido en una especie de propiedad mueble, transmisible
como una acción cualquiera de cualquier sociedad anónima.

He aquí, en efecto, a título de documento, lo que escribe el
_individualista_ Spencer:

«A primera vista parece poderse deducir que la propiedad de la
tierra, a título absoluto, por parte de los particulares, deba
ser el estado _definitivo_ que está llamado a realizar el
industrialismo. Sin embargo, aunque el industrialismo haya
tenido hasta ahora por efecto la individualización de toda esta
propiedad, _puede discutirse que desde ahora se haya arribado
al estado definitivo_.

»En un tiempo se reconocían derechos de propiedad sobre seres
humanos, y ahora no se admiten ya. Hace algunos siglos se hubiera
podido creer que el principio de la propiedad del hombre sobre el
hombre, estaba en camino de establecerse de un modo _definitivo_.
Sin embargo, en época más avanzada de su curso, la civilización,
derribando aquel procedimiento, ha destruido la propiedad del
hombre sobre el hombre. De una manera análoga, en época más avanzada
aún, podrá suceder que _tenga que desaparecer la propiedad privada
de la tierra_».

{100} Y, por otra parte, este proceso de socialización de la
propiedad, aunque ahora parcial y accesorio, es, sin embargo,
tan evidente y continuo que sería negar lo innegable, sostener
que la dirección económica y por lo tanto jurídica de la
organización de la propiedad, no vaya en el sentido de una
preponderancia cada vez mayor de los intereses y de los derechos
de la colectividad sobre los del individuo; preponderancia que
evidentemente se convertirá por una fatal evolución, en una
sustitución completa en cuanto a la propiedad de la tierra y de
los medios de la producción.

* * *

Así, pues, lo repetimos, la tesis fundamental del socialismo
marcha de perfecto acuerdo con esa ley sociológica de regresión
aparente cuyas razones naturales señalaba muy bien Loria,
diciendo que la humanidad primitiva extrae de las primeras
impresiones de la naturaleza circunstante, las líneas fundamentales
y más sencillas de su pensamiento y de su vida; después, con el
progreso de la inteligencia y la complicación creciente por ley
de evolución, se tiene un desarrollo analítico de los principales
elementos contenidos en los primeros gérmenes de cualquier
institución; y una vez realizado este desarrollo analítico y a
menudo antagónico, de un exceso al otro, de {101} los elementos
particulares, la humanidad misma, llegada a un alto grado de
evolución, recompone en una síntesis final esos varios elementos,
y vuelve al primitivo punto de partida.

A esto, sin embargo, agrego yo que ese regreso a la forma primitiva
no es una repetición pura y simple. Y he ahí por qué se dice ley
de regresión _aparente_, y he ahí por qué la objeción de un
«retroceso a la _barbarie_ primitiva» es infundada. No es una
repetición pura y simple sino la terminación de un ciclo, de un
gran ritmo --como decía también recientemente Asturaro--, que no
puede dejar de llevar consigo los efectos y las conquistas,
irrevocables en lo que tienen de vital y de fecundo, de la larga
evolución anterior; y es, por lo tanto, muy superior en la
realidad objetiva y en la conciencia humana a aquel primitivo
embrión.

El curso de la evolución social no está representado por el
círculo cerrado que, como la serpiente mordiéndose la cola del
símbolo antiguo, cierre los términos de un porvenir mejor, sino
que, por el contrarío, y según la imagen de Goethe, se figura
con una espiral que parece volver sobre sí misma y que, por el
contrario, avanza y se eleva sin cesar.

* * * * *

{102}

X. LA EVOLUCIÓN SOCIAL Y LA LIBERTAD INDIVIDUAL.

Esta última observación sirve aquí para examinar también la segunda
contradicción que, se afirma, existe entre el socialismo y la teoría
de la evolución, diciendo y repitiendo en todos los tonos, que el
socialismo será una nueva forma de tiranía y que suprimirá todos
los beneficios de la libertad fatigosamente conquistada por nuestro
siglo a costa de tantos martirios y sacrificios.

He dicho ya, hablando de las desigualdades antropológicas, como,
por el contrario, el socialismo asegurará a todo hombre las
condiciones de existencia humana y la base más libre y completa
de su propia personalidad.

Aquí me basta recordar otra ley, establecida por la teoría
científica de la evolución para demostrar en general (porque
no es tarea de esta monografía entrar en pequeños detalles)
cómo esa pretendida supresión de la parte viva y fecunda de
la libertad personal y política, se toma sin razón como
consecuencia del advenimiento del socialismo.

La siguiente es una ley de la evolución natural ilustrada por
Ardigó mejor que por cualquier otro:

{103} Toda fase subsiguiente de la evolución natural y social
no destruye, no borra las manifestaciones vitales y fecundas de
las fases precedentes, sino que las continúa en lo que tienen
de vital mientras elimina, sin embargo, sus manifestaciones
aberrantes o patológicas.

En la evolución biológica, las manifestaciones de la vida vegetal
no borran los primeros albores de la vida que se encuentran en la
cristalización de los minerales, como las manifestaciones de la
vida animal no borran las de la vida mineral y vegetal; y la
forma humana de la vida no borra las formas y los eslabones
anteriores de la gran serie de los vivientes, sino que las formas
últimas viven, por el contrario, en cuanto son el resultado de
las formas primitivas, y coexisten con éstas.

Así sucede en la evolución social: y esta es, justamente, la
interpretación que el evolucionismo científico da a las Edades
Medias, que no borran las conquistas de las anteriores
civilizaciones, sino que por el contrario las conservan en su
parte vital, y las fecundan en un periodo de sosiego para el
renacimiento de nuevas civilizaciones.

Y esta ley que domina por entero el grandioso desarrollo de la
vida social, rige igualmente {104} el destino y la parábola de
cada institución social.

La sucesión de una a otra fase de evolución social elimina, es
cierto, las partes no vitales, los productos patológicos de las
instituciones anteriores; pero conserva, vigoriza y desarrolla
las partes sanas y fecundas, elevando cada vez más el nivel físico
y moral de la humanidad.

Así, por ese procedimiento natural, el gran río de la humanidad
salido de las selvas vírgenes de la vida salvaje, se ha extendido
majestuoso en los períodos de la barbarie y en la presente
civilización, que es, sin duda, superior por muchos conceptos,
a las fases precedentes de la vida social, pero que por otros
está emponzoñada con los productos virulentos de su propia
degeneración, como lo he recordado a propósito de la selección
social al revés.

Así, por ejemplo, es verdad que los trabajadores del período
actual de civilización burguesa, tienen, en resumen, una existencia
física y moral superior a la de los siglos pasados; pero, sin
embargo, es innegable que su condición económica de _asalariados
libres_, es peor bajo muchos aspectos, que la anterior condición
de _esclavos_ en la antigüedad, de _siervos_ en la Edad Media.

En efecto, el _esclavo_ antiguo era propiedad {105} absoluta
del patrono, del hombre _libre_, y estaba condenado a una vida
casi bestial; pero entretanto el patrono tenía interés, por lo
menos, de asegurarle el pan cuotidiano, puesto que el esclavo
formaba parte de su patrimonio, como los bueyes y los caballos.

Y el siervo de la gleba en la Edad Media, tenía en compensación
ciertos derechos de costumbre, que lo arraigaban a la tierra y
le aseguraban cuando menos --excepto en los casos de escasez--
el pan de cada día.

Por el contrario, el asalariado libre del mundo moderno, está
siempre condenado a un trabajo inhumano por su duración y
calidad (y al cual se debe justamente la parcial reivindicación
socialista de las _ocho horas_, que cuenta ya muchas victorias
y está destinada a un triunfo seguro); pero no teniendo ninguna
relación jurídica permanente ni con el propietario capitalista
ni con la tierra, carece de toda seguridad de tener el pan
cuotidiano, porque el propietario no tiene ya interés en alimentar
y sostener a los trabajadores de su fábrica o de su campo, puesto
que no sufre diminución alguna en su patrimonio, ni por su muerte
ni por sus enfermedades, gracias a la fuente inagotable de
proletarios que la falta de trabajo le ofrece en el mercado.

{106} Y he ahí cómo --no porque los propietarios de hoy sean
más perversos que los de la antigüedad, sino solamente porque
también los sentimientos morales son productos de la condición
económica-- si en el establo se enferma un buey, el propietario
o su administrador llama al veterinario inmediatamente, para
evitar la pérdida de un capital; mientras que si se enferma el
hijo del boyero no se da tanta prisa para llamar el médico.

Verdad es que puede existir, como excepción más o menos frecuente,
un propietario de buen corazón que desmienta esta regla, máxime
cuando vive en contacto cuotidiano con los trabajadores; como no
se niega que el espíritu de beneficencia tenga manifestaciones
frecuentes y más o menos ruidosas --aun fuera del _charity sport_--
por parte de las clases ricas que así también atenúan la voz
interna del desagrado moral que la invade, pero la regla inexorable
es ésta: en la forma de industrialismo moderno el trabajador ha
conquistado la libertad política de voto, de asociación, etc.
(de que se le deja gozar mientras no demuestre hacer uso de
ella para formar un partido de clase que se encamine al punto
substancial de la cuestión social), pero ha perdido la seguridad
del pan y del domicilio cuotidiano.

El socialismo quiere llegar a esa seguridad para {107} todos los
hombres --y demuestra su matemático positivismo con la sustitución
de la propiedad social a la propiedad individual de los medios de
producción-- pero no por esto el socialismo ha de suprimir todas
las conquistas útiles y realmente fecundas de la presente y de las
anteriores fases de civilización.

Véase un ejemplo característico: la invención de tantas máquinas
industriales y agrícolas, que es una aplicación genial de la ciencia
a la transformación de las fuerzas naturales, y que por lo tanto,
no debería ser sino fecunda en bienes --elevando el trabajo a
dignidad humana, desde la abyección y postración de trabajo bestial--
ha ocasionado y ocasiona, sin embargo, la miseria y la ruina de
millares de trabajadores que, por reducción de personal sustituido
por el trabajo de las máquinas, son inevitablemente condenados a las
torturas de la desocupación, o a la ley de hierro del salario mínimo,
que apenas basta para no morir de hambre aguda.

Y la primera e instintiva reacción de esos desventurados ha sido y
es, en muchos casos, destruir las máquinas, maldiciéndolas como
instrumento de perdición inmerecida y sangrienta.

Pero destruir las máquinas sería, realmente, un regreso puro y simple
a la barbarie, y el {108} socialismo no lo quiere, el socialismo que
representa una fase más elevada de la civilización humana.

Así es, entonces, que el socialismo es el único que da a la dolorosa
dificultad una solución que no puede darle el individualismo
económico, que continúa siempre aplicando nuevas máquinas, porque
tal es la tendencia irresistible del capitalista.

Y la solución es que las máquinas se constituyan en propiedad
colectiva o social. Entonces es evidente que su único efecto
será disminuir la suma total de trabajo y de esfuerzo muscular
para producir una suma dada de artículos, y por lo tanto se
disminuirá la parte diaria de trabajo de cada obrero, y su
existencia se elevará cada vez más a la dignidad de criatura humana.

Este efecto se produce ya parcialmente, por ejemplo, en aquellos
lugares donde diversos pequeños propietarios se unen en sociedad
para la adquisición, de una trilladora a vapor, por ejemplo y se
la prestan por turno. Si se unieran también a los pequeños
propietarios, en grande y fraternal cooperación, los obreros y
los labradores (y esto sucedería sólo cuando la tierra fuese de
propiedad social) y las máquinas fueran, por ejemplo, de propiedad
municipal, como lo son las {109} bombas de incendio y se cediesen
para el uso sucesivo de los trabajos campestres, es evidente que
esas máquinas no producirían ninguna repercusión dolorosa y de
miseria, sino que serían bendecidas por todos los hombres, por el
mero hecho de ser propiedad colectiva.

Como el socialismo representa una fase más elevada de la evolución
humana, no eliminaría, pues, de la fase presente, sino los productos
infecciosos del excesivo individualismo económico actual, que crea
por una parte los millonarios o los arrendatarios que se hacen
millonarios en pocos años robando los dineros públicos --en una
forma más o menos prevista por el Código Penal-- y por otra parte,
forma una acumulación gangrenosa de miserables criaturas en las
bohardillas infectas de las grandes ciudades, o en las cabañas
de paja y barro, que copian a las cabañas australianas en la
Basilicata, en el Agro Romano o en el valle del Po.

Ningún socialista consciente ha soñado jamás en negar los grandes
méritos de la burguesía para con la civilización humana, o de
deslucir las páginas de oro por ella escritas en la historia del
mundo civil con las epopeyas nacionales y las maravillosas
aplicaciones de la ciencia a la industria y a los comercios
ideales y mercantiles entre los pueblos.

{110} Esas son conquistas irrevocables del progreso humano, y
el socialismo no sueña renegar de ellas ni suprimirlas, y tributa
la justa admiración agradecida a los _pioneers_ generosos que las
han iniciado y realizado. Del mismo modo, por ejemplo, ni soñaría
en destruir o en negar su admiración a un cuadro de Rafael o a
una estatua de Miguel Ángel, sólo porque éstos transfiguraron y
eternizaron con el arte las leyendas religiosas.

Pero el socialismo ve en la presente civilización burguesa, llegada
a su pendiente final, los síntomas dolorosos de una disolución
irremediable, y afirma que es necesario librar al organismo social
del _virus_ infeccioso, no limitándose a la curación sintomática e
individualista de este o aquel quebrado, de este o aquel funcionario
corrompido, de este o aquel empresario ladrón . . . sino llegando a
la raíz del mal, a la fuente innegable de la infección virulenta.
Cambiando radicalmente de régimen --con la sustitución de la
propiedad social a la individual-- es necesario renovar las
fuerzas sanas y vitales de la sociedad humana para que pueda
elevarse a una fase más alta de civilización, en la que no podrán
unos pocos privilegiados vivir la vida del ocio, del lujo, de la
orgía en que hoy viven, y tendrán que someterse a una existencia
laboriosa y más modesta, pero {111} en que la inmensa mayoría de
los hombres elevará la suya propia, a dignidad serena, tranquila
seguridad, simpática y alegre fraternidad, en lugar de los dolores,
de las ansias, de los rencores presentes.

* * *

Así, opóngase la banal objeción de que el socialismo suprimirá
toda libertad, objeción demasiado repetida por aquellos que bajo
la capa del liberalismo político ocultan las tendencias más o menos
conscientes del conservatismo económico.

Esta repugnancia que sienten muchos en nombre de la libertad
--hasta de buena fe--, no es más que el efecto de otra ley de la
evolución humana, que Heriberto Spencer formulaba diciendo:
todo progreso realizado es un obstáculo a los progresos venideros.

Tendencia psicológica natural, que podría llamarse fetichista, es
la que se niega a considerar el ideal logrado y el realizado progreso
como un simple instrumento antes que como un ídolo y a tomarlos como
un punto de partida para otros ideales y para otros progresos antes
que detenerse en la adoración fetichista de un punto de arribo que
agote todo otro ideal, toda otra aspiración.

Así como el salvaje beneficiado por el árbol {112} frutal, adora al
árbol por él mismo, no por los frutos que puede darle aún, y lo
convierte en un fetiche, en un ídolo intangible, pero que por lo
mismo se esteriliza; como el avaro que en el mundo individualista
conoce el valor del dinero, concluye por adorar el dinero en sí y
por sí, como fetiche y como ídolo, y lo deja sepultado en el cofre,
esterilizándolo, en vez de usarlo como instrumento de nuevas
ganancias; así el liberal sincero, hijo de la Revolución Francesa,
se hace de la libertad un ídolo, término de ella misma, estéril
fetiche, en lugar de emplearla como instrumento de nuevas
conquistas, como medio de realización de nuevos ideales.

Se comprende que bajo la tiranía política el ideal primero, el
más urgente, el febril, fuese la conquista de la libertad y de
la soberanía política.

Y nosotros, los recién llegados, estamos por esta conquista
agradecidos a los mártires y a los héroes que la han querido al
precio de su sangre.

¡Pero la libertad no es y no puede ser el término de sí misma!

¿De qué sirve la libertad de reunión y de pensamiento si el
estómago no tiene el pan cuotidiano y millones do individuos
tienen paralizada toda fuerza moral por la anemia del cuerpo y
del cerebro?

{113} ¿De qué sirve al pueblo tener una parte platónica de la
soberanía política con el derecho de voto, si continúa bajo la
esclavitud material de la miseria, de la desocupación, del hambre
aguda o crónica?

La libertad por la libertad indica un progreso realizado que se
opone a los progresos venideros, y es una especie de onanismo
político, estéril por sí ante las nuevas necesidades de la vida.

El socialismo responde, por lo tanto, que así como la fase
subsiguiente no borra las conquistas de las fases precedentes
de la evolución social, así tampoco quiere suprimir la libertad
gloriosamente conquistada por el mundo burgués con su revolución
de 1789, sino que por el contrario quiere que, conquistando la
conciencia de los intereses y de las necesidades de su clase
frente a la clase de los capitalistas y propietarios, los
trabajadores se sirvan de ella para avanzar hacia una organización
social más equitativa y más humana.

Sin embargo, es innegable no sólo que, dada la propiedad individual
y por lo tanto el monopolio del poder económico, la libertad dejada
a quien no tiene ese monopolio, es un juguete impotente y platónico,
sino también que cuando {114} los trabajadores demuestran querer
valerse de esa libertad con conciencia clara de sus intereses de
clase, los detentadores del poder económico y por lo tanto político,
se apresuran a renegar de los grandes principios liberales «los
principios del 89» y suprimen toda libertad pública, ¡soñando detener
así la marcha fatal de la evolución humana!

Lo mismo puede decirse de una acusación semejante contra los
socialistas: que renegarían de la patria en nombre del
internacionalismo.

También esto es erróneo.

Las epopeyas nacionales con que la Italia o la Alemania
reconquistaron en nuestro siglo la unidad y la independencia,
fueron realmente un gran progreso, y estamos agradecidos, lo
repetimos, a quien nos ha dado una patria libre.

Pero la Patria no puede convertirse por eso en obstáculo de los
progresos venideros, que están indudablemente en la fraternidad
de todos los pueblos, sin los odios de nacionalidad, que, o son un
residuo de la barbarie, o son barnices que disimulan los intereses
del capitalismo que, por su cuenta, sin embargo, ha sabido ejecutar
el más estrecho internacionalismo universal.

Como haber dejado atrás la fase de las guerras comunales de Italia,
para sentirse hermanos en {115} una misma nación, ha sido un
verdadero progreso moral y social, así también lo será transponer
la fase de las rivalidades «patrióticas», para sentirse todos
hermanos de una misma humanidad.

Que sirva a las clases que están en el poder y que se hallan
vinculadas en estrecha liga internacional (el banquero de Londres,
con el telégrafo, domina el mercado de Pekín o de Nueva York)
tener dividida la gran familia de los trabajadores de todo el
mundo o también de la vieja Europa solamente --porque la división
de los trabajadores hace posible el poder de los capitalistas--
y que esa división se disimule y se mantenga viva, abusando del
fondo primitivo y salvaje de los odios contra «el extranjero»,
todo esto se comprende y se explica claramente con la clave
histórica de los intereses de clase.

Pero eso no quita que el socialismo intemacionalista constituya,
también bajo ese aspecto, un innegable progreso moral y una fase
inevitable de evolución humana.

* * *

Del mismo modo y por la misma ley sociológica no sería exacto
decir que el socialismo llegará a suprimir con la propiedad
colectiva toda o cualquiera propiedad individual.

{116} Estamos siempre en esto: una fase subsiguiente de evolución
no puede borrar todo lo realizado en las fases anteriores, sino que
suprime solamente aquellas manifestaciones que no son vitales porque
están en contradicción con las nuevas condiciones de existencia de
la nueva fase.

Sustituida la propiedad particular con la propiedad social de la
tierra y de los medios de producción, es evidente por ejemplo que
la propiedad de los alimentos necesarios para el individuo no podrá
ser suprimida, como tampoco la de las ropas y objetos de uso
personal, que se consumirán en bien exclusivo individual o familiar.

Esta forma de propiedad individual subsistirá siempre, pues, aun en
el régimen colectivista, porque es inevitable y perfectamente
compatible con la propiedad social de la tierra, de las minas, de
las fábricas, de las casas, de las máquinas, de los instrumentos
de trabajo, de los medios de transporte.

Como, por ejemplo, la propiedad colectiva de las bibliotecas
--que existe y funciona a nuestra vista-- no impide a los individuos
el uso personal de libros raros o costosos que de otro modo no
podrían tener, sino que acrecienta inmensamente su utilidad, en
comparación con el mismo libro encerrado y sepultado en la
biblioteca privada de {117} un bibliófilo estéril, así la propiedad
colectiva de la tierra y de los medios de producción, al acordar a
un individuo que deberá vivir trabajando el uso de una máquina, de
un utensilio, de un campo, no hará más que centuplicar su utilidad.

Y no se diga que cuando los hombres no tengan la _propiedad_
exclusiva, acumulable, y transmisible de la riqueza no estarán
inclinados a trabajar por la falta del resorte egoísta del interés
personal o familiar. Vemos, por ejemplo, también en el mundo
individualista presente, que los residuos de propiedad colectiva
de las tierras --que fueron tan estudiados desde que Laveleye
llamó tan brillantemente sobre ellos la atención de los sociólogos--
son cultivados y dan un rédito no inferior a los campos de propiedad
privada, aun cuando los comunistas de tales «participaciones» o
colectivistas agrarios, no tengan más que el derecho de uso y de
goce de los mismos.

Y si algunos de estos residuos de propiedad colectiva --menos
alejados del vórtice del individualismo mercantil-- van
desapareciendo y son mal administrados, el hecho no prueba nada
contra el socialismo, porque se comprende que, en el orden
económico actual, completamente orientado por el individualismo
absoluto, esos {118} organismos no encuentran en nuestro
ambiente las condiciones de una existencia posible.

Sería como pretender que un pez viva fuera del agua o un mamífero
en una atmósfera privada de oxígeno.

Y he ahí por qué, entre paréntesis, son sencillamente fantásticos
todos los famosos experimentos de colonias socialistas, comunistas
o anarquistas que algunos intentan implantar aquí o allí como
«experimento preventivo del socialismo», sin advertir que tales
experimentos tienen fatalmente que abortar desde que habrían de
desarrollarse rodeados de un ambiente económico y moral
individualista que no les puede consentir las condiciones de
desarrollo fisiológico que tendrán cuando toda la organización
social se haya orientado colectivamente, es decir, cuando toda
la sociedad esté _socializada_.

Entonces también las tendencias y las aptitudes psicológicas
individuales se adaptarán al ambiente y lo reflejarán; desde
que es natural que en un ambiente individualista, de libre
competencia, en que todo hombre ve en su hermano, si no un
adversario, cuando menos un competidor, el egoísmo antisocial
tiene que ser la tendencia que fatalmente se desarrolla más,
por necesidad del instinto de propia conservación, máxime {119}
en estas últimas fases de una civilización lanzada a todo vapor
en comparación con el individualismo pacífico y lento de los
siglos pasados.

Pero en un ambiente donde, por el contrario, y en cambio del
trabajo manual o intelectual dado a la sociedad, todo hombre
tenga asegurado el pan cuotidiano del cuerpo y de la mente, y
se vea substraído, por lo tanto, al ansia diaria de la propia
existencia, es evidente que el egoísmo tendrá un número infinitamente
menor de estímulos, de ocasiones y de manifestaciones, ante el
sentido de la solidaridad, de la simpatía, del altruismo, y ya no
será verdad la despiadada máxima _homo homini lupus_ que,
confesada o no, envenena tanto nuestra vida presente.

No pudiendo, sin embargo, detenerme más en estos detalles,
concluyo el examen de esta segunda pretendida oposición entre
la evolución y el socialismo, recordando que la ley sociológica
--por la que la fase subsiguiente no borra las manifestaciones
vitales y fecundas de las anteriores fases de evolución-- da
acerca de la organización social que ya está en vías de formación,
una idea más positiva de lo que piensan nuestros adversarios,
que creen siempre que están ante el socialismo romántico y
sentimental de la primera mitad de este siglo.

{120} Y he ahí por qué, en fin, no tiene consistencia alguna esta
objeción fundamental que recientemente oponía Tansú al socialismo,
en nombre de un eclecticismo sociológico, erudito pero inconcluyente,
a pesar del talento y los estudios de aquel eximio filósofo del
derecho:

«El socialismo contemporáneo no se identifica con el individualismo,
porque asienta como base de la organización social un principio que
no es de autonomía del individuo, sino por el contrario, su negación.
Si, no obstante, mantiene ideas individualistas que repugnan a ese
principio, eso no implica que mude de naturaleza o cese de ser
socialismo: _significa, solamente, que éste vive de contradicciones_.»

Ahora bien, no es que el socialismo, al admitir y hasta ampliar y
asegurar, con las condiciones de existencia diaria, el fortalecimiento
y el desarrollo de toda individualidad humana, caiga en una
contradicción de principio; es que, por el contrario, el socialismo,
fase ulterior de civilización humana, no puede suprimir ni borrar lo
vital, lo compatible con la nueva forma social que existe en las
formas anteriores.

Y, por lo tanto, así como el internacionalismo socialista no está
en contradicción con la existencia de la patria porque admite su
concepto {121} en lo que tiene de verdad, eliminándole, sin embargo,
la parte patológica del _chauvinismo_, así también el socialismo no
vive de contradicciones sino que sigue las leyes fundamentales de la
evolución natural cuando conserva y desarrolla la parte vital del
individualismo, suprimiendo, sin embargo, sus manifestaciones
patológicas por las cuales, como decía Rampolini, se tiene en el
mundo moderno un organismo social en que el noventa por ciento de
las células están condenadas a la anemia, sólo porque el diez por
ciento están enfermas de hiperemia y de consiguiente hipertrofia.

* * * * *

XI. EVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN, REBELIÓN, VIOLENCIAS PERSONALES.
SOCIALISMO Y ANARQUÍA.

La última y más grave contradicción que muchos creen encontrar
entre el socialismo y la teoría científica de la evolución, está
en el _cómo_ podrá realizarse prácticamente el socialismo.

Por una parte algunos pretenden que el socialismo debe presentar
desde ahora, en todos y en sus más mínimos detalles, el cuadro
preciso y simétrico de su positiva organización social. «Dadme una
descripción práctica de la nueva {122} sociedad y entonces decidiré
si la he de preferir a la presente».

Por otra parte --y como consecuencia de este primer concepto
equivocado y artificialista-- se cree que el socialismo pretende
cambiar la faz del mundo de un día para otro, de tal manera, por
ejemplo, que esta noche nos retiremos todos a dormir bajo el
régimen burgués para despertarnos mañana en pleno mundo socialista.

Y entonces --se dice-- cómo no ver que todo esto choca
irremediablemente contra la ley de evolución, cuyas dos ideas
fundamentales --que caracterizan justamente la nueva evolución
del pensamiento positivo moderno, frente a la vieja metafísica--
son precisamente la _naturalidad_ y la _gradualidad_ de todos los
fenómenos en cualquier orden de vida universal, desde la astronomía
hasta la sociología.

Es innegable que estas dos objeciones tenían mucha razón de ser
contra aquello que Engels llamaba el «socialismo utópico», frente
al «socialismo científico».

Cuando el socialismo, antes de Carlos Marx, no era más que la
expresión sentimental de un humanitarismo tan generoso cuanto
careciente de los más elementales principios del positivismo {128}
científico, se comprende perfectamente que sus secuaces o defensores
cedieran fácilmente a los impulsos del corazón, ya sea en las
protestas ruidosas contra las iniquidades sociales evidentes, ya
sea en la contemplación sonámbula de un mundo mejor al que la
fantasía trataba de dar perfiles determinados, desde la _República_
de Platón hasta el _Looking backward_ (_En el año 2000_) de Bellamy.

Y se comprende también mejor que esas construcciones _a priori_
debían dar asidero a las críticas, en parte erradas, porque son
siempre dependientes de las costumbres mentales propias del ambiente
moderno, y se olvida que serán distintas en un ambiente diverso,
pero fundadas también en gran parte porque la complexidad enorme
de los fenómenos sociales hace imposible cualquiera profecia de
los detalles insignificantes de una vida social que será más
radicalmente diversa de la nuestra que lo que la vida présentelo
es de la Edad Media y de la antigüedad, por la razón de que el
mundo burgués que ha sucedido a los anteriores, ha dejado la
sociedad sobre los mismos puntos cardinales del individualismo;
mientras que el mundo socialista tendrá una polarización
fundamentalmente distinta.

{124} Esas construcciones anticipadas y proféticas de un nuevo
orden social son, por otra parte, el designio genuino de ese
artificialismo político y social, en que están embebidos hasta
los individualistas más ortodoxos y jacobinos, que creen siempre,
como observa el mismo Spencer, que la sociedad humana es una
pasta a la que el artículo _tot_ de una ley cualquiera puede
dar una forma más que otra, fuera de las cualidades, tendencias
y aptitudes orgánicas y psíquicas, étnicas e históricas de los
diversos pueblos . . .

El socialismo continental ha dado muchos ensayos de construcción
utópica; pero más ha dado y da el mundo político actual, con el
fárrago absurdo y caótico de sus leyes y de sus códigos	que (¡á
propósito de la libertad! . . .) envuelven a todo hombre desde
su nacimiento hasta su muerte y aun antes de que nazca y después
de que muera, en una red inextricable de códigos, leyes, decretos,
reglamentos, etc., sofocándolo como al gusano de seda en su
capullo . . .

Y cada día la experiencia demuestra que nuestros legisladores,
embebidos en este artificialismo político y social, no hacen más que
copiarse recíprocamente las leyes de los pueblos más diversos según
la moda esté por París y por Berlín, y divierten con ellas a sus
países, en vez de {125} sacar de esos mismos paises los criterios
positivos para adaptarles las leyes, que por eso y como sucede
todos los días, siguen siendo letra muerta, puesto que la realidad
de las cosas no les permite profundizar sus raíces, y regular y
fecundar sus puntos vitales.

En cuanto a construcciones sociales artificiosas, los socialistas
podrán repetirá los individualistas:

--¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra!

Pero la respuesta verdadera, irrefutable, es que el socialismo
científico representa una fase mucho más avanzada de las ideas
socialistas, de acuerdo precisamente con la ciencia positiva
moderna, y ha abandonado por completo la fantástica idea de
profetizar hoy lo que será la sociedad humana en la nueva
organización colectivista.

Lo que el socialismo científico puede afirmar y afirma, con
seguridad matemática, es que la dirección, la trayectoria de
la evolución humana, marcha en el sentido general indicado y
previsto por el socialismo, es decir, en el sentido de una
continua y progresiva preponderancia de los intereses y las
utilidades de la especie, sobre los intereses y las utilidades
del individuo, y por {126} consiguiente en el sentido de la
continua _socialización_ de la vida económica y por ella de
la vida jurídica, moral y política que de ella dependen.

En cuanto a los detalles nimios del nuevo edificio social, no
podemos preverlos, justamente porque ese nuevo edificio social
será y es un producto _natural_ y _espontáneo_ de la evolución
humana, que está ya en vías de formación y cuyas líneas generales
se esbozan ya en embrión, pero no es la construcción inmediata y
artificial imaginada en el estudio de un utópico o de un metafísico.

Así sucede tanto en las ciencias sociales cuanto en las
ciencias naturales.

Si a un biólogo le dais a observar un embrión humano que tenga sólo
pocos días o pocas semanas de desarrollo, no sabrá deciros --por la
conocida ley haeckeliana de que el desarrollo de todo embrión
_individual_ reproduce en conjunto las diversas formas de desarrollo
de las _especies_ que le han precedido en la serie zoológica-- no
sabrá deciros, repito, si será macho o hembra, ni mucho menos podrá
prever si será un individuo robusto o débil, sanguíneo o nervioso,
inteligente o nó.

Sabrá sólo deciros las líneas generales de la {127} evolución futura
de ese individuo, dejando al tiempo la tarea de definir natural y
espontáneamente --según las condiciones orgánicas hereditarias y las
condiciones del ambiente en que vivirá-- los detalles variadísimos de
su personalidad.

Así puede y debe responder el socialista, justamente como lo hizo
Bebel en el Reichstag germánico, contestando con un elocuente
discurso a los que querían saber desde ahora, de los socialistas,
cómo será en sus detalles el Estado futuro, y que aprovechando
hábilmente la ingenuidad de los romanceros socialistas, critican
sus anticipadas fantasías artificiales, verdaderas en las líneas
generales, pero demasiado arbitrarias en sus detalles.

Lo mismo hubiera sucedido si antes de la Revolución Francesa --que
determinó el florecimiento del mundo burgués, preparado y madurado
en la evolución anterior-- las clases aristocrática y clerical,
en el poder entonces, hubiesen dicho a los representantes del tercer
estado --burgueses de nacimiento o aristócratas y sacerdotes que
abrazaban la causa de la burguesía contra los privilegios de su
casta, como el marqués de Mirabeau y el abate Sieyes-- hubiesen
dicho, repito: «Pero ¿cómo será vuestro mundo nuevo? {128} Dadnos
antes su plan preciso y luego decidiremos.»

El tercer estado, la burguesía, no hubiera sabido contestar
entonces, ni hubiera podido prever el aspecto de la sociedad humana
en el siglo XIX; y, sin embargo, eso no ha impedido que se realizara
la revolución burguesa, porque representaba la fase ulterior, natural
e inevitable de una evolución eterna, como ahora el socialismo se
halla frente a frente con el mundo burgués. Y si ese mundo burgués,
nacido hace poco más de un siglo, tiene un ciclo histórico mucho más
breve que el mundo feudal (aristocrático-clerical), será solamente
porque, habiendo los maravillosos progresos científicos del siglo
XIX centuplicado la velocidad de la vida en el tiempo y en el
espacio, hacen recorrer ahora a la humanidad civil en sólo diez
años, el mismo camino que antes recorría en un siglo o dos de la
Edad Media.

La velocidad continuamente acelerada de la evolución humana es
justamente otra de las leyes establecidas y confirmadas por la
ciencia social positiva.

Y de esas construcciones artificiales del socialismo sentimental
es que se ha derivado y se ha radicado la impresión --justa en lo
que a ellas {129} respecta-- de que _socialismo_ es sinónimo de
_tiranía_.

Es natural: si entendéis el nuevo orden social no como la forma
espontánea de la inmanente evolución humana, sino como la
construcción artificial que brota del cerebro de un arquitecto
social, es imposible que éste se sustraiga a la necesidad de
disciplinar el nuevo engranaje con una infinidad de reglamentos y
con el poder supremo de una mente directriz, individual o colectiva.
Y se comprende entonces cómo semejante organización socialista deja
en los adversarios --que sólo ven las ventajas de la libertad en el
mundo individualista y olvidan las plagas que lo gangrenan
libremente-- la impresión de un convento, de una regimentación o
cosa semejante.

Y otro producto artificial contemporáneo ha venido también a
confirmar esta impresión --_el socialismo de Estado_-- que es
fundamentalmente lo mismo que el socialismo sentimental o utópico,
y que sólo, como decía Liebknecht en el Congreso de Berlín de 1892
sería «un capitalismo de Estado que agregaría al usufructo económico
la esclavitud política». El llamado Socialismo de Estado puede dar
pruebas del poder irresistible de sugestión que tiene el socialismo
científico y democrático --como demuestran los famosos {130}
_rescriptos_ del emperador Guillermo, convocando a una conferencia
internacional-- de resolver (hasta con la idea infantil del Decreto)
los problemas del trabajo: o sino la famosa encíclica _De
conditione opificum_ del habilísimo papa León XIII, que da una
en el clavo y otra en la herradura. Pero Rescriptos imperiales
y Encíclicas papales --ya que las fases de la evolución ni se
suprimen ni se saltan--, no podían sino abortar en pleno mundo
burgués, individualista y _liberista_, al que no disgustaría
destrozar el demasiado vigoroso socialismo contemporáneo en el
amoroso abrazo del artificialismo oficial y del socialismo de
Estado, desde que se ha comprobado en. Alemania y en otras partes,
que no bastan contra aquél ni leyes ni represiones excepcionales.

Todo este arsenal de reglamentos y superintendencias no tiene
nada que hacer con el socialismo científico que prevé clarísimamente
que la dirección del nuevo orden social, necesaria para la
administración de la propiedad colectiva, no será en manera alguna
más complicada que la que ahora se necesita para la administración
del Estado, de las Provincias y de las Comunas, y que por el
contrario responderá mucho mejor a las utilidades sociales e
individuales como producto natural --y no parasitario-- del
nuevo {131} organismo social; así como el sistema nervioso de
un mamífero y aparato regulador de su organismo, es más complicado
que el organismo de un pez o de un molusco, pero sin ninguna
sofocación tiránica de la autonomía de los otros órganos y
aparatos, hasta las células, en su confederación viviente.

Queda, pues, entendido, que si se quiere refutar seriamente el
socialismo, no hay que repetir las acostumbradas objeciones que
se refieren al socialismo artificialista y sentimental, que no
niego que podrá continuar todavía en la masa nebulosa de las ideas
populares, pero que cada día va perdiendo más terreno entre los
partidarios conscientes --de origen popular, o burgués, o
aristocrático-- del socialismo científico que armado por el
impulso genial de Carlos Marx de todas las más positivas
inducciones de la ciencia moderna, se alza triunfante sobre
las añejas objeciones repetidas todavía por nuestros adversarios
sólo por costumbre mental, pero que han desaparecida ya de la
conciencia contemporánea, junto con el mismo socialismo utópico
que las había determinado.

* * *

La misma respuesta sirve para la segunda parte de la objeción
relativa a la manera como se realizará el advenimiento del socialismo.

{132} Es consecuencia inevitable y lógica del socialismo utópico y
artificialista, pensar que la construcción arquitectónica propuesta
por este o aquel reformador, deba o pueda aplicarse de un día para
otro por decreto de rey o de pueblo.

Y en este sentido la ilusión utópica del socialismo empírico se
halla en oposición con la ley positiva de la evolución y es, por
lo tanto, equivocada. Y justamente _como tal_, la combatí en mi
_Socialismo y criminalidad_, porque todavía entonces (1883) no
se habían divulgado en Italia las ideas del socialismo científico
o marxista.

Un partido político o una teoría científica, son también productos
naturales que deben pasar por las fases vitales de la infancia y
la juventud antes de llegar a su desarrollo completo. Era inevitable,
por lo tanto, que antes de ser científico y positivo, el socialismo
en Italia y en otros países pasara también por las fases infantiles
sea del exclusivismo corporativista (de los trabajadores _manuales_
únicamente) sea del romanticismo nebuloso que, dando a la palabra
_revolución_ un significado restringido e incompleto, se ha mantenido
siempre en la ilusión de que un organismo social puede cambiarse
radicalmente de un día para otro, con cuatro descargas de {133}
fusilería, así como un régimen monárquico puede cambiarse en
régimen republicano.

Pero cambiar la cáscara política de un orden social es inmensamente
más fácil --porque es menos concluyente y menos influyente en el
fondo económico de la vida social-- que la diferente orientación
de esta vida social en su constitución económica.

Los procesos de transformación social son, como por otra parte
lo son con otros nombres, los de toda transformación de los seres
vivientes: la evolución, la revolución, la rebelión, la violencia
personal.

Una especie mineral, vegetal, o animal, puede pasar en el ciclo de
su existencia por estos mismos procesos de transformación.

Desde que el primer núcleo de cristalización, o el germen, o el
embrión aumenta gradualmente en estructura y en volumen, tenemos
un proceso gradual y continuo de _evolución_ al que, de un modo ú
otro debe suceder un proceso de _revolución_ más o menos prolongado,
representado por ejemplo por el destacamiento completo del cristal
de la masa mineral circundante, o por ciertas fases revolucionarias
de la vida vegetal o animal, como por ejemplo el momento de la
reproducción sexual, etc.; y así puede {134} presentarse cualquier
momento de _rebelión_, es decir de violencia individual asociada,
como sucede tan frecuentemente entre las especies animales que viven
en sociedad; y puede suceder también la _violencia personal_ aislada
como en las luchas por la conquista del alimento o de la hembra,
entre animales de la misma especie, etc.

En el mundo humano se repiten los mismos procesos, entendiéndose
por _evolución_ la transformación diaria casi desapercibida pero
continua e inevitable; por _revolución_ el período crítico y
resolutivo, más o menos prolongado, de una evolución arribada
a su extremo; por _rebelión_ la violencia parcialmente colectiva,
que estalla por la provocación de esta o de aquella circunstancia
particular en un punto y en un momento dado, y por _violencia
personal_, la tentativa de un individuo contra uno o varios
individuos y que puede ser: o el efecto de un arrebato de pasión
fanática, o la explosión de instintos criminales, o la manifestación
de desequilibrio mental --con vinculaciones a las ideas más en boga
en un momento dado, político o religioso--.

Ahora, la primera observación que hay que hacer es ésta: que
mientras la evolución y la revolución pertenecen a la fisiología
social, la rebelión y la violencia personal son, por el contrario,
síntomas de patología social.

{135} Verdad es que todos son procesos naturales y espontáneos
desde que, según el concepto de Virchow, renovador en gran parte
de la biología moderna, la patología no es más que la continuación
de la fisiología, y hasta los síntomas patológicos tienen o
deberían tener gran valor diagnóstico para las clases que están
en el poder, que en toda época histórica, así en los momentos de
crisis política como en los de crisis social, no saben idear otro
remedio que la represión personal, guillotinando o encarcelando,
y figurándose haber curado con eso la enfermedad constitucional
y orgánica que trabaja al cuerpo social.

Pero es de todos modos irrefutable que los procesos normales
--y por eso más fecundos y más seguros aun cuando en apariencia
sean más lentos y menos eficaces--, de transformación social,
son la evolución y la revolución, entendida esta última en el
sentido exacto y positivo de fase última de una evolución anterior,
y no convirtiéndola en sinónimo de una rebelión tumultuosa y
violenta como por lo común se piensa equivocadamente.

En efecto, es evidentente que al finalizar el siglo XIX, Europa y
América se encuentran ya en un período de revolución preparada por
la {136} anterior evolución fecundada por la misma organización
burguesa, y continuada por el socialismo primero utópico y después
científico, por la cual no sólo estamos ahora en ese período crítico
de vida social que Bagehot llamaba «la edad de la discusión» sino
que se advierte ya aquello que Zola, en su maravilloso _Germinal_,
llamó el estallido del armazón político-social, por todos los
síntomas que casi con la mismas palabras describe Taine en su
_Ancien Régime_, narrando los veinte años anteriores a 1789.
Síntomas por los cuales --produciéndose aquí y allí por las
grietas del terreno social, fugas parciales de vapores y gases
volcánicos-- se tiene indicio de que toda la corteza terrestre
se rinde a la presión de una revolución interna, contra la cual
de nada valdrán las medidas represivas sobre esta o aquella grieta,
mientras que podrían ser eficasísimas y fecundas en bienes todas
las sabias leyes de reforma y previsión que, aun cooperando al
presente, hicieran menos doloroso «el parto de la nueva sociedad»,
como decía Marx.

Y he aquí por qué, entendidas en este sentido positivo, la
evolución y la revolución se presentan como los procesos más
fecundos y más seguros de metamorfosis social.

Justamente porque la sociedad humana es un {137} organismo natural
y viviente, como cualquier otro no puede sufrir transformaciones
inmediatas y de improviso, como lo imaginan aquellos que sostienen
que se debe recurrir solamente, o en precedencia a la rebelión o
a la violencia personal para la realización de un nuevo orden
social. Sería como pretender que un niño o un joven pudieran llenar
en un día una evolución biológica dada --aunque sea en el período
revolucionario de la pubertad-- para convertirse inmediatamente
en adulto.

Se comprende, sin embargo, que el desocupado, bajo los espasmos
del hambre o en el agotamiento cerebral por la falta de alimentación,
o en los ensueños de la ignorancia, pueda imaginarse que dando
un puñetazo a un guardia de seguridad, o arrojando una bomba, o
haciendo una barricada o un motín, se acercará a la realización
de un ideal de menor iniquidad social.

Y aun fuera de este caso, se comprende que la fuerza impulsiva del
sentimiento, al prevalecer en ciertos hombres, pueda empujarlos por
generosa impaciencia a cualquier tentativa, aunque sea real y no
imaginaria como las que han presentado siempre las policías de todos
los tiempos y de todos los lugares, a la represión de los tribunales
--para secundar la manía o el terror {138} pánico de los que sienten
escapárseles de las manos el poder político o económico--.

Pero la táctica del socialismo científico, especialmente en Alemania
por la influencia más directa del marxismo, ha abandonado por
completo estos viejos métodos del romanticismo revolucionario, que
repetidos tantas veces han abortado siempre y son por eso, en
sustancia, menos temidos por las clases dominantes porque son
leves sacudimientos localizados contra una fortaleza que tiene
todavía consistencia más que suficiente para quedar victoriosa
de ellos, y asegurarse con la victoria del momento el retardo de
la evolución, mediante la selección eliminadora de los adversarios
más audaces y más fuertes.

El socialismo marxista es revolucionario en el sentido científico de
la palabra, y se desenvuelve ahora en plena revolución social,
porque nadie negará que el final del siglo XIX señala la fase
crítica de la evolución burguesa lanzada a todo vapor, más en
otras partes que en Italia, por el camino del capitalismo
individualista.

Y el socialismo marxista tiene la franqueza de decir, por boca de
sus representantes más cultos, a la gran falange dolorosa del
proletariado moderno, que no tiene la varita mágica para {139}
cambiar el mando de un día para otro cómo se cambian las decoraciones
de teatro al levantar el telón; pero dice también, con el fatídico
grito de reunión que Marx lanzaba al mundo de los trabajadores:
_¡Uníos, proletarios del mundo entero!_, dice que la revolución
social no puede llegar a su término si antes no se ha madurado en
la conciencia de los trabajadores mismos, con la visión clara de
sus intereses de clase y de su fuerza inmanente cuando están unidos,
y no con la creencia de poder despertar un día en pleno régimen
socialista, sólo porque permaneciendo inertes y divididos 364 días
del año se les pusiera en la cabeza el 365º, entregarse a cualquier
rebelión o a cualquier violencia personal.

Esta es la psicología que yo llamo «terno a la lotería», por la
que justamente, los trabajadores y todos los heridos por la miseria,
sueñan --sin hacer nada por constituirse en partido consciente de
clase--, en poder un bello día ganar el terno a la lotería de la
revolución social, así como se dice, les cayó el maná del cielo
a los judíos.

El socialismo científico demuestra, pues, cómo la potencia
transformadora va menguando de uno a otro proceso: a medida que
de la evolución se pasa a la revolución, de ésta a la rebelión y
de ésta a la violencia personal. {140} Justamente porque se trata
de una transformación de la sociedad entera en su base económica
y por lo tanto en sus organizaciones jurídicas, políticas y
morales, por eso también el proceso de transformación es más eficaz
y adaptado cuanto más _social_ y menos _individual_ es.

Los partidos individualistas son también personalistas en la lucha
diaria, el socialismo, por el contrario, es colectivista en esta
misma, porque sabe que el orden actual no depende de éste o de
aquel individuo, sinó de la sociedad entera. Y he ahí por qué,
en el hecho opuesto, la _beneficencia_, siendo, aunque generosa,
necesariamente personal o parcial, no puede ser un remedio a la
cuestión social y por lo tanto colectiva, de la distribución de
la riqueza.

En la cuestión política que deja intacta la base económico-social,
se comprende cómo el destierro de Napoleón III o de D. Pedro II
puede instaurar una república. Pero esa transformación superficial
no tocará al fondo de la vida social y el Imperio Alemán o la
monarquía italiana son socialmente burgueses como la República
Francesa o los Estados Unidos; porque a pesar de las diferencias
de barniz _político_ pertenecen a la misma fase _económico-social_.

Por eso es que los procesos: evolución y {141} revolución, los
únicos completamente sociales o colectivos, son los más eficaces,
mientras que la rebelión parcial y mucho más la violencia personal
no tienen en sí más que una alejadísima energía de transformación
social, y por el contrario encierra tanta parte anti-social y
anti-humana, despertando los instintos primitivos de la sangre y
del fratricidio, y junto a la _persona_ del herido ofenden al mismo
principio en que se creen inspirados: el principio del respeto a
la vida humana y de la solidaridad.

Poco importa hipnotizarse con las frases de la «propaganda de hecho»
o de la «acción inmediata».

Como se sabe, los anarquistas que son individualistas o «amorfistas»,
admiten como medio de transformación social la _violencia personal_,
que va del homicidio al hurto hasta entre compañeros, y que no es,
entonces, evidentemente, más que un barniz político dado a instintos
criminales que no es posible confundir con el fanatismo político que
es un fenómeno muy diverso y común a los partidos extremos y
románticos de todas las épocas. Y sólo el examen positivo de cada
caso particular puede, con ayuda de la antropología y de la
psicología, decidir si el autor de esta o aquella violencia
personal es un {142} delincuente nato, un delincuente loco o un
delincuente por pasión y fanatismo político.

En efecto, he sostenido siempre y sostengo hoy, que el «delincuente
político» de quien algunos querrían hacer una categoría especial,
no constituye una variedad antropológica, sino que puede pertenecer
a cualquiera de las categorías antropológicas de delincuentes
comunes y especialmente a una de estas tres: o delincuente _nato_
por tendencia congénita, o delincuente _loco_, o delincuente por
impulso de _pasión_ fanática.

La historia del pasado y la de esta misma época nos ofrece
ejemplos evidentes.

Así como en la Edad Media las creencias religiosas preocupaban la
conciencia universal y daban color a los excesos criminales o
dementes de muchos desequilibrados, o también determinaban realmente
casos de «santidad» más o menos histérica, así al finalizar
nuestro siglo, las cuestiones político-sociales que preocupan con
mayor violencia la conciencia universal --que se exalta también
con el mayor contagio universal producido por el periodismo con
su gran _réclame_-- son las que dan color a los excesos criminales
o dementes de muchos desequilibrados, o determinan también casos
de fanatismo en hombres verdaderamente honestos pero hiperestésicos.

{143} Y las cuestiones político-sociales en su forma extrema
asumida en cada momento histórico, son naturalmente las que
tienen con mayor intensidad esa energía sugestiva. Sesenta años
ha, en Italia, era el _mazzinianismo_ o el _carbonarismo_; hace
veinte años el _socialismo_; ahora el _anarquismo_ . . .

Y así se comprende cómo se han cometido violencias personales
en todo tiempo y según el color del tiempo . . . Orsini, por
ejemplo, figura entre los mártires de la revolución italiana.

Ahora, aparte de los juicios inevitablemente erróneos dictados
por la emoción del momento, la decisión sobre cada caso de
_violencia personal_, no debe ser sino el fruto de un examen
fisio-psíquico sobre su autor, como para cualquier otro delito.

Orsini fue un delincuente político por impulso de pasión. Entre
los anarquistas bombardeadores o apuñaleadores de nuestros días,
puede encontrarse tanto el delincuente nato --que disfraza sin
embargo su congénita carencia de sentido moral o social con el
barniz político-- cuanto el delincuente loco o matoide, que
refiere su desequilibrio mental a las ideas políticas del momento,
así como puede encontrarse también el delincuente por _pasión_
política, verdaderamente {144} convencido y bastante normal,
en quien se determina el acto violento sólo por el falso concepto
(qué el socialismo combate) de una posible transformación _social_
mediante la violencia _personal_.

Sea como sea, trátese de delincuente nato o loco, o también de
delincuente político por impulso pasional, no deja de ser verdad
que la _violencia personal_, adoptada por los anarquistas
individualistas, al mismo tiempo que es el producto lógico del
individualismo llegado a los extremos y lo es por lo tanto de la
actual organización económica llegada a sus extremos --con el
relativo «delirio del hambre» aguda o crónica-- es el medio menos
eficaz y más antihumano de transformación social.

Pero, además de los anarquistas individualistas, o amorfistas,
o autonomistas, hay también los anarquistas comunistas.

Estos repudian la _violencia personal_ como medio ordinario de
transformación social (y hace poco lo declaraba, entre otros,
Merlino en su opúsculo _Necesidad y base de un acuerdo_); sin
embargo estos anarquistas comunistas disienten del socialismo
marxista, no sólo en el _ideal_ último, sino también y sobre
todo en el _método_ de transformación social, que combatiendo a los
socialistas marxistas como «legalitarios» y {145} «parlamentaristas»,
sostienen que el medio más eficaz y seguro de transformación social
es la _rebelión_.

Con estas afirmaciones que responden demasiado bien a la
nebulosidad de los sentimientos e ideas de una crecidísima
parte de los trabajadores y a la impaciencia de su situación
miserable, podrán tener un inconsciente influjo momentáneo;
pero su acción tiene que ser transitoria como espuma en el
agua, así como el estallido de una bomba puede producir cierta
momentánea emoción, pero no hace avanzar un paso la evolución
de las conciencias hacia el socialismo, mientras que por el
contrario determina una reacción del sentimiento, en gran parte
sincera, pero también hábilmente fomentada y usada como pretexto
de represión.

Decir a los trabajadores que deben rebelarse contra las clases
que tienen el poder, sin preparación no sólo de medios materiales
sino también de solidaridad y de conciencia moral, es más bien
servir los intereses de esas clases dominantes, porque tienen
la seguridad de la victoria material, puesto que la evolución
no está madura y la revolución no está pronta.

Por eso, a pesar de todas las mentiras interesadas, se ha visto
en los recientes movimientos {146} de Sicilia, que allí dónde el
socialismo estaba más avanzado no han ocurrido ni violencias
personales ni rebeliones, como entre los labriegos de Piana dei
Greci, educados en el socialismo consciente por Nicolás Barbato;
mientras que esos movimientos convulsivos se han presentado o
fuera de la propaganda socialista como rebelión contra las
vejaciones y las _comunas_ municipales, o allí donde la propaganda
socialista menos consciente fue ultrapasada por los impulsos del
hambre y de la miseria.

La historia enseña que los países donde las rebeliones han sido
más frecuentes, son aquellos cuyo progreso social está menos
avanzado; justamente porque las energías populares se agitan y
se despedazan en esos excesos febriles y convulsivos, y alternándose
con períodos de enervación y de desconfianza --a que responde
la teoría budista de la _abstención del voto_, tan cómoda para
los partidos conservadores-- no representan ninguna continuidad
de esa acción consciente, en apariencia más lenta y menos eficaz,
pero en realidad la única que sepa realizar esos que parecen los
milagros de la historia.

Y por eso el socialismo marxista de todos los países ha proclamado
que el medio principal de transformación social debe ser _la
conquista de los_ {147} _poderes públicos_ (en las administraciones
locales y en los parlamentos), como uno de los efectos de la
organización consciente de los trabajadores en un solo partido
de clase; mientras que a medida que se haga más intensa y extensa
esa organización, otros serán sus efectos, verdaderamente
revolucionarios en el sentido positivo ya explicado. Cuánto más
progrese en los países civilizados la organización política de
los trabajadores, tanto más verán realizarse, por evolución fatal,
la organización socialista de la sociedad, primero con las
concesiones parciales pero cada vez más amplias de la clase
capitalista a la clase trabajadora (ejemplo elocuente: la ley de
las _8 horas_) y después la transformación completa de la
propiedad individual en propiedad social.

Que esta transformación integral que, preparándose por evolución
gradual, se acerca al momento crítico y resolutivo de la revolución
social, pueda después realizarse con o sin el concurso de los demás
medios de transformación --rebelión y violencia personal-- es lo
que nadie puede profetizar.

Nuestra sincera aspiración es que la revolución social se realice
cuando esté madura la evolución, pacíficamente, como tantas otras
{148} revoluciones que se han hecho en paz, sin derramar una gota
de sangre: ejemplo: la Revolución inglesa que precedió un siglo
con el _Bill of Rights_ a la Revolución francesa; como la Revolución
italiana hecha en Toscana en 1859; como se hizo la Revolución
brasileña, con el destierro del emperador D. Pedro en 1892.

Y es evidente que la más difundida cultura del pueblo y su
organización consciente en partido de clase bajo la bandera
del socialismo, no hacen sino aumentar las probabilidades de
esa aspiración nuestra, y desvanecer también las añejas
previsiones de un período de _reacción_ después del advenimiento
del socialismo, que sólo tendrían razón de ser si el socialismo
fuese todavía utópico en sus medios de acción, en lugar de ser,
como es, la fase natural y espontánea y por lo tanto inevitable
e irrevocable, de la evolución humana.

¿Y dónde comenzará esta revolución social?

Estoy firmemente convencido que mientras los pueblos latinos,
como meridionales, tienen mayor facilidad para las rebeliones
sobresaltadas y pueden lograr transformaciones puramente _políticas_,
los pueblos septentrionales, alemanes o anglo-sajones, están más
dispuestos a la disciplina tranquila pero inexorable de la verdadera
{149} revolución, como fase crítica de anterior evolución orgánica y
gradual, único proceso eficaz de una transformación verdaderamente
_social_.

Y es en Alemania o en Inglaterra donde el mayor desarrollo del
individualismo burgués acelera fatalmente sus inconvenientes y por
lo tanto la necesidad del socialismo, es allí donde probablemente
se realizará la gran metamorfosis social, iniciada ya también en
todas partes, y de allí se propagará por la vieja Europa, como al
fin del siglo pasado partió de Francia la señal de la revolución
política y burguesa.

* * *

Queda, pues, una vez más demostrada la profunda diferencia que
existe entre socialismo y anarquismo --que a nuestros adversarios
y a la prensa servil agrada presentar confundidos a los ojos
velados por la emoción o por la ignorancia-- y queda de todos
modos demostrado que el socialismo marxista representa una armonía
vital y una continuación fecunda de la ciencia positiva, justamente
porque ha hecho de la teoría de la evolución la savia y la sangre
de sus propias inducciones y señala por lo tanto la fase
verdaderamente vivaz y definitiva --y en consecuencia la única que
desde ahora sobrevivirá en {150} la conciencia de la democracia
colectivista-- de ese socialismo que hasta hace poco había
permanecido fluctuando en las nebulosidades del sentimentalismo,
sin la brújula infalible del pensamiento científico renovado por
las obras de Darwin y de Spencer.



{151}

TERCERA PARTE. SOCIOLOGÍA Y SOCIALISMO.



{153}

XII. EL LIMBO ESTÉRIL DE LA SOCIOLOGÍA.

Fenómeno verdaderamente extraño en la historia del pensamiento,
después de la primera mitad del siglo XIX, fue el siguiente:

La profunda revolución científica determinada por el darwinismo y
el spencerismo había invadido, renovándolas con nueva juventud,
todas las ramas de las ciencias físicas, biológicas y psicológicas;
pero llegada al terreno de las ciencias sociales no había hecho más
que encrespar superficialmente las ondas del tranquilo lago ortodoxo
de la ciencia social por excelencia: la economía política.

Es verdad que por iniciativa de Augusto Comte --obscurecido en parte
por los nombres de Darwin y de Spencer, pero que indudablemente fue
uno de los cerebros más grandiosos y fecundos de nuestra época--,
es verdad que por su iniciativa se creó una ciencia nueva: la
sociología, {154} que hubiera debido ser con la historia natural de
las sociedades humanas, el glorioso coronamiento del nuevo edificio
científico levantado por el método experimental. Y no niego que la
sociología en la parte de pura anatomía descriptiva del organismo
social, haya traído grandes y fecundas novedades a la ciencia
contemporánea, ramificándose también en varias sociologías especiales,
uno de cuyos resultados más útiles y más vivos es la sociología
criminal, creada por la escuela positiva italiana.

Pero cuando se abordaba la cuestión político-social, la nueva
ciencia de la sociología era atacada por una especie de sueño
hipnótico, y permaneciendo suspendida en un limbo incoloro e
inodoro, permitía que los sociólogos fueran, tanto en economía
pública como en política, ya conservadores, ya radicales, según
su capricho y sus tendencias personales.

Y mientras la biología darwinista con el estudio de las relaciones
entre el individuo y la especie, y la misma sociología evolucionista,
al determinar en la sociedad humana los órganos y las funciones de
un verdadero organismo viviente, reducían al individuo, en el
organismo social a la proporción relativa de una célula en el
organismo animal, Heriberto Spencer se declaraba {155} anglicanamente
individualista, hasta el anarquismo teórico más absoluto.

Era por lo tanto inevitable una estagnación de la producción
científica de la sociología, después de las primeras observaciones
originales de anatomía social descriptiva y de historia natural
de las sociedades humanas. La sociología representaba así una
detención del desarrollo en el pensamiento científico experimental,
porque sus cultores, consciente e inconscientemente, se retraían
de las conclusiones lógicas y radicales que la revolución científica
moderna debía llevar inevitablemenle al campo social --que es el
que interesa más, si el positivismo quiere hacer la ciencia por
la vida, antes que detenerse en la formula onanista de la ciencia
por la ciencia--.

E1 fácil secreto de este fenómeno extraño, no sólo consiste, como
apuntaba Malagodi, en que la sociología se encuentra en el período
del _análisis_ científico, antes de llegar a la _síntesis_, sino
sobre todo en que las consecuencias lógicas del darwinismo y del
evolucionismo científico, aplicadas al estudio de la sociedad
humana, conducen inevitablemente al socialismo, como lo he
demostrado en estas páginas.

* * * * *

{156}

XIII. MARX COMPLETA A DARWIN Y SPENCER. CONSERVADORES Y SOCIALISTAS.

Sin embargo, el mérito de haber dado expresión científica a estas
aplicaciones lógicas del experimentalismo científico en el terreno
de la economía social, aunque envuelta en un fárrago de detalles
técnicos y de fórmulas en apariencia dogmáticas --como por otra
parte ocurre en los _Primeros Principios_ de Spencer en que los
luminosos párrafos sobre la _evolución_ están envueltos por la
niebla de las abstracciones sobre el tiempo, el espacio, lo
incognoscible, etc.-- pertenece a Carlos Marx. Y su obra científica
ahogada hasta hace pocos años por una especie de conspiración
del silencio de parte de la ciencia ortodoxa, resplandece ahora
con luz inextinguible y lo coloca incontestablemente junto a
Carlos Darwin y Heriberto Spencer, completando la trinidad de
la revolución científica que agita en los extremecimientos de
una nueva primavera intelectual, el pensamiento civil de la
segunda mitad del siglo XIX.

Son especialmente tres las ideas geniales con que Carlos Marx
completaba la revolución {157} provocada por la ciencia positiva
en el terreno de la economía política.

El descubrimiento de la ley de la _supervalía_, en que, sin embargo,
prevalece un carácter técnico --como explicación positiva de la
acumulación de la propiedad privada desligada del	trabajo--, sobre
lo que no hay que insistir, pues se ha dado una idea elemental en
las páginas anteriores.

Las otras dos teorías marxistas, son de mucho mayor interés para
nuestras observaciones generales sobre el socialismo científico,
porque dan verdaderamente la clave segura e infalible de todos los
secretos de la vida social.

Aludo a la idea expresada desde 1859 en la _Crítica de la economía
política_, de que el fenómeno económico es la base y la condición
de toda manifestación humana y social; y que por lo tanto, la moral,
el derecho, la política no son más que fenómenos derivados del
factor económico, según las condiciones de cada pueblo en cada
fase de la historia y en cada zona de la Tierra.

Y esta idea, que responde a la gran ley biológica por la cual la
función es determinada por el órgano y por la que cada hombre es
tal como resulta de las condiciones innatas y adquiridas {158} de
su organismo fisiológico, viviendo en un ambiente dado, así como
puede darse una extensión verdaderamente biológica a la famosa frase
«dime como comes y te diré quien eres» --esta idea genial que
realmente desarrolla ante nuestros ojos el grandioso drama de la
vida humana, no ya como la caprichosa sucesión de los grandes
hombres en el escenario del teatro social, sino como la resultante
de las condiciones económicas de cada pueblo-- ha sido, después de
algunas aplicaciones parciales de Thorold Rogers, tan poderosamente
explicada por Aquiles Soria que creo inútil agregarle nada mío.

Una sola idea creo necesaria para completar esa teoría marxista, como
ya lo sostuve en la primera edición de _Socialismo y criminalidad_.

Esa teoría irrefutable tiene que ser despojada de esa especie de
dogmatismo unilateral que ha venido asumiendo en Marx y más aún
en Soria.

Es cierto que todo fenómeno e institución social, moral, jurídica
o política, no es más que la repercusión del fenómeno y de las
condiciones económicas en cada momento del ambiente físico e
histórico.

Pero por la ley de causalidad natural, por la cual todo efecto es
siempre la resultante de muchas causas enlazadas y nó de una sola,
y todo {159} efecto se convierte a su vez en causa de otros
fenómenos, es necesario completar esa forma demasiado esquemática
de una idea verdadera.

Como todas las manifestaciones psíquicas del individuo son la
resultante de sus condiciones orgánicas (temperamento) y del
ambiente en que vive, así todas las manifestaciones sociales de
un pueblo --morales, jurídicas, políticas--, son la resultante
de sus condiciones orgánicas (raza) y del ambiente, en cuanto
éstas determinan una organización económica dada, que es la base
física de la vida.

Pero como en seguida y a su vez las resultantes condiciones
psíquicas del individuo, influyen aunque con menor eficacia
--de efecto convertido en causa-- sobre sus condiciones orgánicas
y sobre el éxito de su lucha por la vida, así también las
instituciones morales, jurídicas y políticas, a su vez, de efecto
se convierten en causa, (no existiendo para la ciencia positiva
ninguna diferencia _substancial_ entre causa y efecto, sino en
que el efecto es subsiguiente constante de un fenómeno dado, y
la causa es su precedente constante) y por lo tanto reaccionan
con mucha menor eficacia sobre las condiciones económicas.

Por ejemplo, un individuo que sepa de higiene, puede influir
sobre las imperfecciones de su {160} aparato digestivo, pero
siempre dentro de los límites muy restringidos de su potencialidad
orgánica --como un descubrimiento científico o una ley electoral
puede influir sobre la industria o sobre las condiciones del
trabajo, pero dentro de las líneas de la organización económica
fundamental--. Así, las instituciones morales, jurídicas, políticas,
determinan efectos bastante mayores en las relaciones de las varias
categorías de la clase detentadora del poder económico (capitalistas,
industriales y propietarios territoriales), que en las relaciones
de los capitalista-propietarios por una parte y los trabajadores
por otra.

De todas maneras --y enviando al sugestivo libro de Soria al lector
que quiera ver cómo, con esa ley marxista, se explican positivamente
todos los fenómenos, desde los mínimos hasta los grandiosos, de la
vida social--, me basta por ahora con haberla recordado aquí, porque
ella es verdaderamente la teoría sociológica más positiva, más
fecunda, más genial que se haya presentado nunca, y por la cual,
repito, tanto la historia social en sus más grandiosos dramas,
cuanto la historia individual en sus episodios más nimios, obtienen
una explicación positiva, fisiológica, experimental --en pleno
acuerdo con la orientación, que fue llamada materialista, del
pensamiento científico moderno--.

{161} La historia humana tuvo dos explicaciones unilaterales y por
lo tanto incompletas aunque positivas y científicas --fuera de
las anticientíficas del libre albedrío o de la providencia divina--
y son el _determinismo telúrico_ sostenido desde Montesquieu hasta
Buckle y Metschnikoff, y el _determinismo antropológico_, sostenido
por todos los etnólogos que limitaron a los caracteres orgánicos
y psíquicos de raza la razón histórica de los acontecimientos.

Carlos Marx con el _determinismo económico_ resume y completa
las dos teorías haciéndolas verdaderamente psicológicas.

Las condiciones económicas --que son la resultante de las
energías y aptitudes _étnicas_ operando en un ambiente _telúrico_
dado-- son la base determinante de todas las demás manifestaciones
--moral, jurídica, política-- en la existencia humana, individual
y social.

Tal es la genial teoría marxista, positiva y científica si las
hay, apoyada como está por las más seguras indagaciones de la
geología y de la biología, de la psicología y de la sociología.

Sólo por medio de ella pueden los filósofos del derecho y los
sociólogos, determinar la verdadera naturaleza y las funciones
del _Estado_, el cual, no siendo otra cosa que «la _Sociedad_
{162} jurídica y políticamente organizada», no es evidentemente
sino el brazo secular de que dispone la clase detentadora del
poder económico --y por lo tanto del poder político, jurídico
y administrativo--, para conservar y ceder lo menos y lo más
tarde posible sus propios privilegios.

* * *

La otra teoría sociológica con que Carlos Marx ha enrarecido
realmente las tinieblas que hasta ahora obscurecían el cielo de
las aspiraciones socialista --que, sin embargo, por el solo hecho
de su existencia secular tienen la confirmación de responder
instintivamente a la verdad de las cosas-- y ha dado al socialismo
científico la brújula política para orientarse con plena seguridad
en el debate de la vida diaria: es la ley histórica de la _lucha
de clase_.

Una vez establecido que las condiciones económicas de los grupos
sociales como de los individuos son el fundamento determinante de
cualquier otra de sus manifestaciones morales, jurídicas, políticas;
es evidente que cualquier grupo social como cualquier individuo
será empujado a obrar según su utilidad económica, porque tal es
la base física de la vida y las condiciones de cualquier otra
existencia; y por lo tanto es evidente que, en el orden político,
toda clase social {163} será empujada a hacer leyes, a establecer
instituciones, a consagrar costumbres y creencias que respondan a
su utilidad directa o indirecta.

Leyes, instituciones, creencias que después, por transmisión
hereditaria y por tradición, velan y esconden su origen económico,
y son por lo tanto, muy a menudo, sostenidas y defendidas por
juristas y filósofos, o también por profanos, como verdad
existente por sí misma, sin apercibir su fuente real; pero
no deja de ser esa la única explicación positiva de esas leyes,
instituciones y creencias. Y ahí justamente reside la potencia
genial de la mirada de Carlos Marx.

Y ya que, en el mundo moderno, las clases son clara y substancialmente
dos, a pesar de sus variedades accesorias --de un lado los
_trabajadores_ de cualquier categoría a que pertenezcan, y del
otro los propietarios _no trabajadores_-- en las conclusiones
prácticas y en la disciplina política, la teoría socialista de
Carlos Marx lleva a este resultado evidente: que así como los
partidos políticos no son más que el eco y el portavoz de los
intereses de clase, así también por más variedades superficiales
o metódicas que puedan existir, los partidos políticos no pueden
ser substancialmente más que dos: el partido socialista de los
trabajadores y el partido individualista de la {164} clase
detentadora de la tierra y de los demás medios de producción.

Las diferencias del monopolio económico pueden determinar cierta
diversidad de _colores_ políticos: y he dicho siempre que los
grandes propietarios de la tierra, por ejemplo, representan las
tendencias conservadoras del _inmovilismo_ político, mientras
que los detentadores del capital mueble o industrial representan
a menudo el partido progresista, naturalmente llevado a las
pequeñas innovaciones de forma y superficie, mientras que los
detentadores sólo del capital intelectual, profesionales libres
y sus similares, pueden también llegar hasta el radicalismo político.

Pero en la substancia vital de las cosas, es decir en la cuestión
económica de la propiedad, conservadores, progresistas, radicales,
todos son individualistas, carne y médula de la misma clase social,
y por lo tanto están substancialmente divididos, a pesar de las
simpatías sentimentales pero poco concluyentes, de la clase de los
trabajadores y de aquellos que, aun perteneciendo por su cuna _á la
otra orilla_, explícitamente abrazan y defienden el programa político
que responde necesariamente a la primordial e imprescindible
necesidad económica, esto es, la socialización de la tierra y de los
medios de producción, {165} con todas las innumerables y radicales
transformaciones morales, jurídicas y políticas, que determinará
naturalmente en el mundo social.

Y he ahí, por consiguiente, cómo la vida política contemporánea
no puede sino degenerar en el bizantinismo más estéril o en el
comercialismo más corrompido, desde que se limita a las batallas
superficiales de los partidos individualistas, divididos hoy,
solamente, por el calor y la etiqueta formulista, pero de tal modo
confusos en sus ideas que a menudo se ven radicales y progresistas
menos modernos en las ideas sociales que muchos conservadores.

Sólo con la presentación y el fortalecimiento del partido
socialista, es que la vida política se reavivará y saneará,
porque --desaparecidas de la escena política las figuras
históricas de los patriotas y las razones personales de
discusión entre los representantes de las varias gradaciones
políticas-- será inevitable la formación de ese conglomerado
de los partidos individualistas que anuncié en el parlamento
italiano en la sesión del 20 de Diciembre de 1893, y cuyos
síntomas de formación aumentan cada día.

Y el duelo histórico se empeñará entonces, y la lucha de clase
desplegará entonces también, en el terreno político, su benéfica
influencia, no {166} en el sentido mezquino de los pujilatos o
de los ultrajes, de los rencores o de las violencias personales,
sino en el significado grandioso de un drama social que con toda
el alma deseamos tenga por la adelantada civilización y cultura,
un desenlace sin convulsiones sangrientas, pero que de todos
modos está establecido ya por la fatalidad histórica y no es
dado ni a nosotros ni a nadie, impedirlo o retardarlo.

Como se ve, estas ideas del socialismo político llevan a esa
misma _tolerancia personal_ unida a la _intransigencia en las
ideas_ que es, también, efecto de la psicología positiva en el
campo filosófico, y por las cuales, mientras podemos tener la
mayor simpatía personal por este o aquel representante de la
fracción radical del partido individualista (como, por otra
parte, para cualquier representante honesto y sincero de cualquier
opinión científica, religiosa o política), debemos sin embargo
reconocer absolutamente que ante el socialismo no existen los
llamados «partidos afines». O de este lado o del otro --o
individualistas o socialistas-- no hay camino del medio; y
he tenido que convencerme cada vez más de que la única táctica
útil para la formación de un partido socialista vital, es
justamente esa intransigencia de las ideas y ese {167} rechazo
de cualquiera de las llamadas «alianzas» con los partidos afines,
los que no pueden representar para el socialismo otra cosa que
una «falsa placenta» para un feto no viable.

Conservadores y socialistas son productos naturales del carácter
individual y del ambiente social, porque se nace conservador o
innovador, como se nace pintor o cirujano. Por consiguiente, los
socialistas no tienen ningún desprecio ni rencor hacia los
representantes sinceros de cualquier fracción del partido
conservador, aunque combatan a todo trance sus ideas. Si algún
socialista cae en la intolerancia o en el _ultraje_ personal,
es víctima de la emoción momentánea o de un temperamento poco
equilibrado y sereno; y por lo tanto es muy excusable.

Lo que provoca sonrisa de compasión, es ver a ciertos conservadores
«jóvenes de años pero viejos de pensamiento» --porque el
conservatismo de los jóvenes, si no es cálculo de ganancia, es
indicio de anemia psíquica-- tomando cierto aire de suficiencia
y casi de compasión hacia los socialistas conservadores cuando
más, como «extraviados», sin advertir que si es normal que los
viejos sean conservadores, los conservadores jóvenes, salvo pocas
excepciones, no son más que _egoístas_ temerosos de perder las
ociosas {168} conveniencias de la vida en que han nacido, o las
comodidades de grey ortodoxa. Es decir que son, si no microcéfalos,
seguramente _microcardíacos_. El socialista, entretanto, que tiene
todo que perder y nada que ganar sosteniendo abiertamente sus
ideas, puede oponerles toda la superioridad de su altruismo
desinteresado, máxime cuando, nacido de clase aristocrática o
burguesa, se aparta de las lisonjas de la vida brillante y ociosa,
para defender la causa de los miserables y de los oprimidos.

¡Pero --se dice-- estos «socialistas burgueses» lo hacen por amor
a la popularidad! Extraño egoísmo, de todas maneras el de aquél
que al «individualismo burgués» de los estipendios y de las súbitas
ganancias, prefiere el «idealismo socialista» de la simpatía
popular, aun cuando ésta no le faltara después por otros caminos
y con otros medios que lo comprometieran menos ante la clase que
está en el poder.

De todos modos deseamos que cuando la burguesía tenga que ceder
el poder económico y por lo tanto político, para que vaya a
beneficio de todos en la nueva organización social --y vencedores
y vencidos, como decía muy bien Berenini, se hagan verdaderamente
humanos, sin distinciones de clase en la común seguridad de {169}
una vida digna de criaturas humanas-- deseamos, decía, que al ceder
el poder, la burguesía dé pruebas de esa dignidad y respetabilidad
de que ha dado y da la aristocracia en su despojo repentino como
clase, obra de la misma burguesía triunfante con la Revolución
Francesa.

De todas maneras, esta verdad substancial del socialismo marxista
y su perfecta e íntima correspondencia con las inducciones más
seguras de la ciencia positiva, explican hasta la saciedad los
progresos inmensos, no sólo del proselitismo --que también podría
ser el efecto puramente negativo de una incomunidad material y
moral hecha aguda en un período de crisis social-- sino sobre
todo en la concorde unidad de disciplina y en la solidaridad
consciente que en su manifestación universal y periódica del 1º
de Mayo, presenta una grandiosidad de fenómeno moral cuyo parangón
no se nos ofrece en la historia humana, si se exceptúa el movimiento
del primitivo cristianismo que, sin embargo, tuvo un campo de
acción mucho más estrecho que el socialismo contemporáneo.

Y desde hoy --fuera de los conatos histéricos o inconscientes de
un regreso de la escéptica burguesía al misticismo como salvación
de la crisis material y moral del momento, justamente {170} como
la mujer licenciosa se hace devota a la vejez-- y desde hoy,
adversarios y partidarios están obligados a reconocer que el
socialismo representa hoy, como el cristianismo al derrumbarse el
mundo Romano, la única fuerza que devuelva a la vieja civilización
humana, la esperanza en un porvenir mejor, en nombre de una fe,
no ya nacida de los inconscientes ímpetus del sentimiento, sino
de la consciente seguridad de la ciencia positiva.



{171}

OBRAS CITADAS POR EL AUTOR

_Albertini_....................La questione delle otto ore di lavoro.

_Amicis, De_....................Osservazione sulla questione sociale.

_Arcangeli_............................La evoluzione della proprietà.

_Ardigo_...........................................Obras filosóficas.

_Asturaro_...........................................I ritmi sociali.

_Bagehot_............Lois scientifiques du developpement des nations.

_Bebel_.....................................La mujer y el socialismo.

_»_.................................Zukunftstaatund Socialdemokratie.

_Biel_.....................................A los labradores toscanos.

_Bonardi_.................................Evoluzionismo e socialismo.

_Bordier_..................................La vida de las sociedades.

_Boucher_....................................Darwinismo y socialismo.

_Broca_..............................................Las selecciones.

_Ciccotti_..............Socialismo di Stato e socialismo democratico.

_Cognelti de Martiis_..............................Socialismo antico.

{172} _Colaianni_......................................Il socialismo.

_»_.......................................................In Sicilia.

_Deville_...............................................L'anarchisme.

_Dramard_................................Transformisme et socialisme.

_Dumont_.................................Despoblación y civilización.

_Durkheim_.........................De la división del trabajo social.

_Ellero, P._...................................La tirannide borghese.

_Engels_..................Socialismo utópico y socialismo científico.

_Fogazzaro_...............................Por la belleza de una idea.

_George_..........................................Progreso y pobreza.

_Greef De_.......L'empirisme, l'utopie et le socialisme scientifique.

_Guyau_...................................La irreligión del porvenir.

_Guyot_.........................Les principes de 89 et le socialisme.

_»_...........................................La tyrannie socialiste.

_Haeckel_..............................Las pruebas del transformismo.

_Hanon_.....................Les hommes et les théories de l'anarchie.

_Huxley_............................On the natural inequality of men.

_Jacoby_................Estudios sobre la selección en sus relaciones
con la herencia del hombre.

_»_..........................................La idea de la evolución.

_Johannis, J. de_.......El concepto de la igualdad en el socialismo y
en la ciencia.

_Kropotkine_............................Mutual aid among the savages.

_Kuliscioff_.................................El monopolio del hombre.

_Labriola_.............................................Il socialismo.

{173} _Lafargue_...................El materialismo económico de Marx.

_»_.............................................La teoria darwiniana.

_»_................................Heriberto Spencer y el socialismo.

_Lapouge_...................................Las selecciones sociales.

_Laveleye_......................................L'Etat et l'individu.

_»_.......................................Le socialisme contemporain.

_Lebon_........Las leyes psicológicas de la evolución de los pueblos.

_Lerda_.........................................La lucha por la vida.

_Letourneau_................................La evolución de la moral.

_»_..........................Pasado, presente y porvenir del trabajo.

_Lombroso_........................................El hombre de genio.

_»_.......Ultime scoperte et aplicazioni dell'antropologia criminale.

_» y Ferrero_..............La mujer delincuente, prostituta y normal.

_» y Laschi_........................................Delitto politico.

_Loria_..............La teoria economica della costituzione politica.

_»_.....................................Discurso sobre Carlos Darwin.

_»_....................................Darwin y la economía política.

_»_.............................Análisis de la propiedad capitalista.

_Malagodi_................................Il socialismo e la scienza.

_Malon_.......................................El socialismo integral.

_»_.........................................L'histoire du socialisme.

_Masé Dari_............................................Il socialismo.

_Massart y Van der V._.....Parasitismo orgánico y parasitismo social.

{174} _Meuger_...................Il diritto civile e il proletariato.

_Morselli_.....................................Antropologia generale.

_Mozzoni_..............Los socialistas y la emancipación de la mujer.

_Nitti_.......................................El socialismo católico.

_Nordau, Max_....Las mentiras convencionales de nuestra civilización.

_Novicoro_.........Los hechos entre sociedades y sus fases sucesivas.

_Ocgero G._............................................Il socialismo.

_Plechanow_..................................Socialismo y anarquismo.

_Rabbeno V._.....................Le leggi economiche e il socialismo.

_Rae_....................................El socialismo contemporáneo.

_Reclus, Elíseo_..............................Evolución y Revolución.

_Richter_......................Después de la victoria del socialismo.

_Rienzi_................................................L'anarchisme.

_Ritchie_.....................................Darwinism and politics.

_Rocchi, Rinieri De_...El derecho penal y una obra reciente de Loria.

_Rogers, Th._..............L'interprétation économique de l'histoire.

_Rossi_......................................L'agitazione in Sicilia.

_Sergi_...................................Las degeneraciones humanas.

_»_..El origen de los fenómenos psíquicos y su significado biológico.

_Spencer_...................................Principios de sociología.

_»_......................................................La Justicia.

_»_...............................Problemas de moral y de sociología.

{175} _Spencer_.......................De la libertad a la esclavitud.

_»_....................................El individuo contra el Estado.

_Stuart Mill_................Fragmentos póstumos sobre el socialismo.

_Tolstoi_.......................................Le salut est en vous.

_Turati_............................................Selección servil.

_Vaccaro_..........................Le base del diritto e dello Stato.

_Vadalá_......................Darwinismo natural y darwinismo social.

_Vanni Icilio_........La funzione pratica della filosofia del diritto
consirlerata in sè e in rapporto al socialismo contemporáneo.

_Verce, Fornasari di_........Sobre la criminalidad y las alternativas
económicas de Italia de 1873 a 1890.

_Virchow_...................................Transformismo y herencia.

_Winterer_................................Le socialisme contemporain.

_Zanni_.........................................La questione sociale.

_Zerboglio_..........................................La vida moderna.

_Ziegler_...................La cuestión social es una cuestión moral.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Socialismo y ciencia positiva - (Darwin-Spencer-Marx)" ***

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