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Title: La Ilíada
Author: Homer
Language: Spanish
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Libraries.)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente
    de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

  * Las notas a pie de página se han colocado al final del prólogo «Al
    Lector», único capítulo del libro que las usa.

  * Se han hecho los siguientes cambios:
    Canto XIII, 685, p. 207: «Fidas» → «Fidante», de acuerdo con la
      corrección anunciada en el Índice de nombres propios, voz Fidante.
    Canto XVI, 101, p. 244: «hombro derecho» → «hombro izquierdo»,
      según el original griego y otras traducciones más recientes (el
      escudo se llevaba normalmente a la izquierda).
    Canto XVII, 288, p. 270: «Hipóloco» → «Hipótoo», de acuerdo con la
      corrección anunciada en el Índice de nombres propios, voz Hipótoo.
    Índice de nombres propios, p. 436, voz _Príamo_: «Príamo» → «Júpiter»,
      para respetar el sentido del texto referenciado (IV, 46 y 47).

  * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar que
    interrumpieran un párrafo.



LA ILÍADA



[Ilustración]



  HOMERO

  LA ILÍADA

  VERSIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL GRIEGO

  POR

  LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA

  DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS Y EN DERECHO, CATEDRÁTICO NUMERARIO
  DE LENGUA Y LITERATURA GRIEGAS EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, É
  INDIVIDUO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE BUENAS LETRAS DE
  LA MISMA CAPITAL

  ILUSTRACIONES DE FLAXMAN Y DEL PROFESOR A. J. CHURCH


  [Ilustración]


  BARCELONA
  MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
  CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255
  1908



  ES PROPIEDAD



AL LECTOR


No sin temor pongo en tus manos esta versión en prosa del inmortal
poema homérico compuesto hace _treinta siglos_[1] y no superado aún por
otro alguno; epopeya sin par y cuadro fiel de los orígenes históricos
de aquella cultura helénica que tanto influyó en la romana, y más
tarde, ya directamente, ya por medio de esta última, en la de casi
todos los pueblos civilizados.

Sabido es que la _Ilíada_ tiene por asunto un episodio de la guerra de
Troya, ocurrido en el noveno año de la misma[2]; y que se atribuye á
Homero, el padre de la poesía, el célebre aedo que recorría la Grecia
cantando al son de la cítara sus propias composiciones. No es posible
hablar en estas pocas líneas de la llamada _cuestión homérica_[3],
ni resumir lo que han dicho los críticos sobre la existencia[4] y la
patria de Homero[5], las obras que compuso[6] y el estado en que han
llegado hasta nosotros[7]. Por tanto, sólo manifestaré las razones que
me impulsaron á hacer esta versión literal del más famoso de sus poemas.

De la _Ilíada_ se han publicado en España tres traducciones: las de D.
Ignacio García Malo, D. José Gómez Hermosilla[8] y D. Conrado Roure[9];
pues la notabilísima que preparaba D. Juan Montserrat y Archs no llegó
á ver la luz pública[10]. Las dos primeras son dignas de elogio por
el conocimiento que de la obra original revelan en sus autores, y
la de Hermosilla también por su valor literario, mucho mayor de lo
que generalmente se cree, como ha demostrado mi insigne maestro D.
Marcelino Menéndez y Pelayo; pero ambas están en verso y no pueden
ser tan fieles, que no amplifiquen, mutilen ó alteren el texto para
acomodarlo á la forma métrica. De aquí que no satisfagan completamente
á quien, sin estar impuesto en la lengua griega, necesite conocer la
_Ilíada_ en sus menores detalles, le convenga alegar textualmente
algunos de sus versos ó quiera verificar las citas que se hagan de
dicho poema. En cuanto á la traducción de D. Conrado Roure, muy
estimable en algunos pasajes por su fidelidad, como está escrita en
catalán, sólo pueden utilizarla los que conocen esta lengua.

Para salvar tales inconvenientes se publica la presente versión
literal en prosa castellana; y puedo asegurarte que si el buen deseo,
el entusiasmo por la obra y la diligencia en el trabajo bastaran para
tener acierto, no habría otra que fuese más perfecta y acabada.

Dice Fr. Luis de León que «el que traslada ha de ser fiel y cabal, y si
fuere posible, contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de
la misma manera, cualidad, y condición y variedad de significaciones
que las originales tienen, sin limitallas á su propio sonido y parecer,
para que los que leyeren la traducción puedan entender la variedad
toda de sentidos á que da ocasión el original si se leyese, y queden
libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere[11].» Tomando
por regla tan autorizada opinión y poniendo en práctica los consejos
que el malogrado helenista Dr. D. José Balari, eximio catedrático
que fué de esta Universidad, nos daba á los que tuvimos la suerte de
ser sus discípulos, he traducido el poema literalmente, sin quitar
nada, ni siquiera un epíteto, y sin añadir más que lo necesario para
la recta inteligencia de la frase, dada la distinta índole de la
lengua castellana con respecto á la griega. No he vacilado en emplear
una palabra anticuada cuando con ella se expresaba bien la idea del
vocablo original: por ejemplo, la voz _escudado_, que tiene el mismo
valor de la griega ἀσπιστής. Como no conozco ninguna dicción española
que equivalga á εὐρύοπα[12], epíteto de Jove, en su acepción más
probable de _el de amplia mirada_, me atreví á formar el compuesto
_longividente_, cuya segunda parte se usa en las voces omnividente
y providente, y la primera fué empleada por el clásico Jarque en la
palabra longispicio[13]. Algo perplejo me tuvo el substantivo ἀριστεία
(ΔΙΟΜΗΔΟΥΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΑΓΑΜΕΜΝΟΝΟΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΜΕΝΕΛΑΟΥ ΑΡΙΣΤΕΙΑ), que
significa la acción de descollar en algo, es decir, de excederse
un guerrero á sí mismo, sobresaliendo entre los combatientes y
ejecutando sus mayores hazañas[14]; y por fin adopté el vocablo
_principalía_, cuyo valor etimológico es casi igual al de la voz
latina, _principatus_, con que suele traducirse. Mayor indecisión sentí
al verter el epíteto εἰλίπους, que Homero da á los bueyes, y significa,
según el _Lexicon_ de Ebeling, _qui pedes oblique et in orbem fere
tortos profert_, y según el _Thesaurus_ lo explica, _flexipes, vertens
et curvans pedes inter eundum_: confieso que no he sabido hallar una
palabra castellana que equivalga á la griega; pero he preferido
interpretarla imperfectamente con los vocablos _de tornátiles pies_,
á seguir el ejemplo de muchos traductores que la han suprimido por
completo.

Ha servido de base para la traducción el texto griego de
Dindorf-Hentze, publicado en la _Bibliotheca scriptorum Graecorum
et Romanorum Teubneriana_[15]; que es, en mi humilde juicio, el
más depurado de todos. Para precisar el significado de las voces
griegas se han consultado varios diccionarios y especialmente el
_Thesaurus_[16], el notable _Lexicon Homericum_, que editó Ebeling[17]
y el importantísimo _Dictionnaire des antiquités grecques et romaines
d’après les textes et les monuments_, que empezó á publicarse en
1877 bajo la dirección de MM. Ch. Daremberg y Edm. Saglio, y alcanza
actualmente hasta la letra S. Para la interpretación de algunos pasajes
se han tenido á la vista las traducciones latinas de C. G. Heyne y de
la edición de Firmin Didot; las españolas de Lebrija[18], García Malo,
Gómez Hermosilla y Roure; la portuguesa de Manoel Odorico Mendes; las
italianas de Monti y Cesarotti; las francesas de Mme. Dacier, Bitaubé,
Giguet y Leprévost; la alemana de Voss; las inglesas de Lord Derby y
del célebre Pope, y la que en griego moderno ha publicado Pal-le[19].
Finalmente, para la fijación de regímenes dudosos, para determinar
la acepción y uso de algunas palabras y frases, y para evitar, en
lo posible, los barbarismos, hase acudido á la primera edición del
_Diccionario de la Real Academia Española_, conocida con el nombre
de _Diccionario de Autoridades_, y á las excelentes obras de Baralt,
Cuervo, P. Mir, P. Nonell y Cortejón.

Y ahora, lector benévolo, que ya sabes por qué y cómo se ha hecho la
presente versión, perdona sus faltas, parando mientes en lo difícil que
es trasladar al romance una obra antiquísima de tanto valor literario
é histórico, compuesta en la más hermosa de las lenguas y nacida en
un medio ambiente muy distinto del actual. Si se podía decir en la
época de Virgilio: _Facilius esse Herculi clavam, quam Homero versum
subripere_, con más razón podríamos repetirlo nosotros que nos hallamos
á mayor distancia de aquellos tiempos y hablamos idiomas de carácter
analítico, muy diferentes de las inmortales lenguas clásicas.

  LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA.


NOTAS

  [1] Recientemente, Mr. Bréal ha pretendido demostrar que la
  _Ilíada_ fué compuesta en el siglo VII a. de J. C. (y no en el
  X ó XI, como suele creerse) y que su carácter de obra primitiva
  es efecto del arte. Véase: Michel Bréal, _Pour mieux connaître
  Homère_. París, Hachette, 1906.

  [2] Las dos escenas capitales en que se basa la unidad de la obra
  son las siguientes: 1.ª Aquiles disputa con Agamenón, que le
  arrebata la esclava Briseida, decide no volver á pelear en favor
  de los griegos, y obtiene, por mediación de su madre Tetis, que
  Júpiter proteja á los troyanos. 2.ª Habiendo muerto Patroclo,
  el compañero de Aquiles, á quien éste permitió que vistiese su
  propia armadura y echase del campamento griego á los enemigos,
  el héroe quiere vengarle, se reconcilia con Agamenón, interviene
  en el combate y mata á Héctor, el principal defensor de la
  ciudad sitiada. Innumerables son las bellezas que presenta el
  desarrollo de la acción, y todo lector se acordará de la disputa
  de Aquiles y Agamenón, del tierno coloquio conocido con el nombre
  de _Despedida de Héctor y Andrómaca_, del admirable discurso
  que Ulises dirige á Aquiles para que deponga la cólera y vuelva
  á combatir, de los prudentes consejos de Néstor, del engaño
  de Júpiter por su esposa Juno, de la descripción del escudo
  que Vulcano fabricó para Aquiles, de la persecución de Aquiles
  por el río Escamandro, de la muerte de Héctor, de la patética
  súplica de Príamo postrado á los pies de Aquiles, de las muchas
  comparaciones tomadas casi siempre de la naturaleza, de las
  descripciones de batallas, del carácter perfectamente delineado
  de cada uno de los personajes, y de tantos y tantos primores como
  podrían citarse de este incomparable poema.

  [3] Léase lo que han escrito acerca de la misma los historiadores
  de la literatura griega (Fabricius, Schoell, Ficker, Mure,
  Christ, Müller, Bergk, Murray, A. et M. Croiset, etc.) y la
  monografía: _Homère, étude historique et critique_, par Victor
  Terret. París, A. Fontemoing, 1899.

  [4] Hasta fines del siglo XVII fué unánime la opinión de que
  Homero había existido real y efectivamente. Á principios del
  XVIII, Juan B. Vico, en sus _Principi di scienza nuova_ (Nápoles,
  1725), lo consideró como una abstracción, y dijo que el cantor
  de la _Ilíada_ era la voz de la Grecia, el eco de los tiempos
  heroicos. Federico Augusto Wolf, creyendo que la _Ilíada_ y la
  _Odisea_ revelan un arte muy adelantado y que en aquellos remotos
  tiempos la escritura no era de uso general, intentó probar en sus
  _Prolegomena_ (publicados en 1795), que ambos poemas nacieron
  de la unión de varios fragmentos, recogidos y ordenados, en el
  siglo VI antes de J. C., por Pisístrato; y que Homero habría
  sido el autor de algunas rapsodias, un aedo cuya fama hizo que
  se perdiera la memoria de otros poetas contemporáneos suyos. Las
  ideas de Wolf causaron gran impresión en los eruditos, que desde
  entonces están discordes y pueden ser clasificados en cuatro
  grupos: 1.º Los que, aceptando la existencia de Homero, defienden
  la unidad primitiva de la _Ilíada_: tales son Nitzsch, Müller y
  Terret. 2.º Los que, como Dugas-Montbel y Lachmann, creen que
  dicha obra es el resultado de la unión de varias poesías ó cantos
  aislados. 3.º Los partidarios de una teoría intermedia, es á
  saber: que la _Ilíada_ fué desde el principio un poema completo,
  pero mucho menos extenso que el actual; así opinan Hermann,
  Bergk, Christ, Grote, Guigniaut, Koechly y M. Croiset. 4.º Mr.
  Bréal, el cual sostiene que la epopeya homérica fué compuesta por
  un grupo ó corporación de poetas con el fin de que fuera recitada
  en los juegos y fiestas que se celebraban en la Lidia. Véase:
  _Histoire de la Littérature grecque_, par A. et M. Croiset.
  París, A. Fontemoing.

  [5] Las ciudades más famosas de Grecia (Esmirna, Quíos, Colofón,
  Pilos, Argos, Atenas, Cumas, Mileto, Micenas y otras) se disputan
  el honor de haber sido la patria de Homero. Algunos autores han
  llegado á suponer que el poeta no era griego, sino romano, sirio,
  egipcio, etc. Lo probable es que fuera jonio y hubiese nacido en
  Esmirna, ciudad del Asia Menor.

  [6] En las colecciones de autores griegos figuran con el
  nombre de Homero: la _Ilíada_, la _Odisea_, los _Himnos_, los
  _Epigramas_ y la _Batracomiomaquia_. También se han considerado
  como suyos el _Margites_ y otros poemas. Todas estas obras, á
  excepción del _Margites_, que desgraciadamente se ha perdido,
  están escritas en hexámetros y la que más constantemente se
  ha atribuído á Homero es la _Ilíada_; pues ya Xenón, Helánico
  y otros críticos de la escuela de Alejandría creyeron que
  la _Odisea_ era de otro autor, llamándoseles por esta razón
  χωρίζοντες (separadores), y en cuanto á las demás poesías está
  probado que no son auténticas.

  [7] La _Ilíada_ era cantada por los rapsodas. Pisístrato reunió
  en Atenas á los más célebres, mandó escribir lo que recitaban,
  y de esta manera se formó el texto. Los gramáticos alejandrinos
  dividieron el mencionado poema en XXIV cantos y empezaron á
  publicar ediciones críticas.--Augusto Fick supone que la _Ilíada_
  fué escrita en el dialecto eólico y luego traducida al jónico,
  habiéndose conservado la forma original allí donde no fué
  posible hallar otra forma jónica equivalente, é intenta hacer la
  reconstrucción del texto primitivo. (Véase: August Fick, _Die
  Homerische Ilias_, Göttingen, Vandenhoeck und Ruprecht’s Verlag,
  1886.)

  [8] _La Ilíada_ de Homero, traducida del griego en verso
  endecasílabo castellano por don Ignacio García Malo. En Madrid
  por Pantaleón Aznar, año 1788.--_La Ilíada_ de Homero, traducida
  del griego al castellano por D. José Gómez Hermosilla. Madrid. En
  la imprenta Real, año de 1831.--Tradujeron también la _Ilíada_
  en verso castellano Juan de Lebrija Cano, el maestro Francisco
  Sánchez de las Brozas, Cristóbal de Mesa, el P. Manuel Aponte, D.
  Miguel José Moreno, D. Francisco Estrada y Campos y un anónimo.
  Existe en el Museo Británico una traducción en prosa castellana
  de los cinco primeros cantos de la _Ilíada_, pero no es directa,
  sino de la versión latina de Pedro Cándido Decimbre. Véase la
  noticia sobre _Hermosilla y sus obras_, por D. Marcelino Menéndez
  y Pelayo, de donde están tomados estos datos.

  [9] _Ilíada_, poema en XXIV cants, d’Homero, traduhit en prosa
  catalana per Conrat Roure. Barcelona. Estampa de Leopoldo
  Doménech. 1879. (Publicada en la «Biblioteca del _Diari Catalá_.»)

  [10] _L’Ilíada_ d’Homer, directament traslladada de la llengua
  grega, per J. Montserrat y Archs. Para apreciar la fidelidad,
  el sabor verdaderamente homérico y el valor estético de esta
  traducción, así como la riqueza de notas que la justifican,
  basta leer el fragmento (Canto XVIII, versos 356 al 617) que se
  imprimió en el _Anuari catalá_, 1875, col·leccionat y publicat
  per Francesch Matheu y Fornells.--Barcelona. Estampa de L.
  Obradors y P. Sulé. 1874.

  [11] Fr. Luis de León.--_Prólogo á la traducción literal y
  declaración del Libro de los Cantares de Salomón._

  [12] Εὐρύοπα. Late patentem vocem habens. Alii: late patentem
  visum habens, vel magnos oculos habens, vel late patens ingenium
  habens, i. e. mundi administrator.--Ebeling. _Lexicon Homericum._

  [13] P. Juan Mir. _Rebusco de voces castizas_, pág. 471.

  [14] Ἀριστεία, ἡ, Egregia strenuitas, Egregiae fortitudinis
  specimen. Exponitur etiam Praeclarum militiae facinus. Et
  simpliciter Fortitudo, Strenuitas.--Thesaurus Graecae linguae.

  [15] Homeri Ilias, edidit Guilielmus Dindorf. Editio quinta
  correctior quam curavit C. Hentze. Lipsiae. In aedibus B. G.
  Teubneri. 1904 et 1907.

  [16] Θησαυρὸς τῆς Ἑλληνικῆς γλώσσης. Thesaurus Graecae linguae
  ab Henrico Stephano constructus, ediderunt Carolus Benedictus
  Hase, Guilielmus Dindorfius et Ludovicus Dindorfius.--Parisiis,
  excudebat Ambrosius Firmin Didot. 1865.

  [17] Lexicon Homericum composuerunt F. Albracht, C. Capelle, A.
  Eberhard, E. Eberhard, B. Giseke, V. H. Koch, C. Mutzbaver, Fr.
  Schnorr de Carolsfeld, edidit H. Ebeling.--Lipsiae. In aedibus B.
  G. Teubneri. 1885.

  [18] Se conserva en la Biblioteca Colombina de Sevilla. El Dr.
  D. Francisco Murillo, ilustrado catedrático de la Universidad
  hispalense, ha tenido la atención de enviarme una copia del canto
  VI y de varios fragmentos de los restantes.

  [19] Η ΙΛΙΑΔΑ μεταφρασμένη ἀπὸ τὸν Ἀλεξ. Πάλλη.--Παρίσι.
  Τυπογραφεῖο Chaponet. 1904.



[Ilustración: Patroclo, por orden de Aquiles, saca á Briseida y la
entrega á Taltibio y Euríbates]



CANTO PRIMERO

PESTE.--CÓLERA


1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta
que causó infinitos males á los aqueos y precipitó al Orco muchas
almas valerosas de héroes, á quienes hizo presa de perros y pasto
de aves--cumplíase la voluntad de Júpiter--desde que se separaron
disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que
pelearan? El hijo de Júpiter y de Latona. Airado con el rey, suscitó
en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje
que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir á
su hija, habíase presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso
rescate y las ínfulas del flechador Apolo, que pendían de áureo cetro,
en la mano; y á todos los aqueos, y particularmente á los dos Atridas,
caudillos de pueblos, así les suplicaba:

17 «¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen
olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar
felizmente á la patria. Poned en libertad á mi hija y recibid el
rescate, venerando al hijo de Júpiter, al flechador Apolo.»

22 Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y
se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien no
plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje:

26 «Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya
porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te
valgan el cetro y las ínfulas del dios. Á aquélla no la soltaré; antes
le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria,
trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Pero vete; no me
irrites, para que puedas irte sano y salvo.»

33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin
desplegar los labios, fuése por la orilla del estruendoso mar; y en
tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de
Latona, la de hermosa cabellera:

37 «¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges á Crisa y á la divina
Cila, é imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez
adorné tu gracioso templo ó quemé en tu honor pingües muslos de toros ó
de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus
flechas!»

43 Tal fué su plegaria. Oyóla Febo Apolo, é irritado en su corazón,
descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en
los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios,
cuando comenzó á moverse. Iba parecido á la noche. Sentóse lejos de las
naves, tiró una flecha, y el arco de plata dió un terrible chasquido.
Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros;
mas luego dirigió sus mortíferas saetas á los hombres, y continuamente
ardían muchas piras de cadáveres.

53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En
el décimo, Aquiles convocó al pueblo á junta: se lo puso en el corazón
Juno, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos,
á quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el
de los pies ligeros, se levantó y dijo:

59 «¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez
errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la
peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos á un
adivino, sacerdote ó intérprete de sueños--también el sueño procede
de Júpiter,--para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si
está quejoso con motivo de algún voto ó hecatombe, y si quemando en su
obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá apartar de
nosotros la peste.»

68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse Calcas Testórida,
el mejor de los augures--conocía lo presente, lo futuro y lo pasado,
y había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte
adivinatoria que le diera Febo Apolo,--y benévolo les arengó diciendo:

74 «¡Oh Aquiles, caro á Júpiter! Mándasme explicar la cólera del dios,
del flechador Apolo. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que
estás pronto á defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar á un
varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido
por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se
enoja; y si en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta
que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Di tú si me salvarás.»

84 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Manifiesta, deponiendo
todo temor, el vaticinio que sabes; pues, ¡por Apolo, caro á Júpiter,
á quien tú, oh Calcas, invocas siempre que revelas los oráculos á los
dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, junto á las
cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque
hablares de Agamenón que al presente blasona de ser el más poderoso de
los aqueos todos.»

92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate: «No está el dios quejoso
con motivo de algún voto ó hecatombe, sino á causa del ultraje que
Agamenón ha inferido al sacerdote, á quien no devolvió la hija ni
admitió el rescate. Por esto el Flechador nos causó males y todavía
nos causará otros. Y no librará á los dánaos de la odiosa peste, hasta
que sea restituída á su padre, sin premio ni rescate, la moza de ojos
vivos, é inmolemos en Crisa una sacra hecatombe. Cuando así le hayamos
aplacado, renacerá nuestra esperanza.»

101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso
héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de
cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y encarando á Calcas
la torva vista, exclamó:

106 «¡Adivino de males! Jamás me has anunciado nada grato. Siempre te
complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste cosa
buena. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el Flechador
les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate
de la joven Criseida, á quien deseaba tener en mi casa. La prefiero,
ciertamente, á Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es
inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en
destreza. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo
mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme
pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que se quede
sin tenerla; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se me va de
las manos la que me había correspondido.»

121 Replicóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida
gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra
recompensa los magnánimos aqueos? No sé que existan en parte alguna
cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están
repartidas, y no es conveniente obligar á los hombres á que nuevamente
las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos
el triple ó el cuádruple, si Júpiter nos permite tomar la bien murada
ciudad de Troya.»

130 Díjole en respuesta el rey Agamenón: «Aunque seas valiente,
deiforme Aquiles, no ocultes tu pensamiento, pues ni podrás burlarme
ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me
quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si
los magnánimos aqueos me dan otra conforme á mi deseo para que sea
equivalente... Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la tuya
ó de la de Ayax, ó me llevaré la de Ulises, y montará en cólera aquel
á quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora,
ea, botemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes
remeros, embarquemos víctimas para una hecatombe y á la misma Criseida,
la de hermosas mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayax,
Idomeneo, el divino Ulises ó tú, Pelida, el más portentoso de los
hombres, para que aplaques al Flechador con sacrificios.»

148 Mirándole con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:
«¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto á obedecer tus
órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha ó para combatir
valerosamente con otros hombres? No he venido á pelear obligado por
los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables--no se
llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la
cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías
montañas y el ruidoso mar nos separan,--sino que te seguimos á ti,
grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos
á Menelao y á ti, cara de perro. No fijas en esto la atención, ni por
ello te preocupas, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por
mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo
iguala al tuyo cuando éstos entran á saco una populosa ciudad: aunque
la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos,
tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo á
mis naves, teniéndola pequeña, pero grata, después de haberme cansado
en el combate. Ahora me iré á Ptía, pues lo mejor es regresar á la
patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para
proporcionarte ganancia y riqueza.»

172 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Huye, pues, si tu ánimo á
ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay á mi lado
que me honrarán, y especialmente el próvido Júpiter. Me eres más odioso
que ningún otro de los reyes, alumnos de Jove, porque siempre te han
gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios
te la dió. Vete á la patria, llevándote las naves y los compañeros, y
reina sobre los mirmidones; no me cuido de que estés irritado, ni por
ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me
quita á Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome
yo mismo á tu tienda, me llevaré á Briseida, la de hermosas mejillas,
tu recompensa, para que sepas cuánto más poderoso soy y otro tema decir
que es mi igual y compararse conmigo.»

188 Tal dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su
corazón discurrió dos cosas: ó, desnudando la aguda espada que llevaba
junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, ó calmar su cólera y
reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente
y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Minerva
del cielo: envióla Juno, la diosa de los níveos brazos, que amaba
cordialmente á entrambos y por ellos se preocupaba. Púsose detrás del
Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose á él tan sólo;
de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al
instante conoció á Palas Minerva, cuyos ojos centelleaban de un modo
terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras:

202 «¿Por qué, hija de Júpiter, que lleva la égida, has venido
nuevamente? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón,
hijo de Atreo? Pues te diré lo que me figuro que va á ocurrir: Por su
insolencia perderá pronto la vida.»

206 Díjole Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Vengo del cielo
para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Juno, la diosa de
los níveos brazos, que os ama cordialmente á entrambos y por vosotros
se preocupa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada é injúriale
de palabra como te parezca. Lo que voy á decir se cumplirá: Por
este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes.
Domínate y obedécenos.»

215 Contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «Preciso es, oh diosa,
hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado. Obrar así es
lo mejor. Quien á los dioses obedece, es por ellos muy atendido.»

219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la
enorme espada y no desobedeció la orden de Minerva. La diosa regresó al
Olimpo, al palacio en que mora Júpiter, que lleva la égida, entre las
demás deidades.

223 El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente al
Atrida con injuriosas voces: «¡Borracho, que tienes cara de perro
y corazón de ciervo! Jamás te atreviste á tomar las armas con la
gente del pueblo para combatir, ni á ponerte en emboscada con los
más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin
duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los
aqueos, á quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque
mandas á hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu
último ultraje. Otra cosa voy á decirte y sobre ella prestaré un gran
juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues
dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo
despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos
que administran justicia y guardan las leyes de Júpiter (grande será
para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos á
Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban
y perezcan á manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás
tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.»

245 Así se expresó el Pelida; y tirando á tierra el cetro tachonado
con clavos de oro, tomó asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba
enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave en el hablar, elocuente
orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces
que la miel--había visto perecer dos generaciones de hombres de voz
articulada que nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y
reinaba sobre la tercera,--y benévolo les arengó diciendo:

254 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea!
Alegraríanse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos
en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros,
los primeros de los dánaos lo mismo en el consejo que en el combate.
Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo. En otro
tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me
desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante
pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual á un dios, y Teseo
Egida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los
hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los
montaraces Centauros, á quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo
estuve en su compañía--habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde
esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron--y combatí según
mis fuerzas. Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales
que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos
y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros obediencia, que
es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites
la moza, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los
magnánimos aqueos; ni tú, Pelida, quieras altercar de igual á igual con
el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que
usara cetro y á quien Júpiter diera gloria. Si tú eres más esforzado,
es porque una diosa te dió á luz; pero éste es más poderoso, porque
reina sobre mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo
te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los
aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.»

285 Respondióle el rey Agamenón: «Sí, anciano, oportuno es cuanto
acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse á todos los
demás; á todos quiere dominar, á todos gobernar, á todos dar órdenes
que alguien, creo, se negará á obedecer. Si los sempiternos dioses le
hicieron belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?»

292 Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles: «Cobarde y vil podría
llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda á otros, no me des
órdenes, pues yo no pienso obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en
la memoria: No he de combatir con estas manos por la moza, ni contigo,
ni con otro alguno, pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero de
lo demás que tengo cabe á la veloz nave negra, nada podrías llevarte
tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea, inténtalo, para que éstos
se enteren también; presto tu negruzca sangre correría en torno de mi
lanza.»

304 Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y
disolvieron la junta que cerca de las naves aqueas se celebraba. El
hijo de Peleo fuése hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles
con Patroclo y otros amigos. El Atrida botó al mar una velera nave,
escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el
dios, y conduciendo á Criseida, la de hermosas mejillas, la embarcó
también; fué capitán el ingenioso Ulises.

312 Así que se hubieron embarcado, empezaron á navegar por la líquida
llanura. El Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos
hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron en
la playa hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo.
El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose alrededor del humo.

318 En tales cosas ocupábase el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza
que en la contienda hiciera á Aquiles, y dijo á Taltibio y Euríbates,
sus heraldos y diligentes servidores: «Id á la tienda del Pelida
Aquiles, y asiendo de la mano á Briseida, la de hermosas mejillas,
traedla acá; y si no os la diere, iré yo con otros á quitársela y
todavía le será más duro.»

326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió.
Contra su voluntad fuéronse los heraldos por la orilla del estéril
mar, llegaron á las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al
rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se
alegró. Ellos se turbaron, y haciendo una reverencia, paráronse sin
decir ni preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:

334 «¡Salud, heraldos, mensajeros de Júpiter y de los hombres!
Acercaos; pues para mí no sois vosotros los culpables, sino Agamenón
que os envía por la joven Briseida. ¡Ea, Patroclo de jovial linaje!
Saca la moza y entrégala para que se la lleven. Sed ambos testigos ante
los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey
cruel, si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de
funestas calamidades; porque él tiene el corazón poseído de furor y
no sabe pensar á la vez en lo futuro y en lo pasado, á fin de que los
aqueos se salven combatiendo junto á las naves.»

345 De tal modo habló. Patroclo, obedeciendo á su amigo, sacó de la
tienda á Briseida, la de hermosas mejillas, y la entregó para que
se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las naves aqueas, y la
mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de
los compañeros, y sentándose á orillas del espumoso mar con los ojos
clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió á su madre
muchos ruegos: «¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico
Júpiter altitonante debía honrarme y no lo hace en modo alguno. El
poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa que
él mismo me arrebató.»

[Ilustración: TETIS OYÓ Á AQUILES Y EMERGIÓ, COMO NIEBLA, DE LAS
ESPUMOSAS ONDAS...

  (_Canto I, versos 357 á 359._)]

357 Así dijo llorando. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar,
donde se hallaba á la vera del padre anciano, é inmediatamente emergió,
como niebla, de las espumosas ondas, sentóse al lado de aquél, que
lloraba, acaricióle con la mano y le habló de esta manera:

362 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla;
no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.»

364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
«Lo sabes. ¿Á qué referirte lo que ya conoces? Fuimos á Tebas, la
sagrada ciudad de Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos
se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el
Atrida á Criseida, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote
del flechador Apolo, queriendo redimir á su hija, se presentó en las
veleras naves aqueas con inmenso rescate y las ínfulas del flechador
Apolo, que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó á todos los
aqueos, y particularmente á los dos Atridas, caudillos de pueblos.
Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y
se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien
no plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje. El
anciano se fué irritado; y Apolo, accediendo á sus ruegos, pues le
era muy querido, tiró á los argivos funesta saeta: morían los hombres
unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes
en el vasto campamento de los aqueos. Un sabio adivino nos explicó
el vaticinio del Flechador, y yo fuí el primero en aconsejar que se
aplacara al dios. El Atrida encendióse en ira; y levantándose, me
dirigió una amenaza que ya se ha cumplido. Á aquélla, los aqueos de
ojos vivos la conducen á Crisa en velera nave con presentes para el
dios; y á la hija de Brises, que los aqueos me dieron, unos heraldos
se la han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre á
tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega á Júpiter, si alguna vez llevaste
consuelo á su corazón con palabras ó con obras. Muchas veces,
hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber
evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al
Saturnio, que amontona las sombrías nubes, cuando quisieron atarle
otros dioses olímpicos, Juno, Neptuno y Palas Minerva. Tú, oh diosa,
acudiste y le libraste de las ataduras, llamando al espacioso Olimpo al
centímano á quien los dioses nombran Briáreo y todos los hombres Egeón,
el cual es superior en fuerza á su mismo padre, y se sentó entonces al
lado de Júpiter, ufano de su gloria; temiéronle los bienaventurados
dioses y desistieron de su propósito. Recuérdaselo, siéntate junto
á él y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer á los teucros
y acorralar á los aqueos que serán muertos entre las popas, cerca
del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso
Agamenón Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los
aqueos.»

413 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Ay, hijo mío! ¿Por qué
te he criado, si en hora aciaga te dí á luz? ¡Ojalá estuvieras en las
naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga
duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de
todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado
Olimpo y hablaré á Júpiter, que se complace en lanzar rayos, por si
se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva
la cólera contra los aqueos y abstente por completo de combatir. Ayer
fuése Júpiter al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir
á un banquete, y todos los dioses le siguieron. De aquí á doce días
volverá al Olimpo. Entonces acudiré á la morada de Júpiter, sustentada
en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré persuadirle.»

428 Dichas estas palabras partió, dejando á Aquiles con el corazón
irritado á causa de la mujer de bella cintura que violentamente y
contra su voluntad le habían arrebatado.

430 En tanto, Ulises llegaba á Crisa con las víctimas para la sacra
hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas,
guardándolas en la negra nave; abatieron por medio de cuerdas el mástil
hasta la crujía; y llevaron el buque, á fuerza de remos, al fondeadero.
Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron á la playa, desembarcaron
las víctimas de la hecatombe para el flechador Apolo, y Criseida salió
de la nave que atraviesa el ponto. El ingenioso Ulises llevó la moza al
altar y, poniéndola en manos de su padre, dijo:

442 «¡Oh Crises! Envíame el rey de hombres Agamenón á traerte la hija
y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe á Apolo, para
que aplaquemos á este dios que tan deplorables males ha causado á los
aqueos.»

446 Dijo, y puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con
alegría. Acto continuo, ordenaron la sacra hecatombe en torno del bien
construído altar, laváronse las manos y tomaron harina con sal. Y
Crises oró en alta voz y con las manos levantadas:

451 «¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges á Crisa y á la
divina Cila é imperas en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando
te supliqué, y para honrarme, oprimiste duramente al ejército aqueo;
pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los dánaos la abominable
peste!»

457 Tal fué su plegaria, y Febo Apolo le oyó. Hecha la rogativa y
esparcida la harina con sal, cogieron las víctimas por la cabeza, que
tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; en seguida cortaron
los muslos, y después de cubrirlos con doble capa de grasa y de carne
cruda en pedacitos, el anciano los puso sobre leña encendida y los
roció de negro vino. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos
asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas;
y descuartizando lo demás, atravesáronlo con pinchos, lo asaron
cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto
el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva porción. Cuando
hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, los mancebos llenaron
las crateras y distribuyeron el vino á todos los presentes después de
haber ofrecido en copas las primicias. Y durante el día los aqueos
aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán al flechador
Apolo, que les oía con el corazón complacido.

475 Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cabe á las
amarras del buque. Mas, así que apareció la hija de la mañana, la
Aurora de rosados dedos, hiciéronse á la mar para volver al espacioso
campamento aqueo, y el flechador Apolo les envió próspero viento.
Izaron el mástil, descogieron las velas, que hinchó el viento, y las
purpúreas ondas resonaban en torno de la quilla mientras la nave
corría siguiendo su rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de
los aquivos, sacaron la negra nave á tierra firme y la pusieron en
alto sobre la arena, sosteniéndola con grandes maderos. Y luego se
dispersaron por las tiendas y los bajeles.

488 El hijo de Peleo y descendiente de Jove, Aquiles, el de los pies
ligeros, seguía irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba las
juntas donde los varones cobran fama, ni cooperaba á la guerra; sino
que consumía su corazón, permaneciendo en los bajeles, y echaba de
menos la gritería y el combate.

493 Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los
sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Júpiter á la cabeza. Tetis
no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas
del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló al
longividente Saturnio sentado aparte de los demás dioses en la más
alta de las muchas cumbres del monte. Acomodóse junto á él, abrazó
sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la diestra y
dirigió esta súplica al soberano Jove Saturnio:

503 «¡Padre Júpiter! Si alguna vez te fuí útil entre los inmortales
con palabras ú obras, cúmpleme este voto: Honra á mi hijo, el héroe
de más breve vida, pues el rey de hombres Agamenón le ha ultrajado,
arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngale tú, próvido
Júpiter Olímpico, concediendo la victoria á los teucros hasta que los
aqueos den satisfacción á mi hijo y le colmen de honores.»

511 De tal suerte habló. Júpiter, que amontona las nubes, nada
contestó, guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como
cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:

514 «Prométemelo claramente, asintiendo, ó niégamelo--pues en ti no
cabe el temor--para que sepa cuán despreciada soy entre todas las
deidades.»

517 Júpiter, que amontona las nubes, respondió afligidísimo: «¡Funestas
acciones! Pues harás que me malquiste con Juno cuando me zahiera con
injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales
dioses, porque dice que en las batallas favorezco á los teucros. Pero
ahora vete, no sea que Juno advierta algo; yo me cuidaré de que esto se
cumpla. Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal de asentimiento
para que tengas confianza. Éste es el signo más seguro, irrevocable
y veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello á que
asiento con la cabeza.»

528 Dijo el Saturnio, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento;
los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y
á su influjo estremecióse el dilatado Olimpo.

531 Después de deliberar así, se separaron: ella saltó al profundo
mar desde el resplandeciente Olimpo, y Jove volvió á su palacio. Los
dioses se levantaron al ver á su padre, y ninguno aguardó que llegase,
sino que todos salieron á su encuentro. Sentóse Júpiter en el trono; y
Juno, que, por haberlo visto, no ignoraba que Tetis, la de argentados
pies, hija del anciano del mar, con él departiera, dirigió en seguida
injuriosas palabras á Jove Saturnio:

540 «¿Cuál de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre
te es grato, cuando estás lejos de mí, pensar y resolver algo
clandestinamente, y jamás te has dignado decirme una sola palabra de lo
que acuerdas.»

544 Respondió el padre de los hombres y de los dioses: «¡Juno! No
esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil aun
siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ningún dios ni hombre lo sabrá
antes que tú; pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses, no
lo preguntes ni procures averiguarlo.»

551 Replicó Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Terribilísimo
Saturnio, qué palabras proferiste! No será mucho lo que te haya
preguntado ó querido averiguar, puesto que muy tranquilo meditas cuanto
te place. Mas ahora mucho recela mi corazón que te haya seducido Tetis,
la de los argentados pies, hija del anciano del mar. Al amanecer el
día sentóse cerca de ti y abrazó tus rodillas; y pienso que le habrás
prometido, asintiendo, honrar á Aquiles y causar gran matanza junto á
las naves aqueas.»

560 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Ah, desdichada! Siempre
sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás conseguir sino
alejarte de mi corazón; lo cual todavía te será más duro. Si es cierto
lo que sospechas, así debe de serme grato. Pero, siéntate en silencio;
obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el
Olimpo, si acercándome te pongo encima las invictas manos.»

568 Tal dijo. Juno veneranda, la de los grandes ojos, temió; y
refrenando el coraje, sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio
de Jove los dioses celestiales. Y Vulcano, el ilustre artífice, comenzó
á arengarles para consolar á su madre Juno, la de los níveos brazos:

573 «Funesto é insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis
así por los mortales y promovéis alborotos entre los dioses; ni
siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalece lo
peor. Yo aconsejo á mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie
al padre querido, para que éste no vuelva á reñirla y á turbarnos el
festín. Pues si el Olímpico fulminador quiere echarnos del asiento...
nos aventaja mucho en poder. Pero halágale con palabras cariñosas y
pronto el Olímpico nos será propicio.»

584 De este modo habló, y tomando una copa doble, ofrecióla á su madre,
diciendo: «Sufre, madre mía, y sopórtalo todo aunque estés afligida;
que á ti, tan querida, no te vean mis ojos apaleada, sin que pueda
socorrerte, porque es difícil contrarrestar al Olímpico. Ya otra vez
que te quise defender, me asió por el pie y me arrojó de los divinos
umbrales. Todo el día fuí rodando y á la puesta del sol caí en Lemnos.
Un poco de vida me quedaba y los sinties me recogieron tan pronto como
hube caído.»

595 Así dijo. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos; y sonriente
aún, tomó la copa doble que su hijo le presentaba. Vulcano se puso
á escanciar dulce néctar para las otras deidades, sacándolo de la
cratera; y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados
dioses al ver con qué afán les servía en el palacio.

601 Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie
careció de su respectiva porción, ni faltó la hermosa cítara que tañía
Apolo, ni las Musas que con linda voz cantaban alternando.

605 Mas, cuando la fúlgida luz del sol llegó al ocaso, los dioses
fueron á recogerse á sus respectivos palacios que había construído
Vulcano, el ilustre cojo de ambos pies, con sabia inteligencia. Júpiter
olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba dormir
cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse; y á su lado descansó
Juno, la de áureo trono.



[Ilustración: Júpiter envía un pernicioso sueño á Agamenón]



CANTO II

SUEÑO.--PRUEBA.--BEOCIA Ó CATÁLOGO DE LAS NAVES


1 Las demás deidades y los hombres que en carros combaten, durmieron
toda la noche; pero Júpiter no probó las dulzuras del sueño, porque
su mente buscaba el medio de honrar á Aquiles y causar gran matanza
junto á las naves aqueas. Al fin, creyendo que lo mejor sería enviar un
pernicioso sueño al Atrida Agamenón, pronunció estas aladas palabras:

8 «Anda, pernicioso Sueño, encamínate á las veleras naves aqueas,
introdúcete en la tienda de Agamenón Atrida, y dile cuidadosamente lo
que voy á encargarte. Ordénale que arme á los aqueos de larga cabellera
y saque toda la hueste: ahora podría tomar á Troya, la ciudad de anchas
calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están
discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de
infortunios amenaza á los troyanos.»

16 Tal dijo. Partió el Sueño al oir el mandato, llegó en un instante
á las veleras naves aqueas, y hallando dormido en su tienda al
Atrida Agamenón--alrededor del héroe habíase difundido el sueño
inmortal--púsose sobre la cabeza del mismo, y tomó la figura de Néstor,
hijo de Neleo, que era el anciano á quien aquél más honraba. Así
transfigurado, dijo el divino Sueño: «¿Duermes, hijo del belicoso Atreo
domador de caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe á quien
se han confiado los guerreros y á cuyo cargo se hallan tantas cosas.
Préstame atención, pues vengo como mensajero de Júpiter; el cual,
aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te
ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar toda la hueste: ahora
podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales
que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos
persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza
á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba mis palabras en tu
memoria, para que no las olvides cuando el dulce sueño te abandone.»

35 Dijo, se fué y dejó á Agamenón revolviendo en su espíritu lo que no
debía cumplirse. Figurábase que iba á tomar la ciudad de Troya aquel
mismo día. ¡Insensato! No sabía lo que tramaba Júpiter, quien había
de causar nuevos males y llanto á los troyanos y á los dánaos por
medio de terribles peleas. Cuando despertó, la voz divina resonaba aún
en torno suyo. Incorporóse, y, habiéndose sentado, vistió la túnica
fina, hermosa, nueva; se echó el gran manto, calzó sus pies con bellas
sandalias y colgó del hombro la espada tachonada con argénteos clavos.
Tomó el imperecedero cetro de su padre y se encaminó hacia las naves de
los aqueos, de broncíneas lorigas.

48 Subía la divinal Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día á
Júpiter y á los demás dioses, cuando Agamenón ordenó que los heraldos
de voz sonora convocaran á junta á los aqueos de larga cabellera.
Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.

53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto á la
nave del rey Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles
una discreta consulta:

56 «¡Oíd, amigos! Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó
un Sueño divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y
natural. Púsose sobre mi cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes,
hijo del belicoso Atreo domador de caballos? No debe dormir toda la
noche el príncipe á quien se han confiado los guerreros y á cuyo cargo
se hallan tantas cosas. Préstame atención, pues vengo como mensajero
de Júpiter; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y
te compadece. Armar te ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar
toda la hueste: ahora podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas
calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están
discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de
infortunios amenaza á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba
mis palabras en tu memoria.» Dijo, fuése volando, y el dulce sueño me
abandonó. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las
armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las
naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles unos por un lado y
otros por el opuesto, procurad detenerlos.»

76 Habiéndose expresado en estos términos, se sentó. Seguidamente
levantóse Néstor, que era rey de la arenosa Pilos, y benévolo les
arengó diciendo:

79 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Si algún otro aqueo
nos refiriese el sueño, lo creeríamos falso y desconfiaríamos aún más;
pero lo ha tenido quien se gloría de ser el más poderoso de los aqueos.
Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas.»

84 Dichas estas palabras, salió del consejo. Los reyes que llevan
cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente del
pueblo acudió presurosa. Como de la hendedura de un peñasco salen sin
cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las
flores primaverales y unas revolotean á este lado y otras á aquel,
así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la
baja ribera, desde las naves y tiendas á la junta. En medio, la Fama,
mensajera de Júpiter, enardecida, les instigaba á que acudieran, y
ellos se iban reuniendo. Agitóse la junta, gimió la tierra y se produjo
tumulto, mientras los hombres tomaron sitio. Nueve heraldos daban voces
para que callaran y oyeran á los reyes, alumnos de Júpiter. Sentáronse
al fin, aunque con dificultad, y enmudecieron tan pronto como ocuparon
los asientos. Entonces se levantó el rey Agamenón, empuñando el cetro
que Vulcano hiciera para el soberano Jove Saturnio--éste lo dió al
mensajero Argicida; Mercurio lo regaló al excelente jinete Pélope,
quien, á su vez, lo entregó á Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir
lo legó á Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó á Agamenón para
que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos,--y descansando
el rey sobre el arrimo del cetro, habló así á los argivos:

110 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! En grave infortunio
envolvióme Júpiter. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin
destruir la bien murada Ilión, y todo ha sido funesto engaño; pues
ahora me ordena regresar á Argos, sin gloria, después de haber perdido
tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Júpiter, que ha
destruído las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras
porque su poder es inmenso. Vergonzoso será para nosotros que lleguen
á saberlo los hombres de mañana. ¡Un ejército aqueo tal y tan grande
hacer una guerra vana é ineficaz! ¡Combatir contra un número menor de
hombres y no saberse aún cuándo la contienda tendrá fin! Pues si aqueos
y troyanos, jurando la paz, quisiéramos contarnos, y reunidos cuantos
troyanos hay en sus hogares y agrupados nosotros en décadas, cada
una de éstas eligiera un troyano para que escanciara el vino, muchas
décadas se quedarían sin escanciador. ¡En tanto superan los aqueos á
los troyanos que en Ilión moran! Pero han venido en su ayuda hombres de
muchas ciudades, que saben blandir la lanza, me apartan de mi propósito
y no me permiten, como quisiera, tomar la populosa ciudad de Troya.
Nueve años del gran Jove transcurrieron ya; los maderos de las naves se
han podrido y las cuerdas están deshechas; nuestras esposas é hijitos
nos aguardan en los palacios; y aún no hemos dado cima á la empresa
para la cual vinimos. Ea, obremos todos como voy á decir: Huyamos en
las naves á nuestra patria, pues ya no tomaremos á Troya, la de anchas
calles.»

142 Así dijo; y á todos los que no habían asistido al consejo se les
conmovió el corazón en el pecho. Agitóse la junta como las grandes olas
que en el mar Icario levantan el Euro y el Noto cayendo impetuosos de
las nubes amontonadas por el padre Júpiter. Como el Céfiro mueve con
violento soplo un campo de trigo y se cierne sobre las espigas, de
igual manera se movió toda la junta. Con gran gritería y levantando
nubes de polvo, corren hacia los bajeles; exhórtanse á tirar de ellos
para botarlos al mar divino; limpian los canales; quitan los soportes,
y el vocerío de los que se disponen á volver á la patria llega hasta el
cielo.

155 Y efectuárase entonces, antes de lo dispuesto por el destino, el
regreso de los argivos, si Juno no hubiese dicho á Minerva:

157 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! ¿Huirán los argivos á sus casas, á su tierra por el ancho
dorso del mar, y dejarán como trofeo á Príamo y á los troyanos la
argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos
de su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos, de broncíneas
lorigas, detén con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que
boten al mar los corvos bajeles.»

166 De este modo habló. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no
fué desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo,
llegó presto á las naves aqueas y halló á Ulises, igual á Júpiter en
prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de muchos
bancos porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose á
su lado, díjole Minerva, la de los brillantes ojos:

173 «¡Hijo de Laertes, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¿Huiréis á vuestras casas, á la patria tierra, embarcados en las naves
de muchos bancos, y dejaréis como trofeo á Príamo y á los troyanos la
argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos de
su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos y no cejes: detén
con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que boten al mar los
corvos bajeles.»

182 Dijo. Ulises conoció la voz de la diosa; tiró el manto, que recogió
el heraldo Euríbates de Ítaca, que le acompañaba; corrió hacia el
Atrida Agamenón, para que le diera el imperecedero cetro paterno; y
con éste en la mano, enderezó á las naves de los aqueos, de broncíneas
lorigas.

188 Cuando encontraba á un rey ó á un capitán eximio, parábase y le
detenía con suaves palabras:

190 «¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte
y haz que los otros se detengan también. Aún no conoces claramente
la intención del Atrida: ahora nos prueba, y pronto castigará á los
aqueos. En el consejo no todos comprendimos lo que dijo. No sea que,
irritándose, maltrate á los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de
Jove, es terrible, porque su dignidad procede del próvido Júpiter y
éste los ama.»

198 Cuando encontraba á un hombre del pueblo gritando, dábale con el
cetro y le increpaba de esta manera:

200 «¡Desdichado! Estáte quieto y escucha á los que te aventajan en
bravura; tú, débil é inepto para la guerra, no eres estimado ni en el
combate ni en el consejo. Aquí no todos los aqueos podemos ser reyes;
no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe, uno solo
rey: aquel á quien el hijo del artero Saturno dió cetro y leyes para
que reine sobre nosotros.»

[Ilustración: ANDA, PERNICIOSO SUEÑO, INTRODÚCETE EN LA TIENDA DE
AGAMENÓN Y DILE LO QUE VOY Á ENCARGARTE

  (_Canto II, versos 8 á 10._)]

207 Así Ulises, obrando como supremo jefe, se imponía al ejército; y
ellos se apresuraban á volver de las tiendas y naves á la junta, con
gran vocerío, como cuando el olaje del estruendoso mar brama en la
anchurosa playa y el ponto resuena.

211 Todos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, á excepción
de Tersites, que, sin poner freno á la lengua, alborotaba. Ése sabía
muchas palabras groseras para disputar temerariamente, no de un modo
decoroso, con los reyes; y lo que á él le pareciera, hacerlo ridículo
para los argivos. Fué el hombre más feo que llegó á Troya, pues era
bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el
pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera.
Aborrecíanle de un modo especial Aquiles y Ulises, á quienes zahería; y
entonces, dando estridentes voces, insultaba al divino Agamenón. Y por
más que los aqueos se indignaban é irritaban mucho contra él, seguía
increpándole á voz en grito:

225 «¡Atrida! ¿De qué te quejas ó de qué careces? Tus tiendas están
repletas de bronce y tienes muchas y escogidas mujeres que los
aqueos te ofrecemos antes que á nadie cuando tomamos alguna ciudad.
¿Necesitas, acaso, el oro que un troyano te traiga de Ilión para
redimir al hijo que yo ú otro aqueo haya hecho prisionero? ¿Ó, por
ventura, una joven con quien goces del amor y que tú solo poseas? No
es justo que, siendo el jefe, ocasiones tantos males á los aqueos. ¡Oh
cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos
en las naves á la patria y dejémosle aquí, en Troya, para que devore
el botín y sepa si le sirve ó no nuestra ayuda; ya que ha ofendido á
Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa que todavía
retiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su
indolencia; si no fuera así, Atrida, éste sería tu último ultraje.»

243 Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo á Agamenón, pastor de
hombres. El divino Ulises se detuvo á su lado; y mirándole con torva
faz, le increpó duramente:

246 «¡Tersites parlero! Aunque seas orador fecundo, calla y no quieras
disputar con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre
cuantos han venido á Ilión con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca
á los reyes, ni los injuries, ni pienses en el regreso. No sabemos aún
con certeza cómo esto acabará y si la vuelta de los aqueos será feliz
ó desgraciada. Mas tú denuestas al Atrida Agamenón, porque los héroes
dánaos le dan muchas cosas; por esto le zahieres. Lo que voy á decir se
cumplirá: Si vuelvo á encontrarte delirando como ahora, que Ulises no
conserve la cabeza sobre los hombros ni sea llamado padre de Telémaco
si, echándote mano, no te despojo del vestido (el manto y la túnica
que cubren tus vergüenzas) y no te envío lloroso de la junta á las
veleras naves después de castigarte con afrentosos azotes.»

265 Tal dijo, y con el cetro dióle un golpe en la espalda y los
hombros. Tersites se encorvó, mientras una gruesa lágrima caía de sus
ojos y un cruento cardenal aparecía en su espalda por bajo del áureo
cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró á todos con aire de simple, y
se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no
faltó quien dijera á su vecino:

272 «¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos
saludables, ya preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha
realizado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán, cuyo
ánimo osado no le impulsará en lo sucesivo á zaherir con injuriosas
palabras á los reyes.»

278 De tal modo hablaba la multitud. Levantóse Ulises, asolador de
ciudades, con el cetro en la mano (Minerva, la de los brillantes ojos,
que, transfigurada en heraldo, junto á él estaba, impuso silencio para
que todos los aqueos, desde los primeros hasta los últimos, oyeran el
discurso y meditaran los consejos), y benévolo les arengó diciendo:

284 «¡Atrida! Los aqueos, oh rey, quieren cubrirte de baldón ante todos
los mortales de voz articulada y no cumplen lo que te prometieron
al venir de la Argólide, criadora de caballos: que no te irías sin
destruir la bien murada Ilión. Cual si fuesen niños ó viudas, se
lamentan unos con otros y desean regresar á su casa. Y es, en verdad,
penoso que hayamos de volver afligidos. Cierto que cualquiera se
impacienta al mes de estar separado de su mujer, cuando ve detenida su
nave de muchos bancos por las borrascas invernales y el mar alborotado;
y nosotros hace ya nueve años, con el presente, que aquí permanecemos.
No me enfado, pues, porque los aqueos se impacienten junto á las
cóncavas naves; pero sería bochornoso haber estado aquí tanto tiempo y
volvernos sin conseguir nuestro propósito. Tened paciencia, amigos, y
aguardad un poco más, para que sepamos si fué verídica la predicción
de Calcas. Bien grabada la tenemos en la memoria, y todos vosotros,
los que no habéis sido arrebatados por las Parcas, sois testigos de
lo que ocurrió en Áulide cuando se reunieron las naves aqueas que
tantos males habían de traer á Príamo y á los troyanos. En sacros
altares inmolábamos hecatombes perfectas á los inmortales, junto á
una fuente y á la sombra de un hermoso plátano á cuyo pie manaba el
agua cristalina. Allí se nos ofreció un gran portento. Un horrible
dragón de roja espalda, que el mismo Olímpico sacara á la luz, saltó
de debajo del altar al plátano. En la rama cimera de éste hallábanse
los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se acurrucaban
debajo de las hojas; eran ocho, y con la madre que los parió, nueve.
El dragón devoró á los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre
revoleaba quejándose, y aquél volvióse y la cogió por el ala, mientras
ella chillaba. Después que el dragón se hubo comido al ave y á los
polluelos, el dios que lo hiciera aparecer obró en él un prodigio: el
hijo del artero Saturno transformólo en piedra, y nosotros, inmóviles,
admirábamos lo que ocurría. De este modo, las grandes y portentosas
acciones de los dioses interrumpieron las hecatombes. Y en seguida
Calcas, vaticinando, exclamó: «¿Por qué enmudecéis, aqueos de larga
cabellera? El próvido Júpiter es quien nos muestra ese prodigio grande,
tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria jamás perecerá. Como
el dragón devoró á los polluelos del ave y al ave misma, los cuales
eran ocho, y con la madre que los dió á luz, nueve, así nosotros
combatiremos allí igual número de años, y al décimo tomaremos la ciudad
de anchas calles.» Tal fué lo que dijo y todo se va cumpliendo. ¡Ea,
aqueos de hermosas grebas, quedaos todos hasta que tomemos la gran
ciudad de Príamo!»

333 De tal suerte habló. Los argivos, con agudos gritos que hacían
retumbar horriblemente las naves, aplaudieron el discurso del divino
Ulises. Y Néstor, caballero gerenio, les arengó diciendo:

337 «¡Oh dioses! Habláis como niños chiquitos que no están ejercitados
en los bélicos trabajos. ¿Qué son de nuestros convenios y juramentos?
¿Se fueron, pues, en humo los consejos, los afanes de los guerreros,
los pactos consagrados con libaciones de vino puro y los apretones de
manos en que confiábamos? Nos entretenemos en contender con palabras
y sin motivo, y en tan largo espacio no hemos podido encontrar un
medio eficaz para conseguir nuestro objeto. ¡Atrida! Tú, como siempre,
manda con firme decisión á los argivos en el duro combate y deja
que se consuman uno ó dos que en discordancia con los demás aqueos
desean, aunque no realizarán su propósito, regresar á Argos antes de
saber si fué ó no falsa la promesa de Júpiter, que lleva la égida.
Pues yo os aseguro que el prepotente Saturnio se nos mostró propicio,
relampagueando por el diestro lado y haciéndonos favorables señales,
el día en que los argivos se embarcaron en las naves de ligero andar
para traer á los troyanos la muerte y el destino. Nadie, pues, se dé
prisa por volver á su casa, hasta haber dormido con la esposa de un
troyano y haber vengado la huída y los gemidos de Helena. Y si alguno
tanto anhelare el regreso, toque la negra nave de muchos bancos para
que delante de todos sea muerto y cumpla su destino. ¡Oh rey! No
dejes de pensar tú mismo y sigue también los consejos que nosotros te
damos. No es despreciable lo que voy á decirte: Agrupa á los hombres,
oh Agamenón, por tribus y familias, para que una tribu ayude á otra
tribu y una familia á otra familia. Si así obrares y te obedecieren los
aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y cuáles
valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar
la ciudad por la voluntad de los dioses ó por la cobardía de tus
hombres y su impericia en la guerra.»

369 Respondió el rey Agamenón: «De nuevo, oh anciano, superas en la
junta á los aqueos todos. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!,
tuviera entre los argivos diez consejeros semejantes; entonces la
ciudad del rey Príamo sería pronto tomada y destruída por nuestras
manos. Pero Júpiter, que lleva la égida, me envía penas, enredándome
en inútiles disputas y riñas. Aquiles y yo peleamos con encontradas
razones por una muchacha, y fuí el primero en irritarme; si ambos
procediéramos de acuerdo, no se diferiría un solo momento la ruina de
los troyanos. Ahora, id á comer para que luego trabemos el combate;
cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto á los
corceles de pies ligeros é inspeccione el carro, apercibiéndose para
la lucha; pues durante todo el día nos pondrá á prueba el horrendo
Marte. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la
noche obligue á los valientes guerreros á separarse. La correa del
escudo que al combatiente cubre, se impregnará de sudor en torno del
pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y sudarán los
corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede
voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo le
vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.»

394 Así habló. Los argivos promovían gran clamoreo, como cuando las
olas, movidas por el Noto, baten un elevado risco que se adelanta
sobre el mar y no lo dejan mientras soplan los vientos en contrarias
direcciones. Luego, levantándose, se dispersaron por las naves,
encendieron lumbre en las tiendas, tomaron la comida y ofrecieron
sacrificios, quiénes á uno, quiénes á otro de los sempiternos dioses,
para que los librasen de morir en la batalla. Agamenón, rey de hombres,
inmoló un pingüe buey de cinco años al prepotente Saturnio, habiendo
llamado á su tienda á los principales caudillos de los aqueos todos:
á Néstor y al rey Idomeneo, luego á entrambos Ayaces y al hijo de
Tideo, y en sexto lugar á Ulises, igual en prudencia á Júpiter.
Espontáneamente se presentó Menelao, valiente en la pelea, porque sabía
lo que su hermano estaba preparando. Colocáronse todos alrededor del
buey y tomaron harina con sal. Y puesto en medio, el poderoso Agamenón
oró diciendo:

412 «¡Júpiter gloriosísimo, máximo, que amontonas las sombrías nubes
y vives en el éter! ¡Que no se ponga el sol ni sobrevenga la obscura
noche, antes que yo destruya el palacio de Príamo, entregándolo á las
llamas; pegue voraz fuego á las puertas; rompa con mi lanza la coraza
de Héctor en su mismo pecho, y vea á muchos de sus compañeros caídos de
bruces en el polvo y mordiendo la tierra!»

419 Dijo; pero el Saturnio no accedió y, aceptando los sacrificios,
preparóles no envidiable labor. Hecha la rogativa y esparcida la harina
con sal, cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás,
y las degollaron y desollaron; cortaron los muslos, cubriéronlos con
doble capa de grasa y de carne cruda en pedacitos, y los quemaron
con leña sin hojas; y atravesando las entrañas con los asadores,
las pusieron al fuego. Quemados los muslos, probaron las entrañas;
y descuartizando lo restante, lo cogieron con pinchos, lo asaron
cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto
el festín, comieron y nadie careció de su respectiva porción. Y cuando
hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Néstor, caballero
gerenio, comenzó á decirles:

434 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! No nos
entretengamos en hablar, ni difiramos por más tiempo la empresa que
un dios pone en nuestras manos. ¡Ea! Los heraldos de los aqueos, de
broncíneas lorigas, pregonen que el ejército se reuna cerca de los
bajeles, y nosotros recorramos juntos el espacioso campamento para
promover cuanto antes un vivo combate.»

441 Tales fueron sus palabras; y Agamenón, rey de hombres, no
desobedeció. Al momento dispuso que los heraldos de voz sonora llamaran
á la batalla á los aqueos de larga cabellera; hízose el pregón, y ellos
se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes, alumnos de Júpiter,
hacían formar á los guerreros, y los acompañaba Minerva, la de los
brillantes ojos, llevando la preciosa inmortal égida que no envejece
y de la cual cuelgan cien áureos borlones, bien labrados y del valor
de cien bueyes cada uno. Con ella en la mano, movíase la diosa entre
los aqueos, instigábales á salir al campo y ponía fortaleza en sus
corazones para que pelearan y combatieran sin descanso. Pronto les fué
más agradable batallar, que volver á la patria tierra en las cóncavas
naves.

455 Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando
el voraz fuego se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así
el brillo de las broncíneas armaduras de los que se ponían en marcha
llegaba al cielo á través del éter.

459 De la suerte que las alígeras aves--gansos, grullas ó cisnes
cuellilargos--se posan en numerosas bandadas y chillando en la pradera
Asio, cerca del río Caístro, vuelan acá y allá ufanas de sus alas,
y el campo resuena, de esta manera las numerosas huestes afluían de
las naves y tiendas á la llanura escamandria y la tierra retumbaba
horriblemente bajo los pies de los guerreros y de los caballos.
Y los que en el florido prado del Escamandro llegaron á juntarse
fueron innumerables; tantos, cuantas son las hojas y flores que en la
primavera nacen.

469 Como enjambres copiosos de moscas que en la primaveral estación
vuelan agrupadas por el establo del pastor, cuando la leche llena los
tarros; en tan gran número reuniéronse en la llanura los aqueos de
larga cabellera, deseosos de acabar con los teucros.

474 Poníanlos los caudillos en orden de batalla fácilmente, como los
pastores separan las cabras de grandes rebaños cuando se mezclan en el
pasto; y en medio aparecía el poderoso Agamenón, semejante en la cabeza
y en los ojos á Júpiter, que se goza en lanzar rayos, en el cinturón á
Marte y en el pecho á Neptuno. Como en la vacada el buey más excelente
es el toro, que sobresale entre las vacas, de igual manera hizo Jove
que Agamenón fuera aquel día insigne y eximio entre muchos héroes.

484 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios y como diosas
lo presenciáis y conocéis todo, mientras que nosotros oímos tan sólo la
fama y nada cierto sabemos, cuáles eran los caudillos y príncipes de
los dánaos. Á la muchedumbre no podría enumerarla ni nombrarla, aunque
tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce:
sólo las Musas olímpicas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, podrían
decir cuántos á Ilión fueron. Pero mencionaré los caudillos y las naves
todas.

494 Mandaban á los beocios Penéleo, Leito, Arcesilao, Protoenor y
Clonio. Los que cultivaban los campos de Hiria, Áulide pétrea, Esqueno,
Escolo, Eteono fragosa, Tespia, Grea y la vasta Micaleso; los que
moraban en Harma, Ilesio y Eritras; los que residían en Eleón, Hila,
Peteón, Ocalea, Medeón, ciudad bien construída, Copas, Eutresis y
Tisba, en palomas abundante; los que habitaban en Coronea, Haliarto
herbosa, Platea y Glisante; los que poseían la bien edificada ciudad
de Hipotebas, la sacra Onquesto, delicioso bosque de Neptuno; y las
ciudades de Arna en uvas abundosa, Midea, Nisa divina y Antedón
fronteriza: todos estos llegaron en cincuenta naves. En cada una se
habían embarcado ciento veinte beocios.

511 De los que habitaban en Aspledón y Orcómeno Minieo eran caudillos
Ascálafo y Yálmeno, hijos de Marte y de Astíoque, que los había
dado á luz en el palacio de Áctor Azida. Astíoque, que era virgen
ruborosa, subió al piso superior, y el terrible dios se unió con ella
clandestinamente. Treinta cóncavas naves en orden les seguían.

517 Mandaban á los focenses Esquedio y Epístrofo, hijos del magnánimo
Ifito Naubólida. Los de Cipariso, Pitón pedregosa, Crisa divina,
Dáulide y Panopeo; los que habitan en Anemoría, Hiámpolis y la ribera
del divino Cefiso; los que poseían la ciudad de Lilea en las fuentes
del mencionado río: todos estos habían llegado en cuarenta negras
naves. Los caudillos ordenaban entonces las filas de los focenses, que
en las batallas combatían á la izquierda de los beocios.

527 Acaudillaba á los locrenses, que vivían en Cino, Opunte, Calíaro,
Besa, Escarfa, Augías amena, Tarfa y Tronio, á orillas del Boagrio, el
ligero Ayax de Oileo, menor, mucho menor que Ayax Telamonio: era bajo
de cuerpo, llevaba coraza de lino y en el manejo de la lanza superaba
á todos los helenos y aqueos. Seguíanle cuarenta negras naves, en las
cuales habían venido los locrenses que viven más allá de la sagrada
Eubea.

536 Los abantes de Eubea, que residían en Calcis, Eretria, Histiea en
uvas abundosa, Cerinto marítima, Dío, ciudad excelsa, Caristo y Estira,
eran capitaneados por el magnánimo Elefenor Calcodontíada, vástago
de Marte. Con tal caudillo llegaron los ligeros abantes, que dejaban
crecer la cabellera en la parte posterior de la cabeza: eran belicosos
y deseaban siempre romper con sus lanzas de fresno las corazas en los
pechos de los enemigos. Seguíanle cuarenta negras naves.

546 Los que habitaban en la bien edificada ciudad de Atenas y
constituían el pueblo del magnánimo Erecteo, á quien Minerva, hija de
Júpiter, crió--habíale dado á luz la fértil tierra--y puso en su rico
templo de Atenas, donde los jóvenes atenienses ofrecen todos los años
sacrificios propiciatorios de toros y corderos á la diosa, tenían por
jefe á Menesteo, hijo de Peteo. Ningún hombre de la tierra sabía como
ése poner en orden de batalla, así á los que combatían en carros, como
á los peones armados de escudos; sólo Néstor competía con él, porque
era más anciano. Cincuenta negras naves le seguían.

557 Ayax había partido de Salamina con doce naves, que colocó cerca de
las falanges atenienses.

559 Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíona y Ásina en
profundo golfo situadas, Trecena, Eyonas y Epidauro en vides abundosa,
y los jóvenes aqueos de Egina y Masete, eran acaudillados por Diomedes,
valiente en la pelea; Esténelo, hijo del famoso Capaneo, y Euríalo,
igual á un dios, que tenía por padre al rey Mecisteo Talayónida. Era
jefe supremo Diomedes, valiente en la pelea. Ochenta negras naves les
seguían.

569 Los que poseían la bien construída ciudad de Micenas, la opulenta
Corinto y la bien edificada Cleonas; los que cultivaban la tierra en
Ornías, Aretirea deleitosa y Sición, donde antiguamente reinó Adrasto;
los que residían en Hiperesia y Gonoesa excelsa, y los que habitaban en
Pelene, Egio, el Egíalo todo y la espaciosa Hélice: todos estos habían
llegado en cien naves á las órdenes del rey Agamenón Atrida. Muchos y
valientes varones condujo este príncipe que entonces vestía el luciente
bronce, ufano de sobresalir entre los héroes por su valor y por mandar
á mayor número de hombres.

581 Los de la honda y cavernosa Lacedemonia que residían en Faris,
Esparta y Mesa, en palomas abundante; moraban en Brisías ó Augías
amena; poseían las ciudades de Amiclas y Helos marítima, y habitaban en
Laa y Etilo: todos estos llegaron en sesenta naves al mando del hermano
de Agamenón, de Menelao, valiente en el combate, y se armaban formando
unidad aparte. Menelao, impulsado por su propio ardor, los animaba á
combatir y anhelaba en su corazón vengar la huída y los gemidos de
Helena.

591 Los que cultivaban el campo en Pilos, Arena deliciosa, Trío, vado
del Alfeo, y la bien edificada Epi, y los que habitaban en Ciparisa,
Anfigenia, Pteleo, Helos y Dorio (donde las Musas, saliéndole al camino
á Tamiris el tracio, le privaron del canto cuando volvía de la casa
de Eurito el ecaleo; pues jactóse de que saldría vencedor, aunque
cantaran las propias Musas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, y
ellas irritadas le cegaron, le privaron del divino canto y le hicieron
olvidar el arte de pulsar la cítara), eran mandados por Néstor,
caballero gerenio, y habían llegado en noventa cóncavas naves.

603 Los que habitaban en la Arcadia al pie del alto monte de Cilene
y cerca de la tumba de Epitio, país de belicosos guerreros; los de
Féneo, Orcómeno en ovejas abundante, Ripa, Estratia y Enispe ventosa;
y los que poseían las ciudades de Tegea, Mantinea deliciosa, Estínfalo
y Parrasia: todos estos llegaron al mando del rey Agapenor, hijo de
Anceo, en sesenta naves. En cada una de éstas se embarcaron muchos
arcadios ejercitados en la guerra. El mismo Agamenón les proporcionó
las naves de muchos bancos, para que atravesaran el vinoso ponto; pues
ellos no se cuidaban de las cosas del mar.

615 Los que habitaban en Buprasio y en el resto de la divina Élide,
desde Hirmina y Mírsino la fronteriza por un lado y la roca Olenia y
Alisio por el otro, tenían cuatro caudillos y cada uno de estos mandaba
diez veleras naves tripuladas por muchos epeos. De dos divisiones eran
respectivamente jefes Anfímaco y Talpio, hijo aquél de Ctéato y éste de
Eurito y nietos de Áctor; de la tercera, el fuerte Diores Amarincida, y
de la cuarta, el deiforme Polixeno, hijo del rey Agástenes Augeída.

625 Los de Duliquio y las sagradas islas Equinas, situadas al otro
lado del mar frente á la Élide, eran mandados por Meges Filida, igual
á Marte, á quien engendrara el jinete Fileo, caro á Júpiter, cuando
por haberse enemistado con su padre emigró á Duliquio. Cuarenta negras
naves le seguían.

631 Ulises acaudillaba á los magnánimos cefalenios. Los de Ítaca y su
frondoso Nérito; los que cultivaban los campos de Crocilea y de la
escarpada Egílipe; los que habitaban en Zacinto; los que vivían en
Samos y sus alrededores; los que estaban en el continente y los que
ocupaban la orilla opuesta: todos ellos obedecían á Ulises, igual á
Júpiter en prudencia. Doce naves de rojas proas le seguían.

638 Toante, hijo de Andremón, regía á los etolos que habitaban en
Pleurón, Óleno, Pilene, Calcis marítima y Calidón pedregosa. Ya no
existían los hijos del magnánimo Eneo, ni éste; y muerto también el
rubio Meleagro, diéronse á Toante todos los poderes para que reinara
sobre los etolos. Cuarenta negras naves le seguían.

645 Mandaba á los cretenses Idomeneo, famoso por su lanza. Los que
vivían en Cnoso, Gortina amurallada, Licto, Mileto, blanca Licasto,
Festo y Ritio, ciudades populosas, y los que ocupaban la isla de Creta
con sus cien ciudades: todos eran gobernados por Idomeneo, famoso por
su lanza, que con Meriones, igual al homicida Marte, compartía el
mando. Seguíanle ochenta negras naves.

653 Tlepólemo Heraclida, valiente y alto de cuerpo, condujo en nueve
buques á los fieros rodios que vivían, divididos en tres pueblos, en
Lindo, Yaliso y Camiro la blanca. De éstos era caudillo Tlepólemo,
famoso por su lanza, á quien Astioquía concibió del fornido Hércules
cuando el héroe se la llevó de Éfira, de la ribera del Seleente,
después de haber asolado muchas ciudades defendidas por nobles
mancebos. Cuando Tlepólemo, criado en el magnífico palacio, hubo
llegado á la juventud, mató al anciano tío materno de su padre, á
Licimnio, vástago de Marte; y como los demás hijos y nietos del fuerte
Hércules le amenazaran, construyó naves, reunió mucha gente y huyó por
mar. Errante y sufriendo penalidades pudo llegar á Rodas, y allí se
estableció con los suyos, que formaron tres tribus. Se hicieron querer
de Júpiter, que reina sobre los dioses y los hombres, y el Saturnio les
dió abundante riqueza.

671 Nireo condujo desde Sima tres naves bien proporcionadas; Nireo,
hijo de Aglaya y el rey Cáropo; Nireo, el más hermoso de los dánaos que
fueron á Troya, si exceptuamos al eximio Pelida; pero era tímido y poca
la gente que mandaba.

676 Los que habitaban en Nísiro, Crápato, Caso, Cos, ciudad de
Eurípilo, y las islas Calidnas, tenían por jefes á Fidipo y Ántifo,
hijos del rey Tésalo Heraclida. Treinta cóncavas naves en orden les
seguían.

681 Cuantos ocupaban el Argos pelásgico, los que vivían en Alo, Álope y
Traquina y los que poseían la Ptía y la Hélade de lindas mujeres, y se
llamaban mirmidones, helenos y aqueos, tenían por capitán á Aquiles y
habían llegado en cincuenta naves. Mas éstos no se curaban entonces del
combate horrísono, por no tener quien los llevara á la pelea: el divino
Aquiles, el de los pies ligeros, no salía de las naves, enojado á causa
de la joven Briseida, de hermosa cabellera, á la cual hiciera cautiva
en Lirneso, cuando después de grandes fatigas destruyó esta ciudad y
las murallas de Tebas, dando muerte á los belicosos Mines y Epístrofo,
hijos del rey Eveno Selepíada. Afligido por ello, se entregaba al ocio;
pero pronto había de levantarse.

695 Los que habitaban en Fílace, Píraso florida, que es lugar
consagrado á Ceres; Itón, criadora de ovejas; Antrón marítima y Pteleo
herbosa, fueron acaudillados por el aguerrido Protesilao mientras
vivió, pues ya entonces teníalo en su seno la negra tierra: matóle un
dárdano cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos, y
en Fílace quedaron su desolada esposa y la casa á medio acabar. Con
todo, no carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos al que
antes tuvieron, pues los ordenaba para el combate Podarces, vástago de
Marte, hijo del opulento Ificles Filácida y hermano menor del animoso
Protesilao. Éste era mayor y más valiente. Sus hombres, pues, no
estaban sin caudillo; pero sentían añoranza por él, que tan esforzado
había sido. Cuarenta negras naves le seguían.

711 Los que moraban en Feras situada á orillas del lago Bebeis, Beba,
Gláfiras y Yaolco bien edificada, habían llegado en once naves al mando
de Eumelo, hijo querido de Admeto y de Alcestes, divina entre las
mujeres, que era la más hermosa de las hijas de Pelias.

716 Los que cultivaban los campos de Metona y Taumacia y los que
poseían las ciudades de Melibea y Olizón fragosa, tuvieron por capitán
á Filoctetes, hábil arquero, y llegaron en siete naves: en cada una
de éstas se embarcaron cincuenta remeros muy expertos en combatir
valerosamente con el arco. Mas Filoctetes se hallaba, padeciendo
terribles dolores, en la divina isla de Lemnos, donde lo dejaron
los aqueos cuando fué mordido por ponzoñoso reptil. Allí permanecía
afligido; pero pronto en las naves habían de acordarse los argivos del
rey Filoctetes. No carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos á
su caudillo, pues los ordenaba para el combate Medonte, hijo bastardo
de Oileo, asolador de ciudades, de quien lo tuvo Rena.

729 De los de Trica, Itoma de quebrado suelo, y Ecalia, ciudad de
Eurito el ecaleo, eran capitanes dos hijos de Esculapio y excelentes
médicos: Podalirio y Macaón. Treinta cóncavas naves en orden les
seguían.

734 Los que poseían la ciudad de Ormenio, la fuente Hiperea, Asterio y
las nevadas cimas del Títano, eran mandados por Eurípilo, hijo preclaro
de Evemón. Cuarenta negras naves le seguían.

738 Á los de Argisa, Girtona, Orta, Elona y la blanca ciudad de
Oloosón, los regía el intrépido Polipetes, hijo de Pirítoo y nieto de
Júpiter inmortal (habíalo dado á luz la ínclita Hipodamia el mismo
día en que Pirítoo, castigando á los hirsutos Centauros, los echó del
Pelión y los obligó á retirarse hacia los etiquios). Con él compartía
el mando Leonteo, vástago de Marte, hijo del animoso Corono Cenida.
Cuarenta negras naves les seguían.

748 Guneo condujo desde Cifo en veintidós naves á los enienes é
intrépidos perebos; aquéllos tenían su morada en la fría Dodona y éstos
cultivaban los campos á orillas del hermoso Titaresio que vierte sus
cristalinas aguas en el Peneo de argénteos vórtices; pero no se mezcla
con él, sino que sobrenada como aceite, porque es un arroyo del agua de
la Estigia que se invoca en los terribles juramentos.

756 Á los magnetes gobernábalos Protoo, hijo de Tentredón. Los que
habitaban á orillas del Peneo y en el frondoso Pelión, tenían, pues,
por jefe al ligero Protoo. Cuarenta negras naves le seguían.

760 Tales eran los caudillos y príncipes de los dánaos. Dime, Musa,
cuál fué el mejor de los varones y cuáles los más excelentes caballos
de cuantos con los Atridas llegaron. Entre los corceles sobresalían
las yeguas del Feretíada, que guiaba Eumelo: eran ligeras como aves,
apeladas, y de la misma edad y altura; criólas Apolo, el del arco
de plata, en Perea, y llevaban consigo el terror de Marte. De los
guerreros el más valiente fué Ayax Telamonio mientras duró la cólera
de Aquiles, pues éste le superaba mucho; y también eran los mejores
caballos los que llevaban al eximio Pelida. Mas Aquiles permanecía
entonces en las corvas naves que atraviesan el ponto, por estar
irritado contra Agamenón Atrida, pastor de hombres; su gente se
solazaba en la playa tirando discos, venablos ó flechas; los corceles
comían loto y apio palustre cerca de los carros de los capitanes
que permanecían enfundados en las tiendas, y los guerreros, echando
de menos á su jefe, caro á Marte, discurrían por el campamento y no
peleaban.

780 Ya los demás avanzaban á modo de incendio que se propagase por
toda la comarca; y como la tierra gime cuando Júpiter, que se complace
en lanzar rayos, airado, la azota en Arimos, donde dicen que está el
lecho de Tifoeo; de igual manera gemía debajo de los que iban andando y
atravesaban con ligero paso la llanura.

786 Dió á los teucros la triste noticia Iris, la de los pies ligeros
como el viento, á quien Júpiter, que lleva la égida, enviara como
mensajera. Todos ellos, jóvenes y viejos, se habían reunido en
los pórticos del palacio de Príamo y deliberaban. Iris, la de los
pies ligeros, se les presentó tomando la figura y voz de Polites,
hijo de Príamo; el cual, confiando en su agilidad, se sentaba como
atalaya de los teucros en la cima del túmulo del antiguo Esietes y
observaba cuando los aqueos partían de las naves para combatir. Así
transfigurada, dijo Iris, la de los pies ligeros:

796 «¡Oh anciano! Te placen los discursos interminables como cuando
teníamos paz, y una obstinada guerra se ha promovido. Muchas batallas
he presenciado, pero nunca vi un ejército tal y tan grande como el que
viene á pelear contra la ciudad, formado por tantos hombres cuantas
son las hojas ó las arenas. ¡Héctor! Te recomiendo encarecidamente que
procedas de este modo: Como en la gran ciudad de Príamo hay muchos
auxiliares y no hablan una misma lengua hombres de países tan diversos,
cada cual mande á aquellos de quienes es príncipe y acaudille á sus
conciudadanos, después de ponerlos en orden de batalla.»

807 Así se expresó; y Héctor, conociendo la voz de la diosa,
disolvió la junta. Apresuráronse á tomar las armas, abriéronse todas
las puertas, salió el ejército de infantes y de los que en carros
combatían, y se produjo un gran tumulto.

811 Hay en la llanura, frente á la ciudad, una excelsa colina aislada
de las demás y accesible por todas partes, á la cual los hombres llaman
Batiea y los inmortales tumba de la ágil Mirina: allí fué donde los
troyanos y sus auxiliares se pusieron en orden de batalla.

816 Á los troyanos mandábalos el gran Héctor Priámida, de tremolante
casco. Con él se armaban las tropas más copiosas y valientes, que
ardían en deseos de blandir las lanzas.

819 De los dardanios era caudillo Eneas, valiente hijo de Anquises
de quien lo tuvo la divina Venus después que la diosa se unió con el
mortal en un bosque del Ida. Con Eneas compartían el mando dos hijos de
Antenor: Arquéloco y Acamante, diestros en toda suerte de pelea.

824 Los ricos teucros que habitaban en Zelea, al pie del Ida, y bebían
el agua del caudaloso Esepo, eran gobernados por Pándaro, hijo ilustre
de Licaón, á quien Apolo en persona diera el arco.

828 Los que poseían las ciudades de Adrastea, Apeso, Pitiea y el alto
monte de Terea, estaban á las órdenes de Adrasto y Anfio, de coraza de
lino: ambos eran hijos de Mérope percosio, el cual conocía como nadie
el arte adivinatoria y no quería que sus hijos fuesen á la homicida
guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos por el hado que á la
negra muerte los arrastraba.

835 Los que moraban en Percote, á orillas del Practio, y los que
habitaban en Sesto, Abido y la divina Arisbe eran mandados por Asio
Hirtácida, príncipe de hombres, á quien fogosos y corpulentos corceles
condujeron desde Arisbe, de la ribera del río Seleente.

840 Hipótoo acaudillaba las tribus de los valerosos pelasgos que
habitaban en la fértil Larisa. Mandábanlos él y Pileo, vástago de
Marte, hijos del pelasgo Leto Teutámida.

844 Á los tracios, que viven á orillas del alborotado Helesponto, los
regían Acamante y el héroe Píroo.

846 Eufemo, hijo de Treceno Céada, alumno de Júpiter, era el capitán de
los beligeros cicones.

848 Pirecmes condujo los peonios, de corvos arcos, desde la lejana
Amidón, de la ribera del anchuroso Axio, cuyas límpidas aguas se
esparcen por la tierra.

851 Á los paflagones, procedentes del país de los énetos, donde se
crían las mulas cerriles, los mandaba Pilémenes, de corazón varonil:
aquéllos poseían la ciudad de Citoro, cultivaban los campos de Sésamo y
habitaban magníficas casas á orillas del Partenio, en Cromna, Egíalo y
los altos montes Eritinos.

856 Los halizones eran gobernados por Odio y Epístrofo y procedían de
lejos: de Álibe, donde hay yacimientos de plata.

858 Á los misios los regían Cromis y el augur Énomo, que no pudo
librarse, á pesar de los agüeros, de la negra muerte; pues sucumbió á
manos del Eácida, el de los pies ligeros, en el río donde éste mató
también á otros teucros.

862 Forcis y el deiforme Ascanio acaudillaban á los frigios, que habían
llegado de la remota Ascania y anhelaban entrar en batalla.

864 Á los meonios los gobernaban Mestles y Ántifo, hijos de Talémenes,
á quienes dió á luz la laguna Gigea. Tales eran los jefes de los
meonios, nacidos al pie del Tmolo.

867 Nastes estaba al frente de los carios de bárbaro lenguaje. Los
que ocupaban la ciudad de Mileto, el frondoso Ptiro, las orillas del
Meandro y las altas cumbres de Micale tenían por caudillos á Nastes
y Anfímaco, preclaros hijos de Nomión; Nastes y Anfímaco, que iba al
combate cubierto de oro como una doncella. ¡Insensato! No por ello se
libró de la triste muerte, pues sucumbió en el río á manos del Eácida,
del aguerrido Aquiles, el de los pies ligeros; y éste se apoderó del
oro.

876 Sarpedón y el eximio Glauco mandaban á los que procedían de la
remota Licia, de la ribera del voraginoso Janto.



[Ilustración: Helena es conducida por Venus al palacio de Paris, á
quien increpa por su flojedad en el combate con Menelao]



CANTO III

JURAMENTOS.--DESDE LA MURALLA.--COMBATE SINGULAR DE ALEJANDRO Y MENELAO


1 Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los teucros
avanzaban chillando y gritando como aves--así profieren sus voces
las grullas en el cielo, cuando, para huir del frío y de las lluvias
torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del Océano y llevan
la ruina y la muerte á los pigmeos, moviéndoles desde el aire cruda
guerra--y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y
dispuestos á ayudarse mutuamente.

10 Así como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan
poco grata al pastor y más favorable que la noche para el ladrón, y
sólo se ve el espacio á que alcanza un tiro de piedra; así también,
una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se ponían en
marcha y atravesaban con gran presteza la llanura.

15 Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro,
apareció en la primera fila de los teucros Alejandro, semejante á un
dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la
espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba á los más
valientes argivos á que con él sostuvieran terrible combate.

21 Menelao, caro á Marte, vióle venir con arrogante paso al frente de
la tropa, y como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo
de cornígero ciervo ó de cabra montés, se alegra y lo devora, aunque
lo persigan ágiles perros y robustos mozos; así Menelao se holgó de
ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro--figuróse que podría
castigar al culpable--y al momento saltó del carro al suelo sin dejar
las armas.

30 Pero Alejandro, semejante á un dios, apenas distinguió á Menelao
entre los combatientes delanteros, sintió que se le cubría el corazón,
y para librarse de la muerte, retrocedió al grupo de sus amigos. Como
el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se echa con
prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez
pintada en sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de
Atreo, desapareció en la turba de los altivos teucros.

38 Advirtiólo Héctor y le reprendió con injuriosas palabras:
«¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá
no te contaras en el número de los nacidos ó hubieses muerto célibe.
Yo así lo quisiera y te valdría más que no ser la vergüenza y el
oprobio de los tuyos. Los aqueos de larga cabellera se ríen de haberte
considerado como un bravo campeón por tu bella figura, cuando no hay
en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste á tus
amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste á extranjeros,
y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres
belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo
todo, causa de gozo para los enemigos y una vergüenza para ti mismo?
¿No esperas á Menelao, caro á Marte? Conocerías al varón de quien
tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones
de Venus, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo.
Los troyanos son muy tímidos; pues si no, ya estarías revestido de una
túnica de piedras por los males que les has causado.»

58 Respondióle el deiforme Alejandro: «¡Héctor! Con motivo me increpas
y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que
hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente
para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho
se encierra. No me reproches los amables dones de la dorada Venus, que
no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede
escogerlos á su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén á
los demás teucros y á los aqueos todos, y dejadnos en medio á Menelao,
caro á Marte, y á mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el
que venza, por ser más valiente, lleve á su casa mujer y riquezas; y
después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y
vuelvan aquéllos á la Argólide, criadora de caballos, y á la Acaya, de
lindas mujeres.»

76 Así habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro de
ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges
troyanas, que al momento se quedaron quietas. Los aqueos, de larga
cabellera, le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero Agamenón, rey
de hombres, gritóles con recias voces:

82 «Deteneos, argivos; no tiréis, jóvenes aqueos; pues Héctor, de
tremolante casco, quiere decirnos algo.»

84 Así se expresó. Abstuviéronse de combatir y pronto quedaron
silenciosos. Y Héctor, colocándose entre unos y otros, dijo:

86 «Oíd de mis labios, teucros y aqueos, de hermosas grebas, el
ofrecimiento de Alejandro por quien se suscitó la contienda. Propone
que teucros y aqueos dejemos las bellas armas en el fértil suelo, y
él y Menelao, caro á Marte, peleen en medio por Helena y sus riquezas
todas: el que venza, por ser más valiente, llevará á su casa mujer y
riquezas, y los demás juraremos paz y amistad.»

95 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao,
valiente en la pelea, les habló de este modo:

97 «Ahora, oídme también á mí. Tengo el corazón traspasado de dolor,
y creo que ya, argivos y teucros, debéis separaros, pues padecisteis
muchos males por mi contienda que Alejandro originó. Aquél de nosotros
para quien se hallen aparejados el destino y la muerte, perezca; y los
demás separaos cuanto antes. Traed un cordero blanco y una cordera
negra para la Tierra y el Sol; nosotros traeremos otro para Júpiter.
Conducid acá á Príamo para que en persona sancione los juramentos, pues
sus hijos son soberbios y fementidos: no sea que alguien cometa una
transgresión y quebrante los juramentos prestados invocando á Júpiter.
El alma de los jóvenes es voluble, y el viejo, cuando interviene en
algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro á fin de que se haga lo más
conveniente para ambas partes.»

[Ilustración: PARIS, BLANDIENDO DOS LANZAS DE BRONCÍNEA PUNTA,
DESAFIABA Á LOS MÁS VALIENTES ARGIVOS

  (_Canto III, versos 18 á 20._)]

111 Tal dijo. Gozáronse aqueos y teucros con la esperanza de que iba á
terminar la calamitosa guerra. Detuvieron los corceles en las filas,
bajaron de los carros y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron
muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos
ejércitos.

116 Héctor despachó dos heraldos á la ciudad, para que en seguida le
trajeran las víctimas y llamasen á Príamo. El rey Agamenón, por su
parte, mandó á Taltibio que se llegara á las cóncavas naves por un
cordero. El heraldo no desobedeció al divino Agamenón.

121 Entonces la mensajera Iris fué en busca de Helena, la de níveos
brazos, tomando la figura de su cuñada Laódice, mujer del rey Helicaón
Antenórida, que era la más hermosa de las hijas de Príamo. Hallóla
en el palacio tejiendo una gran tela doble, purpúrea, en la cual
entretejía muchos trabajos que los teucros, domadores de caballos,
y los aqueos, de broncíneas lorigas, habían padecido por ella en la
marcial contienda. Paróse Iris, la de los pies ligeros, junto á Helena,
y así le dijo:

130 «Ven, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de
los teucros, domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas
lorigas. Los que antes, ávidos del funesto combate, llevaban por la
llanura al luctuoso Marte unos contra otros, se sentaron--pues la
batalla se ha suspendido--y permanecen silenciosos, reclinados en
los escudos, con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y
Menelao, caro á Marte, lucharán por ti con ingentes lanzas, y el que
venza te llamará su amada esposa.»

139 Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de
su anterior marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al
momento de la habitación, cubierta con blanco velo, derramando tiernas
lágrimas; sin que fuera sola, pues la acompañaban dos doncellas, Etra,
hija de Piteo, y Climene, la de los grandes ojos. Pronto llegaron á las
puertas Esceas.

146 Allí estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hicetaón,
vástago de Marte, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos del
pueblo; los cuales á causa de su vejez no combatían, pero eran buenos
arengadores, semejantes á las cigarras que, posadas en los árboles de
la selva, dejan oir su aguda voz. Tales próceres troyanos había en la
torre. Cuando vieron á Helena, que hacia ellos se encaminaba, dijéronse
unos á otros, hablando quedo, estas aladas palabras:

156 «No es reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas
grebas, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro
tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así,
váyase en las naves, antes de que llegue á convertirse en una plaga
para nosotros y para nuestros hijos.»

161 En tales términos hablaban. Príamo llamó á Helena y le dijo: «Ven
acá, hija querida; siéntate á mi lado para que veas á tu anterior
marido y á sus parientes y amigos--pues á ti no te considero culpable,
sino á los dioses que promovieron contra nosotros la luctuosa guerra
de los aqueos--y me digas cómo se llama ese ingente varón, quién es
ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero
jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.»

171 Contestó Helena, divina entre las mujeres: «Me inspiras, suegro
amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando
vine con tu hijo, dejando á la vez que el tálamo, á mis hermanos, mi
hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me
consumo llorando. Voy á responder á tu pregunta: Ése es el poderosísimo
Agamenón Atrida, buen rey y esforzado combatiente, que fué cuñado de
esta desvergonzada, si todo no ha sido un sueño.»

181 Así dijo. El anciano contemplóle con admiración y exclamó: «¡Atrida
feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que te
obedecen. En otro tiempo fuí á la Frigia, en viñas abundosa, y vi á
muchos de sus naturales--los pueblos de Otreo y de Migdón, igual á un
dios--que con los ágiles corceles acampaban á orillas del Sangario.
Entre ellos me hallaba á fuer de aliado, el día en que llegaron las
varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.»

191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió á preguntar: «Ea,
dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que
Agamenón Atrida, pero más espacioso de espaldas y de pecho. Ha dejado
en el fértil suelo las armas y recorre las filas como un carnero.
Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño de cándidas
ovejas.»

199 Respondióle Helena, hija de Júpiter: «Aquél es el hijo de Laertes,
el ingenioso Ulises, que se crió en la áspera Ítaca; tan hábil en urdir
engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.»

203 El sensato Antenor replicó al momento: «Mujer, mucha verdad
es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con Menelao,
caro á Marte; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer
el carácter y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos
reunidos, de pie, sobresalía Menelao por sus anchas espaldas;
sentados, era Ulises más majestuoso. Cuando hilvanaban razones y
consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy
claramente: pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba
del asunto; el ingenioso Ulises, después de levantarse, permanecía
en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba
el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía un ignorante: lo
hubieras tomado por un iracundo ó por un estólido. Mas tan pronto como
salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen
en invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiese disputado con
Ulises. Y entonces ya no admirábamos tanto la figura del héroe.»

225 Reparando la tercera vez en Ayax, dijo el anciano: «¿Quién es
esotro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su
cabeza y anchas espaldas?»

228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:
«Ése es el ingente Ayax, antemural de los aqueos. Al otro lado está
Idomeneo, como un dios, entre los cretenses; rodéanle los capitanes de
sus tropas. Muchas veces Menelao, caro á Marte, le hospedó en nuestro
palacio cuando venía de Creta. Distingo á los demás aqueos de ojos
vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo á dos
caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente
púgil, hermanos carnales que me dió mi madre. ¿Acaso no han venido
de la amena Lacedemonia? ¿Ó llegaron en las naves, que atraviesan el
ponto, y no quieren entrar en combate para no hacerse partícipes de mi
deshonra y múltiples oprobios?»

243 De este modo habló. Á ellos la fértil tierra los tenía ya en su
seno, en Lacedemonia, en su misma patria.

245 Los heraldos atravesaban la ciudad con las víctimas para los
divinos juramentos, los dos corderos, y el regocijador vino, fruto
de la tierra, encerrado en un odre de piel de cabra. El heraldo Ideo
llevaba además una reluciente cratera y copas de oro; y acercándose al
anciano, invitóle diciendo:

250 «¡Levántate, hijo de Laomedonte! Los próceres de los teucros,
domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas lorigas, te
piden que bajes á la llanura y sanciones los fieles juramentos; pues
Alejandro y Menelao, caro á Marte, combatirán con luengas lanzas por
la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y después de pactar
amistad con fieles juramentos, nosotros seguiremos habitando la fértil
Troya, y aquéllos volverán á Argos, criador de caballos, y á la Acaya
de lindas mujeres.»

259 Así dijo. Estremecióse el anciano y mandó á los amigos que
engancharan los caballos. Obedeciéronle solícitos. Subió Príamo y
cogió las riendas; á su lado, en el magnífico carro, se puso Antenor.
É inmediatamente guiaron los ligeros corceles hacia la llanura por las
puertas Esceas.

264 Cuando hubieron llegado al campo, descendieron del carro al almo
suelo y se encaminaron al espacio que mediaba entre los teucros y
los aqueos. Levantóse al punto el rey de hombres Agamenón, levantóse
también el ingenioso Ulises; y los heraldos conspicuos juntaron las
víctimas que debían inmolarse para los sagrados juramentos, mezclaron
vinos en la cratera y dieron aguamanos á los reyes. El Atrida, con
la daga que llevaba junto á la espada, cortó pelo de la cabeza de
los corderos, y los heraldos lo repartieron á los próceres teucros y
aquivos. Y, colocándose el Atrida en medio de todos, oró en alta voz
con las manos levantadas:

276 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
¡Sol, que todo lo ves y todo lo oyes! ¡Ríos! ¡Tierra! ¡Y vosotros
que en lo profundo castigáis á los muertos que fueron perjuros! Sed
todos testigos y guardad los fieles juramentos: Si Alejandro mata á
Menelao, sea suya Helena con todas las riquezas y nosotros volvámonos
en las naves, que atraviesan el ponto; mas si el rubio Menelao mata á
Alejandro, devuélvannos los troyanos á Helena y las riquezas todas, y
paguen la indemnización que sea justa para que llegue á conocimiento de
los hombres venideros. Y si, vencido Alejandro, Príamo y sus hijos se
negaren á pagar la indemnización, me quedaré á combatir por ella hasta
que termine la guerra.»

292 Dijo, cortó el cuello á los corderos y los puso palpitantes, pero
sin vida, en el suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor.
Llenaron las copas en la cratera, y derramando el vino oraban á los
sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de los teucros exclamaron:

298 «¡Júpiter gloriosísimo, máximo! ¡Dioses inmortales! Los primeros
que obren contra lo jurado, vean derramárseles á tierra, como este
vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus esposas caigan en poder de
extraños.»

302 De esta manera hablaban, pero el Saturnio no ratificó el voto. Y
Príamo Dardánida les dijo:

304 «¡Oídme, teucros y aqueos, de hermosas grebas! Yo regresaré á la
ventosa Ilión, pues no podría ver con estos ojos á mi hijo combatiendo
con Menelao, caro á Marte. Júpiter y los demás dioses inmortales saben
para cuál de ellos tiene el destino preparada la muerte.»

310 Dijo, y el varón igual á un dios colocó los corderos en el carro,
subió al mismo y tomó las riendas; á su lado, en el magnífico carro, se
puso Antenor. Y al instante volvieron á Ilión.

314 Héctor, hijo de Príamo, y el divino Ulises midieron el campo, y
echando dos suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir
quién sería el primero en arrojar la broncínea lanza. Los hombres
oraban y levantaban las manos á los dioses. Y algunos de los aqueos y
de los teucros exclamaron:

320 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Concede que quien tantos males nos causó á unos y á otros, muera y
descienda á la morada de Plutón, y nosotros disfrutemos de la jurada
amistad.»

324 Así decían. El gran Héctor, de tremolante casco, agitaba las
suertes volviendo el rostro atrás: pronto saltó la de Paris. Sentáronse
los guerreros, sin romper las filas, donde cada uno tenía los briosos
corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de Helena,
la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura: púsose en las
piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió el
pecho con la coraza de su hermano Licaón, que se le acomodaba bien;
colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con clavos de plata;
embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la robusta cabeza con un
hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la
cimera, y asió una fornida lanza que su mano pudiera manejar. De igual
manera vistió las armas el aguerrido Menelao.

340 Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre,
aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose
de un modo terrible; y así los teucros, domadores de caballos, como
los aqueos, de hermosas grebas, se quedaron atónitos al contemplarlos.
Encontráronse aquéllos en el medido campo, y se detuvieron blandiendo
las lanzas y mostrando el odio que recíprocamente se tenían. Alejandro
arrojó el primero la luenga lanza y dió un bote en el escudo liso del
Atrida, sin que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar con
el fuerte escudo. Y Menelao Atrida, disponiéndose á acometer con la
suya, oró al padre Júpiter:

351 «¡Júpiter soberano! Permíteme castigar al divino Alejandro que me
ofendió primero, y hazle sucumbir á mis manos, para que los hombres
venideros teman ultrajar á quien los hospedare y les ofreciere su
amistad.»

355 Dijo, y blandiendo la luenga lanza, acertó á dar en el escudo liso
del Priámida. La ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó en la
labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar. Inclinóse el troyano
y evitó la negra muerte. El Atrida desenvainó entonces la espada
guarnecida de argénteos clavos; pero al herir al enemigo en la cimera
del casco, se le cae de la mano, rota en tres ó cuatro pedazos. Suspira
el héroe, y alzando los ojos al anchuroso cielo, exclama:

365 «¡Padre Júpiter, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar
la perfidia de Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza
resulta inútil y no consigo vencerle.»

369 Dice, y arremetiendo á Paris, cógele por el casco adornado con
espesas crines de caballo y le arrastra hacia los aqueos de hermosas
grebas, medio ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de
la barba para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se
lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo
hubiese advertido Venus, hija de Júpiter, que rompió la correa hecha
del cuero de un buey degollado: el casco vacío siguió á la robusta
mano, el héroe lo volteó y arrojó á los aqueos, de hermosas grebas,
y sus fieles compañeros lo recogieron. De nuevo asaltó Menelao á
Paris para matarle con la broncínea lanza; pero Venus arrebató á su
hijo con gran facilidad, por ser diosa, y llevóle, envuelto en densa
niebla, al oloroso y perfumado tálamo. Luego fué á llamar á Helena,
hallándola en la alta torre con muchas troyanas; tiró suavemente de su
perfumado velo, y tomando la figura de una anciana cardadora que allá
en Lacedemonia le preparaba á Helena hermosas lanas y era muy querida
de ésta, dijo la diosa Venus:

390 «Ven. Te llama Alejandro para que vuelvas á tu casa. Hállase,
esplendente por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la
cámara nupcial. No dirías que viene de combatir, sino que va al baile ó
que reposa de reciente danza.»

395 En tales términos habló. Helena sintió que en el pecho le palpitaba
el corazón; pero al ver el hermosísimo cuello, los lindos pechos y los
refulgentes ojos de la diosa, se asombró y dijo:

399 «¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, á
cualquier populosa ciudad de la Frigia ó de la Meonia amena donde algún
hombre dotado de palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque
Menelao ha vencido á Alejandro, y quiere que yo, la odiosa, vuelva á
su casa? Ve, siéntate al lado de Paris, deja el camino de las diosas,
no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él, hasta que
te haga su esposa ó su esclava. No iré allá, ¡vergonzoso fuera!, á
compartir su lecho; todas las troyanas me lo vituperarían, y ya son
muchos los pesares que conturban mi corazón.»

413 La diosa Venus le respondió colérica: «¡No me irrites, desgraciada!
No sea que, enojándome, te abandone; te aborrezca de modo tan
extraordinario como hasta aquí te amé; ponga funestos odios entre
teucros y dánaos, y tú perezcas de mala muerte.»

418 Así habló. Helena, hija de Júpiter, tuvo miedo; y echándose el
blanco y espléndido velo, salió en silencio tras de la diosa, sin que
ninguna de las troyanas lo advirtiera.

421 Tan pronto como llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las
esclavas volvieron á sus labores, y la divina entre las mujeres se fué
derecha á la cámara nupcial de elevado techo. La risueña Venus colocó
una silla delante de Alejandro; sentóse Helena, hija de Júpiter, que
lleva la égida, y apartando la vista de su esposo, le increpó con estas
palabras:

428 «¡Vienes de la lucha... y hubieras debido perecer á manos del
esforzado varón que fué mi anterior marido! Blasonabas de ser superior
á Menelao, caro á Marte, en fuerza, en puños y en el manejo de la
lanza; pues provócale de nuevo á singular combate. Pero no: te aconsejo
que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el
rubio Menelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su lanza.»

437 Contestó Paris: «Mujer, no me zahieras con amargos reproches. Hoy
ha vencido Menelao con el auxilio de Minerva; otro día le venceré yo,
pues también tenemos dioses que nos protegen. Mas, ea, acostémonos y
volvamos á ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu como
ahora; ni cuando, después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia
en las naves que atraviesan el ponto y llegamos á la isla de Cránae,
donde me unió contigo amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este
momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.»

447 Dijo, y se encaminó al tálamo; la esposa le siguió, y ambos se
acostaron en el torneado lecho.

449 El Atrida se revolvía entre la muchedumbre, como una fiera,
buscando al deiforme Alejandro. Pero ningún troyano ni aliado ilustre
pudo mostrárselo á Menelao, caro á Marte; que no por amistad le
hubiesen ocultado, pues á todos se les había hecho tan odioso como la
negra muerte. Y Agamenón, rey de hombres, les dijo:

456 «¡Oíd, troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria
quedó por Menelao, caro á Marte; entregadnos la argiva Helena con sus
riquezas y pagad una indemnización, la que sea justa, para que llegue á
conocimiento de los hombres venideros.»

461 Así dijo el Atrida, y los demás aqueos aplaudieron.



[Ilustración: Júpiter y los demás dioses deliberan sobre la suerte de
Troya. Hebe les sirve el néctar]



CANTO IV

VIOLACIÓN DE LOS JURAMENTOS.--AGAMENÓN REVISTA LAS TROPAS


1 Sentados en el áureo pavimento á la vera de Júpiter, los dioses
celebraban consejo. La venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos
recibían sucesivamente la copa de oro y contemplaban la ciudad de
Troya. Pronto el Saturnio intentó zaherir á Juno con mordaces palabras;
y hablando fingidamente, dijo:

7 «Dos son las diosas que protegen á Menelao, Juno argiva y Minerva
alalcomenia; pero sentadas á distancia, se contentan con mirarle;
mientras que la risueña Venus acompaña constantemente al otro y le
libra de las Parcas, y ahora le ha salvado cuando él mismo creía
perecer. Pero como la victoria quedó por Menelao, caro á Marte,
deliberemos sobre sus futuras consecuencias; si conviene promover
nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, ó reconciliar á
entrambos pueblos. Si á todos pluguiera y agradara, la ciudad del rey
Príamo continuaría poblada y Menelao se llevaría la argiva Helena.»

20 Así se expresó. Minerva y Juno, que tenían los asientos contiguos
y pensaban en causar daño á los teucros, se mordieron los labios.
Minerva, aunque airada contra su padre y poseída de feroz cólera,
guardó silencio y nada dijo; pero á Juno no le cupo la ira en el pecho,
y exclamó:

25 «¡Crudelísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! ¿Quieres que sea
vano é ineficaz mi trabajo y el sudor que me costó? Mis corceles se
fatigaron, cuando reunía el ejército contra Príamo y sus hijos. Haz lo
que dices, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.»

30 Respondióle muy indignado Júpiter, que amontona las nubes:
«¡Desdichada! ¿Qué graves ofensas te infieren Príamo y sus hijos para
que continuamente anheles destruir la bien edificada ciudad de Ilión?
Si trasponiendo las puertas de los altos muros, te comieras crudo
á Príamo, á sus hijos y á los demás troyanos, quizás tu cólera se
apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que de esta disputa se origine
una gran riña entre nosotros. Otra cosa voy á decirte que fijarás en
la memoria: cuando yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad
donde vivan amigos tuyos, no retardes mi cólera y déjame obrar; ya que
ésta te la cedo espontáneamente, aunque contra los impulsos de mi alma.
De las ciudades que los hombres terrestres habitan debajo del sol y del
cielo estrellado, la sagrada Troya era la preferida de mi corazón, con
Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Mi altar jamás careció
en ella de libaciones y víctimas, que tales son los honores que se nos
deben.»

50 Contestó Juno veneranda, la de los grandes ojos: «Tres son las
ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas calles;
destrúyelas cuando las aborrezca tu corazón, y no las defenderé, ni me
opondré siquiera. Y si me opusiere y no te permitiere destruirlas, nada
conseguiría, porque tu poder es muy superior. Pero es preciso que mi
trabajo no resulte inútil. También yo soy una deidad, nuestro linaje
es el mismo y el artero Saturno engendróme la más venerable, por mi
abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre
los inmortales todos. Transijamos, yo contigo y tú conmigo, y los demás
dioses nos seguirán. Manda presto á Minerva que vaya al campo de la
terrible batalla de los teucros y los aqueos, y procure que los teucros
empiecen á ofender, contra lo jurado, á los envanecidos aqueos.»

68 Tal dijo. No desobedeció el padre de los hombres y de los dioses; y
dirigiéndose á Minerva, profirió estas aladas palabras:

70 «Ve pronto al campo de los teucros y de los aqueos, y procura que
los teucros empiecen á ofender, contra lo jurado, á los envanecidos
aqueos.»

73 Con tales voces instigóle á hacer lo que ella misma deseaba; y
Minerva bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual fúlgida
estrella que, enviada como señal por el hijo del artero Saturno á los
navegantes ó á los individuos de un gran ejército, despide numerosas
chispas; de igual modo Palas Minerva se lanzó á la tierra y cayó en
medio del campo. Asombráronse cuantos la vieron, así los teucros,
domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas, y no faltó
quien dijera á su vecino:

82 «Ó empezará nuevamente el funesto combate y la terrible pelea,
ó Júpiter, árbitro de la guerra humana, pondrá amistad entre ambos
pueblos.»

85 De esta manera hablaban algunos de los aqueos y de los teucros.
La diosa, transfigurada en varón--parecíase á Laódoco Antenórida,
esforzado combatiente,--penetró por el ejército teucro buscando al
deiforme Pándaro. Halló por fin al eximio y fuerte hijo de Licaón en
medio de las filas de hombres valientes, escudados, que con él llegaran
de las orillas del Esepo; y deteniéndose á su lado, le dijo estas
aladas palabras:

93 «¿Querrás obedecerme, hijo valeroso de Licaón? ¡Te atrevieras á
disparar una veloz flecha contra Menelao! Alcanzarías gloria entre
los teucros y te lo agradecerían todos, y particularmente el príncipe
Alejandro; éste te haría espléndidos presentes, si viera que al
belígero Menelao le subían á la triste pira, muerto por una de tus
flechas. Ea, tira una saeta al ínclito Menelao, y vota sacrificar á
Apolo Licio, célebre por su arco, una hecatombe perfecta de corderos
primogénitos cuando vuelvas á tu patria, la sagrada ciudad de Zelea.»

104 Así dijo Minerva. El insensato se dejó persuadir, y asió en seguida
el pulido arco hecho con las astas de un lascivo buco montés, á quien
él acechara é hiriera en el pecho cuando saltaba de un peñasco: el
animal cayó de espaldas en la roca, y sus cuernos de dieciséis palmos
fueron ajustados y pulidos por hábil artífice y adornados con anillos
de oro. Pándaro tendió el arco, bajándolo é inclinándolo al suelo,
y sus valientes amigos le cubrieron con los escudos, para que los
belicosos aqueos no arremetieran contra él antes que Menelao, aguerrido
hijo de Atreo, fuese herido. Destapó el carcaj y sacó una flecha nueva,
alada, causadora de acerbos dolores; adaptó á la cuerda del arco la
amarga saeta, y votó á Apolo Licio sacrificarle una hecatombe perfecta
de corderos primogénitos cuando volviera á su patria, la sagrada ciudad
de Zelea. Y cogiendo á la vez las plumas y el bovino nervio, tiró hacia
su pecho y acercó la punta de hierro al arco. Armado así, rechinó el
gran arco circular, crujió la cuerda, y saltó la puntiaguda flecha
deseosa de volar sobre la multitud.

127 No se olvidaron de ti, oh Menelao, los felices é inmortales dioses
y especialmente la hija de Júpiter, que impera en las batallas; la
cual, poniéndose delante, desvió la amarga flecha: apartóla del cuerpo
como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme plácidamente,
y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cinturón
y la coraza era doble. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón,
obra de artífice; se clavó en la magnífica coraza, y rompiendo la chapa
que el héroe llevaba para proteger el cuerpo contra las flechas y que
le defendió mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de la herida la
negra sangre.

141 Como una mujer meonia ó caria tiñe en púrpura el marfil que ha
de adornar el freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y
aquélla lo guarda en su casa para un rey á fin de que sea ornamento
para el caballo y motivo de gloria para el caballero; de la misma
manera, oh Menelao, se tiñeron de sangre tus bien formados muslos, las
piernas y los hermosos tobillos.

148 Estremecióse el rey de hombres Agamenón, al ver la negra sangre
que manaba de la herida. Estremecióse asimismo Menelao, caro á Marte;
mas como advirtiera que quedaban fuera el nervio y las plumas, recobró
el ánimo en su pecho. Y el rey Agamenón, asiendo de la mano á Menelao,
dijo entre hondos suspiros mientras los compañeros gemían:

155 «¡Hermano querido! Para tu muerte celebré el jurado convenio cuando
te puse delante de todos á fin de que lucharas por los aqueos, tú solo,
con los troyanos. Así te han herido: pisoteando los juramentos de
fidelidad. Pero no serán inútiles el pacto, la sangre de los corderos,
las libaciones de vino puro y el apretón de manos en que confiábamos.
Si el Olímpico no los castiga ahora, lo hará más tarde, y pagarán
cuanto hicieron con una gran pena: con sus propias cabezas, sus mujeres
y sus hijos. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón:
día vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo armado
con lanzas de fresno; el excelso Jove Saturnio, que vive en el éter,
irritado por este engaño, agitará contra ellos su égida espantosa. Todo
esto ha de suceder irremisiblemente. Pero será grande mi pesar, oh
Menelao, si mueres y llegas al término fatal de tu vida, y he de volver
con oprobio á la árida Argos; porque los aqueos se acordarán en seguida
de su tierra patria, dejaremos como trofeo en poder de Príamo y de los
troyanos á la argiva Helena, y tus huesos se pudrirán en Troya á causa
de una empresa no llevada á cumplimiento. Y alguno de los troyanos
soberbios exclamará saltando sobre la tumba del glorioso Menelao: _Así
realice Agamenón todas sus venganzas como ésta; pues trajo inútilmente
un ejército aqueo y regresó á su patria con las naves vacías, dejando
aquí al valiente Menelao_. Y cuando esto diga, ábraseme la anchurosa
tierra.»

183 Para tranquilizarle, respondió el rubio Menelao: «Ten ánimo y no
espantes á los aqueos. La aguda flecha no me ha herido mortalmente,
pues me protegió por fuera el labrado cinturón y por dentro la faja y
la chapa que forjó el broncista.»

188 Contestó el rey Agamenón: «¡Ojalá sea así, querido Menelao! Un
médico reconocerá la herida y le aplicará drogas que calmen los
terribles dolores.»

192 Dijo, y en seguida dió esta orden al divino heraldo Taltibio:
«¡Taltibio! Llama pronto á Macaón, el hijo del insigne médico
Esculapio, para que reconozca al aguerrido Menelao, hijo de Atreo, á
quien ha flechado un hábil arquero troyano ó licio; gloria para él y
llanto para nosotros.»

198 Tales fueron sus palabras, y el heraldo al oirle no desobedeció.
Fuése por entre los aqueos, de broncíneas lorigas, buscó con la vista
al héroe Macaón y le halló en medio de las fuertes filas de hombres
escudados que le habían seguido desde Trica, criadora de caballos. Y
deteniéndose cerca de él, le dirigió estas aladas palabras:

204 «¡Ven, hijo de Esculapio! Te llama el rey Agamenón para que
reconozcas al aguerrido Menelao, caudillo de los aqueos, á quien ha
flechado hábil arquero troyano ó licio; gloria para él y llanto para
nosotros.»

207 Así dijo, y Macaón sintió que en el pecho se le conmovía el ánimo.
Atravesaron, hendiendo por la gente, el espacioso campamento de los
aqueos; y llegando al lugar donde fué herido el rubio Menelao (éste
aparecía como un dios entre los principales caudillos que en torno
de él se habían congregado), Macaón arrancó la flecha del ajustado
cíngulo; pero al tirar de ella, rompiéronse las plumas, y entonces
desató el vistoso cinturón y quitó la faja y la chapa que hiciera el
broncista. Tan pronto como vió la herida causada por la cruel saeta,
chupó la sangre y aplicó con pericia drogas calmantes que á su padre
había dado Quirón en prueba de amistad.

[Ilustración: CUAL FÚLGIDA ESTRELLA, ENVIADA COMO SEÑAL POR JÚPITER,
MINERVA SE LANZÓ Á LA TIERRA Y CAYÓ EN MEDIO DEL CAMPO

  (_Canto IV, versos 75 á 79._)]

220 Mientras se ocupaban en curar á Menelao, valiente en la pelea,
llegaron las huestes de los escudados teucros; vistieron aquéllos la
armadura, y ya sólo en batallar pensaron.

223 Entonces no hubieras visto que el divino Agamenón se durmiera,
temblara ó rehuyera el combate; pues iba presuroso á la lid, donde los
varones alcanzan gloria. Dejó los caballos y el carro de broncíneos
adornos--Eurimedonte, hijo de Ptolomeo Piraída, se quedó á cierta
distancia con los fogosos corceles,--encargó al auriga que no se
alejara por si el cansancio se apoderaba de sus miembros, mientras
ejercía el mando sobre aquella multitud de hombres, y empezó á recorrer
á pie las hileras de guerreros. Á los dánaos, de ágiles corceles, que
se apercibían para la pelea, los animaba diciendo:

234 «¡Argivos! No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Júpiter
no protegerá á los pérfidos; como han sido los primeros en faltar á
lo jurado, sus tiernas carnes serán pasto de buitres y nosotros nos
llevaremos en las naves á sus esposas é hijos cuando tomemos la ciudad.»

240 Á los que veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba
con iracundas voces:

242 «¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir, hombres
vituperables! ¿No os avergonzáis? ¿Por qué os encuentro atónitos como
cervatos que, habiendo corrido por espacioso campo, se detienen cuando
ningún vigor queda en su pecho? Así estáis vosotros: pasmados y sin
pelear. ¿Aguardáis acaso que los teucros lleguen á la playa donde
tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Saturnio extiende su
mano sobre vosotros?»

250 De tal suerte revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros.
Andando por entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses
vestían las armas con el aguerrido Idomeneo. Éste, semejante á un
jabalí por su braveza, se hallaba en las primeras filas, y Meriones
enardecía á los soldados de las últimas falanges. Al verlos, el rey de
hombres Agamenón se alegró y dijo á Idomeneo con suaves voces:

257 «¡Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los dánaos, de
ágiles corceles, así en la guerra ú otra empresa, como en el banquete,
cuando los próceres argivos beben el negro vino de honor mezclado
en las crateras. Á los demás aqueos de larga cabellera se les da su
ración; pero tú tienes siempre la copa llena, como yo, y bebes cuanto
te place. Corre ahora á la batalla y muestra el denuedo de que te
jactas.»

265 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Atrida! Siempre
he de ser tu amigo fiel, como te aseguré y prometí que sería. Pero
exhorta á los demás aqueos, de larga cabellera, para que cuanto antes
peleemos con los teucros, ya que éstos han roto los pactos. La muerte y
toda clase de calamidades les aguardan, por haber sido los primeros en
faltar á lo jurado.»

272 Así se expresó, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante.
Andando por entre la muchedumbre llegó al sitio donde estaban los
Ayaces. Éstos se armaban, y una nube de infantes les seguía. Como el
nubarrón, impelido por el céfiro, avanza sobre el mar y se le ve á
lo lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se
estremece al divisarlo desde una altura, y antecogiendo el ganado, lo
conduce á una cueva; de igual modo iban al dañoso combate, con los
Ayaces, las densas y obscuras falanges de jóvenes ilustres, erizadas de
lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamenón se regocijó, y dijo estas
aladas palabras:

285 «¡Ayaces, príncipes de los argivos de broncíneas lorigas! Á
vosotros--inoportuno fuera exhortaros--nada os encargo, porque ya
instigáis al ejército á que pelee valerosamente. Ojalá, ¡padre Júpiter,
Minerva, Apolo!, hubiese el mismo ánimo en todos los pechos, pues
pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruída por nuestras
manos.»

292 Cuando así hubo hablado, los dejó y fué hacia otros. Halló á
Néstor, elocuente orador de los pilios, ordenando á los suyos y
animándolos á pelear, junto con el gran Pelagonte, Alástor, Cromio,
el poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía delante, con los
respectivos carros y corceles, á los que desde aquéllos combatían;
detrás, á gran copia de valientes peones que en la batalla formaban
como un muro, y en medio, á los cobardes para que mal de su grado
tuviesen que combatir. Y dando instrucciones á los primeros, les
encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre
la muchedumbre:

303 «Que nadie, confiando en su pericia ecuestre ó en su valor, quiera
luchar solo y fuera de las filas con los teucros; que asimismo nadie
retroceda; pues con mayor facilidad seríais vencidos. El que caiga del
carro y suba al de otro, pelee con la lanza, que es lo mejor. Con tal
prudencia y ánimo en el pecho, destruyeron los antiguos muchas ciudades
y murallas.»

310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, les
arengaba. Al verle, el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas
palabras:

313 «¡Oh anciano! ¡Así como conservas el ánimo en tu pecho, tuvieras
ágiles las rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la
vejez, que á nadie respeta. Ojalá que otro cargase con ella y tú fueras
contado en el número de los jóvenes.»

317 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «¡Atrida! También yo
quisiera ser como cuando maté al divino Ereutalión. Pero jamás las
deidades lo dieron todo y á un mismo tiempo á los hombres: si entonces
era joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré
á los que combaten en carros para exhortarles con consejos y palabras,
que tal es la misión de los ancianos. Las lanzas las blandirán los
jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.»

326 Así habló, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante.
Halló al excelente jinete Menesteo, hijo de Peteo, de pie entre los
atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca de ellos el ingenioso
Ulises, y á poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los
cuales, no habiendo oído el grito de guerra--pues así las falanges de
los teucros, domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponían
entonces en movimiento--aguardaban que otra columna aquiva cerrara con
los troyanos y diera principio la batalla. Al verlos, el rey Agamenón
los increpó con estas aladas palabras:

338 «¡Hijo del rey Peteo, alumno de Júpiter; y tú, perito en malas
artes, astuto! ¿Por qué, medrosos, os abstenéis de pelear y esperáis
que otros tomen la ofensiva? Debierais estar entre los delanteros y
correr á la ardiente pelea, ya que os invito antes que á nadie cuando
los aqueos dan un banquete á sus próceres. Entonces os gusta comer
carne asada y beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con
placer que diez columnas aqueas lidiaran delante de vosotros con el
cruel bronce.»

349 Encarándole la torva vista, exclamó el ingenioso Ulises: «¡Atrida!
¡Qué palabras se escaparon de tus labios! ¿Por qué dices que somos
remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Marte
contra el enemigo, verás, si quieres y te importa, cómo el padre amado
de Telémaco penetra por las primeras filas de los teucros, domadores de
caballos. Vano y sin fundamento es tu lenguaje.»

356 Cuando el rey Agamenón comprendió que el héroe se irritaba,
sonrióse, y retractándose dijo:

358 «¡Laertíada, descendiente de Jove! ¡Ulises, fecundo en recursos!
No ha sido mi propósito ni reprenderte en demasía, ni darte órdenes.
Conozco los benévolos sentimientos del corazón que tienes en el pecho,
pues tu modo de pensar coincide con el mío. Pero ve, y si te dije algo
ofensivo, luego arreglaremos este asunto. Hagan los dioses que todo se
lo lleve el viento.»

364 Esto dicho, los dejó allí, y se fué hacia otros. Halló al animoso
Diomedes, hijo de Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos
carros; y á su lado á Esténelo, hijo de Capaneo. En viendo á aquél, el
rey Agamenón le reprendió, profiriendo estas aladas palabras:

370 «¡Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! ¿Por qué
tiemblas? ¿Por qué miras azorado el espacio que de los enemigos nos
separa? No solía Tideo temblar de este modo, sino que, adelantándose
á sus compañeros, peleaba con el enemigo. Así lo refieren quienes le
vieron combatir, pues yo no lo presencié ni lo vi, y dicen que á todos
superaba. Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped,
junto con el divino Polínice, cuando ambos reclutaban tropas para
atacar los sagrados muros de Tebas. Mucho nos rogaron que les diéramos
auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían concedérselos y prestaban
asenso á lo que se les pedía; pero Júpiter, con funestas señales,
les hizo variar de opinión. Volviéronse aquéllos; después de andar
mucho, llegaron al Asopo, cuyas orillas pueblan juncales y prados, y
los aqueos nombraron embajador á Tideo para que fuera á Tebas. En el
palacio del fuerte Eteocles encontrábanse muchos cadmeos reunidos en
banquete; pero ni allí, siendo huésped y solo entre tantos, se turbó el
eximio jinete Tideo: los desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de
luchas. ¡De tal suerte le protegía Minerva! Cuando se fué, irritados
los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en emboscada á cincuenta
jóvenes al mando de dos jefes: Meón Hemónida, que parecía un inmortal,
y Polifonte, intrépido hijo de Autófono. Á todos les dió Tideo
ignominiosa muerte menos á uno, á Meón, á quien permitió, acatando
divinales indicaciones, que volviera á la ciudad. Tal fué Tideo etolo,
y el hijo que engendró le es inferior en el combate y superior en las
juntas.»

401 Así dijo. El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación del
venerable rey y guardó silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo
de replicarle:

404 «¡Atrida! No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de
ser más valientes que nuestros padres, pues hemos tomado á Tebas, la
de las siete puertas, con un ejército menos numeroso que, confiando en
divinales indicaciones y en el auxilio de Júpiter, reunimos al pie de
su muralla, consagrada á Marte; mientras que aquéllos perecieron por
sus locuras. No nos consideres, pues, á nuestros padres y á nosotros
dignos de igual estimación.»

411 Mirándole con torva faz, le contestó el fuerte Diomedes: «Calla,
amigo; obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamenón, pastor de
hombres, anime á los aqueos, de hermosas grebas, antes del combate.
Suya será la gloria, si los aqueos rinden á los teucros y toman la
sagrada Ilión; suyo el gran pesar, si los aqueos son vencidos. Ea,
pensemos tan sólo en mostrar nuestro impetuoso valor.»

419 Dijo, saltó del carro al suelo sin dejar las armas, y tan terrible
fué el resonar del bronce sobre su pecho, que hubiera sentido pavor
hasta un hombre muy esforzado.

422 Como las olas impelidas por el Céfiro se suceden en la ribera
sonora, y primero se levantan en alta mar, braman después al romperse
en la playa y en los promontorios, suben combándose á lo alto y escupen
la espuma; así las falanges de los dánaos marchaban sucesivamente
y sin interrupción al combate. Los capitanes daban órdenes á los
suyos respectivos, y éstos avanzaban callados (no hubieras dicho
que les siguieran á aquéllos tantos hombres con voz en el pecho) y
temerosos de sus jefes. En todos relucían las labradas armas de que
iban revestidos.--Los teucros avanzaban también, y como muchas ovejas
balan sin cesar en el establo de un hombre opulento, cuando al ser
ordeñadas oyen la voz de los corderos; de la misma manera elevábase
un confuso vocerío en el ejército de aquéllos. No era igual el sonido
ni el modo de hablar de todos y las lenguas se mezclaban, porque los
guerreros procedían de diferentes países.--Á los unos los excitaba
Marte; á los otros, Minerva, la de los brillantes ojos, y á entrambos
pueblos, el Terror, la Fuga y la Discordia, insaciable en sus furores
y hermana y compañera del homicida Marte, la cual al principio aparece
pequeña y luego toca con la cabeza el cielo mientras anda sobre la
tierra. Entonces la Discordia, penetrando por la muchedumbre, arrojó en
medio de ella el combate funesto para todos y acreció el afán de los
guerreros.

446 Cuando los ejércitos llegaron á juntarse, chocaron entre sí los
escudos, las lanzas y el valor de los hombres armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran
tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y
los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.
Como dos torrentes nacidos en grandes manantiales se despeñan por los
montes, reunen las fervientes aguas en hondo barranco abierto en el
valle y producen un estruendo que oye desde lejos el pastor en la
montaña; así eran la gritería y el trabajo de los que vinieron á las
manos.

457 Fué Antíloco quien primeramente mató á un teucro, á Equépolo
Talisíada, que peleaba valerosamente en la vanguardia: hirióle en
la cimera del penachudo casco, y la broncínea lanza, clavándose en
la frente, atravesó el hueso, las tinieblas cubrieron los ojos del
guerrero y éste cayó como una torre en el duro combate. Al punto
asióle de un pie el rey Elefenor Calcodontíada, caudillo de los bravos
abantes, y lo arrastraba para ponerlo fuera del alcance de los dardos y
quitarle la armadura. Poco duró su intento. Le vió el magnánimo Agenor
é hiriéndole con la broncínea lanza en el costado, que al bajarse
quedara en descubierto junto al escudo, dejóle sin vigor los miembros.
De este modo perdió Elefenor la vida y sobre su cuerpo trabaron
enconada pelea teucros y aqueos: como lobos se acometían y unos á otros
se mataban.

473 Ayax Telamonio tiróle un bote de lanza á Simoísio, hijo de
Antemión, que se hallaba en la flor de la juventud. Su madre habíale
parido á orillas del Símois, cuando con los padres bajó del Ida para
ver las ovejas: por esto le llamaron Simoísio. Mas no pudo pagar á sus
progenitores la crianza ni fué larga su vida, porque sucumbió vencido
por la lanza del magnánimo Ayax: acometía el teucro cuando Ayax le
hirió en el pecho junto á la tetilla derecha, y la broncínea punta
salió por la espalda. Cayó el guerrero en el polvo como el terso álamo
nacido en la orilla de una espaciosa laguna y coronado de ramas que
corta el carretero con el hierro reluciente para hacer las pinas de un
hermoso carro, dejando que el tronco se seque en la ribera; de igual
modo, Ayax, del linaje de Jove, despojó á Simoísio Antémida.--Ántifo
Priámida, que de labrada coraza iba revestido, lanzó á través de la
muchedumbre su agudo dardo contra Ayax y no le tocó; pero hirió en la
ingle á Leuco, compañero valiente de Ulises, mientras arrastraba un
cadáver: desprendióse éste y el guerrero cayó junto al mismo.--Ulises,
muy irritado por tal muerte, atravesó las primeras filas cubierto de
fulgente bronce, detúvose cerca del matador, y revolviendo el rostro á
todas partes arrojó la reluciente lanza. Al verle, huyeron los teucros.
No fué vano el tiro, pues la broncínea lanza perforó las sienes á
Democoonte, hijo bastardo de Príamo, que había venido de Abido, país de
corredoras yeguas: la obscuridad veló los ojos del guerrero, cayó éste
con estrépito y sus armas resonaron.--Arredráronse los combatientes
delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces,
retiraron los muertos y avanzaron un buen trecho. Mas Apolo, que desde
Pérgamo lo presenciaba, se indignó y con recios gritos exhortó á los
teucros:

509 «¡Acometed, teucros domadores de caballos! No cedáis en la batalla
á los argivos, porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para
que puedan resistir, si los herís, el tajante bronce; ni pelea Aquiles,
hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que se quedó en las naves y
allí rumia la dolorosa cólera.»

514 Así hablaba el terrible dios desde la ciudadela. Á su vez, la hija
de Júpiter, la gloriosísima Tritogenia, recorría el ejército aqueo y
animaba á los remisos.

517 Fué entonces cuando el hado echó los lazos de la muerte á Diores
Amarincida. Herido en el tobillo derecho por puntiaguda piedra que le
tiró Píroo Imbrásida, caudillo de los tracios, que había llegado de
Eno--la insolente piedra rompióle ambos tendones y el hueso,--cayó de
espaldas en el polvo, y expirante tendía los brazos á sus camaradas
cuando el mismo Píroo acudió presuroso y le envasó la lanza en el
ombligo; derramáronse los intestinos y las tinieblas velaron los ojos
del guerrero.

527 Mientras Píroo arremetía, Toante el etolo alanceóle en el pecho,
por cima de una tetilla, y el bronce atravesó el pulmón. Acercósele
Toante, le arrancó del pecho la ingente lanza, y hundiéndole la aguda
espada en medio del vientre, le quitó la vida. Mas no pudo despojarle
de la armadura, porque se vió rodeado por los compañeros del muerto,
los tracios que dejan crecer la cabellera en lo más alto de la cabeza,
quienes le asestaban sus largas picas; y aunque era corpulento,
vigoroso é ilustre, fué rechazado y hubo de retroceder. Así cayeron y
se juntaron en el polvo el caudillo de los tracios y el de los epeos,
de broncíneas lorigas, y á su alrededor murieron otros muchos.

539 Y quien, sin estar herido por flecha ó lanza, hubiera recorrido el
campo llevado de la mano y protegido de las saetas por Palas Minerva,
no habría reprochado los hechos de armas; pues aquel día gran número de
teucros y de aqueos dieron, unos junto á otros, de bruces en el polvo.



[Ilustración: Oto y Efialtes guardan á Marte encadenado]



CANTO V

PRINCIPALÍA DE DIOMEDES


1 Entonces Palas Minerva infundió á Diomedes Tidida valor y audacia,
para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, é
hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al
astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano.
Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe, cuando
Minerva le llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el
número de guerreros que tumultuosamente se agitaban.

9 Hubo en Troya un varón rico é irreprensible, sacerdote de Vulcano,
llamado Dares; y de él eran hijos Fegeo é Ideo, ejercitados en toda
especie de combates. Éstos iban en un mismo carro; y separándose de los
suyos, cerraron con Diomedes, que desde tierra y en pie los aguardó.
Cuando se hallaron frente á frente, Fegeo tiró el primero la luenga
lanza, que pasó por cima del hombro izquierdo de Tideo sin herirle;
arrojó éste la suya y no fué en vano, pues se la clavó á aquél en el
pecho, entre las tetillas, y le derribó por tierra. Ideo saltó al
suelo, abandonando el magnífico carro, sin que se atreviera á defender
el cadáver--no se hubiese librado de la negra muerte,--y Vulcano le
sacó salvo, envolviéndole en densa nube, á fin de que el anciano padre
no se afligiera en demasía. El hijo del magnánimo Tideo se apoderó de
los corceles y los entregó á sus compañeros para que los llevaran á las
cóncavas naves. Cuando los altivos teucros vieron que uno de los hijos
de Dares huía y el otro quedaba muerto entre los carros, á todos se les
conmovió el corazón. Y Minerva, la de los brillantes ojos, tomó por la
mano al furibundo Marte y hablóle diciendo:

31 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios,
demoledor de murallas! ¿No dejaremos que teucros y aquivos peleen
solos--sean éstos ó aquéllos á quienes el padre Jove quiera dar
gloria--y nos retiraremos, para librarnos de la cólera de Júpiter?»

35 Dicho esto, sacó de la liza al furibundo Marte y le hizo sentar en
la herbosa ribera del Escamandro. Los dánaos pusieron en fuga á los
teucros, y cada uno de sus caudillos mató á un hombre. Empezó el rey de
hombres Agamenón con derribar del carro al corpulento Odio, caudillo de
los halizones: al volverse para huir, envasóle la pica en la espalda,
entre los hombros, y la punta salió por el pecho. Cayó el guerrero con
estrépito y sus armas resonaron.

43 Idomeneo quitó la vida á Festo, hijo de Boro el meonio, que había
llegado de la fértil Tarne, introduciéndole la formidable lanza en el
hombro derecho, cuando subía al carro: desplomóse Festo, tinieblas
horribles le envolvieron y los servidores de Idomeneo le despojaron de
la armadura.

49 El Atrida Menelao mató con la aguda pica á Escamandrio, hijo de
Estrofio, ejercitado en la caza. Á tan excelente cazador, la misma
Diana le había enseñado á tirar á cuantas fieras crían las selvas de
los montes. Mas no le valió ni Diana, que se complace en tirar flechas,
ni el arte de arrojarlas en que tanto descollaba: tuvo que huir, y el
Atrida Menelao, famoso por su lanza, le dió un picazo en la espalda,
entre los hombros, que le atravesó el pecho. Cayó de bruces y sus armas
resonaron.

59 Meriones dejó sin vida á Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que
con las manos fabricaba toda clase de obras de ingenio porque era muy
caro á Palas Minerva. Éste, no conociendo los oráculos de los dioses,
construyó las naves bien proporcionadas de Alejandro, las cuales fueron
la causa primera de todas las desgracias y un mal para los teucros y
para él mismo. Meriones, cuando alcanzó á aquél, le hundió la pica en
la nalga derecha; y la punta, pasando por debajo del hueso y cerca de
la vejiga, salió al otro lado. El guerrero cayó de hinojos, gimiendo, y
la muerte le envolvió.

69 Meges hizo perecer á Pedeo, hijo bastardo de Antenor, á quien Teano,
la divina, criara con igual solicitud que á los hijos propios, para
complacer á su esposo. El hijo de Fileo, famoso por su pica, fué á
clavarle en la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro cortó la lengua y
asomó por los dientes del guerrero. Pedeo cayó en el polvo y mordía el
frío bronce.

76 Eurípilo Evemónida dió muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso
Dolopión, que era sacerdote de Escamandro y el pueblo le veneraba
como á un dios. Perseguíale Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el
cual, poniendo mano á la espada, de un tajo en el hombro le cercenó el
robusto brazo, que ensangrentado cayó al suelo. La purpúrea muerte y el
hado cruel velaron los ojos del troyano.

84 Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al hijo de
Tideo, no hubieras conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía
á los teucros ó á los aqueos. Andaba furioso por la llanura cual
hinchado torrente que en su rápido curso derriba puentes, y anegando
de pronto--cuando cae en abundancia la lluvia de Júpiter--los verdes
campos, sin que puedan contenerle diques ni setos, destruye muchas
hermosas labores de los jóvenes; tal tumulto promovía el hijo de Tideo
en las densas falanges teucras que, con ser tan numerosas, no se
atrevían á resistirle.

95 Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vió que Diomedes corría
furioso por la llanura y tumultuaba las falanges, tendió el corvo arco
y le hirió en el hombro derecho, por el hueco de la loriga, mientras
aquél acometía. La cruel saeta atravesó el hombro y la loriga se manchó
de sangre. Y el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz
recia:

102 «¡Arremeted, teucros magnánimos, aguijadores de caballos! Herido
está el más fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho
tiempo la fornida saeta, si fué realmente Apolo, hijo de Júpiter, quien
me movió á venir aquí desde la Licia.»

106 Tan jactanciosamente habló. Pero la veloz flecha no postró á
Diomedes; el cual retrocediendo hasta el carro y los caballos, dijo á
Esténelo, hijo de Capaneo:

109 «Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro
la amarga flecha.»

111 Así dijo. Esténelo saltó á tierra, se le acercó y sacóle del hombro
la aguda flecha; la sangre chocaba, al salir á borbotones, contra las
mallas de la loriga. Y entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo
esta plegaria:

115 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Si
alguna vez amparaste benévola á mi padre en la cruel guerra, séme ahora
propicia, ¡oh Minerva!, y haz que se ponga á tiro de lanza y reciba
la muerte de mi mano, quien me hirió y se gloría diciendo que pronto
dejaré de ver la brillante luz del sol.»

121 Tal fué su ruego. Palas Minerva le oyó, agilitóle los miembros
todos y especialmente los pies y las manos, y poniéndose á su lado
pronunció estas aladas palabras:

124 «Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los teucros; pues ya infundí
en tu pecho el paterno intrépido valor del jinete Tideo, agitador del
escudo, y aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla
conozcas á los dioses y á los hombres. Si alguno de aquéllos viene á
tentarte, no quieras combatir con los inmortales; pero si se presentara
en la lid Venus, hija de Jove, hiérela con el agudo bronce.»

133 Dicho esto, Minerva, la de los brillantes ojos, se fué. El hijo de
Tideo volvió á mezclarse con los combatientes delanteros; y si antes
ardía en deseos de pelear contra los troyanos, entonces sintió que se
le triplicaba el brío, como un león á quien el pastor hiere levemente
al asaltar un redil de lanudas ovejas y no lo mata, sino que le excita
la fuerza: el pastor desiste de rechazarlo y entra en el establo; las
ovejas, al verse sin defensa, huyen para caer pronto hacinadas unas
sobre otras, y la fiera sale del cercado con ágil salto. Con tal furia
penetró en las filas troyanas el fuerte Diomedes.

144 Entonces hizo morir á Astinoo y á Hipirón, pastor de hombres.
Al primero le metió la broncínea lanza por el pecho; contra Hipirón
desnudó la espada, y de un tajo en la clavícula separóle el hombro del
cuello y la espalda. Dejóles y fué al encuentro de Abante y Poliido,
hijos de Euridamante, que era de provecta edad é intérprete de sueños:
cuando fueron á la guerra, el anciano no les interpretaría los sueños,
pues sucumbieron á manos del fuerte Diomedes, que les despojó de
las armas. Enderezó luego sus pasos hacia Janto y Toón, hijos de
Fénope--éste los había tenido en la triste vejez que le abrumaba y
no engendró otro hijo que heredara sus riquezas,--y á entrambos
les quitó la dulce vida, causando llanto y pesar al anciano, que no
pudo recibirlos de vuelta de la guerra; y más tarde los parientes se
repartieron la herencia.

159 En seguida alcanzó Tideo á Equemón y á Cromio, hijos de Príamo
Dardánida, que iban en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la
vacada, despedaza la cerviz de un buey ó de una becerra que pacía en
el soto; así el hijo de Tideo los derribó violentamente del carro, les
quitó la armadura y entregó los corceles á sus camaradas para que los
llevaran á las naves.

166 Eneas advirtió que Diomedes destruía las hileras de los teucros, y
fué en busca del divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las
lanzas. Halló por fin al fuerte y eximio hijo de Licaón; y deteniéndose
á su lado, le dijo:

171 «¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas?
¿Qué es de tu fama? Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se
gloría de aventajarte. Ea, levanta las manos á Júpiter y dispara
una flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento á
los troyanos--de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas,--si
por ventura no es un dios airado con los teucros á causa de los
sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.»

179 Respondióle el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas, consejero de los
teucros, de broncíneas lorigas! Parécese completamente al aguerrido
hijo de Tideo: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros
á guisa de ojos y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios.
Si ese guerrero es en realidad el belicoso hijo de Tideo, no se mueve
con tal furia sin que alguno de los inmortales le acompañe, cubierta la
espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas que hacia él vuelan.
Arrojéle una saeta que le hirió en el hombro derecho, penetrando por
el hueco de la loriga; creí enviarle á Plutón, y sin embargo de esto
no le maté; sin duda es un dios irritado. No tengo aquí bridones ni
carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón quedaron once
carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos con
fundas y con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada
y avena. Licaón, el guerrero anciano, entre los muchos consejos que
me diera cuando partí del magnífico palacio, me recomendó que en el
duro combate mandara á los teucros subido en el carro; mas yo no me
dejé convencer--mucho mejor hubiera sido seguir su consejo--y rehusé
llevarme los corceles por el temor de que, acostumbrados á comer bien,
se encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine
como infante á Ilión, confiando en el arco que para nada me había de
servir. Contra dos próceres lo he disparado, el Atrida y el hijo de
Tideo; á entrambos les causé heridas, de las que manaba verdadera
sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con mala suerte descolgué del
clavo el corvo arco el día en que vine con mis teucros á la amena Ilión
para complacer al divino Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos
mi patria, á mi mujer y mi casa espaciosa y alta, córteme la cabeza
un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego el arco, ya que su
compañía me resulta inútil.»

217 Replicóle Eneas, caudillo de los teucros: «No hables así. Las cosas
no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro, acometamos á ese
hombre y probemos la suerte de las armas. Sube á mi carro, para que
veas cuáles son los corceles de Tros y cómo saben lo mismo perseguir
acá y allá de la llanura que huir ligeros; ellos nos llevarán salvos á
la ciudad, si Júpiter concede de nuevo la victoria á Diomedes Tidida.
Ea, toma el látigo y las lustrosas riendas, y me pondré á tu lado para
combatir; ó encárgate tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.»

229 Contestó el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas! Recoge tú las riendas
y guía los corceles, porque tirarán mejor del carro obedeciendo al
auriga á que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de Tideo.
No sea que, no oyendo tu voz, se espanten y desboquen y no quieran
sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y
se lleve los solípedos caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y
yo con la aguda lanza esperaré de aquél la acometida.»

239 Así hablaron; y subidos en el labrado carro, guiaron animosamente
los briosos corceles en derechura al hijo de Tideo. Advirtiólo
Esténelo, hijo de Capaneo, y dijo á Diomedes estas aladas palabras:

243 «¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Veo que dos robustos
varones, cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno,
Pándaro, es hábil arquero y se jacta de ser hijo de Licaón; el otro,
Eneas, se gloría de haber sido engendrado por el magnánimo Anquises
y tener por madre á Venus. Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa
de revolverte furioso entre los combatientes delanteros para que no
pierdas la dulce vida.»

251 Mirándole con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes: «No
me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de
mí, batirme en retirada ó amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin
menoscabo. Desdeño subir al carro, y tal como estoy iré á encontrarlos,
pues Palas Minerva no me deja temblar. Sus ágiles corceles no los
llevarán lejos de aquí, si es que alguno de aquéllos puede escapar.
Otra cosa voy á decir que tendrás muy presente: Si la sabia Minerva me
concede la gloria de matar á entrambos, sujeta estos veloces caballos,
amarrando las bridas al barandal, y apodérate de los corceles de Eneas
para sacarlos de los teucros y traerlos á los aqueos de hermosas
grebas; pues pertenecen á la raza de aquéllos que el longividente
Júpiter dió á Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por tanto, los
mejores de cuantos viven debajo del sol y de la aurora. Anquises, rey
de hombres, logró adquirir, á hurto, caballos de esta raza ayuntando
yeguas con aquéllos sin que Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis
en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dió esos dos á Eneas, que
pone en fuga á sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos gloria no
pequeña.»

274 Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando á los ágiles
corceles, se les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el
primero:

277 «¡Corazón fuerte, hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que
la veloz y dañosa flecha no te hizo sucumbir, voy á probar si te hiero
con la lanza.»

280 Dijo; y blandiendo la ingente arma, dió un bote en el escudo del
Tidida: la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la
loriga. El preclaro hijo de Licaón gritó en seguida:

284 «Atravesado tienes el ijar y no creo que resistas largo tiempo.
Inmensa es la gloria que acabas de darme.»

286 Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes: «Erraste el golpe,
no has acertado; y creo que no dejaréis de combatir, hasta que uno de
vosotros caiga y sacie de sangre á Marte, el infatigable luchador.»

290 Dijo, y le arrojó la lanza que, dirigida por Minerva á la nariz
junto al ojo, atravesó los blancos dientes: el duro bronce cortó la
punta de la lengua y apareció por debajo de la barba. Pándaro cayó
del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron, espantáronse
los corceles de ágiles pies, y allí acabaron la vida y el valor del
guerrero.

297 Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y temiendo que
los aqueos le quitaran el cadáver, defendíalo como un león que confía
en su bravura: púsose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado
el liso escudo, y profiriendo horribles gritos se disponía á matar á
quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos
de los actuales hombres no podrían llevar y que él manejaba fácilmente,
hirió á Eneas en la articulación del isquion con el fémur que se llama
_cótyla_; la áspera piedra rompió la cótila, desgarró ambos tendones y
arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el
suelo y la noche obscura cubrió sus ojos.

311 Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese
advertido su madre Venus, hija de Júpiter, que lo había concebido de
Anquises, pastor de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos al hijo
amado y le cubrió con un doblez del refulgente manto, para defenderle
de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles,
clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.

318 Mientras Venus sacaba á Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no
echó en olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el
combate: sujetó allí, separadamente de la refriega, sus solípedos
caballos, amarrando las bridas al barandal; y apoderándose de los
corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los teucros á
los aqueos de hermosas grebas y entrególos á Deípilo, el compañero
á quien más honraba á causa de su prudencia, para que los llevara á
las cóncavas naves. Acto continuo subió al carro, asió las lustrosas
riendas y guió solícito hacia Diomedes los caballos de duros cascos. El
héroe perseguía con el cruel bronce á Ciprina, conociendo que era una
deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,
como Minerva ó Belona, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó á
alcanzarla por entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando
la afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó
el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la
palma. Brotó la sangre divina, ó por mejor decir, el _icor_; que tal es
lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben
vino negro, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales. La
diosa, dando una gran voz, apartó al hijo que Febo Apolo recibió en sus
brazos y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los dánaos, de
ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.
Y Diomedes, valiente en el combate, dijo á voz en cuello:

348 «¡Hija de Júpiter, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta
engañar á las débiles mujeres? Creo que si intervienes en la batalla te
dará horror la guerra, aunque te encuentres á gran distancia de donde
la haya.»

[Ilustración: DIOMEDES PERSEGUÍA Á VENUS Y CON LA AFILADA PICA
RASGUÑÓ LA TIERNA MANO DE LA DIOSA

  (_Canto V, versos 330 á 342._)]

352 Así se expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris, de
pies veloces como el viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto
cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso cutis se ennegrecía; y como
aquélla encontrara al furibundo Marte sentado á la izquierda de la
batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se
hincó de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:

359 «¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los bridones para que
pueda volver al Olimpo, á la mansión de los inmortales. Me duele mucho
la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien sería capaz de
pelear con el padre Júpiter.»

363 Dijo, y Marte le cedió los corceles de áureas bridas. Venus subió
al carro, con el corazón afligido; Iris se puso á su lado, y tomando
las riendas avispó con el látigo á aquéllos, que gozosos alzaron el
vuelo. Pronto llegaron á la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la
diligente Iris, de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos,
los desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Venus se
refugió en el regazo de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los
brazos y halagándola con la mano, le dijo:

373 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te
maltrató, como si á su presencia hubieses cometido alguna falta?»

375 Respondióle al punto la risueña Venus: «Hirióme el hijo de Tideo,
Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza á mi hijo Eneas, carísimo
para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de teucros
y aqueos, pues los dánaos se atreven á combatir con los inmortales.»

381 Contestó Dione, divina entre las diosas: «Sufre el dolor, hija
mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los moradores
del Olimpo hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, á
quienes excitamos para causarnos, unos dioses á otros, horribles
males.--Las toleró Marte, cuando Oto y el fornido Efialtes, hijos
de Aloeo, le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas en una
cárcel de bronce: allí pereciera el dios insaciable de combate, si su
madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado á Mercurio,
quien sacó furtivamente de la cárcel á Marte casi exánime, pues las
crueles ataduras le agobiaban.--Las toleró Juno, cuando el vigoroso
hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con trifurcada flecha;
vehementísimo dolor atormentó entonces á la diosa.--Y las toleró
también el ingente Plutón, cuando el mismo hijo de Júpiter, que lleva
la égida, disparándole en la puerta del infierno veloz saeta, á él
que estaba entre los muertos, le entregó al dolor: con el corazón
afligido, traspasado de dolor--pues la flecha se le había clavado en la
robusta espalda y abatía su ánimo,--fué el dios al palacio de Júpiter,
al vasto Olimpo, y Peón curóle, que mortal no naciera, esparciendo
sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se abstenía de
cometer acciones nefandas y contristaba con el arco á los dioses que
habitan el Olimpo.--Á ése le ha excitado contra ti Minerva, la diosa
de los brillantes ojos. ¡Insensato! Ignora el hijo de Tideo que quien
lucha con los inmortales, ni llega á viejo ni los hijos le reciben,
llamándole ¡papá! y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de
la terrible pelea. Aunque es valiente, tema que le salga al encuentro
alguien más fuerte que tú: no sea que luego la prudente Egialea,
hija de Adrasto y cónyuge ilustre de Diomedes, domador de caballos,
despierte con su llanto á los domésticos por sentir soledad de su
legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.»

416 Dijo, y con ambas manos restañó el icor; curóse la herida y los
acerbos dolores se calmaron. Minerva y Juno que lo presenciaban,
intentaron zaherir á Jove Saturnio con mordaces palabras; y la diosa de
los brillantes ojos empezó á hablar de esta manera:

421 «¡Padre Júpiter! ¿Te enfadarás conmigo por lo que diré? Sin duda
Ciprina quiso persuadir á alguna aquea de hermoso peplo á que se fuera
con los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola, áureo
broche le rasguñó la delicada mano.»

426 De este modo habló. Sonrióse el padre de los hombres y de los
dioses, y llamando á la dorada Venus, le dijo:

428 «Á ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas:
dedícate á los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Marte y
Minerva cuidarán de aquéllas.»

431 Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate,
cerró con Eneas, no obstante comprender que el mismo Apolo extendía la
mano sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con el héroe y
despojarle de las magníficas armas, ya ni al gran dios respetaba. Tres
veces asaltó á Eneas con intención de matarle; tres veces agitó Apolo
el refulgente escudo. Y cuando, semejante á un dios, atacaba por cuarta
vez, el flechador Apolo le increpó con aterradoras voces:

440 «¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte á las
deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses
y la de los hombres que andan por la tierra.»

443 Tal dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera
del flechador Apolo; y el dios, sacando á Eneas del combate, le
llevó al templo que tenía en la sacra Pérgamo: dentro de éste, Latona
y Diana, que se complace en tirar flechas, curaron al héroe y le
aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva
arco de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor
del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de
buey y los alados broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo
entonces al furibundo Marte:

455 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios,
demoledor de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar á ese hombre,
al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre Júpiter?
Primero hirió á Ciprina en el puño, y luego, semejante á un dios, cerró
conmigo.»

460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto
Marte, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios,
enardeció á los que militaban en las filas troyanas y exhortó á los
ilustres hijos de Príamo:

464 «¡Hijos del rey Príamo, alumno de Jove! ¿Hasta cuándo dejaréis que
el pueblo perezca á manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo
llegue á las sólidas puertas de los muros? Yace en tierra un varón
á quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo
Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.»

470 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Á su
vez, Sarpedón reprendía así al divino Héctor:

472 «¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que
defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y
tus deudos. De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están
como perros en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente
somos auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la
Licia, situada á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa
amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece.
Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan
llevarse ó apresar, animo á los licios y deseo luchar con ese guerrero;
y tú estás parado y ni siquiera exhortas á los demás hombres á que
resistan al enemigo y defiendan á sus esposas. No sea que, como si
hubierais caído en una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis á
ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa
ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche y supliques á los
caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan
firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»

493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo á Héctor, que
saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de
afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió
una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para
embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se
arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Ceres separa el grano
de la paja al soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas
eras y los montones de paja blanquean; del mismo modo los aqueos se
tornaban blanquecinos por el polvo que levantaban hasta el cielo de
bronce los corceles de cuantos volvían á encontrarse en la refriega.
Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros acometían
de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Marte cubrió
el campo de espesa niebla para socorrer á los teucros y á todas partes
iba; cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea
espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vió que Minerva,
la protectora de los dánaos, se ausentaba.

512 El dios sacó á Eneas del suntuoso templo; é infundiendo valor al
pastor de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de
verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada,
porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de
plata, por Marte, funesto á los mortales, y por la Discordia, cuyo
furor es insaciable.

519 Ambos Ayaces, Ulises y Diomedes enardecían á los dánaos en la
pelea; y éstos, en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de
los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que Júpiter deja
inmóviles en las cimas de los montes durante la calma, cuando duermen
el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los
pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos á los teucros,
sin pensar en la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y á todos
exhortaba:

529 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado
y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que
sienten este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los
que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»

533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo, hirió al caudillo
Deicoonte Pergásida, compañero del magnánimo Eneas; á quien veneraban
los troyanos como á la prole de Príamo, por su arrojo en pelear en
las primeras filas. El rey Agamenón acertó á darle un bote en el
escudo, que no logró detener al dardo: éste lo atravesó, y rasgando
el cinturón, clavóse en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con
estrépito y sus armas resonaron.

541 Eneas mató á dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones
valentísimos cuyo padre vivía en la bien construída Feras, abastado de
bienes, y era descendiente del anchuroso Alfeo que riega el país de los
pilios. El Alfeo engendró á Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres;
Orsíloco fué padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los dos
mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates;
quienes, apenas llegados á la juventud, fueron en negras naves y junto
con los argivos á Troya, para vengar á los Atridas Agamenón y Menelao,
y allí la muerte los cubrió con su manto. Como dos leones criados por
su madre en la espesa selva de la cumbre de un monte, devastan los
establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta que los hombres los
matan con el afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían
altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.

561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro á
Marte, y en seguida, revestido de luciente bronce y blandiendo la
lanza, se abrió camino por las primeras filas: Marte le excitaba el
valor para que sucumbiera á manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del
magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fué en pos del pastor de hombres
temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los
dos guerreros, deseosos de pelear, calaban las agudas lanzas para
acometerse, colocóse Antíloco al lado del pastor de hombres; Eneas,
aunque era luchador brioso, no se atrevió á esperarlos; y ellos
pudieron llevarse los cadáveres de aquellos infelices, ponerlos en las
manos de sus amigos y volver á combatir en el punto más avanzado.

576 Entonces mataron á Pilémenes, igual á Marte, caudillo de los
ardidos paflagones que de escudos van armados: el Atrida Menelao,
famoso por su pica, envasóle la lanza junto á la clavícula. Antíloco
hirió de una pedrada en el codo al valiente escudero Midón Atimníada,
cuando éste revolvía los solípedos caballos--las ebúrneas riendas
vinieron de sus manos al polvo,--y acometiéndole con la espada, le
dió un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del carro: hundióse
su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que allí
abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles,
pataleando, lo tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó á
los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.

590 Héctor atisbó á los dos guerreros en las filas, arremetió á ellos,
gritando, y le siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban
Marte y la venerable Belona: ésta promovía el horrible tumulto de la
pelea; Marte manejaba una lanza enorme, y ya precedía á Héctor, ya
marchaba detrás del mismo.

596 Al verle, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el
inexperto viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se
detiene al llegar á un río de rápida corriente que desemboca en el mar,
percibe el murmurio de las espumosas aguas y vuelve con presteza atrás;
de semejante modo retrocedió el hijo de Tideo, gritando á los suyos:

601 «¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil
lancero y audaz luchador? Á su lado hay siempre alguna deidad para
librarle de la muerte, y ahora es Marte, transfigurado en mortal,
quien le acompaña. Emprended la retirada, con la cara vuelta hacia los
teucros, y no queráis combatir denodadamente con los dioses.»

607 De esta manera habló. Los teucros llegaron muy cerca de ellos, y
Héctor mató á dos varones diestros en la pelea que iban en un mismo
carro: Menestes y Anquíalo.

610 Al verlos derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayax
Telamonio; y deteniéndose muy cerca del enemigo, arrojó la pica
reluciente á Anfio, hijo de Selago, que moraba en Peso, era riquísimo
en bienes y sembrados, y había ido--impulsábale el hado--á ayudar á
Príamo y sus hijos. Ayax Telamonio acertó á darle en el cinturón, la
larga pica se clavó en el empeine, y el guerrero cayó con estrépito.
Corrió el esclarecido Ayax á despojarle de las armas--los teucros
hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos, de los cuales
recibió muchos el escudo,--y poniendo el pie encima del cadáver,
arrancó la broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la
magnífica armadura, porque estaba abrumado por los tiros. Temió verse
encerrado dentro de un fuerte círculo por los arrogantes teucros, que
en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y aunque era
corpulento, vigoroso é ilustre, fué rechazado y hubo de retroceder.

627 Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó
contra Sarpedón, igual á un dios, á Tlepólemo Heraclida, valiente y
de gran estatura. Cuando ambos héroes, hijo y nieto de Júpiter, que
amontona las nubes, se hallaron frente á frente, Tlepólemo fué el
primero en hablar y dijo:

633 «¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no
estando ejercitado en la guerra, de venir á temblar? Mienten cuantos
afirman que eres hijo de Júpiter, que lleva la égida, pues desmereces
mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este dios,
como dicen que fué mi intrépido padre, el fornido Hércules, de corazón
de león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte,
con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y
despoblar sus calles. Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las
tropas perezcan, y no creo que tu venida de la Licia sirva para la
defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues vencido por mí,
entrarás por las puertas del Orco.»

647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios: «¡Tlepólemo! Aquél
destruyó, con efecto, la sacra Ilión á causa de la perfidia del ilustre
Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso
entregarle los caballos por los que viniera de tan lejos. Pero yo
te digo que la perdición y la negra muerte de mi mano te vendrán; y
muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y á Plutón, el de los
famosos corceles, el alma.»

655 Así dijo Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas
lanzas partieron á un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió á
Tlepólemo: la dañosa punta atravesó el cuello, y las tinieblas de la
noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dió con su gran lanza
en el muslo derecho de Sarpedón: el bronce penetró con ímpetu hasta el
hueso, pero todavía Jove libró á su hijo de la muerte.

663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual á un dios, sacáronle del
combate, con la gran lanza que, arrastrando, le apesgaba; pues con la
prisa nadie la advirtió ni pensó en arrancársela del muslo, para que
pudiera subir al carro. Tanta era la fatiga con que de él cuidaban.

668 Á su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo á
Tlepólemo. El divino Ulises, de ánimo paciente, viólo, sintió que se
le enardecía el corazón, y revolvió en su mente y en su espíritu si
debía perseguir al hijo de Júpiter tonante ó privar de la vida á muchos
licios. No le había concedido el hado matar con el agudo bronce al
esforzado hijo de Júpiter, y por esto Minerva le inspiró que acometiera
á los licios. Mató entonces á Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio,
Noemón y Prítanis, y aun á más licios hiciera morir el divino Ulises,
si no lo hubiese notado el gran Héctor, de tremolante casco; el cual,
cubierto de luciente bronce, se abrió calle por los combatientes
delanteros é infundió terror á los dánaos. Holgóse de su llegada
Sarpedón, hijo de Júpiter, y profirió estas lastimeras palabras:

684 «¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue á ser
presa de los dánaos; socórreme y pierda la vida en vuestra ciudad, ya
que no he de alegrar, volviendo á mi casa y á la patria tierra, ni á mi
esposa querida ni al tierno infante.»

689 De esta suerte habló. Héctor, de tremolante casco, pasó corriendo,
sin responderle, porque ardía en deseos de rechazar cuanto antes á los
argivos y quitar la vida á muchos guerreros. Los ilustres camaradas
de Sarpedón, igual á un dios, lleváronle al pie de una hermosa encina
consagrada á Júpiter, que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte,
su compañero amado, le arrancó la lanza de fresno. Amortecido quedó
el héroe y obscura niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en
su acuerdo, porque el soplo del Bóreas le reanimó cuando ya apenas
respirar podía.

699 Los argivos, al acometerlos Marte y Héctor armado de bronce, ni se
volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se
batían en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los
teucros.

703 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mataron
Héctor, hijo de Príamo, y el férreo Marte? Teutrante, igual á un dios;
Orestes, aguijador de caballos; Treco, lancero etolo; Enomao; Heleno
Enópida y Oresbio, de tremolante mitra; quien, muy ocupado en cuidar
de sus bienes, moraba en Hila, á orillas del lago Cefisis, con otros
beocios que constituían un opulento pueblo.

711 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, vió que ambos mataban á
muchos argivos en el duro combate, dijo á Minerva estas aladas palabras:

714 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! Vana será la promesa que hicimos á Menelao de que no se iría
sin destruir la bien murada Ilión, si dejamos que el pernicioso Marte
ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.»

719 Dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció.
Juno, deidad veneranda hija del gran Saturno, aparejó los corceles con
sus áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo eje, á ambos
lados del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían ocho rayos.
Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables
llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre
tiras de oro y de plata, y un doble barandal circundaba el carro. Por
delante salía argéntea lanza, en cuya punta ató la diosa un yugo de oro
con bridas de oro también; y Juno, que anhelaba el combate y la pelea,
unció los corceles de pies ligeros.

733 Minerva, hija de Júpiter, que lleva la égida, dejó caer al suelo
el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus
manos; vistió la loriga de Jove, que amontona las nubes, y se armó
para la luctuosa guerra. Suspendió de sus hombros la espantosa égida
floqueada que el terror corona: allí están la Discordia, la Fuerza y
la Persecución horrenda; allí la cabeza de la Gorgona, monstruo cruel
y horripilante, portento de Júpiter, que lleva la égida. Cubrió su
cabeza con áureo casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para
resistir á la infantería de cien ciudades. Y subiendo al flamante
carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse
de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan
las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para
remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las
puertas, dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al
Saturnio, sentado aparte de los otros dioses, en la más alta de las
muchas cumbres del Olimpo. Juno, la diosa de los níveos brazos, detuvo
entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Jove
Saturnio:

757 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas contra Marte al presenciar sus
atroces hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer
temeraria é injustamente! Yo me aflijo, y Ciprina y Apolo se alegran de
haber excitado á ese loco que no conoce ley alguna. Padre Júpiter, ¿te
enfadarás conmigo si á Marte le ahuyento del combate causándole graves
heridas?»

764 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Ea, aguija contra él
á Minerva, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más
vivos dolores.»

767 Así se expresó. Juno, la diosa de los níveos brazos, obedecióle
y picó á los corceles, que volaron gozosos entre la tierra y el
estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza á ver el que sentado en alta
cumbre fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco
los caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como
ambas deidades llegaron á Troya, Juno paró el carro en el lugar donde
el Símois y el Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles,
cubriólos de espesa niebla, y el Símois hizo nacer la ambrosía para que
pacieran.

778 Las diosas empezaron á andar, semejantes en el paso á tímidas
palomas, impacientes por socorrer á los argivos. Cuando llegaron al
sitio donde estaba el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los
más y mejores de los adalides que parecían carniceros leones ó puercos
monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Juno, la diosa de los
níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía
vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta, exclamó:

787 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! Mientras el divino Aquiles asistía á las batallas, los
teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas
dardanias; y ahora combaten lejos de la ciudad, junto á las cóncavas
naves.»

792 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Minerva, la diosa de los brillantes ojos, fué en busca del hijo de
Tideo y le halló junto á su carro y sus corceles, refrescando la herida
que Pándaro con una flecha le causara. El sudor le molestaba debajo de
la abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando
éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La
diosa apoyó la diestra en el yugo de los caballos y dijo:

800 «¡Cuán poco se parece á su padre el hijo de Tideo! Era éste de
pequeña estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni
señalarse--como en la ocasión en que, habiendo ido por embajador á
Tebas, se encontró lejos de los suyos entre multitud de cadmeos y le dí
orden de que banqueteara tranquilo en el palacio,--conservaba siempre
su espíritu valeroso; y desafiando á los jóvenes cadmeos, los vencía
fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora
es á ti á quien asisto y defiendo, exhortándote á pelear animosamente
con los teucros. Mas, ó el excesivo trabajo de la guerra ha fatigado
tus miembros, ó te domina el exánime terror. No, tú no eres hijo del
aguerrido Tideo Enida.»

814 Respondióle el fuerte Diomedes: «Te conozco, oh diosa, hija de
Júpiter, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte
nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo
todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los
bienaventurados dioses; pero si Venus, hija de Júpiter, se presentara
en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien: ahora
retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí, porque
comprendo que Marte impera en la batalla.»

825 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Diomedes
Tidida, carísimo á mi corazón! No temas á Marte ni á ninguno de los
inmortales; tanto te voy á ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos
á Marte, hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, á ese loco
voluble y nacido para dañar, que á Juno y á mí nos prometió combatir
contra los teucros en favor de los argivos y ahora está con aquéllos y
de sus palabras se ha olvidado.»

835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano á Esténelo
que saltó diligente del carro á tierra. Subió la enardecida diosa,
colocándose al lado de Diomedes, y el eje de encina recrujió porque
llevaba á una diosa terrible y á un varón fortísimo. Palas Minerva,
habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos caballos
hacia Marte; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro
hijo de Oquesio y el más valiente de los etolos. Á tal varón mataba
Marte, manchado de homicidios. Y Minerva se puso el casco de Plutón,
para que el furibundo dios no la conociera.

846 Cuando Marte, funesto á los mortales, los vió venir, dejando al
gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el
divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse á corta distancia,
Marte, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza
por cima del yugo y las riendas; pero Minerva, cogiéndola y alejándola
del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. Á su vez Diomedes,
valiente en el combate, atacó á Marte con la broncínea pica, y Palas
Minerva, apuntándola á la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía,
hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Marte
clamó como gritarían nueve ó diez mil hombres que en la guerra llegaran
á las manos; y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte
bramó Marte, insaciable de combate!

864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de
un impetuoso viento abrasador, tal le parecía á Diomedes Tidida el
férreo Marte cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo.
El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se
sentó, con el corazón afligido, á la vera del Saturnio Jove; mostró la
sangre inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas
palabras:

872 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos?
Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente
nos causamos para complacer á los hombres; pero todos estamos airados
contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa
en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y
acatan; pero á ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que
la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido
al insolente Diomedes, hijo de Tideo, á combatir, en su furia, con
los inmortales dioses. Primero hirió á Ciprina en el puño, y después,
cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan á salvarme
mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos
montones de cadáveres, ó quedar inválido, aunque vivo, á causa de las
heridas que me hiciera el bronce.»

888 Mirándole con torva faz, respondió Júpiter, que amontona las
nubes: «¡Inconstante! No te lamentes, sentado á mi vera, pues me eres
más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han
gustado las riñas, luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que
nunca cede, de tu madre Juno, á quien apenas puedo dominar con mis
palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido, lo debes á sus consejos. Pero
no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y
para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de
algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que
el de los hijos de Urano.»

899 Dijo, y mandó á Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole
drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la
blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con
igual presteza curó aquél al furibundo Marte, á quien Hebe lavó y puso
magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Saturnio Jove,
ufano de su gloria.

907 Juno argiva y Minerva alalcomenia regresaron también al palacio
del gran Júpiter, cuando hubieron conseguido que Marte, funesto á los
mortales, de matar hombres se abstuviera.



[Ilustración: Héctor se despide de Andrómaca]



CANTO VI

COLOQUIO DE HÉCTOR Y ANDRÓMACA


1 Quedaron solos en la batalla horrenda teucros y aqueos, que se
arrojaban unos á otros broncíneas lanzas; y la pelea se extendía, acá y
allá de la llanura, entre las corrientes del Símois y del Janto.

5 Ayax Telamonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange
troyana é hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos,
hiriendo de muerte al tracio más denodado, al alto y valiente Acamante,
hijo de Eusoro. Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines
de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó
el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero.

12 Diomedes, valiente en el combate, mató á Axilo Teutránida, que,
abastado de bienes, moraba en la bien construída Arisbe; y era muy
amigo de los hombres, porque en su casa, situada cerca del camino, á
todos les daba hospitalidad. Pero ninguno de ellos vino entonces á
librarle de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida á él y á su
escudero Calesio, que gobernaba los caballos. Ambos penetraron en el
seno de la tierra.

20 Euríalo dió muerte á Dreso y Ofeltio, y fuése tras Esepo y Pédaso,
á quienes la náyade Abarbarea concibiera en otro tiempo del eximio
Bucolión, hijo primogénito y bastardo del ilustre Laomedonte (Bucolión
apacentaba ovejas y tuvo amoroso consorcio con la ninfa, la cual quedó
encinta y dió á luz los dos mellizos): el Mecistíada acabó con el valor
de ambos, privó de vigor á sus bien formados miembros y les quitó la
armadura de los hombros. El belígero Polipetes dejó sin vida á Astíalo;
Ulises, con la broncínea lanza, á Pidites percosio; y Teucro, á Aretaón
divino.

32 Antíloco Nestórida mató con la pica reluciente á Ablero; Agamenón,
rey de hombres, á Élato, que habitaba en la excelsa Pédaso, á orillas
del Sátniois, de hermosa corriente; el héroe Leito, á Fílaco mientras
huía; y Eurípilo, á Melantio.

37 Menelao, valiente en la pelea, cogió vivo á Adrasto, cuyos caballos,
corriendo despavoridos por la llanura, chocaron con las ramas de un
tamarisco, rompieron el corvo carro por el extremo del timón, y se
fueron á la ciudad con los que huían espantados. El héroe cayó al suelo
y dió de boca en el polvo junto á la rueda; acercósele Menelao Atrida
con la ingente lanza, y aquél, abrazando sus rodillas, así le suplicaba:

46 «Hazme prisionero, Atrida, y recibirás digno rescate. Muchas cosas
de valor tiene mi opulento padre en casa: bronce, oro, hierro labrado;
con ellas te pagaría inmenso rescate, si supiera que estoy vivo en las
naves aqueas.»

51 Dijo Adrasto, y le conmovió el corazón. É iba Menelao á ponerle en
manos del escudero, para que lo llevara á las veleras naves aqueas,
cuando Agamenón corrió á su encuentro y le increpó diciendo:

55 «¡Ah bondoso! ¡Ah Menelao! ¿Por qué así te apiadas de los hombres?
¡Excelentes cosas hicieron los troyanos en tu palacio! ¡Que ninguno de
los que caigan en nuestras manos se libre de tener nefanda muerte, ni
siquiera el que la madre lleve en el vientre, ni ese escape! ¡Perezcan
todos los de Ilión, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen!»

61 Así diciendo, cambió la mente de su hermano con la oportuna
exhortación. Repelió Menelao al héroe Adrasto que, herido en el ijar
por el rey Agamenón, cayó de espaldas. El Atrida le puso el pie en
el pecho y le arrancó la lanza. Y Néstor animaba á los argivos, dando
grandes voces:

67 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Que nadie se quede
atrás para recoger despojos y volver, cargado de ellos, á las naves;
ahora matemos hombres y luego con más tranquilidad despojaréis en la
llanura los cadáveres de cuantos mueran.»

72 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Y los
teucros hubieran vuelto á entrar en Ilión, acosados por los belicosos
aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno Priámida, el mejor de los
augures, no se hubiese presentado á Eneas y á Héctor para decirles:

77 «¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita
principalmente sobre vosotros entre los troyanos y los licios, porque
sois los primeros en toda empresa, ora se trate de combatir, ora de
razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened á los guerreros
antes que se encaminen á las puertas, caigan huyendo en brazos de
las mujeres y sean motivo de gozo para los enemigos. Cuando hayáis
reanimado todas las falanges, nosotros, aunque estamos abatidos,
pelearemos con los dánaos porque la necesidad nos apremia. Y tú,
Héctor, ve á la ciudad y di á nuestra madre que llame á las venerables
matronas; vaya con ellas al templo dedicado á Minerva, la de los
brillantes ojos, en la acrópolis; abra la puerta del sacro recinto;
ponga sobre las rodillas de la deidad, de hermosa cabellera, el peplo
que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie de cuantos haya en
el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año,
no sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas
y niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo,
feroz guerrero, cuya braveza causa nuestra derrota y á quien tengo por
el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos tanto ni al mismo
Aquiles, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa.
Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie con él se
iguala.»

102 Dijo; y Héctor obedeció á su hermano. Saltó del carro al suelo
sin dejar las armas; y blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el
ejército, animóle á combatir y promovió una terrible pelea. Los teucros
volvieron la cara y afrontaron á los argivos; y éstos retrocedieron
y dejaron de matar, figurándose que algún dios habría descendido del
estrellado cielo para socorrer á aquéllos; de tal modo se volvieron. Y
Héctor exhortaba á los teucros diciendo en alta voz:

111 «¡Animosos troyanos, aliados de lejas tierras venidos! Sed hombres,
amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras voy á Ilión y
encargo á los respetables próceres y á nuestras esposas que oren y
ofrezcan hecatombes á los dioses.»

116 Dicho esto, Héctor, de tremolante casco, partió; y la negra piel
que orlaba el abollonado escudo como última franja, le batía el cuello
y los talones.

119 Glauco, vástago de Hipóloco, y el hijo de Tideo, deseosos de
combatir, fueron á encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos
ejércitos. Cuando estuvieron cara á cara, Diomedes, valiente en la
pelea, dijo el primero:

123 «¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres?
Jamás te vi en las batallas, donde los varones adquieren gloria,
pero al presente á todos los vences en audacia cuando te atreves á
esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquellos cuyos hijos se oponen
á mi furor! Mas si fueses inmortal y hubieses descendido del cielo,
no quisiera yo luchar con dioses celestiales. Poco vivió el fuerte
Licurgo, hijo de Driante, que contendía con las celestes deidades:
persiguió en los sacros montes de Nisa á las nodrizas del furente
Baco, las cuales tiraron al suelo los tirsos al ver que el homicida
Licurgo las acometía con la aguijada; el dios, espantado, se arrojó al
mar y Tetis le recibió en su regazo, despavorido y agitado por fuerte
temblor que la amenaza de aquel hombre le causara; pero los felices
dioses se irritaron contra Licurgo, cególe el Saturnio, y su vida no
fué larga, porque se había hecho odioso á los inmortales todos. Con
los bienaventurados dioses no quisiera combatir; pero si eres uno de
los mortales que comen los frutos de la tierra, acércate para que más
pronto llegues de tu perdición al término.»

144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco: «¡Magnánimo Tidida! ¿Por
qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la generación de las hojas,
así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la
selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual
suerte, una generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas
saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Hay una ciudad
llamada Éfira en el riñón de la Argólide, criadora de caballos, y
en ella vivía Sísifo Eólida, que fué el más ladino de los hombres.
Sísifo engendró á Glauco, y éste al eximio Belerofonte, á quien los
dioses concedieron gentileza y envidiable valor. Mas Preto, que era
muy poderoso entre los argivos, pues á su cetro los había sometido
Júpiter, hízole blanco de sus maquinaciones y le echó de la ciudad.
La divina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse
clandestinamente con Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente
héroe, que sólo pensaba en cosas honestas, y mintiendo dijo al rey
Preto:

164 “¡Preto! Muérete ó mata á Belerofonte que ha querido juntarse
conmigo, sin que yo lo deseara.”

166 »Así habló. El rey se encendió en ira al oirla; y si bien se
abstuvo de matar á aquél por el religioso temor que sintió su corazón,
le envió á la Licia; y haciendo en un díptico pequeño mortíferas
señales, entrególe los perniciosos signos con orden de que los mostrase
á su suegro para que éste le hiciera perecer. Belerofonte, poniéndose
en camino debajo del fausto patrocinio de los dioses, llegó á la vasta
Licia y á la corriente del Janto: el rey recibióle con afabilidad,
hospedóle durante nueve días y mandó matar otros tantos bueyes; pero
al aparecer por décima vez la Aurora de rosados dedos, le interrogó
y quiso ver la nota que de su yerno Preto le traía. Y así que tuvo
la funesta nota, ordenó á Belerofonte que lo primero de todo matara
á la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina,
con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba
encendidas y horribles llamas; y aquél le dió muerte, alentado por
divinales indicaciones. Luego tuvo que luchar con los afamados Solimos,
y decía que éste fué el más recio combate que con hombres sostuviera.
Más tarde quitó la vida á las varoniles Amazonas. Y cuando regresaba á
la ciudad, el rey, urdiendo otra dolosa trama, armóle una celada con
los varones más fuertes que halló en la espaciosa Licia; y ninguno
de éstos volvió á su casa, porque á todos les dió muerte el eximio
Belerofonte. Comprendió el rey que el héroe era vástago ilustre de
alguna deidad y le retuvo allí, le casó con su hija y compartió con
él la realeza; los licios, á su vez, acotáronle un hermoso campo de
frutales y sembradío que á los demás aventajaba, para que pudiese
cultivarlo. Tres hijos dió á luz la esposa del aguerrido Belerofonte:
Isandro, Hipóloco y Laodamia; y ésta, amada por el próvido Júpiter,
parió al deiforme Sarpedón, que lleva armadura de bronce. Cuando
Belerofonte se atrajo el odio de todas las deidades, vagaba solo por
los campos de Ale, royendo su ánimo y apartándose de los hombres;
Marte, insaciable de pelea, hizo morir á Isandro en un combate con los
afamados Solimos, y Diana, la que usa riendas de oro, irritada, mató á
su hija. Á mí me engendró Hipóloco--de éste, pues, soy hijo--y envióme
á Troya, recomendándome muy mucho que descollara y sobresaliera entre
todos y no deshonrase el linaje de mis antepasados, que fueron los
hombres más valientes de Éfira y la extensa Licia. Tal alcurnia y tal
sangre me glorío de tener.»

212 Así dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y clavando la
pica en el almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de
hombres:

215 «Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo
hospedó en su palacio al eximio Belerofonte, le tuvo consigo veinte
días y ambos se obsequiaron con magníficos presentes de hospitalidad.
Eneo dió un vistoso tahalí teñido de púrpura, y Belerofonte una
copa doble de oro, que en mi casa quedó cuando me vine. Á Tideo no
lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Tebas, donde pereció el
ejército aqueo. Soy, por consiguiente, tu caro huésped en el centro
de Argos, y tú lo serás mío en la Licia cuando vaya á tu pueblo. En
adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba. Muchos
troyanos y aliados ilustres me restan, para matar á quienes, por la
voluntad de un dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos
aqueos, para quitar la vida á cuantos te sea posible. Y ahora troquemos
la armadura, á fin de que sepan todos que de ser huéspedes paternos nos
gloriamos.»

232 Dichas estas palabras, descendieron de los carros y se estrecharon
la mano en prueba de amistad. Entonces Júpiter Saturnio hizo perder la
razón á Glauco; pues permutó sus armas por las de Diomedes Tidida, las
de oro por las de bronce, las valoradas en cien bueyes por las que en
nueve se apreciaban.

237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron
corriendo las esposas é hijos de los troyanos y preguntáronle por sus
hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras
orasen á los dioses, porque para muchas eran inminentes las desgracias.

242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos
pórticos (en él había cincuenta cámaras de pulimentada piedra,
seguidas, donde dormían los hijos de Príamo con sus legítimas esposas;
y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construídas igualmente
con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de
Príamo y sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que
iba en busca de Laódice, la más hermosa de las princesas; y asiéndole
de la mano, le dijo:

254 «¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda
los aqueos, ¡aborrecido nombre!, deben de estrecharnos, combatiendo
alrededor de la ciudad, y tu corazón te ha impulsado á volver con el
fin de levantar desde la acrópolis las manos á Júpiter. Pero aguarda,
traeré vino dulce como la miel para que lo libes al padre Jove y á los
demás inmortales, y puedas también, si bebes, recobrar las fuerzas. El
vino aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear
por los tuyos.»

263 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «No me des vino
dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me hagas
perder valor y fuerza. No me atrevo á libar el negro vino en honor de
Júpiter sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Saturnio, el de
las sombrías nubes, cuando se está manchado de sangre y polvo. Pero
tú congrega á las matronas, llévate perfumes, y entrando en el templo
de Minerva, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de
la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más
aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota á la diosa sacrificar en
su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose
de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos, aparta de la
sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero cuya valentía causa
nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Minerva, que impera
en las batallas, y yo iré á la casa de Paris á llamarle, si me quiere
escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara! Crióle el Olímpico como una
gran plaga para los troyanos y el magnánimo Príamo y sus hijos. Creo
que si le viera descender al Orco, olvidaríase mi alma de los enojosos
pesares.»

286 De esta suerte se expresó. Hécuba, volviendo al palacio, llamó
á las esclavas, y éstas anduvieron por la ciudad y congregaron á
las matronas; bajó luego al fragrante aposento donde se guardaban
los peplos bordados, obra de las mujeres que se llevara de Sidón el
deiforme Alejandro en el mismo viaje en que robó á Helena, la de nobles
padres; tomó, para ofrecerlo á Minerva, el peplo mayor y más hermoso
por sus bordaduras, que resplandecía como un astro y se hallaba debajo
de todos, y partió acompañada de muchas matronas.

297 Cuando llegaron á la acrópolis, abrióles las puertas del templo
Teano, la de hermosas mejillas, hija de Ciseo y esposa de Antenor,
domador de caballos, á la cual habían elegido los troyanos sacerdotisa
de Minerva. Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las manos á la
diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso sobre las
rodillas de Minerva, la de hermosa cabellera, y orando rogó así á la
hija del gran Jove:

305 «¡Veneranda Minerva, protectora de la ciudad, divina entre las
diosas! ¡Quiébrale la lanza á Diomedes, concédenos que caiga de pechos
en el suelo, ante las puertas Esceas, y te sacrificaremos en este
templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si de este modo te
apiadas de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos!»

311 Tal fué su plegaria, pero Palas Minerva no accedió. En tanto ellas
invocaban á la hija del gran Júpiter, Héctor se encaminó al magnífico
palacio que para Alejandro labrara él mismo con los más hábiles
constructores de la fértil Troya; éstos le hicieron una cámara nupcial,
una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de Príamo
y de Héctor. Allí entró Héctor, caro á Júpiter, llevando una lanza de
once codos, cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo
anillo. En la cámara halló á Alejandro que acicalaba las magníficas
armas, escudo y loriga, y probaba el corvo arco; y á la argiva Helena,
que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y en
viendo á aquél, increpóle con injuriosas palabras:

326 «¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor.
Los hombres perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad;
el bélico clamor y la lucha se encendieron por tu causa alrededor de
nosotros, y tú mismo reconvendrías á quien cejara en la pelea horrenda.
Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue á ser pasto de las voraces
llamas.»

332 Respondióle el deiforme Alejandro: «¡Héctor! Justos y no excesivos
son tus reproches, y por lo mismo voy á contestarte. Atiende y
óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado ó resentido con
los troyanos, cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este
instante mi esposa me exhortaba con blandas palabras á volver al
combate; y también á mí me parece preferible, porque la victoria tiene
sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda y visto las
marciales armas; ó vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.»

342 Así dijo. Héctor, de tremolante casco, nada contestó. Y Helena
hablóle con dulces palabras:

344 «¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que
cuando mi madre me dió á luz, un viento proceloso me hubiese llevado
al monte ó al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes
que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar
estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, á quien
dolieran la indignación y los reproches de los hombres. Éste ni tiene
firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido
fruto. Pero, entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te
oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro; á quienes
Júpiter nos dió tan mala suerte á fin de que sirvamos á los venideros
de asunto para sus cantos.»

359 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «No me ofrezcas
asiento, amable Helena, pues no lograrás persuadirme: ya mi corazón
desea socorrer á los troyanos que me aguardan con impaciencia. Anima á
éste, y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro de la ciudad,
mientras voy á mi casa y veo á la esposa querida, al niño y á los
criados; que ignoro si volveré de la batalla, ó los dioses me harán
sucumbir á manos de los aqueos.»

369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, de tremolante casco,
se fué. Llegó en seguida á su palacio que abundaba de gente, mas no
encontró á Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada
de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor,
como no hallara á su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló
con las esclavas:

376 «¡Ea, esclavas! Decidme la verdad: ¿Adónde ha ido Andrómaca, la
de níveos brazos, desde el palacio? ¿Á visitar á mis hermanas ó á mis
cuñadas de hermosos peplos? ¿Ó, acaso, al templo de Minerva, donde las
troyanas, de lindas trenzas, aplacan á la terrible diosa?»

381 Respondióle la fiel despensera: «¡Héctor! Ya que nos mandas decir
la verdad, no fué á visitar á tus hermanas ni á tus cuñadas de hermosos
peplos, ni al templo de Minerva, donde las troyanas, de lindas trenzas,
aplacan á la terrible diosa, sino que subió á la gran torre de Ilión,
porque supo que los teucros llevaban la peor parte y era grande el
ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y
con ella se fué la nodriza que lleva el niño.»

[Ilustración: ¡ESPOSA QUERIDA! NO SE ACONGOJE TU CORAZÓN, QUE NADIE ME
ENVIARÁ AL ORCO ANTES DE LO DISPUESTO POR EL HADO

  (_Canto VI, versos 486 y 487._)]

390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa,
desanduvo el camino por las bien trazadas calles. Tan luego como,
después de atravesar la gran ciudad, llegó á las puertas Esceas--por
allí había de salir al campo,--corrió á su encuentro su rica esposa
Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía al pie del Placo en
Tebas de Hipoplacia y era rey de los cilicios. Hija de éste era, pues,
la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió
al camino. Acompañábale una doncella llevando en brazos al tierno
infante, hijo amado de Héctor, hermoso como una estrella, á quien
su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por
Héctor se salvaba Ilión. Vió el héroe al niño y sonrió silenciosamente.
Andrómaca, llorosa, se detuvo á su vera, y asiéndole de la mano le dijo:

407 «¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno
infante ni de mí, infortunada, que pronto seré viuda; pues los aqueos
te acometerán todos á una y acabarán contigo. Preferible sería que,
al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo
para mí, sino pesares; que ya no tengo padre ni venerable madre. Á
mi padre matóle el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de
los cilicios, Tebas, la de altas puertas: dió muerte á Eetión, y sin
despojarle, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el
cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, á cuyo alrededor
plantaron álamos las ninfas Oréades, hijas de Júpiter, que lleva la
égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron
al Orco el mismo día; pues á todos los mató el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, entre los bueyes de tornátiles patas y las cándidas
ovejas. Á mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél
con el botín y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Diana,
que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre.
Héctor, ahora tú eres mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi
floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate en la torre--¡no
hagas á un niño huérfano y á una mujer viuda!--y pon el ejército junto
al cabrahigo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil
de escalar. Los más valientes--los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los
Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos--ya por
tres veces se han encaminado á aquel sitio para intentar el asalto:
alguien que conoce los oráculos se lo indicó, ó su mismo arrojo los
impele y anima.»

440 Contestó el gran Héctor, de tremolante casco: «Todo esto me
preocupa, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las
troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate;
y tampoco mi corazón me incita á ello, que siempre supe ser valiente y
pelear en primera fila, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de
mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día
vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo armado con
lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma
Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán
en el polvo á manos de los enemigos, no me importa tanto como la que
padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, se te
lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela en Argos,
á las órdenes de otra mujer, ó vayas por agua á la fuente Meseida ó
Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y
quizás alguien exclame, al verte deshecha en lágrimas: _Ésta fué la
esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los teucros,
domadores de caballos, cuando en torno de Ilión peleaban_. Así dirán, y
sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de
la esclavitud. Pero que un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que
oiga tus clamores ó presencie tu rapto.»

466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos á su hijo, y
éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura,
por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el
bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en
lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre.
Héctor se apresuró á dejar el refulgente casco en el suelo, besó y
meció en sus manos al hijo amado, y rogó así á Júpiter y á los demás
dioses:

476 «¡Júpiter y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como
yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente
en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: _¡es mucho
más valiente que su padre!_; y que, cargado de cruentos despojos del
enemigo á quien haya muerto, regocije de su madre el alma.»

482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al
recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en
lágrimas. Notólo Héctor y compadecido, acaricióla con la mano y así le
habló:

486 «¡Esposa querida! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie
me enviará al Orco antes de lo dispuesto por el hado; y de su suerte
ningún hombre, sea cobarde ó valiente, puede librarse una vez nacido.
Vuelve á casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena á
las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos
cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero.»

494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo
adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó á su casa,
volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas.
Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador
de hombres; halló en él á muchas esclavas, y á todas las movió á
lágrimas. Lloraban en el palacio á Héctor vivo aún, porque no esperaban
que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los
aqueos.

503 Paris no demoró en el alto palacio; pues así que hubo vestido
las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad
haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado á bañarse en
la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo,
come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la
llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello,
y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio
donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya
armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo
por sus ágiles pies llevado. El deiforme Alejandro alcanzó á Héctor
cuando regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su
esposa, y así le dijo:

518 «¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar y estarás impaciente,
porque no vine con la prontitud que ordenaste.»

520 Respondióle Héctor, de tremolante casco: «¡Hermano querido! Nadie
que sea justo reprochará tu faena en el combate, pues eres valiente;
pero á veces te abandonas y no quieres pelear, y mi corazón se
aflige cuando oigo murmurar á los troyanos que tantos trabajos por
ti soportan. Pero vayamos y luego lo arreglaremos todo, si Júpiter
nos permite ofrecer en nuestro palacio la copa de la libertad á los
celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya á los aqueos de
hermosas grebas.»



[Ilustración: Los heraldos Taltibio é Ideo suspenden el combate
singular de Héctor y Ayax]



CANTO VII

COMBATE SINGULAR DE HÉCTOR Y AYAX.--LEVANTAMIENTO DE LOS CADÁVERES


1 Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y su hermano Alejandro
traspusieron las puertas, con el ánimo impaciente por combatir y
pelear. Como cuando un dios envía próspero viento á navegantes que lo
anhelan porque están cansados de romper las olas, batiendo los pulidos
remos, y tienen lasos los miembros á causa de la fatiga; así, tan
deseados, aparecieron aquéllos á los teucros.

8 Paris mató á Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areitoo,
famoso por su clava, y de Filomedusa, la de los grandes ojos; y Héctor
con la puntiaguda lanza tiró á Eyoneo un bote en la cerviz, debajo
del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros. Glauco, hijo de
Hipóloco y príncipe de los licios, arrojó en la reñida pelea un dardo á
Ifínoo Dexíada cuando subía al carro de corredoras yeguas, y le acertó
en la espalda: Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se relajaron.

17 Cuando Minerva, la diosa de los brillantes ojos, vió que aquéllos
mataban á muchos argivos en el duro combate, descendiendo en raudo
vuelo de las cumbres del Olimpo, se encaminó á la sagrada Ilión. Pero,
al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fué á oponérsele, porque deseaba que
los teucros ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades en la
encina; y el soberano Apolo, hijo de Júpiter, habló diciendo:

24 «¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Júpiter, vienes
del Olimpo? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar á los
aqueos la indecisa victoria? Porque de los teucros no te compadecerías,
aunque estuviesen pereciendo. Si quieres condescender con mi deseo,--y
sería lo mejor--suspenderemos por hoy el combate y la pelea; y luego
volverán á batallar hasta que logren arruinar á Ilión, ya que os place
á las diosas destruir esta ciudad.»

33 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Sea así,
Flechador; con este propósito vine del Olimpo al campo de los teucros y
de los aquivos. Mas ¿por qué medio has pensado suspender la batalla?»

37 Contestó el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «Hagamos que Héctor, de
corazón fuerte, domador de caballos, provoque á los dánaos á pelear con
él en terrible y singular combate; é indignados los aqueos, de hermosas
grebas, susciten á alguien que mida sus armas con el divino Héctor.»

43 Así dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no se opuso.
Heleno, hijo amado de Príamo, comprendió al punto lo que era grato á
los dioses que conversaban, y llegándose á Héctor, le dirigió estas
palabras:

47 «¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia á Júpiter! ¿Querrás
hacer lo que te diga yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la
pelea los teucros y los aqueos todos, y reta al más valiente de éstos
á luchar contigo en terrible combate, pues aún no ha dispuesto el hado
que mueras y llegues al término fatal de tu vida. He oído que así lo
decían los sempiternos dioses.»

54 En tales términos habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y
corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el
medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron
quietas. Agamenón contuvo á los aqueos, de hermosas grebas; y Minerva y
Apolo, el del arco de plata, transfigurados en buitres, se posaron en
la alta encina del padre Júpiter, que lleva la égida, y se deleitaban
en contemplar á los guerreros cuyas densas filas aparecían erizadas
de escudos, cascos y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el mar,
encrespa las olas, y el ponto negrea; de semejante modo sentáronse en
la llanura las hileras de aquivos y teucros. Y Héctor, puesto entre
unos y otros, dijo:

67 «¡Oídme, teucros y aqueos, de hermosas grebas, y os diré lo que en
el pecho mi corazón me dicta! El excelso Saturnio no ratificó nuestros
juramentos, y seguirá causándonos males á unos y á otros, hasta que
toméis la torreada Ilión ó sucumbáis junto á las naves, que atraviesan
el ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquel á
quien el ánimo incite á combatir conmigo, adelántese y será campeón con
el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Júpiter sea testigo: Si aquél
con su bronce de larga punta consigue quitarme la vida, despójeme de
las armas, lléveselas á las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo á los
míos para que los troyanos y sus esposas lo suban á la pira; y si yo le
matare á él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas á la
sagrada Ilión, las colgaré en el templo del flechador Apolo, y enviaré
el cadáver á los navíos, de muchos bancos, para que los aqueos, de
larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo á orillas del
espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando
el vinoso mar en un bajel de muchos órdenes de remos: _Ésa es la tumba
de un varón que peleaba valerosamente y fué muerto en edad remota por
el esclarecido Héctor_. Así hablará, y mi gloria será eterna.»

92 De tal modo se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos,
pues por vergüenza no rehusaban el desafío y por miedo no se decidían á
aceptarlo. Al fin levantóse Menelao, con el corazón afligidísimo, y los
apostrofó de esta manera:

96 «¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas, que no aqueos! Grande y
horrible será nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro
de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí mismo donde estáis
sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien se arme
y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los
inmortales dioses.»

103 Esto dicho, empezó á ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh
Menelao, hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza
era muy superior, si los reyes aqueos no se hubiesen apresurado á
detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de la
diestra exclamando:

109 «¡Deliras, Menelao, alumno de Júpiter! Nada te fuerza á cometer
tal locura. Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por
despique con un hombre más fuerte que tú, con Héctor Priámida, que
á todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla, donde los varones
adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles que tanto en bravura
te aventaja. Vuelve á juntarte con tus compañeros, siéntate, y los
aqueos harán que se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea
intrépido é incansable en la pelea, con gusto, creo, se entregará al
descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan terrible
lucha.»

120 Dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna
exhortación. Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle
la armadura de los hombros. Entonces levantóse Néstor, y arengó á los
argivos diciendo:

124 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea!
¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador
de los mirmidones, que en su palacio se gozaba con preguntarme por
la prosapia y la descendencia de los argivos todos! Si supiera que
éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos á los inmortales para
que su alma, separándose del cuerpo, bajara á la morada de Plutón.
Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, fuese yo tan joven como
cuando, encontrándose los pilios con los belicosos arcadios al pie de
las murallas de Fea, cerca de la corriente del Jardano, trabaron el
combate á orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios aparecía
en primera línea Ereutalión, varón igual á un dios, que llevaba la
armadura del rey Areitoo; del divino Areitoo, á quien por sobrenombre
llamaban _el macero_ así los hombres como las mujeres de hermosa
cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable lanza, sino que
rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areitoo matóle Licurgo,
valiéndose no de la fuerza, sino de la astucia, en un camino estrecho,
donde la férrea clava no podía librarle de la muerte: Licurgo se le
adelantó, envasóle la lanza en medio del cuerpo, tumbóle de espaldas,
y despojóle de la armadura, regalo del férreo Marte, que llevaba en
las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha
armadura á Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste,
con tales armas, desafiaba entonces á los más valientes. Todos estaban
amedrentados y temblando, y nadie se atrevía á aceptar el reto; pero mi
ardido corazón me impulsó á pelear con aquel presuntuoso--era yo el más
joven de todos--y combatí con él y Minerva me dió gloria, pues logré
matar á aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo
ocupaba un gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas
conservaran su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, de tremolante casco,
tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más valientes de los aqueos
todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos á hacer campo contra
Héctor!»

161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve en junto se
levantaron. Levantóse, mucho antes que los otros, el rey de hombres
Agamenón; luego el fuerte Diomedes Tidida; después, ambos Ayaces,
revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su escudero
Meriones, que al homicida Marte igualaba; en seguida Eurípilo, hijo
ilustre de Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino
Ulises: todos éstos querían pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor,
caballero gerenio, les dijo:

171 «Echad suertes, y aquel á quien le toque alegrará á los aqueos, de
hermosas grebas, y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del
fiero combate, de la terrible lucha.»

175 Tal fué lo que propuso. Los nueve señalaron sus respectivas
tarjas, y seguidamente las metieron en el casco de Agamenón Atrida.
Los guerreros oraban y alzaban las manos á los dioses. Y algunos
exclamaron, mirando al anchuroso cielo:

179 «¡Padre Júpiter! Haz que le caiga la suerte á Ayax, al hijo de
Tideo, ó al mismo rey de Micenas, rica en oro.»

181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta
que por fin saltó la tarja que ellos querían, la de Ayax. Un heraldo
llevóla por el concurso y, empezando por la derecha, la enseñaba á
los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban que fuese la
suya; pero cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco,
al ilustre Ayax, éste tendió la mano, y aquel se detuvo y le entregó
la contraseña. El héroe la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y
tirándola al suelo, á sus pies, exclamó:

191 «¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero
vencer al divino Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura,
orad al soberano Jove Saturnio, mentalmente, para que no lo oigan
los teucros; ó en alta voz, pues á nadie tememos. No habrá quien,
valiéndose de la fuerza ó de la astucia, me ponga en fuga contra mi
voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan
inhábil para la lucha.»

200 Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al soberano Jove Saturnio,
y algunos dijeron mirando al anchuroso cielo:

202 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Concédele á Ayax la victoria y un brillante triunfo; y si amas también
á Héctor y por él te interesas, dales á entrambos igual fuerza y
gloria.»

206 Así hablaban. Púsose Ayax la armadura de luciente bronce; y
vestidas las armas, marchó tan animoso como el terrible Marte cuando
se encamina al combate de los hombres á quienes el Saturnio hace venir
á las manos por una roedora discordia. Tan terrible se levantó Ayax,
antemural de los aqueos, que sonreía con torva faz, andaba á paso largo
y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente, así que
le vieron, y un violento temblor se apoderó de los teucros; al mismo
Héctor palpitóle el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar
temor ni retirarse á su ejército, porque de él había partido la
provocación. Ayax se le acercó con su escudo como una torre, broncíneo,
de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio, el
cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Éste formó el
versátil escudo con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima,
como octava capa, una lámina de bronce. Ayax Telamonio paróse, con la
rodela al pecho, muy cerca de Héctor; y amenazándole, dijo:

226 «¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo á solo, cuáles adalides
pueden presentar los dánaos, aun prescindiendo de Aquiles que destruye
los escuadrones y tiene el ánimo de un león. Mas el héroe, enojado
con Agamenón, pastor de hombres, permanece en las corvas naves, que
atraviesan el ponto, y somos muchos los capaces de pelear contigo. Pero
empiece ya la lucha y el combate.»

233 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Ayax Telamonio,
de jovial linaje, príncipe de hombres! No me tientes cual si fuera un
débil niño ó una mujer que no conoce las cosas de la guerra. Versado
estoy en los combates y en las matanzas de hombres; sé mover á diestro
y á siniestro la seca piel de buey que llevo para luchar denodadamente,
sé lanzarme á la pelea cuando en prestos carros se batalla, y sé
deleitar á Marte en el cruel estadio de la guerra. Pero á ti, siendo
cual eres, no quiero herirte con alevosía, sino cara á cara, si
conseguirlo puedo.»

[Ilustración: AYAX FUÉ AL ENCUENTRO DE HÉCTOR, CON SU ESCUDO COMO UNA
TORRE

  (_Canto VII, verso 219._)]

244 Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla y atravesó el bronce
que cubría como octava capa el gran escudo de Ayax, formado por siete
boyunos cueros: la indomable punta horadó seis de éstos y en el séptimo
quedó detenida. Ayax, descendiente de Júpiter, tiró á su vez un bote en
el escudo liso del Priámida, y el asta, pasando por la tersa rodela, se
hundió en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar; inclinóse
el héroe, y evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las luengas
lanzas de los escudos, acometiéronse como carniceros leones ó puercos
monteses cuya fuerza es inmensa. El Priámida hirió con la lanza el
centro del escudo de Ayax, y el bronce no pudo romperlo porque la punta
se torció. Ayax, arremetiendo, clavó la suya en la rodela de aquél,
é hizo vacilar al héroe cuando se disponía para el ataque; la punta
abrióse camino hasta el cuello de Héctor, y en seguida brotó la negra
sangre. Mas no por esto cesó de combatir Héctor, de tremolante casco,
sino que, volviéndose, cogió con su robusta mano un pedrejón negro y
erizado de puntas que había en el campo; lo tiró, acertó á dar en el
bollón central del gran escudo de Ayax, de siete boyunas pieles, é
hizo resonar el bronce de la rodela. Ayax entonces, tomando una piedra
mucho mayor, la despidió haciéndola voltear con una fuerza inmensa.
La piedra torció el borde inferior del hectóreo escudo, cual pudiera
hacerlo una muela de molino, y chocando con las rodillas de Héctor
le tumbó de espaldas, asido á la rodela; pero Apolo en seguida le
puso en pie. Y ya se hubieran atacado de cerca con las espadas, si no
hubiesen acudido dos heraldos, mensajeros de Júpiter y de los hombres,
que llegaron respectivamente del campo de los teucros y del de los
aqueos, de broncíneas lorigas: Taltibio é Ideo, prudentes ambos. Éstos
interpusieron sus cetros entre los campeones, é Ideo, hábil en dar
sabios consejos, pronunció estas palabras:

279 «¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis más; á entrambos os
ama Júpiter, que amontona las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo
sabemos todos. Pero la noche comienza ya, y será bueno obedecerla.»

283 Respondióle Ayax Telamonio: «¡Ideo! Ordenad á Héctor que lo
disponga, pues fué él quien retó á los más valientes. Sea el primero en
desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere.»

287 Díjole el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Ayax! Puesto que los
dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el manejo de la
lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la
lucha, y otro día volveremos á pelear hasta que una deidad nos separe,
después de otorgar la victoria á quien quisiere. La noche comienza ya,
y será bueno obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, á todos
los aqueos y especialmente á tus amigos y compañeros; y yo alegraré,
en la gran ciudad del rey Príamo, á los troyanos y á las troyanas, de
rozagantes peplos, que habrán ido á los sagrados templos á orar por mí.
¡Ea! Hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y teucros:
_Combatieron con roedor encono, y se separaron por la amistad unidos_.»

303 Cuando esto hubo dicho, entregó á Ayax una espada guarnecida
con argénteos clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor; y Ayax regaló á Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura.
Separáronse luego, volviendo el uno á las tropas aqueas y el otro al
ejército de los teucros. Éstos se alegraron al ver á Héctor vivo, y que
regresaba incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayax,
cuando ya desesperaban de que se salvara; y le acompañaron á la ciudad.
Por su parte, los aqueos, de hermosas grebas, llevaron á Ayax, ufano de
la victoria, á la tienda del divino Agamenón.

313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres,
sacrificó al prepotente Saturnio un buey de cinco años. Tan pronto
como lo hubieron desollado y preparado, lo descuartizaron hábilmente
y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron con el cuidado debido
y los retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín,
comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y el
poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió á Ayax con el ancho lomo.
Cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano
Néstor, cuya opinión era considerada siempre como la mejor, comenzó á
darles un consejo. Y arengándolos con benevolencia, así les dijo:

327 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto
tantos aquivos, de larga cabellera, cuya sangre esparció el cruel
Marte por la ribera del Escamandro de límpida corriente y cuyas almas
descendieron al Orco, conviene que suspendas los combates; y mañana,
reunidos todos al comenzar del día, traeremos los cadáveres en carros
tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles para
llevar sus cenizas á los hijos de los difuntos cuando regresemos á la
patria. Erijamos luego con tierra de la llanura, amontonada en torno de
la pira, un túmulo común; edifiquemos á partir del mismo una muralla
con altas torres que sea un reparo para las naves y para nosotros
mismos; dejemos puertas, que se cierren con bien ajustadas tablas, para
que pasen los carros, y cavemos al pie del muro un profundo foso, que
detenga á los hombres y á los caballos si algún día no podemos resistir
la acometida de los altivos teucros.»

344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los teucros
en la acrópolis de Ilión, cerca del palacio de Príamo; y la junta fué
agitada y turbulenta. El prudente Antenor comenzó á arengarles de esta
manera:

348 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en
el pecho mi corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus
riquezas y que los Atridas se la lleven. Ahora combatimos después de
quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no espero que alcancemos
éxito alguno mientras no hagamos lo que propongo.»

354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena,
la de hermosa cabellera, y dirigiéndose á aquél pronunció estas aladas
palabras:

357 «¡Antenor! No me place lo que propones, y podías haber pensado algo
mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho
perder el juicio. Y á los troyanos, domadores de caballos, les diré lo
siguiente: _Paladinamente lo declaro, no devolveré la esposa; pero sí
quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que añadiré de
mi casa_.»

365 Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida, consejero igual á los
dioses, y les arengó con benevolencia diciendo:

368 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que
en el pecho mi corazón me dicta! Cenad en la ciudad, como siempre;
acordaos de la guardia, y vigilad todos; al romper el alba vaya Ideo
á las cóncavas naves, anuncie á los Atridas, Agamenón y Menelao, la
proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda, y hágales
esta prudente consulta: Si quieren que se suspenda el horrísono combate
para quemar los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una
deidad nos separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»

379 De esta suerte habló; ellos le escucharon y obedecieron, tomando
la cena en el campo sin romper las filas; y apenas comenzó á alborear,
encaminóse Ideo á las cóncavas naves y halló á los dánaos, ministros de
Marte, reunidos en junta cerca del bajel de Agamenón. El heraldo de voz
sonora, puesto en medio, les dijo:

385 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Mándanme Príamo
y los ilustres troyanos que os participe, y ojalá os fuera acepta y
grata, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda.
Ofrece dar cuantas riquezas trajo á Ilión en las cóncavas naves--¡así
hubiese perecido antes!--y aun añadir otras de su casa; pero se niega
á devolver la legítima esposa del glorioso Menelao, á pesar de que los
troyanos se lo aconsejan. Me han ordenado también que os haga esta
consulta: Si queréis que se suspenda el horrísono combate para quemar
los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una deidad nos
separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»

398 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero al fin
Diomedes, valiente en la pelea, dijo:

400 «No se acepten ni las riquezas de Alejandro, ni á Helena tampoco;
pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre
los troyanos.»

403 Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del
discurso de Diomedes, domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo
entonces á Ideo:

406 «¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que te responden los aqueos;
ellas son de mi agrado. En cuanto á los cadáveres, no me opongo á que
sean quemados, pues ha de ahorrarse toda dilación para satisfacer
prontamente á los que murieron, entregando sus cuerpos á las llamas.
Júpiter tonante, esposo de Juno, reciba el juramento.»

412 Dicho esto, alzó el cetro á todos los dioses; é Ideo regresó á
la sagrada Troya, donde le esperaban, reunidos en junta, troyanos y
dárdanos. El heraldo, puesto en medio, dijo la respuesta. En seguida
dispusiéronse unos á recoger los cadáveres, y otros á ir por leña. Á su
vez, los argivos salieron de las naves de numerosos bancos; unos, para
recoger los cadáveres, y otros, para cortar leña.

421 Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde
la plácida corriente del profundo Océano, cuando aqueos y teucros se
mezclaron unos con otros en la llanura. Difícil era reconocer á cada
varón; pero lavaban con agua las manchas de sangre de los cadáveres y,
derramando ardientes lágrimas, los subían á los carros. El gran Príamo
no permitía que los teucros lloraran: éstos, en silencio y con el
corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron
y volvieron á la sacra Ilión. Del mismo modo, los aqueos, de hermosas
grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron
á las cóncavas naves.

433 Cuando aún no despuntaba la aurora, pero ya la luz del alba
aparecía, un grupo escogido de aqueos se reunió en torno de la pira.
Erigieron con tierra de la llanura un túmulo común; construyeron á
partir del mismo una muralla con altas torres, que sirviese de reparo á
las naves y á ellos mismos; dejaron puertas, que se cerraban con bien
ajustadas tablas, para que pudieran pasarlos carros, y cavaron al pie
del muro un gran foso profundo y ancho que defendieron con estacas. De
tal suerte trabajaban los aqueos, de larga cabellera.

443 Los dioses, sentados á la vera de Júpiter fulminador, contemplaban
la grande obra de los aqueos, de broncíneas lorigas; y Neptuno, que
sacude la tierra, empezó á decirles:

446 «¡Padre Júpiter! ¿Cuál de los mortales de la vasta tierra
consultará con los dioses sus pensamientos y proyectos? ¿No ves que los
aqueos, de larga cabellera, han construído delante de las naves un muro
con su foso, sin ofrecer á los dioses hecatombes perfectas? La fama
de este muro se extenderá tanto como la luz de la aurora; y se echará
en olvido el que labramos Febo Apolo y yo, cuando con gran fatiga
construímos la ciudad para el héroe Laomedonte.»

454 Júpiter, que amontona las nubes, respondió indignado: «¡Oh dioses!
¡Tú, prepotente batidor de la tierra, qué palabras proferiste! Á un
dios muy inferior en fuerza y ánimo podría asustarle tal pensamiento;
pero no á ti, cuya fama se extenderá tanto como la luz de la aurora.
Ea, cuando los aqueos, de larga cabellera, regresen en las naves á su
patria, derriba el muro, arrójalo entero al mar, y enarena otra vez la
espaciosa playa para que desaparezca la gran muralla aquiva.»

464 Así éstos conversaban. Á puesta del sol los aqueos tenían la obra
acabada; inmolaron bueyes y se pusieron á cenar en las respectivas
tiendas, cuando arribaron, procedentes de Lemnos, muchas naves
cargadas de vino que enviaba Euneo, hijo de Hipsipile y de Jasón,
pastor de hombres. El hijo de Jasón mandaba separadamente, para los
Atridas Agamenón y Menelao, mil medidas de vino. Los aqueos, de larga
cabellera, acudieron á las naves; compraron vino, unos con bronce,
otros con luciente hierro, otros con pieles, otros con vacas y otros
con esclavos; y prepararon un festín espléndido. Toda la noche los
aquivos, de larga cabellera, disfrutaron del banquete, y lo mismo
hicieron en la ciudad los troyanos y sus aliados. Toda la noche estuvo
el próvido Júpiter meditando cómo les causaría males, hasta que por
fin tronó de un modo horrible: el pálido temor se apoderó de todos,
derramaron á tierra el vino de las copas, y nadie se atrevió á beber
sin que antes hiciera libaciones al prepotente Saturnio. Después se
acostaron y el don del sueño recibieron.



[Ilustración: Las Horas desuncen los corceles del carro en que iban
Juno y Minerva]



CANTO VIII

BATALLA INTERRUMPIDA


1 La Aurora, de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, reunió la junta de los dioses
en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Y así les habló,
mientras ellos atentamente le escuchaban:

5 «¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el
pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón ó hembra, se
atreva á transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, á fin de
que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo. El dios que intente
separarse de los demás y socorrer á los teucros ó á los dánaos, como
yo le vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; ó cogiéndole,
lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del
báratro debajo de la tierra--sus puertas son de hierro, y el umbral, de
bronce, y su profundidad desde el Orco como del cielo á la tierra--y
conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades.
Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis.
Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la
misma, y no os será posible arrastrar del cielo á la tierra á Júpiter,
árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas si yo me resolviese á
tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo
de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan
superior soy á los dioses y á los hombres.»

28 Así habló; y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fué
mucha la vehemencia con que se expresara. Al fin, Minerva, la diosa de
los brillantes ojos, dijo:

31 «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los soberanos! Bien
sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los
belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos
abstendremos de intervenir en el combate, si nos lo mandas; pero
sugeriremos á los argivos consejos saludables, á fin de que no perezcan
todos, víctimas de tu cólera.»

38 Sonriéndose, le contestó Júpiter, que amontona las nubes:
«Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno,
pero contigo quiero ser complaciente.»

41 Esto dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas crines,
que volaban ligeros; vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y
fina labor, y subió al carro. Picó á los caballos para que arrancaran;
y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado
cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras,
al Gárgaro, donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí
el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los
desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla. Sentóse luego en
la cima, ufano de su gloria, y se puso á contemplar la ciudad troyana y
las naves aqueas.

53 Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en
las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los teucros se
armaron dentro de la ciudad; y aunque eran menos, estaban dispuestos á
combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger á sus hijos y
mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y
de los que peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.

60 Cuando los dos ejércitos llegaron á juntarse, chocaron entre sí los
escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran
tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y
los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.

66 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los
tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían.
Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Jove tomó la
balanza de oro, puso en ella dos suertes--la de los teucros, domadores
de caballos, y la de los aqueos, de broncíneas lorigas--para saber á
quiénes estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la
balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de los aqueos. La
suerte de éstos bajó hasta llegar á la fértil tierra, mientras la de
los teucros subía al cielo. Júpiter, entonces, truena fuerte desde el
Ida y envía una ardiente centella á los aqueos, quienes, al verla, se
pasman, sobrecogidos de pálido temor; ya no se atreven á permanecer
en el campo ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los dos Ayaces, ministros de
Marte; y sólo se queda Néstor gerenio, protector de los aqueos, contra
su voluntad, por tener malparado uno de los corceles, al cual el divino
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, flechara en lo
alto de la cabeza, donde las crines empiezan á crecer y las heridas son
mortales. El caballo, al sentir el dolor, se encabrita, y la flecha le
penetra el cerebro; y revolcándose para sacudir el bronce, espanta á
los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa á cortar con la
espada las correas del caído corcel, vienen á través de la muchedumbre
los veloces caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz
guerrero. Y el anciano perdiera allí la vida, si al punto no lo hubiese
advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual, vociferando de un
modo horrible, dijo á Ulises:

93 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Adónde
huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde?
Que alguien no te clave la pica en el dorso, mientras pones los pies en
polvorosa. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz guerrero.»

97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oirle, corriendo
hacia las cóncavas naves de los aqueos. El hijo de Tideo, aunque estaba
solo, se abrió paso por las primeras filas; y deteniéndose ante el
carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras:

102 «¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin
fuerzas, abrumado por la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor
y tus caballos son tardos. Sube á mi carro para que veas cuáles son los
corceles de Tros que quité á Eneas, el que pone en fuga á sus enemigos,
y cómo saben lo mismo perseguir acá y allá de la llanura, que huir
ligeros. De los tuyos cuiden los servidores; y nosotros dirijamos éstos
hacia los teucros, domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué
furia se mueve la lanza que mi mano blande.»

112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse
de sus yeguas los bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y
habiendo subido ambos héroes al carro de Diomedes, Néstor cogió las
lustrosas riendas y avispó á los caballos, y pronto se hallaron cerca
de Héctor, que cerró con ellos. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, y
si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla á Eniopeo,
hijo del animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas:
Eniopeo cayó del carro, cejaron los corceles y allí terminaron la vida
y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor
por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el
suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los
veloces caballos sin conductor, pues Héctor encontróse con el ardido
Arqueptólemo Ifítida, y haciéndole subir, le puso las riendas en la
mano.

130 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido
y los teucros habrían sido encerrados en Ilión como corderos, si
al punto no lo hubiese advertido el padre de los hombres y de los
dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo
para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el
azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados,
acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las
manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo á Diomedes:

139 «¡Tidida! Tuerce la rienda á los solípedos caballos y huyamos.
¿No conoces que la protección de Júpiter ya no te acompaña? Hoy Jove
Saturnio otorga á ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará
á nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los
propósitos de Júpiter, porque el dios es mucho más poderoso.»

145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea: «Sí, anciano, oportuno
es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y
al alma. Quizás diga Héctor, arengando á los teucros: _El Tidida llegó
á las naves, puesto en fuga por mi lanza_. Así se jactará; y entonces
ábraseme la vasta tierra.»

151 Replicóle Néstor, caballero gerenio: «¡Ay de mí! ¡Qué dijiste,
hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y débil, no
le creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los
teucros magnánimos, escudados, cuyos esposos florecientes en el polvo
derribaste.»

157 Dichas estas palabras, volvió la rienda á los solípedos caballos, y
empezaron á huir por entre la turba. Los teucros y Héctor, promoviendo
inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos dañosos tiros. Y el gran
Héctor, de tremolante casco, gritaba con voz recia:

161 «¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia
en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora
te despreciarán, porque te has vuelto como una mujer. Anda, tímida
doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome á mí, ni te
llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.»

167 Tal dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo ó torcer
la rienda á los corceles y volver á pelear. Tres veces se le presentó
la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido Júpiter
tronó desde los montes ideos para anunciar á los teucros que suya
sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba,
diciendo á voz en grito:

173 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que el
Saturnio me concede, benévolo, la victoria y gloria inmensa y envía
la perdición á los dánaos; quienes, oh necios, construyeron esos
muros débiles y despreciables que no podrán contener mi arrojo, pues
los caballos salvarán fácilmente el cavado foso. Cuando llegue á las
cóncavas naves, acordaos de traerme el voraz fuego, para que las
incendie y mate junto á ellas á los argivos aturdidos por el humo.»

184 Dijo, y exhortó á sus caballos con estas palabras: «¡Janto,
Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado
con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado
trigo y os mezclaba vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer
vuestro apetito; antes que á mí, que me glorío de ser su floreciente
esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos apoderamos del
escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser de oro, sin
exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros á Diomedes,
domador de caballos, la labrada coraza que Vulcano fabricara. Creo que
si ambas cosas consiguiéramos, los aqueos se embarcarían esta misma
noche en las veleras naves.»

198 Así habló, vanagloriándose. La veneranda Juno, indignada, se agitó
en su trono, haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran
dios Neptuno:

201 «¡Oh dioses! ¡Prepotente Neptuno que bates la tierra! ¿Tu corazón
no se compadece de los dánaos moribundos, que tantos y tan lindos
presentes te llevaban á Hélice y á Egas? Decídete á darles la victoria.
Si cuantos protegemos á los dánaos quisiéramos rechazar á los teucros y
contener al longividente Júpiter, éste se aburriría sentado solo allá
en el Ida.»

208 Respondióle muy indignado el poderoso dios que sacude la tierra:
«¿Qué palabras proferiste, audaz Juno? Yo no quisiera que los demás
dioses lucháramos con el Saturnio Jove, porque nos aventaja mucho en
poder.»

212 Así éstos conversaban. Cuanto espacio había desde los bajeles al
fosado muro, llenóse de carros y hombres escudados que allí acorraló
Héctor Priámida, igual al impetuoso Marte, cuando Júpiter le dió
gloria. Y el héroe hubiese pegado ardiente fuego á las naves bien
proporcionadas, de no haber sugerido la venerable Juno á Agamenón
que animara pronto á los aqueos. Fuése el Atrida hacia las tiendas y
las naves aqueas con el grande purpúreo manto en el robusto brazo,
y subió á la ingente nave negra de Ulises, que estaba en el centro,
para que le oyeran por ambos lados hasta las tiendas de Ayax Telamonio
y de Aquiles, los cuales habían puesto sus bajeles en los extremos
porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz
penetrante gritaba á los dánaos:

228 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! ¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser
valentísimos, y con que decíais presuntuosamente en Lemnos, comiendo
abundante carne de bueyes de erguida cornamenta y bebiendo crateras de
vino, que cada uno haría frente en la batalla á ciento y á doscientos
troyanos? Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que pronto pegará
ardiente fuego á las naves. ¡Padre Júpiter! ¿Hiciste sufrir tamaña
desgracia y privaste de una gloria tan grande á algún otro de los
prepotentes reyes? Cuando vine, no pasé de largo en la nave de muchos
bancos por ninguno de tus bellos altares, sino que en todos quemé grasa
y muslos de buey, deseoso de asolar la bien murada Troya. Por tanto,
oh Júpiter, cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos de este
peligro, y no permitas que los teucros maten á los argivos.»

245 Así se expresó. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas,
le concedió que su pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó
un águila, la mejor de las aves agoreras, que tenía en las garras el
hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara hermosa de
Júpiter, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de
los presagios todos. Cuando los argivos vieron que el ave había sido
enviada por Júpiter, arremetieron contra los teucros y sólo en combatir
pensaron.

253 Entonces ninguno de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse
de haber revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el
ataque, antes que el Tidida. Fué éste el primero que mató á un guerrero
teucro, á Agelao Fradmónida, que, subido en el carro, emprendía la
fuga: hundióle la pica en la espalda, entre los hombros, y la punta
salió por el pecho; Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.

261 Siguieron á Diomedes, los Atridas Agamenón y Menelao; los Ayaces,
revestidos de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual
al homicida Marte; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar,
Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía detrás del
escudo de Ayax Telamonio. Éste levantaba la rodela; y Teucro, volviendo
el rostro á todos lados, flechaba á un troyano que caía mortalmente
herido, y al momento tornaba á refugiarse en Ayax (como un niño en su
madre), quien le cubría otra vez con el refulgente escudo.

273 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató el
eximio Teucro? Orsíloco el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio,
Licofontes igual á un dios, Amopaón Poliemónida y Melanipo. Á tantos
derribó sucesivamente al almo suelo. El rey de hombres Agamenón se
holgó de ver que Teucro destruía las falanges troyanas, disparando el
fuerte arco; y poniéndose á su lado, le dijo:

281 «¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue tirando
flechas, por si acaso llegas á ser la aurora de salvación de los dánaos
y honras á tu padre Telamón, que te crió cuando eras niño y te educó
en su casa, á pesar de tu condición de bastardo; ya que está lejos de
aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy á decir, se cumplirá: Si Júpiter,
que lleva la égida, y Minerva me permiten destruir la bien edificada
ciudad de Ilión, te pondré en la mano, como premio de honor únicamente
inferior al mío, ó un trípode, ó dos corceles con su correspondiente
carro, ó una mujer que comparta contigo el lecho.»

292 Respondióle el eximio Teucro: «¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué
me instigas cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde que los
rechazamos hacia Ilión mato hombres, valiéndome del arco. Ocho flechas
de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos
de marcial furor; pero no consigo herir á ese perro rabioso.»

300 Dijo; y apercibiendo el arco, envió otra flecha á Héctor con
intención de herirle. Tampoco acertó; pero la saeta clavóse en el pecho
del eximio Gorgitión, valeroso hijo de Príamo y de la bella Castianira,
oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un
jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto ó de
los aguaceros primaverales; de semejante modo inclinó el guerrero la
cabeza que el casco hacía ponderosa.

309 Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta á Héctor, con
ánimo de herirle, y también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo;
pero hirió en el pecho cerca de la tetilla á Arqueptólemo, osado auriga
de Héctor, cuando se lanzaba á la pelea. Arqueptólemo cayó del carro,
cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la vida y el
valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal
muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle y mandó á su
propio hermano Cebrión, que se hallaba cerca, que tomara las riendas
de los caballos. Oyóle Cebrión y no desobedeció. Héctor saltó del
refulgente carro al suelo, y vociferando de un modo espantoso, cogió
una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirle.
Teucro, á su vez, sacó del carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la
cuerda del arco, cuando Héctor, de tremolante casco, acertó á darle
con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el
cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio:
entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el arco se le fué de
las manos. Ayax no abandonó al hermano caído en el suelo, sino que
corriendo á defenderle, le resguardó con el escudo. Acudieron dos
compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y cogiendo á
Teucro, que daba grandes suspiros, lo llevaron á las cóncavas naves.

335 El Olímpico volvió á excitar el valor de los teucros, los cuales
hicieron arredrar á los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor
iba con los delanteros, haciendo gala de su fuerza. Como el perro
que acosa con ágiles pies á un jabalí ó á un león, le muerde, ya los
muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la cara; de igual modo
perseguía Héctor á los aqueos de larga cabellera, matando al que se
rezagaba, y ellos huían espantados. Cuando atravesaron la empalizada
y el foso, muchos sucumbieron á manos de los teucros; los demás no
pararon hasta las naves, y allí se animaban los unos á los otros, y con
los brazos levantados oraban á todas las deidades. Héctor hacía girar
por todas partes los corceles de hermosas crines; y sus ojos parecían
los de la Gorgona ó los de Marte, peste de los hombres.

350 Juno, la diosa de los níveos brazos, al ver á los aqueos
compadeciólos, y dirigió á Minerva estas aladas palabras:

352 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¿No nos
cuidaremos de socorrer, aunque tarde, á los dánaos moribundos?
Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo
hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha
causado ya gran estrago.»

357 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Tiempo ha
que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por
los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos,
¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerda
cuántas veces salvé á su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le
impusiera. Hércules clamaba al cielo, llorando, y Júpiter me enviaba
á socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no
hubiera escapado el hijo de Júpiter de las hondas corrientes de la
Estigia, cuando aquél le mandó que fuera al Orco, de sólidas puertas,
y sacara del Érebo el horrendo can de Plutón. Al presente Jove me
aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó
la barba, suplicándole que honrase á Aquiles, asolador de ciudades. Día
vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes
ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el
palacio de Júpiter, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de
Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos
en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto á las
naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne á los perros y á las
aves.»

381 Dijo; y Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente.
La venerable diosa Juno, hija del gran Saturno, aprestó solícita los
caballos de áureos jaeces. Y Minerva, hija de Júpiter, que lleva la
égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma
tejiera y labrara con sus manos; vistió la loriga de Jove, que amontona
las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante
carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse
de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan
las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para
remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las
puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.

397 El padre Júpiter, apenas las vió desde el Ida, se encendió en
cólera; y al punto llamó á Iris, la de doradas alas, para que le
sirviese de mensajera:

399 «¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar
á mi presencia, porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo.
Lo que voy á decir, se cumplirá: Encojaréles los briosos corceles; las
derribaré del carro, que romperé luego, y ni en diez años cumplidos
sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de
los brillantes ojos que es con su padre contra quien combate. Con Juno
no me irrito ni me encolerizo tanto, porque siempre ha solido oponerse
á mis proyectos.»

409 De tal modo habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán,
se levantó para llevar el mensaje; descendió de los montes ideos; y
alcanzando á las diosas en la entrada del Olimpo, en valles abundoso,
hizo que se detuviesen, y les transmitió la orden de Júpiter:

413 «¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón se enfurece?
No consiente el Saturnio que se socorra á los argivos. Ved aquí lo que
hará el hijo de Saturno, si cumple su amenaza: Os encojará los briosos
caballos, os derribará del carro, que romperá luego, y ni en diez años
cumplidos sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que
conozcas tú, la de los brillantes ojos, que es con tu padre contra
quien combates. Con Juno no se irrita ni se encoleriza tanto, porque
siempre ha solido oponerse á sus proyectos. Pero tú, temeraria, perra
desvergonzada, si realmente te atrevieras á levantar contra Júpiter la
formidable lanza...»

425 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros; y Juno
dirigió á Minerva estas palabras:

427 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! Ya no permito
que por los mortales peleemos con Jove. Mueran unos y vivan otros,
cualesquiera que fueren; y aquél sea juez, como le corresponde, y dé á
los teucros y á los dánaos lo que su espíritu acuerde.»

432 Esto dicho, torció la rienda á los solípedos caballos. Las Horas
desuncieron los corceles de hermosas crines, los ataron á los pesebres
divinos y apoyaron el carro en el reluciente muro. Y las diosas, que
tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos tronos entre las
demás deidades.

[Ilustración: IRIS DESCENDIÓ DE LOS MONTES IDEOS, HIZO QUE LAS DIOSAS
PARASEN EL CARRO, Y LES TRANSMITIÓ LAS ÓRDENES DE JÚPITER

  (_Canto VIII; versos 410 á 412._)]

438 El padre Jove, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los
caballos desde el Ida al Olimpo y llegó á la mansión de los dioses; y
allí el ínclito Neptuno, que sacude la tierra, desunció los corceles,
puso el carro en su sitio y lo cubrió con un velo de lino. El
longividente Júpiter tomó asiento en el áureo trono y el inmenso Olimpo
tembló bajo sus pies. Minerva y Juno, sentadas aparte y á distancia de
Júpiter, nada le dijeron ni preguntaron; mas él comprendió en su mente
lo que pensaban, y dijo:

447 «¿Por qué os halláis tan abatidas, Minerva y Juno? No os habréis
fatigado mucho en la batalla, donde los varones adquieren gloria,
matando teucros, contra quienes sentís vehemente rencor. Son tales mi
fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar de resolución
cuantos dioses hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos
miembros antes que llegarais á ver el combate y sus terribles hechos.
Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no
hubieseis vuelto en vuestro carro al Olimpo, donde se halla la mansión
de los inmortales.»

457 Así habló. Minerva y Juno, que tenían los asientos contiguos y
pensaban en causar daño á los teucros, mordiéronse los labios. Minerva,
aunque airada contra su padre y poseída de feroz cólera, guardó
silencio y nada dijo; pero á Juno la ira no le cupo en el pecho, y
exclamó:

462 «¡Crudelísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos
que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos
dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos
de intervenir en la lucha, si nos lo mandas, pero sugeriremos á los
argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas de tu
cólera.»

469 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «En la próxima mañana
verás si quieres, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cómo el
prepotente Saturnio hace gran riza en el ejército de los belicosos
argivos. Y el impetuoso Héctor no dejará de pelear, hasta que junto á
las naves se levante el Pelida, el de los pies ligeros, el día aquel
en que combatirán cerca de los bajeles y en estrecho espacio por el
cadáver de Patroclo. Así decretólo el hado, y no me importa que te
irrites. Aunque te vayas á los confines de la tierra y del mar, donde
moran Japeto y Saturno, que no disfrutan de los rayos del sol excelso
ni de los vientos, y se hallan rodeados por el profundo Tártaro;
aunque, errante, llegues hasta allí, no me preocupará verte enojada,
porque no hay quien sea más desvergonzado que tú.»

484 Así dijo; y Juno, la de los níveos brazos, nada respondió. La
brillante luz del sol se hundió en el Océano, trayendo sobre la alma
tierra la noche obscura. Contrarió á los teucros la desaparición de la
luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la tenebrosa noche.

489 El esclarecido Héctor reunió á los teucros en la ribera del
voraginoso Janto, lejos de las naves, en un lugar limpio donde el suelo
no aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron de los carros
y escucharon á Héctor, caro á Júpiter, que arrimado á su lanza de once
codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo,
así les arengaba:

497 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba
volver á la ventosa Ilión después de destruir las naves y acabar con
todos los aqueos; pero nos quedamos á obscuras, y esto ha salvado á
los argivos y á los buques que tienen en la playa. Obedezcamos ahora
á la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de los
carros á los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino,
que alegra el corazón; amontonad abundante leña y encendamos muchas
hogueras que ardan hasta que despunte la aurora, hija de la mañana,
y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los aqueos, de larga
cabellera, intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. Que
no se embarquen tranquilos y sin ser molestados; que alguno tenga que
curarse en su casa una lanzada ó un flechazo recibido al subir á la
nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra á los teucros,
domadores de caballos. Los heraldos, caros á Júpiter, vayan á la
población y pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas
sienes se reunan en las torres que fueron construídas por las deidades
y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres enciendan grandes
fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para
que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los
hombres estén fuera. Hágase como os lo encargo, magnánimos teucros.
Dichas quedan las palabras que al presente convienen; mañana os
arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y espero que, con la
protección de Júpiter y de las otras deidades, echaré de aquí á esos
perros rabiosos, traídos por el hado en los negros bajeles. Durante
la noche hagamos guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar del
día, tomaremos las armas para trabar vivo combate junto á las cóncavas
naves. Veré si el fuerte Diomedes Tidida me hace retroceder de los
bajeles al muro, ó si le mato con el bronce y me llevo sus cruentos
despojos. Mañana probará su valor, si me aguarda cuando le acometa con
la lanza; mas confío en que, así que salga el sol, caerá herido entre
los combatientes delanteros y con él muchos de sus camaradas. Así fuera
yo inmortal, no tuviera que envejecer y gozara de los mismos honores
que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para los aquivos.»

542 De este modo arengó Héctor, y los teucros le aclamaron. Desuncieron
de los carros los sudosos corceles y atáronlos con correas; sacaron
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas pan y vino, que
alegra el corazón, y amontonaron abundante leña. Después ofrecieron
hecatombes perfectas á los inmortales, y los vientos llevaban de
la llanura al cielo el suave olor de la grasa quemada; pero los
bienaventurados dioses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les
había hecho odiosa la sagrada Ilión y Príamo y su pueblo armado con
lanzas de fresno.

553 Así, tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo,
donde ardían numerosos fuegos. Como en noche de calma aparecen las
radiantes estrellas en torno de la fulgente luna, y se descubren los
promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta
región etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra el
corazón: en tan gran número eran las hogueras que, encendidas por los
teucros, quemaban ante Ilión entre las naves y la corriente del Janto.
Mil fuegos ardían en la llanura, y en cada uno se agrupaban cincuenta
hombres á la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo cerca
de los carros avena y blanca cebada, esperaban la llegada de la Aurora,
la de hermoso trono.



[Ilustración: Ulises, Ayax y Fénix con dos heraldos son enviados por
Agamenón á la tienda de Aquiles, á fin de aplacarle]



CANTO IX

EMBAJADA Á AQUILES.--SÚPLICAS


1 Así los teucros guardaban el campo. De los aqueos habíase enseñoreado
la ingente Fuga, compañera del glacial Terror, y los más valientes
estaban agobiados por insufrible pesar. Como conmueven el ponto, en
peces abundante, los vientos Bóreas y Céfiro, soplando de improviso
desde la Tracia, y las negruzcas olas se levantan y arrojan á la orilla
muchas algas; de igual modo les palpitaba á los aquivos el corazón en
el pecho.

9 El Atrida, en gran dolor sumido el corazón, iba de un lado para
otro y mandaba á los heraldos de voz sonora que convocaran á junta,
nominalmente y en voz baja, á todos los capitanes, y también él los iba
llamando y trabajaba como los más diligentes. Los guerreros acudieron
afligidos. Levantóse Agamenón, llorando, como fuente profunda que desde
altísimo peñasco deja caer sus aguas sombrías; y despidiendo hondos
suspiros, habló á los argivos:

17 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! En grave infortunio
envolvióme Júpiter. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin
destruir la bien murada Ilión y todo ha sido funesto engaño; pues
ahora me manda regresar á Argos, sin gloria, después de haber perdido
tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Júpiter, que ha
destruído las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras,
porque su poder es inmenso. Ea, obremos todos como voy á decir: Huyamos
en las naves á nuestra patria, pues ya no tomaremos á Troya, la de
anchas calles.»

29 En tales términos se expresó. Enmudecieron todos y permanecieron
callados. Largo tiempo duró el silencio de los afligidos aqueos, mas al
fin Diomedes, valiente en el combate, dijo:

32 «¡Atrida! Empezaré combatiéndote por tu imprudencia, como es
permitido hacerlo, oh rey, en las juntas; pero no te irrites. Poco
ha menospreciaste mi valor ante los dánaos, diciendo que soy cobarde
y débil; lo saben los argivos todos, jóvenes y viejos. Mas á ti el
hijo del artero Saturno de dos cosas te ha dado una: te concedió que
fueras honrado como nadie por el cetro, y te negó la fortaleza, que
es el mayor de los poderes. ¡Desgraciado! ¿Crees que los aqueos son
tan cobardes y débiles como dices? Si tu corazón te incita á regresar,
parte: delante tienes el camino y cerca del mar gran copia de naves que
desde Micenas te siguieron; pero los demás aqueos, de larga cabellera,
se quedarán hasta que destruyamos la ciudad de Troya. Y si también
éstos quieren irse, huyan en los bajeles á su patria; y nosotros dos,
Esténelo y yo, seguiremos peleando hasta que á Ilión le llegue su fin;
pues vinimos debajo del amparo de los dioses.»

50 Así habló; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de
Diomedes, domador de caballos. Y el caballero Néstor se levantó y dijo:

53 «¡Tidida! Luchas con valor en el combate y superas en el consejo
á los de tu edad; ningún aquivo osará vituperar ni contradecir tu
discurso, pero no has llegado hasta el fin. Eres aún joven--por tus
años podrías ser mi hijo menor--y no obstante, dices cosas discretas
á los reyes argivos y has hablado como se debe. Pero yo, que me
vanaglorío de ser más viejo que tú, lo manifestaré y expondré todo;
y nadie despreciará mis palabras, ni siquiera el rey Agamenón. Sin
familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las horrendas
luchas intestinas. Ahora obedezcamos á la negra noche: preparemos la
cena y los guardias vigilen á orillas del cavado foso que corre al pie
del muro. Á los jóvenes se lo encargo; y tú, oh Atrida, mándalo, pues
eres el rey supremo. Ofrece después un banquete á los caudillos, que
esto es lo que te conviene y lo digno de ti. Tus tiendas están llenas
de vino que las naves aqueas traen continuamente de Tracia, dispones
de cuanto se requiere para recibir á aquéllos, é imperas sobre muchos
hombres. Una vez congregados, seguirás el parecer de quien te dé mejor
consejo; pues de uno bueno y prudente tienen necesidad los aqueos,
ahora que el enemigo enciende tal número de hogueras junto á las naves.
¿Quién lo verá con alegría? Esta noche se decidirá la ruina ó la
salvación del ejército.»

79 Tal dijo, y ellos le escucharon y obedecieron. Al punto se
apresuraron á salir con armas, para encargarse de la guardia,
Trasimedes Nestórida, pastor de hombres; Ascálafo y Yálmeno, hijos
de Marte; Meriones, Afareo, Deípiro y el divino Licomedes, hijo de
Creonte. Siete eran los capitanes, y cada uno mandaba cien mozos
provistos de luengas picas. Situáronse entre el foso y la muralla,
encendieron fuego, y todos sacaron su respectiva cena.

89 El Atrida llevó á su tienda á los príncipes aqueos, así que se
hubieron reunido, y les dió un espléndido banquete. Ellos alargaron
la diestra á los manjares que tenían delante, y cuando hubieron
satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano Néstor, cuya
opinión era considerada siempre como la mejor, empezó á aconsejarles; y
arengándoles con benevolencia, les dijo:

96 «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres Agamenón! Por ti empezaré
y en ti acabaré; ya que reinas sobre muchos hombres y Júpiter te ha
dado cetro y leyes para que mires por los súbditos. Por esto debes
exponer tu opinión y oir la de los demás y aún llevarla á cumplimiento
cuando cualquiera, siguiendo los impulsos de su ánimo, proponga algo
bueno; que es atribución tuya ejecutar lo que se acuerde. Te diré
lo que considero más conveniente y nadie concebirá una idea mejor
que la que tuve y sigo teniendo, oh vástago de Júpiter, desde que,
contra mi parecer, te llevaste la joven Briseida de la tienda del
enojado Aquiles. Gran empeño puse en disuadirte, pero venció tu ánimo
fogoso y menospreciaste á un fortísimo varón honrado por los dioses,
arrebatándole la recompensa que todavía retienes. Veamos ahora si
podríamos aplacarle con agradables presentes y dulces palabras.»

114 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «No has mentido, anciano,
al enumerar mis faltas. Obré mal, no lo niego; vale por muchos el
varón á quien Jove ama cordialmente; y ahora el dios, queriendo
honrar á Aquiles, ha causado la derrota de los aqueos. Mas, ya que le
falté, dejándome llevar por la funesta pasión, quiero aplacarle y
le ofrezco la multitud de espléndidos presentes que voy á enumerar:
Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte
calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que en la
carrera alcanzaron la victoria. No sería pobre ni carecería de precioso
oro quien tuviera los premios que tales caballos lograron. Le daré
también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores,
que yo mismo escogí cuando tomó la bien construída Lesbos y que en
hermosura á las demás aventajaban. Con ellas le entregaré la hija de
Brises que le he quitado, y juraré solemnemente que jamás subí á su
lecho ni yací con la misma, como es costumbre entre hombres y mujeres.
Todo esto se le presentará en seguida; mas si los dioses nos permiten
destruir la gran ciudad de Príamo, entre en ella cuando los aqueos
partamos el botín, cargue abundantemente de oro y de bronce su nave y
elija las veinte troyanas que más hermosas sean después de la argiva
Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de
Acaya, será mi yerno y tendrá tantos honores como Orestes, mi hijo
menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejé en
el alcázar bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévese
la que quiera, sin dotarla, á la casa de Peleo; que yo la dotaré tan
espléndidamente, como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrezco
darle siete populosas ciudades--Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la
divina Feras, Antea, la de los hermosos prados, la linda Epea y Pédaso,
en viñas abundante,--situadas todas junto al mar, en los confines de
la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes,
que le honrarán con ofrendas como á una deidad y pagarán, regidos por
su cetro, crecidos tributos. Todo esto haría yo, con tal que depusiera
la cólera. Que se deje ablandar, pues por ser implacable é inexorable
es Plutón el dios más aborrecido de los mortales; y ceda á mi, que en
poder y edad de aventajarle me glorío.»

162 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey
de hombres Agamenón! No son despreciables los regalos que ofreces al
rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que vayan á la tienda
del Pelida. Y si quieres, yo mismo los designaré y ellos obedezcan:
Fénix, caro á Júpiter, que será el jefe, el gran Ayax y el divino
Ulises, acompañados de los heraldos Odio y Euríbates. Dadnos agua á las
manos é imponed silencio, para rogar al Saturnio Jove que se apiade de
nosotros.»

173 Así dijo, y su discurso agradó á todos. Los heraldos dieron
aguamanos á los caudillos, y en seguida los mancebos, llenando las
crateras, distribuyeron el vino á todos los presentes después de
haber ofrecido en copas las primicias. Luego que lo libaron y cada
cual bebió cuanto quiso, salieron de la tienda de Agamenón Atrida. Y
Néstor, caballero gerenio, fijando sucesivamente los ojos en cada uno
de los elegidos, les recomendaba, y de un modo especial á Ulises, que
procuraran persuadir al eximio Pelida.

182 Fuéronse éstos por la orilla del estruendoso mar y dirigían muchos
ruegos á Neptuno, que ciñe la tierra, para que les resultara fácil
llevar la persuasión al altivo espíritu del Eácida. Cuando hubieron
llegado á las tiendas y naves de los mirmidones, hallaron al héroe
deleitándose con una hermosa lira labrada, de argénteo puente, que
cogiera de entre los despojos cuando destruyó la ciudad de Eetión; con
ella recreaba su ánimo, cantando hazañas de los hombres. Enfrente,
Patroclo, solo y callado, esperaba que el Eácida acabase de cantar.
Entraron aquéllos, precedidos por Ulises, y se detuvieron delante del
héroe; Aquiles, atónito, se alzó del asiento sin dejar la lira, y
Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies ligeros,
tendióles la mano y dijo:

197 «¡Salud, amigos que llegáis! Grande debe de ser la necesidad
cuando venís vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más
queridos de los aqueos todos.»

199 En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas
provistas de purpúreos tapetes, y habló á Patroclo que estaba cerca de
él:

202 «¡Hijo de Menetio! Saca la cratera mayor, llénala del vino más
añejo y distribuye copas; pues están bajo mi techo los hombres que me
son más caros.»

205 Así dijo, y Patroclo obedeció al compañero amado. En un tajón que
acercó á la lumbre, puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y
la grasa espalda de un suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne;
Aquiles, después de cortarla y dividirla, la clavaba en asadores; y
el hijo de Menetio, varón igual á un dios, encendía un gran fuego; y
luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas, colocó
encima los asadores asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la
divina sal. Cuando aquélla estuvo asada y servida en la mesa, Patroclo
repartió pan en hermosas canastillas; y Aquiles distribuyó la carne,
sentóse frente al divino Ulises, de espaldas á la pared, y ordenó á su
amigo que hiciera la ofrenda á los dioses. Patroclo echó las primicias
al fuego. Alargaron la diestra á los manjares que tenían delante, y
cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Ayax hizo una
seña á Fénix; y Ulises, al advertirlo, llenó su copa y brindó á Aquiles:

[Ilustración: ENTRARON, PRECEDIDOS POR ULISES; Y AQUILES, ATÓNITO, SE
LEVANTÓ DEL ASIENTO

  (_Canto IX, versos 192 á 194._)]

225 «¡Salve, Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda
del Atrida Agamenón que ahora aquí, donde podríamos comer muchos y
agradables manjares; pero los placeres del delicioso banquete no nos
halagan porque tememos, oh alumno de Júpiter, que nos suceda una gran
desgracia: dudamos si nos será dado salvar ó perder las naves de muchos
bancos, si tú no te revistes de valor. Los orgullosos troyanos y sus
auxiliares venidos de lejas tierras, acampan junto al muro y dicen
que, como no podremos resistirles, asaltarán las negras naves; el
Saturnio Jove relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor,
envanecido por su bravura y confiando en Júpiter, se muestra furioso,
no respeta á hombres ni á dioses, está poseído de cruel rabia, y pide
que aparezca pronto la divina Aurora, asegurando que ha de cortar
nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego, y matar
cerca de ellas á los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma
que los dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que
muramos en Troya, lejos de la Argólide, criadora de caballos. Ea,
levántate si deseas, aunque tarde, salvar á los aqueos, que están
acosados por los teucros. Á ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y
no puede repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás
á los dánaos de tan funesto día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos
consejos el día en que desde Ptía te envió á Agamenón: _¡Hijo mío! La
fortaleza, Minerva y Juno te la darán si quieren; tú refrena en el
pecho el natural fogoso--la benevolencia es preferible--y abstente de
perniciosas disputas para que seas más honrado por los argivos viejos
y mozos._ Así te amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y
depón la funesta cólera; pues Agamenón te ofrece dignos presentes si
renuncias á ella. Y si quieres, oye y te referiré cuanto Agamenón dijo
en su tienda que te daría: Siete trípodes no puestos aún al fuego,
diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles
robustos, premiados, que alcanzaron la victoria en la carrera. No sería
pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que estos
caballos de Agamenón con sus pies lograron. Te dará también siete
mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que él mismo
escogió cuando tomaste la bien construída Lesbos y que en hermosura
á las demás aventajaban. Con ellas te entregará la hija de Brises,
que te ha quitado, y jurará solemnemente que jamás subió á su lecho
ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y
mujeres. Todo esto se te presentará en seguida; mas si los dioses nos
permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando los
aqueos partamos el botín, carga abundantemente de oro y de bronce tu
nave y elige las veinte troyanas que más hermosas sean después de
Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de
Acaya, serás su yerno y tendrás tantos honores como Orestes, su hijo
menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejó en
el palacio bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévate
la que quieras, sin dotarla, á la casa de Peleo, que él la dotará
espléndidamente como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrece
darte siete populosas ciudades--Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la
divina Feras, Antea, la de los amenos prados, la linda Epea y Pédaso,
en viñas abundante,--situadas todas junto al mar, en los confines de
la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes,
que te honrarán con ofrendas como á un dios y pagarán, regidos por tu
cetro, crecidos tributos. Todo esto haría, con tal que depusieras la
cólera. Y si el Atrida y sus regalos te son odiosos, apiádate de los
atribulados aqueos, que te venerarán como á un dios y conseguirás entre
ellos inmensa gloria. Ahora podrías matar á Héctor, que llevado de su
funesta rabia se acercará mucho á ti, pues dice que ninguno de los
dánaos que trajeron las naves en valor le iguala.»

307 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Laertíada, de jovial
linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Preciso es que os manifieste lo
que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos por un lado y
otros por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas del Orco quien
piensa una cosa y manifiesta otra. Diré, pues, lo que me parece mejor.
Creo que ni el Atrida Agamenón ni los dánaos lograrán convencerme, ya
que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra
el enemigo. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda,
que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el
cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso.
Ninguna ventaja me ha proporcionado sufrir tantos pesares y exponer mi
vida en el combate. Como el ave lleva á los implumes hijuelos la comida
que coge, privándose de ella, así yo pasé largas noches sin dormir y
días enteros entregado á la cruenta lucha con hombres que combatían
por sus esposas. Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra
en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos
despojos que dí al Atrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves,
recibiólos, repartió unos pocos y se guardó los restantes. Mas las
recompensas que Agamenón concediera á los reyes y caudillos siguen en
poder de éstos; y á mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa
y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han
tenido que mover guerra á los teucros? ¿Por qué el Atrida ha juntado
y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera?
Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada,
que aman á sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida
á la suya, y yo apreciaba cordialmente á la mía, aunque la había
adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de
las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá.
Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar á las
naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues
construyó un muro, abriendo á su pie ancho y profundo foso que defiende
una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor,
matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor
que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba á las puertas
Esceas y á la encina; y una vez que allí me aguardó, costóle trabajo
salvarse de mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el
divino Héctor, mañana, después de ofrecer sacrificios á Júpiter y á los
demás dioses, botaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres
y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces abundoso,
y en ellas hombres que remarán gustosos; y si el glorioso Neptuno
me concede una feliz navegación, al tercer día llegaré á la fértil
Ptía. En ella dejé muchas cosas cuando en mal hora vine, y de aquí
me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de hermosa cintura y luciente
hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón Atrida,
insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera.
Decídselo públicamente, os lo encargo, para que los aqueos se indignen,
si con su habitual impudencia pretendiese engañar á algún otro dánao.
No se atrevería, por desvergonzado que sea, á mirarme cara á cara;
con él no deliberaré ni haré cosa alguna, y si me engañó y ofendió,
ya no me embaucará más con sus palabras; séale esto bastante y corra
tranquilo á su perdición, puesto que el próvido Júpiter le ha quitado
el juicio. Sus presentes me son odiosos, y hago tanto caso de él como
de un cabello. Aunque me diera diez ó veinte veces más de lo que posee
ó de lo que á poseer llegare, ó cuanto entra en Orcómeno, ó en Tebas de
Egipto, cuyas casas guardan muchas riquezas--cien puertas dan ingreso
á la ciudad y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con
caballos y carros,--ó tanto, cuantas son las arenas ó los granos de
polvo, ni aun así aplacaría Agamenón mi enojo, si antes no me pagaba la
dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón Atrida, aunque
en hermosura rivalice con la dorada Venus y en labores compita con
Minerva; ni siendo así me desposaré con ella; elija aquel otro aqueo
que le convenga y sea rey más poderoso. Si salvándome los dioses,
vuelvo á mi casa, el mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de
aqueas hay en la Hélade y en Ptía, hijas de príncipes que gobiernan las
ciudades; la que yo quiera, será mi mujer. Mucho me aconseja mi corazón
varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de las
riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que
la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilión
en tiempo de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el
lapídeo templo del flechador Apolo en la rocosa Pito. Se pueden apresar
los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los
tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana
para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes.
Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que el hado ha
dispuesto que mi vida acabe de una de estas dos maneras: Si me quedo á
combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré á la patria, pero
mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama, pero
mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo
aconsejo que todos se embarquen y vuelvan á sus hogares, porque ya
no conseguiréis arruinar la excelsa Ilión: el longividente Júpiter
extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de confianza.
Vosotros llevad la respuesta á los príncipes aqueos--que esta es la
misión de los legados,--á fin de que busquen otro medio de salvar las
naves y á los aqueos que hay á su alrededor, pues aquel en que pensaron
no puede emplearse mientras subsista mi enojo. Y Fénix quédese con
nosotros, acuéstese y mañana volverá conmigo á la patria tierra, si así
lo desea, que no he de llevarle á viva fuerza.»

430 Dió fin á su habla, y todos enmudecieron, asombrados de oirle; pues
fué mucha la vehemencia con que se negara. Y el anciano jinete Fénix,
que sentía gran temor por las naves aqueas, dijo después de un buen
rato y saltándole las lágrimas:

434 «Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en
absoluto á defender del voraz fuego las veleras naves, porque la
ira anidó en tu corazón, ¿cómo podría quedarme solo y sin ti, hijo
querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase cuando
te envió desde Ptía á Agamenón, todavía niño y sin experiencia de la
funesta guerra ni de las juntas donde los varones se hacen ilustres;
y me mandó que te enseñara á hablar bien y á realizar grandes hechos.
Por esto, hijo querido, no querría verme abandonado de ti, aunque un
dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven
como cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las
imprecaciones de Amíntor Orménida, mi padre, que se irritó conmigo
por una concubina de hermosa cabellera, á quien amaba con ofensa de
su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba continuamente, abrazando mis
rodillas, que yaciera con la concubina para que aborreciese al anciano.
Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me
maldijo repetidas veces, pidió á las horrendas Furias que jamás pudiera
sentarse en sus rodillas un hijo mío, y el Júpiter del infierno y la
terrible Proserpina ratificaron sus imprecaciones. Estuve por matar
á mi padre con el agudo bronce; mas algún inmortal calmó mi cólera,
haciéndome pensar en la fama y en los reproches de los hombres, á fin
de que no fuese llamado parricida por los aqueos. Pero ya no tenía
ánimo para vivir en el palacio con mi padre enojado. Amigos y deudos
querían retenerme allí y me dirigían insistentes súplicas: degollaron
gran copia de pingües ovejas y de bueyes de tornátiles pies y curvas
astas; pusieron á asar muchos puercos grasos sobre la llama de Vulcano;
bebióse buena parte del vino que las tinajas del anciano contenían; y
nueve noches seguidas durmieron aquéllos á mi lado, vigilándome por
turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el pórtico del bien
cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación.
Al llegar por décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento
rompiendo las tablas fuertemente unidas de la puerta; salté con
facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas
lo advirtieran, y huyendo por la espaciosa Hélade, llegué á la fértil
Ptía, madre de ovejas. El rey Peleo me acogió benévolo; me amó como
debe de amar un padre al hijo unigénito que tenga en la vejez, viviendo
en la opulencia; enriquecióme y púsome al frente de numeroso pueblo,
y desde entonces viví en un confín de la Ptía, reinando sobre los
dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante á los
dioses, con cordial cariño; y tú ni querías ir con otro al banquete,
ni comer en el palacio, hasta que, sentándote en mis rodillas, te
saciaba de carne cortada en pedacitos y te acercaba el vino. ¡Cuántas
veces durante la molesta infancia me manchaste la túnica en el pecho
con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé por tu causa, y
considerando que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté
por hijo para que un día me librases del cruel infortunio. Pero,
Aquiles, refrena tu ánimo fogoso; no conviene que tengas un corazón
despiadado, cuando los dioses mismos se dejan aplacar, no obstante su
mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos agradables,
libaciones y vapor de grasa quemada, los desenojan cuantos infringieron
su ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Jove y aunque
cojas, arrugadas y bizcas, cuidan de ir tras de Ate: ésta es robusta,
de pies ligeros, y por lo mismo se adelanta, y recorriendo la tierra,
ofende á los hombres: y aquéllas reparan luego el daño causado. Quien
acata á las hijas de Júpiter cuando se le presentan, consigue gran
provecho y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas.
Mas si alguien las desatiende y se obstina en rechazarlas, se dirigen
á Jove y le piden que Ate acompañe siempre á aquél para que con el
daño sufra la pena. Concede tú también á las hijas de Júpiter, oh
Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu de otros
valientes se aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te
hiciera otros ofrecimientos para lo futuro, y conservara pertinazmente
su cólera, no te exhortaría á que, deponiendo la ira, socorrieras á
los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te
da muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él rueguen,
varones excelentes, escogiendo en el ejército aqueo los argivos que
te son más caros. No desprecies las palabras de éstos, ni dejes sin
efecto su venida, ya que no se te puede reprochar que antes estuvieras
irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y
sabemos que cuando estaban poseídos de feroz cólera eran placables con
dones y exorables á los ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no
reciente, sino antiguo, y os lo voy á referir, amigos míos. Curetes y
bravos etolos combatían en torno de Calidón y unos á otros se mataban,
defendiendo aquéllos su hermosa ciudad y deseando éstos asolarla por
medio de las armas. Había promovido esta contienda Diana, la de áureo
trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en
el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y
sólo á la hija del gran Júpiter dejó aquél de ofrecerlas, por olvido ó
por inadvertencia, cometiendo una gran falta. Airada la deidad que se
complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí, de albos dientes,
que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos
árboles y echándolos por tierra cuando ya con la flor prometían el
fruto. Al fin lo mató Meleagro, hijo de Eneo, ayudado por cazadores
y perros de muchas ciudades--pues no era posible vencerle con poca
gente, ¡tan corpulento era!, y ya á muchos los había hecho subir á
la triste pira,--y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda
entre los curetes y los magnánimos aqueos por la cabeza y la hirsuta
piel del jabalí. Mientras Meleagro, caro á Marte, combatió, les fué
mal á los curetes, que no podían, á pesar de ser tantos, acercarse á
los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó dominar
por la cólera que perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en
el palacio con su linda esposa Cleopatra, hija de Marpesa Evenina,
la de hermosos pies, y de Idas, el más fuerte de los hombres que
entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas á armar el arco contra
Febo Apolo, para recobrar la esposa que el dios le robara; y desde
entonces pusiéronle á Cleopatra sus padres el sobrenombre de Alcione,
porque la venerable madre, sufriendo la triste suerte de Alción,
deshacíase en lágrimas mientras el flechador Febo Apolo se la llevaba.)
Retirado, pues, con su esposa, devoraba Meleagro la acerba cólera que
le causaran las imprecaciones de su madre; la cual, acongojada por la
muerte violenta de un hermano, oraba á los dioses, y puesta de rodillas
y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba el fértil suelo invocando á
Plutón y á la terrible Proserpina para que dieran muerte á su hijo. La
Furia, que vaga en las tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó
desde el Érebo, y en seguida creció el tumulto y la gritería ante las
puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolos ancianos
enviaron á los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran
á Meleagro que saliera á defenderlos, ofreciéndole un rico presente:
donde el suelo de la amena Calidón fuera más fértil, escogería él
mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas, mitad viña y mitad tierra
labrantía. Presentóse también en el umbral del alto aposento el
anciano jinete Eneo; y llamando á la puerta, dirigió á su hijo muchas
súplicas. Rogáronle asimismo sus hermanas y su venerable madre. Pero
él se negaba cada vez más. Acudieron sus mejores y más caros amigos,
y tampoco consiguieron mover su corazón, ni persuadirle á que no
aguardara, para salir del cuarto, á que llegaran hasta él los enemigos.
Y los curetes escalaron las torres y empezaron á pegar fuego á la gran
ciudad. Entonces la esposa, de bella cintura, instó á Meleagro llorando
y refiriéndole las desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad
sucumbe: Matan á los varones, le decía; el fuego destruye la ciudad,
y son reducidos á la esclavitud los niños y las mujeres de estrecha
cintura. Meleagro, al oir estas palabras, sintió que se le conmovía el
corazón; y dejándose llevar por su ánimo, vistió las lucientes armas y
libró del funesto día á los etolos; pero ya no le dieron los muchos y
hermosos presentes, á pesar de haberlos salvado de la ruina. Y ahora
tú, amigo, no pienses de igual manera, ni un dios te induzca á obrar
así; será peor que difieras el socorro para cuando las naves sean
incendiadas; ve, pues, por los presentes, y los aqueos te venerarán
como á un dios, porque si intervinieres en la homicida guerra cuando ya
no te ofrezcan dones, no alcanzarás tanta honra aunque rechaces á los
enemigos.»

606 Respondióle Aquiles, ligero de pies: «¡Fénix, anciano padre, alumno
de Jove! Para nada necesito tal honor; y espero que si Júpiter quiere,
seré honrado en las cóncavas naves mientras la respiración no falte
á mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy á decirte, que
grabarás en tu memoria: No me conturbes el ánimo con llanto y gemidos
para complacer al héroe Atrida, á quien no debes querer si deseas que
el afecto que te profeso no se convierta en odio; mejor es que aflijas
conmigo á quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis
honores. Esos llevarán la respuesta, tú quédate y acuéstate en blanda
cama, y al despuntar la aurora determinaremos si nos conviene regresar
á nuestros hogares ó quedarnos aquí todavía.»

620 Dijo, y ordenó á Patroclo, haciéndole con las cejas silenciosa
señal, que dispusiera una mullida cama para Fénix, á fin de que los
demás pensaran en salir cuanto antes de la tienda. Y Ayax Telamónida,
igual á un dios, habló diciendo:

624 «¡Laertíada, del linaje de Jove! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¡Vámonos! No espero lograr nuestro propósito por este camino, y hemos
de anunciar la respuesta, aunque sea desfavorable, á los dánaos que
están aguardando. Aquiles tiene en su pecho un corazón orgulloso y
salvaje. ¡Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compañeros, con la
cual le honrábamos en el campamento más que á otro alguno. ¡Despiadado!
Por la muerte del hermano ó del hijo se recibe una compensación; y una
vez pagada, el matador se queda en el pueblo, y el corazón y el ánimo
airado del ofendido se apaciguan; y á ti los dioses te han llenado el
pecho de implacable y feroz rencor por una sola joven. Siete excelentes
te ofrecemos hoy y otras muchas cosas; séanos tu corazón propicio y
respeta tu morada, pues estamos bajo tu techo enviados por el ejército
dánao, y anhelamos ser para ti los más apreciados y los más amigos de
los aqueos todos.»

643 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Ayax Telamonio, de
jovial linaje, príncipe de hombres! Creo que has dicho lo que sientes,
pero mi corazón se enciende en ira cuando me acuerdo del menosprecio
con que el Atrida me trató ante los argivos, cual si yo fuera un
miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocuparé en la
cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino,
llegue matando argivos á las tiendas y naves de los mirmidones y las
incendie. Creo que Héctor, aunque esté enardecido, se abstendrá de
combatir tan pronto como se acerque á mi tienda y á mi negra nave.»

656 Así dijo. Cada uno tomó una copa doble; y hecha la libación, los
enviados, con Ulises á su frente, regresaron á las naves. Patroclo
ordenó á sus compañeros y á las esclavas que aderezaran al momento una
mullida cama para Fénix; y ellas, obedeciendo el mandato, hiciéronla
con pieles de oveja, teñida colcha y finísima cubierta del mejor lino.
Allí descansó el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmió
en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de
Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y
Patroclo se acostó junto á la pared opuesta, teniendo á su lado á
Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa
Esciro, ciudad de Enieo.

669 Cuando los enviados llegaron á la tienda del Atrida, los aqueos,
puestos en pie, les presentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y
el rey de hombres Agamenón les interrogó diciendo:

673 «¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere
librar á las naves del fuego enemigo, ó se niega porque su corazón
soberbio se halla aún dominado por la cólera?»

676 Contestó el paciente divino Ulises: «¡Gloriosísimo Atrida, rey de
hombres Agamenón! No quiere aquél deponer la cólera, sino que en ira
más se enciende. Te desprecia á ti y tus dones. Manda que deliberes con
los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son
de amenaza que botará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al
descubrirse la nueva aurora, y aconseja que los demás se embarquen y
vuelvan á sus hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa
Ilión: el longividente Júpiter extendió el brazo sobre ella, y sus
hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo
éstos que fueron conmigo: Ayax y los dos prudentes heraldos. El
anciano Fénix se acostó allí por orden de aquél, para que mañana vuelva
á la patria tierra, si así lo desea, porque no ha de llevarle á viva
fuerza.»

693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era
muy grave lo que acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los
afligidos aqueos; mas al fin exclamó Diomedes, valiente en el combate:

697 «¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres Agamenón! No debiste rogar
al eximio Pelida, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y
ahora has dado pábulo á su soberbia. Pero dejémosle, ya se vaya, ya se
quede: volverá á combatir cuando el corazón que tiene en el pecho se
lo ordene, ó un dios le incite. Ea, obremos todos como voy á decir.
Acostaos después de satisfacer los deseos de vuestro corazón comiendo
y bebiendo vino, pues esto da fuerza y vigor. Y cuando aparezca la
bella Aurora de rosados dedos, haz que se reunan junto á las naves los
hombres y los carros, exhorta á la tropa y pelea en primera fila.»

710 Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron,
admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las
libaciones, volvieron á sus respectivas tiendas, acostáronse y el don
del sueño recibieron.



[Ilustración: Ulises y Diomedes, después de matar á Reso y á otros
tracios, vuelven al campamento griego con los caballos que les han
quitado]



CANTO X

DOLONÍA


1 Los príncipes aqueos durmieron toda la noche, vencidos por plácido
sueño; mas no probó sus dulzuras el Atrida Agamenón, pastor de hombres,
porque en su mente revolvía muchas cosas. Como el esposo de Juno, la de
hermosa cabellera, relampaguea cuando prepara una lluvia torrencial,
el granizo ó una nevada que cubra los campos, ó quiere abrir en alguna
parte la boca inmensa de la amarga guerra; así, tan frecuentemente,
se escapaban del pecho de Agamenón los suspiros, que salían de lo más
hondo de su corazón, y le temblaban las entrañas. Cuando fijaba la
vista en el campo teucro, pasmábanle las numerosas hogueras que ardían
delante de Ilión, los sones de las flautas y zampoñas y el bullicio
de la gente; mas cuando á las naves y al ejército aqueo la volvía,
arrancábase furioso los cabellos, alzando los ojos á Júpiter, que mora
en lo alto, y su generoso corazón lanzaba grandes gemidos. Al fin,
creyendo que la mejor resolución sería acudir á Néstor Nelida, el más
ilustre de los hombres, por si entrambos hallaban un medio que librara
de la desgracia á todos los dánaos, levantóse, vistió la túnica, calzó
los blancos pies con hermosas sandalias, echóse una rojiza piel de
corpulento y fogoso león, que le llegaba hasta los pies, y asió la
lanza.

25 También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía que se
posara el sueño en sus párpados, temiendo que les ocurriese algún
percance á los aqueos que por él habían llegado á Troya, atravesando
el vasto mar, y promovido tan audaz guerra. Cubrió sus anchas espaldas
con la manchada piel de un leopardo; púsose luego el casco de bronce, y
tomando en la robusta mano una lanza, fué á despertar á Agamenón, que
imperaba poderosamente sobre los argivos todos y era venerado por el
pueblo como un dios. Hallóle junto á la popa de su nave, vistiendo la
magnífica armadura. Grata le fué á éste su venida. Y Menelao, valiente
en el combate, habló el primero diciendo:

37 «¿Por qué, hermano querido, tomas las armas? ¿Acaso deseas persuadir
á algún compañero para que vaya como explorador al campo teucro? Mucho
temo que nadie se ofrezca á prestarte este servicio de ir solo durante
la divina noche á espiar al enemigo, porque para ello se requiere un
corazón muy osado.»

42 Respondióle el rey Agamenón: «Ambos, oh Menelao, alumno de Júpiter,
tenemos necesidad de un prudente consejo para defender y salvar á
los argivos y las naves, pues la mente de Jove ha cambiado, y en la
actualidad le son más aceptos los sacrificios de Héctor. Jamás he visto
ni oído decir que un hombre realizara en solo un día tantas proezas
como ha hecho Héctor, caro á Júpiter, contra los aqueos, sin ser hijo
de un dios ni de una diosa. De sus hazañas se acordarán los argivos
mucho y largo tiempo. ¡Tanto daño ha causado á los aqueos! Ahora,
anda, encamínate corriendo á las naves y llama á Ayax y á Idomeneo;
mientras voy en busca del divino Néstor y le pido que se levante, vaya
con nosotros al sagrado escuadrón de los guardias y les dé órdenes.
Obedeceránle más que á nadie, puesto que los manda su hijo junto con
Meriones, servidor de Idomeneo. Á entrambos les hemos confiado de un
modo especial esta tarea.

60 Dijo entonces Menelao, valiente en el combate: «¿Cómo me encargas y
ordenas que lo haga? ¿Me quedaré con ellos y te aguardaré allí, ó he de
volver corriendo cuando les haya participado tu mandato?»

64 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Quédate allí; no sea que
luego no podamos encontrarnos, porque son muchas las sendas que hay á
través del ejército. Levanta la voz por donde pasares y recomienda la
vigilancia, llamando á cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos
á todos. No te muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya que
cuando nacimos Júpiter nos condenó á padecer tamaños infortunios.»

72 Esto dicho, despidió al hermano bien instruído ya, y fué en busca
de Néstor, pastor de hombres. Hallóle en su pabellón, junto á la
negra nave, acostado en blanda cama. Á un lado veíanse diferentes
armas--el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo,--y el labrado bálteo
con que se ceñía el anciano siempre que, como caudillo de su gente, se
armaba para ir al homicida combate; pues aún no se rendía á la triste
vejez. Incorporóse Néstor, apoyándose en el codo, alzó la cabeza, y
dirigiéndose al Atrida le interrogó con estas palabras:

82 «¿Quién eres tú que vas solo por el ejército y los navíos, durante
la tenebrosa noche, cuando duermen los demás mortales? ¿Buscas acaso á
algún centinela ó compañero? Habla. No te acerques sin responder. ¿Qué
deseas?»

86 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor Nelida, gloria
insigne de los aqueos! Reconoce al Atrida Agamenón, á quien Jove envía
y seguirá enviando sin cesar más trabajos que á nadie, mientras la
respiración no le falte á mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando
voy; pues, preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los
aqueos, no consigo que el dulce sueño me cierre los ojos. Mucho temo
por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo, sino sumamente inquieto;
el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos miembros.
Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño,
bajemos á ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del
sueño, se hayan dormido, dejando la guardia abandonada. Los enemigos se
hallan cerca, y no sabemos si habrán decidido acometernos esta noche.»

102 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Glorioso Atrida, rey de
hombres Agamenón! Á Héctor no le cumplirá el próvido Júpiter todos sus
deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de padecer
aún si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y
despertaremos á los demás: al Tidida, famoso por su lanza, á Ulises,
al veloz Ayax de Oileo y al esforzado hijo de Fileo. Alguien podría ir
á llamar al deiforme Ayax Telamonio y al rey Idomeneo, pues sus naves
no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé á Menelao por amigo y
respetable que sea y aunque tú te enfades, y no callaré que duerme y te
ha dejado á ti el trabajo. Debía ocuparse en suplicar á los príncipes
todos, pues el peligro que corremos es terrible.»

119 Dijo el rey de hombres Agamenón: «¡Anciano! Otras veces te exhorté
á que le riñeras, pues á menudo es indolente y no quiere trabajar; no
por pereza ó escasez de talento, sino porque volviendo los ojos hacia
mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,
presentóseme y le envié á llamar á aquéllos de que acabas de hablar.
Vayamos y los hallaremos delante de las puertas, con la guardia; pues
allí es donde les dije que se reunieran.»

128 Respondió Néstor, caballero gerenio: «De esta manera, ninguno de
los argivos se irritará contra él, ni le desobedecerá, cuando los
exhorte ó les ordene algo.»

131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica,
calzó los blancos pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto
purpúreo, doble, amplio, adornado con lanosa felpa. Asió la fuerte
lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó á las naves de
los aqueos, de broncíneas lorigas. El primero á quien despertó Néstor,
caballero gerenio, fué Ulises que en prudencia igualaba á Júpiter.
Llamóle gritando, su voz llegó á oídos del héroe, y éste salió de la
tienda y dijo:

141 «¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos,
durante la noche inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?»

143 Respondió Néstor, caballero gerenio: «¡Laertíada, de jovial linaje!
¡Ulises, fecundo en recursos! No te enojes, porque es muy grande el
pesar que abruma á los aquivos. Síguenos y llamaremos á quien convenga,
para tomar acuerdo sobre si es preciso fugarnos ó combatir todavía.»

148 Tal dijo. El ingenioso Ulises, entrando en la tienda, colgó de sus
hombros el labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de
Diomedes Tidida, y le hallaron delante de su pabellón con la armadura
puesta. Sus compañeros dormían alrededor de él, con las cabezas
apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en tierra;
el bronce de las puntas lucía á lo lejos como un relámpago del padre
Júpiter. El héroe descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo
debajo de la cabeza un espléndido tapete. Néstor, caballero gerenio, se
detuvo á su lado, le movió con el pie para que despertara, y le daba
prisa, increpándole de esta manera:

159 «¡Levántate, hijo de Tideo! ¿Cómo duermes á sueño suelto toda
la noche? ¿No sabes que los teucros acampan en una eminencia de la
llanura, cerca de las naves, y que solamente un corto espacio los
separa de nosotros?»

162 De esta suerte habló. Y aquél, recordando en seguida del sueño,
dijo estas aladas palabras:

164 «Eres infatigable, anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura
no hay otros aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten á
los reyes? ¡No se puede contigo, anciano!»

168 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «Sí, hijo, oportuno es
cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes y muchos hombres que
podrían ir á llamarlos, pero es muy grande el peligro en que se hallan
los aqueos: en el filo de una navaja están ahora la triste muerte y la
salvación de todos. Ve y haz levantar al veloz Ayax y al hijo de Fileo,
ya que eres más joven y de mí te compadeces.»

177 Dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento
y fogoso león, tomó la lanza, fué á despertar á aquéllos y se los llevó
consigo.

180 Cuando llegaron al escuadrón de los guardias, no encontraron á sus
jefes dormidos, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los
canes que guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte,
á través de la selva, una terrible fiera con gran clamoreo de hombres
y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir; así el dulce sueño
huía de los párpados de los que hacían guardia en tan mala noche, pues
miraban siempre hacia la llanura y acechaban si los teucros iban á
atacarlos. El anciano viólos, alegróse, y para animarlos profirió estas
aladas palabras:

192 «¡Vigilad así, hijos míos! No sea que alguno se deje vencer del
sueño y demos ocasión para que el enemigo se regocije.»

194 Dijo, y atravesó el foso. Siguiéronle los reyes argivos que habían
sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro hijo del
anciano porque aquéllos los invitaron á deliberar. Pasado el foso,
sentáronse en un lugar limpio donde el suelo no aparecía cubierto de
cadáveres: allí habíase vuelto el impetuoso Héctor, después de causar
gran estrago á los argivos, cuando la noche los cubrió con su manto.
Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor, caballero gerenio,
comenzó á hablar diciendo:

204 «¡Oh amigos! ¿No habrá nadie que, confiando en su ánimo audaz, vaya
al campamento de los magnánimos teucros? Quizás hiciera prisionero á
algún enemigo que ande cerca del ejército, ó averiguara, oyendo algún
rumor, lo que los teucros han decidido: si desean quedarse aquí, cerca
de las naves, ó volverán á la ciudad cuando hayan vencido á los aqueos.
Si se enterara de esto y regresara incólume, sería grande su gloria
debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría una hermosa
recompensa: cada jefe de los que mandan en las naves, le daría una
oveja con su corderito--presente sin igual--y se le admitiría además en
todos los banquetes y festines.»

218 De tal modo habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta
que Diomedes, valiente en la pelea, les dijo:

220 «¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan á penetrar en
el campo de los enemigos que tenemos cerca, de los teucros; pero si
alguien me acompañase, mi confianza y mi osadía serían mayores. Cuando
van dos, uno se anticipa al otro en advertir lo que conviene; cuando
se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la
resolución más difícil.»

227 Tales fueron sus palabras, y muchos quisieron acompañar á Diomedes.
Deseáronlo los dos Ayaces, ministros de Marte; quísolo Meriones; lo
anhelaba el hijo de Néstor; ofrecióse el Atrida Menelao, famoso por
su lanza; y por fin, también Ulises se mostró dispuesto á penetrar en
el ejército teucro, porque el corazón que tenía en el pecho aspiraba
siempre á ejecutar audaces hazañas. Y el rey de hombres Agamenón dijo
entonces:

234 «¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Escoge por compañero al
que quieras, al mejor de los presentes; pues son muchos los que se
ofrecen. No dejes al mejor y elijas á otro peor, por respeto alguno que
sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni por atender á
que sea un rey más poderoso.»

240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio Menelao. Y
Diomedes, valiente en la pelea, replicó:

242 «Si me mandáis que yo mismo designe el compañero, ¿cómo no pensaré
en el divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos
para toda suerte de trabajos, y á quien tanto ama Palas Minerva? Con
él volveríamos acá aunque nos rodearan abrasadoras llamas, porque su
prudencia es grande.»

248 Respondióle el paciente divino Ulises: «¡Tidida! No me alabes en
demasía ni me vituperes, puesto que hablas á los argivos de cosas que
les son conocidas. Pero vámonos, que la noche está muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las
dos partes de su jornada y solo un tercio nos resta.»

254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El
intrépido Trasimedes dió al Tidida una espada de dos filos--la de éste
había quedado en la nave--y un escudo; y le puso un morrión de piel
de toro sin penacho ni cimera, que se llama _catetyx_ y lo usan los
jóvenes para proteger la cabeza. Meriones proporcionó á Ulises arco,
carcaj y espada, y le cubrió la cabeza con un casco de piel que por
dentro se sujetaba con fuertes correas y por fuera presentaba los
blancos dientes de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un
mechón de lana colocado en el centro. Este casco era el que Autólico
había robado en Eleón á Amíntor Orménida, horadando la pared de su
casa, y que luego dió en Escandía á Anfidamante de Citera; Anfidamante
lo regaló, como presente de hospitalidad, á Molo; éste lo cedió á su
hijo Meriones para que lo llevara, y entonces hubo de cubrir la cabeza
de Ulises.

274 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y dejaron allí
á todos los príncipes. Palas Minerva envióles una garza, y si bien no
pudieron verla con sus ojos, porque la noche era obscura, oyéronla
graznar á la derecha del camino. Ulises se holgó del presagio y oró á
Minerva:

278 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! Tú que me asistes en
todos los trabajos y conoces mis pasos, séme ahora propicia más que
nunca, oh Minerva, y concede que volvamos á las naves cubiertos de
gloria por haber realizado una gran hazaña que preocupe á los teucros.»

283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo: «¡Ahora óyeme
también á mí, invicta hija de Júpiter! Acompáñame como acompañaste á
mi padre, el divino Tideo, cuando fué á Tebas en representación de los
aquivos. Dejando á los aqueos, de broncíneas lorigas, á orillas del
Asopo, llevó un agradable mensaje á los cadmeos; y á la vuelta realizó
admirables proezas con tu ayuda, excelente diosa, porque benévola le
acorrías. Ahora, acórreme á mí y préstame tu amparo. É inmolaré en tu
honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita y no sujeta
aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.»

295 Tales fueron sus respectivas plegarias, que oyó Palas Minerva. Y
después de rogar á la hija del gran Jove, anduvieron en la obscuridad
de la noche, como dos leones, por el campo donde tanta carnicería se
había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida sangre.

299 Tampoco Héctor dejaba dormir á los valientes teucros; pues convocó
á los próceres, á cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y
una vez reunidos les expuso una prudente idea:

303 «¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá á llevar al cabo la
empresa que voy á decir? La recompensa será proporcionada. Daré un
carro y dos corceles de erguido cuello, los mejores que haya en las
veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de acercarse á las naves
de ligero andar--con ello al mismo tiempo ganará gloria--y averigüe si
éstas son guardadas todavía, ó los aqueos, vencidos por nuestras manos,
piensan en la fuga y no quieren velar porque el cansancio abrumador los
rinde.»

313 Tal fué lo que propuso. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos.
Había entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del divino heraldo
Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto, pero de pies
ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste
dijo entonces á los teucros y á Héctor:

319 «¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan á acercarme á
las naves, de ligero andar, y explorar el campo. Ea, alza el cetro y
jura que me darás los corceles y el carro con adornos de bronce que
conducen al eximio Pelida. No te será inútil mi espionaje, ni tus
esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta
llegar á la nave de Agamenón, que es donde deben de haberse reunido los
caudillos para deliberar si huirán ó seguirán combatiendo.»

328 Así se expresó. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el
juramento: «Sea testigo el mismo Júpiter tonante, esposo de Juno.
Ningún otro teucro será llevado por estos corceles, y tú disfrutarás
perpetuamente de ellos.»

332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó
á Dolón. Éste, sin perder momento, colgó del hombro el corvo arco,
vistió una pelicana piel de lobo, cubrió la cabeza con un morrión de
piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y saliendo del ejército,
se encaminó á las naves, de donde no había de volver para darle á
Héctor la noticia. Dejó atrás la multitud de carros y hombres, y andaba
animoso por el camino. Y Ulises, de jovial linaje, advirtiendo que se
acercaba á ellos, habló así á Diomedes:

341 «Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como
espía á nuestras naves ó se propone despojar algún cadáver de los
que murieron. Dejemos que se adelante un poco más por la llanura,
y echándonos sobre él le cogeremos fácilmente; y si en correr nos
aventajare, apártale del ejército, acometiéndole con la lanza, y
persíguele siempre hacia las naves, para que no se guarezca en la
ciudad.»

349 Esto dicho, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El
incauto Dolón pasó con pie ligero. Mas cuando estuvo á la distancia á
que se extienden los surcos de las mulas--éstas son mejores que los
bueyes para tirar de un arado en tierra noval,--Ulises y Diomedes
corrieron á su alcance. Dolón oyó ruido y se detuvo, creyendo que
algunos de sus amigos venían del ejército teucro á llamarle por
encargo de Héctor. Pero así que aquéllos se hallaron á tiro de lanza
ó más cerca aún, conoció que eran enemigos y puso su diligencia en
los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban á perseguirle. Como dos
perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en una selva
á un cervato ó á una liebre que huye chillando delante de ellos; del
mismo modo, el Tidida y Ulises, asolador de ciudades, perseguían
constantemente á Dolón después que lograron apartarle del ejército.
Ya en su fuga hacia las naves iba el troyano á topar con el cuerpo de
guardia, cuando Minerva dió fuerzas al Tidida para que ninguno de los
aqueos, de broncíneas lorigas, se le adelantara y pudiera jactarse
de haber sido el primero en herirle y él llegase después. El fuerte
Diomedes arremetió á Dolón, con la lanza, y le gritó:

370 «Tente, ó te alcanzará mi lanza; y no creo que puedas evitar mucho
tiempo que mi mano te dé una muerte terrible.»

372 Dijo, y arrojó la lanza; mas de intento erró el tiro, y ésta se
clavó en el suelo después de volar por cima del hombro derecho de
Dolón. Paróse el troyano dentellando--los dientes crujíanle en la
boca,--tembloroso y pálido de miedo; Ulises y Diomedes se le acercaron,
jadeantes, y le asieron de las manos, mientras aquél lloraba y les
decía:

378 «Hacedme prisionero y yo me redimiré. Hay en casa bronce, oro y
hierro labrado: con ellos os pagaría mi padre inmenso rescate, si
supiera que estoy vivo en las naves aqueas.»

382 Respondióle el ingenioso Ulises: «Tranquilízate y no pienses en la
muerte. Ea, habla y dime con sinceridad: ¿Adónde ibas solo, separado
de tu ejército y derechamente hacia las naves, en esta noche obscura,
mientras duermen los demás mortales? ¿Acaso á despojar á algún cadáver?
¿Por ventura Héctor te envió como espía á las cóncavas naves? ¿Ó te
dejaste llevar por los impulsos de tu corazón?»

390 Contestó Dolón, á quien le temblaban las carnes: «Héctor me hizo
salir fuera de juicio con muchas y perniciosas promesas: accedió á
darme los solípedos corceles y el carro con adornos de bronce del
eximio Pelida, para que, acercándome durante la rápida y obscura noche
á los enemigos, averiguase si las veleras naves son guardadas todavía,
ó vosotros, que habéis sido vencidos por nuestras manos, pensáis en la
fuga y no queréis velar porque el cansancio abrumador os rinde.»

400 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises: «Grande es el presente que
tu corazón anhelaba. ¡Los corceles del aguerrido Eácida! Difícil es
que nadie los sujete y sea por ellos llevado, fuera de Aquiles, que
tiene una madre inmortal. Ea, habla y dime con sinceridad: ¿Dónde, al
venir, has dejado á Héctor, pastor de hombres? ¿En qué lugar tiene las
marciales armas y los caballos? ¿Cómo se hacen las guardias y de qué
modo están dispuestas las tiendas de los teucros? Cuenta también lo
que están deliberando: si desean quedarse aquí cerca de las naves, ó
volverán á la ciudad cuando hayan vencido á los aqueos.»

412 Contestó Dolón, hijo de Eumedes: «De todo voy á informarte con
exactitud. Héctor y sus consejeros deliberan lejos del bullicio, junto
á la tumba de Ilo; en cuanto á las guardias por que me preguntas, oh
héroe, ninguna ha sido designada para que vele por el ejército ni para
que vigile. En torno de cada hoguera los troyanos, apremiados por la
necesidad, velan y se exhortan mutuamente á la vigilancia. Pero los
auxiliares, venidos de lejas tierras, duermen y dejan á los troyanos el
cuidado de la guardia, porque no tienen aquí á sus hijos y mujeres.»

423 Volvió á preguntarle el ingenioso Ulises: «¿Éstos duermen mezclados
con los troyanos ó separadamente? Dímelo para que lo sepa.»

[Ilustración: ¡HUÉLGATE DE ESTA OFRENDA, OH DIOSA!

  (_Canto X, verso 462._)]

426 Contestó Dolón, hijo de Eumedes: «De todo voy á informarte con
exactitud. Hacia el mar están los carios, los peonios, armados de
corvos arcos, y los léleges, caucones y divinos pelasgos. El lado de
Timbra lo obtuvieron por suerte los licios, los arrogantes misios,
los frigios, domadores de caballos, y los meonios, que combaten en
carros. Mas ¿por qué me hacéis estas preguntas? Si deseáis entraros
por el ejército teucro, los tracios recién venidos están ahí, en ese
extremo, con su rey Reso, hijo de Eyoneo. He visto sus corceles que son
bellísimos, de gran altura, más blancos que la nieve y tan ligeros como
el viento. Su carro tiene lindos adornos de oro y plata, y sus armas
son de oro, magníficas, admirables, y más propias de los inmortales
dioses que de hombres mortales. Pero llevadme ya á las naves de ligero
andar, ó dejadme aquí, atado con recios lazos, para que vayáis y
comprobéis si os hablé como debía.»

446 Mirándole con torva faz, le replicó el fuerte Diomedes: «No esperes
escapar de ésta, oh Dolón, aunque tus noticias son importantes, pues
has caído en nuestras manos. Si te dejásemos libre ó consintiéramos en
el rescate, vendrías de nuevo á las veleras naves á espiar ó á combatir
contra nosotros; y si por mi mano pierdes la vida, no causarás más daño
á los argivos.»

454 Dijo; y Dolón iba como suplicante, á tocarle la barba con su
robusta mano, cuando Diomedes, de un tajo en el cuello, le rompió ambos
tendones; y la cabeza cayó en el polvo, mientras el troyano hablaba
todavía. Quitáronle el morrión de piel de comadreja, la piel de lobo,
el flexible arco y la ingente lanza; y el divino Ulises, cogiéndolo
todo con la mano, levantólo para ofrecerlo á Minerva, que preside á los
saqueos, y oró diciendo:

462 «Huélgate de esta ofrenda, ¡oh diosa! Serás tú la primera á quien
invocaremos entre las deidades del Olimpo. Y ahora guíanos hacia los
corceles y las tiendas de los tracios.»

465 Dichas estas palabras, apartó de sí los despojos y los colgó de
un tamarisco, cubriéndolos con cañas y frondosas ramas del árbol, que
fueran una señal visible para que no les pasaran inadvertidos, al
regresar durante la rápida y obscura noche. Luego, pasaron adelante por
encima de las armas y de la negra sangre, y llegaron al escuadrón de
los tracios que, rendidos de fatiga, dormían dispuestos en tres filas,
con las armas en el suelo y un par de caballos junto á cada guerrero.
Reso descansaba en el centro, y tenía los ligeros corceles atados con
correas á un extremo del carro. Ulises vióle el primero y lo mostró á
Diomedes:

477 «Ése es el hombre, Diomedes, y esos los corceles de que nos habló
Dolón, á quien matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y no tengas
ociosas las armas. Desata los caballos, ó bien mata hombres y yo me
encargaré de aquéllos.»

482 Tal dijo, y Minerva, la de los brillantes ojos, infundió valor á
Diomedes que comenzó á matar á diestro y á siniestro: sucedíanse los
horribles gemidos de los que daban la vida á los golpes de la espada,
y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal intencionado león acomete
al rebaño de cabras ó de ovejas, cuyo pastor está ausente; así el hijo
de Tideo se abalanzaba á los tracios, hasta que mató á doce. Á cuantos
aquél hería con la espada, Ulises, asiéndolos por el pie, los apartaba
del camino, para que luego los corceles de hermosas crines pudieran
pasar fácilmente y no se asustasen de pisar cadáveres, á lo cual no
estaban acostumbrados. Llegó el hijo de Tideo adonde yacía el rey,
y fué éste el décimotercio á quien privó de la dulce vida, mientras
daba un suspiro; pues en aquella noche el hijo de Eneo aparecíase en
desagradable ensueño á Reso, por orden de Minerva. Durante este tiempo,
el paciente Ulises desató los solípedos caballos, los ligó á entrambos
con las riendas y los sacó del ejército aguijándolos con el arco,
porque se le olvidó tomar el magnífico látigo que había en el labrado
carro. Y en seguida silbó, haciendo seña al divino Diomedes.

503 Mas éste, quedándose aún, pensaba qué podría hacer que fuese muy
arriesgado: si se llevaría el carro con las labradas armas, ya tirando
del timón, ya levantándolo en alto; ó quitaría la vida á más tracios.
En tanto que revolvía tales pensamientos en su espíritu, presentóse
Minerva y habló así al divino Diomedes:

509 «Piensa ya en volver á las cóncavas naves, hijo del magnánimo
Tideo. No sea que hayas de llegar huyendo, si algún otro dios despierta
á los teucros.»

512 Así habló. Diomedes, conociendo la voz de la diosa, montó sin
dilación á caballo; Ulises subió al suyo, aguijóles con el arco y ambos
volaron hacia las veleras naves aqueas.

515 Apolo, que lleva arco de plata, estaba en acecho desde que
advirtió que Minerva acompañaba al hijo de Tideo; é indignado contra
ella, entróse por el ejército de los teucros y despertó á Hipocoonte,
valeroso caudillo tracio y sobrino de Reso. Como Hipocoonte, recordando
del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban los caballos y á los
hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía, comenzó á
lamentarse y á llamar por su nombre al querido compañero. Y pronto se
promovió gran clamoreo é inmenso tumulto entre los teucros, que acudían
en tropel y admiraban la peligrosa aventura á que unos hombres habían
dado cima, regresando luego á las cóncavas naves.

526 Cuando ambos héroes llegaron al sitio en que mataran al espía de
Héctor, Ulises, caro á Júpiter, detuvo los veloces caballos; y el
Tidida, apeándose, tomó los cruentos despojos que puso en las manos de
su amigo, volvió á montar y picó á los corceles. Éstos volaron gozosos
hacia las cóncavas naves, pues á ellas deseaban llegar. Néstor fué el
primero que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:

533 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me engañaré ó
será verdad lo que voy á decir? El corazón me ordena hablar. Oigo
pisadas de caballos de pies ligeros. Ojalá Ulises y el fuerte Diomedes
trajeran del campo troyano solípedos corceles; pero mucho temo que
á los más valientes argivos les haya ocurrido algún percance en el
ejército teucro.»

540 Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando aquéllos
llegaron y echaron pie á tierra. Todos los saludaban alegremente con
la diestra y con afectuosas palabras. Y Néstor, caballero gerenio, les
preguntó el primero:

544 «¡Ea, dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo
hubisteis estos caballos: penetrando en el ejército teucro, ó
recibiéndolos de un dios que os salió al camino? Muy semejantes son á
los rayos del sol. Siempre entro por las filas de los teucros, pues
aunque anciano no me quedo en las naves, y jamás he visto ni advertido
tales corceles. Supongo que los habréis recibido de algún dios que os
salió al encuentro, pues á entrambos os aman Júpiter, que amontona las
nubes, y su hija Minerva, la de los brillantes ojos.»

554 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Néstor Nelida, gloria insigne de
los aqueos! Fácil le sería á un dios, si quisiera, dar caballos mejores
aún que éstos, pues su poder es muy grande. Los corceles por los que
preguntas, anciano, llegaron recientemente y son tracios: el valiente
Diomedes mató al dueño y á doce de sus compañeros, todos aventajados.
Y cerca de las naves dimos muerte al décimotercio, que era un espía
enviado por Héctor y otros teucros ilustres á explorar este campamento.»

564 De este modo habló; y muy ufano, hizo que los solípedos caballos
pasaran el foso, y los aqueos siguiéronle alborozados. Cuando
estuvieron en la hermosa tienda del Tidida, ataron los corceles con
bien cortadas correas al pesebre, donde los caballos de Diomedes comían
el trigo dulce como la miel. Ulises dejó en la popa de su nave los
cruentos despojos de Dolón, para guardarlos hasta que ofrecieran un
sacrificio á Minerva. Los dos héroes entraron en el mar y se lavaron el
abundante sudor de sus piernas, cuello y muslos. Cuando las olas les
hubieron limpiado el sudor del cuerpo y recreado el corazón, metiéronse
en pulimentadas pilas y se bañaron. Lavados ya y ungidos con craso
aceite, sentáronse á la mesa; y sacando de una cratera vino dulce como
la miel, en honor de Minerva lo libaron.



[Ilustración: La Discordia se presenta, por mandato de Júpiter, en las
naves griegas]



CANTO XI

PRINCIPALÍA DE AGAMENÓN


1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al bello Titón, para llevar
la luz á los dioses y á los hombres, cuando, enviada por Júpiter, se
presentó en las veleras naves aqueas la cruel Discordia con la señal
del combate en la mano. Subió la diosa á la ingente nave negra de
Ulises, que estaba en medio de todas, para que le oyeran por ambos
lados hasta las tiendas de Ayax Telamonio y de Aquiles; los cuales
habían puesto sus bajeles en los extremos, porque confiaban en su valor
y en la fuerza de sus brazos. Desde allí daba aquélla grandes, agudos
y horrendos gritos, y ponía mucha fortaleza en el corazón de todos, á
fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fué más
agradable batallar que volver á la patria tierra en las cóncavas naves.

15 El Atrida alzó la voz mandando que los argivos se apercibiesen,
y él mismo vistió la armadura de luciente bronce. Púsose en torno de
las piernas hermosas grebas sujetas con broches de plata, y cubrió su
pecho con la coraza que Ciniras le diera como presente de hospitalidad.
Porque hasta Chipre había llegado la noticia de que los aqueos se
embarcaban para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dió
esta coraza que tenía diez filetes de pavonado acero, doce de oro y
veinte de estaño, y tres cerúleos dragones erguidos hacia el cuello
y semejantes al iris que el Saturnio fija en las nubes como señal
para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colgó del hombro
la espada, en la que relucían áureos clavos, con su vaina de plata
sujeta por tirantes de oro. Embrazó después el labrado escudo, fuerte
y hermoso, de la altura de un hombre, que presentaba diez círculos
de bronce en el contorno, tenía veinte bollos de blanco estaño y en
el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba la Gorgona, de ojos
horrendos y torva vista, con el Terror y la Fuga á los lados. Su correa
era argentada, y sobre la misma enroscábase cerúleo dragón de tres
cabezas entrelazadas, que nacían de un solo cuello. Cubrió en seguida
su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho de
crines de caballo, que al ondear en lo alto causaba pavor; y asió dos
fornidas lanzas de aguzada broncínea punta, cuyo brillo llegaba hasta
el cielo. Y Minerva y Juno tronaron en las alturas para honrar al rey
de Micenas, rica en oro.

47 Cada cual mandó entonces á su auriga que tuviera dispuestos el
carro y los corceles junto al foso; salieron todos á pie y armados, y
levantóse inmenso vocerío antes que la aurora despuntara. Delante del
foso ordenáronse los infantes, y á éstos siguieron de cerca los que
combatían en carros. Y el Saturnio promovió entre ellos funesto tumulto
y dejó caer desde el éter sanguinoso rocío porque había de precipitar
al Orco á muchas y valerosas almas.

56 Los teucros pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia
de la llanura, alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante,
de Eneas, honrado como un dios por el pueblo troyano, y de los tres
Antenóridas: Pólibo, el divino Agenor y el joven Acamante, que parecía
un inmortal. Héctor, armado de un escudo liso, llegó con los primeros
combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y
otras se oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía
entre los delanteros, ya se mostraba entre los últimos, siempre dando
órdenes y brillando como el relámpago del padre Jove, que lleva la
égida.

67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de
un campo de trigo ó de cebada de un hombre opulento, y los manojos de
espigas caen espesos; de la misma manera, teucros y aqueos se acometían
y mataban, sin pensar en la perniciosa fuga. Igual andaba la pelea,
y como lobos se embestían. Gozábase en verlos la luctuosa Discordia,
única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los demás
dioses permanecían quietos en sus palacios construídos en los valles
del Olimpo y acusaban al Saturnio, el dios de las sombrías nubes,
porque quería conceder la victoria á los teucros. Mas el padre no se
cuidaba de ellos; y, sentado aparte, ufano de su gloria, contemplaba
la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce, á los que
mataban y á los que la muerte recibían.

84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los
tiros alcanzaban por igual á unos y á otros y los hombres caían. Cuando
llegó la hora en que el leñador prepara el almuerzo en la espesura
del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar grandes árboles
y su corazón apetece la agradable comida, los dánaos, exhortándose
mutuamente por las filas y peleando con bravura, rompieron las falanges
teucras. Agamenón, que fué el primero en arrojarse á ellas, mató á
Bianor, pastor de hombres, y á su compañero Oileo, hábil jinete. Éste
se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida
le hundió en la frente la aguzada pica, que atravesó el casco--á pesar
de ser de duro bronce--y el hueso, conmovióle el cerebro y postró
al guerrero cuando contra aquél arremetía: Después de quitarles á
entrambos la coraza, Agamenón, rey de hombres, dejólos allí, con el
pecho al aire, y fué á dar muerte á Iso y á Ántifo, hijos bastardo y
legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro. El
bastardo guiaba y el ilustre Ántifo combatía. En otro tiempo Aquiles,
habiéndolos sorprendido en un bosque del Ida, mientras apacentaban
ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego, pagado el rescate, los
puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida le envasó
á Iso la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y á Ántifo le hirió con
la espada en la oreja y le derribó del carro. Y al ir presuroso á
quitarles las magníficas armaduras, los reconoció; pues los había visto
en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los
llevó del Ida. Bien así como un león penetra en la guarida de una ágil
cierva, se echa sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes
dientes les quita la tierna vida, y la madre no puede socorrerlos,
aunque esté cerca, porque le da un gran temblor, y atraviesa, azorada
y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la
terrible fiera; tampoco los teucros pudieron librar á aquéllos de la
muerte, porque á su vez huían ante los argivos.

122 Alcanzó luego el rey Agamenón á Pisandro y al intrépido Hipóloco,
hijos del aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos
regalos de Alejandro, se oponía á que Helena fuese devuelta al rubio
Menelao): ambos iban en un carro, y desde su sitio procuraban guiar
los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas riendas y
estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si
fuese un león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:

131 «Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate.
Muchas cosas de valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro
labrado; con ellas nuestro padre te pagaría inmenso rescate, si supiera
que estamos vivos en las naves aqueas.»

136 Con tan dulces palabras y llorando, hablaban al rey; pero fué
amarga la respuesta que escucharon:

138 «Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco, que aconsejaba en
la junta de los troyanos matar á Menelao y no dejarle volver á los
aqueos, cuando vino á título de embajador con el deiforme Ulises, ahora
pagaréis la insolente injuria que nos infirió vuestro padre.»

143 Dijo, y derribó del carro á Pisandro: dióle una lanzada en el pecho
y le tumbó de espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra,
Agamenón le cercenó con la espada los brazos y la cabeza, que tiró,
haciéndola rodar como un mortero, por entre las filas. El Atrida dejó
á éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuése derecho
al sitio donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían.
Los infantes mataban á los infantes, que se veían obligados á huir;
los que combatían desde el carro hacían perecer con el bronce á los
enemigos que así peleaban, y á todos los envolvía la polvareda que
en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el
rey Agamenón iba siempre adelante, matando teucros y animando á los
argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace
oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden
á la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces; de igual manera
caían las cabezas de los teucros puestos en fuga por Agamenón Atrida,
y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el
campo los carros vacíos y echaban de menos á los eximios conductores;
pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más gratos á los buitres que á
sus propias esposas.

163 Á Héctor, Júpiter le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza,
la sangre y el tumulto; y el Atrida iba adelante, exhortando
vehementemente á los dánaos. Los teucros corrían por la llanura,
deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado á su espalda
el sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahigo; y el Atrida les
seguía el alcance, vociferando, con las invictas manos llenas de polvo
y sangre. Los que primero llegaron á las puertas Esceas y á la encina,
detuviéronse para aguardar á sus compañeros, los cuales huían por la
llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la
obscuridad de la noche, da cruel muerte á una de ellas, rompiendo su
cerviz con los fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas;
del mismo modo el rey Agamenón Atrida perseguía á los teucros, matando
al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El Atrida, manejando la
lanza con gran furia, hizo caer á muchos, ya de pechos, ya de espaldas,
de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al
alto muro de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó
del cielo con el relámpago en la mano, se sentó en una de las cumbres,
y llamó á Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:

186 «¡Anda, ve, rápida Iris! Dile á Héctor estas palabras: Mientras
vea que Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes
delanteros y destroza filas de hombres, retírese y ordene al pueblo que
combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél,
herido de lanza ó de flecha, suba al carro, les daré fuerzas para matar
enemigos hasta que llegue á las naves de muchos bancos, se ponga el sol
y comience la sagrada noche.»

195 Dijo, y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó
de obedecerle. Descendió de los montes ideos á la sagrada Ilión, y
hallando al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo, de pie en el
sólido carro, se detuvo á su lado, y le habló de esta manera:

200 «¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas á Júpiter! El
padre Jove me manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que
Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros
y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al pueblo que
combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél,
herido de lanza ó de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar
enemigos hasta que llegues á las naves de muchos bancos, se ponga el
sol y comience la sagrada noche.»

210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fué.
Héctor saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y blandiendo
afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á luchar y promovió
una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para
embestirlos; los argivos cerraron las filas de las falanges; reanudóse
el combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse
á todos en la batalla.

218 Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el
primer troyano ó aliado ilustre que á Agamenón se opuso.

221 Fué Ifidamante Antenórida, valiente y alto de cuerpo, que se había
criado en la fértil Tracia, madre de ovejas. Era todavía niño cuando
su abuelo materno Ciseo, padre de Teano, la de hermosas mejillas, le
acogió en su casa; y así que hubo llegado á la gloriosa edad juvenil,
le conservó á su lado, dándole á su hija en matrimonio. Apenas casado,
Ifidamante tuvo que dejar el tálamo para ir á guerrear contra los
aqueos: llegó por mar hasta Percote, dejó allí las doce corvas naves
que mandaba y se encaminó por tierra á Ilión. Tal era quien salió al
encuentro de Agamenón Atrida. Cuando los dos héroes se hallaron frente
á frente, acometiéronse, y el Atrida erró el tiro, porque la lanza
se le desvió; Ifidamante dió con la pica un bote en la cintura de
Agamenón, más abajo de la coraza, y aunque empujó el astil con toda la
fuerza de su brazo, no logró atravesar el labrado tahalí, pues la punta
al chocar con la lámina de plata se torció como plomo. Entonces el
poderoso Agamenón asió de la pica, y tirando de ella con la furia de un
león, la arrancó de las manos de Ifidamante, á quien hirió en el cuello
con la espada, dejándole sin vigor los miembros. De este modo cayó el
desventurado para dormir el sueño de bronce, mientras auxiliaba á los
troyanos, lejos de su joven y legítima esposa, cuya gratitud no llegó
á conocer después que tanto le diera: habíale regalado cien bueyes y
prometido mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores
apacentaban. El Atrida Agamenón le quitó la magnífica armadura y se la
llevó, abriéndose paso por entre los aqueos.

248 Advirtiólo Coón, varón preclaro é hijo primogénito de Antenor, y
densa nube de pesar cubrió sus ojos por la muerte del hermano. Púsose
al lado de Agamenón sin que éste lo notara, dióle una lanzada en medio
del brazo, en el codo, y se lo atravesó con la punta de la reluciente
pica. Estremecióse el rey de hombres Agamenón, mas no por esto dejó
de luchar ni de combatir; sino que arremetió con la impetuosa lanza á
Coón, el cual se apresuraba á retirar, asiéndole por el pie, el cadáver
de Ifidamante, su hermano de padre, y á voces pedía auxilio á los
más valientes. Mientras arrastraba el cadáver á través de la turba,
cubriéndole con el abollonado escudo, Agamenón le envasó la broncínea
lanza; dejó sin vigor sus miembros, y le cortó la cabeza sobre el mismo
Ifidamante. Y ambos hijos de Antenor, cumpliéndose su destino, acabaron
la vida á manos del Atrida y descendieron á la morada de Plutón.

264 Entróse luego Agamenón por las filas de otros guerreros, y combatió
con la lanza, la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente
brotaba de la herida; mas así que ésta se secó y la sangre dejó de
correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los dolores agudos
y acerbos que á la parturiente envían las Ilitias, hijas de Júpiter,
las cuales presiden los alumbramientos y disponen de los terribles
dolores del parto; tales eran los agudos dolores que debilitaron las
fuerzas del Atrida. De un salto subió al carro; con el corazón afligido
mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves, y gritando fuerte
dijo á los dánaos:

276 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Apartad vosotros de
las naves, que atraviesan el ponto, el funesto combate; pues á mí el
próvido Júpiter no me permite combatir todo el día con los teucros.»

280 Así dijo. El auriga picó con el látigo á los caballos de hermosas
crines, dirigiéndolos á las cóncavas naves; ellos volaron gozosos, con
el pecho cubierto de espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron
del campo de la batalla al fatigado rey.

284 Héctor, al notar que Agamenón se ausentaba, con penetrantes gritos
animó á los troyanos y á los licios:

286 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero más
valiente se ha ido, y Jove Saturnio me concede una gran victoria. Pero
dirigid los solípedos caballos hacia los fuertes dánaos y la gloria que
alcanzaréis será mayor.»

291 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Como
un cazador azuza á los perros de blancos dientes contra un montaraz
jabalí ó contra un león; así Héctor Priámida, igual á Marte, funesto
á los mortales, incitaba á los magnánimos teucros contra los aqueos.
Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y cayó en
la batalla como tempestad que viene de lo alto y alborota el violáceo
ponto.

299 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató
Héctor Priámida cuando Júpiter le dió gloria?

301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope Clítida,
Ofeltio, Agelao, Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. Á tales caudillos
dánaos dió muerte, y además á muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro
agita y se lleva en furioso torbellino las nubes que el veloz Noto
reuniera, y gruesas olas se levantan y la espuma llega á lo alto por
el soplo del errabundo viento; de esta manera caían ante Héctor muchas
cabezas de hombres plebeyos.

310 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido,
y los aqueos, dándose á la fuga, no habrían parado hasta las naves, si
Ulises no hubiese exhortado á Diomedes Tidida:

313 «¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea,
ven aquí, amigo; ponte á mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, de
tremolante casco, se apoderase de las naves.»

316 Respondióle el fuerte Diomedes: «Yo me quedaré y resistiré, aunque
será poco el provecho que obtendremos; pues Júpiter, que amontona las
nubes, quiere conceder la victoria á los teucros y no á nosotros.»

320 Dijo, y derribó del carro á Timbreo, envasándole la pica en la
tetilla izquierda; mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, á
Molión, igual á un dios. Dejáronlos tan pronto como los pusieron fuera
de combate, y penetrando por la turba causaron confusión y terror, como
dos embravecidos jabalíes que acometen á perros de caza. Así, habiendo
vuelto á combatir, mataban á los teucros; en tanto los aqueos, que
huían de Héctor, pudieron respirar placenteramente.

328 Dieron también alcance á dos hombres que eran los más valientes de
su pueblo y venían en un mismo carro, á los hijos de Mérope percosio:
éste conocía como nadie el arte adivinatoria, y no quería que sus hijos
fuesen á la homicida guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos
por el hado que á la negra muerte los arrastraba. Diomedes Tidida,
famoso por su lanza, les quitó la vida y les despojó de las magníficas
armaduras. Ulises mató á Hipódamo y á Hipéroco.

336 Entonces el Saturnio, que desde el Ida contemplaba la batalla,
igualó el combate en que teucros y aqueos se mataban. El hijo de Tideo
dió una lanzada en la cadera al héroe Agástrofo Peónida, que por no
tener cerca los corceles no pudo huir, y esta fué la causa de su
desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él se revolvía
furioso entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida.
Atisbó Héctor á Ulises y á Diomedes, los arremetió gritando, y pronto
siguieron tras él las falanges troyanas. Al verle, estremecióse el
valeroso Diomedes, y dijo á Ulises, que estaba á su lado:

347 «Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea,
aguardémosle á pie firme y cerremos con él.»

349 Dijo; y apuntando á la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la
ingente lanza, que fué á dar en la cima del yelmo; pero el bronce
rechazó al bronce, y la punta no llegó al hermoso cutis por impedírselo
el casco de tres dobleces y agujeros á guisa de ojos, regalo de Febo
Apolo. Héctor retrocedió un buen trecho, y penetrando por la turba,
cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche
cubrió sus ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas
para recoger la lanza que en el suelo se clavara, Héctor tornó en su
sentido, subió de un salto al carro, y dirigiéndolo por en medio de la
multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en
mano le perseguía, exclamó:

362 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste
la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar
cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo
acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora
perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»

367 Dijo; y empezó á despojar el cadáver del Peónida, famoso por su
lanza. Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se
apoyaba en una columna del sepulcro del antiguo rey Ilo Dardánida,
armó la ballesta y la asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y
mientras éste quitaba al cadáver del valeroso Agástrofo la labrada
coraza, el versátil escudo de debajo de la espalda, y el pesado casco,
aquél disparó y el tiro no fué errado: la flecha atravesóle al héroe
el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro salió de su
escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:

380 «Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un
ijar, te hubiese quitado la vida. Así los teucros tendrían un respiro
en sus males, pues te temen como al león las baladoras cabras.»

384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes: «¡Flechero,
insolente, únicamente experto en manejar el arco, mirón de doncellas!
Si frente á frente midieras conmigo las armas, no te valdría la
ballesta ni las abundantes flechas. Ahora te alabas sin motivo, pues
sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido de la herida como
si una mujer ó un insipiente niño me la hubiese causado, que poco duele
la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo
que yo arrojo: por poco que penetre deja exánime al que lo recibe, y la
mujer del muerto desgarra sus mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y
el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la tierra y teniendo á
su alrededor más aves de rapiña que mujeres.»

396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante.
Diomedes se sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible
recorrió su cuerpo. Entonces subió al carro y con el corazón afligido
mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves.

401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún aqueo permaneció
á su lado, porque el terror los poseía á todos. Y gimiendo, á su
magnánimo espíritu así le hablaba:

404 «¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo á la
muchedumbre, y peor aún que me cojan, quedándome solo, pues á los demás
dánaos el Saturnio los puso en fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me
hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen del combate, y quien
se descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya á
otro hiera.»

411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón,
llegaron las huestes de los escudados teucros, y rodeándole, su propio
mal entre ellos encerraron. Como los perros y los florecientes mozos
cercan y embisten á un jabalí que sale de la espesa selva aguzando en
sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera cruja
los dientes y aparezca terrible resisten firmemente; así los teucros
acometían entonces por todos lados á Ulises, caro á Júpiter. Mas él dió
un salto y clavó la aguda pica en un hombro del eximio Deyopites; mató
luego á Toón y Eunomo; alanceó en el ombligo por debajo del cóncavo
escudo á Quersidamante que se apeaba del carro y cayó en el polvo y
cogió el suelo con las manos; y dejándolos á todos, envasó la lanza á
Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un
dios, vino á defenderle, y deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de
este modo:

430 «¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar!
Hoy ó podrás gloriarte de haber muerto y despojado de las armas á ambos
Hipásidas, ó perderás la vida, herido por mi lanza.»

434 Cuando esto hubo dicho, le dió un bote en el liso escudo: la
fornida lanza atravesó la luciente rodela, clavóse en la labrada coraza
y levantó la piel del costado; pero Palas Minerva no permitió que
llegara á las entrañas del héroe. Comprendió Ulises que por el sitio la
herida no era mortal, y retrocediendo dijo á Soco estas palabras:

441 «¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído.
Lograste que cesara de luchar con los teucros, pero yo te digo que la
perdición y la negra muerte te alcanzarán hoy, y vencido por mi lanza
me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»

446 Dijo; y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el
dorso, entre los hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con
estrépito, y el divino Ulises se jactó de su obra:

450 «¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hipaso, domador de caballos! Te
sorprendió la muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! Á ti,
una vez muerto, ni el padre ni la veneranda madre te cerrarán los ojos,
sino que te desgarrarán las carnívoras aves cubriéndote con sus tupidas
alas; mientras que á mí, cuando me muera, los divinos aqueos me harán
honras fúnebres.»

456 Dichas estas palabras, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo
la ingente lanza que Soco le arrojara; brotó la sangre y afligióse
el héroe. Los magnánimos teucros, al ver la sangre, se exhortaron
mutuamente entre la turba y embistieron todos á Ulises; y éste
retrocedió, llamando á voces á sus compañeros. Tres veces gritó cuanto
un varón puede hacerlo á voz en cuello; tres veces Menelao, caro á
Marte, le oyó, y al punto dijo á Ayax, que estaba á su lado:

465 «¡Ayax Telamonio, de jovial linaje, príncipe de hombres! Oigo la
voz del paciente Ulises como si los teucros, habiéndole aislado en la
terrible lucha, lo estuviesen acosando. Acudámosle, abriéndonos calle
por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro. Temo que á pesar de
su valentía le suceda alguna desgracia solo entre los teucros, y que
después los dánaos lo echen muy de menos.»

472 Así diciendo, partió y siguióle Ayax, varón igual á un dios.
Pronto dieron con Ulises, caro á Jove, á quien los teucros acometían
por todos lados como los rojizos chacales circundan en el monte á un
cornígero ciervo herido por la flecha que un hombre le tirara con el
arco--salvóse el ciervo, merced á sus pies, y huyó en tanto que la
sangre estuvo caliente y las rodillas ágiles; postrólo luego la veloz
saeta, y cuando carnívoros chacales lo despedazaban en la espesura de
un monte, trajo el azar un voraz león que, dispersando á los chacales
devoró á aquel;--así entonces muchos y robustos teucros arremetían al
aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo la pica, apartaba
de sí la cruel muerte. Pero llegó Ayax con su escudo como una torre,
se puso al lado de Ulises y los teucros se espantaron y huyeron á la
desbandada. El belígero Menelao, asiendo por la mano al héroe, sacóle
de la turba mientras el escudero acercaba el carro.

489 Ayax, acometiendo á los teucros, mató á Doriclo, hijo bastardo
de Príamo, é hirió á Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el
hinchado torrente que acreció la lluvia de Júpiter baja por los montes
á la llanura, arrastra muchos pinos y encinas secas, y arroja al mar
gran cantidad de cieno; así el ilustre Ayax desordenaba y perseguía por
el campo á los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. Héctor no lo
había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de
la orilla del Escamandro: allí las cabezas caían en mayor número, y un
inmenso vocerío se dejaba oir alrededor del gran Néstor y del bizarro
Idomeneo. Entre todos revolvíase Héctor, que, haciendo arduas proezas
con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía las falanges de jóvenes
guerreros. Y los aqueos no retrocedieran aún, si Alejandro, esposo de
Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate
á Macaón, mientras descollaba en la pelea, hiriéndole en la espalda
derecha con trifurcada saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor,
temieron que la lucha se inclinase, y aquél fuera muerto. Y al punto
habló Idomeneo al divino Néstor:

511 «¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al
carro, póngase Macaón junto á ti, y dirige presto á las naves los
solípedos corceles. Pues un médico vale por muchos hombres, por su
pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.»

516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerle. Subió al
carro, y tan pronto como Macaón, hijo del eximio médico Esculapio, le
hubo seguido, picó con el látigo á los caballos y éstos volaron de su
grado hacia las cóncavas naves, pues les gustaba volver á ellas.

521 Cebrión, que acompañaba á Héctor en el carro, notó que los teucros
eran derrotados, y dijo al hermano:

523 «¡Héctor! Mientras nosotros combatimos con los dánaos en un extremo
de la batalla horrísona, los demás teucros son desbaratados y se agitan
en confuso tropel hombres y caballos. Ayax Telamonio es quien los
desordena; bien le conozco por el ancho escudo que cubre sus espaldas.
Enderecemos á aquel sitio los corceles del carro, que allí es más
empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en
carros, é inmensa la gritería que se levanta.»

[Ilustración: HÉCTOR, DESEOSO DE PENETRAR Y DESHACER AQUEL GRUPO DE
HOMBRES, PROMOVÍA GRAN TUMULTO ENTRE LOS DÁNAOS

  (_Canto XI, versos 537 á 539._)]

531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo á los caballos de
hermosas crines. Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por
entre teucros y dánaos el ligero carro, pisando cadáveres y escudos; el
eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban
salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las
llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer
aquel grupo de hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no
dejaba la lanza quieta, recorría las filas de aquéllos y peleaba con
la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el encuentro
con Ayax Telamonio, porque Jove se irritaba contra él siempre que
combatía con un guerrero más valiente.

544 El padre Júpiter, que tiene su trono en las alturas, infundió
temor en Ayax y éste se quedó atónito, se echó á la espalda el escudo
formado por siete boyunos cueros, paseó su mirada por la turba, como
una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando á paso
lento. Como los canes y pastores ahuyentan del boíl á un tostado león,
y vigilando toda la noche, no le dejan llegar á los pingües bueyes; y
el león, ávido de carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen
sobre él multitud de venablos arrojados por robustas manos y encendidas
teas que le dan miedo, y cuando empieza á clarear el día, se marcha la
fiera con ánimo afligido; así Ayax se alejaba entonces de los teucros,
contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las
naves aqueas. De la suerte que un tardo asno se acerca á un campo, y
venciendo la resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas
varas, penetra en él y destroza las crecidas mieses; los muchachos
lo apalean; pero, como su fuerza es poca, sólo consiguen echarlo con
trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma manera los
animosos troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras perseguían
al gran Ayax, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas.
Ayax unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía
las falanges de los teucros, domadores de caballos; otras, tornaba á
huir; y moviéndose con furia entre los teucros y los aqueos, conseguía
que los enemigos no se encaminasen á las naves. Las lanzas que manos
audaces despedían, se clavaban en el gran escudo ó caían en el suelo
delante del héroe, codiciosas de su carne.

575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vió que Ayax estaba tan
abrumado por los tiros, se colocó á su lado, arrojó la reluciente lanza
y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, á Apisaón Fausíada,
pastor de hombres, dejándole sin vigor las rodillas. Corrió en seguida
hacia él y se puso á quitarle la armadura. Pero advirtiólo Alejandro,
y disparando la ballesta contra Eurípilo logró herirle en el muslo
derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el
muslo del guerrero. Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar
la muerte; y dando grandes voces, decía á los dánaos:

587 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved
la cara al enemigo, y librad de la muerte á Ayax que está abrumado por
los tiros y no creo que escape con vida del horrísono combate. Rodead
al gran Ayax, hijo de Telamón.»

592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos
se colocaron junto al mismo con los escudos sobre los hombros y las
picas levantadas. Ayax, apenas se juntó con sus compañeros, detúvose y
volvió la cara á los teucros. Y siguieron combatiendo con el ardor de
encendido fuego.

597 En tanto, las yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del
combate á Néstor y á Macaón, pastor de pueblos. Reconoció al último el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde lo alto de la ingente
nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó,
desde allí mismo, á Patroclo, su compañero: oyóle éste, y, parecido
á Marte, salió de la tienda. Tal fué el origen de su desgracia. El
esforzado hijo de Menetio habló el primero, diciendo:

606 «¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?» Respondió Aquiles,
el de los pies ligeros:

608 «¡Noble hijo de Menetio, carísimo á mi corazón! Ahora espero que
los aquivos vendrán á suplicarme y se postrarán á mis plantas, porque
no es llevadera la necesidad en que se hallan. Pero ve Patroclo, caro á
Júpiter, y pregunta á Néstor quién es el herido que saca del combate.
Por la espalda tiene gran parecido con Macaón, hijo de Esculapio, pero
no le vi el rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes,
pasaron rápidamente por mi lado.»

616 Dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fué corriendo á las
tiendas y naves aqueas.

618 Cuando aquéllos hubieron llegado á la tienda del Nelida,
descendieron del carro al almo suelo, y Eurimedonte, servidor del
anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón dejaron secar el sudor
que mojaba sus lorigas, poniéndose al soplo del viento en la orilla del
mar; y penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces
les preparó una mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del
magnánimo Arsínoo, que el anciano se había llevado de Ténedos cuando
Aquiles entró á saco esta ciudad: los aqueos se la adjudicaron á
Néstor, que á todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa
magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de
bronce con cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y sacra
harina de flor, y una bella copa guarnecida de áureos clavos que el
anciano se llevara de su palacio y tenía cuatro asas--cada una entre
dos palomas de oro--y dos sustentáculos. Á otro anciano le hubiese sido
difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa,
pero Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía
una diosa, les preparó la bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de
cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la mezcla con blanca harina y
les invitó á beber así que tuvo compuesta la mixtura. Ambos bebieron, y
apagada la abrasadora sed, se entregaban al deleite de la conversación
cuando Patroclo, varón igual á un dios, apareció en la puerta. Vióle
el anciano; y levantándose del vistoso asiento, le asió de la mano, le
hizo entrar y le rogó que se sentara; pero Patroclo se excusó diciendo:

648 «No puedo sentarme, anciano alumno de Júpiter; no lograrás
convencerme. Respetable y temible es quien me envía á preguntar á cuál
guerrero trajiste herido; pero ya lo sé, pues estoy viendo á Macaón,
pastor de hombres. Voy á llevar, como mensajero, la noticia á Aquiles.
Bien sabes tú, anciano alumno de Júpiter, lo violento que es aquel
hombre y cuán pronto culparía hasta á un inocente.»

655 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «¿Cómo es que Aquiles se
compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No sabe en qué
aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de
cerca y otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fué
herido el poderoso Diomedes Tidida; con la pica, Ulises, famoso por
su lanza, y Agamenón; á Eurípilo flecháronle en el muslo, y acabo de
sacar del combate á este otro, herido también por una saeta que el
arco despidiera. Pero Aquiles, á pesar de su valentía, ni se cura de
los dánaos ni se apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves
sean devoradas por el fuego enemigo en la orilla del mar, sin que
los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de otros sucumbamos
todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. Ojalá
fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda
surgida entre los eleos y los pilios por el robo de bueyes, maté á
Itimoneo, hijo valiente de Hipéroco, que vivía en la Élide, y tomé
represalias. Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra entre
los primeros, herido por el dardo que le arrojara mi mano, y los demás
campesinos huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido
botín: cincuenta vacadas, otras tantas manadas de ovejas, otras tantas
piaras de cerdos, otros tantos rebaños copiosos de cabras y ciento
cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros. Aquella misma
noche lo llevamos á Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su
corazón de que me correspondiera una gran parte, á pesar de ser yo
tan joven cuando fuí al combate. Al alborear, los heraldos pregonaron
con voz sonora que se presentaran todos aquellos á quienes se les
debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el
botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues como en
Pilos éramos pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido
el fornido Hércules, que nos maltrató y dió muerte á los principales
ciudadanos. De los doce hijos de Neleo, tan sólo yo quedé con vida;
todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de broncíneas
lorigas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros
inicuas acciones.--El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes
y otro de trescientas cabras con sus pastores, por la gran deuda que
tenía que cobrar en la divina Élide: había enviado cuatro corceles,
vencedores en anteriores juegos, uncidos á un carro, para aspirar
al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode. Y Augías,
rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fué
triste por lo ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el
anciano escogió muchas cosas y dió lo restante al pueblo, encargando
que se distribuyera y que nadie se viese privado de su respectiva
porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios á los
dioses.--Tres días después se presentaron muchos epeos con carros
tirados por solípedos caballos y toda la hueste reunida; y entre
sus guerreros figuraban ambos Molíones, que entonces eran niños y
no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada
Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de
la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así
que hubieron atravesado la llanura, Minerva descendió presurosa del
Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos las armas, y no
halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos
de combatir. Á mí, Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió
los caballos, no teniéndome por suficientemente instruído en las cosas
de la guerra. Y con todo eso, sobresalí, siendo infante, entre los
nuestros, que combatían en carros; pues fué Minerva la que me llevó
al combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en el mar cerca
de Arena: allí los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera
la divinal Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos
y vestida la armadura, marchamos, llegando al mediodía á la sagrada
corriente del Alfeo. Hicimos hermosos sacrificios al prepotente
Júpiter, inmolamos un toro al Alfeo, otro á Neptuno y una gregal vaca
á Minerva, la de los brillantes ojos; cenamos sin romper las filas, y
dormimos, con la armadura puesta, á orillas del río. Los magnánimos
epeos estrechaban el cerco de la ciudad, deseosos de destruirla; pero
antes de lograrlo se les presentó una gran acción de guerra. Cuando el
resplandeciente sol apareció en lo alto, trabamos la batalla, después
de orar á Júpiter y á Minerva. Y en la lucha de los pilios con los
epeos, fuí el primero que mató á un hombre, al belicoso Mulio, cuyos
solípedos corceles me llevé. Era este guerrero yerno de Augías, por
estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas
drogas produce la vasta tierra. Y acercándome á él, le envasé la
broncínea lanza, le derribé en el polvo, salté á su carro y me coloqué
entre los combatientes delanteros. Los magnánimos epeos huyeron en
desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que mandaba á
los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme á
ellos cual obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi
lanza y haciendo morder la tierra á los dos guerreros que en cada uno
venían; y hubiera matado á entrambos Molíones Actóridas, si su padre,
el poderoso Neptuno, que conmueve la tierra, no los hubiese salvado,
envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces
Júpiter concedió á los pilios una gran victoria. Perseguimos á los
eleos por la espaciosa llanura, matando hombres y recogiendo magníficas
armas, hasta que nuestros corceles nos llevaron á Buprasio, la roca
Olenia y Alisio, al sitio llamado _la colina_, donde Minerva hizo que
el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que maté.
Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles á
Pilos, todos daban gracias á Júpiter entre los dioses y á Néstor entre
los hombres. Tal era yo entre los guerreros, si todo no ha sido un
sueño.--Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él mismo, y creo
que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército perezca. ¡Oh
amigo! Menetio te hizo un encargo el día en que te envió desde Ptía á
Agamenón; estábamos en el palacio con el divino Ulises y oímos cuanto
aquél te dijo. Nosotros, que entonces reclutábamos tropas en la fértil
Acaya, habíamos llegado al palacio de Peleo, que abundaba de gente,
donde encontramos al héroe Menetio, á ti y á Aquiles. Peleo, el anciano
jinete, quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de
Júpiter, que se complace en lanzar rayos; y con una copa de oro vertía
el negro vino en la ardiente llama, mientras vosotros preparabais la
carne de los bueyes. Nos detuvimos en el vestíbulo; Aquiles se levantó
sorprendido, y cogiéndonos de la mano nos introdujo, nos hizo sentar
y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer
con los forasteros. Satisficimos de bebida y de comida al apetito,
y empecé á exhortaros para que os vinierais con nosotros; ambos lo
anhelabais y vuestros padres os daban muchos consejos. El anciano Peleo
recomendaba á su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera
entre los demás, y á su vez Menetio, hijo de Áctor, te aconsejaba así:
_¡Hijo mío! Aquiles te aventaja por su abolengo, pero tú le superas en
edad, aquél es mucho más fuerte, pero hazle prudentes advertencias,
amonéstale é instrúyele y te obedecerá para su propio bien._ Así te
aconsejaba el anciano, y tú lo olvidas. Pero aún podrías recordárselo
al aguerrido Aquiles y quizás lograras persuadirle. ¿Quién sabe si
con la ayuda de algún dios conmoverías su corazón? Gran fuerza tiene
la exhortación de un amigo. Y si se abstiene de combatir por algún
vaticinio que su madre enterada por Jove le ha revelado, que á lo
menos te envíe á ti con los demás mirmidones, por si llegas á ser la
aurora de salvación de los dánaos, y te permita llevar en el combate su
magnífica armadura para que los teucros te confundan con él y cesen de
pelear, los belicosos aqueos que tan abatidos están se reanimen, y la
batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Vosotros que no
os halláis extenuados de fatiga, rechazaríais fácilmente de las naves y
tiendas hacia la ciudad á esos hombres que de pelear están cansados.»

804 Dijo, y conmovióle el corazón. Patroclo fuése corriendo por entre
las naves para volver á la tienda de Aquiles Eácida. Mas cuando llegó
á los bajeles del divino Ulises--allí se celebraban las juntas y se
administraba justicia ante los altares erigidos á los dioses--regresaba
del combate, cojeando, el noble Eurípilo Evemónida, que había recibido
un flechazo en el muslo: abundante sudor corría por su cabeza y
sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su
inteligencia permanecía firme. Vióle el esforzado hijo de Menetio, se
compadeció de él, y suspirando dijo estas aladas palabras:

816 «¡Ah infelices caudillos y príncipes de los dánaos! ¡Así debíais
en Troya, lejos de los amigos y de la patria, saciar con vuestra
blanca grasa á los ágiles perros! Pero dime, héroe Eurípilo, alumno de
Júpiter: ¿Podrán los aqueos sostener el ataque del ingente Héctor, ó
perecerán vencidos por su lanza?»

822 Respondióle Eurípilo herido: «¡Patroclo, de jovial linaje! Ya no
hay defensa para los aqueos que corren á refugiarse en las negras
naves. Cuantos fueron hasta aquí los más valientes, yacen en sus
bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por los teucros,
cuya fuerza va en aumento. Pero, ¡sálvame! Llévame á la negra nave,
arráncame la flecha del muslo, lava con agua tibia la negra sangre que
fluye de la herida y ponme en ella drogas calmantes y salutíferas que,
según dicen, te dió á conocer Aquiles, instruído por Quirón, el más
justo de los Centauros. Pues de los dos médicos, Podalirio y Macaón, el
uno creo que está herido en su tienda, y á su vez necesita de un buen
médico, y el otro sostiene vivo combate en la llanura troyana.»

837 Contestó el esforzado hijo de Menetio: «¿Cómo acabará esto? ¿Qué
haremos, héroe Eurípilo? Iba á decir al aguerrido Aquiles lo que Néstor
gerenio, protector de los aqueos, me encargó; pero no te dejaré así,
abrumado por el dolor.»

842 Dijo; y cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llevólo á la
tienda. El escudero, al verlos venir, extendió en el suelo pieles de
buey. Patroclo recostó en ellas á Eurípilo y sacó del muslo, con la
daga, la aguda y acerba flecha; y después de lavar con agua tibia la
negra sangre, espolvoreó la herida con una raíz amarga y calmante que
previamente había desmenuzado con la mano. La raíz calmó el dolor,
secóse la herida y la sangre dejó de correr.



[Ilustración: Héctor ordena á los caudillos teucros que bajen de los
carros para atacar á los aqueos]



CANTO XII

COMBATE EN LA MURALLA


1 En tanto el fuerte hijo de Menetio curaba, dentro de la tienda, la
herida de Eurípilo, acometíanse confusamente argivos y teucros. Ya no
había de contener á éstos ni el foso ni el ancho muro que al borde del
mismo construyeron los dánaos, sin ofrecer á los dioses hecatombes
perfectas, para que los defendiera á ellos con las veleras naves y
el mucho botín que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la
voluntad de los inmortales dioses, no debía subsistir largo tiempo.
Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad del rey
Príamo no fué expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo
firme. Pero cuando hubieron muerto los más valientes teucros, de los
argivos, unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fué
destruída en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar á
su patria; Neptuno y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de
los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo,
el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el
Símois, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de
boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses.--Febo Apolo
desvió el curso de los ríos y dirigió sus corrientes á la muralla por
espacio de nueve días, y Júpiter no cesó de llover para que más presto
se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquéllos el mismo Neptuno,
que bate la tierra, con el tridente en la mano, y tiró á las olas
los cimientos de troncos y piedras que con tanta fatiga echaron los
aquivos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida corriente, enarenó
la gran playa en que estuvo el destruído muro, y volvió los ríos á los
cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.

34 De tal modo Neptuno y Apolo debían obrar más tarde. Entonces ardía
el clamoroso combate al pie del bien labrado muro, y las vigas de las
torres resonaban al chocar de los dardos. Los argivos, vencidos por el
azote de Júpiter, encerrábanse en el cerco de las cóncavas naves por
miedo á Héctor, cuya valentía les causaba la derrota, y éste seguía
peleando y parecía un torbellino. Como un jabalí ó un león se revuelve,
orgulloso de su fuerza, entre perros y cazadores que agrupados le tiran
muchos venablos--la fiera no siente en su ánimo audaz ni temor ni
espanto, y su propio valor la mata--y va de un lado á otro, probando,
y se apartan aquéllos hacia los que se dirige; de igual modo agitábase
Héctor entre la turba y exhortaba á sus compañeros á pasar el foso. Los
corceles, de pies ligeros, no se atrevían á hacerlo, y parados en el
borde relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil,
en efecto, salvarlo ni atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios á
uno y otro lado, y en su parte alta grandes y puntiagudas estacas, que
los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos. Un caballo
tirando de un carro de hermosas ruedas difícilmente hubiera entrado en
el foso, y los peones meditaban si podrían realizarlo. Entonces llegóse
Polidamante al audaz Héctor, y dijo:

61 «¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus auxiliares!
Dirigimos imprudentemente los caballos al foso, y éste es muy difícil
de pasar, porque está erizado de agudas estacas y á lo largo de él se
levanta el muro de los aqueos. Allí no podríamos apearnos del carro
ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo que pronto
seríamos heridos. Si Júpiter altitonante, meditando males contra los
aqueos, quiere destruirlos completamente para favorecer á los teucros,
deseo que lo realice cuanto antes y que aquéllos perezcan sin gloria
en esta tierra, lejos de Argos. Pero si los aqueos se volviesen, y
viniendo de las naves nos obligaran á repasar el profundo foso, me
figuro que ni un mensajero podría retornar á la ciudad, huyendo de los
aqueos que nuevamente entraran en combate. Ea, obremos todos como voy
á decir. Los escuderos tengan los caballos en la orilla del foso y
nosotros sigamos á Héctor á pie, con armas y en batallón cerrado, pues
los aqueos no resistirán el ataque si sobre ellos pende la ruina.»

80 Así habló Polidamante, y su prudente consejo plugo á Héctor, el
cual, en seguida y sin dejar las armas, saltó del carro á tierra.
Los demás teucros tampoco permanecieron en sus carros; pues así que
vieron que el divino Héctor lo dejaba, apeáronse todos, mandaron á los
aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso, y agrupándose
formaron cinco batallones que, regidos por sus respectivos jefes,
emprendieron la marcha.

88 Iban con Héctor y Polidamante los más y mejores, que anhelaban
romper el muro y pelear cerca de las cóncavas naves; su tercer jefe era
Cebrión, porque Héctor había dejado á otro auriga inferior para cuidar
del carro. De otro batallón eran caudillos Paris, Alcátoo y Agenor.
El tercero lo mandaban Heleno y el deiforme Deífobo, hijos de Príamo,
y el héroe Asio Hirtácida, que había venido de Arisbe, de las orillas
del río Seleente, en un carro tirado por altos y fogosos corceles. El
cuarto lo regía Eneas, valiente hijo de Anquises, y con él Arquéloco y
Acamante, hijos de Antenor, diestros en toda suerte de combates. Por
último, Sarpedón se puso al frente de los ilustres aliados, eligiendo
por compañeros á Glauco y al belígero Asteropeo, á quienes tenía por
los más valientes después de sí mismo, pues él descollaba entre todos.
Tan pronto como hubieron embrazado los fuertes escudos y cerrado las
filas, marcharon animosos contra los dánaos; y esperaban que éstos,
lejos de oponer resistencia, se refugiarían en las negras naves.

108 Todos los troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras,
siguieron el consejo del eximio Polidamante, menos Asio Hirtácida,
príncipe de hombres, que negándose á dejar el carro y al auriga, se
acercó con ellos á las veleras naves. ¡Insensato! No había de librarse
de la funesta muerte, ni volver, ufano de sus corceles y de su carro,
de las naves á la ventosa Ilión; porque su hado infausto le hizo morir
atravesado por la lanza del ilustre Idomeneo Deucálida. Fuése, pues,
hacia la izquierda de las naves, al sitio por donde los aqueos solían
volver de la llanura con los caballos y carros; hacia aquel lugar
dirigió los corceles, y no halló las puertas cerradas y aseguradas con
el gran cerrojo, porque unos hombres las tenían abiertas, con el fin
de salvar á los compañeros que, huyendo del combate, llegaran á las
naves. Á aquel paraje enderezó los caballos, y los demás le siguieron
dando agudos gritos, porque esperaban que los aqueos, en vez de oponer
resistencia, se refugiarían en las negras naves. ¡Insensatos! En las
puertas encontraron á dos valentísimos guerreros hijos gallardos de
los belicosos lapitas: el esforzado Polipetes, hijo de Pirítoo, y
Leonteo, igual á Marte, funesto á los mortales. Ambos estaban delante
de las altas puertas, como encinas de elevada copa que, fijas al suelo
por raíces gruesas y extensas, desafían constantemente el viento y
la lluvia; de igual manera aquéllos, confiando en sus manos y en su
valor, aguardaron la llegada del gran Asio y no huyeron. Los teucros
se encaminaron con gran alboroto al bien construído muro, levantando
los escudos de secas pieles de buey, mandados por el rey Asio, Yámeno,
Orestes, Adamante Asíada, Toón y Enomao. Polipetes y Leonteo hallábanse
dentro é instigaban á los aqueos, de hermosas grebas, á pelear por las
naves; mas así que vieron á los teucros atacando la muralla y á los
dánaos en clamorosa fuga, salieron presurosos á combatir delante de las
puertas, semejantes á montaraces jabalíes que en el monte son objeto de
la acometida de hombres y canes, y en curva carrera tronchan y arrancan
de raíz las plantas de la selva, dejando oir el crujido de sus dientes,
hasta que los hombres, tirándoles venablos, les quitan la vida; de
parecido modo resonaba el luciente bronce en el pecho de los héroes á
los golpes que recibían, pues peleaban con gran denuedo, confiando en
los guerreros de encima de la muralla y en su propio valor. Desde las
torres bien construídas los aqueos tiraban piedras para defenderse á sí
mismos, las tiendas y las naves de ligero andar. Como caen al suelo los
copos de nieve que impetuoso viento, agitando las pardas nubes, derrama
en abundancia sobre la fértil tierra; así llovían los dardos que
arrojaban aqueos y teucros, y los cascos y abollonados escudos sonaban
secamente al chocar con ellos las ingentes piedras. Entonces Asio
Hirtácida, dando un gemido y golpeándose el muslo, exclamó indignado:

162 «¡Padre Júpiter! Muy falaz te has vuelto, pues yo no esperaba que
los héroes aqueos opusieran resistencia á nuestro valor é invictas
manos. Como las abejas ó las flexibles avispas que han anidado en
fragoso camino y no abandonan su hueca morada al acercarse los
cazadores, sino que luchan por los hijuelos; así aquéllos, con ser dos
solamente, no quieren retirarse de las puertas mientras no perezcan, ó
la libertad no pierdan.»

173 Tal dijo; pero sus palabras no cambiaron la mente de Jove, que
deseaba conceder tal gloria á Héctor.

[Ilustración: LOS CORCELES NO SE ATREVÍAN Á PASAR EL FOSO Y PARADOS EN
EL BORDE RELINCHABAN

  (_Canto XII, versos 50 á 53._)]

175 Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil, no
siendo un dios, contarlo todo. Por doquiera ardía el combate al pie del
lapídeo muro; los argivos, aunque llenos de angustia, veíanse obligados
á defender las naves; y estaban apesarados todos los dioses que en
la guerra protegían á los dánaos. Entonces fué cuando los lapitas
empezaron el combate y la refriega.

182 El fuerte Polipetes, hijo de Pirítoo, hirió á Dámaso con la lanza
á través del casco de broncíneas carrilleras: el casco de bronce no
detuvo á aquélla cuya punta, de bronce también, rompió el hueso;
conmovióse el cerebro, y el guerrero sucumbió mientras combatía con
denuedo. Aquél mató luego á Pilón y á Órmeno. Leonteo, hijo de Antímaco
y vástago de Marte, arrojó un dardo á Hipómaco y se lo clavó junto
al ceñidor; luego desenvainó la aguda espada, y acometiendo por en
medio de la muchedumbre á Antífates, le hirió y le tumbó de espaldas;
y después derribó sucesivamente á Menón, Yámeno y Orestes, que fueron
cayendo al almo suelo.

195 Mientras ambos héroes quitaban á los muertos las lucientes armas,
adelantaron la marcha con Polidamante y Héctor los más y más valientes
de los jóvenes, que sentían un vivo deseo de romper el muro y pegar
fuego á las naves. Pero detuviéronse indecisos en la orilla del foso,
cuando ya se disponían á atravesarlo, por haber aparecido encima de
ellos y á su derecha una ave agorera: Un águila de alto vuelo, llevando
en las garras un enorme dragón sangriento, vivo, palpitante, que no
había olvidado la lucha, pues encorvándose hacia atrás hirióla en el
pecho, cerca del cuello. El águila, penetrada de dolor, dejó caer el
dragón en medio de la turba; y chillando, voló con la rapidez del
viento. Los teucros estremeciéronse al ver la manchada sierpe, prodigio
de Júpiter, que lleva la égida. Entonces acercóse Polidamante al audaz
Héctor, y le dijo:

211 «¡Héctor! Siempre me increpas en las juntas, aunque lo que proponga
sea bueno; mas no es decoroso que un ciudadano hable en las reuniones ó
en la guerra contra lo debido, sólo para acrecentar tu poder. También
ahora he de manifestar lo que considero conveniente. No vayamos á
combatir con los dánaos cerca de las naves. Creo que nos ocurrirá lo
que diré si vino realmente para los teucros, cuando deseaban atravesar
el foso, esta ave agorera: Un águila de alto vuelo, á la derecha,
llevando en las garras un enorme dragón sangriento y vivo, que hubo
de soltar pronto antes de llegar al nido y darlo á los polluelos. De
semejante modo, si con gran ímpetu rompemos ahora las puertas y el
muro, y los aqueos retroceden, luego no nos será posible volver de
las naves en buen orden por el mismo camino; y dejaremos á muchos
teucros tendidos en el suelo, á los cuales los aquivos, combatiendo
en defensa de sus naves, habrán matado con las broncíneas armas. Así
lo interpretaría un augur que, por ser muy entendido en prodigios,
mereciera la confianza del pueblo.»

230 Encarándole la torva vista, respondió Héctor, de tremolante casco:
«¡Polidamante! No me place lo que propones y podías haber pensado algo
mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han
hecho perder el juicio; pues me aconsejas que, olvidando las promesas
que Júpiter tonante me hizo y ratificó luego, obedezca á las aves
aliabiertas, de las cuales no me cuido ni en ellas paro mientes, sea
que vayan hacia la derecha por donde aparecen la Aurora y el Sol, sea
que se dirijan á la izquierda, al tenebroso ocaso. Confiemos en las
promesas del gran Júpiter que reina sobre todos, mortales é inmortales.
El mejor agüero es este: combatir por la patria. ¿Por qué te dan miedo
el combate y la pelea? Aunque los demás fuéramos muertos en las naves
argivas, no debieras temer por tu vida; pues ni tu corazón es belicoso,
ni te permite aguardar á los enemigos. Y si dejas de luchar, ó con tus
palabras logras que otro se abstenga, pronto perderás la vida, herido
por mi lanza.»

251 Dijo, y echó á andar. Siguiéronle todos con fuerte gritería, y
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, enviando desde los montes
ideos un viento borrascoso, levantó gran polvareda en las naves,
abatió el ánimo de los aqueos, y dió gloria á los teucros y á Héctor,
que, fiados en las prodigiosas señales del dios y en su propio valor,
intentaban romper la gran muralla aquea. Arrancaban las almenas de
las torres, demolían los parapetos y derribaban los zócalos salientes
que los aqueos habían hecho estribar en el suelo para que sostuvieran
las torres. También tiraban de éstas, con la esperanza de romper el
muro de los aqueos. Mas los dánaos no les dejaban libre el camino; y
protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí á los
enemigos que al pie de la muralla se encontraban.

265 Los dos Ayaces recorrían las torres, animando á los aqueos y
excitando su valor; á todas partes iban, y á uno le hablaban con suaves
palabras y á otro le reñían con duras frases porque flojeaba en el
combate:

269 «¡Amigos, ya seais preeminentes, mediocres ó los peores, pues los
hombres no son iguales en la guerra! Ahora el trabajo es común á todos
y vosotros mismos lo conocéis. Que nadie se vuelva atrás, hacia los
bajeles, por oir las amenazas de un teucro; id adelante y animaos
mutuamente por si Júpiter olímpico, fulminador, nos permite rechazar el
ataque y perseguir á los enemigos hasta la ciudad.»

277 Dando tales voces animaban á los aqueos para que combatieran. Cuan
espesos caen los copos de nieve cuando en el invierno Júpiter decide
nevar, mostrando sus armas á los hombres; y adormeciendo á los vientos,
nieva incesantemente hasta que cubre las cimas y los riscos de los
montes más altos, las praderas cubiertas de loto y los fértiles campos
cultivados por el hombre; y la nieve se extiende por los puertos y
playas del espumoso mar, y únicamente la detienen las olas, pues todo
lo restante queda cubierto cuando arrecia la nevada de Júpiter: así,
tan espesas, volaban las piedras por ambos lados, las unas hacia los
teucros y las otras de éstos á los aqueos, y el estrépito se elevaba
sobre todo el muro.

290 Mas los teucros y el esclarecido Héctor no habrían roto aún las
puertas de la muralla y el gran cerrojo, si el próvido Júpiter no
hubiese incitado á su hijo Sarpedón contra los argivos, como á un león
contra bueyes de retorcidos cuernos. Sarpedón levantó el escudo liso,
hermoso, protegido por planchas de bronce, obra de un broncista que
sujetó muchas pieles de buey con varitas de oro prolongadas por ambos
lados hasta el borde circular; alzando, pues, la rodela y blandiendo
un par de lanzas, se puso en marcha como el montaraz león que en mucho
tiempo no ha probado la carne y su ánimo audaz le impele á acometer un
rebaño de ovejas yendo á la alquería sólidamente construída; y aunque
en ella encuentre hombres que, armados con venablos y provistos de
perros, guardan las ovejas, no quiere que le echen del establo sin
intentar el ataque, hasta que saltando dentro, ó consigue hacer presa
ó es herido por un venablo que ágil mano le arroja; del mismo modo, el
deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo á asaltar el muro y
destruir los parapetos. Y en seguida dijo á Glauco, hijo de Hipóloco:

310 «¡Glauco! ¿Por qué á nosotros nos honran en la Licia con asientos
preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como á dioses,
y poseemos campos grandes y magníficos á orillas del Janto, con viñas y
tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los
más avanzados y nos lancemos á la ardiente pelea, para que diga alguno
de los licios, armados de fuertes corazas: _No sin gloria imperan
nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito
vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al
frente de los licios_. ¡Oh amigo! Ojalá que huyendo de esta batalla,
nos libráramos de la vejez y de la muerte, pues ni yo me batiría en
primera fila, ni te llevaría á la lid, donde los varones adquieren
gloria; pero como son muchas las muertes que penden sobre los mortales,
sin que éstos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos
gloria á alguien, ó alguien nos la dará á nosotros.»

329 Así dijo; y Glauco ni retrocedió ni fué desobediente. Ambos fueron
adelante en línea recta, siguiéndoles la numerosa tropa de los licios.

331 Estremecióse al advertirlo Menesteo, hijo de Peteo, pues se
encaminaban hacia su torre, llevando consigo la ruina. Ojeó la cohorte
de los aqueos, por si divisaba á algún jefe que librara del peligro
á los compañeros, y distinguió á entrambos Ayaces, incansables en
el combate, y á Teucro, recién salido de la tienda, que se hallaban
cerca. Pero no podía hacerse oir por más que gritara, porque era tanto
el estrépito que el ruido de los escudos al parar los golpes, el de
los cascos guarnecidos con crines de caballo, y el de las puertas,
llegaba al cielo; todas las puertas se hallaban cerradas, y los
teucros, detenidos por las mismas, intentaban penetrar rompiéndolas á
viva fuerza. Y Menesteo decidió enviar á Tootes, el heraldo, para que
llamase á Ayax:

343 «Ve, divino Tootes, y llama corriendo á Ayax ó mejor á los dos;
esto sería preferible, pues pronto habrá aquí gran estrago. ¡Tal carga
dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos
en las encarnizadas peleas! Y si también allí se ha promovido recio
combate, venga por lo menos el esforzado Ayax Telamonio y sígale
Teucro, excelente arquero.»

351 Tal dijo; y el heraldo oyóle y no desobedeció. Fuése corriendo á lo
largo del muro de los aqueos, de broncíneas lorigas; se detuvo cerca de
los Ayaces, y les habló en estos términos:

354 «¡Ayaces, jefes de los argivos, de broncíneas lorigas! El caro
hijo de Peteo, alumno de Júpiter, os ruega que vayáis á tomar parte
en la refriega, aunque sea por breve tiempo. Que fuerais los dos,
sería preferible; pues pronto habrá allí gran estrago. ¡Tal carga
dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos
en las encarnizadas peleas! Y si también aquí se ha promovido recio
combate, vaya por lo menos el esforzado Ayax Telamonio y sígale Teucro,
excelente arquero.»

364 Así habló; y el gran Ayax Telamonio no fué desobediente. En el acto
dijo al de Oileo estas aladas palabras:

366 «¡Ayax! Vosotros, tú y el fuerte Licomedes, seguid aquí y alentad
á los dánaos para que peleen con denuedo. Yo voy allá, combatiré con
aquéllos, y volveré tan pronto como los haya socorrido.»

370 Dichas estas palabras, Ayax Telamonio partió, acompañado de Teucro,
su hermano de padre, y de Pandión que llevaba el corvo arco de Teucro.
Llegaron á la torre del magnánimo Menesteo, y penetrando en el muro, se
unieron á los defensores, que ya se veían acosados; pues los caudillos
y esforzados príncipes de los licios asaltaban los parapetos como un
obscuro torbellino. Trabóse el combate y se produjo gran vocerío.

378 Fué Ayax Telamonio el primero que mató á un hombre, al magnánimo
Epicles, compañero de Sarpedón, arrojándole una piedra grande y áspera
que había en el muro cerca del parapeto. Difícilmente habría podido
sospesarla con ambas manos uno de los actuales jóvenes, y aquél, la
levantó y tirándola desde lo alto á Epicles, rompióle el casco de
cuatro abolladuras y aplastóle los huesos de la cabeza; el teucro
cayó de la elevada torre como salta un buzo, y el alma separóse
de sus miembros. Teucro, desde lo alto de la muralla, disparó una
flecha á Glauco, esforzado hijo de Hipóloco, que valeroso acometía; y
dirigiéndola adonde vió que el brazo aparecía desnudo, le puso fuera de
combate. Saltó Glauco y se alejó del muro, ocultándose para que ningún
aqueo, al advertir que estaba herido, profiriera jactanciosas palabras.
Apesadumbróse Sarpedón al notarlo; mas no por esto se olvidó de la
pelea, pues habiendo alcanzado á Alcmaón Testórida, le envasó la lanza,
que al punto volvió á sacar: el guerrero dió de ojos en el suelo, y las
broncíneas labradas armas resonaron. Después, cogiendo con sus robustas
manos un parapeto, tiró del mismo y lo arrancó entero; quedó el muro
desguarnecido en su parte superior y con ello se abrió camino para
muchos.

400 Pero en el mismo instante acertáronle á Sarpedón, Ayax y Teucro:
éste atravesó con una flecha el lustroso correón del gran escudo,
cerca del pecho; mas Júpiter apartó de su hijo la muerte, para que no
sucumbiera junto á las naves; Ayax, arremetiendo, dió un bote de lanza
en el escudo, penetró en éste la punta é hizo vacilar al héroe cuando
se disponía para el ataque. Apartóse Sarpedón del parapeto; pero no se
retiró, porque en su ánimo deseaba alcanzar gloria. Y volviéndose á los
licios, iguales á los dioses, les exhortó diciendo:

409 «¡Oh licios! ¿Por qué se afloja tanto vuestro impetuoso valor?
Difícil es que yo solo, aunque haya roto la muralla y sea valiente,
pueda abrir camino hasta las naves. Ayudadme todos, pues la obra de
muchos siempre resulta mejor.»

413 Tales fueron sus palabras. Los licios, temiendo la reconvención
del rey, junto con éste y con mayores bríos que antes, cargaron á
los argivos; quienes, á su vez, cerraron las filas de las falanges
dentro del muro, porque era grande la acción que se les presentaba.
Y ni los bravos licios, á pesar de haber roto el muro de los dánaos,
lograban abrirse paso hasta las naves; ni los belicosos dánaos podían
rechazar de la muralla á los licios desde que á la misma se acercaron.
Como dos hombres altercan, con la medida en la mano, sobre los lindes
de campos contiguos y se disputan un pequeño espacio; así, licios y
dánaos estaban separados por los parapetos, y por cima de los mismos
hacían chocar ante los pechos las rodelas de boyuno cuero y los ligeros
broqueles. Ya muchos combatientes habían sido heridos con el cruel
bronce, unos en la espalda, que al volverse dejaron indefensa, otros
á través del mismo escudo. Por doquiera torres y parapetos estaban
regados con sangre de teucros y aqueos. Mas ni aun así los teucros
hacían volver la espalda á los aqueos. Como una honrada obrera coge un
peso y lana y los pone en los platillos de una balanza, equilibrándolos
hasta que quedan iguales, para llevar á sus hijos el miserable salario;
así el combate y la pelea andaban iguales para unos y otros, hasta que
Júpiter quiso dar excelsa gloria á Héctor Priámida, el primero que
asaltó el muro aqueo. El héroe, con pujante voz, gritó á los teucros:

440 «¡Acometed, teucros domadores de caballos! Romped el muro de los
argivos y arrojad á las naves el fuego abrasador.»

442 De tal suerte habló para excitarlos. Escucháronle todos; y
reunidos, fuéronse derechos al muro, subieron y pasaron por encima de
las almenas, llevando siempre en las manos las afiladas lanzas.

445 Héctor cogió entonces una piedra de ancha base y aguda punta que
había delante de la puerta: dos de los más forzudos hombres del pueblo,
tales como son hoy, con dificultad hubieran podido cargarla en un
carro; pero aquél la manejaba fácilmente, porque el hijo del artero
Saturno la volvió liviana. Bien así como el pastor lleva en una mano el
vellón de un carnero, sin que el peso le fatigue; Héctor, alzando la
piedra, la conducía hacia las tablas que fuertemente unidas formaban
las dos hojas de la alta puerta y estaban aseguradas por dos cerrojos
puestos en dirección contraria, que abría y cerraba una sola llave.
Héctor se detuvo delante de la puerta, separó los pies, y, estribando
en el suelo para que el golpe no fuese débil, arrojó la piedra al
centro de aquélla: rompiéronse ambos quiciales, cayó la piedra dentro
por su propio peso, recrujieron las tablas, y como los cerrojos no
ofrecieron bastante resistencia, desuniéronse las hojas y cada una
se fué por su lado, al impulso de la piedra. El esclarecido Héctor,
que por su aspecto á la rápida noche semejaba, saltó al interior: el
bronce relucía de un modo terrible en torno de su cuerpo, y en la mano
llevaba dos lanzas. Nadie, á no ser un dios, hubiera podido salirle al
encuentro y detenerle cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban
como el fuego. Y volviéndose á la tropa, alentaba á los teucros para
que pasaran la muralla. Obedecieron, y mientras unos asaltaban el muro,
otros afluían á las bien construídas puertas. Los dánaos refugiáronse
en las cóncavas naves y se promovió un gran tumulto.



[Ilustración: Neptuno, compadecido de los aqueos, sube á su carro y lo
guía hacia las naves griegas]



CANTO XIII

BATALLA JUNTO Á LAS NAVES


1 Cuando Jove hubo acercado á Héctor y los teucros á las naves, dejó
que sostuvieran el trabajo y la fatiga de la batalla; y desviando de
los mismos los ojos refulgentes, miraba á lo lejos la tierra de los
tracios, diestros jinetes; de los misios, que combaten de cerca; de
los ilustres hipomolgos, que se alimentan con leche; y de los abios,
los más justos de los hombres. Y ya no volvió á poner los brillantes
ojos en Troya, porque su corazón no temía que inmortal alguno fuera á
socorrer ni á los teucros ni á los dánaos.

10 Pero no en vano el poderoso Neptuno, que bate la tierra, estaba al
acecho en la cumbre más alta de la selvosa Samotracia, contemplando
la lucha y la pelea. Desde allí se divisaba todo el Ida, la ciudad de
Príamo y las naves aqueas. En aquel sitio habíase sentado Neptuno al
salir del mar, y compadecía á los aqueos, vencidos por los teucros, á
la vez que cobraba gran indignación contra Júpiter.

17 Pronto Neptuno bajó del escarpado monte con ligera planta; las altas
colinas y las selvas temblaban bajo los pies inmortales, mientras el
dios iba andando. Dió tres pasos, y al cuarto arribó al término de
su viaje, á Egas; allí, en las profundidades del mar, tenía palacios
magníficos, de oro, resplandecientes é indestructibles. Luego que hubo
llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas
crines que volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada
túnica, tomó el látigo de oro hecho con arte, subió al carro y lo guió
por cima de las olas. Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus
latebras reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los
ágiles caballos con apresurado vuelo, sin dejar que el eje de bronce se
mojara, conducían á Neptuno hacia las naves aqueas.

32 Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y
la escabrosa Imbros; y al llegar á la misma, Neptuno, que bate la
tierra, detuvo los bridones, desunciólos del carro, dióles á comer
un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles
é indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su
regreso, y se fué al ejército de los aquivos.

39 Los teucros, semejantes á una llama ó á una tempestad y poseídos
de marcial furor, seguían apiñados á Héctor Priámida con alboroto y
vocerío; y tenían esperanzas de tomar las naves y matar entre las
mismas á todos los aqueos.

43 Mas Neptuno, que ciñe y bate la tierra, asemejándose á Calcas en
el cuerpo y en la voz infatigable, incitaba á los argivos desde que
salió del profundo mar, y dijo á los Ayaces, que ya estaban deseosos de
combatir:

47 «¡Ayaces! Vosotros salvaréis á los aqueos si os acordáis de vuestro
valor y no de la fuga horrenda. No me ponen en cuidado las audaces
manos de los teucros que asaltaron en tropel la gran muralla, pues á
todos resistirán los aqueos, de hermosas grebas; pero es de temer,
y mucho, que padezcamos algún daño en esta parte donde aparece á la
cabeza de los suyos el rabioso Héctor, semejante á una llama, el cual
blasona de ser hijo del prepotente Júpiter. Una deidad levante el ánimo
en vuestro pecho para resistir firmemente y exhortar á los demás;
con esto podríais rechazar á Héctor de las naves, de ligero andar,
por furioso que estuviera y aunque fuese el mismo Olímpico quien le
instigara.»

59 Dijo así Neptuno, que ciñe y bate la tierra; y tocando á entrambos
con el cetro, llenóles de fuerte vigor y agilitóles todos los miembros
y especialmente los pies y las manos. Y como el gavilán de ligeras
alas se arroja desde altísima y abrupta peña, enderezando el vuelo á
la llanura para perseguir á un ave; de aquel modo apartóse de ellos
Neptuno, que bate la tierra. El primero que le reconoció fué el ágil
Ayax de Oileo, quien dijo al momento á Ayax, hijo de Telamón:

68 «¡Ayax! Un dios del Olimpo nos instiga, transfigurado en adivino, á
pelear cerca de las naves; pues ése no es Calcas, el inspirado augur:
he observado las huellas que dejan sus plantas y su andar, y á los
dioses se les reconoce fácilmente. En mi pecho el corazón siente un
deseo más vivo de luchar y combatir, y mis manos y pies se mueven con
impaciencia.»

76 Respondió Ayax Telamonio: «También á mí se me enardecen las audaces
manos en torno de la lanza y mi fuerza aumenta y mis pies saltan, y
deseo batirme con Héctor Priámida, cuyo furor es insaciable.»

81 Así éstos conversaban, alegres por el bélico ardor que una deidad
puso en sus corazones.

83 En tanto, Neptuno, que ciñe la tierra, animaba á los aqueos de las
últimas filas, que junto á las veleras naves reparaban las fuerzas.
Tenían los miembros relajados por el penoso cansancio, y se les llenó
el corazón de pesar cuando vieron que los teucros asaltaban en tropel
la gran muralla: contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas, y
no creían escapar de aquel peligro. Pero Neptuno, que bate la tierra,
intervino y reanimó fácilmente las esforzadas falanges. Fué primero á
incitar á Teucro, Leito, el héroe Penéleo, Toante, Deípiro, Meriones
y Antíloco, aguerridos campeones; y para alentarlos, les dijo estas
aladas palabras:

95 «¡Qué vergüenza, argivos, jóvenes adolescentes! Figurábame que
peleando conseguiríais salvar las naves; pero si cejáis en el funesto
combate, ya luce el día en que sucumbiremos á manos de los teucros.
¡Oh dioses! Veo con mis ojos un prodigio grande y terrible que jamás
pensé que llegara á realizarse. ¡Venir los troyanos á nuestros bajeles!
Parecíanse antes á las medrosas ciervas que vagan por el monte, débiles
y sin fuerza para la lucha, y son el pasto de chacales, panteras
y lobos; semejantes á ellas, nunca querían los teucros afrontar á
los aqueos, ni osaban resistir su valor y sus manos. Y ahora pelean
lejos de la ciudad, junto á los bajeles, por la culpa del jefe y la
indolencia de los hombres que, no obrando de acuerdo con él, se niegan
á defender los navíos, de ligero andar, y reciben la muerte cerca de
los mismos. Mas, aunque el poderoso Agamenón sea el verdadero culpable
de todo, porque ultrajó al Pelida de pies ligeros, en modo alguno nos
es lícito dejar de combatir. Remediemos con presteza el mal, que la
mente de los buenos es aplacable. No es decoroso que decaiga vuestro
impetuoso valor, siendo como sois los más valientes del ejército.
Yo no increparía á un hombre tímido porque se abstuviera de pelear;
pero contra vosotros se enciende en ira mi corazón. ¡Oh cobardes!
Con vuestra indolencia, haréis que pronto se agrave el mal. Poned en
vuestros pechos vergüenza y pundonor, ahora que se promueve esta gran
contienda. Ya el fuerte Héctor, valiente en la pelea, batalla cerca de
las naves y ha roto las puertas y el gran cerrojo.»

125 Con tales amonestaciones, el que ciñe la tierra instigó á los
aqueos. Rodeaban á los Ayaces fuertes falanges que hubieran declarado
irreprochables Marte y Minerva, que enardece á los guerreros, si por
ellas se hubiesen entrado. Los tenidos por más valientes aguardaban á
los teucros y al divino Héctor, y las astas y los escudos se tocaban en
las cerradas filas: la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro
yelmo, cada hombre en su vecino, y chocaban los penachos de crines de
caballo y los lucientes conos de los cascos cuando alguien inclinaba
la cabeza. ¡Tan apiñadas estaban las filas! Cruzábanse las lanzas, que
blandían audaces manos, y ellos deseaban arremeter á los enemigos y
trabar la pelea.

136 Los teucros acometieron unidos, siguiendo á Héctor que deseaba ir
en derechura á los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una
cumbre y lleva consigo la ruina, porque se ha desgajado, cediendo á la
fuerza de torrencial avenida causada por la mucha lluvia, y desciende
dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura hasta
el llano, y allí se detiene, á pesar de su ímpetu; de igual modo,
Héctor amenazaba con atravesar fácilmente por las tiendas y naves
aqueas, matando siempre, y no detenerse hasta el mar; pero encontró las
densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un violento choque.
Los aqueos le afrontaron; procuraron herirle con las espadas y lanzas
de doble filo, y apartáronle de ellos; de suerte que fué rechazado, y
tuvo que retroceder. Y con voz penetrante, gritó á los teucros:

150 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! Persistid
en el ataque; pues los aqueos no resistirán largo tiempo, aunque
se hayan formado en columna cerrada; y creo que mi lanza les hará
retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el dios más poderoso,
el tonante esposo de Juno.»

[Ilustración: NEPTUNO GUIABA EL CARRO POR CIMA DE LAS OLAS Y LOS
CETÁCEOS SALTABAN, RECONOCIENDO Á SU REY

  (_Canto XIII, versos 27 á 28._)]

155 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Entre
los teucros iba muy ufano Deífobo Priámida, que se adelantaba, ligero
y se cubría con el liso escudo. Meriones arrojóle una reluciente lanza,
y no erró el tiro: acertó á dar en la rodela hecha de pieles de toro,
sin conseguir atravesarla, porque aquélla se rompió en la unión del
asta con el hierro. Deífobo apartó de sí el escudo, temiendo la lanza
del aguerrido Meriones; y este héroe retrocedió al grupo de sus amigos,
muy disgustado, así por la victoria perdida, como por la rotura del
arma, y luego se encaminó á las tiendas y naves aqueas para tomar otra
de las que en su bajel tenía.

169 Los demás batallaban, y una vocería inmensa se dejaba oir. Teucro
Telamonio fué el primero que mató á un hombre, al belígero Imbrio,
hijo de Méntor, rico en caballos. Antes de llegar los aquivos, Imbrio
moraba en Pedeo con su esposa Medesicasta, hija bastarda de Príamo;
mas cuando las corvas naves de los dánaos aportaron en Ilión, volvió á
la ciudad, descolló entre los teucros y vivió en el palacio de Príamo,
que le honraba como á sus propios hijos. Entonces el hijo de Telamón
hirióle debajo de la oreja con la gran lanza, que retiró en seguida;
y el guerrero cayó como el fresno nacido en una cumbre que desde
lejos se divisa, cuando es cortado por el bronce y vienen al suelo
sus tiernas hojas. Así cayó Imbrio, y sus armas, de labrado bronce,
resonaron. Teucro acudió corriendo, movido por el deseo de quitarle
la armadura; pero Héctor le tiró una reluciente lanza; viólo aquél y
hurtó el cuerpo, y la broncínea punta se clavó en el pecho de Anfímaco,
hijo de Ctéato Actorión, que acababa de entrar en combate. El guerrero
cayó con estrépito, y sus armas resonaron. Héctor fué presuroso á
quitarle al magnánimo Anfímaco el casco que llevaba adaptado á las
sienes; Ayax levantó, á su vez, la reluciente lanza contra Héctor, y si
bien no pudo hacerla llegar á su cuerpo, protegido todo por horrendo
bronce, dióle un bote en medio del escudo, y rechazó al héroe con gran
ímpetu; éste dejó los cadáveres y los aqueos los retiraron. Estiquio
y el divino Menesteo, caudillos atenienses, llevaron á Anfímaco al
campamento aqueo; y los dos Ayaces, que siempre anhelaban la impetuosa
pelea, levantaron el cadáver de Imbrio. Como dos leones que, habiendo
arrebatado una cabra de los agudos dientes de los perros, la llevan en
la boca por los espesos matorrales, en alto, levantada de la tierra;
así los belicosos Ayaces, alzando el cuerpo de Imbrio, lo despojaron
de las armas; y el hijo de Oileo, irritado por la muerte de Anfímaco,
le separó la cabeza del tierno cuello y la hizo rodar por entre la
turba, cual si fuese una bola, hasta que cayó en el polvo á los pies de
Héctor.

206 Entonces Neptuno, airado en el corazón porque su nieto había
sucumbido en la terrible pelea, se fué hacia las tiendas y naves de
los aqueos para reanimar á los dánaos y causar males á los teucros.
Encontróse con él Idomeneo, famoso por su lanza, que volvía de
acompañar á un amigo á quien sacaron del combate porque los teucros le
habían herido en la corva con el agudo bronce. Idomeneo, una vez lo
hubo confiado á los médicos, se encaminaba á su tienda, con intención
de volver á la batalla. Y el poderoso Neptuno, que bate la tierra,
díjole, tomando la voz de Toante, hijo de Andremón, que en Pleurón
entera y en la excelsa Calidón reinaba sobre los etolos y era honrado
por el pueblo cual si fuese un dios:

219 «¡Idomeneo, príncipe de los cretenses! ¿Qué se hicieron las
amenazas que los aqueos hacían á los teucros?»

221 Respondió Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Oh Toante! No
creo que ahora se pueda culpar á ningún guerrero, porque todos sabemos
combatir y nadie está poseído del exánime terror, ni deja por flojedad
la funesta batalla; sin duda debe de ser grato al prepotente Saturnio
que los aqueos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Mas,
oh Toante, puesto que siempre has sido belicoso y sueles animar al que
ves remiso, no dejes de pelear y exhorta á los demás.»

231 Contestó Neptuno, que bate la tierra: «¡Idomeneo! No vuelva desde
Troya á su patria y venga á ser juguete de los perros, quien en el día
de hoy deje voluntariamente de lidiar. Ea, toma las armas y ven á mi
lado; apresurémonos, por si, á pesar de estar solos, podemos hacer algo
provechoso. Nace una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean
débiles; y nosotros somos capaces de luchar con los valientes.»

239 Dichas estas palabras, el dios se entró de nuevo por el combate de
los hombres; é Idomeneo, yendo á la bien construída tienda, vistió la
magnífica armadura, tomó un par de lanzas y volvió á salir, semejante
al encendido relámpago que el Saturnio agita en su mano desde el
resplandeciente Olimpo para mostrarlo á los hombres como señal: tanto
centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría.
Encontróse con él, no muy lejos de la tienda, el valiente escudero
Meriones, que iba en busca de una lanza; y el fuerte Diomedes dijo:

249 «¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi compañero
más querido! ¿Por qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso
estás herido y te agobia puntiaguda flecha? ¿Me traes, quizás, alguna
noticia? Pues no deseo quedarme en la tienda, sino pelear.»

254 Respondióle el prudente Meriones: «¡Idomeneo, príncipe de los
cretenses, de broncíneas lorigas! Vengo por una lanza, si la hay en tu
tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en el escudo del
feroz Deífobo.»

259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Si la deseas,
hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro, no una sino
veinte lanzas, que he quitado á los teucros muertos en la batalla; pues
jamás combato á distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas,
escudos abollonados, cascos y relucientes lorigas.»

266 Replicó el prudente Meriones: «También poseo en la tienda y en la
negra nave muchos despojos de los teucros, mas no están cerca para
tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y en el combate, donde los
hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde
que se traba la batalla. Quizás algún otro de los aqueos de broncíneas
lorigas no habrá fijado su atención en mi persona cuando peleo, pero no
dudo que tú me has visto.»

274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces: «Sé cuán
grande es tu valor. ¿Por qué me refieres estas cosas? Si los más
señalados nos reuniéramos junto á las naves para armar una celada, que
es donde mejor se conoce la bravura de los hombres y donde fácilmente
se distingue al cobarde del animoso--el cobarde se pone demudado, ya
de un modo, ya de otro; y como no sabe tener firme ánimo en el pecho,
no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta sobre
los pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de la muerte y
los dientes le crujen; y el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez
se ha emboscado, sino que desea que cuanto antes principie el funesto
combate,--ni allí podrían reprocharse tu valor y la fuerza de tus
brazos. Y si peleando te hirieran de cerca ó de lejos, no sería en la
nuca ó en la espalda, sino en el pecho ó en el vientre, mientras fueras
hacia adelante con los guerreros más avanzados. Mas, ea, no hablemos
de estas cosas, permaneciendo ociosos como unos simples; no sea que
alguien nos increpe duramente. Ve á la tienda y toma la fornida lanza.»

295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Marte, entrando en la tienda,
cogió una broncínea lanza y fué en seguimiento de Idomeneo, muy
deseoso de volver al combate. Como va á la guerra Marte, funesto á los
mortales, acompañado del Terror, su hijo querido, fuerte é intrépido,
que hasta al guerrero valeroso causa espanto; y los dos se arman y
saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los
magnánimos flegias, y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino
que dan la victoria á uno de ellos; de la misma manera, Meriones é
Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban á la batalla, armados de
luciente bronce. Y Meriones fué el primero que habló, diciendo:

307 «¡Deucaliónida! ¿Por dónde quieres que penetremos en la turba; por
la derecha del ejército, por en medio ó por la izquierda? Pues no creo
que los aqueos, de larga cabellera, dejen de pelear en parte alguna.»

311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Hay en el centro
quienes defiendan los navíos: los dos Ayaces y Teucro, el más diestro
arquero aquivo y esforzado también en el combate á pie firme; ellos
se bastan para rechazar á Héctor Priámida por fuerte que sea y por
incitado que esté á la batalla. Difícil será, aunque tenga muchos
deseos de batirse, que triunfando del valor y de las manos invictas
de aquéllos, llegue á incendiar los bajeles; á no ser que el mismo
Saturnio arroje una tea encendida en las veleras naves. El gran Ayax
Telamonio no cedería á ningún hombre mortal que coma el fruto de Ceres
y pueda ser herido con el bronce ó con grandes piedras; ni siquiera se
retiraría ante Aquiles, que destruye los escuadrones, en un combate á
pie firme; pues en la carrera Aquiles no tiene rival. Vayamos, pues, á
la izquierda del ejército, para ver si presto daremos gloria á alguien,
ó alguien nos la dará á nosotros.»

328 Tal dijo; y Meriones, igual al veloz Marte, echó á andar hasta que
llegaron al ejército por donde Idomeneo le indicara.

330 Cuando los teucros vieron á Idomeneo, que por su impetuosidad
parecía una llama, y á su escudero, ambos revestidos de labradas
armas, animáronse unos á otros por entre la turba y arremetieron todos
contra aquel. Y se trabó una refriega, sostenida con igual tesón
por ambas partes, junto á las popas de los navíos. Como aparecen
de repente las tempestades, suscitadas por los sonoros vientos en
ocasión en que los caminos están muy secos y se levantan nubes de
polvo; así entonces unos y otros vinieron á las manos, deseando en
su corazón matarse recíprocamente con el agudo bronce por entre la
turba. La batalla, destructora de hombres, se presentaba horrible con
las largas y afiladas picas que los guerreros manejaban; cegaba los
ojos el resplandor del bronce de los lucientes cascos, de las corazas
recientemente bruñidas y de los escudos refulgentes de cuantos iban á
encontrarse; y hubiera tenido corazón muy audaz quien al contemplar
aquella acción se hubiese alegrado en vez de afligirse.

345 Los dos hijos poderosos de Saturno, disintiendo en el modo de
pensar, preparaban deplorables males á los héroes. Júpiter quería que
triunfaran Héctor y los teucros para glorificar á Aquiles, el de los
pies ligeros; mas no por eso deseaba que el ejército aqueo pereciera
totalmente delante de Ilión, pues sólo se proponía honrar á Tetis y
á su hijo, de ánimo esforzado. Neptuno había salido ocultamente del
espumoso mar, recorría las filas y animaba á los argivos; porque le
afligía que fueran vencidos por los teucros, y se indignaba mucho
contra Júpiter. Igual era el origen de ambas deidades y uno mismo su
linaje, pero Jove había nacido primero y sabía más; por esto Neptuno
evitaba el socorrer abiertamente á aquéllos; y transfigurado en hombre,
discurría, sin darse á conocer, por el ejército y le amonestaba. Y
los dioses inclinaban alternativamente en favor de unos y de otros la
reñida pelea y el indeciso combate; y tendían sobre ellos una cadena
irrompible é indisoluble que á muchos les quebró las rodillas.

361 Entonces Idomeneo, aunque ya semicano, animó á los dánaos,
arremetió contra los teucros, llenándoles de pavor, y mató á Otrioneo.
Éste había acudido de Cabeso á Ilión cuando tuvo noticia de la guerra
y pedido en matrimonio á Casandra, la más hermosa de las hijas de
Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo una gran cosa: que
echaría de Troya á los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió en
dársela; y el héroe combatía, confiando en la promesa. Idomeneo tiróle
la reluciente lanza y le hirió mientras se adelantaba con arrogante
paso: la coraza de bronce no resistió, clavóse aquélla en medio del
vientre, cayó el guerrero con estrépito, é Idomeneo dijo con jactancia:

374 «¡Otrioneo! Te ensalzaría sobre todos los mortales si cumplieras lo
que ofreciste á Príamo Dardánida cuando te prometió su hija. También
nosotros te haremos promesas con intención de cumplirlas: traeremos
de Argos la más bella de las hijas del Atrida y te la daremos por
mujer, si junto con los nuestros destruyes la populosa ciudad de Ilión.
Pero sígueme, y en las naves que atraviesan el ponto nos pondremos de
acuerdo sobre el casamiento; que no somos malos suegros.»

383 Hablóle así el héroe Idomeneo, mientras le asía de un pie y
le arrastraba por el campo de la dura batalla; y Asio se adelantó
para vengarle, presentándose como peón delante de su carro, cuyos
corceles, gobernados por el auriga, sobre los mismos hombros del
guerrero resoplaban. Asio deseaba en su corazón herir á Idomeneo; pero
anticipósele éste y le hundió la pica en la garganta, debajo de la
barba, hasta que salió al otro lado. Cayó el teucro como en el monte
la encina, el álamo ó el elevado pino que unos artífices cortan con
afiladas hachas para convertirlo en mástil de navío; así yacía aquél,
tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y
cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Turbóse el escudero, y
ni siquiera se atrevió á torcer la rienda á los caballos para escapar
de las manos de los enemigos. Y el belígero Antíloco se llegó á él y le
atravesó con la lanza, pues la broncínea loriga no pudo evitar que se
la clavara en el vientre. El auriga, jadeante, cayó del bien construído
carro; y Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, sacó los caballos de
entre los teucros y se los llevó hacia los aqueos, de hermosas grebas.

402 Deífobo, irritado por la muerte de Asio, se acercó mucho á Idomeneo
y le arrojó la reluciente lanza. Mas Idomeneo advirtiólo y burló el
golpe encogiéndose debajo de su rodela, la cual era lisa y estaba
formada por boyunas pieles y una lámina de bruñido bronce con dos
abrazaderas: la broncínea lanza resbaló por la superficie del escudo,
que sonó roncamente, y no fué lanzada en balde por el robusto brazo
de aquél, pues fué á clavarse en el hígado, debajo del diafragma, de
Hipsenor Hipásida, pastor de hombres, haciéndole doblar las rodillas. Y
Deífobo se jactaba así, dando grandes voces:

414 «Asio yace en tierra, pero ya está vengado. Figúrome que al
descender á la morada de sólidas puertas del terrible Plutón, se
holgará su espíritu de que le haya proporcionado un compañero.»

417 Así habló. Sus jactanciosas frases apesadumbraron á los argivos
y conmovieron el corazón del belicoso Antíloco; pero éste, aunque
afligido, no abandonó á su compañero, sino que corriendo se puso junto
á él y le cubrió con la rodela. É introduciéndose por debajo dos
amigos fieles, Mecisteo hijo de Equio y el divino Alástor, llevaron á
Hipsenor, que daba hondos suspiros, hacia las cóncavas naves.

424 Idomeneo no dejaba que desfalleciera su gran valor y deseaba
siempre ó sumir á algún teucro en tenebrosa noche, ó caer él mismo
con estrépito, librando de la ruina á los aqueos. Neptuno dejó que
sucumbiera á manos de Idomeneo el hijo querido del noble Esietes, el
héroe Alcátoo (era yerno de Anquises y tenía por esposa á Hipodamia,
la hija primogénita, á quien el padre y la veneranda madre amaban
cordialmente en el palacio porque sobresalía en hermosura, destreza y
talento entre todas las de su edad, y á causa de esto casó con ella el
hombre más ilustre de la vasta Troya): el dios ofuscóle los brillantes
ojos y paralizó sus hermosos miembros, y el héroe no pudo huir ni
evitar la acometida de Idomeneo, que le envasó la lanza en medio del
pecho, mientras estaba inmóvil como una columna ó un árbol de alta
copa, y le rompió la coraza que siempre le había salvado de la muerte,
y entonces produjo un sonido ronco al quebrarse por el golpe de la
lanza. El guerrero cayó con estrépito; y como la lanza se había clavado
en el corazón, movíanla las palpitaciones de éste; pero pronto el arma
impetuosa perdió su fuerza. É Idomeneo con gran jactancia y á voz en
grito exclamó:

446 «¡Deífobo! Ya que tanto te glorías, ¿no te parece que es una buena
compensación haber muerto á tres, por uno que perdimos? Ven, hombre
admirable, ponte delante y verás quién es el descendiente de Júpiter
que aquí ha venido; porque Jove engendró á Minos, protector de Creta,
Minos fué padre del eximio Deucalión, y de éste nací yo, que reino
sobre muchos hombres en la vasta Creta y vine en las naves para ser una
plaga para ti, para tu padre y para los demás teucros.»

455 Así se expresó; y Deífobo vacilaba entre retroceder para que se le
juntara alguno de los magnánimos teucros ó atacar él solo á Idomeneo.
Parecióle lo mejor ir en busca de Eneas, y le halló entre los últimos;
pues siempre estaba irritado con el divino Príamo, que no le honraba
como por su bravura merecía. Y deteniéndose á su lado, le dijo estas
aladas palabras:

463 «¡Eneas, príncipe de los teucros! Es preciso que defiendas á tu
cuñado, si te tomas algún interés por los parientes. Sígueme y vayamos
á combatir por tu cuñado Alcátoo, que te crió cuando eras niño y ha
muerto á manos de Idomeneo, famoso por su lanza.»

468 Tal fué lo que dijo. Eneas sintió que en el pecho se le conmovía
el corazón, y llegóse hacia Idomeneo con grandes deseos de pelear.
Éste no se dejó vencer del temor, cual si fuera un niño; sino que le
aguardó como el jabalí que, confiando en su fuerza, espera en un paraje
desierto del monte el gran tropel de hombres que se avecina, y con las
cerdas del lomo erizadas y los ojos brillantes como ascuas, aguza los
dientes y se dispone á rechazar la acometida de perros y cazadores: de
igual manera Idomeneo, famoso por su lanza, aguardaba sin arredrarse á
Eneas, ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero llamaba á sus
compañeros, poniendo los ojos en Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones
y Antíloco, aguerridos campeones, y los exhortaba con estas aladas
palabras:

481 «Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy solo y temo mucho á Eneas,
ligero de pies, que contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar
hombres en el combate, y se halla en la flor de la juventud, cuando
mayor es la fuerza. Si con el ánimo que tengo, fuésemos de la misma
edad, pronto le daría ocasión para alcanzar una gran victoria ó él me
la proporcionaría á mí.»

487 Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el pecho y los escudos en
los hombros, se pusieron á la vera de Idomeneo. También Eneas exhortaba
á sus amigos, echando la vista á Deífobo, Paris y el divino Agenor, que
eran asimismo capitanes de los teucros. Inmediatamente marcharon las
tropas detrás de los jefes, como las ovejas siguen al carnero cuando
después del pasto van á beber, y el pastor se regocija en el alma; así
se alegró el corazón de Eneas en el pecho, al ver el grupo de hombres
que tras él seguía.

496 Pronto trabaron alrededor del cadáver de Alcátoo un combate cuerpo
á cuerpo, blandiendo grandes picas; y el bronce resonaba de horrible
modo en los pechos al darse botes de lanza los unos á los otros. Dos
hombres belicosos y señalados entre todos, Eneas é Idomeneo, iguales
á Marte, deseaban herirse recíprocamente con el cruel bronce. Eneas
arrojó el primero la lanza á Idomeneo; pero como éste la viera venir,
evitó el golpe: la broncínea punta clavóse en tierra, vibrando, y el
arma fué echada en balde por el robusto brazo. Idomeneo hundió la suya
en el vientre de Enomao y el bronce rompió la concavidad de la coraza
y desgarró las entrañas: el teucro, caído en el polvo, asió el suelo
con las manos. Acto continuo, Idomeneo arrancó del cadáver la ingente
lanza, pero no le pudo quitar de los hombros la magnífica armadura
porque estaba abrumado por los tiros. Como ya no tenía seguridad en sus
pies para recobrar la lanza que arrojara, ni para librarse de la que le
tiraran, evitaba la cruel muerte combatiendo á pie firme; y no pudiendo
tampoco huir con ligereza, retrocedía paso á paso. Deífobo, que
constantemente le odiaba, le tiró la lanza reluciente y erró el golpe,
pero hirió á Ascálafo, hijo de Marte: la impetuosa lanza se clavó en
la espalda, y el guerrero, caído en el polvo, asió el suelo con las
manos. Y el ruidoso y furibundo Marte no se enteró de que su hijo
hubiese sucumbido en el duro combate porque se hallaba detenido en la
cumbre del Olimpo, debajo de áureas nubes, con otros dioses inmortales
á quienes Júpiter no permitía que intervinieran en la batalla.

526 La pelea cuerpo á cuerpo se encendió entonces en torno de
Ascálafo, á quien Deífobo logró quitar el reluciente casco; pero
Meriones, igual al veloz Marte, dió á Deífobo una lanzada en el brazo
y le hizo soltar el casco con agujeros á guisa de ojos, que cayó al
suelo produciendo ronco sonido. Meriones, abalanzándose á Deífobo con
la celeridad del buitre, arrancóle la impetuosa lanza de la parte
superior del brazo y retrocedió hasta el grupo de sus amigos. Á Deífobo
sacóle del horrísono combate su hermano carnal Polites: abrazándole
por la cintura, le condujo adonde tenía los rápidos corceles con el
labrado carro, que estaban algo distantes de la batalla, gobernados por
un auriga. Ellos llevaron á la ciudad al héroe, que se sentía agotado,
daba hondos suspiros y le manaba sangre de la herida que en el brazo
acababa de recibir.

540 Los demás combatían y alzaban una gritería inmensa. Eneas,
acometiendo á Afareo Caletórida que contra él venía, hirióle en
la garganta con la aguda lanza: la cabeza se inclinó á un lado,
arrastrando el casco y el escudo, y la muerte destructora rodeó al
guerrero. Antíloco, como advirtiera que Toón volvía pie á atrás,
arremetió contra él y le hirió: cortóle la vena que, corriendo por el
dorso, llega hasta el cuello, y el teucro cayó de espaldas en el polvo
y tendía los brazos á los compañeros queridos. Acudió Antíloco y le
despojó de la armadura, mirando á todos lados, mientras los teucros
iban cercándole é intentaban herirle; mas el ancho y labrado escudo
paró los golpes, y ni aun consiguieron rasguñar la tierna piel del
héroe, porque Neptuno, que bate la tierra, defendió al hijo de Néstor
contra los muchos tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los enemigos,
sino que se agitaba en medio de ellos; su lanza, jamás ociosa, siempre
vibrante, se volvía á todas partes, y él pensaba en su mente si la
arrojaría á alguien, ó acometería de cerca.

560 No se le ocultó á Adamante Asíada lo que Antíloco meditaba en
medio de la turba; y acercándosele, le dió con el agudo bronce un bote
con el escudo; pero Neptuno, el de cerúlea cabellera, no permitió que
quitara la vida á Antíloco, é hizo vano el golpe rompiendo la lanza en
dos partes, una de las cuales quedó clavada en el escudo, como estaca
consumida por el fuego, y la otra cayó al suelo. Adamante retrocedió
hacia el grupo de sus amigos, para evitar la muerte; pero Meriones
corrió tras él y arrojóle la lanza, que penetró por entre el ombligo y
el pubis, donde son muy peligrosas las heridas que reciben en la guerra
los míseros mortales. Allí, pues, se hundió la lanza, y Adamante,
cayendo encima de ella, se agitaba como un buey á quien los pastores
han atado en el monte con recias cuerdas y llevan contra su voluntad;
así aquél, al sentirse herido, se agitó algún tiempo, que no fué largo
porque Meriones se le acercó, arrancóle la lanza del cuerpo, y las
tinieblas velaron los ojos del guerrero.

576 Heleno dió á Deípiro un tajo en una sien con su gran espada tracia,
y le rompió el casco. Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y
rodando fué á parar á los pies de un guerrero aquivo que lo alzó de
tierra. Á Deípiro, tenebrosa noche le cubrió los ojos.

581 Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao, valiente en el
combate; y blandiendo la lanza, arremetió, amenazador, contra el
héroe y príncipe Heleno, quien, á su vez, armó la ballesta. Ambos
fueron á encontrarse, deseosos el uno de alcanzar al contrario con
la aguda lanza, y el otro de herir á su enemigo con la flecha que el
arco despidiera. El Priámida dió con la saeta en el pecho de Menelao,
donde la coraza presentaba una concavidad; pero la cruel flecha fué
rechazada y voló á otra parte. Como en la espaciosa era saltan del
bieldo las negruzcas habas ó los garbanzos al soplo sonoro del viento y
al impulso del aventador; de igual modo, la amarga flecha, repelida por
la coraza del glorioso Menelao, voló á lo lejos. Por su parte Menelao
Atrida, valiente en la pelea, hirió á Heleno en la mano en que llevaba
el pulimentado arco: la broncínea lanza atravesó la palma y penetró
en la ballesta. Heleno retrocedió hasta el grupo de sus amigos, para
evitar la muerte; y su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno.
El magnánimo Agenor se la arrancó y le vendó la mano con una honda de
lana de oveja, bien tejida, que les facilitó el escudero del pastor de
hombres.

601 Pisandro embistió al glorioso Menelao. El hado funesto le llevaba
al fin de su vida, empujándole para que fuese vencido por ti, oh
Menelao, en la terrible pelea. Así que entrambos se hallaron frente á
frente, acometiéronse, y el Atrida erró el golpe porque la lanza se le
desvió; Pisandro dió un bote en la rodela del glorioso Menelao, pero no
pudo atravesar el bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la lanza
por el asta cuando aquél se regocijaba en su corazón con la esperanza
de salir victorioso. Pero el Atrida desnudó la espada guarnecida de
argénteos clavos y asaltó á Pisandro; quien, cubriéndose con el escudo,
aferró una hermosa hacha, de bronce labrado, provista de un largo y
liso mango de madera de olivo. Acometiéronse, y Pisandro dió un golpe á
Menelao en la cimera del yelmo, adornado con crines de caballo, debajo
del penacho; y Menelao hundió su espada en la frente del teucro, encima
de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos, ensangrentados, cayeron
en el polvo, á los pies del guerrero, que se encorvó y vino á tierra.
El Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó de la armadura; y
blasonando del triunfo, dijo:

620 «¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles corceles,
oh teucros soberbios é insaciables de la pelea horrenda! No os
basta haberme inferido una vergonzosa afrenta, infames perros, sin
que vuestro corazón temiera la ira terrible del tonante Júpiter
hospitalario, que algún día destruirá vuestra ciudad excelsa. Os
llevasteis, además de muchas riquezas, á mi legítima esposa que os
había recibido amigablemente; y ahora deseáis arrojar el destructor
fuego en las naves, que atraviesan el ponto, y dar muerte á los
héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar al combate, aunque
tan enardecidos os mostréis. ¡Padre Júpiter! Dicen que superas en
inteligencia á los demás dioses y hombres, y todo esto procede de ti.
¿Cómo favoreces á los teucros, á esos hombres insolentes, de espíritu
siempre perverso, y que nunca se hartan de la guerra á todos tan
funesta? De todo llega el hombre á saciarse: del sueño, del amor, del
dulce canto y de la agradable danza, cosas más apetecibles que la
pelea; pero los teucros no se cansan de combatir.»

640 En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle al cadáver la
ensangrentada armadura; y entregándola á sus amigos, volvió á batallar
entre los combatientes delanteros.

643 Entonces le salió al encuentro Harpalión, hijo del rey Pilémenes,
que fué á Troya con su padre á pelear y no había de volver á la patria
tierra: el teucro dió un bote de lanza en medio del escudo del Atrida,
pero no pudo atravesar el bronce y retrocedió hacia el grupo de sus
amigos para evitar la muerte, mirando á todos lados; no fuera alguien á
herirle con el bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó el arco,
y la broncínea saeta se hundió en la nalga derecha del teucro, atravesó
la vejiga por debajo del hueso y salió al otro lado. Y Harpalión,
cayendo allí en brazos de sus amigos, dió el alma y quedó tendido en
el suelo como un gusano; de su cuerpo fluía negra sangre que mojaba
la tierra. Pusiéronse á su alrededor los magnánimos paflagones, y
colocando el cadáver en un carro, lleváronlo, afligidos, á la sagrada
Ilión; el padre iba con ellos derramando lágrimas, y ninguna venganza
pudo tomar de aquella muerte.

660 Paris, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión, que
era su huésped en la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha.
Había un cierto Euquenor, rico y valiente, que era vástago del adivino
Poliido, habitaba en Corinto y se embarcó para Troya, no obstante
saber la funesta suerte que allí le aguardaba. El buen anciano Poliido
habíale dicho repetidas veces que moriría de penosa dolencia en el
palacio ó sucumbiría á manos de los teucros en las naves aqueas; y él,
queriendo evitar los reproches de los aquivos y la enfermedad odiosa
con sus dolores, decidió ir á Ilión. Á éste, pues, Paris le clavó la
flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó de los
miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió.

673 Así combatían, con el ardor de encendido fuego. Héctor, caro á
Júpiter, aún no se había enterado, é ignoraba por completo que sus
tropas fuesen destruídas por los argivos á la izquierda de las naves.
Pronto la victoria hubiera sido de éstos. ¡De tal suerte Neptuno,
que ciñe y sacude la tierra, los alentaba y hasta los ayudaba con
sus propias fuerzas! Estaba Héctor en el mismo lugar adonde llegara
después que pasó las puertas y el muro y rompió las cerradas filas de
los escudados dánaos. Allí, en la playa del espumoso mar, habían sido
colocadas las naves de Ayax y Protesilao; y se había levantado para
defenderlas un muro bajo, porque los hombres y corceles acampados en
aquel paraje eran muy valientes en la guerra.

685 Los beocios, los yáones, de larga vestidura, los locros, los
ptiotas y los ilustres epeos detenían al divino Héctor que, semejante
á una llama, porfiaba en su empeño de ir hacia las naves; pero no
conseguían que se apartase de ellos. Los atenienses habían sido
designados para las primeras filas y los mandaba Menesteo, hijo de
Peteo, á quien seguían Fidante, Estiquio y el valeroso Biante. De los
epeos eran caudillos Meges Filida, Anfión y Dracio. Al frente de los
ptiotas estaban Medonte y el belígero Podarces: aquél era hijo bastardo
del divino Oileo y hermano de Ayax, y vivía en Fílace, lejos de su
patria, por haber dado muerte á un hermano de Eriopis, su madrastra y
mujer de Oileo; y el otro era hijo de Ificlo Filácida. Ambos combatían
al frente de los ptiotas y en unión con los beocios para defender las
naves.

701 El ágil Ayax de Oileo no se apartaba un instante de Ayax Telamonio:
como en tierra noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo del sólido
arado, abundante sudor brota en torno de sus cuernos, y sólo los
separa el pulimentado yugo mientras andan por los surcos para abrir el
hondo seno de la tierra; así, tan cercanos el uno del otro, estaban
los Ayaces. Al Telamonio seguíanle muchos y valientes hombres, que
tomaban su escudo cuando la fatiga y el sudor llegaban á las rodillas
del héroe. Mas al alentoso hijo de Oileo no le acompañaban los locros,
porque no podían sostener una lucha á pie firme: no llevaban broncíneos
cascos, adornados con crines de caballo, ni tenían rodelas ni lanzas de
fresno; habían ido á Ilión, confiando en sus ballestas y en sus hondas
de lana de ovejas retorcida, y con las mismas destrozaban las falanges
teucras. Aquéllos peleaban con Héctor y los suyos; éstos, ocultos
detrás, disparaban; y los teucros apenas pensaban en combatir, porque
las flechas los ponían en desorden.

723 Entonces los teucros hubieran vuelto en deplorable fuga de las
naves y tiendas á la ventosa Ilión, si Polidamante no se hubiese
acercado al audaz Héctor para decirle:

726 «¡Héctor! Eres reacio en seguir los pareceres ajenos. Porque un
dios te ha dado esa superioridad en las cosas de la guerra, ¿crees
que aventajas á los demás en prudencia? No es posible que tú solo
lo reunas todo. La divinidad á uno le concede que sobresalga en las
acciones bélicas, á otro en la danza, al de más allá en la cítara y el
canto; y el longividente Jove pone en el pecho de algunos un espíritu
prudente que aprovecha á gran número de hombres, salva las ciudades y
lo aprecia particularmente quien lo posee. Te diré lo que considero
más conveniente. Alrededor de ti arde la pelea por todas partes; pero
de los magnánimos teucros que pasaron la muralla, unos se han retirado
con sus armas, y otros, dispersos por las naves, combaten con mayor
número de hombres. Retrocede y llama á los más valientes caudillos para
deliberar si nos conviene arrojarnos á las naves, de muchos bancos,
por si un dios nos da la victoria, ó alejarnos de las mismas antes que
seamos heridos. Temo que los aqueos se desquiten de lo de ayer, porque
en las naves hay un varón incansable en la pelea, y me figuro que no se
abstendrá de combatir.»

748 Así habló Polidamante, y su prudente consejo plugo á Héctor, que
saltó en seguida del carro á tierra, sin dejar las armas, y le dijo
estas aladas palabras:

751 «¡Polidamante! Reune tú á los más valientes caudillos, mientras voy
á la otra parte de la batalla y vuelvo tan pronto como haya dado las
convenientes órdenes.»

754 Dijo; y semejante á un monte cubierto de nieve, partió volando
y profiriendo gritos por entre los troyanos y sus auxiliares. Todos
los caudillos se encaminaron hacia el bravo Polidamante Pantoida, así
que oyeron las palabras de Héctor. Éste buscaba en los combatientes
delanteros á Deífobo, al robusto rey Heleno, á Adamante Asíada, y á
Asio, hijo de Hirtaco; pero no los halló ilesos ni á todos salvados de
la muerte: los unos yacían, muertos por los argivos, junto á las naves
aqueas; y los demás, heridos, quien de cerca, quien de lejos, estaban
dentro de los muros de la ciudad. Pronto se encontró, en la izquierda
de la batalla luctuosa, con el divino Alejandro, esposo de Helena, la
de hermosa cabellera, que animaba á sus compañeros y les incitaba á
pelear; y deteniéndose á su lado, díjole estas injuriosas palabras:

769 «¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor!
¿Dónde están Deífobo, el robusto rey Heleno, Adamante Asíada y Asio,
hijo de Hirtaco? ¿Qué es de Otrioneo? Hoy la excelsa Ilión se arruina
desde la cumbre, y horrible muerte te aguarda.»

774 Respondióle el deiforme Paris: «¡Héctor! Ya que tienes intención de
culparme sin motivo, quizás otras veces fuí más remiso en la batalla,
aunque no del todo pusilánime me dió á luz mi madre. Desde que al
frente de los compañeros promoviste el combate junto á las naves,
peleamos sin cesar contra los dánaos. Los amigos por quienes preguntas
han muerto, menos Deífobo y el robusto rey Heleno; los cuales, heridos
en el brazo por ingentes lanzas, se fueron, y el Saturnio les salvó la
vida. Llévanos adonde el corazón y el ánimo te ordenen; te seguiremos
presurosos, y no dejaremos de mostrar todo el valor compatible con
nuestras fuerzas. Más allá de lo que éstas permiten, nada es posible
hacer en la guerra, por enardecido que uno esté.»

788 Así diciendo, cambió el héroe la mente de su hermano. Enderezaron
al sitio donde era más ardiente el combate y la pelea; allí estaban
Cebrión, el eximio Polidamante, Falces, Orteo, Polifetes igual á un
dios, Palmis, Ascanio y Moris, hijos los dos últimos de Hipotión;
todos los cuales habían llegado el día anterior de la fértil Ascania,
y entonces Jove les impulsó á combatir. Á la manera que un torbellino
de vientos impetuosos desciende á la llanura, acompañado del trueno
de Júpiter, y al caer en el mar con ruido inmenso levanta grandes y
espumosas olas que se van sucediendo; así los teucros seguían en filas
cerradas á los jefes, y el bronce de las armas relucía. Iba á su frente
Héctor Priámida, cual si fuese Marte, funesto á los mortales: llevaba
por delante un escudo liso, formado por muchas pieles de buey y una
gruesa lámina de bronce, y el refulgente casco temblaba en sus sienes.
Movíase Héctor, defendiéndose con la rodela, y probaba por todas partes
si las falanges cedían; pero no logró turbar el ánimo en el pecho de
los aqueos. Entonces Ayax adelantóse con ligero paso y provocóle con
estas palabras:

810 «¡Varón admirable! ¡Acércate! ¿Por qué quieres amedrentar de este
modo á los argivos? No somos inexpertos en la guerra, sino que los
aqueos sucumben bajo el cruel azote de Júpiter. Tú esperas quemar las
naves, pero nosotros tenemos los brazos prontos para defenderlas; y
mucho antes que lo consigas, vuestra populosa ciudad será tomada y
destruída por nuestras manos. Yo te aseguro que está cerca el momento
en que tú mismo, puesto en fuga, pedirás al padre Júpiter y á los demás
inmortales que tus corceles sean más veloces que los gavilanes; y los
caballos te llevarán á la ciudad, levantando gran polvareda en la
llanura.

821 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha,
un águila de alto vuelo; y los aquivos gritaron, animados por el
agüero. El esclarecido Héctor respondió:

824 «Ayax lenguaz y fanfarrón, ¿qué dijiste? Así fuera yo hijo de
Júpiter, que lleva la égida, y me hubiese dado á luz la venerable Juno
y gozara de los mismos honores que Minerva ó Apolo, como este día será
funesto para todos los argivos. Tú también morirás si tienes la osadía
de aguardar mi larga pica: ésta te desgarrará el delicado cuerpo; y
tú, cayendo junto á las naves aqueas, saciarás de carne y grasa á los
perros y aves de la comarca troyana.»

833 En diciendo esto, pasó adelante; los otros capitanes le siguieron
con vocerío inmenso; y detrás las tropas gritaban también. Los
argivos movían por su parte gran alboroto y, sin olvidarse de su
valor, aguardaban la acometida de los más valientes teucros. Y el
estruendo que producían ambos ejércitos llegaba al éter y á la morada
resplandeciente de Jove.



[Ilustración: El Sueño, á quien Júpiter quería arrojar al ponto, es
salvado por la Noche]



CANTO XIV

ENGAÑO DE JÚPITER


1 Néstor, aunque estaba bebiendo, no dejó de advertir la gritería; y
hablando al descendiente de Esculapio, pronunció estas aladas palabras:

3 «¡Oh divino Macaón! ¿Cómo te parece que acabarán estas cosas? Junto á
las naves crece el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado aquí,
bebe el negro vino, mientras Hecamede, la de hermosas trenzas, pone á
calentar el agua del baño y te lava después la sangrienta herida; y yo,
en el ínterin, subiré á un altozano para ver lo que ocurre.»

9 Dijo; y después de embrazar el labrado escudo de reluciente bronce,
que su hijo Trasimedes, domador de caballos, dejara allí por haberse
llevado el del anciano, asió la fuerte lanza de broncínea punta y salió
de la tienda. Pronto se detuvo ante el vergonzoso espectáculo que se
ofreció á sus ojos: los aquivos eran derrotados por los feroces teucros
y la gran muralla aquea estaba destruída. Como el piélago inmenso
empieza á rizarse con sordo ruido y purpurea, presagiando la rápida
venida de los sonoros vientos, pero no mueve las olas hasta que Júpiter
envía un viento determinado; así el anciano hallábase perplejo entre
encaminarse á la turba de los dánaos, de ágiles corceles, ó enderezar
sus pasos hacia el Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que
sería lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo; mientras los
demás, combatiendo, se mataban unos á otros, y el duro bronce resonaba
alrededor de sus cuerpos á los golpes de las espadas y de las lanzas de
doble filo.

27 Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos de Júpiter, que antes
fueron heridos con el bronce--el Tidida, Ulises y Agamenón, hijo de
Atreo,--y entonces venían de sus naves. Éstas habían sido colocadas
lejos del campo de batalla, en la orilla del espumoso mar: sacáronlas
á la llanura las primeras, y labraron un muro delante de las popas.
Porque la ribera, con ser vasta, no podía contener todos los bajeles en
una sola fila, y por esto los pusieron escalonados y llenaron con ellos
el gran espacio de costa que limitaban altos promontorios. Los reyes
iban juntos, con el ánimo abatido, apoyándose en las lanzas, porque
querían presenciar el combate y la clamorosa pelea; y cuando vieron
venir al anciano, se les sobresaltó el corazón en el pecho. Y el rey
Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó:

42 «¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! ¿Por qué vienes,
dejando la homicida batalla? Temo que el impetuoso Héctor cumpla la
amenaza que me hizo en su arenga á los teucros: Que no regresaría á
Ilión antes de pegar fuego á las naves y matar á los aquivos. Así
decía, y todo se va cumpliendo. ¡Oh dioses! Los aqueos, de hermosas
grebas, tienen, como Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y no
quieren combatir junto á los bajeles.»

52 Respondió Néstor, caballero gerenio: «Patente es lo que dices, y
ni el mismo Júpiter altitonante puede modificar lo que ya ha sucedido.
Derribado está el muro que esperábamos fuese indestructible reparo para
las veleras naves y para nosotros mismos; y junto á ellas los teucros
sostienen vivo é incesante combate. No conocerías, por más que lo
miraras, hacia qué parte van los aqueos acosados y puestos en desorden:
en montón confuso reciben la muerte, y la gritería llega hasta el
cielo. Deliberemos sobre lo que puede ocurrir, por si damos con alguna
idea provechosa; y no propongo que entremos en combate, porque es
imposible que peleen los que están heridos.»

64 Díjole el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor! Puesto que ya los
teucros combaten junto á las popas de las naves y de ninguna utilidad
ha sido el muro con su foso que los dánaos construyeron con tanta
fatiga, esperando que fuese indestructible reparo para los barcos y
para ellos mismos; sin duda debe de ser grato al prepotente Jove que
los aqueos perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes yo veía que
el dios auxiliaba, benévolo, á los dánaos; mas al presente da gloria
á los teucros, cual si fuesen dioses bienaventurados, y encadena
nuestro valor y nuestros brazos. Ea, obremos todos como voy á decir.
Arrastremos las naves que se hallan más cerca de la orilla, echémoslas
al mar divino y que estén sobre las anclas hasta que venga la noche
inmortal; y si entonces los teucros se abstienen de combatir, podremos
botar las restantes. No es reprensible evitar una desgracia, aunque sea
durante la noche. Mejor es librarse huyendo, que dejarse coger.»

82 El ingenioso Ulises, mirándole con torva faz, exclamó: «¡Atrida!
¿Qué palabras se escaparon de tus labios? ¡Hombre funesto! Debieras
estar al frente de un ejército de cobardes y no mandarnos á nosotros,
á quienes Jove concedió llevar al cabo arriesgadas empresas bélicas
desde la juventud á la vejez, hasta que perezcamos. ¿Quieres que
dejemos la ciudad troyana de anchas calles, después de haber padecido
por ella tantas fatigas? Calla y no oigan los aqueos esas palabras, las
cuales no saldrían de la boca de ningún varón que supiera hablar con
espíritu prudente, llevara cetro y fuera obedecido por tantos hombres
cuantos son los argivos sobre quienes imperas. Repruebo completamente
la proposición que hiciste: sin duda nos aconsejas que botemos al mar
las naves de muchos bancos durante el combate y la pelea, para que más
presto se cumplan los deseos de los teucros, ya al presente vencedores,
y nuestra perdición sea inminente. Porque los aqueos no sostendrán
el combate si las naves son echadas al mar; sino que, volviendo los
ojos adonde puedan huir, cesarán de pelear, y tu consejo, príncipe de
hombres, habrá sido dañoso.»

103 Contestó el rey de hombres Agamenón: «¡Oh Ulises! Tu duro reproche
me ha llegado al alma; pero yo no mandaba que los aqueos arrastraran al
mar, contra su voluntad, las naves de muchos bancos. Ojalá que alguien,
joven ó viejo, propusiera una cosa mejor, pues le oiría con gusto.»

109 Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la pelea: «Cerca tenéis á
tal hombre--no habremos de buscarle mucho--si os halláis dispuestos á
obedecer; y no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando que
soy más joven que vosotros, pues me glorío de haber tenido por padre al
valiente Tideo, cuyo cuerpo está enterrado en Tebas. Engendró Porteo
tres hijos ilustres que habitaron en Pleurón y en la excelsa Calidón:
Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo paterno, que era el más
valiente. Eneo quedóse en su país; pero mi padre, después de vagar
algún tiempo, se estableció en Argos porque así lo quisieron Júpiter
y los demás dioses, casó con una hija de Adrasto y vivió en una casa
abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no pocas plantaciones
de árboles en los alrededores de la población, y copiosos rebaños; y
aventajaba á todos los aquivos en el manejo de la lanza. Tales cosas
las habréis oído referir como ciertas que son. No sea que, figurándoos
quizás que por mi linaje he de ser cobarde y débil, despreciéis lo
bueno que os diga. Ea, vayamos á la batalla, no obstante estar heridos,
pues la necesidad apremia; pongámonos fuera del alcance de los tiros
para no recibir lesiones sobre lesiones; animemos á los demás y
hagamos que entren en combate cuantos, cediendo á su ánimo indolente,
permanecen alejados y no pelean.»

133 Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron. Echaron á
andar, y el rey de hombres Agamenón iba delante.

135 El ilustre Neptuno, que sacude la tierra, estaba al acecho; y
transfigurándose en un viejo, se dirigió á los reyes, tomó la diestra
de Agamenón Atrida y le dijo estas aladas palabras:

139 «¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza y la derrota de los
aqueos, debe de sentir que en el pecho se le regocija el corazón
pernicioso, porque está falto de juicio. ¡Así pereciera y una deidad
le cubriese de ignominia! Pero los bienaventurados dioses no se hallan
irritados contigo, y los caudillos y príncipes de los teucros serán
puestos en fuga y levantarán nubes de polvo en la llanura espaciosa;
tú mismo los verás huir desde las tiendas y naves á la ciudad.»

147 Cuando así hubo hablado, dió un gran alarido y empezó á correr
por la llanura. Cual es la gritería de nueve ó diez mil guerreros al
trabarse la marcial contienda, tan pujante fué la voz que el soberano
Neptuno, que bate la tierra, hizo salir de su pecho. Y el dios infundió
valor en el corazón de todos los aqueos para que lucharan y combatieran
sin descanso.

153 Juno, la de áureo trono, mirando desde la cima del Olimpo, conoció
á su hermano y cuñado, y regocijóse en el alma; pero vió á Júpiter
sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y
se le hizo odioso en su corazón. Entonces Juno veneranda, la de los
grandes ojos, pensaba cómo podría engañar á Júpiter, que lleva la
égida. Al fin parecióle que la mejor resolución sería ataviarse bien
y encaminarse al Ida, por si Jove, abrasándose en amor, quería dormir
á su lado y ella lograba derramar sobre los párpados y el prudente
espíritu del dios dulce y placentero sueño. Sin perder un instante,
fuése á la habitación labrada por su hijo Vulcano--la cual tenía una
sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía
abrir,--entró, y habiendo entornado la puerta, lavóse con ambrosía el
cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan
oloroso que, al moverlo en el palacio de Júpiter, erigido sobre bronce,
su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso
cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos
lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal.
Echóse en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras,
que Minerva le hiciera; y sujetólo al pecho con broche de oro. Púsose
luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas
orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos,
espléndidas, de gracioso brillo. Después, la divina entre las diosas se
cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol; y calzó sus
nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con
todos los adornos, salió de la estancia; y llamando á Venus aparte de
los dioses, hablóle en estos términos:

190 «¡Hija querida! ¿Querrás complacerme en lo que te diga, ó te
negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo á los dánaos y tú á
los teucros?»

193 Respondióle Venus, hija de Júpiter: «¡Juno, venerable diosa, hija
del gran Saturno! Di qué quieres; mi corazón me impulsa á realizarlo,
si puedo y es hacedero.»

197 Contestóle dolosamente la venerable Juno: «Dame el amor y el deseo
con los cuales rindes á todos los inmortales y á los mortales hombres.
Voy á los confines de la fértil tierra para ver á Océano, padre de los
dioses, y á la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea
y me criaron y educaron en su palacio, cuando el longividente Júpiter
puso á Saturno debajo de la tierra y del mar estéril. Iré á visitarlos
para dar fin á sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del
tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis
palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me
llamarían siempre querida y venerable.»

211 Respondió de nuevo la risueña Venus: «No es posible ni sería
conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del
poderosísimo Júpiter.»

214 Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que
encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las
amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio
á los más prudentes. Púsolo en las manos de Juno, y pronunció estas
palabras:

219 «Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla.
Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas.»

222 Así habló. Sonrióse Juno veneranda, la de los grandes ojos; y
sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno. Venus, hija de Júpiter,
volvió á su morada. Juno dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y
pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó las altas y nevadas
cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus
pies tocaran la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso ponto y
llegó á Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí se encontró con el
Sueño, hermano de la Muerte; y asiéndole de la diestra, le dijo estas
palabras:

233 «¡Oh Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres! Si en
otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud
será perenne. Adormece los brillantes ojos de Júpiter debajo de sus
párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te
daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo
Vulcano, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para
apoyar las nítidas plantas, cuando asistas á los festines.»

[Ilustración: SONRIÓSE JUNO VENERANDA, LA DE LOS GRANDES OJOS, Y
SONRIENTE AÚN ESCONDIÓ EL CEÑIDOR EN SU SENO

  (_Canto XIV, versos 222 y 223._)]

242 Respondióle el dulce Sueño: «¡Juno, venerable diosa, hija
del gran Saturno! Fácilmente adormecería á cualquier otro de los
sempiternos dioses y aun á las corrientes del río Océano, que es el
padre de todos ellos, pero no me acercaré ni adormeceré á Júpiter
Saturnio, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato el día en que el
animoso hijo de Jove se embarcó en Ilión, después de destruir la ciudad
troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Júpiter, que lleva la
égida, difundiéndome suave en torno suyo; y tú, que te proponías causar
daño á Hércules, conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre
el ponto y lo llevaran á la populosa Cos, lejos de sus amigos. Júpiter
despertó y encendióse en ira: maltrataba á los dioses en el palacio,
me buscaba á mí, y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del éter
al ponto, si la Noche, que rinde á los dioses y á los hombres, no me
hubiese salvado; lleguéme á ella, y aquél se contuvo, aunque irritado,
porque temió hacer algo que á la rápida noche desagradara. Y ahora me
mandas realizar otra cosa peligrosísima.»

263 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Sueño! ¿Por
qué en la mente revuelves tales cosas? ¿Crees que el longividente
Júpiter favorecerá tanto á los teucros, como en la época en que se
irritó protegía á su hijo Hércules? Ea, ve y prometo darte, para que te
cases con ella y lleve el nombre de esposa tuya, la más joven de las
Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelas.»

270 Así habló. Alegróse el Sueño, y respondió diciendo: «Jura por el
agua sagrada de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra
y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses
subtartáreos que están con Saturno, que me darás la más joven de las
Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelo.»

277 Así dijo. No desobedeció Juno, la diosa de los níveos brazos, y
juró, como se le pedía, nombrando á todos los dioses subtartáreos,
llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube,
dejaron atrás á Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con rapidez
el camino llegaron á Lecto, en el Ida, abundante en manantiales y
criador de fieras; allí pasaron del mar á tierra firme, y anduvieron
haciendo estremecer bajo sus pies la cima de los árboles de la selva.
Detúvose el Sueño, antes que los ojos de Júpiter pudieran verle, y
encaramándose en un abeto altísimo que naciera en el Ida y por el aire
llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz ave canora
llamada por los dioses _calcis_ y por los hombres _cymindis_.

292 Juno subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta del Ida; Júpiter,
que amontona las nubes, la vió venir; y apenas la distinguió,
enseñoreóse de su prudente espíritu el mismo deseo que cuando gozaron
las primicias del amor, acostándose á escondidas de sus padres. Y así
que la tuvo delante, le habló diciendo:

298 «¡Juno! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los
caballos y el carro que podrían conducirte?»

300 Respondióle dolosamente la venerable Juno: «Voy á los confines de
la fértil tierra, á ver á Océano, padre de los dioses, y á la madre
Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en
su palacio. Iré á visitarlos para dar fin á sus rencillas. Tiempo
ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en
sus corazones. Tengo al pie del Ida los corceles que me llevarán por
tierra y por mar, y vengo del Olimpo á participártelo; no fuera que te
enfadaras si me encaminase, sin decírtelo, al palacio del Océano, de
profunda corriente.»

312 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! Allá se puede
ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por
una diosa ó por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló
como ahora: nunca he amado así, ni á la esposa de Ixión, que parió
á Pirítoo, consejero igual á los dioses; ni á Dánae, la de bellos
talones, hija de Acrisio, que dió á luz á Perseo, el más ilustre de
los hombres; ni á la celebrada hija de Fénix, que fué madre de Minos y
de Radamanto, igual á un dios; ni á Semele, ni á Alcmena en Tebas, de
la que tuve á Hércules, de ánimo valeroso, y de Semele á Baco, alegría
de los mortales; ni á Ceres, la soberana de hermosas trenzas; ni á la
gloriosa Latona; ni á ti misma: con tal ansia te amo en este momento y
tan dulce es el deseo que de mí se apodera.»

329 Replicóle dolosamente la venerable Juno: «¡Terribilísimo Saturnio!
¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las
cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de
los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara á todas
las deidades? Yo no volvería á tu palacio al levantarme del lecho;
vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y á tu corazón es grato, tienes la
cámara que tu hijo Vulcano labró, cerrando la puerta con sólidas tablas
que encajan en el marco. Vamos á acostarnos allí, ya que folgar te
place.»

341 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! No temas que
nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni
el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar
para mirarnos.»

346 Dijo el Saturnio, y estrechó en sus brazos á la esposa. La tierra
produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno
para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una
hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío.

352 Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro, vencido
por el sueño y el amor y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió
hacia las naves aqueas para llevar la noticia á Neptuno, que ciñe la
tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras:

357 «¡Oh Neptuno! Socorre pronto á los dánaos y dales gloria, aunque
sea breve, mientras duerme Júpiter; á quien he sumido en dulce letargo,
después que Juno, engañándole, logró que se acostara para gozar del
amor.»

361 Dicho esto, fuése hacia las ínclitas tribus de los hombres. Y
Neptuno, más incitado que antes á socorrer á los dánaos, saltó en
seguida á las primeras filas y les exhortó diciendo:

364 «¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria á Héctor Priámida,
para que se apodere de los bajeles y alcance gloria? Así se lo figura
él y de ello se jacta, porque Aquiles permanece en las cóncavas naves
con el corazón irritado. Pero Aquiles no hará gran falta, si los demás
procuramos auxiliarnos mutuamente. Ea, obremos todos como voy á decir.
Embrazad los escudos mayores y más fuertes que haya en el ejército,
cubríos la cabeza con el refulgente casco, coged las picas más largas,
y pongámonos en marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor Priámida,
por enardecido que esté, se atreva á esperarnos. Y el varón, que siendo
bravo, tenga un escudo pequeño para proteger sus hombros, déselo al
menos valiente y tome otro mejor.»

378 En tales términos habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Los
mismos reyes--el Tidida, Ulises y Agamenón Atrida,--sin embargo de
estar heridos, formaban el escuadrón; y recorriendo las hileras, hacían
el cambio de las marciales armas. El esforzado tomaba las más fuertes
y daba las peores al que le era inferior. Tan pronto como hubieron
vestido el luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales Neptuno,
que sacude la tierra, llevando en la robusta mano una espada terrible,
larga y puntiaguda, que parecía un relámpago; y á nadie le era posible
luchar con el dios en el funesto combate, porque el temor se lo impedía
á todos.

388 Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden á los teucros.
Y Neptuno, el de cerúlea cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando
éste á los teucros y aquél á los argivos, extendieron el campo de la
terrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas y naves de
los argivos, y los combatientes se embistieron con gran alboroto. No
braman tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible
del Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente
fuego en la espesura del monte, al quemarse una selva; ni suena tanto
el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuanta
fué la grita de teucros y aqueos en el momento en que, vociferando de
un modo espantoso, vinieron á las manos.

402 El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza á Ayax, que contra
él arremetía, y no le erró; pero acertó á dar en el sitio en que se
cruzaban la correa del escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con
argénteos clavos, y ambos protegieron el delicado cuerpo. Irritóse
Héctor porque la lanza había sido arrojada inútilmente por su mano, y
retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El gran
Ayax Telamonio, al ver que Héctor se retiraba, cogió una de las muchas
piedras que servían para calzar las naves y rodaban entonces entre
los pies de los combatientes, y con ella le hirió en el pecho, por
cima del escudo, junto á la garganta; la piedra, lanzada con ímpetu,
giraba como un torbellino. Como viene á tierra la encina arrancada de
raíz por el rayo de Júpiter, despidiendo un fuerte olor de azufre,
y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del gran Jove es
formidable; de igual manera, el robusto Héctor dió consigo en el suelo
y cayó en el polvo: la pica se le fué de la mano, quedaron encima de
él escudo y casco, y la armadura de labrado bronce resonó en torno del
cuerpo. Los aquivos corrieron hacia Héctor, dando recias voces, con
la esperanza de arrastrarlo á su campo; mas, aunque arrojaron muchas
lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres, ni de cerca, ni de
lejos, porque fué rodeado por los más valientes teucros--Polidamante,
Eneas, el divino Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el
eximio Glauco,--y los otros tampoco le abandonaron, pues se pusieron
delante con sus rodelas. Los amigos de Héctor levantáronle en brazos,
condujéronle adonde tenía los ágiles corceles con el labrado carro y
el auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daba profundos
suspiros.

433 Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de hermosa
corriente que el inmortal Júpiter engendró, bajaron á Héctor del
carro y le rociaron el rostro con agua: el héroe cobró los perdidos
espíritus, miró á lo alto, y poniéndose de rodillas, tuvo un vómito
de negra sangre; luego cayó de espaldas, y la noche obscura cubrió sus
ojos, porque aún tenía débil el ánimo á consecuencia del golpe recibido.

440 Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausentaba, arremetieron
con más ímpetu á los teucros, y sólo pensaron en combatir. Entonces el
veloz Ayax de Oileo fué el primero que, acometiendo con la puntiaguda
lanza, hirió á Satnio Enópida, á quien una náyade había tenido de
Énope, mientras éste apacentaba rebaños á orillas del Sátniois: Ayax
de Oileo, famoso por su lanza, llegóse á él, le hirió en el ijar y le
tumbó de espaldas; y en torno del cadáver, teucros y dánaos trabaron un
duro combate. Fué á vengarle Polidamante, hábil en blandir la lanza; é
hirió en el hombro derecho á Protoenor, hijo de Areilico: la impetuosa
lanza atravesó el hombro, y el guerrero, cayendo en el polvo, cogió el
suelo con sus manos. Y Polidamante exclamó con gran jactancia y á voz
en grito:

454 «No creo que el brazo robusto del valeroso hijo de Pántoo haya
despedido la lanza en vano; algún argivo la recibió en su cuerpo, y me
figuro que le servirá de báculo para apoyarse en ella y descender á la
morada de Plutón.»

458 Así habló. Sus jactanciosas palabras apesadumbraron á los argivos y
conmovieron el corazón del aguerrido Ayax Telamonio, á cuyo lado cayó
Protoenor. En el acto arrojó Ayax una reluciente lanza á Polidamante,
que ya se retiraba; éste dió un salto oblicuo y evitóla, librándose de
la negra muerte; pero en cambio la recibió Arquéloco, hijo de Antenor,
á quien los dioses habían destinado á morir: la lanza se clavó en la
unión de la cabeza con el cuello, en la primera vértebra, y cortó ambos
ligamentos; cayó el guerrero, y cabeza, boca y narices llegaron al
suelo antes que las piernas y las rodillas. Y Ayax, vociferando, al
eximio Polidamante le decía:

470 «Reflexiona, oh Polidamante, y dime sinceramente: ¿La muerte de ese
hombre no compensa la de Protoenor? No parece vil, ni de viles nacido,
sino hermano ó hijo de Antenor, domador de caballos, pues tiene el
mismo aire de familia.»

475 Así dijo, porque le conocía bien; y á los teucros se les llenó el
corazón de pesar. Entonces Acamante, que se hallaba junto al cadáver
de su hermano para protegerlo, envasó la lanza á Prómaco, el beocio,
cuando éste cogía por los pies al muerto é intentaba llevárselo. Y en
seguida jactóse grandemente, dando recias voces:

479 «¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir y nunca os cansáis
de proferir amenazas! El trabajo y los pesares no han de ser solamente
para nosotros, y algún día recibiréis la muerte de este mismo modo.
Mirad á Prómaco, que yace en el suelo, vencido por mi pica, para que
la venganza por la muerte de un hermano no sufra dilación. Por esto el
hombre que es víctima de alguna desgracia, anhela dejar un hermano que
pueda vengarle.»

486 Así se expresó. Sus jactanciosas frases apesadumbraron á los
argivos y conmovieron el corazón del aguerrido Penéleo, que arremetió
contra Acamante; pero éste no aguardó la acometida. Penéleo hirió á
Ilioneo, hijo único que á Forbante--hombre rico en ovejas y amado sobre
todos los teucros por Mercurio, que le dió muchos bienes--su esposa le
pariera: la lanza, penetrando por debajo de una ceja, le arrancó la
pupila, le atravesó el ojo y salió por la nuca, y el guerrero vino al
suelo con los brazos abiertos. Penéleo, desnudando la aguda espada, le
cercenó la cabeza, que cayó á tierra con el casco; y como la fornida
lanza seguía clavada en el ojo, cogióla, levantó la cabeza cual si
fuese una flor de adormidera, la mostró á los teucros, y blasonando del
triunfo, dijo:

501 «¡Teucros! Decid en mi nombre á los padres del ilustre Ilioneo
que le lloren en su palacio; ya que tampoco la esposa de Prómaco
Alegenórida recibirá con alegre rostro á su marido cuando,
embarcándonos en Troya, volvamos á nuestra patria.»

506 Así habló. Á todos les temblaban las carnes de miedo, y cada cual
buscaba adonde huir para librarse de una muerte espantosa.

508 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el
primer aquivo que alzó del suelo cruentos despojos, cuando el ilustre
Neptuno, que bate la tierra, inclinó el combate en favor de los aqueos.

511 Ayax Telamonio, el primero, hirió á Hirtio Girtíada; Antíloco
hizo perecer á Falces y á Mérmero, despojándolos luego de las armas;
Meriones mató á Moris é Hipotión; Teucro quitó la vida á Protoón y
Perifetes; y el Atrida hirió en el ijar á Hiperenor, pastor de hombres:
el bronce atravesó los intestinos, el alma salió presurosa por la
herida, y la obscuridad cubrió los ojos del guerrero. Y el veloz Ayax,
hijo de Oileo, mató á muchos; porque nadie le igualaba en perseguir á
los guerreros aterrorizados, cuando Júpiter los ponía en fuga.



[Ilustración: Ayax rechaza á los teucros que van á incendiar las naves
de los griegos]



CANTO XV

LOS AQUEOS REVUELVEN, DESDE LAS NAVES, SOBRE LOS TEUCROS Y LOS PONEN EN
FUGA


1 Cuando los teucros hubieron atravesado en su huída el foso y la
estacada, muriendo muchos á manos de los dánaos, llegaron al sitio
donde tenían los corceles é hicieron alto, amedrentados y pálidos de
miedo. En aquel instante despertó Jove en la cumbre del Ida, al lado
de Juno, la de áureo trono. Levantóse y vió á los teucros perseguidos
por los aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos, al soberano
Neptuno. Vió también á Héctor tendido en la llanura y rodeado de
amigos, jadeante, privado de conocimiento, vomitando sangre; que no
fué el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de
los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él, miró con torva y
terrible faz á Juno, y así le dijo:

14 «Tu engaño, Juno maléfica é incorregible, ha hecho que Héctor dejara
de combatir y que sus tropas se dieran á la fuga. No sé si castigarte
con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia.
¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste colgada en lo alto y
puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas é irrompibles
esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes,
los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían
desatarte--si entonces llego á coger á alguno, le arrojo de estos
umbrales y llega á la tierra casi sin vida--y yo no lograba echar del
corazón el continuo pesar que sentía por el divino Hércules, á quien
tú, produciendo una tempestad con el auxilio del Bóreas, arrojaste con
perversa intención al mar estéril y llevaste luego á la populosa Cos;
allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente á la Argólide,
criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te
lo recuerdo para que pongas fin á tus engaños y sepas si te será
provechoso haber venido de la mansión de los dioses á burlarme con los
goces del amor.»

34 Así se expresó. Estremecióse Juno veneranda, la de los grandes ojos,
y pronunció estas aladas palabras:

36 «Sean testigos la Tierra y el anchuroso Cielo y el agua de la
Estigia, de subterránea corriente--que es el juramento mayor y más
terrible para los bienaventurados dioses,--y tu cabeza sagrada y
nuestro tálamo nupcial, por el que nunca juraría en vano: No es por
mi consejo que Neptuno, el que sacude la tierra, daña á los teucros
y á Héctor y auxilia á los otros; su mismo ánimo debe de impelerle y
animarle, ó quizás se compadece de los aqueos al ver que son derrotados
junto á las naves. Mas yo aconsejaría á Neptuno que fuera por donde tú,
el de las sombrías nubes, le mandaras.»

47 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y
respondió con estas aladas palabras:

49 «Si tú, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cuando te sientas
entre los inmortales estuvieras de acuerdo conmigo; Neptuno, aunque
otra cosa deseara, acomodaría muy pronto su modo de pensar al nuestro.
Pero si en este momento hablas franca y sinceramente, ve á la mansión
de los dioses y manda venir á Iris y á Apolo, famoso por su arco; para
que aquélla, encaminándose al ejército de los aqueos, de lorigas de
bronce, diga al soberano Neptuno que cese de combatir y vuelva á su
palacio; y Febo Apolo incite á Héctor á la pelea, le infunda valor y
le haga olvidar los dolores que le oprimen el corazón, á fin de que
rechace nuevamente á los aquivos, los cuales llegarán en cobarde fuga á
las naves, de muchos bancos, del Pelida Aquiles. Éste enviará á la lid
á su compañero Patroclo, que morirá, herido por la lanza del preclaro
Héctor, cerca de Ilión, después de quitar la vida á muchos jóvenes, y
entre ellos al ilustre Sarpedón, mi hijo. Irritado por la muerte de
Patroclo, el divino Aquiles matará á Héctor. Desde aquel instante haré
que los teucros sean perseguidos continuamente desde las naves, hasta
que los aqueos tomen la excelsa Ilión. Y no cesará mi enojo, ni dejaré
que ningún inmortal socorra á los dánaos, mientras no se cumpla el voto
del Pelida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza, el día en que
Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase á Aquiles, asolador
de ciudades.»

78 De tal suerte habló. Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué
desobediente, y pasó de los montes ideos al vasto Olimpo. Como corre
veloz el pensamiento del hombre que habiendo viajado por muchas
tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice estuve aquí
ó allí y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa
volaba la venerable Juno, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los
dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Júpiter,
levantáronse al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y Juno aceptó la
que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fué la primera
que corrió á su encuentro, y le dijo estas aladas palabras:

90 «¡Juno! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin duda te
atemorizó tu esposo, el hijo de Saturno.»

92 Respondióle Juno, la diosa de los níveos brazos: «No me lo
preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio y despiadado es
el ánimo de Jove. Preside tú en el palacio el festín de los dioses, y
oirás con los demás inmortales qué desgracias anuncia Júpiter; figúrome
que nadie, sea hombre ó dios, se regocijará en el alma por más alegre
que esté en el banquete.»

100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Juno. Afligiéronse los
dioses en la morada de Júpiter. Aquélla, aunque con la sonrisa en los
labios, no mostraba alegría en la frente, sobre las negras cejas. É
indignada, exclamó:

104 «¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra
Júpiter! Queremos acercarnos á él y contenerle con palabras ó por
medio de la violencia; y él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni
se preocupa, porque dice que en fuerza y poder es muy superior á
todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los infortunios que
respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Marte le ha ocurrido
ya una desgracia; pues murió en la pelea Ascálafo, á quien amaba sobre
todos los hombres y reconocía por su hijo.»

113 Así habló. Marte bajó los brazos, golpeóse los muslos, y suspirando
dijo:

115 «No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis olímpicos
palacios, si voy á las naves aqueas para vengar la muerte de mi hijo;
iría aunque el destino hubiese dispuesto que me cayera encima el rayo
de Júpiter, dejándome tendido con los muertos, entre sangre y polvo.»

119 Dijo, y mandó al Terror y á la Fuga que uncieran los caballos,
mientras vestía las refulgentes armas. Mayor y más terrible hubiera
sido entonces el enojo y la ira de Jove contra los inmortales; pero
Minerva, temiendo por todos los dioses, se levantó del trono, salió por
el vestíbulo, y quitándole á Marte de la cabeza el casco, de la espalda
el escudo y de la robusta mano la pica de bronce, que apoyó contra la
pared, dirigió al impetuoso dios estas palabras:

128 «¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano tienes oídos para oir,
ó has perdido la razón y la vergüenza. ¿No oyes lo que dice Juno, la
diosa de los níveos brazos, que acaba de ver á Júpiter olímpico? ¿Ó
deseas, acaso, tener que regresar al Olimpo á viva fuerza, triste y
habiendo padecido muchos males, y causar gran daño á los otros dioses?
Porque Jove dejará en seguida á los altivos teucros y á los aqueos,
vendrá al Olimpo á promover tumulto entre nosotros, y castigará, así al
culpable como al inocente. Por esta razón te exhorto á templar tu enojo
por la muerte del hijo. Algún otro superior á él en valor y fuerza ha
muerto ó morirá, porque es difícil conservar todas las familias de los
hombres y salvar á todos los individuos.»

142 Dicho esto, condujo á su asiento al furibundo Marte. Juno llamó
afuera del palacio á Apolo y á Iris, la mensajera de los inmortales
dioses, y les dijo estas aladas palabras:

146 «Júpiter os manda que vayáis al Ida lo antes posible; y cuando
hubiereis llegado á su presencia, haced lo que os encargue y ordene.»

149 La venerable Juno, apenas acabó de hablar, volvió al palacio y se
sentó en su trono. Ellos bajaron en raudo vuelo al Ida, abundante en
manantiales y criador de fieras, y hallaron al longividente Saturnio
sentado en la cima del Gárgaro, debajo de olorosa nube. Al llegar á la
presencia de Júpiter, que amontona las nubes, se detuvieron; y Jove, al
verlos, no se irritó, porque habían obedecido con presteza las órdenes
de Juno. Y hablando primero con Iris, profirió estas aladas palabras:

158 «¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano Neptuno y no seas
mensajera falaz: Mándale que, cesando de pelear y combatir, se vaya á
la mansión de los dioses ó al mar divino. Y si no quiere obedecer mis
palabras y las desprecia, reflexione en su mente y en su corazón si,
aunque sea poderoso, se atreverá á esperarme cuando me dirija contra
él; pues le aventajo mucho en fuerza y edad, por más que en su ánimo se
crea igual á mí, á quien todos temen.»

168 De este modo habló. La veloz Iris, de pies veloces como el viento,
no desobedeció; y bajó de los montes ideos á la sagrada Ilión. Como
cae de las nubes la nieve ó el helado granizo, á impulso del Bóreas,
nacido en el éter; tan rápida y presurosa volaba la ligera Iris; y
deteniéndose cerca del ínclito Neptuno, así le dijo:

174 «Vengo, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, á traerte un mensaje
de parte de Júpiter, que lleva la égida. Te manda que, cesando de
pelear y combatir, te vayas á la mansión de los dioses ó al mar divino.
Y si no quieres obedecer sus palabras y las desprecias, te amenaza con
venir á luchar contigo y te aconseja que evites sus manos; porque dice
que te supera mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo te creas
igual á él, á quien todos temen.»

184 Respondióle muy indignado el ínclito Neptuno, que bate la tierra:
«¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque sea valiente, si dice que me
sujetará por fuerza y contra mi querer; á mí, que disfruto de sus
mismos honores. Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Saturno:
Júpiter, yo y el tercero Plutón, que reina en los infiernos. El
universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la
suya. Yo obtuve por suerte habitar siempre en el espumoso y agitado
mar, tocáronle á Plutón las tinieblas sombrías, correspondió á Jove
el anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la tierra y el
alto Olimpo son de todos. Por tanto, no obraré según lo decida Júpiter;
y éste, aunque sea poderoso, permanezca tranquilo en la tercia parte
que le pertenece. No pretenda asustarme con sus manos como si tratase
con un cobarde. Mejor fuera que con esas vehementes palabras riñese
á los hijos é hijas que engendró, pues estos tendrían que obedecer
necesariamente lo que les ordenare.»

200 Replicó la veloz Iris, de pies veloces como el viento: «¿He de
llevar á Jove, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, una respuesta tan
dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La mente de los sensatos es
flexible. Ya sabes que las Furias se declaran siempre por los de más
edad.»

[Ilustración: MINERVA QUITÓLE Á MARTE EL CASCO, EL ESCUDO Y LA PICA DE
BRONCE, Y DIRIGIÓ AL IMPETUOSO DIOS ESTAS PALABRAS...

  (_Canto XV, versos 125 á 128._)]

205 Contestó Neptuno, que sacude la tierra: «¡Diosa Iris! Muy oportuno
es cuanto acabas de decir. Bueno es que el mensajero comprenda lo que
es conveniente. Pero el pesar me llega al corazón y al alma, cuando
aquél quiere increpar con iracundas voces á quien el hado hiciera su
igual en suerte y destino. Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas te
diré otra cosa y haré una amenaza: Si á despecho de mí, de Minerva,
que impera en las batallas, de Juno, de Mercurio y del rey Vulcano,
conservare la excelsa Ilión é impidiere que, destruyéndola, alcancen
los argivos una gran victoria, sepa que nuestra ira será implacable.»

218 Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra desamparó á los
aqueos y se sumergió en el mar; pronto los héroes aquivos le echaron de
menos. Entonces Júpiter, que amontona las nubes, dijo á Apolo:

221 «Ve ahora, querido Febo, á encontrar á Héctor, el de broncíneo
casco. Ya Neptuno, que ciñe y bate la tierra, se fué al mar divino,
para librarse de mi terrible cólera; pues hasta los dioses que están en
torno de Saturno, debajo de la tierra, hubieran oído el estrépito de
nuestro combate. Mucho mejor es para mí y para él que, temeroso, haya
cedido á mi fuerza, porque no sin sudor se hubiera efectuado la lucha.
Ahora, toma en tus manos la égida floqueada, agítala, y espanta á los
héroes aquivos; y luego, cuídate, oh Flechador, del esclarecido Héctor
é infúndele gran vigor, hasta que los aqueos lleguen, huyendo, á las
naves y al Helesponto. Entonces pensaré lo que fuere conveniente hacer
ó decir para que los aqueos respiren de sus cuitas.»

236 Tal dijo, y Apolo no desobedeció á su padre. Descendió de los
montes ideos, semejante al gavilán que mata á las palomas y es la más
veloz de las aves, y halló al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo,
ya no postrado en el suelo, sino sentado: iba cobrando ánimo y aliento,
y reconocía á los amigos que le circundaban, porque la anhelación y el
sudor habían cesado desde que Júpiter decidiera animar al héroe. El
flechador Apolo se detuvo á su vera, y le dijo:

244 «¡Héctor, hijo de Príamo! ¿Por qué te encuentro sentado, lejos de
los demás y desfallecido? ¿Te abruma algún pesar?»

246 Con lánguida voz respondióle Héctor, de tremolante casco: «¿Quién
eres tú, oh el mejor de los dioses, que vienes á mi presencia y me
interrogas? ¿No sabes que Ayax, valiente en la pelea, me hirió en el
pecho con una piedra, mientras yo mataba á sus compañeros junto á las
naves de los aqueos, é hizo desfallecer mi impetuoso valor? Figurábame
que vería hoy mismo á los muertos y la morada de Plutón, porque ya iba
á exhalar el alma.»

253 Contestó el soberano flechador Apolo: «Cobra ánimo. El Saturnio te
manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, á Febo
Apolo, el de la áurea espada; á mí, que ya antes protegía tu persona
y tu excelsa ciudad. Ea, ordena á tus muchos caudillos que guíen
los veloces caballos hacia las cóncavas naves; y yo, marchando á su
frente, allanaré el camino á los corceles y pondré en fuga á los héroes
aquivos.»

262 Dijo, é infundió un gran vigor al pastor de hombres. Como el corcel
avezado á bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve
atado en el establo come la cebada del pesebre, y rompiendo el ronzal
sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las
crines sobre su cuello y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas
encaminándose al sitio donde los caballos pacen; tan ligeramente movía
Héctor pies y rodillas, exhortando á los capitanes, después que oyó
la voz de Apolo. Así como, cuando perros y pastores persiguen á un
cornígero ciervo ó á una cabra montés que se refugia en escarpada roca
ó umbría selva, porque no estaba decidido por el hado que el animal
fuese cogido; si atraído por la gritería, se presenta un melenudo león,
á todos los pone en fuga á pesar de su empeño; así también los dánaos
avanzaban en tropel, hiriendo á sus enemigos con espadas y lanzas de
doble filo; mas al notar que Héctor recorría las hileras de los suyos,
turbáronse y se les cayó el alma á los pies.

281 Entonces Toante, hijo de Andremón y el más señalado de los
etolos--era diestro en arrojar el dardo, valiente en el combate á
pie firme y pocos aqueos vencíanle en las juntas cuando los jóvenes
contendían sobre la elocuencia,--benévolo les arengó diciendo:

286 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece.
¡Cómo Héctor, librándose de la muerte, se ha vuelto á levantar! Gran
esperanza teníamos de que hubiese sido muerto por Ayax Telamonio; pero
algún dios protegió y salvó nuevamente á Héctor, que ha quebrado las
rodillas de muchos dánaos, como ahora lo hará también, pues no sin
la voluntad de Júpiter tonante aparece tan resuelto al frente de sus
tropas. Ea, obremos todos como voy á decir. Ordenemos á la muchedumbre
que vuelva á las naves, y cuantos nos gloriamos de ser los más
valientes, permanezcamos aquí y rechacémosle, yendo á su encuentro con
las picas levantadas. Creo que por embravecido que tenga el corazón,
temerá penetrar por entre los dánaos.»

300 Así habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Ayax, el rey
Idomeneo, Teucro, Meriones y Meges, igual á Marte, llamando á los
más valientes, los dispusieron para la batalla contra Héctor y los
troyanos; y la turba se retiró á las naves aqueas.

306 Los teucros acometieron apiñados, siguiendo á Héctor, que marchaba
con arrogante paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto por
una nube, con la égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que
Vulcano, el broncista, diera á Júpiter para que llevándola amedrentara
á los hombres. Con ella en la mano, Apolo guiaba á las tropas.

312 Los argivos, apiñados también, resistieron el ataque. Levantóse en
ambos ejércitos aguda gritería, las flechas saltaban de las cuerdas
de los arcos y audaces manos arrojaban buen número de lanzas, de las
cuales unas pocas se hundían en el cuerpo de los jóvenes poseídos
de marcial furor, y las demás clavábanse en el suelo, entre los dos
campos, antes de llegar á la blanca carne de que estaban codiciosas.
Mientras Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros alcanzaban por
igual á unos y á otros, y los hombres caían. Mas así que la agitó
frente á los dánaos, de ágiles corceles, dando un fortísimo grito,
debilitó el ánimo en los pechos de los aquivos y logró que se olvidaran
de su impetuoso valor. Como ponen en desorden una vacada ó un hato
de ovejas, dos fieras que se presentan muy entrada la obscura noche,
cuando el guardián está ausente; de la misma manera, los aqueos huían
espantados, porque Apolo les infundió terror y dió gloria á Héctor y á
los teucros.

328 Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo teucro mató á un
hombre. Héctor dió muerte á Estiquio y á Arcesilao: éste era caudillo
de los beocios, de broncíneas lorigas; el otro, compañero fiel del
magnánimo Menesteo. Eneas hizo perecer á Medonte y á Yaso; de los
cuales, el primero era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de
Ayax, y habitaba en Fílace, lejos de su patria, por haber muerto á un
hermano de su madrastra Eriopis, y Yaso, caudillo de los atenienses,
era conocido como hijo de Esfelo Bucólida. Polidamante quitó la vida á
Mecisteo, Polites á Equio al trabarse el combate, y el divino Agenor
á Clonio. Y Paris arrojó su lanza á Deyoco, que huía por entre los
combatientes delanteros; le hirió en la extremidad del hombro, y el
bronce salió al otro lado.

343 En tanto los teucros despojaban de las armas á los muertos, los
aquivos, arrojándose al foso y á la estacada, huían por todas partes
y penetraban en el muro, constreñidos por la necesidad. Y Héctor
exhortaba á los teucros, diciendo á voz en grito:

347 «Arrojaos á las naves y dejad los cruentos despojos. Al que
encuentre lejos de los bajeles, allí mismo le daré muerte, y luego
sus hermanos y hermanas no le entregarán á las llamas, sino que lo
despedazarán los perros fuera de la ciudad.»

352 En diciendo esto, azotó con el látigo el lomo de los caballos; y
mientras atravesaba las filas, animaba á los teucros. Éstos, dando
amenazadores gritos, guiaban los corceles de los carros con fragor
inmenso; y Febo Apolo, que iba delante, holló con sus pies las orillas
del foso profundo, echó la tierra dentro y formó un camino largo y
tan ancho como la distancia que media entre el hombre que arroja una
lanza para probar su fuerza y el sitio donde la misma cae. Por allí se
extendieron en buen orden; y Apolo, que con la égida preciosa iba á su
frente, derribaba el muro de los aqueos, con la misma facilidad con que
un niño, jugando en la playa, desbarata con los pies y las manos lo que
de arena había construído. Así tú, flechador Febo, destruías la obra
que había costado á los aquivos muchos trabajos y fatigas, y á ellos
los ponías en fuga.

367 Los aqueos no pararon hasta las naves, y allí se animaban unos á
otros, y con los brazos alzados, profiriendo grandes voces, imploraban
el auxilio de las deidades. Y especialmente Néstor gerenio, protector
de los aqueos, oraba levantando las manos al estrellado cielo:

372 «¡Padre Júpiter! Si alguien en Argos, abundante en trigales, quemó
en tu obsequio pingües muslos de buey ó de oveja, y te pidió que
lograra volver á su patria, y tú se lo prometiste asintiendo; acuérdate
de ello, Júpiter Olímpico, aparta de nosotros el día funesto, y no
permitas que los aquivos sucumban á manos de los teucros.»

377 Tal fué su plegaria. El próvido Júpiter atendió las preces del
anciano Nelida, y tronó fuertemente.

379 Los teucros, al oir el trueno de Júpiter, que lleva la égida,
arremetieron con más furia á los argivos, y sólo en combatir pensaron.
Como las olas del vasto mar salvan el costado de una nave y caen sobre
ella, cuando el viento arrecia y las levanta á gran altura; así los
teucros pasaron el muro, é introduciendo los carros, peleaban junto á
las popas con lanzas de doble filo; mientras los aqueos, subidos en las
negras naves, se defendían con pértigas largas, fuertes, de punta de
bronce, que para los combates navales llevaban en aquéllas.

390 En cuanto aquivos y teucros combatieron cerca del muro, lejos de
las veleras naves, Patroclo permaneció en la tienda del bravo Eurípilo,
entreteniéndole con la conversación y curándole la grave herida con
drogas que mitigaran los acerbos dolores. Mas, al ver que los teucros
asaltaban con ímpetu el muro y se producía clamoreo y fuga entre los
dánaos, gimió; y bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró, y
dijo:

399 «¡Eurípilo! Ya no puedo seguir aquí, aunque me necesites, porque
se ha trabado una gran batalla. Te cuidará el escudero, y yo volveré
presuroso á la tienda de Aquiles, para incitarle á pelear. ¿Quién sabe
si con la ayuda de algún dios conmoveré su ánimo? Gran fuerza tiene la
exhortación de un compañero.»

405 Dijo, y salió. Los aqueos sostenían firmemente la acometida de los
teucros, pero, aunque éstos eran menos, no podían rechazarlos de las
naves; y tampoco los teucros lograban romper las falanges de los dánaos
y entrar en sus tiendas y bajeles. Como la plomada nivela el mástil de
un navío en manos del hábil constructor que conoce bien su arte por
habérselo enseñado Minerva; de la misma manera andaba igual el combate
y la pelea, y unos pugnaban en torno de unas naves y otros alrededor de
otras.

415 Héctor fué á encontrar al glorioso Ayax; y luchando los dos por un
navío, ni Héctor conseguía arredrar á Ayax y pegar fuego á los bajeles,
ni Ayax lograba rechazar á Héctor desde que un dios lo acercara al
campamento. Entonces el esclarecido Ayax dió una lanzada en el pecho á
Calétor, hijo de Clitio, que iba á echar fuego en un barco: el teucro
cayó con estrépito, y la tea desprendióse de su mano. Y Héctor, como
viera que su primo caía en el polvo delante de la negra nave, exhortó á
troyanos y licios, diciendo á grandes voces:

425 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! No dejéis
de combatir en esta angostura; defended el cuerpo del hijo de Clitio,
que cayó en la pelea junto á las naves, para que los aqueos no lo
despojen de las armas.»

429 Dichas estas palabras, arrojó á Ayax la luciente pica y erró el
tiro; pero, en cambio, hirió á Licofrón de Citera, hijo de Mástor y
escudero de Ayax, en cuyo palacio vivía desde que en aquella ciudad
matara á un hombre: el agudo bronce penetró en la cabeza por encima de
una oreja; y el guerrero, que se hallaba junto á Ayax, cayó de espaldas
desde la nave al polvo de la tierra, y sus miembros quedaron sin vigor.
Estremecióse Ayax, y dijo á su hermano:

437 «¡Querido Teucro! Nos han muerto al Mastórida, el compañero fiel á
quien honrábamos en el palacio como á nuestros padres, desde que vino
de Citera. El magnánimo Héctor le quitó la vida. Pero ¿dónde tienes las
mortíferas flechas y el arco que te dió Febo Apolo?»

442 Así se expresó. Oyóle Teucro y acudió corriendo, con el flexible
arco y el carcaj lleno de flechas; y una vez á su lado, comenzó á
disparar saetas contra los teucros. É hirió á Clito, preclaro hijo
de Pisenor y compañero del ilustre Polidamante Pantoida, que con las
riendas en la mano dirigía los corceles adonde más falanges en montón
confuso se agitaban, para congraciarse con Héctor y los teucros; pero
pronto ocurrióle una desgracia, de que nadie, por más que lo deseara,
pudo librarle: la acerba flecha se le clavó en el cuello, por detrás;
el guerrero cayó del carro, y los corceles retrocedieron arrastrando
con estrépito el carro vacío. Al notarlo Polidamante, su dueño, se
adelantó y los detuvo; entrególos á Astinoo, hijo de Protiaón, con
el encargo de que los tuviera cerca, y se mezcló de nuevo con los
combatientes delanteros.

458 Teucro sacó otra flecha para tirarla á Héctor, armado de bronce;
y si hubiese conseguido herirle y quitarle la vida mientras peleaba
valerosamente, con ello diera fin al combate que junto á las naves
aqueas se sostenía. Mas no dejó de advertirlo en su mente el próvido
Júpiter, y salvó la vida de Héctor, á la vez que privaba de gloria
á Teucro, rompiéndole á éste la cuerda del magnífico arco cuando lo
tendía: la flecha, que el bronce hacía ponderosa, torció su camino, y
el arco cayó de las manos del guerrero. Estremecióse Teucro, y dijo á
su hermano:

467 «¡Oh dioses! Alguna deidad que quiere frustrar nuestros medios de
combate, me quitó el arco de la mano y rompió la cuerda recién torcida
que até esta mañana para que pudiera despedir, sin romperse, multitud
de flechas.»

471 Respondióle el gran Ayax Telamonio: «¡Oh amigo! Deja quieto el
arco con las abundantes flechas, ya que un dios lo inutilizó por odio
á los dánaos; toma una larga pica y un escudo que cubra tus hombros,
pelea contra los teucros y anima á la tropa. Que aun siendo vencedores,
no tomen sin trabajo las naves, de muchos bancos. Sólo en combatir
pensemos.»

478 Así dijo. Teucro dejó el arco en la tienda, colgó de sus hombros
un escudo formado por cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un
labrado casco, cuyo penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente
en la cimera, asió una fuerte lanza de aguzada broncínea punta, salió y
volvió corriendo al lado de Ayax.

484 Héctor, al ver que las saetas de Teucro quedaban inútiles, exhortó
á los troyanos y á los licios, gritando recio:

486 «¡Troyanos, licios, dárdanos, que cuerpo á cuerpo combatís!
Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor junto á las
cóncavas naves; pues acabo de ver con mis ojos que Júpiter ha dejado
inútiles las flechas de un eximio guerrero. El influjo de Jove lo
reconocen fácilmente, así los que del dios reciben excelsa gloria,
como aquéllos á quienes abate y no quiere socorrer: ahora amilana á
los argivos y nos favorece á nosotros. Combatid en escuadrón cerrado,
junto á los bajeles; y quien sea herido mortalmente, de cerca ó de
lejos, cumpliéndose su destino, muera; que será honroso para él morir
combatiendo por la patria, y su esposa é hijos se verán salvos, y su
casa y hacienda no sufrirán menoscabo, si los aqueos regresan en las
naves á su patria tierra.»

500 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Ayax
exhortó también á sus compañeros:

502 «¡Qué vergüenza, argivos! Ya llegó el momento de morir ó de
salvarse rechazando de las naves á los teucros. ¿Esperáis acaso volver
á pie á la patria tierra, si Héctor, de tremolante casco, toma los
bajeles? ¿No oís cómo anima á todos los suyos y desea quemar los
navíos? No les manda que vayan á un baile, sino que peleen. No hay
mejor pensamiento ó consejo para nosotros que éste: combatir cuerpo á
cuerpo y valerosamente con el enemigo. Es preferible morir de una vez
ó asegurar la vida, á dejarse matar paulatina é infructuosamente en
la terrible contienda, junto á los barcos, por guerreros que nos son
inferiores.»

514 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Entonces Héctor mató á Esquedio, hijo de Perimedes y caudillo de los
focenses; Ayax quitó la vida á Laodamante, hijo ilustre de Antenor, que
mandaba los peones; y Polidamante acabó con Oto de Cilene, compañero de
Meges Filida y jefe de los magnánimos epeos. Meges, al verlo, arremetió
con la lanza á Polidamante; pero éste hurtó el cuerpo--Apolo no quiso
que el hijo de Panto sucumbiera entre los combatientes delanteros,--y
aquél hirió en medio del pecho á Cresmo, que cayó con estrépito, y el
aquivo le despojó de la armadura que cubría sus hombros. En tanto,
Dólope Lampétida, hábil en manejar la lanza (habíalo engendrado Lampo
Laomedontíada, que fué el más valiente de los hombres y estuvo dotado
de impetuoso valor), arrancó contra Meges y acometiéndole de cerca,
dióle un bote en el centro del escudo; pero el Filida se salvó, gracias
á una fuerte loriga que protegía su cuerpo, la cual había sido regalada
en otro tiempo á Fileo en Éfira, á orillas del río Seleente, por su
huésped el rey Eufetes, para que en la guerra le defendiera de los
enemigos, y entonces libró de la muerte á su hijo Meges. Éste, á su
vez, dió una lanzada á Dólope en la parte inferior de la cimera del
broncíneo casco, rompióla é hizo caer en el polvo el penacho recién
teñido de vistosa púrpura. Y mientras Dólope seguía combatiendo con
la esperanza de vencer, el belígero Menelao fué á ayudar á Meges; y
poniéndose á su lado sin ser visto, envasó la lanza en la espalda de
aquél: la punta impetuosa salió por el pecho, y el guerrero cayó de
bruces. Ambos caudillos corrieron á quitarle la broncínea armadura
de los hombros; y Héctor exhortaba á todos sus deudos é increpaba
especialmente al esforzado Melanipo Hicetaónida; el cual, antes de
presentarse los enemigos, apacentaba bueyes, de tornátiles pies, en
Percote, y, cuando llegaron los dánaos en las encorvadas naves, fuése
á Ilión, sobresalió entre los troyanos y habitó el palacio de Príamo,
que le honraba como á sus hijos. Á Melanipo, pues, le reprendía Héctor,
diciendo:

553 «¿Seremos tan indolentes, Melanipo? ¿No te conmueve el corazón la
muerte del primo? ¿No ves cómo tratan de llevarse las armas de Dólope?
Sígueme; que ya es necesario combatir de cerca con los argivos, hasta
que los destruyamos ó arruinen ellos la excelsa Ilión desde su cumbre y
maten á los ciudadanos.»

559 Habiendo hablado así, echó á andar, y siguióle el varón, que
parecía un dios. Á su vez, el gran Ayax Telamonio exhortó á los argivos:

561 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón
pundonoroso, y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate!
De los que sienten este temor, son más los que se salvan que los que
mueren; los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»

565 Así dijo; y ellos, que ya antes deseaban derrotar al enemigo,
pusieron en su corazón aquellas palabras y cercaron las naves con un
muro de bronce. Júpiter incitaba á los teucros contra los aqueos. Y
Menelao, valiente en la pelea, exhortó á Antíloco:

569 «¡Antíloco! Ningún aqueo de los presentes es más joven que tú, ni
más ligero de pies, ni tan fuerte en el combate. Si arremetieses á los
teucros é hirieras á alguno...»

572 Así dijo, y alejóse de nuevo. Antíloco, animado, saltó más allá de
los combatientes delanteros; y revolviendo el rostro á todas partes,
arrojó la luciente lanza. Al verle, huyeron los teucros. No fué vano el
tiro, pues hirió en el pecho, cerca de la tetilla, á Melanipo, animoso
hijo de Hicetaón, que acababa de entrar en combate: el teucro cayó con
estrépito, y la obscuridad cubrió sus ojos. Como el perro se abalanza
al cervato herido por una flecha que al saltar de la madriguera le
tira un cazador, dejándole sin vigor los miembros; así el belicoso
Antíloco se arrojó á ti, oh Melanipo, para quitarte la armadura. Mas
no pasó inadvertido para el divino Héctor; el cual, corriendo á través
del campo de batalla, fué al encuentro de Antíloco; y éste, aunque era
luchador brioso, huyó sin esperarle, parecido á la fiera que causa
algún daño, como matar á un perro ó á un pastor junto á sus bueyes, y
huye antes que se reunan muchos hombres; así huyó el Nestórida; y sobre
él, los teucros y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover
acerbos tiros. Y Antíloco, tan pronto como llegó á juntarse con sus
compañeros, se detuvo y volvió la cara al enemigo.

592 Los teucros, semejantes á carniceros leones, asaltaban las naves y
cumplían los designios de Júpiter, el cual les infundía continuamente
gran valor y les excitaba á combatir, y al propio tiempo abatía el
ánimo de los argivos, privándoles de la gloria del triunfo, porque
deseaba en su corazón dar gloria á Héctor Priámida, á fin de que éste
arrojase el abrasador y voraz fuego en las corvas naves, y se realizara
de todo en todo la funesta súplica de Tetis. El próvido Júpiter sólo
aguardaba ver con sus ojos el resplandor de una nave incendiada, pues
desde aquel instante haría que los teucros fuesen perseguidos desde
las naves y daría la victoria á los dánaos. Pensando en tales cosas,
el dios incitaba á Héctor Priámida, ya de por sí muy enardecido, á
encaminarse hacia las cóncavas naves. Como se enfurece Marte blandiendo
la lanza, ó se embravece el pernicioso fuego en la espesura de poblada
selva, así se enfurecía Héctor: su boca estaba cubierta de espuma, los
ojos le centelleaban debajo de las torvas cejas y el casco se agitaba
terriblemente en sus sienes mientras peleaba. Y desde el éter, Júpiter
protegía únicamente á Héctor, entre tantos hombres, y le daba honor y
gloria; porque el héroe debía vivir poco, y ya Palas Minerva apresuraba
la llegada del día fatal en que había de sucumbir á manos del Pelida.
Héctor deseaba romper las filas de los combatientes, y probaba por
donde veía mayor turba y mejores armas; mas, aunque ponía gran empeño,
no pudo conseguirlo, porque los dánaos, dispuestos en columna cerrada,
hicieron frente al enemigo. Cual un peñasco escarpado y grande, que en
la ribera del espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vientos y
de las ingentes olas que allí se rompen; así los dánaos aguardaban á
pie firme á los teucros y no huían. Y Héctor, resplandeciente como
el fuego, saltó al centro de la turba como la ola impetuosa levantada
por el viento cae desde lo alto sobre la ligera nave, llenándola de
espuma, mientras el soplo terrible del huracán brama en las velas y
los marineros tiemblan amedrentados porque se hallan muy cerca de la
muerte; de tal modo vacilaba el ánimo en el pecho de los aqueos. Como
dañino león acomete un rebaño de muchas vacas que pacen á orillas de
extenso lago y son guardadas por un pastor que, no sabiendo luchar con
las fieras para evitar la muerte de alguna vaca de retorcidos cuernos,
va siempre con las primeras ó con las últimas reses; y el león salta
al centro, devora una vaca y las demás huyen espantadas: así los
aqueos todos fueron puestos en fuga por Héctor y el padre Júpiter,
pero Héctor mató á uno solo, á Perifetes de Micenas, hijo de aquel
Copreo que llevaba los mensajes del rey Euristeo al fornido Hércules.
De este padre obscuro nació tal hijo, que superándole en toda clase de
virtudes, en la carrera y en el combate, figuró por su talento entre
los primeros ciudadanos de Micenas y entonces dió á Héctor gloria
excelsa. Pues al volverse, tropezó con el borde del escudo que le
cubría de pies á cabeza y que llevaba para defenderse de los tiros;
y enredándose con él, cayó de espaldas, y el casco resonó de un modo
horrible en torno de las sienes. Héctor lo advirtió en seguida, acudió
corriendo, metió la pica en el pecho de Perifetes y le mató cerca de
sus mismos compañeros que, aunque afligidos, no pudieron socorrerle,
pues temían mucho al divino Héctor.

653 Por fin llegaron á las naves. Defendíanse los argivos detrás de
las que se habían sacado primero á la playa, y los teucros fueron á
perseguirlos. Aquéllos, al verse obligados á retroceder, se colocaron
apiñados cerca de las tiendas, sin dispersarse por el ejército porque
la vergüenza y el temor se lo impedían, y mutua é incesantemente se
exhortaban. Y especialmente Néstor, protector de los aqueos, dirigíase
á todos los guerreros, y en nombre de sus padres así les suplicaba:

661 «¡Oh amigos! Sed hombres y mostrad que tenéis un corazón
pundonoroso ante los demás varones. Acordaos de los hijos, de las
esposas, de los bienes, y de los padres, vivan aún ó hayan fallecido.
En nombre de estos ausentes os suplico que resistáis firmemente y no os
entreguéis á la fuga.»

667 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Entonces Minerva les quitó de los ojos la densa nube que los cubría, y
apareció la luz por ambos lados, en los navíos y en la lid sostenida
por los dos ejércitos con igual tesón. Vieron á Héctor, valiente en la
pelea, y á sus propios compañeros, así á cuantos estaban detrás de los
bajeles y no combatían, como á los que junto á las veleras naves daban
batalla al enemigo.

674 No le era grato al corazón del magnánimo Ayax permanecer donde
los demás aqueos se habían retirado; y el héroe, andando á paso
largo, iba de nave en nave con una gran percha de combate naval que
medía veintidós codos y estaba reforzada con clavos. Como un diestro
cabalgador escoge cuatro caballos entre muchos, los guía desde la
llanura á la gran ciudad por la carretera, muchos hombres y mujeres
le admiran, y él salta continuamente y con seguridad del uno al otro,
mientras los corceles vuelan; así Ayax, andando á paso tirado, recorría
las cubiertas de muchas naves y su voz llegaba al éter. Sin cesar
daba horribles gritos, para exhortar á los dánaos á defender naves y
tiendas. Tampoco Héctor permanecía en la turba de los teucros, armados
de fuertes corazas: como el águila negra se echa sobre una bandada
de alígeras aves--gansos, grullas ó cisnes cuellilargos--que están
comiendo á orillas de un río; así Héctor corría en derechura á una nave
de negra proa, empujado por la mano poderosa de Júpiter, y el dios
incitaba también á la tropa para que le acompañara.

696 De nuevo se trabó un reñido combate al pie de los bajeles.
Hubieras dicho que sin estar cansados ni fatigados, comenzaban
entonces á pelear. ¡Con tal denuedo batallaban! He aquí cuáles eran
sus respectivos pensamientos: los aqueos no creían escapar de aquel
desastre, sino perecer; los teucros esperaban en su corazón incendiar
las naves y matar á los héroes aquivos. Y con estas ideas, asaltábanse
unos á otros.

704 Héctor llegó á tocar la popa de una hermosa nave de ligero andar;
aquella en que Protesilao llegó á Troya y que luego no había de
llevarle otra vez á la patria tierra. Por esta nave se mataban los
aquivos y los teucros: sin aguardar desde lejos los tiros de flechas
y dardos, combatían de cerca y con igual ánimo, valiéndose de agudas
hachas, segures, grandes espadas y lanzas de doble filo. Muchas
hermosas dagas, de obscuro recazo, provistas de mango, cayeron al
suelo, ya de las manos, ya de los hombros de los combatientes; y la
negra tierra manaba sangre. Héctor, desde que cogió la popa, no la
soltaba; y teniendo entre sus manos la parte superior de la misma,
animaba á los teucros:

718 «¡Traed fuego, y dispuestos en escuadrón cerrado, trabad la
batalla! Júpiter nos concede un día que lo compensa todo, pues vamos
á tomar las naves que vinieron contra la voluntad de los dioses y nos
han ocasionado muchas calamidades por la cobardía de los viejos, que
no me dejaban pelear cerca de aquéllas y detenían al ejército. Mas si
entonces el longividente Júpiter ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo
nos impele y anima.»

726 Así dijo; y ellos acometieron con mayor ímpetu á los argivos. Ayax
ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros: temiendo morir,
dejó la cubierta, retrocedió hasta un banco de remeros que tenía siete
pies, púsose á vigilar, y con la pica apartaba del navío á cuantos
llevaban el voraz fuego, en tanto que exhortaba á los dánaos con
espantosos gritos:

733 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Sed hombres y mostrad
vuestro impetuoso valor. ¿Creéis, por ventura, que hay á nuestra
espalda otros defensores ó un muro más sólido que libre á los hombres
de la muerte? Cerca de aquí no existe ciudad alguna defendida con
torres, que nos proporcione refugio y cuyo pueblo nos dé auxilio para
alcanzar una ulterior victoria; sino que nos hallamos en la llanura
de los troyanos, de fuertes corazas, á orillas del mar y lejos de la
patria. La salvación, por consiguiente, está en los puños; no en ser
flojos en la pelea.»

742 Dijo, y acometió furioso con la aguda lanza. Y cuantos teucros,
movidos por las excitaciones de Héctor, quisieron llevar ardiente fuego
á las cóncavas naves, á todos los mató Ayax con su larga pica. Doce
fueron los que hirió de cerca, delante de los bajeles.



[Ilustración: El Sueño y la Muerte trasportan á la Licia el cadáver de
Sarpedón]



CANTO XVI

PATROCLEA


1 Así peleaban por la nave de muchos bancos. Patroclo se presentó á
Aquiles, pastor de hombres, derramando ardientes lágrimas como fuente
profunda que vierte sus aguas sombrías por escarpada roca. Tan pronto
como le vió el divino Aquiles, el de los pies ligeros, compadecióse de
él y le dijo estas aladas palabras:

7 «¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y
deseando que la tome en brazos, la tira del vestido, la detiene á pesar
de que está de prisa y la mira con ojos llorosos para que la levante
del suelo? Como ella, oh Patroclo, derramas tiernas lágrimas. ¿Vienes
á participarnos algo á los mirmidones ó á mí mismo? ¿Supiste tú solo
alguna noticia de Ptía? Dicen que Menetio, hijo de Áctor, existe aún;
vive también Peleo entre los mirmidones; y es la muerte de aquél ó de
éste lo que más nos podría afligir. ¿Ó lloras quizás porque los argivos
perecen, cerca de las cóncavas naves, por la injusticia que cometieron?
Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.»

20 Dando profundos suspiros, respondiste así, caballero Patroclo:
«¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de los aquivos! No te
enfades, porque es muy grande el pesar que los abruma. Los más fuertes,
heridos unos de cerca y otros de lejos, yacen en los bajeles--con
arma arrojadiza fué herido el poderoso Diomedes Tidida; con la pica,
Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón; á Eurípilo flecháronle en el
muslo,--y los médicos, que conocen muchas drogas, ocúpanse en curarles
las lesiones. Tú, Aquiles, eres implacable. ¡Jamás se apodere de mí
un rencor como el que guardas! ¡Oh tú, que tan mal empleas el valor!
¿Á quién podrás ser útil más tarde, si ahora no salvas á los argivos
de una muerte indigna? ¡Despiadado! No fué tu padre el jinete Peleo,
ni Tetis tu madre; el glauco mar ó las escarpadas rocas debieron de
engendrarte, porque tu espíritu es cruel. Si te abstienes de combatir
por algún vaticinio que tu madre, enterada por Jove, te haya revelado,
envíame á mí con los demás mirmidones, por si llego á ser la aurora
de la salvación de los dánaos; y permite que cubra mis hombros con tu
armadura para que los teucros me confundan contigo y cesen de pelear,
los belicosos dánaos que tan abatidos están se reanimen y la batalla
tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Nosotros, que no nos
hallamos extenuados de fatiga, rechazaríamos fácilmente de las naves
y de las tiendas hacia la ciudad á esos hombres que de pelear están
cansados.»

46 Así le suplicó el gran insensato; y con ello llamaba á la Parca y á
la terrible muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, le contestó muy
indignado:

49 «¡Ay de mí, Patroclo, de jovial linaje, qué dijiste! No me abstengo
por ningún vaticinio que sepa y tampoco la veneranda madre me dijo nada
de parte de Júpiter; sino que se me oprime el corazón y el alma cuando
un hombre, porque tiene más poder, quiere privar á su igual de lo que
le corresponde y le quita la recompensa. Tal es el gran pesar que
tengo, á causa de las contrariedades que mi ánimo ha sufrido. La moza
que los aqueos me adjudicaron como recompensa y que había conquistado
con mi lanza, al tomar una bien murada ciudad, el rey Agamenón me la
quitó como si yo fuera un miserable advenedizo. Mas dejemos lo pasado;
no es posible guardar siempre la ira en el corazón, aunque me había
propuesto no deponer la cólera hasta que la gritería y el combate
llegaran á mis bajeles. Cubre tus hombros con mi magnífica armadura,
ponte al frente de los mirmidones y llévalos á la pelea; pues negra
nube de teucros cerca ya las naves con gran ímpetu, y los argivos,
acorralados en la orilla del mar, sólo disponen de un corto espacio.
Sobre ellos cargan confiadamente todos los de Troya, porque no ven
mi reluciente casco. Pronto huirían llenando de muertos los fosos,
si el rey Agamenón fuera justo conmigo; mientras que ahora combaten
alrededor de nuestro ejército. Ya la mano de Diomedes Tidida no blande
furiosamente la lanza para librar á los dánaos de la muerte, ni he oído
un solo grito que viniera de la odiosa cabeza del Atrida: sólo resuena
la voz de Héctor, matador de hombres, animando á los teucros, que con
vocerío ocupan toda la llanura y vencen en la batalla á los aqueos.
Pero tú, Patroclo, échate impetuosamente sobre ellos y aparta de las
naves esa peste; no sea que, pegando ardiente fuego á los bajeles,
nos priven de la deseada vuelta. Haz cuanto te voy á decir, para que
me proporciones mucha honra y gloria ante todos los dánaos, y éstos
me devuelvan la hermosa joven y me hagan además espléndidos regalos.
Tan luego como los alejes de los barcos, vuelve atrás; y aunque el
tonante esposo de Juno te dé gloria, no quieras lidiar sin mí contra
los belicosos teucros, pues contribuirías á mi deshonra. Y tampoco,
estimulado por el combate y la pelea, te encamines, matando enemigos,
á Ilión; no sea que alguno de los sempiternos dioses baje del Olimpo,
pues á los troyanos los protege mucho el flechador Apolo. Retrocede tan
pronto como hayas librado del peligro á los barcos, y deja que peleen
en la llanura. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, ninguno de los
teucros ni de los argivos escape de la muerte, y librándonos de ella
nosotros dos, derribemos las sacras almenas de Troya.»

101 Así éstos hablaban. Ayax ya no resistía: vencíanle el poder de
Júpiter y los animosos teucros que le arrojaban dardos; su refulgente
casco resonaba de un modo horrible en torno de las sienes, golpeado
continuamente en las hermosas abolladuras; y el héroe tenía cansado el
hombro izquierdo de sostener con firmeza el versátil escudo; pero no
lograban hacerle mover de su sitio por más tiros que le enderezaban.
Ayax estaba anhelante, copioso sudor corría de todos sus miembros y
apenas podía respirar: por todas partes á una desgracia sucedía otra.

112 Decidme, Musas que poseéis olímpicos palacios, cómo por vez primera
cayó el fuego en las naves aqueas.

114 Héctor, que se hallaba cerca de Ayax, le dió con la gran espada un
golpe en la pica de fresno y se la quebró por la juntura del asta con
el hierro. Quiso Ayax blandir la truncada pica, y la broncínea punta
cayó á lo lejos con gran ruido. Entonces reconoció el eximio Ayax la
intervención de los dioses, estremecióse porque Júpiter altitonante
les frustraba todos los medios de combate y quería dar la victoria á
los teucros, y se puso fuera del alcance de los tiros. Los teucros
arrojaron voraz fuego á la velera nave, y pronto se extendió por la
misma una llama inextinguible. Así que el fuego rodeó la popa, Aquiles,
golpeándose el muslo, dijo á Patroclo:

126 «¡Sus, Patroclo, de jovial linaje, hábil jinete! Ya veo en las
naves la impetuosa llama del fuego destructor: no sea que se apoderen
de ellas y ni medios para huir tengamos. Apresúrate á vestir las armas,
y yo en tanto reuniré la gente.»

130 Dijo, y Patroclo vistió la armadura de luciente bronce: púsose
en las piernas elegantes grebas, ajustadas con broches de plata;
protegió su pecho con la coraza labrada, refulgente, del Eácida, de
pies ligeros; colgó del hombro una espada, guarnecida de argénteos
clavos; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la cabeza con un
hermoso casco, cuyo terrible penacho, de crines de caballo, ondeaba
en la cimera, y asió dos lanzas fuertes que su mano pudiera blandir.
Solamente dejó la lanza ponderosa, grande y fornida del eximio Eácida,
porque Aquiles era el único aqueo capaz de manejarla: había sido
cortada de un fresno de la cumbre del Pelión y regalada por Quirón al
padre de Aquiles, para que con ella matara héroes. Luego, Patroclo
mandó á Automedonte--el amigo á quien más honraba después de Aquiles,
destructor de hombres, y el más fiel en resistir á su lado la acometida
del enemigo en las batallas--que enganchara los caballos. Automedonte
unció bajo el yugo á Janto y Balio, corceles ligeros que volaban como
el viento y tenían por madre á la harpía Podarga, la cual paciendo en
una pradera junto al Océano, los concibió del Céfiro. Y con ellos puso
al excelente Pédaso, que Aquiles se llevara de la ciudad de Eetión
cuando la tomó; corcel que, no obstante su condición de mortal, seguía
á los caballos inmortales.

155 Aquiles, recorriendo las tiendas, hacía tomar las armas á todos
los mirmidones. Como carniceros lobos dotados de una fuerza inmensa
despedazan en el monte un grande cornígero ciervo que han matado y sus
mandíbulas aparecen rojas de sangre; luego van en tropel á lamer con
las tenues lenguas el agua de un profundo manantial, eructando por la
sangre que han bebido, y su vientre se dilata, pero el ánimo permanece
intrépido en el pecho; de igual manera, los jefes y príncipes de los
mirmidones se reunían presurosos alrededor del valiente servidor del
Eácida, de pies ligeros. Y en medio de todos, el belicoso Aquiles
animaba, así á los que combatían en carros, como á los peones armados
de escudos.

168 Cincuenta fueron las veleras naves en que Aquiles, caro á Júpiter,
condujo á Ilión sus tropas; en cada una embarcáronse cincuenta hombres;
y el héroe nombró cinco jefes para que los rigieran, reservándose el
mando supremo. Del primer cuerpo era caudillo Menestio, el de labrada
coraza, hijo del río Esperquio, que las celestiales lluvias alimentan:
habíale dado á luz la bella Polidora, hija de Peleo, que siendo mujer
se acostó con la deidad del Esperquio; aunque se creyera que lo había
tenido de Boro, hijo de Perieres, el cual se desposó públicamente con
la misma y le constituyó una gran dote.--Mandaba la segunda sección el
belicoso Eudoro, nacido de una soltera, de la hermosa Polimela, hija
de Filante; de la tal enamoróse el poderoso Argicida al verla entre
las que danzaban al son del canto en un coro de Diana, la diosa que
lleva arco de oro y ama el bullicio de la caza: el benéfico Mercurio
subió en seguida al aposento de la moza, uniéronse clandestinamente y
ella le dió un hijo ilustre, Eudoro, ligero en el correr y belicoso.
Cuando Ilitia, que preside los partos, sacó á luz al infante y éste
vió los rayos del Sol, el fuerte Equecles Actórida tomó á Filomela por
esposa, constituyéndole una gran dote, y el anciano Filante crió y
educó al niño con tanto amor como si fuese hijo suyo.--Estaba al frente
de la tercera división Pisandro Memálida, que, después del compañero
de Aquiles, era entre todos los mirmidones quien descollaba más en
combatir con la lanza.--El cuarto escuadrón obedecía las órdenes de
Fénix, aguijador de caballos; y el quinto tenía por jefe al eximio
Alcimedonte, hijo de Laerces. Cuando Aquiles los hubo puesto á todos
en orden de batalla con sus respectivos capitanes, les dijo con voz
pujante:

200 «¡Mirmidones! Ninguno de vosotros olvide las amenazas que en las
veleras naves dirigíais á los teucros mientras duró mi cólera, ni las
acusaciones con que todos me acriminabais: _¡Inflexible hijo de Peleo!
Sin duda tu madre te nutrió con hiel. ¡Despiadado, pues retienes á
tus compañeros en los navíos contra su voluntad! Embarquémonos en
los bajeles que atraviesan el ponto y volvamos á la patria, ya que
la cólera funesta anidó en tu corazón._ Así acostumbrabais hablarme
cuando os reuníais. Pues á la vista tenéis la gran empresa del combate
que tanto habéis anhelado. Y ahora cada uno pelee con valeroso corazón
contra los teucros.»

[Ilustración: LOS TEUCROS ARROJARON FUEGO Á LA NAVE Y PRONTO SE
LEVANTÓ INEXTINGUIBLE LLAMA

  (_Canto XVI, versos 122 y 123._)]

210 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza; y
ellos, al oirlas, cerraron más las filas. Como el obrero junta grandes
piedras al construir la pared de una elevada casa, para que resista
el ímpetu de los vientos; así, tan unidos, estaban los cascos y los
abollonados escudos: la rodela se apoyaba en la rodela, el yelmo en el
yelmo, cada hombre en su vecino, y los penachos de crines de caballo y
los lucientes conos de los cascos se juntaban cuando alguien inclinaba
la cabeza. ¡Tan apretadas eran las filas! Delante de todos se pusieron
dos hombres armados, Patroclo y Automedonte; los cuales tenían igual
ánimo y deseaban combatir al frente de los mirmidones. Aquiles entró
en su tienda y alzó la tapa de un arca hermosa y labrada que Tetis, la
de argentados pies, colocara en la nave del héroe después de llenarla
de túnicas y mantos, que le abrigasen contra el viento, y de afelpados
cobertores. Allí tenía una copa de primorosa labor que no usaba nadie
para beber vino ni para ofrecer libaciones á otro dios que al padre
Júpiter. Sacóla del arca, y purificándola primero con azufre, la limpió
con agua cristalina; acto continuo lavóse las manos, llenó la copa y
puesto en medio, con los ojos levantados al cielo, libó el negro vino
y oró á Júpiter, que se complace en lanzar rayos, sin que al dios le
pasara inadvertido:

233 «¡Júpiter soberano, Dodoneo, Pelásgico, que vives lejos y reinas
en Dodona, de frío invierno, donde moran los selos, tus intérpretes,
que no se lavan los pies y duermen en el suelo! Escuchaste mis palabras
cuando te invoqué, y para honrarme oprimiste duramente al pueblo aqueo.
Pues ahora, cúmpleme este voto: Yo me quedo en el recinto de las naves
y mando al combate á mi compañero con muchos mirmidones: haz que le
siga la victoria, longividente Júpiter, é infúndele valor en el corazón
para que Héctor vea si mi escudero sabe pelear solo, ó si sus manos
invictas únicamente se mueven con furia cuando va conmigo á la marcial
contienda. Y cuando haya apartado de los bajeles la gritería y la
pelea, vuelva incólume con todas las armas y con los compañeros que de
cerca combaten.»

249 Tal fué su plegaria. El próvido Júpiter le oyó; y de las dos cosas,
le otorgó una: concedióle que apartase de las naves el combate y la
pelea, y nególe que volviera ileso de la batalla. Hecha la libación y
la rogativa al padre Júpiter, entró Aquiles en la tienda, dejó la copa
en el arca, y salió otra vez porque deseaba en su corazón presenciar la
terrible pugna de teucros y aquivos.

257 Los mirmidones seguían con armas y en buen orden al magnánimo
Patroclo, hasta que alcanzaron á los teucros y les arremetieron
con grandes bríos, esparciéndose como las avispas que moran en el
camino, cuando los muchachos, siguiendo su costumbre de molestarlas,
las irritan y consiguen con su imprudencia que dañen á buen número
de personas, pues, si algún caminante pasa por allí y sin querer las
mueve, vuelan y defienden con ánimo valeroso á sus hijuelos; con un
corazón y ánimo semejantes, se esparcieron los mirmidones desde las
naves, y levantóse una gritería inmensa. Y Patroclo exhortaba á sus
compañeros, diciendo con voz recia:

269 «¡Mirmidones, compañeros del Pelida Aquiles! Sed hombres, amigos, y
mostrad vuestro impetuoso valor para que honremos al Pelida, que es el
más valiente de cuantos argivos hay en las naves, como lo son también
sus guerreros, que de cerca combaten; y comprenda el poderoso Agamenón
Atrida la falta que cometió no honrando al mejor de los aqueos.»

275 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Los
mirmidones cayeron apiñados sobre los teucros y en las naves resonaban
de un modo horrible los gritos de los aqueos. Cuando los teucros vieron
al esforzado hijo de Menetio y á su escudero, ambos con lucientes
armaduras, á todos se les conturbó el ánimo y sus falanges se agitaron.
Figurábanse que el Pelida, ligero de pies, había renunciado á su cólera
y volvía á ser amigo de Agamenón. Y cada uno miraba adónde podría huir
para librarse de una muerte terrible.

284 Patroclo fué el primero que tiró la reluciente lanza allí donde más
hombres se agitaban en confuso montón, junto á la nave del magnánimo
Protesilao; é hirió á Pirecmes, que había conducido desde Amidón, sita
en la ribera del Axio de ancha corriente, á los peonios, que combatían
en carros: la lanza se clavó en el hombro derecho; el guerrero, dando
un gemido, cayó de espaldas en el polvo, y los demás peonios huyeron,
porque Patroclo les infundió pavor al matar á su jefe, que tanto
sobresalía en el combate. De este modo Patroclo los echó de los bajeles
y apagó el ardiente fuego. El navío quedó allí medio quemado, los
teucros huyeron con gran alboroto, los dánaos se dispersaron por las
cóncavas naves, y se produjo un gran tumulto. Como Júpiter fulminador
quita una densa nube de la elevada cumbre de una montaña y se descubren
los promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto
la vasta región etérea; así los dánaos respiraron un poco después de
librar á las naves del fuego destructor; pero no por eso hubo tregua en
el combate. Porque los teucros no huían á carrera abierta, perseguidos
por los belicosos aqueos; sino que aún resistían, y sólo cediendo á la
necesidad se retiraban de las naves.

306 Entonces, ya extendida la batalla, cada jefe mató á un hombre.
El esforzado hijo de Menetio, el primero, hirió con la aguda lanza á
Areilico, que había vuelto la espalda para huir: el bronce atravesó
el muslo y rompió el hueso, y el teucro dió de ojos en el suelo.
El belígero Menelao hirió á Toante en el pecho, donde éste quedaba
sin defensa al lado del escudo, y dejó sin vigor sus miembros. El
Filida, observando que Anficlo iba á acometerle, se le adelantó y
logró envasarle la pica en la parte superior de la pierna, donde más
grueso es el músculo: la punta desgarró los nervios, y la obscuridad
cubrió los ojos del guerrero. De los Nestóridas, Antíloco traspasó con
la broncínea lanza á Atimnio, clavándosela en el ijar, y el teucro
cayó de pechos en el suelo; el hermano de éste, Maris, irritado por
tal muerte, se le puso delante y arremetió con la lanza á Antíloco;
entonces el otro Nestórida, Trasimedes, igual á un dios, se le anticipó
y le hirió en la espalda: la punta desgarró el tendón de la parte
superior del brazo y rompió el hueso; el guerrero cayó con estrépito,
y la obscuridad cubrió sus ojos. De tal suerte, estos dos esforzados
compañeros de Sarpedón, hábiles tiradores, é hijos de Amisodaro el que
crió la indomable Quimera, causa de males para muchos hombres, fueron
vencidos por los dos hermanos y descendieron al Érebo.--Ayax de Oileo
acometió y cogió vivo á Cleobulo, atropellado por la turba; y le quitó
la vida, hiriéndole en el cuello con la espada provista de empuñadura:
la hoja entera se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y el
hado cruel velaron los ojos del guerrero.--Penéleo y Liconte fueron á
encontrarse, y habiendo arrojado sus lanzas en vano, pues ambos erraron
el tiro, se acometieron con las espadas: Liconte dió á su enemigo un
tajo en la cimera del casco, que adornaban crines de caballo; pero la
espada se le rompió junto á la empuñadura; Penéleo hundió la suya en el
cuello de Liconte, debajo de la oreja, y se lo cortó por completo: la
cabeza cayó á un lado, sostenida tan sólo por la piel, y los miembros
perdieron su vigor.--Meriones dió alcance con sus ligeros pies á
Acamante, cuando subía al carro, y le hirió en el hombro derecho: el
teucro cayó al suelo, y las tinieblas cubrieron sus ojos.--Á Erimante
metióle Idomeneo el cruel bronce por la boca: la lanza atravesó la
cabeza por debajo del cerebro, rompió los blancos huesos y conmovió los
dientes; los ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices y
de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese obscura nube, envolvió
al guerrero.

351 Cada uno de estos caudillos dánaos mató, pues, á un hombre. Como
los voraces lobos acometen á corderos ó cabritos, arrebatándolos de un
hato que se dispersa en el monte por la impericia del pastor; pues así
que aquéllos los ven se los llevan y despedazan por tener los últimos
un corazón tímido; así los dánaos cargaban sobre los teucros, y éstos,
pensando en la fuga horrísona, olvidábanse de mostrar su impetuoso
valor.

358 El gran Ayax deseaba constantemente arrojar su lanza á Héctor,
armado de bronce; pero el héroe, que era muy experto en la guerra,
cubriendo sus anchos hombros con un escudo de pieles de toro, estaba
atento al silbo de las flechas y al ruido de los dardos. Bien conocía
que la victoria se inclinaba del lado de los enemigos, pero resistía
aún y procuraba salvar á sus compañeros queridos.

364 Como se va extendiendo una nube desde el Olimpo al cielo, después
de un día sereno, cuando Júpiter prepara una tempestad; así los
teucros huyeron de las naves, dando gritos, y ya no fué con orden
como repasaron el foso. Á Héctor le sacaron de allí, con sus armas,
los corceles de ligeros pies; y el héroe desamparó la turba de los
teucros, á quienes detenía, mal de su grado, el profundo foso. Muchos
veloces corceles, rompiendo los carros de los caudillos por el extremo
del timón, los dejaron en el mismo.--Patroclo iba adelante, exhortando
vehementemente á los dánaos y pensando en causar daño á los teucros;
los cuales, una vez puestos en desorden, llenaban todos los caminos
huyendo con gran clamoreo; la polvareda llegaba á lo alto debajo de las
nubes, y los solípedos caballos volvían á la ciudad desde las naves
y las tiendas. Patroclo, donde veía á los enemigos más desordenados,
allí se encaminaba vociferando; los guerreros caían de bruces debajo
de los ejes de sus carros, y éstos volcaban con gran estruendo. Al
llegar al foso, los caballos inmortales que los dioses dieran á Héctor
como espléndido presente, lo salvaron de un salto, deseosos de seguir
adelante; y cuando á Patroclo el ánimo le llevó hacia Héctor para
herirle, ya los veloces corceles se le habían llevado. Como en el otoño
descarga una tempestad sobre la negra tierra, cuando Júpiter hace
caer violenta lluvia, irritado contra los hombres que en el foro dan
sentencias inicuas y echan á la justicia, no temiendo la venganza de
los dioses; y los ríos salen de madre y los torrentes cortan muchas
colinas, braman al correr desde lo alto de las montañas al mar purpúreo
y destruyen las labores del campo; de semejante modo corrían las yeguas
troyanas, dando lastimeros relinchos.

394 Patroclo, cuando hubo separado de los demás enemigos á los que
formaban las últimas falanges, les obligó á volver hacia los bajeles,
en vez de permitirles que subiesen á Troya; y acometiéndoles entre
las naves, el río y el alto muro, los mataba para vengar á muchos de
los suyos. Entonces envasóle á Prónoo la lanza en el pecho, donde
éste quedaba sin defensa al lado del escudo, y le dejó sin vigor los
miembros: el teucro cayó con estrépito. Luego acometió á Téstor, hijo
de Énope, que se hallaba encogido en el lustroso asiento y en su
turbación había dejado que las riendas se le fuesen de la mano: clavóle
desde cerca la lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar á través
de los dientes y lo levantó por cima del barandal. Como el pescador
sentado en la roca saca del mar un pez enorme, valiéndose de la cuerda
y del anzuelo; así Patroclo, alzando la reluciente lanza, sacó del
carro á Téstor con la boca abierta y le arrojó de cara al suelo; el
teucro, al caer, perdió la vida.--Después hirió de una pedrada en
medio de la cabeza á Erilao, que á acometerle venía, y se la partió en
dos dentro del fuerte casco: el teucro dió de manos en el suelo, y le
envolvió la destructora muerte.--Y sucesivamente fué derribando en la
fértil tierra á Erimante, Anfótero, Epaltes, Tlepólemo Damastórida,
Equio, Pires, Ifeo, Evipo y Polimelo Argéada.

419 Sarpedón, al ver que sus compañeros, de lorigas sin cintura,
sucumbían á manos de Patroclo Menetíada, increpó á los deiformes licios:

422 «¡Qué vergüenza, oh licios! ¿Adónde huís? Sed esforzados. Yo saldré
al encuentro de ese hombre, para saber quién es el que así vence y
tantos males causa á los teucros, pues ya á muchos valientes les ha
quebrado las rodillas.»

426 Dijo; y saltó del carro al suelo sin dejar las armas. Á su vez
Patroclo, al verlo, se apeó del suyo. Como dos buitres de corvas uñas y
combado pico riñen, dando chillidos, sobre elevada roca; así aquéllos
se acometieron vociferando. Viólos el hijo del artero Saturno; y
compadecido, dijo á Juno, su hermana y esposa:

433 «¡Ay de mí! El hado dispone que Sarpedón, á quien amo sobre todos
los hombres, sea muerto por Patroclo Menetíada. Entre dos propósitos
vacila en mi pecho el corazón: ¿lo arrebataré vivo de la luctuosa
batalla, para dejarlo en el opulento pueblo de la Licia, ó dejaré que
sucumba á manos del Menetíada?»

439 Respondióle Juno veneranda, la de los ojos grandes: «¡Terribilísimo
Saturnio, qué palabras proferiste! ¿Una vez más quieres librar de la
muerte horrísona á ese hombre mortal, á quien tiempo ha que el hado
condenó á morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
Otra cosa voy á decirte, que fijarás en la memoria: Piensa que si á
Sarpedón le mandas vivo á su palacio, algún otro dios querrá sacar á su
hijo del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales pelean en
torno de la gran ciudad de Príamo, y harás que sus padres se enciendan
en terrible ira. Pero si Sarpedón te es caro y tu corazón le compadece,
deja que muera á manos de Patroclo en reñido combate; y cuando el
alma y la vida le abandonen, ordena á la Muerte y al dulce Sueño que
lo lleven á la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan
exequias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores
debidos á los muertos.»

458 Así dijo. El padre de los hombres y de los dioses no desobedeció,
é hizo caer sobre la tierra sanguinolentas gotas para honrar al hijo
amado, á quien Patroclo había de matar en la fértil Troya, lejos de su
patria.

462 Cuando ambos héroes se hallaron frente á frente, Patroclo arrojó la
lanza, y acertando á dar en el empeine del ilustre Trasidemo, escudero
valeroso del rey Sarpedón, dejóle sin vigor los miembros. Sarpedón
acometió á su vez; y despidiendo la reluciente lanza, erró el tiro;
pero hirió en el hombro derecho al corcel Pédaso, que relinchó mientras
perdía el vital aliento. El caballo cayó al polvo, y el espíritu
abandonó su cuerpo. Forcejaron los otros dos bridones por separarse,
crujió el yugo y enredáronse las riendas á causa de que el caballo
lateral yacía en el polvo. Pero Automedonte, famoso por su lanza, halló
el remedio: desenvainando la espada de larga punta que llevaba junto al
fornido muslo, cortó apresuradamente los tirantes del caballo lateral,
y los otros dos se enderezaron y obedecieron á las riendas. Y los
héroes volvieron á acometerse con roedor encono.

477 Entonces Sarpedón arrojó otra reluciente lanza y erró el tiro, pues
aquélla pasó por cima del hombro izquierdo de Patroclo sin herirle.
Patroclo despidió la suya y no en balde; ya que acertó á Sarpedón y le
hirió en el tejido que al denso corazón envuelve. Cayó el héroe como la
encina, el álamo ó el elevado pino que en el monte cortan con afiladas
hachas los artífices para hacer un mástil de navío; así yacía aquél,
tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes
y cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Como el rojizo y
animoso toro, á quien devora un león que se ha presentado en la vacada,
brama al morir entre las mandíbulas de la fiera; así el caudillo de
los licios escudados, herido de muerte por Patroclo, se enfurecía; y
llamando al compañero, le hablaba de este modo:

492 «¡Caro Glauco, guerrero afamado! Ahora debes portarte como fuerte
y audaz luchador; ahora te ha de causar placer la batalla funesta, si
eres valiente. Ve por todas partes, exhorta á los capitanes licios á
que combatan en torno de Sarpedón y defiéndeme tú mismo con la pica.
Seré para ti motivo constante de vergüenza y oprobio si, sucumbiendo en
el recinto de las naves, los aqueos me despojan de la armadura. ¡Pelea,
pues, denodadamente y anima á todo el ejército!»

502 Así dijo; y el velo de la muerte se extendió por sus ojos y su
rostro. Patroclo, sujetándole el pecho con el pie, le arrancó el asta;
con ella siguió el corazón, y salieron á la vez la punta de la lanza
y el alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los corceles de
Sarpedón, los cuales anhelaban y querían huir desde que quedó vacío el
carro de sus dueños.

509 Glauco sintió hondo pesar al oir la voz de Sarpedón; se le turbó el
ánimo porque no podía socorrerle; y apretándose con la mano el brazo
herido por una flecha que Teucro le tirara, cuando él asaltaba el muro
y el aqueo defendía á los suyos, oró de esta suerte al flechador Apolo:

514 «Óyeme, oh soberano, ya te halles en la opulenta Licia, ya te
encuentres en Troya; pues desde cualquier lugar puedes atender al que
está afligido, como lo estoy ahora. Tengo esta grave herida, padezco
agudos dolores en el brazo y la sangre no se seca; el hombro se
entorpece, y me es imposible manejar firmemente la lanza y pelear con
los enemigos. Ha muerto un hombre fortísimo, Sarpedón, hijo de Júpiter
que ya ni á su prole defiende. Cúrame, oh soberano, la grave herida,
adormece mis dolores y dame fortaleza para que mi voz anime á los
licios á batallar y yo mismo luche en defensa del cadáver.»

527 Tal fué su plegaria. Oyóle Febo Apolo y en seguida calmó los
dolores, secó la negra sangre de la grave herida é infundió valor
en el ánimo del teucro. Glauco, al notarlo, se holgó de que el gran
dios hubiese escuchado su ruego. En seguida fué por todas partes
y exhortó á los capitanes licios para que combatieran en torno de
Sarpedón. Después, encaminóse á paso largo hacia los troyanos; buscó á
Polidamante Pantoida, al divino Agenor, á Eneas y á Héctor armado de
bronce; y deteniéndose cerca de los mismos, dijo estas aladas palabras:

538 «¡Héctor! Te olvidas completamente de los aliados que por ti
pierden la vida lejos de los amigos y de la patria, y ni socorrerles
quieres. Yace en tierra Sarpedón, el rey de los licios escudados, que
con su justicia y su valor gobernaba la Licia. El férreo Marte lo
ha matado con la lanza de Patroclo. Oh amigos, venid é indignaos en
vuestro corazón: no sea que los mirmidones le quiten la armadura é
insulten el cadáver, irritados por la muerte de los dánaos á quienes
hicieron perecer nuestras picas junto á las veleras naves.»

548 Así se expresó. Los troyanos sintieron grande é inconsolable pena,
porque Sarpedón, aunque forastero, era un baluarte para la ciudad;
había llevado á la misma muchos hombres y en la pelea los superaba á
todos. Con grandes bríos dirigiéronse aquéllos contra los dánaos, y
á su frente marchaba Héctor, irritado por la muerte de Sarpedón. Y
Patroclo Menetíada, de corazón valiente, animó á los aqueos; y dijo á
los Ayaces, que ya de combatir estaban deseosos:

556 «¡Ayaces! Poned empeño en rechazar al enemigo y mostraos tan
valientes como habéis sido hasta aquí ó más aún. Yace en tierra
Sarpedón, el que primero asaltó nuestra muralla. ¡Ah, si apoderándonos
del cadáver pudiésemos ultrajarle, quitarle la armadura de los
hombros y matar con el cruel bronce á alguno de los compañeros que lo
defienden!...»

562 En tales términos les habló, aunque ellos ya deseaban derrotar al
enemigo. Y troyanos y licios por una parte y mirmidones y aqueos por
otra, cerraron las falanges, vinieron á las manos y empezaron á pelear
con horrenda gritería en torno del cadáver. Crujían las armaduras de
los guerreros, y Júpiter cubrió con una dañosa obscuridad la reñida
contienda, para que produjese mayor estrago el combate que por el
cuerpo de su hijo se empeñaba.

569 En un principio, los teucros rechazaron á los aqueos, de ojos
vivos, porque fué herido un varón que no era ciertamente el más cobarde
de los mirmidones: el divino Epigeo, hijo de Agacles magnánimo; el
cual reinó en otro tiempo en la populosa Budío; luego, por haber
dado muerte á su valiente primo, se presentó como suplicante á Peleo
y á Tetis, la de argentados pies, y ellos le enviaron con Aquiles á
Ilión, abundante en hermosos corceles, para que combatiera contra los
troyanos. Epigeo echaba mano al cadáver cuando el esclarecido Héctor le
dió una pedrada en la cabeza y se la partió en dos dentro del fuerte
casco: el guerrero cayó boca abajo sobre el cuerpo de Sarpedón, y la
destructora muerte lo envolvió. Apesadumbróse Patroclo por la pérdida
del compañero y atravesó al instante las primeras filas, como el
veloz gavilán persigue á unos grajos ó estorninos; de la misma manera
acometiste, oh hábil jinete Patroclo, á los licios y troyanos, airado
en tu corazón por la muerte del amigo. Y cogiendo una piedra, hirió
en el cuello á Estenelao, hijo querido de Itémenes, y le rompió los
tendones. Retrocedieron los combatientes delanteros y el esclarecido
Héctor. Cuanto espacio recorre el dardo que lanza un hombre, ya en el
juego para ejercitarse, ya en la guerra contra los enemigos que la vida
quitan; otro tanto se retiraron los teucros, cediendo al empuje de los
aqueos. Glauco, capitán de los escudados licios, fué el primero que
volvió la cara y mató al magnánimo Baticles, hijo amado de Calcón, que
tenía su casa en la Hélade y se señalaba entre los mirmidones por sus
bienes y riquezas: escapábase Glauco, y Baticles iba á darle alcance,
cuando aquél se volvió repentinamente y le hundió la pica en medio
del pecho. Baticles cayó con estrépito, los aqueos sintieron hondo
pesar por la muerte del valiente guerrero, y los teucros, muy alegres,
rodearon en tropel el cadáver; pero los aqueos no dejaron de mostrar
su impetuoso valor y arremetieron denodadamente al enemigo. Entonces
Meriones mató á un combatiente teucro, á Laógono, esforzado hijo de
Onétor y sacerdote de Júpiter Ideo, á quien el pueblo veneraba como á
un dios: hirióle debajo de la quijada y de la oreja, la vida huyó de
los miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió. Eneas
arrojó la broncínea lanza, con el propósito de herir á Meriones, que se
adelantaba protegido por el escudo. Pero Meriones la vió venir y evitó
el golpe inclinándose hacia adelante: la ingente lanza se clavó en el
suelo detrás de él y el regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma
perdió su fuerza. Penetró, pues, la vibrante punta en la tierra, y la
lanza fué echada en vano por el robusto brazo. Eneas, con el corazón
irritado, dijo:

617 «¡Meriones! Aunque eres un ágil saltador, mi lanza te habría
apartado para siempre del combate si te hubiese herido.»

619 Respondióle Meriones, célebre por su lanza: «¡Eneas! Difícil te
será, aunque seas valiente, aniquilar la fuerza de cuantos salgan á
pelear contigo. También tú eres mortal. Si lograra herirte en medio del
cuerpo con el agudo bronce, en seguida, á pesar de tu vigor y de la
confianza que tienes en tu brazo, me darías gloria y á Plutón, el de
los famosos corceles, el alma.»

626 Así dijo; y el valeroso hijo de Menetio le reprendió, diciendo:
«¡Meriones! ¿Por qué, siendo valiente, te entretienes en hablar así?
¡Oh amigo! Con palabras injuriosas no lograremos que los teucros dejen
el cadáver; preciso será que alguno de ellos baje antes al seno de la
tierra. Las batallas se ganan con los puños, y las palabras sirven en
las juntas. Conviene, pues, no hablar, sino combatir.»

632 Dijo, echó á andar y siguióle Meriones, varón igual á un dios.
Bien así como el estruendo que se produce en la espesura de un monte
y se deja oir á lo lejos, cuando los hombres hacen leña; tal era el
estrépito que se elevaba de la tierra espaciosa al ser golpeados el
bronce, el cuero y los escudos de pieles de buey por las espadas y las
lanzas de doble filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido al
divino Sarpedón, pues los dardos, la sangre y el polvo lo cubrían desde
los pies á la cabeza. Agitábanse todos alrededor del cadáver como en la
primavera zumban las moscas en el establo por cima de las escudillas,
cuando los tarros rebosan de leche: de igual manera bullían aquéllos en
torno del muerto. Júpiter no apartaba los refulgentes ojos de la dura
contienda; y contemplando á los guerreros, revolvía en su ánimo muchas
cosas acerca de la muerte de Patroclo: vacilaba entre si el esclarecido
Héctor debería matar con el bronce á Patroclo sobre Sarpedón, igual á
un dios, y quitarle la armadura de los hombros, ó convendría extender
la terrible pelea. Y considerando como lo más conveniente que el bravo
escudero de Aquiles Pelida hiciera arredrar á los teucros y á Héctor,
armado de bronce, hacia la ciudad y quitara la vida á muchos guerreros,
comenzó por infundir timidez en Héctor, el cual subió al carro, se
puso en fuga y exhortó á los demás teucros á que huyeran, porque había
conocido hacia qué lado se inclinaba la balanza sagrada de Júpiter.
Tampoco los fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver á
su rey herido en el corazón y echado en un montón de cadáveres; pues
cayeron muchos hombres á su alrededor cuando el Saturnio avivó el duro
combate. Los aqueos quitáronle á Sarpedón la reluciente armadura de
bronce y el esforzado hijo de Menetio la entregó á sus compañeros para
que la llevaran á las cóncavas naves. Y entonces Júpiter, que amontona
las nubes, dijo á Apolo:

667 «¡Ea, querido Febo! Ve y después de sacar á Sarpedón de entre
los dardos, límpiale la negra sangre; condúcele á un sitio lejano y
lávale en la corriente de un río; úngele con ambrosía, ponle vestiduras
divinas y entrégalo á los veloces conductores y hermanos gemelos: el
Sueño y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejarán en
el rico pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos le harán
exequias y le erigirán un túmulo y un cipo, que tales son los honores
debidos á los muertos.»

676 Así dijo, y Apolo no desobedeció á su padre. Descendió de los
montes ideos á la terrible batalla, y en seguida, levantó al divino
Sarpedón de entre los dardos, y conduciéndole á un sitio lejano, lo
lavó en la corriente de un río; ungiólo con ambrosía, púsole vestiduras
divinas y entrególo á los veloces conductores y hermanos gemelos: el
Sueño y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en
el rico pueblo de la vasta Licia.

684 Patroclo animaba á los corceles y á Automedonte y perseguía á los
troyanos y licios, y con ello se atrajo un gran infortunio. ¡Insensato!
Si se hubiese atenido á la orden del Pelida, se hubiera visto libre de
la funesta Parca, de la negra muerte. Pero siempre el pensamiento de
Júpiter es más eficaz que el de los hombres (aquel dios pone en fuga al
varón esforzado y le quita fácilmente la victoria, aunque él mismo le
haya incitado á combatir), y entonces alentó el ánimo en el pecho de
Patroclo.

692 ¿Cuál fué el primero y cuál el último que mataste, oh Patroclo,
cuando los dioses te llamaron á la muerte?

694 Fueron primeramente Adrasto, Autónoo, Equeclo, Périmo Mégada,
Epístor y Melanipo; y después, Élaso, Mulio y Pilartes. Mató á éstos, y
los demás se dieron á la fuga.

698 Entonces los aqueos habrían tomado á Troya, la de altas puertas,
por las manos de Patroclo, que manejaba con gran furia la lanza, si
Febo Apolo no se hubiese colocado en la bien construída torre para
dañar á aquél y ayudar á los teucros. Tres veces encaminóse Patroclo á
un ángulo de la elevada muralla; tres veces rechazóle Apolo, agitando
con sus manos inmortales el refulgente escudo. Y cuando, semejante á un
dios, atacaba por cuarta vez, increpóle la deidad con aterradoras voces:

707 «¡Retírate, Patroclo de jovial linaje! El hado no ha dispuesto que
la ciudad de los altivos troyanos sea destruída por tu lanza, ni por
Aquiles, que tanto te aventaja.»

710 Así dijo, y Patroclo retrocedió un gran trecho, para no atraerse la
cólera del flechador Apolo.

712 Héctor se hallaba con el carro y los corceles en las puertas
Esceas, y estaba indeciso entre guiarlos de nuevo hacia la turba y
volver á combatir, ó mandar á voces que las tropas se refugiasen en
el muro. Mientras reflexionaba sobre esto, presentósele Febo Apolo,
que tomó la figura del valiente joven Asio, el cual era tío materno
de Héctor, domador de caballos, hermano carnal de Hécuba é hijo de
Dimante, y habitaba en la Frigia, junto á la corriente del Sangario.
Así transfigurado, exclamó Apolo, hijo de Júpiter:

721 «¡Héctor! ¿Por qué te abstienes de combatir? No debes hacerlo.
Ojalá te superara tanto en bravura, cuanto te soy inferior: entonces te
sería funesto el retirarte de la batalla. Mas, ea, guía los corceles
de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes matarlo y Apolo te da
gloria.»

726 El dios, cuando esto hubo dicho, volvió á la batalla. El
esclarecido Héctor mandó á Cebrión que picara á los corceles y los
dirigiese á la pelea; y Apolo, entrándose por la turba, suscitó entre
los dánaos funesto tumulto y dió gloria á Héctor y á los teucros.
Héctor dejó entonces á los demás dánaos, sin que intentara matarlos,
y enderezó á Patroclo los caballos de duros cascos. Patroclo, á su
vez, saltó del carro á tierra con la lanza en la izquierda; cogió con
la diestra una piedra blanca y erizada de puntas que le llenaba la
mano; y estribando en el suelo, la arrojó, hiriendo en seguida á un
combatiente, pues el tiro no resultó vano: dió la pedrada en la frente
de Cebrión, auriga de Héctor, que era hijo bastardo del ilustre Príamo
y entonces gobernaba las riendas de los caballos. La piedra se llevó
ambas cejas; el hueso tampoco resistió; los ojos cayeron en el polvo á
los pies de Cebrión; y éste, cual si fuera un buzo, cayó del asiento
bien construído, porque la vida huyó de sus miembros. Y burlándote de
él, oh caballero Patroclo, exclamaste:

745 «¡Oh dioses! ¡Muy ágil es el teucro! ¡Cuán fácilmente salta á
lo buzo! Si se hallara en el ponto, en peces abundante, ese hombre
saltaría de la nave aunque el mar estuviera tempestuoso y podría saciar
á muchas personas con las ostras que pescara. ¡Con tanta facilidad ha
dado la voltereta del carro á la llanura! Es indudable que también los
troyanos tienen buzos.»

751 Dijo, y corrió hacia el héroe con la impetuosidad de un león que
devasta los establos hasta que es herido en el pecho y su mismo valor
le mata; de la misma manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido sobre
Cebrión. Héctor, por su parte, saltó del carro al suelo sin dejar las
armas. Y entrambos luchaban en torno de Cebrión, como dos hambrientos
leones que en el monte pelean furiosos por el cadáver de una cierva;
así los dos aguerridos campeones, Patroclo Menetíada y el esclarecido
Héctor, deseaban herirse el uno al otro con el cruel bronce. Héctor
había cogido al muerto por la cabeza y no lo soltaba; Patroclo lo asía
de un pie, y los demás teucros y dánaos sostenían encarnizado combate.

765 Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de un monte,
agitando la poblada selva, y las largas ramas de los fresnos, encinas
y cortezudos cornejos chocan entre sí con inmenso estrépito, y se
oyen los crujidos de las que se rompen; de semejante modo teucros y
aqueos se mataban, sin acordarse de la perniciosa fuga. Alrededor de
Cebrión se clavaron en tierra muchas agudas lanzas y aladas flechas
que saltaban de los arcos; buen número de grandes piedras herían los
escudos de los combatientes; y el héroe yacía en el suelo, sobre un
gran espacio, envuelto en un torbellino de polvo y olvidado del arte de
guiar los carros.

777 Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo, los tiros
alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían. Cuando
aquél se encaminó al ocaso, los aqueos eran vencedores, contra lo
dispuesto por el destino; y habiendo arrastrado el cadáver del héroe
Cebrión fuera del alcance de los dardos y del tumulto de los teucros,
le quitaron la armadura de los hombros.

783 Patroclo acometió furioso á los teucros: tres veces los atacó,
cual otro Marte, dando horribles voces; tres veces mató nueve hombres.
Y cuando, semejante á un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta
vez, vióse claramente que ya llegabas al término de tu vida, pues el
terrible Febo salió á tu encuentro en el duro combate. Mas Patroclo no
vió al dios; el cual, cubierto por densa nube, atravesó la turba, se
le puso detrás, y alargando la mano, le dió un golpe en la espalda y
en los anchos hombros. Al punto los ojos del héroe sufrieron vértigos.
Febo Apolo le quitó de la cabeza el casco con agujeros á guisa de ojos,
que rodó con estrépito hasta los pies de los caballos; y el penacho
se manchó de sangre y polvo. Jamás aquel casco, adornado con crines
de caballo, se había manchado cayendo en el polvo, pues protegía la
cabeza y hermosa frente del divino Aquiles. Entonces Júpiter permitió
también que lo llevara Héctor, porque ya la muerte se iba acercando
á este caudillo. Á Patroclo se le rompió en la mano la pica larga,
ponderosa, grande, fornida, armada de bronce; el ancho escudo y su
correa cayeron al suelo, y Apolo desató la coraza que aquél llevaba.
El estupor se apoderó del espíritu del héroe, y sus hermosos miembros
perdieron la fuerza. Patroclo se detuvo atónito, y entonces clavóle
aguda lanza en la espalda, entre los hombros, el dárdano Euforbo
Pantoida; el cual aventajaba á todos los de su edad en el manejo de la
pica, en el arte de guiar un carro y en la veloz carrera, y la primera
vez que se presentó con su carro para aprender á combatir, derribó á
veinte guerreros de sus carros respectivos. Éste fué, oh caballero
Patroclo, el primero que contra ti despidió su lanza, pero aún no te
hizo sucumbir. Euforbo arrancó la lanza de fresno; y retrocediendo, se
mezcló con la turba, sin esperar á Patroclo, aunque le viera desarmado;
mientras éste, vencido por el golpe del dios y la lanzada, retrocedía
al grupo de sus compañeros para evitar la muerte.

818 Cuando Héctor advirtió que el magnánimo Patroclo se alejaba y que
lo habían herido con el agudo bronce, fué en su seguimiento, por entre
las filas, y le envasó la lanza en la parte inferior del vientre,
que el hierro pasó de parte á parte; y el héroe cayó con estrépito,
causando gran aflicción al ejército aqueo. Como el león acosa en la
lucha al indómito jabalí cuando ambos pelean arrogantes en la cima
de un monte por un escaso manantial donde quieren beber, y el león
vence con su fuerza al jabalí, que respira anhelante; así Héctor
Priámida privó de la vida, hiriéndole con la lanza, al esforzado hijo
de Menetio, que á tantos había dado muerte. Y blasonando del triunfo,
profirió estas aladas palabras:

830 «¡Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra ciudad, hacer
cautivas á las mujeres troyanas y llevártelas en los bajeles á tu
patria. ¡Insensato! Los veloces caballos de Héctor vuelan al combate
para defenderlas; y yo, que en manejar la pica sobresalgo entre los
belicosos teucros, aparto de los míos el día de la servidumbre;
mientras que á ti te comerán los buitres. ¡Ah, infeliz! Ni Aquiles, con
ser valiente, te ha socorrido. Cuando saliste de las naves, donde él
se ha quedado, debió de hacerte muchas recomendaciones, y hablarte de
este modo: _No vuelvas á las cóncavas naves, caballero Patroclo, antes
de haber roto la coraza que envuelve el pecho de Héctor, teñida en
sangre_. Así te dijo, sin duda; y tú, oh necio, te dejaste persuadir.»

843 Con lánguida voz le respondiste, caballero Patroclo: «¡Héctor!
Jáctate ahora con altaneras palabras, ya que te han dado la victoria
Jove Saturnio y Apolo; los cuales me vencieron fácilmente, quitándome
la armadura de los hombros. Si veinte guerreros como tú me hubiesen
hecho frente, todos habrían muerto vencidos por mi lanza. Matóme el
hado funesto, valiéndose de Latona y de Euforbo entre los hombres;
y tú llegas el tercero, para despojarme de las armas. Otra cosa voy
á decirte, que fijarás en la memoria. Tampoco tú has de vivir largo
tiempo, pues la muerte y el hado cruel se te acercan, y sucumbirás á
manos del eximio Aquiles, descendiente de Éaco.»

855 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma
voló de los miembros y descendió al Orco, llorando su suerte porque
dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el esclarecido Héctor le dijo,
aunque ya muerto le viera:

859 «¡Patroclo! ¿Por qué me profetizas una muerte terrible? ¿Quién sabe
si Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, no perderá antes la
vida, herido por mi lanza?»

862 Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver, arrancó la
broncínea lanza, y lo tumbó de espaldas. Inmediatamente dirigióse,
lanza en mano, hacia Automedonte, el deiforme servidor del Eácida, de
pies ligeros; pero los veloces caballos inmortales que á Peleo dieran
los dioses como espléndido presente, lo sacaban ya de la batalla.



[Ilustración: Los griegos y los teucros combaten alrededor del cadáver
de Patroclo]



CANTO XVII

PRINCIPALÍA DE MENELAO


1 No dejó de advertir el Atrida Menelao, caro á Marte, que Patroclo
había sucumbido en la lid á manos de los teucros; y, armado de luciente
bronce, se abrió camino por los combatientes delanteros y empezó á
moverse en torno del cadáver para defenderlo. De la suerte que la vaca
primeriza da vueltas alrededor de su becerrillo, mugiendo tiernamente,
como no acostumbrada á parir; de la misma manera bullía el rubio
Menelao cerca de Patroclo. Y colocándose delante del muerto, enhiesta
la lanza y embrazado el escudo, aprestábase á matar á quien se le
opusiera. Tampoco Euforbo, el hábil lancero hijo de Panto, se descuidó
al ver en el suelo al eximio Patroclo; sino que se detuvo á su vera y
dijo á Menelao, caro á Marte:

12 «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Retírate,
suelta el cadáver y desampara estos sangrientos despojos; pues, en la
reñida pelea, ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres
envasó su lanza á Patroclo antes que yo lo hiciera. Déjame alcanzar
inmensa gloria entre los teucros. No sea que, hiriéndote, te quite la
dulce vida.»

18 Respondióle muy indignado el rubio Menelao: «¡Padre Júpiter! No
es bueno que nadie se vanagloríe con tanta soberbia. Ni la pantera,
ni el león, ni el dañino jabalí que tienen gran ánimo en el pecho
y están orgullosos de su fuerza, se presentan tan osados como los
hábiles lanceros hijos de Panto. Pero el fuerte Hiperenor, domador de
caballos, no siguió gozando de su juventud cuando me aguardó, después
de injuriarme diciendo que yo era el más cobarde de los guerreros
dánaos; y no creo que haya podido volver con sus pies á la patria,
para regocijar á su esposa y á sus venerandos padres. Del mismo modo
te quitaré la vida á ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que vuelvas
á tu ejército y no te pongas delante; pues el necio sólo conoce el mal
cuando ha llegado.»

33 Así habló, sin persuadir á Euforbo, que contestó diciendo: «Menelao,
alumno de Júpiter, ahora pagarás la muerte de mi hermano, de que tanto
te jactas. Dejaste viuda á su mujer en el reciente tálamo; causaste á
nuestros padres llanto y dolor profundo. Yo conseguiría que aquellos
infelices cesaran de llorar, si llevándome tu cabeza y tus armas,
las pusiera en las manos de Panto y de la divina Frontis. Pero no se
diferirá mucho tiempo el combate, ni quedará sin decidir quién haya de
ser el vencedor y quién el vencido.»

43 Dicho esto, dió un bote en el escudo liso del Atrida; pero no pudo
romper el bronce, porque la punta se torció al chocar con el fuerte
escudo. Menelao Atrida acometió, á su vez, con la pica, orando al padre
Júpiter; y al ir Euforbo á retroceder, se la clavó en la parte inferior
de la garganta, empujó el asta con la robusta mano y la punta atravesó
el delicado cuello. Euforbo cayó con estrépito, resonaron sus armas y
se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes á los de las Gracias,
y los rizos, que llevaba sujetos con anillos de oro y plata. Cual
frondoso olivo que plantado por el labrador en un lugar solitario donde
abunda el agua, crece hermoso, es mecido por vientos de toda clase y se
cubre de blancas flores; y viniendo de repente el huracán, lo arranca
de la tierra y lo tiende en el suelo; así Menelao Atrida dió muerte á
Euforbo, hijo de Panto y hábil lancero, y en seguida comenzó á quitarle
la armadura.

61 Como un montaraz león, confiado en su fuerza, coge del rebaño
que está paciendo la mejor vaca, le rompe la cerviz con los fuertes
dientes, y despedazándola, traga la sangre y las entrañas; y así
los perros como los pastores gritan mucho á su alrededor, pero de
lejos, sin atreverse á ir contra la fiera porque el pálido temor los
domina; de la misma manera ninguno tuvo ánimo para salir al encuentro
del glorioso Menelao. Y el Atrida se habría llevado fácilmente las
magníficas armas de Euforbo, si no lo hubiese impedido Febo Apolo; el
cual, tomando la figura de Mentes, caudillo de los cicones, suscitó
contra aquél á Héctor, igual al veloz Marte, con estas aladas palabras:

75 «¡Héctor! Tú corres ahora tras lo que no se puede alcanzar: los
corceles del aguerrido Eácida. Difícil es que nadie los sujete y sea
por ellos llevado, fuera de Aquiles, que tiene una madre inmortal. Y en
tanto, el belígero Menelao Atrida, que defiende el cadáver de Patroclo,
ha muerto á uno de los más esforzados teucros, á Euforbo, hijo de
Panto, acabando con el impetuoso valor de este caudillo.»

82 El dios, habiendo hablado así, volvió á la batalla. Héctor sintió
profundo dolor en las negras entrañas, ojeó las hileras y vió en
seguida al Atrida que despojaba de la armadura á Euforbo, y á éste
tendido en el suelo y vertiendo sangre por la herida. Acto continuo,
armado como se hallaba de luciente bronce y dando agudos gritos,
abrióse paso por los combatientes delanteros cual si fuese una llama
inextinguible encendida por Vulcano. El hijo de Atreo gimió al oir las
voces, y á su magnánimo espíritu así dijo:

91 «¡Ay de mí! Si abandono estas magníficas armas y á Patroclo, que
por vengarme yace aquí tendido, temo que se irritará cualquier dánao
que lo presencie. Y si por vergüenza peleo con Héctor y los teucros,
como ellos son muchos y yo estoy solo, quizás me cerquen; pues Héctor,
de tremolante casco, trae aquí á todos los troyanos. Mas ¿por qué
el corazón me hace pensar en tales cosas? Cuando, oponiéndose á la
divinidad, el hombre lucha con un guerrero protegido por algún dios,
pronto le sobreviene grave daño. Así, pues, los dánaos no se irritarán
conmigo porque me vean ceder á Héctor, que combate amparado por las
deidades. Pero si á mis oídos llegara la voz de Ayax, valiente en
la pelea, volvería aquí con él y sólo pensaríamos en lidiar, aunque
fuese contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar el cadáver y
entregarlo al Pelida Aquiles. Sería esto lo mejor para hacer llevaderos
los presentes males.»

106 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
llegaron las huestes de los teucros, capitaneadas por Héctor. Menelao
dejó el cadáver y retrocedió, volviéndose de cuando en cuando. Como el
melenudo león á quien alejan del establo los canes y los hombres con
gritos y venablos, siente que el corazón audaz se le encoge y abandona
de mala gana el redil; de la misma suerte apartábase de Patroclo el
rubio Menelao; quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvió la
cara á los teucros y buscó con los ojos al gran Ayax, hijo de Telamón.
Pronto le distinguió á la izquierda de la batalla, donde animaba á sus
compañeros y les incitaba á pelear, pues Febo Apolo les había infundido
un gran terror. Corrió á encontrarle; y poniéndose á su lado, le dijo
estas palabras:

120 «¡Ayax! Ven, amigo; apresurémonos á combatir por Patroclo muerto, y
quizás podamos llevar á Aquiles el cadáver desnudo, pues las armas las
tiene Héctor, de tremolante casco.»

123 Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayax, que atravesó
al momento las primeras filas junto con el rubio Menelao. Héctor
había despojado á Patroclo de las magníficas armas y se lo llevaba
arrastrando, para separarle con el agudo bronce la cabeza de los
hombros y entregar el cadáver á los perros de Troya. Pero acercósele
Ayax con su escudo como una torre; y Héctor, retrocediendo, llegó al
grupo de sus amigos, saltó al carro y entregó las magníficas armas
á los troyanos para que las llevaran á la ciudad, donde habían de
proporcionarle inmensa gloria. Ayax cubrió con su gran escudo al hijo
de Menetio y se mantuvo firme. Como el león anda en torno de sus
cachorros cuando llevándolos por el bosque le salen al encuentro los
cazadores, y haciendo gala de su fuerza, baja los párpados y cierra los
ojos; de aquel modo corría Ayax alrededor del héroe Patroclo. En la
parte opuesta hallábase Menelao, caro á Marte, en cuyo pecho el dolor
iba creciendo.

140 Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios, dirigió entonces
la torva faz á Héctor, y le increpó con estas palabras:

142 «¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto estás del valor que
la guerra exige! Inmerecida es tu buena fama, cuando solamente sabes
huir. Piensa cómo en adelante defenderás la ciudad y la ciudadela,
solo y sin más auxilio que los hombres nacidos en Ilión. Ninguno de
los licios ha de pelear ya con los dánaos en favor de la ciudad,
puesto que para nada se agradece el batallar siempre y sin descanso
contra el enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la turba á un obscuro
combatiente, si dejas que Sarpedón, huésped y amigo tuyo, llegue á ser
presa y botín de los argivos? Mientras estuvo vivo, prestó grandes
servicios á la ciudad y á ti mismo; y ahora no te atreves á apartar
de su cadáver á los perros. Por esto, si los licios me obedecieren,
volveríamos á nuestra patria, y la ruina más espantosa amenazaría á
Troya. Mas, si ahora tuvieran los troyanos el valor audaz é intrépido
que suelen mostrar los que por la patria sostienen contiendas y luchas
con los enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver de Patroclo hasta
Ilión. Y en seguida que el cuerpo de éste fuera retirado del campo y
conducido á la gran ciudad de Príamo, los argivos nos entregarían, para
rescatarlo, las hermosas armas de Sarpedón, y también podríamos llevar
á Troya el cadáver del héroe; pues Patroclo fué escudero del argivo más
valiente que hay en las naves, como asimismo lo son sus tropas, que
combaten cuerpo á cuerpo. Pero tú no osaste esperar al magnánimo Ayax,
ni resistir su mirada en la lucha, ni pugnar con él, porque te aventaja
en fortaleza.»

169 Mirándole con torva faz, respondió Héctor, de tremolante casco:
«¡Glauco! ¿Por qué, siendo cual eres, hablas con tanta soberbia? ¡Oh
dioses! Te tenía por el hombre de más seso de cuantos viven en la
fértil Licia, y ahora he de reprenderte por lo que pensaste y dijiste
al asegurar que no puedo sostener la acometida del ingente Ayax. Nunca
me espantó la batalla, ni el ruido de los caballos; pero siempre el
pensamiento de Júpiter, que lleva la égida, es más eficaz que el de
los hombres, y el dios pone en fuga al varón esforzado y le quita
fácilmente la victoria, aunque él mismo le haya incitado á combatir.
Mas, ea, ven acá, amigo, ponte á mi lado, contempla mis hechos, y verás
si seré cobarde en la batalla, aunque dure todo el día, ó si haré que
alguno de los dánaos, no embargante su ardimiento y valor, cese de
defender el cadáver de Patroclo.»

183 Cuando así hubo hablado, exhortó á los teucros, dando grandes
voces: «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto las
armas hermosas del eximio Aquiles, de que despojé al fuerte Patroclo
después de matarle.»

188 Dichas estas palabras, Héctor, de tremolante casco, salió de la
funesta lid, y corriendo con ligera planta, alcanzó pronto y no muy
lejos á sus amigos que llevaban hacia la ciudad las magníficas armas
del hijo de Peleo. Allí, fuera del luctuoso combate, se detuvo y cambió
de armadura: entregó la propia á los belicosos troyanos, para que la
dejaran en la sacra Ilión, y vistió las armas divinas de Aquiles, que
los dioses dieran á Peleo, y éste, ya anciano, cedió á su hijo, quien
no había de usarlas tanto tiempo que, llevándolas, llegara á la vejez.

198 Cuando Júpiter, que amontona las nubes, vió que Héctor vestía las
armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habló consigo mismo y dijo:

201 «¡Ah mísero! No piensas en la muerte, que ya se halla cerca de
ti, y vistes las armas divinas de un hombre valentísimo á quien
todos temen. Has muerto á su amigo, tan bueno como fuerte, y le has
quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los hombros.
Mas todavía dejaré que alcances una gran victoria como compensación de
que Andrómaca no recibirá de tus manos, volviendo tú del combate, las
magníficas armas del hijo de Peleo.»

209 Dijo el Saturnio, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento.
La armadura de Aquiles le vino bien á Héctor; apoderóse de éste un
terrible furor bélico, y sus miembros se vigorizaron y fortalecieron; y
el héroe, dando recias voces, enderezó sus pasos á los aliados ilustres
y se les presentó con las resplandecientes armas del magnánimo Pelida.
Acercóse á cada uno de sus capitanes para animarlos--á Mestles, Glauco,
Medonte, Tersíloco, Asteropeo, Disenor, Hipótoo, Forcis, Cromio y el
augur Énomo--y los instigó con estas aladas palabras:

220 «¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis alrededor de Troya!
No ha sido por el deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre
por lo que os he traído de vuestras ciudades; sino para que defendáis
animosamente de los belicosos aqueos á las esposas y á los tiernos
infantes de los troyanos. Con esta idea abrumo á mi pueblo y le exijo
dones y víveres para excitar vuestro valor. Ahora cada uno haga frente
y embista al enemigo, ya muera, ya se salve; que tales son los lances
de la guerra. Al que arrastre el cadáver de Patroclo hasta las filas de
los troyanos, domadores de caballos, y haga ceder á Ayax, le daré la
mitad de los despojos, reservándome la otra mitad, y su gloria será tan
grande como la mía.»

233 Así habló. Todos arremetieron con las picas levantadas y cargaron
sobre los dánaos, pues tenían grandes esperanzas de arrancar el cuerpo
de Patroclo de las manos de Ayax Telamonio. ¡Insensatos! Sobre el
mismo cadáver, Ayax hizo perecer á muchos de ellos. Y este héroe dijo
entonces á Menelao, valiente en la pelea:

238 «¡Oh amigo, oh Menelao, alumno de Júpiter! Ya no espero que
salgamos con vida de esta batalla. Ni temo tanto por el cadáver de
Patroclo, que pronto saciará en Troya á los perros y aves de rapiña,
cuanto por tu cabeza y por la mía; pues el nublado de la guerra,
Héctor, todo lo cubre, y á nosotros nos espera una muerte cruel. Ea,
llama á los más valientes dánaos, por si alguno te oye.»

246 Así se expresó. Menelao, valiente en la pelea, no fué desobediente;
y alzando recio la voz, dijo á los dánaos:

[Ilustración: ¡AH MÍSERO! NO PIENSAS EN LA MUERTE, QUE YA SE HALLA
CERCA DE TI, Y VISTES LAS ARMAS DE UN HOMBRE VALENTÍSIMO Á QUIEN TODOS
TEMEN

  (_Canto XVII, versos 201 á 203._)]

248 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos; los que bebéis
en la tienda de los Atridas Agamenón y Menelao el vino que el pueblo
paga, mandáis las tropas y os viene de Júpiter el honor y la gloria!
Me es difícil ver á cada uno de los caudillos. ¡Tan grande es el
combate que aquí se ha empeñado! Pero acercaos vosotros, indignándoos
en vuestro corazón de que Patroclo llegue á ser juguete de los perros
troyanos.»

256 Tales fueron sus palabras. Oyóle en seguida el veloz Ayax de Oileo,
y acudió antes que nadie, corriendo á través del campo. Siguiéronle
Idomeneo y su escudero Meriones, igual al homicida Marte. ¿Y quién
podría retener en la memoria y decir los nombres de cuantos aqueos
fueron llegando para reanimar la pelea?

262 Los teucros acometieron apiñados, con Héctor á su frente. Como en
la desembocadura de un río que las celestiales lluvias alimentan, las
ingentes olas chocan bramando contra la corriente del mismo, refluyen
al mar y las altas orillas resuenan en torno; con una gritería tan
grande marchaban los teucros. Mientras tanto, los aqueos permanecían
firmes alrededor del cadáver del hijo de Menetio, conservando el mismo
ánimo y defendiéndose con los escudos de bronce; y Júpiter rodeó de
espesa niebla sus relucientes cascos, porque nunca había aborrecido al
hijo de Menetio mientras vivió y fué servidor de Aquiles, y entonces
veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar á ser juguete de los
perros troyanos. Por esto el dios incitaba á los compañeros á que lo
defendieran.

274 En un principio, los teucros rechazaron á los aqueos, de ojos
vivos, y éstos, desamparando al muerto, huyeron espantados. Y si bien
los altivos teucros no consiguieron matar con sus lanzas á ningún
aquivo, como deseaban, empezaron á arrastrar el cadáver. Poco tiempo
debían los aqueos permanecer alejados de éste, pues los hizo volver
Ayax; el cual, así por su figura, como por sus obras, era el mejor de
los dánaos, después del eximio Pelida. Atravesó el héroe las primeras
filas, y parecido por su braveza al jabalí que en el monte dispersa
fácilmente, dando vueltas por los matorrales, á los perros y á los
florecientes mancebos; de la misma manera el esclarecido Ayax, hijo del
ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges de troyanos que se
agitaban en torno de Patroclo con el decidido propósito de llevarlo á
la ciudad y alcanzar gloria.

288 Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto, había atado una correa
á un tobillo de Patroclo, alrededor de los tendones; y arrastraba el
cadáver por el pie, á través del reñido combate, para congraciarse con
Héctor y los teucros. Pronto le ocurrió una desgracia, de que nadie,
por más que lo deseara, pudo librarle. Pues el hijo de Telamón,
acometiéndole por entre la turba, le hirió de cerca á través del
casco de broncíneas carrilleras: el casco, guarnecido de un penacho
de crines de caballo, se quebró al recibir el golpe de la gran lanza
manejada por la robusta mano; el cerebro fluyó sanguinolento por la
herida, á lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas, dejó
escapar de sus manos al suelo el pie del longánimo Patroclo, y cayó
de pechos, junto al cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no pudo
pagar á sus progenitores la crianza, ni fué larga su vida, porque
sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayax.--Héctor arrojó, á
su vez, la reluciente lanza; pero Ayax, al notarlo, hurtó el cuerpo,
y la broncínea arma alcanzó á Esquedio, hijo del magnánimo Ifites
y el más valiente de los focenses, que tenía su casa en la célebre
Pánope y reinaba sobre muchos hombres: clavóse la punta debajo de la
clavícula y, atravesándola, salió por el hombro. El guerrero cayó con
estrépito, y sus armas resonaron.--Ayax hirió en medio del vientre al
aguerrido Forcis, hijo de Fénope, que defendía el cadáver de Hipótoo;
y el bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el
teucro, caído en el polvo, cogió el suelo con las manos. Arredráronse
los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos
dieron grandes voces, retiraron los cadáveres de Forcis y de Hipótoo, y
quitaron de sus hombros las respectivas armaduras.

319 Entonces los teucros hubieran vuelto á entrar en Ilión, acosados
por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía; y los aqueos
hubiesen alcanzado gloria, contra la voluntad de Júpiter, por su
fortaleza y su valor. Pero Apolo instigó á Eneas, tomando la figura del
heraldo Perifante Epítida, que había envejecido ejerciendo de pregonero
en la casa del padre del héroe y sabía dar saludables consejos. Así
transfigurado, habló Apolo, hijo de Júpiter, diciendo:

327 «¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la excelsa Ilión, hasta si un
dios se opusiera? Como he visto hacerlo á otros varones que confiaban
en su fuerza y vigor, en su bravura y en la muchedumbre de tropas
formadas por un pueblo intrépido. Mas al presente, Júpiter desea que
la victoria quede por vosotros y no por los dánaos; y vosotros huís
temblando y renunciáis á combatir.»

333 De tal suerte habló. Eneas, como viera delante de sí al flechador
Apolo, reconocióle, y á grandes voces dijo á Héctor:

335 «¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus aliados! Es una
vergüenza que entremos en Ilión, acosados por los belicosos aqueos
y vencidos por nuestra cobardía. Una deidad ha venido á decirme que
Júpiter, el árbitro supremo, será aún nuestro auxiliar en la batalla.
Marchemos, pues, en derechura á los dánaos, para que no se lleven
tranquilamente á las naves el cadáver de Patroclo.»

342 Así habló; y saltando mucho más allá de los combatientes
delanteros, se detuvo. Los teucros volvieron la cara y afrontaron
á los aquivos. Entonces Eneas dió una lanzada á Leócrito, hijo de
Arisbante y compañero valiente de Licomedes. Al verle derribado en
tierra, compadecióse Licomedes, caro á Marte; y parándose muy cerca
del enemigo, arrojó la reluciente lanza, hirió debajo del diafragma
á Apisaón Hipásida, pastor de hombres, y le dejó sin vigor las
rodillas: este guerrero procedía de la fértil Peonia, y era, después
de Asteropeo, el que más descollaba en el combate. Vióle caer el
belígero Asteropeo, y apiadándose, corrió hacia él, dispuesto á pelear
con los dánaos. Mas no le fué posible; pues cuantos rodeaban por todas
partes á Patroclo, se cubrían con los escudos y calaban las lanzas.
Ayax recorría las filas y daba muchas órdenes: mandaba que ninguno
retrocediese, abandonando el cadáver; ni combatiendo se adelantara á
los demás aqueos; sino que todos circundaran al muerto y pelearan de
cerca. Así se lo encargaba el ingente Ayax. La tierra estaba regada
de purpúrea sangre y morían, unos en pos de otros, muchos troyanos,
poderosos auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no peleaban sin
derramar sangre, aunque perecían en mucho menor número porque cuidaban
siempre de defenderse recíprocamente en medio de la turba, para evitar
la cruel muerte.

366 Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que aún
subsistiesen el sol y luna; pues hallábanse cubiertos por la niebla
todos los guerreros ilustres que pugnaban alrededor del cadáver de
Patroclo. Los restantes teucros y aqueos, de hermosas grebas, libres
de la obscuridad, lidiaban bajo el cielo sereno: los vivos rayos del
sol herían el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra
ni en las montañas, y ellos batallaban y descansaban alternativamente,
hallándose á gran distancia unos de otros y procurando librarse de
los tiros que les dirigían los contrarios. Y en tanto, los del centro
padecían muchos males á causa de la niebla y del combate, y los más
valientes estaban dañados por el cruel bronce. Dos varones insignes,
Trasimedes y Antíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese
muerto y creían que luchaba con los teucros en la primera fila. Ambos,
aunque se daban cuenta de que sus compañeros eran muertos ó derrotados,
peleaban separadamente de los demás; que así se lo ordenara Néstor,
cuando desde las negras naves los envió á la batalla.

384 Todo el día sostuvieron la gran contienda y el cruel combate.
Cansados y sudosos tenían los pies, las piernas y las rodillas, y
manchados de polvo los ojos y las manos, cuantos peleaban en torno del
valiente servidor del Eácida, de pies ligeros. Como un hombre da á
los obreros, para que la estiren, una piel grande de toro cubierta de
grasa; y ellos, cogiéndola, se distribuyen á su alrededor, y tirando
todos sale la humedad, penetra la grasa y la piel queda perfectamente
extendida por todos lados; de la misma manera, tiraban aquéllos del
cadáver acá y allá, en un reducido espacio, y tenían grandes esperanzas
de arrastrarlo los teucros hacia Ilión, y los aqueos á las cóncavas
naves. Un tumulto feral se producía alrededor del muerto; y ni Marte,
que enardece á los guerreros, ni Minerva por airada que estuviera,
habrían hallado nada que reprocharle, si lo hubiesen presenciado.

400 Tan funesto combate de hombres y caballos suscitó Júpiter aquel
día sobre el cadáver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba aún la
muerte del héroe, porque la pelea se había empeñado lejos de las
veleras naves, al pie del muro de Troya. No se figuraba que hubiese
muerto, sino que después de acercarse á las puertas volvería vivo;
porque tampoco esperaba que llegara á tomar la ciudad, ni solo, ni
con él mismo. Así se lo había oído muchas veces á su madre cuando,
hablándole separadamente de los demás, le revelaba el pensamiento del
gran Júpiter. Pero entonces la diosa no le anunció la gran desgracia
que acababa de ocurrir: la muerte del compañero á quien más amaba.

412 Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas, se acometían
continuamente alrededor del cadáver; y unos á otros se mataban. Y hubo
quien entre los aqueos, de broncíneas lorigas, habló de esta manera:

415 «¡Oh amigos! No sería para nosotros una acción gloriosa, la de
volver á las cóncavas naves. Antes la negra tierra se nos trague á
todos; que preferible fuera, si hemos de permitir á los troyanos,
domadores de caballos, que arrastren el cadáver á la ciudad y alcancen
gloria.»

420 Y á su vez alguno de los magnánimos teucros así decía: «¡Oh amigos!
Aunque el destino haya dispuesto que sucumbamos todos junto á ese
hombre, nadie abandone la batalla.»

423 Con tales palabras excitaban el valor de sus compañeros. Seguía el
combate, y el férreo estrépito llegaba al cielo de bronce, á través del
infecundo éter.

426 Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla,
desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo por
Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de
Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras,
ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, á las naves y al
vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando.
Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto
ó de una matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos con el magnífico
carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus párpados se desprendían
ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las
lozanas crines estaban manchadas y caídas á ambos lados del yugo. Al
verlos llorar, el Saturnio se compadeció de ellos, movió la cabeza; y
hablando consigo mismo, dijo:

443 «¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, á un mortal,
estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que
tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser
más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven
sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado por vosotros en el
hermoso carro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que se
haya apoderado de las armas y se gloríe de esta manera? Daré fuerza
á vuestras rodillas y á vuestro espíritu, para que llevéis salvo á
Automedonte desde la batalla á las cóncavas naves; y concederé gloria á
los teucros, los cuales seguirán matando hasta que lleguen á las naves
de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.»

456 Tal dijo, é infundió gran vigor á los caballos: sacudieron éstos
el polvo de las crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia
los teucros y los aqueos. Automedonte, aunque afligido por la suerte
de su compañero, quería combatir desde el carro, y con los corceles se
echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los ánsares; y con la
misma facilidad huía del tumulto de los teucros, que arremetía á la
gran turba de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres
cuando se lanzaba á perseguir, porque, estando solo en la silla, no le
era posible acometer con la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces
caballos. Vióle al fin su compañero Alcimedonte, hijo de Laerces
Hemónida; y poniéndose detrás del carro, dijo á Automedonte:

469 «¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil propósito dentro
del pecho y te ha privado de tu buen juicio? ¿Por qué, estando solo,
combates con los teucros en la primera fila? Tu compañero recibió la
muerte, y Héctor se vanagloría de cubrir sus hombros con las armas del
Eácida.»

474 Respondióle Automedonte, hijo de Diores: «¡Alcimedonte! ¿Cuál otro
aqueo podría sujetar ó aguijar estos caballos inmortales mejor que tú,
si no fuera Patroclo, consejero igual á los dioses, mientras estuvo
vivo? Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron. Recoge el látigo y
las lustrosas riendas, y yo bajaré del carro para combatir.»

481 Así habló. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, tomó
el látigo y las riendas, y Automedonte saltó á tierra. Advirtiólo el
esclarecido Héctor; y al momento dijo á Eneas, que á su vera estaba:

485 «¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas lorigas! Advierto
que los corceles del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente en
la lid guiados por aurigas débiles. Y creo que me apoderaría de los
mismos, si tú quisieras ayudarme; pues arremetiendo nosotros á los
aurigas, éstos no se atreverán á resistir ni á pelear frente á frente.»

491 Dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de obedecerle. Ambos
pasaron adelante, protegiendo sus hombros con sólidos escudos de pieles
secas de buey, cubiertas con gruesa capa de bronce. Siguiéronles Cromio
y el deiforme Areto, que tenían grandes esperanzas de matar á los
aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello. ¡Insensatos! No sin
derramar sangre habían de escapar de Automedonte. Éste, orando al padre
Júpiter, llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y en seguida dijo
á Alcimedonte, su fiel compañero:

501 «¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos de mí; sino tan cerca,
que sienta su resuello sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no
calmará su ardor hasta que suba al carro de Aquiles y gobierne los
corceles de hermosas crines, después de darnos muerte á nosotros y
desbaratar las filas de los guerreros argivos; ó él mismo sucumba,
peleando con los combatientes delanteros.»

506 Cuando esto hubo dicho, llamó á los dos Ayaces y á Menelao:
«¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Menelao! Dejad á los más fuertes
el cuidado de rodear al muerto y defenderle, rechazando las haces
enemigas; y venid á librarnos del día cruel á nosotros que aún vivimos,
pues se dirigen á esta parte, corriendo á través del luctuoso combate,
Héctor y Eneas, que son los más valientes de los teucros. En la mano de
los dioses está lo que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza, y Júpiter
se cuidará del resto.»

516 Dijo; y blandiendo la ingente lanza, acertó á dar en el escudo
liso de Areto, que no logró detener á aquélla: atravesólo la punta de
bronce, y rasgando el cinturón se clavó en el empeine del guerrero.
Como un joven hiere con afilada segur á un buey montaraz por detrás
de las astas, le corta el nervio y el animal da un salto y cae; de
esta manera el teucro saltó y cayó boca arriba, y la lanza aguda,
vibrando aún en sus entrañas, dejóle sin vigor los miembros.--Héctor
arrojó la reluciente lanza contra Automedonte; pero éste, como la viera
venir, evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la fornida lanza
se clavó en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero pronto
la impetuosa arma perdió su fuerza. Y se atacaran de cerca con las
espadas, si no les hubiesen obligado á separarse los dos Ayaces; los
cuales, enardecidos, abriéronse paso por la turba y acudieron á las
voces de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme Cromio, y,
retrocediendo, dejaron á Areto, que yacía en el suelo con el corazón
traspasado. Automedonte, igual al veloz Marte, despojóle de las armas;
y gloriándose, pronunció estas palabras:

538 «El pesar de mi corazón por la muerte del hijo de Menetio, se
ha aliviado un poco; aunque le es inferior el varón á quien he dado
muerte.»

540 Esto dicho, tomó y puso en el carro los sangrientos despojos; y en
seguida subió al mismo, con los pies y las manos ensangrentados como el
león que ha devorado un toro.

543 De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta, luctuosa, en
torno de Patroclo. Excitó la lid Minerva, que vino del cielo, enviada
á socorrer á los dánaos por el longividente Jove, cuya mente había
cambiado. De la suerte que Júpiter tiende en el cielo el purpúreo arco
iris, como señal de una guerra ó de un invierno tan frío que obliga á
suspender las labores del campo y entristece á los rebaños; de este
modo la diosa, envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas aqueas
y animó á cada guerrero. Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte
Menelao, hijo de Atreo, que se hallaba cerca; y tomando la figura y voz
infatigable de Fénix, le exhortó diciendo:

556 «Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza y de oprobio que
los veloces perros despedazaran bajo el muro de Troya el cadáver de
quien fué compañero fiel del ilustre Aquiles. ¡Combate denodadamente y
anima á todo el ejército!»

560 Respondióle Menelao, valiente en la pelea: «¡Padre Fénix, anciano
respetable! Ojalá Minerva me infundiese vigor y me librase del ímpetu
de los tiros. Yo quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderle,
porque su muerte conmovió mucho mi corazón; pero Héctor tiene la
terrible fuerza de una llama, y no cesa de matar con el bronce,
protegido por Júpiter, que le da gloria.»

567 Así se expresó. Minerva, la diosa de los brillantes ojos,
holgándose de que aquél la invocara la primera entre todas las
deidades, le vigorizó los hombros y las rodillas, é infundió en su
pecho la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas
veces, vuelve á picar porque la sangre humana le es agradable; de
una audacia semejante llenó la diosa las negras entrañas del héroe.
Encaminóse Menelao hacia el cadáver de Patroclo y despidió la
reluciente lanza. Hallábase entre los teucros Podes, hijo de Eetión,
rico y valiente, á quien Héctor honraba mucho en la ciudad porque era
su compañero querido en los festines; á éste, que ya emprendía la fuga,
Menelao atrevesólo con la broncínea lanza que se clavó en el ceñidor,
y el teucro cayó con estrépito. Al punto, Menelao Atrida arrastró el
cadáver desde los teucros adonde se hallaban sus amigos.

582 Apolo incitó á Héctor, poniéndose á su lado después de tomar la
figura de Fénope Asíada; éste tenía la casa en Abido, y era para el
héroe el más querido de sus huéspedes. Así transfigurado, dijo el
flechador Apolo:

586 «¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando huyes temeroso ante
Menelao, que siempre fué guerrero débil y ahora él solo ha levantado
y se lleva fuera del alcance de los teucros el cadáver de tu fiel
amigo á quien mató, del que peleaba con denuedo entre los combatientes
delanteros, de Podes, hijo de Eetión?»

591 Tales fueron sus palabras, y negra nube de pesar envolvió á Héctor,
que en seguida atravesó las primeras filas, cubierto de reluciente
bronce. Entonces el Saturnio tomó la esplendorosa égida floqueada,
cubrió de nubes el Ida, relampagueó y tronó fuertemente, agitó la
égida, y dió la victoria á los teucros, poniendo en fuga á los aqueos.

597 El primero que huyó fué Penéleo, el beocio, por haber recibido,
vuelto siempre de cara á los teucros, una herida leve en el hombro:
Polidamante, acercándose á él, le arrojó la lanza, que desgarró la piel
y llegó hasta el hueso.--Héctor, á su vez, hirió en la muñeca y dejó
fuera de combate á Leito, hijo del magnánimo Alectrión; el cual huyó
espantado y mirando en torno suyo, porque ya no esperaba que con la
lanza en la mano pudiese combatir con los teucros.--Contra Héctor, que
perseguía á Leito, arrojó Idomeneo su lanza y le dió un bote en el peto
de la coraza, junto á la tetilla; pero rompióse aquélla en la unión del
asta con el hierro; y los teucros gritaron. Héctor despidió su lanza
contra Idomeneo Deucálida, que iba en un carro; y por poco no acertó
á herirle; pero el bronce se clavó en Cérano, escudero y auriga de
Meriones, á quien acompañaba desde que partieron de la bien construída
Licto. Idomeneo salió aquel día de las corvas naves al campo, como
infante; y hubiera proporcionado á los teucros un gran triunfo, si
no hubiese llegado Cérano guiando los veloces corceles: éste fué su
salvador, porque le libró del día cruel al perder la vida á manos de
Héctor, matador de hombres. Á Cérano, pues, hirióle Héctor debajo de
la quijada y de la oreja: la punta de la lanza hizo saltar los dientes
y atravesó la lengua. El guerrero cayó del carro, y dejó que las
riendas vinieran al suelo. Meriones, inclinándose, recogiólas, y dijo á
Idomeneo:

622 «Aguija con el látigo los caballos hasta que llegues á las veleras
naves; pues ya tú mismo conoces que no serán los aqueos quienes
alcancen la victoria.»

624 Así habló; é Idomeneo fustigó los corceles de hermosas crines,
guiándolos hacia las cóncavas naves, porque el temor había entrado en
su corazón.

626 No les pasó inadvertido al magnánimo Ayax y á Menelao que Júpiter
otorgaba á los teucros la inconstante victoria. Y el gran Ayax
Telamonio fué el primero en decir:

629 «¡Oh dioses! Ya hasta el más simple conocería que el padre Jove
favorece á los teucros. Los tiros de todos ellos, sea cobarde ó
valiente el que dispara, no yerran el blanco, porque Júpiter los
encamina; mientras que los nuestros caen al suelo sin dañar á nadie.
Ea, pensemos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y volvernos, para
regocijar á nuestros amigos; los cuales deben de afligirse mirando
hacia acá, y sin duda piensan que ya no podemos resistir la fuerza y
las invictas manos de Héctor, matador de hombres, y pronto tendremos
que refugiarnos en las negras naves. Ojalá algún amigo avisara al
Pelida, pues no creo que sepa la infausta nueva de que ha muerto su
compañero amado. Pero no puedo distinguir entre los aquivos á nadie
capaz de hacerlo, cubiertos como están por densa niebla hombres y
caballos. ¡Padre Júpiter! ¡Libra de la espesa niebla á los aqueos,
serena el cielo, concede que nuestros ojos vean, y destrúyenos en la
luz, ya que así te place!»

648 Tal dijo; y el padre, compadecido de verle derramar lágrimas,
disipó en el acto la obscuridad y apartó la niebla. Brilló el sol
y toda la batalla quedó alumbrada. Y entonces dijo Ayax á Menelao,
valiente en la pelea:

651 «Mira ahora, Menelao, alumno de Jove, si ves á Antíloco, hijo del
magnánimo Néstor, vivo aún; y envíale para que vaya corriendo á decir
al aguerrido Aquiles que ha muerto su compañero más amado.»

655 Tales fueron sus palabras; y Menelao, valiente en la pelea,
obedeció y se fué. Como se aleja del establo un león, después de
irritar á los canes y á los hombres que, vigilando toda la noche, no
le han dejado comer los pingües bueyes--el animal, ávido de carne,
acometía, pero nada consiguió porque audaces manos le arrojaron
muchos venablos y teas encendidas que le hicieron temer, aunque
estaba enfierecido;--y al despuntar la aurora, se va con el corazón
afligido: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba
de Patroclo; porque sentía gran temor de que los aqueos, vencidos por
el fuerte miedo, lo dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo
recomendó mucho á Meriones y á los Ayaces diciéndoles:

669 «¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Meriones! Acordaos ahora de
la mansedumbre del mísero Patroclo, el cual supo ser amable con todos
mientras gozó de vida. Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron.»

673 Dicho esto, el rubio Menelao partió volviendo los ojos por todas
partes como el águila (el ave, según dicen, de vista más perspicaz
entre cuantas vuelan por el cielo), á la cual, aun estando en las
alturas, no le pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada
debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza á ella y en un instante la
coge y le quita la vida; del mismo modo, oh Menelao, alumno de Jove,
tus brillantes ojos dirigíanse á todos lados, por la turba numerosa
de los compañeros, para ver si podrías hallar vivo al hijo de Néstor.
Pronto le distinguió á la izquierda del combate, donde animaba á sus
compañeros y les incitaba á pelear. Y deteniéndose á su lado, hablóle
así el rubio Menelao:

685 «¡Ea, ven aquí, Antíloco, alumno de Jove, y sabrás una infausta
nueva que ojalá no debiera darte! Creo que tú mismo conocerás, con sólo
tender la vista, que un dios nos manda la derrota á los dánaos y que la
victoria se decide por los teucros. Ha muerto el más valiente aqueo,
Patroclo, y los dánaos le echan muy de menos. Corre hacia las naves
aqueas y anúncialo á Aquiles; por si, dándose prisa en venir, puede
llevar á su bajel el cadáver desnudo, pues las armas las tiene Héctor,
el de tremolante casco.»

694 Así dijo. Estremecióse Antíloco al oirle, estuvo un buen rato sin
poder hablar, llenáronse de lágrimas sus ojos y la voz sonora se le
cortó. Mas no por esto descuidó de cumplir la orden de Menelao: entregó
las armas á Laódoco, el eximio compañero que á su lado regía los
solípedos caballos, echó á correr, y salió del combate, llorando, para
dar al Pelida Aquiles la triste noticia.

702 No quisiste, oh Menelao, alumno de Jove, quedarte allí para
socorrer á los fatigados compañeros de Antíloco; aunque los pilios
echaban muy de menos á su jefe. Menelao les envió el divino Trasimedes;
y volviendo á la carrera hacia el cadáver de Patroclo, se detuvo junto
á los Ayaces, y les dijo:

708 «Ya he enviado á aquel á las veleras naves, para que se presente
á Aquiles, el de los pies ligeros; pero no creo que Aquiles venga en
seguida, por más airado que esté con el divino Héctor, porque sin armas
no podrá combatir con los troyanos. Pensemos nosotros mismos cómo
nos será más fácil sacar el cadáver y librarnos, en la lucha con los
teucros, de la muerte y el destino.»

715 Respondióle el gran Ayax Telamonio: «Oportuno es cuanto dijiste,
ínclito Menelao. Tú y Meriones introducíos prontamente, levantad el
cadáver y sacadlo de la lid. Y nosotros dos, que tenemos igual ánimo,
llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos el vivo
combate, os seguiremos peleando á vuestra espalda con los teucros y el
divino Héctor.»

722 Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y alzáronlo muy alto; y
gritó el ejército teucro al ver que los aqueos levantaban el cadáver.
Arremetieron los teucros como los perros que, adelantándose á los
jóvenes cazadores, persiguen al jabalí herido: así como éstos corren
detrás del jabalí y anhelan despedazarle, pero cuando el animal, fiado
en su fuerza, se vuelve, retroceden y espantados se dispersan; del
mismo modo, los teucros seguían en tropel y herían á los aqueos con
las espadas y lanzas de doble filo, pero cuando los Ayaces volvieron
la cara y se detuvieron, á todos se les mudó el color del semblante y
ninguno osó adelantarse para disputarles el cadáver.

735 De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos el cadáver
desde la liza hacia las cóncavas naves. Tras ellos suscitóse feral
combate: como el fuego que prende en una ciudad, se levanta de pronto
y resplandece, y las casas se arruinan entre grandes llamas que el
viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono tumulto de
caballos y guerreros acompañaba á los que se iban retirando. Así como
unos mulos vigorosos sacan del monte y arrastran por áspero camino
una viga ó un gran tronco destinado á mástil de navío, y apresuran el
paso, pero su ánimo está abatido por el cansancio y el sudor: de la
misma manera, ambos caudillos trasportaban animosamente el cadáver.
Detrás de ellos, los Ayaces contenían á los teucros como el valladar
selvoso extendido por gran parte de la llanura refrena las corrientes
perjudiciales de los ríos de curso arrebatado, les hace torcer el
camino y les señala el cauce por donde todos han de correr, y jamás los
ríos pueden romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante modo,
los Ayaces apartaban á los teucros que seguían peleando, especialmente
Eneas, hijo de Anquises, y el preclaro Héctor. Como vuela una bandada
de estorninos ó grajos, dando horribles chillidos, cuando ven al
gavilán que trae la muerte á los pajarillos; así entonces los aqueos,
perseguidos por Eneas y Héctor, corrían chillando horriblemente y se
olvidaban de combatir. Muchas armas hermosas de los dánaos fugitivos
cayeron en el foso ó en sus orillas, y la batalla continuaba sin
intermisión alguna.



[Ilustración: Vulcano, sostenido por dos estatuas de oro, que parecían
animadas, pregunta á Tetis los motivos de su visita]



CANTO XVIII

FABRICACIÓN DE LAS ARMAS


1 Mientras los teucros y los aqueos combatían con el ardor de
abrasadora llama, Antíloco, mensajero de veloces pies, fué en busca
de Aquiles. Hallóle junto á las naves, de altas popas, y ya el héroe
presentía lo ocurrido; pues, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le
hablaba:

6 «¡Ay de mí! ¿Por qué los aqueos, de larga cabellera, vuelven á ser
derrotados, y corren aturdidos por la llanura con dirección á las
naves? Temo que los dioses me hayan causado la desgracia cruel para mi
corazón, que me anunció mi madre diciendo que el más valiente de los
mirmidones dejaría de ver la luz del sol, á manos de los teucros, antes
de que yo falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menetio.
¡Infeliz! Yo le mandé que tan pronto como apartase el fuego enemigo,
regresara á los bajeles y no quisiera pelear valerosamente con Héctor.»

15 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
llegó el hijo del ilustre Néstor; y derramando ardientes lágrimas,
dióle la triste noticia:

18 «¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una infausta nueva, una
cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y
teucros y aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues Héctor, el
de tremolante casco, tiene la armadura.»

22 Así dijo; y negra nube de pesar envolvió á Aquiles. El héroe cogió
ceniza con ambas manos y derramándola sobre su cabeza, afeó el gracioso
rostro y manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo,
ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos.
Las esclavas que Aquiles y Patroclo cautivaran salieron afligidas; y
dando agudos gritos, rodearon á Aquiles; todas se golpeaban el pecho y
sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba, vertía
lágrimas y tenía de las manos á Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase
en suspiros, por el temor de que se cortase la garganta con el hierro.
Dió Aquiles un horrendo gemido; oyóle su veneranda madre, que se
hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano, y prorrumpió en
sollozos; y cuantas diosas nereidas había en aquellas profundidades,
todas se congregaron á su alrededor. Allí estaban Glauce, Talía,
Cimodoce, Nesea, Espío, Toe, Halia, la de los grandes ojos, Cimotoe,
Actea, Limnorea, Melita, Yera, Anfitoe, Agave, Doto, Proto, Ferusa,
Dinámene, Dexámene, Anfínome, Calianira, Doris, Pánope, la célebre
Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa, Climene, Yanira, Yanasa, Mera,
Oritía, Amatía, la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas que
habitan en lo hondo del mar. La blanquecina gruta se llenó de ninfas, y
todas se golpeaban el pecho. Y Tetis, dando principio á los lamentos,
exclamó:

52 «Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis cuántas penas sufre mi
corazón. ¡Ay de mí, desgraciada! ¡Ay de mí, madre infeliz de un
valiente! Parí un hijo ilustre, fuerte é insigne entre los héroes,
que creció semejante á un árbol; le crié como á una planta en terreno
fértil y lo mandé á Ilión en las corvas naves para que combatiera con
los teucros; y ya no le recibiré otra vez, porque no volverá á mi
casa, á la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz del Sol está
angustiado, y no puedo, aunque á él me acerque, llevarle socorro. Iré
á verle y me dirá qué pesar le aflige ahora que no interviene en las
batallas.»

65 Dijo, y salió de la gruta; las nereidas la acompañaron llorosas, y
las olas del mar se rompían en torno de ellas. Cuando llegaron á la
fértil Troya, subieron todas á la playa donde las muchas naves de los
mirmidones habían sido colocadas á ambos lados de la del veloz Aquiles.
La veneranda madre se acercó al héroe, que suspiraba profundamente; y
rompiendo el aire con agudos clamores abrazóle la cabeza, y en tono
lastimero pronunció estas aladas palabras:

73 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla;
no me lo ocultes. Júpiter ha cumplido lo que tú, levantando las manos,
le pediste: que los aqueos fueran acorralados junto á los navíos y
padecieran vergonzosos desastres.»

78 Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies
ligeros: «¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero
¿qué placer puede producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo
á quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como á mi propia
cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las
armas prodigiosas, admirables, magníficas que los dioses regalaron
á Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el
tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar
con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas
no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera
tu hijo, á quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues
mi ánimo no me incita á vivir, ni á permanecer entre los hombres, si
Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este
modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.»

94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «Breve será tu existencia,
á juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda así que Héctor
perezca.»

97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros: «Muera yo
en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha
perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara
de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver á la patria, ni he
salvado á Patroclo ni á los muchos amigos que murieron á manos del
divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra;
siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas
lorigas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la
discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que
encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se
introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey
de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es
preciso refrenar el furor del pecho. Iré á buscar al matador del amigo
querido, á Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Júpiter y
los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse
de ella, con ser carísimo al soberano Jove Saturnio, sino que el hado
y la cólera funesta de Juno le hicieron sucumbir. Así yo, si he de
tener igual suerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré
gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas ó dardanias,
de profundo seno, den fuertes suspiros y con ambas manos se enjuguen
las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que hace días que me
abstengo de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee,
pues no lograrás persuadirme.»

127 Respondióle Tetis, la de los argentados pies: «Sí, hijo, es justo,
y no puede reprobarse que libres á los afligidos compañeros de una
muerte terrible; pero tu magnífica armadura de luciente bronce la
tienen los teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria
de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará
mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no entres en
combate hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana, al romper el
alba, vendré á traerte una hermosa armadura fabricada por Vulcano.»

138 Cuando así hubo hablado, dejó á su hijo; y volviéndose á las
nereidas, sus hermanas, les dijo:

140 «Bajad vosotras al anchuroso seno del mar, id al alcázar del
anciano padre y contádselo todo; y yo subiré al elevado Olimpo para que
Vulcano, el ilustre artífice, dé á mi hijo una magnífica y reluciente
armadura.»

145 Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del
mar, y Tetis, la diosa de los argentados pies, enderezó sus pasos al
Olimpo para proporcionar á su hijo las magníficas armas.

148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas
grebas, huyendo con gritería inmensa ante Héctor, matador de hombres,
llegaron á las naves y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera de los
tiros el cadáver de Patroclo, escudero de Aquiles, porque de nuevo los
alcanzaron los teucros con sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por
su vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor asió á
Patroclo por los pies é intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos
gritos á los teucros; tres veces los Ayaces, revestidos de impetuoso
valor, le rechazaron. Héctor, confiando en su fuerza, unas veces se
arrojaba á la pelea, otras se detenía y daba grandes voces; pero nunca
se retiraba por completo. Como los pastores pasan la noche en el campo
y no consiguen apartar de la presa á un fogoso león muy hambriento; de
semejante modo, los belicosos Ayaces no lograban ahuyentar del cadáver
á Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara, consiguiendo inmensa gloria,
si no se hubiese presentado al Pelida, para aconsejarle que tomase las
armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el viento; á la cual enviaba
Juno, sin que lo supieran Júpiter ni los demás dioses. Colocóse la
diosa cerca de Aquiles y pronunció estas aladas palabras:

170 «¡Sus, Pelida, el más portentoso de los hombres! Ve á defender á
Patroclo, por cuyo cuerpo se ha trabado un vivo combate cerca de las
naves. Mátanse allí, los aqueos defendiendo el cadáver, y los teucros,
acometiendo con el fin de arrastrarlo á la ventosa Ilión. Y el que más
empeño tiene en llevárselo es el esclarecido Héctor, porque su ánimo
le incita á cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en
una estaca. Levántate, no yazgas más; avergüéncese tu corazón de que
Patroclo llegue á ser juguete de los perros troyanos; pues será para ti
motivo de afrenta que el cadáver reciba algún ultraje.»

181 Respondióle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Diosa
Iris! ¿Cuál de las deidades te envía como mensajera?»

183 Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Me manda
Juno, la ilustre esposa de Júpiter, sin que lo sepan el excelso
Saturnio ni los demás dioses inmortales que habitan el nevado Olimpo.»

187 Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros: «¿Cómo puedo ir á la
batalla? Los teucros tienen mis armas, y mi madre no me permite entrar
en combate hasta que con estos ojos la vea volver, pues aseguró que
me traería una hermosa armadura fabricada por Vulcano. Y en tanto,
no sé de cuál guerrero podría vestir las armas, á no ser que tomase
el escudo de Ayax Telamonio; pero creo que éste se encuentra entre
los combatientes delanteros y pelea con la lanza por el cadáver de
Patroclo.»

196 Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Bien
sabemos nosotros que aquéllos tienen tu magnífica armadura; pero
muéstrate á los teucros en la orilla del foso para que, temiéndote,
cesen de pelear; los belicosos aqueos, que tan abatidos están, se
reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo.»

[Ilustración: JUNO OBLIGÓ AL SOL Á HUNDIRSE, MAL DE SU GRADO, EN LA
CORRIENTE DEL OCÉANO

  (_Canto XVIII, versos 239 y 240._)]

202 En diciendo esto, fuése Iris, ligera de pies. Aquiles, caro á
Júpiter, se levantó, y Minerva cubrióle los fornidos hombros con
la égida floqueada y circundóle la cabeza con áurea nube, en la
cual ardía resplandeciente llama. Como se ve desde lejos el humo
que saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada por los
enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes, después de combatir
todo el día en horrenda batalla, al ponerse el sol encienden muchos
fuegos, cuyo resplandor sube á lo alto, para que los vecinos los vean,
se embarquen y les libren del apuro; de igual modo el resplandor de la
cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose á la orilla del foso,
fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos, porque
respetaba el prudente mandato de su madre. Allí dió recias voces y á
alguna distancia Palas Minerva vociferó también y suscitó un inmenso
tumulto entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la trompeta
cuando vienen á cercar la ciudad enemigos que la vida quitan; tan
sonora fué entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oir la voz de
bronce del héroe, á todos se les conturbó el corazón, y los caballos,
de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con los carros porque en su
ánimo presentían desgracias. Los aurigas se quedaron atónitos al ver
el terrible é incesante fuego que en la cabeza del magnánimo Pelida
hacía arder Minerva, la diosa de los brillantes ojos. Tres veces el
divino Aquiles gritó á orillas del foso, y tres veces se turbaron
los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de los más valientes
guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus
propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron á Patroclo fuera del
alcance de los tiros y colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon
llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros, derramando
ardientes lágrimas, desde que vió al fiel compañero desgarrado por el
agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale mandado á la batalla con
su carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque de ella no
tornaba vivo.

239 Juno veneranda, la de los grandes ojos, obligó al Sol infatigable
á hundirse, mal de su grado, en la corriente del Océano. Y una vez
puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea y el general
combate.

243 Los teucros, por su parte, retirándose de la dura contienda,
desuncieron de los carros los veloces corceles y celebraron junta antes
de preparar la cena. En ella estuvieron de pie y nadie osó sentarse;
pues á todos les hacía temblar el que Aquiles se presentara después
de haber permanecido tanto tiempo apartado del funesto combate. Fué
el primero en arengarles Polidamante Pantoida, el único que conocía
lo futuro y lo pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron en la
misma noche; pero Polidamante superaba á Héctor en la elocuencia, y
éste descollaba mucho más en el manejo de la lanza. Y dirigiéndoles,
benévolo, la palabra, así les dijo:

254 «Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto á volver á la ciudad en
vez de aguardar á la divinal Aurora en la llanura, junto á las naves, y
tan lejos del muro como al presente nos hallamos. Mientras ese hombre
estuvo irritado con el divino Agamenón, fué más fácil combatir contra
los aqueos; y también yo gustaba de pernoctar junto á las veleras
naves, esperando que acabaríamos por tomarlas. Ahora temo mucho al
Pelida, de pies ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará
con quedarse en la llanura, donde teucros y aqueos sostienen el furor
de Marte, sino que batallará para apoderarse de la ciudad y de las
mujeres. Volvamos á la población; seguid mi consejo, antes de que
ocurra lo que voy á decir. La noche inmortal ha detenido al Pelida, de
pies ligeros; pero si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí,
conoceréis quién es, y llegará gozoso á la sagrada Ilión el que logre
escapar, pues á muchos se los comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá
que tal noticia nunca llegue á mis oídos! Si, aunque estéis afligidos,
seguís mi consejo, tendremos el ejército reunido en el ágora durante
la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres y las altas
puertas con sus tablas grandes, labradas, sólidamente unidas. Por la
mañana, al apuntar la aurora, subiremos armados á las torres; y si
aquél viniere de las naves á combatir con nosotros al pie del muro,
peor para él; pues habrá de volverse después de cansar á los caballos,
de erguido cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes
en torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para entrar en ella, y
nunca podrá destruirla; antes se lo comerán los veloces perros.»

284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante casco:
«¡Polidamante! No me place lo que propones de volver á la ciudad
y encerrarnos en ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los
muros? Antes todos los hombres dotados de palabra llamaban á la
ciudad de Príamo rica en oro y en bronce, pero ya las hermosas joyas
desaparecieron de las casas: muchas riquezas han sido llevadas á la
Frigia y á la Meonia para ser vendidas, desde que Júpiter se irritó
contra nosotros. Y ahora que el hijo del artero Saturno me ha concedido
alcanzar gloria junto á las naves y acorralar contra el mar á los
aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún troyano te
obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, obremos todos como voy á decir.
Cenad en el campamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia
y vigilad todos. Y el troyano que sienta gran temor por sus bienes,
júntelos y entréguelos al pueblo para que en común se consuman; pues es
mejor que los disfrute éste que no los aquivos. Mañana, al apuntar la
aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate junto
á las cóncavas naves. Y si verdaderamente el divino Aquiles se propone
salir del campamento, le pesará tanto más, cuanto más se arriesgue.
Porque me propongo no huir de él, sino afrontarle en la batalla
horrísona; y alcanzará una gran victoria, ó seré yo quien la consiga.
Que Marte es á todos común y suele causar la muerte del que matar
deseaba.»

310 Así se expresó Héctor, y los teucros le aclamaron, ¡oh necios!
porque Palas Minerva les quitó el juicio. ¡Aplaudían todos á Héctor por
sus funestos propósitos y ni uno siquiera á Polidamante, que les daba
un buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campamento; y los aquivos
pasaron la noche dando gemidos y llorando á Patroclo. El Pelida,
poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dió comienzo á
las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el
melenudo león á quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada
selva, cuando vuelve á su madriguera se aflige y, poseído de vehemente
cólera, recorre los valles en busca de aquel hombre; de igual modo, y
despidiendo profundos suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:

324 «¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié en el palacio
para tranquilizar al héroe Menetio, diciendo que á su ilustre hijo le
llevaría otra vez á Opunte tan pronto como, tomada Ilión, recibiera su
parte de botín. Júpiter no les cumple á los hombres todos sus deseos;
y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca una misma tierra,
aquí en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre; sino que esta tierra me contendrá
en su seno. Ya que he de morir, oh Patroclo, después que tú, no te haré
las honras fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor,
tu magnánimo matador. Degollaré ante la pira, para vengar tu muerte,
doce hijos de ilustres troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
á las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día, las troyanas
y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la
ingente lanza, al entrar á saco opulentas ciudades de hombres de voz
articulada.»

343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó á sus compañeros
que pusieran al fuego un gran trípode para que cuanto antes le lavaran
á Patroclo las manchas de sangre. Y ellos colocaron sobre el ardiente
fuego una caldera propia para baños, sostenida por un trípode;
llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la encendieron: el fuego
rodeó la caldera y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera
de bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo con pingüe aceite
y taparon las heridas con un ungüento que tenía nueve años; después,
colocándolo en el lecho, lo envolvieron desde la cabeza hasta los pies
en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones
pasaron la noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros, dando
gemidos y llorando á Patroclo. Y Júpiter habló de este modo á Juno, su
hermana y esposa:

357 «Lograste al fin, Juno veneranda, la de los grandes ojos, que
Aquiles, ligero de pies, volviera á la batalla. Sin duda nacieron de ti
los aqueos de larga cabellera.»

360 Respondió Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Terribilísimo
Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Si un hombre, no obstante su
condición de mortal y no saber tanto, puede realizar su propósito
contra otro hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de las diosas
por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas
sobre los inmortales todos, no había de causar males á los teucros
estando irritada contra ellos?»

368 Así éstos conversaban. Tetis, la de los argentados pies, llegó
al palacio imperecedero de Vulcano, que brillaba como una estrella,
lucía entre los de las deidades, era de bronce y habíalo edificado el
Cojo en persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose en torno
de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían permanecer
arrimados á la pared del bien construído palacio y tenían ruedas de
oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los
dioses se congregaban y volver á la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi
terminados, faltándoles tan sólo las labradas asas, y el dios preparaba
los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sabia
inteligencia, llegó Tetis, la diosa de los argentados pies. La bella
Caris, que llevaba luciente diadema y era esposa del ilustre Cojo,
vióla venir, salió á recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:

385 «¿Por qué, oh Tetis la de largo peplo, venerable y cara, vienes
á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Pero, sígueme, y te
ofreceré los dones de la hospitalidad.»

388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo á Tetis
y la hizo sentar en un hermoso trono labrado, tachonado con clavos de
plata y provisto de un escabel para los pies. Y llamando á Vulcano,
ilustre artífice, le dijo: «¡Vulcano! Ven acá, pues Tetis te necesita.»

393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies: «Respetable y veneranda es
la diosa que ha venido á este palacio. Fué mi salvadora cuando me tocó
padecer, pues vime arrojado del cielo y caí á lo lejos por la voluntad
de mi insolente madre, que me quería ocultar á causa de la cojera.
Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si
no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija del
refluente Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas
de bronce--broches, redondos brazaletes, sortijas y collares--en una
cueva profunda rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente
del Océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo lo sabían
Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la
de hermosas trenzas, viene á mi casa, tengo que pagarle el beneficio de
haberme conservado la vida. Sírvele hermosos presentes de hospitalidad,
ínterin yo recojo los fuelles y demás herramientas.»

410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco é infatigable
numen que al andar cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de
la llama los fuelles y puso en un arcón de plata las herramientas con
que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las
manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho; vistió la túnica; tomó
el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que
eran semejantes á vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y
fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales
dioses. Ambas sostenían cuidadosamente á su señor, y éste, andando, se
sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad,
y le dijo:

424 «¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes
á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi
corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.»

428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Oh Vulcano! ¿Hay alguna
entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y tan
graves pesares como á mí me ha enviado el Saturnio Jove? De las ninfas
del mar, únicamente á mí me sujetó á un hombre, á Peleo Eácida, y
tuve que tolerar, contra toda mi voluntad, el tálamo de un mortal que
yace en el palacio, rendido á la triste vejez. Ahora me envía otros
males: concedióme que pariera y alimentara á un hijo insigne entre los
héroes, que creció semejante á un árbol, le crié como á una planta
en terreno fértil y lo mandé á Ilión en las corvas naves, para que
combatiera con los teucros; y ya no le recibiré otra vez, porque no
volverá á mi casa, á la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz
del sol está angustiado, y no puedo, aunque á él me acerque, llevarle
socorro. Los aqueos le habían asignado, como recompensa, una moza, y el
rey Agamenón se la quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo,
consumía su corazón; pero los teucros acorralaron á los aqueos junto
á los bajeles y no les dejaban salir del campamento, y los próceres
argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos regalos.
Entonces, aunque se negó á librarles de la ruina, hizo que vistiera sus
armas Patroclo y envióle á la batalla con muchos hombres. Combatieron
todo el día en las puertas Esceas; y los aqueos hubieran tomado la
ciudad, á no haber sido por Apolo, el cual mató entre los combatientes
delanteros al esforzado hijo de Menetio, que tanto estrago causara, y
dió gloria á Héctor. Y yo vengo á abrazar tus rodillas por si quieres
dar á mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas
grebas ajustadas con broches, y coraza; pues las armas que tenía las
perdió su fiel amigo al morir á manos de los teucros, y Aquiles yace en
tierra con el corazón afligido.»

462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: «Cobra ánimo y no te
preocupes por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo á la muerte horrísona
cuando la terrible Parca se le presente, como tendrá una hermosa
armadura que admirarán cuantos la vean.»

468 Así habló; y dejando á la diosa, encaminóse á los fuelles, los
volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Éstos soplaban en
veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias
clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y
otras al contrario, según Vulcano lo deseaba y la obra lo requería. El
dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en
el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con
la otra las tenazas.

478 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada
labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una
abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior
grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

483 Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna
llena; allí, las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las
Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro,
la cual gira siempre en el mismo sitio, mira á Orión y es la única que
deja de bañarse en el Océano.

490 Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra.
En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus
habitaciones y eran acompañadas por la ciudad á la luz de antorchas
encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes
formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras,
y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de
las casas.--Los hombres estaban reunidos en el foro, pues se había
suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía
pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba
que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos
deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba
dividido en dos bandos que aplaudían sucesivamente á cada litigante;
los heraldos aquietaban á la muchedumbre, y los ancianos, sentados
sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los
cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro
publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos
talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de
su causa.

509 La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos,
revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero
deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes
cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pero los ciudadanos
aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres,
niños y ancianos, subidos en la muralla, la defendían. Los sitiados
marchaban, llevando al frente á Marte y á Palas Minerva, ambos de oro
y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos,
como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego, en el
lugar escogido para la emboscada, que era á orillas de un río y cerca
de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos
de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que
les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos
cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se
recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los
emboscados los veían venir, corrían á su encuentro, se apoderaban de
los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y
mataban á los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en
junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y montando
ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa á orillas del
río una batalla en la cual heríanse unos á otros con broncíneas lanzas.
Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que á un
tiempo cogía á un guerrero con vida aún, pero recientemente herido,
dejaba ileso á otro y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo
de la batalla á un tercero que la muerte recibiera; y el ropaje que
cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como
hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

541 Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto
que se labraba por tercera vez: acá y allá muchos labradores guiaban
las yuntas, y al llegar al confín del campo, un hombre les salía al
encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás,
abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval
profundo. Y la tierra que dejaban á su espalda negreaba y parecía
labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

550 Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban
con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo á lo largo del surco,
y con ellos formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos, y unos
rapaces cogían los manojos y se los llevaban á brazados. En medio, de
pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón
alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos
preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las
mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes
puches de blanca harina.

561 También entalló una hermosa viña de oro cuyas cepas, cargadas de
negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla
un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía á ella un
solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia.
Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce
fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la harmoniosa
cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban
cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

573 Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los
animales eran de oro y estaño, y salían del establo, mugiendo, para
pastar á orillas de un sonoro río, junto á un flexible cañaveral.
Cuatro pastores de oro guiaban á las vacas y nueve canes de pies
ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones
habían sujetado y conducían á un toro que daba fuertes mugidos.
Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la
piel del animal y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras
los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban
á los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos,
ladraban desde cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

587 Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso
valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas
y apriscos.

590 El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que
Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas
trenzas. Mancebos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se
divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas
guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como
frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes.
Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas á la redonda con
la misma facilidad con que el alfarero aplica su mano al torno y lo
prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras
y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se holgaba
en contemplarlo. Un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y
en cuanto se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio
de la muchedumbre.

606 En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del
río Océano.

609 Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles
una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco,
hermoso, labrado, de áurea cimera, que á sus sienes se adaptara, y unas
grebas de dúctil estaño.

614 Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado las armas,
entrególas á la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde
el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Vulcano había
construído.



[Ilustración: Tetis halla á su hijo Aquiles reclinado sobre el cuerpo
de Patroclo, al llevarle las armas fabricadas por Vulcano]



CANTO XIX

AQUILES RENUNCIA Á LA CÓLERA


1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del
Océano para llevar la luz á los dioses y á los hombres, cuando Tetis
llegó á las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló
al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando
ruidosamente y en torno suyo á muchos amigos que derramaban lágrimas.
La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y
hablóle de este modo:

8 «¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ese yazga, ya
que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura
fabricada por Vulcano, tan excelente y bella como jamás varón alguno la
haya llevado para proteger sus hombros.»

12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de
Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. Á todos los mirmidones
les sobrevino temblor; y sin atreverse á mirarlas de frente, huyeron
espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que se le recrudecía
la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama,
debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos
el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo
con la contemplación de la labrada armadura, dirigió á su madre estas
aladas palabras:

21 «¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean
las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera.
Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por
las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren
gusanos, desfiguren el cuerpo--pues le falta la vida--y corrompan todo
el cadáver.»

28 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «Hijo, no te
preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos
enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos
en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se
conservaría igual ó más fresco que ahora. Tú convoca á junta á los
héroes aqueos, renuncia á la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos,
ármate en seguida para el combate y revístete de valor.»

37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de
ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se
hiciera incorruptible.

40 El divino Aquiles se encaminó á la orilla del mar, y dando horribles
voces, convocó á los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el
recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como
despenseros distribuían los víveres, fueron entonces á la junta; porque
Aquiles se presentaba, después de haberse abstenido de combatir durante
mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, ministros de
Marte, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza--aún no
tenían curadas las graves heridas,--y se sentaron delante de todos.
Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues
Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los
aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles,
el de los pies ligeros:

56 «¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que
sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha.
Así la hubiese muerto Diana en las naves con una de sus flechas, el
mismo día que la cautivé al tomar á Lirneso; y no habrían mordido el
anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron á manos del enemigo
mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fué el beneficio,
y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra
altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos,
puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo
la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea,
incita á los aqueos, de larga cabellera, á que peleen; y veré, saliendo
al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto á los
bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre
escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza.»

74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el
magnánimo Pelida renunciara á la cólera. Y el rey de hombres Agamenón
les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:

78 «¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Bueno será que
escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está
ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oir ó decir algo en medio del
tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se
turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos,
prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces
los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable,
sino Júpiter, el Hado y la Furia que vaga en las tinieblas; los cuales
hicieron padecer á mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día
en que le arrebaté á Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer?
La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Júpiter es
la perniciosa Ate, á todos tan funesta: sus pies son delicados y no
los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,
á quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que
contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo Júpiter, que es
tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Juno,
no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al
fornido Hércules en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios,
gloriándose, dijo así ante todas las deidades:

101 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en
el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos,
sacará á luz un varón que, perteneciendo á la familia de los hombres
engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»

106 »Respondióle con astucia la venerable Juno: «Mientes, y no
cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Júpiter Olímpico, jura
solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que,
perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de tu sangre,
caiga hoy á los pies de una mujer.»

112 »Tal dijo; Júpiter, no sospechando el dolo, prestó el gran
juramento que tan funesto le había de ser. Juno dejó en raudo vuelo la
cima del Olimpo, y pronto llegó á Argos de Acaya, donde vivía la esposa
ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete
meses cumplidos, la diosa sacó á luz el niño, aunque era prematuro, y
retardó el parto de Alcmena, deteniendo á las Ilitias. Y en seguida
participóselo á Jove Saturnio, diciendo:

121 »¡Padre Júpiter, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació
el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de
Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre
aquéllos.»

125 »Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor penetró el alma del
dios que, irritado en su corazón, cogió á Ate por los nítidos cabellos
y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta á todos, jamás
volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la
arrojó del cielo. En seguida llegó Ate á los campos cultivados por los
hombres. Y Júpiter gemía por causa de ella, siempre que contemplaba á
su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.

134 »Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba á los
argivos junto á las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ate,
cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Júpiter
me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y
tú marcha al combate y anima á los demás guerreros. Voy á darte cuanto
ayer te ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda,
aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la
nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo
los que te brindo.»

145 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo,
rey de hombres Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas, como es
justo, ó retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso
es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción--la
gran empresa está aún por acabar,--para que vean nuevamente á Aquiles
entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza
las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los
enemigos.»

154 Contestó el ingenioso Ulises: «Aunque seas valiente, deiforme
Aquiles, no exhortes á los aqueos á que peleen en ayunas con los
teucros, cerca de Ilión; que no durará poco tiempo la batalla cuando
las falanges vengan á las manos y la divinidad excite el valor de
ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves
se sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en
ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del
sol, con el enemigo: aunque su corazón lo desee, los miembros se le
entorpecen, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan
al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de
vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros
no se cansan antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide
las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamenón
traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos los
aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón; jure el
Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseida
ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y
mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de
reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida
sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se
apacigüe á un rey, á quien primero se injuriara.»

184 Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: «Con agrado escuché tus
palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido
oportuno. Quiero hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no
será para un perjurio mi invocación á la divinidad. Aquiles aguarde,
aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos
aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un
sacrificio nuestra fiel amistad. Á ti mismo te lo encargo y ordeno:
escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y encaminándoos á
mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos á Aquiles, sin dejar las mujeres.
Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya á buscar y
prepare un jabalí para inmolarlo á Júpiter y al Sol.»

198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey
de hombres Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda
el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen
insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Júpiter le
dió gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandaría á los
aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que á la puesta
del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete.
Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas;
porque mi compañero yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce,
con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por
esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la
matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»

215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el
más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas
no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar,
porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón
á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si,
haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa
porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la
balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre,
pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los
días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo
firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado
del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el
indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los
enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación,
que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas.
Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros,
domadores de caballos.»

238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida,
Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con
ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición,
ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el
Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos;
é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y
á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver,
Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había
pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo
todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á
Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á
un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la
gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí
y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados
en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:

258 «Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y
luego la Tierra, el Sol y las Furias que debajo de la tierra castigan
á los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre
la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna; sino que
en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme
los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando,
contra ellos peca.»

266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó,
haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para pasto de
los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló
en estos términos:

270 «¡Padre Júpiter! Grandes son los infortunios que mandas á los
hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni
hubiese tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntad; pero
sin duda quería Júpiter que muriesen muchos aqueos. Ahora id á comer
para que luego trabemos el combate.»

276 Así se expresó; y al momento disolvió la junta. Cada uno volvió á
su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los
presentes, y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, dejáronlos
en la tienda, dieron sillas á las mujeres, y servidores ilustres
guiaron á los caballos al sitio en que los demás estaban.

282 Briseida, que á la dorada Venus se asemejaba, cuando vió á Patroclo
atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió
en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el
delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando aquella mujer semejante á
una diosa, así decía:

287 «¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo
te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh
príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al
hombre á quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado
por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres
hermanos queridos que mi padre me diera, murieron también. Pero tú,
cuando el ligero Aquiles mató á mi esposo y tomó la ciudad del divino
Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la
mujer legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave
á Ptía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete
nupcial. Y ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que
siempre has sido afable.»

301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por
Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se
reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se
negó, dando suspiros:

305 «Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme
aún, que no me invitéis á saciar el deseo de comer ó de beber; porque
un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y
soportaré la fatiga.»

309 Cuando esto hubo dicho, despidió á los reyes, y sólo se quedaron
los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix
para distraer á Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada
podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento
combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros,
y así decía:

315 «En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me
servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno
cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con
los teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el
bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, á pesar de no faltarme,
por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que
supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ptía por
no tener á su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en
país extranjero á causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo
amado que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo vive todavía.
Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo
perecería en Troya, y de que tú, volviendo á Ptía, irías en una veloz
nave negra á Esciros, recogerías á mi hijo y le mostrarías todos mis
bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo.
Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida,
estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre
recibir la triste noticia de mi muerte.»

338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se
acordaba de aquellos á quienes había dejado en su respectivo palacio.
El Saturnio, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante
dirigió á Minerva estas aladas palabras:

342 «¡Hija mía! Desamparas de todo en todo á ese eximio varón. ¿Acaso
tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hállase junto á las naves de
altas popas, llorando á su compañero amado; los demás se fueron á
comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su
pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.»

[Ilustración: ¡JANTO Y BALIO! ¡CUIDAD DE TRAER SALVO AL CAMPAMENTO AL
QUE HOY OS GUÍA Y NO LE DEJÉIS MUERTO EN LA LIZA COMO Á PATROCLO!

  (_Canto XIX, versos 400 á 403._)]

349 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella misma deseaba.
Minerva emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y
aguda voz, desde el cielo á través del éter. Ya los aquivos se armaban
en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de Aquiles un
poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta
no hiciera flaquear las rodillas del héroe, regresando en seguida al
sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron á un lugar
algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de
nieve que envía Júpiter y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido
en el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves
los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y
las lanzas de fresno. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra
se mostraba risueña por los rayos que el bronce despedía, y un gran
ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes
como encendida llama y el corazón traspasado por insoportable dolor,
lleno de ira contra los teucros, vestía el héroe la armadura regalo del
dios Vulcano, que la había fabricado. Púsose en las piernas elegantes
grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la
coraza; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos, y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba
desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido en sitio
solitario de la cumbre de un monte á los navegantes que vagan por el
mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus
amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo
de Aquiles llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el fornido
yelmo que brillaba como un astro; y á su alrededor ondearon las áureas
y espesas crines que Vulcano había colocado en la cimera. El divino
Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, llevándola puesta,
movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron á ser como alas
que levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna,
ponderosa, grande y robusta, que entre todos los aqueos, solamente
él podía manejar: había sido cortada de un fresno de la cumbre del
Pelión y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella
matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los
caballos: sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en
la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas á la fuerte
silla. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó
al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Sol, subió
también y exhortó con horribles voces á los caballos de su padre:

400 «¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo
al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto
en la liza como á Patroclo.»

404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza--sus crines
cayendo en torno de la extremidad del yugo llegaban al suelo,--y
habiéndole dotado de voz Juno, la diosa de los níveos brazos, respondió
de esta manera:

408 «Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el
día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios
poderoso y el hado cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra
pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros
de Patroclo; sino que el dios fortísimo, á quien parió Latona, la
de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y
dió gloria á Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo
del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás
destinado á sucumbir á manos de un dios y de un mortal.»

418 Dichas estas palabras, las Furias le cortaron la voz. Y muy
indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, así le habló:

420 «¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes
de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y
de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta que harte de
combate á los teucros.»

424 Dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las
primeras filas.



[Ilustración: Júpiter permite que los dioses del Olimpo intervengan en
el combate de aquivos y teucros]



CANTO XX

COMBATE DE LOS DIOSES


1 Mientras los aqueos se armaban junto á los corvos bajeles, alrededor
de ti, oh hijo de Peleo, incansable en la batalla, los teucros se
apercibían también para el combate en una eminencia de la llanura.

4 Júpiter ordenó á Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en
valles abundante, convocase la junta de los dioses; y ella fué de un
lado para otro y á todos les mandó que acudieran al palacio de Jove.
De los ríos sólo faltó el Océano; y de cuantas ninfas habitan los
amenos bosques, las fuentes de los ríos y los herbosos prados, ninguna
dejó de presentarse. Tan luego como llegaban al palacio de Júpiter,
acomodábanse en asientos de piedra pulimentada que para Jove había
construído Vulcano con sabia inteligencia. Allí, pues, se reunieron.
Neptuno tampoco desobedeció á la diosa; y dirigiéndose desde el mar á
la junta, se sentó en medio y exploró la voluntad de Júpiter:

16 «¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos, convocas de nuevo
la junta de los dioses? ¿Acaso tienes algún propósito acerca de los
teucros y de los aqueos? El combate y la pelea volverán á encenderse
muy pronto entre ambos pueblos.»

19 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Comprendiste, Neptuno,
que bates la tierra, el designio que encierra mi pecho y por el cual
os he reunido. Me curo de ellos, aunque van á perecer. Yo me quedaré
sentado en la cumbre del Olimpo y recrearé mi espíritu contemplando la
batalla; y los demás idos hacia los teucros y los aqueos y cada uno
auxilie á los que quiera. Pues si Aquiles, el de los pies ligeros,
combatiese solo con los teucros, éstos no resistirían ni un instante
la acometida del hijo de Peleo. Ya antes huían espantados al verle; y
temo que ahora, que tan enfurecido tiene el ánimo por la muerte de su
compañero, destruya el muro de Troya contra la decisión del hado.»

31 El Saturnio habló en estos términos y promovió una gran batalla. Los
dioses fueron al combate divididos en dos bandos: encamináronse á las
naves Juno, Palas Minerva, Neptuno, que ciñe la tierra, el benéfico
Mercurio, de prudente espíritu, y con ellos Vulcano que, orgulloso de
su fuerza, cojeaba arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron sus
pasos á los teucros, Marte, de tremolante casco, el intonso Febo, Diana
que se complace en tirar flechas, Latona, el Janto y la risueña Venus.

41 En cuanto los dioses se mantuvieron alejados de los hombres,
mostráronse los aqueos muy ufanos porque Aquiles volvía á la batalla
después del largo tiempo en que se había abstenido de tener parte en
la triste guerra; y los teucros se espantaron y un fuerte temblor les
ocupó los miembros, tan pronto como vieron al Pelida, ligero de pies,
que con su reluciente armadura semejaba al dios Marte, funesto á los
mortales. Mas así que las olímpicas deidades penetraron por entre la
muchedumbre de los guerreros, levantóse la terrible Discordia, que
enardece á los varones; Minerva daba fuertes gritos, unas veces á
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los altos y sonoros
promontorios; y Marte, que parecía un negro torbellino, vociferaba
también y animaba vivamente á los teucros, ya desde el punto más alto
de la ciudad, ya corriendo por la llamada _Colina hermosa_, á orillas
del Símois.

54 De este modo los felices dioses, instigando á unos y á otros, les
hicieron venir á las manos y promovieron una reñida contienda. El padre
de los hombres y de los dioses tronó horriblemente en las alturas;
Neptuno, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las excelsas cumbres
de los montes; y retemblaron, así las laderas y las cimas del Ida,
abundante en manantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas.
Asustóse Plutón, rey de los infiernos, y saltó del trono gritando;
no fuera que Neptuno abriese la tierra y se hicieran visibles las
mansiones horrendas y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen.
¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entraron en combate! Al
soberano Neptuno le hizo frente Febo Apolo con sus aladas flechas; á
Marte, Minerva, la diosa de los brillantes ojos; á Juno, Diana que
lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza, se complace en tirar
saetas y es hermana del Flechador; á Latona, el poderoso y benéfico
Mercurio; y á Vulcano, el gran río de profundos vórtices llamado por
los dioses Janto y por los hombres Escamandro.

75 Así los dioses salieron al encuentro los unos de los otros.
Aquiles deseaba romper por el gentío en derechura á Héctor Priámida,
pues el ánimo le impulsaba á saciar con la sangre del héroe á Marte,
infatigable luchador. Mas Apolo, que enardece á los guerreros, movió á
Eneas á oponerse al Pelida, infundiéndole gran valor y hablándole así
después de tomar la voz y la figura de Licaón, hijo de Príamo:

83 «¡Eneas, consejero de los teucros! ¿Qué son de aquellas amenazas
hechas por ti en los banquetes de los caudillos troyanos, de que
saldrías á combatir con el Pelida Aquiles?»

86 Respondióle Eneas: «¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche, sin
desearlo mi voluntad, con el animoso Pelida? No fuera la primera
ocasión que me viese frente á Aquiles, el de los pies ligeros: en otro
tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras vacas y tomó á Lirneso y
á Pédaso, persiguióme por el Ida con su lanza; y Júpiter me salvó,
dándome fuerzas y agilitando mis rodillas. Sin su ayuda hubiese
sucumbido á manos de Aquiles y de Minerva, que le precedía, le daba
la victoria y le animaba á matar léleges y troyanos con la broncínea
lanza. Por eso ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque á su
lado asiste siempre alguna deidad que le libra de la muerte. En cambio,
su lanza vuela recta y no se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo
de un enemigo. Si un dios igualara las condiciones del combate, Aquiles
no me vencería fácilmente; aunque se gloriase de ser todo de bronce.»

103 Replicóle el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «¡Héroe! Ruega tú
también á los sempiternos dioses, pues dicen que naciste de Venus,
hija de Júpiter, y aquél es hijo de una divinidad inferior. La primera
desciende de Jove, ésta tuvo por padre al anciano del mar. Levanta el
indomable bronce y no te arredres por oir palabras duras ó amenazas.»

[Ilustración: MINERVA DABA FUERTES GRITOS, UNAS VECES Á ORILLAS DEL
FOSO Y OTRAS EN LOS ALTOS PROMONTORIOS

  (_Canto XX, versos 48 á 50._)]

110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor de
hombres; y éste, que llevaba una reluciente armadura de bronce, se
abrió paso por los combatientes delanteros. Juno, la de los níveos
brazos, no dejó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba la
muchedumbre para salir al encuentro del Pelida; y llamando á otros
dioses, les dijo:

115 «Considerad en vuestra mente, Neptuno y Minerva, cómo esto acabará;
pues Eneas, armado de reluciente bronce, se encamina en derechura
al Pelida por excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder, ó
alguno de nosotros se ponga junto á Aquiles, le infunda gran valor
y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca que le acorren
los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que en el
combate y la pelea protegen á los teucros. Todos hemos bajado del
Olimpo á intervenir en esta batalla, para que Aquiles no padezca hoy
ningún daño de parte de los teucros; y luego sufrirá lo que la Parca
dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió á luz. Si Aquiles no
se entera por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate
le salga al encuentro alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver,
son terribles.»

132 Respondióle Neptuno, que sacude la tierra: «¡Juno! No te irrites
más de lo razonable, que no es decoroso. Ni yo quisiera que nosotros,
que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dioses.
Vayamos á sentarnos en aquella altura, y de la batalla cuidarán
los hombres. Y si Marte ó Febo Apolo dieren principio á la pelea ó
detuvieren á Aquiles y no le dejaren combatir, iremos en seguida á
luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que retirarse y volver
al Olimpo, á la junta de los demás dioses, vencidos por la fuerza de
nuestros brazos.»

144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos
al alto terraplén que los troyanos y Palas Minerva habían levantado
en otro tiempo para que el divino Hércules se librara de la ballena
cuando, perseguido por ésta, pasó de la playa á la llanura. Allí
Neptuno y los otros dioses se sentaron, extendiendo en derredor de sus
hombros una impenetrable nube; y al otro lado, en la cima de la Colina
hermosa, en torno de ti, flechador Febo, y de Marte, que destruye las
ciudades, acomodáronse las deidades protectoras de los teucros. Así
unos y otros, sentados en dos grupos, deliberaban y no se decidían á
empezar el funesto combate. Y Júpiter desde lo alto les incitaba á
comenzarlo.

156 Todo el campo, lleno de hombres y caballos, resplandecía con el
lucir del bronce; y la tierra retumbaba debajo de los pies de los
guerreros que á lidiar salían. Dos varones, señalados entre los más
valientes, deseosos de combatir, se adelantaron á los suyos para
afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino
Aquiles. Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el refornido
casco: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba broncínea
lanza. Y el Pelida desde el otro lado fué á oponérsele. Como cuando se
reunen los hombres de todo un pueblo para matar á un voraz león, éste
al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los
belicosos jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la
boca abierta, muestra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en
su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola muslos y caderas
para animarse á pelear, y con los ojos centelleantes arremete fiero
hasta que mata á alguien ó él mismo perece en la primera fila; así le
instigaban á Aquiles su valor y ánimo esforzado á salir al encuentro
del magnánimo Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente á frente, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló diciendo:

178 «¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto á la turba y me aguardas?
¿Acaso el ánimo te incita á combatir conmigo por la esperanza de reinar
sobre los troyanos, domadores de caballos, con la dignidad de Príamo?
Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal recompensa; porque
tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿Ó quizás
te han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales
y sembradío que á los demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si
me quitas la vida? Me figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra
vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de los
montes ideos, donde estabas solo pastoreando los bueyes, y te perseguí
corriendo con ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego
te refugiaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda de Minerva y
del padre Jove, y me llevé las mujeres haciéndolas esclavas; mas á ti
te salvaron Júpiter y los demás dioses. No creo que ahora te guarden,
como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te
quedes frente á mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo
conoce el mal cuando ha llegado.»

199 Eneas respondióle diciendo: «¡Pelida! No creas que con esas
palabras me asustarás como á un niño, pues también sé proferir
injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y
cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar á
los mortales hombres; que ni tú viste á los míos, ni yo á los tuyos.
Dicen que eres prole del eximio Peleo y tienes por madre á Tetis,
ninfa marina de hermosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del
magnánimo Anquises y mi madre es Venus: aquéllos ó éstos tendrán que
llorar hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que nos separemos, sin
combatir, después de dirigirnos pueriles insultos. Si deseas saberlo,
te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Primero Júpiter, que
amontona las nubes, engendró á Dárdano, y éste fundó la Dardania al
pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciudad
de hombres de voz articulada, no había sido edificada en la llanura.
Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fué el más opulento de los
mortales hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos
potros, pacían junto á un pantano.--El Bóreas enamoróse de algunas de
las que vió pacer, y transfigurado en caballo de negras crines, hubo
de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de
las mieses sin romper las espigas y en el ancho dorso del espumoso mar
corrían sobre las mismas olas.--Erictonio fué padre de Tros, que reinó
sobre los troyanos; y éste dió el ser á tres hijos irreprensibles:
Ilo, Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres, á
quien arrebataron los dioses á causa de su belleza para que escanciara
el néctar á Júpiter y viviera con los inmortales. Ilo engendró al
eximio Laomedonte, que tuvo por hijos á Titón, Príamo, Lampo, Clitio
é Hicetaón, vástago de Marte. Asáraco engendró á Capis, cuyo hijo
fué Anquises. Anquises me engendró á mí y Príamo al divino Héctor.
Tal alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero Júpiter aumenta ó
disminuye el valor de los guerreros como le place, porque es el más
poderoso. Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos niños,
parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferirnos
tantas injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría
llevarlas. Es voluble la lengua de los hombres, y de ella salen razones
de todas clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual hablares,
tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necesidad tenemos de altercar,
disputando é injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas
por el roedor encono, salen á la calle y se zahieren diciendo muchas
cosas, verdaderas unas y falsas otras, que la cólera les dicta? No
lograrás con tus palabras que yo, estando deseoso de combatir, pierda
el valor antes de que con el bronce y frente á frente peleemos. Ea,
acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.»

259 Dijo; y arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y
horrendo escudo de Aquiles, que resonó en torno de la misma. El
Pelida, temeroso, apartó el escudo con la robusta mano, creyendo que la
luenga lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmente. ¡Insensato!
No pensó en su mente ni en su espíritu que los presentes de los dioses
no pueden ser destruídos con facilidad por los mortales hombres, ni
ceder á sus fuerzas. Y así la ponderosa lanza de Eneas no perforó
entonces la rodela por haberlo impedido la lámina de oro que el dios
puso en medio, sino que atravesó dos capas y dejó tres intactas, porque
eran cinco las que el dios cojo había reunido: las dos de bronce, dos
interiores de estaño, y una de oro, que fué donde se detuvo la lanza de
fresno.

273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó á dar en el
borde del liso escudo de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado
y el boyuno cuero más tenue: el fresno del Pelión atravesólo, y todo
el escudo resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó el escudo;
la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del hombro,
después de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el
suelo; y el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con los
ojos muy espantados de ver que aquélla había caído tan cerca. Aquiles
desnudó la aguda espada; y profiriendo grandes y horribles voces,
arremetió contra Eneas; y éste, á su vez cogió una gran piedra que dos
de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente.
Y Eneas tirara la piedra á Aquiles y le acertara en el casco ó en
el escudo que habría apartado del héroe la triste muerte, y Aquiles
privara de la vida á Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al
punto no lo hubiese advertido Neptuno, que sacude la tierra, el cual
dijo entre los dioses inmortales:

293 «¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas que pronto,
sucumbiendo á manos del Pelida, descenderá al Orco por haber obedecido
las palabras del flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará de
la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer, sin ser culpable, las
penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre gratos presentes
á los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la
muerte, no sea que Júpiter se enoje si Aquiles lo mata, pues el
destino quiere que se salve á fin de que no perezca ni se extinga
el linaje de Dárdano, que fué amado por el Saturnio con preferencia
á los demás hijos que tuvo de mujeres mortales. Ya Jove aborrece á
los descendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará sobre los
troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.»

309 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Neptuno!
Resuelve tú mismo si has de salvar á Eneas ó permitir que, no obstante
su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así Palas Minerva
como yo hemos jurado repetidas veces ante los inmortales todos, que
jamás libraríamos á los teucros del día funesto, aunque Troya entera
fuese pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos
aqueos.»

318 Cuando Neptuno, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuése;
y andando por la liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde
estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los
ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo Eneas la
lanza de fresno con punta de bronce que depositó á los pies de aquél,
y arrebató al teucro alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la
mano del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y caballos hasta
llegar al otro extremo del impetuoso combate, donde los caucones se
armaban para pelear. Y entonces Neptuno, que sacude la tierra, se le
presentó, y le dijo estas aladas palabras:

332 «¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la
locura de luchar cuerpo á cuerpo con el animoso Pelida, que es más
fuerte que tú y más caro á los inmortales? Retírate cuantas veces le
encuentres, no sea que te haga descender á la morada de Plutón antes
de lo dispuesto por el hado. Mas cuando Aquiles haya muerto, por
haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes
delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.»

340 Tales fueron sus palabras. Dejó á Eneas allí, después que le hubo
amonestado, y apartó la obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste
volvió á ver con claridad, y, gimiendo, á su magnánimo espíritu le
decía:

344 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece: esta
lanza yace en el suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con
intención de matarle. Ciertamente, á Eneas le aman los inmortales
dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente! Váyase, pues; que
no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora
huyó gustoso de la muerte. Exhortaré á los belicosos dánaos y probaré
el valor de los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.»

353 Dijo; y saltando por entre las filas, animaba á los guerreros: «¡No
permanezcáis alejados de los teucros, divinos aqueos! Ea, cada hombre
embista á otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo,
aunque sea valiente, persiga á tantos guerreros y con todos lidie; y
ni á Marte, que es un dios inmortal, ni á Minerva, les sería posible
recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas partes.
En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies ó mi fuerza, no me
muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges
enemigas, y me figuro que no se alegrarán los teucros que á mi lanza se
acerquen.»

364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor
exhortaba á los teucros, dando gritos, y aseguraba que saldría al
encuentro de Aquiles:

366 «¡Animosos teucros! ¡No temáis al Pelida! Yo de palabra combatiría
hasta con los inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo,
como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará al cabo todo cuanto
dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo dejará á medio hacer.
Iré á encontrarle, aunque por sus manos sea semejante á la llama; sí,
aunque por sus manos se parezca á la llama, y por su fortaleza al
reluciente hierro.»

373 Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron las lanzas;
trabóse el combate y se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se
acercó á Héctor y le dijo:

376 «¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su
acometida mezclado con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea
que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza, ó de cerca con la
espada.»

379 Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre la multitud de
guerreros apenas acabó de oir las palabras del dios. Aquiles, con el
corazón revestido de valor y dando horribles gritos, arremetió á los
teucros, y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo
de muchos hombres, á quien una ninfa náyade había tenido de Otrinteo,
asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado
Tmolo: el divino Aquiles acertó á darle con la lanza en medio de la
cabeza, cuando arremetía contra él, y se la dividió en dos partes. El
teucro cayó con estrépito, y el divino Aquiles se glorió diciendo:

389 «¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los
hombres! En este lugar te sorprendió la muerte; á ti, que habías nacido
á orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al
Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.»

393 Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrieron los ojos de
Ifitión, y los carros de los aqueos lo despedazaron con las llantas
de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la
sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, á Demoleonte,
valiente adalid en el combate; y el casco no detuvo la lanza, pues la
punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y
el teucro sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante
saltara del carro y se diese á la fuga, le envasó la pica en la
espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como el toro que los
jóvenes arrastran á los altares del soberano Heliconio y el dios que
sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el
alma valerosa dejó sus miembros. Seguidamente acometió con la lanza al
deiforme Polidoro Priámida á quien su padre no permitía que fuera á
las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos. Nadie
vencía á Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia,
haciendo gala de la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre
los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida: al verle pasar,
el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio de la
espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble
la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven
cayó de rodillas dando lastimeros gritos; obscura nube le envolvió; é
inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los intestinos, que le
salían por la herida.

419 Tan pronto como Héctor vió á su hermano Polidoro cogiéndose las
entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos
y ya no pudo combatir á distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza
é impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles. Y éste,
al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas palabras:

425 «Cerca está el hombre que ha inferido á mi corazón la más grave
herida, el que mató á mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el
uno del otro, por los senderos del combate.»

428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó:
«¡Acércate para que pronto llegues de tu perdición al término!»

430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco:
«¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como á un niño; también
yo sé proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que
estoy por muy debajo de ti. Pero en la mano de los dioses está si yo,
siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues también tiene
afilada punta.»

438 En diciendo esto, blandió y arrojó la ingente lanza; pero Minerva
con un tenue soplo apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió
hacia el divino Héctor y cayó á sus pies. Aquiles acometió, dando
horribles gritos, á Héctor, con intención de matarle; pero Apolo
arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y lo
cubrió con densa niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies,
atacó con la broncínea lanza; tres veces dió el golpe en el aire. Y
cuando, semejante á un dios, arremetía por cuarta vez, increpó el héroe
á Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras:

449 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste
la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar
cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo
acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora
perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»

455 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello á Dríope, que
cayó á sus pies. Dejóle, y al momento detuvo á Demuco Filetórida, á
quien pinchó con la lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida
con la gran espada. Después acometió á Laógono y á Dárdano, hijos
de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, á aquél le
hizo perecer arrojándole la lanza, y á éste hiriéndole de cerca con
la espada. También mató á Tros Alastórida, que vino á abrazarle las
rodillas por si compadeciéndose de él, que era de la misma edad
del héroe, en vez de matarle le hacía prisionero y le dejaba vivo.
¡Insensato! No comprendió que no podría persuadirle, pues Aquiles no
era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le
tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la
espada en el hígado: derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho,
y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que quedó exánime.
Inmediatamente, Aquiles se acercó á Mulio; y metiéndole la lanza en
una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde, hirió en
medio de la cabeza á Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista
de empuñadura: la hoja entera se calentó con la sangre, y la purpúrea
muerte y el hado cruel velaron los ojos del guerrero. Posteriormente,
atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el sitio
donde se juntan los tendones del codo; y el teucro esperóle, con la
mano entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le
cercenó de un tajo la cabeza, que con el casco arrojó á lo lejos, la
médula salió de las vértebras y el guerrero quedó tendido en el suelo.
Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, que había
llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle
la broncínea lanza en el pulmón, y le derribó del carro. Y como viera
que su escudero Areitoo torcía la rienda á los caballos, envasóle la
aguda lanza en la espalda, y también le hizo caer á tierra, mientras
los corceles huían espantados.

490 De la suerte que al estallar abrasador incendio en los hondos
valles de árida montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las
llamas que giran en todas direcciones; de la misma manera, Aquiles se
revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad, á los
que estaban destinados á morir; y la negra tierra manaba sangre. Como,
uncidos al yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca
cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan presto las espigas bajo
los pies de los mugientes bueyes; así los solípedos corceles, guiados
por Aquiles, hollaban á un mismo tiempo cadáveres y escudos; el eje
del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales
estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los
corceles y las llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba
alcanzar gloria y tenía las manos manchadas de sangre y polvo.



[Ilustración: El Janto y el Símois intentan sumergir en sus ondas á
Aquiles]



CANTO XXI

BATALLA JUNTO AL RÍO


1 Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente á quien el inmortal Júpiter engendrara, Aquiles los
dividió en dos grupos. Á los del primero, echólos el héroe por la
llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día
anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí
derramáronse entonces los teucros en su fuga, y Juno, para detenerlos,
los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso río
de argentados vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba
la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y
allá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos.
Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla
de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua; de la
misma manera, la corriente sonora del Janto de profundos vórtices, se
llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el
mismo caían confundidos.

17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz
de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la
espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir
á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de
los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como
los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del
hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera,
los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban,
temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas
de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos
más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos
atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas
bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los
amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de
nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo.

34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el
cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho
prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba
con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los
barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista
calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave
á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón
pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano,
dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse
Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos
durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le
hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco,
sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, le viera inerme--sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo
había tirado al suelo--y que salía del río con el cuerpo abatido por el
sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su
magnánimo espíritu así le habló:

54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya
es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías
tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la
divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á
tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe
la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente ó se
quedará en el seno de la fértil tierra que hasta á los fuertes retiene.»

64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón,
asustado, se le acercó á tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía
vivo deseo de librarse de la triste muerte y de su negro destino. El
divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de
herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y
aquélla, pasándole por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa
de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba á
Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y sujetando con la otra
la aguda lanza, estas aladas palabras le decía:

74 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate
de mí. Has de tenerme, oh alumno de Júpiter, por un suplicante digno
de consideración; pues comí en tu tienda el fruto de Ceres el día en
que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y llevándome
lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes
te valió mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme. Doce
días ha que, habiendo padecido mucho, volví á Ilión; y otra vez el hado
funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Júpiter,
cuando nuevamente me entrega á ti. Para darme una vida corta, me parió
Laótoe, hija del anciano Altes que reina sobre los belicosos léleges y
posee la excelsa Pédaso junto al Sátniois. Á la hija de aquél la tuvo
Príamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones
y á entrambos nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los
infantes delanteros á Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora
la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos después
que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en la
memoria: No me mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor, el que
dió muerte á tu dulce y valiente amigo.»

97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba á Aquiles;
pero fué amarga la respuesta que escuchó:

99 «¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera.
Antes que á Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme
de matar á los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí
luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en
mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por
tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo?
Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto
de cuerpo soy yo, á quien engendró un padre ilustre y dió á luz una
diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una
mañana, una tarde ó un mediodía en que alguien me quitará la vida en
el combate, hiriéndome con la lanza ó con una flecha despedida por el
arco.»

114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que,
soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano á
la tajante espada é hirió á Licaón en la clavícula, junto al cuello:
metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dió de ojos por el
suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver
por el pie, arrojólo al río para que la corriente se lo llevara, y
profirió con jactancia estas aladas palabras:

122 «Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la
herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte; sino que
serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y
algún pez, saliendo de las olas á la negruzca y encrespada superficie,
comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros
hasta que lleguemos á la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa
corriente y argénteos remolinos, á quien desde antiguo sacrificáis
muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y
todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis
expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis
en los aqueos junto á las naves, mientras estuve alejado de la lucha.»

136 Habló de esta manera. El río, con el corazón irritado, revolvía
en su mente cómo haría cesar á Aquiles de combatir y libraría de la
muerte á los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente
lanza á Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle. Á Pelegón
le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija
mayor de Acesameno; que con ésta se unió aquel río de profundos
remolinos. Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió á
su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de
los jóvenes á quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión en la
misma corriente, infundió valor en el pecho del troyano. Cuando ambos
guerreros se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los
pies ligeros, fué el primero en hablar, y dijo:

150 «¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro?
Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen á mi furor.»

152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: «¡Magnánimo Pelida! ¿Por
qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil Peonia, que está
lejos; vine mandando á los peonios, que combaten con largas picas,
y hace once días que llegué á Ilión. Mi linaje trae su origen del
anchuroso Axio, que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio
engendró á Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido.
Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.»

161 De tal modo habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el
fresno del Pelión, y el héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle á
un tiempo las dos lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó
porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra
rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra
sangre; mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo, codiciosa
de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, á
Asteropeo con intención de matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en
la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del palo. El Pelida,
desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió
enardecido á Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar
del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para
arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su propósito. Y cuando,
á la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida,
acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el
vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos, y las tinieblas
cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó
á su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas
palabras:

184 «Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río,
pudieses disputar la victoria á los hijos del prepotente Saturnio.
Dijiste que tu linaje procede de un anchuroso río; mas yo me jacto de
pertenecer al del gran Júpiter. Engendróme un varón que reina sobre
muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Jove.
Y como Júpiter es más poderoso que los ríos, que corren al mar, así
también los descendientes de Júpiter son más fuertes que los de los
ríos. Á tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas no
es posible combatir con Júpiter Saturnio. Á éste no le igualan ni el
fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente,
del que nacen todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también
el Océano teme el rayo del gran Jove y el espantoso trueno, que hace
retumbar el cielo.»

200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó
á Asteropeo allí, tendido en la arena, tan pronto como le hubo
quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver, y anguilas y peces
acudieron á comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué para
los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes
del voraginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el
duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. Éste mató
entonces á Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes.
Y á más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de profundos
remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho
desde uno de los vórtices:

214 «¡Oh Aquiles! Superas á los demás hombres, lo mismo en el valor
que en la comisión de acciones nefandas; porque los propios dioses
te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Saturno te ha
concedido que destruyas á todos los teucros, apártalos de mí y ejecuta
en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres
que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y
tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes
asombrado, oh príncipe de hombres.»

222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará, oh
Escamandro, alumno de Júpiter, como tú lo ordenas; pero no me abstendré
de matar á los altivos teucros hasta que los encierre en la ciudad y
peleando con Héctor, él me mate á mí ó yo acabe con él.»

227 Esto dicho, arremetió á los teucros, cual si fuese un dios. Y
entonces el río de profundos remolinos dirigióse á Apolo:

229 «¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Júpiter, no cumples
las órdenes del Saturnio, el cual te encargó muy mucho que socorrieras
á los teucros y les prestaras tu auxilio hasta que, llegada la tarde,
se pusiera el sol y quedara á obscuras el fértil campo.»

233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada
orilla al centro del río. Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus
aguas, revolvió la corriente, y arrastrando muchos cadáveres de
hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos á la
orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba á los vivos dentro de
la corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las
turbias olas rodeaban á Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y
le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces
con ambas manos á un olmo corpulento y frondoso; pero éste, arrancado
de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la corriente con sus
muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles,
amedrentado, dió un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por
la llanura. Mas no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino
que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito de hacer cesar
al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte á los troyanos.
El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la
impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz
de las aves; parecido á ella, el héroe corría y el bronce resonaba
horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose á un
lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido.
Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre
las plantas de un huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera
los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas,
pero al llegar á un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante
del que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba
continuamente á Aquiles, porque los dioses son más poderosos que los
hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales
que tienen su morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes
olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afligido en su corazón,
saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente,
le cansaba las rodillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies.
Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo:

273 «¡Padre Júpiter! ¿Cómo no viene ningún dios á salvarme á mí,
miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea
preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi
madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al
pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas
de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo!
Entonces un valiente hubiera muerto y despojado á otro valiente. Mas
ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado
por un gran río; como el niño porquerizo á quien arrastran las aguas
invernales del torrente que intentaba atravesar.»

284 Así se expresó. En seguida Neptuno y Minerva, con figura humana,
cogiéronle en medio y le asieron de las manos mientras le animaban con
palabras. Neptuno, que sacude la tierra, fué el primero en hablar y
dijo:

288 «¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal manera vamos á
ayudarte, con la venia de Júpiter, yo y Palas Minerva! Porque no
dispone el hado que seas muerto por el río, y éste dejará pronto de
perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un prudente consejo, por
si quieres obedecer: No descanse tu brazo en la batalla funesta hasta
haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilión á cuantos teucros
logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida á Héctor, vuelve á
las naves; que nosotros te concedemos que alcances gloria.»

298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron á reunirse con los
demás inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses,
enderezó sus pasos á la llanura inundada por el agua del río, en la
cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en la
pelea. El héroe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que
el anchuroso río lograse detenerlo; pues Minerva le había dado muchos
bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irritándose
aún más contra el Pelida, hinchaba y levantaba á lo alto sus olas y á
gritos llamaba al Símois:

308 «¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese
hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los
teucros no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio:
aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita á todos los
arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y
piedras, para que anonademos á ese feroz guerrero que ahora triunfa y
piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su
fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de quedar
en el fondo de este lago cubiertas de cieno. Á él le envolveré en
abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera
sus huesos podrán ser recogidos por los aquivos: tanto limo amontonaré
encima. Y tendrá su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos
se lo erijan cuando le hagan las exequias.»

324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y
mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas
del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas
y arrastraban al Pelida. Pero Juno, temiendo que el gran río derribara
á Aquiles, gritó, y dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:

331 «¡Sus, Vulcano, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso
es tu igual en el combate. Socorre pronto á Aquiles, haciendo aparecer
inmensa llama. Voy á suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran
borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio
y se quemen las cabezas y las armas de los teucros. Tú abrasa los
árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo río y no te
dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu
furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego
infatigable.»

[Ilustración: EL JANTO, REVUELTO, ARREMETIÓ CONTRA AQUILES CON LA
ESPUMA, LA SANGRE Y LOS CADÁVERES

  (_Canto XXI, versos 324 y 325._)]

342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió
primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes
había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de
correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y
se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la
llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río
la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los
tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia
habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían
y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos
por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así
hablaba:

357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar
contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el
divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo
en la contienda ni en auxiliar á nadie?»

361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía.
Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco
cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña
seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el
agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida
por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río,
dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía:

369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí
solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos
los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si
tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los
troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las
voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»

377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras,
dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:

379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de
los mortales, á un dios inmortal atormentemos.»

381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas
retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué
vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada,
los contuvo.

385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los
demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron á las manos con fuerte
estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una
trompeta. Oyólo Júpiter, sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre
reía al ver que los dioses iban á embestirse. Y ya no estuvieron
separados largo tiempo; pues el primero Marte, que horada los escudos,
acometiendo á Minerva con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras
le decía:

394 «¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre
los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve?
¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas á Diomedes Tidida á que me
hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra
mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás
cuanto me hiciste.»

400 Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo floqueado,
horrendo, que ni el rayo de Júpiter rompería; allí acertó á dar
Marte, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa,
volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada
de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos
como linde de un campo; é hiriendo con ella al furibundo Marte, dejóle
sin vigor los miembros. Vino á tierra el dios y ocupó siete yugadas, el
polvo manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse Palas Minerva; y
gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras:

410 «¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más
fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las
imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque
abandonaste á los aqueos y favoreces á los orgullosos teucros.»

415 Cuando esto hubo dicho, volvió á otra parte los ojos refulgentes.
Venus, hija de Júpiter, asió por la mano á Marte y le acompañaba;
mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el
aliento. Pero la vió Juno, la diosa de los níveos brazos, y al punto
dijo á Minerva estas aladas palabras:

420 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Aquella desvergonzada vuelve á sacar del dañoso combate, por entre el
tumulto, á Marte, funesto á los mortales. ¡Anda tras ella!»

423 De tal modo habló. Alegrósele el alma á Minerva, que corrió hacia
Venus, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho.
Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Marte
quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Minerva, vanagloriándose,
pronunció estas aladas palabras:

428 «¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian á los teucros en las batallas
contra los argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos
como Venus que vino á socorrer á Marte desafiando mi furor; y tiempo ha
que habríamos puesto fin á la guerra, con la toma de la bien construída
ciudad de Ilión!»

434 Así se expresó. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos. Y el
soberano Neptuno, que sacude la tierra, dijo entonces á Apolo:

436 «¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene
abstenerse, una vez que los demás han dado principio á la pelea.
Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, á la morada de Júpiter
erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el
menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero
y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón!
Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos
los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Júpiter trabajamos
un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa
de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la
ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla
inexpugnable; y tú, Febo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y
curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas
cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio
Laomedonte se negó á pagarnos el salario y nos despidió con amenazas.
Á ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas;
aseguraba además que con el bronce nos cortaría á entrambos las
orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque
no nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces,
favoreciendo á su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los
troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!»

461 Contestó el soberano flechador Apolo: «¡Batidor de la tierra! No
me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales
que, semejantes á las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos
comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren.
Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.»

468 Así dijo, y le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar
á las manos con el tío paterno. Y su hermana, la campestre Diana, que
de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:

472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole
inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo
que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste
ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.»

478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió.
Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se
complace en tirar flechas, con injuriosas voces:

481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te
será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho
leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es
cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente
con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza,
para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí
quieres emplear tus fuerzas.»

489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de
los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á
golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á
un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por
el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el
gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no
había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la
diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero
Argicida, dijo á Latona:

498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con
las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha,
ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.»

502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían
caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos
de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre
bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino
velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el
regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó:

509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha
maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?»

511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva
en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos
brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda
han surgido entre los inmortales.»

514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada
Ilión, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que
en aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el
destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados
unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron á la vera de
Júpiter, el de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo á los teucros,
mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa
de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se
irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen
grandes males; de igual modo, Aquiles causaba á los teucros fatigas y
daños.

526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y como viera al
ingente Aquiles, y á los teucros puestos en confusión, huyendo
espantados y sin fuerzas para resistirle, empezó á gemir y bajó de
aquélla para dar órdenes á los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:

531 «Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, hasta que lleguen á
la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los
estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas,
tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro del muro, entornad
las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre
funesto entre por el muro.»

537 Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y
á esto se debió la salvación de las tropas. Apolo saltó fuera del muro
para librar de la ruina á los teucros. Éstos, acosados por la sed y
llenos de polvo, huían por el campo en derechura á la ciudad y su alta
muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo
el corazón poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.

544 Entonces los aqueos hubieran tomado á Troya, la de altas puertas,
si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y
valiente de Antenor, á esperar á Aquiles. El dios infundióle audacia
en el corazón, y para apartar de él á las crueles Parcas, se quedó á
su vera, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando
Agenor vió llegar á Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en
su agitado corazón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y
gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:

553 «¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás
corren espantados y en desorden, me cogerá también y me matará sin que
me pueda defender. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pelida,
me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar á los
bosques del Ida y me escondiera en los matorrales, podría volver á
Ilión por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme
y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el
corazón? No sea que aquél advierta que me alejo de la ciudad por la
llanura, y persiguiéndome con ligera planta me dé alcance; y ya no
podré evitar la muerte y el destino, porque Aquiles es el más fuerte
de los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro...
Vulnerable es su cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola alma y
dicen los hombres que el héroe es mortal; pero Júpiter Saturnio le da
gloria.»

571 Esto, pues, se decía; y encogiéndose, aguardó á Aquiles, porque
su corazón esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la
pantera, cuando oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva
y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su ánimo ni el miedo
ni el espanto; y si aquel se le adelanta y la hiere, no deja de pugnar,
aunque esté atravesada por la jabalina, hasta venir con él á las manos
ó sucumbir; de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro
Antenor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y
cubriéndose con el liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía
con fuertes voces:

583 «Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar
en el día de hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen
número de males habrán de padecerse todavía por causa de ella. Estamos
dentro muchos y fuertes varones que, peleando por nuestros padres,
esposas é hijos, salvaremos á Troya; y tú recibirás aquí mismo la
muerte, á pesar de ser un terrible y audaz guerrero.»

590 Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo, y no erró el tiro;
pues acertó á dar en la pierna del héroe, debajo de la rodilla. La
greba de estaño recién construída resonó horriblemente, y el bronce
fué rechazado sin que lograra penetrar, porque lo impidió la armadura,
regalo del dios. El Pelida arremetió á su vez con Agenor, igual á una
deidad; pero Apolo no le dejó alcanzar gloria, pues arrebatando al
teucro, le cubrió de espesa niebla y le mandó á la ciudad para que
saliera tranquilo de la batalla.

599 Luego el Flechador apartó á Aquiles del ejército, valiéndose de un
engaño. Tomó la figura de Agenor, y se puso delante del héroe, que se
lanzó á perseguirle. Mientras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo
paniego, hacia el río Escamandro, de profundos vórtices, y corría muy
cerca de él, pues el dios le engañaba con esta astucia á fin de que
tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los demás
teucros, huyendo en tropel, llegaron alegres á la ciudad, que se llenó
con los que allí se refugiaron. Ni siquiera se atrevieron á esperarse
los unos á los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber quiénes
habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla, sino que se
entraron presurosos por la ciudad, cuantos, merced á sus pies y á sus
rodillas, lograron salvarse.



[Ilustración: Andrómaca ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor,
arrastrándolo por la llanura, y cae desfallecida en brazos de sus
cuñadas]



CANTO XXII

MUERTE DE HÉCTOR


1 Los teucros, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en
los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la
sed; y en tanto, los aqueos se iban acercando á la muralla, protegiendo
sus hombros con los escudos. El hado funesto sólo detuvo á Héctor para
que se quedara fuera de Ilión, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo
al Pelida:

8 «¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú
mortal, á un dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no
cesa tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los teucros,
á quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población,
mientras te extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el
hado no me condenó á morir.»

14 Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Oh
Flechador, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome
acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra
antes de llegar á Ilión. Me has privado de alcanzar una gloria no
pequeña, y has salvado con facilidad á los teucros, porque no temías
que luego me vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas
lo permitieran.»

21 Dijo, y muy alentado, se encaminó apresuradamente á la ciudad, como
el corcel vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo;
tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.

25 El anciano Príamo fué el primero que con sus propios ojos le vió
venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño
se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la
noche obscura y recibe el nombre de perro de Orión, el cual con ser
brillantísimo constituye una señal funesta, porque trae excesivo calor
á los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre
el pecho del héroe, mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la
cabeza con las manos levantadas y profirió grandes voces y lamentos,
dirigiendo súplicas á su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las
puertas y sentía vehemente deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano,
tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:

38 «¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, á
ese hombre, para que no mueras presto á manos del Pelida, que es mucho
más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro á los dioses, como á mí:
pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y los buitres,
y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y
valientes hijos, matando á unos y vendiendo á otros en remotas islas.
Y ahora que los teucros se han encerrado en la ciudad, no acierto
á ver á mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió Laótoe, ilustre
entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos
con oro y bronce, que todavía lo hay en el palacio; pues á Laótoe la
dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero si han
muerto y se hallan en la morada de Plutón, el mayor dolor será para
su madre y para mí que los engendramos; porque el del pueblo durará
menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del muro,
hijo querido, para que salves á los troyanos y á las troyanas; y no
quieras proporcionar inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la
existencia. Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado
que aún conserva la razón; pues el padre Saturnio me hará perecer en la
senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras:
muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruídos los tálamos,
arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras
arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin,
alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo bronce
ó con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi mesa
crié en el palacio para que lo guardasen, despedazarán mi cuerpo
en la puerta exterior, beberán mi sangre, y saciado el apetito, se
tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado
en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto
de él pueda verse, todo es bello, á pesar de la muerte; pero que los
perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y las vergüenzas de
un anciano muerto en la guerra, es lo más triste de cuanto les puede
ocurrir á los míseros mortales.»

77 Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza
muchas canas, pero no logró persuadir á Héctor. La madre de éste, que
en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho,
y derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:

82 «¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en
otro tiempo te daba el pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu
niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma
á ese enemigo y no salgas á su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré
llorarte en tu lecho, querido pimpollo á quien parí, y tampoco podrá
hacerlo tu rica esposa; porque los veloces perros te devorarán muy
lejos de nosotras, junto á las naves argivas.»

90 De esta manera Príamo y Hécuba hablaban á su hijo, llorando y
dirigiéndole muchas súplicas, sin que lograsen persuadirle, pues Héctor
seguía aguardando á Aquiles, que ya se acercaba. Como silvestre dragón
que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante su guarida á un
hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la
entrada de la cueva; así Héctor, con inextinguible valor, permanecía
quieto, desde que arrimó el terso escudo á la torre prominente. Y
gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:

99 «¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en
dirigirme reproches será Polidamante, el cual me aconsejaba que
trajera el ejército á la ciudad la noche en que Aquiles decidió volver
á la pelea. Pero yo no me dejé persuadir--mucho mejor hubiera sido
aceptar su consejo,--y ahora que he causado la ruina del ejército con
mi imprudencia, temo á los troyanos y á las troyanas, de rozagantes
peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: _Héctor, fiado en
su pujanza, perdió las tropas_. Así hablarán; y preferible fuera volver
á la población después de matar á Aquiles, ó morir gloriosamente ante
la misma. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el
fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro
de Aquiles, le dijera que permitía á los Atridas llevarse á Helena y
las riquezas que Alejandro trajo á Ilión en las cóncavas naves, que
esto fué lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir á los aqueos
la mitad de lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento á
los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con cuantos
bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales
cosas me hace pensar el corazón? No, no iré á suplicarle; que, sin
tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como á una mujer, tan
pronto como dejara las armas. Imposible es conversar con él desde lo
alto de una encina ó de una roca, como un mancebo y una doncella: sí,
como un mancebo y una doncella suelen conversar. Mejor será empezar
el combate, para que veamos pronto á quién el Olímpico concede la
victoria.»

131 Tales pensamientos revolvía en su mente, sin moverse de aquel
sitio, cuando se le acercó Aquiles, cual si fuese Marte, el impetuoso
luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho
y el cuerpo protegido por el bronce que brillaba como el resplandor
del encendido fuego ó del sol naciente. Héctor, al verle, se echó á
temblar y ya no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y
huyó espantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en
seguimiento del mismo. Como en el monte el gavilán, que es el ave más
ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma; ésta huye con
tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y
acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita á cogerla;
así Aquiles volaba enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas
huyendo azorado en torno de la muralla de Troya. Corrían siempre
por la carretera, fuera del muro, dejando á sus espaldas la atalaya
y el lugar ventoso donde estaba el cabrahigo; y llegaron á los dos
cristalinos manantiales, que son las fuentes del Janto voraginoso. El
primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí
un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como
el granizo, la fría nieve ó el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos
de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de
los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz,
antes que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el
otro persiguiéndole: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte
le perseguía con ligereza; porque la contienda no era sobre una
víctima ó una piel de buey, premios que suelen darse á los vencedores
en la carrera, sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos. Como
los solípedos corceles que toman parte en los juegos en honor de un
difunto, corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado
como premio importante un trípode ó una mujer; de semejante modo,
aquéllos dieron tres veces la vuelta á la ciudad de Príamo, corriendo
con ligera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Júpiter,
padre de los hombres y de los dioses, comenzó á decir:

168 «¡Oh dioses! Con mis ojos veo á un caro varón perseguido en torno
del muro. Mi corazón se compadece de Héctor que tantos muslos de buey
ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso,
y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con
sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad,
oh dioses, y decidid si le salvaremos de la muerte ó dejaremos que, á
pesar de ser esforzado, sucumba á manos del Pelida Aquiles.»

177 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Oh padre,
que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De
nuevo quieres librar de la muerte horrísona á ese hombre mortal, á
quien tiempo ha que el hado condenó á morir? Hazlo, pero no todos los
dioses te lo aprobaremos.»

182 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «Tranquilízate,
Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo
quiero ser complaciente. Obra conforme á tus deseos y no desistas.»

186 Con tales voces instigóle á hacer lo que ella misma deseaba, y
Minerva bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.

188 En tanto, el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar á
Héctor. Como el perro va en el monte por valles y cuestas tras el
cervatillo que levantó de la cama, y si éste se esconde, azorado,
debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo
descubre; de la misma manera, el Pelida, de pies ligeros, no perdía
de vista á Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse á
las puertas Dardanias, al pie de las torres bien construídas, por si
desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas, Aquiles,
adelantándosele, le apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin
descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede
alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni
Aquiles con sus pies podía dar alcance á Héctor, ni Héctor escapar de
Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado entonces de la muerte que
le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última
vez, no le hubiese dado fuerzas y agilitado sus rodillas?

205 El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas á los
guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no
fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase
el segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron á los manantiales,
el padre Jove tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes--la
de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos--para saber á quién
estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la balanza, la
desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta
el Orco. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Minerva, la diosa
de los brillantes ojos, se acercó al Pelida, y le dijo estas aladas
palabras:

216 «Espero, oh esclarecido Aquiles, caro á Júpiter, que nosotros dos
proporcionaremos á los aqueos inmensa gloria, pues al volver á las
naves habremos muerto á Héctor, aunque sea infatigable en la batalla.
Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga el flechador Apolo,
postrándose á los pies del padre Jove, que lleva la égida. Párate y
respira; é iré á persuadir á Héctor para que luche contigo frente á
frente.»

224 Así habló Minerva. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se
detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno
y broncínea punta. La diosa dejóle y fué á encontrar al divino Héctor.
Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y
pronunció estas aladas palabras:

229 «¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles,
persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea,
detengámonos y rechacemos su ataque.»

232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Deífobo! Siempre
has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de
Hécuba y de Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en mayor
aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás
han permanecido dentro.»

238 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Mi buen
hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las
rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos--¡de tal modo
tiemblan todos!;--pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar.
Ahora peleemos con brío y sin dar reposo á la pica, para que veamos
si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos á las
cóncavas naves, ó sucumbe vencido por tu lanza.»

246 Así diciendo, Minerva, para engañarle, empezó á caminar. Cuando
ambos guerreros se hallaron frente á frente, dijo el primero el gran
Héctor, de tremolante casco:

250 «No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres
veces dí la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin
atreverme nunca á esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele á
afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos á los dioses
por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de que se
cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Jove me
concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como
te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el
cadáver á los aqueos. Obra tú conmigo de la misma manera.»

260 Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
«¡Héctor, á quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no
es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres,
ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan
continuamente en causarse daño unos á otros; tampoco puede haber entre
nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie
de sangre á Marte, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de
valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado
campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Minerva te hará sucumbir
pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis
amigos, á quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.»

273 En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido
Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse
aquélla en el suelo, y Palas Minerva la arrancó y devolvió á Aquiles,
sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al
eximio Pelida:

279 «¡Erraste el golpe, deiforme Aquiles! Nada te había revelado
Júpiter acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil
forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de
mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda,
huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente á frente
te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea
lanza. ¡Ojalá que todo su hierro se escondiera en tu cuerpo! La guerra
sería más liviana para los teucros, si tú murieses; porque eres su
mayor azote.»

289 Así habló; y blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar
el tiro; pues dió un bote en el escudo del Pelida. Pero la lanza fué
rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había
sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues
no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó á Deífobo, el de
luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba á su
vera. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:

297 «¡Oh! Ya los dioses me llaman á la muerte. Creía que el héroe
Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fué Minerva
quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará, ni
puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, á
Júpiter y á su hijo, el Flechador; los cuales, benévolos para conmigo,
me salvaban de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera
morir cobardemente y sin gloria; sino realizando algo grande que
llegara á conocimiento de los venideros.»

306 Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que
llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de
alto vuelo se lanza á la llanura, atravesando las pardas nubes, para
arrebatar la tierna corderilla ó la tímida liebre; de igual manera
arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, á
su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho
con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro
abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que
Vulcano colocara en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más
hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas
en la obscuridad de la noche; de tal modo brillaba la pica de larga
punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar
daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe
ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente
armadura que quitó á Patroclo después de matarle, y sólo quedaba
descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los
hombros, la garganta, que es el sitio por donde más pronto sale el
alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica á Héctor que ya le
atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca.
Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía
ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en
el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:

[Ilustración: NO PERMITAS QUE LOS PERROS DESPEDACEN MI CADÁVER JUNTO Á
LAS NAVES AQUEAS

  (_Canto XXII, verso 339._)]

331 «¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te
creíste salvado y no me temiste á mí porque me hallaba ausente. ¡Necio!
Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas
naves, y te he quebrado las rodillas. Á ti los perros y las aves te
despedazarán ignominiosamente, y á Patroclo los aqueos le harán honras
fúnebres.»

336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco: «Te
lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas
que los perros me despedacen y devoren junto á las naves aqueas! Acepta
el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda
madre, y entrega á los míos el cadáver para que lo lleven á mi casa, y
los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.»

344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies
ligeros: «No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres.
Ojalá el furor y el coraje me incitaran á cortar tus carnes y á
comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar
de tu cabeza á los perros, aunque me den diez ó veinte veces el debido
rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte á
peso de oro; ni aun así, la veneranda madre que te dió á luz te pondrá
en un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña
destrozarán tu cuerpo.»

355 Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco: «Bien te
conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho
un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los
dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te harán perecer, no obstante
tu valor, en las puertas Esceas.»

361 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma
voló de los miembros y descendió al Orco, llorando su suerte, porque
dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque
muerto le viera:

365 «¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Júpiter y los demás dioses
inmortales dispongan que se cumpla mi destino.»

367 Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola á un
lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas armas. Acudieron
presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la
arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirle. Y hubo quien,
contemplándole, habló así á su vecino:

373 «¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que
cuando incendió las naves con el ardiente fuego.»

375 Así algunos hablaban, y acercándose le herían. El divino Aquiles,
ligero de pies, tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en
medio de los aqueos y pronunció estas aladas palabras:

378 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los
dioses nos concedieron vencer á ese guerrero que causó mucho más daño
que todos los otros juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad
para conocer cuál es el propósito de los troyanos: si abandonarán la
ciudadela por haber sucumbido Héctor, ó se atreverán á quedarse todavía
á pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace
pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no
llorado; y no le olvidaré, en tanto me halle entre los vivos y mis
rodillas se muevan; y si en el Orco se olvida á los muertos, aun allí
me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volvamos, cantando el peán,
á las cóncavas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran
victoria: matamos al divino Héctor, á quien dentro de la ciudad los
troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.»

395 Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó
los tendones de detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón;
introdujo correas de piel de buey, y le ató al carro, de modo que la
cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo la magnífica armadura,
subió y picó á los caballos para que arrancaran, y éstos volaron
gozosos. Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado:
la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan
graciosa, se hundía en el polvo; porque Júpiter la entregó entonces á
los enemigos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.

405 Así la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo,
se arrancaba los cabellos; y arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió
en tristísimos sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor
de él y por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No parecía sino
que la excelsa Ilión fuese desde su cumbre devorada por el fuego. Los
guerreros apenas podían contener al anciano, que, excitado por el
pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y revolcándose en el
lodo, les suplicaba á todos llamándoles por sus respectivos nombres:

416 «Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid que,
saliendo solo de la ciudad, vaya á las naves aqueas y ruegue á ese
hombre pernicioso y violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi
vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para
que fuese una plaga de los troyanos; pero es á mí á quien ha causado
más pesares. ¡Á cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor de
la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me
haya afligido, como por uno cuya pérdida me causa el vivo dolor que
me precipitará al Orco: por Héctor, que hubiera debido morir en mis
brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la
infortunada madre que le dió á luz y yo mismo.»

429 Así habló, llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba comenzó
entre las troyanas el funeral lamento:

431 «¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué viviré después de
padecer terribles penas y de haber muerto tú? Día y noche eras en
la ciudad motivo de orgullo para mí y el baluarte de los troyanos
y troyanas, que te saludaban como á un dios. Vivo, constituías una
excelsa gloria para ellos; pero ya la muerte y el hado te alcanzaron.»

437 Así dijo, llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún
mensajero le llevó la noticia de que su marido se quedara fuera del
muro; y en lo más hondo del alto palacio tejía una tela doble y
purpúrea, que adornaba con labores de variado color. Había mandado
á las esclavas de hermosas trenzas que pusieran al fuego un trípode
grande, para que Héctor se bañase en agua tibia al volver de la
batalla. ¡Insensata! Ignoraba que Minerva, la de los brillantes ojos,
le había hecho sucumbir lejos del baño á manos de Aquiles. Pero oyó
gemidos y lamentaciones que venían de la torre, estremeciéronse sus
miembros, y la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo á las
esclavas de hermosas trenzas:

450 «Venid, seguidme dos; voy á ver qué ocurre. Oí la voz de mi
venerable suegra; el corazón me salta en el pecho hacia la boca y mis
rodillas se entumecen: algún infortunio amenaza á los hijos de Príamo.
¡Ojalá que tal noticia nunca llegue á mis oídos! Pero mucho temo que el
divino Aquiles haya separado de la ciudad á mi Héctor audaz, le persiga
á él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo;
porque jamás en la batalla se quedó entre la turba de los combatientes,
sino que se adelantaba mucho y en bravura á nadie cedía.»

460 Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca,
palpitándole el corazón; y dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando
llegó á la torre y á la multitud de gente que allí se encontraba, se
detuvo, y desde el muro registró el campo: en seguida vió que los
veloces caballos arrastraban cruelmente el cadáver de Héctor fuera de
la ciudad, hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de
la noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le desmayó el alma.
Arrancóse de su cabeza los vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la
trenzada cinta y el velo que la dorada Venus le había dado el día en
que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, constituyéndole una gran
dote. Á su alrededor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas suyas, las
cuales la sostenían aturdida como si fuera á perecer. Cuando volvió en
sí y recobró el aliento, lamentándose con desconsuelo, dijo entre las
troyanas:

477 «¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma suerte,
tú en Troya, en el palacio de Príamo; yo en Tebas, al pie del selvoso
Placo, en el alcázar de Eetión, el cual me crió cuando niña para que
fuese desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú
desciendes á la mansión del Orco, en el seno de la tierra, y me dejas
en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante,
que engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás su amparo, oh
Héctor, pues has fallecido; ni él el tuyo. Si escapa con vida de la
luctuosa guerra de los aqueos, tendrá siempre fatigas y pesares; y los
demás se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio los mojones. El
mismo día en que un niño queda huérfano, pierde todos los amigos; y en
adelante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obligado
por la necesidad, dirígese á los amigos de su padre, tirándoles ya del
manto ya de la túnica; y alguno, compadecido, le alarga un vaso pequeño
con el cual mojará los labios, pero no llegará á humedecer la garganta.
El niño que tiene los padres vivos le echa del festín, dándole puñadas
é increpándolo con injuriosas voces: ¡Vete, enhoramala!, le dice, que
tu padre no come á escote con nosotros. Y volverá á su madre viuda,
llorando, el huérfano Astianacte, que en otro tiempo, sentado en las
rodillas de su padre, sólo comía médula y grasa pingüe de ovejas, y
cuando se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dormía en blanda
cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; mas
ahora que ha muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, á
quien los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor, defendías
las puertas y los altos muros. Y á ti, cuando los perros te hayan
despedazado, los movedizos gusanos te comerán desnudo, junto á las
corvas naves; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermosas, que
las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas vestiduras al
ardiente fuego; y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas,
constituirán para ti un motivo de gloria á los ojos de los troyanos y
de las troyanas.»

515 Tal dijo, llorando, y las mujeres gimieron.



[Ilustración: Los vientos, á ruegos de Aquiles, hacen arder la pira en
que se quema el cuerpo de Patroclo]



CANTO XXIII

JUEGOS EN HONOR DE PATROCLO


1 Así gemían los teucros en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados á
las naves y al Helesponto, se fueron á sus respectivos bajeles. Pero á
los mirmidones no les permitió Aquiles que se dispersaran; y puesto en
medio de los belicosos compañeros, les dijo:

6 «¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No
desatemos del yugo los solípedos bridones; acerquémonos con ellos y
los carros á Patroclo, y llorémosle, que éste es el honor que á los
muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto,
desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.»

12 Así habló. Ellos seguían á Aquiles y gemían con frecuencia. Y
sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos
de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba
el deseo de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas
de lágrimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era el héroe,
causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad!
Y el Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos
homicidas sobre el pecho del difunto: «¡Alégrate, oh Patroclo, aunque
estés en el Orco! Ya voy á cumplirte cuanto te prometiera: he traído
arrastrando el cadáver de Héctor, que entregaré á los perros para que
lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira á doce hijos de
troyanos ilustres, por la cólera que me causó tu muerte.»

24 Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió
boca abajo en el polvo, cabe al lecho del hijo de Menetio. Quitáronse
todos la luciente armadura de bronce, desuncieron los corceles, de
sonoros relinchos, y sentáronse en gran número cerca de la nave del
Eácida, el de los pies ligeros, que les dió un banquete funeral
espléndido. Muchos bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban
al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos puercos, de
albos dientes, se asaban, extendidos sobre las brasas; y en torno del
cadáver, la sangre corría en abundancia por todas partes.

35 Los reyes aqueos llevaron al Pelida, de pies ligeros, que tenía el
corazón afligido por la muerte del compañero, á la tienda de Agamenón
Atrida, después de persuadirle con mucho trabajo; ya en ella, mandaron
á los heraldos, de voz sonora, que pusieran al fuego un gran trípode
por si lograban que aquél se lavase las manchas de sangre y polvo. Pero
Aquiles se negó obstinadamente, é hizo, además, un juramento:

43 «¡No, por Júpiter, que es el supremo y más poderoso de los dioses!
No es justo que el baño moje mi cabeza hasta que ponga á Patroclo
en la pira, le erija un túmulo y me corte la cabellera; porque un
pesar tan grande jamás, en la vida, volverá á sentirlo mi corazón.
Ahora celebremos el triste banquete; y cuando se descubra la aurora,
manda, oh rey de hombres Agamenón, que traigan leña y la coloquen como
conviene á un muerto que baja á la región sombría, para que pronto
el fuego infatigable consuma y haga desaparecer de nuestra vista el
cadáver de Patroclo, y los guerreros vuelvan á sus ocupaciones.»

54 Así se expresó; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con
prontitud la cena, banquetearon, y nadie careció de su respectiva
porción. Mas después que hubieron satisfecho de comida y de bebida al
apetito, se fueron á dormir á sus tiendas. Quedóse el hijo de Peleo con
muchos mirmidones, dando profundos suspiros, á orillas del estruendoso
mar, en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó
en vencerle el sueño, que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose
suave en torno suyo; pues el héroe había fatigado mucho sus fornidos
miembros persiguiendo á Héctor alrededor de la ventosa Troya. Entonces
vino á encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un todo á
éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las
vestiduras que llevaba; y poniéndose sobre la cabeza de Aquiles, le
dijo estas palabras:

69 «¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí
mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto
antes, para que pueda pasar las puertas del Orco; pues las almas,
que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que
atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por
los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Plutón. Dame la
mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Orco cuando hayáis
entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos
separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el
hado, cuando nací, me deparara. Y tu destino es también, oh Aquiles,
semejante á los dioses, morir al pie de los muros de los nobles
troyanos. Otra cosa te diré y encargaré; por si quieres complacerme. No
dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos:
ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menetio me
llevó desde Opunte á vuestra casa por un deplorable homicidio--cuando
encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo
de Anfidamante,--y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió
con regalo y me nombró tu escudero; así también, una misma urna, la
ánfora de oro que te dió tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.»

93 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¿Por qué, caro amigo,
vienes á encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo
como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves
instantes, para saciarnos de triste llanto.»

99 En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo:
disipóse el alma cual si fuese humo y penetró en la tierra dando
chillidos. Aquiles se levantó atónito, dió una palmada y exclamó con
voz lúgubre:

103 «¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Plutón queda el alma
y la imagen de los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por
completo. Toda la noche ha estado cerca de mí el alma del mísero
Patroclo, derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para encargarme
lo que debo hacer; y era muy semejante á él cuando vivía.»

[Ilustración: EL ALMA DEL MÍSERO PATROCLO LE DECÍA: «¿DUERMES,
AQUILES, Y ME TIENES OLVIDADO?»

  (_Canto XXIII, versos 65 á 69._)]

108 Tal dijo, y á todos les excitó el deseo de llorar. Todavía se
hallaban alrededor del cadáver, sollozando lastimeramente, cuando
despuntó la Aurora de rosados dedos. Entonces el rey Agamenón mandó
que de todas las tiendas saliesen hombres con mulos para ir por leña;
y á su frente se puso Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Los
mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando en sus
manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y así subieron y
bajaron cuestas, y recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron á
los bosques del Ida, abundante en manantiales, se apresuraron á cortar
con el afilado bronce encinas de alta copa que caían con estrépito.
Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre los mulos. En
seguida éstos, batiendo con sus pies el suelo, volvieron atrás por
los espesos matorrales, deseosos de regresar á la llanura. Todos los
leñadores llevaban troncos, porque así lo había ordenado Meriones,
escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron dejando sucesivamente en
un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó para que allí se
erigiera el gran túmulo de Patroclo y de sí mismo.

127 Después que hubieron descargado la inmensa cantidad de leña, se
sentaron todos juntos y aguardaron. Aquiles mandó á los belicosos
mirmidones que tomaran las armas y uncieran los caballos; y ellos
se levantaron, vistieron la armadura, y los caudillos y sus aurigas
montaron en los carros. Iban éstos al frente, seguíales la nube de la
copiosa infantería y en medio los amigos llevaban á Patroclo, cubierto
de cabello que en su honor se habían cortado. El divino Aquiles
sosteníale la cabeza, y estaba triste porque despedía para el Orco al
eximio compañero.

138 Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló, dejaron el cadáver
en el suelo, y en seguida amontonaron abundante leña. Entonces, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: separándose de
la pira, se cortó la rubia cabellera, que conservaba espléndida para
ofrecerla al río Esperquio; y exclamó, apenado, fijando los ojos en el
vinoso ponto:

144 «¡Oh Esperquio! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo,
al volver á la tierra patria, me cortaría la cabellera en tu honor y
te inmolaría una sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus
fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar á ti consagrados.
Tal voto hizo el anciano, pero tú no has cumplido su deseo. Y ahora,
como no he de volver á la tierra patria, daré mi cabellera al héroe
Patroclo para que se la lleve consigo.»

152 En diciendo esto, puso la cabellera en las manos del amigo, y á
todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara
el sol al ponerse, si Aquiles no se hubiese acercado á Agamenón para
decirle:

156 «¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán más que á
nadie, y tiempo habrá para saciarse de llanto, aparta de la pira á
los guerreros y mándales que preparen la cena; y de lo que resta nos
cuidaremos nosotros, á quienes corresponde de un modo especial honrar
al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.»

161 Al oirlo, el rey de hombres Agamenón despidió la gente para que
volviera á las naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del
funeral amontonaron leña, levantaron una pira de cien pies por lado,
y, con el corazón afligido, pusieron en ella el cuerpo de Patroclo.
Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües ovejas y bueyes
de tornátiles pies y curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la
grasa de aquéllas y de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies
á cabeza, y hacinó alrededor los cuerpos desollados. Llevó también á
la pira dos ánforas, llenas respectivamente de miel y de aceite, y las
abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros, arrojó á la hoguera
cuatro corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se
alimentaban de su mesa, y degollando á dos, echólos igualmente en la
pira. Siguiéronles doce hijos valientes de troyanos ilustres, á quienes
mató con el bronce, pues el héroe meditaba en su corazón acciones
crueles. Y entregando la pira á la violencia indomable del fuego para
que la devorara, gimió y nombró al compañero amado:

179 «¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Orco! Ya te cumplo
cuanto te prometiera. El fuego devora contigo á doce hijos valientes de
troyanos ilustres; y á Héctor Priámida no le entregaré á la hoguera,
sino á los perros para que lo despedacen.»

184 Así dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron á
Héctor. La diosa Venus, hija de Júpiter, los apartó día y noche, y
ungió el cadáver con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo
lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio ocupado por
el muerto con una sombría nube que hizo pasar del cielo á la llanura,
á fin de que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y
miembros.

192 En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Patroclo no
ardía. Entonces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra
idea: apartóse de la pira, oró á los vientos Bóreas y Céfiro y votó
ofrecerles solemnes sacrificios; y haciéndoles repetidas libaciones
con una copa de oro, les rogó que acudieran para que la leña ardiese
bien y los cadáveres fueran consumidos prestamente por el fuego. La
veloz Iris oyó las súplicas, y fué á avisar á los vientos, que estaban
reunidos celebrando un banquete en la morada del impetuoso Céfiro. Iris
llegó corriendo y se detuvo en el umbral de piedra. Así que la vieron,
levantáronse todos, y cada uno la llamaba á su lado. Pero ella no quiso
sentarse, y pronunció estas palabras:

205 «No puedo sentarme; porque voy, por cima de la corriente del
Océano, á la tierra de los etíopes, que ahora ofrecen hecatombes á los
inmortales, para entrar á la parte en los sacrificios. Aquiles ruega al
Bóreas y al estruendoso Céfiro, prometiéndoles solemnes sacrificios,
que vayan y hagan arder la pira en que yace Patroclo, por el cual gimen
los aqueos todos.»

212 Habló así y fuése. Los vientos se levantaron con inmenso ruido,
esparciendo las nubes; pasaron por cima del ponto, y las olas crecían
al impulso del sonoro soplo; llegaron, por fin, á la fértil Troya,
cayeron en la pira y el fuego abrasador bramó grandemente. Durante toda
la noche, los dos vientos, soplando con agudos silbidos, agitaron la
llama de la pira; durante toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino
de una cratera de oro, con una copa doble, lo vertió y regó la tierra,
é invocó el alma del mísero Patroclo. Como solloza un padre, quemando
los huesos del hijo recién casado, cuya muerte ha sumido en el dolor á
sus progenitores; de igual modo sollozaba Aquiles al quemar los huesos
del amigo; y arrastrándose en torno de la hoguera, gemía sin cesar.

226 Cuando el lucero de la mañana apareció sobre la tierra, anunciando
el día, y poco después la Aurora, de azafranado velo, se esparció por
el mar, apagábase la hoguera y moría la llama. Los vientos regresaron á
su morada por el ponto de Tracia, que gemía á causa de la hinchazón de
las olas alborotadas, y el hijo de Peleo, habiéndose separado un poco
de la pira, acostóse, rendido de cansancio, y el dulce sueño le venció.
Pronto los caudillos se reunieron en gran número alrededor del Atrida;
y el alboroto y ruido que hacían al llegar, despertaron á Aquiles.
Incorporóse el héroe; y sentándose, les dijo estas palabras:

236 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Primeramente,
apagad con negro vino cuanto de la pira alcanzó la violencia del fuego;
recojamos después los huesos de Patroclo Menetíada, distinguiéndolos
bien--fácil será reconocerlos, porque el cadáver estaba en medio de la
pira y en los extremos se quemaron confundidos hombres y caballos,--y
pongámolos en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa, donde
se guarden hasta que yo descienda al Orco. Quiero que le erijáis un
túmulo no muy grande, sino cual corresponde al muerto; y más adelante,
aqueos, los que estéis vivos en las naves de muchos bancos cuando yo
muera, hacedlo anchuroso y alto.»

249 Así dijo, y ellos obedecieron al Pelida, de pies ligeros.
Primeramente, apagaron con negro vino la parte de la pira á que
alcanzó la llama y la ceniza cayó en abundancia; después, recogieron,
llorando, los blancos huesos del dulce amigo y los encerraron en una
urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa; dejaron la urna en la
tienda, tendiendo sobre la misma un sutil velo; trazaron el ámbito del
túmulo en torno de la pira; echaron los cimientos, é inmediatamente
amontonaron la tierra que antes habían excavado. Y, erigido el túmulo,
volvieron á su sitio. Aquiles detuvo al pueblo y le hizo sentar,
formando un gran circo; y al momento sacó de las naves, para premio de
los que vencieren en los juegos, calderas, trípodes, caballos, mulos,
bueyes de robusta cabeza, mujeres de hermosa cintura, y luciente hierro.

262 Empezó por exponer los premios destinados á los veloces aurigas:
el que primero llegara, se llevaría una mujer diestra en primorosas
labores y un trípode con asas, de veintidós medidas; para el segundo
ofreció una yegua de seis años, indómita, que llevaba en su vientre un
feto de mulo; para el tercero, una hermosa caldera no puesta al fuego y
luciente aún, cuya capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos
talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas que la llama no
tocara todavía. Y estando en pie, dijo á los argivos:

272 «¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Estos premios que en
medio he colocado, son para los aurigas. Si los juegos se celebraran
en honor de otro difunto, me llevaría á mi tienda los mejores. Ya
sabéis cuánto mis caballos aventajan en ligereza á los demás, porque
son inmortales: Neptuno se los regaló á Peleo, mi padre, y éste me
los ha dado á mí. Pero yo permaneceré quieto, y también los solípedos
corceles, porque perdieron al ilustre y benigno auriga que tantas veces
derramó aceite sobre sus crines, después de lavarlos con agua pura.
¡Adelantaos los aqueos que confiéis en vuestros corceles y sólidos
carros!»

287 Así habló el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron. Levantóse
mucho antes que nadie el rey de hombres Eumelo, hijo amado de Admeto,
que descollaba en el arte de guiar el carro. Presentóse después el
fuerte Diomedes Tidida, el cual puso el yugo á los corceles de Tros que
quitara á Eneas cuando Apolo salvó á este héroe. Alzóse luego el rubio
Menelao, noble hijo de Atreo, y unció al carro la corredora yegua Eta,
propia de Agamenón, y su veloz caballo Podargo. Había dado la yegua á
Agamenón, como presente, Equépolo, hijo de Anquises, por no seguirle á
la ventosa Ilión y gozar tranquilo en la vasta Sición, donde moraba, de
la abundante riqueza que Júpiter le concediera; ésta fué la yegua que
Menelao unció al yugo, la cual estaba deseosa de correr.--Fué el cuarto
en aparejar los corceles de hermoso pelo Antíloco, hijo ilustre del
magnánimo rey Néstor Nelida: de su carro tiraban caballos de Pilos, de
pies ligeros. Y su padre se le acercó y empezó á darle buenos consejos,
aunque no le faltaba inteligencia:

306 «¡Antíloco! Si bien eres joven, Júpiter y Neptuno te quieren y te
han enseñado todo el arte del auriga. No es preciso, por tanto, que
yo te instruya. Sabes perfectamente cómo los caballos deben dar la
vuelta en torno de la meta; pero tus corceles son los más lentos en
correr, y temo que algún suceso desagradable ha de ocurrirte. Empero,
si otros caballos son más veloces, sus conductores no te aventajan en
obrar sagazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear toda clase de
habilidades para que los premios no se te escapen. El leñador más hace
con la habilidad que con la fuerza; con su habilidad el piloto gobierna
en el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vientos; y con su
habilidad puede un auriga vencer á otro. El que confía en sus caballos
y en su carro, les hace dar vueltas imprudentemente acá y allá, y luego
los corceles divagan en la carrera y no los puede sujetar; mas el que
conoce los recursos del arte y guía caballos inferiores, clava los ojos
continuamente en la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no le pasa
inadvertido cuándo debe aguijar á aquéllos con el látigo de piel de
buey: así, los domina siempre, á la vez que observa á quien le precede.
La meta de ahora es muy fácil de conocer, y voy á indicártela para que
no dejes de verla. Un tronco seco de encina ó de pino, que la lluvia no
ha podrido aún, sobresale un codo de la tierra; encuéntranse á uno y
otro lado del mismo, cuando el camino acaba, sendas piedras blancas; y
luego el terreno es llano por todas partes y propio para las carreras
de carros: el tronco debe de haber pertenecido á la tumba de un hombre
que ha tiempo murió, ó fué puesto como mojón por los antiguos; y ahora
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, lo ha elegido por meta.
Acércate á ésta y den la vuelta casi tocándola carro y caballos; y tú
inclínate en la fuerte silla hacia la izquierda y anima con imperiosas
voces al corcel del otro lado, aflojándole las riendas. El caballo
izquierdo se aproxime tanto á la meta, que parezca que el cubo de la
bien construída rueda haya de llegar al tronco, pero guárdate de chocar
con la piedra: no sea que hieras á los corceles, rompas el carro y
causes el regocijo de los demás y la confusión de ti mismo. Procura, oh
querido, ser cauto y prudente. Pero, si aguijando los caballos, logras
dar la vuelta á la meta; ya nadie se te podrá anticipar ni alcanzarte
siquiera, aunque guíe al divino Arión--el veloz caballo de Adrasto, que
descendía de un dios--ó sea arrastrado por los corceles de Laomedonte,
que se criaron aquí tan excelentes.»

349 Así dijo Néstor Nelida, y volvió á sentarse cuando hubo enterado á
su hijo de lo más importante de cada cosa.

351 Meriones fué el quinto en aparejar los caballos de hermoso pelo.
Subieron los aurigas á los carros y echaron suertes en un casco que
agitaba Aquiles. Salió primero la de Antíloco Nestórida; después, la
del rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso por su lanza; en
seguida, la de Meriones, y por último, la del Tidida, que era el más
hábil. Pusiéronse en fila, y Aquiles les indicó la meta á lo lejos,
en el terreno llano; y encargó á Fénix, escudero de su padre, que se
sentara cerca de aquélla como observador de la carrera, á fin de que,
reteniendo en la memoria cuanto ocurriese, la verdad luego les contara.

362 Todos á un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo caer sobre los
caballos y los animaron con ardientes voces. Y éstos, alejándose de
las naves, corrían por la llanura con suma rapidez; la polvareda que
levantaban envolvíales el pecho como una nube ó un torbellino, y las
crines ondeaban al soplo del viento. Los carros unas veces tocaban al
fértil suelo y otras, daban saltos en el aire; los aurigas permanecían
en las sillas con el corazón palpitante por el deseo de la victoria;
cada cual animaba á sus corceles, y éstos volaban, levantando polvo,
por la llanura.

373 Mas, cuando los veloces caballos llegaron á la segunda mitad de
la carrera y ya volvían hacia el espumoso mar, entonces se mostró la
pericia de cada conductor, pues todos aquéllos empezaron á galopar.
Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo Feretíada.
Seguíanlas los caballos de Diomedes, procedentes de los de Tros; y
estaban tan cerca del primer carro, que parecía que iban á subir en él:
con su aliento calentaban la espalda y anchos hombros de Eumelo, y
volaban poniendo la cabeza sobre el mismo. Diomedes le hubiera pasado
delante, ó por lo menos hubiera conseguido que la victoria quedase
indecisa si Febo Apolo, que estaba irritado con el hijo de Tideo, no le
hubiese hecho caer de las manos el lustroso látigo. Afligióse el héroe,
y las lágrimas humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corrían más
que antes, y en cambio sus caballos aflojaban, porque ya no sentían el
azote. No le pasó inadvertido á Minerva que Apolo jugara esta treta al
Tidida; y corriendo hacia el pastor de hombres, devolvióle el látigo, á
la vez que daba nuevos bríos á sus caballos. Y la diosa, irritada, se
encaminó al momento hacia el hijo de Admeto y le rompió el yugo: cada
yegua se fué por su lado, fuera de camino; el timón cayó á tierra, y el
héroe vino al suelo, junto á una rueda, hirióse en los codos, boca y
narices, se rompió la frente por encima de las cejas, se le arrasaron
los ojos de lágrimas y la voz, vigorosa y sonora, se le cortó. El
Tidida guió los solípedos caballos, desviándolos un poco, y se adelantó
un gran espacio á todos los demás; porque Minerva vigorizó sus corceles
y le concedió á él la gloria del triunfo. Seguíale el rubio Menelao
Atrida. É inmediato á él iba Antíloco, que animaba á los caballos de su
padre:

403 «Corred y alargad el paso cuanto podáis. No os mando que rivalicéis
con aquéllos, con los caballos del aguerrido Tidida; á los cuales
Minerva dió ligereza, concediéndole á él la gloria del triunfo. Mas
alcanzad pronto á los corceles del Atrida y no os quedéis rezagados
para que no os avergüence Eta con ser hembra. ¿Por qué os atrasáis,
excelentes caballos? Lo que os voy á decir se cumplirá: Se acabarán
para vosotros los cuidados en el palacio de Néstor, pastor de hombres,
y éste os matará en seguida con el agudo bronce si por vuestra desidia
nos llevamos el peor premio. Seguid y apresuraos cuanto podáis. Y yo
pensaré cómo, valiéndome de la astucia, me adelanto en el lugar donde
se estrecha el camino; no se me escapará la ocasión.»

417 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron
más diligentemente un breve rato. Pronto el belicoso Antíloco alcanzó
á descubrir el punto más estrecho del camino--había allí una hendedura
de la tierra, producida por el agua estancada durante el invierno, la
cual robó parte de la senda y cavó el suelo,--y por aquel sitio guiaba
Menelao sus corceles, procurando evitar el choque con los demás carros.
Pero Antíloco, torciendo la rienda á sus caballos, sacó el carro fuera
del camino, y por un lado y de cerca seguía á Menelao. El Atrida temió
un choque, y le dijo gritando:

426 «¡Antíloco! De temerario modo guías el carro. Detén los corceles;
que ahora el camino es angosto, y en seguida, cuando sea más ancho,
podrás ganarme la delantera. No sea que choquen los carros y seas causa
de que recibamos daño.»

429 Así dijo. Pero Antíloco, como si no le oyese, hacía correr más á
sus caballos picándolos con el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco
que tira un joven desde lo alto de su hombro para probar la fuerza,
tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida cejaron, y él
mismo, voluntariamente, dejó de avivarlas; no fuera que los solípedos
caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes
carros, y ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la
victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo á Antíloco, exclamó:

439 «¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto que tú. Ve enhoramala; que
los aqueos no estábamos en lo cierto cuando te teníamos por sensato.
Pero no te llevarás el premio sin que antes jures.»

442 En diciendo esto, animó á sus caballos con estas palabras: «No
aflojéis el paso, ni tengáis el corazón afligido. Á aquéllos se les
cansarán los pies y las rodillas antes que á vosotros, pues ya ambos
pasaron de la edad juvenil.»

446 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron
más diligentemente, y pronto se hallaron cerca de los otros.

448 Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los ojos de los
caballos; y éstos volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo,
caudillo de los cretenses, fué quien antes distinguió los primeros
corceles que llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto por
haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la
voz del auriga que animaba á los corceles, la reconoció; y al momento
vió que corría, adelantándose á los demás, un caballo magnífico, todo
bermejo, con una mancha en la frente, blanca y redonda como la luna. Y
poniéndose en pie, dijo estas palabras á los argivos:

457 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Veo los
caballos yo solo ó también vosotros? Paréceme que no son los mismos
de antes los que vienen delanteros, ni el mismo el auriga: deben de
haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran vencedoras.
Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas,
aunque registro con mis ojos todo el campo troyano. Quizás las riendas
se le fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las yeguas al
llegar á la meta, no dió felizmente la vuelta: me figuro que habrá
caído, el carro estará roto y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo
enardecido, se habrán echado fuera del camino. Pero levantaos y mirad,
pues yo no lo distingo bien: paréceme que el que viene delante es un
varón etolo, el fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos,
que reina sobre los argivos.»

473 Y el veloz Ayax de Oileo increpóle con injuriosas voces:
«¡Idomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo debido? Las voladoras yeguas
vienen corriendo á lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el
más joven de los argivos, ni tu vista es la mejor; pero siempre hablas
mucho y sin substancia. Preciso es que no seas tan gárrulo, estando
presentes otros que te son superiores. Esas yeguas que aparecen las
primeras, son las de antes, las de Eumelo, y él mismo viene en el carro
y tiene las riendas.»

482 El caudillo de los cretenses le respondió enojado: «Ayax, valiente
en la injuria, detractor; pues en todo lo restante estás por debajo de
los argivos á causa de tu espíritu perverso. Apostemos un trípode ó
una caldera y nombremos árbitro á Agamenón Atrida, para que manifieste
cuáles son las yeguas que vienen delante y tú lo aprendas perdiendo la
apuesta.»

488 Así habló. En seguida el veloz Ayax de Oileo se alzó colérico para
contestarle con palabras duras. Y la altercación se hubiera prolongado
más, si el propio Aquiles, levantándose, no les hubiese dicho:

492 «¡Ayax é Idomeneo! No alterquéis con palabras duras y pesadas,
porque no es decoroso; y vosotros mismos os irritaríais contra el que
así lo hiciera. Sentaos en el circo y fijad la vista en los caballos,
que pronto vendrán aquí por el anhelo de alcanzar la victoria, y
sabréis cuáles corceles argivos son los delanteros y cuáles los
rezagados.»

499 Así dijo; el Tidida, que ya se había acercado un buen trecho,
aguijaba á los corceles, y constantemente les azotaba la espalda con el
látigo, y ellos, levantando en alto los pies, recorrían velozmente el
camino y rociaban de tierra al auriga. El carro, guarnecido de oro y
estaño, corría arrastrado por los veloces caballos y las llantas casi
no dejaban huella en el tenue polvo. ¡Con tal ligereza volaban los
corceles! Cuando Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente carro;
copioso sudor corría de la cerviz y del pecho de los bridones hasta el
suelo, y el héroe, saltando á tierra, dejó el látigo colgado del yugo.
Entonces no anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al instante
tomó el premio y lo entregó á los magnánimos compañeros; y mientras
éstos conducían la cautiva á la tienda y se llevaban el trípode con
asas, desunció del carro á los corceles.

514 Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente de Neleo, el cual
se había anticipado á Menelao por haber usado de fraude y no por la
mayor ligereza de su carro; pero así y todo, Menelao guiaba muy cerca
de él los veloces caballos. Cuanto el corcel dista de las ruedas del
carro en que lleva á su señor por la llanura (las últimas cerdas de
la cola tocan la llanta y un corto espacio los separa mientras aquél
corre por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao del eximio
Antíloco; pues si bien al principio se quedó á la distancia de un tiro
de disco, pronto volvió á alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua
de Agamenón, de Eta, de hermoso pelo, iba aumentando. Y si la carrera
hubiese sido más larga, el Atrida se le habría adelantado, sin dejar
dudosa la victoria.--Meriones, el buen escudero de Idomeneo, seguía
al ínclito Menelao, como á un tiro de lanza; pues sus corceles, de
hermoso pelo, eran más tardos y él muy poco diestro en guiar el carro
en un certamen.--Presentóse, por último, el hijo de Admeto tirando de
su hermoso carro y conduciendo por delante los caballos. Al verle, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció de él, y dirigió
á los argivos estas aladas palabras:

536 «Viene el último con los solípedos caballos el varón que más
descuella en guiarlos. Ea, démosle, como es justo, el segundo premio, y
llévese el primero el hijo de Tideo.»

539 Así habló y todos aplaudieron lo que proponía. Y le hubiese
entregado la yegua--pues los aqueos lo aprobaban,--si Antíloco, hijo
del magnánimo Néstor, no se hubiera levantado para decir con razón al
Pelida Aquiles:

544 «¡Oh Aquiles! Mucho me enfadaré contigo si llevas al cabo lo que
dices. Vas á quitarme el premio, atendiendo á que recibieron daño su
carro y los veloces corceles y él es esforzado; pero tenía que rogar á
los inmortales y no habría llegado el último de todos. Si le compadeces
y es grato á tu corazón, como hay en tu tienda abundante oro y posees
bronce, rebaños, esclavas y solípedos caballos, entrégale, tomándolo
de estas cosas, un premio aún mejor que éste, para que los aqueos te
alaben. Pero la yegua no la daré, y pruebe de quitármela quien desee
llegar á las manos conmigo.»

555 Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
holgándose de que Antíloco se expresara en tales términos, porque era
amigo suyo; y en respuesta, díjole estas aladas palabras:

558 «¡Antíloco! Me ordenas que dé á Eumelo otro premio, sacándolo de
mi tienda, y así lo haré. Voy á entregarle la coraza de bronce que
quité á Asteropeo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente
estaño, y constituirá para él un valioso presente.»

563 Dijo, y mandó á Automedonte, el compañero querido, que la sacara
de la tienda; fué éste y llevósela; y Aquiles la puso en las manos de
Eumelo, que la recibió alegremente.

566 Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón y muy irritado
contra Antíloco. El heraldo le dió el cetro, y ordenó á los argivos que
callaran. Y el varón igual á un dios, habló diciendo:

570 «¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué has hecho? Desluciste
mi habilidad y atropellaste mis corceles, haciendo pasar delante á los
tuyos, que son mucho peores. ¡Ea, capitanes y príncipes de los argivos!
Juzgadnos imparcialmente á entrambos: no sea que alguno de los aqueos,
de broncíneas lorigas, exclame: _Menelao, violentando con mentiras á
Antíloco, ha conseguido llevarse la yegua, á pesar de la inferioridad
de sus corceles, por ser más valiente y poderoso_. Y si queréis, yo
mismo lo decidiré; y creo que ningún dánao me podrá reprender, porque
el fallo será justo. Ea, Antíloco, alumno de Júpiter, ven aquí y,
puesto, como es costumbre, delante de los caballos y el carro, teniendo
en la mano el flexible látigo con que los guiabas y tocando los
corceles, jura por Neptuno, el que ciñe la tierra, que si detuviste mi
carro fué involuntariamente y sin dolo.»

586 Respondióle el prudente Antíloco: «Perdóname, oh rey Menelao, pues
soy más joven y tú eres mayor y más valiente. No te son desconocidas
las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento es rápido y su
juicio escaso. Apacígüese, pues, tu corazón: yo mismo te cedo la yegua
que he recibido; y si de cuanto tengo me pidieras algo de más valor que
este premio, preferiría dártelo en seguida, á perder para siempre tu
afecto y ser culpable ante los dioses.»

596 Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y conduciendo la yegua
adonde estaba el Atrida, se la puso en la mano. Á éste se le alegró
el alma: como el rocío cae en torno de las espigas cuando las mieses
crecen y los campos se erizan; del mismo modo, oh Menelao, tu espíritu
se bañó en gozo. Y respondiéndole, pronunció estas aladas palabras:

602 «¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien ceda; porque
hasta aquí no has sido imprudente ni ligero y ahora la juventud
venció á la razón. Abstente en lo sucesivo de suplantar á los que
te son superiores. Ningún otro aqueo me ablandaría tan pronto; pero
has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano
también; accederé, pues, á tus súplicas y te daré la yegua, que es
mía, para que éstos sepan que mi corazón no fué nunca ni soberbio ni
cruel.»

612 Dijo; entregó á Noemón, compañero de Antíloco, la yegua para que se
la llevara, y tomó la reluciente caldera. Meriones, que había llegado
el cuarto, recogió los dos talentos de oro. Quedaba el quinto premio,
el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo, atravesó el circo, y lo
ofreció á Néstor con estas palabras:

618 «Toma, anciano; sea tuyo este presente como recuerdo de los
funerales de Patroclo, á quien no volverás á ver entre los argivos. Te
doy el premio porque no podrás ser parte ni en el pugilato, ni en la
lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera; que ya te
abruma la vejez penosa.»

624 Así diciendo, se lo puso en las manos. Néstor recibiólo con
alegría, y respondió con estas aladas palabras:

626 «Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya mis miembros no
tienen el vigor de antes; ni mis pies, ni mis brazos que no se mueven
ágiles á partir de los hombros. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas
tan robustas como cuando los epeos enterraron en Buprasio al poderoso
Amarinceo, y los hijos de éste sacaron premios para los juegos que
debían celebrarse en honor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de
los pilios, ni de los magnánimos etolos, pudo igualarse conmigo. Vencí
en el pugilato á Clitomedes, hijo de Énope, y en la lucha á Anceo
Pleuronio, que osó afrontarme; en la carrera pasé delante de Ificlo,
que era robusto; y en arrojar la lanza superé á Fileo y á Polidoro.
Sólo los hijos de Áctor me dejaron atrás con su carro porque eran
dos; y me disputaron la victoria á causa de haberse reservado los
mejores premios para este juego. Eran aquéllos hermanos gemelos, y
el uno gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con firmeza
los caballos, mientras el otro con el látigo los aguijaba. Así era yo
en aquel tiempo. Ahora los más jóvenes entren en las luchas; que ya
debo ceder á la triste senectud, aunque entonces sobresaliera entre
los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos fúnebres de tu amigo.
Acepto gustoso el presente, y se me alegra el corazón al ver que te
acuerdas siempre del buen Néstor y no dejas de advertir con qué honores
he de ser honrado entre los aqueos. Las deidades te concedan por ello
abundantes gracias.»

651 Así habló; y el Pelida, oído todo el elogio que de él hiciera el
hijo de Neleo, fuése por entre la muchedumbre de los aqueos. En seguida
sacó los premios del duro pugilato: condujo al circo y ató en medio de
él una mula de seis años, cerril, difícil de domar, que había de ser
sufridora del trabajo; y puso para el vencido una copa doble. Y estando
en pie, dijo á los argivos:

658 «¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Invitemos á los dos
varones que sean más diestros, á que levanten los brazos y combatan á
puñadas por estos premios. Aquél á quien Apolo conceda la victoria,
reconociéndolo así todos los aqueos, conduzca á su tienda la mula
sufridora del trabajo; el vencido se llevará la copa doble.»

664 Así habló. Levantóse al instante un varón fuerte, alto y experto en
el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo. Y poniendo la mano sobre la mula
paciente en el trabajo, dijo:

667 «Acérquese el que haya de llevarse la copa doble; pues no creo que
ningún aqueo consiga la mula, si ha de vencerme en el pugilato. Me
glorío de mantenerlo mejor que nadie. ¿No basta acaso que sea inferior
á otros en la batalla? No es posible que un hombre sea diestro en todo.
Lo que voy á decir se cumplirá: al campeón que se me oponga, le rasgaré
la piel y le aplastaré los huesos; los que de él hayan de cuidar
quédense aquí reunidos, para llevárselo cuando sucumba á mis manos.»

676 Así se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y tan
sólo se levantó para luchar con él, Euríalo, varón igual á un dios,
hijo del rey Mecisteo Talayónida; el cual fué á Tebas cuando murió
Edipo y en los juegos fúnebres venció á todos los cadmeos. El Tidida,
famoso por su lanza, animaba á Euríalo con razones, pues tenía un gran
deseo de que alcanzara la victoria, y le ayudaba á disponerse para la
lucha: atóle el cinturón y le dió unas bien cortadas correas de piel
de buey salvaje. Ceñidos ambos contendientes, comparecieron en medio
del circo, levantaron las robustas manos, acometiéronse y los fornidos
brazos se entrelazaron. Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el
sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dió
un golpe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo no siguió
en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Como,
encrespándose la mar al soplo del Bóreas, salta un pez en la orilla
poblada de algas y las negras olas lo cubren en seguida; así Euríalo,
al recibir el golpe, dió un salto hacia atrás. Pero el magnánimo Epeo,
cogiéndole por las manos, lo levantó; rodeáronle los compañeros y se
lo llevaron del circo--arrastraba los pies, escupía negra sangre y la
cabeza se le inclinaba á un lado;--sentáronle entre ellos, desvanecido,
y fueron á recoger la copa doble.

700 El Pelida sacó después otros premios para el tercer juego, la
penosa lucha, y se los mostró á los dánaos: para el vencedor un gran
trípode, apto para ponerlo al fuego, que los aqueos apreciaban en doce
bueyes; para el vencido, una mujer diestra en muchas labores y valorada
en cuatro bueyes. Y estando en pie, dijo á los argivos:

707 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»

708 Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego el
ingenioso Ulises, fecundo en ardides. Puesto el ceñidor, fueron á
encontrarse en medio del circo y se cogieron con los robustos brazos
como se enlazan las vigas que un ilustre artífice une, al construir
alto palacio, para que resistan el embate de los vientos. Sus espaldas
crujían, estrechadas fuertemente por los vigorosos brazos; copioso
sudor les brotaba de todo el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban
apareciendo en los costados y en las espaldas; y ambos contendientes
anhelaban siempre alcanzar la victoria y con ella el bien construído
trípode. Pero ni Ulises lograba hacer caer y derribar por el suelo á
Ayax, ni éste á aquél porque la gran fuerza de Ulises se lo impedía.
Y cuando los aqueos de hermosas grebas ya empezaban á cansarse de la
lucha, dijo el gran Ayax Telamonio:

723 «¡Laertíada, descendiente de Júpiter, Ulises fecundo en recursos!
Levántame, ó te levantaré yo; y Jove se cuidará del resto.»

725 Dichas estas palabras, le hizo perder tierra; mas Ulises no se
olvidó de sus ardides, pues dándole por detrás un golpe en la corva,
dejóle sin vigor los miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas,
y cayó sobre su pecho: la muchedumbre quedó admirada y atónita al
contemplarlo. Luego, el divino y paciente Ulises alzó un poco á
Ayax, pero no consiguió sostenerlo en vilo; porque se le doblaron
las rodillas y ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y se
mancharon de polvo. Levantáronse, y hubieran luchado por tercera vez,
si Aquiles, poniéndose en pie, no los hubiese detenido:

735 «No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La victoria quedó por ambos.
Recibid igual premio y retiraos para que entren en los juegos otros
aquivos.»

738 Así habló. Ellos le escucharon y obedecieron; pues en seguida,
después de haberse limpiado el polvo, vistieron la túnica.

740 El Pelida sacó otros premios para la velocidad en la carrera.
Expuso primero una cratera de plata labrada, que tenía seis medidas
de capacidad y superaba en hermosura á todas las de la tierra. Los
sidonios, eximios artífices, la fabricaron primorosa; los fenicios,
después de llevarla por el sombrío ponto de puerto en puerto, se la
regalaron á Toante; más tarde, Euneo Jasónida la dió al héroe Patroclo
para rescatar á Licaón, hijo de Príamo; y entonces, Aquiles la ofreció
como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese más veloz en
correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo señaló un
buey corpulento y pingüe y para el último, medio talento de oro. Y
estando en pie, dijo á los argivos:

753 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»

754 Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayax de Oileo, después
el ingenioso Ulises, y por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la
carrera vencía á todos los jóvenes. Pusiéronse en fila y Aquiles les
indicó la meta. Empezaron á correr desde el sitio señalado, y el hijo
de Oileo se adelantó á los demás, aunque el divino Ulises le seguía
de cerca. Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa
cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y
tiene constantemente junto al seno; tan inmediato á Ayax corría Ulises:
pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera en torno de
las mismas y le echaba el aliento á la cabeza, corriendo siempre con
suma rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que realizaba
Ulises por el deseo de alcanzar la victoria, y le animaban con sus
voces. Mas cuando les faltaba poco para terminar la carrera, Ulises oró
en su corazón á Minerva, la de los brillantes ojos:

770 «Óyeme, diosa, y ven á socorrerme propicia, dando á mis pies más
ligereza.»

771 Tal fué su plegaria. Palas Minerva le oyó, y agilitóle los
miembros todos y especialmente los pies y las manos. Ya iban á coger
el premio, cuando Ayax, corriendo, dió un resbalón--pues Minerva quiso
perjudicarle--en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes
mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de
Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino
y paciente Ulises, le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro
Ayax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta,
mientras escupía la bosta, habló así á los argivos:

782 «¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquella que desde antiguo
acorre y favorece á Ulises cual una madre.»

784 Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió, sonriente, el
último premio; y dirigió estas palabras á los argivos:

787 «Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los dioses honran á
los hombres de más edad, hasta en los juegos. Ayax es un poco mayor
que yo; Ulises pertenece á la generación precedente, á los hombres
antiguos, es tenido por un anciano vigoroso, y contender con él en la
carrera es muy difícil para cualquier aqueo que no sea Aquiles.»

793 Así dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros. Aquiles
respondióle con estas palabras:

795 «¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues añado á tu premio
medio talento de oro.»

797 Dijo, se lo puso en la mano, y Antíloco lo recibió con alegría.
Acto continuo, el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica, un
escudo y un casco, que eran las armas que Patroclo quitara á Sarpedón.
Y puesto en pie, dijo á los argivos:

802 «Invitemos á los dos varones que sean más esforzados, á que,
vistiendo las armas y asiendo el tajante bronce, pongan á prueba su
valor ante el concurso. Al primero que logre tocar el cuerpo hermoso de
su adversario, le rasguñe el vientre á través de la armadura y le haga
brotar la negra sangre, daréle esta magnífica espada tracia, tachonada
con clavos de plata, que quité á Asteropeo. Ambos campeones se llevarán
las restantes armas y serán obsequiados con un espléndido banquete.»

811 Así habló. Levantóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego
el fuerte Diomedes Tidida. Tan pronto como se hubieron armado,
separadamente de la muchedumbre, fueron á encontrarse en medio del
circo, deseosos de combatir y mirándose con torva faz; y todos los
aqueos se quedaron atónitos. Cuando se hallaron frente á frente, tres
veces se acometieron y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayax
dió un bote en el escudo liso del adversario, pero no pudo llegar á su
cuerpo porque la coraza lo impidió. El Tidida intentaba alcanzar con
el hierro de la luciente lanza el cuello de aquél, por cima del gran
escudo. Y los aqueos, temiendo por Ayax, mandaron que cesara la lucha
y ambos contendientes se llevaran igual premio; pero el héroe dió al
Tidida la gran espada, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor.

826 Luego el Pelida sacó la bola de hierro sin bruñir que en otro
tiempo lanzaba el forzudo Eetión: el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, mató á este príncipe y se llevó en las naves la bola con otras
riquezas. Y puesto en pie, dijo á los argivos:

831 «¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lucha! La presente
bola proporcionará al que venciere cuanto hierro necesite durante cinco
años, aunque sean muy extensos sus fértiles campos; y sus pastores y
labradores no tendrán que ir por hierro á la ciudad.»

836 Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Polipetes; después,
el vigoroso Leonteo, igual á un dios; más tarde, Ayax Telamonio, y por
fin, el divino Epeo. Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la
bola y la arrojó, después de voltearla; y todos los aquivos se rieron.
La tiró el segundo, Leonteo, vástago de Marte. Ayax Telamonio la
despidió también, con su robusta mano, y logró pasar las señales de los
anteriores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes y cuanta es la
distancia á que llega el cayado cuando lo lanza el pastor y voltea por
cima de la vacada, tanto pasó la bola el espacio del circo; aplaudieron
los aqueos, y los amigos de Polipetes, levantándose, llevaron á las
cóncavas naves el premio que su rey había ganado.

850 Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en
el circo diez hachas grandes y otras diez pequeñas. Clavó en la arena,
á lo lejos, un mástil de navío después de atar en su punta, por el pie
y con delgado cordel, una tímida paloma; é invitóles á tirarle saetas,
diciendo: El que hiera á la tímida paloma, llévese á su casa las hachas
grandes; el que acierte á dar en la cuerda sin tocar al ave, como más
inferior, tomará las hachas pequeñas.»

859 Así dijo. Levantóse en seguida el robusto Teucro y luego Meriones,
esforzado escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en un casco de
bronce, y, agitándolas, salió primero la de Teucro. Éste arrojó al
momento y con vigor una flecha, sin ofrecer á Apolo una hecatombe
perfecta de corderos primogénitos; y si bien no tocó al ave--negóselo
Apolo,--la amarga saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por la
cual se había atado á la paloma: ésta voló al cielo, el cordel quedó
colgando y los aqueos aplaudieron. Meriones arrebató apresuradamente
el arco de las manos de Teucro, acercó á la cuerda la flecha que de
antemano tenía preparada, votó á Apolo sacrificarle una hecatombe de
corderos primogénitos; y viendo á la tímida paloma que daba vueltas
allá en lo alto del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó
una de las alas. La flecha vino al suelo, á los pies de Meriones; y el
ave, posándose en el mástil del navío de negra proa, inclinó el cuello
y abatió las tupidas alas, la vida huyó veloz de sus miembros y aquélla
cayó del mástil á lo lejos. La gente lo contemplaba con admiración y
asombro. Meriones tomó, por tanto, las diez hachas grandes, y Teucro se
llevó á las cóncavas naves las pequeñas.

884 Luego el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica y una
caldera no puesta aún al fuego, que era del valor de un buey y estaba
decorada con flores. Dos hombres diestros en arrojar la lanza se
levantaron: el poderoso Agamenón Atrida, y Meriones, escudero esforzado
de Idomeneo. Y el divino Aquiles, el de los pies ligeros, les dijo:

890 «¡Atrida! Pues sabemos cuánto aventajas á todos y que así en
la fuerza como en arrojar la lanza eres el más señalado, toma este
premio y vuelve á las cóncavas naves. Y entregaremos la pica al héroe
Meriones, si te place lo que te propongo.»

895 Así habló. Agamenón, rey de hombres, no dejó de obedecerle. Aquiles
dió á Meriones la pica de bronce, y el héroe Atrida tomó el magnífico
premio y se lo entregó al heraldo Taltibio.



[Ilustración: Funerales de Héctor]



CANTO XXIV

RESCATE DE HÉCTOR


1 Disolvióse la junta, y los guerreros se dispersaron por las naves,
tomaron la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquiles lloraba,
acordándose del compañero querido, sin que el sueño, que todo lo
rinde, pudiera vencerle: daba vueltas acá y allá y con amargura traía
á la memoria el vigor y gran ánimo de Patroclo, lo que de mancomún
con él llevara al cabo y las penalidades que ambos habían padecido,
ora combatiendo con los hombres, ora surcando las temibles ondas. Al
recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas; ya se echaba de lado, ya
de espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose, vagaba triste por
la playa. Nunca le pasaba inadvertido el despuntar de la Aurora sobre
el mar y sus riberas; entonces uncía al carro los ligeros corceles,
y atando al mismo el cadáver de Héctor, lo arrastraba hasta dar tres
vueltas al túmulo del difunto Menetíada; acto continuo volvía á reposar
en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo. Mas Apolo,
apiadándose del varón aun después de muerto, le libraba de toda injuria
y lo protegía con la égida de oro para que Aquiles no lacerase el
cuerpo mientras lo arrastraba.

22 De tal manera Aquiles, enojado, insultaba al divino Héctor.
Compadecidos de éste los bienaventurados dioses, instigaban al
vigilante Argicida á que hurtase el cadáver. Á todos les placía tal
propósito, menos á Juno, á Neptuno y á la virgen de los brillantes
ojos, que odiaban como antes á la sagrada Ilión, á Príamo y á su
pueblo por la injuria que Alejandro infiriera á las diosas cuando
fueron á su cabaña y declaró vencedora á la que le había ofrecido
funesta liviandad. Cuando desde el día de la muerte de Héctor llegó la
duodécima aurora, Febo Apolo dijo á los inmortales:

33 «Sois, oh dioses, crueles y maléficos. ¿Acaso Héctor no quemaba en
honor vuestro muslos de bueyes y de cabras escogidas? Ahora, que ha
perecido, no os atrevéis á salvar el cadáver y ponerlo á la vista de
su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Príamo y del pueblo,
que al momento lo entregarían á las llamas y le harían honras fúnebres;
por el contrario, oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles,
el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo
inflexible y medita cosas feroces, como un león que dejándose llevar
por su gran fuerza y espíritu soberbio, se encamina á los rebaños de
los hombres para aderezarse un festín: de igual modo perdió Aquiles la
piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece ó daña á los
varones. Aquél á quien se le muere un ser amado, como el hermano carnal
ó el hijo, al fin cesa de llorar y lamentarse; porque las Parcas dieron
al hombre un corazón paciente. Mas Aquiles, después que quitó al divino
Héctor la dulce vida, ata el cadáver al carro y lo arrastra alrededor
del túmulo de su compañero querido; y esto ni á aquél le aprovecha, ni
es decoroso. Tema que nos irritemos contra él, aunque sea valiente,
porque enfureciéndose insulta á lo que tan sólo es ya insensible
tierra.»

55 Respondióle irritada Juno, la de los níveos brazos: «Sería como
dices, oh tú que llevas arco de plata, si á Aquiles y á Héctor los
tuvierais en igual estima. Pero Héctor fué mortal y dióle el pecho
una mujer; mientras que Aquiles es hijo de una diosa á quien yo misma
alimenté y crié y casé luego con Peleo, varón cordialmente amado por
los inmortales. Todos los dioses presenciasteis la boda; y tú pulsaste
la cítara y con los demás tuviste parte en el festín, ¡oh amigo de los
malos, siempre pérfido!»

64 Replicó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! No te irrites tanto
contra las deidades. No será el mismo el aprecio en que los tengamos;
pero Héctor era para los dioses, y también para mí, el más querido de
cuantos mortales viven en Ilión, porque nunca se olvidó de dedicarnos
agradables ofrendas. Jamás mi altar careció ni de libaciones ni de
víctimas, que tales son los honores que se nos deben. Desechemos la
idea de robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible que se haga á
hurto de Aquiles, porque siempre, de noche y de día, le acompaña su
madre. Mas si alguno de los dioses llamase á Tetis, yo le diría á ésta
lo que fuera oportuno para que Aquiles, recibiendo los dones de Príamo,
restituyese el cadáver de Héctor.»

77 Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán,
para llevar el mensaje; saltó al negro ponto entre la costa de Samos y
la escarpada de Imbros, y resonó el estrecho. La diosa se lanzó á lo
profundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey montaraz
en que se pone el anzuelo y lleva la muerte á los voraces peces. En la
profunda gruta halló á Tetis y á otras muchas diosas marinas que la
rodeaban: la ninfa, sentada en medio de ellas, lloraba por la suerte de
su hijo, que había de perecer en la fértil Troya, lejos de la patria. Y
acercándosele Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:

88 «Ven, Tetis, pues te llama Júpiter, el conocedor de los eternales
decretos.»

89 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «¿Por qué
aquel gran dios me ordena que vaya? Me da vergüenza juntarme con los
inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no
obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.»

93 En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan
obscuro que no había otro que fuese más negro. Púsose en camino,
precedida por la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, y las olas
del mar se abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas á la playa,
ascendieron al cielo y hallaron al longividente Saturnio con los demás
felices sempiternos dioses. Sentóse Tetis al lado de Júpiter, porque
Minerva le cedió el sitio; y Juno le puso en la mano la copa de oro que
la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el padre de los hombres y
de los dioses comenzó á hablar de esta manera:

104 «Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado
por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo, voy á decirte por
qué te he llamado. Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales
una contienda referente al cadáver de Héctor y á Aquiles, asolador de
ciudades, é instigaban al vigilante Argicida á que hurtase el muerto;
pero yo prefiero dar á Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar
así tu respeto y amistad. Ve en seguida al ejército y amonesta á tu
hijo. Dile que los dioses están muy irritados contra él y yo más
indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureciéndose retiene
á Héctor en las corvas naves y no permite que lo rediman; por si,
temiéndome, consiente que el cadáver sea rescatado. Y enviaré la diosa
Iris al magnánimo Príamo para que vaya á las naves de los aqueos y
redima á su hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo.»

120 Así se expresó; y Tetis, la diosa de los argentados pies, no fué
desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó
á la tienda de su hijo: éste gemía sin cesar, y sus compañeros se
ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado una
grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sentó muy cerca del héroe,
le acarició con la mano y hablóle en estos términos:

128 «¡Hijo mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto y la tristeza roan
tu corazón, sin acordarte ni de la comida ni del concúbito? Bueno es
que goces del amor con una mujer, pues ya no vivirás mucho tiempo:
la muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora préstame atención,
pues vengo como mensajera de Júpiter. Dice que los dioses están muy
irritados contra ti, y él más indignado que ninguno de los inmortales,
porque enfureciéndote retienes á Héctor en las corvas naves y no
permites que lo rediman. Ea, entrega el cadáver y acepta su rescate.»

138 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Sea así. Quien traiga
el rescate se lleve el muerto; ya que, con ánimo benévolo, el mismo
Olímpico lo ha dispuesto.»

141 De este modo, dentro del recinto de las naves, pasaban de madre á
hijo muchas aladas palabras. Y en tanto, el Saturnio envió á Iris á la
sagrada Ilión:

144 «¡Anda, ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo, entra en Ilión
y di al magnánimo Príamo que se encamine á las naves de los aqueos y
rescate al hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo; vaya
solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele un heraldo más viejo que
él, para que guíe los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca
luego á la población el cadáver de aquel á quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su
ánimo; pues le daremos por guía al Argicida, el cual le llevará hasta
muy cerca de Aquiles. Y cuando haya entrado en la tienda del héroe,
éste no le matará, é impedirá que los demás lo hagan. Pues Aquiles
no es insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de
respetar á un suplicante.»

159 Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para
llevar el mensaje; y llegando al palacio de Príamo, oyó llantos y
alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban
sus vestidos con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, envuelto
en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza y en el cuello abundante
estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido con sus manos.
Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos
varones esforzados que yacían en la llanura por haber dejado la vida
en manos de los argivos. La mensajera de Júpiter se detuvo cerca de
Príamo y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba
los miembros, así le dijo:

171 «Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes; que no vengo á
presagiarte males, sino á participarte cosas buenas: soy mensajera
de Júpiter, que aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te
compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando
á Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve solo y ningún troyano se
te junte. Te acompañe un heraldo más viejo que tú, para que guíe los
mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego á la población
el cadáver de aquel á quien mató el divino Aquiles. Ni la idea de la
muerte ni otro temor alguno conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía
al Argicida, el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando
hayas entrado en la tienda del héroe, éste no te matará é impedirá que
los demás lo hagan. Pues Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni
perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»

188 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros. Príamo
mandó á sus hijos que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas,
pusieran encima una arca y la sujetaran con sogas. Bajó después al
perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado techo y guardaba
muchas preciosidades; y llamando á su esposa Hécuba, hablóle en estos
términos:

194 «¡Hécuba infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido por orden de
Júpiter á encargarme que vaya á las naves de los aqueos y rescate al
hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime ¿qué
piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me instigan á ir
allá, hacia las naves, al campamento vasto de los aqueos.»

[Ilustración: IRIS HALLÓ EN LA GRUTA Á TETIS RODEADA DE NEREIDAS,
LLORANDO POR LA SUERTE DE SU HIJO

  (_Canto XXIV, versos 83 á 86._)]

200 Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos, y respondió diciendo:
«¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre entre
los extranjeros y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres
ir solo á las naves de los aqueos y presentarte al hombre que te mató
tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese
guerrero cruel y pérfido llega á verte con sus propios ojos y te coge,
ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mínimo. Lloremos á
Héctor sentados en el palacio, á distancia de su cadáver; ya que cuando
le parí, el hado poderoso hiló de esta suerte el estambre de su vida:
que habría de saciar con su carne á los veloces perros, lejos de sus
padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera yo comer
hincando en él los dientes. Entonces quedarían vengados los insultos
que ha hecho á mi hijo; que éste, cuando aquél le mató, no se portaba
cobardemente, sino que á pie firme defendía á los troyanos y á las
troyanas de profundo seno, no pensando ni en huir ni en evitar el
combate.»

217 Contestó el anciano Príamo, semejante á un dios: «No te opongas
á mi resolución, ni seas para mí un ave de mal agüero en el palacio.
No me persuadirás. Si me diese la orden uno de los que en la tierra
viven, aunque fuera adivino, arúspice ó sacerdote, la creeríamos falsa
y desconfiaríamos aún más; pero ahora, como yo mismo he oído á la diosa
y la he visto delante de mí, iré y no serán ineficaces sus palabras.
Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos de broncíneas
túnicas, lo acepto: que me mate Aquiles tan luego como abrace á mi hijo
y satisfaga el deseo de llorarle.»

228 Dijo; y levantando las hermosas tapas de las arcas, cogió doce
magníficos peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce bellos
palios y otras tantas túnicas. Pesó luego diez talentos de oro. Y por
fin sacó dos trípodes relucientes, cuatro calderas y una magnífica copa
que los tracios le dieron cuando fué, como embajador, á su país, y era
un soberbio regalo; pues el anciano no quiso dejarla en el palacio á
causa del vehemente deseo que tenía de rescatar á su hijo. Y volviendo
al pórtico, echó afuera á los troyanos, increpándolos con injuriosas
palabras:

239 «¡Idos enhoramala, hombres infames y vituperables! ¿Por ventura no
hay llanto en vuestra casa, que venís á afligirme? ¿Ó creéis que son
pocos los pesares que Jove Saturnio me envía, con hacerme perder un
hijo valiente? También los probaréis vosotros. Muerto él, será mucho
más fácil que los argivos os maten. Pero antes que con estos ojos vea
la ciudad tomada y destruída, descienda yo á la mansión del Orco.»

247 Dijo; y con el cetro echó á los hombres. Éstos salieron,
apremiados por el anciano. Y en seguida Príamo reprendió á sus hijos
Heleno, Paris, Agatón divino, Pamón, Antífono, Polites, valiente en la
pelea, Deífobo, Hipótoo y el fuerte Dío: á los nueve los increpó y dió
órdenes, diciendo:

253 «¡Daos prisa, malos hijos, ruines! Ojalá que en lugar de Héctor
hubieseis muerto todos en las veleras naves. ¡Ay de mí, desventurado,
que engendré hijos valentísimos en la vasta Troya, y ya puedo decir que
ninguno me queda! Al divino Méstor, á Troílo que combatía en carro, y
á Héctor, que era un dios entre los hombres y no parecía hijo de un
mortal sino de una divinidad, Marte les hizo perecer; y restan los
que son indignos, embusteros, danzarines, señalados únicamente en los
coros y hábiles en robar al pueblo corderos y cabritos. Pero ¿no me
prepararéis al instante el carro, poniendo en él todas estas cosas,
para que emprendamos el camino?»

265 Así les habló. Ellos, temiendo la reconvención del padre, sacaron
un carro de mulas, de hermosas ruedas, magnífico, recién construído;
pusieron encima el arca, que ataron bien; descolgaron del clavo el
corvo yugo de madera de boj, provisto de anillos, y tomaron una correa
de nueve codos que servía para atarlo. Colocaron después el yugo sobre
la parte anterior de la lanza, metieron el anillo en su clavija, y
sujetaron á aquél, atándolo con la correa, á la cual hicieron dar
tres vueltas á cada lado y cuyos extremos reunieron en un nudo. Luego
fueron sacando de la cámara y acomodando en el carro los innumerables
dones para el rescate de Héctor; uncieron los mulos de tiro, de
fuertes cascos, que en otro tiempo regalaron los misios á Príamo como
espléndido presente, y acercaron al yugo dos corceles, á los cuales el
anciano en persona daba de comer en pulimentado pesebre.

281 Mientras el heraldo y Príamo, prudentes ambos, uncían los caballos
en el alto palacio, acercóseles Hécuba, con ánimo abatido, llevando en
su diestra una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicieran la
libación antes de partir; y deteniéndose ante el carro, dijo á Príamo:

287 «Toma, haz libación al padre Júpiter y suplícale que puedas volver
del campamento de los enemigos á tu casa; ya que tu ánimo te incita á
ir á las naves contra mi deseo. Ruega, pues, á Júpiter Ideo, el dios
de las sombrías nubes, que desde lo alto contempla la ciudad de Troya,
y pídele que haga aparecer á tu derecha su veloz mensajera, el ave que
le es más cara y cuya fuerza es inmensa, para que en viéndola con tus
propios ojos, vayas, alentado por el agüero, á las naves de los dánaos,
de rápidos corceles. Y si el longividente Júpiter no te enviara su
mensajera, yo no te aconsejaría que fueras á las naves de los argivos
por mucho que lo desees.»

299 Respondióle el deiforme Príamo: «¡Mujer! No dejaré de obrar como me
recomiendas. Bueno es levantar las manos á Júpiter para que de nosotros
se apiade.»

302 Dijo así el anciano, y mandó á la esclava despensera que le diese
agua limpia á las manos. Presentóse la cautiva con una fuente y un
jarro. Y Príamo, así que se hubo lavado, recibió la copa de manos de su
esposa; oró, de pie, en medio del patio; libó el vino, alzando los ojos
al cielo, y pronunció estas palabras:

308 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Concédeme que al llegar á la tienda de Aquiles le sea grato y de mí
se apiade; y haz que aparezca á mi derecha tu veloz mensajera, el ave
que te es más cara y cuya fuerza es inmensa, para que después de verla
con mis propios ojos vaya, alentado por el agüero, á las naves de los
dánaos, de rápidos corceles.»

314 Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Júpiter, y al momento envió
la mejor de las aves agoreras, un águila rapaz de color obscuro,
conocida con el nombre de _percnón_. Cuanta anchura suele tener en la
casa de un rico la puerta de la cámara de alto techo, bien adaptada
al marco y asegurada por un cerrojo; tanto espacio ocupaba con sus
alas, desde el uno al otro extremo, el águila que apareció volando á
la derecha por cima de la ciudad. Al verla, todos se alegraron y la
confianza renació en sus pechos.

322 El anciano subió presuroso al carro y lo guió á la calle, pasando
por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Iban delante los mulos que
arrastraban el carro de cuatro ruedas, y eran gobernados por el
prudente Ideo; seguían los caballos que el viejo aguijaba con el
látigo para que atravesaran prestamente la ciudad; y todos los amigos
acompañaban al rey, derramando abundantes lágrimas, como si á la muerte
caminara. Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos y yernos
regresaron á Ilión. Mas al atravesar Príamo y el heraldo la llanura, no
dejó de advertirlo Júpiter, que vió al anciano y se compadeció de él. Y
llamando en seguida á su hijo Mercurio, hablóle de esta manera:

334 «¡Mercurio! Puesto que te es grato acompañar á los hombres y
oyes las súplicas del que quieres; anda, ve y conduce á Príamo á las
cóncavas naves aqueas, de suerte que ningún dánao le vea hasta que haya
llegado á la tienda del Pelida.»

339 Así habló. El mensajero Argicida no fué desobediente: calzóse al
instante los áureos divinos talares que le llevaban sobre el mar y la
tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual
adormece á cuantos quiere ó despierta á los que duermen. Llevándola
en la mano, el poderoso Argicida emprendió el vuelo, llegó muy pronto
á Troya y al Helesponto, y echó á andar, transfigurado en un joven
príncipe á quien comienza á salir el bozo y está graciosísimo en la
flor de la juventud.

349 Cuando Príamo y el heraldo llegaron más allá del gran túmulo de
Ilo, detuvieron los mulos y los caballos para que bebiesen en el río.
Ya se iba haciendo noche sobre la tierra. Advirtió el heraldo la
presencia de Mercurio, que estaba junto á él, y hablando á Príamo, le
dijo:

354 «Atiende Dardánida, pues el lance que se presenta requiere
prudencia. Veo á un hombre y me figuro que en seguida nos matará. Ea,
huyamos en el carro, ó supliquémosle, abrazando sus rodillas, para ver
si se apiada de nosotros.»

358 Esto dijo. Turbósele al anciano la razón, sintió un gran terror,
se le erizó el pelo en los flexibles miembros y quedó estupefacto.
Entonces el benéfico Mercurio se llegó al viejo, tomóle por la mano y
le interrogó diciendo:

362 «¿Adónde, padre mío, diriges estos caballos y mulos durante la
noche divina, mientras duermen los demás mortales? ¿No temes á los
aqueos, que respiran valor, los cuales te son malévolos y enemigos y se
hallan cerca de nosotros? Si alguno de ellos te viera conducir tantas
riquezas en esta obscura y rápida noche, ¿qué resolución tomarías? Tú
no eres joven, éste que te acompaña es también anciano, y no podríais
rechazar á quien os ultrajara. Pero yo no te causaré ningún daño, y
además te defendería de cualquier hombre, porque te pareces á mi padre.»

372 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Así es, como
dices, hijo querido. Pero alguna deidad extiende la mano sobre mí,
cuando me hace salir al encuentro un caminante de tan favorable augurio
como tú, que tienes cuerpo y aspecto dignos de admiración y espíritu
prudente, y naciste de padres felices.»

377 Díjole á su vez el mensajero Argicida: «Sí, anciano, oportuno es
cuanto acabas de decir. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: ¿Mandas
á gente extraña tantas y tan preciosas riquezas á fin de ponerlas en
cobro; ó ya todos abandonáis, amedrentados, la sagrada Ilión, por haber
muerto el varón más fuerte, tu hijo, que á ninguno de los aqueos cedía
en el combate?»

386 Contestóle el anciano Príamo, semejante á un dios: «¿Quién eres,
hombre excelente, y cuáles los padres de que naciste, que con tanta
oportunidad has mencionado la muerte de mi hijo infeliz?»

389 Replicó el mensajero Argicida: «Me quieres probar, oh anciano,
y por eso me preguntas por el divino Héctor. Muchas veces le vieron
estos ojos en la batalla donde los varones se hacen ilustres, y también
cuando llegó á las naves matando argivos, á quienes hería con el agudo
bronce. Nosotros le admirábamos sin movernos, porque Aquiles estaba
irritado contra el Atrida y no nos dejaba pelear. Pues yo soy servidor
de Aquiles, con quien vine en la misma nave bien construída; desciendo
de mirmidones y tengo por padre á Políctor, que es rico y anciano como
tú. Soy el más joven de sus siete hijos y, como lo decidiéramos por
suerte, tocóme á mí acompañar al héroe. Y ahora he venido de las naves
á la llanura, porque mañana los aqueos, de ojos vivos, presentarán
batalla en los contornos de la ciudad; se aburren de estar ociosos,
y los reyes aquivos no pueden contener su impaciencia por entrar en
combate.»

405 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Si eres
servidor de Aquiles Pelida, ea, dime la verdad: ¿mi hijo yace aún cerca
de las naves, ó Aquiles lo ha desmembrado y entregado á sus perros?»

410 Contestóle el mensajero Argicida: «¡Oh anciano! Ni los perros ni
las aves lo han devorado, y todavía yace junto al bajel de Aquiles,
dentro de la tienda. Doce días lleva de estar tendido, y ni el cuerpo
se pudre, ni lo comen los gusanos que devoran á los hombres muertos en
la guerra. Cuando apunta la divinal Aurora, Aquiles lo arrastra sin
piedad alrededor del túmulo de su compañero querido; pero ni aun así lo
desfigura, y tú mismo, si á él te acercaras, te admirarías de ver cuán
fresco está: la sangre le ha sido lavada, no presenta mancha alguna,
y cuantas heridas recibió--pues fueron muchos los que le envasaron el
bronce--todas se han cerrado. De tal modo los bienaventurados dioses
cuidan de tu hijo, aun después de muerto, porque era muy caro á su
corazón.»

424 Así se expresó. Alegróse el anciano, y respondió diciendo: «¡Oh
hijo! Bueno es ofrecer á los inmortales los debidos dones. Jamás mi
hijo, si no ha sido un sueño que haya existido, olvidó en el palacio á
los dioses que moran en el Olimpo, y por esto se acordaron de él en el
fatal trance de la muerte. Mas, ea, recibe de mis manos esta copa, para
que la guardes, y guíame con el favor de los dioses hasta que llegue á
la tienda del Pelida.»

432 Díjole á su vez el mensajero Argicida: «¡Oh anciano! Quieres
tentarme porque soy más joven; pero no me persuadirás con tus ruegos á
que acepte el regalo sin saberlo Aquiles. Le temo y me da mucho miedo
defraudarle: no fuera que después se me siguiese algún daño. Pero te
acompañaría cuidadosamente en una velera nave ó á pie, aunque fuese
hasta la famosa Argos; y nadie osaría atacarte, despreciando al guía.»

440 Así habló el benéfico Mercurio; y subiendo al carro, recogió al
instante el látigo y las riendas é infundió gran vigor á los corceles y
mulos. Cuando llegaron al foso y á las torres que protegían las naves,
los centinelas comenzaban á preparar la cena, y el mensajero Argicida
los adormeció á todos; en seguida abrió la puerta, descorriendo los
cerrojos, é introdujo á Príamo y el carro que llevaba los espléndidos
regalos. Llegaron, por fin, á la alta tienda que los mirmidones habían
construído para el rey con troncos de abeto, techándola con frondosas
cañas que cortaron en la pradera: rodeábala una gran cerca de muchas
estacas y tenía la puerta asegurada por una barra de abeto que quitaban
ó ponían tres aqueos juntos, y sólo Aquiles la descorría sin ayuda.
Entonces el benéfico Mercurio abrió la puerta é introdujo al anciano y
los presentes para el Pelida, el de los pies ligeros. Y apeándose del
carro, dijo á Príamo:

460 «¡Oh anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Mercurio; y mi padre me
envió para que fuese tu guía. Me vuelvo antes de llegar á la presencia
de Aquiles, pues sería indecoroso que un dios inmortal se tomara
públicamente tanto interés por los mortales. Entra tú, abraza las
rodillas del Pelida, y suplícale por su padre, por su madre de hermosa
cabellera y por su hijo, á fin de que conmuevas su corazón.»

468 Cuando esto hubo dicho, Mercurio se encaminó al vasto Olimpo.
Príamo saltó del carro á tierra, dejó á Ideo para que cuidase de los
caballos y mulos, y fué derecho á la tienda en que moraba Aquiles,
caro á Júpiter. Hallóle solo--sus amigos estaban sentados aparte--y el
héroe Automedonte y Álcimo, vástago de Marte, le servían; pues acababa
de cenar; y si bien ya no comía ni bebía, aún la mesa continuaba
puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, y acercándose á Aquiles,
abrazóle las rodillas y besó aquellas manos terribles, homicidas, que
habían dado muerte á tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que,
hallándose en la casa de un rico, ven llegar á un hombre que tuvo la
desgracia de matar en su patria á otro varón y ha emigrado á país
extraño; de igual manera asombróse Aquiles de ver á Príamo, semejante
á un dios; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos á
otros. Y Príamo suplicó á Aquiles, dirigiéndole estas palabras:

486 «Acuérdate de tu padre, oh Aquiles, semejante á los dioses, que
tiene la misma edad que yo y ha llegado á los funestos umbrales de la
vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le
salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú
vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver á
su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré
hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno
me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos: diez y nueve eran
de una misma madre; á los restantes diferentes mujeres los dieron á luz
en el palacio. Á los más, el furibundo Marte les quebró las rodillas;
y el que era único para mí y defendía la ciudad y á sus habitantes, á
éste tú lo mataste poco ha mientras combatía por la patria, á Héctor;
por quien vengo ahora á las naves de los aqueos, con un cuantioso
rescate, á fin de redimir su cadáver. Respeta á los dioses, Aquiles,
y apiádate de mí, acordándote de tu padre; yo soy aún más digno de
compasión que él, puesto que me atreví á lo que ningún otro mortal de
la tierra: á llevar á mis labios la mano del hombre matador de mis
hijos.»

507 Así habló. Á Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y
cogiendo la mano de Príamo, apartóle suavemente. Los dos lloraban
afligidos por los recuerdos: Príamo, acordándose de Héctor, matador de
hombres, derramaba copiosas lágrimas postrado á los pies de Aquiles;
éste las vertía, unas veces por su padre y otras por Patroclo; y los
gemidos de ambos resonaban en la tienda. Mas así que el divino Aquiles
estuvo saciado de llanto y el deseo de sollozar cesó en su corazón,
alzóse de la silla, tomó por la mano al viejo para que se levantara, y
mirando compasivo la cabeza y la barba encanecidas, díjole estas aladas
palabras:

518 «¡Ah infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado.
¿Cómo te atreviste á venir solo á las naves de los aqueos y presentarte
al hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el
corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y aunque los dos estamos
afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto
para nada aprovecha. Los dioses condenaron á los míseros mortales á
vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuitados. En los umbrales
del palacio de Júpiter hay dos toneles de dones que el dios reparte:
en el uno están los azares y en el otro las suertes. Aquél á quien
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas
veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que
tan sólo recibe azares, vive con afrenta, una gran hambre le persigue
sobre la divina tierra, y va de un lado para otro sin ser honrado ni
por los dioses ni por los hombres. Así las deidades hicieron á Peleo
grandes mercedes desde su nacimiento: aventajaba á los demás hombres
en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones, y siendo mortal,
tuvo por mujer á una diosa; pero también le impusieron un mal: que no
tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan sólo uno engendró,
á mí, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque
permanezco en Troya, lejos de la patria, para contristarte á ti y
á tus hijos. Y dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en
otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos, donde reinó
Mácar, y más arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas
entre todos por tu riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses
celestiales te trajeron esta plaga, sucédense alrededor de la ciudad
las batallas y las matanzas de hombres. Súfrelo resignado y no dejes
que se apodere de tu corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás
afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante; y quizás tengas
que padecer una nueva desgracia.»

552 Respondió el anciano Príamo, semejante á un dios: «No me hagas
sentar en esta silla, alumno de Júpiter, mientras Héctor yace insepulto
en la tienda. Entrégamelo para que lo contemple con mis ojos, y recibe
el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y
volver á tu patria, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del
sol.»

559 Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
«¡No me irrites más, oh anciano! Dispuesto estoy á entregarte el
cadáver de Héctor, pues para ello Júpiter envióme como mensajera la
madre que me parió, la hija del anciano del mar. Comprendo también,
y no se me oculta, que un dios te trajo á las veleras naves de los
aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la
juventud, se atrevería á venir al ejército, ni entraría sin ser visto
por los centinelas, ni quitaría con facilidad la barra que asegura la
puerta. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea
que deje de respetarte, oh anciano, á pesar de que te hallas en mi
tienda y eres un suplicante, y viole las órdenes de Júpiter.»

571 Tales fueron sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el
mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda; y no se
fué solo, pues le siguieron el héroe Automedonte y Álcimo, que eran
los compañeros á quienes más apreciaba después del difunto Patroclo.
En seguida desengancharon los caballos y los mulos, introdujeron al
heraldo del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del
lustroso carro los cuantiosos presentes destinados al rescate de
Héctor. Tan sólo dejaron dos palios y una túnica bien tejida, para
envolver el cadáver antes que Príamo se lo llevase al palacio. Aquiles
llamó entonces á los esclavos y les mandó que lavaran y ungieran el
cuerpo de Héctor, trasladándolo á otra parte para que Príamo no lo
advirtiese; no fuera que, afligiéndose al ver á su hijo, no pudiese
reprimir la cólera en su pecho é irritase el corazón de Aquiles, y éste
le matara, quebrantando las órdenes de Júpiter. Lavado ya y ungido con
aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio;
después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los
compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe suspiró y dijo,
nombrando á su amigo:

592 «No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Orco te enteras de que
he entregado el cadáver del divino Héctor al padre de este héroe; pues
me ha traído un rescate digno, y consagraré á tus manes la parte que te
es debida.»

596 Habló así el divino Aquiles y volvió á la tienda. Sentóse en la
silla labrada que antes ocupara, de espaldas á la pared, frente á
Príamo, y hablóle en estos términos:

599 «Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un
lecho, y cuando asome el día podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos
en cenar; pues hasta Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar
alimento cuando en el palacio murieron sus doce vástagos: seis hijas y
seis hijos florecientes. Á éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató
disparando el arco de plata; á aquéllas dióles muerte Diana, que se
complace en tirar flechas, porque la madre osaba compararse con Latona,
la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado á luz dos
hijos, y ella había parido muchos; y los de la diosa, no siendo más
que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron
tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Saturnio
había convertido á los hombres en piedras; pero al llegar el décimo,
los celestiales dioses los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado
de llorar, pensó en el alimento. Hállase actualmente en las rocas de
los montes yermos de Sípilo, donde, según dicen, están las grutas de
las ninfas que bailan junto al Aqueloo; y aunque convertida en piedra,
devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, cuidemos
también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el
hijo á Ilión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y será por ti muy
llorado.»

621 Dijo el veloz Aquiles, y levantándose, degolló una cándida oveja;
sus compañeros la desollaron y prepararon, la descuartizaron con arte;
y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los
retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas canastillas y
Aquiles distribuyó la carne. Ellos alargaron la diestra á los manjares
que tenían delante; y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y
de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles,
pues el héroe parecía un dios; y á su vez, Aquiles admiró á Príamo
Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y
cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno al otro, el anciano
Príamo, semejante á un dios, dijo el primero:

635 «Permite, oh alumno de Júpiter, que me acueste y disfrute del dulce
sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió á tus manos;
pues continuamente gimo y devoro pesares innúmeros, revolcándome por el
estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado
con el negro vino la garganta, lo que desde entonces no había hecho.»

643 Dijo. Aquiles mandó á sus compañeros y á las esclavas que pusieran
camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de
púrpura, extendiesen tapetes encima de ellos y dejasen afelpadas
túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando
sendas hachas encendidas; y aderezaron diligentemente dos lechos. Y
Aquiles, el de los pies ligeros, dijo en tono burlón á Príamo:

650 «Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno
de los caudillos aqueos venga, como suelen, á consultarme sobre sus
proyectos; si alguno de ellos te viera durante la veloz y obscura
noche, podría decirlo á Agamenón, pastor de pueblos, y quizás se
diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad
cuántos días quieres para hacer honras al divino Héctor; y durante este
tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército.»

659 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Si quieres que
yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, obrando como voy
á decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vivimos
encerrados en la ciudad; la leña hay que traerla de lejos, del monte; y
los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días le lloraremos en el
palacio, en el décimo le sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete
fúnebre, en el undécimo erigiremos un túmulo sobre el cadáver y en el
duodécimo volveremos á pelear, si necesario fuere.»

668 Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará como
dispones, anciano Príamo, y suspenderé el combate durante el tiempo que
me pides.»

671 Dichas estas palabras, estrechó la diestra del anciano para que
no abrigara en su alma temor alguno. El heraldo y Príamo, prudentes
ambos, se acostaron en el vestíbulo. Aquiles durmió en el interior de
la tienda sólidamente construída, y á su lado descansó Briseida, la de
hermosas mejillas.

677 Las demás deidades y los hombres que combaten en carros durmieron
toda la noche, vencidos del dulce sueño; pero éste no se apoderó del
benéfico Mercurio, que meditaba cómo sacaría del recinto de las naves á
Príamo sin que lo advirtiesen los sagrados guardianes de las puertas. Y
poniéndose encima de la cabeza del rey, así le dijo:

683 «¡Oh anciano! No te preocupa el peligro cuando así duermes en
medio de los enemigos, después que Aquiles te ha respetado. Acabas de
rescatar á tu hijo, dando muchos presentes; pero los otros hijos que
dejaste en Troya tendrían que ofrecer tres veces más para redimirte
vivo, si llegasen á descubrirte Agamenón Atrida y los aqueos todos.»

689 Así habló. El anciano sintió temor, y despertó al heraldo. Mercurio
unció los caballos y los mulos, y acto continuo los guió á través del
ejército sin que nadie se percatara.

692 Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de hermosa
corriente que el inmortal Júpiter engendró, Mercurio se fué al vasto
Olimpo. La Aurora de azafranado velo se esparcía por toda la tierra,
cuando ellos, gimiendo y lamentándose, guiaban los corceles hacia la
ciudad, y les seguían los mulos con el cadáver. Ningún hombre ni mujer
de hermosa cintura los vió llegar antes que Casandra, semejante á la
dorada Venus; pues, subiendo á Pérgamo, distinguió el carro con su
padre y el heraldo, pregonero de la ciudad, y vió detrás á Héctor,
tendido en un lecho que los mulos conducían. En seguida prorrumpió en
sollozos, y fué clamando por toda la población.

704 «Venid á ver á Héctor, troyanos y troyanas, si otras veces os
alegrasteis de que volviese vivo del combate; porque era el regocijo de
la ciudad y de todo el pueblo.»

707 Tal dijo, y ningún hombre ni mujer se quedó dentro de los muros.
Todos sintieron intolerable dolor y fueron á encontrar cerca de las
puertas al que les traía el cadáver. La esposa querida y la veneranda
madre, echándose las primeras sobre el carro de hermosas ruedas y
tomando en sus manos la cabeza de Héctor, se arrancaban los cabellos;
y la turba las rodeaba llorando. Y hubieran permanecido delante de las
puertas todo el día, hasta la puesta del sol, derramando lágrimas por
Héctor, si el anciano no les hubiese dicho desde el carro:

716 «Haceos á un lado y dejad que pase con las mulas; y una vez lo haya
conducido al palacio, os saciaréis de llanto.»

718 Así habló; y ellos, apartándose, dejaron que pasara el carro.
Dentro ya del magnífico palacio, pusieron el cadáver en un torneado
lecho é hicieron sentar á su alrededor cantores que entonaran el treno:
éstos cantaban con voz lastimera, y las mujeres respondían con gemidos.
Y en medio de ellas Andrómaca, la de níveos brazos, que sostenía con
las manos la cabeza de Héctor, matador de hombres, dió comienzo á las
lamentaciones, exclamando:

725 «¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me dejas
viuda en el palacio. El hijo que nosotros ¡infelices! hemos engendrado,
es todavía infante y no creo que llegue á la juventud; antes será la
ciudad arruinada desde su cumbre. Porque has muerto tú que eras su
defensor, el que la salvaba, el que protegía á las venerables matronas
y á los tiernos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves
y á mí con ellas. Y tú, hijo mío, ó me seguirás y tendrás que ocuparte
en viles oficios, trabajando en provecho de un amo cruel; ó algún aqueo
te cogerá de la mano y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte
horrenda!, irritado porque Héctor le matara el hermano, el padre ó el
hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra á manos de Héctor.
No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran
todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado á tus padres llanto y dolor
indecibles, pero á mí me aguardan las penas más graves. Ni siquiera
pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme
saludables advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de
día, con lágrimas en los ojos.»

746 Esto dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre ellas, Hécuba
empezó á su vez el funeral lamento:

748 «¡Héctor, el hijo más amado de mi corazón! No puede dudarse de que
en vida fueras caro á los dioses, pues no se olvidaron de ti en el
trance fatal de tu muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, á los demás
hijos míos que logró coger, vendiólos al otro lado del mar estéril, en
Samos, Imbros ó Lemnos, de escarpada costa; á ti, después de arrancarte
el alma con el bronce de larga punta, te arrastraba muchas veces en
torno del sepulcro de su compañero Patroclo, á quien mataste, mas no
por esto resucitó á su amigo. Y ahora yaces en el palacio, tan fresco
como si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el del argénteo
arco, mata con sus suaves flechas.»

760 Así habló, derramando lágrimas, y excitó en todos vehemente llanto.
Y Helena fué la tercera en dar principio al funeral lamento:

762 «¡Héctor, el cuñado más querido de mi corazón! Mi marido, el
deiforme Alejandro, me trajo á Troya, ¡ojalá me hubiera muerto antes!;
y en los veinte años que van transcurridos desde que vine y abandoné
la patria, jamás he oído de tu boca una palabra ofensiva ó grosera; y
si en el palacio me increpaba alguno de los cuñados, de las cuñadas ó
de las esposas de aquéllos, ó la suegra--pues el suegro fué siempre
cariñoso como un padre,--contenías su enojo, aquietándolos con tu
afabilidad y tus suaves palabras. Con el corazón afligido, lloro á la
vez por ti y por mí, desgraciada; que ya no habrá en la vasta Troya
quien me sea benévolo ni amigo, pues todos me detestan.»

776 Así dijo llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpió en gemidos.
Y el anciano Príamo dijo al pueblo:

778 «Ahora, troyanos, traed leña á la ciudad y no temáis ninguna
emboscada por parte de los argivos; pues Aquiles, al despedirme en
las negras naves, me prometió no causarnos daño hasta que llegue la
duodécima aurora.»

782 De este modo les habló. Pronto la gente del pueblo, unciendo á los
carros bueyes y mulos, se reunió fuera de la ciudad. Por espacio de
nueve días acarrearon abundante leña; y cuando por décima vez apuntó la
Aurora, que trae la luz á los mortales, sacaron, con los ojos preñados
de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la
pira, y le prendieron fuego.

788 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre
Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con negro vino la
parte de la pira á que la llama había alcanzado; y seguidamente los
hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndole las lágrimas por las
mejillas, recogieron los blancos huesos y los colocaron en una urna
de oro, envueltos en fino velo de púrpura. Depositaron la urna en el
hoyo, que cubrieron con muchas y grandes piedras, amontonaron la tierra
y erigieron el túmulo. Habían puesto centinelas por todos lados, para
vigilar si los aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado el
túmulo, volviéronse; y reunidos después en el palacio del rey Príamo,
alumno de Júpiter, celebraron el espléndido banquete fúnebre.

804 Así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos.


FIN



ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS

  En este índice hallará el lector: 1.º Los nombres propios, así
  personales como geográficos, que figuran en el poema, tal como
  se escriben en griego; y así distinguirá, por ejemplo, á _Tetis_
  (Θέτις), _hija del Océano y madre de Aquiles_, de _Tetis_ (Τηθύς),
  _esposa del Océano_, que en castellano se confunden.--2.º Una breve
  explicación de dichos nombres.--3.º La serie de los principales
  hechos de cada personaje; con lo cual, bastará recordar el nombre
  de cualquiera de los que intervengan en una acción determinada,
  para dar en seguida con el pasaje que se busque. Para este fin se
  indican al principio de los párrafos los versos del texto original
  á que corresponden.

  En las citas, el número romano indica el canto, y el arábigo, el
  verso.


ABANTE (Ἄβας): Teucro, hijo de Euridamante, muerto por Diomedes, V,
  148.

ABARBAREA (Ἀβαρβαρέη): Una de las náyades, madre de los mellizos
  Esepo y Pédaso que tuvo de Bucolión, VI, 22.

ABIDO (Ἄβυδος): Ciudad y comarca del Helesponto, II, 836;
  IV, 500; XVII, 584.

ABLERO (Ἄβληρος): Teucro, muerto por Antíloco, VI, 32.

ACAMANTE (Ἀκάμας):

  1) Teucro, caudillo de los tracios, hijo de Eusoro, II, 844; Marte
  toma su figura para exhortar en el combate á los hijos de Príamo,
  V, 462; muere, herido por la lanza de Ayax, VI, 8.

  2) Teucro, caudillo de los dardanios, II, 823; hace formar las
  tropas junto con Héctor y otros capitanes, XI, 60; manda, con
  Eneas y Arquéloco, uno de los cinco cuerpos en que Héctor divide
  el ejército en el _Combate en la muralla_, XII, 100; da muerte á
  Prómaco, XIV, 476 y 478; huye ante Penéleo, XIV, 488; muere, herido
  por Meriones, XVI, 342.

ACAYA (Ἀχαιίς): Región del Peloponeso; se toma muchas
  veces por la Grecia en general, III, 75; XI, 770.

ACESAMENO (Ἀκεσσαμενός): Rey tracio, padre de Peribea,
  XXI, 142.

ACRISIO (Ἀκρίσιος): Padre de Dánae, XIV, 319.

ACTEA (Ἀκταίη): Una de las nereidas, XVIII, 41.

ÁCTOR (Ἄκτωρ):

  1) Padre de Ctéato y Eurito, II, 621; XIII, 185.

  2) Padre de Menetio y abuelo de Patroclo, XI, 785.

  3) Padre de Equecles, XVI, 189.

ACTÓRIDA (Ἀκτορίδης, Ἀκτορίων): Hijo de Áctor. Nombre patronímico
  de Equecles, griego, XVI, 189; y de Eurito y Ctéato, XI, 750.

ADAMANTE (Ἀδάμας): Caudillo teucro, hijo de Asio. En el
  _Combate en la muralla_ acompaña á Asio cuando éste, montado en su
  carro, ataca á los griegos, XII, 140; da un bote de lanza en el
  escudo de Antíloco, retrocede, se le clava en el vientre la lanza
  que le arroja Meriones y muere, XIII, 560 á 575; Héctor pregunta
  por Adamante y otros guerreros á Paris, y éste le dice que han
  muerto, XIII, 771 á 780.

ADMETO (Ἄδμητος): Rey de Tesalia, hijo de Feres, esposo de
  Alcestes y padre de Eumelo, II, 714; XXIII, 289, 391 y 532.

ADRASTEA (Ἀδρήστεια): Ciudad de la Propóntide, II, 828.

ADRASTO (Ἄδρηστος):

  1) Caudillo teucro, hijo de Mérope percosio, II, 850. Fué cogido
  por Menelao y muerto por Agamenón, VI, 37 á 65.

  2) Rey de Sición, en la época de la guerra tebana, XIV, 121; uno de
  sus caballos era el célebre Arión, XXIII, 347.

  3) Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 694.

AFAREO (Ἀφαρεύς): Caudillo griego, hijo de Calétor, IX,
  83; XIII, 478; fué muerto por Eneas, XIII, 541.

AGACLES (Ἀγλακέης): Mirmidón, padre de Epigeo, XVI, 571.

AGAMEDE (Ἀγαμήδη): Hija mayor del rey Augías y esposa del
  caudillo epeo Mulio, XI, 740.

AGAMENÓN (Ἀγαμέμνων): Hijo de Atreo, rey de Micenas y jefe supremo
  de las tropas griegas que fueron á Troya. Sucedió á Tiestes en
  el poder real, II, 107; su reino, II, 108 y 569 á 575; llevó su
  gente á Ilión en cien naves, II, 576 á 580; proporcionó á los
  arcadios sesenta bajeles para que pudieran ir á Troya, II, 610 á
  614; y su contienda con Aquiles provocó la cólera de este héroe,
  I, 7.--Rechaza con amenazador lenguaje al sacerdote Crises, que
  deseaba redimir á su hija, I, 12 y 24 á 32; increpa á Calcas porque
  dice que la causa de estar irritado Apolo es no haber devuelto
  á Crises su hija, y ofrece hacerlo con la condición de que le
  den otra recompensa, I, 101 á 120; disputa con Aquiles, que le
  expone la imposibilidad de dársela hasta que tomen á Troya, envía
  á Criseida á su padre en una nave que manda Ulises, y se apodera
  de Briseida, esclava de Aquiles, I, 130 á 147, 172 á 187, 247,
  285 á 291, 313 á 347, 375 á 392; es engañado por un Sueño que le
  manda Júpiter, reune el consejo de los caudillos y luego la junta
  de los guerreros y les propone que huyan todos á la patria, II,
  6, 18 á 141; da el cetro á Ulises para que vuelva á reunir á los
  griegos, II, 185; es zaherido por Tersites, II, 224 á 234; manda á
  los heraldos pregonar que los aqueos se aperciban para el combate,
  y junto con los demás caudillos pone á los guerreros en orden de
  batalla, II, 441 á 483; es visto desde la torre por Príamo, el cual
  describe su aspecto, y Helena le dice quién es y las cualidades que
  le adornan, III, 166 á 182; antes del combate singular de Paris
  y Menelao, levántase para recibir á Príamo, hace la plegaria á
  Júpiter en la que expone las condiciones del combate, y degüella
  las víctimas del sacrificio con que se sanciona el pacto, III, 267,
  271 á 294; después del desafío, pide á los troyanos que cumplan
  lo acordado, devolviendo á Helena y sus riquezas, III, 455 á 461;
  estremécese al ver que han herido á Menelao con una flecha y manda
  que Macaón le cure, IV, 148 á 207; dispónese para el combate y
  revista las tropas, reprendiendo ó alabando á cada caudillo, IV,
  223 á 418; mata á Odio, caudillo de los halizones, V, 37 á 42; á
  Élato, VI, 33; á Adrasto, VI, 53 á 65; no permite que Menelao luche
  en combate singular con Héctor, VII, 107 á 119; se ofrece á luchar
  con este héroe, VII, 162; afligido y desesperado, propone á los
  caudillos que huyan todos á la patria, IX, 9 á 28, y por consejo de
  Néstor da un banquete á los próceres, reconoce sus faltas, manda
  una embajada á Aquiles y le ofrece muchas cosas para aplacarle,
  IX, 61 á 160, 260 á 300; pregunta á Ulises qué respuesta ha dado
  Aquiles á la embajada, IX, 673 á 679; no pudiendo conciliar el
  sueño, se levanta, y con Néstor y otros caudillos acuerda enviar
  dos espías al campo troyano, para lo cual son designados Ulises y
  Diomedes, X, 3 á 253; al amanecer, ármase para el combate, pelea
  luego valerosamente, matando á muchos teucros, pero es herido y
  tiene que retirarse de la batalla, XI, 15 á 46, 91 á 180, 218 á
  284; va con otros reyes, que están heridos como él, á presenciar
  el combate, se encuentra con Néstor y propone nuevamente la huída
  á la patria, XIV, 29 á 81; contestando á la increpación de Ulises,
  dice que desearía encontrar otra solución mejor que la fuga, XIV,
  103 á 108; se dirige al frente de los reyes á la batalla, es
  exhortado por Neptuno, pone en orden á los combatientes y pelea
  valerosamente, XIV, 134 á 145, 380, 516 á 522; su reconciliación
  con Aquiles, XIX, 76 á 153, 184 á 197, 252 á 266; da un banquete
  á Aquiles después que este héroe mata á Héctor, XXIII, 35 á 56;
  quiere luchar en los juegos fúnebres en honor de Patroclo, y
  Aquiles no se lo permite y le da el premio, XXIII, 887 á 897.

AGAPENOR (Ἀγαπήνωρ): Hijo de Anceo, rey de los arcadios,
  II, 609.

AGÁSTENES (Ἀγασθένης): Príncipe de los eleos, hijo de
  Augías y padre de Polixeno, II, 624.

AGÁSTROFO (Ἀγάστροφος): Teucro, hijo de Peón, muerto por
  Diomedes, XI, 338 y 373.

AGATÓN (Ἀγάθων): Hijo de Príamo, XXIV, 249.

AGAVE (Ἀγαυή): Una de las nereidas, XVIII, 42.

AGELAO (Ἀγέλαος):

  1) Teucro, hijo de Fradmon, muerto por Diomedes, VIII, 257.

  2) Griego, muerto por Héctor, XI, 302.

AGENOR (Ἀγήνωρ): Príncipe teucro, hijo de Antenor y padre de
  Equeclo. Mata á Elefenor, IV, 467; hace formar las tropas junto con
  sus dos hermanos y Héctor, XI, 59; manda con Paris y Alcátoo el
  segundo de los cinco batallones en que Héctor divide el ejército,
  XII, 93; ayuda á Eneas en el combate, XIII, 490; auxilia á Heleno,
  XIII, 598; defiende á Héctor, XIV, 425; mata á Clonio, XV, 340;
  combate, exhortado por Glauco, en defensa del cadáver de Sarpedón,
  XVI, 535; muere su hijo Equeclo, XX, 474; incitado por Apolo,
  aguarda á Aquiles y pelea con él, pero el dios le arrebata del
  campo y tomando su figura echa á correr; Aquiles, engañado, le
  sigue, y los troyanos entran en la ciudad, XXI, 545, 579, 595 y 600.

AGLAYA (Ἀγλαίη): Esposa del rey Cáropo y madre de Nireo,
  II, 672.

AGRIO (Ἄγριος): Hijo de Porteo y hermano de Melas y de
  Eneo. Este último fué el abuelo paterno de Diomedes, XIV, 117.

ALALCOMENIA (Ἀλαλκομενηΐς): Epíteto de la diosa Minerva,
  IV, 8; V, 908. Según unos, significa _de Alalcomene_, ciudad
  de Beocia; según otros, procede de ἀλαλκεῖν y μένος, y ha de
  traducirse: _Auxiliar poderosa_.

ALÁSTOR (Ἀλάστωρ):

  1) Caudillo griego, uno de los capitanes de las tropas de Néstor,
  IV, 295; junto con Mecisteo saca á Teucro del combate, cuando
  es herido por Héctor, VIII, 333; y á Hipsenor cuando lo es por
  Deífobo, XIII, 422.

  2) Caudillo licio, muerto por Ulises, V, 677.

  3) Teucro, padre de Tros, que murió á manos de Aquiles, XX, 463.

ALASTÓRIDA (Ἀλαστορίδης): Hijo de Alástor. Nombre
  patronímico del teucro Tros, XX, 463.

ALCANDRO (Ἄλκανδρος): Guerrero licio, muerto por Ulises,
  V, 678.

ALCÁTOO (Ἀλκάθοος): Teucro, hijo de Esietes y yerno de Anquises
  por estar casado con Hipodamia, XIII, 427 á 433. Junto con Paris y
  Agenor, manda uno de los cuerpos en que Héctor divide el ejército
  en el _Combate en la muralla_, XII, 93; muere de una lanzada que
  le da Idomeneo, XIII, 427 á 444; Deífobo exhorta á Eneas á que
  defienda el cadáver, XIII, 465; Eneas é Idomeneo luchan por el
  mismo, XIII, 496.

ALCESTES (Ἄλκηστις): La hija más hermosa de Pelias, esposa
  del rey Admeto y madre de Eumelo, II, 715.

ALCIMEDONTE (Ἀλκιμέδων): Mirmidón, hijo de Laerces, uno de
  los cinco capitanes de las tropas de Aquiles, XVI, 197; Automedonte
  le invita á subir á su carro, después de la muerte de Patroclo, y
  le pone en las manos las riendas y el látigo, XVII, 466 á 482.

ÁLCIMO (Ἄλκιμος): Mirmidón, servidor de Aquiles. Junto con
  Automedonte, unce los corceles del carro de Aquiles, XIX, 392;
  sirve al héroe, XXIV, 474; desengancha los caballos y los mulos
  de los carros de Príamo, cuando éste va á redimir el cadáver de
  Héctor, y entra en la tienda el rescate, XXIV, 574.

ALCIONE (Ἀλκυόνη): Sobrenombre dado á Cleopatra por sus
  padres, IX, 562.

ALCMAÓN (Ἀλκμάων): Griego, hijo de Téstor, muerto por
  Sarpedón, XII, 394.

ALCMENA (Ἀλκμήνη): Esposa de Anfitrión y madre de
  Hércules, XIV, 323; cuando iba á parir á éste, Juno retardó el
  parto para que Euristeo naciese antes, XIX, 99 y 119.

ALE (Ἀλήϊον πεδίον): Comarca de Licia, donde vivió
  Belerofonte ya anciano, VI, 201.

ALECTRIÓN (Ἀλεκτρυών): Padre de Leito que era caudillo de
  los beocios, XVII, 602.

ALEGENÓRIDA (Ἀλεγηνορίδης): Hijo de Alegenor. Nombre
  patronímico del teucro Prómaco, XIV, 503.

ALEJANDRO (Ἀλέξανδρος): Hijo de Príamo y de Hécuba, raptor
  de Helena. Es más conocido con el nombre de Paris. (Véase esta
  palabra.)

ALFEO (Ἀλφειός): Río de Élide, en la tierra de los pilios; padre
  del antiguo rey Orsíloco y bisabuelo de los caudillos griegos
  Cretón y Orsíloco, II, 592; V, 545; XI, 712, 726 y 728.

ÁLIBE (Ἀλύβη): Ciudad del Ponto Euxino, habitada por los
  halizones, II, 857.

ALISIO (Ἀλείσιον): Ciudad de Élide, II, 617.

ALO (Ἄλος): Ciudad de Ptiótide, II, 682.

ALOEO (Ἀλωεύς): Padre de Oto y Efialtes, que encadenaron á
  Marte, V, 386.

ÁLOPE (Ἀλόπη): Ciudad de Ptiótide, II, 682.

ALTEA (Ἀλθαίη): Hija de Testio, esposa de Eneo y madre de
  Meleagro, IX, 555.

ALTES (Ἄλτης): Rey de los léleges del Asia Menor, padre de
  Laótoe y abuelo materno de Licaón, XXI, 85 y XXII, 51.

AMARINCEO (Ἀμαρυγκεύς): Rey de los epeos, padre del caudillo griego
  Diores, II, 622; IV, 517; en los juegos fúnebres que se celebraron
  por su muerte, señalóse Néstor, XXIII, 630.

AMARINCIDA (Ἀμαρυγκείδης): Hijo de Amarinceo. Nombre
  patronímico de Diores, II, 622; IV, 517.

AMATÍA (Ἀμάθεια): Una de las nereidas, XVIII, 48.

AMICLAS (Ἀμύκλαι): Ciudad de Laconia, II, 584.

AMIDÓN (Ἀμυδών): Ciudad de Peonia, II, 849; XVI, 288.

AMÍNTOR (Ἀμύντωρ): Hijo de Órmeno y padre de Fénix; vivía
  en Eleón, población de Beocia, IX, 448; X, 266.

AMISODARO (Ἀμισώδαρος): Príncipe de Caria, suegro de
  Belerofonte; crió la Quimera, XVI, 328.

AMOPAÓN (Ἀμοπάων): Troyano, hijo de Poliemón, muerto por
  Teucro, VIII, 276.

ANCEO (Ἀγκαῖος):

  1) Rey de Arcadia, padre de Agapenor, II, 609.

  2) Célebre púgil etolo vencido por Néstor en los juegos fúnebres de
  Amarinceo, XXIII, 635.

ANDREMÓN (Ἀνδραίμων): Príncipe etolo, padre del rey
  Toante, II, 638; XIII, 216; XV, 281.

ANDREMÓNIDA (Ἀνδραιμονίδης): Hijo de Andremón. Nombre
  patronímico de Toante, VII, 168.

ANDRÓMACA (Ἀνδρομάχη): Hija del rey Eetión y esposa de Héctor.
  Habla con su marido en las puertas Esceas (célebre coloquio
  llamado por muchos la _Despedida de Héctor y Andrómaca_), VI, 392
  á 496; cuida de los caballos de Héctor, VIII, 187; mientras está
  tejiendo en el palacio, oye gritos y sollozos; sube á la torre;
  ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor, atado á su carro y
  arrastrándolo por el polvo; pierde el sentido en brazos de sus
  cuñadas; y, vuelta en sí, deplora la suerte de Héctor, la suya y la
  que le aguarda á su hijo Astianacte, XXII, 437 á 515; se lamenta
  ante el cadáver de Héctor, rescatado por Príamo, XXIV, 723 á 746.

ANEMORÍA (Ἀνεμώρεια): Ciudad de Fócide, II, 521.

ANFICLO (Ἄμφικλος): Teucro, muerto por Meges Filida, XVI,
  313.

ANFIDAMANTE (Ἀμφιδάμας): Griego que habitaba en Escandía, ciudad
  de la isla de Citera. Recibió como presente el casco que Autólico
  había robado á Amíntor, y lo regaló á Molo, X, 268 y 269; su hijo
  fué muerto por Patroclo en una riña motivada por el juego, XXIII,
  87.

ANFIGENIA (Ἀμφιγένεια): Ciudad de Trifilia, en la Élide;
  formaba parte del reino de Néstor, II, 593.

ANFÍMACO (Ἀμφίμαχος):

  1) Caudillo de los epeos, hijo de Ctéato y nieto de Áctor, II, 620;
  Héctor lo mata y le despoja de la armadura, XIII, 185 y 189; su
  cadáver es retirado por los griegos, XIII, 195 y 203.

  2) Caudillo de los carios, hijo de Nomión, muerto por Aquiles en la
  batalla junto al río, II, 870 y 871.

ANFÍNOME (Ἀμφινόμη): Una de las nereidas, XVIII, 44.

ANFIO (Ἄμφιος):

  1) Caudillo teucro, hijo de Mérope, II, 830; fué muerto por
  Diomedes, XI, 328 á 335.

  2) Caudillo teucro, hijo de Selago; fué muerto por Ayax Telamonio,
  V, 612.

ANFIÓN (Ἀμφίων): Caudillo griego; es uno de los capitanes
  que mandan á los epeos en la _Batalla junto á las naves_, XIII, 692.

ANFITOE (Ἀμφιθόη): Una de las nereidas, XVIII, 42.

ANFITRIÓN (Ἀμφιτρύων): Rey de Tebas; esposo de Alcmena, la
  madre de Hércules, V, 392.

ANFÓTERO (Ἀμφοτερός): Licio, muerto por Patroclo, XVI, 415.

ANQUÍALO (Ἀγχίαλος): Griego, muerto por Héctor, V, 609.

ANQUISES (Ἀγχίσης):

  1) Príncipe troyano, hijo de Capis. Tuvo de la diosa Venus á Eneas,
  II, 820; V, 247 y 313; adquirió caballos de la raza de los que Jove
  dió á Tros, V, 268; su hija Hipodamia casó con el héroe Alcátoo,
  XIII, 428. Genealogía de Anquises, XX, 208 á 240.

  2) Griego de Sición, padre de Equépolo, XXIII, 296.

ANQUISÍADA (Ἀγχισιάδης): Hijo de Anquises. Nombre
  patronímico de Eneas y de Equépolo.

ANTEA (Ἄνθεια): Ciudad de Mesenia, IX, 151 y 293.

ANTEA (Ἄντεια): Mujer del rey Preto, la cual calumnió á
  Belerofonte porque este héroe no correspondió á su amor, VI, 160 á
  165.

ANTEDÓN (Ἀνθηδών): Población en los confines de Beocia,
  II, 508.

ANTÉMIDA (Ἀνθεμίδης): Hijo de Antemión. Nombre patronímico
  de Simoísio, IV, 488.

ANTEMIÓN (Ἀνθεμίων): Teucro, padre de Simoísio, IV, 473 y
  488.

ANTENOR (Ἀντήνωρ): Príncipe troyano, esposo de Teano que era
  hermana de Hécuba. Sus hijos Arquéloco y Acamante compartían con
  Eneas el mando de los dardanios, II, 822 y 823; XII, 99 y 100; es
  uno de los próceres que están en la torre con Príamo cuando Helena
  sube á la misma, III, 148; había hospedado en su palacio á Ulises
  y á Menelao cuando fueron, como embajadores, á reclamar á Helena,
  III, 203 á 224; de sus hijos mueren: Pedeo, herido por Meges, V,
  69; Ifidamante y Coón, por Agamenón, XI, 221 á 263; Arquéloco y
  Laodamante por Ayax, XIV, 463 á 474 y XV, 516 y 517; Demoleonte,
  por Aquiles, XX, 395 y 396; su esposa era sacerdotisa de Minerva,
  VI, 298 á 300; en la junta que se celebra junto al palacio de
  Príamo, propone la devolución de Helena y sus riquezas á los
  Atridas, VII, 347 á 358; su hijo Agenor, instigado por Apolo, lucha
  con Aquiles, el dios le arrebata del campo y tomando su figura huye
  delante del Pelida para apartarle de la ciudad, XXI, 545 á 605.

ANTENÓRIDA (Ἀντηνορίδης): Hijo de Antenor. Nombre
  patronímico de los teucros siguientes:

  1) Helicaón, III, 122 y 123,

  2) Laódoco, IV, 87,

  3) Pólibo, Agenor y Acamante, XI, 59,

  4) Ifidamante, XI, 221,

  5) Coón, XI, 249; XIX, 53.

ANTÍFATES (Ἀντιφάτης): Teucro, muerto por Leonteo, XII,
  191.

ÁNTIFO (Ἄντιφος):

  1) Caudillo griego, hijo de Tésalo, II, 676.

  2) Caudillo griego, de los meonios, hijo de Talémenes, II, 864.

  3) Hijo de Príamo; mata á Leuco, IV, 489; es muerto por Agamenón,
  XI, 109.

ANTÍFONO (Ἀντίφονος): Hijo de Príamo, XXIV, 250.

ANTÍLOCO (Ἀντίλοχος): Caudillo griego, hijo de Néstor. Mata á
  Equépolo, IV, 457 á 462; á Midón, auriga de Pilémenes, V, 580 á
  589; á Ablero, VI, 32; y al auriga de Asio, XIII, 396 á 401; cubre
  con su escudo á Hipsenor, herido, hasta que dos compañeros se
  llevan á éste, XIII, 418 á 423; acude á defender á Idomeneo, XIII,
  479 á 487; mata á Falces y á Mérmero, XIV, 513; por excitación
  de Menelao, penetra por entre los enemigos, mata á Melanipo y
  huye ante Héctor, XV, 568 á 591; mata á Atimnio, XVI, 317 á 320;
  combate aparte de los demás, junto con Trasimedes, XVII, 378 á 383;
  recibe de Menelao el encargo de participar á Aquiles la muerte
  de Patroclo; parte, y los suyos le echan muy de menos, XVII, 684
  á 704; da la noticia al héroe, cuyas manos toma en las suyas,
  temiendo que quiera matarse, XVIII, 2 á 34; en los juegos fúnebres
  en honor de Patroclo, toma parte en la carrera de carros, XXIII,
  301 á 306, 354, 402 á 441, 514 á 527, 541 á 613; y con Ulises en la
  carrera á pie, XXIII, 755 á 797.

ANTÍMACO (Ἀντίμαχος): Troyano. Por haber recibido oro de Paris,
  aconsejaba á sus conciudadanos que no devolviesen la argiva Helena
  y que mataran á Menelao cuando fué con Ulises á reclamarla, XI, 123
  á 125, 138 á 141; sus dos hijos mueren á manos de Agamenón, XI, 143
  á 147.

ANTRÓN (Ἀντρών): Ciudad de Tesalia, II, 697.

APESO (Ἀπαισός): Ciudad de la Misia, II, 828.--También se
  la llama Peso, V, 612.

APISAÓN (Ἀπισάων):

  1) Teucro, hijo de Fausio, muerto por Eurípilo, XI, 578.

  2) Teucro, hijo de Hipaso, muerto por Eneas, XVII, 348.

APOLO (Ἀπόλλων): Dios, hijo de Júpiter y de Latona. Es el que
  promueve la contienda de Aquiles y Agamenón, I, 9. Accediendo á los
  ruegos de Crises, desciende del Olimpo, dispara el arco y suscita
  en el ejército una maligna peste, I, 35 á 52; los griegos le
  ofrecen hecatombes en el campamento y en Crisa y le cantan un peán
  que el dios escucha complacido, I, 315, 443, 472 á 474; tañe la
  cítara en el banquete de los dioses, I, 603; había criado en Perea
  las yeguas de Admeto, II, 766; había dado á Pándaro el arco con que
  este guerrero combatía, II, 827; anima á los teucros, recordándoles
  que Aquiles no interviene en el combate, IV, 507 á 514; recibe en
  sus brazos á Eneas cuando Venus, que sacaba de la batalla á su
  hijo, es herida por Diomedes, V, 344; increpa á Diomedes, obliga á
  este héroe á retirarse y arrebata á Eneas, dejando en su lugar un
  simulacro, V, 433 á 453; de acuerdo con Minerva, decide suspender
  la batalla para que se efectúe el combate singular de Héctor y
  Ayax, VII, 20 á 43; despierta á Hipocoonte después de la muerte
  de Reso por Diomedes, que hizo con Ulises una excursión nocturna
  al campamento teucro, X, 515 á 519; terminada la guerra de Troya,
  destruye, junto con Neptuno, la muralla de los aqueos, XII, 17 á
  34; es enviado por Júpiter para que espante, agitando la égida, á
  los argivos, y reanime á Héctor, XV, 220 á 262; acompaña á Héctor
  en el combate, XV, 307 á 311; oyendo la súplica de Glauco, que
  quiere defender el cadáver de Sarpedón, le cura la herida y le
  infunde valor, XVI, 513 á 529; desde una de las torres de Troya,
  rechaza é increpa á Patroclo, XVI, 700 á 711; toma la figura de
  Asio para exhortar á Héctor, XVI, 715 á 725; sale al encuentro de
  Patroclo, le quita el casco y le da un golpe en la espalda, XVI,
  788 á 793; acompaña á Héctor en varias ocasiones, canto XVII; toma
  la figura de Licoón é incita á Eneas á que pelee contra Aquiles,
  XX, 79 á 109; arrebata á Héctor, cuando este héroe va á ser vencido
  por Aquiles, XX, 443 á 450; en el combate de los dioses, niégase
  á luchar con Neptuno, que le recuerda lo que les ocurrió mientras
  ambos sirvieron á Laomedonte, XXI, 435 á 466; luego, entra en Ilión
  para defenderla, XXI, 515 á 517; tomando la figura de Agenor, huye
  delante de Aquiles para apartarle de la ciudad, XXI, 596 á 604;
  desampara á Héctor, XXII, 213; en los juegos fúnebres en honor de
  Patroclo, hace caer el látigo de las manos de Diomedes mientras
  éste guía el carro, XXIII, 383; reprende á los dioses porque no
  salvan el cadáver de Héctor XXIV, 32 á 54; Hécuba compara el
  cadáver de Héctor al de aquel á quien Apolo mata con sus suaves
  flechas, por atribuirse á este dios las muertes súbitas, XXIV, 757
  á 759.

APSEUDES (Ἀψευδής): Una de las nereidas, XVIII, 46.

AQUELOO (Ἀχελώϊος):

  1) Río, en los confines de la Etolia y la Acarnania, XXI, 194.

  2) Río de Frigia, XXIV, 616.

AQUILES (Ἀχιλλεύς y Ἀχιλεύ): Héroe, hijo de Peleo y de la diosa
  Tetis. Protagonista de la _Ilíada_. Por su abuelo Éaco, descendía
  de Júpiter, XXI, 187 á 189; acaudillaba á los mirmidones, que
  llevó á Troya en cincuenta naves, II, 681 á 685; ocupaba con sus
  tropas uno de los extremos del campamento, VIII, 225 y 226; tenía
  su ejército dividido en cinco cuerpos que mandaban otros tantos
  capitanes, XVI, 168 á 197; había tomado doce ciudades por mar y
  once por tierra, IX, 328 y 329; entre ellas: Lirneso, donde cautivó
  á Briseida, II, 690 y 691; XX, 92; Tebas, la de los cilicios,
  donde mató á Eetión, padre de Andrómaca, y á los hermanos de ésta,
  VI, 414 á 424; Lesbos y Esciros, donde cautivó respectivamente á
  Diomeda é Ifis, IX, 664 á 668; Ténedos, XI, 625; y Pédaso, XX,
  92. La cólera de Aquiles y las funestas consecuencias que tuvo,
  constituyen el asunto de la _Ilíada_, I, 1 á 7; Aquiles disputa
  con Agamenón, que le arrebata la esclava Briseida; resuelve no
  combatir más en favor de los griegos y consigue, por mediación de
  su madre, la diosa Tetis, que Júpiter favorezca á los troyanos, I,
  8 á 427, 495 á 532; niégase á intervenir en las batallas, á pesar
  de que Ulises, Fénix y Ayax Telamonio se lo suplican en nombre de
  Agamenón, ofreciéndole muchos y valiosos presentes, y de que Fénix
  cita, en un larguísimo discurso, hechos antiguos para convencer
  al héroe, IX, 307 á 655; contempla la derrota de los griegos, y
  notando que Néstor saca del combate, en su carro, á un herido,
  envía á Patroclo para que se entere de si éste es Macaón, XI,
  599 á 615; permite que vista sus armas Patroclo (cediendo á las
  súplicas que éste, por consejo de Néstor, le dirige), se ponga al
  frente de los mirmidones y rechace del campamento á los enemigos,
  con la condición de que tan pronto como lo consiga, se vuelva y
  no intente perseguir á los troyanos por la llanura, XVI, 1 á 100;
  da prisa á Patroclo, que se apercibe para el combate; arma á los
  mirmidones, les arenga, hace una plegaria y una libación á Júpiter,
  y se dispone á presenciar la batalla, XVI, 124 á 256; Patroclo es
  herido mortalmente; Apolo le quita el casco, que cae á los pies
  de los caballos, XVI, 799; y Héctor pretende apoderarse del carro
  y los corceles, gobernados por Automedonte, XVII, 75 á 81, 485 á
  490; logra despojar el cadáver de aquél y viste la armadura de
  Aquiles, XVII, 191 á 197, 210 á 214; Aquiles sabe por Antíloco la
  muerte de Patroclo y se aflige tanto que Tetis oye sus lamentos,
  se le presenta con las nereidas, le pregunta por qué llora y le
  promete pedir á Vulcano que le fabrique una armadura, XVIII, 1 á
  137; Aquiles se muestra, por consejo de Iris, á los combatientes;
  y consigue espantar con su voz á los troyanos, que sueltan el
  cadáver de Patroclo, XVIII, 203 á 236; llora á Patroclo y manda
  á sus amigos que laven el cuerpo, XVIII, 314 á 355; recibe de
  Tetis una magnífica armadura, construída por Vulcano, XIX, 3 á 23;
  convoca á los aqueos, renuncia á su cólera, desea combatir sin
  pérdida de momento, no quiere comer ni beber antes de vengar á su
  amigo, acepta los regalos de Agamenón y la devolución de Briseida,
  y por fin se arma y marcha al combate, á pesar de la profecía de su
  corcel Janto, XIX, 90 á 424; lucha con Eneas, va á matarle, y el
  héroe teucro es salvado por Neptuno, XX, 158 á 352; mata á muchos
  troyanos y entre ellos á Polidoro, hermano de Héctor; éste quiere
  vengarle y pelea con Aquiles, pero Apolo le cubre con una nube y
  lo arrebata del campamento; Aquiles se enfurece y hace gran riza
  en los teucros, XX, 381 á 503; siguiéndoles el alcance, llega á la
  ribera del Janto, coge vivos á doce mancebos y mata á Licaón, hijo
  de Príamo, con otros muchos; el río se enoja y quiere envolver á
  Aquiles, éste huye y aquél le persigue por la llanura hasta que
  Vulcano le obliga á volver á su cauce, XXI, 1 á 382; el héroe sigue
  matando teucros, lucha con Agenor y el dios Apolo arrebata á este
  último, toma su figura, huye delante de Aquiles y le aparta de la
  ciudad para que los teucros puedan entrar en Troya, XXI, 520 á
  611; desengañado por el mismo Apolo, que se le descubre, vuelve
  y encuentra á Héctor ante la muralla; le persigue, dando tres
  veces la vuelta á Troya, lucha con él y le mata; le despoja de la
  armadura, ata el cadáver á su carro y se lo lleva arrastrando,
  XXII, 1 á 24, 131 á 166, 188 á 404; llega al campamento con el
  cadáver, que deja tendido en el polvo, XXIII, 4 á 84; Agamenón
  le da un banquete, XXIII, 35 á 58; y Patroclo se le aparece en
  sueños y le pide que queme su cadáver cuanto antes, XXIII, 59 á 98;
  Aquiles manda levantar la pira, se corta la cabellera, mata á doce
  troyanos, quema el cuerpo de Patroclo y ordena que se le erija un
  túmulo, XXIII, 108 á 227; celebra en su honor magníficos juegos
  fúnebres, XXIII, 257 á 897; arrastra el cadáver de Héctor en torno
  de la tumba de Patroclo, XXIV, 1 á 22; y amonestado por Tetis, que
  se le presenta enviada por Júpiter, consiente en el rescate del
  cuerpo de Héctor, recibe á Príamo, le da un banquete, le entrega
  el cadáver y le concede una tregua para que pueda celebrar los
  funerales, XXIV, 107 á 142, 471 á 676.

ARCADIA (Ἀρκαδία): Región del Peloponeso, II, 603.

ARCESILAO (Ἀρκεσίλαος): Caudillo de los beocios, II, 495;
  fué muerto por Héctor, XV, 329.

AREILICO (Ἀρηΐλυκος):

  1) Griego, padre de Protoenor, XIV, 451.

  2) Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 308.

AREITOO (Ἀρηΐθοος):

  1) Príncipe beocio, padre de Menestio, VII, 8 y 10; llamábanle _el
  macero_ porque en los combates llevaba una maza de hierro; fué
  muerto por Licurgo, VII, 137 á 146.

  2) Tracio, auriga de Rigmo, muerto por Aquiles, XX, 487.

ARENA (Ἀρήνη): Ciudad de Élide; formaba parte del reino de
  Néstor, II, 591; XI, 723.

ARETAÓN (Ἀρετάων): Troyano, muerto por Teucro, VI, 31.

ARETIREA (Ἀραιθυρέη): Ciudad de Argólide, II, 571.

ARETO (Ἄρητος): Hijo de Príamo; sigue á Héctor y á Eneas,
  cuando arremeten contra Automedonte, XVII, 494; y muere herido por
  una lanza que le arroja este último, XVII, 517.

ARGÉADA (Ἀργεάδης): Hijo de Argeas. Nombre patronímico de
  Polimelo, XVI, 417.

ARGICIDA (Ἀργειφόντης): Matador de Argos; epíteto de Mercurio, que
  se usa por el nombre propio, II, 103; XV, 181; XXI, 497; XXIV,
  24, 109, 153, 182, 339, 345, 378, 389, 410, 432 y 445. Créese por
  algunos que esta palabra es corrupción de ἀργεϊ-φάντης y que debe
  ser traducida por _mensajero veloz_.

ARGISA (Ἄργισσα): Ciudad de Tesalia, II, 738.

ARGOS Y ARGÓLIDE (Ἄργος): Ciudad y Comarca griegas. El
  nombre Ἄργος tiene en la _Ilíada_ las siguientes acepciones:

  1) Ciudad donde reinaba Diomedes, II, 559; VI, 224; XIV, 119; era
  una de las predilectas de Juno, IV, 52.

  2) Comarca, cuya capital era Micenas, donde reinaba Agamenón, I,
  30; II, 108 y 287; III, 75; IV, 171; VI, 152; XV, 30.

  3) Tómase á veces por el Peloponeso, IX, 141 y 283; XIII, 379; XIX,
  115.

  4) Designa también la Grecia entera, IX, 246; XV, 372; XXIV, 437.

  5) Con el adjetivo _pelásgico_ significa el reino de Peleo, padre
  de Aquiles, II, 681; XIX, 329.

ARIADNA (Ἀριάδνη): Hija de Minos, rey de Creta; fué robada
  por Teseo; en su obsequio concertó Dédalo una danza en Cnoso,
  XVIII, 592.

ARIMOS (Ἄριμοι y Ἄριμα): Lugar de Cilicia, donde decían
  que estaba el lecho de Tifoeo, II, 783.

ARIÓN (Ἀρείων): Caballo de estirpe divina, propio de
  Adrasto, que salvó á su dueño en la guerra tebana, XXIII, 346.

ARISBANTE (Ἀρίσβας): Griego, padre de Leócrito, XVII, 345.

ARISBE (Ἀρίσβη): Ciudad de la Tróade, II, 836 y 838; VI,
  13; XII, 96; XXI, 43.

ARNA (Ἄρνη): Población de Beocia, II, 507.

ARQUÉLOCO (Ἀρχέλοχος): Hijo de Antenor, caudillo de los
  dardanios con Eneas y Acamante, II, 823; XII, 100; fué muerto por
  Ayax Telamonio, XIV, 464.

ARQUEPTÓLEMO (Ἀρχεπτόλεμος): Hijo de Ifito, auriga de
  Héctor, VIII, 128; fué muerto por Teucro, VIII, 312.

ARSÍNOO (Ἀρσίνοος): Príncipe de Ténedos, padre de Hecamede
  que fué esclava de Néstor, XI, 626.

ASÁRACO (Ἀσσάρακος): Hijo del rey Tros y abuelo de
  Anquises, que fué padre de Eneas, XX, 232 y 239.

ASCÁLAFO (Ἀσκάλαφος): Caudillo griego, hijo de Marte y de Astíoque,
  y hermano de Yálmeno, II, 512. Hace guardia mandando á cien mozos,
  IX, 82; en un combate, Idomeneo lo llama á su lado para que le
  ayude á rechazar el ataque de los enemigos, XIII, 478; es muerto
  por Deífobo, XIII, 518; Juno participa la muerte de Ascálafo á
  Marte y á los demás dioses, XV, 112.

ASCANIA (Ἀσκανίη): Ciudad y región en los confines de la
  Frigia y de la Misia, II, 863; XIII, 793.

ASCANIO (Ἀσκάνιος): Caudillo de los frigios, hijo de
  Hipotión; es uno de los capitanes que acompañan á Héctor en la
  _Batalla junto á las naves_, II, 862; XIII, 792.

ASEO (Ἀσαῖος): Caudillo dánao, muerto por Héctor, XI, 301.

ASÍADA (Ἀσιάδης): Hijo de Asio. Nombre patronímico de:

  1) Adamante, XII, 140; XIII, 561, 759 y 771.

  2) Fénope, XVII, 583.

ÁSINA (Ἀσίνη): Ciudad de Argólide, II, 560.

ASIO (Ἄσιος): Pradera, cerca del río Caístro, II, 461.

ASIO (Ἄσιος):

  1) Caudillo griego, hijo de Hirtaco, que fué á Troya desde Arisbe,
  II, 837 y 838. Manda uno de los cinco cuerpos en que Héctor
  divide el ejército para atacar á los griegos en el _Combate en
  la muralla_, XII, 95 á 97; niégase á dejar el carro, se dirige,
  seguido por los suyos, á las naves griegas y encuentra inesperada
  resistencia, XII, 110 á 172; muere, herido por Idomeneo, XIII, 384
  á 393.

  2) Teucro, hijo de Dimante y hermano de Hécuba, que habitaba en la
  Frigia; Apolo toma su figura para aconsejar á Héctor que persiga á
  Patroclo, XVI, 716 á 725.

  3) Teucro, padre de Adamante, XII, 140; XIII, 561, 759 y 771.

  4) Teucro, padre de Fénope, XVII, 583.

ASOPO (Ἀσωπός): Río de Beocia, IV, 383; X, 287.

ASPLEDÓN (Ἀσπληδών): Ciudad de Beocia, II, 511.

ASTERIO (Ἀστέριον): Ciudad de Tesalia, cerca de Magnesia,
  II, 735.

ASTEROPEO (Ἀστεροπαῖος): Teucro, caudillo de los peonios, hijo de
  Pelegón y nieto del río Axio y de Peribea; su genealogía, XXI, 141
  á 144; combate junto con Sarpedón, XII, 102; arengado, con otros
  caudillos, por Héctor, acompaña á éste en un ataque á los dánaos,
  XVII, 217 y 351; lucha con Aquiles, á quien tira dos dardos á la
  vez (pues era ambidextro) y consigue herir levemente, y muere
  herido en el vientre por la espada del Pelida, XXI, 139 á 199.

ASTÍALO (Ἀστύαλος): Teucro, muerto por Polipetes, VI, 29.

ASTIANACTE (Ἀστυάναξ): Niño, hijo de Héctor y de Andrómaca, llamado
  Escamandrio. Los troyanos dábanle el nombre de Astianacte (rey de
  la ciudad) porque sólo por Héctor se salvaba Ilión, VI, 402 y 403.
  En la entrevista de Héctor y Andrómaca, su padre le acaricia y pide
  á Júpiter que haga de él un valiente guerrero y permita que algún
  día reine poderosamente en Troya, VI, 466 á 484; muerto Héctor,
  Andrómaca lamenta la suerte que aguarda á Astianacte, XXIII, 484 á
  507; XXIV, 732 á 740.

ASTINOO (Αστύνοος):

  1) Caudillo teucro, muerto por Diomedes, V, 144.

  2) Teucro, hijo de Protiaón, XV, 455.

ASTÍOQUE (Ἀστυόχη): Hija de Áctor; amada por Marte, dió á
  luz dos hijos, Ascálafo y Yálmeno, capitanes griegos, II, 513.

ASTIOQUÍA (Ἀστυόχεια): Hija de Filante de Éfira. Hecha
  cautiva por Hércules, concibió del mismo al héroe Tlepólemo, II,
  658.

ASTÍPILO (Ἀστύπυλος): Peonio, muerto por Aquiles á orillas
  del Escamandro, XXI, 209.

ATE (Ἄτη): Diosa, hija de Júpiter; personificación de la falta ó
  de la injuria y especialmente de la debida á la obcecación de la
  mente. Es robusta, daña á los mortales, y las Súplicas reparan el
  mal que causa, IX, 504 á 512; tiene los pies tiernos, anda sobre
  las cabezas de los hombres, es funesta á todos y ha sido dañosa
  hasta para Júpiter, XIX, 91 á 96; fué arrojada del cielo por Jove y
  cayó en la tierra, XIX, 126 á 131.

ATENAS (Ἀθῆναι): Capital del Ática, II, 546 y 549.

ATIMNIO (Ἀτύμνιος):

  1) Licio, muerto por Antíloco, XVI, 317.

  2) Teucro, padre de Midón, V, 581.

ATOS (Ἀθόως): Monte de Tracia, XIV, 229.

ATREO (Ἀτρεύς): Héroe griego, hijo de Pélope y de Hipodamia, padre
  de Agamenón y Menelao; sucedió en el reino á su padre Pélope, y al
  morir dejó el cetro á Tiestes, II, 106; II, 23, 60, 105 y 106; III,
  37; IV, 98 y 115; VI, 46; XI, 131; XVII, 1, 79, 89 y 553.

ATRIDA (Ἀτρείδης, Ἀτρείων): Hijo de Atreo. Nombre patronímico de
  Agamenón y Menelao; cuando se usa solo, por el nombre propio, suele
  designar á Agamenón.

AUGEÍDA (Αὐγηϊάδης): Hijo de Augías. Nombre patronímico de
  Agástenes, II, 624.

AUGÍAS (Αὐγείας): Rey de los eleos, padre de Agamede y suegro de
  Mulio; quedóse con los caballos y el carro que Neleo mandó á unos
  juegos, XI, 701 y 739.

AUGÍAS (Αὐγειαί):

  1) Ciudad de Lócride, II, 532.

  2) Ciudad de Laconia, II, 583.

ÁULIDE (Αὐλίς): Ciudad beocia en cuyo puerto se reunió la
  armada griega para ir á Troya, II, 303 y 496.

AURORA (Ἠώς): Diosa, hija de Hiperión y de Eurifaesa, hermana del
  Sol y de la Luna y esposa de Titón, II, 48; XI, 1; XIX, 1; es
  personificación de la luz sonrosada que precede á la salida del
  Sol. La palabra ἠώς puede indicar tiempo ó lugar, y entonces tiene
  en Homero uno de estos cuatro significados:

  1) La aurora, I, 477; V, 267; VI, 175; VII, 331, 433, 451 y 458;
  VIII, 1 y 565; IX, 240, 618, 662, 682 y 707; X, 251; XI, 685 y
  723; XVIII, 255; XXIII, 109 y 227; XXIV, 12, 417, 600, 695, 785 y
  788.

  2) La mañana, VIII, 66, 470 y 525; XI, 84; XXI, 111.

  3) El día, I, 493; XIII, 794; XXI, 80 y 156; XXIV, 31, 413 y 781.

  4) El oriente, XII, 239.

AUTÓFONO (Αὐτοφόνος): Cadmeo, padre de Polifonte, IV, 395.

AUTÓLICO (Αὐτόλυκος): Abuelo materno de Ulises. Robó á Amíntor
  el casco que Ulises llevaba en la expedición nocturna al campo
  troyano, X, 267.

AUTOMEDONTE (Αὐτομέδων): Mirmidón, hijo de Diores, compañero y
  auriga de Aquiles. Sujeta la carne que este corta para el banquete
  que da á Ulises, Ayax y Fénix, IX, 209; unce los caballos del carro
  de Aquiles, por orden de Patroclo, XVI, 145 á 154; ármase delante
  de las tropas, con Patroclo, y combate con los teucros, XVI, 219
  y 279; corta las riendas del caballo Pédaso herido por Sarpedón,
  XVI, 472 á 476; por orden de Patroclo dirige el carro hacia la
  llanura, para perseguir á los troyanos y á los licios, XVI, 684;
  muerto Patroclo, los caballos le sacan del combate antes que Héctor
  pueda perseguirle, XVI, 864 á 867; vuelve, subido en el carro, á la
  batalla, toma por auriga á Alcimedonte, y pelea con los teucros,
  XVII, 429, 469, 475 á 483, 498 á 539; unce, junto con Álcimo, los
  corceles del carro de Aquiles, XIX, 392; y sube al mismo como
  auriga, XIX, 397; por orden de Aquiles, saca de la tienda la coraza
  de Asteropeo para Eumelo, XXIII, 563; sirve á Aquiles en la mesa,
  XXIV, 474; junto con Álcimo, entra en la tienda el rescate de
  Héctor cuando Príamo va á redimir el cadáver, XXIV, 574; distribuye
  el pan en el banquete que Aquiles da á Príamo, XXIV, 625.

AUTÓNOO (Αὐτόνοος):

  1) Caudillo griego, muerto por Héctor, XI, 301.

  2) Caudillo teucro, muerto por Patroclo, XVI, 694.

AXILO (Ἄξυλος): Príncipe tracio, muy hospitalario; fué
  muerto por Diomedes, VI, 12 á 19.

AXIO (Ἄξιος): Río de Tracia, en cuya ribera vivían los peonios, II,
  849 y 850; XVI, 288; tuvo de Paribea un hijo llamado Pelegón, XXI,
  141, 157 y 158.

AYAX (Αἴας):

  1) Caudillo griego, hijo de Telamón y nieto de Éaco. Agamenón le
  cita entre los más célebres capitanes, cuando amenaza con quitar
  á uno de éstos la recompensa si no le dan otra por la pérdida de
  Criseida, I, 138; y lo propone luego para jefe de la expedición
  á Crisa, I, 145. Llevó de Salamina á Troya cincuenta naves, II,
  557; era el más valiente después de Aquiles, II, 768; era gallardo
  y alto y descollaba entre los argivos por su cabeza y anchas
  espaldas, III, 225 á 229. Es elogiado, junto con Ayax de Oileo,
  por Agamenón cuando éste revista las tropas, IV, 271 á 291; mata á
  Simoísio, IV, 473 á 489; lucha, en combate singular, con Héctor,
  VII, 181 á 312; y Agamenón le obsequia con un banquete, VII, 322;
  había puesto sus tiendas en un extremo del campamento, VIII, 224
  á 226; cubre con su escudo á Teucro, que dispara flechas contra
  los troyanos, VIII, 268 á 272; es enviado, junto con Ulises y
  Fénix, á la tienda de Aquiles para desenojarle, IX, 169 á 181,
  223; su discurso, IX, 622 á 642; en compañía de Menelao, acude á
  defender á Ulises herido, XI, 464 á 484; mata á Doriclo y hiere á
  Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes, XI, 489 á 498; se bate en
  retirada, XI, 544 á 574; por excitación de Eurípilo, los amigos
  le defienden con los escudos, XI, 586 á 595; él y Ayax de Oileo
  animan á las tropas en el _Combate en la muralla_, XII, 265 á 276;
  acude en auxilio de Menestio, XII, 335, 342, 349, 353 á 377; mata
  á Epicles y ataca á Sarpedón, XII, 378 á 405; Neptuno incita á
  los dos Ayaces á pelear y les infunde valor, XIII, 46 á 82; ambos
  Ayaces, al frente de las falanges, resisten el ataque de Héctor
  y defienden las naves, XIII, 126 á 204; Ayax Telamonio persigue
  á Héctor y le anuncia que pronto se verá derrotado, XIII, 809 á
  824; hiere á Héctor, XIV, 402 á 420; defiende las naves y mata á
  doce troyanos que intentan pegarles fuego, XV, 674 á 746; rota su
  lanza por Héctor, tiene que retirarse y los teucros incendian una
  nave, XVI, 102 á 123; vuelve á combatir y mata á Cleobulo é intenta
  herir á Héctor, XVI, 330 á 334; 358 á 363; Patroclo exhorta á
  ambos Ayaces á apoderarse del cuerpo de Sarpedón, XVI, 555 á 562;
  por instigación de Menelao, Ayax Telamonio defiende el cadáver
  de Patroclo, XVII, 115 á 139, 174, 235, 237, 278 á 318, 356 á
  365 y 732; encarga á Menelao que por medio de Antíloco participe
  á Aquiles la muerte de Patroclo, XVII, 651 á 716; en los juegos
  fúnebres en honor de Patroclo, lucha con Ulises, recibiendo ambos
  un premio igual, XXIII, 708 á 739; y luego con Diomedes, á quien
  Aquiles da el primer premio, XXIII, 811 á 825.

  2) Caudillo griego, hijo de Oileo. Mandaba á los locrenses que
  habían ido á Troya en cuarenta naves, era bajo de cuerpo y
  descollaba en el manejo de la lanza, II, 527 á 536. Es uno de los
  jefes á quienes desea despertar Néstor para que acudan al consejo,
  X, 110; reconoce á Neptuno que, transfigurado en mortal, exhorta á
  los Ayaces, XIII, 46 á 75; combate al lado de Ayax Telamonio, XIII,
  701 á 718; mata á Satnio, XIV, 442 á 447, y á muchos más, XV, 520;
  coge vivo á Cleobulo, á quien mata, XVI, 330 á 334; en los juegos
  fúnebres, en honor de Patroclo, disputa con Idomeneo sobre cuál
  es el carro que primero ha dado la vuelta á la meta, XXIII, 473 á
  498; lucha en la carrera con Ulises; y por no rogar á los dioses,
  resbala y cae, y se lleva el segundo premio, XXIII, 754 á 783.

AZIDA (Ἀζείδης): Hijo de Azeo; nombre patronímico de
  Áctor, II, 513.


BACO (Διόνυσος, Διώνυσος y Διώνυσσος): Dios, hijo de Júpiter y de
  Semele, XIV, 325; perseguido por Licurgo, se arrojó, espantado, al
  mar y Tetis lo recibió en su regazo, VI, 135 á 137.

BALIO (Βαλίος): Caballo inmortal de Aquiles, hijo del Céfiro y de
  la harpía Podarga, XVI, 149; XIX, 400.

BATICLES (Βαθυκλῆς): Mirmidón, hijo de Calcón, muerto por
  Glauco, XVI, 594.

BATIDOR DE LA TIERRA (Ἐννοσίγαιος): Epíteto de Neptuno, usado á
  veces por el nombre propio, VII, 455; VIII, 201, 440, etc.

BATIEA (Βατίεια): Colina, ó por mejor decir, túmulo sito
  en las afueras de Troya y llamado por los dioses _tumba de la ágil
  Mirina_, II, 813.

BEBA (Βοίβη): Ciudad de Tesalia, II, 712.

BEBEIS (Βοιβηΐς): Lago de Tesalia; en su orilla estaba la ciudad de
  Feras, II, 711.

BELEROFONTE (Βελλεροφόντης): Hijo de Glauco y nieto de Sísifo;
  calumniado por Antea. Preto le envió á la Licia, donde realizó
  varias hazañas por orden del rey, casó con una hija del mismo, tuvo
  tres hijos--Isandro, Hipóloco y Laodamia (la madre de Sarpedón)--y
  se atrajo el odio de las deidades, VI, 155 á 202.

BELONA (Ἐνυώ): Diosa de la guerra, V, 333 y 592.

BEOCIA (Βοιωτία):

  1) Región de Grecia.

  2) El _Catálogo de las naves_ que fueron á Troya, II, 493 y
  siguientes; llámase así porque la enumeración empieza por los
  beocios, los cuales llevaron á Ilión cincuenta naves y procedían de
  veintinueve ciudades, II, 494 á 510.

BESA (Βῆσσα): Ciudad de Lócride, II, 532.

BIANOR (Βιάνωρ): Caudillo teucro, muerto por Agamenón, XI,
  92.

BIANTE (Βίας):

  1) Caudillo griego, hijo de Amitaón; es uno de los jefes de las
  tropas de Néstor; con los demás capitanes, y bajo la dirección de
  Néstor, hace formar á los combatientes, IV, 296; pelea, en compañía
  de otros caudillos, para impedir que Héctor llegue á las naves,
  XIII, 691.

  2) Teucro, padre de Laógono y de Dárdano, XX, 460.

BOAGRIO (Βοάγριος): Torrente de Lócride, II, 533.

BÓREAS (Βορέας): Viento norte. Su soplo reanima á Sarpedón herido,
  V, 697; á su impulso nieva ó graniza, XV, 171; XIX, 358; unióse
  con algunas yeguas del rey Erictonio, las cuales parieron doce
  potros que saltaban por encima de las mieses sin romper las espigas
  y corrían sobre las olas del mar, XX, 223 á 229; seca los campos
  regados, XXI, 346.

BORO (Βῶρος):

  1) Licio, padre de Festo, V, 44.

  2) Mirmidón, hijo de Perieres y marido de Polidora (la hija de
  Peleo), XVI, 177.

BRIÁREO (Βριάρεως): Nombre que los dioses daban al
  centímano Egeón (véase esta palabra), I, 403.

BRISEIDA (Βρισηΐς): Hija de Brises; nombre patronímico de
  Hipodamia, que fué cautivada por Aquiles en la toma de Lirneso,
  II, 689 á 691; Agamenón se la arrebata á Aquiles y provoca la
  cólera de este héroe, que desde entonces se queda en las naves y
  no interviene en las batallas, I, 184, 323, 336, 346 y 392; II,
  688 á 694; Néstor recuerda á Agamenón que se la quitó á Aquiles,
  para aconsejar que se aplaque á este último, IX, 106; Agamenón la
  devuelve intacta á Aquiles, XIX, 246 y 261; Briseida, semejante á
  la dorada Venus, llega á la tienda de Aquiles, y al ver el cadáver
  de Patroclo, prorrumpe en sollozos y se lamenta de su suerte, XIX,
  282 á 300; duerme con Aquiles, XXIV, 676.

BRISES (Βρίσης): Rey de Pédaso y de Lirneso y sacerdote; padre de
  Hipodamia, á quien Homero llama siempre Briseida, I, 392; IX, 132 y
  274.

BRISÍAS (Βρυσειαί): Ciudad de Laconia, II, 583.

BUCÓLIDA (Βουκολίδης): Hijo de Búcolo; nombre patronímico de
  Esfelo, XV, 338.

BUCOLIÓN (Βουκολίων): Teucro, hijo bastardo de Laomedonte;
  tuvo de la ninfa Abarbarea dos hijos gemelos: Esepo y Pédaso, VI,
  21 á 26.

BUDÍO (Βούδειον): Ciudad de Beocia, según unos, y de Tesalia (de
  Magnesia ó de la Ptiótide) según otros, XVI, 572.

BUPRASIO (Βουπράσιον): Ciudad y región de Élide, II, 615;
  XI, 756 y 760; XXIII, 631.


CABESO (Καβησός): Ciudad de Tracia, en el Helesponto,
  XIII, 363.

CAÍSTRO (Καύστριος): Río de Jonia, en el Asia Menor, II, 461.

CALCAS (Κάλχας): Hijo de Téstor; adivino griego. Declara que Apolo
  está irritado porque no se ha devuelto la hija al sacerdote Crises,
  y provoca la ira de Agamenón, I, 68 á 106; cuando los griegos se
  hallaban reunidos en Áulide para ir á Troya, interpretó un prodigio
  diciendo que después de combatir diez años se apoderarían de dicha
  ciudad, II, 300 á 329; Neptuno toma la figura y la voz de Calcas
  para exhortar á los Ayaces, XIII, 45 y 70.

CALCIS (Χαλκίς):

  1) Ciudad de Eubea, II, 537.

  2) Ciudad de Etolia, II, 640.

CALCODONTÍADA (Χαλκωδοντιάδης): Hijo de Calcodonte; nombre
  patronímico de Elefenor, II, 541; IV, 464.

CALCÓN (Χάλκων): Padre del mirmidón Baticles, XVI, 595.

CALESIO (Καλήσιος): Teucro, auriga de Axilo, muerto por
  Diomedes, VI, 18.

CALÉTOR (Καλήτωρ):

  1) Griego, padre de Afareo, XIII, 541.

  2) Teucro, hijo de Clitio, muerto por Ayax cuando intentaba
  incendiar una nave griega, XV, 419.

CALETÓRIDA (Καλητορίδης): Hijo de Calétor; nombre
  patronímico de Afareo, XI, 541.

CALIANASA (Καλλιάνασσα): Una de las nereidas, XVIII, 46.

CALIANIRA (Καλλιάνειρα): Una de las nereidas, XVIII, 44.

CALÍARO (Καλλίαρος): Ciudad de Lócride, II, 531.

CALIDNAS (Καλύδναι): Islas del archipiélago, frente á la costa de
  Caria; según unos, eran Leros y Calimna; según otros, todas las
  Espórades, II, 677.

CALIDÓN (Καλυδών): Ciudad de Etolia, II, 640; IX, 530 y
  531; XIII, 217; XIV, 116.

CAMIROS (Κάμειρος): Ciudad de la isla de Rodas, II, 656.

CAPANEO (Καπανεύς): Príncipe argivo, hijo de Hipónoo y padre de
  Esténelo; murió en la guerra tebana, II, 564; IV, 367 y 403; V,
  108, 109, 319 y 241.

CAPIS (Κάπυς): Hijo de Asáraco y padre de Anquises, XX,
  239.

CARDÁMILA (Καρδαμύλη): Ciudad de Mesenia, IX, 150 y 292.

CARESO (Κάρησος): Río de la Tróade, XII, 20.

CARIS (Χάρις): Esposa de Vulcano. Recibe á Tetis cuando esta diosa
  va á pedir á Vulcano una armadura para Aquiles, XVIII, 382 á 392;
  como el nombre Χάρις significa _Gracia_, la esposa de Vulcano debió
  de ser una de las Gracias, de la cual Homero no dijo el nombre.

CARISTO (Κάρυστος): Ciudad de la isla de Eubea, II, 539.

CÁROPE (Χάροψ): Teucro, hijo de Hipaso y hermano de Soco;
  fué muerto por Ulises, XI, 426.

CÁROPO (Χάροπος): Rey de la isla de Sima, esposo de Aglaya
  y padre de Nireo, II, 672.

CASANDRA (Κασσάνδρη): Hija de Príamo, hermosísima, que después de
  la toma de Troya fué asignada como esclava á Agamenón, y muerta,
  junto con éste, por Clitemnestra. Fué pedida en matrimonio por
  Otrioneo, que ofreció echar de Troya á los griegos si se la daban,
  XIII, 363 á 369; sube á Pérgamo, ve que Príamo y el escudero
  regresan á Troya con el cadáver de Héctor, y llama corriendo por la
  ciudad á hombres y á mujeres para que salgan á recibirlos, XXIV,
  699 á 706.

CASO (Κάσος): Una de las islas Cíclades, II, 676.

CASTIANIRA (Καστιάνειρα): Hija de un príncipe tracio, oriunda de
  Esima, de la cual tuvo Príamo á Gorgitión, VIII, 305.

CÁSTOR (Κάστωρ): Hijo de Júpiter y de Leda, hermano de Pólux y de
  Helena, III, 237.

CÉADA (Κεάδης): Hijo de Ceas; nombre patronímico de Treceno, II, 847.

CEBRIÓN (Κεβριόνης): Hijo bastardo de Príamo; auriga de
  Héctor. Por orden de Héctor se encarga de gobernar los caballos del
  carro, VIII, 318; hace notar á Héctor que mientras ellos combaten,
  los teucros son derrotados en el resto de la batalla, XI, 523 á
  531; con Héctor y Polidamante manda uno de los cinco batallones en
  que Héctor divide el ejército en el _Combate en la muralla_, XII,
  91 y 92; pelea en el sitio donde es más vivo el combate, XIII, 790;
  es muerto por Patroclo, y por su cadáver se traba reñida pelea,
  XVI, 727 á 782.

CÉFIRO (Ζέφυρος): Viento que sopla de la parte occidental,
  IX, 5; XXIII, 200.

CEFISIS (Κηφισίς): Lago de Beocia; llamósele más tarde lago Copais,
  V, 709.

CEFISO (Κηφισός): Río de Fócide, II, 522.

CELADONTE (Κελάδων): Río de Élide, VII, 133.

CENEO (Καινεύς): Rey de los lapitas, hijo de Élato, I, 264.

CENIDA (Καινείδης): Hijo de Ceneo; nombre patronímico de
  Corono, II, 746.

CÉRANO (Κοίρανος):

  1) Guerrero licio, muerto por Ulises, V, 677.

  2) Escudero y auriga de Meriones, muerto por Héctor, XVII, 611 y
  614.

CERES (Δημήτηρ): Diosa, hija de Saturno y de Rea. En Píraso había
  un bosque que le estaba consagrado, II, 696; preside el abaleo, V,
  500; fué amada por Júpiter, XIV, 326; dice Homero que los mortales
  comen los frutos de Ceres, por ser ésta la diosa de la agricultura,
  XII, 322; XXI, 76.

CERINTO (Κέρινθος): Ciudad marítima de la isla de Eubea,
  II, 538.

CIFO (Κύφος): Ciudad de Perrebia, en la Tesalia, II, 748.

CILA (Κίλλα): Población de la Tróade, cerca de Crisa, consagrada á
  Apolo, I, 38 y 452.

CILENE (Κυλλήνη):

  1) Monte de Arcadia, junto á la Acaya; estaba consagrado á
  Mercurio que había nacido en él, tenía en su cumbre un templo de
  este dios, y á su pie había una ciudad del mismo nombre, II, 603.

  2) Ciudad de Élide, XV, 518.

CIMODOCE (Κυμοδόκη): Una de las nereidas, XVIII, 39.

CIMOTOE (Κυμοθόη): Una de las nereidas, XVIII, 41.

CINIRAS (Κινύρης): Rey de la isla de Chipre, XI, 20.

CINO (Κῦνος): Ciudad de Lócride, II, 531.

CIPARISA (Κυπαρισσήεις): Ciudad de Élide. Pertenecía al
  reino de Néstor, II, 593.

CIPARISO (Κυπάρισσος): Población de Fócide, II, 519.

CIPRINA (Κύπρις): Perteneciente á la isla de Chipre.
  Epíteto de Venus por haber sido esta diosa muy venerada en Chipre.
  Se usa por el nombre propio, V, 330, 422, 458, 760 y 883.

CISEO (Κισσῆς): Rey de Tracia, padre de Teano y abuelo y
  suegro de Ifidamante, XI, 223.

CITERA (Κύθηρα): Isla cerca de la costa de Laconia y
  ciudad de la misma muy célebre por su templo de Venus, X, 268; XV,
  431, 432 y 438.

CITORO (Κύτωρος): Ciudad de Paflagonia, II, 853.

CLEOBULO (Κλεόβουλος): Teucro, muerto por Ayax, XVI, 330.

CLEOPATRA (Κλεοπάτρα): Hija de Marpesa y mujer de
  Meleagro, IX, 556.

CLEONAS (Κλεωναί): Población de la Argólide, II, 570.

CLIMENE (Κλυμένη):

  1) Doncella de Helena, III, 144.

  2) Una de las nereidas, XVIII, 47.

CLITEMNESTRA (Κλυταιμνήστρη): Hermana de Helena y mujer de
  Agamenón, I, 113.

CLÍTIDA (Κλυτίδης): Hijo de Clitio. Nombre patronímico de
  Dólope, XI, 302.

CLITIO (Κλυτίος): Uno de los ancianos de Troya, hijo de Laomedonte
  y hermano de Príamo, que se hallaba en la torre cuando Helena subió
  á la misma, III, 147; fué padre de Calétor, XV, 419 y 427; su
  genealogía, XX, 238.

CLITO (Κλεῖτος): Teucro, hijo de Pisenor; guía los caballos del
  carro de Polidamante y muere de un flechazo que le da Teucro, XV,
  445 á 453.

CLITOMEDES (Κλυτομήδης): Griego, hijo de Énope. Fué un célebre
  púgil, á quien venció Néstor, XXIII, 634.

CLONIO (Κλόνιος): Hijo de Aléctor. Era uno de los caudillos
  beocios, II, 495; fué muerto por Agenor, XV, 340.

CNOSO (Κνωσός): Ciudad de la isla de Creta, II, 646; XVIII, 591.

COJO, COJO DE AMBOS PIES (Κυλλοποδίων, Ἀμφιγυήεις): Epítetos de
  Vulcano que se usan por el nombre propio. El primero se halla en la
  _Ilíada_ tres veces: XVIII, 371; XX, 270 y XXI, 331 (este último
  se ha traducido por el nombre propio). El segundo es más usado: I,
  607; XIV, 239; XVIII, 383, 393, 462, 587, 590 y 614.

COLINA HERMOSA (Καλλικολώνη): Cerro ó túmulo en los alrededores de
  Troya, XX, 53 y 151.

COÓN (Κόων): Teucro, hijo de Antenor. Da una lanzada á Agamenón y
  éste le mata, XI, 248 á 261; XIX, 53.

COPAS (Κῶπαι): Población de Beocia, II, 502.

COPREO (Κοπρεύς): Padre de Perifetes. Fué heraldo del rey Euristeo
  y llevaba los mensajes del mismo al fornido Hércules, XV, 639.

CORINTO (Κόρινθος): Ciudad del Peloponeso, en el istmo de su
  nombre, llamada Éfira por los héroes del poema, II, 570; XIII, 664
  (véase la palabra _Éfira_.)

CORONEA (Κορώνεια): Ciudad de Beocia, II, 503.

CORONO (Κόρωνος): Hijo de Ceneo y padre del caudillo griego
  Leonteo, II, 746.

COS (Κῶς y Κόως): Isla del mar Icario y ciudad de la misma, II,
  677; XIV, 255; XV, 28.

CRÁNAE (Κρανάη): Isla donde Paris y Helena celebraron sus bodas,
  III, 445.

CRÁPATO (Κράπαθος por Κάρπαθος): Isla ó grupo de islas entre Creta
  y Rodas, II, 676.

CREONTE (Κρείων): Griego, padre de Licomedes, IX, 84.

CREONTÍADA (Κρειοντιάδης): Hijo de Creonte. Nombre patronímico de
  Licomedes, XIX, 240.

CRESMO (Κροῖσμος): Teucro, muerto por Meges, XV, 523.

CRETA (Κρήτη y Κρῆται): Isla. Había en ella cien ciudades, II, 649;
  III, 233; XIII, 453.

CRETÓN (Κρήθων): Griego, hijo de Diocles y nieto del río Alfeo.
  Fué muerto, junto con su hermano Orsíloco, por Eneas, V, 541 á 560.

CRISA (Κρῖσα): Ciudad de Fócide, en la cual había un templo de
  Apolo, II, 520.

CRISA (Χρύση): Ciudad sita en el litoral de la Tróade y consagrada
  á Apolo Esmintio; patria del sacerdote Crises, I, 37, 100, 390,
  431, 451.

CRISEIDA (Χρυσηΐς): Hija de Crises, cautivada por los griegos y
  adjudicada como esclava á Agamenón; quien no quiso admitir el
  rescate que le ofrecía el padre, I, 111 á 113; Agamenón la devuelve
  á Crises, enviándola á Crisa en una nave mandada por Ulises para
  que cese la peste que suscitó Apolo, I, 143, 182 á 184, 310, 369 y
  439.

CRISES (Χρύσης): Príncipe de Crisa y sacerdote de Apolo. Va al
  campamento aqueo para redimir á su hija, y Agamenón le manda
  enhoramala; pide á Apolo que le vengue y el dios suscita una
  maligna peste entre los griegos, I, 9 á 52; Calcas declara que
  el enojo de Apolo se debe al ultraje que Agamenón infirió al
  sacerdote, I, 93 á 95; recibe Crises á su hija, que le devuelven
  los griegos, y ruega á Apolo que haga cesar la peste, I, 440 á 456.

CRISÓTEMIS (Χρυσόθεμις): Hija de Agamenón, IX, 145 y 287.

CROCILEA (Χροκύλεια): Población del reino de Ulises. Según unos
  estaba en Ítaca; según otros era una isla, II, 633.

CROMIO (Χρομίος):

  1) Uno de los caudillos de las tropas de Néstor, IV, 295.

  2) Hijo de Príamo, muerto por Tideo, V, 160.

  3) Licio, muerto por Ulises, V, 677.

  4) Troyano, muerto por Teucro, VIII, 275.

  5) Caudillo licio, XVII, 218, 494 y 534.

CROMIS (Χρόμις): Caudillo de los misios, II, 858.

CROMNA (Κρῶμνα): Ciudad de Paflagonia, II, 855.

CTÉATO (Κτέατος): Hijo de Áctor (ó, más propiamente, de Neptuno) y
  de Molíone, hermano gemelo de Eurito y padre de Anfímaco, caudillo
  de los epeos, II, 621; XIII, 185.

CHIPRE (Κύπρος): Isla consagrada á Venus, XI, 21.


DÁMASO (Δάμασος): Teucro, muerto por Polipetes, XII, 181.

DAMASTÓRIDA (Δαμαστορίδης): Hijo de Damástor. Nombre patronímico
  del teucro Tlepólemo, XVI, 416.

DÁNAE (Δανάη): Hija de Acrisio; la cual, amada por Júpiter, parió á
  Perseo, XIV, 319.

DARDANIA (Δαρδανίη): Ciudad de la Tróade, fundada por Dárdano, XX,
  216.

DARDÁNIDA (Δαρδανίδης): Hijo ó nieto de Dárdano. Nombre patronímico
  de:

  1) Príamo, III, 303; V, 159; XIII, 376.

  2) Ilo, XI, 166.

DÁRDANO (Δάρδανος):

  1) Hijo de Júpiter, padre de Erictonio y ascendiente de Eneas y de
  Héctor. Fundó la Dardania, XX, 215 á 220. Fué amado por Júpiter con
  preferencia á los demás hijos que el dios tuvo de mujeres mortales,
  XX, 304 y 305.

  2) Teucro, hijo de Biante, muerto por Aquiles, XX, 460.

DARES (Δάρης): Varón rico, sacerdote de Vulcano, que vivía en Troya
  y fué padre de Fegeo é Ideo, V, 9.

DÁULIDE (Δαυλίς): Ciudad de Fócide, II, 520.

DÉDALO (Δαίδαλος): Artífice cretense. Concertó en Cnoso una danza
  en obsequio de Ariadna, XVIII, 592.

DEICOONTE (Δηϊκόων): Caudillo teucro, compañero de Eneas, muerto
  por Agamenón, V, 534.

DEÍFOBO (Δηΐφοβος): Hijo de Príamo; manda, con Heleno y Asio, el
  tercero de los cinco cuerpos en que Héctor divide el ejército en
  el _Combate en la muralla_, XII, 94; líbrase de la lanza que le
  arroja Meriones, XIII, 156 á 164, 258; tira su lanza á Idomeneo, y
  si bien le yerra, clávase aquélla en el hígado de Hipsenor, XIII,
  402 á 416; es provocado por Idomeneo, va en busca de Eneas, mata
  á Ascálafo, hijo de Marte, recibe una lanzada que le da Meriones
  en el brazo, y es sacado del combate por su hermano Polites, XIII,
  446 á 539; Héctor le busca entre los combatientes y sabe por Paris
  que se ha retirado del combate por haber sido herido, XIII, 758 á
  783; Minerva toma su figura para aconsejar á Héctor que luche con
  Aquiles, XXII, 227 y 294; es uno de los nueve hijos que le quedan
  á Príamo después de la muerte de Héctor, y junto con sus hermanos
  prepara el carro que ha de llevar el rescate, XXIV, 251.

DEÍPILO (Δηΐπυλος): Griego, compañero de Esténelo, V, 325.

DEÍPIRO (Δηΐπυρος): Caudillo griego. Es uno de los siete jefes
  encargados de la guardia en la noche de la _Dolonía_, IX, 83; es
  uno de los caudillos á quienes Neptuno exhorta para que peleen
  valerosamente, XIII, 92; es uno de los capitanes á quienes llama
  Idomeneo para que le ayuden cuando Eneas le sale al encuentro,
  XIII, 478; muere herido por la espada de Heleno, XVII, 576.

DEMOCOONTE (Δημοκόων): Teucro, hijo bastardo de Príamo, muerto por
  Ulises, IV, 499.

DEMOLEONTE (Δημολέων): Teucro, hijo de Antenor, muerto por Aquiles,
  XX, 395.

DEMUCO (Δημοῦχος): Teucro, hijo de Filétor, muerto por Aquiles, XX,
  457.

DÉTOR (Δαίτωρ): Troyano muerto por Teucro, VIII, 275.

DEUCÁLIDA, DEUCALIÓNIDA (Δευκαλίδης): Hijo de Deucalión. Nombre
  patronímico de Idomeneo, XII, 117; XIII, 307; XVII, 608.

DEUCALIÓN (Δευκαλίων):

  1) Nieto de Júpiter, hijo de Minos y padre de Idomeneo, XIII, 451 y
  452.

  2) Teucro, muerto por Aquiles, XX, 478.

DEXÁMENE (Δεξαμένη): Una de las nereidas, XVIII, 44.

DEXÍADA (Δεξιάδης): Hijo de Dexio. Nombre patronímico de Ifínoo,
  VII, 15.

DEYOPITES (Δηϊοπίτης): Teucro, muerto por Ulises, XI, 420.

DEYOCO (Δηΐοχος): Guerrero griego, muerto por Paris, XV, 341.

DIANA (Ἄρτεμις): Diosa, hija de Júpiter y de Latona. Enseñó á
  Escamandrio el arte de la caza, V, 49 á 53; cura, junto con Latona,
  á Eneas herido, V, 447; dice Homero que esta diosa mató á Laodamia,
  hija de Belerofonte, VI, 205, y á la madre de Andrómaca, VI, 428,
  por atribuirse á la misma las muertes súbitas de las mujeres;
  airada contra Eneo, hizo aparecer un jabalí en Calidón, que causó
  grandes daños y motivó una guerra entre los curetes y los etolos,
  IX, 533 á 542; Polimela danzaba en un coro en honor de la diosa,
  cuando fué arrebatada por Mercurio, XVI, 183; Aquiles se lamenta de
  que la diosa no hubiese muerto á Briseida antes de que se originara
  la disputa entre él y Agamenón, XIX, 59; en el _Combate de los
  dioses_, Diana figura entre los dioses partidarios de los troyanos
  y hace frente á Juno, XX, 39 y 71; increpa á Apolo porque rehusa
  combatir con Neptuno, y Juno, irritada, la coge por las manos,
  le quita el arco y el carcaj y le golpea en las orejas, XXI, 471
  á 496; huye al Olimpo y se refugia, llorando, en los brazos de
  Júpiter, XXI, 505 á 513; mató á las seis hijas de Níobe, porque
  ésta se gloriaba de haber parido más hijos que Latona, XXIV, 606.

DIMANTE (Δύμας): Príncipe frigio, padre de Asio y de Hécuba, XVI,
  718.

DINÁMENE (Δυναμένη): Una de las nereidas, XVIII, 43.

DÍO (Δῖος): Hijo de Príamo, XXIV, 251.

DÍO (Δῖον): Población de la isla de Eubea, II, 538.

DIOCLES (Διοκλῆς): Rey de Feras, hijo de Orsíloco, descendiente del
  Alfeo, y padre de Cretón y Orsíloco que murieron á manos de Eneas,
  V, 541 á 560.

DIOMEDA (Διομήδη): Hija de Forbante, príncipe de Lesbos, y
  concubina de Aquiles, IX, 665.

DIOMEDES (Διομήδης): Rey de Argos, hijo de Tideo y nieto de Eneo;
  llevó sus tropas á Troya en ochenta naves, II, 559 á 568; Agamenón
  le reprende porque no se apresura á ir al combate, IV, 365 á 401;
  increpa á Esténelo porque replica á Agamenón, IV, 411 á 421;
  alentado por Minerva, pelea valerosamente: mata á Fegeo, es herido
  por Pándaro, mata á Astinoo, Hipirón, Abante, Poliido, Janto, Toón,
  Equemón y Cromio; lucha con Eneas y Pándaro y mata á este último;
  hiere á Venus; retrocede ante Apolo, enardece á los guerreros,
  mata á Anfio y ayudado por Minerva, hiere á Marte, V, 1 á 26, 84 á
  351, 376, 432 á 444, 456, 596, 610 á 626, 793 á 863; mata á Axilo,
  VI, 12 á 19; las mujeres troyanas piden á Minerva, por consejo de
  Heleno y de Héctor, que rompa la lanza de Diomedes, VI, 96, 277 y
  306; va á luchar con Glauco, pero refieren ambos su genealogía,
  resultan ser huéspedes y truecan la armadura, VI, 119 á 236;
  salva á Néstor en el combate y por consejo del mismo emprende la
  retirada, VIII, 91 á 171; vuelve á combatir y mata á Agelao, VIII,
  253 á 261; increpa á Agamenón porque propone la fuga y es alabado
  por Néstor, IX, 31 á 56; habla á los reyes, después de la negativa
  de Aquiles á pelear, exhortándoles á combatir, IX, 697 á 710; va
  de noche, en compañía de Ulises, al campamento troyano, mata á
  Dolón y luego á Reso y á doce tracios; ambos caudillos llévanse dos
  caballos y vuelven á las naves aqueas, X, 150, 219, 227, 249, 255,
  272 á 298, 340 á 579; junto con Ulises pelea denodadamente y evita
  que los aqueos se den á la fuga, matando á unos teucros y hiriendo
  á otros, hasta que es herido por Paris y tiene que retirarse del
  combate, XI, 310 á 400; aconseja, aunque está herido, que todos
  vuelvan á la batalla, XIV, 109 á 132; en los juegos fúnebres de
  Patroclo: a) toma parte en la carrera de carros y gana el primer
  premio, XXIII, 290, 377 á 400, 472, 499 á 513; b) anima á Euríalo
  para que dispute el premio del pugilato, XXIII, 681; c) lucha,
  armado, con Ayax, XXIII, 811 á 825.

DIONE (Διώνη): Diosa, madre de Venus. Consuela á su hija cuando
  ésta, herida por Diomedes, vuelve al Olimpo, V, 370 á 416.

DIORES (Διώρης):

  1) Hijo de Amarinceo, caudillo de los epeos, II, 622; es muerto por
  Píroo, IV, 517.

  2) Padre de Automedonte, XVII, 429.

DISCORDIA (Ἔρις): Diosa, hermana y compañera de Marte. Incita al
  combate á los dánaos y á los teucros, IV, 440; promueve, junto con
  Apolo y Marte, una gran refriega, V, 518; enviada por Júpiter,
  preséntase en las naves aqueas con la señal del combate en la
  mano, XI, 3; gózase en contemplar la batalla, XI, 73; figura en el
  combate grabado por Vulcano en el escudo de Aquiles, XVIII, 535.

DISENOR (Δεισήνωρ): Caudillo licio, XVII, 217.

DODONA (Δωδώνη): Ciudad de Tesprocia, célebre por su oráculo de
  Júpiter, XVI, 234.

DODONEO (Δωδωναῖος): Epíteto de Júpiter, por el oráculo que este
  dios tenía en Dodona, XVI, 233.

DOLÓN (Δόλων): Teucro, hijo de Eumedes. Ofrecióse á ir de espía al
  campamento griego, sorprendiéronlo en el camino Ulises y Diomedes
  que después de hacerle preguntas le mataron, y sus despojos fueron
  colgados por Ulises en la popa de su nave hasta que ofreciera un
  sacrificio á Minerva, X, 314 á 464, 570 y 571.

DÓLOPE (Δόλοψ):

  1) Caudillo dánao, hijo de Clitio, muerto por Héctor, XI, 302.

  2) Teucro, hijo de Lampo, muerto por Menelao, XV, 525 y 555.

DOLOPIÓN (Δολοπίων): Teucro, padre de Hipsenor, V, 77.

DORICLO (Δόρυκλος): Hijo bastardo de Príamo, muerto por Ayax, XI,
  489.

DORIO (Δώριον): Ciudad del reino de Néstor, donde las Musas cegaron
  á Tamiris el tracio, II, 594.

DORIS (Δωρίς): Una de las nereidas, XVIII, 45.

DOTO (Δωτώ): Una de las nereidas, XVIII, 43.

DRACIO (Δρακίος): Caudillo de los epeos, junto con Meges y Anfión,
  XIII, 692.

DRESO (Δρῆσος): Teucro, muerto por Euríalo, VI, 20.

DRIANTE (Δρύας):

  1) Caudillo lapita, I, 263.

  2) Padre de Licurgo, VI, 130.

DRÍOPE (Δρύοψ): Teucro, muerto por Aquiles, XX, 455.

DULIQUIO (Δουλίχιον): Isla del mar Jónico, cerca de Ítaca; parte
  del reino de Ulises, II, 625 y 629.


EÁCIDA (Αἰακίδης): Descendiente de Éaco. Nombre patronímico:

  a) de   Peleo, su hijo, XVI, 15; XVIII, 433; XXI, 189;

  b) de Aquiles, su nieto, II, 860 y 874; IX, 184 y 191; X, 402; XVI,
  134, 140, 165, 854 y 865; XVII, 76, 271 y 388; XVIII, 221 y 222;
  XXI, 178.

ÉACO (Αἰακός): Hijo de Júpiter, padre de Peleo y abuelo de Aquiles;
  fué rey de Egina, XXI, 189.

ECALIA (Οἰχαλίη): Ciudad de Tesalia, II, 730.

ERIBEA (Ἠερίβοια): Hija de Eurímaco, segunda mujer de Aloeo y
  madrastra de Oto y Efialtes que tuvieron á Marte encadenado, V, 389.

EETIÓN (Ἠετίων):

  1) Padre de Andrómaca, rey de Tebas (de Cilicia). Fué muerto por
  Aquiles en la toma de la ciudad, I, 366; VI, 395, 396 y 416; VIII,
  187; IX, 188; XVI, 153; XVII, 575 y 590; XXI, 43; XXII, 472 y 480;
  XXIII, 827.

  2) Imbrio, hijo de Jasón; rescató de Aquiles á Licaón, hijo de
  Príamo, y lo envió á Arisbe, XXI, 43.

  3) Teucro, padre de Podes, XVII, 575 y 590.

EDIPO (Οἰδιπόδης): Rey de Tebas, hijo de Layo y de Yocasta. En los
  juegos fúnebres que se celebraron á su muerte, Euríalo venció á
  todos los contendientes cadmeos, XXIII, 679.

EFIALTES (Ἐφιάλτης): Hijo de Aloeo; tuvo, con su hermano Oto,
  encadenado á Marte durante trece meses, V, 385.

ÉFIRA (Ἐφύρη):

  1) Ciudad de Élide, junto al río Seleente, II, 659; XV, 531.

  2) Nombre antiguo de Corinto, VI, 152. (Véase la palabra _Corinto_.)

EGAS (Αἰγαί): Ciudad de Acaya, donde se daba culto á Neptuno, VIII,
  203; este dios tenía allí un palacio en la profundidad del mar,
  XIII, 21.

EGEÓN (Αἰγαίων): Centímano, hijo de la Tierra y del Ponto, nombrado
  por los dioses Briáreo. Tetis le llamó al Olimpo para defender á
  Júpiter, cuando quisieron atar á este dios Juno, Neptuno, Minerva y
  otras deidades, I, 404.

EGIALEA (Αἰγιάλεια): Hija de Adrasto y esposa de Diomedes, V, 412.

EGÍALO (Αἰγιαλός):

  1) La costa desde Sición hasta la Élide, II, 575.

  2) Ciudad de Paflagonia, II, 855.

EGÍLIPE (Αἰγίλιψ): Población de Ítaca, ó isla cercana al Epiro, II,
  633.

EGINA (Αἴγινα): Isla del golfo Sarónico, II, 562.

EGIO (Αἴγιον): Ciudad de Acaya, II, 574.

ÉLASO (Ἔλασος): Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 696.

ÉLATO (Ἔλατος): Teucro, muerto por Agamenón, VI, 33.

ELEFENOR (Ἐλεφήνωρ): Hijo de Calcodonte, caudillo de los abantes,
  II, 540; fué muerto por Agenor, IV, 463.

ELEÓN (Ἐλεών): Población de Beocia, II, 500 y X, 266.

ÉLIDE (Ἦλις): Región del Peloponeso, II, 615; XI, 686 y 698.

ELONA (Ἠλώνη): Ciudad de Tesalia, II, 739.

EMATIA (Ἠμαθίη): Comarca de Macedonia, XIV, 226.

ENEAS (Αἰνείας): Héroe teucro, hijo de Anquises y de la diosa
  Venus. Mandaba á los dardanios, junto con Arquéloco y Acamante, II,
  819 á 823; XII, 99; busca á Pándaro y le hace subir en su carro
  para combatir contra Diomedes, V, 166, 217 á 238, 246, 263, 272;
  muere Pándaro y Eneas defiende su cadáver hasta que cae herido
  por una piedra que le tira Diomedes, el cual se apodera luego de
  los caballos, y es salvado por Venus y Apolo, V, 297 á 346; es
  acometido nuevamente por Diomedes y llevado por Apolo á Pérgamo
  donde le curan Latona y Diana, mientras teucros y aqueos combaten
  alrededor de un simulacro forjado por el dios, V, 431 á 453; es
  sacado del templo por Apolo que lo lleva nuevamente á la batalla,
  V, 512 á 514; mata á Cretón y á Orsíloco y retrocede ante Antíloco,
  V, 541 á 570; Diomedes es llevado por los caballos que quitó á
  Eneas, VIII, 108; XXIII, 292; Eneas con otros jefes hacen formar á
  los troyanos, XI, 58; llamado por Deífobo, combate en defensa del
  cadáver de Alcátoo y mata á Afareo, XIII, 459 á 542; mata á Medonte
  y á Yaso, XV, 332; es exhortado por Glauco para que pelee por el
  cadáver de Sarpedón, XVI, 536; arroja su lanza á Meriones, sin que
  consiga herirle, XVI, 608 á 625; incitado por Apolo, arremete á los
  griegos y mata á Leócrito, XVII, 323 á 345; á ruegos de Héctor,
  acomete con éste á Automedonte, pero ambos retroceden ante los
  Ayaces, XVII, 484 á 534; incitado por Apolo combate con Aquiles,
  después de darle noticia de su genealogía, y Neptuno lo salva
  arrebatándole del campo, XX, 79 á 124, 160 á 339.

ENEO (Οἰνεύς): Hijo de Porteo, rey de Calidón y padre de Meleagro
  y de Tideo, muerto antes de la guerra de Troya, II, 641. Hospedó
  en su casa á Belerofonte, VI, 216 y 219; no ofreció á Diana los
  sacrificios de la siega y la diosa hizo aparecer un jabalí que
  causó mucho daño y originó la guerra de los curetes y los etolos,
  IX, 534 á 549, 581; su nieto aparécese en sueños á Reso poco antes
  de morir este rey, X, 497; su genealogía, referida por Diomedes,
  XIV, 115 y 117.

ENIDA (Οἰνείδης): Hijo de Eneo. Nombre patronímico de Tideo, V, 813.

ENIEO (Ἐνυεύς): Rey de Esciro, ciudad conquistada por Aquiles, IX,
  668.

ENIO (Αἴνιος): Peonio, muerto por Aquiles á orillas del Escamandro,
  XXI, 210.

ENIOPEO (Ἠνιοπεύς): Teucro, hijo de Tebeo, auriga de Héctor, VIII,
  120.

ENISPE (Ἐνίσπη): Población de Arcadia, II, 606.

ENO (Αἶνος): Ciudad de Tracia, aliada de los troyanos, IV, 520.

ENOMAO (Οἰνόμαος):

  1) Griego, muerto por Héctor, V, 706.

  2) Caudillo teucro, XII, 140, muerto por Idomeneo, XIII, 506.

ÉNOMO (Ἔννομος):

  1) Teucro, caudillo de los misios y augur, II, 858. Es uno de los
  capitanes á quienes exhorta Héctor, después de haber vestido las
  armas de Aquiles, XVII, 218; fué muerto por Aquiles.

  2) Teucro, muerto por Ulises, XI, 422.

ÉNOPE (Ἐνόπη): Ciudad de Mesenia, IX, 150 y 292.

ÉNOPE (Ἦνοψ):

  1) Teucro, padre de Satnio, que tuvo de una náyade, XIV, 445.

  2) Griego, padre del púgil Clitomedes, XXIII, 634.

ENÓPIDA (Ἠνοπίδης): Hijo de Énope (Ἦνοψ). Nombre patronímico de
  Satnio, XIV, 444.

ENÓPIDA (Οἰνοπίδης): Hijo de Énope (Οἶνοψ). Nombre patronímico de
  Heleno, V, 707.

EÓLIDA (Αἰολίδης): Hijo de Éolo. Nombre patronímico de Sísifo, VI,
  154.

ÉOLO (Αἴολος): Hijo de Hel-len, padre de Sísifo, VI, 154.

EPALTES (Ἐπάλτης): Licio, muerto por Patroclo, XVI, 415.

EPEA (Αἴπεια): Ciudad de Laconia, IX, 152 y 294.

EPEO (Ἐπειός): Griego, hijo de Panopeo. En los juegos fúnebres de
  Patroclo, vence en el pugilato á Euríalo, XXIII, 664 á 699; luego
  intenta tirar la bola de hierro de Eetión y se ríen todos los
  aqueos, XXIII, 838 á 840.

EPI (Αἰπύ): Ciudad del Peloponeso, parte del reino de Néstor, II,
  592.

EPICLES (Ἐπικλῆς): Teucro, compañero de Sarpedón, muerto por Ayax,
  XII, 379.

EPIDAURO (Ἐπίδαυρος): Ciudad de la Argólide, II, 561.

EPIGEO (Ἐπειγεύς): Mirmidón, hijo de Agacles. Reinó en Budío y por
  haber dado muerte á su primo presentóse como suplicante á Peleo y
  Tetis; muere de una pedrada que le da Héctor, XVI, 571 á 580.

EPÍSTOR (Ἐπίστωρ): Guerrero teucro, muerto por Patroclo, XVI, 695.

EPÍSTROFO (Ἐπίστροφος):

  1) Caudillo de los focenses, hijo de Ifito, II, 517.

  2) Rey de Lirneso, hijo de Eveno. Fué muerto por Aquiles, II, 692.

  3) Caudillo de los halizones, que combatían por los teucros, II,
  856.

EPÍTIDA (Ἠπυτίδης): Hijo de Epito. Nombre patronímico del heraldo
  Perifante, XVII, 324.

EPITIO (Αἰπύτιος): Antiguo rey de Arcadia, cuya tumba se hallaba al
  pie del monte de Cilene, II, 604.

EQUECLES (Ἐχεκλῆς): Mirmidón, hijo de Áctor y esposo de la hermosa
  Polimela, XVI, 189.

EQUECLO (Ἔχεκλος):

  1) Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 694.

  2) Teucro, hijo de Agenor, á quien Aquiles mató con la espada, XX,
  474.

EQUEMÓN (Ἐχέμων): Hijo de Príamo, muerto por Diomedes, V, 160.

EQUÉPOLO (Ἐχέπωλος):

  1) Teucro, hijo de Talisio. Fué muerto por Antíloco, IV, 458.

  2) Rey de Sición. Regaló á Agamenón la yegua Eta, para no seguirle
  á Troya, XXIII, 296.

EQUINAS (Ἐχῖναι): Islas del mar Jónico, II, 625.

EQUIO (Ἐχίος):

  1) Griego, padre de Mecisteo, VIII, 333; XIII, 422.

  2) Griego, muerto por Polites, XV, 339.

  3) Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 416.

ÉREBO (Ἔρεβος): Región obscura debajo de la tierra, que da ingreso
  al Tártaro, VIII, 368; IX, 572.

ERECTEO (Ἐρεχθεύς): Antiguo rey de Atenas, que nació de la tierra y
  fué criado por Minerva, II, 547.

ERETRIA (Εἰρετρία): Ciudad de la isla de Eubea, II, 537.

EREUTALIÓN (Ἐρευθαλίων): Arcadio fortísimo, muerto por Néstor en
  singular combate en una batalla de los pilios y los arcadios, IV,
  319; VII, 136 á 155.

ERICTONIO (Ἐριχθόνιος): Hijo de Dárdano, padre de Tros, y
  ascendiente de Ganimedes, Titón, Príamo, etc. Fué rey de Dardania y
  el más rico de los de su tiempo, XX, 219 á 240.

ERILAO (Ἐρύλαος): Guerrero teucro, muerto por Patroclo, XVI, 411.

ERIMANTE (Ἐρύμας):

  1) Teucro, muerto por Idomeneo, XVI, 345 á 350.

  2) Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 415.

ERIOPIS (Ἐριῶπις): Esposa de Oileo, madre de Ayax y madrastra de
  Medonte, XIII, 697; XV, 336.

ERITINOS (Ἐρυθῖνοι): Dos montes, ó más propiamente colinas de
  Paflagonia; llamados así por su color. Según otros, ciudad de
  Paflagonia, II, 855.

ERITRAS (Ἐρυθραί): Ciudad de Beocia, II, 499.

ESCAMANDRIO (Σκαμάνδριος):

  1) Niño, hijo de Héctor y de Andrómaca, llamado por los ciudadanos
  Astianacte (rey de la ciudad), VI, 402.

  2) Teucro, hijo de Estrofio, muerto por Menelao, V, 49 á 58.

ESCAMANDRO (Σκάμανδρος): Río de la Tróade, llamado Janto por los
  dioses, V, 36, 77, 774; VII, 329; XI, 499, XII, 21; XX, 74; XXI,
  124; XXII, 147.

ESCANDÍA (Σκάνδεια): Puerto de la isla de Citera, X, 268.

ESCARFA (Σκάρφη): Ciudad de Lócride, cerca de las Termópilas, II,
  532.

ESCEAS (Σκαιαί): Puertas de la muralla de Troya, en la parte
  occidental de la misma, III, 145 y 149; VI, 237 y 393; IX, 354;
  XVI, 712; etc.

ESCIRO (Σκῦρος): Isla del mar Egeo, y ciudad de la misma, IX, 668;
  XIX, 326 y 332.

ESCOLO (Σκῶλος): Población de Beocia, II, 497.

ESCULAPIO (Ἀσκληπιός): Médico insigne, IV, 194; XI, 518. Había
  aprendido de Quirón el conocimiento de las drogas, IV, 219; sus
  hijos Podalirio y Macaón, excelentes médicos, fueron á Troya como
  caudillos, II, 731 y 732.

ESEPO (Αἴσηπος):

  1) Río de la Licia troyana, II, 825; IV, 91; XII, 21.

  2) Teucro, hijo de Bucolión y de la náyade Abarbarea, muerto por
  Euríalo, VI, 21.

ESFELO (Σφῆλος): Hijo de Búcolo y padre de Yaso, caudillo de los
  atenienses, XV, 338.

ESIETES (Αἰσυήτης):

  1) Antiguo rey de Troya, cuyo túmulo se hallaba cerca de la ciudad,
  II, 793.

  2) Teucro, padre de Alcátoo, XIII, 427.

ESIMA (Αἰσύμη): Ciudad de Tracia, VIII, 304.

ESIMNO (Αἴσυμνος): Caudillo dánao, muerto por Héctor, XI, 303.

ESPARTA (Σπάρτη): Capital de Laconia, una de las ciudades
  predilectas de Juno, II, 582; IV, 52.

ESPERQUIO (Σπερχειός): Río de Tesalia, padre de Menestio, XVI, 174;
  XXIII, 142 y 144.

ESPÍO (Σπειώ): Una de las nereidas, XVIII, 40.

ESQUEDIO (Σχέδιος):

  1) Caudillo de los focenses, hijo de Ifites, II, 517, muerto por
  Héctor, XVII, 306 á 311.

  2) Caudillo de los focenses, hijo de Perimedes, muerto por Héctor,
  XV, 515.

ESQUENO (Σχοῖνος): Ciudad de Beocia, II, 497.

ESTENELAO (Σθενέλαος): Teucro, hijo de Itémenes, muerto por
  Patroclo, XVI, 586.

ESTÉNELO (Σθένελος):

  1) Caudillo griego, hijo de Capaneo, amigo de Diomedes, II, 564;
  IV, 367; V, 108 y 241; VIII, 114; XXIII, 511.

  2) Hijo de Perseo, nieto de Júpiter y padre de Euristeo, XIX, 116 y
  123.

ESTÉNTOR (Στέντωρ): Heraldo que tenía vozarrón de bronce y gritaba
  como cincuenta hombres, V, 785.

ESTIGIA (Στύξ): Laguna del infierno, por cuya agua juraban los
  dioses, II, 755; VIII, 369; XIV, 271; XV, 37; etc.

ESTÍNFALO (Στύμφηλος): Ciudad de Arcadia, II, 608.

ESTIQUIO (Στίχιος): Caudillo de los atenienses, á las órdenes de
  Menesteo, XIII, 195, 691; fué muerto por Héctor, XV, 329.

ESTIRA (Στύρα): Ciudad de la isla de Eubea, II, 539.

ESTRATIA (Στρατίη): Población de Arcadia, II, 606.

ESTROFIO (Στρόφιος): Teucro, padre de Escamandrio el excelente
  cazador, V, 49.

ETA (Αἴθη): Yegua que Equépolo regaló á Agamenón, para librarse de
  ir á Troya, XXIII, 295, 409 y 525.

ETEOCLES (Ἐτεοκλῆς): Hijo de Edipo, rey de Tebas. Tideo fué á su
  palacio y encontró á muchos cadmeos reunidos en banquete, IV, 386.

ETEONO (Ἐτεωνός): Población de Beocia, II, 497.

ETILO (Οἴτυλος): Población de Lacedemonia, II, 585.

ETÓN (Αἴθων): Caballo de Héctor, VIII, 185.

ETRA (Αἴθρη): Hija de Piteo, doncella de Helena, III, 144.

EUBEA (Εὔβοια): Isla, II, 535 y 536.

EUDORO (Εὔδωρος): Hijo de Mercurio y de Polimela, uno de los
  cinco caudillos designados por Aquiles para que rigieran á los
  mirmidones, XVI, 179.

EUFEMO (Εὔφημος): Hijo de Treceno, caudillo de los cicones, los
  cuales combatían en favor de Troya, II, 846.

EUFETES (Εὐφήτης): Rey de Éfira, que estaba situada á orillas del
  Seleente, XV, 532.

EUFORBO (Εὔφορβος): Teucro, hijo de Pántoo, hirió á Patroclo y fué
  muerto por Menelao, XVI, 806 á 813, 850; XVII, 9 á 60.

EUMEDES (Εὐμήδης): Heraldo troyano, padre de Dolón, X, 314, 412 y
  426.

EUMELO (Εὔμηλος): Caudillo griego, hijo de Admeto y de Alcestes,
  rey de Feras (Tesalia). Sus tropas fueron á Troya en once
  naves, II, 711 á 715; sus yeguas habían sido criadas por Apolo
  y sobresalían entre los corceles del ejército griego, II, 763 á
  767; en los juegos fúnebres de Patroclo, toma parte en la carrera
  de carros; mas, cuando ya había doblado la meta, Minerva le rompe
  el yugo, y el héroe viene al suelo, hiriéndose en los codos, boca
  y narices; y Aquiles, compadecido, le da la coraza de que había
  despojado á Asteropeo, XXIII, 288, 354, 376, 391 á 397, 459 á 481,
  532 á 565.

EUNEO (Εὔνηος): Hijo de Jasón y de Hipsipile, rey de Lemnos.
  Envía naves cargadas de vino al ejército griego, VII, 468; había
  rescatado á Licaón, hijo de Príamo, del poder de Patroclo, XXIII,
  747.

EUQUENOR (Εὐχήνωρ): Hijo del adivino Poliido, muerto por Paris,
  XIII, 663.

EURÍALO (Εὐρύαλος): Hijo de Mecisteo; caudillo de los argivos, á
  las órdenes de Diomedes, II, 565.

EURÍBATES (Εὐρυβάτης):

  1) Heraldo de Agamenón, I, 320; IX, 170.

  2) Heraldo de Ulises, II, 184.

EURIDAMANTE (Εὐρυδάμας): Prócer troyano, cuyos dos hijos mueren á
  manos de Diomedes, V, 149.

EURIMEDONTE (Εὐρυμέδων):

  1) Hijo de Ptolomeo Piraída, auriga de Agamenón, IV, 228.

  2) Escudero de Néstor, VIII, 114; XI, 620.

EURÍPILO (Εὐρύπυλος):

  1) Hijo de Hércules. Reinó en Cos, por lo cual se llama esta isla
  la _ciudad de Eurípilo_, II, 677.

  2) Hijo de Evemón. Llevó su gente á Troya en cuarenta naves, II,
  736; mata á Hipsenor, V, 76 á 81, y á Melantio, VI, 36; ofrécese
  á luchar con Héctor, VII, 167; sigue, con otros caudillos, á
  Diomedes para acometer á los teucros, VIII, 265; mata á Apisaón
  y es herido por Paris, XI, 575 á 596; cuando sale, cojeando, del
  combate, Patroclo lo lleva á la tienda, le saca la flecha y le cura
  la herida, XI, 809 á 847; déjalo Patroclo que se va á la tienda de
  Aquiles, XV, 390 á 404; Patroclo cuenta á Aquiles que, además de
  otros caudillos, está herido Eurípilo, XVI, 27.

EURÍNOME (Εὐρυνόμη): Hija del Océano. Junto con Tetis acogió á
  Vulcano cuando fué arrojado del cielo, XVIII, 398 á 405.

EURISTEO (Εὐρυσθεύς): Hijo de Esténelo, nieto de Perseo y
  descendiente de Júpiter, VIII, 363; XV, 639; XIX, 123.

EURITO (Εὔρυτος):

  1) El ecaleo, muy hábil en tirar con el arco, II, 596 y 730.

  2) Hijo de Áctor, caudillo de los eleos, II, 621.

EURO (Εὖρος): Viento que sopla de Oriente, II, 145; XVI, 765.

EUSORO (Ἐΰσσωρος): Tracio, padre de Acamante, VI, 8.

EUTRESIS (Εὔτρησις): Ciudad de Beocia, II, 502.

EVEMÓN (Εὐαίμων): Tésalo, padre de Eurípilo, II, 736; V, 79; VII,
  167; VIII, 265; XI, 575.

EVEMÓNIDA (Εὐαιμονίδης): Hijo de Evemón. Nombre patronímico de
  Eurípilo, V, 76; XI, 809.

EVENINA (Εὐηνίνη): Hija de Eveno. Nombre patronímico de Marpesa,
  IX, 557.

EVENO (Εὐηνό): Rey de Lirneso, hijo de Selepio, II, 693.

EVIPO (Εὔιππος): Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 417.

EXADIO (Ἐξάδιος): Héroe lapita, I, 264.

EYONAS (Ἠϊόνες): Población de la Argólide, II, 561.

EYONEO (Ἠϊονεύς):

  1) Griego, muerto por Héctor, VII, 11.

  2) Príncipe de Tracia, padre del rey Reso, X, 435.


FALCES (Φάλκης): Teucro de Ascania, XIII, 791; fué muerto por
  Antíloco, XIV, 513.

FARIS (Φᾶρις): Ciudad de Lacedemonia, II, 582.

FAUSÍADA (Φαυσιάδης): Hijo de Fausio. Nombre patronímico de
  Apisaón, XI, 578.

FEA (Φειά): Ciudad de Élide, VII, 135.

FEBO (Φοῖβος): Epíteto de Apolo, usado algunas veces por el nombre
  propio, I, 443; XX, 39; etc.

FEGEO (Φηγεύς): Teucro, hijo del sacerdote Dares y hermano de Ideo.
  Fué muerto por Diomedes, V, 11 y 15.

FÉNEO (Φένεος): Ciudad de Arcadia, II, 605.

FÉNIX (Φοῖνιξ):

  1) Padre de Europa y abuelo de Minos y de Radamanto, XIV, 321.

  2) Hijo de Amíntor. Enviado con Ulises y Ayax á suplicar á Aquiles,
  pronuncia un larguísimo discurso sin lograr que este héroe vuelva
  á combatir, IX, 432 á 619; manda parte de las tropas á las órdenes
  de Patroclo, XVI, 196; Minerva toma su figura para exhortar á
  Menelao, XVII, 555; quédase junto á Aquiles que llora por la muerte
  de Patroclo, XIX, 310; en los juegos fúnebres de Patroclo, pónese,
  por encargo de Aquiles, junto á la meta para observar lo que ocurra
  en la carrera de carros, XXIII, 360.

FÉNOPE (Φαῖνοψ): Hijo de Asio, padre de Janto, Toón, Forcis y otros
  guerreros teucros, V, 152; XVII, 312; Apolo toma su figura para
  exhortar á Héctor, XVII, 583.

FERAS (Φεραί): Ciudad de Tesalia, II, 711.

FERAS (Φηραί y Φηρή): Ciudad de Mesenia, IX, 151 y 293; residencia
  de Diocles, V, 543.

FERECLO (Φέρεκλος): Hijo de Tectón. Construyó las naves de Paris.
  Fué muerto por Meriones, V, 59.

FERETÍADA (Φηρητιάδης): Hijo de Feres. Nombre patronímico de
  Admeto, II, 763; XXIII, 376.

FERUSA (Φέρουσα): Una de las nereidas, XVIII, 43.

FESTO (Φαιστός): Ciudad de la isla de Creta, II, 648.

FESTO (Φαῖστος): Lidio oriundo de Tarne, muerto por Idomeneo, V, 43.

FIDANTE (Φείδας): Caudillo de los beocios, XIII, 691. (Por
  inadvertencia, en el texto se puso Fidas).

FIDIPO (Φείδιππος): Hijo del rey Tésalo y hermano de Ántifo.
  Caudillo griego, II, 678.

FÍLACE (Φυλάκη): Ciudad de Tesalia, II, 695; residencia de Medonte,
  XIII, 696.

FILÁCIDA (Φυλακίδης): Hijo de Fílaco. Nombre patronímico de Ificlo,
  II, 705; XIII, 698.

FÍLACO (Φύλακος): Teucro, muerto por Leito, VI, 35.

FILANTE (Φύλας): Rey de Éfira, padre de Polimela, XVI, 181 y 191.

FILEO (Φυλεύς): Hijo de Augías, padre de Meges. Irritado con su
  padre, emigró á Duliquio, II, 628; X, 110, 175; recibió de Eufetes
  la coraza que en la guerra de Troya llevaba Meges, XV, 530; fué
  vencido por Néstor en los juegos fúnebres de Amarinceo, XXIII, 637.

FILETÓRIDA (Φιλητορίδης): Hijo de Filétor. Nombre patronímico de
  Demuco, XX, 457.

FILIDA (Φυλείδης): Hijo de Fileo. Nombre patronímico de Meges, II,
  628; V, 72; XIII, 592; etc.

FILOCTETES (Φιλοκτήτης): Hijo de Peante, rey tésalo y hábil
  arquero; los griegos lo abandonaron en Lemnos por haber sido
  mordido por un reptil, II, 721 á 725.

FILOMEDUSA (Φιλομέδουσα): Esposa del rey Areitoo y madre de
  Menestio, VII, 10.

FLECHADOR (Ἕκατος, Ἑκηβόλος, Ἑκατηβόλος, Ἑκατηβελέτης, Ἑκάεργος,
  Ἕκατος): Epíteto de Apolo, usado á veces por el nombre propio, VII,
  34; etc.

FORBANTE (Φόρβας):

  1) Rey de Lesbos, padre de Diomeda cautiva de Aquiles, IX, 665.

  2) Teucro, padre de Ilioneo, XV, 490.

FORCIS (Φόρκυς): Teucro, hijo de Fénope, caudillo de los frigios,
  II, 862; XVII, 218; fué muerto por Ayax, XVII, 312 y 318.

FRIGIA (Φρυγίη): Región del Asia Menor, III, 184 y 401; XI, 184;
  XVI, 719; XVIII, 291.

FRONTIS (Φρόντις): Esposa de Panto y madre de Euforbo, XVII, 40.

FUERZA (Ἀλκή): Personificación de la misma en la égida de Minerva,
  V, 740.

FURIAS (Ἐρινύες): Diosas vengadoras de las faltas que perturban el
  orden moral ó físico, IX, 454 y 571; XV, 204; XIX, 87 y 259; XXI,
  412.


GALATEA (Γαλάτεια): Una de las nereidas, XVIII, 45.

GANIMEDES (Γανυμήδης): Hijo hermosísimo de Tros; Júpiter lo
  arrebató de la tierra y lo llevó al Olimpo para que fuese su
  copero, XX, 232.

GÁRGARO (Γάργαρον): Parte del monte Ida, y la cumbre más alta del
  mismo, VIII, 47; XIV, 292 y 352; XV, 152.

GERENIO (Γερήνιος): Epíteto de Néstor. Se le llama así porque
  cuando Hércules tomó á Pilos, Néstor fué llevado á Gereno, ciudad
  de Mesenia, y allí se educó, II, 336, etc.

GIGEA (Γυγαίη): Laguna del Asia Menor. Tuvo de Talémenes dos hijos:
  Mestles y Ántifo, II, 865; XX, 391.

GIRTÍADA (Γυρτιάδης): Hijo de Girtio. Nombre patronímico de Hirtio,
  XIV, 512.

GIRTONA (Γυρτώνη): Ciudad de Tesalia, II, 738.

GLÁFIRAS (Γλαφυραί): Ciudad de Tesalia, II, 712.

GLAUCE (Γλαύκη): Una de las nereidas, XVIII, 39.

GLAUCO (Γλαῦκος):

  1) Hijo de Sísifo y padre de Belerofonte, VI, 154.

  2) Caudillo de los licios, hijo de Hipóloco y compañero de
  Sarpedón, II, 876. Va á combatir con Diomedes, pero refieren sus
  respectivas genealogías, resultan ser huéspedes paternos y truecan
  la armadura en prueba de amistad, VI, 144 á 211 y 231 á 236; pelea
  valerosamente y mata á Ifínoo, VII, 13; Sarpedón lo toma por
  compañero para acometer á los griegos, XII, 102; exhortado por
  Sarpedón, combate con denuedo, es herido por una flecha de Teucro
  y se retira, XII, 310 á 330, 387 á 391; defiende á Héctor cuando
  éste cae por haber recibido una pedrada de Ayax, XIV, 426; oyendo
  que Sarpedón, moribundo, le pide que le defienda, impetra de Apolo
  que le cure la herida, incita á los caudillos y con éstos arremete
  contra los dánaos, XVI, 492 á 552; puestos en fuga los teucros, se
  vuelve y mata á Baticles, XVI, 593 á 599; increpa á Héctor por su
  cobardía, XVII, 140 á 168; es exhortado por Héctor, junto con otros
  caudillos, á que luche por apoderarse del cadáver de Patroclo,
  XVII, 216.

GLISANTE (Γλίσας): Ciudad de Beocia, II, 504.

GONOESA (Γονόεσσα): Ciudad sita en la parte septentrional de Acaya,
  II, 573.

GORGITIÓN (Γοργυθίων): Troyano, hijo de Príamo y de Castianira,
  muerto por Teucro, VIII, 302.

GORGONA (Γοργώ): Uno de los tres monstruos (Esteno, Euríale y
  Medusa) hijos de Forcis y de Ceto. Sólo Medusa era mortal y fué
  muerta por Minerva ó por Perseo, V, 741; VIII, 349; XI, 36.

GORTINA (Γόρτυν): Ciudad de la isla de Creta, II, 646.

GRACIAS (Χάριτες): Diosas. Según Hesíodo, eran tres: Aglaya,
  Eufrosine y Talía; hijas de Júpiter y Eurínome. En Homero tienen
  un carácter individual poco marcado; una de ellas es la esposa de
  Vulcano y la más joven se llama Pasitea, XIV, 267 á 269, 275 y 276;
  XVIII, 382.

GRÁNICO (Γρήνικος): Río de la Tróade, que corre desde los montes
  Ideos al mar, XII, 21.

GREA (Γραῖα): Población de Beocia, II, 498.

GUNEO (Γουνεύς): Griego, caudillo de los enianes y perrebos, II,
  748.


HALIA (Ἁλίη): Una de las nereidas, XVIII, 40.

HALIARTO (Ἁλίαρτος): Ciudad de Beocia, II, 503.

HALIO (Ἅλιος): Guerrero licio, muerto por Ulises, V, 678.

HARMA (Ἅρμα): Población de Beocia, cerca de Micaleso, II, 499.

HARMÓNIDA (Ἁρμονίδης): Nombre del artífice Tectón, V, 60.

HARPALIÓN (Ἁρπαλίων): Hijo del rey Pilémenes, muerto por Meriones,
  XIII, 644.

HEBE (Ἥβη): Diosa, hija de Júpiter y de Juno y esposa de Hércules
  en el cielo. Sirve el néctar á los dioses, IV, 2; coloca las ruedas
  del carro de Juno, V, 721; lava y viste á Marte á quien Peón le ha
  curado la herida que le infirió Diomedes, V, 905.

HECAMEDE (Ἑκαμήδη): Hija de Arsínoo. Fué cautivada por Aquiles en
  Ténedos y dada, como esclava, á Néstor. Prepara una bebida para
  Néstor y Macaón, XI, 624 á 641; calienta agua para lavarle á este
  último la sangre de la herida, XIV, 6.

HÉCTOR (Ἕκτωρ): Hijo de Príamo y de Hécuba. El más señalado de los
  héroes teucros. Increpa á Paris por su cobardía, III, 38 á 57;
  detiene las falanges para que se verifique el combate singular de
  Paris y Menelao; III, 76 á 94, y con Ulises mide el campo, III,
  314; cuando muere Democoonte, retrocede con sus tropas ante los
  argivos, IV, 505; increpado por Sarpedón, incita á los caudillos
  á pelear y reanima la batalla, V, 471; combate valerosamente,
  rechaza á los dánaos y los teucros pueden llevarse á Sarpedón
  que está herido, V, 680 á 699; por consejo de Heleno entra en
  la ciudad, encarga á su madre que con otras matronas ruegue á
  Minerva, va á la casa de Paris y á la suya propia, y al volverse
  encuentra á Andrómaca en las puertas Esceas, sostiene con ella el
  célebre coloquio conocido con el nombre de _Despedida de Héctor y
  Andrómaca_, y con Paris, que se le junta luego, vuelve al campo de
  batalla, VI, 85, 116, 237, 250 á 285, 313 á 529; desafía á los más
  valientes caudillos y lucha en singular combate con Ayax que le
  sale al encuentro, VII, 74 á 91, 233 á 302; combate valerosamente,
  VIII, 88 y 90, 117, 172, 215 y siguientes; hiere á Teucro, VIII,
  324; persigue á los griegos que huyen espantados, VIII, 337 á 349,
  356; reune á los teucros en junta y les propone pasar la noche en
  el campo para reanudar la batalla en cuanto amanezca, VIII, 489 á
  542; manda un espía al campamento griego, Dolón, que es cogido y
  muerto por Ulises y Diomedes, X, 299 y siguientes; hace formar á
  los troyanos, y por orden de Júpiter, que le transmite Iris, se
  abstiene de combatir hasta que Agamenón es herido, XI, 56 á 66,
  196 á 209; entonces vuelve á pelear, anima á los suyos y les causa
  á los griegos una gran derrota, XI, 284 y siguientes; persigue á
  los griegos, no obstante un augurio desfavorable, hacia las naves,
  XII, 195 y siguientes; consigue romper una de las puertas de la
  muralla aquea, XII, 442 á 471; arremete al frente de los suyos, se
  ve detenido por los Ayaces, y animando á los caudillos promueve
  un gran combate, XIII, 136 y siguientes, 673 á 835; herido por
  una pedrada que le tira Ayax, cae, pierde el conocimiento y sus
  amigos le sacan del combate y lo llevan á la orilla del Janto,
  XIV, 401 á 440; reanimado por Apolo, vuelve á la batalla con este
  dios, pone en fuga á los aqueos, lucha con Ayax, exhorta á los
  caudillos, llega á las naves é intenta incendiar una de ellas,
  XV, 244 á 280, 304 á 331, 346 á 366, 415 á 428, 440 y siguientes;
  reprendido por Glauco, defiende el cadáver de Sarpedón, mata á
  Patroclo y se apodera de las armas de Aquiles, XVI, 537 á 561, 649,
  712 y siguientes; XVII, 72 á 95, 107, 125; retrocede ante Ayax y es
  denostado por Glauco, XVII, 128 á 187; viste las armas de Aquiles
  y pelea con Menelao y otros, XVII, 192 á 198; vuelve á la batalla
  y al frente de los suyos da una carga á los griegos, XVII, 210 á
  235, 262 y siguientes; incrépale Apolo por su cobardía, XVII, 581 y
  siguientes; rechaza el consejo de Polidamante de llevar las tropas
  á la ciudad, XVIII, 284 á 310; arenga á los combatientes, muere
  Polidoro á manos de Aquiles, sale Héctor al encuentro de éste y
  cuando va á perecer Apolo le salva, XX, 364 á 454; refugiado el
  ejército en la ciudad, Héctor aguarda á Aquiles, huye al verle
  venir, da, perseguido por éste, tres vueltas alrededor de Troya,
  lucha con él, es vencido y muerto y Aquiles se lo lleva atado á
  su carro, canto XXII; Venus y Apolo cuidan de que el cadáver se
  conserve fresco, XXIII, 184 á 191; arrástralo Aquiles cada mañana
  en torno del túmulo de Patroclo; y Príamo lo redime, entregando á
  Aquiles numerosos presentes y lo lleva á Troya donde es llorado,
  quemado en la pira y enterrado, erigiéndosele un túmulo, XXIV, 159
  al fin.

HÉCUBA (Ἑκάβη): Hija de Dimante, esposa de Príamo y madre de
  Héctor y otros muchos hijos, XVI, 718. Á ruegos de Héctor, reune
  las matronas y hace ofrendas á Minerva para que salve la ciudad,
  VI, 251 á 311; ruega á Héctor, desde la muralla, que no luche
  con Aquiles; y una vez muerto aquél, llora amargamente, XXII, 79
  á 89, 405 á 407, 430 á 436; quiere disuadir á Príamo de que vaya
  al campamento aqueo y no consiguiéndolo le aconseja que haga una
  libación á Júpiter y le pida un agüero, XXIV, 200 á 227, 283 á 298;
  sus lamentaciones ante el cadáver de Héctor, XXIV, 747 á 759.

HÉLADE (Ἑλλάς): Ciudad de Tesalia, y toda la región ocupada por los
  mirmidones, II, 683; IX, 395 y 447; XVI, 595.

HELENA (Ἑλένη): Hija de Júpiter y de Leda, hermana de los
  Dióscuros, y esposa de Menelao, rey de Esparta. Su huída con Paris
  fué la causa de la guerra de Troya, II, 161, 356, 590; sube á la
  torre de Troya y á petición de Príamo le dice el nombre de los
  principales caudillos griegos, III, 139 á 244; llamada por Venus,
  niégase á volver á su casa, donde está Paris, de vuelta del combate
  con Menelao; luego cede, increpa á Paris y por fin se acuesta con
  él, III, 383 á 448; Júpiter propone á los dioses que Helena sea
  devuelta á Menelao, IV, 19; coloquio de Helena con Héctor, VI, 343
  á 368; Antenor aconseja á los teucros la devolución de Helena, VII,
  350; lamentaciones de Helena ante el cadáver de Héctor, XXIV, 761 á
  776.

HELENO (Ἕλενος): Hijo de Príamo y excelente augur. Aconseja á
  Héctor que entre en la ciudad y diga á su madre que con las otras
  matronas ruegue á Minerva, VI, 76 á 101; comprende lo que Minerva
  y Apolo desean y pide á Héctor que suspenda la batalla y desafíe á
  los caudillos griegos, VII, 43 á 53; manda, junto con Deífobo, uno
  de los batallones en que Héctor divide el ejército en el _Combate
  en la muralla_, XII, 94; mata á Deípiro; tira una flecha á Menelao
  y, herido por éste, tiene que retirarse, XIII, 576, 582 y 758;
  incrépalo Príamo junto con los demás hijos, XXIV, 249.

HELESPONTO (Ἑλλήσποντος): Estrecho, llamado hoy de los Dardanelos,
  II, 845; VII, 83; IX, 360; XII, 30; XV, 233; XVII, 432; XVIII, 150;
  XXIII, 2; XXIV, 346 y 545.

HELICAÓN (Ἑλικάων): Rey, hijo de Antenor, esposo de Laódice, hija
  de Príamo, III, 123.

HÉLICE (Ἑλίκη): Ciudad de Acaya, donde se daba culto á Neptuno, I,
  575; VIII, 203.

HELOS (Ἕλος):

  1) Ciudad marítima de Laconia, del reino de Menelao, II, 584.

  2) Ciudad de los pilios, del reino de Néstor, II, 594.

HEMÓN (Αἵμων):

  1) Uno de los cinco jefes de los pilios, que estaban á las órdenes
  de Néstor, IV, 296.

  2) Tebano, padre de Meón, IV, 394.

  3) Mirmidón, padre de Laerces, XVII, 467.

HEMÓNIDA (Αἱμονίδης): Hijo de Hemón. Nombre patronímico de Laerces,
  XVII, 467.

HEMÓNIDA (Αἱμονίδης): Hijo de Hemón. Nombre patronímico de Meón,
  IV, 394.

HERACLIDA (Ἡρακλείδης): Hijo de Hércules. Nombre patronímico de:

  1) Tésalo, II, 679.

  2) Tlepólemo, II, 653; V, 628.

HÉRCULES (Ἡρακλῆς): Héroe, hijo de Júpiter y de Alcmena. Tuvo de
  Astioquía á Tlepólemo, II, 658 á 660; hirió á Juno en el pecho con
  trifurcada flecha; y á Plutón en la espalda, también con una saeta,
  V, 392 á 397; fué á Troya por los caballos de Laomedonte y con
  seis solas naves y pocos hombres saqueó la ciudad y despobló sus
  calles, V, 638 á 642, 650; abrumado por los trabajos que Euristeo
  le imponía, clamaba al cielo y Júpiter le enviaba á Minerva para
  que le socorriera; gracias á ella pudo escapar de las corrientes de
  la Estigia cuando sacó del Érebo el can de Plutón, VIII, 362 á 369;
  fué á Pilos, maltrató á los principales ciudadanos y mató á once de
  los doce hijos del rey Neleo, XI, 690 á 693; cuando salió de Troya,
  Juno promovió una tempestad y lo llevó á Cos, XIV, 249 á 256, 266,
  324; y Júpiter lo llevó nuevamente á Argos, XV, 24 á 30; era muy
  querido de Júpiter, pero el hado y la cólera de Juno le hicieron
  sucumbir, XVIII, 117 á 119; estaba á las órdenes de Euristeo
  porque, cuando iba á nacer, Juno retardó el parto y aceleró el de
  la madre de aquél, después de haber hecho jurar á Júpiter que el
  varón descendiente suyo que naciera aquel día reinaría sobre todos
  sus vecinos, XV, 640; XIX, 96 á 133; perseguíale una ballena y
  Minerva y los troyanos levantaron un terraplén para que se librara
  de la misma, XX, 145 á 148.

HERMÍONA (Ἑρμιόνη): Ciudad de Argólide, II, 560.

HEPTÁPORO (Ἑπτάροπος): Río de la Tróade, que corre de los montes
  Ideos al mar, XII, 20.

HERMO (Ἕρμος): Río de Eólide, en el Asia Menor, XX, 392.

HORAS (Ὧραι): Diosas á cuyo cuidado están las puertas del cielo,
  V, 749 y 750; VIII, 393 y 394; desuncen los corceles del carro de
  Juno, VIII, 433 á 437.

HÍADES (Ὑάδες): Grupo de estrellas en la cabeza del signo de Tauro,
  XVIII, 486.

HIÁMPOLIS (Ὑάμπολις): Población de Fócide, II, 521.

HICETAÓN (Ἱκετάωον): Prócer troyano, hijo de Laomedonte y hermano
  de Príamo, III, 147; XV, 576; XX, 238.

HICETAÓNIDA (Ἱκεταονίδης): Hijo de Hicetaón. Nombre patronímico de
  Melanipo, XV, 546.

HIDA (Ὕδη): Ciudad de Lidia, situada al pie del Tmolo, XX, 385.

HILA (Ὕλη): Ciudad de Beocia, II, 500; patria de Oresbio, V, 708, y
  de Tiquio, VII, 221.

HILO (Ὕλλος): Río de Lidia, XX, 392.

HIPÁSIDAS (Ἵππασίδαι): Hijos de Hipaso. Nombre patronímico de:

  1) Cárope y Soco, muertos por Ulises, XI, 426 y 431.

  2) Hipsenor, XIII, 411.

  3) Apisaón, XVII, 348.

HIPASO (Ἵππασος): Troyano.

  1) Padre de Cárope y Soco, XI, 450.

  2) Padre de Hipsenor, XIII, 411.

  3) Padre de Apisaón, XVII, 348.

HIPEREA (Ὑπέρεια): Fuente de Tesalia, II, 734; VI, 457.

HIPERESIA (Ὑπερησίη): Ciudad de Argólide, II, 573.

HIPERIÓN (Ὑπερίων): Padre del Sol; y, en Homero, casi siempre el
  mismo Sol, VIII, 480; XIX, 398.

HIPÉROCO (Ὑπείροχος):

  1) Teucro, muerto por Ulises, XI, 335.

  2) Eleo, padre de Itimoneo, XI, 673.

HIPIRÓN (Ὑπείρων): Teucro, muerto por Diomedes, V, 144.

HIPOCOONTE (Ἱπποκόων): Caudillo tracio, sobrino de Reso. Fué el
  primero que advirtió la muerte de éste y de sus soldados cuando
  Ulises y Diomedes fueron al campamento troyano, X, 518.

HIPODAMANTE (Ἱπποδάμας): Teucro, muerto por Aquiles, XX, 401.

HIPODAMIA (Ἱπποδάμεια):

  1) Esposa de Pirítoo y madre del caudillo griego Polipetes, II, 742.

  2) Hija primogénita de Anquises y esposa de Alcátoo, celebrada por
  su hermosura, destreza y talento, XIII, 429.

HIPÓDAMO (Ἱππόδαμος): Teucro, muerto por Ulises, XI, 335.

HIPÓLOCO (Ἱππόλοχος):

  1) Hijo de Belerofonte y padre del caudillo teucro Glauco, VI, 119,
  144, 197 y 206; VII, 13; XII, 309; XVII, 140.

  2) Teucro, hijo de Antímaco. Yendo con su hermano Pisandro en
  un carro, alcanzóles Agamenón; suplicáronle que los hiciese
  prisioneros y el Atrida los mató, cercenándole á Hipóloco la cabeza
  y los brazos, XI, 122 y 145.

HIPÓMACO (Ἱππόμαχος): Teucro, muerto por Leonteo, XII, 189.

HIPOPLACIA (Ὑποπλακίη): Epíteto de Tebas, ciudad de la Tróade, por
  hallarse al pie del Placo, VI, 397.

HIPÓNOO (Ἱππόνοος): Caudillo griego, muerto por Héctor, XI, 303.

HIPOTEBAS (Ὑποθῆβαι): Población cerca de Tebas, en Beocia, II, 505.

HIPOTIÓN (Ἱπποτίων): Padre de Ascanio y de Moris, XIII, 792; XV,
  514.

HIPÓTOO (Ἱππόθοος):

  1) Hijo de Leto, caudillo de los pelasgos que peleaban por los
  troyanos, II, 840; combate y es muerto por Ayax, XVII, 217, 289
  y 318. (En el texto, verso 289, se escribió por inadvertencia
  Hipóloco en vez de Hipótoo).

  2) Hijo de Príamo, XXIV, 251.

HIPSENOR (Ὑψήνωρ):

  1) Teucro hijo de Dolopión, muerto por Eurípilo, V, 76.

  2) Teucro, hijo de Hipaso, muerto por Idomeneo, XIII, 411.

HIPSIPILE (Ὑψιπύλη): Reina de Lemnos, esposa de Jasón y madre de
  Euneo, VII, 469.

HIRA (Ἱρή): Ciudad de Mesenia, IX, 150 y 292.

HIRIA (Ὑρία): Población de Beocia, II, 496.

HIRMINA (Ὑρμίνη): Población de Élide, II, 616.

HIRTÁCIDA (Ὑρτακίδης): Hijo de Hirtaco. Nombre patronímico de Asio,
  II, 837 y 838; XII, 96, 110 y 163.

HIRTACO (Ὕρτακος): Prócer teucro, padre de Asio, XIII, 759 y 771.

HIRTIO (Ὕρτιος): Caudillo de los misios, hijo de Girtias, muerto
  por Ayax Telamonio, XIV, 511.

HISTIEA (Ἱστίαια): Ciudad de la isla de Eubea, II, 537.


IDA (Ἴδη): Monte, ó serie de ellos, de Frigia, en la Tróade, II,
  821; III, 276; VII, 202; VIII, 47; XI, 105 y 183; XIV, 157, 162,
  283, 293, 307, 332, etc.

IDAS (Ἴδης): Esposo de Marpesa y padre de Cleopatra que fué mujer
  de Meleagro, IX, 558.

IDEO (Ἰδαῖος):

  1) Heraldo teucro, III, 248; VII, 276, 372; XXIV, 325, 470.

  2) Hijo de Dares, V, 11.

ICARIO, MAR (Ἰκάριος πόντος): Parte del mar Egeo, II, 145.

IDOMENEO (Ἰδομενεύς): Rey de Creta, hijo de Deucalión. Llevó su
  gente á Troya en ochenta naves, II, 645 á 652; desde la torre de
  Troya, Helena se lo muestra á Príamo, III, 230 á 233; arma á sus
  tropas, y Agamenón, al verlo, se alegra y le anima, IV, 252 á
  271; mata á Festo, V, 43 á 48; había intentado asaltar la muralla
  de Troya, VI, 436; combate, VIII, 263; XI, 501; es exhortado por
  Neptuno, se arma, Meriones le pide una lanza y ambos guerreros
  vuelven á la batalla y pelean con denuedo, XIII, 210 á 396; mata á
  Alcátoo y, vanagloriándose, refiere á Deífobo su propia genealogía,
  XIII, 434 á 454; mata á Enomao y se bate en retirada, XIII, 500 á
  517; combate, XV, 301; mata á Erimante, XVI, 345; acude, oyendo
  las voces de Menelao, á defender el cadáver de Patroclo, XVII,
  258; combate, XVII, 605, 608; siguiendo el consejo de Meriones,
  fustiga á los corceles de su carro y se retira de la batalla, XVII,
  621 á 625; quédase en la tienda de Aquiles para consolarle, XIX,
  311; en los juegos fúnebres de Patroclo, contempla, sentado en una
  eminencia, la carrera de carros y disputa con Ayax de Oileo sobre
  cuál es el carro que llega primero, XXIII, 450 á 498.

IFEO (Ἶφις acus. Ἰφέα): Teucro, muerto por Patroclo, XVI, 417.

IFICLO (Ἴφικλος): Hijo de Fílaco y padre de Podarces y Protesilao,
  II, 705; XIII, 698. En los juegos fúnebres de Amarinceo, vencióle
  Néstor en la carrera, XXIII, 636.

IFÍTIDA (Ἰφιτίδης): Hijo de Ifito. Nombre patronímico de
  Arqueptólemo, VIII, 128.

IFIANASA (Ἰφιάνασσα): Hija de Agamenón, IX, 145 y 287.

IFIDAMANTE (Ἰφιδάμας): Hijo de Antenor. Criado por su abuelo
  materno Ciseo, con cuya hija se casó, fué á Troya y murió á manos
  de Agamenón, XI, 221 á 247.

IFÍNOO (Ἰφίνοος): Griego, hijo de Dexio, muerto por Glauco, VII, 14.

IFIS (Ἶφις): Concubina de Patroclo. Fué cautivada por Aquiles en
  Esciro, IX, 667.

IFITIÓN (Ἰφιτίων): Caudillo teucro, hijo de Otrinteo; fué muerto
  por Aquiles, XX, 382.

IFITO (Ἴφιτος): Hijo de Naubolo, padre de los caudillos focenses
  Esquedio y Epístrofo, II, 518; XVII, 306.

ILESIO (Εἰλέσιον): Ciudad de Beocia, II, 499.

ILIÓN (Ἴλιος): Troya. Fué tomada por Hércules, V, 640 á 642; hízose
  odiosa á las deidades, VIII, 551; en la noche de la _Dolonía_,
  los teucros acampan fuera de la misma, X, 12; XIII, 349; cuando
  Hércules salió de Ilión, Juno promovió una tempestad y lo llevó á
  Cos, XIV, 250 á 256; XV, 71; XX, 216; Neptuno construyó el muro de
  Ilión, XXI, 446; etc.

ILIONEO (Ἰλιονεύς): Teucro, hijo de Forbante, muerto por Penéleo,
  XIV, 489 y 492.

ILITIAS (Εἰλείθυιαι): Hijas de Júpiter y de Juno. Presiden los
  partos, XI, 270; XVI, 187; XIX, 103 y 119.

ILO (Ἶλος):

  1) Hijo de Tros, padre de Laomedonte y fundador de Ilión, XX, 232 y
  236.

  2) Hijo de Dárdano, cuyo túmulo hallábase cerca de Troya, X, 415;
  XI, 166 y 372; XXIV, 349.

IMBRÁSIDA (Ἰμβρασίδες): Hijo de Imbraso. Nombre patronímico de
  Píroo, IV, 520.

IMBRIO (Ἴμβριος): Troyano, hijo de Méntor, yerno de Príamo por
  estar casado con Medesicasta; fué muerto por Teucro, XIII, 170.

IMBROS (Ἴμβρος): Isla frente á la costa de Tracia, y ciudad de la
  misma, XIII, 33; XIV, 281; XXIV, 78 y 753.

IRIS (Ἴρις): Diosa, mensajera de las deidades y especialmente de
  Júpiter y de Juno, II, 790; III, 121; V, 365; VIII, 485; XI, 210;
  XV, 55; XVIII, 202; XXIV, 77, 159; etc.

ISANDRO (Ἴσανδρος): Hijo de Belerofonte y hermano de Hipóloco y
  Laodamia. Marte le hizo perecer en un combate con los Solimos, VI,
  197 y 203.

ISO (Ἶσος): Hijo de Príamo, muerto por Agamenón, XI, 101 á 108.

ÍTACA (Ἰθάκη): Isla del mar Jónico y ciudad de la misma, II, 632;
  III, 201.

ITÉMENES (Ἰθαιμένης): Teucro, padre de Estenelao, XVI, 586.

ITIMONEO (Ἰτυμονεύς): Hijo de Hipéroco, que vivía en Élide y fué
  muerto por Néstor en la contienda surgida entre los eleos y los
  pilios, XI, 672.

ITOMA (Ἰθώμη): Ciudad de Tesalia, II, 729.

ITÓN (Ἴτων): Ciudad de la Ptiótide, en Tesalia, II, 696.


JANTO (Ξάνθος):

  1) Teucro, hijo de Fénope, muerto por Diomedes, V, 152.

  2) Río de Licia, II, 877; V, 479; VI, 172.

  3) Río de la Tróade, hijo de Júpiter, llamado por los dioses
  Escamandro, VI, 4; VIII, 560; XII, 313; XIV, 434; XX, 40 y 74; XXI,
  2, 15, 146 y 337; XXIV, 693.

  4) Caballo de Aquiles, XVI, 149. Le profetiza la muerte, XIX, 400,
  405 y 420.

  5) Caballo de Héctor, VIII, 185.

JAPETO (Ἰαπετός): Titán, hijo de la Tierra y del Cielo, padre
  de Prometeo, Epimeteo, Atlas y Menecio. Mora con Saturno en los
  confines de la tierra y del mar, VIII, 479.

JASÓN (Ἰησων): Príncipe tésalo, hijo de Esón; tuvo de Hipsipile á
  Euneo, VII, 469; XXI, 41.

JASÓNIDA (Ἰησονίδης): Hijo de Jasón. Nombre patronímico de Euneo,
  VII, 468 y 471; XXIII, 747.

JUNO (Ἥρη): Diosa, hija de Saturno y de Rea, hermana y esposa de
  Júpiter. Inspira á Aquiles el pensamiento de reunir á los dánaos
  en junta para buscar medios de acabar con la peste, I, 55; había
  intentado, junto con otras deidades, encadenar á Júpiter, I, 400;
  disputa con este dios con motivo de la petición que al mismo
  hiciera Tetis, I, 536 á 611; envía á Minerva para que detenga á
  los argivos y no permita que se vuelvan á la patria, II, 155 á
  165; se opone á que Jove reconcilie á griegos y troyanos con la
  devolución de Helena, IV, 50 á 67; fué herida por una flecha que
  le tiró Hércules, V, 392; unce los caballos á su carro, sube al
  mismo con Minerva y con la venia de Júpiter dirígense ambas diosas
  á Troya para oponerse á Marte, y Juno anima á los argivos, V, 711
  á 791; compadecida de los griegos, que son derrotados, sube al
  carro con Minerva para socorrerles, pero Iris, por orden de Jove,
  detiene á las dos diosas cuando iban á salir del Olimpo, VIII, 198,
  350 á 431; se atavía, pide á Venus el cinto que encierra todos los
  encantos, se presenta á Júpiter, duerme con él, y mientras tanto
  el Sueño lo participa á Neptuno para que este dios socorra á los
  griegos, XIV, 153 á 360; reprendida por Júpiter, que despierta del
  sueño, jura que no es por su consejo que Neptuno favorece á los
  griegos, vuelve al Olimpo y participa á Marte que ha muerto su hijo
  Ascálafo, XV, 14 á 112; aconseja á Júpiter que deje que Sarpedón
  sea muerto, XVI, 431 á 437; habla con Júpiter con motivo de que
  Aquiles vuelve á combatir, XVIII, 356 á 367; engaña á Júpiter,
  haciendo que nazca antes Euristeo que Hércules, XIX, 97 á 124; en
  el _Combate de los dioses_ va con los partidarios de los griegos
  y le hace frente Diana, XX, 33, 70; teme que el Janto envuelva á
  Aquiles, manda á Vulcano que dirija contra él una llama y así que
  aquél se somete le ordena cesar, XXI, 328 á 380; irritada contra
  Diana, la coge por las muñecas, le quita el arco y la aljaba, y le
  golpea en las orejas, XXI, 478 á 496, 512.

JÚPITER (Ζεύς): Dios, hijo de Saturno y de Rea. Va al país de los
  etíopes para asistir á un banquete, I, 423; vuelve al Olimpo I,
  493; accede á lo que le pide Tetis, entra en su palacio, Juno le
  zahiere y, terminado el festín, se acuesta, I, 398 á 611; envía á
  Agamenón un Sueño engañoso para decirle que podría tomar la ciudad
  de Troya, II, 6 á 75, 134, 197, 205; su nombre es invocado por
  Agamenón antes de empezar el combate singular de Paris y Menelao,
  III, 276, 298; reune á los dioses en consejo para deliberar sobre
  la suerte de Troya, IV, 1 á 19, 84; viste su túnica la diosa
  Minerva, V, 736; amó á Laodamia, VI, 198; VII, 60; su nombre es
  invocado por Héctor cuando desafía á los caudillos griegos, VII,
  76, 274; reune á los dioses y, ponderando su poder, dice que todos
  ellos no podrían arrastrarle del cielo á la tierra, VIII, 2 á
  27; despliega en el aire la balanza de oro y pesando más el día
  fatal de los aqueos, truena desde el Ida y envía una centella para
  espantarlos, VIII, 69 á 77; los aqueos le ofrecen sacrificios,
  VIII, 249 y 250; da el cetro á los reyes, IX, 98, 117; Héctor lo
  invoca cuando promete dar á Dolón los corceles de Aquiles, X, 329;
  envía la Discordia á las naves aqueas, XI, 3; hace sucumbir, con
  su azote, á los argivos, XII, 37; salva á Sarpedón, XII, 402, y
  da gloria á Héctor, XII, 437; es el hermano mayor de Neptuno, y
  quiere la victoria para los troyanos, XIII, 347, 353 y 355; fué
  padre de Minos, XIII, 450, 624, 812; XIV, 225; al ver venir
  á Juno muy ataviada, dice que nunca ha sentido un deseo tan vivo,
  y se acuesta con ella, XIV, 315; despierta, increpa á Juno y le
  encarga que le envíe á Apolo y á Iris, XV, 4 á 59; en el reparto
  con sus hermanos, correspondióle el cielo, XV, 192; Apolo lleva
  su égida para espantar á los argivos, XV, 310; Aquiles lo invoca
  cuando manda al combate á Patroclo, XVI, 233 á 248, 298; compadece
  á Sarpedón que sale al encuentro de Patroclo y pregunta á Juno si
  deberá dejarlo sucumbir, XVI, 431 á 438; ordena á Apolo que lave el
  cadáver de Sarpedón y lo entregue al Sueño y á la Muerte, XVI, 666;
  sigue protegiendo á los griegos, XVII, 339; agita la égida y da la
  victoria á los teucros, XVII, 593; Ate es hija suya, XIX, 91, 224;
  ordena á Temis que convoque á los dioses, celebra consejo con ellos
  y les da libertad para que cada cual pueda favorecer á los teucros
  ó á los dánaos, XX, 4 á 31; tuvo por hijos, entre otros, á Dárdano,
  XX, 215, y al río Janto, XXI, 2; consulta á los dioses si dejará
  que Héctor sea muerto por Aquiles, XXII, 167 á 174, y despliega
  en el aire la balanza de oro, XXII, 209 á 213; había dado mucha
  riqueza á Equépolo, XXIII, 299; con motivo del cadáver de Héctor
  que retiene Aquiles reprende á Juno, manda que Iris llame á Tetis,
  la envía luego al palacio de Príamo y encarga á Mercurio que
  acompañe á Príamo hasta la tienda de Aquiles, XXIV, 64 á 187, 334
  á 345; á ruegos de Príamo, que le ofrece una libación y le pide un
  agüero favorable, hace aparecer un águila negra á la derecha de la
  ciudad, XXIV, 287, 314 á 320; en los umbrales de su palacio hay dos
  toneles, llenos respectivamente de males y de bienes que reparte á
  los hombres, XXIV, 527 á 533.


LAA (Λάα): Población de Laconia, II, 585.

LACEDEMONIA (Λακεδαίμων): Región del Peloponeso; reino de Menelao,
  II, 581; III, 239, 244, 443.

LAERCES (Λαέρκης): Hijo de Hemón, padre de Alcimedonte que era
  caudillo de los mirmidones á las órdenes de Aquiles, XVI, 197;
  XVII, 467.

LAERTÍADA (Λαερτιάδης): Hijo de Laertes. Nombre patronímico de
  Ulises, IX, 308; XIX, 185; XXIII, 723.

LAMPÉTIDA (Λαμπετίδης): Hijo de Lampo. Nombre patronímico de
  Dólope, XV, 526.

LAMPO (Λάμπος):

  1) Anciano teucro, hermano de Príamo y padre de Dólope, III, 147;
  XV, 526; XX, 238.

  2) Caballo de Héctor, VIII, 185.

LAODAMANTE (Λαοδάμας): Caudillo teucro, hijo de Antenor, muerto por
  Ayax, XV, 510.

LAODAMIA (Λαοδάμεια): Hija de Belerofonte la cual tuvo de Jove á
  Sarpedón, VI, 197.

LAÓDICE (Λαοδίκη):

  1) Hermosísima hija de Príamo, esposa del rey Helicaón, III, 124;
  VI, 252.

  2) Hija de Agamenón, IX, 145, 287.

LAÓDOCO (Λαόδοκος):

  1) Hijo de Antenor. Minerva toma su figura para aconsejar á Pándaro
  que tire una flecha á Menelao, IV, 86 á 103.

  2) Griego, compañero de Antíloco, XVII, 699.

LAÓGONO (Λαόγονος):

  1) Teucro, hijo de Onétor, sacerdote de Júpiter, muerto por
  Meriones, XVI, 604.

  2) Teucro, hijo de Biante, muerto por Aquiles, XX, 460.

LAOMEDONTE (Λαομέδων): Rey de Troya, V, 269; Hércules fué á Troya
  por los caballos de este rey y tomó y devastó la ciudad, V, 640
  á 642; fué hijo suyo Bucolión, VI, 22 y 23; Neptuno y Apolo le
  construyeron las murallas de Troya, VII, 452; su genealogía, XX,
  230 á 240; defraudó á Neptuno y á Apolo no pagándoles el salario
  convenido, XXI, 443 á 457; excelencia de sus caballos, XXIII, 348.

LAOMEDONTÍADA (Λαομεδοντιάδης): Hijo de Laomedonte. Nombre
  patronímico de Lampo, XV, 527.

LAÓTOE (Λαοθόη): Hija de Altes, esposa de Príamo y madre de Licaón,
  XXI, 85; XXII, 48.

LARISA (Λάρισα): Ciudad pelásgica de Eólide, II, 841; XVII, 301.

LATONA (Λητώ): Diosa, madre de Apolo y de Diana, que tuvo de
  Júpiter, I, 9 y 36; cura, junto con Diana, á Eneas, V, 447; fué
  amada por Júpiter, XIV, 327; XVI, 849; XIX, 413; en el _Combate de
  los dioses_ está con las deidades protectoras de Troya, XX, 40; y
  le hace frente Mercurio, XX, 72; que luego rehusa pelear con ella,
  XXI, 497 á 501; recoge las flechas de Diana, XXI, 502 á 504; Níobe
  osó compararse con Latona, y Apolo y Diana le mataron los hijos,
  XXIV, 602 á 613.

LECTO (Λεκτόν): Promontorio de la Tróade, XIV, 284.

LEITO (Λήϊτος): Caudillo de los beocios, hijo de Alectrión, II,
  494; mata á Fílaco, VI, 35; Neptuno le anima á pelear, juntamente
  con otros jefes, XIII, 91; es herido por Héctor, XVII, 601.

LEMNOS (Λῆμνος): Isla del mar Egeo. Vulcano cayó en ella cuando
  fué arrojado del cielo, I, 593; allí quedó abandonado Filoctetes
  cuando le mordió ponzoñoso reptil, II, 722; de la misma recibían
  los aqueos el vino, VIII, 467 á 471.

LEÓCRITO (Λειόκριτος): Griego, hijo de Arisbante, muerto por Eneas,
  XVII, 344.

LEONTEO (Λεοντεύ): Caudillo griego, hijo de Corono, II, 745; XII,
  130 y 188; XXIII, 837 y 841.

LESBOS (Λέσβος): Isla del mar Egeo y ciudad de la misma, IX, 129,
  271, 664; XXIV, 544.

LETO (Λῆθος): Pelasgo, hijo de Teutamo y padre de Hipótoo y Pileo,
  II, 843; XVII, 288.

LEUCO (Λεῦκος): Griego, compañero de Ulises, muerto por Ántifo, IV,
  491.

LICAÓN (Λυκάων):

  1) Padre de Pándaro, II, 826; IV, 89 y 93; V, 95, 101, 169, 193,
  197, 229, 246, 276 y 283.

  2) Hijo de Príamo y de Laótoe y hermano de Polidoro. Su armadura
  la lleva Paris en el combate singular con Menelao, III, 333; Apolo
  toma su figura para exhortar á Eneas, XX, 81 á 85; cae en manos de
  Aquiles que ya antes lo había hecho prisionero y vendido en Lemnos,
  y ahora lo mata, XXI, 35 á 119, 127; Príamo lo echa á faltar, XXII,
  46; en los juegos fúnebres de Patroclo, uno de los premios es la
  cratera que había servido en otro tiempo para rescatar á Licaón,
  XXIII, 740 á 747.

LICASTO (Λύκαστος): Ciudad de la isla de Creta, II, 647.

LICIA (Λυκίη):

  1) Región del Asia Menor, regada por el Janto. Patria de Sarpedón y
  de Glauco, II, 877; V, 479, 645; VI, 225; XII, 312, 318; XVI, 542;
  XVII, 172, etc.

  2) Comarca al pie del Ida, cerca de Troya, en las orillas del
  Esepo, cuya capital era Zelea. Patria de Pándaro y de Licaón, V,
  105, 173, etc.

LICIMNIO (Λικύμνιος): Hermano de Alcmena, muerto por Tlepólemo
  antes de la guerra de Troya, II, 663.

LICOFONTES (Λυκοφόντης): Troyano, muerto por Teucro, VIII, 275.

LICOFRÓN (Λυκόφρων): Hijo de Mástor, escudero de Ayax muerto por
  Héctor, XV, 430 á 441.

LICOMEDES (Λυκομήδης): Caudillo griego, hijo de Creonte, IX, 84;
  XII, 366; XVII, 345; XIX, 240.

LICÓN (Λύκων): Teucro, muerto por Penéleo, XVI, 335 á 341.

LICTO (Λύκτος): Ciudad de la isla de Creta, II, 647; XVII, 611.

LICURGO (Λυκούργος):

  1) Hijo de Driante. Persiguió por los montes de Nisa á las nodrizas
  de Baco, VI, 130 á 140.

  2) Rey de Arcadia que mató á Areitoo, _el macero_, VII, 142 á 149.

LILEA (Λίλαια): Ciudad de Fócide, junto á las fuentes del Cefiso,
  II, 523.

LIMNOREA (Λιμνώρεια): Una de las nereidas, XVIII, 41.

LINDO (Λίνδος): Ciudad de la isla de Rodas, II, 656.

LIRNESO (Λυρνησός): Ciudad de Misia, conquistada por Aquiles. En
  ella cautivó á Briseida, II, 690 y 691; XIX, 60; XX, 92, 191.

LISANDRO (Λύσανδρος): Teucro, muerto por Ayax, XI, 491.


MACAÓN (Μαχάων): Hijo de Esculapio y hermano de Podalirio. Caudillo
  y médico, II, 732. Cura la herida de Menelao, causada por una
  flecha que le disparó Pándaro, IV, 193, 213 á 219; es herido por
  una saeta que le tira Paris y Néstor lo saca de la batalla en su
  carro y se lo lleva á su tienda, XI, 505 á 520, 597 á 651, 833;
  XIV, 3.

MÁCAR (Μάκαρ): Antiguo rey de Lesbos, XXIV, 544.

MANTINEA (Μαντινέη): Ciudad de Arcadia, II, 607.

MARIS (Μάρις): Licio, hermano de Atimnio y compañero de Sarpedón,
  muerto por Trasimedes, XVI, 319 á 325.

MARPESA (Μαρπήσσα): Hija de Eveno y madre de Cleopatra, la esposa
  de Meleagro, IX, 557.

MARTE (Ἄρης): Dios de la guerra, hijo de Júpiter y de Juno. Los
  combatientes son llamados _ministros de Marte_. Acompañan al dios
  su hermana la Discordia, el Terror y la Fuga, IV, 440 y 441;
  herido por Diomedes vuelve al Olimpo y es curado por Peón, V, 824
  á 904; al saber la muerte de su hijo Ascálafo, ármase para ir á la
  batalla y Minerva le detiene, XV, 112 á 141; hace frente á Minerva
  y ésta de una pedrada lo derriba al suelo, XXI, 391 á 414; en otro
  tiempo fué encadenado por Oto y Efialtes, V, 385 á 391; en muchas
  ocasiones favorece á los teucros contra los griegos.

MASETE (Μάσης): Ciudad de Argólide, II, 562.

MÁSTOR (Μάστωρ): Padre de Licofrón de Citera, XV, 430.

MASTÓRIDA (Μαστορίδης): Hijo de Mástor. Nombre patronímico de
  Licofrón de Citera, XV, 438.

MEANDRO (Μαίανδρος): Río de Jonia en el Asia Menor, II, 869.

MECISTEO (Μηκιστεύς):

  1) Rey argivo, hijo de Talao y padre de Euríalo, II, 566; XXIII,
  677.

  2) Griego, hijo de Equio, muerto por Polidamante, VIII, 333; XIII,
  422; XV, 339.

MECISTÍADA (Μηκιστηϊάδης): Hijo de Mecisteo. Nombre patronímico de
  Euríalo, VI, 28.

MEDEÓN (Μεδεών): Población de Beocia, II, 501.

MEDESICASTA (Μηδεσικάστη): Hija bastarda de Príamo, esposa de
  Imbrio, XIII, 173.

MEDONTE (Μέδων):

  1) Hijo bastardo de Oileo y de Rena, caudillo de los griegos de
  Metona, muerto por Eneas, II, 727; XIII, 693, 695; XV, 332, 335.

  2) Caudillo teucro, XVII, 216.

MÉGADA (Μεγ