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Title: El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros - Obras Completas, Vol. XVII
Author: Darío, Rubén
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros - Obras Completas, Vol. XVII" ***

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                        Notas del Transcriptor:

  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Los errores obvios de puntuación y de imprenta han sido corregidos.

  Las páginas en blanco han sido eliminadas.

  El texto en cursiva se indica con _guión bajo_.

  El texto en letra versalita (versalilla) ha sido sustituido por
  mayúsculas.

  Los superíndices se indican con el símbolo ^circunflejo.

  Las ilustraciones y sus textos introductorios que aparecen en el
  original dentro de los capítulos se han trasladado entre éstos.

                   *       *       *       *       *



                         EL VIAJE A NICARAGUA

                             [Ilustración]



                             [Ilustración:

                         ...EN CIUDADES DONDE
                          SONRÍEN MUJERES DE
                           AMOR Y GRACIA...]



                             [Ilustración:

                              RUBÉN DARÍO

                              EL VIAJE A
                               NICARAGUA

                                   É

                        HISTORIA DE MIS LIBROS


                             VOLUMEN XVII
                        DE LAS OBRAS COMPLETAS
                            ADMINISTRACIÓN
                       EDITORIAL «MUNDO LATINO»
                                MADRID

                             ILUSTRACIONES
                              DE E. OCHOA]



                             [Ilustración]

                             ES PROPIEDAD



                               EL VIAJE
                              A NICARAGUA

                             [Ilustración]



                             [Ilustración]



                   _A la Sra. D.^a Blanca de Belaya_

                            _respetuoso homenaje._



                                   I


Tras quince años de ausencia, deseaba yo volver a ver mi tierra natal.
Había en mí algo como una nostalgia del Trópico. Del paisaje, de las
gentes, de las cosas conocidas en los años de la infancia y de la
primera juventud. La catedral, la casa vieja de tejas arábigas en donde
despertó mi razón y aprendí a leer; la tía abuela casi centenaria que
aun vive; los amigos de la niñez que ha respetado la muerte, y tal
cual linda y delicada novia, hoy frondosa y prolífica mamá por la obra
fecundante del tiempo. Quince años de ausencia... Buenos Aires, Madrid,
París, y tantas idas y venidas continentales. Pensé un buen día: iré a
Nicaragua. Sentí en la memoria el sol tórrido y vi los altos volcanes,
los lagos de agua azul en los antiguos cráteres, así vastas tazas
demetéricas como llenas de cielo líquido.

Y salí de París hacia el país centroamericano, ardiente y pintoresco,
habitado por gente brava y cordial, entre bosques lujuriantes y
tupidos, en ciudades donde sonríen mujeres de amor y gracia, y donde la
bandera del país es azul y blanca, como la de la República Argentina.

Me embarqué en un vapor francés, _La Provence_, en el puerto de
Cherbourg, y llegué a Nueva York sin más incidente en la ruta que
una enorme ola de que habló mucho la prensa. Según Luis Bonafoux, la
caricia del mar iba para mí... Muchas gracias. Pasé por la metrópoli
yanqui cuando estaba en pleno hervor una crisis financiera. Sentí el
huracán de la Bolsa. Vi la omnipotencia del multimillonario y admiré la
locura mammónica de la vasta capital del cheque.

Siempre que he pasado por esa tierra he tenido la misma impresión.
La precipitación de la vida altera los nervios. Las construcciones
comerciales producen el mismo efecto psíquico que las arquitecturas
abrumadoras percibidas por Quincey en sus estados tebaicos. El ambiente
delirio de las grandezas hace daño a la ponderación del espíritu.
Siéntese algo allí de primitivo y de supertérreo, de cainitas o de
marcianos. Los ascensores _express_ no son para mi temperamento, ni
las vastas oleadas de muchedumbres electorales tocando pitos, ni el
manethecelphárico renglón que al despertarme en la sombra de la noche
solía aparecer bajo el teléfono en mi cuarto del Astor: _You have mail
in the office_.

Pésima navegación se hace de Nueva York a Colón. Los vapores son
pequeños y mal acondicionados. La comida, desolante: desde la sopas
dudosas hasta las suelas de engrudo envueltas en miel de ciertos
_cakes_ de la culinaria anglosajona.

Ya es el Trópico. Ya la casas de Colón se destacan entre las palmeras.
Ya se desembarca del muelle colonés, entre jamaicanos, yanquis y
panameños medio yanquis. Y sentís que estáis en una prolongación de los
Estados Unidos. Desde vuestro banco del salón de espera podéis leer en
inglés sobre dos puertas de cierto lugar indispensable: _Para señoras
blancas_ y _Para señoras negras_. Detalle de higiene física y moral que
desde luego hay que aplaudir.

Se toma el tren para Panamá, y en el trayecto puede observarse la rica
vegetación del suelo tórrido. Adviértense a un lado y otro las casas
en que habitan los trabajadores del Canal.

Pasé por aquí hace ya largo tiempo, cuando el desastre de Lesseps, y
dije en _La Nación_, de Buenos Aires, la desbandada de la _débâcle_.
Aun recuerdo los grupos de salvajes africanos, aullantes y casi
desnudos, acharolados bajo el sol furioso. Hoy se han reedificado
antiguas viviendas; y si aun se mira una que otra ruina de draga
antigua, las yanquis funcionan con mayor vitalidad desde que fueron
contempladas por los ojos de Roosevelt en memorable visita.

Panamá ha progresado con el empuje norteamericano; Panamá tiene hoy
higiene, policía, más comercio, y, sobre todo, dinero. Yo hice el
viaje de Nueva York a Colón en el mismo vapor en que iba uno de los
candidatos a la presidencia de la República, el ministro en Washington
Sr. J. Agustín Arango, persona de experiencia, de juicio, de influencia
y de respetabilidad en el Istmo.

El Sr. Arango, que tomó parte muy activa y decisiva en el movimiento
que tuvo por resultado la proclamación de la nueva República, se
manifestó en nuestras conversaciones muy partidario de la candidatura
del señor Obaldía, caballero también de prestigio y habilidad. Pensaba
el Sr. Arango poner para el triunfo de su amigo todo el peso de su
partido y de sus influencias. Conozco al señor Obaldía, a quien tuve
oportunidad de tratar en Río Janeiro. Era delegado por su país al
Congreso panamericano. El Sr. Obaldía es un panameño de buena cepa,
conocedor de su tierra, amigo del progreso y muy americano.

La Hacienda, ese ramo toral del Estado, se puso en Panamá bajo
excelente dirección. La del Sr. Isidoro Hazera, persona eminente que
residió por largos años en Nicaragua, adonde fué a buscarle la acertada
solicitud del Gobierno para ofrecerle la cartera que desempeñó con
aplauso de todos.

En Panamá, centro de negocios, de tráfico comercial, encontré un buen
núcleo de espíritus jóvenes y apasionados de arte y de letras. No podré
olvidar entre ellos a Andreve, a Ricardo Miró, que sostienen allí con
entusiasmo y con decisión la buena campaña. ¿No es en Panamá donde
nació la delicada alma de poeta que tiene por nombre Darío Herrera?

Embarquéme de nuevo con dirección a Corinto, puerto nicaragüense, en
uno de los barcos ciertamente abominables de la Pacific Mail, compañía
descuidada, incómoda y voluntariosa, por la ineludible razón de la
falta de competencia.

En un feliz amanecer divisé las costas nicaragüenses, la cordillera
volcánica, el Cosigüina, famoso en la historia de las erupciones; el
volcán del Viejo, el más alto de todos, y más allá el enorme Momotombo,
que fué cantado en _La leyenda de los siglos_, de Víctor Hugo. Por fin
entró el vapor en la bahía, entre el ramillete de rocas que forman
la isla del Cardón y el _bouquet_ de cocoteros que decora la isla de
Corinto. Y aquí otra pluma comenzaría a reseñar la serie de fiestas
incomparables de cordialidad, verdaderamente nacionales, que celebraron
la llegada del hijo por tantos años ausente.

En verdad, se mató el mejor cordero en el retorno del poeta pródigo.

Saludé a Chinandega, famosa por sus naranjas, por su fecundidad
agrícola; saludé a León, la ciudad episcopal y escolar donde
transcurrieron mis primeros años. Saludé a Managua, asiento del
Gobierno; a Masaya, florida y artística. ¡Viajes de palmas y flores! En
mi recuerdo estarán siempre llenos de sol y de alegría. En esas horas
de oro y fuego nunca pensé, como el terrible amigo pesimista, que no
lejos de los domingos de ramos están los viernes santos.

Cuando llegaron las horas de las expansiones oratorias dije a mis
compatriotas mis largas saudades y mis sinceras intenciones. Repetiré
aquí algunas de mis palabras, pues deseo sea sabido que en aquellos
instantes fuí grato al país argentino y a mis amigos de Buenos Aires.
Díjeles que un español eminente, el rector de la Universidad de
Salamanca, D. Miguel de Unamuno, escribiérame con motivo del retorno a
mi patria original, palabras hermosas que hablaban del griego Ulises
y de la maravillosa Odisea. «Nada más propio--expresé--de esta vuelta
a mis lares, que la generosidad de mis compatriotas, la elevación del
nivel intelectual y una simpatía palpitante y orgullosa han convertido
en una apoteosis, si apenas merecida por los sufrimientos de la
ausencia y por ese perfume del corazón de la tierra nuestra, que no han
podido hacer desaparecer ni la distancia ni el tiempo. Podría decir
con satisfacción justa que, como Ulises, he visto saltar el perro en
el dintel de mi casa, y que mi Penélope es esta Patria que, si teje y
desteje la tela de su porvenir, es solamente en espera del instante en
que pueda bordar en ella una palabra de engrandecimiento, un ensalmo
que será pronunciado para que las puertas de un futuro glorioso den
paso al triunfo nacional y definitivo.

»Tiene la ciudad de Bremen como divisa, un decir latino que el
prestigioso D'Annunzio ha repetido en uno de sus poemas armoniosos y
cósmicos: _Navigare necesse est, vivere non est necesse_.

»Yo he navegado y he vivido; ha sido Talasa amable conmigo tanto como
Deméter, y si la cosecha de angustias ha sido copiosa, no puedo negar
que me ha sido dado contribuir al progreso de nuestra raza y a la
elevación del culto del Arte en una generación dos veces continental.
Benditas sean las tribulaciones antiguas, si ellas han ayudado a ese
resultado, y bendito sea el convencimiento que siempre me animó de que
«necesario es navegar» y, aumentando el decir latino, «necesario es
vivir». Volvió Ulises cargado de experiencia; y la que traigo viene
acompañada de un caudal de esperanza. Yo quiero decir ante todo a mis
compatriotas que después de permanecer por largo tiempo en naciones
extranjeras, y estudiar sus costumbres, y medir sus vidas, y pesar sus
progresos, y apreciar sus civilizaciones, tengo la convicción
segura de que no estaremos entre los últimos en el coro de naciones
que mantendrá el alma latina, con sus prestigios y su alto valor, en
próximas y decisivas agitaciones mundiales. Viví en Chile, combatiente
y práctico, que ha sabido también afianzarse en obras de paz; viví en
la República Argentina cuyos progresos asombran al mundo, tierra que
fué para mí maternal y que renovaba, por su bandera blanca y azul, una
nostálgica ilusión patriótica; viví en España, la Patria madre; viví
en Francia, la Patria universal; y nada era para mí ni más orgulloso
ni más grato que el nombre de un compatriota repetido por la fama
científica, por la autorización histórica o por el renombre literario;
y cuando alguna vez, desgraciadamente, sabía el mundo de lamentables
disensiones, yo no podía evitar las palpitaciones de mi corazón ante
las victorias nuestras que comentaba Europa.

»Aun siente España la desaparición de un grande hombre suyo que se
llamó Ángel Ganivet, ese andaluz eminente que de boreales regiones
envió tanta luz a la tierra maternal. Y cuenta ese granadino, hoy
glorificado, la historia de un hombre de Matagalpa que, después de
recorrer tórridas Áfricas y Asias lejanas, fué a morir en un hospital
belga, y le llamó para confiarle los últimos pensamientos de su vida.
No sé cómo se llamaba aquel hombre de Matagalpa; pero sé que ese
ignorado compatriota, en su modestia representativa, había visto como
yo quizás, en las constelaciones que contemplaran sus ojos de viajero,
las clásicas palabras: _Navigare necesse est, vivere non est necesse_.

»Si acaso el país ha quedado retardado en este vasto concierto del
progreso hispanoamericano, por razones étnicas y geográficas que serán
allanadas, por motivos que son explicados por nuestras condiciones
especiales, nuestros antecedentes históricos, y por la falta de esa
transfusión inmigratoria que en otras naciones ha realizado prodigios,
tenemos práctica y vitalmente demostrado que un impulso a tiempo y
una aplicación de generosa y altas energías, mantenidas según las
exigencias del organismo nacional, pueden, ante la revisión de valores
universales, demostrar que, aparte de población o de influjo comercial,
se es alguien en el mundo.»

En seguida celebré a hombres ilustres de la República, en los cuales
me ocuparé luego, y agregué: «Brillante es la impresión que tengo yo,
que cortejé durante largo tiempo a la musa cosmopolita, al ver en mi
tierra fuertes talentos, fuertes caracteres y encantadoras facultades
artísticas.

»Quiero juntar dos impresiones que parecen completamente distintas,
y que han hecho en mi espíritu dos huellas de reales proras: es la
primera el haber desembarcado en Corinto, dulce puerto por siempre, de
una manera europea, por su muelle y comodidades, y es la segunda mi
visita a los elementos de guerra, que el jefe del Estado tuvo a bien
mostrarme en una de las tarde más felices de mi vida. Vi primeramente
que en las artes de la paz y en las ventajas de la civilización
no quedamos atrasados entre los pueblos nuestros, y vi que en las
industrias y ciencias de la guerra, ni se nos tomaría por sorpresa, ni
se nos ganaría por previsión.

»Quizá se esperaría de mí un discurso florido de retórica y encantado
de poesía. Yo sé lo que debo a la tierra de mi infancia y a la ciudad
de mi primera juventud; no creáis que en mis agitaciones de París,
que en mis noches de Madrid, que en mis tardes de Roma, que en mis
crepúsculos de Palma de Mallorca, no he tenido pensares como estos:
un sonar de viejas campanas de nuestra catedral; por la iniciación
de flores extrañas, un renacer de aquellos días purísimos en que se
formaba alfombras de pétalos y de perfumes en la espera de un señor del
triunfo, que siempre venía, como en la Biblia, en su borrica amable y
precedido de verdes palmas.

»Como alejado y como extraño a vuestras disensiones políticas, no me
creo ni siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he
vivido, no por los Gobiernos, sino por la Patria; y si algún ejemplo
quiero dar a la juventud de esta tierra ardiente y fecunda, es el del
hombre que desinteresadamente se consagró a ideas de arte, lo menos
posiblemente positivo, y después de ser aclamado en países prácticos,
volvió a su hogar entre aires triunfales; y yo, que dije una vez que no
podría cantar a un presidente de República en el idioma en que cantaría
a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la
obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el
orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi la seguridad de nuestro
fuerte porvenir.

»León, con sus torres, con sus campanas, con sus tradiciones; León,
ciudad noble y universitaria, ha estado siempre en mi memoria, fija
y eficaz: desde el olor de las hierbas chafadas en mis paseos de
muchacho; desde la visión del papayo que empolla al aire libre sus
huevos de ámbar y de oro; desde los pompones del aromo que una vez en
Palma de Mallorca me trajeron reminiscencias infantiles; desde los
ecos de las olas que en el maravilloso Mediterráneo repetían voces del
_Playón_ o rumores de _Poneloya_, siempre tuve, en tierra o en mar,
la idea de la Patria; y ya fuese en la áspera África, o en la divina
Nápoles, o en París ilustre, se levantó siempre de mí un pensamiento o
un suspiro hacia la vieja catedral, hacia la vieja ciudad, hacia mis
viejos amigos; y es un hecho que casi fisiológicamente se explicaría de
cómo en el fondo de mi cerebro resonaba el son de las viejas torres y
se escuchaba el acento de las antiguas palabras.

»... Deseo, al partir, decir a mis amigos de antes, a mis compañeros
de ahora y de mañana, a los que me honran llamándose discípulos, y
en quienes veo la facultad vital patriótica, lo siguiente: Bien va
aquel que sigue una ilusión, cualquiera que sea esa ilusión; bien
va el práctico que en su ilusión bancaria cree ser mañana feliz;
bien va aquel a quien su ilusión política coloca en plausibles
ambiciones y ensueños de puestos honrosos, y aquel que tiene, por
fatal peregrinación, que buscar entre las estrellas su provecho de
nefelibata; bien va, si lleva de la mano a su conciencia, y su corazón
está con él.

»... En Oviedo, en Gómara, en los historiadores de Indias, supe de
nuestra tierra antigua y de sus encantos originales. Yo deseo que la
juventud de mi país se compenetre de la idea fundamental de que, por
pequeño que sea el pedazo de tierra en que a uno le toca nacer, él
puede dar un Homero, si es en Grecia; un Tell, si es en Suiza; y que,
así como las individualidades, tienen las naciones su representación
y personalidad que da transcendencia a las leyes de su destino y al
punto en que, por decisión de Dios, están colocadas en el plano casi
inimaginable del progreso universal. Profunda complacencia tengo cuando
veo a la actual generación, que representa el espíritu de nuestra
tierra, brillar, tanto por cantidad como por intensidad, en el ejército
intelectual del Continente. Materia prima tenemos muchísima, y por algo
Víctor Hugo escogió al Momotombo, entre todos los volcanes de América,
para hacerle decir los maravillosos alejandrinos de su _Leyenda de los
siglos_.

»... Yo he sido acogido en diferentes naciones como si fuese hijo
propio de ellas. Yo guardo en mi gratitud los nombres de Chile, de
Costa Rica, del Salvador, de Guatemala y de Colombia; sobre todo de
esa generosa, grande y aun actualmente eficaz República Argentina, que
ha sido para mí adoptiva y singular patria. Y dejadme que en estos
momentos pronuncie el nombre de los Mitre, cuya gloria vasta conocéis,
pero de quienes seguramente no sabéis el estímulo vital que desde hace
veinte años me ha sido benéfico en América y Europa. Al nombre de Mitre
habrá que agregar en vuestra memoria y en vuestra gratitud, como ya
está agregado en las mías, el nombre ilustre del general Zelaya.

»... Recientemente los Estados Unidos han enviado a la República
Argentina a hombres como el profesor Rowe, de la Universidad de
Pensilvania, a observar las maneras de pensar y de obrar que en ese
eminente foco latino animan las más fecundas y poderosas energías
hispanoamericanas. Y los yanquis visitantes han ido a decir,
asombrados, cuál es la casi mágica labor que ha hecho del Río de la
Plata el hogar del mundo y un refugio de libertad y de trabajo.»

Tal hablé a los que me habían mostrado sus almas fraternales en
discursos lujosos y ardorosos, en versos de noble pensar y generoso
sentir.

Una vez en la capital, que encontré renovada y hermoseada en los años
de mis peregrinaciones, me partí a una «hacienda» de café situada
en las cercanas sierras. Y allí gocé de espectáculos tan solamente
encontrables en esas tierras lujuriantes y solares, en donde, bajo la
sonora libertad del viento, en las apoteosis de los amaneceres y de los
ponientes, o en las noches entoldadas de diamantes, florecen el asombro
y la maravilla.



                  La flora tropical es de una belleza
                  que causa como una sensación
                  de laxitud.

                           (_Capítulo II_).



                             [Ilustración]



                    Había rosas de olor y jazmines
                    orientales que constelaban
                    las verdes y espesas enredaderas
                    que crecen.

                            (_Capítulo II_)



                             [Ilustración]



                     Desde la cumbre de la sierra
                     divísase el lago de Managua.

                            (_Capítulo II_)



                             [Ilustración]



                                  II


La flora tropical es de una belleza que causa como una sensación de
laxitud. El paisaje diríase que penetra en nosotros por todos los
sentidos, y hay una furia de vida que con su proximidad enerva. Se
creería que bajo la vasta techumbre azul de un firmamento que se
rayaría con una estrella, flota un efluvio estimulante para el espíritu
y para la sangre; pero cuyo estímulo se convierte en languidez, en
desmayo voluptuoso: un _far tutto_ que se deslíe en el _far niente_...
¿No acaba de saberse esta declaración reciente de cierto doctor: que
no es dudoso que un estímulo solar demasiado intenso y demasiado
prolongado conduce a la depresión, y que es a esa causa a la que
ciertamente hay que atribuir la _nonchalance_ de los habitantes de los
países cálidos?

... Solo, en el jardín de una casa amiga, he visto una tarde, en tibio
crepúsculo, algo semejante a una estagnación de las horas. Había calor
húmedo y voluptuoso, y el cielo, en que brillaban tan solamente,
diamantinos, dos o tres luceros, se me representaba como inmenso
invernáculo. No se sentía ni un soplo de aire; la vegetación hubiérase
dicho cristalizada en la absoluta inmovilidad de las hojas. Había
allí azucenas blancas de anunciación y otras semejantes a estilizados
lirios heráldicos; había rosas de olor y jazmines orientales que
constelan las verdes y espesas enredaderas en que crecen; había
una flor que se llama cundiamor, y otra que estalla para regar su
simiente, y la que se nombra bellísima, que evocaba para mí, rosada
y alegre, altares domésticos como los que se adornan en Diciembre
para celebrar la Concepción de María. Toda la circunstante naturaleza
me parecía contenida en un concentrado bloque de tiempo, atmósfera
de bella-durmiente-del-bosque, o del legendario monje extasiado que
escucha al pájaro paradisíaco.

El lujo del campo lo volví a admirar en plenas sierras. Se va a éstas
a caballo; a las más cercanas pueden llegar carruajes. Desde que se
sale de la capital y se comienza a subir, una temperatura dulce y
fresca sucede a los ardores de la ciudad. Se empieza a ver a un lado
y otro del camino rústicas fincas. Yo me deleitaba con las fragantes
vegetaciones, con los cafetales, que evocan poesía criolla y antillana,
sabrosos sentimentalismos líricos a lo mulato Plácido. Y hay en las
viviendas, cubiertas de tejas arábigas o de paja, tales ejemplares
de la mujer natural, mozas morenas, altas por lo general, de cuerpos
flexibles, muchachas bronce o cacao, o pálidas mestizas, que sugieren
fatigantes y agotadores cariños solares. Pongo por caso que tenéis
sed y os detenéis en una de esas posesiones en las que, desde vuestra
caballería, podéis ver el fogón de llamas de oro ante el cual se
preparan los yantares. Una campesina de esas os trae un agua fina,
fría y doblemente grata por ser servida en un guacal, esto es, en
una taza hecha de la corteza del fruto del jícaro, las cuales tazas
refrigeradoras suelen ser labradas e historiadas de escudos, aves,
panículos, grecas y letras. A la oferta del agua se agrega la visión
de unos lindos brazos, de unos lindos hombros y una rosada sonrisa. Y
todo esto bien os puede hacer pensar en algo de Biblia o en algo de
Conquista, en Rebeca o en doña Marina.

... Me engreía ver a un lado y otro del camino los arbustos cargados
de su fruto rojo y algunos aún como un manojo de tirsos llenos de su
blanca floración. Y calculaba al ver la feracidad de aquel terreno, en
que se suceden alturas y hondonadas, tupido de arbustos de riqueza,
cómo es de fecundo y próvido aquel suelo y cuánto hay que aguardar
de las horas futuras, cuando una apropiada y propicia corriente
inmigratoria contribuya a hacer la producción más abundante y más
proficua. La labor agrícola es allí la verdadera fuente de vida,
y el cultivo del café es el preferido; el grano de Oriente de que
hablara por primera vez en Europa el veneciano Próspero Alpino, y que
de Turquía fué con Jean Thevenot a Francia. «A principios del siglo
XVIII el café se llevaba de Arabia y costaba muy caro en los mercados
europeos; y el árbol era un objeto de curiosidad del que apenas se
habían encontrado cuatro o cinco ejemplares. El burgomaestre de
Amsterdam, según unos, o el Statuder de las Provincias Unidas, según
otros, regaló al rey Luis XIV un arbusto de café que el monarca francés
se dignó aceptar y confiar a los profesores de su jardín botánico.
Los naturalistas del jardín recibieron con júbilo la planta obsequiada
por los holandeses, le prodigaron los cuidados más asiduos e hicieron
cuanto les fué posible por que se reprodujese en los invernaderos.
Obtuvieron algunos retoños; pero daba lástima cultivar el café en
estufas donde las plantas se ahogaban por falta de aire, de cuyo suelo
artificial no sacaban sino un alimento insuficiente y poco salubre, y
donde les faltaba espacio para desarrollar sus ramas. El encargado del
jardín, que era el notable naturalista Antonio de Jussieu, pensó que
sería más cuerdo enviar aquella planta a un país donde encontrase el
calor vivificante del sol de los trópicos, la húmeda frescura de sus
noches y el riego abundante y tibio de sus lluvias periódicas. En su
concepto, la Martinica reunía las condiciones más favorables para hacer
la prueba. Un joven alférez de navío, sumamente celoso por el progreso
de las ciencias y amigo de Antonio de Jussieu, el caballero Déclieux,
partía para aquella colonia con el nombramiento de teniente-rey.
El botánico le entregó el mejor y más vigoroso de los retoños,
recomendándole que no omitiese nada para llevarlo sano y salvo hasta
su destino. Déclieux prometió mostrarse digno de la misión que se le
confiaba y velar por el débil arbusto como por un niño enfermo.

»La travesía fué larga y penosa: escaseó el agua, y tripulantes y
pasajeros fueron puestos a ración; pero como el arbusto no estaba
comprendido en el reparto, habría perecido, si Déclieux, fiel a su
promesa y pareciendo presentir el gran elemento de riqueza que traía
consigo, no le sacrificara una parte de su escasa ración de agua. Aquel
arbusto de la Martinica fué el padre común de los millones de arbustos
que desde entonces han poblado las grandes plantaciones de América.
De la Martinica pasó a las Antillas, y un siglo después a Costa Rica,
de donde llegó a nosotros.» Tales son las palabras que sobre el café
escribe en su _Historia de Nicaragua_ D. José Dolores Gámez, cuyo
padre, que tenía su mismo nombre, fué quien durante la administración
Sandoval, por los años de 1845 a 46, cultivó la primera plantación
en las sierras de Managua. Hoy es el café de Nicaragua de los más
preciados en el mundo. No en vano el de Jinotega obtuvo en una de las
grandes recientes exposiciones el mejor premio por su aroma y calidad.

... Es de un «pintoresco» que deleitaría a Francis Jammes el
espectáculo de las labores en las sierras, en el tiempo del corte.
Hacen este trabajo por lo general mujeres, y en los pequeños
campamentos que se forman bajo los árboles protectores del café, no es
raro ver la parvada de hijos que afirma la fecundidad de la raza. Hay
hamacas tendidas bajo los frutos rojos, y los cantos del pueblo suelen
acompañar el trabajo. ¡Y qué gloria de vegetación, qué triunfo de vida
en todo lo que la mirada abarca después de ascender a la región en
donde el clima cambia y el aire es fresco, y los valles se extienden
como en visiones de edén, y hay toda la gama del verde, y un vasto
rumor se esparce de los sonoros bananeros o platanares, de los árboles
enormes y caprichosos sobre los que saltan las ardillas grises y vuelan
las palomas arrulladoras, y los carpinteros y los pitorreales, y toda
la fauna alada que haría las delicias de Ovidio!

... Desde la cumbre de las sierras pobladas de fincas divísanse el lago
de Managua, al fondo, y más cerca la laguna de Nejapa. Los colosales
volcanes semejan, en la diafanidad de los crepúsculos, calcados en
los cielos puros, extraordinarios fujiyamas, y la luz da la ilusión,
siendo de una transparencia de acuarela. Excursiones a caballo, paseos
a pie, salidas cinegéticas, distraen y alegran las horas. Suele haber
reuniones e improvisados bailes entre los vecinos de las propiedades;
y esas voluptuosas y como lánguidas damas que van a pasar días de
campo a las «haciendas», diríase que son las hadas de los parajes, las
divinidades vivas y carnales.

... Más de una vez pensé en que la felicidad bien pudiera habitar en
uno de esos deliciosos paraísos, y que bien hubiera podido tal cual
inquieto peregrino apasionado refugiarse en aquellos pequeños reinos
incógnitos, en vez de recorrer la vasta tierra en busca del ideal
inencontrable y de la paz que no existe. Pocas horas de mi existencia
habré pasado tan gratas y vividas como aquellas en que, al estallar
las mañanas en una cristalería de pájaros locos de vivir, salía yo con
mi escopeta, en compañía de un joven amigo, a recorrer los caminos, a
bajar por los barrancos, a buscar entre los ramajes la deseada caza.
Y al retorno, ningún plato de Champeaux o de la Tour d'Argent fuera
comparable con los que, perfumados de las hierbas y especias de la
tierra, regocijaban nuestro paladar y nos ponían, con el gusto de los
condimentos y la satisfacción de la gula, un humor semejante al de ese
modesto, pero excelente y bienhechor poeta que se llamó Baltasar de
Alcázar.

Entre todas las plantas que atraen las miradas, llévanse la victoria
palmeras y cocoteros, que en el europeo despiertan ideas coloniales,
los viajes de los antiguos bergantines y las inocencias de Pablo y
Virginia, de cuyo casto absurdo convencen los relentes de las selvas y
las continuas insinuaciones de la tierra. El Trópico transpira savias
amorosas; y allí Cloe daría a Dafnis las dulces lecciones de manera que
dejaría suspensa por el asombro encantado la pastoril flauta de Longo.
El bananero erige su ramillete de estandartes, de tafetanes verdes,
sobre los cuales, cuando llueve, vibra el agua redobles sonoros;
y las palmeras varias despliegan, unas, bajas, como pavos reales,
anchos esmeraldinos abanicos, otras, más altas, airosos flabeles;
las otras son como altísimos plumeros, orgullosas bajo el penacho,
ya entreabierta la colosal y oleosa y dorada flor del «coroso», ya
colgante la copiosa carga de cocos, cuya agua fresca y sabrosa es la
delicia de las canículas.

... En anchos y lisos secaderos pónese el café al sol, una vez cortado
y recogido. Luego pasará a las máquinas descascaradoras, que lo dejarán
limpio y listo para ser puesto en los sacos de bramante que han de ir a
los mercados yanquis, a los puertos del Havre o de Hamburgo. No es la
cosecha nicaragüense tan crecida como la de otros países vecinos; pero
en Nicaragua se produce ese grano fino que supera al mismo moka por
su sabor y perfume, y que se conoce con el nombre de caracolillo. Una
buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas
y tantos poemas como una botella de tinta.



                                  III


Cuéntase que el Mikado, al ver en un álbum, regalo del presidente
Porfirio Díaz, fotografías de soldados del Ejército mejicano, hizo
notar al ministro de Méjico el parecido de ellos con sus soldados
nipones. Tal recuerdo me vino al ver evolucionar a los soldados
nicaragüenses, que, por otra parte, han demostrado poseer, a más del
físico, otras cualidades japonesas. El tipo indígena puro o el mestizo
tiene mucho de azteca. «Los primeros habitantes (nicaragüenses)--dice
Gámez--, de origen mongólico, como los demás del continente americano,
hicieron en sus primitivos tiempos la vida nómada de los pueblos
salvajes; pero parece ser muy cierto que inmigrantes de Méjico y de
las naciones vecinas, que llegaban organizados en tribus, fueron
sucesivamente ocupando el territorio y formando de una manera
paulatina la sociedad aborigen de estos pueblos.» Entre los nacionales
se encuentra una interesante variedad etnográfica. Existen los tipos
completamente europeos, descendientes directos de españoles o de
inmigrantes europeos, sin mezcla alguna; los que tienen algo de mezcla
india, o ladinos; los que tienen algo de sangre negra, los que tienen
de indio y de negro, los indios puros y los negros. De éstos hay muy
pocos[1]. En el carácter han dejado su influjo los hábitos coloniales y
la agilidad mental primitiva. «Y nunca indio, a lo que alcanzo, habló
como él a nuestros españoles.» Tal dice Francisco López de Gómara,
refiriéndose al cacique Nicaragua o Nicarao, que dió nombre a aquellas
tierras americanas. El conquistador Gil González de Ávila, después que
hubo tomado posesión de aquellas regiones y hubo bautizado la bahía de
Fonseca, en recuerdo del obispo de Burgos, y gratificado a una isla con
el nombre de su sobrina Petronila, se había encontrado con el cacique
Nicoián, al cual y a toda su gente logró convertir. «Informóse--dice
Gómara--de la tierra y de un gran rey llamado Nicaragua, que a
cincuenta leguas estaba, y caminó allá. Envióle una embajada, que
sumariamente contenía fuese su amigo, pues no iba por le hacer mal;
servidor del emperador que monarca del mundo era, y cristiano, que
mucho le cumplía, e si no que le haría guerra».

       [1] Según los cálculos de Paul Levy, en su obra sobre
       Nicaragua, las proporciones son: indio, 550 por 1.000;
       mestizo, 400 por 1.000; blanco y criollo, 45 por 1.000; negro,
       5 por 1.000

»Nicaragua, entendiendo la manera de aquellos nuevos hombres, su
resoluta demanda, la fuerza de las espadas y braveza de los caballos,
respondió por cuatro caballeros de su corte «que aceptaba la amistad
por el bien de la paz, y aceptaría la fe si tan buena le parecía como
se la loaban.»

Los españoles fueron bien recibidos por el jefe indio y se trocaron
dádivas. Un fraile iba allí, mercedario, que predicó el cristianismo y
anatematizó las antiguas costumbre. Nicaragua y sus gentes aceptaron
pasablemente todo, menos dos cosas: que se les prohibiese la guerra y
la alegría, «ca mucho sentían dejar las armas y el placer». Dijeron que
«no perjudicaban a nadie en bailar y tomar placer, y que no querían
poner al rincón sus banderas, sus arcos, sus cascos y penachos, ni
dejar tratar la guerra y armas a sus mujeres, para hilar ellos, tejer
y cavar como mujeres y esclavos». Como el peruano Atabaliba con el P.
Valverde, Nicaragua arguyó varios puntos de religión, «que agudo era,
y sabio en sus ritos y antigüedades. Preguntó si tenían noticia los
cristianos del gran diluvio que anegó la tierra, hombres y animales, e
si había de haber otro; si la tierra se había de trastornar o caer el
cielo; cuándo y cómo perdería su claridad y curso el sol, la luna y las
estrellas, que tan grandes eran; quién las movía y tenía. Preguntó la
causa de la oscuridad de las noches y del frío, tachando la natura, que
no hacía siempre claro y calor, pues era mejor; qué honra y gracias se
debían al Dios trino de cristianos, que hizo los cielos y sol, a quien
adoraban por Dios en aquellas tierras; la mar, la tierra, el hombre que
señorea, las aves que volan y peces que nadan, y todo lo del mundo.
Dónde tenían de estar las almas, y qué habían de hacer salidas del
cuerpo, pues vivían tan poco siendo inmortales. Preguntó asimesmo si
moría el santo padre de Roma, vicario de Cristo, Dios de cristianos;
y cómo Jesús, siendo Dios, es hombre, y su madre, virgen pariendo; y
si el emperador y rey de Castilla, de quien tantas proezas, virtudes
y poderío contaban, era mortal; y para qué tan pocos hombres querían
tanto oro como buscaban. Gil González y todos los suyos estuvieron
atentos y maravillados oyendo tales preguntas y palabras a un hombre
medio desnudo, bárbaro y sin letras, y ciertamente fué un admirable
razonamiento el de Nicaragua, y nunca indio, a lo que alcanzó, habló
tan bien a nuestros españoles.»

El nicaragüense se distingue en toda la América Central por condiciones
de talento y de valor. A la levadura primitiva se agregaron elementos
coloniales. Si, una vez proclamada la independencia, hubo descuido
en la general cultura, fué a causa de las inquietudes incesantes que
mantuvieron a todos los cinco Estados centroamericanos en continuas
agitaciones y guerras.

El historiador de Indias ya citado hace notar el estado de relativo
adelanto que encontraron en algunas tribus de Nicaragua los
conquistadores. «Sea como fuere, que cierto es que tienen estos que
hablan mejicano por letras las figuras de los de Culúa, y libros de
papel y pergamino, un palmo de anchos y doce largos, y doblados con
fuelles, donde señalan por ambas partes de azul, púrpura y otros
colores, las cosas memorables que acontecen; e allí están pintadas sus
leyes y ritos, que semejan mucho a los mejicanos, como lo puede ver
quien cotejare lo de aquí con lo de Méjico.»

Y en otro lugar: «Los palacios y templos tienen grandes plazas, y las
plazas están cerradas de las casas de nobles y tienen en medio de ellas
una casa para los plateros, que a maravilla labran y vacían el oro.»
Esta condición aun hoy puede admirarse en los trabajos de orfebrería
nicaragüense. Tales labores he mostrado yo a mis amigos europeos,
que las han comparado con manufacturas de Tifany o Froment-Meurice.
Escultores y pintores hay asimismo que, sin haber frecuentado nunca
talleres ni museos, pues no han salido del país, producen obras que me
han causado sorpresa y admiración. Así los que actualmente decoran la
catedral de León, bajo el cuidado del obispo Pereira.

Ciertos indios fabrican utensilios de barro que no son inferiores a
los que produce la alfarería peninsular en Andújar; las «tinajitas»
de allá alegran la vista y refrescan el agua en los estíos, como las
españolas alcarrazas. La habilidad original y criolla se manifiesta
en esteras o «petates», en hamacas tejidas de la fibra de la «cabuya»
o de la pita, teñidas con los colores que extraen del mismo modo
que los abuelos, colores que hacen rememorar cómo ante no sé cuál
tapiz oriental evocara un expresivo pintor francés la comparación
de un «perroquet». Se hacen en los telares rebozos de hilo y de
seda, semejantes a chales indios; se labran en el duro hueso de un
fruto de palmera, el «coyol», sortijas y pendientes que se dijeran
de azabache. Y se descubre en las mentes una natural claridad de
entendimiento y una facultad de asimilación que hacen que se aprendan
con facilidad y acierto importadas industrias extranjeras. Los zapatos
son famosos, y podrían pasar los de algunos fabricantes por los que
en las zapaterías sevillanas han llenado el gusto del coronado que
tiene por nombre Eduardo VII. Aprovechando la riqueza de los bosques,
que es extraordinaria, combinan los carpinteros y ebanistas piezas
de exposición que son maravillosos mosaicos. Sorprenden las vivaces
disposiciones mecánicas. El primer automóvil que haya llegado a la
República fué el del presidente Zelaya. Con él fué un _chauffeur_
francés. Al poco tiempo los buenos conductores no escaseaban. Y
hasta algo como un Charles Cros nicaragüense ha habido que haya
experimentado allá un sistema de teléfono sin hilos mucho antes de
las hoy triunfantes tentativas de electricistas europeos. Me refiero
al doctor Rosendo Rubí, que obtuvo en Washington una patente el año de
1900.

Si el clima predispone para la fatiga y hay en él el tropical incentivo
de la pereza, adelanta, sin embargo, la actividad artesana. Managua,
León, Masaya, Granada, Rivas, Matagalpa, son centros principales de
trabajo. Aunque las condiciones de vida del país son tan diversas de
las que hacen levantar tantas protestas al obrero en naciones europeas
y americanas, no ha dejado de sentirse por allá uno que otro vago soplo
de espíritu socialista; mas no ha encontrado ambiente propicio en donde
nadie puede morirse de hambre ni hay vida de dominadores placeres.

El nicaragüense es emprendedor, y no falta en él el deseo de los viajes
y cierto anhelo de aventura y de voluntario esfuerzo fuera de los
límites de la patria. En toda la América Central existen ciudadanos de
la tierra de los lagos que se distinguen en industrias y profesiones,
algunos que han logrado realizar fortunas y no pocos que dan honra al
terruño original. No es el único el caso del navegante matagalpense de
que hablara Ángel Ganivet; y en Alemania, en Francia, en Rumania, en
Inglaterra, en los Estados Unidos, sé de nicaragüenses trasplantados
que ocupan buenos puestos y ganan honrosa y provechosamente su vida.
Recuerdo que, siendo yo cónsul de Nicaragua en París, recibí un día la
visita de un hombre en quien reconocí por el tipo al nicaragüense del
pueblo. Me saludó jovial, con estas palabras, más o menos: «No le vengo
a molestar, ni a pedirle un solo centavo. Vengo a saludarle, porque es
el cónsul de mi tierra. Acabo de llegar a Francia en un barco que viene
de la China, y en el cual soy marinero. Es probable que pronto me vaya
a la India». Se despidió contento como entrara y se fué a gastar sus
francos en la alegría de París, para luego seguir su destino errante
por los mares.



                              MIS LIBROS

                          «LA CARAVANA PASA»



                             [Ilustración]



                                  IV


Cuando llegaron los españoles a Nicaragua existía ya en los naturales
cierta cultura intelectual, sin duda alguna reflejada de Méjico. Cierto
que en Guatemala, entre los quichés, había una civilización superior;
mas los nicaragüenses no eran en verdad bárbaros, cuando Gómara señala
en ellos ciertos adelantos.

Todo esto no obsta para la crueldad de los ritos, que, como los
mejicanos, tenían su parte de antropofagia. De todas maneras, había
libros y archivos, que, según dice el historiador Gámez, «fueron
tomados por los españoles y quemados solemnemente en la plaza de
Managua, por el reverendo padre Bobadilla, en el año 1524». Bobadilla
no hizo sino lo mismo que el obispo Zumárraga hiciera con los
tesoros escritos de la capital de Moctezuma. No iban a América los
conquistadores a civilizar, sino a ganar tierras y oro; y a la América
central le tocó la peor parte, entre aventureros de espada y frailes
terribles.

«Los que atravesaron los mares--expresa el historiador citado--en
frágiles naves para correr aventuras en tierras lejanas y desconocidas,
tuvieron que ser, fueron por lo regular, la escoria de la sociedad
española, sobre la que, como es consiguiente, sobresalió alguna que
otra medianía social, a quien las malas circunstancias arrojaron a
nuestras playas.»

Lo más escogido fué a los virreinatos peruano y mejicano. Se cuenta
tradicionalmente en Nicaragua que allá estuvo un hermano de Santa
Teresa de Jesús, y que él fué quien llevó la imagen que aun hoy se
venera en el santuario de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo.
Pudiera suceder, y quizá de él desciendan algunos de los Cepedas del
país. Llegó también un Loyola, que no juzgo haya sido de sangre de San
Ignacio. Mas quien en realidad estuvo allá, e hizo perdurable obra
de bien, pues si no era un santo era un héroe, fué aquel fraile que
en el Capitolio de Washington tiene estatua, y cuyo nombre brilla
con singular luz entre los de los bienhechores de la Humanidad: Fray
Bartolomé de las Casas. La importada clerecía no fué, por cierto,
modelo de virtudes evangélicas. Como todos los que llegaban, aquellos
tonsurados tenían el oro por mira. Así, fué un sacerdote de Cristo
el que tuvo la peregrina idea de descender por el cráter del volcán
de Masaya, creyendo que la lava fundida era el metal codiciado. Los
religiosos no se preocupaban gran cosa ni de enseñar lo fundamental
que se encuentra en el catecismo. Gobernadores, encomenderos,
capitanes, no tenían más objeto que su deseo de riqueza, y entre ellos
se aprisionaban y se mataban. Guatemala, reino o capitanía general,
era el centro de la escasa cultura del tiempo de la colonia. Mas por
todas partes está el dominio de las armas y la cogulla. El fanatismo
imperaba. En Guatemala se practicaban la magia y la hechicería. Es muy
curioso lo que a este respeto cuenta en su obra, que hizo traducir
Colbert al francés, el fraile inglés Tomás Gage, quien logró, a pesar
de ser extranjero, ir hasta la capital guatemalteca, donde enseñó
teología por espacio de doce años.

El período colonial es sombrío para la vida intelectual. Así hasta
la Revolución francesa, que tuvo en tonas partes repercusión. La
prohibición de que llegasen libros extranjeros concluyó con las
ordenanzas de Carlos III. La Enciclopedia en aquellos países, como
en el resto de América, ayudó a preparar la independencia. Un fraile
eminente, el P. Goicochea, dió nueva luz a los estudios filosóficos,
antes envueltos en mucha teología y mucho peripato. Hay que advertir
que fueron también clérigos los que, como antaño la sombra, hacían
ahora la Luz.

«En los primeros años--expresa Gámez--que siguieron al descubrimiento
de Nicaragua, la población se hallaba, en cuanto a letras, en completas
tinieblas. Los aventureros españoles que llegaban a nuestras colonias
tenían más afición a la espada que a la pluma, y era raro el que
siquiera sabía escribir su firma. Los escritos de aquel tiempo,
confiados a las personas más inteligentes e instruídas, ponen de
manifiesto la ignorancia de sus autores. El clero fué entre nosotros,
como en otras muchas colonias, el que descorrió el velo a la enseñanza,
comenzando a propagarla. Pero la instrucción se limitaba a las castas
privilegiadas y se reducía a las primeras letras y a la doctrina
cristiana. Más tarde se estableció en León un colegio seminario para
fabricar los sabios de la colonia. Se estudiaba allí latinidad, cierto
embrollo metafísico-religioso que apellidaban filosofía, y teología
moral y dogmática. La sabiduría y la ciencia no pasaban nunca más
allá de los dinteles de la sacristía. Se creó después una Universidad
en Guatemala; pero tanto en ésta como en el seminario de León, no se
podía avanzar más que lo que conviniera a la política de España en las
colonias. En 1794 había en la capital del reino diez y seis conventos,
muchas iglesias y «una sola escuela de primeras letras». No obstante,
en Guatemala hubo antes cierto florecimiento mental, pues no debe de
haber sido caso aislado el de aquel poeta contemporáneo de Cervantes, a
quien éste alaba en su _Viaje al Parnaso_ en estos términos, después de
celebrar a Gaspar de Ávila:

      Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma
    de tanta erudición, donaire y gala,
    que no hay muerte ni edad que lo consuma.
    Apolo le arrancó de Guatimala
    y le trujo en su ayuda para ofensa
    de la canalla en todo extremo mala.

A fines del siglo XVIII dió un gran paso la enseñanza en Guatemala.
Hubo un Flores «que se adelantaba a Galvani y Balli en experimentos
físicos sobre la electricidad, y a Fontana en las estatuas de cera
para el estudio de la anatomía». En el país nicaragüense «llegábamos
a la víspera de nuestra emancipación hablando malamente el idioma
castellano, llena la cabeza de cuestiones teológicas y metafísicas;
pero en lo demás, tan pobres y atrasados como cuando Nicaragua fué a
recibir a Gil González»[2]. Las ideas revolucionarias francesas, la
doctrina de los enciclopedistas, fueron conocidas por la introducción
de algunas obras, y produjeron su efecto a pesar de lo arraigado que
estaba en los burgueses el espíritu colonial. En 1812 las Cortes de
Cádiz elevaron a la categoría de Universidad el antiguo seminario
conciliar de León. Del foco guatemalteco llegan después las ideas
puestas en circulación por pensadores como Valle, Molina, Barrundia. Ya
en los albores de la independencia se destaca en Nicaragua una figura
prestigiosa: la de Larreinaga. Desde entonces, a las luchas de la
colonia suceden las luchas que preceden a la formación de los Estados,
a la república federal. Y en el año 1824 «el bello país de Nicaragua,
«el paraíso de Mahoma», como le llamó Gage, se convirtió en un teatro
de guerras civiles». Todo, claro está, en merma del adelanto y de la
instrucción del pueblo. Y guerras, y más guerras. En largos períodos,
la única literatura que aparece es la violenta y declamatoria de los
periódicos de combate. La libertad del pensamiento no existía. En 1825
el jefe del Estado, Cerda, ordena, entre otras cosas, retrocediendo a
la época de la conquista, «que no se escribiera por la prensa concepto
alguno que no estuviera conforme con los preceptos católicos», y que se
quemaran todos los libros prohibidos por la Iglesia. Más tarde, durante
la administración Herrera, pudo bien verse en Nicaragua una vislumbre
de progreso y de cultura, dado el retrato moral que de aquel gobernante
se lee en un antiguo periódico citado por Gámez: «Desde muy joven leía
los filósofos más profundos, los genios de la Francia, la historia
antigua. Su corazón noble se había incendiado en las nociones de gloria
y libertad. Su cabeza activa y fecunda combinaba los grandes problemas
de la legislación y la política. Su estudio privado, su trato íntimo
con los dos grandes literatos honor de su país, habían desarrollado
en él un carácter de empresa, un talento de gobierno, un tacto y
conocimiento de los hombres y de los negocios».

       [2] Gámez: _Historia de Nicaragua_.

No sé a punto fijo en qué época fué introducida la imprenta en
Nicaragua; mas el libro ha sido escaso, y de aquellos tiempos no
conozco ninguno. El primer periódico oficial apareció en 1835, bajo la
administración Zepeda, con el título de _Telégrafo Nicaragüense_; luego
figuraron varones de estudio al par que hombres de política: Buitrago,
Hermenegildo Zepeda. Y se admirará a una personalidad interesante
y valiosa: D. Francisco Castellón, varón de viva inteligencia y de
instrucción notable. En 1844 fué enviado como ministro a Europa, a fin
de ver si era posible evitar las rudezas e imposiciones de Inglaterra
en Nicaragua. En Londres no quisieron ni oirle. Luego fué a Francia.
Gámez narra un curioso episodio de ese viaje, que merece copiarse
íntegro: «Castellón, que era un hábil diplomático, concretó entonces
sus esfuerzos a la Corte de Francia, para que siquiera interpusiese su
mediación y nos librara de ser tratados como pueblos bárbaros puestos
bajo la férula de cónsules descorteses y arbitrarios.

»Despertó con tal objeto el interés del público francés por
el canal interoceánico de Nicaragua, por medio de la prensa y de
conversaciones con los hombres más notables de aquel tiempo. El
príncipe Luis Napoleón, después Napoleón III, estaba preso en el
castillo de Ham, y la Corte de Luis Felipe lo hacía aparecer como
demente. Castellón quiso también sacar partido del bonapartismo y
solicitó permiso de visitar al reo de Estado. Luis Napoleón agradeció
la visita del diplomático nicaragüense, quedó prendado de su
agradable presencia y finos modales, y se sintió vivamente reconocido
cuando Castellón, burlando la vigilancia del carcelero, le deslizó
disimuladamente dos cartuchos de oro, que el príncipe rehusó. Desde
ese día el futuro emperador fué un partidario decidido del canal por
Nicaragua, y todos los bonapartistas franceses se convirtieron en sus
propagandistas más entusiastas. Estaba logrado el objeto. (La gratitud
de Napoleón fué imperecedera. Apenas ocupó el trono imperial, mandó
a Nicaragua a buscar a Castellón, cuya muerte ignoraba. Pasó una
pensión a su familia, y más tarde, en 1867, tuvo en París educando
a Jorge, hijo menor de D. Francisco.) Castellón se dirigió entonces
a la Cancillería francesa, y en una conferencia con el ministro
Guizot ofreció a Francia toda clase de privilegios sobre el canal y
también cederle en propiedad una isla en el Atlántico para hacer allí
un fuerte que sirviera de llave al mismo canal, a condición de que
interpusiera su mediación con Inglaterra, ¡Vana demanda! La Corte de
Luis Felipe manifestó francamente al representante de Nicaragua que
los procedimientos de Inglaterra eran correctos, «porque--añadió--las
naciones de Europa no pueden, sin rebajarse, entenderse con esos
«gobiernitos mosquitos». El Gobierno de Nicaragua, al dar cuenta más
tarde, en el periódico oficial, del fracaso de su Legación, exclamaba
con tristeza: «Nuestro Gobierno, cuando se trata de condenarlo a
pagar sin ser oído, está constituído; pero no lo está cuando quiere
manifestar sus agravios y defenderse.» Y el espíritu de Drago flotaba
aún sobre la superficie de las aguas...

Don Patricio Rivas y D. Cleto Mayorga, ambos políticos, fueron
aficionados a las musas y produjeron cosas ingeniosas que no se
conservan en ninguna antología. En medio de las agitaciones y guerras
que se sucedían, solían aparecer canciones populares de rimadores
anónimos. Máximo Jerez, caudillo, infatigable apóstol de la Unión
Centroamericana, fué persona de cultura literaria. Díaz Zapata es
nombre grato al arte. El hombre de Estado Zeledón era un universitario.
El filibustero yanqui Walker, que cultivó su espíritu en una
Universidad alemana, no llevó a Nicaragua sino la barbarie de ojos
azules, la crueldad y el rifle. Otro anglosajón que llegó de paz fué
Squire, quien escribió un libro notable sobre aquellas tierras. Leyendo
este libro tuvo Víctor Hugo la idea que le hizo producir _Les raisons
du Momotombo_. Buenaventura Selva fué estadista, abogado de gran mérito
y también hombre de letras. Gregorio Juárez, sujeto estudioso, lleno
de nociones, sabio para su tiempo y que tuvo que ver también con los
asuntos públicos, dió a la prensa muchas ingenuas y modestas poesías.
El Dr. De la Rocha cultivó la elocuencia y dejó páginas históricas y
literarias. En 1660 se introdujo la imprenta en Guatemala, y tres años
después se hizo el primer trabajo tipográfico. Respecto a Nicaragua
no tengo ningún dato seguro. En León creo que fueron de los primeros
impresores Pío Orue y Justo Hernández. Mas el libro, como he dicho,
era escaso en esos tiempos, y aun continúa siéndolo ahora. Conozco
muy mal impresas y mendosas las obras de un historiador de buenas
intenciones, aunque harto apasionado: Jerónimo Pérez. Cerrada la
Universidad leonesa, los estudios se hacían en contados Institutos y
Liceos. La Filosofía se enseñaba por Balmes; la Física, por Ganot. La
fundación de los Institutos de Oriente y de Occidente en Granada y
en León fué un gran paso en el adelanto intelectual de la República.
Llegaron para enseñar en ellos españoles eminentes. Al de León debió ir
como director Augusto González de Linares, gloria de la ciencia moderna
de España. No pudo realizar el viaje, y fué en su lugar José Leonard,
un polaco admirable, que había sido ayudante del general Kruck en la
última insurrección, y que en España llegó a dominar el castellano
con toda perfección--era un políglota consumado--y a ocupar el puesto
de redactor de la _Gaceta de Madrid_. Con él fué el doctor Salvador
Calderón, sabio naturalista, hoy profesor de la Universidad matritense.
A Granada fueron el padre Sanz Llaría y otros notables peninsulares.



                              MIS LIBROS

                        «CANTO A LA ARGENTINA»



                             [Ilustración]



                                   V


Poco se ha escrito sobre la literatura en Centroamérica, y
especialmente en Nicaragua. Menéndez Pelayo le dedica algunas palabras
en el prólogo de su _Antología_. No tengo recuerdo de que en la _Lira
americana_ que publicó Ricardo Palma en París esté representada
Nicaragua, ni en la obra de Lagomagiore. El poeta Félix Medina comenzó
la publicación de una _Lira Nicaragüense_ hace ya muchos años. La
obra quedó a medio hacer. En épocas pasadas los rimadores no han sido
raros, dado que excelentes sacerdotes, doctores, hombres públicos,
licenciados, han, como decía el inocente énfasis de antes, «pulsado
la lira». Tengo memoria de haber oído en mi infancia muchos cantos
nacionales, patrióticos, guerreros y amorosos.

Del corazón del pueblo han brotado, como en todos los países, cantares
sentidos y sencillos como éste:

      Mañanitas, mañanitas,
    como que quiere llover...
    Así estaban las mañanas
    cuando te empecé a querer.

Era costumbre que en los entierros se distribuyesen a los concurrentes,
junto con las velas de cera, prosas y poesías impresas en papel de
luto. En esa literatura fúnebre se solían encontrar producciones
de cierto mérito, firmadas con nombres conocidos o con seudónimos.
La novela no ha tenido cultivadores. Apenas un caballero de la
ciudad de Granada, el Sr. Gustavo Guzmán, ha dado hace tiempo a la
publicidad algunas tentativas sin pretensiones. El historiador Gámez
publicó también en 1878 un ensayo de novela: _Amor y constancia_. Los
estudios históricos sí están representados por libros plausibles y
meritorios. Fuera de Jerónimo Pérez, ya citado, y de Hernández Somosa,
cuyos trabajos se han circunscrito a épocas determinadas, el país se
enorgullece con la labor de Tomás Ayón y de José Dolores Gámez. Ayón
fué un jurisconsulto eminente, que en los últimos años de su vida se
dedicó a escribir la historia de Nicaragua sin más elementos que
los historiadores de Indias, los historiadores guatemaltecos y lo
poco de aquellos pobres archivos. Publicó su trabajo por la imprenta
Nacional. Como fué un escritor para quien los clásicos eran familiares,
su producción se recomienda por discreción y elegancia de estilo,
aunque se le hayan hecho algunos reparos como analista. Dejó ese varón
ilustre un hijo que heredó sus dotes estéticas, y que hoy es uno de los
primeros cultores del arte de escribir en aquella República: Alfonso
Ayón.

Gámez, cuya actuación política ha sido mucha y muy agitada, es uno de
los más firmes sostenedores de las ideas liberales en Centroamérica.
Su radicalismo es fundamental, y su intransigencia reconocida. Así en
su obra no busca disimular las tendencias preferidas de su espíritu.
«Yo--dice en la introducción de su _Historia de Nicaragua_--, debo
declararlo con franqueza, no puedo ni podría nunca ocultar mis
simpatías por el sistema republicano, por las luchas en favor de la
independencia y libertad de los pueblos, por los progresos modernos y
por las avanzadas ideas del liberalismo en todas sus manifestaciones»,
etc. De esta manera, en su producción hay siempre un vago relampagueo
de jacobinismo que se hace advertir entre la facilidad y la claridad de
su discurso.

Después de la publicación de su _Historia_, el autor anunció la de
otras obras, como _Archivo histórico de Nicaragua_, «voluminosa
recopilación cronológica de documentos históricos desde 1821 hasta
nuestros días»; un _Diccionario biográfico y geográfico de la
República de Nicaragua_; sus _Memorias del destierro_ y _Los grandes
nacionalistas_, estudios de la vida y hechos de los grandes caudillos
que en Centroamérica se han esforzado por reconstruir la Patria de
1834. Estos libros han quedado hasta ahora inéditos. Gámez ha tenido
que dejar muchas veces de escribir historia por «hacer historia».
Nadie ha podido por allá dedicarse a las puras letras. Pero ¿acaso
no hay la misma queja en toda la América latina? ¿Y en España misma?
Hay en aquellos países, y en Nicaragua muy particularmente, una
abundancia de materia prima, o, mejor dicho, de espíritu primo, que es
de admirar. Mas el ambiente es hostil, las condiciones de existencia
no son propicias, y la mejor planta mental que comienza en un triunfo
de brotes se seca al poco tiempo. La impresión de libros, como lo
he dicho ya, casi es nula. La producción de literatos y de poetas ha
tenido que desaparecer entre las colecciones de diarios y de una que
otra revista de precaria vida[3]. Hubo un poeta de gran cultura, a
quien yo conocí anciano, y que murió siendo director de la Biblioteca
Nacional de Managua: Antonino Aragón. Había sido amigo de un famoso
romántico español que recorrió casi toda la América: el montañés
Fernando Velarde, autor de los _Cantos del Nuevo Mundo_. Aragón,
lírico y sentimental, escribió buen número de poesías, y no queda de
él ni un solo volumen. Carmen Díaz, que poseyó lo que antes se llamaba
«inspiración», no dejó tampoco ni un libro. Lo propio Cesáreo Salinas,
que rimó asuntos galantes y graciosos, y a quien, como a tantos otros,
fué fatalmente destructor el medio en que su talento se desenvolviera.
Nada queda de los pasados cultores de las letras... Nada de Juárez,
de Rocha, de Díaz, de Buitrago; nada quedará de Aguilar, cerebro
privilegiado; nada de un delicado poeta: Manuel Cano; nada del fuerte
talento de un Anselmo H. Rivas. Dos extranjeros de grata recordación
contribuyeron a la cultura del país, impulsando y dando nueva vida
al periodismo naciente: un alemán, H. Gottel, y un italiano, Fabio
Carnevalini. Este último dejó un solo volumen: la traducción de la
obra del filibustero William Walker sobre su invasión a Nicaragua. Los
padres jesuitas, durante su permanencia en la República, contribuyeron
mucho a la difusión del amor a las Humanidades en la juventud que
atraían. En tiempo de ellos comenzaron a brillar inteligencias que más
tarde serían glorias de la Patria. Luis H. Debayle, una de las más
finas, nobles y puras almas que me haya sido dado conocer en mi vida;
José Madriz, talento tan vigoroso como sagaz; y Román Mayorga Rivas,
gallardo y elegante poeta, comenzaron su educación de ciencia y belleza
cuando estaban en el país aquellos religiosos. Debayle es un médico
y cirujano ilustre, digno de figuración y loa en cualquier parte del
mundo, y que con el argentino Wilde fué de las primeras personalidades
en el Congreso Médico Panamericano de la Habana. Luego ha figurado
brillantemente en el Internacional de Budapest. Joven aún, goza en
toda la América Central de una autoridad indiscutible. Su carrera la
hizo en París, en donde conquistó por concurso el título de interno de
los hospitales--único en Centroamérica--, y en donde Charcot, Richelot,
Pean y Guyot le estimularon, le demostraron su afecto, predijeron su
porvenir de éxitos y de gloria. Discípulo ferviente de Pasteur, llevó
a su Patria las nuevas ideas, siendo considerado como el innovador de
la Medicina y de la Cirugía en Nicaragua. En medio de sus triunfos
científicos, no ha podido echar en olvido a las Gracias divinas. Y ha
escrito y escribe de cuando en cuando artículos, estudios y delicados
poemas, unos impregnados de aroma romántico, otros muy modernos y de
técnica hábil, todos bellos de humanidad y de sinceridad. Madriz ocupa
hoy uno de los primeros puestos en la política centroamericana; abogado
de gran mérito, es en todo un combativo. Mas no ha sido tampoco infiel
a las letras, y tiene por publicar importantes estudios de historia
patria, que han de ser dignos de su sólido y áureo talento. Mayorga
Rivas estaba llamado a ser el fundador del periodismo a la moderna en
Centroamérica, y, en efecto, dirige en San Salvador el primer diario
de aquellas cinco Repúblicas. No obstante, su antigua musa le acompaña
siempre, y suele, al amor de ella, formar en su jardín de lirismo muy
lindos ramos de rosas de poesía. Hay que tener en cuenta que todos
los escritores tienen necesariamente que ir a parar al terreno de las
discusiones políticas. Los mejores cerebros se han gastado así ¿Qué
obras perdurables no habrían podido dejar un Carlos Selva, un Tiburcio
G. Bonilla, o un Rigoberto Cabezas en lo pasado, y no podría hacer un
Salvador Mendieta en lo presente? Cabezas fué a la acción, y en ella
dejó un nombre luminoso. Otros han arrojado su tinta al viento y al
olvido. Modesto Barrios, un verdadero literato y maestro de la palabra,
se fatigó en vanas oposiciones y se refugió en la jurisprudencia y
en el profesorado. Otro muy culto espíritu, Manuel Coronel Matus, ha
ocupado altos puestos públicos, y hoy dirige un diario y un Instituto.

       [3] Hay ahora dos revistas importantes en Nicaragua: _La
       Patria_, que dirige el notable escritor Félix Quiñones, y _La
       Torre de Marfil_, fundada y sostenida por Santiago Argüello.

Singular figura entre las gentes que escriben ha sido la de D. Enrique
de Guzmán, miembro correspondiente de la Real Academia Española, el
único miembro correspondiente de la Real Academia Española que haya
existido en Nicaragua... El Sr. Guzmán se dedicó a la política
y a la gramática. En lo segundo ha tenido por allá, en años ya
lejanos, bastante éxito. Es un hombre de cierta lectura, con dotes
socarronamente satíricas, y cuya manera ha consistido en mezclar al
chiste castellano y a la cita clásica algo de la pimienta un poco
fuerte y del «chile» usual en su parroquia. De este modo, el Sr.
Guzmán es menos gustado en el resto de Centroamérica que en Nicaragua;
y en Nicaragua, para saborearlo por completo, se necesita ser de su
ciudad de Granada, y, posiblemente, de su barrio. Es algo, por otra
parte, semejante al español Valbuena, con más cultura, y que mezcla
taimadamente a falsas inocencias de cura oblicuo desplantes y pesadeces
de dómine criollo. ¡Excelente Sr. Guzmán, el mismo, invariable,
incambiable desde hace treinta, cuarenta, cincuenta años; qué sé yo!

    _Nilne puset capiti non posse pericula cano
    Pellere, quin tepidum hoc optes audire: decenter?_

El gramaticismo y el filologismo llegaron por influjo colombiano.
En un tiempo, cuando a Bogotá se la llamaba Atenas de América,
fueron aquellos países como dependencias académicas de Colombia y
de Venezuela. De ahí que todavía se encuentre quienes juzguen que
el hombre ha sido creado por Dios para aprenderse el Diccionario de
galicismos de Baralt y las apuntaciones sobre el lenguaje bogotano de
D. J. Rufino Cuervo. Dos caballeros discuten sobre política, o sobre
no importa qué, por la prensa. Desventurado de aquel que, aunque lleno
de buena doctrina, escribe: «es por esto que» o «avalancha». Una de
las razones que hicieron popular y famoso a un escritor ecuatoriano,
genial, por otra parte, D. Juan Montalvo, fué su manera de escribir
arcaica, su culto por Cervantes y por el Diccionario. Y hay quienes
en Nicaragua se han dedicado a la tarea de estudiar el idioma, y que
merecen el título de miembros correspondientes de la Real Academia
Española tanto como el Sr. Guzmán. Me refiero al Sr. Fletes Bolaños; a
un poeta honesto y sensitivo: mi antiguo maestro Felipe Ibarra y a un
concienzudo e infatigable minero de las minas clásicas: Mariano Barreto.

Todo esto me era conocido. A mi llegada pude darme cuenta de lo que
vale y representa la nueva generación. Allá, como en toda América, ha
habido un florecimiento, una renovación de brillo y valores. Encontré
un tesoro de entusiasmo, una corriente que tan sólo necesita ser bien
encauzada, una fuerza que, con un poco de apoyo y de estímulo, con
paz en la República y con voluntad en los espíritus dirigentes, puede
convertirse en el impulso dinámico que transforme el alma del país.
Juventud y porvenir significan en el fondo una misma cosa.



                              MIS LIBROS

                              «PARISIANA»



                             [Ilustración]



                                  VI


Entre los poetas actuales es el primero Santiago Argüello. Ha producido
ya una obra considerable. Se le reconoce como a un maestro. Ha sido
vario en sus efusiones líricas; se le ha aplaudido, ha triunfado.
Es fecundo, es sonoro, es tropical, es un trabajador y un virtuoso
del verso. Ha publicado no solamente poesía, sino libros de crítica
y, por motivos docentes, un texto de literatura. Ha ensayado el
drama con ruidoso éxito. En Argüello hay una mezcla de cerebral y
de sensitivo. Su imaginación es rica y derrochadora. Su talento ha
revelado su fortaleza cuando, a pesar del medio en que ha vivido,
ha podido crear lo que ha creado. A pura intuición y a puro libro
ha realizado sus primeros sueños de arte. Con motivo del estreno de
su drama _Ocaso_ escribíale Max Nordau: «No le felicito sólo por el
éxito, sino también por la obra misma, fuerte y bella, y, sobre
todo, por la idea que usted ha tenido de escribir una pieza vivida,
auténtica, arraigada en su suelo, poblada de un mundo suyo, cargada
de ideas propias y sentimientos reales: una pieza que traduce la vida
en el espacio y en el tiempo. Necesitaba usted valor para emanciparse
de la influencia extranjera, para apartarse de ese mundo ficticio,
casi siempre parisiense, en que se mueve el teatro sudamericano, y
colocar sobre la escena los seres y las cosas que le son familiares.
Ha hecho usted un bellísimo _début_. ¡Ojalá sea el creador del teatro
nacional hispanoamericano!» El famoso israelita se refiere a la
valiente tesis social del drama, que en Madrid habría causado el ruido
de una _Electra_ galdosiana. No hay duda de que en Centroamérica,
Argüello, con el gran salvadoreño Gavidia, en asuntos de teatro va
a la cabeza. Su poesía es, como él la llama en uno de sus libros,
«de tierra cálida»; sin embargo, su alma ha ido a todas partes, ha
viajado en peregrinación y adoración de bellezas por épocas y países
diversos. ¿Qué poeta verdadero no lo ha hecho, sobre todo en nuestras
Américas, de irreductibles ensoñadores? Ha habido quienes critiquen la
preferencia en nuestras zonas por princesas ideales o legendarias,
por cosas de prestigio oriental, medioeval, Luis XIV, o griego, o
chino... Homero, señores míos, tenía sus lotófagos; Shakespeare, su
Italia, o su Dinamarca, o su Roma, y, sobre todo, sus islas divinas...
Para ser completo y puramente limitado a lo que nos rodea se necesita
el honrado, el santo localismo de un Vicente Medina el murciano, o de
un Aquileo Echeverría el costarricense... Y ya Medina está en Buenos
Aires... Argüello siente la Naturaleza y se comprende unido a ella. Su
llama interior brota en la profusión de sus ritmos y rimas. Sus formas
tienen de lo clásico y de lo moderno. Gusta, más que del símbolo, de la
alegoría. Su vocabulario es muy rico, quizás excesivo, pues ocurre que
al leer algunas de sus páginas tiene uno que recurrir al Diccionario.
Labra y engarza sus palabras con minucias de orfebrería. Así como a
Robert de Montesquiou en Francia, a él sería al único quizá que se le
podría llamar entre nosotros poeta decadente. Tiene, sin embargo, otras
maneras, pues ya he dicho que es un notable «virtuoso». Ved cuánta
diferencia hay entre unas y otras de sus poesías. Citaré ésta, del
libro _De tierra cálida_, titulada _Germinal_:

      El horno de abril. En la hoguera
    se abrasan los llanos. Extiende
    sus velas el pájaro y hiende
    los aires. Resopla la fiera.
    El horno de abril reverbera,
    y se oye zumbar: es el duende
    que fuegos eróticos prende.
    Después, la gentil Primavera
    su espeso cabello prendido
    con regias coronas. El nido
    renueva las notas del coro.
    Rosal lujurioso se cubre
    de rosas. Da leche la ubre;
    la espiga, mazorcas de oro.

Y este fragmento de un poema, _Habla Safo de sus tres amores_:

      ¡Oh, vírgenes de Lesbos...! ¡Adoradas
    y encantadoras vírgenes! ¡Vosotras
    prendéis en el fanal de mi pupila
    esa vívida lumbre de las diosas!
    ¡Qué fulgentes los ortos de mi dicha
    cuando os veo venir; cuando radiosas,
    el perfume esparcís de las praderas;
    cuando, a su paso, vuestros pies enfloran;
    cuando bajan en densas espirales,
    del cabello, las víboras, que enroscan
    sus anillos de seda en vuestro cuello:
    esas ávidas víboras que flotan
    como obscuros afluentes del Cocito
    o cual rayos de una alba esplendorosa,
    buscando sobre el seno palpitante
    la miel de Hymeto en la colmena roja!
    ¡Athis divina! ¡Que se encienda mi alma
    en la risa de luz que hay en tu boca,
    y que es rayo auroral que va jugando
    en los pétalos frescos de una rosa!
    ¡Que me envuelva tu pelo rubio, como
    un áureo manto real! Y que a la sombra
    de tu pestaña crespa, Amor encienda
    en tus célicos ojos tus auroras,
    en tus ojos azules como el Actium,
    y como el Etna ardientes...
    ¡Tú, Anactoria,
    que enloqueces mi mente! ¡Tú, el ensueño
    del alma ambicionado...! ¡De tu boca
    riega sobre la mía la cascada
    de tus ígnicos besos!

                            ¡Venid todas,
    bellas hijas de Pira...! ¡Ven, Cyrina,
    la del mohín lascivo...! ¡Ven, Andrómeda!
    ¡Timas, Naís... volad! ¡Volad! ¡Que escancie
    la madre del Amor en nuestras copas
    sus embriagantes vinos...! ¡Que se tiñan
    los auríferos bordes, y las rosas
    de vuestros grasos labios encendidos
    ensangrienten la tez de sus corolas!
    ¡Matadme, delirantes...!

                            ¡Ven, Corina;
    hazme que pruebe de tu piel sabrosa!
    ¡Ponme borracho de deleite...! ¡Déjame
    con mis sedientos labios en la copa!

      Y tú, mi Cydno, ¡mi adorada Cydno!
    ¡Blanca como el plumón de la garzota,
    como la espuma que envolvió a Citeres
    en pañales de tul...! Ya la zozobra
    de nuestras gratas expansiones íntimas
    me agita el corazón, e hirviendo, azota
    mi sangre las arterias. ¡Haz que sea,
    por el amor, mi sangre abrasadora,
    mar de oleaje bravío, mar de lava
    que se estrella en sus cárceles de roca,
    y levanta vorágines, y escupe
    a los cielos la espuma de su cólera!
    ¡Llegad presto, queridas! El deseo
    con sus puntas eléctricas me toca.
    ¡Me parece que os tengo entre mis brazos,
    que vuestras carnes con mis carnes rozan,
    que un aliento caldeado me enloquece,
    en un pujante resollar de forja,
    y que son vuestros senos pebeteros
    do eróticos perfumes se evaporan!
    ¡Volad, hijas de Zeus...! Que ya siento
    calcinarse las frases en mi boca;
    mi lengua se entumece, y es mi labio
    un páramo. ¡La angustia, sudorosa,
    me aprieta el corazón, tiembla en mis carnes,
    me estruja la garganta y me sofoca...!
    ¡Venid a refrescar este desierto
    de mis áridos labios con las pomas
    humedosas de miel de vuestros pechos!
    Que vuestras carnes, en sus tibias combas,
    cual los poros sutiles de los pétalos
    dan al insecto su embriaguez de aromas,
    me den a mí su seductor perfume...
    ¡Toda la esencia de sus flores todas!
    ¡Todo el dulce rocío de sus cálices!
    ¡Todo el grato licor de sus corolas!
    ¡Y dormirme, ebrio ya...! ¡Siempre soñando
    con otro goce más...! Que me aprisionan
    otros brazos mejores, y otros ojos
    más fúlgidos me queman... ¡Y en las ondas
    del piélago supremo, en los arrullos
    del abrasante amor, sentir ansiosa
    la divina epilepsia del deleite,
    con avidez frenética de loca...!

      ¡Venid! ¡Que ya mi ceñidor desciende!
    ¡Mi túnica está suelta; ya pregona
    la pasión delirante...! ¡Me parece
    el mareo sentir de vuestras rondas,
    oh, lúbricas hetairas...! ¡Vuestro pelo,
    en viperina contorsión, retoza
    en los rápidos giros de la danza...,
    y las sedeñas vestes en la alfombra...,
    y la gloriosa seducción sin velos
    que vuestros regios cuerpos aureola...,
    y los senos recónditos, que emanan
    arábigas esencias voluptuosas...,
    y los besos que sangran..., y las sangres,
    embriagantes, dulcísimas y rojas...,
    y la estrechez gratísima..., y el lánguido
    desmayo de la dicha enervadora...,
    y el hondo frenesí que al reino vuela
    donde tiene el Delirio su corona...!

En el _Poema de la locura_, hecho con bizarrías musicales y caprichos
métricos, muy romántico si se quiere, demuestra mayormente su dominio
técnico y su ensoñadora fantasía. En _Ojo y alma_, su último libro,
continúa su adoración ideal, y la música, en el amplio sentido griego
de la palabra, impera siempre.

Junto con Argüello sostienen en aquella tierra el culto artístico
escritores como Ayón, de quien ya he hablado; como Félix Quiñones,
a cuyo ferviente humanismo debe tanto la cultura intelectual
nicaragüense; Manuel Maldonado, que es un poeta sentimental y
elegante, duplicado de un orador admirable, de un crisóstomo fogueado
por aquellos soles, Francisco Huezo, inteligencia largamente abarcadora
y verbo ardiente y cordial; los hermanos Paniagua Prado: Francisco,
sutil, sensitivo y a veces complicado, cuya prosa elegante y moderna
es reveladora del espíritu progresista y asimilador de Nicaragua; José
María, líricamente airoso y amador de quimeras.

Los nuevos en la vida de la mente, los de ahora, tienen su esperanza
en flor y su corazón lleno de futuro. El P. Casco es sapiente y
armonioso[4]; meditabundo, sereno e impregnado de universal amor
escribe sus ritmos Manuel Tejerino; con ímpetu y con fragancias
sílvicas exterioriza sus energías Antonio Medrano; Juan R. Avilés
decora bizarramente sus prosas poemáticas; el poeta Vanegas, quizás
el más firme y sólido, expresa su generoso sentido de la vida en
hermosas estrofas; José Olivares sinfoniza suaves melancolías y
eterizadas divagaciones; Lino Argüello, de finos caprichos y prematuras
languideces, combina plausibles versos, y García Robleto y Narciso
Callejas, que heredara superioridades maternas, y Juan Guerra y Rivas
Ortiz, y otros más, hacen la noble, y allí por desgracia estéril,
buena campaña del arte. En Managua está la Biblioteca Nacional. Los
libros extranjeros llegan raramente. Hay dos cronistas meritorios que
se dedican a comentos y exposiciones de los anales patrióticos: Jenaro
Lugo y Sotomayor.

       [4] En prensa ya este libro, me llega la noticia de la
       muerte del P. Casco. Expreso mi duelo por la desaparición de
       ese generoso talento, que tanto hubiera hecho por la cultura
       de Nicaragua.



                              MIS LIBROS

                           «POEMA DEL OTOÑO»



                             [Ilustración]



                                  VII


La mujer nicaragüense no tiene un tipo marcadamente definido entre
las del resto de Centroamérica; pero hay en ella algo especial que la
distingue. Es, y ya lo he hecho observar en otra parte, una especie
de languidez arábiga, de _nonchalance_ criolla, unida a una natural
elegancia y soltura en el movimiento y en el andar. Como en las
Antillas, como en casi todas las Repúblicas sudamericanas, abunda
el color moreno, el cabello negro; pero no son escasas las rubias.
Solamente que el clima no deja durar mucho los oros de los primeros
años. Así, el rubio claro o áureo se torna en castaño; las cabelleras
se obscurecen, prevaleciendo tan sólo el encanto de la mirada azul. Los
cascos de ébano o azabache son de copiosa riqueza. La herencia española
delata su procedencia extremeña, castellana o andaluza. Sorprende
gratamente el gran número de cuerpos altos y esbeltos que caminan con
singular gallardía. «En cierta manera--dice Havelock Ellis--, puede
atribuirse especialmente a sus peculiaridades anatómicas el andar
de la española. Su paso--que se distingue también en todo lugar en
que las mujeres acostumbran llevar carga a la cabeza, como en las
romanas de las colinas albanas y en algunas partes de Irlanda--es
el porte erguido y digno, acompañado de sobrios movimientos, como
sacerdotisa que llevara los sagrados vasos. A la vez, el andar de la
española, no exenta de altiva dignidad humana, tiene en sí algo de la
graciosa condición de un animal felino, cuyo cuerpo todo es vivo y sus
movimientos mesurados, sin exceso ni superfluidad alguna.» Todo esto
es aplicable a la mujer nicaragüense, sobre todo a la mujer popular,
pues en las familias acomodadas no es rara la señorita educada en
ciudades europeas que ha adquirido maneras y aires extranjeros; cuando
menos, las que han estado en colegios religiosos, la parsimonia un
poco _sacré coeur_; o la señorita educada en los Estados Unidos,
ademanes norteamericanizados y modos demasiado amazónicos para una
raza de gracia. De mí diré que después de tantos años de ausencia
y de haber recorrido tantos países, encontré en mis compatriotas un
encanto que por un lado me parecía lleno de atractivo exótico, y por
otro reavivaba en mi memoria impresiones ya casi perdidas en la lejanía
de mis primeros años. Habituado al bullicio de las grandes ciudades, a
las comunes y sabidas elegancias femeninas de las populosas metrópolis,
me sentía dulcemente subyugado por las figuras como de misterio que
en aquel ambiente voluptuoso solía percibir en los salones, visibles
desde la calle, salones en donde, por la noche, se mecen perezosa y
tropicalmente en las sillas de junco; o en los tibios crepúsculos, a
las puertas de las casas, como es usual, donde se admira la gentileza
de tanta pálida beldad de grandes ojeras, no lejos de los jardines que
esparcen por oleadas embriagadores perfumes de flores que causan casi
como una grata angustia. El desarrollo de la planta humana es allí
prodigioso. Hay niñas espléndidas, semejantes a rosas o a frutas. En
el pueblo de León, en el mercado, por ejemplo, he visto jovencitas de
doce, de trece, de catorce años, ya listas para la maternidad en la
más precoz de las adolescencias. Y recordaba la graciosa _boutade_ de
Maurice Donnay: «... et tu n'ignores pas que dans les pays chauds, on
est plus vite arrivé à l'âge de puberté que sous nos froids climats
d'Europe, les républiques sudaméricaines ayant pour devise: ¡Puberté,
Égalité, Fraternité!» En verdad, allí pueden encontrarse esos tipos de
adolescentes a la oriental que de tan caprichoso modo se describen en
_Las mil noches y una noche_, que tradujo el doctor Mardrus.

No es en los bailes o en las recepciones, que son más o menos iguales
en todo país civilizado, en donde más demuestran su especial donosura
las damas de aquella tierra, sino en ciertos paseos campestres, y,
sobre todo, en las fiestas a la orilla de los lagos o en las riberas
del mar. Allí cantan y danzan gallardamente aires y sones del país, o
alegres fandangos y músicas de España que quedaron desde la época de la
colonia. Todo ello es muy patriarcal, muy primitivo, si gustáis; pero
para mí de un deleite irreemplazable.

Por una temporada en Poneloya, cuando se admiran esas noches «que bien
pudieran ser días donde no hay noches como ellas», según la estrofa
del poeta colombiano, daría yo cien veces los halagos europeos de la
cosmopolita costa de Azur, o cualquiera de los lugares famosos por sus
casinos, _kursales_ y demás edenes de artificio.

Al hogar no ha llegado el modernismo, y, generalmente, se procura
contentar los deseos del buen Fr. Luis de León. Las familias numerosas
abundan, pues la fecundidad es extraordinaria y no se sospecha ni se
desea sospechar a Malthus. A pesar de la victoria de los principios
radicales en la política, la mujer, como en casi todos los países,
conserva la religiosidad y mantiene las prácticas de devoción. La
ortodoxia se muestra, sobre todo, en las gentes distinguidas y ricas.
Las aristocracias en todas partes son las mantenedoras de la tradición
y las sostenedoras del culto. Allá, los donativos para ello no escasean
entre las pudientes. Por ejemplo: la iglesia de San Juan de Dios, de
León, debe mucho a la munificencia de la esposa de uno de los más
meritorios hombres públicos: me refiero a doña Soledad de Sánchez; y
en la catedral, en altares y cuadros, queda el nombre de una mi señora
tía, ya difunta: doña Rita Darío de Alvarado. El demasiado fervor ha
hecho _dupes_ algunas veces a los creyentes. Recuerdo que allá, en los
años de mi infancia, los jesuitas ponían un buzón místico en la iglesia
de la Recolección, buzón que recogía las cartas que se escribían no
sé ya más si a San Ignacio, a San Luis Gonzaga o a la Virgen María,
los cuales contestaban por medio de sus reverencias los padres
confesores. Otra vez es un sacerdote trashumante llamado «el padre de
la campanilla», pues milagrosamente se oían en su cuerpo los sonidos
de un timbre... El tunante era poseedor, a lo que entiendo, del primer
reloj con timbre que haya llegado al país... Y quien daba la hora era
él... Otra, y reciente, es un falso cura mejicano que estuvo diciendo
misa y predicando; se ganó la buena voluntad de todos, y cierto día
resultó ser un bribón que desapareció con un buen montón de dinero
de sus feligreses... Mas en París hemos visto famosos ejemplares de
esa especie, y las devotas del _Faubourg_ han sido más de una vez tan
esquilmadas como las devotas nicaragüenses.

El valor, la voluntad de sacrificio, la abnegación, son cualidades
que allá se admiran en la mujer, y de ello se han visto pruebas
repetidas en las muchas guerras que han conmovido el país, desde la
independencia hasta nuestros días, y en tiempo de la dominación
española se admiraron ejemplos de bravura y de decisión femenina,
«Entre las mujeres españolas--dice Ellis--en épocas pasadas, a pesar
de las costumbres moriscas de encerramiento, eran comunes el valor y
las cualidades bélicas»; y H. C. Lea, en su _History of the Inquisition
in Spain_, dice que «combatían y defendían su partido en las intrigas
facciosas con más ferocidad que los hombres». Cuando Nicaragua fué tan
atacada por los piratas, sobre lo cual narra Ooexmelin tan curiosas
cosas en su rara _Historia de la piratería_, hubo un caso de valor
mujeril que Gámez refiere de la manera siguiente: «... Pero al mismo
tiempo que los piratas amenazaban por el Realejo, cuatrocientos
filibusteros ingleses y franceses desembarcaron en Escalante, puerto
del mar del Sur, a veinte leguas de Granada, sobre la cual se
dirigieron inmediatamente. Los granadinos, noticiosos de la próxima
llegada del enemigo, se fortificaron precipitadamente con catorce
piezas grandes de artillería y seis pedreros. A las dos de la tarde del
7 de Abril de 1865 se presentó el enemigo, y después de un corto fuego
se posesionó de la ciudad. Al día siguiente pidieron el rescate de la
población, y como no se les llevó pronto, incendiaron el convento de
San Francisco y diez y ocho casas principales, saquearon la población
y se retiraron con la pérdida de trece hombres, pasando por Masaya y
otros pueblos, hasta salir por Masachapa. Viva todavía la impresión
de tan alarmante suceso, el 21 de Agosto de 1865, los filibusteros,
al mando del pirata Dampier, desembarcaron en un estero inmediato al
Realejo, y encaminándose por un río que entra en el playón de Jaguei,
se internaron en León con objeto de dar una sorpresa; mas no pudieron
evitar que el vecindario y las autoridades se apresuraran a la defensa,
aunque con atropellamiento y sin orden. Al presentarse el enemigo, la
suegra del gobernador, doña Paula del Real, tocó la caja, y por esta
razón se dió su nombre al estero por donde penetraron los ingleses.»
Si doña Paula del Real toca la caja, la señorita Rafaela Herrera
dispara el cañón, no contra cierto joven marino inglés llamado Nelson,
que más tarde se encontraría en Trafalgar, según afirma el arzobispo
Peláez en sus _Memorias para la historia de Guatemala_, y luego el
historiador nicaragüense Tomás Ayón, pues Nelson estuvo en Nicaragua
en otra ocasión, sino contra otros enemigos, aunque siempre ingleses.
«En 1762--escribe Gámez--se presentaron los invasores amenazando el
castillo de la Concepción (hoy castillo Viejo) en momentos en que el
castellano de la fortaleza, Sr. D. Pedro Herrera, se encontraba enfermo
de tanta gravedad, que murió algunas horas antes que los ingleses
afrontaran las baterías. Este suceso, que coincidía con las miras
del enemigo, dejó acéfalo aquel punto militar, pues un sargento fué
cuanto quedó por jefe de la guarnición. El comandante de la flota,
informado de todo por algunos prisioneros que servían de atalayas en
puntos avanzados, mandó pedir al sargento las llaves del castillo,
y éste, olvidándose de su deber militar, se manifestaba dispuesto a
entregarlas, cuando la hija del castellano, que apenas contaba diez y
nueve años de edad, estimando como un legado el honor y la dignidad de
su difunto padre, cuyo cadáver tenía delante, se negó a sufrir tamaña
vejación, y, constituyéndose en jefe del castillo, hizo regresar al
heraldo con su contestación negativa. Los ingleses entonces rompieron
un fuego de escaramuza, creyendo que esto bastaría para lograr la
rendición; pero la señorita Herrera, educada en ejercicios varoniles
y conocedora del manejo de las armas, tomó ella misma el botafuego y
disparó los primeros cañonazos, con tal feliz acierto que del tercero
logró matar al comandante inglés y echar a pique una balandrita, de
tres que venían en la flota. Con este arrojo contuvo el ímpetu de los
invasores y mantuvo la acción en equilibrio por cinco días que duró
el fuego. Una circunstancia bien sencilla causó no poco temor a los
ingleses. Viendo la señorita Rafaela Herrera que la obscuridad de la
noche impedía distinguir las posiciones del enemigo, hizo empapar unas
sábanas en alcohol, y después de colocarlas sobre unas ramas secas, dió
orden de inflamarlas y echarlas al río. A su vista, los ingleses se
creyeron que se trataba del tradicional «fuego griego», no pudiéndose
explicar cómo podían sobrenadar sin apagarse aquellas masas de fuego;
y como la corriente las arrastraba hacia ellos, se llenaron de pánico
y huyeron, suspendiendo el ataque durante aquella noche. Cuando fué
de día los ingleses continuaron el interrumpido ataque; pero sin
éxito. Por la tarde suspendieron de nuevo sus fuegos, y a la mañana
siguiente se retiraron, dejando muchos muertos, varias embarcaciones
perdidas, algunos útiles, y, sobre todo, el triunfo de la mujer. El
acontecimiento causó gran regocijo en Granada y en todo el reino
de Guatemala, en donde se celebró con entusiasmo, y la joven heroína
fué colmada de alabanzas y bendiciones.»

Diez y nueve años después el Gobierno español expidió una Real cédula
otorgando a la señora doña Rafaela Herrera una pensión vitalicia en
premio de la heroica defensa que hizo del castillo de la Concepción en
1762. De tal guisa las nicaragüenses de ahora, las del pueblo, van a
las campañas, vivanderas, cantineras o compañeras del soldado; y a más
de una se la ha visto en funciones de guerra, virilmente pelear con su
fusil, como el más valiente. Y esa misma mujer es en su casa buena,
hacendosa y excelente para el amor. Lo que se llama las mengalas, o
sea las obreras, las que no usan el sombrero europeo de las clases
acomodadas, portan con garbo el antiguo chal, que, como los de la
India, las decora hermosamente, colgado de los hombros, hombros que
van desnudos como los de una dama en traje de etiqueta. Hay entre esas
mengalas ejemplares deliciosos que se dirían floración de una Andalucía
complicada del ancestral ensueño y voluptuosidades indígenas.

... Y tres niñas del mercado leonés, «trucheras», o vendedoras de
telas, quedarán en mi memoria cual si las hubiese visto en un zoco
arábigo miliunanochesco, libres de todo velo facial, en los tiempos del
gran califa Harum-Al-Raschid.



                                 VIII


¿Y la política? Yo no me ocupo ahora en la política... Mas sí os diré
que hay su buena dosis de falta de justicia cuando en el Río de la
Plata, pongo por caso, se llama a aquellos países las «republiquetas»,
con el mismo tono con que los ingleses llaman a todo el continente
hispanoparlante _South America_... Ante todo, esas cinco patrias
pequeñas que tienen por nombre Guatemala, El Salvador, Nicaragua,
Costa Rica y Honduras han sido y tienen necesariamente que volver a
ser una sola patria grande. Monsieur Levasseur, administrador del
Colegio de Francia, presentaba hace pocos meses al público una obra
interesante sobre las riquezas de la América Central. El autor de ese
libro es M. Désiré Pector, consejero del Comercio Exterior, antiguo
cónsul general de Nicaragua y Honduras en París. Monsieur Pector es
bien conocido entre los americanistas; ha asistido a casi todos los
Congresos especiales y publicado opúsculos y libros merecedores de
todo aplauso. En _La Nación_, de Buenos Aires, hace ya tiempo apareció
un artículo suyo sobre uno de los trabajos lingüísticos del general
Mitre. En esta última obra sobre la América Central el autor pone a la
vista los elementos de vida y de prosperidad de las cinco Repúblicas.
Monsieur Levasseur dice: «De cualquier modo que sea, Centroamérica ha
tomado participación en el desenvolvimiento demográfico y económico
que caracteriza el período contemporáneo en los países civilizados.
Algunas cifras bastan para probarlo. En 1674 se calculaba la población
de las cinco Repúblicas en 2.580.000 almas; en 1907 ella es, poco más
o menos, de almas 4.295.000. (M. Levasseur se queda corto. Hoy pasa
la población centroamericana de cinco millones de habitantes). El
comercio exterior se calculaba en 32 millones de francos (16 millones
de importación y 16 de exportación) en aquella primera fecha, y en
la segunda, en 215 millones (importación, 98.435.000 francos, y
116.600.000 de exportación)». La importancia minera de Nicaragua sola
acaba de ser demostrada en un extenso y práctico estudio publicado en
los Estados Unidos. El país adelanta. El progreso se hace notar. Pero
la mala fama de las «republiquetas», diréis, está en sus continuas
revoluciones. Ellas han sido precisas muchas veces. Y ¿en qué pueblo en
formación no las ha habido? Diríanse las fiebres del desarrollo. Mas la
administración Zelaya en la tierra nicaragüense logró imponer el orden
después de varias tentativas de perturbación de la paz, y el orden ha
producido en poco tiempo una transformación.

Al día siguiente de mi llegada a Managua, me dijeron: «Mañana espera a
usted el Presidente». Yo no había tratado nunca al general Zelaya. Le
conocía por la prensa, por los elogios de sus partidarios de Nicaragua
y por los denuestos de sus enemigos emigrados. Los primeros entonaban
el natural himno. Los segundos le hacían aparecer como «el perturbador
de la paz en Centroamérica», como un sátrapa cruel y terrible, como
uno más en la lista de los famosos sultanes hispanoamericanos que han
obscurecido y enrojecido la historia de nuestras nacionalidades. Un
espadón, un machete. Nada más.

Me encontré con un caballero culto, de noble presencia, correcto,
serio, afable. Estaba en compañía de su esposa, una dama de gran
belleza, que junta a la mayor distinción una sencillez encantadora. Es
de origen belga, y su apellido es Cousin. El Presidente fué educado
en Francia, en Versalles. Su padre fué íntimo amigo y compañero del
célebre luchador de la Unión Centroamericana Máximo Jerez. De él
heredó el general Zelaya el culto por ese ideal patriótico y por los
principios liberales. Por ellos ha luchado soldado valeroso desde los
tiempos en que el Presidente Barrios, de Guatemala, quiso realizar por
la fuerza la unidad de las cinco Repúblicas. En Nicaragua le alaban
los liberales por haber quitado el Poder al partido conservador, que
dominaba desde hacía treinta años. Uno de sus biógrafos resume de esta
manera la historia de sus esfuerzos y de sus victorias: «Era en la
época de la administración Sacasa. Los conservadores se pronunciaron
en Granada en 28 de Mayo de 1893, y Zelaya y sus partidarios, a fin
de destronar el establecido Gobierno de León, se unieron a ellos,
para separarse después de conseguida la victoria. Zelaya venció en el
sitio de la Barranca, y desplegó tanto ingenio táctico y perspicacia
estratégica, que ganó la entusiasta estimación de los conservadores.
El Convenio de Sábana Grande dió término a la campaña, abatiendo a
Sacasa y dejando en lucha a los partidos históricos[5]. La paz duró
pocos días. El 11 de Julio de 1895 se pronunció el cuartel de León
por Zelaya, proclamándole Presidente de la República, cuyo hecho
estuvo a punto de ser su ruina. Los conservadores le guardaron en
Managua como rehén, y los liberales perdieron con su ausencia a su
jefe. No vaciló Zelaya en esta emergencia, y, acompañado de algunos
valientes, rompió por entre las filas enemigas, consiguiendo reunirse
a los revolucionarios en Nagarote. Organizada la revolución, púsose
en marcha hacia León, en donde, con rapidez y acierto, formó la junta
del Gobierno de que él fué escogido Presidente; asumió el mando de
las fuerzas, marchando sobre Managua, en donde penetró vencedor,
después de una lucha sangrienta, el día 25 de Julio. Los conservadores
imploraron la paz, que les fué concedida. En Centroamérica se formó en
seguida un gran partido radical, armado y decidido, que dominó a los
conservadores. Zelaya ejerció el gobierno provisional, dando pruebas
de rara justicia y habilidad, mientras se reunía la Convención que le
eligió Presidente por cuatro años. La carta que se dió en Nicaragua
fué una remembranza fiel de la Constitución de Río Negro, resumen del
derecho individual victorioso sobre la tradición autoritaria y heraldo
de las conquistas democráticas de la República. Así, después de tantos
años de guerras, de revoluciones y de luchas intestinas, la floreciente
República de Nicaragua pudo al fin descansar bajo un Gobierno liberal
y honrado, por lo cual los efectos de una buena administración dieron
los frutos deseados por todo el país.» Naturalmente, los miembros del
partido derrotado han lanzado sus protestas, y han procurado hacer ver
en el exterior bajo una luz poco propicia la obra del general Zelaya.
Han tergiversado hechos, han atacado de diversas maneras la actual
administración, han desempeñado el papel de todas las oposiciones. Un
caso, por ejemplo. Se me había dicho que allá imperaba un régimen de
terror, que el cadalso político se había levantado muchas veces y que
no existía la menor manifestación de libertad. Pues bien; he llegado
y he podido cerciorarme de que jamás se ha sacrificado a nadie por
motivos políticos; que los únicos fusilamientos que se recuerden son
los de los militares complicados en el atroz crimen de la voladura de
un cuartel, donde hubo tantas pobres víctimas. A los conspiradores
se les ha, cuando más, alejado del país. He podido ver allá mismo
transparentarse ambiciones que en países vecinos hubieran sido vistas
como sospechosas; he oído en varias partes palabras de descontentos,
y he podido ver tal publicación llena de ataques al Gobierno, que en
otras repúblicas habría sido harto peligrosa para sus autores. Mas
de arriba se ha logrado imponer una voluntad de paz y de trabajo; y
como se dice, el movimiento se ha demostrado andando. Lo realizado en
bien de la República y de su adelanto, es la mejor prueba de tales
asertos. Se ha establecido la libertad religiosa; el laicismo en la
educación; la amplia libertad de testar; el mantenimiento del _habeas
corpus_; «el voto activo, irrenunciable y obligatorio»; la justa
representación de las minorías; el establecimiento de una sola Cámara;
la incompatibilidad entre el ejercicio de la representación popular
y puestos de Gobierno; el _self government_; la nueva ley Electoral;
la secularización de cementerios; el divorcio tal como se ha adoptado
en Francia, y mucho antes que en Francia[6], aumento progresivo de las
rentas públicas; desarrollo de la instrucción; aumento de escuelas;
cumplimiento exacto en el arreglo de la Deuda, cuyos cupones nunca han
dejado de pagarse, a veces con anticipación; creación de nuevas líneas
férreas; ley de trabajo en protección de los trabajadores; mejoramiento
de puentes y caminos; aumento de la pequeña Marina del país; apoyo a
Empresas agrícolas y forestales que, como las de la costa atlántica,
son para la República un venero de riqueza; el muelle del puerto al
Pacífico de Corinto. «Por otra parte--dice el mismo Presidente--, no se
ha circunscrito la presente administración a mantener lo que encontró;
antes bien, lo ha modificado, lo ha ampliado, lo ha puesto, en fin, a
la altura de las necesidades que ha de llenar.» La industria minera ha
adquirido un crecido desenvolvimiento. Se ha establecido en la capital
un Museo; en las ciudades el antiguo aspecto colonial ha cambiado,
viéndose ahora un aire urbano, elegante y moderno, por parques, calles
y edificios nuevos.

       [5] El Presidente Sacasa, varón de prudencia, inspirado en
       sentimientos patrióticos, quiso, ante todo, poner fin a la
       guerra civil.

       [6] Ultimamente la ley Selva--llamada así por el nombre del
       distinguido diputado que la propuso--ha ampliado el divorcio
       de una manera progresista y eficaz.

Zelaya ha sido admirado como un héroe de la guerra, pero no ha faltado
quien haga ver sus méritos y preeminencias como héroe de la paz. Fijaos
bien los que sabéis por experiencia lo que son los prestigios de los
caudillos, la dificultad que hay en las inorgánicas democracias para
transformar la obra activa de la guerra en la obra progresiva de la
paz. El general Zelaya es un ejemplo admirable. Un escritor de los más
discretos y de los de mayor carácter de su país resume en estas sanas
palabras esa página de política centroamericana. Habla de Zelaya, y
dice: «La trayectoria de su marcha política ha recorrido varias fases,
todas ellas bien marcadas y hondamente definidas. Tenido primero como
propagandista de su causa por su entereza de carácter y vinculaciones
populares; odiado luego por sus triunfos de revolucionario, destruyendo
abusos y rompiendo abiertamente con la tradición secular de inicuo
absolutismo; respetado después por haberse impuesto airosa y
noblemente a cuantos elementos y asechanzas se opusieron a su paso;
querido más tarde por el buen éxito de sus triunfos y por el notorio
mejoramiento de sus brillantes actos administrativos, es admirado, en
definitiva, por su tenaz brega y su resolución inquebrantable para
adquirir la paz, que a todos aprovecha y todos aplauden, asegurándola
para común y positivo interés de legítima victoria nacional». He
ahí al «perturbador de la paz en Centroamérica» como el verdadero
implantador de la paz. Nadie como él ha prestado su voluntad y su
influencia para lo que se puede llamar definitivo paso en favor de la
paz centroamericana: la Conferencia de Washington, y el establecimiento
de la Corte de Centroamérica en la ciudad costarricense de Cartago. Es
allí donde el creso Carnegie regaló medio millón de francos para un
edificio conmemorativo. Diréis que las Repúblicas pequeñas, como las
niñas pobres, pero honradas, no deben aceptar esos regalos. Mas sabed
que el Tío Samuel demuestra que va «con buen fin...» De todos modos,
Zelaya ha sido quien nos ha dado muestras de deseo de paz y voluntad
de unión. Eso se lo han reconocido en los Estados Unidos y en Méjico.
Y para concluir este capítulo, os diré que su elogio ha sido hecho
justamente por alguien cuyo nombre ha sido admirado y reconocido en el
mundo conforme con sus merecimientos y su autoridad universal. Quiero
nombrar a Teodoro Roosevelt.

Así pensaba yo escribir al salir en Managua del Campo de Marte, morada
presidencial, en una noche tibia y coronada de estrellas, al amor del
trópico natal.



                              MIS LIBROS

                            «AUTOBIOGRAFÍA»



                             [Ilustración]



                                  IX


Nombran a Masaya la ciudad de las flores. Es, por cierto, bella en
su suelo florido. Allí pensé una vez más en la gentil Primavera de
Botticelli. Flores en los jardines, flores en las mujeres, flores
en todas partes. Cuando el señor alcalde me dirigió su discurso, la
calle estaba cubierta de flores. Masaya me evocaba a Hafiz, a Sadi;
verjeles de Sarón, de Bagdad, de la olorosa Persia. Los alrededores de
la ciudad son también lugares excelentes, en donde la riqueza floral
se desarrolla y multiplica al cariño del magnificente sol. Hace ya
tiempo viajé por esos lugares en compañía de un cubano eminente que ha
hecho admirar en nuestras Repúblicas su firme amor patrio, su lengua
de Crisóstomo y su corazón de poeta. Ese cubano fué de los luchadores
de la primera revolución, la de Céspedes, y uno de los que redactaron
la antigua Constitución. Me refiero al Dr. Antonio Zambrana, que hoy
vive rodeado de la consideración general en San José de Costa Rica. Él
dejó en una página delicada el recuerdo de nuestra visita a la aldea
masayesa. He aquí sus impresiones, en las cuales se revela el cariño
que desde mis primeros años me demostrara el grande hombre: «Nindiri.
Él me había hablado del pueblecito, y con él tuve el gusto de verlo
por vez primera en viaje que hicimos juntos, en un cómodo y ligero
carruaje, de Managua a Granada. A Rubén Darío, el poeta, me refiero.
A eso de las tres de la tarde divisamos las primeras chozas. El cielo
estaba azul; alguna que otra nube, transparente como velo de gasa,
volaba por él, y de lo alto caía y por todas partes se derramaba la
luz color de oro quemado de un sol brillante, pero ya muy soportable.
Me pareció que estaba en Grecia: así debió de ser la Jonia antigua, o,
por lo menos, esa segunda Grecia, la Provenza de los tiempos medios.
En calle sin polvo, recta y ancha, se alineaban las casas, hechas de
corteza de palma y de bejucos, cada una de arquitectura diferente,
a cual más graciosa y originalmente ideada, de formas caprichosas,
como sueños de hombre que no ha visto civilización, pero que, sin
conocer la de los otros, ha inventado él mismo su poesía y se la
saca del alma para ponerla en todo lo que le rodea. Alrededor de las
casas había siempre flores, y por la espalda de ellas asomaba algún
árbol, indicio de huerto, que, con sus ramas de esmeralda obscura y
sus frutos de colores vivos, daba nuevas notas a la pintura ideal que
formaba el paisaje. A la puerta, o en pequeños corredores delante de
ella, vi algunas mujeres de la raza india de Nicaragua, que es la más
bella que conozco; todas lucían, muy morenas, por estar vestidas de un
blanco inmaculado, y los cabellos muy negros y los ojos como llamas,
tomaban con eso un relieve encantador. Admirome su limpieza singular
y el aire de fiesta que eso daba a la aldea, porque se trataba de un
día de trabajo de la semana. «¿Qué hacen estas gentes?--pregunté con
curiosidad a Rubén--. Se diría que esperan alguna visita». «Venden
flores y frutas--me contestó el poeta--. Las llevan en cestos muy
bizarros a todos los alrededores: ésta es su vida cotidiana». Pasaron,
en efecto, a poco, por junto a nosotros, dos mujeres y un jovencito
con cestos tan extraños como las casas, llenos de colores y de
aromas, conduciendo su mercancía; nunca hubiera calculado antes que el
comercio pudiera tomar a mis ojos forma de poesía. No era hora de oir
pájaros; lo que se escuchaba era una cigarra; pero la influencia del
medio ambiente, sin duda, me hizo encontrar bello su toque de clarín
delgado y persistente: pensé en la cigarra de oro, símbolo del Arte en
el mediodía de Francia, y el canto sin ritmo, lejos de perturbarla,
completó mi ilusión. Soñaba yo entonces, por otra parte, que llevaba a
mi lado la cigarra de nuestros bosques y de nuestra poesía americana,
pues Rubén era ya un poeta, aunque todavía no era un hombre, y su
inspiración no había aun torcido su cauce, sino que era genuina
y espontánea. Más tarde se dejó influir por ideales exóticos, y,
persiguiéndolos, ha llegado a la cumbre de la gloria; pero yo prefiero
la cigarra desconocida, y ahora, que temblamos a la idea de recibir
una mala noticia, ha venido a mi mente con sincera ternura el recuerdo
del pueblecito original de las flores vivas, de las casas lindas y de
las indias limpias que venden colores y perfumes de los que brotan,
sin amaño, del seno fecundo de la Naturaleza». Zambrana dice la verdad
de su entusiasmo en su lenguaje hermoso. Yo recordé las palabras del
maestro en mi reciente visita a aquellas deliciosas regiones. Así como
admiré en la ciudad gentiles y gallardas damas llenas de cultura y de
distinción, vi de nuevo en la alegría aldeana las figuras de bronce
viviente de las indias graciosas y hacendosas. Ellas tejen telas al
modo primitivo, trabajan curiosas obras de cerámica, y venden, como
antaño y como siempre, sus rosas, sus lirios, sus mangos, sus marañones
y sus jocotes. Desnudas de hombros, brazos, pies y piernas, llevan
con garbo sus cestas a los mercados o tiangues, y tornan a su vivir
rústico, edénico o arcádico.

Mas, como en los más hermosos paraísos meridionales de Italia, los
volcanes están allí sintiendo pasar los siglos y dando de cuando en
cuando señal de que en sus hornos arden las misteriosas potencias de
la tierra. El volcán de Santiago atemoriza. El Masaya se cree hoy
extinguido. El cronista López de Gómara, en su tiempo, escribía de
él: «Tres leguas de Granada y diez de León está un serrejón raso y
redondo que llaman Masaya, que echa fuego, y es muy de notar, si hay
en el mundo. Tiene la boca media legua en redondo, por la cual bajan
doscientas y cincuenta brazas, y ni dentro ni fuera hay árboles ni
hierba. Crían, empero, allí pájaros y otras aves, sin estorbo del
fuego, que no es poco. Hay otro boquerón como brocal de pozo, ancho
cuanto un tiro de arco, del cual hasta el fuego y brasa suele haber
ciento y cincuenta estados más o menos, según hierve. Muchas veces
se levanta aquella masa de fuego, y lanza fuera tanto resplandor,
que se divisa veinte leguas y aun treinta. Anda de una parte a otra,
y da tan grandes bramidos de cuando en cuando, que pone miedo; mas
nunca rebosa ascuas ni ceniza, si no es algún humo y llamas, que
causa la claridad susodicha, cosa que no hacen otros volcanes; por
lo cual, y porque jamás falta el licor ni cesa de bullir, piensan
muchos ser oro derretido. Y así, entraron dentro el primer hueco Fr.
Blas de Iñesta, dominico, y otros dos españoles, guindados en sendos
cestos. Metieron un servidor de tiro con una larga cadena de hierro
para coger de aquella brasa y saber qué metal fuese. Corrió la soga y
cadena ciento y cuarenta brazas, y como llegó al fuego, se derritió el
caldero con algunos eslabones de la cadena en tan breve tiempo, que se
maravillaron; y así, no supieron lo que era. Durmieron aquella noche
allá sin necesidad de lumbre ni candela. Salieron en sus cestos con
harto temor y trabajo, espantados de tal hondura y extrañeza de volcán.
Año de 1551 se dió licencia al licenciado y deán Juan Alvarez para
abrir este volcán de Masaya y sacar el metal.» Oviedo, desde luego más
documentado que Gómara, no habla de Fray Blas de Iñesta, sino de Fr.
Blas del Castillo. Este tuvo noticia del famoso Infierno de Masaya;
pero como iba directamente al virreinato del Perú, dejó para el regreso
la satisfacción de su curiosidad. Esto fué en el año 1534.

Dos años después, estando en Méjico, fué expresamente a Nicaragua a
conocer el volcán. Púsose de acuerdo con otro religioso francés, el P.
Juan Gandabe, y en compañía de varios españoles emprendió la ascensión.
Asomado al cráter vió la lava hirviente, y juzgó fuese oro derretido.
En Granada encontró varios socios para realizar su idea de extraer
aquella riqueza inagotable. Varias tentativas se hicieron para sacar
el que creían metal incandescente. Una expedición definitiva se hizo.
Dice Gámez, extractando a Oviedo: «Entre los objetos destinados para
la expedición figuraba una gran esfera de hierro, con sus barras, que
podía abrirse y cerrarse, para meter en ella cangilones de barro que,
introducidos de cierta manera en el pozo, pudieran sacar del líquido
rojo. Esta esfera estaba sujeta por una cadena de hierro, pendiente
de una gruesa cadena quitada a una antigua lombarda.» Y luego: «El
cráter del volcán tiene la forma de una campana boca arriba, que
va angostándose al fondo; pero arriba, en la parte superior, no es
pareja la circunferencia, estando como desportillada por el lado del
Oriente. En todas las paredes del cráter se veían bandadas de loros
de todos tamaños, que anidaban en los huecos y concavidades de las
peñas. La circunferencia exterior del cráter puede tener una legua, y
su diámetro, como un tiro de halconete. El fondo tendrá de ancho como
un tiro de escopeta, y las paredes del cañón o cráter, desnudas de
toda vegetación, ostentan vetas de varios colores, de una tierra dura,
calcinada y muy pesada. En el plan se veía un fondo rojo y obscuro,
como de lava a medio enfriar, con rajaduras a través de las cuales
podía mirarse hervir y correr un líquido de fuego que saltaba en
algunos puntos como el agua de una fuente, esparciendo gran luz, que,
llevada por el caño, se reflejaba en la atmósfera y daba una claridad
visible a mucha distancia.» Con muchas dificultades, Fr. Blas el
codicioso preparó su máquina extractora. Dijo una misa. Confesó a sus
compañeros. Luego «el intrépido fraile se puso la estola, ciñó ésta y
los hábitos con una cinta bendita, en la que colocó del lado derecho un
pequeño martillo para derribar las piedras movedizas, y del izquierdo
una calabaza con vino y agua; cubrió su cabeza con un casco de hierro,
y encima un sombrero bien atado; después se colocó en el bolso y se
ató muy bien, y tomando una cruz de madera en la mano, se lanzó al
vacío y empezó a descender». El pobre Fr. Blas pasó las de Caín en su
descenso. Llegó por fin a una especie de plazoleta. Con la oración en
la boca, no dejaba de maniobrar con su martillo entre los sahumerios
de las solfataras. Demás decir que no encontró oro en las grietas,
sino la roca quemada. Cuando le subieron no quiso darse por vencido.
Contó prodigios, tal Don Quijote al salir de su sima, y aseguró que la
lava hirviente era oro puro en fusión. Otros tantos bajaron después
con aparatos para recoger el tentador líquido rojo y ardiente; pero se
encontró que todo era escorias y calcinada piedra. Todavía se hicieron
otros intentos y se renovaron los desengaños. «Tan luego fueron vistas
las muestras por el gobernador y curiosos que se hallaban fuera, hubo
gran descontento y muchas risas, y cada cual se regresó comentando el
chasco a su manera. El gobernador pidió todavía algunas muestras más,
y ordenó en seguida a Fr. Blas y a sus compañeros que saliesen. Éstos,
antes de verificarlo, tomaron posesión cada uno de lo que creyó una
veta mineral, y el fraile, de la caldera hirviente del fondo. Ensayadas
en León las tierras y escorias del volcán de Masaya, fueron declaradas
sin ningún valor. Sin embargo, Fr. Blas y sus compañeros, insistiendo
en que aquello era rica mina, suplicaron que se les permitiera volver
a entrar; pero el gobernador lo prohibió en absoluto, tanto porque
creyó inútil y temeraria aquella empresa, como porque las máquinas,
jarcias y aparejos eran subidos a hombros de indios, que se maltrataban
lastimosamente en las breñas y sierras, sin que Fr. Blas tuviera piedad
de ellos. Medida, de orden del gobernador, la profundidad del pozo,
resultó que de la entrada a la plazoleta había ciento treinta brazas,
y de la plazoleta al fondo, también ciento treinta.» Masaya, como casi
todas las ciudades nicaragüenses, está vigilada por los volcanes.
Aun se ven en largos llanos las endurecidas corrientes de lava de
erupciones inmemoriales. De cuando en cuando, si no el infierno de
Masaya, que hoy se considera apagado, dan señales de actividad otros
focos plutónicos. Ese pueblo apacible y privilegiado de Flora y de las
Gracias, se ha sentido más de una vez amenazado por las convulsiones
de la tierra. Y allí crecen las rosas y las azucenas y mil variedades
de flores, y en los espíritus es innata la voluntad de armonía, y los
talentos líricos se llaman legión, mayormente que en ninguna otra parte
de la República. Puede decirse que el deleitoso arte de la música es el
que está mejor cultivado en el país, y, sobre todo, en la encantadora
y para mí inolvidable Masaya. Ha producido asimismo este departamento
ciudadanos eminentes en otras disciplinas; y uno de los historiadores
que allá tienen más renombre, aunque por causa del medio, del tiempo y
de las circunstancias en que escribiera, no pueda colocarse en primera
línea, fué masayés. Hablo de Jerónimo Pérez.

En mi memoria queda Masaya como una tierra melodiosa y hechicera.
Siempre recordaré con vagas saudades sus alrededores pintorescos,
sus lagunas cercanas, sus alturas llenas de vegetación, sus paisajes
dorados con oro del cielo, la gracia y la sonrisa de sus mujeres, el
entusiasmo sincero de sus gentiles habitantes y el clamor lírico de sus
violines en la noche; sus admirables violines, que hablan en lengua de
amor, en idioma de pasión y de ensueño.



                              MIS LIBROS

                              «LOS RAROS»



                             [Ilustración]



                                   X


La antigua ciudad de León había sido fundada en las cercanías del
lago de Managua, no lejos del imponente y viejo Momotombo. En 1550,
Hernando y Pedro, hijos de Rodrigo de Contreras, en venganza de haber
perdido éste sus ventajas poderío de encomendero, y en unión de Juan
Bermejo, guapo español, segoviano, que llegara a Nicaragua con una
partida de soldados que había estado en el Perú con Gonzalo Pizarro,
proyectaron y decidieron dar muerte al obispo Valdivieso. El hecho se
llevó a cabo, siendo Hernando el asesino. En 1610 la ciudad teatro
del crimen fué casi destruída por una erupción del volcán. La cólera
celeste se manifestaba así, aunque un poco tarde, según las prédicas
del nuevo mitrado Villarreal. Su señoría ilustrísima consiguió con
sus palabras que los leoneses se pusiesen temerosos y todas las gentes
abandonaran el lugar, dirigidas por el alférez mayor, «que portaba el
real estandarte», dice Gámez. Al oeste del punto abandonado, a nueve
leguas de distancia, en extensa y hermosa planicie, fueron ordenadas
las nuevas construcciones. Así nació la actual León. Es ella la ciudad
de mis días juveniles, y por un fenómeno natural y muy explicable, es
ella el escenario de muchos de mis sueños gratos, o pesadillas, después
de tantos años de ausencia en ciudades de países tan diversos. Esta vez
no he estado cerca del Momotombo; mas es para mí imborrable el aspecto
del soberbio cono que se eleva a las orillas del lago; a su lado, el
Momotombito, formando isla y cubierto de vegetación. Todo ello era
objeto de mis contemplaciones en antiguas travesías en los vaporcitos
que iban del puerto de Momotombo a Managua, la capital de la República.

En un libro del norteamericano Squier--del cual acaba de hacer una
traducción castellana un escritor de Honduras--leyó Víctor Hugo estas
palabras: «El bautismo de los volcanes es un antiguo uso que se remonta
a los primeros tiempos de la conquista. Todos los cráteres de Nicaragua
fueron entonces sacramentados, con excepción del Momotombo, de donde
no se vió nunca volver a los religiosos que se habían encargado de ir
a plantar la cruz.» De allí un tema para el gran lírico. «Encontrando
demasiado frecuentes los temblores de la tierra, los Reyes de España
han hecho bautizar los volcanes del reino que tienen debajo de la
esfera; los volcanes no han dicho nada y se han dejado hacer, y sólo el
Momotombo no ha querido. Más de un sacerdote en sobrepelliz, elegido
por el Santo Padre, llevando el Sacramento que la Iglesia administra,
la vista en el cielo, ha subido la montaña siniestra. Muchos han ido;
ninguno ha vuelto.--¡Oh, viejo Momotombo, coloso calvo y desnudo, que
sueñas cerca de los mares y haces de tu cráter una tiara de sombra y
de llama a la tierra! ¿por qué, cuando tocamos a tu umbral terrible,
no quieres el Dios que se te trae? Responde.--La montaña interrumpe
su escupir de lava, y el Momotombo responde con una voz grave:--Yo no
amaba mucho al dios que se ha arrojado. Ese avaro ocultaba oro en un
foso; comía carne humana; sus mandíbulas estaban negras de podredumbre
y de sangre; su antro era una entrada de salvaje pavimento, templo
sepulcro ornado de un pontífice verdugo; esqueletos reían bajo sus
pies; las escudillas en que ese sér bebía el asesinato eran crueles;
sordo, disforme, tenía serpientes al puño; siempre entre sus dientes
un cadáver sangraba; ese espectro ennegrecía el firmamento sublime. Yo
gruñía algunas veces en el fondo de mi abismo. Así, cuando vinieron
orgullosos sobre las olas temblantes, y del lado de donde viene el
día, hombres blancos, los he recibido bien, encontrando que eso era
cuerdo. El alma tiene, ciertamente, el color del rostro--decía yo--;
el hombre blanco es como el cielo azul; y el dios de éstos debe ser
un muy buen dios. No se le verá hartarse de carnicerías. Yo estaba
contento; tenía horror del antiguo sacerdote. Pero cuando he visto cómo
trabaja el nuevo; cuando he visto llamear ¡justo cielo! a mi nivel esa
antorcha lúgubre, áspera, nunca extinguida, sombría, que llamáis la
Inquisición santa; cuando he podido ver cómo Torquemada la usa para
disipar la noche del salvaje ignorante, cómo civiliza y de qué manera
el Santo Oficio enseña y hace la luz; cuando he visto en Lima horribles
gigantes de mimbre llenos de niños estallar sobre un ancho brasero,
y el fuego devorar la vida y los humos retorcerse sobre los senos de
las mujeres encendidas; cuando me he sentido en veces casi asfixiado
por el acre olor que sale de vuestro auto de fe, yo, que no quemaba
sino la sombra en mi hornalla, he pensado que no tenía razón para estar
satisfecho; he mirado de cerca al dios extranjero, y he dicho: «No
vale la pena de cambiar.» Así «Las razones del Momotombo», en el ciclo
de poemas de la _Leyenda de los Siglos_, representa la Inquisición.
¡Cuántas veces recitara yo esos versos sobre las olas del lago, frente
al coloso de piedra, en verdad desnudo y calvo, y apenas coronado de
cuando en cuando con el flotante penacho de su humareda! A lo lejos
pasaban bellos vuelos de garzas; garzas blancas y garzas morenas. Yo
tenía el halago de mis años floridos y ensoñadores. Se divisaban las
riberas llenas de vegetación profusa como costas de islas de delicia.
Hacían casi siempre el viaje algunas hermosas mujeres. Se tomaban en
el comedorcito de a bordo _cocktails_ y _cognacs_. Y en el muelle de
Managua esperaban las manos y las sonrisas amigas. Gratos, para mí,
gratos recuerdos de un pasado que me parece de sueño.

León tiene el aspecto de una ciudad de provincia española. Las casas
antiguas están construídas con adobes--la palabra y la cosa se usan
aún en Castilla la Vieja--. Pesadas tejas arábigas cubren los techos.
Las casas de dos o tres pisos son pocas. Hay muchas iglesias y una
famosa catedral, comenzada en el siglo XVIII y concluída a comienzos
del XIX. Allí he reconocido muchas cosas que viera siendo niño. Los
retablos, las pinturas, los altares, el púlpito, los restos de dos
mártires llegados antaño de Roma: San Inocencio y Santa Liberata. Y
he recorrido, evocando memorias, la vasta fábrica, acompañado por
el culto obispo Pereira. Y vi de nuevo en el baptisterio la pila en
que recibí nombre y en que me tuvo mi señor padrino, D. José Jerez,
en representación de su padre, el ilustre general. Luego, en la sala
capitular, encuentro los retratos de todos los obispos de Nicaragua
desde la erección de la diócesis leonesa, el año de 1527. Me llamó
la atención no hallar la efigie de un mitrado que fué muerto por un
gato... El animal aparecía en el cuadro, y en mí despertaba aquello no
sé qué legendarias y diabólicas imaginaciones. No recuerdo cuál fué
la explicación que me hizo el obispo Pereira de la desaparición del
retrato de su lejano antecesor--¿Huertas, o García?--. Después, en un
patio, he allí el pozo en donde pasó algo de milagro--o de brujería,
dirían algunos--. Yo alcancé a conocer al viejo sacristán. No sé en
qué andanzas de gato andaría; el caso es que cayó desde lo alto de la
catedral, y cayó en el pozo... No sufrió daño alguno. Se llamaba «Tío
Pozo». Predestinación... Bajo las arcadas de la iglesia mayor oyeron
mis orejas infantiles las primeras plegarias, los primeros sones del
órgano, la salmodia de los canónigos en el Oficio, los ecos del canto
llano. De allí salían muchas de las procesiones de la Semana Santa,
célebre por aquellas Repúblicas, según el decir: «Semana Santa en León,
y Corpus en Guatemala.» Recuerdo, como si hubiesen pasado ayer, las
alegres y suntuosas fiestas y los litúrgicos ceremoniales. La procesión
del Domingo de Ramos, sonora de campanas y de palmas; la procesión del
Santo Entierro, al son seco de las matracas; una procesión fúnebre y
sagrada el Viernes Santo, día en que toda la gente vestía de luto, luto
por Jesucristo. El sacro difunto iba en una caja de cristal; tras él
las vírgenes de bulto, como las que conducen en idénticos casos las
cofradías sevillanas. Y la procesión del Silencio, a la media noche, en
la cual se oían temerosos sones de trompa, que se repetían de tanto
en tanto en las bocacalles de la ciudad silenciosa. Y una procesión
había que salía de la iglesia de San Francisco: la procesión de San
Benito. Alrededor del negro ídolo recuerdo haber visto penitentes que
se flagelaban las espaldas, y entre los acompañantes, muchos hombres
vestidos con blancas enaguas, a los cuales llamaban «luces». ¿Sería por
los cirios de cera negra que todos llevaban en las manos...? Había, sin
duda alguna, en aquellas fiestas religioso fervor; mas también mucho
de ambiente pagano. Las reuniones en templos y calles eran propicias
a los amoríos; las vigilias hacían que en las casas se preparasen
platos especiales de la cocina criolla, en los que entraban como base
sabrosos mariscos y otra suerte de ricas cosas culinarias. Y en el
antiguo convento de San Francisco, en nombre del santo negro Benito, se
regalaban tinajas y más tinajas de chícha de piña y de maíz.

¡Las procesiones de León! Las calles se adornaban con arcos decorados
de banderolas y cestillos de papel de China, animales bien imitados,
pájaros de hermosos plumajes y frutas de cartón coloreado y dorado,
entre las cuales unas hermosas granadas que se abrían al pasar las
imágenes veneradas, y dejaban caer una lluvia de versos impresos en
trozos de papel, que parecían mariposas llevadas por el viento. Se
escuchaban las músicas y los cantos en veces. Las ventanas y puertas
de las casas se adornaban con telas y cortinajes vistosos, y allí
aparecían, para ver el desfile, grupos, ramilletes de mozas bellas
y frescas, a las cuales arrojaban los jóvenes amigos de galanterías
puñados de granos oleosos y perfumados, que se desgranan de la flor de
cierta palmera llamada coyol, en latín botánico _acromia pirifera_.
Las calles se llenaban de animación y alegría, y la muchedumbre era
copiosa, pues iba a la celebración religiosa mucha gente forastera. Hoy
ya todo eso ha pasado; el vivir moderno ha ido, aunque poco a poco,
invadiendo las costumbres antaño patriarcales; las ideas liberales
triunfantes llevaron la libertad absoluta de cultos, y en éstos la
supresión de manifestaciones rituales y ceremoniales fuera de los
templos. Según tengo entendido, Nicaragua y Méjico son los únicos
países del mundo en donde les está prohibido a los sacerdotes el uso
de sus trajes distintos en las calles. No obstante, he allí que se le
permite en León, como al jefe de la Iglesia, portar sus hábitos talares
a un anciano a quien vi recorrer la población en un coche tirado por
bueyes. Monseñor Villamí, que así se llama dicho dignatario, visita así
a sus amigos e hijos de confesión, y la impresión es de algo primitivo
y de algo nuevo, capricho de maharadja indostánico, o necesidad de
misionero en Asia. Todo se explica por la prudencia de monseñor, a
quien dieron un susto, según se me contó, un par de caballos briosos
y de buena estampa que antes tiraban de su carruaje. Monseñor es un
cuerdo. Y morirá feliz y en paz antes de haber sabido lo que es un 40
HP.

León tiene para mí otras curiosas e inolvidables memorias. Si yo fuese
Benvenuto Cellini contaría, con su parlar claro y convencido, cómo,
teniendo yo catorce años, frente a la catedral, vi una larva, un
elemental, como diría un teósofo. Tal visión fué real y verdadera, y no
insisto en ello por temor a que mi sabio amigo Ingegnieros tome el dato
y lo trate como tratan esas cosas los que manejan cosas científicas y
son incrédulos.

Fué también en León donde escribí mis primeros versos y soñé y sufrí
mis primeros amores. La vida social ha aumentado desde los tiempos
en que, como en Andalucía, las novias conversaban con sus novios
por las rejas de las ventanas. El comercio está representado por
establecimientos cosmopolitas. Los inmigrantes son pocos; pero el tal
rico importador es inglés, tal otro español, tal otro alemán, tal otro
árabe, tal otro chino. Hay un club en donde los caballeros de la ciudad
se distraen. En la juventud predomina la afición a las letras, a la
poesía. Yo dije a los jóvenes en un discurso que eso era plausible;
pero que junto a un grupo de líricos era útil para la República que
hubiese un ejército de laboriosos hombres prácticos, industriales,
traficantes y agricultores. La civilización moderna, fuera de sus
luchas terribles, ha comprendido a su manera el mito antiguo: los
argonautas eran poetas; pero iban en busca del Vellocino de Oro. Hoy,
como siempre el dinero hace poesía, embellece la existencia, trae
cultura y progreso, hermosea las poblaciones, lleva la felicidad
relativa a los trabajadores. El dinero bien empleado realiza poemas,
hace palpables imaginaciones, hace danzar las estrellas y puede traer
toda suerte de bienes, de modo que los hombres bendigan las horas que
pasan y se sientan satisfechos.

Así, en la ciudad en que ensayé mis primeras estrofas y tuve mis
primeras ambiciones, saludé con entusiasmo a dos grandes poetas
amables: Santiago Argüello, el que tiene los laureles, y Fernando
Sánchez, el que tiene los millones...



                                  XI


En momentos de corregir las pruebas de este libro me llegaron las
noticias de los últimos acontecimientos que han perturbado la paz en
aquella República y producido la caída del presidente Zelaya.

Lo lógico, lo usual y hasta lo humano sería que, una vez que aquel
gobernante ha caído, yo suprimiese los elogios y los sustituyese con
las más acerbas censuras. Me permitiré la satisfacción de dejar intacto
mi juicio.

En EL VIAJE A NICARAGUA pueden leerse estas palabras de uno de mis
discursos pronunciados durante la gira por mi tierra natal: «Como
alejado y como extraño a vuestras disensiones políticas, no me creo ni
siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he vivido, no
por los Gobiernos, sino por la Patria; y si algún ejemplo quiero dar
a la juventud de esta tierra ardiente y fecunda, es el del hombre que
desinteresadamente se consagró a ideas de arte, lo menos posiblemente
positivo, y después de ser aclamado en países prácticos, volvió a
visitar su hogar entre aires triunfales; y yo, que dije una vez que no
podría cantar a un presidente de República en el idioma en que cantaría
a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la
obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el
orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi la seguridad de nuestro
fuerte porvenir.» Nada tengo que rectificar. Mi impresión, al llegar
después de quince años de ausencia, fué la de un país con mayores
adelantos que el que dejara. Si a las administraciones anteriores se
debe la implantación del telégrafo, el ferrocarril, las negociaciones
para la apertura del canal, que no pudo llevarse a cabo, no puede
negarse que el Gobierno de Zelaya realizó muchas obras en bien de la
República. Ellas están enumeradas en un capítulo anterior.

Ahora, el rumor sordo anunciador de lo que ha pasado pude muy bien
notarlo durante mi corta permanencia, aun en medio de la multiplicidad
de las fiestas con que me obsequiaron mis compatriotas y amigos y el
mismo Gobierno.

Esos rumores que anunciaban la tempestad que después se desatara, y que
aparentaban tener por causa la situación económica, puede asegurarse
que no eran sino instigaciones de los Estados Unidos y de Estrada
Cabrera, su instrumento para el desarrollo de sus planes. Propalaban
que era el odio a unos cuantos que se han enriquecido lo que motivaría
la revolución contra el gobierno de Zelaya. Y, en efecto, aquello que
confidencialmente me decían algunos amigos, de diferentes partes de la
República, sobre el estado general de pobreza, lo caro de la vida, la
progresiva depreciación del papel moneda, y el engrosamiento de ciertas
particulares fortunas, es justamente lo mismo que he visto después
expuesto en las publicaciones revolucionarias aderezadas en Bleufields.

Al recibir las primeras noticias me temí que de nuevo se hubiese
encendido el antiguo antagonismo entre conservadores y liberales, o,
peor aún, los odios entre la parte oriental y occidental del país,
entre Granada y León. Esta lamentable desunión viene desde tiempos de
la colonia, y ha costado a Nicaragua mucha sangre y muchos perdidos
intereses.

Ha sido desde luego un bien para el país que Zelaya patrióticamente
haya depositado el mando en el Dr. Madriz. Conozco a Madriz desde
los años en que éramos compañeros de colegio. Es un carácter y es un
talento. Su actuación política ha sido transcendental en Centroamérica.
Fué de los que acompañaron a Zelaya en la revolución que derrocó al
partido conservador en 1893. Fué el primer ministro de Relaciones de
Zelaya, y, siendo ministro, fué de los que dirigieron la revolución
contra él. Tras el fracaso de ésta, se trasladó a San Salvador. Un
rasgo que le honra es que cuando Nicaragua estuvo en guerra con
Honduras, a pesar de las inquinas políticas, volvió a Nicaragua y
ofreció sus servicios al Gobierno.

El fué enviado a la Conferencia de Washington y nombrado magistrado de
la Corte Suprema de Justicia Centroamericana, que fué creada en dicha
Conferencia, que tiene su sede en la Ciudad de Cartago, de Costa Rica,
y para cuyo edificio regaló medio millón de francos el plutócrata
yanqui Andrew Carnegie.

Estoy seguro de que no se le ocultaba al presidente Zelaya que el
Dr. Madriz contaba con muchos partidarios que le eligiesen para la
Presidencia. Sin menoscabarle méritos, como él decía cuando se lograba
que los ingleses desocupasen el reino mosquito: «Antes de despedirme
de vosotros, quiero hacer especial recomendación del valiente ministro
Dr. D. José Madriz, que os acompaña en esta expedición. Va en nombre
del Gobierno a imponer nuestras leyes a los rebeldes. Lleva confianza
en el éxito de su misión, porque cuenta con soldados como vosotros, que
sabrán en el momento dado apoyar sus disposiciones.»

Hasta el momento de escribir estas líneas, no se sabe si vencerá Madriz
o Estrada. Si Madriz ocupase la Presidencia, será desde luego un
gobierno civil. En cuanto a Estrada, es un militar joven, y que se ha
distinguido muchísimo en las filas del general Zelaya. ¡Quién me diría
que cuando iba yo en la comitiva del Presidente, para la entrevista que
tuvo en las fronteras costarricenses con el Presidente de Costa Rica,
Sr. González Viquez, estaban ya en el cerebro de aquel compañero de
excursión las ideas que le han llevado a la sublevación y a la batalla!

No me atrevo a profetizar a estas horas. Si la parte occidental se
pone al lado de Madriz, triunfará Madriz. Pero ¿es que acaso Estrada,
que es de Managua, capital de la República, no querrá evitar un choque
entre las dos de antiguo antagonistas partes de su Patria? Demasiadas
son las rencillas, demasiados son los odios que han dividido el país
desde hace tanto tiempo. Ya que no se ha podido hacer la unión de
las cinco Repúblicas centroamericanas, ¿no será posible realizar la
concordia en un solo país?

En cuanto a D.^a Blanca de Zelaya, que ha causado siempre la más
grata impresión, diré que es belga de origen, que es muy bella, y que
ha hecho mucha caridad en Nicaragua. Ella me condecoró, en un acto
público, con una medalla de oro. Yo le he escrito unos versos y le
he regalado un brazalete de que han hablado los diarios. Los versos
pueden leerse en el _Intermezzo tropical_, entre los que escribiera
durante mi viaje. Y el brazalete acróstico se componía de piedras que
correspondían a las letras del nombre del esposo presidencial:

La _J_ es el jacinto.

La _S_ es la _sardoine_.

La _A_ es la amatista.

La _N_ es la _nefrita_.

La _T_ es el topacio.

La _O_ es el ópalo.

La _S_ es la _sardonix_.

La _Z_ es el zafiro.

La _E_ es la esmeralda.

La _L_ es el lapislázuli.

La _A_ es la aguamarina.

La _Y_ es el imán.

La _A_ es la amatista.

Dios quiera llevar la paz a mi país. Se dice que los Estados Unidos
han intervenido en todo esto. Si ello fuese cierto, como parece, es
lamentable que nación alguna intervenga en los asuntos íntimos de
Nicaragua, ni aun para hacer el canal... Ya se sabe que el mismo
Lesseps informó en un tiempo que el único canal posible era el de
Nicaragua. Después los Estados Unidos quisieron realizar la obra. No
se sabe qué negociaciones la dificultaron; pero es un hecho que desde
que los españoles pensaron en abrir el istmo, es por la tierra que más
fácilmente se puede llevar a cabo.

Después de todo, sin la hostilidad de la Casa Blanca, Zelaya estaría
aún en el Poder.

¡Oh, pobre Nicaragua, que has tenido en tu suelo a Cristóbal Colón y
a Fr. Bartolomé de las Casas, y por poeta ocasional a Víctor Hugo:
sigue tu rumbo de nación tropical; cultiva tu café y tu cacao y tus
bananos; no olvides las palabras de Jerez: «Para realizar la unión
centroamericana, vigorízate, aliéntate con el trabajo, y lucha por
unirte a tus cinco hermanas!»



                               HISTORIA

                                DE MIS

                                LIBROS

                             [Ilustración]



                                AZUL...



                             [Ilustración]



                                AZUL...


Esta mañana de Primavera me he puesto a hojear mi amado viejo libro,
un libro primigenio, el que iniciara un movimiento mental que había
de tener después tantas triunfantes consecuencias; y lo hojeo como
quien relee antiguas cartas de amor, con un cariño melancólico, con
una «saudade» conmovida en el recuerdo de mi lejana juventud. Era en
Santiago de Chile, adonde yo había llegado, desde la remota Nicaragua,
en busca de un ambiente propicio a los estudios y disciplinas
intelectuales. A pesar de no haber producido hasta entonces Chile
principalmente sino hombres de Estado y de jurisprudencia, gramáticos,
historiadores, periodistas y, cuando más, rimadores, tradicionales y
académicos de directa descendencia peninsular, yo encontré nuevo aire
para mis ansiosos vuelos y una juventud llena de deseos de belleza y de
nobles entusiasmos.

Cuando publiqué los primeros cuentos y poesías que salían de los
cánones usuales, si obtuve el asombro y la censura de los profesores,
logré en cambio el cordial aplauso de mis compañeros. ¿Cuál fué
el origen de la novedad? El origen de la novedad fué mi reciente
conocimiento de autores franceses del Parnaso, pues a la sazón la
lucha simbolista apenas comenzaba en Francia y no era conocida en
el Extranjero, y menos en nuestra América. Fué Catulle Mendès mi
verdadero iniciador, un Mendès traducido, pues mi francés todavía
era precario. Algunos de sus cuentos lírico-eróticos, una que otra
poesía, de las comprendidas en el _Parnasse contemporaine_, fueron
para mí una revelación. Luego vendrían otros anteriores y mayores:
Gautier, el Flaubert de _La tentation de St. Antoine_, Paul de Saint
Victor, que me aportarían una inédita y deslumbrante concepción del
estilo. Acostumbrado al eterno clisé español del siglo de oro, y a
su indecisa poesía moderna, encontré en los franceses que he citado
una mina literaria por explotar: la aplicación de su manera de
adjetivar, de ciertos modos sintáxicos, de su aristocracia verbal,
al castellano. Lo demás lo daría el carácter de nuestro idioma y la
capacidad individual. Y yo, que me sabía de memoria el _Diccionario
de galicismos_ de Baralt, comprendí que no sólo el galicismo oportuno,
sino ciertas particularidades de otros idiomas son utilísimas y
de una incomparable eficacia en un apropiado trasplante. Así mis
conocimientos de inglés, de italiano, de latín, debían servir más tarde
al desenvolvimiento de mis propósitos literarios. Mas mi penetración
en el mundo del arte verbal francés no había comenzado en tierra
chilena. Años atrás, en Centro América, en la ciudad de San Salvador y
en compañía del buen poeta Francisco Gavidia, mi espíritu adolescente
había explorado la inmensa selva de Víctor Hugo y había contemplado su
océano divino, en donde todo se contiene.

¿Por qué ese título _Azul_? No conocía aún la frase huguesca _l'Art
c'est l'azur_, aunque sí la estrofa musical de _Les châtiments_:

      ¡Adieu, patrie,
    L'onde est en furie!
    ¡Adieu, patrie,
    Azur!

Mas el azul era para mí el color del ensueño, el color del arte,
un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental, el
«coeruieum», que en Plinio es el color simple que semeja al de los
cielos y al zafiro. Y Ovidio había cantado:

      Respice vindicibus pacatum viribus orbem
    que latam Nereus coerulus ambit humum.

Concentré en ese color célico la floración espiritual de mi primavera
artística. Ese primer libro--pues apenas puede contar el volumen
incompleto de versos que apareció en Managua con el título de
_Primeras notas_--se componía de un puñado de cuentos y poesías, que
podrían calificarse de parnasianas. _Azul_... se imprimió en 1888 en
Valparaíso, bajo los auspicios del poeta de la Barra y de Eduardo
Poirier, pues el mecenas a quien fuera dedicado por insinuaciones del
primero de estos amigos ni siquiera me acusó recibo del primer ejemplar
que le remitiera.

El libro no tuvo mucho éxito en Chile. Apenas se fijaron en él cuando
D. Juan Valera se ocupara de su contenido en una de sus famosas _Cartas
Americanas_ de _Los lunes del Imparcial_. Valera vió mucho, expresó su
sorpresa y su entusiasmo sonriente--¿por qué hay muchos que quieren ver
siempre alfileres en aquellas manos ducales?--; pero no se dió cuenta
de la trascendencia de mi tentativa. Porque si el librito tenía algún
personal mérito relativo, de allí debía derivar toda nuestra futura
revolución intelectual. A los que asustaba lo original de la reciente
manera les fué extraño que un impecable como D. Juan Valera hiciese
notar que la obra estaba escrita «en muy buen castellano». Otros
elogios hiciera «el tesoro de la lengua», como le llama el conde de las
Navas, y el libro fué desde entonces buscado y conocido tanto en España
como en América. Valera observa, sobre todo, el completo espíritu
francés del volumen. «Ninguno de los hombres de letras de la Península
que he conocido yo con más espíritu cosmopolita, y que más largo
tiempo han residido en Francia, y que han hablado mejor el francés y
otras lenguas extranjeras, me ha parecido nunca tan compenetrado del
espíritu de Francia como usted me parece: ni Galiano, ni D. Eugenio
de Ochoa, ni Miguel de los Santos Alvarez.» Y agregaba más adelante:
«Resulta de aquí un autor nicaragüense que jamás salió de Nicaragua
sino para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto
chic y distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e
imponerla.» Cierto; un soplo de París animaba mi esfuerzo de entonces;
mas había también, como el mismo Valera lo afirmara, un gran amor por
las literaturas clásicas y conocimiento «de todo lo moderno europeo».
No era, pues, un plan limitado y exclusivo. Hay, sobre todo, juventud,
un ansia de vida, un estremecimiento sensual, un relente pagano,
a pesar de mi educación religiosa y profesar desde mi infancia la
doctrina católica, apostólica, romana. Ciertas notas heterodoxas las
explican ciertas lecturas.

En cuanto al estilo, era la época en que predominaba la afición por la
«escritura artística» y el diletantismo elegante. En el cuento _El rey
burgués_, creo reconocer la influencia de Daudet. El símbolo es claro,
y ello se resume en la eterna protesta del artista contra el hombre
práctico y seco, del soñador contra la tiranía de la riqueza ignara. En
_El sátiro gordo_, el procedimiento es más o menos mendesiano, pero se
impone el recuerdo de Hugo y de Flaubert. En _La ninfa_, los modelos
son los cuentos parisienses de Mendès, de Armand Silvestre, de Mezeroi,
con el aditamento de que el medio, el argumento, los detalles, el tono,
son de la vida de París, de la literatura de París. Demás advertir
que yo no había salido de mi pequeño país natal, como lo escribe
Valera, sino para ir a Chile, y que mi asunto y mi composición eran
de base libresca. En _El fardo_ triunfa la entonces en auge escuela
naturalista. Acababa de conocer algunas obras de Zola, y el reflejo fué
inmediato; mas no correspondiendo tal modo a mi temperamento ni a mi
fantasía, no volví a incurrir en tales desvíos. En _El velo de la reina
Mab_, sí, mi imaginación encontró asunto apropiado. El deslumbramiento
shakespeareano me poseyó y realicé por primera vez el poema en prosa.
Más que en ninguna de mis tentativas, en ésta perseguí el ritmo y
la sonoridad verbales, la transposición musical, hasta entonces--es
un hecho reconocido--desconocida en la prosa castellana, pues las
cadencias de algunos clásicos son, en sus desenvueltos períodos,
otra cosa. _La canción del oro_ es también poema en prosa, pero de
otro género. Valera la califica de letanía. Y aquí una anécdota. Yo
envié a París, a varios hombres de letras, ejemplares de mi libro, a
raíz de su aparición. Tiempos después, en _La Panthée_, de Peladán,
aparecía un _Cantique de l'or_, más que semejante al mío. Coincidencia
posiblemente. No quise tocar el asunto, porque entre el gran esteta y
yo no había esclarecimiento posible, y a la postre habría resultado, a
pesar de la cronología, el autor de _La canción del oro_ plagiario de
Peladán.

_El rubí_ es otro cuento a la manera parisiense. Un _mito_, dice
Valera. Una fantasía primaveral, más bien; lo propio que _El palacio
del sol_, donde llamara la atención el empleo del _leit-motiv_. Y otra
narración de París, más ligera, a pesar de su significación vital,
_El pájaro azul_. En _Palomas blancas y garzas morenas_ el tema es
autobiográfico y el escenario la tierra centroamericana en que me tocó
nacer. Todo en él es verdadero, aunque dorado de ilusión juvenil. Es
un eco fiel de mi adolescencia amorosa, del despertar de mis sentidos
y de mi espíritu ante el enigma de la universal palpitación. La parte
titulada _En Chile_, que contiene _En busca de cuadros_, _Acuarela_,
_Paisaje_, _Agua fuerte_, _La Virgen de la Paloma_, _La cabeza_, otra
_Acuarela_, _Un retrato de Watteau_, _Naturaleza muerta_, _Al carbón_,
_Paisaje_, y _El ideal_, constituyen ensayos de color y de dibujo
que no tenían antecedentes en nuestra prosa. Tales trasposiciones
pictóricas debían ser seguidas por el grande y admirable colombiano J.
Asunción Silva--y esto, cronológicamente, resuelve la duda expresada
por algunos de haber sido la producción del autor del Nocturno anterior
a nuestra Reforma. _La muerte de la emperatriz de la China_--publicado
recientemente en francés en la colección _Les mille nouvelles
nouvelles_--, es un cuento ingenuo, de escasa intriga, con algún eco a
lo Daudet. _A una estrella_, canto pasional, romanza, poema en prosa,
en que la idea se une a la musicalidad de la palabra.

Luego viene la parte de verso del pequeño volumen. En los versos seguía
el mismo método que en la prosa: la aplicación de ciertas ventajas
verbales de otras lenguas, en este caso principalmente del francés,
al castellano. Abandono de las ordenaciones usuales, de los clisés
consuetudinarios; atención a la melodía interior, que contribuye al
éxito de la expresión rítmica; novedad en los adjetivos; estudio y
fijeza del significado etimológico de cada vocablo; aplicación de
la erudición oportuna, aristocracia léxica. En _Primaveral_--de _El
año lírico_--, creo haber dado una nueva nota en la orquestación del
romance, con todo y contar con antecesores tan ilustres al respecto
como Góngora y el cubano Zenea. En _Estival_ quise realizar un trozo
de fuerza. Algún escaso lector de tierras calientes ha querido dar
a entender que--¡tratándose de tigres!--mi trabajo podía ser, si no
hurto, traducción de Leconte de Lisle.

Cualquiera puede desechar la inepta insinuación con recorrer toda la
obra del poeta de _Poèmes barbares_. Ello me hizo sonreir, como el
venerable _Atheneum_, de Londres, que porque hablo de toros salvajes
en unos de mis versos, me compara con Mistral. En _Autumnal_ vuelve el
influjo de la música, una música íntima, «di camera», y que contiene
las gratas aspiraciones amorosas de los mejores años, la nostalgia
de lo aun no encontrado--y que, casi siempre, no se encuentra nunca
tal como se sueña. Hay en seguida, aconsonantando con lo anterior, la
versión de un _Pensamiento de otoño_, de Armand Silvestre. Bien sabido
es que, a pesar de sus particularidades harto rabelesianas y de su
excesiva «galoiserie», Silvestre era un poeta en ocasiones delicado,
fino y sentimental.

_Ananké_ es una poesía aislada y que no se compadece con mi fondo
cristiano. Valera la censura con razón, y ella no tuvo posiblemente más
razón de ser que un momento de desengaño, y el acíbar de lecturas poco
propias para levantar el espíritu a la luz de las supremas razones.
El más intenso teólogo puede deshacer en un instante la reflexión del
poeta en ese instante pesimista, y demostrar que tanto el gavilán
como la paloma forman parte integrante y justa de la concorde unidad
del universo; y que, para la mente infinita, no existen, como para la
limitada mente humana, ni Arimanes, ni Ormutz. Concluye el librito
con una serie de sonetos: _Caupolicán_, que inició la entrada del
soneto alejandrino a la francesa en nuestra lengua--al menos según mi
conocimiento. Aplicación a igual poema de forma fija, de versos de
quince sílabas, se advierte en _Venus_. Otro soneto a la francesa y de
asunto parisiense: _De invierno_. Luego retratos líricos, medallones
de poetas que eran algunas de mis admiraciones de entonces: Leconte de
Lisle, Catulle Mendès, el yanqui Walt Whitman, el cubano J. J. Palma,
el mejicano Díaz Mirón, a quien imitara en ciertos versos agregados en
ediciones posteriores de _Azul_..., y que empiezan:

    Nada más triste que un titán que llora,
    hombre montaña encadenado a un lirio,
    que gime, fuerte, que, pujante, implora,
    víctima propia en su fatal martirio.

Tal fué mi primer libro, origen de las bregas posteriores, y que, en
una mañana de Primavera, me ha venido a despertar los más gratos y
perfumados recuerdos de mi vida pasada, allá en el bello país de Chile.
Si mi _Azul_... es una producción de arte puro, sin que tenga nada de
docente ni de propósito moralizador, no es tampoco lucubrado de manera
que cause la menor delectación morbosa. Con todos sus defectos, es
de mis preferidas. Es una obra, repito, que contiene la flor de mi
juventud, que exterioriza la íntima poesía de las primeras ilusiones y
que está impregnada de amor al arte y de amor al amor.



                            PROSAS PROFANAS



                             [Ilustración]



                            PROSAS PROFANAS


Sería inútil tarea intentar un análisis exegético de mi libro _Prosas
profanas_, después del estudio tan completo del gran José Enrique
Rodó en su magistral y célebre opúsculo, reproducido a manera de
prólogo en la edición parisiense de la Viuda de C. Bouret, y en la
cual no apareció la firma del ilustre uruguayo por un descuido de los
editores. Mas sí podré expresar mi sentimiento personal, tratar de mis
procedimientos y de la génesis de los poemas en esta obra contenidos.
Ellos corresponden al período de ardua lucha intelectual que hube de
sostener, en unión de mis compañeros y seguidores, en Buenos Aires, en
defensa de las ideas nuevas, de la libertad del arte, de la acracia, o,
si se piensa bien, de la aristocracia literaria. En unas palabras de
introducción concentraba yo el alcance de mis propósitos.

Ya había aparecido _Azul_... en Chile; ya habían aparecido _Los
Raros_ en la capital argentina. Estaba de moda entonces la publicación
de manifiestos, en la brega simbolista de Francia, y muchos jóvenes
amigos me pedían hiciese en Buenos Aires lo que, en París, Moreas
y tantos otros. Opiné que no estábamos en idéntico medio, y que
tal manifiesto no sería ni fructuoso ni oportuno. La atmósfera y
la cultura de la secular Lutecia no era la misma de nuestro Estado
continental. Si en Francia abundaba el tipo de Remy de Gourmont,
«Celui-qui-ne-comprend-pas» ¿cómo no sería entre nosotros? Él pululaba
en nuestra clase dirigente, en nuestra general burguesía, en las
letras, en la vida social. No contaba, pues, sino con una «élite», y
sobre todo con el entusiasmo de la juventud, deseosa de una reforma, de
un cambio de su manera de concebir y de cultivar la belleza.

Aun entre algunos que se habían apartado de las antiguas maneras, no
se comprendía el valor del estudio y de la aplicación constante, y se
creía que con el solo esfuerzo del talento podría llevarse a cabo la
labor emprendida. Se proclamaba una estética individual, la expresión
del concepto; mas también era preciso la base del conocimiento del
arte a que uno se consagraba, una indispensable erudición y el
necesario don del buen gusto. Me adelanté a prevenir el prejuicio de
toda imitación, y, apartando sobre todo a los jóvenes catecúmenos de
seguir mis huellas, recordé un sabio consejo de Wagner a una ferviente
discípula suya, que fué al mismo tiempo una de las amadas de Catulle
Mendès.

Asqueado y espantado de la vida social y política en que mantuviera a
mi país original un lamentable estado de civilización embrionaria, no
mejor en tierras vecinas, fué para mí un magnífico refugio la República
Argentina, en cuya capital, aunque llena de tráfagos comerciales, había
una tradición intelectual y un medio más favorable al desenvolvimiento
de mis facultades estéticas. Y si la carencia de una fortuna básica
me obligaba a trabajar periodísticamente, podía dedicar mis vagares
al ejercicio del puro arte y de la creación mental. Mas abominando la
democracia, funesta a los poetas, así sean sus adoradores como Walt
Whitman, tendí hacia el pasado, a las antiguas mitologías y a las
espléndidas historias, incurriendo en la censura de los miopes. Pues no
se tenía en toda la América española como fin y objeto poéticos más que
la celebración de las glorias criollas, los hechos de la independencia
y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín, una inacabable oda
a la Agricultura de la zona tórrida, y décimas patrióticas. No negaba
yo que hubiese un gran tesoro de poesía en nuestra época prehistórica,
en la conquista y aun en la colonia; mas con nuestro estado social y
político posterior llegó la chatura intelectual y períodos históricos
más a propósito para el folletín sangriento que para el noble canto.
Y agregaba, sin embargo: «Buenos Aires: cosmópolis. ¡Y mañana!» La
comprobación de este augurio quedó afirmada con mi reciente _Canto a la
Argentina_.

En cuanto a la cuestión ideológica y verbal, proclamé ante glorias
españolas más sonoras, la del gran D. Francisco de Quevedo, de Santa
Teresa, de Gracián, opinión que más tarde aprobarían y sostendrían en
la Península egregios ingenios. Una frase hay que exigiría comento:
«Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida
es de París.» En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis vistas
cosmopolitas, existe el inarrancable filón de la raza; mi pensar y mi
sentir continúan un proceso histórico y tradicional; mas de la capital
del arte y de la gracia, de la elegancia, de la claridad y del buen
gusto, habría de tomar lo que atribuyese a embellecer y decorar mis
eclosiones autóctonas. Tal dí a entender. Con el agregado de que no
sólo de las rosas de París extraería esencias, sino de todos los
jardines del mundo. Luego expuse el principio de la música interior:
«Como cada palabra tiene un alma, hay, en cada verso, además de la
armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas
veces.» Luego profesé el desdén de la crítica de gallina ciega, de la
gritería de los ocas, y aticé el fuego de estímulo para el trabajo,
para la creación. «Bufe el eunuco: cuando una musa te dé un hijo,
queden las otras ocho en cinta.» Frase que he leído citada en una
producción reciente de un joven español, ¡como de Théophile Gautier...!

En _Era un aire suave_..., que es un aire suave, sigo el precepto
del Arte Poética de Verlaine: «De la musique avant toute chose.» El
paisaje, los personajes, el tono; se presentan en ambiente siglo
dieciochesco. Escribí como escuchando los violines del rey. Poseyeron
mi sensibilidad Rameau y Lulli. Pero el abate joven de los madrigales
y el vizconde rubio de los desafíos, ante Eulalia que ríe, mantienen
la secular felinidad femenina contra el viril rendido; Eva, Judith u
Ofelia, peores que todas las «sufragettes». En _Divagación_ diríase
un curso de geografía erótica; la invitación al amor bajo todos los
soles, la pasión de todos los colores y de todos los tiempos. Allí
flexibilicé hasta donde pude el endecasílabo. La _Sonatina_ es la más
rítmica y musical de todas estas composiciones, y la que más boga ha
logrado en España y América. Es que contiene el sueño cordial de toda
adolescente, de toda mujer que aguarda el instante amoroso. Es el deseo
íntimo, la melancolía ansiosa, y es, por fin, la esperanza. En _Blasón_
celebro el cisne, pues esos versos fueron escritos en el álbum de una
marquesa de Francia propicia a los poetas. En _Del Campo_ me amparaba
la sombra de Banville, en un tema y en una atmósfera criollos. En la
alabanza _A los ojos negros de Julia_ madrigalicé caprichosamente. La
_Canción de Carnaval_ es también a lo Banville, una oda funambulesca,
de sabor argentino, bonaerense. Dos galanterías siguen para una dama
cubana. Fueron escritas en presencia de mi malogrado amigo Julián del
Casal, en la Habana, hace más de veinte años, e inspiradas por una
bella dama, María Cay, hoy viuda del general Lachambre. _Bouquet_ es
otro madrigal de capricho. _El faisán_, en tercetos monorrimos, es un
producto parisiense, ideado en París, escrito en París, trascendente
de parisina. _Garçonnière_ dice horas artísticas y fraternas de
Buenos Aires. _El país del sol_, formulado a la manera de los «lieds
de France», de Catulle Mendès, y como un eco de Gaspard de la Nuit,
concreta la nostalgia de una niña de las islas del trópico, animada
de arte, en el medio frígido y duro de Manhatan, en la imperial Nueva
York. _Margarita_--que ha tenido la explicable suerte de estar en
tantas memorias--es un melancólico recuerdo pasional, vivido, aunque en
la verdadera historia, la amada sensual no fué alejada por la muerte,
sino por la separación. _Mía_, y _Dice mía_, son juegos para música,
propios para el canto, «lieds» que necesitan modulación.

En _Heraldos_ demuestro la teoría de la melodía interior. Puede decirse
que en este poemita el verso no existe, bien que se imponga la notación
ideal. El juego de las sílabas, el sonido y color de las vocales, el
nombre clamado, heráldicamente, evocan la figura, oriental, bíblica,
legendaria, y el tributo y la correspondencia.

El _Coloquio de los centauros_ es otro «mito», que exalta las fuerzas
naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua
de Psique, y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra
ineludible finalidad. Mas renovando un concepto pagano, Thanatos no
se presenta como en la visión católica, armado de su guadaña, larva
o esqueleto, de la medioeval reina de la peste y emperatriz de la
guerra; antes bien surge bella, casi atrayente, sin rostro angustioso,
sonriente, pura, casta, y con el amor dormido a sus pies. Y, bajo un
principio pánico, exalto la unidad del universo, en la ilusoria Isla de
Oro, ante la vasta mar. Pues como dice el divino visionario Juan: «Hay
tres cosas que dan testimonio en la tierra: el espíritu, el agua y la
sangre; y estos tres no son más que «uno». (Ep. B. Joannis. Apost. V,
8.; Et tres sunt, qui testimonium dan in terra: spiritus, et agua, et
sanguis: et hic tres unum sunt).

En _El poeta pregunta por Stella_, el poeta rememora a un angélico sér
desaparecido, a una hermana de las liliales mujeres de Poe, que ha
ascendido al cielo cristiano. Luego leeréis un prólogo lírico, que se
me antojó llamar «pórtico», escrito hace largos años en alabanza del
muy buen poeta, del vibrante, sonoro y copioso Salvador Rueda, gloria
y decoro de las Andalucías. Y como en ese tiempo visitase yo la que
es llamada harto popularmente tierra de María Santísima, no dejé de
pagar tributo, contagiado de la alegría de las castañuelas, panderos
y guitarras, a aquella encantada región solar. Y escribí, entre otras
cosas, el _Elogio de la seguidilla_.

En Buenos Aires, e iniciado en los secretos wagnerianos por un músico
y escritor belga, M. Charles del Gouffre, rimé el soneto de _El
Cisne_--¡ave eternal!--que concluye:

    ¡Oh, Cisne! ¡Oh, sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
    del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
    siendo de la hermosura la princesa inmortal,

    bajo tus blancas alas la nueva Poesía,
    concibe en una gloria de luz y de armonía
    la Helena eterna y pura que encarna el ideal.

_La página blanca_ es como un sueño cuyas visiones simbolizaran las
bregas, las angustias, las penalidades del existir, la fatalidad
genial, las esperanzas y los desengaños, y el irremisible epílogo de la
sombra eterna, del desconocido más allá.

¡Ay, nada ha amargado más las horas de meditación de mi vida que la
certeza tenebrosa del fin; y cuántas veces me he refugiado en algún
paraíso artificial, poseído del horror fatídico de la muerte!

_Año nuevo_ es una decoración sideral, animada, se diría, de un
teológico aliento. La _Sinfonía en gris mayor_ trae necesariamente el
recuerdo del mágico Théo, del exquisito Gautier y su _Symphonie en
blanc majeur_. La mía es anotada «d'après nature», bajo el sol de mi
patria tropical. Yo he visto esas aguas en estagnación, las costas
como candentes, los viejos lobos de mar que iban a cargar en goletas
y bergantines maderas de tinte, y que partían a velas desplegadas,
con rumbo a Europa. Bebedores taciturnos, o risueños cantaban en los
crepúsculos, a la popa de sus barcos, acompañándose con sus acordeones
cantos de Normandía o de Bretaña, mientras exhalaban los bosques
y los esteros cercanos rodeados de manglares, bocanadas cálidas y
relentes palúdicos. En _Epitalamio bárbaro_ se testifica en la lira
el triunfo amoroso de un grande apolonida. El _Responso_ a Verlaine
prueba mi admiración y fervor cordial por el Pauvre Lelian, a quien
conocí en París en días de su triste y entristecedora bohemia; y hago
ver las dos faces de su alma pánica, la que da a la carne y la que da
al espíritu; la que da a las leyes de la humana naturaleza y la que
da a Dios y a los misterios católicos, paralelamente. En el _Canto
de la sangre_ hay una sucesión de correspondencias y equivalencias
simbólicas, bajo el enigma del licor sagrado que mantiene la vitalidad
en nuestro cuerpo moral. La siguiente parte del volumen, _Recreaciones
arqueológicas_ indica por su título el contenido. Son ecos y maneras de
épocas pasadas, y una demostración, para los desconcertados y engañados
contrarios, de que, para realizar la obra de reforma y de modernidad
que emprendiera, he necesitado anteriores estudios de clásicos y
primitivos. Así en _Friso_ recurro al elegante verso libre, cuya última
realización plausible en España es la célebre _Epístola a Horacio_,
de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Hay más arquitectura y escultura
que música; más cincel que cuerda o flauta. Lo propio en _Palimsesto_,
en donde el ritmo se acerca a la repercusión de los números latinos.
En _El reino interior_ se siente la influencia de la poesía inglesa,
de Dante Gabriel Rosetti, y de algunos de los corifeos del simbolismo
francés, (¡Por Dios! Si he querido en un verso hasta aludir al
_Glosario_ de Powell...) _Cosas del Cid_ encierra una leyenda que narra
en prosa Barbey d'Aurevilly y que, en verso, he continuado. _Decires,
leyes y canciones_ renuevan antiguas formas poémicas y estróficas;
y así expreso amores nuevos con versos compuestos y arreglados a
la manera de Johan de Duenyas, de Johan de Torres, de Valtierra,
de Santa Fe, con inusitados y sugerentes escogimientos verbales y
rítmicas combinaciones que dan un gracioso y eufónico resultado, y con
el aditamento de finidas y tornadas. Y, para concluir, en la serie
de sonetos que tiene por título _Las ánforas de Epicuro_--con una
_Marina_ intercalada--hay una como exposición de ideas filosóficas;
en _La espiga_, la concentración de un ideal religioso a través de la
naturaleza; en _La fuente_, el autoconocimiento y la exaltación de
la personalidad; en _Palabras de la Satiresa_, la conjunción de las
exaltaciones pánica y apolínea--que ya Moréas, según lo hace saber
un censor más que listo, había preconizado, ¡y tanto mejor!--; en
_La anciana_, una alegórica afirmación de supervivencia; en _Ama tu
ritmo_..., otra vez la exposición de la potencia íntima individual;
en _A los poetas risueños_, un gozo amable, un ímpetu que lleva a la
claridad alegre y reconfortante, con el exultorio de los cantores de
la dicha; en _La hoja de oro_, el arcano de tristezas autumnales;
en _Marina_, una amarga y verdadera página de mi vivir; en _Syrinx_
(pues el soneto que aparece en otras ediciones con el título _Dafne_,
por equivocación, debe llevar el de _Syrinx_) paganizo al cantar la
concreción espiritual de la metamorfosis; _La gitanilla_ es una rimada
anécdota. Loo después a un antiguo y sabroso citareda de España; lanzo
una voz de aliento y de ánimo; indico mis sueños. Y tal es ese libro,
que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia,
sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una
cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus. Y
nuestra alba se reflejó en el viejo solar.



                            CANTOS DE VIDA

                           :: Y ESPERANZA ::



                             [Ilustración]



                      CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA


Si _Azul_... simboliza el comienzo de mi primavera, y _Prosas profanas_
mi primavera plena, _Cantos de Vida y Esperanza_ encierra las esencias
y savias de mi otoño. He leído, no recuerdo ya de quién, el elogio del
otoño; mas, ¿quién mejor que Hugo lo ha hecho con el encanto profundo
de su selva lírica? La autumnal es la estación reflexiva. La naturaleza
comunica su filosofía sin palabras, con sus hojas pálidas, sus cielos
taciturnos, sus opacidades melancólicas. El ensueño se impregna de
reflexión. El recuerdo ilumina con su interior luz apacible los más
amables secretos de nuestra memoria. Respiramos, como a través de un
aire mágico, el perfume de las antiguas rosas. La ilusión existe,
mas su sonrisa es discreta. Adquiere el amor mismo cierta dulce
gravedad. Esto no lo comprendieron muchos, que al aparecer _Cantos_
_de Vida y Esperanza_ echaron de menos el tono matinal de _Azul_... y
la princesa que estaba triste en _Prosas profanas_, y los caprichos
siglo XVIII, mis queridas y gentiles versallerías, los madrigales
galantes y preciosos y todo lo que, en su tiempo, sirvió para renovar
el gusto y la forma y el vocabulario, en nuestra poesía encajonada en
lo pedagógico-clásico, anquisolada de siglo-de-oro, o apegada, cuando
más, a las fórmulas prosaico-filosóficas o baritonantes y campanudas
de maestros, aunque ilustres, limitados. Apenas Bécquer había traído
su melodía a la germánica, aunque el gran Zorrilla imperase, Cid del
Parnaso castellano, con su virtuosidad genial y castiza.

Al escribir _Cantos de Vida y Esperanza_ yo había explorado no
solamente el campo de poéticas extranjeras, sino también los
cancioneros antiguos, la obra ya completa, ya fragmentaria de los
primitivos de la poesía española, en los cuales encontré riqueza de
expresión y de gracia que en vano se buscarán en harto celebrados
autores de siglas más cercanos. A todo esto agregad un espíritu de
modernidad con el cual me compenetraba en mis incursiones poliglóticas
y cosmopolitas. En unas palabras liminares y en la introducción
en endecasílabos se explica la índole del nuevo libro. La historia
de una juventud llena de tristezas y de desilusión, a pesar de las
primaverales sonrisas; la lucha por la existencia, desde el comienzo,
sin apoyo familiar, ni ayuda de mano amiga; la sagrada y terrible
fiebre de la lira; el culto del entusiasmo y de la sinceridad, contra
las añagazas y traiciones del mundo, del demonio y de la carne; el
poder dominante e invencible de los sentidos, en una idiosincrasia
calentada a sol de trópico en sangre mezclada de español y chorotega o
nagrandano; la simiente del catolicismo contrapuesta a un tempestuoso
instinto pagano; complicado con la necesidad psicofisiológica de
estimulantes modificadores del pensamiento, peligrosos combustibles,
suprimidores de perspectivas afligentes, pero que ponen en riesgo la
máquina cerebral y la vibrante túnica de los nervios. Mi optimismo se
sobrepuso. Español de América y americano de España, canté, eligiendo
como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y mi fe
en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar y del
otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso en
la balanza sentimental a la fuerte y osada raza del norte. Elegí el
hexámetro por ser de tradición greco-latina y porque yo creo, después
de haber estudiado el asunto, que en nuestro idioma, «malgré» la
opinión de tantos catedráticos, hay sílabas largas y breves, y que lo
que ha faltado es un análisis más hondo y musical de nuestra prosodia.
Un buen lector hace advertir en seguida los correspondientes valores;
y lo que han hecho Voss y otros en alemán, Longfellow y tantos en
inglés, Carducci, D'Annunzio y otros en Italia, Villegas, el P. Martín
y Eusebio Caro el colombiano, y todos los que cita Eugenio Mele en su
trabajo sobre la _Poesía bárbara en España_, bien podíamos continuarlo
otros, aristocratizando así nuevos pensares. Y bella y prácticamente lo
ha demostrado después un poeta del valer de Marquina.

Flexibilizado nuestro alejandrino, con la aplicación de los aportes que
al francés trajeran Hugo, Banville y luego Verlaine y los simbolistas,
su cultivo se propagó--quizá en demasía--en España y América. Hay que
advertir que los portugueses tenían ya tales reformas.

Hay, como he dicho, mucho hispanismo en este libro mío; ya haga su
salutación el optimista, ya me dirija al rey Oscar de Suecia, o
celebre la aparición de Cyrano en España, o me dirija al presidente
Roosevelt, o celebre al Cisne, o evoque anónimas figuras de pasadas
centurias, o haga hablar a D. Diego de Silva Velázquez y a D. Luis de
Argote y Góngora, o loe a Cervantes, o a Goya, o escriba la Letanía de
Nuestro Señor Don Quijote. ¡Hispania por siempre! Yo había vivido ya
algún tiempo y habían revivido en mí alientos ancestrales.

El título--_Cantos de Vida y Esperanza_--, si corresponde en gran
parte a lo contenido en el volumen, no se compadece con algunas
notas de desaliento, de duda, o de temor a lo desconocido, al más
allá. En _Los tres reyes magos_ se afianza mi deísmo absoluto. En la
_Salutación a Leonardo_--escrita en versos libres franceses y publicada
hacía tiempo en el _Almanaque de Peuser_ de Buenos Aires--hay juegos
y enigmas de arte, que exigen para su comprensión, naturalmente,
ciertas iniciaciones. En _Pegaso_ se proclama el valor de la energía
espiritual, de la voluntad de creación. En _A Roosevelt_ se preconizaba
la solidaridad del alma hispanoamericana ante las posibles tentativas
imperialistas de los hombres del Norte; en la poesía siguiente se
considera la poesía como un especial don divino y se señala el faro
de la esperanza ante las amenazas de la baja democracia y de la
aterrizadora igualdad; en _Canto de Esperanza_ vuelvo mis ojos al
inmenso resplandor de la figura de Cristo, y grito por su retorno,
como salvación ante los desastres de la tierra envenenada por las
pasiones de los hombres; y, más adelante, de nuevo hago vislumbrar a
los meditabundos pensadores, a los poetas que sufren la transfiguración
y la final victoria. _Helios_ proclama el idealismo y siempre la
omnipotencia infinita; _Spes_ asciende a Jesús, a quien se pide «contra
el sañudo infierno una gracia lustral de iras y lujurias»; la _Marcha
triunfal_ es un «triunfo» de decoración y de música. Hay una parte
titulada _Los cisnes_. El amor a esta bella ave simbólica desde antiguo:

                                  _ignem perosus,
    Quæ colat, elegit contraria flumina flammis..._

ha hecho que tanto a mí como al español Marquina nos haya censurado un
crítico hispanoamericano, anteponiendo al ave blanca de Leda el ave
sombría, aunque minervina: el buho. De cierto, juzgo en su metamorfosis
más satisfecho al hijo de Sthenelea que a Ascálafo. Y con todo, en
varias partes afirmo la sabiduría del buho. Por el símbolo císnico
torno a ver lucir la esperanza para la raza solar nuestra; elogio al
pensador augurando el triunfo de la Cruz; me estremezco ante el eterno
amor. En _Retrato_, presento en lienzos evocatorios pasadas figuras de
la grandeza y del carácter hispánicos: cuatro caballeros y una abadesa.
Luego ritmo al influjo primaveral, en un romance cuyo compás corto
de pronto. En _La dulzura del Angelus_ hay como un místico ensueño,
y presento como verdadero refugio la creencia en la Divinidad y la
purificación del alma y hasta de la naturaleza por la íntima gracia de
la plegaria.

_Tarde del trópico_ fué escrita hace mucho tiempo, cuando por la
primera vez sentí bajo mis pies las vastas aguas oceánicas, en mi
viaje a Chile. Era para mí entonces todo en la poesía el semidiós
Hugo. Los _Nocturnos_, en cambio, dicen una cultura posterior; ya
han ungido mi espíritu los grandes «humanos», y así exteriorizo en
versos transparentes, sencillos y musicales, de música interior, los
secretos de mi combatida existencia, los golpes de la fatalidad, las
inevitables disposiciones del destino. Quizá hay demasiada desesperanza
en algunas partes; no debe culparse sino a los marcados instantes en
que una mano de tiniebla hace vibrar mayormente el cordaje martirizador
de nuestros nervios. Y las verdades de mi vida: «un vasto dolor y
cuidados pequeños;» «el viaje a un vago Oriente por entrevistos
barcos»; «el grano de oraciones que floreció en blasfemia»; «los
azoramientos del cisne entre los charcos»; «el falso azul nocturno
de inquerida bohemia»... Sí, más de una vez pensé en que pude ser
feliz, si no se hubiera opuesto «el rudo destino». La oración me ha
salvado siempre, la fe; pero hame atacado también la fuerza maligna
poniendo en mi entendimiento horas de duda y de ira. Mas, ¿no han
padecido mayores agresiones los más grandes santos? He cruzado por
lodazales. Puedo decir, como el vigoroso mejicano: «Hay plumajes que
cruzan el pantano, y no se manchan: mi plumaje es de esos». En cuanto
a la bohemia inquerida, ¿habría yo gastado tantas horas de mi vida en
agitadas noches blancas, en la euforia artificial y desorbitada de los
alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la
fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y el triste error ajenos
no me hubiesen impedido, después de una crueldad de la muerte, la
formación de un hogar...?

    Esperanza olorosa a yerbas frescas, trino
    del ruiseñor primaveral y matinal,
    azucena tronchada por un fatal destino,
    rebusca de la dicha, persecución del mal...

Y gracias sean dadas a la suprema Razón, si puedo clamar con el verso
de la obertura de este libro: «¡Si no caí fué porque Dios es bueno!»
En la _Canción de Otoño en Primavera_ digo adiós a los años floridos,
en una melancólica sonata, que, si se insiste en parangonar, tendría
su melodía algo como un sentimental eco mussetiano. Es de todas mis
poesías la que más suaves y fraternos corazones ha conquistado. En
_Trébol_ hay homenaje a glorias españolas; en _Charitas_ una aspiración
teologal incensa la más sublime de las virtudes. En los siguientes
versos: «¡Oh, terremoto mental!» pasa la amenaza de las potencias
maléficas; y más adelante se señala el peligro de la eterna enemiga, de
la hermosa Varona que nos ofrece siempre la manzana... En _Filosofía_
se comprende la justeza de la obra natural y de la divina razón, contra
las feas y dañinas apariencias; en _Leda_ se vuelve a cantar la gloria
del Cisne en _Divina Psiquis_... se tiende, en el torbellino lírico,
al último consuelo, al consuelo cristiano. _El soneto de trece versos_;
cuyo sentido incomprendido ha hecho balbucir juicios distantes a más
de un crítico de poca malicia, es un juego a lo Mallarmé, de sugestión
y fantasía. Los versos que van a continuación elevan a la idealidad y
alivian del peso a las miserias morales. Después vendrá un paternal
recuerdo, un himno al encanto misterioso femenino, una loor al Gran
Manco, un madrigal ocasional, un canto a la siempre para mí atrayente
Thalassa, una meditación filosófica, seguida de otras; una silueta
bíblica; alegorías y símbolos. Un soneto hay que tiene una dolorosa
historia: _Melancolía_. Está dedicado a un pobre pintor venezolano que
tenía el apellido del Libertador. Era un hombre doloroso, poseído de su
arte, pero mayormente de su desesperanza.

Le conocí en París; fuimos íntimos, me mostró las heridas de su alma.
Yo procuré alentarle. Pasado un corto tiempo partió para los Estados
Unidos. Y no tardé en saber que en Nueva York, en el límite de sus
amarguras, se había suicidado. _Aleluya_ exalta el don de la alegría
en el universo y en el amor humano. _De Otoño_ explica la diferencia
entre los mayos y diciembres espirituales; en el poema _A Goya_ me
inclino ante el poder de aquel genial príncipe de luces y tinieblas;
en _Caracol_ junto al misterio natural mi incógnito misterio; en _Amo,
amas_, pongo el secreto del vivir en el sacro incendio universal
amoroso; en el _Soneto autumnal al marqués de Bradomín_, al celebrar a
un gran ingenio de las Españas, exalto la aristocracia del pensamiento;
en otro _Nocturno_ digo los sufrimientos de los invencibles insomnios
cuando el ánima tiembla y escucha; en _Urna votiva_ cumplo con la
amistad; en _Programa matinal_ se expone un epicureismo todo poético;
en _Ibis_ señalo el peligro de las ponzoñosas relaciones; en _Thanatos_
me estremezco ante lo inevitable; _Ofrenda_ es una ligera y rítmica
galantería banvillesca; en _Propósito primaveral_ de nuevo se presenta
una copa llena de vino de las ánforas de Epicuro.

La _Letanía de Nuestro Señor Don Quijote_ afirma otra vez mi arraigado
idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico. La figura del caballero
simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema se intenta
la sonrisa del «humour»--como un recuerdo de la portentosa creación
cervantina--, mas tras el sonreir está el rostro de la humana tortura
ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho.
En _Allá lejos_ hay un rememorar de paisajes tropicales, un recuerdo
de la ardiente tierra natal, y en _Lo fatal_, contra mi arraigada
religiosidad y a pesar mío, se levanta como una sombra temerosa un
fantasma de desolación y de duda.

Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda
preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el
pavor de la tumba, o, más bien, del instante en que cesa el corazón
su ininterrumpida tarea y la vida desaparece de nuestro cuerpo. En mi
desolación me he lanzado a Dios como a un refugio, me he asido de la
plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he
examinado el fondo de mis creencias, y no he encontrado suficientemente
maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de las ideas me ha
hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas
las filosofías me han parecido impotentes, y algunas abominables y obra
de locos y malhechores. En cambio, desde Marco Aurelio hasta Bergson,
he saludado con gratitud a los que dan alas, tranquilidad, vuelos
apacibles y enseñan a comprender de la mejor manera posible el enigma
de nuestra estancia sobre la tierra.

Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran
sinceridad, el de haber puesto «mi corazón al desnudo», el de haber
abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior,
para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas
y de mis más caros ensueños. He sabido lo que son las crueldades y
locuras de los hombres. He sido traicionado, pagado con ingratitudes,
calumniado, desconocido en mis mejores intenciones por prójimos mal
inspirados, atacado, vilipendiado. Y he sonreído con tristeza. Después
de todo, todo es nada, la gloria comprendida. Si es cierto que «el
busto sobrevive a la ciudad», no es menos cierto que lo infinito del
tiempo y del espacio, el busto, como la ciudad, y, ¡ay!, ¡el planeta
mismo, habrán de desaparecer ante la mirada de la única Eternidad!



                             [Ilustración:

                                ACABÓSE
                              DE IMPRIMIR
                             ESTE LIBRO EN
                             MADRID, EN LA
                           TIPOGRAFÍA YAGÜES
                              EL DÍA XXIV
                               DE ENERO
                                DEL AÑO
                                MCMXIX]





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros - Obras Completas, Vol. XVII" ***

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