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Title: Cosas de España; tomo 1 - (El país de lo imprevisto)
Author: Ford, Richard, Mesa, Enrique de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cosas de España; tomo 1 - (El país de lo imprevisto)" ***

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                            COSAS DE ESPAÑA

                      (EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)



                            COLECCIÓN ABEJA


     1.--_El tulipán negro_, de A. DUMAS (con un retrato del autor).--6
     pesetas.

     2.--_La maja y el torero_, de T. GAUTIER (con ilustraciones de
     Romero Calvet).--4,50 pesetas.

     3.--_Emelina_, del CONDE DE GOBINEAU. (Viñetas de Alicia Rey
     Colaço.)--3,50 pesetas.

     4.--_Aventuras de un mayorazgo escocés_, de R. L. STEVENSON (con un
     retrato del autor).--5,50 pesetas.

     5.--_Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_), por RICARDO
     FORD. Tomo I.--5 pesetas.

     6.--_Cosas de España._ Tomo II.--5 pesetas.



                            COLECCIÓN ABEJA

                             RICARDO FORD

                            COSAS DE ESPAÑA

                      (EL PAIS DE LO IMPREVISTO)

               Traducción directa del inglés; prólogo de

                            ENRIQUE DE MESA

                        [Illustration: colofón]

                         Jiménez Fraud, Editor

                      _Diego de León, 5.--Madrid_



                             ES PROPIEDAD
                        QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
                           QUE MARCA LA LEY

        IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID



PRÓLOGO


El ciudadano inglés Ricardo Ford (1796-1858), en su libro _Gatherings
from Spain_--que hoy, vestido a lo castellano, se da a la estampa con el
título de _Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_)--, ha mirado
con limpios ojos y ha observado, perspicua y sagazmente, los paisajes,
tipos, caracteres, usos y costumbres españoles.

No es nuestro propósito--clásico en los prologuistas--discernir al autor
prologado el galardón único y la palma y láurea supremas entre cuantos
escritores nativos y extranjeros han trasladado a las cuartillas sus
impresiones de la Península. Para ello necesitaríamos haber hojeado,
cuando menos, los ochocientos cincuenta y ocho relatos que el benemérito
hispanista Foulché-Delbosc registra en su nutrida y bien documentada
_Bibliografía de viajes por España y Portugal_ (_Revue Hispanique_,
tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].

Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, su
formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus
descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su
juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las
virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.

Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la
diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente,
aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a
errores fundamentales.

En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber,
en sus _Skizzen aus Spanien_ (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificio
de una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima sus
recuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada--dice
Huber--, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos y
cabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevan
redecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos,
sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertas
provincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, se
buscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubios
que morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, ni
redecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna,
uno de los pueblos más industriosos del mundo».

En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso,
veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni emplea
eufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la dura
acerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagas
de la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La sola
enumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro,
basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente se
coordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosa
erudición sobre costumbres españolas.

No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo del
prejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española,
los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su _jaca cordobesa_,
recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura.
Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en el
cuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, el
rubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con qué
delicioso humorismo--ironía y añoranza--la coge entre sus manos, y la
acaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de la
sed española!

Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro gran
loco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, y
junto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes, va
atesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentencias
de cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que el
paladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En este
punto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero,
la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios,
pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demás
de sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrosos
companages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que el
hambre castellana de amo y mozo.

Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministra
datos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, y
nos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.

«Ricardo Ford--dice Okey--, que con el prosaico título de _Guía del
viajero en España_, compuso uno de los mejores itinerarios publicados en
lengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de un
hombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algún
tiempo subsecretario de Estado del _Home Department_, pero más conocido
aún como el juez de _Bow Street_, que creó la policía montada de
Londres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglés
distinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en la
Universidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó con
la bella Harriet Capel, hija del conde de Essex. Seis años más tarde,
el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un clima
templado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de
«tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaron
felizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, con
intención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desde
Granada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra)
hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que le
dieron asunto para las páginas de su _Guía_ y para las _Notas sobre
España_.

«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera de
arte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educación
muy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a los
cuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia contenía
magníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses,
y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el arte
pictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubiese
seguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujos
de los _Picturesque Sketches in Spain_, de David Robert, fueron tomados
del cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en el
popular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», están
inspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en los
_Anales del paisaje_, de aquel período, y en ediciones del _Childe
Harold_ y de las _Baladas Españolas_, de Lockhart, pueden encontrarse
admirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de su
educación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para ser
un modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad para
estudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismo
tiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria y
un temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos los
prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca
los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendo
especialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con sus
amables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía ser
igualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.

«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación que
poseía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. En
diciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de una
corta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observaciones
sobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 en
Heavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde se
dedicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sus
trabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz.
Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de éste le
desanimó por completo. «Su carta--le escribía--ha dejado mi pecho sin
aliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse a
la jardinería.

«En 1838, un artículo publicado en _Quarterly Review_ sobre las corridas
de toros en España llamó la atención del mundo literario, y al año
siguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que le
indicara quién podría hacer una _Guía de España_. Ford se ofreció, por
broma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse con
Murray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy a
hacer una _Guía de España_ para Murray». El libro debía terminarse a los
seis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadilla
de su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero,
escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero,
cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con una
negra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y libros
en 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco a
poco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembre
escribe a Addington: «La _Guía_ va despacio; no adelanto nada, y a veces
estoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido a
dar un avance a la _Guía_, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». En
abril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original que lleva
cada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo o
junio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado»
de la _Guía_, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obra
de Borrow _Los gitanos en España_[2], y da algunos consejos a su autor
sobre su nuevo libro _La Biblia en España_. Ford era entusiasta
admirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era una
_mina_, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner un
poco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo,
y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La _Guía_ está
_escrita_», y en enero de 1844: «La _Guía_ está en prensa». Pasaron
cuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieron
compensados; se queja de que «el _mañana_ español había infectado hasta
Albemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. El
libro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo que
variar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas libras
esterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y en
febrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido a
rehacer por completo la _Guía_, omitiendo todo lo relativo a discusiones
políticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nada
desagradable, y hacerlo sólo suave y atractivo». Finalmente, en el
verano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas en
total, titulada _Guía para los viajeros en España y los lectores de
nuestra patria_. A pesar de su extensión y de su alto precio, se
vendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart,
y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo.
Parte de las cuartillas suprimidas en la _Guía_, convenientemente
aderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, con
el título de _Notas sobre España, por el autor de la Guía de España,
entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente_. Este
libro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «He
ganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses».
Entonces se rehizo por completo la _Guía_, y en 1847 se publicó
nuevamente, reducido a un solo volumen de 645 páginas. Aun se hizo otra
tercera edición más compendiada en 1855, tres años antes de la muerte de
su autor. En el _British Museum_ existe una copia de la primitiva
_Guía_, con una nota de puño y letra de Ford, que dice: «De esta edición
sólo existen veinte ejemplares, y yo sólo he dado cinco, uno de ellos
éste. Octubre de 1846».

A los jaleadores de un falaz _casticismo_ que se basa en la perduración
de la rutina, la pobreza y la cerrilidad nacionales, les escocerán
algunos de los latigazos del viajero inglés, cuya visión, menos
alborotada y colorida que la de los franceses, pero, sin duda, más
sagaz y verídica, no se detiene en la haz de las cosas, sino que penetra
hasta los entresijos de la psicología hispana.

¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por
miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus
explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las
ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería
empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un
«¡viva España!» sin sentido, siempre que un bien intencionado observador
o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres,
nota los errores y lacras.

Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica,
que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos
administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su
propia ignorancia.

Cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen
seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa;
cuando las Cortes celebran alguna de las mal llamadas _sesiones
patrióticas_, en que conviven y se aúnan los que desgobiernan o aspiran
a desgobernar el país, sin duda lo que allí se acuerda contribuye a la
ruina material o moral de la patria...

Quien esto escribe, español del siglo XX, ha recorrido, lleno de amor a
España, llanos y sierras de su tierra vernácula por polvorientos caminos
reales y angostas veredas de cabreros; ha padecido sed, frío y hambre
en las ventas de los páramos y en los míseros e inhóspites burgos y
aldeorrios de Castilla; ha admirado, como Ford admiraba, la honrada
condición, la cortesía hidalga, la _caballerosidad_ de los terrazgueros
españoles; ha llorado calladamente ante las piedras rotas y las almas
muertas...

Quizá por lo mismo pueda suscribir conscientemente lo que anotara un
viajero inglés allá por los años de 1830.

                                                        ENRIQUE DE MESA



                                _A LA_

                         _HONORABLE MRS. FORD_

                         _dedico estas páginas, que tan amablemente
                                  ha leído y aprobado, con
                            la esperanza de que sigan su ejemplo
                                   otras bellas lectoras._

                           _Su amantisimo esposo y servidor_,

                                                     _RICARDO FORD._



PREFACIO


Muchas señoras, algunas de las cuales incluso proyectan un viaje por
España, se han dignado significar al editor su sentimiento porque la
_Guía_ estuviese impresa en una forma que hacía molesta y difícil su
lectura. El autor, al tener noticia de esta señalada fineza, se ha
apresurado a someter a la indulgencia de sus lectoras algunos extractos
y trozos escogidos que puedan poner de manifiesto el carácter y las
costumbres de un pueblo por todo extremo interesante, y más en estos
momentos, en que de nuevo ve amenazada su existencia por un vecino
astuto y agresivo.

Al arreglar estos trozos para enviarlos a la imprenta, ha habido
necesidad de añadir algo que supliese lo que se omitía; pero con objeto
de no hacer demasiado pesada la narración, el autor ha aligerado el
libro de mucho aparato científico, y no ha vacilado en echar por la
borda a Estrabón y aun al mismo San Isidoro. El progreso está a la
orden del día en España, y su marcha es tanto más rápida cuanto mayor
era su atraso con relación a otras naciones. Puede decirse que el país
se halla en un período de transición y que el ayer deja su sitio al
mañana. La inexorable marcha de la inteligencia europea aplasta muchas
flores naturales que, sin otro mérito que su color y su aroma, han de
verse arrancadas de raíz antes de que se construyan las fábricas de
hilados y se cambien los cultivos. Muchos rasgos típicos de trajes y de
costumbres van ya desapareciendo: ¡ya se han ido los frailes y, ¡ay!,
las mantillas también se están yendo!

Con los cambios ocurridos últimamente, muchas cosas y muchos sitios que
aquí se presentan al público serán pronto objeto de curiosidad histórica
y arqueológica. Los trozos reunidos en este libro no se incluirán en la
próxima edición de la _Guía_, a la que estas páginas pueden servir de
complemento; su principal objeto ha sido proporcionar un rato de
entretenimiento y de instrucción a los que permanecen en su hogar, y si
el intento es acogido favorablemente por las bellas lectoras, el autor
soportará con resignación verdaderamente española cualquier género de
censuras que tengan a bien descargar sobre él los barbudos críticos de
aquende o allende el mar.



Capítulo primero.


El reino de España, que aparece tan compacto en el mapa, se compone de
varias regiones distintas, cada una de las cuales formó un reino
independiente en tiempos pasados; y a pesar de que ahora están unidas
por matrimonios, herencias, conquistas y otras circunstancias, las
diferencias originales, tanto geográficas como sociales, continúan sin
alteración. La lengua, trajes, costumbres y carácter local de los
habitantes son tan varios como el clima y las producciones del suelo.
Las cadenas de montañas que atraviesan toda la Península y los profundos
ríos que separan algunas partes de ella han contribuído durante muchos
años, como si fuesen murallas y fosos, a cortar la comunicación y a
fomentar la tendencia al aislamiento, tan común en los países
montañosos, donde no abundan los buenos caminos y los puentes. Una
circunstancia semejante hizo que el pueblo de la antigua Grecia se
dividiese en pequeños principados, tribus y familias. Asimismo, en
España, el hombre de una comarca, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza
de que está rodeado, tiene poco de común con el de la comarca vecina; y
estas diferencias se han aumentado y perpetuado por los antiguos celos y
las inveteradas malquerencias que han persistido tenazmente en regiones
pequeñas y contiguas.

El término general «España», conveniente para geógrafos y políticos,
parece hecho para despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar
una cosa por sencilla que fuese de España o los españoles que pudiera
ser aplicable a todas sus heterogéneas partes. Las provincias del
noroeste son más lluviosas que Devonshire, mientras que las llanuras del
Centro son más secas que los desiertos de Arabia, y los litorales del
Sur y Levante semejan totalmente a Argelia. El rudo agricultor gallego,
el industrioso artista catalán, el alegre y voluptuoso andaluz, el
taimado y vengativo valenciano, son tan esencialmente distintos entre sí
como otros tantos personajes de una mascarada. Será más conveniente en
todo caso al turista estudiar cada provincia aislada y analizarla en
detalle, prosiguiendo las observaciones de sus particularidades, sus
características sociales y naturales o la idiosincrasia de cada región,
en particular, que la distingue de sus vecinas. Los españoles que han
escrito su geografía y estadísticas, los cuales, lógicamente pensando,
habrán de conocer perfectamente su país y sus instituciones, han
encontrado prudente admitir este sistema, teniendo en cuenta la
imposibilidad de tratar a España (donde la unidad no es unión) como un
conjunto.

No hay rey de España: entre la infinidad de reinos que aparecen en las
listas, el de «España» no figura: consta _Rey de las Españas_, _Rex
Hispaniarum_, no _Rey de España_. Felipe II, llamado por sus
conterráneos _el Prudente_, deseando unir a sus heterogéneos súbditos,
después de consolidar su dominio con la conquista de Portugal, trató de
llamarse rey de España, como en realidad era; pero esta alteración no
estuvo al alcance de su despotismo, por oponerse a ella resueltamente
Aragón y Navarra, que nunca perdieron la esperanza de sacudir el yugo de
Castilla y recobrar su antigua independencia, mientras que las
provincias de la vieja y la nueva Castilla rehusaban comprometer en modo
alguno su derecho de preeminencia. Estas provincias, antiguamente como
ahora, tomaron la primacía en la nomenclatura: _castellano_ es sinónimo
de español y de la cepa más genuina. _Castellano a las derechas_
significa ser español hasta la médula; _hablar castellano_ es la
expresión más correcta para decir que se habla español. España estuvo
mucho tiempo sin la ventaja de una metrópoli fija como Roma, París o
Londres, que han sido capitales desde su fundación, y reconocidas y
consideradas como tales. En España han sido capital León, Burgos,
Toledo, Sevilla, Valladolid y otras. Este cambio constante y la
preeminencia poco duradera ha contribuído a hacer insignificante la
superioridad de una provincia sobre otra, y ha sido causa de una
debilidad nacional que ha originado rivalidades y disputas por el
derecho de prioridad, fuente la más copiosa de discusiones en un pueblo
de reconocida suspicacia. De hecho, el Rey es el Estado, y dondequiera
que se instale allí está _la Corte_, palabra sinónimo de Madrid, que
pretende ser la única residencia del soberano--_Die Residenz_, como
dirían los alemanes--. Comparada con las ciudades mencionadas
anteriormente, es una población moderna que, no teniendo obispo[3] o
catedral, como algunas provincias antiguas, que tienen incluso dos, no
ha alcanzado el título de ciudad, sino el de villa. En momentos de
peligro nacional ejerce poca influencia sobre la Península; al mismo
tiempo, por ser la residencia de la Corte y del Gobierno, y por lo tanto
el centro del favoritismo y de la moda, atrae a todos aquellos
individuos que aspiran a hacer fortuna; pero la capital es presa de las
ambiciones más bien que de los afectos de la nación. Los habitantes de
las provincias creen de buena fe que Madrid es la Corte mayor y más rica
del mundo, pero su corazón permanece fiel a sus respectivas regiones.
_Mi paisano_ no quiere decir español, sino andaluz, catalán, etc. Cuando
se pregunta a un español: ¿de dónde es usted?, suele contestar: _Soy
hijo de Murcia, de Granada_, etcétera. Algo semejante a los «hijos de
Israel» y al «Beni» de los moros españoles. Hoy también los árabes de El
Cairo se llaman hijos de tal ciudad: _Ibn el Musr_, etc.; asimismo los
irlandeses se titulan «hijos de Tipperary», etc., y están dispuestos a
pelearse con todos los que no son del mismo origen; y cosa parecida es
la unión de los escoceses, que en realidad existe en todas partes, pero
no tan extendida como en España, donde el ser de la misma provincia o
ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como
compañeros de escuela. En realidad es un _hogar_ (home) movido por las
mismas pasiones. Todos sus recuerdos, sus comparaciones, sus elogios se
refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada para ellos puede
rivalizar con su provincia: ésta es su única patria. _La Patria_, que
significa España entera, es un motivo de declamación, de hermosas
frases, _palabras_, a las que, como los orientales, todos gustan de
entregarse, y para las que su idioma grandilocuente les presta
facilidad; pero su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es
el centro de gravedad de todo español. Como los alemanes, gustan de
cantar y declamar en honor de la Patria. En ambos casos la teoría es
espléndida; pero en la práctica, cada español piensa que su provincia o
su pueblo es lo mejor de España y él el ciudadano más digno de atención.
Desde tiempos muy remotos hasta el presente a todos los observadores les
ha sorprendido este _localismo_, considerándolo como uno de los rasgos
característicos de la raza ibera, que nunca quiso uniones, que jamás,
como dice Estrabón, puso juntas sus escuelas, ni consintió en sacrificar
su interés particular en aras del bien general; por el contrario, en
momentos de necesidad siempre ha propendido a separarse en _juntas_
diversas, cada una de las cuales sólo piensa en sus propias miras,
totalmente indiferente al daño ocasionado, que debería ser la causa de
todos. El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la
tendencia de todos es más bien huírse que atraerse unos a otros. Alejado
el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobre todo si hay
botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la
energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de
hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas
de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este
modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que
tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola
oriental, necesita «una cabeza» que dirija y gobierne. España es hoy,
como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda
de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido
vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de
_Españolismo_ expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y
el «orgullo» de los españoles--_españoles sobre todos_--, que un
patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus
excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera.
Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos
proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del
sentir popular: _Quien dice España dice todo_. Un extranjero encontrará
esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no
expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos
los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o,
probablemente, las tres cosas juntas.

La debilidad nacional en España, decía el duque de Wéllington, es
alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye
_nosotros_, como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus
ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los
Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe.
Ventura grande fué, ciertamente, según un predicador español, que los
Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con
la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que
esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos
peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la
consecuencia. No hace muchos días que un extranjero contaba en una
_tertulia_ la muy conocida anécdota de la nueva visita de Adán a la
tierra. El narrador explicaba cómo nuestro primer padre al aparecer en
Italia quedó perplejo y sorprendido; cómo al cruzar los Alpes para ir a
Alemania no encontró nada que pudiese comprender; cómo las cosas se le
presentaron más obscuras y extrañas en París, hasta que al llegar a
Inglaterra se halló completamente perdido, confuso y sin brújula,
incapaz de hacer ni comprender nada. España era el sitio que le faltaba:
allá se fué, y con gran satisfacción suya se encontró como en su propia
casa; tan poco habían cambiado las cosas desde que se ausentó del mundo,
mejor dicho, desde que el sol de la creación alumbrara a Toledo.
Terminado el cuento, un distinguido español que estaba presente, un poco
picado por el tono de guasa del narrador, contestó con anuencia de todos
los contertulios: _Sí, señor, Adán tenía razón; España es el Paraíso_.
Y, en realidad, este caballero, digno y entusiasta, no estaba
equivocado, a pesar de que, según la afirmación de no pocos compatriotas
suyos, hay algunas comarcas cuyos habitantes no están limpios, ni mucho
menos, del pecado original; así, por ejemplo, los valencianos suelen
decir de su deliciosa huerta: _Es un paraíso habitado por demonios_.
Asimismo, Murcia, país rebosante de leche y miel, donde Flora y Pomona
disputan el premio a Ceres y Baco, tiene, según los naturales, _el cielo
y el suelo buenos; el entresuelo, malo_.

Otra anécdota podrá determinar el sentir del país del mismo modo que una
paja arrojada al aire señala la dirección del viento. Thiers, el gran
historiador, en su reciente viaje por la Península pasó unos días en
Madrid. Siendo su inteligencia, como diría un lógico, de forma más
_subjetiva_ que _objetiva_, esto es, más sencilla a la consideración del
_ego_ y todo lo relacionado con él que a lo ajeno a su persona, durante
su estancia en Madrid no se ocupó nada de la capital, lo mismo que
hiciera en Londres en una excursión semejante. «Mirad, dijeron los
españoles, a ese gabacho; no se atreve a quedarse ni a levantar los ojos
del suelo, en este país cuya gran superioridad hiere su vanidad nacional
y personal». La cosa no tiene nada de extraño. Hay en Castilla la Vieja
un dicho antiguo que reza: _Si Dios no fuese Dios, sería rey de las
Españas, y el de Francia, su cocinero_. Lope de Vega, sin renegar de
estas pretensiones paradisíacas, tiene más consideración para
Inglaterra. Su soneto en la romántica excursión a Madrid dice:

      «Carlos Stuardo soy.
    Que, siendo amor mi guía,
    al _cielo de España_ voy,
    por ser mi estrella María».

Debe recordarse que la Virgen, cuyo nombre llevaba esta infanta, es
considerada por los españoles como la luz más brillante y la única reina
del cielo.



Capítulo II.


Siendo España el país más meridional de Europa, es muy natural que los
que nunca han estado en él y que en Inglaterra critican a los que han
estado, se figuren que su clima es más benigno que el de Italia o
Grecia. Muy distinta es la realidad. Algunas costas y llanuras
resguardadas de las provincias del Mediodía y Levante son ciertamente
templadas en invierno y sufren los rigores de un sol africano en el
estío; pero las comarcas del Norte y del Oeste son húmedas y lluviosas
la mayor parte del año, mientras que el centro es, o frío y triste, o
asoleado y azotado por el viento: ha habido inviernos tan crudos en
Madrid que hasta se ha helado algún centinela, y con mucha frecuencia se
interrumpe la comunicación entre las dos Castillas a causa de la nieve
que se acumula en los puertos. Por esta causa, a todo el que intenta
viajar por la Península se le advierte que debe hacer su itinerario
previamente y determinar las regiones que ha de visitar en cada una de
las estaciones del año, con objeto de evitar los inconvenientes que
resultarían de visitarlas en época poco apropiada.

Una ojeada a un mapa de Europa dará más clara idea de la situación de
España respecto a los demás países que muchas páginas impresas; y ésta
es una ventaja que cualquier niño de la escuela le lleva a los Plinios y
Estrabones de la antigüedad; los antiguos se conformaban con comparar la
forma de la Península a una piel de vaca, semejanza que en realidad no
está mal hallada. No cansaremos a los lectores con detalles de longitud
y latitud, pero sí mencionaremos que la superficie total de la Península
(incluyendo Portugal) es de unas 19.000 leguas cuadradas, de las cuales
algo más de 15.500 corresponden a España; ésta, pues, resulta casi dos
veces mayor que las Islas Británicas y solamente una décima parte más
pequeña que Francia; la línea de costa está calculada en unas 750
leguas. Este aislado y compacto territorio, habitado por una raza
fuerte, hermosa, guerrera, hubiera debido competir con Francia en poder
militar, al mismo tiempo que su posición entre los dos grandes mares,
dueños del comercio del viejo y el nuevo mundo, su extensa línea de
costas, llenas de bahías y puertos, le ofrecía todas las ventajas para
poder rivalizar con Inglaterra en empresas marítimas.

La Naturaleza ha proporcionado salidas para las infinitas producciones
de un país, que es rico tanto en lo que puede hallar en la superficie
como en las entrañas de la tierra, porque las minas y canteras contienen
gran cantidad de preciosos metales y mármoles, desde el oro al hierro y
desde el ágata al carbón. Su fértil suelo y el clima tan variado permite
cultivar los productos de la zona templada a la tropical: así en
Granada, la caña de azúcar y el algodonero se muestran lujuriantes de
verdura al pie de los montes, cubiertos eternamente de nieve, ofreciendo
un ancho campo al botánico, el cual puede ascender por zonas y estudiar
sucesivamente toda la variedad de capas vegetales, desde la planta de
estufa, que crece al aire libre, hasta el duro liquen. Se necesita, en
verdad, una fuerza enorme de apatía y mal gobierno para neutralizar la
abundancia de cualidades con que la Providencia ha favorecido
pródigamente a este país, el cual, bajo la dominación de los romanos y
de los árabes, semejaba un Edén, un jardín exuberante y delicioso,
cuando, según las palabras de un autor, no había nada baldío ni
estéril--_nihil otiosum, nihil sterile in Hispaniá_--. Este aspecto ha
cambiado notablemente; y ahora la masa de la Península ofrece un aspecto
de abandono y desolación moral y física que entristece el ánimo; la
naturaleza, así como la inteligencia del hombre, han sido empequeñecidas
y reducidas, o se han abandonado, y su fertilidad natural ha desbordado
en hierbas inútiles, de las cuales se ven más que en ningún país del
mundo, o sus energías han sido mal dirigidas y la capacidad para el
bien se ha convertido en la misma fuerza para el mal; pues aquí, como en
todas partes, _la altivez y la pereza son llaves de pobreza_.

La geología de España es muy peculiar y distinta de la de otros países;
es casi una montaña o una aglomeración de montañas, como han tenido
ocasión de comprobar nuestros compatriotas que han tomado parte en la
construcción de ferrocarriles.

Desde la orilla del mar comienza a elevarse hacia el interior, y en la
parte central llega a haber mesetas más altas que en ningún otro país de
Europa, pues fluctúan entre 2 y 3.000 pies sobre el nivel del mar, y aun
desde estas altas llanuras se elevan cadenas de montañas que alcanzan
alturas mucho mayores. Madrid, que se halla situado en una de estas
mesetas, está a 2.000 pies sobre el nivel de Nápoles, población colocada
en la misma latitud. La latitud de Madrid es de 59°, mientras que la de
Nápoles es 63° 30´, debiendo atribuírse la diferencia de clima y la que
existe en la producción vegetal de las dos capitales a la distinta
elevación de ambas. Frutas que se dan en las costas de Provenza y en
Génova, situada cuatro grados más al norte que una gran parte de España,
rara vez se encuentran en el elevado interior de la Península; en
cambio, en las zonas marítimas bajas y asoleadas se da perfectamente
toda la vegetación tropical. El aspecto general montañoso de la costa es
casi el mismo en el circuito que se extiende desde las Provincias
Vascongadas al Cabo de Finisterre, y ofrece notable contraste con las
llanuras secas que se extienden de Cádiz a Barcelona, las cuales se
suelen asemejar mucho en las producciones: higos, naranjas, granadas,
áloe, algarroba y otras que crecen en profusión en todas ellas,
excepción hecha de aquellos sitios en donde las montañas bajan
rápidamente hasta el mar mismo. También las comarcas centrales, formadas
por llanuras y estepas: _parameras_, _tierras de campo_, _secanos_, son
muy semejantes entre sí, lo mismo en su aspecto monótono y pelado y la
escasez de frutas y bosques, que en la abundancia de cereales.

Los geógrafos españoles han dividido la Península en siete cordilleras
diferentes, comenzando por los Pirineos y terminando por la bética o
andaluza: estas _cordilleras_ o cadenas de cumbres se elevan desde las
llanuras intermedias que fueron antaño las hoyas de los lagos internos,
hasta que las aguas acumuladas rebosando los obstáculos que las oprimían
se abrieron camino hacia el Océano. La inclinación del país es de este a
oeste, y, por lo tanto, los ríos más caudalosos, que forman los desagües
y las principales vertientes de la mayor parte de la superficie,
desembocan en el Atlántico; su curso está en dirección transversal y
casi paralela: el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir corren
hacia su desembocadura entre sus distintas cordilleras. Las fuentes de
estos ríos principales están situadas en la línea longitudinal de
montañas que desciende, atravesando toda la Península, inclinándose más
bien a la costa este que a la oeste. Por esta causa el curso de estos
ríos es muy largo, sobre todo comparándolo con el Ebro, que desemboca en
el Mediterráneo.

El geógrafo árabe Alrasi fué el primero que consideró la diferencia de
clima como la regla para dividir la Península en distintas comarcas; y
algunas autoridades modernas, poniendo en práctica la idea, han trazado
una línea imaginaria, nordeste al sudoeste, separando así la Península
en parte norte o boreal y templada, y parte sur o tórrida, y
subdividiendo éstas en cuatro zonas. No es esta división en modo alguno
arbitraria, por cuanto no puede estar sujeto a capricho o equivocación
lo que se basa en pruebas derivadas del mundo vegetal: las costumbres
pueden hacer al hombre, pero sólo el sol modifica la planta; el hombre
llegará por las necesidades sociales a convertirse en una masa dúctil,
pero los elementos no podrían nunca civilizarse: la Naturaleza no puede
hacerse cosmopolita, lo que el cielo no permita.

_La primera de las zonas norte es la cantábrica_, o europea, que se
extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de
Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y
Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la
primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se
compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y
arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en
pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora
se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques
de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en
cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y
un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte,
independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece
medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil
intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de
subsistencia en las comarcas hambrientas.

_La segunda zona es la ibérica_ o de Levante. En su parte marítima, es
más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen
mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores,
al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta
zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón,
con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en
primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano
es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La
parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el
termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más
fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para
llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla,
excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y
castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del
Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a
más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en
ellos más de tres meses.

_La tercera zona es la lusitana_ u occidental, que es la mayor de todas
y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona,
principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la
condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el
punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores
están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las
tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos
y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de
los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en
la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población
pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen
en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con
algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de
conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar
esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.

Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan
desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las
llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino
tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca
de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la
sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy
frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los
arrozales de Valencia y Murcia.

Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de
agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región
montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en
ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las
tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más
pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está
tostada, atezada, seca como una verdadera _terra cotta_; todo semeja
muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen
de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y,
sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo
ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en
el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista
con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra,
agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después,
como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y
de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina
con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en
países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y
primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y
uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.

_La cuarta zona es la bética_, que es la más meridional y africana;
costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se
elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera
constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la
región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas
altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el
aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima
de Europa al de Africa. La característica de esta región es una
atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los
inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en
los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los
helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación.
La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los
árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y
vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de
fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón,
arroz, naranja, limón, dátiles. El _algarrobo_ y la _adelfa_ son
considerados como vegetación limítrofe entre esta _tierra caliente_ y
las regiones más frías porque está circundada.

Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan
íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora
entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan
orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.

Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más
interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la
Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de
sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de
variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible
fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El
invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las
frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo,
preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre,
octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio
para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por
Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.

España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto
de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas
ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la
Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza,
dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún,
impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues
encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con
sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de
amistad.

La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se
lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes
unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado
penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el
declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre
montañas se llaman _puertos_ (_portæ-puertas_). Hay sendas y veredas que
unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles
y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos,
resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos
pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la
carretera.

Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero,
no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de
nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del
cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez
están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los
verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un
señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado
orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas
montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la
salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales
borran los contornos alejando las sombras.

Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del
Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia
seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada
propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta
altiplanicie. Los caminos, _aparentemente_, tienen subidas y bajadas;
pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y
colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.

El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las
montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran
elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial,
emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está
situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los
reyes en _La Granja_, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que
la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un
_château en Espagne_, digno del mayor potentado de Alemania, que es la
dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.

La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur,
mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección
contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.

No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas
interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un
vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de
sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido
por profundos _barrancos_, en los cuales se agrupan algunos pueblos y
corren _arroyos_ completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener
en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el
enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los
extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido,
produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones
y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden
producir la _pulmonía_, enfermedad que en pocos días acaba con el
individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama
sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un
sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana?
Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por
una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el
resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en
presentar al funerario.

Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el
Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y
a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos.
Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con
el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de
la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas,
de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente
dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas,
alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el
ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las
estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles,
saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina
gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero
Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.

Esta cordillera era llamada por los romanos _Montes_ y _Saltus Pyrenei_,
y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que
ellos--cogiéndola al oído sin atender al significado--relacionaban con
su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que
casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a _un
fuego_, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y
otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas
por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos,
Hércules, en su viaje para _robar_ sus ganados a Gerión, fué recibido
con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario
de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija
de su huésped, _Pyrene_, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando
se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera
el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por
confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas _Purani_, por sus
bosques, pues en hebreo _Pura_ significa madera. Los vascos también
tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es _Biri_,
elevación, mientras otros prefieren _Bierri enac_, «los dos países», los
cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero
cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es
cerrar el libro.

La _Maladetta_ es el pico más alto, a pesar de que el _Pico del
Mediodía_ y el _Canigú_ se han considerado mucho tiempo como los de
mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura,
parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos
usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea
de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos
líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la
que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur
que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El
centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones
aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está
afianzado por _las tres Sorellas_: _Monte Perdido_, _Cilindro_ y
_Marboré_. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la
perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más
extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales
corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los
manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente
llamados en Francia _gaves_[4], y en la parte española, _gabas_. Pero
_gav_ significa _río_, y puede ser hallado en nuestro _Avon_; Humboldt
lo deriva del vasco _gav_, «_caverna_ o _cueva_». La corriente de estas
aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España;
sin embargo, parte de _Cerdaña_ pertenece a Francia, mientras que _Aran_
es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el
territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio
cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República
Francesa.

La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para
carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes,
quienes llamaban a la cordillera pirenaica _Albort_, del latín _Portæ_,
la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los
naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están
cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las
nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación
mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por
Figueras.

Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las
comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las
excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y
compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando
por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco
frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta
y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de
los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos,
diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer,
_cicerones_, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los
bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los
verdes campos y de los _belles horreurs_; pero que no suelen alejarse
mucho.

En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de
amor a lo bello y elevado--dice Mr. Erskine Murray--que en los Pirineos
franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la
belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente
por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo
mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin
embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y
facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que
buscan lo pintoresco pueden ascender a la _Brèche de Roland_. Apenas se
pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a
facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro
país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y
difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo
esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún
español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca
entregada a los contrabandistas y cabras monteses.

La falta de curiosidad oriental por las _cosas_, las piedras viejas,
los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al
miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre
codicioso, saqueador y el terror de España; sus _tretas de zorro_, fuego
y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y
demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte
en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la
política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia _ruse
doublée de force_ es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta
Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado
haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil
España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho
víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en
un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha
obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho
partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no
la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido
siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada
enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus
colonias del Nuevo Mundo.

«La frontera pirenaica--dice el duque de Wéllington--es la más
vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha
procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las
insurrecciones y _pronunciamientos_ en Cataluña, porque la enfermedad de
España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele
creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los
Pirineos.

En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de
invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha
aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada
y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes
de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito.
Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de
individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro,
que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia
perfectamente dispuesta para formar un _guerrillero_; y ningún enemigo
fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos
riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada
roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como
son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al
francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española»,
parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se
acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo
antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y
activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual;
del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las
variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que
auguran en las doradas galerías de Versalles que _Il n’y a plus de
Pyrénées_, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de
nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada
aquí por la Providencia--dijo San Isidoro--ha evitado y evitará en el
porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de
Silius Italicus:

      «Pyrene celsâ nimbosi verticis arce
    divisos celtis laté prospectat Hiberos
    atque æterna tenet magnis _divortia_ terris».

Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa,
la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la
llanura de Castilla; Ariosto canta:

      «--Che non lice
    che’l giglio in quel terreno habbia radice!»

Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de
neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables
para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone
de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para
los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar
contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de
confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e
insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión
tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para
su cuerpo físico.

Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es
instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un
curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que
casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el
inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a
estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia
cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el
_impertinente curioso_ pase inadvertido en una ciudad española y entre
la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal
cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus
hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con
la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún
tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de
las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de
sacar algún beneficio en la época de las excursiones.

La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los
Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro;
pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y
probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es
escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es
muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas
usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los
nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la
importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en
agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre
la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han
sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de
los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.

La caza en estas comarcas es excelente, por cuanto donde el hombre no
penetra la feraz naturaleza se multiplica; el oso, sin embargo, va
haciéndose raro, porque se concede un premio por cada uno que se mate.
Lo que más se caza es la _cabra montés_[6] o _rupicapra_, el _steinbock_
alemán, el _bouquetín_ francés, el _rebeco_ (_ibex_, becco, bouc, bock,
buck). El encanto de su persecución, semejante a la de la gamuza de
Suiza, se presta a muchos y muy graves accidentes, pues este arisco
animal se encarama a los sitios más inaccesibles y hay que acecharle con
una gran destreza. La caza, en la parte norte, es muy inferior, como que
los cocineros de grandes hoteles han declarado la _guerra al cuchillo_,
y casi casi al tenedor, hasta contra los _petits oiseaux_; bien es
verdad que el _artiste_ francés persigue igualmente a los pececillos,
pues es aficionado a probar toda clase de _sports_ y diversiones, y
siempre con miras al estómago. Los españoles, menos materialistas y
gastrónomos, dejan en una paz relativa a las tribus aladas y de aletas.
En consecuencia, los riachuelos están poblados de truchas, y los que
vierten en el Atlántico, de salmón. Los Altos Pirineos no son únicamente
alambiques de cristalinos y fríos torrentes, sino que también tienen,
como el corazón de Safo, manantiales de agua caliente bajo un lecho de
nieve. Los más célebres están en la parte norte, o por lo menos son los
más conocidos y frecuentados, pues los españoles son poco aficionados a
baños ni a aguas medicinales. En la parte española apenas hay medio de
acomodarse en los baños que existen, y los de Francia son mezquinos,
comparados con los Spas de Alemania, y sucios e indecentes, si se ponen
en parangón con los ingleses. El paisaje es completamente alpino: una
mezcla de montañas, precipicios, ventisqueros y bosques, animados por
los torrentes y los huracanes. Los naturales, cuando no son
contrabandistas o _guerrilleros_, son rudos, sencillos y bucólicos;
pobres y pintorescos, como toda la gente que puebla las montañas. La
_llanura_, donde se produce el pan, será más rica, seguramente; pero
¿qué partido puede sacar de ella un turista o un pintor?

En los parajes agrestes, los montañeses conducen en verano sus rebaños a
lo alto de la sierra, y allí viven en sus chozas luchando con la miseria
y las fieras, ahuyentando materialmente al lobo de delante de la puerta;
tienen mastines magníficos; las ovejas parecen un ejército instruído
frente al enemigo; conocen la voz del pastor o, mejor dicho, su silbido
y sus gritos especiales; la lana es llevada a Francia de contrabando, y,
una vez fabricada toscamente, vuelve a entrar en España de la misma
manera.



Capítulo III.


En España hay seis grandes ríos, arterias que corren entre las siete
cordilleras, vértebras del sistema geológico. A cada uno de ellos
afluyen varios de menor cuantía; de los que son, a su vez, tributarios
innúmeros arroyuelos que corren por valles y quiebras.

Las aguas de lluvias y las del deshielo de la nieve son recogidas por
todos estos arroyos y riachuelos, que las conducen a uno de los de
primer orden, los cuales, todos, excepción hecha del Ebro, vierten en el
Atlántico. El Duero y el Tajo, desgraciadamente para España, desembocan
en Portugal, con lo que pierde una gran ocasión de comercio, pues son
los más importantes en este ramo. Felipe II vió claro el verdadero valor
de este rincón rodeado por España y trató de asegurar su posesión para
dar fácil salida a los productos del interior por sus ensenadas, muy a
propósito para el comercio exterior. La anexión de Portugal a España
daría más fuerza al trono que el dominio de continentes enteros en el
Atlántico, y ésta ha sido siempre la secreta ambición de todo Gobierno
español. El _Miño_, que es el más corto de estos ríos, corre por un
lecho fertilísimo. El _Tajo_, cantado por los poetas, por sus arenas
auríferas y sus orillas llenas de rosas, sigue la mayor parte de su
curso por entre rocas peladas. El _Guadiana_ se desliza por la solitaria
Extremadura, infectando las llanuras con miasmas. El _Guadalquivir_
extiende sus profundas márgenes por los asoleados olivares de Andalucía,
y el Ebro cruza los llanos de Aragón. En España hay muchos riachuelos
salobres, _salados_, y minas de sal o salinas, resultado de la
evaporación del agua del mar; el suelo de la parte central está tan
impregnado de «malsano nitro», que sólo en la Mancha podrían sacarse
materiales para hacer volar el mundo entero; la superficie de estas
regiones, siempre áridas, lo es cada día más por el horror que sus
habitantes tienen al árbol; allí no hay nada que contrarreste la rápida
evaporación, ni el menor resguardo para proteger o conservar la humedad.
La tierra llega a estar tan reseca, que en algunas partes es imposible
cultivarla. Otro peligro serio de la carencia de plantaciones es que los
declives de los montes están siempre expuestos a total denudación del
terreno con las lluvias fuertes. No hay nada que detenga la bajada del
agua, y de aquí la desnudez y pedregosa esterilidad de las cimas de
muchas de las sierras, que han sido despojadas hasta de la más pequeña
partícula capaz de dar vida a algo de vegetación: son esqueletos, donde
se ha extinguido la vida. Y no sólo es el suelo el que pierde con esto,
sino que los detritus, arrastrados, forman bancos en las bocas de los
ríos u obstruyen y elevan sus lechos, de donde resulta que fácilmente se
salen de madre y convierten los terrenos de sus orillas en pantanos
pestilentes. La reserva de agua proporcionada por las lluvias
periódicas, y que debe detenerse en los orígenes de los ríos, es
arrastrada de golpe en torrentes violentos, en vez de deslizarse
lentamente. Por su carácter montañoso, España tiene muy pocas lagunas,
pues las pendientes son demasiado rápidas para consentir que el agua se
acumule; las que existen por excepción pueden con gran propiedad ser
llamadas lagos, sin que esto quiera decir que vayan a competir en tamaño
y belleza con las de Escocia. La profundidad de los principales ríos de
España ha disminuído y sigue disminuyendo, tanto, que algunos que eran
navegables han dejado de serlo, y los canales que habían de sustituírlos
están sin terminar; los progresos de la ruina avanzan, y se hace muy
poco para neutralizar o corregir lo que cada año ha de resultar más
difícil y más caro, pues los medios de reparación disminuirán al mismo
tiempo que irán en aumento la miseria ocasionada por el mal y la
pusilanimidad, hija de ella. No obstante, últimamente se han formado
algunas grandes compañías hidráulicas encargadas de hacer pozos
artesianos, terminar canales, convertir algunos ríos en navegables y
_emitir acciones liberadas_, lo cual, sin duda, se hará si no ocurre
nada que lo impida.

Sin embargo, los ríos que pueden hacerse navegables son solamente
aquellos que están constantemente nutridos por los afluentes secundarios
que bajan de las montañas, cubiertas todo el año de nieve, y éstos, en
realidad, son pocos. La mayoría de los ríos españoles son escasos de
agua en verano y de muy rápida corriente durante el deshielo, y en estas
épocas serían impracticables, aun para las barcas pequeñas. Además
suelen estar muy sangrados para los riegos artificiales, y por esta
causa su caudal de agua disminuye notablemente; en Madrid y Valencia,
por ejemplo, los amplios lechos del Manzanares y del Turia suelen estar
tan secos como las playas en la bajamar. Parece que se les llama ríos
sólo por cortesía hacia los magníficos puentes que hay edificados sobre
ellos; tanto, que una broma de los forasteros es presentar a los vecinos
tratando de vender uno para comprar un poco de agua, o comparar sus
sedientos arcos con un hombre en el suplicio, pidiendo por amor de Dios
una gota de agua; pero si cae una lluvia fuerte en las montañas, pronto
se demuestra la necesidad de su solidez y amplitud, de la anchura y
altura de sus arcos y de sus estribos firmes, que al principio
parecieron más bien antojo de una arquitectura monumental, que obra de
utilidad pública. Los que viven en un país relativamente llano no
pueden apenas formarse idea de la rápida y tremenda destrucción que las
inundaciones causan en estos países montañosos. La lluvia torrencial
forma avalanchas que bajan saltando de piedra en piedra como un
torrente, arrollando y arrostrando cuanto encuentran a su paso,
socavando la tierra, arrancando rocas, descuajando árboles y casas y
sembrando por todas partes desolación y ruina. Pero estas furias suelen
ser cortas; así, si el viajero quiere ver el Támesis de Madrid puede
darse prisa, si no quiere correr el riesgo de que el río haya
desaparecido cuando llegue a verlo. Cuando los españoles, mandados por
los tontos Blake y Cuesta, perdieron la batalla de _Ríoseco_, que dió
Madrid a Buonaparte, los soldados franceses, al pasar por el cauce del
río, completamente seco, exclamaron: «¡Hasta los ríos huyen en España!»

En las comarcas en donde las carreteras y los puentes son un lujo,
sirven los cauces para río en invierno y para camino en verano. En este
país de anomalías, así como hay ríos sin puentes, hay puentes que no
tienen río; el más notable de estos _pontes asinorum_ está en Coria,
donde se cruza el Alagón en una mala y a veces peligrosa barcaza,
mientras que a dos pasos, en unas praderas cercanas, se eleva un hermoso
y seco puente de cinco arcos. Según dicen, esto es consecuencia de que
en alguna inundación el río varió de cauce, _se salió de madre_[7],
dicen los españoles, los cuales no se preocupan mucho de ello, pues no
hacen ningún esfuerzo para que vuelva a cruzar por los arcos de aquél.
Invocan a Hércules para que cambie a este Alfeo y, entretanto, se
atienen al proverbio que dice: _Después de años mil vuelve el río a su
cubil_. Más adelante diremos algo acerca de la pesca en estos arroyos
errantes.

La navegación de los ríos españoles es oriental, clásica e imperfecta:
las barcas, barcazas y barqueros datan de la época medieval y son más
aprovechables artísticamente que para el comercio. El «gran río», el
Guadalquivir, que en tiempo de los romanos era navegable hasta Córdoba,
hoy es apenas practicable hasta Sevilla por barcos de vela de mediano
calado. Los pasajeros encuentran toda clase de facilidades concedidas
para los buques que hacen la travesía entre esta capital y Cádiz. Estas
ventajas, ni que decir tiene, son obra de Inglaterra, aun cuando el
primer barco de vapor que surcó los mares fuese invención española y se
botase al agua en Barcelona en 1543; pero el entonces ministro de
Hacienda era un rutinario oficinista y se opuso a proteger la invención
y no se volvió a hablar más del asunto. Los buques de vapor que hacen el
servicio del Guadalquivir son seguros. En nuestro tiempo siempre se
decía en los anuncios de salida de los vapores que se diría una misa
antes de zarpar en la herética invención, lo mismo que hoy, cuando se
inaugura en Francia un camino de hierro, las locomotoras de Birmingham
son rociadas con agua bendita y bendecidas por un obispo, lo cual puede
ser una «indirecta» para míster Hudson y el primado de York.

En Aragón se habla mucho del proyecto de hacer navegable el Ebro: este
año se han practicado algunos estudios por dos ingenieros, ingleses por
supuesto. Los periódicos locales comparan el asombro de los campesinos
al ver a estos individuos con el que ocasionaran Don Quijote y Sancho en
los mismos parajes con su aventura de la barca encantada.

Mucho se ha discutido también la comunicación entre Lisboa y Toledo
utilizando el Tajo. Este gran río, de que todos hablan porque en su
desembocadura se halla emplazada la capital del reino donde se produce
el vino de Oporto, es tan poco conocido en España y fuera de ella como
el Niger.

Hemos tenido la suerte de poder contemplarle en muchos sitios y observar
los distintos aspectos de su poético y pintoresco curso. Nos ha
encantado primero verde y rápido entre los amarillos trigales de
Castilla la Nueva; poco después, refrescando el encantador Tempe[8] de
Aranjuez, cubriendo sus jardines de verdura y vistiendo las enramadas,
donde anidan los ruiseñores; más tarde, precipitándose bullicioso por
las graníticas hondonadas del montañoso Toledo, como apresurándose por
escapar de las frías sombras de su profunda prisión y lanzándose alegre
a la luz y la libertad, para seguir su carrera por llanuras solitarias.
En Talavera sus aguas fueron teñidas con sangre de valientes y
alegremente reflejaron el brillo de las bayonetas triunfantes de
Inglaterra; desde aquí se desliza, bajo los ruinosos arcos de Almaraz,
hacia la desolada Extremadura en una corriente tan serena como el azul
del cielo que le sirve de dosel, pero bastante fuerte aún para forzar
los montes de Alcántara. Allí está el puente de Trajano, que merece
hacer un viaje de cien leguas para verle. El resiste la corriente
impetuosa en este punto y une las peñascosas gargantas; grande, sencillo
y sólido, descuella como el esqueleto del dominio romano con toda la
sensación de soledad y magnitud y el interés de lo pasado y lo presente.
Tales son los hermosos paisajes que hemos contemplado y diseñado; éstas,
las dulces aguas en que hemos mitigado nuestra sed y refrescado nuestros
miembros.

¡Qué austero, qué solemne, qué emocionante es el Tajo de España! No hay
ningún comercio establecido por medio de él; ningún buque inglés ha
civilizado sus aguas como las de otros ríos de Francia y Alemania. Sus
rocas han presenciado batallas, no escenas pacíficas; han reflejado
castillos y prisiones, no almacenes o muelles; pocas ciudades se han
edificado en sus orillas, como en las del Támesis y el Rin; es un río
verdaderamente propio de España, el país del aislamiento y la soledad.
Sus aguas no tienen barcos, sus orillas carecen de vida, nunca el
hombre ha puesto la mano en sus ondas ni ha esclavizado sus saltos,
libres e independientes.

Es imposible leer la maravillosa descripción del Danubio, de Tom
Campbell, antes que su poesía fuera enturbiada por el humo de nuestros
ubicuos barcos, sin aplicar sus líneas al salvaje Tajo:

      «Yet have I loved thy wild abode,
    unknown, unploughed, untrodden shore,
    where scarce the woodman finds a road,
    and scarce the fisher plies an oar;
    for man’s neglect I love thee more,
    that art nor avarice intrude
    to tame thy torrent’s thunder shock,
    or prune the vintage of thy rock,
    Magnificently rude!»[9].

Como los ríos en estado natural son algo muy raro en Gran Bretaña se nos
disculpará que nos extendamos, demasiado quizá, en la descripción de
éste, tanto más cuanto que con ello he de contribuír al conocimiento del
carácter español y a la explicación de las _cosas de España_, que es el
objeto principal de estas pobres páginas.

El Tajo nace en aquel extraordinario revoltillo de montañas, lleno de
restos fosilizados, ricas en plantas y truchas, que están situadas entre
Cuenca y Teruel, y que como son casi completamente desconocidas están
clamando por los discípulos de Isaac Walton y del doctor Buckland.
Desemboca en el mar por Lisboa, después de un recorrido de 375 millas en
España, de la cual, por disposición de la Naturaleza, parece destinado a
ser la principal arteria. Los cronistas toledanos derivan su nombre de
Tagus, quinto rey de Iberia, pero Bochart lo hace de _Dag_, Dagón[10],
un pez, porque además de considerar al río aurífero, los antiguos lo
declararon abundante en pesca, aunque a los actuales españoles tanto se
les da de los peces como si fueran cocodrilos. Ciertamente se suelen
encontrar granos de oro en el río (aunque apenas los suficientes para
mantener a un poeta) por unos pobres medio anfibios, llamados
_artesilleros_, a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen
la arena, que luego pasan por un cedazo.

El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner
en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos
coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal
idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones
garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe.
La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos _extranjeros_,
perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano,
Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe
II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero--la historia
de siempre--y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en
edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por
el río y odas al «sabio y gran rey», que _iba_ a realizar la gran obra,
cantando aquello de las brujas de Macbeth, _Lo haré, lo haré, lo haré_,
pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El
proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos _extranjeros_, Julio
Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV.
Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por
completo el Tajo. Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un
irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en
sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el
dinero para aquella empresa.

El Tajo, desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un
potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las
riberas impracticables invocando a Brunel[11], Hércules y Rothschild, en
lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el
proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra
nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río: _Memoria
sobre la navegación del Tajo_, Madrid, 1829; parece el libro azul que
descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las
incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes. Fernando
VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así
terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los
señores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente
ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy
inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho
tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los
extranjeros. _¡Veremos!_, puede decirse. La esperanza es buen desayuno,
pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, _En España, se
empieza tarde y nunca se acaba_.



Capítulo IV.


Para la división de la Península por las montañas, los ríos y el clima,
puede, desde luego, sentarse un principio fijo, pues está basado en las
leyes inmutables de la naturaleza. No así para la artificial y política
en reinos y provincias, que es obra del capricho, con total ausencia de
plan.

Estas divisiones provinciales se formaron por la unión gradual de
comarcas pequeñas e independientes en otro tiempo, que forman el
conjunto de España, como los inconvenientes condados constituyen el
reino de Inglaterra. Para contrarrestar los inconvenientes que resultan
de este flujo y reflujo de las diferentes mareas que aquejan a los
asuntos de los hombres y de estas fronteras no determinadas por el
agrimensor armado de teodolito, el uso ha procurado algún remedio y la
costumbre ha hecho a los habitantes determinar divisiones más lógicas
que los nuevos arreglos, y que se apoyan en principios geográficos y
estadísticos.

Los franceses, durante su gobierno intruso, se horrorizaban ante este
«caos administrativo», esta aparente irregularidad, e introdujeron su
sistema de _departamentos_, mediante el cual las regiones fueron
encasilladas hábilmente y el país arreglado como si fuese un tablero de
ajedrez y los españoles los _peones_, cosa que no es ciertamente este
pueblo de los _caballeros por excelencia_, como ellos se titulan; ni
tampoco en este paraíso de la iglesia militante se pueden calcular con
visos de certeza los pasos de cada obispo o caballero, pues rara vez
acostumbran a volver mañana por el camino que anduvieron ayer.

En consecuencia, y aparte lo especioso de la teoría, se vió que no era
cosa fácil llevar a la práctica la idea de la división en departamentos:
la individualidad se rió de la solemne falta de sentido de los pedantes
intrusos que querían clasificar a los hombres como los helechos y los
mariscos. El fracaso de esta tentativa de reformar antiguas
demarcaciones y reunir poblaciones antitéticas, fué total y completo.
Por lo tanto, apenas el duque hubo limpiado la Península de doctrinarios
e invasores, ya el León de Castilla había sacudido sus papeles de sus
melenas, y, al igual que los italianos, en quienes se hizo el mismo
ensayo, vuelto a su antigua división, la cual, si bien defectuosa en
teoría y fea y molesta en el mapa, es lo considerado más práctico por la
costumbre. Recientemente, y a despecho de esta experiencia, una de las
muchas innovaciones, reformas y molestias transpirenaicas, la Península
se ha dividido nuevamente en cuarenta y nueve provincias, en vez de los
antiguos trece reinos, principados y señoríos; pero ha de transcurrir
mucho tiempo antes de que pueda borrarse el hábito de esta división, que
nació con el desarrollo de la monarquía y está grabado en la memoria del
pueblo.

Los aficionados a detalles estadísticos deben consultar las obras de
Pérez, Antillon y otros, considerados por los españoles como autoridades
en estas dilatadas materias, más propias para ser tratadas en un anuario
o un manual que para volúmenes como éste de lectura menos grave; y,
seguramente, las páginas de los respetables españoles arriba nombrados
son más pesadas que las carreteras de Castilla, donde no se encuentra un
arroyuelo, el alegre compañero que refresca el polvoriento camino, ni se
ve una flor por casualidad, ni se oye el canto de un pájaro: «secas como
las migajas de las galletas después del viaje».

Los trece reinos tienen nombres grandes e históricos; son propios de un
país viejo y monárquico, no de una flamante y vulgar democracia sin
hechos de renombre. Llenan la boca al nombrarlos y sugieren mil
reflexiones sobre los tiempos más gloriosos del poder floreciente de
España, cuando eran gigantes en el mundo, no pigmeos con _paletot_ de
París, cuya única ambición es imitar al extranjero y rebajarse y
desnacionalizarse a sí mismos.

Primeramente y ante todo se presenta _Andalucía_, coronada con una
cuádruple tiara, pues el nombre _Los cuatro reinos_ es sinónimo de ella.
Son esos reinos los de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada, nombres que por
sí solos tienen un indecible encanto. En segundo lugar viene el reino de
_Murcia_ con sus minas de plata, sus palmeras y barrilla. Después
aparece el gentil reino de _Valencia_, todo sonrisas, con sus frutas y
su seda. El principado de _Cataluña_, serio y feroz, mira ceñudo a su
encantador vecino. En él se levanta la humosa chimenea de la fábrica;
aquí se teje el algodón; el vicio y el descontento tienen su cuna y se
traman revoluciones. El orgulloso y testarudo reino de _Aragón_ se
extiende al oeste de este Lancashire de España, y al este del reino de
Navarra, que se interna en los Pirineos con sus verdes valles. Las tres
_Provincias Vascongadas_, que también limitan con él, son llamadas
solamente _El Señorío_, pues el rey de las Españas es sólo señor de esta
libre cuna de los invencibles descendientes de los primeros habitantes
de la Península. Aquí se habla mucho de bueyes y de fueros o
privilegios, pues las gentes de esta región, cuando no se ocupan en
labrar la tierra, por el mero hecho de haber nacido allí, son
partidarios de la lucha y de defender sus derechos espada en mano.
_Castilla_ adorna con dos coronas las sienes reales, a saber: la de la
Vieja, donde nació la monarquía, y la de la Nueva, conquistada después a
los moros. La parte novena es la desolada _Extremadura_, que sólo tiene
el título de provincia y está poblada de langosta, ganados trashumantes,
cerdos, y aquí y acullá algún bípedo humano. _León_, reino muy honrado
en otro tiempo, se extiende más arriba, con sus llanuras de cereales y
sus venerables ciudades, hoy silenciosas como tumbas, pero antaño teatro
de la caballería medieval. El reino de _Galicia_ y el principado de
_Asturias_ constituyen el litoral del oeste y forman el malecón de
España contra el Atlántico.

No es cosa fácil averiguar la población exacta de un país, mucho menos
de uno donde no existen registros públicos. En términos generales, las
gentes, que encuentran pocos encantos en el estudio de la estadística y
economía política, consideran como de mal agüero cualquier tentativa
para contarlos. «Contar la gente» era un crimen en Oriente, y en España
se encuentran muchas dificultades morales y materiales para hacer un
censo. Así, mientras algunos escritores con estadísticas fantásticas
esperan halagar a los Poderes públicos exagerando brillantemente la
fuerza nacional--«alardear de ella, dice el duque, es la debilidad
nacional»--, la mayoría, suspicaz, por otro lado, está dispuesta a
ocultar y disfrazar la verdad. Por nuestra parte siempre pondremos en
entredicho lo que oigamos acerca de población, comercio o rentas de
España en el presente o en el pasado. Las clases elevadas tenderán a
presentarlo todo floreciente con objeto de engrandecer a su país, y los
pobres, por el contrario, se inclinarán a ver las cosas siempre peor de
lo que en realidad son. Nunca proporcionarán un dato, siquiera sea
indirectamente, que sirva para hacer empadronamientos o reclutas.

La población y la renta se han exagerado generalmente y de todas las
notas se debe descontar algo; al presente se puede calcular la población
en unos once o doce millones de almas, con paulatina tendencia al
aumento. Es una cifra bien baja para un país tan extenso y que, según
datos fidedignos, en tiempo de los romanos estuvo habitado por enorme
multitud de habitantes industriosos y trabajadores como hormigas;
ciertamente, el período más largo de tranquilidad y gobierno fijo que
este desgraciado país ha tenido fué durante las tres centurias en que
era incontestable el poderío de Roma. En esta época rara vez se
encuentra la Península nombrada por los autores, y esto es una prueba de
su felicidad, pues en las sangrientas páginas de la Historia sólo se
registran grandes calamidades, plagas, pestes, guerras, batallas o
fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los ángeles lloran.
Seguramente una de las causas que han contribuído a cambiar este estado
de cosas ha sido las numerosas y terribles invasiones a que España ha
estado expuesta; su belleza y su clima han causado su desgracia, pues
han atraído siempre la codicia del extranjero. Los godos, que tienen en
España peor nombre del que en realidad merecieron, fueron arrojados por
los árabes, los verdaderos destructores, ciertamente, quienes trajeron
al obscuro occidente el lujo, el arte y las ciencias orientales, sin
tener nada que aprender del conquistado; para ellos no fué el godo un
maestro como para éste lo fuera el romano; ellos despreciaban a sus
antecesores, con cuyas necesidades y trabajos no simpatizaban, al tiempo
que odiaban su doctrina considerándola como idólatra y politeísta,
acabando con todos los altares e imágenes. No hubo ciudad, por bella que
fuese, que no destruyeran; exterminaron, dicen los anales, hasta las
aves.

Los godo-españoles, en el transcurso del tiempo, se vengaron y
combatieron a los invasores con sus mismas armas, aventajándoles en la
destrucción, que éstos les enseñaran. Los efectos de estas guerras
emprendidas sin organización, sin cuartel y sostenidas por el país y la
religión, fueron marcadísimos en aquellas partes de España que tuvieron
por teatro. En consecuencia, grandes extensiones de Extremadura, el sur
de Toledo y Andalucía, que naturalmente son de lo más fértil y rico del
mundo, están hoy convertidas en _dehesas y despoblados_, patrimonio
exclusivo de las abejas; todo el país está lo mismo que si acabasen de
ser derrotados los moros. Las antiguas crónicas de españoles y
musulmanes abundan en relatos de los saqueos que se infligían unos a
otros y a los cuales estaba siempre expuesta cualquier comarca
fronteriza. El objeto de estas _guerrillas_ limítrofes era la
destrucción: _talar, quemar y robar_, el «pillaje», las «razzias»[12].
La lucha sanguinaria se sostenía por rivalidades de nación y de
creencias. La cosa era verdaderamente oriental y tal como la describe
Ezequiel, que también conoció a los fenicios: «Id tras él a través de la
ciudad y destruíd; que ni vuestros ojos ni vuestro corazón tengan
piedad; matad a todos, jóvenes y viejos, muchachas, y niños y mujeres».
El deber religioso de acabar con el infiel excluía la misericordia en
ambos campos, porque las católicas cruzadas eran imagen exacta de las
musulmanes _algara_ y _algihad_, en tanto que las razones militares
empujaban a convertir todo en un desierto, con objeto de crear una
frontera edomita de miseria y desolación, una llanura defensora, a
través de la cual ningún ejército invasor pudiera pasar ni vivir, puesto
que «sólo se criaban en ella las bestias del campo». La Naturaleza, de
tal modo abandonada, reclamó sus derechos y borró toda huella del
anterior cultivo, y las comarcas que fueron granero de romanos y árabes
ofrecen hoy el más triste contraste con aquella antigua industria y
prosperidad.

A estos horrores sucedieron otros ocasionados por la política y el
fanatismo: la expulsión de los judíos dejó a España sin banqueros y la
de los moriscos, últimos restos de los árabes, la privó de sus más
hábiles e industriosos agricultores.

En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las
fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la
independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no
respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina
por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la
obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto.
La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal
éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su
despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al
general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des
sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient
en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une
contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos
soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour
construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne
devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres
fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger,
servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le
besoin et par le danger contractaient _une ivresse morale_ dont nous ne
cherchions pas à les guérir»[14].

      «So France gets drunk with blood to vomit crime,
    and fatal ever have her saturnalia been».[15]

¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de
Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte
pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba
todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de
llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más
aún; nada debe escapar».

Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a
rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el
talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las
guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun
no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas
son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.

Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España
durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han
atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de
Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de
Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la
misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los
habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un
Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario
aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que
antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en
casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las
bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo
la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.

La causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de
cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y
religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario
y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la
semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota
tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como
era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le
presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos
favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera
aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre,
hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros,
reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un _buen
gobierno_.--No, no--dijo la Virgen--; no es posible concederte eso, pues
si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas
más en el cielo.

La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras
esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que
siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba
y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que
resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se
trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento
ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las
necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos
empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el
presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la
Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con
Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los
necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son
compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede
perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de
infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado
intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del
flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande.
Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a
pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o
temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de
empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades _efectivas_;
son siempre meros castillos en el aire, _châteaux en Espagne_. «La
tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».

Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico,
diremos que en Madrid se fundó una _Bolsa de Comercio_ el año 1831. Se
puede asegurar que es el lugar más _frío_ de la ciudad y el más
_ocioso_, puesto que el usual «city article» es escaso, _sin
operaciones_, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse
a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de
España». Si hay algo que la _Pérfida Albión_, nación de comerciantes,
odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da
lugar a duda: que el _pundonor_ castellano prefiere arreglar sus cuentas
con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y
agradecimiento.

La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el
santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son
odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la
calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean
víctimas de algún fraude.

Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus
conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con
la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del
momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan
verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar
el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su
propio nido.

La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las
tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles,
comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando
el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si
está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los
gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno,
Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo
objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa,
tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos
dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los
manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y
actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus
antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han
faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable,
deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.

Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no
mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no
herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector
persiga en la Península, debe:

      «Neither a borrower nor lender be,
    for loan oft loseth both itself and friend[16]».

Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los
documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados
como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a
pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones--activo,
pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente--, la
inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el
momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso
de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas
rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del
gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; _ex nihilo nihil
fit_.

La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de
ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe
sus _seguridades_ públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen
nombres y títulos muy rimbombantes: _Juros_, _Bonos_, _Vales reales_,
_Títulos_, etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros
prosaicos _Consols_[17]; pero ningún juramento puede dar valor efectivo
a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda
de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de
entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos.
Es posible que haya exageración en esto, porque el Gobierno no facilita
dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson,
78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y
les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En
tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y
cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él
mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es
irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la
fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de
él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos
motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las
bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o
fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, _a lo Bresson_,
o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga--receta de
Cromwell--, son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros;
las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un
momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su
sentimiento de justicia.



Capítulo V.


De las muchas falsedades que se han dicho sobre España, ninguna más
repetida que la referente a los peligros y dificultades a que se supone
expuesto el viajero. Este país, el más romántico, típico y
característico de Europa, puede visitarse de parte a parte, por mar y
por tierra, con facilidad y seguridad, como lo saben todos los que han
estado en él. La falta de sentido de las críticas de ingleses de baja
estofa, que nunca le han visto, predisponen con sus relatos a los
turistas pusilánimes: los barcos son regulares, los correos y
diligencias excelentes, los caminos pasaderos y las mulas muy seguras;
además, las _posadas_ han aumentado y los ladrones han disminuído,
tanto, que se necesita mucha ingenuidad para ser engañado o robado.
Aquellos, sin embargo, que se desviven por cosas extraordinarias, o
desean hacer un capítulo o un cuadro, en una palabra, llevarse una
aventura para casa, pueden satisfacer su anhelo alardeando de
imprudencia y charlatanería y ofreciendo un cebo tentador, aun cuando se
ahorrarían tiempo, molestias y dinero ensayando el experimento mucho más
cerca de su país.

Como la mayoría de nuestros lectores viven en una isla, empezaremos por
el mar y los barcos.

La «Peninsular and Oriental Navigation Company» expide barcos tres veces
al mes desde Southampton a Gibraltar. De ordinario emplean setenta horas
en llegar a La Coruña, y aquí se toma el correo directo a Madrid, que
efectúa el viaje en tres días y medio. Los navíos son excelentes, con
tripulación y maquinaria inglesa. La travesía hasta Vigo se hace en
menos de tres días, y el viaje a Cádiz, tocando en Lisboa, rara vez
excede de seis. El cambio de clima, paisaje, gentes y costumbres que se
observa en esta excursión de una semana es realmente notable. En dejando
el Canal de la Mancha se entra en el inquieto Golfo de Vizcaya, en donde
el petrel anunciador de tormenta está en su casa y donde el gigantesco
oleaje del Atlántico es refrenado primeramente por la barrera férrea de
la costa de España, el rompeolas de Europa. Aquí puede verse el _Océano_
en toda su magnificencia y soledad: grandioso en la tormenta, grandioso
en calma, tranquilo como un espejo y nunca más admirable que por la
noche, cuando las estrellas, en un cielo claro y limpio de niebla,
titilan como diamantes sobre aquellos «que abajo navegan en barcos por
el mar, y alaban las obras del Señor, y admiran sus maravillas». La
tierra desaparece y el hombre tiene conciencia de su debilidad y de su
fuerza; una línea muy tenue le separa de otro mundo, a pesar de que ha
puesto su mano sobre las olas y ha dominado el Océano, haciéndole el
camino del comercio y el lazo de unión de las naciones.

Los buques que navegan por la costa de Levante, desde Marsella a Cádiz,
son más baratos; pero en modo alguno son tan buenos, ni aprovechan el
tiempo--cosa esencial en los negocios--con regularidad inglesa. Están
construídos en el extranjero y tripulados por españoles y franceses.
Suelen detenerse un día en Barcelona, Valencia y otras capitales
importantes, lo que les proporciona ocasión de aprovisionarse de carbón
y de pasar contrabando. Un viajero que lleve prisa puede de este modo
hacer una ligera visita a las ciudades del litoral, y así es como los
autores que creen enterarse de los países extranjeros con una mirada de
águila obtienen materiales para varios volúmenes sobre la historia,
artes, ciencia, literatura y carácter de los españoles. Pero, como Mons.
Feval observa a propósito de algunos de sus inteligentes compatriotas,
no tienen éstos mas que rascarse la cabeza, según la expresión de
Horacio, y salen a la luz una porción de volúmenes, hasta encuadernados
ya en piel, ni más ni menos que Minerva saliera de la cabeza de Júpiter
armada de todas armas.

El Mediterráneo es un mar peligroso y falso, encantador y falaz como
Italia: las turbonadas son repentinas y terribles; en ellas las
tripulaciones blasfeman o invocan a San Telmo, según sean sus ideas...
Nosotros hemos sido sorprendidos navegando en estas pérfidas aguas en
embarcación extranjera y hemos pensado con los españoles, que escapar es
un milagro. La hilaridad producida en presencia del guirigay, confusión
y procedimientos de los lobos de mar, estaba muy lejos de disipar los
temores presentes y futuros. Algunos de nuestros infelices marinos, en
un caso de guerra, puede que no escapen a la suerte con que les amenaza
este lago francés. Ningún turista sensato deberá hacer el viaje por mar
si puede hacerlo por tierra, tanto más cuanto que contemplar las costas
de España con un anteojo desde la cubierta y pasar algunas horas en un
puerto no es una manera muy satisfactoria de conocer el país.

Las carreteras de España, asunto muy importante para el viajero, son
algo de lujo moderno, pues sólo se empezaron a construír con regularidad
en tiempo de los Borbones. Los árabes y los españoles, que viajan a
caballo y no en coches, tienen suficiente con las magníficas calzadas
que los romanos construyeron en toda la Península: hay lo menos
veintinueve de primer orden, que eran absolutamente indispensables a una
nación de conquistadores colonizadores para mantener sus comunicaciones
militares y comerciales. La más importante de todas, que, como la Vía
Appia, puede llamarse Reina de los caminos, es la que va desde Mérida,
capital de Lusitania, hasta Salamanca. Fué trazada como una muralla
ciclópea, y los restos que de ella se conservan con su línea gris
granítica, serpenteando a través del yermo fragante, semejan las
vértebras de un mammut. Hemos seguido unas cuantas leguas su trazado,
que se descubre por las columnas miliarias que emergen de los jarales;
aquí y acullá algunos árboles frondosos crecen en el pedregoso suelo, y
demuestran el tiempo que aquellos lugares están abandonados a la
Naturaleza, que recobra sus derechos desplazando y removiendo los
enormes bloques. Festonea las ruinas con guirnaldas de flores y
enredaderas, y disimula las grietas y las huellas del tiempo inmemorable
o de la negligencia humana como una doncella bonita adorna con diamantes
a una marchita viuda. Los arrieros españoles caminan a lo largo de
ellas, pero bordeándolos por veredas trilladas en la arena o los
guijarros, como si se avergonzaran de pasar por el centro o consideraran
que no era necesario un camino tan ancho para su modesto tráfico. Muchas
de estas calzadas fueron destruídas por los frailes para edificar
conventos, por los burgueses para labrar sus casas o por los militares
para levantar fortificaciones: de todos modos, no quedan restos de casi
ninguna.

Los caminos medievales de España fueron obra del clero, y aquí, como en
muchas partes, los barbudos frailes fueron los exploradores de la
civilización; ellos hicieron recto, amplio y fácil el camino que
conducía a su convento, a su residencia principal, su milagrosa
reliquia, o a cualquier punto de peregrinación que se ofrecía a los
devotos: el comercio se combinaba con la devoción, y la codicia con el
amor de Dios. Esta imitación de la práctica oriental que es costumbre en
la Meca, la confirma la palabra española _feria_, que significa al mismo
tiempo fiesta religiosa y día de fiesta. Aun los santos accedieron a ser
protectores de caminos y tomar título de alguno de primer orden. Por
ejemplo, Santo Domingo de la Calzada se llamó así por haber sido el
primero en trazar un camino que atravesaba una parte de Castilla la
Vieja en beneficio de los peregrinos hacia Compostela; y también esta
ciudad lleva el mismo honroso título.

Este hecho y su leyenda proporcionaron a Southey asunto para un romance
festivo. Habiendo el santo terminado su jornada se hospedó en una posada
o venta cuya Maritornes enamoróse de un hermoso peregrino, el cual
resistió la tentación. Despechada ella deslizó unas cucharas en la
alforja del nuevo José, que acusado de robo fué arrestado por el alcalde
y ahorcado en el acto. Algún tiempo después, sus padres pasaron por
donde estaba el cuerpo y oyeron que les llamaba y les decía que era
inocente y que estaba vivo y sano por mediación del santo ingeniero; en
consecuencia, inmediatamente se dirigieron a casa del feroz alcalde para
proceder contra él. En aquel momento el hombre se disponía a engullir
dos aves asadas, y al oír la queja de los que llegaban dijo, señalando
a su vianda: Lo mismo podéis decir que este gallo cacarea. En el momento
el gallo cacareó y fué llevado a la catedral con su gallina. Desde
entonces todos los años cría dos pollos esta respetable pareja, de la
cual cualquier viajero ornitólogo aseguraría que era propia para el
Jardín Zoológico. El gallo y la gallina fueron conservados
cuidadosamente junto al altar mayor y con sus plumas blancas adornaban
el sombrero los peregrinos. Los viajeros prevenidos deberán, sin
embargo, poner entre sus provisiones un par de pollos comunes, porque se
dice que el hambre camina hacia _Logroño_.

En este país de milagros, anomalías y contradicciones, las carreteras de
Compostela son hoy detestables. En otras provincias de España llaman a
la Vía Láctea el _Camino de Santiago_, pero los gallegos, que saben por
experiencia que los suyos son los peores del mundo, llaman a la Vía
Láctea _El Camino de Jerusalén_, cosa que seguramente no es. Los poetas
antiguos atribuían este fenómeno a algunas gotas de leche derramadas del
pecho de Juno.

Los caminos de Galicia, a pesar de la protección de Santiago--substituto
del romano Hermes--, al igual que la Vía Láctea en el cielo tienen muy
poco que agradecer a los cuidados humanos. El deán de Santiago, en
virtud de su cargo y dignidad, es el encargado de su custodia y su
protector especial. Pero el capítulo se preocupa más bien ahora de
suavizar el paso hacia un mundo mejor, habiendo así degenerado con
respecto a sus antepasados, cuyo principal objeto era construír vías
para los peregrinos; desde la desaparición de las ofrendas de los
Hadjis[18] poco o nada se ha hecho en esta ruta de los portazgos.

Algunos de los más hermosos caminos de España conducen a los reales
sitios o residencias particulares del rey o serpean alguna montaña
elevada con un monasterio en la cumbre, como Montserrat. Se tenía en
cuenta la comodidad del déspota, haciendo caso omiso de la de los
súbditos; el sultán era el Estado, España su dominio y los españoles sus
siervos, y todos sometidos igualmente, pues, como en Oriente, la
perfecta igualdad entre unos y otros era resultado de la inmensa
superioridad del señor. Así, mientras él corría rápidamente al trote de
un hermoso tronco, por un camino tan firme y llano como una bolera,
hacia una residencia de verano, la comunicación entre Madrid y Toledo,
la ciudad que alumbrara el sol el mismo día que Dios le creó, es una
vereda con una cuarta de barro en invierno y una nube de polvo en
verano, y cuyo trazado cambió a gusto de los ganados y arrieros que
transitan por ella. Y es que la realeza de los Borbones nunca visita
esta capital viuda de los godos. El camino, por lo tanto, está lo mismo
que se construyó, si no antes de Adán, por lo menos antes de
Mac-Adam[19]. Ahora se trata de hacer una carretera que ya está
empezada; cuándo se terminará es cosa difícil de averiguar.

La Iglesia, que comparte con el Estado el Poder, siguió el ejemplo real
de mirar sólo a la propia comodidad en lo tocante a vías de
comunicación. Ni se podía esperar que en un país cálido, los
religiosos-hombres cuyo abdomen solía ser prominente y colgante,
trepasen como cabras por veredas pedregosas y areniscas, ni ascendiesen
a los montes, que parece tocan al cielo, con la misma ligereza que sus
plegarias. En España siempre se ha tenido más en cuenta el alma que el
cuerpo de los hombres o las patas de los animales. Considerando los
sufrimientos de estos cuadrúpedos, _máquinas de sangre_, como los
llaman, y aún más la indiferencia y el derroche de la vida de los
bípedos, parece como que un hombre no tiene ningún valor hasta después
de la muerte; pero entonces, ¡qué admirables artificios para un rápido
viaje de su alado espíritu, primero al purgatorio, para salir de allí de
nuevo, y luego, de etapa en etapa, conducirle al final de la jornada y a
un descanso bienaventurado! Más dinero se ha empleado así en misas que
hubiese costado llenar España de ferrocarriles, aun hechos con la
magnificiencia y derroche de los ingleses.

Volviendo a los caminos peninsulares, diremos que las líneas principales
están muy bien trazadas. Estas arterias geográficas, que forman la red
de comunicaciones del país, arrancan por lo común de Madrid, que es el
centro del sistema. El espíritu ingeniero de Luis XIV fué heredado por
sus descendientes españoles, y durante los reinados de Carlos III y de
Carlos IV se establecieron muchas comunicaciones entre la capital y las
principales ciudades. Estos _arrecifes_ y _caminos reales_ fueron
planteados casi con excesivo lujo en cuanto a anchura, sostenes y, en
general, en toda la ejecución. La carretera de La Coruña, especialmente
después de León, puede compararse con cualquiera de Europa. Cuando los
españoles hacen una cosa la hacen en grande, y, en este caso, el gasto
resultó tan enorme que el rey preguntó si se había empedrado de plata,
aludiendo a la corrupción española del viejo romance _vía lata_ en
_camino de plata_. Esta y algunas otras se construyeron hace cincuenta o
setenta años, y muchas, siguiendo el sistema de Mac-Adam, el cual ha
conseguido que los caminos de Inglaterra sean completamente otra cosa de
lo que habían sido antes de adoptarse tal sistema. La guerra de la
Península tendió a estropear las carreteras españolas, pues se
destruyeron puentes y otras obras de fábrica por conveniencias
militares. El estado lastimoso de la Hacienda y las revueltas constantes
han demorado las reparaciones costosas; sin embargo, las de primer
orden están tan bien construídas como al principio, y a despecho de las
injurias de la guerra, las rodadas y el abandono, pueden considerarse
tan buenas como muchas del continente y son mucho más agradables para el
viajero por no tener empedrado. Las carreteras en Inglaterra han
mejorado tanto últimamente y son tan a propósito para compararlas con
las de cualquier otra nación, que olvidamos que España hace cincuenta
años estaba mucho más adelantada en esto y en muchas otras cosas. España
ha permanecido firme en lo que en otros países se ha pasado; se ha
parado en su antiguo sistema, se ha aferrado al áncora del prejuicio,
mientras nosotros hemos progresado y, naturalmente, hoy aparece a la
zaga en muchas cosas que ella misma puso a la moda en Inglaterra.

Las carreteras reales comienzan en Madrid y van hasta las ciudades
fronterizas y los puertos. La capital puede compararse con una gran
araña, pues es el centro de la red de la Península. Estas líneas
divergentes en forma de abanico bastan para los que sólo tratan de ir a
un punto determinado; pero la comunicación interior entre unos sitios y
otros no existe en modo alguno. Esta escasez y especial condición de las
carreteras españolas explica los pocos lugares del país que son
usualmente visitados por los extranjeros, los cuales--en particular los
franceses--toman un camino trillado, la carretera, y la siguen unos
detrás de otros, como los gamos silvestres; visitan Burgos, Madrid y
Sevilla; después hacen una excursión en barco a Cádiz, Valencia y
Barcelona, y ya creen que han dado la vuelta a España. Luego llenan el
mundo con volúmenes, que repiten una y otra vez lo que ya sabemos,
mientras lo realmente rico y raro, lo desconocido y permanente, los
sitios hispanoárabes verdaderamente son pasados en silencio por todos,
excepción hecha de algún aficionado a aventuras pintorescas que, cual
nuevo Don Quijote, se arriesga por ellos.

Los demás caminos en España son malos, pero no mucho más que en otras
partes del continente, y pueden utilizarse de modo tolerable con tiempo
seco. De ellos, unos son practicables para carruajes y otros son
únicamente caminos de herradura, por los cuales no hay que pensar ni
pasar sino a caballo o a pie; cuando estas veredas son demasiado malas
se las compara a las sendas de perdices. Los atajos son rara vez
tolerables; lo mejor es procurar ir siempre por la carretera, pues, como
solemos decir en Inglaterra, el camino más largo es el que mejor nos
conduce a casa, y según reza el refrán español: _No hay atajo sin
trabajo_.

Todo esto parece de poca importancia; pero aquellos que adopten las
costumbres del país no hallarán inconveniente alguno en alcanzar el fin
de su jornada, porque donde las leguas y las horas son términos
sinónimos--la _hora_ española es la pesada _stunde_ alemana--la
distancia se regula por la luz del día. Los caminos de herradura y los
viajes a caballo, los antiguos sistemas de Europa, son muy españoles y
orientales, y para la gente que camina a lomos de caballos o mulas, el
camino es lo de menos. En las provincias arrinconadas de España los
habitantes son pobres agricultores a quienes nadie visita; tampoco ellos
salen nunca mucho más allá del humo de sus chimeneas. Cada familia
provee a sus modestas necesidades: con poco dinero para procurarse lujo
alguno, se alimentan y visten, como los beduínos, con los productos de
sus campos y de sus rebaños. Apenas hay comunicación con personas de
fuera; la feria vecina es el comercio donde adquieren lo que les falta,
y algún que otro capricho, o bien los buhoneros, que caminan con sus
mulas de pueblo en pueblo, y mejor los contrabandistas, que son el tipo
y los dueños del verdadero comercio en las tres cuartas partes de la
Península. Es admirable lo pronto que un viajero bien montado se
acostumbra a ir a caballo, y lo fácilmente que se reconcilia con una
clase de caminos que asustan al principio a los avezados a las
carreteras, pero que llegan a considerar como muy propios para los fines
del sitio en que se hallan enclavados y de la gente que los utiliza.

Diremos algo acerca de los ferrocarriles españoles, pues la manía de
Inglaterra ha traspuesto el Pirineo, aun cuando sea más de palabra que
de hecho. Es cierto que se dice que no hay ferrocarril en ninguna de las
ciudades del nuevo y el viejo mundo en las que se habla español, y
probablemente por inconvenientes que no serán los filológicos. En otros
países, las carreteras, los canales y el comercio, preceden a la vía
férrea, y en España parece que ésta ha de ser la precursora. De este
modo, por la tendencia nacional a la desconfianza y a retrasar las cosas
todo lo posible, España se ahorrará los gastos y molestias de estos
sistemas intermedios y pasará de un salto del estado medieval a las
comodidades y satisfacciones de Gran Bretaña, el país de los viajeros
incansables. En este momento se habla mucho de _ferrocarriles_, y se han
publicado una porción de documentos oficiales y particulares, según los
cuales, «todo el país será atravesado en el papel por una red de rápidas
y comodísimas comunicaciones» que contribuirán a crear una «perfecta
homogeneidad en los españoles». Y si grande ha sido el hercúleo trabajo
de la máquina de vapor, esta amalgama de la ibérica cuerda de arena
remataría dignamente, sin duda, todos los esfuerzos.

Ocuparía demasiado espacio la descripción de las líneas en proyecto, y
ya se hablará de ellas cuando estén construídas. Baste decir que casi
todas ellas se harán con hierro y oro ingleses. Este _extranjerismo_
puede ofender al orgulloso español, al _españolismo_, y el poder de
resistencia y el horror al cambio, empujados por el vapor inglés, pueden
estallar con la fuerza de la Revolución Francesa. Nuestros especuladores
quizá puedan demostrar que España es un país que no ha sido hasta ahora
capaz de construír o sufragar los gastos de caminos y canales
suficientes por su pobre y pasivo comercio y su escasa circulación. Las
distancias son demasiado grandes y el tráfico demasiado pequeño para
hacer fácil el ferrocarril; y, de otra parte, la formación geológica del
país ofrece dificultades que, de haber tropezado con ellas en el
nuestro, se hubiese puesto a prueba la ciencia y habilidad de muchos
ingenieros. España es un país montañoso, y por todas partes se elevan
barreras enormes que separan unas provincias de otras. Estas poderosas
sierras, coronadas de nubes, son sólidas masas de durísima piedra, y si
alguna vez se intenta perforarlas constituirá un trabajo digno de topos.
No sería más difícil cubrir el Tirol y Suiza con una red de líneas
llanas; y los que han sido cogidos en la red de que antes hablábamos,
pronto lo descubrirán a costa suya. El desembolso de ella estaría en
razón inversa de su remuneración, pues el uno sería enorme y la obra
mezquina. Puede que el parto de estas montañas sea de un muy ratonil
interés y aun éste «aplazado».

España, además, es un país de _dehesas y despoblados_: en estas llanuras
salvajes, los viajeros, el comercio y el dinero son escasos, y aun
Madrid, la capital, carece casi en absoluto de industrias y recursos, y
es más pobre que muchas de nuestras provincias. El español, criatura
rutinaria y enemiga de innovaciones, no es aficionado a viajar; apegado
a su terruño por naturaleza, odia el movimiento tanto como un turco, y
tiene particular horror a ser apremiado; por consiguiente, una mula al
paso ha sido suficiente para todas las necesidades de traslación de
hombres y bienes. ¿Quién, pues, hará la obra, aun cuando Inglaterra
sufrague los gastos? Los naturales unen, a la antipatía ingénita que
sienten por el trabajo, el odio a ver afanarse al extranjero, aun cuando
sea en servicio suyo, con el empleo de su dinero y su energía en una
empresa ingrata. Los aldeanos, como siempre han hecho, se alzarán contra
el extranjero hereje que viene a «chupar» la riqueza de España.
Suponiendo, no obstante, que con la ayuda de Santiago y de Brunel la
obra fuese posible y se llegase a realizar, ¿qué podría hacerse para
protegerla contra la fiera acción del sol y contra la violencia de la
ignorancia popular? El primer cólera que visite España será señalado
como pasajero del ferrocarril por los destituídos arrieros, que asumen
ahora las funciones del vapor y de la vía. Ellos constituyen una de las
clases más numerosas y típicas de España, y su sistema es una muestra
legítima de la caravana semioriental. Nunca consentirán que la
locomotora luterana les quite el pan: privados de medios de ganar la
vida, ellos, como los contrabandistas, tomarán otro camino y se
convertirán en ladrones o en patriotas. Muchas y muy largas y solitarias
son las leguas que separan una ciudad de otra en estos inmensos
desiertos de la despoblada España, y no sería suficiente una protección
militar para amparar la vía contra la guerra de guerrillas que habría
de emprenderse. Un puñado de enemigos en cualquier llanura cubierta de
monte bajo podría, en un momento, interceptar la vía férrea, detener el
tren, inutilizar al fogonero y quemar la máquina con su mismo fuego,
particularmente si se tratara de un tren de mercancías. ¿Cuál ha sido,
por otra parte, la recompensa que ha obtenido el extranjero en España,
sino la informalidad y la ingratitud? Se le utilizará hasta que, como en
Oriente, los naturales crean que dominan su arte, después se abusará de
él, se le expulsará y se le pisoteará; ¿y quién se encargará entonces de
sostener y llevar adelante la costosa empresa? Seguramente no será el
español, en cuyo pericráneo están sin desarrollar las protuberancias de
la mecánica y la ingeniería.

Las líneas más aseguradas contra el fracaso serán las más cortas y las
que atraviesan una comarca llana de producciones naturales, tales como
el aceite, el vino y el carbón. Ciertamente, si la vía férrea en España
llega a ser tendida mediante el dinero y la ciencia de Inglaterra, la
merced será digna de la reina del Océano y del conductor de la
civilización en el mundo. ¡Y qué cambio se operará en el espíritu de la
Península! ¡Cuántas siestas enervantes se interrumpirán por el chirrido
y el jadear del monstruo! ¡Cómo se abrirán los sellos del hermético
país! El enclaustrado obscuro que sólo sueña con los tesoros del cielo
se iluminará con el centelleo del fuego diabólico del vigilante
adorador del dinero. Los buhos huirán asustados; los murciélagos saldrán
de sus escondrijos; las abejas, las mulas y los asnos serán espantados,
atropellados e inutilizados. Todos los que quieran a España y, como el
autor, rueguen diariamente por su prosperidad, deben esperar que sea un
hecho esta «red de vías férreas»; pero deben tener especial cuidado, al
mismo tiempo, de no invertir ni un céntimo en la importante
especulación.

Los recientes resultados han demostrado durante este año lo que se
profetizó el año anterior en el _Manual_: nuestros agentes e ingenieros
fueron recibidos por los españoles con honores casi divinos: tan
obsequiados fueron con adulaciones y cigarros. Las acciones fueron
instantáneamente suscritas, y se nombraron directores, con nombres y
títulos más largos que las líneas proyectadas, y se aceptaron con
agradecimiento las menores dádivas:

      «L’argent dans une bourse entre agréablement;
    mais le terme venu, quand il faut le rendre,
    c’est alors que les douleurs commencent à nous prendre.»

Cuando llegó el momento de hacer efectivos los primeros plazos, los
accionistas españoles dejaron un tanto que desear: se negaron en
redondo, cosa no rara en la Península, donde siempre ha sido más fácil
prometer que cumplir. En la única línea que al presente parece ir
adelante, la de Madrid a Aranjuez[20], el primer paso fué prescindir de
todos los ingenieros y braceros ingleses, so pretexto de proteger el
talento y la industria de los del país mejor que los de los extranjeros.
Muchos de los procedimientos ingleses rayarían allí en el ridículo o
servirían de mofa a algunos avisados especuladores. Los capitalistas de
la City nos inspiran lástima; pero si su plétora de riquezas necesita de
sangrías, en ninguna parte encontrarán mejor medio de hacerlas que en
España. ¡Qué diferencia entre algunas liquidaciones y memorias finales,
y los grandilocuentes y magníficos programas publicados como un cebo
para John Bull, que esperaba, o verse rechazado de un golpe, o elevado
desde su tienda a un trono, y a quien se le ofrecía «un medio para
hacerse más rico de lo que puede soñar un avaro!» Para presentar algún
ejemplo que apoye nuestros asertos, diremos que los directores en
Londres de la Royal Valencia Company, hicieron saber, por medio de
anuncios, en julio último, que sólo necesitaban 240 millones de reales
para poner en comunicación el puerto de Valencia (que no tiene puerto)
con la capital, Madrid, que tiene 800.000 habitantes (que no llegan a
200.000). Sólo un párrafo parecía obscuro en el brillante cuadro de los
beneficios venideros: «La línea aun no ha sido recorrida
minuciosamente». Esto quizá hubiese puesto al noble marqués cuyo
atractivo nombre encabeza la lista del Comité provisional, en el aprieto
de aquel viajero de Sterne, a quien, habiendo hecho la observación de
cuántas mejores cosas se hacían en el continente que en Inglaterra, le
preguntaron: «Caballero, ¿ha estado usted allí alguna vez?»

Otro proyecto aún más difícil se hizo público para unir Avilés, situado
sobre el Atlántico, con Madrid, a pesar de los Alpes asturianos y de las
montañas del Guadarrama. El autor de este ingenioso plan debía recibir
40.000 libras por su cesión de un plano a la Compañía, y sólo ha
recibido 25.000, que teniendo en cuenta las dificultades naturales y las
imprevistas, puede considerarse una cantidad poco remuneradora. Aun
cuando en el programa original constaba _que la línea había sido
recorrida y no presentaba ninguna dificultad de construcción_, se creyó
prudente obtener alguna noción exacta de las localidades en que se había
de trabajar, y fué enviado sir _Joshua_ Walmsley con personal competente
a atisbar el país, aunque la vieja costumbre judía era más bien hacer
eso antes que después de contraer ningún compromiso serio. El espíritu
soñador de Londres sufrió una gran decepción al descubrir que el país
que ellos creían llano como el mapa de Arrowsmith, en el prospecto
presentaba obstáculos tan insignificantes para la vía férrea, como
varias leguas de cordilleras cuyas cumbres alcanzaban de 6.000 a 9.000
pies de altura y estaban cubiertas de nieve durante unos cuantos meses
del año. Esto fué un desengaño completo. El artículo relatando lo
ocurrido en la reunión extraordinaria (_Morning Chronicle_, 18 de
diciembre de 1845) debió imprimirse en letras de oro, pues él dió la voz
de alerta a nuestros confiados compatriotas. Entonces el presidente
observó con idéntica _naïveté_ que sentimiento, que «si hubiera sabido
antes lo que sabía ahora, habría sido el último en emprender la obra de
un ferrocarril en España». Esta experiencia le costó, según dijo, 5.000
libras, que es demasiado pagar por un pito de ferrocarril español. Por
cinco libras podía haber comprado las obras de Townshend y del capitán
Cook, y nuestra modestia nos priva de citar otro libro rojo[21], en el
cual estos lugares, estos espléndidos Alpes, están descritos por
personas que los han paseado, o más bien escalado. En otra reunión de
otra Compañía de ferrocarriles españoles, celebrada en Londres el 20 de
octubre de 1846, otro director declaraba haberse enterado de «un hecho
del que no se le había advertido nada antes: que era imposible cruzar
los Pirineos».

Entretanto el Gobierno de Madrid había exigido 30.000 libras como
fianza. Y es que la cautela no es condición de nuestros capitalistas, en
el momento en que el dinero que les sobra se les sube a la cabeza, y la
consecuencia natural es la pérdida de éste y del sentido común. Pero el
sino de las cosas de España es ser juzgadas siempre por personas que
nunca han estado allí, y que además no sienten pudor alguno al poner de
manifiesto la indecente desnudez de su ignorancia geográfica. Cuando el
loco guía al ciego, guarda zanja y guarda cerro.



Capítulo VI.


En España se introdujo un sistema de posta para el despacho de las
cartas y la distribución de correos en tiempo de Juana y Felipe, o sea,
casi al final del reinado de nuestro Enrique VII, siendo así que en
Inglaterra apenas se había establecido servicio semejante hasta el
gobierno de Cromwell. España, que en esto, como en muchas otras cosas,
estuvo un tiempo a la cabeza, ahora se ve obligada a copiar las
novedades de aquellas mismas naciones a las que instruyera antes, como
ocurre con los viajes en coches públicos o particulares.

El correo está organizado como en la mayoría de los países del
continente; la distribución suele ser regular, pero no diaria: sólo dos
o tres veces por semana. Las autoridades tienen pocos escrúpulos en
abrir cartas privadas cuando las consideran sospechosas. Será
conveniente que el viajero, por lo tanto, se abstenga de manifestar por
escrito sus opiniones acerca de los Poderes públicos. Los españoles han
sufrido muchas perturbaciones; las guerras civiles les han hecho
desconfiados y muy cautos en su correspondencia por aquello de que
_cartas cantan_.

Se sufren las molestias usuales en el continente para obtener caballos
de posta, por ser su monopolio del Gobierno. Hay que llevar un
pasaporte, una orden oficial o un salvoconducto, etc., y además
someterse a una porción de reglas según el número de pasajeros,
caballos, equipaje, clase de carruaje, etcétera, etc. Estas y otras mil
trabas y dificultades parecen ser obra de la burocracia, que trata por
todos los medios de que se viaje lo menos posible.

Los caballos de posta y las mulas se pagan a razón de siete reales por
jornada. Los postillones españoles, especialmente si se les paga bien,
conducen a paso muy vivo, muchas veces al galope, y no se detienen
fácilmente, ni aun cuando lo desee el viajero; parece que no alientan
otro afán que llegar pronto a su destino, para gozar de la delicia de no
hacer nada, y, para conseguirlo, atropellan por todo. Cuando, por fin,
el ganado arranca, el pasajero se siente lo mismo que una lata atada a
la cola de un perro rabioso o a una cometa. Los animales feroces no se
ocupan de él más que si fuese Mazeppa; así es que el dinero hace andar a
la yegua y a su conductor, y éste es un medio tan seguro en España como
en cualquier otro país.

Otro modo de viajar es a caballo acompañado por un postillón, también
montado, que se cambie con el tiro en cada relevo. Es una forma más
expeditiva, pero más fatigosa, y que, como el correo tártaro en Oriente,
ha prevalecido mucho tiempo en España.

De esta suerte fué nuestro Carlos I a Madrid bajo el nombre de John
Smith, con el que no era fácil que le identificaran. La delicia de
Felipe II, que se jactaba de gobernar el mundo desde El Escorial, era
recibir noticias frecuentes y frescas, y este deseo de oír algo nuevo es
aún característico en el Gobierno español. Los correos de gabinete
tienen la preferencia para tomar caballos en los relevos. Las distancias
que deben recorrer están reguladas y un número de leguas determinado
deben hacerlo en cierto tiempo; para estimularles, se les paga cierta
cantidad más de lo convenido por cada hora que ganen en el tiempo que de
antemano se les prefine, de aquí la expresión vulgar _ganando horas_ que
equivale a nuestro «post haste--haste for your life».

Los ricos suelen viajar usualmente en las diligencias, que están de moda
desde que se introdujeron en tiempo de Fernando VII. Antes de ser
permitidas definitivamente, hubo grandes discusiones y se hicieron
objeciones semejantes a las opuestas por el difunto papa cuando la
introducción del ferrocarril en los estados de Su Santidad; se decía que
con estas facilidades vendrían los extranjeros, y con ellos la
filosofía, la herejía y otras innovaciones contrarias a la sabiduría de
los antiguos españoles. Estos escrúpulos se disiparon interesando
ampliamente al monarca en los beneficios. Ahora que ha desaparecido el
monopolio real, se han formado varias Compañías en competencia. Este
modo de viajar es el más barato, el más seguro y no parece indigno de la
«gente bien», pues la realeza misma viaja en estos coches. El infante D.
Francisco de Paula constantemente alquila toda la diligencia para
trasladarse él y su familia desde Madrid a un puerto de mar; y una de
las razones que con toda seriedad dió D. Enrique de no haber venido a
casarse con la reina, fué que Su Alteza Real no pudo encontrar sitio en
la diligencia por estar completamente llena. Los coches públicos de
España son tan buenos como los de Francia, y la gente que viaja en
ellos, generalmente más respetable y mejor educada. Esto se debe en
parte al gasto, pues aun cuando los precios no son demasiado altos,
siempre resultan algo caros para la mayoría de los españoles, de lo que
resulta que los que viajan en diligencia son las clases que en otros
países lo hacen en posta. De todos modos hay que convenir en que
cualquier viaje en los carruajes públicos del continente resulta muy
incómodo para los que están habituados a coche propio; y por muchas
precauciones que se tomen, las jornadas corrientes en España, de
trescientas a quinientas millas de una tirada, pocas señoras inglesas
podrían resistirlas y aun los hombres las soportarían por necesidad,
pero no las emprenderían por gusto. El correo está organizado como las
_malle-poste_ francesas y ofrece un medio seguro y rápido de viajar a
los que pueden soportar las sacudidas, los choques y el traqueteo de un
recorrido largo sin detención alguna. Las diligencias son también
imitación de los armatostes franceses, sin que se encuentre en ellos la
pulcritud, la comodidad, el buen movimiento, la exactitud y las
infinitas facilidades del modelo inglés. Estas cosas cuando pasan el
Estrecho se modifican con el desprecio del continente por las cosas de
estilo; la baratura, que es gran principio, hace que prefieran los
arreos de cuerda a los de cuero, y un carretero a un cochero bueno.
También existen una porción de trabas, y estos absurdos burocráticos y
la pesadez de los coches se hacen insoportables para los libres
ingleses. Los «guardas» existen realmente: son unos hombretones recios,
pintorescos en el indumento y en las armas y muy semejantes a los
salteadores de caminos. A decir verdad, no hay gran error en la
comparación, pues algunos de ellos antes de ser indultados y puestos a
sueldo, se han apoderado de más de una bolsa en el camino real; pero la
primera impresión es de individuos espléndidos que bien valen por unos
cuantos alguaciles. Van provistos de un completo arsenal de espadas y
trabucos, tanto que estas máquinas que ruedan por las inmensas llanuras,
parecen un buque de guerra y se suelen comparar con una ciudadela en
marcha. Además, en ciertas comarcas sospechosas, una escolta montada de
individuos igualmente sospechosos, galopan alrededor de los coches, y
tampoco está completamente olvidada la primitiva práctica de untar la
mano, y de todas estas admirables precauciones resulta que rara vez o
nunca son robadas las diligencias, aunque, sin embargo, la cosa es
posible.

Toda esta guarnecida arca de Noé está colocada bajo el mando del
_mayoral_ o conductor, que, como todo español investido de autoridad, es
un déspota, y, sin embargo, como ellos, asequible a la influencia
conciliadora del soborno.

Él regula las horas de trabajo y descanso. Las dedicadas al último
(¡bendito quien lo inventó!, decía Sancho) son poco seguras; dependen
del adelanto o retraso de la diligencia en sus etapas y del estado del
camino, pues todo el tiempo que se pierde por unas u otras causas se
gana hurtándolo al descanso. Una de las muchas ventajas del viaje en
diligencia es la seguridad de detenerse en las mejores posadas; y es muy
general entre la gente que viaja por otros medios preguntar en todas las
ciudades cuál es la posada donde se detiene la diligencia. De Madrid
suelen enviarse gentes para preparar las casas, los cuartos, las cocinas
y proveer a todo lo necesario para el servicio de mesa, y también hay
cocineros que se dedican a enseñar a los hosteleros a preparar y
presentar bien una comida. De este modo en pueblos en los cuales hace
poco desconocían en absoluto el uso del tenedor, hoy se encuentra una
mesa limpia, abundante y bien servida. El ejemplo dado por las posadas
de diligencia ha producido buenos efectos, pues ha venido la competencia
y con ella la implantación de ciertas comodidades desconocidas hasta
ahora de los españoles, cuya carencia de toda clase de comodidades
dentro de casa, y admirable estoicismo para las privaciones de todas
clases en viaje, son verdaderamente orientales.

En algunas de las nuevas Compañías está incluído todo en el precio del
billete: a saber, viaje, postillones, posadas, etc., etc., cosa muy
conveniente para el forastero y que le hace ganar dinero y energía. Un
capítulo en la diligencia es tan típico en todos los relatos de un viaje
por la Península como una corrida de toros o una aventura de bandidos,
cosas de gran salida en nuestro mercado. Indudablemente, en las largas
distancias que se recorren en España, durante las cuales van encajonados
hombres y mujeres tres o cuatro días mortales (con sus noches
correspondientes), el asunto se desarrolla y hay oportunidad de apreciar
costumbres y carácter; la comedia o la tragedia puede tener tantos actos
como días el viaje. En general el orden que se observa en el transcurso
del día es el siguiente: el desayuno, que se toma muy de mañana,
consiste en una jícara de chocolate espeso, que siendo la bebida
preferida por la Iglesia y permitida incluso los días de ayuno, es tan
nutritivo como delicioso. Suele acompañarse con unas rebanadas de pan
tostado o frito, y detrás se toma un vaso de agua fría, costumbre que no
abandonará jamás nadie que esté bien con su hígado. Después de rodar un
número determinado de leguas, cuando los pasajeros están bien magullados
y hambrientos, se sirve un buen almuerzo de tenedor, semejante en un
todo a la comida que ha de hacerse por la noche; la mesa es abundante y
excelente para los aficionados al ajo y al aceite. Los que no gusten de
ellos tendrán que atenerse al pan y los huevos, que son muy buenos; el
vino es por lo regular color de púrpura y algunas veces sirve como
vinagre para la ensalada, del mismo modo que el aceite se emplea en los
guisos y en la lámpara; una mala comida, sobre todo si la cuenta es alta
y el vino agrio, no es cosa para endulzar los caracteres de los
pasajeros; se aficionan a pendencias, y si tienen la suerte de alguna
escaramuza con ladrones, ello servirá para dar rienda suelta al
malhumor.

A boca de noche, después de cenar, se pueden tener unas horas de
descanso, según lo que el mayoral y ciertos armoniosos y alados
_voltigeurs_ permitan. Las camas son sencillas y limpias; algunas veces
los colchones parecen sacos de nueces, pero no hay mejor almohada que el
cansancio; por lo general hay dos, tres o cuatro camas en las
habitaciones, según el tamaño de éstas. El viajero debe apalabrar la
suya en el momento de llegar, y si es mediana conformarse con ella, pues
de lo contrario es fácil que duerma en otra peor. Comúnmente no es
difícil procurarse una habitación sola o, cuando menos, escoger los
compañeros. Además, los españoles de todas clases son muy corteses con
las señoras y con los extranjeros, y con _una gratificacioncita_ dada de
antemano a la doncella o al camarero casi siempre se allanan las
dificultades. En ésta, como en muchas otras ocasiones, en España la
mayor parte de las cosas se consigue con buenas maneras, una sonrisa, un
chiste, un refrán, un cigarro o un pequeño soborno, que aun cuando
nombrado en último término, no es en modo alguno el menor recurso,
puesto que tiene la condición de ablandar el corazón más duro y de
disipar todas las dificultades, en el punto en que ya las palabras no
sirven para nada, pues como rezan los proverbios castellanos: _Dádivas
quebrantan peñas y entran sin barrena, y más ablanda dinero que palabras
de caballero_. La manera de guiar en España es tan distinta de nuestro
modo de manejar las riendas, que merece explicarse.

Para los que no pueden llegar hasta la diligencia hay otros medios de
comunicación más genuinamente españoles e incómodos. Pueden compararse
con las comodidades de que gozan los vagones para hombres y animales,
señalados como pasajeros de tercera por los reyes del monopolio de
nuestros ferrocarriles, los cuales han usurpado el camino de su majestad
y saquean a sus súbditos en virtud de un acta del Parlamento.

Primeramente citaremos la _galera_, que hace honor a su nombre, y hasta
los que no dan importancia ninguna a su tiempo ni a sus huesos, después
de unas cuantas horas de aquel traqueteo y suplicio no tienen más
remedio que exclamar: _que diable allais-je faire dans cette galère?_
Estas máquinas de tortura van periódicamente de ciudad en ciudad y
constituyen la principal comunicación y el único medio de transporte
entre poblaciones de segundo orden; no son muy diferentes del carro
clásico, _rheda_, en que, según podemos leer en Juvenal, viajaba
Fabricio con toda su familia. En España estos primeros medios de
locomoción se han estancado, a pesar del progreso y los adelantos de su
época, y nos hacen volver la vista a nuestro Jacobo I y a los relatos de
Fynes Moryson sobre «los carros cubiertos que sirven para llevar a la
gente de pueblo en pueblo, pero este modo de viajar resulta muy molesto,
pues hay que tomar el carro temprano y se llega tarde a las posadas.
Nadie más que las mujeres y la gente de inferior condición viaja de esta
suerte». Esto es lo que ocurre hoy en España.

La _galera_ es un carro grande sin muelles; los lados van forrados de
estera, y debajo lleva una red abierta como en los calesines de Nápoles,
en la cual duerme y gruñe un terrible perro, que hace guardia de cerbero
sobre los pucheros de hierro, cedazos y otros utensilios propios del
gitano, y con el que nunca pueden hacerse migas. Hay galeras de todos
tamaños, pero cuando es más grande de lo común se llama _tartana_, una
especie de carro cubierto con toldo, que es muy común en Valencia y
que, sin duda, se denomina así por una embarcación pequeña del
Mediterráneo que lleva el mismo nombre. La carga y partida de la
_galera_ cuando la alquila una familia que va de traslado, son únicas de
España. El equipaje pesado se coloca el primero, y encima de todo, las
camas y los colchones, sobre los cuales la familia entera descansa en
admirable confusión. La _galera_ es muy usada por los «pobres
estudiantes» españoles, únicos en su clase, llenos de andrajos y de
desvergüenza; sus aventuras tienen forma de ser muchas y pintorescas y
recuerdan algunos de los «incidentes de carruaje» de las novelas de
Roderick Random y de Smollet.

La civilización, en lo que se refiere a transportes, está en España aún
a muy bajo nivel, a pesar de las infinitas revoluciones políticas.
Excepto en algunas grandes ciudades, los risibles vehículos nos
recuerdan aquellas caricaturas que tanto nos divirtieron en París en
1814. En Madrid, incluso después de la muerte de Fernando VII, el
_Prado_, su paseo, estaba lleno de coches antediluvianos, cocheros
grotescos y lacayos parejos, que nosotros hubiéramos llevado al Museo
Británico como curiosidad. Desgraciadamente para pintores y autores, hoy
han desaparecido y se han reemplazado por malas imitaciones francesas de
los buenos originales ingleses.

Como los coches típicamente españoles se construyeron en tiempos remotos
y antes de la invención de los estribos plegables, la subida y bajada a
ellos se facilitaba mediante un escaño de tres patas, que se suspendía
junto a la portezuela mediante tres correas, como se representa en los
jeroglíficos egipcios de hace cuatro mil años; un par de orejudas mulas,
esquiladas de modo pintoresco, era conducido por un postillón jubilado,
con grandes botas de montar y un formidable sombrero de hule. En coches
de esta guisa hemos visto muchas veces a los más linajudos nobles
españoles tomando el aire y el polvo con su acostumbrada seriedad. Estos
lentos carruajes de la vieja España fueron descritos irónicamente por la
joven América; tales son las alzas y bajas de naciones y vehículos.
España ha descubierto América, y en cambio es ahora el blanco de sus
burlas porque no puede ir a la cabeza de ella. Del mismo modo las
cenizas del gran Alejandro pueden servir para tapar un boquete, y
nosotros también nos unimos a coro de burlas olvidando que nuestros
antepasados (véase la _Maid of the Inn_, de Beaumont y Fletcher)
hablaban de «_apresurarse_ en colchones de pluma que se trasladaban de
un lado a otro en _carrozas_ españolas de cuatro ruedas».

Los carros y demás medios de locomoción rural y de labranza no han
progresado mucho más en España: cuando no orientales, son romanos,
primitivos en forma y materiales: siempre chocantes, pintorescos e
incómodos. El labrador, por regla general, labra la tierra con un arado
que no varía nada del inventado por Triptolemo, trilla en la misma
forma que describe Homero, y transporta su cosecha siguiendo fielmente
las reglas de las _Geórgicas_. La obra de hierro es cosa desconocida
casi, y a ambos lados de los Pirineos van unos cuantos siglos detrás de
Inglaterra; absurdas tarifas prohiben la importación de nuestros
instrumentos, buenos y baratos, para proteger sus efectos, malos y
caros, y así la pobreza y la ignorancia se perpetúan.

Los carros en las provincias del noroeste son la _plaustra_, de sólidas
ruedas, el romano _tympana_, que consiste en simples círculos de madera,
sin radios, muy semejantes a piedras de molino o a queso parmesano:
exactamente iguales a los usados por los egipcios, como vemos en los
jeroglíficos, y sin duda alguna parecidos a los que enviara José a
buscar a su padre, las cuales se usan por los habitantes de Afganistán y
otros atrasados constructores de vehículos. Toda la rueda se mueve de
una vez con un triste chirrido; los carreteros, cuyos oídos están tan
embotados como sus dientes, son muy aficionados a este agudísimo
_chirrio_ (del árabe _charrar_, hacer ruido), al cual llaman música, y
les agrada porque es barato y encuentran un placer en oírle.
Escuchándola pueden figurarse que aúllan lobos, braman osos o es el
mismo diablo, como dice Don Quijote, pues la rueda de Ixión, a pesar de
estar condenada al infierno, nunca se quejó más lastimera. El lúgubre
sonido sirve, como las campanas de nuestros carreteros, para avisar a
los otros, los cuales, en desfiladeros y en gargantas donde no pueden
pasar dos carros, se guían por él para esperar hasta que el paso esté
libre.

Hemos reservado algunos detalles del modo de guiar para el _coche de
colleras_, que es el verdadero coche de España, en el cual hemos
realizado más de una divertida excursión. También está llamado a
desaparecer, pues los españoles van descendiendo desde estos coches de
seis mulas a una carroza de un tronco y, gradualmente, perdiendo cada
vez más en belleza, al calesín.

Correos y diligencias, como ya hemos dicho, están sólo establecidos en
las principales carreteras que afluyen a Madrid. Coches que corran de
una ciudad a otra hay pocos: sólo donde los exige la necesidad de una
intercomunicación segura y frecuente.

En las capitales de provincia que aun no disfrutan de estas comodidades
modernas, las familias que tienen niños, mujeres o enfermos que no
pueden montar a caballo, han de acudir necesariamente a la manera
primitiva de viajar: al carro o _festina lente_. Por su persistencia en
España y en Italia, a pesar de todos los adelantos y variaciones
introducidas en otros países, parece como si tuviese algo propio y
peculiar de los hábitos y necesidades de aquellas dos naciones afines
del Mediodía, que alientan un horror godo-oriental a que se les dé
prisa: _no corre prisa_, es una frase muy usual. _Sie haben zeit genug._
(Hay bastante tiempo.)

Los _vetturinos_ españoles o _caleseros_, suelen estar, como en Italia,
en sitios conocidos con su vehículo para alquilar. Tienen su instinto
especial para averiguar, en cuanto ven a una persona, si se trata de un
extranjero o viajero. En esto se parecen a los italianos, y también en
la manera importuna de ofrecerse ellos, su ganado y su carruaje para
cualquier parte de España. El hombre y su traje son esencialmente
españoles: el coche y su tronco han sufrido pocas variaciones en las dos
últimas centurias y son el modelo de los antiguamente usados en Europa;
se asemejan a aquellos vehículos que se emplearon en Inglaterra y que
aun vemos hoy en los antiguos grabados de Kip que suele haber en las
casas de campo, y en Francia, en los que representan los viajes de Luis
XIV, dibujados por Vandermeulen. Son restos del un tiempo universal
coche de seis caballos («coach and six»), en el que, según Pope (a
quien, desde luego, no juzgamos infalible), alcanzó Inglaterra la mayor
altura. El _coche de colleras_ es un enorme y pesado armatoste
construído al estilo de un coche pequeño de lord mayor, o de algunos de
los trenes de los antiguos cardenales de Roma. Va adornado con toscas
tallas doradas y pintadas de colores vivos; pero el chaquetón moderno y
el sombrero redondo desdicen de la pintura, que requiere pasajeros
vestidos de brocado y con pelucas armadas; las ruedas delanteras son muy
bajas, o las traseras muy altas, y las cuatro llantas muy estrechas; y
cuando se hunden en el lodo y el conductor invoca a Santiago, para
hacer retroceder el vehículo y sacarle del atolladero, cuanto más le
empuja hacia fuera más se sonrueda y hunde en el cieno. Las varas salen
lo mismo que el bauprés de un barco, y tienen más madera y hierro que la
que se necesita para cargar un vagón pequeño. El interior va forrado con
seda clara y felpa chillona, adornados con pasamanería y bordados; tiene
puertas que se abren con dificultad y ventanas que no cierran bien.
Últimamente, la pobreza y vulgaridad de la civilización transpirenaica
ha suprimido muchos de estos adornos típicos de los coches y cocheros;
las carreteras buenas y los vehículos más ligeros necesitan menos
caballos de los que eran indispensables para transportar una pesada
máquina por un camino más pesado aún.

El equipaje se amontona encima, en la parte de atrás, o en una especie
de voladizo delante. Para guiar este vehículo se emplean dos personas.
El jefe, llamado _mayoral_, y su ayudante, el _mozo_, y mejor aún el
_zagal_, del árabe, «un muchacho fuerte y activo». Su traje es muy
típico y está basado en el andaluz, que es el que pone la moda en la
Península en todo lo que se refiere a toros, caballos, bandoleros,
contrabandistas, etc., etc. Lleva en la cabeza un pañuelo de seda de
colores vivos, anudado de modo que las puntas cuelgan por detrás; sobre
esta reminiscencia del turbante árabe se coloca un sombrero de ala
ancha, alto y puntiagudo como un pilón de azúcar; la airosa chaqueta es
de piel negra, incrustada de herretes de plata y botones de filigrana, o
de paño pardo, con la espalda, las mangas y, en particular, los codos
ribeteados y adornados con flores y jarrones de paño de otro color
recortado y muchos bordados. Cuando la chaqueta está nueva, la llevan
colgada del hombro izquierdo, como los húsares. El chaleco es de rica
seda de fantasía; el calzón, de pana azul o gris, adornado con franjas y
botones de filigrana y sujeto a la rodilla con cordones de seda y
borlas. No va abrochado, y el cuello de la camisa es vuelto y lleva una
corbata vistosa, unas veces pasada por un anillo y otras anudada. La
cintura va ceñida con una faja encarnada o amarillo vivo. Esta
_faja_[22], _sine qua non_, es la antigua _zona_ romana; sirve también
como bolsa, «ciñe las caderas» y abriga el vientre, lo cual es muy
beneficioso en los climas cálidos y evita la predisposición a las
irritaciones intestinales; en la faja se guarda la _navaja_, que forma
parte integrante del español, y el _zagal_ suele colocar también en
ella, por detrás, el látigo. Las adornadas polainas van abiertas por
arriba, en la parte exterior de la pierna, para que se vea la media,
que, por lo regular, es también lujosa; los zapatos son amarillos,
semejantes a los de nuestros vilorteros, y, generalmente, de piel de
ternera sin curtir, que como es del color del polvo, no necesita
limpieza. Los _caleseros_ de la costa de Levante usan la media
valenciana sin pie, que, como está abierta al extremo, se parece a los
bolsillos de los españoles. En vez de botas llevan las antiguas
sandalias romanas de esparto, con suela de cáñamo, que se llaman
_alpargatas_, del árabe _alpalgah_.

El _zagal_ procura imitar el traje del mayoral hasta donde sus medios se
lo permiten. Este es el que está siempre dispuesto para hacer toda clase
de servicios. Viendo el incesante movimiento de estos individuos no
sería justo tacharles de indolentes, condición que se ha atribuído
indistintamente a todas las clases humildes españolas; va corriendo al
lado del coche, coge piedras para tirarlas a las mulas, ata y desata
nudos y derrocha un caudal de resuello y de juramentos desde que
emprende el trabajo hasta que lo deja. Alguna vez se le permite que se
suba al pescante y se siente junto al mayoral, para lo cual se coge
siempre a la cola de la mula trasera para ayudarse a subir a su asiento.
El aparejar los seis animales es una operación difícil; primeramente se
colocan todos los arreos en el suelo, y luego va llevándose cada mula o
caballo a su sitio y poniéndole los arneses correspondientes. La salida
es una cosa muy importante, y, como ocurre con nuestros correos, atrae a
todos los desocupados de los alrededores. Cuando el tiro está
enganchado, el mayoral toma todo el manejo de riendas en sus manos, el
_zagal_ se llena de piedras la faja, y los mozos de la venta enarbolan
sus estacas; a una señal convenida cae sobre el tiro una lluvia de
palos, silbidos y juramentos que le hacen arrancar, y, una vez en
movimiento, sigue adelante balanceando el coche sobre rodadas tan
profundas como los prejuicios de la rutina, con su lanza, que sube y
baja como un barco en el mar revuelto, y continúa con un paso vivo,
haciendo unas veinticinco o treinta millas diarias. Las horas de salida
son siempre temprano, con objeto de evitar el calor del mediodía. En
esto, las costumbres españolas son poco más o menos las mismas de los
italianos, y siempre se puede dejar en libertad al _calesero_ para que
arregle y disponga las horas de partida y todos los detalles pequeños,
que varían según las circunstancias.

Cuando hay un mal paso se le advierte a los animales del tiro
llamándoles por sus nombres y gritándoles _¡arre, arre!_ alternando con
_¡firme, firme!_ Los nombres de las mulas o caballos son siempre sonoros
y de varias sílabas, acentuando la última, que siempre se alarga y se
pronuncia con un énfasis particular. _Capitanaaa_, _Bandoleraaa_,
_Generalaaa_, _Valerosaaa_, todos estos nombres los gritan a voz en
cuello y, seguramente, debe ser un magnífico ejercicio para los
pulmones, al mismo tiempo que útil para ahuyentar a los cuervos del
campo. El tiro lleva muchas veces más de seis animales y nunca menos,
predominando las hembras; generalmente suele ir un macho que hace el
número siete y que se llama _el macho_ por antonomasia, como el Gran
Turco, o un substantivo en un discurso de Cortes, que rara vez va
seguido de menos de media docena de epítetos; invariablemente se le
coloca en el sitio de más trabajo y de peor trato, lo cual merece, pues
el macho es infinitamente más torpe y más vicioso que la mula. Alguna
vez hay un caballo de la casta de Rocinante, al cual se le llama también
sólo _el caballo_, y éste es, por lo común, el mejor tratado del tiro.
Ser un _caballero_ significa en español ser un hombre correcto y bien
nacido, y es el modo de dirigirse unos a otros, y se usa constantemente
por las clases bajas, que nunca han montado en más cuadrúpedos que mulas
o borricos.

El guiar un _coche de colleras_ es una ciencia especial, y en las
_diligencias_ se siguen sus reglas. Es la diversión favorita del _majo_,
que encuentra en ello un placer mucho mayor que sus similares de
Inglaterra; el arte no está precisamente en manejar las riendas, sino en
la apropiada modulación de la voz, pues el ganado se maneja llamando a
cada animal por su nombre, pronunciando siempre muy de prisa las
primeras sílabas: el «macho», que es el más castigado, es el único que
no tiene nombre propio; repiten la palabra varias veces seguidas, con
objeto de hacerla más larga: _macho, macho, machooo_, comenzando por
una semicorchea para ir en crescendo hasta llegar a una breve y componer
al fin entre todas una palabra polisílaba. El «caballo» también es
llamado así sencillamente, sin otro nombre especial, como tienen todas
las mulas, y al que atienden perfectamente; los dueños de ellas suelen
decir que entienden sus nombres y todas las palabras pintorescas y
gráficas que les dirigen lo mismo que «cristianas»; pero, a decir
verdad, algunas veces parece que se escandalizan y se molestan más que
los bípedos de sus mismas creencias. Si el animal aludido no atiende
levantando las orejas o aligerando el paso, entonces entra en juego la
«vara», el gran argumento de los cocheros, políticos y maestros de
escuela, los cuales suelen decir que _no hay razón como la del bastón_,
pues consideran que obra más directamente que la simple elocuencia. Los
moros también tienen una idea muy elevada del palo, tanto que la
consideran como un don de Alá al justo. Se usa _a priori_ y _a
posteriori_ con las mulas y con los chicos; _al hijo y al mulo para el
culo_. Si el macho cae en falta y se le castiga para animar a los otros,
suele añadir a los silbidos alguna frase como _qué perrooo_, o una
alusión poco decorosa a su madre; todo ello acompañado de pedradas a los
delanteros, pues no les alcanzan con el látigo desde el pescante.
Después que se han dirigido a una mula por su nombre, si su pareja ha de
ser corregida, rara vez la nombran, sino que dicen la _otraaa, aquella
otraaa_, atendiendo siempre el animal, pues la costumbre le hace saber
que es a ella a quien se dirigen. El tiro obedece a la voz de una manera
maravillosa y pocas cosas son más divertidas que guiar, sobre todo por
malas carreteras; pero hace falta conocer muy bien el idioma y los
juramentos españoles.

Entre las muchas órdenes contravenidas en España, la de «no jurar» no es
la menor. «Nuestro ejército juraba fuerte en Flandes»--dice Uncle Toby.
Pocas naciones, sin embargo, llegarán a los españoles en lo del
maldecir; este hábito no tiene más límites que sus conocimientos
anatómicos, geográficos, astronómicos y religiosos. Se emplea tanto con
los animales--_un muletier à ce jeu vaut trois rois_--, que dijérase ser
las blasfemias e imprecaciones la única manera de dirigirse a ellos; y
como casi siempre la acción va unida a la palabra, la combinación surte
efectos maravillosos. Como una gran parte del tiempo tiene que pasarlo
el viajero entre mulas, cocheros y arrieros, que no son muy diferentes
entre sí, no estará de más que tenga alguna noción de los dichos y
acciones más corrientes; poder hablar con ellos en su lenguaje, mostrar
interés en sus cosas y en las de los animales siempre da buen resultado.
_Por vida del demonio, más sabe usía que nosotros_, es un cumplido muy
común. Una vez establecida la igualdad, la inteligencia superior pronto
se hace la dueña. El gran juramento español, que no debe decirse ni
escribirse, es en la práctica la base del lenguaje de la clase baja; es
una antigua reminiscencia de la abjuración fálica del mal de ojo, la
tremenda fascinación que aun perturba la mente de los orientales y que
no ha podido ser desterrada de España y de Nápoles[23]. La palabra
termina en _ajo_, es dura, y la _j_ se pronuncia con una aspiración
gutural completamente árabe. La palabra _ajo_ es también un condimento
que está tan frecuentemente como la palabreja en bocas españolas, y es
exactamente lo que gustaba a Hotspur, un «juramento que llena toda la
boca», enérgico y miguel-angelesco. El retruécano se aplica por
extensión a la cebolla, y así, diciendo «ajos y cebollas», se significa
palabrotas. El intríngulis del juramento está en el «ajo», pues las
mujeres y los hombres sensatos que no gustan de hablar mal, sino que en
algunas ocasiones quieren dar más fuerza a la frase, vigorizarla un
poquito, darla un saborcillo a ajo o subrayar discretamente su discurso,
quitan el final ofensivo y dicen _car_, _caray_ _caramba_. La palabreja
se usa como verbo, como substantivo, como adjetivo o a gusto de la
gramática o del furor del que la emplea. También equivale a un sitio
donde puede vivirse. _Vaya usted al c... ajo_ es la forma más dura de la
cólera, que, un poco más suave en _vaya usted al demonio_ o _a los
infiernos_, es una mezcla caprichosa de cortesía y de furor.

Estas imprecaciones vegetales tienen en España su antiguo sabor egipcio
y encanto místico, pues en el Nilo, según Plinio, los ajos y las
cebollas eran considerados como divinidades. Los españoles también han
añadido muchos de los juramentos góticos del Norte, imprecatorios a la
oriental y groseramente sensuales. Y basta de esto. El viajero que en
España tenga que entendérselas con mulas y asnos de dos o cuatro patas,
no necesitará ningún manual que le enseñe los setenta y cinco o más
_serments espagnols_, sobre los que Mons. de Brantôme escribió un
tratado. Más correcto será que el inglés no jure, aun cuando puede
permitírsele algún _caramba_; por otra parte, la costumbre es más
aceptada por aquello de contravenir una orden que por uso, y como es
sabido: _En la casa del que jura no falta desaventura_.

Antes de alquilar uno de estos coches de colleras, que es, ciertamente,
una diversión cara, es conveniente tomar toda clase de precauciones y
puntualizar los detalles de lo que ha de hacerse y el precio, pues los
_caleseros_ españoles rivalizan con sus colegas italianos en falsedad,
bellaquería y falta de honradez, que parecen ser patrimonio de los que
andan entre caballos y distintivo de la gente que maneja la fusta,
chalanea y guía coches. Lo que ha de darse al cochero no debe incluírse
nunca en el ajuste, pues siendo este _ítem_ voluntario y dependiente de
la conducta del que lo ha de recibir, es un freno seguro para los
excesos de la gente de camino. En justicia, sin embargo, hay que decir
que esta clase de españoles son, por lo general, amables, atentos y
resistentes para el trabajo, y como no están acostumbrados a las
cicaterías o a las esplendideces de los ingleses en Italia, suelen ser
tan justos en sus transacciones cuanto puede serlo un ser humano que
está constantemente entre ruedas y cuadrúpedos. Ofrecen al artista
infinitos asuntos pintorescos. Todo lo que tiene relación con ellos está
lleno de color y originalidad. No hacen nada, ya coman, duerman, guíen o
se sienten, que no se preste a un cuadro, y lo mismo puede decirse de
sus animales y arneses. Todo el que sepa dibujar nunca encontrará
bastante largo el descanso del mediodía para aprovechar la infinita
variedad de motivos que le ofrece el paisaje, en el cual tan bien
encajan el coche y sus ocupantes; asimismo nuestros poetastros
contemporáneos los considerarán tan dignos de ser cantados en versos
inmortales como el trajinante de Cambridge Hobson, elegido por Milton.



Capítulo VII.


Hablemos ahora de cuadrúpedos españoles, ya que hemos colocado a los
coches delante de los caballos. De éstos, el andaluz es el que ocupa la
primera línea, es el que alcanza más precio, y los españoles, en
general, le prefieren a cualquiera otra casta. Consideran su
configuración y sus cualidades como lo más perfecto, y en muchos
respectos llevan razón, pues no hay caballo más elegante ni más ligero
de movimientos; ningún otro le iguala en tranquilidad y docilidad;
ninguno más inteligente para aprender monadas o hacer maravillas de
agilidad. Tiene poco de común con el caballo inglés de raza; su crin es
suave y sedosa y muchas veces va trenzada con cintas de vivos colores;
la cola es larga y se le deja todas las proporciones que le da la
naturaleza, sin cortarla ni desmocharla, costumbre que tan mal le
parecía a Voltaire:

      «Fiers et bizarres anglais, qui des mêmes ciseaux,
    coupez la tête aux rois, et la queue aux chevaux.»[25]

A algunos les arrastra hasta el mismo suelo, y ellos la manejan
perfectamente, moviéndola a uno y otro lado, como un elegante juguetea
con su bastoncillo; así es que cuando se va de viaje, es costumbre
doblarla y atarla arriba, a la moda de las antiguas coletas de nuestros
marineros. El caballo andaluz es de cuartos redondos, aun cuando más
bien pequeño de grupa y ancho de pecho; lleva siempre la cabeza alta,
sobre todo cuando va al trote; tiene patas largas, y eso favorece su
alzada, que algunas veces llega a diez y seis palmos. Sin embargo, no
tiene el modo de andar largo y gracioso del pura sangre inglés, pierde
fácilmente el aire y vacila, y es muy frecuente que se alcance. Su paso
es, no obstante, sumamente agradable. Por estar mucho tiempo trabados
sus movimientos, son interrumpidos, como si los provocasen los muelles
de un coche. Su típico _paso castellano_, muy sosegado, es algo más que
el paso corriente, y no llega al trote; es realmente sosegado, parecido
al movimiento de una silla de manos, y cuadra muy bien con un grave
_Don_ dado como un turco al tabaco y a la vida contemplativa. Los
caballos andaluces que muy jóvenes caen en manos de los oficiales en
Gibraltar, adquieren maneras completamente distintas, se entregan mejor
a su trabajo y ganan mucho en velocidad domados por el sistema inglés.
Pero, de todos modos, adiestrados o sin adiestrar, su paso es muy propio
de caballeros, y como se lee en los versos de Beaumont y Fletcher:

      «Think it noble, as Spaniard do in riding,
    in managing a great horse, which is princely».[26]

Según se ha dicho en muchas ocasiones, la manera más digna de
representar a un rey de España, verdadero Φιλιπποι, es a caballo,
encantando al mundo con su noble apostura.

Otras varias provincias tienen razas que son más útiles, aun cuando
menos vistosas que la andaluza. El caballo de Castilla es un animal
fuerte y resistente, el más a propósito de España para la caballería
pesada. Los caballitos de Galicia, aunque feos y bastos, son
insustituíbles para aquella comarca montañosa y su laboriosa población;
necesitan poco cuidado y se satisfacen con cualquier clase de forraje y
maíz. Los caballos de Navarra, tan celebrados un tiempo, son aún muy
apreciados por su gran fuerza; pero han degenerado por abandono en
jacos, que, sin embargo, aun son bellos de formas, resistentes, muy
seguros y excelentes trotadores. En la mayor parte de las ciudades
grandes de España hay una especie de mercado en el que se venden
caballos; pero la feria de Ronda, en mayo, es el gran Howden y
Horncastle de las cuatro provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada
y el punto de reunión de todos los pintorescos pilletes del Mediodía.
Los lectores de _Don Quijote_ pueden estar ciertos de que la raza de
Ginés de Pasamonte no se ha extinguido; los _chalanes_ españoles o
tratantes en caballos tienen muchos conocimientos; pero el más listo es
un niño comparado con la perfección de bellaquería a que llega un
profesional inglés en materia de transformar, arreglar y pintar un
caballo.

La cría de caballos en España fué muy cuidada por los gobiernos antes de
la invasión francesa, en cuya época se destruyeron y robaron los
sementales y las yeguadas y se incendiaron los establos.

Las sillas que se usan, por lo común son árabes, de borrén muy alto
delante y detrás; los estribos de hierro son una especie de caja
triangular. El pienso es asimismo oriental y consiste en «cebada y
paja», como se dice en la Biblia. Aun recordamos el horror de nuestro
criado andaluz, la primera vez que llegamos a Galicia, cuando se
precipitó en nuestra busca exclamando que los animales se morirían, pues
no había que darles de comer más que avena y heno. Con mucha dificultad
pudimos convencerle de que probase a ver si lo comían; lo cual hicieron
con gran asombro suyo. Tal es, sin embargo, la costumbre, que pronto
empezaron a desmejorarse y no se repusieron hasta que las brumosas
montañas se cambiaron por las áridas llanuras de Castilla.

Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo,
que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en
terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo
papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su
acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es
voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la
carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las
privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de
ellas es grande; sin embargo, por un extraño error de la economía
política (cosa muy española), se ha querido prohibir hace mucho tiempo
la cría de mulas para favorecer la del caballo. Una de las razones que
se alegaban era que la mula es un animal que no se reproduce, argumento
que se podía o se debía aplicar igualmente al fraile, que es una casta
en la que España podía aspirar al primer premio, en cantidad y en
corpulencia, en concurrencia con todas las naciones de la cristiandad.
Esta tentativa de forzar la producción de un animal menos a propósito
para las necesidades y costumbres del pueblo, resultó estéril, como
podía suponerse. Las dificultades sólo consiguieron elevar el precio de
las mulas, que siempre han sido y son caras; una buena cuesta de 25 a 50
libras, mientras que un caballo regular puede comprarse por 20 a 40
libras. Las mulas fueron siempre muy caras; ya Marcial, sintiéndose un
verdadero andaluz, habla de una que «cuesta más que una casa». Las más
estimadas son las nacidas de yegua y asno _garañón_[27], algunos de los
cuales son de extraordinario tamaño: uno que don Carlos tenía en su
yeguada de Aranjuez, en 1832, era de una alzada de más de quince palmos.
Este colosal asno era digno de un infante de España.

En este país las mulas, lo mismo que en Oriente, llevan el pelo
cuidadosamente rapado o esquilado, a rayas unas veces, como las cebras,
y otras, formando caprichosos dibujos, al estilo de los tatuajes de un
jefe de Nueva Zelanda. La costumbre de esquilar es con objeto de que los
animales estén más frescos y preservarlos de algunas afecciones
cutáneas. En las provincias del Sur suelen hacer la operación los
gitanos, que son chalanes, caldereros y vagabundos en España como en
todas partes. Su manera de esquilar recuerda el «mulo curto» en que
Horacio llegó hasta Brundusium. Estos operadores rivalizan en talento
con aquellos dignos franceses que esquilan a los perros de lanas en
Pont-Neuf, en el corazón y el cerebro de la civilización europea. Sus
colegas españoles pueden ser reconocidos por las tijeras, enormes y de
forma clásica como las de Láquesis[28] y sus hermanas, que llevan en la
faja. Su especialidad está en esquilar las patas, que según ellos deben
estar tan limpias de superfluos pelos como la palma de la mano de una
mujer.

Los asnos españoles han sido inmortalizados por Cervantes; se han
granjeado nuestra simpatía por el cariño de Sancho y su talento de
imitación: el escudero del hidalgo rebuznó tan bien, como recordaréis,
que todo el coro de orejudos se unió a un ejecutante a quien, según
propia confesión, sólo le faltaba el rabo para ser un perfecto burro.
Los alcaldes españoles, según Don Quijote, tienen aptitudes especiales
para rebuznar, pero, excepción hecha del oeste de Inglaterra, en todas
partes se puede decir lo mismo.

El humilde asno, _burro_, _borrico_, es la guía, el _as in præsenti_ y
el ornato de todo paisaje español: constituye un elemento esencial y
apropiado de todas las calles y carreteras. Donde quiera que dos o tres
españoles se reunan, en el mercado, en una «junta» o concurso, es seguro
que entre ellos habrá, por lo menos, un burro; es el sufrido compañero
de las clases humildes para quienes el trabajo es la mayor desgracia: la
resignación es la virtud común de ambas castas. Unos y otros quizá
protesten cuando el señor Mon les eche encima una nueva carga o un nuevo
impuesto, pero pronto, en cuanto se convencen de que la cosa no tiene
remedio, la llevan con paciencia y la soportan: por esta comunidad de
sentimientos, amo y animal se quieren entrañablemente, aun cuando por
los juramentos y maldiciones que le aplica, un observador superficial
puede suponer que el primero tiene cierta vergüenza de confesar en
público su predilección. Es indudable que aun quede oculto algo de los
antiguos prejuicios de la caballería; pero Cervantes, que conocía tan a
fondo la naturaleza humana en general y la española en particular,
insistió mucho en el cariño que Sancho Panza sentía por su _rucio_ y
marcó la reciprocidad del animal, tan cariñoso como inteligente. En la
Sagra, cerca de Toledo, se le llama _el vecino_, y nadie puede mirar a
un borrico español sin que note una expresión especial en él que
demuestra que el muy tonto se considera como uno de _la familia_. La
Mancha es el paraíso para las mulas y los burros; seguramente en este
momento más de un Sancho estará acariciando y abrazando a su rocín, su
_chato_, _chatito_, _romo_, o cualquier otra variación _sin nariz_ con
que cuando no le maltrata se complace en nombrar a su compañero. En
España, como dice Safo, el amor es γλυχυπιχρον una mezcla agridulce: no
hay ninguna Sociedad protectora de animales; todo individuo tiene
derecho a maltratar a su capricho a los animales de su propiedad, lo
mismo que cualquier filantrópico yanqui puede azotar a su negro; nadie
se atrevería a ponerse por medio en tales momentos, así como tampoco lo
harían en una disputa de un hombre con su mujer, y cuenta que no nos
referimos a ofensas de palabra. Se dice _in piam memoriam_ de algunos
asnos españoles católicos romanos que trataron de hacer apearse por las
orejas a cierto Tomás Trebiño y otros herejes cuando los conducían a la
hoguera, pues estaban indignados de que los montasen tales monstruos.
Todo campesino español tiene una verdadera pesadumbre si se causa
cualquier daño a un burro, porque suele constituír el único modo de
ganarse la vida; y si le pierde no es ya fácil que al ir a buscarle se
encuentre con un reino, como otra vez ocurrió, ni aun con un gobierno,
como Sancho. Sterne hubiera hecho mejor colocando la escena de sus
sentimientos por la muerte de un asno en España, no en Francia, donde
esta especie de cuadrúpedos es mucho más rara. En España, donde los
carros pequeños y carretillas son casi desconocidos y el conducirlos es
considerado indigno de un hombre, lo que los sustituye, un jumento, es
utilizado constantemente. Unas veces va cargado con sacos de trigo,
otras con pellejos de vino, con cántaros de agua, con estiércol o con
cadáveres de bandidos, echados como sacos sobre el lomo, con las piernas
y los brazos atados bajo la barriga del animal. La _leche de burra_ es
muy recomendada en primavera. Las mujeres morenas la toman para
clarificar el cutis y _refrescar la sangre_; los clérigos y los
_empleados_, para quienes es como leche maternal, la toman para
tonificar los jugos gástricos. Montar en burro era considerado como una
ofensa y degradación para el hidalgo godo, y los españoles del siglo XVI
montaban en ellos a los _cornudos pacientes_. Hoy, a despecho de todos
estos prejuicios, los grandes y sus señoras e inclusive algunos graves
embajadores extranjeros, durante la jornada real en Aranjuez, se
complacen en montar en estos animales de mal agüero y las _borricadas_,
o sea excursiones en pollino, son la última moda.

Los muleros de España gozan de justo renombre; el término genérico es
_arriero_, de su _¡arre arre!_ completamente árabe, como lo son casi
todos los vocablos relacionados con su arte, pues los moriscos fueron
durante mucho tiempo los trajinantes en España. Viajar con un arriero,
cuando el viaje es corto o va una persona sola, es seguro y barato;
además, muchos de los rincones más pintorescos del país, Ronda y
Granada, por ejemplo, difícilmente pueden visitarse sino a pie o a
caballo. Estos hombres, que están siempre por las carreteras, arriba y
abajo, son las personas que pueden proporcionar más lujo de detalles;
sus animales pueden alquilarse todos, pero una reata entera no es cosa
cómoda para viajar, pues siempre van uno detrás de otro. El primero
lleva una campanilla de cobre, con badajo de madera, para ir anunciando
su marcha. Este cencerro semeja a un molde de hacer helados, y a veces
tiene dos pies de largo, cuelga del cuello como si de propósito se
quisiera que tropezase con las patas del animal y así pudiera emitir la
mayor cantidad de melancólicos sonidos, que, según el piadoso origen de
todas las campanas, parece hecho para alejar al diablo. El portador de
este sonoro instrumento es elegido por su docilidad y su destreza en
escoger el camino. Los demás le siguen si le ven, y si no, por el ruido
de su cencerro. Van muy cargados, pero científicamente, si así puede
decirse. La carga de cada uno se divide en tres partes: una colgando a
cada lado del lomo y otra en medio. Si no está bien equilibrado el peso,
el arriero lo descarga o lo arregla, añadiendo una piedra a la parte más
ligera, compensándose el aumento de peso que esto supone con la
comodidad que representa el llevar una carga igual. Estas acémilas van
vistosamente adornadas con arreos llenos de colorines y flecos. La
cabezada es de estambre, de varios colores, y en ella van sujetos muchos
cascabeles y campanillas: de aquí la frase _mujer de muchas
campanillas_, que se aplica a las que son aficionadas a lucir mucho, a
hacer ruido y tienen pretensiones. El arriero va a pie junto a sus
burros o montado en uno encima de la carga, con las piernas colgando
junto al cuello, postura que no es tan incómoda como a primera vista
puede creerse. Una escopeta vieja, «pero que aun sirve» y se carga con
postas, va colgada junto a él, y con ella, muchas veces, una guitarra.
Estos emblemas de vida y muerte pintan la eterna indiferencia de Iberia,
donde los extremos se tocan siempre y donde un hombre se va al otro
mundo como un cisne, cantando. Así ataviados, como dice Byron, «con todo
lo que significa promesa de placer o de muerte», la proximidad de la
caravana se advierte desde lejos por la voz gutural del arriero. «¡Qué
alegre canta ahora el arriero!» Pues el tiempo que no está ocupado en
fumar o en blasfemar, lo pasa constantemente canturreando una canción
monótona, cuya tonada no suele estar en armonía con el sentido de las
palabras o su buen humor: son por lo común muy melancólicas y poco
musicales, como es el verdadero tipo de la melodía oriental. La misma
ausencia de ideas que se muestra en Inglaterra silbando se despliega en
España cantando. _Quien canta sus males espanta_, es un consuelo
filosófico para viaje, tan antiguo y clásico como Virgilio: «Cantantes
licet usque, minus via taedet, eamus», que traducido al inglés dice:

      If we join in dolefull chorus,
    the dull highway will much less bore us[29].

El arriero español es un hombre agradable, inteligente, activo y
sufrido; resiste hambre y sed, calor y frío, humedad y polvo; trabaja
tanto como su ganado y nunca roba ni le roban. Mientras los que se
tienen por mejores en este país dejan todo para mañana, excepto la
quiebra, él es puntual y honrado, de temple y nervios de acero, típico
en el traje. Hemos andado muchas leguas y muy largas con estas
caravanas; hemos escuchado sus interminables cuentos de salteadores, a
los que no prestábamos gran atención, y no podemos negar que estas
cabalgatas son verdaderamente nacionales y pintorescas. Mezclados
recuas de mulas y hombres a caballo, van siguiendo las líneas en
zig-zag del camino que pasan, por desfiladeros de montañas, unas veces
atravesando por aromáticos matorrales, otras ocultándose entre rocas y
olivares, más tarde emergiendo alegres y brillantes al sol, dando vida y
movimiento a la Naturaleza solitaria y rompiendo el silencio con el
tintineo de las campanillas y el canturreo de los arrieros, que, aun
cuando sea monótono en sí y poco armonioso, está en relación con el
paisaje y con los agrestes caminos españoles; exactamente lo mismo que
el agrio chirrido de la hoz al afilarse está en armonía con la dulce
primavera y las praderas recién segadas.

Hay una clase de arrieros muy poco conocida de los viajeros europeos:
los _maragatos_, cuyo centro está situado en _San Román_, cerca de
_Astorga_; ellos, al igual de los judíos y los gitanos, viven
exclusivamente entre los suyos, conservan sus trajes primitivos y nunca
se casan fuera de su región. Son tan nómadas y errantes como los
beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos; su
honradez y su laboriosidad son proverbiales. Son gente formal, seria,
poco expresiva, positivista y muy comerciante. Cobran caro, pero su
honradez compensa este defecto, pues puede confiárseles oro molido. Son
los que hacen todo el tráfico entre Galicia y las dos Castillas, y por
rara excepción llegan a las provincias del Mediodía o Levante. Van
vestidos con una especie de justillo de cuero muy entallado, como una
coraza, que les deja los brazos libres. La ropa interior es ordinaria,
pero muy blanca, especialmente el cuello de la camisa. Llevan a la
cintura un ancho cinto de cuero con un bolsillo. Los calzones, iguales a
los de los valencianos, se llaman _zaragüelles_, palabra árabe, con la
que se denomina el tonelete o los calzoncillos anchos, y no se
encontrará ningún burgomaestre de Rembrandt que esté más ampliamente
cimentado. Sus piernas van embutidas en polainas de paño con ligas
encarnadas; llevan el pelo cortado al rape, por lo general, aun cuando a
veces se dejan unos tufos extraños. Un gran sombrero de alas anchas y
caídas completa el traje, impropio para viajar y digno de un holandés;
pero estas modas son tan inmutables como las leyes de los medos y
persas, y ningún maragato consentiría en modificar su traje mientras no
lo hiciera su modelo de madera pintada que da las horas en la plaza de
Astorga, _Pedro Mato_, otra estatua vestida que adorna una veleta de la
catedral, que es el arquetipo de la indumentaria. Y, en el fondo, este
traje especial es, como el de los cuáqueros, una garantía para su tribu
y su respetabilidad: Cordero, el rico diputado maragato, se presentó en
las Cortes con su traje regional.

El de la maragata es también típico y peculiar; si son casadas llevan un
tocado especial, el _caramiello_, en forma de media luna, con la parte
redonda sobre la frente, cosa completamente morisca y que recuerda las
mujeres de los bajo-relieves de Granada. Llevan el pelo suelto,
colgando sobre los hombros; la saya va abierta delante y detrás y se
sujeta de un modo muy curioso a la espalda por medio de un cinturón, y
el corpiño es escotado por delante en cuadro. En las grandes fiestas se
adornan con largas cadenas de metal y corales, con cruces, reliquias y
medallas de plata. Los pendientes que usan son muy pesados y cuelgan de
hilos de plata, como los llevan las judías de Berbería. Las bodas son
sus fiestas mayores: en ellas se reúne mucha gente y se elige un
presidente, el cual pone en una bandeja la cantidad de dinero que le
parece, y todos los invitados tienen que dejar otro tanto. La novia se
envuelve en un manto, que no se quita en todo el día, y no se vuelve a
poner hasta el día en que muere su marido. Ella no baila en el baile de
bodas. A la mañana siguiente, tempranito, se llevan a la alcoba de los
novios dos pollos asados. Por la noche abren el baile la novia y su
marido al son de la _gaita_. Las danzas son graves y serias, como
corresponde a su carácter.

Los _maragatos_, con su continente sencillo y su tez curtida, van con
sus recuas por la carretera de La Coruña andando casi siempre y cantando
como los demás arrieros españoles y, al mismo tiempo, ocupados
constantemente en tirar piedras a las caballerías y en dirigirles
improperios.

Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del
Corpus y la Ascensión; entonces bailan el _canizo_, que comienzan a las
dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no
sea _maragato_ se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no
salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo
en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres
ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo,
desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy
triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco
femeninas.

El origen de los _maragatos_ no está claro. Unos los consideran como una
reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo,
los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es
inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los
gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. _Arrieros_ lo
son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo
y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el
sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.

Los _maragatos_ son célebres por sus hermosas bestias de carga; las
mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y
numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia
Universidad de Salamanca. Los _maragatos_ ocupan un lugar preferente en
los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio
en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de
mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la
excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho
más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy
divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho,
especialmente si tiene un precipicio a un lado: _cosa de España_. Los
_maragatos_ no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su
sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos
de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos
en el interior genuino de España están calculados para _el fardo_, como
ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor
pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto.
Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país
y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para
satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica
Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se
implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y
traficantes de coches.



Capítulo VIII.


Un individuo que viaja en un coche público deja de tener personalidad
propia para convertirse en un número del pasaje conforme al sitio que
ocupe; se le asienta en un libro como un paquete que debe ser entregado
por el conductor. En cambio, ¡cuán libre y dueño de sí se siente ese
mismo viajero si cabalga en su fogoso corcel, que con su piafar y sus
relinchos parece como que demuestra su impaciencia por salir! ¡Qué
fresco y qué delicioso resulta el libre aire del cielo después de
respirar la enrarecida atmósfera de un interior lleno de gente extraña
que, a causa de los efectos narcóticos del tabaco, olvidan la existencia
del jabón, el agua y la ropa limpia! Viajar a caballo, placer tan poco
frecuente para los ingleses, ha sido la forma primitiva y en un tiempo
general en Europa, y aun lo es en Oriente; la humanidad, sin embargo, se
ha acostumbrado pronto a otros medios de locomoción y olvida lo muy
reciente de su introducción. Fynes Moryson dió hace dos siglos a los
que viajaban por Inglaterra el consejo que hoy puede darse a los que
visiten España: que abandonen las carreteras frecuentadas por los coches
y se internen por caminos de herradura y veredas, con lo que explorarán
rincones poco frecuentados, ciertamente, pero no por eso los menos
interesantes de la Península. Hemos tenido la suerte de formar parte de
varias de estas expediciones a caballo, unas veces solos y otras en
compañía. En una ocasión fuimos desde Sevilla a Santiago atravesando
Extremadura y Galicia y volviendo por Asturias, Vizcaya, León y las dos
Castillas, en el mismo caballo, cerca de dos mil millas, acompañados
solamente por un criado andaluz que era la primera vez que salía de su
provincia. Dos amigos con dos criados hicieron poco después la misma
excursión; y ni ellos ni nosotros tuvimos que vencer obstáculos ni
dificultades que pudieran tener el carácter de aventura o que nos
pusieran en el menor peligro. En otra ocasión recorrimos, acompañados de
una señora inglesa, Granada, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, para
no hablar de repetidas excursiones a todos los rincones y escondrijos de
Andalucía. El resultado de todas estas experiencias, unido al testimonio
de varios amigos que han _paseado a caballo_ la Península entera, nos
permite recomendar este sistema a la gente joven, sana y aventurera,
como el más agradable y, en realidad, según ya hemos dicho, el único
utilizable en las dos terceras partes del país.

Los caminos reales que ponen en comunicación la capital con los
principales puertos son realmente buenos, pero están trazados
generalmente en línea recta, por lo cual, muchas de las ciudades más
antiguas quedan a un lado; e igualmente lugares históricos, sitios donde
se han librado batallas, ruinas antiguas y paisajes verdaderamente
bellos, sólo son asequibles a caballo. En España hay infinidad de
comarcas completamente desconocidas de la Sociedad Geográfica. Aquí,
ciertamente, encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos
tiempos de tan escasas novedades publicar algo nuevo: hay paisajes para
llenar una docena de portfolios y asunto para una veintena de volúmenes
en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de
botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la
geología! ¡Y cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y
ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles
tienden su pecho deseosos de abrazar a sus visitantes ocultos, cuántas
bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del
Travellers’ club (club de los viajeros), que en diez días puede cambiar
el aburrimiento del eterno Pall Mall por estos sitios solitarios! ¡Y qué
gloria para él en descubrir una _tierra incógnita_ y rivalizar con Mr.
Mungo Park![30]. Y ni siquiera falta una guía desde que nuestro buen
amigo John Murray, el rey de las Guías, proclama desde Albemarle Street,
_Il n’y a plus de Pyrénées_.

Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan
situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de
comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género,
se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón,
nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones
nuestras propias caballerías. Las ventajas y seguridades que proporciona
esta previsión las hemos apreciado cumplidamente comparando con
frecuencia las molestias sufridas por otras personas que confiaron en
hallar facilidades y medios de locomoción en regiones apartadas y
miserables. El viajero, por regla general, debe llevar consigo todo
aquello de que no puede prescindir por costumbre y necesidad. Lo
esencial es reunir, en el menor espacio posible, la mayor cantidad de
comodidad portátil, teniendo cuidado de no cargar más que con lo
indispensable, pues no hay nada tan molesto como dificultar los viajes
con cosas inútiles. Esta manera de viajar no ha sido estudiada muy al
detalle por la mayoría de los autores, que, por su parte, no se han
separado mucho del camino trillado ni han emprendido largas caminatas a
caballo, y, por lo tanto, se inclinan más bien a exagerar los peligros y
dificultades de un sistema que ellos no han utilizado. Al mismo tiempo,
bueno será advertir que no es este plan recomendable para señoras
elegantes o caballeros delicados, ni para los que padecen un poquito de
reúma o tiemblan ante las obscuras imágenes que la gota incipiente
suscita.

Los que tienen resistencia y curiosidad para afrontar una excursión por
Sicilia pueden, desde luego, salir para España; los ferrocarriles y los
caballos de posta van seguramente más de prisa; pero el placer y el
provecho de un viaje suelen estar en razón inversa de la facilidad y
rapidez de las jornadas. Además del conocimiento exacto del país que se
adquiere por este medio (pues no hay mapa que sustituya a una inspección
ocular), y de ponerse en relación con mucha gente, y no de la peor, para
un paisano, una expedición a caballo equivale a un servicio de campaña.
Obliga a emprender una nueva vida que, al principio, se acepta por
necesidad; pero que pronto se hace completamente natural, por estar en
perfecta armonía con todo lo que con ello se relaciona, por muy extraña
y distinta que sea a todas las costumbres y nociones anteriores; le
sacan toda presunción del cuerpo para el resto de su vida y le hacen
sufrido y contenido. Es una perfecta escuela de disciplina moral, como
los mares más duros forman a los mejores marineros. Y se pueden aprender
áureas reglas de paciencia, perseverancia, buena educación y
compañerismo, contribuyendo a que sobresalga la individualidad para bien
o para mal. En estas ocasiones en que la riqueza y la jerarquía son
despojadas de los auxiliares de superioridad convencional, el hombre se
verá obligado a utilizar sus propios recursos morales y físicos con más
frecuencia que una carta de crédito, y su ingenio se aguzará por la
necesidad de arbitrar medios.

Entonces se sacudirá la torpe pereza, y la acción, la demosténica
acción, será el santo y seña. El viajero borrará de su diccionario la
fatal palabra española _luego_, calle que lleva a la casa de _nunca_,
pues ya hay un dicho que reza: _por la calle de después se va a la casa
de nunca_. Obligado a ingeniárselas por sí mismo, comprenderá el mal de
los gastos inútiles y la locura de la imprevisión y la falta de orden.
Llegará a hacer caso omiso de la excusa constante de la pereza, el
español _no se puede_. Tropezando con dificultades pronto se convencerá
de lo fácil que es vencerlas, como con un frote duro se convierte en
suave y sedeña la ortiga, que pincharía con solo tocarla ligeramente, y
al mismo tiempo verá que el medio más firme de conseguir el objeto que
uno se propone es el conocimiento moral de que se puede y se quiere
hacerlo. Nunca deberá detenerse por obstáculos ligeros como el aire, que
donde una puerta se cierra otra se abre, y el que empuja llega. Y
después de todo no está mal que sepan algunas fatigas los acostumbrados
al sibaritismo, aun cuando no sea más que por la novedad y porque el
harto suele comer con más gusto cuando se ve privado de alguna cosa,
pues, como dice Cervantes, el hambre es la mejor salsa, y como ésta
nunca falta al pobre, de ahí la razón de que para ellos el comer sea su
mayor fiesta.

Además, esta clase de expediciones independientes son también
beneficiosas para la salud; después de pasado el cansancio de los
primeros días el cuerpo se _hace de bronce_ y el jinete se convierte en
un verdadero centauro. La vida al aire libre, la excitación continuada
de lo nuevo, el ejercicio y la ocupación constante, son dulcificadas por
la buena voluntad, que hace hasta del trabajo un placer, inoculando
nueva savia y vigor en los huesos y en los músculos; acostarse temprano
y levantarse temprano[31], si no hace a todos los cerebros sabios y
sanos, al menos vigorizan los jugos gástricos y hace al hombre olvidar
que tiene hígado--el almacén de la miseria física--, bilis, píldoras e
hipocondría. Esta salud es uno de los secretos de los encantos
inherentes a este sistema de viajar, a pesar de todas las molestias
aparentes de que va acompañado a primera vista. ¡Oh! ¡Qué delicia esta
vida bohemia, nómada, de beduino, sazonada con una libertad sin límites!
Armamos la tienda donde uno quiere y allí se tiene la casa, lejos de las
cartas urgentes que contestar y distante de comidas, visitas, criadas,
sombrereras, mayordomos, majaderos y lacayos.

Recién salidos del barrio aristocrático de Londres nos encontramos
transportados a un mundo nuevo; el panorama varía a diario, y se alegra
el corazón y se pone uno de buen humor contemplando las llanuras,
rebosantes de leche y miel, o rientes, cubiertas de aceite y vino, o
bien los naranjos y limoneros iluminados por la gloria del sol, la
palmera sin el desierto, la caña de azúcar sin el esclavo. A poco, nos
hallamos perdidos entre silenciosos ventisqueros coronados por las
nubes, en parajes donde las rocas de granito se agrupan como fragmentos
de un mundo deshecho por la magnificencia de la Naturaleza, que, poco
cuidadosa de la admiración de los mortales, prodiga con soberana
indiferencia sus mayores encantos a los lugares ocultos y sus más
grandiosas formas a lo menos accesibles. Todos los días y en todas
partes encontramos infinidad de tesoros y placeres, que almacenados en
nuestra imaginación--así la miel de las abejas--endulzarán y alegrarán
nuestra vida en la gustosa remembranza cuando los dejemos tranquilizarse
en nosotros mismos como los posos del vino en un tonel. Y aun habiendo
sido verdaderamente deliciosos en la realidad pasada, su encanto aumenta
a medida que avanzamos en edad y sentimos que no podremos volver a
emprender estas hazañas de nuestra juventud, tan dulces como la juventud
misma. De una cosa puede estar seguro el lector, y es de que siempre
será grato para él, como lo es hoy para nosotros, el recuerdo de
aquellas caballadas agrestes y fatigosas a través de la tostada España,
en las que el cansancio desaparecía antes de sentirse; aquellas colinas
airosas, aquellos riscos y torrentes, aquellos frescos valles, que
comunican su frescura al corazón; aquel gusto con que saboreábamos los
manjares más vulgares sazonados por la salsa del hambre, que no inventó
Ude; aquellos tranquilos sueños en duras camas, ganados por la fatiga,
que es la almohada más blanda; los nervios dominados, el espíritu
alegre, elástico y animoso; aquella carencia de preocupaciones; aquella
salud de cuerpo y alma, que es siempre el premio de la íntima comunión
con la Naturaleza, y el verse libre de las enojosas y ficticias
exigencias del círculo estrecho de la artificial ciudad.

Sea el que quiera el número de individuos que formen la partida y
cualquiera que fuere el medio de comunicación empleado, a caballo o en
coche, y aun contando con que un amigo agradable es mejor que cualquier
vehículo, nadie debe soñar con una excursión a pie por España, pues rara
vez se encontraría compensación al llegar al término de la jornada,
cansado y hambriento, precisamente en el punto mismo en que se debe
estar más fresco y dispuesto a saborear los placeres intelectuales. El
_deipnosofista_ Ateneo descubrió hace mucho tiempo que en un estómago
vacío no cabe el amor a lo sublime y a lo bello; la estética tiene
entonces que rendirse ante la gastronomía, y no hay programa más
sugestivo en el mundo como una comida y después una _siesta_. El peatón
en España, donde las comodidades corporales son raras, comprenderá
pronto la causa de que en los diarios de nuestros soldados peninsulares
se dé tan poca importancia a los objetos que llaman más la atención del
viajero satisfecho. En caso de fatiga corporal excesiva las facultades
mentales se empequeñecen para atender a las necesidades meramente
físicas, en lugar de engrandecerse para buscar un placer contemplativo o
intelectual; el despeado y rendido por el cansancio necesita conforme a

      The unexempt condition
    by which all mortal frailty must subsist,
    refreshment after toil, ease after pain[32].

Andando es como viajan los animales, que para eso tienen cuatro pies;
los bípedos que siguen el ejemplo de los brutos, pronto se convencerán
de que se rebajan a su nivel en más de un respecto. Además, como ningún
español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los
mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta
necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos u objeto de
toda clase de sospechas, pues las autoridades españolas, juzgando a
todos por sí mismas, siempre piensan lo peor de los extranjeros,
considerándoles culpables mientras no se demuestre lo contrario.

Antes de mencionar los encantos de un viaje a caballo por España, hemos
de hacer algunas observaciones respecto a la elección de compañeros.

Los que viajan en vehículos públicos o con arrieros, rara vez corren el
riesgo de quedarse solos. El jinete que se interna por comarcas poco
frecuentadas es el que siente la necesidad de este importante _ítem_: un
compañero de viaje, en cuya elección, como en la de mujer, es bastante
fácil dar consejo. El individuo tiene, pues, que valerse por sí mismo, y
la selección dependerá, desde luego, del gusto e idiosincrasia de cada
uno; las desgraciadas personas que están acostumbradas a hacerlo todo a
su gusto, o aquellas otras afortunadas que nunca están más acompañados
que cuando están solos, diestros en el arte de hallar recursos en todas
partes, encontrarán este plan el mejor, pues, en final de cuentas, _más
vale ir solo que mal acompañado_. Un viajero aislado es el menos sujeto
a nada. _No tengo padre ni madre, ni perrito que me ladre_: el que está
en las condiciones que dice este proverbio puede leer el libro de España
como si estuviese en su propio gabinete, deteniéndose donde le plazca y
pasando por alto lo que no le interese, como si hojease una guía de
Murray.

Cada medalla tiene, sin embargo, su reverso y toda rosa sus espinas. No
obstante las citadas y otras ventajas, y la seguridad de que la
ocupación, y aun la fatiga, alejan los peligros imaginarios, esta
libertad puede pagarse con momentos de depresión, y un sentimiento de
tristeza y abandono puede irse apoderando insensiblemente de la
imaginación más alegre. No es bueno para el hombre el estar solo; y esta
necesidad de sociedad rara vez se siente con más fuerza para un corazón
sólido que en un largo y solitario viaje a caballo por las comarcas
solitarias de la Península. El sentimiento está en perfecta armonía con
la impresión producida por la condición desdichada de la España actual,
caída de su antigua altura y casi borrada del mapa de Europa.
Silenciosa, triste y solitaria es su superficie, a la que el viajero ha
de mirar con demasiada frecuencia: campos de trigo sin un árbol, sin un
matorral, limitados solamente por el horizonte; llanuras despobladas e
incultas, abandonadas a las flores silvestres y a las abejas, y que
resultan aún más melancólicas por los castillos ruinosos, o los pueblos,
que parecen blanqueados esqueletos de vidas anteriores. La tristeza de
esta abominable desolación se aumenta por la singular ausencia de
pájaros cantores y la presencia de buitres, águilas y otras aves de
rapiña. El viajero, lejos de su casa y de sus amigos, se siente
doblemente extranjero en esta extraña tierra, donde no hay sonrisas para
un llegado, ni lágrimas para un despedido; donde su memoria se borra
como la de un huésped que se detiene un solo día; donde no se ve nada
que delate la vida, si no es la tosca cruz de madera o el montón de
piedras que indican el sitio donde algún viajero ha sido acechado,
asesinado y enviado a arreglar sus cuentas sin tiempo de purgar sus
pecados.

Aun cuando confiadamente hayamos contado con nuestras pasadas
experiencias, para creer que no era ese nuestro sino, sin embargo, esta
especie de piedras miliarias, erigidas como _memento mori_, son muestras
evidentes de que la cosa no es completamente imposible. Ello hace que
una persona sola cuya vida no esté asegurada, no solamente confíe en
Santiago, sino que tenga la pólvora seca y procure siempre que esté
dispuesto el pistón. En estas ocasiones, el tropezar con uno de estos
naturales, medio beduinos, medio nómadas, es una verdadera ganga; su
sociedad es completamente distinta de la de un compañero permanente con
el que para bien o para mal estamos ya atados para siempre, pues como es
casual tiene la ventaja de que se le puede tomar o dejar, según
convenga. Las costumbres de los españoles en camino son completamente de
rebaño. El temor común sirve de unión; cuantos más sean, más contentos
van.

«¡Hola! ¡Cuánto me alegro de encontrarle, compañero!»; y la alegría del
encuentro es una excelente presentación. La escena, cuando se encuentran
varios viajeros, parece como si fuera en un barco en el Atlántico:
_¡Hola, camará!_ Esta predisposición es la que hace a todos los viajeros
escribir tanto y tan bueno sobre las clases bajas españolas, y no
ciertamente más de lo que merecen, pues son una raza hermosa y noble.
Indudablemente, algo de esto proviene de que en estas ocasiones todo el
mundo se encuentra en un pie de igualdad, y este efecto nivelador, que
quizá pasa inadvertido, induce a muchos extranjeros, orgullosos y
reservados en su casa, a ser afables sin afectación. Tratan a estos
conocidos de momento de un modo completamente distinto de cómo tratan a
la clase baja de su propio país, que, probablemente, si se viera
obsequiada con la misma condescendencia, aparecería en un aspecto muy
diferente, aun cuando desde luego es inferior a la española en sus
orientales buenos modales, en su exquisito tacto y en colocarse y
colocar a los demás en el sitio que les corresponde, sin rebajarse ni
asumir vulgarmente una igualdad social o una superioridad física.

No recomendaremos, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin
compañía; no sería agradable para los amigos o familiares, que se quedan
siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda, a los
accidentes a que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan
un amigo con quien puedan ir, harán bien en hacerlo así. Es una dura
prueba, y su éxito es tanto más expuesto cuanto mayores sean las
molestias y más escasas las comodidades, causas que agrian la leche de
la amabilidad humana y ponen a prueba a los egoístas que sólo miran a su
estómago y su bienestar. Con ocasión de una larga jornada y la estancia
en una pequeña venta, es como se demuestra lo que vale un amigo. En los
más serios trances de la vida, peligros, enfermedades y necesidades, lo
único que se desea es un amigo con quien compartir el último bocado y la
última copa. La sal del compañerismo, si no obra milagros en cuanto a
cantidad, cuando menos convierte un panecillo en un manjar exquisito por
el gusto y satisfacción con que se saborea.

Por otra parte, nada cimienta una amistad mejor que una de estas
correrías, con tal que no terminen en una reyerta. El mero hecho de
haber recorrido España tiene una particularidad que no se concede a los
países más vulgarizados de Europa. Cuando se nos presenta una persona
que ha visitado estos sitios encantadores, nos parece como si ya la
conociéramos. Hay una especie de masonería en haber hecho algo igual,
que no es lo común en el mundo. Los que están a punto de incluírse en
esta clase última, harán bien en procurar que la compañía no exceda de
cinco, tres señores y dos criados, teniendo en cuenta, sin embargo, que
para mayor facilidad en acomodarse, mejor será que vayan dos y dos. Con
todo, una tercera persona no resultará mal en jornadas fatigosas, como
_arbiter elegantiarum et rixarum_, pues aun en las parejas que se
entienden mejor suele haber, a veces, discrepancias por parte de alguno
que, si tiene en contra mayoría, volverá más fácilmente de su error.
Además, siempre _ven más cuatro ojos que dos_.

Un viaje de varios meses de duración y de algunos miles de millas de
recorrido debe hacerse, según la regla más elemental, en un mismo
caballo, el cual, al fin de la jornada, se hallará tan fresco como el
jinete, y, si está bien cuidado, dispuesto a emprender de nuevo la
marcha. La época que conviene escoger es aquella en que los días son
largos y la Naturaleza se ha despojado de sus galas de invierno. El buen
tiempo es la alegría del viajero, y no hay nada tan mudable como el
aspecto de los pueblos españoles, según el tiempo sea bueno o malo; lo
mismo que ocurre en Oriente, donde las lluvias de invierno convierten el
país en un fangal inmundo y, en cambio, en cuanto luce el sol, todo es
alegría y luz. Es exactamente igual que la sonrisa que ilumina la
expresión generalmente triste de las españolas. El bendito rayo de luz
alegra la misma pobreza, y su acción, estimulante y vigorizadora, hace
al hombre capaz de luchar contra los males morales, a los cuales las
comarcas más favorecidas por el clima--sin duda, por compensación--están
más expuestas que aquellas en que el cielo es triste y los vientos
fuertes y helados.

Como en nuestros regimientos de caballería, donde el ganado ha de
prestar un verdadero servicio, se debe escoger un animal perfecto: una
yegua mejor que un capón; pero como en España es muy general el uso de
caballos enteros, también puede elegirse uno de éstos. La jornada diaria
oscilará, según las circunstancias, entre veinticinco y cuarenta
millas. Se debe emprender el camino antes de amanecer, cuidando de que
el caballo haya comido, por lo menos, una hora antes, en cuyo espacio
los españoles, si pueden, van a la iglesia, porque profesan la teoría de
que nunca se pierde el tiempo que se emplea en oír misa, o en comer, o
dar de comer a los caballos; lo confirman en un proverbio que dice:
_misa y cebada no estorban jornada_.

La hora de partir, desde luego, depende de la distancia y la comarca que
se piense recorrer, teniendo en cuenta que cuanto antes mejor, porque
_el que al diablo quiere engañar, muy temprano levantarse ha_. Es una
gran cosa para el viajero llegar adonde haya de pernoctar lo más pronto
posible, pues siempre los que llegan primero son los mejor servidos; más
vale, pues, tomar una hora de la mañana que dejarla para la noche,
porque si se pierde esta hora al salir, no se podrá ganar en todo el
día. Además, en verano es agradable y conveniente estar en marcha y con
camino recorrido antes de que el sol pique demasiado, pues el calor se
hace insoportable y el extranjero está expuesto a coger un _tabardillo_,
enfermedad que, aunque en menor grado, ocasiona en España más
enfermedades de lo que parece, y especialmente entre los ingleses que se
aventuran al sol sin precauciones por ignorancia o temeridad. Se debe
llevar la cabeza cubierta con un pañuelo de seda, anudado en forma de
turbante, como lo llevan los naturales del país; además de lo cual,
nosotros, siempre forrábamos el sombrero con papel de estraza doblado.
En Andalucía, durante el verano, los arrieros viajan de noche y
descansan las horas de calor fuerte, pero este sistema no tiene nada de
agradable, como no sea para los que no tienen interés en ver nada.
Nosotros nunca le adoptamos. Las mañanitas, y los anocheceres, y las
tardes frescas, son siempre preferibles, mientras que para el artista
las espléndidas horas de la salida y la puesta del sol, las siluetas de
las montañas que se destacan marcando las formas con las enormes
sombras, son artísticas y bellas sobre toda ponderación. En estas
regiones, casi tropicales, cuando el sol está alto se pierde el efecto
de la sombra y todo parece plano y sin ningún relieve.

La jornada debe dividirse en dos partes, haciendo la primera la más
larga: el paso debe calcularse en unas cinco millas por hora, para no
tener al caballo en pie inútilmente; se le puede llevar al trote algunos
ratos, incluso al subir pendientes suaves, pero siempre se le llevará al
paso cuesta abajo, y si se le lleva de la mano, tanto mejor, con lo cual
saldrán ganando jinete y cabalgadura. Es sorprendente el terreno que se
gana con un paso sostenido: _chi va piano, va sano e lontano_, dicen los
italianos; _paso a paso se va lejos_, se repite en Castilla. El final de
la jornada diaria se debe determinar antes de salir por la mañana, y de
este modo se tendrá la seguridad de llegar al anochecer. Los españoles
no son aficionados a llegar apresuradamente a sitios donde nadie les
espera; ni tampoco se consigue nada tratando de dar prisa a hombres o a
animales en España: tanto valdría apremiar a una cancillería de Corte.
Los caballos deben descansar, si es posible, cada cuatro días, y no se
deben utilizar durante la estancia en poblaciones, a menos que ésta
exceda de tres días.

Lo primero que debe hacerse al llegar a los sitios de etapa, es mirarles
los remos, limpiárselos perfectamente y examinar cuidadosamente los
cascos y las herraduras, para ver si están como es debido: esta
inspección ha de constituír un hábito. No hay que lavar las patas
demasiado pronto, pues el frío repentino puede producirles fiebre;
conviene dejarlos refrescarse y luego limpiarlos y engrasar bien los
cascos; después se les puede lavar cuanto se quiera. Lo mejor, sin
embargo, será dar de comer al caballo, desde luego, antes de proceder a
su _toilette_, pues la marcha le habrá abierto el apetito, y la fatiga
necesita inmediata reparación. Si a un caballo se le abruma con
limpieza, es fácil que se aburra y no haga caso del pienso: después que
ha comido se le puede limpiar, prepararle la cama como para por la
noche, cerrar la cuadra y dejarle completamente tranquilo, cuanto más
tiempo mejor: darle otro pienso una hora antes de salir a la jornada de
la tarde, y a la llegada, por la noche, hacer con él exactamente lo
mismo que por la mañana. La comida debe regularse con arreglo al
trabajo: cuando éste es mucho, puede dársele cebada a manos llenas y no
abusar de la hierba, pues lo que se necesita es acumular resistencia, no
por cantidad, sino por calidad. Los españoles dicen que un bocado de
carne vale por diez de patatas. Si vuestro caballo es inglés, bueno será
recordar que ocho libras de cebada equivalen a diez de avena, porque
contienen menos pellejo y más fécula, cosa que saben muy bien nuestros
tratantes en ganado cuando necesitan rehacer a un caballo; dar de comer
con exceso a un animal en el clima de España, lo mismo que hacerlo con
el jinete, es predisponerlos a fiebres y congestiones, enfermedades más
comunes en Gibraltar que en ninguna otra parte de España, porque
nuestros compatriotas hacen la misma vida que si estuvieran en su país.

De todos modos, se debe alimentar bien al caballo, _ya sea con una cosa,
ya con otra_; si no, vuestro escudero español, al estilo de Sancho
Panza, os atormentará con proverbios como: _tripas llevan pies_; _de
paja o heno_, _el vientre lleno_, etc., etc. Los españoles permiten que
sus caballos, cuando van de camino, beban en todos los ríos y arroyos,
diciendo que no hay nada que siente mejor que el agua batida, y ellos
dan el ejemplo, pues en todos los regatos se echan de bruces y, como
dice el refrán, beben agua como un buey, y cuando se tercia vino, lo
mismo que un rey. Si se lleva, pues, un caballo español que esté
acostumbrado a este continuo beborrotear, será bueno dejarle, pues si
no, hasta puede tener fiebre. Si el animal es cuidado a la inglesa,
esto es, bebiendo solamente después de cada pienso, el sistema español
le perjudicaría en extremo, pues podría hacerle romper en sudores que le
debilitarían mucho. Si llega muy cansado, le sentará muy bien unas
gachas templadas hechas con harina de avena, y si no la hubiere, de
harina cocida. Por la noche es conveniente que esté sobre estopa húmeda
o estiércol de caballo, pues el de vaca es muy difícil de encontrar en
España, donde las cabras producen la leche, y los holandeses, manteca.

Los remos deben estar siempre muy cuidados, pues como un caballo tiene
doble que una persona, necesita también doble atención; y ¿de qué sirve
un cuadrúpedo que no puede sostenerse sobre una pata? Esto es una cosa
muy sabida y tenida en cuenta por los comerciantes, que son los únicos
que hoy viajan a caballo en Inglaterra. Las herraduras hacen o estropean
a los caballos, y ninguna persona sensata en España o fuera de España,
que tenga un cuadrúpedo o siete pesetas, dejará de poseer la admirable
obra _Miles on the Horse’s Foot_. «Todo caballero andante--dice don
Quijote--debe saber herrar a su _Rocinante_». (_Rocín_ es la palabra
árabe para caballejo). Por lo menos debe saber cómo se hace este
calzamiento. Como norma general debe seguirse la costumbre de llevar el
caballo al herrador, el cual hará las herraduras para sus cascos, pues
de ningún modo se le deben poner herraduras hechas de antemano. Si se
tiene en algo la comodidad y el bienestar del animal, _se le sujetarán
las herraduras delanteras con cinco clavos, a lo sumo, en la parte de
afuera, y con dos sólo en la interior, y éstos, cerca de la pezuña_. De
ninguna manera se le pondrán clavos a todo alrededor que formen un
inflexible cerco de hierro muerto a un casco vivo que tiende a
desarrollarse; convendrá acordarse siempre de llevar a prevención alguna
herradura con clavos y un martillo, porque por falta de un clavo puede
perderse una herradura, y la falta de una herradura puede producir al
jinete una descalabradura. En algunas partes de España donde no existen
caminos modernos, se puede ir con la cabalgadura casi desherrada, como
lo hacían los antiguos y se hace en algunas partes de Méjico; pero un
casco no protegido no puede soportar el continuo desgaste y la limadura
de una carretera moderna.

El caballo estará probablemente en tales condiciones al poco tiempo del
viaje que no necesitará más medicinas que su propio amo; sin embargo, un
terrón de sal gema y un trozo de cal puesto por la noche en el pesebre,
le harán un efecto tan beneficioso como al jinete un vaso de agua de
Epsoms y soda. Se debe lavar muy bien la larga cola y las crines, que
son el orgullo de los caballos españoles, tanto casi como un hermoso
pelo en una mujer, con agua y soda, pues el álcali, combinado con la
grasa del animal, forma un astringente muy beneficioso. Un gran remedio
para los accidentes a que un caballo está expuesto durante el viaje,
tales como coces, cortaduras, distensiones, etc., son los fomentos de
agua caliente, que se deben aplicar bajo la vigilancia del jinete mismo,
para que no lo hagan mal o dejen de hacerlo, pues el agua caliente,
según la familia lacayuna, se ha hecho para recibir algo más fuerte. La
baticola y el pretal son indispensables cuando se ha de andar subiendo y
bajando por montañas. El _mosquero_ da mucha comodidad al caballo, pues
como está en constante movimiento y lo lleva colgado delante de los
ojos, le espanta las moscas; el cabezal de cuadra no debe quitársele
nunca, sino que se arrollará durante el día sujetándole a un lado de la
cara. La cola también se les suele atar cuando los caminos están llenos
de lodo, y se les ata en la forma en que nuestros marineros y guardas
montados usaban llevarla.



Capítulo IX.


El traje y demás avíos del jinete son muy dignos de tener en cuenta. Lo
que se debe procurar es pasar inadvertido entre la multitud o ser tomado
por _uno de nosotros_, _uno de la familia_; para ello lo mejor será
adoptar el traje que usan comúnmente los naturales del país cuando
viajan a caballo, o valiéndose de cualquier otro medio de comunicación,
entre los cuales no se cuentan los _mails_ y diligencias
anglo-francesas. Los españoles de todas clases sociales, al trasponer
las puertas de la ciudad, se visten como la gente del campo. Huyen
deliberadamente de los trajes y costumbres de población, que sólo sirven
para llamar la atención y exponerlos al ridículo o a las groserías de
los campesinos, arrieros y demás gente que son dueños de los caminos,
odian las novedades y se atienen a las maneras y modas de sus abuelos.
El sombrero más propio es el _calañés_, que se parece mucho al que usan
en Astley los bandidos: es de forma cónica y va ribeteado de terciopelo
negro y adornado con borlas de seda, y resulta tan bien puesto en un
_cockney_[33] como en un hacendado de Devonshire. La chaqueta puede ser
la universal _zamarra_, hecha de piel negra de oveja o de cabritilla,
cuando pueda costearse; no se olvidará la faja, que es más útil de lo
que puede suponerse, pues abriga los riñones y el vientre y preserva de
los cólicos, tan generales en España, manteniendo un calor igual en el
abdomen; así que ir bien envuelto, al modo de Homero, es tener ya ganada
la mitad de la batalla para el que viaja por la Península.

La _capa_ o la _manta_ y las _alforjas_ son absolutamente indispensables
y se deben poner sujetas a la perilla de la silla; de este modo dan
menos calor al caballo que si van colgando a los lados, y, además,
estarán así más a mano para usarlas de repente, pues en este país de
valles y montañas el jinete está constantemente expuesto a rápidas
variaciones de tiempo, cuando Eolo y Febo se disputan su capa, como en
las fábulas de Esopo, y las cataratas del cielo se desatan sobre él en
cuanto al dios del fuego le parece que está suficientemente horneado.

Nada más conveniente, oriental y clásico que las _alforjas_; constituyen
el verdadero _bagsman_ y han dado su nombre a nuestros viajeros a
caballo. Son el _Sarcinae_ de Catón el Censor, el _Bulgae_ de Lucilio,
que les compuso un epigrama:

      «Cum _bulga_ coenat, dormit, lavat, omnis in unâ.
    Spes hominis _bulga_ hâc devincta est caetera vita»[34],

lo cual, en inglés, puede decirse, aludiendo a lo muy necesarias que son
para el español moderno:

      «A good roomy bag delighteth a Roman,
    he is never without this appendage a minute;
    in bed, at the bath, at his meals, in short no man
    should fail to stow life, hope, and self away in it.»

Los paisanos de Sancho Panza, cuando van de camino, hacen el mismo uso
de sus alforjas (exceptuando el lavarse) que los romanos; constantemente
las llevan encima, encerrando en ellas su corazón, al mismo tiempo que
el pan y el queso.

Estas _alforjas_ españolas son, por el nombre y el aspecto, el árabe _al
horeh_ (la _f_ y la _h_, como la _b_ y la _v_, y la _x_ y la _j_, son
casi equivalentes y se usan indistintamente en la cacografía española).
Generalmente son de algodón y estambre y tienen bordados en colorines
caprichosos dibujos; lo más elegante es que lleven en una de sus orillas
el nombre del propietario, el cual debe estar bordado por la delicada
mano de su adorada dama. Las fabricadas en Granada son muy buenas; las
morunas, especialmente las procedentes de Marruecos, van adornadas con
una porción de borlitas. Cuando los campesinos bajan de sus cabalgaduras
al entrar en los pueblos, y los monjes mendicantes cuando van pidiendo
limosna para sus conventos, se echan las alforjas al hombro.

Una de las cosas que para todo el mundo es conveniente llevar en la
alforja del lado derecho, para alcanzarla con más facilidad, es un par
de anteojos azules o antiparras, pues la oftalmía es muy común en
España, y especialmente en las llanuras calcinadas del centro; no hay
nada de verdura que amortigüe el resplandor constante; el aire es seco y
las nubes de polvo son irritantes en extremo, pues van cargadas de
nitro. Un remedio muy eficaz contra esta afección es lavarse
frecuentemente los ojos con agua caliente y no tocárselos en absoluto
cuando se tenga la menor inflamación, como no sea con el codo: _los
ojos_, _con los codos_. Los españoles nunca bromean con sus ojos o con
su religión; en muchos casos parecen más aficionados a los primeros, no
ya cuando brillan bajo las cejas arqueadas de una morena, sino
sencillamente cuando están colocados en su propia cabeza. «Te quiero más
que a mis ojos» es una expresión vulgar de afecto; y aun en los casos en
que le tiene más rabia al más odiado enemigo, jamás le desea nada malo
para sus órganos visuales.

Todo el arte de las _alforjas_ consiste en colocar en ellas lo que se
necesita con más frecuencia y en el sitio más propio y asequible. Se
debe llevar, pues, en ellas dinero suelto para el lisiado y el ciego y
los mil casos de miseria y dolor humanos que el viajero ha de contemplar
necesariamente en un país donde, suprimida la sopa conventual, aun están
sin nombrar los empleados que deben aplicar la nueva ley contra la
mendicidad; esta caridad de la _bolsa de Dios_ nunca empobrece la bolsa
del hombre, y el hombre caritativo, aun cuando esté muy en oposición con
los economistas modernos, es siempre alabado en ese libro pasado de moda
que se llama la Biblia. El lado izquierdo de las alforjas debe
reservarse para los estuches de escribir y de aseo, que, cuanto más
pequeños sean, tanto mejor.

No hay que descuidar el pasto espiritual. La biblioteca del viajero, al
igual que los compañeros de viaje, debe ser escogida y buena: _libros y
amigos_, _pocos y buenos_. Las ediciones en dozavo son las mejores, pues
un libro pesado mata al caballo, al jinete y al lector. Los libros son
cuestión de gusto: unos prefieren a Bacon, otros, a Pickwick; a todo
evento debe incluírse una edición de bolsillo de la Biblia, de
Shakespeare y del _Quijote_; y de creer que debe seguirse el consejo del
bueno del doctor Johnson, uno de aquellos libros que pueden ser llevados
en _la mano_ y leerse al lado del fuego. Marcial, una gran autoridad en
materia de Manuales españoles, recomendaba «libros de este tamaño como
compañeros de un largo viaje». Los en cuarto y los infolio, decía, se
deben dejar en casa en los estantes:

    «Scrinia da magnis, _me manus una_ capit»[35].

También se guardará en ellas el pasaporte, esta molestia y azote de los
viajes continentales, a la que un libre británico no puede nunca
acostumbrarse; sin embargo, prescindir de él, a lo que un inglés siempre
está propicio, entrégase a la peor y más impertinente gentuza de la
tierra. Los pasaportes en España, en cierto modo, substituyen ahora a la
Inquisición y están, además, empeorados por formas vejatorias copiadas
de la burocrática Francia.

Aparejado todo de esta manera, en el arzón de la silla debe siempre
añadirse una _bota_ y la pistola de bolsillo de Hudibrás. Y digamos una
palabra de esta _bota_, que es tan necesaria para el jinete como la
silla para el caballo. Este utensilio tan asiático y tan español sirve
de botella y de vaso al mismo tiempo a los peninsulares que van de
camino, y no se parece en nada a los cacharros de vidrio o de peltre que
se usan en Inglaterra. Tan fácilmente iría una española a la iglesia sin
su abanico, como un español a la feria sin su navaja, como se pondría en
camino un viajero sin su _bota_. La nuestra, la fiel confortadora de
muchos caminos secos, compañera de largas jornadas, hoy reliquia de un
pasado feliz, está colgada, como un ex voto al Baco ibero, al modo como
los marineros de Horacio colgaban sus vestiduras húmedas en ofrenda a la
deidad que les librara de los peligros del mar. Su piel, arrugada ahora
por la edad y añorando infructuosamente el vino, conserva aún la
fragancia del líquido rubí, sea el generoso _Valdepeñas_ o el rico _vino
de Toro_, y refresca nuestro olfato si por casualidad nos acercamos a su
boca, teñida de rojo. El rancio perfume del vino perdura en ella,
haciéndonos la boca agua y quizá trayéndola también a los ojos. ¡Qué
ensueño de aromas españoles, buenos, malos e indiferentes, despierta en
nosotros nuestra amiga la _borracha_! ¡Qué recuerdos se amontonan,
despidiendo el balsámico aroma del Mediodía: de las olorosas llanuras y
los montes cubiertos de tomillo, en donde Flora llama a sus pequeñas
amigas las abejas; de las iglesias nubladas de incienso; de las cabras y
los frailes, barbudos y odoríferos; de las ciudades, cuyo vaho de ajo,
ollas, aceite y tabaco se eleva al cielo, mezclado con las mil
fragancias que percibe el olfato de un hombre, ya desembarque en Calais
o en Cádiz! Ahí está colgada nuestra aromática bota, ahora un grato
recuerdo. Cumplió su tiempo, y ya nunca se verá henchida, en la ardiente
y sedienta España, para vaciarla de nuevo, que es aún mejor.

Esta _bota_, de donde se derivan los términos _butt_ de Jerez,
_bouteille_ y botella, es la vasija oriental de cuero más antigua a que
se hace alusión en el libro de Job, cap. XXXII, V. 19: «Mi vientre está
a punto de estallar, como las vasijas nuevas»; y en la parábola de San
Mateo, cap. IX, v. 17: «Ni echan vino nuevo en odres viejos. De otra
manera se rompen los odres, y se vierte el vino y se pierden los odres.
Mas echan vino nuevo en odres nuevos, y así se conserva lo uno y lo
otro». Esta parábola pierde gran parte de su sentido con nuestra palabra
_bottle_ (botella), que, siendo de vidrio, no se estropea con el tiempo
como una vasija de cuero. Una «botella de agua» de esta clase fué una de
las pocas cosas que Abrahán dió a Agar cuando echó a la madre de los
árabes, cuyos descendientes introdujeron su uso en España. Tiene forma
de una gran pera o de bolsa de perdigones, y su cabida varía entre media
arroba y cinco cuartillos. La parte del cuello va provista de una
especie de taza de madera, por donde se bebe. La manera de usarla es la
siguiente: Se coge el cuello con la mano izquierda y se coloca la taza
junto a los labios; después se va subiendo con la mano diestra, poco a
poco, el extremo más ancho de la bolsa, hasta que el líquido,
obedeciendo a leyes hidrostáticas, sube de nivel y llena la taza, en la
que se bebe sin molestia alguna. La gravedad con que esto se hace, la
larga, pausada, sostenida y sanchopancesca devoción de los valientes
españoles cuando se les ofrece un trago de una bota ajena, son
verdaderamente edificantes y tan profundos como el suspiro de
satisfacción con que, después de haber trasegado vino hasta no poder
más, se devuelven el precioso pellejo. No vierten ni una gota del
divino líquido, como no sea algún chapucero o novato que, levantándola
antes de tiempo, se moje toda la cara. El agujero de la taza se estrecha
con una espita de madera, perforada a su vez, y que se tapa con una
pequeña estaquilla. Los que no quieren tomar un trago muy grande no
quitan la espita, sino solamente el tapón pequeño, y entonces sale el
vino en un chorrito delgado. Los catalanes y aragoneses casi siempre
beben de este modo; nunca tocan el vaso con los labios, sino que lo
mantienen a cierta distancia y dirigen el chorro a la boca o más bien a
la mandíbula de abajo. Para los que no tienen práctica es mucho más
fácil verterse directamente a la garganta que a la boca. Ellos lo hacen
a la perfección, pues las botellas para beber están hechas también con
un pitorro largo y se llaman _porrones_.

La _bota_ no debe confundirse con la _borracha_ o _cuero_, el pellejo de
vino, que es entero y hace las veces de barril. La bota es el recipiente
al por menor; el _pellejo_ es el de al por mayor. Es la típica piel de
cerdo, cuya adoración en la Península sólo es comparable a la que se
siente por el cigarro, por el duro y, a veces, hasta con el culto a la
Virgen. En la mayor parte de las ciudades de España hay tiendas de
boteros, en las cuales se pueden ver las sopladas pieles del sucio
animal alineadas como los carneros en nuestras carnicerías. Al curtirlas
y trabajarlas se les conserva la forma del cerdo, con patas y todo,
excepto una: la piel va vuelta del revés para que la parte del pelo
quede por dentro, y, además, esta parte es embreada cuidadosamente, como
el casco de un barco, con objeto de que no se rezume; de aquí cierto
sabor peculiar a cuero y resina, que se llama _la borracha_, muy
característico de los vinos españoles, excepción hecha del jerez, que,
como se hace generalmente por extranjeros, se conserva en toneles, según
demostraremos al ocuparnos de los vinos. A un hombre ebrio, cosa mucho
más rara en España que en Inglaterra, se le llama _borracho_, término
muy poco lisonjero. Estos _cueros_, llenos, se cuelgan en las _ventas_ y
demás sitios de su culto, y se economizan la bodega, los toneles y el
embotellado: tales fueron los panzudos monstruos a que Don Quijote
atacara.

La _bota_ está siempre cerca de la boca del español que puede
procurársela; todas las clases sociales se hallan siempre dispuestas, al
igual de Sancho, a dar «mil besos», no sólo a la propia, sino a la del
vecino, que suele ser más codiciada que la mujer; por lo tanto, ningún
viajero precavido viajará un paso por España sin llevar la suya, y
cuando la tenga no la guardará vacía, sobre todo si tropieza con un buen
vino. Cualquier individuo que os acompañe en España sabrá
instintivamente dónde puede encontrarse buen vino, pues éste no necesita
ramo, heraldo ni pregonero. En esto nuestra experiencia concuerda con el
proverbio: _más vale vino maldito que no agua bendita_. En la escala de
las comparaciones podemos decir que allí se hallará buen vino, mejor
vino y el mejor vino, pero nunca vino malo. Los españoles son tan buenos
catadores de vino como de agua; pero rara vez los mezclan, pues dicen
que es hacer una cosa mala de dos buenas. Vino _moro_ no quiere decir
que va sucio, ni que tenga cualquier otra imperfección herética de las
que implica la palabra, sino, sencillamente, que está limpio de todo
bautizo con agua; por lo que de los pequeños tenderos asturianos, que
tan mala fama tienen, se dice que por su arraigado hábito de adulterarlo
todo, hasta _aguan el agua_.

Es una equivocación suponer que los españoles sienten una repugnancia
oriental hacia el vino por el hecho de vérseles borrachos muy rara vez,
y de que cuando van de viaje beban tanta agua como sus caballerías; su
regla es: _Agua como buey y vino como Rey_. La gran cantidad de vino que
beben, siempre que se les obsequia con él, hace pensar que su sobriedad
habitual está más en relación con su pobreza que con su voluntad. A
muchos de estos honrados ciudadanos se les puede conquistar por la panza
en este clásico país, en donde el dios tutelar de los taberneros aun
tiene guardadas las llaves de las bodegas y de los corazones--_Aperit
præcordia Bacchus_--. Y este culto oriental no deja de estar motivado
por los sabrosos manjares administrados previamente. Independientemente
de las obvias razones que el buen vino ofrece para ser bebido, la
naturaleza excitante de la cocina española induce a ello en gran
manera. El uso continuo de condimentos fuertes y de pimienta, que es muy
ardiente, provoca la sed, lo mismo que el bacalao, el jamón y los
embutidos; ya lo dicen los proverbios: _La pimienta escalienta_ y _A
torrezno de tocino, buen golpe de vino_.

Esta digresión acerca de la _bota_ nos será perdonada por todos los que
hayan viajado por España y sepan, en consecuencia, lo indispensable de
su uso. El viajero recordará, desde luego, el consejo que el bellaco del
_Ventero_ da a Don Quijote, de que siempre debe llevar camisas y dinero.
«Pon dinero en tu bolsa», dice también el honrado Yago, pues una vacía
es un miserable compañero en la Península y en todas partes. No se debe
nadie poner en peregrinación hacia Roma o Santiago sin llevar dinero
abundante y una buena cabalgadura: _Camino de Roma, ni mula coja ni
bolsa floja_.

Puede decirse que, prácticamente, en España no hay papel moneda. En las
grandes ciudades se encuentran, naturalmente, billetes, pero en
provincias la promesa de pagar al portador de un papel no tiene para los
ladinos indígenas el mismo valor que el pago en dinero. Ellos dan con
gusto los billetes a los extranjeros, pero prefieren para su propio uso
esos anticuados símbolos de la riqueza, el oro y la plata, y sienten por
las más ínfimas fracciones de ellos la más profunda veneración. Se
cuenta generalmente por _reales de vellón_, y éstos están subdivididos
en _maravedises_, la vieja moneda de la Península. Hay fracciones
menores aún de cuartos, que consisten en pedazos infinitesimales de
cualquier metal, de campanas fundidas, cañones viejos, etc., etc., con
nombres y valores desconocidos en absoluto en nuestro país, donde,
felizmente, poco puede comprarse por un ardite. En España, donde la
baratura de los productos de la tierra sólo da para vivir pobremente,
todo, incluso un botón viejo, sirve para hacer un maravedí. Al cambiar
un duro en calderilla, por vía de experimentos, nos dieron en el mercado
de Sevilla una porción de monedas españolas de todas épocas, y hasta
algunas romanas y árabes, que circulan sin dificultad.

El _duro_ de España es muy conocido en todo el mundo por haber sido la
forma en que se ha exportado generalmente la plata de las colonias
españolas del sur de América. Es el italiano _colonato_, llamado así por
que las armas de España descansan sobre las dos columnas de Hércules. La
acuñación es descuidada: se atiende más al peso del metal que a la
forma, pues los españoles, como los turcos, no son tan buenos obreros o
mecánicos como devotos adoradores del oro. Fernando VII continuó algún
tiempo acuñando monedas con la efigie de su padre, sin variar más que la
inscripción; del mismo modo los Trajano del primer tiempo tienen la
imagen de Nerón. Cuando las Cortes entraron en Madrid, después de la
victoria del duque en Salamanca, prohibieron patrióticamente la
circulación de toda clase de moneda con el busto del intruso rey José.
Sin embargo, los duros de esta época, como estaban hechos con la plata
robada en las iglesias, dorada y sin dorar, valían más intrínsecamente
que los legítimos; y esto fué una durísima prueba para aquellos cuyo
único rey y dios es el dinero. Tal decreto era digno de los senadores
que andaban más ocupados en borrar del Diccionario los tropos franceses
que en echar a las tropas francesas de su territorio. Los chinos, más
avisados, toman igualmente las monedas de Fernando que las de José,
llamando a las dos dinero de la «cabeza del diablo». Estos prejuicios
injustificados contra las buenas monedas han desaparecido ante el
progreso intelectual; y es más, las piezas de cinco francos con la
inteligente efigie de Luis Felipe amenazan quitar el puesto a los
columnarios. La plata de las minas de Murcia es exportada a Francia,
donde se acuña y vuelve de esta forma. Por tal manera, Francia gana un
bonito tanto por ciento, y acostumbra a la gente a la imagen de su
poderío, que llega a ellos del modo más agradable: en moneda acuñada.

En España el dinero, el delicioso dinero, gobierna la Corte, el campo,
el bosque; de aquí el crédito extraordinario de tres millones exigido
recientemente para los gastos secretos de las Tullerías, y el entusiasmo
oficial y la unanimidad asegurada en el negocio de Montpensier. El
decálogo en Madrid puede encerrarse en un mandamiento: amar a Dios,
representado en la tierra, no por su vicario el Papa, sino por su
lugarteniente Don Ducado.

      «El primero es amar Don Dinero.
    Dios es omnipotente; Don Dinero es su lugarteniente».

En consecuencia, los grandes y los empleados en España (tanto los
gubernamentales como los que están en el papel) han preferido en estos
días las piezas de cinco francos a las insignias de la Legión de Honor;
y teniendo en cuenta los petardistas en cuyos pechos ha sido prostituída
esta condecoración de Austerlitz, no andaban muy errados los cálculos de
estos dignos castellanos, si es que hay alguna verdad en el catecismo de
Falstaff.

El cuño de oro es magnífico y digno del país y del período de los que se
proveyó en Europa de este precioso metal. La moneda mayor, la _onza_,
vale diez y seis duros: unas tres libras y seis chelines; y al mismo
tiempo que avergüenza al diminuto Napoleón de Francia y al soberano de
Inglaterra, habla muy alto de la riqueza española de otros tiempos, y
hace resaltar el contraste con la pobreza presente y la escasez de
metálico. Pero estas grandes monedas están tan _trabajadas_, no por el
sol, sino por los judíos, propios y extraños, y más esquiladas que las
mulas españolas o los perros de agua franceses, de tal modo, que rara es
la que tiene el peso debido. Por esta causa son miradas con desconfianza
en todas partes. Los comerciantes de una gran ciudad sacan, como
Shylock, los platillos de la balanza, mientras que en los pueblos, un
encogimiento de hombros, unos _ajos_ y expresiones negativas son el
cambio que se ofrece. Muchas veces, aun cuando estén convencidos de que
tienen el peso debido, no se avienen a dar por ella los diez y seis
duros, ni tampoco quieren los que tienen tanto dinero a mano que la cosa
se sepa. Los españoles, como los orientales, tienen miedo de que se crea
que guardan dinero en casa; se exponen con ello a ser robados por
ladrones de todas clases, profesionales o legales: por el _alcalde_, la
mayor autoridad del pueblo, y el escribano, por no decir nada del
recaudador del señor Mon, pues las contribuciones, muchas de las cuales
se reparten entre los habitantes de cada distrito, cargan más sobre los
que tienen o se supone que tienen más dinero.

Las clases humildes en España, como las orientales, son, por lo general,
avaras. Ven que la riqueza procura seguridad y fuerza allí donde todo es
venal; la falta de seguridad les hace ansiosos de invertir lo que tienen
en una masa pequeña y de fácil ocultación, _en lo que no habla_. Por
consiguiente, y en defensa propia, son muy aficionados a ahorrar. La
idea de hallar tesoros ocultos, que está tan extendida en España como en
Oriente, no deja de tener algún fundamento, pues en todos los países que
han sido invadidos por extranjeros y en que ha habido guerras civiles y
revoluciones interiores, y donde no existían medios seguros de
inversión, en los momentos de peligro para la propiedad todo se
convertía en dinero y alhajas, y se escondía de modo ingenioso. La
desconfianza que los españoles sienten unos de otros se extiende a
menudo en cuestiones de dinero a los parientes más próximos, incluso a
la mujer y a los hijos. Una superstición muy antigua en España es la de
que los que han nacido en Viernes Santo, el día del dolor, tienen el don
de poder ver el fondo de la tierra y descubrir los tesoros escondidos.
Uno de los escondrijos más usados en todo tiempo ha sido las sepulturas,
pretendiendo sin duda confiar a los muertos lo que no podían defender
los vivos; esto explica la universal profanación de tumbas y cementerios
durante la invasión napoleónica. Los galos escarbaban en los cementerios
como perros, despojaban los cuerpos, ya hechos ceniza, de todas las
prendas con que les adornara el afecto, o, como decía Burke al hablar de
sus disensiones domésticas: desplumaban a los muertos para emplumar a
los vivos. Estas hordas, en su huída ante el avance del duque,
escondieron también mucha parte de su botín, que hoy se busca con afán.
¿Quién puede haber olvidado la gráfica pintura que hace Borrow[36] de
Mol, el buscador de tesoros? Precisamente en este momento las
autoridades de San Sebastián vigilan estrechamente las excavaciones que
una anciana francesa está haciendo, porque, en su país, un ladrón
moribundo le ha revelado el secreto de una olla enterrada, llena de
onzas de oro.

Habiéndose abastecido de columnarios, esos nervios metálicos de la
guerra, que también hacen que pueda andar el mundo en paz, un prudente
amo, si pretende ser considerado como tal, debe tener en sus manos la
bolsa, y, además, ojo avizor sobre ella, pues el tintineo de las monedas
hace despertar, incluso de una siesta española, y causa desvelos a todo
el que lo escucha, desde el mendigo a la Reina Madre.



Capítulo X.


El primer pensamiento de Don Quijote cuando decidió salir a recorrer
España, fué procurarse un caballo; el segundo, buscar un escudero; y así
como la narración de sus jornadas es una buena guía para el viajero
moderno, tampoco debe desdeñarse su ejemplo. Un buen Sancho Panza será,
en fin de cuentas, para un caballero andante, de más utilidad que la
misma Dulcinea. El conseguir un buen sirviente es de un interés capital
para todo el que haga excursiones internándose por la Península, pues,
como suele ocurrir en Oriente, ha de servir no sólo de cocinero, sino de
intérprete y compañero de su amo; por lo tanto, es de suma importancia
procurarse un hombre con que se pueda intimar en estos agrestes parajes.
Conseguido esto, llega a formarse una relación tan estrecha que por
parte del servidor es en muchos casos fidelidad canina, tanto, que no es
raro ver que un español abandone su hogar, caballo, asno y mujer por
seguir a su amo, lo mismo que un perro, hasta el fin del mundo. De diez
veces, nueve tiene la culpa el amo de que el criado sea malo. _Tel
maître, tel valet: Al amo imprudente, el mozo negligente._

Debe acostumbrárseles a empezar desde luego y con exactitud el
cumplimiento de su deber; el único modo de obligarles a hacer una cosa
es, como decía el duque, atemorizarles y determinarles una línea de
conducta firme. Es muy difícil hacerles comprender la importancia de los
detalles y de ejecutar las órdenes exactamente como las reciben, pues
ellos tratan siempre de evadir todo el trabajo que pueden; es muy
conveniente determinar con claridad su obligación al principio, y
reprender inmediatamente y con toda seriedad las primeras y más pequeñas
faltas, sean de la clase que sean, y así se gana pronto la victoria
moral sobre ellos. El ejemplo del amo, cuando es activo y ordenado, es
la mejor lección para el criado: _mucho sabe el ratón, pero más el
gato_. Aquiles, Patroclo y los héroes de Homero, guisaban sus comidas, y
muchos que no han llegado a héroes, como Lord Blayney, no se han
desdeñado el seguir el ejemplo épico en una venta española. De todos
modos, un buen criado, que sabe su obligación y quiere trabajar, es una
verdadera joya, y en cualquier ocasión merece ser bien tratado; pero
teniendo en cuenta que _quien se hace miel le comen las moscas_, y que
_con hijo de gato no se burlan los ratones_. La cuestión es
acostumbrarles a que se levanten temprano y a conocer el valor del
tiempo, pues _tiempo y hora no se atan con soga_, y _el que se levanta
tarde, ni oye misa ni compra carne_. Si, lo que pronto se advierte, el
criado no responde, cuanto antes se le cambie, mejor, pues sólo servirá
para gastar tiempo y jabón; que el que no vale para nada en su pueblo,
no valdrá más en Sevilla o en otra parte, como dice el proverbio.

Los defectos principales de los criados españoles, que son los mismos de
las demás clases bajas del país, suelen ser defectos de raza; como la
masa general, tienen la tendencia a la calma, al despilfarro, a la
imprevisión y a la suciedad. Son poco hábiles y tercos; ceden fácilmente
ante las dificultades: su primer impulso es vencerlas, y el segundo
eludirlas; en seguida renuncian a la lucha. No piensan ni por un momento
en alcanzar nada que requiera mucha molestia, ni tampoco en hacer las
cosas como es debido, ni siquiera como las han hecho otras veces;
cualquier dificultad y el impulso del momento les hace abandonar lo que
quiera que sea. Siendo, como ya hemos dicho, poco hábiles, obstinados y
llenos de prejuicios, no tienen conciencia de su propia ignorancia, y
son perezosos como los orientales; unas veces por orgullo, otras por
presunción y pereza, casi nunca preguntan nada, pues esto implicaría
para ellos reconocerse inferiores, y más raro es aún que contesten a una
pregunta, a menos que ésta sea de su agrado; se guían siempre por sus
necesidades, sus deseos y sus opiniones; sus propias personas son su
centro de gravedad y no las de sus amos. Como el sí de un español,
cuando se le pide un favor, significa, por lo general, _no_, no quieren
o no pueden comprender si vuestro _no_ es realmente una negativa cuando
ellos pretenden holgazanear; pero suelen mejorar notablemente cuando se
les saca de la ciudad para alguna excursión. La vida de camino les
convierte en activos y serviciales, probablemente porque el
_harum-scarum_ de la existencia nómada es lo que conviene a estos
descendientes de los árabes, y, en cambio, no soportan la rutina de una
cosa ordenada; aborrecen el encierro; por eso es tan difícil conseguir
que los españoles estén en fortalezas o sean marinos de guerra, porque
en las dos ocupaciones no hay medio de escapar.

Lo que nosotros llamamos una buena servidumbre es imposible de conseguir
en el campo o en la ciudad española, y lo mismo da que se tenga gran
posición o que no se tenga. En las casas de la clase media acomodada, y
en las de la aristocracia, se nota esta falta, particularmente en lo que
se refiere a la parte gastronómica, que es la piedra de toque del
servicio. Realmente el español, habituado a su manera de comer,
desordenada, despreocupada, improvisada y sin refinamiento, se ve un
poco embarazado con el orden y el cuidado, la ceremonia y el aparato de
una comida bien servida. Unicamente siente respeto hacia las personas,
no hacia las cosas. Incluso el aristócrata sólo tiene en su
gótico-beduina mesa un ligero barniz europeo; vive y come, rodeado de
una pandilla de gente humilde, en su inmensa casona, mal alhajada, que
no tiene ninguna de las elegancias, lujos ni siquiera comodidades que
piden los sanos principios transpirenaicos; muy pocas son las cocinas
dirigidas por un _cordon bleu_, y menos aún los señores que, realmente,
gustan de una _entrée_ ortodoxa, limpia de las herejías del ajo y de la
pimienta. Cuando la cocina quiere ser extranjera, como en todas las
demás imitaciones, sólo se consigue una copia insulsa. Pocas cosas se
hacen en España a conciencia, lo cual implica previsión y gasto; todo se
hace a la buena de Dios. El noble señor confía sus asuntos a un
mayordomo poco escrupuloso y dormita en este lecho de rosas, soñoliento
para todos los asuntos y sólo despierto para la intriga. Sus numerosos,
malos y mal pagados servidores no tienen la menor idea de disciplina o
subordinación; no puede uno siquiera fiarse de que pongan los manteles,
porque prefieren holgazanear en la iglesia o en la plaza a cumplir con
su deber, y preferirían perecer de hambre bailando y durmiendo al
sereno, pero con independencia, a comer y ganarse la vida trabajando
honradamente. Y para el amo no hay remedio, porque si les despide sólo
encontrará otro que se les parezca o que sea aún peor.

En la casa que nosotros teníamos en España, pasada la hora de comer y la
siesta, el cocinero, con el pinche, el criado y el lacayo, se quitaban
el traje de pana (la librea apenas se conoce), se endosaban sus
graciosos sombreros de terciopelo bordado, sus chalecos azul celeste y
sus fajas encarnadas, y se iban, con una guitarra debajo del brazo, a
cantar y a cortejar a las mozas, dejando a su amo en sus glorias,
filosofando sobre la inestabilidad de las cosas humanas y la perfidia de
los hombres.

Hay que soportar lo que no se puede curar. Para terminar con las
condiciones de estos servidores españoles, diremos que son locuaces y
muy crédulos, y muy frecuentemente son también embusteros, especialmente
los andaluces, que lo son en alto grado; y, en realidad, puede decirse
que estas fantasías o romances son los únicos que quedan en España, en
lo que se refiere por lo menos a los indígenas. Como abrigan muy buena
opinión de sí mismos, son muy susceptibles, impresionables, celosos y
quisquillosos, y se molestan con gran facilidad cuando se les reprende
sus defectos; son de naturaleza vehemente e irritable; están siempre
esperando que ocurra lo que ardientemente desean, sin ningún gran
esfuerzo por su parte; y son muy aficionados a estar brazo sobre brazo
mientras los demás hincan el hombro. Su viva imaginación es muy a
propósito para llevarles a grandes excesos en bien o en mal, y cuando
obran instantáneamente como los niños, y después de cumplir su gusto,
vuelven de nuevo a su tranquilidad habitual, que es como la de un volcán
dormido. En cambio, están llenos de excelentes cualidades, que
compensan de sus defectos: no son caprichosos; son duros, pacientes,
joviales, de buen carácter, vivos e inteligentes, honrados, fieles y de
absoluta confianza; no son borrachos, ni aficionados a los vicios
degradantes; son sufridos en extremo, y bien guiados llegan donde se
quiera, constituyendo la masa para el mejor soldado del mundo; son
leales, religiosos de corazón; tienen mucho tacto, ingenio y buenas
maneras naturales. En general, un trato afable, firme, sereno y hasta
cierto punto reservado, produce excelente efecto. Cuando deban cumplir
una obligación, hacedles comprender que no se está dispuesto a que se
burlen de uno. La frialdad de los ademanes de un inglés decidido, cuando
va en serio, es lo que pueden resistir pocos extranjeros. Los visajes y
la gesticulación, la cólera y los gritos, la fanfarronería, la
petulancia y la impertinencia se levantan y agitan en vano contra ella,
igual que las rociadas y espumas del «lago francés» contra la impasible
e inmutable roca de Gibraltar. Un inglés puede, sin llegar a ser
excesivamente familiar, aventurarse a un mayor grado de afabilidad con
sus subalternos españoles que podía atreverse a serlo con los de
Inglaterra. Es la costumbre del país; están habituados a ello, y no
pierden la cabeza, ni nunca olvidan el sitio en que deben estar.

Los españoles tratan a sus criados de un modo muy semejante al que
empleaban los antiguos romanos y al que ahora se estila entre los
moros; son más bien sus _vernæ_, sus esclavos domésticos: es la absoluta
autoridad mezclada con el cariño del padre de familia. En España los
criados no suelen cambiar de amo: sus relaciones y deberes están tan
claramente definidos, que el señor no corre el menor riesgo de
comprometer su dignidad al tener ciertas familiaridades con ellos, que
puede tener o suprimir cuando le venga en gana; por el contrario, el
desdén, el desprecio y la altivez con que ese mismo cortés caballero
trataría a un plebeyo que pretendiese ponerse en un pie de intimidad, es
superior a toda descripción. En Inglaterra ningún señor se atrevería a
tener intimidad con su lacayo; pues aun suponiendo que pudiese caberle
en la cabeza semejante absurdo, si bien es verdad que el lacayo es igual
que él ante la ley de los hombres, Dios les ha concedido dotes
completamente distintas, tanto de rango como de fortuna, figura e
inteligencia. Por lo tanto, ha habido necesidad de levantar en defensa
propia ciertas barreras convencionales que son más difíciles de
trasponer que murallas de bronce y más imposible de anular que todas las
leyes juntas. Ningún señor en España, y menos aún un extranjero, debe
descender al abuso, la mofa o la violencia. Un golpe no puede lavarse
sino con sangre; la venganza española va hasta la tercera o cuarta
generación, y si alguna cosa han de aprender los atrasados españoles de
los extranjeros, no es, ciertamente, el deber de la venganza ni la
forma de llevarla a cabo. No se debe amenazar en vano, pero siempre que
haya necesidad de castigar, debe hacerse sosegadamente y con la
severidad precisa, y, una vez corregida la falta, no volver a insistir
en ella innecesariamente, pues ya que los españoles perdonan
difícilmente, los agravios sin vengar no conviene recordárselos. Un
proceder amable y conveniente, una gran consideración hacia ellos, de
manera que se vea que es la costumbre y que se espera de ellos lo mismo,
será el mejor sistema para que todo esté en su lugar. Paciencia y buen
carácter son los grandes requisitos del amo, especialmente cuando no
sabe bien el idioma del país en que vive. Nunca debe considerar
estúpidos a los españoles porque no le entiendan; además, con molestias
y agobios no se gana nada, y _no por mucho madrugar amanece más
temprano_. Dejadles tranquilos; no sed demasiado exigentes; en
ocasiones, sed ciego y sordo; cerrad la puerta, y el diablo pasará de
largo; _miel en boca y guarda la bolsa_.

En cualquier excursión española se gasta mucho menos que en la más
vulgar de Inglaterra. Además, muchos de los que aguantan que abusen de
ellos sus paisanos se enfurecen cuando imaginan que se les tima,
especialmente en el extranjero. Esta vergonzosa economía de que algunos
padecen es la del chocolate del loro: pagad, pagad, pues, con ambas
manos. El viajero debe tener en cuenta que gana en rango y en
consideración en España; que se le toma por un gran señor que viaja de
incógnito, y algo hay que pagar por este lujo; después de todo, no será
muy grande el aumento del gasto total, y, en cambio, va ganando mucho en
comodidades y buen humor durante la excursión, que, por otra parte,
quizá no la haga mas que una vez en la vida. Nadie que realice un viaje
de placer por España debe meterse en esa guerrilla, en esa pequeña lucha
por el ochavo. Que el viajero no cambie de modo de ser; que se muerda la
lengua y que evite las malas compañías; _quien hace su cama con perros,
se levanta con pulgas_, y _al toro y al loco hazle corro_. En estas
condiciones verá España con agrado, y, como le decía Catulo a Veranio,
cuando, algunos siglos ha, hizo este viaje, podrá a su vuelta entretener
a sus amigos y a la vieja abuelita:

      «Visam te incolumem, audiamque Hiberum
    narrantem loca, facta, nationes,
    ut mos est tuus»[37].

Dos viajeros deben llevar dos criados, ambos españoles, pues los demás,
a menos que hablen perfectamente el idioma, son un estorbo. Un gallego o
un asturiano hará un excelente lacayo; un andaluz será un magnífico
cocinero y ayuda de cámara. Alguna vez se puede encontrar, por
casualidad, una persona que sepa algo de idiomas y que tenga costumbre
de acompañar a extranjeros por España como una especie de guía; pero
este talento es sumamente raro y, además, las condiciones morales del
individuo están en razón inversa de sus facultades intelectuales, pues,
por lo general, ha aprendido más triquiñuelas que palabras extranjeras,
y los puertos no son precisamente la mejor escuela de honradez. De estos
bichos raros, el anglo-español, que generalmente ha desertado de
Gibraltar, es el mejor, pues son trabajadores, callados y prudentes: un
mono será siempre mejor que un charlatán ibero-galo, que ha olvidado sus
habilidades nacionales--guisar y peinar--y ha aprendido muy pocas cosas
españolas, sobre todo el buen humor y la paciencia.

De los dos criados, el que sea más listo irá a la cabeza de la caravana,
y el otro, a la cola. Se les montará en buenas mulas, provistas de
amplios serones. El uno debe actuar como cocinero y criado, el otro como
palafrenero, y cada profesor llevará, según su especialidad, y en su
correspondiente caballería, los utensilios necesarios para su oficio.
Cuando no se lleva más que un criado, uno de los serones se dedicará a
la administración y el otro a los equipajes; en este caso, el viajero
llevará una maleta que se cuidará de enviar a las grandes ciudades por
medio de un _cosario_, con objeto de que al llegar a ellas pueda reponer
todo lo que necesite en el equipaje de mano. Los criados deben ir
provistos de alforjas y una bota, cosas que desde tiempo de Sancho Panza
forman parte intrínseca de un fiel escudero, y, llevadas sobre un asno,
le dan cierto aspecto patriarcal. _Iba Sancho Panza sobre su jumento,
como un patriarca, con sus alforjas y bota._

Cada uno de los criados se cuidará de su cometido; el palafrenero
llevará los utensilios de cuadra y algo de grano, a fin de que nunca
falte un pienso para el ganado en caso de apuro; siempre procurará
enterarse de los recursos del país por donde han de pasar durante el día
para tomar sus precauciones. El segundo cuidará de sus amos, como el
primero de sus bestias, previniendo y preparando todo lo que pueda
contribuír a su comodidad, sin olvidar un mosquitero--ya diremos algo de
la plaga de moscas en la Península--, con clavos para colgarle, un
martillo y una barrena, cosas todas de lo más vulgar, pero que puede ser
difícil encontrar cuando más se necesite. También es conveniente llevar
una pequeña cantina, cuanto más ordinaria y más pequeña, mejor, pues una
cosa que se salga de lo común llama la atención y excita la codicia de
los demás y, por lo tanto, da lugar a asaltos, robos y otros
inconvenientes que no existen hoy en nuestros caminos, aun cuando míster
Moryson tuviese buen cuidado de advertir a nuestros antepasados que
«anduviesen con precaución sobre este punto, pues los ladrones tienen
por lo regular espías en todas las posadas para que averigüen la
condición de los viajeros». La manufactura española vale tan poco y es
tan basta que lo que para nosotros resulta verdaderamente ordinario, es
para ellos de lujo, porque no han visto otra cosa mejor. Las clases
bajas, que comen con los dedos, creen que _es oro todo lo que reluce_,
y, como después de todo, la dificultad está en lo que reluce, nadie debe
llevar tenedores y cuchillos tan bonitos que dé ganas a los sacamantecas
de dedicarlos a usos poco convenientes.

De cualquier modo, bueno será evitar el equipaje superfluo,
especialmente cosas inútiles, por aquello de que _en largo camino una
paja pesa_; y que la última pluma reviente al caballo. Se exceptuarán
los cigarros, que deben llevarse en abundancia, para darlos
generosamente; el mejor modo de entablar conversación con un español es
tener con él esta pequeña y delicada atención. El rapé es muy agradable
a los curas y a los frailes (por más de que ahora no los hay). Agujas,
hilo y un par de tijeras ingleses no ocupan mucho espacio y constituyen
la llave de las gracias del bello sexo. Un regalo hecho con oportunidad
y tacto tiene un encanto especial, lo mismo en casi todos los países
europeos que en los orientales, y el español, si no está en condiciones
de hacer un regalo equivalente, siempre tratará de pagarlo con
atenciones y cortesías.

Cada uno determinará por sí mismo si prefiere que su criado le sirva de
ayuda de cámara o de cocinero, pues no es fácil cosa que un hombre sirva
bien y al mismo tiempo la comida y a su señor. El cocinero que, a la
vez, va detrás de dos liebres, no coge ninguna. Ningún viajero prudente
permitirá que nadie haga lo que él pueda hacer por sí mismo; el que se
sirve a sí propio, puede asegurar que está bien servido.

Pero si en absoluto necesita de un ayuda de cámara, mejor es que deje al
mozo en su sitio adecuado: la cuadra; bastante tendrá con almohazar y
cuidar de sus cuatro animales, lo cual no ignora que es bueno para la
salud de los bichos, aunque él jamás se raspa la costra que a manera de
cemento romano cubre su cuerpo de ilota. Por experiencia sabemos que si
el jinete tiene la costumbre de llevar todo lo necesario para su aseo
personal en un saco aparte y emplea en su tocado el tiempo que el
cocinero tarda en preparar la sopa, quedará maravillado de lo
confortablemente que se sentará ante su _puchero_.

El cocinero llevará consigo una cacerola y un puchero o caldero para
cocer agua; no necesita cargarse con mucha batería de cocina, pues no
encontraría muchas ocasiones de utilizarla en la imperfecta gastronomía
de la Península, donde el hombre come como las bestias, que se mueren de
hambre. Todas las baterías son raras en España, ya sea en las cocinas o
en las fortalezas; y lo mismo se le ocurriría a un hidalgo tener una
batería voltaica en su salón que una de cobre en la cocina. La mayoría
de la gente se conforma con las _ollas_ y _pucheros_ de barro, que se
pueden encontrar en todas partes, y tienen una simpatía especial por la
cocina española, pues un estofado, aun cuando sea de gato, nunca sabe
tan bien hecho en un cacharro de metal como en uno de barro; la
cuestión es procurarse la materia prima: antes de nada, coger la liebre.
Aquel que tiene carne y dinero siempre encuentra quien le preste un
puchero.

Una _venta_ es un lugar de donde el rico sale con el estómago vacío y
donde el pobre hambriento no mata el hambre. Lo que debe hacer, pues, el
cocinero, es pensar en sus compras, sin atormentarse por el apetito de
su señor, que no faltará seguramente, y que en algunas ocasiones puede
hasta ser un mal; un buen apetito no es una gran cosa _per se_[38]; el
mejor es un estorbo si no hay que comer. Su _capucho_ o cesto de
provisiones debe ser la bodega, la despensa y almacén, cuidando de hacer
acopio, según la ruta que hayan de seguir y la distancia entre las
ciudades que recorran. Procurará siempre que sobren provisiones, pues,
no nos cansaremos de repetirlo, el deber de un cocinero, en este país
donde el comer constituye la mayor dificultad, es precaver las
contingencias; un poco de previsión no produce gran molestia y, en
cambio, proporciona mucha comodidad; porque los peligros en mar y en
tierra se duplican cuando el estómago está vacío, que por algo le decía
Sancho a su asno: _los duelos con pan son menos_, refiriéndose el sagaz
escudero, con su buen sentido de costumbre, tanto a la parte moral como
a la del pan, porque éste es admirable. Las mesetas centrales de España
son quizá la tierra que produce mejor trigo en el mundo: y aun cuando
cultivadas de manera muy imperfecta, pues el labrador apenas hace mas
que arañar la tierra y rara vez la abona, el vivificante sol viene en su
ayuda. Las cosechas son abundantes y de magnífica calidad, pero los
campesinos, miserables en medio de la abundancia, vegetan, más bien que
viven, en casuchas de barro o en cuevas abiertas en los montecillos, en
la mayor carencia de todo lo necesario.

La falta de carreteras, canales y toda clase de medios de comunicación,
dificulta la salida de los productos, que, a causa de su gran cantidad,
es difícil transportar en un país donde la mayor parte del grano se
traslada a lomos de caballerías, como lo hiciera patriarcalmente Jacob,
según la moda oriental, al llenar los graneros de Egipto. Por todo esto,
aun cuando no hay cotización, ni leyes para los granos, y las
subsistencias son baratas y abundantes, la población disminuye en número
y aumenta en miseria; porque ¿qué importa que el precio del trigo sea
bajo, si los jornales son más bajos de lo que deben ser y son en ninguna
parte?

El mejor pan en España se llama _candeal_; éste sólo lo comen los altos
empleados y gente de posición, y, antes, los clérigos. El peor se llama
_pan de munición_ y es el que se da al soldado: es negro como el betún,
áspero y más duro que una piedra, muy a propósito para echar sopas en el
caldo negro de los guerreros espartanos. La frase _de munición_ es
sinónima en la Península de mala calidad, y tiene su origen en lo malo
que es todo lo que se relacione con la administración militar española,
desde la mochila hasta el cuartel. Este pan y agua, y las dos cosas
ganadas con trabajo, constituyen la ración de los pobres reclutas
españoles, y ni aún con ello puede contar seguramente cuando están ante
el enemigo, a menos de que lo provea la administración de un ejército
aliado.

Quizá el mejor pan de España es el que se elabora en Alcalá de Guadaira,
cerca de Sevilla, y por esta razón le llaman Alcalá de los panaderos.
Allí puede decirse que el pan es el alma de su existencia y por todas
partes se pueden ver muestras: las _roscas_ están colgadas en sartas y
las hogazas colocadas en mesas a la puerta de las casas; es, en
realidad, lo que los españoles llaman _Pan de Dios_, el «pan de los
ángeles de Esdras». Todas las clases sociales ganan el pan haciéndolo y
los molinos no están nunca parados. Las mujeres y los chicos se ocupan
en quitar del grano partículas de tierra que vienen entre el trigo por
la manera de trillar, en el suelo, al aire libre, a la usanza bíblica y
homérica.

En las afueras de los pueblos en que se producen cereales, se prepara
una extensión de terreno, con suelo duro, donde se hace la operación de
trillar y aventar; este sitio se llama la _era_ y no es otra cosa que la
romana _área_. Las gavillas de grano se extienden en ella y cuatro
caballos, enganchados a la manera clásica, tiran de un _trillo_, que
está compuesto de unos tablones con pedernales y pedazos de hierro
clavados en la parte inferior: en el trillo se sienta el que guía los
animales, que dan vueltas y más vueltas sobre el montón de mies. De este
modo, el grano sale de las espigas y se tritura la paja; ésta sirve para
alimento de los animales, así como el primero, para alimento de los
hombres. Cuando el montón está bastante trillado se recoge y se aventa,
de modo que el viento se lleva la paja, y el grano pesado cae a tierra.
Todas estas operaciones son muy típicas y en extremo pintorescas, pues
se reúnen muchos labradores en el mismo sitio para sus faenas, y también
toman parte en ellas las mujeres y los chicos con sus trajes
abigarrados. Algunas veces se resguardan del dios del fuego por medio de
ramas de árbol, tejadillos o toldos, colocados, como lo podría hacer un
pintor, formando cuadros verdaderamente artísticos, cosa que es tan
común en el pueblo español y el italiano. Unas veces comen y beben,
otras, cantan y bailan, pues nunca falta la guitarra. Entretanto, los
caballos maceran las extendidas gavillas y recuerdan el símil de Homero,
que les compara a los fieros corceles de Aquiles, pasando por encima de
los cuerpos de los troyanos. Esta trilla al aire libre se hace,
naturalmente, en tiempo seco y, por lo general, con un calor abrasador.
Algunas veces se trabaja por la noche, alumbrándose con antorchas.
Durante el día los labradores, medio desnudos, desafían los ardores del
sol y parece que, como las salamandras, se encuentran en su elemento en
el calor más espantoso; verdad es que están constantemente con el botijo
en la mano y que nunca desdeñan echar un trago de la bota de un pasajero
amable. Todo es vida y actividad; manos y pies que se mueven sin cesar,
ojos centelleantes, gritos animados; las briznas ligeras de la paja, que
con los rayos del sol brilla como polvo de oro, envuelve las figuras en
un halo que, por la noche, cuando la luz de las antorchas las oculta en
parte y las realza en otra, parecen algo sobrenatural, como fantasmas
volando de un lado para otro en la niebla vaporosa. El cuadro es muy a
propósito para impresionar y encantar al forastero que viene del pálido
Norte y ha visto siempre batir el grano para separarlo de la paja y se
sorprende y admira de estas costumbres, las contempla con atención y se
siente lleno del ambiente de poesía, movimiento y color local de que
están impregnadas. Pero mientras el gélido hijo de los cielos plomizos
está lleno de fuego y de entusiasmo, su compañero español, nacido y
criado bajo los intensos rayos del sol, está más frío que el hielo, más
indiferente que un árabe; pasa junto a todo aquello, no ya sin
admirarlo, sino positivamente avergonzado, viendo sólo la barbarie, lo
anticuado e imperfecto del sistema, suspirante por alguna máquina hecha
en Birminghan para colocarla en un granero construído conforme a los
modelos aprobados por la Real Sociedad de Agricultura de Cavendish
Square, anhelando con toda su alma los adelantos de la civilización, con
los cuales las harinas resultan mejor elaboradas, siquiera no lo estén
con tanta poesía.

Pero volvamos a nuestro pan seco, abandonando esta nueva digresión, y
bien saben todos los que han estado en España o han escrito sobre
asuntos españoles, cuán difícil es guardar regularmente el camino sin
separarse de él a cada momento, ya para elegir una florecilla silvestre,
ya para coger una piedrecilla reluciente. El trigo así trillado es
cuidadosamente molido, y en la Mancha, en aquellos encantadores molinos
de viento colocados en eminencias del terreno para que sean azotados por
el aire, y que con sus aspas extendidas parecen ahora gigantes
quijotescos, la harina se pasa por varias tolvas para que se afine y
afine más y más. La masa está cuidadosamente heñida, trabajada y
manipulada, ni más ni menos que lo hacen nuestros fabricantes de
galletas, y por ello la miga es tan ligera y esponjosa: según Plinio,
los romanos eran aficionados al pan español a causa de su ligereza.

En España no tiene el pan la misteriosa simpatía con la manteca y el
queso que en nuestra verde y vieja Inglaterra, probablemente porque en
estas tórridas regiones los pastos son escasos, la manteca, mala, y el
queso, peor, no obstante ser muy digestivo para el estómago de hierro de
Sancho, que no conocía otra cosa mejor. Nadie, sin embargo, que haya
probado el Stilton o el parmesano se unirá a él en las alabanzas al
_queso_ de Castilla, cuyo poco valor puede calcularse por el aprecio que
en la Península se tiene al queso de bola holandés. El viajero, no
obstante, debe llevar consigo alguno, pues lo malo es aquí lo mejor en
muchas otras cosas, además de ésta; también debe meter en su despensa
algunos panecillos buenos, pues, en las regiones montañosas, el pan
corriente es de centeno, maíz o de cereales inferiores. El pan es la
base alimenticia del viajero español, el cual, si le añade un poco de
ajo crudo, ya está listo: _con pan y ajo crudo se anda seguro_. Con
todo, una hogaza no molesta mucho y sirve siempre, como decía Esopo, el
prototipo de Sancho. _La hogaza no embaraza._

Después de tener seguro el pan, el cocinero, al condimentar la cena,
preparará también algo para el almuerzo del día siguiente, a las once,
que es como los españoles han traducido _meridie_, las doce, o mediodía,
de donde se deriva la palabra correcta para almuerzo: _merienda_,
_merendar_. Dice un proverbio que _donde buenas ollas quiebran, buenos
cascos quedan_, y nada más cervantesco que un alto al aire libre, si no
hay otro sitio mejor. Cuando el sol calienta con toda su fuerza, y
hombres y animales están cansados y hambrientos, dondequiera que se
encuentre un agradable lugar umbroso, con agua corriente, la caravana se
aparta del camino, como hacían Don Quijote y Sancho, se elige un rincón
apacible, se descargan las caballerías, se vacían los serones, que
engrasan el magro suelo; se extienden los manteles sobre la hierba, las
_botas_ se ponen dentro del agua para que se refresque su contenido, y
se sacan las provisiones, que pueden ser perdiz o pavo fiambre o lonchas
de jamón y de _chorizo_; manjares sencillos, pero que se comen con un
apetito y un gusto por los que un regidor pagaría cuanto le pidieran. Si
no hay un racimo de uvas, se puede terminar con un sabroso cigarro y un
sueño dulce sobre la fresca y mullida hierba. En tales banquetes
campestres España es muy superior a los bulevares. ¡Qué lástima que
tales horas sean tan bellas y fugaces como los rayos del sol! Tal es la
vida de viaje en la Península. La _olla_, para restaurar las fuerzas,
sólo puede estudiarse en las grandes ciudades, y la comida, de la cual
es ella el principal elemento en España, es gran recurso para el
viajero. Y la cocina española es tan oriental, tan clásica y tan
singular, sin decir nada de su vital importancia, que el asunto bien
merece un capítulo aparte.



Capítulo XI.


Se necesitaría demasiado espacio para exponer y digerir propiamente los
méritos de la cocina española. Sin embargo, hemos de tratar, siquiera
sea sucintamente, de este asunto, que no deja de ser sabroso y
suculento. Enumeraremos brevemente los manjares y las bebidas que se
consumen a diario y los platos que hemos ayudado a hacer muchas veces, y
más aún a comer en las _ventas_ más desmanteladas de la Península y en
las regiones más miserables; platos que todo viajero previsor puede
mandar guisar y comer con no peor apetito que lo hiciéramos nosotros.

Para ser un buen cocinero, cosa rara en España, es preciso, no sólo
conocer el gusto del señor, sino ser capaz de sacar partido de cualquier
cosa, como un inteligente _artista_ francés convierte un zapato viejo en
un epigrama de cordero o un modisto parisino hace de un palo una
elegante _madame_, sin otro defecto que parecer un poco gruesa. Los
platos genuinamente españoles son buenos en su clase y hechos a su modo,
pues no hay nada tan ridículo en un cocinero, lo mismo que en otra
cualquier persona, que querer aparentar lo que no es.

Lo _au naturel_ puede resultar demasiado sencillo en ocasiones, pero
rara vez le hace a uno daño, y de todas suertes hay que pensar que es
tan difícil hacer comprender a un cocinero español la cocina francesa,
como que un diputado se haga cargo de la constitución del parlamento
inglés. La ruina de los cocineros españoles es el afán que tienen de
imitar a los extranjeros, de la misma manera que sus necios aristócratas
destrozan su gloriosa lengua, sustituyéndola con lo que ellos suponen
excelente parisién, que suelen hablar _comme des vaches espagnoles_.
_Dis moi ce que tu manges et je te diriai ce que tu es_, es un _mot
profond_ del gran Brillat Savarin, que también descubrió que _Les
destinées des nations dépendent de la manière dont elles se nourrissent_
(los destinos de las naciones dependen de su modo de alimentarse); razón
por la cual el general Foy atribuye todas las _casuales_ victorias de
los ingleses al ron y a la carne. Esto no hace mas que aumentar nuestro
gran respeto por el ponche y por el rosbif de la vieja Inglaterra, cosa
que, dicha sea de paso, es muy difícil de conseguir en la Península,
donde los toros se crían para la plaza y los bueyes para uncirlos, no
para el asador.

La cocina nacional española es en su mayor parte oriental. Casi siempre
tiene por base el guisado, pues por escasez de combustible, el asar es
casi desconocido, y lo hacen poniendo la carne dentro de una sartén,
encima del rescoldo, y luego, sobre la tapadera, algunas ascuas. La
_olla_ es casi sinónimo de comida en España, así como se considera
vulgarmente que toda la alimentación de otras dos poderosas naciones son
el _beefsteak_ o las ranas. Donde quiera que la carne es mala y escasa,
la salsa es muy importante: en España se hacen a base de ajos, aceite,
azafrán y pimentón. En los países cálidos, donde las bestias son flacas,
el aceite sustituye a la grasa y el ajo sirve de condimento y al mismo
tiempo estimula el apetito de un estómago inapetente. Se dice de
nosotros, herejes, que solemos tener una sola salsa--manteca
derretida--y cien religiones; en cambio, en la ortodoxa España no se
conoce más que una, lo mismo salsa que religión, y el variarlas es
considerado como una herejía. Por lo común tienen estas salsas un color
tostado, muy parecido al siena que imitaba Murillo, cosa que no tiene
nada de particular, pues, según se dice, el pintor español hacía ese
color típico con pedazos de pucheros machacados, lo mismo que hoy día
hacen los pintores que se dan el lujo de comer carne. Este _negro de
hueso_ es la pátina característica de España, donde todo es pardo, desde
la Sierra Morena hasta los habitantes. De este matiz es la capa, la casa
de tierra, la mujer, la vaca, el burro y todo lo que tiene relación con
el español. Las salsas tienen, no solamente el mismo color, sino
también el mismo sabor en todas partes, y de aquí la dificultad de saber
de qué se compone un plato. Ni la misma Mrs. Glass podría decir, ni aun
por el sabor, si el estofado era de liebre o gato, vaca o ternera, buey
o burro. Ya la cosa pone a prueba la agudeza de un francés, pues una de
las jactancias de la ciudad de Olvera es haber dado carne de burro para
las raciones de un destacamento bonapartista. Todo esto tiene un sabor
verdaderamente oriental. Isaac no sabía distinguir el cabrito del
venado, tan semejante era la salsa con que se servían, y, sin embargo,
su olfato y su paladar eran finos y era muy suspicaz en materia de
cocina. Como medida práctica para vivir tranquilo no se debe entrar en
demasiados detalles en la cocina, a menos que tenga uno que ser su
propio cocinero, porque _quien las cosas mucho apura, no vive vida
segura_.

Todo el que viaje por la Península, a caballo o en coche, padecerá sed
en las áridas llanuras y hambre en las peladas montañas, donde el que
pide pan recibe piedras. La cuestión manducatoria ha preocupado siempre
en España a los guerreros, desde Enrique IV a Wéllington: «las
subsistencias son la gran dificultad», puede leerse en una tercera parte
de los maravillosos comunicados del duque. Esta escasez se incluye en el
nombre de España. Σπανια, que quiere decir pobreza y desnudez, lo mismo
que el término _bisoños_, necesitados, ha sido sinónimo mucho tiempo de
soldados españoles, que, como dice el duque, siempre están «fuera de
combate», «siempre _necesitados_ de todo en el momento crítico». El
hambre y la sed han sido y son los mejores defensores de la Península
contra el invasor. En la sierra y en las estepas estos escuálidos
centinelas tienen montada la guardia y, a manera de espantajo, protegen
este paraíso lo mismo que las regiones infernales de Virgilio:

    «... et malesuada Fames ac turpis Egestas;
    Terribiles visu formae»[39].

Una excursión a caballo por España se ha considerado equivalente a
prestar servicio en una campaña, y era una frase del gran Condé: «Si
queréis saber lo que es pasar trabajos, haced la guerra en España». Sin
embargo, en los miles de leguas que hemos recorrido nosotros, no hemos
sufrido esa horrible privación que hemos mantenido a respetable
distancia por prestar una viva y constante atención al proverbio:
_Hombre prevenido nunca fué vencido_. Nada hay como la previsión y las
_provisiones_. «Si queréis conocer--escribe el proveedor duque a lord
Hill desde Moraleja--_haréis bien en traer lo que os parezca_, pues yo
no tendré nada». La antigua costumbre de la tuna estudiantil es muy
conveniente en los caminos de España:

     «Regula Bursalis est omni tempore talis,
    prandie fer tecum, si vis comedere mecum»[40].

El que va preparado nunca se verá en un apuro; por lo tanto, el hombre
prudente debe llevar siempre, en España, víveres para dos o tres días,
como hacía el valeroso Dalgetty, y su cocinero, como Sancho Panza, no
debe tener otros pensamientos en su cabeza que los de cómo transportar
en sus alforjas la mayor cantidad posible de comestibles.

En todas las ciudades que medianamente merezcan ese nombre que
encuentren en el camino, se proveerá ampliamente de té, azúcar, café,
aguardiente, aceite bueno, vino y sal, para no hablar de los sólidos, y
así, llevando algo preparado, tiene suficiente vagar para forrajear y
ocuparse de otras cosas. Los que llevan un _corps de réserve_ de que
echar mano--tal como un jamón o un pavo fiambre--pueden siempre
convertir en un oasis cualquier rincón del desierto. También puede
confiarse la unión del alma con el cuerpo al azar de una _venta_, de las
que más adelante hablaremos; pero esa no ofrece sino un miserable trato
para una persona de buen juicio. Y aun cuando no fuese necesario para
uno mismo, llevar provisiones a prevención siempre servirán para
socorrer a los pobres que se encuentran en el camino constantemente en
España, para los cuales es casi desconocido el sabor de ciertos
manjares y consideran como un festín las migajas que caen de la mesa de
los ricos. La satisfacción y el agradecimiento con que devoran los
restos son tan agradables al corazón del donante como al estómago del
donatario, pues las mejores medicinas del pobre están en las bodegas,
cocinas y despensas de los ricos. Los criados cuidarán escrupulosamente
de los equipajes y las vituallas, que pueden ser sisados y saqueados, en
las _ventas_, donde no siempre suele reunirse gente de la buena
sociedad; todo deberá ir muy bien empaquetado y atado, porque el diablo
siempre anda al acecho: _ata al saco, ya espiga el diablo_.

Antiguamente los viajeros de campanillas llevaban una olla de plata con
llave: el _guardacena_. Esta idea ingeniosa ha dado asunto para muchos
chistes en cuentos y comedias. Madame D’Aulnoy nos relata lo que le
ocurrió al arzobispo de Burgos y su ortodoxa olla.

No hay nada en la vida como empezar bien una cosa, y así llegarán todos
sanos y salvos a la primer parada. Al llegar a una posada, el cocinero
no debe declarar que lleva provisiones y tratará de sacar cuanto pueda
de los demás, y mucho se consigue de pedirlo y llorarlo, pues hasta un
chico español sabe que _el que no llora no mama_; la cuestión es no
echar mano de las reservas sino en caso de absoluta necesidad, y durante
el día estar ojo avizor y recoger cuanto halle comestible a mano, donde
se pueda y cuando se pueda.

Si el cocinero sabe salir bien a la carga sin perder la serenidad,
cogerá la gallina y también los huevos. Todo lo que cae en la red es
pescado, y, como decían Buonaparte y sus mariscales, nada debe ser
demasiado para su ambición ni demasiado poco para su rapacidad. Pero por
supuesto, que debe pagar lo que vaya recogiendo, cosa que no hacían esos
señores; así las frutas, las cebollas, las verduras, como de todas
maneras hay que comprarlas en alguna parte, más vale hacerlo en cuanto
caigan a mano. Los campesinos, con su afición a la caza furtiva,
facilitarán esta tarea, pues constantemente ofrecen perdices, conejos,
melones, liebres, pues en este país de lo imprevisto, cuando menos se
piensa, _salta la liebre_. A pesar de que Don Quijote creía que era de
mal agüero encontrarse una liebre al entrar en un pueblo, que no asuste
esto al intrépido viajero, sino que inmediatamente mande guisar el
_presagio_, pues una liebre es considerada por los españoles, como en
tiempo de Marcial, como la flor y nata de los cuadrúpedos comestibles y
ningún entendido preferirá otro manjar, pues, como se dice: _A perro
viejo échale liebre y no conejo_. Con todo, y a pesar de este proverbio,
a falta de la liebre no deben desdeñarse en modo alguno los conejos. En
España abundan a tal punto, que los antiguos naturalistas le
consideraban un animal indígena y llegaron hasta a derivar el nombre
España de _Sephan_, conejo, que los fenicios encontraron aquí por
primera vez. Sea como quiera, los tímidos orejudos se pueden ver en las
primitivas monedas ibéricas como se seguirán viendo durante mucho tiempo
en sus amplios yermos y mesetas. Dicho sea de paso, bueno será
desconfiar de un conejo o una liebre ya guisados que le ofrezcan a uno
en una venta, por más que si el consumidor no se entera de que sea un
gato lo que come--ojos que no ven, corazón que no siente--más valdrá no
meterle en aprensión, pues será una lástima sacarle de su error
gastronómico, y no puede decirse que le hayan robado, pues el engaño y
no el gato es lo que duele. _Pol! me occidistis, amici._ El cocinero,
por tanto, deberá asegurarse de antemano de la honradez de los
ingredientes de cada uno de los platos que presenta a su señor.

Al hablar de la cocina de la Península, hay que dar por todos estilos la
preferencia a la _olla_, término con el que se designa cierto plato y el
cacharro de barro en que se prepara, lo mismo que la palabra plato
(_dish_), en inglés, significa el manjar y el utensilio en que se sirve.
Puede asegurarse que el genio culinario español está condensado en la
_olla_, como estaba el poderoso _Jinn_ encerrado en un bote, según los
cuentos de las _Mil y una noches_. Los vivarachos y gastronómicos
franceses, que son, sin género de duda, los que en materia de cocina van
a la cabeza de la civilización europea, se burlan de las bárbaras
prácticas gotoibéricas, por considerarlas más tenebrosas que Erebo y más
ascéticas que estéticas. Según ellos, el desayuno peninsular consiste en
una cucharadita de chocolate; la comida, en una cabeza de ajo empapado
en agua; y la cena, en un cigarrillo de papel; y al decir de su _parfait
cuisinier_, la _olla_ se hace con dos cigarros cocidos en tres galones
de agua; pero esto es una calumnia inventada por un enemigo.

La _olla_ sólo se hace bien en Andalucía, y solamente en las casas
cuidadosas y bien acomodadas. En el resto de España se llama _puchero_,
y es un plato mezquino, compuesto de vaca cocida con garbanzos y algún
embutido. Los _garbanzos_ son la legumbre propia del país, la patata,
por decirlo así, y su uso demuestra un estado precario de la ciencia
hortícola. Fueron introducidos por los cartagineses: es el _puls punica_
(ingrediente especial, como el _fides punica_ de todos los gobiernos y
la hacienda españoles) que proporcionó tal regocijo a Plauto, que
introdujo en la escena al _fultifagonides_ o fenicio comedor de
garbanzos, que hablaba fenicio, de igual manera que Shakespeare
introdujo al galés comedor de queso tostado, hablando galés. Los
garbanzos necesitan estar en remojo mucho tiempo, pues de lo contrario
están más duros que balines: un ingenioso francés, después de lo que él
llamaba la apología de una comida, los comparaba en su estómago vacío a
un puñado de guisantes secos rodando dentro del tambor de un niño.

La verdadera _olla_--la antigua y reputada _olla podrida_ o _pot pourri_
(el epíteto no se usa ahora)--es muy difícil de hacer, y, desde luego,
es imposible comer una medio regular fuera de España, porque para ello
se necesitan una porción de cosas puramente españolas y, sobre todo,
mucho cuidado: el cocinero tiene que poner sus cinco sentidos en el
puchero o en los pucheros, pues es mejor hacerlo en dos. Tienen que ser
de barro, porque, como el _pot-au-feu_ francés, el plato no valdrá nada
si se hace en un cacharro de hierro o de cobre; se tomarán, por tanto,
dos, y se pondrán al fuego con agua. En el número uno, se echarán
_garbanzos_ que hayan estado en remojo toda la noche, un buen pedazo de
carne de buey o vaca, un pollo y un gran trozo de tocino, y se hará que
cueza un rato de prisa, y después se apartará para que siga hirviendo a
fuego lento; necesita cuatro o cinco horas para estar bien hecho. En el
número dos, se ponen con agua cuantos vegetales se hallen a mano:
lechugas, coles, un pedazo de calabaza, zanahorias, judías, apio,
escarola, cebollas, ajos y pimienta larga. Todas estas cosas han de
lavarse muy bien, previamente, y picarse como si fueran para ensalada;
después se añadirán _chorizos_ y un pedazo grande de cabeza de cerdo
salada, que habrá estado en agua toda la noche. Cuando todo está cocido
suficientemente, se escurre muy bien el agua y se tira. Hay que cuidar
de quitar la espuma de los dos pucheros. Una vez cocido todo, se apareja
una gran fuente, y en el fondo se ponen las verduras, y en el centro, la
carne, acompañada del tocino, el pollo y la cabeza de cerdo. El chorizo
se colocará alrededor, formando corona, y todo se rociará con caldo del
puchero número uno, sirviéndolo muy caliente, como Horacio hacía: _uncta
satis pingui ponentur oluscula lardo?_[41]. No hay perfume de violeta
que pueda compararse al que al pasar despide una olla; los mirones que
presencian su paso, suspiran, con la boca hecha agua, al ver y oler la
rica carga que, arrojando humo, se aleja de ellos.

Esta es la olla _en grande_, tal como, según Don Quijote, sólo la comían
los canónigos y rectores de colegio[42], pudiéndosela comparar con la
sopa de tortuga, que es tan exquisita y nutritiva que constituye por sí
sola una verdadera comida. Un canónigo de Sevilla, antiguo dignatario en
la edad dorada anterior a las reformas y desamortizaciones que apagaran
el hogar de las cocinas eclesiásticas, y cuyo puchero corriente era de
primer orden, nos decía que en los días de fiesta solía poner en la olla
pavo en vez de pollos, añadiendo un par de peros de Ronda y tres batatas
dulces de Málaga. Su opinión es muy digna de tener en cuenta, pues se
trata de un buen canónigo católico, apostólico, romano, que creía todo,
absolvía todo, bebía todo, comía todo y digería todo. Como regla
general, puede asegurarse que cuanto sea bueno en sí, será a propósito
para la olla, con tal de que--según dicen siempre los viejos libros
españoles--_no contenga cosa que se oponga a nuestra santa madre Iglesia
y santa fe católica y buenas costumbres_. Tal olla no es fácil
encontrarla yendo de camino, pero es muy propia para hacer recuperar las
fuerzas perdidas cuando se llega a una ciudad. Naturalmente, la olla se
hará con lo que pueda encontrarse. En las casas particulares el caldo
del puchero número uno se sirve con pan, en una sopera, y la frugal mesa
se cubrirá de los demás componentes de la olla, en fuentes separadas, y
si queda algo, frío o recalentado, sirve para la cena.

Las verduras y el tocino son indispensables, pues sin las primeras la
olla no es nada: _Olla sin verdura, ni tiene gracia ni hartura_; y el
segundo es tan esencial como cita un texto de San Agustín en un sermón:

      No hay olla sin tocino
    ni sermón sin Agustino.

El tocino es mucho más apreciado en toda la extensión de la Península
que éste u otro cualquier padre de la Iglesia, pues la afición a la
carne de cerdo corre parejas con la que se tiene por el líquido que
suele luego encerrarse en la piel del mismo animal, y no falta razón
para ello, pues el cerdo de España ha tenido siempre y tiene un gusto
incomparable; el tocino es gordo y sabroso, los embutidos deliciosos y
el jamón trascendentalmente superlativo, para usar la expresión de
Diodoro-Siculos, hombre de mucho gusto, saber y entendimiento. No hay,
pues, que avergonzarse de sentir cierta predilección por los cerdos de
España, y se nos perdonará que hablemos algo de ellos.

En muchas provincias de España los cerdos son más numerosos que los
burros. Como los de Extremadura, la _Jamonópolis_ de la Península, son
los más estimados, los citaremos especialmente. Esta comarca, a pesar de
ser la menos visitada por los españoles y los extranjeros, es
interesantísima para arqueólogos y naturalistas; muchas han sido las
correrías que nosotros hemos hecho por sus intrincados bosques de
carrascos y por sus despobladas y aromáticas llanuras.

El Gobierno de Madrid parece haberse olvidado hasta de la existencia de
esta región, antiguo granero bajo los romanos y los moros, y abandonada
hoy a la _feræ naturæ_, a los ganados trashumantes, a la langosta y a
los puercos. La entomología de Extremadura es infinita y perfectamente
desconocida--_de minimis non curat Hispanus_--, pero el cielo y la
tierra son pródigos en los seres diminutos. La naturaleza es más activa
y prolífica allí donde el hombre es más perezoso y menos industrioso, y
en estas solitarias llanuras, donde no rompe el silencio una voz
humana, el aire fragante resuena con el zumbido de multitud de insectos
que van de un lado para otro en busca de amor o de comida, sin
preocupación de viviendas ni de cocinas, regocijados con el buen tiempo,
que es la alegría de sus menudas almitas y de su feliz y efímera
existencia. Ovejas, cerdos, langostas y palomas son los únicos seres
vivientes con que el viajero tropieza durante horas y horas, y allá, de
largo en largo, aparece un hombre como para demostrar lo raro que es
allí su especie.

Grandes extensiones de esta región olvidada están cubiertas de bosques
de encinas, hayas y castaños, pero estos paisajes maravillosos no tienen
atractivo alguno para los naturales del país, ciegos a lo pintoresco,
incapaces de pensar mas que en el número de cerdos que se podrán cebar
con los carrascos y las bellotas, que aquí son más dulces y de mayor
tamaño que las inglesas. La palabra _bellota_ viene del árabe _bollot_;
_belot_ es el término que en las Escrituras se usa para designar el
árbol y el fruto, que, con agua, constituía el alimento de los iberos
primitivos, lo mismo que el del cerdo. Cuando las bellotas estaban
secas, dicen los autores clásicos, se molían para hacer pan con ellas, y
frescas, servían de segundo plato. Hoy mismo, muchas señoras de posición
las comen como golosina en la ópera y otros sitios; la mujer de Sancho
Panza las mandó como regalo a la duquesa, y son el asunto que tomó Don
Quijote para su discurso a los cabreros sobre los goces e inocencia de
la edad dorada y la felicidad pastoril, en que ellas eran la base de la
cocina.

Durante la mayor parte del año los cerdos se alimentan como buenamente
pueden, y recuerdan por su delgadez a aquellos animales, semejantes a
galgos, que pasan por puercos en Francia. Cuando las bellotas están
maduras y empiezan a caerse de los árboles, los voraces animales son
llevados al campo desde los pueblos, que más bien pudieran llamarse
reunión de pocilgas. Al anochecer vuelven a casa por su propia
iniciativa, sin ser conducidos por nadie. Al llegar a la entrada del
lugar emprenden un galope furioso como si estuvieran poseídos del mismo
demonio, para llegar pronto a su casa, a la que cada cochino vuelve sin
que nunca se equivoquen. Más de una vez hemos tropezado con uno de estos
torrentes de cerdos, y hemos estado a punto de ser atropellados como le
ocurriera a Don Quijote cuando fué realmente arrastrado por la piara
numerosa y gruñidora. En la casa es recibido el galopín como un hijo
pródigo o un padre cariñoso. El cerdo es el mimo del campesino; le crían
con sus hijos y comparte con ellos, como en Irlanda, las pocas
comodidades de sus chozas; lo respetan en todas partes, y con razón,
pues es el animal que paga la renta. En realidad, es el verdadero
ciudadano, pues, como en Sorrento, en Extremadura el hombre es
considerado de origen inferior, sólo creado para cuidar las piaras de
cerdos, que eran los que proporcionaban antes la buena vida a los
canónigos toledanos, con la ventaja de que valen más después de muertos.

Es admirable cómo se engullen el dulce alimento; en realidad, el único
deber de un buen cerdo--animal _propter convivia natum_--es engordar lo
más que pueda en poco tiempo y después morir por el bien de su patria.
Hay que observar, de acuerdo con la información de nuestros granjeros,
que los cerdos dedicados a San Antón--a quien siempre se representa con
una marrana al lado, como a Venus con una paloma--son los que engordan
más pronto; por esta razón los puercos en España son rociados con agua
bendita el día de este Santo, y se les suele matar hacia el 10 ó el 11
de noviembre, por San Andrés o San Martín, y de aquí el proverbio que
dice: _A cada puerco le llega su San Martín_.

La matanza de un cerdo cebado es un acontecimiento en las familias
españolas--que, por lo general, engordan uno--tan festejado como el
natalicio de un hijo; además, es imposible que permanezca oculto por el
alboroto enorme que se arma. Es una prueba de atención, por parte del
dueño de la casa, celebrar el feliz acontecimiento enviando a sus amigos
íntimos alguna parte de los despojos. La mayor vanagloria del español es
la limpieza de su sangre, es decir, que no haya en ella mezcla alguna de
los cerdófobos judíos o moros, cosa que, si los cerdos pudiesen razonar,
deplorarían profundamente, pues los españoles han sido buenos
consumidores de carne de cerdo, y lo han hecho tanto por razones
religiosas como gastronómicas. El comer o no comer carne de un animal
considerado inmundo por los impuros infieles, se convirtió en una prueba
de ortodoxia y al mismo tiempo de pureza de fe y de buen gusto; y como
ya hemos visto, el buen tocino tiene relación con la buena doctrina y
con San Agustín. El nombre español _tocino_ se deriva del árabe
_tachim_, que significa gordo.

Los españoles, aun cuando excesivamente aficionados al cerdo y a su
piel, conservan el odio oriental al animal inmundo en _abstracto_. _Muy
puerco_ es la expresión corriente para designar lo sucio, repugnante o
asqueroso. _Muy cochina_ es una frase que no perdonaría una mujer; es
equivalente a la italiana _vacca_ y al epíteto femenino canino usual
entre las pescaderas de Billingsgate. El epíteto no implica tampoco
fuerza moral, castidad, y en castellano culto no se nombra jamás el
animal inmundo sin un rodeo o una excusa, lo cual es un resabio de la
influencia árabe en las costumbres españolas. _Haluf_ o cerdo, es aún el
término más despreciativo con que los muslimes califican a los
cristianos y se aplican hoy entre los ingratos argelinos contra sus
bienhechores y panaderos los franceses, incluso contra el _illustre
Bugeaud_[43].

La capital del distrito porcuno extremeña es _Montánchez_--_mons
anguis_--y debe de ser, sin duda, el lugar montañoso donde el duque de
Arcos cebó y curó _ces petits jambons vermeils_, que el duque de San
Simón comió y admiró tanto: «ces jambons ont un parfum si admirable, un
goût si relevé et si vivifiant, qu’on en est surpris: il est impossible
de rien manger si exquis». El señor de Arcos acostumbraba encerrar sus
cerdos en lugares abundantes en víboras, que ellos se comían, sin que se
sepa que ni los cerdos, ni los duques, ni sus parásitos se envenenasen
con estas exquisitas víboras. Según Jonas Barrington, los mejores cerdos
de Irlanda son los que comen carne de rebelde. Un cerdo papista, el
jabalí de Enniscorthy, fué enviado como muestra por haberse comido a un
pastor protestante: fué condenado a muerte y deshonrado no haciendo
tocino con él.

Los naturalistas han observado que las serpientes de cascabel en América
se retiran ante su enemigo el cerdo, que de esta suerte viene a ser el
_gastador_ de la civilización en el Nuevo Mundo, como Pizarro, a quien
amamantara una cerda, y que guardó puercos en su juventud, fué su
conquistador. Sea como quiera, Montánchez es notable por sus cerdos, en
todas las formas, lo mismo por los ricos _chorizos_ que por los sabrosos
_embuchados_, que se asemejan un poco a la _mortadelle_ de Bolonia, aun
cuando algo menos duros, y se comen, por lo general, cociéndolos
previamente, aunque también están buenos crudos. Son los mejores trozos
del cerdo, sazonados convenientemente, con los cuales, como en
compensación, se llenan las tripas del voraz animal, que hasta muerto
satisface su pasión dominante. Recomendamos vivamente a los aficionados
al buen jamón, la casa de _Juan Valiente_, que hace poco era alcalde del
pueblo, y los vende de unas 12 libras a razón de siete reales y medio
(unos diez y ocho peniques), la _libra carnicera_, que tiene 32 onzas
inglesas; como los derechos de introducción en Inglaterra son
insignificantes, nos hemos surtido de todas estas chucherías, gracias a
la amabilidad de un amigo del _Puerto_. La grasa de estos _jamones_ (de
donde se deriva nuestra palabra _ham_ y _gammon_), cuando se cuecen,
parece topacio derretido y el sabor no admite descripción, aunque hoy
mismo lo he probado para asegurar la corrección y claridad de mi prosa,
imitando a Lope de Vega, que, según su biógrafo el doctor Montalván, no
podía escribir versos sin inspirarse con algunas magras y solía decir
que: «Toda cosa es vil, a donde falta un _pernil_» (palabra en que
reconocemos la _perna_ con que recobrara fuerzas Horacio):

      Therefore all writing is a sham,
    Where there is wanting Spanish ham.

Los de Galicia y Cataluña son también muy famosos, pero no pueden ni por
asomo compararse con los de Montánchez, propios para servidos a la mesa
de un emperador. Los que únicamente pueden rivalizar con ellos son los
de la _Alpujarra_, preparados en _Trevélez_, aldea dedicada a la cría de
cerdos, que está situada al pie de las montañas de Sierra Nevada, donde
también hemos hecho alguna excursión. Son llamados _dulces_, porque se
emplea muy poca sal para curarlos; se tienen los jamones una semana en
un adobo ligero y después se cuelgan al aire en sitio muy frío: este
sistema sólo puede emplearse en aquella comarca donde hay seguridad de
que la temperatura no varía. Aquellos de nuestros lectores que sean
aficionados a los platos españoles, encontrarán buenos garbanzos,
chorizos, pimentón, chocolate, chucherías valencianas, etc., etc., en
casa de Figul, dignísimo catalán que tiene la tienda en el número 10 de
Woburn Buildings, St. Pancras, Londres; el sitio no es mucho más
frecuentado que el propio Montánchez, pero el correo interior llega
perfectamente allí.

Como hemos llenado tanto espacio con esos excelentes tocinos y jamones,
habremos de ser breves con nuestra restante lista de platos. Para hacer
un _pisto_, hacen falta huevos, cosa fácil de hallar en casi todas
partes: asegurarse por su transparencia de que están frescos y batirlos
mucho. Después se toman cebolletas, y cualquier clase de hierbas finas
que se tengan a mano; algunos pedacitos de carne que se guarden en la
despensa, tal como pollo frío, jamón, pavo, etc., se mezclan con los
huevos y se fríe todo rápidamente. Muchos españoles tienen un modo
especial de hacer esta tortilla, que resulta un magnífico recurso para
los estómagos delicados.

El _guisado_, como la olla, sólo puede hacerse bien en un puchero
español, y de los que aquí importamos, los andaluces son los que le dan
mejor gusto. Es un plato que todos los cocineros de las ventas hacen
bien, salvo los que emplean aceite malo, y demasiado ajo, azafrán y
pimentón. Es conveniente, pues, dirigirlo uno mismo: tómense liebre,
perdices, conejo, pollos, o cualquier otra clase de carne que se haya
uno podido procurar en el camino (hecho con faisán está también
exquisito, cosa que hasta ayer no tuvimos ocasión de probar); córtese en
trozos pequeños, apartando la sangre, el hígado y los menudillos; no
lavar los pedazos, sino limpiarlos con un paño; fríanse con cebollas con
el aceite que cabe en una taza de té, hasta que esté dorado, y pónganse
después en un puchero con el aceite, e igual cantidad de vino y agua,
teniendo en cuenta que aquél es mejor que ésta; el clarete le va muy
bien y el valdepeñas mejor; añádase un poco de tocino, cebolla, ajo,
sal, pimientos y un manojo de tomillo; póngase todo a la lumbre,
espumándolo cuidadosamente y dejándolo cocer a fuego lento; media hora
antes de servirlo se le agregan los menudillos; y cuando esté en su
punto, lo cual puede saberse probándolo con un tenedor, sírvase muy
caliente. Debe moverse constantemente con una cuchara _de madera_, y
convendrá ir quitando la grasa cuando empiece a sobrenadar, pues es una
cosa muy desagradable y que desacredita a un cocinero, el que esté
grasiento el guisado. Hecho con cuidado y acompañado de una buena
ensalada, constituye una cena digna de un cardenal y aun del mismo
Santiago.

Otro plato excelente, pero muy difícil de hacer, es el _pollo con
arroz_. Se come riquísimo en Valencia, y por eso se suele llamar _Pollo
valenciano_. Se parte en pedazos un ave, que sea buena, y se limpia
bien, sin lavarla; en una cacerola se pone un vaso pequeño de aceite
fino, que se deja tostar, y cuando está se echa un pedacito de pan a
freír, que se saca con una cuchara _de palo_ y se deja aparte; se ponen
después dos cabezas de ajo, teniendo cuidado de que no se quemen, porque
entonces se vuelve amargo, meneándolos hasta que estén fritos; después
se echa el pollo, dándole vueltas y añadiéndole un poquito de sal; aun
cuando se oiga un chasquido, désele otra vuelta; cuando el pollo está
bien _dorado_, es decir, a los diez minutos o cosa así de haberlo puesto
en la cacerola, moviéndolo constantemente, se le echará cebolla picada,
dos o tres pimientos verdes o encarnados, también picados, sin dejar de
moverlo, pues si se pega a la sartén se echa todo a perder; se añaden
tomates partidos en pedazos y perejil; se miden dos o tres tazas de
arroz, que se mezclan bien con lo demás, cubriéndolo todo con caldo
_caliente_ y haciéndolo cocer una vez, y después se aparta y se deja a
fuego lento hasta que el arroz está en su punto. La ciencia de este
plato es que el arroz esté suelto y separado, no en una masa, como
ocurre cuando se tapa la cazuela y se condensa el vapor.

Se nos puede objetar que estos guisos tan típicos no son fáciles de
hacer en la cocina de una _venta_, pero la práctica hace que salgan a la
perfección, y, además, toda el alma del artista está concentrada en un
solo objeto y no dispersa en multitud de platos, que es el escollo en
que muchos cocineros zozobran y donde muchas comidas se sacrifican a la
visualidad y a la ostentación. Un solo plato y una sola cosa al mismo
tiempo es la áurea regla de Bacon: muchos han sido los ratos de ansiedad
que hemos pasado junto a un puchero, observando con el alma puesta en
los ojos a la enjuta momia, cuya inteligencia, cuerpo y cuchara estaban
pendientes de un solo plato: «--Bueno, abuela, _¿qué tal?_, ¿qué guisado
tenemos? Déjeme oler y probar la salsa. ¡Qué bueno va a estar! _¡Vamos,
señora!_, meta la cuchara una vez más. ¿Cómo se podrían mezclar el
aceite, el vino y los jugos nutritivos sin menear continuamente? ¡Hija
de mi alma!, dame el tenedor otra vez. _Así, así._ _Per Bacco_, ¡qué
tierno está! ¡Dios te lo pague!» En realidad, esta blandura de la carne
es la que la ha de hacer más digestiva; aquí el fuego y el cuchillo
ayudan al estómago, que en esas posadas de Dios es muchas veces
sobrecargado y condenado a morder una suela que pretende ser
_beefsteak_.

Los huevos escalfados son en todo momento el recurso de la cocina más
humilde. Los llaman _huevos estrellados_. Cuando se acompañan con tocino
magro el plato se llama _huevos con magra_, sin que aquí lo de magras
quiera decir sutileza de condición, sino que alude a la transparencia de
las lonjas, aunque bien puede decirse que son gordas comparadas con esas
que tan bien saben afeitar, por no decir trinchar, en Vauxhall. Para
hacer este plato, con o sin tocino, se toman huevos y se cascan en una
sartén llena de aceite frito o _manteca de puerco_. Hay que recordar, a
pesar de que Estrabón dice, como cosa rara, que los iberos usan la
manteca en vez de aceite, que ahora ocurre precisamente lo contrario;
hace un siglo la manteca sólo la vendían los boticarios y se usaba como
medicina para unturas, y solía ser abominable. Los españoles usaban
generalmente la manteca salada de Irlanda u Holanda, y tenían ya la
costumbre de considerar como cosa insípida la manteca pura, y no les
importa que esté un poco rancia, pareciéndose en esto a los regidores,
que gustan de la carne de venado algo pasada. En nuestros tiempos
progresivos, la Reina Cristina tiene una lechería en Madrid, donde se
hacen algunas libras de manteca fresca, parte de las cuales se vende o
se vendía a los embajadores extranjeros para su desayuno. Recientemente
se ha prestado más atención a la industria lechera en las provincias del
noroeste, parecidas a Suiza. Los españoles, como los héroes de la
_Iliada_, rara vez cuecen su alimento (exceptuando los huevos), por lo
menos en agua, pues freír, después de todo, es cocer en aceite.

Los viajeros deben prevenirse contra el sugestivo nombre de _manteca
valenciana_, que encontrarán en muchos sitios. Esta manteca se compone
(la leche no tiene nada que ver en ella) de ajo y grasa de cerdo en
partes iguales, amasado en un mortero y que se extiende sobre el pan,
como solemos nosotros hacer con el arsénico para destruír los bichos.
Gusta mucho a los campesinos, lo mismo que la sopa de sus vecinos, los
catalanes, que se hace con pan y ajos fritos en aceite y agua caliente.
Este plato se llama _sopa de gato_, probablemente porque les hará daño a
los gatos, aunque no se lo haga a los catalanes.

Una cosa es verdaderamente deliciosa en España: la ensalada, y para
hacerla, según el proverbio, se necesitan cuatro personas: un
derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un consejero para
la sal y un loco para revolver todo ello.--_N. B._ Póngase la ensalada
en una ensaladera muy honda para que esta última operación pueda hacerse
cómodamente. La ensalada es la gloria de las comidas en Francia y la
desgracia de muchas en Inglaterra, incluso en las buenas casas, y esto
por dos razones: primera, por poner en ella huevos, mostaza y otros
ingredientes heréticos, y segunda, por hacerla mucho antes del momento
de comerla, con lo cual la verdura, que debe estar fresca y tersa, se
pone lacia y marchita. Por lo tanto, es conveniente preparar la
ensalada en platos distintos y no mezclar el caldo hasta el momento de
servirla. Tómese lechuga o cualquier otra clase de ensalada fresca, que
no debe cortarse con cuchillo de acero, pues pone los bordes negruzcos y
le da mal sabor; arránquese las hojas del troncho, que se tirará, pues
suelen ser duras y amargas; lávense en varias aguas y séquense en una
servilleta; en un tazón aparte se pone igual cantidad de vinagre y agua,
una cucharadita de pimienta y sal y cuatro veces más aceite que vinagre
y agua, y se mezcla todo bien. En un platito aparte se pican muy
menuditas algunas hierbas finas, especialmente estragón y perifollo.
Después se rocía la ensalada con el caldo y se le mezclan las hierbas,
sirviéndola en seguida. Por hacer una ensalada mucho peor que ésta, hace
unos cuantos años, un cocinero inglés cobraba una guinea.

Quedarían incompletas las noticias sobre la ensalada española si no
dijéramos algo del _gazpacho_, esta especie de sopa vegetal que durante
el verano constituye el principal alimento de los habitantes de la parte
más calurosa de España. Es un plato de origen árabe, como lo indica su
nombre; y se compone de cebolla, ajo, pepinos y pimientos, todo muy
picado y mezclado con trozos de pan en una sopera llena de aceite,
vinagre y agua fresca. Los segadores, y en general los labriegos, no
pueden pasar sin este plato refrescante en el verano. Era el οζυχρατος
de los griegos, el _posca_, alimento potable, comida y bebida _potus et
esca_, que formaba parte de la ración del soldado romano, con el que
gustaba de refrescar Adriano (un español) y en el que Baaz invitó a Ruth
a que mojara su pan. El doctor Buchanan descubrió que algunos cristianos
de Siria lo llamaban todavía _ail, ail, Hil, Hila_, que fué lo que
Nuestro Señor pidió desde la Cruz, y los que entendían aquel dialecto se
lo dieron de una vasija que estaba preparada para sus guardianes.

En Andalucía, durante el verano, en todas las casas suele haber una
fuente de gazpacho por las tardes y se invita a los que llegan. Los
extranjeros no lo digieren fácilmente, y no lo necesitan tanto como los
naturales del país, cuyas almas están más secas y apergaminadas y
transpiran menos. Los componentes del gazpacho: aceite, vinagre y pan,
es todo lo que se les da a los trabajadores por los labradores que dicen
que los alimentan; llevan suspendidos de sus carretas cuernos, la forma
más primitiva de botella y vaso, que encierran estos componentes, con
los que pueden hacer sus _migas_; este plato consiste en pedacitos de
pan fritos en aceite con pimentón y ajo, y no se puede dar una idea más
clara de la miseria de su comida que la expresión corriente _buenas
migas hay_, empleándola para expresar que se tratan bien. En invierno se
suele tomar el gazpacho caliente. ¡Oh _dura messorum ilia_! ¡Oh, el
estómago de hierro de los labradores!



Capítulo XII.


Al sumergirnos en el estudio de los líquidos españoles, no mezclaremos
el vino con el agua, sino que los pondremos separados como suelen hacer
en el país; la última merece ocupar el primer puesto, si seguimos la
opinión de Píndaro, que consideraba el agua como la mejor de todas las
cosas, en contra de lo sostenido por Anacreonte, que no era precisamente
miembro de ninguna sociedad de templanza. La gran consideración del
español por el agua es completamente oriental, pero, al mismo tiempo,
como su sangre tiene tanto de gótico como de árabe, sus preferencias
también se dividen, y si adora el claro líquido como un musulmán, venera
el jugo de la uva lo mismo que un germano.

El agua es la sangre de la tierra y el purificador del cuerpo en las
regiones tropicales y en las religiones que, rigiéndose por la latitud,
obligan a frecuentes abluciones; grandes son las alabanzas de los
escritores árabes a los arroyos y las fuentes y grande es su culto por
las fuentes y manantiales, que, si se ha de dar crédito a lo que
cuentan, hacen cosas más maravillosas que las de los hidropáticos de
Grafenberg. La idea española de un paraíso en la tierra, de un jardín,
es un recinto con mucha agua y bien distribuída; el riego es fertilidad
y riqueza, y por esta razón las fuentes, los arroyos y los ríos han sido
siempre, como en Oriente, causa de disputas; mejor aún, la palabra
_rivalidad_ puede decirse que se deriva de estas cuestiones y pleitos
producidas por los ríos, como el nombre dado a la fuente, porque
disputaron los hombres de Gerah e Isaac, se llamó _esek_ por el
contenido.

El curso del agua no se puede ocultar; la esterilidad más escueta bordea
la más lujuriante abundancia, la más triste desolación se ve rodeada de
una vegetación espléndida, y desde muy lejos se percibe la línea
divisoria entre un desierto y un oasis. Los moros, que vinieron de
Oriente, apreciaron mucho el valor de este elemento; recogieron con el
mayor cuidado los manantiales mejores y los canalizaron, embalsándolos
también en grandes estanques y cisternas, y construyeron magníficos
acueductos; en una palabra, ejercieron una mágica influencia sobre este
elemento, que guiaron y aprovecharon a su gusto. Su sistema de riegos
fué tan perfecto, que no ha sido mejorado ni destruído. En las regiones
en que subsiste este sistema, Flora sonríe eternamente y Ceres juguetea
con Pomona; donde la devastación de la guerra o la negligencia del
hombre han acabado con él, el paraíso ha dejado el sitio al desierto y
las llanuras, abundantes un día en trigo, alegría y vida, son hoy campos
de tristeza y desolación.

Las fuentes en España, especialmente en las comarcas más calientes y en
las regiones árabes, son muy numerosas, y no pueden menos de chocar y
agradar al extranjero el verlas en las plazas públicas, en los paseos o
en los jardines. El modo de aprovechar el agua es muy sencillo: el río,
que baja despeñándose de la montaña, se detiene a cierta distancia de su
nacimiento y se canaliza artificialmente y es conducido a un recipiente
colocado a más altura que la ciudad que ha de surtirse de agua. Como
ésta tiende a buscar su nivel, la fuerza, el cuerpo y altura de algunos
de los surtidores es de muy regular altura.

En nuestro frío país, donde, excepción hecha de Charing Cross, los
manantiales son conducidos, enterrados e invisibles, este borbotar de
agua, este brillar de diamantes al sol que refrescan el aire y alegran
la vista y el oído son absolutamente desconocidos, y aquí, en cambio,
hay tal derroche de ella que llamaría la atención del director de las
obras hidráulicas de Chelsea y le inducirían a activar la cobranza de
multas por medio del recaudador de contribuciones. Pero como el deseo de
muchos de los españoles de levita es imitar a los extranjeros, se
avergüenzan del sistema primitivo de sus antepasados y muchos de ellos
prefieren la económica cañería a su extravagante y gratuito chapoteo, y
un grifo a la más oriental Rebeca que vaya por agua a la fuente.

Las fuentes en España, como en Oriente, son los sitios de reunión y de
visita de las mujeres; a ellas acuden jóvenes y viejas, nietas y
abuelas, formando un conjunto que volvería loco a un pintor por lo
abigarrado de los colores de los trajes, los grupos que se forman y el
alboroto y griterío que se escucha. De cuando en cuando se ve un grupo
de mozuelas, verdaderas sacerdotisas de Hebe, de formas regulares y paso
de gacela, ligero, pero firme, que, más graciosas que bailarinas de
ópera, vienen riendo y parloteando, balanceando en la cabeza cántaros de
forma antigua, que no envidiarían nada a un jarro de Sèvres. Cualquiera
se figuraría que el coger agua es alguna operación difícil al ver el
tiempo que pasan junto al amado borde de la fuente. Pero es que, en
realidad, aquel es su paseo, su tertulia; en el momento que están allí
descansan las mujeres de su trabajo continuo y atienden sólo al cántaro;
aquí, sobre todo, después de misa, las jóvenes discurren sobre amores y
vestidos; las de mediana edad y madres, de sus casas y de sus hijos;
todas hablan y, por lo general a un tiempo, y la chismografía anima a
las hijas de Eva, lo mismo en el elegante gabinete, que en la fresca
fuente, cuyas aguas, si se les añade un punto de escándalo, son más
dulces que la miel.

Los iberos fueron decididos bebedores de agua, y este rasgo de sus
costumbres, que se han modificado mucho, existe aún, lo mismo que el sol
que las regula: el griego Ateneo se asombraba de que muchos ricos
españoles prefiriesen el agua al vino. Por lo general, beben el vino que
les presentan y no prueban el agua, en cambio, sin averiguar su calidad.
Nuestro cocinero Francisco, que tenía una de las mejores casas de
Sevilla y que, aun cuando un gran artista en su arte, era un consumado
bribón (cosas que no son incompatibles), prefirió sacrificar sus
intereses a ir a Granada porque había oído decir que el agua de esta
capital era mala.

La madre de los árabes sufrió el tormento de la sed y sus hijos
hispanomoros lo han heredado; en realidad, cuando el sol aprieta de
firme, que es cosa demasiado frecuente, si el barro mortal no se
humedeciera con frecuencia, es fácil que llegara a hacerse pedazos como
una figura que modela un escultor. Fuego y agua son los elementos de
España; o un _auto de fe_ o una pila de agua bendita. Con un cigarro en
la boca, un español echa tanto humo como el Vesubio, y es igualmente
seco, combustible e inflamable. Y para comprender con exactitud la
observación de Salomón de que el agua fresca es tan necesaria al alma
sedienta como las buenas nuevas, hay que haber sentido la sed en las
peladas llanuras de la calcinada Castilla, donde la insolación es cosa
corriente y donde, al ir a caballo, parece como si se le fueran a uno a
derretir los sesos, lo mismo que a Don Quijote cuando Sancho le metió el
requesón en el yelmo. Empleando las palabras del viejo Howell diremos:
«Los rayos que os calientan en Inglaterra, os tuestan aquí; los que allí
sólo irradian luz y doran los campos de madreselva, aquí abrasan y
resecan el resquebrajado suelo y llenan de arrugas la faz de la madre
común».

Cuando los cielos y la tierra arden, cuando el sol ha hecho desaparecer
los ríos, tragándoselos de un sorbo; cuando un tono de siena quemada
cubre todo el atezado suelo, y la verde hierba se ve arrugada y
escondida entre un polvo negruzco, y los escasos olivos aparecen
revestidos con la cenicienta librea del desierto; cuando el calor y la
sequedad hacen que incluso los arrieros salamandras juren más fuerte,
mientras trajinan como demonios entre un polvo ígneo y salitroso,
entonces, repetimos, es cuando un inglés puede convencerse de que está
hecho de la misma materia, sólo que más seca, y apreciar el valor del
agua. Pero una sed fuerte es un mal demasiado serio, demasiado cercano
al sufrimiento para poder hacerlo, como el apetito, motivo de
satisfacción, pues cuando todos los líquidos se han evaporado y la
sangre se cuaja como jalea y los nervios adquieren la tensión de una
cuerda de violín, poniéndose a tono con la excesiva irritabilidad del
cerebro, ¡cómo el alma abrasada suspira por las apacibles praderas de
Escocia y con qué anhelo se descansaría la garganta con las húmedas
nieblas de Devon! Con esta sed inextinguible del desierto, cualquier
bruja amojamada que aparece a la puerta de una choza con un jarro de
agua nauseabunda, se convierte por espejismo en una Hebe que lleva el
néctar de los inmortales y se desea llegar a la _venta_ más repugnante,
porque en ella, al menos, se tiene la seguridad de encontrar agua y
sombra y escapar a los rayos de Febo. Los historiadores españoles pueden
presumir perfectamente de que al crearse el sol, lo primero que iluminó
fué Toledo, y nunca se puso en los dominios del gran rey, que, según nos
asegura el señor Berni, «tuvo el sol por sombrero»; pero los humildes
mortales que no pertenecen a la aristocracia de este sistema solar, y
para los cuales una insolación no sería cosa de juego, harán bien en
procurar preservarse del calor, colocando alguna defensa entre el sol y
sus sombreros. Así nos hicimos respetar de Febo, y si vosotras, lindas
lectoras, llegáis a correr tales riesgos, tomad por Dios con vosotras,
si en algo estimáis vuestro cutis, un quitasol y una _alcarraza_.

Este chisme de barro--como lo indica su nombre árabe, _al karaset_--es
una vasija porosa y refrigerante, en la cual el agua colocada en una
corriente de aire caliente se enfría por evaporación; se la ve colgada
de pértigas suspendidas de los árboles, columpiándose en los vagones;
forma parte integrante, en suma, de todo paisaje español de verano. En
las _posadas_ hay varias en hilera a la entrada, y lo primero que hace
todo el que entra, antes de dar siquiera al ventero los buenos días, es
echarse un trago; todo el mundo es entendido en la materia, y aun cuando
a casi nadie pueda acusársele de ser abstemio, no dejan de prodigar
grandes alabanzas al líquido elemento. Generalmente, todo el que bebe un
trago suele alabarla exclamando: _¡qué agua más rica!_ Según el decir
popular, el agua para ser buena no ha de tener _ni sabor, ni olor ni
color_, y nunca _enferma, ni adeuda, ni enviuda_; y además de ser más
barata que el vino, la cerveza o el aguardiente, tiene la ventaja de que
no embrutece al que la bebe, ni le hace perder la cabeza ni la buena
crianza.

Como los españoles siempre están más secos que el desierto o que una
esponja, es un negocio vender agua. En todos los _prados_ y _alamedas_
se oyen las chillonas voces de los _vendedores de combustibles de boca_,
que gritan: _Candela, candela, agua, ¿quién quiere agua?_; y como a
estos orientales les gusta exagerar, añaden que es _más fresca que la
nieve_, y se ve a unos rapazuelos, que parecen niños de Murillo, que
corren de un lado para otro con unas mechas encendidas, como si fueran
artilleros, para comodidad de los fumadores, esto es, para el 99 por 100
de los hombres, mientras que los aguadores, o más bien pedestres
acueductos, persiguen la sed como si fueran a apagar un fuego. Estos
aguadores suelen llevar, como sus colegas de Oriente, un cántaro poroso
a la espalda con un grifo para sacar el agua y una especie de caja de
hoja de lata sujeta a la cintura con una correa, donde coloca los vasos
y los _azucarillos_ o _panales_, una mezcla de azúcar y clara de huevo
que los españoles echan y disuelven en el agua. En las ciudades, en
cierta época del año y en los puestos que se dedican a la venta de
bebidas, suele haber debajo de un toldo unas filas de jarros, vasos,
naranjas, limones, etcétera, etc., y un banco o dos para que los
bebedores descansen. En invierno tienen un _anafre_, o sea una estufita
portátil, para tener agua caliente y poder quitarle la crudeza, pues en
España, por una especie de hábito hidrópico, se bebe como peces durante
todo el año. Cuentan que Fernando el Católico, una vez que encontró a un
campesino ahogado en un río, dijo «que nunca había visto a un español
harto de agua».

Hay que observar que los españoles son mucho más pródigos del líquido
elemento para el interior que para el exterior de sus cuerpos. Un autor
clásico dice que en España no se conoció el uso del agua caliente para
el tocador hasta después de la segunda guerra púnica. Los baños y las
termas fueron destruídos por los godos, porque suponían que contribuían
al afeminamiento, y los de los árabes se prohibieron, en parte, por las
mismas razones, pero principalmente por una hidrofobia religiosa. Las
abluciones y purificaciones lustrales son artículo de fe entre judíos y
musulmanes, para los cuales la «limpieza es piedad». Los frailes
mendicantes, siguiendo su costumbre de establecer un principio
contrario, consideraron la suciedad física como la prueba de la pureza
moral y de la verdadera fe, y creían que comiendo y durmiendo desde el
principio hasta el fin del año con el mismo sayal de lana, llegaban a la
meta de su ambición, según su modo de apreciar el olor de santidad, y
por esto, Jiménez, que era un franciscano de los que no usan camisa,
indujo a Isabel y Fernando, en la conquista de Granada, a que cerraran y
suprimieran los baños árabes. Y prohibieron, no sólo a los cristianos,
sino también a los moros, que usasen otra agua que la bendita. Fuego, y
no agua, fué el gran elemento de la purificación inquisitorial.

El bello sexo era amonestado por los frailes para que practicara lo que
aquéllos predicaban, poniéndoles los ejemplos de Susana de Bathsheba y
de La Cava, cuyos fatales baños, al pie del alcázar de Toledo,
condujeron a la caída de la monarquía de los godos. Sus acuosos anatemas
se extendieron, no solamente a los baños públicos, sino a los meros
lavados privados, tanto que Sánchez ordena a los confesores españoles
que pregunten sobre el particular a sus bellas penitentes y no las
absuelvan si se lavan demasiado. Se podrían citar muchos ejemplos de
haber puesto en práctica esta orden: Isabel, la hija predilecta de
Felipe II, sus ojos, como él la llamaba, hizo voto solemne de no mudarse
la camisa mientras no se tomara la plaza de Ostende. El sitio duró tres
años, tres meses y trece días. La ropa de la princesa tomó un color
pardo, que los cortesanos llamaron _Isabel_, en testimonio de admiración
a la piadosa princesa. Southey cuenta que Santa Eufrasia entró en un
convento donde había 130 monjas que nunca se habían lavado los pies y
las cuales consideraban como una abominación sólo nombrar un baño. Estas
hijas, tan obedientes a sus confesores capuchinos, son las mismas a
quienes Gil de Avila llamaba _ameno jardín de flores olorosas por el
buen olor y fama de santidad_. Para hacer justicia al jabón de Castilla,
hemos de decir que, desde la supresión de los frailes, ambos sexos, el
bello en particular, se han alejado bastante de la estricta observancia
de los deberes religiosos de sus excelentes abuelos. En muchas ciudades
de importancia se han instalado casas de baños, pero al mismo tiempo,
los cuartos de las fondas y de las casas particulares, tanto por la
ausencia absoluta de utensilios de cristal o porcelana, tan
indispensables para los ingleses, como por la presencia de jofainas como
platos y jarros de juguete, indican que esta sucia manchita no ha
desaparecido todavía de la mayor parte de los cuerpos españoles.

Por caluroso que sea el día, polvoriento el camino o largo el viaje,
nunca hemos visto a un servidor español que usase una gota de agua para
lavarse, o, como dice un pulido escritor, «hacer sus abluciones». El uso
constante del baño y los lavatorios generales es, indudablemente, una de
las razones por la que los franceses y otros continentales consideran a
nuestros compatriotas como chiflados. Entre los hispanogodos, los
hemerobaptistas, o sea las gentes que se bañaban una vez al día, eran
tenidos por herejes. El duque de Frías, que hace algún tiempo pasó una
temporada en casa de una señora inglesa, no usó nunca las jofainas ni
los jarros; se frotaba la cara de cuando en cuando con una clara de
huevo, que era, según la condesa d’Aulnoy, la única ablución de las
mujeres españolas en tiempo de Felipe IV. Pero nos hemos alejado de
nuestro objeto, pues estos detalles de tocador no tienen nada que ver
con el uso de los líquidos en la cocina y en el salón.

Diremos algo sobre el chocolate, que es para el español lo que el té
para el inglés y el café para el francés. Lo hay en casi todas partes, y
siempre es excelente. El mejor es el que hacen las monjas, que suelen
tener muy buenas manos para toda clase de golosinas: yemas, jaleas,
almíbares,

     «Et tous ces mets sucrés en pâte, ou bien liquides,
    dont estomacs dévots furent toujours avides».

Se ha discutido mucho sobre si el chocolate quebranta o no el ayuno
teológicamente, lo mismo que ocurrió con el café entre los rígidos
musulmanes. Pero desde que el sabio Escobar decidió que _liquidum non
rumpit jejunium_, es el desayuno universal en España. Se hace lo
bastante líquido para tranquilizar las conciencias, esto es, una
cuchara se tiene derecha en la _jícara_, una taza pequeña, que es lo que
se toma generalmente con rebanadas de pan tostado o bizcochos. La
palabra _jícara_ es mejicana, y tiene su origen en las nueces de coco de
que se hacían; por lo general, no tienen asa, y se usan entre la gente
rica (como las tazas de café entre los orientales), metidas en
portatazas de filigrana de plata o de oro; algunas son verdaderamente
bonitas y tienen la forma de un tulipán o una hoja de loto sobre un
platillo de nácar. La flor está hecha de modo que, por medio de un
resorte colocado debajo, al coger el portatazas, se abre y deja
descubierta la jícara, que se lleva fácilmente a la boca, y en cuanto se
deja en el plato, se vuelve a cerrar, protegiéndola contra las moscas.
Siempre se debe beber un vaso de agua después del chocolate, para
neutralizar los efectos biliosos de este desayuno de los dioses, como
Linneo llamó al chocolate. El té y el café han substituído al chocolate
en Inglaterra y Francia; en España solamente es donde nos sentimos
transportados a los desayunos de Belinda y de las gentes de letras en
Button, donde únicamente continúan inconmovibles el abanico, el
tresillo, el coche de colleras y otros usos sociales del tiempo de Pope
y de _El Espectador_.

Las bebidas frías en los veranos secos de España no son un lujo, sino
una necesidad. Se venden helados y refrescos por las calles a precios
tan bajos, que todo el mundo puede tomarlos; los ricos suelen refrescar
con _agraz_. Esto, o sea el árabe _hacaraz_, es el refresco más
delicioso que puede darse a un sediento mortal; es el nuevo placer que
Jerjes buscaba en vano y aventaja en mucho al «hock[44] y soda», al _hoc
era in votis_ de Byron, y al mismo refresco con vino jerez. Se hace con
uvas verdes prensadas, azúcar clarificada y agua; se cuela todo varias
veces hasta que toma un color ambarado muy claro y se hiela. En
Andalucía lo hacen admirablemente, y merece la pena ir allá en los días
de la canícula sólo por beberlo y refrescar con él el alma y el cuerpo.
En Madrid suelen vender por las calles una bebida muy agradable que
llaman _Michi Michi_, del valenciano _Mitj e Mitj_, «mitad y mitad»[45],
que se parece a la mixtura de Londres como un carbonero a una hermosa
valenciana. Se hace con partes iguales de agua de cebada y horchata de
_chufas_ y se pone muy helado. Los españoles, entre otras frutas
refrescantes, comen las fresas con azúcar y zumo de naranja, cosa que
les va mucho mejor que el vino que emplean los franceses o la nata que
suelen usar los ingleses, pues aquél calienta demasiado y esto produce
bilis en España. Los helados españoles son, por lo común, demasiado
dulces y están hechos con azúcar poco refinada; cuando se les deja en el
hielo mucho tiempo para que se endurezcan, metiéndolos en moldes de la
forma de una concha o de algunas frutas, se llaman _quesitos_.

Otra bebida favorita es la cerveza embotellada, muy floja, mezclada con
limón helado. Los españoles, sin embargo, no son muy bebedores de
cerveza, siquiera sus antepasados la bebieran más que el vino, que en
aquella época no era tan abundante ni tan universal como al presente; la
cerveza, producto de los países donde no hay vides, fué introducida en
España por los egipcios y cartagineses, y resultó muy buena y muy
aceptada. Los soldados romanos, tan aficionados al vino, se mofaron de
los iberos, bebedores de cerveza, lo mismo que hicieron los franceses
con los ingleses _antes_ de la batalla de Agincourt. «¿Pero puede ese
caldo de cebada calentar su alma de horchata a un temple tan subido?»
Polibio habla con desprecio de la magnificencia de un rey español,
porque en su palacio había vasos de oro y plata llenos de cerveza, de
vino de cebada. Los verdaderos godos fueron grandes bebedores de cerveza
sencilla y fuerte, mixturas ásperas y embrutecedoras, según Aristóteles.
Su arzobispo, San Isidoro, distinguía entre el _celia ceria_ y la
_cerbiria_, de donde se deriva la palabra _cerveza_. Esta bebida, como
tantas otras cosas en España, ha degenerado mucho. La cerveza inglesa
fuerte es escasa y cara. Entre los muchos ingeniosos absurdos de las
leyes de aduanas españolas, existía el de estar prohibida la cerveza
inglesa en barriles y también las botellas vacías; pero se admitía la
cerveza prohibida en las botellas prohibidas, por el principio, sin
duda, de que dos negativas aduaneras constituyen una afirmación para la
Hacienda.



Capítulo XIII.


Los vinos de España merecen capítulo aparte. El jerez no es menos
popular en Inglaterra que Murillo, a pesar de las innumerables copias
del uno, que pasan por originales, y los toneles del otro, que se venden
como si hubieran sido importados de España. El español no siente gran
curiosidad por el Oporto, ni es muy exigente para el Madera; prefiere la
cantidad a la calidad y le importa menos el sabor que la molestia de
elegir. Una bodega de una casa particular donde haya vinos raros y
exquisitos, es una cosa aún más extraña que una biblioteca con libros
también extranjeros: un hidalgo con veinte apellidos envía,
sencillamente al almacén más cercano, antes de cada comida, a buscar un
cuartillo de vino, ni más ni menos, que un burgués cualquiera envía en
la City por una pinta de cerveza. Provinciano en todo, el español toma
los bienes tal como los dioses se los envíen, como los tiene a mano;
bebe el vino que se produce en la viña más cercana, y, si no lo hay, se
regodea con el agua de la fuente que esté menos lejos. Es lo mismo en
todas las cosas; añade el menor esfuerzo posible a lo que la Naturaleza
le concede buenamente; su objeto es sacar el mayor provecho con la menor
cantidad de trabajo; deja que un vivificante sol y un suelo fértil cree
para él la primera materia, que exporta, pareciéndole perfectamente que
el extranjero se los devuelva transformados por el arte y la industria,
como ocurre con la lana, la barrilla, los pellejos y el corcho, que
vuelven convertidos en paño, cristal, cuero y tapones.

Los vinos más célebres y selectos de la Península son el oporto y el
jerez, que deben su excelencia a la práctica extranjera, no a la de los
naturales, pues los principales cosecheros y fabricantes son europeos,
su sistema enteramente antiespañol, porque no hay nada más tosco,
antiguo y contrario a la ciencia que el modo de hacer el vino en
aquellos lugares en que los extranjeros no han puesto la mano. Pero
España es un país conservado en una redoma para los arqueólogos, y hay
que confesar que el procedimiento nacional es por todo extremo
pintoresco y clásico; no hay «Bacanal» del Tiziano más brillante y
animada, y no tiene más sabor clásico ningún bajo relieve de los que
representan sacrificios,

      «To Bacchus, who first from out the purple grape
    Crushed the sweet poison of misused wine»[46].

Muchas veces hemos atravesado pueblos fragantes con el aroma del vino e
inundados con el zumo de la uva, hasta que el mismo barro estaba
enrojecido; ¡qué bulliciosa escena! Burros cargados con canastos llenos
del maduro fruto; muchachas encorvadas bajo el peso de las pesadas
banastas; hombres con las piernas y los brazos rojizos, alegres y
joviales como sátiros, rellenando apresuradamente la tosca y sucia cuba,
en donde se meten las uvas indistintamente, las blancas y las negras,
las maduras y las agraces, las sanas y las podridas, sin ningún esmero,
sin hacer la menor selección. La suciedad y el abandono con que se hacen
todas las demás operaciones corren parejas con esta primera. Se prensa
la uva con los pies desnudos o con vigas del sistema más primitivo, y en
los dos casos, todas las operaciones de clasificación se dejan a la
fermentación natural, porque hay una divinidad que dispone de nuestros
destinos y se deja que las cosas salgan como buenamente puedan.

Como están en una latitud en que se puede tener certeza del buen tiempo,
los vinos de España pueden competir con los de Francia, y más aún con
los del Rin, donde una buena vendimia no es la regla, sino la excepción.
Su variedad es infinita, pues pocas regiones hay, excepción hecha de las
muy elevadas, que no tengan sus productos locales, cuyos nombres,
colores y sabores son igualmente numerosos y variados. El sediento
viajero que después de una larga jornada a caballo, bajo un sol
abrasador, se sienta a la mesa ante un plato sazonado un poco fuerte,
encuentra una gran satisfacción con un fresco trago del delicioso vino
del país, que le ofrecen recién sacado del pellejo o de la tinaja;
entonces se le ocurre transportar aquel néctar a su país y se maravilla
de que «el comercio» no haya parado mientes en aquel delicioso vino. Y,
sin embargo, los que se han decidido a emprender el negocio se han
llevado un gran desencanto al echarse a la garganta, en Londres, la
mercancía tan largamente esperada. Y es que, ya aquí, desaparecida la
ilusión, cuán insípida, pasada y desagradable resulta esta soñada bebida
a un paladar ahito y difícil y a un dictamen aturdido y disperso por
prestar su atención a los mejores vinos. Aquellos de nuestros lectores
cuyas bodegas estén surtidas de escogidos burdeos, jerez y _champagne_,
pueden pasarse perfectamente sin los demás vinos españoles. Y si quieren
hacer una excepción, que sea solamente en favor del valdepeñas y la
manzanilla.

A los vinos regionales se les puede, por tanto, pasar de un trago;
estudiémoslos sucintamente. El navarro bebe su peralta, el vasco su
chacolí, que es un vinillo ordinario muy inferior a nuestra buena sidra.
Los aragoneses se surten de las viñas de Cariñena, de donde se extrae un
rico vino dulce con un peculiar aroma; los catalanes, de las de Sitges y
Benicarló, cuyo conocido vino negro se exporte en gran cantidad a
Burdeos para hacer más fuertes los claretes, adaptándolos a nuestro
paladar más fuerte, y como el vino que de él se saca es muy obscuro y
aromático, mucho viene a Inglaterra para mezclarlo con el que los
vendedores llaman viejo oporto. El ardiente y acre aguardiente que se
saca del Benicarló se envía a Cádiz en una proporción de 1.000 toneles
anuales para encabezar el jerez malo.

En las provincias centrales de España se consume poco de esos vinos;
León tiene su vino propio, que se produce principalmente cerca de Zamora
y Toro, y se bebe mucho en la cercana y docta Universidad de Salamanca,
siendo origen de algunos trastornos, porque es fuerte y se sube con
facilidad a la cabeza como ocurre con el oporto. Madrid se provee de
vinos de Tarancón y Arganda y otros pueblos cercanos, y el de Arganda se
substituye con frecuencia por el celebrado valdepeñas, de la Mancha;
aquel que fué, por decirlo así, la leche que tomó en su infancia Sancho
Panza y que tan bien sabían catar aquellos dos excelentes mojones que
tuvo en su linaje por parte de su padre, pues según refiere el buen
escudero al del Caballero del Bosque, «diéronles a los dos a probar del
vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o
malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no
hizo mas que llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino
sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. Con todo eso
los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el
tiempo, vendióse el vino, y al limpiar la cuba hallaron en ella una
llave pequeña pendiente de una correa de cordobán: porque vea vuesa
merced si quien viene desta ralea podía dar su parecer en semejantes
causas»[47].

En este «valle de piedras» es tan abundante el rojo líquido, que no es
raro ver tirar grandes cantidades de vino añejo para vaciar los cueros,
tinajas y barriles y poner en ellos el nuevo. Por la gran escasez de
combustible que hay en esta comarca, el orujo suele valer tanto como la
misma uva. En Valdepeñas, a pesar de tener en Madrid su mejor parroquia,
el vino se hace de la manera más primitiva y descuidada. Antes de la
invasión francesa, un holandés llamado Muller había empezado a mejorar
el sistema, y, naturalmente, subió el precio del vino, por lo cual, en
1808, las clases bajas invadieron sus bodegas robándole todo y a poco le
matan por hacer vino más caro. Está hecho de una cepa de Borgoña que ha
sido trasladada y trasplantada del mísero sol de la voluble Francia a
los claros y gloriosos veranos de la Mancha. El vino típico es rico, de
mucho cuerpo, y muy obscuro, se conserva perfectamente cuatro o cinco
años y más, ganando notablemente. Para saborearle debidamente debe
beberse en su misma tierra; los aficionados deben bajar a una _cueva_ o
bodega a beber una copa del rúbeo líquido sacándolo directamente de la
tripuda tinaja. Al llevarlo a distancia casi siempre lo adulteran, y en
el mismo Madrid no se suele encontrar sin que tenga gran cantidad de
palo campeche, materia casi venenosa que produce trastornos nerviosos y
musculares.

Las mejores viñas y bodegas son las que pertenecieron a Don Carlos y las
del marqués de Santa Cruz. A propósito de éste, no estará de más
recordar una anécdota que pone de relieve el abandono tradicional de los
españoles y la manera que tienen de hacer las cosas. Este verdadero
prócer, uno de los más distinguidos entre los aristócratas por su
jerarquía y su talento, cenaba una noche con un embajador extranjero en
Madrid. Este señor era gran aficionado y entusiasta del valdepeñas (como
todas las personas juiciosas deben serlo), y se tomaba mucho trabajo
para conseguirlo puro, enviando a buscarlo personas de confianza y
barriles en condiciones. En cuanto el marqués se llevó a los labios la
primera copa, exclamó: «¡Magnífico vino! ¿Cómo se las arregla usted para
comprarlo en Madrid?» «Me lo envía--replicó el embajador--su
_administrador_ de usted en Valdepeñas y tendré mucho gusto en
procurarle a usted un poco».

El vino cuesta unas cinco libras el tonel en el sitio de producción,
pero el porte es muy caro y, además, no es raro que cuando va en cueros,
en el camino los arrieros lo pinchen para sacarlo y añadir agua; además
toma un sabor muy desagradable a la pez del pellejo. El único modo de
obtenerlo puro y sin adulterar es transportarlo en toneles _dobles_ de
Jerez. El vino se echa en uno, y éste va protegido por otro exterior,
que evita las barrenas, las pajas y otros ingeniosos medios de extraer
el sabroso líquido y substituírlo por agua clara. Después tiene que ir
en mulos o en carretas hasta Cádiz o Santander. También será conveniente
enviar por dos toneles, pues en este _país de lo imprevisto_ los
_accidentes_ siempre están a la orden del día cuando hay por medio vino
o mujeres. El importador recibirá, eso sí, toda clase de certificados,
firmados, sellados y precintados, en los que el alcalde, el arriero, el
guardia y todos los que hayan participado del botín, describirán y
probarán el _accidente_, ya sea un vuelco, una rotura de los barriles, o
lo que sea. Puede afirmarse, sin temor a equivocación, que, a pesar de
todas las seguridades que se atreven a dar los vendedores, a Inglaterra
llega muy poco valdepeñas puro. Como el jerez es un asunto de interés
más general, nos ocuparemos de él con más detención.



Capítulo XIV


El jerez, vino que necesita más explicación de lo que creen muchos de
sus consumidores, se produce en un limitado espacio de la Península, en
el rincón suroeste de la risueña Andalucía, que ocupa un trozo de la
región del que Jerez es la capital y el centro. El distrito productor de
vino se extiende en un espacio que puede incluírse (consúltese un mapa)
en una línea trazada desde el Puerto de Santa María por Rota, Sanlúcar,
Tribujena, Lebrija, Arcos, a volver otra vez al Puerto. Los mejores
viñedos son los que están en la inmediata vecindad de Jerez, de donde
toma su nombre todo el vino que se produce en la comarca, siendo, sin
embargo, menos bueno el que se da más lejos de este punto central.

A pesar de que algunos autores--que para demostrar su ciencia, van a la
caza de etimologías griegas para todas las palabras--derivan Jerez del
griego Ξηρος, seco, no hay más razón para ello que para atribuírsela al
persa Schiraz. _Sherris sack_, término usado por Falstaff, autoridad no
despreciable en la materia, es el mismo _jerez seco_ que se emplea en el
país, que, como el _seck_ de los autores antiguos ingleses y el _sec_
francés, se usa en contradicción de _dulce_, que se aplica a las
malvasías y moscateles que se hacen con la misma uva. Este vino, como ya
se ha dicho, fué primeramente introducido en Inglaterra en tiempo de
Enrique VII, cuya estrecha alianza con Fernando e Isabel se cimentó en
el casamiento de su hijo con la hija de éstos. Se hizo más popular entre
nosotros durante el reinado de Isabel, cuando los que navegaban al mando
de Essex saquearon Cádiz, en 1596, y trajeron la moda de que el «jerez
bueno da valor», como decía sir John. La visita que Carlos I hizo a
España contribuyó no poco a extender en Inglaterra el gusto por los
vinos de la Península, y así vemos que Howel escribe desde York, en
1645, a un amigo suyo, diciéndole: «comeremos un barril o dos de ostras,
con una copa de buen jerez, al cual es también muy aficionada esta
ciudad». Durante las guerras de sucesión y aquellas fatales contiendas
con Inglaterra, ocasionadas por la alianza con Francia y el pacto de
familia de Carlos III, nuestro consumo de jerez disminuyó grandemente y
se abandonó y empeoró mucho el cultivo de las viñas y el modo de
elaborar el vino. Al final de la última centuria los mejoró notablemente
la familia Gordon, cuyas casas en Jerez y el Puerto ocupan, con
justicia, uno de los primeros puestos en el país. El haber mejorado la
calidad del vino debía ser la mejor recomendación, pero como la moda
influye en todo, el jerez no adquirió toda su boga hasta que lord
Holland, a su vuelta de España, empezó a servir un jerez estupendo en su
acreditada mesa.

La calidad del vino depende de la uva y de la tierra en que se produce,
que ha sido examinada y analizada por químicos competentes. Sin
detenernos en detalles poco interesantes, diremos que la mejor es la
_albariza_; esta tierra blancuzca se compone de arcilla mezclada con
carbonato de calcio y sílice. La segunda clase es la llamada _barras_,
que consta de arena de cuarzo mezclada con calcio y óxido de hierro. La
tercera es la de _arenas_, y, como su nombre indica, apenas contiene mas
que arena y es la más extendida, sobre todo por Sanlúcar, Rota y por
detrás de Arcos. Produce más que ninguna, aun cuando el vino, por lo
general, es basto, de poco cuerpo y de mal sabor y no suele mejorar
hasta el tercer año; él constituye la solera de todo este jerez inferior
de exportación, tan extendido para descrédito del bueno. La cuarta clase
de terreno, muy limitado, es el _bugeo_ o gredoso obscuro, que suele
estar en las orillas de los arroyos o de las lomas. El vino que se
produce en él es pobre y flojo; sin embargo, todos los productos
inferiores de estos diferentes distritos se venden como verdadero jerez,
con gran detrimento de los que verdaderamente se producen cerca del
mismo Jerez, que no llega ni a una quinta parte del que se exporta.

La variedad de uva es mucho mayor que la del terreno en que se crían.
Entre más de cien clases diferentes, las llamadas _Listan_ y _Palomina
blanca_ son las mejores. La creciente demanda de jerez, allí donde la
producción es limitada, ha llevado a suprimir el cultivo de viñas de
calidad inferior, substituyéndolas por otras más productivas y de mejor
clase. La _Pedro Ximénez_, uva dulce deliciosa, que es tan celebrada,
vino primeramente de Madera y se plantó en el Rin, desde donde la trajo
a Málaga hará unos dos siglos un tal Pedro Simón, habiéndose extendido
desde entonces considerablemente por todo el sur de España. De esta uva
se hace el exquisito y meloso vino dulce llamado _pajarate_, nombre que
muchos derivan equivocadamente de _pájaros_, porque éstos acostumbran
picar las uvas más maduras; pero, en realidad, tiene su origen en
haberse hecho antiguamente sólo en Pajarete, pequeño lugar cerca de
Jerez: hoy se hace en todas partes, poniendo primero las uvas a secar al
sol, hasta que casi se convierten en pasas, y pisándolas luego, hasta
obtener una especie de almíbar espeso, al que se le agrega vino añejo y
algo de aguardiente. Este vino es extremadamente costoso y se utiliza
mucho para curar y madurar los vinos nuevos.

Hay una obra muy interesante de Rojas Clemente en la que figuran todos
los vinos andaluces. Este perfecto naturalista se desprestigió por
convertirse en un adulador del miserable favorito Godoy y por haberse
hecho afrancesado, incurriendo en delito de traición a su patria. Por
esto, y para satisfacer a sus amos, hace resaltar «el contraste entre la
franca generosidad y la viveza y cordialidad de los jerezanos, con la
sombría estupidez y el feroz egoísmo del pueblo insolente que vive a
orillas del Támesis», por el cual justamente había sido recibido con
exquisita hospitalidad no hacía mucho tiempo. Este digno caballero, sin
embargo, escribió a la vista de Trafalgar y en el momento en que algún
acontecimiento enojoso hacía germinar la ira en su pecho y en el de su
estimable señor.

Las viñas se cultivan con mucho cuidado y exigen constante atención
desde el momento en que se plantan hasta que se mueren o hay que
arrancarlas. Dan fruto, por lo general, al quinto año, y continúan dando
más y de mejor calidad hasta los treinta y cinco y aun más años;
entonces su producto empieza a disminuír en cantidad y calidad. Los
mejores vinos son los extraídos de la uva que tarda más en madurar; esta
clase de viña es muy delicada, tiene una verdadera hidrofobia báquica o
antipatía al agua, y fácilmente se estropea con malos olores y
hierbajos. Los viñadores tienen que trabajar mucho; primero deben cavar
y limpiar la tierra; más tarde, podar las viñas y sujetarlas a las
estacas; además hay que destruír los insectos, y, por último, coger el
fruto y pisarlo. Es, pues, una vida la suya de constante cuidado,
trabajo y gasto.

El mejor aroma del vino depende de la uva y el terreno, y como los
sitios favorecidos son limitados y la competencia para conseguirlos
grande, los precios son muy caros, hasta el punto de llegar a ser
inverosímiles en algún caso; los propietarios de viñas son numerosísimos
y la tierra, dividida en infinitas parcelas. El mismo _Pago de
Macharnudo_, el mejor de todos, el Clos le Vougeot, el Johannisberg de
Jerez, está muy subdividido. Se compone de 1.200 _aranzadas_, una de las
cuales puede tomarse como equivalente de nuestro acre, y que es la
cantidad de tierra que puede ararse en un día con un par de bueyes. De
ellas, 460 pertenecen a la gran casa de Pedro Domecq, y su producción
media puede calcularse en unos 1.895 toneles, de los cuales sólo 350 son
de lo mejor. Entre los más renombrados _pagos_, o sea distritos
vinícolas, se pueden citar: Carrascal, Los Tercios, Barbiana, _alta y
baja_, Añina, San Julián, Mochiele, Carraola, Cruz del Husillo, que está
muy inmediato al _término_ de Jerez. La producción de estas viñas
siempre obtiene precios muy altos en el mercado. Muchos de estos viñedos
están cercados con cañas, el _arundo donax_, o con áloes, cuyas afiladas
hojas forman empalizadas que desafiarían a un regimiento de dragones y
son llamadas por la gente del país los mondadientes del diablo; además,
los _capataces del campo_ llevan un perro enorme y feroz que
despedazarían a cualquiera que pretendiera entrar. Cuando está el fruto
en punto de madurez es cuando es especialmente vigilado, porque se tiene
siempre presente el proverbio que dice: _Niñas y viñas, son malas de
guardar_.

Conforme se acerca la época de la vendimia, los cuidados de los
propietarios y el trabajo de los viñadores se aumenta. Los racimos se
cogen y se extienden durante algunos días sobre esterillas: los que aun
no están bien maduros se apartan y se dejan más tiempo al sol, con lo
cual mejoran. Si las uvas están demasiado maduras, entonces sobresale la
sacarina y hay menos cantidad de ácido tártaro. Las uvas escogidas se
rocían con cal, que absorbe la parte acuosa y las partículas ácidas.
Para esta operación (que, dicho sea de paso, es una antigua costumbre
africana), se requiere una mano muy experta, con objeto de evitar la
imputación de Falstaff: «En este jerez hay cal». La uva se pisa, por lo
general, de noche, porque hace más fresco, y, además, así se evitan las
picaduras de las avispas, que acuden en verdaderos enjambres. En las
grandes viñas hay, por lo común, unos cuantos edificios en donde se
encuentra todo lo necesario para hacer el vino, y bodegas en las que el
mosto se deposita para que fermente hasta la primavera, en que se le
separa de las heces. Cuando se trasiega el vino nuevo, todo lo que
produce una misma viña se reúne y forma una _partida_.

En la vendimia--la labor más intensa y absorbente del año--se suele
emplear una quincena y se hace antes en la parte de Rota que en Jerez,
donde comienza por el 20 de septiembre; en este breve lapso de tiempo la
inteligencia, el cuerpo y el alma del hombre están dedicados
exclusivamente a la operación; y hasta a Venus, la reina del vecino
Cádiz, que en unión de Baco, es durante los otros trescientos cincuenta
y un días del año adorada fervorosamente, se olvida en esta época.
Nobles y plebeyos, comerciantes y curas, no hablan más que de vino, que
de cuando en cuando monopoliza al hombre y es para Jerez lo que el agua
para el Cairo, donde las crecidas del Nilo sirven a un tiempo de placer
y beneficio. Cuando se ha terminado la vendimia, los aduaneros toman
nota en sus respectivas demarcaciones de lo que ha producido cada viña,
a quién se ha vendido y dónde se adquiere, y no se puede revender sin
permiso, y aun con éste debe pagarse un cuatro por ciento de derechos.
No hay que decir que en un país donde los empleados públicos están mal
pagados y donde la honradez oficial y los principios son casi
desconocidos, es facilísimo el soborno; se hacen, regularmente,
relaciones falsas y se emplean mil medios para que vaya a los bolsillos
de los recaudadores la renta que debía ingresar en los tesoros de la
Reina, sustrayéndose a las vejaciones y molestias de los impuestos
comerciales, el odio a los cuales parece como que forma una segunda
naturaleza en todo el mundo. En el primer año los vinos varían mucho;
unos se embastecen, otros se agrian, otros se depuran y mejoran; sólo
aquellos que resultan aromáticos, de bastante cuerpo y delicados se
llaman _finos_, y la ganancia del cosechero está en los precios elevados
que los _almacenistas_ pagan por éstos, pero no suelen ser muy
abundantes, pues en una partida de cien pipas es raro que salgan más de
diez o quince que se puedan incluír en esta clase. Los vinos que se
producen en el mismo _término_ no varían mucho de calidad y suelen valer
igual en el mercado, donde son conocidos y justipreciados perfectamente.

Las raras transformaciones del jugo de uvas criadas en la misma viña no
dejan nunca de ocurrir, y hasta ahora no se ha dado para ello ninguna
razón satisfactoria; el proceso químico de la naturaleza escapa a la
investigación humana, y en ninguno más que en la elaboración de ese
_lusus naturæ vel Bacchi_, esa variedad de aroma que se conoce con el
nombre de _amontillado_; nombre que se le da por la semejanza que este
vino tiene con el que se hace en _Montilla_, pueblo cercano a Córdoba;
con la particularidad que el de este último punto apenas es conocido en
Inglaterra y muy poco en España, pudiendo decirse que sólo se vende en
los pueblos de las cercanías. El _amontillado_, cuando se produce,
naturalmente, es muy apreciado, y se utiliza para corregir los vinos
nuevos de Jerez que empiezan a volverse dulces; es muy escaso, tanto que
de cien pipas de _vino fino_ no se sacarán más de cinco que tengan esta
calidad. La mayor parte de la que en Inglaterra se vende como puro
_amontillado_ es preparado expresamente para el mercado inglés.

Todo jerez es una mezcla de jugo de uva preparada--el mismo _champagne_
es un vino elaborado--, pero poco importa esto si se consigue una bebida
agradable al paladar y sana. En todas las casas principales el vino se
hace con la uva que se da en la comarca, y no son ningún misterio los
medios artificiales que se emplean para criarlos, prepararlos y
terminarlos, lo cual es obra de muchos años, encomendada, casi siempre,
al _capataz_, que muchas veces se convierte en el verdadero dueño. Este
importante personaje no es casi nunca andaluz, ni, por lo general, de
ninguna de las comarcas vinícolas de España: suele ser asturiano o de la
montaña de Santander, que provee a toda la Península de tenderos, a
quienes se llama _Los montañeses_. Estos montañeses son notables por su
antigua genealogía y su exquisito paladar. En más de una ocasión nos
hemos encontrado en Extremadura y León con una pandilla de individuos de
éstos, andrajosos hidalgos que se dirigían al Mediodía, como los
escoceses, en busca de fortuna; no solían llevar zapatos ni camisa, pero
casi todos llevaban, en un caja, un pergamino en el que se demostraba,
tan clara como la luz del sol, su respetable aunque dudosa descendencia
de Túbal.

Estos caballeros de tan buena cuna y mejor paladar, raramente fuman,
pues el narcotizador y embrutecedor tabaco quita mucha sensibilidad al
paladar. Y como son pocos los dueños de bodegas en España que
abandonarían el cigarro, ni aun por ganar millones, pronto se hace el
_capataz_ único dueño de los secretos de la bodega, y como casi ningún
comerciante tiene bastantes viñedos para proveer a su demanda, la compra
de nuevos vinos hay que hacerla por medio de este servidor confidencial,
el cual puede perfectamente engañar al vendedor y a su mismo amo, puesto
que sólo comprará el vino a los que les den comisión más crecida. Muchos
consiguen, por medio de estos largos y fieles servicios, reunir una
fortuna considerable, como un Juan Sánchez, capataz del difunto Pedro
Domecq, que murió, recientemente, dejando 300.000 libras. Al acercarse
su última hora, y con ella la visita de su confesor y de algunos
escrúpulos de conciencia, legó su fortuna para obras piadosas; pero la
mayor parte fué asegurada inmediatamente por los curiales y los curas,
cuya caridad comenzó por su propia casa.

Así como el canciller o ministro de justicia es el guardián de la
conciencia de la reina, el capataz es el guardián de la bodega--que es
algo originalísimo--y la persona importante de Jerez. Esta rica y
populosa ciudad, vista desde lejos, como surgiendo de una loma cubierta
de viñedos, es característica por estas grandes edificaciones que se
asemejan a los cobertizos de Chatham, bajo los cuales se construyen los
buques de guerra. Estos templos de Baco tienen el tamaño y la amplitud
de catedrales; sus divisiones, como las capillas españolas, llevan el
nombre del santo a quien están dedicadas, y pocos dioses tutelares
tendrán más numerosos devotos admiradores, lo cual demuestra que en
España en todas las cosas se advierte el sello y las manos de la
religión. Todas estas bodegas están construídas a flor de tierra y son
la antítesis de nuestras cuevas subterráneas. En ellas los vinos maduran
mejor y más rápidamente, pues un año de _bodega_ les es más provechoso
que diez de entierro. Como estos vinos son más caprichosos en el
desarrollo de sus virtudes que las educandas de un colegio, se pone el
mayor cuidado en procurar reunir las mejores y más sanas condiciones
para su mejoramiento; se evita la vecindad de humedades y emanaciones,
pues ello afectaría a la delicadeza del líquido, aunque no ofendiera las
narices de los que estuvieren encargados de él; y cosa rara en este país
de las contradicciones, la misma Colonia no es más renombrada por los
veintitantos malos olores que le atribuyese Coleridge, que lo es esta
tortuosa, sucia y vieja Jerez. Aquí, como en la ciudad del Rin, todo lo
que huele bien se embotella para exportarlo, dejando todo lo que apesta
para el consumo de casa. Las nuevas _bodegas_ han sido, por tanto,
construídas en la parte más moderna de la ciudad, en sitios secos y
abiertos; en comunicación con ellas hay oficinas y talleres donde se
ejecuta todo lo que tiene relación con el comercio de vino, incluso los
barriles, que se fabrican con duelas de roble americano.

El interior de la _bodega_ se conserva fresquísimo; evítase
cuidadosamente la luz fuerte de fuera, manteniendo siempre una corriente
de aire. Es muy esencial mantener una temperatura uniforme, y un término
medio de 60 grados es el mejor de todos. Hay más de mil _bodegas_
registradas en la aduana de Jerez; las mayores pertenecen a las primeras
firmas y casi todas son de ingleses o franceses, pues para este negocio
se necesita un gran capital y condiciones de perseverancia y de
previsión poco comunes en éste ni en otros rincones de España. Lo
anteriormente dicho se comprenderá mejor teniendo en cuenta que algunos
de estos depósitos encierran de mil a cuatro mil pipas y que ningún
jerez fino se exporta hasta que tiene diez o doce años. Suponiendo,
pues, que cada pipa sólo valga 25 libras esterlinas, calcúlese el
capital que supone y el tiempo que ha de invertirse en hacer una bodega.

El vino jerez, maduro y perfecto, se hace con varias clases del mismo.
El «entero» es realmente el jugo de la uva de Jerez, pero de varias
edades, vendimias y aromas. El contenido de un barril sirve para
rectificar otro hasta que se consigue la marca deseada; y se ha llegado
en esto a tal perfección, que hay casas que se comprometen a
proporcionar, siempre que se lo pidan sus parroquianos, vinos con el
mismo cuerpo, color, aroma, etc. Estos vinos ganan mucho con el tiempo,
se hacen más suaves y aromáticos y ganan en cuerpo y aroma, cosas en que
los vinos nuevos son deficientes. Y es tan grande el cambio que se
efectúa en todos los respectos, que es muy difícil creer que hayan sido
el mismo: no se diferencia más el niño del hombre ni la bellota del
roble.

El _capataz_ que consiga llegar al colmo de sus aspiraciones será el que
haya observado en sus composiciones las reglas poéticas de Horacio, el
_callida junctura_, el _omne tulit punctum qui miscuit utile dulci_;
este feliz y hábil acoplamiento de lo sólido y lo dulce debe reunir
plenitud de cuerpo, un sabor y _bouquet_ oleoso y como a nuez, sequedad,
falta de acidez, fuerza, duración y espirituosidad. El jerez fino, puro,
tiene un hermoso color dorado obscuro, pero, para satisfacer a muchos
consumidores ingleses, se hace el «jerez pálido» quitándole químicamente
el color a expensas de su delicado aroma. Otra absurda deferencia a los
prejuicios británicos es el enviar el jerez a las Indias orientales,
porque, según se dice, este viaje mejora los vinos de Madera; lo cual no
sólo es muy caro, sino positivamente nocivo para el jerez, que pierde
cantidad y aroma, se enturbia y agria, y por la constante fermentación
se hace más flojo y más espirituoso. El secreto para tener buen jerez
está en comprar el mejor en la mejor casa y conservarlo unos cuantos
años, antes de beberlo, en una buena bodega.

Pero volvamos al _capataz_. Este hombre importante se pasa la vida
catando. Visita constantemente las barricas, determinando las
cualidades, méritos y deméritos de cada discípulo, que anota con una
especie de jeroglíficos. Corrige los defectos anotando el remedio
aplicado y la fecha en que se aplica, y de este modo, a la visita
siguiente, puede confirmar la mejora o lamentar lo contrario. Los vinos
nuevos, después que pasa el período de la fermentación, se suelen
enriquecer con _arrope_, que, según dicen los inteligentes, los mejora
mucho. En Sanlúcar y en todos los lugares de suelo arenoso hay fábricas
de esta especie de jarabe. El mosto, o jugo de la uva nueva, se cuece
antes de que empiece a fermentar, reduciéndolo a la quinta parte de su
volumen; tiene que hervir a fuego lento y hay que tener mucho cuidado
para espumarlo y para que no se queme. Disolviéndolo se hace el _vino de
color_, el _vino madre_, con el cual se nutren y alimentan los vinos
nuevos. Cuando está rancio, este balsámico ingrediente se hace muy
fuerte y perfumado como una esencia y vale tres o cuatrocientas guineas
el tonel, aunque en realidad no se vende. En todas las _bodegas_
principales hay algunos grandes toneles de edad respetable, que
contienen este precioso licor que inspira a los vinos vulgares generosas
y heroicas virtudes, siendo más lógica, pues, que los dedicasen a los
Wéllingtons y Nelsons, que no a los santos o santas. De estos depósitos
especiales es de los que se permite tomar un sorbito a los visitantes
distinguidos. A Fernando VII le hizo uno de estos obsequios Pedro
Domecq, y luego inscribió su nombre en el tonel. La cantidad que se saca
de uno de estos toneles para ponerlo en los de vinos nuevos se reemplaza
por otra igual del barril que le sigue en antigüedad en la bodega.

Después de un año o dos de prueba se puede saber definitivamente su
clase, y, si no resultan buenos, se sacan del plantel y se expiden a
Hamburgo o a Quebec, donde los consumidores tienen el paladar mas basto,
a razón de unas 15 libras esterlinas por tonel. Todos los distintos
grados y pasos de la formación se hallan explicados perfectamente en los
grandes establecimientos, entre los que figuran, en puesto de honor, los
de Domecq y de John David Gordon, y nada puede compararse a la cordial
hospitalidad de estos principescos comerciantes. Quien llegue hasta
ellos con una carta de recomendación puede tener la seguridad de que es
hospedado en sus casas, con equipaje y todo, lo cual no es poco de
agradecer, teniendo en cuenta las pésimas condiciones de las posadas
jerezanas. Poco a poco el huésped es iniciado en los secretos del
comercio y se le entrega al _capataz_, que le da un verdadero curso de
enología, ilustrado, como los de Faraday, con experiencias: catar jerez
en Jerez no tiene ninguna semejanza--como dirá el señor Clemente--con lo
que se acostumbra hacer en los almacenes de Londres. Aquí el moreno
profesor, vestido aproximadamente como el Fígaro del _Barbero de
Sevilla_, va seguido de varios Ganímedes de chaqueta y alpargatas, los
cuales ofrecen los vasos. El conferenciante va provisto de un largo
bastón, en cuyo extremo va atada una pequeña caña hueca que introduce en
los toneles. La materia se trata desde sus comienzos, y cada una de sus
evoluciones se explica a los oyentes con la gravedad de un juicioso
presidente de jurado; cada ejemplo se pasa y se prueba por todos, que,
si son discretos, seguirán el ejemplo del maestro (a quien el vino no le
produce más efecto que a un vaso de cristal), no tragando nunca los
sorbos sino paladeándolos cuidadosamente para sacar el verdadero sabor.
Todos los toneles se catan, desde el joven hasta el mediano, desde el
maduro hasta el más añejo, y el que no se maree con los vapores, no
podrá por menos de salir perfectamente ilustrado en la materia. El
estudiante tiene que sostenerse durante las primeras pruebas, pues el
mejor vino se reserva siempre para lo último, teniendo por tanto que
ascender, si no se descrima, una vinosa escala de calidades. Quizá fuese
mejor invertir el orden y comenzar por los mejores cuando el paladar
está fresco y la cabeza despejada. Y por muy sediento de ciencia que se
esté, nunca se debe beber demasiado en la bodega, pues hay que pensar en
la segunda parte que le espera en la hospitalaria mesa de un huésped,
quien tiene a gala y orgullo el presentar muchos vinos y hacer beber en
abundancia a los invitados.

¡Cuánto sacrificio se hace entonces al alegre dios de que vive el
comerciante, que liberta ahora a la divinidad de su vítrea prisión! ¡Qué
chasquear de tapones medio consumidos por el tiempo! ¡Qué de limpiar
venerables telarañas de las botellas guardadas cuando Jorge tercero era
rey! La satisfacción del digno anfitrión al sacar una botella nueva es
aún mayor que la de una prolífica madre cuando obsequia a su marido con
un nuevo vástago. ¡Cómo toma en sus manos la amada vasija, mirando con
cariño su contenido, que tanto hizo por formar; cómo mira al trasluz del
limpio vaso el transparente y brillante líquido que reluce y chispea
dentro; cómo pasa lentamente la inteligente nariz sobre la bella
superficie, aspirando su fragancia, y cómo llega al colmo del
arrobamiento al llevar el divino licor a los ruborosos labios!

El vino, por sí solo produce placer y es objeto de conversación, pues
todos los invitados tienen una opinión; pues ¿qué _gentleman_ no puede
juzgar de un caballo o de una botella? Si surge alguna diferencia de
criterio, como suele ocurrir siempre en cuestión de gustos, y más si las
botellas han circulado en abundancia, el dueño de la casa _decide_,

      «Tells all the names, lays down the law,
    que ça est bon; ah, goûtez ça»[48].

Hay para él una combinación de placer y de provecho en estos geniales
banquetes, en estos _noctes cœnæque Deum_, pues por este medio se han
entablado algunas relaciones con algún _gentleman_ inglés, que por vez
primera gusta de un jerez puro y legítimo. Una buena comida previene al
agradecimiento hacia la humanidad en general y en particular hacia el
que la ofrece. Una cierta cantidad del divino líquido abre al mismo
tiempo el corazón y los cordones de la bolsa, hasta que la lengua que
paladea el mágico aroma murmura con agradecimiento: «Envíeme un tonel de
_amontillado pasado_, y otro de _seco reañejo_, y gíreme el importe a la
vista».

Surge entonces una cuestión muy importante: el precio, que es donde está
siempre la dificultad. El jerez bueno, de diez o doce años, no cuesta
menos de 50 a 80 guineas el tonel, en la _bodega_, y cargándole flete,
seguro, derechos y demás, vendrá a costar de 100 a 130 guineas. Un tonel
tiene de 108 a 112 galones y los derechos son 5 chelines seis peniques
por galón. Un tonel de esta cabida hará unas 52 docenas de botellas.
Ahora comprenderá el lector la ganga de esos vinos de Jerez _pálidos_ o
_viejos_, que se suelen ver anunciados en los periódicos a 36 chelines
la docena de botellas. Son _maris expers_, fabricados con aguardiente
francés, Marsala siciliano, vino del Cabo, sidra de Devonshire y agua
del Támesis.

La producción de vino es, aproximadamente, de 400.000 a 500.000
_arrobas_ al año. Arroba es un nombre árabe y una medida para áridos,
aun cuando se usa para líquidos. Es la cuarta parte de un quintal; 30
arrobas hacen una _bota_ o _tonel_, de la que se exportan anualmente de
8.000 a 10.000 de vino fino; pero la cantidad de jerez que se hace sin
preparación ninguna, sobre todo en Sanlúcar, es enorme, y va en aumento
cada año. Para dar una idea del creciente tráfico, baste decir que en
1842 se exportaron en esta comarca 25.096 toneles; en 1843, 29.313; en
1845, de Jerez solamente salieron 18.135, y 14.037 del Puerto, que hacen
la enorme suma de 32.172 toneles. Ahora bien, como las viñas son las
mismas, no será aventurado suponer que algunos de estos barriles no sean
de jerez legítimo; en realidad, la ruina de esta clase de vino ha
comenzado en el momento en que se han abierto una porción de casas de
segundo orden, que cuidan más de la cantidad que de la calidad. Muchos
miles de barriles de un mal vino de Niebla son arreglados y preparados
para venderlos como jerez en los mercados de Inglaterra, haciendo formar
una idea convencional del vino en cuestión, en detrimento del legítimo,
tanto que incluso algunas casas respetables han tenido que seguir la
corriente para dar gusto al paladar depravado de sus consumidores, como
se hace con los claretes de Burdeos, que se encabezan con Hermitages y
Benicarló. Con esto se ha perdido el aroma típico y se producen
dispepsias y jaquecas; pero también con los vinos hay modas, como con
los médicos. Antiguamente, el Madera era una especie de panacea, hasta
que el aumento de demanda hizo que comerciantes poco escrupulosos lo
adulterasen, al punto de desacreditarlo por completo. Después se puso en
boga el jerez, considerándolo como más puro y sano; pero luego empezó a
declinar el entusiasmo por la misma causa, llegando la decadencia a
mayor altura, y no será difícil que vuelva a estar en alza el Madera,
pues sus cosecheros han aprendido una buena lección en la severa escuela
de la adversidad.

Sea ello como quiera, los españoles, en general, conocen poco el jerez,
exceptuando los que viven en la inmediata vecindad de la comarca en que
se produce, y puede asegurarse que se consume más en los cuarteles de
Gibraltar que en Madrid, Toledo o Salamanca. El jerez es un vino
extranjero, hecho y consumido por extranjeros, y los españoles no suelen
ser muy aficionados a su aroma fuerte, y menos aún a su alto precio, aun
cuando algunos los acepten por la gran boga que tiene en Inglaterra, que
quiere decir que la civilización lo ha adoptado. Limítase, además, su
consumo a la capital o los puertos ricos, pues en el interior es muy
escaso: en Granada, por ejemplo, a menos de 150 millas de Jerez, sería
muy difícil encontrarlo, si no fuese porque lo piden nuestros
compatriotas, pero solamente se vende en botellas y considerándolo como
un licor. En Sevilla, que está casi al lado de Jerez, se suele servir un
vaso en las buenas mesas, como se daba un vaso de vino de Grecia en la
casa de Lúculo, entre los romanos antiguos, y se hace entre los modernos
con el vino de Málaga o de Chipre. Este vaso único se sirve para ayudar
a la digestión y se le llama el _golpe médico_, y equivale, en esta
comarca cálida, a la copita de curaçao o coñac que se sirve con el café
en países más fríos, como Inglaterra y Francia.

En Andalucía no fue más difícil para los moros predicar el uso del agua
como bebida que prohibir el del vino, el cual, cuando es fuerte, como
sucede con el jerez, destruye la salud, tomando mucho, y habitualmente
perjudica de cierto, cosa de que se ven muchos casos en Gibraltar. De
aquí que los mismos jerezanos prefieran mucho más beber manzanilla, un
vino muy ligero que se hace cerca de Sanlúcar y que es al tiempo más
flojo y más barato que el jerez. La uva de que se extrae se da en un
suelo muy pobre y arenoso, y la vendimia se hace muy temprano, pues se
coge la uva antes que esté completamente madura. Es un vino de un color
pálido de paja y muy sano; da fuerza al estómago, sin irritar ni
emborrachar, como el jerez. Todo el mundo es aficionadísimo a él, pues,
como no tiene alcohol, les permite beber mucho más que de cualquier
otro, y, de añadidura, es muy tónico durante los calores del verano.
Puede comparársele con el antiguo de Lesbia, del que tanto bebía Horacio
en la fresca sombra y que nunca le hizo daño. Los empleados en las
bodegas de Jerez, que pueden beber cuanto quieran, casi nunca lo
prueban, y, en cuanto terminan su faena diaria, se van a la tienda más
cercana a refrescar con un vaso de «inocente» manzanilla. Hay clubs
formados exclusivamente para beberla, y con agua helada y un cigarro
transporta al consumidor a las delicias del paraíso de Mahoma. Sabe
mejor tomándola directamente del barril que en botellas, y mejora a
medida que va quedando menos.

No están muy conformes los gramáticos acerca de las etimología de la
palabra; algunos la derivan de _Manzana_, cosa que podía pasar si se
tratase de la sidra; otros lo refieren a _Manzanilla_, pueblo situado a
la orilla opuesta del río, donde ni se hace ni se bebe. La verdadera
etimología, sin embargo, puede hallarse en la notable semejanza que su
sabor tiene con el amargo de las flores de _manzanilla_, que se usa como
bebida estomacal, y en España, también mucho para lavatorios y fomentos.
Este sabor es tan marcado, que algunas veces resulta desagradable para
los que no están habituados a él. Si hay que dar crédito a un
apologista, el vino tiene aún más cualidades medicinales que el té,
pues, según ellos, el que lo bebe nunca padecería cálculos, mal de
piedra o gota; desde luego, no tiene acidez ninguna. La mejor manzanilla
se vende en Londres, en casa de Messrs. Gorman, Mark Lane, número 16,
habiendo subido su consumo en Inglaterra de unos 10 toneles a más de
doscientos en poco más de un año, por haberse recomendado en el _Manual_
diciendo: _Bebedla, dispépticos_; delicada y práctica atención que el
autor (bebedor, por supuesto, de ella) agradece con la más profunda
gratitud.

Diremos de pasada, que lo que debe comerse con manzanilla es la
_alpistera_. Hágase ésta en la siguiente forma: A una libra de harina
fina (debe cuidarse de que esté seca), añádase media libra de azúcar
blanca doble refinada, tamizada y machacada; las yemas y claras de
cuatro huevos frescos, bien batidos juntos; trabájese haciendo una pasta
con todo ello; allánese muy delgado; divídase en rectángulos de la mitad
de esta página aproximadamente; córtese en tiras, de manera que la pasta
parezca como una mano con dedos, descoyúntense luego las tiras y báñese
en manteca de cerdo derretida y caliente, hasta que tome un delicado
color pálido tostado; mientras más rizadas y enroscadas estén las tiras,
mejor: la _alpistera_ debe parecer un mazo de cintas; espolvoréese luego
con azúcar blanca fina. Quedan entonces tan bonitas como ricas. No es
fácil hacerlas bien, pero los dioses no conceden nada bueno a los
mortales sin mucho trabajo y paciencia. Por eso Venus, la diosa de la
gracia, estaba aliada al gran trabajador Vulcano, que trabajaba y se
afanaba en su fuego, como debe hacerlo todo cocinero que tenga un alma
ambiciosa.


FIN DEL TOMO PRIMERO



ÍNDICE


                                                                 Páginas.

CAPÍTULO PRIMERO

Ojeada general sobre España.--Rey de las Españas.--Prioridad de
Castilla.--Localismo.--Falta de unión.--Españolismo.--Monsieur Thiers en
España                                                                23


CAPÍTULO II

Geografía de España.--Zonas climatológicas.--Las montañas.--Los
Pirineos.--El gabacho y la política francesa                          32


CAPÍTULO III

Ríos de España.--Puentes.--Navegación.--El Ebro y el Tajo             58


CAPÍTULO IV

División en provincias.--Demarcaciones antiguas. Departamentos
modernos.--Población.--Renta. Fondos españoles                        70


CAPÍTULO V

Cómo se viaja por España.--Barcos de vapor.--Calzadas y caminos
reales.--Ferrocarriles.--Especulaciones inglesas                      87


CAPÍTULO VI

El correo en España.--Viaje en caballos de posta. Correos
montados.--Diligencias, galeras, coches de colleras.--Conductores y
modos de guiar y de jurar                                            109


CAPÍTULO VII

Caballos españoles.--Mulas.--Burros.--Arrieros. Maragatos            134


CAPÍTULO VIII

Placeres de un viaje a caballo por España.--Excursiones a pie.--Elección
de compañeros.--Reglas para un viaje a caballo.--Estación del año que
debe elegirse.--Jornadas.--Trato del caballo: las patas; las herraduras;
indicaciones generales                                               151


CAPÍTULO IX

Traje que debe usar el jinete.--Las alforjas.--La bota y modo de
usarla.--Pellejos de vino y borracha.--Dinero español.--Las onzas y las
monedas pequeñas                                                     174


CAPÍTULO X

Los criados españoles: su carácter.--Lacayo, cocinero y criado para
viajar                                                               192


CAPÍTULO XI

Un cocinero español.--Filosofía de la cocina
española.--Salsas.--Dificultades para proveerse de víveres.--Liebres y
conejos españoles.--La olla. Los garbanzos.--El cerdo.--Tocino y jamón.
Tortilla.--Ensalada y gazpacho                                       214


CAPÍTULO XII

Bebidas españolas.--Agua.--Riego.--Fuentes.--Sed española.--La
Alcarraza.--Los aguadores.--Las abluciones.--El chocolate español.--El
agraz.--La limonada                                                  242


CAPÍTULO XIII

Vinos españoles.--Indiferencia española.--Arte de hacer el vino.--Vinos
del país.--Benicarló.--Valdepeñas                                    258


CAPÍTULO XIV

Vinos de Jerez.--Región donde se produce.--Origen del
nombre.--Variedades del terreno.--Uvas. Pajarete.--Rojas
Clemente.--Cultivo de las viñas. Los mejores viñedos.--La
vendimia.--Amontillado.--El capataz.--La bodega.--El
jerez.--Arrope y vino madre.--Una conferencia sobre el jerez en la
bodega.--Falsificaciones del jerez.--Manzanilla.--La alpistera       266



NOTAS:

[1] Véase _Viajes por España y Portugal_, bibliografía, por Arturo
Farinelli. Centro de Estudios Históricos; Madrid, 1921.

[2] Esta obra, así como _La Biblia en España_, del mismo autor, están
publicadas en la _Colección Granada_.

[3] La Diócesis de Madrid se fundó en virtud del Concordato de 1851 y
la bula de 1885.--_N. del T._

[4] La palabra _gabacho_ es el adjetivo más ofensivo del español para
el francés; algunos suponen que significa «el que vive en _Gaves_».
Es el árabe _cabach_, detestable, zarrapastroso, o _qui prava indole
est_, _moribusque_. Donde la verdadera significación de la palabra se
halla expresada de mejor manera es en el ingenioso cuento de Quevedo
_El francés y el español_. La antipatía al galo es nacional e
innata y aparece en todos los momentos de la historia. Este
sobrenombre se aplicó ya en el siglo VIII, cuando Carlomagno, el
Buonaparte de su tiempo, invadió España con motivo de la abdicación
y unión de la corona por Alfonso el Casto, prototipo del cornudo
Carlos IV; entonces todos los españoles, moros y cristianos, amigos
y enemigos, olvidaron sus odios religiosos para luchar contra el
intruso, cuya grandeza recibió un golpe mortal en el memorable paso
de Roncesvalles. La verdadera derivación de la palabra _gabacho_, que
ahora se oye desde los Pirineos hasta el Estrecho, se pasa por alto
en el Diccionario de la Academia; tal fué la adulación servil de los
súbditos para un rey francés, Felipe V. _¡Mueran los gabachos!_ fué un
grito unánime en España después de las inhumanas carnicerías de Murat.
Sus ecos aun no se han apagado, y cualquier chispa puede prender en la
mina ya dispuesta. ¡No se puede explicar el valor de un grito guerrero
que puede ser para un pueblo el santo y seña, como la consigna para
hacer causa común! _Vox populi, vox Dei._

[5] Ford, en su galofobia, siempre llama a Napoleón, Buonaparte.--_N.
del T._

[6] Confunde la cabra montés con el rebeco.--_N. del T._

[7] _Salirse de madre_ no es variar de cauce, sino sólo
desbordarse.--_N. del T._

[8] Tempe, un valle de Tesalia, cantado por los poetas clásicos por su
incomparable belleza.--_N. del T._

[9] ¡Pero yo he amado tu mansión salvaje,--tu desconocida, inculta,
solitaria orilla,--donde apenas el leñador halla una senda--y
escasamente el pescador maneja un remo.--Por el abandono de los
hombres te amo más--que el arte ni la avaricia intrusos,--no quieran
amansar el choque rudo de tu torrente--o recoger la vendimia de tus
rocas,--magníficamente salvajes!

[10] Dagón, dios nacional de los Filisteos, mitad hombre, mitad
pez.--_N. del T._

[11] Ingeniero francés que construyó un túnel bajo el Támesis
(1769-1849).--_N. del T._

[12] _Razzia_ se deriva del árabe _Al ghazia_, palabra que expresa las
correrías de una edad feroz y bárbara. Ha sido introducida en Europa
por los Pélissiers[13], que de este modo _civilizan_ Argelia. Hacen un
desierto y lo llaman paz.

[13] Pélissier, duque de Malakoff, mariscal de Francia, gobernador de
Algeria (1794-1864).--_N. del T._

[14] «Lo mismo que la nieve precipitada de las cumbres de los Alpes
en los valles, nuestros soldados destruían en pocas horas, y sólo con
pasar, los recursos de toda una comarca; habitualmente acampaban, y
en todas partes derruían las casas de medio siglo, para construír
con sus escombros esos pueblos alineados que a veces sólo duraban
un día: a falta de leña a propósito, utilizaban para calentarse los
árboles frutales, y los vegetales preciosos como la morera, el olivo,
el naranjo; los soldados, irritados por la necesidad y el peligro,
adquirían una especie de _borrachera moral_, de la cual no nos
ocupábamos en curarles».

[15] «Así Francia se emborracha con sangre para vomitar crimen,--y
siempre ha sido fatal su saturnal».

[16] No debe ser prestador ni prestatario,--pues muchas veces se pierde
lo prestado y el amigo.

[17] Títulos de la deuda consolidada.

[18] Hadj (árabe). La peregrinación mahometana a la Meca y a Medina.
Hadji, un musulmán que ha hecho la peregrinación a la Meca.--_N. del T._

[19] Mac-Adam, ingeniero escocés, inventor del sistema de empedrado de
los caminos que lleva su nombre (1756-1836).--_N. del T._

[20] El primer ferrocarril, que llegaba hasta Aranjuez, salió de Madrid
el día 9 de febrero de 1851.--_N. del T._

[21] Se refiere a su Guía, editada por Murray: las _Guías rojas de
Murray_.--_N. del T._

[22] Faja: el Hhezum del Cairo. Atrides se apretaba la faja
cuando se preparaba a una acción. _Iliada_, XI, 15. Los
soldados romanos guardaban en ella el dinero. Ibit qui _zonam_
perdidit. _Hor._, II, ep. 2, 40. Los judíos la utilizaban
para el mismo objeto. _Mateo_, X, 9; _Marc._, VI, 8. Se
afloja por la noche. «Nadie dormirá ni dormitará, ni desatará la faja
de su cintura».--Isaías, V, 27.

[23] El temor del poder del mal de ojo, del que ni aun
Salomón se vió libre (_Proverbio_, XXIII, 6), prevalece aún en
Oriente; no ha podido ser extirpado de España ni de Nápoles, que
tanto tiempo fué suyo. Las clases bajas de la Península cuelgan al
cuello de sus hijos y de sus ganados un cuerno engarzado en plata,
que se puede encontrar en todas las platerías, y se considera como
amuleto; la cuerda con que se cuelga _debe_ estar hecha de crines de
cola de caballo blanco. Las gitanas españolas, tan bien pintadas por
Borrow[24], medran quitando el _mal de ojo_, _querelar nasula_, como
ellos dicen. El temor del _Ain ara_ subsiste entre los árabes de todas
clases. La gente educada en España se burla de esta superstición, y
muchas veces, cuando uno nota que una persona lleva algo raro o lo
tiene cerca de sí, suele decir: «Es para que no me hagan mal de ojo».
En Nápoles es donde se pueden encontrar más amuletos de coral de todas
formas, clases y precios. El canónigo Jorio y el marqués de Arditi han
recogido toda la literatura y detalles referentes a ellos.

[24] Véase _Los gitanos de España_ de BORROW, publicado por la
COLECCIÓN GRANADA.

[25] Fieros y extraños ingleses, que con las mismas tijeras--cortáis la
cabeza a los reyes y la cola a los caballos.

[26] Piensa con nobleza, como montan los españoles--y manejan su
hermoso caballo, digno de un príncipe.

[27] El _garañón_ se llama también _burro padre_, no _padre burro_.
_Padre_, prefijo de paternidad, es el título que se da en España a los
clérigos y frailes. _Padre burro_ sería en algunos casos aplicable a
los últimos, moral y físicamente, si no fuera por el respeto debido a
la cogulla y la sotana.

[28] Cloto, Láquesis y Atropos son las tres Parcas hermanas. La primera
hilaba, la segunda devanaba y la tercera cortaba el hilo de la vida
humana.--_N. del T._

[29] Si nos unimos en triste coro--el pesado camino nos aburrirá mucho
menos.

[30] Mungo Park, viajero escocés, explorador de Africa. Murió en el
Niger (1771-1805).--_N. de la T._

[31] Early to bed, early to rise, makes a man healthy, wealthy and
wise.--Acostarse temprano, levantarse temprano, hace al hombre rico,
virtuoso y sano. (Proverbio inglés.)--_N. del T._

[32] La eterna condición--por la cual subsiste toda la humana
fragilidad,--un refrigerio después del trabajo, tranquilidad después de
la fatiga.

[33] Especie de _chulo_ londinense.

[34] Cena, duerme, se lava, todo en una pieza, con las alforjas.
Querría meter en ella la vida toda.--_N. del T._

[35] Deja en la biblioteca los infolios; yo quepo entero en una
mano.--_N. del T._

[36] Véase BORROW: _La Biblia en España_. COLECCIÓN
GRANADA. Jiménez Fraud, editor.

[37] Te vea yo volver incólume y te oiga cantar, como de costumbre, las
regiones, las hazañas y los pueblos de los Iberos.--_N. del T._

[38] Quejándose Jorge IV cierta vez de que había _perdido_ su real
apetito, le contestó su compañero Rochester: «¡Qué apuro para un pobre
si lo _encuentra_!»

[39]... y el hambre, mala consejera, y la vergonzosa indigencia,
de horrible aspecto... (_Eneida_, lib. VI, V. 276-7).--_N. del T._

[40] La regla de los sopistas es en todo tiempo ésta: trae la comida
contigo, si quieres comer conmigo.--_N. del T._

[41] ¿Cuándo me servirán... y las legumbres bien untadas de pingue
tocino (Hor.: _Sátira_ VI, lib. II).--_N. del T._

[42] Cervantes lo pone en boca del doctor Pedro Recio: «_Absit_, dijo
el médico, vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa
en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida: allá las
ollas podridas para los canónigos, o para los rectores de colegios,
o para las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los
gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura...»
_Don Quijote_, capítulo XLVII, parte segunda.--_N. del T._

[43] Tomás Roberto Bugeaud de la Piconnerie, duque de Isly, mariscal de
Francia, gobernador de Algeria (1784-1849).--_N. del T._

[44] Hock es exactamente el vino hecho en Hochheim, Alemania; pero se
aplica a todos los vinos blancos del Rin.--_N. del T._

[45] En inglés _half and half_ es mezcla de dos cervezas.--_N. del T._

[46] Al dios Baco, que el primero, de la purpúrea uva--estrujó el dulce
veneno del olvidado vino.--_N. del T._

[47] _Don Quijote_, capítulo XIII, parte segunda.

[48] Dice todos los nombres, impone la ley: ¡qué bueno es éste, probad
aquél!





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Cosas de España; tomo 1 - (El país de lo imprevisto)" ***

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