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Title: La Puchera
Author: Pereda, José María de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.

  * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de
    la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
    admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.



  OBRAS COMPLETAS
  DE
  D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA



  OBRAS COMPLETAS
  DE
  D. JOSÉ M. DE PEREDA
  DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA


  Tomo XI

  LA PUCHERA

  SEGUNDA EDICIÓN


  MADRID
  VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
  1901



_Es propiedad del autor._



[Ilustración]



I

«RÉ» EN LA ARCILLOSA


Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar,
acaso fuera el río. Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo
indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es
decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra.
Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque
no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que
no tiene doce leguas de curso.

¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de
la costa. Allí, á golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos
la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como
franqueado á empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos
de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote
mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades
casi iguales, que vinieron á ser á modo de contrafuertes ó esconzados
de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance,
fué ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso á través de una
sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí
un siglo y otro siglo, buscando á tientas al obstáculo las más blandas
coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y
tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fué tapizando de césped
y bordando de malezas.

Atravesada la sierra, el cauce desembocó en un valle, verde y angosto,
encajonado entre ondulantes cerros y colinas, que van escalonándose
suavemente y creciendo á medida que se alejan hacia la erguida
cordillera que recorta el horizonte con su perfil de jorobas y
picachos, de Este á Oeste. Las aguas, detenidas un instante al asomar
al valle, como para formar allí un remedo de golfo, corrieron hacia
la izquierda, lamiendo por aquel lado las faldas del montecillo que
las separaba del mar; después retrocedieron súbitamente, describiendo
rápida curva sobre la derecha; se deslizaron mansas, tranquilas y en
línea recta, á lo largo del valle hasta dar con otro cerro de escarpada
ladera; y arrimaditas á él, continuaron corriendo y abriendo cauce
tierra adentro, hasta perderse en un laberinto inextricable, cuyos
misterios no había penetrado todavía la luz del sol.

Es posible que en aquellas espesuras toparan con el ocioso río
dormitando entre sus cañaverales y bajo su espeso dosel de alisos,
madreselvas y avellanos bravíos; pero lo que no tiene duda, porque bien
á la vista está, es que desde entonces, por el mismo cauce que llenan
y desocupan dos veces cada día las salobres aguas, salen al Atlántico
mezcladas con ellas las insípidas del río, que ha bajado, creciendo
poco á poco con ayuda de vecinos y despeñándose á menudo, desde sus
pobres fuentes escondidas en un repliegue sombrío de las montañas del
fondo.

Este cauce, en su parte recta y más larga, y en sentido opuesto á la
línea de la costa, tiene dos grandes derivaciones ó caños, que arrancan
de él, casi verticalmente, como del tronco las ramas principales; y los
caños, á su vez, otras ramificaciones que surcan en varios sentidos
la ribera hasta el contorno mismo de la tierra firme: de modo que en
las pleamares toda la planicie aparece tijereteada y subdividida en
islillas verdes, en las cuales pastan los ganados el sabroso liquen que
crece entre apiñados haces de finísimos juncos.

De los dos grandes caños que tiene la ría, es el principal, por ancho,
largo y navegable, el llamado _la Arcillosa_, no sé por qué, pues allí
no hay señal de arcilla ni de cosa que se le parezca. El hecho es que
se llama así, y que en el pueblo que se desparrama á corta distancia
de él, le consideran como su puerto de mar los contados labradores
que hacen á pluma y á pelo; quiero decir, que así manejan el dalle y
_tumban_ un prado en agosto, como _cinglan_ en la _chalana_ y calan la
_sereña_, ó tienden las redes ó arrastran el _retuelle_ por la canal
casi enjuta.

Pasan de diez los pueblos que, más de cerca ó más de lejos, se miran
en las aguas de la ría; y el más grande de todos está encaramado, y
como á horcajadas, en el mismo perfil de la costa y sobre su curva más
alta. Abajo, muy abajo, está la playa, espaciosa, limpia y abrigada,
en la cual mueren blandas y rumorosas hasta las enfurecidas olas que
momentos antes, y entre bramidos, se estrellaron en las dunas y en los
peñascos de la barra, impelidas por el huracán. Este pueblo, sin dejar
de ser _terrestre_, tiene más alientos y caracteres marítimos que los
demás ribereños. Cuenta con un buen número de lanchas _de altura_,
y sus pescadores pertenecen, por tanto, á la desdichada legión de
«héroes anónimos;» es decir, que son de los valientes que pagan, en
la proporción debida, el negro tributo que tan á menudo cobran á los
de su oficio las tempestades del Cantábrico. Tiene una delegación,
aunque humilde, del ministerio de Marina; y la Hacienda pública su poco
de aduana, que, de vez en cuando, aplica sus ociosos aranceles á las
heróicas naves que atraviesan la barra y surcan luégo la ría del puerto
aquél; al cual puerto, y solamente para los efectos... artísticos de
este libro, llamaremos de San Martín, lo mismo que al pueblo á que
corresponde; pueblo de notoria importancia en el litoral montañés, á la
que no contribuye poco el bien adquirido renombre de su hermosa playa,
en la que se zambulle cada verano un buen contingente de la sociedad
adinerada, que despuebla, en los meses estivales, por costumbre ó por
necesidad, las mejores ciudades del interior de España. Casi, casi, es
sitio _de moda_ en el _Almanaque del turista_.

No lo son, ciertamente, las demás aldeas circunvecinas, ni, en rigor de
verdad, echan ellas de menos ese timbre vanaglorioso, porque para nada
le necesitan. Cuál, por empingorotada y descubierta á todos los vientos
de la rosa; tal, por recogida y acurrucada al socaire de sus arboledas;
ésta, por agrupadita y _cevil_; aquélla, por desperdigada y montuna; la
de acá, por «pudiente y hacendosa;» la de allá, por todo lo contrario;
la de enfrente, por lindera del camino real, y la del otro lado, por
inaccesible y escondida, cada una de ellas, y según propio aserto,
con las mozas más garridas, y las mieses más feraces, y las campanas
más sonoras, y las fuentes más saludables, y el santo más glorioso, de
todas las mozas, de todas las mieses, de todas las campanas, de todas
las fuentes de siete leguas á la redonda, y de todos los santos de la
cristiandad, se considera como lo mejorcito y más envidiable de España;
y en unión de cuanto puede abarcar la vista desde el campanario de la
iglesia, el pedazo de tierra más _majo_ de todo el mundo conocido.

Y el caso es que yo mismo ando á dos jemes de creerlo también al pie
de la letra, porque verdaderamente es de lo más hermoso que puede
imaginarse aquel panorama inundado de luz y de alegría.

Viniendo á lo que importa, ó sea á Robleces, la susodicha aldea que
considera á la Arcillosa como su puerto natural y propio, y no sin
razón puesto que le pertenece, como el del monte comunal, el usufructo
de la mitad de la ribera enclavada en su término, conviene saber por
ahora que, después de San Martín, es el pueblo de mayor vecindario
entre todos los ribereños; que está dividido en tres barrios, separados
entre sí por tres mieses, dos llosas, cuatro camberones hondos y una
sierra calva; que del barrio más próximo á la ría y llamado de Las
Pozas, seguramente por las que en él abundan en invierno, son los
únicos _anfibios_ que cuenta el vecindario de todo el lugar, y que
la casuca de Juan Pedro Menocales, más conocido por _el Lebrato_, el
único matriculado en regla que hay entre los contados _anfibios_,
está casi dando con los cimientos en el agua de un canalizo que
serpentea hasta aquellos límites de la junquera y arranca del extremo
_terrestre_ de la Arcillosa. En ese canalizo, casi en las bardas mismas
de su corral, fondea, ó mejor dicho, amarra el Lebrato á un estacón
bien clavado en el suelo, su _chalana_, poco mayor que una masera,
y otra embarcación de más humos, que también posee y utiliza en las
grandes ocasiones de su arrastrado oficio: una _barquía_, vieja sí y
acribillada de remiendos y tapones, calafateada con trapajos _caseros_
y embadurnada con algo que no tiene ni el negro brillante, ni la
correa, ni la impermeabilidad del alquitrán de buena casta; pero, al
cabo, una barquía, capaz... de lo que se irá sabiendo poco á poco.
Porque en la persona del Lebrato hay algo más de lo que aparentan su
pellejo arrugado, su delgadez sarmentosa, su carita risueña y aniñada,
y especialmente aquel sobrar de calzones, de chaleco y de camisa por
todas partes, como si estas prendas no llevaran dentro más que las
ramas torcidas del tísico cerojal en que el viento las zarandea para
secarlas cada vez que la cellisca de la ría las empapa sobre el cuerpo
de su dueño. Por de pronto, hay, ó más propiamente, había en éste, á
la sazón de mi cuento, un hombre que, arrastrado por las exigencias
de su deber de matriculado, había corrido mucho mundo y guerreado
valerosamente... ¡asómbrese el orbe entero! en Cochinchina, á las
órdenes del coronel Palanca. De allí vino á la hora menos pensada con
su correspondiente lucro, bien cosido al ceñidor; unas botas _de agua_,
que sólo se calzaba en los días de incienso ó cuando iba á Santander, y
un saco inagotable de cuentos y noticias sobre cosas y personas de por
allá, que eran el regocijo y el pasmo de todos sus convecinos.

Este Juan Pedro, el Lebrato, tenía un hijo, llamado Pedro Juan, más
conocido por el mote de _el Josco_[1], el cual hijo era en estampa
y en carácter todo lo contrario de su padre, es decir, medradote,
sombrío de faz, corto de genio y seco y áspero de frase. Vivían y
trabajaban juntos, y andaban en todo tan unidos, aunque eran entre sí
tan diferentes, como la mar y el cielo ó la noche y el día. El padre
era el espíritu, la inteligencia y la palabra; el hijo, la fuerza, la
máquina dócil y segura que rechina á ratos por lo mismo que se mueve,
pero que no se para mientras la voluntad inteligente no se lo ordena.
En un solo trabajo fallaba esta máquina, que jamás se resistía á la
voluntad y al ejemplo de Juan Pedro, ni aun cuando éste se jugaba
la vida chungueándose con el riesgo mortal, como si se tratara de
mojarse el vestido en la canal de la Arcillosa: el trabajo de casarse
Pedro Juan con la mujer que le proponía Juan Pedro. ¡Entonces sí que
rechinaba la máquina y hasta echaba chispas por todas sus coyunturas!
Porque al mandato del padre se oponía tenazmente, no la voluntad ni
la inclinación del hijo, pues inclinación á la moza y voluntad para
casarse con ella le sobraban, sino la cortedad del genio, que le hacía
imposible todo paso directo en aquel sentido. ¡Los había intentado en
vano y de propio impulso tantas veces!

  [1] Hosco.

Y la mujer era de suma necesidad en aquella casa tan falta de gobierno
y del aseo que no pueden tener dos hombres rudos, esclavos además de
un incesante trabajo. Pedro Juan tenía una hermana; pero esta hermana
estaba casada y llena de familia; y aunque vivía también en Las Pozas,
harto tenía que hacer en su propia casa para pensar en el arreglo de
la de su padre. Gracias que cada ocho días les lavaba la ropa blanca,
y cada quince daba un recorrido á los pobres trastos del hogar, y
remendaba lo más apremiante de lo roto, y en los grandes apuros les
echaban, ella y «el su hombre,» una mano á las faenas. Y para eso, ¡qué
ponderar la ayuda y los ahogos, y qué zamparse la familia entera las
hogazas y los torreznos de los pobres solitarios, en un par de comidas
y otras tantas cenas!

Con ser tanto lo que ocupaban al padre y al hijo los trabajos de la
ría, esto no era para ellos más que lo accesorio, ó «ayuda de costas:»
lo principal era la labranza de unas tierras y el cuidado de unos
animales. Así andaba en aquella pobre casuca revuelto lo marino con
lo campestre: la red con el arado, el remo con el horcón; y en la
socarreña adjunta, el aparejo de la barquía sobre la pértiga del carro.
Tiempos hubo en que las tierras y el ganado y la casa y cuanto en ella
se contenía, fueron de la propiedad del Lebrato, parte de ello por
herencia, y el resto adquirido con los doblones venidos de Cochinchina;
pero á aquellos tiempos bonancibles y prósperos, sucedieron otros bien
adversos; largas y crueles enfermedades que, tras de dejar viudo al
pobre hombre, le costaron buenos dineros; plagas que arruinaron las
cosechas y diezmaron los ganados; el fisco, que no repara cosa mayor
en tales desventuras para llevarse, por buenas ó por malas, lo mejor
de la hacienda del atribulado... y lo que de todo esto se sigue por
ley fatal de las desdichas humanas; y Juan Pedro tuvo que acudir al
anticipo, y después al préstamo con hipoteca; y como cayó en malas
manos para todos estos delicados tejemanejes, de la noche á la mañana
se vió convertido, de acomodado propietario, en simple y menesteroso
rentero de su prestamista, que aún le ponderaba este favor, pues
derecho tenía para arrojarle de casa y buscar otro colono para sus
tierras y ganados. Convenía el Lebrato en ello; y lejos de amilanarse
por tan poca cosa, sin perder su buen humor ni verse un frunce de más
ni de menos en sus ojillos risoteros, se lanzaba con doble ahinco á sus
bregas de pescador, para sacar de ellas el dinero que le costaban la
escasa borona que le nutría el demacrado cuerpo, y los míseros trapos
en que le envolvía.

Á Pedro Juan no le alcanzaron más que los tiempos malos; con lo cual y
la singular contextura de su naturaleza, se acomodó sin esfuerzo á lo
que ellos daban de sí buenamente, que era bien poco y bien arrastrado
en su mayor parte.

Y así y con otros trabajillos que no andaban tan á la vista como ello,
iban tirando de la vida el padre y el hijo al tener yo el gusto de
presentárselos al lector bondadoso, metidos hasta las choquezuelas en
la basa de la Arcillosa, cerquita de su empalme con la ría; clavando
con picachos de madera la parte inferior de una red que alcanzaba de
orilla á orilla; plegando luégo el resto sobre lo clavado en el suelo;
afirmándolo allí con cantos sobrepuestos para que no se recelaran los
pescados ni la levantara la marea según fuera ésta subiendo, y atando,
por último, en lo alto de cada orilla del ancho cauce, las dos cuerdas
que arrancaban de los dos extremos de la red oculta. La misma operación
hicieron en seguida en los dos únicos portillos de la Arcillosa, que,
aunque lejana, tenían comunicación con la gran arteria de la ría.
Terminadas estas operaciones, que no duraron menos de dos horas, padre
é hijo emprendieron la vuelta á casa, á ratos por el fango del estero,
y á ratos por la junquera, según fueran ó no accesibles sin esfuerzo
los islotes del atajo.

Mediaba el mes de junio: las mareas eran vivas, el día espléndido,
y aquella red, la primera que echaba el Lebrato en el vagar que le
ofrecían sus trabajos campestres, entre el resallo y la siega.

Antes de comer lo poco y mal condimentado que les aguardaba arrimado
en un pucherete á la lumbre mortecina, ya estaban el padre y el hijo
Arcillosa arriba en su chalana, porque la pleamar exacta era á las
doce, y había que levantar la red un buen rato antes de iniciarse el
descenso de las aguas. Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló
desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á
ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red
quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada,
porque el _muble_ no es pez que se deja arrinconar por barreras que
puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual
modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á
zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la
línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de
las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran
sus morrales y retuelles.

Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la
bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como
potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las
perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos
en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de
mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la
casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había
de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.

Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal
angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de
uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante
de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese
privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y
no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual
modo en la ribera del lugar.

La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á
andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al
mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal;
y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por
uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión,
que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los
retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada
pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran,
casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del
que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que
formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato
en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del
muchacho que hacía en la procesión el número treinta.

Pues aún hubo aquella tarde quien hizo el de treinta y uno; porque á
deshora y cuando ya iba la procesión bien apartada de la orilla, llegó
Quilino, un mozo del barrio de la Iglesia que siempre iba el último á
todas partes y donde quiera estaba de más; y hasta en negocios de amor
(lo único en que acertaba á madrugar como nadie, porque era enamoradote
y rijoso como él solo) le dejaban «á resultas» y en «veremos,» como le
estaba pasando entonces con Pilara, que no se resolvía á darle el sí en
tanto no hablara el Josco que, á lo que parecía, «pensaba en hablar.»
Con estas cosas se ponía Quilino que ardía. Llegó á la red echando los
hígados por la boca de tanto correr, y muy arremangado de camisa y
perneras, pero sin retuelle ni morral: no llevaba más que una talega,
como de medio celemín. Se lanzó á la basa, entró en la canal y comenzó
á arrastrar la talega, cuya boca mantenía medio abierta con la ayuda
de una velorta recién cortada en el camino. Rastreando así con gran
dificultad, porque la talega era de lienzo bien tupido y oponía gran
resistencia al agua que entraba en ella para no salir si no la echaban
por donde había entrado, llegó á la cola de la fila con dos cámbaros
chicos, tres esquilas y una zapatera, que resultaron en el fondo de la
talega al derramar el agua que contenía.

Relinchaba y reía entonces la gente de la red á más y mejor, porque
el Lebrato, contribuyendo sin duda á ello el buen acopio de lobinas,
mubles y rodaballos que iban haciendo él y Pedro Juan en sus amplios
morrales, estaba en vena, como nunca, de dicharachos, cuentos y
chascarrillos graciosos. Y ésta era la salsa que llevaba tanta gente
á las redes del Lebrato: la mitad más que á las que echaban en la
Arcillosa misma y en el otro estero, llamado _la Paserona_, _el
Parrenques_ ó cualquiera de los otros rederos, harto insípidos y
desanimados, del propio barrio de Las Pozas. Ir á la _ré_ del Lebrato,
era punto menos que ir á una comedia.

—¿De qué vus riís tanto, chacho?—preguntó Quilino en cuanto se arrimó
al colero, que en aquel instante estrenaba el morral con un rodaballo
no más grande ni más grueso que un librillo de fumar.

—Del horror de cosas que mos dice tío Lebrato—respondió el del
rodaballo chiquitín.—¡Conchis, qué celébre que está hoy!

Y el caso es que la gente aquélla se reía por reir, las más de las
veces, porque del quinto de la fila para abajo, ninguno celebraba lo
que verdaderamente salía de los labios de Juan Pedro. Como tenía éste
poca voz, y en aquellas ocasiones hablaba casi con la boca entre las
rodillas, y además sonaban mucho el chocleteo de piernas y retuelles
en el agua y el pujar y toser de los que iban cansándose en aquella
postura tan incómoda, las palabras del Lebrato, por mucho que éste las
esforzara, no eran oídas en toda su claridad más abajo del tercero ó
cuarto de la fila; pero como allí se iba, tanto ó más que por la pesca,
por oir los relatos de Juan Pedro, era ya cosa convenida que cada frase
del redero fuera repetida de trecho en trecho y pasada de boca en boca
hasta las orejas del último de la fila; con lo que acontecía que,
cuando ésta era larga, al llegar la frase á la mitad del camino, ya no
tenía punto de semejanza con la que había salido de la cabecera...

Como sucedió un buen rato después de llegar Quilino á formar la cola.
Comenzando á narrar otro suceso _de allá_, que eran los que más
embobaban al auditorio, dijo así Juan Pedro, sin dejar de andar ni de
atender á lo que traía entre manos, ni de recomendar á su hijo los
pocos peces gordos que se le escapaban por entre los pies ó saltando
sobre el aro del retuelle:

—Amigos de Dios: una vez pillamos á un general muy runflante de las
fuerzas de los chinos... porque un mandarín echó un bando con cuatro
aleluyas... que, por equívoco, le sacaron de las trincheras.

Pues el período éste, emitido á trozos y dando tumbos fila abajo
cada uno de ellos, de boca en boca y pescado al oído conforme á las
respectivas entendederas, fué llegando á las de Quilino en la siguiente
forma:

—«Se ha de ver que Pilarona le dará en resultante con la puerta en los
hocicos... porque _él_ no anda allí buscando más que las cuatro alubias
y el poco lardo de la puchera.»

En opinión de Quilino, el _él_ del cuento no podía ser otro que el
mismo Quilino en cuerpo y alma. Pilara no tenía, que de público se
supiera, otro pretendiente declarado que él, Quilino, y otro de
intención, pero muy á la vista: el Josco. Tan á la vista, que la misma
Pilara le había dicho á él, á Quilino, más de tres veces, que le
abría la puerta de su casa «á resultas de lo que Pedro Juan hablara,
cuando rompiera á hablar.» De modo y manera que lo del portazo «en los
hocicos» se había dicho allí por él, por Quilino, ó por el Josco. Por
el Josco no podía ser, porque el dicho venía del Lebrato, y el Lebrato
no había de burlarse de su propio hijo delante de tanta gente. Luego
era por él, por Quilino; y siendo por él, pasara lo de «la puerta
en los hocicos,» porque, al cabo, nadie es onza de oro que á todos
guste; pero lo de las cuatro alubias de la puchera, ¿con qué derecho
se suponía y se declaraba en público como cosa cierta, siendo en su
parecer, en el de Quilino, tan calumniosa?

Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete,
en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo
que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa,
pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual
respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó
entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal;
mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo
que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la
basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos,
que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura
hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que
dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una
mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba
pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que
Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.»
Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;»
pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y
provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría
salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro
que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y
sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que
anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el
retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó
su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y
entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la
red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.

Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus
dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada
su persona en la basa del estero.

Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para
apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo
tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas
cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus
cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco
hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con
que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que,
por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de
caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los
de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera
el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el
camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla
cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, _aquello_ no podía seguir así.»

Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con
los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de
éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero
con la esperanza de mejorar de suerte _más allá_. Y así fué, para
algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya,
donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida
que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas
mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio;
pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del
Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí
encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido,
ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.

[Ilustración]



[Ilustración]



II

EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN


Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo
mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales
zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían
colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han
dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá
aquí veinte libras?

Pedro Juan dijo con la cabeza que no.

—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.

Pedro Juan hizo un signo afirmativo.

—Y de deciséis.

Otra afirmación muda del Josco.

—Y de decisiete.

Nueva afirmación muda del susodicho.

—Y de deciocho.

Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre
poco más ó menos.»

—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el
respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la _llubina_ que
el _muble_, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á
este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos:
bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por
casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.

Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que
no.»

—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que
no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y
en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla,
y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en
humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú
y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en
la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no
anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y
no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que
por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en
ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y
con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo
firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no
se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que
roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma
que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá
le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de
borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal
que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer
hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga
los mesmos tesoros del _Pirata_... ¿Metistes la camá de juncos en el
cesto?

Pedro Juan respondió que sí.

—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de
costumbre.

Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al
paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó
encima de él la triguera de muy mala gana.

—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los
zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos
avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.

Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que
reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de
la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre
la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la
blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de
pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para
los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres,
que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera
del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro
mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la
caldera.

El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño,
las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y
las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos
extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió
otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó
blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que
al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas
con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó
á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta
en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho
esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba
pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las
dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las
respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como
quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y
cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.

El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una
palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le
habló así:

—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa
mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.

—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.

—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado
á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando
güelvas... Pero...

Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces,
adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la
mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:

—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.

—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro
Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?

—Porque los merece... Por eso.

—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te
atragante la voluntá...

—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.

—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en
esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello
sea...

El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una
sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma
senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al
llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino
más breve para ir adonde iba.

Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la
noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio
andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las _mullidas_ del
corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana,
según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte
menos en la cocina y en la cama.

Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara
resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo
que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al
goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que
era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin
segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él
se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que
después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le
puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin
que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»

Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal
había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes.
Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que
no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con
tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera
vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar
escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia;
porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos,
y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba
todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á
Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las
goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en
las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza;
y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho
las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que
diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:

—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una
barbaridá de espanto el día que menos!

El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de
firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba
Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.

Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que
se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba
ojo:

—Paece que se toma la luna, ¿eh?

—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la
cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por
no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.

Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro
Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó
hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes
pedacitos de un junco de la mullida del corral:

—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en
ellos?

—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.

Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.

Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los
ojos de ella, que tanto le _avergonzaban_, atrevióse á echarla encima
del cogote estas palabras:

—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.

Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en
el pechazo cada golpe que le atolondraba.

Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la
cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera
la velorta, pues se la quitó de la mano.

—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los
ojos.

—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un
poco de entusiasmo.

Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía
la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar
de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su
casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el
berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de
Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y
hasta el temblarle las piernas.

—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.

Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de
conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le
pusieron en las nubes... «pior que pior.»

—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si
entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y
conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.

Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero
iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una
ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza
y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía,
costárale lo que le costara.

De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y
cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la
cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:

—¡Pilara!

Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.

—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.

—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á
arrepentirse de su valentía.

—Bueno... Pus aquí me tienes.

—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si
no emportuno...

—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?

—Eso me paece á mí.

Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato,
le echó un remolque Pilara con estas otras:

—Ahora, tú dirás.

Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le
empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en
el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á
risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar
y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones
de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á
menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como
prudente, es cuando resulta ridículo.

—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba
callado, pero no en sosiego.

—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes
tú... si estará en casa ese hombre.

Sonrióse Pilara y respondió:

—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.

—Enestonces... voy pa-llá.

—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle
la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido
redero.

—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la
esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho
más!

—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?

—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles!
¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!

—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?

—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta
veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el
pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal
rayo me parta por encogío y por... coles!

Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió
ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.

Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le
atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí
estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda,
colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus
caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus
hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para
el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada
en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la
media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el
día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que
sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por
limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no
era _cubicioso_ ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la
vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado
al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era,
se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para
otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que
«hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás,
«cuasi pa el cuasi.»

Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello;
y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas,
y _lo_ deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo
y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un _murio de
paré!_;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo
que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y
le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de
dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de
hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al
ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa,
llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de
ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro
que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»

Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del
barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»

[Ilustración]



[Ilustración]



III

ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES


Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado
tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la
portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo
de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los _esquinales_ del
mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos
solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo,
pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre,
que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.

Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la
portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana
que daba al corral no había nadie.

Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio
abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí
con toda su voz, que no pecaba de suave:

—¡Deo gracias!

—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo
timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó
de mujer.

—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana,
á juzgar por la cara que puso.

—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto
de la escalera.

—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.

—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes
á estas horas?

—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro
pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.

—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la _estorneja_ si está echada, y
¡sube, hombre, sube!

—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque
vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.

—¡Te digo que subas, y no seas meleno!

Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media
puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió
la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía
chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya
la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro
que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le
dijo, con la voz de antes:

—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que
será.

Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas
se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se
veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto,
con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda,
y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía
el rayo de luz, y en ella entraron.

El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que
bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector,
que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó
ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como
siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto
ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla
además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la
madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró,
ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los
labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al
conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática.
Entonces llevaba una badila en la mano.

—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y
poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta
de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero,
hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de
pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu
padre. Si ya os he dicho...

—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente
el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos
del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.

—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y
quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto;
y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma
noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo
nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.

Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras
Romana tiraba los peces encima de una mesa:

—¡Inés! ¡Inés!

Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le
dijo:

—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.

—No, señor.

—Medio vaso de vino...

—No lo uso: ya lo sabe usté.

—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.

—Mucho menos...

—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.

—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido
yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme
á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.

En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada
y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda
descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía
desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor,
bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática,
había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con
mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda
y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara
morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y
de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que
suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que
en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de
asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar
luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por
la naturaleza.

Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor
dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las
mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.

—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque
parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con
una badila en la mano.

Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy
perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su
padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque
mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos
contra su vestido á la altura de las caderas.

Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:

—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?

—De la mesma,—respondió el otro.

—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?

—Pos así... tal cual.

—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.

—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...

—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal
contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para
jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?

—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á
jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra
se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.

Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la
cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta
de la escalera, le dijo el segundo:

—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre
conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras
el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los
atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras,
acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos
tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar
bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido,
sin que yo lo pida.

No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus
palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el
carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar
aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que
la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:

—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya
por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles?
¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único
que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!

Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á
media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la
solana:

—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por
la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una
vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es
de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que
no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que
lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al
caso y den el jornal, como la de hoy.

Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de
«ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á
sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo,
salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el
tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.

Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa
de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien
él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán
viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar
un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en
defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro
Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los
riñones y diciéndole:

—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que
traes.

—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella
ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa
eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.

—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo
tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo
y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.

—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas
tuviera que apechar... ¡coles!

—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?

—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.

—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.

—¡Eso... eso mesmo!

—¡Si conoceré yo al _Berrugo_!—exclamó aquí con fruición el bueno de
don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de
todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de
las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que
un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia
casa y se exponga á lo que se expone...

Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo
que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio,
continuó así:

—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por
permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay
razón para extrañarse de nada.

Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.

—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le
consagraba su oyente:—la _Galusa_[2], esa mujerona que tiene en casa
tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella
infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos
disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la
viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces
y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la
que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo
Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro
Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo
que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la
portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de
órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la
venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en
esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has
de tener, y pronta y bien cumplida.

  [2] Ratera, chupona.

Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del
oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó
desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga,
comenzó á echar el resto de este modo:

—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique,
voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á
condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un
pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que
mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas...
Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la
misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos,
de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal
de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia,
por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes
de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en
aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de
todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo
del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... _requiescat in pace_.
Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse
la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura,
después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle
el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija.
¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo
esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y
armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de
irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree
que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo
que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que
tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones
fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos
años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones,
gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos
en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque,
amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se
apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de
buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería
de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por
el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra;
él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de
antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre
de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó
de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y
es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio
que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia,
mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez
el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se
aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo
mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que
le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que
suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las
carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se
hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los
dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió,
tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo
una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo
que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo
que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser
amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo,
dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de
ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la
culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo,
allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las
cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que
pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no
se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones;
pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el
bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene,
tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras
letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una
lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de
todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance
Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la
del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que
se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien
gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y
figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá
con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde
esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar
de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de
posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas
que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto,
para martirio propio y consuelo de desplumados por él?

Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y
por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había
parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas
y de relaciones era limitadísimo.

Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los
siguientes pespuntes:

—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria
aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría
y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa
lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.

—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si
saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?

—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza
pelos en la lengua, gracias á Dios!...

—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?

—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no
estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en
boca sobre lo que has oído de la mía.

Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de
él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.

El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su
modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su
camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó
una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á
estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no
dejaba de estar contento...

Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior.
Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la
casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto
oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que
caía al soportal.

—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como
si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo
á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí,
espérate un poco!...

Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los
carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le
sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada,
y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las
mayores injurias y los más duros improperios.

[Ilustración]



[Ilustración]



IV

«ESE HOMBRE»


«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; _el Berrugo_ por don Elías...
y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don
Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de
la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales,
fué en su niñez _Tasarín el de Megañas_, quinto ó sexto hijo de un
pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos.
El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar.
Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba
por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el
oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien
cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y
con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre
á que, vendiendo _el de la vista baja_ que aún estaba á medio hacer, y
buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el
mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces,
y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de
hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un
_jándalo_ pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del
mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.

Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos
en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba
buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia
cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión
de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que,
según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había
logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante
los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó
acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces
modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con
que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no
trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el
camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz
de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite
la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de
diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún
no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también
motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas
y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras
que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su
pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por
ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró
muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró
también la casa en que había nacido.

Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba
el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la
molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros
al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin
se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un
equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte
de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la
chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no
lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de
los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo
que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó
el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto,
aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa
venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había
habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y
se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho
todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste
del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los
Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél,
que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco
que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como
creo que ya se ha declarado.

Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de
rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta
de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio
regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había
comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de
pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido,
bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y
reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos,
ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo
del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un
anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones;
entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque
según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca
en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos
á un amigo. El tal _amigo_, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que
había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño
de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia,
estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura,
hecho un pellejo ya con _madre_, y además, amagado de un _paralís_,
y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida
que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano
que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una
hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo
casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo,
este sacrificio por su sobrino fué «_el trago de gracia_ que le tumbó
en el suelo;» y por eso acudía al _sevillano_, «que debía de tener las
onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse
á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los
diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada.
Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado
ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente
adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo
el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.

Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos
cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes
de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que
andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó
á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto
habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.

Antes de trasladarse el jándalo, llamado ya por algunos _don_ Baltasar,
al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el
hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio
su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas
pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello,
sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la
segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente
devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo
que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho
más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar
era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin
más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el
partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del
mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes
de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le
ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á
Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San
Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa
Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro
imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el
buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del
médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de
la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres
de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero
indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas
del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo
llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la _villería_
(comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella
en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de
día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba
á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre
que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era
su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista
de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien
pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se
dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los
presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una
empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro.
No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes
y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas
ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo
esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás,
era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni
reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba
interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de
todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se
llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste
le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía
muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba
un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la _flor de cuarenta_
con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras
vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se
trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de
ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo
de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las
inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la
mayor parte de los días de fiesta.

Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos
echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del
pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un
domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las
proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y
la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín
de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la
proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces
y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como
era de esperar.

Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años.
Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera,
y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa
de _señores_, contaba con un buen _qué_ «para mañana ó el otro,» porque
sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban
mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una
educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para
formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»

Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas
con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas
de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de
pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y
tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan
risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre
el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada;
el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas
harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los
sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía
en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más
nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y
no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí,
aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien
que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y
dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había;
pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la
huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!:
para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo
había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta,
que acudieran á Dios, «_si es que le había_,» ó que se murieran de
hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el
mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas
que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera
quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con
su trabajo lo que en ella había de comer.

Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente
sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero
pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía
el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella
muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó
chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.

Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que
los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de
indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz,
temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus
padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas,
aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura,
y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya
en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de
ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos
ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.

En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al
mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy
atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela
hizo en aquellos días una verdadera _razzia_ en el bien provisto
gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez
que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no
fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que
apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.

Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la
enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre
la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas,
las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían
para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de
la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores,
sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad
para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa
pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su
vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca
veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno.
¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras
clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas
monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo!
¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así,
regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente,
recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel
destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!

La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no
pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo
quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia;
pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces.
Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro
marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto,
porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las
naturalezas, particularmente si son tan _agradecidas_ como lo era la de
Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado
algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque
hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era
el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido
fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad,
de holgazanería. ¡Fuera usted á _hacer ganas_ con tales aperitivos, y á
adquirir fuerzas con semejantes alientos!

Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre,
Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á
hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de
los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola
á rezar y _conversando_ con ella. Más tarde vino la ardua tarea de
educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para
su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo
que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela
después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer
medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á
cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor
maestro las madres cristianas.

Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido
despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al
tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama
en aquellas aldeas. El rozador se _enteró_ de la enfermedad, no por
las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de
su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza
(lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas
indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una
baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se
pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría
la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre
entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio
fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho
milagros y volverían á hacerlos.

Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la
primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los
mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y
desmayos, que se puso á morir.

Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas,
pero trajo un _saludador_ á casa. El saludador, después de reconocer á
la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas»
y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el _anseo_
(vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á
las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente,
que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma
pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.

No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la
doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos
palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los
de la otra, y declaró al punto que la señora estaba _lijá_ (lisiada);
lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los
huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió
inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de
haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los
brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza,
mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo;
y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos
en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la
infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja»
los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la
curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama
ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la
espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy
á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de _gonces_.»
Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;»
y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda;
en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien
alimentada[3].

  [3] Suplico á los lectores de buen sentido, que no tomen á
  invención mía este caso ni los dos anteriores con todos sus pelos
  y señales. Están rigorosamente copiados de los que ocurren á cada
  hora en estos pueblos... y hasta en la ciudad.

Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son
de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando
el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se
encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera
hechos alheña todos los huesos de su tronco.

Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la
reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida
mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse.
Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no
fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera
pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las
más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular
tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes
diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar
convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera
que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería
porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de
improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos
misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza
humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje
al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su
llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en
la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien
corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no
podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de
don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta,
y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la
ruindad.

Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como
el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés
por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su
hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus
golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos,
llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido
delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la
mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante
salvedad.

¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad,
la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel
bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se
regocijaba en ello!

Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve
tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de
dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.

[Ilustración]



[Ilustración]



V

CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR


Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros,
porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno,
porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas;
los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y
mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le
asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie
para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos
un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas
emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco
y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de
otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque
en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le
pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las
imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros,
hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado
con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de
negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de
Lumiacos contra el _atrevimiento_ de su reprensor; pero observándole
bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle
más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo
accesorio.

Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una
temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas
temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la
ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo
que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su
inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más
cepilladas que las de su casa de Robleces.

Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la
redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo
moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba
ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba
más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si
su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno
y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos
negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo,
ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los
niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y
de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo
como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir
mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento
impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En
camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con
las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de
sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el
transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se
llevó á los pobres viejos.

Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín,
aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una
desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la
misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los
negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se
avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera
en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista.
Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño
su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto
que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente
dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba
Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de
casa más que por «afamada» de rica?

Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo
los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias
de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que
cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por
trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba
se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en
los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos
que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada
día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba
las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana
y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de
su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces
había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer
los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista;
persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que
tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de
lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en
él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve
barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón
humano.

Algo se agitaba en el suyo, de vez en cuando, que le hacía latir
más de continuo que lo usual; algo bullía en su mente adormecida
que le alborotaba las ideas, cuyos choques producían relámpagos que
ensanchaban los horizontes limitadísimos de su imaginación; algo que,
relacionado vagamente con estos fenómenos, la impresionaba el organismo
de modo que sentía en sus ojos hambre de luz, y en toda su alma sed
de contemplación y de análisis; impulsos de combatir la lobreguez de
su cárcel con el calor de otro fuego que presentía. Entonces pensaba
en ser diligente y esmerada y útil, y se avergonzaba de su dejadez
nada pulcra. Pero estos arrechuchos pasaban, como sueños de fiebre.
Despertaba Inés, y volvía con su memoria fría á lo soñado; mas ¿qué
eran en substancia todos aquellos algos, ni qué se le daba á ella
porque fueran ó dejaran de ser sensaciones casuales y pasajeras, ó
señales de movimientos más hondos? La realidad de su vida era aquel
caserón en que ella se había ido formando entre los martirios de su
madre, el inclemente, descariñado y repulsivo fisgoneo de su padre,
y la tiranía abominable de Romana. Á eso la había amoldado la fuerza
irresistible de las cosas. Pudo ser su vida un interminable calvario;
por un milagro de Dios iba llevándola adelante sin cruz y sin espinas.
¿Á qué pedir más, ni con qué derecho, ni para qué lo necesitaba? Y
aunque lo necesitara y tratara de pedirlo, ¿en dónde... á quién? Y
si no lo pedía, ¿de dónde había de venir por obra de caridad lo que
no había en todo el espacio que abarcaban sus ojos, ni quién podría
sospechar más allá de aquellos reducidos horizontes, que en el caserón
de Robleces existía un sér que, de vez en cuando, distraía los ocios de
su cerebro cavilando en semejantes locuras?

Con este modo de pensar y de ser, entró en los veintiún años, lo más
florido de la vida, aquella mujer de cuya hermosura plástica se han
dado las señas dos capítulos más atrás; y por entonces fueron los
conciliábulos de Marcones y su tía la Galusa para la conquista del
_gato_ de que nos informó don Elías hablando con Pedro Juan, al mismo
tiempo que de otros sucesos, de cuya veracidad en todos sus pormenores
certifico yo aquí...

Pero, á todo esto, ¿tenía _gato_ aquel hombre, fuera del «pasar» que
había heredado de los suegros, y no era suyo, sino de su hija? ¿Quién
estaba en lo cierto? ¿Él, que afirmaba cien veces cada día que sólo
poseía «cuatro tierrucas y poco más de nada,» ó «todo el mundo,» que le
consideraba «podrido de onzas de oro?»

La verdad es que el tal sujeto hacía todo lo posible por justificar con
sus actos sus afirmaciones. Vivía hecho un esclavo de sus haciendas,
de sus ganados y hasta de sus sirvientes. Comía poco y de prisa, se
levantaba con el sol y se acostaba tarde. Cuando no tenía criados á
quienes arrear, cuarterolas de vino que vender, faenas que presidir,
cuentas que tomar, trabajos, en suma, que reclamaran toda su atención
y aun su personal esfuerzo, no sosegaba un instante: en el corral,
amontonaba la leña esparcida por el suelo, ó apañaba _orcinas_
(astillas muy menudas) que iba echando en una triguera; en las cuadras,
atropaba con una rastrilla los pelos de yerba caídos delante de las
pesebreras; en el cercado contiguo á la casa, recogía los cantos
arrojados por los chicos, y los volvía á la calleja; esparcía las
toperas, espantaba las gallinas, franqueaba las _sangrías_ ó canalitos
de riego que estuviesen obstruídos; en el huerto de atrás, sorrapeaba
los caminos, inventariaba los pies de berza y perseguía los caracoles;
en la cocina, olía lo que se guisaba, daba un vistazo al hornillo de
la leña, destapaba el ollón de los criados y sacudía la alcuza junto
al oído; en la despensa, revisaba el tocino y los garbanzos, recontaba
los huevos y las longanizas, y veía si se conservaban bien tapados los
agujeros de los ratones; en el estragal, en la bodega, en el corralón
trasero, reconocía los aperos, colgaba los que debieran estar colgados
y arrimaba á la pared los que anduvieran por el suelo; echaba pinos en
los ojos de las azadas para acuñar los mangos; rascaba el barro seco á
los rodales... en fin, no paraba; y tan pronto se le veía en la sala
con una rastrilla en la mano, como en la cuadra con el chaleco entre
las dos, sin sosiego para vestírsele; y siempre murmurando censuras
entre dientes y chanzonetas mordaces, largando tal cual _piña_ por la
espalda á este sirviente distraído, ó soltando una desvergüenza á la
otra obrera; ponderando el caudal que se despilfarraba en desperdicios,
por incuria, y evocando tiempos en los cuales costaban las labores
mucho menos y lucían doble más.

Por supuesto que no se trabajaban en su casa todas las tierras que don
Baltasar había ido comprando. ¿Ni cómo hubiera sido eso posible, si era
suya la tercera parte de las mieses del pueblo? Y sin poderlo remediar
el infeliz, porque él no buscaba jamás á los vendedores: al contrario,
eran los vendedores los que acudían á él; y no así como quiera, sino
metiéndole las tierras por los ojos y rogándole mucho en fuerza de la
necesidad. Porque, como él decía en casos tales: «¿Qué demonios he de
comprar yo, benditos de pelar, si no tengo un ochavo sobrante después
de llenar la tripa á los lobos de mi casa!... ¡Si siempre estoy á la
cuarta pregunta; y tan corta es la manta, que si me tapo la cabeza
se me descubren los pies!» Y al fin, arañando dos de aquí y cuatro
de allá, y haciendo un sacrificio por el gusto de hacer un favor, y
perdiendo un poco cada uno, se quedaba con la finca, que no necesitaba.

Lo propio sucedía con los préstamos. Nunca tenía disponible más que
lo justo para el último que le pedían; y eso registrando mucho los
cajones y hasta la pelusa del bolsillo. De manera que solamente
amarrando y amarrando esta condición y la otra garantía, y previéndolo
y justipreciándolo todo, podía resolverse á hacer el favor que se
solicitaba de él. «¿No veis»—decía con todo el acento y todas las
señales de tener razón,—«que en la estrechez en que vivo y con los
ahogos que hay en mi casa, uno solo de vosotros que me falte me echa
á pique, me hunde para _in sæcula sæculorum_? Y bueno que el favor
se haga; pero no de modo que se salve el favorecido y se pierda el
favoreciente.»

De este mal fenecieron para sus propietarios menesterosos, una buena
porción de fincas del pueblo de Robleces, entre ellas las del pobre
Lebrato. Primero cayeron las tierrucas; después el ganado, que no
era mucho, cabeza á cabeza; tras el ganado se fué la casa; y como al
ocurrir cada una de estas caídas, ya quedaba preparado; el tropiezo
para otra, por aquello de que «quien se ahoga no mira el agua que
bebe,» después de la casa fué la barquía, y tras de la barquía la
chalana... en fin, hasta las redes. Cierto que todo ello quedó en
poder de su primitivo dueño, pero todo y cada cosa pagaba su canon al
nuevo posidente; y como los tiempos no iban bien y los cálculos mejor
hechos fallan de continuo, el mísero Lebrato, tras de verse desposeído
de todo cuanto fué suyo, tenía una deuda constante que nunca lograba
saldar, por más esfuerzos que hacían él y su hijo en la tierra y el
mar, allí sudando las hieles á chorros, y acá arriesgando la vida
muchas veces... porque no había que olvidar que el día en que al «amo,»
usando de su derecho, más ó menos puesto en justicia, se le antojara
echarlos de casa y reclamar cuanto en ella y fuera de ella era suyo,
no les quedaba otro remedio que coger un cesto y echarse á pedir
limosna de puerta en puerta. Ahora se traslucirá la razón del regalo de
los peces, y lo de las brusquedades de Pedro Juan, que no entendía de
contemplaciones ni de perfiles, con su amo.

Decíase que la mano de éste alcanzaba, por idénticos motivos, muy
afuera de Robleces; y se citaba el caso, entre otros, de un pobre
hidalgo de Campizas, cogido entre las uñas del Berrugo y á punto ya de
espirar en ellas.

El cual Berrugo, en el vagar que le dejaban los entretenimientos que
se han citado, y cada vez que lo juzgaba de necesidad, se encerraba
en el cuarto del portal, que le servía de despacho, y hasta de bodega
cuando le convenía; y por lo que allí papeleaba y descubría, sé yo que
tenía muchísimo dinero, bien colocado y mejor garantido en Andalucía;
dinero que iba aumentando considerablemente de año en año, porque sus
productos eran muchos, y poco más de nada lo que de ellos consumía
su dueño. Con estas pequeñeces y otros negocios muy emparentados con
ellas, tenían que ver las escapadas que de tarde en tarde hacía el
Berrugo á la ciudad, por caminos excusados para acreditar su afirmación
de que iba á tal ó cual aldea á pedir un favor á un amigo.

Conque ¡vaya si tenía _gato_, y gato gordo, aquel hombre! ¡y vaya si
tenía razón «todo el mundo» para afirmarlo, como lo afirmaba, sin
saberlo á ciencia cierta!

Quien lo sabía así, como lo sé yo, era la Galusa; pero, por su
desgracia, el tal _gato_ no estaba en onzas de oro y en ochentines,
encerrado en botes de hierro, sepultados bajo esta losa, ú ocultos
en tal lima del tejado, donde con buena nariz ó con buen arte, se da
con ellos desde luégo, ó se desentierran «el día de mañana.» El gato
de su amo estaba en especie; y lo que de ello andaba al alcance de
su mano, no era de lo que se queda fácilmente entre las uñas, por
diestras y afiladas que sean. La Galusa lo conoció muy pronto, y pensó
en clavarlas más adentro, para llevarse, no una tira de la piel, sino
el animal casi entero. Este propósito, que ya le tuvo desde el punto y
hora de enviudar su amo, se enseñoreó de ella con doblado imperio tan
pronto como acabó de convencerse de que no eran bastante las migajas de
aquella mesa para saciar unos apetitos como los suyos. Pero le salieron
erradas estas cuentas, que le parecían tan galanas y hasta muy puestas
en razón. Su predominio con el viudo no alcanzaba á tanto como eso. El
Berrugo podía tener una debilidad de cierta clase; pero dejarse atar de
pies y manos, como su criada pretendía para desplumarle á mansalva...
¡á buena puerta llamaba con su tapujo la culebrona!

Resignóse la Galusa, por no perderlo todo, á quedarse, _por entonces_,
sin lo soñado, y dejó al tiempo que resolviera en definitiva; pero sin
soltar la veta por donde tenía cogido á su amo.

Considérese ahora si le parecerían de perlas los proyectos de su
sobrino; proyectos que jamás se le habían ocurrido á ella, porque
habiendo negado Marcones «por aquéllas que eran cruces» lo de su
fracaso con la moza de Piñales, y vuéltose en seguida al seminario,
tan fresco, al parecer, como si fuera verdad lo que juraba, creyó su
vocación muy decidida; y en este caso, ¿á qué ni para qué echar con las
ideas por aquéllos ni por otros derroteros semejantes?

Dueño Marcones de Inés—¡y vaya si la conquistaría por malas ó por
buenas en cuanto se le franquearan las puertas de la casa!—lo sería
también del gato; y siendo dueño del gato el sobrino, en cambio de la
ayuda que la tía le prestara, sacaría ésta una tajada en un dos por
tres, como no podía esperarla nunca de su amo, por esclavizado que le
tuviera á su yugo.

La dificultad única y por de pronto, consistía en que el Berrugo, que
tan á regañadientes había dado dinero, aunque bien poco, para ayudar
á Marcones en su carrera, consintiese en verle holgando en su casa
después de haber ahorcado los libros. La Galusa se encargó de vencer
esta dificultad como mejor supiera y pudiera; y pudo y supo lo bastante
para conjurar las iras y resistencias de su amo con un buen trasteo
de embustes: al cabo, no se trataba de pedirle dinero ni cosa que lo
pareciera, sino de enterarle de que Marcos, por motivos bien ó mal
forjados en la inventiva de éste, se había visto obligado á hacer un
alto en su carrera; alto que podría durar dos ó tres meses... lo mismo
que dos ó tres años.

Ello fué que Marcones, después de hecho este desbroce en el camino
de sus intentos, dió en visitar á menudo á su tía; que se pasaba las
tardes enteras en la casona de Robleces, «porque»—como decía á su amo
la Galusa,—«el pobre muchacho era tan cariñoso y agradecido, y tan
apenado se veía por el percance, que en ningún rincón hallaba sosiego
sino al lado de su tía y de su generoso protector;» que Marcones
trataba de interesar á Inés en sus conversaciones, siempre que podía;
que la Galusa sabía dejarse caer á tiempo sobre las indiferencias
geniales de Inés, con discretos panerígicos de las prendas del mozón,
cuando éste no estaba presente; y por último, que, á pesar de que Inés
y Marcones se habían tratado muy poco hasta entonces (porque no fueron
muchos los viajes que el segundo hizo á Robleces después de atrapado el
auxilio que la Galusa logró arrancar á su amo) y de no haberla caído
nunca muy en gracia, no vió con disgusto aquellas largas visitas del de
Lumiacos, con las cuales distraía un poco la insulsez enervante de su
método de vida. Y es de advertir aquí que Marcones, cuando se empeñaba
en ello y no se lo estorbaba la iracundia feroz que le poseía, era
dulce de palabra y bondadoso de mirar, y daba á las conversaciones,
ya que no gran interés, porque le faltaba ingenio, cierta unción que
seducía fácilmente á personas tan desprevenidas é inexpertas como la
hija de don Baltasar.

Por el médico don Elías se conocen los principales rasgos del carácter
y de la naturaleza física de este mozo. Poco queda que añadir aquí para
terminar su retrato de cuerpo y de alma. Aquél era grandote, más por
lo macizo y relleno que por lo alto, aunque lo era bastante; relleno y
macizo de tal suerte, que en cualquiera porción de él en que se fijara
la vista predominaba la curva cerrada, casi hasta la circunferencia;
los pies, las manos, los hombros, el pescuezo, la cara: otros tantos
círculos mal hechos; bollos híspidos, más chicos ó más grandes; aquí
uno por uno, allá sobrepuestos ó acoplados; pero siempre el bollo,
particularmente en la cara, que se componía exactamente de dos, uno
más pequeño que otro, unidos de golpe, quedando hacia abajo el más
grande y correspondiendo las sienes y parte de las orejas á la mayor
depresión de los perfiles laterales. Sin embargo, la cara no resultaba
fea, porque los ojos eran grandes, negros y expresivos, y la boca y la
nariz muy regulares. El color, ordinariamente, moreno limpio, de nariz
y mejillas arriba; y de allí para abajo, incluyendo la papada y cuanto
se veía del pescuezo, el negro agrisado del cisco, resultante de la
gran espesura y fortaleza de su barba rapada. Digo que _ordinariamente_
era moreno limpio su color, porque cada movimiento del ánimo le
transformaba en verde bilioso, así como á la habitual dulzura de su
mirada, en celaje fulmíneo.

Con ser tan de bulto esta figura, lo primero que un buen observador
veía en ella era _lo de adentro_; y no le ocurría pensar lo que al
vulgo de los que miran: «este hombre sería hasta buen mozo si estuviera
vestido de claro y no tan relleno,» sino «_eso_ es un odre de iras
y concupiscencias.» Era demasiado transparente el cendal para que,
sabiendo mirar, no se viera debajo el hervidero de lavas dispuestas á
saltar en chorros al primer alfilerazo que se diera allí.

Inés, que era vulgo para mirar como para tantas otras cosas, pensó
también de Marcones, oyéndole y observándole despacio y muy de cerca,
que con menos carne y con ropa más alegre, podía ser «hasta buen
mozo.» Y eso que Marcones se había presentado en Robleces con la menor
cantidad posible de seminarista, en lo externo; pero tras de que hay
oficios y carreras que imprimen sello indeleble en quien los ejerza ó
siga, la _secularización_ del de Lumiacos no podía pasar de ciertos
límites si no había de fracasar en la introducción la comedia que se
disponía á representar.

Á pesar de esta precaución indispensable, como la paciencia no era
la virtud del seminarista, procuraba éste aprovechar bien el tiempo;
para abreviar los trámites de su proyectada empresa; y sin descubrir
todavía la punta de sus intenciones, preparaba el terreno desplegando
ante Inés todo lo que él creía pompa de sus recursos; y ahora con un
latín del _Doctor angélico_, después con la explanación de un punto de
moral práctica, luégo con una descarga de apóstrofes contra las malas
costumbres del día, otra vez con un himno dulzón á la doncella fuerte,
y un catálogo muy encarecido de las prendas que debían poseer los
hombres para ser dignos de la amorosa elección de «ciertas mujeres,»
lograba producir en el ánimo de la indocta hija de don Baltasar algo
de la fascinación que en el del tosco lugareño ejerce el charlatán que
traga estopas ardiendo y escupe luégo cintas de colores. Por de pronto
le admiraba Inés por lo mucho que sabía y hasta por lo bien que lo
charlaba. Después, hay que tener presente que Marcones era la única
persona, relativamente culta, que había tratado íntima y familiarmente;
que ciertos puntos que Marcones había tocado en sus fogosas homilías
sobre determinados movimientos del corazón humano, eran casi los
mismos que tantas veces había querido explicarse ella durante los
pasajeros arrechuchos de su alma; que el preopinante era vehemente
y que se poseía hasta echar lumbre por los ojos cuando, hablando de
estas cosas, los clavaba en los serenos y dulces de Inés; que Inés
era toda sinceridad y buena fe, al paso que en el otro no había pizca
de semejantes ingredientes; y teniendo presentes estas cosas y otras
que fácilmente se presumen, no es de extrañar que si la admiración de
Inés no pasaba de la sapiencia de Marcones, su curiosidad hallara en
la persona del sabio un cebo que no ofrece el hombre que come estopas
encendidas, al palurdo que le admira por eso solo.

Desde luégo, en el mucho saber del seminarista halló Inés la medida
de su propia ignorancia, y hasta tuvo sus conatos de avergonzarse
de ella; no porque sintiera la necesidad de conocer los _Lugares
teológicos_ ni la gramática latina, que á desconocer esto no lo
llamaba ella ignorancia, sino porque, fuera del catecismo y de
escribir desastradamente, no sabía pizca de nada; y esto era demasiado
poco saber para la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera... ¿Dejó
traslucir Inés este pensamiento? ¿Se le adivinó Marcones? ¿Entraba
en los planes de éste el acuerdo á que el caso dió lugar? ¿Anduvo
en el ajo la Galusa? No se sabe; pero es lo cierto que un día quedó
convenido entre Inés y él, con pleno y gustosísimo consentimiento de
don Baltasar, que Marcones, tan suelto de pluma y entendido en cuentas,
en gramática y en otros ramos de la primera enseñanza, comenzaría á dar
lecciones á Inés, tan asidua y provechosamente como el mejor maestro de
escuela.

Y henos aquí, aunque no tan pronto como yo había pensado, empalmando
el remate de esta digresión indispensable, con los corrientes sucesos
de este libro, en el punto en que quedaron al despedirse don Elías de
Pedro Juan, después de haber salido éste de casa del Berrugo.

[Ilustración]



[Ilustración]



VI

VARGA ABAJO Y VARGA ARRIBA


Pero ¡qué naturaleza más singular la de Quilino! Él bailaba como una
peonza; él relinchaba mejor que nadie en todas las rondas de mozos; él
se enternecía hasta el lloro á moco tendido, en un entierro; él cantaba
la misa, que se las pelaba; él revolvía el corro de bolos... en fin,
donde se moviera algo, donde pasara algo que no se moviera ni pasara á
todas horas y en todas partes, triste ó alegre, allí estaba él sin ser
llamado por nadie, sin hacer falta ninguna y sin servir para maldita
de Dios la cosa, sino para enmarañar dificultades, agriar lo dulce ó
entorpecer lo hacedero. Sólo en muy determinados casos era Quilino el
primero de todos los concurrentes, quiero decir, el que se llevaba la
mejor parte: verbigracia, en los casos de zambra y alboroto entre los
mozos del pueblo, por rivalidades de barrio ó cuestiones de galanteo.
Con ser él incapaz de herir á una mosca, ya se sabía: la primera
bofetada ó el primer garrotazo, para Quilino; y Quilino al suelo.

Pasaba de los veinticinco años, y, por lo menudo y lampiño, apenas
representaba veinte; queriendo aparentar una corpulencia que no tenía,
se mandaba hacer la ropa con muchos sobrantes; y de este modo resultaba
lo contrario de lo que se proponía: que destacaba más su pequeñez, amén
de parecer vestido de prestado. Los domingos se llenaba las orejas de
claveles, la cinta del sombrero de siemprevivas y plumas de pavo real,
y las alpargatas de dibujos de hiladillo verde y encarnado. ¡Todo por
las buenas mozas! Y precisamente era de ellas, de las buenas mozas,
de donde salían las zumbas más crueles y los motes más depresivos
para él. No tenían número las calabazas que llevaba recibidas en el
pueblo y fuera del pueblo; y esto era lo que le perdía ya en todos sus
empeños amorosos: la fama, que le seguía como su sombra, de «barrido
de todas las cocinas...» Porque, aparte de ello, Quilino, en buena
ley, no merecía tan mal trato: era trabajador, no bebía, era hijo
de buenos padres, y no pobre de solemnidad; y estampas más ruines
que la suya habían hallado buenas colocaciones en el lugar. En honor
suyo hay que decir también que, gracias á sus buenas prendas, nunca
llevó las calabazas en crudo. Se le dejaba rondar, se le abrían las
puertas de la casa los sábados por la noche, se le daba ingreso en la
cocina; y cuando era llegado el momento de «hablar,» se le respondía
indefectiblemente que la moza estaba comprometida ó esperando á que
«hablara» el mozo que se le había anticipado... «¡Recongrio...» y cómo
se ponía entonces contra «la perra desgracia» que siempre le llevaba
tarde á esas cosas! ¡Y con qué altanería alegaba en público aquellas
despedidas corteses, contra los murmuradores que le contaban los
antojos y galanteos por descalabros en seco!

Á un propósito no menos caritativo obedecían las largas que Pilara le
iba dando en sus asedios pertinaces. Le dolía mucho á la noble mocetona
despabilar secamente al pobre muchacho que con tanta obstinación y con
tan honrados fines la perseguía, si no hemos de creer á los que afirman
que Pilara conservaba á Quilino por obligar más á Pedro Juan, que era
celoso. Y es de advertir que jamás estuvo Quilino tan obcecado por moza
alguna, como por Pilara. Achacábase esto en público á que Pilara era el
mejor acomodo de cuantos Quilino había tanteado, con haber sido buenos
todos los demás; pero yo me inclino á creer que entraban por mucho en
los entusiasmos de Quilino, que era una pólvora, las prendas personales
de Pilara; prendas que Quilino no había visto reunidas hasta entonces
en una sola moza de su «comenencia.»

El caso es que él insistía en sus trece, y que estaba resuelto á
insistir mientras no se le plantara en seco en mitad de la calleja. El
suceso de la Arcillosa, con el subsiguiente de la llegada del Josco al
mismo goterial de Pilara cuando él se disponía á tener con ella y con
toda su casta una explicación que dejara bien deslindados los campos,
le acabó de encalabrinar, y aquella noche no pegó los ojos. Pensando
y pensando, creyó que, para acabar de una vez, le tenía más cuenta
ajustar la que le desvelaba con el mismo Pedro Juan, por la buena y
en paz y en gracia de Dios; y como era mozo que no dejaba que se le
encanecieran en el cuerpo las resoluciones que tomaba, en cuanto apuntó
el día se tiró de la cama y echó á andar hacia Las Pozas, haciéndose el
sordo á los mugidos con que desde la cuadra le pedían las bestias de
pesebre el acostumbrado desayuno.

—¡Recongrio!—pensaba Quilino mientras iba varga abajo, unas veces
callandito, y muy á menudo hablándolo bien recio y con la mímica que
cada pensamiento reclamaba.—Esto tiene que acabar hoy, ó va á haber
una gorda en Robleces... Lo que se está hiciendo conmigo no tiene
igual... ¡vamos, no tiene igual!... Bueno que al hombre se le estime en
más ó en menos de esto ú de lo otro, porque pa eso están los ojos en la
cara y el sentío en los aentros; pero ¡congrio! que se le diga... ¡que
se le diga, congrio! y hablando se entiende la gente. Eso de callarse,
como se hace conmigo un mes y otro mes, y hoy no te respondo y güélvete
mañana... ¡hombre, esto ya es ultraje pa uno y puro menosprecio!...
Pero ¡recongrio! ¿por qué me habrá pasao lo mesmo en toas partes? Si
dijéramos que yo me descuido... ¡Pero si moza vista por mí, que me
convenga, ya tiene el envite encima! ¡Y con too y con ello, siempre
envido tarde!... ¡Ahora, dígaseme si esto no es la pura desgracia
en carnes vivas!... Corren malas lenguas que too ello es castigo de
Dios porque me dejo llevar de la cubicia en esas cosas... ¡Mentira,
congrio! Si pongo los ojos en moza que tenga los fisanes, yo tengo la
sal pa la puchera... y esto no es ser cubicioso... Quisiera yo ahora
mesmo de repente que Pilara no tuviera pan que llevar á la boca... ¡Se
vería, congrio, se vería si Quilino la golvía la espalda como se la
golverían otros que hoy se beben los aires por ella!... ¡Recongrio,
qué personal de moza el suyo!... ¡Y decirme á mí que tengo en más los
cuatro intereses que puedan tocarle en el día de mañana, que aquella
rebustez de carnes y aquel mirar de ojos... y aquellos!... ¡Recongrio,
cómo me gustan á mí las mozas grandes y de güena color! ¡Me alampo,
congrio, me alampo por ellas! Y cuanto más grandes, mejor que mejor...
¡Si, pensándolo bien, no sé cómo pude pedir á Quica y á Nestasia, que
no me allegan á mí á salva la parte! Y luégo ¡tan esmirriás y bajucas
de color!... Pos güeno: yo voy ahora á Las Pozas; voy á verme con Pedro
Juan, porque quiero que se me estipule claro eso... Pero ¡recongrio!...
¿qué puede haber visto Pilara en el Josco que no haiga en mí? El Josco,
fuera del alma, no tiene sentío corporal: es una pura bestia; y hoy
por hoy, está, en punto á intereses, más á esquina viva que yo. Y si
levanta media cuarta por encima de mí, y es más doblote y más... ¿qué
vale eso, recongrio? ¿Sabe de letra lo que yo sé? Pos no conoce la O...
¿Sabe echar un _Kyrie_ ni entonar solo en una ronda... ni rondar tan
siquiera?... ¿Baila él, por si acaso? ¿Se arriesgó en jamás á decir á
una moza «güenos ojos tienes?...» ¡Que anda en la mar como por su casa,
y que es forzudón en tierra y hace su labor de labranza como la hacen
pocos y sin decir _jus ni muste_, y siempre á su cuento!... ¿Y qué vale
eso, recongrio? Yo tamién cumplo con mi deber y llevo mi labor palante
sin que me pise naide los pies; y respetive á la mar, nunca en ella
anduve; pero si me avezara, nos veríamos, ¡congrio! nos veríamos... Y
á más á más, yo canto igual de Iglesia que de too lo que salga; yo sé
de pluma como pocos del lugar; yo echo un armón á una pértiga si se me
da la herramienta al caso; yo hablo en concejo tomando la vez de mi
padre, que no se atrive, y no basta el vecindario entero á tapame la
boca cuando se empeña en que yo no soy quién, por hijo de familia, pa
decir palabra allí... ¡Recongrio! ¡yo me meto en toas partes en que se
meta alma nacía pa hacer lo que haga el más guapo!... ¿Y vale él pa
eso, congrio? ¿Se atrive tan siquiera á probar si vale ú no vale? ¡Y
con too y con ello, Pilara esperando y esperando á que hable el Josco,
y tú, Quilino, á resultas, y güélvete mañana y güélvete otro día!...
¡Recongrio, yo digo otra vez que esto no se puede aguantar en pacencia!

Aquí tiró Quilino el hongo roñoso y descolorido al suelo, con gran
furia, y pateó tres veces alrededor de él. Había llegado al portillo
que separa las praderas de la sierra calva, y desde allí se columbraba
ya el tejado de la casuca del Lebrato. Quilino, después de desahogar
con interjecciones y pataleos lo más agrio del repentino berrinchín,
pensó que sería muy conveniente, antes de encararse con el Josco,
disponer con sosiego el plan, ó siquiera los puntos principales de su
embajada; y con esta idea tan cuerda, se sentó en el mismo portillo,
que era de vallado, á la sombra proyectada sobre él por el alto y
espeso bardal en que estaba embutido.

Sentado Quilino tan guapamente, volvió á funcionar su discurso del
siguiente modo:

—Yo voy ahora mesmo á Las Pozas, porque nesecito verme con Pedro
Juan. Bien cercuca está ya la su casa: en dos saltucos estoy allá.
Curriente... Yo llego á verme con el Josco y le digo: «Pedro Juan, no
vengo al auto de lo de ayer tarde en la ré... Tuve un pronto allí,
tuvistes tú otro, mos desapartaron... y sacabó esa historia... Yo
no te quiero mal, aunque otra cosa te digan malos quereres y piores
lenguas; pero bien sabes que me pasa... esto y lo otro y lo de más
allá...» ¡Recongrio! que me pasa esto no lo puede negar él; y no
pudiendo negarlo, en josticia estoy al hablarle de lo que le hablo.
¡Pos, hombre, podía no conocerlo así!... Curriente. Que lo conoce y
me contesta:—«Quilino, ¿qué es lo que quieres de mí?»—«Pos, hombre,»
le digo yo, «que anoche estuviste en cá Pilara; que no sé, á la hora
presente, si hablastes ú no hablastes en finiquito; y que si hablastes
ú no, y si te arrespondió que tales ó que cuales, lo quiero saber de
tu boca y no de la suya, pa acabar así primero con esta consumición
que me está acabando á mí...» ¡Recongrio! me paece que tamién esto es
de lo menos que puede decir un mozo que se ve como yo me veo... Si el
Josco fuera un sujeto del aquél de los demás sujetos, no habría qué
sobre el caso; pero tras de que nunca es él muy parcial ni explicativo,
es hombre de lunas; y cuando la tiene, como paece que la tenía ayer
en la Arcillosa, larga la guantá antes que la palabra... Esto hay que
conocelo y estimalo en el caso presente; porque ¡recongrio! yo tamién
soy hombre de güétagos; y en cuanto doy con otro que tal, me enrito en
un periquete y me... Vamos, ¡congrio! que me pierdo... ¡me pierdo!...
Pos pinto el caso que le da por la güeña, y me dice:—«Quilino, de eso
que deseas saber, no hay ná hasta la presente, porque no solté anoche
palabra anguna sobre el particular...» Pos ¡congrio! á un hombre
que arresponde esto, bien se le puede decir, sin agraviale:—«Pedro
Juan, ó al río ú á la puente: si te paece poco un día, toma dos...
ú cuatro ó cinco; pero, pasaos que sean, si no has roto á hablar en
ellos, déjame el campo á mí: ya sabes que estoy á resultas...» Pero
¡congrio! _(Quilino se levantó de repente, y se arrancó el sombrero
de la cabeza.)_ ¡Si el pior mal consiste en que Pilara está jalando
de la lengua á ese animal; y anque él se empeñe en callarse la boca,
le ha de hacer ella que cante! _(Al suelo el hongo.)_ Y como él no
desea otra cosa... _(patadas al sombrero)_ agarraráse al supuesto pa
lograr lo que no puede de por sí sólo... _(Más patadas.)_ ¡Collonazo!
¡Cobardón!... _(Amenazas á la casa del Josco, con los puños cerrados.)_
De modo y manera que el verme yo con el Josco, séase en güeña paz, ó
séase en guerra que nos destrompe á los dos, es lo mesmo que empiorar
la cosa pa insécula sinfinito... _(Recoge el sombrero.)_ Onde yo tengo
que dir ¡recongrio! y va á ser ahora mesmo, es á verme con Pilara. Ella
es quien debe decirme lo que pasó anoche allí; y por poco que me quede
en limpio, quedaráme el consuelo _(puñetazos al hongo)_ de desfogar la
corajina cantándola á la oreja avangelios que la saquen las colores á
la cara... ¡Ya verá si no hay más que dar á un hombre como yo con la
puerta en los bocicos, como se corrió en la Arcillosa!... Y respetive
al Josco... ¡nos veremos tamién en su hora y punto! _(Se encasqueta el
sombrero.)_ ¡Ay, recongrio!... ¡qué negro va á ser ese día en Robleces!

Y con esta amenaza entre dientes, tomó Quilino á medio galope, varga
arriba, el mismo sendero que acababa de recorrer varga abajo.

[Ilustración]



[Ilustración]



VII

CUENTAS DE FAMILIA


Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la
sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero
como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía
miedo.

—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya
le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió
entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.

Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que
servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni
probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que
había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se
habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre
_mojada_ de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles
recién fritos en ella:

—En primeramente la dí los peces.

—¿Á quién?

—Á ella.

—¿Á Pilara?

—Á Pilara.

—¿Y qué?

—Y que... ná.

—¿Cómo que ná, hombre?

—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?

—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que
¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que
llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.

—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza
me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara...
¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo!
¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No
me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles!
¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino
cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo
hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan
arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras...
«Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me
atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó
ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en
el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era
mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar
los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza
entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé
á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti
más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra
vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara
esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las
orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja
abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura
verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás,
que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!

—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía
que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros
particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo
se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho,
porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia
de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene,
por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un
hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala
fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer
por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.

—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la
conozco.

—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques
por no caer como lo temo.

—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos
recelos, cá vez estoy más alampao por ella.

—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que
echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío
en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la
casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley
y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa;
Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara
te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer
no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la
probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres
mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no
la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de
ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren
las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente
de plata.

No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende
mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y
la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó
por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por
abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora
te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me
amañaré yo hablando por tí...

—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!

—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...

—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.

—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de
curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú
bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina,
y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?

—¡Mal rayo le parta!

—¿Eso te dijo?

—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.

—Mal deseao, Pedro Juan.

—¡Es un retuno desalmao!

—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo
merezca... como ese.

—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?

—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos
al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?

—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao
esta tarde en la ré, á peseta la libra.

—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la
_Bisoja_, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante
sacaba él?

—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le
dió la gana.

—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso.
Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio.
Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?

—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.

—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres
pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó
en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?

—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás,
mejor que con la lengua.

—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro
Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.

—¡Ésta es más gorda, coles!

—Será lo que te paezca; pero así están las cosas, y así hay que
tomarlas: á contrapelo. Ya lo sabes tú tan bien como yo. Lo que importa
es no olvidarlo, porque en manos de ese hombre está el poco pan que
tú y yo comemos. Por güenas ó malas artes, suyo es hasta el aire que
alendamos aquí... y un pico más que mediano, que es la espina, Pedro
Juan, la espina que nos ajuega. Á lo otro, ya estaba uno avezao; y con
darle media cogecha al cabo de cada año, pagos y finiquitos juéramos,
y en paz con el dimoño. ¡Pero esa espina!... Verás tú la cuenta:
cuarenta duros jueron los emprestaos por él cuatro años hace; no ha
pasao dende estonces una mala peseta de su mano á la mía; nusotros
le damos cada año un güen qué de la ganancia de la pesca, y con too
y con ello sube la trampa á más de sesenta duros á la hora presente,
dispués de pagao por parte el total de rentas y aparcerías, por
tierras, casa, embarcaciones y ganao. ¿Cómo puede ser esto, hombre de
Dios? Loco me güelvo pa aclararlo; y él, con decirme que es motivao al
réito y enseñame un papelón escripío de números y encareceme mucho esos
favores, firmo el recibo que me pone por delante, ¡y arriba siempre la
marea! Y conoce, Juan Pedro, que te roban, ¡y aguántate sin resollar
palabra, por temor de que no te dejen de la noche á la mañana á las
temperies de Dios, sin otro amparo que lo puesto!,.. ¿Te paece, Pedro
Juan, que con estos caudales se puede echar roncas á... bribones como
ese?... Hoy salió tal cual ayuda de la ré; en la de mañana y en la
otra, sabe Dios lo que saldrá. Si el tiempo sigue al nordeste, iremos á
la mar con la barquía, á la mojarra y á los durdos, de día ú de noche,
según tercien otros trabajos; algo dará en su tiempo la ostra; y en
las noches que se pueda salir de la barra en la otoñá, al anguilo otra
vez ¡y quiera Dios que con mejor suerte que en esta última campaña de
primavera!... Pos iremos comiendo de ello, hasta la cogecha del maíz,
sin que se nos vaya la mano; y el sobrante, al pozo de ese hombre sin
calo, pa que suba otro poco la marea de la trampa... Esto bien lo sabe
él. Pos ¿á qué te va con esas cuentas, como si aquí las tuviéramos
olvidás ó nos diéramos á la bribia, y no hubiera caído en sus manos
lo que jué mío, por desgracias que Dios dispuso y trampas que me jué
armando Satanás?

—¡Hay que matar eso, padre!

—¿Cuál, hijo?

—Esa trampa.

—¿Con qué?

—Con el ganao que sea nuestro: ya se lo he dicho más veces.

—¡Si no alcanza, bobo! Tamién te tengo ajustá esta cuenta. Las dos
vacas son suyas; y en las dos novillas, no tenemos más que la metá: una
novilla, vamos.

—Pos con esa novilla y lo que se le pueda arrimar de la pesca de too el
año...

—La metá de la trampa; y ten por cierto, Pedro Juan, que si no la matas
de un golpe, tanto le entregues á cuenta de ella, tanto pierdes.

—¿Por qué ha de ser eso, coles?

—¿No te lo tengo bien dicho? Motivao al réito de lo que queda en pie.
Así lo arrojan los números que él hace.

—Es que ese día ¡coles! iría yo á hacer la entrega; y mano á mano con
él, onde no me oyera naide...

—Pior que pior, Pedro Juan. La mocedá es mala consejera: créeme á mí
que soy viejo y tengo bien conocío á ese hombre. Pa cada gustazo que tú
quisieras darte como ese que dices, tiene él veinte modos de echarnos
á perder. Bien que pensemos en arrancar la espina antes con antes,
y claro está que ha de ser con la ayuda de la novilla y lo que vaya
viniendo por onde Dios disponga; pero hoy por hoy, que no tenemos el
completo, el temporal en los prefundos y en la cara el güen celaje. Eso
vengo hiciendo yo, Pedro Juan, un año y otro. ¡Qué poco pensarán los
que me ven hecho unas tarrañuelas en la ría y en la mies, que tu padre
tiene pesaumbres que le roban el dormir más de cuatro veces!... Y ¿qué
quieres que te diga, hombre? Sobre que al cabo y al fin no ha de sacar
uno mejor zoquete llorando que riéndose, lo que uno se ría, aunque sea
de mala gana, eso saldrá ganando.

—Va en genios.

—Verdá es en parte; pero entra por mucho en ello la experencia de los
años. Y quédese esto así, por ahora; piensa en lo tratao endenantes
sobre el particular de Pilara, que es de más urgencia de lo que tú te
feguras; tapa esos tizones... y vámonos á la cama.

Mucho atormentó al formalote y honrado Pedro Juan, en los primeros
ratos de insomnio, el recuerdo de las maldades del Berrugo con su
padre; pero aún le desveló mucho más el examen de su conflicto con
Pilara: entraba tanto en la pelea lo amargo como lo dulce; y así
sucedió que, lo mismo soñando que despierto, el Josco fué toda la noche
un huracán, tan pronto desatado en suspiros clamorosos y temblones,
como en bramidos desaforados que despertaban á su padre. Á la madrugada
siguiente, aún sentía la resaca de tan fiero temporal en los profundos
de su pecho.

¡Y esa fué la ocasión elegida por Quilino para bajar á Las Pozas á
hombrearse con Pedro Juan! ¡De buena se libró el cascarrabias, con
volverse desde el portillo de la sierra!

[Ilustración]



[Ilustración]



VIII

EL MÉDICO DON ELÍAS


La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por
aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba _la casa de los
Médicos_, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No
servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa
pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante
para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes
lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur,
y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con
buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y
un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por
dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á
la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de
albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin
solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía
de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres
alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar
de pie; y paren ustedes de contar.

Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada
seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas
inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse,
á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más
vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea
de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de
sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de
aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años,
y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde
tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo
de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí
pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda
en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo,
mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en
la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran
cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico
don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de
los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de
conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando
las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba
viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las
propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos
fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres
contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los
que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto
como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes,
sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus
brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en
pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del
suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo
que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles
y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto
era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la
escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos
años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído,
¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado
ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por
ahorros en otros partidos y restos de la _millonada_ que fué «de la
familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana!
En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas
fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían
de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en
cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían
ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la
casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces,
donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho
prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban
á veces la mitad.

Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada
vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad
lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como
si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las
maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra
que habían habitado.

Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba
también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo,
había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces
vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los
suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta
millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual
herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto,
desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la
tenía en depósito.

Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía
cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las
grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre
que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono
triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores
lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar
por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero
y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de _señor de
aldea_, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más
avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de
Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril,
de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel
sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de
entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se
siente, aunque sea lo contrario de la verdad.

En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el
infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido
también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en
los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para
inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no
daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia;
y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas
y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos
médicos.

Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante,
husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por
dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta
dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; _previéndolo_
todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada;
haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores
absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en
_aparecidos_; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de
la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria
que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones
las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no
pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?

Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola
explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos
cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué
adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil
puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse
en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de
cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo
había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera
de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos.
También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y
cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna
agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle
más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y
escaseces de los _asalariados_, tales fueron las de su casa, que se
resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él
necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él
decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;»
y, por último, «yo me ahogo, _él_ es un clavo, y al clavo me agarro,
aunque me abrase.»

Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice,
caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia
su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta
alguna nueva _llamada_, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.

No hubo _llamada_ esperándole á la puerta; pero sí grandes señales
de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa,
por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que
estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se
halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la
riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba
inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo
de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había
chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.

No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni
tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola,
y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las
preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los
días.

Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no
tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy
escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y
como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada,
ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni
desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la
sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo,
un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua,
un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías;
cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le
sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma,
fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros
tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas
«buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en
todas partes.

Y vamos al caso, que ya es hora.

Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo
usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el
sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el
puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre
era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como
otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos
papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía
en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las
diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la
Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada.
Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los
peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo
alguno y sin maldita la necesidad.

Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano,
porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se
le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo
comenzado:

—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?

Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no
porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no
era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el
hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba
imaginado el _argumento_ de la visita, y en ese argumento no entraban
ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa
de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino
encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico
se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que
para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos
así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese,
sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le
quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo:

—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que _me
caminaba_ de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la
portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado
yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y
quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede
importarle.»

Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle;
y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:

—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde
menos se piensa suele venir la fortuna!

—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en
ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.

—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?

—Si usted me concede ese favor...

—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala,
después de haber echado por delante con un ademán expresivo al
médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo
dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.

Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin
darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:

—¿Supongo que doña Inesita y _doña_ Romana seguirán tan buenas como
siempre?

—¿Doña Inesita y doña... _quién_?—preguntó don Baltasar con una fuerza
de acento en el _quién_, que la sintió don Elías en los ríñones, lo
mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas
del horcón.

—La _señora_ Romana, quise decir—replicó en seguida el médico,
subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos,
tan digna... por su...

En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías,
hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:

—Aquí.

El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió
otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón,
puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que
lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto
aquél.

Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos
bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había
ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la
luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y
comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad
en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca
le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos
treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que
las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada
por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á
orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar
el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por
los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo
uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara
mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría
su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le
daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas
grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y,
cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre
que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un
patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el
fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente
enardecida y sudorosa:

—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta
millones de la familia...

—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando
un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.

—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después
de carraspear y de estremecerse un poco.

—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión
que los millones esos no eran tantos.

—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más
admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que
si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de
América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los
apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer
el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía
armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y
los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la
miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que
le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más
cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no
volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no
las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la
voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán
melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se
había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta
millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la
noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la
familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura
miseria!

En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas.
Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la
nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un
iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de
tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su
interlocutor:

—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?

En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el
interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó
dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:

—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que
quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi
padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por
sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil
duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de
su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe
quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla;
qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted
si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos
se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro
hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un
poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos
tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo
que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso
no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia,
donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices;
dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido
de enfermedades viles y asquerosas...

Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante
castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó
aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas
palabras imperiosas:

—Al caso.

—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del
éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la
quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...

—¿Otra vez?

—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que
cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba
yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro
lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la
atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y
que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros,
por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí
el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia;
salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico,
también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á
la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien
seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en
gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la
médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió
en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde
Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid,
y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por
fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por
la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y
los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la
familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto
trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes
proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya
se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y
también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué
que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré
en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos,
como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes
y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado;
y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por
docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...

—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre
del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco
carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba
dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas
onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata
echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces,
antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.

—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico
sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se
quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted
sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva
metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los
otros y de estas aguas á las de más allá?

Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron
esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que
empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el
suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la
otra vez:

—¡Al caso!

—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don
Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que
desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el
magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la
carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado;
que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera,
y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi
idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.

El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don
Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para
adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco
la verdadera entrada ea el asunto.

—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco
de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de
médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de
dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme...
¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no
lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario
más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que
me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque
lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita!
¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita
de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas,
apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo
de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el
camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me
entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto
yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le
pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á
llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme
con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca.
Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua
y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una
caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes
y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados
y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los
corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo
del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro
ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad...
¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco
mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas,
desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden
ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo
deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera.
Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando
menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con
que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera
¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta...
el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y
á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos...
créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los
pobres enfermos que acaban entre mis manos...

También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba
así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los
ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como
la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado
pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo
de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían
derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no
se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni
mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de
interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido
apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con
un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:

—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!

Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar
muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le
llamaban abajo, no sé para qué menesteres.

—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á
marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar
se levantaba de la silla.

—De ninguna manera—respondió el Berrugo, obligando al médico á que
volviera á sentarse.—Tengo ya empeño en conocer esa mina que trae usted
entre cejas, y hoy mismo ha de ser, porque no respondo de hallarme con
tanta paciencia otro día. Acompáñale tú, Inés, que vuelvo pronto.

Salió don Baltasar, quedóse el médico, y se sentó á su lado Inés con la
misma indolencia, el mismo ropaje y la propia traza con que la vimos la
noche antes entrar en la cocina y coger los peces por el rabo.

[Ilustración]



[Ilustración]



IX

LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO


Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico
de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias:
un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus
pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de
los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos
comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber
de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con
que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo,
le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos
intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos
entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas
del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el
lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le
faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en
seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de
Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de
Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca:
Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»

Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si
Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y
menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar,
con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa... y con un caudal
«tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el
caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de
sus abuelos de San Martín de la Barra.»

Pero ¿por dónde le hincaba el diente al asunto? Cabalmente era hombre
que no servía para tanteos insidiosos: lo reconocía él mismo; le
acosaban demasiado las impaciencias, y en seguida se le iba la burra.

Enfrascado en estos cálculos que le ponían nervioso, don Elías dejaba
pasar el tiempo sin dirigir una sola palabra á Inés, la cual se
extrañaba de aquella mudez en un hombre tan comunicativo y locuaz
de ordinario. Reparaba también la hija de don Baltasar en la avidez
cariñosa con que la contemplaba el médico, y en el desasosiego con que
se revolvía en la silla; y haciéndole suma gracia todas aquellas cosas
de don Elías, acabó por sonreirse sin apartar de él la mirada medio
escondida entre los párpados, contraídos por unos frunces muy monos.

No sé si creía el médico de Robleces en el fluido magnético y en las
corrientes simpáticas, ni si había oído hablar de ello siquiera en
todos los días de su vida; pero lo que no tiene duda es que andando él
en lo más empeñado de sus hipótesis y escarbando con la imaginación en
los profundos de la mente de Inés, fué cuando ésta le sonrió; y tan
preocupado estaba el hombre y tan aferrado á su idea, que en aquella
sonrisa vió y oyó clara, clarísimamente, que le preguntaba Inés, así,
en estas terminantes palabras:

—¿No es verdad, don Elías, que he hecho bien en negarme á eso?

Con lo que el iluso acabó de dispararse, y respondió en voz firme,
acompañándose de un bastonazo en el suelo:

—¡Sí, señora!... ¡admirablemente! ¡perfectísimamente! ¡Y le está muy
bien empleado al sin vergüenza!... ¡Y que vuelva por otra!...

—¡Pero, don Elías!...—exclamó Inés sobresaltada con aquel estallido del
médico.

Despertó éste de su pesadilla con la exclamación de Inés, y se deshizo
en excusas; pero sin arrepentirse de la «providencial» alucinación.

—Perdone usted, Inesita—la dijo.—Tengo la desgracia de interesarme
demasiado por los negocios ajenos... pero también el don de leer claro
donde el más lince no ve jota... Es el temperamento, créalo usted. ¡Á
veces me arden allá dentro unas luces!... Y como sucede además que
tengo la costumbre de soñar recio...

Y al mismo tiempo pensaba:

—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe
dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo
que se te ha escapado... Al buen entendedor...

En esto llegó á la sala don Baltasar con una rastrilla en la mano.
Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.

—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en
pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.

¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado
por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para
pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del
alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria!
Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en
la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve
esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el
ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días
esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar
por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se
vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban.
Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se
arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.

—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y
luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los
sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas,
puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me
parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada
día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse
ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines,
me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales
ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta
celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas
veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que
doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales...
Me parece que esto es pura matemática.

Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el
intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse
más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió
uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:

—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado...
Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con
mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y
seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de
arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura
matemática también.

Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó
tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto
porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta
arrogancia:

—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la
pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la
cristiandad.

—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible
en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don
Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el
molino: falta ver lo que toma.

—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que
con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale
de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella
reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del
excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos
recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando.
Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con
las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y
los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya
sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...

—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta
galana... Ya no nos falta más que tener molino.

Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre
manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo
contoneándose en la silla:

—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en
limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que
el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar
un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.

—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora,
señor don Elías?

—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.

—Y ¿dónde están ellos?

—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!

—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un
desesperado que los da...

—Negocio concluído entonces.

—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por
réditos de ese capital?

—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo
fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el
negocio.

—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria
que nos presta para hacer el molino?

—Con el molino mismo.

—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se
llama á lo que es suyo.

—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay
más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo
en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no
reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta
años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que
me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin
sentirlo.

—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que
yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino,
para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?

—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis
cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías
del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de
acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí
anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se
salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para
dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre
usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines;
baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar,
á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló,
con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los
camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos;
porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza
usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el
año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que
no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es
una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado
nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?

—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone:
¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede
interesarme á mí, como me dijo al principio?

El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que
le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en
el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle
derechamente:

—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los
sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le
he expuesto.

—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes
se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece
morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me
dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted;
y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum
del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...

—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la
observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que
se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á
ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan
aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me
dejo yo segar el gaznate.

—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la
rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás
para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza
y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué
opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que
hay tantos como se dice?

Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de
ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del
Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el
suelo con la contera de su bastón, estalló así:

—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el
mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en
ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas
gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas
á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que
dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay
tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo
español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos
usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.

—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á
las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en
partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted
ahora al molino de antes.

—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más
despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el
tesoro que yo digo!

Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando,
tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy
por lo bajo:

—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de
eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque
yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie
se entere y nos tome por locos.

—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió
don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose
de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á
su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano
izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada
por una de las cabeceras del salón.

Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un
palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa
vieja, y bastante roña por los suelos.

Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había
crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar
pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de
su pico el cuervo de la fábula.

—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar,
guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda,
el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á
que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra
casa?

—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el
gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una
sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil
reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro
se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni
mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de
él?

—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar
ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya
la zarpa?

—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor
don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he
dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que
tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de
que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que
valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta;
podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de
voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á
tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó
no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor
don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre
de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos
de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo
recordarlo...

Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los
ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de
la cabeza.

—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por
otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don
Elías para que soltara el queso.

—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la
silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de
lo que afirmaba.

—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse
de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por
cuanto pudiera referirle el otro.

—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se
desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del
Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á
referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más
activo, más perseverante y más afortunado que yo!

—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más
derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.

Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las
impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros,
en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué
molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener
la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de
Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con
las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además
de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el
mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á
dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas
mucho:

—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se
hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un
dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro
día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él
solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces,
por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come
de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen
el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque
el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á
mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y
le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene
la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más
grandes con _los tesoros del Pirata_: el caso es que aquel día volvió
á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los
sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera.
Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el
son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de
conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto
misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran
esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces.
Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión
corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo
mismo que si supiera algo de fuste.

—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello
nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le
refirió el Lebrato.

—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos
que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que
robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué
poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba
redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que
se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los
tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio
de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto
acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos
abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de
estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que
fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con
lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y
para _in sæcula_ de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que
había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida
ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude
que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar
media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y
ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la
presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de
público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una
jota ni una tilde más.

—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un
rastrillazo en las tablas.

Sonrióse convulso don Elías, y dijo:

—Ahora lo vamos á ver.

Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y
continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:

—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando _me
caminaba_ hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la
senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había
sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado
por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían
acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la
cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué,
como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber
tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á
la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en
los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa
me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé
aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en
la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que
sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes
de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin
cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué
negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado
más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo
del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada
de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y
peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un
desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de
aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores,
el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como
si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía
un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad,
negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al
fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo
príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los
suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de
la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve
toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de
la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la
cara al descubierto.

—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba
poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.

—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de
sus nervios.

—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?

—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo
era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en
la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la
pérdida de los treinta millones de la familia...

—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo
cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y
hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la
histeria por aquellos derroteros.

—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la
obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo
pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos
hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche
nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con
mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo
nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo.
Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo
poco á poco, como el humo con el viento.

Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa,
á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se
detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el
pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:

—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me
tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo
nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente;
porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos,
parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la
voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme.
«¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos,
porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió
y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal
como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías
de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban
abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por
paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos
el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle.
Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el
camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en
las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á
la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la
ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino
por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el
tesoro: no podía ser por otra cosa.

Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados
en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy
arrimado al mango de la rastrilla.

—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga
la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y
dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.

—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia
adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que
salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando...
alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los
camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la
atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda
por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima
del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en
el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber,
porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en
el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más
asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se
veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la
mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!

—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé
si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.

—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que
mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se
llega hasta él.

—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y
medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos
eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le
ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...

—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas
y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como
una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y
siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio
modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en
cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y
hasta hoy.

—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en
el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con
hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.

—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos
ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un
poco!

—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no
fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado
paso alguno por ese camino que vió?

—¿Y qué sabe usted si los he dado?

—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!

—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día
por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar
á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la
Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros
de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria,
aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría,
y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta
mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté
en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar
con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á
todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico,
y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un
cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado...
y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta,
no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana
no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó
á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había
dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario,
me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto
me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con
la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que
es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero
sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe
de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en
la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea
que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto
mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es
razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es
la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con
franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la
mitad de lo que yo le he relatado.

—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose
de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar
su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para
descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á
cosechar!

—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba
á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?

—¿De qué?

—De los sesenta y dos mil reales.

—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me
daba y las condiciones que me expuso?

—Justo y cabal.

Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y
encaminándose con él hacia la puerta, le dijo:

—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los
primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted
acaba de darme.

—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy
resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que
le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió
con una palmadita en la espalda.

En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor
de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado
arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que
mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos,
formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita,
en los siguientes términos:

—Verdaderamente es un lechón ese hombre.

Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella
iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á
menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió
para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara
los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:

—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga
á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha
confesado ella misma!

[Ilustración]



[Ilustración]



X

POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO


Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el
_dogma_ de las minas de _oro puro_ y de los tesoros enterrados, había
llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los
del _Pirata_, mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano
menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como
«dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que
estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á
olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser
de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y
de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad
y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por
el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de
Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme
cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano
del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto
sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á
la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los
denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí
estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda
regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un
viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del
Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por
de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus
dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe
lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con
la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra
de una adivina, cuanto más la de dos.

Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una
muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que
se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina
le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía
buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer
la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole
los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio
desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:

—¡Por su propia virtud se sale! ¡Señal es de que grandes cosas
barrunta, que le interesan á usté!... ¿Quiere conocerlas por otra media
peseta?

—¡Vengan esas cosas!—respondió el Berrugo conmovido y temblando, no sé
si de miedo supersticioso, ó de ansiedades avarientas.

Con este permiso, la adivina volvió á tender las cartas; y combinando
aquí y sumando allí, y murmurando ensalmos y conjuros; y ahora porque
sota, y luégo porque caballo; y volviendo á barajar, y tornando á sus
combinaciones; y porque si los oros abajo y si los bastos arriba, y
las espadas antes y las copas después, y espanto viene y espeluzno
va, llegó á decir al consultante estupefacto que había un tesoro más
rico que todos los tesoros juntos de la tierra, y muy cerquita de su
casa (de la casa del Berrugo), que le estaba destinado á él solo desde
tiempos de muy atrás, y que con la vista de sus ojos y desde su propio
tejado, podría alcanzar á ver el punto en que se escondía, si no se le
ocultaran «aguas al frente, tierras acá, peñas arriba y cantos debajo.»

El hombre se crispó al oir estas revelaciones, y pidió con ansia otras
algo más precisas; pero la adivina le declaró que no podía darlas,
porque no era ella quien hablaba en su boca; ni decía palabra de más ni
de menos que lo que la mandaba quien sabía todas las cosas y la había
dado esa virtud, en cambio de la desgracia de no poder salir de pobre
con lo mismo que hacía ricos poderosos á los demás.

El Berrugo se resignó; y después de pagar á la adivina, en monedas de
cobre, la peseta convenida por las dos consultas, y de mandarla repetir
las señas del sitio en que se ocultaba el tesoro, para grabarlas bien
en la memoria, volvióse á Robleces con el convencimiento de que ni el
tesoro prometido podía ser otro que el famoso del _Pirata_, ni el lugar
de su escondite estar en otra parte que en la costa, por el lado del
mar.

Y sucedió luégo que pasaron unos cuantos días, y que pareció el novillo
en el sitio indicado por la adivina. ¡Otro palito á la hoguera en que
se abrasaba la credulidad ambiciosa del Berrugo! Acertando en lo uno
aquella mujer, ¿por qué había de equivocarse en lo otro, aun suponiendo
que fuera posible alguna vez que se equivocara una adivina? De
razonamientos como éste fué obra el recado que dió el Berrugo al Josco
para su padre, la noche en que conoció el lector á aquel personaje.
Al día siguiente, la visita del médico que no pisaba los suelos de
aquella casa años hacía; y en esa visita, la historia horripilante de
la _aparecida_ que enseña á su hermano, con la luz maravillosa de su
linterna, el camino por donde debía buscarse el tesoro; y las señas
de este camino resultan idénticas á las que se le habían dado á él
sin _haberlas pedido_; y á mayor abundamiento, una adivina pordiosera
que llama á las puertas de don Elías, le dice que el tesoro existe,
pero que no será para él; y el médico, con lo necesitado que está, se
conforma, olvida lo del tesoro, y consagra sus afanes á la locura de su
molino maquilero. En resumen, _se comprueba_ la existencia del tesoro
en sitio bien determinado, por dos adivinadoras y una _aparecida_. Una
de las adivinadoras, _sin que nadie se lo mande_, advierte al Berrugo
que el tesoro de que se trata está destinado para él; y la otra cae,
_como de milagro_, en casa de don Elías, y le declara que ese tesoro
no llegará jamás á sus manos, porque no le pertenece. ¿Qué quería
significar todo esto? ¿No eran bien elocuentes tantas y tan extrañas
coincidencias acumuladas en tan breve tiempo? ¿Cabía mayor claridad en
una revelación de aquella especie? ¡Ni las mismas de Santoña y de Ceuta
eran merecedoras de tanta fe!

Aquella noche se hartó de rezar á Santa Rita, y al otro día encargó á
Inés que pusiera dos velas de á cuarterón en el altar de San Antonio.
En seguida mandó á buscar al Lebrato.

Acudió Juan Pedro sin tardanza, y el Berrugo se encerró con él en su
cuarto.

—No voy á pedirte dinero... por ahora,—le dijo, disimulando sus
impaciencias con aquel arte diabólico que él tenía para esas cosas.

—Lo mesmo fuera—respondió el Lebrato tranquilizándose mucho con la
advertencia;—porque no hay en casa otros cuartos que los que se
hicieran de mí, si se empeñaba usté en ello.

—No es para tanto, hombre; no es para tanto... _todavía_, aunque, en
uso de mi derecho, quisiera apretarte un poco para sacarte una hebra de
la tajada que me debes. Ahora, quiero decir, por el momento, se trata
de cosa muy distinta.

—Pues usté dirá, señor don Baltasar.

Y don Baltasar, después de rascarse el cogote y de soplarse las uñas
apiñadas, y de atrapar en el aire con la mano un mosquito que pasaba,
dijo:

—Pues te digo, Juan Pedro, y no lo vas á creer, que toda mi vida he
tenido un hipo, y que no quisiera morirme sin el gusto de haberme
curado de él.

—¿Y qué hipo es ese?—preguntó el Lebrato sin barruntar por dónde iban
las intenciones de aquel sujeto de los demonios.

—¡Pásmate, hombre!—exclamó el Berrugo enseñando toda su negra y
desportillada dentadura, y cargándose del lado izquierdo sobre el rozón
cuya asta empuñaba con aquella mano:—el hipo de salir una vez siquiera
á la mar alta, y recrear un poco la vista desde allí.

—¡Vaya con el hipo ese!—exclamó á su vez el Lebrato, muy satisfecho de
que el hipo de don Baltasar no hubiera resultado pulmonía para él.

—¿Te parece raro, verdad?

—Maldita la cosa, señor: nada más en su punto que ese deseo.

—Pues verás—añadió el Berrugo manoseándose la barbilla mal afeitada:—yo
me dije en cuanto apuntó el verano: «Pues en éste ha de ser... y antes
con antes, para que no me suceda lo que en otros muchos, que por irlo
dejando para la semana que viene, nunca lo hice...» Y luégo pensé:
«Juan Pedro tiene barquía, y anda con ella por aquellas honduras como
yo por el corral de mi casa; el tiempo está seguro, la mar estará
como un plato... pues ahora ó nunca. Voy á decirle á Juan Pedro que
aborrezca medio día...» Y en eso estaba; y por eso fué el recado que te
mandé por Pedro Juan antes de anoche.

—Puedo jurarle á usted que no me dió ninguno.

—Es que le dije yo que no corría prisa, como era la verdad; pero,
amigo, hoy me he levantado de otro temple muy distinto... Conque
¿tienes la barquía bien dispuesta?

—De la campaña del _anguilo_ está, que acabo de dar por finiquita;
conque hágase el cargo.

—Me alegro. ¿Y la mar?

—Como usté dijo: lo mesmo que un plato.

—Pues entonces, Juan Pedro, cuanto más antes: mañana mismo... por la
mañana... ¿Te parece?

—En hubiendo marea para subir la barquía por la Arcillosa, para mí toas
las horas son buenas, inclusen las de la noche... Conque... Aguárdese
y perdone: hoy pleamar de una; bajamar de siete... á las once, media
marea... Á esa hora, á las once, ya puede salir la barquía de onde está.

—Pues á las once. Y ¿cuánto se tarda en llegar?

—Contra corriente y dos remos solos... echemos hora y media.

—Á las doce y media; y luégo allá otra hora... ¡Bah! todo será llevar
la pitanza y matar la gazuza en la barquía.

—Si es que no echa usté antes el estógamo por la boca.

—¿Suele suceder eso muy á menudo?

—Á los que no están avezaos, siempre que se embarcan.

—Allá veremos: en último resultado, saldré ganando la comida que ahorre.

—Si no nos la partimos entre el hijo y yo.

—¿Pues no pensáis llevar vosotros la vuestra?—preguntó aquí el Berrugo
con aire de asombro mezclado de disgusto.

—Pensaba—respondió el Lebrato sin andarse en remilgos,—que, por esa
vez, comeríamos los tres de una misma puchera; pero si á usté le paece
mucho ese despilfarre...

—¡Vaya que sois pegajosos como el mismo demonio! En fin, irá para los
tres, ya que te empeñas; y no hay más que hablar. Á las once menos
cuarto estaré mañana en tu casa. ¡Y silencio sobre estos particulares!

El Lebrato se despidió y llegó á ella sin poder sospechar qué fines
podrían guiar al Berrugo en aquel paseo que intentaba, tan extraño á
sus conocidos gustos.

Pedro Juan, cuando se enteró del caso, tampoco dió en el quid... ni lo
intentó siquiera; pero, en cambio, dijo á su padre, y fué todo lo que
habló:

—¡Qué ocasión más güeña, coles!

—¿Pa qué, Pedro Juan?—le preguntó el Lebrato.

—Pa échale á fondo con un canto al pescuezo.

Al otro día y á la hora calculada por el Lebrato, estaba la barquía
fuera de la barra, con don Baltasar á bordo. Todo ello junto no
abultaba tanto allí como un perdigón sobre una sábana extendida.

—¡Cóspitis, qué grandísimo es esto mirado desde aquí!—exclamó el
Berrugo agarrado con las manos á ambos careles para aguantar los
balances del barquichuelo columpiado por las lentas ondulaciones de la
mar, aunque se perdía de vista reluciente y llana como un espejo.—Cien
veces lo ví desde arriba, y nunca lo creí tan ancho ni tan hondo...
Allí está la isla. ¡Parece una seta grande! Y ¿qué hay en ella, Juan
Pedro?

—Un puro peñasco, como usté ve,—respondió el Lebrato.

—¿Y por la parte de allá?

—Lo mesmo que por la de acá: peñasco limpio.

—¿Sin una mala gatera, hombre?

—Le digo á usté que como por la banda de acá.

—¿Y encima?... Parece que verdeguea algo.

—Peñasco puro tamién: cuatro matucas de herbachos, y algún conejo que
otro.

—¡Hola! ¡Conque conejos! ¿Da modo que estará eso lleno de cuevas?

¡De qué manera tan extraña y original pronunciaba el Berrugo la palabra
_cuevas_! Parecía que se le llenaba la boca de monedas de oro y de
sartas de diamantes.

—Alguna que otra minuca, á modo de madrigueras—respondió el
Lebrato.—Poco más de ná.

—¿Tú has estado allí?

—¡Horror de veces!... ¿Quiere usté que subamos ahora?

—Si no hay más que eso que ver, no vale la pena.

—No hay otra cosa... ¿Aónde quiere usté ir si no?

—Por derecho hacia afuera, hasta que yo os mande parar.

Bogaron los dos remeros en aquel sentido; y cuando llegó la barquía á
un punto desde el cual, mirando hacia atrás, podía verse una extensa
línea de costa á uno y á otro lado de la boca del puerto, el Berrugo
mandó parar la rema y se sentó de cara á la barra.

—¡Mucho me gusta á mí contemplar esos peñascos!—dijo, devorando con los
ojos todo lo que veía de la costa.—Y paréceme que este lado de acá de
la entrada es más bajo que el otro. ¿No te parece á tí lo mismo, Juan
Pedro?

—Eso bien á la vista está,—respondió el Lebrato.

—¿Y cuál de estos dos lados os parece á vosotros más... más... vamos,
más desconcertadote y descuajaringado?

—Allá se andan entrambos en ese particular—respondió el Lebrato,—y en
cá uno de ellos arman las rompientes buenos cañoneos cuando el caso
llega. Pero ¿á usté qué más le da que sean esas peñas más recias ó más
finas de barba, si usté no las ha de afeitar?

—Pues ahí verás tú, hombre, cómo hay gustos para todo. Aquí me tienes
á mí que me alampo por recrear la vista en un peñascal hecho una
triguera... Y el caso es que no descubro yo cosa mayor de esa traza.

—¿Cómo es eso de una triguera, don Baltasar?

—Quiero yo decir... con muchos agujeros, hondos, ¡bien hondos! Así...

Y barrenaba en el aire con las dos manos y con la cabeza, como si fuera
abriendo una mina con todo el cuerpo.

—¿Cuevas querrá usté decir?—preguntóle el Lebrato.

—Hombre, tanto como _cuevas_...—respondió el Berrugo, acentuando á su
modo esta palabra,—no diré... Pero, en fin, sean cuevas. Tampoco las
veo.

—Pues crea usté que no faltan: sólo que hay que atracarse mucho para
verlas... Dende aquí puedo yo señalar una que paece la madre de toas.

—¿Por qué?

—Por lo grande.

—¿Y hacia dónde está?

—Cara á cara con la isla.

—¡Con la isla! ¿Y es tan grande como tú dices?

—Dicen que coge allá medio barrio de Las Pozas.

Á todo esto, el Josco bostezaba de aburrimiento y de hambre, y el
condenado Berrugo ni se mareaba ni se acordaba de comer. El Lebrato se
pasaba muy á menudo la lengua por los labios y miraba al cesto en que
iban las provisiones. Y como el tiempo corría sin que allí se hiciera
cosa de provecho, atrevióse á decir á don Baltasar después de responder
á su última pregunta:

—Paéceme que podíamos aprovechar esta parada pa... tomar ese bocao.

—¿Tanta gazuza tenéis, hambrones?—dijo el Berrugo muy contrariado con
la observación.—Yo dejaba la comida para cuando estuviéramos adentro de
la barra, y así ha de ser... pero antes quisiera dar un vistazo, desde
abajo, á esa cuevona que tanto me has ponderado...

—¡Coles!—dijo aquí el Josco con una sacudida sobre el banco, que hizo
tumbar de una banda á la barquía.—¡Si hay más de media hora de rema!

—¿Y qué vale eso para vosotros?—repuso don Baltasar en son de
chunga.—¡Hala para allá; y con eso comeremos luégo con mejor apetito!

Viró la barquía y se puso en el rumbo indicado por el Berrugo, entre
las maldiciones que le iban echando mentalmente el Lebrato y á media
voz Pedro Juan.

—Pues, hombre—decía el condenado hijo del difunto Megañas, siempre
agarrado á los careles del barquichuelo, que en ocasiones se hundía
dulcemente, como si le chuparan desde el fondo de la mar,—si no es para
recrearse uno en estas cosas, ¿á qué se viene aquí una sola vez en toda
la vida?

—Es una fantesía, vamos—dijo el Lebrato haciendo de tripas corazón;—y
por otra pior le pudo dar.

—Justo, una fantasía... Tú lo has dicho, Juan Pedro: una fantasía como
otra cualquiera. ¿No la tiene el cura en venirse con vosotros cada
lunes y cada martes, unas veces de día y otras de noche cerrada, por el
gustazo de dar un tiento á las mojarras ó al anguilo?

—¡Y que la tiene bien puesta el señor don Alejo, y que lo entiende de
verdá, y que paece mentira lo gran mareante que es hoy, con los años
que lleva á cuestas!... Pos golviendo á la fantesía de usté, ha de
saberse que otras cosas se pueden ver en el mundo de menos fama que esa
cueva.

—¡Fama!—repitió el Berrugo mirando con avidez al Lebrato.—¿Qué fama
puede tener ese covachón de mala muerte, hombre de Dios?

—Fama, fama... tanto como fama, puá que no; pero lo que es nombrá, bien
nombrá fué en un tiempo entre unos cuantos de mi oficio. Mire usté: al
difunto _Lomias_, el hermano menor de Perrenques, que conocía estos
sitios tan bien como yo, no había quien le quitara de la cabeza que en
esa cueva estaban escondidos los tesoros del Pirata.

El Berrugo creyó sentir de pronto el tintineo de un manojo de
campanillas en los oídos, y que se le alargaba el cuerpo más de un
cuarto de legua. Buscando una disculpa para taparse con las manos la
cara, que podía delatar sus emociones, exclamó:

—¡Qué barbaridad!

Y añadió sin descubrirse todavía:

—¡Parece mentira que haya un hombre capaz de creer en esos tesoros, y
menos en que puedan estar enterrados aquí ó allá!

—Pues ya sabe usté de uno que lo creía.

—Y ¿por qué lo creía ese bobalicón?

—Porque se lo había dicho una adivina.

—¡Una adivina! ¡Qué te parece!

Tuvo que hacer aquí una larga pausa don Baltasar, porque este nuevo
dato le hizo perder la serenidad que iba recobrando, y dijo después,
con la cara entre las manos aún:

—Pero, hombre, si tanta fe tenía en la palabra de una embusterona de
esas, ¿por qué no entró en la cueva á probar fortuna?

—Primeramente, porque el sujeto era algo receloso de suyo al auto de
cuevas prefundas; dimpués, porque la puerta de esa no está tan en llano
como la de mi casa; y en final, porque la mesma adivina le alvirtió que
no se cansara en buscar ese tesoro que no estaba destinao pa él.

—¡También eso?—gritó aquí el Berrugo entre temblores y hormigueos de
todas sus carnes.—¡Si te digo—añadió después de reponerse un poco,—que
hay bestias con los sentidos más cabales que algunos hombres!... Y
¿qué has hecho tú, Juan Pedro, que no has metido mano á ese platal?...
porque tú creerás también en esas paparruchonas.

—Yo, señor don Baltasar—respondió el Lebrato, no sé si con segunda
intención,—estoy bien curao de sustos de esa clase, y sólo creo en que
soy de los que nacieron pa jalar de la vida en beneficio de otros que
la tienen bien regalona...

Y así se fueron acercando con la barquía al punto deseado por el
Berrugo.

—Allí está la cueva,—dijo el Lebrato apuntando con el índice á un
boquerón que se columbraba sobre lo que podía llamarse imposta de la
fachada de aquella conglomeración ciclópea, y á una muy respetable
distancia de lo que también se podría llamar cornisa de la misma
fachada.

Lo primero que observó el Berrugo fué que la cueva, por la distancia
á que se hallaba de la boca del puerto, y por tener enfrente la isla,
debía caer en el eje mismo del rayo de luz lanzado por la linterna
maravillosa de la hermana de don Elías. Después notó que la mar
jugueteaba al pie del peñasco entre un enorme rimero de piedras que
parecían desgajadas de arriba, y se estremeció de pies á cabeza al
recordar la seña más importante de las que le había dado la adivina
para orientación del tesoro.

—_¡Cantos abajo!_—exclamó en sus adentros; y para cerciorarse mejor,
preguntó al Lebrato señalando al montón:

—¿Qué es eso, Juan Pedro?

—Pos bien á la vista está—respondió el preguntado:—peñas.

—Peñas... sueltas, querrás decir.

—Peñas serán siempre, sueltas ó amarrás.

—Pues mira, así, de pronto, me parecían otra cosa: ¡como tiran á
redondas y están tan amontonadas!... Vamos, que las tomé por... por
_cantos_.

—¿Cantos gordos?

—Eso es: cantos gordos.

—Pos cantos gordos son en finiquito.

—Eso creo yo... Y ¿sabes que hubiera necesitado buenas agallas el
difunto Lomias para subir á la cueva, si llega á intentarlo? Mira que,
á ojo, no hay menos de cincuenta pies desde los cantos á ella... y sin
un saliente á que agarrarse. ¡Debió de verse en buenos apuros el Pirata
para subir y bajar tan á menudo! ¡Qué melenos, hombre, los que se lo
tragaron!

—La entrada á la cueva no hay que buscarla por ese lao, señor don
Baltasar.

—¿Por dónde si no, Juan Pedro?

—Por arriba.

—¡Por arriba!... ¡Si hay casi otro tanto como desde abajo para llegar á
ella!

—Corriente; pero arrepare usté por la rinconá de ese lao de la
derecha... porque too ello en junto paece á modo de torre grandona, con
un murio por cada costao. Por esa rinconá se hace pie onde se quiere;
y como no está el peñasco á plomo enteramente, se abaja sin novedá
hasta el balconuco; luégo es cosa de dos zancás á la izquierda, con el
cuerpo bien arrimao al peñasco y las manos agarrás á los salientes...
¡Si no me diera Dios trabajos mayores que el de entrar ahí! Si hubo
Pirata, así entraría él, desembarcándose primero en aquella playuca de
allá abajo, y guiándose luégo, pa conocer la cueva dende tierra, por la
monteruca que tiene encima, como pa eso solo.

El Berrugo miraba y remiraba el peñasco mientras el Lebrato iba
diciendo esto. Acabó el uno de hablar, y aún siguió mirando y remirando
el otro.

De pronto se estremeció don Baltasar, apartó los ojos de la cueva y sus
alrededores, y dijo á los remeros:

—Todo esto que estamos hablando, es pura música sin substancia... Basta
de cuevas y de mar, y vámonos para dentro cuanto antes, que también yo
voy sintiendo ganas de comer.

Remaron firme el Lebrato y el Josco, y media hora después estaba la
barquía dentro de la barra.

[Ilustración]



[Ilustración]



XI

LAS LUNAS DEL JOSCO


Al día siguiente de estos sucesos, domingo por la tarde, y á punto de
anochecer, iba Quilino á todo andar hacia casa de don Elías. Llevaba
la cara medio tapada con el moquero, sujeto allí con las dos manos;
el hongo con siemprevivas y plumas de pavo real, muy tirado sobre
los ojos; la blusa azul con trencillas encarnadas, y los pantalones
amarillos con cuadros verdes, muy manchados de polvo por el lado
derecho, de arriba abajo. Al desembocar en la _brañuca_ que viene á
formar una plazoleta delante de la _casa de los Médicos_, se halló casi
frente á frente con don Elías, que asomaba por otra de las callejas que
convergen allí. Indicóle por señas que tenía que hablarle, y el médico
se detuvo, con el bastón entre las manos cruzadas atrás, la cabeza algo
gacha y los ojos, llenos de curiosidad, clavados en Quilino, á quien
no conoció hasta que le hubo mirado y remirado muy de cerca; porque es
de advertir que Quilino ni apartaba el moquero de la cara, ni levantaba
las alas del sombrero: no hacía más que indicar con la mano izquierda
y una mirada tristona y suplicante, que deseaba tratar de su negocio
arriba, en casa del médico.

—Pero ¿qué mil demonios te pasa, hombre?—le preguntó por de pronto don
Elías, cuya curiosidad necesitaba de ordinario mucho menos que aquel
aparato misterioso, para desbordarse y no dejarle instante de sosiego.

—¡Arriba, arriba!—continuaba dictándole Quilino con la mano y con los
ojos.

—Pues vamos arriba,—concluyó el médico entendiéndole.

Entraron los dos en la casa; subieron á la salita; desalojáronla de
mala gana las cuatro hijas del médico, que estaban riñendo en ella;
cerró don Elías todas las puertas; y como ya no se veía allí cosa
mayor, encendió con una cerilla el cabo de vela que sacó del cuarto
de la médica, y se fué derecho á Quilino que aguardaba de pie en medio
del despacho y en la misma postura de manos, de moquero y de hongo que
había tenido abajo.

—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.

Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso.
Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una
mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la
boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los
carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos.
Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca.
Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino
descuajaringado en una silla.

—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana
debajo de la barbilla.

Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.

—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.

Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.

Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre
empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al
mismo tiempo:

—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!

Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va
eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los
ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho
más sereno.

—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.

Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la
mano al carrillo derecho.

El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara
bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como
hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la
palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y
díjole:

—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!...
Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?

Quilino contestó que sí con los ojos.

—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.

—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz
enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.

—Abre otra vez, y lo veremos.

Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que
temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.

—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los
dedos con el pañuelo.

—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después
de escupir el último buche de agua sanguinolenta.

—¿Á mano limpia?

—Á mano limpia.

—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?

—Del Josco.

—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué
ello, hombre de Dios?

—Es largo de contar eso, señor don Elías.

—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.

—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio!
deben de conocerse por los hombres de bien.

—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua,
mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por
adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á
casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas
el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.

Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades
le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido;
enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba
preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y
media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas
estaban allí.

—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar
yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!

Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le
halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto
sobre un plato de loza muy cuarteada...

—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son
tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?

—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.

—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo
mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres
patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!

Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en
el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina
por el balcón.

—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino
mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.

Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la
jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó
lo dicho por Quilino de este modo:

—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú;
pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él
para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.

—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse
lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni
medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...

El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en
seguida, y le dijo:

—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.

Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un
cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando
bastante, y por último habló así:

—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté
que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y
nunca acaba de hablar.

—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el
mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.

—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba
pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas
cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces...
¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en
razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso
las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana
y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el
Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho
de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en
contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!

—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el
médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la
familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...

—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas,
la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no
hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó
la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa
siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el
portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como
llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y
cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha
unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la
consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón
quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella
noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?

Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.

—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca,
á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo
mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara...
Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella
suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía.
Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me
golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta,
porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y
no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres
veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba
por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa
de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!

—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á
Quilino solamente.

—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese,
congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao
á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no
por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes,
recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando
en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una
vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de
ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que
lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa
mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías;
Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras
pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito!
¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa
que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó
de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente
en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas!
Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo
conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.

—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!

—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque
paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que
sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba
á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el
callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?»
díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos
ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos
amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre
jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos
yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se
lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto
así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués
golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,»
¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último
me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!»
le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que
por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y
que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por
tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora
es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se
encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba
mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor
mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando
aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo
centellas por los ojos... ¡Recongrio!...

—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.

—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á
usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!

—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?

—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba.
Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que
el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien
estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre
debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías;
si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y
tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero
no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de
esperar.

—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?

—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.

—¿Sin prevenirte con una mala palabra?

—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar
mucho.

—Y tú ¿qué hiciste?

—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello
jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como
si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa
de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo
en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo
que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien
los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero
¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara
con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por
éstas que son cruces!...

—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las
valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es
hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura,
como la que á tí te queda, no tiene precio.

—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía
hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?

—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro
Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto
por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás
enredado.

—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin
que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis
manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce
aquí entoavía, recongrio!

—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías
levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta
de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas
palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio
con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones
el de Lumiacos?

—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?

—Ese mismo.

—Sí que le conozco.

—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba,
y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero
¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos.
Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera
de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.

Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en
el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida
llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir,
aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus
precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa
por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las
más frugales de todo el año.

[Ilustración]



[Ilustración]



XII

EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS


Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el
paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si
hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se
enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la
primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación
que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para
consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara
lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba
haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el
sobrino y la tía la educación primaria de Inés.

Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija
muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes,
como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con
toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos
y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy
fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de
comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo
esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las
cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y
cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la
Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:

—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente
de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por
qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles,
y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera
de su lugar?

Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla
sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos
y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de
hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos,
encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:

—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la
vista, es obra de ese dimoño de muchacho.

—¿De tu sobrino?

—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en
el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos
días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo
mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que
Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él!
¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano
para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen
por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre;
y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las
enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos
pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.

—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era
propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él
sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...

—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?

—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien,
ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.

—¡Qué cosas que tiene este hombre!—dijo aquí la Galusa algo picada.—El
mi sobrino Marcos tiene más limpieza que todo eso... Y aunque no la
tuviera, si sabe enseñar el modo de que otro la tenga, ¿qué más da?...
¡Vaya que se le paga al enfeliz con buen rumbo el trabajo que se toma
por puro antusiasmo y pujos naturales de hacer el bien!

—Poco á poco sobre eso—dijo el Berrugo amoscándose.—En decir que tu
sobrino es puerco, no falto á la justicia, porque á la vista lo lleva;
pero el meterme tú por los ojos las enseñanzas que da á Inés como un
favor del otro jueves, ya va por caminos muy diferentes. En primer
lugar, yo no le llamé para que se tomara ese trabajo: él y tú lo
barajásteis con Inés, sabe Dios cómo; en segundo lugar, si tu sobrino
tiene vergüenza, á más que á eso le obliga el dineral que aflojé yo
para ayudar á que aprendiera lo que sabe, por ceguedades con que le
atolondran á uno los demonios, y por arrastrados miramientos que nunca
lloraré bastante... ¿Lo entiendes?... Pues ahora le puedes ir con el
cuento si te acomoda; y si le parecen mucho las Indias que me da con
sus enseñanzas á Inés, que la deje sin ellas: al fin y al cabo, para
hembra, le sobraba la mitad de lo poco que sabía, y yo bien hecho
estoy á vivir entre roñas... como tú; y si me apuras un poco, hasta
me engordan; pero si quiere seguir, y no haría nada de más, ni tú
tampoco en aconsejárselo, que no espere que yo se lo agradezca tanto
así (y marcó lo negro de la uña del dedo meñique); porque, como ya te
he dicho, bien pagado se lo tengo... ¿Te vas enterando? Pues contigo
va también la solfa, por si acaso quieres entonar con ella la letanía
de alabanzas á tu sobrino... Y en seguida, vuelve por otra: ya ves que
aquí se sabe corresponder como es debido... Y mírame los colmillos.
¿Ves qué retorcidos están?... Por si habías soñado con jincarme los
tuyos en parte blanda con el memorial de sabidurías del zanguango...

Aunque la Galusa estaba bien acostumbrada á las genialidades de su
amo, y solía reirse de muchas de ellas porque eran chisporroteos que
no podían quemarla ni el pelo de su ropón de ama y señora inamovible
de la casa, las de esta vez ya le penetraron más hondo, no solamente
por las especies apuntadas en ellas, el tonillo chocarrero de que iban
acompañadas y lo grave del asunto con que podían ligarse en definitiva,
sino porque esa vez no era la primera, ni siquiera la cuarta, que, en
poco tiempo, la domada bestia se atrevía á enseñar los dientes y las
garras á la domadora.

—¿Qué es lo que _se quiere_ decir con eso?—preguntó de repente la
ofendida, poniéndose en jarras, un poco doblada por los ríñones, con el
pescuezo rígido y los ojos clavados en los del Berrugo.

Sabía éste, por una larga experiencia, que las grandes cóleras de su
criada comenzaban á estallar suprimiéndole á él la personalidad en
sus invectivas, para eludir todo tratamiento; pero más valiente en
esta ocasión que en otras semejantes, cuadróse á su vez delante de la
retadora, y la contestó remedándola el estilo:

—Se quiere decir con eso, lo que nos da la real gana. ¿_Quedamos_
enterados?

—¡No... mal hombre!—repuso la cotorrona hecha un basilisco;—¡no quedo
enterada!... ¡Porque yo no hice qué pa merecer eso! ¡Y aquí pasa algo
de un tiempo acá, que quiero saber!... ¡Yo no soy ya lo que era!

—Eso bien salta á los ojos—dijo el Berrugo con una calma incisiva que
acabó de exasperar á la Galusa.—No hay más que vernos la estampa.

—¡Miren por onde se descuelga el grandísimo... pendejo, que tamién
tiene que ver! La culpa tuvo quien no se dió á valer más cuando lo
valía, y puso manjar de reyes en boca que merecía carrancas... Ahora
viene el pago en la moneda de todos los desalmaos: dispués de comernos
la hebra...

—Justo—interrumpió don Baltasar,—arrojamos los huesos. Nada más puesto
en razón... Pero entiéndase que no se va por ese camino ahora, ni hay
para qué llorar golpes que no se han recibido... Y ya se ha dicho lo
bastante y hasta de sobra, para que se nos entienda... y lo dicho se
repite... y de lo dicho se responde... y si se quiere más claro, se
pone al sol... y si pica, rascarse... y si duele, que duela... ¿Lo
vamos entendiendo mejor?... Pues nos alegramos... y hasta otra.

Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de
la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que
llevaba en la mano.

No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello
algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.

—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro
de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse
llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en
arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya
te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo
de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay,
Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta,
y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me
buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero,
hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle
esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con
las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes
conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de
ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que
andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior...
¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en
tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los
humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre,
¿en qué consisten estas cosas?

Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la
respondió al punto:

—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con
los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en
estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos
y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece
por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón
que no puede con las bragas...

—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo
barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te
voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el
asunto que traes entre manos.

—Que traemos.

—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho
tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca
de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga
parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te
vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de
ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.

—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?

—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he
dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.

—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.

—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?

—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una
seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa
otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.

—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?

—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.

—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?

—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!

—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo
con la presencia...

—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda
encendido en ella cuando yo me marcho.

—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días,
y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo.
Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á
las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el
día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha
una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te
güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice,
y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías
de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo
que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta
aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca,
se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te
diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo
te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían
bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón
de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda,
y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose
lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en
ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la
Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos
los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios
sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que
no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la
mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y
así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...

—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba
pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.

—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque
fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro
_amén_; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y
aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que
escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.

—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de
permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano
en la sobarba y los ojos muy abiertos.

—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.

—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.

—¿Por qué, hijo?

—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente
en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando
se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para
gobernarla.

—No te entiendo.

—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se
aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este
modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas;
y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos
nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta
la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra
entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir
el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si
no conjuro los peligros hoy.

—¡Pues conjúralos, hombre!

—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted
que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta
casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre
lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo
llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo
para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por
acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á
la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!

—¡Pues échale, alma de Dios!

—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en
falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo
pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y
así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha
de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia,
tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los
demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que
se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?

—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú,
porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en
olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme
ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo
tener...

—¿Cuál?

—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que
tengo bien ganá.

—¿Cómo, cómo?

—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y
quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel
arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la
parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos
años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos
mira que tendría que ver!

—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones
bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos
abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy
por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en
buenas manos está.

—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!

Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino
enderezaba los pasos á la escalera.

[Ilustración]



[Ilustración]



XIII

LA OBRA DE MARCONES


En la misma sencillez del plan de enseñanza establecido por Marcones y
aceptado por Inés, estaba la condición que más honraba al ingenio del
seminarista, tan interesado en que fueran entrando en la desprevenida
inteligencia de la discípula, mayores cantidades del maestro que de
las materias que éste le explicara. Ya se ha dicho que la hija de don
Baltasar Gómez de la Tejera escribía desastrosamente, y bien puede
afirmarse en esta otra página, sin faltar á la verdad, que aún lo hacía
mucho peor que eso. La pluma era una estaca entre sus dedos encogidos;
y mientras la estaca subía ó bajaba á empujones, de la línea trazada
en el papel, la pendolista hacía embudos con los labios y entornaba y
revolvía la cabeza. De esta labor penosa resultaban letras mal avenidas
y deformes, una vez apiñadas y medio embebidas las chicas en las
grandes, porque había de todo en cada palabra, y otra vez danzando por
los aires sin cuenta ni razón; y á cada palitroque hacia arriba ó hacia
abajo, allá va un borrón como una oblea, y allá va en seguida Inés á
limpiarle con el dedo mojado en la lengua. Daba compasión una plana de
aquel arte.

Cabalmente era Marcones un gran pendolista, y rasgueaba con el
desembarazo de un adornista de planas de Navidad; y poseyendo este
talento, fuera por lucirlo ó por probar el temple de su arma, al
modo que lo hace el espadachín de academia con el acero que recibe
para entrar en un duelo... de salón, antes de dar comienzo al primer
ejercicio trazó con la pluma, sin levantarla del papel y con el brazo
al aire, el nombre de Inés envuelto en un laberinto de espirales y
_emparrillados_ que arrancaban de la misma letra inicial. Inés se
quedó maravillada. Pues bien: lo notó el pendolista; y en lugar de
volverla á _palotes_ para comenzar por el principio, trámite en que él
no podría lucirse gran cosa, la dedicó al rasgueo continua para vencer
sus resabios _de escuela_ y dar la necesaria soltura á su mano. La
discípula lo celebró en el alma y puso los cinco sentidos en ello. Pero
no daba golpe.

—¡No es así! ¡No es así!—la decía Marcones al ver cómo ensuciaba
carillas de papel con unas cosas que parecían madejas enmarañadas de
sogas viejas de esparto.—Lo primero, aprender á agarrar la pluma...
¡Nada de encoger los dedos ni de emplear los cinco á la vez! Con tres
hay bastante si se colocan como se debe. Los otros dos, para apoyo de
la mano. Vamos á ver si se me ha entendido... ¡Tampoco es así!

Y Marcones se veía entonces precisado á colocar, con sus propios dedos,
todos los de la mano de Inés, uno por uno, como debían colocarse. Pero
esto no bastaba, porque la discípula, acostumbrada á otra postura muy
diferente, con la nueva no acertaba á mover la mano.

—¡Adelante con ella sin miedo!—decía el maestro moviendo la suya en el
aire, como si rasgueara allí.

Y nada: ó no se movía la mano de Inés, ó si se movía, era para clavar
los puntos en el papel y largar una hisopada de tinta hasta la pared
frontera.

Con lo cual, hete aquí á Marcones obligado á agarrar y conducir, con su
manaza velluda, la suave y torneadita de la torpe muchacha.

—¡Bien suelta la muñeca ahora!... ¡En el aire todo el brazo desde
el codo!... ¡Que vaya la mano por donde quiera llevarla la mía!...
¡Ajajá!... ¡Eso es!

Y mientras así exclamaba Marcones, arrastraba aquel pedazo de
hermosura, tibia y sedosa, por la blanca superficie del papel, en la
cual iba quedando estampada una curva de rumbos infinitos, tan pronto
panzuda y rebosando de tinta, como extenuada y sutil hasta tocar en
lo invisible; no de tan firme trazo ni tan limpia de rebarba como las
que rasgueaba el pendolista solo y sin que le temblara la mano; pero
lo bastante pintoresca para que Inés, al considerarla maravilla de su
pluma, se riera como una boba. Con aquella risa de la educanda se animó
el profesor, y la curva continuó serpeando y enroscándose por todos los
espacios limpios de la plana, arriba y abajo, adelante y atrás.

—¡Que se me duermen los dedos!—dijo al fin Inés, conteniendo la risa.

—No importa,—respondió Marcones sin cejar en su empeño.

—¡Es que me aprieta usted mucho!—añadió la discípula menos risueña ya.

—¡Hay que hacerse á todo!—insistió el inexorable maestro.

Y la curva, después de culebrear por los espacios del centro, se coló
por un ángulo, y acometió á los márgenes, y los fué recorriendo uno por
uno hasta llenarlos de lazos y caracoleos; y sólo cuando la superficie
entera del papel fué una mar de tinta, soltó Marcones la presa.
Entonces aparecieron cárdenos y como adheridos al mango de la pluma,
los primorosos dedos de la discípula, y los ojos de su maestro echando
llamas.

Tal fué la primera lección. Las ocho ó diez siguientes fueron por el
estilo; porque Inés no acababa de soltarse á rasguear por sí sola con
la valentía y la firmeza necesarias, y su maestro no quería pasar á un
nuevo trámite sin dejar bien asegurado el anterior.

La _escuela_ se estableció en un cuarto, que en la ciudad se llamaría
gabinete, con entrada por la sala y frontero á la pieza en que
conversaron sobre el tesoro oculto don Baltasar y el médico.

La Galusa, desde que comenzaba cada lección, se plantaba delante de la
mesa con el sucio mandil recogido en la cintura; los brazos, resecos
y chamuscados, al descubierto; la mano derecha sosteniendo la quijada
del lado correspondiente, y la izquierda el codo de aquel brazo. Con
los ojuelos, algo pitarrosos, seguía los movimientos de la mano de
Inés, y con una madeja de arrugas pardas, que es lo que venía á parecer
una sonrisa de su ancha boca desdentada, y media frase mal hecha,
pronunciada con su voz ronquilla, celebrabra las habilidades de su
sobrino ó los progresos de la discípula; pero en cuanto la torpeza
de ésta exigía la intervención material de la mano del maestro, ya se
sabía: á la Galusa siempre le caía algo que hacer fuera del cuarto.

—¡Vaya que es ocurrío el dimoño de muchacho!... ¡Te digo, hija, que si
no aprendes con él lo mucho que no sabes!...

Y se largaba de allí sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.

Á don Baltasar, después del comienzo de la primera lección á que
asistió por curiosidad y de mala gana, no volvió á vérsele por la
escuela. Alguna vez pasaba por enfrente, atravesando la sala y
golpeando sus tablones con el trasto que llevara en la mano; pero sin
fijar la atención en lo que hubiera en el gabinete, cuya puerta ¡eso
sí! estaba siempre abierta de par en par.

Llegado el caso de acompañar á las lecciones de escribir otras de un
poco de gramática, Marcones, con las propias miras, quiero decir, con
las de que se grabaran en la mente virgen de la educanda más imágenes
del profesor que textos descarnados del libro, comenzó por echar pestes
contra todas las gramáticas publicadas y sin publicar. En ninguna de
ellas había cosa con arte ni sentido común.

Por ejemplo:

—«_Verbo_»—leía Marcones en el librejo que tenía entre manos y que
era de su propiedad,—«es aquella parte de la oración que sirve para
significar la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas y las
cualidades que se les atribuyen.»

Y luégo añadía muy indignado:

—¿Es usted capaz de conocer un verbo por estas señas que convienen á
tantas cosas que no son verbos?

Inés contestaba honradamente que no.

—¡Claro!—exclamaba el otro, haciendo temblar las paredes con el
estruendo de su voz.—¿Cómo ha de conocerse nada de este mundo con esa
manera... estúpida de definir?... ¡El verbo no es eso! ¡El verbo,
_verbum_ de los latinos, es otra cosa muy diferente de lo que se dice
aquí sin saberse lo que se dice! ¡El verbo no es lo que se declara en
esta definición... estúpida! ¡El verbo es lo que yo me sé y lo que
irá usted aprendiendo por las señales que yo le vaya dando! ¿Me ha
entendido usted bien?

—Muy bien,—respondía la muchacha, sin dudar que aquel mozo sabía más
que todos los libros de que la hablaba.

—Pues verá usted ahora lo que es un verbo—añadía Marcones arrimándose
al costado de Inés todo lo necesario para que ésta distinguiera bien la
palabra que él apuntaba con el dedo en el libro que la ponía sobre la
mesa, debajo de sus ojos,—y va á servirnos para el caso un trozo de la
misma definición... estúpida que acabo de leer... Este: «_la afirmación
ó juicio que hacemos de las cosas_...» ¿Cuál de estas palabras es el
verbo?

Inés, que no entendía de fingimientos, respondía sin titubear que no lo
sabía.

—¡Pues es claro que no lo sabe usted! ¿Cómo había de saberlo si aún no
se lo he enseñado yo? Pues el verbo es esta palabra: «hacemos.»

Y la ponía el dedazo encima, mientras con el brazo izquierdo resobaba
el derecho de Inés.

—Y ¿en qué se conoce?—preguntó ésta, apartándose un poco hacia el lado
opuesto.

—Se conoce—respondió Marcones,—se conoce... en todo: por de pronto,
en que, si la suprimimos, todas las que la acompañan ya no quieren
decir nada; después, en lo mucho que pueda variar... _hago_, _harás_,
_haríamos_, _hicimos_... De modo que el verbo es la palabra que más
varía.

—Entonces—se atrevió á observar Inés,—también es verbo esta otra.

—¿Cuál?

—Ésta: «_la._»

—¡_La_ verbo!...

—¡Como también varía!...—dijo la pobre muchacha para disculpar su
atrevimiento.

—¿Á ver?

—Creía yo que de su casta eran _los_, _las_, _lo_, _les_, y que esto
era variar...

—¡Y sí que son de su casta, y que eso es variar!—replicó Marcones
después de rumiar bastante el reparo.—Sí que es variar eso; pero de muy
distinta manera que el verbo: eso solamente varía en género y número,
al paso que el verbo varía en tiempo... y ¡en qué sé yo cuántas cosas
más! En fin, ya irá usted enterándose poco á poco de estas diferencias.
Por ahora, puede usted creer, bajo mi palabra, que en este trozo de
esta definición... estúpida, el verbo es _hacemos_, y que no hay otro
verbo más que él ahí.

Este era el procedimiento de Marcones en sus enseñanzas teóricas; y
uno muy semejante también el que usaba en aquellas homilías de que ya
se habló y continuaba predicando siempre que podía interpolarlas con
sus lecciones prácticas y teóricas. Según estas peroraciones, todo el
mundo era una sentina de maldades, y todos los hombres, particularmente
los solteros, unos pillos. Felizmente había un puñado de excepciones
honradas y con bastante luz en la inteligencia, no sólo para distinguir
la zizaña en medio del trigo, sino para enseñar á distinguirla y á
separarla á las vírgenes inexpertas, dotadas, por la naturaleza y la
fortuna, de todas las prendas que más excitan los «apetitos infames de
esos gusanos viles.» Pero las excepciones honradas, con ser muy pocas,
estaban diseminadas por toda la tierra; y resultaban tan invisibles,
que él, con todo el afán que sentía por descubrirlas y lo diestro y
sutil que era de mirar en el fondo de los hombres, no había podido dar
todavía más que con uno. La modestia no le permitía decir á Inés quién
era ese hombre único «de sano corazón y de inteligencia luminosa.» Pero
la consolaba con la promesa de que no la escasearía sus beneficios
desinteresados, fuera él quien fuese; y la seguridad de que podía
dormir tranquila, sin el recelo de que la faltara defensa contra el
«diente ponzoñoso de los viles gusanos.»

Era muy dado Marcones á esta palabrería gerundiana, y se le escapaba
de los labios en cuanto quería afinar un poco el estilo, elevándose
hasta el púlpito con que había soñado. Lo advierto porque no se me
pidan cuentas de pecados que no son míos. Y ahora añado que tras estas
generalidades... híspidas, salía á relucir lo particular, la punta de
la oreja, el caso práctico de la vida, el ejemplo, algo forzado, de los
riesgos de una elección desacertada; el paralelo entre la existencia
de dos esposos nacidos para serlo, y la de otros dos, «vil gusano»
él, y mártir de sus equivocaciones ella; disertaciones, en fin, sobre
temas esbozados en conversaciones de los primeros días entre Inés y el
preopinante.

Para estos puntos concretos, Marcones usaba los registros más dulces
de su temperamento: atenuaba la voz, desplegaba la sonrisa, armonizaba
con la suavidad de la frase el mirar de los ojos y hasta los dobleces
del cuerpo entre la silla y la mesa. Inés le atendía en estos casos muy
complacida; y si él, por saborear el triunfo ó por tantear el terreno,
se callaba, ella se atrevía á excitarle para que siguiera hablando. Y
esto, que tanto halagaba al mocetón de Lumiacos, era precisamente lo
que le perdía. Creyéndose á dos pasos de la cumbre de su montaña, daba
ya por logrado aquel premio de su valentía; y no sólo le aquilataba en
las mientes, sino que sentía todos los espantos de perderle y todos los
odios contra el azar que se le entregara á otro sér más afortunado.
Y como esto le embravecía de repente, volvía á esgrimir el chafarote
contra fantasmas y vestiglos, y salían de nuevo á danzar los gusanos
viles, el diente ponzoñoso y el hombre único «de corazón honrado y de
inteligencia luminosa.»

Y este registro ya no deleitaba tanto á Inés, que no por eso dejaba de
admirar el mucho saber de aquel mozo.

Pero el hecho era, y hecho evidentísimo, que Inés, desde que estaba
sujeta á aquellos deberes de educanda, iba transformándose á ojos
vistas. Tres semanas después de haber comenzado sus lecciones, no la
conocería el lector que la vió en la antevíspera de esos comienzos,
entrar en la cocina de su casa, levantar los peces por la cola, y
limpiarse los dedos en el vestido. Ya no tenía las uñas negras, ni el
pelo mal recogido, ni la ropa desceñida, ni los pies mal calzados;
andaba con soltura, pisaba firme, miraba con valentía; se peinaba
con esmero; se ajustaba la cintura, con lo que destacaban en toda su
belleza las redondeces del busto; se calzaba bien, y tenían su cara,
sus manos y su cuello esa suavidad y pureza de tonos que da en unas
carnes túrgidas y juveniles, el vicio del aseo, el cual se revelaba,
como un toque muy expresivo del cuadro general, en la fresca blancura
de los asomos de su ropa interior, por las bocamangas y el escote de su
vestido de indiana.

Esta transformación que asombraba á la Galusa y sorprendía á su amo y
enorgullecía á Marcones, era, sin embargo, la cosa más natural en una
mujer de las condiciones fisiológicas de Inés, aunque de otro modo lo
entendiera el seminarista, por un error que no carecía de disculpa
racional. Era innegable que el sobrino de la Galusa tenía gran parte en
aquel principio de resurrección física y moral de la guapa muchacha de
Robleces; pero la tenía como la tiene el golpe casual que quiebra el
pomo, en la fragancia que esparce el líquido derramado. En no estimar
esta diferencia consistía el disculpable error de Marcones.

En una mente en que hay luz, como la había en la de Inés, aunque
mortecina por abandono, una idea nueva es aire oxigenado que aviva
la llama, é imán poderoso que va atrayendo otras muchas, enlazadas
entre sí como eslabones de una cadena. La conversación del seminarista
recién llegado á Robleces con la carga de sus malas intenciones, bastó
para producir en la descuidada muchacha la tentación de comparar su
absoluta ignorancia con lo que ella tenía por sapiencia del pedantón
de Lumiacos; el deseo de saber algo, y la noción, á veces, de su
inútil y abominable dejadez. Pero las conversaciones que producían
estos efectos, no eran muy frecuentes; y no siendo continuas las
impresiones, triunfaban de ellas todavía los resabios inveterados,
dueños y señores de aquella naturaleza inculta. Las lecciones diarias
la fueron cautivando la atención y moviendo la curiosidad; y si no
aprendía grandes cosas, averiguaba al menos que podían aprenderse. Iba
sabiendo, por algo que se la decía y por lo que ella preguntaba con su
buen sentido natural, que sin salir de Robleces se podía tener una
idea de lo que eran el mundo y el sol y las estrellas, y por qué leyes
se regían, y de lo que había acontecido en la tierra desde su creación
acá; porque había libros que trataban de eso, y eran conocidos hasta
de los muchachos de la escuela, como los conocería ella si su profesor
le cumplía la palabra que le había empeñado «para más adelante.» Por
de pronto, se consagraba con gran empeño á mejorar la letra y aprender
bien la tabla de multiplicar y las cuatro reglas de la aritmética,
lo cual iba consiguiendo poco á poco, y á ejercitar la memoria,
por exigencia propia, con aquellas definiciones de la gramática,
calificadas de estúpidas por su profesor, cuyo sistema de enseñanza, en
este punto concreto, no la satisfacía enteramente, porque no la fijaba
reglas para resolver ella las dudas por sí sola.

Jamás la dieron en cara sus uñas negras ni sus dedos manchados de
tinta, hasta que tuvo que poner su mano, en la primera lección, tan á
la vista y tan cerca de un extraño y por tan largo tiempo; y eso que
las uñas y las manos de Marcones no estaban más limpias que las de
ella; pero era mujer al cabo; y en la mujer, por indolente que sea,
siempre hay una presumida, más ó menos á las claras. Con el vestido
lacio y el pelo mal recogido, le sucedió lo propio que con las uñas
negras y las manos sucias. Un día se peinó con esmero, se lavó
despacio y se ciñó bien las ropas de cuerpo. Encontrándose así más á
gusto y viéndose más guapa en el espejo, al día siguiente se lavoteó
mucho más, se peinó todavía mejor, y sustituyó el vestido viejo y
resobado, por otro más limpio y fresco. Y como cuanto más se lavaba y
se componía, más guapa se veía y más ágil se encontraba, el vicio de
la compostura y de la limpieza la iba dominando; y llegaron á darla en
cara los suelos mal barridos y nunca fregados, las mesas empolvadas
y las sillas fuera de su lugar. Ordenó, pues, las sillas, barrió los
suelos, despolvoreó las mesas, y hasta juzgó de suma necesidad dar un
fregoteo bien apretado á todos los suelos de la casa. Por este mismo
sentimiento de la limpieza ó de otro más hondo muy emparentado con él,
no volvió á consentir que Marcones agarrara su mano para enseñarla
á correr la pluma sobre el papel, ni que se pusiera tan vecino á su
costado para apuntarle las palabras con el dedo. Verdad que á Marcones
le sudaba la mano y le olía muy mal la ropa; pero mucho influía en
las nuevas repugnancias de Inés algo que no se olía ni se palpaba,
aunque la inexperta muchacha no se diera cuenta de ello. Disculpaba
su resistencia á aquella costumbre con el deseo de adelantar más,
venciendo la torpeza por sí sola; y de este modo no tenía por qué
ofenderse Marcones, siempre atendido y mimado, en todo lo restante, por
su candorosa discípula.

Ya no creía que puesta de pie sobre la cumbre más alta de la cordillera
de enfrente, tocaría las nubes con la cabeza; ni que las estrellas
eran luces que se encendían por la noche y se colgaban de la bóveda
celeste: Marcones la había apuntado algunas ideas sobre éstos y otros
particulares de tejas arriba; ni tampoco le bastaba para campo de
sus imaginaciones el que abarcaban sus ojos desde la solana: por el
contrario, se entretenía mucho trasponiendo en espíritu las cumbres
y forjándose castillos con lo que imaginaba más allá; y sin querer
decir esto que lo echara muy de menos, ya no le parecía imposible
que en aquellas lejanías hubiera alguien que pudiera sospechar que
en el caserón de Robleces existía un sér que se entretenía pensando
de aquella manera. En fin, que la máquina de sus ideas había roto á
andar, y que andaba, si no á gran velocidad, á paso firme y seguro. Y
andando la máquina de las ideas, el cuerpo no puede resistir la quietud
infecunda; y por esta ley, el de Inés no se satisfacía ya con los
bamboleos maquinales en la silla de la solana: comenzaba á parecerle
poco el caserón con sus techos llenos de telarañas, sus enseres de
cocina mal bruñidos, sus camas embarulladas, sus rincones con basura,
sus muebles envejecidos y bisuntos, y la ropa blanca con hilachas y
agujeros, para emplear los bríos con que se sentía para moverse, y las
inclinaciones que la empujaban á limpiar lo sucio, á coser lo roto y á
ordenar lo desordenado; y sin el miedo á despertar los dormidos odios
del ama de gobierno, ¡sabe Dios hasta dónde se hubieran extendido las
fronteras de su imperio en aquella casa!

¡Y todo esto en poco más de tres semanas, y fruto de la labor
revolucionaria de cuatro ideas incompletas, metidas de golpe en una
cabeza medio á obscuras!

Estando así las cosas, fué cuando Marcones tuvo con su tía la
entrevista de que se ha dado cuenta minuciosa en el capítulo
precedente. Creciéronle las fogosas impaciencias con el estímulo de la
conversación, y en la lección inmediata se propuso meterse un poco más
en la suerte, para ver si era llegada la hora de echar á la lumbre el
medio balandrán que ya se le caía de los hombros.

¡El destino de las criaturas! Por estas obscuridades se coló en
el asunto, agarrándose á no sé qué asidero que le proporcionó la
casualidad, ó que él inventó allí; porque no tiene duda que la monserga
venía muy estudiada de Lumiacos. ¡El destino de las criaturas en
el mundo! ¿De dónde venía? ¿En qué estribaba? ¿Á qué leyes estaba
subordinado? ¿Quién era capaz de penetrar estos misterios? Y por aquí
siguió largando preguntas que se quedaban sin respuesta. Acabando con
lo vago y declamatorio, bajó á lo llano y concreto.—Él mismo, «con
ser quien era,» no estaba bien seguro de no tropezar á la hora menos
pensada con un obstáculo que le apartara de la senda que seguía.
Era hombre, era barro, era frágil, era débil, y había estados tan
perfectos, si no tan santos, como el del sacerdocio; él se hallaba
á punto de recibir las primeras órdenes, es decir, de dar el paso
para entrar en un terreno del cual no se puede salir ya tan libre é
independiente como se entra en él... ¡Momento solemne y crítico! Esto
le daba mucho que pensar. Cierto que, por entonces, en aquel paréntesis
de su carrera (dispuesto quizás por la providencia de Dios) aún era
libre, aún estaba en el mundo, aún era un hombre como todos los demás,
aún era dueño de elegir, si el obstáculo se atravesaba, entre la
Iglesia... y el matrimonio, por ejemplo, sin escándalo de las gentes
ni menoscabo de la sana moral, puesto que ambos estados eran caminos
abiertos por la misma ley de Dios para servirle y acatarle, según sus
santos designios; pero ¿aparecería el obstáculo imaginado? ¿existiría
alguno de esa especie, destinado para él? ¡Ah!...

Era dulce entonces el registro usado por el declamante, y, además,
hacía éste largas pausas á menudo, y subrayaba ciertas frases con
expresivos gestos. Inés le escuchaba sin pestañear y con las manos
cruzadas sobre la mesa.

De pronto calló Marcones y se quedó mirando á Inés, con los ojazos muy
lánguidos. Pero Inés no dijo una palabra, ni cambió de postura, ni dejó
de mirar á Marcones, como si aguardara la continuación de la parrafada
aquélla. Mas lo esperado no vino, y el silencio continuó un buen rato;
hasta que le rompió Inés con esta pregunta en crudo:

—¿Qué viene á ser un obispo?

No esperaba el sobrino de la Galusa la salida de Inés por aquella
puerta tan extraña: empañóle una oleada de bilis el blanco de los ojos
y el rojo sucio que le matizaba entonces los mofletes; frunció el ceño
peludo, y respondió con voz áspera y una sonrisa que temblaba de falsa:

—Pues un obispo, viene á ser... un cura que llega á general.

—No iba yo por ahí—replicó Inés riendo el chiste con la mejor buena
fe.—Quería yo saber qué hace; si manda más ó menos que el rey; qué
honores tiene... vamos, no sé explicarme.

Marcones satisfizo como mejor pudo los deseos de Inés. Enterada ésta,
dijo á Marcones con un acento y una expresión de mirada que eran un
reguero de candor:

—¡Qué suerte para usted si llega á ser obispo! ¡Cuánto me alegraría!

Estas palabras dejaron atolondrado á Marcones. Hacerle capaz de tal
_ascenso_, y deseársele, valía tanto como desestimar su intencionada
peroración sobre «el destino de las criaturas en el mundo,» y aun
algo peor que todo esto: la ocurrencia franca, sincera, evidentemente
inocentona de Inés, daba la medida de lo que había adelantado el galán
de Lumiacos en la conquista de la dama de Robleces, con todo el lujo
de seducciones que había despilfarrado durante un mes de incesante
batalla. ¡Ni un solo paso!... ¡Y él que se había creído encaramado en
la muralla, y hasta con una patona dentro de la fortaleza!

Estaba visto: Inés adoraba en el santo, no á la persona, sino á los
milagros que hacía.

[Ilustración]



[Ilustración]



XIV

EL CURA DE ROBLECES


Salió de la casona de Robleces el mocetón de Lumiacos con la obscuridad
de una noche inverniza en la mollera, y el peso de una montaña sobre el
corazón. La soberbia le impidió decir á su tía una sola palabra de lo
que estaba pasando. Llevaba la cerviz muy humillada, tropezaba á menudo
en los cantos de la calleja, brotaban sangre sus ojos, y era verde
podrido el color de su cara donde no la cubría el negro sucio de su
barba cerdosa.

Caminando de este modo, se encontró con el cura de Robleces, que venía
de Los Castrucos. El cura de Robleces era uno de los pocos ejemplares
que quedaban de aquellos presbíteros de _misa y olla_, como se dice
por acá, ó de _morral y gancho_, como se los llama en Castilla. Con
esto se entiende que el cura ya era viejo; porque han pasado muchos
años desde que no se permite á un hombre «meter barba en cáliz», con
sólo el estudio de un poco de latín; algo de Teología moral, según el
padre Lárraga; un brevísimo examen de unas cuantas materias de clavo
pasado, como de _sacramentis in génere_ ó _de sacramentis in specie_, y
traducir _mocosuena_ un parrafejo del Breviario.

Ahora se hila de otro modo en la carrera; y por eso Marcones, que la
seguía, miraba con alto menosprecio al párroco de Robleces. El cual
párroco, lejos de ofenderse con las altanerías de Marcones, le buscaba
la lengua muy á menudo para divertirse un rato con él, cantándole de
paso grandes verdades. Porque es de advertir que el buen clérigo,
cuanto más á viejo iba, más regocijado era de humor. Llevaba cuarenta
años sirviendo aquella parroquia, y continuaba gastando, contra la
nueva costumbre, zapato bajo con hebilla, medias negras, levita de
largos faldones y sombrero de copa alta; por lo que también solía
dispararse contra él el pedantón de Lumiacos. Ello era que, por fas ó
por nefas, nunca se hallaban juntos el clérigo y el seminarista sin
que armaran tiroteo entre los dos; y aunque casi siempre tenían la
culpa de ello las intemperancias geniales de Marcones, en el encuentro
mencionado hubiera fallado la costumbre precisamente por la banda del
mocetón. ¡Tan cabizbajo iba, tan absorto en sus preocupaciones y tan
inclinado á no distraerse con nada ni por nadie!

Pero, en cambio, no le cabía á don Alejo la locuacidad en el cuerpo
aquella tarde; y aunque no buscaba camorra ni cosa que se le pareciera,
porque el tal clérigo era un bendito de Dios en toda la extensión de
la palabra, le sobraban algunas en la boca, y de algún modo había de
emplearlas.

Viendo, pues, venir al seminarista tan cabizbajo y tropezón, esperóle á
pie firme.

—¿Vas enfermo ó qué te pasa?—le dijo en cuanto se le acercó.

—Y ¿por qué he de ir yo enfermo—respondió ásperamente el seminarista,
alzando la cabeza y mirando con ferocidad al cura,—ni por qué ha de
pasarme ninguna cosa?

—Hombre—replicó don Alejo,—mortales somos, y los sucesos de la vida no
paran un punto ni siempre son de la misma traza. De todas maneras, no
te enfades, que nunca se ofende al prójimo con un buen fin, como el que
yo llevaba en lo que te dije... Te ví cabizbajo, te ví que tropezabas;
y como tú sueles andar más derecho y pisar más firme por lo regular...

—Pues no me pasa nada ni estoy enfermo—dijo Marcones con señales de
querer cortar con ello la conversación,—y se agradece el buen fin...
Conque ¿manda usted otra cosa?

—¿Tan de prisa vas, Marcos, que te estorba un ratuco de plática?

—No siempre está el horno para rosquillas, señor don Alejo.

—¿No, eh? Pues cata ahí cómo no iba fuera de camino la pregunta que
te enderecé... _Tu dixisti_, Marcos... «no siempre está el horno para
rosquillas:» ergo algo le pasa al tuyo, cosa que me negastes de mal
temple, como si te hubiera ofendido el supuesto.

—Á mí no puede ofenderme nada de lo que usted me diga, señor don
Alejo—repuso Marcones esforzándose por despejar el nublado de su
cara:—la corona y las canas le hacen merecedor de mi respeto...

—Sobre todo cuando tengo razón en lo que te digo, ¿eh?—contestó don
Alejo alegremente.

—Con razón ó sin ella—replicó el seminarista volviendo á fruncir el
entrecejo,—no recuerdo haberle faltado á usted jamás á la consideración
que le debo.

—¡Claro que no, hombre!—se apresuró á decir el cura.—Si todo esto es
una pura broma. ¡Bueno eres tú para faltar á nadie, con canas y sin
ellas!...

—¡Repito que no le he faltado á usted nunca!—insistió Marcones picado
con la ironía de don Alejo,—y mucho menos en esta ocasión en que seguía
pacíficamente mi camino.

—Vamos, tú quieres decirme que he sido yo quien te ha puesto en trance
de pecar, tirándote de la lengua. Pues dilo, hombre, dilo claro: con
eso podré yo decirte á tí que te equivocas de medio á medio, y que el
diablo me lleve si tuve otro intento, al detenerte, que el de echar un
párrafo contigo y hacerte una pregunta que se me puso entre los labios
en cuanto te columbré desde aquí.

—Y ¿qué pregunta era ella, si se puede saber?—interrogó el seminarista,
poniéndose en guardia, como se pone un jabalí en cuanto oye el menor
ladrido.

—¡Vaya si se puede saber!—respondió el cura con la mayor inocencia.—Lo
malo es que, como no está el horno tuyo para rosquillas, según tú mismo
has confesado, sabe Dios cómo me la tomarás.

—Pues supóngase usted—dijo Marcones apresurada y fogosamente,—que no
hay tales rosquillas ni tal horno, y que ahora tengo yo grandísimo
empeño en que se me haga esa pregunta.

—¿Sí?—saltó el cura muy ufano.—Pues por el antojo no habías de malparir
si fueras embarazada antojadiza. Allá va la pregunta... Pero mira que
no lleva otra malicia que la que tú quieras darla. Es cosa corriente
en el lugar, que andas en la casona empeñado en una gran obra de
misericordia...

—¡Falso!—bramó Marcones, lívido de ira y mirando al cura con unos ojos
que parecían puñales.

—¿Veslo?—dijo el párroco dando un paso atrás.—Ya se te fué la burra, y
todavía no te he hecho la pregunta, en rigor de verdad.

—¡Repito que es falso el supuesto!

—Corriente, hombre, corriente; pero conste que me das la respuesta
antes que yo te haga la pregunta. Y ahora te digo que tienes bien poca
correa, cuando te sulfuras por una cosa de que debías envanecerte si
fuera verdad.

—¿Y cuál es esa cosa, señor cura?—preguntó Marcones con sorna.

—¡Ahora escampa!—exclamó don Alejo fingiéndose muy asombrado.—Pues si
no la conoces todavía, ¿por qué la has dado por falsa y te ha ofendido
hasta el supuesto de que sea la pura verdad?

Conoció entonces el arisco estudiantón que se le había desbordado la
bilis algo más de lo que el caso pedía, y trató de encauzarla, no
tanto por el bien parecer, cuanto por poner á don Alejo en ocasión de
aclararle lo que se decía por el pueblo, que bien pudiera no ser lo que
él se había figurado. Con este propósito le replicó, dulcificándose
cuanto pudo:

—Dejémonos de bromas, señor don Alejo, y dígame claro qué obra de
misericordia es esa que se me atribuye.

—Sea todo por el amor de Dios—dijo á esto mansamente el cura después
de carraspear.—Pues se dice, Marcos, que andas enseñando la doctrina á
cierto feligrés mío que siempre fué muy duro de pelar.

—¿Á qué feligrés?—preguntó el seminarista, más tranquilo viendo por
dónde iban las suposiciones del cura.

—Á don Baltasar—respondió éste.—Pues mira—añadió,—ya me diera yo con un
canto en el pecho porque lo consiguieras. Por lo que á mí toca, muchas
veces he intentado echarle hacia el buen camino, y nunca pude hincarle
el diente. Conque ¿es verdad ó no?

—No es verdad,—respondió Marcones después de pensarlo un poco.

—Parece que te cuesta decirlo, como si la afirmativa te pesara.
¡Tendría que ver, Marcos!

—¿Cuál?—preguntó éste volviendo á palidecer.

—Que fuera verdad lo que se dice, y te doliera el confesarlo... por
humanos respetos... No seas bobo: «hágase el milagro, aunque le haga el
diablo.»

—Eso es tanto como decirme que me falta competencia para meterme en tal
cosa, si se me hubiera antojado.

—No es verdad.

—Ó derecho...

—¡Tampoco!

—Pues algo por ese arte ha querido usted dar á entender con el refrán
del milagro... Y en este punto, señor don Alejo, y con el respeto
debido á su corona y á sus canas, ya sabe usted que no me coge los
dedos entre la puerta. Hay aquí (y se golpeaba la cabeza) metralla de
sobra para vencer en batallas como esa y otras mucho más gordas...
¿usted me entiende?

—¡Anda, morena!

—Aunque no he metido barba en cáliz, me sobran tres cuartos de lo que
sé, para saber el doble de lo que bastó á otros para meterla...

—¡Miren el sabijondo que respeta la corona del _insipiens_, si tira
bien á dar en medio de ella!... No, y en parte no te falta razón para
echar tanto humo por la chimenea; bien dicho te lo tengo en otras
ocasiones: desde que _vosotros_ andáis en el mundo, arrastrando por
los callejones los manteos y con la cabeza muy alta, cada aldehuela
es un criadero de santos para la corte celestial. ¡Y todo por obra
de ese puñado de teologías que habéis adquirido arañando por encima
un compendio del padre Perrone, que nunca saludamos nosotros los
ignorantes _morralistas del padre Paco!_... ¿No es así como nos llamáis
los doctores de similor á los pobres _curas de misa y olla?_... Vaya,
y que no es poca ganga la que tiene un feligrés destripaterrones,
con un párroco que, para entretenerle el hambre y las pesadumbres,
le suelta un zoquete en latín, para convencerle de que sabe mucho
_de communi Theologorum consensu_, _de potestate clavium_ y de otras
graves materias _de Locis theologicis_, ó se dispara con un pedrique
muy superferolítico, estudiado de memoria en el sermonario de Juan ó
de Pedro, como le pudiera estudiar yo, que no entiendo una palabra de
esas retóricas de púlpito. Con esto, y con pensar que le hace un gran
favor hasta en cada misa que celebra, y que el curato es un patrimonio
fundado para él, y que á nada le obliga la investidura por ley de
mansedumbre y caridad, ya puede afirmar, con la cabeza muy alta, que
si no está coronada con una mitra, es porque no hay justicia en la
tierra... ¿Te escuece lo que te digo, eh? Pues mira, lo siento, porque
no va con esa intención, aunque bien pudiera ir si fuera yo algo
vengativo... En prueba de que no lo soy, te añado ahora que admito
excepciones, y muchas, en lo que quizá has tomado por regla general, y
que conozco algunas ejemplarísimas que lo son por haber sabido suplir
con modestia, humildad y desinterés, la ciencia, la educación y el
conocimiento del mundo que les faltan; excepciones que tú, con la
leche entre los labios todavía y los cuatro libracos del seminario á
medio digerir, no has hecho nunca al hablar de nosotros, ni siquiera
por la consideración, de cortesía, de que tengo setenta años y llevo
cuarenta en esta parroquia, donde si no he formado grandes santos para
Dios, tampoco enemigos para el cura que, aunque pecador, no tiene
otro vicio que el de echar una calada mar afuera, cuando el tiempo y
las ocupaciones se lo permiten, y le da el Lebrato un rinconuco en la
barquía... Y déjame que me dé á mí mismo este poco de incienso, aquí
donde nadie nos oye, si no es Dios que sabe por qué lo hago...

Marcones, que estaba hinchado como una vejiga de hieles, había amagado
al cura, durante su reprimenda, con más de dos estampidos; pero la
serenidad y la mímica de don Alejo habían logrado contenerle. Así es
que cuando éste acabó de hablar, el mismo estrago de la interna lucha
tenía rendido al iracundo seminarista. Con ello y algo que, al fin, le
imponían los años y la investidura del párroco, limitóse á decirle ¡eso
sí! con el ceño hecho una tempestad y después de tragarse un bramido de
la que le andaba por dentro:

—No es ocasión ésta de que se ventile como se debe el punto que acaba
de tocar usted; por lo que renuncio á decirle algo siquiera de lo
mucho que se me ocurre en _nuestra_ defensa. Otra vez será...

—¡Lo ha sido ya tantas otras!—exclamó don Alejo.—Sólo que hoy me
ha dado á mí por hablar un poco más de lo que suelo cuando te oigo
predicar desde tan alto.

—¡Es que el punto merece ventilarse!

—¡Quiá, hombre, quiá! Si á mí me tienen sin cuidado esas cosas. Una
vez, y acabóse. Pues dígote, ¡y á mis años! Cayó la pesa ahora...
y por eso... Y entiende que lo que me has oído no te lo dije para
convencerte, sino en respuesta á otros dichos tuyos que no te he oído
hoy por primera vez... ¿Me entiendes? Bueno. Pues hazte la cuenta
de que no te he dicho nada, y volvamos al principio: te aseguro
que pondrías una pica en Flandes catequizando al Berrugo, y que lo
celebraría yo lo mismo que si la hazaña fuera mía. Palabra de honor.

—Y yo le repito á usted—respondió Marcones entrando en la materia de
muy mala gana,—que es falso ese decir de las gentes.

—Vaya—replicó don Alejo como si le contrariara un buen deseo la
afirmación;—pues, en ese caso... será más cierto lo otro.

—¿Cuál?—preguntó el seminarista alarmándose de nuevo.

—Nada—respondió el cura,—si el decírtelo ha de ser motivo para que te
amontones.

—No me amontonaré... ni me he amontonado jamás... ¡Venga eso que se
dice y necesito saber yo!

—Pues si como relampaguea ahora truena luégo, ¿quién diablos va á parar
aquí en cuanto yo empiece á hablar?

—Señal de que no me honra mucho la noticia.

—Bien te honraba la de antes, y mira cómo te pusiste: no hago ahora más
que anunciarte la otra, y ya me la quieres sacar del cuerpo con las
uñas.

—No hay que exagerar, don Alejo: no llevo las cosas hasta ese punto...
Tengo muchos enemigos en este pueblo...

—¡Tú?

—Yo, sí, señor; y por donde quiera que ando, porque la malquerencia,
la ignorancia y la envidia, son de todas partes; tengo también, por
desgracia ó por fortuna, mi genio y mis prontos correspondientes; y
cuando las cosas y los dichos se combinan de cierta manera, no es
de extrañar que uno salte de improviso aparentando lo que no es en
realidad... Conque hable usted con franqueza, y vaya perdiendo sus
temores á lo que pueda tronar...

—Hombre, tanto como temor á eso, nunca le he sentido, Marcos: la verdad
por delante. Una cosa es que me duela verte hecho un jabalí por puntos
de poco momento, y otra muy distinta el que me tengan sin pizca de
cuidado esas corajinas que te ponen verde y con los ojos en llamas...
En fin, que se me da por tus fierezas lo propio que por tus latines, y
que no quiero aspavientos ni voceríos sin necesidad y en medio de la
calle. De esta casta son los temores que yo tenía.

—Pues de esos mismos temores hablaba yo, señor don Alejo—contestó
Marcones con una sonrisa forzada y los carrillos temblando;—y no podía
hablar de otros, refiriéndome á un sacerdote á quien por su corona y
por sus canas debo respeto, sin contar con que yo no me como á nadie
con canas ó sin ellas.

—¡Toma! Eso por entendido se calla, Marcos. Bien lo sabes: perro
ladrador... amén de que no hay una cuesta abajo sin una cuesta
arriba... Y no te ofenda tanto como parece por las señales, esta idea
que tengo de tus agallas; porque, después de todo, con el ropaje que
vistes, mejor te sienta el aire de cordero que el de tigre... Y ahora,
para fin y remate de la porfía, te pregunto en santa paz: ¿te lo cuento
ó no te lo cuento?

—¡Repito que sí!—respondió Marcones devorando oleajes de ira.

—Pues allá va con tu venia y la salvedad consabida. Han notado las
gentes, que, de mes y medio acá, no sales de la casona. Esto es visto
y no hay que negarlo. Con este motivo, que es muy de notarse por lo
nuevo, ya que no por otras razones, han afirmado unos que se trataba de
lo que antes te dije: de convertir á Dios al amo de la casa, y que ya
llevabas la obra de misericordia en buen camino. De esto no hay nada,
desgraciadamente, según tú mismo me has asegurado. Pero dicen otros,
porque ven á Inés muy peripuesta y hacendosa, como también la he visto
yo, y porque creen saber que tú la das lecciones de escritura y no sé
si también de Teología, y porque sacan la cuenta de que te saliste del
seminario antes de que se cerrara, que si has ahorcado los libros en
definitiva, y trocado la vocación de sacerdote por la de yerno de don
Baltasar Gómez de la Tejera, por mal nombre el Berrugo.

—¡Falso, falso!... ¡Un millón de veces mentira!—bramó aquí el mozón de
Lumiacos, salpicando el chaleco del pobre cura con las espumas de su
rabia. No le cabía en la calleja.

El cura, con las dos manos sobre el puño de plata de su bastón, le
miraba con los ojos muy fruncidos y la boca entreabierta. En seguida le
dijo con mucha calma y sin dejar de mirarle:

—¡Lo propio que la otra vez, y dos cuartos de lo mismo! ¡Y mira que si
el primer supuesto te honraba, éste te pone en las nubes!... ¿De qué
color han de ser las cosas que se te cuenten para que no te saquen de
quicios, hombre? Te aseguro que si mordieras como ladras, el demonio
que se te pusiera delante...

El de Lumiacos, habiendo llegado el paroxismo de sus furores mudos,
entró en el período del jadeo fatigoso, que era lo que en tales casos
le acontecía siempre, y dijo al cura, entre silbidos del resuello:

—Le repito á usted que aquí hay gentes que se gozan en calumniarme...
¡por envidia!

—¡Por envidia!... ¿por envidia de qué?—le preguntó el cura tan fresco y
sosegado.

—De... de muchas cosas,—respondió Marcones.

—Corriente... Supongamos que tienes muchas cosas envidiables,
contándote el genio entre ellas; pero lo de la calumnia... ¿Es
calumniarte el decir que estás ocupado en enseñar la doctrina cristiana
á un hombre que no la sabe? ¿Es calumniarte el creer que te tira más
la vocación de marido que la de cura, y que por eso, y no por asegurar
mejor la puchera, has ahorcado los libros del seminario? Mozo eres,
intonso y libre hasta la hora presente; Inés... ¡no te digo nada!: no
hay mejor acomodo que ella en veinte leguas á la redonda; y en cuanto
al hecho en sí, el apóstol lo dijo: _melius est nubere quam uri_...
¿por qué, con todo esto por delante, te emberrenchinas, Marcos? Y si
un poco me apuras, ¿qué más quisieras tú?

Marcones, mientras el cura le cantaba estas verdades, pensaba que aquel
día había sido de los más aciagos para él. Acababa de averiguar en la
casona que, en su juego con Inés, no había ganado una sola baza; y por
don Alejo, no solamente que se le había descubierto el juego, sino que
se le veían las cartas. Además, el cura se atrevía á reirse de sus
latines y de sus espeluznos. Esto, con su poca serenidad, le produjo
grandísimo embarazo. No sabiendo cómo salir de él airoso y de frente,
echó por la puerta falsa, contentándose con replicar á don Alejo estas
palabras solas:

—Y ¿adónde quiere usted ir á parar con todo eso?

—Á ninguna parte, hijo del alma—le contestó en seguida el cura.—Á lo
sumo, á lo sumo, á decirte que no veo de malo para tí en el negocio de
tu nueva vocación, más que una cosa.

—¿Cuál?

—El que está muy duro de pelar, y que no vas á salirte con la tuya.

Si Marcones pensó corresponder, á su manera, á esta frescura de don
Alejo, no es cosa averiguada; pero lo que no tiene duda es que viendo
venir de hacia Los Castrucos á don Elías, tomó pretexto de ello para
suspender la conversación y apartarse de allí más que de paso.

Apretó el suyo el médico; y en cuanto alcanzó al cura, se le puso al
costado y le sopló al oído estas palabras:

—¡Floja es la castaña que le van á dar en casa del Berrugo á ese
gandulote! Ya sabe usted que anda buscándole el gato casándose con
Inés, con la ayuda de la culebrona que manda allí. Pues bueno: ¡Inés no
le traga ni en píldoras! Ella misma me lo ha confesado.

[Ilustración]



[Ilustración]



XV

EL PLEITO DEL PROFESOR


No sé si lo he dicho; y en la duda, lo digo ahora: Inés no se
conformaba con lo poco que directamente aprendía de su maestro, sino
que trabajaba después á solas y por su cuenta, gozándose en ver cómo
recogía de este modo una espiga bien compacta, por cada grano mal
sembrado en su cabeza durante la lección. Estos eran los verdaderos
frutos de lo que reputaba Marcones por obra suya, y obra, además,
maravillosa. Quiero decir (y no sé si diciéndolo me repetiré también)
que los adelantos de Inés no consistían en lo que llevaba _aprendido_ y
que, en absoluto, no valía dos cuartos, sino en los hermosos estímulos
que se habían despertado en ella, lo cual no tenía precio.

En cada lección sorprendía á su maestro con una pregunta discreta
acerca de lo tratado en la anterior, ó con el testimonio de un resabio
vencido en la escritura, en una plana más correcta que la última
escrita delante de él. Pues bueno: sucedió que después de aquella
lección en que salió á relucir el caso del obispo, Inés escribía
planas y más planas, y se ejercitaba en las cuentas, y se aprendía de
memoria páginas y más páginas de la gramática, de la geografía y de la
historia, y el de Lumiacos no venía á infundirla con su aplauso nuevos
alientos para seguir avanzando por aquel camino. Llegaron los días á
cinco, y ya no sabía Inés qué pensar de tan extraño suceso. Tampoco lo
sabía la Galusa. ¿Estaría enfermo?

Con esta duda, y de acuerdo con Inés, se mandó un recado á Lumiacos. La
respuesta fué que, aunque no se encontraba tan bueno como deseaba, iría
á Robleces al otro día.

Y fué ¡eso sí! muy tristón y con la cabezona algo gacha. La Galusa le
recibió con una granizada de preguntas; pero él sólo contestó que le
dejara en paz, porque no tenía por entonces ganas de conversación.
Andando hacia la sala, mandó á su tía que avisara á Inés, y la encargó
mucho que por aquel día los dejara solos durante la lección.

Una vez en el cuarto, se sentó, estiró las piernas que parecían dos
postes, metió las manazas en los bolsillos, dejó caer toda la papada
sobre el pescuezo... y así le halló Inés pasados pocos instantes.

—¡Ojos que le ven á usted!—díjole cariñosamente la garrida muchacha
al entrar.—¿Qué ha sido eso? ¿Por qué ha estado usted tantos días sin
venir?

Incorporóse poco á poco el de Lumiacos, sin sacar las manos de los
bolsillos ni levantar mucho la cabeza, pero asestando á Inés por debajo
de las cejas cada mirada que parecían otros tantos mordiscos de los que
no arrancan la tajada; y con voz algo temblona respondió:

—He estado un poco enfermo: ya lo mandé á decir...

—Es verdad—replicó Inés muy afectuosa,—¡y bien que lo hemos sentido!
Pero como al mismo tiempo nos decía usted que no había sido cosa
mayor... Vamos, que con un poco de voluntad... ¡perezoso... más que
perezoso!

El reprendido tragó de una sola aspiración, que le refrigeró el
pechazo, todas aquellas tentaciones que esparcía su rozagante
discípula al echarle esta reprimenda _de mentirucas_; y arrimándose á
la mesa, enfrente de la silla en que acababa de sentarse Inés, dijo,
amortiguando la mirada y compungiendo la voz:

—Como yo no podía... ni debía sospechar que se me echara aquí de menos
por nadie...

—Pues se le echaba á usted—insistió Inés en el mismo tono regocijado y
sinceramente cariñoso, mientras sacaba de su cartapacio unos papeles.—Y
si se me hubiera cumplido la palabra que se me tiene dada, yo no sé
cuántos días hace—añadió sonriendo y mirando al de Lumiacos con un poco
de malicia,—de prestarme ciertos libros de historias muy divertidas,
mejor hubiera entretenido el tiempo de la espera.

—No he olvidado lo que prometí—respondió Marcones á la indirecta;—y
esos libros estarían aquí hace días, si yo hubiera creído que era ya
hora de leerlos... Yo no me olvido de nada, Inés, ¡de nada!... Y crea
usted que, á veces, me valdría más tener menos memoria de la que tengo.

Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura;
pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y
matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de
Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin
meterse para nada con ellas.

—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio
y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus
ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de
aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!

Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la
mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de
cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y,
por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de
historia y de geografía se había aprendido de memoria.

Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas
cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó
en seguida sobre la mesa.

—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara
para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido
á ser mi martirio!...

Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos
en los bolsillos.

Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes,
pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin
pestañear al mocetón.

El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la
hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de
pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:

—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere
usted oir?

Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno,
sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y
sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y
el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como
no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:

—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?

—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la
garganta.

Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los
codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos,
entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á
hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:

—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!

Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á
responder:

—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.

—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.

La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión
en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían
contradictorias.

—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era
del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal
enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de
Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más
cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa...
¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de
los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es
posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi
enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!

Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una
expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.

Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo
del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de
él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y
casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto
se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices,
lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía
la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres
notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.

—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el
destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?

Inés dijo que sí.

—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de
que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo,
marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me
dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía
proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio...
pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?

—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.

—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y
sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han
confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los
tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se
dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de
Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome
la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros,
tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era
tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho
más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no
puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre
honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba...
¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto,
Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la
agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?

Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se
sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él
cesó de hablar:

—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen
que ver con ellas las lecciones que usted me da?

Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no
estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado
llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la
desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su
negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda
la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.

—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco
que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si
usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba
yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa...
¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un
hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la
que me duele tanto como la misma enfermedad.

El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto
patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de
síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.

—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á
su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más
propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me
detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi
camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo
usted?

Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender
en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los
sanguinolentos de Marcones.

Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la
siguiente manera:

—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi
amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde
que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores
que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad
de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una
palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello
reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la
menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á
jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie
me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro
despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la
miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?

—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de
indecisión.

Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la
cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no
le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto
más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.

Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:

—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que
he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él;
el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el
estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi
primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto
junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?

Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco
antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró
los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las
cuales apoyó la frente.

Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la
barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de
su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona,
se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto
del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió
ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar
la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien
justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato
de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:

—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que
la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura.
Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como
ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por
lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme.
Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una
persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las
ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no
tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece
bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca
hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para
siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir
de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me
lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque
solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del
fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme
como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de
rodillas, y déme su permiso para retirarme.

Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído
crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies
á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca
de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.

Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos;
y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera
una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto
sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:

—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante
compasiva para perdonarme!

Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle
la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la
mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia
atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.

—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz
angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de
pedirla...

—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo
me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba
eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que
tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de
estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana...
En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me
ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé...
Conque hasta mañana, ¿verdad?

Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con
las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases
descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante
Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su
gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había
visto en apreturas semejantes.

[Ilustración]



[Ilustración]



XVI

EL FALLO DE LA EDUCANDA


La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó
para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza.
¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo
para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar
en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos
y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que
luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que
aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia
que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar
ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente
acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la
cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.

Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló
con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro,
después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la
mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no
haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender
la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar
por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con
abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio,
sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que
pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este
lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas
fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en
conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.

Pero descartadas de la cuestión estas consideraciones que tan
directamente se rozaban con su amor propio halagado y con la natural
blandura de su corazón; consideradas las cosas en su valor absoluto y
con entera independencia de todo sentimiento vanidoso y caritativo,
¿de qué casta era la huella que en los profundos de Inés habían dejado
las apasionadas confesiones del estudiante? Aquí estaba el lado más
obscuro de la cuestión, y éste era el que reclamaba toda la fuerza de
su discurso. Nada la había dicho Marcos que la sorprendiera por nuevo,
aunque la asombrara por inesperado; porque el adormecimiento de sus
deseos y de sus pasiones nunca fué tan grande que la impidiera sentir,
á su modo, esas hermosas revelaciones que suele hacer el corazón
humano en la primavera de la vida. El caso, pues, del estudiante, era,
en lo esencial, la realidad de muchos sueños que ella había tenido,
particularmente desde que la dominaba la afición al aseo y al trabajo.
Pero estos sueños y aquella realidad, que tanto se parecían en el
fondo, en todo lo demás eran muy distintos. La propensión de Inés á
trasponer en sus meditaciones las montañas fronteras con la imaginación
cuando se la ocupaban ideas de este linaje, no nacía de un temperamento
caprichoso y visionario, sino de una convicción racional y práctica de
que no había al alcance de sus ojos realidades de carne y hueso capaces
de satisfacer las nativas delicadezas de sus dormidos afectos. No por
esto salían sus exigencias de los límites racionales: no soñaba con un
príncipe vagabundo de los que andan de puerta en puerta en busca de
ignoradas hermosuras para llevarlas á ser reinas en palacios de plata
y oro, como los príncipes de los cuentos con que la entretenía muchas
veces su pobre madre. Se conformaba con muchísimo menos; pero con ser
ello tan poco, ¡era tan distinto de Marcos! Podía ser el galán confuso
de sus imaginaciones más bajo ó más alto, más rubio ó más moreno, más
triste ó más alegre, dentro del tipo común de los galanes apasionados
y corteses; pero gordo, grasiento, mofletudo, con la cabeza rapada,
vestido de negro sucio, teólogo de balandrán y casi cura como Marcos,
jamás le había soñado. Á Marcos le consagraba ella un afecto de otra
especie: le admiraba por sabio, le profesaba un cariño respetuoso por
la paciencia y la perseverancia con que la instruía y la aconsejaba,
le besaría con gusto la mano y hasta se confesaría con él en cuanto
cantara misa... De pronto este hombre, este teólogo y casi cura, con la
cabeza rapada, el vestido negro y el cerviguillo poroso, la descubre
que arde en amor por ella, y se lo dice en un lenguaje como nunca le
igualaron, por fogoso, los galanes de sus sueños, más elocuentes, á su
parecer, por lo mucho que se callaban, que por lo poco que la decían...
¡Oh! ¿por qué era tan gordo Marcos? ¿por qué había estudiado para
cura? ¿por qué se afeitaba tanto y no gastaba el pelo con raya y el
vestido de color? ¿por qué era sobrino de Romana, y por qué, en fin,
era de Lumiacos?... Pero ¿sería posible que estas cualidades accesorias
bastaran á desprestigiar, en el concepto de Inés, el altísimo valer
de aquel profundo y ardoroso sentimiento que el estudiante la había
confesado de tan hidalga manera?

Y esto era lo que la inexperta muchacha no acertaba á poner en claro.
Á veces consideraba, «por un momento,» que se le acercaba Marcos, que
la pedía la respuesta prometida, y que ella se disponía á dársela
enteramente ajustada á los deseos del enamorado mozo. Y entonces sudaba
Inés de congoja, porque no hallaba modo de que las palabras salieran
de sus labios; y no por cortedad de mujer ruborosa, sino por algo como
repugnancia instintiva: le parecía estar hablando con su padre ó con
el cura de Robleces. Y por este camino lo ponía peor y se sumía en más
hondas confusiones, supuesto que Marcos sería todo lo gordo, todo lo
negro y todo lo teólogo que se quisiera; pero, en rigor de verdad, era
un hombre en la fuerza de la mocedad, sin votos y sin trabas de ninguna
especie, libre y casadero como otro cualquiera, y en nada se parecía,
para el caso que se ventilaba, ni á don Baltasar Gómez ni al cura de
Robleces. Podían ser, por consiguiente, impresiones pasajeras estas
repugnancias del ejemplo. Había que averiguarlo.

Y vuelta al torno, y más tumbos en la cama. Y así toda la noche, sin
sacar otra cosa en limpio que un medio convencimiento de que por el
solo _delito_ confesado por el estudiante, no merecía éste la pena que
voluntariamente se había impuesto; que era de necesidad, y hasta de
conciencia, disuadirle de su empeño y reducirle á que continuara las
interrumpidas tareas, como si nada hubiera pasado entre el maestro y
la discípula, y dejar al tiempo la obra de poner en claro aquellas
nebulosidades que no podía despejar ella por sí sola.

Entre tanto, no pedía Marcones mucho más que esto en las cuentas que
se echaba revolcándose á obscuras en su camaranchón de Lumiacos.
Estaba muy satisfecho del resultado de su embestida. Había visto en
el azoramiento de Inés revelaciones terminantes de impresiones hondas
y de batallas rudas, y á eso solo tiraba él. Lo demás sería obra de
la prudencia y del tiempo. Contaba con que Inés, en la situación de
ánimo en que había quedado, le instaría, aunque fuera de cumplido,
para que renunciara á su propósito de no volver á Robleces; y él
entonces pondría el colmo á su abnegación heróica, aceptando el nuevo
suplicio, mil veces más cruel que el de Tántalo... así, con Tántalo
y todo: conocía un poco la Mitología, y pensaba que no caería mal en
aquel trance este arranque erudito que él tenía en mucho, ignorando
lo corrido que andaba por la tierra. Si, como también era posible,
Inés no le hacía el ruego «que era de esperar,» él sabría trocar la
concesión en oferta, resultando siempre el sacrificio heróico, y hasta
con la exornación, por remate, del supradicho símil mitológico. Todo
menos cumplir neciamente su amenaza de no volver á Robleces. ¡Tendría
que ver la simpleza! Inés era de las tajadas que no se abandonan sin
dejar los dientes en ellas. Esto, extremando las suposiciones; porque
bien saltaba á la vista, por lo sucedido aquella tarde, que Inés era
cera dócil á la mano que se empeñara en reblandecerla. Y ¿en qué
otra mano que la suya había caído la cera? Tiempo, tiempo, astucia y
perseverancia, era lo único que él necesitaba para salir triunfante de
su empeño; y triunfaría... ¡por buenas ó por malas!

Con estas inofensivas intenciones, algo lacio de cuerpo, tristón de
mirada y cetrino de color, entró la tarde siguiente en casa de Inés.

Aguardábale ésta en el cuarto de las lecciones, garrapateando
maquinalmente números en un papel, pero sin plana nueva. También estaba
algo lacia y muy ojerosa. Al llegar Marcones, se aturdió mucho y se
puso colorada. Tomólo á buen agüero el mozón, y se quedó plantado
delante de la mesa sin decir más palabras que las precisas para dar,
á media voz, las buenas tardes á Inés; en la cual se reavivaron sus
caritativos sentimientos, al tomar la palidez y la tristeza de Marcones
por señales de sus rudas batallas interiores.

—He venido—dijo el de Lumiacos, viendo que Inés nada le decía á
él,—porque, ó la ilusión me engañó, ó usted me dijo ayer tarde que
volviera.

—Es cierto,—tartamudeó la pobre muchacha.

Marcones continuó, después de una pausa de silencio, durante la cual no
supo Inés qué hacer de las manos ni de los ojos:

—Y... ¿recuerda usted por qué y para qué me mandó que volviera?

—Creo... que sí,—respondió Inés á trompicones.

—Pues aquí estoy para recibir las órdenes que tenga usted la bondad de
darme,—añadió el estudiantón sin moverse de su sitio y con el hongo
mugriento entre las manos.

Pero Inés, que todavía continuaba tomando, muy á menudo, ciertos dichos
hueros al pie de la letra, contestó con la mayor sinceridad, después de
repasar un poco su memoria:

—Yo no recuerdo que tenga que darle á usted ninguna orden.

—Si no es orden—repuso el de Lumiacos fingiéndose más apurado de lo
que estaba,—será otra cosa: verbigracia, una respuesta que quedara
pendiente ayer, por ciertos motivos de... de cortedad, supongamos.

—Eso ya es distinto,—dijo Inés entonces, cobrando alientos en las
apreturas mismas del trance en que se la ponía.

—Pues usted me dirá,—concluyó Marcones, cambiando de pie para
descansar, y humillando más la cabeza.

Y con esto llegó el apuro gordo para Inés; apuro que consistía en decir
de memoria el párrafo que para eso había discurrido por la noche,
después de meditar tantísimo como había meditado.

Por no cansar al lector con la copia fiel de aquellas descosidas frases
que al fin tuvo que decir la hija de don Baltasar, parrafada la más
larga de cuantas había _echado_ de una sentada en todos los días de
su vida, le diré yo que sudando á ratos, animándose en otros, cayendo
aquí y levantándose allá, vino á declarar á Marcones, en substancia
y en castellano corriente: que recordaba muy bien cuanto él la había
confesado el día antes; que se lo agradecía mucho por la parte que
la tocaba; que no veía en todo ello el menor motivo para huir de
Robleces, como si hubiera hecho allí algo que mereciera persecución de
la Justicia; que le parecía mejor y hasta de necesidad, por no dar en
qué entender á las gentes de casa y de fuera de ella, que las lecciones
siguieran como hasta allí, él de maestro y ella de discípula, guardando
cada cual su alma en su almario; y que se dejara el tiempo correr hasta
que Dios, que estaba en los cielos, dispusiera las cosas... como más
conviniera.

Marcones quedó muy satisfecho de este dictamen, y más que del dictamen,
de la emoción interna revelada en el extraño modo de exponerle; pero no
lo dió á entender así: al contrario, bajó más la cabezona y respondió
tristemente:

—Lo que usted me propone, sería para mí un suplicio superior á mis
fuerzas. En la situación en que se han puesto las cosas, me sería
imposible la vida sujetándola á esa violencia continuada.

Inés se atrevió á replicar muy entera:

—¿Y qué sabe usted lo que se violentarían _los demás_? ¡Si sólo se
hiciera en la vida lo que le conviene á cada uno!...

Marcones miró fijamente á su discípula, asombrado de su arranque, que
lo mismo podía significar mucha frescura de espíritu, que un alarde de
obligada fortaleza. De cualquier modo, era ya temerario insistir en el
empeño, y parecía llegada la hora de soltar el símil mitológico.

Dispuesto á ello, Marcones, después de fingir con ademanes y
contorsiones una encarnizada lucha en sus adentros, habló así:

—Pues la voy á dar á usted la mayor prueba que puede pedírseme de la
honradez y grandeza de la pasión que me devora... Estoy dispuesto á
padecer ese horroroso suplicio de Tántalo, sólo porque usted lo desea.

Como debía esperarse, Inés, que no conocía, ni de nombre, á aquel
sujeto, preguntó con los ojos á Marcos quién era y qué suplicio había
padecido.

Marcos se apresuró á responderla:

—Tántalo era un rey, hijo de dioses, que por sus maldades fué condenado
al tormento de la sed, teniendo el agua junto á los labios. ¿Se entera
usted? Pues yo voy á padecer como Tántalo... ¡más que Tántalo! Porque
mi sed será mayor que la suya, y más fresca y más sabrosa el agua que
junto á mí tenga... Y yo no he pecado nunca contra usted de propio
intento; y además, me presto voluntario á padecer el martirio... Voy,
pues, á ser Tántalo... ¡más grande que Tántalo!... porque usted me lo
manda y así lo quiere.

Y como si intentara poner ya de manifiesto su grandura, al exclamar así
alzaba los dos brazos con el hongo en una mano. Da suerte que, en la
relativa pequeñez de aquella habitación, parecía un espantajo colosal
teñido con hollín de la chimenea.

Á Inés le pareció tal cual el símil, pero no tanto el _dibujo_ con
que Marcos le exornó. Díjole lo que mejor pudo y supo para dar por
terminado aquel gravísimo incidente, en los términos convenidos
poco antes, es decir, guardando cada cual su alma en su almario y
encomendando á la providencia de Dios la marcha y el término y remate
del amoroso pleito; y volvieron el maestro y la discípula á sus
habituales tareas, tomándolas en el punto en que tan bruscamente las
había dejado Marcones el día anterior.

Al despedirse aquella tarde el mocetón de Lumiacos, entregó á Inés unos
librejos.

—Los traía—la dijo,—para dejárselos á usted como recuerdo de un
desventurado, en la cuenta de que fuera ésta mi última visita. De todas
maneras, ya está usted en disposición de sacar la debida substancia
de esta clase de lecturas. Son las novelas ejemplares que la había
prometido. Léalas usted despacio; y ¡ojalá la entretengan y la enseñen
todo cuanto yo deseo!

Inés y Marcones se separaron con los suyos respectivos enteramente
satisfechos: ella, porque, visto de cerca el peligro, le había parecido
menos imponente que de lejos; él, porque sus fogosas declaraciones
habían sido aceptadas en principio, y se le dejaban las puertas de
aquella casa abiertas de par en par, lo cual era un paso de gigante en
la marcha de su pleito.

Á Inés la había parecido el peligro menos, imponente de cerca que de
lejos, no sólo por haber hallado á Marcos dócil á sus dictámenes y
deseos, sino porque, mirado éste con el interés con que acababa de
mirarle y no le había mirado jamás, aún le halló mucho más gordo,
más obscuro, más poroso... y más cura que hasta allí; con lo cual se
aclaraba bastante aquel lado de la cuestión, que tan negro la había
parecido á ella la noche antes.

Entre tanto, la Galusa se bebía los vientos para averiguar con certeza
lo que ocurría. Con certeza digo, porque barruntos de algo serio y no
desagradable, los tenía por lo que había escuchado desde la sala y
por lo que había leído en las caras y en los continentes de los dos
interesados principales. Su sobrino, como si se gozara en atormentarle
la curiosidad, nada había querido contarla al despedirse la víspera;
y eso que le retozaba la alegría en los ojos, mientras Inés no sabía
adónde mirar con los suyos, ni poner la mano en cosa que no se le
cayera de ella. Sólo la había dicho al pasar: «mañana hablaremos.»

Pero, felizmente para la fisgona, Marcones, después de la lección de
aquella tarde, se encerró con ella, que ya le esperaba, y comenzó á
cumplirle su promesa, diciéndole al mismo tiempo que se frotaba las
manos:

—¡Como una seda, tía!... ¡como una seda! ¡Le repito á usted que como
una seda!

—Bien está—respondió la Galusa hecha toda ojos y oídos;—pero eso ya lo
teníamos días atrás, hijo del alma.

—Cierto—repuso Marcones;—pero lo teníamos en hipótesis, quiero decir,
lo dábamos por seguro; al paso que hoy es ya un hecho notorio y
comprobado.

—¡Benditas sean las horas del Señor!—exclamó la pelindrusca levantando
hasta la boca las manos entrelazadas.—¿Y cómo te arreglaste para
saberlo? ¿Qué la dijistes, hijo del mismo dimoño?

—¡Todo, todo, tía! Todo se lo dije, como si me abrasara en fuego de
amor por ella... ¡y creo que es la pura verdad!; y cada dicho salió á
su tiempo y cayó como y cuando debía caer... ¡Oh, estaba el plan bien
arreglado, aquí, aquí, en esta cabeza atestada de filosofías!...

—Y ella ¿qué te dijo?—preguntó trémula de curiosidad la Galusa.

—¡Ella!—respondió Marcones con aire de triunfador.—Con la boca, muy
poco, por de pronto; pero ¡con los ojos!... ¡pero con el estremecerse
de todo su cuerpo!... ¡pero con el ponerse descolorida ahora y muy
encarnada después!... ¡Todo, todo me lo dijo, tía; todo cuanto yo
necesitaba saber!... ¡Qué al alma fué el golpe, y qué bien meditado
estaba! Haciéndome el chiquito, conseguí parecerla grande; y
despidiéndome de ella para siempre, logré que me detuviera á su lado.
¡Esto es saber entenderlo y poner los recursos á la altura de las
ocasiones!

—¿Y todo ello—insistió la Galusa, que era desconfiada de suyo,—lo
leístes por esas señales que dices de la color baja y del temblor del
cuerpo, sin palabra anguna que lo aclarara más?

—Aunque las señales eran de sobra—respondió desdeñosamente
Marcones,—para un entendedor como yo, esas señales fueron ayer como
primer fruto de mis ternezas amorosas y de mis razonamientos de
hombre honrado. Después acá, ha pasado una noche: la meditación y el
sosiego han hecho su oficio; y esta misma tarde se ha atrevido Inés á
confirmarme de palabra lo que yo había leído en las señales que á usted
le han parecido tan poca cosa. En conclusión, tía: Inés, sabiendo que
la adoro (así se lo dije), quiere que yo continúe dándola lecciones
como hasta aquí, con la sola condición de que cada uno de los dos
guarde en sus adentros lo que sienta sobre ese particular, hasta que
Dios disponga lo que crea más conveniente para nosotros. ¿Le parecen
á usted pocas también estas señales? ¿Cree usted que en un asunto como
el mío se puede dar un paso más grande, ni en un terreno más firme?...
Ahora, mucha prudencia hasta dar el segundo, y, por lo tanto, no se dé
usted por entendida con Inés de esto que la he contado. Usted no sabe
nada, ¡ni una palabra de ello! ¿Estamos?

—Por la cuenta que me tiene—respondió la Galusa muy satisfecha; y en
seguida añadió:—¡Vaya, que sospensa me dejas y cuento me paece, por
lo pronto y lo bien que la cosa te ha salido! ¡Te digo que si no se
tuerce!...

—Por el lado de Inés, respondo de que no—dijo Marcones.—Algo más me
apura ahora el caso por el otro lado: el lado de ese hombre, que tiene
los demonios en el cuerpo.

—Y ¿qué te espanta de nuevo en él—objetó la Galusa,—que no te haya
espantado antes de ahora?

—Tanto como espantarme—replicó el sobrino,—ni ahora me espanta ni antes
me espantó cosa mayor. En teniendo asegurada la hija, en un extremo
apurado nada viene á valer la voluntad del padre. Pero por lo mismo
que estoy á punto de lo primero, me entran temores de que pueda hacer
don Baltasar una de las suyas á la hora menos pensada y cogiéndome
desprevenido... Y dígame usted, ya que de esto se trata: ¿no es bien
raro que ese hombre no haya maliciado algo hasta la fecha?

—Ese hombre—dijo la Galusa,—bien repetido te lo tengo: mientres no le
pidan dinero ó cosa que lo valga, tanto se le da que la hija se pase
las horas en conversación contigo, como con uno de la Guardia cevil.
Además, está en la cuenta de que á tí lo que te tira es la Iglesia, y
no más que la Iglesia; y con sólo pensar que te cobra en enseñanzas
algo de lo que te ha prestao para tus estudios, se goza en que se las
des á su hija. Esto me lo ha dicho á mí, ¡pa que lo entiendas!...
que por lo restante, poco le importa que Inés no sepa deletrear. Lo
que le gusta, y mucho, es verla como la ve, de un mes largo acá, tan
frescachona y recompuesta; y no por lo que campa así, sino por lo que
al mesmo tiempo tiene de trabajadora y de remango pa el avío del cuarto
de él y limpieza de toa la casa. Por otra parte, de semanas á hoy, yo
no sé qué mil demonios trae entre cejas, que anda á ratos muy caviloso,
y se marcha por esos campos, tan aína por este lao como por el de
acullá, muchas más veces que antes. ¡Como tiene tantas trapisondas de
intereses con unos y con otros! Pos ajunta á todo esto que ya está
pensando en la siega, que ha de acabarse, como siempre, antes del
Santo, y el Santo es el deciséis. ¿Sabes tú lo que se arregüelve en
esta casa cuando llega esa labor, con un agosto tan grande como el
que aquí se hace pa tanto ganao como hay al pesebre? Miedo me da el
pensarlo, hijo; que en esos días no bastamos la otra moza y yo pa dar
abasto en la cocina al laberiento de la obrerá, que come... ¡Virgen
María, lo que ella come! Eso sin contar la fatiga del empaye, y hasta
de la mies, de que tampoco se libra la otra enfeliz. Y dame segadores;
y dame carros ajenos porque no bastan los dos de casa; y dame la flor
de la mocedá del barrio pa el timeneje restante, y fegúrate cómo andará
ese hombre en esos días, con el hipo que tiene de que aquí no se dé
golpe ni se coma bocao sin que la su mano y los sus ojos entiendan en
ello. Así es, hijo del alma, que bien le puedes soltar un cañonazo á la
oreja en los días que vienen por delante, sin recelo de que él se dé
por alvertío; y como tamién el laberiento de la cocina me obligará á mí
á ser ciega y sorda pa cuanto ocurra en esos mesmos días hacia la sala,
aprovéchate bien y no seas tonto, que, en casos tales, pasar un punto
es pasar un mundo... Quiero decirte, que no te andes con desimulos,
receloso de que te pesquen en el aire este ademán ó aquella palabra...

—Ya está esa siembra hecha, tía—dijo Marcones interrumpiendo á la
Galusa,—y en buen terreno, como se lo tengo referido á usted, sin que
ello impida que aproveche yo las buenas ocasiones que se me presenten
para cosechar el fruto antes con antes. Por de pronto, unos librejos
la he dado que la enseñarán á sentir como se debe y en beneficio mío,
esas cosas que yo la he hecho almacenar de pronto en la cabeza y en el
corazón. Leyéndolos bien, se empapará en la materia, me consultará su
pensar, un caso sacará otro á relucir... y, en fin, yo sé lo que me
hago.

—¿De modo que ya te salistes con la tuya; que ya quemastes el medio
balandrán que tanto te pesaba?

—Para ella, sí; pero aún me queda, por respeto á su padre, la
sotanilla entera... ¡Y si viera usted cómo me han crecido desde ayer
acá los deseos de vestirme de color y dejarme los bigotes, para ser
el mejor mozo de la Ribera! ¡Ay, tía!—añadió el estudiante con hondo
desconsuelo,—¡de qué otro modo tan distinto marcharan estas cosas si yo
pudiera quitarme de encima hasta el último jirón de paño negro! ¡Mal
rayo le parta!... Y con esto me voy, que se va haciendo tarde.

Y se fué, despedido por su tía con esta fervorosa imprecación:

—¡La Magalena te guíe, serafín de la cencia, y la fortuna ponga luégo
en tus manos lo que buscas... que güeña falta _nos_ hace!

[Ilustración]



[Ilustración]



XVII

EL AGOSTO DEL BERRUGO


Tenía razón la Galusa: el agosto de aquella casa era un reventadero.
Duraba cerca de dos semanas, porque no entraban, un año con otro, menos
de sesenta carros de yerba curada en el pajar; y la tarea se llevaba
en vilo, sin otra interrupción que la del día festivo intermedio. Cada
tarde se _empayaban_ seis ó siete carros, y á esta norma se acomodaban
las siegas de cada día. Toda la gente que andaba en la brega era de la
casa: colonos y deudos de colonos, de los más trabajadores y entendidos
entre todos los colonos y deudos de colonos del Berrugo, con las únicas
excepciones, últimamente, de Pilara, por ser la mejor _acaldadora_
de yerba que se conocía en Robleces, y de Quilino, á ratos, que se
colaba en el bureo de aquellos agostos sin que nadie le llamara, como
se colaba en todas partes. Desde que Pedro Juan fué mozo, él y su
padre eran siempre los segadores de cabecera: aunque viejo el uno y muy
hechos los dos á las fatigas del mar, tan diferentes de las de tierra
firme, no había miedo que dalle alguno les picara los talones. Como
rapado con navaja de afeitar quedaba el suelo en cada _cambá_ de las
que ellos _tiraban_, acompañándose con sendos crujidos del resuello. El
Josco tenía además la gracia de conducir la enorme balumba de un carro
de yerba por un despeñadero, sin que _entornara_, y la de cargarle y
descargarle en la mitad de tiempo que el labrador más ágil y forzudo.
Desde la primera vez que lo notó el Berrugo, le encomendó el mejor
carro de los dos de su casa, y le puso á Pilara por acaldadora. Hay
quien afirma que de este modo nació, dos agostos antes del que aquí se
menciona, la buena ley que se tenían Pilara y el hijo del Lebrato. Y en
verdad que nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver los dos, ni
parecían mejor cortados el uno para el otro.

Tampoco mentía la Galusa al afirmar á su sobrino que en el agosto, como
en todo lo de su casa, «ese hombre tenía el hipo de que no se diera
golpe ni se comiera bocao sin que la su mano y los sus ojos entendieran
en ello.» Verdaderamente era en aquellos días un argadillo que mareaba.
Comenzaba el ajetreo por el acopio del «boquible,» como él decía, para
la «obrerada:» bacalao de desecho, medio podrido, y una oveja sarnosa
de su rebaño en aparcería; y si no había oveja de estas condiciones,
una becerruca _azurronada_ y á punto de morirse de ruinera, que nunca
faltaba en casa de un aparcero ó en la suya propia. El vino, de lo
tinto picado de su bodega. Para matar el dejo de la carne enferma ó del
bacalao podrido, sabía él hacer unos adobos cáusticos que levantaban
ampollas y escaldaban el paladar, de modo que el más sutil de suyo
no advertía la acritud que pudiera quedarle al vino después del agua
de fregar con que le había _mejorado_ el inocente. Y nada de pan
blanco para las comidas: boronas como ruedas de molino. De esto, hasta
llenarles la andorga. Gracias á Dios, había maíz sobrante en el desván,
y aquello de menos le comerían los ratones. Para el ollón del mediodía,
las berzas de _posarmo_, las alubias con gorgojo, el tocino avenado...
¡y agua que te crió! La _parva_, de una bebida alcohólica, cuyos
componentes, tan baratos como corrosivos, fueron siempre un secreto
suyo, y un zoquete de pan duro y mohoso por persona.

Pagando de este modo á los obreros, no le salían, uno con otro, amén de
los carros, á tres reales y cuartillo de jornal. Costumbre era en otras
casas pagar, por iguales trabajos, media peseta además de la comida;
pero el Berrugo tenía leyes especiales y colonos que las sufrían y
acataban, porque les salía peor la cuenta rebelándose.

Avisada y dispuesta la gente, don Baltasar llamaba al Lebrato: le decía
qué prados se habían de _tumbar_ los primeros; y antes de salir el
sol, ya estaba él, con una rastrilla en la mano, esperando en la mies
á los segadores. Por sí mismo reconocía los hisos y los linderos; y al
marcarlos hollando la yerba con los pies, siempre metía las marcas más
de un palmo en los prados colindantes.

—¡Hala por derecho—decía inmediatamente á los segadores,—y apretar de
firme ahora que está la yerba en buen temple de rocío!

Consumiéndole la impaciencia y por ganar algo, aunque sólo fuera un
poco tiempo, sin esperar á que se formara un _lombío_ de dos varas
de largo, ya estaba él esparciéndole con el mango de la rastrilla y
hurgando casi los talones del último segador de la tanda.

Así, hasta que llegaba una criadona con la parva en una cesta.
Quedábase la moza para esparcir los lombíos, y se volvía él á casa.
Á la despensa lo primero. El tocino, las alubias... Del tocino, lo
que oliera peor entre lo apartado por rancio; de las alubias, las más
vacías y agorgojadas.

—¡Hospa!—le decía á la Galusa, que recibía de sus manos aquellas
porquerías en el delantal.—Y para ellos, sobra.

En seguida abajo: á preparar el vino tinto. Después al estragal: los
aperos; si están listos y corrientes. Al corral de atrás: los carros,
las armaduras altas... Llamadas, advertencias y preguntas al criado. Al
pajar, para ver si está bien barrido el suelo y bien apartada la yerba
vieja, trepando á escape la escalera que arranca de allí, pegada á la
pared. Antes, un alto en la _payeta_ para sentar las tablas desclavadas
que estén fuera de su sitio... Abajo otra vez: á la cuadra: las
telarañas, los boquerones, la ceba sobrante. Arriba de nuevo: vistazo y
olisqueo á la carne y al bacalao, que están empapándose en el adobo que
él manipuló. Á la cocina después: á destapar el ollón en que hierven ya
las berzas, el tocino y las alubias. Le parece el condumio _bajo_: ¡más
agua! Antes del mediodía, otro viaje á la mies, por si está ó no está
dada la vuelta á toda la yerba esparcida según la han ido segando...
Y á casa con tiempo para ver cómo se prepara en la cesta grande la
comida que ha de llevarse al prado á los segadores, y medir el vino
correspondiente, que irá en una botija de barro empedernido, con tapón
de _garojo_... Por la tarde, á la mies todos los criados y él con
ellos: á virar toda la yerba segada, y hacinarla después, antes que
caiga el relente. Por la noche, toda la obrerada en la cocina alrededor
de la mesa grande; y en medio de la mesa, dos tarterones con la carne
sarnosa ó el bacalao manido, nadando en una charca de salsa fulminante;
un botellón negro, cargado hasta el gollete de agua de fregar con el
Rioja avinagrado, y una borona partida en dos mitades. Mucho eructo,
mucho carraspeo, mucho restregón de pies, mucho vocerío y grandes
risotadas, y el Berrugo entrando y saliendo y llevando á cada comensal
una cuenta exacta en la memoria, de lo que mojaba, de lo que mascaba y
de lo que bebía; y dicharacho va y pulla viene contra el que se pasaba
«de lo justo,» ¡como si no fuera un acto meritísimo en los infelices,
no ya engullir, sino catar solamente aquellos fementidos brebajes con
que se les estaba envenenando allí!

Al otro día se duplicaban las faenas: recoger por la tarde lo segado la
víspera, y segar y curar otro tanto para recogerlo el día siguiente; y
con este motivo, más obreros y más impedimenta y doblada actividad en
el Berrugo, cuya correa daba para cuanto fuera menester. Con la comida
en la boca y la rastrilla al hombro, tras una mañana sin sosiego, á la
mies con el primer carro, que era uno de los suyos; y allí, mientras se
cargaba este carro y llegaba el segundo y comenzaba á cargar, atropa
y fisgonea y punza y acribilla al lucero del alba. Cargado el primer
carro, á casa detrás de él aguantando sus bamboleos con la rastrilla y
recogiendo las yerbas que se caen ó quedan enredadas en los bardales.
Ya en el corralón y descargándose el carro, á ratos atropaba también
la yerba desparramada en el suelo; á ratos gateaba por la escalera del
pajar para ayudar al de adentro á desatascar el boquerón que atascaba
el descargador del carro; á reñir al «gandul» que se dejaba ahogar
de aquel modo; y por último, y con un rodeo fatigoso por cuadras,
escaleras y pasadizos, á atisbar por un ventanillo del granero, que
comunicaba con el pajar, á la gente moza que acaldaba la gran pila,
medio á obscuras, porque no había allí otra luz que la que se filtraba
por las tejas y la lata podrida del tejado, y la intermitente y baja
que se colaba por el boquerón de la payeta, casi siempre obstruído.
Y si columbraba retozos, y si descubría zancadillas, ¡Cristo mío,
qué cuchilladas de lengua tiraba desde aquel escondrijo, y cómo le
temblaban de frío las carnes al mozo que más sudara en aquel oloroso y
blando quemadero!

Y así toda la tarde. Por la noche, lo mismo que en la anterior, con la
sola diferencia de haberse alargado la mesa y añadido una tartera más
de bacalao podrido ó de carne corrompida, en virtud del aumento de
comensales: igual entraba y salía y rondaba la mesa, y ponderaba los
manjares y zahería al más voraz ó al menos escrupuloso.

¡Y con llevarse semana y media de este modo, es decir, sin cerrar boca
ni parar un punto, comiendo mal y durmiendo peor, no se rendía aquel
cuerpo que parecía nutrirse de la fatiga y del hambre y del cansancio
de los demás! Y si por remate del ajetreo le resultaba un carro de
yerba más de los calculados antes de la siega, hasta se remozaba el
indino.

Pues á lo que íbamos rato hace: el «boquible» de aquel año se compuso
del bacalao de siempre y de una cabra con úlceras y papera.

Pedro Juan había dicho á Pilara, dos días antes de empezarse la labor:

—Estoy avisao pa la siega de ese hombre.

Y ella le había respondido, con «un mirar de ojos» de mayor alcance que
las palabras:

—Tamién yo, Pedro Juan.

—Estonces voy,—había añadido él.

—¿No pensabas dir si no?

—¡Qué sé yo lo que pensaba, coles! De un tiempo acá, no pienso cosa con
arte, si no es una cosa mesma... y dale que dale, y arriba y abajo y de
día y de noche.

Esto se había hablado en el corral de Pilara, pasando por allí el Josco
«por casualidad» y muy de prisa; lo que demuestra, y es lo cierto, que
el pleito de Pedro Juan no había adelantado un paso, con ser muchos
los días corridos desde las últimas intimaciones del Lebrato y la
subsiguiente _guantá_ al temerario Quilino.

—¡Déjeme tan siquiera hasta el agosto... de ese hombre!—había suplicado
Pedro Juan á su padre ante las nuevas amenazas de éste.—Si allí no lo
arreglo de por mí mesmo, hágalo usté como quiere... ú haga de mí carná
de sereña, que sería lo mejor, ¡coles!

El Lebrato había accedido á la súplica; y por eso Pedro Juan esperaba
la siega del Berrugo, con tales ansias, que las piernas solas, y contra
el mandato de él, le habían arrastrado á pasar _casualmente_ y muy de
prisa por el corral de Pilara, para preguntarla aquello poquitín que la
había preguntado.

Y llegaron los días esperados, y llegó la hora de entrar el Josco con
el primer carro vacío en la pradera. El corazón le dió media docena de
golpes en el pecho. Allí estaba Pilara hecha un brazo de mar, atropando
con la rastrilla el heno fragante que _cascabeleaba_ de puro seco. ¡Qué
bien le «agolía» á él entonces todo aquello, y qué grandona le parecía
la mies, y qué alegre el sol que le tostaba, y qué bien entonados
los cantares que _echaban_ las obreras, y qué poca cosa todas ellas,
desmedradas y sin arte, al lado de Pilara, que sacaba á la más jampuda
medio palmo en altura y en redondez!

Pedro Juan _enrabó_, y echó al suelo las cuerdas y el horcón que
estaban en la pértiga. Iba á comenzar la carga. ¿Subiría Pilara al
carro? ¿Subiría otra obrera? Esta duda molestó al Josco unos momentos,
por más que la costumbre de otros años debiera tranquilizarle. ¡Pero
estaba el mozo tan querenciosote y amarteladón de un tiempo á aquella
fecha!...

Poco le duró la duda; porque Pilara, leyéndosela en la cara, ó sin
leérsela, en cuanto vió el carro dispuesto, soltó la rastrilla y se
encaramó en él por la rabera, después de haber mirado á Pedro Juan de
un modo que parecía decirle: «¿Cómo pudistes tú pensar cosa diferente,
inocentón?» Y empezó la carga.

Es cosa de repetir aquí lo que ya se ha dicho; nunca como en aquellas
ocasiones eran tan de ver Pedro Juan y Pilara: ella arriba, con su
refajo corto de bayeta encarnada; el talle mal encerrado en un justillo
de rayas azules; sobre los anchos hombros, un pañuelo de mil colores,
cuyos picos, cruzados bajo el robusto seno, recogía la jareta del
delantal; y á la sombra de un pajero con cintas coloradas, la cara
frescachona, espejo fidelísimo del espíritu más satisfecho del envase
que le cupo en suerte, entre todos los espíritus que andan por el
mundo encarnados en criaturas humanas. Abajo él y Pedro Juan, con
la tabla del abovedado pecho y la cerviz hercúlea, tan blanca como
el pecho, al sol, lo mismo que la cabeza y los brazos hasta el codo,
porque de cintura arriba no llevaba otro atavío que la camisa con las
mangas recogidas y la pechera abierta de par en par; de cintura abajo,
unos pantalones de mahón y una faja negra para sujetarlos sobre las
caderas. Ella recibía arriba las horconadas que él la enviaba desde
abajo; y al ver cómo Pilara las cogía casi al vuelo y las iba acaldando
en dos meneos, picábase Pedro Juan y doblaba la carga del horcón;
pero ella la recibía lo mismo que las otras, sin que volara un pelo
de yerba por los aires; y por mucha prisa que se diera el cargador,
siempre hallaba á la acaldadora esperándole con los brazos abiertos
y retozándole la risa placentera en los alegres ojos y entre los
menudos dientes blanquísimos. Pedro Juan se iba animando más y más...
por dentro se entiende, pues ni á su cara seriona ni á sus labios
entreabiertos asomaba la menor señal de sonrisa ni de palabra; y allá
va media hacina de un golpe sobre la regocijada moza, que aparecía al
momento sobre la nube, escupiendo yerbas, sacándose otras del seno y
riendo á carcajadas. Otras veces Pedro Juan la aliviaba el trabajo
poniéndole la horconada donde más falta la hacía; y también entonces
se le pagaba la fineza en aquella moneda de miradas alegres y de
sonrisas dulces que tanto apetecía él, porque verdaderamente le caían
como un cielo estrellado, en las obscuridades de sus adentros.

Á todo esto, la carga subía y subía, y la balumba se desbordaba de
la armadura de la pértiga por todos sus cuatro costados; y cuando
ya no cabía una horconada más sin riesgo de que se desmoronara todo
ello, Pedro Juan echaba las _cordadas_ de un lado á otro y de atrás á
delante, por encima de la balumba; y él solo, sufriendo con una mano
y atesando con la otra con tal firmeza que hacía oscilar la mole y
hasta cabecear á los bueyes medio ocultos debajo de ella, dejábala
hecha una pieza, en la mitad de tiempo que emplean dos hombres forzudos
para la misma labor. Después peinaba lo más saliente de la carga con
la rastrilla; y, por último, sin bajarse Pilara del carro, conducíale
con gran tiento á casa, entre los chirridos del eje y los cánticos de
los obreros que le seguían y, en caso de necesidad, le apuntalaban con
horcones y rastrillas. Como si la carga fuera de onzas de oro, atendía
Pedro Juan al menor vaivén de su balumba que podía dar en el suelo, no
con la yerba, sino con lo que iba sobre ella y valía, en opinión del
Josco, más que toda la yerba de la mies y que todas las mieses del
lugar, aunque estuvieran sembradas de ochentines.

Así, hasta que llegaba el carro á la portalada del corral trasero
de la casona. Entonces se corría Pilara hacia la rabera, se recogía
con ambas manos las faldas alrededor de los tobillos, y se dejaba
_desborregar_ por allí abajo hasta el suelo, donde caía blandamente
y medio acurrucada. Pedro Juan arreaba en seguida; pasaba el carro,
á duras penas, por debajo del tosco dintel de roble que le prensaba
la carga y se la mordía con sus asperezas, y le dejaba arrimado á
la payeta y enfrente del boquerón. Y allí se separaban Pedro Juan y
Pilara. Él saltaba desde la payeta al carro para descargarle, y ella
entraba en el pajar y subía á la pila para acaldar la yerba que el otro
fuera descargando.

Á lo mejor de éstas y de las otras faenas, solía aparecer Quilino: en
el prado, para hacer que hacemos atropando un poco y revolviendo mucho;
en los empayes, para irse derecho á la pila con los que acaldaban,
sobre todo si el carro era el de Pedro Juan, señal de que Pilara
estaría adentro.

En opinión del Josco, Quilino no tenía pizca de vergüenza. Otro que
él, con lo que se le había dicho, y mayormente con la _guantá_ que
había llevado aquel domingo, no se le hubiera vuelto á poner delante
sino para tomar venganza ó para despedirse para siempre... Pues donde
estaba Pilara, allí estaba Quilino luciendo la persona, sin importarle
un comino la cara que pusiera Pedro Juan si se hallaba presente
también. La guantada aquélla no le había servido de escarmiento. «¿Y
qué hacer con un chafandín así, coles?» ¿Había de arrancarle Pedro
Juan un par de muelas cada día? ¿No era esto aventurarse á que una
vez se le corriera la mano un poco más arriba y le dejara seco?... Y
¿por qué Pilara no le curaba el hipo, de un escobazo? ¡Coles, esto es
lo que debía de hacerse... y de haberse hecho ya! ¿Y por qué no se
había hecho?... Porque no había él, Pedro Juan, «hablao» lo que le
correspondía. Por eso. Si hubiera hablado, todo se habría dicho; y
entre ello, que le quitaran estorbos de la vista... No tenía derecho
á quejarse... Corriente. Pero con esto no se curaba él del resquemor
que ciertas cosas le producían: bueno que en la mies, bueno que en el
corro, bueno que aquí ó allá y á cielo abierto; pero ¡coles! ¿á qué
iba Quilino al pajar en cuanto Pilara estaba adentro? Allí se andaba á
tientas y nunca se hacía buen pie... Y Quilino podría ser poca persona;
¡pero lo que es pegajoso y atrevido!... Verdad que Pilara era moza que
no dejaba pasar las cosas de cierto punto; pero ¿por qué las cosas
habían de llegar allí, ni siquiera á que el sinvergüenza, con la
disculpa del barullo de los demás, le pusiera la pata delante, por el
gusto de verla caer muerta de risa?... Hacía bien, muy bien, el amo en
vigilar á menudo á la tropa de la pila; pero haría mucho mejor en no
apartarse un momento de la ventanuca del desván. ¡Por allí, por allí,
coles, había que estar alerta con el ojo y con el oído!

Y por éstas y otras reflexiones tales, Pedro Juan no sosegaba un punto,
mientras descargaba el carro, si Quilino estaba en el pajar. Atascaba
el boquerón lanzando contra él horconadas enormes para acabar primero;
pero así lo ponía peor, pues con el boquerón tapado no oía pizca á las
gentes de la pila, y él necesitaba estar oyendo sin cesar á Pilara...
porque él se entendía. Una tarde le encalabrinaron de tal modo estas
aprensiones, que se atrevió á gritar desde el carro:

—¡Pilara!

—¡Quéeee!—le respondió en seguida la voz de ésta, allá dentro de todo,
en lo más hondo del pajar.

—¡Ná!—tuvo que decir, medio cortado, Pedro Juan.—Que pensé que
llamabas... Pero ya que estamos en esto, ¡habla, habla! ¡no pares de
hablar!... ¡que te sienta yo á toa hora!... ¡coles, que me gusta mucho
oirvos!...

Y pareciéndole que había dicho demasiado, se comía la figura de
vergüenza y atacaba furioso al heno con el horcón, ya que no podía
largar otra castaña á Quilino; de modo que en un periquete dejó el
carro vacío, con aplauso expreso del Berrugo, que andaba por los
alrededores haciendo de las suyas.

—Primero se acabara y de mejor arte—le dijo Pedro Juan, limpiándose con
su pañuelo de percal los regatos de sudor con yerbas que le corrían por
pescuezo y pecho abajo,—si ese chafandín no estorbara á la gente de la
pila.

—¿Quién es el chafandín?—preguntó el Berrugo parándose en firme.

—Quilino.

El hombre dejó de hacer lo que hacía, y tomó á escape la escalera del
pajar; pero ya salían los empayadores, empapados en sudor, rojos como
tomates y sacudiéndose las yerbas agarradas al pescuezo. Pilara ardía,
de puro sofocadona y saludable. El único que no coloreaba y que hasta
parecía venir en remojo, con los pelos pegados á la cara imberbe y
descolorida, era Quilino. Retrocedió el Berrugo; y en cuanto bajó el
mozuelo, le agarró por un brazo y le dijo:

—Oye tú, Milhombres: ya que vengas sin que nadie te llame, que sea para
servir de algo, y no de estorbo. ¡Cuidado con que te me vuelvas á subir
á la pila!... ¿Lo entiendes?

Quilino se quedó de pronto suspenso; pero en seguida se encrespó, y
revirando un poco los ojuelos y la boca lacia, contestó al Berrugo:

—¡Recongrio!... Por si eso lo ha dicho usté por mí, sépase usté que
Quilino no estorba en nenguna parte... ¡en nenguna, recongrio! Y sépase
usté tamién, que en venir á servile á usté de balde, le hago más honra
de la que... angunos merecen, ¡recongrio!

Y se fué, zarandeando la calzonada, para no volver más á aquel agosto.

¡Cómo le saboreaba Pedro Juan día por día y hora por hora, en la mies,
en el empaye y hasta en aquellos festines infernales con que el Berrugo
envenenaba el hambre de los que reventaban el cuerpo por servirle! No
cataba gran cosa, es la verdad, de todo ello, y mucho menos aún cataba
Pilara, que sólo por cortesía se sentaba á la mesa por las noches; pero
estaba allí frente á frente con él; y teniéndola allí y atreviéndose á
mirarla de reojo algunas veces, y oyéndola sus incesantes risotadas,
con eso solo restauraba las fuerzas de su cuerpo... y hasta le parecía
menos abominable el Berrugo, que tan grande beneficio le proporcionaba.

Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no
habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo,
tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él
y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y
como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana
y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza
segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las
arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro
estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño
que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué
le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa
de su pertenencia, en las honduras del pechazo?

Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera
acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor
¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó
cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete
de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana...
Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo
prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad
arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca,
y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le
había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la
portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se _desborregó_, como
siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la
payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona
y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el
carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las
había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes,
taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se
cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió
de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la
mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo
otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último
carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó,
y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y
el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y
el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos
en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»

Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey
sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera
Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la
moza le llamaba:

—¡Pedro Juan!

—¿Qué quieres?—respondió el mozo.

—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.

Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha
del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose
las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de
travesuras inocentonas.

—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.

—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de
aquella montaña de yerba.

—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?

—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...

—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?

—Que me aguantes... si eres quién pa ello.

—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.

Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato.
Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora
se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera.
«¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó
no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para
mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse
las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo,
pálido de entusiasmos:

—¡Échate sin miedo, recoles!

Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel
precipicio abajo.

—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.

—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que
me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier
modo, ¡pero échate, recoles!

—¡Pos allá voy!

Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro
Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio
en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un
carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante
relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le
emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los
breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara,
introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:

—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!...
¿Consentirás en ello?

Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de
recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un
dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en
el oído:

—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no
ser tú tan como eres!

—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan,
temblando de gusto.

—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.

Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el
carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que
estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le
mandaba sin cesar!

Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos
se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á
veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus
valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,»
no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni
feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el
Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á
voces allí mismo.

Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la
cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo
estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos
carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un
día menos.

Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el
sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda
extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba
arrojar á la pila del estiércol.

[Ilustración]



[Ilustración]



XVIII

VUELTA AL PLEITO DE MARCONES


Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro,
se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de
su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero
lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela,
desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas
de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin
dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.

Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles
atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante
cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de
su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer
allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las
aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal,
la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no
se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas
aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego,
cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de
cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno:
Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón
cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á
la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición
menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales,
ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos,
para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que
_llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse
ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad,
sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su
enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías,
de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas
armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas
de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto
ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le
distrajeran y hasta le abrumaran.

Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto
había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su
buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente
campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación
y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había
prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre;
pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si
no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo
cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de
pronto.

Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias
mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se
columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando
atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo
que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía
bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer
con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana
pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo
estupefacto.

Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por
aquellos trigos de Dios?

La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma
diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas,
por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu
humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien
equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma,
torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por
caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones,
renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para
ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la
buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi
ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto
y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel
lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al
estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos
librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el
sentimiento.»

Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras
de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas
del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar
á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las
manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades
candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no
me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean
más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que,
precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz
de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las
otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas
de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña
que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño,
leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra
más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya
lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo
inclusive.

No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las
devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de
imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas
muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne
y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una
fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras
reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros
leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte
y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la
cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo
siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que
se proponía el fervoroso novelista:

Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su
modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado
en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por
abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija,
llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del
colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y
con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que
derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don
Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión
como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con
ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las
líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y
hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde,
despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos
chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban
mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos
paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á
carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín
de las Pandectas.

Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino,
que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias
y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas
relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el
novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en
público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los
altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores
padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se
encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena
compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho
político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos.
Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que
profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente
«á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya
rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas
mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin
conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas
de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien
era de refectorio.

El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro,
galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado
varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones
del mundo que á los libros de la carrera.

Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un
marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba
por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se
regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote,
de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de
lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia,
según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que
los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose
y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara
el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre
dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y
en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino
dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas,
mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia,
cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras
rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con
el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada,
y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta
postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los
faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la
hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida,
ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados
intereses de la familia y de la sociedad.»

Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro,
recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo
trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se
ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además
apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un
cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo
siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada
que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había
apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y
continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se
ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de
necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no
pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de
su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas
que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le
publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino
con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola
disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la
materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen
rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las
cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores
padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le
había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y
las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á
Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría
la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer
algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don
Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio
metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á
su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres
canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen
tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión
el novelista, la divina Providencia _recompensaba_ las virtudes
ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error,
y _castigaba_ al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan
indebida y ansiosamente codiciado por él.

Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.

En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le
daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan
bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á
Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito
y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con
Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los
achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso,
con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos
versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que
la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al
caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo;
mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á
Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían
las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían
en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una
mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo
gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas
guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas
y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros,
y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa
para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre
y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro
años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo,
morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para
muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que
debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa,
le tentaba de continuo.

—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los
tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los
veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es
lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con
sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado
en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas
bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su
carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener
á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas
en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por
Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era
hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no
se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y
dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas
el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y
aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...

Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y
llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña,
pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las
diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire
á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno
de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.

Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su
memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se
atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos
recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos
forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno
de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían
versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de
aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan
pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco
tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las
únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de
ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza
y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado
Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo
cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto
en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó
de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro
cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante
y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los
bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón,
negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle
á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso?
¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?

Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber
caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las
cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No
le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á
derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él
poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.

Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar
abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho
temible.

Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de
aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le
acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él
los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro,
particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se
oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa
donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y
mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y
sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y
tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua
batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había
infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las
novelas, nada le decía por más que la preguntaba.

—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía
la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en
que la esperaba él.

Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:

—Ya he leído tres.

—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué
tal? ¿Cosa buena, eh?

Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con
ella.

—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la
verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo
está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos
contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su
merecido!

Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del
lector.

—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no
encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?

—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos
señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...

—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de
otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?

—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...

—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia
de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un
hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como
agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria
el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde
y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores
padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...

—Pues por todo eso,—dijo Inés.

—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.

—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que
era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro
más á propósito para ella.

—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado!
¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe
el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas
casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña
la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una
criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés;
con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción
mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía!
¡Qué sería de _nosotros_, los buenos, con unas leyes de moral así?
Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted
no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus
ponzoñoso.

Mucho, muchísimo se alegraba Inés de ver á Marcones tan irracional y
tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con
ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella
tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya
el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que
lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las
ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,»
y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando
por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los
«corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales
extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso,
viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que
era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se
había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con
estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:

—He resuelto suspender las lecciones.

—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.

—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?

—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer
hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el
trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.

—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer
unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió,
descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos
pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta
parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca
que nos pueda interrumpir!

—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo
que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.

Y con muy poco más que esto, se despidió.

—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había
quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.

—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás
y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba
la bulla del trajín de aquellos días.

[Ilustración]



[Ilustración]



XIX

EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR


La fiesta religiosa fué tan solemne como todas las que disponía don
Alejo en honor del santo patrono de Robleces. No la describo, porque
me asusta el riesgo de cansar al lector copiándome á mí propio. ¡He
hablado de tantas otras semejantes á ella!

Predicó el cura de Pandos, la mejor palabra que se conocía en los
pueblos de tres leguas en contorno, salvo la opinión de don Alejo,
que le tenía, quizás por un resabio de casta, por orador más atento
á pasmar con sus sabidurías, que á conmover hiriendo á puño cerrado
las flaquezas vulgares del rústico auditorio; pero era hombre de fama
y el predicador más caro de todos los conocidos por allí, y como
famoso y caro le eligió para mayor lustre de la fiesta; lustre que no
se empañó porque tres ó cuatro docenas de ignorantes mujerucas se
durmieron aquel día, mientras el de Pandos, después de ensalzar las
virtudes y méritos del santo «abogado de la peste,» tronaba contra
las pestes actuales, y se enredó á brazo partido con la peste del
espiritismo, la peste del liberalismo y la peste de la masonería. ¿Qué
culpa tenían, ni el santo ni su panegirista, de que ni las durmientes
ni los hombrones que bostezaban desperezándose, hubieran oído hablar
de aquellas cosas en todos los días de su vida, ni de los libros y
papeles en los cuales había bebido la materia el orador? Algo así dijo
el cura de Piñales, revestido de diácono, gran admirador del perorante,
cuando oyó á don Alejo que, con la cabeza inclinada y las manos debajo
de la casulla, pero con el ojo y el oído muy atentos á lo que pasaba
entre sus feligreses y se predicaba en el púlpito, decía, dando con el
codo al subdiácono, gran apologista del Eusebio: «Ahí lo tienes: ¿ves
lo que es echar margaritas, y margaritas de pega, á animalucos como
éstos? ¡Y tómate seis duros! De á cuatro los conozco yo que á estas
horas tendrían al auditorio llorando á moco tendido... Pero así lo
quieren, buen provecho les haga.» Hablara ó no con razón el apasionado
don Alejo, el hecho es que el sermón fué del cura de Pandos, lo que
equivale á decir que fué «de primera.»

Quilino se desgañitó en dos solos muy regorjeados, uno en los _Kyries_
y otro en el _Sanctus_ habilidad que no lucía él más que en las grandes
ocasiones. _Pelusa y Gómitos_, los dos acólitos de don Alejo, vestidos
de roquete blanco con ancho cuello azul, y sotana encarnada, bajo la
cual asomaban las perneras de mahón remendado y las alpargatas sucias,
zarandearon á más y mejor el incensario, aunque así y todo predominaba
en la iglesia el olor á pólvora quemada; porque no tenían número los
cohetes que reventaban á la puerta misma del templo, para que de este
modo las salvas fueran más sonadas y bien vistas. De la procesión, no
digamos: tardó media hora en dar la vuelta alrededor de la iglesia;
porque hubo cantadoras y danzantes que precedían al santo: aquéllas,
con sendas panderetas muy emperifolladas, y éstos, tres solamente, con
tarrañuelas y vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas
de cascabeles hasta en las alpargatas Parecían enormes sonajeros de
goma elástica cuando, al lento compás de las panderetas, piafaban, se
erguían, doblábanse, saltaban, iban y venían, y marcaban las mudanzas
y corcovos y las cadencias de los cantares de las mozas, con golpes
de las tarrañuelas. Por lo que hace al santo, nunca más adornado de
relicarios y pañuelos se le vió sobre las andas. Hasta el perruco tuvo
su collar de cintas coloradas, honor jamás tributado hasta entonces
al caritativo animal. Dicen que fué ocurrencia de Marta, la hija del
mayordomo de San Roque, y ocurrencia consultada con Quilino, que había
ayudado la víspera á bajar de la urna al santo.

De concurso, el pueblo entero con los trapillos de cristianar. Ni el
Berrugo faltó, con su aparejo fino de hombre acomodado, pero no rico.
El Lebrato lucía las famosas botas de agua, conservadas como una
reliquia á través de los años, á fuerza de no ponerlas y de fricciones
de grasa; y el Josco su «vestido bueno,» con el cual no estaba tan
airoso como con el trabajado y simplicísimo de todos los días, que le
dejaba al descubierto una buena parte de su rica escultura. Pilara no
cabía en la iglesia de maja, de contenta y de grandona. Don Elías, que
no llegó á entrar en ella por estar ya de bote en bote, con camisa
limpia y el sombrero bueno; y sus dos hijas, con los únicos arreos,
marchitos y anticuados, que había en la casa para la pareja que
estuviera de turno en tan señaladas ocasiones. Quilino, cantando en
el coro, parecía un muestrario de galones y trencillas: los llevaba
hasta en las costuras laterales del pantalón. También anduvo en la
fiesta Marcones, convidado á comer aquel día en casa del Berrugo por
condescendencia de éste á las instancias de la Galusa apoyadas de
mala gana por Inés. Iba vestido de negro limpio; y, como medio _pieza
eclesiástica_, se situó á la puerta de la sacristía, en línea diagonal
con su discípula, casualmente, por supuesto; la cual ocupaba su sitio
acostumbrado cerca del coro, muy arrimada á la pared y enfrente de
la puerta principal. ¡Y qué guapísima estaba! con su vestidillo
flamante de muselina color de barquillo, liso y modesto como el de
una colegiala, y su mantilla negra, entre cuyos pliegues, como si
fueran molduras de un marco de ébano, asomaba el óvalo gracioso de su
cara, de la que hubiera podido decirse, hablando en culto, que parecía
una leyenda en que se confundían, con arte maravilloso, lo dulce y
lo picante; cara, en suma, para todos gustos y temperamentos, y muy
particularmente desde que se asomaban á sus negros ojos las revoltosas
ideas que se le habían despertado detrás de ellos.

Pues sépase ahora que con estar tan lucida la fiesta, no fué ninguna
de sus particularidades, predicador inclusive, lo que más llamó la
atención de los concurrentes, sino otra cosa harto más profana, y,
sobre todo, bien inesperada: un caballero que estuvo en el presbiterio
durante la función entera y verdadera, junto á las mismas andas del
santo. Era hombre joven, de los de treinta bien corridos; de buena
estatura, gran aire y elegante atavío; llevaba los bigotes engomados,
y el pelo cortado á media tijera; el pelo y los bigotes eran castaños,
la cara de buen color y las facciones muy regulares. En conjunto, podía
llamarse un buen mozo bastante guapo. Cuando los demás se sentaban,
él se ponía de pie y algo más vuelto hacía el público que al altar
mayor, y entonces se le podían contar hasta los botones de su blanca
pechera y los gruesos eslabones de su leontina de oro; y cuando,
bastante á menudo, sacaba su reló y le hacía saltar la cincelada
tapa, relampagueaban en ella, lo mismo que en la piedra del anillo
que ostentaba en su diestra, la luz que penetraba por las vidrieras
de enfrente y hasta la de las velas que alumbraban al santo desde la
meseta que sostenía las andas.

Mientras el orador de Pandos permaneció en el púlpito, el caballero,
plantificado junto á la barandilla y de cara al público, le recorría
minuciosamente con la mirada. Inés hubiera jurado que esta mirada del
caballero elegante se detenía algunas veces en ella. Marcones hubiera
jurado lo mismo. Por sí ó por no, la hija de don Baltasar no miraba al
caballero sino cuando estaba segura de que el caballero no la miraba á
ella. Marcones, en tanto, soltaba cada carraspeo que hacía retemblar
las bóvedas. Pero ¿quién era «el caballero del altar mayor?» ¿Por qué
se había plantificado allí, en día tan solemne, á la par del mismo
San Roque y haciendo juego con los tres señores curas cuando éstos
se sentaban en el banco de la Epístola? ¿Por qué miraba con aquel
descaro á la gente, y no se sentaba jamás? Cierto que se arrodillaba á
tiempo y no escandalizaba á nadie con actos de irreverencia; pero ¿por
qué sacaba tan á menudo el reló, y le relucían tanto la cadena y las
sortijas? y sobre todo, ¿por qué estaba allí y no en otro sitio más
retirado de la iglesia, y tenía aquellos pinchos en los bigotes?

Éstas y otras preguntas semejantes se leían en las caras de los
feligreses de don Alejo durante la función, y se oyeron en multitud de
bocas después en el portal de la iglesia; y en la carnicería inmediata,
donde se despedazaban los restos de la vaca sacrificada la víspera por
la tarde; y en la taberna contigua, en la que mataban el _sefoco_ de la
iglesia muchos que de ella salían ardorosos y sedientos; y en el corro
de bolos, y en cualquiera parte donde hubiera dos personas procedentes
de la función.

Pero el que estaba sobrexcitado y nervioso, era el médico don Elías,
que había atisbado al forastero desde la puerta trasera de la iglesia,
por encima de la masa de cabezas, al ponerse de puntillas para ver un
poco al predicador. Don Elías no sabía más sobre el caso que los
restantes vecinos de Robleces; pero como á él iba una gran parte de las
preguntas, por razón de su porte de caballero, y tenía el prurito de no
ignorar en absoluto nada de cuanto le fuese preguntado, y por añadidura
le roía como á nadie la curiosidad, el hombre se volvía tarumba para
responder á tantos sin decir que no sabía una palabra.

—Yo he visto esa cara—respondía, sobre poco más ó menos, para salir
del paso, dándose aires de saberlo casi todo;—más: sé quién es ese
caballero; sólo que en este momento no me acuerdo bien. Tengo como una
idea de que me ha consultado alguna vez cierta enfermedad, y hasta
sospecho—aquí bajaba la voz y la daba una entonación misteriosa,
acompañándose con los correspondientes ademanes y miradas,—y hasta
sospecho que ha de ser uno de esos personajes de la masonería, de
quienes hablaba el predicador... Aquellas ojeadas acá y allá; aquel
tecleo de manos en la cadena del reló... masonismo puro... Así se
entienden desde lejos, unos con otros, esos pajarracos... Y como donde
menos se piensa... En fin, no quiero hablar, por si me equivoco; y lo
mejor será que no me tiréis de la lengua... De seguro le han conocido
mis chicas, y ellas me sacarán de la duda.

Entre tanto, Inés llegaba á su casa preocupada con las mismas de todo
el vecindario y otra más; pero sin afanarse tanto como don Elías por
resolverlas. Á lo sumo, se decía mientras andaba, como se había dicho
en la iglesia mientras miraba al forastero, y aun después de mirarle:

—No es enteramente como Isidoro; pero es del corte de algunos que yo
conocí de vista en San Martín. ¿Y por qué se habrá fijado tanto en mí?

Ésta era la duda que Inés sacaba de ventaja á todos los concurrentes á
la función, exceptuando á Marcones, que estaba más picado de ella que
la misma Inés.

Cuando llegó á casa, andaba la Galusa, que no había ido á la fiesta
religiosa por cuidar de la cocina, vertiendo en una media fuente y tres
platos hondos el arroz con leche que había preparado en un calderillo.
Era el postre de la comida de aquella solemnidad clásica. El Berrugo se
permitía, en honor de ella, ese lujo, más el de un gallo en pepitoria y
dos libras de peces que había _comprado_ al Lebrato, amén de la puchera
bien pertrechada de embutidos y carne fresca, y vino abundante de lo
poco puro que había en su bodega.

Aún aguardaba á su hija otra sorpresa tan grande como la que tuvo al
ver al caballero de marras en el altar mayor; la cual sorpresa se la
dió su padre recién llegado á casa, preguntándola:

—¿Qué cara pondría el médico si yo le convidara á comer hoy?

¡En la vida se le había ocurrido otro tanto! Por de pronto, Inés
aplaudió la ocurrencia de todo corazón, y su padre mandó á escape con
el recado á casa de don Elías.

—Me ha dado esa corazonada—la dijo en seguida,—al verle en el portal de
la iglesia con cara de hambre y hablando por los codos.

—Ha hecho usted muy bien—dijo la bondadosa muchacha,—porque es un
bendito de Dios...

—El otro convidado—añadió el Berrugo, mientras Inés se ponía de
codos sobre la baranda del balcón, porque este diálogo ocurría entre
puertas,—el gandulote de Lumiacos, en el pasadizo queda cuchicheando
con su tía... Pero, mujer, ahora que me acuerdo, ¿quién sería aquel
caballerete fachendoso que estaba oyendo misa encaramado junto al altar
mayor?

—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose
repentinamente.

—¿En dónde?

—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.

—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.

La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al
forastero.

—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.

Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca
de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien
calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.

—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.

—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del
personaje dentro de la corralada.

El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente
en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo,
haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los
ojos muy fruncidos.

Inés estuvo á pique de descubrir el detestable efecto que la produjo la
repentina aparición de aquella nube tan negra.

[Ilustración]



[Ilustración]



XX

QUIÉN ERA ÉL


El caballero, después de llamar abajo y de recibir del mismo don
Baltasar, desde lo alto de la escalera, el permiso para subir, subió.

—¿El señor don Baltasar Gómez de la Tejera?—preguntó muy cortés, apenas
hubo llegado al descanso.

—Servidor de usted,—respondió don Baltasar descubriéndose la cabeza,
porque descubierta la tenía ya el otro.

El cual le tendió en seguida la mano y le dijo, á vueltas de las
palabras usuales del saludo corriente entre personas bien educadas:

—Mil perdones, ante todo, por lo intempestivo de la hora, señor don
Baltasar.

—Pase usted más adentro, y cúbrase—dijo el Berrugo interrumpiendo
al visitante y cubriéndose él.—Se entiende—añadió deteniéndose y
deteniendo al otro, que le seguía,—si lo que tiene que decirme no es
asunto reservado; porque, en este caso, hablaríamos en otra parte.

—¡Nada de eso, mi señor don Baltasar!—respondió el personaje,—¡nada de
eso! Todo cuanto aquí me trae es claro, natural y sencillo, y puede
publicarse á voces á la puerta de la iglesia.

—Pues pasemos adelante entonces... y usted dirá,—repuso don Baltasar
andando hacia la sala, en la cual se hallaban Inés y Marcones en
silencio y de bien distinta manera impresionados con lo que estaba
sucediendo á pocos pasos de allí.

Al ver entrar al elegante caballero del altar mayor haciendo
reverencias y derramando fragancias de perfumería, Inés, después
de responderle con medias palabras, muy mal articuladas, y entre
corrientes de fuego que la pusieron rojas las mejillas, manifestó
intenciones de retirarse, conducta á que la tenía acostumbrada su padre
en parecidas ocasiones.

—¡Oh, de ninguna manera, señorita!—se apresuró á decir el visitante,
conociendo las intenciones de Inés.—De ninguna manera consentiré que
usted se retire porque yo entre. ¡Pues no faltaría más! Supongo—añadió
dirigiéndose á don Baltasar,—que esta hermosa señorita es hija de
usted.

El Berrugo respondió que sí lo era.

—Pues le felicito á usted de todo corazón, señor don Baltasar, por ser
padre venturoso de tan bella criatura... Lo digo sin el menor asomo de
lisonja—añadió el expansivo y galante caballero, al ver que la pobre
Inés no sabía dónde esconder la cara hecha una lumbre.—¿Y se llama?

—Inés,—respondió el Berrugo, no sé si complacido ó molesto con aquellas
cortesías á que él no estaba avezado.

—¡Inés!—repitió el otro.—¡Bonito nombre!

Y como después de esto, y aun algo antes de ello, echara ciertas
ojeadas á Marcones, adivinándole la curiosidad le dijo el Berrugo:

—Este sujeto es Marcos, el sobrino de mi criada Romana. Es de Lumiacos,
y va para cura. Ahora está de vacaciones, y hoy viene á comer con
nosotros.

No ya verde, amarillo y azul se puso Marcones al oir estas señas que
de él daba, en el tono más fríamente burlón que pudiera imaginarse,
el padre de su discípula, que quizás estuviera en aquel instante
comparando su corte, medio eclesiástico, con la vistosa y elegante
traza del impertinente caballero del altar mayor. Así fué que, temiendo
dar un estallido más gordo, que se lo echara todo á perder, pagó con
una cabezada y un gruñido el amago de reverencia que le hizo el
forastero, y salió de la sala sin que tratara nadie de detenerle, con
lo cual acabó de enfurruñarse.

Solos los tres, y como en familia, sentóse en medio el visitante, por
invitación de don Baltasar, y dijo así, con el pulgar de la izquierda
en el bolsillo correspondiente de su chaleco, y la diestra en el ala de
su sombrero de cazo, puesto de canto sobre el muslo derecho:

—Le considero á usted, señor don Baltasar, y á usted, señorita Inés, y
hasta al pueblo entero de Robleces, en la mayor curiosidad por saber de
qué nube se ha caído este personaje extraño que se plantifica durante
la fiesta de San Roque en mitad del presbiterio, y se cuela ahora por
las puertas de esta casa. Lo que menos se han figurado las honradas y
sencillas gentes que me han visto allí, es que yo había elegido lugar
tan alto y ocasión tan solemne para lucir mi cadena de oro y mi pechera
con brillantes... ¿Presumo mal, señorita Inés? Vamos, dígamelo usted
francamente. ¿No le pasó á usted por la cabeza la aprensión de que
yo era un farsante presuntuoso, que elegía aquel sitio para lucir la
persona, como los jándalos de otros tiempos?

—No se me ocurrió semejante cosa,—respondió Inés muy acobardada, pero
con toda sinceridad.

—No es extraño, si bien se mira—dijo el apuesto galán con el acento
meloso que suavizaba todas sus palabras,—porque á la edad de usted y
con su honrado candor, no caben ciertas malicias... Pero ¿á que se le
ocurrió al señor don Baltasar, que ha vivido más años y corrido más
mundo y experimentado más gentes?

—Efectivamente—respondió el aludido, sin pararse en barras:—eso fué
lo primero que se me ocurrió al verle á usted tan empingorotado allá
arriba, y tan peripuesto: que era usted un farsante. Las cosas claras.

—Ya comprenderá usted que no he de ofenderme con esa claridad, cuando
me ha visto anticiparme con el supuesto, dándole por bien fundado.
Y hablando ahora en pura verdad, ¡si supieran ustedes lo lejos que
iban de ella los que me juzgaban de ese modo! ¡Si supieran todos cuán
diferentes de esa disculpable flaqueza eran las causas por que he
venido hoy á Robleces, y me he puesto á oir misa en el altar mayor, y
estoy ahora bajo los techos de esta casa! ¡Si pudieran imaginárselo
que pasaba por mí cuando oía la voz cascada del buenísimo don Alejo,
y lo que hubiera dado yo por sustituir, siquiera con la campanilla
en la mano, á cualquiera de los muchachuelos que tenían la fortuna
de ayudarle! ¡Si supieran lo que yo sentía cuando paseaba los ojos
por cada rincón de la iglesia, y por la barandilla del coro, y por
la escalera del campanario! ¡Si supieran que no hay un retablo, una
imagen, una piedra, un adorno en ese templo, que me sea desconocido!
Y sobre todo, señor don Baltasar y señorita Inés, si supieran ustedes
lo que pasa por mí al hallarme donde me hallo en este instante, no me
tendrían por descortés al declararles, como les declaro, que, al venir
á esta casa, dudo si me arrastra más el amor que la tengo, que la
estima que me merecen las personas que la habitan.

El extraño personaje parecía muy conmovido al terminar esta parrafada,
que escucharon el Berrugo y su hija con profundísima atención; y
viendo don Baltasar que el visitante se detenía después de las últimas
palabras, precisamente las que más le habían avivado la curiosidad,
preguntóle con la llaneza que él usaba con todo el mundo:

—Pero ¿quién demonios es usted?

Sonrióse afablemente el interpelado; miró de pasada á Inés, cuya fuerza
de atención rayaba en el pasmo, y respondió á don Baltasar de este modo:

—Es posible que no tenga usted noticias de un sobrinillo que embarcó
para la Habana el famoso Mayorazgo de Robleces, muy poco antes de
venderle á usted esta casa.

—Tengo—dijo el Berrugo,—así como un recuerdo confuso de haber oído
hablar...

—Pues ese sobrino, señor don Baltasar, soy yo. Tomás Quicanes, natural
de Nubloso, pero criado y educado en Robleces al lado de mi tío.

—¡Qué me cuenta usted?—exclamó aquí el Berrugo muy asombrado, ó
aparentando que lo estaba de firme.—¡Conque sobrino del Mayorazgo!
Pero, hombre, ¡si parece mentira!

—Pues es la pura verdad, señor don Baltasar—repuso el elegante
mozo,—y un desengaño bien triste para los que me hayan tomado por un
Archipámpano del otro mundo, al verme hoy tan soplado junto á las andas
mismas de San Roque. ¿No lo cree usted lo mismo, Inés?—añadió mirando á
la guapa chica con la mayor naturalidad.

Pero Inés sólo respondió sonriéndose y volviendo á ponerse colorada,
bajando los ojos al mismo tiempo y pellizcándose con una mano la falda
de su vestido por cerca de las rodillas.

—Porque las gentes son así—continuó el de Nubloso,—ó, mejor dicho,
somos así todos, grandes y chicos, cultos é ignorantes. Vivimos de
impresiones, y nos merece mayor devoción el santo de más lejos... El
caso es, para acabar pronto, que soy Tomás Quicanes, el sobrino del
Mayorazgo de Robleces. Fui á la Habana; trabajé veinte años allí,
procurando repartir bien lo que ganaba entre el regalo del cuerpo y el
del espíritu, á lo cual debo esta poca luz que traigo en la cabeza; es
decir, porque no se tome á tonta vanidad, el no volver tan á obscuras
y tan romo como salí de aquí. Agenciéme honradamente un capitalito; un
pasar: vamos, para la puchera, como se dice por acá, y víneme resuelto
á comerla sosegadamente en la tierruca, después de haber corrido una
buena porción del mundo que no conocía. Un mes hace que llegué á la
Montaña, y dos días que vine á Nubloso, donde no me queda otra familia
que un primo lejano, más rico que yo, puesto que es enteramente feliz
con los cuatro terrones que labra y la fecunda mujer que le da un hijo
cada año. Con esa familia vivo mientras otra cosa resuelvo: tirábame
mucho Robleces, por ser mi pueblo adoptivo; era hoy la fiesta de su
patrono, á cuya imagen tantas veces quité el polvo y canté coplas de su
novena ayudando á don Alejo, como ahora le ayudan los dos acólitos, y,
por cierto, con atalajes que no me pusieron á mí nunca, porque entonces
no se usaban esos lujos en iglesias como las de este lugar; vine á la
fiesta, ocurrió lo que ustedes saben; y dejando para otra ocasión el
regalo de darme á conocer á don Alejo, lleguéme á esta casa, donde he
tenido el honor de referir lo que en el pueblo no sabe á estas horas
nadie más que ustedes.

—Pues vea usted, señor mío—dijo el Berrugo después de unos instantes de
silencio:—no me pesa que el caballerete del altar mayor haya resultado
sobrino de mi amigo el Mayorazgo, ni que haya sido afortunado en sus
negocios en la otra banda; porque de ser cierto que hay dinero por el
mundo, cosa que nos parece cuento aquí por la miseria en que vivimos,
más vale que caiga algo de ello en manos conocidas. Así lo siento y así
lo digo.

—Y yo acepto ese sentir con todo el aprecio que se merece, señor don
Baltasar.

—Eso me es enteramente igual, amiguito, con franqueza; quiero decir, el
que me aprecie ó no me aprecie lo que le he dicho. Á mí me basta para
galardón de mis sentimientos, el gusto de no atragantarme con ellos. Y
dejando estas coplas á un lado, ¿qué otra cosa se le ofrece á usted por
aquí, en que podamos servirle?

Á esta pregunta se sonrió el indiano; bajó un poquito la cabeza y se
golpeó varias veces el muslo con el sombrero. Después le cogió con
ambas manos, cruzó los pies; y volviendo á mirar, siempre muy risueño y
oloroso, á don Baltasar, le dijo:

—Si le contestara á usted que nada se me ocurre, señor don Baltasar,
más que satisfacer el gusto, medio satisfecho ya, de respirar el
aire de esta casa, tan llena de recuerdos para mí, y de ponerme á las
órdenes de sus afortunados dueños, no contestaría toda la verdad.

—Pues, por si acaso era así—repuso el Berrugo,—le he preguntado á usted
que en qué otra cosa podíamos servirle.

—Hay otra cosa, en efecto—replicó el indiano, tomando nueva postura
en la silla, no menos airosa que las anteriores,—en que usted podría
hacerme un servicio superior á todo encarecimiento; pero de esa cosa
no venía enteramente resuelto á tratar hoy, porque ni es de urgencia
inmediata, ni el momento que he aprovechado para saludar á ustedes da
para ello.

—Pues yo le voy á dar á usted—dijo el Berrugo,—otra prueba de lo netas
que las gasto, declarándole que con eso que acaba de decirme me ha
metido en grandes ganas de conocer esa cosa que usted desea.

Rióse aquí de todas veras el indiano, volviendo un instante los ojos
hacia Inés, que no estaba menos picada de la curiosidad que su padre, y
respondió:

—Ese declarado deseo de usted, señor don Baltasar, me obliga á
romper las consideraciones que me detenían, y voy á satisfacérsele
inmediatamente; pero á condición de que, por anticipado, me perdone
usted, si tengo la desgracia de mortificarle algo el puntillo que tan
sensible es en todas partes, y singularmente en esta tierra; yo, por de
pronto, le aseguro que si creyera que en lo que voy á proponerle había
motivos racionales de mortificación para usted, no se lo propondría...

—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes
de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la
pata-la-llana, lo que pretende de mí?

—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con
soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por
supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del
corazón, como por antojo de enamorado sensible...

—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la
media silla que ocupaba.

—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces,
envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una
nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad
de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo
quisiera y él se merece...

Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso
sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su
padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose
hacia don Baltasar:

—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro
como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted
vender?

—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento,
mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle
yo esta casa!

—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo
el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran
personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los
motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama
usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis
ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas
de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que
fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan
pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas,
como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar?
Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á
usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.

—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo,
que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre!
¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted,
para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para
proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo:
creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de
precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino
como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y
observado.

—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba
tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras
de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted,
yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido
el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto
declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra
pregunta.

—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.

—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que
queda aceptada en principio?

—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono
desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas
las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de
estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella?
¡Pues, hombre!...

—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera
por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted
el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo
reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de
que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de
la menor pesadumbre para usted.

—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele
permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de
su padre. ¿No es cierto, Inés?...

Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara,
respondió tímidamente que sí.

Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del
indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre,
á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al
cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el
Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:

—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo
que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...

—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en
vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde:
desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos
de la casa, como quien dice...

—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo,
haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para
ustedes!... Yo no sé si debo...

Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de
sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le
soltaba el Berrugo estas claridades:

—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga
claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día
de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le
causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por
la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?

El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don
Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de
hablar, le respondió:

—Pues acepto... y con muchísimo gusto.

No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo
que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.

—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando
al médico.

El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero
del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San
Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los
sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de
averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!

—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber
hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que
usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la
calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á
comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué
sudar en aquella iglesia!

Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero
sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.

—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de
Robleces.

—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no
tengo el gusto de...

—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la
mano,—y muy servidor de usted.

Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta
conmovido, le decía:

—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y
ese porte... Sólo que no caigo...

—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don
Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de
Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar
mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!

—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el
tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...

—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido
de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor
es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de
Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte
años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á
ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto
siquiera, hasta hoy?

Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual
averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la
cabeza y respondió mansamente:

—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra
persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por
atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para
volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la
tierruca?

—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el
indiano:—dejar aquí los huesos...

Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de
don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos
momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la
sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se
estaba de comida.

Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á
preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de
dónde era nativo y qué familia tenía.

¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don
Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como
acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un
personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don
Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh,
qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo
dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de
las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada,
en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda
y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le
escuchó estupefacto.

Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba
ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los
pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba
con el pañuelo.

—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á
usted la millonada encima.

—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba
un poco conmovido.

—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don
Elías,—y porque ya contaba yo con ello.

—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces
el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...

—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.

—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no
lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco...
Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que
ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara
de tigre enciscado que tiene el seminarista.

—¡Hombre!—exclamó don Elías, muy aliviado ya de sus tristezas con
aquella noticia.—¡Conque Marcones... digo, conque Marcos también está
hoy por acá? ¡Cuánto me alegro!... Pase usted, señor de Quicanes.

—¡Oh, eso no, señor don Elías!... Primero usted...

—¡De ningún modo!

—¡De ninguna manera!

—¡Canario!—dijo entonces el Berrugo que lo presenciaba.—¿Esas tenemos
también y á tales horas? ¡Á ver si pasan de una vez juntos ó separados,
ó los paso yo de parte á parte!

Echólos por delante, y se fueron los tres al comedor.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXI

ARROZ Y GALLO MUERTO


En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el
peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría
una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar,
porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto
siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había
corrido tanto mundo!...

Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la
cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que
tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos
en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando
las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio
y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de
los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con
leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y
mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos
por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de
los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se _barciaran_ con
gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y
hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa
de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy
mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de
colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien
sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa
salada, se picó de veras y cantó claro.

—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de
acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía
mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con
el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el
fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...

—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien
indignó la grosera reticencia de la criada.

—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa
que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por
haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de
Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió
de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa
regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni
la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide
pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á
mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin
que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor
casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que
con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las
cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y
gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de
echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes
de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente,
tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú,
desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por
mejorar la del vecino...

Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta
de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta,
dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:

—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo
merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que
me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los
cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa
voluntad.

Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de
las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho,
salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué
en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la
mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano...
¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente
había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio,
viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había
cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa
para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el
forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella,
por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta
roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas
esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la
miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría,
pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y
rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios
para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios
de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar!
¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!...
Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría
resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel
aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda...
¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la
sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que
no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué
sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel,
y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón
de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se
colocaría allí, su padre aquí, ella acá y _los otros enfrente_... No,
porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería
poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces
tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando
llegara el caso.

Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina,
y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió
escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía
algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó
bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas
las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para
estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era
bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia
estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo,
que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la
cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.

Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia
allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa,
por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que
la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el
forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto
así... ¿Qué remedio tenía?

Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos.
Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con
tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con
ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer
plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y
con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de
la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente
era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas
y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la
mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy
atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por
forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo
hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero
se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez
que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir,
el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la
_atención_ el seminarista de Lumiacos!

Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el
obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso
la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el
mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y
trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en
cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia
Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones.
Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á
Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre
fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los
viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios.
Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía
caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva
York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la
patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político,
ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy
hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso
había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían
producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse
por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.

Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó
fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de
las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron
las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y
tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya
consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de
los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles
tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso;
lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos
convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos;
lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas
en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de
_Pieles rojas_; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el
revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan
dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas
andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo
_yankee_, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores
que no le conocían, era un gran pueblo...

—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de
Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso,
de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de
la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le
tiraban de la lengua.

El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista;
don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía
cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.

Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta
risueño, al de Lumiacos:

—Y ¿por qué lo niega usted?

—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en
derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para
negarlo.

—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.

—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no
merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de
masones sin religión.

—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?

—Todo el mundo lo sabe.

—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted
que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y
muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en
cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera
otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que
nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de
España, sin que protestara usted.

—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la
patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste,
cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador,
que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.

—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni
aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino
porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á
relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y
no á los Estados Unidos con masones también?

—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.

—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran
riqueza y su gran prosperidad?

Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa
triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le
iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién
desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos:

—Porque—gritó desaforadamente,—_Oportet heresses esse._

—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy
tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo
jota de latín.

—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco
Marcones.—¡Así va ello!

—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin
saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?

—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán
airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de
masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la
defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.

El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba
disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante.
Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del
pedantón, con una entrada de las suyas.

—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que
te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues
dígote que habrá que oirte con paraguas!...

—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido
de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser
de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites
exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo
maniatado, pero no vencido.

—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un
gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de
tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que
van á matar moros á hisopadas!

—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen
humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al
ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de
los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido
con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque,
si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel
montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo
dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor
seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar
las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa
señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una
porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque
arriba el vaso, señor teólogo...

—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don
Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la
mano.

Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la
sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el
indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también,
aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres
comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía
la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza
á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores,
la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su
padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve
visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus
despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan
complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?

Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados
pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y
en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el
médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y
qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.

Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco
y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo
primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces;
y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la
_lijadura_, el _padrejón_, el _paralís_ y las del _arca_.

—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de
don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de
estas buenas y sencillas gentes.

—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos
hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su
gusto.

En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le
repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos
merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco
generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos
sus venerables pedazos!

Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por
ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también
fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con
ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes
y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por
ejemplo:

—Y ¿qué fué de aquel tío _Carrancas_, muy devoto, que rezaba por
delante el Calvario alrededor de la iglesia?

—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba
á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la _Silguera_...
Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos
matando el hambre como Dios les da á entender.

—¿Y en qué vino á parar la famosa _Murciégala_, que era tenida aquí por
bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel
refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes,
hundidos allá dentro!

—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar,
quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á
puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...

—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el
Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el
pasaporte.

—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo
hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?

—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y
hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida
capaz de acabar con él.

—¿Cómo acabó entonces?

—De una tunda de órdago que la dieron una noche.

—¿Quién?

—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree
que el negocio fuera cosa de entre ellas.

—¿Entre quiénes?

—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á
saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo
en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí
llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila
de basura.

—¡Qué barbaridad!

—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le
dió la Extrema, y _laus Deo_. Le aseguro á usted, señor de Quicanes,
que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra
usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus
mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón
de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y
truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su
deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al
juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo
estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!

—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá
por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le
estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego
perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!

—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le
chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más
allá de la sepultura.

Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:

—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la
que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á
cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un
tal _Planchetas_. ¿Qué ha sido de él?

—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más
le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en
punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era
hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su
casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que
aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo
la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por
aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de
casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y
no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados!
En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor
don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don
Baltasar?

El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel
instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y
los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió
en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:

—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar
era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que
yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición
profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y
provechoso entretenimiento, y me sé el _Quijote_ de memoria. Usted,
que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno
reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la
vida humana.

—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista,
que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance
moral...

—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.

—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que
indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...

Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor,
cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo
de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.

Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:

—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios
sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.

—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya,
á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés,
que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás,
se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar
después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi
reconocimiento y de mi admiración.

Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las
primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía
en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos
de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la
espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro
de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la
mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña
el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con
los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla.
La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran
haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no
sabía qué pensar de aquellas cosas.

Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron
honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad,
pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!

Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de
Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola,
con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don
Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con
irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy
resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y
asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados:

—Gracias, yo no lo gasto tan fino.

Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con
aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis
que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí;
porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que
Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la
tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y
hasta se había brindado á ir con ellos!

Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de
costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones,
por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las
bilis acumuladas.

El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa,
apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.

—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó
el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua
de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la
servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?

—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de
correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos
ir allá si le parece.

—¡Gran idea, señor don Elías!

Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien
el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:

—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón
ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los
de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es
natural...

—¿Por qué?

—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues
podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete
de Lumiacos estaba!

—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el
indiano.

—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y
orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.

Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un
nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el
médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de
don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría
desde allí:

—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.

—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de
su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.

—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese
mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo,
señor de Quicanes.

—¿Lo cree usted así?

—Le digo á usted que poderoso.

—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?

—Casándose con Inés.

—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?

—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó...
ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza
á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á
poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa...
El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede
usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar
más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad
que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le
figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados
Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá
ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si,
haciéndose moro, aseguraba la puchera.

—Pues ¿qué mosca le picó entonces?

—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular
las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.

—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y
pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.

—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y
de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras
tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas
mujeres de por allá?

—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado,
después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.

—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes,
para hacer tiempo.

—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al
médico.—¿Esas tenemos también?

—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías
humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre
las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en
cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!

—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que
estaba meciéndose.

Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías,
y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué
pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba
pronta y esperando para ir á la procesión.

En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el
hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de
chunga:

—¿Y cómo va el negocio de los molinos?

—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad
de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este
hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz
alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya
usted ve: falta la guita...

—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el
tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro
mil duros... ¿No son cuatro mil?...

—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el
médico, de mala gana ya.

—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha
vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?

—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin
linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo
sobre ese particular ni sobre ningún otro.

Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una
zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que
aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo
cabizbajo y diciendo para sí:

—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXII

EXAMEN DE CONCIENCIA


Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que
la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor,
norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel
día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la
tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención
en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á
don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas
más raras!

Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia
con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas
de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la
procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras
y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor,
mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa
de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había
venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían
comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con
un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á
los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «_ora
pro nobis_.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don
Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo
que montaba, en dirección á su pueblo.

Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda
regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que
seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la
iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y
el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que
removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces,
á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del
altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la
habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.

Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su
pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su
derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al
indiano que le precedía departiendo con Inés:

—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.

La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera,
lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal
humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y
las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de
tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de
espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el
«agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos
roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos
oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por
la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando
de _perdones_ el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por
no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.

Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la
repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con
las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda,
lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés
y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya
estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel
día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería
allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» _Comenencias_
de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba
Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos
al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de
avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan
en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que
quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía
en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro
si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.

—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.

—Más vale así para _nosotros_,—dijo entonces el Berrugo, que, por
apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo
contrario.

Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la
historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias
del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para
improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías
que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su
trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al
estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando
tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á
Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de
santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.

El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada
de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales
y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y
sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con
lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba
prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara
de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos
veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja.
No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo
peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan
cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor.
Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar
y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también
tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo
sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar,
y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó
rumbosamente, y ofreció aquellos _perdones_ á Inés, que no se atrevió
á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un
puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna,
porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba
como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta
de aquel mozo.

El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que
había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don
Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera,
volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés,
con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza.
Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería
ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.

Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver
á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías
que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de
echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas
la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.

Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy
alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse
á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa
circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que
volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de
burla.

Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era
y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de
un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón
entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo
anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes
de llegar adonde le esperaban:

—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.

—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.

—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.

—Pues ¿qué le ha pasado?

—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.

—Y ¿por qué?—preguntó Inés.

—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que
Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto
habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del
mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su
por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser
también que Marta da cara tiempo hace al _Pinto_ de Los Castrucos,
mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque
sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por
delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó
queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido,
que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que
determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio;
pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar
las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como
al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile:
atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo
sin más explicaciones, y Quilino al suelo.

—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.

—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le
bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es
hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el
arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.

—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.

—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró
el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo,
y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al
provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un
par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en
diez leguas á la redonda.

No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes,
llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse
allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija
siguieron andando y se metieron en casa.

Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó
de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones,
con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso
probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un
nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba
su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en
la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies
en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de
perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho,
y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas
las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre
la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la
brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se
oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros
que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde
en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas,
en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz
tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los
oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos
que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque
su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante
quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna,
para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su
sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose.
Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la
estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é
interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según
el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.

Ella había ido á misa por la mañana, y podía jurar que sin otro
pensamiento extraño á los de todos los días, que el bien insignificante
y disculpable de que el vestido que estrenaba no la sentaba mal del
todo, y hasta la hacía buen cuerpo. De pronto, y ya dispuesta á rezar
un Padrenuestro á San Roque después de la procesión, al dirigir los
ojos al santo vió al lado mismo de las andas á un caballero á quien
jamás había visto. La pareció desde luégo muy aseñorado, muy rica y
aseadamente vestido, airoso de cuerpo, y guapo, muy guapo de cara.
Le favorecían mucho aquellos bigotes con puntas. Con más ó menos
curiosidad de saber, después de salir de la fiesta, quién sería él, así
hubiera quedado el asunto. Pero ocurrió á lo mejor que el forastero
fijó la vista en ella. Pudo ser esto casualidad una vez, dos veces,
si se quiere; ¿pero tres, cuatro, y diez, y ciento y á cada instante
mientras el sermón, como realmente sucedió, bien visto por ella con el
rabillo del ojo, y por Marcos, que andaba con los suyos, llenos de ira,
desde la puerta de la sacristía al caballero del altar mayor? ¡Cuidado
que para notarlo Marcos, debió de ser mucha la tenacidad del otro en
mirarla! Pues así y todo, podía explicarse el suceso por no haber en la
iglesia otra mujer del porte de ella, ni tan... guapa precisamente, no,
pero tan bien conservadita á la sombra; y con la idea de pasar mejor el
rato, dando un poco de entretenimiento á los ojos... Sin embargo, ella
no pudo menos entonces de acordarse de Isidoro, y de comparar al otro
con él. Allá se iban en estampa, aunque Isidoro tenía la ventaja de
algunos años de menos, no muchos. En lo demás, no podía decirse nada:
no conocía _por dentro_ al del altar mayor; aunque, á juzgar por lo que
se le traslucía en los ojos y en el aire, no era el sujeto para que,
sin más ni más, le hiciera ascos una mujer como la rica Amparo de la
novela. Una duda la había asaltado de pronto: ¿sería casado ó soltero?
Y otra duda en seguida: si era casado, ¿cómo se atrevía á miraría á
ella de aquel modo? Y como reflexión final sobre estas dudas y sus
causas, ¿qué la importaba á ella que el caballero del altar mayor
fuera soltero ó casado, ó valiera más ó menos que Isidoro, si, una vez
terminada la misa, cada cual se iría por su camino, y si te he visto no
me acuerdo?

En este temple de ánimo, por lo tocante al forastero, había salido de
la iglesia.

Apenas llega á casa y se asoma al balcón, el caballero en la calleja;
y pocos momentos después, el caballero en la sala, á su lado. Tuvo
ocasión entonces de examinarle bien escrupulosamente. Su cutis era
sano y terso, aunque estaba un poco tomado del aire y del sol; sus
labios, húmedos y de color de rosa; sus dientes, blanquísimos, no
grandes y muy apretados; sus ojos, vivarachos y muy _reparones_; las
manos, regalares y bien cuidadas; la voz, de buen sonido y con unas
caídas muy dulces y algo extrañas para ella; la ropa, finísima; el
calzado, primoroso; los puños, el cuello y la pechera de la camisa,
como los ampos de la nieve... y un olor cada vez que se movía ó sacaba
el pañuelo del bolsillo, ¡un olor!... como el de la yerba segada, y
el de la madreselva de los callejos, y el de la mejorana, todo junto.
Pues de buenas á primeras, aquel caballero la llama «hermosa señorita.»
¡Qué exageración! ¡Así se puso ella de aturdida, y, á juzgar por el
calorazo que sintió de pronto, de encarnada! Pero ¿quién sería él y
á que iba allí? ¡Qué ansiedad la suya por averiguarlo! Al fin lo dijo
todo, ¡y con qué soltura y gracia! Y no parecía sino que cuanto iba
diciendo lo decía para ella más que para su padre. Otra cosa rara: no
se desencantó cuando supo que el elegante caballero se llamaba Tomás
Quicanes, y era de Nubloso y sobrino del Mayorazgo de Robleces, y que
antes de ser lo que era, había sido un muchachuelo pobre, embarcado de
limosna, por su tío, para la Habana. Y eso ¿qué? Bien mirado, más valía
así; porque, en el fondo, todos resultaban unos. Lo de la compra de la
casa, de pronto la sobrecogió, porque conocía á su padre y le creía muy
capaz de vendérsela si el otro se la pagaba bien; pero después, ya fué
cosa muy distinta. ¡Qué luégo la leyó en la cara el disgusto, y con qué
finura la curó de él al instante! Al ser invitado á comer, la miró á
ella, como si la pidiera la respuesta que debía dar; y ella entonces,
sin poder remediarlo, le animó con los ojos á que se quedara. ¿Lo
comprendería él así? El hecho fué que se quedó, sin necesidad de nuevas
instancias.

Ya en la mesa, ¡qué desembarazo el suyo y qué soltura tan agradables
para todo! ¡Qué bien refirió su vida y sus viajes, y qué curioso y
entretenido era todo aquello que contaba de las gentes de por allá
fuera! ¡Cuánto había visto, cuánto sabía, y cómo le agradecía ella las
atenciones que la dedicaba durante el relato, que también parecía hecho
para ella sola! De pronto se enreda Marcos con él... ¡Qué bruto, qué
bruto estuvo Marcos entonces! ¡Qué modo tan soez de acometerle sin qué
ni para qué! Porque ¿qué sabía el estudiantón de Lumiacos de aquellas
cosas tan lejanas? ¿Quién le metía á él en camisa de once varas? Pero
no iban por ahí los pensamientos ni las intenciones de Marcos al hacer
lo que hizo. Marcos estaba despechado, herido, celosote... ¡Qué horror!
¡Dónde tuvo ella los ojos y el sentido común para no ver ni apreciar
lo que debió haber visto y apreciado desde el primer día? ¡Cómo pudo
estimar por sabio á aquel mastuerzo, ni tolerarle en calma la confesión
que la hizo, ni firmar paces con él en seguida, cuando debió haberle
plantado en el corral? Con todo, no la pareció bien la crueldad con que
le había tratado su padre. La lección del indiano, ¡esa sí que había
sido fina y al alma! Y ¡qué contraste formaban los dos, Virgen María, á
pesar de estar Marcos de ropa nueva y camisa limpia!... Porque si llega
á sentarse á la mesa con el vestido sucio de todos los días, con las
manos roñosas y las uñas negras, hubiera tenido que ver... como cuando
la guiaba á ella la pluma... y la declaraba su amor... ¡qué barbaridad!
¡qué abominación y qué vergüenza!...

Fué donosa la manera de cortar el agudo convidado la porfía: brindando
y obligando á Marcos á brindar por ella, ¡Qué porrazos la dió entonces
el corazón en el pecho, y qué llamaradas de fuego la subieron al
rostro! No se atrevía á mirar al indiano, que parecía tener saetas en
los ojos, fijos en ella... Pero el apuro gordo fué cuando lo del arroz
con leche: ¡salirle con la que le salió, cuando ya tenía el plato en
la mano para dársele!... No porque á ella no la gustara, y mucho, la
condición que él la imponía, sino porque hay que estar muy hecha á esas
cosas para que... sobre todo delante de gente. Tras este apuro, el de
la cucharada, ¡que fué de prueba también!... Se acercaba el instante
de levantarse todos de la mesa. Y después ¿qué sucedería? Cada cual
se iría por su lado; ¡y fuera usted á saber cuándo se vería ella en
otra semejante! Esta consideración la apenaba: no lo podía remediar.
De pronto se le ocurre á él lo de ir todos juntos á la procesión y
á la romería. ¿La adivinaba los pensamientos á ella; se los leía en
la cara, ó era todo una casual y simple coincidencia de deseos?...
¡Con qué gusto, después de dar unas vueltas por la cocina (donde ya
estaban comiendo los criados bajo la presidencia de Romana que echaba
lumbre por los ojos, mientras su sobrino la aguardaba dando vueltas
por el carrejo, hecho una turbonada de estío), y después de recoger
los cubiertos de plata, se encerró en su cuarto para acicalarse de
nuevo y aguardar la hora convenida con él!... Durante este tiempo, que
le pareció interminable, examinando bien despacio todo lo ocurrido,
concluyó por convencerse de que todo lo que la pasaba podía pasar sin
otras consecuencias que aquellas sensaciones y aquellas inquietudes que
la estaban desconcertando y jamás había conocido. Esto, por lo tocante
á ella. Por lo tocante á él, quizá estuviera entonces tan fresco
como una lechuga. ¿Hacía bien ó mal en dejarse llevar de aquellas
impresiones, como una boba?

Precisamente estaba haciéndose esta pregunta cuando la avisó su padre
que era ya hora de ir á la iglesia. Dejó la respuesta para otra
ocasión, y salió.

Aunque algo cortada, se complacía mucho en que las gentes la vieran
acompañada de aquel caballero que tanto llamaba la atención; y se
conmovió hondamente, hasta ponerse colorada, cuando oyó decir á una
mujeruca que pasó á su lado: «¡Vaya que aparean de veras los dos, y
campan á cuál que más!» Después no había vuelto á ocurrir cosa de
particular, hasta que, á instancias de su acompañante, le contó los
amores de Pilara y Pedro Juan... y la dijo él lo que la dijo, tomando
pie de la simple y breve historia, y hasta del dicho de la mujeruca
cuando pasaba junto á los dos... Y aquí, aquí estaba lo nuevo, lo
singular, lo hondo, la miga, la enjundia del caso del caballero del
altar mayor en sus tratos y comunicaciones con ella, ó no había
enjundia, ni miga, ni hondura, ni nada en el caso ni en el mundo entero.

—En primer lugar, me habló... Pero ¿cómo he de recordar yo todas
aquellas palabras tan dulces y tan bien hilvanadas que me dijo?... En
fin, á la substancia, que es igual. Comenzó ponderando mucho el poder
de eso que llaman amor, que doma y enternece hasta los brutos... Y no
lo dijo por Pilara y Pedro Juan precisamente, sino que fué á parar á
ellos tomando el punto de más atrás: de las mismas bestias. Pintando
ese amor como una necesidad en nosotros, llegó con la pintura á poner
bien á las claras lo triste que era rodar por el mundo, á lo mejor
de la vida, sin patria, sin familia y sin tener á quién amar, como
le había sucedido á él. Atrevíme yo entonces, con miedo, ¡con mucho
miedo! á decirle que cómo podía ser eso, habiendo por allá mujeres tan
guapas, según él mismo nos lo había asegurado en la mesa... Á esto
me respondió... ¡Vamos, es una lástima que no pueda yo acordarme de
ello palabra por palabra! porque en las palabras juntas estriba toda
la hermosura de aquella comparación que me hizo entre las flores de
trapo y las rosas de mayo, tan coloraditas y olorosas, que nacían y se
criaban, por la mano de Dios, en los huertucos pobres de su tierra.
En una de estas rosas, sin saber cuál, pensaba él siempre, y por ella
suspiraba mientras andaba solo y descarriado entre las flores de trapo
que tanto abundaban por esos mundos. Para recreo de los ojos y pasar
el tiempo, aquellas mujeres, hermosas á fuerza de compostura y adorno;
pero para lo otro, para lo que él llamaba necesidades de un corazón
puro y honrado, la rosa colorada del huertuco de su tierra, que nace
entre matas de alhelíes y de tomillo, y muy arrimadita á las hiedras
de la pared... En fin, una mujer, por las trazas... como yo. Viendo
que se callaba, atrevíme otra vez; y bajo ¡muy bajo! porque la voz
me temblaba y se me enronquecía, preguntéle que si, desde que estaba
en la tierra, había encontrado... el huertuco (no tuve ánimos para
decirle que la rosa) que tan de menos echaba andando por esos mundos
de Dios. ¡Virgen María, lo que yo sudé entonces de vergüenza, temiendo
haberle preguntado lo que no debía, en buena educación! Pero ¿cómo no
preguntarle sobre ello ó sobre cualquier otro punto que viniera al
caso, si me estaba él sacando de la boca las palabras con los ojos? ¡Si
yo no he visto un mirar como aquél, en los días de mi vida, ni un metal
de voz semejante! ¡Podría jurar que aquellas palabras no me sonaban
en los oídos, sino aquí, en lo hondo, en lo más hondo del pecho!
Además, ó callarme, y eso no sería cortés, ó decirle la verdad de lo
que estaba pensando. Y se la dije. Luégo, ya que lo de la pregunta
no tenía remedio, me quedó el temor á la respuesta. ¿Cómo sería? No
tardó medio minuto en dármela, y me pareció ese tiempo una eternidad.
¡De las palabras de la respuesta sí que me acuerdo bien!; y no porque
fueron las últimas, sino porque... ¡qué sé yo? «No sólo he encontrado
el huerto—me dijo,—sino la rosa, y no porque haya salido á buscarla,
sino porque Dios me la acaba de poner en el camino.» Al oir esto, sentí
como un temblor de los pies á la cabeza; no veía á la gente que tenía
delante de los ojos, y el corazón me golpeaba sin cesar allá dentro,
como ahora que revuelvo el caso en la memoria. Se calló un poco,
mirándome mucho, y volvió á decirme: «Falta saber si Dios me ha puesto
delante lo que tanto codiciaba yo, para mi fortuna ó para mi martirio,
porque estoy casi seguro de no merecerlo...» ¿No era esto ponerme bien
á prueba de tentaciones de declararle lo que no debía? Pues todavía
me dijo más; me dijo: «¿Quiere usted saber en qué punto de la tierra
he hecho ese hallazgo, cuando menos le esperaba?» Le respondí con los
ojos, porque en mi boca ya no había voz, que sí quería; y entonces
volvió á decirme: «Pues en Robleces.» ¡Dios mío! ya no fué temblor en
todo el cuerpo lo que yo sentí, ni turbación de la vista: fué como un
golpe en la cabeza, después de una gran sacudida en el corazón, que
me robó hasta el conocimiento. Me aguanté á pie firme por un milagro
de Dios. Por fortuna no dijo una palabra más: si la dice, creo que me
muero. Al contrario, como tiene recursos para todo, porque ¡ahora sí
que me atrevo á asegurar que no sólo puede compararse con Isidoro, sino
que vale hasta más que él! dejándome en aquel estado, se volvió hacia
mi padre y don Elías, y nos enredó á todos en una nueva conversación...
Pero ¿soy yo la de Robleces? Y si no lo soy, ¿por qué me habló de ella
del modo que me habló?

Este es el caso; y ahora, ¡Virgen María! ¿qué pensar yo de él? ¿qué
pensar de lo que siento en mí, y que, por sentirlo, mirando hacia
dentro con los ojos cerrados, parece que tengo acá un mundo para mí
sola... y para él; pero un mundo mil veces más grande y más hermoso que
el que vería si abriera los ojos y mirara hacia afuera? ¡Santa Patrona
de mi alma, cómo dolerá perder esto después de haberlo visto, aunque
sea soñando, como puedo soñar yo ahora!

Le faltaba el golpe de gracia á la pobre Inés, y se le dió su padre
entrando á _despertarla_ en la solana, cuando ya anochecía, con la
siguiente extraña comisión:

—Inés—la dijo en cuanto ésta se incorporó, hablándola muy bajo y muy
arrimado á ella:—soy ya perro viejo, y huelo á largas distancias las
perrerías de los demás. Tú eres pobre ¡muy pobre! para mantenerte de
señora, porque tu padre no tiene más que un pasar para vivir como
vivimos. Si el indianete ese resulta ser lo que aparenta, y, andando
los días, te apunta deseos de casarse contigo, por mí no lo dejes. Pero
entre tanto, ojo alerta, y no te fíes.

¡Hasta su padre le había conocido las intenciones! ¡Qué mucho que
dudara ella?

[Ilustración]



[Ilustración]



XXIII

CORRIDA EN PELO


Con el silencio, la soledad y las tinieblas de la noche, los
pensamientos de Inés parecían una gusanera que le había invadido el
cerebro. No la dejaron sosegar un punto. Levantóse con el sol, y para
todo se halló distraída y perezosa, menos para acicalarse. El espejo la
seducía; y mirándose y remirándose en él, maravillábase de que en tan
breves horas hubieran empalidecido tanto los colores de su cara, y se
hubieran convertido en acentuadas ojeras las dos levísimas nubes que
antes parecían, más bien que manchas, sombra de sus pestañas espesas.

No había desaparecido aquel extraño y casi imperceptible temblor;
sentía las mismas ansias de dilatar el pecho suspirando, de admirar la
naturaleza en la luz del sol, en los pájaros del aire, en la hermosura
del cielo, en las flores del campo y en el rumor de las arboledas; y
de querer bien á todos, de perdonar agravios y de imaginarse el mundo
entero como un eterno paraíso en que no se conocieran los dolores ni
las lágrimas.

Llegó el mediodía, sentóse á la mesa con su padre, probó de todo y no
comió nada. Retiróse otra vez á su cuarto; volvió á sus meditaciones,
cerrando los ojos y mirando hacia dentro para recrearse en la
contemplación de lo que de este modo veía desde el día anterior;
y estando tan bien entretenida, llegó la Galusa, raboneando, para
decirla, con voz de serrucho, que su sobrino Marcos la esperaba. ¡Adiós
sueños regalados!

—Y ¿qué me quiere?—preguntó Inés ásperamente, como quien se despierta
con la sacudida brusca de un importuno.

—¡Ésta si qué!—dijo con desgarro la Galusa.—¿Á que resulta ahora
mesmo que hasta mos cojea la memoria? Pos el mi sobrino vendrá á lo
que ha venío tantas veces á esta casa, y con buen aprecio de los que
ahora paece que lo miran de otro modo... y ellos sabrán por qué...
¡María Madre, con los dengues de empalago que se usan tan de súpito
y contino!... Conque ¡ea!—añadió de pronto, silbándolo mejor que
diciéndolo, y empinándose sobre los _soletos_, como una culebra sobre
su rosca,—¡á ver qué se le dice!

Alzóse también Inés indignada con el atrevimiento de la fregona, y la
respondió, con una entereza nueva en la hija pacentísima de la pobre
mártir:

—De lo que hay que decir y de lo que haya que hacer, no necesito yo dar
cuenta á nadie. ¿Lo entiendes?

Entendiólo, y de firme, la Galusa; y hecha un fardo de veneno, se largó
de allí dando un portazo furibundo.

Á poco rato salió también Inés, y se fué en derechura y, al parecer,
muy animosa, al cuarto de las lecciones, donde suponía que estaría
aguardándola el sobrino de su criada. Y allí estaba, en efecto, el
seminarista con sus arreos de diario, arranciados y sebosos; el
cervigón encorvado y la caraza medio iracunda y tristona.

Saludó á Inés entre dientes, y casi del mismo modo le respondió ella
sin sentarse en la silla de costumbre ni decirle una palabra más.
Quedáronse, pues, uno y otro frente á frente y en silencio. Viendo que
ella no le rompía, rompióle él de este modo, con la voz muy temblona y
el color verdinegro, señal de las cóleras que le batían interiormente:

—Pues yo he venido, como de costumbre, á tener el gusto de que...
continúen las lecciones.

—Estaba en cuenta—respondió Inés, con voz no muy firme tampoco,—de
haberle dicho á usted, días hace, que deseaba suspenderlas.

—Hasta que pasara San Roque, si yo no entendí mal—replicó el de
Lumiacos;—y como ya pasó ayer...

—Pues yo quise decir—repuso Inés,—que también después que pasara.

—Juraría—insistió Marcones algo amoscado,—que no había trazas de pensar
eso en el modo de decir lo que usted me dijo.

Cargóse un poco Inés con la frescura del mozallón, y le respondió:

—De todas maneras, lo digo ahora, y es igual.

—Eso ya es distinto—concluyó Marcones temblándole los labios; y
añadió en seguida, dando vueltas al sombrero entre las manos:—Lo que
yo necesito es conocer la voluntad de usted, y nada más. Ahora ya la
conozco... Pero conste que yo no creo haber dado motivos para que se me
reciba hoy aquí tan secamente como se me recibe.

—Ni yo lo creo tampoco,—dijo Inés, arrepentida de no haber sido algo
más afable con su profesor.

—Pues lo parece por las señas,—respondió el de Lumiacos creciéndose con
el encogimiento de la otra.

—No siempre está una de igual humor,—apuntó Inés, manoseando las
orillas del delantal.

—Es que—arremetió nuevamente Marcones alzando la voz á medida que le
bajaba el color de los labios temblorosos,—yo siempre he venido aquí
para prestarle á usted los servicios... insignificantes, que la he
prestado, con la mejor voluntad y con el mayor... desinterés.

—¿Y le he dicho yo á usted algo en contrario?—replicó Inés atreviéndose
á mirarle á la cara.—Una cosa es que no quiera dar ya más lecciones,
porque... yo me entiendo, y otra muy distinta que no le agradezca á
usted, como le agradezco, y mucho, ¡muchísimo! esos buenos servicios
que me ha prestado.

Contemplóla unos instantes el mozón, con una cara en que se apedreaban
las sonrisas contrahechas y el coraje comprimido; y dijo en seguida,
sin cesar de sonreirse en falso:

—Ya me voy haciendo cargo de cómo anda el agradecimiento por acá...
particularmente desde ayer.

Púsose algo colorada Inés, no solamente porque entendió la alusión,
sino porque la irritó bastante la grosería, y contestó, con la voz
alterada y los ojos humedecidos:

—Yo no le he dado á usted motivo para que me diga esas cosas.

Y con esto quiso retirarse; pero el otro la detuvo con un ademán y
diciéndola al mismo tiempo:

—Ni una palabra ha salido de mis labios, Inés, con ánimo de
mortificarla á usted... Lo digo yo, y basta. Y quede con esto saldada
la cuenta que estábamos ajustando... Pero—continuó tomando una actitud
que quería ser humilde y hasta sentimental,—¿cree usted, en buena
conciencia, que, arreglada esa cuenta, no queda ninguna otra por
liquidar entre los dos?

Conoció Inés por dónde iban los humos de aquel calero, y respondió
valientemente y sin vacilar:

—Ninguna.

—¡Ninguna?—repitió el otro, dominando el despecho para fingir mal una
pesadumbre.—Pues yo pensaba—añadió encrespándose de repente,—que había,
por lo menos, una... ¡una, Inés, una!; y cuenta de vida ó muerte para
mí... Haga usted memoria.

Inés se impacientaba, porque estaba sintiendo ya el estallido del
escopetón de marras; y probó otra vez á marcharse, volviendo á negar
que hubiera cuenta alguna que saldar entre ambos. Entonces la cortó el
paso Marcones y la dijo, como á la desesperada ya:

—Hay una cuenta, ¡bien memorable para nosotros!... ¡que no debe usted
olvidar!... ¡que no puede usted haber olvidado! Es la cuenta de mis
desventuras aquí, de mis debilidades, de mis tropiezos; la cuenta
de mi tesoro perdido, de mi vocación malograda por atender más á
los intereses ajenos que á los míos propios; porque yo soy de esa
contextura... Un día, dos días, le hablé á usted de estas cosas, de
estas desventuras, de ese tesoro perdido... de esa vocación malograda.
¡Es imposible, Inés, imposible que lo haya usted olvidado!... Yo quería
irme, desaparecer de aquí para siempre; volver al consuelo de mis
libros, al refugio de mis piadosas meditaciones... ¿Lo recuerda usted?

—Eso sí lo recuerdo—contestó con bastante serenidad la pobre
muchacha.—Y también recuerdo que yo tuve la culpa, y Dios me la
perdone, de que se quedara usted.

—Ergo...—exclamó entonces exaltándose el fogosón de Lumiacos,—la cuenta
está sin liquidar. _Quod erat demonstrandum._ ¿Nos vamos entendiendo
ahora mejor, señorita Inés y aprovechada discípula mía?

—No, señor—respondió ésta con valeroso arranque.—¡Y á ver si acabamos
de una vez! Yo le rogué á usted que se quedara; no para... eso que trae
usted ahora á colación, sino para seguir dándome lecciones... en lugar
de ayudarle á que se marchara cuanto antes, después de haberle oído lo
que le oí sobre... eso.

—Se estima la franqueza—dijo aquí, verde de rabia, el despechado
pedantón;—pero conste que, mientras usted me mandaba, me pedía... me
rogaba que no me fuera, y yo consentía en ello, _ipso facto_ quedaba...
eso sin ventilar.

—Está usted muy equivocado—insistió Inés sin perder el valor con que
había empezado á guerrear contra aquel zoquete.—Eso se ventiló también
entonces.

—¡Cómo!

—Conviniéndonos en no volver á hablar de ello, y en dejarlo á lo que
Dios dispusiera.

—Corriente...

—Y Dios ha dispuesto que se acabe así, como yo quiero que se acabe.

—¡Dios!—gruñó Marcones al oir esto, como hablaría un mastín irritado,
si supiera hablar.—¿Dios... ó el diablo en figura de algún indianete
impío?

Á esta embestida brutal ya no quiso contestar Inés, y salió del cuarto,
aunque muy indignada, mucho más afligida. El lance daba para todo en
una naturaleza tan noble y delicada como la suya.

Poco después de esta escena, Marcones se encerró con su tía para darle
cuenta de lo sucedido.

—¡Esto se acabó!—la dijo por entrar, golpeándose la cabeza con los
puños, después de haber arrojado el hongo roñoso contra la pared.—¡Esto
se acabó, tía!... ¡y sin compostura!... ¡y para siempre! ¡Mal rayo me
parta!... ¡y á usted primero!... ¡y á la desagradecida de ella!... ¡y
al pillo de su padre!... ¡y al sinvergüenza fachendoso que se me metió
por en medio de repente!... ¡y al lucero del alba!... ¡y al universo
mundo!

Y después de este estampido, el pedazo de bárbaro se tumbó sobre la
cama de su tía, y comenzó á revolcarse allí y á morder las almohadas de
coraje...

Dejábale hacer la Galusa, sin hablar más palabra que para recomendarle
que gritara menos y no la rompiera «dá que cosa,» alejándose al propio
tiempo de él todo cuanto permitía la estrechez del cuarto, por si la
alcanzaba «dá que golpe;» y cuando le vió rendido y jadeante, como
cerdo después de una trotada, acercósele poco á poco, sorbiendo la
moquita y en la postura que le era habitual en casos tales, y le habló
así:

—¡Bien calá me la tenía yo, hijo del alma!... ¡Y po-la-mor de Dios,
no te güelvas á amontonar, que si mos oyen esas gentes, será entoavía
pior! ¡Bien calá me la tenía acá dentro, hasta en los istantes en que
tú me lo pintabas tan fino y pasadero como una seda! Mucho bocao era
pa molío tan pronto; ¡y veía yo cosas y remilgos en ella!... Pero
lo que toca dende ayer acá; dende que se entró ese hombre por estas
puertas, y te echaron á tí de la sala, y vino ella á la cocina, y pasó
lo que pasó en la mesa, ciego de remate había que ser pa no verlo tan
claro como la mesma luz del sol. Ayer tarde te lo dije: «esto voló pa
sinfinito.» Pos ¿y dispués? ¿Cómo golvió de la romería la gatuca mansa?
Como sal en el agua: derretía de too. Pos ¿habló palabra ella? ¿Cató
bocao? ¿Pegó los ojos en la santa noche de Dios? ¿Amorzó esta mañana?
¿Comió al meodía?... ¿Tocaron sus manos silla ni escoba? ¿Sabe ella
lo que hace ni por ónde anda ni pa qué quiere los cinco sentíos, si
no es pa?... ¡Güen hechizo la dieron de súpito y contino! ¡El demonio
de la pícara bribona! ¡Pos dígote con él! ¡El baldragucas pordiosero,
embarcao de limosna ayer por el borrachón de su tío, y hoy no le cabe
en el pueblo y se va al altar mayor á locir los perendengues de la otra
banda, que Dios sabe de qué serán y quién se habrá quedao sin ellos!
¡María Madre!...

—¿Me quiere usted dejar en paz, grandísima bruja de los demonios?—rugió
en esto Marcones.—¿Me quiere usted dejar en paz; usted que tiene la
culpa de todo lo que á mí me pasa hoy?

—¡Yo la culpa, arrastraón de Satanás?—contestó la Galusa, puesta en
jarras de repente y largando en lluvia la saliva por los portillos de
la boca.—¡Yo la culpa?

—¡Usted, sí!—añadió el sobrinazo, sentándose al borde de la cama, que
crujió como sí fuera á hacerse trizas.—Usted fué quien me puso en el
camino ese; usted quien me empujó para que anduviera; usted quien me
prometió limpiármele de estorbos... y usted quien no ha sabido cumplir
ni pizca de lo que me prometió, ayudándome como debió ayudarme.

—¡Grandísimo hijo de una perra ladrona, desalmaote y gandul!—replicó
la Galusa, que bailaba de coraje escuchando á su sobrino.—¿Á qué me
comprometí yo que no te haiga cumplió con sobras pa otro tanto? ¿Quién
más que tu tía ha mirao por tí? ¿Quién hizo las miles bajezas y se
arrastró por los suelos pa sacar á esta garduña la ayuda de costas pa
los tus estudios, cuando yo pensé que la iglesia te jalaba? ¿Quién
malgastó esos dineros y se me metió un día por estas puertas con el
moco lacio, pensando en buscarse la puchera de otro modo? ¿Quién de
los dos puso más partías en la cuenta que ajustemos sobre el caso?
¿Quién era el que había de llevarse los mundos por delante con la
cencia que no le cabía en el pellejo? Pensando que eras auto pa lo que
prometías, siquiera por lo caro que me ibas saliendo y lo mucho que
te emponderabas, bien de solfas tuyas la canté pa allanarte el camino;
bien te guardé la puerta cada tarde, y bien libre te dejé de estorbos
el terreno pa que mejor te despacharas á tu gusto. Si no tuvistes alma,
cobardón, pa agarrar las ocasiones por la greña, y si con ese geniazo
de perro de cabaña y ese corpanchón de fardo mal atao, te has hecho
aborrecible al padre y á la hija, ¿qué culpa tiene tu tía de ello?

Hay que tener presente, para formarse una idea aproximada de aquel
cuadro, que la Galusa, por temor á que la oyeran, no gritaba: expelía
las iras por la boca, entre hervores y silbidos de las fauces,
retorciéndose el cuerpo sarmentoso y con los ojos flameando, casi fuera
de sus órbitas ensangrentadas. Estaba espantosa; y su sobrino, por no
verla ni oiría, cerró los suyos, se tapó los oídos con las manazas,
y volvió á tumbarse boca abajo en la cama, donde lloró de rabia y de
despecho.

La furia, anhelante, con los labios amarillos y entreabiertos,
temblorosa y desencajada, volviendo á poner los puños sobre las
caderas, inclinóse hacia su sobrino; le estuvo contemplando unos
instantes como si se gozara en sus tormentos, y luégo comenzó á
hurgarle, entre sollozo y bufido, con piropos como éstos:

—¡Echa, gandulón, echa! ¡echa la mala casta con los hígados por los
gañotes! ¡echa por esos ojazos el solimán corrompío que te sobra en la
entraña, á ver si, limpio de tanta maldá, acabas de estimar á tu tía en
lo que debes!... ¡Desalmaón! ¡mondregote!... ¡cochinazo!

Marcones estaba entregado, ó no oía los vituperios con que le
acribillaba la Galusa implacable; porque no respondió una mala palabra,
ni levantó la cabeza, ni separó las manos de sus oídos. Al fin dejó
también de gemir y de lanzar rugidos sordos entre las almohadas; y
sin duda por creerle bastante domado ya, cesó también la furia de
mortificarle. De pronto se incorporó el hombrazo; y clavando los ojos,
hinchados y sanguinolentos, en su tía, la dijo, conteniendo á duras
penas y en fuerza de contorsiones, el torrente de su voz que quería
escapársele de la garganta:

—¡Si, bien considerada mi desgracia, yo no sé por dónde me duele más!
¡Si voy creyendo ahora que, por encima de lo que tiene en dinero esa
mujer, la estimo á ella en lo que vale por sí sola! ¡Si de un tiempo
acá, por donde quiera que voy, en donde quiera que me hallo, me
persigue su estampa como una tentación de los demonios! La tengo metida
aquí, ¡aquí! (y se golpeaba la cabeza); y desde que sospeché lo que
había de sucederme y, sobre todo, desde que sucedió lo que me está
sucediendo, más que estampa de mujer, es fuego, es lumbre que me devora
y me enloquece, y me pone como usted me ha visto, y me obliga á decir
lo que no siento.

—Eso ya es otra cosa—dijo entonces la Galusa, como si nada hubiera
pasado entre los dos,—y güeno es saberlo pa tenerlo en consideración
al respetive de ca uno. En este mundo, bien lo sabes tú: al son que se
toca, bailan las gentes; y según que con razón ó sin ella se la agravia
á una, al mesmo consonante se responde, anque no se sienta la metá de
lo que se diga. Conque, hazte tú el cargo por lo que te toca en la
engarra pasá... y vamos á lo que no da espera. ¿Qué tienes cavilao pa
en seguida, dispués de lo que te está pasando?

—Nada,—respondió Marcones en el mayor abatimiento.

—Poco es ello—dijo la Galusa,—pa lo que el caso pide. Pos yo, días hace
que estoy pensando en lo que debes hacer.

—¿Y qué es lo que usted ha pensado?

—Que parando el negocio éste en lo que paró, y dándole por finiquito pa
en jamás... porque hay que conocelo, Marcos: á las cosas que caen de
este modo, no hay juerza humana que las levante...

—Pero ¿qué es lo que usted ha pensado?—insistió el otro, impaciente,
y más que impaciente, atormentado por aquel parecer de su tía,
precisamente porque era el suyo también.

—Yo he pensao—continuó la Galusa encareciendo mucho el dictamen con
gestos y contorsiones,—que si no tienes agallas pa apechugar con el
oficio de tu padre, debes tratar de golverte á tus estudios... porque,
hijo del alma, no hay en ca güerto una breva como la que se ha perdío
aquí, ni es cosa de echarse por el mundo á buscar las pocas que hay
en él, ni, la verdá sea dicha, eres tú de los más amañaos pa salirte
con la tuya en casos tales... Y no te me güelvas á soliviantar, como
paece por las trazas, porque ya sabes cómo las gasto... cuanti más que,
estando en lo que estamos y viendo lo que pasa, hay que hablar en pura
verdá, anque ella mos descuaje... Más he perdío yo, si bien se mira, y
me aguanto. Tú, mozo eres y en tiempo estás de hacer por la vida. Yo
he gastao la mía en servir á un bribonazo; y á la hora presente, si me
echara de su casa, tendría que irme á pedir limosna con un cestuco.
Día es éste en que no he podío ajustar mis cuentas con él. ¿Qué tal
estarán, dejás á una concencia como la suya? ¿Te vas hiciendo el cargo
de lo que yo salí perdiendo con no ganar tú lo que querías? Pos ahora,
tu dirás.

—Digo—respondió Marcones domando mal las tempestades que le
combatían,—que mientras esto no termine de un modo imposible,
enteramente imposible, ¿lo entiende usted? absolutamente imposible de
remediar, yo no puedo, ni debo, ni quiero pensar en buscarme otros
caminos para vivir sin trabajar la miserable tierra en Lumiacos; porque
lo que es en esto, no hay que soñar siquiera. Primero que rascaboñigas
pobre, sería ladrón de caminos, ó me tiraría de cabeza desde la cruz
del campanario.

—Curriente—dijo la Galusa cruzándose de brazos.—Y ¿á qué llamas tú ser
imposible de arreglar... eso que se mos desarregló?

—Á que esté casada ella,—respondió Marcones.

—¡Pero si es ella, simplón, la que pior cara te pone!... ¡Ah, pos si
no!...

—Por lo mismo. Seré el perro del hortelano.

—¡Si tuvieras, tan siquiera, los güesos que él roía, pa ir viviendo
hasta allá!... Porque la cosa pué ser de dura larga, anque te paezca
destinto por lo del fachendoso de ayer... Aparencias de fanfarria... si
es que no viene el tuno á buscar aquí lo que no has podío hallar tú...
¡Y la tontona de ella que se feúra otra cosa!

—Sea lo que fuere, tía, yo no la perderé de vista, por lo menos
mientras ese nuevo fregado no se aclare de un modo ó de otro. Me da el
corazón que yo he de tener algo que hacer aquí todavía.

—¿Corazoná dijistes... y tuya? ¡Madre de Dios! Mira, testarudón del
diaño, y hate cargo, pa que me creas, de que, si no soy bruja, voy ya
picando en vieja, que pa el caso es lo mesmo: cuanto más pernees y te
corcomas delante de ella, más los regalarás el gusto á los dos. ¿Qué
más querrían los pícaros!... ¡No seas bobo!... echa cruz y raya á lo
pasao; no pongas más los pies en Robleces, y menos en esta casa, y
güélvete á tus libros. No llegarás á santo por ahí, porque, á la verdá,
no eres de la madera de ellos con esa carnaza tan mordía del ujano, que
Satanás te dió; pero tendrás la puchera que buscas, sin machacar los
tarrones de Lumiacos.

El sobrinote oía, se golpeaba la cabeza y no contestaba; y la Galusa,
insistiendo en su tema, permanecía delante de él mirándole fijamente
y con los brazos cruzados. Al fin, y después de un bufido descomunal,
púsose Marcones de pie y dijo á su tía, alzando los dos brazos á un
tiempo:

—Pero, consejera de los demonios, ¡cómo he de volver yo al seminario,
aunque fuera capaz de pretenderlo? ¡Por qué puerta quiere usted que
entre, si todas se me cerraron cuando de él salí la última vez? Y
aunque alguna de ellas se me abriera, como por milagro de Dios, ¿de
dónde me saca usted los recursos con que antes me ayudaba? ¿Ó piensa
usted que á una cabra tan villana como ese hombre, se la puede ordeñar
dos veces?

—Eso, ni soñalo, Marcos, ni soñalo... ni yo ¡Virgen Madre! me pondría
en asomo de pretendelo—respondió la Galusa; y luégo, bajando más la voz
y acercándose más á él, que apartaba la cara por no recibir en ella el
rocío en que salían envueltas las palabras, añadió éstas:—Contaba yo
con ese reparo que me pones de la ayuda de costas, porque del otro no
hay mucho caso que hacer: no jué la tuya, falta que merezca cárcel, y
otras más gordas se habrán perdonao allí. Pos contando con lo que te
digo, sépaste ahora que, por güeñas ó por malas, mano á mano ó por la
de la Josticia, ese hombre ha de arreglar las cuentas conmigo, y pienso
que sea bien aína. Le he servío más de venticinco años, y de su bolsa
á la mía ha pasao muy poco más que el coste de los cuatro pispajos con
que me visto. Por mal que se me pague mi trabajo en ese tiempo, siempre
saldrá un resultante de más que lo que á tí te hace falta pa acabar
los estudios. Vistas las cosas como se debe, si no me muero yo antes,
muerto este hombre, cuéntame á mí de patas en la calleja. Pa vivir con
ello solo, ese resultante no será cosa mayor... ¿estás tú?

—Estoy; ¿y qué?

—Que si quieres ser cura y te comprometes en regla á llevame á mí á
tu lao cuando lo seas, yo te daré el sustipendio pa que acabes los
estudios.

—¿De lo que le saque usted á la cabra esa?—preguntó Marcones á su tía,
después de una mirada de burla.—¡Como no se lo robe!

—¡Ojalá pudiera, Marcos! ¡ojalá pudiera!... Y bien sabe Dios, y no me
remuerde la concencia por ello, que tengo hechos los imposibles por
meter los brazos hasta el codo; pero el arrastrao, tan... cabra es,
que no lo tiene en cosa en que se puedan jincar las uñas de repente; y
primero se le descubrirán las costillas, que un ochavo en sonante.

—¡Como que se va usted á confesar conmigo ahora!... ¡Vaya con la
inocente que se pasa de maliciosa!

—¿Pos qué te piensas, alma de Dios? ¿Piensas que yo tamién tengo gato,
y quiero escondele de tí con esto que te digo?

—¿Y se le busco yo á usted por si acaso? Buen provecho le haga. Yo
también, en lugar de usted, le tendría, como usted le tiene.

—¡Como le tengo yo!

—¡Pues claro! ¡Buena es usted para estar veinticinco años en una casa
como ésta, donde lo hay, aunque sea en telarañas!... Al fin, del duro
se ha de sacar, y no del desnudo; y á poco que se vaya quedando entre
las manos cada vez, á fuerza de pasar y pasar...

—Justas y cabales: una corteza de roña, como que roña es lo único que
ha pasao por ellas...

—En fin, dejemos esto, que no viene muy á pelo en la ocasión presente.

—Pero ¿en qué quedamos de lo otro?

Aquí se remontó de nuevo Marcones, que, por más que él quisiera
aparentar cosa muy diferente, no había echado por mera chanza aquella
zarpada hacia el supuesto gato de su tía, y respondió á la pregunta de
ésta:

—En que no estoy en este instante para pensar en lo que no sea lo que
tan loco me trae; que me voy, por de pronto, de esta maldecida casa,
que así la abrase un rayo en cuanto yo salga de ella; que no quiero
volver á Robleces mientras no pueda traer conmigo las plagas que le
pido al demonio para castigo de ingratas y desalmados; que aborrezco en
esta hora á toda la raza de Adán, y que he sido un bestia en andarme
con finezas de caballero delante de la puerta cerrada, cuando pude
haberme colado dentro, saltando como un ladrón por la ventana. ¡Y
déjeme ahora que me largue por esos campos de Dios á desfogarme á mi
gusto, y á tragar á borbotones el aire que necesito para no ahogarme de
ira!

Y con esto, se caló el sombrero y echó á andar hacia la puerta, desde
la cual se volvió de repente para decir á su tía, que continuaba
mirándole y con los brazos cruzados:

—Ahí quedan seis plumas de acero, dos mangos de palo, una gramática,
una aritmética, una geografía, una historia de España, dos catecismos,
una historia sagrada... y cuatro novelas que, en mal hora, puse en
manos de la muy desagradecida. Son objetos de mi propiedad, y los
reclamo.

Y se fué dando un portazo feroz, que hizo estremecerse á la Galusa.

Ésta permaneció todavía unos momentos en la misma postura en que estaba
antes de marcharse su sobrino; y dijo después entre dientes, clavando
los ojos de rámila sarnosa en la puerta por donde Marcones había salido:

—Pos es la primera vez que saca á relocir, el gandulote, esa
sonata... ¿Conque el gato mío, eh? No sé qué vientos le soplarán en
mi muerte; pero lo que es en vida, no te has de relamber los morrazos
¡sinvergüenzón! con la puchera que pongas con él.

Sorbió la moquita, se pasó una mano por las narices, y salió también
del cuarto.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXIV

LEÑA AL FUEGO


Muy poco dió que pensar á Inés el lance de la despedida de Marcones.
Algo la pesaba haber sido tan lacónica y desabrida con él durante la
entrevista; pero los descomedimientos y groserías del estudiantón, y,
sobre todo, la aversión que le tenía por motivos bien justificados,
disculpaban aquella falta, y aun otras mayores que hubiera podido
cometer entonces. No pensó más en ello, y volvió á su tema. ¿Cuándo
vendría _el otro_? Porque él tenía que venir, una vez por lo menos:
se lo había prometido á su padre al despedirse en la romería, para
tratar del asunto pendiente entre ellos dos; y este asunto pendiente
era la compra de la casa... ¡La compra de la casa!... Y ¿para qué
quería la casa _él_?... Capricho de hombre rico. Pero, sabiendo que
le desagradaba á ella ese negocio y habiéndola prometido lo que la
prometió cuando la conoció el desagrado en la cara, ¿cómo se explicaba
aquél su manifiesto propósito, delante de ella misma, de volver luégo
para tratar del asunto pendiente? ¿Si sería todo una disculpa para
volver á verla y continuar la interrumpida conversación?

Y como le esperaba á cada instante, era un asombro lo que se componía,
y las combinaciones que hacía con los cuatro vestidillos, tres
pañoletas de seda cruda y dos juegos de puños y cuellos, que eran todo
su equipaje. Pero pasaron dos días, y el de Nubloso no vino; pasaron
tres, y tampoco; y al cuarto... vino Pilara, frescona y grande como
ella misma. Temblaba el suelo donde pisaba; y al entrar en la pieza
en que la recibió Inés, retumbaba la voz en techos y paredes. Todo en
aquella mujer era sano, recio y de temple: encina pura, mármol sin veta
y acero toledano, salvo el corazón, que era blandísima cera neta, de
panales.

Pues iba, risoterona y ufana, á pedir á Inés aquel favor de que
la habló en la romería, y era «cosa de ella y de Pedro Juan, en
concierto.» Inés la repitió que contara con él, si podía hacérsele.

—¡Vaya si puedes!—dijo Pilara, con las manos sobre las caderas y
revolviendo el cuerpo á uno y otro lado sobre los pies, inmóviles
como dos lingotes de hierro, atornillados en las tablas. (Se tuteaban
las dos desde niñas, aunque Pilara tenía tres años más que Inés.)
En seguida añadió sin pararse en barras:—Pos yo y Pedro Juan, en
concierto, queremos que seas tú la madrina del casorio... Ya ves, á ná
compromete ello, si no es á un poco de molestia...

Á lo que respondió Inés que, por su parte, no había inconveniente
alguno.

—¿Temes, quizaes, que le haiga por la de tu padre?—la preguntó entonces
Pilara.

—Por si acaso le hubiera—respondió Inés,—tengo que consultar con él
antes de comprometerme. Ya te avisaré lo que resulte, después de
hablarle hoy mismo.

Quedaron conformes; y Pilara, que no era más ligera de visitas que
de mole, charló con Inés largamente de sus cosas y proyectos. Estaba
«prendá, prendaona de too, del venturao de Pedro Juan.» Pedro Juan era
pobre, tan pobre como las ánimas benditas que estaban en cueros vivos;
pero en Pedro Juan, desnudo y sin una _mozá_ de tierra propia, había un
caudal de nobleza, de trabajo y de _rebustez_. Era una peña con alma de
oro, y «auta pa los imposibles.» Bien lo sabían en casa de ella, cuando
tanto la alababan el gusto de estimarle y «la lealtá y la pacencia
con que había esperao tanto tiempo á que él rompiera la cortedá.»
Otros podían tener cuatro carrucos de tierra que manipular, y una
choza propia en que meterse; ¿pero de qué valía todo ello, si llevaban
contra sí, «al mesmo tiempo, la consomición de este vicio ó de la otra
deficultá?» En casa de Pedro Juan no había más que lo justo para el
avío de dos hombres, «poco arreparones y mal amañaos;» pero ella no
saldría de la suya «con los brazos colgando y á la ventura de Dios.
Llevaría una buena cama, con su mullida y buenas ropas; tres sillas de
torno; una caldera de cobre; un arca de pino atestá de equipaje; uno de
la vista baja, á medio criar, y una novilla de quince meses, sin contar
los trampantojos que se la jueran arrimando de acá y de allá.» Era la
única hija de su padre; su padre lo tenía, y le daban eso por ahora,
porque así lo querían también los demás. Si mañana faltara Juan Pedro,
«que sería el hombre más honrao de toa la cristiandá si no viviera
Pedro Juan, que lo era tanto como él,» se vería lo más conveniente:
si seguir los dos en Las Pozas, ó subirse á la casa de la Iglesia, en
que tenía ella una cuarta parte. No la gustaba «el un oficio de Pedro
Juan, por lo arriesgao que era;» y por eso solo se alegraría de subirle
al barrio para quitarle la tentación del agua salada, y hacerle que se
conformara con ser solamente labrador, aunque de este modo sacara menos
provecho que de los dos oficios juntos; además, que había que mirar
también por el cuerpo, que no era de hierro «pa traele, como le traía
el enfeliz, hecho una estorneja, hoy en el regadío de la mar, y mañana
en el secano de la tierra...»

De pronto dejó Pilara sus asuntos propios, y saltó á los de la
escuchante.

—¿Y qué me cuentas del caballero del día de San Roque?—la dijo cruzando
los brazos, que casi se perdían de vista, con lo rollizos que eran,
debajo del pecho, y mirándola con la cabeza algo entornada.

Lo mismo que la grana se le puso la cara á Inés al verse acometida de
improviso con esta pregunta.

—Pues ¿qué he de contarte?—respondió, no muy á punto ni con gran
firmeza.—Nada que no sepas tú.

—¡Vaya—continuó Pilara sin hacer más caso de los colores de Inés que de
su respuesta,—que campaba de firme, empingorotao allá arriba, ajunto
al altar mayor! ¡De firme que campaba con su cadena relumbrante, su
pechera blanca, su etelaje de gran señor... y hasta con aquellos
pinchos debajo de las narices, mujer! ¡Andando que le caían guapamente
esos amenículos allí! Pos dígote que se despepitaban las gentes
por saber quién era, y naide lo sabía, hasta que por la tarde se
plantifica en la romería contigo... Me gustó aquello, ¿qué quieres
que te diga?... Me gustó de veras; y tamién te digo que en jamás de
los tiempos ví pareja mejor apareá... Y no creas que jué ocurrencia
mía solamente; que el que más y el que menos de los que vos vieron,
pensaron lo mesmo que yo. Á muchos oí decir, como me decía yo á mí
mesma: «Nacíos paecen el uno pa el otro.» Y era la verdá pura, ¡ja, ja,
ja, ja!

Retembló el cuarto con la risotada de la mocetona; la cual, sin fijarse
más que la otra vez en que Inés volvía á ponerse muy colorada, continuó
diciendo:

—¡Mujer! y luégo salimos, á las tantas de la tarde que golvió don Elías
por allí y lo cernió, en un dos por tres, á too bicho viviente, con
que el caballero relumbrante jué primero un muchachuco de Nubloso...
¡Alabao sea el Señor por siempre! ¡Quién había de magináselo? Pos mira,
mos alegramos de sabelo; que si es tan poderoso como cuentan, más vale
que lo deje por acá, que angunos se locirán con ello; porque la moneda,
polvo viene á ser que se esparce; y quien se alcuentra con algo de él
encima de la ropa, eso sale ganando... Y ¿sabes qué te digo tamién al
respetive, y á más de cuatro se lo oí lo mesmo en la romería aquella
tarde? Pos dígote que, por muchas inflas que tenga el piripuesto ese, y
por muchas que sean las tierras y las gentes que haiga visto y pueda
ver, no alcontrará pa mujer propia un acomodo que tan pintámente le
caiga, como tú... Andando, Inés; y no te sefoque el dicho, que es el
avangelio; y güeno es ser homilde, pero no tanto como tú, que ya te
pasas, con ser quien eres y valer lo que vales... Y con esto me voy,
que bastante poste te he dao esta tarde. Ya me avisarás de eso otro,
¿verdá?... Curriente. De padrino no hay ná hasta la presente: es cosa
de ellos. Conque me marcho; y si no lo tomas á mal, te daré un beso por
despedía... Me sale el antojo de acá: créemelo.

Puso de muy buena gana Inés la mejilla izquierda tan alta como pudo;
bajó Pilara más de medio palmo la cabeza, y ¡chaas! ¡chaas! Igual
estrépito que si se hubiera rasgado en tres tiras media sábana _casera_.

Fuése Pilara al cabo; habló Inés á su padre sobre lo que aquélla
deseaba; accedió á ello el Berrugo, á condición de que no le costara
dinero el favor; llegó la noche, y amaneció el nuevo día, y fueron
corriendo las horas de él; y por aquella portalada no entró más persona
extraña á la casa que el Lebrato.

La comisión que éste llevaba era para don Baltasar. Comenzó por
referirle «el particular» del casamiento de su hijo, casi en los mismos
términos que Pilara á Inés, con idénticas reflexiones y con las
propias noticias sobre lo que llevaba la novia al domicilio conyugal,
y lo que esperaba para el día de mañana. El Berrugo no halló pero que
poner ni al relato, ni á las reflexiones, ni á las noticias. Nada le
pedían, nada le costaba: al contrario, salía ganando en el bodorrio
aquél un elemento que daría gran prosperidad á su casería de Las Pozas.
No se lo dijo así al Lebrato; pero le alabó el gusto de su hijo y le
ponderó el acierto de todos en arreglar las bodas cuanto antes. ¡Como
que había dado permiso á Inés, que se le había pedido, para ser madrina
de ellas!

Estimó Juan Pedro el favor en todo lo que valía, y animóse á exponer la
pretensión que él llevaba por su parte. Por demás sabía «el señor don
Baltasar» que una casa como la de Las Pozas no estaba en disposición de
recibir de golpe y porrazo á la mujer que había de establecerse allí
como reina y señora de ella.

Cierto que Pilara traería lo más preciso para el avío y comodidad del
matrimonio; pero esto mismo le obligaba á él, al Lebrato, á hacer mayor
esfuerzo para arrimar algo de su parte. Pedro Juan no tenía más que lo
puesto y la muda para los domingos: había que _echarle_, por lo corto,
un vestido flamante y su calzado correspondiente; y después, ¿qué menos
que un par de camisas nuevas?... Pues «el timineje del negocio,»
aunque la boda fuera en la casa de arriba, sus gastos traía también á
la de abajo; que no había de salir todo el desgaste de una sola piedra,
«ni sería bien vista la gorroná, dao que la hobiese, ni la consentiría
él, que conocía lo que obliga al hombre de bien el agasajo de otro.» La
casa misma pedía su gasto correspondiente: un poco de blanqueo; «dos
escobás siquiera» había que dar al cuarto de _ellos_; y el llar de
la cocina no podía dejarse como estaba, sin una baldosa entera... En
fin, que había gastos, y no pocos, que hacer por parte de Juan Pedro
con motivo de la boda de su hijo. El no quería ni necesitaba ponerse
colorado delante de nadie para pedirle á préstamo un puñado de pesetas,
porque sabía dónde y cómo ganarlas honradamente. Dentro de pocos días,
en cuanto apuntara septiembre, empezarían su hijo y él la campaña de la
ostra. Sacándoselo al cuerpo sin caridad, bien podía atenderse á este
recurso de día, y por la noche al de la pesca del durdo y del anguilo,
mar afuera. La brega sería ruda; pero cuando el caso lo reclama,
«mentira paece la correa que da un hombre avezao á la probeza.» En
suma, el favor que le pedía «al señor don Baltasar,» era que, por
aquella vez sola, le dejara libres los productos de la campaña, sin
que le reclamara «en el San Martín» la parte acostumbrada de ellos
para aminorar la deuda pendiente. Las rentas por todo lo demás, no le
faltarían á su hora y punto debidos.

El Berrugo, después de oir al Lebrato en silencio, pero no sosegado,
porque tan pronto se rascaba la barbilla ó se pasaba la mano abierta
por la cara ó pescaba mosquitos en el aire, como golpeaba el suelo con
el mango del rozón que tenía en la otra mano, consideró, ante todo,
que el favor solicitado no era de los que costaban dinero, es decir,
dinero sacado de su bolsa. Tratábase sólo de no cobrar, _por entonces_,
un piquillo que cuanto más se retrasara en poder del deudor, tanto más
iría engordando en provecho de un acreedor tan diestro saca-cuentas
como él... Por otra parte, no estaba muy seguro de no necesitar el
día menos pensado á Juan Pedro para cierto negocio que le traía á mal
traer. Podía, pues, y debía echárselas de rumboso impunemente en aquel
trance, y se las echó.

Aunque no duraron mucho estas meditaciones, al Lebrato le parecieron
muy largas, y temía lo peor al ver el afán con que el Berrugo se
rascaba la barbilla con una mano y golpeaba el suelo con el rozón que
agarraba la otra.

De pronto le dió don Baltasar en las espinillas con el mango del
instrumento aquél; le encaró, de un empellón, hacia la calle, y le
dijo: —Al último, harás de mí hasta ochavos morunos, si te empeñas
en ello. Ya estás servido... y andando; y cuéntale el cuento al
sinvergüenza que te diga que no soy blando de corazón.

Y no ocurrió más de extraordinario en la casona de Robleces, hasta
el otro día en que, al fin, se metió por la portalada el indiano de
Nubloso.

El Berrugo andaba trasteando en el estragal, y allí le recibió, con muy
buena cara por cierto.

—¡Hola, hola!—le dijo en cuanto le vió, pero sin dejar de hacer lo que
hacía.—¿Se viene á cumplir la palabra, eh?

—Hay de todo, señor don Baltasar—respondió el indiano muy
afable,—porque vengo á verlos á ustedes y á ofrecerles de nuevo mis
respetos; pero no á tratar del punto consabido que tenemos pendiente
usted y yo. En esto falto á la palabra que le empeñé al despedirme el
día de San Roque; y falto con toda intención, porque quiero invertir el
poco tiempo que traigo disponible, en lo primero, que es cosa mucho más
agradable para mí.

—Ciertamente que no corre prisa, por mi parte, ese asunto, y no seré
yo quien se le meta á usted por los ojos... Y con franqueza, si lo que
quiere á la presente es conversación, yo no puedo dársela en un buen
rato, porque tengo mucho que hacer por aquí; pero no faltará quien se
la dé, si le es igual una que otra. Arriba está Inés, que debe de tener
el tiempo muy de sobra y le recibirá, si quiere usted subir y descansar
un poco.

—¡Oh, señor don Baltasar!—repuso el indiano muy risueño,—siempre me da
usted en su casa muchísimo más de lo que vengo buscando...

—Yo soy así, hombre—dijo al punto don Baltasar mientras colgaba
un dalle de la viga del techo; y en seguida, arrimándose al hueco
de la escalera y haciendo embudo sobre la boca con las manos,
gritó:—¡Inés!... ¡Inés!... ¡Allá va este... sujeto del otro día!...
Suba usted, suba usted, sin ceremonia—añadió volviéndose hacia el
indiano;—suba usted, que ella le enseñará el camino. Yo subiré en
cuanto despache aquí abajo.

Tomás Quicanes no iba tan majo como el día de San Roque. Nada de levita
negra, ni de pechera con brillantes, ni de botinas de charol: un terno
gris, de americana; calzado amarillo de suela recia; hongo obscuro,
corbata clara y cuello bajo y blanquísimo, como los puños; pero con
este traje sencillo, holgado, de buen corte y de esmerada hechura,
valía doble que con el otro el buen sobrino del difunto Mayorazgo
de Robleces. Lo mismo opinó Inés en cuanto le atisbó desde la sala
al asomar él por la portalada; y eso que la inexperta hija de don
Baltasar no pudo estimar el día de San Roque lo que había de cursi en
el aparatoso atalaje, cargado de relumbrones, del caballero del altar
mayor. Y no sólo le encontró mejor mozo así, sino más «tratable,»
más... de carne y hueso; en fin, menos temible para un apuro como «el
del otro día,» si llegaba el caso.

Es de advertirse, por si fué malicia de la neófita en intrigas de
aquella especie, que al entrar el indiano en la corralada, Inés cosía á
la parte de adentro del balcón, y que al llegar á la sala acompañándole
desde el carrejo, la sillita y los avíos de costura estaban á la parte
de afuera, es decir, en la misma solana y delante de la puerta. Ello
fué que el indiano, al verlos donde los veía, no quiso aceptar la silla
que, muy de cumplido, le ofreció Inés en la sala.

—¡De ningún modo!—la dijo.—Por las señales, estaba usted trabajando
allí; y como yo no soy de cumplido ni quiero que mi visita la sirva á
usted de molestia, se la haré á usted en la solana, si me lo permite.

—Como á usted le guste más,—respondió Inés dirigiéndose al balcón.

Otras dos observaciones por lo que valgan: Inés apartó la silla y los
cachivaches, como si les estorbaran el paso, y los colocó á un lado
y á muy buena distancia de la puerta; y el visitante había visto, al
asomar al carrejo, entre la penumbra de las inmediaciones, vagar una
silueta antipática, que era la de la Galusa.

¿Huían los dos, visitante y visitada, de una misma contingencia
desagradable, al resistirse el uno á hacer la visita en la sala, y al
estar tan bien dispuesta la otra para recibirla en lo más escondido
del balcón? Lo que no tiene duda es que en aquel sitio, deparado por
la casualidad ó elegido por la malicia, se podía echar un párrafo, no
alzando mucho la voz, sin que nadie se enterara de él, ni tampoco de la
mímica que le acompañara, como no fueran los pajaritos del aire; porque
por el pedazo de calleja que desde allí se descubría, no pasaban cuatro
transeúntes, y esos muy distraídos y torpotes, en toda una tarde de
Dios.

Yo me inclino á lo de la malicia, y de parte de entrambos; porque
también es indudable que, al comenzar la visita, ya se apuntó en cada
uno de ellos el mismo afán de llegar cuanto antes con la conversación á
un paradero indudablemente preconcebido.

Duraron poco, muy poco, en boca del visitante, y eso que no dejaba de
ser socorrido de conversación, esos preliminares de rúbrica en tales
casos, emparentados siempre, más de cerca ó más de lejos, con las
evoluciones meteorológicas, con el sistema de vida diaria y con otras
materias así; en seguida se plantó, retrocediendo de un salto, en el
día de San Roque, «de feliz y perdurable memoria para él.»

Con esto solo, ya comenzó á aletear y revolverse algo en los adentros
de Inés, y se le pusieron á la pobre los carrillitos como la misma
grana; y porque hizo un alto en la conversación el otro, y por creer
y temer ella quizás que de un nuevo salto de ideas se le largara Dios
sabía adónde, corta y novicia como era, se atrevió á tenerle á raya
preguntándole, sin dejar de coser, pero sin saber lo que cosía:

—¿Ha comenzado usted á tratar abajo con mi padre de _ese asunto_?

Por los hondos, aunque, en apariencia, lejanos enlaces que tenía esta
cuestión con la que á ella la interesaba tanto, la había sugerido
su buen instinto la idea de sacarla á relucir para los fines que se
proponía; pero fué inútil la precaución, porque no pensaba el indiano
en huir del terreno en que se había metido de un salto y de muy buena
gana.

—¿Y qué asunto es ese?—preguntó él á su vez, haciéndose el ignorante,
para tomar aquel nuevo camino que también guiaba al paradero deseado.

—El que prometió usted tratar con mi padre al despedirse en la
romería, en la primera visita que le hiciera. Creo yo que será el de la
compra de esta casa.

Y se sonreía la picaruela, como si no le creyera ya capaz de ello.

Sonrióse también el otro, y la dijo en seguida, tejiendo y destejiendo
entre los dedos de ambas manos la cadena de su reló:

—Ese asunto se quedará sin ventilar por ahora, porque se me ha puesto
por medio otro que me interesa bastante más: el de cierto huertuco...
¿Se acuerda usted?

¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo
cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San
Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa,
pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la
metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados
de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.

Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir
cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos
ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo,
le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le
subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía
parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una
historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería
cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin
aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era
«la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por
qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?

¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y
generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de
la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también
algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes;
pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo
de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al
final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él
el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.

En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque
contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que
exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y
así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la
voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas
horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más
que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y
sublime candidez de su alma, que no tenía precio.

Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la
pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las
ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo
agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte,
era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de
otra mucho más placentera y amable.

Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el
afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el
casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia,
sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló
claramente las tempestades de su pecho.

       *       *       *       *       *

Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar
embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que
como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta,
con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En
seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido,
tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la
preguntó sin dejar de contemplarla:

—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?

—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino
en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la
amorosa y á la vez compasiva del otro.

El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:

—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos
los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la
confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga
cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que
sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien
extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro
que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y
todo se aclarará cuando se deba.

Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los
miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que
el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.

Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida,
transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un
volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera
capaz de engañarla.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXV

ANALES DE TRES SEMANAS


No siempre halló el indiano de Nubloso igual comodidad que aquella
tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me
atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni
mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al
acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio,
y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre
empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado
á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso
faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo
que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto
deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego
amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.

Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el
trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de
la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de
Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse
en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y
rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista,
al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su
comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido,
tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba
desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo,
por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de
sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de
su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque
ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella
iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el
de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el
modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó
con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que
pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un
poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba,
de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la
amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un
don inmerecido de Dios.

Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan
puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si
bastaba un soplo de _él_ para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre
tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo
todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en
ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso.
«¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De
que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin
necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más
hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero
¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado
lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño
en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta
más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el
de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad;
pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso,
tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la
asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del
mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre
los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía
imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de
sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado
ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan
confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no
tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser
honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites
que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y
naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía
aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían
pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría
ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer
desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de
mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección
de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al
sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su
profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba
en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron
en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando
y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos
con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante
adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con
trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más
regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué
mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco
menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una
pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían
las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía
nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído
en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí
misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las
novelas.

Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más
embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su
cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba
á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en
la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más
obscuro del carrejo, como por casualidad:

—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?

Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso
roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel
esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que
respondió para salir del paso:

—Á mí nada me ha dicho.

Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en
la mano.

Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara
á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días
atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:

—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que
estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle
yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no
faltan ya!...

Y se fué.

Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque
lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban
á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro,
desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego
don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba!
¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el
otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»

Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y
rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante
por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía,
como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas
á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio
alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa
con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y
ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para
mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en
lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una
palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»

Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días
andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á
menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo
paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.

—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque
te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa,
no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué
no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del
pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho
perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo
para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin,
que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú
me saques de ella. ¿Querrás?

De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de
un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta
triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo
tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba
pasando.» Y dicho y hecho.

Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la
pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente
manera:

—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que
aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto
me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes,
el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba
las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que
me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías
fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que
era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no
haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada,
no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en
Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera
corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas
ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan
querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del
tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí
entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con
eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por
supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone
coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan
esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino;
que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y
en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta
que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber
pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla,
qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí
dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El
arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas
veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca,
qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino
de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de
decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo
el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas
cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que
puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había
ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque
despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía;
que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de
las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había
viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera
relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá;
porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que
os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo
que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te
vas enterando, Inesuca?

¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia
de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.

—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.

—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo
bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí.
Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado
tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se
esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando
claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar
la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y
gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las
gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata
el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la
deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada
de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí
me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.

Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que
esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última
noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla
el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo
tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la
siguiente:

—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere
usted que le diga yo?

—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo
contrariado.

—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba
verdad,—que no le puedo decir otra cosa.

Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida:

—Te creo, porque basta que así me lo afirmes aunque no me lo
juraras; pero te aseguro que lo siento como si hubiera perdido
algo de á cuanto... Pues, mira, Inesuca—añadió de pronto con gran
encarecimiento,—si no hay nada de lo dicho, debiera haberlo. Las gentes
tienen razón. Voz del pueblo, voz de Dios. Marcones te lo hubiera
entonado en latín, por pintar la cigüeña; yo te lo digo en castellano
neto para que me entiendas mejor. Y ahora, hija mía, dame palabra de
que, si llega á suceder algo de lo supuesto, no se lo dirás á nadie
fuera de tu casa antes que á mí; perdona el plante que te he dado, y
quédate bendita de Dios, como yo te bendigo, por lo buena que eres, que
me voy á decirte la misa.

¡Oh, qué tentaciones tan fuertes tuvo Inés entonces de detener á don
Alejo para decirle que quería confesarse con él! ¡Qué mejor confidente,
qué mejor consejero que aquel santo varón, para confiarle, en el
secreto del confesonario, una tribulación como la suya? Y en ello no
faltaría á su compromiso empeñado. Como en el secreto de la confesión
estaba obligada á guardar «lo que había pasado entre los dos,» y así
quedaría guardado, confiándoselo, como penitente, á su confesor.

Pero mientras dudaba, se perdió la oportunidad, y con ello se calmaron
las tentaciones. Entró en la iglesia, y á poco empezó la misa. ¡Con qué
fervor la oyó, y con qué fe le pidió á la Virgen que la amparara en el
trance en que se veía!

Después se encontró más fortalecida; y al volver á casa pensando en
todo lo que don Alejo la había dicho, sólo quería acordarse de lo mucho
bueno que le había contado de él. Así le veía ella más engrandecido á
sus ojos; y así quería verle, «porque él no podía ser de otra manera.»

Y, entre tanto, y como si tratara de desmentirla con su comportamiento,
ni en todo aquel día ni en los dos que le siguieron, apareció por
Robleces el indiano de Nubloso.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXVI

LA PUCHERA DEL LEBRATO


El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa,
como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa
para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan.
Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las
dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre
la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes,
largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para
cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según
la suerte soplara, unas veces salían en _blanco_, y otras veces más ó
menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes,
dejar las de _cría_, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni
tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural.
La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores
disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos
infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las
celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un
hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y
helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la
ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes
de _erre_ después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro,
suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo
se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba
entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la
que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo,
por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho
que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio
de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban
en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese
modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un
hervidero de conversaciones, que tenían que oir.

Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo
recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había
anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida
y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era
harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo
de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por
lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo
abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea,
á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos
que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el
segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con
sus taludes altísimos y casi á plomo, como una _hoz_ abierta entre
montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que
sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover
el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de
la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á
menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos
coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía
la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un
ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una
pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño
de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido
hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo
hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente
precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los
espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se
ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra
tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la
observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones
de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve
gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta
clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro
Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien
veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su
barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin
verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso,
y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «_hacia la mar_,» porque
cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser
mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el
paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más
alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores
riesgos de muerte.

Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo
que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre
espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la
mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre
los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes
de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se
iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre
embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado
como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba
otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también
los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la
masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo
inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio
era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse
la cabeza y rezaban fervorosamente un _credo_ el Lebrato y su hijo;
y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de
su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una
línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero
lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En
derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias
fosforescentes.

En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la
costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja;
y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad
acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el
pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene
sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y
no en otros muy parecidos, hay que buscarle.

Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien
registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi
casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la
barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en
que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado
lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta
el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un _reñal_
muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba
al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho
silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía
acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una
milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de
muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se
trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la
cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni
durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.

Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era
un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las
dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus
destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te
quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas
campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado
la divina Providencia!

Porque es de saberse que antes de tener un hijo, primero muchacho
animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la
tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar
la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando
el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la
dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de
la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra
para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la
mar, por _desborregarse_ á obscuras entre las rocas; pasaban de seis
sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle
sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni
de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó
en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro
le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la
descubriera mirándole de arriba á abajo.

Sólo una vez en su vida, confesado por él, llegó, no á perder la
serenidad, sino á tener miedo y á sentir que le temblaban las carnes,
y no de frío. Fué aquél un lance espantoso, y aconteció tres años
antes de la ocasión en que el lector tuvo el gusto de conocerle. Le
acompañaba Pedro Juan aquella noche terrible; y á la pena que le
daba el considerar el peligro que estaba corriendo su hijo, atribuía
él mucha parte de la angustia que le andaba por adentro. Las cuevas
estaban dando «su buen por qué» en aquella campaña de primavera, y
la tentación de la ganancia segura cegaba demasiado el buen ojo del
Lebrato para distinguir tiempos de tiempos. Los que entonces reinaban,
pecaban más de crudos que de bonancibles, y lo que era peor, pecaban
de _locos_. Tan pronto dormían como danzaban. Ello fué que aquella
noche habló Pedro Juan cerca de la barra, para decirle que sería mejor
volverse desde allí, porque no le gustaba el _rute_ de la mar, y la
noche era negra como boca de lobo; pero el Lebrato, echando á broma el
asunto con su jovialidad de carácter, «Jala pa lante—le contestó,—que
piores las hemos corrío.»—Y el barquichuelo salió á la mar, que aunque
no rompía en la costa, tenía «los demonios adentro,» en concepto
de Pedro Juan. En el de su padre, la barquía podía atracarse á las
cuevas, sin pizca de riesgo; y se atracó á la primera. Era la bajamar
muy honda, porque las mareas eran vivas, y la cueva había quedado,
aunque no muy alta, lo suficiente para que no se pudiera maniobrar
en el pozo desde la barquía. Saltaron los dos al peñasco, en una de
cuyas grietas atascó el Josco el rizón del barquichuelo para dejarle
amarrado. Se registró bien la cueva con los palos, y prendieron dos
congrios; y como la mina no daba más, pasaron á la inmediata: cosa
de diez ó doce brazas más al Este, y cuestión de pisar firme y con
los pies descalzos en las puntas salientes de abajo, y de ayudarse,
cuando se podía, en las de arriba con las manos. El escabroso camino
era curvo además, en sentido horizontal, y la cueva se hallaba en un
esconce del gran peñasco, y, como si dijéramos, á espaldas de la otra.
Bregando allí largo rato, porque la cueva, como aseguraba Juan Pedro,
«lo tenía, pero no quería darlo,» Pedro Juan notó que el _rute_ de
la mar iba creciendo á lo lejos; que la resaca batía más que antes
debajo de sus pies, y pensó, muy cuerdamente, que cuando tal ocurría
en aquel rincón al socaire, peor debía de andar la cosa hacia la otra
cueva, que tenía la cara al vendaval. Debió de caer el Lebrato en las
mismas aprensiones que su hijo, y al mismo tiempo; porque suspendió de
pronto los tanteos que hacía en el pozo, y dijo á Pedro Juan: «Vámonos
pa la barquía, y á escape.» Se vieron mal, muy mal, para llegar hasta
allá, porque rompía ya la mar en los desquiciados peñascones que les
servían de camino; el aire, cargado de lluvia, arreciaba por instantes;
la obscuridad, aunque pareciera imposible, se había ennegrecido más
todavía, y á aquel sendero le faltaba bastante para ser un camino
real. El primero que llegó fué el Lebrato; pero el anuncio de su
llegada á Pedro Juan fué una exclamación, de tal sonido, que heló la
sangre en las venas del valiente mozo. La mar había hecho astillas
ó se había llevado la barquía, porque allí no quedaba más señal de
ella que el rizón atascado en la grieta del peñasco. No podía darse
situación más desamparada y pavorosa que aquélla, para dos hombres,
por valientes que fueran, como lo eran ellos. La marea comenzando á
subir; la mar embraveciéndose por momentos; el viento y la lluvia
arreciando; las asperezas de dos rocas puntiagudas, para apoyar los
pies desnudos; el brocal, digámoslo así, del pozo aquél, ó para mayor
exactitud de la comparación, la mandíbula inferior de aquella boca
abierta, para sentarse y economizar algo las fuerzas y aguantar mejor
las salpicaduras de la rompiente y los embates del viento... y eso,
solamente hasta que la mar, que subía, los echara de allí, ó se los
tragara, que era lo más probable, lo casi seguro. Porque ¿en dónde
hallaban otro refugio, si detrás de ellos no había más que un peñasco
altísimo, y aunque no enteramente á plomo ni limpio de hendiduras y
asperezas, bien marcadas en la memoria del Lebrato, se necesitaban la
agilidad y la ligereza del mono y toda la luz y la calma de un mediodía
de julio, para intentar, con un poco de fe en el buen éxito, una
escapada por allí? ¡Cómo intentar ellos ese milagro, entre tinieblas
espesas, azotados por la lluvia y el viento, viejo y débil ya el uno, y
mal conocedor del horrible camino el otro?

Pues le intentaron, por no tener más remedio.

—Tú eres hombre de fe, Pedro Juan, hijo mío—comenzó por decirle su
padre, después de meditar un poco sobre la situación en que los dos se
hallaban, con aquella serenidad de espíritu jamás turbada.—Pues porque
lo eres, quiero que te agarres á ella, como yo me agarro á la mía, pa
sacar fuerzas de onde no tenemos las bastantes pa salir de este apuro
por el único camino que hay. Podremos llegar ú no llegar á puerto.
Si me hallara solo, puede que pensara que no; pero la pena que me da
verte tan mozo y tan noble... y por sola la culpa mía en este riesgo
tan grande, me deja muchas esperanzas de que hemos de llegar. De toas
suertes, hay que escoger entre tomar ese camino ó dejarse tragar aquí
por la marea brava, como montón de _zaramá_... y no es de duda el caso,
á mi modo de ver.

Explicóle en seguida su proyecto, con cuantas señas pudo darle del
camino; oyóle Pedro Juan, que no chistaba ni se movía, como si fuera un
pedazo más de aquella roca; aprobó la idea con una sacudida del cuerpo,
que quería significar «ya estamos andando;» y volvió á decirle su padre:

—Así me gustan los hombres, Pedro Juan: en los apuros gordos, poca
palabra y mucho corazón... Vamos parriba, hijo mío, cuanto primero...
Yo voy delante de tí, porque conozco mejor la escalera: onde yo pise y
me agarre, pisa y agárrate tú, si es que lo ves en noche tan oscura.
Por si acaso no, vente bien cercuca de mí... Y oye tamién: pa que el
camino te resulte más entretenío, y hasta más llano, vete rezando de
corazón y ajustando de memoria las cuentas pendientes que puedas tener
allá arriba, que no serán grandes, á mi ver; y por sí ó por no, y por
si nos quedamos á medio camino, pídele á Dios que te eche este trabajo
en el platillo de los méritos; y puede que con ello solo te resulte lo
bastante pa saldar en ganancias al finiquito... Pero, al mesmo tiempo,
no dejes de agarrarte bien á la peña. Así lo pienso yo hacer, y démonos
un abrazo por lo que pueda ocurrir...

Abrazáronse, y concluyó el animoso Lebrato:

—Ahora ¡á ello, y que el Señor nos ampare!

Y empezó aquella ascensión tremenda, inverosímil, en que cada paso de
avance, á tientas, bajo la fría cellisca que á la vez que entumecía
los miembros de los dos infelices, hacía más resbaladizo el peñasco,
les costaba minutos de reflexión y nuevos pasos de retroceso, ó hacia
los lados para tomar nuevo rumbo, mugiendo el abismo á sus pies y
no viendo por delante otra cosa que la negrura de la mole que iban
escalando y parecía no tener fin. La gran esperanza del Lebrato estaba
en llegar á una ancha grieta que debía de haber en el último tercio
del peñasco, más tendida que las que iban siguiendo á gatas. Allí se
podría tomar un respiro, y acaso esperar á que amaneciera el nuevo
día; pero las fuerzas iban faltándole, le sangraban las manos y los
pies despellejados por los dientes de la peña, y temía á cada instante
desalentar á su hijo con el ejemplo de sus desfallecimientos. Con
las fuerzas de su abnegación de padre, más que con las de su cuerpo
desmayado, avanzó otro poco; pero con tan mala suerte, que se le
resbalaron los pies; y á no encontrar inmediatamente apoyo en la cabeza
de Pedro Juan, que le seguía muy de cerca, tras de los pies hubiera ido
el Lebrato entero y verdadero sin parar hasta el abismo, que seguía
bramando á más y mejor.

Conoció el Josco de dónde venía el golpe, y dijo al sentirle, con igual
frescura que si hablara en la socarreña de su casa, bien descansado y á
_subio_:

—¡Ya podía avisar, coles!

—¡No te amilanes por eso, hijo del alma!—le gritó el padre.—Fué que se
me desborregaron los pies. Tú tente firme, que á mí, ánimos y fuerzas
me sobran, gracias á Dios.

—Pos mire—replicó Pedro Juan, agarrado como una lapa y haciendo
equilibrios con las piernas de su padre sobre la cabeza;—por si güelve
á suceder, mejor será una cosa: si usté se compromete á guiar, yo me
comprometo á subile de este modo, y mejor si me pone una pata en cá
hombral.

—¡Eso es!—dijo el de arriba como espantado de la ocurrencia del de
abajo.—Pa que te despeñes primero, y sólo por sacarme avante á mí.

—Y no se haría más que lo debido... Pero no hay miedo de ello, padre.
Yo estoy lo mesmo que cuando escomencé á subir, y usté no pesa más que
una pluma. ¡Arriba, padre!

Y así hubo que hacerlo; y así llegaron los dos, en una pieza, hasta
donde quería llegar el Lebrato por de pronto. Incómodo, terrible era
aquello también; pero aunque mal, se pudo tomar allí un respiro. Según
la cuenta del Lebrato, faltarían sobre cinco ó seis varas para llegar á
los matos de arriba.

—Eso no es ná—dijo entonces el Josco,—si hay onde jincar las uñas y
afirmar un poco los pies.

—No falta de ello—respondió su padre.—Pero ¿no sería mejor aguantase
aquí, como pudiéramos, hasta que amanezca Dios? Esto de ver por ónde se
anda...

—Dios—dijo el Josco,—no puede habernos dejao llegar hasta aquí, por
sólo el gusto de que nos despeñemos de tan alto. Pudo haber acabao con
nusotros mucho antes, y no acabó. Á más á más, yo no sé si, viéndolo
de día, me aguantará la cabeza lo que debe de verse dende aquí hasta
abajo... ¡Arriba, padre!

Cómo, yo no lo sé ni ellos lo supieron bien jamás; pero ello fué que
subieron: rotos, desollados, empapados en agua y ateridos de frío,
eso sí; pero subieron. Y para que su buena fortuna fuera completa, al
otro día apareció la barquía entre dos aguas y metida por la marea, en
la playa de San Martín. Rota y bien machacada estaba del costado de
estribor; pero todo ello fué cuestión de cuatro tablucas más sobre los
muchos remiendos que ya tenía; y á la mar otra vez con sus dueños, como
si nada hubiera pasado aquella noche.

Así, y por el estilo, se ganaba ordinariamente la puchera el bueno de
Juan Pedro, el Lebrato; y tan alegre y campante como si no hubiere
vidas más regalonas en el mundo.

Por eso dije, y repito ahora, que la campaña que emprendió en
septiembre con los fines que conocemos, fué toda ella coser y cantar; y
tan placentera llegó á ser en la parte dedicada á la pesca de día, por
lo bonancible del tiempo y lo socorrido del trabajo, que Juan Pedro se
lo advirtió al señor cura, sabiendo lo mucho que á este santo varón le
gustaban aquellos recreos de vez en cuando. Y don Alejo, que no deseaba
otra cosa, echó cuatro ó cinco canas á la mar, que le rejuvenecieron
otros tantos años.

Se divertían mucho con él el Lebrato y Pedro Juan; porque, tras de ser
sumamente entendido en el oficio, y de haber hecho grandes valentías
ejerciéndole por entretenimiento en su mocedad, era hombre de buenas
ocurrencias, y sabía enjaretarles los consejos y los «pedriques» de tal
modo, y tan á la llana y entendibles, que «se les metían ellos solos
hasta adentro.»

¡Bueno se le echó á Pedro Juan, entre calada y calada á las porredanas
y al durdo, á media milla de la costa, la antevíspera de leerle la
última proclama de su casamiento! ¡Y bien que le supo al mocetón, no
sólo por el valor del «pedrique en sí,» sino por las alabanzas á Pilara
en que se le dieron envuelto!

Al desembarcar aquel día junto al corral mismo del Lebrato, porque la
marea lo consintió, despidióse don Alejo en estos términos:

—Si el tiempo lo permite, todavía he de echar otra canita á la mar en
la primera salida que hagáis después que Pedro Juan se case.

Y luégo, volviéndose hacia su padre, añadió:

—Te digo que no puedo echar de la memoria lo que me has contado de
aquel viaje del Berrugo. Pero ¿qué demonio iría buscando ese hombre
por allí? ¿Será capaz de haber tomado en serio lo de?... ¡Ave María
Purísima!

Á todo esto, el Josco tenía ya su vestido de arriba abajo, sus
borceguíes con clavillos, su sombrero hongo y sus dos camisas de
repuesto: todo ello nuevo, flamante; y además tenía la promesa de su
cuñado, de prestarle la capa para la ceremonia. Se había invertido
un celemín de cal viva en blanquear lo que debía blanquearse de la
casa, y el Lebrato tenía ya preparados el mortero y las baldosas para
sentarlas en el llar de la cocina y dejarle como nuevo. Y con esto,
y con estar apalabrado para padrino el médico don Elías, invitado á
ello por el Lebrato, que quería dar digna pareja á la madrina escogida
por la novia; y por haber ésta mandado ya abajo la cama con sus ropas
correspondientes, y la caldera y las sillas; y estando corridas las
tres proclamas... y en fin, todo listo y corriente, pusiéronse de
acuerdo con el cura los de arriba y los de abajo; y un sábado, el
último sábado de septiembre, con un sol esplendoroso en las alturas y
mucho rocío en el suelo; las panojas curándose en las mieses; el pelo
de la _toñá_ apuntando en las praderas; los graneros muy vacíos y los
pajares abarrotados; las vacas para llegar del puerto y las gentes muy
desocupadas; Inés triste todavía; el de Nubloso en enigma; el Berrugo
muy inquieto; Marcones desesperado en Lumiacos; la Galusa hecha una
serpiente; don Elías conmovido y vidrioso con el gran suceso de su
padrinazgo y la boda subsiguiente; don Alejo cavilando todavía en el
caso del Berrugo, y no poco en su conversación con Inés, unos días
antes, en el portal de la iglesia; Quilino carcomiéndose vivo, y el
mundo entero, impasible y descuidado, dando volteretas por los aires;
un sábado, repito, de esta traza, y el último de septiembre, casáronse
Pedro Juan y Pilarona, sin que en la ceremonia ocurriera cosa que el
lector no presuma, con excepción de una sola; y fué que al preguntar
don Alejo al novio si quería por esposa á Pilara, respondió mirándole
con gran extrañeza:

—¡Pos no he de quererla, coles? Eso bien lo sabe ella. Y usté tamién.

La boda se celebró en casa de Pilara; y allá asistió todo el cortejo de
la iglesia, menos Inés, que se excusó por no sentirse bien de salud, y
creo que era cierta la excusa.

Don Elías fué, durante el festín, un cepillo de nervios electrizados.
Repitió la historia de sus quebrantos de fortuna; sostuvo la realidad
de las apariciones y la existencia corporal de las brujas; y ya iba á
referir el lance de la linterna, cuando entró don Alejo, que había
prometido darse por allí una vuelta á última hora, y esto le contuvo.
Pero, en cambio, habló el cura con él, cuando se marcharon los dos
solos, del viaje del Berrugo á la mar, con sus investigaciones acerca
de la cueva del Pirata; y no sé quién se quedó más asombrado, si don
Elías cuando oyó esto, enlazándolo en seguida, por detalles y por
fecha, con lo ocurrido en su visita á don Baltasar, ó don Alejo cuando
el médico, espeluznado, le contó lo que en ella había pasado entre los
dos.

—¡Locos, locos de atar entrambos!—exclamaba para sí don Alejo en cuanto
se separó de don Elías.

Y casi al mismo tiempo iba pensando éste:

—No hay duda: el indecente ese cogió la pista que yo le dí, y anda
detrás del tesoro. ¡Tendría que ver que yo se le pusiera en la mano!

De estos pensamientos le apartó Quilino, que se cruzaba con él en la
calleja. Dejó en seguida el médico lo uno por lo otro, como lo tenía
de costumbre; y parándose con él, le dijo con apariencias de broma,
pero yo creo que con toda seriedad, aludiendo al casamiento de Pilara,
después de darle la noticia de que él había sido padrino:

—Un cuidado menos para tí, hombre.

—¡Un cuidao pa mí eso?—respondió Quilino despreciativamente;—¿cuándo lo
fué ello, recongrio?

—Pues bien te consumías y despatarrabas por ella poco hace,—replicó don
Elías.

—¿Por ella yo, congrio; por ella!—insistió Quilino con la risa del
conejo.—Era tó ello pura pamema, señor don Elías: pura pamema. ¿Pa qué
quería yo ese telarón, recongrio?... Sólo que yo tenía con el Josco
ciertos piques, y le tomaba por ese lao... Por eso me alegro de lo que
acaba de ocorrir esta mañana... ¡me alegro, congrio!; porque acabá de
una vez la desculpa que yo tenía pa lo otro, sacabó lo demás... Créame
usté, don Elías; ¡créame usté, recongrio! ¡ese hombre y yo, tal y como
estaban las cosas antes, no cogíamos vivos en el mundo! ¡no cogíamos,
recongrio!

Y se fué sin decir más, y en el momento en que don Elías iba á
preguntarle por el estado de sus relaciones con el Pinto de Los
Castrucos, después de la castaña del día de San Roque por la tarde.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXVII

LUZ Y TINIEBLAS


Lo que tenía que suceder, sucedió. Tomás Quicanes llegó un día, el
cuarto después de la boda de Pilara, á la casona de Robleces. Aquella
visita era la segunda que hacía á Inés desde que ésta había hablado
con don Alejo en el portal de la iglesia: salía la pobre enamorada á
visita por semana. ¡Bien se las iba escatimando el muy desagradecido!
Desagradecido precisamente, no; porque si en lo del misterio seguía tan
reservado como la primera vez, en lo demás bien dulce, bien expresivo
y bien amoroso se mostraba con ella; pero por aquellas inquietudes,
por aquel disgusto continuo tan mal disimulado, por aquellas extrañas
comezones, y últimamente por aquellas largas ausencias, testimonios
visibles de una conciencia intranquila y recelosa, que no eran cosa
buena, algún nombre malo merecía.

De esta traza fueron los pensamientos de Inés, cuando aquel día vió
entrar en la corralada al hombre que tan buenos y tan malos ratos la
hacía pasar. Le pareció más desmejorado que la última vez que le había
visto; pero, en cambio, notó que venía con aire más resuelto.

Por si esto era señal de traer algo nuevo que decirla, le esperó en la
solana. Y á la solana se encaminó él derechamente, como si fuera cosa
convenida entre los dos.

Realmente estaba algo desencajado de semblante, parecía muy animoso y
decidido; mas no para cosa buena, porque su mirar, aunque valiente, era
triste; y en su voz, de ordinario tan sonora y agradable, había notas
ásperas y desacordes.

Sentáronse los dos, y él habló poco, lo menos que pudo, de cosas sin
importancia para ninguno de ellos. En seguida dijo á Inés, abordando,
como de un salto á ojos cerrados, la conversación que iba dispuesto á
entablar con ella:

—No necesito preguntarte, porque demasiado á la vista está, lo que te
dará que pensar y que sufrir la extraña conducta que observo contigo,
desde que en este mismo sitio que ocupamos ahora, al confiarte los
sentimientos que, como por encanto, me habías infundido, me descubriste
el fondo de tu alma candorosa y noble, donde me ví ocupando un lugar
que yo no merecía. Sobre esto quiero y necesito hablarte, y á eso
vengo hoy.

Sintió Inés un hormigueo, frío y cosquilloso al mismo tiempo, que
de pronto la invadió de pies á cabeza. Aquello que se la decía era
lo mismo que coger la punta del velo para levantarle en seguida y
descubrir el misterio mortificador. El temor á la verdad, tras de
aquellos preliminares tan sospechosos, comenzaba á espantarla.

Conocióselo el indiano, que no apartaba sus ojos de los de ella; y
por martirizarla menos con preparativos ociosos y con atenuaciones
inútiles, de otro salto, más á ciegas aún que el anterior, se coló
dentro del asunto.

—Escúchame, Inés—la dijo;—y después que me hayas oído, escúpeme,
apedréame, arrójame de tu casa, maldíceme... Todo menos esta violencia
bochornosa en que vivo, y las angustias que te hago pasar á tí... He
estado engañándote inicuamente.

—¡Virgen María!—exclamó al oirlo la candorosa Inés, pálida como la
cera, sin voz apenas y temblando como una hoja.

—Te juro—continuó el otro, resuelto á todo ya,—que si hubiera robado
ó matado, me costaría menos violencia, en este mismo caso, confesarte
esos crímenes, que decirte lo que soy en verdad y lo que he hecho.

Inés, en un impulso instintivo de repugnancia, apartó su silla un buen
trecho de la que ocupaba el indiano, y al mismo tiempo le preguntó,
mirándole con el asombro y el miedo pintados en sus ojos:

—Pero ¿quién eres entonces?... ¿De dónde has venido?

—Es cierto—la respondió el interpelado, sin quejarse de aquellas
manifestaciones de Inés,—que soy Tomás Quicanes, el pobre muchacho de
Nubloso embarcado de limosna para América, por su tío el Mayorazgo de
Robleces, con el cual viví mucho tiempo en esta misma casa; cierto lo
que os conté de mis afanes de veinte años para adquirir dos caudales,
el uno de dinero y el otro de instrucción y de cultura; cierto lo de
mis viajes, unas veces por la pasión de viajar, y otras por parecerme
que la conveniencia de mis negocios me lo pedía; cierto, certísimo,
Inés, que lo mismo en la quietud de mi casa que viajando, no se
apartaba de mi memoria el dulce recuerdo de la patria querida, con sus
campos fragantes y sus montañas altivas, sus risueñas aldeas y sus
huertucos floridos; ciertas las impresiones conmovedoras que os dije
haber sentido al despertárseme los recuerdos de mi niñez en la iglesia
de Robleces y bajo los techos de esta casa; ciertas también las ansias
que te pinté, de mi corazón, libre hasta entonces, como el aire y la
luz que nos envuelven ahora, por llenar en esta suspirada tierra el
vacío que no llenó en otras muy lejanas; y cierto, en fin, el juramento
que te hice aquí mismo, y ahora quiero repetirte, poniendo otra vez
por testigo á Dios, de haber llenado tú sola ese vacío... Todo esto es
cierto, Inés.

—Pues si todo eso es cierto—exclamó Inés, que escuchaba anhelante y
parecía ir reviviendo á medida que el otro hablaba,—¿cuál es el pecado
por que mereces que yo te apedree?

—Pero yo vine á este pueblo...—añadió Tomás Quicanes, pidiendo á Inés
con un ademán y una mirada suplicante, que le permitiera continuar;—yo
vine á este pueblo y me presenté en esta casa haciendo una ostentación
ridícula... infame, de una riqueza que no tenía, que no tengo... Y en
esto engañé al pueblo entero, lo que es una bambollada jandalesca é
imperdonable; á tu padre, y esto ya es una maldad; y á tí, sobre todo,
Inés; á tí, que si eres incapaz de haberme querido pensando en los
caudales con que me suponías, en cambio es imposible que puedas mirar
con buenos ojos al hombre que se mete en el pueblo y en tu casa por la
puerta de un embuste semejante.

Se engañaba grandemente el indiano _engañador_ en el supuesto; porque
Inés, apenas cesó él de hablar, arrastrando un poco la silla hacia
la otra, y revelando en lo animoso de su mirada el peso que se le iba
quitando del corazón, le dijo:

—¡Y ese es el pecado por que merecías ser escupido y apedreado por mí?

—Déjame llegar más adelante con la cruz—respondió el otro sonriendo muy
forzadamente.—Si sólo se tratara aquí de un juego más ó menos lícito y
corriente, con decirte eso solo, ó con no decirte palabra y no volver
á poner los pies en esta casa, hubiera yo salido del apuro; pero yo
tengo puesto en este lance algo más que el empeño vanidoso, ya logrado,
de llegar á oir de una boca como la tuya que soy amado de mujer que
tanto vale; y no pudiendo callar, ni huir, ni continuar adelante en
esta actitud insostenible, al confesarte el delito necesito exponerte
también sus circunstancias, para que no caigas en la sospecha de que
trato de engañarte con otra farsa mayor y más abominable.

Se nubló un poquito con esto la naciente alegría de Inés, pero no
decayeron sus buenos ánimos. El otro continuó de esta manera:

—Me ví en América, á la edad que tengo, es decir, en el descenso ya de
la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme
rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y
sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando
más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas
costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria
nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo
preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente,
después de hacer una excursión de despedida por determinados países
de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien
acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si
fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos
risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza
del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios;
que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine
á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso
en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los
caudales de tu padre, de ciertas _cosas_ suyas, y de tus hermosas
prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto:
oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe
de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy
propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada
y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí
de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista
almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y
de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el
día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia,
para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más
señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada
de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo,
mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname
el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal
idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne,
no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los
ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada
á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera,
Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en
el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera
que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y
las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante
después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi
inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también,
estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa
innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa,
para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas
exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis
viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones
pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del
mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito
concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba
llamando grandemente la atención.

Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo
extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y
la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no
podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble
empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se
descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la
conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo
y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba
Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante
en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado,
contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por
sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento
comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de
la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos
para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder
de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en
aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en
el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el
desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya:
que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama
y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado
callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos
refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más
vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de
canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me
parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada
para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar
la vida.

Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de
apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él
con las mejores ganas.

—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de
regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!

—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.

—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver
las cosas: yo veo esas tuyas así.

—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas
anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible
que con tu buen entendimiento desconozcas...

—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es
bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo,
todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino
que hasta me alegro de que hayan sucedido.

—¡De que hayan sucedido?

—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco
que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el
parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho
más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia
por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar
la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte
escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?

Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío
que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no
alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de
sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez
de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el
sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.

—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen
humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.

—¡Escrúpulos tú!

—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso
Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada
instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.

—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con
lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente
para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo
resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida
que...

Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un
tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las
rendijas de las tablas.

Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente,
con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras
con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo:

—Una palabra, caballerito.

Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le
introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón
aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.

—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de
costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre
otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar.
Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y
aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya
que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida...
¿Queda usted enterado?

El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con
que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque,
en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como
le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.

—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el
Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el
comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos
que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor
confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y
agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que
siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.

Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta
la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo
había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del
balcón.

—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo
hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre
qué caerse muerto?

—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos
hablando de eso.

—¿De que no tenía un cuarto?

—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer
aparentar otra cosa.

—¡Y tenía desvergüenza para irte á tí con esas coplas? ¡Ah, tunante!
¿De modo que tú le llenarías los oídos de insolencias?

—No, señor,—respondió Inés bajando la cabeza, pero con acento firme.

—Y puede que hayas sido capaz hasta de perdonarle la gracia... si es
que no se la has ponderado también.

—Sí, señor,—volvió á responder Inés, con igual firmeza y la misma
actitud que antes.

—¡Alma de los demonios!—exclamó entonces su padre, punzándola con su
mirada de saeta.—Pero ¿qué sangre es la tuya? ¿Á quién sales? ¡Digo!...
á los blandengues de San Martín de la Barra... ¡Mal rayo para la casta
esa!... Pues vas á ver ahora quién te perdona á tí, corazón de palomita
blanca... Porque yo soy ya perro viejo, y con los ojos cerrados sé por
dónde va el aire de ciertos fregados de mala jeta, entre lobos corridos
y corderillas sin hiel...

Se acercó á la puerta del carrejo, y llamó desde allí á Romana. Y vino
la Galusa, que, por lo pronto que llegó, debía de estar bien cerca.
¡Y qué resplandeciente de iras satisfechas traía la cara de merluza
podrida! En cuanto su amo la vió entrar, la dijo:

—Ese pillete de Nubloso, á quien acabo de plantar en la calleja, se ha
dejado aquí algo que puede ser cebo que le tiente á volver... sobre
todo, si hay quien se le meta á menudo por los ojos. De tu cuenta
corre, desde ahora mismo, que eso no suceda; y para que no te excuses,
en una falta, con no tener atribuciones bastantes, da por recibidas
todas las que necesites... Y no hay que hablar más, porque de antiguo
nos conocemos. Y ahora, escucha tú—añadió dirigiéndose á su hija:—hazte
la cuenta, y no te equivocarás, de que estás encarcelada, y que
ésta—señalando á la Galusa,—ha de ser tu carcelera... ¡Ni á misa los
domingos! ¡Ni á que te dé siquiera el aire de la solana!

La infeliz creyó morirse de espanto y de indignación; y á tal punto
llegó ésta, que la dió fuerzas y valor bastantes para responder á su
padre:

—Pues si esa mujer ha de ser mi carcelera, busque usted otra que me
guarde de su sobrino... y de ella misma, que le ayuda.

—¡Falso, embusterona!—chilló iracunda la criada.

El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en
seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:

—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el
aborrecimiento que los tienes.

Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y
arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después
de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se
largó también.

La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada,
sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las
angustias que no la cabían en el pecho.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXVIII

EN EL FONDO DEL ABISMO


Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel
pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra,
porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya
estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas
gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este
achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con
Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista
si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que
respondió en seguida el de Lumiacos:

—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.

—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre
á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?

—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como
un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se
codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo.
Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No
le conozco más que un pero.

—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al
preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.

—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto,
que no es chico pero.

—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su
alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá;
_paupérrimus_, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien
se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa
por la boca cuando llega el caso.

—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre
en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas,
aunque nunca oí que por ahí le diera.

Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces;
entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la
que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina;
atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella,
salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera,
salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda
oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á
la bribona de su tía:

—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y
resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor
es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba...
¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y
ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después,
ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por
donde he venido.

Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á
escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el
fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que
llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde
trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió
en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta
fidelidad:

—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que
tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le
hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no
tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel
por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden
á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el
deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.

—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin
mirarla á la cara, por no vérsela.

—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda,
y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero
tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga,
ahí le queda á usté eso que le he dicho.

Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.

Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con
saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el
caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta
qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del
mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con
noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un
momento á otro.

Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se
fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique»
los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo
antecedente.

Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien
arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un
oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No
podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo,
del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del
desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del
alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo
dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que
todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál
de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba
á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones
dolorosas.

Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con
ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque
al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con
aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada
elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad
allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con
diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se
estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos
mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube
negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á
ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las
tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera,
Virgen de la Soledad!

Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba
bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores,
era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo
de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo
género de tiranía!...

Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle
en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero
ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido
por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado...
hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial
naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba;
pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al
arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía
rencores que desahogar sobre ella!...

Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con
un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que
ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y
por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que
pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa
facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?...
¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la
frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas
cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer
que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que
pasaría... Al fin, era su padre el juez.

Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su
cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera
extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado,
huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el
aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no
duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su
cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de
la presencia de la aborrecible mujer.

El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y
repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y
en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí
ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación
directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como
era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era
trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque
la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y
que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por
hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa,
que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de
cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así
sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no
merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de
misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y
así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como
lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la
bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra,
tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera
la pena de hacerle cavilar un poco.

Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha
importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta
del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin
sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á
preguntar á la Galusa por él.

—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y
presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien
tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?

—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado,
sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.

—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de
onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso,
no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino
yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y
si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate
en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de
arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso
hace más falta en la casa que rizos y perendengues!

Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las
facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió
despavorida á referir el suceso á su padre.

El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer,
después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona,
respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija:

—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.

Y se marchó tan fresco.

Desde aquel instante tomaron los sufrimientos de Inés un nuevo
carácter, y sus ideas otros rumbos. Hasta allí, se veía, aunque bajo
una ley inicua, al amparo de la misma ley, que tendría sus límites
determinados y sus cláusulas protectoras y relativamente benéficas;
pero la aprobación de su padre al hecho incalificable de la Galusa; la
insolencia de la una y el cinismo cruel del otro, le daban la norma
de lo que podía llegar á ser su vida en una cárcel como aquélla.
Considerábase abandonada de todo el mundo, y sola, maniatada é
indefensa, entre dos fieras, algo así como una loba y un tigre. Se
horrorizó; y por no enloquecer de espanto, salió de su habitación donde
se había encerrado después de la respuesta de su padre.

En aquel instante cayó en su cerebro el germen de una idea bien
extraña á la condición de su naturaleza, que, sin embargo, le acogió
sin repugnancia. La fuerza del mismo huracán que se le había traído,
le borró la impresión de la caída. Vino á ser ésta como una ráfaga
primaveral y de relativo consuelo, en medio de tantas otras invernizas,
desencadenadas y tempestuosas.

Aquella misma mañana había hecho el impaciente Marcones una escapada
á Robleces, para preguntar á su tía «si se había dado el golpe» y con
qué resultados. Entró en la casa lo mismo que la vez anterior, como un
gatazo negro, golosón y ratero, por la escalera de atrás; salió de la
cocina la Galusa, como lo que era; y aconsejándole que se largara de
allí cuanto antes, porque convenía que no se le viera en Robleces hasta
que ella le avisara, le dijo de prisa y al oído:

—Se dió el golpe, y como en la misma nuca: redondo quedó el otro. Ella
está con el lazo al pescuezo, y yo tengo la punta del cordel en la
mano y jalo de él lo que jalase debe hasta que me pida miselicordia.
Cuando este caso llegue y se allane á entrar por el aro que yo la ponga
delante, será la ocasión de venir tú, con el aviso que yo te dé, pa que
resulte lo que se busca por ese camino, sin que lo sueñe el indecente
de su padre, ni pueda estorbarlo con toa su maldá, que es mucha; porque
el hombre ese es hechura del demonio, y el demonio le ciega...

Marcones se frotaba las manos, y al marcharse dijo á su tía:

—Pues tire usted firme del cordel, hasta que saque la lengua cuanto
antes; y si ni por esas se da á partido, tire más, aunque la ahogue. Ó
para _nosotros_, ó para nadie.

No necesitaba la Galusa, para ser mala, los consejos de su sobrino,
que aún era peor. Tiró del cordel á cada instante en toda aquella
mañana, después de lo del espejo, porque lloraba, porque andaba mano
sobre mano, porque lo poco que hacía lo hacía mal... ¡hasta porque no
respondía una palabra á sus desvergonzadas agresiones, que llamaba la
pícara «buenos consejos!» Al llevar los condumios á la mesa, porque
estaba la infeliz triste y desganada, más tirones y más recios, á las
barbas de su padre que no desplegaba los labios sino para engullir la
ración de costumbre, como una bestia en su cubil. Por la tarde, nuevas
provocaciones y nuevos martirios; hasta que al anochecer, rendida de
sufrir y sin saber cómo conjurar las iras de aquel demonio que, por
los fines que perseguía y la impunidad que gozaba, iba emborrachándose
en su propia maldad nativa, trató de encerrarse en su cuarto. No se
lo consintieron ni la criada ni el amo; el cual la exigió que le
acompañara á la mesa, porque le gustaba verla obediente y curada cuanto
antes de «las puntas de soberbia» que la traían á mal traer.

Y no fué esto lo peor. Después de cenar, digo, de asistir á la mesa,
porque cenar no cenó, al ir á la cocina á recoger su palmatoria de hoja
de lata, con su correspondiente cabito de sebo, la Galusa, delante de
los otros dos criados que acababan de cenar y estaban ya dormilentos y
sin cosa alguna que hacer, la mandó con gran imperio, que antes de irse
á la cama diera una barrida á aquel suelo, que buena falta le hacía.
Resistióse Inés indignada, porque veía la intención de humillarla
delante de aquellos testigos asombrados; y entonces la Galusa tuvo
el atrevimiento de ponerle la escoba en la mano, diciéndola hecha un
basilisco:

—¡Á barrer, porque yo lo mando!

Inés pensó caerse muerta de angustia; pero tal fué el exceso de su
indignación, que la dió fuerza bastante para arrojar la escoba á la
insolente fregona, y decirla al mismo tiempo, resuelta á todo ya:

—¡No quiero!... ¡Barre tú, que ese es tu oficio!

Inmediatamente volvió á coger la palmatoria y salió de la cocina, entre
los dicterios y las amenazas de la Galusa; llegó á su cuarto y se
encerró en él. Dejó la luz encima de su cómoda, arrimó una silla á la
cabecera de la cama, sentóse y cayó llorando sobre las almohadas.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXIX

EL PODER DE UNA IDEA


¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación
tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á
Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas;
y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el
recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad
había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña,
andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes
melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su
padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque
no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando.
Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera
el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente
inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la
propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre
y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y
natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos
mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta
quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella,
sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma
que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!... Una había, sí, una,
capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo
enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara,
¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos,
y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber
soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel
martirio incesante... y para siempre, para siempre, y ella al principio
de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas
bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un
veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida,
vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias,
de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de
muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado
á defenderla y ampararla...

Y aquí la idea que había sentido Inés en germen por la mañana, apareció
desenvuelta y en completo desarrollo en su cerebro.

Se incorporó sobresaltada, febril; calculó que habría permanecido como
dos horas en aquellas fatigosas meditaciones, y que podría infundir
alguna sospecha en sus carceleros la luz que se escapara por las
rendijas de la puerta, si se fijaban en ella, y se levantó; fué á su
pobre ropero, tomó de él un mantón de abrigo, se le echó sobre los
hombros, apagó la luz y volvió á sentarse en la silla.

Ya no pensó más en la barbarie de su padre ni en las indignidades de la
criada. Se entregó resuelta, decidida, al imperio tentador de la otra
idea; no para poner en tela de juicio el más ó el menos de su cordura,
pues sobre este punto ya no cabía dudar, sino para discurrir el modo de
realizarla.

Esta labor duró más de una hora. Todo quedaba previsto y calculado;
todo era posible y realizable ya, y todos los riesgos y todos los
escrúpulos y todos los obstáculos de la meditada empresa, le parecían
cosa de juego comparados con la espantosa realidad de su cautiverio.
Escuchó sin moverse de la silla, con gran atención, y no oyó el más
leve ruido en toda la casa. Dejó que corriera más tiempo, pareciéndole
siglos los minutos; y cuando calculó que sería la media noche, sin
vacilar un instante, sin querer dar oídos á los reparos que algunas
veces la hacían sus timideces y debilidades de sexo, trémula por la
fuerza misma de su resolución, se quitó los zapatos, y, con ellos
en la mano, se fué hasta la puerta. Escuchó allí de nuevo, y no oyó
otros ruidos que los que hacía dentro de su pecho el acelerado latir
de su corazón. Tranquilizábala mucho la bien fundada reflexión de
que no había en la casa quien la creyera capaz de lo que ella estaba
proyectando á aquellas horas de la noche. Era seguro que todos dormían
profundamente, y la Galusa más descuidada qué nadie. Además, creía con
ciega fe que tenía á Dios de su parte y que no la abandonaría.

Levantó el pestillo y entreabrió la puerta, muy poco á poco. Todo era
silencio y obscuridad en la casa. Salió al pasillo, cerró otra vez
la puerta de su cuarto; y después de convencerse de que las tablas
del suelo no crujían; bajo sus pies, siguió andando á tientas por el
carrejo, hasta tropezar su mano derecha con la puerta de la cocina:
enfrente estaba la que abría á la escalera de atrás, y cuya llave se
dejaba siempre en la cerradura. Dirigióse á aquella puerta, y, en
efecto, tenía puesta la llave. Pero ¿rechinaría la cerradura? Por si
acaso, volvió la llave con sumo tiento. Ni las moscas, si las había
por allí, debieron de oirla. Esto la animó, y sacó la llave de la
cerradura; abrió lo menos que pudo de la puerta, que tampoco rechinó;
salió á la meseta, y volvió á trancar por fuera para que el viento,
si salía, no golpeara la puerta y pusiera en alarma á los de casa
antes de lo previsto. Hecho esto con toda felicidad, recogió la llave,
que, dejada en la cerradura por aquel lado, podía servir de señal
para conocer el camino de la fugitiva, y bajó la escalera. Estaba
segura de que el postigo de la portalada del corralón se cerraba por
dentro con un pasador de hierro, y así era. Descorrió el pasador sin
la menor dificultad, salió á la calleja y dejó cerrada la puerta con
el pestillo. Allí se calzó los zapatos. Tenía los pies helados y las
medias húmedas, por la frialdad y el rocío de la escalera, que era de
piedra.

Pero, aunque el cielo estaba estrellado, ¡qué obscura era la noche,
y qué miedo la daba verse allí sola! No quiso pensar en eso, por no
desfallecer cuando más necesarias le eran la serenidad y la energía;
y encomendándose á Dios nuevamente, tomó la calleja que conducía á la
llosa Grande. Por de pronto, salir de las inmediaciones de su casa.
Si la debilidad de mujer, y de mujer nunca vista en tales apreturas,
llegaba á vencerla, que fuera lejos de allí y donde no pudiera
apiadarse nadie de ella y la volviera á su presidio, creyendo ejercer
un acto de caridad. Ya en la llosa, y después de tropezar mucho en los
cantos de la calleja, detúvose á respirar, considerando de paso lo
que la restaba por hacer. Conocía el camino por donde se comunicaban
la llosa y las praderas de abajo; pero ¿daría con él en una noche tan
obscura y con la intranquilidad en que se hallaba? Y después de verse
en las praderas, ¿sabría continuar hasta la sierra?... ¿tendría valor
para tanto? ¡Es increíble la fuerza que infunde la desesperación!
Aquella mujer tímida, humilde por naturaleza, retraída y recelosa por
hábito, no vaciló un instante y se lanzó al abismo de sombras, huyendo
de la tentación de arrepentirse de una empresa que la hubiera parecido
espantable locura unos días antes.

Siguiendo el camino de la llosa sin extraviarse, bajó á las praderas
y continuó andando de prisa, muy arrebujada en el chal, tiritando de
zozobra y ensañándose en los recuerdos de su pasado martirio, para
hacer más llevadero aquél que estaba sufriendo... Pero ¡qué obscuridad
tan cerrada! ¡qué silencio tan temeroso! ¡qué soledad la suya, y qué
inmensidad la de aquel negro espacio _vacío_!... ¿Avanzaría más, ó
retrocedería siquiera hasta el bardal de la llosa, para aguardar,
acurrucada allí, más cerca del barrio, á que alboreara el día? Pero ¿no
era ya tanta la distancia hasta la llosa como hasta donde ella iba?...
Ciertamente. Luego se hallaba en un punto alejado por todas partes de
todo humano auxilio. ¡Y entonces sí que se aterró de veras, y comenzó á
oir ruidos de los más extraños; hasta voces que la amenazaban, y como
lamentos de agonizantes; y á ver bultos más negros que la obscuridad,
que venían de lejos hacia ella! Apretó el paso, que llegó á carrera,
y cerró los ojos que para nada necesitaba allí, sino para levantarlos
á menudo al cielo, del que los bajaba en seguida, porque hasta el
titilar de las estrellas le daba miedo. Y corre y corre desalentada
y anhelante, con el pecho oprimido y la boca entreabierta para
respirar el aire que pasa por la estrechez de su garganta contraída,
frío y cortante como la hoja de un puñal; y los ruidos no cesan; y
uno de ellos le parece la voz infernal de la Galusa que la persigue
arrastrando las chancletas y llenándola de improperios. Se le figura
que oye sus pasos ya muy cerca, y corre más todavía para que la fiera
no la alcance; pero sólo consigue aumentar la fatiga, porque la inmunda
carcelera corre más que ella... y al fin la alcanza... y la pone la
mano sobre el cuello... y la agarra por el chal... y entonces la
infeliz prisionera lanza un grito de angustia, que repiten los ecos de
aquella soledad, con lo que su espanto llega al paroxismo; vacilan sus
piernas, falta el aire en su pecho, y cae desvanecida junto al vallado
de la sierra.

Tardó largo rato en volver en sí, y otro mayor en darse clara cuenta de
lo que la había pasado. Orientóse al fin; y reconociendo el vallado,
recobró de nuevo los ánimos perdidos, porque sabía que desde allí ya
se columbraba de día el refugio que ella iba buscando. Levantóse y
tomó resueltamente el camino de la sierra; y siguiéndole con no poca
dificultad, por ser algo más áspero que el de las praderas, llegó á
casa del Lebrato. El humilde soportal le pareció un palacio, más grande
y ostentoso que todos los palacios de verdad que ella tenía imaginados.
Se acercó á la puerta, ó mejor dicho, se pegó á ella; y golpeándola sin
cesar con ambos puños muy cerrados, gritó, arrimando la enardecida boca
á la cerradura:

—¡Pilara!... ¡Juan Pedro!... ¡Ábranme pronto, por el amor de Dios!

No tardó en oiría el Lebrato, que era ligero de dormir. Sintióle con
delicia Inés andar detrás de la puerta. Antes de abrirla preguntó:

—Pero ¿quién llama á estas horas con tanta prisa?

—¡Soy yo, Juan Pedro!—respondió la de afuera anhelante.—¡Soy Inés!

—¡Santísimo nombre de Dios!—exclamó desde adentro el Lebrato, mientras
abría la puerta aceleradamente.—¡Qué peazo del cielo se habrá caído, pa
que tal asombro suceda esta noche?

Abrió; entró Inés, ó más bien, se lanzó dentro; y á la luz del
candil que tenía el Lebrato en la mano, pudo verla, para colmo de
su asombro, pálida como la muerte, desencajada, anhelosa, con el
cabello desmelenado sobre los ojos, y todo su vestido en desorden. Sin
preguntarla lo que sucedía ni esperar á que ella se lo dijera, comenzó
á gritar, arrimándose á una puertuca del fondo, frontera á la cocina:

—¡Pilara!... ¡Pedro Juan!... ¡Arriba en el aire, que vais á tener aquí
algo que hacer!

Después condujo á Inés á la cocina; la presentó una silla para que se
sentara, pareciéndole poco el banco; colgó el candil, y se dispuso á
hacer lumbre.

—Esto, lo primero—la decía en tanto el buen hombre,—y mientres usté nos
dice en qué la podemos valer. ¡Viene aterecía de frío, ángel de Dios!

—¡No, no!—respondió Inés tiritando:—lo primero ha de ser esconderme
donde yo esté segura de que no me encuentre nadie.

—Pos ¿qué más segura que aquí á la hora de la noche en que estamos,
inocente?—dijo el Lebrato.—Á menos que no la vengan persiguiendo
cercuca. Pero aunque así fuera, mientres llaman y se abre, ya da tiempo
pa lo que haiga que hacer á ese respetive.

—Es verdad—respondió Inés algo más confiada.—Pero, por si acaso,
tranque usted bien la puerta, Juan Pedro.

—Eso sí que se hará,—respondió éste saliendo á cumplirlo.

Volvió al punto, y continuó amontonando palucos en el llar para
encenderlos en seguida; pero sin disimular enteramente la curiosidad
que le estaba consumiendo. En esto ya apareció Pilara en escena, con
los ojos como puños y muy ligera y desceñida de ropa, y detrás Pedro
Juan, por el estilo de su mujer. Ambos se hicieron cruces de asombro al
ver á Inés allí, sola, á aquellas horas y de aquella traza.

Reunida ya toda la familia, Inés, llorando desconsolada, contó en pocas
palabras lo que la había sucedido. Pilarona lloró de toda verdad, y su
marido se volvió indignado hacia su padre para decirle:

—¿Ve usté, recoles, si hay tela pa hacer con «ese hombre» lo que yo
dije el día que jué con nusotros á la mar?

El Lebrato se desentendió de esta alusión, y dijo por comentario al
relato de Inés:

—¡Lo propio que se hizo con la bendita de Dios que la echó á usté al
mundo en mala hora! Y las mesmas cuatro manos en concierto acabaron con
ella.

—¡Desde esta tarde—exclamó Inés horrorizada,—tengo yo esa sospecha,
Juan Pedro!

—Y bien tenida, doña Inés—añadió éste,—porque la cosa se vió, y naide
la duda en Robleces... Pero vamos al caso que ahora importa. ¿Qué es lo
que usté tiene pensao en el apuro que se ve, y en qué de ello podemos
ayudarla nusotros?

—Yo, á punto fijo, no lo sé—respondió Inés enjugándose los ojos.—Sé que
he salido esta noche de casa para no volver más á ella; que me pareció
demasiado cerca la de don Alejo, para ir á buscar un amparo allí, y que
he venido á pedírsele á ustedes, confiada en que me le darán, y porque
Pilara es la única amiga que tengo en el mundo.

—¡Así se hace, canastos!—exclamó entonces Pilara conmovidona de veras,
escondiendo la mitad de Inés en un abrazo y dándola un beso resonante
en la cara.—¡Eso es dar honra al corazón de una!

Inés continuó así, después de pagar con otro beso cariñoso el arranque
de Pilara:

—Estando ya aquí bien segura, siquiera por un buen rato, se podía—es lo
que yo pensaba—avisar á don Alejo, que sé que me quiere bien, y pedirle
su parecer.

—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy
maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el
tu gusto.

Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder.
Pilara la ayudó entonces de este modo:

—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello,
lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del
caballero ese en este particular.

—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á
un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor
les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme
á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo
menos volver á la cárcel de donde me he escapado!

—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de
aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente
había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque
tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como
el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro
Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí
que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo.
Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que
él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y
cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por
mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa
arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.

Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo;
salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de
ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:

—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre,
que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra
casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo
primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.

Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando
á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se
quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al
fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies.
Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al
paso que la iba diciendo:

—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca
que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una
calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó
de tí!...

Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer
enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después
que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para
ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía
mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una
presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué
á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.

—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba
ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te
voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más
sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra
cosa que darte.

—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que
consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...

Y rompió á llorar otra vez.

—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña.
Eso ya se acabó, y pa siempre.

Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á
tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas:
de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le
parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del
partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á
poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea,
estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan
majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la _jornía_, bien amañao:»
cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un
abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había
sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro
cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de
la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus
cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las
novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una,
ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en
la _corte_, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja
tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una
montaña de tocino bien _hebroso_. Y así.

Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos
volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse
de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro
que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal
en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo
Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en
cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.

—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala
tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que
perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.

¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba
saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía
delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que
pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados.
Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus
ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la
vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto
de caridad.

Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para
qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por
los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su
casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer
otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión,
viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse
desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.

—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada
y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por
duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y
demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una
vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto
que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y
guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga,
porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto
me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del
propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz,
me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual
discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de
cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar
el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no
es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los
mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse
de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más
temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho,
la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una
palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le
guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?...
¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más
claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar
que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su
pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya
traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de
tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos
delicadezas, cuál te parece más delicada.

Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo
quería.

—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el
día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino
Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media
levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no
anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores
y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará
esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la
guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca
de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este
mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la
iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que
perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.

Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga
esclavina sobre los hombros, por más señas.

De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se
adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió
á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido
de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus
dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las
asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de
la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para
acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido
aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.

Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al
Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los
que se marchaban:

—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana,
si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida...
digo, si pensáis volver también mañana á la mar.

—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió
el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.

—Pues hasta mañana.

Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se
iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.

[Ilustración]



[Ilustración]



XXX

COSECHA DE TEMPESTADES


Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces
notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta
de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la
portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera
usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual,
aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas
las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la
cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa
desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que
Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin
deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan
temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla
á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel
indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de
que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con
ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde
muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la
llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma
venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre
bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.

—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de
su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por
la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que
la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber
sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia
que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable;
y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de
sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza!
¡Ya estás andando!

Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á
su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba
tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado
volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba
almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino
que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que
ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de
las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo.
Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la
del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos
años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba
ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese
paso se encargaría su sobrino.

Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin
haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que
no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele
si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde,
excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.»
El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los
bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas
que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si
topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro
lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera
del alcance de aquellos dos demonios.»

Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo
que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre.
En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose
de rabia:

—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara,
el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro
conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á
ver al cura sin parar!

Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora
antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y
en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde
las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto
como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales
de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión
que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir
lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.

El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura
de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía
en un descomedido de su tamaño.

Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un
mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y
hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:

—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á
pedirme esos informes?

—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de
Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra
interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se
lloran como las propias penas.

—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á
Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les
tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo
supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo
que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner
en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de
Dios!

Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro
de lo patético con espeluzno:

—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus
canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!

—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que
hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo
dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su
amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo,
no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices.
Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos
calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es
mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y
le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de
la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á
esa carne para _in sæcula_, porque el milagro fué obra de Dios, y las
obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?

—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es
de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo
obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien
conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la
Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?

—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te
entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me
amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de
saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar
conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!

—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato;
pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del
cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!

—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te
he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa
casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de
cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla,
zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á
soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!

—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he
entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe
muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo
otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda
de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.

—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario!
¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que
haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios
á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando
terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo
necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas
en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y
para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese
geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que
ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más
que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las
gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.

Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas
con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos
por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda
muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la
embajada.

Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante,
que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un
remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y
de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con
el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en
el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar
con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura
se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal
cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo
de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las
suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no
decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y
disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los
pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.

Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y
de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del
soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del
distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada,
por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con
las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el
suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era,
atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable
en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal
de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á
echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien
sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.

Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber
lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy
diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en
el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que
á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que
quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del
bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni
reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo
al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor
Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición
de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña
Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares.
Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo
sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron
todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y
dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo
alguno el efecto que le había producido la embajada.

La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló
de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice.
Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad
destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó
muy conveniente esperar _á subio_, y siquiera los primeros embates.
Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le
llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir
la puerta como no la echara abajo el huracán.

Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su
amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos
infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que
pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las
que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas
que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y
flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada,
que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y
allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.

Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose
á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el
mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa
y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza.
Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida;
aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar
sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales
tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No
sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de
sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que
le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado,
por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto
luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades,
más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus
problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.

Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había
corrido él.

—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y
atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear
á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es
la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona,
si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente
cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso
venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo
que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución
así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que
no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y
eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los
mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir
en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta
metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque
un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico
que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo
se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto
menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas
y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco
ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde
yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un
real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á
mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me
reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana
me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura,
ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la
tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles,
infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor,
¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo
tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío
solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si
tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis
las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras
de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que
vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos;
y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su
madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á
título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el
demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió
para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará
las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los
rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro...
¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al
paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi
criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo
bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos
hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa!
atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces
sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que
representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se
dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de
este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera
yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una
hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de
bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora
ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que
soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al
rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás,
y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la
taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices
indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!

Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino;
y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara
y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y
tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen
rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó
se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello
es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó
otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y
vertiginosos.

—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas
tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una
realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque _él_ está
allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos
montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es
imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría,
hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados;
lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á
estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos,
si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera
aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las
piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo,
¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede
averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal
confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo
enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de
proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí,
ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme
cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría
con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos
de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y
todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué
curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después
de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro!
De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que
tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines!
¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un
batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso.
¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando,
aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros
bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan
poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y
no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con
mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo
como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á
quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora
de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi
antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la
llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y
los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los
hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que
esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á
la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño
de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo
que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo
allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme...
Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que
lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros
que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que
para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo
con la tierra...

Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano
aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en
la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que
había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su
manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo
de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó
por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes
en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad
de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si
respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se
decidió á preguntar quién llamaba.

—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.

Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño,
el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también
iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza
alarmante.

—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á
medio abrir.

—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted
aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo
buscando.

—Y ¿para qué?

—Para una cosa que le interesa muchísimo.

—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.

—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la
frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque
convendría que nadie se enterara.

El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano
del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y
sin moverse de allí le dijo con la mirada:

—Ya está usted hablando.

Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:

—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no
siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira
de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era
larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí
de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me
estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean
este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de
nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última
de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque
estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.

—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza
de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las
Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que
flagelaban.

—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa
razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á
escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme
con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en
materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente.
Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última
noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme
entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron
cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo
ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me
metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá,
que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la
linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.

Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para
disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías
enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que
continuó de esta manera:

—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro
viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de
incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en
seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y
yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca
á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don
Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha
creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la
luz, y se desvaneció ella también.

El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo,
repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba
el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración
del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros
roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había
quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:

—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de
jeringar al prójimo con los relatos de ellas?

—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico
irguiéndose inspirado y atrevido.

—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.

—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á
quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.

—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza
con sus majaderías!

Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría
la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.

En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa,
y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca
entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.

Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo,
salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado,
que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia
que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en
aquella misma casa.

¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes
que nadie!

[Ilustración]



[Ilustración]



XXXI

«POR DO MÁS PECADO HABÍA»


Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba
don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un _galero_, negro
también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que
llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas
cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino,
agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la
barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como
la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco
á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como
él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no
perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de
_sereña_, de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes;
y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando
mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras
gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo
tendido.

Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía
calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su
vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un
milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy
pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas
allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo
la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía
de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á
la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que
Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.

Al Lebrato le pareció todo ello muy bien, y Pedro Juan habló un poco
para ratificarse en su conocido dictamen del canto al pescuezo, por lo
tocante al Berrugo.

—No se quedará sin él, aquí ó allá, si le merece—dijo el cura;—que
Dios consiente y no para siempre. Y ahora va lo mejor de todo lo
acontecido ayer en la casona. Parece ser que el Berrugo se encerró en
su leonera de abajo, en cuanto ocurrió lo del Juez municipal; y que
mientras estuvo encerrado allí, entre la tía y el sobrino, que andaban
en conciliábulos arriba, llegó á armarse tal zipizape, que al fin se
echaron las uñas. Según Luca, que lo oyó, la cosa se fué encrespando
sobre quién de los dos había tenido más culpa en que la tajada se les
escapara de los dientes. La moza se asustó; y viendo que no subía su
amo, aunque ya era bien pasada la hora de comer, bajó á llamarle con
ánimo de que pusiera paz entre aquellos dos demonios, que andaban ya
muy cerca de rodar por los suelos. Golpeó á la puerta, pero el hombre
no respondía; golpeó más, y tampoco; hasta que en fuerza de golpear
y golpear y de decir á gritos, por el ojo de la cerradura, que se
mataban arriba, destrancó el Berrugo, abrió y se presentó delante de
la muchacha, con una traza que metía miedo: con los ojos encandilados,
las cejas erizadas, el poco pelo hecho una greña, y el color de la
cara, de difunto. Preguntó, como espantado, quién se mataba; respondió
Luca lo que ocurría; y después de decir él que ojalá fuera verdad, la
emprendió para arriba con todo el aire de un demente. Guióse por el
ruido de la marimorena, y se encontró en el cuarto de la Galusa al
sobrino y á la tía, hechos un ovillo, rodando á los pies de la cama:
él con la cara desollada á arañazos, y las dos manos en el pescuezo de
ella, que ya enseñaba los gañotes y se la saltaban los ojos, mientras
retemblaba la casa con maldiciones y blasfemias. El Berrugo no se
anduvo en chiquitas: sin decir una palabra, pero con todas las trazas
de recrearse en ello, y no para poner paz, sino para acabar cuanto
antes lo comenzado, puntapié va á la una, bofetón al otro, silletazo
por aquí, garrotazo por allá; hasta que alzándose los dos de repente,
y como si un odio común los hubiera puesto de acuerdo, empréndenla
con él, hechos dos furias; y allí, Pedro Juan, hubiera fenecido el
desdichado sin necesidad del canto tuyo, á no llegar Antón, que volvía
de levantar un vallado en una heredad de la llosa Grande, y meterse
por medio, con la ayuda que entonces se atrevió Luca á prestarle.
Separados los tres combatientes, que parecían, por lo erizados y
gruñones, tres perros vagabundos después de una engarra, lo primero
que ladró el Berrugo, porque aquello no se parecía á voz humana, fué
para decir á la tía y al sobrino que salieran inmediatamente de su
casa, para no volver jamás á poner los pies en ella. Dió esto motivo
á una nueva encrespadura de la fiera, que reclamaba sus soldadas y
alegaba otros derechos que eran un escándalo y, en buena justicia,
merecían la recompensa de un presidio para la reclamante y para
el reclamado; y como éste conservaba aún en la mano el garrote que
había cogido antes en un rincón del cuarto para esgrimirle, como le
esgrimió, sobre el ovillo, y se disponía á esgrimirle nuevamente sobre
la provocadora, armóse el terne criado de resolución; echó del cuarto
á empellones, pocos, pero buenos, á la tía y al sobrino; llevó á éste
medio en volandas hasta la calleja; púsole encarado á Lumiacos con la
advertencia, muy en serio, de que tomara soleta por allí y sin mirar
hacia atrás; volvióse arriba, y se encontró á la Galusa amarrándose las
greñas en mitad del carrejo, y jurando, entre aullidos, que en cuanto
acabara aquella labor y se calzara unos zapatos, iba á largarse de
casa, pero para ir á la del Juez y encausar á aquel ladrón de soldadas,
mal padre y peor marido. Y así lo hizo poco después. Se largó de casa
con un lío al brazo, á medio tapar con las puntas de un chaluco lleno
de lamparones y pispajos.

Á todo esto, el Berrugo, sin querer probar bocado ni soltar de la
mano el garrote, se había puesto á dar vueltas por la sala; y dando
vueltas y más vueltas, sin hablar una palabra, mirando sin saber á qué
y estremeciéndose á lo mejor de repente, se pasó hasta media tarde.
Entonces empezó á mascullar algunos dichos que no se le entendían
bien, y en dos ocasiones se plantó encarado á la pared; hizo muy arriba
de ella una raya con el palo, y dijo muy claramente: «¡Lo menos,
hasta aquí! ¡Qué hermosura!» Otra vez dijo, muy claro también: «Con
quince brazas hay de sobra, y ya sé de dónde sacarlas.» Y después
de decir esto, sin reparar siquiera en los dos criados que andaban
casi arrimados á él y mirándole de hito en hito, bajó á escape al
cuartón del estragal; descolgó todas las cuerdas de carro que había
allí; las fué anudando una con otra; atesó bien los nudos; midió las
brazas que daban entre todas; le parecieron bastantes; y haciendo
después con la cuerda entera una madeja muy curiosa, se la echó al
hombro, se metió en el cuarto del portal, que es su leonera, y allí
quedaba encerrado media hora después de anochecido, que fué cuando
vino Luca á mi casa á contarme todo lo que os he contado y á pedirme
mi parecer. Porque la moza ha llegado á cogerle miedo, y no sabe qué
partido tomar: si largarse de casa, ó seguir allí por caridad, hasta
ver en qué para aquello. Quedéme asombrado, como podéis suponer, y la
aconsejé que se aguantara, con ciertas precauciones, sobre todo de
noche, un par de días siquiera, si Antón se aguantaba también. Suponía
yo, y sigo suponiendo, que todo aquello no es más que un arrechucho
ocasionado por lo de Inés, y un poco más encrespado por la zurribanda
del mediodía. Es la primera vez en su vida que le sale el tiro por
la culata; el hombre es malo á toda ley, y pierde los estribos de
coraje... Hoy no he sabido cosa alguna de él. Al pasar para Las Pozas,
quise preguntar; pero ví la casa muy cerrada y hallé la portalada
trancada por dentro: supuse que estarían durmiendo todos... y no sé
más. Conque ¿qué os parece la historia?

De perlas les había parecido. Por saborearla mejor, hasta se habían
descuidado en la rema mientras el cura la contaba.

—Siempre pensé yo—dijo el Lebrato,—que ese hombre había de acabar de
mala manera... Porque, por mi cuenta, ya está loco.

—Y si lo de la cuerda—apuntó el Josco,—fué pa colgase con ella, permita
Dios que no güelva en sus cabales.

—Sobre eso de la cuerda—dijo el cura dando un tirón muy fuerte del
aparejo, pero sin trabar nada en él, aunque la picada había sido
buena,—sobre eso de la cuerda, desde que Luca me contó que Antón había
dicho que el médico, el otro visionario, había estado encerrado con él
en la leonera, tengo acá ciertas sospechas de que esté relacionado con
su manía, lo cual no tendría nada de particular. Pero no hay miedo que
haga un disparate; porque es hombre que, cuerdo ó loco, tiene mucha
ley á su pellejo. Lo indubitable hasta la hora presente, es que le ha
llegado la suya, y que se ve la mano de Dios encima de él amenazándole
con el castigo que le espera...

—Mucho tiene—observó el Lebrato;—pero á cambio de ello, no quisiera
verme en su lugar.

—¡En el pellejo de ese hombre?—exclamó el Josco estremecido.—¡Recoles!
¡moro relajao primero!

En éstas y otras, anduvo la barquía más de otro tanto; y el cura, dale
que dale á la sereña y encarna que encarna anzuelos, y no embarcó más
que dos panchos y una lobina, que no pesaban en junto medio cuarterón.
Más adelante ya tuvo mejor suerte en su cacea: pescó dos mubles de
á libra, y una porredana de tres cuarterones bien corridos. Todo,
por supuesto, para entretener sus impaciencias hasta llegar al «pozo
grande,» donde no se mataba el hambre de unas aficiones como las suyas,
con parvidades como aquéllas.

Un poquito de resaca había en la barra cuando se disponían los
expedicionarios á pasarla, pero sin malicia. La mar estaba noble, los
horizontes limpios como la plata, y el nordeste apuntando. Lo peor era
que con la charla y la cacea, y algo que se había descuidado el cura
después de misa, cuando entraba la barquía en la mar estaban al caer
las diez: media mañana perdida para la pesca, y la marea despuntando
ya. Como que don Alejo sintió cierto ruborcillo _profesional_ al
presentarse tan tarde delante de hombres del oficio, más madrugadores
que él, que pescaban en dos barquichuelos parecidos al del Lebrato, al
socaire de la isla: precisamente en el sitio de sus preferencias. Así y
todo, gobernó hacia allá, pero con ánimos de comenzar la pesca á medio
camino, de acuerdo con el parecer de Juan Pedro.

—Pues bogar firme vosotros—dijo;—que yo iré encarnando por los tres, y
ese tiempo ganaremos.

Á los diez minutos de esto, cesó la boga y comenzó la pesca. El Lebrato
había conocido ya las barquías de la isla. Las dos eran de San Martín.

Entre si muerden ó no muerden, y si sería peor ó mejor un poco más acá
ó un poco más allá, pasó cerca de media hora; y ya iban á hacer otra
_impuesta_, más hacia la isla, cuando el Josco, que pescaba por la
banda de tierra, exclamó de pronto:

—¡Coles! ¿Qué es aquello?

Volviéronse hacia Pedro Juan su padre y don Alejo; y siguiendo la
dirección de la mirada del asombrado mozo, distinguieron en el peñasco
de enfrente, un poco á la derecha del boquerón del Pirata, como á la
mitad de distancia entre la cornisa y la imposta de la fachada de
aquella mole llamada por el Lebrato «á modo de torre grandona,» y á más
de sesenta pies sobre el mar, algo que, desde allí, parecía un hombre
abierto de piernas y de brazos, adherido á la peña como una garrapata.
Reparando más, vieron que la figura se movía tan pronto hacia un lado
como hacia otro, hacia arriba como hacia abajo, cual si vacilara y
temiera. De pronto se llevó el cura las manos á la cabeza, y exclamó
horrorizado:

—¡Santísimo nombre de Dios! ¡Armar, hijos, esos remos, y vamos hacia
allá, que es él!

—¿Quién?—le preguntó el Lebrato, que parecía adivinar la respuesta.

—¡Quién ha de ser—respondió el cura sin apartar la vista de la
peña,—sino un hombre dejado de la mano de Dios, como ese desdichado? Y
¿cuántos hombres de esos conoces tú, Juan Pedro, más que uno... tu amo?

—¡Válgame Jesús!—exclamó el Lebrato acabando de encapillar el estrovo,
y al mismo tiempo que su hijo, dispuesto ya á dar la primera estrepada,
exclamaba por su parte:

—¡Recoles, qué hombre ese!

—Y ¿aónde vamos?—preguntó el Lebrato, acelerado y trémulo.

—¡Qué sé yo?—respondió el cura, sentándose al timón, pero sin dejar
de mirar á la peña.—Por de pronto, hacia allá, á acercarnos todo lo
posible... porque ese infeliz está gastando las fuerzas sin adelantar
un paso... y va á caer sin remedio.

—¿Y qué adelantaremos con ir—repuso Juan Pedro sin dejar de bogar con
brío,—si la barquía no puede atracar hasta debajo de él? ¿No ve usté
que está escripío de peñas al reador, en más de tres brazas de anchura,
y cómo rompe la mar allí? Si cae, señor don Alejo, se desnuca, lo
primero; y lo que de él quede, se lo tragará la rompiente en un decir
Jesús.

—Pos caer, cae, y sin tardar mucho,—dijo Pedro Juan con gran aplomo.

—Sea lo que fuere, suceda lo que sucediere, hay que acercarse allá y
discurrir un modo de prestarle algún auxilio... Malo es, malo ha sido;
pero es hijo de Dios como nosotros... ¡Hala más, Juan Pedro!... ¡hala
tú también de firme, muchacho!... Y no estaría de sobra que aquellos
otros acudieran también...

«Aquellos otros» eran los de las barquías de San Martín, á los cuales
comenzó á llamar con el pañuelo el cura, puesto de pie.

—¡Virgen María, qué demencia!—continuó exclamando y con la mirada fija
otra vez en el peñasco.—¡Y allí está como una lapa, sin subir ni
bajar, el desdichado, acabando con las pocas fuerzas que le quedarán!
Pero, hombre, ¿no habría medio de darle ayuda por alguna parte? Quizás
por arriba...

—Sería tanto como despeñarse los dos, él y quien bajara á
ayudarle—replicó el Lebrato.—Pero anque eso se arriesgara uno á hacer,
¿por onde se va pa llegar antes que él se despeñe? Si tuviera un poco
de serenidá, echándose hacia la izquierda pa ganar el balconuco, como
yo le dije dende aquí mesmo un día... ¡Santo Dios!—exclamó aterrado de
pronto el pobre hombre.—¡Si con aquel dicho habré tenío yo parte en esa
barbaridá de locura?... Pero, señor, yo lo dije por decir, y por mí
mesmo, que soy capaz de hacerlo como lo dije... no por él, bien lo sabe
Dios que nos estaría escuchando.

—No te apure ese temor, Juan Pedro—se apresuró á decirle el cura para
desvanecerle el escrúpulo,—aunque no te afirmaré que el desventurado
no haya tenido en cuenta tu dicho en medio de su locura para atreverse
á cometer la que está cometiendo ahora; pero ¿qué culpa tienes tú de
qué haya un hombre, tan desatinado, que tome al pie de la letra esos
diches, sin distinguir de colores?

—Quien ahí le ha puesto—apuntó grave y secamente Pedro Juan,—no ha sío
el dicho de usté ni el de naide; que ha sío, ó el demonio, que le cegó
por la cubicia que le consomía, ú Dios, que quiere que las pague toas
juntas de ese modo...

Avanzó la barquía un poco más; y según iba aclarándose la figura,
iban enmudeciendo los que la contemplaban; porque á la vez crecía lo
terrible y solemne del espectáculo.

De pronto se oyó un grito agudo y lamentoso, como si saliera del fondo
de una sima; y el hombre de la peña se desprendió de sus asideros y
cayó precipitado por su propio peso; pero no hasta la mar, sino, con
grandísimo asombro de los espectadores, hasta cuatro ó seis varas más
abajo, donde se quedó oscilando y con la cara vuelta hacia la barquía.

—¡Coles... la cuerda!—exclamó Pedro Juan, mientras los demás estaban
como petrificados.—¡Ya está visto pa qué la quería!

Efectivamente, el Berrugo (porque ya no cabía duda que era él) estaba
amarrado por debajo de los sobacos con una cuerda sujeta arriba por
el otro extremo. La cuerda, buscando su aplomo al caer el cuerpo
que sostenía, se apartó hacia la derecha del camino que llevaba don
Baltasar, y éste se halló debajo de la imposta, enfrente de la parte
más lisa y cóncava de la peña, oscilando en el aire sobre un fondo
sombrío y viscoso, y tejiendo con brazos y pies, como sapo en estaca.
Horrorizaba verle así.

Ó porque distinguió á la barquía, ó porque el instinto de conservación
se lo impuso, sucedió que el desdichado comenzó á dar alaridos y á
pedir ayuda en todos los acentos que caben en los registros del espanto
y de la desesperación.

El cura, sin saber qué hacerse, como los otros dos, se descubrió la
cabeza y se puso á rezar por él.

—No hay poder humano que le ayude—dijo al mismo tiempo el
Lebrato.—Otro, en su pellejo, se esquilaría por la cuerda; pero ¿de qué
le ha de servir á él, que desde mucho más arriba, onde tenía apoyo pa
los pies, no pudo aprovecharla pa ayudase con las manos tan siquiera?

—Sea lo que sea—exclamó el cura dejando de rezar, pálido y
demudado,—acerquémonos más; y ya que no podamos salvarle la vida,
hagamos algo por su alma.

Anduvo la barquía hasta acercarse tanto á las rompientes, que don
Baltasar conoció á los que iban en ella. Lo demostró con un grito de
júbilo.

—¡Dios os envía!... ¡Don Alejo!... ¡Hay Dios!... ¡Ya creo en Él... y en
su misericordia!

—Por la cuenta que te tiene ahora,—murmuró Pedro Juan al oir aquellas
voces que parecían de un alma en pena.

—Bien está eso, señor don Baltasar—gritó el cura con la poca voz que
le dejaba su angustia.—Pero no deje también de creer en su justicia...
y mire, mire... nosotros vamos á hacer por usted todo lo que
humanamente se pueda; pero, por si no alcanza, prepárese para una buena
muerte...

—¡Eso no!—gritó el Berrugo pataleando allá arriba.—¡Yo no quiero morir!
¡Yo estoy en sana salud y quiero vivir todavía!

—Y entonces, ¿por qué se puso tan en peligro de perecer, como se ha
puesto por su gusto?

—¡Yo no me puse!... ¡Yo no sé por dónde ni cuándo he venido aquí!...
¡Yo he debido estar loco!... Agarrado á esta peña allá arriba, me ha
despertado el espanto... ¡Por compasión!... ¡por caridad!... ¡ayúdenme,
ampárenme... y pronto, que la cuerda trisca, y es de esparto viejo
lo más de ella... y ya se me turba la vista... y me van faltando las
fuerzas!...

De pronto se le ocurrió al Lebrato que se le podía socorrer
desembarcando en la playuca, y corriendo luégo á tirar de la cuerda
desde arriba. Pero había media hora hasta la playuca, y otro tanto por
tierra, y la cuerda flaqueaba ya, y el hombre no parecía estar más
firme que la cuerda.

—No importa—respondió el cura;—es el único recurso, y hay que
intentarle...

En esto llegaron las dos barquías, cargadas de hombres con el horror
pintado en las caras; y al triste son de los alaridos cada vez más
lentos y apagados del infeliz Berrugo, les comunicó don Alejo su
proyecto. Una de las barquías podía quedarse allí para animar con
su presencia al agonizante, y las otras dos ir con sus hombres á
auxiliarle por la playuca. Se convino en ello; partieron á toda fuerza
de remo las barquías de San Martín hacia la playuca, y don Alejo se lo
gritó á don Baltasar para darle alientos.

—¡Es tarde ya!—respondió el mísero, con la cabeza caída y los miembros
lacios.—Me va faltando la vida; y la cuerda, que me ahoga con mi propio
peso, trisca cada vez más.

—¡Hay que intentarlo, con todo!—dijo el cura; y añadió en seguida:—Y
mire, don Baltasar: como antes le dije, por si acaso tiene usted razón,
prepárese para una buena muerte... Haga un acto de contrición. ¡Mire
que otros en mejor salud han fenecido!... ¡Mire que voy creyendo que
para algo me trajo el Señor aquí hoy!...

No se sabe si respondió algo don Baltasar y no dejó oirlo el incesante
machaqueo de la resaca; pero está fuera de duda que volvió á patalear
entonces, porque esto se vió.

El Lebrato daba diente con diente, sin apartar sus ojos del
espectáculo, y su hijo, contemplándole también sin cesar, estaba como
electrizado. Don Alejo, impaciente y conmovido, mirando tan pronto á
don Baltasar como á las barquías, que no andaban tanto como su deseo,
continuó amonestando al moribundo, pues por tal le consideraba; y al
ver que no le respondía, y que cada vez inclinaba más la cabeza y eran
sus movimientos más débiles, recitó la oración de los agonizantes,
arrodillándose los tres en la barquía; y luégo, levantando el brazo
derecho y clavando los ojos compasivos en don Baltasar, bendíjole, y
rezó con voz vibrante y solemne:

—_Si es bene dispositus, ego te absolvo a pecatis tuis, in nomine
Patris et Filii et Spíritus Sancti._

En aquel mismo instante se oyó un trisquido y también algo como
lamento, y se vió á don Baltasar precipitarse rápidamente, con las
piernas y los brazos extendidos, como una rana que se lanza al charco,
desde la altura en que oscilaba moribundo de horror y de fatiga, al
erizado peñascal, en cuyas puntas rebotó dos ó tres veces antes de
desaparecer entre las revueltas espumas de la resaca.

El Lebrato y el cura lanzaron un grito. El Josco se echó hacia
atrás, pálido como la pechera de su camisa; y los tres contemplaron,
consternados, cómo se enrojecían las espumas del agua que batía las
peñas entre las cuales había desaparecido don Baltasar.

El cura volvió á hincarse de rodillas; y mirando al cielo le elevó esta
súplica, como recomendación del alma del desdichado:

—_Súscipe, Domine, servum tuum in locum sperandæ sibi salvationis a
misericordia tua._

Era imponente y aflictivo aquello; y aún lo fué más cuando al ver los
del barquichuelo flotar el largo pedazo de cuerda que había caído
á la mar con el mísero despeñado, se lanzaron, con riesgo de sus
vidas, á cogerle; y tirando de él don Alejo y remando los otros dos
hacia afuera, apareció, casi á flote y remolcado por la barquía, el
ensangrentado cadáver con el cráneo deshecho y los miembros destrozados.

  POLANCO, agosto-octubre 1888.

[Ilustración]



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INDICE


                                                     Páginas.


  I.     —«Ré» en la Arcillosa.                            5

  II.    —El conflicto de Pedro Juan.                     27

  III.   —Adónde fué á parar la segunda sarta de peces.   43

  IV.    —«Ese hombre».                                   61

  V.     —Continuación del anterior.                      81

  VI.    —Varga abajo y varga arriba.                    101

  VII.   —Cuentas de familia.                            111

  VIII.  —El médico don Elías.                           123

  IX.    —Las cosas de don Elías el médico.              147

  X.     —Por dónde flaqueaba el Berrugo.                177

  XI.    —Las lunas del Josco.                           197

  XII.   —En qué manos andaba Inés.                      213

  XIII.  —La obra de Marcones.                           227

  XIV.   —El cura de Robleces.                           247

  XV.    —El pleito del profesor.                        265

  XVI.   —El fallo de la educanda.                       281

  XVII.  —El agosto del Berrugo.                         301

  XVIII. —Vuelta al pleito de Marcones.                  325

  XIX.   —El caballero del altar mayor.                  345

  XX.    —Quién era él.                                  357

  XXI.   —Arroz y gallo muerto.                          377

  XXII.  —Examen de conciencia.                          405

  XXIII. —Corrida en pelo.                               427

  XXIV.  —Leña al fuego.                                 449

  XXV.   —Anales de tres semanas.                        469

  XXVI.  —La puchera del Lebrato.                        483

  XXVII. —Luz y tinieblas.                               505

  XXVIII.—En el fondo del abismo.                        523

  XXIX.  —El poder de una idea.                          537

  XXX.   —Cosecha de tempestades.                        557

  XXXI.  —«Por do más pecado había».                     581

[Ilustración]





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