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Title: El amigo Manso
Author: Pérez Galdós, Benito
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El amigo Manso" ***

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Libraries)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta
    obra.

  * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente
    de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
    sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
    recientes.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.



EL AMIGO MANSO



  Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra
  que no lleven el sello del periódico _La Guirnalda_.



  EL AMIGO
  MANSO

  POR
  B. PÉREZ GALDÓS


  SEGUNDA EDICIÓN


  MADRID
  1885
  Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA
  _Calle de las Pozas, núm._ 12.



OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS


NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS

  I.--Doña Perfecta (5.ª _edición_). 2 pesetas.
  II.--Gloria (dos tomos) (5.ª _edición_). 4 pesetas.
  III.--Marianela (5.ª _edición_). 2 pesetas.
  IV.--La familia de León Roch (tres tomos)
  (4.ª _edición_). 6 pesetas.
  V.--La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas.
  VI.--El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas
  (2.ª _edición_).
  VII.--El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas.
  VIII.--Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas.
  IX.--La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas.


EPISODIOS NACIONALES

PRIMERA SÉRIE.

  I.--_Trafalgar_ (4.ª edición).
  II.--_La corte de Carlos IV_ (3.ª edición).
  III.--_El 19 de Marzo y el 2 de Mayo_ (4.ª edición).
  IV.--_Bailén_ (3.ª edición).
  V.--_Napoleon en Chamartin_ (2.ª edición).
  VI.--_Zaragoza_ (3.ª edición).
  VII.--_Gerona_ (2.ª edición).
  VIII.--_Cádiz_ (2.ª edición).
  IX.--_Juan Martín el Empecinado_ (3.ª edición).
  X.--_La batalla de los Arapiles_ (2.ª edición).

SEGUNDA SÉRIE.

  I.--_El equipaje del Rey José._ (3.ª edición).
  II.--_Memorias de un Cortesano de 1815._ (2.ª edición).
  III.--_La segunda casaca._
  IV.--_El Grande Oriente._
  V.--_7 de Julio._
  VI.--_Los cien mil hijos de San Luis._
  VII.--_El Terror de 1824._
  VIII.--_Un voluntario realista._
  IX.--_Los Apostólicos._ (2.ª edición.)
  X.--_Un faccioso más y algunos frailes menos._

  PRECIO DE CADA TOMO
  DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA


  LA FONTANA DE ORO
  (1820-1823)
  2.ª ed. notablemente corregida
  _Un vol. en 8.º de 400 págs._

  EL AUDAZ
  HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO
  (1804)
  En prensa 3.ª edición corregida. Tomo en 8.º


  Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de
  _La Guirnalda_ y _Episodios Nacionales_, calle del Barco, núm. 2
  duplicado. Madrid.



EL AMIGO MANSO



I

Yo no existo.


Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo
no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento
para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo
protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido
de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni
siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos
profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin
carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un
ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito,
probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he
sido, ni seré nunca nadie.

Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor), una
condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano
(_ximia Dei_), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se
pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en
el mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones del
hombre que desde que el mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla
por aquellos que yo llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y
que el bondadoso vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera
soy, sueño de sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad;
y recreándome en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo
infinito, cuyo fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse
en entretenimiento, me pregunto si el no ser nadie equivale á ser
todos, y si mi falta de atributos personales equivale á la posesión de
los atributos del sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro
todavía, ni quiera Dios que la ponga, para que no se desvanezca la
ilusión de orgullo que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos
espacios de la idea. Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe,
hay también vanidades ¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...!
Tenemos antagonismos tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba
y pronunciamientos. Muchas entidades que aquí estamos, podríamos
decir, si viviéramos, que vivimos de milagro. Y á escape me salgo
de estos laberintos y me meto por la clara senda del lenguaje común
para explicar por qué motivo no teniendo voz hablo, y no teniendo
manos trazo estas líneas, que llegarán, si hay cristiano que las lea,
á componer un libro. Vedme con apariencia humana. Es que alguien me
evoca, y por no sé qué sutiles artes me pone como un forro corporal
y hace de mí un remedo ó máscara de persona viviente, con todas las
trazas y movimientos de ella. El que me saca de mis casillas y me lleva
á estos malos andares es un amigo...

Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido por
sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas de la
mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros cumplen,
leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á mí hace
pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que había escrito
ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude mostrarme
insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo delito
de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á los
treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel
inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar
un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación;
que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo
adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había
pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en
su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás
preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando
de estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco
aliento, y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto,
venía á comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros
literarios, pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas,
admirablemente puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres
de licor sentimental, encabezado para resistir bien la exportación,
y por último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde
y bien recortaditas, con más una redoma de mucílago para pegotes,
acopladuras, compaginazgos, empalmes y armazones. No me pareció mal
trato y acepté.

No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no sé
qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de
tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos
metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á
azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada
roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un hombre.



II

Yo soy Máximo Manso.


Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó. Y si á esto
añado que el caso es reciente, y que muchos de los acontecimientos
incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos de un
año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias
cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer
momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del
Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero
nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los
estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de
mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las
personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y
siempre nueva, maestra de todas las sabidurías y gobernadora visible ó
invisible de la humana existencia.

Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la guía
de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente han
visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria
dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de
mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos
especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la
razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de
caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el
verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar
emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer paso
dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga jornada.

Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de
este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento
y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar
de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido
tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre
divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una
pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza
potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi
tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han
enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso lo
que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho voluble,
así el fenómeno indubitable como la hipótesis atrevida; adelantando
cada día con el paso lento y seguro de las medianías; construyendo
el saber propio con la suma del saber de los demás; y tratando, por
último, de que las ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad
labrado, no sean vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una
firme estructura de la realidad de mi vida con poderosos cimientos
en mi conciencia. El predicador que no practica lo que dice, no es
predicador, sino un púlpito que habla.

Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general
presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario,
de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me
tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de
buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó
actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba por
bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me lo han
manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de mediana
estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de la talla en
la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien nutrido, fuerte,
musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario, á consecuencia
de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo bastante agilidad
y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso de las lecturas
nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por mucho tiempo
gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción que la
conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya comodidad
no me canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi
cabello es fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño
en no ser nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á
la sencillez un elemento decorativo que no suelen despreciar los que,
como yo, carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la
novedad llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa
medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y
me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el
vulgo llama con doble sentido _chistera_, que no puedo pasarme sin él,
ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas,
por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy
sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de
los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete
me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije
que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido
nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados
manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo
como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes;
y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente,
aunque se refiere á cosa ordinaria, el _cicer arietinum_, que en
romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es
comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas
bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es
para mí de gran autoridad, sustitución posible, y no me consolaría
de perderlas, mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya,
que es mi vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin
cuidado los progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos
manantiales de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago
prudente uso, después de bien bautizado por el tabernero y confirmado
por mí; pero de esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en
mi cuerpo. Otra pincelada: no fumo.

Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y
del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues
ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de
verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas
alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se
encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus
profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de
espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías
de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era
gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella
á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve
edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba
consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos,
anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos
paseamos por las nubes.

Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San
Pedro de Villanueva, en cuyas piedras está esculpida la historia tan
breve como triste de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba
por las corroídas columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las
figuras atónitas del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas
impregnadas de no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y
ayudado de otros muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos
y los bigotes, con lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos
con esto; pero cuando volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura
retocada por mí y me dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía
en mi sueño la mano chata y simétrica, los piés como palmetas, las
contorsiones de cuerpo, los ojos saltándose del casco, y me ponía á
gritar y no me callaba hasta que mi madre no me llevaba á dormir con
ella.

Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto
le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y
arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían
letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda
no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico
bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que
el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza.
El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las
personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la
vida! la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que
pasé mi infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión
tan profunda, que constantemente noto en mí algo que procede de la
melancolía y amenidad de aquellos valles, de la grandeza de aquellas
moles y cavidades, cuyos ecos repiten el primer balbucir de la historia
patria; de aquellas alturas en que el viajero cree andar por los aires
sobre celajes de piedra. Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste
lago Nol, que es un mar ermitaño, y el solitario monasterio de San
Pedro, tienen indudablemente algo mío, ó es que tengo yo con ellos el
parentesco de conformación, no de sustancia, que el vaciado tiene con
su molde. También parece que ha quedado sellada en mi vida la hondísima
lástima que me inspiraba aquel rey que fué comido del oso. Siento como
impresos ó calcados en mi masa encefálica los capiteles que reproducen
la terrible historia. En uno el joven soberano se despide de su tierna
esposa; en otro está acometiendo al fiero animal y más allá éste se lo
merienda. Cuando yo hacía travesuras, mi padre me amenazaba con que
vendría el oso á comerme, como al señor de Favila, y muchas noches tuve
pesadilla y veía desfilar por delante de mí las espantables figuras de
los capiteles. Por nada del mundo me internaba solo dentro del monte;
y aún hoy siempre que veo un oso me figuro por breve instante que soy
rey; y también si acierto á ver á un rey, me parece que hay en mí algo
de oso.

Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María,
de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de
riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por el
desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi corta
edad no había en el pueblo persona que me echase el pié adelante
en ilustración. Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el
cura me consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á
adquirir cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de
que posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre
estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de
campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas
me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura,
hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en
la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los
cabellos.

Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á
Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí
fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en
olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos
horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados
profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis
lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego
en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á
otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas
la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la
Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida,
porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el
tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me
hacía falta para nada.

Estoy impaciente por hablar de mi sér moral, por la afición que tengo
á la predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la
pluma á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le
permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando
mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de
principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de
algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho
dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me
congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de
mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite
tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á
su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las
riendas de mí mismo.

Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse
conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, así
de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me ha ido
con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y observen
los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, para que su
encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de la vida. Yo he
sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho infeliz, y apetitos
cuyo desorden lleva á otros á la degradación. Estas laboriosas
reformas me han adestrado y robustecido para obtener en la moral
menuda una serie de victorias á cual más importantes. Yo he conseguido
una regularidad de vida que muchos me envidian, una sobriedad que
lleva en sí más delicias que el desenfreno de todos los apetitos.
Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados
de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con
una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan,
estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento
de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una
grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al
proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato,
estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque
podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine
la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que,
arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando
endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de
esclavitud ó de libertad.

Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo
que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á
desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos
escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del
heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, ya
infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero á
mis materialidades para que ni un instante me distrajese del estudio.
Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y después
otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis hábitos de
trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le debo la
conservación de una parte de la fortunita que dejó mi padre, la cual
supo ella defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente
preciso para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en
decorosa indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un
temple y un vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi
cátedra y mi madre cumplió su misión.

Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el de
ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido mi
guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi madre
murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán torpe
me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á
consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba
á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran
aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer
mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus
pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.

Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes;
pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años,
hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún.
Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables
condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco
á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y
limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta
es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra
por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el
mundo.

Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta
ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el
bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me
estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del
mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el _¡dos
cuartitos escarola!_ no podría preparar mis lecciones tan bien como las
preparo hoy.



III

Voy á hablar de mi vecina.


Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi
asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores
que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya
en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de
_vecina_, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á
meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no
entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo
de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.

En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento de los
más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía de los
Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, muy conocida
en este barrio y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto
esposo era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias
alianzas con la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de
verano del 78, en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los
vecinos todos escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña
Javiera una excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna
por todos conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa
(tercero derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de
elogios, llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.

--No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso--me dijo.--¡Un hombre sin
trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa;
un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por
las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace
tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted
le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué
decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me
quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres
todos los días.

Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal
izquierda), me recibía poco menos que con palio.

--Yo no debiera abrir la boca delante de usted--me decía,--porque soy
una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar
callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como que
no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, señor
de Manso. No tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería
ridículo. ¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón,
que es mi boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua;
como que soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar
con remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo
que significan.

La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía rápidamente.
Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos vestidos de
charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de codo, el dengue
ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el picote morado, la
mantilla de rocador, las horquillas de plata, los pendientes y collares
de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que me acabara de pasmar,
mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran una riqueza. Un día
que bajé, ví que había puesto en marco y colgado en la pared de la sala
un retrato mío que publicó no sé qué periódico ilustrado. Esto me hizo
reir; y ella, congratulándose de lo que había hecho, me hizo reir más.

--He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y vengan
catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted decía
el periódico, me daba un gozo...

No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito de
chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que en
la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por
mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro,
alguno de los cuales, ardiente devoto de la carne de cerdo, me daba
bromas con mi vecina.

Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso,
ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en
que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y
sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se
puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos
bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á
una traducción del _Sistema de Bellas Artes_ de Hegel, hecha por un
amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en
ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora
fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que
se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como
cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos
están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis
ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de
la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me
había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se
me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila,
amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico
del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas,
de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de
filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien
peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en
muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engrosar
más de lo que ordena el Maestro en el capítulo de las proporciones, su
gallarda estatura, su buena conformación, y reparto de carnosidades,
huecos y bultos casi casi hacían de aquel defecto una hermosura.
Al mirarla destacándose sobre aquel fondo de librería, hallaba yo
tan gracioso el contraste, que al punto se me ocurrió añadir á mis
comentarios uno sobre la _Ironía en las Bellas Artes_.

--Estoy aquí mirando los _padrotes_--dijo, volviendo sus ojos á lo alto
de la pared.

Los _padrotes_ eran cuatro bustos comprados por mi madre en una tienda
de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo sólo al
tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián Romea.

--Esos son los maestros de todo lo que se sabe--indicó la señora,
llena de profundo respeto.--¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...!
¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto.
Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.

No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención
puesta en ella.

--Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre
como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se
me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me
aposentó en el corazón...

Al decir esto rompió á reir, añadiendo:

--Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr.
de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque
tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos al
caso... Se ha quedado usted un poco pálido; se ha quedado usted más
serio que un plato de habas.

Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se
explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural
y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque
los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia
estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de
la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara
confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión,
la cual era que me encargase de educar á su hijo.

--El chico--prosiguió ella, echándose atrás el manto,--es de la piel
de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí,
tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de
ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento.
Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos de
las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. Duerme
las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el gimnasio,
en eso que llaman... no sé cómo, el _Ascátin_, que es donde se patina
con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna rota. Me
gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de sus amiguitos
otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de aficionados,
tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar mucho pecho,
mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le toque, ya
tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades buenas y
hasta por sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto
caballero; pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo,
porque si no, mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no
puedo hacer carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención
de reñirle, de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para
no dejarme embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante
con aquella carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela...
Se me cae la baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco
que le estoy echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues
oiga usted, se me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle
en camino y hacer de él un hombre, un gran señor, un caballero, no
conviene llevarle la contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver
si me explico... Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora
un halago, después un palito, mucho ten con ten y estira y afloja,
variarle poquito á poquito las aficiones, despertarle el gusto por
otras cosas, fingirle ceder para después apretar más fuerte, aquí
te toco, aquí te dejo, ponerle un freno de seda, y si á mano viene,
buscarle distracciones que le enseñen algo, ó hacerle de modo que las
lecciones le diviertan... Si le pongo en manos de un profesorazo seco,
él se reirá del profesor. Lo que le hace falta es un maestro que, al
mismo tiempo que sea maestro, sea un buen amigo, un compañero que á la
chita callando y de sorpresa le vaya metiendo en la cabeza las buenas
ideas; que le presente la ciencia como cosa bonita y agradable; que
no sea regañón, ni pesado, sino bondadoso, un alma de Dios con mucho
pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga labia para hablar de
cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los ojos y por el corazón.

Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había comprendido
tan admirablemente el gran problema de la educación. Encantado de su
charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi aquiescencia con
expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, hábito que he
adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.

--Mi hijo--añadió la carnicera,--tiene y tendrá siempre con qué vivir.
Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de
tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser
económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar
mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo
Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que
se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que
sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después
de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa
todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero
que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas
de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen
del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese
sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el
chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien,
mi Manolo tiene por usted unas simpatías... Como se ponga á hablar
de nuestro vecino, no acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á
él, hombre, aunque no sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy
á poner á estudiar tres ó cuatro horas todos los días en casa del
amigo Manso,» y se puso más contento... Le tengo matriculado en la
Universidad; pero de cada ocho días, me falta siete á clase. Dice que
le aburren los profesores y que le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D.
Máximo, usted me le toma por su cuenta ó perdemos las amistades. En
cuanto á honorarios, usted es quien los ha de fijar... Bendito sea Dios
que le trajo á usted á poner su nido en el tercero de mi casa... Lo
digo, amigo Manso, usted ha bajado del sétimo Cielo...

Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por lo
agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía,
acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal
resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de
pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo
día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.



IV

Manolito Peña, mi discípulo.


Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo evitar)
viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos del difunto,
hombre de gran probidad muy entendido en cuerno y cerda, sagaz
negociante, castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros
llevada al delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta
años. Cuatro habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á
doña Javiera, que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por
aquellos mismos días los murmullos del barrio la suponían en relaciones
ilícitas con un tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto
de chispa y de buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado,
aunque blasonaba de ciertas habilidades mecánicas que para nada
servían, como no fuera para que él se impacientara y se aburrieran los
demás. Todo el santo día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina,
bien haciendo un palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo
una jaula tan grande y complicada, que no se acababa nunca. Era un
_retrato_ del Escorial hecho en alambre. Sabía hacer composturas y
tenía máquina de calar, con la que confeccionaba mil fruslerías de
tabla, chapa y marfil, todo enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y
jamás concluido.

Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña
de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto
comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas
provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos
hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente
aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y
sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de
melancolías, y por último, de la vanidad juvenil que en él despertaban
su hermosísima figura y agraciado rostro.

Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto
trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día
conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía;
feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace
querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad,
que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.

Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios
serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos
filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos
de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de
combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome
las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á
aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto
serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas
que parezcan.

De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi casa
la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me
parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que en
la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, se
determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de ver
las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación en
el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la brecha
del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría la
entrada la imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las
penalidades de un largo asedio.

Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no
supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros
de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos
con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba
en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer,
inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según
que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León,
San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera.
Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo
bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto.
Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los
primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de
conocimientos gramaticales.

Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo se
familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le
sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos,
de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había
para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la
poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio
unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené
no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que
se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño que
imposibilita la familiaridad. Le convencí de que no era de la familia,
de que son cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él,
sin ofensa de su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros
versos que de los ajenos.

Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que el
_Quijote_ le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien
estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas
veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del
héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame
que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos
y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las
mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en
la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el
profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas
las grandezas y las debilidades del corazón humano.

Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar á
Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en
la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era
una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y
la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de
vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico.
Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la
práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos
escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los
modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.

Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á pasear
por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á un tiempo
caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza deambulatoria,
que debiera llamarse _peripatética_, no por lo que tenga de
aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que veíamos
y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del Prado, y
allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio notaba yo
cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. Pero muy
pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las artes
plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado el de
los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al Museo;
pero no lo había visto hasta ahora.»

Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre que
no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora que
tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En la
esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, y
la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle algún
principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de arte.
En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones
materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que
podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi
pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas
se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como
quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la lluvia, de la
nieve, con un poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales.
No me gustaba mucho meterme en estas averiguaciones.

Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que me
tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre
sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter!
Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi
vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores,
dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente
interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la
sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con
insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora
de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi
madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este
censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y
paciencia.



V

¿Quién podrá pintar á doña Cándida?


Nadie, absolutamente nadie. Pero como _el intentarlo sólo es heroismo_,
voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba guardada para mí
desde que el tal cínife describió su primera curva graciosa en el aire
y halagó la humana oreja con el _do_ sobre-agudo de su trompetilla.
Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó
segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la
Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la
fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del
partido y son llamados _probos_, _activos_, _celosos_, _concienzudos_,
_inteligentes_ ó cosa tal. García Grande había sido hombre de
negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra
en los negocios gordos, un _bifronte_ de esta raza inextinguible y
fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos
fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de
buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles;
un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones
parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador
sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las
situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la
política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador
de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director
general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril
sin carriles.

En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física acusaba
dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna,
la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque
una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fué director
gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fué
todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué
gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así
como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á
la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y
particulares exige.

Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que
aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa
era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre
las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra
con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que
se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras
manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más
apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de
la edad presente.

Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días,
no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de
África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes
nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi,
de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre,
repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la
opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las que
fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle de
Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, tés,
merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida eran
tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de atosigarle
para que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto,
y conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde
que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso
adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy
arreglados.

Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida
superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa
fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar
de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía
su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de
la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la
degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas
nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas
doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver
sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra
especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando
doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía
poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo,
ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando el
alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para vender
no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver en el
caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro de Pablo
de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, cuadros,
estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para hablar de cosa
grave ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y
duques. En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía
ridícula comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras
mal arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo,
que hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con
artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza
justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando
venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada:
«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en
las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los
momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora
de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un
plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:

--Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé que
la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para tu
coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por tí
sacrifico mis intereses... una cosa atroz.

Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi buena
madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña
Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas
deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración
local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto
ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en materias de
agradecimiento alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se
le olvidase el beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas
que por ningún motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda.
Comprábale yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba
medio de llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible
fecundidad los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor
entraba diciendo:

--¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana
que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te
he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de
noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi
colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin,
tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz...
Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin falta.

Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo
festivo y de _gran mundo_, exclamando:

--¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la
reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos
bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me
parece que te lo he dicho...

--¿Qué, señora?

--Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para
tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa
de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean
conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas
más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo
pases bien.

Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí
me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la
puerta volvía, diciendo:

--¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana
que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para
tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor...
¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?

--Á mí no me hace falta nada--le decía yo.

Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero
calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad,
cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de
mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.

No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura
antigua de escaso mérito.

--Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué
enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo
explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por
la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas...
Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita
de chocha, una tostadita con _foie gras_ y á veces media copita de
Chablis.

Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa.

--Para distraerme--continuaba,--estuve anoche en el Real. Me subí
al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á
la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que
volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo
me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria;
son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San
Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.

--Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le
vendrán mal.

--No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu
buena madre que tanto me quiso.

Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que
concluía por obsequiarme con una lágrima.

--Cercana á la tumba--decía con patética voz,--parece que se enardecen
mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.

Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la
puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de
contrariedad y sorpresa, y decía:

«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el
portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y
subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes
ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»

Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me
embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi
cínife:

--Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias,
pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad
en todo, y las farsas me incomodan.

Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que
su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.

Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco
fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda
cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La
indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el
estómago la fantasía de los embustes.

Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria
había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la
época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio,
la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado
los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más
bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono
revelaban su traje y peinado, hecho de varios _crepés_ de diferentes
colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á
imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la
dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que
son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de
moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas
metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un
viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un
vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos
de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había
vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó
ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa.

Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes
del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían
agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas
que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera
estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio
siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían
el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí,
mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los
agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por
las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para
limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana.
Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con
los otros _padrotes_, sobre mi estantería. De frente no eran tan
perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos
no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente
secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el
cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La
finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y
á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas.
El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día á mi
discípulo, fué causa de que éste la diese aquel nombre romano; pero
después, confundiendo maliciosamente aquel emperador con otro, la
llamaba _Calígula_.

Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió de
sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas
veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes
se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un
papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor
de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que entra.»

Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de
setenta semanas de años ó poco menos.

El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, era
prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, conociendo
mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la negativa.
Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la postulante
alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba echando mano
á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción de la pobre
niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.



VI

Se llamaba Irene.


Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía
denotar falta de nutrición; su actitud cohibida y pudorosa, como
si le ocasionaran vivísimo disgusto las comisiones de su tía, me
inspiraban mucha lástima. Así es que además de la limosna, yo solía
tener en mi mesa algún repuesto de golosinas. Presumiendo que rara
vez tendrían satisfacción en ella los vehementes apetitos infantiles,
dábale aquellas golosinas sin hacerla esperar, y ella las cogía con
no disimulada ansia, me daba tímidamente las gracias, bajando los
ojos, y en el mismo instante empezaba á comérselas. Sospeché que
este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, era por el temor de
que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en el bolsillo, doña
Cándida querría participar de ellos. Más adelante supe que no me había
equivocado al pensar de este modo.

Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros,
cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía
entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades
de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me
asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo
que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba
que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes
trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: _catedrático_.

Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios,
su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior
á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente.
¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel feliz
desarrollo ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez!
Pero en el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y
energías embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su
penetración era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento
no superficial de las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía
contarme con gracioso lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba
en sí una chispa de ironía, algunos lances de la pobre señora, sin
faltar al respeto y amor que le tenía.

La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola mal
vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me
representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de
cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro
de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede
imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo,
de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la
fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas,
grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles
lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría
sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente
ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco
rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los
ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente;
pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello
se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron
las lágrimas.

Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía esta
nota:

  «Te ruego que proporciones á Irene una gramática.»

Y en otra ocasión:

  «Irene tiene vergüenza de pedirte un libro bonito que leer. Á mí
  mándame una novela interesante ó, si lo tienes, un tomo de causas
  célebres.»

Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero
su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden,
de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del
espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal,
que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del
sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa,
en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día
haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un
mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á
la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de
rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron.
De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco,
acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para
entretenerse.

Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de
aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni
metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una
mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó
pasaba revista á los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso
mío, cualquier librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los
grabados. Tanto respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar,
como otros niños, «¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo,
ó se quedaba con las ganas de saberlo.

El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y
¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no
trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas
de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún,
porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo
correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba,
comprándola un vestidillo.

Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida,
sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición.
Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató
como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero
afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de
la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por
no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó un
bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en esa
negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros depura
y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si estaba
contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la tristeza
que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos ojos
aquella tristeza que á veces me parecía un efecto estético, producido
por la luz y color de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos
de la expresión, por donde se nos trasparentan los misterios del mundo
moral, quizás revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos
mucho tiempo, ó quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.

Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus
visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida,
sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la
esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la
pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las
menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el
tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la
criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por
éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con
injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero
que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos
del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó
mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras,
no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo
de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho
exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los
varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una
sabia, una filósofa, en fin una _cosa atroz_...

Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé
de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo,
y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel
Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden
lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es,
tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del
saber y el relojero del tiempo.



VII

Contento estaba yo de mi discípulo.


Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban
admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La
historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis
que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo
que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la
escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta
agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de
asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario
á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre
cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo,
me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me
exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él
las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté
en esto.

Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba
sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo
tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo
expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado,
dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas
que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me
pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas,
el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia
seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de
sonoridades simpáticas.

--Vamos--le dije con entusiasmo un día.--Está visto que eres orador, y
si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.

Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en
la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de
encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar
en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le
seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia
las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando
quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito
bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía
pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me
suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque
se ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente
rechazaba su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi
primera explicación sobre la _indagación de un principio de certeza_,
había producido en su entendimiento efecto semejante al que en el
cuerpo produce la toma de un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar
sobre la _unidad real entre el ser y el conocer_, asegurándole que
cuando se acostumbrase á los ejercicios de la reflexión, hallaría en
ellos indecibles deleites; pero ni por esas. Él sostenía que cada vez
que se había puesto á reflexionar sobre esto ó sobre _la conformidad
esencial del pensamiento con lo pensado_, se le nublaba por completo
el entendimiento, y le entraba un dolor de estómago tan pícaro, que
suspendía las reflexiones y cerraba maquinalmente el libro.

¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito Peña!
Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me
hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho
habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que
pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención
en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de
curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y
de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo.
Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su
aversión á lo que él llamaba la _teología sin Dios_. Ya por entonces
gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y
epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero
esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto
en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo,
poseyendo aquella cualidad, remataba y como que ponía la veleta al
gallardo edificio de sus aptitudes. Observando éstas, viendo lo que
á Manuel faltaba, y lo que en grado tan excelso tenía, me preguntaba
yo: «Este muchacho, ¿qué va á ser? ¿Será un hombre ligero ó el más
sólido de los hombres? ¿Tendremos en él una de tantas eminencias sin
principios, ó la personificación del espíritu práctico y positivo?»
Aturdido yo, no sabía qué contestarme.

Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he visto
semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas simpatías
á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil expresión, su
oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente y dominadora que
le abría las puertas de todos los corazones. Sabía ponerse al nivel
intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno el lenguaje que
le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él era su excelente
corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más lejos de lo que los
buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve empeño en regularizar
sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, marcándole juiciosos
límites y reglas. También trabajé en corregirle el pernicioso hábito
de gastar dinero tontamente, empleándolo en fruslerías tan pronto
adquiridas como olvidadas. Imposible me fué quitarle el vicio de
fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra la maldita maña
suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales tenía lleno el
bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las ganas de comer; y lo
peor era que durante la lección me engolosinaba á mí; y tal imperio
tiene la costumbre y de tal manera se apodera de nuestros flacos
sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio
mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi
casi me mortificó aquella falta.

Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la conducta
de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de su gratitud
venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de jamones,
morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero tan
grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones
impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media
tienda, siempre salía ganando.

Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle mucho
en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los buenos
modales y un principio por sí de buena educación. Como el muchacho era
rico y había de representar en el mundo un papel muy airoso, debía
prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el aspecto,
la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que da al
caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte, vigor
y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas veces,
con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente torera, para
ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la dehesa en que
están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias tuvimos sobre
esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que debe dejarse
á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece, y que además es
locura prescindir del medio ambiente y del influjo local, transigía,
dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á
mi discípulo de aquella pueril vanidad.

Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito tendría
que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar en
ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión! Es
evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros
profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha
salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle,
siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes
personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos,
y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio,
sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto
aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado
más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos,
donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación
en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza
política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados
Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y
utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo.
La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación
y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del
coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de
fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho
odiosa con apelaciones á la fuerza, carece de prestigio, la libertad
de pensamiento toma un vuelo extraordinario, y las energías fatales de
la época, riqueza y talento, extienden su inmenso imperio.

Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al
punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que
toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico,
digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque
solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de
lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza;
pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y
visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que
en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un
pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de
estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras
que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo
establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan
guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado
entre sus compañeros de la Universidad: el _hijo de la carnicera_.

Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y
temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y
de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del
empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera
también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era
de honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de
inmejorables condiciones morales, y en jerarquía superaba á Manuel,
pues si bien los Vendesol habían sido carniceros, la tienda se cerró
treinta años há, y luego fueron tratantes en ganado, contratistas de
abastos en grande escala. Doña Javiera veía con gusto la inclinación de
su hijo, y con su buen humor me decía:

--Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene
_parné_, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos.

Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo que la
edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún propia
para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para
casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un
asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que
doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje
de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés
descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero
cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica,
honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un
pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla
auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de
nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse
á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por
Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto
final al comercio de carne.

Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando tiempo
y atención al estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones,
y aunque no se habían enfriado la delicada afición y el respeto que
me tenía, nuestra comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras
conferencias más breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de
diversas cosas, y mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes
generales, él no gustaba sino de los hechos y de las particularidades,
prefiriendo siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á
veces con calor, y decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no
paseábamos juntos. Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba
solo y á pié. Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches,
porque él iba al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol.

Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la suspensión
de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía dar por
finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya podía
aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así lo
manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena
señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba
ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros
días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle
el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á
una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada.
Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus
proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja
costumbre, al dinero _parné_, al figurar _darse pisto_. Ya más de una
vez su hijo había intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las
buenas vías académicas en materia de lenguaje.

Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me las daba
á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda y limpiarse
para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo manifestó palabra
por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros decía que si
la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría para lavarse
las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth para limpiarse
las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de legitimar sus
relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase en sociedad y
le diera visos de persona respetable, como por ejemplo, una crucecilla
de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un empleo ó
comisión de estas que llaman honoríficas.

Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió
doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera
se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba
del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se
despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad;
la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba
delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio,
Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños
de Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de
naranjo agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba
las aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de sus viajes, de sus
relaciones, de duques y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan
bien, concluía por suponerla digna de figurar en el _Almanaque Gotha_.

Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la
vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me
declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las
rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador
tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los
considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo
en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante,
lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro
de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja
suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no
sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado
mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus
aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación
y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de
la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.

Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar
por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida
delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no
iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á
un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la
criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero
aseadísimo, revelando en todo la virtud del arreglo, que sin duda no
le había enseñado su tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo
de la pobreza, llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento
fué saludarla; mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo
como que no me veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera.
Respetando yo esta esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la
esquina de la calle del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre
pálido y expresivo de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que
en la explicación de aquel día, que era la _Relación recíproca entre la
conciencia moral y la voluntad_.



VIII

¡Ay mísero de mí!


¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los
desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y
método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos,
someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad
placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano;
arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y
tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os
desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta,
desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos
arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro _yo_ y de sus
felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de _uno mismo_, ó
lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras
horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones,
aunque salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y
radical cambio que sobrevino en mis costumbres.

Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los veintidos
años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su
propósito de regresar á España trayendo toda la familia. En América
había estado veinte años probando distintas industrias y menesteres,
pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la
insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma,
infame aliada de la suerte.

Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos
representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á
la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero
y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La
educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos
y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de
satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal
resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto,
cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que
yo temía.

Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á trastornar
mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se amargaba
con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres.
Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación
del Norte á José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus
tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce
años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en
grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro
butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula,
un sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.

Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este
escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó
desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande
y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como
en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo,
pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle
lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con
cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los
tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado
como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá,
con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del
sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los
cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas.
Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido
verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas
representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos
risueños países, el encanto de sus bosques poblados de lindísimos
pajarracos y de insectos vestidos con todos los colores del iris.

José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme de
nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes de
llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro
de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria,
nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado
con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar
mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin
encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que
rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á
la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se
necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras
en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los
hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo
me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior
y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de
alfombrado y carruajes.

Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se empleó
en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de
aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á
todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos,
y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse las
tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque todo
les parecía poco para el gran frío que esperaban y para defenderse de
las pulmonías. Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el
pequeñuelo, no parecían los mismos.

Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis
conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio
de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas
y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así
trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los
precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las
tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y
chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego
trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en
moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel
timbrado, los _bibelots_, los abanicos, las flores contrahechas, los
estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y
porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto
algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También
daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían
siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía
de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites
con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como
se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los
antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse,
ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y á cada
ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado,
me apetece pescado frito, me apetece merengue.» Las campanillas de
las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres
diablitos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y
bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las
tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras,
con los mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale
á los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si
hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se
acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban
tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran.
Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni
dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta
incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo.

En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza
destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata
Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle;
jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran
algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble.
Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras,
hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos
con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les
habían hecho para salir á paseo.

Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la
mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver
pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara
alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era
preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le
traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan
desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito
me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo
á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el
corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos
inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?»
decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta
que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me
apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí
los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios
de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho
fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un
tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel
día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en
caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me
hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.

Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual
era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en
el muelle de la Habana.

Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre
lo que ésta había de comer.

--Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.

--¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.

--Niña, toma carne y vino.

--¡Qué chinchoso!... Quiero melón.

En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano),
que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas
críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar
una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el
moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen
la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en
la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto.
Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada
junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba.
Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El
chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa,
y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con
atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y
los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al
delicado temperamento y al crítico estado de Lica.

--Chinita, toma vino.

--¿Vino? ¡qué asco!

--Mujer, no bebas tanta agua.

--¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.

--Carne, mujer, toma carne.

Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:

--Papá _mapiango_.

--Niño, si te cojo...

--Papá cochino...

--Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá.

--Me apetece garbanzo.

--¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la
mesa con el mango del cuchillo.

Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la
blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y
daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la
fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía
la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á
la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y
en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía
encomendarme para que se serenara mi espíritu.

Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que
probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los
postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más
negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro
brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y
contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.

Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas,
porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía
su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á
cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como
un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi
hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora
de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado
de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis
tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón
que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.



IX

Mi hermano quiere consagrarse al país.


Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día
se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica
estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la
niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos
que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y
frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella,
y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas
viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo
mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su
dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á
seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la
jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le
quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los
perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro
tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción
era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el
ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y
el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle
por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni
para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el
camino las sobras que ella le daba.

En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando
asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y
tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba
de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y
se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado,
y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban
á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes
viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre
diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta
fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los
asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más
embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No
era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de
hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos
los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que
hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo,
y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se
desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se
le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio,
eran dignas de ser comunicadas al país.

Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al
sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un
país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas
nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya
realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras
de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa
de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo
cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil
engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa
y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y
teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la
tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco
de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas
del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción
de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema,
y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso
de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando
de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme
indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era
y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico
conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo,
en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las
contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos
escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y
agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.

Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano
bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna
_metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del
cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan
remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha
seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á
cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus
doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido
análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le
aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos,
y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has
acertado.»

Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente
natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación,
mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las
notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á
las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en
comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas
prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando
había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden
perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las
rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron
un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra
cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones
de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de
Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y
el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener
un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños,
excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección
de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á
poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer,
ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la
incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su
marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de
tiempo me busques una institutriz.»



X

Al punto me acordé de Irene.


La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición
para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo
de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á
doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que
mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida
y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente
epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la
ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas
muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí,
diciendo á gritos:

--Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué
piensas? Tú estás en Babia.

Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto
admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart
y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas!
Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible
distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña
Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la
casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra.
La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba
un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me
dijo:

--¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.

No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario
Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando
caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había
atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto
juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al
ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante
de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante,
amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía
de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella
ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con
cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues
hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de
ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas
combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y
como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba
un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de
esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil
romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido
que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo
de la Unión Liberal.

Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos
hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con
frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir
que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con
Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las
cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que
nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera
visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos
cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías,
y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo
un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella
improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes
las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades.
Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber
salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba
mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que
creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato
colegio de la calle de San Mateo.

Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus
primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si
parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como
si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba
de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su
númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora
para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus
intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores,
no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la
duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya,
digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último,
en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en
el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento
y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de
Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa
opinión de la de García Grande.

--¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar
nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el
doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No,
no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo;
no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan
buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...

Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que
estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le
conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se
rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en
tal estado!...»

Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella,
rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones
diciéndome con su lánguida expresión:

--No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña
Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por
los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas
cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme
con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta
tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin,
lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada
del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me
hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas
sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron
las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no
desairarme.

Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal;
ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás
medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con
tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada
de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía
la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal
espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar
su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las
grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.

En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral
de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un
holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los
alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne
que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio
sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura,
recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en
tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á
su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba
contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la
calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al
chupador vampiro.



XI

¿Cómo pintar mi confusión?


¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la
que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme
de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado
casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y
matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada
marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de
los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de
comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?...
Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el
recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea,
su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las
reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún
tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia
entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar
indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á
mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito
hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de
tan antipática vestimenta.

Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones
con todas las personas notables y todas las familias distinguidas
que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica
no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias
cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la
superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad,
su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de
requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes
poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas
punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían
cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no
se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello.
Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos
para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva
vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su
inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la
permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no
eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y
no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi
hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba
entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las
delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.

José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste
de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible
catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad
que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña,
que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero
¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias
de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen
por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso,
el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos
que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le
igualara?

Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero
aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse
afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_,
quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese
haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran
de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le
agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque
para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No
seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en
su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo
el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la
manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al
poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los
de tres por un cuarto...



XII

¡Pero qué poeta!


Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado,
favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años,
desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez
palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas
por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían
las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello
estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si
manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano
de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea
pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado
con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban
mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero
empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía
creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay
hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba
en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para
que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los
honores, redactaba sus tarjetas así:


  Francisco de Paula de la Costa
  y Sainz del Bardal

  JEFE DEL GABINETE PARTICULAR

  DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE BENEFICENCIA Y SANIDAD


Luego venían las señas: _Aguardiente_, 1.

Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él
la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha
orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, le
parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba un
día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre de
aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso entero.

Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de estos
afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos
y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado
repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas
son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea
que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para
resolver diviesos. Hace _pequeños poemas_, fabrica poemas grandes,
recorta _suspirillos germánicos_ y todo lo demás que cae debajo del
fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas;
cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño
alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades
huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la
melancolía, ó sonetos emolientes seguidos de metro y medio de firma.
Trae sofocados á los directores de Ilustraciones para que inserten sus
versos, y se los insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más
que el autor, que es el público de sí mismo.

Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó dolor
de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones de mi
hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le traían en
palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. Excuso
decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de Paula de
la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había compuesto
y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y nocturnos
en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, sinsontes,
cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.

Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. Cuando
este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras se
quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro de tal
magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era el oráculo
de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su opinión sobre
lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el arreglo de
la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en torno de
él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en el
célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial y
encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus
palabras salían revestidas de autoridad sibilina. Obligado por las
exigencias sociales, yo no tenía más remedio que poner atención á sus
huecos párrafos, que resonaban en mi espíritu con rumor semejante al
de un cascarón de huevo vacío cuando se cae al suelo y se aplasta
por sí solo. La cortesía me obligaba á oirle; pero en mi corazón le
despreciaba como despreciamos esa artimaña de feria que llaman _la
cabeza parlante_. Él no debía de tenerme gran estima; pero como hombre
de mundo, afectaba respeto á los estudios serios que eran mi tarea
constante. Así, siempre que venía rodando á la conversación algún grave
tema, decía con cierta benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al
amigo Manso...»

Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen en
Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, también
diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que saben
intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza de
todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una
determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo
de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores.
Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido
en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y
respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor
de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes
párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante,
yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba,
¡extraña cosa! con los suyos. De esta clase de gentes está lleno
Madrid: son su flor y su escoria, porque al mismo tiempo le alegran y
le pudren. No busquemos nunca la compañía de estos hombres más que para
un rato de solaz; estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen
notorio poder de contagio, y es fácil que el observador demasiado
atento se encuentre manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo
piense.

Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en
día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí _reinaba el
buen tono_, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió
con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me
pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué el
conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con una
cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría en ir
también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de Fúcar.

Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la historia,
es que en las tertulias de Manso nació una de las más ilustres
asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más dignifican
á la humanidad. Me refiero á esa _Sociedad general para socorro de los
inválidos de la industria_, que hoy parece tiene vida robusta y presta
eficaces servicios á los obreros que se inutilizan por enfermedad ó
cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la idea, pero ello es
que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se constituyó la junta de
gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón Pez, que tocante á la
estadística, á la administración, á la beneficencia, era un verdadero
coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados llenos de
números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado presidente.
Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, y Sainz
del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á sí mismo
secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar los poetas
en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que soldado
raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me nombraran
consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la negra
suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora la
ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas
absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel
dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por
nombre _el tífus_, y huía de él como de un foco de intoxicación.

Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia
y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos
se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de
carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos
tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de
Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía
estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo,
apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se
burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el
mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió en llamar á mi discípulo
_Peñita_, diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que
quieran, siempre lleva en sí algo de desdén.

José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había dicho
en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas y de
organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del partido.

--¿Qué te parece el partido?--me preguntaba con frecuencia.

Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha
se había visto. Á lo que él decía:--«Yo quisiera que se organizase
á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es
verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa
y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»

Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese adelante
en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la
asombrosa variedad de las manías humanas.

Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus hijos,
me decía:

--Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á ver
qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.

Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta de
ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones
y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y
sobriedad me agradaban en extremo.



XIII

Siempre era pálida.


Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada
de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos,
admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer
orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me
agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una
vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido
profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella
superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna
parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz,
donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo,
aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente,
todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la
serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos
modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus
principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se
ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el
lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era
correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que
triunfarían de la crítica más rebuscona.

Desde mis primeras visitas de inspección, sorprendióme el sensato
juicio de la maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas
de esta vida, y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su
aplomo declaraba una naturaleza superior compuesta de maravillosos
equilibrios. Parecía una mujer del Norte, nacida y criada lejos de
nuestro enervante clima y de este dañino ambiente moral.

Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación que
Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta el
día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas
horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus
vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado
de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro
y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á
esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección?
Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la
admiración que despertó en mí.

Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, que aunque
de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, voluntariosos,
díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. ¿Cómo llegó á
domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo milagros, con
su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. Los pequeños,
jamás castigados por ella corporalmente, la querían con delirio. La
persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales de aquella
alma privilegiada.

Un día que hablábamos de varias cosas, concluida la lección, traje á
la memoria los tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla
aún garabateando en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues
aunque no hice mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este
recuerdo fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al
punto la conversación.

Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía
resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación
postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la
pobre niña, mal calzada y peor vestida.

Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario.
Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón,
y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras.
¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de
la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus
palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias
y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer
razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me
encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario
por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de
piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel
tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva
á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica
su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general
maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos
varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y
haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso
movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra)
como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á
los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y...



XIV

¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?


¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato
de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que
disfruto en este momento.

--Esta joven es un tesoro--dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy
contentos con los progresos de las niñas.

En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo
cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por
la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes,
unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba
(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con
orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude
observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía
la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la
que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos
de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía
con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que
por lo que no ignoraba.

Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas
generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción
que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y
apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando
antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese
en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al
mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que
viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo
deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.

Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo
encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No
le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa
chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni
gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas
artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes
de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y
cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman _home_. Sabía poner á
raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el
sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son.

Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas de
doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto debió
de sufrir la pobre joven en compañía de persona tan contraria á su
natural recto y á sus gustos delicados. Confianza tras confianza, fué
contándome poco á poco, en sucesivos paseos y sesiones interesantes,
cosas de su infancia y pormenores mil, que así revelaban su talento
como su exquisita sensibilidad.

Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el 15
de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos
por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia,
se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba
asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su
liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las
manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento,
no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una
reunión magna de la _Sociedad para socorros de los inválidos de la
industria_, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones,
las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto
y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de
aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué
felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase
á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo
rayos de beneficencia por todas partes!

Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre y
para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica.
Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño
una ternura idolátrica, cuya última nota era quedarse á comer. La
admiración tácita de Calígula por el cocinero de la casa, si discreta,
no era nada platónica.

Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de Martín
está tan cerca y daban _El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación
de los Inocentes_, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, yo y la
familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó hasta la
escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se
volvió adentro porque se sentía muy _fluxionada_. Yo estaba alegre
aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas
edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una
recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana.
Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta
gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las
cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como
aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos
y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel contínuo mover de caras
producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces
rojizas del gas daban á aquel recinto, donde hervían tanto ardiente
apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué
graciosa similitud con calderas infernales ó con un infiernito de juego
y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval.

Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se
alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El
pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían,
y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba
más que á abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles
cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía
que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un angel, armado de
lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y
darle media docena de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó
mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del
teatro salían.

Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos
admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en
indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento
de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto
en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un
mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San
José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes
y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al
tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era
una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que
se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente,
no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los
indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella
farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano
de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se
permitía atroces libertades de lenguaje á propósito de la mansedumbre
de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben
permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos
religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.

Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su convencionalismo,
de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, porque no me
ocurría la manera de introducir en la conversación otros temas más
en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba fórmulas de
transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el calor, el
bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego sainetón
ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal y
desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos
comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma
belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en
mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.

Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia.
Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente
su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una
cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos.
Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto
á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna,
más humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora
recibía una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres,
abuelos y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres,
guardamangieres ó no sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia
familia era una idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la
tía de Irene perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de
pena, y al poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras
de doña Cándida.

Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario,
y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente
manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se
asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á
molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un
ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro
de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene
conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo
un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.

Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de
qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de
tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra
vez el telón, vimos el monte, la cascada _de agua natural_ que caía
de lo alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el
rebaño vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel
momento parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo
suscitaban los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista,
consideraba la índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del
Nuevo Testamento, y luego, mientras se presentaba á los admirados
ojos de la chiquillería, de las criadas y nodrizas el bonito cuadro
del Portal, dejóse ir mi mente á un orden de juicios que no eran
totalmente distintos de los anteriores. Viendo en caricatura los hechos
más sagrados y puesto en farsa lo que la religión llama misterio para
hacerlo más respetable, se despertó en mí un prurito de crítica que, á
mi parecer, no dejaba de relacionarse con el pícaro dolor de cabeza,
pues parecía que éste lo estimulaba, dando á mi criterio pesimista
la agudeza de aquel filo que me cortaba el cráneo. Y lo más raro era
que mi crítica implacable se cebaba en aquello que más admiraban mis
ojos y que traía á mi espíritu tan risueñas esperanzas. Sin duda aquel
feo demonio que tanto había asustado á Pepito se metió en mí, porque
yo no cesaba de contemplar á Irene, no para saciarme en la vista de
sus perfecciones, sino para buscarle defectos y encontrárselos en
gran número, que esto era lo más grave. Su nariz me parecía de una
incorrección escandalosa, sus cejas demasiado ténues no permitían que
luciera bastante la proyección melancólica de sus ojos. ¿No era su boca
quizás, ó sin quizás, más grande de lo conveniente? Luego dejaba correr
mi despiadada regla por el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual
parte hacía el vestido demasiados pliegues, que el corsé no acusaba
perfiles estéticos, que la cintura se doblaba más de lo regular, y al
mismo tiempo, ni había en su traje el esmerado corte que, á mi juicio,
debía tener, y sus guantes tenían una roturilla, y sus orejas estaban
demasiado rojas, no sé si por el calor, y su sombrero era muy grande, y
sus cabellos... Pero ¿á qué seguir? Mi cruel observación no perdonaba
nada, iba á rebuscar los defectos hasta á las regiones menos visibles,
y al hallarlos, cierta complacencia impía parece que daba descanso á
mi espíritu y alivio á mi dolor de cabeza... ¡Tontería grande aquel
trabajo mío, y cómo me reí de él más tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá
que á tal análisis resista! Pero es una desdicha conocer el amargo
placer de la crítica y ser llevado por impulsos de la mente á deshojar
la misma flor que admiramos. Vale más ser niño y mirar con loco asombro
las imperfecciones de un rudo juguete, ó sentar plaza para siempre en
la infantería del vulgo. Esto me lleva á sospechar si el ideal estético
será puro convencionalismo, nacido de la finitud ó determinación
individual, y si tendrán razón los tontos al reirse de nosotros, ó lo
que es lo mismo, si los tontos serán en definitiva los discretos.

--¡Pobrecito Máximo!--me dijo de improviso Irene, en el momento que
caía el telón.--¿No se alivia esa cabeza?

Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que
me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan
acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.

--Me duele mucho... El calor... el ruido...

En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.

--Pues vámonos--dijo Irene.

Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero
Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy
afligida: «Si falta la degollación...»

Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.

--Le pondré á usted paños de agua sedativa--me dijo la profesora al
atravesar la calle de Santa Agueda.

¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente
ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los
santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los
que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas.

--El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco.

--¿Se va usted á su casa?

--No; me echaré en el sofá del despacho de José María.

Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una
taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene,
pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi
casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:

--Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un
rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá
usted que duerme? Está leyendo acostada.

Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto!
¿Qué leería?



XV

¿Qué leería?


Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé
en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me
dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí
no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de
idealidad.

Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando
explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de
ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión
de lo que leía Irene.

Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fuí á
almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme agradable
aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí,
por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres.
Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al
medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y
no nuestra hechura.

Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues
en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la
distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de
las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San
Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas
del _Año Cristiano_. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve
balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y
eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista
que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía
con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno
y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba
entonces á todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy
viene á formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos
días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.

El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas,
besándome la mano y llamándome _Taita_. Aquel día me dijo:

--Mi ama Lica se ha levantado hoy.

Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de
amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón,
cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo
poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y
preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la
nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes
como la _Novísima Recopilación_. Ella había buscado el ama y la había
vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo
lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el
régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de
cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas,
fajas y abrigos para mi tierno ahijado.

«Tiene toda la cara de tu madre--me decía,--y este se me figura que va
á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este angel?»

Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es
característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto
avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando
pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.

Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se le
ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños,
ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y
riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín
bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba
ella: «¡Ama, la teta, la teta!»

Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado,
ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como
si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se
expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi
cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia
y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña
Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con
dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar
como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando
ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:

--No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que ha
sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan
bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la
esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha
visto usted? No dice esta boca es mía.

Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada
manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:

--¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy
mona.

Y Lica me dijo, como siempre:

--Máximo, cuéntame cosas.

--¿Qué cosas ha de contar este sosón?--zumbó mi cínife con humor
picaresco.--Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.

Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros,
actualidades y de las noticias de Cuba.

La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el
pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la
última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á
ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada
tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias
de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no
veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien
cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando
armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los
actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las
rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas
hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les
veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó
en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas,
cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y
la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste
dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser
cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes
se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de
azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un
sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota;
el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un
florerito de porcelana.

El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y
al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida
se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la
chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez
se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado
también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle
á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa
parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes,
pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora
soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma
humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes
de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca
datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos.

--Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María.
No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz
del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de
almorzar.

En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de
Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya
cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo.

--Ya sabes--me dijo mi hermano,--que creo tener segura mi elección
en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro
se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he
de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de
Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy
verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse
usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.

Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la
política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una
copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.

--Ese Cimarra--manifestó en su respiro,--es hombre verdaderamente
notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme
en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente
activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las
dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos
de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien
podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de
Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres
verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito
corto.

Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico,
que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta,
para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad
filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictámen una de las
comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular,
y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de
un problema muy importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad
fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado
de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no
variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no
hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre...

El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le corté
la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al
despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario
de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras
fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades
que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y
retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política.
¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un
partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los _Mansistas_.
Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al
través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.

--Todo me lo dan hecho--decía,--yo no me muevo, yo no pido nada. Pero
se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente
agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no
me deja á sol ni sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero
estar metido en mi casa, y no me dejan.

Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación
política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los
ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren
salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus
intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes
hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano
el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos
de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado
todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «_Estamos á ver
venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va;
lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á
dar_», etcétera. Llamaba _cogida_ á los fracasos parlamentarios de
un orador, y _enchiquerado_ al ministro que estaba bajo la amenaza
de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en
la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le
escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única
muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «_Las
cosas caen del lado á que se inclinan._»

En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un nuevo
orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á quejarse
de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía
convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las dos de la
noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa,
y exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al
aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre
Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que
sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas
las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea.
Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de
su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no
llamaba _túnico_ al vestido, ni á las enaguas _sayuelas_, ni al polisón
_bullerengue_. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción
castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino
Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba
Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era
refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña
Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de
Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.

Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de
demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de
que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería
la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos
heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores
que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero
de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la
curiosidad, pregunté:

--¿Pero es cierto que vas á titularte?

--Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me
fastidian...--repuso con turbación.--Es empeño de ellos, yo me resisto.
Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es
verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería
verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el
tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso
correo de Cuba.

Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano
de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de
todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa;
pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice
de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno
infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus
vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de
fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas,
producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona
el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar
la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la
célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso
del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas
monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio
legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre
una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta
sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva
con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos
Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad,
llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los
ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos
y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos
y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que
lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un
paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la
historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos,
azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y
traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de
próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y
como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el
universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.»

       *       *       *       *       *

Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde
que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté:



XVI

¿Qué leía usted anoche?


Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué
responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á
su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo
favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al
punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento,
si algo mío leía, había de ser ó la _Memoria sobre la psicogénesis y
la neurosis_, ó los _Comentarios á Du Bois-Raymond_, ó la _Traducción
de Wundt_, ó quizás los artículos refutando el _Transformismo_ y las
locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar
una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi
amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía
estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.»

Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis
novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi
encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían
allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un
gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la
existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera
quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran
muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes
con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca
y de los ojos.

La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y
al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella
á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad
marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de
la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu
de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer
cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.--La estancia
aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble
con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde
las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de
gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas
nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo
recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi
cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al
precio de las demás gangas que á la casa llevaba.

--Vamos á ver, Isabel,--decía Irene,--los verbos irregulares.

La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para
aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea
escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo
con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia
Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus
hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun
para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas
les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas,
partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad,
solía dormitar _aliquando_, como el buen Homero.

Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa,
al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito,
á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera
callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento
venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas.
Irene descansaba, y cogiendo el encaje de _frivolité_, se ponía á hacer
nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos.
Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita
laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus
múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía
á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»

De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia
Irene y decirle:

--¿Está usted contenta con esta vida?

Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué
negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato?
Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero
sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto
triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.

--Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo,
¿qué más puedo desear por ahora?

--Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no
pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere.
Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores
que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo?
¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un
abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando
tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...

Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me
había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si
ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas
y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones
quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu,
y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y
como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de
exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento,
estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los
mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso
estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un
elogio.

--Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.

Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas
sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo
era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado
con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!...
No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza
habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca.
Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante,
decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi
parecer, comprendió perfectamente--Nuevos elogios de Irene, dirigidos
en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio.
«Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio
de ambos.

La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella
tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no
precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un
largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo
que pisaba.

«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho
me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro
camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que
empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no
equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de
impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco
bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis
ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino
aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo,
que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones
morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte
y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la
mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia,
sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi
organización intelectual y estética.»

Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y
muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La
digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un
chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente
nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y
nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de
que ella y los niños se constipasen.

--Por mí no tema usted--me dijo Irene.--Jamás he estado mala. Yo tengo
una salud... tremenda.

¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella
criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos
en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella
escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la
crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería
entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de
la maternidad y del siglo.

--Cuídese usted, cuídese usted--le dije con afán previsor,--para que su
hermosa salud no se altere nunca.

Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan
malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía
también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando
fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el
rostro de Irene alegría muy viva.

--¡Qué caro se vende usted!--me dijo poniéndose más pálida.

--Me parece--repliqué yo,--que hace dos siglos que no nos vemos.
¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin
embargo, le dije á usted estas y estas cosas.

--Es usted... tremendo.

--No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de
tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?

--No, no, nada--respondió con precipitación y un poco de sobresalto.

--Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género
de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.

--Ya se ve que no--dijo con vehemencia.

--Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me
oculte nada... Esta vida...

--Es tremenda.

--Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser
de otra manera.

--Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes?

--¿Y cuidando chiquillos...?

--¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?

Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan
desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de
la excomunión mayor.

--Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente,
demasiado bella para vivir asalariada.

Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había
interpretado sus sentimientos.

--Esto se acabará. Irene. Yo respondo...

--Si no fuera por usted, Máximo--me dijo con expresión de la más
generosa amistad,--ya habría salido de aquí.

--Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?

--No... es decir... pero no, no--murmuró contradiciéndose cuatro veces
en seis palabras.

--Algo hay...

--No, no, digo á usted que no.

--Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted
conmigo la confianza que merezco...?

--Sí la tengo, la tendré--replicó animándose.--Usted es mi único amigo,
mi protector... Usted...

¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba
en su boca.

--Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...

--Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas
cosas... tremendas...

--¡Tremendas!

No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para
todo.

--Y yo le juro á usted--añadió cruzando las manos y poniéndose
bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...--Yo juro que
no haré sino lo que usted me mande.

--Pues...

El corazón se me salía con aquel _pues_... No sé hasta donde habría
llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.

--Máximo--dijo sin entrar,--llégate aquí, chinito...

Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. ¡Pobre
Lica, cómo me contrarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene
aquella tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y
la oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra,
sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento
hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.



XVII

La llevaba conmigo.


Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada milagrosamente
en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con espíritu; y
esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando fuí á la
reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como inspiración
chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo que de los
poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al delirio que le
entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y placentero, como
proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se trasfiguraban á mis
ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las ventas castillos.
Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba atrás á Catón,
el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la estadística,
un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la mujer más
aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había pisado
alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones morbosas
me condujo mi loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis
labios frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que
me ocuparía de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le
puso como fuera de sí, y rodando la conversación de personalidad en
personalidad, afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á
todos los padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los
ojos y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había
en mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que
más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para
restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal
á propósito de los inmensos progresos de la _Sociedad de inválidos
de la industria_. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario
una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los
trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección
del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á
otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable que
pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. Todo
marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes de los
caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de pronto,
se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos á imprimir
los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las turbulentas
sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de elocuencia se
perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la oratoria. Los
autores del voto particular y la mayoría de la comisión no habían
logrado ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del
paso, se había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos
de la de propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema
de nuevo. Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía
hacerse era abrir un certámen poético, para premiar la mejor _oda al
trabajo_. El primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de
quinientos ejemplares; el _accesit_ en girasol de plata é impresión
de doscientos. Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes
funestos, y en efecto, me nombraron presidente del jurado. También
se pensaba en gran rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y
resonante velada, ó quizás _matinée_, en la cual, después de leida
por Bardal la memoria de los trabajos de la sociedad, habría música,
discursos y lectura de versos, que son la sal de estos festejos
filantrópicos.

Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una vuelta
por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y una
simpática voz que me dijo:

--Hola, maestro... Le ví á usted con _el tífus_, y no quise acercarme.

--¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré
convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una debilidad...

--Esa es la _febris carnis_... Yo no me rindo á Sainz del Bardal.
Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me
habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo
necio.

--Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?

--Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. _Achantémonos_ en ese
gabinete.

--¿Qué me cuentas?

--Nada de particular.

--¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?

--¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable.
Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba
de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si
en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor
genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por
celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta
pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca
impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación
la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice _pedrominio_, y tiene un
cariño á las haches...

--Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á
una de las de Pez?

--Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas,
principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas,
es decir, tienen un barniz...

--Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero
se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son,
realmente, más que muñecas, de las que dicen _papá_ y _mamá_.

--Pero éstas no dicen _papá_ y _mamá_, sino _marido_, _marido_. La
mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas...
Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si
decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo
de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica.
Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y
amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que
si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.

--Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.

--Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña.
Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una
tabla de la Edad Media...

--Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las
pretensiones más enfáticas...

--¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?

--Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención.

--Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los
cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.

--Madrid es un valle de problemas.

--Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las
de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé
yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case
con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con
las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con
Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los
arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde
encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto
está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud
masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la
tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los
cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La
frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan
á la doncella de estos países latinos para la constitución de las
familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia,
la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo
atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la
patria potestad en la mujer...?

--Lo femenino eterno--dije yo gravemente,--tiene leyes que no puede
dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en
hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.

--¡Aislados!

--Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en
el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir
unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la
ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo
que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.

Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la
solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:

--Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te
tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal.
Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la
Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede
ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo,
el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios
variedad, adios unidad suprema...

--No digo que no...

Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el
bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.

--¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas
rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á
echar un pitillo. ¿Viene usted?

No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se
había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y
el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el
género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.

El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se
había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la
elección de José María.



XVIII

«Verdaderamente, señores...»


Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental que
padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:

--Verdaderamente...

Pudo al fin formular un premioso discursejo, cuyas cláusulas iban
saliendo á golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se
hubiese atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas,
como: «Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se
puede servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores
se empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto
es para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto
á defender los sagrados intereses...»

Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba
extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y
periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía
un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran
los de la _democracia rampante_, partido tan joven como inquieto, al
cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo
que fuera transacción.

El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña con
acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es lo
_verdaderamente inglés_. Lo de _la sucesiva serie de transacciones_ no
se le cae de la boca: es su _Padre Nuestro_ político, y así, todo lo
transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No
existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con
un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo
y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la
república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad.
Toda idea pura es para él _una verdadera exageración_, y corta las
cuestiones diciendo: _basta de exclusivismos_. Para él no conviene que
haya exclusivismos en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda
idea, toda teoría artística ó moral debe ceder una parte de sus regios
dominios á la teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si
este fenómeno no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús
y los Santos Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber
intentado un arreglito con la herejía.

Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé
del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y
políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña
Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija
en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien
contaba cuentos.

--No me quiero acostar--me dijo,--porque el _sambeque_ del salón y
esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa
parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á
usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té,
los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido
ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto;
si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche,
si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una
peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella no
sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy _chiqueada_. Pero
José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no piensa
más que en sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién
sabe, si en otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...

Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:

--Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de Madrid...
Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser diputado y
ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres las de esta
tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. Yo les diría
si las viera: «Grandísimas _sinvergüenzas_, ¿para qué engatusais á un
padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan bueno?...» Porque José
María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, de algún tiempo acá, no
le conocemos.

Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, tratando
de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres está más
en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como señales de
pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me ocurrió.

--Yo--dijo ella, bajando más la voz,--no me meto en nada. Allá se
entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no
tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras
allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos
hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?

Miraba á todos los lados de la pieza.

--¿Pero no se ha recogido aún?--pregunté.--Esto es contrario á sus
costumbres.

--Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al
corredor á ver un poquitico de la sala.

Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y
estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y
algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.

--Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?

--Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que
deslumbra...

--Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.

--Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es
preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos.

--¡Oh! es justo--dije pensando en lo mucho que luciría Irene si
penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor
que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.--Pero es
cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna,
estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos
y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida
doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y
felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.

--¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice
las cosas!--exclamó doña Jesusa.

Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos
movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.

--Máximo--dijo de súbito la señora,--¿por qué no se casa usted? ¿Á
cuándo espera, niño?

--Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...

--En veremos se le pasa á usted la vida.

Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y
las niñas?»

--Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han
querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta,
pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han
dormido.

--¿Y usted no tiene sueno?

--Ni chispa.

--Pero es muy tarde.

--Me voy á mi cuarto.

--¿Va usted á leer?--dije siguiéndola y llevándole la luz.

--Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...

--¿Mañana, qué?

--Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...

--Hablaremos de aquello...--repetí sintiendo en mi pensamiento el
estímulo que los novelistas llaman _un mundo de ideas_, y en mis labios
cosquilleo de palabras impacientes.

Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una
presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á
poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un
golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:

--Tráigame usted lo que me prometió.

--¿Qué, criatura?--le pregunté, sospechando, en un momento de ansiedad,
que le había prometido mi vida toda entera.

--¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...

--¡Ah! ya... bueno...

--Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.

--Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...

--No sea usted tremendo... Abur.

--No se fatigue usted la imaginación con la lectura...

--Si me estoy durmiendo ya.

--Eso es, descansar... buenas noches.

--Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?

--Creí que ya estaba usted dormida.

--Hombre, si estoy rezando... Adios.

Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito
desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella;
pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no
alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y
accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.

Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me
entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para
que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos
por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí,
alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra
me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso,
arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había
hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh!
sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la
incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy
priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico
y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones,
buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una
manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el
hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba
presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente
práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón
que llamaba _logomaquias_ á todo lo que no entendía. Este señor me dió
después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los
hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las
clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias
venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie
libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios
de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me
merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás
por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme,
me dijo:

--Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos
los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley
que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de
leerlo y decirme su opinión imparcial...

Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me
ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar
por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor
á la vida oscura, me decía:

--Pero chinito, no seas _jollullo_.



XIX

El reloj del comedor dió las ocho.


Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa
exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué
tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una
chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de
pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando
en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía
síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para
tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de
Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas,
y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.--«Pero, ¿no me dijo
usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en
seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á
espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente.
¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...?

Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un
impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene.
¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo
que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó
preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!...
¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete?
¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la
noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los
preceptos de la higiene.

En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de
la calle.

--Maestro, ¿se va usted á su casa?

--Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?

--Yo no me acuesto todavía. Es temprano.

--¡Es temprano y van á dar las cuatro!

Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus
costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de
tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se
reía.

--Por respeto á usted, maestro--me dijo,--voy á acompañarle hasta casa.
Después me voy á la _Farmacia_.

--¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te
conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.

--Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan
tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted
hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de
acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal
ejemplo!...

Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.

--Mira, perdido--le dije tomándole por un brazo.--Que quieras que no,
te llevo á casa. No irás á la _Farmacia_. Yo lo mando y tienes que
obedecer á tu maestro.

--Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano de
usted. No iré á la _Farmacia_; pero no puedo acostarme sin tomar algo.

--Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?

--Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por
aquello de ir á alguna parte.

--¿Y á dónde quieres ir?

--Renuncio á la _Farmacia_ con tal que usted me acompañe á tomar
buñuelos.

--¿Dónde, libertino?

--Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la noche,
y una copita de aguardiente no viene mal.

--¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?

--Vamos, _magister_, sea usted amable. Ya ve usted que por complacerle
renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. Luego nos
iremos juntos á nuestra casita, como las personas más arregladas del
mundo.

Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en aquel
local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar más
con él por un acto que en verdad era insignificante.

--¡Caprichoso!

--Sentémonos, maestro.



XX

¡Me parecía mentira!


¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana,
teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!...
Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño
de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea
desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de
la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las
encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones?
La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había
estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo
remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa
personalidad en días más venturosos.

Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las mesillas
de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. Eran
cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, que
acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban todas
las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona,
espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza,
liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos
bonitas, los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta
peluda, afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los
hombres eran de lo más antipático que puede verse en la Creación. Las
cuatro voces roncas sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno
de interjecciones, del cual no se entendían más que las groserías y
barbarismos. Era la primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes
tipos, y no les quitaba los ojos.

--¡Qué guapa es la gorda!--me dijo Manuel.--Maestro, veo que se
entusiasma usted.

--¿Yo?...

--Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...

--No seas necio.

--Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los
ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama _flirtation_, se
llama aquí _tomar varas_.

--¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?--le dije, con vivo
deseo de salir de allí.

--¿Y usted no toma?

--¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...

--¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de
nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me
pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no
sé lo que pasa en mí...

--Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi
discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto
le quería.

--Porque, sí señor--siguió;--hay ocasiones en que nos es necesario
hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y
sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo
dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios
juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase
yo camorra con esta gente?

--¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó
has bebido...

--Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos
todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á
clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las
uñas de la policía.

--Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un
maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa.
Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me
cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo
considerando la esterilidad de lo que te enseñé.

--¡Oh! no--exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el
corazón y un palmetazo en la frente.--Algo queda. Mucho hay aquí y
aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se
extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...

Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo
de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me
parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta
cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que
tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando
se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la
trapisonda que deseaba.

La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de
Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones
repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y
pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas,
un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban
el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.

--Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.

--Un ratito más...

--Yo me caigo de sueño.

--Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en
mi vida.

--Á tí te pasa algo.

--Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el
alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero
hacer algo, _magister_, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social
y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática
(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar
florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los
Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como
los diablillos que atormentan al endemoniado.

No pude menos de reir.

--Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?

--Leo á Maquiavelo. Su _Historia de Florencia_, su _Mandrágora_, sus
_Comentarios á Tito Livio_ y su _Tratado del Príncipe_ son los libros
más asombrosos que han salido de manos del hombre.

--Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación
conveniente.--Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí,
tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los
principios generales...

--¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La
metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por
Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de
sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la
vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de
sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo
me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por
él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.

--Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería
el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á
dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has
crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte.
Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás
alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el
período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos
ya.

Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.

--Voy á revelarle á usted un secreto--me dijo cuando pasábamos junto
al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla
triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.--Desde
que estoy así...

--¿Cómo?

--Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden
la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así,
mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco
con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de
cuantos hay sobre la tierra?

--¿Quién?

--Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José
María Manso, marqués presunto, según dicen.

Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor,
diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías
era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual
sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos.
Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón
de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su
humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo
aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo
dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban
su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el
delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo
cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el
bautismo.

--¿Duelito tenemos?--dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á
quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese
hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz
procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia.

--Usted no vive en el mundo, maestro--replicó él. Su sombra de usted
se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa
Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es
un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de
la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria,
ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si
yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de
Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo,
llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de
la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre
que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi
maestro.

--¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado
la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos
impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho
un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se
estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don
Juan con los trapos y la voz de Polichinela.

Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca
se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche,
la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del
nene, nos echó un mediano réspice á los dos.

--¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted,
amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan
madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya
con el maestrito, con el padrote...

--Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.

--No, mamá; él á mí.

--¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?

--Nada, mamá; no tengo nada.

--¿Pero no entras á acostarte?

--Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos
libros que necesito.

--¡Libros tú!--le dije, entrando en mi casa.--¿Para qué quieres libros?

--Para preparar mi discurso.

--¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?

--Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar
en la gran velada?

--¿Qué gran velada es esa?

--La que dará la _Sociedad para socorro de los inválidos de la
Industria_.

--¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que
quieras...

Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba,
que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los
estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.

Antes de dormirme, le dije:

--Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes
contra mi pobre hermano.

--No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á
Spencer?

--Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.

Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:

--Es un canalla, es un canalla.

Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias
de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie
oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre
el mar.



XXI

Al día siguiente...


Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar
me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á
los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi
deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta
franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.--Vamos á
ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi hermano
llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin que
pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi habitual
mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, que para
mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El apetito de
aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. Estaba
yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve privado de
tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo y por la
tienda de que soy parroquiano, titulada la _Aduana en comestibles_, se
me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no
por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar
más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que
me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que
me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora,
adelante.

Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. Quería
enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo con la
maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, que me
pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir á Irene
varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré cohibida y
como atontada con la presencia, con las preguntas y con la amabilidad
del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, y las
alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me privó
mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al director
de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.

Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos.
Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este
particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde,
¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el
coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa,
pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más
remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos
deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo
Máximo; ya te cayó quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos
de ornamentación doméstica y gastronomía suntuaria.»

Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado en
aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio con
que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender á
tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde
estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á
darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus
cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva
elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me
olvidarán nunca.--Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en
salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar,
porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se
había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras
para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada
á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la
calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía
más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo
cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida,
y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas
peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y
el trato de Cimarra le habían _enciguatado_; se había corrompido como
la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la
pobrecita de la atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan
afrentada, que sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y
no encontraba palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir
todo. Sí; revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José
María, había encontrado una carta de una _sinvergüenza_... ¡Una carta
pidiéndole dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus
hijos iba á manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba
la plata, sino la _sinvergüencería_... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser
ella una persona decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba
á su marido, le había de dar una buena soba y un par de galletas bien
dadas. ¡Ay qué Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por
el monte, vivir en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que
peinar á la moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros...
Mejor estaba ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina
y señora del pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á
comerle los codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella.
Luego esta vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir
y ponerse en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que
olvidar las palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar,
á recibir, á mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella.
Si José no se enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra
llevándose á sus hijos.

Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella á mí,
á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á las tintas y
á las magnitudes tropicales, agrandaba las cosas. ¿No podría ser que
la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella
quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos
que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su
amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba
desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo
de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito,
sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro
marqués, que me dejaron absorto.--En su propia casa se atrevía el
indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y
principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de
galantear á Irene...?

¡Á Irene!

¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este
punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En
su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien
disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas
se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas...
Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En fin,
¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde anterior
hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta misma... ¡Cómo
se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en la puerta misma
del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta no alentaba
ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la casa. Por el
contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha honesta,
dignísima, que no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de
un hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado
á la señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era
una buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre
recto, el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo,
el sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad
y atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé
cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría
rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí,
á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella
quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito
y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque
bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para
poner en ejercicio mis facultades de consejo.



XXII

«Esto marcha.»


«Esto se complica--pensé al retirarme.--Hénos aquí en plena evolución
de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal
deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es
muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable
todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres,
actuando en la reducida escena de un círculo doméstico ó de un grupo
social, han concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su
período de protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías,
principian á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á
rozamientos primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas.
Tengamos calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que
tan util es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones
de los demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de
general en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida
en el estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía
comparada del corazón humano.»

Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las presunciones
de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi hermano y dije á
Lica:

--Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.

Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no sospechaba
cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.

--Cuidado, cuidado con esa mujer...--le respondí creyendo hallarme
en lo firme.--Á pesar de la protección que se le da en esta casa,
mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas
necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha
matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no
tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y
pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los
años cierta ferocidad.

--Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...

--Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.

--¿Y tú observarás á Irene?

--Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del
día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...

--Á todo has de poner pero...

--¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud
en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes,
angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una
sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano
han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido,
inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál?
El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente,
el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte,
generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance
de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto
en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin
distinción de clases.

--_Aguaita_, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo
que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno;
cuidadito con la maestra...

Y en mi cerebro se estampó aquello de _cuidadito con la maestra_, de
tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia.

Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi
fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional.
Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como
punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en
mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de
todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba
la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo
del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes
progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del
triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su
virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu
de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de
su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba
desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés,
el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta
entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier
aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos.
Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona
que los motivaba.

Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía,
mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra
resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y
hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla
meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su
alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi
habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de
su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella.
Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea
que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su
caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista
en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de
éstos era un _ergo_ de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza,
porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba
y hacía prodigios de sofística.

Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan
hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana,
luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije:

--Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de
José María.

Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella
turbación grande.

--Su hermanito de usted--me contestó,--es muy particular. Qué poco se
parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.

Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le
disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...

Irene me interrumpió diciéndome:

--Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una
palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta
casa.

No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle
negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de
la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa
las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:

--Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.

¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la
locura misma.

--Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría
no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted
me mande.»

Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una
espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había
revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los
más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas
que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á
ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:

--Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le
consulte nada.

Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales
averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su
resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no
pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele
declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender
otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la
evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.

Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra
conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba
que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo
que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.

--Yo haré méritos--le dije,--para ganar otra vez su confianza y oir las
consultillas que quiere usted hacerme.

--Veremos. Por de pronto...

--¿Qué?

--Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho
pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en
mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no
me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las
consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y
cuando ellas solas se salen del corazón.

Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más
con esta salida de Irene.

--Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto
le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un
papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me
confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece
que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de
Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...

--Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...

--Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me
las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros,
siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá,
y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para
arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera
el Gobierno suprimiría todo eso.

--¿La historia?

--Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur.



XXIII

¡La historia en un papelito!


¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean
demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas
entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en
bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos
en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan
grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la
fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos
que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es
que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la
creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al
contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y
mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...

Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la
reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario,
que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho
del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida
dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme
á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una
gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior
habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de
Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de
clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban
en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos
ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de
las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia
á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José
María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de
transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de
Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre,
y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra
y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto
de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de
talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de
la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse.
Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado
aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis
ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la
sociedad, anonadando el error y las preocupaciones.

Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera
de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario
de la _sociedad de inválidos_. Pero él, rechazado fuertemente por mi
desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus
inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte
en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también
mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban
comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme
á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero
ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores
(uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco
diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y
razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad
que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último,
que la _Sociedad_, si yo la desairaba negándole mi _valioso concurso_,
vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro
discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella
en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi
hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica _jollullo_, y _la
cabeza parlante_ me agració con un juicio bastante duro acerca del poco
sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al
movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó,
como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático,
parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo
y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la
vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa.

Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se
había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón
preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había
medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social,
berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería
inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra
me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de
repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar
á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase
cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social,
que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me
habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la
idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que
no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado _campo del honor_,
si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No
olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho,
de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente.
Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.

Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo
de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no
volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba
tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos
los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de
todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien
podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente
seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia.

Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo
ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en
su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar
cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un
día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que
hay para una semana.»

Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la
tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío.
Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios
sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y
barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de
inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su
figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado
á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y
por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente
de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor
bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la
muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de
los séres!

Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era
el conducto motivo bastante para dudar...?

--Sí, sí--me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José
María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería
hasta la noche.

       *       *       *       *       *

¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, ó todos los
genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana,
carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen
y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten,
y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta
reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez,
y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo
poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde
sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo
Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar
blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en
su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente
bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas?
¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada,
si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha
del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron
obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era _á
primera sangre_, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron
repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que
hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la
oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente
terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas
ideas de la Edad Media que aún viven...

Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la
serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para
llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de
café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta,
Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se
alegraron de que no hubiera pasado nada.

Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para
ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué
estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La
observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos,
decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario.

--Perdóneme usted--le dije,--pero he tenido muchas ocupaciones y no he
podido traerle la _historia en un papelito_...

--¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La
verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente...
En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á
veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es
verdad, señora, que no debe hacer caso?...

--¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más.
¿Para qué le sirve todo lo que sabe?

--Pero qué soso, ¡qué soso es!--dijo Irene mirándome y riendo,
fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con
escalofrío nervioso.--¿Ve usted como no quiere tomar parte en la
velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...

--_¡Jollullo!_

--Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora,
mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...

--Pues sí, tienes que hablar, Máximo.

--Se deslucirá la fiesta si no habla--añadió Irene.--Ya le he dicho:
«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha
prometido llevarme á un palquito de los de arriba.

--Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con
comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.

Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas,
resonó en la puerta, murmurando:

--Tiene que hablar, sí señó...

Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á
mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:

--Tienes que hablar, tiíto.

Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como
siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba
dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los
ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la
amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían,
como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar
y mazapán:

--Es preciso que hable... tiene usted que hablar...



XXIV

¡Tiene usted que hablar!


Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé
qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia
y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la
velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?

Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con
Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando
qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo
fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito
mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado
en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes
que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas
aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían
cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama
inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme
la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más
bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría
la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por
la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos
por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh!
mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación
de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del
universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del
espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad
católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase
de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al
campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á
pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre
asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima...
Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con
que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba
en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa
grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto
de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables.
Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre
tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro,
y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el
dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia
social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la
fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á
qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La
erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas,
mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada
sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en
ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me
dije:--«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada
te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco
de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que
vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y
todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten,
estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar
una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de
sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando
se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de
arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate
un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier
poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se
desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades
fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la
línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los
periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.»

Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día
pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi
hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica.

La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado.
No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un
fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de
notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en
una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran:
«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.

Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me
entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María
con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más
explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y
me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto.
La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día
en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que
pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta
figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un
popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome
la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la
rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado
á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas.
Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi
historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera
especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había
venido gobernando desde la niñez.

Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las
masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de
mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de
Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte
de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez
y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y
educativo que en Historia se llama revoluciones.

«Basta de sabidurías,--me dije;--acábense los estudios de caracter,
y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas
suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la
cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se
repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir.
¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una
flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no
cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque
así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse
que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»

Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión!
Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me
explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de
su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña
Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas
para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en
la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la
mudanza, y ayudando á su tía.

Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos
ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia,
iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos
los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa,
que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba
paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el
gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni
con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban
en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales
para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo,
y hablaba de marcharse á su casa con su _hombre_ y _los sus mozucos_.
Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos
sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba
delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla
en lo más ligero.

--Que se lleve todo,--me decía lloriqueando, á solas los dos,--con tal
que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me
atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad
y me mate al hijo.

--¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede
salir cosa buena.

--Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas
ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se
maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres
tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como
si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...

--Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?

--Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de
Zamora y tiene moneda...

--¡Dinero doña Cándida!--exclamé más asombrado que si me dijeran que
Manzanedo pedía limosna.--Dinero Calígula.

--Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...

--¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo
has hecho?

--Pero ven acá, ponderativo...

Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué
instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de
doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba
preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando,
hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero
nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su
sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la
portera ni los vecinos lo sabían.

Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida
que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de
Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina
habían trabajado mucho aquella tarde.

--¡He cogido tanto polvo!...--me dijo Irene.--Estoy rendida de sueño y
cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.

¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene.
Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y
amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían
más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.

Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí
con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número
todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios
pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad
humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el
_cuartito muy mono_ estaría en uno de los yermos solares en que no se
había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San
Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo:
«Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.»

Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del
mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...



XXV

Mis pensamientos me atormentaban...


Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo
vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada
delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas.
Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta
del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como
recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró
delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era
ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro,
como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire
elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que
iban por la calle.

Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento
viendo las telas en el _Comercio del Catalán_. Después acortó el paso;
había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en
la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra
acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos.
Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á
la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona
que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del
Arco de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También
mogigata!... Siguió adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón.
Para observarla mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una
esquina, luego por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo
se ve el pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de
hierro con un letrero que dice: _Viaje de la Alcubilla. Registro núm.
6. B. Arca núm. 18. B_. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el
rótulo del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal
oscuro... Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía
agonías de muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego,
angosto y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también
allí. Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!...

Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los autores
de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando los más
locos desatinos.

_Entonces desperté. Todo había sido un sueño._

Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido
de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué
probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el
soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus
accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario
y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos
cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita.
Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre
la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el sueño es el
reposo intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo
pensé y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama,
interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir
á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había
de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados
días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía
plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador,
siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar
de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y
sencillez que me habían parecido más propios.

Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido
satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido
tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las
frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura.
Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba
seguro de que no me se rebelaría el lenguaje.

Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo así,
porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere escaparse.
Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de mi dignidad
para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa; pero el yo
autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo timidez, que
éste no se podía mover.--Bien se conocía, en la proximidad del teatro,
que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era aún temprano,
y ya se agolpaba el público en las puertas. Aunque se habían tomado
precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules
con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo.
Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de
armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte
del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina
dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del
espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los
letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces
barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas.

No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con
un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se
multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el
espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo,
y llegué á creer que las energías reproductrices del universo
habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y
desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando
la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo
los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien
colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él
adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la
lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de
las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:

«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes,
y... abur, abur.»

Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco que
lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á la
señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una
deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había
organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos
en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con
algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.

--Ya estaba yo con cuidado--dijo,--temiendo que usted...

--¿Qué?

--Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.

--¿Pero no prometí...?



XXVI

Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.


Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya hablaremos
largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»

--¿No sabes?--me dijo Lica.--José María se ha puesto muy bravo, porque
no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada...
Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí
estamos muy bien... _Aguaita_, chinito; hemos venido de bata. No te
chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi
marido! Dice que no sirvo más que para vivir en un potrero... ¡Qué
cosa! En fin, que rabie.

Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista
de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio
de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito
fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.

--No he venido más que á oirle, niño--me dijo con toda la bondad del
mundo.--Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de
mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.

Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, con
gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la
fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato.
Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá
de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de
Cuba.

--Parece que hay solo de arpa--me dijo Mercedes ilusionada con los
misteriosos atractivos del programa.

--Creo que sí. Y también...

--¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...--indicó
Manuela.--Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no
sé cómo.

--¿Y quién más recita?

--Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del
Bardal les mande á ustedes un programa.

Irene no desplegaba sus labios. Sentada tan lejos del antepecho como
del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acusando
su inferioridad, pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo.
Modesta y digna, me habría cautivado en aquella ocasión, si entonces
la hubiera visto por primera vez. Al salir ví en la penumbra roja
del palco un objeto, una cosa negra, una cara... Me eché á reir,
reconociendo á Rupertico, que me miraba y se apretaba la nariz con los
dedos para contener sus carcajadas. Estaba sentado en una banqueta,
tieso, estirado por la circunspección y el respeto, sin atreverse á
mover brazo ni pierna. No había en él más señales de vida que los
ímpetus de risa, y para sofocarla se apretaba la boca con las palmas de
las manos.

--No hemos tenido más remedio que traerle--me dijo la niña
Chucha.--¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir
á oirle.

--Yo creo que le da un accidente, si no le traemos--añadió Lica.--Nos
tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo
Máximo...» Y llora que llora.

Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto en
un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo, acudió
con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro estaba.
Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también...

--Fresco, _relambido_, márchate, márchate, que aquí no haces falta--me
dijo Lica.--Después que hables vendrás á vernos.

En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que le
habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase allí
el que quisiese, y todo era desorden y apreturas. Periodistas que iban
en busca de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos
de los oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que
habían de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos
afiliados á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía
llenaban el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro
señor filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas
cosas, se esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente
á los intrusos. Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se
había corrido, y los indivíduos de la junta ocupaban una fila de
sillas, junto á pomposa mesa, tras de la cual aparecía la imagen más
grave de todas las imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este
señor debía pronunciar breves palabras, explicando el objeto de la
ceremonia, y dando las gracias á las distinguidísimas y eminentes
personas que se habían dignado _cooperar á su esplendor en bien de la
humanidad y de los pobres_. Era la oratoria de este buen señor acabado
ejemplo del género ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y
amplificaciones, revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de
talco, oratoria que sirve á las nulidades para hacer un breve papel
parlamentario, fatigar á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide
papirácea que se llama el _Diario de la Sesiones_. Para descubrir una
idea del Sr. de Pez era preciso demoler á pico un paredón de palabras,
y aún no había seguridad de encontrar cosa de provecho. Decía así:

«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo grado
lisonjero para nuestra edad, para nuestro tiempo, para nuestra
generación, que tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres
en las artes y en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno
y otro ramo del saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos
estos miembros del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas
pausas, entre graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que
fatigaba como los mazos de un batán. No seguí prestándole atención,
porque necesitaba enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver
cuál era mi puesto y en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á
las candilejas.

El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro. Á
la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su
destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo;
habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de
celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que
sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones
especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su
ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita
de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa,
tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid
pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre
aria de Mozart _Al mio tesoro intanto_, y entre el tenor y el barítono
despacharían el dúo _I marinari_... No sé si había algo más. Creo que
no.

Sainz del Bardal me notificó que mi puesto en el programa seguía
inmediatamente al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho
más cuando acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra.
Estaba en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de
una nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré
supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no
podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda,
el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco
retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos
que parecían hechas con colorete.

Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y me
dijo:

--¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su
discurso?

--Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.

--¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!

Otro llegó y dijo:

--Ya se acabó el _dies iræ_. Es un piporro ese señor de Pez... ¡Ah! vea
usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso sonara...

--Parece mentira--añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más
señas, buen chico, ateneista...--¡Qué escándalo con los revendedores!
Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á
alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se
han vendido en el despacho y son todos personales...

Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo
junto á mí.

--Señor de Manso, ¿cuándo va usted?

--Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de arpegios!

--Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.

--¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal.

--¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal?

--Ps...

--Demasiado sabe usted que...

--Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale.

--Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su discurso
para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y después, si
usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues, un folletito.

--Quiá, hombre, es demasiado breve.

--¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve.

--¿De qué trata?

--De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante
de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro
generalidades...

--Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó su
autor ayer tarde. Es un asombro...

--Sí; pero vean ustedes qué manera de leer.

--Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde.

--Milagro será que no se le reviente una vena.

--Esa descripción del naufragio... ¿eh?

--Es de primera fuerza...

--Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo!

--El poema es de barba de pato.

--¡Calzones, qué verso!

--Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos...

--En las transiciones saca una voz de vieja...

--¡Muy bien, muy bien!

Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De
las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad.
De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de
mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero
echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.

--Hola, perdis...

--Maestro, dichoso usted que está tranquilo.

--Y tú, ¿tienes miedo?...

--¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.

--¿Sobre qué vas á hablar?

--Sobre lo primero que me ocurra.

--¿No has preparado nada?

--Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta mañana
no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar?

--Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este
modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una
docena de imágenes...

--De esas de patrón de mico... ¿eh?

--Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta... Hablaré
de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del
Cristianismo...

--De la mujer cristiana, ¿eh?...

--Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad... Á ver, señores,
¿quién dijo aquello de _la caridad corre á la desgracia como el agua al
mar_?

--Chateaubriand.

--No, hombre, me parece que es el Padre Gratry.

--No, no. Usted, Manso, ¿sabe...?

--Pues no recuerdo...

--En fin, lo diré como mío.

--¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...

--Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.

--Detrás del arpa... Ahí va.

El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía mi
benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera rasguñar
el aire.

Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que
pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio
semejante. Después oyéronse _pizzicatos_. Parecían pellizcos dados
al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa
pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una
tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros,
puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante,
con armonías misteriosas.

--¡Caramba, que este hombre toca bien!

--¡Vaya!

--Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?

--Es una fantasía sobre _La Estrella del Norte_.

--¡Qué dedos!

--Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.

--¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le
mueven los cuernecitos del pelo.

--¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?

--¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba en
la feria...

--Ps... silencio, señores; esas risas...

Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me
arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había
llegado. Dí algunos pasos mecánicos.

--Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.

--¡Qué placer!... cinco minutos de vida.

Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba
muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele
ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal.
El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin
retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado
rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los
músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir,
las piernas me temblaban.

Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las
candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos
de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso
de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del
peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente,
pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer
tan mal que me ponga en ridículo...

Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo, ví
destacarse un grupo de cabezas.



XXVII

La de Irene dominaba á las otras tres.


Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié, con voz
no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado pseudo-morisco
de los palcos. La puntería de gemelos, así como el movimiento de
tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios bajos había una
bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se cerraba y se abría
á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía que me subrayaba
algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de trapo. ¡Maldito
comentario! En el momento de concluir una frase, cuando yo la soltaba
redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los nervios como
alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia y seguir
adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un alumno
de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...»

Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el discursito
iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad que me
había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á disgusto
mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica decía: «no
voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...»

¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí sería impertinente. Una de
las muchas Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño
de hacer suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el
curioso. No ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de
primer orden. Era una disertación breve y sencilla, á propósito para
esto que llaman público, que es, como si dijéramos, una reunión de
muchos, de cuya suma resulta un _nadie_. Todo se reducía á unas cuantas
consideraciones sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con
la ley, las costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las
instituciones benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen
por objeto la protección de la infancia. En esta parte logré poner en
mi discurso una nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos.
Pero lo demás fué severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de
lo que yo sabía, y sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva
y adquiridos la noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico
reinaba en las varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni
vocablo. La precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones
y golpes de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo
sin reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que
declaro que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria.
Era como si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el
efecto de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al
través de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela,
veía yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos
las damas y caballeros charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso
de lo que decía como de las nubes de antaño. En cambio ví un par de
catedráticos en primera fila de butacas que me flechaban con el reflejo
de sus gafas, y con movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones...
Y el _ras_ del dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi
lenguaje como punta de diamante que raya la superficie del cristal.

Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos oficiales
de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo sino en grado
insignificante; que la iniciativa personal, que esas agrupaciones que
se forman al calor de la idea cristiana... en fin, mis conclusiones
ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo mismo que yo. Baste por
ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba ardientemente, y parte del
público también. Un aplauso mecánico, oficial, sin entusiasmo, pero
con bastante simpatía y respeto, me despidió. Había salido bien, como
yo esperaba y deseaba. Por mi parte, discreción y verdad; por la del
público, benevolencia y cortesía. Saludé satisfecho, y ya me retiraba
cuando...

¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? Era
una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas
rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó
sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó
aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían
botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles
como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda
extemporánea, y no sé cómo la recibí. Me turbé tanto que no supe lo
que hacía, y por poco pongo la corona en la cabeza calva del señor de
Pez, que me dijo al pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»

Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había
considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna
y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de
tirarla en medio de las butacas.

--Es obsequio de la familia--oí que decía no sé quién.

Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que
guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera!
Debió de ser idea de la niña Chucha...

Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de
trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien
pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó
en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las
sinceridades ó malicias de otros.

--Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.

--Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias.
Debe estar usted satisfecho.

--¡Orador laureado!... nada menos.

--Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11
apenas se oía.

--Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no
hubiera estado mal.

--¡Pero qué bien dicho... qué claridad!

--Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...

--Al pelo, Mansito, al pelo.

--Caballero Manso, bravísimo.

--Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar
nervio...

--Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado
mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha
gustado...

--¿Con que coronita y todo...?

También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse
á sí mismo para tener _l’onore de stringere la mano d’un egregio
professore_...

Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases
al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades,
poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las
demás castas de músicos y danzantes.

Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos,
me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde
estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas
emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su
declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban
las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de
diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y
entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos:
_creed_ y _esperad_... _inmensidad sublime_... _místicos ensueños_...
_salve, creencia santa_. De varios vocablos sueltos y de frasecillas
volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía _bajo el manto
de la religión_; que _bogaba en el mar de la vida_; que su alma
_rasgaba pujante el velo del misterio_, y que el muy pillín iba á
romper la cadena que le ataba á la _humana impureza_. También oimos
mucho de _faros de esperanza_, de _puertos de refugio_, de _vientos
bramadores_ y del _golfo de la duda_, lo que no significaba que Bardal
se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí,
por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era
naufragios retóricos y chubascos rimados.

--Si encallará de una vez este hombre...

--Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras!

--¡Y cómo me le aplauden!...

--Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán
_alabarda_ segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los
versos sublimes de XXX. Así es el mundo.

--Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.

--¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?

--Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético
siempre me produce náuseas... Huyamos.

--Sálvese el que pueda.

Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del
escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido
á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos
me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe
que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había
excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban
ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría
soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía
mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto
posible.

En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un
ramito en un ojal y estrujaba en su mano _La Correspondencia_.

--Has estado verdaderamente filósofo--me dijo con pegadiza
bondad,--pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes
mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que
te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por
mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo
he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción
primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...

--¿Has estado arriba, en el palco de la familia?--le pregunté, para
cortar el hilo funesto de su estadística.

--No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡_Guindarse_
en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi
mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?...
¿Qué te ha parecido lo de la coronita?

La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del
malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto
me causaba.

--Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la _niña
Chucha_. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura
humana. Basta que yo desee una cosa...

Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de
sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.

--Pero José...

--Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás
nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta
noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha
gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni
harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y
tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de
ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.

--¡Ay, José, José!...

--Lo dicho, camarada.

En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la
sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran
aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.

--¿Pero qué pasa?

Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su sitio
para ver de qué provenía tal locura.



XXVIII

«Habla Peñita.»


Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á mi
hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie
volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las
cuatro damas en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró,
y acariciándome una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer
ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto
nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido
á un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante
ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el
público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que
concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes
y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y
como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas
diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio
y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él
despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble
espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un
solo espectador que no respondiese á invocación tan admirable. Doña
Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela.
Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora me
pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil ó porcelana.
Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: «esto sí
que es bueno.» Lica é Irene no movían la cabeza; la emoción las había
hecho estátuas.

Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y
el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi
discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para
mí una parte, siquier pequeña, de la gloria que el divino muchacho
recogía á manos llenas aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel
extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería
de su grande ingenio; yo había dado á sus dones nativos la vestidura
del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le
había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y
sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales
de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al
terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo
me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle
entre mis brazos.

¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No
concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del
espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse
en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan
lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado
que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con
estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender
que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar
algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. Mi
entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de gozo,
hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la carne de tan
opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el principal objeto
del orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último
grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan
brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias,
qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la
unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados,
y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica
y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni
salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no
todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco
mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también,
las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de
encantadora novedad.

Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del
Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la
libertad y un poco de los ideales grandes del siglo XIX. Allí salieron
á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón _redondeando la
civilización_ y Stephenson que, con la locomotora, _ha emparentado
las partes del mundo_... Allí oí algo de las catacumbas de Lincoln,
el _Cristo del negro_, de las hermanas de la Caridad, del cielo de
Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de Goya, todo
enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de sorpresa en
sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta luz, de tan
variados tonos y de transiciones tan gallardas.

Cuando concluyó, parecía que se desplomaba el teatro, y que todo su
maderámen crujía y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los
más cercanos se abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran
abrazar, y las señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse
alguna lágrima, por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el
entusiasmo mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos
le hacían volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El
señor de Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en
tan solemne ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al
público con paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros,
«qué prodigio,» y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi
discípulo, señores, es mi discípulo.»

Lica se volvió á mí y me dijo:

--¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!

Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me
dijo:

--También usted ha estado muy bien...

¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!

--¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!

--Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...

--Calla, chinito, más mereces tú.

--Si es que Máximo--me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia
porque me suponía triste del bien ajeno,--estuvo también muy bueno...
Todos, todos han estado buenos...

Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su
asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado.

--¡Qué bueno, qué bueno!--exclamaba Lica sin cesar.--Este niño es un
milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?

Irene me miró, y tuvo una frase celestial.

--Hace honor á su maestro.

--Este muchacho--afirmé yo,--será un gran orador. Ya lo es. Parece
que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época
presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como
encaja en una máquina su pieza principal.

--Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro
antes de diez años.

--Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino.
Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...

--Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted,
mamá?

--Por mí, vámonos.

--¿Y no oimos al tenor?--indicó Mercedes con desconsuelo.

--Niña, en el Real le oiremos.

Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos.
Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí
primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su
alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió
las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño
de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo
obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi
oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:

--Ninguno ha estado tan bien como _taita_. Mi amo Máximo les gana á
todos, y si dicen que no...

--Calla, tonto.

--_Po que_ no lo entienden.

La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para
dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto
en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella
noche...

¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: _in mente_ se
la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al
subir al coche:

--Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la
corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea
mía, ¿qué te parece?

--No, que fué idea mía--replicó prontamente la niña Chucha.

--No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no
impide que sea una idea detestable.

--Mal agradecido.

--Relambido.

--Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió
las flores.

--Y yo las hojas verdes.

--Y yo las cintas encarnadas.

--Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.

--Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.

--¡Ay, qué fantasioso!

Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el
movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si
fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de
aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi
cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas...
Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y
dijo:

--Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido
también?

--No, señora--replicó la maestra con cierta sequedad.

--Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no
hablas?

Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de
tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin,
á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y
desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á
Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el
pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al
comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la
mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué
prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.

El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al
oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso
que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la
inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido
orgullo.

--Yo _taje_ la corona de la tienda.

--Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.

Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora
estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado
desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le
había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas
amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones
demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso,
acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando
oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse
trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el
conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme
con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro
de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria.

Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran
carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un
hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me
caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en
pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he
parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En
fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta...
Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le
miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo;
«aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me
acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había
un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi
reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á
ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se
oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es
el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada
cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas...
Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un
gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una
cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico.

Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba
retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella
misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño;
pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido
de silencio, de quietud, de descanso.



XXIX

¡Oh, negra tristeza!


Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis
lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores
que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de
la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais
una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás
de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados
ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar
con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie
debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio
quisquilloso y sofístico...

Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella
noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la
noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó
mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí
tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre,
cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio,
otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al
aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo
lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...

La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis
tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas
del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña
comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí,
muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos
de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado
nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi
hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba
sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra
la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero
seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora
afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la
imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el
sello de la evidencia.--Al levantarme, me dije:

«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo
descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del
cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban
la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos
ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de
este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino
que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie
me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe,
ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo.
Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano,
el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino
por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que
llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi
razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo
probarán ó me tendré por loco.»

Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron.
Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no
sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi
hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora.
Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela,
que me dijo con mucho misterio:

--Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en
el despacho. Negocios...

--Pobre José; de ésta va á San Bernardino.

--Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...

--¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica,
Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le
habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso...

--No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.

Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo
en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa,
el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su
mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un
rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y
volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:

--Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás
ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que
se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que
estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu
vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle
un disgusto?

--¿Á mí? ¿Qué?--exclamó mi pobre cuñada asustadísima.

--Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan
sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto,
que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea
institutriz asalariada, teniendo una tía...

--Rica.

--Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree
usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me
acompañe, para que me cuide...?

--Claro...

--Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque
estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...

Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo
más de ella.

--Esto no quiere decir--prosiguió,--que yo me lleve á Irene de prisa y
corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para
que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que
se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan
agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí.
Adora á las niñas.

Manuela estaba algo desorientada.

--¿Y el ama?--preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.--¿Siguen
los antojos y las...?

--¡Ah!--exclamó Manuela;--no me hable usted, doña Cándida...
Insoportable, insoportable. Es un demonio.

Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente
curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí
diciendo con voz dulcísima: _hubiérais_, _habríais_ y _hubiéseis amado_.

Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle:



XXX

«¿Con que se nos va usted?»


--Sí--me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara
(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.

--De veras. ¿Y cuándo?

--Hoy mismo. Lo que ha de ser...

--¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la
casa?

--No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted
agradecidísima.

--Entonces...

--Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y
si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada
día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo,
tomo mi resolución...

--¡Es tremendo!...--exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo
favorito.

--Sí señor; me corto la coleta... de maestra,--replicó echándose á reir.

¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más
torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría
me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo
desconcertaba, y sólo le dije:

--¿Hay proyectos?...

--Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía
usted que sólo los sabios tienen proyectos.

Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus
abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas.
Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían
agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.

--No, no, no.--Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta
vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la
lección, que después...

--¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es
tanto lo que hay que decir...

--Luego... aquí--dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la
solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en
la escena.

De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que
me puse pálido y que me temblaba la voz.

--Aquí no...--indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya,
y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la
conciencia de sus deberes pedagógicos.

Y el _aquí no_ salió de sus labios timbrado con un dulce tono de
precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la
primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el
uso de muchos años lo cultivara.

--Es verdad, aquí no--repetí.

Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:

--En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos?

--Mañana mismo.

--Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.

--¿Pero será pronto?

--Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.

Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro
de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un
fervor...

Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se
alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero
mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades,
y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:

--Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta
prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido
quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé
qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta
prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando
la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga
verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...

Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:

--Pronto lo sabremos.

Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo,
apenas probé bocado.

José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho
parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse
complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada
bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba
magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta
de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que
fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.

--¿Y tú no vas?--preguntó á su marido.

--Ya ves. Tengo que hacer aquí.

Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había
ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados
cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó
á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre
la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención,
guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían
sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de
recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién
se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda
clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor
propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa
nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento
ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar
indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué
recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y
alentando su necesidad ó su ambición.

--Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea
usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó
usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la
nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra
nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.

Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se
pasó el muy ladino toda la tarde.

Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada
en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y
hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado
con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su
rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas
de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á
moco y baba.

--¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último
beso.--Si vendré todos los días...

La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no
se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la
que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.

En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las
ocupaciones y las notas todas como por encanto.

--¿Pero ya se va usted?--dijo muy gozoso.--Yo también salgo. La llevaré
á usted en mi coche.

--No señor, gracias, no, de ninguna manera--replicó Irene echando á
correr escalera abajo.--Ruperto va conmigo.

José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales
del balcón del gabinete para ver...

En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró
en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la
berlina hacia la calle de San Mateo.

--¡Has visto, has visto...!--exclamó Lica clavando en mí sus ojos
llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.

--¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...

--¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su
coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo,
qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te
chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...

Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras
lo expresan con violentas sacudidas.

--Yo me muero, yo no puedo vivir así--exclamó rompiendo en
llanto.--¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí,
estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la _sinvergüencería_ no
la perdono.

--Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos lo
que pasa después...

--Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos--me dijo meciéndose
tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.--Nada sé positivo, y sin
embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena.
¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido
en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae
enredos consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos.
¡Es una hipócrita!



XXXI

¡Es una hipócrita!


Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y hacía
vibrar mi sér todo.

--Pero Lica, cálmate, razona...

--Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.

--¿Qué has visto?

--Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás
como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy
más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando
entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego
este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que
también la tía es buena lámpara...

--¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido?

--Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No
ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas _pes_ y aquellas
_haches_ tan particulares que hace José María... Esa chica, esa...
No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi
marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse,
y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo
me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que
con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!

Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y
pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que
allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de
llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido
que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios
empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de
piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa
fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y
al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una
taza de tila.

--Nos iremos, niña de mi alma--le decía doña Jesusa,--nos iremos para
nuestra tierra, donde no hay estos _zambeques_.

Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola.
Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana
siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo
desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado
tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que
debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante
desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del
mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante,
que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El
furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como
lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte
siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José
María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió,
porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués
emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo,
y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo:

--Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado
decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha
de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre
profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia
en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?

--No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber,
porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad,
correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene
su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías
darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No
podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que
le permite poner casa y darse lustre?...

--Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí
el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho,
ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después
como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras,
verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos...
en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será
algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y
qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las
manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo
derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...

--No me he enterado de nada.

--Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras
una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el
ministro.

--Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...

--Déjame tú en paz con doña Cándida.

Conocí que no era de su agrado aquel tema, y _tomé nota_.

--¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada...
Mira, éste te llama _concienzudo_, que es el adjetivo que se aplica á
los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por
lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos
convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si
se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que
te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que
vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir
cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar
diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí
hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me
revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no
tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso...
¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan
reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal
Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de
Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso
se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras
serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye
y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece
un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados
prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de
aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios
me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le
pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser
hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales
humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar
sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para
que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor
de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana
un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto.
Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos,
filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría
verdaderamente limpia y boyante la sociedad.

--¡José!--exclamé con efusión humorística y hasta con
entusiasmo,--eres el mayor bruto que conozco.

--Y tú la octava plaga de Egipto.

--Y tú la burra de Balaam.

Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.

--Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.

--Sí, la nación sería un pesebre.

--Eso... lo veríamos. Yo hablaría...

--Y dirías _mu_...

--Hombre, la vanidad, la suficiencia, el _tupé_ de estos señores sabios
es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no sirven
para nada; son un rebaño de idiotas...

Y se amoscaba más.

--Pero la vanidad del ignorante,--dije yo,--además de insoportable es
desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.

--Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.

--Mira como estamos, gobernados por tanto necio.

--No señor.

Se puso pálido.

--Pues sí señor.

Me puse rojo.

--Eres lo más...

--Y tú...

Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que
retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme
la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de
aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía,
unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro
tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal
que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él
la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado
á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo,
cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.



XXXII

Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.


¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance.
Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto
á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial
había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la
discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar
del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de
la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con
paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría
más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla
con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida
de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros
tiempos.

Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche,
que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión,
y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino
breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al
Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de
melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma
á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía
tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para
mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido
aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad,
no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía
mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y
digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio,
aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser
su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como
infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de
Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella,
y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y
menos para novio.

Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros
coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia,
sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse
en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por
poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían
montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las
de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el
golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle.

Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta
Ruperto sofocadísimo.

--Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado
hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...

--¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María,
qué hace?

--Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi
ama que vaya usted pronto... para que le busque otra _criandera_...

--Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita
Manuela qué hace?

--Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no
hace más que rabiar.

--Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...

Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta.
¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí,
tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.

«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo
perdonará nunca su amiga...--_Irene._»

La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano
impulsada del miedo y del peligro...

¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo
momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente
había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?

--¿Qué tiene usted, Mansito?--me dijo doña Javiera que volvía de misa.

--Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al
socorro...

--¿Hay fuego?...

--No, señora; no hay más sino que el ama...

--¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo,
mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi
Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me
reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.

--Usted no sabría de alguna...

--Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo
Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?

--¿Qué he de ver, señora?

--Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en
Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D.
Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para
cuando sea padre.

--Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas
bestias feroces que llaman amas de cría...

--Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía...
Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració.
Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos...
hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la
población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota,
fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una
traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su
marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para
dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito
la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de
ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas
las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen,
una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede
usted lelo, coja usted _La Correspondencia_ y lea los anuncios. _Ama
para casa de los padres._ ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil
donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie
de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna...
Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser
las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena
dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.

Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde
acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela,
pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver
la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra
amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se
quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar _El interior
contenido del Bien_.

Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas,
rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética
de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica
se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos
ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres
aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial.
Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia
de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí,
en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.



XXXIII

¡Dichoso corazón humanitario!


Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al
servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de
lo que llamamos el _otroismo_, religión harto desusada. Si dabas
flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad,
abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el
bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino
del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que
hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto
Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero
sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil.
Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta
feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin
tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con
otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra
administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase
de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos
desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da
hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico,
la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio
instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme
pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver
el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared,
mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el
reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi
primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y
sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante
industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una
combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las
había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios.
Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad,
sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades
mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas
de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo
rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de
paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo
de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés
descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de
Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental,
el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa
que cantar, cantó la nodriza, y la llamó _lugarteniente del pezón
humano_.

Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un
niño, y se oían contrataciones y regateos. Había _lugarteniente_ que
elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había
exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de
durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado
de caballos, se decía _veamos los dientes_, y se observaba el aire, la
andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera
visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de
entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de
goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados
por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado
el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar
vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él
la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al
trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.

--En ésta todo es agua...--decía;--ésta tal cual... mayor cantidad
de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos
barrios?

--Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que
haya, y á cualquier precio.

--¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?

--Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están
esperando...

--Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.

Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan
picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas.

Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me
amenazó con rociarme, diciendo:

--Si no se me quita usted de delante...

¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta
la gravedad de las circunstancias.

--Querido, que tengo prisa...

--Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario
por la _vía lactea_?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga
otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro...
Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos
de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros
esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á
divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.

--Pero Miquis, que es tarde, y...

--Á ver, Sanchez, Sanchez.

Sanchez, que era el otro médico, se acercó.

--Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. La
segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la comió
un cerdo cuando era niña.

--¿Es buena?

--Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era
pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué
el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas
saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás
lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de
usted?

--Y ahijado por más señas.

--Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto
que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo
todos los días. Es vecino mío.

--¡Vecino de usted!

--Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha
metido hace tres días una señora...

--¡Doña Cándida!--murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se
infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.

--Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya?

--Sobrina.

--Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han dicho.
Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no
me saluda.

--Mi hermano es muy particular...

Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez
melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de
ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...

--Aquí la tiene usted--me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo,
presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de
refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.--Es
buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un
cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á
ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso.

Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo,
mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el
animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que
la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»

--Abur, Manso.

--Miquis, abur, y muchas gracias.

Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su
misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo,
como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una
madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos,
negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de
bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes,
el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza.

Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró
así:

--Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?

--Porque somos gente honrada--regurgitó la mamá silvestre.--Mi
Regustiana no va á cualquier parte.

--Señor--bramó uno de los muchachos.--¿Quiéreme por criado?

--Oiga, señor--añadió el autor de los días de Regustiana.--¿Es casa
grande?

--Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.

Cinco bocas se abrieron de par en par.

--¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?

--Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.

--¿Es buena la señora? Llévenos pronto.

--Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.

Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse
después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...

--No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan
á pié.

--No, señorito, llévenos á todos--exclamaron á coro, con el tono
plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.

--No, lo que es sin mí no va mi hija--manifestó el papá, con
aspavientos de dignidad.

--¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás--dijo uno de los
chicos.--Diga, señor ¿me tomará de criado?

--Y yo alante--gritó el otro.

--Diga, señor, ¿y cuánto me dará?

Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras
que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al
fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de
mi hermano.

Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando
aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á
donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido
muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su
nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y
hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de
su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola
que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con
tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los
pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse
de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo,
y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus
ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.

Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo
sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con
que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica
lloraba de contento.

--Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me
has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á
poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un
santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de
almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso
protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer,
que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna...
¡Gente mejor...!

Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando.
Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!



XXXIV

¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!


Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura,
fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví
una placa de cobre que decía: _Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6_; más
arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran
banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras,
y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»

Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar
vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué
simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme
aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en
aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres
sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los
dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se
conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me
lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de
una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.

--Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una
escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están
con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera:
no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito;
tampoco en esa otra, que está un poco derrengada.

Dirigíme á la tercera.

--Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del
gabinete... ¡Melchora!...

Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.

--¿Irene...?--le pregunté.

--Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...

Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las
fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el
jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de
arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla
se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér
completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel
semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que
no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que,
llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que
deseaba.

--Con que delicada...--murmuré, pasándome la mano por los ojos.

Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable
aparición!

--¿Qué tal te encuentras, hijita?--le preguntó su tía, en quien
sorprendí disgusto.

--Bien--replicó secamente Irene.--Y usted, Máximo, qué caro se vende.

¡Maldito Calígula! Sin género de duda, quería desviarme de mi objeto,
distraerme, interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.

--¡Ah!--exclamó con aspavientos que me causaron frío,--¿no has visto lo
que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene,
trae _La Correspondencia_ de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.

Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo del
que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino
al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico
había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer
rápidamente, estas palabras: _Ha venido usted tarde. Nunca hace las
cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas
tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y
vuelva después de las tres._

Haciendo que leía _La Correspondencia_ guardé con disimulo el papelejo.
Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza confirmaban,
diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad de aquellas
cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el papel decía,
hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, de sus buenas
vistas y...

--¿Pero no sabes, Máximo--me dijo Calígula de improviso,--que anoche
hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!

--¡Señora!

--Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que duerme
como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... Yo duermo
ahora muy mal... estos tunantes de nervios... Serían las dos de
la madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á
Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo...
ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice
que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á
la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á
la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...

--¿Por la ventana?

--No, por la puerta de la escalera.

Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, pero
en aquel momento se levantaba y salía diciendo:

--Han llamado, tía; creo que será la modista.

--¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto...
La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los
fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y
decía que estábamos locas...

--¿Pero usted vió...?

--Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He
registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.

--Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...

Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se
precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente,
no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida
contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...?

Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con
lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que
no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la
misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de
Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y
la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos.

--Gracias á Dios--le dije sentándome en el mismo sillón que algunas
horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo
sitio...--Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...

--¡Y tan tremendas!...

¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué
palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!:

--¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta
huérfana desgraciada!...

No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto
cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que
encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el
temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía
exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas
del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de
esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez
tan sólo supo decir del modo más soso posible:

--Veremos eso, veremos eso...

Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que
la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.

--¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me
tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más
tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién
ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes
y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué
sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor
empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la
desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me
tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted,
y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida,
amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de
esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.

Petrificado la oí; balbuciente le dije:

--Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el
primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.

--Es que yo...

Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea,
quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con
completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.

--Vamos á ver, Irene--le dije procurando tomar un tono muy
paternal.--¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde
no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted,
en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á
usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible
intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo
para abandonar aquella colocación honrada y tranquila?

--Allí también me perseguía.

--Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él,
mientras que aquí...

--Porque mi tía me engañó.

--Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las
actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión
ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva
de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas
empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero
ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á
la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan
torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se
justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y
dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella
casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó
me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa.
Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo
patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta
sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y
proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que
usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de
su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y
la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que
la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es
una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han
echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como
jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida.

Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco.
Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada
palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla
desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.

Yo creía hallarme en terreno firme.

--Reconoce usted--le dije en tono de amigo,--que antes de pedirme mi
ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es
eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos,
para mayor claridad, que es como un mundo aparte.

Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir,
respondió:

--Sí señor.

Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la
hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un
hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la
total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la
aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué
decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las
palabras para decirle:

--Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no
me tenga usted en ascuas más tiempo.

¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de
horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza,
después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del
asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala.

No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la
habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla
arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío
mármol de una consola, llorando á mares.

--No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...--murmuré
conteniéndome para no llorar como ella.--Usted se juzga quizás con más
rigor del que debe... Desde luego yo...

Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un
movimiento para apartarme.

--Déjeme usted... Manso... yo no merezco...

--¿Qué, criatura?

--Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...

Y más llanto, y más.

--Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla
fríamente...

Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y
ella con la izquierda mano me quería alejar.

--No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.

--Yo no merezco... Me he portado tan mal...

--Pero hija mía...

No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra
explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto
tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico
y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que
describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario
para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en
su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni
aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó
el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada
ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena
le esperaba!... Entró...

No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la
puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua
debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte,
nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la
decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de
caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita
y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con
el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes.
Su primer pensamiento y palabra fueron:

--Pero qué... ¿se te olvidó algo?...

No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña
Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del
gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo
miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome,
y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á
cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo,
debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se
envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna,
sentóse, y sin mirarme se permitió decir:

--Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su
casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...

Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía
y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil
desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con
todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:



XXXV

«Proxenetes.»


--¿Qué, hombre?

--_Proxenetes._ Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.

--¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar
como la gente.

--Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.

--¿Quién?

--El juez de primera instancia.

Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror.
Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el
fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón...
Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto,
ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel
de víctima.

--Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando
no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más
nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho
hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que
Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica
para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no
existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que
tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este
olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de
correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno
civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una
familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio.
Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más
desaires.

Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover sandeces.

--Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un disgusto
tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, pongan á
una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí resultan
cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su casa hace
lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes y de la
dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar nunca.
Viene luego cualquiera que no está en antecedentes, y por lo primero
que ve, juzga y sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y
llorona contribuye con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio
se acalora, se pone á hacer papeles caballerescos... y si mediara una
explicación, todos quedarían en buen lugar...

Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía contener.

--Señora...

--Qué.

--¿Quiere usted hacer el favor de callarse?

--¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte?
Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre,
aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os
pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría
como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su
recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar
á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad,
Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á
insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte
de aquella santa...

La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de
ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados
para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un
destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron
á sus ojos.

--Nunca--gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente
el caudal lacrimatorio,--nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me
debes, si no otra cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de
esta desgraciada, á quien podrías considerar como tu segunda madre,
debes informarte bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á
todo, á sacarte de dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues
no se lo preguntes á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas
muchachas de hoy no son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan
sumisas. ¡Quiá! una cosa atroz... No hay vigilancia bastante para
impedir que hagan mil coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte
en dos palabras?... Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé
que no lo vas á creer y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi
deber es antes que todo, y el interés que me tomo por ella. Allí, en
la propia casa de Lica, donde la sujeción parecía ser tan grande como
en un convento, la muy picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio.
No hay como estas tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni
yo que iba allá todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de
sospechar viendo aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella
cosita... así...? Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para
esconder sus líos. ¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si
quieres que te lo pruebe...

La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí
en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido
trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares
inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se
levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.

--¿Quieres que te lo pruebe?--repitió doña Cándida á la manera de las
hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea bajeza,
y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera
acogida.--¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel
desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen
firma... ¿conocerás tú...?

Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé un
momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...!
¡No, por aquel medio jamás!

--Señora, no se mueva usted--grité con brío, ya repuesto en mi normal
sér.--No quiero ver nada.

--Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella
casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas...
¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran
misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á
sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado
mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor
de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre
sacrificada... Y ya ves qué pago...

Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.

Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme particularmente
antipáticas la papada trémula y la despejada frente cesárica, en la
cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se enroscan y se
retuercen los gusanos al caer en el fuego.

--Señora, hágame usted el favor de callarse.

--Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí qué te importa,
caballero andante y filósofo aventurero?

Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de nuevo...
El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas
declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor.
El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como
llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi
voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía
sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de
ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz:

--La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me puedo
contener. Es preciso darle una taza de tila.

Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de
drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del
teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi
hermano!...



XXXVI

¡Esta es la mía!


Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron
pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre
desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades
para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la mosquita
muerta mi ardiente defensa, ¿qué me importaba? Yo, caballero del bien,
me disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á
la carga, pues, y luego veríamos.

La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó decirme:

--¿Qué demonios buscas aquí?

Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas,
disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:

--¡Ah!--exclamó fingiéndose asombrado.--¡Qué casualidad! Los dos
venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba
venir.

Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde la
disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su
visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente
dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra
butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las
primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta
del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la
papada que con la voz nos dijo:

--Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...

Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. Las
tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa por
vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro
para decirle á gritos:

--Al fin me tiene usted por aquí...

Pero notando mi empaque severo, me miró mucho. Estábamos sentados el
uno frente al otro.

--Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú aquí?

--Es la primera vez.

--Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos
sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en
las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que
Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con
la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La
comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular
de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su
tierra...

Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo silencio.
Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme anticipadamente
con la lisonja.

--¡Ah! se me olvidaba--dijo, tomando la máscara de la risa, que le
sentaba como al Cristo las pistolas.--Tengo que darte las gracias. Ya
me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy.
Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente
cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego
fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El
pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí
varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había
pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste...
Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire
marrullero, y me dijo: «Ya sé que el señor marqués va para _menistro_.
Si quisiera dar algo á estos _probecitos_ de Dios...» Empezó á pedir.
Figúrate, no quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del
pueblo y el sello para su hijo mayor; para el segundo la cartería,
y para sí propio la cobranza de contribuciones, la vara de alcalde,
el remate de consumos y la administración de obras pías... Yo me
desternillaba de risa y Sainz del Bardal le prometió proponerle para
una mitra.

Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo
siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería
romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero
probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse,
dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se
levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes
láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.

--¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico.
_Naufragio del navío_ INTRÉPIDO _delante de las rocas de Saint
Maló_. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno á la cara. ¿Y este
otro? _Naufragio de la Medusa_, por Gericault... Pero aquí todo son
naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las cinco.

--Allá se va este reloj con los de mi casa--observó mi hermano,
sentándose.--Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina...
Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta
pronto doña Cándida, me voy.

Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo grave.
Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, por lo
que pensó en ponerse en salvo.

--¿Tú te quedas?

--Sí: y tú también.

--Hombre, eso es mucho decir.

--Tenemos que hablar.

--¿Tienes algo que decirme?

--Algo, sí.

--Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.

--Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa señora
tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...

José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con todo el
comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni manotadas.
Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!

--Pues dímelo pronto--indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de
músculos.

--En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí hoy
por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que
vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al
juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación,
habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las
calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres
ni pariente alguno...

--No sigas, no, no sigas--dijo mi hermano, echándoselas de espíritu
fuerte.--Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre,
hermano, esposo ó siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te
metes á juzgar lo que no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?

--Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un hombre
que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien
quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que
se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras
diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre.
No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.

--Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...--balbució José,
enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde
salir.--Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en
cuenta...

--Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia
aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á
la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué,
creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear
ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta
desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre
ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos,
ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas
como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí
y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud
fuerzas bastantes para defenderse...

--Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar
las cosas como son... Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur...
Cosa absurda... Aguarda... Oye.

--No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no
puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...

--En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo,
estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...

--¿Pues qué es?...

Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de
conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro
encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y
le dije:

--Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi
vida?

--Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por
casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es
definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de
moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene...
No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve;
cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro
que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor
de Dios, hombre...

--Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble conspiración
fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus ideas y tu
dinero...

--Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... Ven
á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar...
Porque tú... Entendámonos...

--Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir
adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada
de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se
acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la
policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la
justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da
por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.

--Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo...
Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto...
¡dale!..

--¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son espadas
de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa: es
inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad,
con el escándalo, y además con el juez.

--Dale, si no es eso...

--¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de decir:
el juez...

--¿Pero qué juez ni qué niño muerto?

--En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner
los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes
dedicarte tranquilamente á la vida pública.

--Hombre, te estoy oyendo--gritó mi hermano envalentonándose mucho
y cruzándose de brazos,--y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!...
¿Qué significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo...
Con que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus
filosofías me apestan... No habrá más remedio que tomarlo á risa...
Y en último caso, ¿á qué se reduce todo?... Á nada, á una bobada...
Tanta bulla, tanta ponderación y tanta soflama por una cosa sin maldita
importancia. Estos sabios son verdaderamente idiotas... Que se me haya
antojado decir cuatro tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que
aquí en esta casa le haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco...
¡por amor de Dios! ¿es eso motivo?... Ni sé como te escucho...

--Quedamos en que esto se acabó--dije, gozoso de verle batiéndose en
retirada.

--Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración
tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si
te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te
maldecirían. Eres muy _plantillero_, el colmo de la impertinencia, de
la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus
buenas cualidades...

--Quedamos en que no volverás más aquí.

--Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso bien
lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero,
interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta
desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente
ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe
practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro
modo.

--Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te
canonicen...?

--Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo á vencer
las dificultades de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo
á la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia
á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi
conciencia está tranquila...

No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante,
acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que
á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de
su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:

--Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires
caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención
solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando.
Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y
caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito
filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la
honra de las doncellas puras... Verdaderamente...

Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más
arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.

--Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole la
rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; yo te
he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á ella...
Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy
antipático...

Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á
acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.

--Si saldremos ahora con que un señor catedrático de moral anda
enamorado... ¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa
respetable fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de
tus gafas están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio...
Por María Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso:
nunca gustarás á las mujeres.

Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me
mortificaban.

--Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita
Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad...
porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan
bien sus picardías...

Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.

--Mira, José--le dije,--haz el favor de marcharte de una vez. Abandona
el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré
en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa
contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos
hermanos.

--No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...--balbució
contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su
semblante.--¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre,
no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una
familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...

--Pues de una vez...

--Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios.
Trabajo te mando, camaradita, porque no es oro todo lo que reluce.
Y no es que yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado
por ella, no como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un
hermano. Que viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes
de cartas... Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de
cualquier pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil
tapujos y tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene
le pasa algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la
ilusión... cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales
boberías... Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por
las tardes, por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya
coquetas, habrá gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno,
mejor dicho, de aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú,
el señor de la protección caballeresca. Veremos si con rociadas de
moral ahuyentas al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el
Cristo, ó el Sócrates. Ó si no, otra cosa...

Se echó á reir como un condenado.

--Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me
amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi
futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...»
Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.

Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más digno
no contestarle nada.

--Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me
contarás y nos reiremos.

Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocurrió entonces que decir;
pero me callé para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada,
tarareando una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de
este resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José
María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido
el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el
abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor
era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había
habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.

José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo
daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela.
Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á
Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse
ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña
ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo,
antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé
lo que es.



XXXVII

Anochecía.


La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con
pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y
cascada:

--Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á tener función gorda...
Pero ambos sois muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre
niña...

--¿Qué?

--Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos acostado.
¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace un rato
deliraba y decía mil disparates.

--Que suba Miquis.

--Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene
sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de
los ladrones...

--Que suba Miquis...

--Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como
perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.

--Pero que suba Miquis...

--Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que
duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho.
¡Qué sería de nosotras sin tí!

Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se comunicaba
con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro pintadas
de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga en las
construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba estaba
casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado en esbozo
por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura cuya cabeza
estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La veía de
espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no asomaba
nada. Su respiración era fatigosa y febril, acompañada de un cuchicheo
que más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de
una fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente
el silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero
¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella
callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del
espíritu.

--La pobrecita tiene una gran pena--me dijo doña Cándida al oido.--El
motivo ve á saberlo...

--Ya... ¿le parece á usted poco...?

--No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el
suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba,
como herramientas para quitarse la vida.

Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la delicadeza
me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro encendido, la boca
entreabierta, el cabello suelto, encrespado, anilloso y formando un
gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de la cabeza. De cerca, el
cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; diálogo misterioso entre
el alma y el sueño.

Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre
una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer
á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento
Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo:

--Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas
ricas que hay en tu casa...

--Gracias.

--Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. Bien
sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.

Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.

--Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto
me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo
hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz.

La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se
traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.

--Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de
querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no
puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo...
Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores
tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una
cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín!
un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con
sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las
tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo
también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo
no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le
debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la
pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le
insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los
regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que
por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas
cosas, que vendrán á cobrar, y...

La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá
imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de
improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un
desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso
y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo,
no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las
ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta
ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto,
sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les
muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés
de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos,
antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de
la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis
de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis
bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una
fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:

--Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir
dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el
alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María
me debe un piquillo...

Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir
con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del
mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para
alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.

--Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.

--Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de
la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso.
Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera
enferma...

--Creo que esto pasará pronto--dije en voz alta; y para mis
adentros:--Ya te siento zumbar, cínife.

--¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban
dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso
sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy
yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades
eminentes. Eres el número uno de los hombres...

--¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...

--Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado por
ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la palabra.

--En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa
atroz...

--Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...

¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella se
callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para
esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada
y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y
necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo
punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo
y mi Purgatorio... Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más
tristes; pasadas, presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza
obstrucción semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que
las ideas no cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los
oidos. En este laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora,
en la cual la verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me
freía los sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna
comedia del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados
los que padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento,
porque ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su
momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del
espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga
del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda
suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado
al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que
sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive
meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza
próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus
leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por
el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad
de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en
saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la
experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales
se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, han
hecho un Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...

Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, impropias
de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque violentísimo
con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no tuve
contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de
un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y
preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme
parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La
conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de
pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que
la amargura, y la escupí en estas palabras:

--¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?

Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana,
comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres
privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da
el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le
leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima
esquina.

Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó:

--Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.

--¿Estás enfermo?

--La garganta... siempre la garganta.

--¿Con que la garganta...?

Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije:

--¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de
consulta.

--Pero como es amigo...

--¡Manuel, Manuel!...

Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me
ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le
desconcertó sobremanera, y fué esto:

--Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y
después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.

--No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa
tiene?... vamos; no, no...



XXXVIII

¡Ah! ¡traidor embustero!


¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos
los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que
pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta
cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía:
ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has
tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á
ahogar, sí, te ahogo...!

Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á
maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome
á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo
dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras,
le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole:

--No quiero molestarte. Ve solo...

Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí
su voz:

--Maestro, maestro...

--¿Qué quieres?

Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con
ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que
bajaba.

--¿Qué quieres?--repetí, cuando pasó el peligro.

--Me voy con usted... Tengo que decirle...

Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos
de exclamar:

--¡Hipócrita!...

--¿Por qué?...--me respondió con frescura.--Hablaremos... Yo sé dónde
ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la
tarde.

¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que
me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era
preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco
interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las
uñas, padecí horriblemente al decirle:

--Eres un calavera, un libertino; mereces...

--Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,--manifestó él con
desenvoltura.--¿Por quién ha sabido usted esto?

Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le
respondí:

--Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.

--¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto.
Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes
decírselo.»

Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la
sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:

--Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo
que yo sospechaba ya.

--Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos
tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro
secreto. Así es más sabroso...

--¡Mala cabeza!...

Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios...
Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle
no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis
apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho!
Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca
del traidor, como versículos del _Dies iræ_, y á medida que íbais
formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto.
Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo
que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y
tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi
espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el
mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con
vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á
mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel
me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de
hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.

Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón,
como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más
odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres.
¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería
conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con
buenos modos.

--Manuel--le dije.--Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito
prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te
suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá
la noche tontamente.

--¿Va usted á trabajar después de comer?

--Es preciso.

--¿No sale usted?

--No...

--Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que
veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un
pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio,
profundamente serio.

--De modo que también tú...--le pregunté sintiendo cierto alivio.

Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y
miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.

--También yo--murmuró,--estoy loco por ella.

Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un tanto
pálido y excesivamente abatido.

--Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de
sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por
pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del
mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un
volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...

--Harás bien.

Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de
decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios,
nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como
la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más
pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios
excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta
rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance
mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese
venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la
mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico
entretenimiento de hacer fiestas á un gato.

--Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las
cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que
parecía más lejano, más imposible...

No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á revolver
papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba manotadas
sobre la mesa...

--Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la
tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático
desde que usted me presentó en su casa...

--También tú tienes unas cosas...--gruñí, por aquello de que estar
completamente mudo no era propio de un buen disimular.

Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo
con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo
había ido allí.

--¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande,
doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?

--Hombre, sí--dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.--Lo
sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...

--¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que
yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo
H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier
barbaridad....

--¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...

Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un
líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso;
pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y
por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos
diciendo: «botinas de _chagrín_, para señora, 54 reales,» ó cosa por el
estilo.

--Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la
criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su
hermano de usted... le mato...

Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el
brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el
espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada,
chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión,
apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.

--Pero mi hermano no fué...--dije.

--Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito
salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en
las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el
roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de
luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...

Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento...
Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...

--Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la
vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la
idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar
de un sorbo...

Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi
espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:

--Metafísico estás... y poeta de redomilla...

Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que
me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para
aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre,
mientras Manuel decía:

--Á la mañana siguiente volví...

--¿Con revólver?...

--Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni
peligros, ni obstáculos veía yo...

Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla
lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin
saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se
había quedado vacío.

--Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando
aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando:
«¡ladrones!»

Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo
de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y
declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar
al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del
Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el
papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité
en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!»
Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió
un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque
positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo
tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la
mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no
encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.

Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel...
Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento...

--Travesuras de gravísimas consecuencias--dije con voz
campanuda.--Petra, la comida.

Manuel miró su reloj y yo miré el mío.

--Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.

--Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?

--Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?

--La cosa es grave... Hay que pensarlo...

Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé
si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban
trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros
aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi
razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla.
Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del
mismo asunto otro día, y se fué...



XXXIX

Quedéme solo delante de mi sopa.


Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos
redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, á
quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo de no
sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que me pareció
entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y extraordinario.
Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme con lo que
es uso y costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con
más ánimos para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero
mi amor á la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito,
y que comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra
causa, lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza
que esto resulta en contradicción con lo que afirman los autores más
graves que han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han
estudiado el paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos
afectivos, pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada
cual las consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno
era la distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba
por mi boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte
que toma el espíritu en la digestión. Punto y aparte.

En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía hallar
consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, lograba
cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su desdicha.
Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al dogma
que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de
imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras
esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se
volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las
energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios
y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de
próxima muerte... Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta
de sueño, estas ideas de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía
con su convicción correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer
muerto, y me entretenía en considerar la sorpresa que recibirían mis
amigos al saber la triste nueva y el duelo que harían las personas que
verdaderamente me estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y
aquella sorpresa desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame
estar absolutamente ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero
continuando conocedor de mí mismo en una esfera, región ó espacio
completamente privado de las propiedades generales de la física.
¡Meditación morbosa, fiebre del vacío, yo no sé lo que era aquello!...
Después pensaba en las frases que emplearían los periódicos para dar
cuenta de mi inopinado fallecimiento. Entre otras cosas, y después de
echarme ese incienso ordinario, corriente, de fórmula, y que parece
traido de la tienda, como el espliego que usa el vulgo, dirían poco
más ó menos: «Este triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del
Sr. Manso, cuanto que éste se había dedicado el día anterior á sus
habituales ocupaciones en perfecto estado de salud, se había retirado á
su casa á la hora de costumbre, había comido con apetito...»

Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre
cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada,
propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían
algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á
escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto escrito _el
canto del cisne_... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que
se celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos,
me entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya
muerto estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía
Sainz del Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de
veladas... Nada, nada, ¡á vivir!

Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo reparó
mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí estaba
destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y aplomo
concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en mi
cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de
género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas
manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí
y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber
soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se
celebraban veladas en honor mío.

La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi conciencia
dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; tenía
deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en que
lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi
mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien.
Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con
una facilidad de expresión que me causaba asombro.

--«El hombre es un microcosmos. Su naturaleza contiene en admirable
compendio todo el organismo del universo en sus variados órdenes...

»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre ser
como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve
palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren
diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen
atención...

»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo
actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral
que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el
atmosférico.

»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un
reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda
la grandeza del cielo.

»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el
maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el
trabajo constante en la investigación de la verdad.

»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo es la
imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución y muere,
aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir consagrada al
gobierno del mundo.

»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de ella
y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre de
mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en el
ajetreo de los hechos comunes.

»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo lento
ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.

»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de todo.

»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los
encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza
secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso
de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en
posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas
igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.

»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara
á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia
trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del
egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que tiene hambre.

»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio
de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del
individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no
existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia...»

Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé
que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención.
Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que
son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron
al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas
y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran
escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo.
Llamaba yo escogidos á los que tienen la piel delicada para apreciar
bien los palmetazos, pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido
maestro de escuela, pues á los señores que tienen sus almas forradas
con cuero semejante al del rinoceronte, ni con disciplinas les entra
una sola letra.



XL

Mentira, mentira.


Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que
no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme
de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que
la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad,
sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa,
dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las
propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas
confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de
sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en
cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo
elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera
se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de
relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban
Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso.
Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó.
Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora
pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables
apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de
esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y
tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera
no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las
relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la
historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo
observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar
bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su
vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado
por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy
bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su
capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá
por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal
y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no
aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en
el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo.

--Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...

La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy
sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y
vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.

--¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas
manos...

Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón,
frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía
límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su
hijo con mi enseñanza la brillante senda...

--Señora... por Dios... yo... No hable usted más...

Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban
el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan
poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y
corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él
para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad
para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un
distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario
_de p_ y _p_ y _doble h_, y al cabo de algunos años ministro. La señora
pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo,
porque...

--Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar
tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí
no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el _randibú_; como soy tan
llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo
no desmerezca.

Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que
estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas
entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole.
Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran
seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de
todo el mundo, y la aproximaban á la juventud.

La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el
encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que
anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de
casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías,
inapetencia y desabrimiento de caracter.

--Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan
pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de
usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían
por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...

Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa
que se me ofreciese...

--No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo
Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero
muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted
necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.

--Señora, mis medios...

--Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una
gloria del país no debe vivir así...

Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito
interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día
siguiente, que era domingo.

Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me
parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior;
pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José
encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del
cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la
concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque
me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel
capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había
empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el
aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era
plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba
excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo
á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en
vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían
más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul
ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de
asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha
obtenido el primer premio en la Exposición de ganados.

En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:

--No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo.
Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos
viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún
regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno
que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de
la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón
á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre
estoy en ascuas cuando le veo tan _cambambero_...

Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de
todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie
que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la
digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía.
Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel
día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen
hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo
diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban
con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé
cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron
gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con
pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen
considerando que pueden verse en trotes semejantes.

Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No
lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado
cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando
fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me
presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero
ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas.
Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero
sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad
y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo?
¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige,
ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era
causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos
en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no
entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí
y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba
de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida
caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan
bien cuadraba contra ella, le dije:

--Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí,
que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que
guste; cuanto más mejor.

--¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...

Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde
había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma
condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la
vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.

--Ese es obsequio especial de D. José á mi tía--me dijo Irene, buscando
en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse.

--¿Y usted, qué tal se encuentra?--le pregunté, como hacen estas
preguntas los médicos.

--Regular... perfectamente...

--¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!

--Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...

--Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si usted
me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos ó
tres preguntas...

--Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba
cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego
desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata.
Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.



XLI

La pícara se sentó con la espalda á la luz.


Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad
del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos
procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.

--Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?

Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien mientras
me contestaba con humilde voz de escolar:

--Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un refresco...

--¿Habló él con usted en aquellos días?

--No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él
salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.

--Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?

--Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático,
amigo suyo.

--Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?

--Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El
me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo
iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...

--Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á
usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media
noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...

--Es cierto--respondió, sin levantar los ojos de su costura.--¿Cómo lo
sabe usted?

--Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de
Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...

Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»

--Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el
pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...

Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido
en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos
componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión
es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué
razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé
mover de mi bondad, y le dije:

--Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho;
pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya
sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted
muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por
completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía
por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida
ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla
en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos
que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es
de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación
de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo
placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas,
y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de
usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío
de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy
poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto
más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes,
iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y
debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines
más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel
debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un
joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo,
usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además
algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La
enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco
de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y
añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser
la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.

La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se
iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima
que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una
palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí:

--Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero
sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que
suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y
con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba
esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el
momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa
crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en
que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento,
bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la
suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir...
¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre
al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto
diputado, ministro...!

Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente
lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo
á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:

--Sabe usted... más que Dios...

--Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta--añadí
bromeando.--Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el
desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya
con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona
querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura
sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente,
su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido
rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo
un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia,
y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir
de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver
pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante
después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse
independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de
mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo.
Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros
que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular.
¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada
por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que
es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con
Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento
á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí
á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones
de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en
ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado
de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con
Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi
hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted
á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre
bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer?
Manuel y usted han de decidirlo.

Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á
cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada;
no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que
no obedecía, me dijo:

--No callará mientras no cierre el balcón.

Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á
oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no
se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver
á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de
frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y
siguió el lloriqueo.

No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento
de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado
delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada
estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si
la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y
embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos
pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada.
¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el contrario, debería
yo evadirme lindamente dejando que los criminales se arreglaran como
pudieran?... ¡Pobre Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó
Irene esperaba de mí no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho
tiempo pasó hasta el momento en que me dijo, sin dejar de llorar:

--Usted lo sabe todo... Parece que adivina...

Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí
mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás
sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo,
que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí
no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar
gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos
desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas
sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde
que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y
comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene
un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios
secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza
generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón
práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona
alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en
el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la
pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos
del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad
no mostraba más que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de
adivinación tenía este triste pensador de cosas pensadas antes por
otros; este teórico que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces
había estado haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo,
mientras el sér verdaderamente humano, desordenado en su espíritu,
voluntarioso en sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del
instinto de los hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos,
se iba derecho al objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico
de gabinete que en su vida ha olido la pólvora y que se consagra con
metódica pachorra á estudiar las paralelas de la plaza que se propone
tomar; y ved en Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro
de arte, y mientras el otro calcula, se lanza él espada en mano á la
plaza, y la asalta y toma á degüello... Esto es de lo más triste...

Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme
con nuevas lisonjas. Hélas aquí:

--Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le
respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo
Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace
más que lo que usted le mande.

«Te veo venir, palomita--pensé sonriendo en mi interior.--Ahora
quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya
inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo
Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo y
de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran empeño en
conservarla. Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no
pierdes ripio... ¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y
casamentero...? Es lo que me faltaba.»

Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en aquel
punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra prueba
de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las frágiles
maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la puerta.
Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que limpiaba la
puerta con un gran zorro que en la mano traía.

--Hoy sí que no te nos escapas, Máximo--me dijo.

--Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?

--No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.

Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la
cabeza.

--Bueno--respondí.

--No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los
pichones? Porque tengo pichones.

--Á mí me gusta todo.

--Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?

--¿Qué más anguila que usted?

No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo,
donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.

--Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer
un pastel que á tí te gusta mucho.

Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa,
y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel
de risa y llanto, qué amargo eras!



XLII

¡Qué amargo!


--Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto--dijo Calígula
entrando.--¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido,
Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás.
¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende...
¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel,
servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves.
Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes
tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto,
Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la
francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre
está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni
guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro
día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo
arreglado.

--¡Qué cosas tiene mi tía!--me dijo Irene cuando nos quedamos
solos.--Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni
tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos
desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que haya
mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un veladorcito de
hierro que tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de
galletas... Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría
mil veces comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.

No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que ví
en su semblante.

--Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.

--Sí; pero creí venir de paso--me respondió con una decisión que me
parecía nueva en ella.--Vine como se va á una estación de ferrocarril
para tomar el tren.

Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome
una energía que me pasmó, me dijo:

--Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.

Me dejó frío...

--Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña
Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir
á comer á una fonda.

Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor,
que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin
cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á
creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran
dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo
semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un
perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla
mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo
que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares.

--Este es el museo de mi tía--dijo Irene burlándose.--Ahora, explaye
usted sus miradas por esta suntuosa _salle à manger_. Ella dice que es
del gusto de la _renaissance_ por esas dos arquitas talladas que tiene
ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal
estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de
mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos
sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En
días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete;
en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos
de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer
la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina
funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los
fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda
usted para cuando se case...

Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella
enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para
remacharla así:

--¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es
vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién
lo va á hacer?

--¡Es verdad, es verdad!

--¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es
abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola,
sin padres, sin guía...

Complacíame mucho verla tan expansiva.

--Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina.
Amigo, es preciso trabajar. Si no...

Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha
limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre
estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio
de cosa comestible.

--Eso sí--observó Irene,--hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día
se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.

--Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...

--No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted...
coja por ese lado.

Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella
riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.

--Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules...
Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía
no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.

--Vengan esas llaves... abriremos.

Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules
y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla
de lo profundo, sacar antes el _Año Cristiano_ en doce tomos, algunas
colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.

--Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo
que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal.
En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con un
par de tenedores nos arreglamos; pero no sé si nuestro convidado...
¡Ah! sí, en el otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas
que fueron de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un
juego de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es
de Toledo...

Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y no
quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería
nueva dábanle excelente aspecto.

--Ahora falta lo principal--dijo Irene.--Veremos cómo sale del paso...
Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al
entrar... Como si la oyera...

Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje de
diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y la
sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de
pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro,
veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa
producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.

--¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para
desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier
medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he
criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este
desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en
palacios...

--Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito.
Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos
caminos.

--Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que seguirlos.
No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le voy á
contar...

Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí,
frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no
olvidaré nunca:

--Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la escuela,
¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No sé
si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho
que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme
mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres...
¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz...
tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la
escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la
puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer
aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra,
aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera
yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me
gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder
de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos
tranquila; pero mi imaginación no descansaba...

¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia,
la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en
ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin
caprichos!... Pero atendamos ahora.

--Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es que
no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo á solas
conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á averiguar
lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía bien mis
deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera usted,
amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia á
enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética!
Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un
heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena
de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco
más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»

¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero
chitón, y oigamos.

--¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí!
Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos,
usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la
maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse
lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas
tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...

¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio!
Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón...
Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me
gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en
aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de verdad
que acababa de obtener podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo
había hecho lucidamente una hora antes.

--Mire usted, Irene,--le dije envalentonándome mucho y empleando ese
acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.--Lo que
usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien
lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la
superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted?
Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los
libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos
de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece
podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos,
de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos
de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que
constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer
honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza.
Faltan las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos
y esas aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea,
aspira á ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino
se las depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada
á la juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba
las redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural,
resulta ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel
se casa con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que
desea, será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un
hombre notable; señora de una excelente casa, donde podrá darse toda
la importancia que quiera; dueña de mil comodidades, coche, criados,
palco...

--Cállese usted, cállese--me dijo poniéndose roja, y echándose á reir y
escondiendo la cara.

--No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al
contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en
el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena
esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo...
Lucirá usted...

--Cállese usted, cállese usted...

Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para
comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión
de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo
me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad
¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se
me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción
vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada
según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que
constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble
era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis
generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á
los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica
y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento,
aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...

--Lo que yo aseguro á usted--me dijo,--es que mis deseos han sido
siempre los deseos más nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como
lo son otras... ¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo
he visto á otras que se han casado con jóvenes de mérito y de buena
posición. ¿Por qué no he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios,
Manso. Para que me concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la
Virgen...!

¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo
desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa
clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas
triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas,
un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu
y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que
se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como
dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un
arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga
presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que
realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte,
la serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe
de vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y
los maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por
cuyas cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta
criatura de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas
prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora
y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes
leyes, de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y
todo para que el muñeco fabricado por mí se rompiera más tarde en mis
propias manos, dejándome en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde
habría llegado yo con estas lamentaciones internas si no apareciera
doña Cándida cuando menos la esperábamos...

--¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa
puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á
comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi
mesa...

Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.

--No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido
aquí...

De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un
trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí
y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos
en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:

--Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra
fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de
las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al
fuego...

Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que
esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no
sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas
de hablar.

--Dígame usted, Irene--le pregunté con interés profundo.--Si Manuel
tuviese ahora un mal pensamiento y...

No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición de
su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:

--Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de pena...

--¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...

--Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no
quedaba bien muerta... Usted no me conoce...

¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.

Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para decirme:

--Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año pasado...
¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y al
momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.

--¡Tortilla para comer... tía!

--¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas.
¿No eres de mi opinión, Máximo?

--Sí señora; todo lo que usted quiera...

--Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?

¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen
agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero
Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude
pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña
Cándida el retumbante apodo de _filet à la Maréchale_.

--Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo ya
en Madrid más que yo...

--Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.

Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para burlarse de
la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no aparecieron
ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.

--Aquí tienes un pavo trufado--declaró Calígula,--que lo ha hecho
expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito
á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de
Champagne...

--Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...

--Te digo que es del propio _Duc de Montebello_. Tú entenderás de
filosofía; pero no de bebidas...

--Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?

--Es el platito de que te hablé... _haricots à la sauce provençale_...
Lo hace Melchora á maravilla.

--Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me parece
una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...

--¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así es
todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.

Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso _filet
à la Maréchale_. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar otra vez
sobre el tema eterno.

«Quién sabe,--me dije,--si una crítica completamente sana y fría
podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y
rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado
más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te
entusiasmaba, ¿no será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos
de ideas como los hay de palabras... Ponte en el terreno firme de
la realidad y haz un estudio serio de la mujer-mujer... Estos que
ahora te parecen defectos, ¿no serán las manifestaciones naturales
del temperamento, de la edad, del medio ambiente?... ¿De dónde
sacaste aquel tipo septentrional más frío que el hielo, compuesto
no de pasiones, virtudes, debilidades y prendas diferentes, sino
de capítulos de libro y de hojas de Enciclopedia? Observa ahora la
verdad palpitante, y no vengas con refunfuños de una moral de cátedra
á llamar graves defectos á lo que en realidad es tan sólo accidentes
humanos, partes y modos de la verdad natural que en todo se manifiesta.
La pasión es propio fruto de la juventud, y el arte de disimular que
tanto te espeluzna es una forma de caracter adquirida en el estado de
soledad en que ha vivido esa criatura, sin padres, sin apoyo alguno.
Un poderoso instinto de defensa le ha dado ese arte, con el cual sabe
suplir la falta del amparo natural de la familia. Ese disimulo ha sido
su gran arma en la lucha por la vida. Se ha defendido del mundo con
su reserva. Y esa ambición que tanto te desagrada no es más que un
producto del mismo desamparo en que ha vivido. Se ha acostumbrado á
deberlo todo á sí misma, y de ahí ha venido el prurito de emprenderlo
todo por sí misma. Arrastrada por la pasión, ha tenido flaquezas
lamentables. Su agudeza y su prudencia han sido vencidas por el
temperamento... Hay que considerar lo extraordinario de las seducciones
con que luchaba. Enamorada, la atraía el galán de sus sueños; pobre,
la atraía el joven de posición. ¡Amor satisfecho y miseria remediada!
Estos grandes imanes, ¿á quién no llevan tras sí? El espíritu
utilitario de la actual sociedad no podía menos de hacer sentir su
influjo en ella. Hé aquí una huérfana desamparada que se abre camino, y
su pasión esconde un genio práctico de primer orden...»

¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, hastiado de
alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban amenazando
desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el mango, y
de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya en lo
maravilloso.

Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos nada.
Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza de
haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía muda
y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí
acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal
en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la
vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una
palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción
extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos
sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos.
Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que
yo y que todas mis filosofías.

Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella reserva
interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en los
horizontes de su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel
mismo resabio utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa
muletilla, aquella pobreza de estilo por la cual llamaba _tremendas_
á todas las cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que
fué Manuel, ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel
armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la
razón!... Pero ya era tarde.

Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del
crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví
tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es
necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga
á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios
gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de
ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que
por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no
es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque
si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente
serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros
de la tontería.



XLIII

Doña Javiera me acometió con furor.


Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta entonces
desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, afabilidad
y suma tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del
domingo, que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo,
llevóme á su gabinete, cerró...

--Pero, señora...

Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos modos
la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los ojos;
creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de la
legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino con
monosílabos y entrecortadas cláusulas:

--Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe usted
lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... Manuel,
¡qué pillo, qué ingrato hijo!...

--Pero, señora...

--¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se
quiere casar con una maestra de escuela.

Y al decir _maestra de escuela_, alzaba la voz con alarido de agonía,
como el que recibe el golpe de gracia...

--Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen,
re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto
mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de
Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?...
Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho
cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos
el _pe á pa_... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á dar
algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando me
lo dijo... Ahí tiene usted un hombre perdido... adios carrera, adios
porvenir... ¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...

--Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.

El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al
comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:

--En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi salvación.

--Yo...

--Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se
dice así?

--Así se dice.

--Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las
amistades.

Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días me
pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se
parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares
y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de
mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos
y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín
más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las
consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el
apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien
dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco
que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome
que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á
Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este
entró cuando ya habíamos tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le
conocí que había visto á su víctima; mas no podía suponer dónde ni
cómo. Probablemente habría sido en la misma casa caligulense, pues
no era difícil para Manuel embaucar á doña Cándida y aun prescindir
completamente de ella. Durante toda la comida, doña Javiera no perdía
ripio de reñir á su hijo, fulminando contra él los rayos de sus bellos
ojos ó los de sus frases agudas y mortificantes. Á mí me traía en
palmitas, quería que de todo comiese, cosa imposible, y me atendía y me
obsequiaba con cariñosa finura. Cuando me despedí, después de hablar un
poco sobre el consabido conflicto, le dije:

--Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.

Y ella:

--En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va
á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy
abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la
calle.

Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que le
esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en voz
bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:

--Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale usted
que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su
porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en
que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no
me venga con mimos, porque no le perdono...

--Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.



XLIV

Mi venganza.


Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia
por decirme:

--¿Ha hablado usted con mamá?

--Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con
Irene--le respondí;--y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece
que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena
boda. Ya ves que la pobre Irene...

--Es pobre y humilde; pero yo la quiero.

El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y al
compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de
pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!...
Formé un plan y lo puse en práctica al instante.

--Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la
verdad, la verdad pura quiero.

--Déme usted antes consejos.

--¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...

--Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le
diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de
ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme,
le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía
una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se
oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes
ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.

--¿Tienes algún recelo,--le dije violentándome mucho para aparecer
sereno,--de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á
ese tu entusiasmo de hoy...?

--Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la
pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que
he de ser feliz con ella...

--Entonces...

--Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á
Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella?

--La misma que tú.

--¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me
embarco con ella.

--¿Crees que no te pesará?

--Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos
flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere
usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en
la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en
revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual
más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que
la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se
levanta cada ola...

Yo meditaba.

--¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...

--¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?

--Juro que sí,--me dijo con entereza.--No hay nadie en el mundo que
tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.

--¿Y si te digo que no te cases?...

--Si me dice usted que no me case,--murmuró muy confuso mirando al
suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,--también lo
haré...

--¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas
absolutamente con ella y no la veas más?

--Eso ya...

--Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí
sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo.
Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el
vicio.

--Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede
inspirarme una villanía.

--Pues cásate.

--Si realmente...

--Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte
á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías
considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera...
Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad
fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas
ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres
medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas
aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida
moderna. La riqueza general crece como espuma y las competencias de
lujo llegan á lo increible. Dentro de diez ó quince años quizás te
consideres pobre, y quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales
que ocupes ofrezcan un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel,
mira á lo futuro, y no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas
cuantas semanas. Ten por seguro que si te dispensan la edad, entrarás
en el Congreso antes de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades
de orador te habrán proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las
comisiones y en los grandes debates políticos. Puede ser que á los
dos años de aprendizaje seas lugarteniente de un jefe de partido, ó
coronel de un batalloncito de dragones. De seguro acaudillarás pronto
uno de esos puñados de valientes que son la desesperación del Gobierno.
Te veo subsecretario á los veinte y seis años, y ministro antes de
los treinta. Entonces... figúrate: un matrimonio con cualquier rica
heredera americana ó española remachará tu fortuna, y... no te quiero
decir lo que esto valdrá para tí...

Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué así:

--Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene...
Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del
sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que
cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote
ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus
amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que no
tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mucho; pero
los ríos de lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes
sequías. Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y
el consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión
de endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á
la suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora;
pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más
talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda
de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás
á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por
los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre
honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á
la calladita con los restos del naufragio...

--Por vida de las ánimas--gritó Peña con ímpetu, sin dejarme
acabar,--que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del
mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...

Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, que
mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi estratagema,
me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba duda de la
rectitud de su corazón...

--No siga usted--exclamó levantándose.--Yo me marcho: no puedo oir
ciertas cosas...

Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los
hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con
estas palabras mías:

--Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que
yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de
pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar
con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has
esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia
hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas,
pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te
tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el
tiempo en que te tuve por amigo...

Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:



XLV

Mi madre...


--Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella no
conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi madre
me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre huérfana,
de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... Sí,
lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora
mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi
protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un
nombre y el decoro de una familia.

Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más enérgicas.

--Las preocupaciones de tu madre son ridículas. Dejémonos de
abolengos, pues si á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu
madre y todos los Peñas de Candelario.

--Sí--gritó él con entusiasmo,--abajo los abolengos.

--Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas un
tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías
llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en
gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña
Javiera cederá; déjala de mi cuenta...

Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre
triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba
una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando
en ellas.

Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el
resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:

--Convencido, señora, convencido--fué lo único que le dije.

Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con
ama de llaves, á manera de presbítero.

--Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo
Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone
de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan
sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle
de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en
la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle
á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted
dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba
más...

Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día,
sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me
presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de
espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando
una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender
lo siguiente:

--Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á
Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me
traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.

Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me
atreví á responderle:

--El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo
podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.

--No hable usted así, que estoy volada...

--Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted
hablar de otra manera.

--Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí
para que me lo atrape la primera esguízara...?

--Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no
logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa
usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo
que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita
huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.

--¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se
va volviendo cargante? Mi hijo...

--Vale menos que ella.

--Vale más, más, óigalo usted, más.

Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso.

--Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano,
amigo Manso.

--Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán,
y en paz.

--No le doy la licencia--exclamó doña Javiera puesta en jarras.

--Se la dará usted.

Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no
podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave
tema.

--Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted
algún Coburgo Gotha?...

--No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á
usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se
compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.

--Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño
una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de
belleza, de virtud... hija de un caballerizo...

--¡Hija de un caballerizo!...--repitió la ex-carnicera con cierto
aturdimiento,--de esos monigotes que van al lado del coche real...
brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.

--Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio
de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi
protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa.

--¿De veras, hombre?--dijo ella mezclando á la cólera un grano de
risa.--Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

--Sí señora...

--Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea,
no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es
profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más
sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo
mi niño ha tenido el antojo...

--Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.

--No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La
sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.

Diciendo esto, parecíame algo desenojada.

--Siga usted, siga usted--me dijo--elogiando á su ahijada. Es de las
que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de
un repelón...

--No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la
querrá muchísimo.

--¿De veras...?--exclamó con dejo chulesco.--Voy viendo que el señor
catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó
la manteca.

--Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de
mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...

--¡Ay! sí señor--respondió con oficiosa prontitud, levantándose.

--Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan
botones...

--Sí, sí, sí, venga.

Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.

--Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un
cuello nuevo.

--Ya lo creo; venga.

--Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...

--¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste...

--Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un
poco esto... La pobre Petra...

--Subiré yo misma. ¿Qué más?

--Que es preciso dar la licencia á Manuel.

La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con
su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña
y enojada:

--No me da la gana... Pues me gusta...

--Vaya, que sí lo hará usted.

--Me llevo esto.

Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de
mujer hacendosa.

--Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude.
¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la
ponemos como el lucero del alba.

Y desde la puerta me miró de un modo particular.

--Aquello, aquello...--le grité.

--Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es
pesadito...



XLVI

¿Se casaron?


Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica
y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo
tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la
tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo
de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que
se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella
noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus
perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían
amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber
resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas
al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi
narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos,
retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde
que partió mi vecina diciendo aquello de _Pesadito_, etcétera, cuando
sonó la campanilla.

_Una criada._--La señora que baje usted á ver unos muebles.

--Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.

Al poco rato, tilín...

--La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.

Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva
casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta
conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en
cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto,
mis caprichos eran leyes.

Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en
famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de
cortinajes, portieres y telas diversas.

--¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas sillotas
no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas
inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en
ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente
forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas,
Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda...

Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á
adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.

--Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D.
Máximo...--me dijo más tarde.--Porque yo no sé lo que harán los
pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues...
Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices
muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora
se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los
platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me
aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija
todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que
le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar
las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted,
Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada
que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que
he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es
de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son
guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto
y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y
estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles,
y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con
que vamos allá?

Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar
para que viese una bata que le probaba la modista.

--Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...

--Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es
verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas
que van por ahí.

Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de
lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños.

--¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos
que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de
que por mis barrios...

Al decir _por mis barrios_, se pasaba suavemente las manos por los
hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así:

--... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas
sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.

Vistióse prontamente.

--Lo que es sombrero--me dijo mirándome como si se mirara al
espejo,--no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?...
Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor
catedrático esperando.

Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho
tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el
camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de la
famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes,
alzando demasiadamente la voz.

--Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo
fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar
el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...

En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por
donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios
de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa
de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas
tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil
herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un
gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo
que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina
cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.

También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita.
Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis gustos y
deseos.

--Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor
de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera;
acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad...
Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza
pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos
todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor
á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos
con el león del Retiro...

La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa
y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en
cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la
señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla
más amansada. Ya no decía: _la maestra de escuela_, sino _esa pobre
joven_... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban
arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:

--Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca,
machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No
hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...

--Pero, señora...

--Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se
va á la calle.

Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado
posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su
antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de
Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían
puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto
arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares.
En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo,
sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían.
La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome
discretamente con ellos.

Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de
complacerla, disminuían sus _voladuras_ con motivo de la licencia, y al
fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen
sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una
tarde me dijo:

--Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga
de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.



XLVII

No me dejaba á sol ni sombra.


Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había propuesto
hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. ¡Ley de las
compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida árida, en
las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las frescas
vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.

Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que me
pareció más negro que la misma usura.

--Mi ama que vaya luego...

--Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.

Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días no
había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con mis
quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por
donde cogerme.

--Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que
acompañes á D. Pedro...

--¿Y quién es D. Pedro?

--¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... Es
preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.

--¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!

--No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el
buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo...

--Á todos los colocaremos... en medio de la calle.

--¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no
hay otro como tú...

--¿Y José María?

--¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo
del marquesado está ya hecho.

--Saludo á la _señá_ marquesa.

--Á mí... esas cosas...

No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La
humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay
nada que la tuerza.

--Yo quiero mi tranquilidad--añadió.--José María está cada vez más
_relambido_... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la
comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.

Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy
mal talante, fué esto:

--Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo
nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué
hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide
papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus
dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de
aquí esta plaga.

--Los pobres--murmuró Lica,--son tan buenos...

--Pues ponerles en la calle--indiqué yo.

--¡No, no, que se le retira la leche!--exclamó con espanto
Manuela.--Habla bajo, por Dios... Pueden oir...

Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda
de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano,
atrozmente inmutado, no dijo más que:

--Ya lo sabía.

Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo,
encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara
en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía
no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...

--Oiga usted, don espantajo--le dijo á gritos,--¿cree usted que estoy
yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase
usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...

¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo
mi cuñada le daba el _don_, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna
esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora;
los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana
empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi
de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi
ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José
María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á
quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una
carta.

--Al fin se le hace justicia--pensé;--y no tuve más remedio que amansar
á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses,
y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los
chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica
hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche
al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y
mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir
la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos
empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta
merienda para el camino.

¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!

--Esto es una cosa atroz--dije para mí, parodiando á doña
Cándida.--Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y
otra al egoismo.



XLVIII

La boda se celebró.


Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por
ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido.
Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por
éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir
de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir
mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en
aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que
fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno
de la amistad...»

--Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente
criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad,
privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona
que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía
lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos
para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar
su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica.
¡Oh! sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se
muriera de dolor al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la
pobre niña al separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!...
Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife,
y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas,
su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne...
Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una
acostumbrar á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo,
de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una
cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel
como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque
realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella
transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos
no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula
sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que
quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita
para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su
casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo
cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta
las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como
recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella
nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel
en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas...
también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella más
que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora
sacara á Irene de algunos apuritos.

Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima.
Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó la serie de
sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de parasitismo, que
no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los
enredos y cocodrilo de las bolsas.

Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba
más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no
pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía
en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero
su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser
sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él.
Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y
extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar
cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil
tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me
traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como
ponzoña...

Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento;
sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha
perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella
en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía
estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me
acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:

«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal
idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos
los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible,
imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo
se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad
de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese
pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo
ahogaran y comprimieran...»

Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con
ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi
sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi
temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía
oirla hablar así en su interior:

«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara
de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el
amor á estilo filosófico, pobre hombre...»

Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo
uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la
_tremenda_ idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la
conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó.
Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.

--¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que
nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un
endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin
sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado
permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos
de la amistad...

Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.

--Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la
amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas,
y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á
nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama
del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la
constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de
donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido
conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange
del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha
servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu...

¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con
Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del
cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de
nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.

Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:

--No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el
último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo,
me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más
que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos.



XLIX

Aquel día me puse malo.


¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir...
Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama.
Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que
susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme,
cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular,
más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los
concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos
para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos.
Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me
levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña
Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente
día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que
empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla,
y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que
á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad
materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido
los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre
pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que
ella. Manolo _daba la hora_. La pícara maestra debía tener más talento
que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más
mérito de todas las Españas.

¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había
cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la _señá_ marquesa, Lica
por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas
notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté
con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias á
todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole:

--¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?

--Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares...
Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa,
cuando Manolo empiece á figurar, y demos _tées_... Será aquello un
pueblo...

No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para
consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel
día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios
amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles,
libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver
encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género
mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos
beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de
los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua
sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy sana, mi
casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo atendía con
extremada solicitud, dando motivo á murmuraciones de maliciosos amigos
y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente
de ellas.

--Déjeles usted que hablen--me dijo con menos desparpajo del que solía
tener, antes bien algo turbada.--Riámonos del mundo. Á usted no le
hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues
á mí me da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué
quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que
es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre
en cuidado, por temor de soltar una barbaridad.

Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y
ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de
esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente
ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos
ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño
apotegma: _la sabiduría es la sal de los hombres_. Cualquiera que fuese
el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina
á su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa
que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía
yo: «le pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»--Pero
no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y
apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en
los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y
acostumbrado á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación
en todo lo más importante de la vida, llegué á considerar que si me
faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de
menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la
pendiente, sin ocuparme de calcular á dónde llegaría.

No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa,
después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor.
Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y
amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia
yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene
me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña
Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:

--Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea,
pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.

Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada
debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de
la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal...
¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y
funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que
no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras
postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en
novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo
por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina
y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en
esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que
si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se
entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...

Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no
se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había
vuelto á coger un libro.

Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra
cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de
los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una
controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente
dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas
veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el
afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes
de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel
empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de
viso y á otras que aspiraban á tenerlo.

Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de
importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo
en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con
pasmo, y doña Javiera estaba asustada.

--Es de la piel del diablo--me dijo un día,--sabe más que usted.

¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!--Lo
más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos
con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi
le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo
hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.

--Esta nació para hacer gran papel.

--Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?

--Como siga así y no se tuerza...

--¡Oh! si ella es buena, es un angel...

Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.

--Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto
exhibirse.

--Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...

--Se ven unas cosas...

¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente.
El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos,
lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición,
desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con
las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era
natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para
otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni
hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y
pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de
toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose
de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que
recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran
beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en
una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose
con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.



L

¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.


Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces,
delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza,
soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más
de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de
mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que
veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo,
aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja
y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me
hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era
combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más
humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á
quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo
idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los
días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á
las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme
cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El
influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad.
Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos
sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de
la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.

--¿Pero qué tiene usted?--me dijo un día doña Javiera.

--Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre
dos vacíos, prefiero el otro.

--Se queda usted como una vela.

--Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre
los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su
ley, desaparece.

--Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.

--Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos
importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley,
toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que
microscopios?

--¿Quiere usted que llame un médico?--me dijo la señora muy alarmada.

--Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al
jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el
aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.

--Vaya usted á tomar baños.

--De eternidad los tomaré pronto.

--Nada, nada; yo llamo á un médico.

--No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar
postura...

Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día
vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias
preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que
doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo
afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre
pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y
tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin
tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos,
rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un
pájaro.

El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él,
repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la
redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi
encarnación.

--Hombre de Dios--le dije;--¿quiere usted acabar de una vez conmigo y
recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más
sin gracia...

Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el
sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.

Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado
para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos
vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima
que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me
iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y
hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me
lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones
de los periódicos á dedicarme _sentidas frases_. En cuanto lo supo
Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la
cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan
todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor.

Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la
aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que
parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas
como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar
las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la
casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También
supersticiosa!

Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña
Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos
que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio
donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un
rótulo que decía que yo había sido muy sabio.

De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que siempre
que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba el papel de
la langosta en los feraces campos, me había de nombrar suspirando, para
mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi noticia ha llegado,
por no sé qué chismografía de serafines, que no se puede calcular ya
el dinero que le han dado para misas por mi reposo, el cual dinero
suma tanto, que si se aplicara por los demás, ya estaría vacío el
Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña saca la señora con
estos giros de ultratumba mediana rentilla para ayudarse. No hablo de
la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo
ingenio de Calígula, porque debe suponerse.

Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es
un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas
quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones
el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama
en plena sesión de cualquier academia el _inolvidable Manso_, si se
va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra
rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso
inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario.
Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida
la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y
metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos,
he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo
descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á
encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros
espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales,
más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la
experiencia.

De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel
Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de
adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y
en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura
y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que
podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje
en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer
pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos.
También he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin
encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo
que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento
mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja
que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después
vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo
aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:

--No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.

Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi
hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y
convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza,
pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de
la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un
frasco, estaba allí el lema de _Moralidad y economías_. José no pensaba
más, ni sabía hablar de otra cosa.

Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en
aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías!
Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que
le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público
que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha ganado mi hermano
simpatías ardientes y un prestigio que le encamina derecho al poder.
¿Será ministro? Me lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un
periodicazo, que le cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que
los indivíduos del grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se
lo escribe casi todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo
más enfadoso, pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes
atracones que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea,
contrajo una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios.
Cuando lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos
los huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos
medios estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso
alargarle la vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los
de por allá se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber
contentar á todos.

Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que
estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi
espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté
acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el
plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere
lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano
hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no
han concluido el gran _plantón_ del vivir terrestre y hacen, con no
poca molestia, la antesala del nuestro.

¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en que puedo mirar á Irene,
á mi hermano, á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás
desgraciadas figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve
los juguetes que le entretuvieron cuando era niño!


MADRID.--Enero-Abril de 1882.


FIN DE LA NOVELA



ÍNDICE


                                                               PÁGINAS

        I.--Yo no existo.                                            5

       II.--Yo soy Máximo Manso.                                     8

      III.--Voy á hablar de mi vecina.                              19

       IV.--Manolito Peña, mi discípulo.                            27

        V.--¿Quién podrá pintar á Doña Cándida?                     33

       VI.--Se llamaba Irene.                                       43

      VII.--Contento estaba yo de mi discípulo.                     49

     VIII.--¡Ay, mísero de mí!                                      60

       IX.--Mi hermano quiere consagrarse al país.                  69

        X.--Al punto me acordé de Irene.                            73

       XI.--¿Cómo pintar mi confusión?                              79

      XII.--¡Pero qué poeta!                                        82

     XIII.--Siempre era pálida.                                     89

      XIV.--¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?      92

       XV.--¿Qué leería?                                           101

      XVI.--¿Qué leía usted anoche?                                112

     XVII.--La llevaba conmigo.                                    121

    XVIII.--«Verdaderamente, señores...»                           127

      XIX.--El reloj del comedor dió las ocho.                     135

       XX.--¡Me parecía mentira!                                   138

      XXI.--Al día siguiente...                                    146

     XXII.--«Esto marcha.»                                         151

    XXIII.--¡La historia en un papelito!                           158

     XXIV.--Tiene usted que hablar.                                166

      XXV.--Mis pensamientos me atormentaban.                      174

     XXVI.--Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.       178

    XXVII.--La de Irene dominaba á las otras tres.                 188

   XXVIII.--«Habla Peñita.»                                        195

     XXIX.--¡Oh, negra tristeza!                                   204

      XXX.--¿Con que se nos va usted?                              209

     XXXI.--¡Es una hipócrita!                                     215

    XXXII.--Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube.              221

   XXXIII.--¡Dichoso corazón humanitario!                          226

    XXXIV.--¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!        234

     XXXV.--«Proxenetes.»                                          244

    XXXVI.--¡Esta es la mía!                                       249

   XXXVII.--Anochecía.                                             261

  XXXVIII.--¡Ah! ¡traidor embustero!                               269

    XXXIX.--Quedéme solo delante de mi sopa.                       277

       XL.--Mentira, mentira.                                      283

      XLI.--La pícara se sentó con la espalda á la luz.            290

     XLII.--¡Qué amargo!                                           299

    XLIII.--Doña Javiera me acometió con furor.                    314

     XLIV.--Mi venganza.                                           318

      XLV.--Mi madre.                                              323

     XLVI.--¿Se casaron?                                           329

    XLVII.--No me dejaba á sol ni sombra.                          334

   XLVIII.--La boda se celebró.                                    338

     XLIX.--Aquel día me puse malo.                                343

        L.--¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.                      349





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El amigo Manso" ***

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