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Title: Granada, Poema Oriental, Tomo I - Poema Oriental
Author: Zorrilla, José
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Granada, Poema Oriental, Tomo I - Poema Oriental" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



                                GRANADA



                                GRANADA

                            POEMA ORIENTAL


                            PRECEDIDO DE LA


                          LEYENDA DE AL-HAMAR

                                  POR

                           DON JOSÉ ZORRILLA


                             TOMO PRIMERO

                             NUEVA EDICIÓN


                                MADRID

                IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS

                   Juan Bravo, 5.--_Teléfono 2.198_.

                                 1895



[Ilustración]



Más de cuarenta años hace que salió á luz este POEMA; y aun cuando
su numerosa edición fué bien pronto agotada por el público, no ha
vuelto á imprimirse. Vicisitudes de la vida del autor y vicisitudes
del POEMA mismo, cuyo tercer tomo se anunciaba constantemente aunque
nunca llegara á escribirse, fueron causa de que la obra más extensa de
Zorrilla, y en que él cifraba mayor empeño, sea hoy un libro raro, casi
desconocido de la generación actual.

La viuda del gran poeta deseó reimprimir los bellísimos versos del
GRANADA, en memoria de su amante esposo y como legado que él dejó para
auxilio de una numerosa familia; pero su intento hubiera sido estéril
sin el noble concurso de que la propia interesada da razón más adelante.

Esta obra, pues, no sale nuevamente al público para pedir lauros nuevos
á la crítica, sino para propagar su lectura entre los que sólo conocen
de ella que el peregrino ingenio á quien se debe lleva por sobrenombre
EL CANTOR DE GRANADA.

[Ilustración]



                                 CARTA

                                  AL

                  EXCMO. SR. D. JOSÉ MARTÍNEZ DE RODA

                  SENADOR POR LA PROVINCIA DE GRANADA


                                    Madrid 1.° de Junio de 1894.

MI DISTINGUIDO SEÑOR Y AMIGO: No sé cómo manifestar á Ud. mi
agradecimiento por el favor que me hace publicando el POEMA de mi
difunto esposo. Demuestra Ud. con ello ser digno hijo de la hermosa
comarca que él cantó, á la vez que consecuente con la amistad que
Zorrilla le tuvo, y de la cual dejó prueba consignando sus últimos
versos en el Álbum de la Ilustre Señora á quien Ud. ha dado su nombre.

Gracias, pues, de mi parte, así como de las hijas adoptivas del poeta,
favorecidas todas por su generosidad; y aun cuando me consta que Ud.
deseaba ser nuestro protector anónimo, yo creo de rigurosa justicia
hacer pública esta carta en las primeras páginas del libro, como
muestra de un reconocimiento que conservará siempre vivo en su corazón
la que hoy se le ofrece amiga y servidora, q. b. s. m.,

                                           _Juana Pacheco_,

                                          _Viuda de Zorrilla_.



Este Poema es propiedad de la viuda de Zorrilla, sin cuyo
consentimiento no podrá reimprimirse, ni en todo ni en parte.

Queda hecho el depósito que previene la ley.



[Ilustración]



                     JUICIO ANTICIPADO DE ZORRILLA

                             SOBRE SU OBRA


Había pensado (escribe) anteponer á mi poema un académico y razonado
discurso en forma de prólogo, obra desde luego de algún amigo mío,
persona de alta reputación literaria y de grande autoridad, para que
le sirviese de escudo y protección y previniera en su favor la opinión
pública, manifestando abiertamente la parcialidad de la suya; pero he
desistido de semejante pensamiento, porque he reflexionado que, si
el poema fuere bueno, no necesitará de protección; y si fuere malo,
no bastarán para protegerle todas las autoridades reconocidas de la
Cristiandad y del islamismo.

El que crea, sin embargo, que con él pretendo realizar la novena
maravilla (dado que el Escorial sea la octava), y asombrar al mundo
con un poema épico, está en un error, y me honra mucho suponiéndome
tan sobrado de alientos. Mi obra, á la cual notará el discreto que
llamo POEMA ORIENTAL, no es más que una enorme leyenda, en la cual otro
ingenio más competente hallará reunidos los materiales necesarios para
construir el clásico edificio de la magnífica epopeya encerrada en la
época de la conquista de Granada. Avergonzado al ver que extranjeros
autores han llamado antes que nosotros á las puertas de la Alhambra,
ya con el grosero aldabón de la novela descabellada é insulsa, como
Florián, ya con el martillo de la juiciosa y galana historia, como
Washington Irving, heme arrojado á abrir el cancel de su misterioso
alcázar al genio feliz á quien sea dado apoderarse de su encantado
recinto.

Tales son, y no otras, las limitadas pretensiones de mi POEMA.

[Ilustración]



                               FANTASÍA



                                     Bruselas, 21 de Febrero de 1852.


                               AL SEÑOR

                         DON BARTOLOMÉ MURIEL

                         EN PRENDA DE AMISTAD



                               Fantasía


I

      ¿Imaginas que son, Muriel amigo,
    Barreras para mí tiempo y distancia?
    ¿Piensas que porque Flandes me da abrigo,
    Mientras tú habitas en la inquieta Francia,
    Mi voz no puede platicar contigo,
    Mi pie no puede visitar tu estancia?
    ¡Error! Por ti los imposibles puedo,
    Y aunque de Francia parto en Francia quedo.

      ¿No sabes que el poder de los poetas
    Es inmenso, Muriel: que cuanto tocan
    Hechizan con su magia: que, sujetas
    Á su poder, las almas se convocan
    Á oirles: que con prácticas secretas
    Hablan con el ausente, al muerto evocan,
    Reedifican de un soplo las ciudades
    Y hacen retroceder á las edades?

      ¿Sus órdenes no sabes que obedecen
    Ejércitos de genios que á millares
    Amigos por doquier les favorecen,
    Haciéndoles los montes y los mares
    Transponer: que doquiera se aparecen
    Sin respetar ni tiempos ni lugares:
    Para quienes no hay diques, ni barreras,
    Policías, aduanas, ni fronteras?

      ¡Mísero amigo mío! ese medroso
    Són que á los pies de tu callado lecho
    Percibes con pavor, que tu reposo
    Turba agitando tu apenado pecho,
    No es del chisporroteo bullicioso
    Que alza tu lamparilla, en el estrecho
    Círculo ahogada del cubierto vaso:
    Es el rumor de mi imprevisto paso.

      Soy yo, que los espacios transponiendo
    De mi secreta magia con el arte,
    En alcázar fantástico pretendo
    Tu cairelado lecho transformarte.
    Soy yo, Muriel, que, ante tu faz abriendo
    Su dorado cancel, voy á guiarte
    Á través de una espléndida morada
    Por misteriosos seres habitada.

      Sí, yo soy quien asalto tu aposento.
    Despierta, pues; la inspiración ahora
    En mis entrañas inflamarse siento
    Con fuego creador que las devora.
    Incapaz de guardar mi pensamiento
    El tropel de delirios que atesora,
    Va á romper impetuoso sus barreras
    Y á lanzar en la sombra sus quimeras.

      Yo, poeta que al mundo fuí evocado
    Del fondo de una abierta sepultura,
    Camino de fantasmas rodeado,
    Sueños de mi creencia y mi locura.
    Manes que sus sepulcros han dejado
    Para seguirme por la tierra obscura,
    Conmigo van y con mi aliento aspiran,
    Doquier me cercan y doquier me inspiran.

      Sobre sus alas con errante vuelo
    Los antros más recónditos visito,
    De la pasada edad levanto el velo,
    En sus viejos alcázares habito,
    El sueño de sus héroes desvelo,
    Sus caballeros á la lid concito,
    Y al eco audaz de mi inspirado acento
    Acuden cabalgando sobre el viento.

      Á veces á la luz de las estrellas,
    Por una soledad no conocida
    Ni habitada jamás, sigo sus huellas
    Escuchando el relato de su vida
    En una lengua cuyas frases bellas
    Una armonía exhalan nunca oída,
    Y sin auxilio de palabra ó letra
    En mi encantado corazón penetra.

      En aquellas fantásticas regiones
    El tesoro riquísimo se encierra
    De aquellas misteriosas tradiciones
    Que la historia veraz de sí destierra,
    Más que de sus recónditos rincones
    Tenaz la poesía desentierra,
    Y que, al amparo de la fe y del arte,
    Forman en su región un mundo aparte.

      Allí están las tristísimas bellezas
    Que lloraron incógnitos amores:
    Los héroes sin prez cuyas proezas
    No ensalzaron jamás los trovadores:
    Armado el paladín de todas piezas,
    Coronadas las vírgenes de flores,
    Tendidos los de Oriente sobre chales
    Ornados con moriscos almaizales.

      Allí están las purísimas mujeres
    Que, encerradas en santos monasterios,
    Conversaron del cielo con los seres
    De la virtud sondando los misterios:
    Que oyeron en sus místicos placeres
    De los santos Querubes los salterios
    Y cuyo corazón, libre de amores,
    Se espigó y se secó como las flores.

      En medio de estos seres ideales,
    Que no están amasados con la escoria
    De que fuimos formados los mortales,
    La vanidad de la mundana gloria
    Despreció y halló bálsamo á los males
    De nuestra frágil vida transitoria,
    Tejido espeso de miserias largas,
    De días de pesar y horas amargas.

      Allí es donde, á la luz de las creencias
    De nuestra infancia, quemo á las memorias
    De nuestra hermosa patria las esencias
    De la fragante poesía. Historias
    Cuyo relato embarga las potencias
    Son las de estas visiones ilusorias,
    Compañeras alegres de mis cuitas,
    De edad mejor imágenes benditas.

      Espíritus que en torno de mi lecho
    Velan y por mi bien se multiplican,
    La pesadilla ahuyentan de mi pecho,
    Mis penosos ensueños dulcifican,
    Del corazón en la impureza hecho
    Los malignos intentos purifican,
    Y transforman el campo de mi mente
    En un florido Edén resplandeciente.

      Ellos en mis vigilias solitarias
    Me distraen con dulcísimas memorias,
    Me hechizan con sus himnos y plegarias
    Y á que escriba me incitan sus historias:
    Por sus regiones vago imaginarias,
    Abrazo sus visiones ilusorias,
    Y en otra creación, con otros seres
    Paso mi vida, parto mis placeres.

      Por eso elijo las nocturnas horas
    Para hacer el relato de mis cuentos,
    Labrando en las tinieblas incoloras
    Las torres de mis locos pensamientos.
    Por eso de sus sombras protectoras,
    Asaltando á favor tus aposentos,
    Vengo á hacerte, Muriel, la pobre ofrenda
    De esta loca y fantástica leyenda.

      Tú que, amigo sincero, mis pesares
    Cariñoso y leal has consolado:
    Tú que del infortunio en los azares
    Apoyo generoso me has prestado:
    Tú que con honda fe de mis cantares
    El poder misterioso has invocado
    Del duelo y el afán como anatema,
    Escucharás benigno mi poema.

      Tú, que sabes del mundo retirarte,
    Sin que pueda el turbión de sus insanos
    Delirios en su vértigo arrastrarte:
    Que de una noble sociedad de hermanos
    Has sabido en tu cámara cercarte
    Para escuchar mis cuentos africanos,
    Quiero que des tu nombre á la portada
    De mi oriental leyenda de GRANADA.

      ¡Y ojalá dure la memoria mía
    Cuanto duren los siglos venideros,
    Y corra este papel, famoso un día,
    De la tierra los ámbitos enteros:
    Para que desde Norte á Mediodía
    Vayan nuestros dos nombres compañeros,
    Y el tuyo brille en la futura historia
    Al resplandor de mi futura gloria!

      Óyeme pues, Muriel, antes que vuelen
    Las horas de los sueños y visiones:
    Antes de que los genios se desvelen
    Contrarios de mis vagas creaciones,
    Y las parleras auras les revelen
    El oculto poder de mis canciones:
    Antes, en fin, que el Sol con rayos puros
    Disipe mis poéticos conjuros.

      Óyeme lejos del tumulto loco
    De la revuelta sociedad, y fía
    Que no nos faltará, si yo la evoco,
    Para escuchar mis versos compañía.
    Yo, que á mi voz animo cuanto toco,
    Voy á poblar la atmósfera vacía
    De multitud de espíritus atentos
    Que contigo á la par oigan mis cuentos.

      Al soplo de mi aliento poderoso,
    Va á circundarnos y á prestarme oído
    Ese mundo de sombras vagaroso
    Por tus preciosos lienzos repartido.
    Ese mundo fantástico en reposo
    Mantenido hasta hoy, va desprendido
    Del muro á hacer de mi velada parte:
    Porque, ¿qué hay imposible para el arte?

      Yo amo, Muriel, los lienzos y esculturas
    Que tu curiosa cámara guarnecen;
    Sus soñadas ó históricas figuras
    Amigos de mi infancia me parecen:
    De otra vida anterior memorias puras,
    Recuerdos que mi sér rejuvenecen,
    Genios tal vez de mi existencia guías,
    Que la conducen á mejores días.

      La causa ignoro, mi razón no alcanza
    Por qué ha unido, Muriel, mi loca idea
    Á un porvenir de luz y de bonanza
    Cuanto el lugar de tu mansión rodea:
    Mas cuanto en mis delirios de esperanza
    Mi corazón, supersticioso, crea,
    Lo veo de tus cuartos y pinturas
    Ornado con los muebles y figuras.

      Ellos han escuchado los primeros
    De mi laüd morisco la armonía,
    Y, á crëer en fanáticos agüeros,
    Padrinos son de la fortuna mía.
    En brazos de esas damas y guerreros
    Salen mis versos á la luz del día,
    Y yo de su presencia no renuncio,
    Crédulo, en mi favor, al fausto anuncio.

      Yo, en el campo del arte peregrino,
    Doquier del arte adorador profundo,
    Que presentado á ser voy imagino
    En brazos de las artes en el mundo:
    Y pues me trajo entre ellas mi destino
    Á desplegar las hojas en que fundo
    Mi esperanza á la gloria que ambiciono,
    Á ilusión tan dichosa me abandono.

      Murillo, Rafaël, Salvator Rosa,
    Piombo, Teniers, Tiziano, Stein, Morales,
    Cuyas firmas de mano vigorosa
    Leo sobre esos lienzos inmortales,
    Aunque, viles, no logren otra cosa,
    Para mis pobres cantos orientales,
    Yo de vuestra presencia los auspicios
    Acepto con afán como propicios.

      Y tú, dulce y amante Garcilaso,
    Cortesano cantor de los pastores,
    Que cuenco pastoril el áureo vaso
    Hiciste do libaste tus amores:
    Tú que entre miel y ámbar á tu paso
    Sembraste versos que brotaron flores,
    Ve si á los míos tu dulzura inspiras
    Desde ese marco en que tenaz me miras.

      Y vosotros, bizarros personajes,
    Seres faltos de sér, á quien del caos
    Para adornar sus fondos y paisajes
    Sacó el genio vivífico: animaos.
    Á mis cristianos himnos y salvajes
    Sonatas africanas despertaos:
    La poesía en las pasadas eras
    Movió los montes y domó las fieras.

      Vivificaos, pues, y en torno mío
    Agrupaos ¡oh imágenes hermosas
    Del amor, el pesar, la fe y el brío!
    Venid ceñidas de fragantes rosas,
    Ó devorado el corazón de hastío,
    Visiones del desierto pavorosas,
    Diana impura, llorosa Magdalena,
    Vigorosa Judit, robada Elena.

      Alba severo, incógnitos señores
    De plegados vuelillos y valonas,
    Apáticos flamencos fumadores,
    Zagales cuyas cabras juguetonas
    Pasto buscan de céspedes mejores:
    Del marco desprended vuestras personas,
    Formad una callada fantasía
    Que auditorio idëal preste á la mía.

      Revivid á mi acento, yo os conjuro,
    Creaciones que estáis en el dominio
    De la imaginación: congreso impuro
    De dioses ya sin cielo, del triclinio
    Baja á mi voz, y aunque te sea duro
    Renunciar del Parnaso al patrocinio,
    Ven á adorar en mis severos cantos
    La gloria de otros númenes más santos.

      Venid lúbrica Venus, rubia Ceres,
    Diosas en otros tiempos inmortales,
    Otros genios á ver y otras mujeres
    Hollando vuestro altar y pedestales.
    Nuevas Divinidades, nuevos seres
    De prez y de virtud más celestiales,
    Dan hoy á una mejor mitología
    Con más íntima fe más poesía.

      ¡Gracias, bellas quimeras! ya os percibo;
    Dejad de mis conjuros al acento
    La vil materia en que creó cautivo
    Vuestro ficticio sér un pensamiento.
    Apréstate, Muriel: al soplo vivo
    De mi fecundo é inspirado aliento,
    Voy á abrir á tu atónita mirada
    El recinto de la Árabe GRANADA.


II

      Mas la planta ¡oh Muriel! ten un momento
    Antes que huelles su frondosa vega,
    Porque traidor me asalta un pensamiento.
      Mal retenida entre tus labios juega
    La sonrisa del que oye y, caballero,
    Aunque tenaz no cree, cortés no niega.
      Que extrañas ¡ay de mí! por ella infiero,
    Que con sincera convicción cristiana,
    Hoy en són tan veraz como severo
      Mi voz resuene, cuando ayer mundana
    Y de la tierra escándalo profano
    El vicio y el placer cantó liviana.
      ¿Quieres saber, Muriel, por qué el mundano
    Laüd dejando, en harpa vibradora
    Las glorias de la Cruz canto cristiano?
      ¿Quiéres saber por qué, bebiendo ahora
    Mi inspiración en el venero vivo
    De nuestra Fe, mi voz consoladora
      Levanto en el tumulto revulsivo
    De nuestro siglo turbulento, al duelo
    Del corazón buscando lenitivo?
      Pues voy audaz á descorrer el velo
    Que tal misterio encubre, en una historia
    Que con orgullo y sin temor revelo.
      Reservada y recóndita memoria
    Del libro inmaterial del alma mía:
    Historia sólo para mí: ilusoria,
      Poética y gentil alegoría
    Nada más para el mundo, á cuyo oído
    Jamás imaginé que llegaría.
      Aparta, pues, del límite florido
    De Granada, que estás casi pisando,
    Tu pie, menos feraz y entretenido
      Sendero agreste tras de mí tomando,
    Y avancemos, Muriel..... pero medita
    Que en la región del alma vas entrando.


LAS DOS LUCES

      Es la existencia golfo que se agita
    Circundando islas mil, cuyo olëaje
    De la _nada_ en las playas se limita.
      Naves las almas son en que el pasaje
    Hacemos de este golfo, cuyo centro
    El punto es de partida en este viaje.
      Centro es la cuna: una isla mar adentro
    En la mitad del golfo colocada,
    Do alma y cuerpo se salen al encuentro.
      Al mar cada alma desde allí lanzada
    Va de una en otra isla escala haciendo,
    Hasta dar en las playas de la _nada_:
      Allí en la inmensa eternidad cayendo,
    Náufrago el cuerpo en la ribera espira
    Al criador su nave devolviendo.
      _Amor_, _deleite_, _lujo_, _ambición_, _ira_,
    _Gloria_, _amistad_, _honor_, _fama_, _y orgullo_,
    Islas son donde reina la mentira.
      Desde ellas nos reclama con arrullo
    Fascinador: de danzas y canciones
    Nos envía al pasar manso murmullo:
      Á ellas con falaces ilusiones
    Nos atrae, y, viajeros perezosos,
    Vamos haciendo escala en las pasiones.
      _Fe, ciencia, religión_..... son luminosos
    Faros que por las varias latitudes
    Nos guían de estos mares procelosos.
      «¡Voga!» nos dicen con su luz «no dudes.
    ¡Voga!» y, pilotos de arte y experiencia,
    Vamos haciendo escala en las virtudes.
      Por las pasiones va nuestra existencia
    Sus riquezas gastando, y adquiriendo
    Por las virtudes va nueva opulencia.
      Las naves bien lastradas al tremendo
    Vaivén resisten y oleaje fuerte:
    Las vanas ceden al embate horrendo.

      Era yo joven: mi conciencia inerte
    Dormía, cuando al mundo audaz y solo
    Salí fiado en la voluble suerte.
      Lëal, franco, inexperto, extraño al dolo,
    Creyendo en cuanto vi con fe sincera,
    Mío el mundo juzgué de polo á polo.
      Mi alma entonces, góndola ligera
    En manos de señor joven y ansioso
    De vida mundanal y placentera,
      Se dejaba guiar por el undoso
    Y turbulento mar de la existencia,
    Ya á naufragar vecina, ya en reposo
      Vogando de aura mansa á la influencia:
    Al sol ardiente y á la tibia luna
    Meciéndose en el mar con indolencia
      Siguió siempre mi nave y mi fortuna
    La dulce poesía, compañera
    De mi gozo y mi afán desde la cuna:
      Y con voz ora humilde, ora altanera,
    Mis placeres canté, mis ilusiones
    Hechicé, la ventura pasajera
      De la vida fugaz en mis canciones
    Celebré; y ora crédulo, ora impío,
    Templé mi lira con inciertos sones.
      Abordé en mi demente desvarío
    Del golfo de la vida las riberas
    Todas, sin otra ley que mi albedrío.
      Sus islas visité más hechiceras:
    _Gloria_, _amistad_, _amor_, _deleite_, oyeron
    Mis insensatas cántigas primeras:
      Y doquier por el golfo me aplaudieron,
    Y de lauros cargáronme la frente,
    Y embriagándome al fin, me embrutecieron.
      Triunfé, amé, disipé, reñí insolente.
    ¿Qué saqué de esta vida vergonzosa?
    Hastiado el corazón, seca la mente.
      Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa
    Marcha me conducía abandonado
    Al olëaje de la mar undosa.
      Entonces recordé mi sosegada
    Niñez: cuando mi madre me tenía
    Sentado en sus rodillas y posada
      Su mano en mi cabeza, dirigía
    Mi atención al altar donde radiante
    Se elevaba una imagen de MARÍA.
      Y entonces recordé la voz vibrante
    Del monje que en el púlpito exclamaba:
    «La existencia más larga es un instante;
      »Honor, gloria, poder, todo se acaba
    »Con ella: sólo nuestras obras viven,
    »Y ¡ay del que con sus obras no se cava
      »Su tumba! Todos del Señor reciben
    »Para el bien un talento, y Dios ordena
    »Que el suyo todos para el bien cultiven.»
      Recordé que esto oí en la edad serena
    De la cándida fe, cuando la mente
    Virgen recibe la impresión ajena
      Que conserva indeleble eternamente.
    Hasta entonces jamás mirado había
    Detrás de mí: tornéme ansiosamente
      El rastro á ver de la existencia mía:
    ¿Qué vi? la inmensidad del ocëano
    Que tras de mí desierta se extendía.
      La nave de mi alma un solo grano
    De lastre no llevaba, ni una sola
    Flor de las islas conservó mi mano.
      El rumor de una ola y otra ola
    No más en torno oía, y el profundo
    Són de la mar que el corazón desola
      Blando susurre ó muja furibundo.
    ¿Me comprendes, Muriel? te voy contando
    La historia de mi alma: lo que al mundo
      Nadie cuenta jamás: lo que llevando
    Va cada cual consigo, cuidadoso
    En el inquieto corazón guardando.
      Lo que el hombre no dice vergonzoso,
    Mas lo que á solas piensa en el momento
    En que cierra su párpado al reposo.
      Iba yo, pues, al olëaje lento
    Del golfo de la vida en la barquilla
    De mi alma vogando, el pensamiento
      Tornado á mi niñez, de toda orilla
    Lejos, el corazón triste y vacío
    De lo pasado, viendo que la quilla
      Del alma no dejaba entre el bravío
    Olëaje señal, y nuevo rumbo
    Dar meditando al barquichuelo mío:
      Y he aquí que de las ondas al balumbo
    Avanzando al azar ciego y perdido
    De olas en olas y de tumbo en tumbo,
      Vi una isla á lo lejos; decidido
    Torné á ella mi proa y tomé suelo
    En país para mí desconocido;
      La _Isla de la Razón_ era, que el Cielo
    Puso en mitad del viaje de la vida.
    La rica nave, el débil barquichuelo
      Que allí aporta sin rumbo, la perdida
    Brújula cobra y desde allí dirige
    Su viaje á fácil playa. Guarecida
      La _Razón_ de esta isla, en ella rige
    Como reina, teniendo en su ribera
    Dos luces siempre ardiendo, y una elige
      De las dos el que arriba, su postrera
    Travesía al hacer: cada uno enciende
    Su antorcha en una y, breve ó duradera,
      Con esta luz su travesía emprende,
    Cuerdo ó desatinado, el navegante
    Que á sí no más en la elección atiende.
      De saltar en su isla en el instante
    «De la fe es esta luz, del siglo es esta»
    Me dijo la _Razón_: y, vacilante
      En la difícil elección funesta
    Entre la fe y el siglo, al alma mía
    Entre las luces de ambos dejó puesta.
      La antorcha de la fe no despedía
    Más que un rayo de luz tranquilo y puro,
    Que por la limpia atmósfera subía
      Recto á perderse en el azul obscuro
    De la pura región, que el ojo humano
    No contempló jamás fijo y seguro.
      Á la _luz de la fe_ nada cercano
    Sobre el haz de la tierra se alcanzaba:
    Pero en la altura del zenit lejano
      Veíase una estrella y se dudaba
    Si la luz de la fe de ella venía,
    Ó la luz de la fe se la prestaba.
      Yo entre la tierra y la región del día
    Este rayo común juzgué, y no en vano,
    Que comunicación establecía.
      Circundaba este rayo soberano
    Rico enjambre de abejas luminosas
    Con alas de oro, cuanto más cercano
      Al resplandor su vuelo más hermosas:
    Y en el centro del rayo refulgente
    Labraban sus panales oficiosas.
      Quemábalas al fin el foco ardiente
    Y en lugar de cenizas, convirtiéndolas
    En bellísimas aves, de repente
      La luz del rayo místico impeliéndolas,
    Tomaban vuelo hacia el zenit palomas,
    Águilas, cisnes, garzas y oropéndolas;
      Y abrasada su miel, suaves aromas
    Exhalaba que en la aura derramándose
    Embalsamaban mar, valles y lomas.
      La _luz del siglo_, móvil elevándose,
    Culebreaba con llamas refulgentes
    De su foco en redor desparramándose,
      Formando con sus llamas transparentes
    Un bello árbol de luz que reflejaba
    Los colores del iris esplendentes.
      Bajo este árbol radiante vegetaba
    Innumerable colección de flores,
    En la que muchedumbre se criaba
      De mariposas, ricas en colores,
    Agradables en forma y movimiento,
    Y en gala incomparables y en primores.
      Susurro vago y apacible y lento
    Con sus alas hacían y en contorno
    De aquel árbol de luz giros sin cuento:
      Mas al fin deslumbradas y al bochorno
    Del fuego enloquecidas, acercándose
    Al foco abrasador, del rico adorno
      De sus puros colores despojándose,
    Poco á poco en la luz se iban lanzando
    Y unas tras otras en la luz quemándose;
      Y un poco de humo fétido exhalando,
    Polvo las mariposas se volvían,
    Su sitio ante la luz á otras dejando.
      _Más bellas las abejas renacían_
    _En la luz de la Fe, y las mariposas_
    _Polvo en la luz del siglo se volvían._
      ¿Quién de aquestas dos luces misteriosas
    La alegoría mística no advierte?
    La miel de las abejas oficiosas,
      Que en aroma á su luz la fe convierte,
    Son _las obras_ del hombre, que embalsaman
    Su memoria triunfante de la muerte.
      El polvo que de sí cuando se inflaman
    Las mariposas sueltan, son _las horas_
    Que en el siglo sin fruto se derraman.
      Estériles así ó germinadoras
    Son, sin fe, mariposas nuestras vidas
    Y abejas con la fe trabajadoras;
      Las almas naves á la mar partidas,
    Ricas, seguras, con la fe vogando,
    Con el siglo, sin lastre, sumergidas.
      Todas de la _Razón_ van arribando
    Á la isla: en sus luces toman fuego
    Y siguen á las costas navegando.
      Yo, que ha ya siete lustros que navego
    Por la existencia, á la _Razón_ arribo
    Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego:
      Y el escaso talento que recibo
    Del Señor para el bien, constante abeja
    Labrando mi panal, con fe cultivo.

      Pienso que de mi fe duda no deja
    En ningún corazón mi alegoría,
    Pues mi alma en sus luces se refleja.
      ¿Qué es un poeta? Un ave en la sombría
    Selva del mundo por su Dios lanzada
    Para llenar sus senos de armonía:
      Mas no para gorjear desatinada
    Día y noche, la selva ensordeciendo,
    Malgastando la voz que le fué dada
      Para elevarla audaz sobre el estruendo
    Mundanal, y con fe consoladora
    La gloria de su Dios enalteciendo.
      No al poeta se dió la voz sonora
    Como engañosa voz á la sirena,
    Ni como al cocodrilo voz traidora;
      La del poeta el ánimo serena
    Del hombre por la tierra peregrino:
    Dulce y divina voz que le enajena,
      La patria celestial de donde vino
    Recordándole siempre y aliviando
    La fatiga mortal de su camino.
      ¡Ay del poeta que, sin fe cantando,
    Sólo murmullo efímero levanta
    Como el agua y el aire susurrando!
      ¡Ay del poeta que su fe no canta
    Y la gloria del pueblo en que ha nacido,
    Enronqueciendo en vano su garganta!
      ¡Mariposa y no abeja!--Tal ha sido
    La causa que, tenaz, de esta obra mía
    En el asiduo afán me ha sostenido.
      Cambia con mi _razón_ mi poesía,
    Y á _la luz de la fe_ recapacito
    Que he sido mariposa hasta este día.
      Ha siete lustros que la tierra habito,
    Ave insensata que en la selva trina
    Con inútil gorjear, y necesito
      Utilizar la inspiración divina
    Que al poeta da Dios, el sacrosanto
    Sino cumpliendo á que mi sér destina.
      Y he aquí por qué cuando hoy mi voz levanto,
    _Cristiano y Español, con fe y sin miedo,_
    _Canto mi religión, mi patria canto_.
      Con mi destino cumplo como puedo;
    Y si sucumbo por llenarle, en suma,
    Con Dios en paz y con mi patria quedo.

      Ahora, Muriel, en alas de mi pluma
    Volvamos al dintel de mi poema;
    (Puesto que es fuerza que de tal presuma.)
      En tanto, pues, que en la jornada extrema
    Tocamos, ven conmigo hacia GRANADA,
    Regio florón de la oriental diadema.
      Ven de mi narración la no trillada
    Senda siguiendo: al arabesco estilo
    La encontrarás de flores alfombrada.
      No es un camino real tirado al hilo
    Derecho y espacioso, mas conduce
    Por medio de un vergel al regio asilo
      Del alcázar Muslim, y se introduce
    Antes por bib-arrambla do las flores
    Verás más bellas que el Genil produce.
      Fátima la Zegrí, _perla_ de amores,
    Cual su nombre lo dice: la Azafía
    _Cándida_ como el suyo: la en albores
      Extremada Jarifa: _albor del día_,
    La dicha así por su beldad, Zoraya:
    Zaida, que fuego en el mirar tenía:
      La _espejo_ de constantes Almeraya:
    Zelinda, la orgullosa Alpujarreña:
    Borina, prez de la murciana playa:
      Zora, la voluptuosa Malagueña:
    Zobeika, la rival de Sarracina:
    Lindaraja, la ardiente Zahareña,
      Y cuantas tuvo, de beldad divina
    Prodigios humanados, nobles moras
    La conquistada corte Granadina.
      Hallarás en mi libro encantadoras
    Leyendas, orientales fantasías,
    Que más dulces tal vez te harán las horas,
      En rimas pobres, pues al fin son mías,
    Pero halagüeñas para aquel que aprecia
    La Hispana gloria y los pasados días.
      No encontrarás los númenes de Grecia
    Invocados en él: genios distintos
    Asisten á mis héroes en su recia
      Caballeresca lid; bajo sus plintos
    Los templos de la Cruz no dan ya paso
    Á Venus ni á Plutón, ni en los recintos
      De la Alhambra jamás trotó el Pegaso:
    Que el rayo vivo de la Fe Cristiana
    Cegó á las Musas y quemó el Parnaso.
      Hallarás en mi libro, á la Africana
    Usanza, algo excesiva galanura,
    Pues fiel la lira con la acción se hermana
      Y el tono que la da seguir procura:
    Mas no el poema juzgues de la vaga
    LEYENDA DE AL-HAMAR por la lectura.
      Su narración fantástica divaga
    Enfática y difusa á cada punto
    Por su argumento celestial, que halaga
      Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto
    Ni en forma, ni en estilo da en efecto
    De mi poema idea, aunque su asunto
      Se encuentra al del poema tan afecto
    Que, á faltar la leyenda, desmembrada
    Su acción parecería é imperfecto
      Su plan, como palacio sin portada.
    Tal es mi obra.--Ahora penetremos,
    Muriel, en el recinto de GRANADA.
      ¡Y ojalá que á sus términos extremos,
    Como á risueño fin de alegre viaje,
    Al compás de mi cántico lleguemos!
      ¡Y plegue á Dios que el bárbaro ropaje
    De mi cuento Muslim vuelva con pompa
    Manto imperial el albornoz salvaje!
      ¡Y plegué á Dios que, cuando el canto rompa,
    Se me torne el laüd que me acompaña
    La de homérico són épica trompa,
    Que el eco lleve de mi voz á España!


III

INSPIRACIÓN

      ¡Cristiana inspiración, hija del cielo,
    Que diste sér á mi canción primera,
    De mi existencia en el placer y el duelo
    Guía siempre lëal y compañera!
    Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,
    Dirás conmigo mi oración postrera:
    Tú que abrirás con el sepulcro al alma
    De la tranquila eternidad la calma:

      Tú que, al soplo de un aura perfumada,
    Con mi espíritu errante has recorrido
    los desiertos del África abrasada,
    Pensil de palmas, de serpientes nido:
    Y los cármenes frescos de Granada,
    Edén para los Árabes perdido:
    Y los talleres de Albión obscura:
    Y de París la bacanal impura:

      Tú que, perenne, con materna mano
    Conservaste en mi alma por doquiera
    De la Esperanza el incorrupto arcano
    Y de la Fe la inextinguible hoguera:
    Tú que, al cruzar el arenal mundano,
    Has templado mi sed rabiosa y fiera
    Aplicando á mis labios la ambrosía
    Del cáliz de la dulce poesía;

      No me abandones hoy que necesito
    Purificar y esclarecer mi idëa,
    Al fuego santo del fanal bendito
    Do inflamó Dios tu inextinguible tea.
    Hoy que anhelo una voz de eco infinito,
    Que más que de mortal robusta sea,
    Para enviar á la tierra en que vi el día
    En alas de un cantar el alma mía.

      ¡Inspiración católica, más fuerte
    Que los tres elementos destructores
    De la envidia, del tiempo y de la muerte!
    Ciñe mi sien y mi laüd de flores:
    Mágico encanto en mis palabras vierte
    Y, en brazos de los vientos voladores,
    Del turbio Sena al pobre Manzanares
    Lleva mi corazón en mis cantares.

      Vuela y á España di que todavía
    Sin ira y sin pavor mi voz resuena
    Sobre el festín de la centuria impía,
    Que á sus míseros hijos envenena
    Brindándoles las copas de su orgía,
    Que la revolución con sangre llena:
    Dila que hasta que espire en mi garganta
    Celebrará su gloria y su fe santa.



                                LEYENDA

                                  DE

                     MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA

                            REY DE GRANADA

                       DIVIDIDA EN CINCO LIBROS



                         Libro de los Sueños.


INTRODUCCIÓN

      En el nombre de Aláh clemente y sumo
    Que da sombra á la noche, luz al día,
    Voz á las aves y á las hierbas zumo:
    Cuya suprema voluntad podría
    Tornar de un soplo el universo en humo,
    Y que atesora en mí su poesía,
    Escrita os doy para su eterna gloria
    Del príncipe Al-hamar la regia historia.

      Bálsamo que disipa la amargura,
    Luz del pesar sombrío ahuyentadora,
    Es su sabrosa y celestial lectura
    Risueña como fuente saltadora,
    Grata como del campo la verdura,
    Bella como la grana de la aurora,
    Tierna cual de la tórtola las quejas,
    Dulce como el panal de las abejas.

      Destila de sus versos ambrosía
    Su dulce narración maravillosa:
    Exhala su fecunda poesía,
    Grato como la esencia de la rosa,
    Mágico són de incógnita armonía;
    Y cual lluvia de Abril, que lenta posa
    Sus gotas en la flor, vierte en el alma
    Su amena relación plácida calma.

      Encierra sus conceptos peregrinos
    Misteriosa virtud y fuerza varia:
    Aplacan el rigor de los destinos
    Elevados á Aláh como plegaria:
    Regalan á quien lee sueños divinos
    Leídos en la alcoba solitaria,
    Cuya influencia y compañía amiga
    Calman del cuerpo la mortal fatiga.

      No hay sér bajo el imperio de la luna
    Que su lección sagrada no comprenda,
    Ni Aláh produjo criatura alguna
    Que no sienta placer con su leyenda.
    El pez á quien abriga la laguna,
    El ave que del árbol hace tienda,
    La fiera que entre rocas se sepulta,
    El reptil que en los céspedes se oculta:

      Y en su colmena el zumbador insecto,
    Y en su corteza el röedor gusano,
    Y el árbol recio en su vigor perfecto,
    Y el aire inquieto en su vagar liviano,
    Y el sordo incendio en su humear infecto,
    Y en su ciego furor el ocëano,
    Prestan oído respetuoso y grato
    Al armónico són de su relato.

      Esculpido en las hojas de sus flores
    Se guarda en el Edén por altos fines:
    Y los justos en él habitadores,
    Los ángeles que velan sus confines,
    Las hurís que alimentan sus amores
    Y los genios que pueblan sus jardines,
    Gozan en descifrar sus caracteres
    En la paz de sus místicos placeres.

      Tal es la historia peregrina y bella
    Que os doy en estas hojas extendida,
    Para que el pasto y el deleite de ella
    Os alivien las penas de la vida:
    Pues la luz que en sus páginas destella
    Despierta el alma á la virtud dormida,
    Y eleva el corazón y el pensamiento
    Á la pura región del firmamento.

      Y aunque en idioma terrenal y humano
    Para la humana comprensión la escribo,
    De espíritu más alto y soberano
    Su luminosa inspiración recibo.
    Guía mi corazón, guía mi mano
    Sér á quien dentro de mi sér percibo,
    Y el genio ardiente que en mi pecho habita
    La palabra me da que os doy escrita.

      Leedla, pues; y el ámbar que perfuma
    Del Paraíso la mansión divina,
    Y el resplandor que de la esencia suma
    Derramando los mundos ilumina,
    Y el rumor que levantan con su pluma
    Las alas de Gabriel cuando camina,
    Embalsame y alumbre y dé contento
    Á cuantos lean el divino cuento.



      Nació Al-hamar y sonrió el destino
    Contemplándole amigo: la fortuna,
    Fijando un punto su inconstancia, vino
    Amorosa á mecer su blanda cuna:
    Y, el curso de su carro diamantino
    Parando en el zenit, la casta luna
    Tendió desde él con maternal cariño
    Tierna mirada sobre el regio niño.

      Del ángel que custodia su persona
    Bajo las alas de perfume llenas,
    Dió sus primeros pasos en Arjona
    Sobre el tapiz fragante de azucenas
    Que dan al pueblo natural corona,
    Sus vegas en redor ciñendo amenas:
    Y sin dolencia corporal alguna
    Llegó á la juventud desde la cuna.

      Ánimo noble y continente bello,
    Porque inspirara afecto y simpatía,
    Dióle el Señor. Espléndido destello
    Puso en sus ojos de la luz del día:
    La gracia de el del cisne dió á su cuello
    Dió á su voz de las auras la armonía:
    Dió á su talle lo esbelto de la palma,
    Y el temple de los genios á su alma.

      Dió el carmín de la aurora y de la nieve
    La limpieza á su tez; dió á su cintura
    La grave majestad con que se mueve
    El león, y del corzo la soltura:
    Del sabio á su palabra dió lo breve,
    La paz del niño á su sonrisa pura,
    Y al corazón sin miedo y sin codicia
    La fe, la lealtad y la justicia.

      Diestro en la lid, en el consejo sabio,
    Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia,
    Modesto en la victoria, en el agravio
    Perdonador y sobrio en la opulencia:
    En la mano la dádiva, en el labio
    El consuelo y la paz, de la violencia
    Castigador, y hermoso en la persona,
    Nació digno Al-hamar de la corona.

      Chispa encendida de la fe en la hoguera
    Su estrella fué. Su celestial influjo
    En el erial de la vital carrera
    Por luminosa senda le condujo.
    La ventura tras él fué por doquiera,
    Su presencia doquier el bien produjo;
    Amigos y enemigos le admiraron
    Y la historia y el tiempo le afamaron.

      Luchas civiles de la gente mora
    Le llamaron urgentes á la guerra,
    Y lidió con honor desde la aurora
    Hasta que en sombra se sumió la tierra.
    Llevó al fin su bandera vencedora
    Del verde valle á la nevada sierra:
    Y de un día de Abril en la alborada
    Aclamado por rey entró en Granada.

      Pequeña población recién tendida
    En el seno amenísimo de un valle,
    Por donde Darro en sonorosa huída
    Abre á sus hondas perfumada calle,
    Era entonces Granada, y parecida
    Á africana gentil de suelto talle,
    Que fatigada en calurosa siesta
    Á la sombra durmióse en la floresta.

      Y cuando digo población pequeña
    Á la de hoy la imagino comparada:
    Pues no era entonces cual después fué dueña
    De dilatados términos Granada.
    Bella ciudad de situación risueña
    Y de bizarros Árabes poblada,
    Era ciudad no grande, no opulenta,
    Mas ya por su valor tenida en cuenta.

      Á una orilla del Darro que mojaba
    De sus labradas puertas los umbrales,
    (Por bajo de la _cádima alcazaba_
    Ceñida de murallas colosales)
    Un barrio se extendía que habitaba
    Raza de los egipcios arenales
    Oriunda: gente audaz, de miedo ajena,
    De negros ojos y de tez morena.

      Tribu, como nacida en el desierto,
    En sus gustos voluble y pareceres,
    De este jardín á su escasez abierto
    Doblemente apegada á los placeres.
    Sus blancas azoteas eran huerto
    Cuidado con afán por sus mujeres,
    Y sombreaban sus altos miradores
    Toldos fragantes de enredadas flores.

      Gozaban de sabrosos alimentos,
    Ocio oriental y cómodo vestido;
    Cercaban sus alegres aposentos
    Blandos cojines de sutil tejido:
    Revestía sus limpios pavimentos
    Mármol de Macäel blanco y pulido,
    Los muros preciosísimo estucado
    Y el friso trabajoso alicatado.

      Sostenían los ricos arquitrabes
    De sus claros moriscos corredores
    Columnas ligerísimas. Sus naves
    Adornaban arábigas labores,
    Sutiles cual la pluma de las aves,
    Tan brillantes como ella en sus colores;
    Frutales desde el huerto á las ventanas
    Alargando limones y manzanas.

      Sus patios, que en albercas espaciosas
    Reciben unas aguas cristalinas
    Al cuerpo gratas y al beber sabrosas,
    Pilas eran de baño alabastrinas,
    Sembrado el borde de arrayán y rosas,
    Donde las bellas moras granadinas
    El seco ardor de la mitad del año
    Ahuyentaban de sí con fresco baño.

      Y en las serenas noches del estío,
    Á la luz misteriosa de la luna,
    Al són del agua del plateado río,
    Y al compás de una cántiga moruna
    (Dulce recuerdo del país natío
    Que no se olvida en la mejor fortuna),
    Sentábanse á danzar en la ribera
    La alegre _Zambra_, y la _Jeíz_ ligera.

      Tal fué la tribu y las mansiones tales
    Que á una margen del Darro se extendían,
    Mirándose en sus líquidos cristales
    Á cuyo són los dueños se adormían:
    Y tan gratas sus casas orientales
    Eran, tal el contento en que vivían,
    Que con justicia los que en él moraron
    El _barrio del deleite_ le llamaron.

      La otra ribera del sonante río
    Era una verde y desigual colina,
    Cuya enramada falda daba umbrío
    Y ancho tapiz al agua cristalina,
    Y cuyo lomo, seco en el estío,
    Fundamento á una torre casi en ruina,
    Que sirviendo á dos términos de raya
    Era alminar á un tiempo y atalaya.

      Domínase en la cumbre de esta altura
    La extensión de la vega granadina,
    Rica alfombra de flores y verdura
    Que tendió ante sus plantas la divina
    Mano de Aláh: tesoro de frescura,
    Manantial de salud y peregrina
    Mansión de toda dicha, cuyas suaves
    Auras encantan con su voz las aves.

      Ven desde allí los ojos embebidos
    Cien alegres y blancos lugarejos,
    Que de palomas asemejan nidos
    Entre las verdes huertas á lo lejos;
    Y montes cien que, por el sol heridos,
    Descomponen su luz con mil reflejos
    Que lanza el agua y el metal que encierra
    Pródiga madre su fecunda tierra.

      Allí anidan al par todas las aves
    Y se abren á la par todas las flores:
    Con la rápida alondra águilas graves,
    Con la murta el clavel de cien colores;
    Se respiran allí cuantos las naves
    De oriente traen balsámicos olores,
    Y allí da el cielo deliciosas frutas,
    Y encierran minas las silvestres grutas.

      Allí, bajo aquel cielo transparente
    Donde vieron su Edén los Africanos,
    Hállase aún en ideal viviente
    La mujer de contornos sobrehumanos,
    De ojos de luz y corazón ardiente,
    De enano pie y anacaradas manos,
    Cuya generación guardarán solas
    Las árabes provincias españolas.

      Moran allí esas célicas huríes,
    Que pintan las muslímicas leyendas
    Reclinadas en frescos alhamíes,
    Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas;
    Cuyos labios de rosas y alelíes
    Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas,
    Palabras que embelesan los oídos
    Y besos que adormecen los sentidos.

      Aquellas celestiales hermosuras
    Que coloca el Korán en su divina
    Fantástica mansión de las venturas,
    Cuya mirada el iris ilumina,
    Cuyo aliento desparce esencias puras,
    Cuyo seno y espalda alabastrina,
    Velando mal sus mágicos hechizos,
    Negros circundan y flotantes rizos.

      Vense del cerro aquel gigantes cimas
    Que eternas cubren seculares nieves,
    Donde por grietas mil sus hondas simas
    Ríos destilan en arroyos breves:
    Y allí, cosechas para dar opimas,
    Refréscanse al pasar las auras leves,
    Que bajan luego á fecundar la vega
    De las fuentes al par con que se riega.

      Vese también por el siniestro lado
    El valle de Genil, cuyos raudales
    Bañan la verde amenidad de un prado
    Cubierto de avellanos y nopales.
    Gózase allí de un aire perfumado
    Con el subido olor de los frutales,
    Del cantueso, tomillo y mejorana,
    Que el aura mueve al revolar liviana.

      Y entre este barrio de delicias lleno
    Y esta florida y desigual colina,
    Se extiende el valle cuyo fértil seno
    Fecunda el Darro que por él camina:
    Y es el lugar más grato y más ameno,
    La situación más bella y peregrina
    De cuantos ríos fertiliza y baña
    En la extensión de nuestra rica España.

      Aquí, pues, á la margen de este río,
    En la aromada falda de esta altura,
    En una noche límpida de estío,
    Y al són del agua que á sus pies murmura,
    Arrobado en extraño desvarío
    La alameda cruzaba á la ventura
    Al-hamar, que en paseo misterioso
    Olvidaba las horas del reposo.

      Único sér con movimiento y vida
    En la nocturna soledad errando,
    Sin que la tierra por su pie oprimida
    Crujir se oyera con el césped blando
    De que la tierra inculta está mullida,
    Algún insomne le juzgó temblando
    Alma que torna á visitar la huesa
    Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.

      Flotaba suelto el alquicel nevado,
    Blanqueaba del turbante el albo lino,
    Y relucía en piedras engastado
    El puño del alfanje damasquino:
    Y este blanquear y relucir callado,
    Á intervalos oculto del camino
    Entre los troncos que al pasar cruzaba,
    Faz de visión á su persona daba.

      Y tal avanza silenciosa y lenta
    Del solitario valle en la espesura,
    Y al verla calla el ruiseñor que cuenta
    Sus amores al aura, y á la hondura
    Del río se desliza soñolienta
    La culebra enroscada en la verdura,
    Y el vuelo tiende á la contraria orilla
    Espantada la tímida abubilla.

      En tanto el noble príncipe, sumido
    En el mar de sus propios pensamientos,
    Ni atiende al ave que ahuyentó del nido,
    Ni al reptil que saltó, ni á los acentos
    Que el ruiseñor ahogó: y embebecido
    Continúa avanzando á pasos lentos,
    Hasta perderse en la arboleda obscura
    Que se espesa del valle en la angostura.

      Formaba esta recóndita arboleda
    Un extendido bosque de avellanos,
    Guardador de una espesa moraleda
    Donde sus utilísimos gusanos
    Daban por fruto delicada seda,
    Que labrada después por diestras manos
    Iba en preciosas telas y tejidos
    Á todos los mercados conocidos.

      Brotaba una sonora fuentecilla
    En medio de esta fértil enramada,
    Vertiendo sus cristales por la orilla
    De tilos aromáticos orlada.
    Hallábase en redor, con maravilla
    De los ojos, la tierra cultivada,
    Y (obra admirable de cuidosas manos)
    Hechos jardín los céspedes villanos.

      Corría allí suavísimo el ambiente
    Cargado con la esencia de mil flores,
    Y al respirarle huían de la mente
    Los pensamientos tristes, sinsabores
    Y duelos ahuyentando; y la corriente
    Del manantial remedio á los dolores
    Era del cuerpo débil, cuyos males
    Cedían al beber de sus raudales.

      Lugar divino en la región humana
    Colocado era aquél: retiro augusto
    De algún Genio de estirpe soberana
    Que el sacro Edén abandonó por gusto:
    Destierro acaso de una hurí que vana
    Apreció su beldad más que fué justo:
    Cita acaso de un Silfo en sus amores:
    Lecho tal vez del Ángel de las flores.

      Allí á Al-hamar inspiración secreta
    Á hallar condujo solitario asilo,
    Y allí, al mirarse en soledad completa,
    Irguió la frente y respiró tranquilo:
    Y á la sombra y al són que esparce inquieta
    La extensa copa de oloroso tilo,
    Sentóse alzando la real mirada
    Al cielo azul de su gentil Granada.

      Y allí á sus hondos sentimientos dando
    Pábulo y campo en la mansión del pecho,
    Con la influencia del lugar hallando
    Á ellos el corazón menos estrecho,
    Poco á poco la espalda reclinando
    Fué de la hierba en el mullido lecho,
    Y poco á poco deleitosa calma
    Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.

      El canto de las aves anidadas
    En el ramaje fresco, el campesino
    Aroma de las hojas, oreadas
    Con manso són por el errante y fino
    Aliento de las brisas perfumadas,
    Y el suave arrullo del raudal vecino,
    Daban al sitio en que Al-hamar yacía
    Célica paz y mágica armonía.

      Ansiaba el rey grandeza venidera,
    Gloria, poder, celebridad futura:
    Ansiaba que su corte la primera
    Fuése en valor, en lustre y en cultura:
    Ansiaba darla fama duradera
    Con prodigios de rica arquitectura:
    Mas veía al par escaso su tesoro
    Para hacer realidad sus sueños de oro.

      Gozaba su exaltada fantasía
    Con la bella ilusión de sus intentos:
    Sus soberbios alcázares veía
    Llenar la tierra y dominar los vientos:
    Admiraba la gala y simetría
    Que daba á sus labrados aposentos,
    Y en sus doradas letras africanas
    Leía ya las suras musulmanas.

      Pensaba en las mil torres de los muros
    Que á su noble ciudad dieran confines,
    Fuerza rëal y límites seguros:
    Pensaba en la extensión de sus jardines,
    Asilos del deleite, y en los puros
    Baños, y en los ocultos camarines
    Del voluptuoso Harén de las mujeres,
    Santuario del amor y los placeres.

      Y embebecido en pensamientos tales,
    Y embriagado tal vez con la esperanza
    De hacer un día sus proyectos reales,
    Si la fortuna amiga en la balanza
    Su ambición y poder ponía iguales
    Guiando el porvenir siempre en bonanza,
    No percibió el dulcísimo beleño
    Que iba en sus miembros derramando el sueño.

      Poco á poco sus párpados cedieron
    Á lenta pesadez, y sus pupilas
    La claridad y la visión perdieron;
    De los árboles mil las verdes filas,
    De las aves y fuentes se le fueron
    Borrando las imágenes tranquilas:
    Y su imaginación quedando en calma,
    De la vigilia al sueño pasó el alma.

      Dos veces intentó los ojos vagos
    Echar en rededor y á los sonidos
    Atender, para alzarse haciendo amagos;
    Pero cedieron otra vez rendidos
    Sus párpados y miembros: anchos lagos
    De sombra cada vez más extendidos
    Envolvieron su inquieta fantasía,
    Y un instante después... el rey dormía.

      En calma universal, en paz completa
    Quedó el frondoso valle, y la vecina
    Corriente del arroyo y la aura inquieta
    Le arrullaron con suave y campesina
    Música.--Y en tal cláusula el poeta
    Interrumpe su historia peregrina,
    De agua y aire los sones halagüeños
    Poniendo fin al LIBRO DE LOS SUEÑOS.



Libro de las Perlas.


      En el sagrado nombre del que en el orbe impera
    Oculto del espacio tras la cortina azul,
    Que arregla de los astros la incógnita carrera,
    Señor de las tinieblas, origen de la luz,
    Del LIBRO DE LAS PERLAS comienzo la escritura
    En verso claro y fácil á comprensión común.
    Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura
    Raudal de fe sincera, venero de salud!

      ¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas
    En grupos impalpables, sobre alas sin color!
    Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas,
    Que amigos de las sombras aborrecéis al sol:
    Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos
    Que pueblan el espacio con misterioso són,
    Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos,
    Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:

      Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo
    Los áureos miradores del desvelado rey,
    Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo
    Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis;
    Vosotros, que á la reja del camarín estrecho
    Do la cautiva sueña con su perdido bien,
    Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho
    Mil bellas ilusiones de amor y de placer:

      Vosotros, favoritos del genio y la armonía,
    Que á par de las abejas saltáis de flor en flor,
    La gota estremeciendo titiladora y fría
    Con que el rocío baña su virginal botón:
    De vuestra poesía verted en mí el tesoro:
    Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz,
    Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro
    Las cláusulas que dignas de mi relato son.

      Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo
    En la divina empresa que audaz acometí.
    ¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto,
    Y EL LIBRO DE LAS PERLAS guiad hasta su fin.

              Guiad en él mi pluma,
            Iluminad mi mente,
            Y á la belleza suma
            De asunto tan gentil
            Haced que el pensamiento
            Se eleve noblemente,
            Y llegue al firmamento
            Mi acento varonil.

              Yo trazo aquí el relato
            De tan divina historia,
            Yo pinto aquí el retrato
            De tan divino sér,
            Que la palabra humana,
            Ni la mortal memoria
            Querrán con ansia vana
            Contar y comprender.

              Mi historia es tanto bella
            Cuanto la lumbre vaga
            De solitaria estrella
            En recio temporal:
            Cual la canción doliente
            Que caprichosa maga
            Murmura de una fuente
            Bajo el fugaz cristal.

              No hay lengua que la cuente
            Ni mano que la trace.
            El cuadro en vuestra mente
            Fingid más ideal,
            El tono que á vuestra alma
            Más predilecto place
            Dadle, y la luz, la calma
            Que falta al mundo real.

              Encima figuraos
            De secular colina,
            Cuando el nocturno caos
            Platea el resplandor
            De la modesta luna,
            Que, amante, sin fortuna,
            Eterna peregrina
            Del sol tras el amor.

              Fingíos una extensa
            Riquísima llanura
            Cubierta de verdura,
            Y de caprichos mil
            Llenadla: figuráosla
            En la estación viciosa
            Que abrir hace á la rosa
            Su pétalo gentil.

              El céfiro de aromas
            Cargado nos orea
            La faz: brotan las lomas
            Con juvenil vigor
            Mil hierbas, con que el viento
            Inquieto juguetea
            Con manso movimiento
            Y lánguido rumor.

              Fingíos una vega,
            Que parte en cien pedazos
            De un río que la riega
            El líquido cristal,
            Que caprichoso extiende
            Los transparentes brazos
            Doquier que el cauce tiende
            Su lecho desigual:

              Fingíos esta vega,
            Cuya cubierta verde
            Al horizonte llega
            Y en su extensión se pierde,
            Poblada de castillos,
            De caprichosas ruinas,
            De alegres lugarcillos,
            De chozas campesinas;

              De huertos pintorescos,
            De arroyos cristalinos,
            De bosquecillos frescos,
            De móviles molinos,
            De blancos palomares,
            Rebaños y yeguadas,
            Bodegas, colmenares,
            Establos y toradas:

              Fingid que en ella alcanza
            La vista por doquiera
            La campesina danza,
            Á que en tranquila holganza
            Y en amistad sincera,
            Tras del trabajo ociosa
            Se entrega bulliciosa
            La alegre multitud:

              Fingid este relato
            Oído al són sencillo
            (Mas cual ninguno grato)
            Del tosco caramillo,
            Y al trémulo y quejoso
            Balar del cabritillo,
            Y al canto trabajoso
            Del soterrado grillo:

              Fingíos que, lejana,
            Del monasterio antiguo
            Doblando la campana
            Con su clamor despierta
            Al perro, que está alerta
            En el redil contiguo
            Y en demostrar se afana
            Ladrando su inquietud:

              Y atento el ojo tiende
            Al campanario viejo
            De donde el són se extiende;
            Y ve el móvil reflejo
            Del esquilón, que gira,
            Y el resplandor le admira
            Del bronce que repele
            Los rayos de la luz:

              Fingíos este suelo
            Tan bello coronado
            Con un hermoso cielo
            De transparente azul,
            En cuyo fondo puro,
            Quebrando el horizonte,
            Sobre el perfil obscuro
            Del apartado monte,
            Por cima del convento
            Mansión de la virtud,
    Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas
    Del árbol sacrosanto de la eternal salud,
    Destácanse en el campo del limpio firmamento
    Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.

              ¿Tenéis en la memoria
            Tan mágica pintura?
            ¿Miráis esta llanura
    Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó?
            Pues es más halagüeña,
            Más plácida y risueña
            La celestial historia
    Que en este libro frágil os voy á contar yo.

              El LIBRO DE LAS PERLAS
            Encierra en sus conceptos
            La historia y los secretos
    De un Ángel favorito de su inmortal Señor.
            Venid á recogerlas:
            Que Dios, que el Paraíso
            Por cuna darle quiso,
    Dió á par á sus palabras de perlas el valor.

              De perlas elegidas
            En las de más pureza,
            Más precio y más belleza:
    Las _perlas de la Gracia_, las _perlas de la Fe_:
            Las perlas que, vertidas
            Por su divina mano,
            Harán del sér humano
    Que recogerlas sepa un ángel como él fué.

              Todo en silencio duerme
            En la arboleda umbrosa
            Donde Al-hamar reposa:
            En calma universal
            Yacer parece inerme
            Naturaleza entera,
            Cual si á sopor cediera
            De atmósfera letal.

              La cuádriga argentina
            Del carro de la luna
            Su curso al mar declina:
            Y de su carro en pos,
            Sombría, taciturna,
            Su negro velo tiende
            La lobreguez nocturna
            Ante la luz de Dios.

              La escasa y vacilante
            Que radian las estrellas
            Da apenas espirante
            Su postrimer fulgor:
            Reflejo moribundo,
            Que cuando espire en ellas
            Hará del ciego mundo
            Un bulto sin color.

              Ya lo es. Doquier se carga
            De espesa sombra, y queda
            Sumida la arboleda
            En densa obscuridad.
            Indefinible encanto
            Doquier la vida embarga;
            Exhala pavor santo
            La muda soledad.

              Y he aquí que en este punto,
            Del fondo de la fuente
            Que arrulla mansamente
            El sueño de Al-hamar,
            La faz resplandeciente
            De un Genio, que ilumina
            La linfa cristalina,
            Se comenzó á elevar.

              Tocó en el haz del agua
            Su cabellera blonda:
            Quebró la frágil onda
            Su frente virginal:
            Dejó el agua mil hebras
            Entre sus rizos rotas,
            Y á unirse volvió en gotas
            Al limpio manantial.

              Como vapor ligero
            Del lago se levanta:
            Cual de aromosa planta
            Exhálase el olor:
            Cual del albor primero
            Del día que amanece
            Fantástico aparece
            El vago resplandor.

              Del agua cristalina
            Así elevó serena
            Su aparición divina
            El Genio celestial,
            Cuyo contorno aéreo
            Rodea alba aureola
            Que el valle tornasola
            Con luz matutinal.

              Al fuego repentino
            Que en torno á sí derrama,
            Soltó su alegre trino
            Despierto el ruiseñor:
            Su voz de rama en rama
            Las auras extendieron,
            Y en cánticos rompieron
            Mil aves en redor.

              Dió un paso en la pradera,
            Y al agitar el viento
            Su rica cabellera,
            El aire se aromó;
            Dejó escapar su aliento,
            Y cuanto allí vivía
            Su aliento de ambrosía
            Con ansia respiró.

              Y entonces la callada
            Blanca visión llegando,
            Donde por sueño blando
            Vencido está Al-hamar,
            Los céspedes por lecho,
            La mano perfumada
            Le puso sobre el pecho,
            Y así le empezó á hablar:

              «Ilustre y venturoso
            Caudillo Nazarita,
            Tu místico reposo
            Bendice al despertar.
            Tu espíritu, que lucha
            Con mi visión, se agita
            Medroso en vano: escucha
            Mi voz, rey Al-hamar.

              »Mi voz es la armonía
            Cuando habla á un sér amigo
            De Dios, y es lo que digo
            Más dulce que la miel:
            Mi origen es el cielo,
            Mi edad es la del día,
            Mi esencia es el consuelo,
            Mi nombre es Azäel.

              »Yo soy un ángel y era
            El ángel más perfecto,
            El sér más predilecto
            Del sabio Criador.
            Moraba yo en la esfera
            Más alta y más vecina
            Á la mansión divina
            De mi inmortal Señor.

              »Un día..... ¡día aciago!
            Cruzóme fugitivo
            La mente loca un vago
            Delirio criminal:
            Pensé, mirando altivo
            Mi esencia y mi hermosura,
            Que no era criatura
            Á las demás igual.

              »Imaginé que origen
            Más puro y soberano
            Me pudo dar la mano
            Del Hacedor tal vez:
            Mas ¡ay! los que su mente
            Por su altivez dirigen,
            Verán cuán torpemente
            Soñó su insensatez.

              »Apenas un momento
            Tan orgullosa idea
            Brotó en mi pensamiento
            Y en él lugar la di,
            Tiniebla inesperada
            Cegó mi mente rea,
            Y ante la faz airada
            Del Criador me vi.

              »Desnudo ante la vista
            Del Dios que le llamaba,
            Como arrancada arista
            Mi sér se estremeció;
            La luz de su presencia
            Mi nada iluminaba:
            Juzgóme, y su sentencia
            Así me fulminó:

              «Tres siglos es preciso
            »Que llores por tu yerro:
            »Sal, pues, del Paraíso:
            »El globo terrenal
            »Te doy para destierro:
            »Tus nobles atributos
            »Te dejo: nobles frutos
            »De tu hálito inmortal.

              »Que broten de tus lágrimas
            »En el lugar que mores
            »El germen de las flores
            »Y el manantial del bien.
            »Sé allí su luz vivífica,
            »Sé tú su astro benigno,
            »Y vuelve al Cielo digno
            »Del celestial Edén.»

              »Dijo: y tendí mi vuelo
            Llorando hacia la tierra:
            Caí sobre este suelo,
            Y en este manantial
            Do tengo mi retiro
            Mi espíritu se encierra;
            Yo soy el que suspiro
            De noche en su raudal.

              »Yo soy el que velando
            En esta margen bella
            Pródigo vierto en ella
            La vida y la salud.
            Tú en ella sin respiro
            Me vienes estrechando,
            Y yo la fe te inspiro,
            La ciencia y la virtud.

              »Tú luchas por la gloria
            De tu falaz creencia,
            Y espléndida existencia
            Preparas á tu grey:
            Y yo que sé tu historia,
            Tu origen y tu sino,
            Arreglo tu destino
            Por misteriosa ley.

              »Sí, tú eres una espada
            Que blande ajena mano:
            Tú á impulso soberano
            Obedeciendo vas:
            Tú siembras la simiente
            Que encuentras apilada:
            Mas siembras diligente
            Para quien va detrás.

              »De aquí me desalojas
            Cuando estos sitios pueblas,
            De aquí conmigo arrojas
            La gracia y el pudor:
            Mas yo vi en las tinieblas
            Resplandecer tus ojos,
            Te conocí, y de hinojos
            Di gracias al Señor.

              »Su vista rutilante,
            Que el universo abarca,
            Posada en tu semblante
            Desde tu cuna está:
            Y el dedo omnipotente
            Sobre tu noble frente
            Grabó la regia marca
            Que á conocer te da.

              »Naciste favorito
            Del genio y de la gloria;
            Tu nombre es la victoria,
            Tu voluntad ley es.
            Tu tiempo es infinito,
            Tus huellas indelebles;
            Los montes son endebles
            Debajo de tus pies.

              »¿Tú anhelas un tesoro?
            Mis lágrimas son perlas:
            El Darro te trae oro:
            Plata te da el Genil:
            Cien minas en tu suelo
            Posees: despierta á verlas,
            Y haz de este valle un cielo
            Para tu grey gentil.

              »Encumbra este hemisferio
            Con el poder de Oriente.....
            Yo en él haré á otra gente
            Plantar su pabellón.
            Yo te daré un imperio,
            Mas tú para pagarme
            Tendrás al fin que darme
            Tu fe y tu corazón.

              »Adiós ¡oh Nazarita!
            Mi aparición recuerda
            Cuando el pesar te muerda
            Con aguijón de hiel:
            No olvides en tu cuita
            Que abrió sobre este suelo
            La fuente del consuelo
            El ángel Azäel.»

              Tal dijo: y el divino
            Sér misterioso alzando
            La mano que posando
            Tenía en Al-hamar,
            Al fondo cristalino
            Volvióse de la fuente,
            Que su cristal bullente
            Sobre él volvió á cerrar.

              El ámbar que exhalaba
            Su aliento de ambrosía,
            La luz que derramaba
            Su forma, la armonía
            De que su voz llenaba
            La selva, y el encanto
            Con que su influjo santo
            Divinizó el vergel,

              Como neblina leve
            Que desvanece el aura
            Al punto que se mueve,
            Se disipó con él:
            Dudar pudiendo en suma
            La mente deslumbrada
            Si fué visión soñada
            El ángel Azäel.

              Tornó á la antigua calma
            Y soledad primera
            El bosque y la pradera:
            Y el príncipe Al-hamar,
            Sintiendo libre el alma
            Del fatigoso ensueño,
            De su tenaz beleño
            Se comenzó á librar.

              Su mente obscurecida
            Se iluminó: la historia
            Del sueño en su memoria
            Se comenzó á aclarar;
            Y al fin, el cuerpo suelto
            De su sopor y vuelto
            Á la razón y vida,
            Se despertó Al-hamar.

              La vista echando en torno
            Del sitio solitario,
            Reconoció el contorno;
            Mas como al ángel no,
            Sonrisa de desdeño
            Mostrando el juicio vario
            Que forma de su sueño,
            En la ciudad pensó.

              Pensó que de ella ausente
            Pasó la noche entera:
            Pensó en su inquieta gente
            Y se aprestó á partir,
            Mirando tras el monte
            Rayar la luz primera
            Del sol, que al horizonte
            Comienza ya á subir.

              Compuso en la cintura
            La faja tunecina;
            La suelta capellina
            Sobre la espalda echó,
            Y el aura respirando
            Del bosque y la frescura
            Del alba, el césped blando
            Con leve planta holló.

              Dió un paso en la pradera,
            Y alzando repentina
            La brisa matutina
            Su vuelo en el verjel,
            Como una mies ligera
            Dobló el ramaje umbrío,
            Y sacudió el rocío
            Depositado en él.

              Surcaron desprendidas
            Sus gotas el ambiente,
            Cual lluvia transparente,
            Espesa, universal:
            El aire deshacerlas
            No pudo, y esparcidas
            Quedaron como perlas
            Sobre la hierba igual.

              Ráfaga, empero, errante
            La brisa fué: su impulso,
            Durante un solo instante,
            Sin fuerzas espiró.
            Irguióse la arboleda
            Con rápido repulso,
            Y todo al punto á leda
            Tranquilidad volvió.

              Vertió desde la cumbre
            Del monte al hora misma
            El sol su nueva lumbre:
            Deshizo su arrebol
            La atmósfera en su prisma
            De múltiples colores,
            Y abriéronse las flores
            Á recibir al sol.

              Debajo de la tienda
            De sus plegadas hojas,
            Las clavellinas rojas,
            Los rojos alhelís
            Mostráronle con franca
            Exposición su ofrenda
            En otra perla blanca
            Cercada de rubís.

              Detuvo la indecisa
            Planta Al-hamar: su labio
            Bañó dulce sonrisa
            Su sueño al recordar,
            É incrédulo, si sabio,
            Juzgándolo quimera,
            Tornó por la ladera
            El paso á enderezar.

              Y por mostrar desprecio
            De sueños infundados,
            Los céspedes mojados
            Pisaba sin temor,
            Con indignado y recio
            Paso, truncando altivo
            El tallo inofensivo
            De una y otra flor.

              Mas pronto perturbado
            Su corazón de nuevo
            Latió desconcertado,
            Y comenzó á creer
            La aparición soñada
            Del celestial mancebo
            Inspiración enviada
            Por celestial poder.

              De cada flor que rota
            Derriba, ve que intacta
            La desprendida gota
            Resbala, y sin perder
            Su redondez compacta,
            En la mullida hierba
            Entera se conserva,
            Maciza al parecer.

              Tendió la regia mano
            Á la que más vecina
            Halló; mas al cogerla
            Reconoció Al-hamar
            Su sino sobrehumano:
            La gota cristalina
            Era una gruesa perla,
            Cual nunca las dió el mar.

              Su limpia transparencia,
            Su peso, su tamaño,
            Su origen, tan extraño
            Á cuanto oído fué,
            Aclaman infinita
            En número, inaudita
            En precio la opulencia
            Del rey que las posee.

              No tiene en las ignotas
            Minas que avara encierra
            Tesoro igual la tierra
            Ni en piedra, ni en metal:
            Cada una de las gotas
            Del celestial rocío
            De plata vale un río
            En precio á un reino igual.

              ¡Bendito el que tesoro
            Tal poseer le cabe!
            ¡Bendito el que le sabe
            Empleo digno dar!
            ¡Dichoso el Nazarita
            Amir del pueblo moro,
            En quien está bendita
            La estirpe de Nazar!

              Cayó Al-hamar de hinojos,
            Y alzando al firmamento
            Las manos y los ojos,
            Con exaltada fe,
            «Señor, dijo, yo admito
            Un dón tan opulento,
            Y á dón tan infinito
            Corresponder sabré.»

              Y así Al-hamar diciendo,
            Y el dón agradeciendo
            Que liberal le envía
            La mano del Señor,
            Las perlas recogía.....
            Y acaba al recogerlas
            EL LIBRO DE LAS PERLAS.
            ¡De Aláh sea en loor!



Libro de los Alcázares.


      ¡Granada! Ciudad bendita
    Reclinada sobre flores,
    Quien no ha visto tus primores
    Ni vió luz, ni gozó bien.
    Quien ha orado en tu mezquita
    Y habitado tus palacios,
    Visitado ha los espacios
    Encantados del Edén.

      Paraíso de la tierra,
    Cuyos mágicos jardines
    Con sus manos de jazmines
    Cultivó celeste hurí,
    La salud en ti se encierra,
    En ti mora la alegría,
    En tus sierras nace el día,
    Y arde el sol de amor por ti.

      Tus fructíferas colinas,
    Que son nidos de palomas,
    Embalsaman los aromas
    De un florido eterno Abril:
    De tus fuentes cristalinas
    Surcan cisnes los raudales:
    Bajan águilas rëales
    Á bañarse en tu Genil.

      Gayas aves entretienen
    Con sus trinos y sus quejas
    El afán de las abejas
    Que en tus troncos labran miel:
    Y en tus sauces se detienen
    Las cansadas golondrinas
    Á las playas argelinas
    Cuando emigran en tropel.

      En ti como en un espejo
    Se mira el profeta santo:
    La luna envidia el encanto
    Que hay en tu dormida faz:
    Y al mirarte á su reflejo
    El arcángel que la guía,
    Un casto beso te envía
    Diciéndote:--«Duerme en paz.»

      El albor de la mañana
    Se esclarece en tu sonrisa,
    Y en tus valles va la brisa
    De la aurora á reposar.
    ¡Oh Granada, la sultana
    Del deleite y la ventura!
    Quien no ha visto tu hermosura
    Al nacer debió cegar.

      ¡Aláh salve al Nazarita,
    Que derrama sus tesoros
    Para hacerte de los Moros
    El alcázar imperial!
    ¡Aláh salve al rey que habita
    Los palacios que en ti eleva!
    ¡Aláh salve al rey que lleva
    Tu destino á gloria tal!

      Las entrañas de tu sierra
    Se socavan noche y día;
    Dan su mármol á porfía
    Geb-Elvira y Macaël;
    Ensordécese la tierra
    Con el són de los martillos,
    Y aparecen tus castillos,
    Maravillas del cincel.

      Ni un momento de reposo
    Se concede: palmo á palmo,
    Como á impulso de un ensalmo,
    Se levanta por doquier
    El alcázar portentoso
    Que, mofándose del viento,
    Será eterno monumento
    De tu ciencia y tu poder.

      Reverbera su techumbre
    Por las noches, á lo lejos.
    De las teas á la lumbre
    Que iluminan sin cesar
    Los trabajos misteriosos,
    Y á sus cárdenos reflejos
    Van los Genios sus preciosos
    Aposentos á labrar.

      ¿De quién es ese palacio
    Sostenido en mil pilares,
    Cuyas torres y alminares
    De inmortales obras son?
    ¿Quién habita el regio espacio
    De sus cámaras abiertas?
    ¿Quién grabó sobre sus puertas
    Atrevido su blasón?

      ¿De quién es aquella corte
    De galanes Africanos
    Que le cruzan tan ufanos
    De su noble Amir en pos?
    En su alcázar y en su porte
    Bien se lee su nombre escrito:
    _Al-hamar_.--¡Aláh bendito,
    Es la ALHAMBRA!--¡Gloria á Dios!


ALHAMBRA

      ¡Salud, favorita bella
    Del Amir más poderoso!
    ¡Salud, tienda de reposo
    De la gloria y el placer!
    ¡Vele Dios tu buena estrella,
    Dichosísima señora!
    ¿Quién de ti no se enamora
    Si una vez te llega á ver?

      Al-hamar vertió en tu seno
    De sus perlas los tesoros,
    Te hizo perla de los Moros,
    Puso reinos á tus pies.
    Noble Reina, de labores
    Tu real manto arrastras lleno,
    Y cada una de sus flores
    Un soberbio alcázar es.

      Hermosísima Africana,
    Ríe y danza voluptuosa:
    Tu albo seno es una rosa
    En lo fresco y lo gentil.
    Regocíjate, Sultana,
    Ríe y danza sin pesares,
    Que el compás de tus danzares
    Llevarán Darro y Genil.

      Ríe y danza: ¿quién descuella
    Como tú en poder y gala?
    ¿Quién compite, quién iguala
    Tu opulenta majestad?
    Donde tú sientas la huella
    Van sembrando los amores
    La semilla de las flores
    Que perfuman tu beldad.

      ¿Dónde está la altiva reina
    Que á la par de ti se ostente?
    ¿Dónde está la que su frente
    Se corone como tú?
    Son jardines tus cabellos,
    Que aromado el viento peina
    Cuando Mayo prende en ellos
    Tocas de verde tisú.

      Diadema con que se ciñe
    Tu Granada, son tus brillos
    Del color en que se tiñe
    Roja el alba al purpurar;
    Tus diamantes son palacios
    Engastados en cintillos
    De murallas de topacios,
    Que deslumbran el mirar.

      Y esas bóvedas ligeras
    Cual prendidos cortinajes,
    Y esos muros como encajes,
    Delicados en labor,
    De las manos hechiceras
    De los Genios han salido,
    Que en secreto ha sometido
    Á su dueño el Criador.

      ¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete,
    Perfumero de Sultanas!
    Tus arábigas ventanas
    Son las puertas de la luz.
    El Oriente se somete
    Á tus pies como un cautivo,
    Y hace bien de estar altivo
    De tenerte el Andaluz.


GENERALIFE

Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO

      Entre lirios mal velado
    El galán Generalife
    Da al ambiente enamorado
    Dulces besos para ti;
    Como Ondina que ligera
    Huyendo desde su esquife,
    Vuelto el rostro á la ribera,
    Se los da á quien queda allí.

      ¿Que Sultán su alcázar tiene
    De jardines enramado,
    De una peña así colgado
    En mitad del aire azul?
    Con los siervos que mantiene
    El del Bósforo sonoro
    No hará nunca á fuerza de oro
    Otro igual en Estambul.

      Del peñón en la alta loma
    Semejando está que vuela,
    Como rápida paloma
    Que se lanza de un ciprés:
    Mas si el ojo se asegura
    De que inmoble está en la altura,
    Le parece una gacela
    Recostada entre una mies.

      Sus calados peristilos,
    Sus dorados camarines,
    Sus balsámicos jardines
    De salubre aire vital,
    De los Silfos son asilos,
    Que, meciéndose en sus flores,
    Cantan libres sus amores
    En su lengua celestial.

      Y en las noches azuladas
    Del verano, oculta cita
    Trae amantes á las Hadas
    Sus caricias á gozar:
    Y al rayar el alba hermosa
    Que interrumpe su visita,
    En sus alas de oro y rosa
    Tornan vuelo á levantar.

      Atalaya de Granada,
    Alminar de excelsa altura
    De la atmósfera más pura
    Colocado en la región:
    ¿Qué no ven de cuanto agrada
    Tus ventanas por sus ojos?
    ¿Qué se niega á los antojos
    Del que asoma á tu balcón?

      Junto á ti los Alijares
    Ataviados á lo moro
    En el río de aguas de oro
    Ven su gala y brillantez;
    Más allá, sobre pilares
    De alabastro, _Darlaroca_
    Con su frente al cielo toca,
    Que la sufre su altivez.

      Á su par los frescos baños
    De las Reinas granadinas,
    Cuyas aguas cristalinas
    Se perfuman con azahar
    Y se entoldan con las plumas
    De mil pájaros extraños,
    Que se van con grandes sumas
    Á las Indias á comprar.

      Á tu izquierda el montecillo
    Cuyo pie Genil evita,
    Reflejando en sí la Ermita
    De los siervos de la Cruz:
    Á tu diestra el real castillo
    Sobre el cual voltea inquieta
    La simbólica veleta
    Del bizarro Aben-Abuz.

      Más allá los cerros altos
    (Cuyo nombre y cuya historia
    Dejarán dulce memoria)
    Del Padul y de Alhendín:
    Y allá más los grandes saltos
    De las aguas de la sierra,
    Cuya eterna nieve cierra
    De tus reinos el confín.

      Á tus pies Torres-Bermejas
    Con sus cubos pintorescos,
    Que avanzadas y parejas
    Aseguran tu quietud:
    Y bajo ellas, el espacio
    Respetando del palacio
    De su rey, los valles frescos
    Donde habita la salud.

      ¡Oh pensil de los hechizos,
    Bien amado de la luna!
    ¿Qué echa menos tu fortuna
    En la gloria en que te ves?
    Abre, avaro, antojadizos
    Tus moriscos ajimeces,
    Y ve qué es lo que apeteces
    Con Granada ante tus pies.

      De tu vista caprichosa
    ¿Qué no alcanzan los deseos?
    Sus mezquitas, sus paseos,
    Su opulento Zacatín,
    Su bib-rambla bulliciosa
    Con sus cañas y sus toros:
    De valor y amor tesoros
    Albunést y el Albaicín:

      Sus colmados alhoriles,
    Sus alhóndigas rëales,
    Sus sagrados hospitales,
    Regias obras de Al-hamar,
    Todo está bajo tu sombra
    ¡Oh florón de los pensiles!
    De tus plantas siendo alfombra
    Y encantándote el mirar.

      ¡Oh palacio de la zambra,
    Camarín de los festines,
    Alto rey de los jardines,
    De aguas vivas saltador,
    Real hermano de la Alhambra,
    Pabellón de auras süaves,
    Favorito de las aves,
    Y del alba mirador:

      De los pájaros el trino,
    De las auras el arrullo,
    De las fiestas el murmullo
    Y del agua el manso són,
    Dan al ámbito divino
    De tu alcázar noche y día
    Una incógnita armonía
    Que embelesa el corazón!

      Encantado laberinto
    Consagrado á los placeres,
    Tú escalón del cielo eres,
    Tú portada del Edén.
    En tu mágico recinto
    Escribió el amor su historia,
    Y á los justos en la gloria
    Las huríes se la leen.


AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES

      Liberal de sus erarios,
    Protector del desvalido,
    Fiel, lëal para el vencido
    Y del sabio amparador:
    Por amigos y contrarios
    Estimado en paz y en guerra,
    Es la egida de su tierra
    Al-hamar el vencedor.

      En la paz, rey justiciero,
    Oye atento en sus audiencias
    Y da recto sus sentencias
    Por las leyes del Korán.
    En la guerra, compañero
    Del soldado, buen guerrero,
    Por valiente va el primero
    Como va por capitán.

      Ostentosa en aparato,
    Costosísima en su porte,
    Á los ojos de su corte
    Muestra su alta dignidad:
    Pero al dar con tal boato
    Real decoro á la corona,
    Niega sobrio á su persona
    Lo que da á su majestad.

      No dejado, mas modesto
    En su gala y vestidura,
    Da á su cuerpo limpia holgura
    Y elegante sencillez:
    Y recibe á su presencia,
    Dondequiera al bien dispuesto,
    Con cordial benevolencia
    Al dolor y á la honradez.

      Franco, afable, igual, sencillo
    En su vida y ley privada,
    En su pecho está hospedada
    La leal cordialidad;
    Y depuesto el regio brillo,
    Los amigos de su infancia
    En el fondo de su estancia
    Hallan siempre su amistad.

      Sus más fieros enemigos
    Los Amires castellanos
    Le visitan cortesanos
    Y le piden protección:
    Y él les trata como á amigos,
    Con sus nobles les iguala,
    Les festeja y les regala
    Sin doblez de corazón.

      Moderado en sus placeres
    Cual frugal en sus festines,
    Da opulento á sus mujeres
    Mesa opípara en su harén;
    Pero no entra en sus jardines
    Tierno amante ó fiel esposo
    Hasta la hora del reposo,
    Como á un Príncipe está bien.

      El Korán cuatro sultanas
    Le permite, y como tales
    En sus Cámaras rëales
    Alojadas cuatro están.
    Á las cuatro tiene vanas
    El amor del Nazarita,
    Mas ninguna es favorita
    En el alma del Sultán.

      Las almées y los juglares
    De más gracia y más destreza
    Tiene á sueldo, con largueza
    Atendiendo á su placer:
    Y en sus fiestas familiares
    Las prodiga el noble Moro
    Cuanto pueden amor y oro
    Por espléndido ofrecer.

      Es su harén del gozo fuente
    Y de fiestas laberinto:
    Estremece su recinto
    Siempre alegre conmoción,
    Y resuena eternamente
    Por los bosques de la Alhambra
    El compás de libre zambra,
    De las músicas el són.

      Al-hamar en tanto, á solas
    Con sus íntimos cuidados,
    En el bien de sus estados
    Piensa inquieto sin cesar;
    Y sobre las mansas olas
    De aquel mar de dicha y calma
    Brilla el faro de su alma,
    Vela el ojo de Al-hamar.

      Afanoso, inquieto, activo
    Mientras dura el día claro,
    De los débiles amparo,
    Peso fiel de la igualdad,
    Sin quitar pie del estribo,
    Sin dejar puerta, ni torre,
    Ni mercado, ve y recorre
    Por sí mismo la ciudad.

      Por doquier con recta mano
    La justicia distribuye,
    Por doquier sagaz se instruye
    De las faltas de su ley,
    Y la enmienda soberano
    Del bien de su pueblo amigo,
    Porque sirva de castigo
    Y de amparo de su grey.

      Así el noble Nazarita,
    Rey y luz del huerto ameno
    De Granada, Edén terreno
    Modelado en el Korán,
    Sus alcázares habita
    De virtud siendo rocío,
    Siendo rayo del impío
    Y decoro del Islam.

      Vencedor, nunca vencido,
    Rey piadoso, juez severo,
    En la lid buen caballero
    Y en la paz sol de su fe:
    De sus pueblos bendecido,
    De enemigos respetado,
    Y de fieles rodeado,
    El excelso Amir se ve.

      Y así mora el Nazarita
    Sus alcázares dorados,
    Misteriosamente alzados
    Del placer para mansión.
    Mas ¿quién sabe si él habita
    Su morada encantadora,
    Y el pesar oculto mora
    En su regio corazón?

      Triste, insomne, solitario,
    Como sombra taciturna
    Que á su nicho funerario
    Un conjuro hace asomar,
    Á las brechas angulares
    De su torre de Comares
    En la lobreguez nocturna
    Tal vez asoma Al-hamar.

      Apoyado en una almena
    De la gigantesca torre,
    Del río que á sus pies corre
    Oye distraído el són,
    Y contempla en los espacios,
    Que la espesa sombra llena,
    De su corte y sus palacios
    El fantástico montón.

      Pertinaz á veces mira
    Del fresco valle á la hondura,
    Sombra, espacio y espesura
    Anhelando penetrar:
    Muévese allí el aura mansa
    No más: de mirar se cansa,
    Y el rostro vuelve y suspira
    Melancólico Al-hamar.

      ¡Cuántas veces en la almena
    Le sorprende la mañana,
    Y al afán que le enajena
    Treguas da su resplandor:
    Y sin dar un hora al sueño,
    De Granada vuelve el dueño
    De sí á echar lo que le afana,
    De sí mismo vencedor!

      Mas ¿quién lee sobre su frente
    El oculto pensamiento
    Que tras ella turbulento
    Lleva el alma de él en pos?
    Sólo Aquél que da igualmente
    Las venturas y los males,
    Y las dichas terrenales
    Con el duelo acota.--Dios.

      Dios, que tierra y mar divide,
    La eternidad sonda y mide,
    Del espacio sabe el límite
    Y del mundo ve el confín.
    Dios, cuya grandeza canto,
    Y con cuyo nombre santo
    Al LIBRO DE LOS ALCÁZARES
    Reverente pongo fin.



Libro de los espíritus.


RECUERDOS

      ¿Qué flor no se marchita?
    ¿Cuál es el fuerte roble
    Que el huracán no troncha
    Ó el tiempo no carcome?
    ¿Qué dicha no se acaba?
    ¿Qué hora veloz no corre?
    ¿Qué estrella no se eclipsa?
    ¿Qué sol nunca se pone?

      ¿Adónde está el alcázar
    En cuyas altas torres
    La tempestad no ruge
    Cuando el nublado rompe?
    ¿Quién es el que ha cruzado
    El piélago salobre
    Sin que su nave un punto
    La tempestad azote?

      ¿Quién fué por el desierto
    Pisando siempre flores?
    ¿Ni quién pasó la vida
    Sin duelos ni pasiones?
    ¿Ni quién es el que en calma
    Durmió todas las noches
    Sin que el pesar un punto
    Tenido le haya insomne?

      Ninguno. El rey altivo,
    Como el esclavo pobre,
    Al reclinar cansados
    Su frente por la noche.
    Ya en mendigada paja,
    Ya en ricos almohadones,
    Perciben que un gusano
    El corazón les röe.

      Es el afán secreto
    Que agita eterno, indócil
    Al corazón, y gira
    Con la veleta móvil
    Del pensamiento vano.
    ¡Dichoso el que conoce
    Que Dios tan sólo llena
    El corazón del hombre!

      Por eso el Nazarita,
    Que aunque de Dios favores
    Sin tregua ha recibido,
    Á humanas condiciones
    Sujeto está, va presa
    De afanes interiores
    Rumiando pensamientos
    Que su atención absorben.

      Va solo, atravesando
    El enramado bosque
    Que cubre el fresco valle,
    Donde al mullido borde
    De fuente cristalina
    Que mana entre las flores,
    Un sueño misterioso
    Le embelesó una noche.

      Va solo, meditando
    Los agrios sinsabores,
    Que danle de su reino
    Civiles disensiones.
    De Dios pesa la mano
    Sobre su pueblo y torpe
    Tal vez contra sí mismo
    Va á dirigir sus golpes.

      ¿Qué han hecho al fin sus sabios
    Proyectos creadores?
    ¿Qué al fin han producido
    Tesoros tan enormes
    Como él ha dispendiado
    Para elevar el nombre
    De su gentil Granada
    Sobre el de cien naciones?

      Cubrió los verdes cerros
    De gigantescas moles:
    Tornó en frondosos cármenes
    Sus valles y sus montes:
    Mas la soñada dicha
    De sus intentos nobles
    ¿Do está si á los humanos
    No pudo hacer mejores?

      Riqueza dió á los Moros,
    Con la riqueza dióles
    Poder, victoria, fama.....
    Mas dió á sus corazones
    Con ella más deseos
    Y orgullo y vicio dobles:
    Y al fin ¿qué es lo que logra?
    Doblar sus ambiciones.

      Con ellas la discordia
    Germina al par: mayores
    Triunfos tal vez alcancen
    Sus armas: tal vez logren
    Á empresas más gloriosas
    Dar cima, y sus pendones
    Clavar sobre los muros
    Que á los contrarios tomen.

      Mas ¡ay cuando su fuerza
    Contra ellos mismos tomen!
    Mas ¡ay cuando su ciencia
    Se emplee en invenciones
    De pérfida política,
    De códigos traidores
    Que, leyes pregonando,
    Su destrucción pregonen:

      Y el reino que él fundara
    De tanto afán á coste,
    Por él seguro acaso
    De extrañas invasiones,
    Tal vez consigo mismo
    Luchando se destroce,
    Y abra á un sangriento circo
    Su alcázar sus balcones!

      Tal vez un rey cristiano,
    Sagaz y fuerte entonces,
    Desde Castilla viendo
    Los árabes discordes,
    La hoguera de sus iras
    Certeramente sople
    Y al frente de Granada
    Presente sus legiones.

      Así Al-hamar discurre,
    Con cálculos precoces
    Llorando por Granada,
    La flor de sus amores;
    Así Al-hamar se aflige,
    Y á solas por el bosque
    Se mete, absorto y triste
    Con sus cavilaciones.

      Era una hermosa tarde
    De Abril: los resplandores
    Del sol, que á ocaso baja
    Manchando el horizonte
    Con tintas de oro y púrpura,
    Los pardos torreones
    Alumbra de la Alhambra
    Con rayos tembladores.

      Ya la última montaña
    Á largo andar transpone
    El sol: ya dora sólo
    Los altos miradores
    De los palacios árabes:
    Cayendo al fin se esconde
    Tras la montaña entero,
    Y allá la mar le sorbe.

      El pálido crepúsculo,
    Que va tras él, recoge
    La luz que al día resta;
    Da un paso más, y el orbe
    Con cuanto bello abarca
    En lúgubres crespones
    Emboza poco á poco
    La silenciosa noche.

      Nubló su espesa sombra
    Los ojos brilladores
    Del distraído príncipe,
    Y al mundo real volvióle:
    Volver quiso él las bridas
    De su caballo, dócil
    Á su llamada siempre,
    Pero rebelde hallóle.

      Era el caballo de árabe
    Raza, leal y noble;
    Mas por la vez mi primera
    Su origen desmintióse.
    La voz de su jinete
    Desconoció: aplicóle
    La espuela; y, al sentirla,
    Feroz encabritóse.

      Mira Al-hamar en torno
    Si hay algo que le asombre,
    Y al extender la vista
    El sitio reconoce;
    Junto á la fuente se halla
    Á cuyo són durmióse
    Años atrás soñando
    Con célicas visiones.

      La idea más recóndita
    De su cerebro entonces
    Se levantó espantando
    Su corazón. Las dotes
    Divinas del espíritu
    Que allí le habló: los dones
    Que recibió del Cielo
    Desque á él aparecióse:

      Su celestial historia,
    Sus celestiales órdenes
    Que obedeció arrastrado
    De impulsos superiores:
    De gloria y de opulencia
    Las altas predicciones,
    En todo con sus místicos
    Oráculos conformes,

      Todo fué cierto; todo
    Cual lo soñó cumplióse.
    ¿No será, pues, su raza
    Quien sus afanes logre?
    ¿No es, pues, el Dios que adora
    El Dios de sus mayores,
    Y él hizo una diadema
    Con que otro se corone?

      Su mente obscurecieron
    Densísimos vapores:
    Dudó: tembló dudando:
    El corazón turbósele,
    Y así exclamó en la sombra
    Con temerosas voces,
    Que ahogó el murmullo manso
    Del manantial y el bosque:

      «Espíritu, que el fondo
    »De ese raudal esconde:
    »Yo obedecí sumiso
    »Tus misteriosas órdenes,
    »Y soy la sola víctima
    »De tu presencia; tórname,
    »Pues, á la fe primera,
    »Ó con tu ley abóname.»

      Dijo: y, como acosado
    Por invisible golpe,
    Saltó el caballo fiero
    Con repentino bote,
    Por medio de las sombras
    Lanzándose á galope:
    Y el rey arrebatado
    Á su pesar sintióse.


LA CARRERA

I

      Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje
    Ganando á saltos locos la tierra desigual,
    Salvando de los brezos el áspero ramaje,
    Á riesgo de la vida de su jinete real.
    Él con entrambas manos le recogió el rendaje
    Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal:
    Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,
    Indómito al escape tendióse el animal.

      Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos.
    Las zarzas y los troncos que el viento descuajó.
    Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos
    Que el paso de las aguas del temporal formó.
    Sin aflojar un punto ni tropezar incierto,
    Cual si escapara en circo á la carrera abierto,
    Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto.
    El desbocado potro veloz atravesó.

      Y matas y peñas, vallados y troncos
    En rápida, loca, confusa ilusión
    Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos,
    Pasaban al lado del suelto bridón.
    Pasaban huyendo cual vagas quimeras
    Que forja el delirio, febriles, ligeras,
    Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras,
    Girando, bullendo, rodando en montón.

      Del álamo blanco las ramas tendidas,
    Las copas ligeras de palmas y pinos,
    Las varas revueltas de zarzas y espinos,
    Las yedras colgadas del brusco peñón,
    Medrosas fingiendo visiones perdidas,
    Gigantes y monstruos de colas torcidas,
    De crespas melenas al viento tendidas,
    Pasaban en larga fatal procesión.

      Pasaban, sueños pálidos, antojos
    De la ilusión: fantásticos é informes
    Abortos del pavor: mudas y enormes
    Masas de sombra sin color ni faz.
    Pasaban de Al-hamar ante los ojos,
    Pasaban aturdiendo su cabeza
    Con diabólico impulso y ligereza,
    En fatigosa hilera pertinaz.

      Pasaban y Al-hamar las percibía
    Pasar, sin concebir su rapidez,
    En más vertiginosa fantasía,
    En más confusa y tumultuosa orgía,
    Más juntas, más veloces cada vez:
    Y atronado su espíritu cedía
    Á la impresión fatídica, y corría
    Frío sudor por su morena tez.

      Y en su faz estrellándose el viento,
    La ponía en nerviosa tensión,
    Y cortaba el camino al aliento,
    Y prensaba el cansado pulmón;
    Y, golpeando en sus sienes sin tiento
    De su sangre el latido violento,
    Sus oídos zumbaban con lento
    Y profundo y monótono són.

      Ya creía que, huyendo el camino
    Del corcel bajo el cóncavo callo,
    Galopaba sobre un torbellino,
    Mantenido en su impulso no más;
    Ya creía que el negro caballo,
    Por la ardiente nariz y los ojos
    Despidiendo metéoros rojos,
    Rastro impuro dejaba detrás.

      Ya sorbido por denso nublado,
    Con la lluvia, el granizo y centellas
    De que lleva su vientre preñado,
    Cree que va fermentando á la par;
    Nubes cruza tras nubes, y en ellas,
    Del turbión al impulso sujetos,
    Mira mil nunca vistos objetos
    Remolinos eternos formar.

      De este vértigo horrible transido
    Caminaba á las riendas asido,
    En los corvos estribos seguro
    Y entre el uno y el otro borrén
    Empotrado, dejando abatido
    Por el bruto llevarse en lo obscuro:
    Y empezaba á perder el sentido
    Del escape mareado al vaivén.

      Rendido y las fuerzas perdiendo
    Al vértigo intenso cedió;
    Y loco el cerebro sintiendo,
    Los ojos cerrar no pudiendo
    La ciega mirada fijó,
    Tenaz contracción manteniendo
    No más su equilibrio, y corriendo
    Cual otro fantasma siguió.

      Y espacios inmensos cruzando,
    Y atrás á la tierra dejando,
    Las vallas de sombra saltando
    Que cercan el mundo mortal,
    Creyóse su mente perdida
    En tierra jamás conocida,
    Región de otra luz y otra vida,
    De atmósfera limpia é igual.

      Y vió que un alba serena
    Con blanquísimos reflejos
    Amanecía á lo lejos
    En esta nueva región:
    Y el alma, exenta de pena
    Cruzando el éter tranquilo,
    Volaba á un eterno asilo
    En otra inmortal mansión.

      Suavísimo arrobamiento,
    Deliquio dulce invadióle,
    Y encima del firmamento
    En el Edén se creyó.
    Luz vaga alumbró su mente
    Y ante los ojos pasóle
    El Paraíso esplendente
    Que Mahomad visitó.

      El místico y nocturno
    Viaje del Profeta
    Juzgó que iba á su turno
    Sobre el Borak á hacer:
    Y la ilusión sujeta
    Á lo que de él relata
    La bóveda de plata
    De un cielo empezó á ver.

      Los astros vió suspensos
    De auríferas cadenas
    Y sus lumbreras llenas
    De espíritus de luz:
    Espíritus inmensos
    En formas de caballos,
    De corzos y de gallos
    De enorme magnitud.

      Vió islas encantadas
    Flotando en los espacios,
    Con templos de topacios
    Y muros de marfil:
    Y casas fabricadas
    De nácar, cuyas puertas
    De ébano dan abiertas
    Sobre jardines mil.

      Allí sobre alhamíes
    De cedro y palo-rosa,
    Bajo la sombra undosa
    Del tilo y del moral,
    Yacer vió á las huríes
    Que, á mil amores tiernas,
    Conservarán eternas
    Su gracia virginal.

      Y atravesó campiñas
    Fresquísimas y amenas
    De bosques de ámbar llenas
    Y cerros de cristal,
    Y prodigiosas viñas,
    Que en frutos dan opimos
    Las perlas en racimos
    En tallos de coral.

      Vió grutas pintorescas
    Por Sílfides moradas,
    Cubiertas sus portadas
    Bajo el flotante tul
    De mil cascadas frescas
    Que, atravesando prados
    De hermoso añil sembrados,
    Van tintas en su azul.

      Caer las vió en riberas
    Donde reposan mansos
    Los monstruos y las fieras
    De tierra, viento y mar:
    Y en plácidos remansos,
    El sueño entreteniéndolas,
    Vió cisnes y oropéndolas
    Bañarse y juguetear.

      Y vió dorados peces
    En tumultuoso bando
    Á flor de el agua á veces
    Pacíficos nadar,
    Y á veces, elevando
    Por cima de las olas
    Los lomos y las colas,
    La orilla salpicar.

      Vió luego estos ríos
    Crecer sin vallares,
    Perdiéndose en mares
    De leche y de miel:
    Y en ellos navíos
    Do van los amores
    Meciéndose en flores
    De uno á otro bajel.

      Murmullo tras ellos
    Levantan sonoro
    Mil góndolas de oro
    De concha y marfil,
    Do van Silfos bellos
    Vogando con velas
    De chales y telas
    De seda sutil.

      Espuma levantan
    Inquietos remando
    Los mil gondoleros
    Que van tripulando
    Los barcos veleros;
    Y danzan ligeros
    Y armónicos cantan
    Alegre canción:

      Y mil gayas aves,
    Que siguen las naves,
    Al sol esponjando
    Sus plumas distintas
    De mil varias tintas
    De azul, gualda y oro,
    Imitan en coro
    Del cántico el són.

      Al lejos el viento
    Responde á su acento
    Allá en la arboleda
    Moviendo rumor:
    Y el eco, que atento
    En lo alto se queda,
    Burlón le remeda
    Cual sabe mejor:

      El cuadro divino,
    La paz, la ventura,
    Perfume, frescura,
    Y luz celestial
    De aquel peregrino
    País, torna pura
    Al rey granadino
    La calma vital.

      Y en rápido vuelo
    Pacífico y blando
    Los aires surcando
    Se siente llevar:
    Y ve que, sin suelo
    Do fije el caballo
    El áspero callo,
    Cruzando va el mar.

      Del líquido el fondo
    Contempla pasando,
    Y alcanza mirando
    Del agua al trasluz
    El álveo redondo,
    Que puebla radiante
    Cohorte flotante
    De peces de luz.

      Sutiles vapores
    Le impelen süaves
    Y costas y naves
    Se deja detrás:
    Y espacios mayores
    Cruzando en su vuelo
    Aborda del cielo
    Las costas quizás.

      Avanza y niebla
    Pálida ve
    Que el aire puebla,
    Según pie á pie
    Ganando va
    Aquel extenso
    Espacio inmenso
    Do errando está:
    Y le parece
    Que se ennegrece
    Mar, niebla y viento
    En torno de él,
    Y que se acrece
    Cada momento
    El movimiento
    De su corcel.
    Anochece,
    Y obscurece
    Más apriesa
    Cada vez
    El ambiente,
    Que se espesa
    Con creciente
    Lobreguez.
    El camino
    Desparece:
    Y, sin tino
    Ni destino
    Que comprenda,
    Sobre senda
    Audazmente
    Carrilada
    Por un puente
    De movible
    Tirantez,
    Tan delgada
    Como el hilo
    En que se echa
    Descolgada
    Una oruga,
    Como arruga
    Que en tranquilo
    Lago tiende
    Cuando hiende
    Su agua el pez,
    Tan estrecha
    Como el filo
    De una espada,
    Como flecha
    Disparada,
    Cual centella
    Desatada,
    Va sin huella
    Perceptible
    El perdido
    Nazarita,
    Con horrible
    É infinita
    Rapidez.

      Es el puente
    De la vida,
    Que la gente
    Á luz venida
    Ha por fuerza
    De pasar.
    El que intente
    Y haga entera
    Su carrera,
    Y de frente
    Sin caída
    La salida
    Logre hallar,
    Por las puertas
    Celestiales
    Á las huertas
    Inmortales
    Como un ángel
    Ha de entrar,
    Las delicias
    Eternales
    Y los gustos
    Perenales
    De los justos
    Á gozar.

      Á este paso
    Tan estrecho,
    (Cuyo escaso
    Corto trecho
    Es camino
    Tan dudoso
    De cruzar,
    Pero fallo
    Riguroso
    Del destino
    Y ley santa
    Que acatar),
    Se adelanta
    Vigoroso
    El caballo
    Misterioso
    De Al-hamar.

      Temeroso
    De mirar,
    Espumoso,
    Siempre hirviente,
    Rebramando
    Eternamente
    Y azotando
    Siempre el puente
    Con horrísono
    Bramar,
    Bajo de él
    Hierve el mar.
    ISRAFEL
    Allí está
    Para ver
    El que va
    Sin caer,
    Y pasar
    No dejar
    Al infiel:
    Y he aquí
    Que por él
    Va á pasar
    El corcel
    De Al-hamar:

      Llega, avanza:
    Ya se lanza,
    Ya en él entra.
    Ya se encuentra
    Suspendido
    Sobre el puente
    Sacudido
    Por el piélago
    Bullente,
    Cuyo cóncavo
    Rugido
    Se levanta
    Sin cesar.
    Aturdido,
    Sin mirar
    Á la indómita
    Corriente
    Que le espanta,
    Sin osar
    Aspirar
    El ambiente
    Que le anuda
    La garganta,
    Sin que acuda
    Tierra ó cielo
    En su ayuda,
    Vuela y pasa,
    Justiciero
    Rey prudente,
    Juez severo
    Y valiente
    Caballero,
    El primero
    De la casa
    De Nazar.

      El puente
    Vacila
    El Príncipe
    Oscila,
    Perdido
    El sentido,
    Demente,
    Transido
    De horror.

      Ya toca
    La opuesta
    Ribera:
    Ya poca
    Carrera
    Le cuesta.
    ¡Valor!
    Ya llega:
    Le ciega
    El pavor.
    ¡Ah! ¡Dadle
    Favor!
    ¡Salvadle,
    Señor!

      Saltó.
    Pasó
    Con bien
    Y allá
    Cayó
    De pie.
    Salvo
    Fué,
    ¡Oh!
    Ya
    ¿Quién
    Ve
    Do
    Va?



Libro de las Nieves.


INSPIRACIÓN

      No hay más que un solo Dios. ÉL solo es grande,
    Solo infinito, omnipotente solo.
    Nada hay que para ser no le demande
    Licencia: ÉL pesa la virtud y el dolo,
    Y el premio envía ó el azote blande.
    Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo,
    Y cosa no hay por elevada ú honda
    Que á su mirada universal se esconda.

      No hay más que un solo Dios, cuya crëencia
    Luz es y salvación: doquier la marca
    Brilla de su poder y de su ciencia.
    Dios solo es triunfador; solo monarca
    Del universo es ÉL: su omnipotencia
    Con ley universal todo lo abarca:
    Su presencia inmortal todo lo inunda,
    Todo lo vivifica y lo fecunda.

      ÉL los mundos arregla ó desordena
    Según su excelsa voluntad divina:
    ÉL al tiempo dirige: ÉL encadena
    Los elementos á sus pies: domina
    El huracán: tras el nublado truena:
    Luce á través del alba purpurina:
    Entapiza con nieve las montañas,
    Y abrasa con volcanes sus entrañas.

      El murmullo del agua, el són del viento,
    El susurro del bosque estremecido
    Por sus inquietas ráfagas, el lento
    Arrullo de la tórtola, el graznido
    Del cuervo vagabundo, todo acento
    Por ave, fiera ó eco producido,
    El nombre santo de su Dios pronuncia,
    Su gloria canta, su poder anuncia.

      ÉL los errantes astros encamina:
    ÉL azula la atmósfera serena:
    ÉL crea y ÉL destruye, alza y arruina:
    ÉL, infalible juez, salva y condena:
    ÉL solo ni envejece, ni declina:
    ÉL solo el hueco de los mundos llena:
    El orbe encima de su palma cabe:
    Solo ÉL no yerra nunca: solo ÉL sabe.

      No hay más que un solo Dios. Los que le niegan
    Con altivez blasfema, palidecen
    Cuando al umbral de su sepulcro llegan:
    Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen
    Y de ÉL se mofan, al morir le ruegan.
    Por ÉL existen y por ÉL perecen
    Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre
    ¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?

      Siglo, que audaz el de la luz te llamas
    Y por miles de plumas y de bocas
    El manantial de tu saber derramas:
    Siglo de ciencia, que el error derrocas,
    La virtud premias y el ingenio inflamas:
    Siglo, que dices que á la cumbre tocas
    De la dicha, que el mundo civilizas
    Y tu raza de sabios divinizas:

      Siglo de prensas y de bolsa y agio,
    Que, en carros de vapor, hasta la luna
    Intentas difundir el gran contagio
    De la ciencia, y parar á la fortuna
    Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio
    Que, en solos nueve lustros, en sí aduna
    Más _maestros_, _artistas_ y _doctores_
    Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....

      ¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde
    Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano
    Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde
    La luna de su luz? ¿Cuál es la mano
    Que les guía á los dos? Habla, responde,
    Orgullo necio del saber humano,
    Hojea el libro de tu ciencia osada:
    ¿Qué es lo que sabes de tu origen?--NADA.

      No hay más que un solo Dios, que nada ignora:
    ÉL conoce las puertas de la tierra;
    Abre las de la cuna y de la aurora:
    Las de la noche y de la tumba cierra.
    Más allá de las dos ÉL solo mora,
    ÉL solo sabe lo que allá se encierra;
    De allá viene, allá va quien nace y muere.
    ¿Por qué? Su voluntad así lo quiere.

      Mas detente ¡oh Espíritu divino!
    ¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso
    Buscando un día al corazón camino
    Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso:
    Único fuego que del cielo vino,
    Calma tu inspiración en que me abraso:
    No ensayes en el arpa del poeta
    Los cantos del salterio del Profeta.

      Mi limitada comprensión humana,
    Mi ruda voz y tosca poesía
    Eleve, sí, tu inspiración cristiana
    Y dignas sean de la patria mía.
    Enaltece mi ingenio, porque ufana
    Pueda hijo suyo apellidarme un día,
    Y de mi nombre, si al olvido vence,
    La tierra en que nací no se avergüence.

      Mas dejemos al siglo ir desbocado
    De los pasados siglos tras la herencia,
    En el carro del oro arrellanado,
    Ó suspendido en alas de la ciencia.
    Dejémosle seguir la ley del hado
    Según su voluntad ó su conciencia,
    Sin que perturbe su insensata orgía
    El himno audaz de la creencia mía.

      Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros,
    Y lejos de él transpórteme tu vuelo
    Donde sus carcajadas y suspiros
    No desgarren del aire el puro velo.
    De él á través con luminosos giros
    Álzame adonde, con eterno hielo
    Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada
    Salutíferas auras da á Granada.

      Llévame á los recónditos asilos
    De aquellas misteriosas soledades,
    Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos
    Nacer y perecer razas y edades.
    Muéstrame las cavernas y los silos
    Donde van á dormir las tempestades,
    Por cima del peñón desconocido
    En que suspende el águila su nido.

      Del Supremo Hacedor la sabia mano
    No creó sin destino esos lugares
    Inaccesibles al orgullo humano:
    Ni envueltos en sus mantos seculares
    De nieve espían sin cesar en vano
    Esos gigantes blancos tierra y mares.
    Subamos, pues, sobre las auras leves
    Al misterioso alcázar de las nieves.


LA CARRERA

II

      En las desiertas cumbres que la sierra
    Á las legiones de la luz levanta,
    Paso al cielo tal vez desde la tierra:
    Allí, donde árbol, animal, ni planta,
    Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra
    Bajo la eterna nieve, y se quebranta
    Cuanto vida ó calor toma del suelo
    Al peso de una atmósfera de hielo,

      Se abre por las montañas un camino,
    Más bien un tajo, que sus breñas parte
    Como una faja de planchado lino,
    El cual dirige al colosal baluarte
    De la nieve. Jamás tan peregrino
    Sendero supo fabricar el arte,
    Ni inspirarle á la mente más risueño
    Maga oriental en hechizado sueño.

      Á ambas orillas de su senda blanca
    Labra caprichos mil el aire helado,
    Que el ampo trae que el remolino arranca,
    Dejándole doquier cristalizado.
    La agua congela y el vapor estanca
    Y cincela sutil filigranado
    Del hielo en el cristal, cuyas labores
    Descomponen la luz en mil colores.

      Mas como sus espléndidos reflejos
    De la nieve se estrellan en la alfombra,
    Y en el mate cristal de sus espejos
    Mata al color la blanquecina sombra,
    Todo es blanco doquiera, cerca y lejos:
    Todo el país descolorido asombra
    Con su igualdad la vista: blanco el suelo,
    Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

      Y allá del peñascal en la estrechura,
    Por el lugar do empieza este sendero
    Á blanquear en el fin de la llanura,
    Comienza á negrear bulto ligero.
    Crece..... se aclara como va la altura
    Ganando. Es un mortal: un caballero
    Moro: y, conforme lo veloz que sube,
    Parto fué su corcel de alguna nube.

      El ampo de la nieve no desflora
    Con el herrado casco en su carrera,
    Y, al ver la forma aérea y voladora
    De jinete y corcel, se les tuviera
    Mejor por ilusión fascinadora
    Que por seres de vida verdadera:
    Pues ¿quién sino fantásticas visiones
    Osaran arribar á estas regiones?

      Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos
    Del mullido tapiz de copos leves?
    ¿Quién conoce los seres vaporosos
    Que la región habitan de las nieves?
    ¿Quién sabe qué destinos misteriosos
    Les dió Aquél que, con dos palabras breves
    Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino
    Del sol su destructor puso vecino?

      ÉL solo, Dios. Recóndito misterio
    Envuelve los contornos liminares
    De aquel helado y silencioso imperio
    Escondido entre rocas seculares.
    Solo ÉL ve lo que encierra este hemisferio,
    Por entre cuyos blancos valladares
    La ardua ascensión al último acomete,
    Cual suelta nube, el Árabe jinete.

      De peñón en peñón, de risco en risco,
    El tortuoso camino va siguiendo
    Sobre su negro potro berberisco,
    Y á los nublados bajo sí va viendo
    Fermentar en sus vientres el pedrisco
    De invisibles torrentes al estruendo,
    Y según sube hacia la azul esfera
    Va aflojando el caballo su carrera.

      ¿Quién es?--Vuela perdido en la distancia:
    Su forma es vaga sombra todavía.
    ¿Do va?--¿Y quién su poder ó su arrogancia
    Sabe? Tal vez á la mansión del día.
    Genio, tal vez allí tiene su estancia:
    Mortal, de un filtro acaso se valdría;
    Mas ya trepa al confín: ya poco á poco
    Modera su corcel su ímpetu loco.

              Ya
            Se
            Ve
            Que
            Dando
            Se va,
            Más blando
            Al freno.

              Ya no bota
            De ira lleno,
            Ni va ajeno
            De derrota
            Desbocado,
            Como mata
            Que arrebata
            Desbordado
            Rapidísimo
            Turbión.

              Ya se dilata
            Su fauce henchida
            De comprimida
            Respiración,
            Y, vïolento,
            Danza el aliento
            Que le sofoca
            De su pulmón,
            Con resoplido
            De dolorido
            Cóncavo són.

          Doble columna gruesa
        De fatigoso aliento,
        Que hace vapor el viento
        Sutil de esta región,
        Cual humareda espesa,
        Por la nariz opresa
        Vierte tras sí en la atmósfera
        El árabe bridón.

          Ya deja la boca herida
        Más libre al bocado obrar,
        Y más siente ya la brida
        Que pudo el señor cobrar.

          Ya el vértigo loco cediendo
        Que ciego siguió á su pesar,
        Va su ímpetu fiero perdiendo
        Y empieza cansancio á mostrar.

          Ya su rápido escape acortando
        Detenerse pretende quizá:
        Ya se templa, é igual galopando
        Va en un aire pacífico ya.

      Y aunque de espuma y de sudor blanquea,
    Relincha audaz é inquieto cabecea;
    Y aunque jadeando de fatiga está,

      Aun piafa y se encabrita y escarcea,
    Y los ijares con la cola airea,
    Y corvos saltos de costado da.

      Ya cambia: ya el trote medido levanta,
    Y, el cuello engallado, segura la planta,
    Altivo en la sombra mirándose va.

      Ya lenta y suavemente su dueño le refrena:
    Se acorta: ya en el paso su marcha va serena:
    Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!

      ¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera!
    Más rápido su impulso que el de las nubes era:
    Caballo y caballero volaban á la par
    En alas de un nublado. La alondra más ligera,
    Ni el águila más rauda, pujante y altanera,
    Pudieron un instante su rapidez tomar.

      Al fin cesó.--Las bridas en el arzón dejando,
    Los miembros extendiendo, con ansia respirando,
    Repúsose el jinete sobre la silla al fin:
    Y absorto, las miradas en derredor tendiendo,
    Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo,
    Océano de hielo, sin costa ni confín.

      ¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña
    Do se contempla aislado!--Sólo hay una montaña
    Que gruta cristalina taladra por el pie.
    ¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero,
    De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero
    Por do hasta allí ha subido?--Delirio, sueño fué.

      Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,
    Ni marca de camino en rededor sobre ella;
    Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.
    No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo:
    Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:
    Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?

      ¿Adónde esta comarca estéril y desierta
    Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta
    Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró?
    Tal vez en ella moran espíritus dañinos
    Que á los mortales odian, y los fatales sinos
    En dirigir se ocupan del que mortal nació.

      Tal vez es la risueña y espléndida morada
    De alguna dolorida y encantadora fada,
    Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.
    Tal vez es la bajada del reino del olvido,
    Adonde caen las almas después de haber salido
    De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.

      ¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña
    Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña
    Labores y arabescos de nácar y cristal,
    Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco,
    Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,
    Le trajo estas palabras en canto celestial:

              «Ilustre y venturoso
            Caudillo Nazarita,
            La gloria y el reposo
            Te aguardan á la par.
            Tu mente, que no alcanza
            Misterio tal, se agita
            Dudosa en vano.--Avanza,
            Avanza, ¡oh Al-hamar!»

      Es Al-hamar: el noble monarca granadino.
    Es él, que arrebatado sobre las auras vino
    Á dar en esta helada é incógnita región.
    Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo
    Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo
    Repite de su canto el fugitivo són.

      Á este eco, en la sonora profundidad perdido,
    Cual de invisible fuerza magnética impelido
    El árabe caballo feroz se encabritó.
    Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde:
    Piafando y relinchando con orgulloso alarde
    Por la sonora gruta el palafrén entró.


ALCÁZAR DE AZAEL

      Lanzóse el bruto indómito,
    Con arrogante empeño
    Luchando con su dueño,
    Que cede á su vigor,
    Por bajo de una bóveda
    De fábrica divina,
    Tan pura y cristalina,
    De tan sutil labor,

      Que su techumbre cóncava
    De transparente hielo
    La claridad del cielo
    Deja á través gozar,
    Y, en un inmenso pórtico
    De regia arquitectura,
    Más diáfana y más pura
    La viene á derramar.

      Mas ¿qué mirada humana
    Á penetrar se atreve
    En esta soberana
    Morada celestial?
    ¿Qué mano alza profana
    El pabellón de nieve,
    Que los misterios debe
    Velar de un inmortal?

      El techo, almohadillado
    Con planchas de diamantes,
    La lumbre en mil cambiantes
    Del sol vierte á trasluz.
    Y el suelo, trabajado
    Sobre cristal de roca,
    Su brillantez provoca
    Volviéndole su luz.

      Los límpidos pilares,
    Do asienta la segura
    Soberbia arquitectura
    Su peso colosal,
    En torno, transparentes,
    Reflejan á millares
    Los círculos lucientes
    Del Iris celestial.

      Y de este centelleante
    Alcázar encantado,
    Que en hielo está labrado
    Y entre la nieve está,
    Al interior radiante,
    Do alguna maga habita,
    El noble Nazarita
    Adelantando va.

      Del luminoso pórtico
    Del diáfano edificio
    Apena el frontispicio
    Magnífico pasó,
    Entró bajo una espléndida
    Colgada galería,
    Que á un patio conducía
    Que á su remate vió.

      El firme pavimento
    Retiembla estremecido
    Bajo el galope unido
    De su veloz corcel,
    Su paso y movimiento
    El eco prolongado
    Del hueco artesonado
    Marcando detrás de él.

      De aquella galería
    Cruzó la luenga arcada:
    Pasó de otra portada
    Por bajo el arco: entró
    Al patio, que veía
    De lejos, y el ardiente
    Caballo de repente
    Plantóse y relinchó.

      Cual la espiral flotante
    Del humo que despide
    Pebete en que fragante
    Perfume ardiendo está,
    Y ráfaga perdida
    Por bajo la divide,
    Y la mitad partida
    Leve á la altura va:

      Poder así invisible
    En paso imperceptible
    Caballo y caballero,
    Sin fuerza separó;
    Y el bruto, cual ligero
    Vapor desvanecido,
    De él libre y dividido
    El príncipe se vió.

      Miró Al-hamar en torno
    Y, al contemplar de cerca
    La fábrica y adorno
    Del patio de cristal
    Hecho, ó tallado en hielo,
    Halló que era un modelo
    Del patio de la alberca
    De su Palacio real.

      Aquel es el arranque
    De su alta torre: aquellos
    Los ajimeces bellos
    Que sobre el patio dan:
    Aquel es el estanque:
    Los arrayanes éstos
    Que, por su mano puestos,
    En su redor están.

      Aquellos los pilares
    Del corredor: aquellas
    Las bóvedas de estrellas
    De cedro y de marfil;
    La estancia de Comares
    Aquella, do su magia
    Dejó la _comarajia_
    En su labor sutil.

      Los ricos tiene enfrente
    Calados pabellones
    Del patio de leones,
    Con su oriental jardín:
    Y allí está el mar bullente,
    Que al Hierosolimita
    De Salomón imita;
    Es otra Alhambra en fin.

      Es otra Alhambra, pero
    Más que la Granadina
    Hermosa; una divina
    Alhambra celestial.
    Alcázar hechicero,
    Labrado con vivientes
    Materias transparentes
    De germen inmortal.

      Los muros trabajados
    Con ricos arabescos
    Y flores y estucados
    Prodigios del cincel,
    Los gabinetes frescos
    Que adornan escrituras
    Divinas, miniaturas
    Del oriental pincel,

      Son obra misteriosa
    De soberano artista,
    Que ni en humana vista
    Cabrá, ni en comprensión:
    Y aquellos tan macizos
    Muros, y quebradizos
    Calados de su hermosa
    Y aérea mansión,

      En su materia mística
    Encierran una esencia,
    Que infunde una existencia
    Á su insondable sér:
    Y toda aquella fábrica
    Tan pura y transparente
    Es creación viviente
    De incógnito poder.

      Mirábala embebido
    El Nazarita príncipe,
    Cuando llegó á su oído
    La deliciosa voz
    Que oyó de la caverna
    En la extensión interna
    Sonar, cuando detúvose
    Su palafrén veloz.

      Y la escondida música
    Que en torno de él resuena
    De júbilo le llena,
    Le embriaga el corazón,
    Y la palabra mística
    De aquel cantar de gloria
    Le trae á la memoria
    Antigua aparición.

      Dibújase en su mente
    Un valle de Granada
    Con una fresca fuente
    De lánguido rumor,
    En una perfumada
    Noche, sin nube alguna
    El Cielo, de la luna
    Plateada al resplandor.

      Y cuanto más escucha
    Su armónico concierto,
    Un rumbo va más cierto
    Tomando el corazón.
    Triunfante de la lucha
    Con la ilusión pasada
    Del valle de Granada,
    Al comprender su són.

      --«Salud ¡oh Nazarita!
    Bien llegues á las nieblas
    Cuya región habita
    Tu genio protector.
    Ha visto en las tinieblas
    Resplandecer tus ojos:
    Te conoció, y de hinojos
    Dió gracias al Señor.

      »Su vista rutilante,
    Que el universo abarca,
    Posada en tu semblante
    Desde tu cuna está,
    Y el dedo omnipotente
    Sobre tu noble frente
    Grabó la regia marca,
    Que á conocer te da.

      »Naciste favorito
    Del genio y de la gloria:
    Tu nombre fué victoria,
    Tu voluntad ley fué.
    Tu tiempo es infinito,
    Profundas son tus huellas,
    Propicias las estrellas
    Son á Nazar: ten fe.

      »Avanza, Nazarita;
    Radiante aquí tu estrella
    Con viva luz destella,
    Aquí en tu Alhambra estás:
    Aquí mana infinita
    La fuente del consuelo.
    Avanza, aquí del cielo
    Más cerca reinarás.»

      De la celeste música
    La letra así decía,
    Y, atento á su armonía,
    El príncipe Al-hamar
    Permanecía atónito
    Sin voz ni movimiento,
    En dulce arrobamiento
    Gozando sin cesar.

      El agua, de que llena
    La alberca está, ondulante
    Refleja cada instante,
    Más vario resplandor,
    Cual si una luz serena
    Bajo la linfa clara
    Recóndita radiara
    Con trémulo fulgor.

      Debajo de su planta
    Percibe que el divino
    Concierto se levanta,
    Del manantial detrás,
    Y al borde cristalino
    De la colmada alborea,
    Que está á sus pies, se acerca
    Cada momento más.

      Y he aquí que en este punto
    Del fondo transparente
    Del agua donde siente
    La música sonar.
    De un sér resplandeciente
    El rostro, que ilumina
    La linfa cristalina,
    Se comenzó á elevar.

      Tocó en el haz del agua
    Su cabellera blonda:
    Quebró la frágil onda
    Su frente virginal:
    Dejó el agua mil hebras
    Entre sus rizos rotas,
    Y á unirse volvió en gotas
    Al limpio manantial.

      Aéreo, puro, leve,
    Cual nube vaporosa
    Que mansa el aura mueve
    Y transparenta el sol,
    Ciñendo de oro y rosa
    Flotante vestidura,
    Como el del alba pura
    Suavísimo arrebol:

      La paz en el semblante,
    La gloria en la sonrisa,
    Apareció radiante
    El ángel Azäel;
    Y sus mortales ojos
    Fijando en la improvisa
    Aparición, de hinojos
    Cayó Al-hamar ante él.

      Del agua se alzó fuera
    Y, al esparcir el viento
    Su blonda cabellera,
    El aire perfumó:
    Dejó escapar su aliento,
    Y cuanto allí existía
    Su aliento de ambrosía
    Con ansia respiró.

      Del suelo á la techumbre
    El místico palacio
    Reverberó la lumbre
    De su divina faz,
    Cuya fulgente aureola
    Purpúrea tornasola
    El aire del espacio
    Y de las aguas la haz.

      Y he aquí que su alba mano
    El ángel extendiendo
    Y alzando y atrayendo
    Al príncipe hacia sí,
    Con plácida sonrisa
    Y acento soberano,
    Que armonizó la brisa
    Fragante, hablóle así:

      «Yo visité en un sueño
    Tu espíritu en la tierra,
    Mostrándote halagüeño
    Tu porvenir en él.
    Tesoros te di y gloria,
    Tu esclava hice á la guerra,
    Grabando en tu memoria
    La imagen de Azäel.

      »Iluminé tu ciencia,
    Colmé de sabios planes
    Tu humana inteligencia
    Y al logro te ayudé.
    Cual tu ambición lo quiso
    Cumpliendo tus afanes,
    Terreno paraíso
    Tu rico imperio fué.

      »Yo inoculé en tu alma
    El germen de la duda
    Para turbar la calma
    De tu crëencia vil:
    Para que espuela fuera
    Con cuya lenta ayuda
    Á la verdad se abriera
    Tu corazón gentil.

      »Brotar hice en tu suelo
    Para calmar tus penas
    Las aguas del consuelo,
    Que á conocer te di:
    Mas de tristeza llenas
    Cien noches has pasado,
    Y al agua no has llegado
    Cuyo raudal te abrí.

      »Al verte victorioso,
    Temido y opulento,
    Tu corazón atento
    Sólo á la tierra fué.
    Dudaste, mas dudando
    No osaste perezoso
    El rostro á mí tornando
    Poner en mí tu fe.

      »Y hacia el fatal destino
    Á que traidora guía
    La falsa fe, te vía
    Adelantar Luzbel:
    Y el fin de tu camino
    Mostrándome decía:
    _Caer era su sino:
    Le pierdes, Azäel._

      »Lloraba yo abismado
    En mi amargura, viendo
    Mi afán tan malogrado,
    Tan sin valor mi fe:
    Y, en mi pesar y enojo
    Postrer esfuerzo haciendo,
    Con temerario arrojo
    Entre ambos me lancé.

      »Luchamos: el Eterno,
    De mi dolor movido,
    Caer dejó en su oído
    Su nombre y dió á mis pies.
    Sumíle en el infierno:
    Y en alas de un nublado
    Te traje arrebatado
    Adonde en paz te ves.

      »Los pérfidos espíritus
    Que en pos de ti traías,
    Las vanas fantasías
    De tu crëencia ruin
    Mostrábante. ¡Quiméricos
    Esfuerzos! ¡Sueños breves!
    Aullando, de mis nieves
    Se quedan al confín.

      »Mas ¡ay! yo te conquisto
    Los cielos..... y ¡cuán caro
    Me cuesta á mí el amparo
    Que liberal te doy!
    Dos siglos ha que existo
    Aquí, expiando un yerro,
    Y añado á mi destierro
    Uno, por ti, más hoy.

      »Á condición tan dura
    Tu salvación compraba,
    Nazar; mas yo te amaba
    Tanto, que la acepté;
    No supe resignarme
    Á arrebatar dejarme
    Tan noble criatura,
    Y tu alma rescaté.

      »¡Oh! juzga bien en cuánto
    Me es cara tu alma buena,
    Cuando á mi larga pena
    Cien soles añadí
    Por ella. Ahora el santo
    Fallo, inmutable, extremo,
    Oye que el Juez Supremo
    Fulmina contra ti.

      »Hoy mismo, en apariencia,
    Perecerá á las manos
    De incógnita dolencia
    Tu cuerpo terrenal:
    Más junto á mí existencia
    Tendrás, hasta que ufanos
    Habiten los cristianos
    Tu alcázar oriental.

      »Yo les haré á Granada
    Cercar como un enjambre:
    Con ellos vendrá el hambre,
    La muerte y el baldón:
    Y talarán tus tierras,
    Y en sanguinarias guerras
    Tu raza aniquilada
    Será sin compasión.

      »Tú lo verás: estrella
    Fatal para tu gente,
    Tú verterás sobre ella
    Roja, siniestra luz:
    Y lidiarás conmigo
    En pro del enemigo,
    Sobre el pendón de Oriente
    Hasta clavar la Cruz.

      »Ahogado el Islamismo
    Y desbandada y rota
    Tu raza, gota á gota
    Su sangre en ti caerá:
    Su sangre es tu bautismo,
    Y este de afán y duelos
    Misterio, de los Cielos
    Las puertas te abrirá.

      »No hay más que un Dios. Justicia
    En ÉL no más se encierra.
    Tu empresa fué en la tierra
    DIOS SÓLO ES VENCEDOR:
    Por eso te es propicia:
    Mas nadie entra en su gloria
    Sin pena expiatoria
    Hasta del leve error.

      »Tal es nuestra sentencia:
    Tal es el purgatorio
    Que la alta Providencia
    Nos señaló á los dos.
    Obra de nuestras manos,
    En dón propiciatorio
    Se han de ofrecer, cristianos,
    Un Rey y un pueblo á Dios.

      »Tú el Rey: el pueblo el tuyo.
    Tan sólo dignamente
    Así me restituyo
    Al Cielo, que dejé.
    Apróntate obediente
    Á dividir conmigo
    La gloria y el castigo
    Que para ti acepté.

      »¡Sús, pues, oh Nazarita!
    De Dios al pie del trono,
    Rogándole en tu abono,
    Le respondí de ti.
    ¡Sús, pues! Á la bendita
    Empresa apresta el brío;
    Mortal, te hice igual mío;
    Sé digno tú de mí.»

      Dijo Azäel: estático
    Á su divino acento,
    Embebecido, atento,
    Estúvose Al-hamar:
    Cedió su noble espíritu
    Al celestial destino,
    Y se empezó el divino
    Misterio á efectuar.

      «Mira,» le dijo entonces
    El ángel desterrado:
    Y (hacia el lugar tornado
    Que el ángel señaló)
    El muro en dos partido,
    Sobre invisibles gonces
    Girando dividido,
    El Nazarita vió.

      Se abrió sobre un espejo
    En cuyo misterioso
    Cristal, con el reflejo
    De un matinal albor,
    Se alumbra una campiña,
    Que Mayo lujurioso
    Con su fecundo aliña
    Primaveral verdor.

      Una ciudad, fundada
    Al pie de una alta sierra,
    Domina aquella tierra
    Por donde arroyos mil
    Serpean: es Granada,
    Su vega, sus alturas
    Y las corrientes puras
    De Darro y de Genil.

      Espléndida cohorte
    De Moros atraviesa
    Por su alameda espesa
    Llevando un ataúd,
    Y á la muralla corva
    De la morisca corte
    Se agolpa á verles torva
    Callada multitud.

      Llegáronse á la puerta
    De Elvira aquellos fieles
    Muslimes; allí abierta
    La turba les dejó
    Paso, y subiendo á espacio
    La cuesta de Gomeles,
    Entrada en el palacio
    _Bib-el-Leujar_ les dió.

      La multitud atenta
    Y silenciosa iba
    En pos su marcha lenta
    Siguiendo: y, al tocar
    La puerta judiciaria,
    La triste comitiva
    Paróse voluntaria
    Dejándose cercar.

      Entonces, elevando
    El ataúd en hombros
    Los que le van llevando,
    Y puesto junto á él
    Un Alfakí, inspirando
    Doquier pavor y asombros,
    «¡Llorad!--(dijo él llorando)
    »Con lágrimas de hiel.

      »¡Llorad toda la vida,
    »¡Oh huérfanos Muslimes!
    »¡La flor de los alimes,
    »¡La palma de Nazar,
    »¡La gloria del Oriente,
    »Cayó del rayo herida!
    »¡Llorad eternamente,
    »Llorad sobre Al-hamar!»

      Así con ronco acento
    El Alfakí clamando,
    Del ataúd alzando
    El paño funeral,
    Al pueblo los despojos
    Del rey mostró; y al viento
    El pueblo, al caer de hinojos,
    Dió un ¡ay! universal.

      Á este eco de agonía,
    Que atravesó perdido
    El aire hasta su oído,
    Se estremeció Al-hamar.
    Quitóse del espejo
    Do escena tal veía,
    Y se tornó el reflejo
    Del vidrio á disipar.

      «¡Ea!--Azäel le dijo--
    »Monarca de la tierra,
    »El ataúd encierra
    »Tu polvo terrenal;
    »Mas, de los cielos hijo,
    »Del ataúd te exhalas.
    »Desplega, pues, tus alas,
    »Espíritu inmortal.»

      Entonces el rey árabe
    Sintióse aéreo, leve,
    Cual luz que el aire mueve,
    Cual nube que va en él.
    SÓLO ERA YA UN ESPÍRITU,
    UNA VISIÓN LIGERA,
    UN ALMA COMPAÑERA
    DEL ÁNGEL AZÄEL.

      El silencioso vuelo
    Ambos á dos alzando,
    En el azul del cielo
    Perdiéronse los dos;
    Y, entre sus auras leves
    Su rastro abandonando,
    EL LIBRO DE LAS NIEVES
    Concluye. ¡Gloria á Dios!



EPÍLOGO


      ¡Gloria á Dios!--De Al-hamar el Granadino
    Así la historia celestial concluye;
    Llámala el Musulmán _cuento divino_,
    Y en _libros_ su relato distribuye.
    Su sacra inspiración del Cielo vino
    Y al Cielo desde aquí se restituye;
    Tradición oriental, es la portada
    Del oriental poema de GRANADA.

      Cual dos cisnes que, al par atravesando
    El mar azul con encontrado vuelo,
    Isla apartada en su extensión hallando
    En ella toman anhelado suelo,
    Reposan juntos, y á partir tornando
    Tornan la anchura á dividir del cielo,
    Y de su voz un punto los sonidos
    Se elevan en el aire confundidos:

      Como dos peregrinos que una tienda
    Dividen del desierto en la desnuda
    Soledad, de Al-hamar en la leyenda
    Dos poetas ocúltanse sin duda.
    Uno á Aláh en sus cantares se encomienda,
    Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda.
    ¿Quién no percibe en ella confundidos
    Brotar de sus dos arpas los sonidos?

      Dióles á ambos el Genio soberano
    La misma inspiración, el mismo aliento:
    Mas pasando tal vez de una á otra mano
    De uno y otro el armónico instrumento,
    El Árabe poeta y el Cristiano
    Sacan de él á la par distinto acento,
    Exhalando mezclada su armonía
    La Árabe y la Cristiana poesía.

      Confundidos así sus dos cantares
    Entonan á una voz los dos cantores,
    Y de la Cruz divina los altares
    El poeta oriental orna con flores
    Que tejen las hurís sus tutelares;
    Pero de un solo SÉR adoradores,
    «NO HAY MÁS QUE UN SOLO DIOS»--dice el Cristiano;
    «NO HAY MÁS DIOS SINO DIOS»--el Africano.

      Tal es la historia peregrina y bella
    Que os dan sobre estas hojas extendida.
    Lëedla sin temor: nada hay en ella
    Que la razón rechace, ó la fe impida;
    La luz que de sus páginas destella
    Despierta el alma á la virtud dormida,
    Y eleva el corazón y el pensamiento
    Á la pura región del firmamento.

      Lëedla pues: y el ámbar que perfuma
    Del paraíso la mansión divina,
    Y el resplandor que de la Esencia suma
    Derramado los mundos ilumina,
    Y el rumor que levantan con su pluma
    Las alas de Gabriel cuando camina,
    Embalsame y alumbre y dé contento
    Á cuantos lean el _divino cuento_.


              FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.



                                GRANADA

                            POEMA ORIENTAL


                  Cristiano y español, con fe y sin miedo,
                Canto mi religión, mi patria canto.



                             LIBRO PRIMERO

                              EXPOSICIÓN



I

INVOCACIÓN

      En el nombre de DIOS omnipotente,
    Cuya presencia el universo llena,
    Cuya mirada brilla en el Oriente,
    Nutre las plantas y la mar serena,
    Canto la guerra en que la hispana gente
    Al África arrojando á la agarena,
    Selló triunfante con la Cruz divina
    Las torres de la Alhambra granadina.

      ¡Espíritu de Dios único y trino,
    Ángel Custodio de la Fe Cristiana,
    Único fuego que del Cielo vino,
    Única fuente que incorrupta mana,
    Único rayo del fulgor divino,
    Única inspiración que soberana
    Eleva al Criador la poesía:
    Yo invoco tu favor para la mía!

      Sostén mi voz, mi espíritu aconseja:
    Mas tolera que en carmen Africano
    Recoja alguna flor con que entreteja
    Cairel morisco á mi laúd cristiano:
    Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja,
    Si algunas veces del harén profano
    Las alkatifas perfumadas piso,
    Ó invoco á las hurís del paraíso.

      Voy la gloria á cantar de dos naciones
    Por religión é instintos enemigas,
    Que, fieles á la par á sus pendones,
    Prodigaron al par sangre y fatigas,
    Rojas brotar haciendo sus legiones
    Con la sangre común aguas y espigas:
    Y cual la de los dos corrió mezclada,
    Junta debe su gloria ser cantada.

      Pues no porque en su límpida entereza
    Conserve yo la fe de los Cristianos
    Que hicieron del desierto á la aspereza
    Volver á los vencidos Africanos,
    Del vencedor loando la grandeza
    Trataré á los vencidos de villanos.
    No: siete siglos de su prez testigos
    Los dan por caballeros si enemigos.

      Lejos de mí tan sórdida mancilla:
    Antes selle mi boca una mordaza
    Que llame yo en la lengua de Castilla
    Á su raza oriental bárbara raza.
    Jamás: aún en nuestro suelo brilla
    De su fecundo pie la extensa traza,
    ¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra
    Más de un buen corazón de nuestra tierra!

      ¡Augusta sombra de Isabel! perdona
    Si mi ruda canción osa atrevida,
    Llegando irreverente á tu persona,
    Del féretro evocarte á nueva vida.
    Sé que la gloria que inmortal te abona
    No puede por mi voz enaltecida
    Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria
    No á engrandecer, sino á adorar tu gloria.

      Díselo así al Católico Fernando,
    Si en medio de las dichas celestiales
    Alguna vez, por el Edén vagando,
    Recordáis vuestras glorias terrenales,
    La obscura tierra desde el sol mirando:
    Y al escuchar mis cánticos mortales,
    Mirad á vuestra gloria, que me inspira,
    No al rudo canto de mi tosca lira.

      Y vosotros, guerreros de Castilla,
    Honor de sus más ínclitos solares,
    Nobles Condes de Cabra y de Tendilla,
    Merlos, Téllez, Girones y Aguilares,
    Cárdenas y Manriques de Sevilla,
    Fieles Vargas, intrépidos Pulgares,
    Córdovas generosos de Lucena,
    Impávidos Clavijos de Baena:

      Mendozas de alta prez, Portocarreros
    Y Ponces de León, de cuya historia
    Sus anales jamás perecederos
    Henchidos guarda la Española gloria:
    Y vosotros también, ¡oh caballeros
    Árabes! dignos de gentil memoria:
    Muza, postrero campeador del Darro,
    Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,

      Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño,
    Lince de las fronteras castellanas,
    Reduán inalterable y zahareño,
    Gazul de las doncellas africanas
    Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño,
    Tarfe, horror de las crónicas cristianas;
    Y vosotras, sultanas granadinas
    De nombres y leyendas peregrinas:

      Aija la varonil, matrona osada
    Jamás rendida á su fatal destino:
    Zoraya, la cautiva renegada,
    Por cuyos hijos la discordia vino
    Á derribar el trono de Granada:
    Moraima la de Loja, á quien su sino
    Obligó á encomendar sin esperanza
    Vida y honor á Castellana lanza;

      Perdonadme también si mis canciones,
    Á través de los mármoles tendidos
    En vuestros solitarios pantëones,
    Hieren en ronco són vuestros oídos.
    Sé que merecen más vuestras acciones
    Que elogios en mi voz mal atendidos:
    Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo,
    Es porque sé lo que á mi patria debo.

      Sé que es la empresa donde me he empeñado
    Dédalo obscuro, inmensurable abismo,
    Do sólo penetrar han intentado
    Necia temeridad ó alto heroísmo:
    Conozco que, en mi orgullo, demasiado
    Fío en mi corazón, fío en mí mismo:
    Mas supera la fe mi atrevimiento,
    Y fío en Dios que abonará mi intento.

      Deliciosos recuerdos de otros días
    De honor y de placer, de amor y gloria,
    Que envuelta en romancescas fantasías
    Guardáis oculta vuestra bella historia,
    Exhalada en confusas armonías
    De himnos de amor y gritos de victoria:
    Dad á mi corazón, dad á mi aliento
    Generoso poder, canoro acento.

      Águilas que os cernéis con corvo vuelo
    Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores
    Que sesteáis á la sombra del Carmelo
    Y bajáis al Jordán los baladores
    Ganados: y vosotros los que en pelo
    Montáis salvajes potros voladores,
    Hijos de los ardientes vendavales
    Que barren los egipcios arenales;

      Tribus perdidas y á las de hoy extrañas,
    Para quienes la Europa no se ha abierto,
    Que incendiáis al huir vuestras cabañas
    Y en la Zahara avanzáis el paso incierto;
    Gacelas de las árabes montañas,
    Apareadas palmas del desierto;
    Caravanas errantes á quien ellas
    Dátiles dan y leche las camellas;

      Palomas de los cármenes floridos
    Que bordan las colinas de Granada;
    Golondrinas leales que los nidos
    En la Alhambra colgáis; enamorada
    Raza de ruiseñores que escondidos
    Gorjeáis de su bosque en la enramada,
    Arroyos que, á su sombra, bullidores,
    Laméis su césped y mecéis sus flores;

      Sierras que cubre el sempiterno hielo
    Donde Darro y Genil beben su vida;
    Valles salubres, transparente cielo
    De la Alpujarra aún mal conocida;
    De Málaga gentil alegre suelo
    De la hermosura y del amor guarida;
    Mar azul cuyo lomo cristalino
    Á las quillas de Agar prestó camino:

      Abridme los tesoros encantados
    De vuestras glorias mil tradicionales;
    Dadme á beber los que guardáis sagrados
    De inspiración inmensos manantiales;
    Germinad en mi mente, no estudiados,
    Vuestros cantos de amor meridionales,
    Por que pueda brotar del arpa mía
    Vuestra oriental y virgen poesía.

      De sus cuerdas despréndanse sonoras
    Esas modulaciones nunca oídas
    Por los pueblos de Europa, y de las moras
    Tribus por nuestros pueblos aprendidas;
    Esas notas ardientes, tentadoras,
    Que aun hoy por tosca mano repetidas
    Renuevan en los huertos de la Alhambra
    La de veloz compás morisca zambra.

      Venid en torno á mí, generaciones
    Ateridas del Norte, que con pieles
    Vestís nuestras moriscas tradiciones,
    Rasgando sus bordados alquiceles:
    Venid á oirlas en sus propios sones
    Y lengua original de bocas fieles,
    Al pobre són de bárbara guitarra
    Debajo de un peñón de la Alpujarra.

      Venid, aprenderéis del Mediodía
    Cuál el origen es de los cantares
    Que jamás comprendió vuestra alma fría;
    Sabréis cómo entre bélicos azares
    Nació la abrasadora poesía
    De nuestros bellos cantos populares;
    Y en el lujo oriental de su riqueza,
    Considerad su bárbara grandeza.

      Pues por hijos de bárbaros osada
    Vuestra historia nos da, sea en buen hora:
    No esa bárbara estirpe renegada
    Será por mí; mas á admirar ahora
    Venid el rastro que dejó en Granada
    La ilustración de nuestra estirpe mora:
    Y en el lujo oriental de su riqueza
    Adorad nuestra bárbara grandeza.

      Sí: yo os voy á contar la historia bella
    De esos á quien llamáis fieros salvajes,
    Y fío en Dios que entenderéis por ella
    Que puede despreciar vuestros ultrajes
    Quien Alhambras dejó sobre su huella,
    Quien labró fortalezas como encajes,
    Y quien colmó por cóncavo arrecife
    Las albercas del real Generalife.

      Yo os voy á hablar del mágico recinto
    De esta por ellos habitada tierra,
    Y á mostraros lo que este laberinto
    De jardines y alcázares encierra.
    En llanto y sangre le dejaron tinto,
    Pero tan fértil con su amor y guerra,
    Que la flor más silvestre aromatiza
    Y el más vulgar recuerdo poetiza.

      Yo os haré ver, de nácar, concha y oro
    Sobre arcos, sus balsámicos pensiles,
    Do brotan junto al cedro el sicomoro,
    Junto al nudoso abeto las gentiles
    Palmeras, junto al álamo inodoro
    El plátano aromado, las sutiles
    Hebras de la ancha pita entre rosales,
    Y el fragante limón entre nopales.

      Yo os haré ver su pueblo primitivo,
    Mitad rudo pastor, mitad guerrero,
    Cuyo robusto labrador activo,
    Cambiado en la ocasión en caballero,
    Lidió, veloz Numida al golpe esquivo,
    Con el jinete colosal de acero:
    Y aplazando con él treguas extrañas,
    Corrieron toros y jugaron cañas.

      Yo os haré oir sus cuentos populares
    Y sus caballerescas tradiciones
    En torno y al calor de sus hogares;
    Vendréis á sus nocturnas reuniones
    Conmigo, sus combates singulares
    Juzgaréis, sus civiles disensiones
    Lamentaréis, saldréis á sus campañas
    Y testigos seréis de sus hazañas.

      Vendréis á sus palacios construídos
    Para la guerra á un tiempo y los placeres,
    Y leeréis en sus muros, revestidos
    De miniaturas, de oro en caracteres
    Con sacra fe caballeresca unidos
    Los nombres de su Dios y sus mujeres:
    Sin que halléis en la casa que fué suya
    Nada que en pro de su saber no arguya.

      De fakíes, de reyes, y vasallos
    Os contaré los gozos y las cuitas:
    Os haré penetrar en sus serrallos
    Y asistir á sus rondas y á sus citas:
    Y sus muebles, sus armas, sus caballos,
    Sus bazares, sus baños, sus mezquitas,
    Desde el hogar hasta la móvil tienda
    Todo lo váis á ver en mi leyenda.

      Que es del poeta grande á maravilla
    El poder, y radiante su mirada,
    Como un fanal que las disipa, brilla
    En las tinieblas de la edad pasada.
    Venid, pues: con las lanzas de Castilla
    Os voy á conducir hasta Granada:
    Y, á pesar de sus fieros Africanos,
    En la Alhambra entraréis con los Cristianos.

      Tal es, tan grave, tan inmensa y alta
    La empresa nueva y colosal que intento:
    Tal es la altura que atrevido asalta
    Descarriado quizá mi pensamiento;
    Mas si del vuelo en la mitad me falta
    Fuerza al impulso ó á las alas viento,
    Siempre sabré sin deshonor que, en suma,
    No me faltó el valor, sino la pluma.

      ¡Tierra oriental, mansión de la alegría,
    Favorita del sol y de las flores,
    Santuario del valor, cuna del día,
    Paraíso del ocio y los amores,
    Tesoro y manantial de poesía!
    Voy á cantar tu gloria y tus primores.
    ¡Tierra de bendición, al Cielo santo
    Pide la suya tú para mi canto!

      ¡Salve, ciudad del sol, Granada bella,
    Amor de Boabdil, huerto florido
    Que entre nieves estériles descuella,
    Taza de nardos, de palomas nido,
    Diamante puro que sin luz destella,
    Edén entre peñascos escondido,
    Ilusión de esperanza y sueño de oro
    Que halaga aún al corazón del Moro!

      ¡Salve, vergel en donde el alba nace
    Y donde el sol poniente se reclina,
    Donde la niebla en perlas se deshace
    Y las perlas en plata cristalina:
    Donde el placer sobre laureles yace
    Y Dios sonríe y la salud domina!
    Divino objeto de mi canto rudo,
    Yo al empezar mi canto te saludo.

      Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos,
    Descubierta al nombrarte la cabeza,
    Con amoroso afán puesto de hinojos,
    Rendido adorador de tu belleza,
    Ofrecerte mis cantos por despojos
    Si dignos son de tu inmortal grandeza;
    Tiéndeme, pues, bellísima Granada,
    Al elevar mi voz una mirada.

      Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento
    Por cima de los montes y los mares
    Lleve á tu Alhambra sonoroso viento
    Que armonía mejor dé á mis cantares!
    Y si te dan á ti contentamiento
    Y algún premio por ellos me buscares,
    Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores!
    Sepultura al morir entre tus flores.


II

NARRACIÓN

      Un siglo de desorden y abandono
    Para mal de Castilla había corrido,
    Y cinco reyes afirmar su trono
    Bajo el regio dosel no habían podido;
    Y todo un siglo, con civil encono
    En contiendas sacrílegas perdido,
    Sólo dejaba al pueblo Castellano
    Ira en el corazón, sangre en la mano.

      Débil el rey, el prócer insolente,
    Hecho el soldado á la rapiña, al oro
    Aficionado el clero irreverente,
    Rico el Judío y descuidado el Moro,
    Fué la justicia inútil é impotente:
    Nadie atendió al honor, nadie al decoro:
    Nadie seguro en tan infanda tierra
    Al deber acudió, sino á la guerra.

      Constituyóse el noble en soberano,
    Y el soldado en señor: el caballero
    Se hizo juez, el obispo cortesano,
    Soldado el labrador, aventurero
    El holgazán, bandido el artesano:
    Y, mucha la ambición, poco el dinero,
    Robó al débil el fuerte, y en la obscura
    Tienda el judío vil se hartó de usura.

      Rebelde á su Monarca la nobleza
    Alzó banderas y allegó parciales:
    Cada solar cambióse en fortaleza,
    Cada escudo en pendón: y por leales
    Todos dándose á par y con fiereza
    Temeraria batiéndose, á los males
    Abrieron ancha puerta, y fué la España
    Confusa lid, universal campaña.

      Hasta el Rey portugués entró en Castilla
    Su esposa haciendo á su sobrina Juana,
    Y dividióse en bandos cada villa
    En pro ó en contra de la unión profana.
    Airado el Santo Padre á tal mancilla,
    La sacrílega unión declaró vana:
    Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego
    En lugar de extinguir avivó el fuego.

      La fe apagada y el honor extinto,
    Perenne manantial de desconsuelos,
    Denso caos, confuso laberinto
    De pasiones, de crímenes y duelos
    De la España infeliz era el recinto:
    Y hundiérase su gloria, si los cielos
    No la enviaran un astro de ventura
    Que la alumbrara en noche tan obscura.

      Grande, digna, legítima, valiente
    Cual repentino el sol tras un nublado
    Aparece más puro y refulgente,
    Apareció ISABEL. Tronó indignado
    Sobre el clamor de la confusa gente
    Su regio acento, y su pendón sagrado
    Alzando en el tumulto de improviso,
    Postróse el pueblo y la acató sumiso.

      De ella en pos el Católico Fernando
    Al frente apareció de sus legiones,
    En las banderas de Aragón mostrando
    Las barras á la par de los leones.
    Todo el que noble se juzgó á su bando,
    Por honor ó por miedo, sus pendones
    Unió: y el porvenir con luz más pura
    Comenzó á esclarecer la edad futura.

      Monja en Coimbra la Princesa Juana,
    Sin fe su causa y sin valor su bando,
    Vencida la arrogancia Lusitana,
    Rey de Sicilia y Aragón Fernando,
    Reina Isabel en tierra castellana,
    Quietos los nobles y seguro el mando
    Bajo el doble poder de entrambos reyes,
    Tornó España á su prez, tornó á sus leyes.

      Acotó la licencia y el cinismo
    De las viejas costumbres relajadas
    La Inquisición severa: el Judaísmo
    Sepultó su avaricia en las moradas
    De sus obscuras lonjas: á sí mismo
    Volvió el honor Hispano sus miradas,
    Y un siglo entero sin virtud ni gloria
    Vió que manchaba su cristiana historia.

      Avergonzada entonces la nobleza,
    Entregó á los monarcas los castillos
    Con que á la rebelión dió fortaleza:
    Y arrancando sus puentes y rastrillos,
    La plebe licenció que la pobreza
    Llevó á su bando; y, libre de caudillos
    Tales, volvió el labriego á sembrar grano
    Y volvió á su taller el artesano.

      Vióse libre el erial de bandoleros,
    De cohechos el foro, de judíos
    El mercado, la plebe de usureros,
    La sociedad de vagos, y de impíos
    La fe: vióse el erario con dineros,
    Con disciplina la milicia, y, bríos
    Dando á Castilla el genio de otra era,
    Tornó á su fuerza y dignidad primera.

      Generación empero entre el bullicio
    De eslabonadas y feroces guerras
    Nacida, y avezada al ejercicio
    De entrar por muros y trepar por sierras,
    Llegó en ésta el valor á ser un vicio
    Y el pelear costumbre: y en sus tierras
    No hallando ya enemigos á las manos,
    Pensó al fin en los fieros africanos.

      Como león que hambriento se despierta
    Y, al tender la mirada adormecida
    De la llanura en la extensión desierta,
    Á lo lejos cruzar mal conducida
    La lenta caravana á ver acierta,
    Y avanzado la garra entumecida,
    Crespa la greña y la mirada fosca,
    Para asaltarla en el jaral se embosca:

      Así tendió famélica mirada,
    Despertando al honor, el castellano
    Hacia el florido reino de Granada,
    Embalsamado harén del africano.
    Así Castilla alerta y emboscada
    De Isabel bajo el trono soberano,
    Sólo esperaba su orden impaciente
    Para caer sobre la mora gente.

      La Católica Reina, sus enojos
    Con varonil prudencia refrenando,
    Fijos tenía los atentos ojos
    En el redil del agareno bando:
    Y, resuelta á arrancar sus granos rojos
    Á Granada uno á uno, con Fernando
    Esperaba en el Cielo oir la hora
    Del exterminio de la raza mora.

      Y tenía ya Dios determinado
    El desastroso fin de aquella gente,
    Y al término fatal era llegado
    El poder de las tribus del Oriente.
    El trono de Al-hamar había ocupado
    Su penúltimo rey, y, á su occidente
    Tocando ya la berberisca luna,
    Huía hacia Castilla su fortuna.

      La discordia civil vertido había
    El licor de su copa envenenada
    En el alma del árabe, y ardía
    El cráter de un volcán bajo Granada:
    Mas oculto en la tierra todavía
    El fuego asolador, aposentada
    Parecía en la Alhambra la ventura,
    Firme su solio, su quietud segura.

      Reinaba allí Muley Hasán: guerrero
    Más que rey y político, su mano
    Nunca el cetro empuñó, sino el acero:
    No temió nunca, sino odió al cristiano.
    Ni nunca treguas respetó altanero,
    Ni manchó su decoro soberano
    El tributo pagándole rendido
    Por su padre Ismaël que fué vencido.

      En diez años de próspero reinado,
    Al porvenir mirando y al decoro
    De su trono, Muley había logrado
    Su ejército doblar y su tesoro.
    De África con los reyes coligado,
    Prevenido á la lid se había el Moro:
    Y de víveres y armas hecho apresto,
    En pie sus plazas de defensa puesto.

      Numerosos sacó de Berbería
    Escuadrones de tropas auxiliares,
    Del desierto veloz caballería,
    Saeteros de Fez almogavares:
    Y un pie de sus fronteras no tenía
    Sin avanzados puestos militares,
    Ni un cerro de sus reinos á la raya
    Sin el ojo sagaz de una atalaya.

      Seguro como un águila en su nido
    En Granada Muley, por sus fronteros
    Guardado, y de sus súbditos temido
    Por los decretos de su ley severos,
    Reinaba en celebrar entretenido
    Con sus enamorados caballeros
    Justas, zambras, saraos deslumbradores
    En honor de la hurí de sus amores.

      Es esta la cautiva seductora
    Que Isabel de Solís niña y cristiana
    En Martos se llamó, y á quien ahora,
    En el serrallo de Muley sultana,
    Zoraya llaman, en la lengua mora
    _Lucero precursor de la mañana_:
    Astro en verdad de amor y de hermosura,
    Mas precursor de asolación futura.

      Por el ardiente amor de esta cautiva
    Olvidado Muley de Aija su esposa,
    De su presencia y de su amor la priva:
    Y Aija, como oriental, fiera y celosa
    Y, como Reina y afrentada, altiva,
    Disimula la rabia que la acosa
    Alentada no más por la esperanza
    De tomar en los dos feroz venganza.

      Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado,
    Del Rey versátil, y por ella propia
    En odio de Muley amamantado;
    Mozo gallardo, de su padre copia.
    Mas contrario á su padre por el hado
    Fatal en que nació, traidor acopia
    El odio hacia Muley que Aija respira,
    Y el que su estrella personal le inspira.

      Guárdale la sultana con desvelo
    Y témele el Monarca por instinto:
    Ódiale la Zoraya, con recelo
    De que á sus hijos dañe cuando, extinto,
    Del amor de Muley la prive el Cielo:
    Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto
    De Granada parciales allegando,
    Sagaz se forma poderoso bando.

      Sospéchalo Muley; la favorita,
    En el amor del Árabe fiada,
    Diestra su odio á su rival excita:
    Pero menos contra ambos osa á nada
    Cuanto más el Monarca lo medita.
    Nace así la carcoma de Granada,
    Y Hasán en el peligro se adormece,
    Y el tiempo vuela, y el peligro crece.

      ¡Escrito estaba y del amor fué pena!
    Perdió Eva al padre de la raza humana,
    Á Hércules Deyanira, á Troya Elena,
    Lucrecia al solio y majestad Romana,
    Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena
    Gente perdióse por la vil cristiana
    Que, dando impura á Boabdil hermanos,
    Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos.

      ¡Escrito estaba! comprendiólo luego
    El postrimer Monarca granadino;
    Y, según el Korán, el hombre ciego
    Torcer no puede su fatal destino.
    ¡Escrito estaba! lágrimas de fuego
    Vertiendo del Padul sobre el camino
    Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada
    Triste volviendo la postrer mirada.

      Y escrito estando é inmutable siendo
    El fallo del destino, hacia su ruina
    Arrastrado por él iba corriendo
    Sordo y ciego Muley, á la divina
    É inexcusable voluntad cediendo:
    Y, esclavo del amor que le domina,
    En mantener no más piensa á Granada
    Esclava de su hermosa renegada.

      Sólo por eso su grandeza estima,
    Su prez en mantener piensa por eso:
    Por eso ardor de combatir le anima,
    Triunfos soñando su amoroso exceso.
    Por eso de su alcázar desde encima
    Del muro y agobiado bajo el peso
    De su amante ambición, se le veía
    Mirar la vega al transponer el día.

      Desde el adarve real de su alcazaba
    De la Alhambra, Muley con complacencia
    Del granadino reino contemplaba
    La amenidad y próspera opulencia:
    Y al cristiano poder desafiaba
    Con desdeñosa y bárbara insolencia.
    Al lejos divisando los pajizos
    Muros de sus castillos fronterizos.

      Sonreía el infiel con arrogancia,
    Mirando las montañas guardadoras
    De su tierra, y en fértil abundancia
    Las tribus de sus pueblos moradoras.
    Sonreíase al ver en la distancia
    Del África arribar las naves moras,
    Sobre un mar que parece en lejanía
    Un ceñidor azul de Andalucía.

      Embriagábase el Árabe de orgullo
    Contemplando la espléndida hermosura
    De su vega, y servíale de arrullo
    El misterioso són con que murmura
    La soledad, y el singular murmullo
    Que armoniza doquier el aura pura,
    Cuando orea con ala sosegada
    La región por los hombres habitada.

      Absorto contemplaba el noble Moro
    La vega granadí, huerta extendida
    De su corte á los pies, rico tesoro
    De ocio y placer y manantial de vida:
    Y el alma de Muley, en sueños de oro
    Con pereza oriental adormecida,
    Se gozaba en mirar desde la altura
    Por milésima vez tanta hermosura.

      En aquel cielo azul y transparente,
    Pabellón de cristal sin mancha alguna,
    Lucen sobre la tierra eternamente
    Sereno el rojo sol, blanca la luna.
    Allí Genil su límpida corriente
    Vierte con Darro y Monachil á una,
    Brotando á sus regueros creadores
    En vasta profusión frutos y flores.

      Allí el cedro fragante y los almeses
    Amados de los pájaros campean
    De Jericó á la par con los cipreses;
    Las vides de Falerno allí se orean
    Entre pajizas y preñadas mieses.
    Que magnolias espléndidas sombrean:
    Y allí las cañas del Jordán sonoras
    Zumban entre las palmas cimbradoras.

      Las de la humana ciencia más ignotas
    Salutíferas plantas allí quiso
    Dios fecundar, y de las más remotas
    Tierras los frutos dió á su paraíso:
    Los sagrados laureles del Eurotas,
    Los poéticos tilos del Pamiso,
    De Estambul los ardientes tulipanes,
    De Cartago los frescos arrayanes.

      Por sus fragantes y purpúreas rosas
    Sus rosas la cediera Alejandría:
    Por sus morenas hijas voluptuosas
    Sus hijas la Circasia la daría:
    El zumo de sus vides deliciosas
    La campiña de Chipre envidiaría,
    Su frescura los bosques de la Ausonia,
    Sus árabes pensiles Babilonia.

      Tal es la vega de Granada: tales
    Las delicias que encierra, y que el monarca
    Desde sus ajimeces orientales
    Con mirada de halcón ufano abarca.
    Tal es su reino entero; y en sus reales
    Alientos le parece ofrenda parca
    Que llevar á los pies de la que adora,
    De Zoraya, lucero de la aurora.

      Por eso se extasía contemplando
    Sus tierras y su corte defendida
    Por las bravas legiones de su mando,
    De mil y treinta torres guarnecida:
    Y al pensar en la corte de Fernando,
    En sus tierras aun no establecida,
    «¡Venga á pedir, exclama, si se atreve,
    El vil tributo que Muley le debe!»

      Y he aquí que, concluyendo en estos días
    El plazo de unas treguas especiales
    Que acotaban las locas correrías
    Lícitas por las treguas generales,
    No pasando la empresa de tres días,
    No batiendo tambor ni alzando reales,
    Presentóse en la vega una mañana
    Un escuadrón de gente castellana.

      Corto, pero á la lid apercibido,
    Componíanle apenas cien jinetes
    Que estatuas parecían de bruñido
    Sonante acero. El rostro en los almetes
    Bajo de las viseras escondido
    Traían: sobre malla coseletes
    De triples pasadores barrëados,
    Los caballos de hierro encubertados.

      Mazas de nueve puntas y afiladas
    Hachas de desarmar en los arzones:
    Puñales de Milán y anchas espadas
    De Toledo en la cinta, los lanzones
    Al brazo y, en lugar de las rizadas
    Plumas, una cruz de oro en los crestones
    Y otra al pecho, diciendo en un letrero:
    Á SU LUZ VIVO Y Á SU SOMBRA MUERO.

      Del cristiano escuadrón á la cabeza
    Marchaba un caballero de Santiago
    Comendador, templando la fiereza
    De un potro negro, que al continuo halago
    De su señor responde con nobleza
    Cabeceando orgulloso, y al amago
    Del acicate esquivo, á cada instante
    Quiere escapar con ímpetu pujante.

      Era este capitán don Juan de Vera
    Del solar de Mendoza: Castellano
    De recto juicio y de virtud severa,
    Celoso asaz del esplendor cristiano,
    Conoce y teme la morisma entera
    Su audaz valor y su pesada mano:
    Y en el tumulto de la lid confusa,
    Quien valiente no es su encuentro excusa.

      Con paso grave y continente altivo
    Por entre el moro pueblo, que le mira
    Con ojo torvo y ademán esquivo,
    Llegó Don Juan al torreón de Elvira:
    Y vuelto á un renegado que cautivo
    Trae, con voz que majestad respira
    Y en Español, mirando á su decoro,
    Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:

      «Di al capitán del puesto, en Africano,
    Que de estas puertas al umbral espera
    Licencia para hablar al soberano,
    En nombre de su Rey, Don Juan de Vera:
    Y que para él y su escuadrón cristiano
    Pide hospitalidad franca y sincera
    Por una noche; pues, su real mensaje
    Cumplido, torna á continuar su viaje.»

      El renegado en árabe tradujo
    Lo dicho al capitán, el cual, montando
    Una yegua que Córdoba produjo
    Y en sus dehesas pació su césped blando,
    Por la árabe ciudad les introdujo
    Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando,
    De sus bosques cruzando el laberinto
    Les dejó de la Alhambra en el recinto.

      Regia hospitalidad y alojamiento
    Cómodo el moro rey, de su alcazaba
    En una de las torres al intento
    Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava
    Á sus órdenes puso, cuyo atento
    Cuidado pronto á su obediencia estaba:
    Y les sirvió en opípara comida
    Con caliente manjar fresca bebida.

      De ella al fin un kadí, severo anciano
    De barba luenga y paternal mirada,
    Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano,
    La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada
    Recibirá mañana el soberano.
    Huéspedes del monarca de Granada
    Sois tú y los tuyos esta noche; mide
    Por tu deseo su largueza, y pide.»

      «Anciano, replicó Don Juan de Vera,
    Da gracias á tu rey por su hospedaje,
    Y dile que jamás de otra manera
    Á caballeros de mi fe y linaje
    Que tratára esperé: que á la primera
    Luz del próximo día mi mensaje
    Que oiga le ruego: pues la misma tarde
    Debo partir. He dicho: Dios te guarde.»

      Retiróse Don Juan á su aposento:
    Mas no sin ver si su cristiana gente
    Tenía cerca de él alojamiento
    Á caballeros tales conveniente;
    Y, con todo el rigor del campamento
    Guardado el torreón militarmente,
    Después de haber sus oraciones hecho
    Tendióse armado en el morisco lecho.



                             LIBRO SEGUNDO

                             LAS SULTANAS


I

EL CAMARÍN DE LINDARAJA

      Era una noche azul, pura, serena
    Del fructífero Mayo, perfumada
    Con el aroma de sus flores, llena
    De la armonía mística exhalada
    Por las auras y fuentes, que en la amena
    Soledad de los bosques y los huertos
    Misteriosas susurran, y alumbrada
    Por la luna creciente con inciertos,
    Trémulos y argentinos resplandores:
    Era una noche, en fin, de esas hermosas

      Noches de paz, inspiración y amores,
    En que derrama Dios sobre Granada,
    Africana dormida entre las rosas,
    Los rayos de sus ojos creadores
    Y el aura de su aliento embalsamada:
    La misma noche en que Don Juan de Vera
    Huésped del Moro en sus palacios era.

      Y era un regio y magnífico aposento
    De la oriental Alhambra, donde el oro,
    El cobalto y el nácar, en labores
    Mágicas trabajadas á lo moro,
    Brillaban desde el techo al pavimento,
    Á los suaves y tímidos fulgores
    Que una aromada lámpara esparcía
    Que en una taza de alabastro ardía.

      Á un lado de esta cámara ostentosa
    Y por bajo de un arco que cubría
    Damasquino tapiz, se abría paso
    Una estrecha y cruzada galería,
    Formada de esta estancia por el muro
    Y un balcón, por do entraba misteriosa
    De los astros la luz, el aire puro
    Y el són del agua que, en raudal escaso,
    Vertía Darro por el valle obscuro.

      El suelo de esta estancia deliciosa
    Era de blanco mármol, á pedazos
    Cubierto de alkatifas argelinas
    Y cojines de raso azul y rosa:
    Sus puertas se cerraban con cortinas
    De telas de oro y seda, que con lazos,
    Broches y trenzas de ámbar y corales,
    Se recogían en profusos pliegues
    Al gusto de los pueblos orientales:
    Y en el segundo cuerpo de los muros
    Se abrían dos moriscos ajimeces
    De exquisita labor y árabes, puros,
        Elegantes contornos
    Y calados y espléndidos adornos.

      Tras de sus celosías iba á veces
    El Rey ocultamente, de sus serios
    Afanes esquivándose un instante,
    Á sorprender los íntimos misterios
        De las mujeres Moras
    De esta cámara real habitadoras;
        Gozando así en secreto
    Desde aquellas arábigas ventanas
    Las voluptuosas danzas, las moriscas
    Cántigas y nocturnas diversiones
    Á que, con sus esclavas y odaliscas,
    Se entregaban alegres las sultanas.
        El balcón, que en el fondo
        De la estancia se abría
    Más allá de la estrecha galería,
    Era otra especie de ajimez, labrado
    Con el más exquisito y rico adorno
    Por arquitectos Moros inventado:
    Y un deleitoso camarín fingía,
    Cuyas ventanas rodëaba en torno
    De cedro una movible celosía.

    Era pues el balcón de aquella estancia
        Regia y maravillosa
    Un mirador calado, que aspiraba
    De su ajimez morisco por los huecos,
    De los vecinos huertos la fragancia,
    La música del agua rumorosa,
        Que en la sombra corría,
    Y el canto de las aves que albergaba
    La arboleda del río, y cuyos ecos
    Murmurador el aire allí traía.
    Entre este camarín y este aposento,
    Con caracteres de oro (en una faja
    De púrpura y azul que se tendía
    Por bajo el circular cornisamento
    Del ajimez) escrito se veía
    Un rótulo miniado, que decía:
    «MIRADOR DE LA HERMOSA LINDARAJA:»
    Y á fe que el mirador es un portento
    De la elegante arquitectura Mora
    Y un santuario de amor y poesía:
    Regalo al fin de un Árabe opulento
    Á la mujer feliz que le enamora.

      En esta regia cámara moruna,
    De aquella hermosa noche en las primeras
    Horas, al suave claro de la luna
    Y al rumor de las ráfagas ligeras
    Que entraban por las árabes ventanas,
    Yacía, al parecer sin pena alguna,
    Hada gentil de su mansión divina,
    La más bella y feliz de las sultanas
    Que habitaron la Alhambra granadina.

      Los mullidos cojines, apilados
    Bajo su cuerpo leve, sostenían
    Muellemente sus miembros delicados:
    Sus perezosos brazos se tendían
    Sobre la pluma sin vigor: caían
    Sus rizos de la faz por ambos lados
    Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno,
    Del morisco jubón bajo la seda,
    Al aspirar con hálitos pausados,
    Se dibujaba su redondo seno
    Cual dos montones de apretada nieve
    Que en la redonda copa de ancho pino
    El aire cuaja lento y manso mueve:
    Y á través del calzón, de cuyo lino
    Los pliegues mil su cuerpo peregrino
    Ceñían, bien bajo el tejido leve
    Podíanse admirar, y á pesar de ellos,
    De su cintura y muslo alabastrino
    La pura tez y los contornos bellos.
        Su enano pie calzaban
    Chinelas de brocado: sus tobillos
    Ajorcas primorosas adornaban
    Hechas de gruesas perlas, que horadaban
    Por su grueso mayor áureos arillos:
    Sus brazos dobles sartas de corales,
    Sus orejas riquísimos zarcillos:
    Y, á usanza de las Moras principales,
    Ostentaba sus uñas nacaradas
    Con azul costosísimo miniadas.

      Era en verdad bellísima la Mora,
    Y merecía bien tanta riqueza,
    Y ser de tal estancia moradora,
    Y mandar con despótica entereza,
    Y obedecida ser como señora.

      Una mirada de sus negros ojos
    Más que un alcázar para el Rey valía:
    Por solo un beso de sus labios rojos
    Una ciudad frontera vendería:
    Por el más infantil de sus antojos
    La cabeza más noble inmolaría:
    No tenía su amor precio ni raya
    En la alma de Muley.--Es la Zoraya.
    Es ella, la sultana favorita
    Que á solas en su cámara le espera:
    Y aunque parece que feliz dormita
    Y que nada la acosa, ni la altera,
    Secreto afán su corazón agita
    Y sueña... ¡Como sueña la pantera
        Con la sangre caliente
    En que espera aplacar su sed ardiente!

      Entoldada la luz de sus pupilas
    Con los cerrados párpados conserva,
    Sus facciones inmobles y tranquilas:
    Grata molicie al parecer la enerva:
    Pero su corazón guarda un intento
    Harto feroz, cuya afición proterva
    Se oculta en su reposo soñoliento
    Como un áspid letal bajo la hierba.

      Imagen bella, voluptuosa y pura
    De las hurís que colocó Mahoma
    En su eternal Edén, por su hermosura
    Parecía una cándida paloma
    En la forma ideal de su figura:
    Un cuerpo de mujer en que se encierra
    El puro sér de un ángel, á la obscura
    Región mortal de nuestra baja tierra
    Enviado, á perfumarla con su aroma
    Y á derramar en ella su ventura.
    Pero la torva luz de su mirada,
    La cortina de sombra que en su frente
    Tiende su ceño cuando mira airada,
    La contracción apenas perceptible
    Con que el extremo de su labio ardiente
        Arruga su sonrisa,
    De la escondida peligrosa hoguera
    Que arde en su doble corazón avisa,
        Y en la faz de la Mora
    Con resplandor siniestro reverbera.
    Muley por su belleza seductora
    _Luz de la aurora_ la llamó..... y tal era
    La luz de este _lucero de la aurora_:
    Tal es Zoraya que á Muley espera.

      Oyóse al cabo en el jardín vecino,
    Bajo el abierto mirador cercano,
    El dulce són de un cántico africano
    Que una morisca guzla acompañaba:
    Són con que la anunciaba de contino
    La llegada del Rey atenta esclava.
    Estremeció los miembros de la Mora
    Movimiento nervioso: mas tan leve,
        Que resbalar no hizo
    Por su cuello, más blanco que la nieve,
    El más ligero descompuesto rizo:
        Ni de su blando lecho
    Un pliegue solamente descompuso:
    Ni con respiración más presurosa
    Se hincharon los contornos de su pecho.
        Inmóvil, silenciosa,
    Cual si no le sintiera ni aguardara,
    En su aparente sueño y perezosa
        É incentiva postura
    Dejó la hermosa que Muley llegara
    El veneno á beber de su hermosura.

      Envuelto en su alquicel, bajo el plegado
    Pabellón de la azul tapicería,
    Apareció Muley: tendió callado
    Una sagaz mirada escrutadora
    Por sobre cuanto en derredor había,
    Y dilató su labio desdeñoso
    Sonrisa de placer, viendo á la Mora
    Que sobre los cojines en reposo
    Con abandono tentador yacía.

      Llegóse á ella y contempló un instante
    La tranquila expresión de sus facciones,
    Por milésima vez con ojo amante
    Recorriendo voraz las perfecciones
    De aquel cuerpo, velado escasamente
    Por el leve ropaje transparente
    Sobre los apilados almohadones.

      Llegóse y admiró bajo la pura
    Nívea tez, á través de su blancura,
    La red sutil de las azules venas,
    Cuyo tejido transparente indica
    Que aquella piel purísima y nevada
    Encubre el alma ardiente y vivifica
    La complexión fogosa, enamorada,
    Que á su tez atribuyen las morenas;
    Y percibió el aroma con que el baño
    Su cuerpo perfumó, de que las Moras
    Granadinas usaban todo el año;
    Y el rumor escuchó, sensible apenas,
    De su respiración igual y suave,
    Y sin poder con su amoroso exceso
    Sobre su boca de coral, que sabe
    Y trasciende al alöe de Corinto,
    Depositó Muley un amplio beso
    Que crujió de la estancia en el recinto.
    Abrió Zoraya los ardientes ojos,
        Y al fijar su mirada
    Sobre la faz del Árabe, cambiada
    De colérica en tierna, con acento
    Más grato que el murmullo soñoliento
    Que levanta la brisa en la enramada,
    Díjole, disipando los enojos
    Que acaso al despertar fingió indignada:

      «Te esperaba, Señor: aunque dormía,
    »Mi corazón velaba, y en mi sueño
    »La leve huella de tu pie sentía
    »Que á mis amantes brazos te traía,
    »Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»

      «Apenas en los altos alminares
    (Contestóla Muley)» la voz sonora
    »Del _muezín_ anunció la última hora
        »De la oración del día,
    »Á favor de las sombras tutelares
    »Vengo á ti, manantial del agua pura
    »En que templa su sed el alma mía,
    »Y heme á tus pies, LUCERO DE LA AURORA,
    »Que me alumbras doquier con tu hermosura.
        »Llamásteme en secreto,
    »Sol de mi corazón, y aquí me tienes
    »Á tu absoluta voluntad sujeto.
    »Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes?
    »Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas
    »Regocijos y zambras? Mis juglares
    »Llama, mis nobles Árabes convoca;
    »Y aquéllos con mil juegos malavares,
    »Y éstos con toros, cañas y torneos,
    »En fiesta interminable, libre y loca,
    »Sacien en Bib-arrambla tus deseos.
    »¿Ó tal vez algún vil desventurado
    »Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya
    »Mi amigo sido ó su niñez pasado
    »Junto á mí, y yo partido mi grandeza
    »Con él, te juro por tu amor, Zoraya,
    »Que te enviaré mañana su cabeza.»

      Decía así Muley, en la locura
    De la pasión que el alma le devora,
    Y sonreía oyéndole la Mora
    De la pasión del Árabe segura.

      Sus dedos de marfil entre la cana
    Barba de Hasán con infantil cariño
    Pasó y con complacencia la Sultana,
    Dejándola aromada con su mano:
    Y con caricia tal, propia de un niño,
    Trajo á sus pies sobre el cojín liviano
    Trémulo de placer al Africano.

      Zoraya entonces, su gentil cabeza
    En el hombro del Moro reclinando,
    Y el fuerte talismán de su belleza
    Contra el alma del Árabe empleando,
    Así le empezó á hablar, el suave aliento
    De su boca balsámica de intento
    Hasta la boca de Muley enviando,
    Diálogo tal entre los dos trabando:

                        ZORAYA

      Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva
    Me crié al lado tuyo entre las flores
    De los jardines de tu Alhambra: esquiva
    Después á los halagos tentadores
    De tus bizarros nobles Granadinos,
    Negué mi juventud y mi belleza
    Á cuanto no eras tú con entereza.....
    ¡Sentía ya ligados nuestros sinos!
    Hizo en ti de los astros la influencia
    Su efecto al cabo: me encontraste hermosa,
    Cediste del destino á la sentencia,
    Y pagaste mi amor, y fuí dichosa.
    La tierra en que nací y el amoroso
    Dulce calor del maternal regazo,
    El acento del padre cariñoso,
    Su castillo feudal que, en el ribazo
    De un cerro, se levanta pintoresco
    Cercado de alamedas, cuyo arrullo
    Salud le daban y armonía y fresco
    De despeñadas aguas al murmullo,
    Todo lo echó por fin de mi memoria:
    Y, del nombre y la fe de mis mayores
    Renegando, las puertas de su gloria
    Perjura me cerré por tus amores.

                        MULEY HASÁN

    ¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora?
    ¿No comprendí tu abnegación y entero
    Mi corazón te di? Tú eres señora
    Dél todavía; lo que quieras quiero.

                        ZORAYA

    Quiero, Señor, decirte lo que acaso
    No te deje otro afecto libremente
    Comprender y juzgar: porque traspaso
    Los límites tal vez de lo prudente
    Con tan audaz revelación; empero
    Más que el respeto y la prudencia fuerte
    Mi cariño por ti, salvarte quiero
    Aun á peligro de mi propia muerte.

                        MULEY HASÁN

    ¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla.

                        ZORAYA

                                      Un instante
    Oye en calma, Señor. Yo, que las horas
    De tu existencia en vela paso amante,
    Sé por tu bien lo que imprudente ignoras.
    Tienes, Señor, un hijo cuya estrella
    Á Granada es fatal, según los sabios
    Que su horóscopo hicieron.

                        MULEY HASÁN

                               La luz de ella
    Pende no más de un soplo de mis labios.

                        ZORAYA

    Y el soplo de tus labios sólo pende
    De un acero traidor que en tu garganta
    Le corte.

                        MULEY HASÁN

              ¿Abú Abdil....?

                        ZORAYA

                              Señor, atiende.

                        MULEY HASÁN

    Prosigue.

                        ZORAYA

              De él y de su madre es tanta
    Por reinar la impaciencia, que á estas horas,
    Traidores á su rey y de él parciales,
    Bajo los techos de las casas moras
    Se afilan en silencio mil puñales.

                        MULEY HASÁN

    Sé que Aija.....

                        ZORAYA

                     Me detesta.

                        MULEY HASÁN

                                 ¡Ay si te mira
    Sólo un momento con semblante torvo!

                        ZORAYA

    ¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira
    No sofocas, Muley! No será estorbo
    Ya ni el filial ni el conyugal cariño
    Para intentar el crimen: la serpiente
    Da emponzoñados huevos, y el que niño
    Para su padre fué desobediente.
    Traidor para su rey será mañana.

                        MULEY HASÁN

    Desecha tu temor, Zoraya mía:
    Los conozco á los dos: mas será vana
    Su obstinada ambición: se les espía.

                        ZORAYA

    ¿Pero ignoras. Señor, que está plagada
    Tu corte de los suyos?

                        MULEY HASÁN

                           Sé sus nombres.

                        ZORAYA

    ¿Y sabes que propalan por Granada
    Que Dios está por él?

                        MULEY HASÁN

                          Pero los hombres
    Crédito no les dan.

                        ZORAYA

                        Rey, te equivocas:
    Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra
    Toda con él, sus esperanzas locas
    Apoyan con la fe y la cimitarra.

                        MULEY HASÁN

    La fe y mis cimitarras á sus breñas
    Les volverán.

                        ZORAYA

                  Te engañas: los villanos
    Reniegan de su fe, según las señas.
    Pues pactan contra ti con los cristianos.

                        MULEY HASÁN

    Zoraya, sus delirios ha venido
    Á contarte algún loco. Te detestan
    Y ambicionan reinar: mas nunca han sido
    Del Nazareno amigos.

                        ZORAYA

                         Pues se aprestan
    Los Nazarenos á su voz.....

                        MULEY HASÁN

                                ¡Patrañas
    Por derviches lunáticos vertidas!

                        ZORAYA

    Empresas ciertas, aunque asaz extrañas:
    Peligrosas, Muley, mas emprendidas.
    Yo, por ti en vela, presentí el estrago
    De este huracán que nubecilla asoma;
    Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago
    Por amor á los míos: pero toma.

      Tal diciendo Zoraya, de entre el raso
    De los blandos cojines tunecinos,
    Prevenidos sin duda para el caso
    De antemano, sacó dos pergaminos:
    Y con aquella singular sonrisa
    En cuya móvil expresión graciosa
    Algo tal vez siniestro se divisa,
    Á Muley presentóselos la hermosa:
    Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo,
    »Á través de esta tinta venenosa,
    «El alma de la madre y la del hijo.»

      Desplególos Muley, aproximándose
    Al vaso de alabastro transparente
    Donde la luz ardía, demudándose
    Su semblante al lëer: con ojo ardiente
    La Mora le espió, de su creciente
    Cólera apercibiéndose, y su flecha,
    Viendo herir en el blanco, dulcemente
    En el mullido lecho reclinándose,
    Tornó á la antigua calma, indiferente.

      Más torvo, más feroz á cada instante
    Según adelantaba en su lectura
    Se tornaba del Árabe el semblante.
    Fulguraban sus ojos: insegura
    Plegaba una sonrisa repugnante
    Su desdeñoso labio, y la amargura
    De la hiel que el escrito rebosaba
    En su lívida faz amarilleaba.

      «¡Traidores!--dijo al fin, el pergamino
    Con los crispados dedos estrujando.--
    ¡Traidores! En buen hora, en su destino
    Con ceguedad estúpida fiando,
    Abrirse intenten al poder camino
    Y astutos formen revoltoso bando:
    ¡Pero poner por escalón del trono
    Al cristiano!... Jamás se lo perdono.
    Jamás: jamás.» Y con ahogado acento
    Repitiendo «jamás,» como una fiera
    Enjaulada, cruzaba el aposento
    De uno á otro lado, cual si presa fuera
    De vértigo infernal. Sagaz, atento
    Y abierto apenas de la Mora el ojo,
    Por más que indiferente pareciera,
    Seguía con afán su movimiento,
    La progresión pesando de su enojo.

      De repente Muley frente á la Mora
    Paróse, y cual si en ella se aprestara
    La cólera á estrellar que en sí atesora
    El exaltado corazón, la dijo
    Con destemplada voz y cara á cara:
    «¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras
    Los secretos de Aija y de su hijo?
        ¿Quién te trajo las llaves
    Del misterio encerrado en estas letras?
    Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»

      --«Señor, dijo Zoraya levantando
        La cabeza con calma,
    Desecha tu temor, templa tu ira:
    Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma
    Al padre del pecado y la mentira.
    Este secreto de tu raza infando
    Yace en la tumba ya: libre respira,
    Muley: la esclava te veló tu sueño
    Y el mensajero vil de esa escritura,
    Al descolgarse audaz de tu alcazaba
    Por la torre del Agua, sepultura
    Á demandar no más bajó á tu esclava.
    --¡Á ti, Zoraya!--Á mí; porque yo vivo
    Tan sólo para ti,--Mas..... no comprendo.....
    --¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo
    Como me das, Muley? De los traidores
    Argos les hice yo: de ellos aprendo:
    Y como ellos también, compro traidores;
    Me acechan sin cesar, y les acecho:
    Tus secretos espían, y yo el suyo
    Bajo á buscar al fondo de su pecho.
    No tienen mis esclavos otro oficio,
    Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento
    Oculto para mí: mi sér, mi vida,
    Consagrados están á tu servicio.
    En esos pergaminos te presento
    La desnuda verdad: está cumplida
    Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia,
        Señor, está en tu mano.
    Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia:
    Castiga justo, ó liberal perdona:
        Tú eres el soberano:
    Mas escoge entre el hijo y la corona.
    En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava;
    Que en la balanza igual de tu justicia
    No sea yo jamás peso, ni traba.
    El noble amor, que abrigo
    En mi pecho por ti, no es de cristiano
    Cobarde corazón; yo, pues, contigo
    Triunfaré ó moriré como sultana
    Que tu lecho y tu amor no partió en vano,
    Amir: porque mi sangre es castellana,
    Pero mi corazón es africano.»

      Calló Zoraya y se tornó en el lecho
        Á reclinar tranquila:
    Y el Rey quedó como de mármol hecho
    Contemplándola, inmóvil y derecho,
    Dilatada de asombro la pupila.

      Jamás la vió ni la creyó dotada
    De corazón tan varonil y entero,
    Ni sospechó que su alma apasionada
    Atesorara amor tan verdadero.
    Indolente, pasiva, abandonada,
    Henchida la juzgó de amor sincero
    Siempre: mas siempre tímida, indecisa,
    Y á toda intriga al parecer ajena,
    Con el cariño de su Rey pagada
    De su dorada esclavitud, precisa
    Por los preceptos de la fe agarena.

      Hombre Muley de cabellera cana,
    Pero de joven corazón y aliento
    Heroico y viril, halló contento
    Un alma varonil en la sultana.
    Absorto de ello en el primer momento
    En crëer vaciló lo que veía:
    Bajó á su corazón su pensamiento
    Y ahogó su voluntad con la alegría:
        Y cuanto más dudaba,
    Tanto más en la duda se engreía:
        Y cuanto más crecía
    La inacción que su sér paralizaba,
    El fuego del amor que le hechizaba
    Más violento en su pecho se encendía.

      Conocíalo bien la artificiosa
    Y astuta renegada, y contemplando
    Llegada la ocasión, que codiciosa
    Preparó en muchos años con constante
    Mañoso afán y con prudencia mucha,
    La máscara arrojó de su semblante
    Y cara á cara se aprestó á la lucha.

      Ya era Muley su esclavo: sus antojos
    Leyes eran para él: sólo tenía
    Para adorarla corazón, y ojos
    Sólo para mirar lo que veía
    Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde
    Para que su razón iluminara
    Su avasallado corazón: yacía
    Ciego esclavo á los pies de su señora:
    Y el Monarca despótico, el guerrero
    Indomable, el león de las arenas
        Abrasadas de Zahara,
    Esclavo de la esclava á quien adora,
    Era no más que tímido cordero
    Amarrado de amor con las cadenas.
    Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora
    La gente del desierto que en sus venas
    La sangre guarda de la raza Mora!

      Por eso fascinado, enloquecido
    Por su pasión, Muley veía sólo
    De la Mora el amor apetecido
    Tanto por él, pero jamás el dolo,
    Mas nunca la ambición de soberana:
        Y por eso rendido
    Á tal fascinación, con ambas manos
        Tomó los pies enanos
    De la Mora gentil, y enardecido
    Por su insana pasión, puso sobre ellos
    Muchas veces sus labios soberanos.
    «Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo
    Vencerás ó caerás como sultana:
    Y has dicho la verdad; tú soberana
    Conmigo reinarás: yo te lo digo.»

      Volvió la renegada la cabeza
    Hacia el Rey otra vez con la sonrisa
    De un ángel (y la aureola de belleza
    De una visión que en sueños se divisa
    Circundaba su faz), y en el sonoro
    Idioma de los Árabes le dijo:
    «Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro.
    Te dije la verdad: mas es tu hijo.»

      Agolpóse la sangre á la mejilla
    Del Rey á estas palabras, y con rabia
    Concentrada exclamó: «No es hijo mío
    Quien favor contra mí pide á Castilla.
    De la palma jamás la dulce savia
    Fecundó la mortífera cicuta:
    No es hijo mío quien mi fe mancilla,
    Y yo, sin vacilar, contra el impío
    Alzaré de las leyes la cuchilla.
    --Piénsalo, Amir.--Mi ley es absoluta.
    --Muley, en su favor habló el destino.
    --Yo haré mentir la predicción aciaga,
    Y su estrella fatal, que nos amaga,
    Apagaré en mitad de su camino.»

      Reverberaban de Muley los ojos
    Y chispeaban los ojos de la Mora
        Con vívidos destellos:
    Éstos de la ambición devoradora
    Con el triunfante resplandor, y aquéllos
    Con el torvo fulgor de los enojos.
    Pasaron todavía unos instantes
        De plática en secreto
    Uno de otro en los brazos: el objeto
    De tal conversación le comprendía
    El corazón no más de ambos amantes:
    Sólo el susurro de su voz se oía.

        Á poco, de los brazos de la Mora
    Desprendiéndose el Árabe, embozóse
    En su blanco alquicel y hacia el calado
    Arco del mirador adelantóse.
    Siguióle hasta el umbral la encantadora
    Sultana, con un beso regalado
    Sellando el labio de Muley, quien presto
    Á desaparecer por la excusada
    Galería la dijo: «Aláh te guarde,
        Lucero de la aurora.
    --Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya:
    Perdona empero al alma enamorada
    Si duelo te causó.--La llama que arde
        Inextinguible, inmensa
    En mi pecho, Zoraya idolatrada,
    Al amor que en el tuyo se atesora,
    Digna procurará dar recompensa.
    --Los destinos, Señor.....--Yo haré que fijos
    En tu favor los astros permanezcan:
    Yo te lo juro, luz del alma mía,
    Tú reinarás y reinarán tus hijos:
    Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»

      Dijo el Rey y tomó la galería:
    Y por verle cruzar el lindo huerto
    Adonde oculta la escalera baja
    Y la esclava le espera al entreabierto
    Postigo, descorrió la celosía
    Del dorado balcón de Lindaraja
    Zoraya, y saludóle muchas veces,
    Mientras en el jardín le distinguía
    Desde los arabescos ajimeces.

      Y he aquí que mientras ella contemplaba
    El jardín, y la espalda al aposento
    Para mirar á su Señor tornaba,
    Bajo la celosía que se alzaba
    De una de las ventanas que en el muro
    Lateral de la cámara se abrían,
        Sagaz, osado, atento,
    Como á la voz secreta de un conjuro
    Asomó un rostro pálido un momento:
    Un rostro de mujer en que lucían
    Dos ojos como rayos en lo obscuro.
    Clavaron estos ojos en la Mora,
    Vuelta hacia el huerto aún, una mirada
    Rencorosa, tenaz, devoradora:
    Y las palabras lúgubres dejando
    Una á una á salir con voz ahogada,
    Cual sin querer la idea formulando
    En la palabra apenas pronunciada,
    Murmuró la mujer allí asomada:
    «¿Tú reinarás y reinarán tus hijos,
    »Porque hará que los astros permanezcan
    »En tu favor resplandeciendo fijos?.....
    »¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»

      Dijo: y, volviendo el rostro la sultana
        Hacia el rico aposento,
    Tornó á desaparecer en un momento
    El rostro de mujer de la ventana.


II

EL SALÓN DE COMARES

      Amanecía apenas: los reflejos
    De la rosada luz del sol naciente
    Á dorar comenzaban á lo lejos
    De la ancha sierra la arbolada frente:
    Y empezaba la aurora purpurina
    Ostentosa á tender su velo de oro
        Prendido en el Oriente,
    Sobre la extensa vega granadina,
        Ceñidor de verdura,
    Morisco chal que envuelve la cintura
    De la ciudad en donde reina el Moro.

      Comenzaba á sus cárdenos fulgores
    La tierra fértil á tomar colores,
    Exhalando de sí el aroma suave
    De la humedad nocturna, y comenzaba
    La flor á abrirse, á gorjear el ave,
    Y la brisa del alba revoltosa
    Á estremecer del bosque, donde erraba,
    La cabellera verde y rumorosa.

      Fresca, gentil, risueña,
    Á la primera luz de la mañana
    Se despertaba la ciudad sultana,
    De cien ciudades orgullosa dueña:
    La ciudad del amor y de las flores:
    La ardiente y hermosísima africana,
    Que reclina su frente soberana
    Sobre el fresco tapiz de mil colores
    Que á sus pies tiende su florida tierra,
    Y cuyas orlas por doquier remata
    Con caireles de lázuli y de plata,
    Ya el mar que en torno de ella se dilata,
    Ya la nevada fronteriza sierra.

      Asomado á un balcón de la alta torre
    Llamada de Comares, cuyo asiento
    El Darro besa que á su planta corre
    Regando huertas mil en curso lento,
    Esperaba el Rey árabe la hora
    De recibir al castellano Vera,
    Quien no quería que en la Corte Mora
        La venidera aurora
    Su embajada sin dar le amaneciera.

        La gente granadina
        Con la nueva alarmada
    De aquella ceremonia, aglomerada
    Ante Bib-el-Leujar, la matutina
    Luz aguardaba con afán, curiosa
    De conocer el fin de esta embajada,
    Más misteriosa cuanto no esperada.

        Mil interpretaciones
    Daba á su objeto el vulgo: comentaban
        Los viejos y santones
    Las causas y políticas razones
    Que pudieron mover al Rey cristiano
    Á enviar á la ciudad del africano
    La enseña militar de sus legiones:
    Mas fatigaban el discurso en vano;
    Ignoraba hasta el Rey las intenciones
    Con que vino á su Corte el castellano.

      Este á su vez, y en tanto, prevenido
    Para cumplir con su misión, oía,
    Desde la torre que ocupaba, el ruido
    Que de ella al pie la multitud hacía.
    Ya antes del alba con atento oído,
    Ojo sagaz y espíritu mañero,
    La situación inspeccionado había
    De la árabe ciudad el caballero.

        De pechos en la almena
        De su torre moruna,
    Al resplandor de la creciente luna
    La contempló de fortalezas llena,
        De muros bien cercada,
    Bajo un clima feliz y en cultivada
    Campiña, rica, saludable, amena,
    Por tres ríos á par fecundizada,
    Y favorita, en fin, sin duda alguna
    Del amor, de la próspera fortuna:
    Y el noble castellano, inteligente
    En el arte y estudios de la guerra,
    Vió que estaba en su tierra
    Bien prevenida la africana gente.

      Comprendió de Don Juan el buen sentido
    En la quietud de su nocturna vela,
    Que había el moro Rey, muy entendido,
    Coronado sus torres y alminares
    Por uno y otro atento centinela,
    Y diestra y sabiamente repartido
    Sus vigías y puestos militares:
    Concluyendo por fin Don Juan de Vera
        De la ciudad entera
        La nocturna revista,
    Diciéndose á sí mismo sin reparo
    Cuánto iba á ser al Castellano caro
    Lograr de aquella tierra la conquista.

      Hallábase en la torre todavía
    El buen Comendador, rectificando
    Á la primera luz del nuevo día
    El juicio que hecho por la noche había,
    Cuando vió que á su torre aproximando
    Un escuadrón de Moros se venía,
    La plaza del aljibe atravesando.
    Dejó la almena, convocó su gente
        Y, á la plaza bajando,
    La tendió de los Árabes enfrente.

      Entonces el wazir, que administraba
        La justicia del reino
    Y el gobierno interior de la alcazaba
    Del granadino Rey, ante la fila
    De los jinetes árabes saliendo,
    Fuése para Don Juan, con faz tranquila
    Y sosegada voz así diciendo:

      «La fe de Aláh te alumbre, castellano.
    »Has demandado con la luz primera
    »Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera
    »Del Consejo en presencia el soberano.»
    Encontrando la arenga algo altanera
    Y contemplando al Árabe un momento,
    «Vamos» dijo no más Don Juan de Vera:
    Y á paso noble, majestuoso y lento,
    De la ancha plaza atravesó el espacio
    Que apartaba no más su alojamiento
    De las doradas puertas del palacio.

      De la soberbia torre de Comares
    En la ostentosa cámara, alfombrada
    Con alkatifas persas, perfumada
    Con pebeteros de oro y con millares
    De extrañas, ricas y olorosas flores
    Que en sus pensiles dan los Alijares,
    Esperaba Muley al castellano
    En medio de su Corte y su nobleza,
    Queriendo ante los ojos del cristiano
    Hacer ostentación de su grandeza.

      Con la rosada luz de la mañana
    Resplandecía en toda su hermosura
        La labor africana
    De aquella estancia regia, que figura
    Un pabellón de rica filigrana,
    Trabajo de algún Genio por ventura
    Según la tradición mahometana.

      En torno de Muley, sobre divanes
    De púrpura, los viejos consejeros,
    Los kadís y los nobles capitanes
    Del ejército, estaban los primeros.
        De su Rey menos cerca,
    De pie, con respetuosos ademanes,
    Los demás cortesanos caballeros
    Ocupaban el patio de la alberca
    Á sombra de sus frescos arrayanes.

      El estanque y las fuentes del palacio,
    Ornadas con vistosos surtidores,
        Poblaban el espacio
    De caños de cruzados saltadores
    Que, deshechos en gotas en la altura,
    Doblaban del ambiente la frescura
    Como perlas cayendo entre las flores,
    Que al borde crecen de la alberca pura
    Llena de pececillos de colores.

        Del wazir precedido
    Y de diez caballeros Castellanos
        Por decoro seguido,
    Armado de los pies hasta las manos,
    Del manto de Santiago revestido,
    Con apostura grave y altanera,
    Por medio de los nobles Africanos
    El patio atravesó Don Juan de Vera.

      Torva mirada de los ojos fieros
    Del círculo de Moros caballeros
    Pesó sobre Don Juan desde su entrada,
    Manteniéndose en él tenaz, clavada,
    Hasta los pies de el granadino trono;
    Bien revelando el animoso encono
    Con que su roja Cruz se ve en Granada.

      Don Juan, empero, en ademán tranquilo,
    Y mesurado aunque orgulloso porte,
    Avanzó hasta el marmóreo peristilo
    Que da entrada al salón do está la corte:
    Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra,
    Sin humildad, hincando una rodilla,
    Presentóle una caja en que se encierra
    Su regia credencial dada en Sevilla.

      Tomóla sin abrirla el Africano
    Con altivo desdén, y del prolijo
    Ceremonial haciendo al castellano
    Amplia merced, lacónico le dijo:
    «Ya te escucha Muley: habla, cristiano.»
    Púsose en pie Don Juan, y con pausada
    Voz, que pudo entender el más lejano,
    De esta manera expuso su embajada:

      «Yo, Don Juan de la Vera, caballero
    »Comendador del Orden de Santiago,
    »En nombre de mi Rey vengo: primero,
    »Á reclamar el atrasado pago
    »De tu tributo anual íntegro, entero,
    »Y después, de Castilla con Granada
    »La tregua á prolongar, que es acabada.»

      Dijo Don Juan y enrojeció el semblante
    Del Árabe la cólera: en la estancia
    Rumor universal cundió al instante
    De indignación terrible, la arrogancia
    De tal mensaje oyendo: más de un guante
    Se alzó en contestación de su jactancia:
    Más de un Moro dió un paso hacia adelante,
    Puesta la mano en el alfanje: empero
    Sus iras atajó Muley severo.

      «Cristiano (dijo el Rey con voz airada),
    »Ve á decir á los Reyes castellanos
    »Que han muerto ya los Reyes de Granada
    »Que pagaban tributo á los cristianos:
    »Que la moneda entonces acuñada
    »No conocemos ya, ni nuestras manos
    »Labran ya más metales que el acero
    »De que forja su arnés el caballero.

      »Oiste: parte, pues. Yo te perdono
    »La vida y la embajada. Á la frontera
    »Del reino salvo llegarás: mi encono
    »No infringirá mi fe: mas la postrera
    »Colina al transponer donde mi trono
    »Se respeta y tremola mi bandera,
    »De mí hablar oirás, yo te lo juro,
    »Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»

      «Moros, dijo Don Juan con altanero
    Mas tranquilo ademán: si mi mensaje
    Os ofendió, ved bien que el mensajero
    Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje
    Fué exactamente el de mi Rey: y espero
    Que ninguno por él me hará el ultraje
    De esquivar con desdén, si es que me halla,
    El bote de mi lanza en la batalla.»

      Dijo Don Juan. Los nobles Africanos,
    De los valientes siempre apreciadores,
    Abrieron en silencio á los cristianos
    Paso, ahogando en el pecho los rencores
    De raza y religión. Los castellanos
    Volvieron á montar sus piafadores
    Corceles: y, dejando á rienda suelta
    La ciudad, dieron á Castilla vuelta.

           *       *       *       *       *

      Cuando el sol de aquel día en Occidente
    Irradiaba sus últimos reflejos,
    Ya transponía la cristiana gente
    Los cerros fronterizos. Á lo lejos
    Les vió desde sus torres impaciente
    El árabe Monarca, cuyos viejos
    Mas perspicaces ojos todavía
    Penetran la confusa lejanía.

      El brillo de las lanzas castellanas
    Apenas se sumió en el horizonte,
    Y apenas, embozada en sus livianas
    Sombras, la noche á descender del monte
    Comenzó, cuando Hasán sus africanas
    Armas pidió diciendo: «Que se apronte
    »Una hueste elegida y numerosa
    »Á partir en la noche silenciosa.»

      «Yo la conduciré.» Llamó en seguida
    Á su wazir Abú-l'Kazín, que era
    Gobernador de la ciudad, y «cuida
    »(le dijo) bien de que se cumpla entera
    »Mi voluntad. Después de mi partida
    »Pon á Aija en una torre prisionera
    »Con su hijo, y á habitar manda que vaya
    »En el Generalife la Zoraya.

      »Ten á ésta como mi única sultana,
    »Á Aija y Abú Abdil como traidores.
    »Yo á tocar á una villa castellana
    »Una alborada voy con mis tambores,
    »Y tardaré lo más una semana
    »En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores,
    »Á caballo y silencio! los soldados
    »En Bib-arrambla esperan convocados.»

      Dijo Muley, su intimación postrera
    Dirigiendo á sus guardias: y, montando
    En su caballo de batalla, que era
    Un árabe veloz, partió tomando
    La cuesta de Gomeles, con guerrera
    Planta en la plaza real desembocando:
    Y, al frente de su hueste, de Granada
    Salió á empresa de todos ignorada.



                             LIBRO TERCERO

                                ZAHARA


I

GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA

      Está Zahara en una altura
    Entre montaña y colina,
    Sentada en la peña dura
    Que asoma la cresta obscura
    Por entre Ronda y Medina.

      Cuando encienden los cristianos
    De noche hogueras en ella,
    No distinguen los paisanos
    Si son sus fuegos lejanos
    Luz de atalaya ó de estrella;

      Y cuando el alba naciente
    Dora la almenada villa,
    Se confunde fácilmente
    Con la armadura que brilla
    El riëlar de la fuente.

      Sus atalayas pusieron
    Los moros en ella un día,
    De fosos la circuyeron,
    Y apriesa la abastecieron
    Porque el invierno venía.

      Tuviéronla muchos años
    De los cristianos guardada,
    Con mil ardides extraños,
    Causándoles muchos daños
    En guerra tan prolongada.

      Á la sombra guarecidos
    De sus breñas y pinares,
    Bajaban como bandidos
    Y robaban atrevidos
    Alquerías y lugares.

      Toleraban los cristianos
    En silencio sus desmanes:
    Pero pensando á las manos
    Coger á los africanos
    De aquel peñón gavilanes.

      Estaban los insolentes,
    Aunque pocos, confiados,
    Conociéndose valientes:
    Los cristianos, más prudentes,
    Les cogieron descuidados.

      Todos los de aquella tierra,
    Procurándose en secreto
    Mil utensilios de guerra,
    Atravesaron la sierra
    De asaltarla con objeto.

      Y una noche la asaltaron,
    Y guardarla no supieron
    Los Moros que la fundaron;
    Cinco veces la cobraron
    Y otras cinco la perdieron.

      Entonces los vencedores
    Doblaron su alta muralla,
    Y abrieron fosos mayores
    Para guardar previsores
    La prenda de la batalla.

      Estrecha y sola una senda
    Dejaron en todo el cerro,
    Porque mejor se defienda,
    Si se empeña otra contienda,
    Su sola puerta de hierro.

      Por eso en sus torreones
    Y en sus anchos murallones
    Guardó la morisca villa,
    Sobrepuestos, los blasones
    De los Reyes de Castilla.

      Tal es Zahara: y en la altura
    Del cerro en que está fundada,
    Y por la fragosa hondura
    De sus barrancos guardada,
    Siempre estuviera segura.

      De los Moros, como el nido
    De un águila suspendido
    En inaccesible peña,
    Si menos la hubiera sido
    Su fortuna zahareña.

      Pero su alcaide cristiano
    Nació con estrella aciaga,
    Y Dios apartó su mano
    Del infeliz castellano,
    Y el rayo de Dios la amaga.

      Porque ¡ay! ¿qué la han de valer
    Su muro y torres de piedra,
    Si los ha de mantener,
    Sin fortuna y sin poder,
    Gonzalo Arias de Saavedra?

      ¡Desventurada es la historia
    De este buen Gobernador,
    Bravo capitán sin gloria,
    Blanco de mala memoria
    Y de fortuna peor!

      Desdichada fué su raza:
    No hubo cálculo ni traza
    Que al revés no le saliera,
    Ni bando, opinión ó plaza
    Que, suya, prevaleciera.

      Siguió su padre Hernán Arias
    De Enrique el Rey las banderas
    Á las de Isabel contrarias,
    Y perdieron las primeras
    Sus empresas temerarias.

      Del de Cádiz se allegó
    Hernán á los partidarios,
    Y el encono se extinguió
    De los grandes sus contrarios,
    Y Hernán Arias se fugó.

      De los Moros amparóse
    Y por los Moros mantuvo
    Á Tarifa; mas tornóse
    La suerte: capitulóse,
    Y Arias que entregarse tuvo.

      Caballeros en Castilla
    Intercedieron por él,
    Y, olvidando su mancilla,
    Le indultó Doña Isabel
    Confinándole á Sevilla.

      Bien único hereditario,
    En su aljarafe tenía
    Un torreón solitario,
    Y allí su infortunio varió
    Fuése á llorar noche y día.

      Mas he aquí que maltratado
    Por el tiempo el edificio,
    Y él imposibilitado
    De gastar sólo un cornado
    De su hacienda en beneficio,

      En un temblor que agitó
    Las tierras circunvecinas
    Su torre se desplomó,
    Y Hernán Arias pereció
    Sepultado entre sus ruinas.

      ¡Desventurado Hernán Arias!
    Las estrellas tan contrarias
    Le fueron en paz y en guerra,
    Que hasta se le abrió la tierra
    Sin exequias funerarias.

      Su hijo Gonzalo, heredero
    De su fortuna fatal,
    Aunque habido por guerrero
    Valiente y buen caballero,
    Lo pasó siempre bien mal.

      De su padre la memoria,
    Lo siniestro de su historia
    Y proverbial desventura,
    Le hicieron, sin prez ni gloria,
    Pasar una vida obscura.

      Dotado de alto valor,
    De ciencia y destreza rara
    En la guerra, con honor
    De alcaide gobernador
    Le enviaron al fin á Zahara.

      Dióle la reina Isabel
    Compadecida este cargo:
    Pero, dándoselo á él,
    El mejor panal de miel
    Se le hubiera vuelto amargo.

      Era Gonzalo un valiente
    Y entendido capitán,
    Tan audaz como prudente:
    Mas ¿qué hará si no le dan
    Ni bastimentos ni gente?

      «Tu lealtad y tu bravura
    »Tendrán á Zahara segura»
    Le dijeron, y le enviaron
    Á Zahara: mas no contaron
    Con su innata desventura.

      Sin víveres y sin oro
    Con que pagar sus soldados,
    No puede ni su decoro
    Sostener, ni contra el Moro
    Tenerles subordinados.

      Su gente se le rebela
    Y él, sólo, en continua vela,
    Su fortaleza recorre,
    Y hace á veces centinela
    El mismo en alguna torre.

      «Si no por obligación,
    »Por vuestro bien ayudadme,»
    Les dijo en una ocasión:
    Y su alférez Luis Monzón
    Contestóle ébrio: «Pagadme.»

      Y el pobre Gobernador,
    Sin influencia y sin pan,
    Se vió inútil capitán
    De gentes que sin temor
    Ni amor hacia él están.

      Pedía al gobierno amparo
    De víveres ó dinero:
    Pero el gobierno reparo
    No ponía, y el frontero
    Seguía en su desamparo.

      Dos veces quiso salir
    Á correr la mora tierra:
    Mas sus gentes, al oir
    Que se trataba de guerra,
    No le quisieron seguir.

      Tal era la situación
    De Zahara en esta ocasión;
    Tal es el afán que arredra
    El brío del corazón
    De Gonzalo Arias Saavedra.

      Por eso sus castellanos
    Se están mal entretenidos
    En casa de los villanos,
    En pensamientos livianos
    Con las mozas divertidos;

      Pues por demás licenciosos
    Son siempre nuestros soldados,
    Cuando en puestos apartados
    Les dejan vivir ociosos,
    Por libres ó mal pagados.

      El Rey moro, que sondara
    Su abandono y su pobreza,
    Se dijo: «Es cosa bien clara
    Que me da la fortaleza
    Quien así la desampara:

      Conque tomarla es razón.»
    Y Hasán dispuso á este fin
    Misteriosa expedición,
    Dándole gente en unión
    La Alhambra y el Albaicín.

      Salió, pues, de la ciudad
    Muley en la obscuridad,
    Sin decir de esta salida
    La razón desconocida,
    Para más seguridad.

      Y es fama que el Africano,
    De Bib-arrambla al pasar
    Bajo el arco, dijo ufano:
    «Le tengo de festonar
    Con cabezas de Cristiano.»

      Era una tarde nublada
    De tormenta amenazada:
    El viento ronco mugía,
    Y en anchas gotas caía
    Á espacios lluvia pesada.

      Cerróse en obscuridad
    El cielo: la tempestad
    Desgarró las nubes pardas,
    Y brilló en las alabardas
    El relámpago fugaz.

      Entre la enramada espesa
    De un pinar de que se ampara,
    Con la gente de su empresa
    Iba Muley á hacer presa
    En la descuidada Zahara.

      Caídos los martinetes
    Sobre las mojadas telas
    Revueltas á los almetes,
    Caminaban los jinetes
    El lodo hasta las espuelas.

      Mohino el Rey por demás,
    De los pasos el compás
    Oyendo con mal humor,
    Iba: junto á él un tambor
    Y los peones detrás.

      Tras éstos los saeteros
    Y hasta cien arcabuceros:
    Luego los escaladores,
    Luego trompas y atambores,
    Y luego los ingenieros.

      Tras ellos, en pelotones
    Flanqueados por dos alas
    De jinetes con lanzones,
    Muchos negros con escalas
    Para entrar los torreones.

      La media noche sería,
    ¡Espantosa noche á fe!
    Cuando de la roca umbría
    Sobre que Zahara dormía
    Se detuvieron al pie.

      Contó el Rey cuidadosamente
    Las hogueras y señales,
    En que convino prudente
    Con sus guías, y la gente
    Partió en dos bandos iguales.

      Guardando el cerro dejó
    Los jinetes: apostó
    Los saeteros mejores,
    Y él con los escaladores
    Por el peñasco trepó.

      La obscuridad, la tormenta,
    Patrocinan su ascensión
    Ardua, silenciosa y lenta:
    Todo Muley lo hubo en cuenta
    Con astuta previsión.

      El ruido de sus pisadas
    Sofoca el ruido del viento,
    Y las aguas despeñadas
    Por las ásperas quebradas
    Con estrépito violento.

      Tal vez descienden rodando
    De roca en roca chocando
    Pedazos de las montañas,
    Pinos, chozas y alimañas
    Consigo al valle arrastrando.

      Tal vez una encina añosa,
    Arraigada en un peñón
    Todo un siglo, estrepitosa
    Se rompe con temerosa
    Y atronadora explosión.

      Tal vez algún lobo, fuera
    De su cueva sorprendido,
    Bajo una peña cogido
    Invoca á la muerte fiera
    Con un espantoso aullido.

      Tal vez por algún torrente
    Arrastrada una serpiente
    De un precipicio á la hondura,
    Rasga la atmósfera obscura
    Con un silbido estridente.

      ¡Horrible noche es aquella,
    En que, mientras contra Zahara
    Ronca tempestad se estrella,
    De la tempestad se ampara
    Muley audaz contra ella!

      La villa desventurada,
    Por el viento sacudida,
    Por el turbión anegada
    Y en las tinieblas velada,
    Reposaba adormecida.

      Apena en un torreón
    De su vieja ciudadela,
    Encogido en un rincón
    Murmura escasa oración
    Un cristiano centinela.

      Tal vez duerme sin afán
    Al calor de su gabán
    En su garita, al arrullo
    Que viento y agua le dan
    Con su continuo murmullo.

      Y tal vez, sobre la mano
    La barba y en la rodilla
    El codo, sueña el cristiano
    Una aurora de verano
    En un lugar de Castilla.


II

      ¡Tremenda noche! La lluvia,
    Desgajándose á torrentes
    Por las quebradas vertientes
    De la sierra, con fragor
    Á la hondura de sus valles
    Consigo arrastrando baja
    Los árboles que descuaja
    Del vendaval el furor.

      ¡Tremenda noche! Iracundos
    Los rebeldes elementos
    Amagan de sus cimientos
    Las montañas arrancar:
    Y, en la cresta de la roca
    Donde se halla suspendida,
    Con ímpetu sacudida
    Tiembla Zahara sin cesar.

      Á una aspillera asomado
    De su antigua ciudadela,
    El buen Arias está en vela,
    Ocupado en escuchar
    Los rumores que á su oído
    En sus alas trae el viento,
    Y un fatal presentimiento
    No le deja sosegar.

      Nada sus tenaces ojos
    Ven en noche tan cerrada:
    No percibe ni oye nada
    En la densa lobreguez,
    Más que el velo tenebroso
    Y la voz de la tormenta,
    Cuya furia se acrecienta
    Con horrible rapidez.

      Á sus pies reposa Zahara:
    Sus tejados ve, á la lumbre
    Del relámpago, en la cumbre
    Donde el pueblo se fundó:
    Mas la roja llamarada
    Que el relámpago refleja
    Le deslumbra y no le deja
    Comprender lo que á ella vió.

      Al resplandor instantáneo
    Con que el pueblo se ilumina,
    Cree tal vez ver la colina
    Con el pueblo vacilar:
    Y á veces, en el instante
    De iluminarse de lleno,
    Cree ver de Zahara en el seno
    Vagas visiones errar.

      Blancos bultos, misteriosas
    Sombras, móviles reflejos
    Tras los muros á lo lejos
    Moverse y lucir cree ver;
    Cual si, haciendo de ellas vallas,
    Los espíritus del monte
    De sus torres y murallas
    Se quisieran guarecer.

      ¡Delirios vanos! ¡Quimeras
    De su débil fantasía!
    Pasa el pobre noche y día
    En continua agitación,
    Y, con fe supersticiosa
    Creyendo en su fatalismo,
    Recela hasta de sí mismo,
    Trastornando su razón.

      ¡Ilusiones! Arias sólo
    Oye el vendaval que brama
    Y el agua que se derrama
    Por los tejados rodar,
    Y en los muros del castillo
    El rumor acelerado
    De los pasos del soldado
    Que acaban de relevar.

      Oye el sordo remolino
    Con que rueda la tormenta
    Haciendo girar violenta
    Las veletas de metal,
    Y zumbar estremecida
    La mal sujeta campana,
    Y temblar en la ventana
    El desprendido cristal.

      Todos reposan en Zahara,
    La atalaya de Castilla:
    Sólo se oyen por la villa,
    En la densa obscuridad,
    El agua de las goteras
    Y el rumor del vago viento,
    Que ruge con el acento
    De la ronca tempestad.

      Sólo en apartada torre
    Del mal guardado castillo,
    Con el fulgor amarillo
    De una lámpara al morir,
    Velan algunos soldados
    Y se siente desde fuera
    El rumor de una quimera
    Y jurar y maldecir.

      Óyense sus carcajadas,
    Sus apodos insolentes:
    Pues en esto han tales gentes
    Contentamiento y placer;
    Se juntan en borracheras
    Para acabarlas riñendo,
    Y vuelven en concluyendo
    Desde reñir á beber.

      Y al calor de las orgías
    Y al vapor de los licores,
    Disertan de sus amores
    En obsceno platicar;
    Pues su lengua irreligiosa,
    Sin respetos y sin vallas,
    Sólo de sangre y batallas
    Ó mujeres ha de hablar.

      De éstas se miran algunas,
    Con los soldados más mozos
    En impúdicos retozos
    Y deshonesto ademán,
    Que, osadas y descompuestas,
    Ó blasfemando ó riñendo,
    Hasta embriagarse bebiendo
    Desatinadas están.

      La trémula llamarada
    De una hoguera agonizante
    Presta á su rudo semblante
    Una expresión más feroz;
    Y, recibiendo la bóveda
    La algazara en su ancho hueco,
    Remeda con largo eco
    La desentonada voz.

      Harto de vino y de amores,
    En dos bancos apoyado,
    Cantaba un viejo soldado
    Al són de un roto rabel,
    É hiriendo á compás la mesa
    Con plato, jarra ó cuchillo
    Aullaban el estribillo
    Ellos y ellas con él.

      Brindaban, y á cada brindis
    Insensatos blasfemaban,
    Y reían y danzaban
    Completando la embriaguez:
    Y sus sombras, en silencio,
    Gigantescas, agitadas,
    Cual fantasmas convidadas
    Erraban por la pared.

      «¡Á ellos!» gritaron voces:
    Y entraron el aposento,
    Diez á diez y ciento á ciento,
    Los moros del Rey Hasán;
    Y apenas á las espadas
    Acudieron los cristianos,
    Les cercenaron las manos
    En donde tan mal están.

      Lidiaron acaso algunos:
    Pero tantos les entraron,
    Que al fin les acuchillaron
    Con las hembras á la par.
    Á los gritos de los Moros
    Los Cristianos despertaban:
    ¡Pero los tristes se hallaban
    Cautivos al despertar!

      La soñolienta pupila
    Prestaba crédito apenas
    Á las cuerdas y cadenas
    Con que atados dos á dos
    Por los Árabes se vieron,
    Á quienes con lengua y ojos
    Pedían piedad de hinojos
    En el nombre de su Dios.

      Las lágrimas de las madres,
    De los niños los sollozos,
    Los esfuerzos de los mozos,
    El dolor de la vejez,
    Son inútil resistencia:
    Porque á todos los infieles,
    Atados como lebreles
    Les arrastran á la vez.

      En vano lucha la virgen
    Desesperada con ellos,
    Que con sus propios cabellos
    Mordaza ó cordel la dan:
    En vano niños y enfermos
    Yacen sin fuerzas postrados;
    En tropel como ganados
    Todos á los hierros van

      Fueron tristísimas horas
    Las de noche tan sangrienta.
    ¡Á quien de ella pidan cuenta,
    Malas cuentas ha de dar!
    Mas no Arias, á quien el mundo
    Con su fe abandona en Zahara,
    Porque Dios no desampara
    Á quien de Él se va á amparar.

      Corazones como el suyo,
    Almas cual la que le anima,
    Dios tan sólo las estima
    En su pristino valor:
    Aniquilado bien pronto
    El cuerpo que les encierra,
    Vuelve su polvo á la tierra
    Y su esencia al Criador.

      Creyó al fin Gonzalo Arias,
    Desde la torre en que vela,
    Sentir en la ciudadela
    Un verdadero rumor
    De voces y de pisadas,
    Y distinguir en la sombra
    Muchas gentes agolpadas
    Á la muralla exterior.

      Iba el caracol de piedra
    Á tomar del muro, cuando
    Por él su escudero entrando
    Dijo: «¡Los moros, Señor!»
    Asió al punto Arias Saavedra
    Un hacha y un triple escudo
    Que halló á mano, y torvo y mudo
    Lanzóse hacia el corredor.

      Por el caracol torcido
    Se hundió como una callada
    Sombra, y la puerta ferrada
    De las almenas abrió.
    Confuso tropel de moros
    Llenaba el adarve estrecho:
    Gonzalo Arias derecho
    Á los Moros se lanzó.

      Tendió del primer hachazo
    Los dos que halló delanteros,
    Y al querer tirar del brazo
    La mano de otro segó.
    Á tan repentino ataque
    La morisma, acorralada,
    Abrió círculo espantada
    Y en el centro le dejó.

      Mas Arias, que no veía
    De vergüenza y de ira ciego,
    Cerróse con ellos luego
    Con ímpetu asolador:
    Y, al ver el horrendo estrago
    Que en ellos su brazo hacía,
    Ninguno se le atrevía,
    Embargados de pavor.

      Pero sobre ellos cargaba
    Gonzalo Arias con tal brío,
    Que adelante les llevaba
    Sin dejarles revolver;
    Y uno, que frente arrestado
    Le hizo, entre dos almenas
    Le derribó atravesado
    Y en el foso fué á caer.

      Aquel hombre despechado,
    De mirada centelleante,
    De colérico semblante
    Y de fuerzas de Titán,
    Sin más que un broquel y un hacha,
    Pálido y medio desnudo,
    Peleando solo y mudo
    Con desesperado afán;

      Aquel hombre aparecido
    De repente en medio de ellos,
    Erizados los cabellos,
    Cual de un vértigo infernal
    Poseído, hizo á los Moros
    Concebir honda pavura,
    Contemplando en su figura
    Algo sobrenatural.

      Un instinto irresistible
    De temor supersticioso
    De aquel hombre misterioso
    En tropel les hizo huir,
    Cual si vieran, bajo el rostro
    De aquel hombre temerario,
    Un espíritu contrario
    De Mahoma combatir.

      Abandonó, pues, el muro
    Todo el pelotón alarbe,
    Y dejó sobre el adarve
    Solo á aquel hombre fatal.
    Crispado, calenturiento,
    Á las almenas de piedra
    Asomóse Arias Saavedra
    Presa de angustia mortal.

      Allá abajo, en las tinieblas,
    Por las calles de la villa
    En la lengua de Castilla
    Invocar á Dios oyó.
    «¡Á Dios (dijo con desprecio)
    Á Dios invocáis ahora!
    ¡Miserables! Ya no es hora:
    Sucumbid, pues, como yo.»

      Y á largos pasos tomando
    Del castillo la escalera,
    Fué á dar como una pantera
    En el patio principal.
    Un capitán de Granada
    Allí amarrados tenía
    Cuantos perdonado había
    La cimitarra fatal.

      Arias, de un salto, se puso
    Delante del africano
    Y, asiendo con una mano
    Las bridas de su corcel,
    Le dió en el frontal de acero
    Tan descomunal hachazo,
    Que caballo y caballero
    Vinieron á tierra de él.

      Los Árabes que más cerca
    Del capitán se encontraron,
    Sobre Gonzalo cargaron
    Con gritería infernal:
    Pero dieron con un hombre:
    Y el primero que imprudente
    Se llegó á Arias, en la frente
    Recibió el golpe mortal.

      El capitán, desenvuelto
    De su caballo caído,
    Vino como tigre herido
    Sobre el alcaide á su vez:
    Recibió su corvo alfanje
    El castellano forzudo
    Dos veces en el escudo,
    Con serena intrepidez;

      Y al verle ébrio de coraje
    Descargarle el tercer tajo,
    Metióle el hacha por bajo
    Y el brazo le cercenó.
    Saltó el pedazo partido
    Con la cimitarra al suelo,
    Y el Moro, con un aullido
    De dolor, se desmayó.

      Saltó Arias de él por encima
    Y, del caballo tendido
    Quedándose guarecido,
    Volvió la lid á empezar.
    Acométenle los Moros:
    Mas ningún golpe le ofende
    Por delante, y se defiende
    La espalda con un pilar.

      Entraba en esto en el patio
    El viejo Rey de Granada:
    Mas detúvose á la entrada
    Á admirar el varonil
    Aliento de aquel solo hombre
    Que, sin casco ni armadura,
    Tiene á raya la bravura
    De los hijos del Genil.

      Estaba Gonzalo Arias
    De sangre y sudor cubierto
    Tras del caballo, que muerto
    Á sus plantas derribó,
    Anhelante de fatiga,
    Descolorido y rasgado,
    Como un espectro evocado
    Del panteón que le guardó.

      Al ver con cuánta destreza
    De tantos se defendía,
    De tan alta bizarría
    Pagado el viejo Muley:
    «¡Teneos!» gritó á los Moros;
    Y, yéndose al Castellano,
    Le dijo afable: «Cristiano,
    Ríndete: yo soy el Rey.»

      No pudo Arias de cansancio
    Contestar. «Quienquier que fueres
    (Añadió el Rey), valiente eres:
    Ríndete á mí y salvo irás.»
    Arias, ronco de fatiga,
    Pero con alma serena,
    Dijo: «Muerto, enhorabuena:
    Pero rendido, jamás.»

      «Cristiano, repuso el Moro,
    Yo soy Muley y rendirte
    Á mí no será desdoro.»
    Y Arias dijo: «Y yo, Muley,
    Soy Gonzalo Arias Saavedra,
    Y mientras me quede aliento
    Y en Zahara quede una piedra,
    La mantendré por mi Rey.»

      Ahogó la piedad del Moro
    Respuesta tan arrogante,
    Y, colérico, «¡Adelante,
    Saeteros!» exclamó.
    Atravesado de flechas
    Hincó Arias una rodilla
    Gritando «¡Cristo y Castilla
    Por los Arias!» Y espiró.

      Cortáronle la cabeza,
    Y en el arzón delantero
    La ató un negro de Baeza
    Por trofeo de valor.
    Tal fué el fin desventurado
    Del bravo alcaide de Zahara:
    La suerte le negó avara
    Todo, menos el honor.

       *       *       *       *       *

      Cuando del día siguiente
    Comenzó á lucir la aurora,
    Daba á Granada la vuelta
    La morisma victoriosa.
    Marchaba Muley delante,
    Y, en el centro de su tropa,
    Dos mil cautivos atados
    Al carro de su victoria.
    Mandó el Rey que los Cristianos,
    Guardados por buena escolta,
    Fueran delante á Granada
    Por la vereda más corta;
    Pero prevenido habiéndole
    Que, por si las tierras próximas
    Se levantan, con presteza
    Caminar es lo que importa:
    «¿En qué está, dijo, el retraso?
    --En los cautivos que estorban.
    --Pues bien, dijo con desprecio,
    Obligadles á que corran,
    Y lleguen los que llegaren:
    Los mozos á las mazmorras,
    Las muchachas al harén
    Y los viejos á la horca.»


III

      Era la noche del siguiente día
    En que el fiero Muley salió de Zahara,
    Vencedor insolente. Era una obscura
    Y nebulosa noche: no lucía
    En el cielo la luna: venda impura
    De nubarrones cárdenos cubría
    La luz serena de su antorcha clara.
    Ceñían por doquier el horizonte
    Negros grupos de nubes apiñadas,
    De vapores eléctricos preñadas,
    Y alcanzábanse á ver de monte en monte
    Del frecuente relámpago, azuladas,
    Arder las repentinas llamaradas.

      Á un balcón de la torre de Comares
    Asomada en silencio, la altanera
    Aija escuchaba con el alma entera
    Lejano són de gritos populares
    Que, por la densa atmósfera perdidos,

        Traía á sus oídos,
    De cuándo en cuándo, ráfaga ligera.
    Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro
    El noble rostro juvenil tendía,
    Como su madre oyendo con asombro
    La confusa y extraña vocería
    Que, en las tinieblas de la noche, el viento
    Con eco sordo resonar hacía
    Bajo el techo del cóncavo aposento.

      --«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo
    La sultana.--Sí, madre, y no comprendo.....
    Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo
    Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo
    La espesa sombra penetrar queriendo,
    Aija le interrumpió:--«Calla: estoy viendo
    Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo?
    --¿Un ruiseñor?--Sin duda: mas no canta
    Tan recio el ruiseñor.....  escucha atento.
    ¿Le oiste?--Sí.--Pues bien, hijo, ese aliento
    De un pájaro no cabe en la garganta.
    --Oid, Señora, oid; más cerca el pío
    Del ave se oyó ahora.--Es una seña
    Que viene de las márgenes del río.
    --Sí, y en hacerse comprender se empeña.»
    Acercáronse más á la calada
    Barandilla exterior del antepecho:

      Mas Aija, de repente y sin ser dueña
    De sí misma, cubriendo con su pecho
    El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!»
    Silbando entró por el postigo estrecho
    Del balcón una flecha disparada
    Desde el bosque, y, tocando en la labrada
    Piedra del arco, rechazó, en el lecho
    De Abú Abdil cayendo despuntada.

      «¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida
    También atentan!» Mas alegremente
    La interrumpió Abdilá, teniendo asida
    La flecha: «Madre (dijo) trae cosida
    Una carta.--Lee pues.» Rumor de gente
    Se oyó en el corredor en este instante,
    Y una esclava, asomándose á la puerta,
    Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana
    Fué cosa nada más que de un momento
    En el pecho ocultar la carta abierta,
    La flecha devolver por la ventana,
    Y serena quedar sobre su asiento.

      Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro
    De las venganzas de Muley, entraba
         El nocturno registro
    Á hacer que en el salón acostumbraba,
    Desque la torre de Comares era
    Del Granadino Príncipe y su madre,
    Por orden de Muley, prisión severa.

      Saludó Abú-l'Kazín con afectada
    Ceremonia, mostrando que lo hacía
    Sin respeto y en pura cortesía:
    Aija, en sus almohadones recostada,
    Ni volvió la cabeza desdeñosa,
    Ni le otorgó siquiera una mirada;
    Abú Abdilá, imitando á su orgullosa
    Madre, no contestó tampoco nada.
    Abú-l'Kazín entonces, en sombrío
    Silencio y con feroz torvo semblante,
    La estancia registró con vigilante
    Y prolija atención. «Es deber mío,»
    Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana
    Una mirada donde el odio brilla,
    Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana
    Vencedor de las armas de Castilla.»

      Aquí, consigo sin poder, la Mora
    Díjole: «¿Son por ello esos clamores
    Que turban el reposo?--Sí, Señora:
    El pueblo aplaude, como siempre, ahora
    Á los Reyes que vuelven vencedores.»
    Una mirada le lanzó de fuego
    La Mora y con desdén le dijo luego:
    «Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana,
    Si volvieren vencidos, por traidores
    Les silbará la multitud villana.
    --Vele Aláh por el Rey, y no permita
    Que el pueblo tenga por traidor, Sultana
    Á quien abrigue sangre Nazarita!
    --Eso te digo yo. Los hijos tienen
    La sangre de los padres, y el que incita
    Al padre contra el hijo, lo previenen
    Las suras del Korán, á Dios irrita
    Y su raza por Dios será maldita.
    --Sultana, tus palabras.....--El anuncio
    Son del desprecio en que te tengo.--Holgara
    La razón en saber.--Está muy clara.
    --Pronúnciala, Sultana.--La pronuncio:
    Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo
    Y traidor á su Dios, y yo detesto
    Á los hijos de padre que tal hizo.
    No lo olvides jamás.--¡Oh! lo protesto.
    --Déjanos, pues, en paz.--La vez postrera
    Volveré nada más, cuando el severo
    Rey de Granada de su ley el yugo
    Imponeros me ordene.--Aguarda fuera
    Sus órdenes en tanto, carcelero,
    Hasta que hayas de entrar como verdugo.»

      Salió el wazir, brillando en su pupila
    El fuego del rencor: y la Sultana,
    Luego que oyó el rumor de los cerrojos
    De la postrera cámara lejana,
    La carta á desplegar volvió tranquila,
    Devorando lo escrito con los ojos.
    Mirábala Abdilá con impaciencia,
    Procurando leer en su semblante
    Lo que ella en el escrito. En apariencia,
    Si el wazir la acechara en este instante.
    No pudiera, al mirar su indiferencia.
    Sospechar que el papel era importante.
    Leyó con avidez, pero serena:
    Y aquella alma viril, que dominaba
    Del placer el exceso y de la pena.
    No dejó percibir á quien miraba
    El gozo inmenso de que estaba llena.
    ¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!

      «Hijo mío Abdilá, dijo tras breve
    Pausa, vas á partir. La muerte fiera.
    De tu padre á la vuelta, aquí te espera,
    Y abajo espera quien salvarte debe.
    No el Cielo señaló tu real cabeza
    Para ceñir una corona en vano;
    Tu destino de Rey he aquí que empieza;
    Cumple, pues, tu destino soberano.»

      Dijo y le dió la carta, que decía:
    «Vuelve tu esposo vencedor, Sultana,
    »Y la guadaña de la muerte impía
    »Su mano trae; no aguardes á mañana:
    »Cuando oigas luego que en silbar porfía
    »El ruiseñor al pie de tu ventana,
    »Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella.
    »Y un buen caballo le valdrá y su estrella.

      »No temas ni vaciles: los verjeles
    »De este valle, á tu vista tan tranquilo,
    »Á un escuadrón de Abencerrajes fieles
    »Dan á estas horas misterioso asilo.
    »Mi escritura conoces, no receles,
    »Sultana, una traición: pende de un hilo
    »Del Príncipe la vida: mas, burlada
    »La muerte, volverá..... Rey de Granada.

      »Aunque en firmar sé acaso que aventuro
    »Mi cabeza, la suya es lo primero:
    »Sírvate pues mi nombre de seguro
    »Y alumbre tu razón Aláh infinito.»

      Al pie de este renglón, claro y entero,
    De ALY-MACER el nombre estaba escrito.

      Leía Abú Abdilá, y á la lectura
    De la carta fatal palidecía:
    Y, leyendo en su rostro su pavura,
    La madre el ceño varonil fruncía.
    «Hijo de Reyes, como Rey procura
    Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía
    Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna:
    Mala es mejor tenerla que ninguna.»

      Tal diciendo, la intrépida Sultana
    Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso
    Abú-l'Kazín dejárselas, por vana
    Demostración de libertad y viso
    De autoridad y pompa soberana,
    En la prisión. Entraron al aviso
    Todas de su señora, y la severa
    Sultana las habló de esta manera:

      «Necesito una escala: en el momento
    Desgarrad vuestras tocas y almaizales;
    Los tapices que tiene el aposento
    Trizas haced: mis lienzos y mis chales
    Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento
    De la torre, anudad los desiguales
    Pedazos: no os paréis en necias dudas:
    Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»

      Hechas á obedecer, sin más demora
    Rasgaron la oriental tapicería
    Que la ostentosa cámara decora,
    El chal con que cada una se ceñía,
    El rico pabellón de crujidora
    Seda que el lecho de Abdilá tenía.
    Cuanto á las manos se las vino asieron,
    Y, formando un cordón, le retorcieron.

      La Sultana y el Príncipe, afanosos,
    En tal ocupación las ayudaron,
    Y de esta ocupación con los curiosos
    Incidentes, que alegre la tornaron,
    Del alma de Abdilá los temerosos
    Tristes presentimientos se ahuyentaron:
    Y rebosaba en gozo y osadía
    Cuando el largo cordón se concluía.

      Á poco un risueñor en la enramada
    Los tres largos silbidos de su trino
    Precursores lanzó. Corrió agitada
    La Sultana al balcón, y más vecino
    Volvió á silbar el ruiseñor: callada
    É inmóvil escuchó: su oído fino
    Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura,
    De un hombre el movimiento y la figura.

      Un momento después, en la maleza
    Que al mismo pie del torreón crecía,
    El ruiseñor silbó: la fortaleza
    Y la continuidad con que lo hacía
    Su voz, de la que dió naturaleza
    Al ruiseñor un tanto desdecía
    De cerca oída: pero al libre viento
    Era bien fácil confundir su acento.

      Ató Aija á Abú Abdil por la cintura
    La punta de los lienzos anudados,
    De su firmeza y solidez segura;
    Los brazos un momento entrelazados
    Tuvieron madre é hijo con ternura
    Cordial: los labios trémulos, rasados
    De lágrimas los ojos, no encontraron
    Palabras, mas sus lágrimas hablaron.

      Deshízose la madre la primera
    Del cariñoso lazo, y saltó el hijo
    Por la baranda del balcón afuera,
    Teniendo el lienzo las mujeres fijo.
    «Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera!
    --¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo,
    Y, bajando la voz:--honra tu nombre,
    No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»

      Dijo: y, á una señal, franqueza dando
    Las esclavas al lienzo, por la obscura
    Región del aire, suelto, fué bajando
    El Príncipe Abdilá: justa pavura
    Le acongojó cuándo se vió colgando
    Sobre la inmensa tenebrosa hondura;
    Vaciló su cerebro y, los antojos
    Del miedo por no ver, cerró los ojos.

      Un momento después cuatro forzudos
    Brazos en las tinieblas de él asieron:
    Una daga cortó junto á los nudos
    El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron.
    Los brazos de las Moras, á tan rudos
    Esfuerzos no hechos, libres se sintieron
    De repente del peso, y la Sultana
    Se echó con ansiedad á la ventana.

      Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento,
    Parando en su atención hasta el latido
    Del corazón y el curso del aliento:
    Pero ni gente, ni señal, ni ruido
    Se percibía: á la merced del viento
    El lienzo por abajo desprendido
    Flotaba, y era todo allá en la hondura
    Silencio, soledad, sombra, pavura.

      Apartóse en silencio la Sultana
    Del ajimez: la tela recogida
    Poco á poco volvió por la ventana:
    Mas al entrar la punta suspendida
    Por fuera del balcón, de la Africana
    El corazón mortal volvió á la vida;
    La punta trae de salvación un gaje
    Infalible: el blasón Abencerraje.

      Besóle la Sultana, y su altanera
    Tranquilidad cobró: despidió luego
    Sus esclavas y, sola, dijo, fiera
    Reverberando en su mirada el fuego
    Del corazón: «Que venga cuando quiera
    Muley.» Y en los cojines con sosiego
    Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena
    Segura de Abú Abdil, durmió serena.


IV


      Y he aquí que la Sultana
    Cual Reina soberana,
    Y acaso en su ventana
    Detrás de la persiana
    Oyó sobrecogida
    Que por la peña hendida
    Diez hombres que, en huída
    Corriendo á toda brida
    que el real Generalife,
    en esta noche mora,
    velaba en esta hora,
    tendida en un diván,
    cruzar el arrecife,
    conduce hacia la sierra,
    veloz y són de guerra,
    hacia la sierra van.

      El rostro peregrino
    Zoraya hacia el camino
    De polvo un remolino
    Sombra el país vecino
    ¿Quien puede á estos parajes
    Lanzarse en tan salvajes
    Tan ásperos pasajes
    Los diez Abencerrajes
    llegando á la ventana,
    miró: mas ¡vana empresa!
    velaba con espesa
    al ojo más sutil.
    (se dijo la Sultana)
    caballos, audazmente
    salvando?--Solamente
    que salvan á Abú Abdil.


           FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.



Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con
notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer
á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio
siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso
demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un
estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las
vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en
los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese
por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los
moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de
los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la
crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan
numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura
y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo
modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen
y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de
acreditados libros franceses.

Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos
pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia
literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como
la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con
que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra,
émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.

He aquí la manera con que explica la _Fantasía_ dedicada á D. Bartolomé
Muriel en las primeras páginas del libro:

       «Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de
       conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se
       reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer
       algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de
       no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse
       presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo
       Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista
       de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en
       mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en
       siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió
       el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante
       casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las
       agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de
       preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me
       inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con
       ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son
       á mi corazón las memorias de la suya.»

Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que
se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla
lo siguiente:

       «Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores
       rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación
       ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los
       talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de
       abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé
       seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán
       á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con
       honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella
       ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición
       oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les
       pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por
       los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la
       Alhambra.

       Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más
       ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos
       á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de
       una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los
       sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir
       sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos
       enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy
       sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma,
       el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su
       juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo
       procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.

       Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro
       Romero, el diestro de mejor trapo y más certero pulso que
       pisó jamás arena del redondel. Llegado el caso de estoquear
       un toro de mal trapío y torcida intención que, empeorado
       con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó
       Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la
       muleta para encariñarle á ella y traerle después sin riesgo
       á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un
       chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de
       los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderías,
       apadrinador de la gente de cuadrilla, acompañador de los
       encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba
       lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera
       y el castoreño apresillado, y gran partidario, en fin, de
       Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo
       riesgo no comprendía, y pareciéndole la ocasión oportuna para
       zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no
       poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:--«¡Bueno,
       señor incomparable, bueno: que va á llevar ese toro más pasos
       que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que
       no de pasear esa oveja mansa. ¡Que no se diga que por tanto
       paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos, un
       puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar á esa espada
       una compañera sacada de las costillas, como nuestra madre
       Eva.» La alusión á Costillares produjo el efecto que el chusco
       deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los
       tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera
       y á los espectadores suspensos, llegóse bajo el palco del
       zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque
       suspendido en el dedo corazón, y díjole con aquella sorna
       peculiar de la gente de plaza:--«Su mercé parece, por sus
       razones, profesor del arte, y se ve á la legua lo acostumbrado
       que está á dar lecciones como maestro: conque no le deje por
       poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo
       estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su
       explicación á la cabeza de la res.»

       Y decía bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan á la
       cabeza del toro.»

  París, 15 Abril 1852.

                                             JOSÉ ZORRILLA.


                         FIN DEL TOMO PRIMERO





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Granada, Poema Oriental, Tomo I - Poema Oriental" ***

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search applications.  ISYS has been deployed by thousands of organizations
operating in a variety of industries, including government, legal, law
enforcement, financial services, healthcare and recruitment.



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