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Title: La Incógnita
Author: Pérez Galdós, Benito
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "La Incógnita" ***

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la
    utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
    normalizado a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración
    e interrogación. También se han añadido tildes a las mayúsculas
    que las necesitan.

  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
    Para su detección se han tenido en cuenta otras ediciones de esta
    novela.



LA INCÓGNITA



  Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
  furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.



  B. PÉREZ GALDÓS
  NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS

  LA INCÓGNITA

  12.000

  [Ilustración]

  MADRID
  PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
  (Sucesores de Hernando)
  Arenal, 11
  1906



  EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
  IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
  C. de San Francisco, 4.



LA INCÓGNITA



Á D. EQUIS X, EN ORBAJOSA

I

  _Madrid, 11 de Noviembre._


Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la
condición _sine qua non_ de mi compromiso epistolar, y es que esto no
ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos
ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de
estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al
escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te
ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más
íntimo.

Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves
recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las
murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de
estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro
forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás
personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya
confusión y bullicio tanto te agradan, como buen _gato_ madrileño; y
la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima,
variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin
galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo.

Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo
perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá,
y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi
destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas,
arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando
con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños
astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y
trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de
teta á los héroes más templados de la antigüedad.

Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo
de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo
cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos
lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el
mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre,
gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me
agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición
independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda
cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede
corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te
aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin
de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria.

Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un
modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas
pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril
ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones
que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las
personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera,
desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y
nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que
resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que
hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas
personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas.
Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca
como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable
sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de
Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé
que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta,
como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra
raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás
exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu
amigo como lo es mío.

Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid,
trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda
llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas
en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que
admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando
asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se
levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados,
con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la
persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor,
cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero
tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido
para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se me
han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de este
sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila bautismal.

No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él
desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo
tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos
en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento,
esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando
te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve
había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos,
que son muchos, y entre los cuales hay algunos que no se me quedarán
en el tintero. Me convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome
el increíble honor de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme
sus deliciosas teorías políticas y sociales.

La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media noche,
y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. La
alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de un
niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de mi
madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para él
como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los
Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda
nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria
le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más
saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor
no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre,
allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no
se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los
tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad
corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina
Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y
á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado
para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas,
de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas
y se amaban tiernamente. Cisneros también tiene lejano parentesco con
los Infantes, y por eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones
genealógicas para no volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias
dejaron de tratarse con intimidad y frecuencia hace unos quince años,
por residir mi padre casi constantemente en país extranjero.

De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta prolija
á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le hablé de
tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus obras,
pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído.
Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel maldito
colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el Havre y
después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes de mi
familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que tuviera
yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la muerte
de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el derecho
y la razón en el caos de mi herencia.

¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella
labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos
y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo
con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así
como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el
pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que
le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho,
y en la política con cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los
ruidosos incidentes electorales y la guerra sañuda que me hizo en la
Comisión de actas el candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu
noticia las infamias de cierto periódico, diciendo que yo era deudor
al Tesoro de gruesas sumas, por atraso en la contribución de la mina
_Esperanza_. Para defenderme, publiqué una carta que reprodujo la
semana pasada toda la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica
dignidad y por las insinuaciones maliciosas que, en justo desquite,
supe encajar en ella. Te la mando para que te rías un poco.

Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy bastante
desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas esferas,
donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco que impera
en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los azares de la
aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; el desconocimiento
de los convencionalismos de forma y de lenguaje imperantes en cada
sociedad; el no saber encontrar la justa medida que aquí existe entre
la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer un tanto desairado
y cohibido en el salón de mi prima (por rutina sigo dando este
nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente comprenderás que
mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que voy soltando
la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan notorios
progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el arte
exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza
social y de la momentánea celebridad que adquirí cuando me discutieron
el acta, han sacado el dicharacho. Me llaman _el payo de la carta_.
Díjomelo ayer mi prima en casa de su padre, celebrando con risas la
ocurrencia; y al ver que yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino
que aplaudía el chiste, añadió que esta broma inocente no disminuye
la estimación que me tienen sus amigos. Convenimos todos en reir la
gracia, y por mi parte aseguro que no siento molestia alguna. Sin duda
te ríes al leerme, como yo me río al escribirte.

Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de esta
larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño que
vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la
continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino,
más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que
Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli _ajosa_,
_urbs augusta_, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de
nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá,
bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo

  MANOLO INFANTE.



II

  _13 de Noviembre._


Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro
á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa
en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya!
Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico
y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz
tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la
mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas
que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima
hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si
te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo
nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad.
No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína
cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda
la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país;
mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile
que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis
impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu
imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos
señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de
rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el
obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro
Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño
de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le
tengo.»

Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y
antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte
allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace
soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me
importa, y allá va: _Me cargan las antigüedades_. No iré tan lejos
como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y
deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio
que _le cargaba el Dante_. Pero sí te aseguro que no tengo maldito
entusiasmo por las colecciones de _bric-à-brac_, pues si bien reconozco
que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor
parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya
lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que
patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma
de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo,
mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse
delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y
mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al
amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento,
empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas,
te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de
Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro.
Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí,
muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del
Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa
de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo.

Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de
decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de
cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió
soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda
su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV.
Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas
no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de
esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener
que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello
me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y
explicándome su asunto.

No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó
afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos
que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar
ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la
perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á
subordinar á ella todos los actos de la vida.

Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de
_dilettantismo_ que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado
todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades,
buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias
de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago
le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa.
Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante
tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que
debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.

Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la filiación
de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un autor, se
quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más ilustres.
¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de Arfe... «Arfe
legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel como conocería el
carácter de letra de un amigo que me escribiera todas las semanas.»
Si es cosa de cerrajería, se la endosa al maestro Villalpando. Si
el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y frescachonas, ello es
del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si es algún retrato
escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene que ser del Greco,
ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.

En su conversación artística, mejor dicho, en todas las conversaciones,
es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las expresa! Te digo
que hay que tratarle de cerca para apreciar bien su originalidad.
Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso que su charla te
agradaría extraordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido.
Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de
casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda,
rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del
siglo XV que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos días,
hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y tomando
café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas en los
pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, haciendo
la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? Pues
ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de su
juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, y
se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase que
se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien de
nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo
pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero
si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo
para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre
frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»

Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, mi
padrino es lo que en lenguaje usual llamamos _un infeliz_. Con los
criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace el
papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia á los
mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay delante
personas extrañas, es bondadoso y tolerante. Hasta se susurra que los
criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de
él lo que quieren.

En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído
tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea
á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama _Tinita_ y todos los
demás _Augusta_, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su
altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles.
Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre,
no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á
veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán
injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo,
pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios
que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le
trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad,
y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos
personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo
atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las
ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.

Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como quiere
á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que conozco de
su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo de la forma
de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre que tiene los
aspectos que te he descrito, debe de ser también versátil en sus
sentimientos, antojadizo en sus pasiones; ha de pasar fácilmente del
amor al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil
encontrar en los repliegues de su alma.

Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo,
prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones
cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona,
apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba
en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con
paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»

Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á
divertirte todo lo que puedas.



III

  _16 de Noviembre._


Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas
saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar
ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido
datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus
exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte
que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa
como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una
opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no
tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer,
he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo
de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo
y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo
que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una
conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y
suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado,
que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos
para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una
apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo
por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si
es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo
que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú,
en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le
encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de
las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es
su boca, que un amigo mío llama _el templo de la risa_. ¡Vaya que es
grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir,
pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso?
¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos,
duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le
antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella
risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar
de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido
Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te
miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de
las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor
á mi retórica y á tus guasitas.

Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, _la sucursal
del cielo_, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las
encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su
manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á
tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué
tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí
que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida;
buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro
con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético,
delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que
la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de
los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de
seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo
en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es
dos ó tres á lo sumo.

Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas
profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer
hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema
educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de
instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas
_tinturas_ de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar
cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de
celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería
de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca,
cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar
el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis
paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te
iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo
bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su
cacumen había salido el apodo de _el payo de la carta_, y te aseguro
que nunca he perdonado con más gusto un agravio.

Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta
interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve
en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero,
digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer
le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme
que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este
matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no
me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu
opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver
en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué
te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta
carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres
carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon
un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.

Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa
potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una
escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios
sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan
sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que
los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve
por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate,
Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más
contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea
el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y
dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie.

Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los
barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos.
La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde
siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido
siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él.
Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el
instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres
y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie
que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó
cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la
comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo
de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se
practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice,
como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro
honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo,
muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las
gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por
válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo
iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre
cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es
un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la
carne.

Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y
consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar,
pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de
ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de
cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las
papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como
muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera
una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este
sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente
memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:

«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política,
á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y
los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto
que decía: _por un oído me sale y por otro me sale_; es decir, que no
le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas
no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda
en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy
común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de
que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran
simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se
calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir
con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces
cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina.
En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han
llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á
los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les
contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me
daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las
Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha
tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo
soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces
el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran
inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré
razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira
en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y
explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi
campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas,
donde se asienta la soberana afirmación.

»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz...
que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la...
industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como
si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que
le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en
busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á
la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición
intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y
para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte,
ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el
tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este
sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los
que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera,
es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y
ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva,
otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los
principios de justicia.»

Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas
profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas
de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un
fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por
respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará
loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué
forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de
muertos y putrefactos.

No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete
sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para
sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir
la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla.
¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué
posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo
he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté
de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra
sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo
lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de
los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el
pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más
derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la
sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física
social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso
como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los
botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar
á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado
más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible.
¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda
parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que
tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la
pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos
y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y
tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad,
este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando
de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los
disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza,
me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y
sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi
barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos
cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»

Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te
preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.



IV

  _17 de Noviembre._


Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones
que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos
tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme
cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has
reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre
ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado
á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas
las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías,
atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace
falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto
estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros,
donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de
las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia
noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que
ciudadanos, y donde sale la _Gaceta_ todos los días con su fárrago
de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción
del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la
industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas
conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres,
y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el
hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa,
quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas;
el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca,
seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos
materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más
árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.

«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para
engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros
cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en
las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida
toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén
hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema
de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo
desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría
de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa
balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo
inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa
historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no
estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le
obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin
permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza.
Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes
sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe,
la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya
con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata
la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del
entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea,
punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...»

No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio,
añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi
ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la
edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier
república de pastores.

Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la
estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo
el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico
Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró
ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de
un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que
decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen
para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten
otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen,
miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con
aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el
siglo XV?»

Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos
miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo
que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está
rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.

Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con
él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de
las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una
mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y
en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois
incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con
el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos...
Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis
comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el
hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo:
«¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la _Divina Comedia_
si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después
ateneísta, alcanzando fama de _persona ilustrada_, viviendo entre el
tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado
ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el
autor del _Cantar de los Cantares_ habría compuesto este delicioso
poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado
pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que
Miguel Ángel habría hecho el _Moisés_ y pintado el techo de la Capilla
Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los
informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí
ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo
esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo),
lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías
de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por
retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si
se quiere, pero micos al fin.

Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como
elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama
la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la
opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de
formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban
en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le
dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de
fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la
intensidad. ¿No es eso?

—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora.
¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de _sobresaliente_ en
los exámenes, habría compuesto la _Iliada_?

—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el
_accésit_ en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento.
Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado
dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que
la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala,
¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han
dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho
que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es
puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»

Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y
descompuesto, y pisando, _alterna pede_, como caballo que se encabrita,
nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas
porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas
molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si
cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos
y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se
gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos?
¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas
cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y
por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa
de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis
colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...

—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y
nada más...

—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si
me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros
conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con
esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las
quiero ensuciar metiéndome con chicos...»

Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en
serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara
bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había
soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política,
y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco.
Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó
preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto
para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos,
poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena,
tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la
lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó
el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le
dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré.
¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los
ministerios, ministerial furibundo...

—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo
el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.

—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi
sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.

—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca.
Si yo la tuviera...

—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de
la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó
algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?

—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es
propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo.

—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...

—Es que debería retirármela.

—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las
resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es
cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de
faldas presenta su dimisión un alto personaje?

—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted esas
cosas?

—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, y
viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted,
como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que
llaman los médicos la _febris carnis_, disgusto, mal cuerpo y peor
paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no
me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en
la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de
la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten
en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un
hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»

El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de Cisneros,
declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan necesaria á
la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en la política.
Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos los cuatro
sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su mal humor.
Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede sobrevenir
un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... Mi padrino,
con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, tratando de la
próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se le presentaba
para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, en medio de sus
desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar la serenidad y
el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque beban mucho y se
trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda comprometer.

Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación
en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun
en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la
manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que
trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El
ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano
viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las
siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento
de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como
una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario
que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente
disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos
de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de
información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha
dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe
de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia,
tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la
vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria
la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander.
El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo
recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada
sesión tan interesante.

Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien
dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce,
explicándonos por qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones,
no figura en la política activa. Es que ningún partido ha podido hacer
carrera de él, y de todos le han tenido que echar por perturbador
y revoltijero. Fíjate ahora en otra cosa, querido Equis, y es que
siendo este hombre una calamidad en política, en el terreno privado
no hallarás persona de más formalidad. Fuera de ciertos devaneos
mujeriles, que con la edad se van concluyendo, es Cisneros lo que se
llama un perfecto ciudadano: paga puntualmente sus contribuciones,
cumple con fidelidad todos sus deberes, y en sus tratos resplandece
la honradez más pura. Dicen que, en cualquier negocio que con él se
entable, su palabra vale tanto como la mejor escritura. ¡Y á un hombre
así no se le puede fiar, en política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me
explicas esto tú, sociólogo y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de
tanto saber, no se te puede aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno
contrario, no menos real, que sean piezas útiles, y aun necesarias, de
la máquina política, tantos y tantos que en el mecanismo privado no son
nada de fiar?

Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando de
lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente
satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus
cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro
con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno.
De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado
amistad, éste es el más agradable y el más simpático para mí. He
llegado á quererle mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con
sus defectos graves. Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé
por qué se me antoja ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad,
sino de la fijeza de sus ideas, y me temo que esté persuadido de que te
ha escrito sin haberlo hecho. Adiós.



V

  _23 de Noviembre._


Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de
Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres.
Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas,
estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile
y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo
las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un
carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación
de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar
nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres,
entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando
con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran
y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á
Castelar, á Cánovas y á todas las primeras partes, atraídas por el
cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la
mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la
sesión, á las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La
parte de la sesión destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun
las hizo reir, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo,
además, que, al hacer su preguntita, parecía que la brindaba á las
señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento
de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una
declaración amorosa. Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y
lo demás se llevaba con paciencia esperando la orden del día. Pero á
nuestro Presidente le dió la mala idea, sugerida sin duda por algún
espíritu maligno, de meter el embuchado de una enmienda pendiente, con
cuya discusión creía despachar en breve tiempo el artículo último de
la ley de Jurisdicciones administrativas. Total: que la discusión se
enzarzó cuando menos se creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la
general consternación se levanta, decidido á _explicar su actitud_ en
aquel asunto, un orador de los que hablan á cántaros, excelente persona
por otra parte, pero que tiene la desgracia de no acertar á exponer
la cosa más sencilla sin consumir un par de horitas, más bien más que
menos. Bien examinado todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le
interesa á nadie. Que si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello;
que si, al poner su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente
por autorizar la lectura, con todo lo demás que es de cajón, y aquello
de _si se me permite recordar lo que tuve el honor de exponer ante el
Congreso en la tarde de ayer, me será fácil demostrar que al poner
de manifiesto en la tarde de hoy las deficiencias del proyecto que
se discute, no dije nada, no expuse nada y no expresé nada, ni de
cerca ni de lejos, que no estuviese en perfecto acuerdo, en perfecta
consonancia, en perfecta conformidad con lo que salió de mis labios en
la tarde de anteayer_.

Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía
fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen
aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio
como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos
molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando
luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía
el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los
niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las
malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un
modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos ó
á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos del
orador, y los que se entretenían _timándose_ con las señoras de arriba.

Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta lástima,
que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de los rostros la
consternación y el desaliento. Charlaban criticando acerbamente el
régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por habar alterado
los números del programa, echando aquella murga insufrible antes del
gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y
caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible
_lata_ que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas
trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que _esto es
grave, gravísimo_, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira,
mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á
leernos media docena de _Gacetas_.»

Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que se
estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la cola,
imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: _Voy
á concluir, señores_... Las tribunas le hicieron una ovación; y el
muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo,
lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva
paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la
Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente.
Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya
de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para
levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las
_Jurisdicciones administrativas_ y al perro que las inventó. Augusta
salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no
volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.

Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin
ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que
hablar y que me levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha
de suspender las ideas y paralizarme la lengua. El afán de Augusta
porque yo hable es ya verdadera manía, y siempre que me coge á tiro,
me vuelve loco. Anoche me dijo que si no me arranco pronto, hasta
me negará el saludo, y que todos mis progresos en el arte de la
cortesanía no valen nada, si no suelto el último pelo de lugareño
lanzándome á usar de la palabra en público. Y puesto que entre tú y
yo no ha de haber nunca misterios, según lo convenido, te diré sin
rodeos que mi prima me gusta cada día más, y que siento hacia ella una
inclinación que me ha ocasionado no pocas horas de tristeza. No había
querido contártelo, esperando que pasase esto, que me parecía una
fugaz indisposición del alma, semejante á los resfriados en el orden
físico. Pero hace días que me encuentro sorprendido con invencible
tendencia á pensar en ella, á figurármela delante de mí, á recordar sus
gestos y palabras, y á suponer y anticiparme las que me ha de decir
la primera vez que nos veamos. Al propio tiempo, nace en mi espíritu
una admiración irreflexiva hacia ella, y me sorprendo á mí mismo en la
tarea ideal de adornarla con las más excelentes cualidades que jamás
embellecieron á criatura alguna. De aquí nace mi mayor pena, pues
precisamente las cualidades que le atribuyo ponen una barrera moral
entre ella y yo. Para imaginar que esta aspiración mía, incierta y
tímida, pueda satisfacerse alguna vez, tengo que destruir mi propia
obra, y exonerar á la señora de mis pensamientos, quitándole aquellas
mismas perfecciones que le supuse. Aquí tienes la brega que traigo en
mi mente estos días, y que viene á ser como una enfermedad que me ha
cogido de súbito.

Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en hombres
de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un Petrarca, ni
la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de llegar á tales
extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como presagio.
También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos posible, huir
de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia incomparables,
su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo haciendo
garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues sí,
querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su
compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas
noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete,
ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu
amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para
perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con
él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también,
y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y
demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome
de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí;
y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos
lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo
ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola.
Estoy fatigado y de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á
media miel? Pues fastídiate, y aguántate, y revienta.



VI

  _25 de Noviembre._


Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de esta
murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales. Mi
desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las
noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático
responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un
ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y
de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en
las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y
atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en
tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se
despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la
razón.

Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con mucho el
arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel prurito de
idealización, que me entró como podría entrarme un dolor neurálgico.
Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora discurro
que la bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que
quieras, pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las
seductoras imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en
la humanidad toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella
dichos defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No
vayas á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra
no tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación
hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines,
no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella
no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las
pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que
corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza.
Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no
decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad.
Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se
emancipa de las demás que lo constituyen.

Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención á las
confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo ahora mis
facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de mi prima,
Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse puede, y en
esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión acerca de él.
Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en nuestros tiempos
puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el dictado de _santo_,
si nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la
persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes
humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no
puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus
ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran
abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de
saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según
tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea
de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación
que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con
esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo
encarecerte.

Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y allá
va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis
pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy
bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú,
te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo?
No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se
saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del
horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor.
Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que
espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en la
depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos. Al
menos, creo que seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones,
que fácilmente obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en
mí. Y no te digo más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la
tremenda batahola que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque
si me dejara llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos
para seguir vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se
me ocurre, te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré,
porque el horno no cuece más bollos que los que tiene dentro.

Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid, donde
se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de nuestras
honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en esa ruda
Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada lugareña, con
buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que las hay, yo te
aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza, porque lo que es
rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige la menos amarilla y
flácida, la que se te figure menos puerca dentro del hinchado armatoste
de refajos verdes y amarillos; cásate con ella, hazte labrador, ten
muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive vida patriarcal y bucólica, y
no aspires á otros goces que los que te brinden esa ciudad y ese campo,
productor de los mejores ajos del mundo. Fórmate una familia, en la
cual no pueda salir nadie que tenga ideales; come sopas, y no aspires
ni á ser cacique de campanario. Dichoso el que logra emanciparse de
esta esclavitud de las ideas, y aprende á vivir en la escuela de la
verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los animales, querido
Equis, á los mismísimos animales.



VII

  _1.º de Diciembre._


Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo
no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas
primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha
surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me
regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de
la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me
levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas,
y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla.
La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones,
victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón sobre
el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme aplicar
algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla crecer
y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las cosas
con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la relación
armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta no dejó
de parecerme tan interesante y bonita como antes; pero al propio
tiempo comprendí que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme
los sesos como un seminarista descarriado, sino plantarme esperando
los sucesos con frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta
sociedad, está expuesto á estrellarse cuando menos lo piense.

El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció
entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá,
distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la
veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles
que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de
lo que deduzco que la _res pública_ es cosa muy buena, un emoliente,
un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la
vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, obran
también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la piel, ó
si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido pernicioso.

Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces
me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó
condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le
hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del
idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á
cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en
el banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando
con preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas;
pero no te da nada, créelo; no te da más que los buenos días; cosa de
substancia ten por cierto que no te la da. No creas que me incomodo por
esto: reconozco que el favor ministerial es un resorte del sistema,
y no debemos criticar que se utilice para acallar á los descontentos
y recompensar á los servidores, porque si suprimimos aquel resorte,
adiós sistema. Ello está en la naturaleza humana, y es resultado de la
eterna imperfección con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos
serafines con patas, ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo,
tiene su moral propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí,
y que difiere bastante de la moral corriente; y si no, que salga el
Moisés que ha de arreglarlo.

Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, reviento,
porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos del centro
congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que me esponja,
me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en la cuenta
de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta inercia
de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que hace las
leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. Tiene
muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que el
amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo hablo ó
reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un miedo
horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me entran
ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica humana
y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á vencer
mi torpeza y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea,
presentando á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le
rebajen los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones,
dando explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y,
por fin, metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que
lo empollo bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo
es empezar. Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos
contados. Y dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y
desagüe á mil cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un
vicio, con este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas
que nos trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves
consejos, alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y
de marrullerías espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de
vituperios, porque te conozco, y quien no te conoce, que te consulte.
Con que, ¿hablo ó no hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?



VIII

  _3 de Diciembre._


Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en
el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de
sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamentaria; mira que me
disparo el mejor día y te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor,
y los dislates del discípulo recaerán sobre el maestro.

Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo
muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar
contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la
elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome
que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía
los principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada
es tan útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta
comedia suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre
y prorrumpe en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se
indignó y tuvo una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras
sido ministro, serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más
juicio, papá.» Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como
siempre que se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia
de sobremesa, la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros
se despachó á su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga
(el célebre Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el
Arte verdadero en los países organizados, donde hay Justicia y Policía,
instituciones esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención
á esto: «El genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática
barbarie inglesa del siglo XVI, como las artes italianas en medio
del elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa,
y de las guerras civiles desde el XIV al XVI, en aquellos tiempos
pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios
á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en
que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal,
y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato
fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las
humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los
Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período
de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas
que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de
Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso
y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre
el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos
los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y
por aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía,
como si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la
historia de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó
varias herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos
los pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna
de las tablas del siglo XV ni por la mayor parte de los cuadránganos
religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su hija tonta é
ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus reyertas.

En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: _Aparición de un
nuevo personaje._) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre.
No sabes quién es, mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque
le has visto y le has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas
que yendo los dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un
señor á quien teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto
español, y estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse,
ofreciéndonos su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo
gris cercano á la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo
después el _Salón_, nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro,
Pepe Díez, y éste nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el
examen de algunos cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy
severo con la mayor parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan
buena memoria como yo: no recordarás que al salir dimos una vuelta
por los Campos, y el tal habló pestes de España y de los españoles;
nos dijo que su residencia habitual era Italia, que había reunido
algunos cuadros antiguos de grandísimo mérito, y que se hallaba en
París gestionando la venta de un estupendo Mantegna, por el cual le
ofrecía el Louvre cien mil francos y Rotschild un poco más; pero que no
pensaba darlo en menos de doscientos mil. ¿No se te ha quedado presente
ese detalle del Mantegna? Después de separarnos de él y del amigo con
quien iba, hicimos la observación de que nos parecía uno de esos tipos
de nacionalidad equívoca que en París tan á menudo se encuentran.
Su fisonomía, como su apellido y la facilidad con que se expresa en
diferentes idiomas, daban lugar á que se le creyese oriundo de todas
las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su atildada educación,
su finura, la elegancia de su vestir.

Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un
cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera
volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y
nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de
un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé
qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro
don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su
progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una
señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y
un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.

Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque presumo
he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha servido
en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en Italia
y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, y
vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída
y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y
aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el
retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino
hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de
arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo
creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo XV; pero en pintura
italiana me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las
escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En
cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún
torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó
un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos.
Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos
caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de
otro problema pictórico tan obscuro como éste.

De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán en la
casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su finísimo
trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea en toda
sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel puesto.
Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, que
son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de
rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la
cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas
discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco
otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene;
es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones
sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al
asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes,
del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. Al
propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas oyéndole,
querido Equis, porque la conoce al dedillo, tan bien como podríamos
apreciar nosotros la nuestra.

Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir,
un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este
hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa
los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo
preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil
definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y
aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí,
que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme
con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro
este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que
nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro
de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo,
y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más
bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter
de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de
brillantes adornos sociales? ¿Es que...?

Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después
de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más
concreto.



IX

  _6 de Diciembre._


He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu
que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en
las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy
muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos
amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He
pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las
cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica
deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que
esté hoy inaguantable.

Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar.
Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela.
Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena
figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida,
vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con
la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío.
Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones
correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil,
la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura
italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos
santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio
me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero
afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y
calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en
efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas
cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré
dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el _Proyecto de ley
de rectificación de listas electorales_. Ahora, relatemos.

Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi
padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir.
Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía
de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el
administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es
una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa
el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas
destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde
el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de
ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero
con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán,
empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un
Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo
palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de
mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes
partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien
un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente
á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón
pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme
ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas
cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con
furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su
archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre
investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de
los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando,
fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una
tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que
se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y
asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa
el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo,
y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas
de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo
castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un
Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que
existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales.
Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les
permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán,
es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y
por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni
desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.»

La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de
mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá
nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por
capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la
mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces
por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía
con calor el partido de Cisneros ó _massaccista_, y ella se declaraba
franca y resueltamente _pinturrichista_.

Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel
punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos
como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente
una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro
todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso
al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante,
incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos
graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando
misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara
la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso
diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer
que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido
doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas,
al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á
recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió
también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz
opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas
de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas
de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo
Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.

Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de
cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una
las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica
alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales,
blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco,
rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la
crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero,
sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido
es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en
cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras
en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros.
Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con
alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para
buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en
cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez
elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío
un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario
citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se
tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo
con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que
cae mal herido en el combate.

Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los
criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su
ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino
el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al
lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por
habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente.
Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría
con la familiaridad más revolucionaria.

Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin
sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé
solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo:
«Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de
poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se
fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que
no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla
es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol?
Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que
no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.»

Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa
de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas
personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que
decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva,
regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y
terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da
la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello
la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero;
historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos
cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas
que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío
me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las
cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas
desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este
consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres
de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por
cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso
valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más
respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te
quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y
vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como
fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse
en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese _coram vobis_
que nos debemos todos ante el mundo.»

Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué
detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su
amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas,
tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra
el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de
particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué
podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza
que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un
ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla
públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían
mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado
después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella
tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que
me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo
que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una
camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de
los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la
idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas
cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.



X

  _13 de Diciembre._


He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he serenado
en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, como retiran
y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en el fuego de la
discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo haría, ¡oh Equis
de mis pecados! porque hallándome en aquellos días bajo la influencia
de una exaltación insana, casi no soy responsable de las bobadas que
pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la política, digo otra vez,
ese arte supremo de la vida colectiva; benditos sean Sagasta, Cánovas,
Castelar y demás sacerdotes de esta religión consoladora, cuyo culto
produce en nuestro ánimo el efecto de las friegas en el organismo,
llamando á la epidermis la irritación interior! Has de saber que la
jarana parlamentaria de estos días, el temor de que el Gabinete se
derrumbara y la situación con él, las alarmas, el disputar, el choque
terrible de las ambiciones que se defienden con las ambiciones que
embisten, han producido en mí un mareo reparador, una embriaguez que
me ha hecho mucho bien. Si te digo que estos azarosos días lo han sido
para mí de entretenimiento, no expreso la verdad, pues también he
llegado á apasionarme y á tomar con calor un asunto que nunca llegué
á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad activa,
un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, y corremos
ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones se lanzan á
la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, querido amigo,
estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: «bien venida
sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas intermitencias,
temerás que salte mañana otra vez con la murria y el lloriqueo.

Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he de
presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora no
te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si puedes,
que de fijo no podrás.

Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que
me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome
contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras
descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones
democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al
siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas
de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas
de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe
todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad,
y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa más
ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene sin duda
de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de la rapidez
con que se suceden hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra
sociedad está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación
geológica. Las masas del planeta político están en parte blandas, en
parte enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua,
por allí demasiado fuego.

Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó
noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y
agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone
el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las
locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos
la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana
es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar
el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea
de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber
anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.

Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó
descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes.
Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral
tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de
los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras
veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor
las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer;
que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una
sociedad.

Pues en el orden afectivo, aquella impresionabilidad que tantas
censuras y chanzas me ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez
de corregirse. No olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad
mía para prendarme locamente de una mujer cualquiera, apenas vista
y tratada. Cierto que la exaltación dura poco; pero reconozco que
es peligrosísima. El caso se ha repetido en esta época, no sólo con
respecto á mi prima (aquí la cosa es algo más seria), sino con personal
de menor cuantía. Omito la relación de mis _súbitos incendios_ para
evitar tus burlas.

Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente la
erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta
insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad
y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy
ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo
artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo
imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando
papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que
revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias
vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces
mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien
trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las
nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué
engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.

Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante
con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad
suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué...
estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella
pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas
que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la
voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que
Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener
cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió:
«Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de
él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»

Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me
consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi
alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas
que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión
propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera
proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa
y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle:
«Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo;
pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque
sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto
de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy
satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido,
infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado
traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me
contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló
de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales
elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas,
que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal.
Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor
intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina
inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya
ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de
carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la
fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se
lo merece.»

Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La
impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija
de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con
la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más
que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella
tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz
del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron
vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda,
rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura
en uno de esos blandos muebles que llaman _puff_, torcido el cuerpo
de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las
rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en
el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la
muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que
esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó
dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que,
como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos,
ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en
términos que resulta airosa por todo extremo.

El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo
lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos
diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta.
¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya
de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para
no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes,
que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la
_Rectificación de listas electorales_. ¡Dichosa enmienda, y quién me
habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...



XI

  _15 de Diciembre._


¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete pronto,
porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de Orozco,
te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera golosina
que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, mi discurso
apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á que, entre
la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura de una
familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como el mío es
cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos veremos en
otra.

Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un pretexto
para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la palabra.
Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de la
Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer una
rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era tal
mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura
de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea
de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona,
y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará mi voz
aquí—me decía yo, lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos
malditos brazos, que no sé para qué han de servirme?» En vano quería
consolarme, pensando que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen
bastante mal, sin que á nadie choque su falta de medios oratorios, y
que es preciso llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para
señalarse y provocar la risa.

Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente concediéndome
la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: «Si yo no he pedido
palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» Me levanté, no obstante,
con un arranque de firmeza, sostenido por la idea del honor, como quien
va á batirse; y mirando yo no sé para dónde, y moviendo los brazos
yo no sé de qué manera, dije que era _difícil por todo extremo mi
situación en aquel momento_, y luego no sé qué más, y... ¡otra! _que
no iba á hacer un discurso_. Pasado un momento angustioso, durante
el cual creí notar cierta curiosidad en las caras de los que estaban
cerca de mí, parecióme que mi exordio caía en la Cámara en medio de
la mayor indiferencia. Era todo lo que yo podía desear; y esto, lejos
de desanimarme, dióme cierto aplomo. Pero la palabra se me rebelaba.
Los conceptos que estudiados llevó se me trabucaron, y el hilo de la
sintaxis se me enmarañó de tal manera, que hube de cortarlo repetidas
veces para poder seguir. Observé que muchos padres de la patria cogían
el sombrero y se marchaban. Mejor: mientras menos fueran á oirme, con
más desembarazo me desenvolvería yo. Allí enjareté mis argumentos como
Dios me dió á entender. Véase la clase: «Yo no traigo á este debate
ninguna idea nueva; traigo una convicción profunda, traigo la rectitud
de mis intenciones, traigo el firme deseo del bien general, traigo...
(No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si no llevo la convicción á
vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios oratorios, no á la idea que
sustento; idea patriótica, señores; idea justa, idea práctica.»

Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en
ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia
á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular,
porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz.
Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían
oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran
bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en
tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación
contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando
me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que
estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo,
deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué
mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de
aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de
incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable...
pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia
diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...»
En efecto: ya había dicho toda la substancia y me estaba repitiendo.
Pero no acertaba con una conclusión airosa. La que había pensado se me
escapó del magín y subídose al techo, y yo, por más que miraba para
arriba, no la podía pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones
y recordando confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria,
echó mano de esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un
palo á que agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse
la enmienda sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije
que... en fin, no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos
los que estaban á mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión,
apretándome la mano. «Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite,
será un gran orador. Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y
contundente.»

El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y
felicitando al Congreso por _la gallarda prueba que yo había hecho de
mis facultades oratorias_, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo
discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y
con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores
llamándome su _particular amigo_, y _una de las personalidades más
conspicuas de la Cámara_. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve
bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el
discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando
un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores
y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda,
y á vivir. En los pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun
aquéllos que se habían largado de los escaños apenas empecé á hablar.
«Ha estado usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve
que salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted
grandes facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo
Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo
y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas
alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega,
fuí al _Diario de las Sesiones_ á corregir mi discurso, mejor dicho, á
rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan
redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir:
«Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y
aun en los de oposición, leerás _que he revelado no comunes condiciones
oratorias_. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro
que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo
creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo
cultivar es la del silencio.

Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla
respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese,
temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha
llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo.
Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el
triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije
más que vulgaridades; que mis movimientos eran torpes y desmañados,
y que los pocos que se resignaron á oirme se durmieron... Con estas
bromas me estuvo asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó
despecho por no haber oído mi _speech_.

Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte
algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde
estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco
yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque
es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y
de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre
á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del
sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo
el chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada
hay de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del
siglo XV un odio casi africano, y hace de ellas graciosas caricaturas
habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge un lápiz y
te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con las caras
afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, los paños
duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni proporciones,
aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. Dice que
de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, y lo
demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un precio
convencional.

Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades:
sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren los
cuadros de santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento
de la idea, el convencionalismo de las composiciones, que vienen á
ser como un estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala,
siempre que sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de
arte; gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de
sus opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna,
asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo,
un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras
de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un
retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico,
y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta
independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado
algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él.
Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra
de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!

En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de su
ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos
á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella
un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas
frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos,
Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala,
Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas,
tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos
parisienses, majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de
la Naturaleza. Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y
reconociendo mi ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que
me entretiene mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.

Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy
apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo.
Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de
talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución
posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su
preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación
arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está
muy bueno para cementerios.

Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas
y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las
guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.

¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi
próxima.



XII

  _16 de Diciembre._


Voy á lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias entre
padre é hija, es que Cisneros tiene gran afición á Castilla, y ama el
país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la raza á que
pertenece, la tierra madre autora de la lengua que hablamos, maestra
y criandera de nuestro sér castizo, mientras que Augusta profesa á
aquel suelo y á sus paisanos un odio mortal. Cuentan que cuando era
niña y su padre la llevaba á Tordehumos, se entristecía tanto, que la
sacaban de allí con un principio de ictericia. Á poco que le tires de
la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel suelo venerable
y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para que los habiten
sabandijas que hombres; de los campos que en invierno están helados y
en verano parecen de yesca; de los alimentos que apestan á aceite de
linaza; de las casas calentadas con humazo de paja; de la tristeza de
la raza, que se refleja hasta en las diversiones populares. Y has de
notar que en ese país tan aborrecido y despreciado tiene la criticona
parte de sus propiedades. Allí hay centenares de hombres que, agobiados
por la usura, los impuestos, la miseria, y luchando heróicamente con
un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan como esclavos
para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse de lo que cuesta
arrancar á la tierra sus tesoros. Asegura que cuando va de viaje, se
alegra de que el expreso del Norte pase de noche por aquella región
antipática, para librarse del pesar de verla.

Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes
encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de
allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace
muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones
con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas
á recoger puntualmente sus rentas y á comprar todas las fincas que se
venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente,
esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy
mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que
el diluvio ha de venir; «sólo que—añade—como creo que está aún bastante
lejos y que no me ha de coger á mí, no me ocupo de él, y voy viviendo
lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores
hagan un arca, si pueden y saben hacerla.»

Entra conmigo ahora, _temerario mancebo_, en la casa de Augusta.
¿Quieres que te hable de Orozco? Es hombre que vale mucho, sí; pero
reconociendo su mérito, no he acabado de entenderle todavía. Y te
advierto que la opinión acerca de él no es tan unánime como tú piensas.
Verdad que opiniones unánimes, en sentido favorable, aquí no las hay
nunca. En una sociedad tan chismosa, tan polemista, y donde cada
quisque se cree humillado si no sustenta, así en la charla pública como
en la privada, un criterio distinto del de los demás, son muy raras las
reputaciones, y éstas tienden siempre á flaquear y derrumbarse como
puentes de contrata, construídos sin buen cimiento. Faltan grandes
unidades. La independencia de criterio, extendida en toda la raza como
una moda perpetua, y el individualismo del pensamiento, determinan una
gran inseguridad en diversos órdenes de la vida. Falta indisciplina
intelectual y moral. Somos demasiado libres, pecamos de autónomos, y
así no podemos crear nada estable. Para que las naciones marchen bien,
es preciso que haya muchos que sacrifiquen sus ideas á las ideas de los
demás, y aquí nadie se sacrifica: cada uno de nosotros cree sabérselo
todo. De esto se deriva la gran enfermedad, amigo Equis, ó sea la
antipatía invencible de la raza á las reputaciones. No gusta de ellas
porque tienden á crear unidades, y aquí la unidad es como una planta
maldita, que todos pisoteamos para que no prospere. Siempre que aparece
el fenómeno de una reputación, cuando los hechos y pareceres que la
constituyen principian á concretarse, ya estamos todos desasosegados,
buscando los peros que hemos de ponerle para que no cuaje. En el
orden moral, en el literario, en el político, las reputaciones crecen
difícilmente, como un árbol raquítico lleno de verrugas y comido de
insectos. Si andas por el mundo, oirás el ruido incesante del laborioso
_Termes_, que taladra y devora los troncos más robustos. La malicia,
aderezada de ingenio, es grata y sabrosa á nuestros paladares, y
no oirás nunca alabar á una persona por honrada, por inteligente ó
por otra cualidad, sin que al punto venga ese inmortal y castizo tío
Paco con sus implacables rebajas. Las restas son á veces cruelmente
chistosas. Muchos las discuten ó las deniegan; pero casi todos las
ríen, y aunque alguien las ponga en cuarentena, ello es que se les da
curso y corren, como la moneda fiduciaria bien garantida.

Y tú dirás: ¿á qué viene todo eso, señor chiflado? Y yo te respondo
que más chiflado es él, y que esto es un razonamiento para apoyar lo
que te dije de Orozco, de ese hombre tan encomiado por diferentes
apologistas, entre ellos tú. Pues para que lo sepas, en el Casino y en
la Peña de los Ingenieros, donde paso algunos ratos de noche, he oído
poner en solfa esa tan cacareada honradez y rectitud. Cierto que lo
que allí se dice nadie lo sostendría en una discusión seria. Hablan,
como aquí es costumbre, por lujo y sibaritismo de conversación, por el
placer de producir asombro en los oyentes, por arrojar en las bocas
de la curiosidad estragada una golosina picante, sin creer en lo que
se refiere, y con el propósito de retirarlo y desmentirlo, si fuese
menester. Excuso decirte que lo que oí no me ha hecho variar de opinión
respecto á tu ídolo.

En la tertulia de Augusta, valga la verdad, no somos mejores que en
otros centros de entretenimiento y grata sociabilidad. Hablamos por los
codos y criticamos todo cuanto existe. Sólo al amo de la casa no he
oído jamás concepto alguno desfavorable á nadie. Su prudencia es allí
una disonancia. En cambio, Cisneros, que va casi todas las noches á
echar su tresillo, ha promulgado una ley á la cual nos sujetamos todos
los que somos más ó menos políticos. «Aquí no se permite, en ningún
caso ni bajo ningún pretexto, hablar bien del Gobierno, cualquiera que
sea.»

Aquella casa es de las pocas que se caracterizan en el orden social
por una opulencia razonable y enteramente desahogada. En ella reina
un lujo discreto, que nunca rebasa la línea dentro de la cual están
la comodidad y el agrado de los amigos; lujo que, al llegar á las
fronteras de la disipación, se detiene y de allí no pasa. Conoces á
Orozco por ese trato superficial que se entabla en la calle ó en los
centros de reunión. No conoces su casa; no has entrado nunca en aquel
magnífico principal de la cuesta de Santo Domingo, y me alegro, pues
así puedo yo introducirte y guiarte, señalándote lo que me convenga.
Allí admirarás el mayor grado de desarrollo de la burguesía pudiente y
bien educada, que ha sabido asimilarse aquella parte de las costumbres
aristocráticas conveniente á sus intereses, y reclamada por su posición
política ó económica; allí encontrarás todo el elemento extranjero
introducido de poco acá en la manera de comer, de hablar, de vestirse,
y ha de sorprenderte verlo armonizado con la sobriedad española,
el orden y la calma de nuestra antigua clase media, anterior á la
desamortización.

Remontándonos á los orígenes, hallamos que no es muy ilustre el
abolengo del amigo Orozco. Su abuelo hizo mediana fortuna en el
comercio menudo. Su padre se enriqueció, según dicen, con negocios
poco limpios, entre ellos el de aquella sociedad de seguros, _La
Humanitaria_, que en su catástrofe dejó tras sí un reguero de
desdichas, lágrimas y desesperaciones. El actual Orozco no es
responsable de los actos de su padre; pero se me figura á mí que su
fortuna, por la calidad de los materiales que la formaron veinte años
há, pesa bastante sobre su conciencia. Me fundo, para creerlo así, en
la cara que pone cuando le hablan de _La Humanitaria_. No diré que le
enoje el ser tan rico; pero me parece que tendría un gran alegrón si le
probaran ahora (cosa un poco difícil) que don José Orozco había labrado
su riqueza en moldes más puros.

Marido y mujer aborrecen la ostentación, y á él no le ha dado nunca
por esas bobadas del sport. Bailes, no se han visto allí, según he
oído, más que dos en los seis años que llevan de casados. Comidas, al
año suele haber dos ó tres de solemnidad. Ordinariamente no pasan de
seis ú ocho cubiertos. Coches, con un landó y una berlina contratados
se pasan tan ricamente. Viajes, los de verano de rutina, con algún
que otro estirón hacia Alemania, Bélgica ó Suiza. En trapos, mi prima
gasta mucho, pero nunca todo lo que podría; de modo que ni aun este
renglón, en otras partes tan peligroso, altera el orden de casa tan
bien dirigida. Recepciones, allí no las hay realmente; pero concurren
de noche á la casa bastantes amigos, casi todos de confianza.

Á poco de frecuentar la tertulia, noté que existe en ella un bando ó
partido, en el cual se politiquea, y se murmura con ligereza, á veces
con saña, de toda persona que tiene la desgracia de fatigar á la
voz pública con la repetición de su nombre. No hay que decir que es
cabeza del temible bando mi padrino Cisneros. En el mismo levanta el
gallo Jacinto Villalonga, á quien conoces quizás mejor que yo, hombre
ameno, discutidor de oficio, privado en absoluto de paladar moral,
tratándose de política, que es su pasión y su manera de vivir. Por lo
demás, muy corriente, muy servicial, muy amigo de sus amigos, siempre
en disidencia, y siempre pretendiendo y enredando. Es el tipo del
_pillo simpático_, que aquí tanto abunda. Considera al Estado como
cosa propia, y si puede despojarlo de algo, lo hace sin recelo alguno,
con la conciencia tan tranquila como la de un niño. Al propio tiempo,
incapaz de quitarle al individuo el valor de un alfiler. El pobre
Estado es la eterna víctima. Y cuenta que si al día siguiente de haber
hecho Villalonga una de las suyas, vas á verle y le pides un favor, te
da todo lo que tiene, hasta la camisa si no tiene otra cosa. ¿Ves qué
moral? En España la gastamos así.

Ya va para viejo, y parece que quiere sentar la cabeza. Ansía fijarse,
después de haber hecho alto en todas las tiendas del campamento y
sentado plaza en todos los ejércitos. Ahora bebe los vientos porque le
hagan senador vitalicio, como jubilación de sus campañas y reposo de
sus odiseas. Te aseguro que está graciosísimo cuando nos cuenta lo de
la senaduría y las fatigas que por ella pasa.

En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de
mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no
habla más que de chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el
que conoce el paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es
maestro viejo, y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los
horrores que nos cuenta. Augusta le llama el _Catón ultramarino_. Es
un catonismo el suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas
de poner entre sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil.
De otros que suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si
se destacan en lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la
de San Salomó, ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la
lengua á todo el que coge por delante. Alardea de entender de política;
mas de sus explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó
anarquista frenética.

Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los
que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el
noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no
me cansaré de alabar. Practica el _nosce te ipsum_ tan al pie de la
letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia.
Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse
tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes,
hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta
ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le
ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra
bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado
es un carácter tétrico.

Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora, Teresita
Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche sí y otra
no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de artillería,
muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora amabilísima,
alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que tiene verdadera
pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca falta es don Manuel
Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de las cosas públicas.
Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero también constante, es
tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia y recursos para la
conversación nada te digo porque le conoces muy bien. Y el más puntual,
el infalible, es mi detestado rival Malibrán, perito en bellas artes,
en modas, en política extranjera, y sobre todo en mujeres, pues se
las da de Tenorio, y cuando trae á colación la lista famosa de sus
triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que si llego á persuadirme
de que este brillante majadero consigue, como al parecer es su
intención, _robarle el albedrío_ á mi adorada prima, vamos á tener aquí
una tragedia.

Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca,
pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo
que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es
viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que
casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos
propios, _madrea_ diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza de
Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi siempre
come allí, y creo que Tomás le ocupa en su administración por no verle
inactivo y darle apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un
buenazo, pero de imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor
te cuenta las mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y...

Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas
entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me
queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches.



XIII

  _17 de Diciembre._


Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da la
fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente á
sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río con él
lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un misterioso
industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio secreto de
altos personajes, el más extraño negocio que se puede imaginar. ¿Á
que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el matute en
gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres
vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la
Caridad. Daba tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de
la partida. Te advierto que en todas las extravagancias que te cuenta
Calderón, hay siempre alto personaje: esto no puede faltar.

Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña
Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y
especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y
hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección
al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en
pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el
Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que
la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me
hace maldito caso, y mi prima no pasea.

Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y
no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos
billar, tresillo, _bezigue_, y algunas noches música, con grandísimo
júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora
si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto
al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por
mi padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven,
Listz y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan
las cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese
otro periodismo hablado _sotto voce_ que no se atreve á expresarse
en letras de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo
despuntan las ramas; pero otras, querido Equis, caen con estruendo
y furia los troncos más robustos. Creerías que están todos poseídos
de un vértigo ecualitario, de un furor terrorista y guillotinante,
ansiosos de establecer para los casos de moral el nivel del suelo raso.
Durante varias noches se trató del crimen misterioso de la calle del
Baño (habrás leído algo de esto en la prensa), y excuso decirte que
prevaleció, con gran lujo de fundamentos lógicos, la popular especie de
que influencias altísimas aseguraron la impunidad de los asesinos. Vino
después la cuestión del escandaloso desfalco de la Deuda. Quedó probada
la inocencia de los infelices que están presos, y la culpabilidad de
Fulano y Zutano (personas muy conocidas). También oirás allí que en un
círculo social muy señalado se cotizan las credenciales de Cuba como si
fueran títulos del 4 amortizable.

Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa
más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero
añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de
los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien
antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen,
media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas y
calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose de
la situación, es cosa corriente lo de _esto se va, esto no dura tres
meses, esto se cae de pura corrupción_, etc. Y á lo mejor se hacen
preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay de ese
ministro que se quiere marchar porque el Consejo no le aprueba el
nombramiento de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy
desacreditado. Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva
noticias de este jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos
á la cabeza... Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los
revolucionarios, contentísimos.»

Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, echándoselas
de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca mentira, defiende
al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso porque no me le echan
para _allá_ otra vez, sale espada en mano al combate. Su lengua es
horrorosamente mortífera. «El Presidente del Consejo no dice más que
embustes, y á todo el que coge le engaña como á un chino.» Otro día
asegura (le consta de buena tinta) que dos ministros han reñido por
cuestión de faldas; que están de uñas los tales con los cuales...
Cisneros se baña en agua rosada, y aunque siempre trata estas
materias de una manera espiritual, y se chunguea del ministerialismo
acomodaticio de Villalonga, así como de la furibunda y ciega oposición
de Aguado, no por eso es menos cáustico en sus conclusiones.

Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno
por enzarzarles, y también pincha al _Catón ultramarino_ para verle
hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al
ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas,
lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque
lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las
desmiente con tibieza, á veces con un calor que viene á reforzarlas.
Volviendo á mi prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran
talento natural, no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia,
que perdió á su madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su
inteligencia se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de
altiva y temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada
tanto como encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace
pocas noches aseguraba que no puede soportar la literatura española,
desde Moratín inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del
_Quijote_, no ha podido nunca leer tres páginas seguidas de ningún
autor en prosa ni en verso, místico ni profano; que el teatro de capa
y espada le es atrozmente antipático, leído y visto representar; que
los tan ponderados místicos, sin excluir Santa Teresa, no valen más que
para narcóticos en caso de insomnio rebelde; que varias veces intentó
leer la historia de Mariana, y que siempre le ha producido jaqueca;
que los romances y poemas de fabla antigua le recuerdan demasiado á su
desapacible y adusta tierra de Campos, pues son la misma cosa puesta en
letras, el clima helado y seco y la tierra estéril... En fin, que en
literatura es también iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más
que lo moderno español, y más aún lo francés. En lo francés, le gusta
todo lo del siglo pasado; pero no pasa más allá, y hasta los padrotes
Molière y Racine le resultan de una insipidez intolerable.

De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y
Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que
sería fecundísimo si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los
términos medios; que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el
furor, y que su desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos,
las energías de la convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré
que de los amigos de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico
es el que tiene más confianza en la casa, pues su amistad con Tomás
data de larga fecha. Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión,
contradiciéndole con cierto énfasis, buscándole las vueltas, y
zahiriendo sin piedad sus quijotismos. Él toma en serio los furores
iconoclastas de su amiga, y ella los exagera para exaltarle. No sé
el tiempo que duró aquella discusión deliciosa, en que mi prima se
permitió decirle: «¡Pero qué tonto es usted...! Quiere hacernos creer
que ha leído el poema del Cid. No tendría usted tan buen color.» Y
él: «Sí: eso lo dice usted por afán de originalidad, y no niego que
está usted monísima sosteniendo tales disparates...» Simpatizo cada
día más con este pobre Viera; y si no me agradase tanto por bueno y
leal, habría de gustarme por desgraciado. Á propósito de él, tengo que
contarte algo que te ha de interesar.

Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes ó
manteadores.



XIV

  _20 de Diciembre._


La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me
parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados
con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones?
Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora,
conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos
juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura
á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela
en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas
comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores
que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento
en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del
horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con
una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan
todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.»
Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia.
Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad
de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando
hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la
realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva,
sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por
nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta
la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es
honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las
caras.

Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí
sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras
largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado
por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto
para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los
obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que
la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria;
pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia
misma, romperé pronto el fuego.

Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal
en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida
y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos
ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí
tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante
su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico:
«Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de
todos tus amigos.»

El afecto del honrado y leal Orozco me da algunos malos ratos todavía
en esta campaña infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa
de mi intención. ¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre
sin par, modelo de nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el
siglo fecundo en que vivimos nos da una filosofía muy cómoda para
acudir al remedio de estos desastres de la conciencia. ¡Hay tantos
casos semejantes! ¡Si fuera yo el primero que alterara la ley moral!
¡Si introdujera yo esta moda de los esposos de mérito, burlados y
escarnecidos! No mil veces. Yo no he puesto la sociedad tal y como se
halla hoy; yo no he reformado el Decálogo, rebajando los pecados gordos
á la categoría de veniales; yo no he aceptado las enmiendas á la ley
fundamental, que la convierten en papel mojado. Yo llego y me encuentro
las cosas como las dejaron otros, y no he de hacer el reformador ni el
protestante.

Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que llame y me
responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que me respondan.
Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura iba á examen,
diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo yo: «llamaré: me
expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la abren?

Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para cuando
tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.

Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca del
pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito,
y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su
tardanza en contestar á tus cartas, la cual no significa que te
olvide, sino que anda medio trastornado con las mil cosas que le
rebullen en la cabeza. El problema de la vida es en él, por la pícara
suerte y por los obstáculos permanentes de su carácter, de muy difícil
solución. Yo creo que llegará á la vejez dando vueltas al tal problema
sin resolverlo nunca. Conozco algunos así, y les tengo por los seres
más dignos de lástima. Federico Viera es uno de los hombres de más
entendimiento que creo existen en España. Quizás por tenerlo tan grande
y algo incompleto, así como por la acentuación quijotesca de algunas
prendas morales y por carecer de otras, ha de fracasar constantemente.
¡Qué lástima! Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato
tan seductor. De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de
mejorar su adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de
él. Quéjase de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el
camino de la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad
existe, y que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna
fuerza interior incontrastable, y también circunstancias externas
independientes de su voluntad.

Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin medios
de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece de
condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por
oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única
puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas
disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras.
Ella tendrá sus máculas como todas las cosas; pero es un medio, y
hay que aceptarlo como tal cuando no se tienen otros. Es una especie
de proteccionismo, un sistema de beneficencia que el país ejerce para
dar colocación á los que se han quedado sin casillero en el reparto
de puestos sociales. Viene á ser como una sucursal de la Providencia;
y si no existiera, los desastres que habrían de ocasionarse serían
mucho mayores que los tan cacareados y evidentes daños que ahora se le
atribuyen.» Al fin me pareció que le convencí; pero la dificultad está
en meterle en la política. Si lo lográramos, figúrate cuánto brillaría.
No conozco á nadie con más facultades oratorias. Sus contados ensayos
periodísticos revelan también aptitud extraordinaria para el caso.
Posee como nadie ese golpe de vista rápido, esa preciosa facultad de
ver el lado conveniente y oportuno de las cuestiones, abandonando los
demás. Pues nada de esto le sirve mientras no tenga la afición, el
prurito ambicioso que á otros, faltos de aptitud, les sobra.

Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días
para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me ha
sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, que
es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge la
imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en Madrid,
viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, el sino
perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; pues aun
cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado nombre que
lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que su padre ha
echado sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se
ha malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad
sobre él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud
de Federico coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba
lo suyo y lo ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para
aristócrata; adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica
el sér, y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo,
á la disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría
la esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta
imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni
se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre,
y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para
atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones
el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué
empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre
hermana, no es para dicho brevemente.

Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y
que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate
sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa
fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta,
por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente _el
gran mundo_, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas
partes y muy echado de menos en sus ausencias.

Me parece que á la hora presente, á pesar de que le has tratado
bastante, no le conoces tan bien como yo. Contigo era siempre
reservado; conmigo tiene espontaneidades que nadie le ha merecido
todavía. De la amistad hemos llegado poco á poco á la familiaridad, y
me cuenta algunos pormenores de su vida pasada, y aun de la presente,
por demás interesantes. Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste
en su casa; yo sí, y conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que
hablar: iremos despacio para no confundirnos.

Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables,
todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar.
Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos,
y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que
los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que
este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando
la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto
que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus
degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos.
Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se
trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle
de esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con
amarga tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso
sistema, y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el
abismo de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio
decoroso de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me
ha confesado que sus deudas son enormes, y que sólo con un _golpe de
suerte_, con una de esas ventoleras favorables que en breves momentos
amontonan un capital, podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite
de la cabeza esta idea fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera
de los antros más ó menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás
en él que signifique rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie,
entre nuestros muchos amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado
sablazo grande ni chico. Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se
las compone, ni qué casta de garduña usurera le suministra lo que
necesita cuando viene la mala. Te aseguro que me inspira compasión este
hombre, y á veces me pongo á discurrir qué haría yo para favorecerle
sin lastimarle. Debe de haber por ahí, en manos negras y rapaces, mucho
papel suyo, que seguramente se ha de cotizar en baja constante; pero
por más que le hurgo para que me informo de esto, no obtengo de él más
que vaguedades y evasivas.

Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á
comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco,
que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre,
como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre
de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre
de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de
_La Humanitaria_ que arrambló con los ahorros de una generación. Don
José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero,
ocupado en obscuros negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí,
viene sable en mano contra los amigos de su hijo. Considera, alma
cristiana, esta anomalía de las razas, y mira por dónde de padres
perversos han nacido hijos tan apreciables, cada uno por su estilo.
He de añadir que Orozco, sea por tradiciones de amistad, sea por otra
causa que no se me alcanza, tiene para ese tuno de Viera, padre,
increíbles deferencias; y no sólo se ha dejado herir más de una vez por
el tremendo chafarote del gran petardista, sino que en cierta ocasión
le libró de un bochornoso proceso. Federico se muestra muy agradecido
á Orozco, y le tiene en tanta estimación como el más entusiasta, como
tú, por ejemplo. Y en reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su
marido le consideran y agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre
todo) para censurar con benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más
de una vez me han dicho que arbitre un medio de mejorar la situación
de Viera y su hermana, negociando diplomáticamente con él, sin herir
su susceptibilidad vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar
solución práctica. Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de
tan buen fondo, tan caballero, tan bien cortado para la vida digna
y honrosa, se envilezca buscando un infame jornal en las _salas del
crimen_. Yo también lo lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera
de evitarlo. Y basta por hoy. De _aquello_, buenas impresiones. Ya te
las contaré otro día.



XV

  _22 de Diciembre._


De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones,
barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis
deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir
cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días
sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta,
y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á
Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las
pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China.
Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse
el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas
tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo
ocurrido durante mi ausencia, aseguro que _ya lo tenía yo todo muy
previsto_, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión
del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en
que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde
la _contrabarrera_; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado
de la brega, para poder responder á las preguntas con que han de
fusilarme por la noche en casa de Orozco, y me escabullo lindamente.
Un secretario intenta cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!»
Y yo digo: «Vuelvo.» Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó
á la Castellana en amoroso seguimiento de mi ingrata Filis.

En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara
llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el
abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos
asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver
las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero
no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que
en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se
hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los
angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan
de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que
no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar.
Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los
hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de
sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que,
según tus auténticas noticias, _vivo sin vivir en mí_ por servirles y
hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima
porra.

Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me
arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de
tiempo, te trataré como á mis electores.

Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida hermana,
han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos penetraron
hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha dado la mayor
prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle. Cinco veces he
ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de Vega, cerca de la
de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde no se va sin precisión
de ir. La casa es buena; el piso, segundo con entresuelo. Llegas, tiras
de la campanilla y ésta no se da por entendida; sigues tirando cada
vez más fuerte, hasta que al fin oyes el eco perezoso de una esquila ó
timbre que allá dentro repica de mala gana. Después sientes pasos, y
el chirrido de la chapa de cobre del ventanillo te indica que te están
mirando por los huecos. Una voz te pregunta: «¿quién es?» y respondes;
te dicen no está; tú insistes, diciendo que el señor te espera, y das
tu nombre. No vayas á creer que te abren en seguida. Hay una pausa.
Oyes dentro cuchicheo de mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre
tanto, si te fijas en los claros del ventanillo, ves que entre ellos
lucen unos ojos negros que te examinan. La consulta sigue allá dentro.
Oyes pasos que se alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin
suena el cerrojo, _trucu-trucu_, y la puerta se abre recelosa. Una
joven mal vestida y peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por
criada; pero después te enteras de que es Clotilde, la hermana de
Federico.

Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre
tres y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con
raras excepciones. Yo fuí un día á las dos, y le ví almorzando
entre sábanas, teniendo delante una mesilla sin patas, apropiada á
la extravagante operación de comer en el lecho. En éste y en la mesa
de noche había dos ó tres volúmenes franceses, alguno con las hojas
cortadas con el dedo. Servían el almuerzo la joven aquélla y una
mujeraza desgarbada y grandullona que entraba y salía llevando un chico
en brazos.

La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás encendida
siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en el gabinete
y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos, restos de
la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más ordinarios y
vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos brilla más que
el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda donde nada de lo
que se estropea se compone, donde la reparación de los objetos no se
ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe, ó esquinazo
que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se desluce, ó
porcelana que se desportilla, así se quedan _per sæcula sæculorum_.
He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor en venta,
llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás.

Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano le
lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras. Federico
me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto de criada
que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero está como
sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la conciencia
de su degradación social. Teme ponerse en ridículo haciendo un papel
que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo.
Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez
que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se
echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que
Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en
sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que
da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El
primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que
conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar
esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba
presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico,
parecían aumentarla, y mudé de conversación.

El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte. El
infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está
desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres
aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el
peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el
estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los
padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha
querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar una
casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio para ama
de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se llama
Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido está
ausente, ella se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en
el trajín de la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera
es prima de ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las
noches, según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con
toda su prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este
sistema de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia,
pero que no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó
que no tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que
su casa, en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda
asilo; que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres
de su vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la
miserable economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me
siento con fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y
hasta heróica; pero no las tengo para cortar una rutina.»

Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es
cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que
también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja
operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las
noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el
cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su
vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se
merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han
quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado
miserable? ¿No es un dolor que viva entre criados y gente ordinaria,
envileciendo sus modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la
infeliz niña conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos
ya de otra mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y
la mujer del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de
gorrones de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me
acordaba de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la
madre de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna,
del linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa
de costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación
revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo.
Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el
envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de
vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos
para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la
infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija
en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no
me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando
viniera más á cuento.

Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu amigo
querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te causará
tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de pascua!



XVI

  _26 de Diciembre._


¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi campaña,
y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan bien artillada
y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas hazañas, te
diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme otra; que
mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites corrientes de la
galantería al alcance de todos los corazones, y que soy lo que para
estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el éxito: obsequioso
con discreción, puntual en los encuentros, tierno en el mirar,
intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando el caso lo
requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas ocasiones por
el sér más desventurado que existe debajo del sol.

Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la
ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las
armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella,
¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer,
aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada
que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las
diferencias, ó sea, empleando una figura, las fronteras que separan el
Cielo del Infierno. No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme
prematuramente por vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un
agrado excesivo por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo
lo contrario, y me malicio que se hace la indiferente con la pícara
idea de dejarme aproximar á sus robustos muros y reventarme en una
brusca y vigorosa salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado
y que no enseñe las cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y
no me negarás que te asusta la degradación moral que suponen estos
intentos míos. Es que se hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia,
arrullada por los goces sociales, que se empalman lindamente para no
darnos respiro, se va amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más.
Chitón.

Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen Orozco,
porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto mi ánimo
y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos nos ofrece
á cada instante materia narcótica en abundancia para cloroformizar la
conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas noches he oído
hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa opinión lisonjera
que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan diferentes lenguas
se habían confabulado para quitar á ese hombre su crédito, la brillante
aureola que es el principal obstáculo á mi campaña, algo como deidad
tutelar que ampara la plaza más que la fortaleza de sus muros.

No sé si te he dicho que me corro por el Casino algunas tardes y
noches. Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de
vidas ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido
círculo social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la
familia con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé
cómo recayó la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para
lo que llaman allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor
hipócrita que Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con
aquella capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso
fundador y liquidador de _La Humanitaria_, no podía salir bueno.» Otro
emprendió la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la
honradez no era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante
no tenía fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me
eché á temblar.

Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno.
«Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de
cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches,
después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se
está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas
disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta
tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues
¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que
nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una
disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en
estos casos cada uno goza en rodar la bola de nieve para que aumente,
allí saltó uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en
carne viva, su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la
papa de que en el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere
que su mujer no abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba,
ni se vista con elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un
cuadro terrorífico de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de
absurdo en absurdo, se llegó á la conclusión de que no se sabe nada,
y que tales cosas se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso.
¿Qué sería de los casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración?
Los más locuaces reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad
conyugal, no puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con
el cuento. Yo lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y
los señores pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito
el pellejo, como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí,
hasta que llegó la hora del desfile.

En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero te
confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era sólo
pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte cuanto
hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco, me daba
cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me estorbaban,
como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba la Forma
consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba contra la
forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba, pues, de que
alguien me quitara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era
Dios ni cosa que lo valiera.

Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas
noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo
modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de
Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los
muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos,
gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del
Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente,
hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni
billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha
política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado,
sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en
él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en
el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de
Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse
atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo
si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que
por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi
parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios
acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy
respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores,
y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse
por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en
tesis general, de lo aficionadas que son á practicar sus devociones
en las iglesias de dos puertas, con otras muchas cosas divertidas
y gacetillescas que no te transmito por no alargar demasiado esta
carta. Aquello, como comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma
hasta que no hallé manera de echar un parrafito aparte con el sujeto
maldiciente; el cual, sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus
informaciones, me dijo lo que casi á la letra te copio:

«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora,
allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero
que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente.
Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón,
diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido
con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas
madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo
Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad los
fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre del
_no puede ser_. Borre usted de sus libros esas tres palabras que son
las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso nunca
para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que bien
podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y él me
arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay ninguna
modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto decir que
viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la pareja más
callada del mundo... Pero le veo á usted un tantico inquieto. No, no
diré una palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el
curso que había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima
haga esas visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en
que muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al
principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia
se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo...
¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que
se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la
hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia
de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades
sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones
acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y
tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de
una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar
severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el
anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de
lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho
problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal
dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí
por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía
ver... Pero qué, ¿era acaso verdad?

Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué barrios
eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me esfuerzo en
desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y
gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con
recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero
no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No
ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela
de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?»
¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me
saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad;
y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos
y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese
espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo
ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso,
bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero
en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este
descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué
ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona,
ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las
dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles
terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más
chiflado por ella.



XVII

  _2 de Enero._


Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como ésta
no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con la fuerza
del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el terrible
accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, mi
rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me lo
tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio
cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos
los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada
historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres
y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del
transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono
y la mujer-mona.

Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy pícara,
solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he contado que
la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, Calderón,
Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te lo cuento
ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se enlazan
con mi catástrofe, son largos de referir, y no está su importancia
en relación con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me
declaré ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y
me salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos
hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No
pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas
que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de
precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra
la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel
que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo,
¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la
medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea,
y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el
desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea
capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco
un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en
toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo
llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la
pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella
seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he
visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis
galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las
autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué
el expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme de
injuriarla gravemente á ella y á su esposo, que me colma de atenciones
y agasajos; y no te digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos
principios; pero, aunque no los invocó, procedía con arreglo á esos
grandísimos hi de tal...

En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor,
sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido
alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que
me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra...
porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y
al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes
mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento,
su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal
de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes,
ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa
desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora
con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la
tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa!
Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar
con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se
rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus
caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres
(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que
nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del
Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara
y perdiera, y nos arrastrara á los profundos infiernos.

Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete de
mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy
pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la
más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que
oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos
que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo
ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que
ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo
en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba
de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven
del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que
los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir,
ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás
reventando de risa, y no quiero seguir.

Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso
romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella
en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo,
con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las
cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por
volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es
la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la
plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla
en ella con letras muy gordas: _¡Es un ángel!_ Sí, veo desde aquí
tu sonrisilla escéptica; pero no me importa. Lo que sí te diré es
que precisamente su celestial jerarquía es lo que más me estimula á
solicitarla. Y como no siento ninguna vocación de volverme ya también
ángel, mi maldad aspira á sentar plaza en las filas satánicas, y
acosar nuevamente á la querubina con mis pretensiones, hasta cansarla,
rendirla, vencerla y hacerla mi dama. Nada halaga tan vivamente los
instintos humanos como traerse un ángel del cielo á la tierra, lo que
equivale á robar la esencia celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo
Equis, ó intentamos serlo. ¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo
que mi adorada prima se me ha puesto en un pedestal de virtud, quiero
arrancarla de él, perderla y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos
á las cavidades de ese infierno donde los amantes de verdad, dígase lo
que se quiera, han de pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por
fuera.

En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta
enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política
es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será
también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar
en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad
espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré
sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me
pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca
abajo todo el mundo: me propongo _minar los cimientos sociales_, como
se dice en lenguaje ministerial. Es que estoy furioso; necesito
vengarme. ¿De quién? de los _grandes principios_... que mala sarna se
los coma... Verás, verás qué camorras voy á armar allí todos los días.
Llegará pronto hasta tí mi fama de anarquista, demoledor y petrolero.
La piqueta, la famosa piqueta y la tea incendiaria son los chismes
que he de usar... Por cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque
no le hacía gran caso por tener todo mi pensamiento concentrado en
mi amarga cuita, me mostré conforme con cuantas atrocidades echó de
aquella donosísima boca. Es el tío de más talento que hay en España.
Hemos convenido en transformar la sociedad y ponerlo todo patas arriba.
Vengan otras leyes, otra forma de la propiedad, otra moral, otra
religión, otras costumbres, otra raza, otra manera de vestir, aunque
sea en cueros, otra lengua, y venga, por fin, otro planeta, que éste ya
no nos sirve.

Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en
mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de
pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no
he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda
la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro
y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida
de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda.
Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan
tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como
se estruja una flor... Si no me modero, amigo mío, voy á salir por
esas calles tirando piedras.

No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con
malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con
que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las
vanidades del mundo y métete cura.



XVIII

  _6 de Enero._


Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me
tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de
confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por
cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á
eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido
el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de
dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico.
Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos
reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera
á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba
por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello
cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia
y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron
de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como
de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se
enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse
en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro
se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes
y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba
comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora
tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba
entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde
tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo
y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué
menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo
que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos.
Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima
de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran
los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando
el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien
no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á
entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos
oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre
la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme
Federico con el _qué más da_, que usa siempre para disculparse de su
abandono.

Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía
envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala
suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin
quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se
vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta
lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario
para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la
presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales,
librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida,
y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó,
con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha
renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone.
La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á
mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada
en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin
poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su
encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad.
No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su
desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo
esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras
condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores.
Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya
compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir
bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el
desaliño. El _qué más da_ de su hermano la contagió como una diátesis
de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y
minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á
los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas,
y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y
no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente
baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la
conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí,
huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si
forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no
expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su
mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.

Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy,
apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les
tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que
sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero
yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino.
Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»

Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se
piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto
tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba
que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este
particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de
amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar
á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero
también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad.

Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un
jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla
le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera
enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción,
y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo
que llamaríamos _el servicio de puerta_. Clotilde se ha hecho á este
innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de
mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros
les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas
promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con
Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y
duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y
no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien.
Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no
he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí
van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero,
le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría,
y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir.
Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña,
que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima
como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar.
La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan
tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que
no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas
caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan
los grandes goces del alma.

¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que
reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se
amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor
propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres
de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de
apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su
susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro.
Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su
orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de
la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las
tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto
en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque
algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto.
Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos
hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta
educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire
de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más
bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad;
su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral,
tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á
la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara,
que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse.
Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos
hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela
la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco,
y creo que no se equivoca.

Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la
Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de
esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito
y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te
hablen de ninguna moza _de éstas que llaman del partido_. ¡Hipócrita,
me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo
motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del
jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña
en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri.
Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes
más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á
sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á _heroínas_
modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene.
Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé
es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el
misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad
de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante,
depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación;
mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de
nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los
círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar
nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites
de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia,
y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo
simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y
diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el
pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita
de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación
ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los
jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por
amor de Dios.

Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar
á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva
dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que
te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los
amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes;
no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente
á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con
nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades
y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la
sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido
en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas
gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que
realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra
época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las
leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra
la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como
cualquier hijo de vecino.

Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?»
Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si
se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron
cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan
con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó
menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto
te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella
en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que
Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello.
¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible,
rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase?
Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó
el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno.
Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con
esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de
Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas
atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y
que no conozco un corazón más noble que el suyo.»

Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una
carta absolutamente limpia de toda murria _wertheriana_. He tenido
que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas
amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis
amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo.
Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la
próxima.



XIX

  _8 de Enero._


¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el
folletín de _El Impulsor Orbajosense_, ¡arre! ilustrado periódico de
esa localidad, _órgano de los intereses materiales y morales_, etc.
¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma
sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á
tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y
que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración
de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos
pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con
tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á
estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo
que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy
con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma
con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si
tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello
cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á
mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de
puntapiés.

Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha
dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno
es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó
padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer
ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo,
despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis
alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á
enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque
sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo
abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes
para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin
estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!

Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida,
perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en
sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho,
jarros y más jarros de agua _frapée_, moral pura de la más cargante
y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á
veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar
la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo.
Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la
satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el _Derby_ de la
honestidad.

La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no tienes
idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la primera
vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: calabazas
como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle una mano,
ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me despide con
una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis pretensiones,
menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el hociquillo de
virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo con cualquier
pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, como un
santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. Esta niña
es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, y la
mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: marido y
mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. Pues, como
te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, y con la
crueldad más salerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo
lo que quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar.
Adoro el santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!

No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, tonto,
majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar _harto de ajos_.


Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero grandes novedades.
Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad y transcendencia
merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees tú en las
revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos hallamos en
ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la vigilia, estado
en que se confunden la estupidez y la perspicacia, puede venir un
espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á murmurar en nuestro
oído palabras que son la cifra de un misterioso enigma? De fijo no lo
crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo en el Ángel de la Guarda,
ese bondadoso, invisible amigo que velaba nuestra cuna cuando éramos
nenes, y que, de hombres, nos visita alguna vez para resolvernos un
grave problema de la vida, para señalarnos un sendero en la intrincada
selva donde nuestra insegura voluntad se ha perdido. ¿No recibiste
alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación que por la claridad con
que se te hace no puedes tener por obra de tu propio espíritu, sino por
aviso de _alguien_ superior y externo?

Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. Dormí
no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual si me
clavaran un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi
mente como el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no
es honrada; Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo,
no como pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó
hasta el punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor
de una cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis
miradas por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama
á esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que
produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á
mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo
funciona nuestro cerebro _de por sí_, y cuándo engranado en la máquina
inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza?
No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque
inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra
nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca
con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo que
el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. Puedo
asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, que la
evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni me hacen
falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y creo á puño
cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso decirte que
no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé recordando
pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no porque éste,
á juicio mío, necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la
mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de
un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar
la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían á
mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! Cosas
que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del mundo.

Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no te
resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando
esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también
parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como
por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo
que me ha pasado hoy, para que veas _cuánto se emprende en término de
un día_.

Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo
ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha
venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de
los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á
Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés...
para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie
que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal,
en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los
Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque la
fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la carretera
de Valdegañanes pase ó deje de pasar por la finca de don Cayetano
Polentinos? En medio del desdén que estos problemas locales me
inspiraban, ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no
pasaba por allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo
sin verme. Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la
saludable expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas
teorías tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino
estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el
escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando
siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo
que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso
de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos
propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más
sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan
perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa
enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas
tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no
satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me
custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este
barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»

Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la
contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don
Carlos y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en
que la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel
para recitarlo y hacerse aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas
por otra razón. Verás á dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El
hombre más feliz—me dijo al fin,—y estoy por decir que el más sabio
de España, es nuestro amigo Federico Viera, que no paga contribución
y vive como un príncipe; que no tiene nada que administrar, ni hace
jamás un número, y con sólo mirar una carta y ver lo que sale, ha
sabido arreglarse su modo de vivir. No necesita tener ninguna clase de
moralidad para que el mundo le aprecie y le mime, porque su talento, su
buena figura, su educación, lo suplen todo. Come en las mesas de éste
y el otro, que todavía le agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus
acreedores no se atreven á molestarle, porque saben que les saldría
peor la cuenta. Va á todos los teatros sin comprar localidad; y para
colmo de ventura, el ramo de mujeres no le cuesta un maravedí, porque
siempre habrá, entre las de sus amigos, alguna que le ofrezca platito
sabroso y gratis en el festín del amor. Es mucho hombre el amigo Viera.
Yo se lo digo siempre: _Eres el ciudadano del siglo XXI, de ese siglo
en que todo será común, hasta las mujeres._»

Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte golpe
en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo que
quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior fué
aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de un
sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo Viera
es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta me
resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez no haberlo
comprendido antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias,
se nos revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general.
La casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que
esclarece todos los misterios.

Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para
despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien
lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución
súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al
instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía
cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo
decía reventaba.

Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole:
«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una
pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda,
es evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame
con asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado
como hoy lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo
me expliqué mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que
bien merecería lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático
hasta no más. No anduve con rodeos para confiarle la pasión que me
hacía infeliz y el fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión
fuese tan honda como dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo
por natural. Cuando le expresé mi convicción contraria á la honradez
de Augusta, parecióme que se nublaba su frente, que le ofendían mis
palabras, y que se violentaba para no obligarme á una retractación.
«Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, locura razonante.» Yo no podía
probar lo que tan vivamente creía, y falto de argumentos fundados en
hechos, tenía que emplear los de mi fe, incomunicable sin duda. Nuestro
diálogo se acaloraba, y de improviso le apreté un brazo diciéndole con
voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» Y no sé qué más dije, no sé
qué sarta de palabras salió de mi boca; frases violentas, injuriosas
quizás, inflamadas por la convicción. Pero no pude menos de sentirme
cortado ante la frialdad con que Federico me oía. Observé su rostro
perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus ojos no brilló ni el más
leve destello que delatara una conciencia intranquila. Soltando después
una risa franca, no enteramente burlona, más bien compasiva, díjome
estas cariñosas palabras: «Es preciso que te pongas en cura, pero
pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... Manolo, tú estás muy
malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa por una quincena,
y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis de voluntad
contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos que en las
grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de campo te
pondrán como nuevo.»

Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á
todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces,
poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te
basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque
los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por
lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees?
Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han
persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay
en aquella casa es sagrado para mí.»

Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció.
Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y
vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea,
como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero
la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase.
Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo
discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive
Dios! yo lo he de encontrar.»

Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre
aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal
de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi
carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no
sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me
encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería
ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me
suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento,
y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho,
porque, de no ser amante, el papel de _sigisbeo_, aunque en el mundo
sea un papel envidiable, á mí no me agrada.

«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando
la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»

La contestación _en el próximo número_. Ya no veo lo que escribo, de
cansado que estoy. Buenas y santas.



XX

  _10 de Enero._


¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante,
empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de _El Impulsor
Orbajosense_? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse,
trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en
Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés...
Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con
tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos
pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que
andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de
invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras
de entretenimiento requieren.

Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca me
había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis
apuros. Soy tan torpe para describir trajes de señoras, que cuando
lo intento digo los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de
ésta y la otra prenda, y de las distintas formas de _toilette_, sino
que confundo los nombres de las telas. Está visto que para revistero de
salones no sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba
abrigo de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con
bola en estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba
formando un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando
mi ingrata movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo
ligeramente empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones;
eso, eso, la mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo
habría deseado que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos.
En el pecho una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta,
sí. Nada de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el
resalado hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una
promesa. Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí
que mi juego era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice,
diciéndole poco más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me
he convencido de que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega
tarde, no hay más remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar
siempre tarde. Otro más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me
niega...»

Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió
la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me
contestó así:

«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé qué.»

El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para
bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y
blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles.
Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban
discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde.
Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos
acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para
ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado;
ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan
mala persona.

—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es que tú
no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de nada te
valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo hubiera
visto.»

Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien se
esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más contraía
sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.

«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se atrevió á
retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún sinsabor.
Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte cuenta que
soy como un muerto. No temas nada.»

¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara
que hacia el cristal volvía! Su voz resonaba con timbre extraño al
decirme: «¡Qué tontería!... ¡Si no te hago caso!»

Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé
qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco
me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había
permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por
tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»

Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos luminosos,
formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó menguaban
al paso del coche.

«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso,
leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena.
No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por
el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»

Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma,
ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome:
«Paciencia necesito para oirte.

—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos con
otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque me
veas poseedor de tu secreto.»

Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.

«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que se
dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»

Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su
abanico.

«Mira que te pego.

—Pega, pero escucha.

—Estás cargante.

—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la tuya.
Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y se
acabó la función...»

Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á escribirte.
Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. Nada ví
ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. Toda
la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos tan
excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi suplicio
consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes á los de
la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un tono tal
de sinceridad, que no es posible creer que representara una comedia.
¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que antes
deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino la
aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro,
corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su
madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer
su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del
disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?

Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de
Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la
Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de Estefanía. No: esto es
inadmisible. Á Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin
embargo, podría ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros:
en un oficial de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen
muchacho; me fijo también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado,
lleno de canas... y tan poco apreciable moralmente!... Imposible,
imposible. Busco otros; paso revista, analizo...

¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá no
descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la paciencia,
pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que nadie me
ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los crímenes,
la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo de este
endiablado tapujo.

Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo confieso,
hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que esta noche
te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la solución del
acertijo, que no puede tardar. Abur.



XXI

  _13 de Enero._


Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios asuntillos
después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos,
run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de
curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí y allí
por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas de
siempre, y aquello de _ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni
esto es nada_. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el
proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños;
el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los
bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también
si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga;
el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los
secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador;
los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de
la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con
Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última.
¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe. Pero ello es que
amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó.

Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fué
tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico
del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo
de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á
mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un
catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte
que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la
noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena
es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella
estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero
más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á
morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es
excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no
se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante:
«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso
no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este
cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto,
podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos
comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te
sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.

Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada
instante se levanta de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve
diciendo: «Me parece que está algo recargado.—No, hija: es que te
parece á tí que lo está. Yo le encuentro despejadísimo.»

Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto
de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco
mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y
con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de _santi, boniti,
barati_. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que
más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va
también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de
los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el
número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación.
Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de
Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el
_Catón ultramarino_ sostienen viva discusión, porque el primero cree
que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no
está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez,
para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como
generosa isla.

Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de ese
misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los
periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos
tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben por
despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora joven,
madre, cuyo estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio
quemada, juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no
había más persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo
Cuadrado, el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de
nada de lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero
una parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora
de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se
dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa
pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la
madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora
del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto
en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia
embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la
conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy
formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas.
Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la
madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló
en la casa.

Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen á dos
bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación de esta
raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no es el vulgo
el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones maravillosas
y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en zaga. Las mujeres
especialmente, y si quieres, las damas, se pirran por esa comidilla
picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta
_criminaliza_ sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más
furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda
la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que
tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy
perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté
contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el
asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió
de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva
todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al
parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye
encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por
encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas,
no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.

También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que
pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia
contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que
pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo
á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás
roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato
de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está
tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora
veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de
alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el
criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los
hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de
personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No
me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo
inventó.»

Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve
á la _culta_ Orbajosa. Así llama _El Impulsor_ á esa rústica ciudad
cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino.



XXII

  _18 de Enero._


Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor,
casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa
figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés
á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del
júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana
la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera
adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno,
aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo,
preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú
que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás
seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los
teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y
simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de
la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático,
dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad?

Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su
mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como
á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía
completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese
hija de Augusta para que resultara una _Sacra Familia_. Vamos, que me
estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.

Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación
nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado
al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la
_rimpuesta_, y, verdadero _payo de la carta_, no te la entrego, es
decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos.



XXIII

  _21 de Enero._


Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que
me contestarías _estás equivocado_, porque, la verdad, en mi mente
empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué,
como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú
con que _estoy en lo cierto_! ¡Y añades que no tienes conocimiento
de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo
sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se
razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista
por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no
existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación
es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al
historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí
convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy
arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado
estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me
manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco;
crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con
suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en
barras, y que á sincero no me gana nadie.

Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, semblanza
ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no encontrarme en
posesión de todos los datos para darla por definitiva. Hay en ese
hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es persona Orozco
que se revela entera en cualquier momento; al menos así me lo parece á
mí. Cosas he visto en él que me han producido admiración, y otras sobre
las cuales no me atrevo aún á opinar resueltamente. Empiezo por decirte
que pocos hombres he conocido más agradables, y ninguno quizás que
sepa con tanta rapidez ganar simpatías, y con las simpatías amistades
verdaderas. Á esto contribuyen seguramente sus maneras corteses, su
exquisita bondad, su cara misma, que tanto me recuerda (veremos qué te
parece esta observación) el tipo judáico, hermoso y puro, que apenas
se conserva ya; barba poblada y larga, nariz de caballete y un tanto
gruesa, ojos apagados, poca vivacidad en los movimientos fisiognómicos,
y, en fin, ese reposo, esa gravedad dulce que parecen indicar un
perfecto equilibrio interior. Me encanta aquella manera de tratar á
grandes y chicos, afable con todos, familiar con ninguno. Hay en su
trato algo del trato de los reyes, que por muy bondadosos que sean,
siempre son reyes, y mantienen los fueros de su alta jerarquía. Qué
tal, ¿voy bien?

Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas
hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre
esto no cabe duda. Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene
una reputación así es porque la merece. Cuando un nombre sobrevive
á la constante lima de la murmuración, por algo será. ¿No crees tú
lo mismo? Convengo en que Orozco lleva una sombra sobre su apellido.
El fortunón que disfruta lo amasó su padre don José Orozco, según
pública voz, de una manera bastante irregular, por no decir otra cosa.
Aquella execrada Compañía de Seguros, sobre la cual han caído y caen
aún tantas maldiciones, arroja, como te digo, cierta opacidad sobre
nuestro amigo, y él hace todo lo posible para purificar un nombre que
recibió con bastantes máculas. Es absolutamente irresponsable de las
faltas de su padre, llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y
vive tranquilamente, matando la ociosidad en algún negocio de los más
limpios, y haciendo todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello
de _modelo de ciudadanos, modelo de esposos, modelo de_... Pero no
precipitemos nuestros juicios.

Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy místico,
mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á prácticas
religiosas de las más exageradas; que en secreto se da disciplinazos,
que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. Yo no he
observado en la casa nada absolutamente que confirme tal suposición.
En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, fuera de
aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están en las
estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. Entre los
libros familiares de uso constante, que tiene en su mesa de despacho,
no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni
imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí
como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y
puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible
á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del
catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la
mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé:
casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De
modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos,
no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus
connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás
pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero...
Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo
asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del
bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para
que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú,
que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar
en la _Compañía_. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero
vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué
más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que
gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo
está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo
que oye.

Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo ahora:
¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? ¿Es
posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? ¿No
habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí entran
mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro en la
vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y jesuitismo.
Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo los ojos
fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra cuestión.
¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir verdad,
aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y observado
parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que su mujer
le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto señales
incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida por el
conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he dado tantas
jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. ¿Ó es que no
lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes tanto. Como dice
aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las relaciones de la
Iglesia con el Estado, _nos encontramos frente á uno de los problemas
más intrincados de la época presente_.

Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con acento
de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se juzga muy
inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores interesantes
de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á familias
pobres, emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho
bien, siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque
le molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le
den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer
llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo
sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo
sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado
Augusta.

Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te advierto
que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la sombra,
y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala tú, si
puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te consulto.
¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, aunque no
imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente fecundos?
¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no informado en
las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole novísima? ¿Es
un soldado heróico de los eternos principios, que combate por ellos
recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una conciencia
sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica ha nacido en
mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como quieras. Deseo
conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante de Augusta,
ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde soy un diablo
teólogo, ó _teófilo_; un diablo que no busca el mal por el mal, sino
impulsado del ansia del conocimiento, y que por el camino del pecado
aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué
te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...!
pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con
mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco.
Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo
merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato
sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.

Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica inutilidad.



XXIV

  _23 de Enero._


Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco con datos
y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate que salta
un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin tardanza, y á
ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de las desdichas.
¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, de su hermana, del
abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las consecuencias que yo
me temí, y que te anuncié, no se han hecho esperar. Hace pocas noches,
acompañando yo á Federico hasta su casa, entre una y dos, sorprendimos
á un joven que del portal salía. Federico le echó mano al pescuezo.
¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, no sé por
qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me había dicho
poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó pretendiente
de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda próxima.
Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del sereno, pues
nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras del hermano
de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo mejor: ayer
la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una carta para su
hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse (mira si tiene
alientos la niña), añadiendo que se halla depositada judicialmente en
casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy amiga de los Viera
y también de los Orozco, y que al amparo de dicha señora esperaba el
permiso pedido á su padre para verificar el matrimonio. No puedes
figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este arranque de su
hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo de siempre,
amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que los oprimidos
tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el yugo por los
medios que están á su alcance.

Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes
que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que
va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira
tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente
entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se emancipe
aceptando un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro
amigo transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la
vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero
la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado
llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en
que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie
de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas
democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los
progresistas, y del _morrión_, etc... Reconoce sinceramente que está
fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado,
y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se
ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al
aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse
vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que
personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está
el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante
pierda pie y se descomponga.

Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto de
revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso,
y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene
Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de
la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la
sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y
no le veo desde la noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo
de la casa. Fué una escena calderoniana, que no te describo porque
espero han de ocurrir otras más dignas de pasar á tu conocimiento.

Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. Ayer
almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su mujer salió
á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis sombrías
meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro que el
buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando conmigo de
asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción que me dejaron
pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, que siento no
poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones impidiéronme fijar
en sus atinados conceptos la atención taquigráfica que acostumbro.
También analizó el caso de la hermana de Federico Viera con un criterio
semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que debía prever
todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas arcáicas, y el
carácter agriado por los contratiempos económicos.

Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato interrumpido.
Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, se me han
revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y quiero
fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya
clareando lo que oculto permanece todavía.

Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados que
se conocen. Podría dar lecciones de prudente economía y de previsión
á toda la raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin
que esto signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea
nada de lo que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su
linda costilla cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse
dentro de los límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja
por aumentar su capital, que es grandecito, y los negocios en que
toma parte, en cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos
quebraderos de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha
querido interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando
préstamos con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta,
y da en la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y
son: la sordidez y el despilfarro.

Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso.
Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto
desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer,
cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro,
sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más
que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y
procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre
es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan
alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal
excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero
no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron por la
mente, y cuando ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña,
imagen de una conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era
cinismo, y su sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la
moral y de los consabidos principios, muy señores míos, y me pareció
crimen nefando engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle
no siendo yo el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus
escondrijos. Se me antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería
más disculpable.

Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y no sé,
no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su manera
de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan franco y
natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has sabido algo
más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á él?» Yo
temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de aquélla mi
segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento revolvía
la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba la
respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me
equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que
buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la
mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos
sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le
he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde
que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado
á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal. ¡Qué
extravagancia! Creo que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»

Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su
acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto...
Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no
tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres
entablamos.

Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca bien.
No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que pensaba.
Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado amigo.



XXV

  _26 de Enero._


¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha plantado
en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y vuelve. Me
persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego á pensar
que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha, representada
en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi cerebro la idea
de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán. ¿Me equivocaré
también, ahora?

Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de
Augusta con un cierto respeto que me pareció afectado. No podía yo
tirar de la lengua á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna
picardía capciosa para obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla
con calor, ponderando su rectitud moral y el cariño que tiene á su
marido, parecióme que eran finamente irónicas las palabras con que
Malibrán acogía mis alabanzas. Luego noté como que esquivaba aquella
conversación, rebuscando otros temas de charla. Si me apuras, no
puedo darte la razón de la antipatía que el diplomático me inspira.
Quisiera se me presentase ocasión de tener un altercado con él; pero
es tan correcto el maldito, que ni esa esperanza me queda. Le rompería
la crisma, aunque después comprendiese que había hecho una inútil
barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al mediodía me le encontré
en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No me queda duda de que
Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no debían de ser cosa
buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...! Adelante. En un rato
que nos encontramos solos, me dijo mi prima: «Tomás está muy disgustado
con una carta que ha recibido hoy.» Picada mi curiosidad, la interrogué
y supe que la carta es de Joaquín Viera, el padre de Federico, y que en
ella anuncia su llegada á Madrid para dentro de dos ó tres días. Has
de saber, y no hago más que dar traslado de lo que me contó mi prima,
que siempre que se aparece en Madrid ese pájaro de mal agüero, trae
estudiado algún plan de sablazo en grande escala para atacar con él á
los que tuvieron la desgracia de ser sus amigos. Orozco ha sido víctima
varias veces de las combinaciones sutiles de aquel insigne tramposo,
las cuales merecen más bien el nombre de estafas.

«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre Federico,
á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco entusiasmo.
Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho tiempo en una
atmósfera de escándalo y vergüenza.»

Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver
por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su
extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le
trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas
exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que
los padres de ambos se tenían.

¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague.
Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á
ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y
no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje
en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme
que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con
su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo
susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y
de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín
vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó
presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque
eso sí, es hombre de grandísimos recursos intelectuales, muy sabedor
de negocios de todo género, y con una trastienda y una flexibilidad
y una mónita que dan quince y raya al más pintado. Augusta no le
puede ver, y se complace en aplicarle las terribles denominaciones de
timador, tramposo, caballero de industria, etc... No comprende, y en
esto nos hallamos todos de acuerdo, que de un padre tan sin paladar
moral haya salido un hijo con la cualidad contraria, extremada hasta
rayar en defecto.

Suspendo el trabajo, y continuaré mañana.

Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería
titularse _¡¡¡Ancora il Malibrán!!!_ así, con muchas admiraciones y
su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora.
Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y
por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la
contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que el
arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor de
muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la Academia;
que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto que yo
no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no son
más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en la
composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo me
río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta suele
apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que le hace
tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con dulzura y
benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla infranqueable
á mi odio insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le
llevo la contraria con más furor. Me declaro rabioso _parnellista_:
sostengo que Gladstone es un progresista de morrión; que _el canciller
de hierro_ está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de
aves de corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una
nación que para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia,
Alemania é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni
por esas: no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le
sulfuro y me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si
hablara con la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige
frases de una galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo
cómo se esponja la muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta
ocasión me habló de él en términos muy desfavorables, diciéndome que
era persona malévola y peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo
para desorientarme.

Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco
por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé
quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias
que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud
del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba
cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán
sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima,
casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me
dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cándido: tú no conoces
á mi marido, como no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que
se las da de tan diplomático y tan _Metternich_. Á Tomás no le gusta
que le alaben sus acciones benéficas, ni aun que le den gracias por
ellas. Te lo advierto para tu gobierno. Cree que la generosidad y la
caridad pierden su mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada?
Te lo diré para que te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto
absoluto de sus buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos.
Te advierto esto porque como también tú le has recomendado á esa
desgraciada viuda de Freire, si la favorece, no se te pase por la
cabeza darle las gracias: lo mejor que puedes hacer es no hablar del
asunto. ¿Á qué abres tanto la boca, tonto? Vosotros los que presumís
de listos, no entendéis palotada de los secretos humanos. Tomás es un
santo, lo que se llama un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees
tú, bobalicón, que no hay santos en esta época? Pues los hay, los hay,
con sus levitas, sus fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo
y sayal. Esa serenidad suya, que le diferencia tanto de las demás
personas, no se altera sino cuando le trompetean los beneficios; te
pone tan nervioso, que, créelo, me causa inquietud. Con que ya sabes,
y adviérteselo también á tu amigo le _petit Talleyrand_, para que no
volváis á incurrir en la simpleza de mostraros agradecidos.»

Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de la
figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir sin
pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de este
aspecto de la persona del grande hombre? Te soy franco: no he acabado
de entenderlo, y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás
tampoco.



XXVI

  _28 de Enero._


Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de
Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría
confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí
para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido
demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la
lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á
cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y
confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis,
y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre
aviso, y sigo observando.»

Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la _estrella con rabo_.
Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto,
he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no
he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete
suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero á las
primeras de cambio, da el pego al lucero del alba.

Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita,
está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto
que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino
complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en
él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y
al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación
social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera,
al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y
padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico.
Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por
hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico
bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo,
como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que
no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea
ni aun llamándolas abismos.

Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero
nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí
estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi
prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele
dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas
palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre
la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que
fué socio y compinche de su padre, entra también en la categoría de
esas obras misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser
agradecidas. ¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que
me lo claven en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado
un antiguo crédito, obligación ó no sé qué de la célebre _Humanitaria_,
y que hay dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente.
Veremos lo que resulta de esto.

Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan plácida,
tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que padeciese
la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy contrariada.
¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los tiempos que
corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más tengo que
decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos, te lo
cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la Peri.
No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á que
nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues no
va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de
instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran
unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de
Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil
carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir
discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que
pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es
preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con
que, abur, que me voy al catre.



XXVII

  _30 de Enero._


Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran
demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando
así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación
del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad
haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros
dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó
el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando
de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre
con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas
familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala
de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara
inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con
el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una
casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante
del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la
turbamulta social.

Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres
que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para
marchar impávidos hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden
serle útiles; no pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está
depositada en casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al
caso), señora de campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de
administrador, mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una
pensión que le da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol
se arrima. Me ha dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo
hará, tú lo has de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de
ese hombre sin segundo, que practica la hipocresía de la dureza de
corazón. Todo su empeño está en que le tengan por insensible á las
miserias y desdichas humanas. Pero lo que es á mí no me la da.

Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga.
Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas
vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por
el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante
hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de
asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con
el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el
ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por
cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le
parece monstruoso. La pavorosa _estrella con rabo_ se marcha para otros
mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero
ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de
éste no he podido leer nada; pero el de Viera resplandece con esa luz
particular que encienden en nuestros ojos los triunfos de la voluntad.
No me queda duda de que ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba.
Augusta debe de saberlo; pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago
para meter la nariz en este secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha
ocurrido algo que aumenta mi confusión, pues no sé cómo relacionarlo
con los demás hechos conocidos para sacar la deseada luz.

Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á almorzar,
que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir. ¡Qué mañana
tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha estado nunca,
muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella boca infernal...
digo, celestial. He dicho infernal porque si no se la hizo el diablo,
como una trampa para coger almas, no entiendo yo quién diablos se la
pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y cariñoso, revelando esa
quietud serena de las almas superiores, que han encontrado el suelo
firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha mía, no almorzó
allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba Calderón, que
nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva versión del
crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de Santanita y
de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á Federico por
su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo, su apego al
antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de las clases.
Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir de las
cosas, acumulándose en nuestra vida durante los años que empalman la
juventud con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que
es tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los
demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene
procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las
preocupaciones de cada cual.

Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo quería
ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el
asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi
intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio,
que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal
que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no
sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y
angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que
se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el
inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar
su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve;
y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que
sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas:
trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para
siempre del molesto enjambre de usureros é _ingleses_, y le aparte de
las _salas del crimen_... ¿Vas entendiendo?

Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección,
y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión es
que en el caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente;
un acto de generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo.
Perfectamente. ¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me
entiendes, tonto? ¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar
un hilo entre la intención cristiana del grande hombre y el objeto de
ella, y seguir ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda
en la blanca mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de
Orozco pueda ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la
cabeza que el conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial
podría darme la llave del arca en que se guarda el secreto que busco?
¿Crees tú que no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me
contestaras de una manera categórica!

Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde lejos un
pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía nace de la
mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala costumbre
de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos. No: yo
miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es un
rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver más
que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera el
móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría
moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase
lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á
los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No
habrá martirios en el orden material; no habrá aquellas penitencias
rudas, brutales y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas,
hay fiebres de virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios
quizás mayores que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más
materia que sacrificar.

Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas, llevándome
á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto me fijé
de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto á
preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si es,
¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no se la
perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con él, ni he
podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va. Esta noche
me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de Augusta. Yo
no le ví.

31 _de Enero_.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió Morfeo,
y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la mando hoy con
esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás: hoy me ha hablado
Villalonga con cierto misterio de unas palabras malignas dichas por
Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí celebraron anoche.
La cosa es grave. El _petit Talleyrand_ se permitió algo más que
esas reticencias que inspira el _champagne_, y de las cuales ninguna
reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas iban contra mi
prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había descubierto la
madriguera donde la muy hipócrita tiene su amoroso refugio. Lo más
indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco
y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte
que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días...
¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...!
Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme
con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para
otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me
aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante
de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia,
porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña
siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios.



XXVIII

  _3 de Febrero._

Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si
entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras.
La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado
la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que
siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por
los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo
para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en
las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de
que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el
horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me
despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido
y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras
que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera
asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé
dónde!... Levántate.»

Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí
que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba
echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví
estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por
quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La
justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de
balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida,
sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá!
«Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no
conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo
su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo.
El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no
lo sabe. Vamos.»

Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á
saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber.
Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón
estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos
allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico
forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría
olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi
ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no
acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es
para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y
horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré
todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que
convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido
pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible.
Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de
la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto
al tremendo suceso. Adiós.



XXIX

  _4 de Febrero._


Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez,
escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el
Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron
mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos
todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya
noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto
mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido,
el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía
de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no
sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la
noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba
claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á
ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el juez
señaló el vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por
punto no me volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y
seco, sordo, completamente insensible ya, por su larga práctica, á las
emociones de estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos
contase con la mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos
mil y tantas autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya
inteligencia no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he
admirado al fin.

Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de todos,
para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían, atenuara
la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en la
sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una
mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me
lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el
cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico
parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio
abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída,
mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos
dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la
levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa
frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro:
por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco, y se
veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en parte
roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando el costado
izquierdo por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La
bala está dentro.»

Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo
declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico
Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos
cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con
indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los
ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un
instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra
un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en
riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó
discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos
ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si
habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón
que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré
de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se
haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo
menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y
mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la
acción determinante de aquella muerte.

Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer. Era
la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza,
guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros:
su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo
Calderón,—no entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre
mujer me agarró el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca:
«¿Quién le ha matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?»

El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y ella,
después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño de mi
alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona decente...
¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay! no tengo
valor para verle...»

Apoyándose en el tronco de un álamo, derramó muchas lágrimas.

Allí se quedó. Desde lejos la miramos, sentada al pie del árbol, vuelta
la cara hacia la puerta del Depósito.

Después quisimos ver el lugar donde apareció el cadáver, y atravesando
todo Madrid, fuimos al paseo de Santa Engracia, más arriba de la
Fábrica de Tapices, donde hay unas casas modernas muy hermosas. Á la
izquierda ábrese una calle en proyecto, cortísima, que sólo tiene un
edificio á cada lado, y termina en terraplén, sobre un suelo mucho más
bajo. Para llegar á éste, hay que descender un vertedero de tierra
movediza. Aún había allí carros echando cascote y arena del vaciado
de casas en construcción. Á la derecha, vense chozas construídas
con adoquines gastados, tablas, planchas de calamina; detrás de
ellas, montones de basura; y delante de algunas, corrales cercados
por baldosas rotas, tablas y alambres sustraídos á las plazoletas
municipales; cubiles de cerdos entre los montones de paja; bastantes
gallinas picoteando aquí y allí. Todo aquello está en hondo, y debe
quedar sepultado cuando los terraplenes iniciados por una parte y otra
lleguen á unirse. En el centro de la hondonada corre un arroyo, por
donde las aguas van á parar á la alcantarilla. Próximo al arroyo, y en
la línea más avanzada de las tierras vertidas, encontraron el cuerpo.
«Aquí estaba,» dijo el juez, señalando con el bastón una mancha obscura
que podía ser de sangre. Los habitantes de las covachas dicen que
sintieron un tiro á eso de las siete de la noche... Un muchacho asegura
que vió venir á un hombre sin sombrero, por el vertedero abajo, y que
hablaba solo.

«¿Y el sombrero no ha parecido?

—Pareció á la entrada de la calle, junto á la valla de la casa en
construcción. Los vecinos no están de acuerdo en el número de tiros que
sonaron. Algunos no oyeron más que uno; otro asegura haber oído dos, y
no falta quien llegue á los tres y á los cuatro.

—¿Y atestiguan todos lo mismo?

—No: una muchacha habla de dos hombres, muy altos, muy negros, con unas
barbas muy largas y los sombreros echados sobre la cara... sombreros de
ala ancha.

—¿Y el arma?

—No hemos podido encontrarla todavía. El terreno es muy desigual, la
tierra blanda y movediza. Puede muy bien haber sido ocultada por los
escombros que se han vertido esta mañana.

—¿Se ha interrogado á los habitantes de las casas vecinas, en el paseo
de Santa Engracia?

—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros del 17 triplicado, que es
la casa más próxima, no han visto ni oído nada.»

Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes,
que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se
había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta
arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible.
Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada
se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de
anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía
pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado
ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á
excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la
dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á
la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga.

Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar á
los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar
en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea
(¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No
sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo,
la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que
debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que
tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico
es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este
sentido, diciéndote: _eureka_... Me acuerdo de esto del _eureka_, y
de los razonamientos con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué
lejos estaba de que mi carta primera sería escrita bajo una impresión
trágica! Estoy aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha
escapado de las manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay
quien me quite de la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería
observar aquella cara, aquellos ojos... ver si tiene entereza para
ponerse la máscara, y cómo engaña con ella á los demás, pues lo que es
á mí...

Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á quien
ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad que tanto
admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de homicidio. Fuera
lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego. Acababa de llegar
de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron la impresión terrible
que les causó por la mañana el telegrama de Augusta participándoles el
terrible suceso. Hablóme después Tomás de la pobre Clotilde, y allí
me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la muerte de su hermano.
Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle la noticia. No me
atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en el salón ni en su
gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa recibida por la
mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale producido una fuerte
jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á nadie. Comimos solos
Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que tenía un mediano
apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los tres callábamos. Á mí
se me humedecían los ojos á cada instante. El diplomático (digo esto
haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré que
por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le tuve.
Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo su extremada
delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las irregularidades
de su vida le hubieran llevado á tan triste fin. No pude conservar mi
varonil entereza, y me eché á llorar como un chiquillo.

Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes noté
consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no
puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo
aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada
de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra
cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante
teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca.
Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á
fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no
dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por
completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había
visto siempre. El _Catón ultramarino_ dejaba en profunda paz á la
Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos
los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se
trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del
día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña
lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo
hombre; una de dos: ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando
su verdadera faz. Pero aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente
impresión más honda que todas las impresiones de aquel infausto día
inolvidable, el 2 de Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de
paciencia.

Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo
había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el
salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito
_criminal_. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos
y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida
hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga,
bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima,
y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para
que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda,
mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se
sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había
venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos
los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó,
diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de
cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía
distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor,
una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación.

«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su voz en
un timbre claro.—Esta mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á
boca de jarro me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal
humor, porque pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue
muy grave. Me parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal
situación de ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude
salir de casa, y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente
que se mata ó á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente.
Y cuando se trata de una persona conocida...

—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el mundo;
pero también grandes cualidades.

—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta
mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos
á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á
dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de
sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió,
como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste
para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar
esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me
disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera
quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis
amigos...»

Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta
dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito!
¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desórdenes de la vida le habrán
llevado á ese desastre!»

No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había
llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un
testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé
también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía
Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre
los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma,
que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho
esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso
más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos,
Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña
al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba
ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer
con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que esto
da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor de las
interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para descubrir...?

—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más
vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de
juego ha podido ser la causa.

—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa que
yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú, juzgando
sólo por impresión, yo me inclino á creer que no.

—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso resultase...

—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un
choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas
escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé cómo.»

Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de que
yo no pudiera sorprenderle los pensamientos.

«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo sabes,
tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo sabes,
porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera
que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera
conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de
mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre
las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo
como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado
reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque
de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero
si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni
podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz
reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente
estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando
envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de
precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la
ocultaba entapujada.

«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente.

—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada. Para
evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.»

Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la enseñó.

«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre la
verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.»

Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó:

«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te metas
á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen descubrir
el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que nadie se
entiende.»

Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin
pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me
inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí
de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando:
«Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz
hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse pronto
aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la idea á la
acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al instante otro
fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado á semejante
mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la aborrecía y la
despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión que sentí
por ella se me representaba como uno de esos estímulos de nuestro
amor propio, que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de
las cuales nos arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no
arrancan del fondo efectivo de nuestro sér.

Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que vivimos
en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz de cultura
que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas, dejándolo
sólo descubierto en las inferiores.

Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella
casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento.

Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas.



XXX

  _5 de Febrero._


Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero
cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras
viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver:
una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la
bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era
mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era
mortal, aunque no de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse
en una vértebra. Además, se observó una fuerte erosión en el brazo
izquierdo, y los dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha.
Creo que no hay datos suficientes para probar el suicidio; pero veo
al juez inclinado á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración
á los habitantes de las covachas, y no resulta nada preciso. Es un
cúmulo de testimonios vagos y contradictorios, que más bien sirve para
confundirnos que para iluminarnos. La indagatoria de los porteros
de las casas próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las
lentitudes de la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me
ocurren mil recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero
ese juez, ¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos
que he dado y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin
auxilio de polizontes, te enteraré oportunamente.

Déjame ahora seguir contándote. Cuando fuimos á la autopsia, el 3 por
la mañana, nos encontramos á la Peri, sentada al pie del mismo árbol en
que la habíamos visto el día anterior. Su cara descolorida y ojerosa
revelaba cansancio y falta de sueño. Como que había pasado allí toda la
noche la infeliz. Contónos que al fin había tenido valor para penetrar
en el Depósito, _pasito á pasito_, procurando quitarse el miedo de un
modo gradual. Acercóse despacio á la puerta; alargó la cabeza hasta que
pudo distinguir un pie de Federico; después fué avanzando lentamente,
viendo más, más á cada instante... hasta que su ánimo se robusteció
y pudo arrostrar el espectáculo del cadáver completo, de pies á
cabeza. Aun con estas precauciones, no pudo evitar una súbita emoción
dolorosísima al verle la cara... y se cayó con un poquitín de síncope,
y el guarda la tuvo que levantar. Mientras se lo permitieron, estuvo
allí, rezando, según dice; después mojó un pañuelo en la sangre que
destilaba del cráneo del difunto, y cortándole mechones de pelo, los
guardó en otro pañuelo. Mostrábame estas reliquias mientras lo refería.
Cuando el guarda la hizo salir, porque ya era tarde, sentóse junto al
árbol, decidida á quedarse allí toda la noche, _velando á su amigo de
su alma_. ¡El pobrecito estaba tan solo en aquel muladar, olvidado de
todo el mundo! Daba dolor ver arrojado sobre aquella mesa, compuesta de
una losa de mármol sobre cuatro patas de hierro, el cuerpo del hombre
que había sido alegría y encanto de la sociedad. No lo dijo así la
Peri, pero tal fué su idea. Recuerdo esta frase: «¡Y los otros allá,
divirtiéndose, y quizás alegrándose de haberle quitado de en medio!
¡Canallas!»

Pues, como te digo, la noche entera pasó Leonor en campo raso, al
amparo del olmo sin follaje, arrebujadita en su mantón. Á la madrugada,
diéronle albergue los habitantes de un ventorrillo cercano; tomó
un trago de aguardiente, después buñuelos y encima otro poquito de
aguardiente. Con esto se entonó, y vuelta á la guardia. Al amanecer,
no podía con su alma, de sueño, cansancio y pesadumbre. Todo esto nos
lo contaba con ingenua naturalidad, sin dar importancia al plantón ni
á las molestias del mal dormir en cama tan dura; y como el forense, á
quien acompañábamos, se permitiese decirle alguna cuchufleta sobre la
soledad en que se habían quedado sus amigos de Madrid aquella noche,
contestó con gran desembarazo: _que se fastidien_, agregando á la
frase un gesto sumamente expresivo. Enterada de que iba á verificarse
la autopsia, se horrorizaba de pensar cómo le pondrían el cuerpo y
la cabeza á su pobre amigo. «¿Y para qué semejante carnicería?—Más
vale que te vayas—le dije yo,—que estas cosas son muy tristes.» Pero
ella, haciendo propósito de no presenciar el _desmoche_, aunque se
lo permitieran, dijo que no se retiraría á su casa hasta no dejar el
cuerpo de su amigo en tierra sagrada, y echarle encima un buen Padre
Nuestro.

Al salir del terrible acto médico-legal, la encontré en el propio
sitio, llorando. Suplicóme que le contara los horrores que yo había
visto; pero hallábame tan impresionado, que apenas pude complacerla. Su
curiosidad me estimulaba á hablar, y hacíame preguntas que me dejaban
frío. ¿Le abrieron la cabeza? ¿Qué tenía dentro? ¿Se había visto bien
claro que era el mejor caballero del mundo?—No, mujer, eso no se puede
ver.» Preguntaba luego si le habían sacado el corazón, y cómo era.
Debía de ser, según ella, un corazón grandísimo, tan grande que no le
cabía dentro... Me lastimaban tanto las candorosas interrogaciones de
aquella mujer, como si sintiera en mis carnes las cuchillas del forense
haciendo mi propia autopsia. Admiré en Leonor aquella fidelidad de
perro, y la pobre mujer se engrandecía á mis ojos.

El entierro se verificó en el cementerio de San Justo. Fué Santanita
representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no
había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de
catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro
fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la _Funeraria_, todo lo
que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el
cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y
nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito,
llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo
fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches.
Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo.
Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios
rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido
acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se
quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos
los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues
los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en
algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una
crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre
perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya
perdonado.»

Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y comprenderlo,
conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada muerte. Ni
te hablaré de las _ideas que se agolpaban á mi mente_, ni del lúgubre
sonido de la caja al caer en el fondo de la fosa. Todo esto, aunque es
verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de
ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía
el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su
fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir
encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas
noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la
sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.»

Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados, fríos,
casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos preguntábamos
por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo que hacía,
voluble y desigual, _impropio de la estación_, y echándole la culpa de
nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más entierros, con
bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas, á quienes
saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas descendían
largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos cementerios.
Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir un poquito
más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo claro,
transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba bastante. De
los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron esqueletos,
ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque faltaría á la
verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí, frío á la
sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con dos
espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo.

Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que son las
cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana y metido
bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero se iba
quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada vuelta de
las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la pobre Peri,
que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila. Calderón es
hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que la mala reputación
de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus sentimientos,
permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en ocasión tan triste.
«Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has vuelto con Guillermón?»
Contestóle ella con desprecio, y á mí, francamente, me indignaba
la grosería de mi amigo y su falta de respeto hacia lo que siempre
es respetable, hállese donde se hallare. Poco hablamos durante el
trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri, contemplando con
arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo atado á la chulesca.
El insomnio y la tristeza la hacían más bella, ó á mí al menos me lo
parecía. No te oculto nada de lo que siento, aun sabiendo que tal vez
te burlarás de mí. Por eso te digo que la mujer aquélla me pareció
interesantísima, y que me gustaba, sí, me gustaba; sentía en mí una
propulsión misteriosa que hacia ella de la manera más espiritual me
lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba armando ya una de esas
tremolinas pasionales que tan comunes son en mí. No paraba mientes en
la clase de mujer que es; no quise ver más que el sentimiento noble,
puro y acendrado que mostrado había, sin mezcla alguna de afectación,
y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no sé qué
respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de dar á
las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que me
era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi
existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando
nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber
dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo
permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar.
Iremos á donde tú quieras.»

No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo deseo de
estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre ciertos hechos,
referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á fin de instruir con
buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían ambos móviles á la vez
los que determinaron mi aproximación á aquella mujer. Aún le dije más:
«Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito entenderme contigo sin
tardanza; te necesito como amiga y como reveladora de ciertas cosas que
deseo saber.

—No sé si podré—replicó sonriendo.—_Ese_ debe de estar quemado,
esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde
usted quiera... con tal que me dejen.»

Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció
contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor de
todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien estaba
hecho un veneno por ausencia tan larga. Habían salido en su busca...
habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo
en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí
rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala
transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas rojas.

«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»

Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la
actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer
caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»

Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me sonreí
al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché las
cartas, y en _lo que esperas_, salió el siete de espadas, _muerte
segura_, con el dos de copas, _sorpresa_, por causa de _la mujer de
buen color_...

—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?

—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan las
cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo
contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez
me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da
palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero
amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que
no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero
ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no
la había... Le juro á usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha
ley, nos apreciábamos, y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en
alguna situación mala, y él de mí.

—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero vamos
por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo primero
que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo grandes
pérdidas en el juego estos últimos días.

—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, pero
muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que no
comprometa el buen nombre del pobre difunto.

—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te
guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué él.

—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose las
uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy lejos,
señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme de un
hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una amistad
como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro días.

—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y
pronto.

—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo
decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría
pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay
cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.

—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me confíes,
y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. Ahora,
lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber
aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido?
¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía
á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión
sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»

Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su
rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas,
me respondió con voz entrecortada:

«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso de
que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia
para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan
persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!

—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de mujer?

—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, me haré
la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la quite.

—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...

—Hay mujeres muy remalas.

—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha andado
en esto.»

Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía
siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda:

«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»

No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de nuestras
palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer alguna vez,
te dió cuenta de sus amores con ella?

—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted que
nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás pronunció
el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando yo quería
tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo negaba...

—¿Entonces, cómo sabías tú...?

—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben muchas
cosas.

—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas para
creer que le mataron?

—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento convencido
y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... Yo me
guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.

—¿Ni á mí tampoco?

—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían
vengarse de mí.

—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. ¿Crees
tú que Federico murió á mano de hombre?

—Claro: de hombre...

—Me basta.»

Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para
que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi
interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avanzado de
la mañana, se nos impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es
tan inconveniente para los altos fines humanos como pasarse todo un día
sin almorzar. Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta
el intrincado problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales
para ser tratado con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella
en que almorzáramos allí; yo que en el _restaurant_. Venció por fin
el sexo débil, y pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo?
Pues sí, ¿por qué no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se
agigantaba, no sólo por su belleza, sino también, y más quizás, por
no sé qué aureola moral que mi mente voluntariosa veía ó quería ver
en ella. Nada, hijo de mi alma, que estaba yo enamorado... no retiro
la palabra, enamorado de la Peri, y deseando manifestárselo; y has de
saber también que lo que en mí sentía era muy por lo fino, algo de
galantería caballeresca y sentimental que me andaba por dentro como
lucida procesión, y... no sé qué más decirte.

Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no
puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.



XXXI

  _7 de Febrero._


¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á
su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á
manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos
la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó
quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo
de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes.
Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la
vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la
realidad andan ó suelen andar á la greña.

No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre
paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien
regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos
la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería
con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar
esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra
enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita
que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos
todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te
presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco
torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras
como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y
manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y
un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en
fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas
en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por
respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta
mañana... _dama de mis pensamientos_.

Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó
una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras,
que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia;
no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman
_broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_
_¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente
_¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea
que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco
por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.

De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda
solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su
querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con
actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día
y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras
ná del cadáver?»

Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me
dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo
esté tan chalaíta por este animal?»

Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos;
pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de
amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No
manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y
creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien
de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron
á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo,
ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo
atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía
que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y
recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y
el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo
te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en
tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro
que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor
se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.

Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible,
creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante
el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me
desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me
parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así.
Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón
suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda
ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus
debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño
resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés;
pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.

Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me
retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión
sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina
del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura.
La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico
había sido muerto por Orozco.

«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las
Charcas...! Me consta.

—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me
ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que
desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa,
con otro chavó. ¿Y esa?»

Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como
intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones
sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que
volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo,
pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me
marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y
callejeras que no habían de faltar.

En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa.
Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado
de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía
de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad
prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que
no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista
y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad
verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso
de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él
su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí,
como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas,
aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación
escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género
de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por
debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta
los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para
obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con
brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta
entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado
y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de
la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas
y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas
hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban
estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras
los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un
fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he
de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto
de mí.

Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba.
Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el
sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión
por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la
confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo
único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y
el más tonto de los planetas.



XXXII

  _9 de Febrero._


Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como vivimos
en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo de este
suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos aceptables,
se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro á excitar
en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir la serie
de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer luego en
el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez con
vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya conjeturas
para todos los gustos.

Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería tratar
conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto al buen
Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al cielo á
cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una turbación
hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la burlona
máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por esas.
La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la boca en
monosílabos y expresiones entrecortadas.

«Es una indecencia la opinión en este país—me dijo temblando de
ira.—No respetan nada... Esto es un escándalo.»

Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo
alusiones veladas á la familia de Orozco.

«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.

—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la más
sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?

—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; que todo
lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó recobrando su
papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría mucho gusto en
darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que siempre sostuve.
Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de Federico le da la vena
de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? Ya sabes que no tengo
cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En fin, que me da la
gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo tú no te indignas
también. ¿Eres ó no eres de la familia?

—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer
una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»

Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes,
es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo
para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este
recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para jugar
con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de tiempo, y yo
no borro nada de lo escrito. En rigor, debo preferir el orden lógico
del relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para
usadas por aprendices.

Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso la
cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:

«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y no
vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos
honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, señor.»

No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que hubiese
conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por completo
la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de un
ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata
arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo
que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate
en lo que decía:

«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á la
calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero
qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á
alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y
amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo,
créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus
bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos,
hacen _crac_, _crac_. El matrimonio se hunde, las instituciones
políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura,
pilares podridos que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí,
Manolo, Manolito, tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo:
aunque sé que ese mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por
el momento yo tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan
de lo que no les importa, á los que acusan á las personas formales
de crímenes ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la
sociedad está haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!...
¡qué tropa, hijo!... ¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi
adorada Tinita!... ¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y
de la...! Por supuesto, yo reconozco que el mundo es un presidio
esférico. El pecado, el mal son su dueño absoluto; pero la honradez y
la pureza existen, ¿pues no han de existir? Hombre, aunque sólo sea
como término imprescindible de comparación. Pues bien: yo te digo que
estas atrocidades que cuentan ahora de la familia Orozco, son injustas
y calumniosas... Yo estoy que trino; y si quieres que tu padrino te
quiera, sal por ahí, y al primero que te suelte una alusioncita le
rompes todas las muelas.

—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues
ignoramos la verdad.

—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.

—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión
judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»

Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el
escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar
el homicidio. La justicia opina que Federico se dió la muerte
á consecuencia de grandes pérdidas en el juego. Las diligencias
continúan, sí, pero encarriladas ya en una dirección de la cual no se
desviarán.

«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con aire
jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?

—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días,
sino grandes ganancias.

—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias.
Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de
argumentar.»

Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos
del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y
echándome el brazo al cuello, me dijo:

«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes en lo
que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar conmigo,
que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos de común
acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras impresiones.
Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de esta tremenda
chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo con mi
experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame lo que
hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla en el
Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es que...
te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la malicia
humana, de todas las enfermedades de la opinión, porque la opinión es
una pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión,
hijo mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las
mujerzuelas.»

Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban las ideas
que constituyen lo más típico y lo más agradable de su personalidad,
con la obligación de aplicar á un hecho real criterio distinto del
que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de conocer la
verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija en aquel
drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos que
daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que á
veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad;
los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por
encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima
gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me
representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos
que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le
daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir,
parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle,
y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura,
varió de tono. Habías de verle y oirle.

«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me atosiga. Yo
sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; pero francamente,
no me gusta que mi nombre ande en bocas de la caterva maliciosa. Me
has de contar todo lo que oigas, aunque sea de lo más insolente y
desvergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar á
medio Madrid.

—¡Ave María Purísima!

—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, y
no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; quiero
emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, hacer
cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte años, á
la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los muchachos de mi
taifa!»

Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea
chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la
mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual
compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y
las aplauda.

—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente,
cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á
creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me
alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo
opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el
caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos...
¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego
los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad...
Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo
conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que
presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó menos
largo, pero no en mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito
móviles puros en la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que
anden por los suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes.
Esto es una calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.

—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de
poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la
tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»

Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví
palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:

«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no
revuelvas, no menees esto.

—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?

—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no
bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible.
Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el
honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias
del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á
ella nos atenemos.»

Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas palabras:

«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, que
no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos dará
la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga algo contra
ella, le divides. Tose fuerte, y tendrás siempre razón. Y ya que nos
hemos explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y
me debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria
la Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me
le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es
hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe
que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es
arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.

Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la
boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi
casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la
calle, como tres y dos son cinco.»

No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche
de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio,
me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas,
llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la
familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la
escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo
zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que
la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar
de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me
lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de
este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero no
un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: te
juro que es retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de
su parecido y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que
atesora la Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones,
donde así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que
las examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y
qué iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera?
Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa,
y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo
que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á
hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate
á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á
que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya
existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te
pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos.
Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas
corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los
da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención
realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse
á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me
acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las _consideraciones_, y
éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.



XXXIII

  _10 de Febrero._


Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba
incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis
que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi
presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y
les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos
ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del
suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia
oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se
ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura.
Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto,
Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía
cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete
próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo
hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un
curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros
maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo
la historia del grabado en talla dulce y del agua fuerte, y la explica
con amenidad y lucidez.

Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas
materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije:
«Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado
su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es
indiscreción el desear saberla.

—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y
afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde
el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas,
tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no
la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por
insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego,
ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento
bravío del honor y de la responsabilidad.

—¿Y no cree usted que...?

—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo
Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas
cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que
debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil,
va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.»

Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que otorgar
callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de nuestros
amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, circunspecta hasta
dejárselo de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme
al papel que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría
sorprendido semejante actitud si no me constara que un día antes había
lanzado, en casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas
y estrafalarias del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no
supiera, como sé, que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó
decir en casa de la Peri, delante de varios amigos excitados por el
_champagne_, que había descubierto el nido de amores de mi prima
Augusta, y que sabía quién era él, aunque se reservó su nombre.

Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del carácter
de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las
exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia
manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin
duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel
de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la
vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la
trama ocultadora.

Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de
sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que
saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato
á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa
fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los
hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo.

Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te sorprenderá.
De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia próxima, nos
llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y abandonado.» Suele
llamar pollos á todos los que no son de su edad. Comimos con él, y de
buenas á primeras, como quien continúa en alta voz un monólogo, nos
dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre en que ese yernecito que
Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen punto...

—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó
Malibrán, firme en su papel.

—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted
dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de
Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares.
¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho
que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija,
que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...

—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó helado,
pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse puede.

—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía!
Cuánto debe padecer con estas infamias...»

Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él leyó
en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.

Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.



XXXIV

  _12 de Febrero._


Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el _solar del
polvorista_, que así, según supe después, se llama el sitio donde
apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía
popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las
variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos,
algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida
autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no
por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la
Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel
viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el
que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no
debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y
por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de
las del paseo de Santa Engracia, próxima al _solar del polvorista_. Del
portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice
mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas
pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me
puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar
ningún dato á las diligencias judiciales.

Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire
usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si
se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar
á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia
ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas
cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la
dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los
ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una
autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto
entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las
comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar
entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este
dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré
á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial
hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y
celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra,
están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera.
No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre
todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es
suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la
solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el
camino derecho produciría mayores males, por aquello de _summum jus
summa injuria_.»

Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus
argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de
consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de
fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo:
«Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde
podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche
del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era
imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me
dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad
cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso
vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí,
Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al
infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del
costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado
por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo
balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»

El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo,
lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por
grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de
costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder
de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el
mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de
pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos
puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones
sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa,
los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre
por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se
contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable,
y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida
ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la
posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella.
Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: _no veo_, no
puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello
podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á
figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto
ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos,
que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo
que no hay histrionismo en grado tal de perfección.

En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino
como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este
esperó á Federico cuando salía, y _pim_, _pam_. El principal sostenedor
de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de
la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre
de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador
pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede
ser, aunque yo no _siento_ el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo
ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo
de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es
capaz de eso.

Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la
que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es
de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal,
y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y
el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el
bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero
no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago
comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio
por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni
aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están
vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos
cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados
aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de
chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un
almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como
almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido
con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el
centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo
del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles
de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó
el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole
con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su
altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de
tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar
que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.

Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este
problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el
vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo
que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.

Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los
acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices.
Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar
á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.



XXXV

  _14 de Febrero._


Allá va otra.

De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que tiene
más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no figura
para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que nadie
sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo
se determina la participación en el drama de este nuevo elemento,
es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de
vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si
lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró
en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once
serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te
contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega
el llamado Vargas, que es un _sportman_ y _ciclista_ muy conocido, se
le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada,
sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó
ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, de
ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar esta
cita. Pero lo pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su
amigo es que la señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó
si, habiendo visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena
fe que era la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón
con un sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y
rubia. «¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida
empieza la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio,
otros en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre
ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al
encontrarse con que es la auténtica _tía Javiera_ del asesinato de
Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y
alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al
desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase,
quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que,
cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á
todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas
próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por
calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que
no le pareció caballero. _Por cierto que le chocó._ Da las señas: alto,
fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto
extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya
puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que
sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.

Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, pues
la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo humanamente
probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la fragilidad
femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso y barbudo,
alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. Francamente, no
caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á eliminarle, como un
fantasma intruso, de la serie de hipótesis razonables.

Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay
paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que
no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota
marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el
dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé
la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo
diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la
persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera
presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella,
ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las
cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted,
que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se
sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere)
le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted en
las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. Augusta
disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el espinazo, y la
vejiga, y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde
le encontraron.

—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de
necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.

—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la marquesa.—Es
usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo forense (bajando
mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he de nombrar, que no
había tal herida, y que eso se puso en el informe pericial para dar por
probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á usted es lo que pasó...
¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un pico á Orozco y á don
Carlos.

—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...

—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo añado,
amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora
pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»

Esto me lo contó el _Catón ultramarino_, el cual ni lo creía ni
callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á _tirios_ y
_troyanos_, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los
amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas);
Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh!
Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca
un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe
morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor,
ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fraterna muy
puesta en razón, coge el arma, y pim, pum...

¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando
en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres
de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido
á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte,
y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector
de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco
y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de
Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y
estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los
tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en
aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito.
Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y
compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los
guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida
á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho
incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento
de confusión.

Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo menos
posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. No te los
cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos que tengo yo
dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho sigilo: «Tengo un
gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me ha dicho el marido
de la sobrina de la nuera del forense... ya ve usted que el conducto
no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el forense en casa
del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la herida del costado
es de homicidio; la de la frente de suicidio.»

—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para comprobarlo,
necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera del hermano
del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al llegar al
forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es mía.»

Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más
graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los
más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto
no lastimar á la familia Orozco. Si el _reportismo_ y la fiebre de
la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé
saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde,
basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto
á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas
son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios
personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que
los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que
los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo
de la prensa se une el _reportismo_ oral, que es más difusivo, más
penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara
verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y más
eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: un
periodista me reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense
sobre la naturaleza de las heridas; pero á la inversa de como me la
transmitió Joaquín Pez, es decir, que la herida de la frente era
de homicidio, la del costado de suicidio. Respecto al origen de la
noticia, diómela por auténtica y autorizada á no poder más. Lo había
oído él mismo, la noche anterior, en la tertulia de no sé qué ministro,
de boca de un respetable sujeto de la curia. Con que ve tomando notas,
y acaba de volverte loco como tu corresponsal y amigo.

El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se
entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que
estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho
sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus
actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica,
inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el
run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del
país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación
de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación
de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles
que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo,
por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas,
y estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la
ponen delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que
tengo los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra
de maldición, hazme el favor de decirles que ahí me las den todas.
Les odio con toda mi alma, y deseo que el cielo les aflija con mil
calamidades, sequías, riadas, pedriscos y ciclones, y un terremoto de
añadidura; que no quede en pie ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida
todas las reses, inclusos los caciques del pueblo, y que la tierra sea
infecunda y no produzca ni un solo ajo. Abur.



XXXVI

  _16 de Febrero._


He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con ella
la conferencia que vivamente deseo.

Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo de rosa
el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de la cabeza,
abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico santuario de
la... permíteme que no acabe la frase.

Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á variar
la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que ha reñido
con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su casa por
las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y un qué sé
yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el tal mancebo
me es bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su
buen corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien
si dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo
que brotó de mis autorizados labios.

Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu
se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de
lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna,
las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se
convierten en dislocaciones de payaso.

Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su
sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días
antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien
poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta
poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente
ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No
le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera
amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni
hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el
asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, fué
todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu la
fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre muerto,
y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. Aquí tienes
cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de improviso
trocada en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.

Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno
contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como
luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si
la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le
estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus
ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora
de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente
desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino
podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado,
metiéndose también á diplomática.

Las garatusas iban en _crescendo_ alarmante: díjome que soy muy
simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el
corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas
enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció
entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta.
«Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no
me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á
mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni
estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que no
toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á tí,
que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres que
seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en la
sepultura, y de allí no le han de sacar tus diligencias, ni las mías,
ni las de nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es
lo que ha de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en
ésta. Que si fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano...
Mira, nada importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el
Purgatorio por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán
pronto, pues era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y
caballero hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en
paz al pobrecito.»

Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido
acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi
amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me
pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome
á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no
concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la
amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el
secreto.

Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á mil
arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de
relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su
reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos
asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria,
y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento
haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería,
como hacen los de las Cortes cuando se les escapa una barbaridad.
Lo que pasaba entre Federico y yo es cosa _particular_ nuestra, tan
_particular_, que si quieres que yo te quiera, has de coserte la
boquita y no hacerme preguntas, porque te planto en la calle, como he
plantado á ese puerco del pollo malagueño, que maldito sea y toda su
casta.»

¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de
respetar estas delicadezas... _particulares_, que tal vez tienen
un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi
impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas
con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas
que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á
sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado
aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva
cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda
llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.

—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba que
venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...

—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin dejarme
concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en la boca,
y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se me queda
dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; pero
también muy _acá para mí_. Entrego al que habla conmigo las llaves
todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no se
volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo que te
digo? Eres ahora mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión.
Durará dos meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure
ocho días; pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día
que me canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los
brazos; mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto
de un hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie
para atrás, hasta que se me quitó de delante.»

Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que quito
ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser quien
es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque uno
se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose
de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de
ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección
que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas
humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado
de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo
reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?

«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello,
mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te
lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces.
Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él
guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago de
tu silencio, quizás para que prestes una declaración falsa, asegurando
al juez que Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días
anteriores á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos?
Ello ha de quedar entre nosotros.»

¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada primero
ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, pronto
se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo expresé, no
sin añadir algunas explicaciones.

«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde que
tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre me
lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él quiere
es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al juez le dije
que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera boqueado más
de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero qué se saca
de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo que quiero es
que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. Te diré otra
cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó papeles de
compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que no hay
nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que ese
viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo:
«Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición
de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna,
guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les
tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo, me había compuesto mi
novelona para embocársela á los de mi tertulia.

—¿Y cuál era tu novela?

—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que
ella se la pegaba con Malibrán.

—¡Jesús!

—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le
había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que
me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo
el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros,
me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te
descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En
fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé
nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»

Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor
las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía
una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable
yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis
zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por
fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado
arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á
saberla.

Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado en
su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, y le
había dicho: «Si no encuentro de aquí á la noche determinada cantidad,
me pego un tiro.»

«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome ver
que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer mucho
bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? ¡Ah!
también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, y yo no se
lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el tapiz se me había
montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy temible cuando me
encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y punto concluído... Pero
no sabes lo más salado, y es que me porté cochinamente con Cisneritos.
Cuando me encontré delante del juez, entráronme remordimientos, y pensé
que si decía lo que me mandó el vejete, arrojaba una mancha sobre el
buen nombre de mi amigo querido, el número uno de los caballeros de
Madrid... Nada, nada, que se me resistía declarar aquellas papas... yo
soy así. El escribano me hizo muchas cucamonas, y el secretario me dijo
mil porquerías, y entre todos me estuvieron mareando un rato. Pues,
chico, me atufé y me dió la santísima gana de no soltar prenda: que yo
no sabía una palabra, que no había visto al _interfezto_, que no me
constaba si ganaba ó perdía. Allá escribieron todito lo que dije, firmé
y á vivir... Tú dirás que me porté mal con don Carlos, y que debía
devolverle el tapiz... Pero ya ves: era una indecencia que yo dijese
de Federico cosas que le ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de
él, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos,
todos, menos el de la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno
para mí. ¡Cómo había yo de...! Verdad que no cumpliendo con Cisneros,
debía decirle: «Tome usted su arrastrado tapiz, que yo soy más persona
decente de lo que usted se piensa...» Pero sobre que no tuve alma para
devolver el regalo, ¿no te parece á tí que es justo jugarle una partida
serrana á ese tío, más malo que el no comer?... Y bastante favor le
hago callando, ¡digo! Mi _no sé nada_, mi _no he visto nada_ valen
bien, no digo yo un tapiz, sino media docena.»

¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No
ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único
que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á
veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para
saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni
triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la
clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado
en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se
planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se
queda, y hay que matarla ó dejarla.

Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto
principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien
un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas.
Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono y
confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, y la
doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el pollo
malagueño se había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías
de ver á la Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse
mínimos, y agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y
le sobraba para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué
pronto le despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los
brazos en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul,
canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran
vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor,
y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que
coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi
chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á
las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle
la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que
coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de
los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»

¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la profunda
ciénaga del vicio, _do se anidan_ (¡atiza!) todas las sierpes venenosas
que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no llevarte las
manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que lo valga.
Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del medio
social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y lo vea.



XXXVII

  _17 de Febrero._


Evangelio del día, _secundum Villalonga_. Este astuto vividor,
bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto
de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en
leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino,
ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante.
Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino
cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia.
En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más
razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes.

Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á enlodar
los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento social.
Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece que está
refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues si le
quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo esperará
de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su versión: «La
muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo final de una
pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como el borracho que
no encuentra bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más
ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas
establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles...
¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo
el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que
un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de
malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en
actitud de querella se metieron por la calle que conduce al _solar del
polvorista_. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío
les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.»

Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho
vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y
luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la
ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza
proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de
abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar
lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que
daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza
proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán
ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere
ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario
y por el _self-governement_. ¡Eso es país, eso es política y opinión
soberana... y _juego_ de las instituciones...!

Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la Barca, del cual creía
yo que, por ser amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito,
sostendría las versiones más favorables á sus patronos. Pues no,
señor. La intención á eso va; pero no le resulta, y su destornillada
cabeza ha compuesto un novelorrio que cree muy lisonjero para sus
amigos; pero es tal la necedad de su invención, que ni daño ni favor
puede hacerles. Supone á Federico perdidamente enamorado de Augusta,
y á ésta rechazándole con desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de
sostener que le _consta_, por haber oído y visto algo que corrobora
semejante afirmación. Pues bien: Federico, loco de amor, frenético,
y sin reparar en los medios que emplea para obtener de la dama la
cita que con tenacidad le pide, resuelve engañarla, diciéndole que su
esposo tiene una querida; Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece
probarlo. ¿Cómo? Pues en tal sitio se ven los amantes: la esposa
ofendida puede sorprenderles y cerciorarse de que se la pegan. Cae
mi prima en el lazo, y se deja llevar por el traidor á la casa donde
éste le ha ofrecido patentizarle la infidelidad de Orozco. Llegan...
Escena. Federico, ebrio de amor, confiesa su pérfido ardid, y cae
de rodillas. Augusta le pone de vuelta y media: esto es de cajón.
El otro, arrebatado y ciego, le dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el
muy pillín saca su revólver. La dama prefiere la muerte. Trábase una
pequeña lucha, cae el revólver al suelo, se dispara solo, pataplum,
y la bala se le mete á Federico por la cintura. _Table...a...u_.
Imagínate lo demás. Viéndose herido, reconoce el criminal el _dedo de
la Providencia_, porque este dedito fué el que oprimió el gatillo del
arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á la dama. Esta se
lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que se arrepienta, á
lo que él accede, porque ya no tiene más remedio.

«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le
preguntamos.—¿La herida de la cabeza?»

Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la
continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el
pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo
de estos adefesios de la inventiva ramplona.

No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y vámonos
al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no lo es para
una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría disipar con
cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que Augusta sabe la
solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que detrás de aquel
entrecejo está la representación exacta del hecho, y que yo no puedo
verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no sé qué daría, amigo
Equis: creo que daría años de mi vida porque esa mujer tuviera un
momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto. Vamos, que le
perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me cuenta lo que
pasó en aquella noche aciaga.

Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una campaña
de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas las armas,
desde las que infunden miedo á las que inspiran afecto y confianza. No
me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del
fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y
al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy
he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y
además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con
Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato
á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes
establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré
todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la
esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos.
Hasta otro día.



XXXVIII

  _19 de Febrero._


No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El
santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi
seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es
grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero,
sería preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior
que rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la
cual no notas ni el más ligero signo de disgusto ó contrariedad;
habías de oir su acento, siempre firme y reposado. Á su mujer la
trata con la cariñosa deferencia de siempre, y ella á él con mayores
consideraciones, si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el
arcano que en la intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me
inquieta ya más que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no
sé qué, años de vida también, única moneda con que se avaloran tales
satisfacciones, por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que
hablan... ¿Pero qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen
nada, y se han puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno
al otro?...

Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta
apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan
en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de
tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo.
Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de
ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si
realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros.
No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me
resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes
religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero
en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los
chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo,
que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca
el olor de esa santidad... perfumada.

Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó
ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos.
Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues
no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la
estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta
de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me
parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando
de mí y apretándome sin ahogarme.

Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días
y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin
duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe
sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa;
la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular,
echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero
no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo
creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que
me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que
todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues
te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la
expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de
nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder
que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que
amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré
aquel día guapísima, y sentí que las energías de mi carácter se
debilitaban lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo
que al buen Cupido se refiere.

Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á hablarme.
Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues lo
que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos
y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles,
reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc.,
etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para
hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el
secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela,
que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un
sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con
elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía
absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni
Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con
nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los
desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que,
por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era,
pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo
de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en
indagaciones.

Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía ser
inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de tener
con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro, pues yo tenía
datos bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á
partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco.

Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas versiones.
La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con sarcástica
frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que yo le
maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de las
indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que
más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la
trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose
de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad!

Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al
sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó
menos lo que escribo á continuación:

«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que desmerecerás á
mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta y aun crimen de
amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que el amor mismo, el
cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo se ha sobrepuesto
á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio hay más que
perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que peco de amor por
tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo con la intención?
Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo no absolverte de la
tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo cierto derecho á saber
tus penas para consolarlas; deseo ardientemente que arrojes sobre mí
las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura, y
no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del
alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á
quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques
á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy
convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me
corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré,
ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de
que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no
puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en
tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu
mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo
sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho
tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.»

¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud?
Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le
hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no
pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería
precursor de la espontaneidad que deseaba.

Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. Se
enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por
ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:

«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima,
porque de veras la merezco.»

Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de hacerlo,
me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de consuelos
se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de ser su
amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y no
se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida,
hondamente afectada.

Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué
severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se
posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie
y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:

«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de que
no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»

Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla:
de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió
por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día
hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que
someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?

Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las palabras
de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver loco á tu
amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué cosa tan rara:
piensa en el enlace misterioso de las palabras con los afectos en esta
arrastrada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas peregrinas
ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á dirigirle aquellas
frases amorosas que te he copiado, como quien emplea un argumento
capcioso; se las dije, persuadido de que no decía la verdad, y al
concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía á todas aquellas
retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, Equisillo, que toda la
noche y al día siguiente estuve en brega con mis potencias cerebrales,
dudando de lo que sentía, y concluyendo por declararme que esa mujer me
tiene embrujado; que mientras más me esconde su secreto, más impelido
me siento hacia ella, y que si me convenciera de que fué realmente
matadora, más la querría, no vacilando en someterme á la prueba de ser
muerto por su mano, con tal que antes... No sigo, porque te alarmarás,
creyendo que ya no tengo remedio. Abur, tonto.



XXXIX

  _20 de Febrero._


Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó
venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los
barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.

La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, que
sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí también,
sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que podríamos
hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo al cuarto
de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni enfermeras,
ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo con ella y
observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que aquello era
cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. Lo primero
que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle la muñeca,
diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada retiró la mano,
no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien cicatrizada, y me
dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, y no hacer ni decir
tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, esa estúpida sospecha?
¿Acaso te ha cabido en la cabeza que yo me magullé la mano en una
lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la
víctima para...

—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído nunca
que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la muerte
de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.

—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi
confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas
cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no
puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la
desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te
empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»

Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le
otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque
estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y
honesto que me concede, y reconozco no merecer más.

«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir en
mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre espiritual,
con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, voy yo
también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos deslices, y
excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, señor moralista?»

Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería
aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en
quien no pude menos de reconocer la sagacidad castellana de su padre
el zorro de Cisneros? No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la
cuenta de que su objeto era tomar la ofensiva, como papel más airoso
para ella en la lucha que entablado habíamos.

«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay
algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes
suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No
llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia
mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»

Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales
cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos
de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa
mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene
nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os
ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos
de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época!
¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las
calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de
los que...!»

No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que
quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un
odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron
su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el
descuidillo de sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su
rostro diciendo: «¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me
repugna verte en esa degradación.»

Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle,
contesté de este modo:

—Basta que á tí no te agrade _eso_, para que al instante se concluya.

—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.

—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi
directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?

—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»

Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se decidió
por uno, tras breve meditación.

—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus
amistades con esa mujerzuela.»

Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te pasmes,
no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y necesito
explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para tí dar un
puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si te adivino...
creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de averiguar qué
clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre Federico con
ella, porque, como te has metido á juez instructor, naturalmente habías
de buscar datos... del propio cosechero... ¿He adivinado?

—Sí... tal ha sido mi intención.

—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has
descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en
la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos
ver.»

¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de
Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que
Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo
manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que
podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto,
y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los
estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas,
seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella,
y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de
aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y
ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio,
que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y
terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada.
Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su
denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo,
entre suspiros que le salían del fondo del alma.

Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en estos
términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero es
hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, amigo
Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has hecho
amigo de la Peri para indagar por tu cuenta?

—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.

—Cierto, esa es la verdad.

—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de tí
ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo te
ayudaré á completarlo.»

Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de
expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada,
quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no
prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba;
estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí
tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y
hasta mañana ó pasado...»

Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, y
estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran
las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas
de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que
la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me
inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde
se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las
calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á
primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:

«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he preguntado
sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es grave: me lo
vas á decir, y así me probarás que me quieres y eres mi amiga. Nada,
que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú
con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto
lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara
bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por
lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla
claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que
te quiero mucho...?»

Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por mí...
¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»

Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo
muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el
pobre Federico.

—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no tienes
alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan caballero
como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te ha picado
hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á echar las
cartas para saberlo.»

Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba
empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: _lo que esperas_, _lo
que no esperas_, _lo que te ha venir_, _tu suerte_, _lo que se cubre_.
Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo,
y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo
que te pregunto.»

Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: «Mira,
Infantito, que ya me voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo
malas pulgas; mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo
la palmeta, ¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine...
Es la que me sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y
reventativos... Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes
nada.» Con esa condición te admití.

—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á los
hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te
mato, te mato, te ahogo!»

Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño de
mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... No
creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado
de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre
el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi
brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi
tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo
secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y
no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo
ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de
este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que
porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque
también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo
que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par.
Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto lo
que siento. Puedes volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si
me vienes con preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los
burros cuando cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo
de que cuando una quiere ser _particular_, y decente, y callada, lo es.»

Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía
esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda
prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí.
Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa
haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho
menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi
memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis
de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión,
de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el
indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué
noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las
vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de
conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.

Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una
opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia
lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad
ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un
egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo;
pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.



XL

  _21 de Febrero._


Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta dureza.
Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo, propenso
á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con alguien
esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame que te
llame _perro judío_, y así me calmaré un poco: parece que se me quita
un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí. He
tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado
los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué
sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico!

Hoy ha sido para mí un día de prueba; mejor será que diga ayer, porque
son las dos de la noche. ¡Qué día! Por la tarde, después de delirar
como un calenturiento, se me ocurrió coger el tren y volar á tu
lado, para llorar contigo... es decir, tú no llorarías... Después lo
pensé mejor. Imposible salir de aquí, imposible apartarme de lo que
me enloquece. Pero aún no sé, no sé si me será forzoso adoptar una
resolución que me ponga á salvo de mi propia ansiedad. ¿Qué crees tú?

Pues ayer tarde la ví otra vez. Acababa ella de entrar de la calle, y
estábamos solos. No había soltado el _entucás_, ni quitádose la capota.
Me parece que la tengo aún delante de mí, con su abrigo de pieles
desabrochado: ¡hacía un calor en aquel gabinete!... Aún creo ver la
mirada compasiva que me dirigió, y oir su acento fraternal. Porque
desde que me ví ante ella, me desbordé en palabras enamoradas que me
salían del fondo del alma. Fascinación mayor no he sentido nunca ni
creo que la vuelva á sentir. El enigma terrible que la rodea, lejos
de desilusionarme, me trastorna más. La quiero por honrada si lo es,
y la quiero por criminal si, en efecto, lo ha sido. Y creo que lo
fué: criminal en un grado que no acierto á precisar, y que sin duda
no llega á la perpetración del hecho. No puedo recordar bien lo que
le dije: que estoy loco por ella; que no importa, para quererla, que
tenga en sus manos una mancha de sangre como la de _lady_ Macbeth. «No
la tienes—añadí con desvarío, besándole las manos enguantadas,—no la
tienes; pero si la tuvieras, Augusta, yo te la borraría con mis besos.
Tu corazón se purificará con sólo corresponder á la efusión del mío. He
pasado por mil alternativas. El despecho me ha sugerido ideas malas;
he creído que eras perversa; tan obcecado estuve, que llegué á creer
que te odiaba... mira qué absurdo... Y en el mismo momento de creerlo,
habría sido capaz de darte mi vida. Perdóname mis impertinentes
investigaciones, que podrían resultar ofensivas para tí. Las hice
fingiéndome el pretexto de descubrir tu falta; pero el verdadero móvil
era conocer tu pasión. Nada enciende nuestra curiosidad como el
secreto, el _quid_ ilícito de la persona que amamos, eso que en nuestro
egoísmo creemos infidelidad. Yo buscaba en tí á la infiel, y por infiel
te tengo, y por infiel te quiero más.»

Suplicóme con acento grave y cariñoso que no insistiera, pues no
podía quererme en la forma que yo pretendía. Seríamos amigos sin
traspasar los límites de la amistad respetuosa. «No creas—me dijo
después con acento conmovido—que me atribuyo cualidades que no tengo,
ni pienses que me quiero hacer pasar por impecable. Mi conciencia
no está tranquila; pero sí hay en ella el deseo y el propósito de
tranquilizarse, y esto es algo.»

Como yo la instara otra vez dulcemente á que me confesase su falta,
quiso hacerme callar con estas palabras: «Ignoro todavía quién podrá
ser la persona digna de oirme en confesión, como no sea un sacerdote,
y de esto no se trata ahora. Para confesarme á un amigo, necesito que
éste me dé pruebas de verdadera amistad, prudencia y abnegación.»

Aquí de mi argumento:

«Tú me has exigido que te preste un servicio que ha resultado superior
á mi voluntad. La Peri no quiere darme las noticias que me pediste.
¿Qué puedo hacer yo? Ni con ruegos ni con amenazas he podido obtener de
ella una palabra.

—Lo cual prueba—replicó,—que las mujeres, aun siendo malas, como esa,
sabemos guardar un secreto mejor que vosotros... ¿Sabes que he variado
de parecer respecto al encargo que te hice? Aplaudo la reserva de esa
mujer. Ya no quiero saber nada. Mi curiosidad era cosa inconveniente
y de mal gusto, y vale más no satisfacerla. Lo que ignoro, ignorado se
quede mientras viva. Lo concluído, concluído. Tú y yo nos contentamos
con lo poquísimo que sabemos, ¿verdad?»

Esto me encendió más. Su tesón de castellana la engrandecía á mis ojos,
y conforme ella se iba ennobleciendo, iba yo curándome también de la
insana curiosidad que me había devorado. «Quiéreme—le dije tratando de
estrecharla en mis brazos,—quiéreme, y ocúltame tu falta, tu crimen
ó lo que sea. No te haré más preguntas; no deseo informarme de nada.
Pensé adorarte sincera, y callada te adoro más. Pero no me mates con
esa amistad fría: estoy loco por tí, y me muero si no me amas. Rota
la ley, Augusta; rota la ley, condénate conmigo, que ya no tengo
salvación... No se me oculta que tu corazón está lastimado, que está
muy fresca la herida para que puedas quererme; pero dame esperanzas,
dámelas, ó yo no viviré...»

Se desprendió de mí con vigorosos esfuerzos, Apartando el rostro. No
decía más que esto: «No puede ser, no puede ser.

—Considera que renuncio á hacer más diligencias, y que de mis labios no
saldrá una sola pregunta. La curiosidad ha sido ahogada por la pasión.

—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra sola,
la última, y ajusta á ella tu proceder.

—Venga esa palabra; venga pronto.»

Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la puerta que
conducía á la habitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor
seriedad y aplomo del mundo:

«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo
alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á
serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.»

Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la
mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí
impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me
marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me
sería imposible disimular ante él mi agitación insana.

Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer me
ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no puedo;
si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su tertulia
para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras horas de la
noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de ver los
balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí tiene su
tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado...

No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan.
Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos
mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán.

Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te
pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te
perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que
presumo han de ser enormes disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa
honradez de última hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona;
no, que es un ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si
me probara su inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis,
Equisillo, ven por Dios en mi ayuda.


P.D. _22 de Febrero_.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien.
Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la
carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente
va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un
día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente
indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré
en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para
que no salga la música del pueblo á recibirme.



XLI

  _23 de Febrero._


¿Qué es esto, Equis de mi vida? ¿Está escrito que yo he de volverme
loco, y que seas tú quien me remate?

Vamos por partes. Hoy, cuando estaba disponiendo mis bártulos, cae
sobre mí como un aerolito, mejor dicho, como si desde Orbajosa me
arrojasen un canto rodado, el insigne hijo de esa localidad, don
Juan Tafetán, el cual, después de saludarme en tono lacrimoso,
participándome que le han limpiado el comedero, y que viene á solicitar
con mi ayuda, ¡Dios nos asista!, su reposición, me entrega un
encarguillo que le diste para mí.

El paquete... Pero no: he dicho que vayamos por partes, y por partes
hemos de ir. Pues las quejas que del afligido pecho de Tafetán
salieron, partirían una roca. Díjome que esa gente está furiosa contra
mí por la indiferencia, rayana en menosprecio, con que, de algún tiempo
acá, he mirado los asuntos del distrito. Los encumbrados Polentinos,
así como los humildes Licurgos, hállanse acordes en ponerme de hoja de
perejil, porque he permitido con mi incuria que _los de la oposición_
se hayan montado sobre los nuestros. Estos, es decir, los que fueron
míos, celebraron la semana pasada un patriótico _meeting_ para
convenir en la forma y manera de darme una silba si tengo la frescura
de presentarme en la metrópoli del ajo. ¡Y yo, que, en el colmo de la
inocencia, creí ó temí que saldría á recibirme la música del pueblo
con sus desacordados trompetones! ¡Y ya me figuraba oir el restallido
de los cohetes que á los aires lanzaría, un homenaje á mi persona, la
diestra mano de Frasquito González!

Pero dime tú, ¿es cierto lo que me cuenta este pobre hombre, con
el cual no sé qué hacer ni dónde ponerlo, ni cómo consolarle en su
tribulación de cesante? ¿Es cierto, dí, que en toda esta temporada de
angustias, fiebre y diligencias policiacas, no he contestado ni una
sola carta de los caciques y gente menuda del distrito? ¿Es cierto
que en esto que llamaremos interregno se ha resuelto la cuestión
del emplazamiento de la estación del ferrocarril, situándola en
Valdegañanes, y dejando á nuestra _Urbs Augusta_ á diez y siete
kilómetros de la línea? ¡Bueno se va á poner _El Impulsor_, que decía
no hace mucho que el ferrocarril llamaba á las puertas de Orbajosa
con el alerta de las locomotoras, esos centinelas avanzados de la
civilización! ¿Y es cierto (el cabello se me eriza al escribirlo) que
los de Valdegañanes, _esas _lumbreras apagadas del obscurantismo,
amenazan con arrancar de cuajo el Juzgado y llevárselo á su término?
¿Es cierto que nuestros enemigos, envalentonados por mi abandono, han
secado la fuente de los Chorrillos, llevándose el caudaloso real de
agua al abrevadero de Penitentes de San Bartolomé de Abajo? ¿Es cierto
que me birlaron el peatón de Fuente los Tojos, y el estanco del tío
Majavacas, y que me han dejado cesante á este sin ventura Tafetán?
Cierto debe de ser, pues se trae una cara tan compungida que ni la
de la Magdalena se le iguala. Pues con estos golpes y la destitución
en masa del Ayuntamiento de Villahorrenda, veo por tierra, ó á punto
de derrumbarse, eso que los representantes del país llamamos el
_altarito_, ó sea mi poder político en el pedazo de España que tuvo la
honra de elegirme su esclavo y opresor. Ante tal cúmulo de desastres,
querido Equis, resuelvo aplazar la visita á mis electores, con el doble
objeto de ver si puedo poner algún puntal al consabido altarejo, y de
librarme de la serenata que mis siervos y tiranos ¡ay, dolor! me tienen
preparada.

Y vamos á lo otro, pues dije que iríamos por partes, y por partes ¡vive
Dios! iremos. Tafetán me entrega un grueso paquete, que me parece,
al pasar de sus temblorosas manos á las mías, una caja de bizcochos
borrachos. Y he aquí que me digo: «¡Por dónde se le ocurre á este tonto
ahora mandarme bizcochos borrachos! ¡Ah! ¡Es que necesito medicina
dulce y narcótica! ¡Qué talento tiene este Equis!... Pues, señor,
abro el mamotreto y me encuentro que contiene papeles. ¡Ajajá! Cinco
cuadernos manuscritos, de igual tamaño próximamente, y muy cosiditos
con hilo encarnado. Los hojeo con febril curiosidad. Lo primero que me
llama la atención es la letra. Yo conozco esta letra... Pero, señor,
¿de quién es esta condenada letra? De Equis no es, y, sin embargo,
me es familiar, familiarísima... Y de una sorpresa grande pasamos
á otra mayor. Figúrate cuál sería mi asombro al ver los nombres de
Augusta, Orozco, Federico, Malibrán, corriendo en medio de las hojas,
pasadas velozmente por mis dedos. Lo que más me maravilla es que la
disposición de los nombres á la cabeza de trozos más ó menos largos
de texto, parece indicar que el contenido de los cuadernos está en
diálogo dramático. Me fijo en el encabezamiento de uno de ellos, y veo
que dice: _Jornada tercera_. La portada del primero es lo que remata
mi estupor, y desconfío de mis ojos cuando leo: REALIDAD, _novela en
cinco jornadas_. Abro tanta boca, que el mismo Tafetán, haciendo un
paréntesis en su consternación de cesante con nueve hijos, se ríe de mí.

¿Pero qué es esto, Equis de todos los demonios? ¿Qué drama es éste, ó
qué novela, y quién la ha escrito? ¿Has sido tú? ¿Es un bromazo que me
das?... ¡Anda, anda! Leo la lista de personajes, escrita en la primera
hoja, y me encuentro á toda mi gente. Equis, Equis, explícate, por
tu vida, si no quieres que yo acabe de perder la razón. ¿Por qué no
acompaña al paquete una carta tuya, informándome del por qué de este
extrañísimo y misterioso escrito? ¡Pero si yo conozco la letra... la
he visto mil veces, y no puedo en este momento, por el trastorno de
mi cabeza, recordar á quién pertenece!... ¡Ah! ya caigo en ello. La
letra es tuya, tuya, desfigurada. No me lo niegues. Tú, que eres de
la familia de los Merlines; tú, que posees un poder de adivinación no
concedido á todos los mortales; tú, que sabes ver la cara interna de
los hechos humanos cuando los demás no vemos más que la cara exterior,
y penetrar en las vísceras de los caracteres, cuando los demás sólo
vemos y tocamos la epidermis; tú, Equisillo diabólico, has sacado
esta _Realidad_ de los elementos indiciarios que yo te dí, y ahora
completas con la descripción interior del asunto la que yo te hice de
la superficie del mismo. De modo que mis cartas no eran más que la
mitad, ó si quieres, el cuerpo, destinado á ser continente, pero aún
vacío, de un sér para cuya creación me faltaban fuerzas. Mas vienes
tú con la otra mitad, ó sea con el alma; á la verdad aparente que á
secas te referí, añades la verdad profunda, extraída del seno de las
conciencias, y ya tenemos el sér completo y vivo. ¿Es esto así? Dime
sí ó no, y mientras me arrojo como un hambriento sobre tu _Realidad_,
carguen contigo los demonios, y conmigo también.



DE EQUIS Á INFANTE


XLII

  _Orbajosa, 24 de Febrero._


Gandul: recibo la tuya, y me apresuro á explicarte el por qué del
manuscrito que te llevó el buen Tafetán. Pero ven acá, tonto, ¿es
posible que no reconozcas tu letra? ¡Si es tuya, grandísimo idiota!
¿Á tal punto has llegado en tu desvarío cerebral que ni conoces tu
propia escritura? Á esto me contestarás que tú no has compuesto tal
drama ni cosa que lo valga, y temerás, sin duda, que mis explicaciones
aumenten el barullo de tu infeliz cabeza. Verás cómo no; verás cómo te
tranquilizas al saber de qué modo natural y sencillo se produjo esa
REALIDAD que tanto te pasma, saliendo de tu letra sin que tú pusieras
en ella la mano.

Pues verás, hijo mío, qué fenómeno tan fácilmente comprensible para
un sabio perspicuo, como lo eres tú, formado en la escuela de la Peri
y de otras filósofas peri... patéticas. Atiende bien. Guardaba yo tu
correspondencia, perfectamente liada con balduque, en un arca donde
suelo meter, para que no me los roben estos pillos, los ajos de la
última cosecha. Guardo también cebollas, alguna calabaza, sartas de
guindillas, simiente de anís y otros productos de este prolífico suelo.
Ya ves que tus cartas estaban en buena compañía. Yo les había puesto un
rotulito que decía _La Incógnita_.

Pues anteayer se me antojó releerlas. Abro mi arca, y... puf. Sin
juramento me puedes creer que salía de allí un olor de mil demonios.
Echo mano al paquete, y me lo encuentro transformado en el drama ó
novela dialogada, _de tu puño y letra_, que recibiste por el buen
Tafetán. Comprendiendo que debes leerlo tú antes que nadie, refrené mi
curiosidad y allá te fueron las cinco jornadas. Pero qué, ¿no crees en
la metamorfosis? Para mí es tan común el fenómeno, y lo he presenciado
tantas veces, que no me causa sorpresa alguna. Sí, chico, no te quemes
las cejas averiguando quién ha compuesto eso. La realidad no necesita
que nadie la componga; se compone ella sola.

Qué, ¿lo dudas todavía, y persistes en que yo...? No, hijo, no tengo
ese saber de adivinación que me atribuyes. El fenómeno que hoy admiras
es tan natural como el más corriente que en la Naturaleza puedes
advertir uno y otro día. Cuando quiero obtener la verdad de un caso,
cojo los datos aparentes y públicos; los escribo en varias hojas de
papel, los meto en el arca de los ajos, y á los tres días, hora más,
hora menos, ya está hecho.

Aún dudas, ¿verdad? Pues si quieres que yo te crea tu pasión por
Augusta, tienes que creerme la sobrenatural y ajosa metamorfosis de tus
cartas en novela dramática.

Tu invariable—EQUIS X.


P.D. Se me olvidaba decirte que haces bien en no venir. Todas las
referencias tafetánicas son ciertas. Si pareces por acá, te aguarda una
silba en la cual tomaremos parte todos los habitantes de esta ciudad
excelsa, lo mismo los brutos que los ilustrados, entre los cuales tengo
la inmodestia de contarme. Se han vendido ya en el pueblo cuarenta
docenas y media de silbatos. Iré de simple testigo, á presenciar la
justa cólera de los ciudadanos, y tu vergüenza y humillación. No te
chiflaré, pues ya lo sabes... no toco pito...


FIN DE LA INCÓGNITA


Madrid, Noviembre de 1888-Febrero de 1889.





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