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Title: El Doctor Centeno (novela completa)
Author: Pérez Galdós, Benito
Language: Spanish
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*** Start of this LibraryBlog Digital Book "El Doctor Centeno (novela completa)" ***


NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
    detección se ha tenido en cuenta una edición posterior de esta
    obra.

  * Se ha respetado la ortografía original --que difiere ligeramente
    de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

  * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
    sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
    recientes.

  * Esta presentación es la de la novela completa, que se ha obtenido
    concatenando los tomos I y II, eliminando los elementos repetidos
    y consolidando el índice.



EL DOCTOR CENTENO



  Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
  furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.



  B. PÉREZ GALDÓS
  NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS


  EL
  DOCTOR CENTENO


  14.000

  [Ilustración]

  MADRID
  OBRAS DE PÉREZ GALDÓS
  132, Hortaleza
  1905



  EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
  IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
  Carrera de San Francisco, 4.



EL DOCTOR CENTENO



I

INTRODUCCIÓN Á LA PEDAGOGÍA


I

Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del
Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho,
mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan
insignificante, que ningún transeunte, de éstos que llaman personas,
puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de
inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en
el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas.
Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con
los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con
la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro
insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador
de alimañas lo coja para engalanar su colección entomológica... Es
un héroe más obscuro que las historias de sucesos que aún no se han
derivado de la fermentación de los humanos propósitos; más inédito
que las sabidurías de una Academia, cuyos cuarenta señores andan á
gatas todavía, con el dedo en la boca, y cuyos sillones no han sido
arrancados aún al tronco duro de las caobas americanas.

Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturaleza
el lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una y
otra función vital con el alborozo y brío de todo sér que estrena
sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, á trozos
escalera, á trozos senda mal empedrada y herbosa, incitado sin duda
por los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, da
un par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego media
docena de saltos, agitando á compás los brazos como si quisiera
levantar el vuelo. Desvíase pronto á la derecha y se mete por los
altibajos del cerrillo de San Blas; vuelve á los pocos pasos, vacila,
mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta...

Es un señor como de trece ó catorce años, en cuyo rostro la miseria
y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han
confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe
á cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman
socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando á grandes, el
conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades
domésticas, y ausencia completa de platos y manteles para comer;
las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y
ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón á la borgoñona,
todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión ó
cimera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que
ha visto en sus tenderetes el Rastro.

De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi hombre,
á una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece un
pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de estanco;
por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de
empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen ó llueven
seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo se descubre un
papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero,
un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado, con los
dobleces rotos y ennegrecidos... Aparta con diligente mano aquellos
objetos que hasta ahora no se consideran digestivos, desenvuelve
y tiende sobre el suelo el periódico á modo de mantel, y sobre él
va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca bien,
echando una pierna á cada lado del papel; quita, pone, clasifica,
ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.

No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y
arrojando á la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa
una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; si
se lleva á la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en él
con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado
espíritu un gracioso prurito de _comer como los señores_, ¿por qué
se ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que
el historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual
que pide su oficio, se remonte ahora á los orígenes de aquella
propiedad, y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el
fiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual,
si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará de
sabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sin
fin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros,
estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece á la admiración
de sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de la
sabiduría española:

Á 10 de Febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en la
Ronda de Embajadores, fué mi hombre obsequiado con bellotas por
una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet,
de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se
emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera
recompensa de uno ó de varios servicios, quizás recados á la vecina,
ir á comprar dos libras de jabón, ó traer un saco de ropa desde el
lavadero de las Injurias. Y de igual modo aparecen sacadas de la
obscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás
vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones,
igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la
calle? ¿Se lo dió Mateo del Olmo, sargento primero de artillería
montada?... Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual
la suprimimos. Adelante.

Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarse
ricamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío.
¡Lástima no tener fósforos de _velita_ para echar al viento la llama
y encender, á estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroe
coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa la
rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el
color verdoso de la retorcida hierba, toda llena de ráfagas negras
y de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por
partes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con
distintas substancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe
lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de á tres... ¡Fuego!

Un papelillo entero de mixto se consume en la empresa incendiaria;
pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante la
cola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas,
que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible,
titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada
tripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapa
con imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas
lentamente, se retuercen, se esparranclan, se dividen en cortecillas
foliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asoma
fiera por entre tantas cenizas y lavas... Pero el intrépido fumador
no se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Allá
te va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al
insecto que coge me lo deja en el sitio. Síguele otra que el héroe
despide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra que
manda con fuerza hacia el Este. El Ocaso, el Norte son infestados
después. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales que se
retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de
país sub-urbano que se extiende ante su vista, el cual comprende el
Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos, y, por fin, los
áridos oteros de los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las
últimas construcciones se nota algo que brilla á trechos entre los
pelados chopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper
en las manos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su
celebridad á su pequeñez, y su existencia á una lágrima que derramó
sin duda San Isidro al saber que estos arenales iban á ser Corte y
cabeza de las Españas. El héroe mira todo con alegría, y después
escupe.

Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se
ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazares para
uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que no tienen
término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo y llevando
largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren.
¿Á dónde irá? Puede que á la Rusia ó al _mesmo_ Santander... ¡Qué
_tié_ que ver esto con la estación de Villamojada! Allá va echando
demonios por aquella encañada... Sin _ponderancia_, esto parece la
gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!... Al héroe le entra
una risa franca y ruidosa, y vuelve á escupir.

¿Pues y la casona grande que está allí arriba, con aquella rueda de
_colunas_?... ¡Ah! ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho.
Ya se va _destruyendo_. ¡Sabe más cosas...! En aquella casa se ponen
los que cuentan las estrellas y _desaminan_ el sol para saber esto
de los días que corren y si hay truenos y agua por arriba... Paquito
le ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan
grandes como cañones, con las cuales... Otra salivita.

¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El
Hospital empieza á tambalearse, y por fin da graciosas volteretas
poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos
descalzos. La Estación y sus máquinas se echan á volar, y el río
salpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón al que
se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera á
nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo
en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia... El monstruo,
vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otro
dominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado,
pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muerto
por rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.

Silencio: nadie pasa... Transcurren segundos, minutos...


II

Alejandro Miquis[1], estudiante de leyes, natural del Toboso, de
veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes,
alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio.
Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés,
esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y
sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años,
que parecían aparatos de calefacción ó salida de los humos de la
cabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidad
de continente, heredada de la generación anterior, imponía á todo
madrileño fino el deber de añadir á su cabeza, á todas horas, el
inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dicha
nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando su
uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña de
_La Iberia_ (fijarse bien en la fecha, que era por Febrero de 1863),
y á ratos leía, á ratos peroraba. Miquis, con la capa terciada,
el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto cantaba como
tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta una frase
parlamentaria; Miquis, sin oirle, dijo en tono de teatro aquellos
afamados versos de Quevedo:

  [1] Hermano de Augusto Miquis. (_La Desheredada._)

    Faltar pudo su patria al grande Osuna,
    Pero no á su defensa sus hazañas...

Iba á seguir; pero, sorprendido, gritó:

--¡Un muerto!--y fué corriendo hacia donde estaba el héroe.

--Quita, hombre, si es un chico... Duerme.

Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos,
arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron.
Nada: como un saco.

--Parece desmayado... ¡Eh! chico, despabílate. ¿Tienes hambre,
frío?... Á ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?

--¿Qué ha de ser? Borrachera... Es un pillete. Mira cómo abre los
ojos... ¡Eh! mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si hubiera
por ahí un jarro de agua, se lo echaríamos por la cabeza... ¡Eh!
perdis, levántate.

--Hombre, no le pegues.

--Enséñale dos cuartos y verás cómo salta.

El héroe abrió los ojos... Pero como si la impresión de la luz
renovara su mal, apretó los párpados, quedándose otra vez como muerto.

--¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes, te
echaremos á rodar por el cerrillo abajo.

Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon un
rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y
Miquis, con seriedad filantrópica, dijo á su compañero:

--Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros... Si yo fuera
médico... Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te
ocurre, qué dices? Hombre, receta.

--Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.

El héroe, sin abrir los ojos, empezó á temblar. ¡Pero qué temblor de
agonía!

--Si lo que tiene es frío...

--Puede ser. En tal caso no hay mejor boticario que un sastre.

Miquis se quitó al punto la capa. El otro, que le conocía bien,
echóse á reir.

--Bonita te la pondrá... Deja, hombre, deja. Ahora me acuerdo:
tengo un gabán, que no me sirve, con más ventanas que la catedral
de Toledo... Mequetrefe, despierta, abre los ojos, responde: ¿te
pondrías tú mi gabán?

Ni respuesta ni señales de haber oído dió el infeliz, que sólo
parecía tener vida para sus violentos temblores. Miquis le echó
encima su capa, y procuraba envolverle en ella, cosa no fácil estando
el otro tendido en tierra. Fué preciso liarle dándole sucesivas
vueltas sobre sí mismo. Cienfuegos se moría de risa viendo á su
compañero en aquella faena, no menos humanitaria que cómica. En
aquel punto y ocasión pasó un señor, hombre respetable por su edad
y figura, alto, afable, y que en todo se revelaba como persona de
esa clase intermedia en que suavemente se verifica la transición
del estado humilde al acomodado. Iba decentemente vestido. Según
se mirase á ésta ó á la otra parte de su empaque, debía de variar
la calificación que de él se hiciera, pues por el gabán correcto y
cepillado parecía más, por la gorra de paño menos de lo que realmente
era. Por su corbata de seda negra, traspasada con alfiler de cabecita
de oro y menudas perlas, figuraba más; menos por el cesto de
provisiones que colgado del brazo llevaba. Los que no le conociesen
como conserje del Observatorio, creeríanle algo á manera de caballero
sirviente. Paróse á ver la curiosa escena y á dar un palmetazo en
el hombro de Cienfuegos, el cual se volvió y dijo con énfasis el
nombre de aquel sujeto, cortándolo con la cadencia y número de un
endecasílabo:

--Don Floren...cio Mora...les y Temprado.

--Se saluda á la pareja... ¿Vienen ustedes á tomar café con el
señor de Ruiz? Estará haciendo la observación de las doce... Pasen
ustedes... ¿Y qué es esto? Ya: un borrachillo. ¡Se ven por aquí unos
puntos!... El señor director trabaja para que el ministro nos mande
cerrar estos terrenos, á ver si nos vemos libres de la gentuza que
viene aquí á tomar el sol... ó á tomar la luna, que de todo hay...
¡Oh! Miquis, le ha puesto usted su capa. ¡Vaya con usted!

--Lo que tiene este caballero es hambre.

--Pues por un pedazo de pan no ha de quedar.

--Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado,--dijo Miquis,
mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.

El héroe empezó á dar señales de vida. Agasajábase poco á poco en la
pañosa, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando
gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.

--Como me la rompas, verás...--le dijo Miquis amenazándole.--Vamos á
cuentas. ¿Te tomarías tú un café?

Creyérase que estas palabras tenían la preciosa virtud de resucitar á
los muertos, según se despabiló nuestro hombre.

--No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.

--¿Te comerías tú una chuleta?

El muchacho miraba con espanto á su favorecedor. Estaba atónito de
puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.

--Si es idiota... ¿pero no lo ves?

--Dime, ¿eres idiota?

El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su muda
réplica quitaba toda duda.

--No, tú no eres memo; pero eres un grandísimo pillo.

Otra negativa del héroe, pero tan enérgica, que á poco más se le cae
la cabeza de los hombros.

--Ya... Lo que no tiene duda es que eres mudo.

El héroe sonrió un poco, y con trémula, pero muy clara voz, dijo así:

--No, hombre, que sé hablar.

Desde la puerta del Observatorio viejo, otro joven, bastante menos
joven que Miquis y Cienfuegos, dió dos ó tres gritos de esta manera:

--¡Eh, perdidos! ¡Juan Antonio!... caballeros, ¡que estoy aquí!

Cienfuegos corrió hacia arriba, y cuando estuvo junto á Ruiz, que así
se llamaba el auxiliar de astrónomo, el primer saludo fué:

--Mira ese tonto de Miquis.

--¿Qué hace? ¿Con quién habla?

--¿Pero has visto qué célebre...?

--¿Quién está ahí en el suelo?... ¿una chica?

--Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado su capa.

--¡Alejandro!... ¡Otro como éste...!

Miquis subía paso á paso, frotándose las manos. Con zumba y chacota
le acogieron sus dos amigos.

--Tú no aprendes nunca--le dijo el registrador del firmamento.--Dale
bola... que te vas á quedar sin capa... Y van dos.

--No lo creas. Es una persona honrada.

Ruiz se partía de risa.

--Este pobre Miquis es de lo más inocente...

Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo, donde está la gran
ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero
al poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado
su capa. Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien
dentro de su inesperado sayo, y empezaba á mirarlo como cosa propia.
Poquito á poquito se fué acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza
del paño, y al fin, como quien no hace nada, se embozó hasta los
ojos. ¡Qué gusto!... ¡Y qué bien comprendía la felicidad de los
escogidos mortales que poseen una capa! En su vida había probado
él las delicias de prenda tan amorosa. Así, cuando se vió solo,
aliviado del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó
más con la hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí.
Lentamente se desvanecía el horrible malestar que le había privado
de conocimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas
eran escasas, y cuando probó á ponerse en pie tuvo que dejarse caer
de nuevo, porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija
herida, se fué arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado.
Buscando apoyo en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se
colgó la capa sobre la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando
abierto más que un triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos
y nariz.

Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante en
las momias egipcias ó en salvajes y feos ídolos africanos. Como había
cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar á la rampa. «¡Ah!
pillo»,--murmuraba, volviendo á un lado y otro los ojos, hasta que
llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:

--Señor... que no me he ido... que estoy aquí.

--Pues te vas haciendo confianzudo... ¡Qué fresco!...--le dijo el
estudiante de leyes, sentándose frente á él.--Si creerás que te voy
á dar la capa... No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama
cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.

--Señor, tengo mucho frío... Luego se la daré.

--Me gusta la franqueza... Parece que no eres corto de genio.

El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo que
cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un solo
fenómeno.

--Vamos á ver. Has de responderme sin mentira... porque tú eres muy
mentiroso... ¿Cómo te llamas?

--_Celipe._

--¿Y qué más?

--Celipe Centeno.

--¿De dónde eres?

--De Socartes.

--¿Y dónde está eso?

--Al lado de Villamojada... ya lo sabrá usted. Donde están las
minas...

--Pero ¿qué minas, hombre, qué minas?

--Las minas de Socartes... Aquí está el río, aquí Villamojada, aquí
mis minas...

--Enterados... ¿Y tienes padre y madre?

--Sí, señor. Pero como no querían que yo _desaprendiese_... me tomé
la carretera y me vine acá.

--Anda, pillete... Á buena cosa habrás venido tú... Con que á
_desaprender_... ¿En qué has venido? ¿en tren, en carromato...?

--Re-córch... Á patita limpia, señor... Siete _desemanas_ y dos días.

--¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear...

El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera,
habría protestado severamente. Tan sólo dijo:

--Busco un _desacomodo_.

No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de
mi hombre aquel barbarismo de anteponer á ciertas palabras la sílaba
des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y expresión y que
se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.

--¿Buscas un des...? ¿Qué dices, muchacho?...

--Digo que estoy buscando... de ver cómo encuentro... de que
poniéndome á servir á un señor, me deje tiempo para _destruirme_.

--Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que he
visto... Pero explícame, ¿cómo te las arreglas? ¿cómo y dónde vives?
¿quién te mantiene?

El héroe dió un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro de la
rotonda del Observatorio.

--Una noche dormí en aquella casa.

Señalaba al Museo.

--¿En el Museo?... ¿dentro?

--No, señor. ¿Ha visto usted unos _ujeros_ que hay por _desalante_,
donde están unas figuras muy guapas?... Pues allí. Otra noche dormí
en la puerta de esa _fráica_...

--¿Qué?

--De esa _fráica_ que hay allá... donde hacen el _desalumbrado_ de
las calles.

--El gas... ¿Y cómo hiciste el viaje?... ¿pidiendo limosna?

--¡Re-có...! ¿no le digo?... Pues yo traía dinero... Cuando llegué
á este pueblo, no me quedaba nada... El primer día me dieron medio
pan... Yo gano también haciendo recados á las lavanderas, y en la
Estación un señor me dió á llevar el _desequipaje_...

--¿Y qué enfermedad tienes?... ¿Por qué estabas desmayado?

--Porque me fumé un cigarro que me dió ayer Mateo del Olmo, sargento
de la _desartillería_. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y fué
novio de mi hermana Pepina... _Desencendí_ mi cigarro, y cuando tan
siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.

--¿Y dónde vives ahora?

--En un tejar que hay allá abajo... ¿Ve usted aquella chimenea
grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene
unas letras que dicen: _Calenturón_.

--¿Cómo?

--_Calenturón_. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres.
Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.

--¿De qué almacén?

--Del almacén de _Calenturón_.

--¿Qué es eso?

--Venden cal-en-terrón.

--¿Sabes leer?

--Cuando estuve en casa de la tía Soplada... Me tomó de criado para
que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas _desusadas_ en el
Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela
de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. _Desaprendí_ las letras,
pegué al _Catón_, y cuando iba á entrarle al _Juanito_, me salí de
casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba.
No he vuelto á la escuela; pero me leo todos los letreros de las
tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de _Correspondencia_, me
lo paso todo.

--Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.

--¿Quiere tomarme por criado?--dijo el rapaz prontamente.

--Yo no necesito criado.

--Sí, señor: tómeme, tómeme.

--Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su falta,
y todos somos de carne y hueso.

Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza calcárea,
y luego poco á poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así
Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una mano, luego el
cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó á levantarse; pero
el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían muy débil.

--¿Qué has comido hoy?

--Bellotas...

--¿Y ayer?

--Bellotas... pan...

--No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oirte. ¿Comerías tú
alguna cosita caliente?

Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo habría
hecho con palabras.

--Ven conmigo. Á ver si echas una carrera de aquí á aquella casa
grande.

--Sí que podré,--repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas la
distancia.

--Allí hay convitazo... ¿Viste aquel buen señor que pasó por aquí?
Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy á decir que te
convide. Verás. Anda, valiente... No, no te quites la capa. Embózate
en ella... Vamos, hombre, con gracia, con aire.

El otro se reía, probando á embozarse y sin poderlo conseguir.

--Así, bien, así... á la macarena. Eres un zascandil... Me gusta ese
garbo. Adelante, paso firme. Bien.

La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era
su debilidad.

--¡Cómo se ríe!... Vaya, que es usted tonto de veras, señor de
Centeno.

Él, que se oyó llamar _señor_, tuvo una tan fuerte acometida de
hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas como
un epiléptico.

--¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!

--No, señor, no... no se la _destropeo_,--dijo ahogadísimo Felipe,
poniéndose primero de rodillas, luego á cuatro pies, y por último...

--¡Aúpa, hombre valiente! ¡Ya estás en pie! ¡Gracias á Dios! Ni que
fueras de algodón... Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro! lo
que tú tienes es mucha marrullería.

--¿Yo?...

--Hipócrita.

Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió riendo.
Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un brazo...

--Que me hace cosquillas, señor.

--¡Pillo, granuja!

--¡Ay, ay!

--Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy á usted una
puntera, que del salto va usted á su pueblo, allí donde están sus
minas.

Llegaron así á la puerta del Observatorio nuevo.

--Entra, hombre... No gastes cumplidos.

Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico á
la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la
vigilancia á la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio
Mora...les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa,
que salió de sus respetables labios en esta forma:

--Tan chiquillo es el uno como el otro.

--Señor Morales, me tomo la libertad de...

--Es usted muy dueño, señor de Miquis,--dijo el bendito Morales,
ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma de la
mano.

--De recomendarle á usted al señor de Centeno, que no ha comido hoy
nada caliente. Puesto que tiene usted convidados...

--Es verdad... y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis...

--Gracias... Yo voy arriba. Ruiz nos va á leer una comedia. Con que...

--Queda de mi cuenta...--dijo Morales disimulando otro bostezo.--Y la
hora de comer se alarga... Entre paréntesis, amigo: como hoy tenemos
algo extraordinario... ¡Qué tareas en esa cocina!...

De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de
la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones
particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe,
mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda
en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.

--Ea, siéntate aquí--dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen
sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto
existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y
las estrellas.--Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don
Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?

Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada sobre
una silla, empezó á pasearse por la habitación, golpeando duramente
con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo desde la
estancia interna que con aquélla se comunicaba:

--Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?

--Todavía... Vamos, vamos, prisita, prisita... ¡Qué horas de comer!...


III

Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con
los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía
sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó
estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos
los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara:
voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía
una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina
le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y
circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo
examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores,
iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don
Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas
que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino,
recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de
seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como
grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto
parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle
alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención
discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya
ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en
las copas, ya empiezan.»

Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y
dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.

--Todavía el izquierdo está como hielo--dijo él dando una gran patada
con la aludida extremidad.--¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era
hora.

Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de
comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo
suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta
indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de
su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera
de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba
desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero
les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias
personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna
otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita
fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora,
grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba
palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.

Lelo, embobado, como esos músicos fanáticos que cuelgan su alma de un
hilo de notas, oía Felipe aquel enorme concierto de voces, sorbos,
risas, cucheretazos, cuchilladas sobre la loza, toqueteo de platos,
esgrima de tenedores, chocar de copas, y esos chupetones de labios
que son los besos de la gula. Todas las conversaciones giraban sobre
lo que bebía ó dejaba de beber el de la voz hermosa, que era el
gracioso de la mesa y seguramente el convidado más atendido. Felipe
oyó hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de capones cebados,
de escabechadas truchas, con infinitos comentarios y opiniones sobre
cada una de estas cosas. Así pasó tiempo, un lapso indefinido, y por
fin los párpados le temblaban, la vista se le iba de puro débil, la
piel se le enfriaba, las cavidades de su cuerpo parecían comprimirse
y arrugarse, cual odres que nunca más se habían de volver á llenar.
¡Cansancio infinito! Eran ya para él como un peso inútil sus propias
miradas, y no sabiendo á dónde arrojarlas, las echó sobre una estampa
de Cristo crucifijado que delante de él estaba en la pared. Miró los
chorros de sangre que al Señor le corrían por el santo cuerpo abajo,
y la ferocidad del judiote que le daba el lanzazo, y las tinieblas
y flamígeros celajes del fondo, todo lo cual puso espanto en su
sensible corazón, llevándole hasta el absurdo convencimiento de que
él (Felipito) era tan digno de lástima como nuestro Redentor.

¡Súbito cambio en su situación! ¡En la mesa hablaban de él! Lo
observó sin saber cómo, por la vibración de una palabra en el aire,
por milagrosa adivinación de su amor propio. Estremecióse todo al ver
que el señor de Morales, desde su asiento presidencial, le miraba
de una manera afectuosa. Después... ¡visión celeste! En el luminoso
cuadro que la puerta formaba, apareció, saliendo de uno de los lados,
una cara de mujer que más bien parecía de serafín. Era que una de
las señoritas sentadas á la mesa alargaba el cuello y se inclinaba
para poderle ver. El murmullo de compasión que del aposento venía,
embriagó el espíritu del héroe, y hasta se turbó su cerebro como al
influjo de fuerte y desusado aroma. No sabía cómo ponerse ni para
dónde mirar. Si miraba al comedor, creerían que pedía; si no miraba,
le olvidarían otra vez... Cortó estas angustiosas dudas un niño
gracioso y rubio que apareció... casi puede decirse que entre nubes,
desnudillo y con rosadas alas... Apareció, como digo, el niño con un
plato en la mano, y se lo puso delante diciéndole: «_Pa tí._»

Y el plato ¡ay! contenía diversos manjares, bonitos, gustosos,
calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias ó melindres para
empezar á consumir el contenido del plato, sería contar patrañas. Se
le alegró el alma de tal modo, que no sabía por dónde empezar, y esto
le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido
como estaba su ser enteramente por tan principal función, aún podía
distraer el sentido de la vista para echar una mirada al Santísimo
Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era
más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el cielo, rodeado de
gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando de él en la
mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente; quizás le comparaban
á los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se van á un rincón á
comérselo. En efecto... maquinalmente se había vuelto Felipe de cara
hacia la pared, con el plato en las rodillas, y así despachaba su
regalo. ¡Vaya unas cosas ricas! ¡qué gran persona era don Florencio!
¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!... Pues aquellas tajadas
parecían gloria ó pedazos desprendidos de la bienaventuranza eterna.
Sin duda eran de la misma carne de las mejillas de la niña bonita
que alargaba el cuello para mirarle desde su asiento... ¡Buen queso,
bueno! No había niña mejor que aquella doña tal. ¡Y el niño qué
bonito, y las aceitunas qué sabrosas...! Desde el rincón, miraba él
por el rabillo del ojo hacia la puerta sin atreverse á arrostrar la
curiosidad de los comensales. Se reían, y la niña bonita se había
levantado para verle mejor.

Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo
pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como
cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro
blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles... Los de la
mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba
ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana
bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo; las niñas
hacían melindres; el otro las llamaba cobardes y ñoñas. Risas y más
risas, apremios, protestas, carcajadas; mucho de _No, por Dios_;
repetición incesante del _Vamos, Amparo, esta copita_; luego otra
voz: _Ay, no, no, don Pedro, por Dios_. Y después: _Jesús, qué
melindrosa... Pero usted me quiere emborrachar... vamos... así,
valiente...--¡Ay, cómo pica!_

Don Florencio, fanático por las aguas de Madrid, apenas probaba el
Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas razones del ardiente
Jerez, y, sobre todo, de los vinos compuestos, licores y demás
brebajes extranjeros.

--¿Te gustan los obscuritos y manchados, ó los rubios y flojos?--le
oyó decir Felipe aludiendo sin duda á los cigarros, que mostraba en
una envoltura de papel.--Son de estanco, pero bien escogiditos.

--Á ver éste qué le parece á usted,--dijo el otro sacando un manojo
de brevas negras y olorosas.

--Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis coraceros.
Gracias...

Restallaron las cerillas... Humo.

Y al poco rato vió Centeno asomar por la puerta un señor no muy
alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía
juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba,
los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la
navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca un
desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la fe con
que lo chupaba.

Bastaba mirarle una vez para ver cómo á la superficie de aquella
constitución sanguínea salía la conciencia fisiológica, el yo animal,
que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia,
meditando en los términos de una digestión satisfactoria. Paso á paso
llegó hasta el héroe, y le miró de pies á cabeza sin decir nada.
Felipe, sobrecogido de respeto que casi rayaba en terror, se puso en
pie y esperó... ¡Qué ojos los de aquel hombre!


IV

Aquella casa de recogimiento y estudio, aquel monasterio de la
ciencia, se parece á una casa de vecindad de las más vulgares. Los
que allí entran con el espíritu abrasado en esa fe de la ciencia,
que escala real y verdaderamente los cielos, creen percibir ecos
misteriosos de las altas armonías sidéreas. (Es que la poesía se mete
en todas partes, aun donde parece que no la llaman, y así, cuando
se cree encontrarla en los arroyuelos, aparece en las matemáticas.
¡Cuántas veces, en un bosque de versos, no se encuentran ni rastros
de ella, y se la ve callada, discreta, vestida con túnica de verdad,
en la zarza luminosa de una fórmula, enteramente contraria á las
formas del Arte!...) Pero los que entran en aquel recinto como se
entra en la oficina del Estado donde se hace el Almanaque, no oyen
cosa alguna, como no sea la voz casi sublime de don Florencio Mora...
les y Temprado, ni ven más que la arquitectura pobre y sin majestad,
las dos escaleras, en cuyos descansos se abren las puertas de las
habitaciones de los astrónomos, los farolillos de aceite destinados
al alumbrado nocturno, verdes, con una montera corva que parece
morrión de coracero.

Concluída la observación, Ruiz echó la llave á la sala de la
ecuatorial y bajó á su habitación. Miquis y Cienfuegos le oyeron leer
su comedia, y la encontraron muy buena, como pasa siempre en estas
lecturas de familia. Parecerá extraño que un astrónomo haga comedias;
pero ya se sabe que aquí servimos para todo. ¿No fué director del
Observatorio un célebre poeta? Anda con Dios, que por algo son
hermanas las Musas. Hombre de imaginación, Ruiz volvía sus ojos,
cansados de escudriñar el Cielo, hacia el aparatoso arte del teatro,
único que da fama y provecho. Creía él que se puede sobresalir
igualmente en labores tan distintas; su espíritu fluctuaba entre el
Arte y la Ciencia, víctima de esa perplejidad puramente española,
cuyo origen hay que buscar en las condiciones indecisas de nuestro
organismo social, que es un organismo vacilante y como interino.
El escaso sueldo, la inseguridad, el poco estímulo, entibiaban el
ardor científico de Federico Ruiz. ¿Para qué se metía á descubrir
asteroides, si nadie se lo había de agradecer como no fuera el
asteroide mismo?... España es un país de romance. Todo sale conforme
á la savia versificante que corre por las venas del cuerpo social. Se
pone un hombre á cualquier trabajo duro y prosáico, y sin saber cómo
le sale una comedia.

Después que Federico Ruiz leyó la suya, empezaron las disputas.
Los tres se habrían creído indignos de tener opinión, si no la
manifestaran bien adornada de manotadas, aspavientos y porrazos
sobre la mesa. Las ideas democráticas, que aún no habían perdido la
timidez de la virginidad; el viejo romanticismo; la música clásica,
recién venida, gemían en el yunque de aquella disputa, y la sintaxis
lloraba lágrimas de solecismos al verse en tales trotes. La lógica,
descoyuntada en potro, daba chillidos de sofismas y se vengaba de sus
verdugos, aparentando probar las cosas más absurdas, y, por último,
los conceptos convencionales, disfrazados de axiomas, salían por
encima de todo, soberbios é insolentes, embozados en la mala fe.
Pasó mucho tiempo en estas controversias ociosas, que eran como la
esgrima de los entendimientos, ávidos de ensayarse para el presagiado
combate. Hubo mucho de _pues yo sostengo que hoy por hoy_... y
aquello de _dígase lo que se quiera, la verdad es_... Oyóse más de
una vez el _porque yo soy muy lógico_... y no faltó el _yo tengo muy
estudiada esa cuestión_...

Los instantes volaban. Los minutos corrían con cierta familiaridad
juguetona que no está fuera de lugar en la casa del tiempo.
De pronto vieron los disputadores que entraba en la habitación
don Florencio, con una bandeja de dulces, copas y una botella.
Recibiéronle con alegría, y él, gozoso y lleno de bondad, les dijo al
ver su sorpresa:

--Pues qué, señores, ¿no sabían que hoy, 11 de Febrero, celebro los
días de mi mujer, que se llama Saturna?

--¡Qué gracioso!...--observó Miquis.--Por el nombre de su señora de
usted, parece que es esposa de un astro.

--Se llama Saturnina, señor de Miquis.

--Por muchos años.

No estuvieron reacios los tres amigos en la aceptación del obsequio.
Don Florencio, escanciando el Jerez, habló un poco de asuntos de la
casa... El señor director volvería pronto de Alemania... Se iban
á emprender algunas obras en la meridiana y en la biblioteca...
Había llegado un gran cajón con el nuevo barometrógrafo encargado á
Londres... Luego, volviéndose á Miquis, le dijo:

--¡Cuánto nos hemos reído con su amigo!

--¿Qué amigo?

--El de la capa, ese infeliz... Le hemos dado de comer, y nos ha
contado su historia... ¡Cómo se han reído las chicas!... ¡Á Perico
le ha caído tan en gracia...! Le hemos hecho mil preguntas. Dice que
ha venido de su pueblo á patita para _meterse_ de médico. ¡No, no
reirse, señores! Hay casos, hay casos. Yo soy viejo, y he conocido
á don Lorenzo Arrazola empollando las lecciones de noche, á la luz
de los portales de las casas... Éste apenas sabe leer; pero tiene
una viveza... Dice que estaba en unas minas, que es de la familia
de las piedras, y que á él se le ha puesto en la cabeza curar. Todo
su empeño es que le tomen de criado, y que le dejen aprender. Á mi
primo le ha entrado por el ojo derecho... Entre paréntesis, creo que
conocen ustedes á don Pedro Polo y Cortés, capellán de las monjas de
San Fernando. Pero no sabrán que tiene una escuela muy bien montada
en el hermoso local que le han cedido las señoras á espaldas del
convento.

--Le conozco--dijo Miquis con malicia.--Es un cura muy guapetón. Le
he visto muchas noches por esas calles embozado en su capa...

--Alto allá, niño. No haga usted suposiciones injuriosas...

--Le he visto en el café...

--Alto...

--Pero, don Florencio, ¿esto es suponer mal? Esto significa que el
padre Polo no es hipócrita.

--Como simpático--dijo Cienfuegos usando un giro popular,--lo es.

--Hombre que no gasta remilgos, pero que sabe como pocos su
obligación de sacerdote... Yo lo puedo asegurar así á los señores
que me escuchan--dijo con voz altisonante don Florencio, que
admiraba mucho á Olózaga y tenía de cuando en cuando sus dejos y
sonsonetes oratorios.--Es Pedro de la mejor pasta de hombres que
conozco. Nada de hipocresías: no es él de esos que dicen una cosa
y hacen otra. Lleva el corazón en la mano, y todo cuanto tiene es
para los necesitados. Hay quien le critica porque gusta de vestir
bien de paisano. ¿Y qué, señores? Para ser bueno, ¿es preciso andar
cubierto de andrajos? Muchos conozco, señores, que andan por ahí como
anacoretas, y luego en el hogar doméstico... Me callo.

--He oído que el padre Polo es furibundo gastrónomo.

--Alto ahí... Sobre eso también hay pareceres--añadió Morales
tomando asiento.--¿Que le gusta comer bien en días señalados? Y
entre paréntesis, señores, mi mujer nos ha dado hoy una comida...
francamente, creo que ni en Palacio. Volviendo al punto que se
debate, diré que sí, ciertamente, á Perico le gustan los buenos
platos... Y entre paréntesis, ¿saben ustedes que poquito á poco se ha
ido haciendo predicador, y es uno de los mejores que tiene Madrid? Yo
soy viejo, he oído muchos oradores en las Cortes, en la Cátedra del
Espíritu Santo, y cábeme la satisfacción...

--Muy bien,--clamaron los tres aplaudiendo.

--Cábeme la satisfacción...

--No se corte usted á lo mejor... Adelante.

--Entre paréntesis--dijo Cienfuegos con viveza.--También ha tenido
usted hoy á su mesa dos chicas preciosas.

--Son hijas de un pariente, el conserje de la Escuela de Farmacia:
Amparo y Refugio, dos ángeles, señor de Cienfuegos; trabajadorcitas,
modestas. ¡Cómo se han reído con las cosas de Pedro! Porque Pedro es
hombre de mucha sal... ¡Y qué corazón, señores! Un ejemplo: vió á ese
chico, le encontró simpático y listo. Á todos nos daba mucha lástima.
Al instante Pedro se volvió á mí y me dijo: «Don Florencio, éste es
un hombre: le tomo por mi cuenta.» Y yo le dije... llévale de criado
y enséñale en tu escuela... Entre paréntesis, señores, los hombres
que, como Pedro Polo, se lo deben todo á sí mismos; los hombres que
han trabajado para subir desde la nada de su origen al todo de su
posición actual; los hombres, en una palabra...

Ésta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La plétora de sus
ideas le congestionó y no pudo concluir bien aquel brillante rosario
de conceptos.

--Quiero decir--prosiguió,--que estos hombres son los que mejor
pueden apreciar el mérito y las disposiciones... Volviendo al
importante asunto que nos ocupa, diré á los señores que me escuchan
que Pedro va á ser nombrado capellán honorario de Su Majestad. Esto
no es paja...

--¿Qué ha de ser?...

--Pastor Díaz me le tuvo entre ceja y ceja para una canongía. El
padre Cirilo no le deja vivir... siempre con recaditos. Y no es
porque el primo de mi mujer sea de los aduladores de Su Eminencia
Ilustrísima. Al contrario, Pedro tiene pocos amigos entre la gente
eclesiástica. Entre paréntesis, no falta quien le critica por su, por
su, por su...

Don Florencio no encontraba la palabra; mas la suplía con un vivo
ademán que quería decir algo como franqueza, aires distinguidos,
soltura...

--Y finalmente, señores, yo soy tan religioso como el primero; pero
no me gustan curas retrógrados, sino que vivan con el siglo...

--¡Que se resbala, don Florencio!

Ruiz no podía contener la risa.

--¡Si es un progresistón como una casa!--gritó Miquis, echando el
brazo por los hombros al bendito conserje.

--Alto allá, señores; atención...--manifestó gallardamente.--Vamos
por partes...

--Está suscrito á _Las Novedades_ y á _La Iberia_, y es el gran
amigote de Calvo Asensio.

--Alto, alto... Orden, señores, orden. Respétese el sagrado de las
opiniones. Que Calvo y yo nos tuteemos, sólo quiere decir que ambos
somos de la Mota del Marqués, y que le conocí tamañito así.

--Vamos, que este señor Morales y Temprado, bajo su capita de
santo--dijo Miquis,--es el revolucionario más atroz que hay en Madrid.

--Señor de Miquis...

--Va disfrazado á la Tertulia progresista.

--Señores, si no tuviera el convencimiento--declamó don Florencio,
levantándose un poquito enojado,--si no tuviera el convencimiento
de que las palabras dichas por mi _particular_ amigo el señor don
Alejandro Miquis...

Era orador sin pensarlo aquel buen señor. Con qué majestad prosiguió
la cláusula, después de una pausa de efecto, diciendo:

--...son pura broma, creería que ya la juventud española había
perdido el respeto á las canas.

--No, don Florencio. ¡Viva don Florencio!

--Por Dios...

--Aquí entre amigos...

De pie, con la botella vacía en la mano, libre la otra para describir
lentos y pomposos círculos en el aire, la gorra un poco echada hacia
atrás, el bigote más tieso y las mejillas un tanto encendidas, el
insigne don Florencio fué soltando de sus autorizados labios estas
palabras, que ni de los de Solón salieran con más gravedad:

--Porque, vamos á ver, señores: establezcamos _bajo_ seguras bases
esta cuestión. De que á uno le guste la libertad, no se deduce, no se
puede deducir... de ningún modo se deduce...

--Pero ¿qué es lo que no se deduce?...--preguntó Alejandro impaciente.

--No interrumpir. ¡Silencio en las tribunas!

--Entre paréntesis, señores, los que hemos andado á tiros con
los montemolinistas en Zaldívar y Estella... Pero no, no quiero
tocar esta cuestión personal. Mis méritos son escasos, y los dejo
aparte. _Reasumiendo_: yo he sido siempre un hombre de orden, muy
español, muy enemigo de lo extranjero y de la tiranía; pero... Entre
paréntesis, ahora me acuerdo de cuando el pobre Bartolo Gallardo me
decía: «Mientras haya curas no nos curaremos.» Éramos muy amigos.
Tenía la cabeza del revés... Yo no fuí ni soy de su parecer, y por
eso digo: «Mucha libertad, mucha religión, para que el mundo ande
derecho.» De otro modo no es posible, no, señor, lo sostengo...
¡Libertad, religión!... Y no me sacan de ahí. Olózaga, en las
Constituyentes del 55, pensaba lo mismo. ¿Para qué sirve la libertad
de cultos? Absolutamente para nada. Para que los demagogos, señores,
insulten á los ministros del altar... Veo que se ríen. Bueno, ríanse
todo lo que quieran. Ustedes son unos polluelos que no tienen mundo.
Leen muchos libros, que yo no leo; pero no crean que por eso saben
más. ¡El mundo, la experiencia, los años! Esos, esos, señor de
Miquis, esos son mis libros. Cuando uno tiene la cabeza llena de
canas, puede reirse de las ilusiones y desvaríos de la juventud... Y
veo que la juventud está hoy muy echada á perder. ¡Esas democracias
extranjeras!... ¡Si aquí tuviéramos juicio...! Pero no, con eso de
_todo ó nada_ nos están pervirtiendo... Yo conozco gente de Palacio
que me ha asegurado que no hay tales obstáculos tradicionales... Aquí
se habla más de la cuenta.

--Como que el mejor día llaman al Duque.

--No digo yo que al Duque precisamente--manifestó don Florencio de
una manera augusta;--pero...

--Más vale que no nos lo diga usted...

--Que lo diga...

Don Florencio dió algunos pasos hacia la puerta, y de improviso
volvió acompañado de esta soberana idea:

--Yo digo que en _la_ Europa hay tres hombres grandes, tres hombres
de talento macho... y son: Napoleón III, el cardenal Antonelli y don
Salustiano de Olózaga.

Y sin esperar respuesta, cual hombre convencido de que no merecían
escucharse los comentarios que se hicieran á su afirmación, dió otra
media vuelta á lo militar, y se fué diciendo:

--Señores, que haya salud, y que les aproveche.

Desapareció. Los tres amigos tuvieron la consideración de esperar
á que estuviera lejos para soltar la risa, y tras la risa las
agudezas que á competencia descargaron sobre el bendito señor, hasta
que le dejaron bien acribillado... Era un progresista platónico y
vergonzante que se iba callandito á la Tertulia algunas noches, y
desde el rincón donde se sentaba no perdía sílaba de los discursos.
Pero sólo gustaba de aquéllos que fuesen templados y juiciosos; y si
le seducía la sencillez elegante y la diplomática malicia de Olózaga,
ó la pedestre claridad de Madoz, desde que algún orador fogoso se
salía con embozadas invectivas ó con palabritas y donaires contrarios
á la religión, ya estaba mi hombre desasosegado y fuera de su centro.
Se escabullía con disimulo y abandonaba el local, diciendo para sí:

«Estos señores matarán al partido con su imprudencia... La
exageración es causa de todos los contratiempos del partido... Nada,
no conocen que todo se puede conciliar: el triunfo del partido y la
religión de nuestros mayores.»

Su inteligencia, según decía Ruiz, era una petrificación, en la
cual se veían hasta tres ideas perfectamente conservadas, duras é
inmutables como las formas fósiles que en un tiempo fueron seres
vivos. No tenía vanidad sino para suponerse amigo de célebres
personajes, y decía: «Cuando Fermín Caballero y yo nos conocimos en
Barajas de Melo...» ó bien: «Don Martín me contó tal ó cual cosa...»
«Don Antonio González me quiso llevar á Londres cuando fué á la
embajada...»

Era hombre de gran sobriedad, enemigo de las bebidas espirituosas
y aun de la horchata de cepas; muy inteligente en aguas; de estos
catadores de manantiales que distinguen con admirable paladar el agua
de la fuente del Berro de la de Alcubilla, y encuentran diferencias
notables entre la de la Encarnación y la del Retiro. Así, en días
señalados, se le veía descender al Prado y tomar asiento en el
banquillo de una aguadora, de quien era parroquiano, y allí hacerse
servir un gran vaso de Cibeles ó el Berro, el cual iba bebiendo á
sorbos, paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua que
si fuera manzanilla de Sanlúcar ó amontillado de treinta años. Su
pericia en esta materia, con doctas aplicaciones á la Geografía, se
mostraba siempre que en su presencia se hablaba de viajes por pueblos
ó ciudades famosas. Él ilustraba las discusiones, diciendo: «¡Oh,
Bustarviejo!... ¡pueblo de excelentes aguas!» y otras veces su desdén
de todo lo extranjero encontraba ocasión de enaltecer la patria de
este modo: «¡Bah, París!... ¡pueblo donde no se puede beber un
triste vaso de agua!...»

Desde su edición pequeña de _Las Novedades_ observaba el movimiento
político, sin comprender de él más que la superficie bullanguera y
la palabrería rutinaria. Á veces hallaba en su diario alguna cosa
ininteligible, algo que era como los escalofríos y el amargor de
boca del cuerpo social y síntoma de su escondida fiebre. Entonces
se llevaba el dedo á la frente, afectaba penetración, y risueño,
borracho de agua, decía á su consorte:

--Saturna, ¡qué cosas escriben estos haraganes para hacer reir á la
gente!


V

Las cuatro serían cuando Miquis bajó y con él sus amigos. Ya no
estaba su protegido en el lugar donde le había dejado, sino junto al
pórtico Norte del edificio, viendo cómo discurrían con algazara, por
entre los setos de _evónymus_ y aligustre, las dos niñas bonitas y el
reverendo primo de la esposa de Morales. Ésta y el propio Mora...les
y Temprado gozaban de los últimos rayos del sol en la columnata
del Observatorio viejo, dando palique á una señora mayor que les
acompañaba. Dos niños jugaban en la explanada meridional, oprimiendo
alternativamente los lomos de un caballo de palo.

--Mire, señor--dijo Felipe á su protector agarrándole de un
faldón;--mire aquel caballero que allí está con esas señoritucas...
Me va á desasnar.

--Buena falta tienes...

--Me toma de criado... tiene _discuela_... Mañana me voy...

Ruiz y Cienfuegos se decían disimuladamente cosas picantes sobre las
dos agradabilísimas niñas del conserje de la Escuela de Farmacia...
Mas no se entienda que de esta murmuración saliese concepto alguno
contrario á la buena fama de las tales, siendo todo referente á
recuerdos de Ruiz, á la hermosura de ellas y al gusto que ambos
tendrían en tratarlas con la mayor confianza. Cienfuegos las había
visto en el paraíso del Real, y casi había hablado algunas palabras
con la menor, que era la menos bonita y tenía un defecto. Faltábale
un diente. Á la mayor se le podía decir como á Dulcinea: _alta
de pechos y ademán brioso_. Tenía lo que llaman ángel, expresión
de dulzura y tristeza, y un hermosísimo pelo castaño, que podría
figurar allá arriba, allá, en la constelación del León, ó junto á la
cabellera de Berenice.

¡Lástima grande que se notara en su cuerpo cierta tendencia á
engrosar más de lo que pedían la justa proporción y repartimiento de
las formas humanas! Era, no obstante, ágil y airosa. Pusiéranle una
túnica griega, y bien podría pasar por Diana la cazadora, que, según
dice Pausanias, era de formas redonditas, ó por Cibeles, la que dió
vida á tantísimos dioses. ¡Luego, aquel cuello blanco, torneado!...

¡Adiós! desaparecieron las dos y don Pedro tras aquellos arbolitos, y
ya no se les vió más. La tarde caía.

--Vamos--dijo Miquis, poniéndose su capa, que le entregó Felipe.

Aún estuvieron mucho tiempo allí, porque don Florencio pegó la hebra
con Cienfuegos, y entre hablar de tal ó cual cosa, y despedirse y
volverse á despedir, y ofrecimiento por acá, congratulación por allá,
se vino el crepúsculo encima quedamente. Fresquecillo picante convidó
á todos á marcharse. Ruiz se volvió á su casa. Cuando Cienfuegos y
Miquis bajaban la cuesta, éste se sintió detenido por una tímida
fuerza que le atenazaba el borde de la capa; volvióse y vió al más
humilde de los héroes, que con gran consternación le dijo:

--Señor, ¿se van sin decirme nada?

--Es verdad: ¡ya no me acordaba de tí! Ven con nosotros.

Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo,
emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede formarse
idea de lo que padeció su dignidad al oir decir á Cienfuegos:

--¿Estás loco? ¿Á dónde vas con ese espantajo?

--Á casa. Le voy á dar ropa.

--¡Ropa!... Mañana voy con aquel caballero... Á las ocho, á las
ocho... Me toma de criado, y me enseña todo lo que sabe,--dijo Felipe
brincando.

--¿Te pondrías tú unas botas mías?

--¿Qué hacer?...

--Pues yo le voy á regalar una corbata verde,--indicó Cienfuegos.

--Y tengo yo una levita, que se la podría poner un duque.

Oyendo tales cosas, veía el bueno de Felipe delante de sí mundo
risueño de comodidades, glorias, grandezas y regalo. El cielo se
abría plegando su azul, como las cortinas de un guardarropa, y
mostraba una y otra prenda: ésta para invierno, aquélla para verano;
y tras la ropa, mil objetos de lujo y opulencia, como por ejemplo:
varias cajas de cerillas, un bastoncito, un reloj con tres varas de
cadena, anillos, una cartera con su lapicito para apuntar, paraguas,
etc.

--Y dos camisetas viejas, ¿qué tal te vendrían?

--Vamos, que tengo yo un cinturón de gimnasia que no me sirve para
nada...

--Y yo un sombrero número 3. ¿Te lo pondrás?

Felipe brincaba. Su gratitud no podía ser elocuente de otro modo.

--Es tarde--dijo Cienfuegos avivando el paso.--Doña Virginia se va á
poner furiosa porque tardamos.

--Valiente cuidado me da á mí de doña Virginia. ¿Dí, Felipe,
dormirías tú en una cama de colchones si te pusieran en ella?

Felipe, atacado de un gozo convulsivo, echó á correr, desapareció.
Al poco rato. Miquis le sintió á su espalda, imitando con donosura
infantil el ladrar de un cachorrillo.

Á trechos con prisa, á trechos lentamente, disputando en cada esquina
y pasando repetidas veces de una acera á otra, llegaron los dos
amigos y su protegido al centro de Madrid. Por cualquier motivo
fútil, cuando no lo había de importancia, habían de estar siempre
cuestionando y riñendo Miquis y Cienfuegos. En ellos la amistad no
habría tenido goces despojada de la irritación de la controversia, y
de aquel dramático interés que provenía de las frecuentes embestidas
entre uno y otro temperamento. Lo que hablaron, lo que argumentaron,
lo que por aquella simpleza de ir á prisa ó ir despacio dijeron, no
se puede contar. Á poco más pasan de las palabras á las obras.

--Es que no me gusta que esperen por mí.

--Mira no te vaya á comer doña Virginia...

--No es sino que...

--No me vengas á mí con...

--Bruto, no es eso...

--Animal, no se puede tratar contigo...

Llegaron por fin á su casa, que era de las que llamamos de huéspedes,
y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en
un barrio peor, la cual, si llevara nombre de macho como lo lleva de
hembra, se llamaría del _Rinoceronte_. Subieron al cuarto, que era
segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor
alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la
puerta una hermosa harpía, que en tono iracundo les increpó de esta
manera:

--¿Son éstas horas de venir á comer? ¡Qué señores éstos! No se puede
con ellos. Usted, don Alejandro, tiene la culpa.

--Señora, ¿quiere usted irse á...?

--¿Á dónde, á dónde?

--Á donde usted quiera.

Acobardado Felipe por el destemplado lenguaje de la matrona, se
detuvo en el último escalón, mirando con ansiedad á la puerta, que se
iba á cerrar ante él. Retrocedió Alejandro para llamarle; mas cuando
la señora, tan guapa como furiosa, oyó que Miquis decía: «entra,
muchacho,» se arrebató más, cerró de golpe, y he aquí sus dramáticos
acentos, conservados por un erudito averiguador:

--Pero qué... ¿Habráse visto? ¿Otra vez me trae estafermos de la
calle?... No faltaba más...

--Señora--dijo Miquis con zalamería,--si no me deja usted hablar, no
hay medio de entendernos. Yo sólo quería pedir á usted tuviese la
bondad de dejar dormir á ese chico en la buhardilla.

Oir esto y volarse fué todo uno. Los demás huéspedes acudieron al
ruido, curiosos de ver lo que pasaba.

--¿Qué les parece á ustedes este don Alejandro?...--prosiguió la
dueña de la casa, pasando ya del furor á las burlas.--Niño, ¿es
esto una hermandad para recoger pobres?... El mes pasado me trajo
un italiano de esos que tocan el arpa; hace días un viejo ciego con
joroba y clarinete, y hoy... ¡Vaya unos amigos que se echa el tal don
Alejandro! Y no pide nada... que les ponga cama en la buhardilla, que
les dé de comer... Vaya, señores, á la mesa, á la mesa.

Entre tanto, Miquis acercaba su rostro al ventanillo y por el
enrejado de cobre decía:

--Felipito, Felipito...

--Señor...

--Espérate ahí un momentito...

Los compañeros de hospedaje se burlaban, y la misma doña Virginia,
pasado aquel primer chispazo de ira, se reía también, diciendo:

--¡Pobre don Alejandro!... Es un buenazo.

Y no paró en esto su desenojo, sino que, mientras se servía la sopa,
fué adentro y sacó pedazos de pan, queso y golosinas, y poniéndolo
todo en un papel, salió á la escalera. Al poco rato volvió al comedor
asustada, con las manos en la cabeza y riendo á todo reir.

--Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!... Allá está dándole
ropa... Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que tres
veces... y dos camisas y unas botas enteramente nuevas... ¡Jesús,
Jesús!

En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que,
separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda frase:

--Acabará en San Bernardino.



II

PEDAGOGÍA


I

Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia, que don Pedro Polo
y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba á la iglesia de las monjas,
decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo,
volvía después á su casa, charlaba con su madre por espacio de un
cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba un suspiro... Todo esto
ocurría invariablemente día por día, sin que nada faltase, ni el
chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la señal para entrar
en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían á las ocho en
verano y á las nueve en invierno.

Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima, qué ruido,
qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como en
amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don
Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos con gesto
semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla. Luego daba
una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas! Creo que se podría oir
el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa con las patas...
Después, poquito á poquito, saltaba un murmullo, una sílaba, una
palabra, y de esto se iba formando susurro hondo y creciente que no
se sabe á dónde llegaría si don Pedro con su potente _quos ego_ no lo
atajara.

Había un pasante á quien llamaban don José Ido, hombre aplicadísimo
á su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos ó verrugones
que parecían gotas de cera que le escurrían por la cara; de expresión
llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; manifestando en
todo las congojas de una de esas vidas de abnegación y sacrificio
heróicamente consagradas á la infancia. Tenía en la frente un
mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo
humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con
la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías. Era el mártir
obscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las generaciones,
el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de tantas
fortunas y de preclaros hechos. Políticos que habéis firmado sabias
leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente
la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que
autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis
la muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos
que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el
correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra
mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos en
la religión de la escritura, os dió diploma y título de cristianos
civilizados...

Porque el fuerte, ó mejor dicho, el sacerdocio de nuestro don José
Ido, era la caligrafía. Enseñaba por el Evangelio de Iturzaeta una
forma redonda, armónicamente compuesta de trazos gordos y finos,
con cada rasgo para arriba y para abajo que daba gloria, y un golpe
de mayúsculas que podría competir con lo mejor de los tiempos
benedictinos. Cuando por encargo especial acometía un trabajo de
felicitación ó cosa semejante, para implorar por cuenta propia ó
ajena la benevolencia de cualquier magnate, eran de ver aquellas
Emes iniciales con el cabello erizado de entusiasmo, aquellas Haches
que arrastraban más cola que un pavo real, aquellas Erres que hacían
cortesías, aquellas Efes con más peluca que Luis XIV, aquellas Eses
minúsculas que parecían saltar de gozo, aquellas Eles á caballo sobre
las Íes, aquellas Jotas con morrión, y otras infinitas maravillas que
producían á la vista ilusión de pirotecnia, todo rematado con unas
_etcéteras_ que á la cola de esta procesión pendolística iban con
plumachos, blandiendo alabardas y banderolas. El resto lo hacían mil
vaivenes de rúbrica, como flechas disparadas ó laberinto arácnido,
en el centro del cual aparecía lánguido, indolente, cual si cayera
mareado en medio de tanto círculo, el claro nombre de _José Ido del
Sagrario_.

La clase duraba horas y más horas. Era la vida perdurable, un lapso
secular, sueño del tiempo y embriaguez de las horas. Nunca se vió
más antipática pesadilla, formada de horripilantes aberraciones de
Aritmética, Gramática ó Historia sagrada, de números ensartados,
de cláusulas rotas. Sobre el eje del fastidio giraban los graves
problemas de sintaxis, la regla de tres, los hijos de Jacob, todo
confundido en el común matiz del dolor, todo teñido de repugnancias,
trazando al modo de espirales, que corrían premiosas, ásperas,
gemebundas. Era una rueda de tormento, máquina cruelísima, en la cual
los bárbaros artífices arrancaban con tenazas una idea del cerebro,
sujeto con cien tornillos, y metían otra á martillazos, y estiraban
conceptos é incrustaban reglas, todo con violencia, con golpe,
espasmo y rechinar de dientes por una y otra parte.

En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se
veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí
dos ó tres mártires de rodillas con los calzones rotos; á esta
parte, otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y
trasudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro
con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque
sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera
sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas
abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las
mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío,
y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas
en carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los
tinteros, ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar
ocasión de volcarse... Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido
agarrando una pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto
mayor era el empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían
muecas con el difícil rasgueo de la pluma... Á lo mejor, un cráneo
sonaba seco al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas
sacudidas por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y á cada
segundo se oía un ¡ay! Se confundían las voces de _bruto_, _acémila_,
con los lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico _yo no
he sido_. La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa
de su misión educatriz, aporreando sin piedad á todo el que cogía.
La quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban
entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente,
silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de
aquel docto instrumento, una caña y á veces flexible vara de mimbre
sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como
pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía, y
todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio de
carnes y huesos.

Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire una
mosca con rabo de papel, sucediendo á esto la algazara propia del
caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas
que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre una peña. Los
miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de impedir
las patadas, los desperezos, el acostar la cabeza sobre los brazos
cruzados, el cuchicheo, la inquietud... Una autoridad férrea,
despótica, á quien la conciencia del deber daba algo de la crueldad
sublime que enalteció á Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno,
recorría los bancos, desde que se notaban los primeros síntomas de la
rebelión del fastidio. Á la manera que el cómitre de una galera iba
sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices condenados al
remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con su vara ó su mano al
arrastrar de suelas, á las pandiculaciones, al cuchicheo, al mirar,
al reir. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía la mano del maestro
levantar muy alto una cabeza suspendida de una oreja, ó empujar otra
sobre la carpeta con tal fuerza, que á poco más se incrusta la nariz
en la tabla!... Su máxima era: _Siembra coscorrones y recogerás
sabios._


II

Don Pedro Polo y Cortés era de Medellín: por lo tanto, tenía con el
conquistador de Méjico la doble conexión del apellido y de la cuna.
¿Había parentesco? Dice Clío que no sabe jota de esto. Doña Claudia,
madre de nuestro extremeño, sostenía que sí; mas para probarlo se
vale del sentimiento antes que de las razones. El padre, hombre que
gozó la más pura y noble fama de honradez, murió desastrosamente en
la cárcel veinte años antes de estos sucesos que ahora referimos.
Perseguido con saña por graves delitos ajenos, de que su buena fe le
hizo en apariencia responsable, fué mártir del honor; fué, como suele
decirse, un carácter elevado y glorioso, de esos que, si no abundan,
no faltan tampoco en cada edad, para que conste, conforme al plan del
mundo, que éste no es patrimonio de los malos. Murió como un santo, y
muchos están con menos motivo en los altares.

La familia no había vivido nunca con holgura, y muerto el jefe
de ella, quedó en triste miseria. Á Pedro Polo le correspondía
llevarla sobre sí, cosa en extremo difícil, pues se encontraba con
veinticuatro años á la espalda, sin haber estudiado cosa alguna,
sin oficio, carrera ni habilidad que pudiera serle provechosa. Sólo
sabía leer, escribir, contar y un poco de latín más macarrónico que
erudito. Había pasado la niñez y lo mejor de su juventud dedicado á
divertimientos corporales y al saludable ejercicio de la caza. De
su complexión atlética, ¿qué beneficio podía sacar como no fuera
un jornal mísero? Á las ciencias no les tenía maldita afición.
La milicia le seducía, pero ya era tarde para pensar en ella. Ir
á cualquier parte de las próvidas Américas en busca de fortuna,
cuadraba á su natural aventurero y á su atrevido espíritu; pero
mientras parecía la fortuna, que allí como en todas partes no se
alcanza sin trabajo y paciencia, ¿de qué vivirían su madre y su
hermana? El comercio no le desagradaba; pero no tenía más capital que
su escopeta y un poco de pólvora. Cualquier profesión, por breve y
fácil que fuese, requería tiempo y libros, y la necesidad de familia
no admitía espera. Una sola carrera ó profesión existía que pudiera
acometer y lograr en poco tiempo el joven Polo. Apretábale á seguirla
un tío suyo materno en tercer grado, canónigo de la catedral de
Coria; hubo lucha, sugestiones, lágrimas femeninas, dimes y diretes;
el tío ofreció pensionar á la madre y hermana mientras durasen los
estudios, y por fin, todos estos estímulos, y más que ninguno el
agudísimo de la necesidad, vencieron la repugnancia de Polo, le
fingieron una vocación que no tenía, y...

Cantó misa, y la familia tuvo un apoyo. Cinco años pasó Polo y
Cortés en Medellín, viviendo con estrechez, pero viviendo. Con sus
misas, sus funerales y bautizos, desempeñando la coadjutoría de la
parroquia, pudo pagar deudas onerosas que abrumaban á la familia.
Disentimientos y rivalidades de sacristía le obligaron á salir de
su pueblo. Vivió algún tiempo en Trujillo; desempeñó más tarde
un curato en Puente del Arzobispo, y luego residió seis años en
Toledo, siempre con grandísima penuria, mortificado por la pena de
no poder sacar á su madre y hermana de aquella triste vida, llena de
incomodidades y pobreza. Tuvo esto feliz término cuando se estableció
en Madrid. ¡Gracias á Dios que le sonreía la fortuna! Desde que una
azafata de la Reina, extremeña, solicitó y obtuvo para Pedro Polo
el capellanazgo de las monjas mercenarias calzadas de San Fernando,
la vida de aquellas tres personas tomó cariz más risueño y un rumbo
enteramente dichoso. ¡Las monjas eran tan buenas, tan cariñosas,
tan señoras...! Ellas mismas sugirieron á su bizarro capellán la
idea de poner una escuela donde recibieran instrucción cristiana y
yugo social los muchachos más díscolos; y para realizar este noble
pensamiento, le ofrecieron el local que tenían en el callejón de San
Marcos, en la casa del marquesado de Aquila-Fuente, tronco de aquella
piadosa fundación.

Era el edificio tan viejo, que sólo por respeto á su origen glorioso
se conservaba en pie. La planta principal servía para habitación
de don Pedro y su familia, y la baja, con espaciosas cuadras, para
albergar la escuela y toda la chiquillería consiguiente. Hermoso
plan, tan pronto pensado como hecho. Así como el tío canónigo (á
quien don Pedro en sus ratos de jovialidad solía llamar _el bobo de
Coria_) había dicho _hágote sacerdote_, las monjas habían dicho á
su vez _hágote maestro_. Para su sotana pensaba Polo así: «¿Clérigo
dijiste? pues á ello. ¿Profesor dijiste? pues conforme.» Dichosa edad
ésta en que el hombre recibe su destino hecho y ajustado como tomaría
un vestido de manos del sastre, y en que lo más fácil y provechoso
para él es bailar al son que le tocan. Música, música y viva la
Providencia.

El éxito de la escuela fué grande. Centenares de hijos del hombre
acudieron de todas las partes del barrio, atraídos por la fama de
docto, juicioso y paternal que había adquirido Polo sin saber cómo.
El caudal de la familia engrosaba lentamente, y viérais por fin cómo
se dulcificaba la hasta entonces amarga vida de aquella buena gente;
cómo podía gozar doña Claudia de comodidades que hasta entonces no
conociera, y Marcelina Polo decorar su persona con severa compostura.
No faltaban ya en la casa los alimentos sanos y abundantes, ni
el abrigo en invierno, ni los honrados esparcimientos en verano.
Aunque la mayor de las satisfacciones de don Pedro Polo era el
bienestar de su madre y hermana, á quienes amaba tiernamente, no le
disgustaba tomar para sí una parte de los dones de la fortuna, y al
año de establecida la escuela se le podía ver y admirar, vestido de
seglar ó de cura, según los casos, con la pulcritud y el lujo de los
sacerdotes más distinguidos.

Aquel nobilísimo oficio le daba mucho que hacer en sus comienzos,
porque tenía que aprender por las noches lo que había de enseñar
al día siguiente; trabajo ingrato y penoso que fatigaba su memoria
sin recrear su entendimiento. Todo lo enseñaba Polo según el método
que él empleara en aprenderlo; mejor dicho, Polo no enseñaba nada:
lo que hacía era introducir en la mollera de sus alumnos, por una
operación que podríamos llamar _inyecto-cerebral_, cantidad de
fórmulas, definiciones, reglas, generalidades y recetas científicas,
que luego se quedaban dentro indigeridas y fosilizadas, embarazando
la inteligencia sin darla un átomo de substancia ni dejar fluir las
ideas propias, bien así como las piedras que obstruyen el conducto
de una fuente. De aquí viene que generaciones enteras padezcan
enfermedad dolorosísima, que no es otra cosa que el mal de piedra del
cerebro.


III

También dice la chismosa Clío que el temperamento de don Pedro Polo
era sanguíneo, tirando á bilioso, de donde los conocedores del cuerpo
humano podrían sacar razones bastantes para suponerle hostigado
de grandes ansias, ambicioso y emprendedor, como lo fueron César,
Napoleón y Cromwell. Sobre esto de los temperamentos hay mucho que
hablar, por lo cual mejor será no decir nada. Quédese para otros el
fundar en el predominio de la acción del hígado el genio violentísimo
de nuestro capellán, y en el desarrollo del sistema vascular, así
como en la superioridad de las funciones de nutrición sobre las
de relación, la intensidad de sus anhelos, su fuerza de voluntad
incontrastable. Cierto es que si se dedicara, como su paisano, á
conquistar imperios, los habría ganado con rapidez. Habiéndose
metido, por la fatalidad de los tiempos y de las circunstancias,
á instruir muchachos, los instruía por los modos y estilo que el
otro empleó en domar naciones. Y no comprendía Polo la enseñanza de
otra manera. Se le representaba el entendimiento de un niño como
castillo que debía ser embestido y tomado á viva fuerza, y á veces
por sorpresa. La máxima antigua de _la letra con sangre entra_,
tenía dentro del magín de Polo la fijeza de uno de esos preceptos
intuitivos y primordiales del genio militar, que en otro orden de
cosas han producido hechos tan sublimes. Así, cuando, movido de su
convicción profundísima, descargaba los nudillos sobre el cráneo de
un alumno rebelde, esta cruel enseñanza iba acompañada de la idea
de abrir un agujero por donde á la fuerza había de entrar el tarugo
intelectual que allí dentro faltaba. Los pellizcos de sus acerados
dedos eran como puncturas por las cuales se hacían, al través de la
piel, inyecciones de la sabiduría alcaloide de los libros de texto.

Gran auxilio á don Pedro prestaba el pasante don José Ido, mayormente
en el arte de escribir. Polo escribía mal, y su ortografía era muy
descuidada. Ido le ayudaba también en las lecciones, y hacía leer á
los pequeñuelos, mas con tan delgada voz y entonación tan embarazosa,
que para articular una sílaba parecía pedir prestado el aliento al
que estaba más próximo. Los chicos, desde el mayor al más pequeño,
respetaban y temían tanto á don Pedro, que ni aun fuera de la clase
se atrevían á hacer burla de él; pero al pobre Ido le trataban con
familiaridad casi irreverente. Las paredes del callejón de San Marcos
estaban de punta á punta ilustradas con el retrato del señor de Ido,
en diferentes actitudes, y eran de ver lo parecido del semblante y
la gracia de la expresión en aquellos toscos diseños. No faltaban
explicaciones y leyendas que decían: _Ido diendo á los toros_; y
por otro lado: _Ido del Sagrario calléndosele los calzones_. Porque
este pobre calígrafo tenía las carnes tan flácidas, que toda su
ropa parecía escurrirse, y que cada pieza, desde la corbata á los
pantalones, estaba más baja del sitio que le correspondía. Otra cosa
que daba motivo así á las cuchufletas como á las ilustraciones, era
el cartílago laríngeo, ó la nuez del pasante, la cual era grandísima.
Entre las pinturas murales, que representaban casi siempre escenas de
toros, había una cuyo letrero decía: _El toro, perdone ustez,--me le
enganchó de la nuez_...

Á este hombre, probo, trabajador, honrado como los ángeles, inocente
como los serafines, esclavo, mártir, héroe, santo, apóstol, pescador
de hombres, padre de las generaciones, le trataba don Pedro delante
de los chicos con frialdad y sequedad; mas cuando estaban solos le
abrumaba á cortesanías y piropos, como éste: «Es usted más tonto que
el cerato simple,» dicho con desenfado y sin mala voluntad. Ó bien
le saludaba así: «Cierre usted esa boca, hombre, que se le va por
ella el alma.» Y era verdad que parecía que el alma estaba acechando
una ocasión para echársele fuera y correr en busca de mejor acomodo.

Los capones y pellizcos, los palmetazos y nalgadas, las ampliaciones
de orejas, aplastamiento de carrillos, vapuleo de huesos y maceración
de carnes, no completaban el código penitenciario de Polo. Además
de la pena infamante de las orejas de burro, había la de dejar sin
comer, aplicada con tanta frecuencia, que si las familias no sacaban
de ella grandes ahorros, era porque no querían. Todos los días, al
sonar las doce, se quedaban en la clase, con el libro delante y las
piernas colgando, tres ó cuatro individuos que se habían equivocado
en una suma ó confundido á Jeroboan con Abimelech, ó levantado
algún falso testimonio á los pronombres relativos. Los autores
de estos crímenes no debían alcanzar de nuestro Eterno Padre el
pan de cada día, que todos piden, pero que se da sólo á quien lo
merece. Bostezos que parecían suspiros, suspiros como puños llenaban
la grande y trágica sala. Isaías no habría desdeñado llorar tan
dolorosas penas, y hubiera sacado de su boca algún sublime acento
con que pintar aquellos desperezos tan fuertes, que no parecía sino
que cada brazo iba á caer por su lado. Á menudo las páginas sucias,
dobladas, rotas, de los aborrecidos libros se veían visitadas por un
lagrimón que resbalaba de línea en línea. Pero esta forma del luto
infantil no era la más común. La inquietud, la rebeldía, el mareo, la
invención de peregrinas diabluras eran lo frecuente y lo más propio
de estómagos vacíos. Quién gastaba su poca saliva en mascar y amasar
papel para tirarlo al techo; quién dibujaba más monos que vieron
selvas africanas; quién se pintaba las manos de tinta á estilo de
salvajes...

Cuando la clase concluía, allá sobre las cinco de la tarde, después
de diez horas mortales de banco duro, de carpeta negra, de letras
horribles, de encerado fúnebre, el enjambre salía con ardiente fiebre
de actividad. Era como un furor de batallas, cual voladura de todas
las malicias, inspiración rápida y calorosa de hacer en un momento
lo que no se había podido hacer en tantas horas. Una tarde de Enero,
un chico que había estado preso, sin comer y sin moverse en todo el
día, salió disparado, ebrio, con alegría rabiosa. Sus carcajadas
eran como un restallido de cohetes; sus saltos, de gato perseguido;
sus contorsiones, de epiléptico; la distensión de sus músculos, como
el blandir de aceros toledanos; su carrera, como la de la saeta
despedida del arco. Por la calle de San Bartolomé pasaba una mujer
cargada con enorme cántaro de leche. El chico, ciego, la embistió
con aquel movimiento de testuz que usan cuando juegan al toro. El
piso estaba helado. La mujer cayó de golpe, dando con la sien en el
mismo filo del encintado de la calle, y quedó muerta en el acto.


IV

Es forzoso repetir que la crueldad de don Pedro era convicción, y
su barbarie fruto áspero, pero madurísimo, de la conciencia. No
era un maestro severo, sino un honrado vándalo. Entraba á saco
los entendimientos, y arrasaba cuanto se le ponía delante. Era
el evangelista de la aridez, que iba arrancando toda flor que
encontrase, y asolando las amenidades que embelesan el campo de la
infancia, para plantar luego las estacas de un saber disecado y sin
jugo. Pisoteaba rosas y plantaba cañas. Su aliento de exterminio
ponía la desolación allí donde estaban las gracias; destruía la vida
propia de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos
de trapos pedantescos. Segaba impío la espontaneidad, arrancaba
cuanto retoño brotara de la savia natural y del sabio esfuerzo de
la Naturaleza, y luego aquí y allí ponía flores de papel inodoras,
pintorreadas, muertas. Por uno de esos errores que no se comprenden
en hombre tan bueno, estaba muy satisfecho de su trabajo, y veía
con gozo que sus discípulos se lucían en los Institutos, sacando
á espuertas las notas de _sobresaliente_. Don Pedro decía: _ellos
llevan el cuerpo bien punteado de cardenales, pero bien sabidos van_.

Á los tres años de esta ordenada vida capellanesca, escolástica y
cardenalicia, la familia se encontraba en un pie de comodidades que
nunca había conocido. Doña Claudia Cortés se trataba con azafatas,
alabarderas, tal cual camarista y otras personas bien puestas en
Palacio. Marcelina Polo, que llevaba el peso de la casa, había
logrado decorar ésta con cierta elegancia relativa. En el reducido
círculo de las relaciones de la familia pasaba ya por dogma que en
ningún cacareado colegio de Madrid recibían los muchachos educación
tan sólida, cristiana y de machaca-martillo como en el del padre
Polo. Llegó día en que eran necesarias las recomendaciones para
admitir una nueva víctima en el presidio escolar. Desgraciadamente
para la familia, los ingresos, aunque regularcitos, no correspondían
á la fama del llamado colegio, por tener don Pedro una cualidad
excelsa en el terreno moral, pero muy desastrosa en el económico:
era una extremada y nunca vista delicadeza en cuestiones de dinero.
Aquella voluntad de hierro, aquel carácter duro se trocaban en
timidez siempre que era preciso reclamar de algún chico ó de sus
padres el pago de los honorarios. Así es que muchos no le pagaban
maldita cosa, y él antes se cortara una mano que despedirles. Este
sublime desinterés lo tuvo también el padre de don Pedro, de donde
le vino, al decir de sus contemporáneos, que muriera en afrentosa
cárcel. La economía política debe llamar á esta virtud _voto de
pobreza_, es evidente que estorba para todo negocio que no sea el
importantísimo de la salvación.

Pero bueno es decir que los fallidos ocasionados en la caja por los
efectos de esta santidad los compensaba Polo y Cortés con otros
ingresos que le sobrevinieron cuando menos pensaba. Alentado por
varios amigos, se metió á predicador. Hizo una tentativa: le salió
regular; animóse; fué entrando en calor, y al año se lo disputaban
las cofradías. El no era por sí elocuente; pero le favorecían su
voz grave, llena, hermosa, á veces dulce, á veces patética, y su
facilidad de dicción. En tres ó cuatro leídas se apropiaba un sermón
de cualquiera de las colecciones que existen. De su propia cosecha
ponía muy poco. Había tenido también el talento de asimilarse el
énfasis declamatorio y la mímica del púlpito, que tan grande parte
tienen en el éxito. Cada perorata le valía una onza, y á su madre
le daba con cada sermón diez años de vida, porque, según ella, los
ángeles mismos no dirían cosas tan sublimes y cristianas como las
que su hijo echaba por aquel pico de oro. No se desvanecía don Pedro
con estas lisonjas, flores preciosas del amor materno, y á solas con
su conciencia literaria, cuando bajaba del púlpito, iba diciendo:
«Dios me perdone las tontadas que he dicho.»

Muchas amistades cultivaba don Pedro en Madrid. Eran principales
amigos un empleado de Hacienda que conoció en Toledo, y un fotógrafo,
excelente persona, extremeño, y también Cortés de nombre y genio. Las
señoras de ambos visitaban á doña Claudia, y tomaban participación
en sus jugadas de lotería. Porque es bueno saber que á la madre
de don Pedro le había entrado pasión tan ardiente por la Lotería
Nacional, que en todas las extracciones probaba fortuna, y se pasaba
la vida discurriendo y combinando números. Éste era bonito, aquél
feo, tal otro había sido afortunado, cuál refractario á la suerte;
pero la suya era con todos tan mala, como incorregible su manía de
probarla dos ó tres veces al mes. El empleado de Hacienda paseaba
con don Pedro algunas tardes, y las de día de fiesta infaliblemente.
Se ponían los dos muy guapos, de guante y gabán, y medían todo el
Retiro, hablando de la cosa pública, del reconocimiento del reino
de Italia y de la guerra de Santo Domingo. El fotógrafo no había
encontrado manera mejor de corresponder á la amistad de los Polos que
retratándolos á todos con profusa variedad. Por esto se veían las
paredes de la salita salpicadas de diferentes imágenes en cuantas
formas se pueden idear: don Pedro, de hábitos, sentado; don Pedro,
de paisano, con un libro en la mano; Marcelina, de mantilla, ante un
fondo de ruinas y lago con barquilla; don Pedro y su madre, sobre
telón de selva con cascada, ella sentada y estupefacta, él en pie
mirándola, y otros muchos...

Dos parentescos tenían los Polos en Madrid, ambos con venerables
conserjes de establecimientos científicos. El de la escuela de
Farmacia, padre de las dos guapas chicas que vimos aquel día en donde
queda dicho, se declaraba primo de don Pedro en tercer grado. Su
apellido era Sánchez y Emperador; pero á las niñas se las llamaba
comúnmente _las de_ ó _las del Emperador_. Doña Saturna, esposa
de aquel don Florencio Morales que se emborrachaba con agua, era
sobrina de doña Claudia. Á estos parientes consideraban más que á
nadie los Polos, no sólo por sus cualidades y virtudes, sino porque
doña Saturna poseía entre éstas una de grandísimo valor para don
Pedro. Era la tal señora la más eminente cocinera que se ha visto,
doctora por lo que sabía, genio por lo que inventaba, y artista por
su exquisito gusto. Cuentan que en su juventud había vivido con
monjas y servido después en casas de gran rumbo. Todo lo dominaba:
la cocina rancia española y la extranjera, la confitería caliente y
fría. De aquí que don Pedro la trajera en palmitas, porque el buen
señor, al pasar de su primitiva vida miserable á la regalona en que
entonces estaba, se pasó también gradualmente, y sin darse cuenta
de ello, de la sobriedad del cazador á la glotonería del cortesano.
Le acometían punzantes apetitos, y mientras más rarezas coquinarias
probaba, más se relamía con todas y más deseaba las nuevas y aún no
conocidas. Su gusto se refinó grandemente, y sin aborrecer los platos
nacionales, adoraba algunos de los extranjeros connaturalizados
en España. Su madre alentaba esto mimándole y engolosinándole sin
tasa, discurriendo las cosas más aperitivas y confabulándose con
doña Saturna para proporcionarle un día y otro esta novedad, aquella
sorpresa.

Siempre que los Polos invitaban á algún amigo á comer, doña Saturna
se personaba en la casa muy tempranito, y cuando Morales celebraba
sus días ó los de su esposa, el primer convidado era Polo. Las de
Emperador iban á una y otra parte, y en ambas eran muy agasajadas por
sus méritos, por su índole modesta, por ser huérfanas de madre, y por
su mansedumbre graciosa y un tanto sentimental.

Marcelina Polo las quería entrañablemente, y hacía para ellas
laborcillas de gancho, corbatas y mil enredos y regalitos. Ya que
hemos nombrado á la hermana del capellán, conviene decir que esta
señora, de más edad que don Pedro, era lo que en toda la amplitud
de la palabra se llama una mujer fea. Su cara se salía ya de los
términos de la estética, y era verdaderamente una cara ilícita,
esto es, que quedaba debajo del fuero del poder judicial. Debía,
por consiguiente, recaer sobre ella la prohibición de mostrarse en
público. Así lo conocía la dueña de aquel monumento azteca, y ni
tenía en su habitación espejos que se lo reprodujeran, ni salía más
que para ir á la iglesia, ó á visitar amigas de confianza. Era una
persona insignificante, pero que tratada de cerca inspiraba algunas
simpatías. Ocupábase de cuidar la casa, de hacer obras de mano,
generalmente de poco mérito, y de rezar, escribir cartitas á las
monjas ó enredar un poco en la sacristía de la iglesia. Resumiendo
todo lo que nos dice Clío respecto á estas tres personas, resulta
que se avenían y ajustaban maravillosamente, viviendo bajo un mismo
techo y amándose con ardor, tres diferentes pasiones: Gula, Religión,
Lotería.


V

--¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y
curtir, hasta que seas otro y no te parezcas á lo que fuiste!... Haz
cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre? Pues
ahora te las verás conmigo.

Esto decía Polo á su nuevo alumno, recogido por caridad un domingo
por la tarde, en momentos de satisfacción digesta. Se vieron, se
hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió
el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado, y el
criado sería discípulo de su amo. Perfectamente... Á la familia le
hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese casa
y escuela, que á veces no podían con más polvo, y prestara además
otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces para
poder repartir á domicilio los papelitos en que hacía constar las
participaciones que ésta ó la otra persona tenían en sus jugadas.
Marcelina recibió á Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces había
dejado de mandar á las monjas un recado importante por no tener
quien lo llevara! Agradó á todos el muchacho, y como llevaba la
buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un paje, un
caballerito... Señaláronle para su vivienda un cuarto, ó más bien una
garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales, aunque
llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores que
cuantos palacios puede soñar la fantasía.

Hasta aquí muy bien. Grande, inesperada fortuna del héroe, que decía
gozoso: «¡Ahora no hay quien me tosa! ¡Si la Nela me viera en medio
de tantos santos, blandones, _murumentos_ y animales!...» Y era
verdad que en compañía de todo esto se hallaba, porque los sotabancos
del caserón de Aquila-Fuente servían á las monjas para depósito de
objetos inútiles, ó de otros que no tenían hueco en la sacristía, y
allí había cantidad de imágenes, las unas rotas, las otras desnudas;
aparejos de funeral, y diversas piezas del monumento de Semana Santa
en cartón y madera. Los animales eran los que acompañan y simbolizan
á tres de los Evangelistas, piezas enormes y algo pavorosas, cuya
vista daría miedo á quien no tuviera corazón tan esforzado como el de
Felipe.

Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del neófito
no causaba sorpresa al maestro ni á don José Ido, por estar el
chico en estado completamente cerril ó primitivo. Ni en el servicio
doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia de todas
las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el destino de
los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el molinillo
de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de no traer lo
que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de romper alguna
cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus desaliños, le
aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos plácemes cuando
era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él
y ponía las manos á la altura de sus anteojos siempre que la criada,
muerta de risa, venía contando alguna fechoría ó gansada del pobre
Felipe. Porque Maritornes, preciso es decirlo para que cada cual
tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra á muerte desde
el principio, y muchas cosas que él hubiera hecho bien las hacía mal
porque ella le confundía con sus gritos y le atropellaba con sus
lenguarajos. No habían pasado tres semanas, cuando doña Claudia decía
á todo el que la quisiera oir:

--¡Qué cosas tiene mi hijo!... Habernos traído aquí este muñeco... Lo
que digo, es un número sin premio.

Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que jamás
contestaba á las reprimendas, ni se daba por aludido de los
pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela
y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel
estoico, pequeño de cuerpo. Si no llegaba á decir, como el otro,
que el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido,
y á solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, ó se
ponía de hoja de perejil, encareciendo su torpeza y brutalidad...
¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso en
sus obligaciones, y todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía
poner en cada faena sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en
sus manos una tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no
fuera cargar espuertas de tierra. Mal ó bien, ya se iba haciendo
á manejar platos y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre
sus tiesos y duros dedos; cuando le sentaban delante de un papel
rayado y le mandaban trazar... ¡Dios de los pequeños, Dios de los
débiles! ¡qué sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano
se le ponía rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de
sangre, estaba llena de cosquillas. Para someterla á la voluntad, el
angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios,
distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los
pies... Ni por esas: sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo,
y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo
curvo, erizado de púas como un cardo... Y cuando, al fin, parecía que
iba saliendo un poquito más derecho... ¡cataplum! un coscorrón del
pasante que le hacía soltar el papel para llevarse la mano á la parte
dolorida, y rascársela cuanto permitieran las iracundas miradas de
don Pedro... Nueva tentativa, nuevo fracaso acompañado de esta lluvia
de flores:

--Burro, eso no es escribir: eso es dar coces...

En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron
á desflorar los elementos de las artes y las ciencias... ¡Dios
misericordioso, amparo de la ignorancia!... Nada, nada: Polo y
don José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de
memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle
decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que compendian
la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los
testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al intentar
decir que _el participio es una parte de la oración que participa
de la índole del verbo y del adjetivo_. En otras definiciones se
trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras.
¡Flojita cosa era para él saber lo que es _Gramática_! ¡Re-córcholis,
si no sabía lo que es _arte_... si no sabía lo que quiere decir
_correctamente_!... Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba
el pobre Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca
eran cosas harto semejantes.

Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus
genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello
era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece
interés á la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no
estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y
pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían á
mal traer, porque confundía una con otra, ó le colgaba un parentesco
al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra! y lo mismo daba Juan
que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico achacando á
Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Júpiter; y al ver que
todos se reían, dijo con mucho desenfado:

--Lo mismo da: tan pillo era el uno como el otro.

La algazara que produjo esta observación fué tan grande, que don
Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio, aunque
él mismo no contenía la risa.

Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba á lucir.
Como que ya sabía él algo, y aun algos, de cosa tan buena, santa y
admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber. Pero
á las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos! empezó mi sabio á
desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las respuestas que
comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando
las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal: mi hombre las
espetaba de corrido; pero ¡ay! cuando venía una de aquellas cosas
hondas, largas, enrevesadas y obscuras que guardaba el librito
en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido... Allá iban
proposiciones que harían estremecer de espanto á los Santos Padres.
¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha visto ni verá más
atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia _es un sér divino que nos
hace esclavos del demonio_!... ¡Ciérrate, boca nefanda!

Un día, que fué de los más infelices que tuvo Centeno en la casa de
don Pedro, á los tres meses de haber entrado en ella; un día en que
todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los más
horribles despropósitos que pueden oirse, don Pedro tuvo una idea
entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por obra
como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos. Porque
cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con aquella cara
de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas,
eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias de puñal, como
los epigramas de Shakespeare. Cogió á Felipe, me le puso de rodillas
sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el bochornoso y orejudo
casco de papel que servía para la coronación de los desaplicados.
Luego, en el airoso pico de esta mitra, colgó un papel que decía con
letras gordas, trazadas gallardamente por don José Ido: EL DOCTOR
CENTENO.

¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel día tuvo
don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba chispas, y de
su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus chistes resultaba
el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con la palmeta en la
mano, decía:

--Este señor vino á Madrid para ser médico. Como es tan aprovechado,
tan sabio, tan eminente, pronto le veremos con la borla en la
cabeza... Ánimo, hombre, no llores... No hay carrera sin trabajos...
Ya estás á medio camino. Si sabes más que ese tintero... Serás
médico: tómale el pulso á la pata de la mesa.

¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maestro más
gracioso...


VI

Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró á doña Claudia,
en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo fomentada por el
carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en
que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo. Luego
la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus enredosos
chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de tener la
culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si algo traía, traíalo tarde;
si se le confiaba cualquier faena de la cocina, echábala á perder; si
redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas, salían
mal; si al ir á comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que había
traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba,
era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías;
si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán. En
resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en llamarle
de este modo, y también el _Doctorcillo_) tener la sabiduría de aquel
señor tan despejado de que habla la Historia Sagrada, Salomón, para
poder complacer á la doméstica y á la señora. Los regaños de ésta,
importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que le entraban
deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales esfuerzos no
tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo
mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando iba á recados, se
detenía en las calles mirando los escaparates ó añadiéndose al corro
que por cualquier motivo se formara, ó entablando sabroso palique con
éste ó el otro amigo.

En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de
enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se le tomaba
lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le
hacían, y el gran don José Ido, al llegar á él, decía:

--Mira, Doctor, más vale que te vayas á subir agua, que estas cosas
no son para tí.

Y él veía el cielo abierto, porque más le gustaba y más le instruía
sacar agua del pozo y cargar una cuba que repetir aquello de que
_el artículo sirve para entresacar el nombre de la masa común de su
especie_.

De las enseñanzas de la escuela, lo único que le agradaba era la
Geografía. Cierto día, teniendo delante un mapa muy bonito, donde se
veían los países pintados con rayas y masas de colores, y el mar azul
y las islas de extraña forma, sintió una tentación que sin duda debía
de ser mala. ¡Diablos de chicos, no hay cosa que no inventen!...
Pues se le ocurrió nada menos que dejar á un lado los palotes, como
se arroja fatigosa carga, y ponerse con toda su alma á _retratar_ el
mapa, imitando los contornos y perfiles que allí parecían el propio
rostro de las naciones. ¡Qué lástima no tener caja de pinturas, ó al
menos lápices de colores! Así, así debían ser enseñadas todas las
cosas. ¿Por qué no se han de pintar la Gramática y la Doctrina?...
Manos á la obra y venga papel. Sacó del bolsillo un pedazo de lápiz,
y aquí te quiero ver, talento. Raya por allí, raya por allá; aquí
un pico, más allá un hueco, todito iba saliendo á maravilla: la
Inglaterra, que es una isluca con muchas púas; Suecia, que parece una
gran pieza de bacalao; Franciota con luengas narices; Portugalito con
la boca risueña, que es la del Tajo; Italia como una bota; Grecia
cual manojo de pueblecitos, y Rusia grandísima, informe, esteparia,
soñolienta, sin fisonomía... Muy bien. La cosa prometía. El retrato
estaba hablando, y aunque á algunas de las naciones no las conocería
ni la mala mujer que las inventó, si el artista tuviera goma con que
borrar para rehacer su trabajo... ¡re-contra!... Tan engolfado estaba
en sus golfos, y tan aislado dentro de sus islas, que no vió venir á
don Pedro, el cual se acercó por detrás pasito á pasito... ¡Ay, Dios
mío! Del primer cosque poco faltó para que los nudillos del maestro
penetraran hasta la masa cerebral del geógrafo pintor, y detrás otro
y otro, dados al compás de estas cariñosas frases:

--¡Animal, siempre de juego, pum!... ¡Si te voy á freir! ¿De esa
manera, ¡pum!... correspondes al bien que te he hecho recogiéndote...
¡pum! de las calles? No se puede... ¡pum! sacar partido de tí. Anda,
anda arriba...

El resto de tan cristiano discurso fué, más que pronunciado, escrito
con las manos del maestro sobre las mejillas rojas del criminal y
sobre otras partes de su cuerpo. Cada lagrimón que le caía abultaba
más que un garbanzo. La suerte es que se los iba bebiendo á medida
que llegaban á la boca; que si los dejara rodar, seguramente le
mojarían la ropa. Al subir, se tentaba el cráneo para indagar cuántos
y de qué calibre eran los agujeros que en él, á su parecer, tenía.

Por tres motivos estaba de malísimo talante aquel día doña Claudia.
Primeramente le dolía la cabeza, como atestiguaba la venda que se
la oprimía, sujetando dos ruedas de patata sobre las sienes. Añadid
á esto el disgusto que le ocasionaba la lista grande, que acababa
de leer, en cuyo documento, por uno de esos descuidos tan propios
de nuestra mala administración, no aparecía premiado ningún número
de los que la señora tenía. Seguramente la lista estaba equivocada.
Por último, doña Claudia había descubierto en la criada cosas de que
no se podía echar la culpa á Felipe. Así, cuando éste se presentó y
le dijo llorando: «El señor me ha mandado que suba,» doña Claudia
se puso en pie, dió al aire las dos aspas de sus brazos, y con
voz desabrida le contestó: «Dí á mi hijo que aquí no hacen falta
monigotes.» Felipe tornó al piso bajo; mas no tuvo ánimo para entrar
en la clase, y sentóse junto á la puerta de ella, esperando á que don
Pedro saliera y le dijese algo.

Allí estuvo largo rato, oyendo el rumor hondo del aula, tan semejante
al del mar, y como éste, músico y peregrino. Lo componen un vagido
constante de cláusulas que vienen y van, salpicar de letras,
restallido de palmetazos y aquel fondo mugidor de la murmuración
infantil, que es como el constante silbar de la brisa. Este fenómeno,
sobre que entristecía el alma del buen Doctor, le convidaba á
mecerse en meditaciones... ¡Qué desfallecimiento el suyo! No podía ya
dudar que era el más bruto, el más torpe y necio de la escuela.

Él lo comprendía bien, por virtud de su propio entendimiento, en
que cada esfuerzo era un fracaso, y además cierto debía de ser,
porque lo aseguraban personas como Polo y don José Ido, que eran dos
templos de sabiduría. Verdaderamente, el Doctor Centeno no estaba
en su lugar sino en Socartes, rodeado de sus iguales, las piedras,
y de sus dignos prójimos, las mulas. ¿Por qué algunos chicos decían
tan bien sus lecciones, y él no daba pie con bola?... ¡Qué cosa más
triste! ¡Toda la vida sería un animal!... Sí: tan médico sería él
como puede serlo una calabaza. ¡Qué desengaño! Y no era por falta de
voluntad, que si la voluntad hiciera sabios, él se reiría del mismo
Salomón. Era porque le faltaba algo en aquella condenada y cien
veces maldita cabeza... Pero no, no lo podía remediar, ni estaba
en su mano corregir su natural barbarie. Había hecho fatigosos y
titánicos esfuerzos por retener las sabias respuestas de los libros,
y las palabras se le salían de la memoria como se saldrían las
moscas si se las quisiera encerrar en una jaula de pájaros... El
Doctor Centeno para nada servía, absolutamente para nada. ¡Malditos
libros, y cómo los odiaba! Y era tan bobo Felipe, que se le había
ocurrido aprender muchas cosas preguntándolas al pasante. Porque en
los cansados libros no se mentaba nada de lo que á él le ponía tan
pensativo, nada de tanto y tanto problema constantemente ofrecido á
su curiosidad ansiosa. ¡Oh! si el doctísimo don José le respondiese
á sus preguntas, ¡cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes,
verbigracia: por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al
suelo; por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover;
qué es el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse
quemar, y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío
cuando uno se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua; qué
parentesco tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace agua y
el otro no; por qué una rueda da vueltas; qué es esto de echar agua
por los ojos cuando uno llora; qué significa el morirse, etc., etc.

Pensando en estas simplezas, dieron las doce y terminó la clase de
la mañana. ¡Momento feliz! Creeríase que el día, perezoso, daba un
salto y se ponía de pie... Iban saliendo los escolares á escape y
atropelladamente: el último quería ser el primero. Todos, al pasar
por donde Centeno estaba, le decían alguna cosa. Éste le daba con
el pie; el otro le incitaba á que saliera también para jugar en la
calle, y unos con desvío, los más con afecto, todos tenían para él
palabra, pellizco ó arrechucho. Don Pedro le vió en la puerta, y
ceñudo le dijo:

--Hoy estás sin comer.

Ni asombro ni pena causó esto á Felipe, por lo acostumbrado que
estaba á tales penitencias. De los seis días de labor de cada semana,
tres por lo menos se los pasaba á la buena de Dios. Es forzoso
repetir que Polo hacía estas justiciadas á toda conciencia, creyendo
poner en práctica el más juicioso y eficaz sistema docente; no lo
hacía por ruindad, ni por la sórdida idea de ahorrar la comida de su
Doctor sirviente.

Los condenados al ayuno se quedaban en la clase. Se les obligaba á
estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante, á quien
una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos. Mientras
ellos leían ó charlaban, él comía sus sopas y un guisote de salsa.
Á veces, cuando les veía muy desconsolados, dábales algo. Después
hacía traer un café, y repartía el azúcar que sobraba; siendo tal
su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy amargo para que
no faltara á los hambrientos la golosina. Alguno había tan mal
agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo á otro, echábale
bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de la que servía para
escribir en el encerado.

Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la de sus
amos en el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa en la
cocina, se le mandaba bajar á clase con el estómago más vacío que las
arcas del Tesoro. Era tan desgraciado, que siempre llegaba después
que el seráfico don José había repartido los terroncillos. Pero algún
alma tolerante y cristiana se acordaba de él, hay que decirlo claro;
sí: Marcelina le guardaba siempre alguna cosita, para dársela al
anochecer, á escondidas de su hermano y de doña Claudia, que decía:

--¿Sabes lo que haces con esos mimos? Pues consentirle y echarle á
perder más.

Y á pesar de tantos y tan variados rigores, Felipe tenía cariño á
don Pedro; le quería, le respetaba y se desvivía por agradarle. Las
reprimendas que su amo le echaba heríanle en lo más vivo de su alma,
y ésta se le inundaba de contento cuando sorprendía en el semblante
de él señales ó vislumbres, por débiles que fueran, de aprobación.
Le miraba como á un sér eminente y escogido, instrumento de la
Providencia, grande y terrorífico como aquel Moisés que hacía tan
vistoso papel en las Escrituras. Algunos domingos, el terrible don
Pedro tenía un arranque de generosidad, digno de su alma varonil.
Aquella rigidez se doblaba; aquella dureza se fundía; aquel bronce se
hacía carne. Llamaba á Felipe, y echando mano al bolsillo, le daba un
par de cuartos, diciéndole:

--Toma, hombre: vete por ahí de paseo y compra alguna golosina.


VII

Frente á la casa de don Pedro, por el callejón de San Marcos, se
veía, en muestra negra con letras blancas, el título de un periódico.
En el piso bajo estaba la redacción, y en el sótano la imprenta y
máquinas del mismo. Felipe, siempre que salía, se paraba delante de
las ventanas mirando por los cristales á los señores que escribían
el diario, reunidos alrededor de una mesa con tapete verde, en la
cual había papeles cortados, manojos de cuartillas, grandes tijeras
y obleas rojas. Los tales eran, según Felipe, los hombres más sabios
de la tierra, porque inventaban todas aquellas cosas saladísimas
que salían en el papel al día siguiente. Les miraba él desde fuera
con supersticioso respeto, y se admiraba de que, siendo todos tan
sabios, no tuvieran mejor pelaje. Disputaban, reían, y mientras el
uno escribía, otro daba grandes tijeretazos sin piedad en distintos
papeles más largos que sábanas. De todos aquellos simpáticos señores,
el que más atraía la atención de Felipe era uno que siempre se
sentaba frente á la ventana, y por eso se le veía mejor desde la
calle. No era joven; tenía la cara redonda, la nariz muy chica
y picuda, la expresión avinagrada, el mirar soberano, y grande,
espaciosa y reluciente calva, por la cual se pasaba suavemente la
mano para acariciar sus ideas. Vaya, que si toda aquella cabeza
estaba llena de talento, aquél debía ser el hombre del siglo. ¡Con
qué gravedad tomaba, ora las tijeras, ora la pluma, y con qué aire se
acomodaba á cada momento los anteojos sobre la nariz!... Observando
estas cosas, Felipe se detenía en la calle más de lo regular; los
recados tardaban eternidades, y luego doña Claudia ó Marcelina ponían
el grito en el cielo y llovían bofetadas. Mayores fueron aún las
distracciones de Centeno cuando se hizo amigo de otro chico de la
misma edad, poco más ó menos, que era hijo del mozo de la redacción y
servía en ésta y en la imprenta para hacer recados y llevar pruebas.
No salía nunca el Doctor á un mandado sin asomar las narices á la
puerta de la redacción para ver si estaba su amigo. Éste también le
buscaba, y como se encontraran, ambos se pasaban las horas jugando,
olvidados de su deber. Desde que se vieron simpatizaron, y desde que
se hablaron su afecto apareció tan vivo como si fuera antiguo. El
primer cambio de palabras fué para enterarse de los nombres.

--¿Cómo te llamas tú?

--¿Yo? Felipe Centeno. ¿Y tú?

--Yo me llamo Juanito del Socorro.

En figura y en genio no tenían semejanza, pues Socorro representaba
menos edad de la verdadera; era delgado, flexible y escurridizo como
una lagartija. Parecía tener alas en los pies, porque no andaba sino
á saltos, y hablaba haciendo mil contorsiones y monerías. Era más
embustero que el inventor de las mentiras, que, según parece, fué la
serpiente del Paraíso, y además vanidoso y lleno de las más graciosas
y ridículas presunciones. Se comía la mitad de las palabras, y
dándose aires de protector, llamaba á su amigo _hijito_, con un
retintín que habría hecho reir á la rueda de una noria. Por Socorro
supo Felipe que el señor de la calva y de los espejuelos sobre la
nariz chica, era el que escribía los artículos y sueltos de Hacienda.

--¡De Hacienda!--exclamó Centeno, abriendo la boca todo lo que se
puede abrir.

--Hijí... tú no sabes: es un señor que siempre está muy enfadado,
y cuando escribe, dice que la Deuda... ¡bum! la Hacienda, ¡bum! el
_Porsupuesto_, ¡bum!... y echa unas carretadas de números que te
quedas bizco.

Felipe le oía con la boca abierta, lleno de admiración.

--¡Vaya un hombre!... ¡Cór...!

--Pues mira, hijí... cuando no está en la casa, los otros _relatores_
se ríen de él, y dicen que es más tonto que el cepillo de las ánimas.
Voy á comprarle cigarros... Que se espere.

En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban el uno
al otro en sus recados. Á menudo Juanito hacía ponderaciones de su
estado y familia, diciendo:

--Hijí... cuando menos lo pienses, te he de colocar... porque mira,
mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque
van á subir los de acá, y lo menos le hacen _comendante_... Yo como
todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga que es
duquesa y le manda regalos... Un día de éstos verás el caballo que me
va á comprar papá. Lo van á traer de las haciendas, ¿estás?

Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo que
oía en la redacción, decía á su amigo con misterioso acento:

--Hijí... hijí... ¿no sabes? _Esto se va_... Vamos al decir, que
viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada.
Se arma, se arma.

Centeno, al oir esto, sentía en su espíritu el pasmo que ocasiona
todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas ni
comprendidas.

--Sí, hijí... cuando yo te lo digo... Esto anda mal, y los curas
tienen la culpa de todo... Mi padre, que sabe mucho y es amigo de los
pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar á mucho
pillo. Á un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y papá dice
que se la han de pagar... porque cuando venga la cosa, habrá lo que
llaman _melicia_.

--Pues algo va á pasar--manifestó Felipe, dándose
importancia,--porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto
se pone feo... ¿oyes? y habló del Gobierno, de la tropa, del
_Porsupuesto_... Él también lee por las mañanas un papel, y el otro
día contaba que... pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas,
dí, ¿qué quiere decir _las turbas_?

--¿Las turbas?... pues las turbas... Hijí... eso está claro. Las
turbas somos nosotros.

Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas
conferencias, sentados en la puerta de la redacción ó en otra más
allá, fumando entre los dos á turno un roto cigarrillo. El maestro no
se contentaba con reprender y castigar á Felipe, sino que á los dos
les sacudía algunos pescozones, diciéndoles:

--Tunantes, id á vuestra obligación.

Don Pedro salía todas ó las más de las noches. Aquel hombre,
consagrado á rudo trabajo, necesitaba esparcimiento y ejercicio.
En los primeros años de su vida escolástica, solía tertuliar con
su madre y hermana después de la cena, hasta la hora de acostarse.
Pero llegaron días de mayor cansancio; las digestiones no eran tan
fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras
que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola
palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía
en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y á obscuras...
De repente sentíasele revolviendo en la habitación, y al fin aparecía
de paisano, envuelto en su capa.

--Sí--le decía en un bostezo doña Claudia:--bueno es que hagas
ejercicio.

Marcelina le miraba sin decir nada; pero sus miradas traducían
tímidamente esta observación: «Ya le entró á mi hermano la calentura.»

Don Pedro decía: «voy á dar una vuelta,» y se iba. Regresaba á las
once, cuando ya su madre dormía. Su hermana le esperaba siempre, y le
alumbraba hasta llegar á la alcoba. Don Pedro sólo decía alguna frase
referente al tiempo.

Vino después larga temporada en que parecía luchar consigo mismo para
evitar la salida. Después de comer se entregaba á la lectura. Compró
muchos libros, y otros se los prestaba el fotógrafo, que tenía gran
copia de ellos. El leer más grato á su espíritu varonil era el de
cosas heróicas y fuera de lo común, historias de bravas conquistas
ó descubrimientos. También se entretenía con novelas, prefiriendo
las de mucho enredo, llenas de pasos y lances estupendos. Los viajes
arriesgados por islas y tierras de bárbaros le deleitaban, y todo
aquello en que hubiera lucha con feroces bestias ó con los elementos;
dificultades, trabajos y el siempre sublime sacrificio del hombre por
la cruz y la civilización. Su temperamento se empapaba en esto y se
condimentaba, dirémoslo así, como ciertos manjares se guisan en su
propio jugo.

Jamás se le vió leer libro místico; y cuando tenía que preparar un
sermón, cogía la _Cadena de Oro de Predicadores_, el _Alivio de
Párrocos_, ó bien el socorrido _Troncoso_, únicos libros religiosos
que guardaba, y entresacando de aquí y de allí, esto quiero, esto no
quiero, una de cal y otra de arena, componía sus enfáticas oraciones;
y aprendidas de memoria, las soltaba como un seráfico papagayo, del
mismo modo que sus venturosos discípulos decían las definiciones. ¡Y
qué pico de oro!


VIII

La mesa de don Pedro había ido ganando, día por día, en variedad
y riqueza. Modestísima en los comienzos de la vida capellanesca,
era últimamente casi suntuosa. Sobre los regalos que le hacían las
monjas, tenía los de sus discípulos, que no eran cualquier cosa.
El 29 de Junio se renovaba allí el espectáculo eructante de las
Bodas de Camacho. En tal día y en otros marcados, convidaban los
Polos á parientes ó amigos, no faltando nunca don Florencio ni el
fotógrafo. Doña Saturna iba puntual á sus primores, y desde muy
temprano, ella y doña Claudia se metían en la cocina y pasaban todo
el día machacando especias, haciendo salsas y picadillos, revolviendo
peroles. Generalmente, por ser casi todos los comensales extremeños,
las dos señoras hacían el _frite_, guiso de cordero á la extremeña,
que era recibido en la mesa con aclamaciones patrióticas.

Cuando iban á comer las dos chicas de Sánchez Emperador, don Pedro
estaba en sus glorias, y se esmeraba en ser fino y galante con ellas,
especialmente con la mayor, que era la hermosa.

Profesaba Polo la teoría, por cierto muy razonable, de que se puede
ser á un tiempo buen sacerdote y atendedor de las damas, con lo cual
se reverencia de dos maneras al Supremo Artífice de todas las cosas.
Por esto, cuando las de Emperador eran convidadas, viérais al señor
capellán y maestro salir de su cuarto muy almidonado, muy peinado y
oloroso, en correcto y limpio traje de paisano. Luego, durante el
curso de la comida, no cesaba de echar donaires por aquella boca, y
galanas flores retóricas del mejor gusto y sin chispa de malicia.
Todos lo alababan y reían, no siendo las dos chicas indiferentes á
los elogios que se hacían de su mérito.

Después de uno de estos días de honesta jarana, solía estar don Pedro
muy taciturno y displicente. Notaban los alumnos en él refinamientos
de rigor y exigencias inquisitoriales al tomar la lección. No
perdonaba ni una mota. Aun con la familia estaba el buen señor muy
enojado: economizaba con avaricia las palabras; ponía defectos á la
comida diaria; quejábase de inexactitudes en los servicios de su
hermana; á cualquier descuido, como un botón por pegar ó un cuello
mal planchado, daba importancia extrema. Se paseaba silencioso de
un ángulo á otro de su cuarto, y Felipe se asustaba oyéndole dar
unos suspiros tan grandes, que eran como si por el resuello quisiera
descargarse de un pesadísimo tormento interior. Únicamente salía de
sus labios la frase rutinaria «voy á dar una vuelta» en el momento de
ponerse la capa.

Tal estado de misantropía se iba desvaneciendo, y el personaje, cual
pieza forjada que se enfría y recobra su temple y dureza, volvía
lentamente á su carácter normal: pacífico y tierno con la familia,
afable y cariñoso con todos menos con los alumnos.

Cuando don Pedro se iba á dar la famosa vuelta, doña Claudia, que
cenaba sola y más tarde que su hijo, se comía el salpicón ó la
ensalada con el cortadillo de vino, y luego se daba á la endiablada
tarea de combinar sus números y recorrer las listas pasadas para
hacer un cálculo de probabilidades que no entenderían los matemáticos
de más tino. El sueño la cogía de súbito en estos afanes, y se
dormía sobre sus laureles aritméticos. Después de dar mil cabezadas
íbase á la cama, arrastrándose, y poco después sus ronquidos daban fe
de la tranquilidad de su conciencia.

Marcelina y Felipe se quedaban en vela esperando á don Pedro, junto
á la lámpara del comedor, ella ocupada en costura ó laborcilla de
_crochet_, él estudiando las lecciones del día siguiente. Muy á
menudo el Doctor inclinaba la cabeza sobre la Gramática y se quedaba
dormido, como esos Niños Jesús á quienes pintan durmiendo sobre
el libro de los Evangelios. La fea de las feas tenía la bondad de
respetar á veces aquel descanso, y no lo interrumpía en media hora.
Cuando el chico estaba despierto, la señora le sermoneaba, echándole
en cara su poco amor al estudio, sus descuidos en el servicio, y
principalmente su pícara afición á vagabundear por las calles y á
detenerse las horas muertas en los recados. Bien conocía Centeno
la justicia de estas observaciones; pero en cuanto á su gusto de
callejear, se sentía cobarde para reprimirlo, porque la amistad
de Juanito del Socorro, que le contaba cosas tan interesantes de
política y revoluciones, era el único bálsamo de su vida miserable.

Triste era para él la casa; triste su habitación; tristísima la
escuela, el pasante y los libros; más tristes aún doña Claudia, la
cocinera y la cocina. La calle y Juanito eran todo lo contrario de
aquel marco sombrío y de aquellas figuras regañonas y lúgubres; lo
contrario de los coscorrones, de las bofetadas, de los gritos, del
estirar de orejas, de la Gramática (¡el impío y bárbaro estudio!),
de la bestial Maritornes, de aquel rudo trabajo sin recompensa moral
ni estímulo. Sin un poquito de calle cada día; luz de su obscuridad,
lenitivo de su pena y descanso de su entumecido físico y moral, la
vida le habría sido imposible.

--Lee, hombre, lee--le decía por las noches Marcelina, sin quitar los
ojos de su obra, cuando á Felipe sorprendía jugando con sus propios
dedos ó atendiendo á los ruidos de la calle.--Eres malo de veras. No
aprenderás nunca palotada. Mi hermano dice que él ha conocido muchos
brutos, pero ninguno como tú... ¿No te da vergüenza, hombre, de ver á
otros niños tan aplicaditos...?

Reconociendo el Doctor que la señora hablaba como la misma sabiduría,
no le hacía gran caso, y con el alma, más que con los ojos, miraba
á la calle, oyendo los silbidos con que le llamara el del Socorro.
¡Inmenso dolor!... ¡No poder acudir á tan dulce reclamo! Sin duda
tenía que contarle aquella noche cosas muy buenas: por ejemplo, que
los regimientos se iban á echar á la calle, que la cosa estaba en un
tris, y los curas con el alma en un hilo... No había más remedio que
tener paciencia y entretener de cualquier modo las pesadas horas, ya
mirando los movimientos que con sus dedos hacía Marcelina metiendo y
sacando el gancho, ya contando los hoyos que aquella excelente señora
tenía en la nariz, ó los erizados pelos de su verruga... porque
pensar que él había de leer en la fementida Gramática, era pensar en
lo imposible.

Un sistema de distracción encontró Centeno, á fuerza de aburrirse,
y era observar los distintos ruidos que hacían las puertas mohosas
de la casa cuando las abría y cerraba la cocinera, la cual andaba
trasteando, hasta más de las diez, de la cocina á la despensa y de
la despensa al comedor. Las puertas, como toda la casa, tenían dos
siglos de fecha, y en tan largo tiempo nadie se había tomado el
trabajo de acariciar con aceite sus gastados, secos y polvorientos
goznes. Así es que daban unos gemidos que parecían de seres
vivientes, y su lamentar producía los más extraños efectos musicales.
En la soledad y hastío de su espíritu, Felipe no hallaba mejor
entretenimiento que observar la diversa tesitura y acento de cada uno
de aquellos ruidos. Tal puerta imitaba el mugido de un buey; tal otra
el llanto de un niño; alguna sonaba como voz gangosa que pronunciara
el principio del Padre nuestro; la de más allá parecía la matraca de
Viernes Santo, y otra decía siempre: _mira que te cojo_. Amenizaba
estas sonatas el lejano roncar de doña Claudia, que á ratos era
silbido tenue, á ratos fabordón que decía con toda claridad: _Sursum
Cooor...da_.

Cuando las puertas callaban, cual si se durmieran, Felipe buscaba
impresiones del mismo orden en las vidrieras. Eran éstas, como
las ventanas, grandísimas, desvencijadas. Se componían de vidrios
pequeños, verdosos, que retasaban la luz y eran como aduaneros de
ella, pues no la permitían pasar sin cogerse una parte. La madera
estaba pintada de azul, al temple, según el uso antiguo; el plomo era
negro, y de puro viejo apenas sujetaba los vidrios. Estos, siempre
que los pesados bastidores se abrían, bailaban en sus endebles
junturas, cual si quisieran saltar y echarse fuera. Cuando pasaba un
coche por la mal empedrada calle, era tanto el temblor y tanta la
chillería de los vidrios, que las personas tenían que dar fuertes
gritos para hacerse oir.

Tal era la ocupación del Doctor: atender al paso de los coches. Desde
que sentía su rodar lejano, ponía alerta el oído para observar cómo
lentamente empezaba el retintín de los vidrios; cómo iba en rápido
_crescendo_, hasta ser algarabía estruendosa. Antojábasele comparar
la casa con un cuerpo humano al que se hacían cosquillas, y con las
cosquillas se disparaba en convulsivas risotadas.

De todo esto era preciso tomar nota, y con su pedacito de lápiz iba
marcando disimuladamente con rayas, en el margen del libro, los
coches que pasaban. Pero algunas veces era vencedor de la atención
el fastidio. Felipe hacía almohada de la Gramática y se cuajaba
dulcemente como un ángel. Viéraisle despertar pavorido á la entrada
de don Pedro, que, por tener llavín, no llamaba nunca. Á veces, una
mano vigorosa le extraía, suspendido de la oreja, de aquel seno
placentero de su sueño, y oía una voz de trompeta del Juicio Final,
diciendo: «Á acostarse.»

Andaba dormido, tropezando, los sentidos abotagados, sin enterarse
de lo que charlaban el amo y su hermana antes de recogerse. Á
tientas subía por fin á sus elevados aposentos, y... Á media noche
todo dormía en la casa: personas, goznes y vidrios. Sólo don Pedro,
algunas veces, tenía el sueño tan difícil, que el alba y aun el claro
día le encontraban como un lince; y gracias que pudiera aletargarse
y dar breve descanso á sus potencias cerebrales á hora inoportuna,
cuando ya el esquilón monjil le avisaba que era llegada la de la
misa.


IX

En la calle de la Libertad, más allá de la esquina de la casa donde
la redacción estaba, había un solar vacío, separado de la calle
por una cerca de desiguales y viejas tablas. Dentro sólo se veían
montones de escombros, media docena de escobas y otras tantas
carretillas que dejaban allí los encargados de la limpieza urbana.
Tenía la tal valla una puerta que estaba cerrada casi siempre; pero
Juanito del Socorro y otros chicos de la vecindad, asistentes á
la escuela de don Pedro, habían hallado medio de colarse dentro,
arrancando una tabla y apartando otra; y posesionados del terreno, lo
dedicaron á plaza para hacer en él sus corridas.

Habiendo sido admitido un día Felipe á esta diversión infantil, halló
tanto gusto en ella, que se hubiera estado todo el santo día en la
plaza, sin acordarse para nada de sus deberes escolares y domésticos,
ni de don Pedro, ni del santo de su nombre. Mientras más el juego
se repetía, más afición le cobraba, y los domingos por la tarde, si
sus amos le permitían salir, entregábase con frenesí á las alegrías
del toreo. Saltar, correr, montarse sobre otro; ser alternativamente
picador, caballo, banderillero, mula, toro y diestro, era la delicia
de las delicias, exigencia del cuerpo y del alma, prurito que
declaraba perentorias necesidades de la naturaleza. Días enteros
pasaba pensando en el ratito que podía dedicar á la función, ó
representándose los entretenidos episodios y pasos de ella. Y tanto
repitieron los chicos aquel juego, que llegaron á organizarlo en
regla, para lo cual tenía especial tino el gran Juanito del Socorro,
sujeto de mucho tacto y autoridad. Era empresario y presidente,
acomodador y naranjero. Dirigía las suertes y á cada cual asignaba
su papel, reservando para sí el de primer espada. Á Felipe le tocaba
siempre ser toro.

Quisieron proporcionarse una de esas cabezotas de mimbres que adornan
las puertas de las cesterías; pero no lograron pasar del deseo al
hecho, porque no había ningún rico en la cuadrilla, ni aunque se
juntaran los capitales de todos podrían llegar á la suma necesaria.
Se servían de una banasta, donde Felipe metía la cabeza. ¡Con qué
furor salía él del toril, bramando, repartiendo testarazos, muertes
y exterminio por donde quiera que pasaba! Á éste derribaba, al otro
le metía el cuerno por la barriga, al de más allá levantaba en vilo.
Víctimas de su arrojo, muchos caían por el suelo, hasta que Juanito
del Socorro, alias _Redator_, lo remataba gallarda y valerosamente,
dejándole tendido con media lengua fuera de la boca.

Cada cual contribuía con sus recursos y con su inventiva á dar todo
el esplendor y propiedad posibles á la hermosa fiesta. No había
detalle que no tuvieran presente, ni oportunidad que no aprovecharan
aquellas imaginaciones llenas de viveza y lozanía. Blas Torres, hijo
de un prendero, se proporcionó una capa de seda con galoncillos de
plata. Algunos llevaban capa de percal, y otros se equipaban con un
pedazo de cualquier tela. Perico Sáez, hijo del carnicero, presentó
á la cuadrilla una adquisición admirable y de grandísimo precio: un
rabo de buey, que Felipe se ataba en semejante parte para imitar la
trasera del feroz animal. Con aquello y la banasta en la cabeza, y
los bramidos que daba, parecía acabadito de venir de la ganadería.
Fuenmayor llevaba las banderillas de papel, y Gázquez, hijo del
estanquero, llevaba una cosa muy necesaria en juego tan peligroso,
á saber: tiras de papel engomado de los sellos para aplicarlo á las
heridas, rozaduras y contusiones. El chico de la prestamista se
había proporcionado una corneta para hacer las señales, y algunos
cascabeles para las mulas; y Alonso Pasarón, el de la tienda de
ultramarinos, que era artista, pintor y tenía su caja de colores
para hacer láminas, llevaba los carteles con una suerte pintada en
verde y rojo, grandes letras y garabatos en que no faltaba palabra,
ni fecha, ni detalle de los que en tales rótulos se usan. Pero de
cuanto aquellos benditos inventaron para imitar al vivo las corridas,
nada tan ingenioso como lo que se le ocurrió á Nicomedes, hijo del
dueño de una tienda de sedas de la calle de Hortaleza. Este condenado
reunió en su casa muchas varas de cinta encarnada: con ellas hacía un
revuelto lío; se lo metía en la camisa junto á la barriga, y cuando
en lo mejor de la lidia desempeñaba con admirable verdad, vendado
un ojo, el papel de caballo, y venía el toro y le daba el tremendo
topetazo en el cuerpo, empezaba á soltar cinta y más cinta y á cojear
y dar relinchos y á hacer piruetas de dolor, con tal arte, que
parecía que se le salían las tripas y que se las pisaba, como suele
suceder á los caballos de verdad en la sangrienta arena de la plaza.
Para que nada les faltara, también se habían adjudicado unos á otros
sus _alias_ en sustitución de los nombres verdaderos. Á Nicomedes
se le llamaba _Lengüita_, sin duda por lo mucho que hablaba. Blas
Torres, ilustre hijo de una prendera, tenía por mote _Trapillos_.
Felipe respondía por el _Iscuelero_, y Juanito del Socorro tenía un
apodo á la vez popular y respetuoso, nombre peregrino, que declaraba
en cierto modo su origen literario. Se le llamaba _Redator_.

En lo mejor de la pelea se presentaba un individuo de policía ó el
guarda del solar, y les echaba á la calle... Porque, verdaderamente,
¿qué cosa más contraria á la dignidad de una población que esta
batahola de chicos en un solar cerrado, en día festivo, y cuando
los mayores se entregan con delirio á las ardientes emociones del
toreo verdadero? Los guindillas ó polizontes municipales demostraban
un celo digno de todo encomio en la corrección de estos abusos
infantiles, y el guarda, enojadísimo porque profanaban la virginidad
de su solar, la emprendía á escobazos con los lidiadores y... Dios
nos libre de que alguno se le rebelara... Por la calle adelante salía
corriendo la partida, perseguida activamente por la fuerza pública,
y al fin se disolvía, sin más consecuencias y sin ninguna desgracia
personal.

Por lo mismo que Felipe no podía disfrutar de este juego sino en
breves y angustiosos momentos, robados á cualquier obligación, sus
goces eran grandísimos, inefables, y no los trocaría por la gloria
eterna. Los sofiones que se llevó por su tardanza en un recado
ó por sus escapatorias cuando el deber le llamaba á la casa, no
son para contados. Pero llegó á familiarizarse de tal modo con el
sermoneo y los golpes, que ya no le hacían efecto. Estaba al fin
como curtido, y su cuerpo se le figuraba forrado de duras conchas
como las del galápago. Moralmente, su atrofia corría parejas con
la insensibilidad dérmica, y el convencimiento de que era malo,
incorregible, llevábale á sentir altivo desprecio de los mandamientos
de todos los Polos nacidos y por nacer.

Cuando se retiraba de noche á su madriguera, renovaba en su mente con
claridad y frescura las gratas sensaciones de la última corrida, y á
la memoria traía los puyazos que le dieron, los jinetes que echó á
rodar por el suelo, los caballos que destripó y los diestros que hizo
pedazos. Oía la bélica trompeta y los gritos de la multitud. Hasta el
recuerdo del despejo final, hecho á escobazos por el guarda, y aquel
desalado correr por la calle, insultando desde la esquina al mismo
guarda, tenía dejos gratísimos en su memoria. ¡Oh! divinas horas,
¿por qué pasáis?

Pronto le ganaba el sueño, y se dormía profundamente, rendido de
cansancio. No le permitían usar luz por temor á que prendiera fuego á
los trastos almacenados en el desván, y cuando no había luna que le
iluminara el paso por aquel tenebroso y fantástico recinto, á tientas
buscaba su rincón, y ya se trompicaba en el cáliz de la Fe, ya iba
á parar á los brazos de una Virgen, ó rodaba entre las columnas del
monumento.

Si por acaso despertaba á media noche ó de madrugada, y era tiempo
de luna, le entraba miedo de verse entre tantos señores de cartón.
los unos en pie, los otros arrumbados, casi todos muy barbudos y con
luengos trajes blancos ó negros. Por allí salía un brazo con dorada
custodia; por aquí la cabeza melenuda de un león; por allá judíos
feroces con los brazos en alto y las manos armadas de disciplinas;
caras lívidas y afligidas, y lienzos negros con calaveras pintadas
y canillas en cruz. Las primeras noches pasó Felipe momentos de
agonía, y los escalofríos y congojas no le dejaban dormir. El terror
le apretaba los párpados, y la curiosidad se los abría... Abría un
poquito, y luego al punto cerraba prontamente para no ver más. Poco
á poco se fué acostumbrando á ver sin miedo las figuras que poblaban
su vivienda, y de tal modo se connaturalizó con ellas, que llegaron
á parecerle individuos de la familia, algo como parientes mudos ó
callados amigos. No obstante, le desagradaba despertar á media noche
en tiempo de luna, porque, ó él era tonto y veía visiones, ó la Fe
soltaba el cáliz y se quitaba la venda de los ojos para mirarle á él,
á Felipe, que no osaba moverse ni el espacio de un dedo.

También le puso al principio en gran zozobra un ruido que sentía tras
las paredes, así como roce y vibración de una soga, rumor seguido de
lejanos tañidos de campana. No tardó en comprender que un tabique
le separaba de la parte alta del convento, y que por allí pendía
la cuerda con que las señoras monjas tocaban á maitines á desusadas
horas de la noche. Sentía también Felipe ruido de pasos. Eran las
esposas de Jesucristo que bajaban al coro. Una de ellas debía de
ser coja, porque claramente se sentía el acompasado toqueteo de dos
muletas.

Tempranito despertaba nuestro Doctor. Generalmente no era preciso
llamarle; pero á veces, si su cansancio le emperezaba un poco,
subía la criada, y tirándole del cabello le ponía más despabilado
que una ardilla. Se levantaba mi hombre renegando de las criadas
madrugadoras, y antes de bajar se daba un paseo por entre sus
inmóviles compañeros de domicilio, observando las variaciones que el
tiempo y el olvido ponían en la catadura de cada cual. Á una santa le
habían comido los ratones media cabeza. Las telarañas que abrigaban
como toquilla el vendado rostro de la Fe, crecían atrozmente, y
rostros que fueron lampiños echaban barbas de polvo; rodaban por el
suelo torneados brazos, alas de ángeles, manos de judíos que, aun
desprendidas, no habían soltado el látigo. Había rostros apolillados
que de tristes habíanse vuelto cómicos y alegres.

Pero lo más interesante para el gran Felipe era un San Lucas, tamaño
como dos hombres bien conservados, y que estaba, no enteramente á
plomo, sino algo arrumbado sobre San Marcos, el cual, oprimido del
peso de su compañero, tenía muy ajadas las ropas. Á los pies del
primero había un magnífico toro, del cual no se veían más que los
cuartos delanteros y la cabeza, tan grande y hermosa como la de los
que salen en la plaza. El escultor que lo hizo había sabido imitar á
la Naturaleza con tan exquisito arte, que al animal no le faltaba más
que mugir. Tenía los cuernos relucientes, corvos y agudísimos; los
ojos negros y vivos; la piel obscura... en fin, daba gozo el verle.

De cuanto en el desván había, esta cabeza taurina era lo que
principalmente merecía la admiración, mejor dicho, los amores de
Felipe. La quería con toda su alma. Todos los días le quitaba el
polvo, y por fin la limpió con agua, dejándola tan reluciente,
que era una maravilla de aseo. Un día, mientras la limpiaba, notó
en el cuello del animal una grande y profunda hendidura. Sí: la
cabeza estaba casi separada del tronco, y bastaba tirar un poco
para desprenderla completamente. ¿Se atrevería?... Sí: Felipe tiró
cuidadosamente y con cierto respeto, y el apolillado cartón se rasgó
como un papel.

La cabeza era hueca, cual muchas de carne y hueso puestas sobre
humanos hombros. En la mente de Felipe nació una idea... ¡qué idea!
Pronto fué luz y norte de su alma... ¡Qué soberbia pieza para jugar
al toro! El Doctor metió su cabeza dentro de la del animal, y vió que
le venía como el mejor de los sombreros... Pero no veía nada. Los
ojos no tenían agujeros... Tanto le dominó y subyugó su idea, que
aquel mismo día hubo de subir con disimulo el cuchillo de la cocina,
y le sacó los ojos al toro. Hizo dos agujeros, con los cuales la
cabeza quedó convertida en admirable careta. ¡Bien, muy bien!

¡Si él se atreviera...! pero no, no se atrevería. Pues si se
atreviera, ¡qué golpe!... ¡Si cuando estuviesen los chicos en lo
mejor de la corrida se presentara él de repente con su cabeza
puesta...! De fijo creerían que había entrado en la plaza un toro de
verdad... ¡Qué sensación, qué efecto, qué delirio! ¡Con qué envidia
le mirarían!... Porque él primero se dejaría desollar que ceder su
cabeza á nadie... Pero no se atrevía, no...

Gran batalla surgió en su alma, turbándola espantosamente. Aquella
idea tenía poder bastante para interrumpir su pesado sueño infantil.
Á media noche despertaba creyendo estar en la plaza, haciendo lo
que por el día había pensado. De día, y dando la lección, soñaba lo
mismo, y no se volvía su espíritu á ninguna parte sin llevar consigo
la idea tentadora, gozo y tormento de su existencia. Ya, en los
breves ratos sustraídos á su obligación, no salía á la calle en
busca de Juanito del Socorro (_Redator_), sino que en dos trancazos
se encaramaba en el desván, y poniéndose la cabeza, arremetía al
mismo San Lucas, á la Fe, á los rotos telones, y en todo ello, con
las repetidas cornadas, abrió mil agujeros y desgarraduras. Por el
boquete que el santo Evangelista tenía en su vientre, se le verían
las entrañas si algunas hubiera.

Cuando se cansaba de este ejercicio, se divertía de otro modo. Tenía
el desván un ventanillo alto que daba á los tejados y buhardillones
de la vecindad. Con ayuda de un banco, Felipe subía hasta alcanzar
con su cabeza el hueco, se ponía la del toro y se asomaba para
ofrecer inusitado espectáculo á los chicos y á las mujeres de la
buharda frontera. Él se reía lo increíble, viendo por los agujeros,
que eran los ojos del animal, el estupor y miedo de los espectadores;
y para dar más carácter á la broma, lanzaba desde el interior de su
máscara un prolongado y terrorífico _muú_... imitando el bramar de
la fiera. Los chicos de la vecindad que tal veían se alborotaban;
las vecinas se asomaban también, y todo era curiosidad, cuchicheos,
asombro y dudas... De pronto desaparecía el toro... Expectación.
Presentábase de nuevo, llenando el marco del ventanucho; y como no
se viera rastro de persona, ni se tenía noticia de que allí habitase
nadie, crecía la sorpresa de aquella gente y la felicidad del
_Iscuelero_.

Si se atreviera, ¡ay!... ¿pero cómo atreverse? Don Pedro le mataría.


X

En éstas y otras cosas pasaba el verano, época dichosa para algunos
de los alumnos del capellán; mas no para Felipe y las demás
víctimas, porque don José Ido siguió funcionando durante la canícula
y don Pedro administrando coscorrones. Á tantas diversidades de
tormentos uníase la asfixia, porque el infierno de Polo tenía
exposición meridional, y si por una ventana salían lamentos, por
otra entraban llamaradas. Se podía decir que en aquel caldeado altar
de la instrucción se ofrecían á la bárbara diosa entendimientos
cochifritos... Pero esto se queda aquí, pues lo que nos importa ahora
es hablar de la solemnísima fiesta religiosa que celebraron las
monjas, no se sabe bien si el 15 de Agosto ó el 8 de Septiembre, por
haber cierta obscuridad en los documentos que de esto tratan. Mas
como la fecha no es cosa esencial, y ambas festividades de la Virgen
son igualmente grandes, queda libre este punto para que cada cual lo
interprete ó aplique á su gusto.

Consta, sin género alguno de duda, que ofició el obispo de
Caupolicán, prelado de excelsa virtud y humildad, y que dijo el
panegírico nuestro buen don Pedro Polo, el cual supo salir muy airoso
de su empeño, que consideraba el más arriesgado de su vida por ser
alto y sutil el asunto, la función muy aparatosa, el auditorio
escogidísimo. Su varonil presencia en la cátedra, así como su hermosa
voz, le aseguraban las tres cuartas partes del éxito. Gustó mucho el
sermón, y de uno á otro confín de la iglesia, cuando don Pedro bajaba
del púlpito, se oían esos murmullos de aprobación que equivalen á los
aplausos que en otros sitios manifiestan el contento del público.
Doña Claudia y Marcelina habían mojado entre las dos, de tanto
llorar, una docena de pañuelos. No faltaba ninguno de los amigos
de la casa: Morales y su esposa, don José Ido, el fotógrafo y el
empleado de Hacienda con sus señoras respectivas, y Sánchez Emperador
con sus dos guapas niñas, Amparo y Refugio.

Felipe y Juanito del Socorro se habían subido al coro para ver mejor
y estar al lado de la música y oirla de cerca. Pegados al que tocaba
el contrabajo, estorbaban sus gallardos movimientos en tal manera,
que el buen músico, un anciano de mucha paciencia y cortesía, les
dijo alguna vez, apartándoles:

--Si me hicieran ustedes el favor...

Felipe estaba lelo, mirando cómo vibraban las cuerdas de aquel
formidable instrumento; luego observaba embelesado cómo abrían
la boca los cantores; y él y Juanito agradecían mucho que se les
mandara tener algún papel de música ó traer un vaso de agua al señor
director, el cual era un hombre con mucha hormiguilla en el cuerpo,
según se movía y dislocaba para conducir la orquesta y toda la
balumba de voces.

Durante el panegírico, ambos, aburridísimos, se fueron á la calle y
se metieron en la redacción, que estaba desierta por ser día festivo.
Revolvieron los pupitres de los redactores, comieron obleas rojas,
cortaron pedazos de periódico, escribieron en las cuartillas. En un
momento de entusiasmo, Juanito se subió sobre la mesa, y empezó á
repetir frases que antes oyera y que se habían grabado en su memoria.
El condenado imitaba la voz y gesto de alguno de los periodistas
ausentes, diciendo:

--Señores, esto se va... los dioses se van... esto matará á aquello.

Después subieron al campanario del convento. Juanito, siempre fatuo
y vanidoso, contaba á Felipe las grandezas de su casa. ¡Qué cosas le
dijo! Su madre tenía una silla dorada, y su padre era amigo de un
Marqués. Él iba á estudiar para _redator_, y su padre no esperaba
sino que llegara la jarana para ponerse su uniforme de capitán de
la milicia. Como en estas conversaciones siempre sacaba á relucir
el del Socorro los términos que oía, habló á Felipe del pueblo
soberano, de la revolución próxima, de los curas, de la tropa y
de ahorcar mucha y diversa gente. Esto, dicho en las alturas del
campanario y bajo los ardientes rayos del sol, le puso á mi Felipe la
cabeza toda exaltada y como en ebullición, llena de ideas sediciosas
y disolventes. Cuando bajaban á saltos por la angosta escalera, le
dijo Socorro:

--Aquel obispote que está en el altar mayor, es el capitán general de
los curas... ¡Vaya un peje!... ¡Cuando se arme...!

Concluída la función, hubo refresco en casa de don Pedro. Las monjas
enviaron dulces y bartolillos, y el predicador laureado sacó de un
misterioso armario de su cuarto botellas de vino añejo que le había
regalado el padre de uno de sus alumnos. Brindó el fotógrafo por el
_primero de nuestros oradores sagrados_, cuyo elogio recibió don
Pedro con carcajadas de modestia. El oficial de Hacienda, frotándose
las manos, no cesaba de decir:

--Bien, señor de Polo, muy bien.

Doña Claudia se reía como si no tuviera bien sentado el juicio,
y el majestuosísimo don Florencio Mora...les y Temprado daba
fuertes palmadas en el hombro del héroe del día, promulgando estas
observaciones que merecen ser entregadas á la posteridad:

--Vas á dejar atrás al célebre Troncoso y á ese que llaman
_Bordalúo_... Estuviste muy propio. Así da gusto oir predicar. Esto
es religión, porque francamente y entre paréntesis, querido, cuando
suben á la cátedra del Espíritu Santo, ó pongamos el caso, á la
tribuna de un Congreso, algunos que...

Amparo y Refugio miraban á Polo con cierta veneración. Refugio, que
era un tanto desenvuelta, sin menoscabo de su inocencia y purísimas
costumbres, dijo así con risa y donaire:

--Don Pedro, estaba usted muy guapo en el púlpito.

Amparo, que era muy callada, tendiendo siempre á la melancolía, no
decía nada.

Obsequiaba Polo á sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía, no sin
elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura
español, parecía uno de esos italianos de la Nunciatura, hechos al
roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando se suscitó
aquella cuestión de si estaba más ó menos guapo en el púlpito, echóse
á reir y dijo con mucha sorna:

--Pero, Refugio, si tú no me has visto... Yo te ví, y me parece que
te dormías.

--¡Don Pedro!

--¿No es verdad, Amparo? Ésta lo dirá. ¿Es cierto ó no que Refugio
estaba dando cabezadas?

--¡Quien las daba era ella!--exclamó Refugio señalando á su hermana.

--¿Yo?... ¡Si no quitaba los ojos de don Pedro...! Que lo diga él.

--Bien, bien. ¿Esas tenemos? ¡Don Pedro!... ¡Amparo!--exclamó el
fotógrafo, riendo y envolviéndose una mano en otra, pues era hombre
que no sabía decir sus bromas sin amasarse las manos con tanta fuerza
cual si de las dos quisiera hacer una sola.

--¿Y cuándo predicamos en Palacio?--preguntó en tono de excelsitud el
señor de Morales, ávido de cortar, con una proposición seria, aquel
tema tan baladí.

Don Pedro dió media vuelta para contestar á Sánchez Emperador, que le
daba su parecer sobre el vino que bebían. Este señor y el empleado
de Hacienda no gastaban cumplidos para aceptar copa tras copa, y se
reían de Morales, considerándole el estómago lleno de ranas, sapos,
anguilas y otras diversas alimañas acuáticas. Pero él, sin darse por
vencido, antes bien orgulloso de su pasión por las aguas, gritaba
cogiendo el vaso, lleno hasta los bordes del licor del Lozoya:

--Estas son mis bodegas. Vaya una cosa rica... No me harto nunca.

Felipe bajaba á cada instante al torno de las monjas, para traer
cestas llenas y llevarlas vacías.

Bizcochos, mojicones, bartolillos, pasteles, mazapanes y otras
menudencias ocupaban toda la mesa, pasando fugaces desde las
bandejas á las tragaderas del fotógrafo, de Sánchez Emperador y del
hacendista, que eran los principales consumidores. Bienaventuradas
bocas, ¡para eso os cría Dios! En poco tiempo descubrióse el fondo de
las bandejas. Había, entre los felicitantes, ropas polvoreadas, dedos
untados de pegajoso caramelo y barbas con canela.

Doña Claudia, que estaba en todo, dijo á Felipe:

--Vete corriendo al locutorio y dí á las señoras monjas que no se
olviden de mandarnos el pebre para la salsa del cabrito.

Volviendo luego á la hermosa Amparo, que á su lado estaba, le dijo:

--Es el pebre picante de que hablábamos ayer, fuertecito como á tí te
gusta. ¡Verás qué cosa tan rica!

Don Pedro, que no cesaba de mirar á todos lados repartiendo por igual
sus finezas y ofrecimientos, alcanzó á ver, allá junto á la puerta,
lejos del animado grupo, ¿á quién? al propio don José Ido, humilde y
modestísimo en todas las ocasiones, y más en aquélla, pues tanta era
su timidez, que habiendo entrado de los primeros, hacía media hora
que estaba allí sin que nadie reparase en él, y ni avanzar quería
ni retirarse por miedo á llamar la atención. Estaba el pobre sin
saber qué hacer, inmóvil y pestañeando, parado y atónito, cual sí le
estuvieran dando una mala noticia. Don Pedro, con aquella generosidad
rumbosa que era la flor tardía, pero lozana, de un honrado carácter,
llegóse al pasante, le trajo por el brazo al círculo de amigos y con
cariñoso modo le dijo:

--No tenga usted miedo, Ido. Tomará usted una copita.

Ido refunfuñó no se sabe qué excusas; pero negarse á recibir la copa
y tomarla, todo fué uno.

--Un bollito, don José.

--Gracias... si acabo de comer...

Para aquel bendito, haber comido en Julio era acabar de comer. En un
solo instante rechazaba el bollo y se lo engullía. El fotógrafo, qué
quieras que no, le hizo tomar otra copa; y después de beber, don José
sacó un pañuelo para limpiarse la boca y enjugarse las lágrimas, pues
aquel hombre, más que hombre, era una sensitiva. Cualquier incidente
común le producía emoción vivísima, y cualquier emoción abría la
exclusa de sus lágrimas. Balbuciendo gratitudes y dando un cordial
apretón de manos á don Pedro, se marchó veloz, bajando la escalera
como si le fueran á prender.

--Este señor--dijo el fotógrafo,--es más blando que la manteca.

Entre tanto, se oía ruido de almireces que alegraría el corazón menos
sensible á los halagos de un buen comer. La cocina repicaba á convite
con más ruido que la iglesia repicando á procesión. Allí estaba
doña Saturna, afanada con tanto tráfago. La cocinera y Marcelina la
ayudaban. Grandes palmadas y bravos resonaron en la sala, cuando
Refugito, la del diente menos, se presentó, poniéndose un delantal y
diciendo:

--Voy á ayudar también.

--¡Bien, bravo! ¡Viva la cocinera de la sal!

--¿Qué nos va usted á hacer?

--La salsa picona.

--Haga usted la olla gorda.

--¿Y usted, Amparito?--preguntó con urbanidad el empleado de Hacienda.

--Ésta no puede ir á la cocina--dijo don Pedro.--Le dan vahídos.

--Y se pone las manos perdidas,--añadió doña Claudia, haciendo
observar y admirar á todos los presentes las hermosas, blancas y
finísimas manos de la joven.

--Que nos las sirvan estofadas,--indicó el fotógrafo, riendo él su
propia gracia antes de que la rieran los demás.

Don Pedro, que no olvidaba nada y sabía, en ocasiones como
aquélla, hacer caer sobre todos, grandes y pequeños, el rocío de
su liberalidad, llamó á Felipe, que entraba y salía inquietísimo
arrojando sobre las bandejas más miradas que echó Scipión sobre
Cartago, y le dió dos bartolillos de los mayores, uno para él y otro
para Juanito del Socorro, que estaba en el portal.

Cuando los dos amigos se sentaron en el primer peldaño de la escalera
á comerse los pasteles, el Doctor, lleno de orgullo por los triunfos
oratorios de su amo y por los plácemes que le daban los amigos,
empezó á enumerar las elevadas personas que había en la casa.

--Está ese que saca los retratos, ¿oyes? que no hace más que verte
y te pone clavado. Está ese otro señor gordo, del gabán color de
barquillo, que cuando entra da voces y respira como un fuelle. Doña
Claudia dice que le hizo la boca un fraile, por lo mucho que come.
Está también aquella señora guapa, ¿oyes? aquella que parece una
reina y que mira como las imágenes... Si la ves y te dice algo, te
caes redondo. Una tarde me pasó la mano por la cara, ¿oyes? y por
poco me desmayo de gusto. Una noche estaba en la sala con don Pedro:
entré yo, y oí que don Pedro le decía que había bajado del cielo...
ella, ella... Yo la llamo _La Emperadora_: la otra noche soñé que
estaba yo en la iglesia, y ella bajando de un altar con una estrella
en la frente y muchas flores por aquí y por allí... Sus dedos son
azucenas.

--Hijí... no digas bobadas.

--Cuando viene acá, y come en casa, me quedo un rato como lelo
mirándola.

Juanito, que era la misma soberbia, no consentía que delante de él
se hablase de las grandezas de otras casas sin sacar á relucir al
instante las de la suya y las visitas que recibía su madre el día de
su santo. En aquella ocasión solemne su madre se sentaba en la silla
dorada, y empezaba á recibir gente. Iba un alabardero con su sombrero
atravesado, un alférez, muchos señores de sombrero de copa, y uno que
va á caballo al lado de la Reina cuando ésta sale de paseo.

--Tiene mi madre dos amigas tan guapas, tan guapas, pero tan
guapas--indicó para concluir,--que cuando las ves te entra un frío...
¿estás? Son señoras de unos grandes pejes, y llevan vestidos de seda
verde con mucho arrumaco. Una de ellas tiene los pechos así...

Y hacía Juanito con los brazos un grande y bien arqueado círculo
delante de su pecho para dar idea, siquiera fuese aproximada, de la
delantera de aquella señora desconocida.

--¡Pues lo que es ésta...!--murmuró Felipe.

Agria y destemplada voz, gritando desde lo alto de la escalera
_pillo_, _tunante_, llamó al Doctor á su obligación. Subió y entró
en la sala á recoger copas y vasos y bandejas. Cuando los señores
fumaban, doña Claudia entró con varios papelitos en la mano,
diciendo:

--En el 5.505 lleva dos reales Enriqueta. Señor de Lomo, guárdese
usted el apuntito. ¡Qué número! Es el mío. Lo soñé hace dos años, y
le tengo una ley... Ya me lleva ganados más de mil reales. El que va
á salir ahora es el de los tres patitos: el 222. En éste te he puesto
la peseta, Amparo. Toma la papeleta. Mira que si la pierdes, no pago.
Hace cuarenta y tres extracciones que este número no sale. Ahora,
ahora... Á la cuarenta y cuatro le toca, es decir, al doble de dos de
sus tres números. Esto es claro como el agua.

Don Pedro, el fotógrafo y Morales convinieron en que era preciso dar
un buen paseo para hacer ganas de comer, y salieron llevando consigo
á Amparo. Los demás se fueron poco más tarde, dejando concertada la
hora en que se habían de reunir por la noche para comer. Ninguno
faltó á la cita; celebróse el festín; lucióse doña Saturnina; dijo
muchas agudezas algo libres el fotógrafo, y oportunidades sin número,
llenas de donaire y finura, el insigne don Pedro; rieron mucho Amparo
y Refugio; se le fué el santo al cielo al empleado de Hacienda;
también á Sánchez Emperador, y aun hay ciertos indicios de que doña
Claudia no conservó en toda la comida la plenitud y claridad de su
juicioso entendimiento. Por último, don Florencio se puso como una
cuba, y no de vino, hasta el punto de que, al decir del fotógrafo,
podía navegar una fragata dentro de su estómago.

Por la noche, Felipe estuvo indigesto; don Pedro ¡ay! muy triste.


XI

Algunos días después de aquél por tantos conceptos memorable, doña
Claudia notaba con asombro y pena que su hijo había perdido el
apetito. Era cosa de llamar al médico; pero don Pedro, con malísimo
talante, se opuso á tan descabellada idea, diciendo: «Si las ganas de
comer están ahora de menos, váyase por cuando han estado de sobra.»
Por las noches, no obstante su inapetencia, daba prisa para que le
sirvieran la cena; despachábala en un santiamén, picando con el
tenedor en éste y el otro plato, probando más bien que comiendo, y
parecía que le faltaba tiempo para echarse á la calle.

--Estoy abotagado--decía,--y necesito mucho, mucho ejercicio.

Más que pictórico, estaba nuestro capellán desmedrado y flatulento,
como quien padece desgana ó insomnios. Y era verdad que dormía
poco, no cuidándose él ciertamente de halagar el sueño, sino más
bien espantándolo con sus lecturas á deshora, las cuales á veces
duraban hasta el amanecer. Habíase impuesto con rigor de anacoreta
la prohibición de leer historias de guerras y conquistas, novelas,
viajes y demás cosas incitativas de su espíritu activo; ayunaba de
aquel pasto heróico, y para dominarse y flagelarse y someterse,
apechugaba valeroso con los alimentos más desabridos de la literatura
eclesiástica. Por desgracia suya, pronto le faltaron las fuerzas
para esta cruelísima penitencia. Ni _La Rosa mística desplegada_,
ni el _Imán de la gracia_, ni el _Mes de San José_, ni otras obras
insípidas que tenía en su biblioteca, sin saber bien cómo habían
ido á ella, privaron por mucho tiempo en su espíritu. Hastiadísimo,
las confinó á un hueco de su estante, donde probablemente estarían
intactas hasta la consumación de los siglos.

Los grandes místicos se acordaban mal con su viril temperamento,
hostigado de inclinaciones humanas. No los comprendía bien. Las
sutilezas admirables de que tales libros están llenos no le cabían
á él en su tosco cacumen, molde de resueltas acciones más bien que
alambicados pensamientos; ni tampoco tenía gusto literario bastante
fino para poder saborear el gallardo y elegante estilo de aquellos
buenos señores. Los poetas sagrados se le sentaban en el estómago
(pase esta frase vulgar que él usaba con frecuencia), y los versos
de monjas le daban náuseas. No hallando á dónde volver los ojos
en el terreno de las lecturas, se amparó de la Biblia. El Antiguo
Testamento, sobre ser cosa muy santa, es poema, historia, geografía,
novela, poesía, drama, y la riquísima serie de sus relatos enciende
la imaginación, aviva el entusiasmo, embelesa, suspende y anonada.
Para llenar aquellos tristes vacíos de sus insomnios. Polo cogía
el Génesis, el Éxodo, los Números, los Jueces, y se deleitaba con
lo mucho que allí hay de trágico y sublime, con las guerras, las
intrigas, las conspiraciones, las conquistas, las batallas, los
grandes sacrificios, las violencias, los hechos inmensos, los
colosales crímenes y virtudes que allí se cuentan. Aquel estilo
sobrio, en que la frase parece producto inmediato del hecho que la
motiva, estaba en armonía preciosa con el genio esencialmente activo
de Polo. Porque él tenía en su espíritu el germen de los hechos, lo
que podríamos llamar impulso histórico; impulso y germen que, aunque
comprimidos por las contingencias de tiempo y lugar, tenían cierta
vida sofocada y dolorosa en el fondo de su alma.

Refiere Felipe Centeno que uno de aquellos días, hallándose en el
comedor limpiando cubiertos, doña Marcelina contaba con misterio
á la señora del fotógrafo una cosa estupenda y un si es no es
horripilante. Á media noche, la señora había sentido la voz de su
hermano, que gritaba con palabras descompuestas. Creyó al principio
que hablaba dormido; mas como sintiera los pasos de él, sospechando
que estaba enfermo, se levantó. Despavorido, cual si se viera
rodeado de fantasmas, salió el mísero capellán del cuarto, los ojos
inyectados, el habla torpe, los brazos trémulos, inseguro y vacilante
el pie. La vista de su hermana le serenó un tanto, volviendo al cauce
normal su razón desbordada; dejóse conducir al lecho, y al sentarse
sobre él, después de un breve espasmo, durante el cual pareció
resolverse la crisis, dió un suspiro, se pasó la mano por la frente,
y entre fosco y risueño dijo estas palabras: «El león dormido cayó
en la ratonera; despierta, y al desperezarse rompe su cárcel de
alambre.» Marcelina contaba á su amiga estos disparates, vacilando
entre reírlos como ocurrencias, ó lamentarlos como señales de
extravío mental. La digna esposa del fotógrafo, que tenía sus puntas
y recortes de médica, tranquilizó á Marcelina con estas sesudas
palabras:

--Eso no vale nada. Pero conviene prevenir... Créeme: tu hermano debe
sangrarse.

Precisamente en la mañana que siguió á la noche de referencia, fué
cuando el Doctor se espantó de ver á su amo: ¡tan desfigurado estaba!
Era su rostro verde, como oxidado bronce. Sus ojos, que tenían
matices amarillos y ráfagas rojas, recordaban á Centeno la bandera
española, y sus labios eran del color de la tela con que se visten
los obispos. Tuvo tanto miedo Felipe, que no se atrevió á ponérsele
delante. Aquella mañana don Pedro no quiso celebrar la misa. Mandó
un recado á las monjas diciendo que estaba malo, y malo debía de
estar, pues no probó bocado en todo el día, desairando las fruslerías
selectas que para engolosinarle inventó doña Claudia.

Pero, no obstante su enfermedad, si alguna había, bajó á la clase
y fué más cruel y exigente que nunca. ¡Día de luto, día de ira!
Las lágrimas que corrieron fueron tantas, que con ellas se podrían
haber llenado todos los tinteros, si alguien intentara escribir con
llanto la historia de la desventurada escuela. Hasta los ojos de
don José Ido contribuyeron con algo al crecimiento de aquel caudal
tristísimo. Los chichones que se levantaban en ésta y la otra cabeza
fueron tantos, que era una erupción de cráneos. Las orejas crecían
por pulgadas, y poco faltó para que hubiera piernas rotas y espinas
dorsales quebradas por la mitad. Don Pedro, aquel constructor de
jorobas intelectuales, quería desfigurar también los cuerpos. Tenía
como un furor de odio y venganza. Creeríase que los muchachos le
habían jugado una mala pasada teniéndole por maestro. Doce ó catorce
se quedaron sin comer. Felipe estuvo aterradísimo todo el día, y
evitaba el mirar á su amo y maestro. También él se quedó en ayunas,
y en su mísero cuerpo no hubiera sido posible poner un cardenal más:
tan bien ocupado y distribuido estaba todo.

Por la noche, cuando se acostó, después de haber jugado un poco
al toro, dando testarazos á las imágenes, soñó diversas cosas
terroríficas. Primero, que don Pedro era el león de San Marcos y se
paseaba por la clase fiero, ardiente, melenudo, echando la zarpa á
los niños y comiéndoselos crudos, con ropa, libros y todo; segundo,
que don Pedro, no ya león, sino hombre, iba al convento y castigaba
á las monjas, cual hacía diariamente con los alumnos, dándoles
palmetazos, pellizcos, nalgadas, sopapos, bofetones y porrazos,
poniéndoles la coroza y arrastrándolas de rodillas.

Otra mañana, cuando limpiaba el cuarto del señor, vió en el suelo
pedacillos de papel. Sin duda don Pedro había pasado la noche
escribiendo cartas. Alguna le salió mal, y la había roto; pero los
trozos eran tan chiquirrititos, que apenas contenían un par de
sílabas. La vela estaba apurada, señal de haber pasado el señor
capellán la noche de claro en claro... Para que todo fuera extraño,
llegó también un día en que don Pedro estuvo tolerante y hasta
benignísimo con los muchachos. No solamente dejó de pegar y tuvo
en paz las manos en aquel venturoso día, sino que á cada momento
amenizaba las lecciones con chuscadas y agudezas. ¡Qué risas! Nunca
fueron humanas gracias más aplaudidas, ni con mayor plenitud de
corazón celebradas. Aún no había abierto la boca el maestro, y ya
estaban todos muertos de risa. Humanizada la fiera, perdonaba las
faltas, alentaba con vocablos festivos á los más torpes, y los
aplicados recibían de él sinceros plácemes. Hasta don José Ido se
permitió unir su delgada voz al coro de los chistes, diciendo algunos
que no carecían de oportunidad.

Para que en todo fuera dichosa aquella fecha, don Pedro comió
vorazmente; pero estaba tan distraído en la mesa, que no contestaba
con acierto á nada de lo que su madre y su hermana le decían. Cuando
se levantó para fumar, puso bondadoso la mano sobre la despeinada
cabeza de Felipe, y dijo estas palabras, que el Doctor oyó con
arrobamiento:

--Es preciso hacer á Felipe algo de ropa blanca.

Centeno, que mejor que nadie sabía cuán grande era su necesidad
en ramo tan importante del vestir, no tuvo palabras para dar las
gracias. ¡La gratitud le volvía mudo!

--¡Se le hará, se le hará!--afirmó doña Claudia, mirando embobada á
su hijo, pues desde que empezaron aquellos desórdenes orgánicos, la
madre no cesaba de leer atentamente á todas horas en la fisonomía
del capellán, buscando la cifra de sus misteriosos males.

--Es preciso que te sangres, Pedro,--dijo Marcelina, mirándole
también con perspicaz cariño.

--Sí, hijo: sángrate, sángrate.


XII

De cuantos recados hacía Felipe, ninguno para él tan grato como ir á
la Cava Baja á recoger los encargos que traía para doña Claudia el
ordinario de Trujillo. Esto se verificaba dos veces cada trimestre,
y apenas la señora recibía la carta en que se le anunciaba la remesa
de chacina, ya estaba mi Doctor pensando en los deliciosos paseos que
tenía que dar. Porque doña Claudia era muy impaciente y le mandaba
cuando aún no había llegado el ordinario; con lo que la caminata
se repetía dos y hasta tres veces. Díjole, pues, una mañana: «Esta
noche, después de cenar, te vas corriendito á la Cava Baja, ya sabes.
Cuidado cómo tardas.»

Lo de tardar sería lo que Dios quisiera. Pues á fe que la tal calle
estaba á la vuelta de la esquina. Ya tenía Felipe para dos ó tres
horitas, porque la detención se justificaba con la enorme distancia
y con una mentirilla que parecía la propia verdad, á saber: que
el ordinario de Trujillo estaba en la taberna; que tuvo que ir á
buscarle, y volver y esperar...

Las nueve serían cuando partió, acompañado de Juanito del Socorro,
que fiel le esperaba en la puerta. En la redacción le habían
mandado á entregar unas pruebas en la calle de la Farmacia, recado
urgentísimo que él se apresuraba á desempeñar dando antes la vuelta
grande á Madrid. Lo que gozaban ambos en sus nocturnos paseos
no es para referido. Empezaron aquella noche por pasar revista
á los escaparates de la calle de la Montera, haciendo atinadas
observaciones sobre cada objeto que veían. Mirando las joyerías,
Felipe, cuyo espíritu generoso se inclinaba siempre al optimismo,
sostenía que todo era de ley. Mas para Juanito (alias _Redator_) que,
cual hombre de mundo, se había contaminado del moderno pesimismo,
todo era falso.

Esta diferencia de criterio revelábase á cada instante. Pasaban junto
á un coche descubierto que llevaba hermosas señoras, y el Doctor,
pasmado y respetuoso, decía:

--¡Buenas personas!... ¡gente grande!

--Pillos, hijí... Tú no tienes mundo... Esa es gentecilla. ¿Crees que
porque van bien vestidos...? Mamá, allí donde la ves, tiene vestidos
muy majos, y no se los pone nunca para que no la tomen por esas...
Cuando va á pasar el verano á las haciendas, se pone uno azul,
¿estás?...

Siguieron por la calle del Arenal adelante, despacito para ver
bien todo, estorbando el paso á las señoras y quitando la acera á
todo transeunte. El descarado Juanito no se privaba, cuando había
oportunidad para ello, de echar un piropo á cualquier mujer hermosa
que encontrase, ya fuera de clase humilde, ya de la más elevada.

--Hombre, que te van á pegar,--le decía el Doctor.

--Déjame á mí, hijí... que yo soy muy largo--contestaba el otro.--¡Yo
he corrido más!... tú no entiendes... ¡Si vieras á papá! Es un buen
peje para mujeres... En casa no hay criada que dure, porque les dice
cosas y les hace el amor... Mi madre se pone volada y las despide.
Cuando mi padre y mi madre riñen, sale aquello de que papá quiso á la
señá marquesa. Porque cuando era soltero... tú no sabes... todas las
marquesas se volvían locas por papá y por su hermano, que era torero,
y lo mataron en una revolución. Mi tío era un gran hombre, un peje
gordo... y se echó á la calle á matar tropa por la libertad; pero le
vendieron, y ese pillo de O’Donnell le mató á él... Papá tiene su
retrato en la sala, pintado de tamaño de las personas, y á tantos
días de tal mes, que es el universario, ¿estás, hijí...? le pone dos
velas encendidas y un letrero que dice: _Imitaz á este mártir_.

Absorto oía Felipe estas maravillosas historias, no sin reirse
interiormente de la fatuidad de su amigo. En cuanto al legendario tío
de Juanito, torero, miliciano y mártir de la libertad, constábale
ser cierto lo del retrato de tamaño de las personas, porque lo había
visto con el mencionado letrero... En estos dimes y diretes, pasaban
junto al Palacio Real. Mudos contemplaron los dos un instante su
mole obscura y misteriosa, tanto balcón cerrado, tanta pilastra
robusta, las ingentes paredes, aquel aspecto de tallada montaña
con la triple expresión de majestad, grandeza y pesadumbre. Felipe
miraba el edificio en el imponente reposo de la noche, y como la
primera observación que hace el espíritu humano en presencia de estos
materiales símbolos del poder es siempre la observación egoísta, no
desmintió él este fenómeno, y dijo con toda su alma:

--Juanito, ¡si esto fuera mío!...

El otro, siempre tocado de un escepticismo postizo, le contestó con
desdén:

--Pues yo... para nada lo quería... Como no me lo dieran lleno de
dinero...

--¡Lleno de dinero!

Felipe se mareaba.

--¿Pues qué crees tú? Los sótanos están llenos de sacos de oro y de
barricas de billetes.

--¿Lo has visto tú?

--Lo ha visto papá...--afirmó el del Socorro, después de vacilar un
rato.--Papá conoce al... ¿cómo se llama? al entendiente, y algunos
días viene á ayudarle á hacer cuentas.

--Yo quisiera ver esto por dentro, ¿oyes? Será bonito.

--Hijí... no tienes más que decírmelo el día que quieras. Mamá conoce
á la gran zafata... ¿estás? la que gobierna todo, y cuida de la ropa
blanca y tiene las llaves. ¡Yo he venido más veces...! ¿Que si es
bonito dices?... Así, así... de todo hay... Tiene un salón más grande
que Madrid, con alfombras doradas, de tela como las de las casullas,
¿estás? El coche de la Reina sube hasta la propia alcoba... yo lo
he visto. Aquí todo está lleno de resortes. Calcula tú: tocas un
resorte, y sale la mesa puesta; tocas otro, y salen el altar y el
cura que dice la misa á la Reina... tocas otro...

Felipe, riendo, daba á entender que si tocaba más resortes, las
mentiras de su amigo no tendrían término. Pero acobardado _Redator_
por la incredulidad de Centeno, dejó correr sin tasa la inagotable
vena de sus embustes. Pasando calles, llegaron por fin á la Cava
Baja, donde Felipe no pudo cumplir su encargo, porque el ordinario de
Trujillo no había parecido aún. Bien: ya tenía para otra noche. Era
ya tan tarde, que los amigos sintieron un poquito de recogimiento y
estrechura en las respectivas conciencias, aunque la de Juanito del
Socorro era más ancha que la puerta de Alcalá, y por ella cabían las
más grandes faltas sin doblarse ni romperse. Emplear dos horas en un
recado urgentísimo, para el cual le habían señalado veinte minutos,
era cosa muy adecuada á un carácter tan entero como el suyo. Ya
sabía que cada minuto de más le valía igual número de golpes de su
papá; pero tenía la piel curtida y el espíritu fortificado por las
contrariedades.

--Vamos, vamos--dijo Felipe inquieto.--Es muy tarde.

Apresuradamente corrieron hacia los barrios del Norte, y aunque
Juanito quería detenerse á oir los cantos de Perico el ciego, el
Doctor tiraba de él y á prisa le llevaba. Llegaron por fin á la calle
de la Farmacia, donde Redator debía entregar su encargo, y mientras
éste subía al piso tercero del núm. 6, vivienda del infelicísimo
escritor que desde las nueve estaba esperando sus pruebas, Felipe
se paseó en la acera de enfrente, entre la Escuela y la esquina de
San Antón. Como en todo se fijaba, observó que junto á una de las
rejas bajas del edificio había un bulto, un hombre con las solapas
del gabán negro de verano levantadas... Al pasar, Felipe notó un
cuchicheo; miró... Aunque la noche estaba obscura... ¡sí, sí, era
él!... Felipe se estremeció, embargado de grandísima sensación de
pavor y vergüenza. Sintió el ardor de la sangre en su cara hasta la
raíz del cabello... ¡Era, era don Pedro!

Siguió adelante, y pronto hubo de unírsele Juanito, á quien comunicó
sus impresiones. Su amigo le dijo:

--Vamos á pasar otra vez.

Lleno de terror, Felipe se agarró al brazo de su amigo para
detenerle, y le decía:

--¡No, no, no; pasar no!

Pero más pudo la maliciosa sugestión del pícaro que el miedo del
Doctor, y pasaron otra vez. En el momento mismo, el bulto se apartó
de la reja. Felipe y él se encontraron frente á frente, y se
vieron... ¡Era, era!

La vacilación de don Pedro fué instantánea. Siguió su camino. Tras
él, á mucha distancia, iban Felipe y su amigo: aquél tan turbado, que
no sabía por dónde caminaba; éste haciendo comentarios sobre lo que
habían visto.

--¿Te parece que le tiremos una piedra?--propuso Socorro á su
compañero, el cual, indignado, repuso:

--Si tiras, te pego... ¡no es broma, te mato!

Y más adelante, dominado siempre por inexplicable vergüenza y terror,
decía Centeno:

--¡Me ha visto, me ha visto!

Cuando llegó á la casa, ya don Pedro había entrado. Felipe pensaba
de este modo: «Ahora, por lo que he visto y por lo que he tardado, me
desuella vivo.» Pero no fué así. Doña Claudia dormía ya, y Marcelina,
que no quería alborotar á deshora la casa, tan sólo le dijo:

--Mañana, mañana te ajustará mamá las cuentas...

¡Siniestra y misteriosa figura! Don Pedro se paseaba en el comedor,
meditabundo. Felipe deseaba que le tragase la tierra, ó que el señor
se quedase ciego para que no le pudiese mirar. Fingiendo hacer alguna
cosa, evitaba los ojos de su amo; pero al fin, en una vuelta que
dió, encontrólos inesperadamente... ¿Qué expresión era aquélla? ¿Qué
decían aquellos ojos?

Turbóse más Felipe observando que los ojos del capellán, al mirarle,
no echaban llamas de ira. Expresaban algo que él no entendía, una
perplejidad terrorífica, el estupor del calenturiento. ¡Ah! Felipín
era muy chico y no sabía leer en las fisonomías; apenas deletreaba.
No podía entender bien la zozobra del grande ante el pequeño, el
despecho formidable del vendido por el acaso, el temblor del león
delante de la hormiga, la humillación trágica del poder ante la
debilidad.

Don Pedro no dijo nada, y se metió en su cuarto.


XIII

En la clase, al día siguiente, Felipe temblaba más que de ordinario.
Pero contra su creencia, Polo no le tomó lección ni le aplicó ningún
castigo. Podría creerse que se proponía no mirarle y como figurarse
que no existía. Estaba el señor triste, fosco, entenebrecido y
como avergonzado. Lo poco que tenía que decir decíalo en voz baja,
y desparramaba miradas sombrías y recelosas por toda el aula. De
rato en rato veíasele apretar los dientes y juntar uno contra otro
los labios, cual si quisiera hacer de los dos uno solo. Aun de
lejos podían observarse en la piel de su cara movimientos y latidos
enérgicos, ocasionados por la contracción de los músculos maxilares.
Pensaría cualquiera que el buen capellán se mascaba á sí mismo.

Por último, llegó Felipe á sentirse lastimado del poco caso que su
amo y maestro hacía de él. Aunque le tirase de las orejas y le diera
alguna bofetada, habría preferido que don Pedro le tomase lección, y
que le mirara y atendiera. Tan marcado desdén era quizás una forma
extraña y traicionera de la ira. Felipe tenía presentimientos y
sentía en su alma un desasosiego inexplicable. Pero aún le quedaba
mucho que ver. Ocurrirían casos con los cuales había de llegar al
último grado su sorpresa. Por la noche, doña Claudia, mientras se
comía su salpicón, reprendíale por haber dejado de hacer no sé qué.
Él, callado, oía la terrible plática sin contradecirla. Considerad
su asombro cuando vió que don Pedro á su defensa salía. ¡Cosa
fenomenal, inaudita y tan peregrina como la alteración de las órbitas
celestiales!... Don Pedro, ya dispuesto para salir, bastón en mano,
paróse ante su madre, y dijo estas benévolas y santas palabras:

--¡Qué diantre! si no lo ha hecho será porque no habrá tenido lugar.

Después le miró. ¿Era indulgencia, era temor lo que en el rayo de su
mirada resplandecía? ¿Era el más terrible de los odios, ó traición,
debilidad, cobardía, el agacharse de la fiera herida? Fuese lo que
quiera, Felipe, inocente, lo interpretó como señal de amistad. Púsose
muy contento, y diéronle ganas de contestar de mala manera á doña
Claudia, mandándola á paseo.

También aquella noche salió á la calle á traer de la botica aceite de
beleño que la señora usaba para combatir el ruido de oídos. Dice Clío
que por las noches le zumbaban á doña Claudia en el órgano auditivo
los números de la lotería, y que para aliviarse de esta molestia se
ponía algodones mojados en cualquier droga narcótica. Cuando Felipe
salió, dijo la Cortés á su hija:

--Parece chanza; pero lo podría jurar. En los oídos me suena el
222... créelo que me suena.

Felipe no pudo ver sino breves instantes á Juanito; pero éste tuvo
tiempo para hablarle del encuentro de la noche anterior, y añadió
esta observación maligna:

--Á mamá le conté lo que vimos. ¿Hijí... sabes lo que dice mamá? Que
tu amo es un buen peje, y las chicas esas unas cursis.

Indignadísimo y avergonzado Felipe, sólo contestó á su amigo dándole
un empujón hasta ponerle en medio del arroyo. Que no se pegaran
aquella noche, fué prueba evidente de su cordial y sólida amistad.
Felipe no podía pensar nada malo de su maestro, á quien tenía por el
mejor y más completo de los hombres, sin que alteraran esta opinión
la crueldad y saña de que eran víctimas los alumnos. Y tan gratamente
impresionado estaba el ánimo del buen Doctor con las palabras que en
su defensa había dicho don Pedro aquella noche, que subió al desván
pensando en él y representándose una escena, un lance en que los dos,
maestro y discípulo, eran muy amigos y se contaban cariñosamente sus
respectivas cuitas y aventuras.

Antes de acostarse, se puso la cabeza del toro y jugó larguísimo
rato. Algunas figuras quedaron en disposición de ir á la
enfermería... «¡Oh!--pensaba él.--Si me atreviera... si me vieran
entrar con mi cabeza de animal... ¡María Santísima!... ¡Pues sí me
atreveré! Don Pedro no me dirá nada. Es mi amigo y me quiere mucho...
Si sabe que llevo allá mi cabeza, se reirá, y... Claro, hoy por tí y
mañana por mí... Todos pecamos.»

Al día siguiente, doña Claudia dió un grito, ¡ay! y con tanto énfasis
señaló un punto de la _Lista grande_, que hizo en ella un agujero
pasando su dedo á la otra parte. El 222 había tenido un premio
pequeño, tan pequeño que no valía la pena de celebrarlo con grande
algazara. No obstante, el feliz suceso era tan raro, que la señora
alborotó la casa.

--Anda, corre, vuela--dijo á Felipe después de comer.--Lleva la lista
á doña Enriqueta (la fotógrafa) y á Amparo. Pobre Amparo, ¡cuánto me
alegro! le han tocado seis pesetas. Diles que mañana se cobrará y que
vengan á recoger su parte.

La mañana en que debía cobrarse el capital ganado (obra de ciento
sesenta reales), llegó con la puntualidad de todos los mañanas que
se convierten en hoy, haya ó no en ellas cantidades que ganar ó
perder. Era jueves, día de medio asueto en la temporada de verano.
Por la tarde los chicos se iban de paseo, y don José Ido descansaba
de sus hercúleas tareas... Era jueves, y Andrés Pasarón, el hijo
del tendero de ultramarinos, había pegado en una tabla del solar
el cartel risueño de azul y oro que decía: «_Corría extralinaria
á munificio de la Munificencia_,» con toda la relación de los
toros, diestros, ganadería, divisas, suertes y demás pormenores
cornúpetos... Era jueves, y toda la clase se había dado cita en el
solar. El día era espléndido, risueño como el cartel, y también de
azul y oro. El alma de Felipe despedía centelleos de esperanza,
de temor, de miedo, de alegría. Andaba por la casa afanadísimo,
desplegando una actividad febril para desempeñar en poco tiempo todos
los servicios que le correspondían aquella tarde.

Había formado propósito de escaparse si no le dejaban salir. Estaba
frenético. Su anhelo era más fuerte que su conciencia. ¡Ay! tarde
de aquel día, ¡qué hermosa eras! Eras un pedazo de día, rosado y
nuevecito, lo más bello que se había visto hasta entonces salir de
las manos laboriosas del tiempo... Creyó Felipe que el Cielo se
le abría de par en par cuando don Pedro llegó á él y le dijo, sin
mirarle de frente:

--Felipe, ya has trabajado bastante. Toma dos cuartos y vete á dar un
paseo.

¡Estupor!... Felipe creyó que el Ángel de la Guarda se encarnaba en
la persona tremebunda y leonina del señor de Polo... Echó á correr,
temiendo que su maestro se arrepintiera de tanta benevolencia. Subió
como un rayo al desván... ¡Oh, toro! bendito sea el padre que te
engendró, el escultor que te hizo y San Lucas divino que te tuvo á
sus pies. ¡Pobre San Lucas! por el boquete que tenías en tu cuerpo
cabía ya todo el de Felipe. La Fe estaba acribillada. ¡Pobre Fe! no
contabas con la acometida de este Doctor maldito, cuyos agudos y
formidables cuernos podrían llamarse Martín Lutero el uno y Calvino
el otro. Para ensayarse, Centeno hizo gran destrozo aquella tarde:
derribó, apabulló, destripó, tendió, aplastó. No quedó títere con
cabeza, como se dice comúnmente, ni barriga sana, ni cuerpo incólume,
ni ojo en su sitio, ni boca de su natural tamaño y forma. Daba
compasión mirar tanta estrago. Él, mientras mayor destrozo hacía, más
se encalabrinaba. Se volvía feroz, brutal. Después... ¡á la calle!

Bajó pasito á paso á la casa, queriendo ver quién estaba allí y
si podía salir sin que lo notaran. Desde la puerta de la cocina
vió á doña Claudia y á Marcelina, ambas de manto, que hablaban con
don Pedro. ¡Iban á salir! Doña Claudia daba dinero á su hijo y le
decía: «Seis pesetas para Amparo, que vendrá á recogerlas; lo demás
para doña Enriqueta... Nos iremos á ver á las de Torres. Parece
que la pobre doña Asunción está expirando...» Don Pedro no decía
nada, y dejaba las pesetas sobre la mesa del comedor. Pausada y
lúgubremente, cual sombras que se desvanecían, salieron la madre y la
hija.

No se sabe la hora ni el momento preciso en que hizo su aparición
en el redondel aquella novedad inesperada, admirable, verdadera.
Imposibles de pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje
y frenética alegría con que Felipe fué recibido... Hubo delirante
juego, pasión, gozo infinito, vértigo... después, cuando menos se
pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución,
golpes... Así acaban las humanas glorias. Vióse una víctima por el
suelo, hecha trizas: una cabeza partida en dos, en tres, en veinte
fragmentos. Por aquí un cuerno, por allí un pedazo de cráneo, más
lejos medio hocico. El guarda recogió los diversos trozos en un
pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano izquierda, con la
derecha agarró al criminal y se dispuso á llevarle á la presencia
del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia. La partida se
dispersaba por la calle de la Libertad, dando gritos, silbidos y
alilíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el peso de su
conciencia.

Cuando el guarda llegó á la casa-escuela, encontró al fotógrafo en la
puerta y le dijo:

--He llamado tres veces, y no abren. Parece que no hay nadie.

Enterado inmediatamente de la fechoría de Felipe, dijo aquel gran
hombre las cosas más sesudas acerca de la moral pública y privada.

--Ahora recuerdo--añadió,--que te ví salir á las tres con un bulto
envuelto en un pañuelo, y dije para mí: ¡Si habrá robado algo ese
perillán!... Ahora, ahora, amiguito, te las verás con tu amo.

Subieron y llamaron. Transcurrido un largo rato, el mismo don Pedro
abrió la puerta... ¡Tremenda escena! Felipe rompió á llorar con
vivísimo desconsuelo. El guarda hablaba, el fotógrafo hablaba, don
Pedro hablaba. Todos, todos le abrumaban á gritos, apóstrofes y
acusaciones; pero él no podía responder. El fotógrafo se permitió
estirarle una oreja, diciendo:

--Principias mal... mal. ¿Á dónde llegarás tú con estas mañas?

Lo peor del caso fué que en éstas llegaron doña Claudia y Marcelina.
Pronto se informaron las dos del nefando suceso, y por poco
descuartizan allí mismo al pobre Doctor; pues si ésta le tiraba de un
brazo, aquélla le sacudía el otro con furor de justicia.

Don Pedro estaba grave y patético. No le decía injurias, pero no le
disculpaba; no le llamaba «ladrón sacrílego» como Marcelina, pero
tampoco profería una sílaba en su defensa.

Por último, se atrevió Felipe á balbucir alguna excusa. Más que
defenderse, lo que intentaba era pedir perdón. Pero aún no había
abierto la boca, cuando las dos mujeres clamaron á una:

--No se le puede creer nada de lo que diga; no abre la boca más que
para decir mentiras.

Felipe se calló, y he aquí que don Pedro afirmó con prontitud:

--Es cierto: no dice más que mentiras, y nada de lo que hable se le
puede creer.

Parecía que el formidable maestro revolvía en su mente una
determinación grave. De repente dijo con sequedad:

--Felipe, ahora mismo te vas de mi casa.

--¡Ahora mismo!--repitió doña Claudia.

--¡Antes ahora que después!--regurgitó la fea de las feas, que,
habiendo subido al desván, volvía espantada de los destrozos que en
las cosas santas hiciera Felipe.

Y más pronto que la vista volvió á subir y tornó á bajar con un lío
de ropa, que entregó al criminal, diciéndole:

--Aquí tienes tus pingajos.

--Ni un momento más.

Felipe lloraba tan copiosamente, que las lágrimas le llegaban á la
cintura. El retratista dijo estas atinadas palabras:

--Con las cosas santas no se juega.

Y se marchó. El Doctor salió á la antesala ó recibimiento, donde
estaba la puerta de la escalera, y se dejó caer en el suelo. No
podía tenerse en pie, pues con tantas lágrimas parecía que se le
echaban fuera todas las energías de la vida. Desde allí veía parte
de la sala donde estaban sus amos, enfurecidos contra él y haciendo
comentarios sobre su horrible crimen. De pronto oyó una voz dulce,
amorosa, celestial; voz que sin duda venía á la tierra por un hueco
abierto en la mejor parte del Cielo. La voz decía:

--Don Pedro, don Pedro, perdónele usted.

--No puede ser, no puede ser.

Protestas de las dos señoras, acusaciones, y recargadas pinturas del
feo delito... Pero la voz, constante y no vencida, repitió:

--Perdónele usted... cosas de chicos...

Felipe estaba tan agradecido, que hubiera adorado á la voz indulgente
como se adora á las imágenes puestas en los altares. El condenado á
muerte no mira al Crucifijo con más esperanza, con más unción, con
más gratitud que miró él á la persona que palabras tan cristianas
decía.

Polo, cuyo semblante expresaba inexplicable desasosiego, salió á
donde él estaba, y le dijo con estudiada entereza:

--No hay perdón, no puede haber perdón. Vete pronto.

Y se volvió adentro... Silencio. Felipe oyó un suspiro, expresión
lacónica y hermosísima de un alma que se sentía impotente para hacer
el bien que deseaba... Otra gran pausa... Parecía que se retiraban
todos á las habitaciones interiores. Desplomábase con lenta caída el
día sobre la tarde, la tarde sobre la noche, y la casa se obscurecía
gradualmente.

Esperó Centeno un rato. En la soledad era su pena más acerba, su
contrición más honda. No tenía fuerzas para marcharse. Quería
morir abrazado al suelo y besando los ladrillos de la casa en que
había hallado un asilo, sustento, y el pan del alma, que es la
instrucción... Sintió pasos. Vió aparecer una hermosa y celestial
figura, _La Emperadora_, la de la voz que pedía misericordia por
él... Fuese ó no la tal una beldad perfecta, á él, en tan crítico
instante, se le representó como superior á cuanto en la tierra había
visto, hermosura de mundos soñados y de sobrenaturales regiones. Por
la ventana entraba la luz del crepúsculo. Sobre ella se destacaba la
soberana belleza de aquella mujer, rodeada de rayos de oro, echando
de su frente fulgores de estrellas. Su ropaje, que sin duda era de
lo más vulgar, se le representó á Felipe compuesto de arreboles ó
centelleo de pedrerías, y teñido de tintas irisadas, todo sublime,
imaginativo, conforme al extraño y admirable caso. _La Emperadora_ le
miró sonriendo, y le dijo con voz de serafines:

--No quieren perdonarte... ¡Pobrecito!...¿En dónde pasarás la
noche?... Hijo, ten paciencia, y Dios te amparará.

En sus manos blancas y hermosas traía manzanas, pedazos de pan,
pasteles y otras cosas dulcísimas de comer.

--Toma esto--le dijo.--No llores tanto. Ten paciencia... Con esto
puedes remediarte esta noche.

Después le pasó sus dedos finísimos y frescos por la barba. Él estaba
tan ardoroso, que aquellos dedos le parecían de mármol. Aún hizo ella
más. Con su pañuelo, que á delicadas esencias olía, le limpió las
lágrimas. Después...

Felipe la vió retroceder, mirar hacia la sala, como temerosa de que
la espiaran. Volvió junto á él. Metió la mano en el bolsillo, sacó
una cosa que relucía y sonaba. De sus dedos salían rayos de plata.
Centeno estaba absorto, pasmado, y de su alma se amparaba lentamente
un consuelo inefable, paz deliciosa y gratitud que, sobreponiéndose
á los demás sentimientos, los sofocaban, y al fin triunfaban de su
honda pena.

_La Emperadora_ dió un gran suspiro. Era un alma abrumada que no
podía echar de sí esta idea: «¡Qué mal hacen en no perdonarte!»

Y luego le tomó una mano, que él tenía cerrada; abriósela no sin
esfuerzo; le puso en el hueco una cosa, cerrándosela luego y
apretando los dedos de él; y al concluir, le dijo:

--Con esas seis pesetas te arreglarás por ahora... No puedo darte más.

Felipe se fué.



III

QUIROMANCIA


I

Federico Ruiz... ¡Singular hombre, dado á la ciencia, al arte; el
astrónomo que más entendía de versos, el poeta más sabedor de cosas
del Cielo! Diez años hacía que su espíritu navegaba jadeante por los
espacios del saber buscando una vocación, y de ensayo en ensayo, de
una en otra tentativa, el entusiasmo se le enfriaba y su voluntad
padecía desmayos. Era español puro en la inconstancia, en los afectos
repentinos y en el deseo de renombre. Primero fué músico, después
cursó la Facultad de Ciencias y obtuvo la plaza del Observatorio,
en la cual no estaba contento. Su espíritu tenía un desasosiego y
escozor semejantes á la inquietud del enfermo que busca su alivio en
los cambios de postura.

Era de costumbres apacibles, un tanto egoísta y un tantico avaro.
Carecía de entusiasmo profesional; pero desempeñaba á conciencia,
si no de buena gana, los servicios del Observatorio. Soñaba
con triunfos en el teatro, ¡demencia española! y se creía, como
tantos otros, un ingenio no comprendido y sacado de su natural
asiento, víctima de la fatalidad y de las perversas contingencias
locales. Todo ecléctico es triste: la perplejidad del espíritu hace
displicentes humores. Y el bueno de Ruiz, en las melancolías que le
ocasionaba una profesión considerada como interina, decía: «¡Qué
país éste!... ¡Desgracia grande vivir aquí! ¡Si yo hubiera nacido
en Inglaterra ó en Francia...!» Muchos ¡ay! que dicen esto, revelan
grande ingratitud hacia el suelo en que viven, pues si en realidad
hubieran nacido en otros países, estarían quizás haciendo zapatos ó
barriendo las calles. De todo esto se desprende que Federico Ruiz,
astrónomo sin substancia, debía de ser adocenado poeta. Incapaz de
dar direcciones nuevas al arte, no sabía más que trillar los viejos
caminos donde ya ni flor había ni hierba que no estuviesen cien veces
holladas y aun pisoteadas.

Era el eternamente descontento, el plañidor de su suerte, el
incansable arbitrista de su propio destino. Seguramente, desde que
una obra suya pasara de las musas al teatro, le entrarían ganas de
dar nueva ocupación á su espíritu. Un hombre tan sin centro y de
pensamientos tan variables, no podía ser gordo. En efecto: Federico
Ruiz era flaco, tan flaco, que los carrillos se le besaban por
dentro; y cuando se sentaba, tomando extrañas posturas, sin las
cuales no demostraba comodidad, todo él se volvía ángulos. Era un
zig-zag... Por extraña armonía, su pensamiento era lo mismo, y
hablando variaba de dirección rápidamente y describía con la palabra
un vaivén mareante. Nada había derecho en él, ni el cuerpo ni el
juicio. Andaba con cierta vacilación, semejante á la de los que han
bebido más de la cuenta, y su voz era desentonada.

Último toque. Era ferviente católico, ó al menos así lo decía él. Con
su mejor amigo era capaz de pegarse si le hurgaba tantico, sacando
á relucir divergencias entre la Fe y la Ciencia. Casamentero de
las ideas, hacía singulares contubernios, y para ello tenía caudal
copioso de oportunas y originales razones. Con su verbosidad errática
y un si es no es elocuente, defendía todo lo defendible, logrando
encontrar tales armonías entre el _Génesis_ y el telescopio, que al
fin sus contendientes no tenían más remedio que callarse.

En el Observatorio su trabajo era más bien meteorológico que
astronómico. Desempeñaba una plaza de auxiliar. Por ausencia ó
enfermedad de algún astrónomo, hacía las observaciones corrientes y
algunos estudios matemáticos. Aunque no lo hacía mal, sus jefes no
le confiaban ningún trabajo delicado. Tardaba mucho, se fatigaba, y
además... Entre fórmula y fórmula, ¿cómo no dar descanso y consuelo
al ánimo con un par de versitos?

En los tiempos aquéllos en que le conocimos estaba el hombre muy
encariñado con una idea católico-astronómica, que confiaba á sus
amigos. Hay motivos para creer que la tenía formulada en diversos
papelotes. La cosa era muy original, y hasta útil, filosófica, y como
simbólica de la deseada concordia entre la Ciencia y la Religión. He
aquí la idea de Federico Ruiz:

¿Por qué los planetas y las constelaciones, todas las unidades,
familias ó grupos sidéreos han de tener nombres mitológicos? ¿Qué
significación ni sentido podemos dar en nuestra edad cristiana á
los nombres y á las aventuras amorosas ó criminales de tanto dios
adúltero y brutal, de tanto semidiós canalla, de tanta ninfa sin
vergüenza, de tanto animal absurdo? ¿Por ventura no tenemos, en lo
espiritual, nuestro magnífico Cielo cristiano poblado de santos
patriarcas, ángeles, profetas, vírgenes, mártires y serafines?
Y si lo tenemos, ¿por qué no hemos de concordarlo y emparejarlo
con el Cielo visible, dando á los astros los excelsos nombres del
Cristianismo? Así tendríamos el Almanaque práctico, religioso, y una
como cifra exacta de la presencia de los bienaventurados en el Cielo,
lo mismo que están esas hermosas luces en el vacío infinito. ¿Qué
inconveniente hay en que ese grandioso planeta, llamado hasta aquí
_Júpiter_, dios de una falsa doctrina, se llame ahora San José? Y
los demás planetas de nuestro sistema, ¿por qué no habían de tener
el nombre de otros patriarcas, Adán, Noé, Abraham...? Esto se cae
de su peso. Pues siguiendo este trabajo de bautizar firmamento,
las doce partes del Zodiaco vienen que ni de molde para los doce
Apóstoles. Todas las constelaciones boreales y australes tendrían su
santo correspondiente, y las grandes estrellas representarían los
santos más famosos. _Arcturus_, por ejemplo, sería San Francisco de
Asís; _Aldebarán_, San Ignacio de Loyola; el _Alpha del Centauro_,
Santiago; la _Cabra_, San Gregorio Magno; _Vega_, San Agustín;
_Rigel_, San Luis Gonzaga... La _Cabellera de Berenice_ tomaría
el nombre de la Magdalena; las _Pléyades_ serían las once mil
Vírgenes; la _Espiga_ ó _Alpha de la Virgen_, Santa Teresa de Jesús,
y _Antarés_, la Verónica... _Sirius_, la mayor maravilla del Cielo,
tendría la representación de la Madre de Dios más propiamente que
la Polar. Al hacer las denominaciones, se tendrían además presentes
los días en que la Iglesia celebra las festividades de los santos;
de modo que al paso del Sol por cada región zodiacal determinara las
fiestas de los Apóstoles, y así no se diría _sol en Piscis_, sino
_sol en San Pedro_... En cuanto á los cometas...

--¡Ja, ja, ja!--Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, á quien
Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la del
domingo 19 de Septiembre de aquel año.

--No te rías... Esto es muy serio. Tengo todo preparado para escribir
una Memoria. Sin ir más lejos, el Almanaque sería entonces una
verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya ni altares ni
iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas
luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor catedral que
la aparente bóveda del Cielo? Los hombres adorarían á la entidad San
José, San Juan en la imagen luminosa de éste ó del otro astro; y como
la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un
fenómeno astronómico, he aquí establecida simbólicamente una armonía
sublime entre la religión y las matemáticas...

--¡Ja, ja, ja!--Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso era
con lo que oía.

Cienfuegos dijo así:

--Querido Ruiz, no te metas en poner motes... Deja que conserven
por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea, Ofiucus,
Júpiter... Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo
el nombre de cualquier santo á una señora que se ha llamado Venus, te
van á sacar los ojos.

Esto lo hablaban en la gran sala cuyo techo y muros están hendidos,
formando una línea en la dirección ideal del meridiano. Esta
hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes á las
que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del
cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie
de cureña, tiene aspecto de cañón aéreo. Le sostienen postes de
granito; sólo gira en un plano vertical, y hay sin fin de ruedas y
palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarlo en el
ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran
sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda,
y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el
espacio y ver todo transeunte del meridiano, sea chico, sea grande:
de día, el padre Sol; de noche, ésta ó la otra res del inmenso rebaño
de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes
hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar,
impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos á
entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros por
los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en
cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y
que tienen, ¡quién lo diría! aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos
animalejos las arañas, que, sin saberlo, son tejedoras de las
cuerdas, casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida á
las proporciones billonarias del firmamento!

El péndulo sidéreo, colocado á la derecha, parece la imagen de la
discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus
manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos,
embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un ser
vivo, de madre nacido, con facciones de números y entrañas de animado
metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas. Por el
mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador parece también
un personaje; sólo que el primero es de lo más serio y reposado que
se puede imaginar, mientras el segundo, organismo admirable que sabe
redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé
qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un antropoide cuyo origen
no sabe el profano si atribuir á la invención de la leyenda ó á los
cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece
que tiene alma, y hace ruidos graciosos y extraños, cual si á media
voz cantara misteriosas endechas. Hace toda la gracia un escape que
juega con la palanca; siguen á esto ruedas silenciosas y graves,
y en el término del mecanismo tiene el endiablado instrumento su
pedacito de lápiz, con el cual escribe sobre un cilindro de papel...
Cuando hay tempestad es cuando tiene que ver. Entonces, agitado el
mercurio, que es su sangre, actúa sobre todos sus miembros, y se le
ve febril, echando sobre el papel unas rúbricas que son fehaciente
expresión del variable peso de la atmósfera.


II

Ruiz, taciturno y atento sólo á su deber, hizo la observación del
paso del sol por el meridiano. No se efectuó el acto sin cierta
solemnidad como religiosa, con silencio, sosiego y aun algo de
poesía, por cuya circunstancia, y por ser operación diaria, decía
Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes del
momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad,
manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta del
Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del
péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el sillón,
abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso entraba en
el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de araña permitía
determinar, por cálculo, el mediodía medio, por donde regulamos y
medimos estas divisiones convencionales del tiempo, á las cuales
acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló otra vez para hacer caer
la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las compuertas y tapado
el anteojo, registró los cronómetros y apuntó su observación en un
cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían visto esto muchas veces,
permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados
ritos. El uno leía un periódico, el otro se paseaba inquieto á lo
largo de la sala.

Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden estar
en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de alguna
broma, es pensar lo imposible. Á la iglesia van muchos á pasar ratos
divertidos, cuanto más á una sala meridiana donde no hay más respeto
que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto, y aun
se fumaría si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera.
No había concluído Ruiz sus apuntes, cuando Miquis se echó atrás el
sombrero, y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

--Á ver tú... ¿por qué no me sacas mi horóscopo?

Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocurrían!
Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría
escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no tenía
entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático
que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh! Sin ir más
lejos... si él hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia, habría
tenido aquél y otros respetos, sí, señor, porque seguramente ganaría
mucho dinero con la ciencia; ¡pero aquí, en este perro país!... Como
español (y gato de Madrid, por más señas), podía hacer mofa de todo.
Manos á la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien; ¿y de qué se trataba?

Cienfuegos, que sentado en una silla leía _La Iberia_, alzó los ojos
del papel para decir:

--Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren meterse
en vidas ajenas... Desde que se ha empezado á decir de ellos que
tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es á saber, que están
habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con nosotros... ¡Oh!
si hablaran, Miquis lo agradecería... Está el pobre que no le llega
la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución, de una sentencia...

Ambos le miraron. Miquis se paseaba á lo largo de la sala, con las
manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.

--¿Qué es eso, Alejandrito?... ¿Amores?

--¡No, no: valiente tontería! Mejor dicho, vida ó muerte
para mí--dijo el estudiante de Derecho parándose ante el
astrónomo.--Figúrate que con esta vida jamás está uno en fondos, y la
verdad... mejor sería no carecer de nada.

--Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.

--Yo te diré lo que hay--manifestó Cienfuegos.--Alejandro tiene una
tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo...
Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.

--Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.

--Un día más ó menos...

--Es que tengo un desasosiego...--suspiró Miquis, mostrando bien en
su voz y en su gesto lo que decía.--Temo que si pasa tiempo, recobre
mi tía el juicio.

--Que lo pierda, querrás decir.

--No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha
prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada... Estoy
agonizando... ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro
un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por el mundo,
sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque se dan casos de
que la vean, antes que nadie, los topos.

--Pues vete á su casa, tonto, y pregúntale, y dile: «Señora tía, ¿me
da usted ó no lo que me ha prometido?»

--Es tan nervioso y tan pusilánime--observó Cienfuegos,--que no se
atreve á ir, porque si la señora le dice que no hay nada, se desmaya.

--¡Yo no voy, yo no voy!--declaró el manchego volviendo á
pasearse.--Si después de haberme consentido dice nones, creo que
cojo una enfermedad.

Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona que
tenía para todo, para lo grave y lo cómico.

--Te voy á sacar el horóscopo, Alejandrito. Vamos á ver. Hay que
principiar por saber la fecha del nacimiento de tu querida tía.

--¡La fecha del nacimiento!--exclamó Cienfuegos.--Debió ser el año de
la Nanita.

--Eso lo sabrá la diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha. Debe
proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!... es lo mismo
que los chiquillos, ¡y me quiere tanto...! No nos burlemos... señores.

--¡No, no nos burlemos!--declamó Ruiz, remedando la tiesura de un
sacerdote de ópera.--Siento no tener aquí una sotana de ala de mosca
y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te digo que te voy á
sacar el gran horóscopo, y á adivinarte lo que deseas... Sin ir más
lejos: en este momento, ¿qué hora es? las doce y veintidós minutos
y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el Sol está saliendo de la
constelación del León, á quien yo llamaría San Marcos, y entra en
Virgo... ¡La Virgen! tu tía... Luego viene la Balanza... ¡dinero...!
Esto es más claro que el agua. Tenemos también á Mercurio sobre
nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas
de Bolsa, el papel-moneda. Lo dicho, dicho: el encuentro de Mercurio
y la Virgen, puede considerarse como felicísimo augurio. Y si
añadimos que al entrar en la Balanza pasa junto al Centauro, que yo
llamaría San Ignacio de Loyola, resulta lo siguiente: ¿Qué representa
Mercurio? El comercio, las transacciones, el correo. Por algo le
representaban aquellos brutos con aladas zapatillas. El correo,
fíjate bien. De todo se desprende que debes escribir una carta á tu
tía prehistórica, preguntándole qué vuelta llevan esos dinerillos que
te prometió, y que no has visto todavía.

--Pues eso no me parece mal--dijo Miquis meditando.--¿Y si me
contesta que no?

--Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos
vacíos, y te quedas fresquecito, de verano...

Alejandro volvió á pasearse, y Cienfuegos á leer su periódico.
De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras
vacilaciones dolorosas se decide á tomar un partido, gritó:

--¡Pluma, papel, tinta!... Voy á escribir la carta á la diosa Isis...

--Calma, calma: iremos á la Biblioteca. No hay que alborotar en esta
santa casa.

--¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!...

--No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó
mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.

Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío,
qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma
y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro
empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien
á su pensamiento. La una decía:

«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la
Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»

Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:

«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita
y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me
prometió...»

Ras, ras... tampoco valía...

Otra:

«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»

Fuera.

Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un
suspiro al cerrarla y repitió su queja:

--No vamos á tener quien la lleve.

--¡Qué pesadez!--dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su
lectura.--Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.

--Si es en los quintos infiernos... allá, donde Cristo dió las tres
voces.

--Sea donde fuere... Ese es atroz cuando da en encontrar dificultades
y en echar lamentos.

--Vamos á casa--dijo Ruiz.--Veremos si hay algún ordenanza. Don
Florencio nos sacará del paso...

Salieron, y lo primero que vió Miquis fué el famoso héroe de aquel
otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercó á saludarle,
gorra en mano.

--Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?

Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil
exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal
casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicaciones
circunstanciadas, atribuyera la expulsión á cualquier falta
denigrante y odiosa.

--Te has civilizado... ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es verdad
que lleva tiempo... Y hablas ya como la gente. Lo que menos creías tú
era verme aquí.

--Señor, estoy viniendo todos los días á ver si le veo...

--Pues mira, hoy caes aquí como agua de Mayo. Nunca podrías ser más
oportuno. Me vas á hacer un recado.

--¡Un recado!...--exclamó el Doctor con alegría.--Si los señoritos me
buscaran una colocación...

--Sí, para colocaciones estamos,--dijo Cienfuegos.

--Como me traigas buenas noticias--indicó Miquis,--te prometo...

--¡Adiós! ya está éste tocando el violón... No prometas nada,
Alejandro, no prometas.

--Vas á llevarme esta carta.

--Sí, señor.

--Á la calle del Almendro. Entérate bien ó te pego. ¿Sabes dónde está?

Felipe vacilaba.

--Entras por Puerta Cerrada...

--Sí, sí... démela, démela.

--Bien claritas he puesto las señas. Número 11, cuarto segundo.
¿Sabes leer?

--¡Pues ya!...

--Preguntas por doña Isabel... esperas contestación, te la da, y me
la traes aquí.

Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto,
vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza
fúnebre, y saludó á los tres amigos.

--Ya sabemos á dónde va usted, señor Morales y Tempra...do, don
Florencio.

Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una elocuente
mímica de ese dolor mesurado y correcto que es propio de las
tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su boca esta
frase:

--Voy al entierro del gran hombre.

--¡Pobre Calvo Asensio!

En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto al
atleta de las rudas polémicas, al luchador que había caído en lo más
recio del combate, herido de mortal cansancio y de fiebre; hombre
tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía para esclarecer,
sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de espada, pero
con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante; temperamento
organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con
excesiva carga, y su muerte fué una prórroga de las catástrofes
que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su amigo, hacía
aspavientos de dolor comedido y decía:

--Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por esta
condenada política, todavía viviría. Era un mocetón... Vamos á
echarle un puñado de tierra.

Después, fijándose en Felipe, que oía con el mayor respeto aquellas
elegiacas razones, le consagró también á él, pequeñito, una frase
llena de socrático sentido:

--Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves á estos señores? Como
te portes bien, medrarás. Si no... Ya me contó Pedro que tienes mañas
sacrílegas y dices muchas mentiras... Ojo, señores, ojo...

Ofendido y malhumorado oyó Felipe estos conceptos; mas nada quiso
contestar. Apremiado por Miquis para que fuera pronto al recado de la
cartita, echó á correr por la rampa abajo, dejando atrás muy pronto á
Morales, que iba con su metódico paso de procesión cívica.


III

Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan
mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que
cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde
las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil,
algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de
más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y
volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á
donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social
en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las
compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y
chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas
del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del
héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo
mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida
de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas
que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana _Emperadora_,
figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta
ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en
la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios
quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo
el tiempo que durase su vida...

Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se
llama la _posada de la estrella_, ó sea al aire libre; que pasó
grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida
del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió,
le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su
puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole
Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes
acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo
que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido
de esta lectura y quieran seguir adelante.

Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y
en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no
podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él,
no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué
motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la
humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas,
espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas.
Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió
á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se
veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y
que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de
acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por
caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido
para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el
difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las
olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos
fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército
sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro,
triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo,
de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y
detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica
procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era
cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se
dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva.
Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca
de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á
respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso
y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los
caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos.
«¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban
por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los
faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas
que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»

Por la calle de Toledo, _Redator_ distinguió á su amigo entre la
multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba
las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una
chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para
aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y
Juanito dijo al otro:

--Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran
los _Oles_... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha
papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano.
Hijí... éste sí que es peje.

Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable
presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En
efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que
iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y
estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera;
pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos
empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de
haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar
la calle del Almendro.

La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó
Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y
por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los
lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito
admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya
estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral
quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y
más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión
y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo.
Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no
se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada
al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como
Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase
más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes
austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del
Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años,
cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había
comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie
pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían
gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa
de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora
en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna
industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un
colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se
abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se
desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas,
existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del
núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha
desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la
Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay
que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que
era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos
pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común
inscripción _Jesús, María y José_, y lo demás de revoco.

Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid
que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas,
en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos
agonizantes del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa
vetusta, que Felipe comparó, _in mente_, con un seis de copas. En
la ventana baja, inmediata á la puerta, no había señal de vivienda
humana. Rotos estaban los vidrios y cerradas las maderas. Era el
depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba quién tenía las
llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos,
descollando entre ellos una grande y bien florecida adelfa que daba
alegría á la casa y aun á la calle toda. No tengamos reparo en decir,
aunque sea indiscreto y prematuro, que allí vivía una mujer ó señora
que _echaba las cartas_ y tenía gran parroquia, muy tapadamente, en
todo Madrid.

Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y
verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje
se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era
ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía á
la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa
forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores,
medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado y lleno de
variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un
manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque
y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante
esquilmo de Octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas
de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose á cuerdas muy
bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor
y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros,
veíanse los claveles, el sándalo, la hierba-buena, la medicinal ruda,
la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de pluma y otras
especies domésticas. Colgadas á un lado y otro de los balcones había
hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros
presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar
sobre la calle sus deliciosos trinos.

Al reconocer el número, avanzó Felipe hasta el centro del arroyo y
se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa,
emblemática é incomprensible como una de aquellas páginas de la
Gramática ó de la Aritmética, llenas de definiciones y guarismos
que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con el
incipiente prurito de su mente investigadora... Hacía lo menos quince
minutos que duraba este contemplativo examen, cuando observó que se
abrían los cristales de uno de los balcones del segundo. Por entre
el follaje distinguió una mano delgadísima que apretaba los higos de
la higuera como para ver si estaban maduros. Luego acariciaba los
racimitos de la frondosa parra... Mirando más, y cambiando de sitio,
pudo distinguir una cara... Era blanca, fina y lustrosa, como las
caras de las muñecas de barniz que se ven en las tiendas de juguetes,
con ojos negros y vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al
modo de turbante... Felipe se vió mirado y examinado por los ojos
de la muñeca, pero con tal fijeza, que hubo de turbarse y no supo
qué hacer. Aquélla era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía
miedo? ¿por qué se quedaba absorto y como fascinado delante de la
casa...? Es preciso entrar. Atrévete, hombre.


IV

Cuando la criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero que
se veía... Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta que el
visitante se iba acostumbrando á la obscuridad; hasta que sus ojos,
ávidos de ver, no pescaban, digámoslo de este modo, en el fondo de
las tinieblas, éste ó el otro objeto para sacarlo al espacio visible.
Antes que ocurriera tal fenómeno, y no ocurría jamás sin gran trabajo
y paciencia de la retina, el visitante percibía gratísimos olores
de plantas aromáticas, tomillo, mejorana y orégano, de tal manera
fuertes, que se creía en un establecimiento de herbolario... Después
que había olido bien, empezaba la percepción visual, y lo primerito
era una pareja de gatos, grandes, gordos, manchados, saltones. Se
daban á conocer primeramente por sus dorados ojos, alguna vez con
reflejos verdosos como los del fondo del mar, y luego se distinguían
sus blandas piruetas y sus escurridizos rabos. En la sala, repentino
contraste: mucha luz esparcida y un no sé qué de regocijo. Allí
aparecía de nuevo la familia gatesca, aumentada con dos ó tres
chiquitos y muy monos, y reforzada con vivaracho perrillo, el cual no
cesaba de ladrar ó de rezongar, debajo de un mueble, todo el tiempo
que duraba la visita.

La sala tiene que ver. El que no sepa guardar las formas respetuosas
que exigen ciertos lugares consagrados por el tiempo y la virtud, que
se vaya á la calle y me deje solo. Solo y extático contemplaré el
nogal de aquellos sillones y mesas, bruñido por la edad y el aseo;
nogal que salió de los primeros árboles que dieron cosecha de nueces
en el mundo. Admiraré aquella madera tan fregoteada, que algunas
cosas de mérito se hallan deslucidas y feas de puro limpias.

¿Quién no hace una reverencia ante el paleontológico sofá,
interesantísimo, pintado que fué de rojo y oro, con patas curvas y
dos respaldos tiesos con cojincillos de tela encarnada; pieza de
tal forma, que el que se apoyara sin estudio en cualquiera de sus
costados, corría peligro de romperse un codo? Vargueño y tablas
que en esta pared estáis, ¿quién os lavó tanto que os quitó la
mitad de la pintura y casi todo el dorado, dejándoos en los huesos?
Los candeleros de oro echan chispas de sus repulidas facetas, y
hasta la estera de junco, amarillosa con golpes rojos, parece que
se compone de varillas metálicas, según lo lustrosa que está...
Veamos esas láminas. Sus rótulos nos dirán lo que representan:
_Diana, hallándose con sus ninfas en el baño, sorprende y descubre
el estado interesante de la ninfa Calisto_... _Juno convierte á
Calisto en osa_... _Matilde, hermana de Ricardo Corazón de León,
desembarca vestida de monja en la Tierra Santa_... _Matilde ve á
Malek-Adhel_... _Malek-Adhel roba á Matilde, y echa á correr con ella
por los desiertos campos_. Á esta otra parte hallamos algo más que
admirar: _Vista de Mahón y sus fortalezas_... Muy bien. Pero lo que
más nos cautiva es una miniatura sobre marfil, monísima, graciosa
de contornos, transparente y fina de color. Es retrato de esbelta y
delicada joven, como de quince años, de negros ojos y ensortijado
cabello. Su talle es alto, muy alto; su cuerpo enjuto, enjutísimo.
Con su mano derecha nos muestra una rosa, tamaña como un cañamón, y
en la izquierda tiene un abanico semiabierto, en el cual se lee su
bonito nombre: «Isabel Godoy de la Hinojosa.» La fecha está borrada.

El gabinete que con la sala se comunica podría llamarse bien _el
museo de las cómodas_, porque hay tres... ¿qué tres? Al entrar vemos
que son cuatro, de diferente forma y edad, siendo la más notable
una panzuda, estilo Luis XV, pintada de rojo y oro. Su vecina es de
taracea, y ambas ostentan encima cofrecillos y algún santo vestido
con ropita limpia, búcaros con flores y tocador de aquéllos que
tienen el espejo montado á pivote sobre dos columnas. Almohadilla
con muchos alfileres y agujas no faltaba en otra de las cómodas, la
cual sostenía también un camello de porcelana cargado de un montón de
botellitas y copas de limpio cristal.

Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro del
gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas
ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para
calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de
búcaro, ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores.
Era pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda
la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba
con poesía.

Ya llega: vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable
y obsequiosa á nuestro lado... ¡Admirable figura! Sólo el que en
absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recordarla. Tenía
el cabello enteramente blanco y rizado; los ojos obscuros, alegres y
amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil, dispuesta, y más
que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad, ¿quién la sabe?
Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del protoplasma, para
expresar así la más larga fecha que cabe imaginar. Puede decirse,
en corroboración de esto, que la señora era una de esas naturalezas
escogidas que han celebrado tregua ó armisticio con el tiempo, y
que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida
para dar qué decir y qué envidiar á dos ó tres generaciones. Quién
le echaba noventa años, quién sólo le contaba setenta y seis, y no
faltaba algún computador que ponía ciento y un pico. Cualquiera que
fuese su edad, era gran maravilla cómo sabía conservar su salud y sus
bríos. Mujeres hay de veinte años que si se sentaran y se levantaran,
y dieran las vueltas por la casa que daba esta señora al cabo del
día, caerían rendidas de cansancio. No le hablaran á ella de estarse
quieta. Sin movimiento y vaivén constante no podía aquella señora
vivir. Tenía la ligereza de la ardilla, y algo de lo impalpable y
escurridizo de la salamanquesa. Entraba y salía por aquellas puertas
sin hacer ruido alguno. Sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas
con suela de fieltro, y su cuerpo, más que compuesto de huesos y
músculos, parecía un apretado y enjuto lío de algodón en rama. Su
cara, como observó muy bien Felipe, era cual las de las muñecas de
barniz, con un rosicler intenso y extraordinario lustre. Por don
especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las
arrugas, y su estirada piel se había endurecido, tomando aspecto de
porcelana. Atribuía ella esta virtud á la costumbre de lavarse y
fregotearse bien con agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas,
y darse luego unos restregones que la ponían como un tomate. Se
envolvía la cabeza con un pañuelo de hierbas, cruzándolo y anudándolo
con cierto arte á estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos
blancos y ensortijados como el vellón del Cordero Pascual.

Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida
se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una
división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba
tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó
cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba
invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de
los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los
cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más
recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles
los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las
flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en
muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel
Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no
era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad
madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por
igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba
muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.

¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de
la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado
al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en
materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la
dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada,
más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca,
porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su
patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir
en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo
lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia.
El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen.
El pan de las tahonas... _vade retro_. El ordinario de Quintanar le
traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas
de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel
todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba
con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se
compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo
á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le
inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba
una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna
gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en
una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un
esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le
igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos
traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que
le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.

Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no
podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas
personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do
quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla
era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de
sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito
manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de _titos_, que es un
guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado
de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta
olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina
de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba
la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las
gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no
las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.

El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía
mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los
cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición.
¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina
de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca,
hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes
cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel
Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del
Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España.
Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en
manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir
Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto
en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos,
chorizos y jamón.

Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En
Cuaresma hacía lo que llaman por allá un _ajillo de patatas_, y
el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la
tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los
postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito
ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de
ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados.
Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran
ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían
mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser
manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el
cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea.
Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera
pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco
á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin
tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces
de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía
más que de nombre.

La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de
bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran
moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que
llaman _higa_, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con
doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero
los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el
modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas
común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.

Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos
dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó
cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo,
presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados
razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un
cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más
gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la
casa había.


V

Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de
nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.

No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para
suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque
de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél
por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde
el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el
Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la
propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones,
que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de
Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores
y capellanes de Reyes Nuevos.

Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, fueron la única
sucesión del don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos
ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas hermanas
discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando á lo
sentimental, conforme á las costumbres y á la literatura de aquellos
tiempos. Dígase también que la tradición las designaba como las
personas más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la
_Casandra_, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba
llorando á moco y baba tres meses. Conocían también otras obras,
muy en boga entonces, como _Ipsiboe_ y _El Solitario_, del vizconde
D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas. Pero
la lectura que más particularmente había afectado á Isabel Godoy era
la de aquella dramática y espasmódica novela de _Madame Cottin_,
_Matilde ó Las Cruzadas_, la comidilla más sabrosa de aquella
generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu de la
joven la influencia de tales lecturas, suministrándole, casi hasta
nuestros días, motivos de comparaciones. Así, decía: «es un moreno
atrevidísimo como Malek-Adhel», ó bien «celoso y fiero como un Guido
de Lusignan.» Las anticuadas láminas de Epinal que su sala ostentaba,
habían tenido ya su período de éxito en la casa paterna.

No faltaba, veinte ó treinta años há, entre los desocupados del
Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos
cuando le hicieron á doña Isabel la preciosa miniatura que hemos
visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas
calendas en el Quintanar un galán de hermosa presencia, tan notable
por su gallardía como por sus modales y educación, hombre peregrino
en aquellas tierras, á las que fué con hastío de la Corte, buscando
un descanso á sus viajes y á las fatigas de la moda y del mundo.
Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de gran familia,
los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el Toboso. Él le
correspondía; eran públicos y honestos sus amores; parecía natural
que la solución y término de esto fuera el matrimonio... mas no
sucedió así. De la noche á la mañana, con pasmo y hablilla de todo el
pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel, sino con su hermana.

Guardó la ofendida las apariencias de conformidad, y ni en su rostro
ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida, que sólo
cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen de vida
muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo
antes que después del repentino inexplicable cambalache. Piedad tuvo
una niña, y murió al año de casada; murió, ¡ay! según se dice, de
ignorada y misteriosa pesadumbre; de una tristeza que le entró de
súbito y la fué secando, secando, hasta que, no teniendo más que los
huesos y el alma, ésta se partió sin dolor, porque nada había ya en
aquel cuerpo que pudiera doler. Poco tiempo después del fallecimiento
de su mujer, Herrera se fué á América, en donde hizo dos cosas
igualmente desatinadas: se volvió á casar y se murió de la fiebre.

Á la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también
Piedad, por ser este nombre el de la patrona de aquellas tierras, y
tan común allí, que no hay familia donde no haya un par de Piedades.
Crióla con extremado mimo doña Isabel, que á ella se consagró,
haciendo voto de soltería eterna. No se consideraba tía, sino
verdadera madre, por exaltación de su espíritu y maniobra sutilísima
de su entendimiento. Consumada idealista, empapando sin cesar su
espíritu en la memoria de su hermana, había logrado realizar el
fenómeno psicológico de la transubstanciación. En sus soledades
y abstracciones había llegado á decir casi sin pensarlo: «Yo soy
Piedad... yo soy mi hermana...» Y otra vez se le escaparon estas
palabras: «La que se murió fué Isabelita.»

La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes.
Mimáronla mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fué
regocijo y paces hasta que llegó á ser mujer. Aquí viene el punto
capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo
aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada,
la enaltecida hija-sobrina de esta señora, la heredera de los claros
nombres de Herrera y Godoy, se enamoriscó de un tal Pedro Miquis;
resistió tenaz y heróicamente la oposición de su familia; se dejó
depositar y se casó con él... ¡Abominación! Los Miquis habían sido
criados de los Godoyes.

¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que el caso produjo en
ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso
de su corazón, añadido á las llagas pasadas, no le quitara la vida.
Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto.» Porque pensar que ella
había de transigir con tal ignominia, era pensar en las nubes de
antaño... Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, á Quintanar, á toda
la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino á
Madrid. Su odio á los Miquis era tan profundo, estaba tan entretejido
con sus convicciones, que en cuanto se tocaba este punto, rompía
en una charla de tarabilla, y su interlocutor, aburrido, tenía que
marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar á los Miquis era nombrar
lo más bajo de la humanidad. Los Miquis del Toboso eran escoria,
desperdicios de nuestro linaje. En semejante muladar había caído
aquella temprana rosa. No era posible sacarla; y aunque se la sacara
con pinzas, ¿de qué serviría ya?

Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de escribir
muchas cartas cariñosísimas y humildes á su tía-madre, la Miquis
consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida. De allá le
enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones
tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó algo, y las
relaciones se restablecieron fríamente, por escrito. Pasados quince
años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel despedía cierto calor.
El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella, hacía nueva
conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con
Piedad llegó á ser un hecho; pero en ninguna de sus cartas dejaba de
poner la Godoy una frase desdeñosa para su yerno y toda su aborrecida
parentela.

Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un hombre y
con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fué á estudiar á
Madrid, llevó encargo de visitar á la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su
madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo
que le había de decir, lo que debía callar!... En la primera visita,
doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección y recelo.
Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de lástima y amor,
diciendo:

--¡Eres el vivo retrato de mi niña!

Al instante se le descompuso la estudiada severidad, echóse á llorar,
y estuvo besándole sin tregua más de una hora, en los cabellos, en
las sienes, en las mejillas.

--Vente por aquí todas las semanas--le dijo:--creo que no podré estar
muchos días sin verte. Siempre que quieras comerás conmigo.

Pero Alejandro, no bien probó una vez la extraña comida de su tiíta,
hizo firme propósito de no volver más. Porque verdaderamente los
piruétanos, las gachas, el ajillo, y, sobre todo, aquel postre
ornitológico de cañamones, no eran, no, para estómagos de cristianos.
Luego, la señora le hacía tomar de sobremesa un tazón de salvia que
le ponía enfermo. En dos días no se apartaba de su olfato aquel
maldito olor de orégano y anís, que eran inseparables de la imagen
de su tía, del recuerdo de la casa, de los pájaros y del camello que
estaba sobre la cómoda.

Otro motivo de disgusto para Alejandro era que la tiíta no se
recataba de manifestar descaradamente ante él su desprecio de los
Miquis, de su padre y tíos, tan queridos y respetados en toda la
Mancha, y les daba nombres chabacanos, como los Micifuces, los
_Mengues_, los Micomicones.

--Tu abuelo--le decía,--fué mozo de mulas en mi casa, cuando yo
levantaba tanto así. Era un bruto. Me parece que le veo con su
gorro de pelo y su manta al hombro. Sus hijos se engrandecieron,
como se engrandecen todos los brutos en estos tiempos de faramalla
y de equivocaciones. Uno compró bienes del clero por un pedazo de
pan, y se hizo rico negociando con la fortuna de la Iglesia, con
lo que es de Dios y de sus ministros. Gumersindo Miquis y tu padre
también han hecho mil picardías para enriquecerse. ¡Qué manera de
juntar dinero! Con la contrata del fielato, vejando y martirizando
á los pobres paletos que entraban dos docenas de huevos... Una vez
desnudaron á una pobre mujer que entraba media sarta de chorizos en
el refajo. Eran odiados en toda la Mancha... Gaspar Miquis ya sabemos
que contratando carreteras ha hecho un capital. Así están aquellos
caminos. Donde debía poner piedra ponía barro, y el puente sobre el
Jigüela creo que lo hicieron de papel... En las Casas Consistoriales
de Quintanar hay cada expediente... Pero ellos, ya se sabe, sacando
votos para los diputados han hecho lo que han querido y se han
burlado de la justicia... En mi tiempo, hijo, había, sí, ladrones
de caminos, gentuza mala, es verdad; pero no había caciques, no
había estos salteadores públicos que hacen lo que les da la gana:
oprimen al pobre, roban al rico, amparados de la política. ¿No es un
horror ver á Gaspar Miquis repartiendo las contribuciones y echando
á algunos tantísima cuota, mientras él, que es el primer propietario
de Criptana, no paga nada? Tu papaíto también es buena pieza. Compra
el azafrán á seis duros, valiéndose de la miseria de los pobres
labradores, y luego lo vende á catorce... Así se han hecho poderosos.
Yo me acuerdo de haber visto al padre de tu abuelo, á tu bisabuelito,
sí, venir á casa todos los sábados á recoger las limosnas que daba
papá. Aquel viejo, con ser mendigo, era más decente que todos sus
hijos y nietos. Últimamente se entregó á la bebida; pero cuando
estaba bueno, tenía mucho arte para coger cangrejos del Jigüela, por
Cuaresma, y le traía espuertas llenas á papá, que gustaba mucho de
ellos...

Don Pedro Miquis no participaba de esta inquina, y en las cartas á
su hijo solía poner un párrafo como éste: «No dejes de visitar con
frecuencia á la tiíta Isabel, y aguántale sus rarezas.» Otras veces
le decía: «Cuidado con la tiíta. No te incomodes si la oyes decir
algún disparate. Esta buena señora tiene la cabeza como Dios quiere.
Siempre fué lo mismo. No hay que llevarle la contraria, sino decirle
á todo amén, aunque luego no se haga lo que mande.» Ya hacía tres
años que Alejandro estudiaba, cuando en una carta de su padre halló
esto: «Ha llegado don Santiago Quijano y me ha dicho que la pobre
está rematadamente loca. ¡Pobre señora! Visítala; sírvela en lo que
puedas, y trátala con tacto y estudio para no ofenderla.»

Casi en los mismos días en que Alejandro recibía esta carta, su tía,
hablando con él de cosas de la Mancha y de antepasados, que era la
conversación más de su gusto, le dijo así:

--¡Ay! qué trastada le voy á jugar á los Micifuces.

Y el regocijo ponía extrañas claridades en sus ojos; se reía y daba
palmadas, aplaudiéndose á sí misma, como los niños cuando están
contentos ó proyectando alguna travesura. Alejandro nunca le pidió
explicaciones de estas rarezas, porque siempre que la Godoy ponía
de oro y azul á sus enemigos, él, entre avergonzado y colérico, no
chistaba. En otra ocasión dijo la señora:

--¡Cómo me voy á reir! Me parece que estoy viendo á tu padre,
furioso, echando espumarajos por aquella boca... ¡Que reviente...
mejor! Digan lo que quieran, todos los _Mengues_, uno tras otro, han
de tener su castigo en este mundo.

Alejandro no daba gran importancia á estas razones, porque tenía en
muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas y tonterías.
Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente á los caciques del
Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le decía siempre
Alejandro Herrera) estaba siempre á partir un piñón. Le recibía
gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas sobre sus
estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón de la cómoda
panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una moneda de dos duros.

--¿Ves? ¡qué rica!--le decía, mostrándosela entre dos dedos.--¿Te
gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro á ver una función
honesta y entretenida.

Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la juventud de
estos tiempos.

--Los chicos de hoy--le decía,--sabrán más que los de mi tiempo:
en eso no me meto. Y no sé, no sé: si de lo que aprenden hoy se
quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea lo que
quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en modales
están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus amigos
alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál
habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir finuras á una
dama, y sostener con ella conversación amena, cortés y escogida?
Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben decir palabrotas,
recostarse en los asientos de los cafés, disputar á gritos, escupir
en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y expresarse como
los jayanes y matachines. Poco del mundo actual conozco, porque no
salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me da mucho asco... Es
menester que tú no te parezcas á esos gandules de los cafés; es
preciso que adquieras buenos modales, que seas fino, que frecuentes
la sociedad, que te hagas presentar en alguna honesta reunión, y
que huyas de las tertulias hombrunas, donde no se aprenden más que
groserías.

Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre, que le
ordenaba llevar en todo el genio á la tiíta, Alejandro le llenaba la
cabeza con éstos y otros inocentes embustes:

--Pues, tiíta, yo voy todas las noches á una tertulia de señoras
finas, donde no se habla más que de cosas honradas... Me van á llevar
á los bailes de la Embajada de Austria, para lo cual me he encargado
ya el frac... Tengo pensado ir á Palacio. Un amigo quiere presentarme
á Su Majestad...

Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:

--¡Así, así te quiero!... Lo de ir á Palacio á besar la mano de esa
perla de las reinas, me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja, iría
también... Tengo prometida una visita á Su Majestad; pero ¿para qué
quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella
y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes
cristianos... ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!


VI

Para concluir. Doña Isabel Godoy era supersticiosa en grado
extremo; fenómeno que, si se examina bien, no es incompatible con
la devoción maniática, ni con los rezos de papagayo. Con ser una de
las principales ostras de los bancos parroquiales de San Pedro y
San Andrés, más raíces tenían en el espíritu de esta señora ciertas
creencias y temores vulgares que la pura idea religiosa. Cierto que
ella defendía con rutinario tesón los dogmas de la Fe; pero les
añadía innúmeros suplementos, fundados en todo lo vano, pueril y ñoño
que ha imaginado el miedo y la ignorancia del pueblo. Creía en las
fatalidades del núm. 13, de la sal vertida y de los espejos rotos;
sentía horror del murciélago, por suponerlo emisario del Demonio;
atribuía mil ridiculeces al erizo ó puerco-espín; creía, como el
Evangelio, que las culebras maman y que hablan las cigüeñas; que hay
gallos que ponen huevos, y que el pelícano se saca la sangre para
alimentar á sus polluelos; sostenía la existencia de los dragones,
salamandras y basiliscos con sus propiedades mitológicas; creía
también en el ave fénix y en las influencias de los astros benignos
ó adversos y de los cabelludos cometas, precursores de calamidades;
daba fe á la influencia de la imaginación materna sobre el crío y á
los antojos; prestaba crédito á las buenaventuras de los gitanos,
y era para ella artículo dogmático la existencia de los zahorís,
personas que, por haber nacido en Jueves Santo, tienen la virtud de
ver lo que hay bajo tierra. Como la propia doña Isabel había nacido
en Jueves Santo, se tenía por zahorí de lo más sutil y agudo que
pudiera existir. Igualmente daba oídos á los saludadores, que todo lo
curan con saliva, y á los embrujados. No había quien le quitara de la
cabeza que hay personas que aojan, es decir, que hacen mal de ojo, y
matan ó resecan á los niños sólo con mirarles. Los sueños eran para
ella revelaciones de incontrovertibles verdades. Si oía por la noche
el aullido de un perro, ya tenía por seguro un mal caso; si entraba
en la sala una mariposa negra ó moscardón, señal era de inevitable
desdicha; si alguno hacía girar una silla sobre una pata, indicio era
de contiendas. Al salir á la calle, cuidaba de sacar primero el pie
derecho que el izquierdo, pues, de otro modo, no volvería á casa sin
dar un mal paso.

Quiso su mala suerte, para acabar de rematarla, que tuviera por
vecina en Madrid á una de estas sacerdotisas de la magia, que,
contra todo el fuero de la verdad y la civilización, existen aún
para explotar la inocencia y barbarie de la gente. Y no son las más
humildes, que jamás vieron el abecedario, las que estos tugurios de
la magia frecuentan, sino que allá van alguna vez damas principales á
que les echen las cartas. Esto parece mentira; ¡pero qué verdad es!

Doña Isabel trabó amistad con su vecina: hizo la prueba de un
oráculo, y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición
á tales patrañas. No había semana que no bajase un par de veces
á consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y
ocho hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y
avisos que escrupulosamente seguía. La vecina de doña Isabel gozó en
aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para sus trabajos
de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados
con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía sus juegos y
arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran largos ó breves los
aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado de palabras
obscuras.

Doña Isabel se iba siempre á lo más gordo, haciéndose aplicar la
tarifa máxima, que le aseguraba misterios muy hondos y desconocidos.
¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante, conocer lo que
no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar á
Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito! Doña Isabel
había consultado últimamente un negocio de la mayor importancia.
Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos los naipes de
cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha á izquierda
(uso oriental) explicando la significación de los que aparecían en
la séptima y sus múltiplos. Veamos: el _tres de copas_ anunciaba un
negocio próspero; el _rey de espadas_, que un letrado se mezclaría en
el asunto; el _caballo de copas_, ó sea el Diablo, procuraría echarlo
á perder; finalmente, el _as de oros_ decía clarito, como tres y dos
son cinco, que todo saldría por maravilla, y que el maldito renegado
_caballo de copas_ (léase don Pedro Miquis) quedaría confundido,
maltrecho y hecho pedazos.

Vivía doña Isabel de las rentas de sus tierras, que no eran
valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos ó piezas muy
pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso
y Villanueva del Gardete. Junto á las lagunas de Ruidera poseía unas
estepas salitrosas de más de dos leguas, que no le daban veinte duros
al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas á los labradores
pobres de la comarca, que cultivan el azafrán, esa droga que debiera
llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más fino de la Arabia
ó el de los peruanos montes. No obstante, los que crían y peinan
las doradas hebras de esta rica florecilla son los más pobres de
la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y el mucho
esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues,
de esa pintura de las comidas españolas; droga, además, de valor en
la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras daban los menudos
hilillos de oro, que el mercader coge con respeto en las puntas de
los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes á onza la onza, es decir,
oro por oro. Hoy vale doce duros y aún menos.

El administrador de la señora en el Toboso se entendía con Muñoz y
Nones, Notario de Madrid, manchego, y éste entregaba mensualmente
á doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada para sus
necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los ahorros de
la señora para ponerlos á interés.

Vamos al negocio.--En la dirección de la Deuda tenía doña Isabel un
expediente de liquidación y conversión de juros. El origen de este
papel era un préstamo hecho por Godoy á la Real Hacienda, allá en
tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de Almagro.
Solicitó la señora la conversión con arreglo á la ley del 55; pero lo
que pasa... el expediente se eternizaba en el encantado laberinto de
nuestras oficinas. Por dicha, desde que lo tomó por su cuenta Muñoz
y Nones, el expediente empezó á despertar de su letargo, dió señales
de vida, fué de aquí para allá, de mesa en mesa, de departamento
en departamento, y ahora me le echan una firma, después dos, ya le
añadían papelotes, ya le agregaban números, hasta que por fin se
le señaló día para salir de aquel Purgatorio, y fué un hecho la
conversión de la antigua deuda por renta perpetua del 3 por 100.

Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y caídas
al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que
los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, quedaban
reducidos, á causa de los rozamientos financieros, á 48.636 reales.
La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones. Doña Isabel
percibió 32.424 reales. ¿Á quién pertenecía este capital? Á doña
Isabel y á su hermana Piedad. No existiendo ésta jurídicamente, si
bien su espíritu existía compenetrado en la propia alma de doña
Isabel, la mitad de los dinerillos correspondía en rigor de derecho
(porque el jus no entiende de transubstanciaciones), correspondía,
decimos, á los herederos de Piedad, á su hija única, Piedad también,
esposa de _Micomicón_... ¡Dar á Miquis los 16.212 reales que á su
mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se partiría el mundo
en dos pedazos... Porque si el dinero se le entregaba á Piedad, lo
cogería Miquis, administrador de los bienes matrimoniales. No, y mil
veces no.

El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella nefanda
estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los
razonamientos que puntualmente se copian aquí:

«Si doy el dinero á mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres,
que bastante ha tragado ya, prestando dinero á mi familia al 18 por
100. No, no, Dios de justicia: con tu santo permiso, voy á jugarle
una trastada... ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja
San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las
cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles... Pero si me
guardo ese dinero, es pecado. ¿Lo daré á mi hija, encargándole...?
No, no puede ser... El salvaje metería sus uñas al instante... No,
no; digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre
los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada
liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso al _Mecifuf_, y le
doy grandísima desazón entregando el dinero á su hijo y mi nieto,
no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con amigotes
soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para que emprenda
algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy majas con que ir
á las embajadas y al Real Palacio, para que se afine y decore, viva
como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo nombre de Herrera.»

Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas.
Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos _Mengues_
tomaba, y vió á don Pedro zumbar en torno á su cabeza en forma de
caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia, rabia,
que el dinero no es para tí. Revienta, Judas; muérete, Holofernes.»


VII

Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto es claro
como la luz del mediodía: la semana que entra le traigo á usted
su dinero,» doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo
pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es
decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro.
Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad de
seso iba mermando rápidamente; pero al llegar aquella ocasión, lo
juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había
él oído jamás. Se avenía bien con la casa de su tía, y con la
persona de ésta; persona, casa, trato y aliños en que todo semejaba
embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en provecho suyo la
locura que la dama cometía; como en aquellos días estaba escasísimo
de dinero y sólo abundante de compromisos, deudas y necesidades,
no tuvo nada que decir contra la generosa oferta. Eso sí: cuando
la Godoy le puso por condición el honrado y juicioso empleo del
dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo á su mejoramiento
social y educativo... ¡Pues á fe que era poco formal! En la vida más
entraría en un café: todo el que quisiera verle, que le buscara en
las bibliotecas, en las cátedras, y por las noches en algún salón
de embajada ó en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de
finísimas damas perfilara sus modales.

--Eso, eso, eso--dijo la tiíta con crédulo alborozo.--Si no lo
haces así, perderemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de
conciencia... Bueno, pues la semana que entra... ¡Caballito del
diablo, arre... arre!

Al decir esto, la aristocrática manchega no se estaba quieta, sino
que iba de un paraje á otro de la sala, sin dirección ni tino,
trémula y como picada de la tarántula. Sus brazos hacían la mímica de
apartar algo que revolaba en su alrededor, y sus ojos echaban unos
reflejos plateados y verdosos que habrían dado á Miquis mucho miedo
si éste no hubiese visto repetidas veces á su tiíta en tan lastimoso
estado.

Ahora se comprende el desasosiego de Alejandro en los días que
mediaron desde la promesa de su tía hasta la realización del
donativo. Estaba el infeliz muchacho como el que padece obsesión,
pensando siempre en la fortuna que se le ofrecía, lleno de dudas
y congojas. Porque el dinero le venía como aguas de Abril. ¿Y si
después de prometérselo resultaba que todo era un estrafalario juego
de los derretidos sesos de su tía...? Si el metal entraba en su
bolsa, creeríase el más venturoso de los nacidos; si todo era una
burla, ¡qué horrendo desengaño! Por esto en la noche del sábado no se
le podía sufrir: tan caviloso y pesado estaba. Sin explicar el motivo
de su pena, á todos sus amigos nos pedía que le tomáramos el pulso...
Tenía fiebre.

--Y quién sabe--decía.--Puede ser que la semana que entra no me
cambie por el duque de Osuna.

Vino el domingo, memorable por el entierro de Calvo Asensio, y en la
mañana de aquel día fué con Cienfuegos al Observatorio, y ocurrió
aquello del horóscopo, el encuentro de Centeno y el recado que éste
llevó... Volviendo á la casa de la calle del Almendro, se dirá que el
sábado recibió doña Isabel, de Muñoz y Nones, la suma producida por
la venta del papel que la Hacienda reintegraba en pago de la secular
deuda. Llevóse el notario su parte, y de lo restante hizo doña Isabel
dos, que, bien separaditas, guardó en el lugar de los secretos,
tabernáculo de dulces memorias, que era un cajoncillo situado en
la tercera gaveta de la cómoda panzuda. El domingo por la tarde,
cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la cosecha de higos, vió
un desalmado chico que desde media calle la miraba. ¡Insolente!...
Á poco rato llamaron. La señora leyó la carta de su sobrino, en la
cual, con expresivas y francas razones, inspiradas en la verdad, le
hacía ver que la pingüe oferta nunca como en aquella ocasión sería
tan feliz y oportuna si se realizaba. La misma doña Isabel salió al
recibimiento á decir á Felipe:

--Dí á mi sobrino que sí, ¿entiendes? que sí, y que puede venir
cuando quiera.

Como exhalación corrió Centeno al Observatorio, donde estaba
Alejandro, más muerto que vivo, cual en día de examen, lleno de
ansias y sobresalto. Sus dos amigos se habían ido al entierro, y él
se quedó solo, paseando de una casa á otra. Dióle Felipe el recado,
y el estudiante, que con las nuevas verbales sentía en el alma los
turbulentos halagos de la esperanza sin perder sus dudas, hizo
propósito de salir de ellas al momento, corriendo á casa de su tía.

--No puedo pasar la noche en esta incertidumbre--afirmó
resueltamente.--Vamos allá.

Al decir «vamos,» Felipe se cosió á los faldones del manchego, y
éste, en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que
eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por
la rampa abajo:

--Te tomo de criado... Si esto me sale bien, serás mi criado... mi
escudero, porque verdaderamente necesito... ¡Qué lejos está esa calle
del Almendro!

El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía nada. En su alma se
había metido también una desusada grandeza, una esperanza embargante,
un pedazo de cielo que entró en su cuerpo con el aliento y se le
atravesaba al respirar. Ambos tenían una suerte de inspiración, de
Dios interior que les agitaba y les hacía pensar, si no decir, cosas
admirables... ¡Y cómo corrían! La noche estaba próxima, y Alejandro
anhelaba llegar de día, porque la Godoy tenía la costumbre de echar
todos los cerrojos de su casa á la hora en que se acuestan las
gallinas. ¡Ay! á todo término, por lejano que sea, llegamos al fin,
y ambos muchachos entraron en la calle del Almendro. ¡Qué soledad,
qué paz! y ellos dos ¡qué palpitación de corazones, qué latido de
arterias! Llevaban en sí toda la vida que faltaba al dormido barrio,
y podrían derramarla á raudales sobre aquel vacío escenario de las
aventuras matritenses de otros siglos.


VIII

La casa del seis de copas estaba aún abierta... Adentro. Llamaron á
la puerta de aquel templo de la Quiromancia. La mente de Alejandro
ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la llama que
baila sobre el alcohol. Sorprendida quedó doña Isabel de verse
visitada por su sobrino á hora tan intempestiva, pues nunca lo había
visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna extrañeza
al ver á Felipe.

--Es un chico que me acompaña y me hace recados,--dijo Alejandro con
voz trémula.

Permaneció Felipe en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y al
punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de
amistad, que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con
Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, alumbrado por un
candil de cuatro mecheros, de aquéllos bien labrados y pesadísimos
que van desapareciendo con la industria española. Lo primero que hizo
la señora fué tomar una mano de su sobrino y acercarla á la luz para
mirarla bien, diciendo:

--¡Qué uñas!... ¡Pero, hijo!...

Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues la
primera condición para agradar á su tía era el aseo.

--Es que... estuve toda la tarde revolviendo libros muy empolvados...

--Pero dí--prosiguió ella observándole la ropa.--¿No tienes cepillo
en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con una
escoba... ¡Qué niños éstos del día!... Luego queréis agradar á las
damas. No sé cómo hay mujer que os mire... Verdad que ellas están
buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego, si se va á
mirar... Veremos si te modificas, ahora que no te faltará dinero...

Al oir esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo placer.
Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las
entrañas.

--¿Pero qué?...--dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos de
torneado marfil á la cómoda.--¿Te vas á llevar eso esta noche?...
¿No tienes miedo á los ladrones?

No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores
deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:

--Como usted quiera, tiíta...

--Mañana...

Aquel mañana le parecía á Alejandro inesperado alejamiento de un día
grande, la inmistión antipática de lo infinito entre el hoy y su
felicidad. ¡Mañana!... ¡el siglo que viene!...

--Por los ladrones no sea... ¿Cree usted que me voy á dejar robar?...
Pero si usted no quiere...

--Pues de una vez,--dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la
cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial de
áureos goznes.

Y tornando á vacilar:

--La cosa es que...

En lo íntimo de su ser, Miquis se sublevaba contra la prórroga de su
dicha. Tenía los labios secos... le ocurrió una idea...

--La cosa es--observó,--que mañana quizás no pueda venir.

--Ya que estás aquí...--indicó la señora sacando al fin el pesado
cajón.

Alejandro echó sus ansiosas miradas dentro de aquella cavidad, de
la cual salía fortísimo aroma de flores secas, de rosas seculares
y como embalsamadas. Los dedos de la señora abrieron la tapa de
una caja, que tenía encima una bonita pintura de Adonis herido, y
expirando en brazos de Venus. Dentro vió Alejandro las que fueron
rosas y eran ya una masa seca, pero aún olorosa, cual momia que
conservara también momificada el alma... Después apareció un
retrato, preciosa miniatura. Era un joven muy guapo, pálido, con los
cabellos encrespados y revueltos... Alejandro se inclinó, movido
de curiosidad, para ver aquella imagen, que al pronto creyó la de
su abuelo; mas doña Isabel, con movimiento rapidísimo y airado, le
apartó diciendo:

--Quita de aquí tus ojos puercos...

Él se apartó con discreción, no sin atisbar algún paquete de cartas
de color amarillo, atadas con cintita roja, de las que sirven de
marca en los devocionarios. De debajo del paquete sacó al fin la
tiíta una cartera de terciopelo, y de la cartera... ¡ay!...

--Aquí tienes tu parte...

Al decir esto, despedían sus ojos los mismos fulgores plateados y
verdosos que Alejandro había observado otras veces en el extraño
mirar de su tía. Y otra vez hacía la Godoy el consabido gesto en el
aire con la nerviosa mano, diciendo:

--Arre, arre, caballito del diablo... ¡Esto no es tuyo, no es tuyo!

Sintió Miquis como un gran temor, y alargando la mano para tomar lo
que se le daba, apenas á tocarlo se atrevía. Pero ella, cerrada de un
golpe la cómoda, se sentó, y extendiendo sobre su regazo los billetes
de Banco, puso las cosas en la realidad con esta salmodia aritmética:

--Entérate... Quinientos y quinientos, mil... Dos mil, cuatro,
ocho... doce, diez y seis... El pico aquí está: diez duros y tres
pesetas...

¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho
vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta
en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo, según
dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque infantil,
no sabía descender á la realidad desde el firmamento de las leyendas;
cerníase arriba, en las preñadas nubes de donde llueven la magia, la
quiromancia y los sortilegios. No podía bajar á la verdad terrestre;
y como por la mañana había entretenido su afán con aquellas quimeras
de los astros que hablan y del horóscopo, creíase en lo más tenebroso
y poético de la Edad Media, entre magos y nigromantes. Conociendo
la afición de su tía á echar las cartas, todos los pormenores de
aquel suceso estaban muy en su lugar: era la casa laboratorio de
alquimista, al cual sólo faltaban las telarañas para estar en
perfecto carácter. Sí: aquel dinero había venido á sus manos por
arte de alquimia ó por dictamen de estrellas, coluros ó melenudos
cometas. Quizás eran figurados los billetes, en realidad engañosos
naipes egipcios, que se iban á deshacer en sus manos tan pronto como
los tocara.

--Cuéntalos tú ahora...

--No, si está bien... No faltaba más.

--Hazme el favor de contarlo... No quiero que...

--Por Dios, tiíta...--balbució Miquis con gran torpeza de lengua y de
manos.

Los billetes eran billetes... Al tomarlos, sensación dulce y
placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los
dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no
le importaba recibir un billete de menos.

--Como quieras...

Y él los recogía, los doblaba... ¡Ay, qué momento! Si se hubiera
puesto á contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su
espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba
para cuentas; era insensible al orden y á la fría disciplina de
los números... Perdió la noción de la cantidad que representaban
aquellos sobados papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal
abrupto, una suma tan grande como sus sueños, suficiente á todas las
necesidades del momento y de mucha parte de su juventud; una suma
que duraría eternidades... Se lo metió todo en el bolsillo del pecho,
y á cada instante, con disimulo, tocaba á la parte donde su corazón y
su ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel...

Y en tanto, doña Isabel, atacada de la verbosidad que era uno de
los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba... ¿De qué?
Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba, moviendo
afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por pescuezo un
resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y sólo llegaban
hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa: los Herreras,
los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero, la juventud
ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio del
azafrán, la Virgen de la Piedad...

Como se oye una campanada lúgubre, oyó Alejandro al fin de la
cancamurria esta horripilante cláusula:

--Te quedarás á cenar conmigo.

¡Alquimia y cartomancia! Cenar con la tía era permanecer allí dos
horas más, oyendo la cansada cantinela; era igualmente el mal paso
de tener que comer gachas, piruétanos, cañamones, y beberse á la
postre un jarro de aguas cocidas; era oir una salmodia antiestomacal,
impregnada de orégano; estar bajo la presión y entre las garras de
un desordenado y misterioso genio de ojos plateados y verdes; caer
bajo el obscuro poder de la magia; era beber, con la salvia, el jugo
de la locura, y comer, con los cañamones, el tuétano y substancia de
todos los desvaríos posibles.

--¡Cenar con usted!--murmuró vacilante entre el horror y la
cortesía.--¡Qué más quisiera yo que cenar con usted, tiíta... qué
más quisiera yo...! Pero es el caso que en mi casa me esperan, y los
demás compañeros se estarán sin comer hasta que yo vaya... Gastan en
mi casa unos cumplidos...

Al decir esto, Miquis sentía que en su cuerpo le habían nacido alas.
Su impaciencia por echar á correr era, no ya febril, sino como
desazón epiléptica. Le quemaba el asiento, y en pies y manos tenía
hormigueo abrasador.

--Entonces--indicó doña Isabel con el más dulce tono de su bondad
tolerante,--más vale que te vayas.

Por poco da Miquis un salto al oir el _vayas_; pero no le faltó
fuerza de voluntad para reportarse, y levantándose con estudiada
lentitud, dijo en un tono que parecía el de la mayor naturalidad:

--¡Qué tarde se ha hecho!

--Sí: ya los días son nada.

--¡Cosa tan rara!... á las seis de la tarde, noche.

--El tiempo vuela.

Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á
estrecharla con la suya, le dijo:

--No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una
dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.

Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse
una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta
fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el
estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:

--Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi
tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que
me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los
hombres.

Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si
bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la
navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un
sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras
él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos,
diciéndole:

--¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por
fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver
las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera,
échate abajo ese perejil mal sembrado.

Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono
de familiar amenaza, estas palabras:

--Cuidadito con el comportamiento... Cuidadito con la manera de
gastar el dinero... Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que nada
se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme
de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandrito, que yo he nacido en Jueves
Santo!... Tú no seas malo... Mira que te estoy mirando siempre...

Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo
humano cabe. Pues no faltaba más... Al prometerlo así, hablaba
como una máquina: su entendimiento seguía en rebelión, arrastrado
en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su tía, cuando
concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de aquel prurito
de recorrer la habitación y apartar un insecto... Vestía la Godoy
traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía como toca
flotante. Alejandro no pudo menos de representársela semejante á la
imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil,
y los aspavientos de la buena señora eran lo más adecuado á los
ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel la roba y se la lleva en
brazos, á caballo, por los polvorosos desiertos.

--Adiós, tía.

Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dió un cariñoso
beso... ¡Plata y verde relucieron en su mirada! Á los ojos de
Miquis, todo se transformaba. Por momentos, doña Isabel parecía
volver al prístino estado que representaba su retrato en galana y
fresca miniatura; la estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas
azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba
bendiciones; al santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro...

¡Á la calle!


IX

Entre tanto, á Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy
peregrinas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de
los gatunos ojos, y alumbrado por ellas, aguardaba el escudero á
su señor, pidiendo á Dios que saliese pronto, porque se aburría,
acompañado tan sólo de los mansos animales, que se le subían por
brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole
estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al
pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vió con asombro que el
animal echaba chispas... chispas azuladas, lívidas... ¿Qué podía
ser?... Pasaba, pasaba la mano, y las gotas de luz salían de entre
los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en
todos ocurría lo mismo. Esto y la obscuridad de la casa infundíanle
mucho miedo... Quieto se estuvo en el durísimo asiento, hasta que
se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla
que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase
otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En
este segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible!
Aquella claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de
un altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran
sin duda imágenes de diablos y criaturas infernales. También vió
Felipe una mesa llena de naipes, y junto á ella una figura siniestra
y horripilante: una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo
arrumacos y garatusas.

Retiróse de la ventana el muchacho asustadísimo, diciendo para sí:
«Esta ha de ser la casa del Demonio... Yo también, como los gatos,
echaré chispas.» Se pasaba las manos por sus propios hombros, á ver
si él también chispeaba; pero nada: frota que frotarás, no podía
sacar de sí ni una sola centella. Por fortuna suya, salió Miquis de
la sala, y ambos se fueron á la calle. Doña Isabel dió á Felipe, al
despedirle, un puñado de cañamones tostados, que él tomó con ánimo
de tirarlos en cuanto salieran, como lo hizo, murmurando:

--Aquí todo es brujería... por fuerza... Quieren que yo me coma esto
para que me vuelva pájaro...

Y le faltó tiempo para contar á su amo lo de las chispas gatunas y lo
de las velas verdes. Miquis, al poner el pie en la calle, como que
descendió á la atmósfera real de la vida, dejando atrás y arriba la
quiromancia con sus mentirosos embolismos. Reíase á carcajadas de los
terrores de Felipe, al cual desde aquel momento designó y consagró
por sirviente, espolique ó secretario, diciéndole:

--Pues no hay más que hablar, chiquilín. La cosa salió bien. Eres mi
criado. Yo necesito ahora de un ayuda de cámara, porque...

Sus ideas no eran claras, y el correr de su mente tan veloz, que las
ideas no tenían tiempo de esperar la expresión de los labios. Se
desvanecían al nacer, dejando tras sí otras y otras.

--¿Te parece que tomemos un coche?--preguntó á Felipe.

La imaginación de éste se encendió en pintorescas ilusiones al pensar
que iba á andar sobre ruedas. Tomaron el vehículo en la calle de
Tintoreros. Alejandro le dijo al cochero: «Por horas: las nueve están
dando.» Y ambos se metieron adentro. El cochero preguntó:

--¿Á dónde vamos?

--¡Ah!--exclamó el estudiante;--es verdad... Á donde quieras... No,
no: á la calle del Rubio.

Al sentirse rodado, Felipe, que jamás se había visto en semejantes
trotes, se reía como un bobo. Alejandro le miraba á él, y se reía
también. Felipe iba en la bigotera, asomado á la ventanilla. Cuando
pasaban junto aun farol, ambos se miraban y como que se regocijaban
más, contemplando respectivamente su dicha propia, reflejada en el
semblante del otro.

--¡Cuánta tienda!--observó Miquis, y empezó á cantar á gritos.

Alentado por el ejemplo, soltó también Felipe la voz infantil.
Cantaba lo único que sabía, el himno de Garibaldi, que dice: _Si
somos chiquititos_... La gente, al pasar el coche, se detenía á
mirarles, pasmada de aquel extraño júbilo. Los cantos de Alejandro
eran en retumbante italiano de ópera: _in mia mano al fin tu sei_...
ó cosa por el estilo.

Pasaron por una casa de cambio. Miquis gritó al cochero que parase,
porque se le ocurrió cambiar al punto un billete. En su delirio de
acción, en su afán de realizar en breve término añejos deseos y
propósitos, no quería esperar al día siguiente para pagar ciertas
deudas enojosas. Cambió su billete en un momento, y Felipe, que le
aguardaba en el coche, vióle llegar con los bolsillos repletos de
duros y pesetas. Los billetes pequeños agregábalos al paquete de los
grandes.

--Sigue, cochero.

Eran las nueve y cuarto.

Aunque era domingo, muchas tiendas estaban abiertas. Pasaron por una
zapatería, cuyo iluminado escaparate contenía variedad de calzado
para ambos sexos.

--Para, cochero--gritó Alejandro,--y tú, Felipe, baja. Te voy á
comprar unas botas, porque me da vergüenza de que te vea la gente con
esas lanchas que tienes, que parece fueron de tu señor tatarabuelo.

Felipe bajó gozoso; entró en la tienda. Al poco rato volvió á decir á
su amo:

--Me he puesto unas... Pide cincuenta y seis reales.

--Toma el dinero, paga y ven al momento.

Al poco rato volvió á aparecer el gran Felipe muy bien calzado y con
las botas viejas en la mano.

--¿Qué hago con éstas?

--Tira eso; tíralas...

Felipe las tiró en medio de la calle, no sin cierto desconsuelo,
porque las botas, aunque feas, todavía servían, y era él sujeto
arreglado y aprovechador, que no gustaba de tirar cosa alguna.

--Adelante, cochero.

Felipe levantaba los pies del suelo, y se reía de verse tan majas
las extremidades inferiores. Eran las nueve y media.

--¡Cochero, cochero!--volvió á gritar Miquis.

Detúvose el vehículo á la entrada de la calle de la Montera, y
Alejandro, desde el ventanillo, llamó á un amigo á quien había visto
pasar.

--¡Arias, Arias!

El llamado Arias acudió, y ambos amigos dialogaron un instante, con
entrecortado estilo, en la ventanilla.

MIQUIS--¿Vas al café?

ARIAS.--Sí: ¿por qué no has ido á comer?

MIQUIS.--He tenido que hacer... Ya contaré.

ARIAS.--_(Con intuición.)_ Tienes cara de contento... ¡Tú posees vil
metal!... ¿Á dónde vas ahora?

MIQUIS.--Á casa del famoso _Gobseck_. Quiero pagarle un pico esta
misma noche.

ARIAS.--_(Lleno de júbilo.)_ Estás en fondos. Ni llovido, chico, ni
llovido me vendrías mejor. Si hicieras el favor de prestarme cuatro
duros... Tengo un compromiso.

MIQUIS.--_(Con efusión.)_ Toma ocho... ¡Cochero, arre!

Eran las nueve y cuarenta.

Pasaron por una tienda de tabacos habanos... «¡Cochero...!» Miquis
había pensado que no tenía tabaco, y que el habano es muchísimo
mejor que el llamado vulgarmente _estanquífero_. Aunque no se había
acostumbrado á fumar puros sino rara vez, quiso proveerse de todo,
y además adquirir tres ó cuatro boquillas, porque en verdad la
absorción de la nicotina por los labios y lengua es cosa muy mala.
Adelante. Eran las nueve y cincuenta.

--Calle del Rubio, 41.

Subió Alejandro como una exhalación al piso tercero, y bajó al poco
rato un tanto desconsolado. El prestamista no estaba. La ilusión del
pagar tiene también sus desengaños, como la del recibir, y Miquis se
entristeció de no poder abrumar al usurero aquella noche con el bello
espectáculo de su solvencia.

MIQUIS.--Cocherito, á mi casa.

COCHERO.--¿Y dónde es su casa de usted?

MIQUIS.--Es verdad... ¡qué tonto! No vaya usted á mi casa: aún es
temprano. ¿Á dónde vamos, ilustrísimo Centeno?

Felipe, que se había vuelto un tanto taciturno á causa de la
grandísima necesidad que tenía, respondió con desenvoltura:

--Á donde se coma.

--¿Pero tú tienes ganas de comer? Yo no. Quisiera ir antes á comprar
unos libros.

--Si están las tiendas cerradas... ¡qué hombre éste...!

--Vamos á casa de don Alonso Gómez... Auriga: Sordo, 14.

Alonso Gómez era un acreedor de Miquis, estudiante y buen amigo.
Tuvo la suerte de encontrarle aquel excelente pagador, y después
de darle veinte duros que le debía, le prestó encima otro tanto,
viniendo á ser inglés el que antes estaba bajo el nefando peso de una
deuda. Eran las diez y diez.

--Quiero desempeñar esta noche misma mi reloj--pensó Alejandro.--¡No
puedo estar sin saber la hora! Automedonte, Montera, 18... ¡Ah! no...
tengo que ir antes á casa por la papeleta.

Y el coche siguió su laberíntico viaje por calles y callejuelas.
El bienaventurado manchego subió á su casa. De sus compañeros de
hospedaje, algunos estaban en el café, otros estudiaban. Cienfuegos
le salió al encuentro. Vióle exaltado y como delirante.

CIENFUEGOS.--Chico, acuéstate; tú no estás bueno.

MIQUIS.--_(Delirando.)_ Tiíta... cañamones... horóscopo...
papeleta... juros... coche abajo... reloj... buenas noches.

CIENFUEGOS.--Que no estás bueno, hombre... ¿Pero qué hay? ¿Y aquello?

MIQUIS.--(Más dueño de sus ideas.) Todo á maravilla. ¿Y tú?

CIENFUEGOS.--_(Estrujando un libro.)_ Yo desolado... Pensaba vender
mi esqueleto... calavera... doce duros... Quiero decir, el esqueleto
que compré para estudiar... ¡Horror de los horrores! Doña Virginia
esta noche...

MIQUIS.--_(Impaciente, sin sosiego.)_ ¿Qué?... ¿Habráse atrevido...?

CIENFUEGOS.--(Casi llorando.) Me ha armado un escándalo... delante de
todos... Que si no le pago...

MIQUIS.--_(Echando fuego por los ojos.)_ No te apures.

CIENFUEGOS.--_(Con el alma en un hilo.)_ ¿Y tú podrás...?

MIQUIS.--_(Sacando con gallardía un puñado de rayos de oro y otro
puñado de hojas sobadas y mugrientas, que son las plumas de los
ángeles.)_ Mira... cuatrocientos, quinientos, seiscientos... ¿Es
bastante?

CIENFUEGOS.--_(Á punto de desfallecer de emoción.)_ Sí... ¡oh!
(Canturriando.) «Dell commendatore non é quella l’ statua.»

MIQUIS.--_(Echando música, luz y espíritu por todos sus poros.)_
Abur, abur... «Bel raggio lusinghier...»

Recogida la papeleta, volvió al coche, y sin pérdida de tiempo
redimió su reloj cautivo. Cuando bajó con él al coche, eran las diez
y treinta y cinco. Encontró á Felipe desfallecido. El pobre muchacho
le dijo con desmayado acento y mucha cortedad que él no podía
aguantar más; que si tenía su amo la bondad de darle real y medio, se
iría á cualquier taberna y se tomaría unas judías ó media ración de
cocido.

--Ya verás, ya verás qué bien vas á comer hoy--le dijo su
amo.--Mayoral, á una fonda.

--¿Á cuál?

--Á la primera que encuentres... Ahí, en la calle del Carmen.


X

Llegaron, salieron del coche, pagaron, y viéraisles á los dos en el
cuartito estrecho, pero cómodo, de una fonda ó _restaurant_. Miquis,
exaltado y como demente; Centeno, muerto de hambre y al mismo tiempo
encogidísimo de verse allí frente á un espejo, bajo los mecheros
de gas y en mesa para él tan rica y elegante. Pidió Alejandro dos
cubiertos de los más caros, y mientras preparaban el servicio, Felipe
se iba atracando con la vista. Algo había ya en la mesa á que hubiera
echado mano, como las ruedas de salchichón, los rabanitos, el pan y
la mantequilla; pero su respeto puso frenos al salvaje apetito que
tenía, y no tocó nada hasta que trajeron la sopa. Al pobre Doctor le
parecía mentira que había de venir la tal sopa, y cuando llegó y tomó
él la primera cucharada, pasóle lo que al héroe de Quevedo, esto es,
que hubo de poner luminarias en el estómago para celebrar la entrada
del primer alimento que tras de tan larga dieta entraba. Y razón
había para ello, porque estaba con un triste pedazo de pan duro que
había tomado por la mañana.

Miquis no acertó á comer: estaba impaciente, inquietísimo, hablaba
solo... Á ratos miraba á su protegido, y se reía paternalmente de
verle tan aplicado á la obra de reparar sus fuerzas. «Come, hombre,
come sin reparo. No te dé vergüenza de comer todo lo que tengas gana,
que harto has ayunado.»

Felipe seguía estos saludables consejos al pie de la letra, y la
emprendió con los manjares que el mozo iba trayendo, sin perdonar
ninguno. Aplacada su necesidad, quedóle tiempo á su espíritu para
maravillarse de todo, así de los gustosos platos como del servicio.
Nunca había visto él mesa tan bien puesta y servida. Después
de observar tanta elegancia, la transparencia de las copas, la
limpieza de las servilletas y manteles, la abundancia de golosinas,
la esplendidez de tanto y tanto plato de carne, substanciosos y
exquisitos, la claridad del gas que tales maravillas iluminaba;
después de observar esto, digo, y el primor de la habitación con su
mullida alfombra y su gran espejo, se dirigía recelosas miradas á sí
mismo, y comparaba la riqueza del local y de la comida con su estampa
miserable. Su ropa... ¡vaya una porquería! Sin ser andrajosa, más era
de mendigo que de caballero... Su facha, sus manos... ¡qué vergüenza!
Por eso el mozo le miraba y parecía burlarse de él... Otros mozos
cuchicheaban en la puerta, como pasmados de ver allí semejante tipo.
¡Gracias que tenía las grandes botas del siglo!... ¡Ay, si don Pedro
y don José Ido le vieran en aquellas opulencias... delante de tanto
plato fino, y bebiendo en aquellas copas, y comiendo todo lo que
quería...! Cosas le sirvieron que no sabía cómo se habían de comer,
por lo cual creyó prudente no tocarlas y afectar que no tenía más
gana. Lo que no perdonó fué el sorbete, golosina que él ya conocía,
aunque no había probado de ella más que porción mínima, cuando una
señora, en el café de Zaragoza, le dió á lamer la copa en que la
había tomado.

¡Y ya, Jesús divino, no era sólo lamer la dulzura pegada á un frío
cristal, sino que se lo envasaba todo entero, desde el pico hasta el
fondo; y no sólo devoraba el suyo, sino también el de su amo, que,
gozoso de ver tan hermoso apetito, le dijo: «Tómate también éste!...»
Luego pastas, dulces, frutas...

Ó aquello era sueño, ó ya no hay sueños en el mundo. Pero él, sin
entender de Calderón ni haberle oído mentar en su vida, decía
rudamente y á su modo lo que significan las famosas palabras:
_soñemos_, _alma_, _soñemos_. Interesante grupo formaban los dos,
el uno come que come, y el otro piensa que piensa, soñando de
otra manera que Felipe y gastando anticipadamente la vida de los
días sucesivos; lanzando su espíritu al porvenir, sus sentidos á
las emociones esperadas, empeñando su voluntad en grande lides y
altísimos propósitos. Ideales de arte y gloria, pruritos de goces,
ahora sublimes, ahora sensuales, caldeaban su mente. Parecíale
pesado y cojo el tiempo, que no traía pronto aquellos _mañanas_...
Él, con la labor de su fantasía, estaba ya gozando y viviendo antes
de que llegaran. Para no esperar más, aquella misma noche había de
procurarse emociones y dulzuras, de las que tan hambrienta estaba su
alma.

Felipe, regocijado ante su inexplicable suerte, decía: «Ya me vino
Dios á ver.» Pero no acertaba á figurarse lo que detrás de aquel
espléndido cambio vendría. Como que apenas conocía á su amo, y aún
no las tenía todas consigo respecto al acomodo que le ofreciera.
Alejandro, soñador de empuje y que en todas las ocasiones iba más
allá de la realidad presente, no veía con vaguedad el porvenir;
veíalo claro y distinto, cual hermosísimo paisaje alumbrado por
el más puro sol. Todo se presentaba á sus despabilados ojos con
fortísimas tintas y limpios contornos. La gloria artística, el
triunfo del más atrevido de los dramas, dichosos lances de amor y
fortuna, degustación de placeres desconocidos, poesía y realidad,
todo lo sentía vivo, corpóreo, de carne, de sangre y de hueso,
encarnado en seres humanos, con voz y figura que él plasmaba en su
imaginación creadora.

En los capítulos siguientes se contarán las hazañas de estos dos
niños. En vez de un héroe ya tenemos dos.



IV

EN AQUELLA CASA


I

Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas de cuenta
vivíamos en casa de doña Virginia, y considera cómo el rodar de
los tiempos, dando la vuelta de veinte años, ha cambiado cosas y
personas. La casa ya no existe; doña Virginia y su marido, ó lo que
fuera, Dios sabe dónde andan. Ni he vuelto á verles, ni tengo ganas
de encontrármeles por ahí. Aquellos guapos chicos, aquellos otros
señores de diversa condición, que allí vimos entrar, permanecer y
salir, en un período de dos años, ¿qué se hicieron? ¿Qué fué de tanto
bullicioso estudiante, qué de tan variada gente?

En la marejada de estos veinte años, muchos se han ido al fondo,
ahogados en el olvido ó muertos de veras. Los pocos que sobrenadan
son: Zalamero, que ha llegado á ser ministro, cosa que entonces nos
habría parecido inconcebible; Poleró, que estudiaba para Caminos y
después pasó á la Armada, en la que ocupa excelente puesto; Arias
Ortiz, que es hoy Ingeniero jefe de una gran empresa minera, y tiene
canas y cuatro hijos, de los cuales uno es nada menos que bachiller;
Cienfuegos, que es médico de un pueblo... En cambio, el pobre Sánchez
de Guevara, que estudiaba Estado Mayor, pereció, siendo comandante
del Cuerpo, en las calles de Valencia, combatiendo una sublevación.
Pues y el bendito Miquis, ¿qué se hizo?... ¿y el _Señor de los
prismas_, de misteriosa condición y oficio no comprendido? ¿y el
infelicísimo _eautepistológrafos_?... ¿y el sesudo don Basilio Andrés
de la Caña, á quien nunca humanos ojos vieron en otro estado que en
el de la formalidad y seriedad más imponentes?... Estos y otros que
no nombro, ¿do están? ¿viven? ¿se salvaron, ó se sumergieron para
siempre?

Detente, memoria; deja á un lado las tristezas, y prueba á referir lo
pasado y pintar el teatro de tan grandes sucesos y notables personas,
sin interrumpir tu narración con ayes lastimeros. Procura reproducir,
si para ello tienes poder bastante, aquel largo pasillo, con tres
vueltas, parecido á una conciencia llena de malicias y traiciones;
aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un poco de
prisa; aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían; aquella
sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de campanillas;
aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía por toda la
casa, saliendo hasta la escalera para dar el _quién vive_ á todo el
que entraba.

Repite, memoria, la persona y hermosura de la gallarda Virginia, ama
de tal cotarro; ayúdate, si es posible, de algún histórico papel
para que puedas decir ahora qué casta de pájaro era la tal, de dónde
había venido, por qué andaba en aquellos trotes hospederiles, y, en
fin, cuál era su verdadero estado... No olvides al buen señor, marido
suyo, ó cosa así, pintor de heráldica, holgazán de profesión todos
los días, y los más de ellos consumado borracho, á quien llamábamos
Alberique, sin más nombre de pila; ten presente aquel perro humilde
que nunca ladraba, y que á la hora de comer iba de cuarto en cuarto
avisando á los huéspedes; animal comedido, modesto y meditabundo, á
quien llamaban, no sé por qué, _Julián de Capadocia_.

De los antecedentes de Virginia, nada debemos decir. Todo es
obscuridad en esta parte de la historia patria, y las distintas
versiones que corrían en lenguas de los estudiantes no tienen la
suficiente autoridad para ser estampadas como verdades inconcusas.
Algún atrevido sostenía haberla visto, años atrás, en tratos peores
que los de Argel; pero ¿con qué pruebas corrobora esta declaración
impertinente? Con ninguna. Mucho cuidado con las indiscreciones en lo
que atañe á la buena fama de las personas; y antes se ha de romper
la pluma que usarla para llevar al papel versiones maliciosas, no
depuradas por una crítica severísima. Sobre que era guapetona, no
cabe vacilación. Y más lo fuera si el constante trabajar y lo mal
que vestía no disimularan un tanto su belleza. Representaba más de
treinta años, y tenía el cutis blanquísimo, los dientes perfectos,
el seno alto, el pelo negro, el genio irascible y pronto, las manos
perdidas del trabajo, el habla dulce y castellana fina, el corazón
ya duro, ya fundente, según las circunstancias; la voluntad fuerte y
activa. No se explicaba su unión con aquel tagarote de Alberique que
se pasaba la vida en el comedor, delante de una _chica_ ó _grande_
de Baviera, leyendo papeles políticos, y que las rarísimas veces que
trabajaba, más era tormento que alivio de su mujer, porque no se le
podía sufrir, y estaba todo el día riñendo con la criada, con Julián
de Capadocia, con los huéspedes. Y todo, ¿por qué? Porque le echaban
á perder sus trabajos, porque le ensuciaban las vitelas, porque le
habían perdido el rojo, porque le habían quitado la tinta china.
Hombre más inaguantable no ha existido en el mundo. Siempre con su
gorro turco ó fez, la negra pipa en la boca, pictórico, harto y un
poco asmático, parecía la imagen del sensualismo y de la brutalidad.
Se pasaba el día enredando, haciendo y deshaciendo, echando pestes
y pintando aquellas monerías insubstanciales y desabridas de la
heráldica. Por aquí cuartelillos, animalejos por allá. Sus trabajos
no se acababan nunca. Su taller era la mesa del comedor, y cuando,
llegada la noche, había necesidad de quitar los chismes pictóricos
para poner los manteles, tenía que oír... Todo era echar maldiciones
y decir á cada instante su interjección favorita: _¡Verbo!_... Allí,
¡Verbo! no entendían trabajos tan delicados. El señor de Alberique,
¡Verbo! se marcharía de la casa, y se iría á donde supieran apreciar
el mérito de los artistas. Era de tierras de Levante: un morazo,
un cartaginés ó sabe Dios qué, resultado de la mezcolanza de razas
africanas, ó de la degeneración arábiga. Tenía facha berberisca, y no
le faltaba más que el alquicel para estar con toda propiedad. Eran
sus facciones bastas, su color retinto, su fuerza muscular cual de
un caballo, su ánimo cobarde, como no fuera para echar maldiciones.
Y, sin embargo, las manos de aquel bárbaro tenían delicadeza y
pulso para hacer miniaturas y pequeñeces que se debían mirar con
microscopio. El oso es un animal hábil.


II

Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y
cada cual ocupaba su sitio. Temporada hubo en que se reunieron
veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres ó cuatro señores
graves que daban respetabilidad á la mesa y á la casa. Entre
los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún
empleado ó pretendiente. De los señores que se denominaban _fijos_,
merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la
estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona
y circunstancias dignas de estudio. Había, sin duda, misterio en
aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es
mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba á nadie, y se
pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía
jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la
de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al
mes á pagar el hospedaje y á enterarse de sus necesidades. Se llamaba
don Jesús Delgado, y cuando decían «á comer,» era el primero que
franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando á
que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando
éste sonaba era para preguntar á la criada ó á Virginia si había
venido el cartero.

Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo
Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato,
medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de
todo hacía un poco y de todo nada, que á veces parecía acomodado, á
veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que,
por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse
amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la
vida de don Leopoldo algo de misterio, pues no se le conocía empleo.
Sin embargo, solía decir: «hoy, al salir de la oficina...» y otras
cosas que ponían en grande confusión á los que le escuchábamos. Á
éste le llamaban el _Señor de los prismas_, porque en su lenguaje
petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo
la frase: «mirando tal ó cual cosa _bajo el prisma_...» En toda
discusión política de las que un día y otro se trataban en la
mesa, salían á relucir tantos prismas, que á poco más se vuelven
prismáticos la mesa y los huéspedes.

Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor,
de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos
les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna,
no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las
disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen
de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y
sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte
más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de
Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo
á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción,
admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana
ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando
Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida,
había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas,
que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San
Bernardino.»

Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que
además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto,
que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo
por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos
propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y
se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la
memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano
en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia,
teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.

Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér
y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la
singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo
mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes,
y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era
un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa
muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no
conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba
tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules.
Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana.
Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio,
el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente
por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy
mona. En su hablar era el mismo comedimiento.

Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á
Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún
que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por
el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á
dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de
leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo
chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las
matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía
intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles
han llamado _potencia empollatriz_.

Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el
acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca
afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por
pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio,
pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros
charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se
divertía buscando camorra al _de los prismas_, y tomándole las
vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con
frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que
todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran
seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo.
Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si,
por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo
más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de
Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya
le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó
_Clarinete_, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos
días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba
destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.

Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara),
apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden
y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde.
Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio
han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío
que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son
pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso
contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo,
que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora,
con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha
fortalecido tanto, que da gusto verle.

Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera
de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz
padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre
las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces
desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar
en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y
al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando
los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con
esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno
desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de
defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en
nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de
la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma
solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.


III

Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes,
y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la
de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se
ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría,
en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas
históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en
ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las
conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas
domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa
para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación.
No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La
opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la
del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera
hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política
española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras
espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les
permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la
atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y
defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se
cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y
escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.

¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay,
Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal
lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede
inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo
retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán
al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber
oído á su amo una frase provocativa.

--Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo
muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos:
O’Donnell...

--O’Donnell es un pillo.

--¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!

--Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas
las cosas _bajo el prisma_ democrático... No, no es eso.

--¿Á mí qué me viene usted con historias...?

--Permítanme ustedes, señores...

--Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...

--Permítame usted... pero permítanme ustedes...

El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír
su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más
autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...

--Silencio, que quiere hablar don Basilio.

--Permítanme, señores...

--Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell
le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...

--Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son
pamplinas.

--Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!

--Permítanme...

--¡Silencio!

--Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe.
Siempre miro las cosas _bajo el prisma_ de la lógica.

--Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la
revolución.

--Al pesebre.

--Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.

--Permítanme ustedes, señores...

--Si tergiversamos las cuestiones...

--Permítanme...

Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un
lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo
aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el
proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio
imponente.

--Están ustedes fuera de la cuestión--dijo con reposado lenguaje.--Se
ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando
está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la
maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?

Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando
garbanzos.

--Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica,
ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el _déficit_...
Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con
los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen
solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á
los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los
que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal
es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.

Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido
para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don
Basilio la seriedad con que le oye Poleró.

--El _déficit_, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta
y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro,
presentando las cosas...

--Bajo un falso _prisma_...

--Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro...
los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte,
las resultas del empréstito Mirés...

--La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...--dijo
Arias interpretando el cansancio de algunos.--En lo que usted cuenta
habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...

--Permítame usted...

--Tiene razón don Basilio--gritó Poleró saliendo á su defensa y
enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el
paso más cómico que podían desear.--Así no se puede discutir. Los que
no conocen bien la Hacienda...

--Eso es música.

--Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.

--Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á...
Que les aproveche.

--No es eso, no es eso.

--Cállate, Poleró.

--Cállate tú, Cienfuegos.

--Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...

--Si no ha de volver...

--Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su
fórmula de _todo ó nada_...

--No se les puede sufrir.

--Permítanme ustedes...

--Y sobre todo, ¿de qué se trata?

--Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su
retraimiento estúpido...

--Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...

--¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.

--Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...

Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con
énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro
empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos
á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo
digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso...
Al freir será el reir.»

Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que
no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva
esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué
ha sido?»

El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las
indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de
mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan,
á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el
mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en
Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las
buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y
cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por
cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si
lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana,
cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina
era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente
y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después
había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró
Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de
embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera
á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo
es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los
progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las
cosas _bajo el prisma_ de la serena razón, y... á buena parte iban...

Concluído el comer, la única persona que no había desplegado
sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús
Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las
buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba
la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó
separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados
se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el
comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el
cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas
veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo
y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero
para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un
portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando
no, mugidos y un soliloquio de _verbos_ y amenazas que duraba hasta
media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior,
heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una
mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y
que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie
de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más
hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante
aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su
vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos
y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la
criada, menos que á _Julián de Capadocia_.


IV

Á vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia
llevar á Felipe, después de pasarle por la escuela y familia de don
Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y diretes
entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión de Felipe
en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuvieran
sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había visto Virginia
en todos los días de su vida. Pero á Miquis no había quien le quitara
de la cabeza el proteger á su querido Doctor y facilitarle medios
de aprender alguna cosa. Tocado de una como demencia filantrópica,
estaba decidido á pagarle hospedaje, como lo hizo, celebrando formal
convenio con su patrona... No faltaba en la buhardilla un huequecito,
ni en la mesa de la cocina un plato más ó menos lleno. Convenido y
realizado. Siempre que aprontase un diario de seis reales por cabeza
de criado, don Alejandro podría llevar á la casa todos los Doctores
que quisiera.

Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría cambiado
por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan de honores
y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven de América
cargados de caudales. ¡Verse entre tanto señorito listo, entre
estudiantes que hablaban y contendían á todas horas sobre cosas de
sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver á
doña Claudia...! Esto era como vivir en la gloria y ver colmadas las
ambiciones más atrevidas.

Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis sabía el
origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo atribuía á
inesperada herencia, quién á lotería ó hallazgo. Y que la cosa era
gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades del manchego
casi rayaban en sardanapalescas. Por mañana y tarde no cesaba de
convidar á los amigos en el café; había saldado las cuentas con el
mozo y con cierto usurero á quien Arias llamaba _Gobseck_, y se puso
en paz con otros _británicos_ de menor cuantía. Entre los del cotarro
que se formaba en un rincón del café, se hizo corriente y como
proverbial, siempre que se proyectaba teatro, diversión ó merienda,
la locución: «Miquis paga.»

Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia,
el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo! á la vida de gran señor,
proporcionándose unos lujos, señores; unas tan grandes pompas
mundanas... ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda
exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino á dos ó tres
que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje. ¡Qué gusto
vivir él solo en aquella habitación regia, donde había una cama
semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos de fieltro y
moqueta, consola de caoba, cajas que fueron de dulces, un espejo de
los de ver visiones, y dos grandes láminas compuestas de retratitos
fotográficos de todos los alumnos de un curso final de Medicina ó
Derecho! Para rematar dignamente su señorío, conveníale tener un
servidor, ayuda de cámara, ó si se quiere secretario particular y del
despacho, y para todos estos menesteres le venía de molde el insigne
Felipe, que era listo, activo, obediente y le manifestaba un afecto
rayano en la idolatría.

Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo de
alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle
al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en
un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje á quien mandar, á quien
dar gritos, á quien decir á toda hora: «Felipe, tráeme esto... ven
acá, corre allá... muévete...!» Lo peor del caso era que, pasados
dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser criado
de todos, y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban á la
calle con éste ó el otro recadillo. No era la última en aprovecharle
Virginia, que vió en el chico una buena ayuda de su negocio. Cuando
no le ponía á limpiar cubiertos, me le mandaba por carbón; ya le
llevaba consigo á la compra, ya, en fin, le hacía barrer la casa. No
tenía, en verdad, Felipe un momento de sosiego. Era, pues, muy común
que Alejandro llamaba á su criado, y que éste no respondiese. El
impetuoso amo sé ponía furioso, y sus gritos y aspavientos casi se
oían desde la calle: «Le voy á matar... esto no se puede sufrir.»
Pero todo concluía cuando entraba don Basilio Andrés de la Caña,
diciendo:

--Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á
Felipe por una cajetilla.

Ó bien era Alberique, que decía:

--¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!

Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad
del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron
por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa,
club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque
allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían
los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos,
se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos
y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo
en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa
era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se
encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero,
acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?»
le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas,
gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»

No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de
Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste
lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni
las prometidas matrículas.

--Tiempo tienes todavía--le decía el bueno de Arias viéndole
impaciente.--Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y
casi, casi eres un pozo de ciencia.

Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética
y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto,
divertidísimo oirle.

--Tiene tinturas de todo este Doctor--indicaba Zalamero riendo.--Á
poco más estará en disposición de hacer oposiciones á alguna plaza de
tintorero.

--Lo que es éste--decía Arias,--va á ser algo.

--Donde ustedes lo ven, éste hará dinero... Formal.

Pero Octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar plaza
de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos y
Arias fueron los que un día decidieron á Miquis á matricular á su
escudero... Gracias á Dios, ya tenemos á mi señor don Felipe en el
Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria era
en él tan incompleta como se ha visto; ¿pero qué importaba? Mejor.

Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de
toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo apechuga
con su latín y con la abominable Gramática, de la cual maldijéralo
Dios si entendía una sola palabra. Al dichoso latín debiera
llamársele griego por lo obscuro. Ni él se explicaba para qué servía,
ni á qué cuento venía en el problema de su educación. Y confuso,
lleno de dudas, osaba, en su rudeza, protestar contra la mal enseñada
y peor aprendida jerga, diciendo:

--Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.

¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se esforzaría
en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de memoria el
traqueteo de sílabas que componen la declinación, y pensaba así:

--Vamos á ver en qué para esto.

Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente
tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches, pero de
muy mala gana, porque francamente... Vamos, que se le indigestaba el
latín... Era un narcótico... Le bastaba coger el libro para caerse de
sueño.

Como Alejandro, desde que era rico, entraba á hora avanzadísima de la
noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, ó visitando
y acompañando á los amigos de su amo en sus respectivos aposentos.
Cuando estaban en el café, gozaba el Doctor lo indecible yendo de
cuarto en cuarto y examinando y registrando libros y apuntes de
clase. Los libros de Sánchez de Guevara le producían pasmo, mareo,
vértigo. Ver sus páginas era como asomarse á insondable y misterioso
abismo. ¡Re... contra! ¿qué querían decir aquellas letras separadas
por palitos, comas y tanto rabillo por acá y por allá? Luego había
unos números montados sobre otros números, y letritas chicas por
arriba, encima de palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba,
volvía páginas, y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con
lápiz, en los cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza
de guarismos y letras. A, _palito_, B; y todo por el estilo. ¿Y
aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática? Felipe
alargaba el hocico husmeando el aire... ¡Vaya con Dios! ¿para qué ha
de servir, recontra-córcholis, sino para saber todo lo que se sabe?

Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que
sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero
qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado
y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres
abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta
la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos
de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los
letreritos... _Páncreas_... _estómago_... Más adelante: _bronquios_.
«Sopla, pues esto es los gofes.» _Músculo ciático_. Y se tentaba el
cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro
cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba
Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose
pronto, decíale:

--Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les
habría arrojado al fuego si le dejaran. _La Deuda del Tesoro y el
déficit. _Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á
ver? _Presupuestos de_ 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los
prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano
y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena
de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el
libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas
tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. _La
Cuarta Falcidia_... _Los Testamentos._ ¿Qué le importaban á él
los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección
de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés...
¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? _Le pe... re
Gori... Gori... Memo... moires_, memorias de _Deux jeunes_... de
_Diógenes_ querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no
acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... _Don
Víctor Hugo_... _Ruy Blas_... esto sí era claro. _Schiller_... _Don
Carlos_... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso
castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras
escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo
mismo.

Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:

--Ponte á estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles á tu amo. Ven
á mi cuarto... Siéntate aquí, á mi lado. Coge tu libro.

Y él se ponía á estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía también
un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para matar el
fastidio.

--Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego... ¿Quién
anda ahora por el pasillo?

--El señor de Zalamero.

--¿Pero estaba en casa Zalamero?

--Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.

Poleró rompió á reir. Endeble tabique separaba su cuarto del de
Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:

--Zalamerín, ¿estabas en casa?

No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía á
toser fuerte.

--Ejem, ejem.

Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses.
Arias aparecía también tosiendo.

--Vete al comedor--decían á Felipe,--y mira á ver si está Alberique.

--¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al
café...

Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y
redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe,
mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:

--Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.

--Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?

--Sí, señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose
botones.

--¿Y don Basilio?

--Ahora entra.

Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar revelaba
autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:

--¿Qué ha habido hoy, don Basilio?

--Nada. Siguen con el _delirium tremens_. De Santo Domingo hay muy
malas noticias. Esto no tiene atadero. Á todos lo digo y no me hacen
caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va á venir aquí... no
sé. Me asusto, créalo usted... Ahora tengo entre manos un trabajo,
que me parece ha de meter ruido. Pruebo con números... porque todo
lo que no sea números es música... Pase usted á mi cuarto y le
enseñaré...

--Otra noche... Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted que
Zalamero se nos ha puesto malo?

--¿Sí? ¿Y qué es?

--No sabemos. Entre usted en su cuarto... Á nosotros no nos quiere
decir lo que tiene.

Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato sale y
hace este diagnóstico:

--Está delirando... Me ha despedido á cajas destempladas... ¿No
llaman ustedes un médico?

--Cienfuegos dirá.

--Porque... Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes, me voy á
mis habitaciones.

Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más obscuro y estrecho
de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes, que, al decir
de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su ropa para poder
salir bien compuestito y reluciente al otro día. Poleró y Cienfuegos
le visitaban á tal hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él,
siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y
afectaba ocuparse de ordenar papeles.

--¿Cuándo es ese viaje á París?

Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes lo
estaba anunciando siempre.

--Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he
recibido esta mañana... El jueves ó viernes á más tardar.

Después que le mareaban un rato, se iban á la puerta del cuarto
de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus
ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía
el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.

De pronto salía Guevara al pasillo:

--Á ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!

Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y
hablaban de Zalamero:

--Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende á los Paúles...

--El año pasado había aquí un huésped... ¿Le alcanzaste tú, Guevara?
Aquel Romero, andaluz. Daba de palos á Virginia y á Alberique... ¡qué
escenas!... ¡Felipe!

--Señor.

--¿Ha entrado Alberique?

--Ahora llega. Voy á abrirle la puerta.

Oíanse pasos de elefante.

--Hola, amigo Alberique... ¿no sabe usted lo que hemos tenido aquí?

--¿Qué... ¡verbo! qué?

--Fuego. Por poco nos quemamos todos.

--¿En dónde, verbo?

--Ya está apagado...

--Váyanse ustedes á... ¿En dónde está mi cuarto? ¡Felipe, condenado,
verbo!... trae luz: no se ve.

--¡Arre!--murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete matrimonial.

Abrían la puerta, le empujaban dentro y... buenas noches.

--¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.

--¡Pobre Alejandro! Ya sé dónde está. Nada, nada: se lo beben, se lo
sorben...

--Acabará mal.

Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar á frases y
palabras sueltas pronunciadas en éste ó el otro cuarto, se iban
retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro,
después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se
encomendaba á Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por
último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre
las dos ó las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran
siempre: «Felipe, acuéstate.»

Y él permanecía en vela, leyendo ó escribiendo. Se acostaba de día, y
casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus trabajos
era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de
emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y á lo mejor
despertaba asustado oyendo á su amo declamar...

      Vive Dios, que es tal hazaña
    digna de un Téllez Girón...

Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla:
_galardón... España._ Y volvía á dormirse para despertar de nuevo
alarmado con estos gritos:

      ¡Hola!... ¡prendedle!... ¡traición!
    ¡Necio, atrás!... ¡Italia es mía!


V

Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya
desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que
era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba
él de que se había de representar como de su propia existencia, y
tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera
viendo con los ojos de la cara... Ideas para otros dramas, planes
brillantísimos, ¡oh! teníalos por docenas y se le ocurrían á cada
momento: al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso
apartarlos de sí para que no le atormentaran, apoderándose antes de
tiempo de los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo
fecundo aguardase la oportunidad de su encarnación, y que tanta
vida nueva tuviera calor interno antes de ser sometida al trabajo
de forja. Después que se representara _El Grande Osuna_, vendrían
otras obras y éxitos más colosales, ¡Misión altísima la suya! Iba
á reformar el Teatro; á resucitar, con el estro de Calderón, las
energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos ó
los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo
y en su ingenio, con fe ardientísima, sin mezcla de duda alguna, y
mayor dicha suya, sin pizca de vanidad.

¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y amigos no
eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis.
Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por un visionario;
quién por tonto ó algo menos. Los compañeros de casa le amaban por
sus prendas morales, entre las cuales descollaba el corazón más
generoso, más expansivo, más copioso de afectos que puede imaginarse;
pero en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró,
sin conocer el drama, sostenía que era un hatajo de inocentadas, y
que el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle
de la cabeza sus pretensiones de autor dramático. Cienfuegos no
pensaba lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en
aquel espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás.

Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la
fatalidad de ser dado á derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus
nervios se hallaban siempre en grado muy alto de tensión, y todo él
vibraba constantemente, como cuerda de templado metal, sin cesar
herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él
fisiológica, y el organismo del cerebro constitucional y normal.
Era un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo
se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una
víctima de la neurosis.

Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era un
niño de éstos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del
cura, del médico y del boticario. Á los cuatro años sabía leer, á
los seis hacía prosa, á los siete versos, á los diez entendía de
Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres de
infinitas celebridades. Á los doce había leído más que muchos que
á los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había
familiarizado con la historia de los libros de texto. Á los catorce
Abriles, varones graves del país le consultaban sobre materias de
Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que
el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo
iba á ser por uno de carne y hueso. Destináronle á estudiar Leyes.
Los amigos de su papá decían:

--Éste que empieza por literato y poeta, acabará, como todos, por
orador político y ministro de cuenta. El Toboso tendrá al fin su
prohombre.

Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno
de existencia... ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo ideal,
aprendiz de creador! Merecería ingresar en las familias mitológicas
y que le representaran en figura de un forjador maravilloso, alumno
de Vulcano, ó ladrón de sagrado fuego como Prometeo. ¡Desgraciado
Miquis, siempre devorado del afán del arte; perseguidor con fiebre y
congoja de la forma fugaz, y rara vez aprehensible; atormentado por
feroces apetitos mentales; ávido del goce estético, de esa inmaterial
cópula con la cual verdad y belleza se reproducen y hacen familias,
generaciones, razas! También las ideas son una especie inmortal que
habla con briosos instintos en las entrañas del artista, diciéndole:
«Propágame, auméntame.»

Hombre dado á los demonios, ó en otros términos, consagrado al
peligrosísimo ejercicio de la imaginación, odiaba el Derecho. Para él,
la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más antipática
que aquel _jus_, idea suspicaz, prosáica y reglamentadora de la vida;
idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la personalidad
libre y de la poesía. El _jus_ no era otra cosa que _el eterno Sancho
Panza_... Iba Alejandro á clase lo menos posible, y siempre de mala
gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener con poco trabajo
regulares notas. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era
su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del
café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas
brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él
no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y
transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año
empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser
pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso
moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran
menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y
si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos
le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya
insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos,
pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas
silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios,
buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños
y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie
podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la
madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre,
estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble
en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y
poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro
lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena,
hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose
su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que
dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era
inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público
no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo
podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El
Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un
escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo.
¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que
el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier,
los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos _lazzaronis_,
el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los _uscoques_, los
dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas
que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno
subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos;
simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía
_Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el
palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio_, era para
hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra.
Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no
había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de
compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder
encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el
poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los
cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece
personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró
excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su
regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas
modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya
en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo
trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas
madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de
su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía
febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda
de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en
su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría,
como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción
magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del
drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la
vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de
vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese
delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles,
insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán,
figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo
español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía
también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y
trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques
Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque,
y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, _la Carniola_, robada á
los _uscoques_ por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra
conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía
del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al
propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar
y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo,
su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas,
prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la
hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era
el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos
de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró,
hablando del drama, lo había llamado _El gran Cerco de Viena_, y
Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy
vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía
comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía
palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma
cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones
de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su
amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño
era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se
despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones.
Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión
artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía:

--El célebre Molière le leía sus comedias á la criada. Yo te voy á
leer á tí algunos pasajes...

Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro. El
origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser más
humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito del Socorro
en un teatrucho donde representaban el Nacimiento con figuras, no con
actores; y aún no habían tenido tiempo de reir las gracias del pastor
Bato y de la tía Gila, cuando les echaron á la calle. Esto y los
cosmoramas ó _tutilimundis_ instalados en la vía pública, diéronle
la noción primera del arte de fingir sucesos y personas... Desde que
su amo empezó á leer, comprendió Centeno que aquello pertenecía á un
orden más elevado, al teatro grande que él no había visto, aunque
lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en
su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la
mayor parte de las cosas, parecía como que se las apropiaba por el
sentimiento, extrayendo del seno de un lenguaje no bien comprendido,
el espíritu y esencia de ellas. La armonía de versos, ahora floridos,
ahora graves; la música de las rimas, el relumbrar de las imágenes,
el énfasis de los apóstrofes, producían en él efectos de vértigo y
desmayo. Era como el influjo, en los sentidos, de multiplicadas luces
giratorias ó de aromas muy fuertes. Se aturdía y se mareaba... En
cuanto á la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que
aquella mentira para cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando
llegaba Alejandro á una escena dramática en que había choque de
espadas, uno que se cae, otro que grita, ó cosa así, ya estaba Felipe
con los pelos de punta, lo mismo que si presenciara el lance entre
personas de carne y hueso. Pues digo... si el poeta leía una escena
de amor, con ternezas y sentimientos expresados á lo vivo, ya estaba
Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.

La aurora les sorprendía en esta exaltación, ambos gozando lo
increíble: el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan
diferentes, algo les era común: el entusiasmo, quizás la inocencia.
La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo. Se
acostaba rendido de fatiga, y le entraba delirio, con escalofríos muy
penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta el tapete de la
mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama no era suficiente,
y apagaba la luz, á quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba
las maderas para fingir la noche, y acostábase vestido en el sofá.
Por un rato, oía el canto de los machos de perdiz, colgados en el
balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores, que sonaban secos
en la calle aún casi desierta; al fin se dormía profundamente para
soñar con magnates, con príncipes vestidos de tela como la de las
casullas, con _venecianos forrados de hierro_, con las _galeras_ del
Duque, que él creía eran carromatos; con el Vesubio, que es un monte
encendido, y con aquellas frases tan bonitas, tan finas y amorosas
que _la Carniola_ decía siempre que hablaba.

Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al
despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y
no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si
había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su
regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como
pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar
la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no
despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el
drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les
quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara
mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase
á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba
tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad.
Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien
colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero
en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.

Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado
sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de
ellos dijo á Felipe con mucha sorna:

--¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?

El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero
interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te
pusieras á estudiar...»

Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del
humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su
amo.


VI

El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la
historia la figura de _El Grande Osuna_ para vaciarla en un molde
dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de
arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se
aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase,
sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le
causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del
Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole
ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él,
recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No
lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles
de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no
era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos...
Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido
más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del
vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de
ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero
nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer,
pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de
la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el
auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto
era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el
estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un
mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir
á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo
vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al
hombre indiferente á las ideas de _tuyo_ y _mío_, y considerarlo
como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se
llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era
mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho
tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de
un elemento orgánico un verdadero órgano.

¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y
atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero
más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del
Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día
sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle.
Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para
sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los
billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel
depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.

Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así
como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así
la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado
de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100
de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran
cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y
forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh
Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos,
y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados
borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!

Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra
tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose
en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de
lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían
para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero,
porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que
él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba,
necesitaría la vida eterna.

Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las
librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética
ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa
conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés
y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y
tristísimos augurios.

--Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y
jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su
propio fuego.

--Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará
todas juntas, porque me parece que se lo sorben.

El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á
tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El
informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro,
y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle...
¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán,
verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el
primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.

Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus
compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había
cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos
días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al
ama de la casa.

--Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre--decía.--No
estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!

Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se
permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer
de madre con los huéspedes.

--Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá
haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo
que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de
los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de
más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de
las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y,
sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay
mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les
arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa.
¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena
limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...!
Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el
señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea
malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí,
y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué
gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á
otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no.
Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de
decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á
las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de
cuello vuelto le enderezaba.

Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme
con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en
prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba
temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su
vida miserable.

Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus
remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle
congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara
á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de
una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había
cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar
su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por
síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador
de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que
proporcionaba.

Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado--le
decía,--que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de
explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le
escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta
ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que
intereses de cuantía estén en manos de una demente...»

Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en
el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación
con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad,
estaba él hinchado de optimismo. _El Grande Osuna_ se representaría
en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol.
Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los
carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba
de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo
mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que
sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía
recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin
cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión...
Sentía lástima de los que no eran autores de _El Grande Osuna_, y de
Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.

Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto
era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este
capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero
de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se
enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá:
ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales...
etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más
bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial,
aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose...
¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en
cuanto se representara _El Grande Osuna_... ¡Vaya una obrita! Se
había de llamar _El condenado por confiado_, y era cosa sublime: un
señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho
fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda
materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables
placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus
dolores morales y físicos.

Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como
debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima
le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba
con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar
fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y
se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por
grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo
á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que
exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la
inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con
la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo
tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido
aún.»


VII

La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó,
á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era
muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes
de la _Comedia humana_ conocía como si los hubiera tratado.
Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto,
Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan
familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era
el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su
cuarto, decía que _daba té_ y que _se quedaba en casa_. Era un salón
literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo
Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.

Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y
tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios
económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía
á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del
café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca
gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por
el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos
tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por
el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del
cuarto y con serenidad burlona le dijo:

--Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha
nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.

Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:

--Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.

Pero el catalán, por seguir la camorra, decía:

--¿Y usted qué sabe si yo tengo talento ó no?...

Virginia, deseando paz, daba algún dinero á su fornido esposo para
que se fuese á correrla al café ó al billar. Ya se sabía que el
morazo no había de volver hasta la madrugada.

Volvió Poleró al cuarto-casino á referir la escena. Felipe no
descansaba un momento en la noble tarea de hacer el café. Salía y
entraba con éste ó el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto á
la cocina.

--Doña Virginia, que si quiere usted café.

--No, hijo: que les aproveche.

--Doña Virginia, que me dé usted otra taza.

--Que manden por ella á la cacharrería.

En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.

--No eches todavía el agua caliente.

--¡Pero si esta taza está sucia!... ¡Felipe!...

--Falta una cucharilla... ¡Doctor!

--¡Alguien se ha comido el azúcar!... ¡Centeno!

--Si ya hierve.

--No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.

--¡Eh!... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...

--¡Felipe!... ¿Pero dónde se mete éste?

--Si ha ido por cigarros.

--El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el
mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le
convidamos.

--No convidarle.

--Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!

--¿Y Zalamero, dónde está?

--Ahora viene.

El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á
la puerta y saludaba cortésmente á todos.

--¿Usted gusta?

--Gracias...

--¿Y cuándo...?

--Si quieren ustedes algo para París...

Risas generales y sofocadas.

--Aguarde usted y le daremos una taza de café.

--Son ustedes muy amables...

--¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.

--Permítanme ustedes, señores--decía el redactor de Hacienda,
asomándose ala puerta.--Hace tiempo que he renunciado al café, porque
me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para
un vaso de agua...

--Oro molido que fuera...

--Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca
hacer artículo esta noche.

--Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de
café... ¡Felipe!

--No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.

--Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.

--Bien, bien: no se me olvida ya...

--Tome usted... vea si tiene poco azúcar...

--Si no tiene ninguno...

--¡Felipe... condenado... el azúcar!...

--¡Un terrón!

--¿Pero dónde está el azúcar?...

--Se lo ha comido Julián de Capadocia.

--Todos están concluyendo su ración, y no ha sobrado nada de
azúcar... ¡Qué descuido!

--Señores, si esto es veneno...

--Perdone usted, don Leopoldo...

--Abajo con él... Aunque sea amargo...

--Así es más estomacal.

--Muchas gracias, señores...

--Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.

Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: _Don Basilio,
giungete á tempo_... _¿La calunnia cos’è, voi non sapete?_... _Se don
Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti_, y otras frases en
que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no
lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre
el _déficit_, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo
leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.

Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás,
vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped
don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder
con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables
quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron
con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre
con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le
hacía.

Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le
encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:

--Muy ocupado, ¿eh...?

--¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...--respondía el otro
haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan
alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.

Otra vez le decía el catalán:

--¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...

--No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese
usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas,
¡ah! he de contestar. Buenas noches.

Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas
noches, subiéndose en una silla, se asomaba á un tragaluz abierto en
lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor, cuando no
se paseaba de largo á largo por la habitación, escribía cartas en su
pupitre.

Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres; luego los
sellos, de que tenía buen acopio, y las agrupaba á un lado, y con las
contestadas hacía gruesos paquetes que guardaba en un arcón. Como
nunca salía á la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba
la llave á su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa
oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre á su secreto, si
secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la
limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar
expuestos sus papeles á un ataque de los huéspedes.

Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo á los cincuenta, tenía
una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni en el
matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la
vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce
cartas, á no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas,
todas poseídas de epistolaria demencia.

Aportó Zalamero algunos antecedentes del señor Delgado. Pertenecía
éste á una familia bastante acomodada; era soltero, y había servido
veinte años en la Dirección de Instrucción pública, desempeñando uno
de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado.
Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contrariedades
oficinescas obligaron á tan apreciable sujeto á dejar su destino.
Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como á loco
pacífico, sin tener con él relaciones directas.

Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron
propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de
cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle
á tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias,
imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al
instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de
Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de
don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en
el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó á
leer con enfática entonación lo que sigue:

  «Excelentísimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben,
  hospedados en ésta su casa, se atreven á interrumpir las graves
  ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta
  taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad los
  reúne. Aunque la fraternidad que informa los actos de personas
  aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto, los
  que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar á la presente
  manifestación un móvil y origen superiores á los que tendría si
  fuese un simple arranque de urbanidad: quieren ¡oh! derivarla de
  los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona
  que ha prestado tan eminentes servicios al país y al mundo entero
  en el importante y florido ramo de la Instrucción pública.

  Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran á
  la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden
  menos de sentirse orgullosísimos de vivir junto al insigne
  estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el
  camino por donde la juventud marcha á la conquista del Vellocino
  de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la
  Instrucción.

  Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que usted, con
  la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildísima
  prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus
  compañeros de casa; y si tal honra merecen, tendrán por feliz y
  gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de Noviembre de
  1863...»

Seguían las firmas.

La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró, pusieron á
don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar: todo
se le volvía inclinarse y balbucir; gratitudes... Cuando dijo Poleró
lo de los servicios á la Instrucción pública y del florido ramo,
medio se enterneció el hombre y estuvo á punto de llorar.

Fué, mejor dicho, le llevaron casi á rastras; y cuando entró en el
cuarto, precedido de la comisión, recibiéronle todos con ruidosos
aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba perplejo, conmovido, y
tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de
la burla. Mientras tomaba café, los otros le abrumaron á cumplidos,
lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el
único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y
descubrir el secreto; acción que no consideraron villana, tratándose
de un loco.

Diríase que á don Jesús le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza,
ya quería irse. Su turbación y cortedad eran grandes.

--Un momento más,--le decían, deteniéndole casi á la fuerza.

--Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...--respondía él con
timidez.--Apenas he empezado mi tarea...

Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su
domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el
infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto
tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque
su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter
ruido, le daban convulsiones...

--¿Pero qué, pero qué es...?

--No podéis figuraros.

--¿Qué cartas son esas?

--La locura más graciosa que se puede hallar.

--¿Quién le escribe? ¿Á quién escribe?

--¡Si no lo hubiera visto...!

--¿Á la Reina?

--No.

--¿Al Papa?

--No... Asombraos todos. Se escribe las cartas á sí mismo...

--¿Y las recibe?

--De sí mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Señor don Jesús
Delgado: Muy señor mío...» y todas concluyen así: «su seguro y atento
servidor, Jesús Delgado.»

¡Qué risas, qué algazaras!

--¿Se le da un bromazo, sí ó no?

--Hombre, ¿mayor que el de esta noche?...

--Mayor, sí, mayor.

Poleró contó en breves términos lo que decían algunas cartas. Todo
era referente á extraños planes de Instrucción pública. En algunas
despachaba consultas sobre delicadísimos puntos de la misma materia.
No estaban mal escritas, pero sí salpimentadas con las exclamaciones
«¡ah! ¡oh!» que usaba también hablando.

--Sí: de la Dirección le echaron por loco--indicó Zalamero.--Ahora
recuerdo: empezaron á notar rarezas en sus informes, y extrañísimas
teorías traducidas del alemán. Por tales ideas estrambóticas, tuvo el
Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo.

--¿Con que se le da el bromazo?

--¿Cómo? ¡Ah! ya... escribiéndole una carta firmada por él mismo.

--Eso, eso...--clamó Poleró.--Á ver quién imita su letra. Le he
quitado una carta.

--Venga--manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para el
caso.--Yo la imitaré.

--Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterías
que dice, y no omitas las interjecciones.

--Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta
violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto,
entras á ayudar, y...

--Convenido: ¡qué lance!...

--Señores, las diez...--gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el
espadín.--Es hora de estudiar. Se levanta la broma.

--Hasta mañana.


VIII

El sábado por la noche, casi todos los huéspedes fueron al paraíso
del Teatro Real. Miquis llevó á Felipe, que no había estado nunca,
y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera
en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le
representaban engrandecidas y sublimadas por ignorado poder de magia.
Aquello no era natural: era sueño, ocio de los sentidos y mentira
del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo
de rojo y oro, de hermosura y luces, que desde arriba presenta la
cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que
salían á cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de
músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes
contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio,
el ruido, la atmósfera espesa... todo causaba al Doctor suspensión
del ánimo y cierto embarazo de la palabra. Se reían los demás de
verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le
decían: «¿Qué tal, Doctor; qué te parece esto?» El miedo de decir
alguna barbaridad le tenía mudo.

Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas; abajito,
junto á la escalera de la derecha, en apretada falange, todos los
demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma á don
Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, á unas cursis
de mal pelaje. Aplaudían furiosamente á Mario, que aquella noche
cantaba. En los entreactos. Montes, por darse los humos de una
opinión musical, mostrábase partidario de lo pasado, y alzando la voz
en su defensa, decía:

--¡Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la _bella
morte_! Yo le oí en París... Aquél sí reunía todo: voz y canto; no
era como este ídolo de ustedes, á quien sólo se puede admirar _bajo
el prisma_ del estilo.

En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo,
con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención
de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de
bandolina, sus aires pedantescos y sus ridículas pretensiones de
hombre de mundo... Poleró estimulaba la fatuidad de Montes con
chanceras lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena
música, los bandos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas
y agudezas propias de aquella caldeada región.

En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo seno,
como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés de la
Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y era de
ver cómo aquella máquina de guerra salía, erizada de explosivas sumas
y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se pasaba la mano
izquierda por la cabeza, brotaba de la pluma, rápidamente meneada
por la derecha, una chorretada de números que... ¡Pues si aquello lo
leyera alguien, Dios poderoso!

Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la
Bernardina, que se había puesto á coser junto á la mesa del comedor,
y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado, que trabajaba en
su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de
ponerse á escribir, leyó cuidadosamente el bendito señor en diversos
libritos ingleses y alemanes; paseó un rato por la habitación
como discurriendo lo que iba á contestar; y haciendo visajes y
contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de éstas
de acero que ahora se usan, dejaremos de llamar _bien cortada_.
Le acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia,
dormitando no lejos de la mesa, y á ratos levantaba la cabeza y le
dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can,
y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿Cómo va eso, señor
Delgado?» Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también
respondíale don Jesús: «Difícil tema es éste, ¡oh! amigo Capadocia:
allá veremos lo que sale.»

¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí: toda la correspondencia
que Delgado contestaba habíala escrito él mismo un día antes. El
desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan raro misterio,
así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien
el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista: le llamaba el
_eautepistológrafos_, ó sea el que se escribe cartas á sí propio.

De las doce ó catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don
Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un rato sobre
ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo con las
otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del
trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente. He aquí
una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:

  «Señor don Jesús Delgado.--Muy señor mío de mi consideración
  más distinguida: Recibí su atenta, fecha 28 de Octubre, y me
  apresuro á contestarle que su admirable plan de la _Educación
  Completa_ no es ni será comprendido por esta caterva rutinaria
  de la Dirección, incapaz de salir ¡oh! de los antiguos moldes.
  Pasarán años; será preciso que todo el régimen del Estado
  varíe; que la sociedad se conmueva para sacudir su modorra; que
  pensamientos nuevos y nueva luz entren en el cerebro narcotizado
  y tenebroso de la Nación; y aun así, ¡oh! la reforma que usted
  quiere implantar no será un hecho si no dedica usted un siglo más
  al ensayo y tanteo de su difícil aplicación. Vino usted al mundo
  ¡oh! antes de tiempo, amigo mío. Lo mejor que puede hacer ahora,
  para no aburrirse aquí con tan larga espera, es darse una vuelta
  por la eternidad y volver dentro de siglo y medio, año menos, año
  más.

  Entonces el Gobierno pensará de otra manera, y habrá caído en
  total descrédito la educación de adorno que ahora prevalece,
  compuesta de conocimientos necios, baldíos y de relumbrón, como
  las pinturas ridículas con que se engalanan los salvajes.

  Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido que, en todo
  el curso de la vida, lo importante ¡ah! no es _parecer_, sino
  _ser_, y que á este principio debe sujetarse la educación.

  Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, demostrando que
  el fin educativo es _prepararnos á vivir con vida completa_.
  Espero en su próxima carta una clasificación _de las principales
  direcciones de la actividad que constituyen la vida humana_, para
  deducir ¡oh! cuál es la educación que debe preferirse, según la
  condición y fines de aquellas direcciones de la actividad.

  Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted ¡oh!
  atento servidor q. b. s. m.--JESÚS DELGADO.»

Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía
también familiares, como la muestra:

  «Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en
  esa oficina de la _Educación Completa_, establecida en el séptimo
  cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que
  contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los
  amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!

  La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de
  educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa.
  Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima.
  Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los
  chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil
  manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras
  menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.

  Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo
  ha de ser!... Mi _sabiduría_ me da un hijo cada año. Venga, y le
  educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la
  lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos
  á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora
  mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir;
  adiós.--JESÚS.»

Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su
correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y
leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes
y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera
protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito
á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el
mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué
carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta!
¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!

Leída por séptima vez, vió que decía:

  «Señor don Jesús Delgado.

  Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de
  Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su
  grandioso plan de _Educación Completa_, me ha producido ¡oh!
  dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio,
  genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega
  el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y
  galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios?
  No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el _omega_,
  y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la
  Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en
  el trono refulgente de la realidad.

  Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de
  las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes
  le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. _¡Han
  transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello!_
  Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la
  _Educación Completa_. Todo ha variado, egregio hierofante: la
  sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda
  las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de
  tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular,
  y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas
  rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento
  es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la
  nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya,
  ¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran
  reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito
  sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la
  _Educación Completa_, base de la _Completa Vida_!

  Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo--JESÚS
  DELGADO.»

Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el
pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero
mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió
que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el
cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus
nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas
en la habitación, luego salió disparado al pasillo.

Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero
cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar
lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de
guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la
mano en el hombro del _eautepistológrafos_, y le dijo:

--¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?

Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada
al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la
misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron
callar á Julián.

--¡Este maldito tiempo Sur...!--repetía don Basilio, acompañando á la
Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.

--Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián
se encalabrina...--observó la moza; y don Basilio, recreándose en
contemplar los torneados brazos de ella, repetía:

--Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la
cabeza... y los nervios... no sé cómo.


IX

Al siguiente día, doña Virginia, malhumorada con los huéspedes, les
hablaba así:

--¡Alguna picardía me le han hecho ustedes á ese bendito don Jesús!
Como yo lo descubra, van todos á la calle. Cuidado con echármele á
perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más calladito, más
respetuoso que se puede ver... ¡Ay de aquél que me le trastorne con
bromas pesadas!... Me parece que voy á dar azotes... Porque si yo
tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no quería más. Él no dice
esta boca es mía; jamás me ha roto un plato; no alborota, ni es
tragón... Todos los meses viene un señor de la familia y me pregunta:
«¿cómo está? ¿sigue pacífico?» y yo le digo: «está como un ángel, y
de buen color...» El encargado abre una _miajita_ de la puerta para
verle... Siempre en su faena de las cartas, ¡pobre ángel!... Después
me paga el hospedaje en bonitos napoleones, y hasta otro mes...

Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto. Los muy
tunos idearon otra broma aquella misma noche (que fué la del lunes),
y al punto la pusieron por obra. Escribieron al _eautepistológrafos_
una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la
firmaron así:

  _Su afectísimo amigo y capellán_,--JULIÁN DE CAPADOCIA.

Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta
contestación á un difícil punto que el firmante se permitía someter
al elevado criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días,
y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en
casa en expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del
interior, el cual, después de entregar la diaria remesa de don Jesús,
enseñó otra carta, diciendo:

--¿Don Julián de Capadocia?

--¡Aquí es, aquí es...!

Con febril alegría y curiosidad se reunieron á leer, y puestos todos
en rueda, leyó Alejandro en voz baja lo siguiente:

  «Señor don Julián de Capadocia.--Muy respetable señor mío y
  capellán: Por su atenta del 4 me he enterado del delicadísimo
  problema que se sirve someter á mi humilde criterio, esto es,
  cuáles serían los medios más adecuados para que usted pudiera
  reintegrarse á su sér total, y si los procedimientos de la
  _Educación Completa_, que tengo el honor de defender y propalar,
  serían eficaces para aquel alto fin.

  ¡Ah!... señor de Capadocia, diga usted á los mal educados jóvenes
  que le han dirigido á mí, que no es de corazones nobles hacer
  escarnio de principios que no se comprenden; dígales que mis
  planes no son para perros ni para gandules que padecen, entre
  otros males, la mutilación del rudimento cristiano del respeto
  á los semejantes. Excluídos están ¡ah! todos ellos, por su
  grosería, por su falta de sentimiento social y caritativo, de
  los beneficios de la _Educación Completa_. Y pues el señor don
  Julián ha de tener sobre ellos alguna influencia, siquiera por el
  parentesco patológico ó la comunidad de dolencia, convénzales de
  su triste situación, y hágales ver que están llenos de vicios
  físicos, morales é intelectuales. Á los que heredaron de sus
  padres y maestros, reúnen los que ellos adquieren todos los días
  con su vida disipada y antihigiénica, así como en el estudiar
  vicioso. ¡Oh! son enfermos que me dan lástima, porque veo mejor
  que nadie sus llagas horrorosas. Esos pobres tontos no comprenden
  que la adquisición de todo conocimiento tiene dos valores: uno
  como _saber_, y otro como _disciplina_. Este último ¡ah! lo
  desconocen, como el ciego de nacimiento desconoce la luz, estando
  rodeado de ella.

  Repítales usted estas palabras á todos, y particularmente á ese
  caballerito, autor de dramas, que le ha escrito á usted la carta.
  Ese es el más enfermo y el que más necesita de mejores aires. Es
  el más lisiado, ¡ah! el más leproso, el más cojo, manco y ciego
  de la cuadrilla. Desconoce la moralidad física; el culto de la
  salud, tan respetable como el de la conciencia, como el de la
  inteligencia. Es un triple suicida; se está matando por tres
  partes á la vez, ¡pobre niño! Á éste es al que más compadezco,
  por lo cual debe usted decirle, de mi parte, que lo mejor que
  puede hacer es morirse, para que resucite purificado.

  Esto dirá usted á sus amigos y consejeros. Y usted, señor
  capellán, reciba una puntera de su afectísimo

  JESÚS DELGADO.»

Pasmados quedaron los muchachos del contenido de la epístola, en
la cual, junto á los despropósitos, se veían razones y frases que
demostraban agudo entendimiento. Por de pronto, don Jesús había
comprendido la mofa que se le hacía, lo que probaba cierta limitación
en su locura. Los burladores no sabían qué juicio formar de aquel
hecho, y hubo pareceres distintos. Quién le tuvo por hombre superior,
extraviado; quién por un humano alambique de frases extraídas de
doctos libros extranjeros, entonces desconocidos en España. Unos
sentían lástima y aun algo de respeto, por lo cual no querían llevar
adelante la jarana; otros, más audaces y atentos sólo á divertirse,
sostuvieron que la carta era un hatajo de desatinos, y proponían
escribirle más. Contra todos se desató en dicterios Virginia, porque
le alborotaban su huésped más querido. Estaba furiosa y con ganas
de poner á alguno en la calle. No lo hubiera hecho, sin embargo, si
no le apretaran á ello otros sucesos peregrinos que contaremos sin
pérdida de tiempo.

Alberique, moro de Cocentaina, tenía el genio repentino, irascible,
fanfarrón, siempre que fuera pequeño el motivo que lo provocaba.
Contar los improperios que le decía á una pobre mosca que cometiera
la irreverencia de posarse sobre sus dibujos, sin saber lo que hacía,
fuera reunir aquí lo más atrabiliario y soez del idioma. Su mujer y
Bernardina eran torpes, idiotas, bestias y acémilas con faldas. Él
solo tenía las manos delicadas; él solo sabía poner cada cosa en su
sitio, sin manchar nada... La casa era _el puerto de arrebata-capas_.
Allí no se podía tener nada. Tan pronto le cogían un lápiz para
apuntar la ropa; tan pronto le quitaban el cazuelillo del agua para
hacer guisotes. No se podía trabajar, no se podía vivir allí.

--¡Verbo! ¿dónde están mis pinceles?... ¡Verbísimo! ya me han cogido
la lámina con los dedos manchados de petróleo.

Esta era la música de todo el día, cuando Alberique trabajaba. Á la
sazón traía entre manos una hermosa ejecutoria en vitela para cierto
sujeto que había sido hecho marqués. El trabajo no carecía de mérito
artístico ni de limpieza y minuciosidad benedictinas. Todo se volvía
escudos tajados y tronchados, con sínople, rojo, blea, y mucha banda,
lambeles, losanges, mallas y rustros.

Serían las once de aquel infausto día, cuando en toda la casa se oyó
la terrorífica voz del berberisco que así gritaba:

--¡Verbo! ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón de
gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus...

--Habrás sido tú mismo, sin pensar...--murmuró Virginia, que al
estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en la
mano.

--¡Verbo!... esto es un presidio... Si supiera quién fué el
re-indecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora mismo
le hacía una tortilla contra la pared.

Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre
hambriento sobre la espantada res, fué todo uno.

--¡Tú fuiste, perro, tú!

Sin darle tiempo á disculparse, le tendió de una bofetada en el
suelo. Doña Virginia dudaba si salir ó no á la defensa del chico. No
lo hizo, porque le tenía cierta ojeriza á causa de los modos un tanto
desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su amo y por
los demás huéspedes, que le tenían cariño. La verdad en su lugar:
Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían de su humilde
condición. Á la señora patrona respondía con malos modos, y no
respetaba á los mayores. Para nombrar á Montes, solía decir el _tío
prisma_, y al señor de Alberique le mostraba antipatía y menosprecio.

Á los gritos que el muchacho daba acudieron Poleró y don Basilio. En
el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como cachorrillo
herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un objeto
sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro con agua
negruzca y dos ó tres pinceles, y cogiéndolo todo con prontitud,
lo disparó contra la cabeza del moro. Este fué hacia él con ánimo
de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera
interpuesto Poleró.

--No sea usted bárbaro... No trate usted así á un pobre chico.

--Permítame usted, señor Alberique... ¿Está usted seguro de que ha
sido él?...

--¿Y ustedes qué tienen que ver aquí?--gritó el bárbaro...--Métanse
en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima...

--¡Eh! no sea usted animal... No le aguanto á usted sus coces...

--¡Si cojo á uno...!--gruñía el moro acobardado.

--Le digo á usted--gritó Poleró con repentina cólera,--que no tiene
usted que tocar á Felipe. Vaya usted noramala.

Corrió Centeno al cuarto de su amo. Alberique balbucía con
estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia,
que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó á él diciéndole:

--No seas bestia... ¿Á qué tanto grito para nada, por una gota...?
¡Qué hombre! No sé cómo...

El berberisco de Cocentaina, manso con los fuertes, tremendo con los
humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para
mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía un cordero
en que cebarse. Le habían quitado á Felipe; pues echaba la zarpa á su
mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras:

--¿Y tú?... Mejor te callaras, grandísima...

¡Ay, Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la buena
mujer de oirse calificar tan indignamente por su propio marido,
estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su espíritu
enérgico decidióse al fin por lo último, y se fué derecha á él
gritando:

--La culpa tengo yo que mantengo animales...

Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero,
y canta esta colosal pelea. Virginia descargó de plano la sartén
sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano hercúlea
el moño de ella... Gracias que los huéspedes acudieron todos á la
defensa de la señora, que si no... En aquel punto entró Zalamero,
y, sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por
el pescuezo... Momento trágico con sus vislumbres humorísticos. Don
Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no fuiste á verlo? Cayóse el
fez de Alberique, y á Zalamero se le abrió la camisa por el cuello...

--Señores... ¿qué es esto?

--Atrás...

--No faltaba más...

Don Basilio, que se empeñaba en sujetar á Alberique, sufrió la
extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de la
pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró, pasado
el peligro, reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan
descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena, Virginia decía:

--¡Si no fuera por...! ¡Y que yo tenga en mi casa á semejante...!

--¿Qué escándalo es éste?--gritaba Arias.

Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad, diciendo:

--Será preciso llamar una pareja de la veterana... Francamente, yo
creí que en una casa como ésta...

Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto y
alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar á los
combatientes.

--¿Qué es esto? ¡oh!... Hace una hora que están llamando á la puerta,
¡ah! y nadie va á abrir. Debe ser el cartero.

Risas... Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y,
sin más ni más, fuese derecho á Alberique y le cogió de la solapa.
Atención:

--Oiga usted, cafre: me han dicho que ha pegado usted á mi criado...

--¡Verbo!... yo... diré...

--¿Y todo, por qué? Por estos mamarrachos--gritó Alejandro echando
una ojeada á las pinturas heráldicas.--Mejor se ocupara usted en
cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.

Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió la
tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.

--Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima madre...

--¡Eh! poco á poco.

--Cállese usted...

--Váyase usted á hacer gárgaras...

--¡Le cojo y le...!

--Cuidado, don Alejandro.

--¡Perdido!...

--¡Si esta casa es un...!

--Permítanme ustedes, señores...

--¡Silencio!

--Nada: yo llamo á la pareja, porque, francamente, aunque la cosa no
merece la pena, si se mira bajo el prisma de la decencia...

--Don Alejandro, usted es un acá y un allá.

--Señores...

--Bruto...

--Paz, paz... No es para tanto...

--¡Mis láminas... las tiene que pagar!

--Vaya usted á donde fué el padre Padilla.

Basta... Aquella tarde, cuando ya los ánimos se aplacaron, Virginia
entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de Miquis.
Considerando que la permanencia del manchego en la casa renovaría
la escena lamentable de aquella mañana; considerando, además, que
Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el pacífico
ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba que
el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan ilustre casa. La
notificación fué breve y expresiva:

--Don Alejandro, vengo á decir que hoy mismo me hará usted el favor
de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.



V

PRINCIPIO DEL FIN


I

Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste.
Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda,
donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo
caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad
suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas
sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué
había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero?
Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer
uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos
en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto;
pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de
domicilio.

Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla
del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de
Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante
de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres,
bien podrían salir del frío hueco de una tumba!

Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada
menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se
lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy
pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su
familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma
que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos...
En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las
cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café.
¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total:
él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa
muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros,
tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo
mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el
mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si
los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había
comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar
aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...

ALEJANDRO.--(_Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano._) Toma.

CIENFUEGOS.--(_Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los
dedos lo que le daban._) Puedes estar seguro de que el mes que
entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en
los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...

Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió
Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl,
y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba
poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por
haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su
amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo,
no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped
los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito,
podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su
amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez,
podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso
tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas,
dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor
Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de
lo porvenir.

--No--dijo,--yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle
de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.

La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían
allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las
habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.

--Me estaré aquí unos pocos días--pensó el joven,--hasta encontrar
cosa mejor.

Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo
el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le
enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe,
regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo
de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó
en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para
uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños
de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce
de aquella errante vida.

Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía
del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada
vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía
muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las
hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener
conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde
daban más.

Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los
pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en
los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la
pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault
Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre
procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos,
donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo
costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros
de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á
bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más
que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que
tenía puesta.

Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando
hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se
iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque
Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde,
le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar,
y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio,
á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una
veterana alfombra.

Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en
levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de
un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos.
Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo
habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan
esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin
obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se
devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos
eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid
y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto
desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se
daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno
de gozo, que se le traslucía en el semblante.

Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la
presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El
infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de
ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada
vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su
vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran
tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el
dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas
cobrado, como cosa de encantamiento.

Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un
fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en
aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe
le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo
de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin
poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que
de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado
optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima
representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas
los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.

Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando
apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo
de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de
ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus
antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó
se metía en un portal.


II

Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos.
Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria
sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía
diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía
por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno,
si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el
agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal,
filial y amistoso.

Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que
verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón;
si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso.
Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de
tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en
el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense
sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la
fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de
los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con
paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados
con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las
Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los
gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún
que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones
picantes entre mujeres y soldados.

Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas,
y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de
palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en
la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.

Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando
lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía
con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí
donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de
verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de
la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel
joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano,
García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara
risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»

Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y
hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo
trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en
Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra
_El Tanto por ciento_, de la cual decía nuestro manchego: «La primera
vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres
días.» Y en su _Grande Osuna_ había querido hacer gala de remedar la
dicción admirable, limpia y sonora de _El hombre de Estado_. No ya
cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el
poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la
energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.

Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba:
«¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él,
á trechos, para mirarle de frente.

Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta,
aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran
mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no
hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que
no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina
que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las
manos que la ejecutaron.

--¿Esto lo hizo un hombre?...--preguntaba Felipe en el colmo del
candor.

--Sí: Murillo.

--¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?

--Ahí verás tú.

Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido
entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro,
estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su
raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del
Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun
mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes,
que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La
chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por
mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para
convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel,
aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del
insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le
salían erizados mechones de pelo.

Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el
empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero,
ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un
amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe--le decía después
de comer,--ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no
puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las
lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»

Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero
nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la
ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al
asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le
dejara solo, para trabajar _pro domo sua_. Tenía instintos prácticos,
vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en
las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches
de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una
levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la
arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.

Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no
reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de
judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis
suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á
recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria.
Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y
extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían
por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y
del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba
poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII,
y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras,
episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.

También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían
ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y
clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban.
Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón
de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los
Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San
Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente
decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla
y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas,
ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:

    _«¡Teneos... atrás! ¡traidor!_

Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:

    _¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!_

Y yo te doy la estocada:

    _¡Válgate el infierno!_

Tú dices entonces con angustia:

                            _Aguarda._
    _Oye una palabra... advierte_...

Y yo te remato así:

    _¿Palabras yo? toma hierro_.

Y caes bañado en sangre gritando:

    _¡Yo muero... Jesús mil veces!_

Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.

--¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!--exclamó con profundo
desconsuelo.--¡Y que esto no se haya representado todavía...!

Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:

--Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del
siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene
de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez
Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con
los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios
reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien;
perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que
oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas
las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo,
manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral
indulgente...

Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey,
que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el
carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito
que el _Grande Osuna_.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de
manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias
le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al
gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con
los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda
mujer guapa...

Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más
le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:

--Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.

Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el
mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.

Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:

--Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los
_uscoques_. _Uscoques_ son unos bandidos que habitan en las playas
del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...

--Un mar,--replicaba Felipe, hinchado de erudición.

--Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente
los _uscoques_... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico
Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por
ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?

--Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y
el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando
fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...

--Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los
_uscoques_ se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...

--Yo...

--Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque,
previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...

--¡Pillos!...

--La Carniola es también hermosa figura--afirmó el poeta, desvanecido
de entusiasmo.--Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos
lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua,
la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación
mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada
acaricia quemando...

Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se
le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca.
Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas.
Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio
sudor.

--Vámonos--dijo Felipe asustadísimo.--Hace aquí mucho frío.

Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego, apoyado
en su fiel secretario. Al llegar á la casa se acostó. La fiebre era
intensísima... Deliraba.


III

El mal comenzado, ó más bien recrudecido aquella noche, tenía
trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante
el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una
semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo
y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto
á la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría
su rostro, y sus ojos, engrandecidos enormemente, expresaban
estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas
horas de inquietud y ardor tan grandes, que creyó revolcarse en un
lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en
el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad
de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando
los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los
párpados, le dijo:

--Corre, Felipe, y llámate á Cienfuegos...

Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia
médica, antes de tener la ciencia y el título.

--Esto no es nada...--manifestó con énfasis doctoral.--Te voy á dar
el _percloruro de hierro líquido_. Tendrás un poco de paciencia... y
sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa
que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana
y todos los días.

Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro
movió sus labios para murmurar: «hablaremos...» el novel médico creyó
que iba á recordarle ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, en tono
de cariño, le dijo:

--¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede
serte funesto. Con que punto en boca. Á la noche veremos. Que vaya
Felipe al momento por la medicina. Me voy á clase.

Durante el curso de la dolencia, asistía Cienfuegos con
irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su
naturaleza. Algunos días iba cuatro ó cinco veces, y se estaba
allí largas horas; otros no se le veía el pelo. Cuando era más
necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida, que vendré sin
falta,» no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente á horas
desusadas. Y no perdía ocasión de proponer á su paciente el préstamo
de un napoleón ó dos, animándole á ello con lisonjeros augurios de un
pronto restablecimiento.

Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro
postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras.
En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su
_Grande Osuna_ no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar
de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se
la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen:
«La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta
tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»

El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso
trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida.
Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera;
pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin
ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su
tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre,
sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba
el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día
que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en
esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían
huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que
su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y
amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.

El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su
enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto
infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también
de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que
compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con
imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la
vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula
del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo
es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva
en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal
saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...

Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas
teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo,
esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones
optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado.
Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque
así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con
que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro,
con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte
histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno
obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le
anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo,
porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética
voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos
provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias
de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del
lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para
poder exclamar:

--Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito
potro. Dentro de tres días, á la calle.

Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo
despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se
amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca
visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de
la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque,
Jacques Pierres y la Carniola.

Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del
alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus
cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia,
ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano.
Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en
médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre
en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás
escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que
decía en caracteres de letra inglesa: _Por esta primera de cambio_,
etc..

--Lo primero es pagar--dijo Miquis con honradez candorosa.--Habrá
para todo.

¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar,
pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal
Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba
á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor
parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino
Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel
nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi
lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos.
Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos
reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa,
de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra
vez á la calle con decencia.

Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con
el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar
acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la
creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre
los dedos!

--Voy á restablecer la figura de la Carniola--decía una noche, ya
metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;--voy á restablecerla
tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura
grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de
esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer
en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos
me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer
vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la
Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la
raza de los _uscoques_, de origen helénico, los implacables enemigos
del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio
comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados
de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?

Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta
febril elocuencia.

--Pues Catalina es robada de la casa paterna por un _uscoque_. Este
muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida
de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las
galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De
los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre
ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado.
Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente,
cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta,
porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para
abreviar, te diré que la _Carniola_ no puede ver á Jacques Pierres:
le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que
diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que
daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal
mujer...

--¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!--dijo
Centeno.--Eso es en aquel pasaje que cuenta:

      Ví en Posilipo una mujer tan bella,
    no digo bien mujer; yo ví una diosa...

--Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no
comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la _Carniola_.
Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su
generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en
mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado
en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer
el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad.
Aquí es donde dice:

      Subiendo á la cumbre voy
    del monte de mi fortuna.
      Á su extremo soberano
    sólo falta un escalón:
    dame la mano, ambición;
    lisonja, dame la mano[2].

En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante,
sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia
toda... ¡Y qué figura la de Catalina! ¡No habrá actriz que me la
interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo á tí: es
alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros
en los cuales centellea una dulzura incandescente y derretida,
que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la
represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy
bueno ya... ¿no crees...?

  [2] Estos versos y los precedentes son de Calderón.


IV

¡Y qué bien durmió aquella noche! Las doce del día serían cuando
Felipe se aventuró á despertarle. Toda la tarde estuvo charla que
charla, y habría salido á la calle si Cienfuegos no se lo prohibiera
por estar el tiempo frío y amenazando lluvia. Como no carecía de
dineros, mandó traer comida de la fonda. ¡Lástima grande que el
apetito le faltara! Era muy extraño que apeteciera éste y el otro
plato, y que en el momento de verlos delante, le entraran invencibles
repugnancias. Esto le ponía triste, y decía:

--¿Sabes tú, Felipe, una cosa que yo creo que comería con gana? Pues
cañamones. Si mi tía me los mandara... Creo que con esto me volverían
las ganas de comer y me pondría bueno.

Benditos platos traídos de la fonda, no os podríais quejar del
desaire que el amo os hacía, porque, en cambio, el criado os trataba
con extremados miramientos. Así estaba él de nutrido y saludable, y
así echaba aquellos colores, pregoneros de su naturaleza vigorosa y
de un organismo admirablemente regularizado.

Al anochecer quejóse Alejandro de frío, y se acostó. No había acabado
de hacerlo, cuando alguien llegó á la casa preguntando por él. Felipe
salió á enterarse. Era una mujer...

--¡Ya, ya sé!--dijo Miquis turbadísimo cuando Felipe le dió cuenta
de la visita.--Enciende luz, dí á esa persona que entre, y vete en
seguida.

Felipe vió el demacrado rostro de su amo encenderse con llamarada de
rubor, cual hoja seca que arde. Los ojos del enfermo chisporrotearon
gozosos.

Al punto entró la mujer, señora ó lo que fuese. Pero la puerta
quedó entreabierta, y Centeno atisbó desde el pasillo... ¡Vaya, que
era arrogante y hermosa! No se la debía diputar por señora, porque
ninguna que tal nombre merezca se presentaría en visita con aquel
mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo de
seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo como
un cucurucho prolongado sobre la frente. Á la sombra de este pañuelo
brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella ninfa, amorosos
y traicioneros, como en verso decía Miquis, hablando del mirar de la
Carniola. Lo de las flechas que tanto usan los poetas, venían bien
allí; mas eran flechas untadas de caramelo envenenado. ¡Bonito aire
el de la Tal, y qué bien calzada!

Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero de la
hermosura, luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje hablaba?
Ya... se comía la mitad de las palabras, y las otras las remataba
con un dejo... ¡ay! Era andaluza... El metal de voz sonaba un
poquito ronco; pero la dicción no por eso resultaba menos lánguida y
suspirante.

¡Felipe, oído! La Tal se acercaba al lecho de Miquis y le tomaba la
mano. Él, turbado, sin duda, de la alegría de verla, le decía que
se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba harto
cansina. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que á Felipe
le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y moralmente en
situación de ser llevado en brazos, y aun de que le dieran biberón.

¡Oído, Felipe!... La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua
andaluza... ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en él...
¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno... Ella estaba
muy disgustada. ¡Le pasaban unas cosas... pero unas cosas...! No
podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo que
su amo decía no llegó á los sutiles oídos de Centeno, porque la voz
de Alejandro, á consecuencia del mal que padecía, era como un soplo
fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera á su lado.

Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fué. La patrona, el
marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo, y la
despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto á su amo, viole
un tanto caviloso; pero no triste. De repente le entró una gran
locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese antecedentes
del asunto en que él pensaba, dijo á Centeno:

--La pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la
tiene pereciendo.

--Hay que traer azúcar,--dijo Felipe, atento al cuidado del enfermo.

--Es verdad.

--¿Cuartos...?

--Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?

Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un gran
paquete de duros y pesetas, fué á buscar allí lo que necesitaba; pero
Alejandro le detuvo con estas palabras:

--No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.

El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado la plata
depositada en la mesa de noche, empezó á buscar en todos los huecos
de la ropa.

--No hay ni un sacramento.

--Pídelo á doña Pepa. Tráete también caramelos... Oye, y cigarros.
Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.

Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además _La
Correspondencia_. Su amo dormitaba; luego se despabiló y estuvo
despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama,
de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque, y de las
atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta
verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír á
Alejandro:

--Esa que ha estado aquí esta tarde--dijo,--es la Carniola.

--¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder de un
Jacques Pierres...!

--¡Qué pillo! Y puede que le pegue...

--Es un salvaje... ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita
cama...!

No dijo más sobre el particular... Como el tiempo seguía malo, continuó
prisionero algunos días. La Tal volvió á visitarle, y en aquella
segunda entrevista, que fué también de noche, el enfermo estaba
levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones
de afecto. Ella contaba suplicios, sofocos y privaciones horribles. Él
la consolaba y anunciaba mejores días... ¡Oh! pues si él no estuviera
enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos ojos un par de
lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al manchego se le
partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal no podría venir más
á verle... Para salir á la calle necesitaba decir mil mentiras... ¡Y
luego venía con un miedo...! Pues si el bárbaro llegaba á descubrir que
ella... De seguro que le cortaría la cara, y era lástima que una cara
tan linda... ¡Lástima también ¡ay, Dios mío! que Alejandro no tuviera
salud y mucha guita para poner eficaz y pronto remedio á tamaños
males!... En fin, adiós, adiós...

Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de
ella, Miquis escribió una carta á Torquemada pidiéndole dinero.
El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando pudiera
salir á la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones
persuasivas que no podía expresar la pluma de un poeta.

Á Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y
gentileza de la desconocida amiga de su amo, á la cual daba, por
no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba
siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la
memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la
expresión indefinible que se asociaba, por mágico contacto de las
ideas, á los poéticos lances del drama de Miquis.

Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto,
y él con su imaginación se anticipaba á la edad. Estaba, pues,
como poseído de cierta idealidad contemplativa y platónica, que se
recrudecía al ver á la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba
él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas sus
gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón
de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió á mi hombre la cosa más
extraña... Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural de
infantiles caletres, y confesemos que lo que discurrió Centeno era
muy adecuado á su edad de transición y á su escogido espíritu.

Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué no había
de componer también sus versos, como todos los chicos en llegando
á su edad? ¡Y quién sabía si estaba destinado á ser autor notable
como su señor, y aun á escribir un drama tan hermoso como _El Grande
Osuna_, que sería el asombro del mundo! Era menester probarlo. Notaba
como una llamarada dentro de su cabeza, y siempre que se acordaba
de la hechicera y arrogante Carniola, oía susurro de rimas en sus
orejas, y sentía dentro algo como ganas de llorar, ganas de reir...
Manos á la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si
no conseguía enjaretar dos docenas de versos y cantar en ellos la
preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba
reducido á barajar unas cuantas palabras bonitas, y á ponerlas bien
puestas aquí y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.

Su amo dormía; sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!... allá te
van renglones. ¡Quiá! esto no suena. Otra vez; borra y vuelve á
escribir. No sale... Ahora... _Gentil señora, de beldad bella y
hechicera_... ¡Oh! esto no sonaba. Á ver ahora. _Cuando las auras_...
Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. _Cuando
las auras gimen ¡ay! y gimen_... ¡Magnífico! Lo malo era que no
podía seguir adelante, hasta ver qué salía de tanto gemido. Otro
esfuerzo: _Al mirar esos ojos cual luceros_... Bien, bien: ¡qué bien
sonaba el _cual_!... _Echando rayos hechiceros_... Que me queman cual
encendidos... ¿Qué pondría para rimar? _¿Carniceros?_ No: esto no
parecía palabra de poesía. Además, debía ser cosa que quemara, que
ardiera, como, por ejemplo, _braseros_, y mejor _pebeteros_, cosa de
lumbre y de buen olor á un tiempo.

Á las doce quedó terminada la composición. Felipe se reía á cada
verso escrito ó borrado. Á veces juzgábase hábil poeta, á veces
absolutamente inepto para el áspero arte de la versificación. Por
último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquellos
disparates, llevóle á considerar sus versos como los más chabacanos
que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando para
más adelante, y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo
ensayo de sus facultades imaginativas.

Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba
secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular á Petrarca.

¡Oído, Felipe! que aquel día la conferencia fué más acalorada que
nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus cajas,
que le ponían en el desairado trance de no poder atender á las cuitas
pecuniarias de la hermosa Carniola, y librarla de la feroz tiranía de
aquel Jacques Pierres á quien los turcos debían hacer picadillo...
Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las
visitas recatadas al Duque, y recelaba que no pudieran verse más...
Para remediar esto, se le había ocurrido un plan. ¡Qué acertado
pensamiento! Bien para él y bien para ella. ¡Oído, Felipe! que va á
decir el plan. La Tal tenía una hermana, casada con el mayoral de
una ganadería. Vivía este matrimonio en casa humilde, pero aseada, y
le vendría bien tener un huésped para ayudarse. ¿Por qué no se iba
Alejandro á vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor
asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes; en
aquella leonera, donde le robaban y no le cuidaban bien. No sería
huésped, sería el amo, y la bendita hermana de la Carniola no sería
su patrona, sino su ama de llaves. ¡Qué comodidad y qué proporción!
El mejor resultado de esto sería que la Tal podría siempre que
quisiera visitar á su hermana, sin oposición del caribe, y ver á
Alejandro diariamente y aun cuidarle en su enfermedad...

Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan, y reniega de
doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud de un cambio
de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí;
y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su hermana
_cae_ á unos jardines que parecen los cármenes de su tierra, llenos
de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El piso es
altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba...

Quiso la suerte ó la desdicha de nuestro héroe tobosino que á sus
proyectos se anticipara la llamada doña Pepa, hembra de mal genio y
peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener en su casa
un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta y pegadiza. La
casa perdía mucho con esto, en su opinión de saludable, y ya algunos
señores alumnos de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de
marcharse. Teniendo ciertos puntos y ribetes de humanitaria la doña
Pepa, no quería decir á Miquis, desabrida y secamente: «Le echo á
usted por enfermo.» Discurría un hábil pretexto, y vinieron á dárselo
las visitas de aquella Tal, á quien lo mismo ella que su marido
diputaron por una cualquiera, ¡Vaya unas amistades que tenía el don
Alejandro! No, en casa tan honrada no se querían visitas de tal
naturaleza, ni la opinión de la escogida pléyade de huéspedes podía
ser expuesta á las calumnias y dicharachos de la vecindad. En éstos
ó parecidos términos manifestó á Miquis doña Pepa sus propósitos,
corteses, pero claritos.

--Yo pensaba marcharme--dijo él.--En esta casa no hay aire respirable.

Y sin pérdida de tiempo empezó á disponer todo para la mudanza,
apretándole á ello el deseo de gozar pronto de la vista de aquellos
jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué suerte
tenía y qué motivos de alabar á la Providencia!


V

Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir á la calle. La
primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse á casa;
pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más
que su quebranto, y en los días siguientes tornó á salir y estuvo
en el café. Era su aspecto como el de un difunto. Cuantos le veían,
ó manifestaban el mayor asombro, ó tenían que hacer disimulos muy
violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo,
la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Y él,
siempre optimista, y engañándose á sí mismo, se anticipaba á las
observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:

--No estoy ya tan malo como crees... Es porque me ves el primer día
que salgo á la calle, y la verdad... me he quedado en los huesos.
Pero me voy reponiendo... siento que mejoro rápidamente...

--¿Y dónde vives ahora?

--Te diré... No vayas á verme, porque estoy como de paso en una casa
que no es de huéspedes... casa con jardines; quiero decir, que tiene
vistas á un jardín... Pero no vayas por allí: hay mucha escalera, y
lo probable es que no me encuentres.

El verdadero motivo de que Alejandro alejara á sus amigos del nuevo
domicilio, era cierto disgusto ó vergüenza de que le vieran allí,
pues en verdad (¡desvaneceos, ilusiones locas!) no pudo el enfermo
haber ido á peor sitio, aunque lo rebuscara entre todo lo malo que
hay en Madrid. Estaba la tal casa en la calle de Cervantes; mas no
bastaban las leyendas gloriosas del barrio á hacerla simpática. Á
dicha vivienda se subía por una escalera interior, casi tan larga
como la del Cielo. Aquello no acababa nunca, y nuestro poeta tenía
que sentarse dos ó tres veces en los peldaños para poder seguir.
Cerca ya de los sotabancos, muchedumbre de sucios chiquillos á todas
horas invadía la escalera, estorbando el paso, haciendo infernal
ruido que ni un momento se interrumpía de la mañana á la noche. En
los descansos altos, había un tufo que viciaba el aire y lo hacía
irrespirable, porque las vecinas sacaban sus anafres y braseros
para encenderlos y pasarlos en la escalera. Abiertas casi todas las
puertas, sentíase allí hormigueo de gente que, por no tener espacio
bastante, rebosaba de sus domicilios, y el murmullo mareaba tanto
como el tufo del carbón. Las paredes, de abajo arriba, y donde quiera
que no faltaba el yeso, aparecían llenas de letreros, mamarrachos y
de mil suciedades diferentes.

La primera impresión de Alejandro, al estrenar su domicilio, fué
penosísima... Creyó que entraba en una carbonería, porque paredes
más negras que las de aquel pasillo no las había visto él en toda
su vida. Por el suelo de polvorosos ladrillos rojos se arrastraban
chicos entecos y miserables, otros gateaban, aquéllos corrían como
en una plaza, éstos hacían procesiones y paradas militares. En las
puertas numeradas, no había cordón de campanilla, y las más estaban
abiertas. Para llamar en las cerradas, se hacía uso de los nudillos.
Una vez dentro de su cuarto, que era el número 7, enseñáronle una
salita, lo mejor, casi lo único de la casa, de regular tamaño,
paredes sin papel, aplanado techo y buenas luces. Eso sí, en vistas,
no le ganara ni la torre de Santa Cruz.

Por la cuadrada ventana se veía grandioso país de nubes y tejados; se
dominaba toda la parte oriental de Madrid, que es la más hermosa: el
Retiro, la aguja del Dos de Mayo, el techo plomizo del Congreso, la
mole de Buenavista, las chimeneas de la flamante Casa de la Moneda,
y detrás el árido campo donde pronto se había de levantar el barrio
de Salamanca. En cúpulas y tejados veíanse las formas más extrañas
y las variedades más caprichosas. Ofrecía el conjunto una crestería
chabacana, de recortados picos, aleros, palomares y sin fin de
chimeneas, como negro ejército en desorden, las unas empenachadas de
humo, las otras no, muchas torcidas y con el capacete ladeado. Era
preciso mirar verticalmente, como se mira al fondo de un pozo, para
alcanzar á ver aquellos jardines de que hablaba la Tal. Pertenecían
á lujosas casas de la calle del Prado, y estaban tan hondos, que las
más altas ramas de las acacias apenas llegaban al segundo piso. Con
esmero y mimo cultivados, aquellos profundos verjeles se componían de
afeitado césped, setos tijereteados, de algunas coníferas y acacias,
todo raquítico y achacoso. Era como un hospital de árboles. Los había
variolosos, todos llenos de verrugas; los había reumáticos, mancos de
ramas; habíalos atacados de alopecia, por lo cual tenían calvicie de
hojas, y todos calenturientos, revelaban en su amarillez el paludismo
en que vivían. No faltaba tampoco una marmórea fuente que á ciertas
horas se emperifollaba con un juego de agua para recreo de los
pececillos rojos, prisioneros en el pilón.

No disgustó á Alejandro la estancia aquélla desde la cual se
veía tanta nube, tanta chimenea, y, con buena voluntad, el
sepultado jardín. Los muebles habían sido muy buenos; pero estaban
estropeadísimos y pidiendo á gritos plumero, agua y estropajo. No
había silla que no estuviera coja, ni pieza en que no faltara algo.
Todo revelaba la adquisición de lance, en el desplome de una fugaz
fortuna, de esas que nacen y se liquidan en una semana. Todo era de
acarreo, de baratillo; todo procedía de esa industria prendera que
sirve para poner casas provisionales ó para la improvisación de los
ajuares domésticos.

La gente aquélla, marido y mujer, no parecía mala. Ella habría sido
hermosa, si no estuviera picoteada por las viruelas; él, atravesado
y de semblante duro, revelaba conexiones con gente torera. La
estudiada afabilidad de ambos cautivó al manchego, que no veía más
que el aspecto bueno de las cosas. Todo quedó convenido, y se instaló
en la sala. Allí estaría como en su casa. Para mayor comodidad del
ínclito joven, no se fijaría un diario, al uso de las casas de
huéspedes, sino que él diría por las mañanas á Cirila: «Cirila,
quiero comer esto, quiero lo otro;» y Cirila le diría: «Pues, señor
don Alejandro, déme usted tanto más cuanto...» ¿Que el señorito no
quería aquel día comer...? «Pues, Cirila, hoy no como en casa.» ¿Que
quería un extraordinario...? «Cirila, mañana comeremos aquí cuatro
amigos.» Y ella entonces haría las cuentas, y le diría: «Porque mire
usted, señorito: la ternera está á tanto, la merluza á cuánto...»

Todo iba bien. Los primeros días estuvo Alejandro bastante mejorado,
y claro es que pasaba en la calle la mayor parte del tiempo.
Felizmente no carecía de dinero, juntando lo que pudo arrancar á
Torquemada con lo poco que le envió su padre. Iba viviendo; su
pensamiento, ávido de las cumbres, no sabía descender á los llanos
de la vida material, ni enterarse de lo mucho que habían encarecido
los artículos de comer desde que él hiciera sus convenios con Cirila;
ni advertía que le estaban costando un ojo de la cara su frugal
almuerzo y su nada abundante comida.

Había dicho á Felipe que abandonara la posada de los mieleros y se
viniese á habitar con él, lo que llevaron á mal Cirila y su marido,
porque era Felipe, según ellos, fisgón, entrometido y amigo de
curiosear lo que no le importaba. Todo lo había de intervenir, y
sabía el precio de los comestibles, del carbón y de los artículos más
usuales... ¡Oh, á él no se la daban! ¿Quién había visto que cuatro
huevos costaran una peseta? Sólo aquel visionario de don Alejandro,
con su cabeza llena de dramas, Carniolas, ideales y filosofías, podía
ver impasible tan grande atrocidad económica.

En un momento de mal humor había dicho Cirila: «Ya sabía yo que el
señorito era muy aficionado á mantener vagos,» frase que al Doctor se
le atravesó y no pudo digerirla en mucho tiempo. Pero mientras más le
crecían las uñas á ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir
todo.

Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto faltaron
ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El 1.º de Mayo,
á consecuencia de haberse mojado con una llovizna, al anochecer,
recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche
del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y no fiándose de su
ciencia para un mal tan grave, trajo consigo á un médico amigo,
joven y afectuoso. La debilidad de Alejandro era tan grande como
su inapetencia. Hubo que recurrir á la carne cruda, al extracto
de Liebig, y con ninguna de estas cosas se atajaba el rápido
desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y
perderse en lo inorgánico. La combustión crecía; las pérdidas eran
enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan solo, que
los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el infeliz que en
casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y sepultado en aquella
odiosa cama de tormento. Para que éste fuera mayor, su ánimo abatido
negábase á buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad,
las fuerzas reparatrices. Callaban los estímulos mentales del arte, y
enmudecían los pruritos íntimos del ideal y el amor. Todo dormía en
él, menos el enfermo; todo, menos la fatiga, el calor, el frío, la
cefalalgia, el negro cansancio y la pesadez de sus huesos de plomo...
¡Inexplicable desvío el de la Tal, que no había ido á verle más que
dos veces desde que allí estaba, y estas dos veces con mucha prisa,
porque tenía que hacer, porque sólo disponía de un par de ratitos!...
No vienen nunca solos los males. Á los referidos, juntóse uno que
era en todas circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y
en aquella terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había
concluido esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa
nonada omnipotente que llaman dinero!... ¡Qué afanes, qué fatigas
para procurarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con
cartitas y recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que
ya abusamos--pensaba él.--Razón tienen en no darnos nada.»


VI

Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste
desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca
salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de
su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo
necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan,
porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada.
Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester
empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si
el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado,
rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque
ella...

En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza
estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su
tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió
volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y
afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y
llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una
mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de
cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón
viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se
puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada
entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo...
Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo
la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre
la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos
latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo
un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe
para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió
escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró
en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien
obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta.
Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para
lo que ocurriese. Todavía había Providencia.

La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa,
que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de
aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido,
salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban.
Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra
la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto,
y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de
aquel fantasma pendía, le dijo:

--¡Don José!... ¿Ya no me conoce?

El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter
copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se
querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los
oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral,
como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en
éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en
el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar
famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de
los conceptos de aquella voz, que dijo:

--¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de
don Pedro... ¿Vives aquí?

Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando
á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el
último peldaño de ella.

--Siéntate aquí y hablaremos--dijo con voz desvanecida y vagorosa,
cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran
retroceder para volverse á la boca.--Sabrás, Felipe, cómo estoy sin
colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la
tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos
los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay
vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy,
hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos,
cada uno con su boca correspondiente.

Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa
de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo:

--¡Ay! hijo, tú te marchaste antes de que en el bueno de don Pedro
se iniciaran las grandes locuras que hemos visto... Ya conoces su
genio de Barrabás y sabes cómo nos trataba... El genio se le podía
llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que ofenden á
un hombre digno. Yo á nadie falto. ¿Por qué no se me ha de tratar
con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas, el maestro
me decía palabras malsonantes; pero como él mismo se reía, pasaban
por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple.» Esto era
á cada momento. Bien: pase como un desahogo... Pero cuando un
concepto se repite y se repite... Yo paso una broma; pero que me
pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no me llamaba
por mi nombre, sino que decía: «_Cerato simple_, haga usted esto ó
lo otro. _Calamidad_, esto ó aquello...» Los chicos se reían y no
me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien dijera:
«_Cerato_, vete al acá ó al allá.» Francamente, naturalmente, amigo
Felipe, esto ya es por demás. Porque si un chico me falta una vez, se
lo paso; pero que me tomen como cuento de risa... Si á uno le mandaba
una cosa, me respondía: «_Dido_, no me da la gana...» «_Dido_, vete á
donde quieras...» Francamente, naturalmente... yo estaba ya trinando
en mi interior, y con un aquél que me revolvía las tripas. Don Pedro
no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones: todo lo
decía al revés, y echaba la culpa á los chicos y á mí. Un día se
puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos, con espuma
en la boca; y empezó á tirarnos los libros, los tinteros, plumas,
pizarras. Nos apedreaba. Á algunos alumnos les hizo heridas... Todos
estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y le tiró al aire. Á
todas éstas, renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de
un sacerdote... Francamente, naturalmente, esto no se podía aguantar.
Aquel día se retiraron de la escuela no pocos niños, y el padre de
Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de palabras con don Pedro,
y por poco se pegan. Otro día el maestro estaba como un idiota: no
decía palabra; tenía una especie de modorra, y hasta parece que se
le caía la baba... No te rías; sí: al tal don Pedro le pasa algo...
Enfermo está no sé de qué... Pues como te decía, sin más ni más,
salió con la pitada de que yo le quitaba los discípulos, y que soy
un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente, naturalmente, señor don
Pedro...» Y él me contestó: «Porque usted, bajo esa capita de santo,
es capaz de asesinar á su padre...» Francamente, naturalmente, yo...
¿qué había de hacer?... Total, que me marché. Aquí me tienes, pues,
sin colocación, pasando las de Caín para mantener á tanta familia.
¿Vives tú con un señor que parece está enfermo, y que, según dijo
doña Cirila, es algo poeta?

--¿Qué es eso de algo?--replicó Felipe, ofendido de que se
escatimaran así las facultades literarias de su señor.--Mi amo es de
lo que no hay en eso del drama y la poesía.

--Pues, hijo--manifestó don José alzando un poco la abatida voz por
los bríos que le daba la esperanza,--á ver si me proporcionas algún
trabajo. Quizás tenga tu amo borradores que copiar...

--Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está mi
amo muy en fondos para encargar ese trabajo... Más adelante puede...
porque tenemos unos dramas que el señorito va á poner en limpio.

--¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda á cuenta... Yo
también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora
se me ha ocurrido retocarlo, á ver si alguna compañía me lo quiere
representar. Es cosa del conde Fernán González, y todo, todito, me lo
hice en sonetos... Francamente, naturalmente, creo que no sirve para
nada.

--Me voy, no sea que se despierte,--dijo Centeno, cansado de las
confidencias de Ido.

Este le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo de
su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:

--Felipe, tú no sabes lo triste que es volver á casa á estas horas
con las manos vacías, y cuando á uno le están esperando desde media
tarde, creyendo que lleva los imposibles... Si algún día eres padre
de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me
habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de prestarme
dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento... que
francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo, dedicado
á la enseñanza...

Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel
portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la
civilización, el pescador de hombres, sacó de su bolsillo una cosa
que, por las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó á las
fuentes de ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de
sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que
había en ellos se lo dió.

Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y de su
triste situación.

--Coge todo lo que haya--dijo el manchego,--y llévaselo. ¿Qué nos
importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra
miseria es contingente, accidental y temporal la suya es intrínseca y
permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues ofréceselos.
Y las tres onzas de chocolate y el pan... Dale todos los cuartos que
tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me ponga bueno, he de
buscarle una colocación.

Siempre el mismo Alejandro. Ansioso de dinero cuando no lo tenía,
y capaz, por adquirirlo, hasta de olvidar los buenos principios,
como sucedió en el caso de la tiíta, desde que tenía algo, fuese
poco ó mucho, ya le faltaba tiempo para desprenderse de ello y
acudir á cuantas necesidades, verdaderas ó falsas, se manifestaran
á su lado. Su generosidad era tan incorregible como su ambición. Y
no escarmentaba nunca. Repetidas veces se había visto en grandes
aprietos por haber acudido con demasiada prisa al socorro de los
ajenos. Ejemplo de ello, que pocas horas después de su liberalidad
con el pobre Ido, al amanecer del siguiente día, la Naturaleza
le pidió cuentas de su falta de caridad consigo mismo. ¡De qué
buena gana se habría tomado una taza de té con leche, ó leche sola
caliente!... Pero no había leche ni azúcar, ni dinero con qué
comprarla. Como Felipe se quejara del pernicioso desprendimiento de
su amo, éste le dijo:

--Qué quieres... yo soy así, y no puedo ser de otro modo. Por más que
me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es un yo ajeno.

Y ambos permanecieron silenciosos, mirándose á ratos; y cuando no se
miraban, el uno fijaba sus ojos en el techo y el otro en el suelo.
¡Peregrina divergencia, que en cierto modo venía como á simbolizar
la contraria organización de cada uno! ¿Y qué descubría Miquis en el
techo? Nada. ¿Qué sacaba Felipe del suelo? Nada. Ni arriba ni abajo
había para ellos socorro alguno.

Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle
favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de bríos
morales y mentales que debieran tener virtud suficiente para compensar,
en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero no podría creerse que la
misma tensión y crecimiento del contenido habían roto el frágil vaso,
que ya, ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no le
compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro, en
que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación de las
ideas, no había de extender la mano y decir con arrebato de piedad:
«Detente, muerte, y no le toques?»

Era la perfecta imagen de un Nazareno, á quien se le quitaran
diez años. Su barba mosáica le había crecido algo después de la
enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo, fino y
sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando carboncillo:
se creería que iba á desaparecer si la soplaban con fuerza. Su
perfecta nariz afilada tenía transparencias de ópalo, y las tintas
gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más
deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las cuencas de sus
ojos agrandaba éstos, haciéndolos más negros, luminosos y profundos.
Cuando eran intérpretes de la esperanza ó del entusiasmo, el espíritu
como que no cabía en ellos y se derramaba en borbotones de luz.
Tristes, parecían la propia mirada de la muerte; alegres, traían
resurrección á apariencias de salud á todo el descompuesto organismo.

Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado
en el lecho, porque no podía respirar de otra manera; rodeado de
almohadas, mal cubierto, de frente á la luz, con la mirada perdida
en el techo, ó en el cuadrado trozo de cielo que por la ventana se
veía.


VII

Sacóles de la perplejidad en que ambos estaban una voz, precedida
de discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿dan su permiso?» y
la persona que entró fué don José Ido, que á preguntar venía por el
enfermo y á dar las gracias por los auxilios de la noche anterior.
Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía mucho mejor, y
entabló un ameno coloquio con aquel excelente sujeto, mártir de la
instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado
por falta de aceite. Los tiempos estaban malos, y francamente,
naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una espuerta de
tierra en las obras del Ayuntamiento... ¡Y pensar que había en España
diez millones de seres, con ojos y manos, que no sabían escribir!...
¡Y que él, hombre capaz de enseñar á escribir al pilón de la Puerta
del Sol, no tuviese que comer...! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y
qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero esto era una nación ó una
horda? Ido se inclinaba á creer que fuera una gavilla de empleados,
una manada de cesantes y una piara de pretendientes... Por todas
partes no se oían más que anuncios de revolución, y don José...
francamente... le pedía á Dios que se armara la gorda lo más pronto
posible, que todo se volviese patas arriba, y que viéramos á los
generales y ministros yendo á esperar á los Reyes, y á los aguadores
sentados en las poltronas... ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser
grande para que el país se desasnara.

Felipe, mientras hablaba su amigo, había encendido la cocinilla
económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban
allí, en un papelejo; pero faltaba el azúcar.

--Si tuviera usted un poco de azúcar, don José...

--Precisamente--replicó el pendolista con generoso arranque,--ese
es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo
confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema
y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.

Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas
que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un
cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó
á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á
gloria.

--Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...

--Voy á ver... Puede...

Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de
leche.

--Si se pudiera arreglar el señor con esto...

--Basta: muchas gracias.

Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo
Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los
medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día;
tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y
le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún
escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos,
ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos
y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las
necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el
médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del
Sagrario dudaba de la Divina Providencia.

Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:

--Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es
preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera
dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale
la situación.

Á media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo espacio de
tiempo, no había estado Miquis en completo abandono. Cirila, que no
era un ángel ni mucho menos, pero sí un sér humano, había entrado á
las once y le había dicho esto:

--He puesto un pucherito. Le traeré á usted una taza de caldo, ó unas
sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si me da
algo á cuenta, no le faltará nada.

No volvió Felipe con las manos vacías. Oigámosle:

--Cienfuegos no tiene un ochavo. Arias dice que si usted le da
cinco duros, le hará un gran favor. Sí: para dar estamos. Poleró
dice que vendrá á verle á usted esta noche, y Sánchez de Guevara me
dió esta peseta para mí... ¡para mí! Bueno. El _tío prisma_ salió
muy tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca; el
señor _Completo_ salió á echar sus cartas, y me preguntó si estaba
usted mejor. Le dije que sí, y echó un suspiro. _Prisma_ dijo que...
memorias... y que si se ofrece algo para París. ¡Ah!... Zalamero que
vendrá también por acá... Bueno... ¡Ah! memorias de Julián, que salió
conmigo á la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta. No
quiso entrar... Bueno... Ahora viene lo gordo... (_metiendo la mano
en el bolsillo y sacando un objeto_). ¿Á que no sabe usted quién me
ha dado este duro? Si lo acierta... ¿á que no acierta? Pues me lo ha
dado doña Virginia. Dice que le va á mandar á usted chuletas... que
eso que usted tiene no es más que hambre, y que se cura con carne y
jamón.

--¡Pobre Virginia! Es una buena mujer... Mira, dale el duro enterito
á Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy me ha dado
sopas.

--¡Ah!... don Basilio me dió este real... ¡para mí!... y que
expresiones, y que no se acoquine usted.

Por la noche tuvieron de visita á Zalamero, Poleró y Arias. Hablaron
tanto, que Alejandro se aturdió con el ruido; pero disimulaba su
malestar por no privarse del gusto que tenía en la conversación. Lo
único que dijo fué que hicieran el favor de no fumar mucho.

Poleró, con su vehemencia de costumbre, le decía:

--Anímate, hombre. Sal de esa cama. Hace ahora un tiempo hermosísimo.
Si no fuera porque están cerca los exámenes y hay que empollar, te
acompañaríamos más. ¿Y el drama? ¿Se representará la temporada que
viene?

--Eso, seguro.

--Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz.
Me han dicho que es mala adrede.

Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de _Los Miserables_, obra
que por tales días cautivaba y embelesaba á tantos lectores.
¡Aquella Cosette!... ¡aquella Fantina!... ¡aquel Juan Valjean!...
¡aquel capítulo _la tempestad bajo un cráneo_!... ¡aquel polizonte
Javert!... ¡aquel capítulo de las cloacas!... ¡aquel Fauchelevant!...
¡aquellas monjas del pequeño Picpus!... ¡aquella frase _no hay que
confundir las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango
las patas de los gansos_!... ¡aquel Gavroche!... En fin, todo, todo...

Con estas conversaciones, poníase Alejandro excitadísimo y le entraba
ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba á pasar! Más valía que se
fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su
amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos; pero entre
todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche tres duros y
dos pesetas.

--Adiós, adiós: á ver si te sacudes.

--Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba lo que
me enviará mi padre.

Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre lo
que acababan de ver.

--Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida. Él se
ha matado.

--¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía:
«Mira, que te estás matando.»

--La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?

--¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con
sentido común?

--Si no hay quien le entienda...

--Es un desgraciado, un loco... Bien merecido le está.

Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa de
noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos, fué todo uno.

--Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿Á ver ese
pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí esos? ¿Ha habido conversación?
Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia te mandará mañana
unas chuletitas.

Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas palabras
sacramentales:

--Veo que estás en fondos... No, lo que es este duro me lo llevo.
Recuerda que me debes... Es decir, yo te debo más; pero me refiero á
lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de
las leyes. ¡Eh!... tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido
la receta? Si á las diez no duerme, se lo das. Avisa á cualquier hora
de la noche si hay novedad.

Incomodó á Felipe la franqueza con que el médico espoliaba el tesoro
del enfermo; pero no se atrevió á decir nada. Cuando se fué Juan
Antonio, hablaron un ratito amo y criado de la necesidad de llamar
otro médico, el mismo que había venido al principio... Días pasaron
sin ninguna novedad. Ido les acompañaba no pocos ratos, y ambas
familias se favorecían mutuamente en sus tribulaciones. Á lo mejor
tocaban á la puerta, y se veía asomar por ella el rostro agraciado de
una niña de diez años, bonita, rubia, con la cara sucia y el vestir
andrajoso:

--Don Felipe...

¿Qué quieres, muchacha?--preguntaba él asustado del _don_.

--Dice mi mamá que si por casualidad tiene usted una libreta.

--Sí, sí--respondía Miquis al punto.--Felipe, dásela.

--Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta, que
cuando venga papá á la noche se la dará.

--Toma.

--Don Felipe, que si hace el favor de un huevo...

--Toma.

Gran regocijo y distracción tenía el enfermo cuando los dos chicos
mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto, con
gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos
militares. Si no fuera por el ruido que metían, no les dejaría salir
del cuarto en toda la tarde; pero á veces era menester darles algo
para que callaran ó para que hicieran sus evoluciones en el pasillo
con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que á pedir venía
de parte de su mamá, era muy juiciosa, y á ratos les acompañaba
contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el gato. Su
papá había ido á casa del ministro _para ver si lo quería colocar_;
¡pero quiá! el ministro era un pillo... Decía su papá que iba á
venir la gorda, y que él se alegraba, porque eso de que unos coman
y otros no, francamente... Algunas tardes iba con su muñeca, que
tenía toda la cara comida, y se ocupaba en vestirla y desnudarla
con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en
una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando á
este caballero.» Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan
obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por Felipe
tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese. Á veces
atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre cualquier
insulso tema.

--¿Por qué te llaman Doctor?--le dijo un día.--¿Es que eres médico?
Pues cúrame el gato, que está malito.



VI

FIN


I

Todo el mes de Mayo se pasó en alternativas de engañosa mejoría y de
recrudecimiento del mal, resultando un alza y baja sintomatológica,
con oscilaciones no menos bruscas que las de los fondos del enfermo.
Días hubo en que, cubiertas con esplendidez las principales
atenciones, aún sobró lo bastante para poner un duro en la mano
fría y flaca del apóstol de la escritura; pero otros, teñidos en
todas sus horas de un lúgubre color de tristeza, no traían consigo
más que necesidades, disgustos con Cirila, apuros y carencias de lo
más preciso. Fué por San Isidro cuando recibió Alejandro carta de
su padre, en la cual se manifestaba ya el buen señor enterado de la
vuelta que habían tomado los dineros de la tiíta. Vivísimo enojo
resaltaba en cada renglón de la epístola. El iracundo padre, pidiendo
cuentas del uso de aquel capital, declaraba al niño su resolución de
no mandarle un cuarto más en todo el año. Al Toboso habían llegado
noticias de la desaplicación del estudiante dramaturgo, de su vida
errática, de sus costumbres equívocas é indecorosas, por todo lo cual
estaba el buen don Pedro echando chispas. Concluía la tremebunda
carta diciendo al rebelde hijo que en vista de que no estudiaba, de
que era un perdido, no se gastaría más dinero en su carrera; que
después de los exámenes de Junio, si es que se examinaba, tomara el
camino del Toboso, donde se le tenía preparada una hoz para segar,
una azada para romper tierra, y un bielgo para aventar, únicos
instrumentos adecuados á la corrección de su holgazanería.

Consternado leyó el joven la filípica, siendo cada palabra de ella
puñal que le abría las entrañas, agravando su profunda dolencia.
¿Qué contestaría? Optó aquella vez por el mejor partido, que era
confesar su falta y pedir perdón. Se disculpó diciendo que había
tenido una larga enfermedad; pero á renglón seguido incurrió en la
torpeza, ya muchas veces cometida, de ocultar su verdadero estado
por no disgustar á su madre. Anunció que se había restablecido, que
ya iba á clase, y que esperaba examinarse y salir bien. Así lo creyó
el pobrecito, que antes perdería la vida que la esperanza. Era tan
ciego, que hacía proyectos para la semana próxima, contando con
restablecerse; prepararse en cuatro días, como lo había hecho otros
años; examinarse, y después irse tan alegre á su pueblo... _á acabar
de ponerse bueno_.

Para mayor tormento suyo, presentóse un día Torquemada, el
prestamista á quien Arias llamaba _Gobseck_, y con buenos modos, mas
con perversa intención, le exigió el pago de cierta suma. Alejandro
sintió un dogal que le estrangulaba. No supo qué contestar, y á cada
momento se contradecía. «La semana que entra... Precisamente estaba
esperando... No tuviera cuidado el señor Torquemada...» Este embozaba
con taimadas razones su exigencia. Aquel dinero no era suyo, sino
de un señor que se lo había confiado, para emplearlo, y el señor lo
necesitaba para ir á tomar baños de ola. Volvería al día siguiente;
volvería todos los días, mañana y tarde... ¡Poder de Dios, qué
hombre! Si no se le pagaba, pondría dos letritas al señor don Pedro
Miquis, _á ver qué determinaba_... Al buen Alejandro se le congeló
el sudor sobre la frente, y se le apretó el lazo corredizo que en el
cuello sentía.

--Felipe, chiquillo--dijo á su criado cuando el buitre les dejó
solos.--Es preciso hacer un esfuerzo. Abre la cómoda, saca toda mi
ropa, empéñala, que por ahora no la necesito, y para cuando pueda
levantarme ya tendré con qué sacarla... Á ver si te dan aunque no sea
más que lo bastante para pagarle á Torquemada los intereses.

Centeno obedeció en silencio; pero al pasar revista á la ropa,
observaba que faltaban muchas piezas; preguntaba por ellas á
Cirila; pero ésta se hacía de nuevas, y hasta se sorprendía de ser
interrogada sobre cosas con las cuales nada tenía que ver. «Allá tú,»
dijo á Felipe con lacónica malicia. La ropa blanca estaba reducida
á la mitad. Felipe hacía recuentos y comentarios; pero Miquis,
impaciente por terminar, cortaba las cuestiones, diciendo:

--No me marees. Me duele horriblemente la cabeza. Lleva lo que haya y
saca todo lo que puedas.

Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo á que
Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio, se
presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de que la
cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para dentro de
cuatro días. ¡Dios grande, qué hombre!

Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y
entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco que
allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana:

--Como no me vuelva yo dinero... Hoy sí que no puedo hacer nada,
señorito de mis pecados. Ni la lumbre puedo encender. ¡Bonito genio
tiene el carbonero! ¿Oyó usted el escándalo que armó esta mañana por
lo mucho que se le debe?...

--Felipe...

--Señor.

--Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy
tendrás suerte: me lo dice el corazón.

Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio
moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad
era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y
pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada
carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía,
y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo
qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la
cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía
torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista
mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz
resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un
bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas
ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le
diera trabajo, pagándole sus servicios...!

Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía
otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le
tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena
estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á
don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la
Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia...
El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él.
Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para
mantener... cállate, boca.

Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué
allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima,
cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la
escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél
no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían
los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta
postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro
médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima
situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.

--Esto ya es vicio--dijo Poleró.--Si su padre no le mandara, vamos...
pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo
que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la
Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza
muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al
fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.

Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se
desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.

Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora,
vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo,
cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante
sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar
un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de
este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de
probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario,
se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en
que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su
genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don
Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad;
pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su
antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta,
volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del
momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de
energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban
las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora
en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse
un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase...
Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de
Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á
la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:

--¿Quién es?

El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un
muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!

--¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo
estás...

Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al
cuerpo.

--Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?

Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de
haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no
estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni
la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes...
¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera
lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita,
saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:

--Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.

Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería
más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los
ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.

--No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi
casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete
de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en
dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo
se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar
esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El
silencio le acusaba.

--No, señor...--murmuró;--yo no soy vago... Estoy sirviendo á un
caballero...

--¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?

--Sí, Señor... pero...--balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber
cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.

--Á ver, explícame eso.

--Es que mi amo no tiene nada... está pobre...

--¿Quién es?

--Un estudiante.

--Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura,
hijo de reyes?

Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al
resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su
cráneo. Empezó á hacer pucheros.

--No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien
qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién
pides, para tí ó para él?

--Para él.

Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario,
Felipe lloraba como una Magdalena.

--Si usted no quiere creerme...--decía entre sollozo y sollozo...

--Pero si no me has explicado nada...

Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don
Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con
cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se
escondía la compasión.

Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró
estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió
del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera.
Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:

--¡Doctorcillo!

Éste retrocedió.

--Demuéstrame tu necesidad--le indicó entre ceñudo y
compasivo;--hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu
vagancia, y entonces te daré...

Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.

--Pruébame...

¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se
diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para
que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del
lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había
de ir allá.

--Á ver, habla...

--Adiós, señor don Pedro,--volvió á decir el Doctor, dando otra vez
la media vuelta para retirarse.

--Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu
cantinela?

Felipe se detuvo y le miró bien.

--Voy á ver si me quiere socorrer--dijo--una persona que ya otra vez
me socorrió.

--¿Quién?

--La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver
Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:

--¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

--El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene
tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la
lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de
su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

--¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis
pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro
señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el
bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas
escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba
sobre la otra, pasando y repasando monedas.

--Toma siete,--le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre
la mesa.

--Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda
su familia.


II

La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al
salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba
de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar
sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él
un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria
agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento
del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso.
«Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se
enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas
eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende
la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se _amuela_.»

Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso
era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable
con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más
acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él!
De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por
si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó,
no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la
liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no
importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón,
y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En
cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que
le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran
deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo
miedo?

¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á
los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría.
El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras
palabras muy lisonjeras.

--Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra
tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo
he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene
necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.

Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con
quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto
á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan
terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:

--Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre
paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque
es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto
de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes
hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero
lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo,
y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un
rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han
echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!

Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que
había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:

--Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis,
¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está
tan miserable?

Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio,
mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de
la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero
de ideas.

--Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un
loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las
ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo,
la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren
ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá?
Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer
cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo
que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón
_Tres_ les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?

Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con
grandes cabezadas afirmativas.

--Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos
quieren meter aquí--prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador
y paseándose en un espacio como de tres varas.--Hay unos cuantos...
todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes
y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu
amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas
forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?

Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa
gorda y coruscante.

--Pues ahora se salen mis amigos con eso de _todo ó nada_. En
resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad
la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he
borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí.
Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...

Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que
le habían prometido, y tembló por ellos.

--Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?

--Sí señor, sí señor que se me ponen.

--Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por
los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí
sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución
del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender
el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año,
buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y
venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así,
sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y
me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito,
esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo
y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y
pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y
descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no
me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí
señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas;
pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos
de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos
para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto
hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo.
Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner
en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros,
ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto
excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga
para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón,
otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua.
En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus
armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho
extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la
mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del
mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en
una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...»
Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para
nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell?
En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel
Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de
Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos
estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú
la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues
te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y
sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los
extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada,
no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo
así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio
español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y
de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á
tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.

Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe
le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el
muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la
oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á
Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar
su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que
pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por
cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres,
que envolvió cuidadosamente en un número de _Las Novedades_,
despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.


III

Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que
durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del
Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón
estaba sentado con otro amigo.

--Hola... _Redator_...

--_Míale_... _el Iscuelero_.

Entablóse franco y alegre coloquio. Juanito y su amigo habían
salido del taller, porque aquel día estaban allá de obra y no se
trabajaba... El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba?
Un sentido. El principal le quería mucho y le iba á poner en el
_estofado_. «Vente á este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras.»
El tal Juanito entró en aquel arte por gusto de su madre, y de allí
pasaría á Ingeniero. Iba por las noches á la escuela gratuita de
dibujo, y pintaba hojas de _coluna_, narices y toda la pirámide de la
Geometría. Le iban á poner en el _adorno_ y á pintar una _comotora_.
Ya sabía las cuatro órdenes de la arquitectura, y á poco más, si le
dejaban, hacía _otra como el Escorial_. La _corintia_ era de este
modo, y la jónica de aquel otro... En su taller, era él capaz de
dorar el gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban _refrescando
un altar_. Su principal doraba también con _galvana_, en un pilón con
agua muy agria, que quema... Como que él tenía la blusa agujereada
porque le cayeron gotas. Era el oficio más bonito que se podía ver.
¡Nada, que coges una cosa de palo ó de hierro, y en un momento la
pones dorada...! En fin, hijí, si te descuidas se te doran los
dedos, y hasta el resuello es oro. ¡Ganar! Lo que quieras. Todos los
días encargos, y «que vaya á sacarle _lustre al Padre Eterno de la
Iglesia_...» En medio día se despachaba él cuatro espejos. Primero
hacía la pasta, luego iba pegando molduras... Ahora venga barniz,
brocha de pelos de león y panes de oro... Un momento, un suspiro.
Da gusto ver que todo se va poniendo como un sol... Con los panes
que sobraban hacía maravillas en su casa, y hasta los vasares de la
cocina y la espuerta de la basura los había dorado.

Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz á su
amigo con aquel oficio regio. ¡Dorar! Poner en todas las cosas la
risa del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruín madera,
fingiéndole la facha del más fino y valioso metal... ¡Dichoso el
que en tal industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder
disponer de los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros
y hasta las botas de su amo. Subió de punto su admiración cuando
Juanito le enseñó sus uñas doradas.

--¿Qué es eso que llevas ahí?... Pastelitos.

--Me los han regalado. No sirven...

--_Mia_ éste... ¡que no sirven! Nos los comeremos.

--Es que... son para...

--Te los compraremos, hombre... Si creerás tú... Te vamos á convidar
á café... Fúmate un cigarro.

Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió tres
cerillas.

--¿_Onde_ vamos? Á _Diana_, que dan mucho azúcar...--Café y copas,
Felipe...

Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa
finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase
con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de
libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y
tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y
su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!

--¡Mozo... café y copas... y un periódico!...

Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel
desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad
de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba
mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo
todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy
caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como
del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe
su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que
llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y
se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un
demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un
levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un
motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él,
impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin,
no quedó nada en la copa.

¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de
reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento
cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte?
Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á
seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso
más por camino tan peligroso.

Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un
melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó
las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el
violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto
que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del
alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con
delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la
cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima
una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos...
Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión
de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y
en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía
fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos,
sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca.
Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la
contemplaba!... Se la doraría.

Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el
alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la
pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de
generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se
registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho,
Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete
pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.

--Yo pago, yo pago...--gritó con cierto frenesí.

Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo
recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la
cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio
en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no
se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de
las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de
hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación;
pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente,
dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo
que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios
bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.

Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron
de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol.
Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo,
contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad
al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En
rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día...
¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!...
¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla,
con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal
boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los
hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué
pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de
soledad y escasez?...

Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de
golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados
el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en
el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo
fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no
sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don
Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?

Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría
muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado.
Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de
compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de
doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de
cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la
pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre.
¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?

Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la
puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la
calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.»
Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía
ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió
ánimos para empujar la puerta...

Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente
con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana
perspicacia:

--Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...

Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para
increpar á su criado:

--Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.

Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que
sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.

--Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?

--Vaya... pues con el permiso de usted...--indicó don José, dispuesto
á retirarse.--Ya tiene el señor compañía...

Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas
y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su
amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas
combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación
cumplida de su tardanza!

--Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos--le dijo
Miquis riendo,--te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi
cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque
no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café
de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que
aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un
hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre,
enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...

Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él
no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy
extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más
extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.

No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin
se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y
cansancio.


IV

El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo,
y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y
como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle
por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara,
en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo
y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y
lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias
de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de
aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad,
conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que
él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las
morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan
entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas
muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno
Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu.
Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas.
Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión
sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa,
los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y
apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del
alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de
esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del
médico se regalan con los suspiros del moribundo.

Aquella mañana (no sabemos bien qué día era) el médico y Cienfuegos
conferenciaron en la escalera, por no poder hacerlo en la casa. Cara
triste tenía Moreno Rubio cuando dijo:

--Se va por la posta... ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido
casi todo el parénquima. Han empezado de una manera alarmante el
reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con una rapidez
que me sorprende, porque al principio noté cierta lentitud en el
desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo tiraría
hasta el otoño.

--La voz--dijo Cienfuegos, no menos triste,--se le transformó desde
ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.

--La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes
cavernas... Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso
fenómeno de la pectoriloquia... En fin, seguir con la digital, y de
noche los calmantes.

       *       *       *       *       *

Oyó Felipe esta conferencia, y su terror fué grande. Quedóse como
quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad
de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima catástrofe;
pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo primero que
hizo fué echarse á llorar; mas pronto comprendió la necesidad de
contenerse y envalentonarse para que su amo no se acobardara viéndole
tan afligido. Compuso su semblante lo mejor que pudo, y entró en el
cuarto. Felizmente estaba el enfermo tan aferrado al bello engaño
de su pronta curación, que no era preciso fingir alegría para darle
ánimos. Desde el día anterior no cesaba de hacer proyectos, los unos
de arte y de trabajos para el año próximo, los otros bucólicos y de
vida regalona.

--¡Qué buenos días voy á pasar en la Mancha este
verano!--decía,--pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de Junio
podré marcharme. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va
cediendo, á mi parecer... Porque yo me siento mejor, sí, señor; y
aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más
que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré
mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy á llevar. Verás
cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?... Si no tiras, yo te
enseñaré... Es un gusto ir á codornices... Mi padre tiene un monte...
Ya se me hace la boca agua, pensando en el apetito que allí se me
abrirá de par en par... me comeré hasta los platos... Mira tú: nos
salimos de madrugada y nos llevamos el almuerzo en una cesta... creo
que hasta la cesta nos la tragaremos... Á las diez ya no podremos
tenernos de hambre.

Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan
bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para
ponerse en aquel estado, por ser su alma genuinamente arrebatada y
soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba muy inquieto
con ciertas ideas referentes á lo que en la escalera había oído.
Entrando y saliendo á sus quehaceres, ni por un momento se apartaba
de su alma aquella pena, y á la pena se unía un prurito de rebelión
contra el dictamen de Moreno Rubio. No: su amo no podía estar tan
malo como el médico decía; su amo no se moriría... ¡pues no faltaba
más! Sin duda Moreno Rubio era un bruto que no entendía el oficio,
y soltaba tales paparruchas para darse importancia. ¡Morirse tan
joven, morirse habiendo hecho _El Grande Osuna_! Esto no podía ser.
Si Felipe fuera ya médico, si él supiera ya todo lo que trataban
los libros de Cienfuegos, de fijo pondría á su amo más sano que una
manzana.

«Los médicos de ahora no sirven--pensó.--Para médicos los de mañana,
los que van á venir.»

Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de
exámenes, allí tenía sus libros para darse alguno que otro atracón
tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas obras tan
sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfermedad de
Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni jota,
y como todo era terminachos obscuros, más se desesperaba cuanto
más leía. Por último, encontró una palabra que Moreno Rubio había
pronunciado en la escalera. _Parénquima _decía el libro. Allí estaba
el busilis... ¡Oh! si él hubiera aprendido siquiera alguna cosita;
pero no, no sabía nada: era más bruto que Moreno Rubio y que el mismo
Cienfuegos... Se golpeaba Felipe su respetable cráneo, esperando
que por este medio brotara en él alguna chispa de sabiduría médica;
pero nada, nada... todo era cerrazón, dureza, ignorancia... Después
buscaba las láminas de los libros, con esperanza de encontrar en
ellas alguna idea. Las láminas tampoco le decían lo que él anhelaba
saber. Ninguna halló que dijera: «Estado de los pulmones del señorito
Alejandro.»

Su avidez le quitó el sueño aquella noche: nada le distraía, nada le
consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía
embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán, ¡ay! afán
de amor y curiosidad. ¿Cuál era su antojo? Nada menos que averiguar
cómo era su amo _por dentro_; meter sus miradas en aquel dichoso
parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos, para ver en qué
consistía el daño, y por qué se había de morir su amo. Mentalmente le
abría en canal con un grande y cortante instrumento que no causaba
daño, y luego introducía con sutileza sus manos para extraer el
mal... Lo dicho, dicho: Moreno Rubio era un pobre hombre que no sabía
el oficio.

Aquellos días tenía Miquis, á ratos, la compañía de Ruiz, y por
las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo de
la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación
lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad á la raza de
maestros de escuela. El uno de ellos cojeaba, el otro tenía las
piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio
leporino, y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por
no decir otra cosa. Además, estaban pálidos, cacoquimios, llenos de
manifestaciones escrofulosas. ¡Pluguiera á Dios que no representara
tal familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado
tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal
terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas,
gimnasia, aire, urbanización.

Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza y gracia. Era
sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se habría ganado
todos los premios. Tenía los ojos azules; el pelo de color de esponja
y enmarañado; la boca grande, sin duda de tanto charlar; los modales
desenvueltos. Andaba á saltos, comía devorando. Era el tipo de los
salvajes de buhardilla, que se extienden por la línea de tejados
de Madrid, cerniéndose sobre la población como bandada famélica.
Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos, y piden sin cesar.
Descienden rara vez, porque no tienen ropa con qué presentarse. Viven
en aquella altísima capa urbana, situada entre el cielo y los ricos.

Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe.
Mañana y tarde oíase la argentina voz de Rosa Ido en la puerta:
_¿Dan ustedes su primiso?_ Y sin esperar respuesta se metía dentro.
Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes de la vecindad.
Cuando Felipe iba á un recado le acompañaba hasta media escalera, y
cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio con su harapienta
muñeca en brazos. Centeno, á su vez, si su amo tenía visita, íbase á
la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de sus acerbos males, le
hacía los honores con regaños.

El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla conducente
á los tejados y á la pequeña azotea donde las vecinas tendían la
ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que eran
pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo, con los
cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su _boudoir_,
consistente en un espejo roto, dos flores de trapo, acerico, medio
peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y vestía á la muñeca,
asistida de su amigo, que para estas cosas no carecía de habilidad.
Cuando estaban solos eran las grandes confianzas. Vaya de muestra.

ROSA IDO.--Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo el
día y volviste bebido, vino la Tal... ¡Qué enfado me dió!... Me la
hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá Cirila es
otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa es porque se
da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente, porque ellos,
aunque pobres, son de buena familia... El papá de mi mamá era lo que
llaman _cabrerizo_ de Palacio, de esos señores que van montados al
lado de la Reina.

FELIPE.--(_Con autoridad._) Se dice caballerizo y no cabrerizo.

ROSA.--Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí,
vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.»
¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar
algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más
relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso _alejos_... ¿te
enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me
acuerdo. Ello fué una cosa _mu_ tierna, _mu_ tierna. ¿Sabes lo que
dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... _Dimpués_
que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una
gran turca en el café...

FELIPE.--(_Avergonzado._) Es mentira... Si la cojo...

ROSA.--Aguarda. Los dos se rieron, y _aluego _hablaron de otra cosa.
¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo,
y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se _prosimó_
entonces y le dió la mano. _Dimpués_ sacó ella pesetas y las puso en
la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á
tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.

FELIPE.--¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...

ROSA.--(_Bajando la voz._) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila
es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy
volada. Me dan ganas de decirle: «_so tía_...» Es que tengo yo un
genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía
en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha
llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer
funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha
de morir... que no llega al mes que viene...

FELIPE.--(_Dando un suspiro._) Cállate, mujer.


V

Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña
Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á
asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando
hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy
aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por
costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana...
Debe de ser cosa del _parénquima_... ¿sabes tú lo que es el
_parénquima_?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy
malas, muy malas.»

--¿Y qué le damos para esos tabernáculos?--preguntó Rosa consternada,
teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer
espirante.

--En vista de que las funciones tal y cual--dijo Centeno, ni serio ni
festivo--no van como es debido; y en vista de que la inflamación de
la pulmonía de la clavícula interesa al hueso palomo del infarto de
la glándula estomacal mocosa...

--Tú estás de broma... y el pobre animalilo se muere... ¿Ha venido el
señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al michito bonito...
Verás tú cómo con algo de la botica se pone bueno.

--Yo pondré la receta. Oído... Del extracto de chuleta: tres grados
centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos.
Mézclese, agítese, platéese y dórese...

--¡Qué gracioso!...

--Veamos ese pulso. Está durillo... Un sopicaldo de ratón; después un
poco de merluza.

--¿Merluza? Dios la dé... ¿Te parece que le demos unas friegas?...

--No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita. Frótale
hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?

--Quita... si es un jovencito... si nació el año pasado.

--¡Ah!... abusos de la juventud... Le conviene el cambio de aires...
Panticosa.

--¡Qué chusco...!

Alejandro llamó á su criado, y la señorita de Ido quedóse sola con
su enfermo, á quien administraba cariño, suaves y amorosas friegas
y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el _dan ustedes
su primiso_, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de lágrimas.
El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda! Estaba ella
dándole una miguita de pan mojada en leche, cuando el pobre animal
estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con los ojos vidriados
y el hocico entreabierto... No pudiendo soportar el espectáculo
tristísimo del cadáver de _Michín_, Rosita lo había puesto en la
azotea, entre dos tiestos de flores que allí vió, y se había bajado
á su casa y al pasillo para llorar más á sus anchas. Alejandro la
consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de Santa Ana uno de
Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma, y el pelo largo y
fino, como seda.

Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado, donde estaba
el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía, sin atreverse á
rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba lo que el
otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo á un ángulo
protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí...

--¿Qué haces, Felipe?

--Lárgate de aquí... Tu madre te está llamando: desde aquí oigo sus
gritos. Te va á pegar. Corre, vete.

Desde donde estaba pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una
piedrecilla que le dió en la cabeza.

--¡Qué bruto eres!

--Pues vete. Si no bajas, te pego.

--¡Qué bromas tienes!

--No es broma.

Rosa se fué. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor
mayor. Hasta entonces no se vieron en sus rasgos infantiles los
firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los
cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Hallábase tan poseído
de un ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la
voz de su amo le habría distraído en aquel momento. Sentado en la
azotea, con el tieso animal entre las rodillas, sacó una navaja del
bolsillo, y ¡zas!... Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís
á esto? El cuchillo estaba bien afilado. Empezó Felipe con tacto y
maestría: su ardiente afán no le alteraba el pulso, y supo desprender
con serenidad la piel. Había en su espíritu misteriosas intuiciones
de cómo había de proceder; antojábasele que ya lo había hecho otra
vez... No, no eran enteramente nuevos para él los goces de aquel
sangriento juego... Si jamás lo hizo, sin duda lo había soñado.

Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la
boca. ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la lengua,
y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de púas...
Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete, cuello. Por aquí será...
Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde tienen los
mayidos.» Con la punta de su navaja reconoce durezas, discierne el
cartílago del hueso, aparta tegumentos y músculos. Pone especial
cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar las arterias.

--Hola, hola, aquí tenemos los pulmones: son estas esponjas, estas
cosas llenas de huequecillos... Me parece que este caballero y mi
amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada.. ¿Y el parénquima?
Será esto que está detrás. ¿Pues y esta canal? Por aquí va lo que
comemos. Me parece que el corazón está por aquí. Por estos caños
entra y sale la sangre... Sigamos la canal abajo. ¡El estómago!
Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!... ¿De qué has muerto, gato? La sangre
no corre: apelmazada aquí, en el corazón, y el estómago lo tienes
negro... Tú no has comido en muchos días... ¿Y el solomillo, dónde
está? ¡Zas!... Ahora con finura, para sacar el buche entero. ¿Qué es
esto? Las _asaúras_ serán. ¿Y para qué sirven?... Por estas cuerdas
que aquí veo, tirabas y aflojabas para correr... ¿Pero ese condenado
parénquima, dónde anda? Los _bofes_ son éstos. Esto es el respirar
y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el canto, el
enfadarse... Corazón, échate á un lado: tú eres el querer, el llorar,
el arrepentirse...

La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.

--Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?

--Aguarda, mujer... no subas. Dí al señorito que espere.

--Felipe.

--Dale.

--Felipe, que no seas majadero, que bajes.

Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente, con
curiosidad que le abrasaba el cerebro... ¡Si tuviera tiempo de abrir
la cabeza para ver _la crisma_, donde está todo el intríngulis del
pensar...!

--¡Felipe!

--¡Que allá voy!

--Tú estás haciendo alguna cosa mala.

Apresuradamente trataba Centeno de arreglar el deshecho cuerpo del
animal, poniendo cada cosa en su sitio y tapándolo con la piel. Si
allí tuviera hilo y una aguja, de seguro, ¡recontra! lo dejaría en
tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho...
Tantas veces le llamó su amo, que al fin echó á correr...

--Dame agua para lavarme las manos,--dijo precipitadamente á Rosa.

--¡Ah, pillo!... ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre animalito.

--Agua.

--¡Verdugo!... Vaya una gracia...

--Mujer... para saber lo que tenía... Agua.

--Le has hecho la _utosia_.

--No se dice _utosia_, sino _utopia_... Agua.

--Ven acá. Tu amo está furioso.

--¡Allá voy!

--¿Y de qué se ha muerto?

--Lo que te dije... del parénquima... Todo está allí clarito. El
estómago se le había subido á la nuez.

--¡Pobrecito!

--Y tenía las _jieles_ metidas en la cabeza.

--¡Ay!

--Y la sangre cuajada, con cada tubérculo que daba miedo... ¡Allá voy!

¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era un holgazán,
que no hacía más que jugar, olvidado de sus obligaciones. ¡Oh, si él
no se viera amarrado en aquella cama! En cuanto se levantara le iba
á despedir, sí, señor; porque ya estaba cansado de sus torpezas, de
sus travesuras y de su charlatanería.

Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba,
dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal
del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si
no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle, arbitrios de
grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una de las grandes
crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al
volver de un recado, le dijo Centeno:

--¡Cuánta gente por esas calles! ¡Oh! ahora que me acuerdo: he visto
al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos...

--¿Sí?

--Y me dió memorias para usted.

--¿Qué dices, hombre?

--No... no... Me equivocaba: no me dió memorias, ni me dijo nada.
Es que me miró de un modo particular, y á mí me pareció que me daba
expresiones para mi amo.

Con estas cosas se reía el enfermo, y se disipaba su mal humor. Tras
del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo de
verle y tenerle á su lado era en tal manera vivo, que cuando el
Doctor estaba ausente, creíase Miquis privado de algo necesario á
su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad, de
su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran á la tarde
alabanzas sin término.

--Bien, bien, Felipe: te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta. Si
me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré... Eres un
sabio y debías llamarte Aristóteles.

Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. Á cada momento se
oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar... Aristóteles, frótame un
poquito aquí, á ver si se me pasa este dolor de la espalda.»


VI

--Aristóteles...

--Señor...

--¿Tienes dinero?

--¿Yo?... Como no me vuelva moneda...

--¿Pero de veras no hay nada? Busca bien. ¿No habrá algún duro
trasconejado por ahí en cualquier rincón?

--¡Duros trasconejados!... Este hombre está viendo visiones... Nada,
señor: no tiene más remedio que cambiar un billete.

Alejandro se calló y se puso á mirar al techo, con expresión de duda
y pesadumbre. También Felipe miraba al cielo raso, creyendo por un
momento que había en él nubarrones de billetes de Banco. Después de
larga y tristísima pausa, dejó oír Alejandro, con lo más cavernoso
de su voz broncófona, estas fúnebres palabras:

--No hay billetes.

Lo que, oído por Aristóteles, púsole en gran confusión, pues el
día anterior había recibido su amo, en letra del Giro Mutuo que le
cobró un su amigo empleado en el Ministerio, treinta duros cabales.
¿Á dónde habían ido á parar? El filósofo, movido de un prurito
indagatorio y correccional que apuntaba en su alma, adiestrada en
aquella vida de iniciativa, se aventuró á preguntar á su amo por el
paradero de los billetes. Alejandro, con expansiva y noble confianza,
estuvo á punto de satisfacer la curiosidad de su secretario
peripatético... Pero no tenía ganas de conversación; estaba sombrío,
abatidísimo, y sólo pudo murmurar:

--Anoche...

Felipe echó sus miradas al suelo, y parecía que las pisoteaba.
«Anoche... ya...» Era una desesperación vivir en tan gran desarreglo
y no poder contar con nada, por la liberalidad furibunda de aquel
pobre loco. Allí no estaba seguro ni el triste pedazo de pan de cada
día, porque á lo mejor arramblaba por él el primer advenedizo. ¿Y
qué iban á comer aquel día? No había nada, ni un ochavo en metálico
ni en especie. Era preciso traer azúcar, chocolate, leche, carne,
medicinas, limón y otras menudencias. ¿Á quién pedir? ¡Si por
milagro de Dios Omnipotente, don José Ido tuviese algo...!

Un rato después de aquel «anoche» que dijo Miquis, éste, tomando
fuerzas, pudo expresarse así:

--Me quedaba un billete de cinco duros. Esta mañana, cuando fuiste
á casa de la tiíta á llevarle la carta que mamá mandó dentro de la
mía, sentí un gran alboroto... ¿Qué crees que era? Pues ese señor que
vive en el cuarto número 6, ese que tiene prendería y ropa vieja...
chico... no sabes qué escándalo le armó al pobre Ido. ¡Qué gritos!
Las mujeres de ambos salieron al pasillo, y hubo lloros y desmayos.
Todo porque Ido no le puede pagar á ese... creo que le llaman don
Francisco Resplandor... unos dineros que le debe. Se pusieron como
ropa de pascuas. De repente me veo entrar á don José. Los ojos se
le saltaban de las órbitas; tenía el pescuezo un palmo más largo.
Créelo, me causó miedo. Se me puso de rodillas y cruzó las manos; yo
saqué mi billete...

Felipe no quiso oír más. Comprendía bien, demasiado bien lo que había
pasado. Se representaba la luctuosa escena, cual si la hubiera visto.
En esto estaban, cuando se oyó en la puerta la voz argentina y dulce:

--¿Dan ustedes su _primiso_?

--Adelante.

--Dice mi mamá que si le hacen el favor de prestarle un huevo...

--Lo que es hoy, hija, ni siquiera medio.

Al poco rato volvió:

--Dice mi mamá que si por casualidad tienen un pedazo de pan, ó bien
cuatro cuartos.

--¡Ay! ¡pan, cuartos! los quisiéramos para nosotros.

Salió Felipe en busca de Cirila. En el pasillo vió un fantasma
siniestro paseando de largo á largo. Era don José Ido del Sagrario,
que vagaba, cual ánima del otro mundo. Creeríase que su cuerpo
impalpable era llevado y traído por el viento, sin ruido, en la
longitud obscura de aquel túnel, y que sus pantuflas de orillo
resbalaban sobre el piso, silenciosas, como patines de lana sobre
hielo de algodón... Felipe nada le dijo, y entró en la cocina
buscando á Cirila... Estaba apagado el hogar, todo en desorden.
Cirila, sentada en el suelo, entre revueltos montones de ropa vieja,
descosía algunas prendas para aprovechar los pedazos buenos.

--Estoy con media onza de chocolate crudo que me dió doña Ángela
Resplandor. Si tú no traes hoy carbón, tu amo lo pasará mal. Él tiene
la culpa.

Felipe le preguntó si tenía por casualidad algunos ochavitos morunos,
ó bien algo que empeñar.

--¿Yo? Á buena parte vienes. Si no fuera porque doña Ángela me ha
dado esta tarea, ofreciendo pagarme con la comida, en su casa, no sé
qué sería de mí. En otra como ésta no me he visto. Yo sé bien quién
me ha traído á estos andares... esa, esa...

Soltó Cirila, una tras otra, varias palabras no bien sonantes; y como
Centeno le pidiera explicaciones, no se mordió ella la lengua para
decir:

--Me tiene ya hasta los pelos. Anoche vino, y en un dos por tres
limpió á tu amo. Ya se ve... nada le basta. El otro no le da nada:
vive á su costa... Estoy quemada, Felipe; estoy requemada, frita,
estofada y vuelta á freir... Vete por ahí y pide, pide hasta que
encuentres. No tengo costumbre, no, de verme tan montada al aire. ¡Y
todo por esa serpentona!...

Felipe no perdía el tiempo en comentarios. Las necesidades apretaban,
y era menester tomar determinaciones, buscar, revolver el mundo, y
allegar dinero. Su amo le dijo: «Échate á la calle, corre... pide. ¿Á
quién? Tú sabrás, Aristóteles. Arréglatelas como puedas... ¡Ay, Dios
mío!... Así no se puede vivir... Me muero, Flip, me muero si no veo
esta noche duros y pesetas... Es cosa tremenda esto del dinero... Á
mí, créelo, me resucita... Vete por ahí, chico, y no vuelvas con las
manos vacías. Yo me quedo aquí solo: no me importa, solito, pensando
una escena, ¡qué escena! Luego te la contaré. Es tan hermosa, que yo
mismo me admiro de que se me haya ocurrido... Adiós: buena suerte.
Ven pronto.»

En la escalera encontró Centeno á Rosa que subía fatigadísima. Sus
mejillas pálidas, sus ojos tristes decían: «hoy no ha entrado nada
por esta boca de donde salen tantas palabras;» pero su apetito de
charla podía más que la necesidad, y si Felipe no llevara prisa, allí
me le tendría media hora, dándole matraca.

--Vengo de casa de unas amigas de mamá... Han ido de campo... ¿Y tú
á dónde vas?... Papá está como los locos, dando vueltas. ¡Ay, cómo
se quedará cuando me vea entrar con las manos vacías!... ¡Pobrecito!
dice que si cae el Ministerio le colocarán... Lo que es yo no subo.
Aquí me estoy, á ver si pasa un alma caritativa... ¡Ah!... se me
olvidaba. Anoche, cuando tú saliste, estuvo la _chubasca_... ¡Qué
guapetona venía! ¿Tú no la has visto llorar? Yo sí... Don Alejandro
la consoló con un papel verde. Después ella y la _señá_ Cirila
regañaron por el papel verde. Se dijeron cosas puercas y de _más eres
tú_. Mamá salió á la puerta, y se persignaba oyéndolas. Dice que las
dos son un buen par de _chubascas_... Si no las aparta la mujer de
Resplandor, se arrancan los pelos... ¡Ay, qué comedia! ¡Lo que te
perdiste!...

En la calle, corrió Felipe largo trecho sin dirección determinada.
No sabía á dónde iba, ni á qué parte del Universo encaminar su
actividad buscadora y pedigüeña. En los señoritos de la casa de doña
Virginia no había que pensar, porque dos días antes, cansados ya de
tanta socaliña, le habían dicho que no volviera á parecer por allí...
¿Don Pedro Polo? Esta era la única esperanza. Felipe, recordando
la buena suerte de aquel famoso día, confiaba en la repetición de
ella. ¡Qué error! Recibióle el capellán con malísimos modos. Notó
Centeno en él mudanza y desfiguración muy grandes. Parecía enfermo,
desalentado y con cierto extravío en sus ideas. Su color era ya
de puro bronce oxidado, verde, como el de un busto romano que ha
estado siglos debajo de tierra. Lo blanco de sus ojos amarilleaba.
Temblábale la voz, pulverizando saliva al hablar. La ola de su
cólera, estrellándose en los morados labios, salpicaba al oyente. Al
desorden de la persona del extremeño, añadió la observación de Felipe
un singular desbarajuste en toda la casa. Doña Claudia estaba en la
cama; su hija en la iglesia aunque no era hora ni de dormir ni de
rezar. En todos los aposentos, el abandono y el desaseo indicaban que
allí había causas hondas de malestar y perturbación. Entró de súbito
Marcelina, y don Pedro y ella empezaron á disputar. ¡Jesús, qué cosas
le dijo el bendito capellán! ¿Se había vuelto carretero? Marcelina,
iracunda y biliosa, no demostraba gran humildad. Después... ¡oh!
después, don Pedro dijo al insigne Aristóteles que se pusiera
inmediatamente en la calle, si no quería ir rodando por la escalera ó
volar por un balcón.

Salió más ligero que el viento. ¿Á dónde iría, Santo Dios, con
su dolorosísima cuita? ¿Recurriría á don Florencio Morales?...
Imposible. Morales le había echado los tiempos la semana anterior.
¿Y Ruiz? ¡nombre sin sentido en las páginas de la generosidad!...
Además, estaba muy soplado con el éxito de su comedia y no hacía caso
de nadie.

Divagó Centeno por las calles, pensando y repensando en lo que hacer
debía. ¡Pedir! ¿á quién? Todas las puertas, todas, estaban cerradas,
y la Providencia se había tapado los oídos. Dios, ceñudo, volvía la
espalda infinita mirando á otra parte de las tribulaciones humanas.

En un momento de desesperación, hostigado Aristóteles por el malestar
de su amo, por sus propias necesidades y por el devorador apetito
que sentía, pues no era cuerpo de santo el suyo, ni mucho menos, fué
asaltado de una idea terrible... Iba sin sosiego de una acera á otra
de la calle, mirando con ojos de codicia y recelo á una tienda que en
su puerta misma ostentaba panecillos, y debajo una cesta de huevos.
Él se atrevía, sí... atreveríase á pasar corriendo y coger, como al
vuelo, un panecillo y llevárselo sin que le vieran... se atrevía
también á volver y arrebatar dos huevos con ejemplar ligereza. La
mujer de la tienda estaba dentro entretenida en conversación con
diversas personas, y los que pasaban por la calle iban distraídos,
ó pensando en sus propias cuitas. Sólo un zapatero, situado en el
portal de enfrente, podía ser testigo... Pero el zapatero no vería
nada... ¡Ánimo!

Pasó Felipe con rápida carrera, en la cual la velocidad constituía el
disimulo; pero sus dedos, que casi tocaron el pan, no se atrevieron
á cogerlo. «No sirvo, no sirvo para esto,» pensaba, y sudor muy frío
corría por su frente. Después pensó de esta manera:

«No cogeré el pan, que es para mí... Pero los huevos, que son para
dar de comer á mi amo, sí los cogeré.»

Pasó decidido; pero tampoco en aquella segunda prueba pudo hacerlo...
Nada: cuando iba á tocar el codiciado objeto, lo dejaba en su sitio.

Desesperado de sí propio y con la mente trastornada, echó á correr
por aquellas calles sin saber á dónde iba. Su amo no se le apartaba
del pensamiento. Se lo imaginaba dando las boqueadas, no por la
fuerza de la enfermedad, sino por falta de alimento... Deteníase
Felipe, resuelto á volver á la tienda de huevos y panecillos; pero á
los pocos pasos se alejaba otra vez, corriendo en dirección contraria.

De este modo llegó á la calle de Alcalá, que por ser tarde de Toros
estaba animadísima. Era la hora del regreso: el cielo se obscurecía;
la multitud se apiñaba; rodaban miles de coches de diferentes
formas, y se veían ya algunos faroles encendidos. ¡Bullicio de
fiesta y alegría, vértigo de infinitas ruedas laminando el lodo, y
de infinitos pies pulverizando el granito de las baldosas! Cortaba
Felipe la masa de gente, andando en dirección contraria. Sus codos
funcionaban como las aletas de un pez... Allí fué donde se le ocurrió
esta otra idea que podía salvarle: si todas las personas que por la
calle subían le dieran la centésima parte de un ochavo, tendría lo
que necesitaba. Infundióle este descubrimiento grandísima alegría, y
siguió bajando hasta llegar á la Cibeles.

La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más faroles
con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y metiendo
su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de Madrid. En
Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de los macizos
emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas. Por la acera venía
mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con gabán, damas
de sombrero. «Esta es la mía,» pensó Felipe, y echó una mirada á
su propio traje para cerciorarse de que era adecuado al papel que
iba á desempeñar. ¡Á maravilla! Otro más derrotado no había por
aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con plañideras
exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía á su madre
baldada en cama, y á su padre le había cogido un carro y le había
partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él,
animado por el éxito, más plañía cada vez, y más pegajoso y molesto
á las personas seguía, sin darles respiro, y machacando, machacando,
hasta que soltaban la limosna. Era implacable.

Recoletos y la calle de Alcalá se despejaban. Era ya de noche, y
pasaban menos coches y menos señores.

Frente á la Inspección de Milicias vió Felipe un espectro que iba
como llevado por el viento, de árbol en árbol. La cabeza caíale sobre
el pecho, cual si estuviera colgada de un gancho, que tal parecía
el cuello, y llevaba las manos sepultadas en los bolsillos. Cuando
Felipe dijo: «Don José, señor don José», detúvose, y empleó un
mediano rato en enderezar la cabeza. Daba miedo verle; pero Felipe,
no lo podía remediar, se echó á reir.

--¡Qué vergüenza, qué bochorno!--murmuró Ido, cual si confiara un
secreto.--Felipe, nunca habría creído llegar á lo que he llegado
esta tarde. No verás lágrimas en mi cara, aunque he derramado
muchas, porque el ardor de la vergüenza las ha secado... ¡Ay!
hijo, ¿qué dirás si te lo cuento?... Pero no dirás sino que soy
un mártir, y que iré derechito al Cielo cuando me muera... Salí de
casa desesperado, loco; no sabía á dónde volver los ojos. Todas las
puertas cerradas... Me vine por estos paseos. ¡Oh! si no tuviera
familia, el estanque chinesco del Retiro me hubiera visto esta tarde
en sus profundidades... Pero francamente, naturalmente, tengo hijos,
¡ay!... Y que me digan á mí que esto es un país, que esto es un
pueblo civilizado. Felipe, ¿sabes lo que he visto?... Si te lo digo,
te horrorizarás, y te temblarán las carnes.

--¿Qué?

--Pues he visto en esa Castellana pasar por delante de mí, en sus
soberbios coches, á muchos personajes, á dos ó tres ministros, á más
de cincuenta diputados...

Don José no pudo seguir. Espiró en su reseca garganta la voz,
convertida en un sollozo inmenso, trágico. Aristóteles, sobrecogido
de pavor, no sabía qué pensar.

--¿Y qué?

--¡Que á todos esos les enseñé yo á escribir!--exclamó Ido
prorrumpiendo en lágrimas que se apresuró á recoger en su pañuelo.

Felipe callaba. El otro seguía sollozando.

--Sí, hijo. Yo enseñé á escribir... Yo estuve seis años en el colegio
de Masarnau, y allí, todos esos fueron mis discípulos, y otros muchos
á quienes no he visto esta tarde... ¡Por mí saben coger la pluma en
la mano, y de aquellos palotes míos salieron estas firmas, y este
poder, y estos coches, y toda la grandeza de la Nación! ¡Oh, Dios,
Dios, Dios!... Pero Dios lo quiere así, suframos y aguantemos; que
en la otra vida, hijo, tendré mi premio. Esa es mi confianza, ese
mi consuelo. Yo lo digo á Nicanora, y Nicanora, que es una pólvora,
se impacienta y me dice: «si tan largo me lo fías...» Pues bien:
volviendo á mi vergüenza, te diré en confianza que esta tarde... ¡Qué
barbaridad, chico! No lo creerás, pero es cierto: la necesidad me ha
obligado á ello. ¡He pedido limosna!

--¡Jesús!

--Aún estoy espantado de mí mismo... ¿Pero qué había de hacer? Yo
dije: «¡que el Señor me lo tome en cuenta!...» Habías de oirme. En
estos casos, hijo, es preciso exagerar algo. Yo decía que tengo diez
hijos... Y mucho de la Virgen del Carmen le acompañe, etc.. ¡Que no
me vea en otra, Señor! Y no he dejado de tener suerte, Felipe... Sólo
me faltan cuatro cuartos para los seis reales.

--Tómelos,--dijo Felipe, espléndido, haciendo sonar su bolsillo lleno
de calderilla.

--Gracias... ¿Estás rico?

--Tal cual... He cobrado un pico que me debían.

--Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo que me
deben.

--Porque no tiene usted carácter, don José. Vámonos á casa, que por
esta noche...

--Sí, por esta noche nos hemos remediado. No te des por entendido
con Nicanora, que es muy apersonada, y siempre se acuerda de que su
abuelo fué caballerizo de la Reina. Le diré también que he cobrado un
piquillo...


VII

Cuando volvieron á la casa, ambos estaban satisfechos de sí mismos.
Cada cual en su vivienda atendió á sus urgentes necesidades. Á Miquis
le habían acompañado por la tarde Rosita y su muñeca. Cirila entraba
de vez en cuando para preguntar al enfermo si se le ofrecía algo; y
como los sentimientos caritativos no están excluidos en absoluto de
ninguna persona humana, la que respondía al nombre de Cirila tuvo,
en aquel día de escasez, decaimientos de su rigor característico;
quiero decir, que se desmintió á sí propia, descolgándose, como suele
decirse en modo vulgar, con una taza de caldo y otras frioleras,
traídas de la bien provista cocina de Resplandor. Véase por dónde
no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como
piezas que acaban de salir de manos del tornero. Aquel Miquis,
optimista furibundo que á todos aplicaba la medida de sus propios
sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que de ellos
á la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es esta
mujer!--decía.--Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa mal, no
comprende su mérito.»

Por la noche le dió una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma
algunos días antes, no se había presentado aún de manera tan grave.
Era realmente como un simulacro de agonía... El aliento le faltaba.
¿No había aire en el cuarto? Las doloridas cavidades de su pecho se
contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar, sin conseguirlo.
La atmósfera se detenía en su boca, y dentro del tronco, fugaces
sensaciones de cuerpos extraños atravesados le producían malestar
dolorosísimo. No podía hablar: sólo podía quejarse; y cuando su breve
aliento le concedía el goce de un par de palabras, era para extraer
alguna idea del inagotable depósito de su bendito optimismo, que en
él hacía las veces de vida, las veces también de la salud ausente.

--La suerte es...--murmuraba como quien espira,--la suerte es que
esto no vale nada, según dice Moreno. Es la resolución de un fuerte
catarro... También consiste mi ahogo en que no hay aire en la
habitación. Aristo... dame aire, hijo, aire.

Á tan penosos trances seguía un estado comático, en el cual, si sus
sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando
con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la palabra; disfrutaba
de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces, aunque falsas; sus
ideas, las ideas de todos los momentos de su vida, pero engrandecidas
por un sentido hiperbólico, deformadas por la amplificación
romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de vigorosas
tintas, todo metafórico y trasladado á los patrones del ensueño,
conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus
entreabiertos párpados daban paso á un mirar vago, soñoliento; veía
claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz y alegría,
con gallardas columnas de pórfido, techo á lo pompeyano, pavimento
de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana del fondo, que
daba á una desahogada logia, se veían techumbres, cúpulas, miradores
y campanarios; en el fondo, el Vesubio con su cima humeante y sus
laderas de negra lava. Pebetero del cielo exhalaba aromas de poesía,
perfumando el espacio y la mar, desde las costas Mauritanas hasta
las de Provenza. El Tirreno y el Adriático se llenaban también de
aquella emanación hermosa, y á lo lejos humareda semejante á una
nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué cielo azul, y qué mar, más propio
de tritones que de barcos! Blancas velas brillaban en su inmensidad
cerúlea, renovando en su elegante ligereza los ramilletes con
alas, los pájaros nadantes y los peces emplumados de la fantasía
calderoniana. Eran las galeras del Buque que volvían cargadas de
despojos de venecianos y de orientales riquezas...

La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer. ¡Qué
guapa!... Morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus miradas
eran lenguaje obscuro para el que no entendiese de amor apasionado
y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera mirar del
mismo modo, y tener algo de inmortalidad que llevar del alma á los
ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino, que dejaría
de serlo si pudieran verlo los topos... Iba vestida la tal señora,
no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa
croata ó albanesa, sino á la moda de Madrid de 1864, y con afectada
elegancia... ¡Qué bien la vió Alejandro, y qué claramente comprendía
su situación!... Era la Escena Undécima del acto cuarto. El Virrey
acababa de ser preso por los emisarios secretos del Duque de Uceda.
Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse
con el reino de Nápoles, de domar á Venecia, de conquistar y unificar
todas las tierras de la hermosa Italia, anticipándose en dos siglos y
medio á los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos que
le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía espantado;
don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, le denunciaba á la corte de
España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo del mando,
y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas para llevarle á
España como reo de lesa Majestad. Sólo era fiel el bromista Quevedo.
Piel era también la Carniola.

En la Escena Undécima, Catalina entra en requerimiento del Duque; ha
oído ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando
desdichas... Dice con admirable calor los versos:

      ¿Dónde iré de esta suerte,
    tropezando en la sombra de mi muerte?

Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios
pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella
sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser
Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del
Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara
vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la
clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos,
depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda
combinación dramática está en _salvar_ á alguien. Este sistema ya
interesa poco y ha pasado á las óperas.

Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en
resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira,
sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la
compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de
siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede
moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres
endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación,
ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que
también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista,
y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola,
después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la
mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que
hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas
de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse.
Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después
se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez
con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable...
¡Adiós!

Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:

--Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó
cuatro congojas más, no las resiste.

Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la
Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de
llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la
ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba
cansada: ¡qué escalera!

--¡Pobrecito!--murmuró.--¡Parte el corazón verle!

--Si tira una semana, será mucho tirar.

--Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...

--Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....

--Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...

--¡Qué guapa estás!...--exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar
de otra cosa.--¿Vas á los Campos?

La Tal hizo un mohín de disgusto...

Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra
ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú
me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí...
¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me
lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»

En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de
la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido
á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible
lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano,
Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en
este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente
todo el trágico final de ella.

La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo, donde
aquellos enemigos, los secuaces del Cardenal, han encerrado al Grande
Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso de la
obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha vendido,
entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y
cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil herejías.
Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye á condenarla más en
el ánimo de Téllez Girón, que acusa con la misma rabia á Jacques
Pierres, primitivo amante de Catalina. Furiosa como leona, la guapa
hembra pone por testigos de su inocencia á Dios y á San Jenaro,
patrono de Nápoles... Preséntase Jacques Pierres, que está preso en
otro calabozo, dispuesto ya para la horca. Este caballerete se la
tiene jurada á la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole
por el Duque, y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su
venganza. Á él le ahorcan. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil
mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión
(allá en el primer acto) escribió la buena moza á Barbarigo. La carta
es un testimonio de culpabilidad aparente... Pasa aquí algo semejante
al pañuelo de Otelo y á la carta de Desdémona á Casio. El Duque se
ciega, saca su daga y la mata... Ella muere gozosa, bendiciéndole,
declarando que le adora, y que en la otra vida reconocerá él su error
y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces, tiernas
y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas
del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan á pelo en casos
semejantes, y es: «¡estoy vengado!...» Cuando aparecen los que han de
llevarle al patíbulo, el Duque les dice que lo maten pronto; después
se inclina sobre el cadáver de la Tal para darle besos y decir que la
mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían también un
favor en quitarle á él de encima el peso de la vida, y el agonioso
fardo de su itálico sueño.

Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su alma:

--¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con música
de Verdi... ¡Y se hará; tarde ó temprano se hará!... Habrá _Il Magno
Ossuna_, como hay _Il Trovattore_ y _Simone Boccanegra_.


VIII

El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía de
tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían criar
plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas
y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima, pues las
temperaturas oscilaban á principios de Junio entre los 30 grados y
una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de 40, y algo
más, que nos trae Julio para que tengamos una idea de Zanzíbar y
otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba por su cuenta
la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con sus rayos,
caldeándola por dentro, resecando el yeso, derritiendo la resina
del pino, la respiración se hacía difícil, aun para aquéllos que
tuvieran sanos sus pulmones. Poníase la tal salita como un horno. Su
ventana, que era puerta del Cielo, á ciertas horas parecía serlo del
Infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel
panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión
del espíritu á los sofocos del cuerpo.

Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba á la ventana,
quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo
traía sobre la asfixia la ceguera, y ofendía los ojos aquella bóveda
azul sin el regalo de nubes, la cual con la vivísima luz resultaba de
un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio
mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos
que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas
sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras
pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta.
Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo.
Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección
del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual
rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado.
Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres,
estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias,
defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta
medio marchita se defendía en su tiesto, atado á los hierros de un
buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo
componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La
fuente dormía la siesta, y apenas exteriorizaba un ligero chorrillo,
más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe
movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los
pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir á
baños.

--Quítate de esa ventana, Aristóteles--le decía su amo.--Me sofoco de
verte.

--Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire. ¡Vaya
un día!... Señor, es preciso que busquemos otra casa.

--¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de unos
días, nos iremos á la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se desempeña
toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para el 10 ó el
15 de este mes (Junio) tomo el tren para Quero, á donde irá mi padre
á esperarnos con el coche. Nada, nada: te llevo... Quisiera antes
despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama. El _Condenado
por confiado_. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor que _El Grande
Osuna_. No te digo más.

Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía en el
sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho por la gran molestia del
calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente comezón
declamatoria. Felipe se afligía de verle así, porque los períodos de
excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos generalmente
del desmayo y de los violentísimos ataques de tos que le ponían á
morir. Su demacración era ya espantosa; su cuello un haz de cuerdas
revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo
aspecto; sus mejillas, cubiertas de granulaciones, se teñían á veces
del vinoso color de las rosas marchitas. ¡Pero qué luz echaba de sus
ojos en momentos de fiebre y locuacidad! Aquel destello era la cifra
de sus proyectos locos, y de su parentesco con doña Isabel de Godoy.
Miquis echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan
extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada á
la cartomancia.

De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño
que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto,
si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto,
y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima
idea y atestada de riquezas morales.

--Porque en ese drama--decía el enfermo acentuando con brioso gesto
la palabra,--voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha
llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si
supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto
me moriría...

--Este verano--dijo Centeno,--cuando vayamos á la Mancha, yo me
dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya
estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas
y más escenas...

--Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio...
Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el
campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche
que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas,
las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es
traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como
agua. No te olvides.

--No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar.
Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el
_Osuna_. ¡Otro como ese!...

Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por
fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de
administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero
con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella
crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando
á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.

--Aristóteles.

--¿Qué?

--Dí algo, hombre. ¿Qué haces?

--Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué
vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar
tanta cosa...

--¡Dinero...! ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá me mandará
otra letra. La espero todos los días... El dinero viene siempre;
á veces tarde: es un viajante que no se queda nunca á mitad del
camino. Cuando no se le espera, es mucho más grata su aparición.
Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso... Afanarse por dinero
es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo creo que el dinero se
ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula breve del esperarlo y
el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz, que vale mucho menos
que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad...
¡Dinero!... Cuando lo tengo, me considero administrador de los que lo
necesitan. El placer de los placeres es dar, y varío pedestremente
los versos de Quevedo, diciendo:

    Sólo á un dar yo me acomodo,
    Que es el dar de darlo todo.

FELIPE.--Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque
es cosa mala no tener qué comer, mientras otros se hartan con nuestro
dinero.

ALEJANDRO.--(_Con iluminismo._) Yo miro al tiempo y á la
inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre
haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida.
Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo
hay en la tierra: el amor... ¿En dónde está? Hay que buscarlo. Decir
buscarlo es lo mismo que proclamar su existencia. Es parte principal
del destino humano, si no es el destino todo entero... Te encuentras
en mitad de la vida. Por un lado, te ves rodeado de conveniencias y
trabas sociales; por otro, te ves solicitado del amor. ¿Qué haces? Yo
lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo encuentro
nunca completo y tal como lo he soñado; pero voy en pos de él sin
cansarme nunca, para entretener, con el dulce afán de poseerlo, la
tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio de
su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?

ARISTÓTELES.--(Con malicia.) Sí, señor. El señorito Arias le decía
que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan fuerte á las
señoras... Todos dicen lo mismo. Á usted le da muy fuerte, y no
repara...

ALEJANDRO.--Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la
verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el
cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas, es algo semejante al
suicidio; es como el no comer. Y que no me venga Arias con músicas,
tratando de persuadirme de que no debo querer á persona indigna de
mí por éstos ó los otros defectos. (_Con creciente exaltación._) No:
los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional
de las costumbres, y errores de estos instrumentos de óptica que
llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de
cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de todo
lo ruín, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida... Yo
me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo purifico
con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza. Cada cual
arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo exterior.
(_Disparatando.) _Hay quien empequeñece lo que mira, yo lo agrando;
hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros buscan siempre la
imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para otros todo es malo,
para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden á pulir, engalanar
y purificar lo que se aleja un tanto del excelso y bien concertado
organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de lo absoluto. Los
seres, las acciones, las formas todas, las cojo y á la fuerza las
llevo hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y las acomodo
al canon de la idea misma... Acostúmbrate á hacer esto, y serás
feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón, un espejo con
sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para allí el impulso
de las ideas y de las pasiones de los demás... ¡Oh, Dios!... ¡qué
tos!... ¡me ahogo!

Á su locuacidad, que era como un síntoma morboso, sucedieron las
manifestaciones propias de su grave mal. Pasó la noche en malísimo
estado, y Felipe creyó que se moría. Á la mañana siguiente, Alejandro
no hacía más que preguntar:

--¿No ha venido?

Ya sabía Centeno por quién preguntaba, aunque á nadie nombrara, y por
consolarle le decía:

--De esta tarde no pasa. Verá usted cómo viene.

El perseguidor de lo ideal estaba tristísimo con aquel desvío, pues
cuatro días pasaron sin que la Tal dejase ver su lindo rostro.
Aventuróse Felipe á preguntar á Cirila, la cual, con mucho misterio,
le manifestó su parecer de este modo:

--No me la nombres, _Arestótilis_... Ahora no vendrá en muchos días.
Está en grande... Aquí donde me ves, ni yo misma sé dónde para. ¿Está
con el Duque ó con ese condenado?... No lo sé, hijo... Averígualo tú
si puedes.

--¿Yo?... que carguen los demonios con ella.

Aquella misma noche, al volver de la calle, dijo el filósofo griego á
la sin par Cirila:

--La he visto, _señá_ Cirila. ¡Iba más guapa...! ¡Qué mujer! Le digo
á usted que me quedé como un poste. Llevaba un traje todo de seda muy
hueco, y un sombrero con largas plumas. La gente se paraba á mirarla.
¿Lo creerá usted?

--¿Pues no lo he de creer?... ¡Anda, anda, si cuando se pone de gala,
hay que alquilar balcones!... Y no creas... es de buena pasta; sólo
que tiene la cabeza del revés. ¡Si vieras cómo llora cuando habla de
tu amo y de lo que tu amo ha hecho por ella! Parte el corazón. Si
pudiera ser formal, lo sería, ¿pues qué duda tiene? Sólo que uno la
quiere llevar por aquí, otro por allá, y ella no sabe qué hacer...
Cuantos la ven, hijo, se enamoran de ella...

--Es una diosa,--murmuró con éxtasis Felipe, acordándose de un verso
de _El Grande Osuna_.



VII

FIN DEL FIN


I

Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia el 10 de
Junio, y le acompañaban y asistían algunos ratos. Otros iban poco
por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban contados,
acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado antes, y
haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró, después de
oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron escribir á la
familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía el manchego,
la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y Poleró, yendo á
la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían
oído contar á Miquis las rarezas de su tía. Ésta les recibió con
urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de modales, y rompiendo
en denuestos contra la juventud del día, les llamó gandules y les
dijo que se pusieran en la calle. Acentuando ellos su cortesía,
hablaron del triste asunto que les llevara allí; pero la señora les
interrumpió de este modo:

--No es Miquis, es Herrera; no es sobrino, es segunda vez nieto
mío. ¿Y á ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún
Micifuf á extraviar mi buena razón, y á trastornarme el clarísimo
juicio de que, á Dios gracias, gozo?

Poco le faltó á Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias se
contuvieron.

--Bien, bien--manifestó la señora, señalándoles la puerta.--Yo me
enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el estado
de aquel ángel... porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves Santo. Y si
quieren una prueba de ello, diréles lo que ha hecho Alejandro en el
tiempo en que no le he visto con estos ojos.

Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.

--Á mí nada se me oculta; para mí nada hay secreto, ni aun lo que se
esconde en las entrañas de la tierra. Ustedes, que son compañeros
de Alejandro y le han ayudado á gastar mi dinero, verán si me
equivoco... ¡Ah! el muy pícaro no ha cumplido su palabra; no supo
ó no quiso emplear aquel dinero en instruirse y afinarse; gastólo
en francachelas con damas y galanes de la embajada de Austria...
Se entregó á los desvaríos y excesos de la pasión amorosa... Una
princesa garrida le arrastró á las mayores locuras, llevándole á
vivir consigo y gastándole bonitamente los millones que le dí.
Hoy, él y la bella princesa viven en arruinado palacio, pasando
mil molestias y privaciones... ¿Es ó no cierto? Desmiéntanme si se
atreven.

Los ojos de la tiíta despedían fulgores de fósforo. Arias la miraba
con lástima y cierto terror supersticioso. Ambos se esmeraron en ser
corteses, manifestándose pasmados de la adivinación de la señora y
de lo bien que sabía todo cuanto en el mundo pasaba. Era, por lo
mismo, conveniente que la dama zahorí visitase á su sobrino, que
estaba en peligro de muerte, y ellos se brindaron á llevarla en coche
al arruinado palacio. Á lo que contestó doña Isabel que ella sabía
ir sola, y que no necesitaba de tal compañía... Después, mirando al
suelo, se lamentó de la suciedad que ambos jóvenes habían traído en
sus botas.

--¡Buena, buena me han puesto la estera con el barro de las
calles!... Váyanse de una vez, que vamos á empezar la limpieza... ¡Á
la calle, á la calle!...

Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio á la calle
de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo que al de
doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un fanal en
cualquier Museo para que todo el mundo fuera á verla y admirarla.
Dijéronle á Miquis:

--Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar á tu tía
á tanto la entrada.

Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores
que toman siempre la delantera, se había anticipado á su señor, la
vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad.
Sensaciones había ya inactivas, y partes desalojadas. Por momentos
creeríase que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba
fuera desordenada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos,
las fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para
emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y
bulla; en otros, marasmo, silencio... El pulso á veces se dormía, á
veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente
y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida, deseosa
de inundar regiones que por el fuero fisiológico le están vedadas.
Su ardor, aumentado por la carrera, difundía el espanto aquí y
acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada
nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían
funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!» Otros: «¡bastante hemos
trabajado!» Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en
la parte de los nervios, que ya no reconocían ley, ni se dejaban
gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada. Cual desmoralizado
ejército, que al saber el abandono de la plaza se niega á combatir y
á la crápula y al desorden se entrega, aquellos condenados discurrían
ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el
dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo epiléptico, ya jugaban al
histerismo, á la litiasis, á la difteria, á la artritis. Para que
su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de salud, difundiendo
por toda la casa un bienestar engañoso. Todo era allí jácara,
diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento, lo recibían
á golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre
que la sangre traía alguna substancia medicamentosa, si era tónica,
la arrojaban con desprecio; si era calmante, la cogían y hacían
burla y chacota de ella. Todos se confabulaban contra el sueño, que
quería entrar. Apenas éste se presentaba, tales empujones recibía, y
tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre salía más que de
prisa... En el cerebro, las funciones más notables, desoyendo aquel
tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en
una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba
proyectos luminosos y vastos. La forma artística se ataviaba de
galas vistosísimas; la crítica pedanteaba, y hablando todas de un
glorioso más allá, parecían, no en vías de concluir, sino de empezar.
La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de
celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el
señor había querido que hasta el último instante estuviese expedita,
y corrientes los nunca gastados hilos de la palabra...

--Hola, chico.. ¿qué tal? Venga un abrazo.

--Ruiz... ¡cuánto me alegro de verte!

--¿Y qué tal estás hoy?

--Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fué horrible.
Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así, la
semana que viene podré marcharme.

--Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no
te ahogas.

El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado,
ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de
lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás,
el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda
sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que
bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada
instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.

Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa
de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de
trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que
daba el quién vive.

--No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia--le dijo
Alejandro.--El otro día no hiciste más que entrar y salir... Es
magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes
gran talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año
que viene.

Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima
indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto,
el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos.
Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. En todo lo
que hacían sus amigos veía grandes bellezas, y á Ruiz le diputaba por
uno de los mayores talentos. La comedia era sosa, y á él le pareció
salada; era roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral
papaveráceo, y sus efectos serían admirables si al teatro fuéramos
á dormir. Era un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver
allí lo desgraciados que son los solteros, y las felicidades sin fin
que cosechan en la vida los que se casan. Para esto, los personajes,
cuidándose bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del
matrimonio, quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante
y el vicio rudamente castigado. El éxito fué regular, y los amigos
llamaron al autor al final de cada acto. Los periódicos dijeron que
aquel Ruiz astrónomo, era un genio, un tal y un cual... Pero á los
ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima del
olvido.

Ruiz no se forjaba ilusiones vanas. El Teatro ofrecía poco estímulo.
¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si
él hubiera nacido en otro país, se dedicaría seguramente al Teatro;
¡pero aquí...! En Francia habría ganado diez ó doce mil duros con
una sola obra. En España todo es miseria. Y de que su obra gustó al
público, ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande que se hubiera
representado al fin de temporada! Toda la prensa había puesto en el
mismo cuerno de la luna la excelente versificación, y copiado algunas
redondillas de las más resonantes. Pero lo que el autor estimaba
más en su obra; era el pensamiento. ¡Ah! ¡qué cosa tan moral y
edificante!...

Á pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el Teatro. Este
empezaba á fastidiarle, como le habían fastidiado antes la Astronomía
y la Música... Y siendo su pensamiento refractario á la holganza,
de las cenizas de su amor al Teatro nació, polluelo de ave Fénix,
un amor nuevo, una vehemente afición á otro linaje de estudios: á
la Filosofía... Burla burlando, ya tenía escrito un estudio sobre
Hegel, y había empezado á estudiar varios sistemas desconocidos
en España, á saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del
_Krausismo_, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en
Bélgica. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo,
porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no hay filósofos. Él
acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que en el curso
próximo había de hablar en el Ateneo. No: ninguna ocupación de la
mente era más bonita que aquélla. Recomendaba á su amigo Miquis que
tan pronto como entrara en la convalecencia, se diese un buen atracón
de filósofos y se dejara de dramas... Tanto, tanto habló sobre esto,
acompañando su perorata de extravagantes cambios de postura, que
al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al raudal de la
filosófica oratoria, y le dijo:

--Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque
éste es así. Antes se dejará desollar que ofender á un amigo... Con
tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el
Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen á los
condenados que se vuelven locos.


II

Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el
avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla
cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con
sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que
no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible
ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía
aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el
sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía:
«mírame.»

Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así
Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido
del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía
en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde
se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y
las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los
grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de
que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media
noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto
de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se
apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser
ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.

Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No
prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar
al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las
tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer
á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese
cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno,
Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse
de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar
al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y
decoro, decía:

--Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el
deber...

Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á
la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar
ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando
contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas.
Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca
de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no
encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier
vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su
humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia
y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen
_Cerato simple_ estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor
caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su
mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.

--Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho--le dijo.--Tenía
tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la
tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para
leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía
que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué
versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me
corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra
como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto
se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro
abajo.

Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en
comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo
se le había antojado comer.

--¡Ay, hijo!--exclamó doña Nicanora afligidísima.--Cuánto siento no
poder dártelo.

Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la
tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó
prontamente, diciendo:

--Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese
caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á
moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el
más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al
pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo.
Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.

--Si el señor don José me quisiera dejar el drama--dijo otra de las
presentes cuando Felipe salía,--para que lo lea mi marido... Él lo
entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á
teatro lo sabe al dedillo.

Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo.
Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas
de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario
de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava
Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las
diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre
de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía
como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y
otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego,
carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del
regalo, dijo á Poleró:

--Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?

--Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.

--No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te
debo algo?

--¿Á mí? Nada, hijo.

Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y
hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y
rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo,
respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una
cuenta que me ha baldado.»

Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:

--Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he
podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos
habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un
triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros...
Tómalos del cajón.

Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo
encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más
cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía
muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela
insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca.
¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le
diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos
y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles,
que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?

Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una
zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había
hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con
él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:

--¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.

--¡Ah! ¡pillo!...--replicó Alejandro, riendo también.--Bien es verdad
que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para
todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.


III

Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto
le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si
dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por
la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo,
cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que
estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:

--¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos
quedamos sin tu amo.

La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar
tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y
atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de
las lágrimas.

Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis,
y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al
enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos
de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y
allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que
es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y
obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba
llena de baúles y trastos.

Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego.
Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer,
volvió decidido á quedarse toda la noche.

--Me parece que hago falta--decía con petulancia,--porque esta casa
es un _pandemonium_. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos
son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro
amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar
ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero
responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió
este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en
que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me
retiro...

Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba
la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las
ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de
ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía,
dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades,
haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á
cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró
ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:

--Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan
tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos.
¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso
hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se
resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...

Y en otra ocasión vino con este mensaje:

--Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de
la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde
se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la
representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto,
estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no
sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación,
un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga
á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la
ponga en la puerta...

Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus
oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:

--No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á
usted _Don Urgente_, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás
Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.

--Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa
calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo
tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los
animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta.
No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos
ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la
urgencia de atender á su alma.

--Yo no se lo digo.

--Ni yo...

--Pues yo se lo diré--afirmó Ruiz con énfasis.--No son ustedes
hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores:
hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la
altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á
hablar con Miquis.

Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande
abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle.
Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras,
y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del
recogimiento de toda la vida en el cerebro.

--¿Qué tal te encuentras?--le dijo Federico acariciándole la barba.

--Ahora, bien--replicó el tobosino con cierta facilidad de
respiración y palabra que antes no había tenido.--¿Qué hora es?

--Las ocho.

--¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué obscuro
está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz: ya
empiezan á verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces
de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran á la piedad y á
la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?

--Por allí veo el _Escorpión_. Aquella hermosa estrella es la llamada
_Antarés_, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La constelación
correspondiente á este mes es el _Toro_, San Marcos, porque el
sol entra en sus dominios, y en ellos está _Aldebarán_, San Juan
Bautista, que se celebra el 24 de este mes...

--¿Y estamos á...?

--Á 18... Te encuentro muy bien esta noche.

--Sí--dijo el paciente con animación.--Respiro sin trabajo. Se me
figura que de esta vez la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay
conciencia física, como decía el bendito don Jesús Delgado, y la mía
me está dando avisos de salud... Esta noche me dijo Moreno que ya la
semana que entra podré marcharme. El ordinario me ha dicho que está
hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho que ha llovido...
¡Qué ganas tengo de verlo!...

--Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes?
debes ocuparte, debes pensar... No quiere esto decir que haya
peligro... Los hombres deben hallarse siempre preparados para todo lo
que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así es que...

Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente,
diciendo:

--Ruiz, que le llaman á usted...

_Don Urgente_ salió.

--Este pobre Ruiz--observó Miquis con penetración admirable,--porque
me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve...
él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos
de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me
quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su
comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro.
Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José,
estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que
cada vez parece que hay menos aire, y más calor.

En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que
también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar,
poniéndose de parte del catalán.

--No te metas en eso--le dijo el aprendiz de médico.--El pobrecito
está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo,
allá con los Santos Inocentes!...

--Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve _bajo un
prisma_,--decía Poleró.

--Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de
conciencia--manifestó el astrónomo con cierta pompa,--yo me lavo las
manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted,
no mía.

Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina
y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había
tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido,
á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del
moribundo.

--¿Qué tal está ahora, amigo Arias?

--Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.

--Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se
podrá ofrecer.

--¿Qué lee usted?

--Un acto de _El Grande Osuna_. Ya lo conocía; pero veo que hay
modificaciones.

--Yo intentaré descabezar un sueño--murmuró Arias, tendiéndose en
un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico
departamento.--¡Hace un calor!...

--Indudablemente este pobre Miquis valía--declaró Ruiz, dejando
la lectura con aires de indulgencia crítica.--No lo digo por este
drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una
inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que
la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El
pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo,
permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el
pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse
con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que
fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa
trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo
que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia,
urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de
Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad
que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de
Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico
no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño
que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como
el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías
reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey,
fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este
pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla
suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y,
por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué
le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de
Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón
progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se
representara, que no se representará, el público tiraría las butacas
al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero
hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables:
no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en
la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una
carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de
aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo,
y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores,
disparates, cosas de chiquillos...

Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la
voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por
ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del
alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que
aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico,
sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que,
oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción
grandísima que él había sentido.


IV

Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la
puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que
entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de
frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada
muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo
rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres
apariencias.

--¿En dónde está mi sobrino?--preguntó sin dirigirse á ninguno.--Me
llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...

Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió
así:

--¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está
esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen
que ver.

--Señora--le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,--tenga
usted la bondad de sentarse...

--Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.

Entró Cirila en aquel momento.

--¿Es usted, señora--le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas
miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,--la dueña
de este palacio?...

--¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.

--Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni
jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que
la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?

Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las
circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso
del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy
malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus
padecimientos...

--Señora--balbució Cirila,--ocúpese usted de su sobrino... que
está... ¡pobrecito! en las últimas...

--Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?...
Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo
de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería.
Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar
infinitamente privado de agua.

Poleró entró muy alarmado, diciendo:

--No conviene que la señora pase en este momento...

Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte
paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.

--No hay nada que hacer--observó Cienfuegos sollozando.--¿Á qué
martirizarle, si no se ha de conseguir nada?

Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían á la señora. La criada de
ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina; mas
tampoco quería sentarse...

--Grande horror tengo de esa enfermedad--volvió á decir la
Godoy;--pero yo quiero verle... ¡Oh! si asearan la casa, si lavaran
esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre, y tanta basura, el
pobre angelito sanaría.

Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse á la puerta de
la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar
y el temor ó escrúpulo que sentía del contacto del enfermo. Poleró
acudió junto á ella, temiendo que se desmayara... Desde la puerta
miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no fué bastante á
vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un finísimo pañuelo
que se llevaba á los ojos para secar sus lágrimas.

--Hace años y años que no lloro--dijo á Poleró.--Esto que ahora veo
me desmenuza el corazón... y no es mi corazón de carne, es de hierro
que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el dolor se quedó
dentro...

Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre que
acercaba á la nariz...

--Si no fuera por esta precaución, me infestaría, ¿no es verdad,
caballero?... No puedo ver lo que veo... ¡Pobre Alejandro, pobre niño
mío, pobre ángel de mis entrañas!...

Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.

--Retírese usted, señora,--indicó Arias.

--Pase usted aquí... al salón de embajadores,--dijo Poleró, no
queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la
mente de la Godoy.

--¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la
robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace
tiempo. Yo lo sé todo.

Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad
insufrible le dijo:

--Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que
nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión,
no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo,
no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me
lavé las manos...

--¿Se lavó usted las manos?--dijo la tiíta reparando en las
extremidades del astrónomo.--Pues no se conoce. Las tiene usted que
parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas
uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá
usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son
unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni
sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas
de chivo! Quiten para allá...

Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las
lágrimas se lo había metido en el bolsillo.

--¿Por qué no se sienta usted, señora?

--Estoy bien...--replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con
ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.--No me siento,
no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...

--Si la señora quiere pasar á mi casa--manifestó don José Ido con
urbanidad,--allí encontrará un asiento más cómodo. Tenemos una
butaca...

--Buena estará también... ¡Ay, qué palacios éstos!... Hay salones que
parecen cocinas inmundas... Prefiero mi choza... ¿Es usted el médico
que asiste á mi sobrino?

--No, señora--replicó Ido del Sagrario con un registro de voz
que parecía el aleteo de una mosca.--Soy profesor de Instrucción
primaria, con título y...

--Porque si fuera usted el médico, le diría que puede estar
tranquilo. Alejandrito no se morirá: yo lo sé, yo lo he visto...
Alejandrito no tiene más que un fuerte mal de amores: así lo dicen
las _acepciones de amor_, _desvío_, _mudanza_, _mujer morena_... Con
que no se aflijan, señores: lo digo yo, que he nacido en Jueves Santo.

Mirábanse Poleró y Arias aguantando la risa, y á pesar del dolor que
les embargaba, casi no podían contenerla.

--Pero siéntese usted, señora...

--Que no me siento... Y si pudiera no tocar el suelo con mis pies...
Es muy tarde: Teresa y yo no tenemos costumbre de andar de noche por
esas calles. Nos retiramos.

--Uno de nosotros la acompañará á usted.

--¡Oh!... no... gracias. No se molesten... Cuiden bien al pobrecito
enfermo, y denme aviso mañana de su mejoría... Aseo, aseo, agua y
jabón es lo que hace aquí falta.

En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en la puerta
de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor de agitado
coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja: la una era Cirila, la
otra su hermana. La primera, que había salido con una luz para buscar
algo en uno de los cuartos obscuros, decía: «No entres: está muy
mal. Estos señores no permiten... Más vale que te vayas.» Federico
Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vió llegada la coyuntura
más bonita para el acto de ejemplaridad que anhelaba realizar.
Por fin, gracias á él, los buenos principios iban á tener cumplida
satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y la impureza
sufrirían rudo escarmiento en la más solemne de las ocasiones. Salió
prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de buenas á primeras
esta indirecta:

--Óigame, señora: haga usted el favor de salir de aquí. En nombre de
la familia, yo...

--¡Eh!--dijo Poleró,--no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted: le
tengo más miedo á su celo que á un cañón Krupp.

Del estrecho pasillo de la casa salieron todos al larguísimo y no muy
ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la claridad
competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió, ganosa
de aplacar á don Federico, llevaba la luz y alumbraba las figuras
movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían á lo largo de las
paredes y salían hasta la escalera.

--No se puede tolerar--dijo Ruiz, con acento de calorosa
honradez,--que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo,
venga usted á escarnecer con su presencia...

--Señor de Ruiz--observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á
alzar la voz,--es mi hermana; y esta casa...

--No hay casa que valga, no hay hermana que valga...--clamó el
astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que
tenía de darse importancia.--Si usted me levanta el gallo, ahora
mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto...
¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro
desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos
momentos, y á insultarnos á todos...?

--No alborotar, no hacer ruido--volvió á decir Poleró, creyendo que
la expulsión se debía verificar con menos bambolla...--Está con la
moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.

Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando
de esta suerte:

--¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en
nombre de lo más sagrado...!

¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una
palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla.
Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.

--Para evitar cuestiones--gruñó Cirila, empujando suavemente á su
hermana,--más vale que...

En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las sombras
de los demás. Paróse, miró á todos uno por uno, después á la Tal...
La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de muñeca de
porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra muñeca, de
carne y hermosura, torneada con gallardía, y barnizada de expresión
melancólica.

--Esta señora--dijo Ruiz,--es la perdición de nuestro amigo...
¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! Ó ella, ó nosotros...

Con espontaneidad, que resultaba muy donosa, se escaparon de los
labios de la Godoy estas palabras:

--María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!

Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de
la mujer de vida libre, el cual, iluminado, resplandeció como sol
de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén
y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos la
Tal. De sus labios, ni una sola sílaba... Dejando la luz, doña Isabel
lanzó un gran suspiro. Siguió observando.

--¡Gracias á Dios que veo aquí una persona limpia...! Y eso que las
manos no están muy lavadas que digamos... Usted es de las que no
cuidan más que el palmito...

Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para exclamar:

--Princesa... no me le dejes morir.

Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban como
esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la
expresión de su cara variaba... Casi, casi sonreía.

--La señora es de la familia--dijo Cirila señalando á la Godoy y
mirando á Ruiz,--y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.

--Pero la señora--objetó Ruiz,--se ha escapado de un manicomio.

Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dió
tres vueltas sobre sí misma, y en cada una tocaba el brazo de la Tal,
repitiendo:

--No le dejes morir, no le dejes morir.

Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora para
encaminarla á la escalera. La criada quiso también llevársela...
Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula
de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras; virgen
madre de todos los desatinos; maga, sibila, vestal, momia llena de
gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo.
Llévante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos
á los ángeles, como te pareces tú á una pura ninfa de los tiempos que
no volverán.

Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera,
acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una
observación corriente:

--Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan hermosa
medicina. Los ojos matan, ¡ay! los ojos también curan... y
resucitan. Que la vea... Se pondrá bueno al instante: lo sé, lo
leo bien claro en las _acepciones de reconciliación, cariño mutuo,
castidad_.

Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los escalones,
por si no estaban seguros... Desapareció en la espiral tenebrosa como
si se la tragara la tierra.

En el pasillo largo continuaba la escena, cuyos actores eran: Ruiz
en el foro de los principios morales; la Tal en el de la pasiva
resistencia á los dichos principios; Poleró en segundo término,
murmurando:

--No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe dónde pone el
púlpito.

--Ya, ya se está usted marchando de aquí--decía Ruiz.--No tengo que
añadir una palabra más.

Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y
estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho
la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después,
cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la
boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus
blancos dientes y sus encías rojas.

--Más vale que te vayas--le dijo Cirila.--Así no tendremos cuestiones.

--¡Que traigo una pareja!

--Sosiéguese usted, hombre de Dios.

--¡Que la traigo!...

La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con
los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe
Dios las perrerías que le dijo:

--Vaya, vaya--dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola
consigo.--Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.

Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también.
La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo,
con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término
de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública
alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las
buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de
desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi
hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué
despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la
escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto
de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula
del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia,
torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra
corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu
séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.


V

Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de
aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su
lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la
sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes
impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo
la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad,
se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos
obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la
casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba
las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los
Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por
allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo,
ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le
decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto
del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que
había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos,
acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado
catre.

Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe,
y le dijo:

--¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido
sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi
madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?

--¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si
nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?

--Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con
su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba
por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un
carretoncillo.

--Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.

--Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha
mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro
con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos
largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme.
Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba,
guapo!

Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á
caer en el sillón.

--Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil,
relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los
brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué
disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte
es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece,
Cienfuegos?

--Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete
ahora.

--¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!--replicó el enfermo, respirando
con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á
una.--¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á
escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en
aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda
una escena de _El Condenado por confiado_.

--La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?

--Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó
es cierto que viene mi madre á buscarme?

--Es cierto que viene--manifestó Cienfuegos.--Ya te dije que la
espero mañana.

Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban
que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por
no alarmarle.

--¿Pusísteis telegrama?

--No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?

Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro
Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso
de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.

--¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...

--Mañana la tendrás aquí.

El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.

--Ó me engaño mucho, ó sólo con verla entrar creo que me restableceré
por completo.

--Como si lo viera... Procura serenarte ahora, y duerme. Voy á ver si
se han dormido esos chavales y á echar un cigarro con ellos si están
despiertos. (_Sale Cienfuegos._)

--Aristóteles.

--Señor...

--¿Estás aquí? No te veo bien.

--Si estoy aquí...--dijo Centeno, acariciándole las manos, que tenía
entre las suyas.

--¿Hay luz en el cuarto?

--Sí.

--Me pareció que estaba esto muy obscuro. Pues lo que es mis ojos
bien claro ven. Á tí te distingo como un bulto. ¿Sabes una cosa...?

--¿Qué?--preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y
en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.

--Que me han entrado fuertes deseos de...

--¿De qué?

--Te vas á reir,--murmuró Alejandro riendo á su vez; pero su
jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.

--No, no me río.

--Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo... Yo no
puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón. ¡Cosa más
particular!... Dámelo tú á mí.

Tan aturdido estaba Felipe, que no acertó á satisfacer el deseo de
su amo. Fué preciso que éste repitiera su mandato para que el Doctor
se pusiese en pie, y acercándose á Miquis todo lo más que podía, le
estrechara en sus brazos.

--No, no aprietes tanto, que me ahogas... así. Ya ves qué antojos me
entran. ¿Qué dices á esto?

Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba.
Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.

--¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?

--No, señor--replicó el otro con risa convulsiva:--es que me he dado
un golpe en este codo.

--Ven acá; no te separes de mí...

--Aquí estoy.

--Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da
cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega
mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta
alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre
conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.

--Eso sí.

--Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí
si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso
que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que
hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin
verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería...
se me antoja que vamos á separarnos.

--¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!

--Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha
entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero,
no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte
á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila...
¿Qué opinas?

El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la
situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.

--Me parece muy bien.

--Llámate á Cienfuegos. ¡El pobre...! Quiero darle una sorpresa.
Verás qué alegre se pone.

Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión á la
pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina con un puño en
cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon un mal suceso.

--Que vaya usted, señor de Cienfuegos,--fué lo único que dijo Felipe.

Y él se quedó allí, llorando con gran desconsuelo. Don José Ido no
estaba presente; pero sí Rosita, la cual creyó muy del caso consolar
á su amigo con las frases propias de la ocasión, entremezcladas de
suspiritos:

--Hijo, es preciso conformarnos con la voluntad de Dios. ¡Ay, Jesús,
qué mundo éste!... No hay más que penas.

El Doctor se limpió las lágrimas, y serenándose un tanto habló así
con su amiga:

--Chiquilla, ¿por qué no vas á acostarte? ¿Qué haces tú por aquí á
esta hora?

--Puede ofrecerse algo... ya ves... Hasta que papá no se acueste...
Vaya un escándalo que hubo esta noche, ¿lo oíste? cuando vino la
señora aquélla, loca... Dicen que esa señora lava la sal antes
de echarla en el puchero... ¿Pues y la _chubasca_?... ¡Lo que te
perdiste! Ella no se quería marchar; pero tanto le dijo el señor de
Ruiz... ¡Ay! hijo, el señor Ruiz es como un predicador. Dice mamá
que para obispo no tiene precio. Ahora está durmiendo. ¿No oyes sus
ronquidos?... Pues la Tal salió hecha un veneno. Yo subía la escalera
cuando ella iba para abajo. En cada descanso se paraba y volvía los
ojos para arriba. Daba miedo verla. El señorito Poleró bajó con
ella, y el señorito Arias también. Los dos se reían y le decían
cosas... «Mujer, no te enfades... no hagas caso de ese farsante de
Ruiz...» El señorito Poleró la pellizcaba. ¡Qué pillos!... ¿eh? y
ella tan seriota...

--Rosa--dijo don José, presentándose de improviso en la puerta de la
cocina,--acuéstate al momento. Es muy tarde.

Notó Felipe en su amigo una exaltación, un extraño júbilo, que hacía,
sobre su apenado semblante, efecto parecido al de los fuegos fatuos.
Sus mechones bermejos parece que tendían á engalanarle el rostro como
guirnalda de triunfo.

--¿No sabes lo que ocurre?--dijo á Felipe mostrando en la palma de
la mano dos monedas de oro.--Pues verás: me llama ese bendito don
Alejandro... Entro, hijo, y me da estos doblones... Dice que no le
hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender á mis necesidades.
Francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo estoy
conmovido... ese joven es un santo... pero si mañana hiciera falta
este dinero para el entierro...

Diciendo esto, guardaba las monedas.

--Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble
amo--añadió retrocediendo,--amigo Felipe, liberal joven, digno
Panza de aquel bravo don Quijote, ¿por qué no me das uno de los dos
panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu amo está
rico. Estos pobres niños no quieren dormirse por la gran necesidad
que tienen...

Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un
pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no
sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.

--Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y
además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio
y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar,
velar...

Poleró entró en la cocina diciendo:

--Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que
durará pocas horas... Felipe, te llama.

Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas
palabras:

--Que me dejen solo con Felipe.

Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.

--Aristóteles...

--Aquí estoy.

--Ponte más cerca.

Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.

--Así... Ahora siento una languidez, un sueño... No me duele nada.
Parece que me voy á dormir, y que estaré durmiendo días y días. Ya
es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche como he
pasado. Un encargo te voy á hacer. ¿Lo cumplirás?

--Pues ya...

--Cuidado, Felipe, cómo te descuidas... Si me duermo esta noche,
y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño
profundísimo que siento venir, ¿entiendes?... en cuanto llegue mi
madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes el
cuerpo bien sacudido...

--Descuide usted,--dijo Felipe con el corazón traspasado.

--En tí confío, Aristóteles... y así podré dormirme tranquilo...
Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me
despertará por muy dormido que esté.

Dejó caer los párpados... Murmullo lento y hondo salía de sus
entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarle de
cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro, abrió
los ojos...

--Aristo...

--Señor.

--Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita
memoria mía... Se me escapan las ideas... Dime si en estos últimos
días ha venido á verme...

Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno consolarle en
aquella ocasión...

--Ya lo creo que ha venido, sí, señor... Sólo que no hemos querido
dejar entrar á nadie... Como estaba usted durmiendo...

--Ha venido...--balbució Miquis, y en aquel mismo instante apareció
tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se espantaron.
Era otro, era un muerto.

--Sí, señor--dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo;--ha
venido... siempre tan... cariñosa... Llorando por no poder verle, y
diciendo que...

--Cállate,--dijo bruscamente Cienfuegos.

Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:

--Aristo...

--Señor...

--Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una
cosa...

--¿Qué?

--Quemar _El Grande Osuna_...--murmuró Alejandro con visible
esfuerzo, que parecía un tanto doloroso.--Es detestable... Es feo y
repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta vulgar al
lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al lado de esta
creación de las creaciones, que titulo _El Condenado por confiado_...
Es la salud, es el vivir sin dolor... Aquí veo otra figura, otra
belleza suprema... Á su lado aquélla es fealdad, impureza...
podredumbre... consunción...

--¡Quemar _El Osuna_!... no, señor... ¡qué dirá la señorita
Carniola..!

Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto.
Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, muy amarga... Más que
habladas, fueron estertorizadas estas palabras:

--La aborrezco...

Felipe le observaba... Cienfuegos le puso la mano en la frente...
Momento de terror... Inmenso sueño aquél.

--Se ha dormido,--murmuró Felipe atónito.

--¡Qué muerte tan dulce!--dijo Cienfuegos.


VI

  La escena representa el interior de un coche de alquiler. En
  el fondo, _Aristóteles_ y _don José Ido_ ocupan el asiento
  principal; á izquierda y derecha, cerradas portezuelas con
  ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire. Veterano
  corcel tira con trabajo de la escena, á la cual preceden otros
  cinco vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas,
  su dormilón cochero y su caballo claudicante. La fila marcha
  perezosa, por calles y caminos, siguiendo á otro armatoste poco
  agradable de ver, cosa negra y desapacible, sobrecargada de
  tristeza y duelo.

IDO.--(_Acariciando él hombro de su amigo._) Pues esto no tiene
ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con
la voluntad de Dios, y pongas ya término á tus lágrimas, ayes y
suspiros. Empiezas á vivir; tienes mucho mundo por delante; estás
en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No
quieras hacerte superior á tus años prolongando tu dolor más de lo
que corresponde, y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo, y
considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros que
podrías desear para instruirte en el gobierno de tí mismo y en todo
el saber de la vida. (_Sintiéndose inspirado._) Considera que esto
es para tí ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no
desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota
de dolor y resguardado tras el durísimo broquel de la experiencia; y
francamente, naturalmente... yo, en tu lugar, me alegraría de haber
visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste... No seas
tonto: encontrarás ahora colocación mejor y amos generosos que te
protejan...

ARISTÓTELES.--(_Dando un gran suspiro._) No encontraré otro amo como
el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas
no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que
disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...

IDO.--(_Con agudeza filosófica._) Es que, según dice un libro que leí
anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas,
con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y
picardía.

ARISTO.--Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró
le llamaba el _goloso de las damas_, y Arias decía que había hecho
voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no
hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?

IDO.--(_Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu
le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso
modo, la misma sabiduría._) Todos, todos los humanos, si no fuéramos
lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos
esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos
ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas
recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad
y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas
mismas son penitencia á la par que son pecados.

ARISTO.--Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba
con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando
de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un _hombre en
verso_, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo
sonaba, sí, sonaba como las panderetas.

IDO.--(_Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas._) Mal
terrible es ser _hombre-poema_ en esta edad prosáica. El mundo
elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como
la vocación de ruiseñor en una familia de castores.

ARISTO.--Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió
de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de
tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita
tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía
se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se
llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...

IDO.--(_Enternecido._) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales
prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de
los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en
esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un
ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada
que me puse, para venir dignamente al entierro.

ARISTO.--(_Afligidísimo._) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó.
Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece
mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.

IDO.--(_Desperezándose._) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que
francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el
fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y
brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.

ARISTO.--Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro del
señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dió doña Virginia
y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita de
Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían
nada... Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole, y
nada pasó; pero esta mañana, cuando salí á llevar los recados á los
amigos para que vinieran al entierro... esa sinvergüenza, esa Cirila
de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el
robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer...

IDO.--(_Aterrado._) ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa hembra
sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese monstruo
rapaz, profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda
valiosa...!

ARISTO.--(_Llorando con rabia._) Le quitó la levita. Cuando entré y
lo ví, me dió una cosa, señor don José, me corrió un fuego por todo
el cuerpo... Volé á la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento...
Me fuí derecho á ella, y le dije todo lo que había callado en tanto
tiempo... yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre
para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido á bocados...
Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge
Resplandor por la cintura y me sujeta, hay allí la del Dos de Mayo.
Todavía me dura el sofoco... Me la ha de pagar... No se la perdono,
no se la perdono.

IDO.--(_Con apacible serenidad y con unción que no parece suya, sino
de los espíritus de santos ó filósofos que andan por dentro de su
cuerpo._) Modérate, ¡oh, Felipe! y templa tus excesivos arrebatos,
impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por cima de
las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer tendrá el
castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de ella. Déjala
tú... El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca
menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito amo del abrigo
y confortamiento de una levita. ¿No nos dice la Religión que el
cuerpo es polvo y ceniza? El polvo, digo yo, ¿para qué necesita del
auxilio de los sastres? Cierto que el acto... llamémosle acto... de
esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no
es más que un despojo miserable que vamos á entregar con solemnidad
convencional á la tierra. No le quitará Cirila á tu amo su glorioso
vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de Miquis padecerá
de frío en las regiones invisibles, intangibles é inmensurables. Y
sin traspasar con el pensamiento las fronteras que de tu amo nos
separan, podrás hallar consuelo considerando que la rapacidad de una
vil patrona no despojará á tu amo de la gloria mundana que envolverá
su nombre, cuando sea conocido ese portento literario, ese drama de
los dramas...

ARISTO.--(_Con hondísima pena._) Esa es otra... ¡señor don José de mi
alma!... ¡Usted no sabe!...

IDO.--¿Qué?... No cuentas hoy más que desdichas... Apenas abres la
boca, ya tiemblo.

ARISTO.--Pues tiemble usted todo lo que quiera... pero sepa que el
drama ya no existe. Esta mañana, cuando fuí á casa de Resplandor
en busca de un poco de agua para lavarme, ví que doña Ángela (¡mal
demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le estaba arrancando
las hojas para hacer papillotes con que sujetar los rizos de las
niñas... Al ver esto me volé. Ella dijo: «pues tonto, ¿para qué sirve
esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que era...» Recogí
algunas hojas. Después ví que Ruiz se llevaba otro acto. El tercero
le sirvió á Cirila para encender la lumbre. Con el quinto hacían
pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y lo guardaré toda
mi vida...

IDO.--(_Meditando._) ¡Gran desastre es que obra tan supina haya caído
en manos de gente indocta! Yo que tú, procuraría restaurar toda la
obra, recordando algunos pasajes y añadiendo de mi cosecha lo que se
me hubiera ido de la memoria.

ARISTO.--(_Prontamente._) Usted es bobo... por fuerza... ¡Qué cosas
se le ocurren!

IDO.--Siento de veras la pérdida de ese precioso manuscrito... ¡Obra
más hermosa...! Si se representara, daría mucho dinero... Y no me has
dicho una cosa que deseaba saber. ¿Cómo se han arreglado para los
gastos del entierro?

ARISTO.--Como saben que don Pedro Miquis ha de mandar lo necesario,
echaron un guante entre todos para anticipar la cantidad. Poleró
dió ocho duros, Arias cinco, Cienfuegos devolvió la cantidad que
mi amo le había dado, menos treinta y dos reales. Doña Virginia
también dió algo, y Ruiz ni una mota, porque dice que tuvo que pagar
una cuenta. Ese es de lo más farsante que hay. No sirve más que
para dar órdenes, meterse en todo y hacer pamemas. Estaba durmiendo
cuando el señorito espiró. Al entrar en el cuarto, no hacía más que
lamentarse de que no se le hubiera avisado. Echó una voz muy hueca y
dijo: «Señores, el romanticismo ha muerto.» Y luego: «¿Qué hacemos,
pero qué hacemos?...» Yo no sabía lo que me pasaba. No quería creer
que don Alejandro estaba muerto, porque un momento antes me había
dicho cosas... Se murió en mitad de un suspiro, con medio sollozo
dentro y medio fuera. El alma se le salió sin darle ni una chispa
de padecer... Se quedó tan sereno, que parecía que estaba durmiendo
y soñando las cosas bonitas que él sabía soñar... Cienfuegos, que
no tiene más falta que ser tramposo, lloraba como un chiquillo; le
abrazaba y le besaba la mano... Yo también...

IDO.--Sosiégate... no llores, repitiendo la escena luctuosa. Tu edad
juvenil es propicia al olvido, y la energía reparatriz derramará
pronto en tu ánimo su bálsamo consolador.

ARISTO.--(_Cortando la relación con suspiros._) Poleró también
lloraba, porque es buen chico, y Arias, pálido y muy triste, decía:
«Yo no sirvo para esto.» Se quitaba y se ponía los lentes sin parar.
Mirando á mi amo, echaba suspiros. Ruiz era el que no dejaba de
hablar, y siempre á gritos. Salía al pasillo, diciendo á todo el
que pasaba: «Ya espiró, ¡pobre amigo!» Y luego entraba otra vez,
y cruzándose de brazos decía: «Pero ¿qué hacemos? ¿Están ustedes
lelos ó qué...? Hay que determinar algo.» ¡Cansado hombre, qué ruido
hacía para nada!... Después se quejó de que don Alejandro se hubiera
muerto sin religión, y dale otra vez con aquello de «yo me lavo las
manos, yo no tuve la culpa...» Un rato larguísimo estuvieron tratando
del parte que habían de poner á la familia... si lo pondrían así
ó asado. Por fin salió el parte y yo fuí al telégrafo. Ruiz bajó
por la mañana á la estación por si llegaba doña Piedad... pues...
para prepararla, y enterarla poquito á poquito de la defunción del
hijo. Pero doña Piedad no vino. Como al Toboso no va telégrafo,
creen que el parte puesto ayer al Quintanar no se habrá recibido
hasta hoy... Después que se arregló lo del telégrafo, empezaron á
ocuparse de cómo le vestían. Yo buscaba ropa... nada; revuelvo todo
y... nada. ¡Aquella ladrona, aquella Caifasa...! ¡Ay! don José, yo
tengo envenenada la sangre... Por fin le vestimos, como usted sabe
mejor que nadie, porque me ayudó en ello... Los señoritos, reunidos
en la cocina, hicieron cuentas de lo que costaba el entierro, y luego
echaron un guante... y con el dinero que sobró, compró Cienfuegos una
corbata negra. Los coches los pagan ellos también á escote, para lo
cual pidieron á todos los amigos, y éste una peseta, aquél dos, se
juntó la cantidad. En el primer coche va Ruiz con un señor manchego
que conoce á la familia. Don Federico preside, porque si le quitan el
presidir y el ponerse delante de todos, creo que le da un soponcio...
Á mí no me querían llevar... Yo hubiera ido á pie... pero el señorito
Arias fué el primero que dijo: «Felipe no puede faltar.» Total: seis
coches y catorce personas.

IDO.--(_Patéticamente._) ¡Tales desengaños encierran los designios
de los hombres! El que estaba designado á ser fanal de gloria, muere
obscuro; el que parecía llamado á conmover y entusiasmar á las
muchedumbres, es conducido á su última morada en pobre convoy sin más
compañía que la de unos cuantos amigos. (_Mostrándose tan inspirado
que sin duda no es él, sino Salomón, el que habla._) ¿De qué valen
las glorias humanas? ¡Ay! humo son y polvo de los caminos. Para
combatir la aflicción, seamos buenos y echemos de nuestros corazones
la vanidad. La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los
impíos se pudrirá... Ten confianza en Dios, Felipe, que si con tu
amo ha sido justiciero, lo será también contigo, dándote alientos
para seguir por el derrotero de la vida. Y no te aflijas porque estés
algunos días sin colocación. En mi casa, hijo, ya sabes que no reina
la abundancia; pero lo poco que hay será partido alegremente contigo,
mientras no halles acomodo... No, no tienes que agradecernos nada.
(_Con iluminismo._) Bien dijo el otro: «Bienaventurado quien piensa
en el pobre; en el día malo lo librará Jehová...» Y ahora que me
acuerdo, voy á proponerte una colocación decorosa. Es más de lo que
podías soñar.

ARISTO.--(_Con vivo interés._) Dígamelo pronto.

IDO.--Pues un amigo tengo, persona respetabilísima... no vayas
á creer que es un cualquiera... que se dedica á especulaciones
mercantiles y al comercio ambulante de petróleo, quiero decir, que
es de esos que van por las calles con un caballo cargado de cántaras
de aquel inflamable líquido. Á un chico, de tu edad poco más ó menos,
que era su dependiente, le despidió hace pocos días por ciertas
desazones, y ayer me dijo: «Señor de Ido, búsqueme usted un buen
muchacho de estas y estas circunstancias para que me ayude en mi
trajín.» Al pronto no me acordé de tí; pero ahora caigo en la cuenta
de que te ha venido Dios á ver con esta proporción... Todo se reduce
á conducir el caballo; el trabajo no es grande; paseas de lo lindo,
y hasta es un gusto ir por esas calles tocando la corneta para que
bajen las criadas. Parecerás el ángel del Juicio Final. ¿Te conviene?
Dí sí ó no.

ARISTO.--Lo pensaré, señor Ido, y la cosa está en saber lo que su
amigo ha de darme por ese trajín de estar todo el santo día en la
calle dando trompetazos.

IDO.--Creo que los emolumentos no serán flojos. Y en todo caso,
más vale siempre algo que nada. (_Repítese el fenómeno de que la
sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale á sus labios._) El hombre,
en toda ocasión, debe aprovechar lo que encuentra, y sin perjuicio
de sus aspiraciones á lo mejor, coger lo bueno y lo posible que á
su lado vea. Sí: cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te
impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo,
lo mejor es contentarse con poco, para esperar siempre más, pues si
alimentaras aspiraciones desmedidas, al satisfacerlas creerías tener
menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien
dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes
de ella y la revieses.»

ARISTO.--(_Mirando con malicia á don José, pues no comprendiendo que
Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro está algo
bebido._) Don José, usted está hoy muy sabio.

IDO.--Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me han
quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura, y una frase
feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan nuevo ser
á mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el
corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra...» Yo, además,
tengo motivos para no estar tan triste como otras veces. Sabrás, caro
Felipe, que me han salido dos discípulos.

ARISTO.--¿De veras? Ese sí que es favor de Dios.

IDO.--Sí, dos discípulos. ¡Y qué buenos chicos! Estaban en casa de
don Pedro, y como allí no aprendían jota, los han sacado sus padres,
y desde mañana voy á la casa á darles lección privada... Hijo, son
cinco duros al mes que me caen como el maná... Y ahora que nombro
á don Pedro, diréte que ya ese hombre no es hombre, es una bestia.
La familia está desorganizada; cada cual tira por su lado; la madre
parece que ha caído poquito á poco en la mala costumbre de echar unas
siestas muy largas después de comer... Ya en mis tiempos gustaba de
lo añejo. Marcelina, entregada á la embriaguez del fanatismo, pasa
todo el día en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro... ¡Oh! ese
merece capítulo aparte, y si tenemos un rato libre, te he de contar
los horrores que sé, y hacerte ver los pasos del incierto camino
por donde marcha nuestro maestro sin ventura... ¡Oh, aquí de tu
amo! Con aquella imaginación suya y aquel arte, bien hubiera podido
coger la pluma y endilgar un drama que sería el _non plus_ por lo
terrible y lo verdadero... Ya hablaremos de esto más despacio. Yo,
no sintiéndome con fuerzas para tan alto asunto, puede que agarre la
de ganso y enjarete una media resma para echar también mi cuarto á
espadas en literatura, porque francamente, naturalmente, los tiempos
son malos; todos servimos para todo, quién más, quién menos, y como
se trate de ganar un real, no hay cosa que me espante ni escrúpulos
que me arredren (_con exaltación_). José Ido del Sagrario es hombre
para todo; José Ido del Sagrario tiene alientos de poeta, bríos de
inventor y un correr de pluma que ya...

ARISTO.--(_Asustado, y sospechando otra vez, viendo la animación y
el brillo de los ojos de su amigo, que ha tenido alguna debilidad
anacreóntica._) Don José, ¿pero va usted á volverse literato?

IDO.--(_Con marrullería._) No te diré que sí ni que no... Puede
ser, puede no ser. Ello es que hace días se me ha clavado aquí
una idea, y no puedo echarla de mí... (_con cierto misterio_). Ya
sabes que hay ahora una literatura harto fácil de componer y más
fácil de colocar: hablo de las novelas que se publican por entregas
á cuartillo de real, y que gozan del favor de miles de miles de
lectores. Editorcillo hay que da una onza por cada reparto al
forjador de tales composiciones; otros dan diez duros, otros siete,
según la correa de invención que saca de su cabeza cada autor. Pues
bien: un amigo mío que trabaja en estas cosas, y que ha ganado mucho
dinero, me aconsejó no há mucho que me meta yo también á novelador...
Francamente, naturalmente, al pronto me pareció absurdo; después lo
he pensado, hijo... Es cosa facilísima idear, componer y emborronar
una de esas máquinas de atropellados sucesos que no tienen término,
y salen enredados unos en otros, como los hilos de una madeja...
Yo he de probarlo, Felipe; yo he de hacer un ensayo en esta cosa
bonita y cómoda del novelar. Ya tengo pensado un principio, que es
lo que importa; y cuando menos lo pienses, verás mi nombre por esas
esquinas de Dios, y te echarán por debajo de la puerta un cuaderno
con láminas muy majas y un poquito de texto para que caigas en la
tentación de suscribirte.

ARISTO.--(_Con inocencia._) Pues, hombre de Dios, si quiere componer
libros para entretener á la gente y hacerla reir y llorar, no tiene
más que llamarme; yo le cuento todo lo que nos ha pasado á mi amo
y á mí, y conforme yo se lo vaya contando, usted lo va poniendo en
escritura.

IDO.--(_Con suficiencia._) ¡Cómo se conoce que eres un chiquillo y
no estás fuerte en letras! Las cosas comunes y que están pasando
todos los días no tienen el gustoso saborete que es propio de las
inventadas, extraídas de la imaginación. La pluma del poeta se ha de
mojar en la ambrosía de la mentira hermosa, y no en el caldo de la
horrible verdad.

ARISTO.--Pues ponga todo eso de don Pedro Polo que, según dice, es
tan bueno...

IDO.--No, hombre, no: yo no voy á escribir para que se duerman los
lectores... Pienso desarrollar un estupendo plan moral: enaltecer la
virtud y condenar el vicio... ¡Buena zurra les daré á los pícaros...!
pondré como ropa de pascuas á los perdularios y jugadores, y á las
mujeres levantadas de cascos que faltan á sus maridos, y á todas
esas bribonazas que corrompen á la sociedad... Algo, naturalmente,
francamente, he de tomar del mundo visible; y, por ejemplo, al
pintar un empedernido avaro, me acordaré de Resplandor; si pongo
hembras malas, tendré presentes á Cirila y su hermana; al ocuparme
de los hombres oprimidos del peso de su condición social, sacaré á
relucir á nuestro don Pedro Polo, si bien cuidaré de presentarles
á todos en fantasía y de hacerles hablar un lenguaje escogido,
sutil y que no sea como el lenguaje que hablamos en el mundo. Ya he
principiado á revolver mis libros leyendo ésta ó la otra página, para
que se me vayan pegando las frases bonitas y voces refinadas que
debo usar. Tipos no han de faltarme: para el de la mujer virtuosa,
tengo á Nicanora, á quien veo como ángel de fidelidad, dulzura y
belleza; y para modelo de muchachos leales, tú... Pero ya llegamos.
El vehículo mortuorio se detiene ya en la puerta del descanso eterno;
los convidados bajan, y vamos todos á cumplir este deber triste con
los fríos despojos que nuestro desventurado amigo nos dejó al partir
para la Gloria Eterna.

Madrid, Mayo de 1883.


FIN DE EL DOCTOR CENTENO



ÍNDICE


                                    Páginas.

    I.--Introducción á la Pedagogía.    I-5

   II.--Pedagogía.                     I-57

  III.--Quiromancia.                  I-161

   IV.--En aquella casa.               II-5

    V.--Principio del fin.            II-91

   VI.--Fin.                         II-153

  VII.--Fin del fin.                 II-229





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