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Title: Teatro selecto, tomo 1 de 4
Author: Calderón de la Barca, Pedro
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Teatro selecto, tomo 1 de 4" ***

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(This book was produced from images made available by the
HathiTrust Digital Library.)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
    han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se han tenido en cuenta otras ediciones de estos dramas.

  * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
    grafía de mayor frecuencia. También se han respetado las
    inconsistencias en la acentuación.

  * No obstante, se han incorporado los siguientes cambios:

      p.  xvii: Bolh de Faber → Böhl de Faber
      p. xlvii:    Copavacana → Copacabana
      p.   335:    ESCENA VI. → ESCENA IV.

  * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración
    e interrogación.

  * Las notas a pie de página se han renumerado y colocado tras el
    párrafo o la estrofa en que se encuentra la llamada.

  * En el original impreso, las indicaciones escénicas se distinguen
    del texto principal por su menor tamaño. En esta transcripción se
    presentan en cursiva.



  TEATRO SELECTO
  DE
  CALDERON DE LA BARCA.



BIBLIOTECA CLÁSICA.

Doce reales cada tomo en toda España.


OBRAS PUBLICADAS.

                                                                   Tomos.

  HOMERO.—_La Ilíada_, traduccion directa del griego en verso y
    con notas de D. José Gomez Hermosilla.                             3

  CERVANTES.—_Novelas ejemplares y viaje del Parnaso._                 2

  HERODOTO.—_Los nueve libros de la historia_, traduccion
    directa del griego, del padre Bartolomé Pou.                       2

  ALCALÁ GALIANO.—_Recuerdos de un anciano._                           1

  VIRGILIO.—_La Æneida_, traduccion directa del latin, en verso y
    con notas de D. Miguel Antonio Caro.                               2

      —     _Las églogas_, traduccion en verso, de Hidalgo.—_Las
    geórgicas_, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones
    directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo.        1

  MACAULAY.—_Estudios literarios._                                     1
      —     _Estudios históricos._                                     1
      —     _Estudios políticos._                                      1
      —     _Estudios biográficos._                                    1
      —     _Estudios críticos._                                       1
            Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender.

  QUINTANA.—_Vidas de españoles célebres._                             2

  CICERÓN.—_Tratados didácticos de la elocuencia_, traduccion
    directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo.                 2

  SALUSTIO.—_Conjuracion de Catilina._—_Guerra de Jugurta_,
    traduccion del infante D. Gabriel.—_Fragmentos de la grande
    historia_, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas
    del latin.                                                         1

  TÁCITO.—_Los anales_, traduccion directa del latin de don Cárlos
    Coloma.                                                            2

  PLUTARCO.—_Las vidas paralelas_, traduccion directa del griego
    por D. Antonio Ranz Romanillos.                                    5

  ARISTÓFANES.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego
    por D. Federico Baráibar.                                          2

  POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(_Teócrito, Bion y Mosco_). Traduccion
    directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio
    Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico).                         1

  MANZONI.—_Los Novios_, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego.        1

  ESQUILO.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego, con
    notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra.                         1

  QUEVEDO.—_Obras satíricas y festivas._                               1

  DUQUE DE RIVAS.—_Sublevacion de Napoles._                            1


MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6.



  BIBLIOTECA CLÁSICA
  TOMO XXXVI


  TEATRO SELECTO
  DE
  CALDERON DE LA BARCA

  PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO
  DE
  D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO


  TOMO I
  DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS

  LA VIDA ES SUEÑO.
  LA DEVOCION DE LA CRUZ.
  EL MÁGICO PRODIGIOSO.
  EL PRÍNCIPE CONSTANTE.


  MADRID
  LUIS NAVARRO, EDITOR
  COLEGIATA, NÚM. 6
  1881



ESTUDIO CRÍTICO.


Justa y noble cosa es que los pueblos honren la memoria de sus grandes
poetas; pero si he de decir lo que siento, ántes me parece funesto
que útil el entusiasmo oficial y la devocion obligada, que produce
los aniversarios y centenarios, con el obligado cortejo de músicas,
carros triunfales, pompas y apariencias, versos y justas poéticas. Aun
lo bueno sobre un mismo asunto empalaga, cuando es demasiado: ¿qué
será cuando en la turbia corriente de tales solemnidades rueda tanto
de mediano y áun de malo? La secta de los cervantistas acabaria, á no
ser tan grande el personaje á quien injurian y apedrean, por hacer
aborrecible hasta el nombre de Cervántes en la memoria de las gentes.
¿Quién sabe si conseguirán otro tanto los calderonianos, á fuerza de
sacrificar en las aras de su autor favorito todas nuestras glorias
dramáticas? No sé á punto fijo en qué consiste, pero hay en el fondo
de toda alma verdaderamente artística algo que se rebela contra las
admiraciones convencionales, de ritual ó de reata, un secreto espíritu
de reaccion contra todo fetiquismo, y de protesta contra gárrulos
encomios. De aquí que los espíritus delicados y que sienten y aman
desinteresadamente la hermosura, se refugien en el culto íntimo y
solitario de otros autores más modestos y olvidados, á quienes suele
llamarse _de segundo órden_ por lo mismo que andan ménos profanados en
bocas de necios, y porque han logrado la muy apetecible fortuna de no
llevar tras sí una turba ignara de admiradores y devotos.

Quizá parezcan demasiado amargas las palabras que llevo escritas, pero
no cabe en mi ánimo el decirlas más halagüeñas, ni el esperar nunca
gran cosa de estas apoteósis semi-paganas, que poco han de regocijar
en la otra vida á tan cristiano poeta como Calderon. Como quiera,
parece que el más digno tributo que en tal ocasion puede ofrecerse á
su gloria terrena es una nueva edicion de sus obras. Y por desgracia,
las ediciones no abundan, ni en todo rigor crítico las mismas que hay
satisfacen. Expuestos estamos á que cualquier extranjero, atraido á
Madrid por el ruido y baraunda que á propósito de Calderon estamos
haciendo, recorra en vano nuestras librerías sin encontrar otra
coleccion asequible de las obras de autor tan famoso (en cuyo honor
quemamos fuegos de artificio y encendemos luces de Bengala) sino la que
forma parte de la _Biblioteca de Autores Españoles_, de Rivadeneyra.
Si desea otra de más cómoda lectura y letra ménos apretada, tendrá
que acudir á Leipzig en busca de la de Keil. Si no quiere ó no puede,
por falta de tiempo, enterarse de toda la inmensa balumba de comedias
y autos del poeta, y prefiere una edicion de sus dramas selectos,
se fatigará en vano, porque hoy es el dia en que, á pesar de tantas
bocanadas de humo y tantos ditirambos en loor de nuestro gran poeta
nacional, áun tiene casi intacta en sus almacenes la Real Academia
Española la impresion de los dos primeros tomos de dramas escogidos
de Calderon, que empezó á publicar en 1868, y que en vista de tal
indiferencia del público, no ha pasado adelante. Bueno es ensalzar á
Calderon y hacer versos y prosas en conmemoracion suya, y colgar de
nuestros balcones retales de percalina, cual si se tratase de festejar
la entrada de un héroe patriótico y libertador; pero áun fuera mejor
leer y estudiar sus obras, y razonar un poco nuestras admiraciones
_à priori_. Aunque nos duela decirlo, los mejores trabajos críticos
acerca de Calderon, los de Schack, Rosenkranz y Schmidt, han salido de
Alemania: el único texto críticamente impreso de una comedia suya le
ha publicado un frances, así como ántes otros extranjeros vinieron á
enseñarnos y á defender contra nuestros críticos que Calderon era un
gran poeta, cuando aquí le teníamos por un bárbaro.

No todo se puede hacer en un dia, pero gran principio de remedio es
conocer el daño. Y por eso entiendo que lo primero y más útil es
popularizar la lectura de Calderon, para que el vulgo de las gentes,
y áun el vulgo literario, no le juzgue de oidas y por adivinacion,
sino atendiendo á lo que en sí mismo vale y significa. Por eso
esta BIBLIOTECA CLÁSICA, ya que por su objeto y condiciones no
puede honrarse con una edicion completa de D. Pedro Calderon de la
Barca, publica hoy en cuatro volúmenes lo más selecto de su teatro,
convenientemente ordenado y metodizado.

La ocasion parece oportuna para refrescar algunas ideas acerca del
autor y de su mérito dramático.


I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana.

Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que
alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea
la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda
y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos
vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una
concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente,
y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del
tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional
por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco
de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de
las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante,
cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la
literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha
fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al
punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de
la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes
con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta
abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las
formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al
poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele
perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños,
y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida
y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo
de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que
de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones
y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque
logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los
lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente.

Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo
de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre
honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un
verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes
y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La
escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero
en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente,
español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos
más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban
en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias
de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto
de arte _naturalista_, puesto que, entendido rectamente el principio de
la _imitacion_ ó _mimesis_, que sirve de fundamento á las enseñanzas
de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los
modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la
variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de
risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla.
De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana,
cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores
de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que
valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es,
en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado
expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta,
grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de
Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los
discursos que sirven de exornacion al _Panegírico_ de Plinio (traido
por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar.

Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de
Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que
el autor de _La vida es sueño_ y de _El Príncipe constante_, y de
tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general
el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea
cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo
cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced
habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas
mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon
á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa
moral del honor, moral social y _relativa_, en muchas cosas opuesta
á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente
inmorales como la de _A secreto agravio secreta venganza_, sino una
lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de
honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi
gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza
y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que
aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en
la mayor parte de los corazones.

Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias
los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de
defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando
el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues
de su muerte, la aprobacion dada á la _Verdadera Quinta Parte_ de
sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera,
aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos
dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso
acallar el mismo aprobante con su _Apelacion al tribunal de los
doctos_, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los
calderonianos la victoria.

Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII.
Iniciólas Luzan en su célebre _Poética_ (1737), tenida generalmente
por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas
interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo.
Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo,
como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no
hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los
anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó
cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos
é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas
con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las
voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en
todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de
diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la
intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal
gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de _elegantissima
luxuries_. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho
que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades
de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la
_Poética_ de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del
drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho,
tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de
pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda,
cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le
traspasa poco.»

Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más
endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y
otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el
contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin
el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el
segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser
aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas
y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron
en 1763 la prohibicion de los _Autos sacramentales_, como ultraje á la
religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III
y los abates volterianos, saturados de las heces de la _Enciclopedia_!
Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y
de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun
pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos,
las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates
ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía.

La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones
profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo
administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del
siglo XVIII, la representacion de _La vida es sueño_ (quizá por haber
en ella una rebelion triunfadora), la del _Príncipe Constante_,
apoteósis del mártir D. Fernando, y _El Gran Príncipe de Fez_,
compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante
para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los
hijos de San Ignacio.

Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado,
D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á
sus traducciones, harto olvidadas, del _Edipo Tirano_ de Sófocles, y
del _Pluto_ de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero
carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel
teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social
y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó
á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca
de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de
estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil
en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente
(aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar
un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica
todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del
_travieso Calderon_ nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun
creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de _travesura_ al
sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de
la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia,
los furores y desatada tempestad de los celos!

Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima,
y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia
iniciado en Alemania con la _Dramaturgia_ de Lessing, y la victoria
iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso
auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió,
como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en
boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más,
cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico
y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas
interpretaciones de la _Poética_ de Aristóteles y sus ideas de tragedia
realista y _bourgeoise_, vino Herder popularizando las canciones
nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de
Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran
poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento
y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el _Goetz de
Berlichingen_, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos
dias de la Edad Media, y en _el Campamento de Vallenstein_ de Schiller.
Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el _Hipólito_ de Eurípides, y
la _Fedra_ de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la
tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de
sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y
á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de
Versalles.

Así nació el _romanticismo_ aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos
legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar,
á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han
dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las
chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino
estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que
ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de
un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado
además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está
por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras,
ni en lo delicado del sentimiento estético, á las _Lecciones de
literatura dramática_ de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren
(sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las
piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de
los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo
más glorioso para un libro de crítica?

Todo el _Curso_ de Schlegel está encaminado á la glorificacion
de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él
_ex-professo_. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la
tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar
á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una
como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un
modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su
edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe
en el más entusiasta ditirambo.

¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo
Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia
desarrolló las mismas ideas en su _Historia de la literatura antigua y
moderna_, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á
Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario
coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una
escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además,
lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético
del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo
cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral,
cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español
y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á
Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente
naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables,
del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion,
en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la
intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro
teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é
independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la
tragedia francesa, _mutatis mutandis et servatis servandis_, es decir,
con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le
informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas
y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética
menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente
que la de las tres unidades?

Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle
el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los
desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la
_Hija del aire_, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno
sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter
se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar
tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron,
corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon
contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion
de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de _El Mágico
prodigioso_.

En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las
suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la
cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é
inquisitorial de los poetas. _La devocion de la Cruz_, que extasiaba
á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al
mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas
con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar
profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras
habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta
escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la
forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de _El Mágico
prodigioso_, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema
las semejanzas entre la obra que analiza y el primer _Fausto_ de Goethe.

De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos
acerca de Calderon: el de Schack en su _Historia del teatro español_,
y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857
(en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por
una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y
algunos de sus autos.

En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro
mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era
un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal.

Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian
conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal
aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como _El
Tetrarca de Jerusalem_. Los mismos críticos de la escuela dominante
acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se
insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la
_Coleccion general de comedias escogidas_, impresa en Madrid por los
años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y
ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más.

Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en
Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez
ayudó D. Alberto Lista (en sus _Lecciones de literatura dramática_
pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos
coleccionados hoy con el título de _Ensayos literarios_) contribuyó á
restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque
de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de
los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de
batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente,
en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el
incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del
Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la
_Biblioteca de Autores Españoles_, el teatro de Calderon, si bien este
texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá
el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de
Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando
existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos
pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion
no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores.
El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é
ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas
útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado
de otros comentadores.

De los _Autos sacramentales_ disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez
Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y
más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios
panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y
cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza.

Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr.
D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia
Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á
pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del
Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte
lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha,
limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren
acerca de Calderon.

Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda
esta labor crítica.


II.—El hombre, la época y el arte.

Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías
de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos
á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no
son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su
fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria,
y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa
raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo
que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto
y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida
monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea
por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto
sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las
invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y
fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia
cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el
hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro
de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un _tour de force_, un
libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente
comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad
inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el
estudio profundo de la época.

Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él
que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y
pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar
de palabras: así la _Fama Póstuma_ de Vera Tássis, como el _Obelisco
fúnebre_ de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á
decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su
familia puede rastrearse en la _Genealogía de la casa de Calderon_,
que ordenó el P. Gándara, ó en los _Hijos de Madrid_ de Álvarez Baena;
pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado
esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al
personaje mismo.

Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien
extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y
trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (_quem honoris causa
nomino_), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de
cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que
éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida,
en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero.
Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro
dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un
maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman,
el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le
dejó escrito de su mano.

Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon
era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias
de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez
montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso,
vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien
fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que
parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que
salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los
padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro
Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de
alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras
marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como
si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo
XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de
excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia
á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español,
logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular
y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple!

Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y
siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia
de _El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola_. Pero que en
sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su
más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con
vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta
ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara
en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho
civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su
teología tan ponderada de los _Autos sacramentales_, tampoco excede el
nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede
calificarse de teología _para uso de las gentes de mundo_, inferior
de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los
discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez.

Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como
caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba
á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma
que ya entónces _tenía ilustrados los teatros de España_. No sólo Lope
sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias
más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de
éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las
celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro,
mereciendo elogios de Lope en el _Laurel de Apolo_, y de Montalban en
el _Para-Todos_.

Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629
tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un
famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente
habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de
los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en
la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que
le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró
aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr.
Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en
el siglo XVII), vengóse Calderon en el _Príncipe Constante_, llamando
_sermones de Berbería_ á los suyos, de lo cual resultaron quejas y
reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta.

Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una _Memoria de la
Biblioteca Nacional_, y Molins en su libro de _La sepultura de
Cervántes_, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis,
á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de
Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error
en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las
campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los
campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares
que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del
Sargento, de Rebolledo y de la Chispa.

Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor
que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el
punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion
de su comedia _Certámen de amor y celos_, (que habia de representarse
en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la
campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes,
con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el
Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision,
nada literaria, relativa al cange de prisioneros.

Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon,
por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida
activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro
impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta
años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones
eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid,
dieron norte y empleo á su portentoso númen.

En 1651 se ordenó de sacerdote, y sin duda con vocacion sana y entera
(digna corona de tan honrada vida), pues así como de Lope sabemos
despues livianas aventuras, en el nombre de Calderon jamás acertó á
poner mancha el odio de sus más encarnizados enemigos.

Calderon sacerdote tuvo ciertos escrúpulos de seguir dando culto á las
musas dramáticas, y no escribió más que para los teatros públicos; pero
halló él, ó escogitaron sus admiradores, una ingeniosa capitulacion
de conciencia: el mandato real, que le obligaba á escribir para sus
fiestas y solemnidades palacianas. Así _honestó_ (son sus palabras)
_los decoros de su nuevo estado_, aunque ciertos devotos le murmurasen,
y esta murmuracion le perjudicara para nuevos adelantos en su carrera
eclesiástica. «Si esto es bueno (decia Calderon), no me obste; y si es
malo no se me mande.»

Con todo eso, Calderon llegó á ser capellan de honor de Palacio y
capellan de los Reyes Nuevos de Toledo, sin otras mercedes de menor
cuantía. Y tranquilo y respetado por todos, se durmió tranquilamente
en el Señor el 25 de Mayo de 1681, dejando por heredera á la venerable
Congregacion de Presbíteros naturales de Madrid, que en la iglesia de
Salvador instituyó aniversario perpétuo por su alma.

Fué Calderon fecundísimo escritor, como casi todos nuestros ingenios
del siglo XVII. Además de sus ciento veinte comedias (punto más ó
punto ménos) y de sus ochenta _Autos sacramentales_ (tambien en número
redondo) y de sus entremeses y piezas cortas (que no es fácil reducir á
número, porque de la mayor parte ni áun quedan los títulos), compuso un
tratado _en defensa de la nobleza de la Pintura_, otro _en defensa de
la comedia_, un poema sobre el Diluvio universal, un _Discurso de los
cuatro Novísimos_ (todo ello perdido) y algunas poesías líricas, de
las cuales la más notable es un romance impreso en los _Avisos para la
muerte_, no siendo tampoco indigno de memoria el Discurso poético sobre
la inscripcion _Psalle et sile_ del coro de la catedral de Toledo.
Tambien es de Calderon, aunque estampada á nombre de D. Lorenzo Ramirez
de Prado, la relacion de la entrada de la Reina Doña Mariana de Austria
en Madrid, el año 1649.

Para la posteridad, Calderon sólo vive como dramático. Su misma
genialidad lírica, que era poderosa, se derramó casi exclusivamente en
sus obras teatrales. Por desgracia, nunca formó coleccion de ellas,
y aunque la mayor parte han llegado á nosotros, mucho es de lamentar
el verlas tan desfiguradas. Y gracias que sabemos con certeza, por
declaracion del mismo poeta en carta al Duque de Veragua, las que
realmente son suyas y las que malamente se le atribuyeron. Los títulos
de las que él dió por legítimas pueden verse á continuacion de esta
advertencia, donde asimismo cuidaremos de advertir las que faltan en la
coleccion de Vera Tássis, las que éste añadió y las que figuran sólo
en la edicion del Sr. Hartzenbusch. Como muestra de la poca confianza
que todos los textos hoy conocidos infunden, baste decir que Calderon
no revisó (segun parece) ninguno de ellos, ni siquiera los de algun
tomo de _Comedias escogidas de varios autores_ de que fué aprobante, y
que su hermano D. José y su amigo Vera Tássis cuidaron de lo restante,
siguiéndoles ciegamente Apontes y Keil. Los _Autos_ se imprimieron con
más esmero, porque poseia los originales la villa de Madrid, y hay de
ellos dos tolerables y no raras ediciones de 1717 y de 1759.

Tan escasos datos, que además hemos compendiado en todo lo posible,
bastan á dar idea de la fisonomía moral del poeta, mostrándole español
á toda ley, cristiano fervoroso hasta parar en el sacerdocio, caballero
por sangre y por educacion, bizarro soldado en sus floridos abriles,
algo estudiante, y por cifra de todo, poeta palaciano y poeta popular á
la vez, favorito de los reyes y de la muchedumbre: amalgama imposible
de lograr en otro estado social que no hubiera sido el de España en el
siglo XVII.

En aquella sociedad, heredera fiel de las tradiciones y de los impulsos
del siglo anterior, sobre el principio monárquico, sobre el principio
aristocrático, sobre toda consideracion terrena y toda grandeza de
este mundo, se alzaba puro é inmaculado el principio religioso,
libre de toda mezcla de herejías y novedades. Él sólo servia de lazo
entre gentes divididas en todo lo demas, por raza, lengua, fueros y
costumbres. A todos los unia y congregaba aquel ardiente catolicismo
español que, al espirar la Edad Media, aún tenía el brazo teñido en
sangre mora y acababa de expulsar á los judíos. Y cuando llegó la
pseudo-reforma, terrible protesta del espíritu germánico contra la
Unidad latina, España se convirtió en adalid de la Europa meridional,
y luchó, no por sus intereses temporales, sino en contra de ellos, en
Flándes, en Alemania y en los mares de Inglaterra, cuándo con próspera,
cuándo con adversa fortuna, pero haciendo retroceder siempre la oleada
septentrional dentro de los diques que desde entónces no ha traspasado,
y salvando las dos penínsulas hespéricas, y á Francia misma, del
contagio luterano. Verdad es que quedamos pobres, desangrados y casi
inermes; pero sólo un criterio bajamente utilitario puede juzgar por
el éxito las grandes hazañas históricas, y la verdad es que no hay
ejemplo de mayor abnegacion ni de más heroico sacrificio por una
idea, que el que entónces hicieron nuestros padres. Ríanse en buen
hora los políticos y economistas; pero entre las grandezas marítimas
de Inglaterra bajo el cetro de la Reina Vírgen, y el lento martirio y
empobrecimiento de nuestra raza, que tan desinteresadamente fué brazo
de la Iglesia durante dos siglos, toda alma que sienta el entusiasmo de
lo bello y de lo noble no dudará en conceder la palma á los nuestros.
Verdad es que en todos aquellos épicos y caballerescos alardes se
mezcló algo de orgullo nacional, ciego y exclusivo; pero áun éste nacia
de noble orígen, puesto que no nos creíamos raza predestinada á mandar
ni teníamos á los demas por siervos nacidos á obedecer, sino que todo
lo referíamos á Dios como á su orígen y principio, reduciéndose toda
nuestra jactancia nacional á pensar que Dios, en recompensa de nuestra
fe, nos habia elegido, como en otro tiempo al pueblo de Israel, para
ser su espada en las batallas y el instrumento de su justicia y de su
venganza contra apóstatas y sacrílegos, por donde cada uno de nuestros
soldados, en el hecho de ser católico y español, venía á creerse
un Júdas Macabeo. Este sentimiento anima algunas de las más bellas
inspiraciones líricas del buen siglo, desde aquel valentísimo soneto de
Hernando de Acuña:

    Ya se acerca, Señor, ó ya es llegada
  La edad dichosa en que promete el cielo
  Una grey y un pastor sólo en el suelo,
  Por suerte á nuestros tiempos reservada:

    Ya tan alto principio en tal jornada
  Nos muestra el fin de vuestro santo celo,
  Y anuncia al mundo para más consuelo
  Un monarca, un imperio y una espada...

hasta las hermosas octavas del capitan Francisco de Aldana:

  ¡Diestra, diestra de Dios! ¡ay, cómo aguardas,
  Multiplicando en ira lo que tardas!

Y el sentimiento católico es el alma de toda nuestra cultura y de
nuestras grandezas en aquel período, y no sólo daba aliento á los
héroes que sucumbian en las marismas de Holanda, ó que daban caza á
los piratas ingleses, sino á aquellos otros conquistadores que en
América y en Asia y en Oceanía domeñaban razas incógnitas y bárbaras,
y á los frailes que entre ellas difundian la luz de la fe y la ciencia
de nuestras escuelas, y á los teólogos que en Trento eran valladar
fortísimo contra las pretensiones de los reformistas, y á los que en
Inglaterra restauraban el culto católico y reformaban las Universidades
bajo los auspicios de la buena reina María, y á los que dentro de
nuestra casa escogitaban (en oposicion al impío _predestinacionismo_
calvinista) el sistema teológico más favorable á la libertad humana
entre cuantos se han imaginado para explicar las relaciones entre la
gracia y el humano albedrío; y á los que creaban y organizaban sobre
la amplísima base del orígen divino del poder el derecho natural y
de gentes, matando el cesarismo pagano de los leguleyos; y á los
místicos y ascéticos que con toda la opulencia de la lengua castellana
penetraban en los arcanos de la ontología y de la psicología, y de otra
ciencia más alta y soberana que se ha atrevido á explicar en lengua
terrena cómo el hombre llega casi _á ser Dios por participacion_; y á
los reformadores de las órdenes religiosas, y á los fundadores de otras
nuevas, y á los inquisidores que con serenidad de conciencia fulminaban
sentencia contra los heresiarcas, y al pueblo que acudia gustoso y en
tropel á los autos de fe, sin que la más leve sombra de duda enturbiase
aquellas conciencias, y á los poetas que en romanceros y cancioneros
sagrados daban voz y cuerpo y formas, graciosísimas y variadas, á
la devocion popular, y que en los _Autos sacramentales_ llegaban,
por caso único en todas las literaturas del mundo, á crear un drama
exclusivamente teológico, nuevo y peregrino testimonio de ardiente
devocion al adorable misterio de la presencia sacramental, bárbaramente
negado por Carlostadio y demas herejes del Norte.

Quien entienda de otro modo la historia española del siglo XVI y quiera
explicarla por mezquinos intereses humanos, perderá lastimosamente su
tiempo. Era España un pueblo, no ya de católicos, sino de teólogos,
y esto es la sola clave para penetrar en el embrollado laberinto de
aquellos gloriosos anales y trabar racionalmente los hechos.

Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico,
pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con
aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los
franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV,
sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de
la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido
ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus
panegiristas mayor gloria que la de ser _en los concilios presidente_,
cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado
en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor
que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse
(al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles
sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver
en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas.

Pero _del Rey abajo, ninguno_. En aquella sociedad apénas habia clases,
y más que monarquía debia llamarse _democracia frailuna_. A ello
contribuian la sencillez cenobítica y austera de que los mismos reyes,
sobre todo Felipe II, dieron larga muestra; el modo de vivir áspero
y duro: la general pobreza; la anulacion absoluta de la aristocracia
desde que el cardenal Tavera la arrojó de las córtes de Toledo; el
predominio de la Iglesia, que abriendo sus puertas á todo el mundo, lo
igualaba todo; y aquella profusion de conventos y universidades, de
donde los más humildes y plebeyos llegaban, en fuerza de sus letras y
de su teología y cánones, á las mitras y á las togas, y al confesonario
y á los consejos del Rey. Por otra parte, expulsados los judíos y los
moros, y triunfantes los anticristianos estatutos de limpieza, todo
cristiano viejo se creia, por serlo, igual al más encopetado magnate.
La hidalguía era patrimonio comun, y provincias enteras del Norte de
España se jactaban de poseerla. En la Edad Media se ganaba á lanzadas
contra los moros. En el siglo XVI fué uso conquistarla lidiando contra
turcos y luteranos, ó conquistando fabulosos imperios y descubriendo y
cristianizando regiones incógnitas en América.

Siempre andan en el mundo revueltos los bienes con los males, y así
este mismo espíritu aventurero y heroico y esta misma igualdad,
cristiana en su raíz y fundamento, nos hizo mirar con menosprecio, y á
veces con odio, las artes mecánicas y la industria y el comercio, dejó
abandonados y silenciosos nuestros talleres y nuestras lonjas, y nos
hizo súbditos de mercaderes extraños, á quienes fué á enriquecer, sin
provecho nuestro, el oro de las vírgenes entrañas del Nuevo-Mundo.
Toda riqueza fué aquí pasajera y advenediza: faltó clase media, y aquel
vivir al acaso y fiarlo todo de la fortuna, puso en más de una ocasion
al caballero á dos dedos del pícaro, aventurero tambien y conquistador
á su modo.

Pero con todos sus lunares (¿y qué época no los ha tenido?), ¿quién
dudará de las grandezas de aquella civilizacion? Hasta el nivel
intelectual estaba muy alto, si no por lo que toca á la exacta
comprension de las leyes de la naturaleza y á las ciencias basadas
en el cálculo y en la experimentacion, por lo ménos en la teología
dogmática y en la filosofía, que no eran patrimonio exclusivo de gente
curtida en las aulas, sino alimento cotidiano del vulgo, espectador
de los Autos Sacramentales, que nutria su entendimiento y apacentaba
su fantasía con aquel sublime y complicado simbolismo, con aquella
cristiana armonía, con las continuas reminiscencias de sucesos
y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la historia
eclesiástica y profana, de la mitología y de los clásicos, con extrañas
sutilezas, distinciones y silogismos, y con públicas discusiones acerca
de la gracia y el libre albedrío, la predestinacion y el valor de las
obras.

El arte que á tales impulsos respondia era el arte popular por
excelencia, el arte dramático, antiquísimo y glorioso en España.
Vémosle nacer á la sombra del templo ó en el templo mismo, y su
primer vagido es una representacion devota, el _Misterio de los
Reyes Magos_, descubierto en un códice de la Biblioteca Toledana. En
toda la Edad Media continúa en auge el teatro litúrgico, y aunque
escaseen los monumentos escritos, acreditan la existencia de tales
representaciones los registros de los cabildos y los libros de cuentas
de las catedrales, juntamente con las leyes que, al discernir las
representaciones que los clérigos pueden hacer y aquellas otras de que
deben abstenerse, acreditan que al lado del drama religioso comenzaba
á surgir otro profano y satírico, los _juegos de escarnio_, de que
ya se habian valido en mengua y depresion del estado eclesiástico, y
como fácil vehículo para la propaganda de sus heréticas doctrinas, los
Albigenses de Leon: de lo cual bien amargamente se queja el Tudense.
Con los albores del Renacimiento asoma la imitacion de las formas
y de los asuntos clásicos, primero en Cataluña, luégo en Castilla.
Ciérrase la Edad Media con un monumento singular y admirable, en que
la verdad humana, así en lo trágico y apasionado como en lo cómico y
groseramente realista, se ostenta con tal vigor y crudeza y con tal
variedad de tonos y con tan estupendo poder característico, que en
vano fuera buscar otro mayor ejemplo ántes de Shakespeare. Pero la
incomparable _Celestina_, espejo de lengua castellana, no influyó, en
parte por su perfeccion misma, en parte por sus condiciones de obra
irrepresentable, tan directamente como hubiera podido creerse, en los
progresos del teatro; dado que no bastan maravillas aisladas para
invertir el órden natural y graduado desarrollo de una literatura. Así
es que nuestra dramática, áun despues de aquel gigantesco esfuerzo,
continuó balbuciendo pastoriles coloquios en las _Églogas_ de Juan
del Encina, y sólo por intervalos alcanzó en Lúcas Fernandez (insigne
en la pintura de costumbres villanescas ó en donaires de ermitaños
y santeros) la enérgica inspiracion y el delicado sentimiento que
abrillantan algunas escenas del _Auto de la Pasion_. Más variedad y
riqueza hay en Gil Vicente, que alguna vez, en sus obras portuguesas,
v. gr., en la _Farsa de Inés Pereira_, presentó verdaderos esbozos de
comedia de carácter, y que ensayó además el drama novelesco con asuntos
tomados de los libros de caballerías. Dieron alimento y estímulo los
dramáticos italianos al extremeño Torres Naharro, verdadero padre
de la comedia de capa y espada en la _Himenea_ y en la _Serafina_,
facilísimo dialoguista en la _Tinelaria_ y en la _Soldadesca_, que sin
argumento propiamente dicho, y siendo rosarios de escenas sueltas,
empeñan sabrosamente la atencion: tal es el desenfado, movimiento y sal
mordicante de algunos pedazos. Siguen con ménos talento las huellas
de Torres Naharro, Jaime de Huete y otros muchos, á la vez que se
multiplican las imitaciones de la _Celestina_, todas inferiores á su
modelo. El teatro religioso se seculariza hasta cierto punto, y sale
del templo á la plaza: sus creaciones eclipsan á las del naciente
teatro profano: nada más delicado que la _Representacion_ del encuentro
de Jesus con los discípulos que iban al castillo de Emaus, compuesta
por Pedro Altamirando: nada más delicado que el _Auto de las Donas_,
el de _la Oveja perdida_ y el de los _Desposorios de Cristo_. Ni valen
ménos las _representaciones_ de Sebastian de Horozco, y la _Obra
del Pecador_ de Bartolomé Aparicio. En aquella mezcla y confusion
de elementos, que luégo habian de armonizarse en el genuino teatro
español, unos se inclinan á la imitacion de la tragedia clásica, otros
refunden comedias italianas, aderezándolas con pasos é intermedios
jocosos de propia invencion y de costumbres nacionales, en cuyos
arreglos fueron insignes Lope de Rueda y Juan de Timoneda: otros, los
ménos, buscan con poderoso instinto naturalista una forma de tragedia
moderna, áun tratando asuntos de la historia ó de la Biblia. Así llegó
Micael de Carvajal, en algunos pedazos de la _Tragedia Josephina_, á
la expresion verdadera y sencilla de los afectos, sin menoscabo de la
elevacion poética. Todo se habia ensayado en esta primera época de
nuestro teatro, si hemos de creer al Sr. Cañete, que la ha investigado
y que la conoce como nadie. «Desde la tragedia al entremes, pasando por
los diferentes matices de la comedia, moral, política, urbana; desde la
ideal personificacion de vicios y virtudes hasta el retrato de figuras
tocadas del más grosero realismo.» Como embrion informe del drama de
Lope pueden considerarse los abigarrados é incoherentes ensayos de
Juan de la Cueva y de Cristóbal de Virués, donde se mezclan en modo
confuso resabios clásicos (como los que inspiran la tragedia de _Ayax
de Telamon_ y la de _Elisa Dido_), reminiscencias italianas, novelería
desenfrenada y atisbos de comedia nacional. Más que ninguno de ellos
se levantó el divino ingenio de Miguel de Cervántes en aquella su ruda
_Numancia_, tan épica en medio de su desaliño, y tal, que retrae á la
memoria la férrea poesía del viejo Esquilo en _Los siete sobre Tébas_.

Al fin vino Lope de Vega, precedido ó ayudado por los poetas
valencianos, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica. Ingenio
más lozano y fácil no le han visto los siglos; más fecundo creador de
argumentos y de situaciones dramáticas, tampoco: en la pintura del
amor y de los caracteres femeninos vence á todos los nuestros: cuando
quiere, llega á lo trágico y á lo patético: en lo cómico sólo le excede
Tirso: amenas, discretas y fáciles de leer son siempre sus comedias,
cuya variedad de tonos aún asombra y maravilla más que su número. No
sólo abrió el camino á todos los restantes, sino que lo probó, tanteó
y recorrió en todas direcciones, dejando rastros de luz donde quiera,
de tal suerte que apénas es posible descubrir en Moreto, en Calderon
ó en Rojas forma, asunto, carácter, intriga ó recurso escénico que no
tenga en alguna comedia de Lope su modelo, patron y fundamento. Lope lo
invadió todo: la comedia italiana libre y desvergonzada; la pastoral
al modo del _Aminta_ ó de _El Pastor Fido_; la comedia de costumbres
villanescas y populares sin falso bucolismo; la de costumbres áulicas;
la de capa y espada; la de rufianes, pícaros y Celestinas; el drama
histórico, el trágico, el religioso y simbólico; el mitológico;
el caballeresco; el alegórico; el auto sacramental; el entremes.
Con Lope ha sido injusta la fama más que con ninguno de nuestros
dramáticos: pocos han tenido valor para internarse en su repertorio:
á Lope le ha ahogado la inmensa balumba de sus obras. Muy de ligero
se le ha declarado inferior á Calderon, sin reparar que aquel arte
desordenado, hijo de la improvisacion, y en que los aciertos, con ser
tantos, parecen casuales, está, por eso mismo, más exento de trabas
y convenciones, y encierra un fondo de verdad humana y una generosa
poesía áun no viciada ni enturbiada, sino en raras ocasiones, por el
falso lirismo que ahoga, como planta parásita, las mejores concepciones
de Calderon y de Rojas.

El drama español, tal como Lope le fijó y le trasmitió á sus sucesores,
tiene ante todo carácter nacional y popular, y sin ir declaradamente
en contra de los preceptos clásicos, prescinde de ellos, y se regula
por los instintos y por el modo de sentir y de pensar del público
que habia de oirle. Sus asuntos son todos los asuntos, pero vestidos
y disfrazados á la castellana; su forma, la de una novela rápida y
de mucho movimiento, más atenta al enredo que á los caracteres; sus
fuentes de inspiracion, el sentimiento religioso, el orgullo nacional,
el amor, el punto de honra; sus límites en cuanto á tiempo y lugar,
ningunos; los accesorios líricos, frecuentes.

Pero ha sido error extremar las semejanzas entre nuestros dramáticos,
hasta negar á cada uno sus condiciones propias y geniales. Sobre
todos se levanta Tirso, el primero á toda ley de los nuestros en lo
cómico, el primero tambien en la creacion de caracteres, uno de los
cuales, D. Juan, logra vida tan universal y duradera como los héroes
de Shakespeare, y ha dejado en el mundo más larga progenie que ninguno
de ellos. Añádase á todo esto la soberana idea de _El condenado por
desconfiado_ (joya de nuestro teatro teológico), el hermosísimo
carácter de Doña María de Molina en _La prudencia en la mujer_, crónica
dramática superior á cualquiera de las de Shakespeare; los rasgos de
estupenda poesía histórica y fantástica que abrillantan el _Infanzon
de Illescas_, y finalmente aquel sinnúmero de comedias palacianas
de tan hechicero y maligno discreteo, y de comedias villanescas tan
primaverales y desenfadadas... ¿Quién dudará en conceder á Tirso la
palma del arte entre los nuestros, y despues de él á Alarcon, maestro
de la comedia terenciana, ménos pedagógico y ménos seco que Molière?
Ni fuera justo relegar á tanto olvido y declarar tan de ligero autores
de segundo órden á Guillen de Castro, en cuyas _Mocedades del Cid_
revivió el poderoso aliento épico de nuestros romances; á Mira de
Amescua, gran imaginador de argumentos, que otros aprovecharon luégo,
eximio versificador y á veces poeta de tan enérgica inspiracion como lo
acredita _El esclavo del demonio_ (hermano menor de _El Condenado_),
y á Luis Velez de Guevara, de quien heredó Calderon el argumento y
escenas enteras de _La Niña de Gomez Arias_.

Tal y tan floreciente era el estado de nuestro teatro cuando Calderon
vino á apoderarse de él, como en otro tiempo Lope.


III.—Autos Sacramentales.

La primera y más numerosa seccion de las obras calderonianas abraza
las representaciones eucarísticas en un acto, compuestas para ser
representadas en la fiesta del Córpus. Este género españolísimo y
singular se llama _Auto sacramental_.

Sus orígenes son oscuros: para indagarlos puede ver mi lector el
prólogo de Pedroso al tomo de _Autos_, que compiló para la Biblioteca
de Rivadeneyra. La fiesta del Córpus, aunque en muchas iglesias
particulares se celebraba ántes, sólo en tiempo de Urbano IV (1263) fué
extendida á la Iglesia universal. En España sabemos que la introdujo
Berenguer de Palaciolo (que murió en 1314). Desde el principio, á todos
los regocijos con que se celebraba esta festividad, verdaderamente
de alegría, á todas las solemnidades religiosas, á las ceremonias
litúrgicas, se añadieron ya ciertos gérmenes de representacion
dramática, por lo ménos en algunas catedrales de la corona de Aragon.
En Castilla hubieron de ser poco frecuentes tales espectáculos, puesto
que nada dicen de ellos las leyes de Partida, que mencionan otras
representaciones de la Natividad, de la Adoracion, etc. Ni los cánones
del concilio de Aranda ni los del Hispalense, encaminados á atajar
los abusos que empezaban á introducirse en el teatro lírico, hacen
memoria de los autos del Córpus; de donde hemos de inferir que si hubo
(como parece verosímil) representaciones en tal dia, debieron de tener
poca relacion, á lo ménos directa, con el misterio que se celebraba.
Y así como en Gerona solian representarse en tal dia el sacrificio
de Isaac, la venta de José y otras historias del Antiguo Testamento;
así en Portugal la primera obra de que con certeza sepamos haber sido
destinada á una funcion sacramental, el _Auto de San Martinho_ de Gil
Vicente, no contiene otra cosa que la sabida leyenda de la capa de San
Martin.

En el siglo XVI, las representaciones eucarísticas, como todo género de
drama sagrado, se secularizan hasta cierto punto, saliendo del templo
á la plaza pública, y de manos de actores clérigos á las de histriones
pagados y alquilados. Ni ha de verse en tan grave transformacion
indicio alguno de entibiamiento de las creencias, puesto que nunca
fueron más enérgicas ni nunca estalló con más violencia la protesta
española contra la herejía, sino que la devocion se hizo en sus formas
más grave y solemne, y desterró del templo (para no dar asidero á las
detracciones de los luteranos) muchos de aquellos antiguos y candorosos
regocijos, sin que por eso fueran ménos católicos ni de ménos
provechoso ejemplo y enseñanza los nuevos autos que los antiguos.

El teatro religioso del siglo XVI, en cualquiera de sus formas, suele
valer más que el teatro profano, y no fuera difícil empresa entresacar
del grueso volúmen de autos viejos de la Biblioteca Nacional obras
de tan grato perfume de sencillez y sentimiento como el auto de _Las
Donas_, ó tan ingeniosos como el de la _Residencia del hombre_. Y
nunca fué tan poeta Juan de Timoneda (aunque casi siempre refundiendo
y aprovechando obras anteriores) como en la _Oveja Perdida_ y en
los _Desposorios de Cristo_. La accion dramática en estos primeros
ensayos es sencillísima, por no decir nula: la ciencia teológica de
los autores, en general muy escasa, aunque su fe los salva, y rara
vez tropiezan: la poesía lírica no es tan rica y pródiga como en
los de Valdivielso y Calderon, y vano fuera buscar en Timoneda ó en
el tundidor Juan de Pedrosa las encumbradas síntesis y la armonía
condensadora de los autos del último período. Pero en esas primeras
y modestas flores de nuestra dramática halagan suavemente el ánimo
ingenuos y no aprendidos acentos de ternura y de verdad humana, que
compensan la pobreza y tosquedad del artificio.

Lope se enseñoreó de este género como de los restantes, y derramó en
él tesoros de fantasía. Véanse sobre todo el _Auto de la siega_ y el
_de los Cantares_. Siguiéronle con igual fortuna Tirso y Valdivielso,
facílisimo aunque desigual poeta este último, y verdadero cantor del
cielo, puesto que nunca dedicó su pluma más que á asuntos sagrados, así
en lo dramático como en lo épico y lírico.

Pero el auto _tipo_, la perfeccion del género, sólo se halla en
las obras calderonianas. Ya no es posible tratar de ellas con el
intolerante menosprecio que afectó la crítica del siglo pasado.
Téngaselos en buen hora por una excepcion estética, por un teatro
singular entre todos los del mundo; pero si el género hubiera sido tan
radicalmente absurdo como le declararon sus censores, ¿se concibe que
obtuviera aquel grado de popularidad (superior al de toda composicion
profana), siendo, como era, por su índole misma un teatro teológico
y didáctico, desprovisto de cuantos recursos pueden interesar en la
escena? Algo de esta popularidad de los autos puede atribuirse al
aparato y á la tramoya, á la mayor ostentacion del arte histriónico,
á las apariencias, pompas y carros. Pero por mucho que concedamos
al placer de los ojos y por muy buena fe que en los espectadores
supongamos para deslumbrarse con tan rudos medios de producir ilusion,
¿qué auditorio del mundo, á no ser el de España en el siglo XVII,
preparado á ello por una educacion escolástica y teológica, que tanto
habia penetrado en las costumbres y en la vida, hubiera escuchado, no
ya con entusiasmo sino con paciencia, un poema dialogado, sin accion,
ni movimiento, ni pasiones humanas, en que eran interlocutores la Fe
y la Esperanza, el Ingenio humano y el Albedrío, la Sinagoga y el
Gentilismo, el Agua, el Aire y el Fuego y otros de la misma especie, y
donde todo el interes se concentraba en los misterios de la Trinidad y
de la Encarnacion y en el dogma de la presencia sacramental?

Semejante drama teológico no tiene igual ni parecido en ningun teatro.
Apénas se le pueden encontrar remotas semejanzas con el _Prometeo
encadenado_, donde Esquilo simbolizó, no (como se ha dicho) las luchas
y dolores de la humanidad, sino la derrota de los dioses de estirpe
titánica por otros dioses nuevos.

Ajeno de este lugar sería discutir, con ocasion de los _Autos
sacramentales_, si en el arte tienen cabida lo sobrenatural y lo
invisible, así como las abstracciones, las personificaciones, las ideas
puras, las virtudes y los vicios. Si la belleza, áun en el sentido de
la Estética hegeliana, es la manifestacion sensible y el resplandor de
la idea en la forma, claro es que no puede limitarse á lo humano, ni
ménos á lo plástico y figurativo. No sólo la belleza física, sino la
intelectual y la moral, pueden y deben entrar en la creacion artística.
Claro que los conceptos intelectuales, las ideas puras no caben como
tales ideas ni en su desarrollo dialéctico, pero sí en cuanto se
revisten de forma sensible y adecuada al arte.

Pero ¿caben en la dramática? Me atrevo casi á decir que no. El drama,
tal como ha sido entendido por todas las escuelas y ejecutado por todos
los pueblos, vive de pasiones, de afectos y de caracteres humanos: no
es más que la vida humana en accion. Un drama con personajes simbólicos
ó abstractos es un verdadero _tour de force_, y engendra inevitable
monotonía y frialdad. Así y todo, no me atrevo á condenar los _Autos_.
Además de ser fruto natural del tiempo y tener cumplida justificacion
histórica, en ellos derramaron nuestros poetas, sobre todo Calderon,
no sólo tesoros de poesía lírica, sino verdaderos primores dramáticos,
aunque accidentales y accesorios.

El auto sacramental exige, más que ninguna otra composicion dramática,
exacta noticia é inteligencia de las condiciones materiales de su
representacion. Yo no la daré, porque ya lo hizo Pedroso trazando
un admirable cuadro de época; pero séame lícito decir que el drama
eucarístico no se concibe aprisionado entre los bastidores de un teatro
moderno, sino á la luz del sol, en medio del dia, en la Plaza Mayor ó
en la Plaza de la Villa, ante aquel auditorio tan extraño y abigarrado,
pero tan uno en creencias y afectos, que comprendia desde el Rey y
los magnates y los Consejos hasta la ínfima plebe, con la escena
ideal y fantástica de los carros, y con toda aquella pompa y lujo de
estridentes armonías y colores. Acordémonos un poco de la tragedia
griega, y otro poco de la ópera moderna, y algo de las representaciones
italianas al aire libre, y mucho de las conclusiones de las escuelas:
añadamos á todo esto la fe ardentísima de grandes y pequeños, y sólo
así comprenderemos la grandeza de aquel extraordinario espectáculo.

Tema obligado de él era la presencia real de Cristo en la hostia
consagrada, pero no recuerdo obra alguna en que el acto de la
institucion del Sacramento haya sido presentado en su forma directa
é histórica. El mismo fervor de los poetas impedia aquella manera de
profanacion. Necesario fué tratar el asunto de soslayo, y encerrarle
en condiciones análogas á las del arte dramático. Escogitáronse para
esto varios medios más ó ménos ingeniosos: al principio largos diálogos
en que dos ó más personas discurren sobre la Sagrada Cena; luégo vidas
de los santos más insignes por su especial devocion al Santísimo
Sacramento. Lo primero no era dramático: lo segundo asimilaba los autos
á cualquier otro género de comedias devotas y humanas, idénticas en su
desarrollo á las comedias profanas.

Desechados por lo comun tales recursos, no quedaba otro que la
alegoría, y á él acudieron nuestros poetas. Ora entraron á saco por
las historias del Antiguo Testamento, en que todo es anuncio, sombra y
prefiguracion de la Ley Nueva, como es de ver en los autos intitulados
_La Zarza de Moisés_, _La cena de Baltasar_, _La primer flor del
Carmelo_, _El vellon de Gedeon_, etc., en muchos de los cuales hay
doble y áun triple alegoría; ora se aprovecharon de los ejemplos y
parábolas del Evangelio; ora, y ya con más violencia, torcieron y
aplicaron á su propósito hechos bien dispares de la historia antigua
y moderna. Y no paró en esto la manía alegórica, sino que constreñidos
los poetas por aquella especie de pié forzado, y por la necesidad de
escribir anualmente dos ó más autos, hicieron, ó bien obras puramente
abstractas, en que sólo por incidencia intervienen séres humanos,
siendo todo lo restante del discurso entre los elementos, las ciencias,
las virtudes, los atributos de Dios, los sentidos y las potencias del
alma, personificadas; ó bien dramas mitológicos como el _Divino Orfeo_
y el _Sacro Parnaso_, en que los dioses del Politeismo helénico venian
á ser símbolo del mismo Redentor y á dar testimonio de los misterios
de nuestra fe; ó bien _sermones de circunstancias_ (al modo de los
predicadores gerundianos) y donde todo el artificio dramático y la
alegoría consiste ó en una cacería del Rey, ó en una informacion de
limpieza de sangre, ó en unas conclusiones de universidad, ó en el
tumulto de una posada ó de un hospital de locos; que de todas estas
extravagancias y otras inauditas pueden hallarse muestras en Calderon ó
en sus discípulos. A veces se parodiaban los títulos, los argumentos y
hasta escenas y versos de las comedias más en boga, no de otra manera
que el maestro Valdivielso daba á sus _ensaladillas_ y _chanzonetas_ al
Santísimo Sacramento el tono y la música de las canciones picarescas
que más andaban en boca de las gentes.

Hay, pues, en Calderon un simbolismo, ya sublime, ya pueril, pero
enderezado todo por sano y cristianísimo intento á la magnificacion
y loor del _Verdadero Dios Pan_ (título de un auto). Este simbolismo
lo abraza todo, hasta las fábulas de la gentilidad, donde nuestro
poeta descubre siempre huellas y vestigios alterados de la tradicion
primitiva y un como anuncio y preparacion evangélica, llegando á poner
en cotejo los libros teogónicos de los antiguos con la narracion del
_Génesis_.

La riqueza lírica es grande en los _Autos_. Exórnanlos trozos
traducidos ó imitados de las Escrituras, paráfrasis de himnos y
fragmentos del rezo eclesiástico. El diálogo, ya de suyo frio y
monótono por las condiciones del género, suele además estar deslustrado
por las formas secas del razonamiento silogístico. Así y todo, puede
decirse que Calderon en ninguna de sus obras dió tan brillantes
muestras de poeta lírico como en los _Autos_, á pesar de las antítesis,
frases simétricas, metáforas descomunales y vano lujo de palabrería
_bombástica_ y altisonante. ¿Y quién le negará el lauro de gran
poeta, cuando en medio de esas dobles y triples alegorías, confusa y
abigarrada mezcla de teología, de historia y de mitología, acierte á
descubrir la raíz de ese maravilloso simbolismo, que de un modo más ó
ménos claro y poético abraza y expone las relaciones de Dios con la
naturaleza, las del cuerpo con el espíritu, las de los sentidos con las
potencias del alma?

En la imposibilidad de conceder demasiado espacio á los _Autos
sacramentales_, hemos incluido en esta coleccion tres de los que
tenemos por mejores: _La vida es sueño_, donde, además de estar
contenido en cifra y de un modo abstracto el pensamiento del más
celebrado drama del poeta, es de admirar el vigor de condensacion con
que el autor recorre la historia humana, desde el _Fiat_ creador hasta
la caida del hombre, y desde ésta hasta su Regeneracion, con símbolos
más transparentes y de mejor ley estética que los que usa en otros
autos: _La cena de Baltasar_, como muestra de los autos más dramáticos
y en que mejor se acomodan al fin y propósito del teatro sacramental
las historias del Antiguo Testamento, sin salir enteramente de las
condiciones dramáticas ordinarias, realzándolo todo hermosos trozos de
poesía lírica, v. gr., las primeras y las últimas octavas en agudos,
tan famosas y conocidas: y finalmente _A Dios por razon de Estado_,
como ejemplo de los autos en que predominan los conceptos puros y las
discusiones teológicas.


IV.—Dramas religiosos.

Género es este tan rico en nuestra literatura como el de los _Autos
sacramentales_. Incluyo en este segundo miembro de la clasificacion, no
sólo las comedias llamadas _devotas de santos_ ó _á lo divino_, sino
las que versan sobre asuntos del Antiguo Testamento.

Algunas de las obras piadosas de Calderon se han perdido: así, v. gr.,
_La Vírgen de la Almudena_, _La Vírgen de los Remedios_, _El carro del
cielo_ y _El Triunfo de la Cruz_, dado caso que sea obra distinta de
_La Exaltacion_. Tampoco parece el _San Francisco de Borja_, aunque
pueden hallarse felices reminiscencias de ella en _El Fénix de España_
del jesuita Diego Calleja.

Descartadas éstas y alguna otra que tampoco ha llegado á nuestros dias,
quedan unas quince, muy diversas en asunto y en mérito. De gran parte
de ellas puede prescindirse sin menoscabo de la gloria del poeta. Sobre
historias de la ley antigua versan _Los cabellos de Absalon_ (mera
refundicion, con un acto entero igual, de _La venganza de Tamar_,
valentísima tragedia del maestro Tirso de Molina, siquiera la deslustre
lo repugnante de algunas situaciones); _La Sibila del Oriente_,
refundicion de un auto sacramental, _El árbol del mejor fruto_, y
obra de las peor escritas é imaginadas de Calderon, llena de absurdos
geográficos é históricos, como hablar Joab de las cuatro partes del
mundo y de los enemigos que habia derrotado junto al Danubio; y _Júdas
Macabeo_, donde se hace uso de pólvora y arcabuces. _Las cadenas del
demonio_ es la evangelizacion de Armenia por San Bartolomé, y _La
Aurora en Copacabana_ la aparicion de una imágen de la Vírgen en el
Perú: obras las dos de escaso mérito. De la _Exaltacion de la Cruz_
sólo quedan en la memoria de las gentes tres hermosísimos versos en que
el autor llama al sagrado madero de la cruz:

  Iris de paz, que se puso
  Entre las iras del cielo
  Y los delitos del mundo,

versos que por sí solos, y prescindiendo de la paranomasia de _Iris_
é _iras_, valen tanto como un largo poema. _La Vírgen del Sagrario_
es una crónica dramática que dura siglos y enlaza toda la historia de
España con el orígen, pérdida y restauracion de una imágen: son de
notar en ella algunas escenas episódicas, como el bizarrísimo desafío
entre el montañes y el muzárabe sobre la admision del rito romano.

Descartadas estas obras, quedan aún seis de Calderon, pertenecientes al
género devoto. Tres de ellas forman un grupo y tienen cierta unidad de
pensamiento, y áun escenas muy semejantes: _El José de las mujeres_,
_Los dos amantes del cielo_ y _El Mágico prodigioso_. En las tres los
protagonistas son catecúmenos, y en las tres empiezan á salir de las
tinieblas del paganismo por medio de la lectura de algun texto sagrado
ó profano: el de Plinio en _El Mágico_, el principio del Evangelio de
San Juan en _Los dos amantes del cielo_, y un lugar de la _Epístola á
los corintios_ en _El José de las mujeres_. En las tres combaten los
protagonistas, ayudados por la divina gracia, contra los halagos del
amor profano y contra todas las artes diabólicas, puestas en juego por
el mismo príncipe de los abismos, que es personaje muy principal en
ellas. Y en las tres, finalmente, reciben victoriosos la palma triunfal
del martirio. Abundan en todos estos dramas, lo mismo que en los autos,
las discusiones teológicas.

Pero aquí se detienen las semejanzas, porque el mérito de los tres
dramas es muy desigual. El que ménos vale es _El José de las mujeres_,
donde la heroína Eugenia, filósofa alejandrina (trasunto de Hipatia)
acaba por convertirse al cristianismo y retirarse á las soledades de
la Tebaida, de donde vuelve á Alejandría para derribar las estatuas
que, creyéndola muerta, le habian sido levantadas durante su ausencia.
El pensamiento capital de _Los dos amantes del cielo_ (obra bastante
conocida en Alemania por una traduccion de Schack) merece no escasa
loa: una mujer que sólo quiere conceder su amor á quien haya muerto
por ella, y que se hace cristiana movida por la consideracion del
entrañable amor de un Dios que se hizo carne por los pecados del
mundo; un catecúmeno cristiano que resiste y lucha contra todas las
seducciones del arte y de los sentidos, y entabla una especie de duelo
teológico con la mujer que adora, hasta convertirla. De todo esto podia
haber resultado una accion interesante, y, sin embargo, no resulta más
que una comedia de enredo con acompañamiento de teología y de sabrosos
cuentos de un gracioso.

De _El Mágico_ poco hay que decir, puesto que pasa universalmente por
una de las obras maestras del poeta, y Rosenkranz llegó á compararle
con el _Fausto_, aunque la semejanza se reduce á intervenir en ambas
obras pacto diabólico por alcanzar un sabio la posesion de una mujer. Y
este es elemento vulgarísimo, no sólo de la leyenda de _Fausto_ y de la
de _El Mágico_, sino de la de Teófilo y otras infinitas.

Lo mejor de _El Mágico_ son los datos fundamentales que Calderon tomó
de las actas de San Cipriano de Antioquía, escritas en griego por
Simeon Metaphrastes, y traducidas al latin por Lipomano. En lo demas,
pienso que la ejecucion es inferior á la grandeza del pensamiento y á
la severa teología de las primeras escenas. Cuando no hablan Cipriano
y el Demonio, _El Mágico_ (aunque la accion pase en Antioquía y en los
primeros siglos de nuestra era) es una de tantas comedias de capa y
espada, con dos galanes celosos, y chistes de criados, y cuchilladas
y escondites. Los caracteres son débiles: el demonio tiene mucho de
ergotista y de leguleyo, y algo de prestidigitador hábil en escamoteos.
Justina es tipo vulgar y pálido, hasta que llega la escena admirable en
que el tentador agota sus recursos para infundir en ella el ánsia del
placer, y acaba por confesar su derrota, exclamando:

  Venciste, mujer, venciste
  Con no dejarte vencer.

En esta escena y en la que sigue á la aparicion del esqueleto está el
verdadero drama. Lo demas es un embrollo amoroso, que oscurece y rebaja
la alta concepcion de esta obra, en que el autor se propuso mostrar
cómo la especulacion racional es preparacion para la fe, y cómo el
libre albedrío ayudado por la gracia triunfa de todas las sugestiones
diabólicas.

_La Devocion de la Cruz_ y _El Purgatorio de San Patricio_ tienen entre
sí bastante analogía. El _Eusebio_ de la primera y el _Ludovico Enio_
pertenecen á una galería muy rica en nuestro teatro: la de bandoleros
y facinerosos, que jamás pierden la fe y llegan á convertirse á la
hora de la muerte. Así, el _Enrico_ de _El condenado por desconfiado_,
el _Leonido_ de la _Fianza satisfecha_ y el _D. Gil_ de _El esclavo
del demonio_. Se ha tachado á estos dramas de anticristianos y de mal
ejemplo: hasta se les ha querido encontrar parentesco con la doctrina
luterana de la fe que justifica sin las obras. Error indisculpable que
demuestra mala fe ó poca lectura, pues ninguno de estos criminales se
salva por la fe sola, sino por verdadero y sincerísimo arrepentimiento
de sus culpas, acompañado de firme propósito de la enmienda, y ninguno
de ellos trata de disculpar sus pecados atenuando los fueros del libre
albedrío. Fuera de que alguno de ellos, v. gr., Ludovico, hace áun en
esta vida asperísima penitencia. La doctrina es enteramente católica:
lo heterodoxo, á la vez que irracional y de mal ejemplo, sería que
tales delincuentes, sinceramente arrepentidos, no hallasen perdon ni
misericordia. ¡Cuán horrible y desesperado drama resultaria!

_El Purgatorio de San Patricio_ está fundado en la vulgarísima leyenda
de aquella cueva ó _necromanteion_ irlandes, tal como la habia
popularizado en España el doctor Juan Perez de Montalban. Aunque obra
irregular y desconcertada, encierra el drama calderoniano primores
de buena ley: trozos de vigor dantesco en la pintura de las regiones
infernales, y algunos rasgos felices en el carácter de Ludovico, que
el autor ha echado á perder, sin embargo, hasta hacer de él un monstruo
casi increible de perversidad. La grandeza de los personajes áun en lo
malo no se logra sumando enormidades, las cuales son en el carácter una
falsedad equivalente al énfasis y á la hipérbole en la expresion. Yago
será siempre más negro y odioso que todos los malvados de melodrama,
sin necesidad de haber cometido ningun incesto ni parricidio.

_La devocion de la Cruz_ es interesantísima leyenda, y como obra de las
mocedades de Calderon, está escrita con más frescura y sencillez y con
ménos afectacion que otras obras de su edad madura. Los caracteres de
Eusebio y del viejo Lisardo son buenos, sin ser de primer órden. Julia
no es carácter, y el mayor defecto que yo encuentro á la obra es la
súbita transformacion de aquella monja en mujer facinerosa y bandolera.
Que Julia por amor de Eusebio huya del convento y corra á los brazos de
su amante, entra en la verosimilitud dramática; pero que una doncella
tímida y recatada que áun despues de haber saltado las tapias del
monasterio, siente impulsos de volver á él, cometa inmediatamente, y
sin necesidad ni explicacion alguna, tantos homicidios y atropellos, no
es humano, ni racional, ni interesante. Algunas escenas de este drama
estan admirablemente concebidas: así, v. gr., el diálogo de Julia y
Eusebio junto al cadáver del hijo de Lisardo.

Superior á todos los dramas religiosos de Calderon me parece _El
Príncipe constante_, donde el autor ha logrado hacer interesante en la
escena á un varon justo, integérrimo, dechado de santidad y perfeccion.
Sabido es que los _piadosos_ Eneas y Godofredos son personajes de poco
juego en el teatro, que vive de la lucha de pasiones y de afectos.
Con todo eso, el infante mártir de Portugal, Don Fernando, resulta
interesante y simpático, además de admirable. El autor ha hecho de él
una especie de Régulo cristiano, mucho más heroico que el de Roma,
porque no le mueve sólo el amor patrio ni la palabra empeñada, sino
el sentimiento religioso aterrado ante la idea de ver convertidos en
mezquitas los templos de Cristo.

  —¿Por qué no me das á Ceuta?
  —Porque es de Dios y no es mia.

Esta sublime expresion da por sí sola el espíritu del drama. Y Don
Fernando llega á interesar porque, aunque perfecto é invencible, es
hombre al cabo, y se lamenta de la desnudez y del frio y del hambre,
que reciamente combaten su enérgica determinacion.

Contra lo que suele pasar en Calderon, los personajes episódicos no
estorban, y el bizarro tipo de Muley y sus amores con la hermosa Fénix
contribuyen á dar apacible variedad y colorido al drama, y á hacerle
más humano. Hay en él trozos líricos de los mejores de Calderon, sobre
todo la escena en que admirablemente se glosa aquel romance de Góngora:

  Entre los sueltos caballos
  De los vencidos Zenétes,

cuyo efecto debia ser portentoso en un público que le sabía de memoria
y que le acompañaba en coro: y el hermosísimo soneto:

  Estas que fueron pompa y alegría,

uno de los pocos sonetos nuestros del buen tiempo en que los tercetos
no decaen de la entonacion de los cuartetos, y uno de los pocos tambien
en que la idea y la forma corren parejas y se compenetran fácil y
armoniosamente.


V.—Comedias filosóficas.

Son las mismas que D. Alberto Lista llamó _ideales_, incluyendo
malamente entre ellas algunas como _Saber del mal y del bien_,
_Gustos y disgustos son no más que imaginacion_, cuya filosofía se
reduce á las vulgarísimas máximas de su título, siendo por lo demas
comedias de enredo ó comedias palacianas semejantes á tantas otras.
Por consiguiente (salvo mejor parecer) creo que sólo dos obras
calderonianas deben incluirse en este grupo: _En esta vida todo es
verdad y todo es mentira_, y _La vida es sueño_.

Goza la primera de cierta celebridad en Europa desde los tiempos
de Voltaire que descubrió en ella el original del _Heraclio_, de
Corneille: lo cual han negado luégo Viguier y Philarète Chasles,
promoviendo una embrollada cuestion de originalidad. Pero aunque
sea cierto que de la comedia _En esta vida todo es verdad y todo es
mentira_ no descubrió Hartzenbusch edicion anterior á 1664, miéntras
que el _Heraclio_ aparece impreso en 1647, tambien lo es:

1.º Que Calderon no sabía frances, como lo prueban ciertos personajes
grotescos de sus entremeses, á quienes pretende hacer hablar en aquella
lengua.

2.º Que la historia literaria presenta cien casos de imitaciones de
obras españolas por dramáticos franceses del siglo XVII (testigos
_El Cid_, _El Mentiroso_ y muchos más), y un solo caso de imitacion
francesa en España, y es _El Honrador de su padre_, de Diamante.

3.º Que se han perdido casi todas las ediciones príncipes de nuestras
comedias, ya sueltas, ya en tomos de varios. Y áun suponiendo que
_En esta vida_... no se imprimiera hasta 1664, pudo llegar á Francia
manuscrita, como otras comedias nuestras que actores españoles
representaron allí, y cuyos manuscritos se conservan.

4.º Que el verdadero original de la comedia de Calderon es _La rueda de
la fortuna_, de Mira de Amescua, impresa desde 1616.

Esto sin otros argumentos más menudos, que ya esforzó el Sr.
Hartzenbusch.

Lo que Corneille tomó del drama de Calderon es la excelente situacion
trágica del primer acto, en que Heraclio y Leonido se disputan la
gloria de ser hijos del muerto emperador Mauricio, y el viejo Astolfo
que los habia criado se niega á revelar cuál de los dos es hijo
del tirano y cuál lo es de su enemigo. Todo el primer acto de _En
esta vida_ es (fuera de algunas manchas de diccion) una exposicion
admirable. Desde el segundo acto, la obra degenera en comedia de magia,
confusa y embrollada, y hecha más para prestigio de los ojos que para
solaz del entendimiento.

_La vida es sueño_ pasa por la obra maestra del poeta, y lo es sin
duda, si se atiende al vigor de la concepcion. No hay pensamiento
tan grande en ningun teatro del mundo. No sólo una sino várias tésis
están allí revestidas de forma dramática: primera, el poder del libre
albedrío que vence al influjo de las estrellas; segunda, la vanidad de
las pompas y grandezas humanas, y cierta manera de escepticismo en
cuanto á los fenómenos y apariencias sensibles; tercera, la victoria de
la razon, iluminada por el desengaño, sobre las pasiones desencadenadas
y los apetitos feroces del hombre en su estado natural y salvaje. _La
vida es sueño_ es cifra de la historia humana en general, y de la de
cada uno de los hombres en particular. Segismundo es lo que debia
ser, dado el propósito del autor, no un carácter, sino un símbolo.
No es escéptico como Hamlet: la tésis escéptica no es aquí más que
provisional, y cede ante una tésis dogmática más alta. La razon doma
á la concupiscencia; la fe aclara y resuelve el enigma de la vida
humana. El Segismundo bárbaro de la primera jornada _reprime_ (un
poco deprisa, es verdad, pero ya se sabe que el desarrollo artístico
en Calderon peca de atropellado) su fiera y brava condicion, hasta
convertirse en el héroe cristiano de la tercera jornada. El mismo autor
nos dió la clave del simbolismo en un auto titulado tambien _La vida
es sueño_, donde se generaliza y toma carácter universal y abstracto
la accion de la comedia. El protagonista es el hombre que con su
libre albedrío despeña al entendimiento, y cae en el pecado original,
regenerándose luégo por los méritos de la sangre de Cristo y por el
valor de sus propias obras ayudadas por la divina gracia.

El gérmen de la comedia, es decir, el sueño de Segismundo, está en
un cuento muy sabido de _Las mil y una noches_, pero sin alcance ni
significacion trascendente de ningun género. Todas las bellezas de la
obra de Calderon le pertenecen á él sólo. ¿A qué apuntar los pocos
lunares que la afean? Sobran sin duda las aventuras de la doncella
andante que va á Polonia á vengarse de un agravio; y no son modelo de
diccion las famosas décimas, aunque lo sean algunos de los monólogos de
Segismundo.


VI.—Dramas trágicos.

Seccion riquísima en las obras de nuestro poeta, y la más abundante en
joyas de alto precio.

Prescindamos de _La niña de Gomez Arias_, cuyo argumento es más propio
de la novela, donde todo cabe, hasta las aberraciones morales y los
casos patológicos, que del drama, en que siempre será repugnante
espectáculo el de un galan que por vil interes vende su dama á los
musulmanes. Además, esta obra es refundicion de otra de Luis Velez
de Guevara, y Calderon ha aprovechado escenas enteras de la comedia
primitiva.

_El Alcalde de Zalamea_ no sólo es la obra más popular de Calderon
entre españoles, sino la más perfecta y artística de todas las suyas.
Pueden encontrársela analogías con ciertas obras de Lope, verbi
gracia, _El mejor Alcalde el Rey_, _Fuente Ovejuna_, _Peribáñez y el
Comendador de Ocaña_, pero sólo á Calderon pertenecen el desarrollo y
los caracteres, que al reves de lo que sucede en otras obras suyas,
son vivos, personales, enérgicos y hasta ricos y complejos, dignos del
mismo Shakespeare. Y esto se diga no sólo del singularísimo D. Lope
de Figueroa (que más que tipo de fantasía, es valentísimo retrato),
caudillo viejo, jurador, impaciente y colérico, lleno de preocupaciones
militares, y á la vez noble, generoso, recto, caballero y hasta
afectuoso; no sólo del alcalde labrador Pedro Crespo, en quien se aunan
por arte maravilloso el sentimiento de la justicia y el sentimiento
vindicativo de la propia ofensa, sino hasta de los personajes más
secundarios, de los villanos, soldados y vivanderas, de Rebolledo y
la Chispa. La vida y la animacion corren á torrentes en este drama,
donde hay hasta despilfarro de poder característico. Y junto con ésto
la expresion suele ser sencilla, natural y _única_, de tal suerte
que el drama llegaria á los últimos lindes de la perfeccion, si no
fuera por aquella malhadada escena del bosque. ¿Pero quién no olvida
tan leve mácula, cuando ve á Pedro Crespo en la escena más admirable
que trazó Calderon, deponer la vara, y postrarse á los piés del
capitan, demandándole la reparacion de su honor, y cuando ve perdida
toda esperanza de concordia, levantarse como justicia y prenderle y
agarrotarle, confundiendo en uno el desagravio de la ley moral y el
desagravio de su sangre?

Rasgos trágicos de primer órden brillan en _Amar despues de la muerte_
ó _El Tuzaní de la Alpujarra_, cuyo argumento está tomado de las
_Guerras civiles de Granada_, de Ginés Perez de Hita. Interrogacion
digna de Shakespeare es la del Tuzaní cuando exclama, al oir jactarse
de su infame accion al asesino de Clara: «¿Fué como ésta la puñalada?»
Y todo su carácter, vengativo, celoso, reconcentrado y profundo, es de
purísima estirpe africana, y de sombría y vehemente inspiracion. Como
se trata de un asunto histórico casi contemporáneo, es grande el color
local, sobre todo en las escenas de la rebelion de los moriscos.

Nada ménos que cuatro dramas de Calderon versan sobre la pasion de los
celos, quizá la más dramática de todas y la más rica en contrastes,
agitaciones, antinomias y luchas. Calderon la ha descrito en su máximo
grado de exaltacion: no la ha analizado pacientemente y fibra á fibra,
y sin duda por eso quedan sus celosos inferiores á Otelo, y la misma
pasion resulta ó idealizada hasta el delirio como en el Tetrarca, ó
subordinada á rencores como en don Juan de Roca, ó á móviles de honra
como en don Gutierre de Solís: nunca tan humana como en el moro de
Venecia, en quien despues de todo no son los celos más que exaltacion y
quinta esencia del amor.

«Quisiera estarla matando nueve años seguidos. ¡Qué divina mujer!...»
Estas frases apasionadísimas que abundan en Shakespeare, jamás se le
escapan á Calderon. Sus maridos matan friamente, y porque así lo exigen
el _honor_ y las conveniencias sociales, cuya injusticia deploran con
amargura:

  El legislador tirano
  Que puso en ajena mano
  Mi opinion, y no en la mia.

Vano fuera establecer cotejo entre tan correctos esclavos de la
_opinion_, y un bárbaro como Otelo, todo carne y sangre y hervor de
pasion, y por eso mismo humano, admirable y eterno.

Hay cierta gradacion en los cuatro dramas calderonianos. D. Juan de
Roca, _el pintor de su deshonra_, se venga del adulterio consumado: D.
Lope de Almeida toma _secreta venganza_ del _secreto_ propósito del
_agravio_ consentido: D. Gutierre Alfonso de Solís (encarnacion la
más completa del sentimiento del honor en lo que tiene de irracional
y falso) no venga agravio ninguno, pero quiere evitar hasta la sombra
y la posibilidad de él, por el sangriento medio de la incision en las
venas de su mujer: el Tetrarca, finalmente, no se venga de nada, sino
que inmola á la desdichada Mariene por egoismo y para evitar que otro,
despues de la muerte de él, la posea. Y sin embargo, el Tetrarca es
de todos ellos el único verdaderamente apasionado. Y áun puede decirse
que sus celos tienen más noble raíz y fundamento que los de Otelo;
pero tanto extremó el autor la nota idealista, que el Tetrarca llega
á parecer un energúmeno, fuera de todas las condiciones de la vida
humana. Así y todo, es gran carácter, y tiene el drama accidentes
bellísimos, como aquello de las _arrastradas pompas_; pero siempre
daremos la preferencia al _Médico de su honra_, como trasunto de un
modo de pensar social que era dramático, aunque tuviese una punta de
falsedad.


VII.—Comedias de capa y espada.

Son comedias de costumbres del tiempo, lozanas y vivideras, como todo
lo que arranca de las entrañas de la realidad. No constituyen la
porcion más trascendental de las obras de Calderon, pero sí la más
amena y la que más intacta ha conservado su fama, en medio de todos los
cambios de gusto. Hoy mismo son las obras suyas que con más deleite
vemos en las tablas. Son tambien las escritas con más llaneza, y las
más libres de culteranismo, aunque no de discreteos y sutilezas, que el
autor reprodujo, porque estaban en la conversacion del tiempo, y que
á veces se perdonan por lo ingeniosos y bizarros y por ser un rasgo
característico de la época, hijo de condiciones nativas del ingenio
español.

Respírase en todas estas obras delicado perfume de honor y galantería.
Todas se parecen, y todas son diferentes, sin embargo. Dan materia
á la fábula amores y celos. La casualidad enreda y rige la trama.
Los personajes inexcusables son un galan jóven, valiente, discreto,
pundonoroso y de noble estirpe (el cual suele haber militado en Flándes
ó en Italia); una dama tan noble y discreta como él, y además portento
de hermosura, casi siempre huérfana de madre, y sometida á un padre,
hermano ó tutor, más altiva que enamorada, algo soberbia de condicion
y no poco violenta y arrojada; otra pareja de galan y dama que tiene,
con ménos brillo, las mismas condiciones; un padre ó hermano, y á veces
dos, muy caballeros y muy guardadores de la honra de su casa, y á la
vez coléricos, impacientes y fáciles á la ira; un criado que lo anima
todo con sus chistes y aconseja ó ayuda á su amo en la arriesgada á
empresa. El amor que anda en juego es siempre amor lícito y honesto,
entre personas libres, y encaminado á matrimonio. Para estorbar tan
feliz resultado suelen atravesarse dos géneros de obstáculos, unos
casuales é imprevistos, otros morales, que generalmente nacen de los
celos del otro amante ó de la otra dama. El amante sospecha de la
fidelidad de la dama ó ésta de la suya: comienzan los celos y las
quejas: interviene á deshora en la plática el padre, el hermano ó el
otro galan: embózase nuestro héroe y los resiste á todos, alborotando
la calle: huye la dama despavorida y tapada á casa de una amiga ó á la
del mismo galan, que por de contado respeta escrupulosamente su honor:
y así va enredándose la madeja entre escondites, cuchilladas, embozos
y mantos, hasta que todo se aclara felizmente, y la doncella andante
premia en santo vínculo los afanes de su caballero. Sobre todo este
fondo un poco monótono añádase una portentosa variedad de invenciones
secundarias, un poder para atar y conducir la intriga mayor que el que
constituye la única gloria de Scribe y de tantos otros: póngase todo
en versos fáciles y numerosos, con toda la gala y abundancia de la
lengua castellana, y se tendrá idea de esas deliciosas comedias que se
llaman _Los empeños de un acaso_, _Mañanas de Abril y Mayo_, _La Dama
Duende_, _El escondido y la tapada_, _Dar tiempo al tiempo_, _Casa con
dos puertas_, y tantas y tantas entre las que apénas se puede escoger,
por que casi todas son oro de ley.

No ignoro los reparos que se han hecho y pueden hacerse á este género.
En primer lugar, la monotonía y pobreza del fondo, aunque la variedad
de incidentes la realce. Pero la vida de entónces era ménos vária y
complicada que la nuestra, y además una gran parte de las relaciones
sociales quedaban fuera de la jurisdiccion del poeta cómico, ya por
loable respeto á la santidad del hogar, ya porque aquel arte buscaba
por instinto lo que habia de noble, elevado y caballeresco en la vida
real, y no lo que deshacía ó turbaba su armonía.

En segundo lugar, y con más fundamento, puede achacarse á la comedia
calderoniana de enredo, escasa variedad de caracteres. Hase dicho que
el don Pedro y la doña Leonor de una comedia en nada difieren del
D. Juan y la doña María de otra, y que Calderon nunca vió ni acertó
á reproducir más que un mundo encantado en que todos los galanes
son celosos y valientes, todas las damas discretas y arriscadas,
y todos los criados decidores y chistosos. No negaremos que esto
sea verdad casi siempre (por la razon ántes apuntada), pero pueden
traerse excepciones muy notables. Aparte de que la identidad de los
graciosos (que no suelen ser lo mejor de Calderon), no es tanta como
se pondera, hay variedad hasta en los tipos femeninos, en que tampoco
llegó Calderon á la dulce ó apasionada ternura que acertó á poner en
sus heroínas Lope de Vega. Caracteres son, ó á lo ménos esbozos de
carácter, la dama culti-latini-parla de _No hay burlas con el amor_,
la hermosa necia y la fea discreta de _Cuál es mayor perfeccion_, la
mogigata y la coqueta de _Guárdate del agua mansa_, y la resuelta doña
Angela de _La Dama Duende_, sin otras que ahora no acuden á mi memoria.
Como carácter de galan trazó Calderon uno bellísimo en el D. Cárlos de
_No siempre lo peor es cierto_, prototipo de pasion generosa, delicada
y pura, como quien piensa y afirma

  Que es hombre bajo, que es necio,
  Es vil, es ruin, es infame
  El que solamente atento
  A lo irracional del gusto
  Y á lo bruto del deseo,
  Viendo perdido lo más
  Se contenta con lo ménos.

Más grave pecado, y de este sí que no podemos absolver á Calderon,
es el empleo uniforme de ciertos recursos cómodos, pero que tienen
mucho de convencionales é inverosímiles. En nuestras comedias basta un
embozo ó un manto para hacer que desconozcan á una persona hasta sus
más familiares deudos y amigos. Las tapadas, los escondidos, las luces
apagadas, las puertas falsas, las alacenas giratorias, agradan en una
ó en dos comedias, pero repetidas hasta la saciedad, engendran hastío
y denuncian falta de inventiva en el poeta. No merecen tanta censura
los duelos y cuchilladas, que con ser tantos en sus comedias, áun eran
muchos más en la vida real. Y en cuanto á las visitas de las damas en
casa de sus galanes, desgracia es de nuestras actuales costumbres
el que no podamos concebirlas sino como pecaminosas, pero tampoco
es lícito dudar que á los contemporáneos les parecian verosímiles é
inocentes.

Se parecen mucho á las comedias de capa y espada (y tanto que no vale
la pena de hacer clase aparte, aunque la condicion de los protagonistas
sea diversa) ciertas comedias palacianas de Calderon, como _El secreto
á voces_, _El encanto sin encanto_, _La banda y la flor_, _Con quien
vengo, vengo_, etc., etc., en que son príncipes y grandes señores, en
vez de hidalgos de la clase media, los que andan envueltos en lances de
amor y celos. Calderon no hizo nada en este género que pueda compararse
con la profunda, sazonada y discreta ironía de Tirso en _El vergonzoso
en Palacio_ ó en _El castigo del pensé qué_.


VIII.—De otros géneros cultivados por Calderon.

Despues de maduro exámen no me he atrevido á incluir en esta coleccion
ninguno de los dramas de espectáculo ó comedias de tramoya, en que
Calderon fué fecundísimo. El poeta queda siempre en tales dramas
subordinado al maquinista y al pintor escenógrafo, y no hace obras de
arte mas que á medias. Quizá él se engañara hasta tener por las mejores
suyas las que escribia para los aparatosos festejos de los Sitios
Reales; pero la posteridad, más cuerda, las ha relegado al olvido.
Hoy no tienen más interes que el histórico y el de algunos buenos
versos acá y allá esparcidos y casi ahogados en un mar de enfática y
culterana palabrería. Juzgar á Calderon por tales dramas sería evidente
injusticia. Buscar en ellos pasion, interes, caracteres y color de
las respectivas épocas, fuera necedad y desvarío. Baste consignar
para recuerdo, que Calderon explotó grandemente los _Metamorfoseos_
ovidianos, y puso en escena casi todas las fábulas de la antigüedad:
los amores de _Apolo y Climene_, la caida del _Hijo del Sol, Faeton_,
la _Estatua de Prometeo_, el _Golfo de las Sirenas_, las _Fortunas
de Andrómeda y Perseo_, las aventuras de Hércules, Teseo y Jason, y
la estancia de Aquíles en casa del rey Licomedes, disfrazada con el
retumbante título de _El monstruo de los jardines_. Unicamente hemos
abierto la mano en cuanto á dos breves zarzuelas, _El laurel de Apolo_
y _La púrpura de la rosa_, que además de ser de las más antiguas
muestras de su género, contienen, sobre todo la primera, hermosos
rasgos de poesía lírica.

Por razones análogas hemos excluido á carga cerrada los dramas fundados
en libros de caballerías, v. gr., _Hado y Divisa_, _La Puente de
Mantible_, _El castillo de Lindabrídis_, _El jardin de Fabrina_;
así como los dramas históricos, v. gr., _El segundo Scipion_, _Las
armas de la hermosura_, _La gran Cenobia_, etc., en que innecesaria
y caprichosamente está falseada la historia, no sólo en su esencia y
en el carácter distintivo de las razas y de las civilizaciones, sino
hasta en los datos externos más vulgares, hasta suponer, v. gr., que
Coriolano toma las armas contra Roma por galantería y por impedir que
se cumpla una ley suntuaria sobre los trajes de las mujeres. Mascarada
semejante no la hay ni en la misma tragedia francesa.

Sólo dos de estos dramas, ambos de asunto cercano al poeta, merecen
conservarse: _La cisma de Ingalaterra_, no sólo por rasgos tan
valientes como aquel soberbio

  Yo tengo de borrar cuanto tú escribas

pronunciado por la sombra de Ana Bolena, cuando el teólogo coronado,
amante suyo, prepara la refutacion de Lutero, sino por la útil materia
de comparacion que ofrece con el _Enrique VIII_ de Shakespeare. _El
sitio de Breda_, comedia soldadesca y de circunstancias, muy animada y
llena de rumbo, tropel y boato, viene á ser el cuadro de _Las lanzas_
puesto en verso; pero desgraciadamente lo que cabe y es hermoso en la
pintura, no lo es en el teatro.

Resumamos: Calderon, sin ser en todo rigor de arte el primero de
nuestros dramáticos, es el más profundo en las ideas, el de genio más
comprensivo y alto, quizá el más grande en lo trágico, y de cierto en
lo simbólico. Es además el poeta nacional por excelencia, español y
católico hasta los tuétanos é idealizador mágico de los sentimientos
caballerescos y de los más nobles impulsos de la raza. Si en los
caracteres fué débil, quizá debamos atribuirlo á que no acertó á ver
más que los lados simpáticos y nobles de la naturaleza humana. Lo que
pierde en universalidad, lo gana en sabor castizo. Sus defectos son los
del ingenio español; su grandeza se confunde con la de España, y no
morirá sino con ella. ¡Privilegio singular y para envidiado! Pero aún
hay otro más alto: el ser á un mismo tiempo poeta admirable de su raza
y de su siglo, y poeta y maestro y delicias de la humanidad en todas
las edades, como lo son Shakespeare y Cervántes.

    M. MENÉNDEZ PELAYO.



DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS.



LA VIDA ES SUEÑO.



PERSONAS.


  BASILIO, _rey de Polonia_.
  SEGISMUNDO, _príncipe_.
  ASTOLFO, _duque de Moscovia_.
  CLOTALDO, _viejo_.
  CLARIN, _gracioso_.
  ESTRELLA, _infanta_.
  ROSAURA, _dama_.
  _Soldados._
  _Guardas._
  _Músicos._
  _Acompañamiento._
  _Criados._
  _Damas._


La escena es en la corte de Polonia, en una fortaleza poco distante y
en el campo.



JORNADA PRIMERA.

_A un lado monte fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve
de prision á Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está
entreabierta. La accion principia al anochecer._


ESCENA PRIMERA.

ROSAURA, CLARIN.

_(Rosaura vestida de hombre aparece en lo alto de las peñas, y baja á
lo llano; tras ella viene Clarin.)_

ROSAURA.

  Hipogrifo violento
  Que corriste parejas con el viento,
  ¿Dónde rayo sin llama,
  Pájaro sin matiz, pez sin escama,
  Y bruto sin instinto
  Natural, al confuso laberinto
  Destas desnudas peñas
  Te desbocas, arrastras y despeñas?
  Quédate en este monte,
  Donde tengan los brutos su Faetonte;
  Que yo, sin más camino
  Que el que me dan las leyes del destino.
  Ciega y desesperada
  Bajaré la aspereza enmarañada
  Deste monte eminente,
  Que arruga al sol el ceño de su frente.
  Mal, Polonia, recibes
  A un extranjero, pues con sangre escribes
  Su entrada en tus arenas,
  Y apénas llega, cuando llega á penas.
  Bien mi suerte lo dice;
  ¿Mas dónde halló piedad un infelice?

CLARIN.

  Dí dos, y no me dejes
  En la posada á mí cuando te quejes;
  Que si dos hemos sido
  Los que de nuestra patria hemos salido
  A probar aventuras,
  Dos los que entre desdichas y locuras
  Aquí habemos llegado,
  Y dos los que del monte hemos rodado,
  ¿No es razon que yo sienta
  Meterme en el pesar, y no en la cuenta?

ROSAURA.

  No te quiero dar parte
  En mis quejas, Clarin, por no quitarte,
  Llorando tu desvelo,
  El derecho que tienes tú al consuelo.
  Que tanto gusto habia
  En quejarse, un filósofo decia,
  Que, á trueco de quejarse,
  Habian las desdichas de buscarse.

CLARIN.

  El filósofo era
  Un borracho barbon: ¡oh! ¡quién le diera
  Más de mil bofetadas!
  Quejárase despues de muy bien dadas.
  ¿Mas qué haremos, señora,
  A pié, solos, perdidos y á esta hora
  En un desierto monte,
  Cuando se parte el sol á otro horizonte?

ROSAURA.

  ¡Quién ha visto sucesos tan extraños!
  Mas si la vista no padece engaños
  Que hace la fantasía,
  A la medrosa luz que áun tiene el dia,
  Me parece que veo
  Un edificio.

CLARIN.

               Ó miente mi deseo,
  Ó termino las señas.

ROSAURA.

  Rústico nace entre desnudas peñas
  Un palacio tan breve,
  Que al sol apénas á mirar se atreve:
  Con tan rudo artificio
  La arquitectura está de su edificio,
  Que parece, á las plantas
  De tantas rocas y de peñas tantas
  Que al sol tocan la lumbre,
  Peñasco que ha rodado de la cumbre.

CLARIN.

  Vámonos acercando;
  Que este es mucho mirar, señora, cuando
  Es mejor que la gente
  Que habita en ella, generosamente
  Nos admita.

ROSAURA.

              La puerta
  (Mejor diré funesta boca) abierta
  Está, y desde su centro
  Nace la noche, pues la engendra dentro.

_(Suenan dentro cadenas.)_

CLARIN.

  ¡Qué es lo que escucho, cielo!

ROSAURA.

  Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.

CLARIN.

  ¿Cadenita hay que suena?
  Mátenme, si no es galeote en pena:
  Bien mi temor lo dice.


ESCENA II.

SEGISMUNDO, _en la torre_.—ROSAURA, CLARIN.

SEGISM.

  _(Dentro.)_ ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

ROSAURA.

  ¡Qué triste voz escucho!
  Con nuevas penas y tormentos lucho.

CLARIN.

  Yo con nuevos temores.

ROSAURA.

  Clarin...

CLARIN.

            Señora...

ROSAURA.

                      Huyamos los rigores
  Desta encantada torre.

CLARIN.

                         Yo áun no tengo
  Ánimo para huir, cuando á eso vengo.

ROSAURA.

  ¿No es breve luz aquella
  Caduca exhalacion, pálida estrella,
  Que en trémulos desmayos,
  Pulsando ardores y latiendo rayos,
  Hace más tenebrosa
  La oscura habitacion con luz dudosa?
  Sí, pues á sus reflejos
  Puedo determinar (aunque de léjos)
  Una prision oscura,
  Que es de un vivo cadáver sepultura;
  Y porque más me asombre,
  En el traje de fiera yace un hombre
  De prisiones cargado,
  Y sólo de una luz acompañado.
  Pues huir no podemos,
  Desde aquí sus desdichas escuchemos:
  Sepamos lo que dice.

_(Abrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una
cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)_

SEGISM.

  ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!
  Apurar, cielos, pretendo,
  Ya que me tratais así,
  Qué delito cometí
  Contra vosotros naciendo:
  Aunque si nací, ya entiendo
  Qué delito he cometido:
  Bastante causa ha tenido
  Vuestra justicia y rigor,
  Pues el delito mayor
  Del hombre es haber nacido.
  Solo quisiera saber
  Para apurar mis desvelos
  (Dejando á una parte, cielos,
  El delito del nacer),
  ¿Qué más os pude ofender,
  Para castigarme más?
  ¿No nacieron los demas?
  Pues si los demas nacieron,
  ¿Qué privilegios tuvieron
  Que yo no gocé jamás?
  Nace el ave, y con las galas
  Que le dan belleza suma,
  Apénas es flor de pluma,
  Ó ramillete con alas,
  Cuando las etéreas alas
  Corta con velocidad,
  Negándose á la piedad
  Del nido que deja en calma:
  ¿Y teniendo yo más alma,
  Tengo ménos libertad?
  Nace el bruto, y con la piel
  Que dibujan manchas bellas,
  Apénas signo es de estrellas
  (Gracias al docto pincel),
  Cuando atrevido y cruel,
  La humana[1] necesidad
  Le enseña á tener crueldad,
  Monstruo de su laberinto:
  ¿Y yo con mejor instinto
  Tengo ménos libertad?
  Nace el pez, que no respira,
  Aborto de ovas y lamas,
  Y apénas bajel de escamas
  Sobre las ondas se mira,
  Cuando á todas partes gira,
  Midiendo la inmensidad
  De tanta capacidad
  Como le da el centro frio:
  ¿Y yo con más albedrío
  Tengo ménos libertad?
  Nace el arroyo, culebra
  Que entre flores se desata,
  Y apénas, sierpe de plata,
  Entre las flores se quiebra,
  Cuando músico celebra
  De las flores la piedad,
  Que le da la majestad
  Del campo abierto á su huida:
  ¿Y teniendo yo más vida
  Tengo ménos libertad?
  En llegando á esta pasion,
  Un volcan, un Etna hecho,
  Quisiera arrancar del pecho
  Pedazos del corazon:
  ¿Qué ley, justicia ó razon
  Negar á los hombres sabe
  Privilegio tan süave,
  Excepcion tan principal,
  Que Dios le ha dado á un cristal,
  Á un pez, á un bruto y á un ave?

  [1] Natural.

ROSAURA.

  Temor y piedad en mí
  Sus razones han causado.

SEGISM.

  ¿Quién mis voces ha escuchado?
  ¿Es Clotaldo?

CLARIN.

  _(Ap. á su amo.)_ Dí que sí.

ROSAURA.

  No es sino un triste (¡ay de mí!)
  Que en estas bóvedas frias
  Oyó tus melancolías.

SEGISM.

  Pues muerte aquí te daré,
  Porque no sepas que sé _(Ásela.)_
  Que sabes flaquezas mias.
  Sólo porque me has oido,
  Entre mis membrudos brazos
  Te tengo de hacer pedazos.

CLARIN.

  Yo soy sordo, y no he podido
  Escucharte.

ROSAURA.

              Si has nacido
  Humano, baste el postrarme
  Á tus piés para librarme.

SEGISM.

  Tu voz pudo enternecerme,
  Tu presencia suspenderme
  Y tu respeto turbarme.
  ¿Quién eres? que aunque yo aquí
  Tan poco del mundo sé,
  Que cuna y sepulcro fué
  Esta torre para mí:
  Y aunque desde que nací
  (Si esto es nacer) sólo advierto
  Este rústico desierto,
  Donde miserable vivo,
  Siendo un esqueleto vivo,
  Siendo un animado muerto:
  Y aunque nunca ví ni hablé,
  Sino á un hombre solamente
  Que aquí mis desdichas siente,
  Por quien las noticias sé
  De cielo y tierra, y aunque
  Aquí, porque más te asombres
  Y monstruo humano me nombres,
  Entre asombros y quimeras,
  Soy un hombre de las fieras,
  Y una fiera de los hombres:
  Y aunque en desdichas tan graves
  La política he estudiado,
  De los brutos enseñado,
  Advertido de las aves,
  Y de los astros süaves
  Los círculos he medido;
  Tú sólo, tú has suspendido
  La pasion á mis enojos,
  La suspension á mis ojos,
  La admiracion á mi oido.
  Con cada vez que te veo
  Nueva admiracion me das,
  Y cuando te miro más,
  Aun más mirarte deseo.
  Ojos hidrópicos creo
  Que mis ojos deben ser;
  Pues cuando es muerte el beber,
  Beben más, y desta suerte,
  Viendo que el ver me da muerte,
  Estoy muriendo por ver.
  Pero véate yo y muera;
  Que no sé, rendido ya.
  Si el verte muerte me da,
  El no verte qué me diera.
  Fuera, más que muerte fiera.
  Ira, rabia y dolor fuerte;
  Fuera muerte: desta suerte
  Su rigor he ponderado.
  Pues dar vida á un desdichado
  Es dar á un dichoso muerte.

ROSAURA.

  Con asombro de mirarte.
  Con admiracion de oirte,
  Ni sé qué pueda decirte.
  Ni qué pueda preguntarte:
  Sólo diré que á esta parte
  Hoy el cielo me ha guiado
  Para haberme consolado,
  Si consuelo puede ser
  Del que es desdichado, ver
  Otro que es más desdichado.
  Cuentan de un sabio, que un dia
  Tan pobre y mísero estaba,
  Que sólo se sustentaba
  De unas yerbas que cogia.
  ¿Habrá otro (entre sí decia)
  Más pobre y triste que yo?
  Y cuando el rostro volvió,
  Halló la respuesta, viendo
  Que iba otro sabio cogiendo
  Las hojas que él arrojó.
  Quejoso de la fortuna
  Yo en este mundo vivia,
  Y cuando entre mí decia:
  ¿Habrá otra persona alguna
  De suerte más importuna?
  Piadoso me has respondido;
  Pues volviendo en mi sentido.
  Hallo que las penas mias,
  Para hacerlas tú alegrías
  Las hubieras recogido.
  Y por si acaso mis penas
  Pueden en algo aliviarte,
  Óyelas atento, y toma
  Las que dellas me sobraren.
  Yo soy...


ESCENA III.

CLOTALDO, SOLDADOS.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN.

CLOTAL.

  _(Dentro.)_ Guardas desta torre,
  Que, dormidas ó cobardes,
  Dísteis paso á dos personas
  Que han quebrantado la cárcel...

ROSAURA.

  Nueva confusion padezco.

SEGISM.

  Este es Clotaldo, mi alcaide.
  ¿Aun no acaban mis desdichas?

CLOTAL.

  _(Dentro.)_ Acudid, y vigilantes,
  Sin que puedan defenderse,
  Ó prendedles, ó matadles.

_Voces._

  _(Dentro.)_ ¡Traicion!

CLARIN.

                       Guardas desta torre.
  Que entrar aquí nos dejasteis.
  Pues que nos dais á escoger.
  El prendernos es más fácil.

_(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola, y todos con los
rostros cubiertos.)_

CLOTAL.

  _(Aparte á los soldados al salir.)_
  Todos os cubrid los rostros;
  Que es diligencia importante
  Miéntras estamos aquí
  Que no nos conozca nadie.

CLARIN.

  ¿Enmascaraditos hay?

CLOTAL.

  Oh vosotros que ignorantes,
  De aqueste vedado sitio
  Coto y término pasasteis
  Contra el decreto del Rey,
  Que manda que no ose nadie
  Examinar el prodigio
  Que entre esos peñascos yace,
  Rendid las armas y vidas,
  Ó aquesta pistola, áspid
  De metal, escupirá
  El veneno penetrante
  De dos balas, cuyo fuego
  Será escándalo del aire.

SEGISM.

  Primero, tirano dueño,
  Que los ofendas ni agravies,
  Será mi vida despojo
  Destos lazos miserables;
  Pues en ellos, vive Dios,
  Tengo de despedazarme
  Con las manos, con los dientes,
  Entre aquestas peñas, ántes
  Que su desdicha consienta
  Y que llore sus ultrajes.

CLOTAL.

  Si sabes que tus desdichas,
  Segismundo, son tan grandes,
  Que ántes de nacer moriste
  Por ley del cielo; si sabes
  Que aquestas prisiones son
  De tus furias arrogantes
  Un freno que las detenga
  Y una rueda que las pare,
  ¿Por qué blasonas? La puerta _(A los soldados.)_
  Cerrad de esa estrecha cárcel;
  Escondedle en ella.

SEGISM.

                      ¡Ah, cielos,
  Qué bien haceis en quitarme
  La libertad! porque fuera
  Contra vosotros gigante,
  Que para quebrar al sol
  Esos vidrios y cristales,
  Sobre cimientos de piedra
  Pusiera montes de jaspe.

CLOTAL.

  Quizá, porque no los pongas,
  Hoy padeces tantos males.

_(Llévanse algunos soldados á Segismundo y enciérranle en su prision.)_


ESCENA IV.

ROSAURA, CLOTALDO, CLARIN, SOLDADOS.

ROSAURA.

  Ya que ví que la soberbia
  Te ofendió tanto, ignorante
  Fuera en no pedirte humilde
  Vida que á tus plantas yace.
  Muévate en mí la piedad;
  Que será rigor notable,
  Que no hallen favor en tí
  Ni soberbias ni humildades.

CLARIN.

  Y si humildad ni soberbia
  No te obligan, personajes
  Que han movido y removido
  Mil autos sacramentales,
  Yo, ni humilde ni soberbio,
  Sino entre las dos mitades
  Entreverado, te pido
  Que nos remedies y ampares.

CLOTAL.

  ¡Hola!

SOLDADO.

  Señor...

CLOTAL.

                  A los dos
  Quitad las armas, y atadles
  Los ojos, porque no vean
  Cómo ni de dónde salen.

ROSAURA.

  Mi espada es esta, que á tí
  Solamente ha de entregarse,
  Porque al fin, de todos eres
  El principal, y no sabe
  Rendirse á ménos valor.

CLARIN.

  La mia es tal, que puede darse
  Al más rüin: tomadla vos. _(A un soldado.)_

ROSAURA.

  Y si he de morir, dejarte
  Quiero, en fe desta piedad,
  Prenda que pudo estimarse
  Por el dueño que algun dia
  Se la ciñó: que la guardes
  Te encargo, porque aunque yo
  No sé qué secreto alcance,
  Sé que esta dorada espada
  Encierra misterios grandes,
  Pues solo fiado en ella
  Vengo á Polonia á vengarme
  De un agravio.

CLOTAL.

  _(Aparte.)_    ¡Santos cielos!
  ¡Qué es esto! ya son más graves
  Mis penas y confusiones,
  Mis ánsias y mis pesares.
  ¿Quién te la dió?

ROSAURA.

                    Una mujer.

CLOTAL.

  ¿Cómo se llama?

ROSAURA.

                  Que calle
  Su nombre es fuerza.

CLOTAL.

                       ¿De qué
  Infieres ahora, ó sabes,
  Que hay secreto en esta espada?

ROSAURA.

  Quien me la dió, dijo: «Parte
  A Polonia, y solicita
  Con ingenio, estudio ó arte,
  Que te vean esa espada
  Los nobles y principales,
  Que yo sé que alguno dellos
  Te favorezca y ampare;»
  Que por si acaso era muerto,
  No quiso entónces nombrarle.

CLOTAL.

  _(Ap.)_ ¡Válgame el cielo, qué escucho!
  Aun no sé determinarme
  Si tales sucesos son
  Ilusiones ó verdades.
  Esta es la espada que yo
  Dejé á la hermosa Violante.
  Por señas que el que ceñida
  La trajera, habia de hallarme
  Amoroso como hijo,
  Y piadoso como padre.
  Pues ¿qué he de hacer (¡ay de mi!)
  En confusion semejante,
  Si quien la trae por favor,
  Para su muerte la trae,
  Pues que sentenciado á muerte
  Llega á mis piés? ¡Qué notable
  Confusion! ¡Qué triste hado!
  ¡Qué suerte tan inconstante!
  Este es mi hijo, y las señas
  Dicen bien con las señales
  Del corazon, que por verlo
  Llama al pecho, y en él bate
  Las alas, y no pudiendo
  Romper los candados, hace
  Lo que aquel que está encerrado,
  Y oyendo ruido en la calle
  Se asoma por la ventana:
  El así, como no sabe
  Lo que pasa, y oye el ruido,
  Va á los ojos á asomarse,
  Que son ventanas del pecho
  Por donde en lágrimas sale.
  ¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!)
  ¿Qué he de hacer? Porque llevarle
  Al Rey, es llevarle (¡ay triste!)
  A morir. Pues ocultarle
  Al Rey no puedo, conforme
  A la ley del homenaje.
  De una parte el amor proprio,
  Y la lealtad de otra parte
  Me rinden. Pero ¿qué dudo?
  La lealtad del Rey ¿no es ántes
  Que la vida y que el honor?
  Pues ella viva y él falte.
  Fuera de que si ahora atiendo
  A que dijo que á vengarse
  Viene de un agravio, hombre
  Que está agraviado, es infame.—
  No es mi hijo, no es mi hijo,
  Ni tiene mi noble sangre.
  Pero si ya ha sucedido
  Un peligro, de quien nadie
  Se libró, porque el honor
  Es de materia tan frágil
  Que con una accion se quiebra
  Ó se mancha con un aire,
  ¿Qué más puede hacer, qué más,
  El que es noble, de su parte,
  Que á costa de tantos riesgos
  Haber venido á buscarle?
  Mi hijo es, mi sangre tiene,
  Pues tiene valor tan grande;
  Y así, entre una y otra duda,
  El medio más importante
  Es irme al Rey, y decirle
  Que es mi hijo, y que le mate.
  Quizá la misma piedad
  De mi honor podrá obligarle;
  Y si le merezco vivo,
  Yo le ayudaré á vengarse
  De su agravio; mas si el Rey,
  En sus rigores constante,
  Le da muerte, morirá
  Sin saber que soy su padre.—
  Venid conmigo, extranjeros,

_(A Rosaura y Clarin.)_

  No temais, no, de que os falte
  Compañía en las desdichas,
  Pues en duda semejante
  De vivir ó de morir,
  No sé cuáles son más grandes. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Salon del Palacio Real en la corte[2]._

  [2] Calderon no la nombra: sin duda le pareció poco necesario,
  por ser el drama de pura invencion.


ESCENA V.

ASTOLFO Y SOLDADOS, _que salen por un lado, y por el otro_ LA INFANTA
ESTRELLA Y DAMAS. _Música militar dentro y salvas._

ASTOLFO.

  Bien al ver los excelentes
  Rayos, que fueron cometas,
  Mezclan salvas diferentes
  Las cajas y las trompetas,
  Los pájaros y las fuentes:
  Siendo con música igual,
  Y con maravilla suma,
  A tu vista celestial
  Unos, clarines de pluma,
  Y otras, aves de metal;
  Y así os saludan, señora,
  Como á su reina las balas,
  Los pájaros como Aurora,
  Las trompetas como á Pálas
  Y las flores como á Flora;
  Porque sois, burlando el dia
  Que ya la noche destierra,
  Aurora en el alegría,
  Flora en paz, Pálas en guerra,
  Y reina en el alma mia.

ESTREL.

  Si la voz se ha de medir
  Con las acciones humanas,
  Mal habeis hecho en decir
  Finezas tan cortesanas,
  Donde os pueda desmentir
  Todo ese marcial trofeo
  Con quien ya atrevida lucho;
  Pues no dicen, segun creo,
  Las lisonjas que os escucho,
  Con los rigores que veo.
  Y advertid que es baja accion,
  Que sólo á una fiera toca,
  Madre de engaño y traicion,
  El halagar con la boca
  Y matar con la intencion.

ASTOLFO.

  Muy mal informada estais,
  Estrella, pues que la fe
  De mis finezas dudais,
  Y os suplico que me oigais
  La causa, á ver si la sé.
  Falleció Eustorgio tercero,
  Rey de Polonia, y quedó
  Basilio por heredero,
  Y dos hijas, de quien yo
  Y vos nacimos.—No quiero
  Cansaros con lo que tiene
  Lugar aquí.—Clorilene,
  Vuestra madre y mi señora,
  Que en mejor imperio ahora
  Dosel de luceros tiene,
  Fué la mayor, de quien vos
  Sois hija; fué la segunda,
  Madre y tia de los dos,
  La gallarda Recisunda,
  Que guarde mil años Dios;
  Casó en Moscovia, de quien
  Nací yo. Volver ahora
  Al otro principio es bien.
  Basilio, que ya, señora,
  Se rinde al comun desden
  Del tiempo, más inclinado
  A los estudios que dado
  A mujeres, enviudó
  Sin hijos, y vos y yo
  Aspiramos á este Estado.
  Vos alegais que habeis sido
  Hija de hermana mayor;
  Yo, que varon he nacido,
  Y aunque de hermana menor,
  Os debo ser preferido.
  Vuestra intencion y la mia
  A nuestro tio contamos:
  Él respondió que queria
  Componernos, y aplazamos
  Este puesto y este dia.
  Con esta intencion salí
  De Moscovia y de su tierra;
  Con esta llegué hasta aquí,
  En vez de haceros yo guerra,
  A que me la hagais á mí.
  ¡Oh! quiera Amor, sabio dios,
  Que el vulgo, astrólogo cierto,
  Hoy lo sea con los dos,
  Y que pare este concierto
  En que seais Reina vos,
  Pero Reina en mi albedrío,
  Dándôs, para más honor,
  Su corona nuestro tio,
  Sus triunfos vuestro valor
  Y su imperio el amor mio.

ESTREL.

  A tan cortés bizarría
  Ménos mi pecho no muestra,
  Pues la imperial monarquía
  Para sólo hacerla vuestra
  Me holgara que fuera mia;
  Aunque no está satisfecho
  Mi amor de que sois ingrato,
  Si en cuanto decís, sospecho
  Que os desmiente ese retrato
  Que está pendiente del pecho.

ASTOLFO.

  Satisfaceros intento
  Con él... Mas lugar no da
  Tanto sonoro instrumento, _(Tocan cajas.)_
  Que avisa que sale ya
  El Rey con su parlamento.


ESCENA VI.

EL REY BASILIO, ACOMPAÑAMIENTO.—ASTOLFO, ESTRELLA, DAMAS, SOLDADOS.

ESTREL.

  Sabio Táles...

ASTOLFO.

                 Docto Euclídes...

ESTREL.

  Que entre signos...

ASTOLFO.

                      Que entre estrellas...

ESTREL.

  Hoy gobiernas...

ASTOLFO.

                   Hoy resides...

ESTREL.

  Y sus caminos...

ASTOLFO.

                   Sus huellas...

ESTREL.

  Describes...

ASTOLFO.

               Tasas y mides...

ESTREL.

  Deja que en humildes lazos...

ASTOLFO.

  Deja que en tiernos abrazos...

ESTREL.

  Hiedra dese tronco sea.

ASTOLFO.

  Rendido á tus piés me vea.

BASILIO.

  Sobrinos, dadme los brazos,
  Y creed, pues que leales
  Á mi precepto amoroso
  Venís con afectos tales,
  Que á nadie deje quejoso
  Y los dos quedeis iguales:
  Y así, cuando me confieso
  Rendido al prolijo peso,
  Sólo os pido en la ocasion
  Silencio, que admiracion
  Ha de pedirla el suceso.
  Ya sabeis (estadme atentos,
  Amados sobrinos mios,
  Corte ilustre de Polonia,
  Vasallos, deudos y amigos),
  Ya sabeis que yo en el mundo
  Por mi ciencia he merecido
  El sobrenombre de docto,
  Pues, contra el tiempo y olvido,
  Los pinceles de Timantes,
  Los mármoles de Lisipo,
  En el ámbito del orbe
  Me aclaman el gran Basilio.
  Ya sabeis que son las ciencias
  Que más curso y más estimo,
  Matemáticas sutiles,
  Por quien al tiempo le quito,
  Por quien á la fama rompo
  La jurisdiccion y oficio
  De enseñar más cada dia;
  Pues cuando en mis tablas miro
  Presentes las novedades
  De los venideros siglos,
  Le gano al tiempo las gracias
  De contar lo que yo he dicho.
  Esos círculos de nieve,
  Esos doseles de vidrio
  Que el sol ilumina á rayos,
  Que parte la luna á giros;
  Esos orbes de diamantes,
  Esos globos cristalinos
  Que las estrellas adornan
  Y que campean los signos,
  Son el estudio mayor
  De mis años, son los libros
  Donde en papel de diamante,
  En cuadernos de zafiro,
  Escribe con líneas de oro,
  En caracteres distintos,
  El cielo nuestros sucesos,
  Ya adversos ó ya benignos.
  Estos leo tan veloz,
  Que con mi espíritu sigo
  Sus rápidos movimientos
  Por rumbos y por caminos.
  ¡Pluguiera al cielo, primero
  Que mi ingenio hubiera sido
  De sus márgenes comento,
  Y de sus hojas registro,
  Hubiera sido mi vida
  El primero desperdicio
  De sus iras, y que en ellas
  Mi tragedia hubiera sido,
  Porque de los infelices
  Aun el mérito es cuchillo,
  Que á quien le daña el saber,
  Homicida es de sí mismo!
  Dígalo yo, aunque mejor
  Lo dirán sucesos mios,
  Para cuya admiracion
  Otra vez silencio os pido.
  En Clorilene, mi esposa,
  Tuve un infelice hijo,
  En cuyo parto los cielos
  Se agotaron de prodigios.
  Ántes que á la luz hermosa
  Le diese el sepulcro vivo
  De un vientre (porque el nacer
  Y el morir son parecidos),
  Su madre infinitas veces,
  Entre ideas y delirios
  Del sueño, vió que rompia
  Sus entrañas atrevido
  Un monstruo en forma de hombre,
  Y entre su sangre teñido,
  La daba muerte, naciendo
  Víbora humana del siglo.
  Llegó de su parto el dia,
  Y los presagios cumplidos
  (Porque tarde ó nunca son
  Mentirosos los impíos),
  Nació en horóscopo tal,
  Que el sol, en su sangre tinto,
  Entraba sañudamente
  Con la luna en desafío;
  Y siendo valla la tierra,
  Los dos faroles divinos
  A luz entera luchaban,
  Ya que no á brazo partido.
  El mayor, el más horrendo
  Eclipse que ha padecido
  El sol, despues que con sangre
  Lloró la muerte de Cristo,
  Este fué, porque anegado
  El orbe en incendios vivos,
  Presumió que padecia
  El último parasismo:
  Los cielos se oscurecieron,
  Temblaron los edificios,
  Llovieron piedras las nubes,
  Corrieron sangre los rios.
  En aqueste, pues, del sol
  Ya frenesí, ó ya delirio,
  Nació Segismundo, dando
  De su condicion indicios,
  Pues dió la muerte á su madre,
  Con cuya fiereza dijo:
  Hombre soy, pues que ya empiezo
  A pagar mal beneficios.
  Yo, acudiendo á mis estudios,
  En ellos y en todo miro
  Que Segismundo sería
  El hombre más atrevido,
  El príncipe más cruel
  Y el monarca más impío,
  Por quien su reino vendria
  A ser parcial y diviso,
  Escuela de las traiciones
  Y academia de los vicios;
  Y él, de su furor llevado,
  Entre asombros y delitos,
  Habia de poner en mí
  Las plantas, y yo rendido
  A sus piés me habia de ver,
  (¡Con qué vergüenza lo digo!)
  Siendo alfombra de sus plantas
  Las canas del rostro mio.
  ¿Quién no da crédito al daño,
  Y más al daño que ha visto
  En su estudio, donde hace
  El amor proprio su oficio?
  Pues dando crédito yo
  Á los hados, que divinos
  Me pronosticaban daños
  En fatales vaticinios,
  Determiné de encerrar
  La fiera que habia nacido,
  Por ver si el sabio tenía
  En las estrellas dominio.
  Publicóse que el infante
  Nació muerto, y prevenido
  Hice labrar una torre
  Entre las peñas y riscos
  De esos montes, donde apénas
  La luz ha hallado camino,
  Por defenderle la entrada
  Sus rústicos obeliscos.
  Las graves penas y leyes,
  Que con públicos edictos
  Declararon que ninguno
  Entrase á un vedado sitio
  Del monte, se ocasionaron
  De las causas que os he dicho.
  Allí Segismundo vive
  Mísero, pobre y cautivo,
  Adonde sólo Clotaldo
  Le ha hablado, tratado y visto.
  Este le ha enseñado ciencias;
  Este en la ley le ha instruido
  Católica, siendo sólo
  De sus miserias testigo.
  Aquí hay tres cosas: la una
  Que yo, Polonia, os estimo
  Tanto, que os quiero librar
  De la opresion y servicio
  De un rey tirano, porque
  No fuera señor benigno
  El que á su patria y su imperio
  Pusiera en tanto peligro.
  La otra es considerar
  Que si á mi sangre le quito
  El derecho que le dieron
  Humano fuero y divino,
  No es cristiana caridad;
  Pues ninguna ley ha dicho
  Que por reservar yo á otro
  De tirano y de atrevido,
  Pueda yo serlo, supuesto
  Que si es tirano mi hijo,
  Porque él delitos no haga,
  Vengo yo á hacer los delitos.
  Es la última y tercera
  El ver cuánto yerro ha sido
  Dar crédito fácilmente
  Á los sucesos previstos;
  Pues aunque su inclinacion
  Le dicte sus precipicios,
  Quizá no le vencerán,
  Porque el hado más esquivo,
  La inclinacion más violenta,
  El planeta más impío,
  Sólo el albedrío inclinan,
  No fuerzan el albedrío.
  Y así, entre una y otra causa,
  Vacilante y discursivo,
  Previne un remedio tal,
  Que os suspenda los sentidos.
  Yo he de ponerle mañana,
  Sin que él sepa que es mi hijo
  Y Rey vuestro, á Segismundo
  (Que aqueste su nombre ha sido)
  En mi dosel, en mi silla,
  Y en fin, en el lugar mio,
  Donde os gobierne y os mande,
  Y donde todos rendidos
  La obediencia le jureis;
  Pues con aquesto consigo
  Tres cosas, con que respondo
  Á las otras tres que he dicho.
  Es la primera, que siendo
  Prudente, cuerdo y benigno,
  Desmintiendo en todo al hado
  Que dél tantas cosas dijo,
  Gozaréis el natural
  Príncipe vuestro, que ha sido
  Cortesano de unos montes
  Y de sus fieras vecino.
  Es la segunda, que si él
  Soberbio, osado, atrevido
  Y cruel, con rienda suelta
  Corre el campo de sus vicios,
  Habré yo piadoso entónces
  Con mi obligacion cumplido;
  Y luégo en desposeerle
  Haré como Rey invicto,
  Siendo el volverle á la cárcel
  No crueldad, sino castigo.
  Es la tercera, que siendo
  El príncipe como os digo,
  Por lo que os amo, vasallos,
  Os daré reyes más dignos
  De la corona y el cetro;
  Pues serán mis dos sobrinos,
  Que junto en uno el derecho
  De los dos, y convenidos
  Con la fe del matrimonio,
  Tendrán lo que han merecido.
  Esto como rey os mando,
  Esto como padre os pido,
  Esto como sabio os ruego,
  Esto como anciano os digo;
  Y si el Séneca español,
  Que era humilde esclavo, dijo,
  De su república un rey,
  Como esclavo os lo suplico.

ASTOLFO.

  Si á mí el responder me toca,
  Como el que en efecto ha sido
  Aquí el más interesado,
  En nombre de todos digo
  Que Segismundo parezca,
  Pues le basta ser tu hijo.

TODOS.

  Dános al príncipe nuestro,
  Que ya por rey le pedimos.

BASILIO.

  Vasallos, esa fineza
  Os agradezco y estimo.
  Acompañad á sus cuartos
  A los dos atlantes mios,
  Que mañana le vereis.

TODOS.

  ¡Viva el grande rey Basilio!

_(Éntranse todos acompañando á Estrella y á Astolfo: quédase el Rey.)_


ESCENA VII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.—BASILIO.

CLOTAL.

  ¿Podréte hablar? _(Al Rey.)_

BASILIO.

                   ¡Oh Clotaldo!
  Tú seas muy bien venido.

CLOTAL.

  Aunque viniendo á tus plantas
  Era fuerza haberlo sido,
  Esta vez rompe, señor,
  El hado triste y esquivo
  El privilegio á la ley
  Y á la costumbre el estilo.

BASILIO.

  ¿Qué tienes?

CLOTAL.

               Una desdicha,
  Señor, que me ha sucedido,
  Cuando pudiera tenerla
  Por el mayor regocijo.

BASILIO.

  Prosigue.

CLOTAL.

            Este bello jóven,
  Osado ó inadvertido,
  Entró en la torre, señor,
  Adonde al Príncipe ha visto,
  Y es...

BASILIO.

          No os aflijais, Clotaldo:
  Si otro dia hubiera sido,
  Confieso que lo sintiera;
  Pero ya el secreto he dicho,
  Y no importa que él lo sepa,
  Supuesto que yo lo digo.
  Vedme despues, porque tengo
  Muchas cosas que advertiros
  Y muchas que hagais por mí;
  Que habeis de ser, os aviso,
  Instrumento del mayor
  Suceso que el mundo ha visto:
  Y á esos presos, porque al fin
  No presumais que castigo
  Descuidos vuestros, perdono. _(Vase.)_

CLOTAL.

  ¡Vivas, gran señor, mil siglos!


ESCENA VIII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.

CLOTAL.

  (_Ap._ Mejoró el cielo la suerte:
  Ya no diré que es mi hijo,
  Pues que lo puedo excusar.)
  Extranjeros peregrinos,
  Libres estais.

ROSAURA.

                 Tus piés beso
  Mil veces.

CLARIN.

             Y yo los viso,
  Que una letra más ó ménos
  No reparan dos amigos.

ROSAURA.

  La vida, señor, me has dado;
  Y pues á tu cuenta vivo,
  Eternamente seré
  Esclavo tuyo.

CLOTAL.

                No ha sido
  Vida la que yo te he dado,
  Porque un hombre bien nacido,
  Si está agraviado, no vive;
  Y supuesto que has venido
  Á vengarte de un agravio,
  Segun tú proprio me has dicho,
  No te he dado vida yo,
  Porque tú no la has traido,
  Que vida infame no es vida.
  (_Ap._ Bien con aquesto le animo.)

ROSAURA.

  Confieso que no la tengo,
  Aunque de tí la recibo;
  Pero yo con la venganza
  Dejaré mi honor tan limpio,
  Que pueda mi vida luego,
  Atropellando peligros,
  Parecer dádiva tuya.

CLOTAL.

  Toma el acero bruñido
  Que trajiste; que yo sé
  Que él baste, en sangre teñida
  De tu enemigo, á vengarte;
  Porque acero que fué mio
  (Digo este instante, este rato
  Que en mi poder le he tenido),
  Sabrá vengarte.

ROSAURA.

                  En tu nombre
  Segunda vez me le ciño,
  Y en él juro mi venganza,
  Aunque fuese mi enemigo
  Más poderoso.

CLOTAL.

                ¿Eslo mucho?

ROSAURA.

  Tanto, que no te lo digo,
  No porque de tu prudencia
  Mayores cosas no fío,
  Sino porque no se vuelva
  Contra mí el favor que admiro
  En tu piedad.

CLOTAL.

                Ántes fuera
  Ganarme á mí con decirlo;
  Pues fuera cerrarme el paso
  De ayudar á tu enemigo.
  (_Ap._ ¡Oh si supiera quién es!)

ROSAURA.

  Porque no pienses que estimo
  Tan poco esa confianza,
  Sabe que el contrario ha sido
  No ménos que Astolfo, duque
  De Moscovia.

CLOTAL.

  (_Ap._       Mal resisto
  El dolor, porque es más grave,
  Que fué imaginado, visto.
  Apuremos más el caso.)
  Si moscovita has nacido,
  El que es natural señor,
  Mal agraviarte ha podido:
  Vuélvete á tu patria, pues,
  Y deja el ardiente brío
  Que te despeña.

ROSAURA.

                  Yo sé,
  Que aunque mi príncipe ha sido,
  Pudo agraviarme.

CLOTAL.

                   No pudo,
  Aunque pusiera atrevido
  La mano en tu rostro. (_Ap._ ¡Ay cielos!)

ROSAURA.

  Mayor fué el agravio mio.

CLOTAL.

  Dílo ya, pues que no puedes
  Decir más que yo imagino.

ROSAURA.

  Sí dijera; mas no sé
  Con qué respeto te miro,
  Con qué afecto te venero,
  Con qué estimacion te asisto,
  Que no me atrevo á decirte
  Que es este exterior vestido
  Enigma, pues no es de quien
  Parece: juzga advertido,
  Si no soy lo que parezco,
  Y Astolfo á casarse vino
  Con Estrella, si podrá
  Agraviarme. Harto te he dicho.

_(Vanse Rosaura y Clarin.)_

CLOTAL.

  ¡Escucha, aguarda, detente!
  ¿Qué confuso laberinto
  Es este, donde no puede
  Hallar la razon el hilo?
  Mi honor es el agraviado,
  Poderoso el enemigo,
  Yo vasallo, ella mujer:
  Descubra el cielo camino;
  Aunque no sé si podrá,
  Cuando en tan confuso abismo
  Es todo el cielo un presagio,
  Y es todo el mundo un prodigio.



JORNADA SEGUNDA.


ESCENA PRIMERA.

BASILIO, CLOTALDO.

CLOTAL.

  Todo, como lo mandaste,
  Queda efectuado.

BASILIO.

                   Cuenta,
  Clotaldo, cómo pasó.

CLOTAL.

  Fué, señor, desta manera.
  Con la apacible bebida,
  Que de confecciones llena
  Hacer mandaste, mezclando
  La virtud de algunas hierbas,
  Cuyo tirano poder
  Y cuya secreta fuerza
  Así al humano discurso
  Priva, roba y enajena,
  Que deja vivo cadáver
  Á un hombre, y cuya violencia,
  Adormecido, le quita
  Los sentidos y potencias...
  —No tenemos que argüir
  Que aquesto posible sea,
  Pues tantas veces, señor,
  Nos ha dicho la experiencia,
  Y es cierto, que de secretos
  Naturales está llena
  La medicina, y no hay
  Animal, planta ni piedra
  Que no tenga calidad
  Determinada, y si llega
  Á examinar mil venenos
  La humana malicia nuestra,
  Que den la muerte, ¿qué mucho
  Que, templada su violencia,
  Pues hay venenos que maten,
  Haya venenos que aduerman?
  Dejando aparte el dudar
  Si es posible que suceda,
  Pues que ya queda probado
  Con razones y evidencias...—
  Con la bebida, en efecto,
  Que el opio, la adormidera
  Y el beleño compusieron,
  Bajé á la cárcel estrecha
  De Segismundo; con él
  Hablé un rato de las letras
  Humanas, que le ha enseñado
  La muda naturaleza
  De los montes y los cielos,
  En cuya divina escuela
  La retórica aprendió
  De las aves y las fieras.
  Para levantarle más
  El espíritu á la empresa
  Que solicitas, tomé
  Por asunto la presteza
  De un águila caudalosa,
  Que despreciando la esfera
  Del viento, pasaba á ser
  En las regiones supremas
  Del fuego rayo de pluma,
  Ó desasido cometa.
  Encarecí el vuelo altivo,
  Diciendo: «Al fin eres reina
  De las aves, y así, á todas
  Es justo que las prefieras.»
  Él no hubo menester más;
  Que en tocando esta materia
  De la majestad, discurre
  Con ambicion y soberbia;
  Porque en efecto la sangre
  Le incita, mueve y alienta
  Á cosas grandes, y dijo:
  «¡Que en la república inquieta
  De las aves tambien haya
  Quien les jure la obediencia!
  En llegando á este discurso
  Mis desdichas me consuelan;
  Pues, por lo ménos, si estoy
  Sujeto, lo estoy por fuerza;
  Porque voluntariamente
  Á otro hombre no me rindiera.»
  Viendole ya enfurecido
  Con esto, que ha sido el tema
  De su dolor, le brindé
  Con la pócima, y apénas
  Pasó desde el vaso al pecho
  El licor, cuando las fuerzas
  Rindió al sueño, discurriendo
  Por los miembros y las venas
  Un sudor frio, de modo
  Que á no saber yo que era
  Muerte fingida, dudara
  De su vida. En esto llegan
  Las gentes de quien tú fias
  El valor desta experiencia,
  Y poniéndole en un coche,
  Hasta tu cuarto le llevan,
  Donde prevenida estaba
  La majestad y grandeza
  Que es digna de su persona.
  Allí en tu cama le acuestan,
  Donde al tiempo que el letargo
  Haya perdido la fuerza,
  Como á tí mismo, señor,
  Le sirvan, que así lo ordenas.
  Y si haberte obedecido
  Te obliga á que yo merezca
  Galardon, sólo te pido
  (Perdona mi inadvertencia)
  Que me digas, ¿qué es tu intento,
  Trayendo desta manera
  Á Segismundo á palacio?

BASILIO.

  Clotaldo, muy justa es esa
  Duda que tienes, y quiero
  Sólo á tí satisfacerla.
  Á Segismundo mi hijo
  El influjo de su estrella
  (Bien lo sabes) amenaza
  Mil desdichas y tragedias:
  Quiero examinar si el cielo,
  Que no es posible que mienta,
  Y más habiéndonos dado
  De su rigor tantas muestras,
  En su cruel condicion,
  Ó se mitiga, ó se templa
  Por lo ménos, y vencido
  Con valor y con prudencia
  Se desdice; porque el hombre
  Predomina en las estrellas.
  Esto quiero examinar,
  Trayéndole donde sepa
  Que es mi hijo, y donde haga
  De su talento la prueba.
  Si magnánimo la vence,
  Reinará; pero si muestra
  El ser cruel y tirano,
  Le volveré á su cadena.
  Ahora preguntarás,
  Que para aquesta experiencia,
  ¿Qué importó haberle traido
  Dormido desta manera?
  Y quiero satisfacerte,
  Dándote á todo respuesta.
  Si él supiera que es mi hijo
  Hoy, y mañana se viera
  Segunda vez reducido
  Á su prision y miseria,
  Cierto es de su condicion
  Que desesperara en ella;
  Porque sabiendo quién es,
  ¿Qué consuelo habrá que tenga?
  Y así he querido dejar
  Abierta al daño la puerta
  Del decir que fué soñado
  Cuanto vió. Con esto llegan
  A examinarse dos cosas:
  Su condicion, la primera;
  Pues él despierto procede
  En cuanto imagina y piensa:
  Y el consuelo la segunda;
  Pues aunque ahora se vea
  Obedecido, y despues
  A sus prisiones se vuelva,
  Podrá entender que soñó,
  Y hará bien cuando lo entienda
  Porque en el mundo, Clotaldo,
  Todos los que viven sueñan.

CLOTAL.

  Razones no me faltaran
  Para probar que no aciertas;
  Mas ya no tiene remedio;
  Y segun dicen las señas,
  Parece que ha despertado,
  Y hácia nosotros se acerca.

BASILIO.

  Yo me quiero retirar:
  Tú, como ayo suyo, llega,
  Y de tantas confusiones
  Como su discurso cercan,
  Le saca con la verdad.

CLOTAL.

  ¿En fin, que me das licencia
  Para que lo diga?

BASILIO.

                    Sí;
  Que podrá ser, con saberla,
  Que conocido el peligro
  Más fácilmente se venza. _(Vase.)_


ESCENA II.

CLARIN.—CLOTALDO.

CLARIN.

  _(Ap.)_ Á costa de cuatro palos,
  Que el llegar aquí me cuesta,
  De un alabardero rubio
  Que barbó de su librea,
  Tengo de ver cuanto pasa;
  Que no hay ventana más cierta,
  Que aquella que, sin rogar
  Á un ministro de boletas,
  Un hombre se trae consigo;
  Pues para todas las fiestas,
  Despojado y despejado
  Se asoma á su desvergüenza.

CLOTAL.

  (_Ap._ Este es Clarin, el criado
  De aquella (¡ay cielos!), de aquella
  Que, tratante de desdichas,
  Pasó á Polonia mi afrenta.)
  Clarin, ¿qué hay de nuevo?

CLARIN.

                             Hay,
  Señor, que tu gran clemencia,
  Dispuesta á vengar agravios
  De Rosaura, la aconseja
  Que tome su propio traje.

CLOTAL.

  Y es bien, porque no parezca
  Liviandad.

CLARIN.

             Hay que mudando
  Su nombre, y tomando cuerda
  Nombre de sobrina tuya,
  Hoy tanto honor se acrecienta,
  Que dama en palacio ya
  De la singular Estrella
  Vive.

CLOTAL.

        Es bien que de una vez
  Tome su honor por mi cuenta.

CLARIN.

  Hay que ella está esperando
  Que ocasion y tiempo venga
  En que vuelvas por su honor.

CLOTAL.

  Prevencion segura es esa;
  Que al fin el tiempo ha de ser
  Quien haga esas diligencias.

CLARIN.

  Hay que ella está regalada,
  Servida como una reina,
  En fe de sobrina tuya.
  Y hay que viniendo con ella,
  Estoy yo muriendo de hambre
  Y nadie de mí se acuerda,
  Sin mirar que soy Clarin,
  Y que si el tal Clarin suena,
  Podrá decir cuanto pasa
  Al Rey, á Astolfo y á Estrella;
  Porque Clarin y criado
  Son dos cosas que se llevan
  Con el secreto muy mal;
  Y podrá ser, si me deja
  El silencio de su mano,
  Se cante por mí esta letra:
  _Clarin que rompe el albor,_
  _No suena mejor_.

CLOTAL.

  Tu queja está bien fundada;
  Yo satisfaré tu queja,
  Y en tanto sírveme á mí.

CLARIN.

  Pues ya Segismundo llega.


ESCENA III.

MÚSICOS, _cantando, y_ CRIADOS, _dando de vestir á_ SEGISMUNDO, _que
sale como asombrado_.—CLOTALDO, CLARIN.

SEGISM.

  ¡Válgame el cielo, qué veo!
  ¡Válgame el cielo, qué miro!
  Con poco espanto lo admiro,
  Con mucha duda lo creo.
  ¿Yo en palacios suntuosos?
  ¿Yo entre telas y brocados?
  ¿Yo cercado de criados
  Tan lucidos y briosos?
  ¿Yo despertar de dormir
  En lecho tan excelente?
  ¿Yo en medio de tanta gente
  Que me sirva de vestir?
  Decir que sueño es engaño:
  Bien sé que despierto estoy.
  ¿Yo Segismundo no soy?
  Dadme, cielos, desengaño.
  Decidme, ¿qué pudo ser
  Esto que á mi fantasía
  Sucedió miéntras dormia,
  Que aquí me he llegado á ver?
  Pero sea lo que fuere,
  ¿Quién me mete en discurrir?
  Dejarme quiero servir,
  Y venga lo que viniere.

CRIAD. 1.º

  _(Ap. al Criado 2.º y á Clarin.)_
  ¡Qué melancólico está!

CRIAD. 2.º

  ¿Pues á quién le sucediera
  Esto, que no lo estuviera?

CLARIN.

  Á mí.

CRIAD. 2.º

  Llega á hablarle ya.

CRIAD. 1.º

  _(A Segismundo.)_ ¿Volverán á cantar?

SEGISM.

                                        No,
  No quiero que canten más.

CRIAD. 2.º

  Como tan suspenso estás.
  Quise divertirte.

SEGISM.

                    Yo
  No tengo de divertir
  Con sus voces mis pesares;
  Las músicas militares
  Sólo he gustado de oir.

CLOTAL.

  Vuestra Alteza, gran señor,
  Me dé su mano á besar,
  Que el primero os ha de dar
  Esta obediencia mi honor.

SEGISM.

  _(Ap.)_ Clotaldo es: ¿pues como así,
  Quien en prision me maltrata,
  Con tal respeto me trata?
  ¿Qué es lo que pasa por mí?

CLOTAL.

  Con la grande confusion
  Que el nuevo estado te da,
  Mil dudas padecerá
  El discurso y la razon;
  Pero ya librarte quiero
  De todas (si puede ser),
  Porque has, señor, de saber
  Que eres príncipe heredero
  De Polonia. Si has estado
  Retirado y escondido,
  Por obedecer ha sido
  A la inclemencia del hado,
  Que mil tragedias consiente
  A este imperio, cuando en él
  El soberano laurel
  Corone tu augusta frente.
  Mas fiando á tu atencion
  Que vencerás las estrellas,
  Porque es posible vencellas
  Un magnánimo varon,
  A palacio te han traido
  De la torre en que vivias,
  Miéntras al sueño tenías
  El espíritu rendido.
  Tu padre, el Rey mi señor,
  Vendrá á verte, y dél sabrás,
  Segismundo, lo demas.

SEGISM.

  Pues vil, infame, traidor,
  ¿Qué tengo más que saber,
  Despues de saber quien soy,
  Para mostrar desde hoy
  Mi soberbia y mi poder?
  ¿Cómo á tu patria le has hecho
  Tal traicion, que me ocultaste
  Á mí, pues que me negaste,
  Contra razon y derecho,
  Este estado?

CLOTAL.

               ¡Ay de mí triste!

SEGISM.

  Traidor fuiste con la ley,
  Lisonjero con el Rey,
  Y cruel conmigo fuiste;
  Y así el Rey, la ley y yo,
  Entre desdichas tan fieras,
  Te condenan á que mueras
  Á mis manos.

CRIAD. 2.º

               Señor...

SEGISM.

                        No
  Me estorbe nadie, que es vana
  Diligencia: ¡y vive Dios!
  Si os poneis delante vos,
  Que os eche por la ventana.

CRIAD. 2.º

  Huye, Clotaldo.

CLOTAL.

                  ¡Ay de tí,
  Qué soberbia vas mostrando,
  Sin saber que estás soñando! _(Vase.)_

CRIAD. 2.º

  Advierte...

SEGISM.

              Aparta de aquí.

CRIAD. 2.º

  Que á su Rey obedeció.

SEGISM.

  En lo que no es justa ley
  No ha de obedecer al Rey,
  Y su príncipe era yo.

CRIAD. 2.º

  Él no debió examinar
  Si era bien hecho ó mal hecho.

SEGISM.

  Que estais mal con vos sospecho,
  Pues me dais que replicar.

CLARIN.

  Dice el Príncipe muy bien,
  Y vos hicisteis muy mal.

CRIAD. 2.º

  ¿Quién os dió licencia igual?

CLARIN.

  Yo me la he tomado.

SEGISM.

                      ¿Quién
  Eres tú, dí?

CLARIN.

               Entremetido,
  Y deste oficio soy jefe,
  Porque soy el mequetrefe
  Mayor que se ha conocido.

SEGISM.

  Tú sólo en tan nuevos mundos
  Me has agradado.

CLARIN.

                   Señor,
  Soy un grande agradador
  De todos los Segismundos.


ESCENA IV.

ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS, MÚSICOS.

ASTOLFO.

  ¡Feliz mil veces el dia,
  Oh Príncipe, que os mostrais,
  Sol de Polonia, y llenais
  De resplandor y alegría
  Todos esos horizontes
  Con tan divino arrebol;
  Pues que salís como el sol
  De los senos de los montes!
  Salid, pues, y aunque tan tarde
  Se corona vuestra frente
  Del laurel resplandeciente,
  Tarde muera.

SEGISM.

               Dios os guarde.

ASTOLFO.

  El no haberme conocido
  Sólo por disculpa os doy
  De no honrarme más. Yo soy
  Astolfo, duque he nacido
  De Moscovia, y primo vuestro:
  Haya igualdad en los dos.

SEGISM.

  Si digo que os guarde Dios,
  ¿Bastante agrado no os muestro?
  Pero ya que haciendo alarde
  De quien sois, desto os quejais,
  Otra vez que me veais
  Le diré á Dios que no os guarde.

CRIAD. 2.º

  _(A Astolfo.)_ Vuestra Alteza considere
  Que como en montes nacido
  Con todos ha procedido.
  _(A Segismundo.)_ Astolfo, señor, prefiere...

SEGISM.

  Cansóme como llegó
  Grave á hablarme, y lo primero
  Que hizo, se puso el sombrero.

CRIAD. 2.º

  Es grande.

SEGISM.

             Mayor soy yo.

CRIAD. 2.º

  Con todo eso, entre los dos
  Que haya más respeto es bien
  Que entre los demas.

SEGISM.

                       ¿Y quién
  Os mete conmigo á vos?


ESCENA V.

ESTRELLA.—DICHOS.

ESTREL.

  Vuestra Alteza, señor, sea
  Muchas veces bien venido
  Al dosel que agradecido
  Le recibe y le desea,
  Adonde, á pesar de engaños,
  Viva augusto y eminente,
  Donde su vida se cuente
  Por siglos, y no por años.

SEGISM.

  _(A Clarin.)_ Díme tú ahora, ¿quién es
  Esta beldad soberana?
  ¿Quién es esta diosa humana,
  A cuyos divinos piés
  Postra el cielo su arrebol?
  ¿Quién es esta mujer bella?

CLARIN.

  Es, señor, tu prima Estrella.

SEGISM.

  Mejor dijeras el sol.
  Aunque el parabien es bien _(A Estrella.)_
  Darme del bien que conquisto,
  De sólo haberos hoy visto
  Os admito el parabien:
  Y así, de llegarme á ver
  Con el bien que no merezco,
  El parabien agradezco,
  Estrella, que amanecer
  Podeis, y dar alegría
  Al más luciente farol.
  ¿Qué dejais que hacer al sol,
  Si os levantais con el dia?
  Dadme á besar vuestra mano,
  En cuya copa de nieve
  El aura candores bebe.

ESTREL.

  Sed más galan cortesano.

ASTOLFO.

  _(Ap.)_ Soy perdido.

CRIAD. 2.º

  (_Ap._               El pesar sé
  De Astolfo, y le estorbaré.)
  Advierte, señor, que no
  Es justo atreverse así,
  Y estando Astolfo...

SEGISM.

                       ¿No digo
  Que vos no os metais conmigo?

CRIAD. 2.º

  Digo lo que es justo.

SEGISM.

                        Á mí
  Todo eso me causa enfado.
  Nada me parece justo
  En siendo contra mi gusto.

CRIAD. 2.º

  Pues yo, señor, he escuchado
  De tí que en lo justo es bien
  Obedecer y servir.

SEGISM.

  Tambien oiste decir
  Que por un balcon, á quien
  Me canse, sabré arrojar.

CRIAD. 2.º

  Con los hombres como yo
  No puede hacerse eso.

SEGISM.

                        ¿No?
  ¡Por Dios! que lo he de probar.

_(Cógele en los brazos y éntrase, y todos tras él, volviendo á salir
inmediatamente.)_

ASTOLFO.

  ¿Qué es esto que llego á ver?

ESTREL.

  Idle todos á estorbar. _(Vase.)_

SEGISM.

  _(Volviendo.)_ Cayó del balcon al mar:
  ¡Vive Dios! que pudo ser[3].

  [3] Polonia no tenía puertos: Calderon por consiguiente no pudo
  colocar la accion del drama en una ciudad marítima. A este
  cargo que se ha hecho al autor por estos dos versos creo que se
  responde muy fácilmente. _Mar_ se llamaba en tiempo de Calderon
  al de _Ontígola_, que es un estanque; _Mar_ se llamó despues al
  estanque grande de los jardines de la Granja. _Cayó del balcon
  al mar_, querrá, segun esto, decir: «cayó á un estanque de
  los jardines de palacio, cayó al estanque que está debajo del
  balcon.»

ASTOLFO.

  Pues medid con más espacio
  Vuestras acciones severas,
  Que lo que hay de hombres á fieras,
  Hay desde un monte á palacio.

SEGISM.

  Pues en dando tan severo
  En hablar con entereza,
  Quizá no hallaréis cabeza
  En que se os tenga el sombrero.

_(Vase Astolfo.)_


ESCENA VI.

BASILIO.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS.

BASILIO.

  ¿Qué ha sido esto?

SEGISM.

                     Nada ha sido.
  Á un hombre, que me ha cansado,
  Deste balcon he arrojado.

CLARIN.

  _(A Segism.)_ Que es el Rey está advertido.

BASILIO.

  ¿Tan presto una vida cuesta
  Tu venida al primer dia?

SEGISM.

  Díjome que no podia
  Hacerse, y gané la apuesta.

BASILIO.

  Pésame mucho que cuando,
  Príncipe, á verte he venido,
  Pensado hallarte advertido,
  De hados y estrellas triunfando,
  Con tanto rigor te vea,
  Y que la primera accion
  Que has hecho en esta ocasion,
  Un grave homicidio sea.
  ¿Con qué amor llegar podré
  A darte ahora mis brazos,
  Si de sus soberbios lazos,
  Que están enseñados sé
  A dar muerte? ¿Quién llegó
  A ver desnudo el puñal
  Que dió una herida mortal,
  Que no temiese? ¿Quién vió
  Sangriento el lugar, adonde
  A otro hombre le dieron muerte,
  Que no sienta? que el más fuerte
  A su natural responde.
  Yo así, que en tus brazos miro
  Desta muerte el instrumento,
  Y miro el lugar sangriento,
  De tus brazos me retiro;
  Y aunque en amorosos lazos
  Ceñir tu cuello pensé,
  Sin ellos me volveré,
  Que tengo miedo á tus brazos.

SEGISM.

  Sin ellos me podré estar
  Como me he estado hasta aquí;
  Que un padre que contra mí
  Tanto rigor sabe usar,
  Que su condicion ingrata
  De su lado me desvía,
  Como á una fiera me cria,
  Y como á un monstruo me trata
  Y mi muerte solicita,
  De poca importancia fué
  Que los brazos no me dé,
  Cuando el sér de hombre me quita.

BASILIO.

  Al cielo y á Dios pluguiera
  Que á dártele no llegara;
  Pues ni tu voz escuchara,
  Ni tu atrevimiento viera.

SEGISM.

  Si no me le hubieras dado,
  No me quejara de tí;
  Pero una vez dado, sí,
  Por habérmele quitado;
  Pues aunque el dar la accion es
  Más noble y más singular,
  Es mayor bajeza el dar,
  Para quitarlo despues.

BASILIO.

  ¡Bien me agradeces el verte,
  De un humilde y pobre preso,
  Príncipe ya!

SEGISM.

               Pues en eso
  ¿Qué tengo que agradecerte?
  Tirano de mi albedrío,
  Si viejo y caduco estás,
  ¿Muriéndote, qué me das?
  ¿Dasme más de lo que es mio?
  Mi padre eres y mi rey;
  Luego toda esta grandeza
  Me da la naturaleza
  Por derecho de su ley.
  Luego aunque esté en tal estado,
  Obligado no te quedo,
  Y pedirte cuentas puedo
  Del tiempo que me has quitado
  Libertad, vida y honor;
  Y así, agradéceme á mí
  Que yo no cobre de tí,
  Pues eres tú mi deudor.

BASILIO.

  Bárbaro eres y atrevido:
  Cumplió su palabra el cielo;
  Y así, para él mismo apelo,
  Soberbio y desvanecido.
  Y aunque sepas ya quién eres,
  Y desengañado estés,
  Y aunque en un lugar te ves
  Donde á todos te prefieres,
  Mira bien lo que te advierto,
  Que seas humilde y blando,
  Porque quizá estás soñando,
  Aunque ves que estás despierto. _(Vase.)_

SEGISM.

  ¿Que quizás soñando estoy,
  Aunque despierto me veo?
  No sueño, pues toco y creo
  Lo que he sido y lo que soy.
  Y aunque ahora te arrepientas,
  Poco remedio tendrás;
  Sé quien soy, y no podrás,
  Aunque suspires y sientas.
  Quitarme el haber nacido
  Desta corona heredero;
  Y si me viste primero
  A las prisiones rendido,
  Fué porque ignoré quién era,
  Pero ya informado estoy
  De quien soy, y sé que soy
  Un compuesto de hombre y fiera.


ESCENA VII.

ROSAURA, _en traje de mujer_.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS.

ROSAURA.

  _(Ap.)_ Siguiendo á Estrella vengo,
  Y gran temor de hallar á Astolfo tengo;
  Que Clotaldo desea
  Que no sepa quién soy, y no me vea,
  Porque dice que importa al honor mio:
  Y de Clotaldo fío
  Su efecto, pues le debo agradecida
  Aquí el amparo de mi honor y vida.

CLARIN.

  _(A Segism.)_ ¿Qué es lo que te ha agradado
  Más de cuanto aquí has visto y admirado?

SEGISM.

  Nada me ha suspendido;
  Que todo lo tenía prevenido;
  Mas si admirarme hubiera
  Algo en el mundo, la hermosura fuera
  De la mujer. Leia
  Una vez yo en los libros que tenía,
  Que lo que á Dios mayor estudio debe,
  Era el hombre, por ser un mundo breve;
  Mas ya que lo es recelo
  La mujer, pues ha sido un breve cielo;
  Y más beldad encierra
  Que el hombre, cuanto va de cielo á tierra;.
  Y más si es la que miro.

ROSAURA.

  _(Ap.)_ El Príncipe está aquí; yo me retiro.

SEGISM.

  Oye, mujer, detente;
  No juntes el ocaso y el oriente,
  Huyendo al primer paso;
  Que juntos el oriente y el ocaso,
  La luz y sombra fria,
  Serás sin duda síncopa del dia.
  ¿Pero qué es lo que veo?

ROSAURA.

  Lo mismo que estoy viendo dudo y creo.

SEGISM.

  _(Ap.)_ Yo he visto esta belleza
  Otra vez.

ROSAURA.

  _(Ap.)_   Yo esta pompa, esta grandeza
  He visto reducida
  A una estrecha prision.

SEGISM.

  (_Ap._                  Ya hallé mi vida.)
  Mujer, que aqueste nombre
  Es el mejor requiebro para el hombre,
  ¿Quién eres? que sin verte
  Adoracion me debes, y de suerte
  Por la fe te conquisto,
  Que me persuado á que otra vez te he visto.
  ¿Quién eres, mujer bella?

ROSAURA.

  Disimular me importa. Soy de Estrella
  Una infelice dama.

SEGISM.

  No digas tal; dí el sol, á cuya llama
  Aquella estrella vive,
  Pues de tus rayos resplandor recibe;
  Yo ví en reino de olores
  Que presidia entre escuadron de flores
  La deidad de la rosa,
  Y era su emperatriz por más hermosa;
  Yo ví entre piedras finas
  De la docta academia de sus minas
  Preferir el diamante,
  Y ser su emperador por más brillante;
  Yo en esas córtes bellas
  De la inquieta república de estrellas,
  Ví en el lugar primero
  Por rey de las estrellas al lucero;
  Yo en esferas perfetas,
  Llamando el sol á córtes los planetas,
  Le ví que presidia,
  Como mayor oráculo del dia.
  Pues ¿cómo si entre flores, entre estrellas,
  Piedras, signos, planetas, las más bellas
  Prefieren, tú has servido
  La de ménos beldad, habiendo sido
  Por más bella y hermosa,
  Sol, lucero, diamante, estrella y rosa?


ESCENA VIII.

CLOTALDO, _que se queda al paño_.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN, CRIADOS.

CLOTAL.

  _(Ap.)_ A Segismundo reducir deseo,
  Porque en fin le he criado: mas ¡qué veo!

ROSAURA.

  Tu favor reverencio:
  Respóndate retórico el silencio:
  Cuando tan torpe la razon se halla,
  Mejor habla, señor, quien mejor calla.

SEGISM.

  No has de ausentarte, espera.
  ¿Cómo quieres dejar de esa manera
  A obscuras mi sentido?

ROSAURA.

  Esta licencia á vuestra Alteza pido.

SEGISM.

  Irte con tal violencia
  No es pedirla, es tomarte la licencia.

ROSAURA.

  Pues si tú no la das, tomarla espero.

SEGISM.

  Harás que de cortés pase á grosero,
  Porque la resistencia
  Es veneno cruel de mi paciencia.

ROSAURA.

  Pues cuando ese veneno,
  De furia, de rigor y saña lleno,
  La paciencia venciera,
  Mi respeto no osara, ni pudiera.

SEGISM.

  Sólo por ver si puedo,
  Harás que pierda á tu hermosura el miedo,
  Que soy muy inclinado
  A vencer lo imposible: hoy he arrojado
  De ese balcon á un hombre, que decia
  Que hacerse no podia;
  Y así por ver si puedo, cosa es llana
  Que arrojaré tu honor por la ventana.

CLOTAL.

  _(Ap.)_ Mucho se va empeñando.
  ¿Qué he de hacer, cielos, cuando
  Tras un loco deseo
  Mi honor segunda vez á riesgo veo?

ROSAURA.

  No en vano prevenía
  A este reino infeliz tu tiranía
  Escándalos tan fuertes
  De delitos, traiciones, iras, muertes.
  Mas ¿qué ha de hacer un hombre,
  Que no tiene de humano más que el nombre,
  Atrevido, inhumano,
  Cruel, soberbio, bárbaro y tirano,
  Nacido entre las fieras?

SEGISM.

  Porque tú ese baldon no me dijeras,
  Tan cortés me mostraba,
  Pensando que con esto te obligaba;
  Mas si lo soy hablando deste modo,
  Has de decirlo, vive Dios, por todo.—
  Hola, dejadnos solos, y esa puerta
  Se cierre, y no entre nadie.

_(Vanse Clarin y los criados.)_

ROSAURA.

                               Yo soy muerta.—
  Advierte...

SEGISM.

              Soy tirano,
  Y ya pretendes reducirme en vano.

CLOTAL.

  _(Ap.)_ ¡Oh qué lance tan fuerte!
  Saldré á estorbarlo, aunque me dé la muerte.
  Señor, atiende, mira. _(Llega.)_

SEGISM.

  Segunda vez me has provocado á ira,
  Viejo caduco y loco.
  ¿Mi enojo y mi rigor tienes en poco?
  ¿Cómo hasta aquí has llegado?

CLOTAL.

  De los acentos desta voz llamado,
  A decirte que seas
  Más apacible, si reinar deseas;
  Y no por verte ya de todos dueño,
  Seas cruel, porque quizá es un sueño.

SEGISM.

  A rabia me provocas,
  Cuando la luz del desengaño tocas.
  Veré, dándote la muerte,
  Si es sueño ó si es verdad.

_(Al ir á sacar la daga se la detiene Clotaldo, y se pone de rodillas.)_

CLOTAL.

                              Yo desta suerte
  Librar mi vida espero.

SEGISM.

  Quita la osada mano del acero.

CLOTAL.

  Hasta que gente venga,
  Que tu rigor y cólera detenga,
  No he de soltarte.

ROSAURA.

                     ¡Ay cielo!

SEGISM.

                                Suelta, digo,
  Caduco, loco, bárbaro, enemigo,
  Ó será desta suerte, _(Luchan.)_
  Dándote ahora entre mis brazos muerte.

ROSAURA.

  Acudid todos presto,
  Que matan á Clotaldo. _(Vase.)_

_(Sale Astolfo á tiempo que cae Clotaldo á sus piés, y él se pone en
medio.)_


ESCENA IX.

ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLOTALDO.

ASTOLFO.

                        ¿Pues qué es esto,
  Príncipe generoso?
  ¿Así se mancha acero tan brioso
  En una sangre helada?
  Vuelva á la vaina tan lucida espada.

SEGISM.

  En viéndola teñida
  En esa infame sangre.

ASTOLFO.

                        Ya su vida
  Tomó á mis piés sagrado,
  Y de algo ha de servirle haber llegado.

SEGISM.

  Sírvate de morir; pues desta suerte
  Tambien sabré vengarme con tu muerte
  De aquel pasado enojo.

ASTOLFO.

                         Yo defiendo
  Mi vida; así la majestad no ofendo.

_(Saca Astolfo la espada, y riñen.)_

CLOTAL.

  No le ofendas, señor.


ESCENA X.

BASILIO, ESTRELLA Y ACOMPAÑAMIENTO.—SEGISMUNDO, ASTOLFO, CLOTALDO.

BASILIO.

                        ¿Pues aquí espadas?

ESTREL.

  _(Ap.)_ ¡Astolfo es, ay de mí, penas airadas!

BASILIO.

  ¿Pues qué es lo que ha pasado?

ASTOLFO.

  Nada, señor, habiendo tú llegado. _(Envainan.)_


SEGISM.

  Mucho, señor, aunque hayas tú venido:
  Yo á ese viejo matar he pretendido.

BASILIO.

  ¿Respeto no tenías
  A estas canas?

CLOTAL.

                 Señor, ved que son mias:
  Que no importa veréis.

SEGISM.

                         Acciones vanas,
  Querer que tenga yo respeto á canas;
  Pues áun esas podria _(Al Rey.)_
  Ser que viese á mis plantas algun dia,
  Porque áun no estoy vengado
  Del modo injusto con que me has criado.

_(Vase.)_

BASILIO.

  Pues ántes que lo veas,
  Volverás á dormir adonde creas
  Que cuanto te ha pasado,
  Como fué bien del mundo, fué soñado.

_(Vanse el Rey, Clotaldo y el acompañamiento.)_


ESCENA XI.

ESTRELLA, ASTOLFO.

ASTOLFO.

  ¡Qué pocas veces el hado,
  Que dice desdichas, miente,
  Pues es tan cierto en los males,
  Cuanto dudoso en los bienes!
  ¡Qué buen astrólogo fuera,
  Si siempre casos crueles
  Anunciara; pues no hay duda
  Que ellos fueran verdad siempre!
  Conocerse esta experiencia
  En mí y Segismundo puede,
  Estrella, pues en los dos
  Hace muestras diferentes.
  En él previno rigores,
  Soberbias, desdichas, muertes,
  Y en todo dijo verdad,
  Porque todo, al fin, sucede;
  Pero en mí, que al ver, señora,
  Esos rayos excelentes,
  De quien el sol fué una sombra
  Y el cielo un amago breve,
  Que me previno venturas,
  Trofeos, aplausos, bienes,
  Dijo mal, y dijo bien;
  Pues sólo es justo que acierte
  Cuando amaga con favores
  Y ejecuta con desdenes.

ESTREL.

  No dudo que esas finezas
  Son verdades evidentes;
  Mas serán por otra dama,
  Cuyo retrato pendiente
  Al cuello tragisteis cuando
  Llegasteis, Astolfo, á verme;
  Y siendo así, esos requiebros
  Ella sola los merece.
  Acudid á que ella os pague,
  Que no son buenos papeles
  En el consejo de amor
  Las finezas ni las fees
  Que se hicieron en servicio
  De otras damas y otros reyes.


ESCENA. XII.

ROSAURA, _que se queda al paño_.—ESTRELLA, ASTOLFO.

ROSAURA.

  _(Ap.)_ ¡Gracias á Dios que llegaron
  Ya mis desdichas crueles
  Al término suyo, pues
  Quien esto ve nada teme!

ASTOLFO.

  Yo haré que el retrato salga
  Del pecho, para que éntre
  La imágen de tu hermosura.
  Donde entra Estrella no tiene
  Lugar la sombra, ni estrella
  Donde el sol; voy á traerle.—
  (_Ap._ Perdona, Rosaura hermosa,
  Este agravio, porque ausentes,
  No se guardan más fe que esta
  Los hombres y las mujeres.) _(Vase.)_

_(Adelántase Rosaura.)_

ROSAURA.

  _(Ap.)_ Nada he podido escuchar,
  Temerosa que me viese.

ESTREL.

  ¡Astrea!

ROSAURA.

           Señora mia.

ESTREL.

  Heme holgado que tú fueses
  La que llegaste hasta aquí;
  Porque de tí solamente
  Fiara un secreto.

ROSAURA.

                    Honras,
  Señora, á quien te obedece.

ESTREL.

  En el poco tiempo, Astrea,
  Que ha que te conozco, tienes
  De mi voluntad las llaves;
  Por esto, y por ser quien eres,
  Me atrevo á fiar de tí
  Lo que áun de mí muchas veces
  Recaté.

ROSAURA.

          Tu esclava soy.

ESTREL.

  Pues para decirlo en breve,
  Mi primo Astolfo (bastara
  Que mi primo te dijese,
  Porque hay cosas que se dicen
  Con pensarlas solamente),
  Ha de casarse conmigo,
  Si es que la fortuna quiere
  Que con una dicha sola
  Tantas desdichas descuente.
  Pesóme que el primer dia
  Echado al cuello trajese
  El retrato de una dama:
  Habléle en él[4] cortésmente,
  Es galan, y quiere bien,
  Fué por él, y ha de traerle
  Aquí; embarázame mucho
  Que él á mí á dármele llegue:
  Quédate aquí, y cuando venga,
  Le dirás que te le entregue
  Á tí. No te digo más;
  Discreta y hermosa eres:
  Bien sabrás lo que es amor. _(Vase.)_

  [4] _Hablar en_ equivalia ántes á _hablar de_.


ESCENA XIII.

ROSAURA.

  ¡Ojalá no lo supiese!
  ¡Válgame el cielo! ¿quién fuera
  Tan atenta y tan prudente,
  Que supiera aconsejarse
  Hoy en ocasion tan fuerte?
  ¿Habrá persona en el mundo
  Á quien el cielo inclemente
  Con más desdichas combata
  Y con más pesares cerque?
  ¿Qué haré en tantas confusiones,
  Donde imposible parece
  Que halle razon que me alivie,
  Ni alivio que me consuele?
  Desde la primer desdicha,
  No hay suceso ni accidente
  Que otra desdicha no sea;
  Que unas á otras suceden,
  Herederas de sí mismas.
  Á la imitacion del Fénix,
  Unas de las otras nacen,
  Viviendo de lo que mueren,
  Y siempre de sus cenizas
  Está el sepulcro caliente.
  Que eran cobardes, decia
  Un sabio, por parecerle
  Que nunca andaba una sola;
  Yo digo que son valientes,
  Pues siempre van adelante,
  Y nunca la espalda vuelven:
  Quien las llevare consigo,
  Á todo podrá atreverse,
  Pues en ninguna ocasion
  No haya miedo que le dejen.
  Dígalo yo, pues en tantas
  Como á mi vida suceden,
  Nunca me he hallado sin ellas,
  Ni se han cansado hasta verme,
  Herida de la fortuna,
  En los brazos de la muerte.
  ¡Ay de mí! ¿qué debo hacer
  Hoy en la ocasion presente?
  Si digo quien soy, Clotaldo,
  Á quien mi vida le debe
  Este amparo y este honor,
  Conmigo ofenderse puede;
  Pues me dice que callando
  Honor y remedio espere.
  Si no he de decir quien soy
  Á Astolfo, y él llega á verme,
  ¿Cómo he de disimular?
  Pues aunque fingirlo intenten
  La voz, la lengua y los ojos,
  Les dirá el alma que mienten.
  ¿Qué haré? ¿Mas para qué estudio
  Lo que haré, si es evidente
  Que por más que lo prevenga,
  Que lo estudie y que lo piense,
  En llegando la ocasion
  Ha de hacer lo que quisiere
  El dolor? porque ninguno
  Imperio en sus penas tiene.
  Y pues á determinar
  Lo que ha de hacer no se atreve
  El alma, llegue el dolor
  Hoy á su término, llegue
  La pena á su extremo, y salga
  De dudas y pareceres
  De una vez; pero hasta entónces
  Valedme, cielos, valedme.


ESCENA XIV.

ASTOLFO, _que trae el retrato_.—ROSAURA.

ASTOLFO.

  Este es, señora, el retrato;
  Mas ¡ay Dios!

ROSAURA.

                ¿Qué se suspende
  Vuestra Alteza? ¿qué se admira?

ASTOLFO.

  De oirte, Rosaura, y verte.

ROSAURA.

  ¿Yo Rosaura? Hase engañado
  Vuestra Alteza, si me tiene
  Por otra dama; que yo
  Soy Astrea, y no merece
  Mi humildad tan grande dicha
  Que esa turbacion le cueste.

ASTOLFO.

  Basta, Rosaura, el engaño,
  Porque el alma nunca miente,
  Y aunque como á Astrea te mire,
  Como á Rosaura te quiere.

ROSAURA.

  No he entendido á vuestra Alteza,
  Y así no sé responderle:
  Sólo lo que yo diré
  Es que Estrella (que lo puede
  Ser de Vénus) me mandó
  Que en esta parte le espere,
  Y de la suya le diga
  Que aquel retrato me entregue,
  Que está muy puesto en razon,
  Y yo misma se lo lleve.
  Estrella lo quiere así,
  Porque áun las cosas más leves
  Como sean en mi daño,
  Es Estrella quien las quiere.

ASTOLFO.

  Aunque más esfuerzos hagas,
  ¡Oh qué mal, Rosaura, puedes
  Disimular! Dí á los ojos
  Que su música concierten
  Con la voz; porque es forzoso
  Que desdiga y que disuene
  Tan destemplado instrumento,
  Que ajustar y medir quiere
  La falsedad de quien dice,
  Con la verdad de quien siente.

ROSAURA.

  Ya digo que sólo espero
  El retrato.

ASTOLFO.

              Pues que quieres
  Llevar al fin el engaño,
  Con él quiero responderte.
  Dirásle, Astrea, á la Infanta,
  Que yo la estimo de suerte
  Que, pidiéndome un retrato,
  Poca fineza parece
  Enviársele, y así,
  Porque le estime y le precie
  Le envío el original;
  Y tú llevársele puedes,
  Pues ya le llevas contigo,
  Como á tí misma te lleves.

ROSAURA.

  Cuando un hombre se dispone,
  Restado, altivo y valiente,
  Á salir con una empresa,
  Aunque por trato le entreguen
  Lo que valga más, sin ella
  Necio y desairado vuelve.
  Yo vengo por un retrato,
  Y aunque un original lleve
  Que vale más, volveré
  Desairada: y así, déme
  Vuestra Alteza ese retrato,
  Que sin él no he de volverme.

ASTOLFO.

  ¿Pues cómo, si no he darle,
  Le has de llevar?

ROSAURA.

                    Desta suerte.
  Suéltale, ingrato. _(Trata de quitársele.)_

ASTOLFO.

                     Es en vano.

ROSAURA.

  ¡Vive Dios, que no ha de verse
  En manos de otra mujer!

ASTOLFO.

  Terrible estás.

ROSAURA.

                  Y tú aleve.

ASTOLFO.

  Ya basta, Rosaura mia.

ROSAURA.

  ¿Yo tuya? Villano, mientes.

_(Están asidos ambos del retrato.)_


ESCENA XV.

ESTRELLA.—ROSAURA, ASTOLFO.

ESTREL.

  Astrea, Astolfo, ¿qué es esto?

ASTOLFO.

  _(Ap.)_ Aquesta es Estrella.

ROSAURA.

  (_Ap._                       Déme
  Para cobrar mi retrato,
  Ingenio el amor.) Si quieres _(A Estrella.)_
  Saber lo que es, yo, señora,
  Te lo diré.

ASTOLFO.

  _(Ap. á Rosaura.)_ ¿Qué pretendes?

ROSAURA.

  Mandásteme que esperase
  Aquí á Astolfo, y le pidiese
  Un retrato de tu parte.
  Quedé sola, y como vienen
  De unos discursos á otros
  Las noticias fácilmente,
  Viéndote hablar de retratos,
  Con su memoria acordéme
  De que tenía uno mio
  En la manga. Quise verle,
  Porque una persona sola
  Con locuras se divierte;
  Cayóseme de la mano
  Al suelo: Astolfo, que viene
  Á entregarte el de otra dama,
  Le levantó, y tan rebelde
  Está en dar el que le pides,
  Que en vez de dar uno, quiere
  Llevar otro; pues el mio
  Aun no es posible volverme,
  Con ruegos y persuasiones:
  Colérica é impaciente
  Yo, se le quise quitar.
  Aquel que en la mano tiene,
  Es mio, tú lo verás
  Con ver si se me parece.

ESTREL.

  Soltad, Astolfo, el retrato.

_(Quítasele de la mano.)_

ASTOLFO.

  Señora...

ESTREL.

            No son crueles
  Á la verdad los matices.

ROSAURA.

  ¿No es mio?

ESTREL.

              ¿Qué duda tiene?

ROSAURA.

  Ahora dí que te dé el otro.

ESTREL.

  Toma tu retrato, y véte.

ROSAURA.

  _(Ap.)_ Yo he cobrado mi retrato,
  Venga ahora lo que viniere. _(Vase.)_


ESCENA XVI.

ESTRELLA, ASTOLFO.

ESTREL.

  Dadme ahora el retrato vos
  Que os pedí; que aunque no piense
  Veros ni hablaros jamás,
  No quiero, no, que se quede
  En vuestro poder, siquiera
  Porque yo tan neciamente
  Le he pedido.

ASTOLFO.

  (_Ap.         ¿Cómo puedo
  Salir de lance tan fuerte?)
  Aunque quiera, hermosa Estrella,
  Servirte y obedecerte,
  No podré darte el retrato
  Que me pides, porque...

ESTREL.

                          Eres
  Villano y grosero amante.
  No quiero que me le entregues;
  Porque yo tampoco quiero,
  Con tomarle, que me acuerdes
  Que te le he pedido yo. _(Vase.)_

ASTOLFO.

  Oye, escucha, mira, advierte.—
  ¡Válgate Dios por Rosaura!
  ¿Dónde, cómo ó de qué suerte
  Hoy á Polonia has venido
  Á perderme y á perderte? _(Vase.)_


       *       *       *       *       *


_Prision del Príncipe en la torre._


ESCENA XVII.

SEGISMUNDO, _como al principio, con pieles y cadena, echado en el
suelo_; CLOTALDO, DOS CRIADOS _y_ CLARIN.

CLOTAL.

  Aquí le habeis de dejar,
  Pues hoy su soberbia acaba
  Donde empezó.

UN CRIADO.

                Como estaba,
  La cadena vuelvo á atar.

CLARIN.

  No acabes de dispertar,
  Segismundo, para verte
  Perder, trocada la suerte,
  Siendo tu gloria fingida,
  Una sombra de la vida
  Y una llama de la muerte.

CLOTAL.

  Á quien sabe discurrir
  Así, es bien que se prevenga
  Una estancia, donde tenga
  Harto lugar de argüir.—
  Este es al que habeis de asir, _(A los criados.)_
  Y en este cuarto encerrar.

_(Señalando la pieza inmediata.)_

CLARIN.

  ¿Por qué á mí?

CLOTAL.

                 Porque ha de estar
  Guardado en prision tan grave,
  Clarin que secretos sabe,
  Donde no pueda sonar.

CLARIN.

  ¿Yo, por dicha, solicito
  Dar muerte á mi padre? No.
  ¿Arrojé del balcon yo
  Al Icaro de poquito?
  ¿Yo sueño ó duermo? ¿Á qué fin
  Me encierran?

CLOTAL.

                Eres Clarin.

CLARIN.

  Pues ya digo que seré
  Corneta, y que callaré,
  Que es instrumento ruin.

_(Llévanle, y queda solo Clotaldo.)_


ESCENA XVIII.

BASILIO, _rebozado_.—CLOTALDO, SEGISMUNDO, _adormecido_.

BASILIO.

  Clotaldo.

CLOTAL.

            ¡Señor! ¿así
  Viene vuestra Majestad?

BASILIO.

  La necia curiosidad
  De ver lo que pasa aquí
  Á Segismundo (¡ay de mí!),
  Deste modo me ha traido.

CLOTAL.

  Mírale allí reducido
  Á su miserable estado.

BASILIO.

  ¡Ay Príncipe desdichado
  Y en triste punto nacido!
  Llega á dispertarle, ya
  Que fuerza y vigor perdió
  Con el opio que bebió.

CLOTAL.

  Inquieto, señor, está,
  Y hablando.

BASILIO.

              ¿Qué soñará
  Ahora? Escuchemos, pues.

SEGISM.

  _(Entre sueños.)_ Piadoso príncipe es
  El que castiga tiranos:
  Clotaldo muera á mis manos.
  Mi padre bese mis piés.

CLOTAL.

  Con la muerte me amenaza.

BASILIO.

  Á mí con rigor y afrenta.

CLOTAL.

  Quitarme la vida intenta.

BASILIO.

  Rendirme á sus plantas traza.

SEGISM.

  _(Entre sueños.)_ Salga á la anchurosa plaza
  Del gran teatro del mundo
  Este valor sin segundo:
  Porque mi venganza cuadre
  Vean triunfar de su padre
  Al príncipe Segismundo. _(Despierta.)_
  Mas ¡ay de mí! ¿dónde estoy?

BASILIO.

  Pues á mí no me ha de ver: _(Á Clotaldo.)_
  Ya sabes lo que has de hacer.
  Desde allí á escucharle voy. _(Retírase.)_

SEGISM.

  ¿Soy yo por ventura? ¿soy
  El que preso y aherrojado
  Llego á verme en tal estado?
  ¿No sois mi sepulcro vos,
  Torre? Sí. ¡Válgame Dios,
  Qué de cosas he soñado!

CLOTAL.

  _(Ap.)_ Á mí me toca llegar
  Á hacer la deshecha ahora.—
  ¿Es ya de dispertar hora?

SEGISM.

  Sí, hora es ya de dispertar.

CLOTAL.

  ¿Todo el dia te has de estar
  Durmiendo? ¿Desde que yo
  Al águila que voló
  Con tardo vuelo seguí,
  Y te quedaste tú aquí,
  Nunca has dispertado?

SEGISM.

                        No,
  Ni áun agora he dispertado;
  Que segun, Clotaldo, entiendo,
  Todavía estoy durmiendo:
  Y no estoy muy engañado;
  Porque si ha sido soñado
  Lo que ví palpable y cierto,
  Lo que veo será incierto;
  Y no es mucho que rendido,
  Pues veo estando dormido,
  Que sueñe estando despierto.

CLOTAL.

  Lo que soñaste me dí.

SEGISM.

  Supuesto que sueño fué,
  No diré lo que soñé,
  Lo que ví, Clotaldo, sí.
  Yo disperté, yo me ví
  (¡Qué crueldad tan lisonjera!)
  En un lecho, que pudiera
  Con matices y colores
  Ser el catre de las flores
  Que tejió la primavera.
  Aquí mil nobles rendidos
  Á mis piés nombre me dieron
  De su príncipe, y sirvieron
  Galas, joyas y vestidos.
  La calma de mis sentidos
  Tú trocaste en alegría,
  Diciendo la dicha mia,
  Que, aunque estoy desta manera,
  Príncipe en Polonia era.

CLOTAL.

  Buenas albricias tendria.

SEGISM.

  No muy buenas: por traidor,
  Con pecho atrevido y fuerte
  Dos veces te daba muerte.

CLOTAL.

  ¿Para mí tanto rigor?

SEGISM.

  De todos era señor,
  Y de todos me vengaba;
  Sólo á una mujer amaba...
  Que fué verdad, creo yo,
  En que todo se acabó,
  Y esto solo no se acaba. _(Vase el Rey.)_

CLOTAL.

  (_Ap._ Enternecido se ha ido
  El Rey de haberle escuchado.)
  Como habíamos hablado
  De aquella águila, dormido,
  Tu sueño imperios han sido;
  Mas en sueños fuera bien
  Honrar entónces á quien
  Te crió en tantos empeños,
  Segismundo, que áun en sueños
  No se pierde el hacer bien. _(Vase.)_


ESCENA XIX.

SEGISMUNDO.

  Es verdad; pues reprimamos
  Esta fiera condicion,
  Esta furia, esta ambicion,
  Por si alguna vez soñamos:
  Y sí haremos, pues estamos
  En mundo tan singular,
  Que el vivir sólo es soñar;
  Y la experiencia me enseña
  Que el hombre que vive, sueña
  Lo que es, hasta dispertar.
  Sueña el rey que es rey, y vive
  Con este engaño mandando,
  Disponiendo y gobernando;
  Y este aplauso, que recibe
  Prestado, en el viento escribe;
  Y en cenizas le convierte
  La muerte (¡desdicha fuerte!):
  ¿Que hay quien intente reinar,
  Viendo que ha de dispertar
  En el sueño de la muerte?
  Sueña el rico en su riqueza,
  Que más cuidados le ofrece;
  Sueña el pobre que padece
  Su miseria y su pobreza;
  Sueña el que á medrar empieza,
  Sueña el que afana y pretende,
  Sueña el que agravia y ofende,
  Y en el mundo, en conclusion,
  Todos sueñan lo que son,
  Aunque ninguno lo entiende.
  Yo sueño que estoy aquí
  Destas prisiones cargado,
  Y soñé que en otro estado
  Mas lisonjero me ví.
  ¿Qué es la vida? Un frenesí:
  ¿Qué es la vida? Una ilusion,
  Una sombra, una ficcion,
  Y el mayor bien es pequeño;
  Que toda la vida es sueño,
  Y los sueños sueños son.



JORNADA TERCERA.


ESCENA PRIMERA.

CLARIN.

  En una encantada torre,
  Por lo que sé, vivo preso:
  ¿Qué me harán por lo que ignoro,
  Si por lo que sé me han muerto?
  ¡Que un hombre con tanta hambre
  Viniese á morir viviendo!
  Lástima tengo de mí;
  Todos dirán: «bien lo creo»;
  Y bien se puede creer,
  Pues para mí este silencio
  No conforma con el nombre
  Clarin, y callar no puedo.
  Quien me hace compañía
  Aquí, si á decirlo acierto,
  Son arañas y ratones:
  ¡Miren qué dulces jilgueros!
  De los sueños desta noche
  La triste cabeza tengo
  Llena de mil chirimías,
  De trompetas y embelecos,
  De procesiones, de cruces,
  De disciplinantes; y estos
  Unos suben, otros bajan,
  Unos se desmayan viendo
  La sangre que llevan otros:
  Mas yo, la verdad diciendo,
  De no comer me desmayo;
  Que en una prision me veo,
  Donde ya todos los dias
  En el filósofo leo
  Nicomédes, y las noches
  En el concilio Niceno.
  Si llaman santo al callar,
  Como en calendario nuevo,
  San secreto es para mí,
  Pues le ayuno y no le huelgo;
  Aunque está bien merecido
  El castigo que padezco,
  Pues callé, siendo criado,
  Que es el mayor sacrilegio.

_(Ruido de cajas y clarines, y voces dentro.)_


ESCENA II.

SOLDADOS.—CLARIN.

SOLD. 1.º

  _(Dentro.)_ Esta es la torre en que está.
  Echad la puerta en el suelo:
  Entrad todos.

CLARIN.

                ¡Vive Dios!
  Que á mí me buscan, es cierto,
  Pues que dicen que aquí estoy.
  ¿Qué me querrán?

SOLD. 1.º

  _(Dentro.)_      Entrad dentro.

_(Salen varios soldados.)_

SOLO. 2.º

  Aquí está.

CLARIN.

             No está.

SOLDADOS

  _(Todos.)_          Señor...

CLARIN.

  _(Ap.)_ ¿Si vienen borrachos estos?

SOLD. 1.º

  Tú nuestro príncipe eres;
  Ni admitimos ni queremos
  Sino al señor natural,
  Y no á príncipe extranjero.
  Á todos nos da los piés.

SOLDADOS

  ¡Viva el gran Príncipe nuestro!

CLARIN.

  _(Ap.)_ Vive Dios, que va de véras.
  ¿Si es costumbre en este reino
  Prender uno cada dia
  Y hacerle príncipe, y luego
  Volverle á la torre? Sí,
  Pues cada dia lo veo:
  Fuerza es hacer mi papel.

SOLDADOS

  Danos tus plantas.

CLARIN.

                     No puedo,
  Porque las he menester
  Para mí, y fuera defecto
  Ser príncipe desplantado.

SOLD. 2.º

  Todos á tu padre mesmo
  Le dijimos que á tí sólo
  Por príncipe conocemos,
  No al de Moscovia.

CLARIN.

                     ¿Á mi padre
  Le perdísteis el respeto?
  Sois unos tales por cuales.

SOLD. 1.º

  Fué lealtad de nuestro pecho.

CLARIN.

  Si fué lealtad, yo os perdono.

SOLD. 2.º

  Sal á restaurar tu imperio.
  ¡Viva Segismundo!

TODOS.

                    ¡Viva!

CLARIN.

  _(Ap.)_ ¿Segismundo dicen? Bueno:
  Segismundos llaman todos
  Los príncipes contrahechos.


ESCENA III.

SEGISMUNDO.—CLARIN, SOLDADOS.

SEGISM.

  ¿Quién nombra aquí á Segismundo?

CLARIN.

  _(Ap.)_ ¡Mas que soy príncipe huero!

SOLD. 1.º

  ¿Quién es Segismundo?

SEGISM.

                        Yo.

SOLD. 2.º

  _(A Clarin.)_ ¿Pues cómo, atrevido y necio,
  Tú te hacías Segismundo?

CLARIN.

  ¿Yo Segismundo? Eso niego.
  Vosotros fuísteis los que
  Me segismundeasteis: luego
  Vuestra ha sido solamente
  Necedad y atrevimiento.

SOLD. 1.º

  Gran príncipe Segismundo
  (Que las señas que traemos
  Tuyas son, aunque por fe
  Te aclamamos señor nuestro),
  Tu padre el gran rey Basilio,
  Temeroso que los cielos
  Cumplan un hado, que dice
  Que ha de verse á tus piés puesto,
  Vencido de tí, pretende
  Quitarte accion y derecho
  Y dársele á Astolfo, duque
  De Moscovia. Para esto
  Juntó su corte, y el vulgo,
  Penetrando ya y sabiendo
  Que tiene rey natural,
  No quiere que un extranjero
  Venga á mandarle. Y así,
  Haciendo noble desprecio
  De la inclemencia del hado,
  Te ha buscado donde preso
  Vives, para que asistido
  De sus armas, y saliendo
  Desta torre á restaurar
  Tu imperial corona y cetro,
  Se la quites á un tirano.
  Sal, pues; que en ese desierto,
  Ejército numeroso
  De bandidos y plebeyos
  Te aclama: la libertad
  Te espera; oye sus acentos.

_Voces._

  _(Dentro.)_ ¡Viva Segismundo, viva!

SEGISM.

  ¿Otra vez (¡que es esto, cielos!)
  Quereis que sueñe grandezas,
  Que ha de deshacer el tiempo?
  ¿Otra vez quereis que vea
  Entre sombras y bosquejos
  La majestad y la pompa
  Desvanecida del viento?
  ¿Otra vez quereis que toque
  El desengaño, ó el riesgo
  Á que el humano poder
  Nace humilde y vive atento?
  Pues no ha de ser, no ha de ser
  Mirarme otra vez sujeto
  A mi fortuna; y pues sé
  Que toda esta vida es sueño,
  Idos, sombras, que fingís
  Hoy á mis sentidos muertos
  Cuerpo y voz, siendo verdad
  Que ni teneis voz ni cuerpo;
  Que no quiero majestades
  Fingidas, pompas no quiero
  Fantásticas, ilusiones
  Que al soplo ménos ligero
  Del aura han de deshacerse,
  Bien como el florido almendro,
  Que por madrugar sus flores,
  Sin aviso y sin consejo,
  Al primer soplo se apagan,
  Marchitando y desluciendo
  De sus rosados capillos
  Belleza, luz y ornamento.
  Ya os conozco, ya os conozco,
  Y sé que os pasa lo mesmo
  Con cualquiera que se duerme;
  Para mí no hay fingimientos;
  Que, desengañado ya,
  Sé bien que _la vida es sueño_.

SOLD. 2.º

  Si piensas que te engañamos,
  Vuelve á esos montes soberbios
  Los ojos, para que veas
  La gente que aguarda en ellos
  Para obedecerte.

SEGISM.

                   Ya
  Otra vez ví aquesto mesmo
  Tan clara y distintamente
  Como ahora lo estoy viendo,
  Y fué sueño.

SOLD. 2.º

               Cosas grandes
  Siempre, gran señor, trajeron
  Anuncios; y esto sería,
  Si lo soñaste primero.

SEGISM.

  Dices bien, anuncio fué;
  Y caso que fuese cierto,
  Pues que la vida es tan corta,
  Soñemos, alma, soñemos
  Otra vez; pero ha de ser
  Con atencion y consejo
  De que hemos de dispertar
  Deste gusto al mejor tiempo;
  Que llevándolo sabido,
  Será el desengaño ménos;
  Que es hacer burla del daño
  Adelantarle el consejo.
  Y con esta prevencion
  De que cuando fuese cierto,
  Es todo el poder prestado
  Y ha de volverse á su dueño,
  Atrevámonos á todo.—
  Vasallos, yo os agradezco
  La lealtad; en mí llevais
  Quien os libre osado y diestro
  De extranjera esclavitud.
  Tocad al arma, que presto
  Vereis mi inmenso valor.
  Contra mi padre pretendo
  Tomar armas, y sacar
  Verdaderos á los cielos.
  Presto he de verle á mis plantas...
  (_Ap._ Mas si ántes desto despierto,
  ¿No será bien no decirlo,
  Supuesto que no he de hacerlo?)

TODOS.

  ¡Viva Segismundo, viva!


ESCENA IV.

CLOTALDO.—SEGISMUNDO, CLARIN, SOLDADOS.

CLOTAL.

  ¿Qué alboroto es este, cielos?

SEGISM.

  Clotaldo.

CLOTAL.

            Señor... (_Ap._ En mí
  Su rigor prueba.)

CLARIN.

  _(Ap.)_           Yo apuesto,
  Que le despeña del monte. _(Vase.)_

CLOTAL.

  Á tus reales plantas llego,
  Ya sé que á morir.

SEGISM.

                     Levanta,
  Levanta, padre, del suelo;
  Que tú has de ser norte y guía
  De quien fie mis aciertos;
  Que ya sé que mi crianza
  Á tu mucha lealtad debo.
  Dame los brazos.

CLOTAL.

                   ¿Qué dices?

SEGISM.

  Que estoy soñando, y que quiero
  Obrar bien, pues no se pierde
  El hacer bien, áun en sueños.

CLOTAL.

  Pues, señor, si el obrar bien
  Es ya tu blason, es cierto
  Que no te ofenda el que yo
  Hoy solicite lo mesmo.
  ¡Á tu padre has de hacer guerra!
  Yo aconsejarte no puedo
  Contra mi rey, ni valerte.
  Á tus plantas estoy puesto,
  Dáme la muerte.

SEGISM.

                  ¡Villano,
  Traidor, ingrato! (_Ap._ Mas ¡cielos!
  El reportarme conviene,
  Que aún no sé si estoy despierto.)
  Clotaldo, vuestro valor
  Os envidio y agradezco.
  Idos á servir al Rey,
  Que en el campo nos veremos.—
  Vosotros tocad al arma.

CLOTAL.

  Mil veces tus plantas beso. _(Vase.)_

SEGISM.

  A reinar, fortuna, vamos;
  No me despiertes, si duermo,
  Y si es verdad, no me aduermas.
  Mas sea verdad ó sueño,
  Obrar bien es lo que importa;
  Si fuere verdad, por serlo;
  Si no, por ganar amigos
  Para cuando despertemos.

_(Vanse, tocando cajas.)_


       *       *       *       *       *


_Salon del Palacio Real._


ESCENA V.

BASILIO y ASTOLFO.

BASILIO.

  ¿Quién, Astolfo, podrá parar prudente
  La furia de un caballo desbocado?
  ¿Quién detener de un rio la corriente
  Que corre al mar soberbio y despeñado?
  ¿Quién un peñasco suspender valiente
  De la cima de un monte desgajado?
  Pues todo fácil de parar se mira,
  Mas que de un vulgo la soberbia ira.
  Dígalo en bandos el rumor partido,
  Pues se oye resonar en lo profundo
  De los montes el eco repetido,
  Unos _¡Astolfo!_ y otros _¡Segismundo!_
  El dosel de la jura, reducido
  A segunda intencion, á horror segundo,
  Teatro funesto es, donde importuna
  Representa tragedias la fortuna.

ASTOLFO.

  Señor, suspéndase hoy tanta alegría;
  Cese el aplauso y gusto lisonjero,
  Que tu mano feliz me prometia;
  Que si Polonia (á quien mandar espero)
  Hoy se resiste á la obediencia mia,
  Es porque la merezca yo primero.
  Dadme un caballo, y de arrogancia lleno,
  Rayo descienda el que blasona trueno. _(Vase.)_

BASILIO.

  Poco reparo tiene lo infalible,
  Y mucho riesgo lo previsto tiene:
  Si ha de ser, la defensa es imposible,
  Que quien la excusa más, más la previene.
  ¡Dura ley! ¡fuerte caso! ¡horror terrible!
  Quien piensa huir el riesgo, al riesgo viene:
  Con lo que yo guardaba me he perdido;
  Yo mismo, yo mi patria he destruido.


ESCENA VI.

ESTRELLA.—BASILIO.

ESTREL.

  Si tu presencia, gran señor, no trata
  De enfrenar el tumulto sucedido,
  Que de uno en otro bando se dilata
  Por las calles y plazas dividido,
  Verás tu reino en ondas de escarlata
  Nadar, entre la púrpura teñido
  De su sangre, que ya con triste modo,
  Todo es desdichas y tragedias todo.
  Tanta es la ruina de tu imperio, tanta
  La fuerza del rigor duro, sangriento,
  Que visto admira, y escuchado espanta.
  El sol se turba y se embaraza el viento;
  Cada piedra un pirámide levanta,
  Y cada flor construye un monumento,
  Cada edificio es un sepulcro altivo,
  Cada soldado un esqueleto vivo.


ESCENA VII.

CLOTALDO.—BASILIO, ESTRELLA.

CLOTAL.

  ¡Gracias á Dios que vivo á tus piés llego!

BASILIO.

  Clotaldo, ¿pues qué hay de Segismundo?

CLOTAL.

  Que el vulgo, monstruo despeñado y ciego,
  La torre penetró, y de lo profundo
  Della sacó su príncipe, que luego
  Que vió segunda vez su honor segundo,
  Valiente se mostró, diciendo fiero,
  Que ha de sacar al cielo verdadero.

BASILIO.

  Dadme un caballo, porque yo en persona
  Vencer valiente un hijo ingrato quiero;
  Y en la defensa ya de mi corona
  Lo que la ciencia erró, venza el acero. _(Vase.)_

ESTREL.

  Pues yo al lado del Sol seré Belona:
  Poner mi nombre junto al suyo espero;
  Que he de volar sobre tendidas alas
  Á competir con la deidad de Pálas.

_(Vase, y tocan al arma.)_


ESCENA VIII.

ROSAURA, _que detiene á_ CLOTALDO.

ROSAURA.

  Aunque el valor que se encierra
  En tu pecho, desde allí
  Da voces, óyeme á mi,
  Que yo sé que todo es guerra.
  Bien sabes que yo llegué
  Pobre, humilde y desdichada
  A Polonia, y amparada
  De tu valor, en tí hallé
  Piedad; mandásteme (¡ay cielos!)
  Que disfrazada viviese
  En palacio, y pretendiese,
  Disimulando mis celos,
  Guardarme de Astolfo. En fin
  El me vió, y tanto atropella
  Mi honor, que viéndome, á Estrella
  De noche habla en un jardin:
  Deste la llave he tomado,
  Y te podré dar lugar
  De que en él puedas entrar
  A dar fin á mi cuidado.
  Así altivo, osado y fuerte,
  Volver por mi honor podrás,
  Pues que ya resuelto estás
  A vengarme con su muerte.

CLOTAL.

  Verdad es que me incliné,
  Desde el punto que te ví,
  A hacer, Rosaura, por tí
  (Testigo tu llanto fué)
  Cuanto mi vida pudiese.
  Lo primero que intenté,
  Quitarte aquel traje fué;
  Porque, si acaso, te viese
  Astolfo en tu propio traje,
  Sin juzgar á liviandad
  La loca temeridad
  Que hace del honor ultraje.
  En este tiempo trazaba
  Cómo cobrar se pudiese
  Tu honor perdido, aunque fuese
  (Tanto tu honor me arrastraba)
  Dando muerte á Astolfo. ¡Mira
  Qué caduco desvarío!
  Si bien, no siendo rey mio,
  Ni me asombra, ni me admira.
  Darle pensé muerte; cuando
  Segismundo pretendió
  Dármela á mí, y él llegó,
  Su peligro atropellando,
  A hacer en defensa mia
  Muestras de su voluntad,
  Que fueron temeridad,
  Pasando de valentía.
  ¿Pues cómo yo ahora (advierte),
  Teniendo alma agradecida,
  A quien me ha dado la vida
  Le tengo de dar la muerte?
  Y así, entre los dos partido
  El efecto y el cuidado,
  Viendo que á tí te la he dado,
  Y que dél la he recibido,
  No sé á qué parte acudir:
  No sé á qué parte ayudar,
  Si á tí me obligué con dar,
  Dél lo estoy con recibir;
  Y así, en la accion que se ofrece,
  Nada á mi amor satisface,
  Porque soy persona que hace,
  Y persona que padece.

ROSAURA.

  No tengo que prevenir
  Que en un varon singular,
  Cuanto es noble accion el dar,
  Es bajeza el recibir.
  Y este principio asentado,
  No has de estarle agradecido,
  Supuesto que si él ha sido
  El que la vida te ha dado,
  Y tú á mí, evidente cosa
  Es, que él forzó tu nobleza
  A que hiciese una bajeza,
  Y yo una accion generosa.
  Luego estás dél ofendido,
  Luego estás de mí obligado,
  Supuesto que á mí me has dado
  Lo que dél has recibido;
  Y así debes acudir
  A mi honor en riesgo tanto,
  Pues yo le prefiero, cuanto
  Va de dar á recibir.

CLOTAL.

  Aunque la nobleza vive
  De la parte del que da,
  El agradecerla está
  De parte del que recibe.
  Y pues ya dar he sabido,
  Ya tengo con nombre honroso
  El nombre de generoso:
  Déjame el de agradecido;
  Pues le puedo conseguir
  Siendo agradecido, cuanto
  Liberal, pues honra tanto
  El dar como el recibir.

ROSAURA.

  De tí recibí la vida,
  Y tú mismo me dijiste,
  Cuando la vida me diste,
  Que la que estaba ofendida
  No era vida: luego yo
  Nada de tí he recibido;
  Pues vida no vida ha sido
  La que tu mano me dió.
  Y si debes ser primero
  Liberal que agradecido
  (Como de tí mismo he oido),
  Que me des la vida espero,
  Que no me la has dado; y pues
  El dar engrandece más,
  Si ántes liberal, serás
  Agradecido despues.

CLOTAL.

  Vencido de tu argumento,
  Ántes liberal seré.
  Yo, Rosaura, te daré
  Mi hacienda, y en un convento
  Vive; que está bien pensado
  El medio que solicito;
  Pues huyendo de un delito,
  Te recoges á un sagrado;
  Que cuando desdichas siente
  El reino, tan dividido,
  Habiendo noble nacido,
  No he de ser quien las aumente.
  Con el remedio elegido
  Soy en el reino leal,
  Soy contigo liberal,
  Con Astolfo agradecido;
  Y así escoge el que te cuadre,
  Quedándose entre los dos,
  Que no hiciera ¡vive Dios!
  Más, cuando fuera tu padre.

ROSAURA.

  Cuando tú mi padre fueras,
  Sufriera esa injuria yo;
  Pero no siéndolo, no.

CLOTAL.

  ¿Pues qué es lo que hacer esperas?

ROSAURA.

  Matar al Duque.

CLOTAL.

                  ¿Una dama,
  Que padre no ha conocido,
  Tanto valor ha tenido?

ROSAURA.

  Sí.

CLOTAL.

      ¿Quién te alienta?

ROSAURA.

                         Mi fama.

CLOTAL.

  Mira que, á Astolfo has de ver...

ROSAURA.

  Todo mi honor lo atropella.

CLOTAL.

  Tu rey, y esposo de Estrella.

ROSAURA.

  ¡Vive Dios que no ha de ser!

CLOTAL.

  Es locura.

ROSAURA.

             Ya lo veo.

CLOTAL.

  Pues véncela.

ROSAURA.

                No podré.

CLOTAL.

  Pues perderás...

ROSAURA.

                   Ya lo sé.

CLOTAL.

  Vida y honor.

ROSAURA.

                Bien lo creo.

CLOTAL.

  ¿Qué intentas?

ROSAURA.

                 Mi muerte.

CLOTAL.

                            Mira
  Que eso es despecho.

ROSAURA.

                       Es honor.

CLOTAL.

  Es desatino.

ROSAURA.

               Es valor.

CLOTAL.

  Es frenesí.

ROSAURA.

              Es rabia, es ira.

CLOTAL.

  En fin, ¿que no se da medio
  A tu ciega pasion?

ROSAURA.

                     No.

CLOTAL.

  ¿Quién ha de ayudarte?

ROSAURA.

                         Yo.

CLOTAL.

  ¿No hay remedio?

ROSAURA.

                   No hay remedio.

CLOTAL.

  Piensa bien si hay otros modos...

ROSAURA.

  Perderme de otra manera. _(Vase.)_

CLOTAL.

  Pues si has de perderte, espera,
  Hija, y perdámonos todos. _(Vase.)_


       *       *       *       *       *


_Campo._


ESCENA IX.

SEGISMUNDO, _vestido de pieles_; SOLDADOS, _marchando_; CLARIN.

_(Tocan cajas.)_

SEGISM.

  Si este dia me viera
  Roma en los triunfos de su edad primera,
  ¡Oh, cuánto se alegrara
  Viendo lograr una ocasion tan rara,
  De tener una fiera
  Que sus grandes ejércitos rigiera,
  A cuyo altivo aliento
  Fuera poca conquista el firmamento!
  Pero el vuelo abatamos,
  Espíritu; no así desvanezcamos
  Aqueste aplauso incierto,
  Si ha de pesarme cuando esté despierto,
  De haberlo conseguido
  Para haberlo perdido;
  Pues miéntras ménos fuere,
  Ménos se sentirá si se perdiere.

_(Tocan un clarin.)_

CLARIN.

  En un veloz caballo
  (Perdóname, que fuerza es el pintallo
  En viniéndome á cuento),
  En quien un mapa se dibuja atento,
  Pues el cuerpo es la tierra,
  El fuego el alma que en el pecho encierra,
  La espuma el mar, y el aire es el suspiro,
  En cuya confusion un caos admiro;
  Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,
  Monstruo es de fuego, tierra, mar y viento;
  De color remendado,
  Rucio, y á su propósito rodado,
  Del que bate la espuela;
  Que en vez de correr vuela;
  A tu presencia llega
  Airosa una mujer.

SEGISM.

                    Su luz me ciega.

CLARIN.

  ¡Vive Dios, que es Rosaura! _(Retírase.)_

SEGISM.

  El cielo á mi presencia la restaura.


ESCENA X.

ROSAURA, _con vaquero, espada y daga_.—SEGISMUNDO, SOLDADOS.

ROSAURA.

  Generoso Segismundo,
  Cuya majestad heroica
  Sale al dia de sus hechos
  De la noche de sus sombras;
  Y como el mayor planeta,
  Que en los brazos de la aurora
  Se restituye luciente
  A las plantas y á las rosas,
  Y sobre montes y mares,
  Cuando coronado asoma,
  Luz esparce, rayos brilla,
  Cumbres baña, espumas borda;
  Así amanezcas al mundo,
  Luciente sol de Polonia,
  Que á una mujer infelice,
  Que hoy á tus plantas se arroja,
  Ampares por ser mujer
  Y desdichada: dos cosas,
  Que para obligarle á un hombre,
  Que de valiente blasona,
  Cualquiera de las dos basta,
  Cualquiera de las dos sobra.
  Tres veces son las que ya
  Me admiras, tres las que ignoras
  Quién soy, pues las tres me viste
  En diverso traje y forma.
  La primera me creiste
  Varon en la rigurosa
  Prision, donde fué tu vida
  De mis desdichas lisonja.
  La segunda me admiraste
  Mujer, cuando fué la pompa
  De tu majestad un sueño,
  Una fantasma, una sombra.
  La tercera es hoy, que siendo
  Monstruo de una especie y otra,
  Entre galas de mujer
  Armas de varon me adornan.
  Y porque compadecido
  Mejor mi amparo dispongas,
  Es bien que de mis sucesos
  Trágicas fortunas oigas.
  De noble madre nací
  En la corte de Moscovia,
  Que, segun fué desdichada,
  Debió de ser muy hermosa.
  En esta puso los ojos
  Un traidor, que no le nombra
  Mi voz por no conocerle,
  De cuyo valor me informa
  El mio; pues siendo objeto
  De su idea, siento ahora
  No haber nacido gentil,
  Para persuadirme loca
  A que fué algun dios de aquellos
  Que en metamorfósis llora
  Lluvia de oro, cisne y toro
  En Dánae, Leda y Europa.
  Cuando pensé que alargaba,
  Citando aleves historias,
  El discurso, hallo que en él
  Te he dicho en razones pocas
  Que mi madre, persuadida
  A finezas amorosas,
  Fué, como ninguna, bella,
  Y fué infeliz como todas.
  Aquella necia disculpa
  De fe y palabra de esposa
  La alcanzó tanto, que áun hoy
  El pensamiento la llora;
  Habiendo sido un tirano
  Tan Eneas de su Troya,
  Que la dejó hasta la espada.
  Enváinese aquí su hoja,
  Que yo la desnudaré
  Ántes que acabe la historia.
  Deste, pues, mal dado nudo
  Que ni ata ni aprisiona,
  Ó matrimonio ó delito,
  Si bien todo es una cosa.
  Nací yo tan parecida,
  Que fuí un retrato, una copia,
  Ya que en la hermosura no,
  En la dicha y en las obras;
  Y así, no habré menester
  Decir que poco dichosa
  Heredera de fortunas,
  Corrí con ella una propia.
  Lo más que podré decirte
  De mí, es el dueño que roba
  Los trofeos de mi honor,
  Los despojos de mi honra.
  Astolfo... ¡Ay de mí! al nombrarle
  Se encoleriza y se enoja
  El corazon, propio efecto
  De que enemigo le nombra.—
  Astolfo fué el dueño ingrato,
  Que olvidado de las glorias
  (Porque en un pasado amor
  Se olvida hasta la memoria),
  Vino á Polonia, llamado
  De su conquista famosa,
  A casarse con Estrella,
  Que fué de mi ocaso antorcha.
  ¿Quién crêrá, que habiendo sido
  Una estrella quien conforma
  Dos amantes, sea una Estrella
  La que los divida ahora?
  Yo ofendida, yo burlada,
  Quedé triste, quedé loca,
  Quedé muerta, quedé yo,
  Que es decir, que quedó toda
  La confusion del infierno
  Cifrada en mi Babilonia;
  Y declarándome muda
  (Porque hay penas y congojas
  Que las dicen los afectos
  Mucho mejor que la boca),
  Dije mis penas callando,
  Hasta que una vez á solas,
  Violante mi madre (¡ay cielos!)
  Rompió la prision, y en tropa
  Del pecho salieron juntas,
  Tropezando unas con otras.
  No me embaracé en decirlas;
  Que en sabiendo una persona
  Que, á quien sus flaquezas cuenta,
  Ha sido cómplice en otras,
  Parece que ya le hace
  La salva y le desahoga;
  Que á veces el mal ejemplo
  Sirve de algo. En fin, piadosa
  Oyó mis quejas, y quiso
  Consolarme con las propias:
  Juez que ha sido delincuente,
  ¡Qué fácilmente perdona!
  Escarmentando en sí misma,
  Y por negar á la ociosa
  Libertad, al tiempo fácil,
  El remedio de su honra,
  No le tuvo en mis desdichas;
  Por mejor consejo toma
  Que le siga, y que le obligue,
  Con finezas prodigiosas,
  A la deuda de mi honor;
  Y para que á ménos costa
  Fuese, quiso mi fortuna
  Que en traje de hombre me ponga.
  Descuelga una antigua espada
  Que es esta que ciño: ahora
  Es tiempo que se desnude,
  Como prometí, la hoja,
  Pues confiada en sus señas,
  Me dijo: «Parte á Polonia,
  Y procura que te vean
  Ese acero que te adorna,
  Los más nobles; que en alguno
  Podrá ser que hallen piadosa
  Acogida tus fortunas,
  Y consuelo tus congojas.»
  Llegué á Polonia, en efecto:
  Pasemos, pues que no importa
  El decirlo, y ya se sabe,
  Que un bruto que se desboca
  Me llevó á tu cueva, adonde
  Tú de mirarme te asombras.
  Pasemos que allí Clotaldo
  De mi parte se apasiona,
  Que pide mi vida al Rey,
  Que el Rey mi vida le otorga,
  Que informado de quién soy,
  Me persuade á que me ponga
  Mi propio traje, y que sirva
  A Estrella, donde ingeniosa
  Estorbé el amor de Astolfo
  Y el ser Estrella su esposa.
  Pasemos que aquí me viste
  Otra vez confuso, y otra
  Con el traje de mujer
  Confundiste entrambas formas;
  Y vamos á que Clotaldo,
  Persuadido á que le importa
  Que se casen y que reinen
  Astolfo y Estrella hermosa,
  Contra mi honor me aconseja
  Que la pretension deponga.
  Yo, viendo que tú, ¡oh valiente
  Segismundo! á quien hoy toca
  La venganza, pues el cielo
  Quiere que la cárcel rompas
  De esa rústica prision,
  Donde ha sido tu persona
  Al sentimiento una fiera,
  Al sufrimiento una roca,
  Las armas contra tu patria
  Y contra tu padre tomas,
  Vengo á ayudarte, mezclando
  Entre las galas costosas
  De Dïana, los arneses
  De Pálas, vistiendo ahora
  Ya la tela y ya el acero,
  Que entrambos juntos me adornan.
  Ea, pues, fuerte caudillo,
  A los dos juntos importa
  Impedir y deshacer
  Estas concertadas bodas:
  A mí, porque no se case
  El que mi esposo se nombra,
  Y á tí, porque, estando juntos
  Sus dos estados, no pongan
  Con más poder y más fuerza
  En duda nuestra victoria.
  Mujer vengo á persuadirte
  Al remedio de mi honra,
  Y varon vengo á alentarte
  A que cobres tu corona.
  Mujer vengo á enternecerte
  Cuando á tus plantas me ponga,
  Y varon vengo á servirte
  Con mi acero y mi persona.
  Y así piensa, que si hoy
  Como mujer me enamoras,
  Como varon te daré
  La muerte en defensa honrosa
  De mi honor; porque he de ser,
  En su conquista amorosa,
  Mujer para darte quejas.
  Varon para ganar honras.

SEGISM.

  _(Ap.)_ Cielos, si es verdad que sueño,
  Suspendedme la memoria,
  Que no es posible que quepan
  En un sueño tantas cosas.
  ¡Válgame Dios, quién supiera,
  Ó saber salir de todas,
  Ó no pensar en ninguna!
  ¿Quién vió penas tan dudosas?
  Si soñé aquella grandeza
  En que me ví, ¿cómo ahora
  Esta mujer me refiere
  Unas señas tan notorias?
  Luego fué verdad, no sueño;
  Y si fué verdad (que es otra
  Confusion, y no menor),
  ¿Cómo mi vida le nombra
  Sueño? Pues ¿tan parecidas
  A los sueños son las glorias,
  Que las verdaderas son
  Tenidas por mentirosas,
  Y las fingidas por ciertas?
  ¡Tan poco hay de unas á otras,
  Que hay cuestion sobre saber
  Si lo que se ve y se goza,
  Es mentira ó es verdad!
  ¿Tan semejante es la copia
  Al original, que hay duda
  En saber si es ella propia?
  Pues si es así, y ha de verse
  Desvanecida entre sombras
  La grandeza y el poder,
  La majestad y la pompa,
  Sepamos aprovechar
  Este rato que nos toca,
  Pues sólo se goza en ella
  Lo que entre sueños se goza.
  Rosaura está en mi poder,
  Su hermosura el alma adora;
  Gocemos, pues, la ocasion;
  El amor las leyes rompa
  Del valor y la confianza
  Con que á mis plantas se postra.
  Esto es sueño; y pues lo es,
  Soñemos dichas ahora,
  Que despues serán pesares.
  Mas ¡con mis razones propias
  Vuelvo á convencerme á mí!
  Si es sueño, si es vanagloria,
  ¿Quién por vanagloria humana
  Pierde una divina gloria?
  ¿Qué pasado bien no es sueño?
  ¿Quién tuvo dichas heroicas
  Que entre sí no diga, cuando
  Las revuelve en su memoria:
  Sin duda que fué soñado
  Cuanto ví? Pues si esto toca
  Mi desengaño, si sé
  Que es el gusto llama hermosa,
  Que la convierte en cenizas
  Cualquiera viento que sopla,
  Acudamos á lo eterno,
  Que es la fama vividora
  Donde ni duermen las dichas,
  Ni las grandezas reposan.
  Rosaura está sin honor;
  Más á un príncipe le toca
  El dar honor, que quitarle.
  ¡Vive Dios! que de su honra
  He de ser conquistador,
  Ántes que de mi corona.
  Huyamos de la ocasion,
  Que es muy fuerte.—Alarma, _(A un soldado.)_
  Que hoy he dar la batalla,
  Ántes que la oscura sombra
  Sepulte los rayos de oro
  Entre verdinegras ondas.

ROSAURA.

  ¡Señor! ¿pues así te ausentas?
  ¿Pues ni una palabra sola
  No le debe mi cuidado,
  Ni merece mi congoja?
  ¿Cómo es posible, señor,
  Que ni me mires ni oigas?
  ¿Aun no me vuelves el rostro?

SEGISM.

  Rosaura, al honor le importa,
  Por ser piadoso contigo,
  Ser cruel contigo ahora.
  No te responde mi voz,
  Porque mi honor te responda;
  No te hablo, porque quiero
  Que te hablen por mí mis obras,
  Ni te miro, porque es fuerza,
  En pena tan rigurosa,
  Que no mire tu hermosura
  Quien ha de mirar tu honra.

_(Vase, y los soldados con él.)_

ROSAURA.

  ¿Qué enigmas, cielos, son estas?
  Despues de tanto pesar,
  ¡Aún me queda que dudar
  Con equívocas respuestas!


ESCENA XI.

CLARIN.—ROSAURA.

CLARIN.

  ¿Señora, es hora de verte?

ROSAURA.

  ¡Ay Clarin! ¿dónde has estado?

CLARIN.

  En una torre encerrado
  Brujuleando mi muerte,
  Si me da, ó si no me da;
  Y á figura que me diera,
  Pasante quínola fuera
  Mi vida: que estuve ya
  Para dar un estallido.

ROSAURA.

  ¿Por qué?

CLARIN.

            Porque sé el secreto
  De quien eres, y en efeto,
  Clotaldo... ¿Pero qué ruido
  Es este? _(Suenan cajas.)_

ROSAURA.

           ¿Qué puede ser?

CLARIN.

  Que del palacio sitiado
  Sale un escuadron armado
  A resistir y vencer
  El del fiero Segismundo.

ROSAURA.

  ¿Pues cómo cobarde estoy,
  Y ya á su lado no soy
  Un escándalo del mundo,
  Cuando ya tanta crueldad
  Cierra sin órden ni ley? _(Vase.)_


ESCENA XII.

CLARIN.—SOLDADOS, _dentro_.

_Voces._

  _(De unos.)_ ¡Viva nuestro invicto Rey!

_Voces._

  _(De otros.)_ ¡Viva nuestra libertad!

CLARIN.

  ¡La libertad y el Rey vivan!
  Vivan muy enhorabuena,
  Que á mí nada me da pena
  Como en cuenta me reciban
  Que yo, apartado este dia
  En tan grande confusion,
  Haga el papel de Neron,
  Que de nada se dolía,
  Si bien me quiero doler
  De algo, y ha de ser de mí:
  Escondido, desde aquí
  Toda la fiesta he de ver.
  El sitio es oculto y fuerte,
  Entre estas peñas.—Pues ya
  La muerte no me hallará,
  Dos higas para la muerte.

_(Escóndese: tocan cajas, y suena ruido de armas)._


ESCENA XIII.

BASILIO, CLOTALDO Y ASTOLFO, _huyendo_.—CLARIN, _oculto_.

BASILIO.

  ¡Hay más infelice rey!
  ¡Hay padre más perseguido!

CLOTAL.

  Ya tu ejército vencido
  Baja sin tino ni ley.

ASTOLFO.

  Los traidores vencedores
  Quedan.

BASILIO.

          En batallas tales
  Los que vencen son leales,
  Los vencidos los traidores.
  Huyamos, Clotaldo, pues,
  Del cruel, del inhumano
  Rigor de un hijo tirano.

_(Disparan dentro y cae Clarin herido de donde está.)_

CLARIN.

  ¡Válgame el cielo!

ASTOLFO.

                     ¿Quién es
  Este infelice soldado,
  Que á nuestros piés ha caido
  En sangre todo teñido?

CLARIN.

  Soy un hombre desdichado,
  Que por quererme guardar
  De la muerte, la busqué.
  Huyendo della, encontré
  Con ella, pues no hay lugar,
  Para la muerte, secreto:
  De donde claro se arguye,
  Que quien más su efecto huye,
  Es quien se llega á su efeto.
  Por eso tornad, tornad
  A la lid sangrienta luego;
  Que entre las armas y el fuego
  Hay mayor seguridad
  Que en el monte más guardado,
  Pues no hay seguro camino
  A la fuerza del destino
  Y á la inclemencia del hado;
  Y así, aunque á libraros vais
  De la muerte con huir,
  Mirad que vais á morir,
  Si está de Dios que murais. _(Cae dentro.)_

BASILIO.

  ¡Mirad que vais á morir,
  Si está de Dios que murais!
  ¡Qué bien (¡hay cielos!) persuade
  Nuestro error, nuestra ignorancia
  A mayor conocimiento
  Este cadáver que habla
  Por la boca de una herida,
  Siendo el humor que desata
  Sangrienta lengua que enseña
  Que son diligencias vanas
  Del hombre, cuantas dispone
  Contra mayor fuerza y causa!
  Pues yo, por librar de muertes
  Y sediciones mi patria,
  Vine á entregarla á los mismos
  De quien pretendí librarla.

CLOTAL.

  Aunque el hado, señor, sabe
  Todos los caminos, y halla
  A quien busca entre lo espeso
  De las peñas, no es cristiana
  Determinacion decir
  Que no hay reparo á su saña.
  Sí hay, que el prudente varon
  Victoria del hado alcanza;
  Y si no estás reservado
  De la pena y la desgracia,
  Haz por donde te reserves.

ASTOLFO.

  Clotaldo, señor, te habla
  Como prudente varon
  Que madura edad alcanza,
  Yo como jóven valiente.
  Entre las espesas matas
  De ese monte está un caballo,
  Veloz aborto del aura;
  Huye en él, que yo entre tanto
  Te guardaré las espaldas.

BASILIO.

  Si está de Dios que yo muera,
  Ó si la muerte me aguarda
  Aquí, hoy la quiero buscar,
  Esperando cara á cara.

_(Tocan al arma.)_


ESCENA XIV.

SEGISMUNDO, ESTRELLA, ROSAURA, SOLDADOS, ACOMPAÑAMIENTO.—BASILIO,
ASTOLFO, CLOTALDO.

SOLDADO.

  En lo intrincado del monte,
  Entre sus espesas ramas,
  El Rey se esconde.

SEGISM.

                     ¡Seguidle!
  No quede en sus cumbres planta
  Que no examine el cuidado,
  Tronco á tronco, y rama á rama.

CLOTAL.

  ¡Huye, señor!

BASILIO.

                ¿Para qué?

ASTOLFO.

  ¿Qué intentas?

BASILIO.

                 Astolfo, aparta.

CLOTAL.

  ¿Qué quieres?

BASILIO.

                Hacer, Clotaldo,
  Un remedio que me falta.—
  Si á mí buscándome vas, _(A Segismundo.)_
  Ya estoy, príncipe, á tus plantas:

_(Arrodillándose.)_

  Sea dellas blanca alfombra
  Esta nieve de mis canas.
  Pisa mi cerviz, y huella
  Mi corona; postra, arrastra
  Mi decoro y mi respeto;
  Toma de mi honor venganza,
  Sírvete de mí cautivo;
  Y tras prevenciones tantas,
  Cumpla el hado su homenaje,
  Cumpla el cielo su palabra.

SEGISM.

  Corte ilustre de Polonia,
  Que de admiraciones tantas
  Sois testigos, atended,
  Que vuestro príncipe os habla.
  Lo que está determinado
  Del cielo, y en azul tabla
  Dios con el dedo escribió,
  De quien son cifras y estampas
  Tantos papeles azules
  Que adornan letras doradas,
  Nunca engaña, nunca miente;
  Porque quien miente y engaña
  Es quien, para usar mal dellas,
  Las penetra y las alcanza.
  Mi padre, que está presente,
  Por excusarse á la saña
  De mi condicion, me hizo
  Un bruto, una fiera humana:
  De suerte, que cuando yo
  Por mi nobleza gallarda,
  Por mi sangre generosa,
  Por mi condicion bizarra
  Hubiera nacido dócil
  Y humilde, sólo bastara
  Tal género de vivir,
  Tal linaje de crianza,
  Á hacer fieras mis costumbres:
  ¡Qué buen modo de estorbarlas!
  Si á cualquier hombre dijesen:
  «Alguna fiera inhumana
  Te dará muerte:» ¿escogiera
  Buen remedio en despertalla
  Cuando estuviera durmiendo?
  Si dijeran: «Esta espada
  Que traes ceñida, ha de ser
  Quien te dé la muerte;» vana
  Diligencia de evitarlo
  Fuera entónces desnudarla
  Y ponérsela á los pechos.
  Si dijesen: «Golfos de agua
  Han de ser tu sepultura
  En monumentos de plata;»
  Mal hiciera en darse al mar,
  Cuando soberbio levanta
  Rizados montes de nieve,
  De cristal crespas montañas.
  Lo mismo le ha sucedido
  Que á quien, porque le amenaza
  Una fiera, la despierta;
  Que á quien, temiendo una espada,
  La desnuda; y que á quien mueve
  Las ondas de una borrasca:
  Y cuando fuera (escuchadme)
  Dormida fiera mi saña,
  Templada espada mi furia,
  Mi rigor quieta bonanza,
  La fortuna no se vence
  Con injusticia y venganza,
  Porque ántes se incita más;
  Y así, quien vencer aguarda
  Á su fortuna, ha de ser
  Con cordura y con templanza.
  No ántes de venir el daño
  Se reserva ni se guarda
  Quien le previene; que aunque
  Puede humilde (cosa es clara)
  Reservarse dél, no es
  Sino despues que se halla
  En la ocasion, porque aquesta
  No hay camino de estorbarla.
  Sirva de ejemplo este raro
  Espectáculo, esta extraña
  Admiracion, este horror,
  Este prodigio; pues nada
  Es más, que llegar á ver
  Con prevenciones tan várias,
  Rendido á mis piés á un padre,
  Y atropellado á un monarca.
  Sentencia del cielo fué;
  Por más que quiso estorbarla
  Él, no pudo; ¿y podré yo
  Que soy menor en las canas,
  En el valor y en la ciencia,
  Vencerla?—Señor, levanta, _(Al Rey.)_
  Dame tu mano; que ya
  Que el cielo te desengaña
  De que has errado en el modo
  De vencerla, humilde aguarda
  Mi cuello á que tú te vengues:
  Rendido estoy á tus plantas.

BASILIO.

  Hijo, que tan noble accion
  Otra vez en mis entrañas
  Te engendra, príncipe eres.
  A tí el laurel y la palma
  Se te deben; tú venciste;
  Corónente tus hazañas.

TODOS.

  ¡Viva Segismundo, viva!

SEGISM.

  Pues que ya vencer aguarda
  Mi valor grandes victorias,
  Hoy ha de ser la más alta
  Vencerme á mí.—Astolfo dé
  La mano luego á Rosaura,
  Pues sabe que de su honor
  Es deuda y yo he de cobrarla.

ASTOLFO.

  Aunque es verdad que la debo
  Obligaciones, repara
  Que ella no sabe quién es;
  Y es bajeza y es infamia
  Casarme yo con mujer...

CLOTAL.

  No prosigas, tente, aguarda;
  Porque Rosaura es tan noble
  Como tú, Astolfo, y mi espada
  Lo defenderá en el campo;
  Que es mi hija, y esto basta.

ASTOLFO.

  ¿Qué dices?

CLOTAL.

              Que yo hasta verla
  Casada, noble y honrada,
  No la quise descubrir.
  La historia desto es muy larga;
  Pero, en fin, es hija mia.

ASTOLFO.

  Pues siendo así, mi palabra
  Cumpliré.

SEGISM.

            Pues porque Estrella
  No quede desconsolada,
  Viendo que príncipe pierde
  De tanto valor y fama,
  De mi propia mano yo
  Con esposo he de casarla
  Que en méritos y fortuna,
  Si no le excede, le iguala.
  Dáme la mano.

ESTREL.

                Yo gano
  En merecer dicha tanta.

SEGISM.

  A Clotaldo, que leal
  Sirvió á mi padre, le aguardan
  Mis brazos, con las mercedes
  Que él pidiere que le haga.

SOLDADO.

  Si así á quien no te ha servido
  Honras, ¿á mí que fuí causa
  Del alboroto del reino,
  Y de la torre en que estabas
  Te saqué, qué me darás?

SEGISM.

  La torre; y porque no salgas
  Della nunca, hasta morir
  Has de estar allí con guardas;
  Que el traidor no es menester
  Siendo la traicion pasada.

BASILIO.

  Tu ingenio á todos admira.

ASTOLFO.

  ¡Qué condicion tan mudada!

ROSAURA.

  ¡Qué discreto y qué prudente!

SEGISM.

  ¿Qué os admira? ¿qué os espanta,
  Si fué mi maestro un sueño,
  Y estoy temiendo en mis ánsias
  Que he de dispertar y hallarme
  Otra vez en mi cerrada
  Prision? Y cuando no sea,
  El soñarlo sólo basta;
  Pues así llegué á saber
  Que toda la dicha humana
  En fin pasa como un sueño,
  Y quiero hoy aprovecharla
  El tiempo que me durare:
  Pidiendo de nuestras faltas
  Perdon, pues de pechos nobles
  Es tan propio el perdonarlas.



LA DEVOCION DE LA CRUZ.



PERSONAS.


  EUSEBIO.
  CURCIO, _viejo_.
  LISARDO.
  OCTAVIO.
  ALBERTO, _sacerdote_.
  CELIO.       }
  RICARDO.     } _Bandoleros._
  CHILINDRINA. }
  GIL, _villano gracioso_.
  BRAS.    }
  TIRSO.   } _Villanos._
  TORIBIO. }
  JULIA, _dama_.
  ARMINDA, _criada_.
  MENGA, _villana graciosa_.
  _Bandoleros._
  _Villanos._
  _Soldados._

La accion es en Sena y en sus contornos.



JORNADA PRIMERA.


_Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena._


ESCENA PRIMERA.

MENGA, GIL.

MENGA.

  _(Dentro.)_ ¡Verá por dó va la burra!

GIL.

  _(Dentro.)_ Jo, dimuño; jo mohina.

MENGA.

  Ya verá por dó camina:
  Arre acá.

GIL.

            ¡El diabro te aburra!
  ¿No hay quien una cola tenga,
  Pudiendo tenella mil? _(Salen.)_

MENGA.

  ¡Buena hacienda has hecho, Gil!

GIL.

  ¡Buena hacienda has hecho, Menga,
  Pues tú la culpa tuviste!
  Que como ibas caballera,
  Que en el hoyo se metiera
  Al oido la dijiste,
  Por hacerme regañar.

MENGA.

  Por verme caer á mí,
  Se lo dijiste, eso sí.

GIL.

  ¿Cómo la hemos de sacar?

MENGA.

  ¿Pues en el lodo la dejas?

GIL.

  No puede mi fuerza sola.

MENGA.

  Yo tiraré de la cola,
  Tira tú de las orejas.

GIL.

  Mejor remedio sería
  Hacer el que aprovechó
  A un coche, que se atascó
  En la corte esotro dia.
  Este coche, Dios delante,
  Que arrastrado de dos potros,
  Parecia entre los otros
  Pobre coche vergonzante;
  Y por maldicion muy cierta
  De sus padres (¡hado esquivo!)
  Iba de estribo en estribo,
  Ya que no de puerta en puerta;
  En un arroyo atascado,
  Con ruegos el caballero,
  Con azotes el cochero,
  Ya por fuerza, ya por grado,
  Ya por gusto, ya por miedo,
  Que saliesen procuraban:
  Por recio que lo mandaban,
  Mi coche quedo que quedo.
  Viendo que no importan nada
  Cuantos remedios hicieron,
  Delante el coche pusieron
  Un harnero de cebada.
  Los caballos, por comer,
  De tal manera tiraron,
  Que tosieron y arrancaron;
  Y esto podemos hacer.

MENGA.

  ¡Que nunca valen dos cuartos
  Tus cuentos!

GIL.

               Menga, yo siento
  Ver un animal hambriento,
  Donde hay animales hartos.

MENGA.

  Voy al camino á mirar
  Si pasa de nuestra aldea
  Gente, cualquiera que sea,
  Porque te venga á ayudar,
  Pues te das tan pocas mañas.

GIL.

  ¿Vuelves, Menga, á tu porfía?

MENGA.

  ¡Ay burra del alma mia! _(Vase.)_


ESCENA II.

GIL.

  ¡Ay burra de mis entrañas!
  Tú fuiste la más honrada
  Burra de toda la aldea;
  Que no ha habido quien te vea
  Nunca mal acompañada.
  No eres nada callejera:
  De mijor gana te estabas
  En tu pesebre, que andabas
  Cuando te llevaban fuera.
  Pues ¿altanera y liviana?
  Bien me atrevo á jurar yo
  Que ningun burro la vió
  Asomada á la ventana.
  Yo sé que no merecia
  Su lengua desdicha tal;
  Pues jamás por habrar mal
  Dijo: Aquesta boca es mia.
  Pues como á ella la sobre
  De lo que comiendo está,
  Luego al punto se lo da
  A alguna borrica pobre. _(Ruido dentro.)_
  Mas ¿qué ruido es este? Allí
  De dos caballos se apean
  Dos hombres, y hácia mí vienen,
  Despues que atados los dejan.
  ¡Descoloridos, y al campo
  De mañana! Cosa es cierta
  Que comen barro, ó están
  Opilados. Mas ¿si fueran
  Bandoleros? ¡Aquí es ello!
  Pero lo que fuere sea,
  Aquí me escondo: que andan,
  Que corren, que salen, que entran.

_(Escóndese.)_


ESCENA III.

EUSEBIO, LISARDO.—GIL, _escondido_.

LISARDO.

  No pasemos adelante,
  Porque esta estancia encubierta
  Y apartada del camino,
  Es para mi intento buena.
  Sacad, Eusebio, la espada;
  Que yo de aquesta manera,
  A los hombres como vos
  Saco á reñir.

EUSEBIO.

                Aunque tenga
  Bastante causa en haber
  Llegado al campo, quisiera
  Saber lo que á vos os mueve.
  Decid, Lisardo, la queja
  Que de mí teneis.

LISARDO.

                    Son tantas,
  Que falta voz á la lengua,
  Razones á la razon,
  Y al sufrimiento paciencia.
  Quisiera, Eusebio, callarlas,
  Y áun olvidarlas quisiera;
  Porque cuando se repiten,
  Hacen de nuevo la ofensa.
  ¿Conoceis estos papeles?

EUSEBIO.

  Arrojadlos en la tierra,
  Y los alzaré.

LISARDO.

                Tomad.
  ¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera?

EUSEBIO.

  ¡Mal haya el hombre, mal haya
  Mil veces aquel que entrega
  Sus secretos á un papel!
  Porque es disparada piedra
  Que se sabe quién la tira,
  Y no se sabe á quién llega.

LISARDO.

  ¿Habeislos ya conocido?

EUSEBIO.

  Todos están de mi letra,
  Que no la puedo negar.

LISARDO.

  Pues yo soy Lisardo, en Sena,
  Hijo de Lisardo Curcio.
  Bien excusadas grandezas
  De mi padre consumieron
  En breve tiempo la hacienda
  Que los suyos le dejaron;
  Que no sabe cuánto yerra
  Quien, por excesivos gastos,
  Pobres á sus hijos deja.
  Pero la necesidad,
  Aunque ultraje la nobleza,
  No excusa de obligaciones
  A los que nacen con ellas.
  Julia, pues (¡saben los cielos
  Cuánto el nombrarla me pesa!),
  Ó no supo conservarlas,
  Ó no llegó á conocerlas.
  Pero al fin, Julia es mi hermana;
  ¡Pluguiera á Dios no lo fuera!
  Y advertid que no se sirven
  Las mujeres de sus prendas
  Con amorosos papeles,
  Con razones lisonjeras,
  Con ilícitos recados,
  Ni con infames terceras.
  No os culpo en el todo á vos;
  Que yo confieso que hiciera
  Lo mismo, á darme una dama
  Para servirla licencia.
  Pero cúlpôs en la parte
  De ser mi amigo, y en esta
  Con más culpa os comprehende
  La culpa que tuvo ella.
  Si mi hermana os agradó
  Para mujer (que no era
  Posible, ni yo lo creo
  Que os atrevierais á verla
  Con otro fin, ni áun con este;
  Pues ¡vive Dios! que quisiera,
  Ántes que con vos casada,
  Mirarla á mis manos muerta):
  En fin, si vos la elegisteis
  Para mujer, justo fuera
  Descubrir vuestros deseos
  Á mi padre, ántes que á ella.
  Este era término justo,
  Y entónces mi padre viera
  Si le estaba bien el darla,
  Que pienso que no os la diera;
  Porque un caballero pobre,
  Cuando en cosas como estas
  No puede medir iguales
  La calidad y la hacienda,
  Por no deslucir su sangre
  Con una hija doncella,
  Hace sagrado un convento;
  Que es delito la pobreza.
  Aqueste á Julia mi hermana
  Con tanta prisa la espera,
  Que mañana ha de ser monja,
  Por voluntad ó por fuerza.
  Y porque no será bien
  Que una religiosa tenga
  Prendas de tan loco amor
  Y de voluntad tan necia,
  Á vuestras manos las vuelvo,
  Con resolucion tan ciega,
  Que no sólo he de quitarlas,
  Mas tambien la causa dellas.
  Sacad la espada, y aquí
  El uno de los dos muera,
  Vos, porque no la sirvais,
  Ó yo, porque no lo vea.

EUSEBIO.

  Tened, Lisardo, la espada,
  Y pues yo he tenido flema
  Para oir desprecios mios,
  Escuchadme la respuesta.
  Y aunque el discurso sea largo
  De mi suceso, y parezca
  Que, estando solos los dos,
  Es demasiada paciencia;
  Pues que ya es fuerza reñir,
  Y morir el uno es fuerza;
  Por si los cielos permiten
  Que yo el infelice sea,
  Oid prodigios que admiran
  Y maravillas que elevan;
  Que no es bien que con mi muerte
  Eterno silencio tengan.
  Yo no sé quién fué mi padre;
  Pero sé que la primera
  Cuna fué el pié de una Cruz,
  Y el primer lecho una piedra.
  Raro fué mi nacimiento,
  Segun los pastores cuentan,
  Que desta suerte me hallaron
  En la falda de esas sierras.
  Tres dias dicen que oyeron
  Mi llanto, y que á la aspereza
  Donde estaba, no llegaron
  Por el temor de las fieras,
  Sin que alguna me ofendiese;
  Pero ¿quién duda que era
  Por respeto de la Cruz,
  Que tenía en mi defensa?
  Hallóme un pastor, que acaso
  Buscó una perdida oveja
  En la aspereza del monte,
  Y trayéndome á la aldea
  De Eusebio, que no sin causa
  Estaba entónces en ella,
  Le contó mi prodigioso
  Nacimiento, y la clemencia
  Del cielo asistió á la suya.
  Mandó en fin que me trajeran
  A su casa, y como á hijo
  Me dió la crianza en ella.
  Eusebio soy de la Cruz,
  Por su nombre, y por aquella
  Que fué mi primera guía,
  Y fué mi guarda primera.
  Tomé por gusto las armas,
  Por pasatiempo las letras;
  Murió Eusebio, y yo quedé
  Heredero de su hacienda.
  Si fué prodigioso el parto,
  No lo fué ménos la estrella
  Que enemiga me amenaza,
  Y piadosa me reserva.
  Tierno infante era en los brazos
  Del ama, cuando mi fiera
  Condicion, bárbara en todo,
  Dió de sus rigores muestra;
  Pues con solas las encías,
  No sin diabólica fuerza,
  Partí el pecho de quien tuve
  El dulce alimento; y ella,
  Del dolor desesperada,
  Y de la cólera ciega,
  En un pozo me arrojó,
  Sin que ninguno supiera
  De mí. Oyéndome reir,
  Bajaron á él, y cuentan
  Que estaba sobre las aguas,
  Y que con las manos tiernas
  Tenía una Cruz formada
  Y sobre los labios puesta.
  Un dia que se abrasaba
  La casa, y la llama fiera
  Cerraba el paso á la huida,
  Y á la salida la puerta,
  Entre las llamas estuve
  Libre, sin que me ofendieran:
  Y advertí despues, dudando
  Que haya en el fuego clemencia,
  Que era dia de la Cruz.
  Tres lustros contaba apénas,
  Cuando por el mar fuí á Roma,
  Y en una brava tormenta,
  Desesperada mi nave
  Chocó en una oculta peña:
  En pedazos dividida,
  Por los costados abierta;
  Abrazado de un madero
  Salí venturoso á tierra,
  Y este madero tenía
  Forma de Cruz. Por las sierras
  De esos montes caminaba
  Con otro hombre, y en la senda
  Que dos caminos partia,
  Una Cruz estaba puesta.
  En tanto que me quedé
  Haciendo oracion en ella,
  Se adelantó el compañero;
  Y despues dándome priesa
  Para alcanzarle, le hallé
  Muerto á las manos sangrientas
  De bandoleros. Un dia,
  Riñendo en una pendencia,
  De una estocada caí,
  Sin que hiciese resistencia,
  En la tierra; y cuando todos
  Pensaron hallarla ajena
  De remedio, sólo hallaron
  Señal de la punta fiera
  En una Cruz que traia
  Al cuello, que en mi defensa
  Recibió el golpe. Cazando
  Una vez por la aspereza
  Deste monte, se cubrió
  El cielo de nubes negras,
  Y publicando con truenos
  Al mundo espantosa guerra,
  Lanzas arrojaba en agua,
  Balas disparaba en piedras.
  Todos hicieron las hojas
  Contra las nubes defensa,
  Siendo ya tiendas de campo
  Las más ocultas malezas;
  Y un rayo, que fué en el viento
  Caliginoso cometa,
  Volvió en ceniza á los dos
  Que de mí estaban más cerca.
  Ciego, turbado y confuso
  Vuelvo á mirar lo que era,
  Y hallé á mi lado una Cruz,
  Que yo pienso que es la mesma
  Que asistió á mi nacimiento,
  Y la que yo tengo impresa
  En los pechos; pues los cielos
  Me han señalado con ella,
  Para públicos efectos
  De alguna causa secreta.
  Pero aunque no sé quién soy,
  Tal espíritu me alienta,
  Tal inclinacion me anima,
  Y tal ánimo me fuerza,
  Que por mí me da valor
  Para que á Julia merezca;
  Porque no es más la heredada,
  Que la adquirida nobleza.
  Este soy, y aunque conozco
  La razon, y aunque pudiera
  Dar satisfaccion bastante
  A vuestro agravio, me ciega
  Tanto la pasion de veros
  Hablando de esa manera,
  Que ni os quiero dar disculpa,
  Ni os quiero admitir la queja;
  Y pues quereis estorbar
  Que yo su marido sea;
  Aunque su casa la guarde,
  Aunque un convento la tenga,
  De mí no ha de estar segura;
  Y la que no ha sido buena
  Para mujer, lo será
  Para dama: así desea,
  Desesperado mi amor
  Y ofendida mi paciencia,
  Castigar vuestro desprecio,
  Y satisfacer mi afrenta.

LISARDO.

  Eusebio, donde el acero
  Ha de hablar, calle la lengua.

_(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando
levantarse, torna á caer.)_

  ¡Herido estoy!

EUSEBIO.

  ¿Y no muerto?

LISARDO.

  No, que en los brazos me queda
  Aliento para... ¡Ay de mí!
  Faltó á mis plantas la tierra.

EUSEBIO.

  Y falte á tu voz la vida.

LISARDO.

  No me permitas que muera
  Sin confesion.

EUSEBIO.

                 ¡Muere, infame!

LISARDO.

  No me mates, por aquella
  Cruz en que Cristo murió.

EUSEBIO.

  Aquesa voz te defienda
  De la muerte. Alza del suelo;
  Que cuando por ella ruegas,
  Falta rigor á la ira,
  Y falta á los brazos fuerza.
  Alza del suelo.

LISARDO.

                  No puedo;
  Porque ya en mi sangre envuelta
  Voy despreciando la vida,
  Y el alma pienso que espera
  Á salir, porque entre tantas
  No sabe cuál es la puerta.

EUSEBIO.

  Pues fíate de mis brazos,
  Y anímate; que aquí cerca
  De unos penitentes monjes
  Hay una ermita pequeña,
  Donde podrás confesarte
  Si vivo á sus puertas llegas.

LISARDO.

  Pues yo te doy mi palabra,
  Por esa piedad que muestras,
  Que si yo merezco verme
  En la divina presencia
  De Dios, pediré que tú
  Sin confesarte no mueras.

_(Llévale Eusebio en brazos.)_

GIL.

  ¡Han visto lo que le debe!
  La caridad está buena;
  Pero yo se la perdono.
  ¡Matarle y llevarle á cuestas!


ESCENA IV.

BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL.

TORIBIO.

  ¿Aquí dices que quedaba?

MENGA.

  Aquí se quedó con ella.

TIRSO.

  Mírale allí embelesado.

MENGA.

  Gil, ¿qué mirabas?

GIL.

                     ¡Ay Menga!

TIRSO.

  ¿Qué te ha sucedido?

GIL.

                       ¡Ay Tirso!

TORIBIO.

  ¿Qué viste? Dános respuesta.

GIL.

  ¡Ay Toribio!

BRAS.

               Dí, ¿qué tienes,
  Gil, ó de qué te lamentas?

GIL.

  ¡Ay Bras, ay amigos mios!
  No lo sé más que una bestia.
  Matóle y cargó con él,
  Sin duda á salar le lleva.

MENGA.

  ¿Quién le mató?

GIL.

                  ¿Qué sé yo?

TIRSO.

  ¿Quién murió?

GIL.

                No sé quién era.

TORIBIO.

  ¿Quién cargó?

GIL.

                ¿Qué sé yo quién?

BRAS.

  ¿Y quién le llevó?

GIL.

                   Quienquiera.
  Pero porque lo sepais,
  Venid todos.

TIRSO.

               ¿Dó nos llevas?

GIL.

  No lo sé, pero venid,
  Que los dos van aquí cerca. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Sala en casa de Curcio, en Sena._


ESCENA V.

JULIA, ARMINDA.

JULIA.

  Déjame, Arminda, llorar
  Una libertad perdida,
  Pues donde acaba la vida,
  Tambien acaba el pesar.
  ¿Nunca has visto de una fuente
  Bajar un arroyo manso,
  Siendo apacible descanso
  El valle de su corriente;
  Y cuando le juzgan falto
  De fuerza las flores bellas,
  Pasa por encima dellas
  Rompiendo por lo más alto?
  Pues mis penas, mis enojos
  La misma experiencia han hecho;
  Detuviéronse en el pecho,
  Y salieron por los ojos.
  Deja que llore el rigor
  De un padre.

ARMINDA.

               Señora, advierte...

JULIA.

  ¿Qué más venturosa suerte
  Hay, que morir de dolor?
  Pena que deja vencida
  La vida, ser gloria ordena;
  Que no es muy grande la pena
  Que no acaba con la vida.

ARMINDA.

  ¿Que novedad obligó
  Tu llanto?

JULIA.

             ¡Ay, Arminda mia!
  Cuantos papeles tenía
  De Eusebio, Lisardo halló
  En mi escritorio.

ARMINDA.

                    ¿Pues él
  Supo que estaban allí?

JULIA.

  Como aqueso contra mí
  Hará mi estrella cruel.
  Yo (¡ay de mí!) cuando le vía
  El cuidado con que andaba,
  Pensó que lo sospechaba,
  Pero no que lo sabía.
  Llegó á mí descolorido,
  Y entre apacible y airado,
  Me dijo que habia jugado,
  Arminda, y que habia perdido:
  Que una joya le prestase
  Para volver á jugar.
  Por presto que la iba á dar,
  No aguardó á que la sacase:
  Tomó él la llave y abrió
  Con una cólera inquieta,
  Y en la primera naveta
  Los papeles encontró.
  Miróme y volvió á cerrar.
  Y sin decir nada (¡ay Dios!)
  Buscó á mi padre, y los dos
  (¿Quién duda es para tratar
  Mi muerte?) gran rato hablaron
  Cerrados en su aposento;
  Salieron, y hácia el convento
  Los dos sus pasos guiaron,
  Segun Octavio me dijo.
  Y si lo que está tratado
  Ya mi padre ha efectuado,
  Con justa causa me aflijo;
  Porque si de aquesta suerte
  Que olvide á Eusebio desea,
  Ántes que monja me vea,
  Yo misma me daré muerte.


ESCENA VI.

EUSEBIO.—DICHAS.

EUSEBIO.

  (_Ap._ Ninguno tan atrevido,
  Si no tan desesperado,
  Viene á tomar por sagrado
  La casa del ofendido.
  Ántes que sepa la muerte
  De Lisardo Julia bella,
  Hablar quisiera con ella,
  Porque á mi tirana suerte
  Algun remedio consigo
  Si, ignorado mi rigor,
  Puede obligarla el amor
  Á que se vaya conmigo;
  Y cuando llegue á saber
  De Lisardo el hado injusto,
  Hará de la fuerza gusto
  Mirándose en mi poder.)
  Hermosa Julia.

JULIA.

                 ¿Qué es esto?
  ¿Tú en esta casa?

EUSEBIO.

                    El rigor
  De mi desdicha y tu amor
  En tal peligro me ha puesto.

JULIA.

  Pues ¿cómo has entrado aquí
  Y emprendes tan loco extremo?

EUSEBIO.

  Como la muerte no temo.

JULIA.

  ¿Qué es lo que intentas así?

EUSEBIO.

  Hoy obligarte deseo,
  Julia, porque agradecida
  Des á mi amor nueva vida,
  Nueva gloria á mi deseo.
  Yo he sabido cuánto ofende
  Á tu padre mi cuidado:
  Que á su noticia ha llegado
  Nuestro amor, y que pretende
  Que tú recibas mañana
  El estado que desea,
  Para que mi dicha sea,
  Como mi esperanza, vana.
  Si ha sido gusto, si ha sido
  Amor el que me has mostrado,
  Si es verdad que me has amado,
  Si es cierto que me has querido,
  Vente conmigo; pues ves
  Que no tiene resistencia
  De tu padre la obediencia,
  Deja tu casa; y despues
  Que habrá mil remedios piensa;
  Pues ya en mi poder, es justo
  Que haga de la fuerza gusto,
  Y obligacion de la ofensa.
  Villas tengo en que guardarte,
  Gente con que defenderte,
  Hacienda para ofrecerte
  Y un alma para adorarte.
  Si darme vida deseas,
  Si es verdadero tu amor,
  Atrévete, ó el dolor
  Hará que mi muerte veas.

JULIA.

  Oye, Eusebio.

ARMINDA.

                Mi señor
  Viene, señora.

JULIA.

                 ¡Ay de mí!

EUSEBIO.

  ¿Pudiera hallar contra mí
  La fortuna más rigor?

JULIA.

  ¿Podrá salir?

ARMINDA.

                No es posible
  Que se vaya; porque ya
  Llamando á la puerta está.

JULIA.

  ¡Grave mal!

EUSEBIO.

              ¡Pena terrible!
  ¿Qué haré?

JULIA.

             Esconderte es forzoso.

EUSEBIO.

  ¿Dónde?

JULIA.

          En aquese aposento.

ARMINDA.

  Presto, que sus pasos siento.

_(Escóndese Eusebio.)_


ESCENA VII.

CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, _escondido_.

CURCIO.

  Hija, si por el dichoso
  Estado que tú codicias,
  Y que ya seguro tienes,
  No das á mis parabienes
  La vida y alma en albricias,
  Del deseo que he tenido
  No agradeces el cuidado.
  Todo queda efectuado,
  Y todo tan prevenido,
  Que sólo falta ponerte
  La más bizarra y hermosa,
  Para ser de Cristo esposa:
  Mira ¡qué dichosa suerte!
  Hoy aventajas á todas
  Cuantas se ven envidiar,
  Pues te verán celebrar
  Aquestas divinas bodas.
  ¿Qué dices?

JULIA.

  _(Ap.)_     ¿Qué puedo hacer?

EUSEBIO.

  _(Ap.)_ Yo me doy la muerte aquí,
  Si ella le dice que sí.

JULIA.

  (_Ap._ No sé cómo responder.)
  Bien, señor, la autoridad
  De padre, que es preferida,
  Imperio tiene en la vida;
  Pero no en la libertad.
  ¿Pues que supiera ántes yo
  Tu intento, no fuera bien?
  ¿Y que tú, señor, tambien
  Supieras mi gusto?

CURCIO.

                     No,
  Que sola mi voluntad
  En lo justo, ó en lo injusto,
  Has de tener tú por gusto.

JULIA.

  Sólo tiene libertad
  Un hijo para escoger
  Estado; que el hado impío
  No fuerza el libre albedrío.
  Déjame pensar y ver
  Despacio eso; y no te espante
  Ver que término te pida;
  Que el estado de una vida
  No se toma en un instante.

CURCIO.

  Basta que yo lo he mirado,
  Y yo por tí he dado el sí.

JULIA.

  Pues si tú vives por mí,
  Toma tambien por mí estado.

CURCIO.

  ¡Calla, infame! ¡calla, loca!
  Que haré de aquese cabello
  Un lazo para tu cuello,
  Ó sacaré de tu boca
  Con mis manos la atrevida
  Lengua, que de oir me ofendo.

JULIA.

  La libertad te defiendo,
  Señor, pero no la vida.
  Acaba su curso triste,
  Y acabará tu pesar;
  Que mal te puedo negar
  La vida que tú me diste:
  La libertad que me dió
  El cielo, es la que te niego.

CURCIO.

  En este punto á crêr llego
  Lo que el alma sospechó,
  Que no fué buena tu madre,
  Y manchó mi honor alguno;
  Pues hoy tu error importuno
  Ofende el honor de un padre,
  A quien el sol no igualó,
  En resplandor y belleza,
  Sangre, honor, lustre y nobleza.

JULIA.

  Eso no he entendido yo,
  Por eso no he respondido.

CURCIO.

  Arminda, salte allá fuera. _(Vase.)_


ESCENA VIII.

CURCIO, JULIA.

CURCIO.

  Y ya que mi pena fiera
  Tantos años he tenido
  Secreta, de mis enojos
  La ciega pasion obliga
  A que la lengua te diga
  Lo que te han dicho los ojos.
  La señoría de Sena,
  Por dar á mi sangre fama,
  En su nombre me envió
  A dar la obediencia al papa
  Urbano Tercio. Tu madre,
  Que con opinion de santa
  Fué en Sena comun ejemplo
  De las matronas romanas,
  Y áun de las nuestras (no sé
  Cómo mi lengua la agravia;
  Mas ¡ay infelice! tanto
  La satisfaccion engaña),
  En Sena quedó, y yo estuve
  En Roma con la embajada
  Ocho meses; porque entónces
  Por concierto se trataba
  Que esta señoría fuese
  Del pontífice: Dios haga
  Lo que á su estado convenga,
  Que aquí importa poco ó nada.
  Volví á Sena, y hallé en ella...
  Aquí el aliento me falta,
  Aquí la lengua enmudece,
  Y aquí el ánimo desmaya.
  Hallé (¡ay injusto temor!)
  A tu madre tan preñada,
  Que para el infeliz parto
  Cumplia las nueve faltas.
  Ya me habia prevenido
  Por sus mentirosas cartas
  Esta desdicha, diciendo
  Que, cuando me fuí, quedaba
  Con sospecha; y yo la tuve
  De mi deshonra tan clara,
  Que discurriendo mi agravio,
  Imaginé mi desgracia.
  No digo que verdad sea;
  Mas quien tiene sangre hidalga,
  No ha de aguardar á creer,
  Quel imaginar le basta.
  ¿Qué importa que un noble sea
  Desdichado (¡oh ley tirana
  De honor! ¡oh bárbaro fuero
  Del mundo!) si la ignorancia
  Le disculpa? Mienten, mienten
  Las leyes; porque no alcanza
  Los misterios al efecto
  Quien no previene la causa.
  ¿Qué ley culpa á un inocente?
  ¿Qué opinion á un libre agravia?
  Miente otra vez; que no es
  Deshonra, sino desgracia.
  ¡Bueno es que en leyes de honor
  Le comprenda tanta infamia
  Al Mercurio que le roba,
  Como al Argos que le guarda!
  ¿Qué deja el mundo, qué deja,
  Si así al inocente infama,
  De deshonra, para aquel
  Que lo sabe y que lo calla?
  Yo entre tantos pensamientos,
  Yo entre confusiones tantas,
  Ni ví regalo en la mesa,
  Ni hice descanso en la cama.
  Tan desabrido conmigo
  Estuve, que me trataba
  Como ajeno el corazon,
  Y como á tirano el alma.
  Y aunque á veces discurria
  En su abono, y aunque hallaba
  Verisímil la disculpa,
  Pudo en mí tanto la instancia
  Del temer que me ofendia,
  Que con saber que fué casta,
  Tomé de mis pensamientos,
  No de sus culpas, venganza.
  Y porque con más secreto
  Fuese, previne una caza
  Fingida, porque á un celoso
  Ficciones sólo le agradan.
  Al monte fuí, y cuando todos
  Entretenidos estaban
  En su alegre regocijo,
  Con amorosas palabras
  (¡Qué bien las dice quien miente!
  ¡Qué bien las cree quien ama!)
  Llevé á Rosmira, tu madre,
  Por una senda apartada
  Del camino, y divertida
  Llegó á una secreta estancia
  Deste monte, á cuyo albergue
  El sol ignoró la entrada,
  Porque se la defendian
  Rústicamente enlazadas,
  Por no decir que amorosas,
  Árboles, hojas y ramas.
  Aquí, pues, adonde apénas
  Huella imprimió mortal planta,
  Solos los dos...


ESCENA IX.

ARMINDA.—DICHOS.

ARMINDA.

                   Si el valor,
  Que el noble pecho acompaña,
  Señor, y si la experiencia
  Que te han dado honrosas canas,
  En la desdicha presente
  No te niega ó no te falta,
  Exámen será el valor
  De tu ánimo.

CURCIO.

               ¿Qué causa
  Te obliga á que así interrumpas
  Mi razon?

ARMINDA.

            Señor...

CURCIO.

                     Acaba;
  Que más la duda me ofende.

JULIA.

  ¿Por qué te suspendes? Habla.

ARMINDA.

  No quisiera ser la voz
  De mi pena y tu desgracia.

CURCIO.

  No temas decirla tú,
  Pues yo no temo escucharla.

ARMINDA.

  A Lisardo, mi señor...

EUSEBIO.

  Esto sólo me faltaba.

ARMINDA.

  Bañado en su sangre traen,
  En una silla por andas,
  Cuatro rústicos pastores,
  Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas;
  Mas ya á tu presencia llega:
  No le veas.

CURCIO.

              ¡Cielos! ¿Tantas
  Penas para un desdichado?
  ¡Ay de mí!


ESCENA X.

GIL, MENGA, TIRSO, BRAS Y TORIBIO, _que traen á_ LISARDO _muerto en una
silla_.—DICHOS.

JULIA.

             Pues ¿qué inhumana
  Fuerza ensangrentó la ira
  En su pecho? ¿Qué tirana
  Mano se bañó en mi sangre,
  Contra su inocencia airada?
  ¡Ay de mí!

ARMINDA.

             Mira, señora...

BRAS.

  No llegues á verle.

CURCIO.

                      Aparta.

TIRSO.

  Detente, señor.

CURCIO.

                  Amigos,
  No puede sufrirlo el alma.
  Dejadme ver ese cadáver frio,
  Depósito infeliz de heladas venas,
  Ruina del tiempo, estrago del impío
  Hado, teatro funesto de mis penas.
  ¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!)
  Trágico monumento en las arenas
  Construyó, porque hiciese en quejas vanas
  Mortaja triste de mis blancas canas?
  ¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida
  De un hijo, en cuya vida yo animaba?

MENGA.

  Gil lo dirá, que, al verle dar la herida,
  Oculto entre unos árboles estaba.

CURCIO.

  Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida?

GIL.

  Yo solo sé que Eusebio se llamaba
  Cuando con él reñia.

CURCIO.

                       ¿Hay más deshonra?
  Eusebio me ha quitado vida y honra.

_(A Julia.)_

  Disculpa agora tú de sus crueles
  Deseos la ambicion; dí que concibe
  Casto amor, pues, á falta de papeles,
  Lascivos gustos con tu sangre escribe.

JULIA.

  Señor...

CURCIO.

           No me respondas como sueles:
  A tomar hoy estado te apercibe,
  O apercibe tambien á tu hermosura,
  Con Lisardo temprana sepultura.
  Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo,
  En este dia sepultar concierta,
  El muerto al mundo, en mi memoria vivo,
  Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta.
  Y en tanto que el entierro os apercibo,
  Porque no huyas cerraré esta puerta.
  Queda con él, porque de aquesta suerte,
  Lecciones al morir te dé su muerte. _(Vanse.)_


ESCENA XI.

JULIA; LISARDO, _muerto_; EUSEBIO.

JULIA.

  Mil veces procuro hablarte,
  Tirano Eusebio, y mil veces
  El alma duda, el aliento
  Falta, y la lengua enmudece.
  No sé, no sé cómo pueda
  Hablar; porque á un tiempo vienen
  Envueltas iras piadosas
  Entre piedades crueles.
  Quisiera cerrar los ojos
  A aquesta sangre inocente,
  Que está pidiendo venganza,
  Desperdiciando claveles:
  Y quisiera hallar disculpa
  En las lágrimas que viertes;
  Que al fin heridas y ojos
  Son bocas que nunca mienten.
  Y en una mano el amor,
  Y en otra el rigor presente,
  A un mismo tiempo quisiera
  Castigarte y defenderte;
  Y entre ciegas confusiones
  De pensamientos tan fuertes,
  La clemencia me combate,
  Y el sentimiento me vence.
  ¿Desta suerte solicitas
  Obligarme? ¿Desta suerte,
  Eusebio, en vez de finezas,
  Con crueldades me pretendes?
  Cuando de mi boda el dia
  Resuelta esperaba, ¡quieres
  Que en vez de apacibles bodas,
  Tristes obsequias celebre!
  Cuando por tu gusto era
  Á mi padre inobediente,
  ¡Lutos funestos me das
  En vez de galas alegres!
  Cuando, arriesgando mi vida,
  Hice posible el quererte,
  ¡En vez de tálamo (¡ay cielos!)
  Un sepulcro me previenes!
  Y cuando mi mano ofrezco,
  Despreciando inconvenientes
  De honor, ¡la tuya bañada
  En mi sangre me la ofreces!
  ¿Qué gusto tendré en tus brazos,
  Si para llegar á verme
  Dando vida á nuestro amor,
  Voy tropezando en la muerte?
  ¿Qué dirá el mundo de mí,
  Sabiendo que tengo siempre,
  Si no presente el agravio,
  Quien le cometió presente?
  Pues cuando quiera el olvido
  Sepultarle, sólo el verte
  Entre mis brazos, será
  Memoria con que me acuerde.
  Yo entónces, yo, aunque te adore,
  Los amorosos placeres
  Trocaré en iras, pidiendo
  Venganzas; pues ¿cómo quieres
  Que viva sujeta un alma
  A efectos tan diferentes,
  Que esté esperando el castigo
  Y deseando que no llegue?
  Basta, por lo que te quise,
  Perdonarte, sin que esperes
  Verme en tu vida, ni hablarme.
  Esa ventana, que tiene
  Salida al jardin, podrá
  Darte paso; por ahí puedes
  Escaparte; huye el peligro,
  Porque, si mi padre viene,
  No te halle aquí. Véte, Eusebio,
  Y mira que no te acuerdes
  De mí; que hoy me pierdes tú
  Porque quisiste perderme.
  Véte, y vive tan dichoso,
  Que tengas felicemente
  Bienes, sin que á los pesares
  Pagues pension de los bienes.
  Que yo haré para mi vida
  Una celda prision breve,
  Si no sepulcro, pues ya
  Mi padre enterrarme quiere.
  Allí lloraré desdichas
  De un hado tan inclemente,
  De una fortuna tan fiera,
  De una inclinacion tan fuerte,
  De un planeta tan opuesto,
  De una estrella tan rebelde,
  De un amor tan desdichado,
  De una mano tan aleve,
  Que me ha quitado la vida
  Y no me ha dado la muerte,
  Porque entre tantos pesares
  Siempre viva y muera siempre.

EUSEBIO.

  Si acaso más que tus voces
  Son ya tus manos crueles
  Para tomar la venganza,
  Rendido á tus piés me tienes.
  Preso me trae mi delito,
  Tu amor es la cárcel fuerte,
  Las cadenas son mis yerros,
  Prisiones que el alma teme,
  Verdugo es mi pensamiento;
  Si son tus ojos los jueces,
  Y ellos me dan la sentencia,
  Por fuerza será de muerte.
  Mas dirá entónces la fama
  En su pregon: «Este muere
  Porque quiso,» pues que solo
  Es mi delito quererte.
  No pienso darte disculpa;
  No parezca que la tiene
  Tan grande error; sólo quiero
  Que me mates y te vengues.
  Toma esta daga, y con ella
  Rompe un pecho que te ofende,
  Saca un alma que te adora,
  Y tu misma sangre vierte.
  Y si no quieres matarme,
  Para que á vengarse llegue
  Tu padre, diré que estoy
  En tu aposento.

JULIA.

                  ¡Detente!
  Y por última razon,
  Que he de hablarte eternamente,
  Has de hacer lo que te digo.

EUSEBIO.

  Yo lo concedo.

JULIA.

                 Pues véte
  Adonde guardes tu vida.
  Hacienda tienes, y gente
  Que te podrá defender.

EUSEBIO.

  Mejor será que yo quede
  Sin ella; porque si vivo,
  Será imposible que deje
  De adorarte, y no has de estar,
  Aunque un convento te encierre,
  Segura.

JULIA.

          Guárdate tú,
  Que yo sabré defenderme.

EUSEBIO.

  ¿Volveré yo á verte?

JULIA.

                       No.

EUSEBIO.

  ¿No hay remedio?

JULIA.

                   No le esperes.

EUSEBIO.

  ¿Que al fin me aborreces ya?

JULIA.

  Haré por aborrecerte.

EUSEBIO.

  ¿Olvidarásme?

JULIA.

                No sé.

EUSEBIO.

  ¿Veréte yo?

JULIA.

              Eternamente.

EUSEBIO.

  Pues ¿aquel pasado amor...?

JULIA.

  Pues ¿esta sangre presente...?—
  La puerta abren: véte Eusebio.

EUSEBIO.

  Iré por obedecerte.
  ¡Que no he de volverte á ver!

JULIA.

  ¡Que no has de volver á verme!

_(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos
criados.)_



JORNADA SEGUNDA.


_Monte._


ESCENA PRIMERA.

RICARDO, CELIO, EUSEBIO, _en traje de bandoleros, con arcabuces_.

_(Suena un tiro dentro.)_

RICARDO.

  Pasó el plomo violento
  Su pecho.

CELIO.

            Y hace el golpe más sangriento,
  Que con su sangre la tragedia imprima
  En tierna flor.

EUSEBIO.

                  Ponle una cruz encima,
  Y perdónele Dios.

RICARDO.

                    Las devociones
  Nunca faltan del todo á los ladrones.

_(Vanse Ricardo y Celio)_

EUSEBIO.

  Y pues mis hados fieros
  Me traen á capitan de bandoleros,
  Llegarán mis delitos
  A ser, como mis penas, infinitos.
  Como si diera muerte
  A Lisardo á traicion, de aquesta suerte
  Mi patria me persigue,
  Porque su furia y mi despecho obligue
  A que guarde una vida,
  Siendo de tantas bárbaro homicida.
  Mi hacienda me han quitado,
  Mis villas confiscado,
  Y á tanto rigor llegan,
  Que el sustento me niegan.
  No toque pasajero
  El término del monte, si primero
  No rinde hacienda y vida.


ESCENA II.

RICARDO, BANDOLEROS; ALBERTO, _preso_.—EUSEBIO.

RICARDO.

  Llegando á ver la boca de la herida,
  Escucha, capitan, el más extraño
  Suceso.

EUSEBIO.

          Ya deseo el desengaño.

RICARDO.

  Hallé el plomo deshecho
  En este libro que tenía en el pecho,
  Sin haber penetrado,
  Y al caminante solo desmayado:
  Vesle aquí sano y bueno.

EUSEBIO.

  De espanto estoy y admiraciones lleno.
  ¿Quién eres, venerable
  Caduco, á quien los cielos, admirable
  Han hecho con prodigio milagroso?

ALBERTO.

  Yo soy, oh capitan, el más dichoso
  De cuantos hombres hay; que he merecido
  Ser sacerdote indigno, y he leido
  En Bolonia sagrada teología
  Cuarenta y cuatro años con desvelo.
  Dióme Su Santidad, por este celo,
  De Trento el obispado
  Premiando mis estudios; y admirado
  Yo de ver que tenía
  Cuenta de tantas almas,
  Y que apénas la daba de la mia,
  Los laureles dejé, dejé las palmas,
  Y huyendo sus engaños,
  Vengo á buscar seguros desengaños
  En estas soledades,
  Donde viven desnudas las verdades.
  Paso á Roma á que el Papa me conceda
  Licencia, capitan, para que pueda
  Fundar un órden santo de eremitas;
  Mas tu saña atrevida
  Quita el hilo á mi suerte y á la vida.

EUSEBIO.

  ¿Qué libro es este, dí?

ALBERTO.

                          Este es el fruto,
  Que rinde á mis estudios el tributo
  De tantos años.

EUSEBIO.

                  ¿Qué es lo que contiene?

ALBERTO.

  Él trata del orígen verdadero
  De aquel divino y celestial madero
  En que animoso y fuerte,
  Muriendo, triunfó Cristo de la muerte.
  El libro, en fin, se llama
  «Milagros de la Cruz.»

EUSEBIO.

                         ¡Qué bien la llama
  De aquel plomo inclemente,
  Más que la cera, se mostró obediente!
  ¡Pluguiera á Dios, mi mano,
  Ántes que blanco su papel hiciera
  De aquel golpe tirano,
  Entre su fuego ardiera!
  Lleva ropa y dinero
  Y la vida; sólo este libro quiero.
  Y vosotros salidle acompañando
  Hasta dejarle libre.

ALBERTO.

                       Iré rogando
  Al Señor te dé luz para que veas
  El error en que vives.

EUSEBIO.

                         Si deseas
  Mi bien, pídele á Dios que no permita
  Muera sin confesion.

ALBERTO.

                       Yo te prometo
  Seré ministro en tan piadoso efeto,
  Y te doy mi palabra
  (Tanto en mi pecho tu clemencia labra)
  Que si me llamas en cualquiera parte,
  Dejaré mi desierto
  Por ir á confesarte:
  Un sacerdote soy; mi nombre Alberto.

EUSEBIO.

  ¿Tal palabra me das?

ALBERTO.

                       Y la confieso
  Con la mano.

EUSEBIO.

               Otra vez tus plantas beso.

_(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)_


ESCENA III.

CHILINDRINA.—EUSEBIO.

CHILIND.

  Hasta venir á hablarte,
  El monte atravesé de parte á parte.

EUSEBIO.

  ¿Qué hay, amigo?

CHILIND.

                   Dos nuevas harto malas.

EUSEBIO.

  Á mi temor el sentimiento igualas.
  ¿Qué son?

CHILIND.

            Es la primera
  (Decirla no quisiera),
  Que al padre de Lisardo
  Han dado...

EUSEBIO.

              Acaba, que el efecto aguardo.

CHILIND.

  Comision de prenderte ó de matarte.

EUSEBIO.

  Esotra nueva temo
  Mas, porque en un confuso extremo,
  Al corazon parece que camina
  Toda el alma, adivina
  De algun futuro daño.
  ¿Qué ha sucedido?

CHILIND.

                    Á Julia...

EUSEBIO.

                               No me engaño
  En prevenir tristezas,
  Si para ver mi mal, por Julia empiezas.
  ¿Julia no me dijiste?
  Pues eso basta para verme triste.
  ¡Mal haya amén la rigurosa estrella
  Que me obligó á querella!
  En fin, Julia... prosigue.

CHILIND.

                             En un convento,
  Seglar está.

EUSEBIO.

               ¡Ya falta el sufrimiento!
  ¡Que el cielo me castigue
  Con tan grandes venganzas,
  De perdidos deseos,
  De muertas esperanzas.
  Que de los mismos cielos,
  Por quien me deja, vengo á tener celos!
  Mas ya tan atrevido,
  Que viviendo matando.
  Me sustento robando,
  No puedo ser peor de lo que he sido.
  Despéñese el intento,
  Pues ya se ha despeñado el pensamiento.
  Llama á Celio y Ricardo. (_Ap._ ¡Amando muero!)

CHILIND.

  Voy por ellos. _(Vase.)_

EUSEBIO.

                 Vé, y diles que aquí espero.—
  Asaltaré el convento que la guarda.
  Ningun grave castigo me acobarda;
  Que por verme señor de su hermosura,
  Tirano amor me fuerza
  Á acometer la fuerza,
  Á romper la clausura,
  Y á violar el sagrado;
  Que ya del todo estoy desesperado.
  Pues si no me pusiera
  Amor en tales puntos,
  Solamente lo hiciera
  Por cometer tantos delitos juntos.


ESCENA IV.

GIL, MENGA.—EUSEBIO.

MENGA.

  ¿Mas que encontramos con él,
  Segun mezquina nací?

GIL.

  Menga, yo ¿no voy aquí?
  No temas ese cruel
  Capitan de buñuleros,
  Ni el hallarlo te alborote;
  Que honda llevo yo y garrote.

MENGA.

  Temo, Gil, sus hechos fieros;
  Si no, á Silvia á mirar ponte,
  Cuando aquí la acometió;
  Que doncella al monte entró,
  Y dueña salió del monte,
  Que no es peligro pequeño.

GIL.

  Conmigo fuera cruel,
  Que tambien entro doncel,
  Y pudiera salir dueño. _(Reparan en Eusebio.)_

MENGA.

  _(A Eusebio.)_ ¡Ah señor! que va perdido,
  Que anda Eusebio por aquí.

GIL.

  No eche, señor, por ahí.

EUSEBIO.

  _(Ap.)_ Estos no me han conocido,
  Y quiero disimular.

GIL.

  ¿Quiere que aquese ladron
  Le mate?

EUSEBIO.

  (_Ap._   Villanos son.)
  ¿Con qué podré yo pagar
  Este aviso?

GIL.

              Con huir
  De ese bellaco.

MENGA.

                  Si os coge,
  Señor, aunque no le enoje
  Ni vuestro hacer ni decir,
  Luego os matará; y creed
  Que con poner tras la ofensa
  Una cruz encima, piensa
  Que os hace mucha merced.


ESCENA V.

RICARDO, CELIO.—DICHOS.

RICARDO.

  ¿Dónde le dejaste?

CELIO.

                     Aquí.

GIL.

  _(A Eusebio.)_ Es un ladron, no le esperes.

RICARDO.

  Eusebio, ¿qué es lo que quieres?

GIL.

  ¿Eusebio le llamó?

MENGA.

                     Sí.

EUSEBIO.

  Yo soy Eusebio; ¿que os mueve
  Contra mí? ¿No hay quien responda?

MENGA.

  Gil, ¿tienes garrote y honda?

GIL.

  Tengo el diablo que te lleve.

CELIO.

  Por los apacibles llanos
  Que hace del monte la falda,
  A quien guarda el mar la espalda,
  Ví un escuadron de villanos
  Que armado contra tí viene,
  Y pienso que se avecina;
  Que así Curcio determina
  La venganza que previene.
  Mira qué piensas hacer:
  Junta tu gente, y partamos.

EUSEBIO.

  Mejor es que agora huyamos,
  Que esta noche hay más que hacer.
  Venid conmigo los dos,
  De quien justamente fío
  La opinion y el honor mio.

RICARDO.

  Muy bien puedes, que por Dios
  Que he de morir á tu lado.

EUSEBIO.

  Villanos, vida teneis,
  Sólo porque le lleveis
  A mi enemigo un recado.
  Decid á Curcio que yo
  Con tanta gente atrevida
  Solo defiendo la vida,
  Pero que le busco no.
  Y que no tiene ocasion
  De buscarme de esta suerte,
  Pues no dí á Lisardo muerte
  Con engaño ó con traicion.
  Cuerpo á cuerpo le maté,
  Sin ventaja conocida,
  Y ántes de acabar la vida,
  En mis brazos le llevé
  Adonde se confesó,
  Digna accion para estimarse;
  Mas que si quiere vengarse,
  Que he de defenderme yo.—
  Y agora porque no vean

_(A los bandoleros.)_

  Aquestos por dónde vamos,
  Atadlos entre estos ramos:
  Vendados sus ojos sean,
  Porque no avisen.

RICARDO.

                    Aquí
  Hay cordel.

CELIO.

  Pues llega presto.

GIL.

  De San Sebastian me han puesto.

MENGA.

  De San Sebastian á mí.
  Mas ate cuando quisiere,
  Señor, como no me mate.

GIL.

  Oye, señor, no me ate,
  Y puto sea yo si huyere.
  Jura tú, Menga, tambien
  Este mismo juramento.

CELIO.

  Ya están atados.

EUSEBIO.

                   Mi intento
  Se va ejecutando bien.
  La noche amenaza oscura
  Tendiendo su negro velo.
  Julia, aunque te guarde el cielo,
  He de gozar tu hermosura. _(Vanse.)_


ESCENA VI.

GIL, MENGA, _atados_.

GIL.

  ¿Quién habrá que ahora nos vea,
  Menga, aunque caro nos cueste,
  Que no diga que es aqueste
  Peralvillo de la aldea?

MENGA.

  Véte llegando hácia aquí,
  Gil, que yo no puedo andar.

GIL.

  Menga, vénme á desatar,
  Y te desataré á tí
  Luégo al punto.

MENGA.

                  Ven primero
  Tú, que ya estás importuno.

GIL.

  ¿Es decir, que vendrá alguno?
  Pondré que falta un arriero
  Las tres ánades cantando,
  Un caminante pidiendo,
  Un estudiante comiendo,
  Una santera rezando,
  Hoy en aqueste camino,
  Lo que á ninguno faltó;
  Mas la culpa tengo yo.

_Una voz._

  _(Dentro.)_ Hácia esta parte imagino
  Que oigo voces; llegad presto.

GIL.

  Señor, en buen hora acuda
  A desatar una duda,
  En que ha rato que estoy puesto.

MENGA.

  Si acaso buscais, señor,
  Por el monte algun cordel,
  Yo os puedo servir con él.

GIL.

  Este es más gordo y mijor.

MENGA.

  Yo, por ser mujer, espero
  Remedio en las ánsias mias.

GIL.

  No repare en cortesías,
  Desáteme á mí primero.


ESCENA VII.

CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, SOLDADOS.—GIL, MENGA.

TIRSO.

  Hácia aquesta parte suena
  La voz.

GIL.

          ¡Que te quemas!

TIRSO.

                          Gil,
  ¿Qué es esto?

GIL.

                El diablo es sutil;
  Desata, Tirso, y mi pena
  Te diré despues.

CURCIO.

                   ¿Qué es esto?

MENGA.

  Venga en buen hora, señor,
  A castigar un traidor.

CURCIO.

  ¿Quién desta suerte os ha puesto?

GIL.

  ¿Quién? Eusebio, que en efeto
  Dice... Pero ¿qué sé yo
  Lo que dice? Él nos dejó
  Aquí en semejante aprieto.

TIRSO.

  No llores, pues, que no ha estado
  Hoy muy poco liberal
  Contigo.

BRAS.

           No lo ha hecho mal,
  Pues á Menga te ha dejado.

GIL.

  ¡Ay Tirso! no lloro yo
  Porque piadoso no fué.

TIRSO.

  Pues ¿por qué lloras?

GIL.

                        ¿Por qué?
  Porque á Menga me dejó.
  La de Anton llevó, y al cabo
  De seis, que no parecia,
  Halló á su mujer un dia;
  Hicimos un baile bravo
  De hallazgo, y gastó cien reales.

BRAS.

  ¿Bartolo no se casó
  Con Catalina, y parió
  A seis meses no cabales?
  Y andaba con gran placer
  Diciendo: ¡Si tú lo vieses!
  Lo que otra hace en nueve meses,
  Hace en cinco mi mujer.

TIRSO.

  Ello no hay honra segura.

CURCIO.

  ¿Que esto llegue á escuchar yo
  Deste tirano? ¿quién vió
  Tan notable desventura?

MENGA.

  Cómo destruirle piensa;
  Que hasta las mismas mujeres
  Tomaremos, si tú quieres,
  Las armas para su ofensa.

GIL.

  Que aquí acude es lo más cierto;
  Y toda esta procesion
  De cruces que miras, son,
  Señor, por hombres que ha muerto.

OCTAVIO.

  Es aquí lo más secreto
  De todo el monte.

CURCIO.

  _(Ap.)_           Y aquí
  Fué ¡cielos! donde yo ví
  Aquel milagroso efeto
  De inocencia y castidad,
  Cuya beldad atrevido
  Tantas veces he ofendido
  Con dudas, siendo verdad
  Un milagro tan patente.

OCTAVIO.

  Señor, ¿qué nueva pasion
  Causa tu imaginacion?

CURCIO.

  Rigores que el alma siente
  Son, Octavio; y mis enojos,
  Para publicar mi mengua,
  Como los niego á la lengua,
  Me van saliendo á los ojos.
  Haz, Octavio, que me deje
  Solo esa gente que sigo,
  Porque aquí de mí y conmigo
  Hoy á los cielos me queje.

OCTAVIO.

  Ea, soldados, despejad.

BRAS.

  ¿Qué decís?

TIRSO.

              ¿Qué pretendeis?

GIL.

  Despiojad, ¿no lo entendeis?
  Que nos vamos á espulgar.

_(Vanse todos, ménos Curcio.)_


ESCENA VIII.

CURCIO.

  ¿A quién no habrá sucedido,
  Tal vez lleno de pesares,
  Descansar consigo á solas
  Por no descubrirse á nadie?
  Yo, á quien tantos pensamientos
  A un tiempo afligen, que hacen
  Con lágrimas y suspiros
  Competencia al mar y al aire,
  Compañero de mí mismo
  En las mudas soledades,
  Con la pension de mis bienes
  Quiero divertir mis males.
  Ni las aves, ni las fuentes
  Sean testigos bastantes:
  Que al fin las fuentes murmuran,
  Y tienen lengua las aves.
  No quiero más compañía
  Que aquestos rústicos sauces;
  Pues quien escucha y no aprende,
  Será fuerza que no hable.
  Teatro este monte fué
  Del suceso más notable,
  Que entre prodigios de celos
  Cuentan las antigüedades,
  De una inocente verdad.
  Pero ¿quién podrá librarse
  De sospechas, en quien son
  Mentirosas las verdades?
  Muerte de amor son los celos,
  Que no perdonan á nadie,
  Ni por humilde le dejan,
  Ni le respetan por grave.
  Aquí pues, donde yo digo,
  Rosmira y yo... De acordarme,
  No es mucho que el alma tiemble,
  No es mucho que la voz falte;
  Que no hay flor que no me asombre,
  No hay hoja que no me espante,
  No hay piedra que no me admire,
  Tronco que no me acobarde,
  Peñasco que no me oprima,
  Monte que no me amenace;
  Porque todos son testigos
  De una hazaña tan infame.
  Saqué al fin la espada, y ella,
  Sin temerme y sin turbarse,
  Porque en riesgos de amor nunca
  El inocente es cobarde:
  «Esposo, dijo, detente;
  No digo que no me mates,
  Si es tu gusto, porque yo
  ¿Cómo he de poder negarte
  La misma vida que es tuya?
  Solo te pido que ántes
  Me digas por lo que muero,
  Y déjame que te abrace.»
  Yo la dije: «En tus entrañas,
  Como la víbora, traes
  A quien te ha de dar la muerte.
  Indicio ha sido bastante
  El parto infame que esperas.
  Mas no le verás, que ántes
  Dándote muerte, seré
  Verdugo tuyo y de un ángel.»
  «Si acaso, me dijo entónces,
  Si acaso, esposo, llegaste
  A creer flaquezas mias,
  Justo será que me mates.
  Mas á esta Cruz abrazada,
  A esta que estaba delante,
  Prosiguió, doy por testigo
  De que no supe agraviarte
  Ni ofenderte; que ella sola
  Será justo que me ampare.»
  Bien quisiera entónces yo,
  Arrepentido, arrojarme
  A sus piés, porque se vía
  Su inocencia en su semblante.
  El que una traicion intenta,
  Ántes mire lo que hace;
  Porque una vez declarado,
  Aunque procure enmendarse,
  Por decir que tuvo causa,
  Lo ha de llevar adelante.
  Yo, pues, no porque dudaba
  Ser la disculpa bastante,
  Sino porque mi delito
  Más amparado quedase,
  El brazo levanté airado,
  Tirando por várias partes
  Mil heridas; pero solo
  Las ejecuté en el aire.
  Por muerta al pié de la Cruz
  Quedó, y queriendo escaparme
  A casa llegué, y halléla
  Con más belleza que sale
  El alba, cuando en sus brazos
  Nos presenta el sol infante.
  Ella en sus brazos tenía
  A Julia, divina imágen
  De hermosura y discrecion:
  (¿Qué gloria pudo igualarse
  A la mia?) que su parto
  Habia sido aquella tarde
  Al mismo pié de la Cruz;
  Y por divinas señales,
  Con que al mundo descubria
  Dios un milagro tan grande,
  La niña que habia parido,
  Dichosa con señas tales,
  Tenía en el pecho una Cruz
  Labrada de fuego y sangre.
  Pero ¡ay! que tanta ventura
  Templaba el que se quedase
  Otra criatura en el monte:
  Que ella, entre penas tan graves,
  Sintió haber parido dos;
  Y yo entónces...


ESCENA IX.

OCTAVIO.—CURCIO.

OCTAVIO.

                   Por el valle
  Atraviesa un escuadron
  De bandoleros; y ántes
  Que cierre la noche triste,
  Será bien, señor, que bajes
  A buscarlos, no oscurezca;
  Porque ellos el monte saben,
  Y nosotros no.

CURCIO.

                 Pues junta
  La gente vaya adelante;
  Que no hay gloria para mí,
  Hasta llegar á vengarme. _(Vanse)_


       *       *       *       *       *


_Vista exterior de un convento._


ESCENA X.

EUSEBIO, RICARDO, CELIO, _con una escala_.

RICARDO.

  Llega con silencio, y pon
  A esa parte las escalas.

EUSEBIO.

  Icaro seré sin alas,
  Sin fuego seré Faeton:
  Escalar al sol intento,
  Y si me quiere ayudar
  La luz, tengo de pasar
  Mas allá del firmamento.
  Amor ser tirano enseña.
  En subiendo yo, quitad
  Esa escala, y esperad
  Hasta que os haga una seña.
  Quien subiendo se despeña,
  Suba hoy y baje ofendido,
  En cenizas convertido;
  Que la pena del bajar,
  No será parte á quitar
  La gloria de haber subido.

RICARDO.

  ¿Qué esperas?

CELIO.

                Pues ¿qué rigor
  Tu altivo orgullo embaraza?

EUSEBIO.

  ¿No veis cómo me amenaza
  Un vivo fuego?

RICARDO.

                 Señor.
  Fantasmas son del temor.

EUSEBIO.

  ¿Yo temor?

CELIO.

             Sube.

EUSEBIO.

                   Ya llego.
  Aunque á tantos rayos ciego,
  Por las llamas he de entrar;
  Que no lo podrá estorbar
  De todo el infierno el fuego. _(Sube y entra.)_

CELIO.

  Ya entró.

RICARDO.

            Alguna fantasía
  De su mismo horror fundada,
  En la idea acreditada,
  O alguna ilusion sería.

CELIO.

  Quita la escala.

RICARDO.

                   Hasta el dia
  Aquí le hemos de esperar.

CELIO.

  Atrevimiento fué entrar,
  Aunque yo de mejor gana
  Me fuera con mi villana;
  Mas despues habrá lugar. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Celda de Julia_


ESCENA XI.

EUSEBIO; JULIA, _en el lecho_.

EUSEBIO.

  Por todo el convento he andado,
  Sin ser de nadie sentido,
  Y por cuanto he discurrido,
  De mi destino guiado,
  A mil celdas he llegado
  De religiosas, que abiertas
  Tienen las estrechas puertas,
  Y en ninguna á Julia ví.
  ¿Dónde me llevais así,
  Esperanzas siempre inciertas?
  ¡Qué horror! ¡qué silencio mudo!
  ¡Qué oscuridad tan funesta!
  Luz hay aquí; celda es esta,
  Y en ella Julia. ¡Qué dudo!

_(Corre una cortina, y ve á Julia durmiendo.)_

  ¿Tan poco el valor ayudo,
  Que ahora en hablarla tardo?
  ¿Qué es lo que espero? ¿qué aguardo?
  Más con impulso dudoso,
  Si me animo temeroso,
  Animoso me acobardo.
  Más belleza la humildad
  Deste traje la asegura;
  Que en la mujer la hermosura
  Es la misma honestidad.
  Su peregrina beldad,
  De mi torpe amor objeto,
  Hace en mí mayor efeto;
  Que á un tiempo á mi amor incito,
  Con la hermosura apetito,
  Con la honestidad respeto.
  ¡Julia! ¡ah Julia!

JULIA.

                     ¿Quién me nombra?
  Mas ¡cielos! ¿qué es lo que veo?
  ¿Eres sombra del deseo,
  O del pensamiento sombra?

EUSEBIO.

  ¿Tanto el mirarme te asombra?

JULIA.

  ¿Pues quién habrá que no intente
  Huir de tí?

EUSEBIO.

              Julia, detente.

JULIA.

  ¿Qué quieres, forma fingida,
  De la idea repetida,
  Solo á la vista aparente?
  ¿Eres, para pena mia,
  Voz de la imaginacion?
  ¿Retrato de la ilusion?
  ¿Cuerpo de la fantasía?
  ¿Fantasma en la noche fria?

EUSEBIO.

  Julia, escucha. Eusebio soy,
  Que vivo á tus piés estoy;
  Que si el pensamiento fuera,
  Siempre contigo estuviera.

JULIA.

  Desengañándome voy
  Con oirte, y considero
  Que mi recato ofendido
  Más te quisiera fingido,
  Eusebio, que verdadero.
  Donde yo llorando muero,
  Donde yo vivo penando,
  ¿Qué quieres? ¡estoy temblando!
  ¿Qué buscas? ¡estoy muriendo!
  ¿Qué emprendes? ¡estoy temiendo!
  ¿Qué intentas? ¡estoy dudando!
  ¿Cómo has llegado hasta aquí?

EUSEBIO.

  Todo es extremos amor,
  Y mi pena y tu rigor
  Hoy han de triunfar de mí.
  Hasta verte aquí, sufrí
  Con esperanza segura;
  Pero viendo tu hermosura
  Perdida, he atropellado
  El respeto del sagrado,
  Y la ley de la clausura.
  De lo cierto ó de lo injusto
  Los dos la culpa tenemos,
  Y en mí vienen dos extremos,
  Que son la fuerza y el gusto.
  No puede darle disgusto
  Al cielo mi pretension;
  Ántes de esta ejecucion,
  Casada eres en secreto,
  Y no cabe en un sujeto
  Matrimonio y religion.

JULIA.

  No niego el lazo amoroso,
  Que hizo con felicidades
  Unir á dos voluntades,
  Que fué su efecto forzoso;
  Que te llamé amado esposo,
  Y que todo eso fué así,
  Confieso; pero ya aquí,
  Con voto de religiosa,
  A Cristo de ser su esposa
  Mano y palabra le dí.
  Ya soy suya, ¿qué me quieres?
  Véte, porque el mundo asombres.
  Donde mates á los hombres,
  Donde fuerces las mujeres.
  Véte, Eusebio; ya no esperes
  Fruto de tu loco amor;
  Para que te cause horror,
  Que estoy en sagrado piensa.

EUSEBIO.

  Cuanto es mayor tu defensa,
  Es mi apetito mayor.
  Ya las paredes salté
  Del convento, ya te ví;
  No es amor quien vive en mí,
  Causa más oculta fué.
  Cumple mi gusto, ó diré
  Que tú misma me has llamado,
  Que me has tenido encerrado
  En tu celda muchos dias:
  Y pues las desdichas mias
  Me tienen desesperado,
  Daré voces; sepan...

JULIA.

                       Tente,
  Eusebio, mira... (¡ay de mí!)
  Pasos siento por aquí,
  Al coro atraviesa gente.
  ¡Cielos, no sé lo que intente!
  Cierra esa celda, y en ella
  Estarás, pues atropella
  Un temor á otro temor.

EUSEBIO.

  ¡Qué poderoso es mi amor!

JULIA.

  ¡Qué rigorosa es mi estrella! _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Vista exterior del convento._


ESCENA XII.

RICARDO, CELIO.

RICARDO.

  Ya son las tres, mucho tarda.

CELIO.

  El que goza su ventura,
  Ricardo, en la noche oscura,
  Nunca el claro sol aguarda.
  Yo apuesto que le parece
  Que nunca el sol madrugó
  Tanto, y que hoy apresuró
  Su curso.

RICARDO.

            Siempre amanece
  Más temprano á quien desea;
  Pero al que goza, más tarde.

CELIO.

  No creas que al sol aguarde
  Que en el oriente se vea.

RICARDO.

  Dos horas son ya.

CELIO.

                    No creo
  Que Eusebio lo diga.

RICARDO.

                       Es justo;
  Porque al fin son de su gusto
  Las horas de tu deseo.

CELIO.

  ¿No sabes lo que he llegado
  Hoy, Ricardo, á sospechar?
  Que Julia le envió á llamar.

RICARDO.

  Pues si no fuera llamado,
  ¿Quién á escalar se atreviera
  Un convento?

CELIO.

               ¿No has sentido,
  Ricardo, á esta parte ruido?

RICARDO.

  Sí.

CELIO.

      Pues llega la escalera.


ESCENA XIII.

JULIA, EUSEBIO, _á una ventana_.—RICARDO, CELIO.

EUSEBIO.

  Déjame, mujer.

JULIA.

                 Pues cuando
  Vencida de tus deseos,
  Movida de tus suspiros,
  Obligada de tus ruegos,
  De tu llanto agradecida,
  Dos veces á Dios ofendo,
  Como á Dios, y como á esposo,
  ¡Mis brazos dejas, haciendo
  Sin esperanzas desdenes,
  Y sin posesion desprecios!
  ¿Dónde vas?

EUSEBIO.

              Mujer, ¿qué intentas?
  Déjame, que voy huyendo
  De tus brazos, porque he visto
  No sé qué deidad en ellos.
  Llamas arrojan tus ojos,
  Tus suspiros son de fuego,
  Un volcan cada razon,
  Un rayo cada cabello,
  Cada palabra es mi muerte,
  Cada regalo un infierno:
  Tantos temores me causa
  La Cruz que he visto en tu pecho.
  Señal prodigiosa ha sido,
  Y no permitan los cielos
  Que, aunque tanto los ofenda,
  Pierda á la Cruz el respeto.
  Pues si la hago testigo
  De las culpas que cometo,
  ¿Con qué vergüenza despues
  Llamarla en mi ayuda puedo?
  Quédate en tu religion,
  Julia: yo no te desprecio,
  Que más agora te adoro.

JULIA.

  Escucha, detente, Eusebio.

EUSEBIO.

  Esta es la escala.

JULIA.

                     Detente,
  Ó llévame allá.

EUSEBIO.

                  No puedo, _(Baja.)_
  Pues que, sin gozar la gloria
  Que tanto esperé, te dejo.
  ¡Válgame el Cielo! caí. _(Cae.)_

RICARDO.

  ¿Qué ha sido?

EUSEBIO.

                ¿No veis el viento
  Poblado de ardientes rayos?
  ¿No mirais sangriento el cielo
  Que todo sobre mí viene?
  ¿Dónde estar seguro puedo,
  Si airado el cielo se muestra?
  Divina Cruz, yo os prometo,
  Y os hago solemne voto
  Con cuantas cláusulas puedo,
  De en cualquier parte que os vea,
  Las rodillas por el suelo,
  Rezar un Ave María.

_(Levántase, y vanse los tres, dejando la escala puesta.)_


ESCENA XIV.

JULIA. (_En la ventana._)

  Turbada y confusa quedo.
  ¿Aquestas fueron, ingrato,
  Las firmezas? ¿Estos fueron
  Los extremos de tu amor?
  ¿Ó son de mi amor extremos?
  Hasta vencerme á tu gusto,
  Con amenazas, con ruegos,
  Aquí amante, allí tirano,
  Porfiaste; pero luego
  Que de tu gusto y mi pena
  Pudiste llamarte dueño,
  Ántes de vencer, huiste.
  ¿Quien, sino tú, venció huyendo?
  ¡Muerta soy, cielos piadosos!
  ¿Por qué introdujo venenos
  Naturaleza, si habia,
  Para dar muerte, desprecios?
  Ellos me quitan la vida;
  Pues que con nuevo tormento
  Lo que me desprecia busco.
  ¿Quién vió tan dudoso efecto
  De amor? Cuando me rogaba
  Con mil lágrimas Eusebio,
  Le dejaba; pero agora,
  Porque él me deja, le ruego.
  Tales somos las mujeres,
  Que contra nuestros deseos,
  Aun no queremos dar gusto
  Con lo mismo que queremos.
  Ninguno nos quiera bien,
  Si pretende alcanzar premio;
  Que queridas despreciamos
  Y aborrecidas queremos.
  No siento que no me quiera,
  Sólo que me deje siento.
  Por aquí cayó, tras él
  Me arrojaré. ¿Mas qué es esto?
  ¿Esta no es escala? Sí.
  ¡Qué terrible pensamiento!
  Detente, imaginacion,
  No me despeñes; que creo
  Que si llego á consentir,
  Á hacer el delito llego.
  ¿No saltó Eusebio por mí
  Las paredes del convento?
  ¿No me holgué de verle yo
  En tantos peligros puesto
  Por mi causa? ¿Pues qué dudo?
  ¿Qué me acobardo? ¿qué temo?
  Lo mismo haré yo en salir
  Que él en entrar: si es lo mesmo,
  Tambien se holgará de verme
  Por su causa en tales riesgos.
  Ya por haber consentido
  La misma culpa merezco;
  Pues si es tan grande el pecado,
  ¿Por qué el gusto ha de ser ménos?
  Si consentí, y me dejó
  Dios de su mano, ¿no puedo
  De una culpa, que es tan grande,
  Tener perdon? ¿Pues qué espero?

_(Baja por la escala.)_

  Al mundo, al honor, á Dios
  Hallo perdido el respeto,
  Cuando á ceguedad tan grande
  Vendados los ojos vuelvo.
  Demonio soy, que he caido
  Despeñado deste cielo,
  Pues sin tener esperanza
  De subir, no me arrepiento.
  Ya estoy fuera de sagrado,
  Y de la noche el silencio
  Con su oscuridad me tiene
  Cubierta de horror y miedo.
  Tan deslumbrada camino,
  Que en las tinieblas tropiezo,
  Y áun no caigo en mi pecado.
  ¿Dónde voy? ¿qué hago? ¿qué intento?
  Con la muda confusion
  De tantos horrores, temo
  Que se me altera la sangre,
  Que se me eriza el cabello.
  Turbada la fantasía,
  En el aire forma cuerpos,
  Y sentencias contra mí
  Pronuncia la voz del eco.
  El delito, que ántes era
  Quien me animaba soberbio,
  Es quien me acobarda agora.
  Apénas las plantas puedo
  Mover, que el mismo temor
  Grillos á mis piés ha puesto.
  Sobre mis hombros parece
  Que carga un prolijo peso
  Que me oprime, y toda yo
  Estoy cubierta de hielo.
  No quiero pasar de aquí,
  Quiero volverme al convento,
  Donde de aqueste pecado
  Alcance perdon; pues creo
  De la clemencia divina,
  Que no hay luces en el cielo,
  Que no hay en el mar arenas,
  No hay átomos en el viento,
  Que, sumados todos juntos,
  No sean número pequeño
  De los pecados, que sabe
  Dios perdonar. Pasos siento.
  Á esta parte me retiro
  En tanto que pasan, luégo
  Subiré sin que me vean. _(Retírase.)_


ESCENA XV.

RICARDO, CELIO.—JULIA, _retirada donde no los ve_.

RICARDO.

  Con el espanto de Eusebio
  Aquí se quedó la escala,
  Y agora por ella vuelvo,
  No aclare el dia, y la vean
  Á esta pared.

_(Quitan la escala, y vanse; Julia llega donde estaba la escala.)_

JULIA.

                Ya se fueron:
  Agora podré subir
  Sin que me sientan. ¿Qué es esto?
  ¿No es aquesta la pared
  De la escala? Pero creo
  Que hácia estotra parte está.
  Ni aquí tampoco está. ¡Cielos!
  ¿Cómo he de subir sin ella?
  Mas ya mi desdicha entiendo;
  Desta suerte me negais
  La entrada vuestra; pues creo
  Que, cuando quiero subir
  Arrepentida, no puedo.
  Pues si ya me habeis negado
  Vuestra clemencia, mis hechos
  De mujer desesperada
  Darán asombros al cielo,
  Darán espantos al mundo,
  Admiracion á los tiempos,
  Horror al mismo pecado,
  Y terror al mismo infierno.



JORNADA TERCERA.


_Monte._


ESCENA PRIMERA.

GIL, _con muchas cruces, y una muy grande al pecho_.

GIL.

  Por leña á este monte voy,
  Que Menga me lo ha mandado,
  Y para ir seguro, he hallado
  Una brava invencion hoy.
  De la Cruz dicen que es
  Devoto Eusebio; y así
  He salido armado aquí
  De la cabeza á los piés.
  Dicho y hecho: ¡él es pardiez!
  No encuentro, lleno de miedo.
  Donde estar seguro puedo;
  Sin alma quedo. Esta vez
  No me ha visto; yo quisiera
  Esconderme hácia este lado,
  Miéntras pasa; yo he tomado
  Por guarda una cambronera
  Para esconderme. ¡No es nada!
  Tanta púa es la más chica:
  ¡Pléguete Cristo! más pica
  Que perder una trocada,
  Más que sentir un desprecio
  De una dama Fierabras,
  Que á todos admite, y más
  Que tener celos de un necio.


ESCENA II.

EUSEBIO.—GIL, _escondido_.

EUSEBIO.

  No sé adónde podré ir:
  Larga vida un triste tiene,
  Que nunca la muerte viene
  Á quien le cansa el vivir.
  Julia, yo me ví en tus brazos
  Cuando tan dichoso era,
  Que de tus brazos pudiera
  Hacer amor nuevos lazos.
  Sin gozar al fin dejé
  La gloria que no tenía;
  Mas no fué la causa mia,
  Causa más secreta fué;
  Pues teniendo mi albedrío,
  Superior efecto ha hecho
  Que yo respete en tu pecho
  La Cruz que tengo en el mio.
  Y pues con ella los dos,
  ¡Ay Julia! habemos nacido,
  Secreto misterio ha sido
  Que lo entiende sólo Dios.

GIL.

  _(Ap.)_ Mucho pica, ya no puedo
  Más sufrillo.

EUSEBIO.

                Entre estos ramos
  Hay gente. ¿Quién va?

GIL.

  _(Ap.)_               Aquí echamos
  Á perder todo el enredo.

EUSEBIO.

  _(Ap.)_ Un hombre á un árbol atado,
  Y una Cruz al cuello tiene:
  Cumplir mi voto conviene
  En el suelo arrodillado.

GIL.

  ¿Á quién, Eusebio, enderezas
  La oracion, o de qué tratas?
  Si me adoras, ¿qué me atas?
  Si me atas, ¿qué me rezas?

EUSEBIO.

  ¿Quién es?

GIL.

             ¿Á Gil no conoces?
  Desde que con el recado,
  Aquí me dejaste atado,
  No han aprovechado voces
  Para que álguien (¡qué rigor!)
  Me llegase á desatar.

EUSEBIO.

  Pues no es aqueste el lugar
  Donde te dejé.

GIL.

                 Señor,
  Es verdad; mas yo que ví
  Que nadie llegaba, he andado,
  De árbol en árbol atado,
  Hasta haber llegado aquí.
  Aquesta la causa fué
  De suceso tan extraño.

EUSEBIO.

  (_Ap._ Este es simple, y de mi daño
  Cualquier suceso sabré.)
  Gil, yo te tengo aficion
  Desde que otra vez hablamos,
  Y así quiero que seamos
  Amigos.

GIL.

          Tiene razon;
  Y quisiera, pues nos vemos
  Tan amigos, no ir allá,
  Sino andarme por acá,
  Pues aquí todos seremos
  Buñoleros, que diz que es
  Holgada vida, y no andar
  Todo el año á trabajar.

EUSEBIO.

  Quédate conmigo, pues.


ESCENA III.

RICARDO, BANDOLEROS; JULIA, _vestida de hombre, y cubierto el
rostro_.—EUSEBIO, GIL.

RICARDO.

  En lo bajo del camino
  Que esta montaña atraviesa,
  Ahora hicimos una presa,
  Que segun es, imagino
  Que te dé gusto.

EUSEBIO.

                   Está bien,
  Luégo della trataremos.
  Sabe agora que tenemos
  Un nuevo soldado.

RICARDO.

                    ¿Quién?

GIL.

  Gil: ¿no me ve?

EUSEBIO.

                  Este villano,
  Aunque le veis inocente,
  Conoce notablemente
  Desta tierra monte y llano,
  Y en él será nuestra guía:
  Fuera desto, al campo irá
  Del enemigo, y será
  En él mi perdida espía.
  Arcabuz le podeis dar
  Y un vestido.

CELIO.

                Ya está aquí.

GIL.

  _(Ap.)_ Tengan lástima de mí,
  Que me quedo á embandolear.

EUSEBIO.

  ¿Quién es ese gentil hombre
  Que el rostro encubre?

RICARDO.

                         No ha sido
  Posible que haya querido
  Decir la patria ni el nombre;
  Porque al capitan no más
  Dice que lo ha de decir.

EUSEBIO.

  Bien te puedes descubrir,
  Pues ya en mi presencia estás.

JULIA.

  ¿Sois el capitan?

EUSEBIO.

                    Sí.

JULIA.

  _(Ap.)_               ¡Ay Dios!

EUSEBIO.

  Díme quién eres, y á qué
  Viniste.

JULIA.

           Yo lo diré,
  Estando solos los dos.

EUSEBIO.

  Retiraos todos un poco. _(Vanse.)_


ESCENA IV.

JULIA, EUSEBIO.

EUSEBIO.

  Ya estás á solas conmigo;
  Sólo árboles y flores
  Pueden ser mudos testigos
  De tus voces; quita el velo
  Con que cubierto has traido
  El rostro, y díme: ¿quién eres?
  ¿Dónde vas? ¿qué has pretendido?
  Habla.

JULIA.

         Porque de una vez _(Saca la espada.)_
  Sepas á lo que he venido,
  Y quién soy, saca la espada:
  Pues desta manera digo,
  Que soy quien viene á matarte.

EUSEBIO.

  Con la defensa resisto
  Tu osadía y mi temor;
  Porque mayor habia sido
  De la accion, que de la voz.

JULIA.

  Riñe, cobarde, conmigo,
  Y verás que con tu muerte
  Vida y confusion te quito.

EUSEBIO.

  Yo por defenderme, más
  Que por ofenderte, riño,
  Que ya tu vida me importa;
  Pues si en este desafío
  Te mato, no sé por qué;
  Y si me matas, lo mismo.
  Descúbrete agora pues,
  Si te agrada.

JULIA.

                Bien has dicho,
  Porque en venganzas de honor,
  Sino es que conste el castigo
  Al que fué ofensor, no queda
  Satisfecho el ofendido. _(Descúbrese.)_
  ¿Conócesme? ¿qué te espantas?
  ¿Qué me miras?

EUSEBIO.

                 Que rendido
  A la verdad y á la duda
  En confusos desvaríos,
  Me espanto de lo que veo,
  Me asombro de lo que miro.

JULIA.

  Ya me has visto.

EUSEBIO.

                   Sí, y de verte
  Mi confusion ha crecido
  Tanto, que si ántes de agora
  Alterados mis sentidos
  Desearon verte, ya
  Desengañados, lo mismo
  Que dieran ántes por verte,
  Dieran por no haberte visto.
  ¿Tú, Julia, en aqueste monte?
  ¿Tú con profano vestido,
  Dos veces violento en tí?
  ¿Cómo sola aquí has venido?
  ¿Qué es esto?

JULIA.

                Desprecios tuyos
  Son, y desengaños mios.
  Y porque veas que es flecha
  Disparada, ardiente tiro,
  Veloz rayo, una mujer
  Que corre tras su apetito,
  No sólo me han dado gusto
  Los pecados cometidos
  Hasta agora, mas tambien
  Me le dan, si los repito.
  Salí del convento, fuí
  Al monte, y porque me dijo
  Un pastor, que mal guiada
  Iba por aquel camino,
  Neciamente temerosa,
  Por evitar mi peligro,
  Le aseguré y le dí muerte,
  Siendo instrumento un cuchillo
  Que él en su cinta traia.
  Con este, que fué ministro
  De la muerte, á un caminante
  Que cortésmente previno
  En las ancas de un caballo,
  A tanto cansancio alivio,
  A la vista de una aldea,
  Porque entrar en ella quiso,
  Le pagué en un despoblado
  Con la muerte el beneficio.
  Tres dias fueron y noches
  Los que aquel desierto me hizo
  Mesa de silvestres plantas,
  Lecho de peñascos frios.
  Llegué á una pobre cabaña,
  A cuyo techo pajizo,
  Juzgué pabellon dorado
  En la paz de mis mentidos.
  Liberal huéspeda fué
  Una serrana conmigo,
  Compitiendo en los deseos
  Con el pastor su marido.
  Á la hambre y al cansancio
  Dejé en su albergue rendidos
  Con buena mesa, aunque pobre,
  Manjar, aunque humilde, limpio.
  Pero al despedirme dellos,
  Habiendo ántes prevenido
  Que al buscarme no pudiesen
  Decir: «nosotros la vimos,»
  Al cortés pastor, que al monte
  Salió á enseñarme el camino,
  Maté, y entré donde luego
  Hago en su mujer lo mismo.
  Mas considerando entónces
  Que en el propio traje mio
  Mi pesquisidor llevaba,
  Mudármele determino.
  Al fin, pues, por varios casos,
  Con las armas y el vestido
  De un cazador, cuyo sueño,
  No imágen, trasunto vivo
  Fué de la muerte, llegué
  Aquí, venciendo peligros,
  Despreciando inconvenientes,
  Y atropellando designios.

EUSEBIO.

  Con tanto asombro te escucho,
  Con tanto temor te miro,
  Que eres al oido encanto,
  Si á la vista basilisco.
  Julia, yo no te desprecio;
  Pero temo los peligros
  Con que el cielo me amenaza,
  Y por eso me retiro.
  Vuélvete tú á tu convento;
  Que yo temeroso vivo
  De esa Cruz tanto, que huyo
  De tí.—Mas ¿qué es este ruido?


ESCENA V.

RICARDO, BANDOLEROS.—DICHOS.

RICARDO.

  Preven, señor, la defensa;
  Que apartados del camino,
  Al monte Curcio y su gente
  En busca tuya han salido.
  De todas esas aldeas
  Tanto el número ha crecido,
  Que han venido contra tí
  Viejos, mujeres y niños,
  Diciendo que han de vengar
  En tu sangre, la de un hijo
  Muerto á tus manos, y juran
  De llevarte por castigo,
  O por venganzas de tantos,
  Preso á Sena, muerto ó vivo.

EUSEBIO.

  Julia, despues hablaremos.
  Cubre el rostro, y ven conmigo;
  Que no es bien que en poder quedes
  De tu padre y mi enemigo.—
  Soldados, este es el dia
  De mostrar aliento y brío.
  Porque ninguno desmaye,
  Considere que atrevidos
  Vienen á darnos la muerte,
  O prendernos, que es lo mismo:
  Y si no, en pública cárcel,
  De desdichas perseguidos,
  Y sin honra nos veremos:
  Pues si esto hemos conocido,
  ¿Por la vida y por la honra,
  Quién temió el mayor peligro?
  No piensen que los tememos,
  Salgamos á recibirlos;
  Que siempre está la fortuna
  De parte del atrevido.

RICARDO.

  No hay que salir; que ya llegan
  A nosotros.

EUSEBIO.

              Preveníos,
  Y ninguno sea cobarde;
  Que, vive el cielo, si miro
  Huir alguno ó retirarse,
  Que he de ensangrentar los filos
  De aqueste acero en su pecho,
  Primero que en mi enemigo.


ESCENA VI.

CURCIO Y GENTE, _dentro_.—DICHOS.

CURCIO.

  _(Dentro.)_ En lo encubierto del monte
  Al traidor Eusebio he visto,
  Y para inútil defensa
  Hace murallas sus riscos.

_Voces._

  _(Dentro.)_ Ya entre las espesas ramas
  Desde aquí los descubrimos.

JULIA.

  ¡A ellos! _(Vase.)_

EUSEBIO.

            Esperad, villanos;
  Que, vive Dios, que teñidos
  Con vuestra sangre los campos,
  Han de ser undosos rios.

RICARDO.

  De los cobardes villanos
  Es el número excesivo.

CURCIO.

  _(Dentro.)_ ¿Adónde, Eusebio, te escondes?

EUSEBIO.

  No escondo, que ya te sigo.

_(Vanse todos, y disparan arcabuces dentro.)_


       *       *       *       *       *


_Otro lado del monte, en cuyo fondo habrá una Cruz._


ESCENA VII.

JULIA.

  Del monte que yo he buscado,
  Apénas las yerbas piso,
  Cuando horribles voces oigo,
  Marciales campañas miro.
  De la pólvora los ecos,
  Y del acero los filos,
  Unos ofenden la vista,
  Y otros turban el oido.
  Mas ¿qué es aquello que veo?
  Desbaratado y vencido
  Todo el escuadron de Eusebio
  Le deja ya el enemigo.
  Quiero volver á juntar
  Toda la gente que ha habido
  De Eusebio, y volver á darle
  Favor; que si los animo,
  Seré en su defensa asombro
  Del mundo, seré cuchillo
  De la parca, estrago fiero
  De sus vidas, vengativo
  Espanto de los futuros,
  Y admiracion destos siglos. _(Vase.)_


ESCENA VIII.

GIL, _de bandolero; despues_ MENGA, BRAS, TIRSO Y VILLANOS.

GIL.

  Por estar seguro, apénas
  Fuí bandolero novicio,
  Cuando, por ser bandolero,
  Me veo en tanto peligro.
  Cuando yo era labrador,
  Eran ellos los vencidos;
  Y hoy, por que soy de la carda,
  Va sucediendo lo mismo.
  Sin ser avariento traigo
  La desventura conmigo;
  Pues tan desgraciado soy,
  Que mil veces imagino
  Que, á ser yo judío, fueran
  Desgraciados los judíos.

_(Salen Menga, Bras, Tirso y otros villanos.)_

MENGA.

  ¡A ellos, que van huyendo!

BRAS.

  No ha de quedar uno vivo
  Tan solamente.

MENGA.

                 Hácia aquí
  Uno dellos se ha escondido.

BRAS.

  Muera este ladron.

GIL.

                     Mirad
  Que yo soy.

MENGA.

              Ya nos ha dicho
  El traje que es bandolero.

GIL.

  El traje les ha mentido,
  Como muy grande bellaco.

MENGA.

  Dale tú.

BRAS.

           Pégale, digo.

GIL.

  Bien dado estoy y pegado.
  Advertid...

TIRSO.

              No hay que advertirnos.
  Bandolero sois.

GIL.

                  Mirad
  Que soy Gil, votado á Cristo.

MENGA.

  ¿Pues no hablaras ántes, Gil?

TIRSO.

  Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho?

GIL.

  ¿Que más ántes, si el _yo soy_
  Os dije desde el principio?

MENGA.

  ¿Qué haces aquí?

GIL.

                   ¿No lo veis?
  Ofendo á Dios en el quinto:
  Mato solo más, que juntos
  Un médico y un estío.

MENGA.

  ¿Qué traje es este?

GIL.

                      Es el diablo.
  Maté á uno, y su vestido
  Me puse.

MENGA.

           ¿Pues cómo, dí,
  No está de sangre teñido,
  Si le mataste?

GIL.

                 Eso es fácil;
  Murió de miedo, esta ha sido
  La causa.

MENGA.

            Ven con nosotros,
  Que victoriosos seguimos
  Los bandoleros, que agora
  Cobardes nos han huido.

GIL.

  No más vestido, aunque vaya
  Titiritando de frio. _(Vanse.)_


ESCENA IX.

EUSEBIO, CURCIO, _peleando_.

CURCIO.

  Ya estamos solos los dos.
  Gracias al cielo que quiso
  Dar la venganza á mi mano
  Hoy, sin haber remitido
  Á las ajenas mi agravio,
  Ni tu muerte á ajenos filos.

EUSEBIO.

  No ha sido en esta ocasion
  Airado el cielo conmigo,
  Curcio, en haberte encontrado;
  Porque si tu pecho vino
  Ofendido, volverá
  Castigado y ofendido.
  Aunque no sé qué respeto
  Has puesto en mí, que he temido
  Más tu enojo que tu acero:
  Y aunque pudieran tus bríos
  Darme temor, sólo temo
  Cuando aquesas canas miro,
  Que me hacen cobarde.

CURCIO.

                        Eusebio,
  Yo confieso que has podido
  Templar en mí de la ira,
  Con que agraviado te miro,
  Gran parte; pero no quiero
  Que pienses inadvertido
  Que te dan temor mis canas,
  Cuando puede el valor mio.
  Vuelve á reñir, que una estrella
  Ó algun favorable signo,
  No es bastante á que yo pierda
  La venganza que consigo.
  Vuelve á reñir.

EUSEBIO.

                  ¿Yo temor?
  Neciamente has presumido
  Que es temor lo que es respeto;
  Aunque, si verdad te digo,
  La victoria que deseo
  Es, á tus plantas rendido,
  Pedirte perdon; y á ellas
  Pongo la espada que ha sido
  Temor de tantos.

CURCIO.

                   Eusebio,
  No has de pensar que me animo
  A matarte con ventaja.
  Esta es mi espada. (_Ap._ Así quito
  La ocasion de darle muerte.)
  Ven á los brazos conmigo.

_(Abrázanse los dos, y luchan.)_

EUSEBIO.

  No sé qué efecto has hecho
  En mí, que el corazon dentro del pecho,
  A pesar de venganzas y de enojos,
  En lágrimas se asoma por los ojos,
  Y en confusion tan fuerte,
  Quisiera, por vengarte, darme muerte.
  Véngate en mí; rendida
  A tus plantas, señor, está mi vida.

CURCIO.

  El acero de un noble, aunque ofendido,
  No se mancha en la sangre de un rendido;
  Que quita grande parte de la gloria
  El que con sangre borra la victoria.

_Voces._

  _(Dentro.)_ Hácia aquí están.

CURCIO.

                                Mi gente victoriosa
  Viene á buscarme, cuando temerosa
  La tuya vuelve huyendo.
  Darte vida pretendo;
  Escóndete, que en vano
  Defenderé el enojo vengativo
  De un escuadron villano,
  Y solo tú, imposible es quedar vivo.

EUSEBIO.

  Yo, Curcio, nunca huyo
  De otro poder, aunque he temido el tuyo;
  Que si mi mano aquesta espada cobra,
  Verás, cuanto valor en tí me falta,
  Que en tu gente me sobra.


ESCENA X.

OCTAVIO, GIL, BRAS _y los demas_ VILLANOS.—DICHOS.

OCTAVIO.

  Desde el más hondo valle á la más alta
  Cumbre de aqueste monte, no ha quedado
  Alguno vivo; solo se ha escapado
  Eusebio, porque huyendo aquesta tarde...

EUSEBIO.

  Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde.

TODOS.

  ¿Aquí está Eusebio? ¡Muera!

EUSEBIO.

  ¡Llegad, villanos!

CURCIO.

                     ¡Tente, Octavio, espera!

OCTAVIO.

  ¿Pues tú, señor, que habias
  De animarnos, agora desconfías?

BRAS.

  ¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra
  Introdujo el acero y la deshonra?

GIL.

  ¿A un hombre, que atrevido
  Toda aquesta montaña ha destruido?
  A quien en el aldea no ha dejado
  Melon, doncella que él no haya catado,
  Y á quien tantos ha muerto,
  ¿Cómo así le defiendes?

OCTAVIO.

  ¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes?

CURCIO.

  Esperad, escuchad (¡triste suceso!):
  ¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso?
  Dáte á prision, Eusebio; que prometo,
  Y como noble juro, de ampararte,
  Siendo abogado tuyo, aunque soy parte.

EUSEBIO.

  Como á Curcio no más, yo me rindiera;
  Mas como á juez, no puedo;
  Porque aquél es respeto, y éste es miedo.

OCTAVIO.

  ¡Muera Eusebio!

CURCIO.

                  Advertid...

OCTAVIO.

                              Pues qué, ¿tú quieres
  Defenderle? ¿A la patria traidor eres?

CURCIO.

  ¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte,
  Perdona, Eusebio, porque yo el primero
  Tengo de ser en darte triste muerte.

EUSEBIO.

  Quítate de delante,
  Señor, porque tu vista no me espante;
  Que viéndote, no dudo
  Que te tenga tu gente por escudo.

_(Vanse todos peleando con él.)_

CURCIO.

  Apretándole van. ¡Oh quién pudiera
  Darte agora la vida,
  Eusebio, aunque la suya misma diera!
  En el monte se ha entrado,
  Por mil partes herido:
  Retirándose baja despeñado
  Al valle. Voy volando,
  Que aquella sangre fria,
  Que con tímida voz me está llamando,
  Algo tiene de mia;
  Que sangre, que no fuera
  Propia, ni me llamara, ni la oyera. _(Vase.)_


ESCENA XI.

EUSEBIO, _que baja despeñado_.

  Cuando, de la vida incierto,
  Me despeña la más alta
  Cumbre, veo que me falta
  Tierra donde caiga muerto:
  Pero si mi culpa advierto,
  Al alma reconocida,
  No el ver la vida perdida
  La atormenta, sino el ver
  Cómo ha de satisfacer
  Tantas culpas una vida.
  Ya me vuelve á perseguir
  Este escuadron vengativo;
  Pues no puedo quedar vivo,
  He de matar ó morir:
  Aunque mejor será ir
  Donde al cielo perdon pida;
  Pero mis pasos impida
  La Cruz, porque desta suerte
  Ellos me den breve muerte,
  Y ella me dé eterna vida.
  Arbol, donde el cielo quiso
  Dar el fruto verdadero
  Contra el bocado primero,
  Flor del nuevo paraíso,
  Arco de luz, cuyo aviso
  En piélago más profundo
  La paz publicó del mundo,
  Planta hermosa, fértil vid,
  Arpa del nuevo David,
  Tabla del Moisés segundo:
  Pecador soy, tus favores
  Pido por justicia yo;
  Pues Dios en tí padeció
  Sólo por los pecadores.
  A mí me debes tus lôres;
  Que por mí sólo muriera
  Dios, si más mundo no hubiera:
  Luego eres tú Cruz por mí,
  Que Dios no muriera en tí
  Si yo pecador no fuera.
  Mi natural devocion
  Siempre os pidió con fe tanta,
  No permitieseis, Cruz santa,
  Muriese sin confesion.
  No seré el primer ladron
  Que en vos se confiese á Dios.
  Y pues que ya somos dos,
  Y yo no lo he de negar,
  Tampoco me ha de faltar
  Redencion que se obró en vos.
  Lisardo, cuando en mis brazos
  Pude ofendido matarte,
  Lugar dí de confesarte,
  Ántes que en tan breves plazos
  Se desatasen los lazos
  Mortales. Y agora advierto
  En aquel viejo, aunque muerto:
  Piedad de los dos aguardo.
  ¡Mira que muero, Lisardo;
  Mira que te llamo, Alberto!


ESCENA XII.

CURCIO.—EUSEBIO.

CURCIO.

  Hácia aquesta parte está.

EUSEBIO.

  Si es que venís á matarme,
  Muy poco hareis en quitarme
  Vida que no tengo ya.

CURCIO.

  ¡Qué bronce no ablandará
  Tanta sangre derramada!
  Eusebio, rinde la espada.

EUSEBIO.

  ¿A quién?

CURCIO.

            A Curcio.

EUSEBIO.

                      Esta es. _(Dásela.)_
  Y yo tambien á tus piés,
  De aquella ofensa pasada
  Te pido perdon. No puedo
  Hablar más, porque una herida
  Quita el aliento á la vida,
  Cubriendo de horror y miedo
  Al alma.

CURCIO.

           Confuso quedo.
  ¿Será en ella de provecho
  Remedio humano?

EUSEBIO.

                  Sospecho
  Que la mejor medicina
  Para el alma es la divina.

CURCIO.

  ¿Dónde es la herida?

EUSEBIO.

                       En el pecho.

CURCIO.

  Déjame poner en ella
  La mano, á ver si resiste
  El aliento. ¡Ay de mí triste!

_(Registra la herida, y ve la Cruz.)_

  ¿Qué señal divina y bella
  Es esta, que al conocella
  Toda el alma se turbó?

EUSEBIO.

  Son las armas que me dió
  Esta Cruz, á cuyo pié
  Nací; porque más no sé
  De mi nacimiento yo.
  Mi padre, á quien no señalo,
  Aun la cuna me negó;
  Que sin duda imaginó
  Que habia de ser tan malo.
  Aquí nací.

CURCIO.

             Y aquí igualo
  El dolor con el contento,
  Con el gusto el sentimiento,
  Efectos de un hado impío
  Y agradable. ¡Ay, hijo mio!
  Pena y gloria en verte siento.
  Tú eres, Eusebio, mi hijo,
  Si tantas señas advierto,
  Que, para llorarte muerto,
  Ya justamente me aflijo.
  De tus razones colijo
  Lo que el alma adivinó.
  Tu madre aquí te dejó
  En el lugar que te he hallado;
  Donde cometí el pecado,
  El cielo me castigó.
  Ya aqueste lugar previene
  Informacion de mi error;
  ¿Pero cuál seña mayor
  Que aquesta Cruz, que conviene
  Con otra que Julia tiene?
  Que no sin misterio el cielo
  Os señaló, porque al suelo
  Fuerais prodigio los dos.

EUSEBIO.

  No puedo hablar, padre, ¡adios!
  Porque ya de un mortal velo
  Se cubre el cuerpo, y la muerte
  Niega, pasando veloz,
  Para responderte voz,
  Vida para conocerte,
  Y alma para obedecerte.
  Ya llega el golpe más fuerte,
  Ya llega el trance más cierto.
  ¡Alberto!

CURCIO.

            ¡Que llore muerto
  A quien aborrecí vivo!

EUSEBIO.

  ¡Ven, Alberto!

CURCIO.

                 ¡Oh trance esquivo!
  ¡Guerra injusta!

EUSEBIO.

  ¡Alberto! ¡Alberto! _(Muere.)_

CURCIO.

  Ya al golpe más violento
  Rindió el último aliento:
  Paguen mis blancas canas
  Tanto dolor. _(Tírase de los cabellos.)_


ESCENA XIII.

BRAS, _y luego_ OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, _muerto_.

BRAS.

               Ya son tus quejas vanas.
  ¿Cuándo puso inconstante la fortuna
  En tu valor extremos?

CURCIO.

                        En ninguna
  Llegó el rigor á tanto.
  Abrasen mis enojos
  Este monte con llanto,
  Puesto que es fuego el llanto de mis ojos.
  ¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte!
  ¡Oh atrevido dolor!

_(Sale Octavio.)_

OCTAVIO.

                      Hoy, Curcio, advierte
  La fortuna en los males de tu estado,
  Cuántos puede sufrir un desdichado.
  El cielo sabe cuánto hablarte siento.

CURCIO.

  ¿Qué ha sido?

OCTAVIO.

                Julia falta del convento.

CURCIO.

  El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera
  Con el discurso hallar pena tan fiera,
  Que es mi desdicha airada,
  Sucedida, áun mayor que imaginada?
  Este cadáver frio,
  Este que ves, Octavio, es hijo mio.
  Mira si basta en confusion tan fuerte
  Cualquiera pena destas á una muerte.
  Dadme paciencia, cielos,
  Ó quitadme la vida,
  Agora perseguida
  De tormentos tan fieros.


ESCENA XIV.

GIL, TIRSO, VILLANOS.—DICHOS.

GIL.

  ¡Señor!

CURCIO.

          ¿Hay más dolor?

GIL.

                          Los bandoleros,
  Que huyeron castigados,
  En busca tuya vuelven, animados
  De un demonio de un hombre,
  Que encubre dellos mismos rostro y nombre.

CURCIO.

  Agora que mis penas fueron tales,
  Que son lisonjas los mayores males.
  El cuerpo se retire lastimoso
  De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso
  A sus cenizas da mi desventura.

TIRSO.

  ¿Pues cómo piensas darle sepultura
  Hoy en lugar sagrado,
  Cuando sabes que ha muerto excomulgado?

BRAS.

  Quien desta suerte ha muerto,
  Digno sepulcro sea este desierto.

CURCIO.

  ¡Oh villana venganza!
  ¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza,
  Que pasas desta suerte,
  Los últimos umbrales de la muerte?

_(Vase llorando.)_

BRAS.

  Sea en penas tan graves,
  Su sepulcro las fieras y las aves.

OTRO.

  Del monte despeñado
  Caiga, por más rigor, despedazado.

TIRSO.

  Mejor es darle agora
  Rústica sepultura entre estos ramos.

_(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)_

  Pues ya la noche baja,
  Envuelta en esa lóbrega mortaja;
  Aquí en el monte, Gil, con él te queda,
  Porque sola tu voz avisar pueda,
  Si algunas gentes vienen
  De las que huyeron. _(Vanse.)_

GIL.

                      ¡Linda flema tienen!
  A Eusebio han enterrado
  Allí, y á mí aquí solo me han dejado.
  Señor Eusebio, acuérdese, le digo,
  Que un tiempo fuí su amigo.
  ¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo,
  O mil personas á esta parte veo.


ESCENA XV.

ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, _muerto_.

ALBERTO.

  Viniendo agora de Roma,
  Con la muda suspension
  De la noche, en este monte
  Perdido otra vez estoy.
  Aquesta es la parte adonde
  La vida Eusebio me dió,
  Y de sus soldados temo
  Que en grande peligro estoy.

EUSEBIO.

  ¡Alberto!

ALBERTO.

            ¿Qué aliento es este
  De una temerosa voz,
  Que repitiendo mi nombre
  En mis oidos sonó?

EUSEBIO.

  ¡Alberto!

ALBERTO.

            Otra vez pronuncia
  Mi nombre, y me pareció
  Que es á esta parte; yo quiero
  Ir llegando.

GIL.

               ¡Santo Dios!
  Eusebio es, y ya es mi miedo
  De los miedos el mayor.

EUSEBIO.

  ¡Alberto!

ALBERTO.

            Más cerca suena.
  Voz, que discurres veloz
  El viento, y mi nombre dices,
  ¿Quién eres?

EUSEBIO.

               Eusebio soy;
  Llega, Alberto, hácia esta parte,
  Adonde enterrado estoy;
  Llega y levanta estos ramos.
  No temas.

ALBERTO.

            No temo yo.

GIL.

  Yo sí. _(Alberto le descubre.)_

ALBERTO.

         Ya estás descubierto.
  Díme de parte de Dios,
  ¿Qué me quieres?

EUSEBIO.

                   De su parte,
  Mi fe, Alberto, te llamó,
  Para que, ántes de morir,
  Me oyeses en confesion.
  Rato há que hubiera muerto;
  Pero libre se quedó
  Del espíritu el cadáver;
  Que de la muerte el feroz
  Golpe le privó del uso,
  Pero no le dividió. _(Levántase.)_
  Ven adonde mis pecados
  Confiese, Alberto, que son
  Más que del mar las arenas
  Y los átomos del sol.
  ¡Tanto con el cielo puede
  De la Cruz la devocion!

ALBERTO.

  Pues yo cuantas penitencias
  Hice hasta agora, te doy,
  Para que en tu culpa sirvan
  De alguna satisfaccion.

_(Vanse Eusebio y Alberto.)_

GIL.

  ¡Por Dios, que va por su pié!
  Y para verlo mejor,
  El sol descubre sus rayos.
  A decirlo á todos voy.


ESCENA XVI.

JULIA, _algunos_ BANDOLEROS; _despues_ CURCIO Y VILLANOS.—GIL.

JULIA.

  Agora, que descuidados
  La victoria los dejó
  Entre los brazos del sueño,
  Nos dan bastante ocasion.

UNO.

  Si has de salirles al paso,
  Por esta parte es mejor;
  Que ellos vienen por aquí.

_(Salen Curcio y villanos.)_

CURCIO.

  Sin duda que inmortal soy
  En los males que me matan,
  Pues no me mata el dolor.

GIL.

  A todas partes hay gente;
  Sepan todos de mi voz
  El más admirable caso
  Que jamás el mundo vió.
  De donde enterrado estaba
  Eusebio, se levantó,
  Llamando á un clérigo á voces.
  Mas ¿para qué os cuento yo
  Lo que todos podeis ver?
  Mirad con la devocion
  Que está puesto de rodillas.

CURCIO.

  ¡Mi hijo es! ¡Divino Dios!
  ¿Qué maravillas son estas?

JULIA.

  ¿Quién vió prodigio mayor?

CURCIO.

  Así como el santo anciano
  Hizo de la absolucion
  La forma, segunda vez
  Muerto á sus plantas cayó.


ESCENA XVII.

ALBERTO.—DICHOS.

ALBERTO.

  Entre sus grandezas tantas,
  Sepa el mundo la mayor
  Maravilla de las suyas,
  Porque la ensalce mi voz.
  Despues de haber muerto Eusebio,
  El cielo depositó
  Su espíritu en su cadáver,
  Hasta que se confesó;
  Que tanto con Dios alcanza
  De la Cruz la devocion.

CURCIO.

  ¡Ay, hijo del alma mia!
  No fué desdichado, no,
  Quien en su trágica muerte
  Tantas glorias mereció.
  Así Julia conociera
  Sus culpas.

JULIA.

              ¡Válgame Dios!
  ¿Qué es lo que estoy escuchando?
  ¿Qué prodigio es este? ¿Yo
  Soy la que á Eusebio pretende,
  Y hermana de Eusebio soy?
  Pues sepa Curcio, mi padre,
  Sepa el mundo y todos hoy
  Mis graves culpas: yo misma,
  Asombrada á tanto horror,
  Daré voces: sepan todos
  Cuantos hoy viven, que yo
  Soy Julia, en número infame
  De las malas la peor.
  Mas ya que ha sido comun
  Mi pecado, desde hoy
  Lo será mi penitencia;
  Pidiendo humilde perdon
  Al mundo del mal ejemplo,
  De la mala vida á Dios.

CURCIO.

  ¡Oh asombro de las maldades!
  Con mis propias manos yo
  Te mataré, porque sea
  Tu vida y tu muerte atroz.

JULIA.

  Valedme vos, Cruz divina;
  Que yo mi palabra os doy,
  De hacer, volviendo al convento,
  Penitencia de mi error.

_(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el
sepulcro de Eusebio, y vuela.)_

ALBERTO.

  ¡Gran milagro!

CURCIO.

                 Y con el fin
  De tan grande admiracion,
  La _Devocion de la Cruz_
  Felice acaba su autor.



EL MÁGICO PRODIGIOSO.



PERSONAS.


  CIPRIANO.
  EL DEMONIO.
  FLORO.
  LELIO.
  MOSCON.
  JUSTINA, _dama_.
  LIVIA, _criada_.
  LISANDRO, _viejo_.
  EL GOBERNADOR DE ANTIOQUÍA.
  FABIO, _criado_.
  CLARIN.
  UN CRIADO.
  UN SOLDADO.
  _Soldados._
  _Gente._


La escena es en Antioquía y extramuros.



JORNADA PRIMERA.


_Bosque cercano á Antioquía._


ESCENA PRIMERA.

CIPRIANO, _vestido de estudiante_; CLARIN Y MOSCON, _de gorrones, con
unos libros_.

CIPRIAN.

  En la amena soledad
  De aquesta apacible estancia,
  Bellísimo laberinto
  De árboles, flores y plantas,
  Podeis dejarme, dejando
  Conmigo (que ellos me bastan
  Por compañía) los libros
  Que os mandé sacar de casa;
  Que yo, en tanto que Antioquía
  Celebra con fiestas tantas
  La fábrica dese templo
  Que hoy á Júpiter consagra,
  Y su translacion, llevando
  Públicamente su estatua
  Adonde con más decoro
  Y honor esté colocada;
  Huyendo del gran bullicio
  Que hay en sus calles y plazas,
  Pasar estudiando quiero
  La edad que al dia le falta.
  Idos los dos á Antioquía,
  Gozad de sus fiestas várias,
  Y volved por mí á este sitio
  Cuando el sol cayendo vaya
  A sepultarse en las ondas,
  Que entre oscuras nubes pardas
  Al gran cadáver de oro
  Son monumentos de plata.
  Aquí me hallaréis.

MOSCON.

                     No puedo,
  Aunque tengo mucha gana
  De ver las fiestas, dejar
  De decir, ántes que vaya
  A verlas, señor, siquiera
  Cuatro ó cinco mil palabras.
  ¿Es posible que en un dia
  De tanto gusto, de tanta
  Festividad y contento,
  Con cuatro libros te salgas
  Al campo solo, volviendo
  A su aplauso las espaldas?

CLARIN.

  Hace mi señor muy bien;
  Que no hay cosa más cansada
  Que un dia de procesion
  Entre cofrades y danzas.

MOSCON.

  En fin, Clarin, y en principio,
  Viviendo con arte y maña,
  Eres un temporalazo
  Lisonjero, pues alabas
  Lo que hace, y nunca dices
  Lo que sientes.

CLARIN.

                  Tú te engañas
  (Que es el mentís más cortés
  Que se dice cara á cara,
  Y yo digo lo que siento).

CIPRIAN.

  Ya basta, Moscon, ya basta,
  Clarin. ¡Que siempre los dos
  Habeis con vuestra ignorancia
  De estar porfiando, y tomando
  Uno de otro la contraria!
  Idos de aquí, y (como digo)
  Me buscaréis cuando caiga
  La noche, envolviendo en sombras
  Esta fábrica gallarda
  Del universo.

MOSCON.

                ¿Qué va,
  Que aunque defendido hayas
  Que es bueno no ver las fiestas,
  Que vas á verlas?

CLARIN.

                    Es clara
  Consecuencia: nadie hace
  Lo que aconseja que hagan
  Los otros.

MOSCON.

  _(Ap.)_      Por ver á Livia,
  Vestirme quisiera de alas. _(Vase.)_

CLARIN.

  _(Ap.)_ Aunque, si digo verdad,
  Livia es la que me arrebata
  Los sentidos. Pues ya tienes
  Más de la mitad andada
  Del camino; llega, _Livia_,
  Al _na_, y sé, Livia, _liviana_. _(Vase.)_


ESCENA II.

CIPRIANO.

  Ya estoy solo, ya podré,
  Si tanto mi ingenio alcanza,
  Estudiar esta cuestion
  Que me trae suspensa el alma,
  Desde que en Plinio leí
  Con misteriosas palabras
  La difinicion de Dios;
  Porque mi ingenio no halla
  Ese Dios en quien convengan
  Misterios ni señas tantas.
  Esta verdad escondida
  He de apurar. _(Pónese á leer.)_


ESCENA III.

EL DEMONIO, _vestido de gala_.—CIPRIANO.

DEMONIO.

  _(Ap.)_       Aunque hagas
  Más discursos, Ciprïano,
  No has de llegar á alcanzarla,
  Que yo te la esconderé.

CIPRIAN.

  Ruido siento en estas ramas.
  ¿Quién va? ¿quién es?

DEMONIO.

                        Caballero,
  Un forastero es, que anda
  En este monte perdido
  Desde toda esta mañana,
  Tanto que rendido ya
  El caballo, en la esmeralda
  Que es tapete destos montes,
  A un tiempo pace y descansa.
  A Antioquía es el camino
  A negocios de importancia;
  Y apartándome de toda
  La gente que me acompaña,
  Divertido en mis cuidados
  (Caudal que á ninguno falta),
  Perdí el camino y perdí
  Criados y camaradas.

CIPRIAN.

  Mucho me espanto de que
  Tan á vista de las altas
  Torres de Antioquía, así
  Perdido andeis. No hay de cuantas
  Veredas á aqueste monte
  Ó le linean ó le pautan,
  Una que á dar en sus muros,
  Como en su centro, no vaya:
  Por cualquiera que tomeis,
  Vais bien.

DEMONIO.

             Esa es la ignorancia,
  Á la vista de las ciencias,
  No saber aprovecharlas.
  Y supuesto que no es bien
  Que entre yo en ciudad extraña,
  Donde no soy conocido,
  Solo y preguntando, hasta
  Que la noche venza al dia,
  Aquí estaré lo que falta;
  Que en el traje y en los libros
  Que os divierten y acompañan,
  Juzgo que debeis de ser
  Grande estudiante, y el alma
  Esta inclinacion me lleva
  De los que en estudios tratan. _(Siéntase.)_

CIPRIAN.

  ¿Habeis estudiado?

DEMONIO.

                     No;
Pero sé lo que me basta
Para no ser ignorante.

CIPRIAN.

  Pues ¿qué ciencias sabeis?

DEMONIO.

                             Hartas.

CIPRIAN.

  Aun estudiándose una
  Mucho tiempo, no se alcanza,
  ¿Y vos (¡grande vanidad!)
  Sin estudiar sabeis tantas?

DEMONIO.

  Sí, que de una patria soy
  Donde las ciencias más altas
  Sin estudiarse se saben.

CIPRIAN.

  ¡Oh quién fuera de esa patria!
  Que acá miéntras más se estudia,
  Más se ignora.

DEMONIO.

                 Verdad tanta
  Es esta, que sin estudios
  Tuve tan grande arrogancia
  Que á la cátedra de prima
  Me opuse, y pensé llevarla,
  Porque tuve muchos votos;
  Y aunque la perdí, me basta
  Haberlo intentado; que hay
  Pérdidas con alabanza.
  Si no lo quereis creer,
  Decid qué estudiais, y vaya
  De argumento; que aunque no
  Sé la opinion que os agrada,
  Y ella sea la segura,
  Yo tomaré la contraria.

CIPRIAN.

  Mucho me huelgo de que
  A eso vuestro ingenio salga.
  Un lugar de Plinio es
  El que me trae con mil ánsias
  De entenderle, por saber
  Quién es el Dios de quien habla.

DEMONIO.

  Ese es un lugar que dice
  (Bien me acuerdo) estas palabras:
  «Dios es una bondad suma
  Una esencia, una sustancia,
  Todo vista, todo manos.»

CIPRIAN.

  Es verdad.

DEMONIO.

             ¿Qué repugnancia
  Hallais en esto?

CIPRIAN.

                   No hallar
  El Dios de quien Plinio trata;
  Que si ha de ser bondad suma,
  Aun á Júpiter le falta
  Suma bondad, pues le vemos
  Que es pecaminoso en tantas
  Ocasiones: Dánae hable
  Rendida, Europa robada.
  Pues ¿cómo en suma bondad,
  Cuyas acciones sagradas
  Habian de ser divinas,
  Caben pasiones humanas?

DEMONIO.

  Esas son falsas historias
  En que las letras profanas
  Con los nombres de los dioses
  Entendieron disfrazada
  La moral filosofía.

CIPRIAN.

  Esa respuesta no basta,
  Pues el decoro de Dios
  Debiera ser tal, que osadas
  No llegaran á su nombre
  Las culpas, áun siendo falsas.
  Y apurando más el caso,
  Si suma bondad se llaman
  Los dioses, siempre es forzoso
  Que á querer lo mejor vayan;
  Pues ¿cómo unos quieren uno,
  Y otros otro? Esto se halla
  En las dudosas respuestas
  Que suelen dar sus estatuas.
  Porque no digais despues
  Que alegué letras profanas...
  Á dos ejércitos, dos
  ídolos una batalla
  Aseguraron, y el uno
  La perdió: ¿no es cosa clara
  La consecuencia de que
  Dos voluntades contrarias
  No pueden á un mismo fin
  Ir? Luego yendo encontradas,
  Es fuerza, si la una es buena,
  Que la otra ha de ser mala.
  Mala voluntad en Dios
  Implica el imaginarla:
  Luego no hay suma bondad
  En ellos, si union les falta.

DEMONIO.

  Niego la mayor, porque
  Aquesas respuestas dadas
  Así, convienen á fines
  Que nuestro ingenio no alcanza,
  Que es la providencia; y más
  Debió importar la batalla
  Al que la perdió el perderla,
  Que al que la ganó el ganarla.

CIPRIAN.

  Concedo; pero debiera
  Aquel Dios, pues que no engañan
  Los dioses, no asegurar
  La victoria; que bastaba
  La pérdida permitir
  Allí, sin asegurarla.
  Luego si Dios todo es vista,
  Cualquiera Dios viera clara
  Y distintamente el fin;
  Y al verle, no asegurara
  El que no habia de ser: luego
  Aunque sea deidad tanta,
  Distinta en personas, debe
  En la menor circunstancia
  Ser una sola en esencia.

DEMONIO.

  Importó para esa causa
  Mover así los afectos
  Con su voz.

CIPRIAN.

              Cuando importara
  El moverlos, genios hay
  (Que buenos y malos llaman
  Todos los doctos), que son
  Unos espíritus que andan
  Entre nosotros, dictando
  Las obras buenas y malas,
  Argumento que asegura
  La inmortalidad del alma:
  Y bien pudiera ese Dios,
  Con ellos, sin que llegara
  Á mostrar que mentir sabe,
  Mover afectos.

DEMONIO.

                 Repara
  En que esas contrariedades
  No implican al ser las sacras
  Deidades una, supuesto
  Que en las cosas de importancia
  Nunca disonaron. Bien
  En la fábrica gallarda
  Del hombre se ve, pues fué
  Solo un concepto al obrarla.

CIPRIAN.

  Luego si ese fué un solo,
  Ese tiene más ventaja
  A los otros; y si son
  Iguales, puesto que hallas
  Que se pueden oponer
  (Esta no puedes negarla)
  En algo; al hacer el hombre,
  Cuando el uno lo intentara,
  Pudiera decir el otro:
  «No quiero yo que se haga.»
  Luego si Dios todo es manos,
  Cuando el uno le criara,
  El otro le deshiciera.
  Pues eran manos entrambas
  Iguales en el poder,
  Desiguales en la instancia,
  ¿Quién venciera destos dos?

DEMONIO.

  Sobre imposibles y falsas
  Proposiciones, no hay
  Argumento. Dí, ¿qué sacas
  Deso?

CIPRIAN.

        Pensar que hay un Dios,
  Suma bondad, suma gracia,
  Todo vista, todo manos,
  Infalible, que no engaña,
  Superior, que no compite,
  Dios á quien ninguno iguala,
  Un principio sin principio,
  Una esencia, una sustancia,
  Un poder y un querer solo;
  Y cuando como éste haya
  Una, dos ó más personas,
  Una deidad soberana
  Ha de ser sola en esencia,
  Causa de todas las causas.

DEMONIO.

  ¿Cómo te puedo negar _(Levántase.)_
  Una evidencia tan clara?

CIPRIAN.

  ¿Tanto lo sentís?

DEMONIO.

                    ¿Quién deja
  De sentir que otro le haga
  Competencia en el ingenio?
  Y aunque responder no falta,
  Dejo de hacerlo, porque
  Gente en este monte anda,
  Y es hora de que prosiga
  A la ciudad mi jornada.

CIPRIAN.

  Id en paz.

DEMONIO.

             Quedad en paz.
  (_Ap._ Pues tanto tu estudio alcanza,
  Yo haré que el estudio olvides,
  Suspendido en una rara
  Beldad. Pues tengo licencia
  De perseguir con mi rabia
  A Justina, sacaré
  De un efecto dos venganzas.) _(Vase.)_

CIPRIAN.

  No ví hombre tan notable.
  Mas pues mis criados tardan,
  Volver á repasar quiero
  De tanta duda la causa.

_(Vuelve á leer, sin reparar en los que vienen.)_


ESCENA IV.

LELIO, FLORO.—CIPRIANO.

LELIO.

  No pasemos adelante;
  Que estas peñas, estas ramas
  Tan intrincadas, que al mismo
  Sol le defienden la entrada,
  Solo pueden ser testigos
  De nuestro duelo.

FLORO.

                    La espada
  Sacad; que aquí son las obras,
  Si allá fuéron las palabras.

LELIO.

  Ya sé que en el campo, muda
  La lengua, el acero habla
  Desta suerte. _(Riñen.)_

CIPRIANO.

                ¿Qué es aquesto?
  Lelio, tente; Floro, aparta,
  Que basta que esté yo en medio,
  Aunque esté en medio sin armas.

LELIO.

  ¿De dónde, dí, Ciprïano,
  A embarazar mi venganza
  Has salido?

FLORO.

              ¿Eres aborto
  Destos troncos y estas ramas?


ESCENA V.

MOSCON, CLARIN.—DICHOS.

MOSCON.

  Corre, que con mi señor
  Han sido las cuchilladas.

CLARIN.

  Para acercarme á esas cosas
  No suelo yo correr nada;
  Mas para apartarme, sí.

MOSCON Y CLARIN.

  Señor...

CIPRIANO.

           No hableis más palabra.—
  Pues ¿qué es esto? Dos amigos,
  Que por su sangre y su fama
  Hoy son de toda Antioquía
  Los ojos y la esperanza,
  Uno del Gobernador
  Hijo, y otro de la clara
  Familia de los Colaltos,
  ¡Así aventuran y arrastran
  Dos vidas que pueden ser
  De tanto honor á su patria!

LELIO.

  Ciprïano, aunque el respeto
  Que debo por muchas causas
  A tu persona, este instante
  Tiene suspensa mi espada,
  No la tienes reducida
  A la quietud de la vaina
  Tú sabes de ciencias más
  Que de duelos, y no alcanzas
  Que á dos nobles en el campo
  No hay respeto que les haga
  Amigos, pues sólo es medio
  Morir uno en la demanda.

FLORO.

  Lo mismo te digo, y ruego
  Que con tu gente te vayas,
  Pues que riñendo nos dejas
  Sin traicion y sin ventaja.

CIPRIAN.

  Aunque os parece que ignoro
  Por mi profesion las várias
  Leyes del duelo que estudia
  El valor y la arrogancia,
  Os engañais; que nací
  Con obligaciones tantas
  Como los dos, á saber
  Qué es honor y qué es infamia.
  Y no el darme á los estudios
  Mis alientos acobarda;
  Que muchas veces se dieron
  Las manos letras y armas.
  Si el haber salido al campo
  Es del reñir circunstancia,
  Con haber reñido ya
  Esa calumnia se salva.
  Y así, bien podeis decir
  Desta pendencia la causa;
  Que yo, si habiéndola oido,
  Reconociere al contarla
  Que alguno de los dos tiene
  Algo que se satisfaga,
  De dejaros á los dos
  Solos, os doy la palabra.

LELIO.

  Pues con esa condicion
  De que en sabiendo la causa
  Nos has de dejar reñir,
  Yo me prefiero á contarla.
  Yo quiero á una dama bien,
  Y Floro quiere á esta dama:
  ¡Mira tú cómo podrás
  Convenirnos! pues no hay traza
  Con que dos nobles celosos
  Den á partido sus ánsias.

FLORO.

  Yo quiero á esta dama, y quiero
  Que no se atreva á mirarla
  Ni áun el sol; y pues no hay
  Medio aquí, y que la palabra
  Nos has dado de dejarnos
  Reñir, á un lado te aparta.

CIPRIAN.

  Esperad, que hay que saber
  Más. Decidme, ¿es esta dama
  A la esperanza posible,
  Ó imposible á la esperanza?

LELIO.

  Tan principal es, tan noble,
  Que si el sol celos causara
  A Floro, áun dél no podria
  Tenerlos con justa causa,
  Porque presumo que el sol
  Aun no se atreve á mirarla.

CIPRIAN.

  ¿Casáraste tú con ella?

FLORO.

  Ahí está mi confianza.

CIPRIAN.

  ¿Y tú?

LELIO.

         ¡Pluguiera á los cielos
  Que á tanta dicha llegara!
  Que aunque es en extremo pobre,
  La virtud por dote basta.

CIPRIAN.

  Pues si á casaros con ella
  Aspirais los dos, ¿no es vana
  Accion, culpable é indigna,
  Querer ántes disfamarla?
  ¿Qué dirá el mundo, si alguno
  De los dos con ella casa,
  Despues de haber muerto al otro
  Por ella? que aunque no haya
  Ocasion para decirlo,
  Decirlo sin ella basta.
  No digo yo que os sufrais
  El servirla y festejarla
  A un tiempo, porque no quiero
  Que de mí partido salga
  Tan cobarde; que el galan
  Que de sus celos pasara
  Primero la contingencia,
  Pasará despues la infamia;
  Pero digo que sepais
  De cuál de los dos se agrada,
  Y luego...

LELIO.

             Detente, espera;
  Que es accion cobarde y baja
  Ir á que la dama diga
  A quién escoge la dama,
  Pues ha de escogerme á mí
  O á Floro. Si á mí, me agrava
  Más el empeño en que estoy,
  Pues es otro empeño que haya
  Quien quiera á la que me quiere.
  Si á Floro escoge, la saña
  De que á otro quiera quien quiero,
  Es mayor: luego excusada
  Accion es que ella lo diga,
  Pues con cualquier circunstancia
  Hemos en apelacion
  De volver á las espadas:
  El querido por su honor,
  Y el otro por su venganza.

FLORO.

  Confieso que esa opinion
  Recibida es y asentada,
  Mas con las damas que amores
  Elegir y dejar tratan;
  Y así, hoy pedírsela intento
  A su padre. Y pues me basta
  Habiendo al campo salido,
  Haber sacado la espada
  (Mayormente cuando hay
  Quien el reñir embaraza),
  Con satisfaccion bastante
  La vuelvo, Lelio, á la vaina.

LELIO.

  En parte me ha convencido
  Tu razon; y aunque apurarla
  Pudiera, más quiero hacerme
  De su parte, ó cierta ó falsa.
  Hoy la pediré á su padre.

CIPRIAN.

  Supuesto que aquesta dama
  En que los dos la sirvais
  Ella no aventura nada,
  Pues que confesais los dos
  Su virtud y su constancia,
  Decidme quién es; que yo,
  Pues que tengo mano tanta
  En la ciudad, por los dos
  Quiero preferirme á hablarla,
  Para que esté prevenida
  Cuando á eso su padre vaya.

LELIO.

  Dices bien.

CIPRIAN.

              ¿Quién es?

FLORO.

                         Justina,
  De Lisandro hija.

CIPRIAN.

                    Al nombrarla
  He conocido cuán pocas
  Fueron vuestras alabanzas;
  Que es virtuosa y es noble.
  Luégo voy á visitarla.

FLORO.

  _(Ap.)_ El cielo en mi favor mueva
  Su condicion siempre ingrata. _(Vase.)_

LELIO.

  Corone amor al nombrarme,
  De laurel mis esperanzas. _(Vase.)_

CIPRIAN.

  ¡Oh, quiera el cielo que estorbe
  Escándalos y desgracias! _(Vase.)_


ESCENA VI.

MOSCON, CLARIN.

MOSCON.

  ¿Ha oido vuesa merced
  Que nuestro amo va á la casa
  De Justina?

CLARIN.

              Sí señor,
  ¿Qué hay, que vaya ó que no vaya?

MOSCON.

  Hay que no tiene que hacer
  Allá usarced.

CLARIN.

                ¿Por qué causa?

MOSCON.

  Porque yo por Livia muero,
  Que es de Justina criada,
  Y no quiero que se atreva
  Ni el mismo sol á mirarla.

CLARIN.

  Basta, que no he de reñir
  En ningun tiempo por dama
  Que ha de ser esposa mia.

MOSCON.

  Aquesa opinion me agrada,
  Y así es bien que diga ella
  Quién la obliga, ó quién la cansa.
  Vámonos allá los dos,
  Y ella elija.

CLARIN.

                Es buena traza;
  Aunque ha de escogerte, temo.

MOSCON.

  ¿Ya tienes deso confianza?

CLARIN.

  Sí, que lo peor escogen
  Siempre las Livias ingratas. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Sala en casa de Lisandro._


ESCENA VII.

JUSTINA, LISANDRO.

JUSTINA.

  No me puedo consolar
  De haber hoy visto, señor,
  El torpe, el comun error
  Con que todo ese lugar
  Templo consagra y altar
  A una imágen que no pudo
  Ser deidad, pues que no dudo
  Que al fin, sin algun testimonio
  Da de serlo, es el demonio,
  Que da aliento á un bronce mudo.

LISAND.

  No fueras, bella Justina,
  Quien eres, si no lloraras,
  Sintieras y lamentaras
  Esa tragedia, esa ruina
  Que la religion divina
  De Cristo padece hoy.

JUSTINA.

  Es cierto, pues al fin soy
  Hija tuya, y no lo fuera
  Si llorando no estuviera
  Ansias que mirando estoy.

LISAND.

  ¡Ay, Justina! no ha nacido
  De ser tú mi hija, no,
  Que no soy tan feliz yo.
  Mas ¡ay Dios! ¿cómo he rompido
  Secreto tan escondido?
  Afecto del alma fué.

JUSTINA.

  ¿Qué dices, señor?

LISAND.

                     No sé.
  Confuso estoy y turbado.

JUSTINA.

  Muchas veces te he escuchado
  Lo que ahora te escuché,
  Y nunca quise, señor,
  A costa de un sufrimiento
  Apurar tu sentimiento,
  Ni examinar mi dolor;
  Pero viendo que es error
  Que de entenderte no acabe,
  Aunque sea culpa grave;
  Que partas, señor, te pido,
  Tu secreto con mi oido,
  Ya que en tu pecho no cabe.

LISAND.

  Justina, de un gran secreto
  El efecto te callé,
  La edad que tienes, porque
  Siempre he temido el efeto;
  Mas viéndote ya sujeto
  Capaz de ver y advertir,
  Y viéndome á mí que el ir
  Con este báculo dando
  En la tierra, ir es llamando
  A las puertas del morir,
  No te tengo de dejar
  Con esta ignorancia, no,
  Porque no cumpliera yo
  Mi obligacion con callar:
  Y así, atiende á mi pesar
  Tu placer.

JUSTINA.

             Conmigo lucha
  Un temor.

LISAND.

            Mi pena es mucha,
  Pero esto es ley y razon.

JUSTINA.

  Señor, desta confusion
  Me rescata.

LISAND.

              Pues escucha.
  Yo soy, hermosa Justina,
  Lisandro... No de que empiece
  Desde mi nombre te admires;
  Que aunque ya sabes que es este,
  Por lo que se sigue al nombre
  Es justo que te le acuerde,
  Pues de mí no sabes más
  Que mi nombre solamente.
  Lisandro soy, natural
  De aquella ciudad que en siete
  Montes es hidra de piedra,
  Pues siete cabezas tiene:
  De aquella que es silla hoy
  Del romano imperio, albergue
  Del cristiano digno, pues
  Solo Roma lo merece.
  En ella nací de humildes
  Padres, si es que nombre adquieren
  De humildes los que dejaron
  Tantas virtudes por bienes.
  Cristianos nacieron ambos,
  Venturosos descendientes
  De algunos que con su sangre
  Rubricaron felizmente
  Las fatigas de la vida
  Con los triunfos de la muerte.
  En la religion cristiana
  Crecí instruido, de suerte
  Que en su defensa daré
  La vida una y muchas veces.
  Jóven era, cuando á Roma
  Llegó encubierto el prudente
  Alejandro, papa nuestro,
  Que la apostólica sede
  Gobernaba, sin tener
  Donde tenerla pudiese;
  Que como la tiranía
  De los gentiles crueles
  Su sed apaga con sangre
  De la que á mártires vierte,
  Hoy la primitiva Iglesia
  Ocultos sus hijos tiene;
  No porque el morir rehusan,
  No porque el martirio temen,
  Sino porque de una vez
  No acabe el rigor rebelde
  Con todos, y destruida
  La Iglesia, en ella no quede
  Quien catequice al gentil,
  Quien le predique y le enseñe.
  A Roma, pues, Alejandro
  Llegó; y yendo oculto á verle,
  Recibí su bendicion,
  Y de su mano clemente
  Todos los órdenes sacros,
  A cuya dignidad tiene
  Envidia el ángel, pues solo
  El hombre serlo merece.
  Mandóme Alejandro pues
  Que á Antioquía me partiese
  A predicar de secreto
  La ley de Cristo. Obediente,
  Peregrinando á merced
  De tantas diversas gentes,
  A Antioquía vine; y cuando
  Desde aquestos eminentes
  Montes llegué á descubrir
  Sus dorados chapiteles,
  El sol me faltó, y llevando
  Tras sí el dia, por hacerme
  Compañía me dejó
  A que le sostituyesen
  Las estrellas, como en prendas
  De que presto vendria á verme.
  Con el sol perdí el camino,
  Y vagueando tristemente
  En lo intrincado del monte,
  Me hallé en un oculto albergue,
  Donde los trémulos rayos
  De tanta antorcha viviente,
  Aun no se dejaban ya
  Ver, porque confusamente
  Servian de nubes pardas
  Las que fueron hojas verdes.
  Aquí, dispuesto á esperar
  Que otra vez el sol saliese,
  Dando á la imaginacion
  La jurisdiccion que tiene,
  Con las soledades hice
  Mil discursos diferentes.
  Desta suerte, pues, estaba,
  Cuando, de un suspiro leve
  El eco mal informado,
  La mitad al dueño vuelve.
  Retraje al oido todos
  Mis sentidos juntamente,
  Y volví á oir más distinto
  Aquel aliento y más débil,
  Mudo idioma de los tristes,
  Pues con él solo se entienden.
  De mujer era el gemido,
  A cuyo aliento sucede
  La voz de un hombre, que á media
  Voz decia desta suerte:
  «Primer mancha de la sangre
  Más noble, á mis manos muere,
  Ántes que á morir á manos
  De infames verdugos llegues.»
  La infeliz mujer decia
  En medias razones breves:
  «Duélete tú de tu sangre,
  Ya que de mí no te dueles.»
  Llegar pretendí yo entónces
  A estorbar rigor tan fuerte;
  Mas no pude, porque al punto
  Las voces se desvanecen,
  Y ví al hombre en un caballo,
  Que entre los troncos se pierde.
  Iman fué de mi piedad
  La voz, que ya balbuciente
  Y desmayada decia,
  Gimiendo y llorando á veces:
  «Mártir muero, pues que muero
  Por cristiana y inocente;»
  Y siguiendo de la voz
  El norte, en espacio breve
  Llegué donde una mujer,
  Que apénas dejaba verse,
  Estaba á brazo partido
  Luchando ya con la muerte.
  Apénas me sintió, cuando
  Dijo, esforzándose: «Vuelve,
  Sangriento homicida mio,
  Ni áun este instante me dejes
  De vida.—No soy (le dije)
  Sino quien acaso viene,
  Quizá del cielo guiado,
  A valeros en tan fuerte
  Ocasion.—Ya que imposible
  Es (dijo) el favor que ofrece
  Vuestra piedad á mi vida
  Pues que por puntos fallece,
  Lógrese en esa infeliz,
  En quien hoy el cielo quiere,
  Naciendo de mi sepulcro,
  Que mis desdichas herede.»
  Y espirando, ví...


ESCENA VIII.

LIVIA.—JUSTINA, LISANDRO.

LIVIA.

                     Señor,
  El mercader á quien debes
  Aquel dinero, á buscarte
  Hoy con la justicia viene.
  Que no estás en casa, dije:
  Por esotra puerta véte.

JUSTINA.

  ¡Cuánto siento que á estorbarte
  En aquesta ocasion lleguen,
  Que estaba á tu relacion
  Vida, alma y razon pendiente!
  Mas véte ahora, señor:
  La justicia no te encuentre.

LISAND.

  ¡Ay de mí! ¡qué de desaires
  La necesidad padece! _(Vase.)_

JUSTINA.

  Sin duda entran hasta aquí,
  Porque siento afuera gente.

LIVIA.

  No son ellos, Ciprïano
  Es.

JUSTINA.

      Pues ¿qué es lo que pretende
  Ciprïano aquí?


ESCENA IX.

CIPRIANO, CLARIN, MOSCON.—JUSTINA, LIVIA.

CIPRIAN.

                 Serviros
  Mi deseo es solamente.
  Viendo salir la justicia
  De vuestra casa, se atreve
  Á entrar aquí mi amistad,
  Por lo que á Lisandro debe,
  Á sólo saber (_Ap._ Turbado
  Estoy.) si acaso (_Ap._ ¡Qué fuerte
  Hielo discurre mis venas!)
  En algo serviros puede
  Mi deseo. (_Ap._ ¡Qué mal dije!
  Que no es hielo, fuego es este.)

JUSTINA.

  Guárdeos el cielo mil años;
  Que en mayores intereses
  Habeis de honrar á mi padre
  Con vuestros favores.

CIPRIAN.

                        Siempre
  Estaré para serviros.
  (_Ap._ ¿Qué me turba y enmudece?)

JUSTINA.

  Él ahora no está en casa.

CIPRIAN.

  Luego bien, señora, puede
  Mi voz decir la ocasion
  Que aquí me trae, claramente;
  Que no es la que habeis oido,
  La que sola á entrar me mueve
  Á veros.

JUSTINA.

           Pues ¿qué mandais?

CIPRIAN.

  Que me oigais. Yo seré breve.
  Hermosísima Justina,
  En quien hoy obstenta ufana
  La naturaleza humana
  Tantas señas de divina:
  Vuestra quietud determina
  Hallar mi deseo este dia;
  Pero ved que es tiranía,
  Como el efecto lo muestra,
  Que os dé yo la quietud vuestra,
  Y vos me quiteis la mia.
  Lelio, de su amor movido
  (¡No ví amor más disculpado!),
  Floro, de su amor llevado
  (¡No ví error más permitido!),
  El uno y otro han querido
  Por vos matarse los dos:
  Por vos lo he estorbado (¡ay Dios!);
  Pero ved que es error fuerte
  Que yo quite á otros la muerte,
  Para que me la deis vos.
  Por excusar el que hubiera
  Escándalo en el lugar,
  De su parte os vengo á hablar
  (¡Oh nunca á hablaros viniera!),
  Porque vuestra eleccion fuera
  Árbitro de sus recelos,
  Como juez de sus desvelos;
  Pero ved que es gran rigor
  Que yo componga su amor,
  Y vos dispongais mis celos.
  Hablaros, pues, ofrecí,
  Señora, para que vos
  Escogierais de los dos
  Cuál quereis (¡infeliz fuí!)
  Que á vuestro padre (¡ay de mí!)
  Os pida. Aquesto pretendo;
  Pero ved (estoy muriendo)
  Que es injusto (estoy temblando)
  Que esté por ellos hablando,
  Y que esté por mí sintiendo.

JUSTINA.

  De tal manera he extrañado
  Vuestra vil proposicion,
  Que el discurso y la razon
  En un punto me han faltado.
  Ni á Floro ocasion he dado
  Ni á Lelio, para que así
  Vos os atrevais aquí:
  Y bien pudiérades vos
  Escarmentar en los dos
  Del rigor que vive en mí.

CIPRIAN.

  Si yo, por haber querido
  Vos á alguno, pretendiera
  Vuestro favor, mi amor fuera
  Necio, infame y mal nacido.
  Ántes por haber vos sido
  Firme roca á tantos mares,
  Os quiero, y en los pesares
  No escarmiento de los dos;
  Que yo no quiero que vos
  Me querais por ejemplares.
  ¿Qué diré á Lelio?

JUSTINA.

                     Que crea
  Los costosos desengaños
  De un amor de tantos años.

CIPRIAN.

  ¿Y á Floro?

JUSTINA.

              Que no me vea.

CIPRIAN.

  ¿Y á mí?

JUSTINA.

           Que osado no sea
  Vuestro amor.

CIPRIAN.

                ¿Cómo, si es dios?

JUSTINA.

  ¿Será más dios para vos,
  Que para los dos lo ha sido?

CIPRIAN.

  Sí.

JUSTINA.

      Pues ya yo he respondido
  Á Lelio, á Floro y á vos.

_(Vase, y tambien Cipriano.)_


ESCENA X.

CLARIN, MOSCON, LIVIA.

CLARIN.

  Señora Livia.

MOSCON.

                Señora
  Livia.

CLARIN.

  Aquí estamos los dos.

LIVIA.

  Pues ¿qué quereis vos? Y vos
  ¿Qué quereis?

CLARIN.

                Que usted ahora,
  Por si por dicha lo ignora,
  Sepa que bien la queremos.
  Para matarnos nos vemos;
  Pero atentos á no dar
  Escándalo en el lugar,
  Que uno escoja pretendemos.

LIVIA.

  Es tan grande el sentimiento
  De que así me hayais hablado,
  Que mi dolor me ha dejado
  Sin razon ni entendimiento.
  ¡Que uno escoja! ¿Hay sufrimiento
  En lance tan importuno?
  ¡Uno yo! ¿Pues oportuno
  No es para tener (¡ay Dios!)
  Este ingenio á un tiempo dos
  Que quereis que escoja uno?

CLARIN.

  ¿Dos á un tiempo, cómo quieres?
  ¿No te embarazaran dos?

LIVIA.

  No, que de dos en dos los
  Digerimos las mujeres.

MOSCON.

  ¿De qué suerte te prefieres
  Á eso?

LIVIA.

         ¡Qué necia porfía!
  Queriéndôs la lealtad mia...

MOSCON.

  ¿Cómo?

LIVIA.

  _Alternative._

CLARIN.

                        Pues
  ¿Qué es _alternative_?

LIVIA.

                         Es
  Querer á cada uno un dia. _(Vase.)_

MOSCON.

  Pues yo escojo este primero.

CLARIN.

  Mayor será el de mañana:
  Yo le doy de buena gana.

MOSCON.

  Livia, en fin, por quien yo muero,
  Hoy me quiere, y hoy la quiero.
  Bien es que tal dicha goce.

CLARIN.

  Oye usted, ya me conoce.

MOSCON.

  ¿Por qué lo dice? Concluya.

CLARIN.

  Porque sepa que no es suya,
  Así como den las doce. _(Vase.)_


       *       *       *       *       *


_Calle._


ESCENA XI.

FLORO Y LELIO, _de noche, cada uno por su parte_.

LELIO.

  _(Para sí.)_ Apénas la oscura noche
  Extendió su manto negro,
  Cuando yo á adorar la esfera
  De aquestos umbrales vengo;
  Que aunque hoy por Ciprïano
  Tengo suspenso el acero,
  No el afecto; que no pueden
  Suspenderse los afectos.

FLORO.

  _(Para sí.)_ Aquí me ha de hallar el alba;
  Que en otra parte violento
  Estoy, porque en fin, en otra
  Estoy fuera de mi centro.
  ¡Quiera amor que llegue el dia
  Y la respuesta que espero
  Con Ciprïano, tocando
  Ó la ventura ó el riesgo!

LELIO.

  _(Ap.)_ Ruido en aquella ventana
  He sentido.

FLORO.

  _(Ap.)_     Ruido han hecho
  En aquel balcon.


ESCENA XII.

EL DEMONIO, _abriendo una ventana de casa de Lisandro_.—FLORO, LELIO.

LELIO.

  _(Ap.)_          Un bulto
  Sale dél, á lo que puedo
  Distinguir.

FLORO.

  _(Ap.)_     Gente se asoma
  Á él, que entre sombras veo.

DEMONIO.

  _(Para sí.)_ Para las persecuciones
  Que hacer en Justina intento,
  Á disfamar su virtud
  Desta manera me atrevo.

_(Baja por una escalera.)_

LELIO.

  _(Ap.)_ Mas ¡ay infeliz! ¡Qué miro!

FLORO.

  _(Ap.)_ Pero ¡ay infeliz! ¡Qué veo!

LELIO.

  _(Ap.)_ El negro bulto se arroja
  Ya desde el balcon al suelo.

FLORO.

  _(Ap.)_ Un hombre es, que de su casa
  Sale. No me mateis, celos,
  Hasta que sepa quién es.

LELIO.

  _(Ap.)_ Reconocerle pretendo,
  Y averiguar de una vez
  Quién logra el bien que yo pierdo.

_(Llegan los dos con las espadas desnudas á reconocer quién bajó.)_

DEMONIO.

  _(Para sí.)_ No sólo he de conseguir
  Hoy de Justina el desprecio,
  Sino rencores y muertes.
  Ya llegan: ábrase el centro,
  Dejando esta confusion
  A sus ojos.

_(Húndese, y quedan frente á frente Floro y Lelio.)_


ESCENA XIII.

FLORO, LELIO.

LELIO.

              Caballero,
  Quienquiera que seais, á mí
  Me ha importado conoceros;
  Y á todo trance restado
  Con esta demanda vengo.
  Decid quién sois.

FLORO.

                    Si os obliga
  A tan valiente despecho
  Saber en quién ha caido
  Vuestro amoroso secreto,
  Más que á vos el conocerme,
  Me importa á mí el conoceros;
  Que en vos es curiosidad,
  Y en mí más, porque son celos.
  ¡Vive Dios, que he de saber
  Quién es de la casa dueño,
  Y quién á estas horas gana,
  Por ese balcon saliendo,
  Lo que yo pierdo llorando
  A estas rejas!

LELIO.

                 ¡Bueno es eso,
  Querer deslumbrar ahora
  La luz de mis sentimientos,
  Atribuyéndome á mí
  Delito que sólo es vuestro!
  Quién sois tengo de saber,
  Y dar muerte á quien me ha muerto
  De celos, saliendo ahora
  Por ese balcon.

FLORO.

                  ¡Qué necio
  Recato, encubrirse, cuando
  Está el amor descubriendo!

LELIO.

  En vano la lengua apura
  Lo que mejor el acero
  Hará.

FLORO.

        Con él os respondo. _(Riñen los dos.)_

LELIO.

  Quién ha sido, saber tengo,
  Hoy el admitido amante
  De Justina.

FLORO.

              Ese es mi intento.
  Moriré, ó sabré quién sois.


ESCENA XIV.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.—FLORO, LELIO.

CIPRIAN.

  Caballeros, deteneos,
  Si á aquesto puede obligaros
  Haber llegado á este tiempo.

FLORO.

  Nada me puede obligar.
  A que deje el fin que intento.

CIPRIAN.

  ¿Floro?

FLORO.

          Sí, que con la espada
  En la mano, nunca niego
  Mi nombre.

CIPRIAN.

             A tu lado estoy;
  Muera quien te ofende.

LELIO.

                         Ménos
  Que temer me dareis todos,
  Que él me daba solo.

CIPRIAN.

                       ¿Lelio?

LELIO.

  Sí.

CIPRIAN.

      Ya no estoy á tu lado, _(A Floro.)_
  Porque es fuerza estar en medio.
  ¿Qué es esto? ¡En un dia dos veces
  He de hallarme á componeros!

LELIO.

  Esta la última será,
  Porque ya estamos compuestos;
  Que con haber conocido
  Quién es de Justina dueño,
  No le queda á mi esperanza
  Ni áun el menor pensamiento.
  Si no has hablado á Justina,
  Que no la hables te ruego
  De parte de mis agravios
  Y mis desdichas, habiendo
  Visto que Floro merece
  Sus favores en secreto.
  Dese balcon ha bajado
  De gozar el bien que pierdo;
  Y no es mi amor tan infame,
  Que haya de querer, atento
  A celos averiguados,
  Con desengaños tan ciertos. _(Vase.)_

FLORO.

  Espera.


ESCENA XV.

CIPRIANO, FLORO, MOSCON, CLARIN.

CIPRIAN.

          No has de seguirle
  (_Ap._ De haberle oido estoy muerto);
  Que si es él el que ha perdido
  Lo que has ganado, y dispuesto
  A olvidar está, no es bien
  Apurar su sufrimiento.

FLORO.

  Tú y él apurais el mio
  Con estas cosas á un tiempo;
  Y así, á Justina no hables
  Por mí; que aunque yo pretendo
  A costa de mis agravios
  Vengarme de mis desprecios,
  Ya la esperanza de ser
  Suyo cesó, porque creo
  Que no es noble el que porfía
  Sobre averiguados celos. _(Vase.)_


ESCENA XVI.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.

CIPRIAN.

  (_Ap._ ¿Qué es esto, cielos? ¿qué escucho?
  ¿El uno del otro á un tiempo
  Unos mismos celos tienen?
  ¿Yo de uno y otro los tengo?
  Los dos sin duda padecen
  Algun engaño, y yo tengo
  Que agradecerles, pues ya
  Los dos desisten en esto
  De su pretension. Desdichas,
  Aunque haya sido consuelo
  Este discurso, buscado
  De mis ánsias, le agradezco.)
  Moscon, prevenme mañana
  Galas; Clarin, tráeme luego
  Espada y plumas; que amor
  Se regala en el objeto
  Airoso y lucido; y ya,
  Ni libros ni estudios quiero,
  Porque digan que es amor
  Homicida del ingenio. _(Vanse.)_



JORNADA SEGUNDA.


ESCENA PRIMERA.

CIPRIANO, MOSCON Y CLARIN, _vestidos de gala_.

CIPRIAN.

  (_Ap._ Altos pensamientos mios,
  ¿Dónde, dónde me traeis,
  Si ya por cierto teneis
  Que son locos desvaríos
  Los que osados intentais,
  Pues atreviendôs al cielo,
  Precipitados de un vuelo
  Hasta el abismo bajais?
  Ví á Justina... ¡Á Dios pluguiera
  Que nunca viera á Justina,
  Ni en su perfeccion divina
  La luz de la cuarta esfera!
  Dos amantes la pretenden,
  Uno del otro ofendido;
  Y yo á dos celos rendido,
  Aun no sé los que me ofenden:
  Sólo sé que mis recelos
  Me despeñan con sus furias
  De un desden á las injurias,
  De un agravio á los desvelos.
  Todo lo demas ignoro,
  Y en tan abrasado empeño,
  Cielos, Justina es mi dueño,
  Cielos, á Justina adoro.)
  Moscon.

MOSCON.

          Señor.

CIPRIAN.

                 Vé si está
  Lisandro en casa.

MOSCON.

                    Es razon.

CLARIN.

  No es; yo iré, porque Moscon
  Hoy no puede entrar allá.

CIPRIAN.

  ¡Oh qué cansada porfía
  Siempre la de los dos fué!
  ¿Por qué no puede? ¿por qué?

CLARIN.

  Porque hoy, señor, no es su dia;
  Mio sí, y de buena gana
  A dar el recado voy;
  Que yo allá puedo entrar hoy,
  Y Moscon no, hasta mañana.

CIPRIAN.

  ¿Qué nueva locura es esta,
  Añadida al porfiar?
  Ni tú ni él habeis de entrar
  Ya, pues su luz manifiesta
  Justina.

CLARIN.

           De fuera viene
  Hácia su casa.


ESCENA II.

JUSTINA Y LIVIA, _con mantos_.—CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.

JUSTINA.

                 ¡Ay de mí!
  Livia, Cipriano está aquí. _(Ap. á ella.)_

CIPRIAN.

  (_Ap._ Disimular me conviene
  De mis celos los desvelos,
  Hasta apurarlos mejor.
  Sólo la hablaré en mi amor,
  Si lo permiten mis celos.)
  No en vano, señora, ha sido
  Haber el traje mudado,
  Para que, como criado,
  Pueda á vuestros piés rendido
  Serviros. Á mereceros
  Esto lleguen mis suspiros:
  Dad licencia de serviros,
  Pues no la dais de quereros.

JUSTINA.

  Poco, señor, han podido
  Mis desengaños con vos,
  Pues que no han podido...

CIPRIAN.

                            ¡Ay Dios!

JUSTINA.

  Mereceros un olvido.
  ¿De qué manera quereis
  Que os diga cuánto es en vano
  La asistencia, Ciprïano,
  Que á mis umbrales teneis?
  Si dias, si meses, si años,
  Si siglos á ellos estais,
  No espereis que á ellos oigais
  Sino solos desengaños:
  Porque es mi rigor de suerte,
  De suerte mis males fieros,
  Que es imposible quereros,
  Ciprïano, hasta la muerte. _(Vase retirando.)_

CIPRIAN.

  _(Siguiéndola.)_ La esperanza que me dais,
  Ya dichoso puede hacerme.
  Si en muerte habeis de quererme,
  Muy corto plazo tomais.
  Yo le acepto, y si á advertir
  Llegais cuán presto ha de ser,
  Empezad vos á querer,
  Que ya empiezo yo á morir. _(Vase Justina.)_


ESCENA III.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN, LIVIA.

CLARIN.

  En tanto que mi señor,
  Livia, triste y discursivo,
  Está de esqueleto vivo
  Desengañando su amor,
  Dáme los brazos.

LIVIA.

                   Paciencia
  Ten, miéntras que considero
  Si es tu dia; que no quiero
  Encargar yo mi conciencia.—
  Mártes sí, miércoles no.

CLARIN.

  ¿Qué cuentas, pues ha callado
  Moscon?

LIVIA.

          Puede haberse errado,
  Y no quiero errarme yo;
  Porque no quiero, si arguyo
  Que justicia he de guardar,
  Condenarme por no dar
  A cada uno lo que es suyo.—
  Pero bien dices, tu dia
  Es hoy.

CLARIN.

          Pues dáme los brazos.

LIVIA.

  Con mil amorosos lazos.

MOSCON.

  ¿Oye usarced, reina mia?
  Bien ve usarced, con la gana
  Que hoy aquesos lazos hace:
  Dígolo porque me abrace
  Con la misma á mí mañana.

LIVIA.

  Excusada es la sospecha
  De que á usted no satisfaga,
  Ni quiera Júpiter que haga
  Yo una cosa tan mal hecha
  Como usar de demasía
  Con nadie. Yo abrazaré
  Con mucha equidad á usté
  Cuando le toque su dia. _(Vase.)_


ESCENA IV.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.

CLARIN.

  Por lo ménos, no he de vello
  Yo.

MOSCON.

      Pues eso ¿qué ha importado?
  ¿Puede á mí haberme agraviado
  Jamás, si reparo en ello.
  Una moza que no es mia?

CLARIN.

  No.

MOSCON.

      Luego yo bien porfío
  Que no ha sido en daño mio
  Lo que no ha sido en mi dia.
  Mas ¿qué hace nuestro amo allí
  Tan suspenso?

CLARIN.

                Por si á hablar
  Llega algo, quiero escuchar.

MOSCON.

  Y yo tambien.

CIPRIAN.

                ¡Ay de mí!

_(Al irse acercando cada uno por su lado. Cipriano con la accion les da
á entrambos.)_

  ¡Que tanto, amor, desconfíes!

CLARIN.

  ¡Ay de mí!

MOSCON.

             ¡Ay de mí! tambien.

CLARIN.

  Llamar á este sitio es bien
  La isla de los ay-de-míes.

CIPRIAN.

  ¿Aquí estábades los dos?

CLARIN.

  Yo bien juraré que estaba.

MOSCON.

  Yo y todo.

CIPRIAN.

             Desdicha, acaba
  De una vez conmigo. ¡Ay Dios!
  ¿Vióse en tan nuevos extremos
  El humano corazon? _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Campo._


ESCENA V.

CIPRIANO, CLARIN, MOSCON.

CLARIN.

  ¿Adónde vamos, Moscon?

MOSCON.

  En llegando lo sabremos
  Pero fuera del lugar
  Camina.

CLARIN.

          Excusado es
  Salirnos al campo, pues
  No tenemos que estudiar.

CIPRIAN.

  Clarin, véte á casa.

MOSCON.

                       ¿Y yo?

CLARIN.

  ¿Tú te habias de quedar?

CIPRIAN.

  Los dos me habeis de dejar.

CLARIN.

  A entrambos nos lo mandó.

_(Vanse Clarin y Moscon.)_


ESCENA VI.

CIPRIANO.

  Confusa memoria mia,
  No tan poderosa estés,
  Que me persuadas que es
  Otra alma la que me guía.
  Idólatra me cegué,
  Ambicioso me perdí,
  Porque una hermosura ví,
  Porque una deidad miré;
  Y entre confusos desvelos
  De un equívoco rigor,
  Conozco á quien tengo amor,
  Y no de quien tengo celos.
  Y tanto aquesta pasion
  Arrastra mi pensamiento,
  Tanto (¡ay de mí!) este tormento
  Lleva mi imaginacion,
  Que diera (despecho es loco,
  Indigno de un noble ingenio)
  Al más diabólico genio
  (Harto al infierno provoco),
  Ya rendido, y ya sujeto
  Á penar y padecer,
  Por gozar esta mujer,
  Diera el alma.


ESCENA VII.

EL DEMONIO.—CIPRIANO.

DEMONIO.

  _(Dentro.)_    Yo la aceto.

_(Suena ruido de truenos, con tempestad y rayos.)_

CIPRIAN.

  ¿Qué es esto, cielos puros?
  ¡Claros á un tiempo, y en el mismo oscuros,
  Dando al dia desmayos!
  Los truenos, los relámpagos y rayos
  Abortan de su centro
  Los asombros que ya no caben dentro.
  De nubes todo el cielo se corona,
  Y preñado de horrores, no perdona
  El rizado copete deste monte.
  Todo nuestro horizonte
  Es ardiente pincel del Mongibelo,
  Niebla el sol, humo el aire, fuego el cielo.
  ¡Tanto ha que te dejé, filosofía,
  Que ignoro los efectos deste dia!
  Hasta el mar sobre nubes se imagina
  Desesperada ruina,
  Pues crespo sobre el viento en leves plumas,
  Le pasa por pavesas las espumas.
  Naufragando una nave,
  En todo el mar parece que no cabe;
  Pues el amparo más seguro y cierto
  Es cuando huye la piedad del puerto.
  El clamor, el asombro y el gemido
  Fatal presagio han sido
  De la muerte que espera; y lo que tarda
  Es porque esté muriendo lo que aguarda.
  Y áun en ella tambien vienen portentos;
  No son todos de cielos y elementos.
  Sin duda se vistió de la tormenta[5].
  Á chocar con la tierra
  Viene. Ya no es del mar sólo la guerra,
  Pues la que se le ofrece,
  Un peñasco le arrima en que tropiece,
  Porque la espuma en sangre se salpique.

_(Suena la tempestad, y dan voces dentro.)_

  [5] No hay verso que consuene con este. Para el metro y para el
  sentido falta algo.

_Voces._

  _(Dentro.)_ Que nos vamos á pique.

DEMONIO.

  En una tabla quiero _(Dentro.)_
  Salir á tierra, para el fin que espero.

CIPRIAN.

  Porque su horror se asombre,
  Burlando su poder, escapa un hombre,
  Y el bajel, que en las ondas ya se ofusca,
  El camarin de los tritones busca,
  Y en crespo remolino,
  Es cadáver del mar, cascado el pino.

_(Sale el Demonio, mojado, como que sale del mar.)_

DEMONIO.

  (_Para sí._ Para el prodigio que intento,
  Hoy me ha importado fingir
  Sobre campos de zafir,
  Este espantoso portento;
  Y en forma desconocida
  De la que otra vez me vió,
  Cuando en este monte yo
  Miré mi ciencia excedida,
  Vengo á hacerle nueva guerra,
  Valiéndome así mejor
  De su ingenio y de su amor.)
  Dulce madre, amada tierra,
  Dáme amparo contra aquel
  Monstruo que de sí me arroja.

CIPRIAN.

  Pierde, amigo, la congoja
  Y la memoria cruel
  De tu reciente fortuna,
  Viendo en tu mayor trabajo
  Que no hay firme bien debajo
  De los cercos de la luna.

DEMONIO.

  ¿Quién eres tú, á cuyas plantas
  Mi fortuna me ha traido?

CIPRIAN.

  Quien, de la piedad movido
  De penas y ruinas tantas,
  Serte de alivio quisiera.

DEMONIO.

  Imposible vendrá á ser;
  Que no le puedo tener
  Yo jamás.

CIPRIAN.

            ¿De qué manera?

DEMONIO.

  Todo mi bien he perdido...
  Pero sin razon me quejo,
  Pues ya con la vida dejo
  Mis memorias al olvido.

CIPRIAN.

  Ya que de aquel torbellino
  El terremoto cesó,
  Y el cielo á su paz volvió,
  Manso, quieto y cristalino,
  Con tal priesa, que su grave
  Enojo nos da á entender
  Que sólo debió de ser
  Hasta sumergir tu nave,
  Díme quién eres, siquiera
  Por la piedad que me das.

DEMONIO.

  Más de lo que has visto y más
  De lo que decir pudiera,
  Me cuesta el llegar aquí;
  Que en mi fortuna cruel,
  La menor es del bajel.
  ¿Quieres ver si es cierto?

CIPRIAN.

                             Sí.

DEMONIO.

  Yo soy, pues saberlo quieres,
  Un epílogo, un asombro
  De venturas y desdichas,
  Que unas pierdo y otras lloro.
  Tan galan fuí por mis partes,
  Por mi lustre tan heroico,
  Tan noble por mi linaje
  Y por mi ingenio tan docto,
  Que aficionado á mis prendas
  Un rey, el mayor de todos
  (Puesto que todos le temen,
  Si le ven airado el rostro),
  En su palacio cubierto
  De diamantes y piropos
  (Y áun si los llamase estrella
  Fuera el hipérbole corto),
  Me llamó valido suyo,
  Cuyo aplauso generoso
  Me dió tan grande soberbia,
  Que competí al regio solio,
  Queriendo poner las plantas
  Sobre sus dorados tronos.
  Fué bárbaro atrevimiento:
  Castigado lo conozco.
  Loco anduve; pero fuera,
  Arrepentido, más loco.
  Más quiero en mi obstinacion
  Con mis alientos briosos
  Despeñarme de bizarro,
  Que rendirme de medroso.
  Si fueron temeridades,
  No me ví en ellas tan solo,
  Que de sus mismos vasallos
  No tuviese muchos votos.
  De su corte, en fin, vencido,
  Aunque en parte victorioso,
  Salí arrojando venenos
  Por la boca y por los ojos,
  Y pregonando venganzas,
  Por ser mi agravio notorio,
  Logrando en las gentes suyas
  Insultos, muertes y robos.
  Los anchos campos del mar,
  Sangriento pirata corro,
  Argos ya de sus bajíos,
  Y lince de sus escollos.
  En aquel bajel que el viento
  Desvaneció en leves soplos;
  En aquel bajel que el mar
  Convirtió en ruina sin polvo,
  Esas campañas de vidrio
  Hoy corria codicioso,
  Hasta examinar un monte
  Piedra á piedra y tronco á tronco;
  Porque en él un hombre vive,
  Y á buscarle me dispongo,
  A que cumpla una palabra
  Que el me ha dado y yo le otorgo.
  Embistióme esta tormenta;
  Y aunque pudo prodigioso
  Mi ingenio enfrenar á un tiempo
  Al euro, al cierzo y al noto,
  No quise desesperado,
  Por otras causas, por otros
  Fines, convertirlos hoy
  En regalados favonios.
  (_Ap._ Que pude, dije, y no quise:
  Aquí de su ingenio noto
  Los riesgos, pues desta suerte
  A mágicas le aficiono.)
  No te espantes del despecho,
  Ni del prodigio tampoco:
  De aquel, porque yo con ira
  Me diera muerte á mí propio;
  Ni deste, porque con ciencias
  Daré al sol pálido asombro.
  Soy en la magia que alcanzo,
  El registro poderoso
  Desos orbes: línea á línea
  Los he discurrido todos.
  Y porque no te parezca
  Que sin ocasion blasono,
  Mira si á este mismo instante
  Quieres que lo inculto y tosco
  Deste Nembrot de peñascos,
  Más bruto que el babilonio,
  Te facilite lo horrible,
  Sin que pierda lo frondoso.
  Este soy, huérfano huésped
  Destos fresnos, destos chopos;
  Y aunque este soy, á tus plantas
  Quiero pedirte socorro;
  Y quiero en el que me dieres,
  Librarte el bien que te compro
  Con el afan de mi estudio,
  Que en experiencias abono,
  Trayéndote á tu albedrío
  (_Ap._ Aquí en el amor le toco)
  Cuanto te pida el deseo
  Más avaro y codicioso.
  Y en tanto que no le aceptes,
  Ya de cortés, ya de corto,
  Págate de los deseos,
  Si es que en tí no los malogro;
  Que por la piedad que muestras
  (Que agradezco y que conozco),
  Seré tu amigo tan firme,
  Que ni el repetido monstruo
  De sucesos, la fortuna,
  Que entre baldones y elogios,
  Próspera y adversa muestra
  Lo avaro y lo generoso;
  Ni en su contínua tarea
  Corriendo y volando á tornos
  El tiempo, iman de los siglos;
  Ni el cielo, ni el cielo proprio,
  A cuyos astros el mundo
  Debe el bellísimo adorno,
  Tendrán poder de apartarme
  De tu lado un punto sólo,
  Como aquí me des amparo;
  Y áun todo aquesto es muy poco
  Para lo que yo intereso,
  Si mis pensamientos logro.

CIPRIAN.

  Puedo decir que al mar albricias pido
  De que te hayas perdido,
  Y á este monte llegaras,
  Donde verás bien claras
  Muestras de la amistad que ya te ofrezco,
  Si feliz por mi huésped te merezco:
  Y así, vénte conmigo;
  Que he de estimarte por seguro amigo.
  Mi huésped has de ser miéntras quisieres
  Servirte de mi casa.

DEMONIO.

                       ¿Ya me quieres
  Por tuyo?

CIPRIAN.

            Con los brazos
  Firme nuestra amistad eternos lazos.
  (_Ap._ ¡Oh si á alcanzar llegase
  Que aqueste hombre la magia me enseñase!
  Pues con ella quizá mi amor podria
  En parte divertir la pena mia;
  O podria mi amor quizá con ella
  En todo conseguir la causa bella
  De mi rabia, mi furia y mi tormento.)

DEMONIO.

  _(Ap.)_ Ya al ingenio y amor le miro atento.


ESCENA VIII.

CLARIN Y MOSCON, _cada uno por su parte, corriendo_.—CIPRIANO, EL
DEMONIO.

CLARIN.

  ¿Estás vivo, señor?

MOSCON.

  _(A Clarin.)_       ¡Civilidades
  Gastas por novedades!
  Claro está, pues le miras, que está vivo.

CLARIN.

  He usado deste modo admirativo
  Para ponderacion, noble lacayo,
  Del milagro que fué no darle un rayo
  De tantos como vió aquesta montaña.

MOSCON.

  Pues el mirarlo ¿no te desengaña?

CIPRIAN.

  Estos son mis criados.—
  ¿A qué volveis?

MOSCON.

                  A darte más enfados.

DEMONIO.

  Tienen alegre humor.

CIPRIAN.

                       A mí me tienen
  Cansado, porque siempre necios vienen.

MOSCON.

  ¿Quién es aqueste hombre,
  Señor?

CIPRIAN.

         Un huésped mio, no os asombre.

CLARIN.

  ¿Para qué quieres huéspedes ahora?

CIPRIAN.

  _(Al Demonio)_ Lo que merece tu valor ignora.

MOSCON.

  Mi señor hace bien. ¿Has de heredalle?

CLARIN.

  No; pero tiene talle
  El tal huésped, si acaso no me engaño,
  De estarse en casa un año y otro año.

MOSCON.

  ¿De qué lo infieres?

CLARIN.

                       Cuando aprisa pasa
  Un huésped, decir suelen: «No hará en casa
  Mucho humo;» y de aqueste...

MOSCON.

                               Dí.

CLARIN.

                                   Presumo...

MOSCON.

  ¿Qué?

CLARIN.

        Que ha de hacer en casa mucho humo.

CIPRIAN.

  Para que te repares
  De las iras del mar y tus pesares,
  Vénte conmigo.

DEMONIO.

                 Voy á obedecerte.

CIPRIAN.

  Tu descanso procuro.

DEMONIO.

  _(Ap.)_              Yo tu muerte.
  Y pues ya he conseguido
  El mirarme contigo introducido,
  Ir á alterar mi saña determina
  De otra suerte tambien la de Justina.

_(Vanse Cipriano y el Demonio.)_

CLARIN.

  ¿No sabes qué he pensado?

MOSCON.

  ¿Qué?

CLARIN.

        Que del terremoto ha reventado
  Algun volcan; que mucho azufre he olido.

MOSCON.

  Que es el huésped á mí me ha parecido.

CLARIN.

  Malas pastillas gasta. Mas ya infiero
  La causa.

MOSCON.

            ¿Qué es?

CLARIN.

                     El pobre caballero
  Debe de tener sarna, y hase untado
  Con ungüento de azufre.

MOSCON.

  En ello has dado.

_(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Calle._


ESCENA IX.

LELIO, FABIO.

FABIO.

  En fin, ¿vuelves á esta calle?

LELIO.

  La vida en ella perdí,
  Y vuelvo á buscarla aquí:
  Quiera amor que yo la halle.
  ¡Ay de mí!

FABIO.

             A la puerta estás
  De la casa de Justina.

LELIO.

  ¿Qué importa, si hoy determina
  Mi amor declararse más?
  Que pues á ver he llegado
  Que á otro de noche se fía,
  No es mucho que yo de dia
  Desahogue mi cuidado.
  Retírate tú, porque
  El entrar solo es mejor.
  Mi padre es gobernador
  De Antioquía: bien podré
  Con este aliento y la furia
  Que á despeñarme camina,
  En casa entrar de Justina,
  Y quejarme de su injuria. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Sala en casa de Lisandro._


ESCENA X.

JUSTINA; _y luego_, LELIO.

JUSTINA.

  Livia... Mas ¿quién está al paso?

_(Sale Lelio.)_

LELIO.

  Yo soy.

JUSTINA.

          Pues ¿qué novedad,
  Señor, qué temeridad
  Obliga?...

LELIO.

             Cuando me abraso
  Tanto, á mis celos sujeto,
  No lo he de estar á tu honor.
  Perdona, que con mi amor
  Ha espirado tu respeto.

JUSTINA.

  ¿Pues cómo tan atrevido
  Osas...

LELIO.

          Como estoy furioso.

JUSTINA.

  Entrar...

LELIO.

            Como estoy celoso.

JUSTINA.

  Aquí...

LELIO.

          Como estoy perdido.

JUSTINA.

  Sin advertir y sin ver
  El escándalo que da
  Que?...

LELIO.

          No te aflijas, pues ya
  Tienes poco que perder.

JUSTINA.

  Mira, Lelio, mi opinion.

LELIO.

  Justina, eso mejor fuera
  Que tu voz se lo dijera
  A quien por ese balcon
  Sale de noche. No quiero
  Más de que sepas que sé
  Tus liviandades, por que
  Ménos ingrato y severo
  Tu honor esté con mi amor;
  Que es tu desden más injusto
  Porque tienes otro gusto,
  Que porque tienes honor.

JUSTINA.

  Calla, calla, no hables más.
  ¿Quién en mi casa se atreve,
  Ni quién en mi ofensa mueve
  Paso y voz? ¿Tan ciego estás,
  Tan atrevido, tan loco,
  Que con fingidas quimeras
  Eclipsar las luces quieras
  Que áun al sol tienen en poco?
  ¿Hombre de mi casa...

LELIO.

                        Sí.

JUSTINA.

  Por mi balcon?...

LELIO.

                    Mi dolor
  Lo diga, ingrata.

JUSTINA.

                    ¡Ay honor!
  Volved por vos y por mí.


ESCENA XI.

EL DEMONIO, _por la puerta que está á espaldas de Justina_.—DICHOS.

DEMONIO.

  _(Ap.)_ Acudiendo mi furor
  A los dos cargos que tengo,
  A esta casa á entablar vengo
  El escándalo mayor
  Del mundo; y pues ya este amante
  Tan despechado y tan ciego
  Está, avívese su fuego.
  Ponerme quiero delante,
  Y como huyendo, despues
  De ser visto, retirarme.

_(Hace como que va á salir, y en viéndole Lelio, se reboza y vuelve á
entrarse.)_

JUSTINA.

  Hombre, ¿vienes á matarme?

LELIO.

  No, sino á morir.

JUSTINA.

                    ¿Qué ves,
  Que de nuevo te has mudado?

LELIO.

  Los engaños tuyos veo.
  Dí ahora que mi deseo
  Mis ofensas ha inventado.
  Un hombre deste aposento
  Iba á salir: como vió
  Gente, embozado volvió
  A retirarse.

JUSTINA.

               En el viento
  Te finge tu fantasía
  Ilusiones.

LELIO.

             ¡Pena brava!

JUSTINA.

  ¿Pues de noche no bastaba,
  Lelio, mas tambien de dia
  La luz quieres engañar?

LELIO.

  Si es engaño ó no es engaño,
  Así veré el desengaño.

_(Éntrase por donde estaba el Demonio.)_

JUSTINA.

  No te lo quiero excusar.
  Porque la inocencia mia,
  A costa desta licencia,
  Desvanezca la apariencia
  De la noche con el dia.


ESCENA XII.

LISANDRO.—JUSTINA; LELIO, _dentro_.

LISAND.

  Justina.

JUSTINA.

  _(Ap.)_  Esto me faltaba.
  ¡Ay de mí, si Lelio sale,
  Estando Lisandro aquí!

LISAND.

  Mis desdichas, mis pesares
  Vengo á consolar contigo.

JUSTINA.

  ¿Qué tienes, que en el semblante
  Muestras disgusto y tristeza?

LISAND.

  No es mucho, cuando se rasgue
  El corazon. Con el llanto
  Pasar no puedo adelante.

_(Aparece Lelio á la puerta del cuarto.)_

LELIO.

  _(Ap.)_ Ahora acabo de creer
  Que sombra los celos hacen,
  Pues no está en este aposento,
  Ni tuvo por dónde echarse
  El hombre que ví.

JUSTINA.

  _(Ap. á Lelio.)_  No salgas,
  Lelio, que está aquí mi padre.

LELIO.

  Esperaré á que se ausente,
  Convalecido en mis males. _(Retírase.)_

JUSTINA.

  ¿De qué lloras? ¿Qué suspiras?
  ¿Qué tienes, señor? ¿Qué traes?

LISAND.

  Tengo el dolor más sensible,
  Traigo la pena más grave
  Que vió la tierna piedad,
  Para ejemplos miserables,
  Con que la crueldad se baña
  De tanta inocente sangre.
  Al Gobernador envía
  El césar Decio inviolable
  Un decreto... Hablar no puedo.

JUSTINA.

  _(Ap.)_ ¿Quién vió pena semejante?
  Lisandro, compadecido
  De los cristianos ultrajes,
  Conmigo habla, sin saber
  Que Lelio puede escucharle,
  Hijo del Gobernador.

LISAND.

  En fin, Justina...

JUSTINA.

                     No pases,
  Señor, si así has de sentirlo,
  Con el discurso adelante.

LISAND.

  Déjame que le repita;
  Que contigo, es aliviarle.
  En él manda...

JUSTINA.

                 No prosigas,
  Cuando es tan justo que engañes
  Tu vejez con más sosiego.

LISAND.

  Cuando, porque me acompañes
  En los sentimientos vivos
  Que bastan para matarme,
  Te doy cuenta del decreto
  Más cruel que vió la márgen
  Del Tiber, con sangre escrito
  Para manchar sus cristales,
  ¡Me diviertes! De otra suerte
  Solias, Justina, escucharme
  Estas lástimas.

JUSTINA.

                  Señor,
  No son los tiempos iguales.

LELIO.

  _(Ap. al paño.)_ No oigo todo lo que hablan,
  Sino destroncado á partes.


ESCENA XIII.

FLORO, JUSTINA, LISANDRO; LELIO, _al paño_.

FLORO.

  _(Ap.)_ Licencia tiene un celoso
  Que llega á desengañarse
  De una hipócrita virtud,
  Sin que más respetos guarde.
  Con este intento hasta aquí...
  Mas con ella está su padre:
  Esperaré otra ocasion.

LISAND.

  ¿Quién pisa aquestos umbrales?

FLORO.

  (_Ap._ Ya no es posible ¡ay de mí!
  Que me vuelva sin hablarle.
  Daréle alguna disculpa.)
  Yo soy...

LISAND.

            ¿Tú en mi casa?

FLORO.

                            A hablarte
  Vengo, si me das licencia,
  Sobre un negocio importante.

JUSTINA.

  _(Ap.)_ Duélete de mí, fortuna;
  Que son estos muchos lances.

LISAND.

  Pues ¿qué mandas?

FLORO.

  _(Ap.)_           ¿Qué diré
  Que deste empeño me saque?

LELIO.

  _(Al paño.)_ ¡Floro en casa de Justina
  Con libertad entra y sale!
  Si son fingidos aquellos
  Celos, ya estos son verdades.

LISAND.

  Mudado traes el color.

FLORO.

  No te admires, no te espantes,
  Que vengo á darte un aviso,
  Que es á tu vida importante,
  De un enemigo que tienes,
  Que de tu muerte en alcance
  Anda. Esto basta que diga.

LISAND.

  _(Ap._ Sin duda que Floro sabe
  Que yo soy cristiano, y viene
  Con esta causa á avisarme
  De mi peligro.) Prosigue,
  Y nada, Floro, me calles.


ESCENA XIV.

LIVIA.—JUSTINA, LISANDRO, FLORO; LELIO, _al paño_.

LIVIA.

  Señor, el Gobernador
  Me ha mandado que te llame,
  Y á la puerta está esperando.

FLORO.

  Mejor será que yo aguarde:
  (_Ap._ Pensaré en tanto el engaño)
  Y así es bien que le despaches,

LISAND.

  Estimo tu cortesía.
  Aquí volveré al instante.

_(Vasen Lisandro y Livia.)_


ESCENA XV.

JUSTINA, FLORO; LELIO, _al paño_.

FLORO.

  ¿Eres tú la virtüosa
  Que á las lisonjas süaves
  Del templado viento llamas
  Descomedidos ultrajes?
  Pues ¿cómo de tu recato
  Y de tu casa las llaves
  Rendiste?

JUSTINA.

            Floro, detente:
  No tan descortés agravies
  Opinion de quien el sol
  Hizo el más costoso exámen
  De pura y limpia.

FLORO.

                    Ya llega
  Aquesa vanidad tarde,
  Pues ya yo sé á quién has dado
  Libre entrada...

JUSTINA.

                   ¿Qué así hables?

FLORO.

  Por un balcon.

JUSTINA.

                 No pronuncies...

FLORO.

  A tu honor...

JUSTINA.

                ¿Que así me trates?

FLORO.

  Sí, que no merecen más
  Hipócritas humildades.

LELIO.

  _(Ap.)_ Floro no fué el del balcon.
  Sin duda que hay otro amante,
  Puesto que ni él ni yo fuimos.

JUSTINA.

  Pues tienes ilustre sangre,
  No ofendas nobles mujeres.

FLORO.

  ¡Que noble mujer te llames,
  Cuando á tus brazos le admites,
  Y por tus balcones sale!
  Rindióte el poder; que como
  Es gobernador su padre,
  Te llevó la vanidad
  De ver que á Antioquía mande...

LELIO.

  _(Ap.)_ De mí habla.

FLORO.

                       Sin mirar
  Otros defectos más grandes,
  Que la autoridad encubre
  En sus costumbres y sangre.
  Pero no...

_(Sale Lelio.)_

LELIO.

             Floro, detente,
  Y no en mi ausencia me agravies;
  Que hablar del competidor
  Mal, es de pechos cobardes.
  Y salgo á que no prosigas,
  Corrido de tantos lances
  Como contigo he tenido,
  Sin que en ninguno te mate.

JUSTINA.

  ¿Quién, sin culpa, se vió nunca
  En tan peligrosos lances?

FLORO.

  Cuanto yo de tí dijera
  Detras, te diré delante,
  Y es verdad no sospechosa.

_(Empuñan las espadas.)_

JUSTINA.

  Tente, Lelio; Floro, ¿qué haces?

LELIO.

  Tomar la satisfaccion
  Adonde escucho el desaire.

FLORO.

  Sustentaré lo que dije
  Donde lo dije.

JUSTINA.

                 ¡Libradme,
  Cielos, de tantas fortunas!

FLORO.

  Y yo sabré castigarte.


ESCENA XVI.

EL GOBERNADOR, LISANDRO, GENTE.—JUSTINA, LELIO, FLORO.

TODOS LOS QUE SALEN

  Tenéos.

JUSTINA.

          ¡Ay infelice!

GOBERN.

  ¿Qué es esto? Mas ¿no es bastante
  Indicio espadas desnudas,
  Para que pueda informarme?

JUSTINA.

  ¡Qué desdicha!

LISAND.

                 ¡Qué pesar!

LELIO.

  Señor...

GOBERN.

           Baste, Lelio, baste.
  ¿Tú inquieto, siendo mi hijo?
  ¿Tú de mi favor te vales
  Para alterar á Antioquía?

LELIO.

  Señor, advierte...

GOBERN.

                     Llevadles;
  Que no ha de haber excepcion,
  Ni privilegios de sangre,
  Para no igualar castigos,
  Pues son las culpas iguales.

LELIO.

  _(Ap.)_ Celos traje, y llevo agravios.

FLORO.

  _(Ap.)_ Penas á penas se añaden.

GOBERN.

  En diferentes prisiones,
  Y con gente que los guarde,
  A los dos tened.—Y vos,
  Lisandro, ¿tan nobles partes
  Es posible que mancheis,
  Sufriendo?...

LISAND.

                No, no os engañen
  Deslumbradas apariencias,
  Porque Justina no sabe
  La ocasion.

GOBERN.

              ¿Dentro en su casa
  Quereis que viva ignorante,
  Mozos ellos, y ella hermosa?
  En peligro tan culpable
  Me templo, porque no digan
  Que sentencio como parte,
  Siendo apasionado juez;
  Mas vos que esto ocasionasteis,
  Ya perdida la vergüenza,
  Sé que volveréis á darme
  Ocasion (que la deseo)
  Para que nos desengañen
  De vuestra virtud mentida
  Verdaderas liviandades.

_(Vanse el Gobernador y la gente, con Lelio y Floro.)_


ESCENA XVII.

JUSTINA, LISANDRO.

JUSTINA.

  Mis lágrimas os respondan.

LISAND.

  Ya lloras sin fruto y tarde.
  ¡Oh qué mal, Justina, hice
  El dia que á declararte
  Llegué quién eras! ¡Oh nunca
  Te contara que en la márgen
  De un arroyo, en ese monte
  Fuiste parto de un cadáver!

JUSTINA.

  Yo...

LISAND.

        No des satisfacciones.

JUSTINA.

  Los cielos han de abonarme.

LISAND.

  ¡Qué tarde será!

JUSTINA.

                   No hay plazo
  Que en la vida llegue tarde.

LISAND.

  Para castigar delitos.

JUSTINA.

  Para acrisolar verdades.

LISAND.

  Por lo que ví te condeno.

JUSTINA.

  Yo á tí por lo que ignoraste.

LISAND.

  Déjame, que voy muriendo,
  Donde mi dolor me acabe.

JUSTINA.

  Pierda yo á tus piés la vida;
  Pero no me desampares. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Sala en casa de Cipriano. En el fondo una galería por donde se ve el
campo._


ESCENA XVIII.

CIPRIANO, EL DEMONIO, MOSCON, CLARIN.

DEMONIO.

  Desde que en tu casa entré,
  Te he visto sin alegría:
  Profunda melancolía
  En tu semblante se ve.
  Tu alivio no es bien que estorbes,
  Queriéndomelo ocultar,
  Pues sabré destachonar
  La clavazon de los orbes,
  Por solo el menor deseo
  Que te ofenda y te fatigue.

CIPRIAN.

  No habrá mágica que obligue
  Al imposible que veo:
  Son mis ánsias infelices.

DEMONIO.

  Tu amistad me las confiese.

CIPRIAN.

  Quiero á una mujer.

DEMONIO.

                      ¿Y es ese
  El imposible que dices?

CIPRIAN.

  Si tú supieras quién es.

DEMONIO.

  Curiosa atencion te doy,
  Miéntras que burlando estoy
  De que tan cobarde estés.

CIPRIAN.

  La hermosa cuna temprana
  Del infante sol que enjuga
  Lágrimas cuando madruga,
  Vestido de nieve y grana;
  La verde prision ufana
  De la rosa cuando avisa
  Que ya sus jardines pisa
  Abril, y entre mansos hielos
  Al alba es llanto en los cielos,
  Lo que es en los campos risa;
  El detenido arroyuelo,
  Que el murmurar más süave
  Aun entre dientes no sabe,
  Porque se los prende el hielo;
  El clavel, que en breve cielo
  Es estrella de coral;
  El ave, que liberal
  Vestir matices presuma,
  Veloz cítara de pluma,
  Al órgano de cristal;
  El risco que al sol engaña,
  Si á derretirle se atreve,
  Pues gastándole la nieve,
  No le gasta la montaña;
  El laurel que el pié se baña
  Con la nieve que atropella,
  Y verde Narciso della,
  Burla sin temer desmayos,
  En esta parte los rayos,
  Y los hielos en aquella;
  Al fin, cuna, grana, nieve,
  Campo, sol, arroyo, rosa,
  Ave que canta amorosa,
  Risa que aljófares llueve,
  Clavel que cristales bebe,
  Peñasco sin deshacer,
  Y laurel que sale á ver
  Si hay rayos que le coronen,
  Son las partes que componen
  A esta divina mujer.
  Estoy tan ciego y perdido,
  Porque mi pena te asombre,
  Que por parecer á otro hombre,
  Me engañé con el vestido.
  Mis estudios dí al olvido
  Como al vulgo mi opinion,
  El discurso á mi pasion,
  A mi llanto el sentimiento,
  Mis esperanzas al viento,
  Y al desprecio mi razon.
  Dije (y haré lo que dije)
  Que ofreciera liberal
  El alma á un genio infernal
  (De aquí mi pasion colige),
  Porque este amor que me aflige
  Premiase con merecella;
  Pero es vana mi querella,
  Tanto que presumo que es
  El alma corto interes,
  Pues no me la dan por ella.

DEMONIO.

  ¿Tu valor ha de seguir
  Los pasos desesperados
  De amantes que se acobardan
  En los primeros asaltos?
  ¿Tan léjos ejemplos viven
  De bellezas que postraron
  Su vanidad á los ruegos,
  Su altivez á los halagos?
  ¿Quieres lograr tus deseos,
  Siendo su prision tus brazos?

CIPRIAN.

  ¿Eso dudas?

DEMONIO.

              Pues envía
  Allá fuera esos criados,
  Y quedemos los dos solos.

CIPRIAN.

  Idos allá fuera entrambos.

MOSCON.

  Yo obedezco.

CLARIN.

               Y yo tambien.
  (_Ap._ El tal huésped es el diablo.) _(Escóndese.)_

CIPRIAN.

  Ya se fueron.

DEMONIO.

  _(Ap.)_         Poco importa
  Que Clarin se haya quedado.


ESCENA XIX.

CIPRIANO, EL DEMONIO; CLARIN, _escondido_.

CIPRIAN.

  ¿Qué quieres ahora?

DEMONIO.

                      Esa puerta
  Cierra.

CIPRIAN.

          Ya solos estamos.

DEMONIO.

  Por gozar á esta mujer
  Aquí dijeron tus labios
  Que darás el alma.

CIPRIAN.

                     Sí.

DEMONIO.

  Pues yo te acepto el contrato.

CIPRIAN.

  ¿Qué dices?

DEMONIO.

              Que yo le acepto.

CIPRIAN.

  ¿Cómo?

DEMONIO.

         Como puedo tanto,
  Que te enseñaré una ciencia
  Con que podrás á tu mando
  Traer la mujer que adoras;
  Que yo, aunque tan docto y sabio,
  Traerla para otro no puedo.
  Las escrituras hagamos
  Ante nosotros dos mismos.

CIPRIAN.

  ¿Quieres con nuevos agravios
  Dilatar las penas mias?
  Lo que ofrecí está en mi mano,
  Pero lo que tú me ofreces
  No está en la tuya, pues hallo
  Que sobre el libre albedrío
  Ni hay conjuros ni hay encantos.

DEMONIO.

  Hazme la cédula tú
  Con tal condicion.

CLARIN.

  _(Ap. al paño.)_   ¡Mal año!
  Segun lo que ahora he visto,
  No es muy bobo aqueste diablo.
  ¡Yo darle cédula! Aunque
  Se me estuvieran mis cuartos
  Sin alquilar veinte siglos,
  No la hiciera.

CIPRIAN.

                 Los engaños
  Son para alegres amigos,
  No para desconfiados.

DEMONIO.

  Quiero darte en testimonio
  De lo que yo puedo y valgo,
  Algun indicio, aunque sea
  De mi poder breve rasgo.
  ¿Qué ves desta galería?

CIPRIAN.

  Mucho cielo y mucho prado,
  Un bosque, un arroyo, un monte.

DEMONIO.

  ¿Qué es lo que más te ha agradado?

CIPRIAN.

  El monte, porque es, en fin,
  De la que adoro retrato.

DEMONIO.

  Soberbio competidor
  De la estacion de los años,
  Que te coronas de nubes,
  Por bruto rey de los campos,
  Deja el suelo, mide el viento:
  Mira que soy quien te llamo.
  Y mira tú si á una dama
  Traerás, si yo á un monte traigo.

_(Múdase un monte de una parte á otra en el fondo del teatro.)_

CIPRIAN.

  ¡No ví más confuso asombro!
  ¡No ví prodigio más raro!

CLARIN.

  _(Ap.)_ Con el espanto y el miedo
  Estoy dos veces temblando.

CIPRIAN.

  Pájaro que al viento vuelas,
  Siendo tus plumas tus ramos;
  Bajel que en el viento sulcas,
  Siendo jarcias tus penachos,
  Vuélvete á tu centro, y deja
  La admiracion y el espanto.

_(Vuélvese el monte á su lugar primero.)_

DEMONIO.

  Si esta no es prueba bastante,
  Pronuncien otra mis labios.
  ¿Quieres ver esa mujer
  Que adoras?

CIPRIAN.

              Sí.

DEMONIO.

                  Pues rasgando
  Las duras entrañas, tú,
  Monstruo de elementos cuatro,
  Manifiesta la hermosura
  Que en tu oscuro centro guardo.

_(Abrese un peñasco, y aparece Justina durmiendo.)_

  ¿Es aquella la que adoras?

CIPRIAN.

  Aquella es la que idolatro.

DEMONIO.

  Mira si dártela puedo,
  Pues donde quiera la traigo.

CIPRIAN.

  Divino imposible mio,
  Hoy serán centro tus brazos
  De mi amor, bebiendo el sol
  Luz á luz y rayo á rayo.

DEMONIO.

  Detente, que hasta que firmes
  La palabra que me has dado,
  No puedes tocarla.

_(Quiere llegar, y ciérrase el peñasco.)_

CIPRIAN.

                     Espera,
  Parda nube del más claro
  Sol que amaneció á mis dichas.—
  Mas con el viento me abrazo.—
  Ya creo tus ciencias, ya
  Confieso que soy tu esclavo.
  ¿Qué quieres que haga por tí?
  ¿Qué me pides?

DEMONIO.

                Por resguardo
  Una cédula firmada
  Con tu sangre y de tu mano.

CLARIN.

  _(Ap.)_ El alma le diera yo,
  Por no haberme aquí quedado.

CIPRIAN.

  Pluma será este puñal,
  Papel este lienzo blanco,
  Y tinta para escribirlo
  La sangre es ya de mis brazos.

_(Escribe con la daga en un lienzo, habiéndose sacado sangre de un
brazo.)_

  (_Ap._ ¡Qué hielo! ¡qué horror! ¡qué asombro!)
  Digo yo el gran Ciprïano,
  Que daré el alma inmortal
  (¡Qué frenesí! ¡qué letargo!)
  A quien me enseñare ciencias
  (¡Qué confusiones! ¡qué espantos!)
  Con que pueda atraer á mí
  A Justina, dueño ingrato:
  Y lo firmé de mi nombre.

DEMONIO.

  (_Ap._ Ya se rindió á mis engaños
  El homenaje valiente,
  Donde estaban tremolando
  El discurso y la razon.)
  ¿Has escrito?

CIPRIAN.

  Sí, y firmado.

DEMONIO.

  Pues tuyo es el sol que adoras.

CIPRIAN.

  Tuya por eternos años
  Es el alma que te ofrezco.

DEMONIO.

  Alma con alma te pago,
  Pues por la tuya te doy
  La de Justina.

CIPRIAN.

                 ¿Qué tanto
  Término para enseñarme
  La magia tomas?

DEMONIO.

                  Un año,
  Con condicion...

CIPRIAN.

                   Nada temas.

DEMONIO.

  Que en una cueva encerrados,
  Sin estudiar otra cosa,
  Hemos de vivir entrambos,
  Sirviéndonos solamente
  A los dos este criado, _(Saca á Clarin.)_
  Que curioso se quedó,
  Pues con nosotros llevando
  Su persona, este secreto
  Desta suerte aseguramos.

CLARIN.

  _(Ap.)_ ¡Oh nunca yo me quedara!
  ¿Que habiendo vecinos tantos
  Que acechen, no haya demonio
  Que venga al punto á llevarlos?

CIPRIAN.

  Está bien. Dos dichas juntas
  Ingenio y amor lograron,
  Pues Justina será mia,
  Y yo vendré á ser espanto
  Del mundo con nuevas ciencias.

DEMONIO.

  No salió mi intento vano.

CLARIN.

  El mio sí.

DEMONIO.

             Ven con nosotros.
  (_Ap._ Ya vencí el mayor contrario.)

CIPRIAN.

  Dichosos sereis, deseos,
  Si tal posesion alcanzo.

DEMONIO.

  (_Ap._ No ha de sosegar mi envidia
  Hasta que los gane á entrambos.)
  Vamos, y de aqueste monte
  En lo oculto y lo intrincado
  Oirás la primer licion
  Hoy de la mágica.

CIPRIAN.

                    Vamos,
  Que con tal maestro mi ingenio,
  Mi amor con dueño tan alto,
  Eterno será en el mundo
  El mágico Ciprïano.



JORNADA TERCERA.


_Bosque. En el fondo una gruta._


ESCENA PRIMERA.

CIPRIANO.

  Ingrata beldad mia,
  Llegó el feliz, llegó el dichoso dia,
  Línea de mi esperanza,
  Término de mi amor y tu mudanza,
  Pues hoy será el postrero
  En que triunfar de tu desden espero.
  Este monte elevado
  En sí mismo al alcázar estrellado,
  Y aquesta cueva oscura,
  De dos vivos funesta sepultura,
  Escuela ruda han sido
  Donde la docta mágica he aprendido,
  En que tanto me muestro,
  Que puedo dar leccion á mi maestro.
  Y viendo ya que hoy una vuelta entera
  Cumple el sol de una esfera en otra esfera,
  A examinar de mis prisiones salgo
  Con la luz lo que puedo y lo que valgo.
  Hermosos cielos puros,
  Atended á mis mágicos conjuros;
  Blandos aires veloces,
  Parad al sabio estruendo de mis voces;
  Gran peñasco violento,
  Estremécete al ruido de mi acento;
  Duros troncos vestidos,
  Asombráos al horror de mis gemidos;
  Floridas plantas bellas,
  Al eco os asustad de mis querellas;
  Dulces sonoras aves,
  La accion temed de mis prodigios graves;
  Bárbaras, crueles fieras,
  Mirad las señas de mi afan primeras,
  Porque ciegos, turbados,
  Suspendidos, confusos, asustados,
  Cielos, aires, peñascos, troncos, plantas,
  Fieras y aves, esteis de ciencias tantas;
  Que no ha de ser en vano
  El estudio infernal de Ciprïano.


ESCENA II.

EL DEMONIO.—CIPRIANO.

DEMONIO.

  Cipriano.

CIPRIAN.

            ¡Oh sabio maestro mio!

DEMONIO.

  ¿A qué, usando otra vez de tu albedrío,
  Más que de mi preceto,
  Con qué fin, por qué causa, y á qué efeto,
  Osado ó ignorante,
  Sales á ver del sol la faz brillante?

CIPRIAN.

  Viendo que ya yo puedo
  Al infierno poner asombro y miedo,
  Pues con tanto cuidado
  La mágica he estudiado,
  Que áun tú mismo no puedes
  Decir, si es que me igualas, que me excedes;
  Viendo que ya no hay parte
  Della, que con fatiga, estudio y arte
  Yo no la haya alcanzado,
  Pues la nigromancia he penetrado,
  Cuyas líneas oscuras
  Me abrirán las funestas sepulturas,
  Haciendo que su centro
  Aborte los cadáveres, que dentro
  Tiranamente encierra
  La avarienta codicia de la tierra,
  Respondiendo por puntos
  A mis voces los pálidos difuntos;
  Y viendo, en fin, cumplida
  La edad del sol que fué plazo á mi vida,
  Pues corriendo veloz á su discurso,
  Con el rápido curso,
  Los cielos cada dia,
  Retrocediendo siempre á la porfía
  Del natural, en que se juzga extraño,
  El término fatal cumple hoy del año;
  Lograr mis ánsias quiero,
  Atrayendo á mi voz el bien que espero.
  Hoy la rara, hoy la bella, hoy la divina,
  Hoy la hermosa Justina,
  En repetidos lazos
  Llamada de mi amor, vendrá á mis brazos;
  Que permitir no creo
  De dilacion un punto á mi deseo.

DEMONIO.

  Ni yo que le permitas
  Quiero, si es este el fin que solicitas.
  Con caracteres mudos
  La tierra línea pues, y con agudos
  Conjuros hiere el viento,
  A tu esperanza y á tu amor atento.

CIPRIAN.

  Pues allí me retiro,
  Donde verás que cielo y tierra admiro.

_(Vase.)_

DEMONIO.

  Y yo te doy licencia,
  Porque sé de tu ciencia y de mi ciencia
  Que el infierno inclemente,
  A tus invocaciones obediente,
  Podrá por mí entregarte
  A la hermosa Justina en esta parte;
  Que aunque el gran poder mio
  No puede hacer vasallo un albedrío,
  Puede representalle
  Tan extraños deleites, que se halle
  Empeñado á buscarlos,
  Y inclinarlos podré, si no forzarlos.


ESCENA III.

CLARIN.—EL DEMONIO.

CLARIN.

  Ingrata deidad mia,
  No Livia ardiente, sino Livia fria,
  Llegó el plazo en que espero
  Alcanzar si tu amor es verdadero;
  Pues ya sé lo que basta
  Para ver si eres casta, ó haces casta;
  Que con tanto cuidado
  Aquí la ciencia mágica he estudiado,
  Que por ella he de ver (¡ay de mí triste!)
  Si con Moscon acaso me ofendiste.
  Aguados cielos (ya otro dijo puros),
  Atended á mis lóbregos conjuros:
  Montes...

DEMONIO.

            Clarin, ¿qué es eso?

CLARIN.

                                 ¡Oh sabio maestro!
  Por la concomitancia estoy tan diestro
  En la magia, que quiero ver por ella
  Si Livia, tan ingrata como bella,
  Comete alguna vez superchería
  En la fatal estancia de mi dia.

DEMONIO.

  Deja aquesas locuras,
  Y en lo intrincado desas peñas duras
  Asiste á tu señor, para que veas
  (Si tanta admiracion lograr deseas)
  El fin de su cuidado;
  Que solo quiero estar.

CLARIN.

                         Yo acompañado.
  Y si no he merecido
  Haber las ciencias tuyas aprendido,
  Porque, en fin, no te he hecho
  Cédula con la sangre de mi pecho,
  En este lienzo ahora _(Saca un lienzo sucio.)_
  (Nunca le trae más limpio quien bien llora)
  La haré, para que más te escandalices,
  Dándome un mojicon en las narices;
  Que no será embarazo
  Salir de las narices ú del brazo.

_(Escribe en el lienzo con el dedo, habiéndose hecho sangre.)_

  Digo yo, el gran Clarin, que si merezco
  Ver á Livia cruel, que al diablo ofrezco...

DEMONIO.

  Ya digo que me dejes,
  Y que con tu señor de mí te alejes.

CLARIN.

  Yo lo haré: no te alteres.
  Pues que tomar mi cédula no quieres
  Cuando darla procuro,
  Sin duda que me tienes por seguro. _(Vase.)_


ESCENA IV.

EL DEMONIO.

  Ea, infernal abismo,
  Desesperado imperio de tí mismo,
  De tu prision ingrata
  Tus lascivos espíritus desata,
  Amenazando ruina
  Al vírgen edificio de Justina.
  De mil torpes fantasmas que en el viento
  Su casto pensamiento
  Hoy se forme, su honesta fantasía
  Se llene; y con dulcísima armonía
  Todo provoque amores,
  Los pájaros, las plantas y las flores.
  Nada miren sus ojos,
  Que no sean de amor dulces despojos;
  Nada oigan sus oidos,
  Que no sean de amor tiernos gemidos;
  Porque sin que defensa en su fe tenga,
  Hoy á buscar á Ciprïano venga,
  De su ciencia invocada,
  Y de mi ciego espíritu guiada.
  Empezad, que yo en tanto
  Callaré, porque empiece vuestro canto.

_(Vase.)_


ESCENA V.

JUSTINA; MÚSICA, _dentro_.

_(Cantan dentro.)_

UNA VOZ.

  _¿Cuál es la gloria mayor_
  _Desta vida?_

CORO.

                _Amor, amor._

UNA VOZ.

  _No hay sujeto en que no imprima_
  _El fuego de amor su llama,_
  _Pues vive más donde ama_
  _El hombre, que donde anima._
  _Amor solamente estima_
  _Cuanto tener vida sabe,_
  _El tronco, la flor y el ave:_
  _Luego es la gloria mayor_
  _De esta vida..._

CORO.

                    _Amor, amor._

JUSTINA.

  _(Asombrada y inquieta.)_
  Pesada imaginacion,
  Al parecer lisonjera,
  ¿Cuándo te he dado ocasion
  Para que desta manera
  Aflijas mi corazon?
  ¿Cuál es la causa, en rigor,
  Deste fuego, deste ardor,
  Que en mí por instantes creces?
  ¿Qué dolor el que padece
  Mi sentido?

CORO.

  _(Dentro.)_ _Amor, Amor._

JUSTINA.

  _(Sosegándose.)_ Aquel ruiseñor amante
  Es quien respuesta me da,
  Enamorando constante
  A su consorte, que está
  Un ramo más adelante.
  Calla, ruiseñor; no aquí
  Imaginar me hagas ya,
  Por las quejas que te oí,
  Cómo un hombre sentirá,
  Si siente un pájaro así.
  Mas no: una vid fué lasciva,
  Que buscando fugitiva
  Va el tronco donde se enlace,
  Siendo el verdor con que abrace
  El peso con que derriba.
  No así con verdes abrazos
  Me hagas pensar en quien amas,
  Vid; que dudaré en tus lazos,
  Si así abrazan unas ramas,
  Cómo enraman unos brazos.
  Y si no es la vid, será
  Aquel girasol, que está
  Viendo cara á cara al sol,
  Tras cuyo hermoso arrebol
  Siempre moviéndose va.
  No sigas, no, tus enojos,
  Flor, con marchitos despojos;
  Que pensarán mis congojas,
  Si así lloran unas hojas,
  Como lloran unos ojos,
  Cesa, amante ruiseñor;
  Desúnete, vid frondosa;
  Párate, inconstante flor,
  U decid, ¿qué venenosa
  Fuerza usais?

CORO.

  _(Dentro.)_   _Amor, Amor._

JUSTINA.

  ¡Amor! ¿A quién le he tenido
  Yo jamás? Objeto es vano;
  Pues siempre despojo han sido
  De mi desden y mi olvido
  Lelio, Floro y Ciprïano.
  ¿A Lelio no desprecié?
  ¿A Floro no aborrecí?
  Y á Cipriano ¿no traté

_(Párase al nombrar á Cipriano, y desde allí habla inquieta otra vez.)_

  Con tal rigor, que de mí
  Aborrecido, se fué
  Donde dél no se ha sabido?
  Mas (¡ay de mí!) ya yo creo
  Que esta debe de haber sido
  La ocasion con que ha podido
  Atreverse mi deseo;
  Pues desde que pronuncié
  Que vive ausente por mí,
  No sé (¡ay infeliz!), no sé
  Qué pena es la que sentí.

_(Sosiégase otra vez.)_

  Mas piedad sin duda fué
  De ver que por mí olvidado
  Viva un hombre, que se vió
  De todos tan celebrado;
  Y que á sus olvidos yo
  Tanta ocasion haya dado.

_(Vuelve á inquietarse.)_

  Pero si fuera piedad,
  La misma piedad tuviera
  De Lelio y Floro, en verdad;
  Pues en una prision fiera
  Por mí están sin libertad. _(Sosiégase.)_
  Mas, ¡ay discursos! parad:
  Si basta ser piedad sola,
  No acompañeis la piedad;
  Que os alargais de manera
  Que no sé (¡ay de mí!), no sé
  Si ahora á buscarle fuera,
  Si adonde él está supiera.


ESCENA VI.

EL DEMONIO.—JUSTINA.

DEMONIO.

  Ven, que yo te lo diré.

JUSTINA.

  ¿Quién eres tú, que has entrado
  Hasta este retrete mio,
  Estando todo cerrado?
  ¿Eres monstruo que ha formado
  Mi confuso desvarío?

DEMONIO.

  No soy sino quien, movido
  Dese afecto que tirano
  Te ha postrado y te ha vencido,
  Hoy llevarte ha prometido
  Adonde está Ciprïano.

JUSTINA.

  Pues no lograrás tu intento;
  Que esta pena, esta pasion
  Que afligió mi pensamiento,
  Llevó la imaginacion,
  Pero no el consentimiento.

DEMONIO.

  En haberlo imaginado,
  Hecho tienes la mitad:
  Pues ya el pecado es pecado
  No pares la voluntad,
  El medio camino andado.

JUSTINA.

  Desconfiarme es en vano,
  Aunque pensé; que aunque es llano
  Que el pensar es empezar,
  No está en mi mano el pensar,
  Y está el obrar en mi mano.
  Para haberte de seguir,
  El pié tengo de mover,
  Y esto puedo resistir,
  Porque una cosa es hacer
  Y otra cosa es discurrir.

DEMONIO.

  Si una ciencia peregrina
  En tí su poder esfuerza,
  ¿Cómo has de vencer, Justina,
  Si inclina con tanta fuerza,
  Que fuerza al paso que inclina?

JUSTINA.

  Sabiéndome yo ayudar
  Del libre albedrío mio.

DEMONIO.

  Forzarále mi pesar.

JUSTINA.

  No fuera libre albedrío
  Si se dejara forzar.

DEMONIO.

  Ven donde un gusto te espera.

_(Tira de ella, y no puede moverla.)_

JUSTINA.

  Es muy costoso ese gusto.

DEMONIO.

  Es una paz lisonjera.

JUSTINA.

  Es un cautiverio injusto.

DEMONIO.

  Es dicha.

JUSTINA.

            Es desdicha fiera.

DEMONIO.

  ¿Cómo te has de defender,

_(Tira con más fuerza.)_

  Si te arrastra mi poder?

JUSTINA.

  Mi defensa en Dios consiste.

DEMONIO.

  Venciste, mujer, venciste _(Suéltala.)_
  Con no dejarte vencer.
  Mas ya que desta manera
  De Dios estás defendida,
  Mi pena, mi rabia fiera
  Sabrá llevarte fingida,
  Pues no puede verdadera.
  Un espíritu verás,
  Para este efecto no más,
  Que de tu forma se informa,
  Y en la fantástica forma
  Disfamada vivirás.
  Lograr dos triunfos espero,
  De tu virtud ofendido:
  Deshonrarte es el primero,
  Y hacer de un gusto fingido
  Un delito verdadero. _(Vase.)_


ESCENA VII.

JUSTINA.

  Desa ofensa al cielo apelo,
  Porque desvanezca el cielo
  La apariencia de mi fama,
  Bien como al aire la llama,
  Bien como la flor al hielo.
  No podrás... Mas ¡ay de mí!
  ¿Á quien estas voces doy?
  ¿No estaba ahora un hombre aquí?
  Sí. Mas no: yo sola estoy:
  No. Mas sí, pues yo le ví.
  ¿Por dónde se fué tan presto?
  ¿Si le engendró mi temor?
  Mi peligro es manifiesto.—
  ¡Lisandro, padre, señor! _(A voces.)_
  ¡Livia!


ESCENA VIII.

LISANDRO Y LIVIA, _cada uno por su puerta_.—JUSTINA.

LISAND.

          ¿Qué es esto?

LIVIA.

                        ¿Qué es esto?

JUSTINA.

  ¿Visteis un hombre (¡ay de mí!)
  Que ahora salió de aquí?
  Mal mis desdichas resisto.

LISAND.

  ¡Hombre aquí!

JUSTINA.

                ¿No le habeis visto?

LIVIA.

  No, señora.

JUSTINA.

              Pues yo sí.

LISAND.

  ¿Cómo puede ser, si ha estado
  Todo este cuarto cerrado?

LIVIA.

  _(Ap.)_ Sin duda que á Moscon vió,
  Que tengo encerrado yo
  En mi aposento.

LISAND.

                  Formado
  Cuerpo de tu fantasía
  El hombre debió de ser;
  Que tu gran melancolía
  Le supo formar y hacer
  De los átomos del dia.

LIVIA.

  Mi señor tiene razon.

JUSTINA.

  No ha sido (¡ay de mí!) ilusion,
  Y mayor daño sospecho,
  Porque á pedazos del pecho
  Me arrancan el corazon.
  Algun hechizo mortal
  Se está haciendo contra mí,
  Y fuera el conjuro tal,
  Que á no haber Dios, desde aquí
  Me dejara ir tras mi mal.
  Mas él me ha de defender,
  Y no sólo del poder
  Desta tirana violencia;
  Pero mi humilde inocencia
  No ha de dejar padecer.—
  Livia, el manto, porque en tanto

_(Vase Livia.)_

  Que padezco estos extremos,
  Tengo de ir al templo santo,
  Que tan secreto tenemos
  Los fieles.

_(Sale Livia con el manto, y pónesele á Justina.)_

LIVIA.

              Aquí está el manto.

JUSTINA.

  En él tengo de templar
  Este fuego que me abrasa.

LISAND.

  Yo te quiero acompañar.

LIVIA.

  _(Ap.)_ Y yo volveré á alentar
  En echándolos de casa.

JUSTINA.

  Pues voy á ampararme así,
  Cielos, de vuestro favor,
  Confío...

LISAND.

            Vamos de aquí.

JUSTINA.

  Vuestra es la causa, Señor.
  Volved por vos, y por mí.

_(Vanse Justina y Lisandro.)_


ESCENA IX.

MOSCON.—LIVIA.

MOSCON.

  ¿Fuéronse ya?

LIVIA.

                Ya se fueron.

MOSCON.

  ¡Con qué susto me tuvieron!

LIVIA.

  ¿Es posible que salieras
  Del aposento, y vinieras
  Donde sus ojos te vieron?

MOSCON.

  ¡Vive Dios, que no he salido
  Un instante, Livia mia,
  De donde estuve escondido!

LIVIA.

  Pues ¿quién el hombre sería?

MOSCON.

  El mismo diablo habrá sido.
  ¿Qué sé yo? No muestres ya
  Por eso, mi bien, enfado.

LIVIA.

  No es por eso. _(Suspira.)_

MOSCON.

                 ¿Qué será?

LIVIA.

  ¿Qué pregunta, si há que está
  Un dia entero encerrado
  Conmigo? ¿No echa de ver _(Llora.)_
  Que habrá tambien menester
  El otro, su confidente,
  Que llore hoy tenerle ausente,
  Pues no lloré en todo ayer?
  ¿Hase de pensar de mí
  Que mujer tan fácil fuí,
  Que en medio año de ausencia,
  Falté á la correspondencia
  Que al ser quien soy ofrecí?

MOSCON.

  ¿Qué es medio año? Un año entero
  Há ya que pudo faltar.

LIVIA.

  Es engaño, pues infiero
  Que yo no debo contar
  Los dias que no le quiero.
  Y si de un año (¡ay de mí!) _(Llora.)_
  Te dí la mitad á tí,
  Fuera injuria muy cruel
  Contárselo todo á él.

MOSCON.

  Cuando yo, ingrata, creí
  Que fuera tu voluntad
  Toda mia, ¡con piedad
  Haces cuentas!...

LIVIA.

                    Sí, Moscon,
  Porque en fin, cuenta y razon
  Conservan toda amistad.

MOSCON.

  Pues que tu constancia es tal,
  Adios, Livia, hasta mañana.
  Sólo te ruega mi mal
  Que pues eres su terciana,
  No seas su sincopal.

LIVIA.

  Ya tú ves que no hay en mí
  Malicia alguna.

MOSCON.

                  Es así.

LIVIA.

  En todo hoy no me has de ver;
  Mas no sea menester
  Enviar mañana por tí. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Bosque._


ESCENA X.

CIPRIANO, _como asombrado_; CLARIN, _acechando, tras él_.

CIPRIAN.

  Sin duda se han rebelado
  En los imperios cerúleos
  Las tropas de las estrellas,
  Pues me niegan sus influjos.
  Comunidades ha hecho
  Todo el abismo profundo,
  Pues la obediencia no rinde
  Que me debe por tributo.
  Una y mil veces el viento
  Estremezco á mis conjuros,
  Y una y mil veces la tierra
  Con mis caracteres sulco,
  Sin que me ofrezca á mis ojos
  El humano sol que busco,
  El cielo humano que espero
  En mis brazos.

CLARIN.

                Eso ¿es mucho?
  Pues una y mil veces yo
  Hago en la tierra dibujos,
  Una y mil veces el viento
  A puras voces aturdo,
  Y tampoco viene Livia.

CIPRIAN.

  Esta vez sola presumo
  Volver á invocarla.—Escucha,
  Bella Justina...


ESCENA XI.

_Aparece una_ FIGURA _fantástica de Justina_.—CIPRIANO, CLARIN.

FIGURA.

                   Ya escucho;
  Que forzada de tus voces,
  Aquestos montes discurro.
  ¿Qué me quieres? ¿Qué me quieres,
  Ciprïano?

CIPRIAN.

            ¡Estoy confuso!

FIGURA.

  Y pues que ya...

CIPRIAN.

                   ¡Estoy absorto!

FIGURA.

  He venido...

CIPRIAN.

               ¿Qué me turbo?

FIGURA.

  De la suerte...

CIPRIAN.

                  ¿Qué me espanto?

FIGURA.

  Que me halló el amor...

CIPRIAN.

                          ¿Qué dudo?

FIGURA.

  Donde me llamas...

CIPRIAN.

                     ¿Qué temo?

FIGURA.

  Y así con la fuerza cumplo
  Del encanto, á lo intrincado
  Del monte tu vista huyo.

_(Cúbrese el rostro con el manto, y vase.)_

CIPRIAN.

  Espera, aguarda, Justina.
  Mas ¿qué me asombro y discurro?
  Seguiréla, y este monte,
  Donde mi ciencia la trujo,
  Teatro será frondoso
  Ya que no tálamo rudo,
  Del más prodigioso amor
  Que ha visto el cielo. _(Vase.)_


ESCENA XII.

CLARIN.

                         Abernuncio
  De mujer que viene á ser
  Novia, y viene oliendo á humo.
  Pero debió de cogerla
  Del encanto lo absoluto
  Soplando alguna colada,
  O cociendo algun menudo.
  Mas no: ¡en cocina y con manto!
  De otra suerte la disculpo.
  Sin duda debe de ser
  (Ahora he dado en el punto;
  Que una honrada nunca huele
  Mejor) cogida de susto.
  Ya la ha alcanzado, y con ella,
  De aqueste valle en lo inculto
  Luchando á brazos enteros
  (Que á brazos partidos, juzgo
  Que hiciera mal en luchar
  El amante más forzudo),
  A este mismo sitio vuelven.
  Desde aquí acechar procuro;
  Que deseo saber cómo
  Se hace una fuerza en el mundo.


ESCENA XIII.

CIPRIANO, _trayendo abrazada á la_ FIGURA _fantástica de Justina_.

  Ya, bellísima Justina,
  En este sitio, que oculto,
  Ni el sol le penetra á rayos,
  Ni á soplos el aire puro,
  Ya es trofeo tu belleza
  De mis mágicos estudios;
  Que por conseguirte, nada
  Temo, nada dificulto.
  El alma, Justina bella,
  Me cuestas; pero ya juzgo,
  Siendo tan grande el empleo,
  Que no ha sido el precio mucho.
  Corre á la deidad el velo:
  No entre pardos, ni entre oscuros
  Celajes se esconda el sol;
  Sus rayos ostente rubios.

_(Descúbrela, y ve un esqueleto.)_

  Mas ¡ay infeliz! ¿qué veo?
  ¡Un yerto cadáver mudo
  Entre sus brazos me espera!
  ¿Quién en un instante pudo
  En facciones desmayadas
  De lo pálido y caduco,
  Desvanecer los primores
  De lo rojo y lo purpúreo?

ESQUEL.

  Así, Ciprïano, son
  Todas las glorias del mundo.

_(Desaparece: sale Clarin huyendo, y se abraza con él Cipriano.)_


ESCENA XIV.

CLARIN.—CIPRIANO.

CLARIN.

  Si álguien ha menester miedo,
  Yo tengo un poco y un mucho.

CIPRIAN.

  Espera, fúnebre sombra.
  Ya con otro fin te busco.

CLARIN.

  Pues yo soy fúnebre cuerpo.
  ¿No echas de verlo en el bulto?

CIPRIAN.

  ¿Quién eres?

CLARIN.

               Yo estoy de suerte,
  Que áun quién soy creo que dudo.

CIPRIAN.

  ¿Viste en lo raro del viento,
  Ó del centro en lo profundo,
  Yerto un cadáver, dejando
  En señas de polvo y humo
  Desvanecida la pompa
  Que llena de adornos trujo?

CLARIN.

  ¿Ahora sabes que estoy
  Sujeto á los infortunios
  De acechador?

CIPRIAN.

                ¿Qué se hizo?

CLARIN.

  Deshízose luego al punto.

CIPRIAN.

  Busquémosle.

CLARIN.

               No busquemos.

CIPRIAN.

  Sus desengaños procuro.

CLARIN.

  Yo no, señor.


ESCENA XV.

EL DEMONIO.—CIPRIANO, CLARIN.

DEMONIO.

  _(Ap.)_       ¡Justos cielos!
  Si juntas un tiempo tuvo
  Mi sér la ciencia y la gracia
  Cuando fuí espíritu puro,
  La gracia sola perdí,
  La ciencia no. ¿Cómo injustos,
  Si esto es así, de mis ciencias
  Aun no me dejais el uso?

CIPRIAN.

  ¡Lucero, sabio maestro! _(Sin verle.)_

CLARIN.

  No le llames; que presumo
  Que venga en otro cadáver.

DEMONIO.

  ¿Qué me quieres?

CIPRIAN.

                   Que del mucho
  Horror que padezco absorto,
  Rescates hoy mi discurso.

CLARIN.

  Yo, que no quiero rescates,
  Por este lado me escurro. _(Vase.)_


ESCENA XVI.

CIPRIANO, EL DEMONIO.

CIPRIAN.

  Apénas sobre la tierra
  Herida, acentos pronuncio,
  Cuando en la accion que allá estaba
  Justina, divino asunto
  De mi amor y mi deseo...
  Pero ¿para qué procuro
  Contarte lo que ya sabes?
  Vino, abracéla, y al punto
  Que la descubro (¡ay de mí!),
  En su belleza descubro
  Un esqueleto, una estatua,
  Una imágen, un trasunto
  De la muerte, que en distintas
  Voces me dijo (¡oh qué susto!):
  «Así, Ciprïano, son
  Todas las glorias del mundo.»
  Decir que en la magia tuya,
  Por mí ejecutada, estuvo
  El engaño, no es posible;
  Porque yo, punto por punto
  La obré, sin que errar pudiese
  De sus caracteres mudos
  Una línea, ni una voz
  De sus mortales conjuros.
  Luego tú me has engañado
  Cuando yo los ejecuto,
  Pues solo fantasmas hallo
  Adonde hermosuras busco.

DEMONIO.

  Ciprïano, ni hubo en tí
  Defecto, ni en mí le hubo:
  En tí, supuesto que obraste
  El encanto con agudo
  Ingenio; en mí, pues el mio
  Te enseñó en él cuanto supo.
  El asombro que has tocado,
  Más superior causa tuvo.
  Mas no importará; que yo,
  Que tu descanso procuro,
  Te haré dueño de Justina
  Por otros medios más justos.

CIPRIAN.

  No es ese mi intento ya;
  Que de tal suerte confuso
  Este espanto me ha dejado,
  Que no quiero medios tuyos.
  Y así, pues que no has cumplido
  Las condiciones que puso
  Mi amor, sólo de tí quiero,
  Ya que de tu vista huyo,
  Que mi cédula me vuelvas,
  Pues es el contrato nulo.

DEMONIO.

  Yo te dije que te habia
  De enseñar en este estudio
  Ciencias que atraer pudiesen,
  De tus voces al impulso,
  A Justina; y pues el viento
  Aquí á Justina te trujo,
  Válido ha sido el contrato,
  Y yo mi palabra cumplo.

CIPRIAN.

  Tú me ofreciste que habia
  De coger mi amor el fruto
  Que sembraba mi esperanza
  Por estos montes incultos.

DEMONIO.

  Yo me obligué, Ciprïano,
  Solo á traerla.

CIPRIAN.

                  Eso dudo;
  Que á dármela te obligaste.

DEMONIO.

  Ya la ví en los brazos tuyos.

CIPRIAN.

  Fué una sombra.

DEMONIO.

                  Fué un prodigio.

CIPRIAN.

  ¿De quién?

DEMONIO.

             De quien se dispuso
  A ampararla.

CIPRIAN.

               ¿Y cúyo fué?

DEMONIO.

  _(Temblando.)_ No quiero decirte cúyo.

CIPRIAN.

  Valdréme yo de mis ciencias
  Contra tí. Yo te conjuro
  Que quién ha sido me digas.

DEMONIO.

  Un Dios, que á su cargo tuvo
  A Justina.

CIPRIAN.

             Pues ¿qué importa
  Solo un Dios, puesto que hay muchos?

DEMONIO.

  Tiene este el poder de todos.

CIPRIAN.

  Luego solamente es uno,
  Pues con una voluntad
  Obra más que todos juntos.

DEMONIO.

  No sé nada, no sé nada.

CIPRIAN.

  Ya todo el pacto renuncio,
  Que hice contigo; y en nombre
  De aquese Dios te pregunto:
  ¿Qué le ha obligado á ampararla?

DEMONIO.

  _(Despues de hacer fuerza por no decirlo.)_
  Guardar su honor limpio y puro.

CIPRIAN.

  Luego ese es suma bondad,
  Pues que no permite insulto.
  Mas ¿qué perdiera Justina,
  Si aquí se quedaba oculto?

DEMONIO.

  Su honor, si lo adivinara
  Por sus malicias el vulgo.

CIPRIAN.

  Luego ese Dios todo es vista,
  Pues vió los daños futuros.
  Pero ¿no pudiera ser
  Ser el encanto tan sumo,
  Que no pudiera vencerle?

DEMONIO.

  No, que su poder es mucho.

CIPRIAN.

  Luego ese Dios todo es manos,
  Pues que cuanto quiso pudo.
  Díme ¿quién es ese Dios,
  En quien hoy he hallado junto
  Ser una suma bondad,
  Ser un poder absoluto,
  Todo vista y todo manos,
  Que há tantos años que busco?

DEMONIO.

  No lo sé.

CIPRIAN.

            Díme quién es.

DEMONIO.

  ¡Con cuánto horror lo pronuncio!
  Es el Dios de los cristianos.

CIPRIAN.

  ¿Qué es lo que moverle pudo
  Contra mí?

DEMONIO.

             Serlo Justina.

CIPRIAN.

  ¿Pues tanto ampara á los suyos?

DEMONIO.

  _(Rabioso.)_ Sí, mas ya es tarde, ya es tarde
  Para hallarle tú, si juzgo
  Que siendo tú esclavo mio,
  No has de ser vasallo suyo.

CIPRIAN.

  ¡Yo tu esclavo!

DEMONIO.

                  En mi poder
  Tu firma está.

CIPRIAN.

                 Ya presumo
  Cobrarla de tí, pues fué
  Condicional, y no dudo
  Quitártela.

DEMONIO.

              ¿De qué suerte?

CIPRIAN.

  Desta suerte.

_(Saca la espada, tírale al Demonio, y no le encuentra.)_

DEMONIO.

                Aunque desnudo
  El acero contra mí
  Esgrimas fiero y sañudo,
  No me herirás; y porque
  Desesperen tus discursos,
  Quiero que sepas que ha sido
  El Demonio el dueño tuyo.

CIPRIAN.

  ¡Qué dices!

DEMONIO.

              Que yo lo soy.

CIPRIAN.

  ¡Con cuánto asombro te escucho!

DEMONIO.

  Para que veas, no sólo
  Que esclavo eres, pero cúyo.

CIPRIAN.

  ¡Esclavo yo del demonio!
  ¿Yo de un dueño tan injusto?

DEMONIO.

  Sí, que el alma me ofreciste,
  Y es mia desde aquel punto.

CIPRIAN.

  ¿Luego no tengo esperanza,
  Favor, amparo ó recurso,
  Que tanto delito pueda
  Borrar?

DEMONIO.

          No.

CIPRIAN.

              Pues ya ¿qué dudo?
  No ociosamente en mi mano
  Esté aqueste acero agudo;
  Pasándome el pecho, sea
  Mi voluntario verdugo.
  Mas ¿qué digo? Quien de tí
  Librar á Justina pudo,
  ¿A mí no podrá librarme?

DEMONIO.

  No, que es contra tí tu insulto.
  Él no ampara los delitos,
  Las virtudes sí.

CIPRIAN.

                   Si es sumo
  Su poder, el perdonar
  Y el premiar será en él uno.

DEMONIO.

  Tambien lo será el premiar
  Y el castigar, pues es justo.

CIPRIAN.

  Nadie castiga al rendido:
  Yo lo estoy, pues lo procuro.

DEMONIO.

  Eres mi esclavo, y no puedes
  Ser de otro dueño.

CIPRIAN.

                     Eso dudo.

DEMONIO.

  ¿Cómo, estando en mi poder
  La firma que con dibujos
  De tu sangre, escrita tengo?

CIPRIAN.

  El que es poder absoluto,
  Y no depende de otro,
  Vencerá mis infortunios.

DEMONIO.

  ¿De qué suerte?

CIPRIAN.

                 Todo es vista,
  Y verá el medio oportuno.

DEMONIO.

  Yo la tengo.

CIPRIAN.

               Todo es manos:
  El sabrá romper los nudos.

DEMONIO.

  Dejaréte yo primero
  Entre mis brazos difunto. _(Luchan los dos.)_

CIPRIAN.

  ¡Grande Dios de los cristianos!
  Á tí en mis penas acudo.

DEMONIO.

  _(Arrojando de entre sus brazos á Cipriano.)_
  Ese te ha dado la vida.

CIPRIAN.

  Más me ha de dar, pues le busco. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Sala en el palacio del Gobernador._


ESCENA XVII.

EL GOBERNADOR, FABIO, SOLDADOS.

GOBERN.

  ¿Cómo ha sido la prision?

FABIO.

  Todos en su iglesia estaban
  Escondidos, donde daban
  Á su Dios adoracion.
  Llegué con armadas gentes,
  Toda la casa cerqué,
  Prendílos, y los llevé
  Á cárceles diferentes;
  Y el suceso, en fin, concluyo
  Con decir que en esta ruina
  Prendí á la hermosa Justina
  Y á Lisandro, padre suyo.

GOBERN.

  Pues si riquezas codicias,
  Puestos, honores y más,
  ¿Cómo esas nuevas me das,
  Fabio, sin pedirme albricias?

FABIO.

  Si así estimas mis sucesos,
  Las que me has de dar no ignoro.

GOBERN.

  Dí.

FABIO.

      La libertad de Floro
  Y Lelio, que tienes presos.

GOBERN.

  Aunque yo con su castigo
  Parece que escarmentar
  Quise todo este lugar,
  Si la verdad, Fabio, digo,
  Otra es la causa por qué
  Presos han vivido un año:
  Y es que así de Lelio el daño
  Como padre aseguré.
  Floro, su competidor,
  Tiene deudos poderosos:
  Y estando los dos celosos
  Y empeñados en su amor,
  Temí que habian de volver
  Otra vez á la cuestion;
  Y hasta quitar la ocasion,
  No me quise resolver.
  Con este intento buscaba
  Algun color con que echar
  A Justina del lugar;
  Pero nunca le encontraba.
  Y pues su virtud fingida,
  No sólo ocasion me da
  Hoy de desterrarla ya,
  Mas de quitarla la vida,
  No estén más presos; y así,
  A sus prisiones irás,
  Y con brevedad traerás
  A Lelio y á Floro aquí.

FABIO.

  Beso mil veces tus piés
  Por merced tan peregrina. _(Vase.)_


ESCENA XVIII.

EL GOBERNADOR, SOLDADOS.

GOBERN.

  Ya está en mi poder Justina,
  Presa y convencida: pues
  ¿Qué espera mi rabia fiera,
  Que ya en ella no ha vengado
  Los enojos que me ha dado?
  A sangrientas manos muera
  De un verdugo.—Vos, mirad...

_(A un soldado.)_

  Que aquí la traigais os mando
  Hoy á la vergüenza, dando
  Escándalo en la ciudad;
  Porque si en palacio está,
  Nada á darla vida baste.

_(Vase el soldado con otros.)_


ESCENA XIX.

FABIO, LELIO, FLORO.—DICHOS.

FABIO.

  Los dos por quien enviaste
  Están á tus plantas ya.

LELIO.

  Yo que al fin sólo deseo
  Parecer tu hijo esta vez,
  No te miro como juez,
  Con los temores de reo;
  Sino como padre airado,
  Con los temores de hijo
  Obediente.

FLORO.

             Y yo colijo,
  Viéndome de tí llamado,
  Que es para darme, señor,
  Castigos que no merezco.
  Pero á tus plantas me ofrezco.

GOBERN.

  Lelio, Floro, mi rigor
  Justo con los dos ha sido,
  Porque si no os castigara,
  Padre, no juez me mostrara.
  Pero teniendo entendido
  Que en los nobles no duró
  Nunca el enojo, y que ya
  Quitada la causa está,
  Intento piadoso yo
  Haceros amigos luego.
  En muestras de la amistad,
  Aquí los brazos os dad.

LELIO.

  Yo el venturoso á ser llego
  En ser hoy de Floro amigo.

FLORO.

  Y yo de que lo seré
  Doy mano y palabra.

GOBERN.

                      En fe
  Deso, á libraros me obligo,
  Que si el desengaño toco
  Que de vuestro amor teneis,
  No dudo que lo sereis.


ESCENA XX.

EL DEMONIO, GENTE.—DICHOS.

DEMONIO.

  _(Dentro.)_ ¡Guarda el loco, guarda el loco!

GOBERN.

  ¿Qué es esto?

LELIO.

                Yo lo iré á ver.

_(Llega á la puerta, y vuelve luego.)_

GOBERN.

  En palacio tanto ruido,
  ¿De qué puede haber nacido?

FLORO.

  Gran causa debe de ser.

LELIO.

  Aqueste ruido, señor
  (Escucha un raro suceso),
  Es Ciprïano, que al cabo
  De tantos dias ha vuelto
  Loco y sin juicio á Antioquía.

FLORO.

  Sin duda que de su ingenio
  La sutileza le tiene
  En aqueste estado puesto.

GENTE.

  _(Dentro.)_ ¡Guarda el loco, guarda el loco!


ESCENA XXI.

CIPRIANO, _medio desnudo_, GENTE.—DICHOS.

CIPRIAN.

  Nunca yo he estado más cuerdo;
  Que vosotros sois los locos.

GOBERN.

  Ciprïano, ¿pues qué es esto?

CIPRIAN.

  Gobernador de Antioquía,
  Virey del gran césar Decio,
  Floro y Lelio, de quien fuí
  Amigo tan verdadero,
  Nobleza ilustre, gran plebe,
  Estadme todos atentos;
  Que por hablaros á todos
  Juntos, á palacio vengo.
  Yo soy Ciprïano, yo
  Por mi estudio y por mi ingenio
  Fuí asombro de las escuelas,
  Fuí de las ciencias portento.
  Lo que de todas saqué,
  Fué una duda, no saliendo
  Jamás de una duda sola
  Confuso en mi entendimiento.
  Ví á Justina, y en Justina
  Ocupados mis afectos,
  Dejé á la docta Minerva
  Por la enamorada Vénus.
  De su virtud despedido,
  Mantuve mis sentimientos,
  Hasta que mi amor, pasando
  De un extremo en otro extremo,
  A un huésped mio, que el mar
  Le dió mis plantas por puerto,
  Por Justina ofrecí el alma,
  Porque me cautivó á un tiempo
  El amor con esperanzas,
  Y con ciencias el ingenio.
  Deste, discípulo he sido,
  Esas montañas viviendo,
  A cuya docta fatiga
  Tanta admiracion le debo,
  Que puedo mudar los montes
  Desde un asiento á otro asiento;
  Y aunque puedo estos prodigios
  Hoy ejecutar, no puedo
  Atraer una hermosura
  A la voz de mi deseo.
  La causa de no poder
  Rendir este monstruo bello,
  Es que hay un Dios que la guarda,
  En cuyo conocimiento
  He venido á confesarle
  Por el más sumo y inmenso.
  El gran Dios de los cristianos
  Es el que á voces confieso;
  Que aunque es verdad que yo ahora
  Esclavo soy del infierno,
  Y que con mi sangre misma
  Hecha una cédula tengo,
  Con mi sangre he de borrarla
  En el martirio que espero.
  Si eres juez, si á los cristianos
  Persigues duro y sangriento,
  Yo lo soy; que un venerable
  Anciano, en el monte mesmo
  El carácter me imprimió
  Que es su primer sacramento.
  Ea pues, ¿qué aguardas? Venga
  El verdugo, y de mi cuello
  La cabeza me divida,
  O con extraños tormentos
  Acrisola mi constancia;
  Que yo rendido y resuelto
  A padecer dos mil muertes
  Estoy, porque á saber llego
  Que sin el gran Dios que busco,
  Que adoro y que reverencio,
  Las humanas glorias son
  Polvo, humo, ceniza y viento.

_(Cae boca abajo en el suelo, como desmayado.)_

GOBERN.

  Tan absorto, Ciprïano,
  Me deja tu atrevimiento,
  Que imaginando castigos,
  A ninguno me resuelvo. _(Pisándole.)_
  Levántate.

FLORO.

             Desmayado,
  Es una estatua de hielo.


ESCENA XXII.

SOLDADOS, JUSTINA.—DICHOS.

UN SOLD.

  Aquí está, señor, Justina.

GOBERN.

  (_Ap._ Verla la cara no quiero.)
  Con ese vivo cadáver
  Todos sola la dejemos;

_(Ap. á los presentes.)_

  Porque cerrados los dos,
  Quizá mudarán de intento,
  Viéndose morir el uno
  Al otro; ó sañudo y fiero,
  Si no adoraren mis dioses,
  Morirán con mil tormentos.

LELIO.

  _(Ap.)_ Entre el amor y el espanto
  Confuso voy y suspenso.

FLORO.

  (Ap.) Tanto tengo que sentir,
  Que no sé qué es lo que siento.

_(Vanse todos, ménos Justina.)_


ESCENA XXIII.

JUSTINA; CIPRIANO, _sin sentido, en el suelo_.

JUSTINA.

  ¿Todos os vais sin hablarme?
  Cuando yo contenta vengo
  A morir, ¡áun no me dais
  Muerte, porque la deseo!

_(Repara en Cipriano.)_

  Mas sin duda es mi castigo,
  Cerrada en este aposento,
  Darme muerte dilatada,
  Acompañada de un muerto,
  Pues sólo un cadáver me hace
  Compañía. ¡Oh tú, que al centro
  De donde saliste, vuelves!
  ¡Dichoso tú, si te ha puesto
  En este estado la fe
  Que adoro!

CIPRIAN.

  _(Recobrándose.)_ Monstruo soberbio,
  ¿Qué aguardas, que no desatas
  Mi vida en?... _(Ve á Justina, y levántase.)_
                 ¡Válgame el cielo!
  _(Ap.)_ ¿No es Justina la que miro?

JUSTINA.

  _(Ap.)_ ¿No es Ciprïano el que veo?

CIPRIAN.

  _(Ap.)_ Mas no es ella, que en el aire
  La finge mi pensamiento.

JUSTINA.

  _(Ap.)_ Mas no es él: por divertirme,
  Fantasmas me finge el viento.

CIPRIAN.

  Sombra de mi fantasía...

JUSTINA.

  Ilusion de mi deseo...

CIPRIAN.

  Asombro de mis sentidos...

JUSTINA.

  Horror de mis pensamientos...

CIPRIAN.

  ¿Qué me quieres?

JUSTINA.

                   ¿Qué me quieres?

CIPRIAN.

  Ya no te llamo. ¿A qué efecto
  Vienes?

JUSTINA.

          ¿A qué efecto tú
  Me buscas? Ya en tí no pienso.

CIPRIAN.

  Yo no te busco, Justina.

JUSTINA.

  Ni yo á tu llamada vengo.

CIPRIAN.

  Pues ¿cómo estás aquí?

JUSTINA.

                         Presa.
  ¿Y tú?

CIPRIAN.

         Tambien estoy preso.
  Pero tu virtud, Justina,
  Díme ¿qué delito ha hecho?

JUSTINA.

  No es delito, pues ha sido
  Por el aborrecimiento
  De la fe de Cristo, á quien
  Como á mi Dios reverencio.

CIPRIAN.

  Bien se lo debes, Justina;
  Que tienes un Dios tan bueno,
  Que vela en defensa tuya.
  Haz tú que escuche mis ruegos.

JUSTINA.

  Sí hará, si con fe le llamas.

CIPRIAN.

  Con ella le llamo; pero
  Aunque dél no desconfío,
  Mis extrañas culpas temo.

JUSTINA.

  Confía.

CIPRIAN.

          ¡Ay, qué inmensos son
  Mis delitos!

JUSTINA.

               Más inmensos
  Son sus favores.

CIPRIAN.

                   ¿Habrá
  Para mí perdon?

JUSTINA.

                  Es cierto.

CIPRIAN.

  ¿Cómo, si el alma he entregado
  Al demonio mismo, en precio
  De tu hermosura?

JUSTINA.

                   No tiene
  Tantas estrellas el cielo,
  Tantas arenas el mar,
  Tantas centellas el fuego,
  Tantos átomos el dia,
  Ni tantas plumas el viento,
  Como él perdona pecados.

CIPRIAN.

  Así, Justina, lo creo,
  Y por él daré mil vidas.
  Pero la puerta han abierto.


ESCENA XXIV.

FABIO, _trayendo presos á_ MOSCON, CLARIN Y LIVIA.—CIPRIANO, JUSTINA.

FABIO.

  Entrad, que con vuestros amos
  Aquí habeis de quedar presos. _(Vase.)_

LIVIA.

  Si ellos quieren ser cristianos,
  ¿Acá qué culpa tenemos?

MOSCON.

  Mucha; que los que servimos,
  Harto gran delito hacemos.

CLARIN.

  Huyendo del monte, vine
  De un riesgo á dar á otro riesgo.


ESCENA XXV.

UN CRIADO.—DICHOS.

CRIADO.

  A Justina y á Cipriano
  El gobernador Aurelio
  Llama.

JUSTINA.

         ¡Feliz yo mil veces,
  Si es para el fin que deseo!—
  No te acobardes, Cipriano.

CIPRIAN.

  Fe, valor y ánimo tengo;
  Que si de mi esclavitud
  La vida ha de ser el precio,
  Quien el alma dió por tí,
  ¿Qué hará en dar por Dios el cuerpo?

JUSTINA.

  Que en la muerte te querria
  Dije; y pues á morir llego
  Contigo, Cipriano, ya
  Cumplí mis ofrecimientos.

_(Vanse Justina, Cipriano y el criado.)_


ESCENA XXVI.

MOSCON, LIVIA, CLARIN.

MOSCON.

  ¡Qué contentos á morir
  Van!

LIVIA.

       Mucho más contentos
  Los tres á vivir quedamos.

CLARIN.

  No mucho; que falta un pleito
  Que averiguar; y aunque aquesta
  No es ocasion, por si luego
  No hay lugar, no será justo
  Que echemos á mal el tiempo.

MOSCON.

  ¿Qué pleito es ese?

CLARIN.

                      Yo he estado
  Ausente...

LIVIA.

             Dí.

CLARIN.

                 Un año entero,
  Y un año Moscon ha sido
  Sin mi intermision tu dueño;
  Y á rata por cantidad,
  Para que iguales estemos,
  Otro año has de ser mia.

LIVIA.

  ¿Pues de mí presumes eso,
  Que habia de hacerte ofensa?
  Los dias lloraba enteros
  Que me tocaba llorar.

MOSCON.

  Y yo soy testigo dello;
  Que el dia que no era mio
  Guardé á tu amistad respeto.

CLARIN.

  Eso es falso, porque hoy
  No lloraba cuando dentro
  De su casa entré, y con ella
  Estabas tú muy de asiento.

LIVIA.

  No era hoy dia de plegaria.

CLARIN.

  Sí era, que si bien me acuerdo,
  El dia que me ausenté
  Era mio.

LIVIA.

           Ese fué yerro.

MOSCON.

  Ya sé en lo que el yerro ha estado.
  Este fué año de bisiesto,
  Y fueron pares los dias.

CLARIN.

  Yo me doy por satisfecho,
  Porque no lo ha de apurar
  Todo el hombre.—Mas ¿qué es esto?

_(Suena gran ruido de tempestad.)_


ESCENA XXVII.

EL GOBERNADOR, GENTE; _luego_, FABIO, LELIO Y FLORO, _todos
alborotados; despues_, EL DEMONIO.

LIVIA.

  La casa se viene abajo.

MOSCON.

  ¡Qué confusion! ¡qué portento!

GOBERN.

  Sin duda se ha desplomado
  La máquina de los cielos.

_(Suena la tempestad, y salen Fabio, Lelio y Floro.)_

FABIO.

  Apénas en el cadalso
  Cortó el verdugo los cuellos
  De Cipriano y de Justina,
  Cuando hizo sentimiento
  Toda la tierra.

LELIO.

                  Una nube,
  De cuyo abrasado seno
  Abortos horribles son
  Los relámpagos y truenos,
  Sobre nosotros cae.

FLORO.

                      Della
  Un disforme monstruo horrendo
  En las escamadas conchas
  De una sierpe sale, y puesto
  Sobre el cadalso, parece
  Que nos llama á su silencio.

_(Descúbrese el cadalso con las cabezas y cuerpos de Justina y
Cipriano, y el Demonio, en lo alto, sobre una sierpe.)_

DEMONIO.

  Oid, mortales, oid
  Lo que me mandan los cielos
  Que en defensa de Justina
  Haga á todos manifiesto.
  Yo fuí quien por disfamar
  Su virtud, formas fingiendo,
  Su casa escalé, y entré
  Hasta su mismo aposento;
  Y porque nunca padezca
  Su honesta fama desprecios,
  A restituir su honor
  De aquesta manera vengo.
  Ciprïano, que con ella
  Yace en feliz monumento,
  Fué mi esclavo; mas borrando
  Con la sangre de su cuello
  La cédula que me hizo,
  Ha dejado en blanco el lienzo;
  Y los dos, á mi pesar,
  A las esferas subiendo
  Del sacro solio de Dios,
  Viven en mejor imperio.
  Esta es la verdad, y yo
  La digo, porque Dios mesmo
  Me fuerza á que yo la diga,
  Tan poco enseñado á hacerlo.

_(Cae velozmente, y húndese.)_

LELIO.

  ¡Qué asombro!

FLORO.

                ¡Qué confusion!

LIVIA.

  ¡Qué prodigio!

TODOS.

                 ¡Qué portento!

GOBERN.

  Todos estos son encantos
  Que aqueste mágico ha hecho
  En su muerte.

FLORO.

                Yo no sé
  Si los dudo ó si los creo.

LELIO.

  A mí me admira el pensarlos.

CLARIN.

  Yo solamente resuelvo
  Que si él es mágico, ha sido
  El mágico de los cielos.

MOSCON.

  Pues dejando en pié la duda
  Del bien partido amor nuestro,
  Al _Mágico prodigioso_
  Pedid perdon de los yerros.



EL PRÍNCIPE CONSTANTE.



PERSONAS.


  DON FERNANDO, _príncipe_.
  DON ENRIQUE, _príncipe_.
  DON JUAN COUTIÑO.
  EL REY DE FEZ, _viejo_.
  MULEY, _general_.
  CELIN.
  ALFONSO, _rey de Portugal_.
  TARUDANTE, _rey de Marruecos_.
  BRITO, _gracioso_.
  FÉNIX, _infanta_.
  ROSA.
  ZARA.
  ESTRELLA.
  CELIMA.
  _Soldados portugueses._
  _Cautivos._
  _Moros._

La escena es en Fez y sus contornos, y en los de Tánger.

La accion principia en el año 1437.



JORNADA PRIMERA.


_Jardin del rey de Fez._


ESCENA PRIMERA.

CAUTIVOS, _que salen cantando_; ZARA.

ZARA.

  Cantad aquí, que ha gustado,
  Miéntras toma de vestir
  Fénix hermosa, de oir
  Las canciones, que ha escuchado
  Tal vez en los baños, llenas
  De dolor y sentimiento.

CAUT. 1.º

  Música cuyo instrumento
  Son los hierros y cadenas
  Que nos aprisionan, ¿puede
  Haberla alegrado?

ZARA.

                    Sí:
  Ella escucha desde aquí.
  Cantad.

CAUT. 2.º

          Esa pena excede,
  Zara hermosa, á cuantas son,
  Pues solo un rudo animal,
  Sin discurso racional,
  Canta alegre en la prision.

ZARA.

  ¿No cantais vosotros?

CAUT. 3.º

                        Es
  Para divertir las penas
  Propias, mas no las ajenas.

ZARA.

  Ella escucha, cantad pues.

CAUTIVOS

  _(Cantando.)_ _Al peso de los años_
  _Lo eminente se rinde;_
  _Que á lo fácil del tiempo_
  _No hay conquista difícil._


ESCENA II.

ROSA.—DICHOS.

ROSA.

  Despejad, cautivos; dad
  A vuestras canciones fin;
  Porque sale á este jardin
  Fénix á dar vanidad
  Al campo con su hermosura,
  Segunda aurora del prado.

_(Vanse los cautivos.)_


ESCENA III.

FÉNIX, ESTRELLA Y CELIMA, _como acabando de vestir á la Infanta_.—ZARA,
ROSA.

ESTREL.

  Hermosa te has levantado.

ZARA.

  No blasone el alba pura
  Que la debe este jardin
  La luz ni fragancia hermosa,
  Ni la púrpura la rosa,
  Ni la blancura el jazmin.

FÉNIX.

  El espejo.

ESTREL.

             Es excusado
  Querer consultar con él
  Los borrones que el pincel
  Sobre la tez no ha dejado. _(Danle un espejo.)_

FÉNIX.

  ¿De qué sirve la hermosura
  (Cuando lo fuese la mia),
  Si me falta la alegría,
  Si me falta la ventura?

CELIMA.

  ¿Qué sientes?

FÉNIX.

                Si yo supiera,
  ¡Ay Celima! lo que siento,
  De mi mismo sentimiento
  Lisonja al dolor hiciera;
  Pero de la pena mia
  No sé la naturaleza;
  Que entónces fuera tristeza
  Lo que hoy es melancolía.
  Solo sé que sé sentir;
  Lo que sé sentir no sé;
  Que ilusion del alma fué.

ZARA.

  Pues no pueden divertir
  Tu tristeza estos jardines,
  Que á la primavera hermosa
  Labran estatuas de rosa
  Sobre templos de jazmines,
  Hazte al mar: un barco sea
  Dorado carro del sol.

ROSA.

  Y cuando tanto arrebol
  Errar por sus ondas vea,
  Con grande melancolía
  El jardin al mar dirá:
  «Ya el sol en su centro está:
  Muy breve ha sido este dia.»

FÉNIX.

  Pues no me puede alegrar,
  Formando sombras y léjos,
  La emulacion, que en reflejos,
  Tienen la tierra y el mar;
  Cuando con grandezas sumas
  Compiten entre esplendores
  Las espumas á las flores,
  Las flores á las espumas;
  Porque el jardin, envidioso
  De ver las ondas del mar,
  Su curso quiere imitar;
  Y así el céfiro amoroso
  Matices rinde y olores,
  Que soplando en ellas bebe,
  Y hacen las hojas que mueve
  Un océano de flores;
  Cuando el mar, triste de ver
  La natural compostura
  Del jardin, tambien procura
  Adornar y componer
  Su playa, la pompa pierde,
  Y á segunda ley sujeto,
  Compite con dulce efeto
  Campo azul y golfo verde,
  Siendo, ya con rizas plumas,
  Ya con mezclados colores.
  El jardin un mar de flores,
  Y el mar un jardin de espumas:
  Sin duda mi pena es mucha,
  No la pueden lisonjear
  Campo, cielo, tierra y mar.

ZARA.

  Gran pena contigo lucha.


ESCENA IV.

EL REY, _con un retrato_.—DICHOS.

REY.

  Si acaso permite el mal,
  Cuartana de tu belleza,
  Dar treguas á tu tristeza,
  Este bello original
  (Que no es retrato el que tiene
  Alma y vida) es del infante
  De Marruecos, Tarudante,
  Que á rendir á tus piés viene
  Su corona: embajador
  Es de su parte; y no dudo
  Que, embajador que habla mudo,
  Trae embajadas de amor.
  Favor en su amparo tengo:
  Diez mil jinetes alista
  Que enviar á la conquista
  De Ceuta, que ya prevengo.
  Dé la vergüenza esta vez
  Licencia: permite amar
  A quien se ha de coronar
  Rey de tu hermosura en Fez.

FÉNIX.

  _(Ap.)_ ¡Válgame Alá!

REY.

                        ¿Qué rigor
  Te suspende de esa suerte?

FÉNIX.

  _(Ap.)_ La sentencia de mi muerte.

REY.

  ¿Qué es lo que dices?

FÉNIX.

                        Señor,
  Si sabes que siempre has sido
  Mi dueño, mi padre y rey,
  ¿Qué he de decir? (_Ap._ ¡Ay Muley!
  ¡Grande ocasion has perdido!)
  El silencio (¡ay infelice!)
  Hace mi humildad inmensa.
  (_Ap._ Miente el alma, si lo piensa;
  Miente la voz, si lo dice.)

REY.

  Toma el retrato.

FÉNIX.

  _(Ap.)_            Forzada
  La mano le tomará;
  Pero el alma no podrá.

_(Disparan una pieza.)_

ZARA.

  Esta salva es á la entrada
  De Muley, que hoy ha surgido
  Del mar de Fez.

REY.

                  Justa es.


ESCENA V.

MULEY, _con baston de general_.—DICHOS.

MULEY.

  Dáme, gran señor, los piés.

REY.

  Muley, seas bien venido.

MULEY.

  Quien penetra el arrebol
  De tan soberana esfera,
  Y á quien en el puerto espera
  Tal aurora, hija del sol,
  Fuerza es que venga con bien.
  Dáme, señora, la mano,
  Que este favor soberano
  Puede mereceros quien
  Con amor, lealtad y fe
  Nuevos triunfos te previene.
  (_Ap._ Y fué á serviros, y viene
  Tan amante como fué.)

FÉNIX.

  (_Ap._ ¡Válgame el cielo! ¿qué veo?)
  Tú, Muley (estoy mortal),
  Vengas con bien.

MULEY.

  _(Ap.)_          No, con mal
  Será, si á mis ojos creo.

REY.

  En fin, Muley, ¿qué hay del mar?

MULEY.

  Hoy tu sufrimiento pruebas:
  De pesar te traigo nuevas,
  Porque ya todo es pesar.

REY.

  Pues cuanto supieres dí;
  Que en un ánimo constante
  Siempre se halla igual semblante
  Para el bien y el mal.—Aquí
  Te sienta, Fénix.

FÉNIX.

                    Sí haré.

REY.

  Todos os sentad.—Prosigue,
  Y nada á callar te obligue,

_(Siéntanse el Rey y las damas.)_

MULEY.

  (_Ap._ Ni hablar ni callar podré.)
  Salí, como me mandaste,
  Con dos galeazas solas,
  Gran señor, á recorrer
  De Berbería las costas.
  Fué tu intento que llegase
  A aquella ciudad famosa,
  Llamada en un tiempo Elisa,
  Aquella que está en la boca
  Del Freto Hercúleo fundada,
  Y de Ceido nombre toma;
  Que Ceido, Ceuta, en hebreo
  Vuelto el árabe idïoma,
  Quiere decir hermosura,
  Y ella es ciudad siempre hermosa.
  Aquella, pues, que los cielos
  Quitaron á tu corona,
  Quizá por justos enojos
  Del gran profeta Mahoma,
  Y en oprobio de las armas
  Nuestras, miramos ahora
  Que pendones portugueses
  En sus torres se enarbolan,
  Teniendo siempre á los ojos
  Un padrastro que baldona
  Nuestros aplausos, un freno
  Que nuestro orgullo reporta,
  Un Cáucaso que detiene
  Al Nilo de tus victorias
  La corriente, y puesta en medio,
  El paso á España le estorba.
  Iba con órdenes pues
  De mirar y inquirir todas
  Sus fuerzas, para decirte
  La disposicion y forma
  Que hoy tiene, y cómo podrás
  A ménos peligro y costa
  Emprender la guerra. El cielo
  Te conceda la victoria
  Con esta restitucion,
  Aunque la dilate agora
  Mayor desdicha; pues creo
  Que está su empresa dudosa,
  Y con más necesidad
  Te está apellidando otra;
  Pues las armas prevenidas
  Para la gran Ceuta, importa
  Que sobre Tánger acudan;
  Porque amenazada llora
  De igual pena, igual desdicha,
  Igual ruina, igual congoja.
  Yo lo sé, porque en el mar
  Una mañana ví (á la hora
  Que, medio dormido el sol,
  Atropellando las sombras
  Del ocaso, desmaraña
  Sobre jazmines y rosas
  Rubios cabellos, que enjuga
  Con paños de oro á la aurora
  Lágrimas de fuego y nieve,
  Que el sol convirtió en aljófar),
  Que á largo trecho del agua
  Venía una gruesa tropa
  De naves; si bien entónces
  No pudo la vista absorta
  Determinarse á decir
  Si eran naos ó si eran rocas;
  Porque como en los matices
  Sutiles pinceles logran
  Unos visos, unos léjos,
  Que en perspectiva dudosa
  Parecen montes tal vez,
  Y tal ciudades famosas,
  Porque la distancia siempre
  Monstruos imposibles forma;
  Así en países azules
  Hicieron luces y sombras,
  Confundiendo mar y cielo,
  Con las nubes y las ondas,
  Mil engaños á la vista;
  Pues ella entónces curiosa,
  Sólo percibió los bultos
  Y no distinguió las formas.
  Primero dos pareció,
  Viendo que sus puntas tocan
  Con el cielo, que eran nubes
  De las que á la mar se arrojan
  A concebir en zafir
  Lluvias que en cristal abortan;
  Y fué bien pensado, pues
  Esta innumerable copia
  Pareció que pretendia
  Sorberse el mar gota á gota.
  Luégo de marinos monstruos
  Nos pareció errante copia,
  Que á acompañar á Neptuno
  Salian de sus alcobas;
  Pues sacudiendo las velas,
  Que son del viento lisonja,
  Pensamos que sacudian
  Las alas sobre las olas.
  Ya parecia más cerca
  Una inmensa Babilonia,
  De quien los pensiles fueron
  Flámulas que el viento azotan.
  Aquí ya desengañada
  La vista, mejor se informa
  De que era armada, pues vió
  A los sulcos de las proas
  Cuando batidas espumas
  Ya se encrespan, ya se entorchan,
  Rizarse montes de plata,
  De cristal cuajarse rocas.
  Yo, que ví tanto enemigo,
  Volví á su rigor la proa;
  Que tambien saber huir
  Es linaje de victoria.
  Y así, como más experto
  En estos mares, la boca
  Tomé en una cala, adonde,
  Al abrigo y á la sombra
  De dos montecillos, pude
  Resistir la poderosa
  Furia de tan gran poder,
  Que mar, cielo y tierra asombra.
  Pasan sin vernos, y yo
  Deseoso (¿quién lo ignora?)
  De saber dónde seguia
  Esta armada su derrota,
  A la campaña del mar
  Salí otra vez, donde logra
  El cielo mis esperanzas,
  En esta ocasion dichosas;
  Pues ví que de aquella armada
  Se habia quedado sola
  Una nave, y que en el mar
  Mal defendida zozobra:
  Porque, segun despues supe,
  De una tormenta, que todas
  Corrieron, habia salido
  Deshecha, rendida y rota;
  Y así llena de agua estaba,
  Sin que bastasen las bombas
  A agotarla, y titubeando,
  Ya á aquella parte, ya á estotra,
  Estaba á cada vaiven
  Si se ahoga, ó no se ahoga.
  Llegué á ella, y aunque moro,
  Les dí alivio en sus congojas;
  Que el tener en las desdichas
  Compañía, de tal forma
  Consuela, que el enemigo
  Suele servir de lisonja.
  El deseo de vivir
  Tanto á algunos les provoca,
  Que haciendo al intento escalas
  De gúmenas y maromas,
  A la prision se vinieron;
  Si bien otros les baldonan,
  Diciéndoles que el vivir
  Eterno es vivir con honra;
  Y áun así se resistieron:
  ¡Portuguesa vanagloria!
  De los que salieron, uno
  Muy por extenso me informa.
  Dice, pues, que aquella armada
  Ha salido de Lisboa
  Para Tánger, y que viene
  A sitiarla con heroica
  Determinacion que veas
  En sus almenas famosas
  Las quinas que ves en Ceuta
  Cada vez que el sol se asoma.
  Duarte de Portugal,
  Cuya fama vencedora
  Ha de volar con las plumas
  De las águilas de Roma,
  Envía á sus dos hermanos
  Enrique y Fernando, gloria
  Deste siglo, que los mira
  Coronados de victorias.
  Maestres de Cristo y de Avis
  Son, los dos pechos adornan
  Cruces de perfiles blancos.
  Una verde y otra roja.
  Catorce mil portugueses
  Son, gran señor, los que cobran
  Sus sueldos, sin los que vienen
  Sirviéndolos á su costa.
  Mil son los fuertes caballos,
  Que la soberbia española
  Los vistió para ser tigres,
  Los calzó para ser onzas.
  Ya á Tánger habrán llegado,
  Y esta, señor, es la hora
  Que, si su arena no pisan,
  Al ménos sus mares cortan.
  Salgamos á defenderla:
  Tú mismo las armas toma:
  Baje en tu valiente brazo
  El azote de Mahoma,
  Y del libro de la muerte
  Desate la mejor hoja;
  Que quizá se cumple hoy
  Una profecía heroica
  De Morábitos, que dicen
  Que en la márgen arenosa
  Del África ha de tener
  La portuguesa corona
  Sepulcro infeliz, y vean
  Que aquesta cuchilla corva,
  Campañas verdes y azules
  Volvió, con su sangre, rojas.

REY.

  Calla, no me digas más;
  Que de mortal furia lleno,
  Cada voz es un veneno
  Con que la muerte me das.
  Yo á sus bríos arrogantes
  Haré que en África tengan
  Sepulcro, aunque armados vengan
  Sus maestres los Infantes.
  Tú, Muley, con los jinetes,
  De la costa parte luego,
  Miéntras yo en tu amparo llego;
  Que si, como me prometes,
  En escaramuzas diestras
  Le ocupas, porque tan presto
  No tomen tierra, y en esto
  La sangre heredada muestras,
  Yo tan veloz llegaré
  Como tú con lo restante
  Del ejército arrogante
  Que en ese campo se ve;
  Y así la sangre concluya
  Tantos duelos en un dia,
  Porque Ceuta ha de ser mia,
  Y Tánger no ha de ser suya. _(Vase.)_


ESCENA VI.

FÉNIX, MULEY, ZARA, ROSA, ESTRELLA, CELIMA.

MULEY.

  Aunque de paso, no quiero
  Dejar, Fénix, de decir,
  Ya que tengo de morir,
  La enfermedad de que muero;
  Que aunque pierdan mis recelos
  El respeto á tu opinion,
  Si celos mis penas son,
  Ninguno es cortés con celos.
  ¿Qué retrato ¡ay enemiga!
  En tu blanca mano ví?
  ¿Quién es el dichoso, dí?
  ¿Quién?... Mas espera, no diga
  Tu lengua tales agravios:
  Basta, sin saber quién sea,
  Que yo en tu mano le vea,
  Sin que le escuche en tus labios.

FÉNIX.

  Muley, aunque mi deseo
  Licencia de amar te dió,
  De ofender y injuriar no.

MULEY.

  Es verdad, Fénix, ya veo
  Que no es estilo ni modo
  De hablarte; pero los cielos
  Saben que, en habiendo celos,
  Se pierde el respeto á todo.
  Con grande recato y miedo
  Te serví, quise y amé;
  Mas si con amor callé,
  Con celos, Fénix, no puedo,
  No puedo.

FÉNIX.

            No ha merecido
  Tu culpa satisfaccion;
  Pero yo por mi opinion
  Satisfacerte he querido;
  Que un agravio entre los dos
  Disculpa tiene; y así,
  Te la doy.

MULEY.

             ¿Pues hayla?

FÉNIX.

                          Sí.

MULEY.

  ¡Buenas nuevas te dé Dios!

FÉNIX.

  Este retrato ha enviado...

MULEY.

  ¿Quién?

FÉNIX.

          Tarudante el infante.

MULEY.

  ¿Para qué?

FÉNIX.

             Porque ignorante
  Mi padre de mi cuidado...

MULEY.

  Bien.

FÉNIX.

        Pretende que estos dos
  Reinos...

MULEY.

            No me digas más.
  ¿Esa disculpa me das?
  ¡Malas nuevas te dé Dios!

FÉNIX.

  Pues ¿qué culpa habré tenido
  De que mi padre lo trate?

MULEY.

  De haber hoy, aunque te mate,
  El retrato recibido.

FÉNIX.

  ¿Pude excusarlo?

MULEY.

                   ¿Pues no?

FÉNIX.

  ¿Cómo?

MULEY.

         Otra cosa fingir.

FÉNIX.

  Pues ¿qué pude hacer?

MULEY.

                        Morir;
  Que por tí lo hiciera yo.

FÉNIX.

  Fué fuerza.

MULEY.

              Mas fué mudanza.

FÉNIX.

  Fué violencia.

MULEY.

                 No hay violencia.

FÉNIX.

  Pues ¿qué pudo ser?

MULEY.

                      Mi ausencia.
  Sepulcro de mi esperanza.
  Y para no asegurarme
  De que te puedes mudar,
  Ya me vuelvo yo á ausentar:
  Vuelve, Fénix, á matarme.

FÉNIX.

  Forzosa es la ausencia, parte...

MULEY.

  Ya lo está el alma primero.

FÉNIX.

  Á Tánger, que en Fez te espero,
  Donde acabes de quejarte.

MULEY.

  Sí haré, si mi mal dilato.

FÉNIX.

  Adios, que es fuerza el partir.

MULEY.

  Oye: ¿al fin me dejas ir
  Sin entregarme el retrato?

FÉNIX.

  Por el Rey no le he deshecho.

MULEY.

  Suelta, que no será en vano
  Que saque yo de tu mano
  A quien me saca del pecho. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Playa de Tánger._


ESCENA VII.

_Tocan dentro un clarin, hay ruido de desembarcar, y van saliendo_ DON
FERNANDO, DON ENRIQUE, DON JUAN COUTIÑO, Y SOLDADOS PORTUGUESES.


D. FERN.

  Yo he de ser el primero, África bella,
  Que he de pisar tu márgen arenosa,
  Porque oprimida al peso de mi huella
  Sientas en tu cerviz la poderosa
  Fuerza que ha de rendirte.

D. ENR.

                             Yo en el suelo
  Africano la planta generosa _(Cae.)_
  El segundo pondré. ¡Válgame el cielo!
  Hasta aquí los agüeros me han seguido.

D. FERN.

  Pierde, Enrique, á esas cosas el recelo,
  Porque el caer agora, ántes ha sido
  Que ya, como á señor, la misma tierra
  Los brazos en albricias te ha pedido.

D. ENR.

  Desierta esta campaña y esta sierra
  Los alarbes, al vernos, han dejado.

D. JUAN.

  Tánger las puertas de sus muros cierra.

D. FERN.

  Todos se han retirado á su sagrado.
  Don Juan Coutiño, conde de Miralva,
  Reconoced la tierra con cuidado:
  Ántes que el sol, reconociendo el alba,
  Con más furia nos hiera y nos ofenda,
  Haced á la ciudad la primer salva.
  Decid que defenderse no pretenda,
  Porque la he de ganar á sangre y fuego,
  Que el campo inunde, el edificio encienda.

D. JUAN.

  Tú verás que á sus mismas puertas llego,
  Aunque volcan de llamas y de rayos
  Le deje al sol con pardas nubes ciego.

_(Vase.)_


ESCENA VIII.

BRITO.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE, SOLDADOS PORTUGUESES.

BRITO.

  ¡Gracias á Dios que abriles piso y mayos,
  Y en la tierra me voy por donde quiero,
  Sin sustos, sin vaivenes ni desmayos!
  Y no en el mar, adonde, si primero
  No se consulta un monstruo de madera,
  Que es juez de palo, en fin, el más ligero
  No se puede escapar de una carrera
  En el mayor peligro. ¡Ah tierra mia!
  No muera en agua yo, como no muera
  Tampoco en tierra hasta el postrero dia.

D. ENR.

  ¡Que escuches este loco!

D. FERN.

                           Y que tu pena,
  Sin razon, sin arbitrio y sin consuelo[6],
  ¡Tanto de tí te priva y te divierte!

  [6] Verso suelto en una escena escrita en tercetos. Falta un
  verso que consuene con _dia_, y otro con _pena_. Es de creer que
  haya una laguna aquí.

D. ENR.

  El alma traigo de temores llena:
  Echada juzgo contra mí la suerte,
  Desde que desde Lisboa, al salir, sólo
  Imágenes he visto de la muerte.
  Apénas, pues, al berberisco polo
  Prevenimos los dos esta jornada,
  Cuando de un parasismo el mismo Apolo
  Amortajado en nubes, la dorada
  Faz escondió, y el mar sañudo y fiero
  Deshizo con tormentas nuestra armada.
  Si miro al mar, mil sombras considero;
  Si al cielo miro, sangre me parece
  Su velo azul; si al aire lisonjero,
  Aves nocturnas son las que me ofrece;
  Si á la tierra, sepulcros representa,
  Donde mísero yo caiga y tropiece.

D. FERN.

  Pues descifrarte aquí mi amor intenta
  Causa de un melancólico accidente.
  Sorbernos una nave una tormenta,
  Es decirnos que sobra aquella gente
  Para ganar la empresa á que venimos:
  Verter púrpura el cielo trasparente,
  Es gala, no es horror; que si fingimos
  Monstruos al agua y pájaros al viento,
  Nosotros hasta aquí no los trajimos;
  Pues si ellos aquí están, ¿no es argumento
  Que á la tierra que habitan inhumanos,
  Pronostican el fin fiero y sangriento?
  Estos agüeros viles, miedos vanos,
  Para los moros vienen, que los crean,
  No para que los duden los cristianos.
  Nosotros dos lo somos; no se emplean
  Nuestras armas aquí por vanagloria
  De que en los libros inmortales lean
  Ojos humanos esta gran victoria.
  La fe de Dios á engrandecer venimos.
  Suyo será el honor, suya la gloria,
  Si vivimos dichosos, pues morimos;
  El castigo de Dios justo es temerle,
  Este no viene envuelto en miedos vanos:
  A servirle venimos, no á ofenderle:
  Cristianos sois, haced como cristianos.—
  Pero ¿qué es esto?


ESCENA IX.

DON JUAN.—DICHOS.

D. JUAN.

                     Señor,
  Yendo al muro á obedecerte,
  A la falda de ese monte
  Ví una tropa de jinetes,
  Que de la parte de Fez
  Corriendo á esta parte vienen
  Tan veloces, que á la vista
  Aves, no brutos, parecen.
  El viento no los sustenta,
  La tierra apénas los siente;
  Y así la tierra ni el aire
  Saben si corren ó vuelen.

D. FERN.

  Salgamos á recibirlos,
  Haciendo primero frente
  Los arcabuceros: luégo
  Los que caballos tuvieren
  Salgan tambien á su usanza,
  Con lanzas y con arneses.
  ¡Ea, Enrique, buen principio
  Esta ocasion nos ofrece!
  ¡Ánimo!

D. ENR.

          ¡Tu hermano soy!
  No me espantan accidentes
  Del tiempo, ni me espantara
  El semblante de la muerte. _(Vanse.)_

BRITO.

  El cuartel de la salud
  Me toca á mí guardar siempre.
  ¡Oh qué brava escaramuza!
  Ya se embisten, ya acometen.
  ¡Famoso juego de cañas!
  Ponerme en cobro conviene. _(Vase.)_

_(Tocan dentro al arma.)_


       *       *       *       *       *


_Otro punto de la playa._


ESCENA X.

DON JUAN Y DON ENRIQUE, _peleando con varios_ MOROS.

D. ENR.

  A ellos, que ya los moros
  Vencidos la espalda vuelven.

D. JUAN.

  Llenos de despojos quedan,
  De caballos y de gentes,
  Estos campos.

D. ENR.

                ¿Don Fernando
  Dónde está, que no parece?

D. JUAN.

  Tanto se ha empeñado en ellos,
  Que ya de vista se pierde.

D. ENR.

  Pues á buscarle, Coutiño.

D. JUAN.

  Siempre á tu lado me tienes. _(Vanse.)_


ESCENA XI[7].

  [7] Esta escena es una especie de glosa, habilísimamente hecha,
  de varios romances.

DON FERNANDO, _con la espada de Muley, y_ MULEY, _con adarga sola_.

D. FERN.

  En la desierta campaña,
  Que tumba comun parece
  De cuerpos muertos, si ya
  No es teatro de la muerte,
  Solo tú, moro, has quedado,
  Porque rendida tu gente
  Se retiró, y tu caballo,
  Que mares de sangre vierte,
  Envuelto en polvo y espuma,
  Que él mismo levanta y pierde,
  Te dejó para despojo
  De mi brazo altivo y fuerte,
  Entre los sueltos caballos
  De los vencidos jinetes.
  Yo ufano con tal victoria,
  Que me ilustra y desvanece
  Más que el ver esta campaña
  Coronada de claveles;
  Pues es tanta la vertida
  Sangre con que se guarnece,
  Que la piedad de los ojos
  Fué tan grande, tan vêmente,
  De no ver siempre desdichas,
  De no mirar ruinas siempre,
  Que por el campo buscaban
  Entre lo rojo lo verde.
  En efecto, mi valor,
  Sujetando tus valientes
  Bríos, de tantos perdidos
  Un suelto caballo prende,
  Tan monstruo, que siendo hijo
  Del viento, adopcion pretende
  Del fuego, y entre los dos
  Lo desdice y lo desmiente
  El color, pues siendo blanco,
  Dice el agua: «Parto es este
  De mi esfera, sola yo
  Pude cuajarle de nieve.»
  En fin, en lo veloz, viento,
  Rayo en fin en lo eminente,
  Era por lo blanco cisne,
  Por lo sangriento era sierpe,
  Por lo hermoso era soberbio,
  Por lo atrevido valiente,
  Por los relinchos lozano
  Y por las cernejas fuerte.
  En la silla y en las ancas
  Puestos los dos juntamente,
  Mares de sangre rompimos,
  Por cuyas ondas crueles
  Este bajel animado,
  Hecho proa de la frente,
  Rompiendo el globo de nácar,
  Desde el codon al copete,
  Pareció entre espuma y sangre
  (Ya que bajel quise hacerle)
  De cuatro espuelas herido,
  Que cuatro vientos le mueven.
  Rindióse al fin, si hubo peso
  Que tanto Atlante oprimiese;
  Si bien el de las desdichas
  Hasta los brutos lo sienten;
  O ya fué, que enternecido
  Entre su instinto dijese:
  «Triste camina el alarbe
  Y el español parte alegre;
  ¿Luego yo contra mi patria
  Soy traidor y soy aleve?»
  No quiero pasar de aquí;
  Y puesto que triste vienes,
  Tanto, que aunque el corazon
  Disimula cuanto puede,
  Por la boca y por los ojos,
  Volcanes que el pecho enciende.
  Ardientes suspiros lanza
  Y tiernas lágrimas vierte;
  Admirado mi valor
  De ver, cada vez que vuelve,
  Que á un golpe de la fortuna
  Tanto se postre y sujete
  Tu valor, pienso que es otra
  La causa que te entristece;
  Porque por la libertad
  No era justo ni decente
  Que tan tiernamente llore
  Quien tan duramente hiere.
  Y así, si el comunicar
  Los males alivio ofrece
  Al sentimiento, entre tanto
  Que llegamos á mi gente,
  Mi deseo á tu cuidado,
  Si tanto favor merece,
  Con razones le pregunta
  Comedidas y corteses,
  ¿Qué sientes? pues ya he creido
  Que el venir preso no sientes.
  Comunicado el dolor,
  Se aplaca si no se vence;
  Y yo, que soy el que tuve
  Más parte en este accidente
  De la fortuna, tambien
  Quiero ser el que consuele
  De tus suspiros la causa,
  Si la causa lo consiente.

MULEY.

  Valiente eres, español,
  Y cortés como valiente;
  Tan bien vences con la lengua,
  Como con la espada vences.
  Tuya fué la vida, cuando
  Con la espada entre mi gente
  Me venciste; pero agora,
  Que con la lengua me prendes,
  Es tuya el alma, porque
  Alma y vida se confiesen
  Tuyas: de ambas eres dueño,
  Pues ya cruel, ya clemente,
  Por el trato y por las armas
  Me has cautivado dos veces.
  Movido de la piedad
  De oirme, español, y verme,
  Preguntado me has la causa
  De mis suspiros ardientes;
  Y aunque confieso que el mal
  Repetido y dicho suele
  Templarse, tambien confieso
  Que quien le repite, quiere
  Aliviarse; y es mi mal
  Tan dueño de mis placeres,
  Que por no hacerles disgusto,
  Y que aliviado me deje,
  No quisiera repetirla;
  Mas ya es fuerza obedecerte.
  Y quiérotela decir
  Por quien soy y por quien eres.
  Sobrino del rey de Fez
  Soy; mi nombre es Muley Jeque,
  Familia que ilustran tantos
  Bajáes y belerbeyes.
  Tan hijo fuí de desdichas
  Desde mi primer oriente,
  Que en el umbral de la vida
  Nací en brazos de la muerte.
  Una desierta campaña,
  Que fué sepulcro eminente
  De españoles, fué mi cuna;
  Pues para que lo confieses,
  En los Gélves nací el año
  Que os perdísteis en los Gélves.
  A servir al rey mi tio
  Vine infante.—Pero empiecen
  Las penas y las desdichas:
  Cesen las venturas, cesen.
  Vine á Fez, y una hermosura,
  A quien he adorado siempre,
  Junto á mi casa vivia,
  Porque más cerca muriese.
  Desde mis primeros años,
  Porque más constante fuese
  Este amor, más imposible
  De acabarse y de romperse,
  Ambos nos criamos juntos,
  Y amor en nuestras niñeces
  No fué rayo, pues hirió
  En lo humilde, tierno y débil
  Con más fuerza que pudiera
  En lo augusto, altivo y fuerte;
  Tanto, que para mostrar
  Sus fuerzas y sus poderes,
  Hirió nuestros corazones
  Con arpones diferentes.
  Pero como la porfía
  Del agua en las piedras suele
  Hacer señal, por la fuerza
  No, sino cayendo siempre;
  Así las lágrimas mias,
  Porfiando eternamente.
  La piedra del corazon,
  Más que los diamantes fuerte,
  Labraron; y no con fuerza
  De méritos excelentes,
  Pero con mi mucho amor
  Vino en fin á enternecerse.
  En este estado viví
  Algun tiempo, aunque fué breve,
  Gozando en auras süaves
  Mil amorosos deleites.
  Ausentéme, por mi mal:
  Harto he dicho en ausentéme,
  Pues en mi ausencia otro amante
  Ha venido á darme muerte.
  Él dichoso, yo infelice,
  Él asistiendo, yo ausente,
  Yo cautivo y libre él,
  Me contrastara mi suerte
  Cuando tú me cautivaste:
  Mira si es bien me lamente.

D. FERN.

  Valiente moro y galan,
  Si adoras como refieres,
  Si idolatras como dices,
  Si amas como encareces,
  Si celas como suspiras,
  Si como recelas temes,
  Y si como sientes amas,
  Dichosamente padeces.
  No quiero por tu rescate
  Más precio de que le aceptes.
  Vuélvete, y díle á tu dama
  Que por su esclavo te ofrece
  Un portugues caballero;
  Y si obligada pretende
  Pagarme el precio por tí,
  Yo te doy lo que me debes:
  Cobra la deuda en amor,
  Y logra tus intereses.
  Ya el caballo, que rendido
  Cayó en el suelo, parece
  Con el ocio y el descanso
  Que restituido vuelve;
  Y porque sé qué es amor,
  Y qué es tardanza en ausentes,
  No te quiero detener:
  Sube en tu caballo y véte.

MULEY.

  Nada mi voz te responde;
  Que á quien liberal ofrece,
  Sólo aceptar es lisonja.
  Díme, portugues, quién eres.

D. FERN.

  Un hombre noble, y no más.

MULEY.

  Bien lo muestras, seas quien fueres.
  Para el bien y para el mal
  Soy tu esclavo eternamente.

D. FERN.

  Toma el caballo, que es tarde.

MULEY.

  Pues si á tí te lo parece,
  ¿Qué hará á quien vino cautivo
  Y libre á su dama vuelve? _(Vase.)_

D. FERN.

  Generosa accion es dar,
  Y más la vida.

MULEY.

  _(Dentro)._    ¡Valiente
  Portugues!

D. FERN.

             Desde el caballo
  Habla.—¿Qué es lo que me quieres?

MULEY.

  _(Dentro.)_ Espero que he de pagarte
  Algun dia tantos bienes.

D. FERN.

  Gózalos tú.

MULEY.

  _(Dentro.)_ Porque al fin,
  Hacer bien nunca se pierde.
  Alá te guarde, español.

D. FERN.

  Si Alá es Dios, con bien te lleve.

_(Suenan dentro cajas y trompetas.)_

  Mas ¿qué trompeta es esta
  Que el aire turba y la region molesta?
  Y por estotra parte
  Cajas se escuchan: música de Marte
  Son las dos.


ESCENA XII.

DON ENRIQUE, DON FERNANDO.

D. ENR.

               ¡Oh Fernando!
  Tu persona, veloz vengo buscando.

D. FERN.

  Enrique, ¿qué hay de nuevo?

D. ENR.

                              Aquellos ecos,
  Ejércitos de Fez y de Marruecos
  Son; porque Tarudante
  Al rey de Fez socorre, y arrogante
  El Rey con gente viene:
  En medio cada ejército nos tiene,
  De modo que cercados,
  Somos los sitiadores y sitiados.
  Si la espalda volvemos
  Al uno, mal del otro nos podemos
  Defender; pues por una y otra parte
  Nos deslumbran relámpagos de Marte.
  ¿Qué haremos, pues, de confusiones llenos?

D. FERN.

  ¿Qué? Morir como buenos,
  Con ánimos constantes.
  ¿No somos dos Maestres, dos Infantes,
  Cuando bastara ser dos portugueses
  Particulares, para no haber visto
  La cara al miedo? Pues _Avis y Cristo_
  A voces repitamos,
  Y por la fe muramos
  Pues á morir venimos.


ESCENA XIII.

DON JUAN.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE.

D. JUAN.

  Mala salida á tierra dispusimos.

D. FERN.

  Ya no es tiempo de medios:
  A los brazos apelen los remedios,
  Pues uno y otro ejército nos cierra
  En medio. ¡Avis y Cristo!

D. JUAN.

                            ¡Guerra, guerra!

_(Éntranse sacando las espadas, y dase la batalla.)_


ESCENA XIV.

BRITO.

  Ya nos cogen en medio,
  Un ejército y otro, sin remedio.
  ¡Qué bellaca palabra!
  La llave eterna de los cielos abra
  Un resquicio siquiera,
  Que de aqueste peligro salga afuera
  Quien aquí se ha venido
  Sin qué ni para qué. Pero fingido
  Muerto estaré un instante,
  Y muerto lo tendré para adelante.

_(Échase en el suelo.)_


ESCENA XV.

UN MORO _acuchillando á_ DON ENRIQUE.—BRITO _en el suelo_.

MORO.

  ¿Quién tanto se defiende,
  Siendo mi brazo rayo, que desciende
  Desde la cuarta esfera?

D. ENR.

  Pues aunque yo tropiece, caiga y muera
  En cuerpos de cristianos,
  No desmaya la fuerza de las manos;
  Que ella de quien yo soy mejor avisa.

_(Písanle, y éntranse.)_

BRITO.

  ¡Cuerpo de Dios con él, y qué bien pisa!


ESCENA XVI.

MULEY Y DON JUAN COUTIÑO _riñendo_.—BRITO.

MULEY.

  Ver, portugues valiente,
  En tí fuerza tan grande, no lo siente
  Mi valor; pues quisiera
  Daros hoy la victoria.

D. JUAN.

                         ¡Pena fiera!
  Sin tiento y sin aviso,
  Son cuerpos de cristianos cuantos piso.

_(Vanse los dos.)_

BRITO.

  Yo se lo perdonara,
  A trueco, mi señor, que no pisara.


ESCENA XVII.

DON FERNANDO, _retirándose del_ REY _y de otros_ MOROS.—BRITO.

REY.

  Rinde la espada, altivo
  Portugues; que si logro el verte vivo
  En mi poder, prometo
  Ser tu amigo. ¿Quién eres?

D. FERN.

  Un caballero soy; saber no esperes
  Más de mí. Dáme muerte.


ESCENA XVIII.

DON JUAN, _que se pone al lado de_ DON FERNANDO.—DICHOS.

D. JUAN.

  Primero, gran señor, mi pecho fuerte,
  Que es muro de diamante,
  Tu vida guardará puesto delante.
  ¡Ea, Fernando mio,
  Muéstrese ahora el heredado brío!

REY.

  Si esto escucho, ¿qué espero?
  Suspéndanse las armas, que no quiero
  Hoy más felice gloria;
  Que este preso me basta por victoria.
  Si tu prision ó muerte
  Con tal sentencia decretó la suerte,
  Da la espada, Fernando,
  Al Rey de Fez.


ESCENA XIX.

MULEY; _despues_ DON ENRIQUE.—DICHOS.

MULEY.

                 ¿Qué es lo que estoy mirando?

D. FERN.

  Sólo á un rey la rindiera;
  Que desesperacion negarla fuera.

_(Sale Don Enrique.)_

D. ENR.

  ¡Preso mi hermano!

D. FERN.

                     Enrique,
  Tu voz más sentimiento no publique;
  Que en la suerte importuna
  Estos son los sucesos de fortuna.

REY.

  Enrique, Don Fernando
  Está hoy en mi poder; y aunque mostrando
  La ventaja que tengo,
  Pudiera daros muerte, yo no vengo
  Hoy más que á defenderme;
  Que vuestra sangre no viniera á hacerme
  Honras tan conocidas
  Como podrán hacerme vuestras vidas.
  Y para que el rescate
  Con más puntualidad al Rey se trate,
  Vuelve tú; que Fernando
  En mi poder se quedará, aguardando
  Que vengas á libralle.
  Pero díle á Duarte, que en llevalle
  Será su intento vano,
  Si á Ceuta no me entrega por su mano.—
  Y agora vuestra Alteza,
  A quien debo esta honra, esta grandeza,
  A Fez venga conmigo.

D. FERN.

  Iré á la esfera cuyos rayos sigo.

MULEY.

  _(Ap.)_ Porque yo tenga, ¡cielos!
  Más que sentir entre amistad y celos.

D. FERN.

  Enrique, preso quedo.
  Ni al mal ni á la fortuna tengo miedo.
  Dirásle á nuestro hermano
  Que haga aquí como príncipe cristiano
  En la desdicha mia.

D. ENR.

  ¿Pues quién de sus grandezas desconfía?

D. FERN.

  Esto te encargo, y digo
  Que haga como cristiano.

D. ENR.

                           Yo me obligo
  A volver como tal.

D. FERN.

  Dáme esos brazos.

D. ENR.

  Tú eres el preso, y pónesme á mí lazos.

D. FERN.

  Don Juan, adios.

D. JUAN.

                   Yo he de quedar contigo:
  De mí no te despidas.

D. FERN.

                        ¡Leal amigo!

D. ENR.

  ¡Oh infelice jornada!

D. FERN.

  Dirásle al Rey... Mas no le digas nada,
  Si con grande silencio el miedo vano
  Estas lágrimas lleva al Rey mi hermano.

_(Vanse.)_


ESCENA XX.

DOS MOROS.—BRITO.

MORO 1.º

  Cristiano muerto es este.

MORO 2.º

  Porque no causen peste,
  Echad al mar los muertos.

BRITO.

  En dejándôs los cascos bien abiertos
  A tajos y á reveses;

_(Levántase, y acuchíllalos.)_

  Que ainda mortos somos portugueses.



JORNADA SEGUNDA.


_Falda de un monte cercano á los jardines del rey de Fez._


ESCENA PRIMERA.

FÉNIX, _y luego_ MULEY.

FÉNIX.

  ¡Zara! ¡Rosa! ¡Estrella! ¿No
  Hay quien me responda? _(Sale Muley.)_

MULEY.

                         Sí,
  Que tú eres sol para mí
  Y para tí sombra yo,
  Y la sombra al sol siguió.
  El eco dulce escuché
  De tu voz, y apresuré
  Por esta montaña el paso.
  ¿Qué sientes?

FÉNIX.

                Oye, si acaso
  Puedo decir lo que fué.
  Lisonjera, libre, ingrata,
  Dulce y süave una fuente
  Hizo apacible corriente
  De cristal y undosa plata;
  Lisonjera se desata,
  Porque hablaba y no sentia:
  Süave, porque fingia;
  Libre, porque claro hablaba;
  Dulce, porque murmuraba;
  É ingrata, porque corria.
  Aquí cansada llegué,
  Despues de seguir ligera
  En ese monte una fiera,
  En cuya frescura hallé
  Ocio y descanso; porque
  De un montecillo á la espalda,
  De quien corona y guirnalda
  Fueron clavel y jazmin,
  Sobre un catre de carmin
  Hice un foso de esmeralda.
  Apénas en él rendí
  El alma al susurro blando
  De las soledades, cuando
  Ruido en las hojas sentí.
  Atenta me puse, y ví
  Una caduca africana,
  Espíritu en forma humana,
  Ceño arrugado y esquivo,
  Que era un esqueleto vivo
  De lo que fué sombra vana,
  Cuya rústica fiereza,
  Cuyo aspecto esquivo y bronco
  Fué escultura hecha de un tronco
  Sin pulirse la corteza.
  Con melancolía y tristeza.
  Pasiones siempre infelices,
  (Para que te atemorices)
  Una mano me tomó,
  Y entónces ser tronco yo
  Afirmé por las raíces.
  Hielo introdujo en mis venas
  El contacto, horror las voces,
  Que discurriendo veloces,
  De mortal veneno llenas,
  Articuladas apénas,
  Esto les pude entender:
  «¡Ay infelice mujer!
  ¡Ay forzosa desventura!
  ¿Que en efecto esta hermosura
  Precio de un muerto ha de ser?»
  Dijo, y yo tan triste vivo,
  Que diré mejor que muero;
  Pues por instantes espero
  De aquel tronco fugitivo
  Cumplimiento tan esquivo,
  De aquel oráculo yerto
  El presagio y fin tan cierto,
  Que mi vida ha de tener.—
  ¡Ay de mí! ¡que yo he de ser
  Precio vil de un hombre muerto! _(Vase.)_


ESCENA II.

MULEY.

  Fácil es de descifrar
  Ese sueño, esa ilusion,
  Pues las imágenes son
  De mi pena singular.
  A Tarudante has de dar
  La mano de esposa; pero
  Yo, que en pensarlo me muero,
  Estorbaré mi rigor;
  Que él no ha de gozar tu amor
  Si no me mata primero.
  Perderte yo, podrá ser;
  Mas no perderte y vivir:
  Luego si es fuerza el morir
  Ántes que lo llegue á ver,
  Precio mi vida ha de ser
  Con que ha de comprarte, ¡ay cielos!
  Y tú en tantos desconsuelos
  Precio de un muerto serás,
  Pues que morir me verás
  De amor, de envidia y de celos.


ESCENA III.

DON FERNANDO, TRES CAUTIVOS.—MULEY.

CAUT. 1.º

  Desde aquel jardin te vimos,
  Donde estamos trabajando,
  Andar á caza, Fernando,
  Y todos juntos venimos
  A arrojarnos á tus piés.

CAUT. 2.º

  Solamente este consuelo
  Aquí nos ofrece el cielo.

CAUT. 3.º

  Piedad como suya es.

D. FERN.

  Amigos, dadme los brazos;
  Y sabe Dios si con ellos
  Quisiera de vuestros cuellos
  Romper los nudos y lazos
  Que os aprisionan; que á fe
  Que os darian libertad
  Ántes que á mí; mas pensad
  Que favor del cielo fué
  Esta piadosa sentencia;
  Él mejorará la suerte,
  Que á la desdicha más fuerte
  Sabe vencer la prudencia.
  Sufrid con ella el rigor
  Del tiempo y de la fortuna:
  Deidad bárbara, importuna,
  Hoy cadáver y ayer flor,
  No permanece jamás,
  Y así os mudará de estado.—
  ¡Ay Dios! que al necesitado
  Darle consejo no más,
  No es prudencia; y en verdad,
  Que aunque quiera regalaros,
  No tengo esta vez qué daros:
  Mis amigos, perdonad.
  Ya de Portugal espero
  Socorro, presto vendrá:
  Vuestra mi hacienda será;
  Para vosotros la quiero.
  Si me vienen á sacar
  Del cautiverio, ya digo
  Que todos ireis conmigo.
  Id con Dios á trabajar,
  No disgusteis vuestros dueños.

CAUT. 1.º

  Señor, tu vida y salud
  Hace nuestra esclavitud
  Dichosa.

CAUT. 2.º

           Siglos pequeños
  Los del Fénix sean, señor,
  Para que vivas. _(Vanse los cautivos.)_


ESCENA IV.

DON FERNANDO, MULEY.

D. FERN.

                  El alma
  Queda en lastimosa calma,
  Viendo que os vais sin favor
  De mis manos. ¡Quién pudiera
  Socorrerlos! ¡Qué dolor!

MULEY.

  Aquí estoy viendo el amor
  Con que la desdicha fiera
  De esos cautivos tratais.

D. FERN.

  Duélome de su fortuna,
  Y en la desdicha importuna
  Que á esos cautivos mirais
  Aprendo á ser infelice;
  Y algun dia podrá ser
  Que los haya menester.

MULEY.

  ¿Eso vuestra Alteza dice?

D. FERN.

  Naciendo infante, he llegado
  A ser esclavo; y así
  Temo venir desde aquí
  A más miserable estado;
  Que si ya en aqueste vivo,
  Mucha más distancia tray
  De infante á cautivo, que hay
  De cautivo á más cautivo.
  Un dia llama á otro dia,
  Y así llama y encadena
  Llanto á llanto y pena á pena.

MULEY.

  ¡No fuera mayor la mia!
  Que vuestra Alteza mañana,
  Aunque hoy cautivo está,
  A su patria volverá;
  Pero mi esperanza es vana,
  Pues no puede alguna vez
  Mejorarse mi fortuna,
  Mudable más que la luna.

D. FERN.

  Cortesano soy de Fez,
  Y nunca de los amores
  Que me contaste, te oí
  Novedad.

MULEY.

           Fueron en mí
  Recatados los favores.
  El dueño juré encubrir;
  Pero á la amistad atento,
  Sin quebrar el juramento,
  Te lo tengo de decir.
  Tan solo mi mal ha sido
  Como solo mi dolor;
  Porque el Fénix y mi amor
  Sin semejante han nacido.
  En ver, oir y callar
  Fénix es mi pensamiento;
  Fénix es mi sufrimiento
  En temer, sentir y amar;
  Fénix mi desconfianza
  En llorar y padecer;
  En merecerla y temer
  Aun es Fénix mi esperanza;
  Fénix mi amor y cuidado;
  Y pues que es Fénix te digo,
  Como amante y como amigo,
  Ya lo he dicho y lo he callado. _(Vase.)_

D. FERN.

  Cuerdamente declaró
  El dueño amante y cortés:
  Si Fénix su pena es,
  No he de competirla yo;
  Que la mia es comun pena.
  No me doy por entendido;
  Que muchos la han padecido
  Y vive de enojos llena.


ESCENA V.

EL REY.—DON FERNANDO.

REY.

  Por la falda deste monte
  Vengo siguiendo á tu Alteza,
  Porque, ántes que el sol se oculte
  Entre corales y perlas,
  Te diviertas en la lucha
  De un tigre, que ahora cercan
  Mis cazadores.

D. FERN.

                 Señor,
  Gustos por puntos inventas
  Para agradarme: si así
  A tus esclavos festejas.
  No echarán ménos la patria.

REY.

  Cautivos de tales prendas
  Que honran al dueño, es razon
  Servirlos desta manera.


ESCENA VI.

DON JUAN.—DICHOS.

D. JUAN.

  Sal, gran señor, á la orilla
  Del mar, y verás en ella
  El más hermoso animal
  Que añadió naturaleza
  Al artificio; porque
  Una cristiana galera
  Llega al puerto, tan hermosa,
  Aunque toda oscura y negra,
  Que al verla se duda cómo
  Es alegre su tristeza.
  Las armas de Portugal
  Vienen por remate della;
  Que como tienen cautivo
  A su Infante, tristes señas
  Visten por su esclavitud,
  Y á darle libertad llegan,
  Diciendo su sentimiento.

D. FERN.

  Don Juan amigo, no es esa
  De su luto la razon;
  Que si á librarme vinieran,
  En fe de mi libertad,
  Fueran alegres las muestras.


ESCENA VII.

DON ENRIQUE, _vestido de luto, con un pliego_.—DICHOS.

D. ENR.

  _(Al Rey.)_ Dadme, gran señor, los brazos.

REY.

  Con bien venga vuestra Alteza.

D. FERN.

  ¡Ay Don Juan, cierta es mi muerte!

REY.

  ¡Ay Muley, mi dicha es cierta!

D. ENR.

  Ya que de vuestra salud
  Me informa vuestra presencia,
  Para abrazar á mi hermano
  Me dad, gran señor, licencia.
  ¡Ay Fernando! _(Abrázanse.)_

D. FERN.

                Enrique mio,
  ¿Qué traje es ese? Mas cesa:
  Harto me han dicho tus ojos,
  Nada me diga tu lengua.
  No llores, que si es decirme
  Que es mi esclavitud eterna,
  Eso es lo que más deseo:
  Albricias pedir pudieras,
  Y en vez de dolor y luto
  Vestir galas y hacer fiestas.
  ¿Cómo está el Rey mi señor?
  Porque como salud tenga,
  Nada siento. ¿Aun no respondes?

D. ENR.

  Si repetidas las penas
  Se sienten dos veces, quiero
  Que sola una vez las sientas.—
  Tú escúchame, gran señor; _(Al Rey.)_
  Que aunque una montaña sea
  Rústico palacio, aquí
  Te pido me des audiencia,
  A un preso la libertad,
  Y atencion justa á estas nuevas.
  Rota y deshecha la armada,
  Que fué con vana soberbia
  Pesadumbre de las ondas,
  Dejando en África presa
  La persona del Infante,
  A Lisboa dí la vuelta.
  Desde el punto que Duarte
  Oyó tan trágicas nuevas,
  De una tristeza cubrió
  El corazon, de manera
  Que pasando á ser letargo
  La melancolía primera,
  Muriendo, desmintió á cuantos
  Dicen que no matan penas.
  Murió el Rey, que esté en el cielo.

D. FERN.

  ¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta
  Mi prision?

REY.

              De esa desdicha
  Sabe Alá lo que me pesa.
  Prosigue.

D. ENR.

            En su testamento
  El Rey mi señor ordena
  Que luego por la persona
  Del Infante se dé á Ceuta.
  Y así yo con los poderes
  De Alfonso, que es quien le hereda,
  Porque solo este lucero
  Supliera del sol la ausencia,
  Vengo á entregar la ciudad;
  Y pues...

D. FERN.

            No prosigas, cesa,
  Cesa, Enrique; porque son
  Palabras indignas esas,
  No de un portugues infante,
  De un maestre, que profesa
  De Cristo la religion,
  Pero áun de un hombre lo fueran
  Vil, de un bárbaro sin luz
  De la fe de Cristo eterna.
  Mi hermano, que está en el cielo,
  Si en su testamento deja
  Esa cláusula, no es
  Para que se cumpla y lea,
  Sino para mostrar solo
  Que mi libertad desea,
  Y esa se busque por otros
  Medios y otras conveniencias,
  O apacibles ó crueles.
  Porque decir: «Dése á Ceuta,»
  Es decir: hasta eso haced
  Prodigiosas diligencias.
  Que un rey católico y justo,
  ¿Cómo fuera, cómo fuera
  Posible entregar á un moro
  Una ciudad que le cuesta
  Su sangre, pues fué el primero
  Que con solo una rodela
  Y una espada enarboló
  Las quinas en sus almenas?
  Y esto es lo que importa ménos.
  Una ciudad que confiesa
  Católicamente á Dios,
  La que ha merecido iglesias
  Consagradas á sus cultos
  Con amor y reverencia,
  ¿Fuera católica accion,
  Fuera religion expresa,
  Fuera cristiana piedad,
  Fuera hazaña portuguesa
  Que los templos soberanos,
  Atlantes de las esferas,
  En vez de doradas luces,
  Adonde el sol reverbera,
  Vieran otomanas sombras;
  Y que sus lunas opuestas
  En la iglesia, estos eclipses
  Ejecutasen tragedias?
  ¿Fuera bien que sus capillas
  A ser establos vinieran,
  Sus altares á pesebres,
  Y cuando aquesto no fuera,
  Volvieran á ser mezquitas?
  Aquí enmudece la lengua,
  Aquí me falta el aliento,
  Aquí me ahoga la pena;
  Porque en pensarlo no más
  El corazon se me quiebra,
  El cabello se me eriza
  Y todo el cuerpo me tiembla.
  Porque establos y pesebres
  No fuera la vez primera
  Que hayan hospedado á Dios;
  Pero en ser mezquitas, fueran
  Un epitafio, un padron
  De nuestra inmortal afrenta,
  Diciendo: «Aquí tuvo Dios
  Posada, y hoy se la niegan
  Los cristianos, para darla
  Al demonio.» Aun no se cuenta
  (Acá moralmente hablando)
  Que nadie en casa se atreva
  De otro á ofenderle: ¿era justo
  Que entrara en su casa mesma
  A ofender á Dios el vicio,
  Y que acompañado fuera
  De nosotros, y nosotros
  Le guardáramos la puerta,
  Y para dejarle dentro
  A Dios echásemos fuera?
  Los católicos que habitan
  Con sus familias y haciendas
  Hoy, quizá prevaricaran
  En la fe, por no perderlas.
  ¿Fuera bien ocasionar
  Nosotros la contingencia
  Deste pecado? Los niños
  Que tiernos crian en ella
  Los cristianos, ¿fuera bueno
  Que los moros indujeran
  A sus costumbres y ritos
  Para vivir en su secta?
  ¿En mísero cautiverio
  Fuera bueno que murieran
  Hoy tantas vidas, por una
  Que no importa que se pierda?
  ¿Quién soy yo? ¿soy más que un hombre?
  Si es número que acrecienta
  El ser infante, ya soy
  Un cautivo: de nobleza
  No es capaz el que es esclavo;
  Yo lo soy: luego ya yerra
  El que infante me llamare.
  Si no lo soy, ¿quién ordena
  Que la vida de un esclavo
  En tanto precio se venda?
  Morir es perder el sér,
  Yo le perdí en una guerra:
  Perdí el sér, luego morí:
  Morí, luego ya no es cuerda
  Hazaña que por un muerto
  Hoy tantos vivos perezcan.
  Y así estos vanos poderes,
  Hoy, divididos en piezas,
  Serán átomos del sol,
  Serán del fuego centellas.

_(Rompe el pliego que traia Don Enrique.)_

  Mas no, yo los comeré
  Porque áun no quede una letra
  Que informe al mundo que tuvo
  La lusitana nobleza
  Este intento.—Rey, yo soy
  Tu esclavo, dispon, ordena
  De mí; libertad no quiero,
  Ni es posible que la tenga.
  Enrique, vuelve á tu patria:
  Dí que en África me dejas
  Enterrado; que mi vida
  Yo haré que muerte parezca.
  Cristianos, Fernando es muerto;
  Moros, un esclavo os queda;
  Cautivos, un compañero
  Hoy se añade á vuestras penas;
  Cielos, un hombre restaura
  Vuestras divinas iglesias;
  Mar, un mísero, con llanto,
  Vuestras ondas acrecienta;
  Montes, un triste os habita,
  Igual ya de vuestras fieras;
  Viento, un pobre con sus voces
  Os duplica las esferas;
  Tierra, un cadáver hoy labra
  En tus entrañas su huesa:
  Porque rey, hermano, moros,
  Cristianos, sol, luna, estrellas,
  Cielo, tierra, mar y viento,
  Fieras, montes, todos sepan
  Que hoy un _príncipe constante_,
  Entre desdichas y penas,
  La fe católica ensalza,
  La ley de Dios reverencia;
  Pues cuando no hubiera otra
  Razon más que tener Ceuta
  Una iglesia consagrada
  Á la Concepcion eterna
  De la que es Reina y Señora
  De los cielos y la tierra,
  Perdiera, vive ella misma,
  Mil vidas en su defensa.

REY.

  Desagradecido, ingrato
  A las glorias y grandezas
  De mi reino, ¿cómo así
  Hoy me quitas, hoy me niegas
  Lo que más he deseado?
  Mas si en mi reino gobiernas
  Más que en el tuyo, ¿qué mucho
  Que la esclavitud no sientas?
  Pero ya que esclavo mio
  Te nombras y te confiesas,
  Como á esclavo he de tratarte:
  Tu hermano y los tuyos vean
  Que ya como vil esclavo
  Los piés ahora me besas.

D. ENR.

  ¡Qué desdicha!

MULEY.

                 ¡Qué dolor!

D. ENR.

  ¡Qué desventura!

D. JUAN.

                   ¡Qué pena!

REY.

  Mi esclavo eres.

D. FERN.

                   Es verdad,
  Y poco en eso te vengas;
  Que si para una jornada
  Salió el hombre de la tierra
  Al fin de varios caminos,
  Es para volver á ella.
  Más tengo que agradecerte
  Que culparte, pues me enseñas
  Atajos para llegar
  A la posada más cerca.

REY.

  Siendo esclavo tú, no puedes
  Tener títulos ni rentas.
  Hoy Ceuta está en tu poder:
  Si cautivo te confiesas,
  Si me confiesas por dueño,
  ¿Por qué no me das á Ceuta?

D. FERN.

  Porque es de Dios, y no es mia.

REY.

  ¿No es precepto de obediencia
  Obedecer al señor?
  Pues yo te mando con ella
  Que la entregues.

D. FERN.

                    En lo justo
  Dice el cielo que obedezca
  El esclavo á su señor;
  Porque si el señor dijera
  Á su esclavo que pecara,
  Obligacion no tuviera
  De obedecerle; porque
  Quien peca mandado, peca.

REY.

  Daréte muerte.

D. FERN.

                 Esa es vida.

REY.

  Pues para que no lo sea,
  Vive muriendo; que yo
  Rigor tengo.

D. FERN.

               Y yo paciencia.

REY.

  Pues no tendrás libertad.

D. FERN.

  Pues no será tuya Ceuta.

REY.

  ¡Hola!


ESCENA VIII.

CELIN, MOROS.—DICHOS.

CELIN.

         Señor...

REY.

                  Luego al punto
  Aquese cautivo sea
  Igual á todos: al cuello
  Y á los piés le echad cadenas;
  A mis caballos acuda
  Y en baño y jardin, y sea
  Abatido como todos;
  No vista ropas de seda,
  Sino sarga humilde y pobre;
  Coma negro pan, y beba
  Agua salobre; en mazmorras
  Húmedas y oscuras duerma;
  Y á criados y á vasallos
  Se extienda aquesta sentencia.
  Llevadlos todos.

D. ENR.

                   ¡Qué llanto!

MULEY.

  ¡Qué desdicha!

D. JUAN.

                 ¡Qué tristeza!

REY.

  Veré, bárbaro, veré
  Si llega á más tu paciencia
  Que mi rigor.

D. FERN.

                Sí verás;
  Porque esta en mí será eterna. _(Llévanle.)_

REY.

  Enrique, por el seguro
  De mi palabra, que vuelvas
  A Lisboa te permito;
  El mar africano deja.
  Dí en tu patria que su Infante,
  Su Maestre de Avis, queda
  Curándome los caballos;
  Que á darle libertad vengan.

D. ENR.

  Sí harán, que si yo le dejo
  En su infelice miseria,
  Y me sufre el corazon
  El no acompañarle en ella,
  Es porque pienso volver
  Con más poder y más fuerza,
  Para darle libertad.

REY.

  Muy bien harás, como puedas.

MULEY.

  _(Ap.)_ Ya ha llegado la ocasion
  De que mi lealtad se vea.
  La vida debo á Fernando,
  Yo le pagaré la deuda. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Jardin._


ESCENA IX.

CELIN; DON FERNANDO, _de cautivo y con cadenas; despues_, CAUTIVOS.

CELIN.

  El Rey manda que asistas
  En aqueste jardin, y no resistas
  Su ley á tu obediencia. _(Vase.)_

D. FERN.

  Mayor que su rigor, es mi paciencia.

_(Salen varios cautivos, y uno canta miéntras los otros cavan en el
jardin.)_

CAUT. 1.º

  _(Canta.)_ _Á la conquista de Tánger,_
  _Contra el tirano de Fez,_
  _Al infante Don Fernando_
  _Envió su hermano el Rey._

D. FERN.

  ¡Que un instante mi historia
  No deje de cansar á la memoria!
  Triste estoy y turbado.

CAUT. 2.º

  ¿Cautivo, cómo estais tan descuidado?
  No lloreis, consolaos; que ya el Maestre
  Dijo que volveremos
  Presto á la patria, y libertad tendremos.
  Ninguno ha de quedar en este suelo.

D. FERN.

  _(Ap.)_ ¡Qué presto perdereis ese consuelo!

CAUT. 2.º

  Consolad los rigores,
  Y ayudadme á regar aquestas flores.
  Tomad los cubos, y agua me id trayendo
  De aquel estanque.

D. FERN.

                     Obedecer pretendo.
  Buen cargo me habeis dado,
  Pues agua me pedís; que mi cuidado,
  Sembrando penas, cultivando enojos,
  Llenará en la corriente de mis ojos. _(Vase.)_

CAUT. 2.º

  A este baño han echado
  Más cautivos.


ESCENA X.

DON JUAN Y OTRO CAUTIVO.—DICHOS.

D. JUAN.

                Miremos con cuidado
  Si estos jardines fueron
  Donde vino, ó si acaso éstos le vieron;
  Porque en su compañía
  Ménos el llanto y el dolor sería,
  Y mayor el consuelo.—
  Dígasme, amigo, que te guarde el cielo,
  Si viste cultivando
  Este jardin al maestre Don Fernando.

CAUT. 2.º

  No, amigo, no le he visto.

D. JUAN.

  Mal el dolor y lágrimas resisto.

CAUT. 3.º

  Digo que el baño abrieron,
  Y que nuevos cautivos á él vinieron.


ESCENA XI.

DON FERNANDO, _con dos cubos de agua_.—DICHOS.

D. FERN.

  Mortales, no os espante
  Ver un maestre de Avis, ver un infante
  En tan mísera afrenta;
  Que el tiempo estas miserias representa.

D. JUAN.

  Pues señor, ¡vuestra Alteza
  En tan mísero estado! De tristeza
  Rompa el dolor el pecho.

D. FERN.

  ¡Válgate Dios, qué gran pesar me has hecho,
  Don Juan, en descubrirme!
  Que quisiera ocultarme y encubrirme
  Entre mi misma gente,
  Sirviendo pobre y miserablemente.

CAUT. 1.º

  Señor, que perdoneis humilde os ruego
  Haber andado yo tan loco y ciego.

CAUT. 2.º

  Dános, señor, tus piés.

D. FERN.

                          Alzad, amigo,
  No hagais tal ceremonia ya conmigo.

D. JUAN.

  Vuestra Alteza...

D. FERN.

                    ¿Qué Alteza
  Ha de tener quien vive en tal bajeza?
  Ved que yo humilde vivo,
  Y soy entre vosotros un cautivo:
  Ninguno ya me trate
  Sino como á su igual.

D. JUAN.

                        ¡Que no desate
  Un rayo el cielo para darme muerte!

D. FERN.

  Don Juan, no ha de quejarse desa suerte
  Un noble. ¿Quién del cielo desconfía?
  La prudencia, el valor, la bizarría
  Se ha de mostrar ahora.


ESCENA XII.

ZARA, _con un azafate_.—DICHOS.

ZARA.

  Al jardin sale Fénix mi señora,
  Y manda que matices y colores
  Borden este azafate de sus flores.

D. FERN.

  Yo llevársele espero,
  Que en cuanto sea servir, seré el primero.

CAUT. 1.º

  Ea, vamos á cogellas.

ZARA.

  Aquí os aguardo miéntras vais por ellas.

D. FERN.

  No me hagais cortesías:
  Iguales vuestras penas y las mias
  Son; y pues nuestra suerte,
  Si hoy no, mañana ha de igualar la muerte,
  No será accion liviana
  No dejar hoy que hacer para mañana.

_(Vanse el Infante y todos haciéndole cortesías, y quédase Zara.)_


ESCENA XIII.

FÉNIX, ROSA, ZARA.

FÉNIX.

  ¿Mandaste que me trajesen
  Las flores?

ZARA.

              Ya lo mandé.

FÉNIX.

  Sus colores deseé.
  Para que me divirtiesen.

ROSA.

  ¡Que tales, señora, fuesen,
  Creyendo tus fantasías,
  Tus graves melancolías!

ZARA.

  ¿Qué te obligó á estar así?

FÉNIX.

  No fué sueño lo que ví,
  Que fueron desdichas mias.
  Cuando sueña un desdichado
  Que es dueño de algun tesoro,
  Ni dudo, Zara, ni ignoro
  Que entónces es bien soñado;
  Mas si á soñar ha llegado
  En fortuna tan incierta,
  Que desdichas le concierta,
  Ya aquello sus ojos ven,
  Pues soñando el mal y el bien,
  Halla el mal cuando despierta.
  Piedad no espero ¡ay de mí!
  Porque mi mal será cierto.

ZARA.

  ¿Y qué dejas para el muerto,
  Si tú lo sientes así?

FÉNIX.

  Ya mis desdichas creí.
  ¡Precio de un muerto! ¿Quién vió
  Tal pena? No hay gusto, no,
  A una infelice mujer.
  ¿Que al fin de un muerto he de ser?
  ¿Quién será este muerto?


ESCENA XIV.

DON FERNANDO, _con las flores_.—FÉNIX, ZARA, ROSA.

D. FERN.

                           Yo.

FÉNIX.

  ¡Ay cielos! ¿Qué es lo que veo?

D. FERN.

  ¿Qué te admira?

FÉNIX.

                  De una suerte
  Me admira el oirte y verte.

D. FERN.

  No lo jures, bien lo creo.
  Yo pues, Fénix, que deseo
  Servirte humilde, traia
  Flores, de la suerte mia
  Jeroglíficos, señora,
  Pues nacieron con la aurora,
  Y murieron con el dia.

FÉNIX.

  Á la maravilla dió
  Ese nombre al descubrilla.

D. FERN.

  ¿Qué flor, dí, no es maravilla
  Cuando te la sirvo yo?

FÉNIX.

  Es verdad. Dí, ¿quién causó
  Esta novedad?

D. FERN.

                Mi suerte.

FÉNIX.

  ¿Tan rigurosa es?

D. FERN.

                    Tan fuerte.

FÉNIX.

  Pena das.

D. FERN.

            Pues no te asombre.

FÉNIX.

  ¿Por qué?

D. FERN.

            Porque nace el hombre
  Sujeto á fortuna y muerte.

FÉNIX.

  ¿No eres Fernando?

D. FERN.

                     Sí soy.

FÉNIX.

  ¿Quién te puso así?

D. FERN.

                      La ley
  De esclavo.

FÉNIX.

  ¿Quién la hizo?

D. FERN.

                  El Rey.

FÉNIX.

  ¿Por qué?

D. FERN.

            Porque suyo soy.

FÉNIX.

  ¿Pues no te ha estimado hoy?

D. FERN.

  Y tambien me ha aborrecido.

FÉNIX.

  ¿Un dia posible ha sido
  A desunir dos estrellas?

D. FERN.

  Para presumir por ellas,
  Las flores habrán venido.
  Estas, que fueron pompa y alegría
  Despertando al albor de la mañana,
  A la tarde serán lástima vana,
  Durmiendo en brazos de la noche fria.
  Este matiz, que al cielo desafía,
  Iris listado de oro, nieve y grana,
  Será escarmiento de la vida humana:
  ¡Tanto se emprende en término de un dia!
  A florecer las rosas madrugaron,
  Y para envejecerse florecieron:
  Cuna y sepulcro en un boton hallaron.
  Tales los hombres sus fortunas vieron:
  En un dia nacieron y espiraron;
  Que pasados los siglos, horas fueron.

FÉNIX.

  Horror y miedo me has dado,
  Ni oirte ni verte quiero;
  Sé el desdichado primero
  De quien huye un desdichado.

D. FERN.

  ¿Y las flores?

FÉNIX.

                 Si has hallado
  Jeroglíficos en ellas,
  Deshacellas y rompellas
  Sólo sabrán mis rigores.

D. FERN.

  ¿Qué culpa tienen las flores?

FÉNIX.

  Parecerse á las estrellas.

D. FERN.

  ¿Ya no las quieres?

FÉNIX.

                      Ninguna
  Estimo en su rosicler.

D. FERN.

  ¿Cómo?

FÉNIX.

         Nace la mujer
  Sujeta á muerte y fortuna;
  Y en esta estrella importuna
  Tasada mi vida ví.

D. FERN.

  ¿Flores con estrellas?

FÉNIX.

                         Sí.

D. FERN.

  Aunque sus rigores lloro,
  Esa propiedad ignoro.

FÉNIX.

  Escucha, sabráslo.

D. FERN.

                     Dí.

FÉNIX.

  Esos rasgos de luz, esas centellas
  Que cobran con amagos superiores
  Alimentos del sol en resplandores,
  Aquello viven que se duele dellas.
  Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
  Efímeras padecen sus ardores;
  Pues si un dia es el siglo de las flores,
  Una noche es la edad de las estrellas.
  De esa, pues, primavera fugitiva
  Ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere:
  Registro es nuestro, ó muera el sol ó viva.
  ¿Qué duracion habrá que el hombre espere,
  O qué mudanza habrá, que no reciba
  De astro, que cada noche nace y muere?

_(Vanse Fénix, Zara y Rosa.)_


ESCENA XV.

MULEY.—DON FERNANDO.

MULEY.

  A que se ausentase Fénix
  En esta parte esperé;
  Que el águila más amante
  Huye de la luz tal vez.
  ¿Estamos solos?

D. FERN.

                  Sí.

MULEY.

                      Escucha.

D. FERN.

  ¿Qué quieres, noble Muley?

MULEY.

  Que sepas que hay en el pecho
  De un moro lealtad y fe.
  No sé por dónde empezar
  A declararme, ni sé
  Si diga cuánto he sentido
  Este inconstante desden
  Del tiempo, este estrago injusto
  De la suerte, este cruel
  Ejemplo del mundo, y este
  De la fortuna vaiven.
  Pero á riesgo estoy, si aquí
  Hablar contigo me ven;
  Que tratarte sin respeto
  Es ya decreto del Rey.
  Y así, á mi dolor dejando
  La voz, que él podrá más bien
  Explicarse como esclavo,
  Vengo á arrojarme á esos piés.
  Yo lo soy tuyo, y así
  No vengo, Infante, á ofrecer
  Mi favor, sino á pagar
  Deuda que un tiempo cobré.
  La vida que tú me diste,
  Vengo á darte; que hacer bien
  Es tesoro que se guarda
  Para cuando es menester.
  Y porque el temor me tiene
  Con grillos de miedo al pié,
  Y está mi pecho y mi cuello
  Entre el cuchillo y cordel,
  Quiero, acortando discursos,
  Declararme de una vez.
  Y así digo, que esta noche
  Tendré en el mar un bajel
  Prevenido; en las troneras
  De las mazmorras pondré
  Instrumentos, que desarmen
  Las prisiones que teneis.
  Luégo, por parte de afuera,
  Los candados romperé:
  Tú con todos los cautivos,
  Que Fez encierra hoy en él,
  Vuelve á tu patria, seguro
  De que yo lo quedo en Fez;
  Pues es fácil el decir
  Que ellos pudieron romper
  La prision; y así los dos
  Habremos librado bien,
  Yo el honor y tú la vida;
  Pues es cierto que á saber
  El Rey mi intento, me diera
  Por traidor con justa ley,
  Que no sintiera el morir.
  Y porque son menester
  Para granjear voluntades
  Dineros, aquí se ve
  A estas joyas reducido
  Innumerable interes.
  Este es, Fernando, el rescate
  De mi prision, esta es
  La obligacion que te tengo;
  Que un esclavo noble y fiel
  Tan inmenso bien habia
  De pagar alguna vez.

D. FERN.

  Agradecerte quisiera
  La libertad; pero el Rey
  Sale al jardin.

MULEY.

                  ¿Hate visto
  Conmigo?

D. FERN.

           No.

MULEY.

               Pues no des
  Que sospechar.

D. FERN.

                 Destos ramos
  Haré rústico cancel,
  Que me encubra miéntras pasa. _(Escóndese.)_


ESCENA XVI.

EL REY.—MULEY.

REY.

  (_Ap._ ¿Con tal secreto Muley
  Y Fernando? ¿Y irse el uno
  En el punto que me ve,
  Y disimular el otro?
  Algo hay aquí que temer.
  Sea cierto, ó no sea cierto,
  Mi temor procuraré
  Asegurar.) Mucho estimo...

MULEY.

  Gran señor, dáme tus piés.

REY.

  Hallarte aquí.

MULEY.

                 ¿Qué me mandas?

REY.

  Mucho he sentido el no ver
  A Ceuta por mia.

MULEY.

                   Conquista,
  Coronado de laurel,
  Sus muros; que á tu valor
  Mal se podrá defender.

REY.

  Con más doméstica guerra
  Se ha de rendir á mis piés.

MULEY.

  ¿De qué suerte?

REY.

                  Desta suerte:
  Con abatir y poner
  A Fernando en tal estado,
  Que él mismo á Ceuta me dé.
  Sabrás, pues, Muley amigo,
  Que yo he llegado á temer
  Que del Maestre la persona
  No está muy segura en Fez.
  Los cautivos, que en estado
  Tan abatido le ven,
  Se lastiman, y recelo
  Que se amotinen por él.
  Fuera desto, siempre ha sido
  Poderoso el interes;
  Que las guardas con el oro
  Son fáciles de romper.

MULEY.

  (_Ap._ Yo quiero apoyar agora
  Que todo esto puede ser,
  Porque de mí no se tenga
  Sospecha.) Tú temes bien,
  Fuerza es que quieran librarle.

REY.

  Pues sólo un remedio hallé,
  Porque ninguno se atreva
  A atropellar mi poder.

MULEY.

  ¿Y es, señor?

REY.

                Muley, que tú
  Le guardes, y á cargo esté
  Tuyo; á tí no ha de torcerte
  Ni el temor ni el interes.
  Alcaide eres del Infante,
  Procura el guardarle bien;
  Porque en cualquiera ocasion
  Tú me has de dar cuenta dél. _(Vase.)_

MULEY.

  Sin duda alguna que oyó
  Nuestros conciertos el Rey.
  ¡Válgame Alá!


ESCENA XVII.

DON FERNANDO.—MULEY.

D. FERN.

                ¿Qué te aflige?

MULEY.

  ¿Has escuchado?

D. FERN.

                  Muy bien.

MULEY.

  ¿Pues para qué me preguntas
  Qué me aflige, si me ves
  En tan ciega confusion,
  Y entre mi amigo y el Rey,
  El amistad y el honor
  Hoy en batalla se ven?
  Si soy contigo leal,
  He de ser traidor con él;
  Ingrato seré contigo,
  Si con él me juzgo fiel.
  ¿Qué he de hacer (¡valedme, cielos!),
  Pues al mismo que llegué
  A rendir la libertad,
  Me entrega, para que esté
  Seguro en mi confianza?
  ¿Qué he de hacer si ha echado el Rey
  Llave maestra al secreto?
  Mas para acertarlo bien,
  Te pido que me aconsejes:
  Díme tú qué debo hacer.

D. FERN.

  Muley, amor y amistad
  En grado inferior se ven
  Con la lealtad y el honor.
  Nadie iguala con el Rey;
  El solo es igual consigo:
  Y así mi consejo es
  Que á él le sirvas y me faltes.
  Tu amigo soy; y porque
  Esté seguro tu honor,
  Yo me guardaré tambien;
  Y aunque otro llegue á ofrecerme
  Libertad, no acetaré
  La vida, porque tu honor
  Conmigo seguro esté.

MULEY.

  Fernando, no me aconsejas
  Tan leal como cortés.
  Sé que te debo la vida,
  Y que pagártela es bien;
  Y así lo que está tratado,
  Esta noche dispondré.
  Líbrate tú, que mi vida
  Se quedará á padecer
  Tu muerte: líbrate tú,
  Que nada temo despues.

D. FERN.

  ¿Y será justo que yo
  Sea tirano y cruel
  Con quien conmigo es piadoso,
  Y mate al honor cruel
  Que á mí me está dando vida?
  No, y así te quiero hacer
  Juez de mi causa y mi vida:
  Aconséjame tambien.
  ¿Tomaré la libertad
  De quien queda á padecer
  Por mí? ¿Dejaré que sea
  Uno con su honor cruel,
  Por ser liberal conmigo?
  ¿Qué me aconsejas?

MULEY.

                     No sé;
  Que no me atrevo á decir
  Sí ni no: el no, porque
  Me pesará que lo diga;
  Y el sí, porque echo de ver
  Si voy á decir que sí,
  Que no te aconsejo bien.

D. FERN.

  Sí aconsejas, porque yo,
  Por mi Dios y por mi ley,
  Seré un príncipe constante
  En la esclavitud de Fez.



JORNADA TERCERA.


_Sala de una quinta del rey moro._


ESCENA PRIMERA.

MULEY, EL REY.

MULEY.

  (_Ap._ Ya que socorrer no espero,
  Por tantas guardas del Rey,
  A Don Fernando, hacer quiero
  Sus ausencias, que esta es ley
  De un amigo verdadero.)
  Señor, pues yo te serví
  En tierra y mar, como sabes,
  Si en tu gracia merecí
  Lugar, en penas tan graves
  Atento me escucha.

REY.

                     Dí.

MULEY.

  Fernando...

REY.

              No digas más.

MULEY.

  ¿Posible es que no me oirás?

REY.

  No, que diciendo Fernando,
  Ya me ofendes.

MULEY.

                 ¿Cómo, ó cuándo?

REY.

  Como ocasion no me das
  De hacer lo que me pidieres,
  Cuando me ruegas por él.

MULEY.

  ¿Si soy su guarda, no quieres,
  Señor, que dé cuenta dél?

REY.

  Dí; pero piedad no esperes.

MULEY.

  Fernando, cuya importuna
  Suerte, sin piedad alguna
  Vive, á pesar de la fama,
  Tanto que el mundo le llama
  El monstruo de la fortuna,
  Examinando el rigor,
  Mejor dijera el poder
  De tu corona, señor,
  Hoy á tan mísero sér
  Le ha traido su valor,
  Que en un lugar arrojado,
  Tan humilde y desdichado,
  Que es indigno de tu oido,
  Enfermo, pobre y tullido,
  Piedad pide al que ha pasado;
  Porque como le mandaste
  Que en la mazmorra durmiese,
  Que en los baños trabajase,
  Que tus caballos curase
  Y nadie á comer le diese,
  A tal extremo llegó,
  Como era su natural
  Tan flaco, que se tulló;
  Y así la fuerza del mal
  Brío y majestad rindió.
  Pasando la noche fria
  En una mazmorra dura,
  Constante en su fe porfía;
  Y al salir la lumbre pura
  Del sol, que es padre del dia,
  Los cautivos (¡pena fiera!)
  En una mísera estera
  Le ponen en tal lugar,
  Que es, ¿dirélo? un muladar;
  Porque es su olor de manera,
  Que nadie puede sufrille
  Junto á su casa; y así
  Todos dan en despedílle,
  Y ha venido á estar allí
  Sin hablalle y sin oílle,
  Ni compadecerse dél.
  Sólo un criado y un fiel
  Caballero en pena extraña
  Le consuela y acompaña.
  Estos dos parten con él
  Su porcion, tan sin provecho,
  Que para uno solo es poca;
  Pues cuando los labios toca,
  Se suele pasar al pecho
  Sin que lo sepa la boca;
  Y áun á estos dos los castiga
  Tu gente, por la piedad
  Que al dueño á servir obliga;
  Mas no hay rigor ni crueldad,
  Por más que ya los persiga,
  Que dél los pueda apartar.
  Miéntras uno va á buscar
  De comer, el otro queda
  Con quien consolarse pueda
  De su desdicha y pesar.
  Acaba ya rigor tanto:
  Tén del Príncipe, señor,
  Puesto en tan fiero quebranto,
  Ya que no piedad, horror;
  Asombro, ya que no llanto.

REY.

  Bien está, Muley.


ESCENA II.

FÉNIX.—DICHOS.

FÉNIX.

                    Señor,
  Si ha merecido en tu amor
  Gracia alguna mi humildad,
  Hoy á vuestra Majestad,
  Vengo á pedir un favor.

REY.

  ¿Qué podré negarte á tí?

FÉNIX.

  Fernando el Maestre...

REY.

                         Está bien;
  Ya no hay que pasar de ahí.

FÉNIX.

  Horror da á cuantos le ven
  En tal estado; de tí
  Sólo merecer quisiera...

REY.

  ¡Detente, Fénix, espera!
  ¿Quién á Fernando le obliga
  Para que su muerte siga,
  Para que infelice muera?
  Si por ser cruel y fiel
  A su fe, sufre castigo
  Tan dilatado y cruel,
  Él es el cruel consigo,
  Que yo no lo soy con él.
  ¿No está en su mano el salir
  De su miseria, y vivir?
  Pues eso en su mano está,
  Entregue á Ceuta, y saldrá
  De padecer y sentir
  Tantas penas y rigores.


ESCENA III.

CELIN.—DICHOS.

CELIN.

  Licencia aguardan que des,
  Señor, dos embajadores:
  De Tarudante uno es,
  Y el otro del portugues
  Alfonso.

FÉNIX.

  _(Ap.)_  ¿Hay penas mayores?
  Sin duda que por mí envía
  Tarudante.

MULEY.

  _(Ap.)_    Hoy perdí, cielos,
  La esperanza que tenía.
  Mátenme amistad y celos,
  Todo lo perdí en un dia.

REY.

  Entren, pues. En este estrado _(Vase Celin.)_
  Conmigo te asienta, Fénix. _(Siéntanse.)_


ESCENA IV.

DON ALFONSO Y TARUDANTE, _cada uno por su parte_.—DICHOS.

TARUD.

  Generoso rey de Fez...

D. ALF.

  Rey de Fez altivo y fuerte...

TARUD.

  Cuya fama...

D. ALF.

               Cuya vida...

TARUD.

  Nunca muera...

D. ALF.

                 Viva siempre...

TARUD.

  _(A Fénix.)_ Y tú de aquel sol aurora...

D. ALF.

  Tú de aquel ocaso oriente...

TARUD.

  A pesar de siglos dures...

D. ALF.

  A pesar de tiempos reines...

TARUD.

  Porque tengas...

D. ALF.

                   Porque goces...

TARUD.

  Felicidades...

D. ALF.

                 Laureles...

TARUD.

  Altas dichas...

D. ALF.

                  Triunfos grandes...

TARUD.

  Pocos males...

D. ALF.

                 Muchos bienes...

TARUD.

  ¿Cómo miéntras hablo yo,
  Tú, cristiano, á hablar te atreves?

D. ALF.

  Porque nadie habla primero
  Que yo, donde yo estuviere.

TARUD.

  A mí, por ser de nacion
  Alarbe, el lugar me deben
  Primero; que los extraños
  Donde hay propios, no prefieren.

D. ALF.

  Donde saben cortesía,
  Sí hacen; pues vemos siempre
  Que dan en cualquiera parte
  El mejor lugar al huésped.

TARUD.

  Cuando esa razon lo fuera,
  Aun no pudiera vencerme;
  Porque el primero lugar
  Sólo se le debe al huésped.

REY.

  Ya basta, y los dos ahora
  En mis estrados se sienten.
  Hable el portugues, que en fin
  Por de otra ley se le debe
  Más honor.

TARUD.

  _(Ap.)_    Corrido estoy.

D. ALF.

  Ahora yo seré breve:
  Alfonso de Portugal,
  Rey famoso, á quien celebre
  La fama en lenguas de bronce
  A pesar de envidia y muerte,
  Salud te envía, y te ruega
  Que pues libertad no quiere
  Fernando, como su vida
  La ciudad de Ceuta cueste,
  Que reduzcas su valor
  Hoy á cuantos intereses
  El más avaro codicie,
  El más liberal desprecie;
  Y que dará en plata y oro
  Tanto precio como pueden
  Valer dos ciudades. Esto
  Te pide amigablemente;
  Pero si no se le entregas,
  Que ha de librarle promete
  Por armas, á cuyo efecto
  Ya sobre la espalda leve
  Del mar ciudades fabrica
  De mil armados bajeles;
  Y jura que á sangre y fuego
  Ha de librarle y vencerte,
  Dejando aquesta campaña
  Llena de sangre, de suerte,
  Que cuando el sol se levante
  Halle los matices verdes
  Esmeraldas, y los pierda
  Rubíes cuando se acueste.

TARUD.

  Aunque como embajador
  No me toca responderte,
  En cuanto toca á mi Rey,
  Puedo, cristiano, atreverme,
  Porque ya es suyo este agravio,
  Como hijo que obedece
  Al Rey mi señor; y así
  Decir de su parte puedes
  A Don Alfonso, que venga,
  Porque en término más breve
  Que hay de la noche á la aurora,
  Vea en púrpura caliente
  Agonizar estos campos,
  Tanto que los cielos piensen
  Que se olvidaron de hacer
  Otras flores que claveles.

D. ALF.

  Si fueras, moro, mi igual,
  Pudiera ser que se viese
  Reducida esta victoria
  A dos jóvenes valientes;
  Mas díle á tu Rey que salga
  Si ganar fama pretende;
  Que yo haré que salga el mio.

TARUD.

  Casi has dicho que lo eres,
  Y siendo así, Tarudante
  Sabrá tambien responderte.

D. ALF.

  Pues en campaña te espero.

TARUD.

  Yo haré que poco me esperes,
  Porque soy rayo.

D. ALF.

                   Yo viento.

TARUD.

  Volcan soy que llamas vierte.

D. ALF.

  Hidra soy que fuego arroja.

TARUD.

  Yo soy furia.

D. ALF.

                Yo soy muerte.

TARUD.

  ¿Que no te espantes de oirme?

D. ALF.

  ¿Que no te mueras de verme?

REY.

  Señores, vuestras Altezas,
  Ya que los enojos pueden
  Correr al sol las cortinas
  Que le embozan y oscurecen,
  Adviertan que en tierra mia
  Campo aplazarse no puede
  Sin mí; y así yo le niego,
  Para que tiempo me quede
  De serviros.

D. ALF.

               No recibo
  Yo hospedaje ni mercedes
  De quien recibo pesares.
  Por Fernando vengo: el verle
  Me obligó á llegar á Fez
  Disfrazado desta suerte:
  Ántes de entrar en tu corte
  Supe que á esta quinta alegre
  Asistias; y así vine
  A hablarte, porque fin diese
  La esperanza que me trajo;
  Y pues tan mal me sucede,
  Advierte, señor, que solo
  La respuesta me detiene.

REY.

  La respuesta, rey Alfonso,
  Será compendiosa y breve:
  Que si no me das á Ceuta,
  No hayas miedo que le lleves.

D. ALF.

  Pues ya he venido por él,
  Y he de llevarle: prevente
  Para la guerra que aplazo.—
  Embajador, ó quien eres,
  Véamonos en la campaña.
  ¡Hoy toda el África tiemble! _(Vase.)_


ESCENA V.

EL REY, FÉNIX, MULEY, TARUDANTE.

TARUD.

  Ya que no pude lograr
  La fineza, hermosa Fénix,
  De serviros como esclavo,
  Logre al ménos la de verme
  A vuestros piés. Dad la mano
  A quien un alma os ofrece.

FÉNIX.

  Vuestra Alteza, gran señor,
  Finezas y honras no aumente
  A quien le estima, pues sabe
  Lo que á sí mismo se debe.

MULEY.

  _(Ap.)_ ¿Qué espera quien esto llega
  A ver y no se da muerte?

REY.

  Ya que vuestra Alteza vino
  A Fez impensadamente,
  Perdone del hospedaje
  La cortedad.

TARUD.

               No consiente
  Mi ausencia más dilacion
  Que la de un plazo muy breve;
  Y supuesto que venía
  Mi embajador con poderes
  Para llevar á mi esposa,
  Como tú dispuesto tienes,
  No, por haberlo yo sido,
  Mi fineza desmerece
  La brevedad de la dicha.

REY.

  En todo, señor, me vences;
  Y así por pagar la deuda,
  Como porque se previenen
  Tantas guerras, es razon
  Que desocupado quede
  Destos cuidados; y así
  Volverte luégo conviene
  Ántes que ocupen el paso
  Las amenazadas huestes[8]
  De Portugal.

  [8] _Amenazadas_ significa en este lugar _las que amenazan_ ó
  _las anunciadas_.

TARUD.

               Poco importa,
  Porque yo vengo con gente
  Y ejército numeroso,
  Tal, que esos campos parecen
  Más ciudades que desiertos,
  Y volveré brevemente
  Con ella á ser tu soldado.

REY.

  Pues luégo es bien que se apreste
  La jornada; pero en Fez
  Será bien, Fénix, que entres
  A alegrar á esa ciudad.
  Muley.

MULEY.

         Gran señor.

REY.

                     Prevente,
  Que con la gente de guerra
  Has de ir sirviendo á Fénix,
  Hasta que quede segura,
  Y con su esposo la dejes.

MULEY.

  _(Ap.)_ Esto sólo me faltaba,
  Para que, estando yo ausente,
  Aun le falte mi socorro
  A Fernando, y no le quede
  Esta pequeña esperanza. _(Vanse.)_
  . . . . . . . . . . . .[9]

  [9] Falta un verso para el romance.


       *       *       *       *       *


_Una calle de Fez._


ESCENA VI.

DON JUAN, BRITO, Y _otros_ CAUTIVOS, _que sacan á_ DON FERNANDO, _y le
sientan en una estera_.

D. FERN.

  Ponedme en aquesta parte,
  Para que goce mejor
  La luz que el cielo reparte.—
  ¡Oh inmenso, oh dulce Señor,
  Qué de gracias debo darte!
  Cuando como yo se vía
  Job, el dia maldecia;
  Mas era por el pecado
  En que habia sido engendrado;
  Pero yo bendigo el dia
  Por la gracia que nos da
  Dios en él; pues claro está,
  Que cada hermoso arrebol
  Y cada rayo del sol,
  Lengua de fuego será
  Con que le alabo y bendigo.

BRITO.

  ¿Estás bien, señor, así?

D. FERN.

  Mejor que merezco, amigo.
  ¡Qué de piedades aquí,
  Oh Señor, usais conmigo!
  Cuando acaban de sacarme
  De un calabozo, me dais
  Un sol para calentarme:
  Liberal, Señor, estais.

CAUT. 1.º

  Sabe el cielo, si quedarme
  Y acompañaros quisiera;
  Mas ya veis que nos espera
  El trabajo.

D. FERN.

              Hijos, adios.

CAUT. 2.º

  ¡Qué pesar!

CAUT. 3.º

              ¡Qué ánsia tan fiera!

_(Vanse los cautivos.)_

D. FERN.

  ¿Quedais conmigo los dos?

D. JUAN.

  Yo tambien te he de dejar.

D. FERN.

  ¿Qué haré yo sin tu favor?

D. JUAN.

  Presto volveré, señor;
  Que sólo voy á buscar
  Algo que comas, porque
  Despues que Muley se fué
  De Fez, nos falta en el suelo
  Todo el humano consuelo;
  Pero con todo eso iré
  A procurarle, si bien
  Imposibles solicito,
  Porque ya cuantos me ven,
  Por no ir contra el edito,
  Que manda que no te den
  Ni agua tampoco, ni á mí
  Me venden nada, señor,
  Por ver que te asisto á tí;
  Que á tanto llega el rigor
  De la suerte. Pero aquí
  Gente viene. _(Vase.)_

D. FERN.

               ¡Oh si pudiera
  Mi voz mover á piedad
  A alguno, porque siquiera
  Un instante más viviera
  Padeciendo!


ESCENA VII.

EL REY, TARUDANTE, FÉNIX, CELIN.—DON FERNANDO, BRITO.

CELIN.

              Gran señor,
  Por una calle has venido,
  Que es fuerza que visto seas
  Del Infante y advertido.

REY.

  _(A Tarudante.)_ Acompañarte he querido,
  Porque mi grandeza veas.

TARUD.

  Siempre mis honras deseas...

D. FERN.

  Dadle de limosna hoy
  A este pobre algun sustento:
  Mirad que hombre humano soy,
  Y que afligido y hambriento,
  Muriendo de hambre estoy.
  Hombres, doleos de mí,
  Que una fiera de otra fiera
  Se compadece.

BRITO.

                Ya aquí
  No hay pedir de esa manera.

D. FERN.

  ¿Cómo he de decir?

BRITO.

                     Así:
  Moros, tened compasion,
  Y algo que este pobre coma
  Le dad en esta ocasion,
  Por el santo zancarron
  Del gran profeta Mahoma.

REY.

  Que tenga fe en este estado,
  Tan mísero y desdichado,
  Más me ofende, más me infama.—
  Maestre, Infante.

BRITO.

  El Rey llama.

D. FERN.

  ¿A mí? Brito, haste engañado:
  Ni Infante ni Maestre soy,
  El cadáver suyo sí;
  Y pues ya en la tierra estoy,
  Aunque Infante y Maestre fuí,
  No es ese mi nombre hoy.

REY.

  Pues no eres Maestre ni Infante,
  Respóndeme por Fernando.

D. FERN.

  Ahora, aunque me levante
  De la tierra, iré arrastrando
  A besar tu pié.

REY.

                  Constante
  Te muestras, á mi pesar.
  ¿Es humildad ó valor
  Esta obediencia?

D. FERN.

                   Es mostrar
  Cuánto debe respetar
  El esclavo á su señor.
  Y pues que tu esclavo soy,
  Y estoy en presencia tuya
  Esta vez, tengo de hablarte:
  Mi Rey y señor, escucha.
  Rey te llamé, y aunque seas
  De otra ley, es tan augusta
  De los reyes la deidad,
  Tan fuerte y tan absoluta,
  Que engendra ánimo piadoso;
  Y así es forzoso que acudas
  A la sangre generosa
  Con piedad y con cordura;
  Que áun entre brutos y fieras
  Este nombre es de tan suma
  Autoridad, que la ley
  De naturaleza ajusta
  Obediencias; y así lêmos
  En repúblicas incultas,
  Al leon rey de las fieras,
  Que cuando la frente arruga
  De guedejas se corona,
  Es piadoso, pues que nunca
  Hizo presa en el rendido.
  En las saladas espumas
  Del mar el delfin, que es rey
  De los peces, le dibujan
  Escamas de plata y oro
  Sobre la espalda cerúlea
  Coronas, y ya se vió
  De una tormenta importuna
  Sacar los hombres á tierra,
  Porque el mar no los consuma.
  El águila caudalosa,
  A quien copete de plumas
  Riza el viento en sus esferas,
  De cuantas aves saludan
  Al sol es emperatriz,
  Y con piedad noble y justa,
  Porque brindado no beba
  El hombre entre plata pura
  La muerte, que en los cristales
  Mezcló la ponzoña dura
  Del áspid, con pico y alas
  Los revuelve y los enturbia.
  Aun entre plantas y piedras
  Se dilata y se dibuja
  Este imperio: la granada,
  A quien coronan las puntas
  De una corteza, en señal
  De que es reina de las frutas,
  Envenenada marchita
  Los rubíes que la ilustran,
  Y los convierte en topacios,
  Color desmayada y mustia.
  El diamante, á cuya vista
  Ni áun el iman ejecuta
  Su propiedad, que por rey
  Esta obediencia le jura,
  Tan noble es, que la traicion
  Del dueño no disimula;
  Y la dureza, imposible
  De que buriles la pulan,
  Se deshace entre sí misma,
  Vuelta en cenizas menudas.
  Pues si entre fieras y peces,
  Plantas, piedras y aves, usa
  Esta majestad de rey
  De piedad, no será injusta
  Entre los hombres, señor:
  Porque el ser no te disculpa
  De otra ley, que la crueldad
  En cualquiera ley es una.
  No quiero compadecerte
  Con mis lástimas y angustias
  Para que me des la vida,
  Que mi voz no la procura;
  Que bien sé que he de morir
  De esta enfermedad que turba
  Mis sentidos, que mis miembros
  Discurre helada y caduca.
  Bien sé que herido de muerte
  Estoy, porque no pronuncia
  Voz la lengua, cuyo aliento
  No sea una espada aguda.
  Bien sé al fin que soy mortal,
  Y que no hay hora segura;
  Y por eso dió una forma
  Con una materia en una
  Semejanza la razon
  Al ataud y á la cuna.
  Accion nuestra es natural,
  Cuando recibir procura
  Algo un hombre, alzar las manos
  En esta manera juntas;
  Mas cuando quiere arrojarlo,
  De aquella misma accion usa,
  Pues las vuelve boca abajo
  Porque así las desocupa.
  El mundo, cuando nacemos,
  En señal de que nos busca,
  En la cuna nos recibe,
  Y en ella nos asegura
  Boca arriba; pero cuando,
  O con desden ó con furia,
  Quiere arrojarnos de sí,
  Vuelve las manos que junta,
  Y aquel instrumento mismo
  Forma esta materia muda;
  Pues fué cuna boca arriba
  Lo que boca abajo es tumba.
  Tan cerca vivimos, pues,
  De nuestra muerte, tan juntas
  Tenemos, cuando nacemos,
  El lecho como la cuna.
  ¿Qué aguarda quien esto oye?
  Quien esto sabe, ¿qué busca?
  Claro está que no será
  La vida: no admite duda;
  La muerte sí: esta te pido,
  Porque los cielos me cumplan
  Un deseo de morir
  Por la fe; que, aunque presumas
  Que esto es desesperacion,
  Porque el vivir me disgusta,
  No es sino afecto de dar
  La vida en defensa justa
  De la fe, y sacrificar
  A Dios vida y alma juntas:
  Y así aunque pida la muerte,
  El afecto me disculpa.
  Y si la piedad no puede
  Vencerte, el rigor presuma
  Obligarte. ¿Eres leon?
  Pues ya será bien que rujas,
  Y despedaces á quien
  Te ofende, agravia é injuria.
  ¿Eres águila? Pues hiere
  Con el pico y con las uñas
  A quien tu nido deshace.
  ¿Eres delfin? Pues anuncia
  Tormentas al marinero
  Que el mar de este mundo sulca.
  ¿Eres árbol real? Pues muestra
  Todas las ramas desnudas
  A la violencia del tiempo,
  Que ira de Dios ejecuta.
  ¿Eres diamante? Hecho polvos
  Sé pues venenosa furia,
  Y cánsate; porque yo,
  Aunque más tormentos sufra,
  Aunque más rigores vea,
  Aunque llore más angustias,
  Aunque más miserias pase,
  Aunque halle más desventuras,
  Aunque más hambre padezca,
  Aunque mis carnes no cubran
  Estas ropas, y aunque sea
  Mi esfera esta estancia sucia,
  Firme he de estar en mi fe;
  Porque es el sol que me alumbra,
  Porque es la luz que me guía,
  Es el laurel que me ilustra.
  No has de triunfar de la Iglesia;
  De mí, si quieres, trïunfa:
  Dios defenderá mi causa,
  Pues yo defiendo la suya.

REY.

  ¿Posible es que en tales penas
  Blasones y te consueles,
  Siendo propias? ¿Qué condenas,
  No me duelan, siendo ajenas,
  Si tú de tí no te dueles?
  Que pues tu muerte causó
  Tu misma mano y yo no,
  No esperes piedad de mí;
  Ten tú lástima de tí,
  Fernando, y tendréla yo. _(Vase.)_

D. FERN.

  _(A Tarudante.)_ Señor, vuestra Majestad
  Me valga.

TARUD.

            ¡Qué desventura! _(Vase.)_

D. FERN.

  _(A Fénix.)_ Si es alma de la hermosura
  Esa divina deidad,
  Vos, señora, me amparad
  Con el Rey.

FÉNIX.

              ¡Qué gran dolor!

D. FERN.

  ¿Aun no me mirais?

FÉNIX.

                     ¡Qué horror!

D. FERN.

  Haceis bien; que vuestros ojos
  No son para ver enojos.

FÉNIX.

  ¡Qué lástima! ¡qué pavor!

D. FERN.

  Pues aunque no me mireis
  Y ausentaros intenteis,
  Señora, es bien que sepais,
  Aunque tan bella os juzgais,
  Que más que yo no valeis,
  Y yo quizá valgo más.

FÉNIX.

  Horror con tu voz me das,
  Y con tu aliento me hieres.
  ¡Déjame, hombre! ¿qué me quieres?
  Que no puedo sentir más. _(Vase.)_


ESCENA VIII.

DON JUAN, _con un pan_.—DON FERNANDO, BRITO.

D. JUAN.

  Por alcanzar este pan
  Que traerte, me han seguido
  Los moros, y me han herido
  Con los palos que me dan.

D. FERN.

  Esa es la herencia de Adan.

D. JUAN.

  Tómale.

D. FERN.

          Amigo leal,
  Tarde llegas, que mi mal
  Es ya mortal.

D. JUAN.

                Déme el cielo
  En tantas penas consuelo.

D. FERN.

  Pero ¿qué mal no es mortal,
  Si mortal el hombre es,
  Y en este confuso abismo
  La enfermedad de sí mismo
  Le viene á matar despues?
  Hombre, mira que no estés
  Descuidado: la verdad
  Sigue, que hay eternidad;
  Y otra enfermedad no esperes
  Que te avise, pues tú eres
  Tu mayor enfermedad.
  Pisando la tierra dura
  De contínuo el hombre está,
  Y cada paso que da
  Es sobre su sepultura.
  Triste ley, sentencia dura
  Es saber que en cualquier caso
  Cada paso (¡gran fracaso!)
  Es para andar adelante,
  Y Dios no es á hacer bastante,
  Que no haya dado aquel paso.
  Amigos, á mi fin llego:
  Llevadme de aquí en los brazos.

D. JUAN.

  Serán los últimos lazos
  De mi vida.

D. FERN.

              Lo que os ruego,
  Noble Don Juan, es que luego
  Que espire me desnudeis.
  En la mazmorra hallaréis
  De mi religion el manto,
  Que le traje tiempo tanto;
  Con este me enterraréis
  Descubierto, si el Rey fiero
  Ablanda la saña dura,
  Dándome la sepultura;
  Y señaladla; que espero,
  Que aunque hoy cautivo muero,
  Rescatado he de gozar
  El sufragio del altar;
  Que pues yo os he dado á vos
  Tantas iglesias, mi Dios,
  Alguna me habeis de dar.

_(Llévanle en brazos.)_


       *       *       *       *       *


_Playa distante de la ciudad de Fez.—Es de noche._


ESCENA IX.

DON ALFONSO, SOLDADOS _con arcabuces_.

D. ALF.

  Dejad á la inconstante
  Playa azul esa máquina arrogante
  De naves, que causando al cielo asombros,
  El mar sustenta en sus nevados hombros:
  Y en estos horizontes
  Aborten gente los preñados montes
  Del mar, siendo con máquinas de fuego
  Cada bajel un edificio griego.


ESCENA X.

DON ENRIQUE.—DICHOS.

D. ENR.

  Señor, tú no quisiste que saliera
  Nuestra gente de Fez en la ribera,
  Y este puesto escogiste
  Para desembarcar: infeliz fuiste,
  Porque por una parte
  Marchando viene el numeroso Marte,
  Cuyo ejército al viento desvanece,
  Y los collados de los montes crece.
  Tarudante conduce gente tanta,
  Llevando á su mujer, felice Infanta
  De Fez, hácia Marruecos...
  Mas respondan las lenguas de los ecos.

D. ALF.

  Enrique, á eso he venido,
  A esperarle á este paso; que no ha sido
  Esta eleccion acaso; prevenida
  Estaba, y la razon está entendida:
  Si yo á desembarcar á Fez llegara,
  Esta gente y la suya en ella hallara;
  Y estando divididos,
  Hoy con ménos poder están vencidos;
  Y ántes que se prevengan,
  Toca al arma.

D. ENR.

                Señor, advierte y mira
  Que es sin tiempo esta guerra.

D. ALF.

                                 Ya mi ira
  Ningun consejo alcanza.
  No se dilate un punto esta venganza:
  Éntre en mi brazo fuerte
  Por África el azote de la muerte.

D. ENR.

  Mira que ya la noche,
  Envuelta en sombras, el luciente coche
  Del sol esconde entre las sombras puras.

D. ALF.

  Pelearemos á oscuras;
  Que á la fe que me anima,
  Ni el tiempo ni el poder la desanima.
  Fernando, si el martirio que padeces,
  Pues es suya la causa, á Dios le ofreces,
  Cierta está la victoria:
  Mio será el honor, suya la gloria.

D. ENR.

  Tu orgullo altivo yerra.


ESCENA XI.

DON FERNANDO.—DICHOS.

D. FERN.

  _(Dentro.)_
  ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra! ¡guerra!

D. ALF.

  ¿Oyes confusas voces
  Romper los vientos tristes y veloces?

D. ENR.

  Sí, y en ellos se oyeron
  Trompetas que á embestir señal hicieron.

D. ALF.

  ¡Pues á embestir, Enrique! que no hay duda
  Que el cielo ha de ayudarnos hoy.

_(Aparécese el Infante D. Fernando, con manto capitular, y una hacha
encendida.)_

D. FERN.

                                    Sí ayuda,
  Porque obligando al cielo,
  Que vió tu fe, tu religion, tu celo,
  Hoy tu causa defiende.
  Librarme á mí de esclavitud pretende,
  Porque, por raro ejemplo,
  Por tantos templos, Dios me ofrece un templo;
  Y con esta luciente
  Antorcha desasida del oriente,
  Tu ejército arrogante
  Alumbrando he de ir siempre delante,
  Para que hoy en trofeos
  Iguales, grande Alfonso, á tus deseos,
  Llegues á Fez, no á coronarte agora,
  Sino á librar mi ocaso en el aurora.

_(Vase.)_

D. ENR.

  Dudando estoy, Alfonso, lo que veo.

D. ALF.

  Yo no, todo lo creo;
  Y si es de Dios la gloria,
  No digas guerra ya, sino victoria. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Vista interior de los muros de Fez._


ESCENA XII.

EL REY Y CELIN; _y en lo alto estará_ DON JUAN _y_ UN CAUTIVO, _y un
ataud en que parezca estar el Infante_.

D. JUAN.

  Bárbaro, gózate aquí
  De que tirano quitaste
  La mejor vida.

REY.

                 ¿Quién eres?

D. JUAN.

  Un hombre, que aunque me maten,
  No he de dejar á Fernando,
  Y aunque de congoja rabie,
  He de ser perro leal
  Que en muerte he de acompañarle.

REY.

  Cristianos, ese es padron
  Que á las futuras edades
  Informe de mi justicia;
  Que rigor no ha de llamarse
  Venganza de agravios hechos
  Contra personas reales.
  Venga Alfonso agora, venga
  Con arrogancia á sacarle
  De esclavitud; que aunque yo
  Perdí esperanzas tan grandes
  De que Ceuta fuese mia;
  Porque las pierda arrogante
  De su libertad, me huelgo
  De verle en estrecha cárcel.
  Aun muerto no ha de estar libre
  De mis rigores notables;
  Y así puesto á la vergüenza
  Quiero que esté á cuantos pase.

D. JUAN.

  Presto verás tu castigo,
  Que por campañas y mares
  Ya descubro desde aquí
  Mis cristianos estandartes.

REY.

  Subamos á la muralla
  A saber sus novedades.

D. JUAN.

  Arrastrando las banderas
  Y destemplados los parches,
  Muertas las cuerdas y luces,
  Todas son tristes señales. _(Vanse.)_


       *       *       *       *       *


_Vista exterior de los muros de Fez._


ESCENA XIII.

_Tocan cajas destempladas; sale_ DON FERNANDO _delante, con una hacha
encendida, y detras_ DON ALFONSO, DON ENRIQUE _y_ SOLDADOS, _que traen
presos á_ TARUDANTE, FÉNIX Y MULEY; _despues_ EL REY Y CELIN.

D. FERN.

  En el horror de la noche,
  Por sendas que nadie sabe,
  Te guié: ya con el sol
  Pardas nubes se deshacen.
  Victorioso, gran Alfonso,
  A Fez conmigo llegaste:
  Este es el muro de Fez,
  Trata en él de mi rescate. _(Vase.)_

D. ALF.

  ¡Ah de los muros! Decid
  Al Rey que salga á escucharme.

_(Salen el Rey y Celin al muro.)_

REY.

  ¿Qué quieres, valiente jóven?

D. ALF.

  Que me entregues al Infante,
  Al maestre Don Fernando,
  Y te daré por rescate
  A Tarudante y á Fénix,
  Que presos están delante.
  Escoge lo que quisieres:
  Morir Fénix, ó entregarle.

REY.

  ¿Qué he de hacer, Celin amigo,
  En confusiones tan grandes?
  Fernando es muerto, y mi hija
  Está en su poder. ¡Mudable
  Condicion de la fortuna,
  Que á tal estado me trae!

FÉNIX.

  ¿Qué es esto, señor? Pues viendo
  Mi persona en este trance,
  Mi vida en este peligro,
  Mi honor en este combate,
  ¡Dudas qué has de responder!
  ¿Un minuto, ni un instante
  De dilacion te permite
  El deseo de librarme?
  En tu mano está mi vida,
  ¿Y consientes (¡pena grave!)
  Que la mia (¡dolor fiero!)
  Injustas prisiones aten?
  De tu voz está pendiente
  Mi vida (¡rigor notable!),
  ¿Y permites que la mia
  Turbe la esfera del aire?
  A tus ojos ves mi pecho
  Rendido á un desnudo alfanje,
  ¿Y consientes que los mios
  Tiernas lágrimas derramen?
  Siendo Rey, has sido fiera;
  Siendo padre, fuiste áspid;
  Siendo juez, eres verdugo:
  Ni eres Rey, ni juez, ni padre.

REY.

  Fénix, no es la dilacion
  De la respuesta negarte
  La vida, cuando los cielos
  Quieren que la mia acabe.
  Y puesto que ya es forzoso
  Que una ni otra se dilate,
  Sabe, Alfonso, que á la hora
  Que Fénix salió ayer tarde,
  Con el sol llegó al ocaso,
  Sepultándose en dos mares
  De la muerte, y de la espuma,
  Juntos el sol y el Infante.
  Esta caja humilde y breve
  Es de su cuerpo el engaste.
  Da la muerte á Fénix bella:
  Venga tu sangre en mi sangre.

FÉNIX.

  ¡Ay de mí! Ya mi esperanza
  De todo punto se acabe.

REY.

  Ya no me queda remedio
  Para vivir un instante.

D. ENR.

  ¡Válgame el cielo! ¿qué escucho?
  ¡Qué tarde, cielos, qué tarde
  Le llegó la libertad!

D. ALF.

  No digas tal; que si ántes
  Fernando en sombras nos dijo
  Que de esclavitud le saque,
  Por su cadáver lo dijo,
  Porque goce su cadáver
  Por muchos templos un templo,
  Y á él se ha de hacer el rescate.—
  Rey de Fez, porque no pienses
  Que muerto Fernando vale
  Ménos que aquesta hermosura;
  Por él, cuando muerto yace,
  Te la trueco. Envía, pues,
  La nieve por los cristales,
  El enero por los mayos,
  Las rosas por los diamantes,
  Y al fin, un muerto infelice
  Por una divina imágen.

REY.

  ¿Qué dices, invicto Alfonso?

D. ALF.

  Que esos cautivos le bajen.

FÉNIX.

  Precio soy de un hombre muerto;
  Cumplió el cielo su homenaje.

REY.

  Por el muro descolgad
  El ataud, y entregadle;
  Que para hacer las entregas
  A sus piés voy á arrojarme.

_(Quítase del muro.—Bajan el ataud con cuerdas por el muro.)_

D. ALF.

  En mis brazos os recibo,
  Divino Príncipe mártir.

D. ENR.

  Yo, hermano, aquí te respeto.


ESCENA XIV.

EL REY, DON JUAN, CAUTIVOS.—DICHOS.

D. JUAN.

  Dáme, invicto Alfonso, dáme
  La mano.

D. ALF.

           Don Juan, amigo,
  ¡Buena cuenta del Infante
  Me habeis dado!

D. JUAN.

                  Hasta su muerte
  Le acompañé, hasta mirarle
  Libre, vivo y muerto estuve
  Con él: mirad dónde yace.

D. ALF.

  Dadme, tio, vuestra mano;
  Que aunque necio é ignorante
  A sacaros del peligro
  Vine, gran señor, tan tarde,
  En la muerte, que es mayor,
  Se muestran las amistades.
  En un templo soberano
  Haré depósito grave
  De vuestro dichoso cuerpo.—
  A Fénix y á Tarudante _(Al Rey.)_
  Te entrego, Rey, y te pido
  Que aquí con Muley la cases,
  Por la amistad que yo sé
  Que tuvo con el Infante.
  Ahora llegad, cautivos,
  Vuestro Infante ved, llevadle
  En hombros hasta la armada[10].

  [10] La muerte de D. Fernando fué en el año 1443; el rescate de
  sus reliquias en 1472.

REY.

  Todos es bien le acompañen.

D. ALF.

  Al són de dulces trompetas
  Y templadas cajas marche
  El ejército con órden
  De entierro, para que acabe,
  Pidiendo perdon humilde
  Aquí de sus yerros grandes,
  El lusitano Fernando,
  _Príncipe en la fe constante_.



ÍNDICE.


                             Págs.

  ESTUDIO CRÍTICO               V

  La vida es sueño              1

  La devocion de la Cruz      117

  El mágico prodigioso        211

  El Príncipe constante       329





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