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Title: Los entremeses
Author: Cervantes Saavedra, Miguel de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía
    de mayor frecuencia.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

  * La presentación de las acotaciones escénicas ha sido normalizada.

  * Se han añadido los nombres de los personajes cuando están
    omitidos.

  * Se ha añadido un Índice, del que carece el original impreso.

  * Las notas a pie de página han sido renumeradas, ubicándolas al
    final del libro.



ENTREMESES.



  GASPAR Y ROIG EDITORES.

  LOS
  ENTREMESES

  DE
  _MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA_.

  ILUSTRADOS CON PRECIOSAS VIÑETAS.


  [Ilustración]


  _MADRID:_
  IMPRENTA DE GASPAR Y ROIG,
  PRÍNCIPE, 4.
  1868.



PRÓLOGO.


Entre las diversas obras que debemos al príncipe de los ingenios
españoles, ninguna mas desconocida ni mas digna de conocerse que la
preciosa coleccion de _Entremeses_ que ofrecemos al público en la
presente esmerada edicion manual, con objeto de que logren la misma
popularidad que ha alcanzado el resto de sus obras. En éstas verán
los lectores como la prodigiosa versatilidad del genio de Cervantes,
le adaptaba para concebir y desarrollar los argumentos mas grandiosos
y los mas sencillos, y si hemos de decir lo que sentimos, nos
atreveriamos á asegurar que fuera del Quijote, en los _Entremeses_
es donde Cervantes aparece mas _cervántico_, si es permitido emplear
esta espresion. En estos cuadros _goyescos_, formados á ligeras
pinceladas, parecia estar en su verdadero elemento, y correr sin
estorbo el raudal inagotable de su vena cómica. En todo lo que era
pintura de caracteres exagerados, grotescos y ridículos, Cervantes
no tenia rival, y como éstos sean los verdaderos materiales y
elementos de los _Entremeses_ ó composiciones que hoy conocemos con
el nombre de _Sainetes_, nadie vacilará en reconocerlas y disputarlas
por unas de las mas espontáneas y genuinas muestras del peculiar
talento de Cervantes.

Entre los once entremeses que la coleccion comprende, los hay tales
como _La Cárcel de Sevilla_, _El Vizcaino Fingido_, _El Rufian
Viudo_, que parecen paño de la misma tela de que se cortaron los
aplaudidos cuadros de _Rinconete y Cortadillo_, _La Tia Fingida_
y _El Casamiento Engañoso_. En punto á crítica de preocupaciones
generalizadas en la humana especie, resalta entre todos, y tiene
mas de un punto de contacto con el pensamiento que presidió á la
confeccion de la aventura del Clavileño, el gracioso _entremes_
intitulado: _El Retablo de las Maravillas_. Son dos joyas de
inestimable valor, _El Viejo Celoso_, repeticion con cortas variantes
del argumento de _El Celoso Estremeño_, con la diferencia de acabar
en música y alegría lo que en la novela tiene un fin conmovedor y
trágico; y _La Cueva de Salamanca_, en que insiste asimismo en la
pintura de viejos maridos burlados por esposas jóvenes y casquivanas.
El que lleva por título _El Juez de los Divorcios_, carece de
argumento propiamente dicho, y sin embargo tiene embebido y con la
risa en los labios al lector, merced á esa retahila de narraciones en
que casados mal avenidos sacan á la colada lo que otros mas discretos
suelen lavar en casa.

Como burla y descripcion exacta de alcaldes de monterilla, con
quienes por su desgracia tuvo que habérselas Cervantes en sus muchas
peregrinaciones por los lugares y aldeas de España, es cuadro
inimitable el _entremes_ llamado _La Eleccion de los Alcaldes_.
Quien quiera un modelo de diálogo chispeante y gracioso, seguro que
colmará la medida de su deseo leyendo el de _La Guarda Cuidadosa_,
que con decir que sus actores tienen de soldado y de semi-bachiller
y semi-sacristan, basta para que saliese bien manejado el asunto en
manos de Cervantes. _El Hospital de los Podridos_, se le ahija sin
otra razon que la de parecer bueno, y por suyo pasa mientras nadie
vaya ni venga contra tal decision; pero no se dirá lo mismo de la
imponderable y nunca bastantemente bien alabada pintura de la comezon
de charlar, hecha con todo el desenfado cervantino en el _entremes_
de _Los Habladores_.

En resúmen, todos ellos son dignos de su pluma, y van salpicados de
salsas de modismos, pimienta de frases y salmorejo de locuciones
graciosas, que podrán entrar como de auxilio y refresco en el ya
agotado y seco campo de nuestro lenguaje, falto de aquella frescura
y vigor cómicos que alcanzó en los tiempos de Rueda y de Cervantes.
Aunque fue como el creador de esta clase de composiciones, en
él llegaron al colmo de la perfeccion. Finalmente, compuestos á
principios del siglo XVII, su lectura es hoy dia tan interesante como
si para nosotros se hubieran hecho y sacado de la sociedad que nos
rodea: lo cual prueba, y en esto consiste su mérito principal, que
no hay asunto, por trivial que parezca, que no tome cuerpo y cobre
importancia y elevacion en las manos del verdadero genio, pues él
sabia depositar en el mas sencillo, algo de aquel fondo de interés
universal y humano, que le hará sobrenadar en la corriente de los
siglos. El público juzgará. Por nuestra parte, hemos procurado tomar
por modelo la edicion mas correcta, y al frente de cada uno de ellos,
hemos puesto una viñetita ilustrando respectivamente sus escenas
principales.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS_.


  _Sale el Juez y otros dos con él, que son Escribano y Procurador,
  y siéntase en una silla. Salen el Vejete y Mariana, su mujer._

MARIANA.

Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la
silla de su audiencia: de esta vez tengo de quedar dentro, ó fuera:
de esta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el
gavilan.

VEJETE.

Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees[1] tanto tu negocio:
habla paso, por la pasión que Dios pasó: mira que tienes atronada á
toda la vecindad con tus gritos; y pues tienes delante al señor juez,
con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ.

¿Qué pendencia traeis, buena gente?

MARIANA.

Señor, divorcio, divorcio, y mas divorcio, y otras mil veces divorcio.

JUEZ.

¿De quién, ó por qué, señora?

MARIANA.

¿De quién? de este viejo, que está presente.

JUEZ.

¿Por qué?

MARIANA.

Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta
á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron
á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote
llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos
los dias de la vida: cuando entré en su poder me relumbraba la cara
como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa[2] encima.
Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque:
mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que
derramo cada dia, por verme casada con esta anatomía.

JUEZ.

No lloreis, señora: bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os
haré justicia.

MARIANA.

Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y
en las repúblicas bien ordenadas habia de ser limitado el tiempo de
los matrimonios; y de tres en tres años se habian de deshacer, ó
confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de
durar toda la vida, con perpétuo dolor de entrambas partes.

JUEZ.

Si ese arbitrio se pudiera ó debiera poner en práctica, y por
dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad mas, señora, las
ocasiones que os mueven á pedir divorcio.

MARIANA.

El invierno de mi marido, y la primavera de mi edad: el quitarme el
sueño, por levantarme á media noche á calentar paños y saquillos de
salvado para ponerle en la ijada, el ponerle ora aquesta, ora aquella
ligadura, que ligado le vea yo á un palo por justicia: el cuidado
que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes,
lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada á
sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal á tres tiros de
arcabuz.

ESCRIBANO.

Debe de ser de alguna muela podrida.

VEJETE.

No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en
toda ella.

PROCURADOR.

Pues ley hay, que dice, segun he oido decir, que por solo el mal olor
de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la
mujer.

VEJETE.

En verdad, señores, que el mal aliento, que ella dice que tengo,
no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos
procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intencion
de su pecho. Mal conocen vuestras mercedes á esta señora; pues á fe
que si la conociesen, que la ayunarian, ó la santiguarian. Veintidos
años há que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de
sus insolencias, de sus voces, y de sus fantasías; y ya va para
dos años que cada dia me va dando vaivenes y empujones hacia la
sepultura, á cuyas voces me tiene medio sordo, y á puro reñir sin
juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame á regañadientes, habiendo
de ser suave la mano y la condicion del médico. En resolucion,
señores, yo soy el que muero en su poder; y ella es la que vive en el
mio, porque es señora, con mero, misto imperio[3], de la hacienda que
tengo.

MARIANA.

¿Hacienda vuestra? ¿y qué hacienda teneis vos, que no la hayais
ganado con la que llevastes en mi dote? Y son mios la mitad de los
bienes gananciales, mal que os pese; y de ellos y de la dote, si me
muriese agora, no os dejaria valor de un maravedí, porque veais el
amor que os tengo.

JUEZ.

Decid, señor: ¿cuándo entrastes en poder de vuestra mujer, no
entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE.

Ya he dicho que há veintidos años que entré en su poder, como quien
entra en el de un cómitre calabrés á remar en galeras de por fuerza,
y entré tan sano, que podia decir y hacer, como quien juega á las
pintas[4].

MARIANA.

Cedacico nuevo, tres dias en estaca[5].

JUEZ.

Callad, callad, nora en tal mujer[6] de bien; y andad con Dios, que
yo no hallo causa para descasaros; y pues comísteis las maduras,
gustad de las duras[7]: que no está obligado ningun marido á tener la
velocidad y corrida del tiempo que no pase por su puerta y por sus
dias; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os
dió cuando pudo; y no repliqueis mas palabra.

VEJETE.

Si fuese posible, recibiria gran merced que vuestra merced me la
hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque dejándome
asi, habiendo ya llegado á este rompimiento, será de nuevo entregarme
al verdugo que me martirice; y si no hagamos una cosa: enciérrese
ella en un monasterio, y yo en otro: partamos la hacienda; y de esta
suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda
de la vida.

MARIANA.

¡Malos años! Bonica soy yo para estar encerrada: no sino llegaos á la
niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas: encerraos
vos, que lo podreis llevar y sufrir, que ni teneis ojos con que ver,
ni oidos con que oir, ni pies con que andar, ni manos con que tocar:
que yo que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y
vivos, quiero usar de ellos á la descubierta, y no por brújula, como
quínola dudosa[8].

ESCRIBANO.

Libre es la mujer.

PROCURADOR.

Y prudente el marido; pero no puede mas.

JUEZ.

Pues yo no puedo hacer este divorcio, _quia nullam invenio causam_.


  _Entra un Soldado bien aderezado, y su mujer doña Guiomar._

GUIOMAR.

Bendito sea Dios, que se me ha cumplido el deseo que tenia de
verme ante la presencia de vuestra merced, á quien suplico, cuan
encarecidamente puedo, sea servido de descasarme de éste.

JUEZ.

¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades
siquiera, de este hombre.

GUIOMAR.

Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.

JUEZ.

¿Pues qué es?

GUIOMAR.

Un leño.

SOLDADO.

Por Dios que he de ser leño en callar y en sufrir; quizá con no
defenderme, ni contradecir á esta mujer, el juez se inclinará á
condenarme; y pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como
si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuan.

PROCURADOR.

Hablad mas comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin
improperios de vuestro marido: que el señor juez de los divorcios,
que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR.

¿Pues no quieren vuestras mercedes que llame leño á una estátua, que
no tiene mas acciones que un madero?

MARIANA.

Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agravio.

GUIOMAR.

Digo en fin, señor mio, que á mí me casaron con este hombre, ya que
quiere vuestra merced que asi lo llame; pero no es este hombre con
quien yo me casé.

JUEZ.

¿Cómo es eso? que no os entiendo.

GUIOMAR.

Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y
corriente, y á pocos dias hallé que me habia casado con un leño, como
tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca
medios ni trazas para grangear un real con que ayude á sustentar su
casa y familia. Las mañanas se le pasan en oir misa, y en estarse
en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y
echando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tambien, se va de
casa en casa de juego, y allí sirve de número[9] á los mirones, que
segun he oido decir, es un género de gente á quien aborrecen en todo
estremo los garitos. Á las dos de la tarde viene á comer, sin que le
hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo: vuélvese
á ir: vuelve á media noche: cena, si lo halla, y si no, santíguase,
bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas.
Pregúntole ¿qué tiene? Respóndeme, que está haciendo un soneto en la
memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como
si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del
mundo.

SOLDADO.

Mi señora doña Guiomar en todo cuanto ha dicho no ha salido de los
límites de la razon; y si yo no la tuviera en lo que hago, como ella
la tiene en lo que dice, ya habia yo de haber procurado algun favor
de palillos de aquí ó de allí, y procurar verme como se ven otros
hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y
sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de
mulas que le acompañe; porque las tales mulas nunca se alquilan, sino
á faltas, y cuando están de nones: sus alforjitas á las ancas, en la
una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y
su bota; sin añadir á los vestidos que trae de rua[10], para hacellos
de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y con una comision
y aun comezon en el seno, sale por esa puente toledana raspa-hilando,
á pesar de las malas mañas de la harona, y á cabo de pocos dias envia
á su casa algun pernil de tocino, y algunas varas de lienzo crudo: en
fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito
de su comision, y con esto sustenta su casa, como el pecador mejor
puede; pero yo, que no tengo oficio, no sé qué hacerme, porque no hay
señor que quiera servirse de mí, porque soy casado: asi que me será
forzoso suplicar á vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres
son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y
aparte.

GUIOMAR.

Y hay mas en esto, señor juez: que como yo veo que mi marido es tan
para poco, y que padece necesidad, muérome por remediarle, pero no
puedo; porque en resolucion, soy mujer de bien, y no tengo de hacer
vileza.

SOLDADO.

Por esto solo merecia ser querida esta mujer; pero debajo de este
pundonor tiene encubierta la mas mala condicion de la tierra: pide
zelos sin causa: grita sin por qué: presume sin hacienda; y como
me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico[11]; y es lo
peor, señor juez, que quiere, que á trueco de la fidelidad que me
guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y
desabrimientos que tiene.

GUIOMAR.

¿Pues no? ¿Y por qué no me habeis vos de guardar á mí decoro y
respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO.

Oid, señora doña Guiomar, aquí delante de estos señores os quiero
decir esto: ¿Por qué me haceis cargo de que sois buena, estando
vos obligada á serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser
cristiana, y por lo que debeis á vos misma? Bueno es que quieran las
mujeres que las respeten sus maridos, porque son castas y honestas:
como si en solo esto consistiese de todo en todo su perfeccion; y no
echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras
mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da á mí que seais casta con
vos misma, puesto que se me da mucho si os descuidais de que lo sea
vuestra criada, y si andais siempre rostrituerta, enojada, zelosa,
pensativa, manirota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con
otras insolencias de este jaez, que bastan á consumir las vidas de
doscientos maridos? Pero con todo esto, digo, señor juez, que ninguna
cosa de estas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy
el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que por ley de buen
gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado á
descasarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar
contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y
holgaré de ser condenado.

GUIOMAR.

¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de
comer á mí, ni á vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y
aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO.

Sosiéguense, que vienen nuevos demandantes.


  _Entra uno vestido de médico, y es cirujano; y Aldonza de
  Minjaca, su mujer._

CIRUJANO.

Por cuatro causas bien bastantes vengo á pedir á vuestra merced,
señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de
Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ.

Resoluto venís: decid las cuatro causas.

CIRUJANO.

La primera, porque no la puedo ver mas que á todos los diablos: la
segunda, por lo que ella se sabe: la tercera, por lo que yo me callo:
la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando de esta vida
vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR.

Bastantísimamente ha probado su intencion.

ALDONZA.

Señor juez: vuestra merced me oiga; y advierta que si mi marido pide
por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera,
porque cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer: la
segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo
que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace
ligaduras y cura otras enfermedades, que va á decir de esto á médico
la mitad del justo precio: la tercera, porque tiene zelos del sol que
me toca: la cuarta, que como no le puedo ver, querria estar apartada
de él dos millones de leguas.

ESCRIBANO.

¿Quién diablos acertará á concertar estos relojes, estando las ruedas
tan desconcertadas?

ALDONZA.

La quinta...

JUEZ.

Señora, señora, si pensais decir aquí todas las cuatrocientas causas,
yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello: vuestro negocio
se recibe á prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios que
despachar.

CIRUJANO.

¿Qué mas pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta
de vivir conmigo?

JUEZ.

Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirian
de sus hombros el yugo del matrimonio.


  _Entra uno vestido de Ganapan, con su caperuza cuarteada._

GANAPAN.

Señor juez: Ganapan soy, no lo niego; pero cristiano viejo, y
hombre de bien á las derechas; y si no fuese que alguna vez me tomo
del vino, ó él me toma á mí, que es lo mas cierto, ya hubiera sido
prioste en la cofradía de los hermanos de la carga[12]; pero dejando
esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa
el señor juez, que estando una vez muy enfermo de los vaguidos de
Baco, prometí de casarme con una mujer errada[13]: volví en mí,
sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer, que saqué de
pecado: púsela á ser placera: ha salido tan soberbia, y de tan mala
condicion, que nadie llega á su tabla con quien no riña, ora sobre el
peso falto, ora sobre que le llegan á la fruta; y á dos por tres les
da con una pesa en la cabeza, ó á donde topa, y los deshonra hasta
la cuarta generacion, sin tener hora de paz con todas sus vecinas y
aparceras; y yo tengo de tener todo el dia la espada mas lista que un
sacabuche para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no
maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querria, si vuesa merced
fuese servido, ó que me apartase de ella, ó por lo menos le mudase la
condicion acelerada que tiene, en otra mas reportada y mas blanda; y
prométole á vuesa merced de descargalle de balde todo el carbon que
comprare este verano, que puedo mucho con los hermanos mercaderes de
la costilla[14].

CIRUJANO.

Ya conozco yo la mujer de este buen hombre; y es tan mala como mi
Aldonza, que no lo puedo mas encarecer.

JUEZ.

Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estais habeis dado
algunas causas, que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo
eso es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos;
y asi á todos os recibo á prueba: Pero ¿qué es esto? ¿Música y
guitarras en mi audiencia? Novedad grande es ésta.


  _Entran dos músicos._

MÚSICO.

Señor juez: aquellos dos casados tan desavenidos, que vuestra merced
concertó, redujo y apaciguó el otro dia, están esperando á vuestra
merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envian á
suplicar sea servido de hallarse en ella, y honrallos.

JUEZ.

Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese á Dios que todos los
presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR.

De esa manera moriríamos de hambre los escribanos y procuradores de
esta audiencia: que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de
divorcios: que al cabo, al cabo, los mas se quedan como se estaban, y
nosotros habemos gozado de el fruto de sus pendencias y necedades.

MÚSICO.

Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.

(_Cantan los músicos._)

    Entre casados de honor,
  Cuando hay pleito descubierto,
  Mas vale el peor concierto,
  Que no el divorcio mejor.
    Donde no ciega el engaño
  Simple, en que algunos están,
  Las riñas de por San Juan
  Son paz para todo el año.
    Resucita allí el honor,
  Y el gusto, que estaba muerto,
  Donde vale el peor concierto
  Mas que el divorcio mejor.
    Aunque la rabia de zelos
  Es tan fuerte y rigurosa,
  Si los pide una hermosa,
  No son zelos, sino cielos.
    Tiene esta opinion amor,
  Que es el sabio mas esperto,
  Que vale el peor concierto
  Mas que el divorcio mejor.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL RUFIAN VIUDO,
  LLAMADO TRAMPAGOS_.


  _Sale Trampagos con un capuz de luto, y con él Vademecum, su
  criado, con dos espadas de esgrima._

TRAMPAGOS.

  ¿Vademecum?

VADEMECUM.

              Señor.

TRAMPAGOS.

                     ¿Traes las morenas?

VADEMECUM.

  Tráigolas.

TRAMPAGOS.

             Está bien, muestra y camina,
  Y saca aquí la silla de respaldo,
  Con los otros asientos de por casa.

VADEMECUM.

  ¿Qué asientos? ¿hay alguno por ventura?

TRAMPAGOS.

  Saca el mortero puerco: el broquel saca,
  Y el banco de la cama.

VADEMECUM.

                         Está impedido.
  Fáltale un pie.

TRAMPAGOS.

                  ¿Y es tacha?

VADEMECUM.

                               Y no pequeña.

(_Éntrase Vademecum._)

TRAMPAGOS.

  ¡Ah Pericona, Pericona mia,
  Y aun de todo el concejo! En fin llegóse
  El tuyo: yo quedé, tú te has partido;
  Y es lo peor que no imagino á dónde;
  Aunque, segun fue el curso de tu vida,
  Bien se puede creer piadosamente
  Que estás en parte, aun no me determino
  De señalarte asiento en la otra vida:
  Tendréla yo sin tí como de muerte.
  ¡Que no me hallara yo á tu cabecera
  Cuando diste el espíritu á los aires,
  Para que le acogiera entre mis labios,
  Y en mi estómago limpio le embasára!
  ¡Miseria humana, quién de tí confía!
  Ayer fui Pericona, hoy tierra fria,
  Como dijo un poeta celebérrimo.


  _Entra Chiquiznaque, rufian._

CHIQUIZNAQUE.

  Mi so[15] Trampagos, ¿es posible sea
  Voacé[16] tan enemigo suyo,
  Que se entumbe, se encubra y se trasponga
  Debajo de esa sombra bayetuna
  El sol hampesco?[17] So Trampagos, basta
  Tanto gemir, tantos suspiros bastan:
  Trueque voacé las lágrimas corrientes
  En limosnas y en misas, y oraciones
  Por la gran Pericona, que Dios haya,
  Que importan mas que llantos y sollozos.

TRAMPAGOS.

  Voacé ha garlado[18] como un tologo,
  Mi señor Chiquiznaque; pero en tanto
  Que encarrilo mis cosas de otro modo,
  Tome vuesa merced, y platiquemos
  Una levada[19] nueva.

CHIQUIZNAQUE.

                        So Trampagos,
  No es este tiempo de levadas: llueven,
  Ó han de llover hoy pésames _ad unia_[20],
  ¿Y hémonos de ocupar en levadicas?


  _Entra Vademecum con la silla muy vieja y rota._

VADEMECUM.

  Bueno por vida mia: quien le quita
  Á mi señor de líneas, y posturas,
  Le quita de los dias de la vida.

TRAMPAGOS.

  Vuelve por el mortero y por el banco,
  Y el broquel no se olvide, Vademecum.

VADEMECUM.

  Y aun trairé el asador, sarten y platos.

(_Vuélvese á entrar._)

TRAMPAGOS.

  Despues platicaremos una treta,
  Única, á lo que creo y peregrina:
  Que el dolor de la muerte de mi ángel,
  Las manos ata y el sentido todo.

CHIQUIZNAQUE.

  ¿De qué edad acabó la mal lograda?

TRAMPAGOS.

  Para con sus amigas y vecinas,
  Treinta y dos años tuvo.

CHIQUIZNAQUE.

                           Edad lozana.

TRAMPAGOS.

  Si va á decir verdad, ella tenia
  Cincuenta y seis; pero de tal manera
  Supo encubrir los años, que me admiro.
  ¡Ó qué teñir de canas! ¡ó qué rizos,
  Vueltos de plata en oro los cabellos!
  Á seis del mes que viene hará quince años,
  Que fue mi tributaria, sin que en ellos
  Me pusiese en pendencia, ni en peligro
  De verme palmeadas[21] las espaldas.
  Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,
  Pasaron por la pobre, desde el dia
  Que fue mi cara, agradecida prenda;
  En las cuales sin duda susurraron
  Á sus oidos treinta y mas sermones,
  Y en todos ellos, por respeto mio,
  Estuvo firme, cual está á las olas
  del mar movible la inmovible roca.
  ¡Cuántas veces me dijo la pobreta,
  Saliendo de los trances rigurosos
  De gritos y plegarias y de ruegos,
  Sudando y trasudando: plega al cielo,
  Trampagos mio, que en descuento vaya
  De mis pecados lo que aquí yo paso
  Por tí, dulce bien mio!

CHIQUIZNAQUE.

                          ¡Bravo triunfo!
  ¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!
  Allá lo habrá hallado.

TRAMPAGOS.

                         ¿Quién lo duda?
  Ni aun una sola lágrima vertieron
  Jamás sus ojos en las sacras pláticas,
  Cual si de esparto ó pedernal su alma
  Formada fuera.

CHIQUIZNAQUE.

                 ¡Ó hembra benemérita
  De griegas y romanas alabanzas!
  ¿De qué murió?

TRAMPAGOS.

                 ¿De qué? casi de nada:
  Los médicos dijeron que tenia
  Malos los hipocondrios, y los hígados;
  Y que con agua de taray pudiera
  Vivir, si la bebiera setenta años.

CHIQUIZNAQUE.

  ¿No la bebió?

TRAMPAGOS.

                Murióse.

CHIQUIZNAQUE.

                         Fue una necia:
  Bebiérala hasta el dia del juicio,
  Que hasta entonces viviera. El yerro estuvo
  En no hacerla sudar.

TRAMPAGOS.

                       Sudó[22] once veces.


  _Entra Vademecum con los asientos referidos._

CHIQUIZNAQUE.

  ¿Y aprovechóle alguna?

TRAMPAGOS.

                         Casi todas:
  Siempre quedaba como un ginjo verde,
  Sana como un peruétano, ó manzana.

CHIQUIZNAQUE.

  Dícenme que tenia ciertas fuentes
  En las piernas y brazos.

TRAMPAGOS.

                           La sin dicha
  Era un Aranjuez[23]: pero con todo
  Hoy come en ella la que llaman tierra,
  De las mas blancas y hermosas carnes,
  Que jamás encerraron sus entrañas;
  Y si no fuera porque habrá dos años
  Que comenzó á dañársele el aliento,
  Era abrazarla, como quien abraza
  Un tiesto de albahaca ó clavellinas.

CHIQUIZNAQUE.

  Neguijon debió ser, ó corrimiento
  El que dañó las perlas de su boca:
  Quiero decir, sus dientes y sus muelas.

TRAMPAGOS.

  Una mañana amaneció sin ellos.

VADEMECUM.

  Asi es verdad; mas fue de eso la causa,
  Que anocheció sin ellos: de los finos
  Cinco acerté á contarle: de los falsos
  Doce disimulaba en la covacha.

TRAMPAGOS.

  ¿Quién te mete á tí en eso, mentecato?

VADEMECUM.

  Acredito verdades.

TRAMPAGOS.

                     Chiquiznaque,
  Ya se me ha reducido á la memoria
  La treta de denantes: toma y vuelve
  Al ademan primero.

VADEMECUM.

                     Pongan pausa,
  Y quédese la treta en ese punto,
  Que acuden moscovitas al reclamo:
  La Repulida viene y la Pizpita,
  Y la Mostrenca y el jayan Juan Claros.

TRAMPAGOS.

  Vengan en hora buena: vengan ellos
  En cien mil norabuenas.


  _Entra la Repulida, la Pizpita, la Mostrenca, y el rufian Juan
  Claros._

JUAN.

                          En las mismas
  Esté mi sor Trampagos.

REPULIDA.

                         Quiera el cielo
  Mudar su escuridad en luz clarísima.

PIZPITA.

  Desollado le viesen ya mis lumbres
  De aquel pellejo lóbrego y escuro.

MOSTRENCA.

  ¡Jesus, y qué fantasma noturnina!
  Quítenmele delante.

VADEMECUM.

                      Melindricos.

TRAMPAGOS.

  Fuera yo un Polifemo, un antropófago,
  Un troglodita, un bárbaro zoilo,
  Un caiman, un caribe, un come vivos,
  Si de otra suerte me adornára en tiempo
  De tamaña desgracia.

JUAN.

                       Razon tiene.

TRAMPAGOS.

  He perdido una mina potosisca,
  Un muro de la yedra de mis faltas,
  Un árbol de la sombra de mis ansias.

JUAN.

  Era la Pericona un pozo de oro.

TRAMPAGOS.

  Sentarse á prima noche, y á las horas
  Que se echa el golpe[24], hallarse con sesenta
  Numos en cuartos, ¿por ventura es barro?
  Pues todo esto perdí en la que ya pudre.

REPULIDA.

  Confieso mi pecado: siempre tuve
  Envidia á su no vista diligencia:
  No puedo mas: yo hago lo que puedo,
  Pero no lo que quiero.

PIZPITA.

                         No te penes,
  Pues vale mas aquel que Dios ayuda,
  Que el que mucho madruga: ya me entiendes.

VADEMECUM.

  El refran vino aquí como de molde:
  Tal os dé Dios el sueño, mentecatas.

MOSTRENCA.

  Nacidas somos: no hizo Dios á nadie,
  Á quien desamparase: poco valgo;
  Pero en fin, como y ceno, y á mi cuyo[25]
  Le traigo mas vestido que un palmito.
  Ninguna es fea, como tenga brios:
  Feo es el diablo.

  VADEMECUM.

                    Alega la Mostrenca
  Muy bien de su derecho; y alegára
  Mejor, si se añadiera el ser muchacha,
  Y limpia, pues lo es por todo estremo.

CHIQUIZNAQUE.

  En el que está Trampagos me da lástima.

TRAMPAGOS.

  Vestíme este capuz: mis dos lanternas[26]
  Convertí en alquitaras.

VADEMECUM.

                          ¿De aguardiente?

TRAMPAGOS.

  ¿Pues tanto cuelo yo, hi[27] de malicias?

VADEMECUM.

  Á cuatro lavanderas de la puente
  Puede dar quince y falta en la colambre:
  Miren que ha de llorar sino agua-ardiente.

JUAN.

  Yo soy de parecer que el gran Trampagos
  Ponga silencio á su continuo llanto,
  Y vuelva al _sicut erat in principio_:
  Digo á sus olvidadas alegrías,
  Y tome prenda, que las suyas quite:
  Que es bien que el vivo vaya á la hogaza,
  Como el muerto se va á la sepultura.

REPULIDA.

  Zonzorino Caton es Chiquiznaque.

PIZPITA.

  Pequeña soy, Trampagos, pero grande
  Tengo la voluntad para servirte:
  No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas[28].

REPULIDA.

  Yo ciento, y soy dispuesta, y nada lerda.

MOSTRENCA.

  Veinte y dos tengo yo, y aun veinte y cuatro,
  Y no soy mema.

REPULIDA.

                 ¡Ó mi Jezuz! ¿qué es esto?
  ¿Contra mí la Pizpita y la Mostrenca?
  En tela quieres competir conmigo,
  Culebrilla de alambre, ¿y tú, pazguata?

PIZPITA.

  Por vida de los huesos de mi abuela,
  Doña Mari bobales, monda níspolas,
  Que no la estimo en un feluz morisco.
  ¡Han visto el ángel tonto almidonado,
  Como quiere empinarse sobre todas!

MOSTRENCA.

  Sobre mí no, á lo menos, que no sufro
  Carga que no me ajuste y me convenga.

JUAN.

  Adviertan que defiendo á la Pizpita.

CHIQUIZNAQUE.

  Consideren que está la Repulida
  Debajo de las alas de mi amparo.

VADEMECUM.

  Aquí fue Troya: aquí se hacen rajas:
  Los de las cachas amarillas salen:
  Aquí otra vez fue Troya.

REPULIDA.

                           Chiquiznaque,
  No he menester que nadie me defienda:
  Aparta, tomaré yo la venganza,
  Rasgando con mis manos pecadoras
  La cara de membrillo cuartanario.

JUAN.

  Repulida, respeto al gran Juan Claros.

PIZPITA.

  Déjala venga: déjala que llegue
  Esa cara de masa mal sobada.


  _Entra uno muy alborotado._

UNO.

  Juan Claros, la justicia, la justicia,
  El alguacil de la justicia viene
  La calle abajo.

(_Éntrase luego._)

JUAN.

                  ¡Cuerpo de mi padre!
  No paro mas aquí.

TRAMPAGOS.

                    Ténganse todos:
  Ninguno se alborote: que es mi amigo
  El alguacil: no hay que tenerle miedo.


_Torna á entrar._

UNO.

  No viene acá, la calle abajo cuela.

(_Váse._)

CHIQUIZNAQUE.

  El alma me temblaba ya en las carnes,
  Porque estoy desterrado.

TRAMPAGOS.

                           Aunque viniera
  No nos hiciera mal: yo lo sé cierto;
  Que no puede chillar, porque está untado[29].

VADEMECUM.

  Cese, pues, la pendencia; y mi sor sea
  El que escoja la prenda que le cuadre,
  Ó le esquine mejor.

REPULIDA.

                      Yo soy contenta.

PIZPITA.

  Y yo tambien.

MOSTRENCA.

                Y yo.

VADEMECUM.

                      Gracias al cielo,
  Que he hallado á tan gran mal, tan gran remedio.

TRAMPAGOS.

  Abúrrome y escojo.

MOSTRENCA.

                     Dios te guie.
  Si te aburres, Trampagos, la escogida
  Tambien será aburrida.

TRAMPAGOS.

                         Errado anduve.
  Sin aburrirme escojo.

MOSTRENCA.

                        Dios te guie.

TRAMPAGOS.

  Digo que escojo aquí á la Repulida.

JUAN.

  Con su pan se la coma, Chiquiznaque.

CHIQUIZNAQUE.

  Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo.

REPULIDA.

  Tuya soy: pónme un clavo y una S[30]
  En estas dos mejillas.

PIZPITA.

                         ¡Ó hechicera!

MOSTRENCA.

  No es sino venturosa: no la envidies,
  Porque no es muy católico Trampagos;
  Pues ayer enterró á la Pericona,
  Y hoy la tiene olvidada.

REPULIDA.

                           Muy bien dices.

TRAMPAGOS.

  Este capuz arruga, Vademecum;
  Y dile al padre, que sobre él te preste
  Una docena de reales.

VADEMECUM.

                        Creo
  Que tengo yo catorce.

TRAMPAGOS.

                        Luego, luego,
  Parte, y trae seis azumbres de lo caro[31]:
  Alas pon en los pies y en las espaldas.


  _Éntrase Vademecum con el capuz, y queda en cuerpo Trampagos._

TRAMPAGOS.

  Por Dios que si durára la bayeta,
  Que me pudieran enterrar mañana.

REPULIDA.

  ¡Ay lumbre de estas lumbres, que son tuyas!
  Y cuán mejor estás en este trage,
  Que en el otro sombrío, y melancólico.


  _Entran dos músicos sin guitarras._

MÚSICO 1.º

  Tras el olor del jarro nos venimos
  Yo y mi compadre.

TRAMPAGOS.

                    En hora buena sea;
  ¿Y las guitarras?

MÚSICO 1.º

                    En la tienda quedan:
  Vaya por ellas Vademecum.

MÚSICO 2.º

                            Vaya:
  Mas yo quiero ir por ellas.

MÚSICO 1.º

                              De camino

(_Éntrase el músico 2.º_)

  Diga á mi oislo, que si viene alguno
  Al rapio rapis, que me aguarde un poco,
  Que no haré sino colar seis tragos,
  Y cantar dos tonadas, y partirme:
  Que ya el señor Trampagos, segun muestra,
  Está para tomar armas de gusto.


  _Vuelve Vademecum._

VADEMECUM.

  Ya está en el antesala el jarro.

TRAMPAGOS.

                                   Tráile.

VADEMECUM.

  No tengo taza.

TRAMPAGOS.

                 Ni Dios te la depare:
  El cuerno de orinar no está estrenado,
  Tráele: que te maldiga el cielo santo:
  Que eres bastante á deshonrar á un duque.

VADEMECUM.

  Sosiéguese, que no ha de faltar copa,
  Y aun copas, aunque sean de sombreros.
  Á buen seguro que este es churrullero.


  _Entra uno como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese á
  mirar á todos muy atento, y todos á él._

REPULIDA.

  ¡Jesus! ¿es vision esta? ¿qué es aquesto?
  ¿No es este Escarramán? él es sin duda:
  ¡Escarramán del alma! dame, amores,
  Esos brazos, coluna de la hampa.

TRAMPAGOS.

  ¡Ó Escarramán, Escarramán amigo!
  ¿Cómo es esto? ¿á dicha eres estátua?
  Rompe el silencio y habla á tus amigos.

PIZPITA.

  ¿Qué trage es este, y qué cadena es esta?
  ¿Eres fantasma á dicha? Yo te toco,
  Y eres de carne y hueso.

MOSTRENCA.

                           Él es, amiga:
  No lo puede negar, aunque mas calle.

ESCARRAMÁN.

  Yo soy Escarramán; y estén atentos
  Al cuento breve de mi larga historia.

(_Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una al compañero._)

  Dió la galera al traste en Berbería,
  Donde la furia de un juez me puso
  Por espalder de la siniestra banda.
  Mudé de cautiverio y de ventura:
  Quedé en poder de turcos por esclavo;
  De allí á dos meses, como al cielo plugo,
  Me levanté con una galeota:
  Cobré mi libertad, y ya soy mio.
  Hice voto y promesa inviolable
  De no mudar de ropa ni de carga,
  Hasta colgarla de los muros santos
  De una devota ermita, que en mi tierra
  Llaman de San Millan de la Cogolla;
  Y este es el cuento de mi estraña historia,
  Digna de atesorarla en la memoria.
  La Mendez no estará ya de provecho:
  ¿Vive?

JUAN.

         Y está en Granada á sus anchuras.

CHIQUIZNAQUE.

  Allí le duele al pobre todavía.

ESCARRAMÁN.

  ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,
  En tanto que en el otro me han tenido
  Mis desgracias y gracia?

MOSTRENCA.

                           Cien mil cosas:
  Ya te han puesto en la horca los farsantes.

PIZPITA.

  Los muchachos han hecho pepitoria
  De todas tus medulas y tus huesos.

REPULIDA.

  Hánte vuelto divino: ¿qué mas quieres?

CHIQUIZNAQUE.

  Cántante por las plazas, por las calles:
  Báilante en los teatros, y en las casas:
  Has dado que hacer á los poetas,
  Mas que dió Troya al mantuano Títiro.

JUAN.

  Óyente resonar en los establos.

REPULIDA.

  Las fregonas te lavan en el rio:
  Los mozos de caballos te almohazan.

CHIQUIZNAQUE.

  Túndete el tundidor con sus tijeras:
  Muy mas que el potro rucio eres famoso.

MOSTRENCA.

  Han pasado á las Indias tus palmeos:
  En Roma se han sentido tus desgracias,
  Y hánte dado botines sine número.

VADEMECUM.

  Por Dios que te han molido como alheña:
  Y te han desmenuzado como flores:
  Y que eres mas sonado y mas mocoso,
  Que un relox y que un niño de doctrina.
  De tí han dado querella todos cuantos
  Bailes pasaron en la edad del gusto,
  Con apretada y dura residencia;
  Pero llevóse el tuyo la escelencia.

ESCARRAMÁN.

  Tenga yo fama y háganme pedazos:
  De Éfeso el templo abrasaré por ella.

(_Tocan de improviso los músicos, y comienzan á cantar este romance._)

    Ya salió de las gurapas
    El valiente Escarramán,
    Para asombro de la gura[32]
    Y para bien de su mal.

ESCARRAMÁN.

  ¿Es aquesto brindarme por ventura?
  ¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?
  Pues mas ligero vengo que solia,
  Si no toquen, y vaya y fuera ropa.

PIZPITA.

  ¡Ó flor, y fruto de los bailarines,
  Y qué bueno has quedado!

VADEMECUM.

                           Suelto, y limpio.

JUAN.

  Él honrará las bodas de Trampagos.

ESCARRAMÁN.

  Toquen, verán que soy hecho de azogue.

MÚSICO.

  Váyanse todos por lo que cantáre,
  Y no será posible que se yerren.

ESCARRAMÁN.

  Toquen, que me deshago y que me bullo.

REPULIDA.

  Ya me muero por verle en la estacada.

MÚSICO.

  Estén alerta todos.

CHIQUIZNAQUE.

                      Ya lo estamos.

(_Cantan._)

    Ya salió de las gurapas
    El valiente Escarramán,
    Para asombro de la gura,
    Y para bien de su mal.
    Ya vuelve á mostrar al mundo
    Su felice habilidad,
    Su ligereza, y su brío,
    Y su presencia real.
    Pues falta la Coscolina,
    Supla agora en su lugar
    La Repulida olorosa,
    Mas que la flor de azahar;
    Y en tanto que se remonda
    La Pizpita sin igual,
    De la gallarda el paseo
    Nos muestre aquí Escarramán.

(_Tocan la gallarda, dánzala Escarramán; y en habiendo hecho una
mudanza prosíguese el romance._)

    La Repulida comience
    Con su brio á rastrear;
    Pues ella fue la primera
    Que nos le vino á mostrar.
    Escarramán la acompañe,
    La Pizpita, otro que tal,
    Chiquiznaque y la Mostrenca,
    Con Juan Claros el galan.
    Vive Dios que va de perlas:
    No se puede desear
    Mas ligereza ó mas garbo,
    Mas certeza ó mas compás.
    Á ello, hijos, á ello:
    No se pueden alabar
    Otras ninfas, ni otros rufos,
    Que os puedan igualar.
    ¡Ó qué desmayar de manos!
    ¡Ó qué huir, y qué juntar!
    ¡Ó qué nuevos laberintos!
    Donde hay salir, y hay entrar.
    Muden el baile á su gusto,
    Que yo le sabré tocar
    El canario, ó las gambetas,
    Ó al villano se lo dan:
    Zarabanda, ó zambapalo,
    El pésame de ello y mas,
    El rey don Alonso el Bueno,
    Gloria de la antigüedad.

ESCARRAMÁN.

    El canario, si le tocan,
    Á solas quiero bailar.

MÚSICO.

    Tocaréle yo de plata,
    Tú de oro le bailarás.

(_Toca el canario, y baila solo Escarramán; y en habiéndole bailado
diga_):

ESCARRAMÁN.

    Vaya el villano á lo burdo,
    Con la cebolla y el pan;
    Y acompáñenme los tres.

MÚSICO.

    Que te bendiga San Juan.

(_Bailan el villano, como bien saben; y acabado el villano, pida
Escarramán el baile que quisiere, y acabado diga Trampagos_):

TRAMPAGOS.

    Mis bodas se han celebrado
    Mejor que las de Roldan;
    Todos digan, como digo:
    Viva, viva Escarramán.

TODOS.

    Viva, viva.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL VIZCAINO FINGIDO_.


  _Salen Solórzano y Quiñones._

SOLÓRZANO.

Estas son las bolsas, y á lo que parecen son bien parecidas, y las
cadenas que van dentro, ni mas ni menos: no hay sino que vos acudais
con mi intento, que á pesar de la taimería de esta sevillana, ha de
quedar esta vez burlada.

QUIÑONES.

¿Tanta honra se adquiere, ó tanta habilidad se muestra en engañar á
una mujer, que lo tomais con tanto ahinco, y poneis tanta solicitud
en ello?

SOLÓRZANO.

Cuando las mujeres son como estas, es gusto el burlallas: cuanto mas
que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba: quiero decir,
que ni ha de ser con ofensa de Dios, ni con daño de la burlada: que
no son burlas las que redundan en desprecio ageno.

QUIÑONES.

Alto, pues vos lo quereis, sea asi: digo que yo os ayudaré en todo
cuanto me habeis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo
puedo mas encarecer. ¿Á dónde vais agora?

SOLÓRZANO.

Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgais de casa, que yo os
llamaré á su tiempo.

QUIÑONES.

Allí estaré clavado esperando.

(_Éntranse los dos._)


  _Salen doña Cristina y doña Brígida: Cristina sin manto, y
  Brígida con él, toda asustada y turbada._

CRISTINA.

¡Jesus! ¿qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que
quieres dar el alma á su Hacedor?

BRÍGIDA.

Doña Cristina amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este
rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma; Dios
sea conmigo, confesion á toda priesa.

CRISTINA.

¿Qué es esto? ¡desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha
sucedido? ¿Has visto alguna mala vision? ¿Hánte dado alguna mala
nueva de que es muerta tu madre, ó de que viene tu marido, ó hánte
robado tus joyas?

BRÍGIDA.

Ni he visto vision alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi
marido, que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde
fué, ni me han robado mis joyas; pero háme sucedido otra cosa peor.

CRISTINA.

Acaba, dímela, doña Brígida mia; que me tienes turbada y suspensa
hasta saberla.

BRÍGIDA.

¡Ay, querida! que tambien te toca á tí parte de este mal suceso.
Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor,
mas frio que la nieve: desdichadas de aquellas que andan en la vida
libre, que si quieren tener algun poquito de autoridad, grangeada de
aquí ó de allí, se la desjarretan y se la quitan al mejor tiempo.

CRISTINA.

Acaba por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la
desgracia de quien yo tambien tengo de tener parte.

BRÍGIDA.

Y cómo si tendrás parte, y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has
de saber, hermana, que viniendo agora á verte, al pasar por la puerta
de Guadalajara, oí que en medio de infinita justicia y gente, estaba
un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres
descubriesen los rostros por las calles.

CRISTINA.

¿Y esa es la mala nueva?

BRÍGIDA.

¿Pues para nosotras puede ser peor en el mundo?

CRISTINA.

Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformacion de los coches:
que no es posible que los quiten de todo punto; y será cosa muy
acertada, porque segun he oido decir, andaba muy de caida la
caballería en España; porque se empanaban diez ó doce caballeros
mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de dia, sin
acordárseles que habia caballos y gineta en el mundo; y como les
falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches,
volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se
honraron.

BRÍGIDA.

¡Ay, Cristina de mi alma! que tambien oí decir que aunque dejan
algunos, es con condicion que no se presten, ni que en ellos ande
ninguna... ya me entiendes.

CRISTINA.

Ese mal nos hagan: porque has de saber, hermana, que está en opinion
entre los que siguen la guerra, cuál es la mejor, la caballería ó la
infantería, y háse averiguado que la infantería española lleva la
gala á todas las naciones; y agora podremos las alegres mostrar á pie
nuestra gallardía, nuestro garbo, y nuestra bizarría, y mas yendo
descubiertos los rostros, quitando la ocasion de que ninguno se llame
á engaño, si nos sirviese, pues nos ha visto.

BRÍGIDA.

¡Ay, Cristina! no me digas eso. ¡Qué linda cosa era ir sentada en la
popa de un coche, llenándola de parte á parte, dando rostro á quién
y cómo y cuándo queria! y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando
alguna vez me le prestaban, y me veia sentada en él con aquella
autoridad, me desvanecia tanto, que creia bien y verdaderamente que
era mujer principal, y que mas de cuatro señoras de título pudieran
ser mis criadas.

CRISTINA.

¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razon en decir que ha sido bien
en quitar los coches, siquiera por quitarnos á nosotras el pecado
de la vanagloria? Y mas que no era bien que un coche igualase á
las no tales con las tales; pues viendo los ojos estranjeros á una
persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaria
á perder la cortesía, haciéndosela á ella, como si fuera á una
principal señora: asi que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda
tu brio y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos
chapines en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por
esas calles, que yo te aseguro que no falten moscas á tan buena miel,
si quisieres dejar que á tí se lleguen: que engaño en mas va que en
besarla durmiendo.

BRÍGIDA.

Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos
y consejos; y en verdad que los pienso poner en práctica, y pulirme y
repulirme, y dar rostro á pie y pisar el polvico á tan menudico, pues
no tengo quien me corte la cabeza; que este que piensan que es mi
marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.

CRISTINA.

¡Jesus! ¿tan á la sorda y sin llamar se entra en mi casa, señor? ¿Qué
es lo que usted manda?


  _Entra Solórzano._

SOLÓRZANO.

Usted perdone el atrevimiento, que la ocasion hace al ladron: hallé
la puerta abierta y entréme, dándome ánimo al entrarme, venir á
servir á usted y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo
hablar delante de esta señora, diré á lo que vengo, y la intencion
que traigo.

CRISTINA.

De la buena presencia de usted no se puede esperar, sino que han de
ser buenas sus palabras, y sus obras. Diga usted lo que quisiere; que
la señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma.

SOLÓRZANO.

Con ese seguro y con esa licencia hablaré con verdad; y con verdad,
señora, soy un cortesano, á quien usted no conoce.

CRISTINA.

Asi es la verdad.

SOLÓRZANO.

Y há muchos dias que deseo servir á usted, obligado á ello de su
hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no
faltan, han sido freno á las obras hasta agora, que la suerte ha
querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mio á un hijo suyo,
vizcaino, muy galan, para que yo le lleve á Salamanca y le ponga de
mi mano en compañía que le honre y le enseñe; porque, para decir
la verdad á usted, él es un poco burro, y tiene algo de mentecato;
y añádesele á esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto mas
tenerla, y es que se toma algun tanto, un si es no es, del vino;
pero de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se
le turba; y cuando está asomado y aun casi todo el cuerpo fuera de
la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da
todo cuanto tiene á quien se lo pide, y á quien no se lo pide; y yo
querria, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme
de alguna cosa, y no he hallado mejor medio, que traerle á casa de
usted, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado
como á gato; y para principio traigo aquí á usted una cadena en este
bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará
usted y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas
cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá
acá nuestro burro ó nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como
dicen; y á dos idas y venidas se quedará usted con toda la cadena,
que yo no quiero mas que los diez escudos de ahora: la cadena es
bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura: héla aquí: usted
la tome.

CRISTINA.

Beso á usted las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en
tan provechosa ocasion; pero, si he de decir lo que siento, tanta
liberalidad me tiene algo confusa y algun tanto sospechosa.

SOLÓRZANO.

¿Pues de qué es la sospecha, señora mia?

CRISTINA.

De que podrá ser esta cadena de alquimia: que se suele decir que no
es oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO.

Usted habla discretísimamente, y no en balde tiene usted fama de la
mas discreta dama de la córte; y háme dado mucho gusto el ver cuán
sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazon; pero para
todo hay remedio, sino es para la muerte: usted se cubra su manto,
ó envie, si tiene de quien fiarse y vaya á la platería, y en el
contraste se pese y toque esa cadena, y cuando fuere fina, y de la
bondad que yo he dicho, entonces usted me dará los diez escudos,
harále una regalaria al borrico, y se quedará con ella.

CRISTINA.

Aquí pared y medio tengo yo un platero, mi conocido, que con
facilidad me sacará de duda.

SOLÓRZANO.

Eso es lo que yo quiero y lo que amo y lo que estimo: que las cosas
claras Dios las bendijo.

CRISTINA.

Si es que usted se atreve á fiarme esta cadena, en tanto que me
satisfago, de aquí á un poco podrá venir, que yo tendré los diez
escudos de oro.

SOLÓRZANO.

¡Bueno es eso! fio mi honra de usted; ¿y no le habia de fiar la
cadena? Usted la haga tocar y retocar: que yo me voy y volveré de
aquí á media hora.

CRISTINA.

Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.

(_Éntrase Solórzano._)

BRÍGIDA.

Ésta, Cristina amiga, no solo es ventura, sino venturon llovido.
¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca toco quien me
dé un jarro de agua, sin que me cueste mi trabajo primero! Sólo me
encontré el otro dia en la calle á un poeta, que de bonísima voluntad
y con mucha cortesía me dió un soneto de la historia de Píramo y
Tisbe, y me ofreció trescientos en mi alabanza.

CRISTINA.

Mejor fuera que te hubieras encontrado con un ginovés, que te diera
trescientos reales.

BRÍGIDA.

Sí, por cierto, ahí están los ginoveses de manifiesto, y para venirse
á la mano, como halcones al señuelo: andan todos malencónicos y
tristes con el decreto.

CRISTINA.

Mira, Brígida, de esto quiero que estés cierta, que vale mas un
ginovés quebrado, que cuatro poetas enteros: mas ay, el viento corre
en popa, mi platero es este. ¿Y qué quiere mi buen vecino? que á fe
que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le queria cubrir
para buscarle.


  _Entra el platero._

PLATERO.

Señora doña Cristina, usted me ha de hacer una merced de hacer
todas sus fuerzas por llevar mañana á mi mujer á la comedia; que me
conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien
me siga y me persiga.

CRISTINA.

Eso haré yo de muy buena gana; y aun si el señor vecino quiere mi
casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada, que
bien sé en qué caen estos negocios.

PLATERO.

No señora, entretener á mi mujer me basta: ¿pero qué queria usted de
mí, que queria ir á buscarme?

CRISTINA.

No mas, sino que me diga el señor vecino ¿qué pesará esta cadena, y
si es fina y de qué quilates?

PLATERO.

Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que pesa
ciento y cincuenta escudos de oro, de á veinte y dos quilates; y que
si usted la compra, y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.

CRISTINA.

Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.

PLATERO.

Mire cómo la concierta la señora vecina: que yo le haré dar, cuando
se quisiere deshacer de ella, diez ducados de hechura.

CRISTINA.

Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe
en lo que dice de la fineza del oro, y cantidad del peso.

PLATERO.

¡Bueno seria que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos
veces la he tocado eslabon por eslabon, y la he pesado y la conozco
como á mis manos.

BRÍGIDA.

Con esto nos contentamos.

PLATERO.

Y por mas señas, sé que la ha llegado á pesar y á tocar un gentil
hombre cortesano, que se llama tal de Solórzano.

CRISTINA.

Basta, señor vecino: vaya con Dios, que yo haré lo que me deja
mandado, yo la llevaré y entretendré dos horas mas si fuere menester:
que bien sé que no podrá dañar una hora mas de entretenimiento.

PLATERO.

Con usted me entierren, que sabe de todo; y á Dios, señora mia.

(_Éntrase el platero._)

BRÍGIDA.

¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que asi se debe de llamar
sin duda, que trajese con el vizcaino para mí alguna ayuda de costa,
aunque fuese de algun borgoñon mas borracho que un zaque?

CRISTINA.

Por decírselo no quedará; pero vésle, aquí vuelve: priesa trae,
diligente anda, sus diez escudos le aguijan y espolean.


  _Entra Solórzano._

SOLÓRZANO.

Pues señora doña Cristina, ¿ha hecho usted sus diligencias? ¿Está
acreditada la cadena?

CRISTINA.

¿Cómo es el nombre de usted, por su vida?

SOLÓRZANO.

Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa; ¿pero por qué
me lo pregunta usted?

CRISTINA.

Por acabar de echar el sello á su mucha verdad y cortesía. Entretenga
usted un poco á la señora doña Brígida, en tanto que entro por los
diez escudos.

(_Éntrase Cristina._)

BRÍGIDA.

Señor don Solórzano, ¿no tendrá usted por ahí algun mondadientes para
mí? que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas
entradas y salidas en mi casa, como la señora doña Cristina: que á no
temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano mas de
cuatro tachas suyas: que sepa que tiene los pechos como dos alforjas
vacías y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho;
y con todo eso la buscan, solicitan y quieren: que estoy por arañarme
esta cara, mas de rabia, que de envidia, porque no hay quien me dé la
mano, entre tantos que me dan del pie: en fin, la ventura de las feas.

SOLÓRZANO.

No se desespere usted, que si yo vivo, otro gallo cantará en su
gallinero.


  _Vuelve á entrar Cristina._

CRISTINA.

Hé aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará
esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO.

Pues nuestro burro está á la puerta de la calle, quiero ir por él:
usted me le acaricie aunque sea como quien toma una píldora.

(_Váse Solórzano._)

BRÍGIDA.

Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase á mí, y dijo que sí
haria, andando el tiempo.

CRISTINA.

Andando el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale, amiga: los
pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.

BRÍGIDA.

Tambien le dije como vas muy limpia, muy linda y muy agraciada, y
que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodones.

CRISTINA.

Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.

BRÍGIDA.

Mirad quien tiene amartelados: que vale mas la suela de mi botin, que
las arandelas de su cuello: otra vez vuelvo á decir, la ventura de
las feas.


  _Entran Quiñones y Solórzano._

QUIÑONES.

Vizcaino manos bésame: usted que mándeme.

SOLÓRZANO.

Dice el señor vizcaino, que besa las manos de usted, y que le mande.

BRÍGIDA.

¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo á lo menos; pero paréceme
muy linda.

CRISTINA.

Yo beso las de mi señor vizcaino, y mas adelante.

QUIÑONES.

Pareces buena, hermosa: tambien noche esta cenamos: cadena quedas:
duermas nunca: básta que dóila.

SOLÓRZANO.

Dice mi compañero que usted le parece buena, y hermosa: que se
apareje la cena: que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta
que una vez la haya dado.

BRÍGIDA.

¿Hay tal Alejandro en el mundo? Venturon, venturon, y cien mil veces
venturon.

SOLÓRZANO.

Si hay algun poco de conserva, y algun traguito del devoto para el
señor vizcaino, yo sé que nos valdrá por uno ciento.

CRISTINA.

Y cómo si lo hay; y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al
Preste Juan de las Indias.

(_Éntrase Cristina._)

QUIÑONES.

Dama que quedaste, tan buena como entraste.

BRÍGIDA.

¿Qué ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Que la dama que se queda, que es usted, es tan buena como la que se
ha entrado.

BRÍGIDA.

Y como que está en lo cierto el señor vizcaino: á fe que en este
parecer que no es nada burro.

QUIÑONES.

Burro el diablo: vizcaino ingenio quereis cuando tenerlo.

BRÍGIDA.

Ya le entiendo, que dice: que el diablo es el burro; y que los
vizcainos cuando quieren tener ingenio le tienen.

SOLÓRZANO.

Asi es sin faltar un punto.


  _Vuelve á salir Cristina con un criado ó criada, que traen una
  caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta._

CRISTINA.

Bien puede comer el señor vizcaino, y sin asco: que todo cuanto hay
en esta casa es la quinta esencia de la limpieza.

QUIÑONES.

Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno: santo le muestras, esta le
bebo y otra tambien.

BRÍGIDA.

¡Ay Dios! ¡y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le
entiendo!

SOLÓRZANO.

Dice que con lo dulce tambien bebe vino como agua; y que este vino es
de San Martin, y que beberá otra vez.

CRISTINA.

Y aun otras ciento, su boca puede ser medida.

SOLÓRZANO.

No le den mas, que le hace mal, y ya se le va echando de ver: que le
he dicho yo al señor Azcaray que no beba vino en ningun modo, y no
aprovecha.

QUIÑONES.

Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos, y corma es
pies: tarde vuelvo, señora, Dios que te guárdate.

SOLÓRZANO.

Miren lo que dice, y verán si tengo yo razon.

CRISTINA.

¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Que el vino es grillo de su lengua, y corma de sus pies: que vendrá
esta tarde, y que ustedes se queden con Dios.

BRÍGIDA.

¡Ay pecadora de mí, y como que se le turban los ojos y se trastraba
la lengua! ¡Jesus, que ya va dando traspies! pues monta que ha bebido
mucho: la mayor lástima es esta que he visto en mi vida: miren qué
mocedad y qué borrachera.

SOLÓRZANO.

Ya venia él refrendado de casa. Usted, señora Cristina, haga aderezar
la cena: que yo le quiero llevar á dormir el vino, y seremos temprano
esta tarde.

(_Éntranse el vizcaino y Solórzano._)

CRISTINA.

Todo estará como de molde: vayan ustedes en hora buena.

BRÍGIDA.

Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos
filos[33] al deseo: ¡ay qué linda, qué nueva, qué reluciente, y
qué barata! Digo Cristina, que sin saber cómo, ni cómo no, llueven
los bienes sobre tí, y se te entra la ventura por las puertas, sin
solicitalla: en efecto, eres venturosa sobre las venturosas; pero
todo lo merecen tu desenfado, tu limpieza, y tu magnífico término:
hechizos bastantes á rendir las mas descuidadas y esentas voluntades;
y no como yo, que no soy para dar migas á un gato. Toma tu cadena,
hermana, que estoy para reventar en lágrimas; y no de envidia que á
tí te tenga, sino de lástima que me tengo á mí.


  _Vuelve á entrar Solórzano._

SOLÓRZANO.

La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo.

BRÍGIDA.

¡Jesus, desgracia! ¿y qué es, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Á la vuelta de esta calle, yendo á la casa, encontramos con un criado
del padre de nuestro vizcaino, el cual trae cartas y nuevas de que su
padre queda á punto de espirar, y le manda que al momento se parta,
si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha
de ser luego: yo le he tomado diez escudos para usted, y vélos aquí,
con los diez que usted me dió denantes; y vuélvaseme la cadena: que
si el padre vive, el hijo volverá á darla, ó yo no seré don Esteban
de Solórzano.

CRISTINA.

En verdad que á mí me pesa; y no por mi interés, sino por la
desgracia del mancebo, que ya le habia tomado aficion.

BRÍGIDA.

Buenos son diez escudos, ganados tan holgando: tómalos amiga, y
vuelve la cadena al señor Solórzano.

CRISTINA.

Véla aquí, y venga el dinero: que en verdad que pensaba gastar mas de
treinta en la cena.

SOLÓRZANO.

Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus: estas tretas con los
de las galleruzas[34], y con este hueso á otro perro.

CRISTINA.

¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Para que entienda usted que la codicia rompe el saco: ¿tan presto se
desconfió de mi palabra, que quiso usted curarse en salud, y salir al
lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, señora
Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo ello, y su dueño. Venga
mi cadena verdadera, y tómese usted su falsa: que no ha de haber
conmigo trasformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Ó hi de
puta, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!

CRISTINA.

¿Qué dice usted, señor mio, que no lo entiendo?

SOLÓRZANO.

Digo que no es esta la cadena que yo dejé á usted, aunque le parece:
que esta es de alquimia, y la otra es de oro de á veinte y dos
quilates.

BRÍGIDA.

En mi ánima, que asi lo dijo el vecino, que es platero.

CRISTINA.

Aun el diablo seria eso.

SOLÓRZANO.

El diablo ó la diabla: mi cadena venga y dejémonos de voces; y
escúsense juramentos y maldiciones.

CRISTINA.

El diablo me lleve, lo cual querria que no me llevase, sino es esa
la cadena que usted me dejó, y que no he tenido otra en mis manos:
justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase.

SOLÓRZANO.

Que no hay para qué dar gritos; y mas estando ahí el señor
corregidor, que guarda su derecho á cada uno.

CRISTINA.

Si á las manos del corregidor llega este negocio, yo me doy por
condenada: que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi
verdad por mentira, y mi virtud por vicio. Señor mio, si yo he tenido
otra cadena en mis manos, sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.


  _Entra un alguacil._

ALGUACIL.

¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO.

Usted, señor alguacil, ha venido aquí como de molde: á esta señora
del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez
ducados, para cierto efecto: vuelvo agora á desempeñarla, y en lugar
de una que le dí, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de
veinte y dos quilates, me vuelve esta de alquimia, que no vale dos
ducados; y quiere poner mi justicia á la venta de la zarza, á voces
y á gritos, sabiendo que será testigo de esta verdad esta misma
señora, ante quien ha pasado todo.

BRÍGIDA.

Y cómo si ha pasado, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima, que
estoy por decir que este señor tiene razon; aunque no puedo imaginar
dónde se puede haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido
de aquesta sala.

SOLÓRZANO.

La merced que el señor alguacil me ha de hacer, es llevar á la señora
al corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA.

Otra vez torno á decir, que si ante el corregidor me lleva, me doy
por condenada.

BRÍGIDA.

Sí, porque no está bien con sus huesos.

CRISTINA.

De esta vez me ahorco, de esta vez me desespero, de esta vez me
chupan brujas.

SOLÓRZANO.

Ahora bien, yo quiero hacer una cosa por usted, señora Cristina,
siquiera porque no la chupen brujas, ó por lo menos se ahorque: esta
cadena se parece mucho á la fina del vizcaino: él es mentecato y
algo borrachuelo: yo se la quiero llevar, y darle á entender que es
la suya; y usted contente aquí al señor alguacil, y gaste la cena de
esta noche; y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.

CRISTINA.

Págueselo á usted todo el cielo: al señor alguacil daré media docena
de escudos; y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpétua
del señor Solórzano.

BRÍGIDA.

Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.

ALGUACIL.

Usted ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de
servir á las mujeres.

SOLÓRZANO.

Vengan los diez escudos que dí demasiados.

CRISTINA.

Hélos aquí: y mas los seis para el señor alguacil.


  _Entran dos Músicos y Quiñones el vizcaino._

MÚSICOS.

Todo lo hemos oido y acá estamos.

QUIÑONES.

Ahora sí que puedo decir á mi señora Cristina: mamóla una y cien mil
veces.

BRÍGIDA.

¿Han visto qué claro que habla el vizcaino?

QUIÑONES.

Nunca hablo yo turbio, sino es cuando quiero.

CRISTINA.

Que me maten si no me la han dado á tragar estos bellacos.

QUIÑONES.

Señores músicos, el romance que les dí y que saben, ¿para qué se hizo?

MÚSICOS.

  La mujer mas avisada,
  Ó sabe poco ó no nada.
  La mujer que mas presume
  De cortar como navaja
  Los vocablos repulgados,
  Entre las godeñas pláticas:
  La que sabe de memoria
  Á Lofraso y á Diana,
  Y al caballero de Febo,
  Con Olivante de Laura:
  La que seis veces al mes
  Al gran Don Quijote pasa,
  Aunque mas sepa de aquesto,
  Ó sabe poco ó no nada.
  La que se fia en su ingenio,
  Lleno de fingidas trazas,
  Fundadas en interés
  Y en voluntades tiranas:
  La que no sabe guardarse,
  Cual dicen, del agua mansa,
  Y se arroja á las corrientes,
  Que ligeramente pasan:
  La que piensa que ella sola
  Es el colmo de la nata,
  En esto del trato alegre,
  Ó sabe poco ó no nada.

CRISTINA.

Ahora bien, yo quedo burlada, y con todo esto convido á ustedes para
esta noche.

QUIÑONES.

Aceptamos el convite; y todo saldrá en la colada.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DE LA GUARDA CUIDADOSA_.


  _Sale un Soldado á lo pícaro, con una muy mala banda y un antojo,
  y detrás de él un mal Sacristan._

SOLDADO.

¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTAN.

No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO.

Pues con todo eso, por la fuerza de mi desgracia te conjuro, que me
digas ¿quién eres, y qué es lo que buscas por esta calle?

SACRISTAN.

Á eso te respondo, por la fuerza de mi dicha: que soy Lorenzo
Pasillas, sota-sacristan de esta parroquia, y busco en esta calle lo
que hallo, y tú buscas y no hallas.

SOLDADO.

¿Buscas por ventura á Cristinica, la fregona de esta casa?

SACRISTAN.

_Tu dixisti._

SOLDADO.

Pues ven acá, sota-sacristan de Satanás.

SACRISTAN.

Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO.

Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven
acá, digo otra vez, ¿y tú sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con
un chuzo, que Cristinica es prenda mia?

SACRISTAN.

¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada,
que está por sus cabales y por mia?

SOLDADO.

Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos.

SACRISTAN.

Con las que le cuelgan de esas calzas, y con los de ese vestido, se
podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO.

¿Has hablado alguna vez á Cristina?

SACRISTAN.

Cuando quiero.

SOLDADO.

¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTAN.

Muchas.

SOLDADO.

¿Cuántas y cuáles?

SACRISTAN.

Díle una de estas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de
cercenaduras de hostias blancas, como la misma nieve; y de añadidura
cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO.

¿Qué mas le has dado?

SACRISTAN.

En un billete envueltos cien mil deseos de servirla.

SOLDADO.

¿Y ella cómo te ha correspondido?

SACRISTAN.

Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO.

¿Luego no eres de epístola?

SACRISTAN.

Ni aun de completas: motilon soy, y puedo casarme cada y cuando me
viniere en voluntad, y presto lo veredes.

SOLDADO.

Ven acá, motilon arrastrado, respóndeme á esto que preguntar te
quiero: si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual
yo no creo, á la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá á la
grandeza de las mias? Que el otro dia le envié un billete amoroso,
escrito, por lo menos, en un revés de un memorial que dí á su
Magestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes:
que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre: el cual
memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y sin atender
á que sin duda alguna me podia valer cuatro ó seis reales, con
liberalidad increible, y con desenfado notable, escribí en el revés
de él, como he dicho, mi billete; y sé que de mis manos pecadoras
llegó á las suyas casi santas.

SACRISTAN.

¿Hásle enviado otra cosa?

SOLDADO.

Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la
caterva de las demostraciones necesarias, que para descubrir su
pasión los buenos enamorados usan, y deben usar en todo tiempo y
sazon.

SACRISTAN.

¿Hásle dado alguna música concertada?

SOLDADO.

La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTAN.

Pues á mí me ha acontecido dársela con mis campanas á cada paso, y
tanto, que tengo enfadada á toda la vecindad con el continuo ruido
que con ellas hago, solo por darle contento y porque sepa que estoy
en la torre, ofreciéndome á su servicio; y aunque haya de tocar á
muerto, repico á vísperas solenes.

SOLDADO.

En eso me llevas ventaja; porque no tengo que tocar, ni cosa que lo
valga.

SACRISTAN.

¿Y de qué manera ha correspondido Cristina á la infinidad de tantos
servicios como le has hecho?

SOLDADO.

Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por
la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona, y el agua
de fregar cuando friega; y esto es cada dia, porque todos los dias
estoy en esta calle y á su puerta; porque soy su guarda cuidadosa,
soy en fin, el perro del hortelano, etc. Yo no la gozo, ni ha de
gozarla ninguno mientras yo viviere: por eso váyase de aquí el señor
sota-sacristan, que por haber tenido y tener respeto á las órdenes
que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.

SACRISTAN.

Á rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.

SOLDADO.

El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por
causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho
añicos; porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios; y
váyase, que haré lo que dicho tengo.

SACRISTAN.

¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda
cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO.

¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTAN.

Agora lo veredes, dijo Agrages.

(_Éntrase el Sacristan._)

SOLDADO.

¡Ó mujeres, mujeres, todas ó las mas, mudables y antojadizas! ¿Dejas,
Cristina, á esta flor, á este jardin de la soldadesca, y acomódaste
con el muladar de un sota-sacristan, pudiendo acomodarte con un
sacristan entero, y aun con un canónigo? Pero yo procuraré que te
entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear de esta
calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna via pueden ser
tus amantes; y asi vendré á alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.


  _Entra un Mozo con su caja y ropa verde, como estos que piden
  limosna para alguna imágen._

MOZO.

Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que
les guarde la vista de los ojos. ¡Ah de casa! ¿dan la limosna?

SOLDADO.

Hola, amigo Santa Lucía, venid acá: ¿qué es lo que quereis en esta
casa?

MOZO.

¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de la
señora Santa Lucía.

SOLDADO.

¿Pedís para la lámpara, ó para el aceite de la lámpara? que como
decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es
del aceite, no el aceite de la lámpara.

MOZO.

Ya todos entienden que pido para el aceite de la lámpara, y no para
la lámpara del aceite.

SOLDADO.

¿Y suelen os dar limosna en esta casa?

MOZO.

Cada dia dos maravedís.

SOLDADO.

¿Y quién sale á dároslos?

MOZO.

Quien se halla mas á mano; aunque las mas veces sale una fregoncita,
que se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO.

Asi que ¿es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO.

Y como unas perlas.

SOLDADO.

¿De modo que no os parece mal á vos la muchacha?

MOZO.

Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.

SOLDADO.

¿Cómo os llamais? que no querria volveros á llamar Santa Lucía.

MOZO.

Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO.

Pues señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de
á ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro dias de la limosna que
le dan en esta casa, y suele recibir por mano de Cristina; y váyase
con Dios; y séale aviso que por cuatro dias no vuelva á llegar á esta
puerta, ni por lumbre, que le romperé las costillas á coces.

MOZO.

Ni aun volveré en este mes si es que me acuerdo: no tome vuesa merced
pesadumbre, que ya me voy.

(_Váse._)

SOLDADO.

No sino dormios, guarda cuidadosa.


  _Entra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de
  Cambray, randas de Flandes, é hilo portugués._

UNO.

¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, Holanda, Cambray, hilo
portugués?


  _Cristina á la ventana._

CRISTINA.

Hola, Manuel: ¿traeis vivos para unas camisas?

UNO.

Sí traigo, y muy buenos.

CRISTINA.

Pues entra, que mi señora los ha menester.

SOLDADO.

¡Ó estrella de mi perdicion, antes que norte de mi esperanza!
Tranzaderas, ó como os llamais, ¿conoceis aquella doncella que os
llamó desde la ventana?

UNO.

Sí conozco, ¿pero por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO.

¿No tiene muy buen rostro, y muy buena gracia?

UNO.

Á mí asi me lo parece.

SOLDADO.

Pues tambien me parece á mí que no entre dentro de esa casa, si no,
por Dios juro de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano.

UNO.

¿Pues no puedo yo entrar á donde me llaman, para comprar mi
mercadería?

SOLDADO.

Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego.

UNO.

¡Terrible caso! pasito, señor soldado, que ya me voy.

(_Váse Manuel._)


  _Cristina á la ventana._

CRISTINA.

¿No entras, Manuel?

SOLDADO.

Ya se fué Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los
muertos, porque á muertos y á vivos tienes debajo de tu mando y
señorío.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta
puerta?

(_Éntrase Cristina._)

SOLDADO.

Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.


  _Entra un Zapatero con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano;
  y yendo á entrar en casa de Cristina, detiénele el soldado._

SOLDADO.

¿Señor bueno, busca usted algo en esta casa?

ZAPATERO.

Sí busco.

SOLDADO.

¿Y á quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO.

¿Por qué no? Busco á una fregona, que está en esta casa, para darle
estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO.

¿De manera que usted es su zapatero?

ZAPATERO.

Muchas veces la he calzado.

SOLDADO.

¿Y hále de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO.

No será menester: si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele
traer, sí calzára.

SOLDADO.

¿Y éstas están pagadas, ó no?

ZAPATERO.

No están pagadas, que ella me las ha de pagar agora.

SOLDADO.

¿No me haria usted una merced, que seria para mí muy grande? y es,
que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen,
hasta desde aquí á dos dias, que espero tener dineros en abundancia.

ZAPATERO.

Sí haré, por cierto: venga la prenda, que como soy pobre oficial, no
puedo fiar á nadie.

SOLDADO.

Yo le daré á usted un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le
dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene usted la tienda, para que vaya á
quitarle?

ZAPATERO.

En la calle mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.

SOLDADO.

Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es este, y estímele usted
mucho, porque es mio.

ZAPATERO.

¿Pues una viznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere usted que
estime en mucho?

SOLDADO.

¡Ó pecador de mí! no la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque
cuando vaya á echar mano á la faldriquera, y no halle la viznaga, me
venga á la memoria que la tiene usted y vaya luego á quitalla; si á
fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero si no está contento
con ella añadiré esta banda, y este antojo: que al buen pagador no le
duelen prendas.

ZAPATERO.

Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar á vuestra
merced de sus joyas y preseas: vuestra merced se quede con ellas, que
yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está mas á cuento.

SOLDADO.

¿Cuántos puntos tienen?

ZAPATERO.

Cinco escasos.

SOLDADO.

Mas escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis
reales para pagaros. Escuche vuestra merced, señor zapatero, que
quiero glosar aquí de repente este verso que me ha salido medido:

  Chinela de mis entrañas.

ZAPATERO.

¿Es poeta vuestra merced?

SOLDADO.

Famoso, y agora lo verá, estéme atento.

  Chinelas de mis entrañas.

  GLOSA.

    Es amor tan gran tirano,
  Que olvidado de la fe
  Que le guardo siempre en vano,
  Hoy con la funda de un pie,
  Da á mi esperanza de mano.
    Estas son vuestras hazañas,
  Fundas pequeñas y hurañas,
  Que ya mi alma imagina
  Que sois, por ser de Cristina,
  Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO.

Á mí poco se me entiende de trovas; pero estas me han sonado tan
bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son ó
parecen buenas.

SOLDADO.

Pues señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no
fuera mucho, y mas sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas,
llévelo, á lo menos, de que vuestra merced me las guarde hasta desde
aquí á dos dias que yo vaya por ellas; y por ahora digo por esta vez
al señor zapatero que no ha de ver ni hablar á Cristina.

ZAPATERO.

Yo haré lo que me manda el señor soldado; porque se me trasluce de
qué pies cojea, que son dos, el de la necesidad y el de los zelos.

SOLDADO.

Ese no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.

ZAPATERO.

¡Ó zelos, zelos, cuán mejor os llamáran duelos, duelos!

(_Éntrase el zapatero._)

SOLDADO.

No sino seais guarda, y guarda cuidadosa, y vereis como se os entran
mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento: ¿pero
qué voz es esta? sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada
cantando cuando barre ó friega.


(_Suenan dentro platos, como que friegan y cantan._)

  Sacristan de mi vida, ténme por tuya,
  Y fiado en mi fe canta aleluya.

SOLDADO.

Oidos que tal oyen: sin duda el sacristan debe de ser el brinco de su
alma. ¡Ó platera la mas limpia que tiene, tuvo ó tendrá el calendario
de las fregonas! ¿Por qué asi como limpias esa loza talaveril, que
traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no
limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?


  _Entra el amo de Cristina._

AMO.

Galan, ¿qué quiere ó qué busca á esta puerta?

SOLDADO.

Quiero mas de lo que seria bueno, y busco lo que no hallo; ¿pero
quién es vuestra merced que me lo pregunta?

AMO.

Soy el dueño de esta casa.

SOLDADO.

¿El amo de Cristinica?

AMO.

El mismo.

SOLDADO.

Pues lléguese vuestra merced á esta parte, y tome este envoltorio
de papeles: y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis
servicios, con veintidos fes de veintidos generales, debajo de cuyos
estandartes he servido, amen de otras treinta y cuatro de otros
tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.

AMO.

Pues no ha habido, á lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres
de campo de infantería española de cien años á esta parte.

SOLDADO.

Vuestra merced es hombre pacífico, y no está obligado á entendérsele
mucho de las cosas de la guerra: pase los ojos por esos papeles, y
verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de
campo que he dicho.

AMO.

Yo los doy por pasados y vistos: ¿pero de qué sirve darme cuenta de
esto?

SOLDADO.

De que hallará vuestra merced por ellos ser posible ser verdad una
que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos
y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene á saber,
Gaeta, Barleta y Rijobes.

AMO.

Hasta agora ninguna cosa me importan á mí estas relaciones que
vuestra merced me da.

SOLDADO.

Pues yo sé que le han de importar siendo Dios servido.

AMO.

¿En qué manera?

SOLDADO.

En que por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveido
en una de estas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y
siendo yo su marido, puede vuestra merced hacer de mi persona y de
mi mucha hacienda, como de cosa propia: que no tengo de mostrarme
desagradecido á la crianza que vuestra merced ha hecho á mi querida y
amada consorte.

AMO.

Vuestra merced lo ha de los cascos[35], mas que otra parte.

SOLDADO.

¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce, que me la ha de entregar luego,
luego, ó no ha de atravesar las umbrales de su casa?

AMO.

¡Hay tal disparate! ¿y quién ha de ser bastante para quitarme que no
entre en mi casa?


  _Vuelve el sota-sacristan Pasillas, armado con un tapador de
  tinaja y una espada muy mohosa: viene con él otro sacristan, con
  un morrion, y una vara ó palo, atado á él un rabo de zorra._

SACRISTAN.

Ea, amigo Grajales, que este es el turbador de mi sosiego.

GRAJALES.

No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas, que ya
le hubiera despachado al otro mundo á toda diligencia.

AMO.

Ténganse, gentiles hombres: ¿qué desman y qué acecinamiento es este?

SOLDADO.

¿Ladrones, á traicion y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto
á tal que os tengo de horadar, aunque tengais mas órdenes que
un ceremonial: cobarde, ¿á mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de
borracho, ó piensas que estás quitando el polvo á alguna imágen de
bulto?

GRAJALES.

No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.


  _Á la ventana Cristina y su ama._

CRISTINA.

Señora, señora, que matan á mi señor: mas de dos mil espadas están
sobre él, que relumbran, que me quitan la vista.

ELLA.

Dices verdad, hija mia: Dios sea con él: santa Úrsula, con las once
mil vírgenes sea en su guarda: ven, Cristina, y bajemos á socorrerle
como mejor pudiéremos.

AMO.

Por vida de vuestras mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que
no es bien usar de superchería con nadie.

SOLDADO.

Tente, rabo, y tente, tapadorcillo, no acabeis de despertar mi cólera:
que si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré
por la puerta falsa dos leguas mas allá del infierno.

AMO.

Téngase digo; sino por Dios que me descomponga de modo, que pese á
alguno.

SOLDADO.

Por mí tenido soy, que te tengo respeto, por la imágen que tienes en
tu casa.

SACRISTAN.

Pues aunque esa imágen haga milagros, no os ha de valer esta vez.

SOLDADO.

¿Han visto la desvergüenza de este bellaco, que me viene á hacer
cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado
tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?


  _Salen Cristina y su señora._

ELLA.

¡Ay, marido mio! ¿Estais por desgracia herido, bien de mi alma?

CRISTINA.

¡Ay, desdichada de mí! por el siglo de mi padre, que son los de la
pendencia mi sacristan y mi soldado.

SOLDADO.

Aun bien que voy á la parte con el sacristan, que tambien dijo mi
soldado.

AMO.

No estoy herido, señora; pero sabed que toda esta pendencia es por
Cristinica.

ELLA.

¿Cómo por Cristinica?

AMO.

Á lo que yo entiendo, estos galanes andan zelosos por ella.

ELLA.

¿Y es esto verdad, muchacha?

CRISTINA.

Sí señora.

ELLA.

Mirad con qué poca vergüenza lo dice; ¿y háte deshonrado alguno de
ellos?

CRISTINA.

Sí señora.

ELLA.

¿Cuál?

CRISTINA.

El sacristan me deshonró el otro dia, cuando fuí al rastro.

ELLA.

¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha
fuera de casa, que ya era grande, y no convenia apartarla de nuestra
vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y
de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?

CRISTINA.

Á ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.

ELLA.

¿Cómo en mitad de la calle?

CRISTINA.

Allí en mitad de la calle de Toledo, á vista de Dios y de todo el
mundo, me llamó de sucia, y de deshonesta, de poca vergüenza, y menos
miramiento, y otros muchos baldones de este jaez, y todo por estar
zeloso de aquel soldado.

AMO.

¿Luego no ha pasado otra cosa entre tí, ni él, sino esa deshonra que
en la calle te hizo?

CRISTINA.

No por cierto, porque luego se le pasó la cólera.

ELLA.

El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenia ya casi desamparado.

CRISTINA.

Y mas, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula, que me ha
dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.

AMO.

Muestra, veamos.

ELLA.

Leedla alto, marido.

AMO.

Asi dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristan de esta
parroquia, que quiero bien y muy bien á la señora Cristina de
Parrazes; y en fe de esta verdad, le dí esta firmada de mi nombre,
fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, á seis de mayo, este
presente año de mil y seiscientos y once. Testigos mi corazon, mi
entendimiento, mi voluntad y mi memoria.

  _Lorenzo Pasillas._»

¡Gentil manera de cédula de matrimonio!

SACRISTAN.

Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella
quisiere que yo haga por ella; porque quien da la voluntad, lo da
todo.

AMO.

¿Luego si ella quisiese, bien os casaríades con ella?

SACRISTAN.

De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil
maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela
mia, segun me han escrito de mi tierra.

SOLDADO.

Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dias hace hoy, que
al entrar de la Puente Segoviana dí yo á Cristina la mia, con todos
los anejos á mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa,
algo irá á decir de ser castellano de un famoso castillo, á un
sacristan no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar
algo.

AMO.

¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?

CRISTINA.

Sí tengo.

AMO.

Pues escoge de estos dos que se te ofrecen el que mas te agradare.

CRISTINA.

Tengo vergüenza.

ELLA.

No la tengas, porque el comer, y el casar ha ser á gusto propio, y no
á voluntad agena.

CRISTINA.

Vuestras mercedes, que me han criado, me darán marido como me
convenga, aunque todavía quisiera escoger.

SOLDADO.

Niña, échame el ojo, mira mi garbo: soldado soy: castellano pienso
ser: brio tengo de corazon: soy el mas galan hombre del mundo; y por
el hilo de este vestidillo podrás sacar el ovillo de mi gentileza.

SACRISTAN.

Cristina, yo soy músico, aunque de campanas: para adornar una tumba,
y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningun sacristan me puede
llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y
ganar de comer como un príncipe.

AMO.

Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada, que
yo gusto de ello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes
competidores.

SOLDADO.

Yo me allano.

SACRISTAN.

Y yo me rindo.

CRISTINA.

Pues escojo al sacristan.


  _Han entrado los músicos._

AMO.

Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus
guitarras y voces nos entremos á celebrar el desposorio, cantando y
bailando; y el señor soldado será mi convidado.

SOLDADO.

    Acepto:
  Que donde hay fuerza de hecho
  Se pierde cualquier derecho.

MÚSICO.

Pues hemos llegado á tiempo, este será el estribillo de nuestra letra.

(_Cantan el estribillo._)

    Siempre escogen las mujeres
  Aquello que vale menos,
  Porque escede su mal gusto
  Á cualquier merecimiento.
    Ya no se estima el valor,
  Porque se estima el dinero,
  Pues un sacristan prefieren
  Á un roto soldado lego;
  Mas no es mucho, que quien vió
  Que fue su voto tan necio,
  Que á sagrado se acogiese,
  Que es de delincuentes puerto:
  Que á donde hay fuerza, etc.
    Como es propio de un soldado,
  Que es solo en los años viejo,
  Y se halla sin un cuarto,
  Porque ha dejado su tercio
  Imaginar que ser puede
  Pretendiente de Gaiferos,
  Conquistando por lo bravo
  Lo que yo por manso adquiero;
  No me afrentan tus razones,
  Pues has perdido en el juego,
  Que siempre un picado tiene
  Licencia para hacer fieros.
  Que á donde, etc.

(_Éntranse cantando y bailando._)


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL VIEJO ZELOSO_.


  _Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada, y Hortigosa, su
  vecina._

LORENZA.

Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta á
la llave, mi duelo, mi yugo y mi desesperacion: este es el primero
dia, despues que me casé con él, que hablo con persona de fuera de
casa: que fuera le vea yo de esta vida á él y á quien con él me casó.

HORTIGOSA.

Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto: que con una caldera
vieja se compra otra nueva.

LORENZA.

Y aun con esos y otros semejantes villancicos ó refranes me engañaron
á mí: que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas
sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete.
¿De qué me sirve á mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy
pobre, y en medio de la abundancia con hambre?

CRISTINA.

En verdad, señora tia, que tienes razon: que mas quisiera yo andar
con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme
casada y enlodada con ese viejo podrido, que tomaste por esposo.

LORENZA.

¿Yo le tomé, sobrina? Á la fe diómele quien pudo; y yo, como
muchacha, fui mas presta al obedecer, que al contradecir; pero si
yo tuviera tanta esperiencia de estas cosas, antes me tarazara la
lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con
dos letras, y da que llorar dos mil años: pero yo imagino que no fue
otra cosa, sino que habia de ser esta; y que las que han de suceder
forzosamente, no hay prevencion ni diligencia humana que las prevenga.

CRISTINA.

Jesus, y del mal viejo: toda la noche daca el orinal, toma el orinal:
levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de
la hijada: dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra: con mas
ungüentos y medicinas en el aposento, que si fuera una botica: y yo,
que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera: pux, pux,
pux, viejo clueco, tan potroso como zeloso, y el mas zeloso del mundo.

LORENZA.

Dice la verdad mi sobrina.

CRISTINA.

¡Pluguiera á Dios que nunca yo la dijera en esto!

HORTIGOSA.

Ahora bien, señora doña Lorenza, usted haga lo que le tengo
aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es
como un ginjo verde: quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por
él se hace; y pues los zelos y el recato del viejo no nos dan lugar á
demandas ni á respuestas, resolucion y buen ánimo: que por la órden
que hemos dado, yo le pondré al galan en su aposento de usted y le
sacaré, si bien tuviese el viejo mas ojos que Argos, y viese mas que
un zahorí, que dicen que ve siete estados debajo de la tierra.

LORENZA.

Como soy primeriza, estoy temerosa; y no querria, á trueco del gusto,
poner á riesgo la honra.

CRISTINA.

Eso me parece, señora tia, á lo del cantar de Gomez Arias: señor
Gomez Arias, doleos de mí, soy niña y muchacha, nunca en tal me ví.

LORENZA.

Algun espíritu malo debe hablar en tí, sobrina, segun las cosas que
dices.

CRISTINA.

Yo no sé quién habla; pero yo sé que haria todo aquello que la señora
Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.

LORENZA.

¿Y la honra, sobrina?

CRISTINA.

¿Y el holgarnos, tia?

LORENZA.

¿Y si se sabe?

CRISTINA.

¿Y si no se sabe?

LORENZA.

¿Y quién me asegurará á mí que no se sepa?

HORTIGOSA.

¿Quién? la buena diligencia, la sagacidad, la industria, y sobre todo
el buen ánimo y mis trazas.

CRISTINA.

Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galan, limpio, desenvuelto, un
poco atrevido, y sobre todo mozo.

HORTIGOSA.

Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos mas, que es
rico y liberal.

LORENZA.

Que no quiero riquezas, señora Hortigosa: que me sobran las joyas,
y me ponen en confusion las diferencias de colores de mis muchos
vestidos: hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud á
Cañizares, mas vestida me tiene que un palmito, y con mas joyas
que la vedriera de un platero rico. No me clavára él las ventanas,
cerrára las puertas, visitára á todas horas la casa, desterrára de
ella los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varon:
que á trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en
materia de recato, yo le perdonára sus dádivas y mercedes.

HORTIGOSA.

¿Que tan zeloso es?

LORENZA.

Digo, que le vendian el otro dia una tapicería á bonísimo precio,
y por ser de figuras no la quiso; y compró otra de verduras, por
mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que
se llegue á mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se
cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde
las esconde de noche.

CRISTINA.

Tia, la llave de loba, creo que se la pone entre las faldas de la
camisa.

LORENZA.

No lo creas, sobrina: que yo duermo con él y jamás le he visto, ni
sentido que tenga llave alguna.

CRISTINA.

Y mas, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si
acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se
vayan: es un malo, es un brujo, es un viejo, que no tengo mas que
decir.

LORENZA.

Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo:
que seria echarlo á perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego:
que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al
cuello, para salir de tan mala vida.

HORTIGOSA.

Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala
gana, y le vendrá otra mas saludable, y que mas la contente.

CRISTINA.

Asi suceda; aunque me costase á mí un dedo de la mano: que quiero
mucho á mi señora tia, y me muero de verla tan pensativa y angustiada
en poder de este viejo y reviejo: y mas que viejo; y no me puedo
hartar de decille viejo.

LORENZA.

Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.

CRISTINA.

¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto mas, que yo he oido decir que
siempre los viejos son amigos de niñas.

HORTIGOSA.

Asi es la verdad, Cristina, y á Dios, que en acabando de comer doy
la vuelta. Usted esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo
salimos y entramos bien en ello.

CRISTINA.

Señora Hortigosa, hágame merced de traerme á mí un frailecico
pequeñito, con quien yo me huelgue.

HORTIGOSA.

Yo se le traeré á la niña pintado.

CRISTINA.

Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas.

LORENZA.

¿Y si lo ve tio?

CRISTINA.

Diréle yo que es un duende, y tendrá de él miedo, y holgaréme yo.

HORTIGOSA.

Digo que yo le trairé; y á Dios.

(_Váse Hortigosa._)

CRISTINA.

Mire, tia, si Hortigosa trae algun galan, y á mí el frailecico, y si
señor los viere, no tenemos mas que hacer, sino cogerle entre todos,
y ahogarle, y echarle en el pozo ó enterrarle en la caballeriza.

LORENZA.

Tal eres tú, que creo lo harias mejor que lo dices.

CRISTINA.

Pues no sea él viejo zeloso, y déjenos vivir en paz; pues no le
hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.

(_Éntranse._)


  _Salen Cañizares, viejo, y un compadre suyo._

CAÑIZARES.

Señor compadre, señor compadre: el setenton que se casa con quince,
ó carece de entendimiento, ó tiene gana de visitar el otro mundo lo
mas presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica,
pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en
mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me
embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos: tenia casa y
busqué casar: estaba pesado y desposéme.

COMPADRE.

Compadre, error fue, pero no muy grande; porque segun el dicho del
apóstol, mejor es casarse que abrasarse.

CAÑIZARES.

Que no habia de abrasar en mí, señor compadre, que con la menor
llamarada quedára hecho ceniza: compañía quise, compañía busqué,
compañía hallé; pero Dios lo remedie, por quien él es.

COMPADRE.

¿Tiene zelos, señor compadre?

CAÑIZARES.

Del sol que mira á Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que
la vapulean.

COMPADRE.

¿Dále ocasion?

CAÑIZARES.

Ni por pienso, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni á dónde: las
ventanas, amen de estar con llave, las guarnecen rejas, y celosías:
las puertas jamás se abren: vecina no atraviesa mis umbrales, ni
los atravesará mientras Dios me diera vida. Mirad, compadre, no les
vienen los malos aires á las mujeres de ir á los jubileos, ni á las
procesiones, ni á todos los actos de regocijos públicos: donde ellas
se mancan, donde ellas se estropean, y á donde ellas se dañan, es en
casa de las vecinas, y de las amigas: mas maldades encubre una mala
amiga, que la capa de la noche: mas conciertos se hacen en su casa y
mas se concluyen, que en una asamblea.

COMPADRE.

Yo asi lo creo; pero si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni
nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?

CAÑIZARES.

De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le
falta: que será un mal caso, y tan malo, que en solo en pensallo le
temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.

COMPADRE.

Y con razon se puede tener ese temor; porque las mujeres querrian
gozar enteros los frutos del matrimonio.

CAÑIZARES.

La mia los goza doblados.

COMPADRE.

Ahí está el daño, señor compadre.

CAÑIZARES.

No, no, ni por pienso; porque es mas simple Lorencica que una paloma,
y hasta agora no entiende nada de esas filaterías[36]; y á Dios,
señor compadre, que me quiero entrar en casa.

COMPADRE.

Yo quiero entrar allá, y ver á mi señora doña Lorenza.

CAÑIZARES.

Habeis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un
refran, que decia: _amicus usque ad aras_, que quiere decir: el amigo
hasta el altar; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo
aquello que no fuere contra Dios; y yo digo, que mi amigo _usque ad
portam_, hasta la puerta, que ninguno ha de pasar mis quicios; y á
Dios, señor compadre, y perdóneme.

(_Éntrase Cañizares._)

COMPADRE.

En mi vida he visto hombre mas recatado, ni mas zeloso, ni
mas impertinente; pero este es de aquellos que traen la soga
arrastrando, y de los que siempre vienen á morir del mal que temen.

(_Éntrase el compadre._)


  _Salen doña Lorenza y Cristina._

CRISTINA.

Tia, mucho tarda tio, y mas tarda Hortigosa.

LORENZA.

Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada, y
ella me tiene confusa.

CRISTINA.

Todo es probar, señora tia; y cuando no saliere bien, darle del codo.

LORENZA.

¡Ay, sobrina! que estas cosas, ó yo sé poco, ó sé que todo el daño
está en probarlas.

CRISTINA.

Á fe, señora tia, que tiene poco ánimo; y que si yo fuera de su edad,
que no me espantáran hombres armados.

LORENZA.

Otra vez torno á decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en
tu boca: mas ¡ay! ¿cómo se ha entrado, señor?

CRISTINA.

Debe de haber abierto con la llave maestra.

LORENZA.

Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves.


  _Sale Cañizares_

CAÑIZARES.

¿Con quién hablábades, doña Lorenza?

LORENZA.

Con Cristinica hablaba.

CAÑIZARES.

Miradlo bien, doña Lorenza.

LORENZA.

Digo que hablaba con Cristinica: ¿con quién habia de hablar? ¿Tengo
yo, por ventura, con quién?

CAÑIZARES.

No querria que tuviésedes algun soliloquio con vos misma, que
redundase en mi perjuicio.

LORENZA.

Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender;
y tengamos la fiesta en paz.

CAÑIZARES.

Ni aun las vísperas no querria yo tener en guerra con vos: ¿pero
quién llama á aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica,
quién es; y si es pobre, dale limosna y despídele.

CRISTINA.

¿Quién está ahí?

HORTIGOSA.

La vecina Hortigosa es, señora Cristina.

CAÑIZARES.

¿Hortigosa y vecina? Dios sea conmigo: pregúntale, Cristina, lo que
quiere, y dáselo, con condicion que no atraviese estos umbrales.

CRISTINA.

¿Y qué quiere, señora vecina?

CAÑIZARES.

El nombre de vecina me turba y sobresalta: llámala por su propio
nombre, Cristina.

CRISTINA.

Responda: ¿y qué quiere, señora Hortigosa?

HORTIGOSA.

Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la
vida y el alma.

CAÑIZARES.

Decidle, sobrina, á esa señora, que á mí me va todo eso y mas en que
no entre acá dentro.

LORENZA.

¡Jesus, y qué condicion tan estravagante! ¿Aquí no estoy delante de
vos? ¿Hánme de comer de ojo? ¿Hánme de llevar por los aires?

CAÑIZARES.

Entre con cien mil bercebues, pues vos lo quereis.

CRISTINA.

Entre, señora vecina.

CAÑIZARES.

Nombre fatal para mí es el de vecina.


  _Entra Hortigosa, y trae un guadamecí, y en las pieles de las
  cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo,
  Rugero y Gradaso: y Rodamonte venga pintado como arrebozado._

HORTIGOSA.

Señor mio de mi alma, movida y incitada de la buena fama de vuestra
merced, de su gran caridad, y de sus muchas limosnas, me he atrevido
de venir á suplicar á vuestra merced me haga tanta merced, caridad y
limosna y buena obra de comprarme este guadamecí[37]; porque tengo
un hijo preso por unas heridas que dió á un tundidor; y ha mandado
la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagalle, y
corre peligro no le echen otros embargos, que podrian ser muchos, á
causa que es muy travieso mi hijo; y querria echarle hoy, ó mañana,
si fuese posible, de la cárcel: la obra es buena, el guadamecí nuevo,
y con todo eso le daré por lo que vuestra merced quisiere darme por
él, que en mas está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta
vida: tenga vuestra merced de esa punta, señora mia, y descojámosle,
porque vea el señor Cañizares que no hay engaño en mis palabras: alce
mas, señora mia, y mire cómo es bueno de caida, y las pinturas de los
cuadros parece que están vivas.

(_Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás de él un galan; y
como Cañizares ve los retratos, dice_):

CAÑIZARES.

¡Ó qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi
casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo de estas cosas, y de estos
rebocitos, espantarseía[38].

CRISTINA.

Señor tio, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa,
la señora Hortigosa tiene la culpa, que á mí el diablo me lleve, si
dije, ni hice nada para que él entrase; no en mi conciencia: aun el
diablo seria, si mi señor tio me echase á mí la culpa de su entrada.

CAÑIZARES.

Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Hortigosa tiene la culpa; pero
no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condicion, ni cuán
enemigo soy de aquestas pinturas.

LORENZA.

Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa.

CRISTINA.

Pues por esas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me há el
ánima al cuerpo, que ya andaba por los aires.

LORENZA.

Quemado vea yo ese pico de once varas: en fin, quien con muchachos se
acuesta, etc.

CRISTINA.

¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta
baraja!

CAÑIZARES.

Señora Hortigosa, yo no soy amigo de figuras rebozadas ni por
rebozar: tome este doblon, con el cual podrá remediar su necesidad,
y váyase de mi casa lo mas presto que pudiere, y ha de ser luego, y
llévese su guadamecí.

HORTIGOSA.

Viva vuestra merced mas años que Matute el de Jerusalem, en vida de
mi señora doña... no sé cómo se llama; á quien suplico me mande: que
la serviré de noche y de dia, con la vida y con el alma, que la debe
de tener ella como la de una tortolica simple.

CAÑIZARES.

Señora Hortigosa, abrevie y váyase, y no se esté agora juzgando almas
agenas.

HORTIGOSA.

Si vuestra merced hubiere menester algun pegadillo para la madre,
téngolos milagrosos, y si para mal de muelas, sé unas palabras que
quitan el dolor como con la mano.

CAÑIZARES.

Abrevie, señora Hortigosa: que doña Lorenza ni tiene madre, ni dolor
de muelas: que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha
sacado muela alguna.

HORTIGOSA.

Ella se las sacará, placiendo al cielo; porque le dará muchos años de
vida; y la vejez es la total destruccion de la dentadura.

CAÑIZARES.

Aquí de Dios, que no será posible que me deje esta vecina. Hortigosa,
ó diablo, ó vecina, ó lo que eres, vete con Dios y déjame en mi casa.

HORTIGOSA.

Justa es la demanda; y vuestra merced no se enoje, que ya me voy.

(_Váse Hortigosa._)

CAÑIZARES.

¡Ó vecinas, vecinas! Escaldado quedo aun de las buenas palabras de
esta vecina, por haber salido por boca de vecina.

LORENZA.

Digo que teneis condicion de bárbaro y de salvaje; ¿y qué ha dicho
esta vecina, para que quedeis con ojeriza contra ella? Todas vuestras
buenas obras las haceis en pecado mortal: dístesle dos docenas de
reales, acompañados con otras dos docenas de injurias, boca de lobo,
lengua de escorpion, y silo de malicias.

CAÑIZARES.

No, no, á mal viento va esta parva: no me parece bien que volvais
tanto por vuestra vecina.

CRISTINA.

Señora tia, éntrese allá dentro y desenójese; y deje á tio que parece
que está enojado.

LORENZA.

Asi lo haré, sobrina; y aun quizá no me verá la cara en estas dos
horas; y á fe, que yo se la dé á beber por mas que la rehuse.

(_Éntrase doña Lorenza._)

CRISTINA.

¿Tio, no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va á buscar una
tranca para asegurar la puerta.

LORENZA. (_por dentro._)

¿Cristinica? ¿Cristinica?

CRISTINA.

¿Qué quiere, tia?

LORENZA.

¡Si se supiese qué galan me ha deparado la buena suerte! Mozo, bien
dispuesto, pelinegro y que le huele la boca á mil azahares.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué locuras, y qué niñerías! ¿Está loca, tia?

LORENZA.

No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad, que si le vieses, que
se te alegrase el alma.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué locuras, y qué niñerías! Ríñala, tio, porque no se
atreva ni aun burlando á decir deshonestidades.

CAÑIZARES.

¿Bobeas, Lorenza? Pues á fe, que no estoy yo de gracia para sufrir
esas burlas.

LORENZA.

Que no son sino veras, y tan veras, que en este género no pueden ser
mayores.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué locuras, y qué niñerías! Y dígame, tia, ¿está ahí
tambien mi frailecito?

LORENZA.

No, sobrina; pero otra vez vendrá, si quiere Hortigosa la vecina.

CAÑIZARES.

Lorenza, dí lo que quisieres; pero no tomes en tu boca el nombre de
vecina, que me tiemblan las carnes en oirle.

LORENZA.

Tambien me tiemblan á mí por amor de la vecina.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué locuras, y qué niñerías!

LORENZA.

Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito, que hasta aquí he vivido
engañada contigo.

CRISTINA.

Ríñala, tio, ríñala, tio, que se desvergüenza mucho.

LORENZA.

Lavar quiero á un galan las pocas barbas que tiene, con una bacía
llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel
pintado.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué locuras, y qué niñerías! Despedácela, tio.

CAÑIZARES.

No la despedazaré yo á ella, sino á la puerta que la encubre.

LORENZA.

No hay para qué, vela aquí abierta: entre, y verá cómo es verdad
cuanto le he dicho.

CAÑIZARES.

Aunque sé que te burlas, sí entraré para desenojarte.

(_Al entrar Cañizares dánle con una bacía de agua en los ojos: él
váse á limpiar: acuden sobre él Cristina y doña Lorenza, y en este
ínterin sale el galan, y váse._)

CAÑIZARES.

Por Dios, que por poco me cegáras, Lorenza: al diablo se dan las
burlas que se arremeten á los ojos.

LORENZA.

Mirad con quien me casó mi suerte, sino con el hombre mas malicioso
del mundo: mirad como dió crédito á mis mentiras, por su... fundadas
en materia de zelos: que menoscabada y asendereada sea mi ventura:
pagad, vosotros, cabellos, las deudas de este viejo: llorad,
vosotros, ojos, las culpas de este maldito: mirad en lo que tiene
mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las
mentiras verdades, de las burlas veras, y de los entretenimientos
maldiciones. ¡Ay, que se me arranca el alma!

CRISTINA.

Tia, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad.

JUSTICIA. (_De dentro._)

Abran esas puertas: abran luego, sino echarélas en el suelo.

LORENZA.

Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad de
este viejo.

CAÑIZARES.

Vive Dios, que creí que te burlabas: Lorenza, calla.


  _Entran el Alguacil y los músicos, y el bailarin y la Hortigosa._

ALGUACIL.

¿Qué es esto? ¿qué pendencia es esta? ¿quién daba aquí voces?

CAÑIZARES.

Señor, no es nada; pendencias son entre marido y mujer, que luego se
pasan.

MÚSICO.

Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí
pared y medio, en un desposorio, y á las voces hemos acudido, con no
pequeño sobresalto, pensando que era otra cosa.

HORTIGOSA.

Y yo tambien, en mi ánima pecadora.

CAÑIZARES.

Pues en verdad, señora Hortigosa, que si no fuera por ella, que no
hubiera sucedido nada de lo sucedido.

HORTIGOSA.

Mis pecados lo habrán hecho: que soy tan desdichada, que sin saber
por donde, ni por donde no, se me echan á mí las culpas que otros
cometen.

CAÑIZARES.

Señores, vuestras mercedes todos se vuelvan norabuena, que yo les
agradezco su buen deseo, que ya yo y mi esposa quedamos en paz.

LORENZA.

Sí quedaré, como le pida perdón primero á la vecina, si alguna cosa
mala pensó contra ella.

CAÑIZARES.

Si á todas las vecinas de quien yo pienso mal hubiese de pedir
perdón, seria nunca acabar; pero con todo eso, yo se le pido á la
señora Hortigosa.

HORTIGOSA.

Y yo le otorgo para aquí y para delante de Pero García.

MÚSICO.

Pues en verdad, que no habemos de haber venido en balde: toquen mis
compañeros, y baile el bailarin, y regocíjense las paces con esta
cancion.

CAÑIZARES.

Señores, no quiero música: yo la doy por recibida.

MÚSICOS.

  Pues aunque no la quiera:
  El agua de por San Juan,
  Quita vino y no da pan.
  Las riñas de por San Juan,
  Todo el año paz nos dan
  Llover el trigo en las eras,
  Las viñas estando en cierne:
  No hay labrador que gobierne
  Bien sus cubas y paneras:
  Mas las riñas mas de veras,
  Si suceden por San Juan,
  Todo el año paz nos dan.
  Por la canícula ardiente
  Está la cólera á punto;
  Pero pasando aquel punto,
  Menos activa se siente.
  Y asi el que dice, no miente,
  Que las riñas por San Juan,
  Todo el año paz nos dan.

(_Baila._)

  Las riñas de los casados,
  Como aquesta siempre sean,
  Para que despues se vean,
  Sin pensar, regocijados.
  Sol que sale tras nublados,
  Es contento tras afan:
  Las riñas de por San Juan,
  Todo el año paz nos dan.

CAÑIZARES.

Porque vean vuesas mercedes las vueltas y revueltas en que me ha
puesto una vecina, y si tengo razon de estar mal con las vecinas.

LORENZA.

Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso á vuestras
mercedes las manos, señoras vecinas.

CRISTINA.

Y yo tambien: mas si mi vecina me hubiera traido mi frailecico, yo la
tuviera por mejor vecina; y á Dios, señoras vecinas.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DE LA ELECCION DE LOS ALCALDES
  DE DAGANZO_.


  _Salen el Bachiller Pesuña, Pedro Estornudo, Escribano, Panduro,
  Regidor, y Alonso Algarroba, Regidor._

PANDURO.

  Rellánense, que todo saldrá á cuajo,
  Si es que lo quiere el cielo benditísimo.

ALONSO.

  Mas echémoslo á doce, y no se venda:
  Paz, que no será mucho que salgamos
  Bien del negocio, si lo quiere el cielo:
  Que quiera ó que no quiera, es lo que importa.

PANDURO.

  Algarroba, la lengua se os deslicia:
  Habrad acomedido, y de buen rejo:
  Que no me suenan bien esas palabras,
  Quiera ó no quiera el cielo: por san Junco,
  Que como presomís de resabido,
  Os arrojais á troche moche en todo.

ALGARROBA.

  Cristiano viejo soy á todo ruedo,
  Y creo en Dios á pies jontillas.

BACHILLER.

                                   Bueno:
  No hay mas que desear.

ALGARROBA.

                         Y si por suerte
  Hablé mal, yo confieso que soy ganso,
  Y doy lo dicho por no dicho.

ESCRIBANO.

                               Basta:
  No quiere Dios del pecador mas malo,
  Sino que viva y se arrepienta.

ALGARROBA.

                                 Digo
  Que vivo, y me arrepiento, y que conozco
  Que el cielo puede hacer lo que él quisiere,
  Sin que nadie le pueda ir á la mano,
  Especial cuando llueve.

PANDURO.

                          De las nubes,
  Algarroba, cae el agua, no del cielo.

ALGARROBA.

  Cuerpo del mundo, si es que aquí venimos
  Á reprochar los unos á los otros,
  Díganmoslo: que á fe que no le falten
  Reproches á Algarroba á cada paso.

BACHILLER.

  _Redeamus ad rem_, señor Panduro,
  Y señor Algarroba: no se pase
  El tiempo en niñerías escusadas.
  ¿Juntámonos aquí para disputas
  Impertinentes? Bravo caso es este,
  Que siempre que Panduro y Algarroba
  Están juntos, al punto se levantan
  Entre ellos mil borrascas y tormentas
  De mil contradictorias intenciones.

ESCRIBANO.

  El señor bachiller Pesuña tiene
  Demasiada razon: véngase al punto,
  Y mírese qué alcaldes nombraremos
  Para el año que viene, que sean tales,
  Que no los pueda calumniar Toledo,
  Sino que los confirme y dé por buenos,
  Pues para esto ha sido nuestra junta.

PANDURO.

  De las varas hay cuatro pretensores:
  Juan Berrocal, Francisco de Humillos,
  Miguel Jarrete y Pedro de la Rana,
  Hombres todos de chapa y de caletre,
  Que pueden gobernar, no que á Daganzo,
  Sino á la misma Roma.

ALGARROBA.

                        Á Romanillos.

ESCRIBANO.

  ¿Hay otro apuntamiento? Por san Pito,
  Que me salga del corro.

ALGARROBA.

                          Bien parece
  Que se llama Estornudo el escribano,
  Que asi se le encarama y sube el humo:
  Sosiéguese, que yo no diré nada.

PANDURO.

  ¿Hallarse han por ventura en todo el sorbe?

ALGARROBA.

  ¿Qué sorbe, sorbe huevos? Orbe diga
  El discreto Panduro, y serle há sano.

PANDURO.

  Digo que en todo el mundo no es posible
  Que se hallen cuatro ingenios como aquestos
  De nuestros pretensores.

ALGARROBA.

                           Por lo menos
  Yo sé que Berrocal tiene el mas lindo
  Distinto.

ESCRIBANO.

            ¿Para qué?

ALGARROBA.

                       Para ser sacre
  En esto de mojon y catavinos.
  En mi casa probó los dias pasados
  Una tinaja, y dijo que sabia
  El claro vino á palo, á cuero y hierro:
  Acabó la tinaja su camino,
  Y hallóse en el asiento de ella un palo
  Pequeño, y de él pendía una correa
  De cordoban y una pequeña llave.

ESCRIBANO.

  ¡Ó rara habilidad! ¡Ó raro ingenio!
  Bien puede gobernar el que tal sabe,
  Á Alanis y á Cazalla y aun á Esquivias.

ALGARROBA.

  Miguel Jarrete es águila.

BACHILLER.

                            ¿En qué modo?

ALGARROBA.

  En tirar con un arco de bodoques.

BACHILLER.

  ¿Qué tan certero es?

ALGARROBA.

                       Es de manera,
  Que si no fuese porque los mas tiros
  Se da en la mano izquierda, no habria pájaro
  En todo este contorno.

BACHILLER.

                         Para alcalde
  Es rara habilidad y necesaria.

ALGARROBA.

  ¿Qué diré de Francisco de Humillos?
  Un zapato remienda como un sastre.
  Pues Pedro de la Rana, no hay memoria
  Que á la suya se iguale: en ella tiene
  Del antiguo y famoso perro de Alva
  Todas las coplas, sin que letra falte.

PANDURO.

  Éste lleva mi voto.

ESCRIBANO.

                      Y aun el mio.

ALGARROBA.

  Á Berrocal me atengo.

BACHILLER.

                        Yo á ninguno,
  Si es que no dan mas pruebas de su ingenio,
  Á la jurisprudencia encaminadas.

ALGARROBA.

  Yo daré un buen remedio y es aqueste:
  Hagan entrar los cuatro pretendientes,
  Y el señor bachiller Pesuña puede
  Examinarlos, pues el arte sabe,
  Y conforme á su ciencia, asi veremos
  Quién podrá ser nombrado para el cargo.

ESCRIBANO.

  Vive Dios, que es rarísima advertencia.

PANDURO.

  Aviso es, que podrá servir de arbitrio
  Para su jamestad: que como en corte
  Hay potra médicos, haya potra alcaldes.

ALGARROBA.

  Prota, señor Panduro, que no potra.

PANDURO.

  Como vos no hay friscal en todo el mundo.

ALGARROBA.

  Fiscal, pese á mis males.

ESCRIBANO.

                            Por Dios Santo,
  Que es Algarroba impertinente.

ALGARROBA.

                                 Digo,
  Que pues se hace exámen de barberos,
  De herradores, de sastres, y se hace
  De cirujanos y otras zarandajas,
  Tambien se examinasen para alcaldes,
  Y al que se hallase suficiente y hábil
  Para tal menester, que se le diese
  Carta de exámen, con la cual podria
  El tal examinado remediarse;
  Porque de lata en una blanca caja,
  La carta acomodando merecida,
  Á tal pueblo podrá llegar el pobre,
  Que le pesen á oro: que hay ogaño
  Carestía de alcaldes de caletre,
  En lugares pequeños casi siempre.

BACHILLER.

  Ello está muy bien dicho y bien pensado:
  Llamen á Berrocal, entre, y veamos
  Donde llega la raya de su ingenio.

ALGARROBA.

  Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,
  Los cuatro pretensores se han entrado:


  _Entran estos cuatro labradores._

  Ya los tienes presentes.

BACHILLER.

                           Bien venidos
  Sean vuesas mercedes.

BERROCAL.

                        Bien hallados
  Vuesas mercedes sean.

PANDURO.

                        Acomódense
  Que asientos sobran.

HUMILLOS.

                       Siéntome y me siento.

JARRETE.

  Todos nos sentaremos, Dios loado.

RANA.

  ¿De qué os sentís, Humillos?

HUMILLOS.

                               De que vaya
  Tan á la larga nuestro nombramiento.
  ¿Hémoslo de comprar á gallipavos,
  Á cántaros de arrope y á abiervadas,
  Y botas de lo añejo tan crecidas,
  Que se arremetan á ser cueros? Díganlo,
  Y pondráse remedio y diligencia.

BACHILLER.

  No hay sobornos aquí: todos estamos
  De un comun parecer, y es: que el que fuere
  Mas hábil para alcalde, ese se tenga
  Por escogido y por llamado.

RANA.

                              Bueno:
  Yo me contento.

BERROCAL.

                  Y yo.

BACHILLER.

                        Mucho, en buen hora.

HUMILLOS.

  Tambien yo me contento.

JARRETE.

                          De ello gusto.

BACHILLER.

  Vaya de exámen, pues.

HUMILLOS.

                        De exámen venga.

BACHILLER.

  ¿Sabeis leer, Humillos?

HUMILLOS.

                          No por cierto,
  Ni tal se probará que en mi linage
  Haya persona de tan poco asiento,
  Que se ponga á aprender esas quimeras
  Que llevan á los hombres al brasero[39],
  Y á las mugeres á la casa llana[40].
  Leer no sé; mas sé otras cosas tales,
  Que llevan al leer ventajas muchas.

BACHILLER.

  ¿Y cuáles cosas son?

HUMILLOS.

                       Sé de memoria
  Todas cuatro oraciones, y las rezo
  Cada semana cuatro y cinco veces.

RANA.

  ¿Y con eso pensais de ser alcalde?

HUMILLOS.

  Con esto, y con ser cristiano viejo,
  Me atrevo á ser un senador romano.

BACHILLER.

  Está muy bien, Jarrete diga agora
  Qué es lo que sabe.

JARRETE.

                      Yo, señor Pesuña,
  Sé leer, aunque poco: deletreo,
  Y ando en el beaba bien há tres meses,
  Y en cinco mas daré con ello á un cabo;
  Y además de esta ciencia, que ya aprendo,
  Sé alzar un arado bravamente,
  Y herrar, casi en tres horas, cuatro pares
  De novillos briosos, y cerreros:
  Soy sano de mis miembros, y no tengo
  Sordez, ni cataratas, tos, ni reumas;
  Y soy cristiano viejo como todos,
  Y tiro con un arco como un Tulio.

ALGARROBA.

  Raras habilidades para alcalde,
  Necesarias y muchas.

BACHILLER.

                       Adelante:
  ¿Qué sabe Berrocal?

BERROCAL.

                      Tengo en la lengua
  Toda mi habilidad, y en la garganta:
  No hay mojon en el mundo que me llegue:
  Sesenta y seis sabores estampados
  Tengo en el paladar, todos vináticos.

ALGARROBA.

  ¿Y quiere ser alcalde?

BERROCAL.

                         Y lo requiero.
  Pues cuando estoy armado á lo de Baco,
  Asi se me aderezan los sentidos
  Que me parece á mí que en aquel punto
  Podria prestar leyes á Licurgo,
  Y limpiarme con Bártulo.

PANDURO.

                           Pasito,
  Que estamos en concejo.

BERROCAL.

                          No soy nada
  Melindroso, ni puerco: sólo digo
  Que no se me malogre mi justicia,
  Que echaré el bodegon por la ventana.

BACHILLER.

  ¿Amenazas aquí? Por vida mia,
  Mi señor Berrocal, que valen poco.
  ¿Qué sabe Pedro Rana?

RANA.

                        Como rana
  Habré de cantar mal; pero con todo
  Diré mi condicion y no mi ingenio.
  Yo, señores, si acaso fuese alcalde,
  Mi vara no seria tan delgada
  Como las que se usan de ordinario:
  De una encina ó de un roble la haria,
  Y gruesa de dos dedos, temeroso
  Que no me la encorvase el dulce peso
  De un bolson de ducados, ni otras dádivas,
  Ó ruegos, ó promesas, ó favores,
  Que pesan como plomo, y no se sienten
  Hasta que os han brumado las costillas
  Del cuerpo y alma: y junto con aquesto
  Seria bien criado y comedido,
  Parte severo, y nada rigoroso:
  Nunca deshonraria al miserable
  Que ante mí le trajesen sus delitos:
  Que suele lastimar una palabra
  De un juez arrojado, de afrentosa,
  Mucho mas que lastíma su sentencia,
  Aunque en ella se intime cruel castigo.
  No es bien que el poder quite la crianza,
  Ni que la sumision de un delincuente
  Haga el juez soberbio y arrogante.

ALGARROBA.

  ¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana
  Mucho mejor que un cisne cuando muere!

PANDURO.

  Mil sentencias ha dicho censorinas.

ALGARROBA.

  De Caton Censorino; bien ha dicho
  El regidor Panduro.

PANDURO.

                      Reprochadme.

ALGARROBA.

  Su tiempo se vendrá.

ESCRIBANO.

                       Nunca acá venga:
  Terrible inclinacion es, Algarroba,
  La vuestra en reprochar.

ALGARROBA.

                           No mas, so escriba.

ESCRIBANO.

  ¿Qué escriba, fariseo?

BACHILLER.

                         Por san Pedro,
  Que son muy demasiadas demasías
  Estas.

ALGARROBA.

         Yo me burlaba.

ESCRIBANO.

                        Y yo me burlo.

BACHILLER.

  Pues no se burlen mas, por vida mia.

ALGARROBA.

  Quien miente, miente.

ESCRIBANO.

                        Y quien verdad pronuncia,
  Dice verdad.

ALGARROBA.

               Verdad.

ESCRIBANO.

                       Pues punto en boca.

HUMILLOS.

  Esos ofrecimientos que ha hecho Rana,
  Son de lejos. Á fe que si él empuña
  Vara, que él se trueque y sea otro hombre
  Del que ahora parece.

BACHILLER.

                        Está de molde
  Lo que Humillos ha dicho.

HUMILLOS.

                            Y mas añado,
  Que si me dan la vara, verán como
  No me mudo, ni trueco, ni me cambio.

BACHILLER.

  Pues veis aquí la vara, y haced cuenta
  Que sois alcalde ya.

ALGARROBA.

                       ¡Cuerpo del mundo!
  La vara le dan zurda.

HUMILLOS.

                        ¿Cómo zurda?

ALGARROBA.

  ¿Pues no es zurda esta vara? Un sordo ó mudo
  Lo podrá echar de ver desde una legua.

HUMILLOS.

  ¿Cómo, pues, si me dan zurda la vara,
  Quieren que juzgue yo derecho?

ESCRIBANO.

                                 El diablo
  Tiene en el cuerpo este Algarroba: miren
  Donde jamás se han visto varas zurdas.


  _Entra uno._

UNO.

  Señores, aquí están unos gitanos,
  Con unas gitanillas milagrosas;
  Y aunque la ocupacion se les ha dicho
  En que están sus mercedes, todavía
  Porfian que han de entrar á dar solacio
  Á sus mercedes.

BACHILLER.

                  Entren; y veremos
  Si nos podrán servir para la fiesta
  Del Córpus, de quien yo soy mayordomo.

PANDURO.

  Entren mucho en buen hora.

BACHILLER.

                             Entren luego.

HUMILLOS.

  Por mí ya los deseo.

JARRETE.

                       Pues yo pajas.

RANA.

  ¿Ellos no son gitanos? pues adviertan,
  Que nos hurten las narices.

UNO.

                              Ellos
  Sin que los llamen vienen; ya están dentro.


  _Entran los músicos de gitanos, y dos gitanas bien aderezadas;
  y al són de este romance, que han de cantar los músicos, ellas
  dancen_:

MÚSICOS

    Reverencia os hace el cuerpo,
    Regidores de Daganzo,
    Hombres buenos de repente,
    Hombres buenos de pensado,
    De caletre prevenidos
    Para proveer los cargos,
    Que la ambicion solicita
    Entre moros y cristianos.
    Parece que os hizo el cielo,
    El cielo, digo, estrellado,
    Sansones para las letras,
    Y para las fuerzas Bártulos.

JARRETE.

  Todo lo que se canta toca á historia.

HUMILLOS.

  Ellas y ellos son únicos y ralos.

ALGARROBA.

  Algo tienen de espesos.

BACHILLER.

                          Ea, _sufficit_.

MÚSICOS.

    Como se mudan los vientos,
    Como se mudan los ramos,
    Que desnudos en invierno
    Se visten en el verano,
    Mudaremos nuestros bailes
    Por puntos, y á cada paso;
    Pues mudarse las mujeres,
    No es nuevo ni estraño caso.

  Vivan de Daganzo los regidores,
  Que parecen palmas, puesto que son robles.

(_Bailan._)

JARRETE.

  ¡Brava trova, por Dios!

HUMILLOS.

                          Y muy sentida.

BERROCAL.

  Estas se han de imprimir, para que quede
  Memoria de nosotros en los siglos
  De los siglos, amen.

BACHILLER.

                       Callen, si pueden.

MÚSICOS.

    Vivan, y revivan,
    Y en siglos veloces
    Del tiempo los dias
    Pasen con las noches,
    Sin trocar la edad,
    Que treinta años forme,
    Ni tocar las hojas
    De sus alcornoques.
    Los vientos que anegan,
    Si contrarios corren,
    Cual zéfiros blandos
    En sus mares soplen.

  Vivan de Daganzo los regidores,
  Que palmas parecen, puesto que son robles.

BACHILLER.

  El estrivillo en parte me desplace;
  Pero con todo, es bueno.

BERROCAL.

                           Ea, callemos.

MÚSICOS.

    Pisaré yo el polvico,
    Á tan menudico,
    Pisaré yo el polvó,
    Á tan menudó.

PANDURO.

  Estos músicos hacen pepitoria
  De su cantar.

HUMILLOS.

                Son diablos los gitanos.

MÚSICOS.

    Pisaré yo la tierra,
    Por mas que esté dura,
    Puesto que me abra en ella
    Amor sepultura,
    Pues ya mi buena ventura
    Amor la pisó;
    Á tan menudó.
    Pisaré yo lozana
    El mas duro suelo,
    Si en él acaso pisas
    El mal que recelo;
    Mi bien se ha pasado en vuelo,
    Y el polvo dejó
    Á tan menudó.


  _Entra un Sota-Sacristan muy mal endeliñado._

SACRISTAN.

  Señores regidores, voto á dico,
  Que es de bellacos tanto pasatiempo.
  ¿Asi se rige el pueblo, noramala,
  Entre guitarras, bailes y bureos?

BACHILLER.

  Agarradle, Jarrete.

JARRETE.

                      Ya le agarro.

BACHILLER.

  Traigan aquí una manta, que por Cristo,
  Que se ha de mantear este bellaco,
  Necio, desvergonzado é insolente,
  Y atrevido además.

SACRISTAN.

                     Oigan, señores.

ALGARROBA.

  Volveré con la manta á las volandas.

(_Éntrase Algarroba haciendo gestos al sacristan._)

SACRISTAN.

  Miren que les intímo que soy présbiter.

BACHILLER.

  ¿Tú presbítero, infame?

SACRISTAN.

                          Yo presbítero.
  Ó de prima tonsura, que es lo mismo.

PANDURO.

  Agora lo veredes, dijo Agrages.

SACRISTAN.

  No hay agrages aquí.

BACHILLER.

                       Pues habrá grajos
  Que te piquen la lengua y aun los ojos.

RANA.

  Dime, desventurado, ¿qué demonio
  Se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete
  Á tí en reprender á la justicia?
  ¿Has tú de gobernar á la república?
  Métete en tus campanas y en tu oficio:
  Deja á los que gobiernan, que ellos saben
  Lo que han de hacer, mejor que no nosotros:
  Si fueren malos, ruega por su enmienda;
  Si buenos, porque Dios no nos los quite.

BACHILLER.

  Nuestro Rana es un santo y un bendito.


  _Vuelve Algarroba, que trae la manta al hombro arrastrando por
  detrás._

ALGARROBA.

  No ha de quedar por manta.

BACHILLER.

                             Asgan, pues, todos,
  Sin que queden gitanos ni gitanas:
  Arriba, amigos.

SACRISTAN.

                  Por Dios que va de veras.
  Vive Dios, si me enojo, que bonito
  Soy yo para estas burlas: por san Pedro,
  Que están descomulgados todos cuantos
  Han tocado los pelos de la manta.

RANA.

  Basta, no mas: aquí cese el castigo,
  Que el pobre debe estar arrepentido.

SACRISTAN.

  Y molido, que es mas. De aquí adelante
  Me coseré la boca con dos cabos
  De zapatero.

RANA.

               Aqueso es lo que importa.

BACHILLER.

  Vénganse los gitanos á mi casa,
  Que tengo que decilles.

GITANO.

                          Tras tí vamos.

BACHILLER.

  Quedarse ha la eleccion para mañana;
  Y desde luego doy mi voto á Rana.

GITANO.

  ¿Cantaremos, señor?

BACHILLER.

                      Lo que quisiéredes.

PANDURO.

  No hay quien cante cual nuestra Rana canta.

JARRETE.

  No solamente canta, sino encanta.

(_Éntranse cantando_ Pisaré yo el polvico.)


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DE LA CÁRCEL DE SEVILLA_.[41]


  _Suena adentro ruido de grillos, cárcel y presos, y dicen, sin
  salir afuera:_

GARAY.

Abre aquí, Alcaide; que nos comen chinches.

SOLAPO.

Abra aquí, so Alcaide; que nos comen garrapatas.

PAISANO.

Sáquenos á mear, seor Alcaide.


  _Salen Garay y Solapo y Paisano, con grillos en los pies, y
  guitarras._

GARAY.

Loado sea Dios, que veo el cielo de Cristo.

SOLAPO.

Loado sea Dios, que veo el nubífero.

PAISANO.

Loado sea Dios, que veo el Sempiterno.

SOLAPO.

Seores mios, todos con guitarras, ¿qué es esto?

PAISANO.

Ya sabrá voacé que compuse sobre aquella letrilla, que dice: Cantando
reniego.

GARAY.

¿Que voacé compuso?

PAISANO.

Sí, seor.

GARAY.

Yo tambien.

PAISANO.

¿Y voacé y todo? Pues escuche voacé la mia.

(_Tañen, y canta Paisano._)

PAISANO.

    Alta mar esquiva,
  de tí doy querella:
  siete años anduve
  por fuerza en galeras,
  ni comí pan tierno,
  ni la carne fresca;
  siempre anduve en corso,
  nunca salté en tierra,
  sino en una isla
  llamada Cerdeña;
  ¡y agora en prision,
  que es la mayor pena!
  La mayor que siento
  son celos de aquella
  Beltrana la brava,
  que fue la primera
  que me hinchó este gusto,
  y la faltriquera.
  Alzóla Goróseo,
  llevóla á Antequera,
  y al padre ordinario
  la entrega y empeña;
  y alguno que canta,
  «cantando reniega.»

(_Dicen todos á una._)

TODOS.

¡Bueno, víctor, bueno!

GARAY.

Agora va la mia, escuchen voacedes.

    Peor es la mia,
  porque es otra queja:
  estoy sentenciado
  á diez de galeras,
  del fiscal padrastro.
  Mi Dios me defienda
  de los soplavivos
  y la corchetea,
  de los centenarios,
  verdugo y la penca;
  y alguno que canta,
  «cantando reniega.»

TODOS.

¡Víctor, bueno, víctor!

SOLAPO.

Agora, pues, vaya la mia; escuchen voacedes.

    Peor es la mia,
  que es otra querella
  que tienen conmigo
  presos de la trena.
  Cuchillos de cachas,
  taladro y barrena,
  el ojo avizor
  todo el hombre tenga;
  porque si acometen,
  tengamos defensa
  y mis camaradas
  hagan resistencia.
  Suenen los valientes
  de la cárcel fuera.
  Y alguno que canta,
  «cantando reniega.»


  _Suena ruido dentro de presos y grillos, á modo de pendencia,
  y salen afuera, unos por una parte, y otros por otra, riñendo
  con almaradas y cuchillos; y saldrá el Alcaide, y ellos huirán
  dentro. Y quedan solos Barragan, el Paisano y el Alcaide._

ALCAIDE.

¿Qué ruido es éste? Por vida del Rey, que he de pasar alguno á la
otra cárcel, ó que ha de dormir en el cepo.

BARRAGAN.

Cuando voacé haga pasar alguno á la otra cárcel, hay aquí hombres que
no se les da ésta.

(_Da una castañeta._)

PAISANO.

Cuando voacé haga pasar alguno á la otra cárcel, hay aquí alguno que
no se le dará nada; y voto á Cristo, que ha de soterrar alguno algun
puñal, que no se le saque del cuerpo otro que Dios.

ALCAIDE.

Por vida de quien soy, que si yo puedo, que no ha de haber en mi
cárcel horro de ladrones.

PAISANO.

Seor Alcaide, que todos hurtamos, todos entendemos de la manifatura,
estender la cerra, y meter el dinero en la faltriquera, y decir: «No
hay para qué[42].»

ALCAIDE.

¿Qué es esto, Barragan? ¿Ya tomais vos las mañas del Paisano?

BARRAGAN.

Á lo menos, no dirá voacé, seor Alcaide, que no hay en la cárcel
hombre mas pacífico que yo y el señor Paisano.

ALCAIDE.

Pues sois la principal causa de la pendencia, ¿y decís eso?

PAISANO.

Calle, seor Alcaide, que no sabe nada, aunque perdone: ésta no era
pendencia, era un juguete y una manera de retozo; déme voacé, que
ésta fuera pendencia redomada, que en entendiéndolo los dos cónsules
que estamos aquí, no hubiera cirujano en Sevilla que no estuviera en
la cárcel ocupado, devanando tripas y remendando asaduras.

ALCAIDE.

¡Vean aquí éstos de la braveza, y vienen despues á parar como los
melones de invierno! Agora bien, yo quiero tener mi cárcel quieta:
dénme las manos, iré á tomar las de los otros.

BARRAGAN.

So Alcaide, advierta voacé, que yo y el seor Paisano tenemos alguna
carga desta pesadumbre; pero aclárome que, en la calle y en la
libertad, cada uno volverá por su persona.

ALCAIDE.

Digo que en el navío y cárcel, ni en cuerpo de guardia, no hay hombre
cargado, que esto lo he sido por mis pecados; que yo tambien he sido
carga de muladar.

PAISANO.

Calle, seor Alcaide, que no sabe nada; tiempla muy á lo viejo. Basta
agora la mano de amigos; pero en saliendo del purgatorio desta cárcel
al cielo de la calle, todo hombre, avizor: porque ha de haber el
punto de almarada, como barbas.

ALCAIDE.

Agora bien, esténse quietos y sosegados.

(_Váse._)

PAISANO.

¿Quién tiene bueyes, para quitar esta pesadumbre?

BARRAGAN.

En mi rancho los hay. ¡Hola, Coplilla!


  _Sale Coplilla, pícaro._

COPLILLA.

¿Qué manda voacé?

BARRAGAN.

Daca el libro real, impreso con licencia de su magestad.

COPLILLA.

Véle aquí.

BARRAGAN.

¡Qué á mano le tenias, ladron! ¿Quién tiene granos que jugar?

PAISANO.

Seis granos tengo, y esos juego.

(_Pónense á jugar._)

BARRAGAN.

Alcé voacé por mano.

PAISANO.

Yo la doy.

BARRAGAN.

Ahí la gano.

PAISANO.

Váyase voacé, y deje que barahe, que quiero quitar esos encuentros.

BARRAGAN.

Alcé voacé.

PAISANO.

Sácola.

BARRAGAN.

Meto el corazon y las barbas, en saliendo suerte, de lo que fuere, ¿y
dice eso?

PAISANO.

¡Ah, sotas putas! Á la despedida.


  _Sale Garay con la ropilla de Solapo, que se la ha ganado, y sale
  Solapo con él._

SOLAPO.

Seor Garay, voacé tiene obligacion de jugar hasta ganarme las prendas
que me quedan; y si no, dígalo el seor Paisano, que es de los taures
de la prima.

PAISANO.

¿Voacé jugó?

GARAY.

Seor, sí.

PAISANO.

¿Ganóse?

GARAY.

Sí, seor.

PAISANO.

Pues dé la sentencia el seor Barragan, que es hombre que á todos los
hombres del mundo les puede meter la baraha en la boca.

BARRAGAN.

Á pagar de mi dinero, está obligado voacé á jugar con él hasta
dejarle en carnes como Adan.

SOLAPO.

Pues vayan las prendas que me quedan.

GARAY.

Si esto me gana, me voy á mi rancho, y me cubro la delantera con una
hoja de higuera.


  _Sale el Alcaide y el Escribano._

ALCAIDE.

Paisano, aquí os vienen á notificar una sentencia; pésame, que es de
muerte.

ESCRIBANO.

Oid, hermano, lo que os quiero notificar.

PAISANO.

Barahe voacé, y quite esos encuentros.

ESCRIBANO.

¿Oye lo que le digo, hermano?

PAISANO.

Aguarde voacé; que mas me va en esto que en esotro.

ESCRIBANO.

¡Y si bien lo supiésedes! Señores, vuesas mercedes sean testigos cómo
el juez que entiende de su causa le condena á muerte.

PAISANO.

¿Á quién? ¿Á mí?

ESCRIBANO.

¡No, sino á mí!

PAISANO.

¡Digo la parte!

ESCRIBANO.

Oid, hermano, lo que os vengo á notificar.

PAISANO.

Veamos esta barahunda. ¿Qué buenas pascuas nos viene á notificar?

(_Lee el Escribano la sentencia en voz alta._)

ESCRIBANO.

«Fallo que por la culpa que contra Paisano resulta, le debo condenar,
y condeno, á que, de la cárcel do está, sea sacado públicamente en
un asno de albarda, y un pregonero delante que manifieste su delito;
y sea llevado por las calles acostumbradas, y de allí sea llevado
á la plaza, donde estará una horca hecha; y della será colgado del
pescuezo, donde naturalmente muera. Y nadie sea osado á quitarle sin
mi licencia. Y mando, so pena de la vida, etc.»

PAISANO.

¿Quién dió esta sentencia?

ESCRIBANO.

El juez que entiende de vuestra causa.

PAISANO.

Puédelo hacer, que es mi juez. Mas dígale voacé que sea tan honrado,
que nos veamos en el campo solos, él con su fallo y yo con una espada
de siete palmos; veamos quién mata. Estos juecicos, en tiniendo un
hombre embanastado como besugo, luego le fallan, como espada de la
maesa: «Fallo que debo de condenar, y condeno, que sea sacado por las
calles acostumbradas, en un asno de albarda... que todo lo diga.»
¡Válgate el diablo, sentencia de pepitoria! ¿no es mejor decir que
muera este hombre, y ahorrar de tanta guarnicion?

ESCRIBANO.

Por Dios, que estoy por ponello asi, visto tanta desvergüenza.

ALCAIDE.

Váyase vuesa merced, señor Escribano, y no haga caso desta gente
desalmada.

GARAY.

Señor Paisano, llámele voacé, y dígale que apela.

PAISANO.

Á él digo: ¡ah, seor Escribano! venga acá voacé.

ESCRIBANO.

¿Qué quereis, hermano?

PAISANO.

¿Cómo se va voacé, despues que queda un hombre cargado hasta las
entrañas? Ponga ahí voacé que apelo treinta veces.

ESCRIBANO.

Con una basta. ¿Y para quién diremos que apelais?

PAISANO.

Apelo para Dios, que si yo apelo para esos señores padres de la
audiencia, remediadores de los fallos, pienso que no tendré ningun
remedio.

ESCRIBANO.

Señor Alcaide, oiga vuesa merced una palabra al oido.

(_Háblale al oido, y váse._)

PAISANO.

Ea, ¿qué se quiere hablar al oido?

ALCAIDE.

Hermano, esto va muy de rota; el Escribano me ha notificado que os
suba á la enfermería, y que os ponga el hábito de la Caridad.

PAISANO.

¿Y no se puede hacer otra cosa, señor Alcaide?

ALCAIDE.

No, hermano; llamad á vuestro procurador, y decid que apelais, por
si esos señores os oyeren, que yo me holgaré en el alma.

PAISANO.

Pues, señor Alcaide, voacé me haga merced de que no se me ponga el
hábito de la Caridad que sacó el ahorcado del otro dia, que estaba
viejo y apolillado, y no me le he de poner por ninguna cosa: que ya
que haya de salir, quiero salir como hombre honrado, y no hecho un
pícaro; que antes me quedaré en la cárcel.

ALCAIDE.

Yo os daré gusto en eso.

PAISANO.

Y voacedes me harán merced de visitarme en la enfermería, y decirme
las ledanías que se suelen decir á los presos honrados; y de camino
avisarán á la Beltrana, á ver si tiene remedio esta desgracia. Me
recomiendo, reyes mios: no haya lloros, lágrimas ni barahundas, que
me voy á poner bien con el Sempiterno.

(_Vánse el Paisano y el Alcaide._)

SOLAPO.

Por Dios, seor Barragan, que si el Paisano muere, que no queda hombre
que sepa dar un antubion de noche. ¿Digo algo, seor mio?

BARRAGAN.

Por cierto, seor Solapo, que si Paisano muere, que pierde Barragan
el mayor amigo del mundo; porque era grande archivo y cubil de
flores[43] para pobretos. Oiga lo que faltará si muere: la corónica
de los jayanes, murcios, madrugones, cerdas, calabazas, águilas,
aguiluchos, levas, chanzas, descuernos, clareos, guzpátaros,
traineles[44];

  y al fin, para desconsuelo
  que nos aumenta el dolor,
  faltará un difinidor
  al trato airado y al duelo.

GARAY.

No queda hombre honrado en todo el mundo, en faltando el Paisano.


  _Sale Torbellina y Beltrana, mujeres de la casa, con mantos
  doblados y mandiles blancos, y su Procurador con ellas._

BELTRANA.

Déjame, hermana, con este ladron de Procurador; que yo le arañaré
toda la cara.

TORBELLINA.

Ténte, hermana, mal haya yo; y vamos á lo que importa.

BELTRANA.

¡Ay, hermana, que yo me tengo la culpa: que me he dejado engañar
deste ladron de Procurador; pues me ha traido engañada, diciendo que
habia de meter un escrito; y agora le mete, agora le saca; y está
el Paisano condenado á muerte! Déjame que le haga rajas entre estas
manos.

PROCURADOR.

Ténte, mujer de los diablos; que te quebraré la cabeza con estas
escribanías.

BELTRANA.

¡Ay, hermana! ¿Qué es esto? ¡Jesus, que me muero!

(_Desmáyase._)

TORBELLINA.

Téngala, señor Procurador; mire que se ha desmayado.

PROCURADOR.

Ténte, mujer de los diablos: ¿aun no basta tener el pleito á cuestas,
sino servir de rodrigon?


  _Sale el Paisano, vestido de ahorcado, y una cruz en la mano, y
  el Alcaide con él._

ALCAIDE.

Ea, Paisano, llamad á Dios, que os ayude en este trance.

BELTRANA.

¡Ay, sentenciado de mis ojos! ¿qué es esto?

ALCAIDE.

¡Hola! ¡hola!

(_Mucha grita dentro._)

DENTRO.

¡Hola! ¡hola!

ALCAIDE.

¿Quién ha dejado entrar aquí estas mujeres? Echaldas fuera; si no,
por vida de quien soy, que las deje presas.

BELTRANA.

¡Ay, sentenciado de mi ánima y de mi vida!

(_Llora._)

PAISANO.

¿Quién me ha traido aquí estas ayudas de costa de mal morir?

TORBELLINA.

¿Qué es esto, Paisano de mis ojos?

(_Llora._)

PAISANO.

¿Quién ha traido aquí estos teatinos infernales?

BELTRANA.

¡Ay, que se acaba ya mi regocijo!

TORBELLINA.

¡Ay, que no tendremos quien nos consuele ya en nuestras borrascas y
naufragios!

PAISANO.

Hoios, bujarras; no me esteis ladrando á las orejas.

ALCAIDE.

Salíos allá fuera noramala.

PAISANO.

Beltrana, no me digas nada. El alma te encargo, pues el cuerpo te ha
servido en tantas ocasiones; y una de tus amigas (no lo hagas tú por
el escándalo que puede haber), cuando estuviere ahorcado, me limpiará
el rostro, porque no quede feo como otros probetos. Y me traerás un
cuello almidonado y mas de la marca, y advierto, con bolo y puntas, y
todo negocio; que quiero ver, antes que deste mundo vaya, quién hace
esta denunciacion.

BELTRANA.

Aun hasta en la muerte fue limpio mi amor; yo apostaré que no ha
habido mejor ahorcado en el mundo.

TORBELLINA.

¡Oh, qué de envidiosos ha de haber!

PAISANO.

Seora Torbellina, voacé será testigo ó testiga, lo que mejor le
pareciere, cómo á esta mujer la hago heredera de todos mis bienes,
muebles y raices, de mi calabozo. Item, de cuatro ó cinco platos y
escudillas, taladro, barreno, un candelero de barro, una sarten y un
asador. Item, una manta y un jergon, servicio y pulidor.

  Quien te lo quitare, hija,
  la mi maldicion le caiga.

TORBELLINA.

Muy bueno ha andado el seor Paisano.

PAISANO.

Beltrana, antes que deste mundo vaya, te quiero dejar acomodada.
Solapo es mi amigo, háme pedido que te hable; es hombre que pelea y
peleará, y te defenderá. En rindiendo yo el alma, le entregarás tú el
cuerpo.

BELTRANA.

Hermano de mi vida, eso hiciera yo muy de buena gana por mandármelo
tú; pero tengo dada la palabra á otro.

PAISANO.

Pues, badana, ¡aun no he salido de este mundo, y das la palabra á
otro! No te lograrás; ¿tú no ves que éste es desposorio clandestino?

ALCAIDE.

Ea, echad esas mujeres de ahí, vayan noramala.

(_Vánse las mujeres._)

PAISANO.

Seor Procurador, ¿qué haremos si este juez me quisiese ahorcar tan de
repente, sin oirme mi apelacion?

PROCURADOR.

Calle, que no hará. No tenga pena de nada dello, que nunca el derecho
quedó sin él; y pluviese á Dios que le ahorcase, que yo le haria...

PAISANO.

¿Y si me ahorcase?

PROCURADOR.

Pues, señor Paisano, déjese ahorcar; que aquí quedo yo.

PAISANO.

¡Mejor puñalada le den!

(_Cantan dentro la letanía, y responden todos._)

ALCAIDE.

Eso me parece que es lo que importa: vuestros amigos son, que os
vienen á decir las ledanías.

PAISANO.

En la muerte se echan de ver los que son amigos.


  _Salgan todos los que pudieren, en órden de figurillas, con velas
  encendidas en las manos, y cantando las letanías._

PAISANO.

Vénme aquí cercado de grajos gallegos.

GARAY.

Hable el seor Barragan, que es mas honrado y mas antiguo.

BARRAGAN.

Yo no haré: hable el seor Solapo.

SOLAPO.

Asi me vea en aquella calle con libertad, que no digo palabra: hable
el seor Cuatro.

CUATRO.

El Cuatro no lo hará: hable el seor Garay.

GARAY.

Garay no lo hará, no hay que decir.

PAISANO.

No es éste tiempo de rumbos ni alborotos. Hable el mas cercano
opositor á esta cátedra de la muerte, y guárdensele sus preeminencias.

SOLAPO.

Por no perder la costumbre antigua que se tiene con los presos
honrados, digo asi, que en estos luctos echará de ver voacé que lo
sienten sus camaradas. Plega á Dios lo seamos en el cielo. Y mal haya
el diablo, que dos sentencias tengo de muerte, ¿por qué no vino la
otra, para acompañar á voacé?

PAISANO.

Oh, ¡qué desgraciado ando! ¡Mal haya el diablo, que nos fuéramos
de venta en venta, echando una y otra: que fuera para mí de gran
contento ir acompañado de un par de consortes como vuesa merced!

SOLAPO.

Y ¡el corchete que prendió á voacé! Si yo salgo, no digo nada.

PAISANO.

Ese corchete es oficial ventoso, hizo su oficio; voacé me hará merced
de soterralle un puñal en las entrañas, y con esto iré muy contento
desta vida.

BARRAGAN.

So Paisano, consuélese voacé con que la justicia lo hace; que otro no
podia con voacé en el mundo. Y ésta puede dar pesadumbre á voacé y á
todo el mundo. Voacé déjelos, que no digo nada.

PAISANO.

Ninguno en socolor de amigo piense cargarme en este despidimiento.
Quiero saber si es cargo lo que dijo el seor Barragan, en decirme que
la justicia me puede dar pesadumbre.

GARAY.

No es carga lo que dijo Barragan; esto á pagar de mi honra.

PAISANO.

Esa vaya en aumento. Y pues que toma á cargo lo de los testigos, me
hará merced voacé de cortar al uno las orejas y al otro las narices,
y á los demás borrajarles las caras con una daga; y con esto iré
contento para la otra vida.

ESCARRAMÁN.

Voacé tenga la muerte como ha tenido la vida, pues ninguno se la hizo
que no se la pagase.

PAISANO.

Aun bien que voacé es testigo de lo que yo he peleado en esta vida, y
muertes que tengo á cargo; sin mancos ni perniquebrados, que éstos no
han tenido número.

ESCARRAMÁN.

Y si al bajar lloraren las personas, no las vuelva el rostro ni sea
predicador en el sitio desta desgracia, que es hijo de vecino de
Sevilla, y no ha de mostrar punto de cobardía.

PAISANO.

No hay que tratar deso, ni decir: «Madres las que teneis hijos, mirad
cómo los adotrinais y enseñais; que todo es borrachería y barahunda.»

ESCARRAMÁN.

Y al verdugo que apretó tanto las cuerdas á voacé, que le hizo decir
lo que no habia hecho, si yo salgo, no digo nada.

PAISANO.

Ese verdugo, ¿me hará voacé merced de vendimialle la vida con otro
verdugo?

ESCARRAMÁN.

Eso haré yo de muy buena gana.

CUATRO.

Mucha pesadumbre me ha dado la Beltrana, que en mi presencia se arañó
la cara.

PAISANO.

Crea voacé que ha sentido la mujer en el alma esta pesadumbre que me
quiere dar la justicia, pues se arañó el retablo.

CUATRO.

Díjome que cuando voacé pasase por Gradas, volviera el rostro; que
mas preciaria verle con una soga á la garganta, que con una cadena de
oro de cuatro vueltas.

PAISANO.

Créolo yo, que ha sido mujer de gran ser, amiga del esparto:
acostábala yo con soga de esparto, llámanla sus amigas la Espartera;
y asi tiene metido el esparto en las entrañas.

CUATRO.

Y al Secretario, si yo salgo, no digo nada. Pero esto para mí y
voacé: este hombre que mató voacé ¿era hombre de cuenta?

PAISANO.

Era un probete, boquirubio. Pensó que era yo algun lanudo, fuése
derribando en segunda; ya sabe voacé qué suelo hacer con la de
ganchos: desvío y doyle, y allá va el probete, que se venia á la boca
de leon, siendo cordero.

CUATRO.

Seor Paisano, no haga de la cruz daga; que es indecencia.

PAISANO.

No habia mirado en tanto.

_Sale el Alcaide y músicos, y las mujeres._

ALCAIDE.

Albricias, Paisano; que ya os oyen esos señores.

PAISANO.

¿Ya me oyen? No son cuerdos.

BELTRANA.

Parece que no te has alegrado con la nueva tan buena.

PAISANO.

Hay causa para ello.

BELTRANA.

¿Qué causa puede ser, hígados de perro?

PAISANO.

Has de saber que me huelgo por tí, que quedabas huérfana y sola; y
pésame por estos señores, que tenian hecho ya el gasto de cera y
lutos. Y no sé con qué gana tengo de andar por la cárcel.

BELTRANA.

Ea, que no faltará otra ocasion.

PAISANO.

Seor Alcaide, tome voacé esta cruz, y póngala en el altar para otra
ocasion que se me ofrezca. Y voacedes se regocijen y alegren, y
gástese todo mi rancho.

(_Tañen, cantan y bailan._)

BELTRANA.

        Pues que ya está libre
      mi sentenciado,
      gástese mi saya
      y lo que he ganado.
    Gástese mi rancho todo,
  aunque me quede sin rancho,
  pues mi navío y rodancho
  á tan buen gusto acomodo.
  Sacúdase el polvo y lodo;
  y el Mellado y Garrampies
  gocen de aqueste interés,
  por su valor esforzado.

MÚSICOS.

        Pues que ya está libre
      mi sentenciado, etc.

BELTRANA.

    Díganla luego á la Helipa
  las nuevas desta sentencia,
  y gástense en mi presencia
  dos jamones y una pipa;
  y beba, pues participa
  deste bien tan soberano.

MÚSICOS.

        Pues que ya está libre
      mi sentenciado, etc.

(_Éntranse con chacota y grita, con que se da fin._)


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL RETABLO DE LAS MARAVILLAS_.


  _Salen Chanfalla y los Chirinos._

CHANFALLA.

No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos,
principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de
salir tan á luz, como el pasado del llovista.

CHIRINOS.

Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere, tenlo como de molde: que tanta
memoria tengo, como entendimiento, á quien se junta una voluntad de
acercar á satisfacerte, que escede á las demás potencias; pero dime,
¿de qué sirve este Rabelin, que hemos tomado? ¿Nosotros dos solos no
pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA.

Habíamosle menester, como el pan de la boca, para tocar en los
espacios que tardaren en salir las figuras del retablo de las
maravillas.

CHIRINOS.

Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelin; porque tan
desventurada criaturilla no la he visto en todos los dias de mi vida.


  _Sale el Rabelin._

RABELIN.

¿Háse de hacer algo en este pueblo, señor autor? Que ya me muero
porque vuestra merced vea que no me tomó á carga cerrada[45].

CHIRINOS.

Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto mas una
carga: si no sois mas gran músico, que grande, medrados estamos.

RABELIN.

Ello dirá: que en verdad que me han escrito para entrar en una
compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA.

Si os han de dar la parte á medida del cuerpo, casi será indivisible.
Chirinos, poco á poco estamos ya en el pueblo; y estos que aquí
vienen, deben de ser, como lo son sin duda, el gobernador y los
alcaldes: salgámosles al encuentro; y date un filo á la lengua en la
piedra de la adulacion[46]; pero no despuntes de aguda[47].


  _Salen el gobernador, y Benito Repollo, alcalde, Juan Castrado,
  regidor, y Pedro Capacho, escribano._

Beso á vuestras mercedes las manos: ¿quién de vuestras mercedes es el
gobernador de este pueblo?

GOBERNADOR.

Yo soy el gobernador: ¿qué es lo que quereis, buen hombre?

CHANFALLA.

Á tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que
esa peripatética y anchurosa presencia no podia ser de otro que del
dignísimo gobernador de este honrado pueblo, que con venirlo á ser de
las Algarrobillas, lo deseche vuestra merced.

CHIRINOS.

En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor
gobernador los tiene.

CAPACHO.

No es casado el señor gobernador.

CHIRINOS.

Para cuando lo sea: que no se perderá nada.

GOBERNADOR.

Y bien, ¿qué es lo que quereis, hombre honrado?

CHIRINOS.

Honrados dias viva vuestra merced, que asi nos honra: en fin, la
encina da bellotas, el pero peras, la parra uvas, y el honrado honra,
sin poder hacer otra cosa.

BENITO.

Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.

CAPACHO.

Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.

BENITO.

Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las mas veces no
acierto: en fin, buen hombre, ¿qué quereis?

CHANFALLA.

Yo, señores mios, soy Montiel, el que trae el retablo de las
maravillas: hánme enviado á llamar de la córte los señores cofrades
de los hospitales; porque no hay autor de comedias en ella, y perecen
los hospitales; y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR.

¿Y qué quiere decir retablo de las maravillas?

CHANFALLA.

Por las maravillosas cosas, que en él se enseñan y muestran, viene
á ser llamado retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso
el sabio Tontonelo, debajo de tales paralelos, rumbos, astros y
estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno
puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de
confeso[48], ó no sea habido y procreado de sus padres de legítimo
matrimonio; y el que fuere contagiado de estas dos tan usadas
enfermedades, despídase de ver las cosas jamás vistas ni oidas de mi
retablo.

BENITO.

Ahora echo de ver que cada dia se ven en el mundo cosas nuevas. ¿Y
qué se llamaba Tontonelo el sabio que el retablo compuso?

CHIRINOS.

Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela: hombre de
quien hay fama que le llegaba la barba á la cintura.

BENITO.

Por la mayor parte los hombres de grandes barbas son sabiondos.

GOBERNADOR.

Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen parecer,
que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de
quien yo soy padrino; y en regocijo de la fiesta, quiero que el
señor Montiel muestre en vuestra casa su retablo.

JUAN.

Eso tengo yo por servir al señor gobernador, con cuyo parecer me
convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.

CHIRINOS.

La cosa que hay en contrario es, que si no se nos paga primero
nuestro trabajo, asi verán las figuras como por el cerro de Úbeda.
¿Vuestras mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en
esos cuerpos? Bueno seria que entrase esta noche todo el pueblo
en casa del señor Juan Castrado, ó como es su gracia, y viese lo
contenido en el tal retablo; y mañana cuando quisiésemos mostralle al
pueblo, no hubiese ánima que le viese: no señores, no señores, _ante
omnia_ nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO.

Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningun
Antoño: el señor regidor Juan Castrado os pagará mas que
honradamente, y si no el concejo: bien conoceis el lugar por cierto:
aquí, hermana, no aguardamos á que ninguna Antona pague por nosotros.

CAPACHO.

Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco: no
dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen
adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir _ante omnia_.

BENITO.

Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen á derechas,
que yo entenderé á pie llano: vos, que sois leido y escribido, podeis
entender esas algaravías de allende, que yo no.

JUAN.

Ahora bien, ¿contentarse há el señor autor con que yo le dé
adelantados media docena de ducados? y mas que se tendrá cuidado que
no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA.

Soy contento; porque yo me fio de la diligencia de vuestra merced y
de su buen término.

JUAN.

Pues véngase conmigo, recibirá el dinero, y verá mi casa, y la
comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo.

CHANFALLA.

Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener
los que se atrevieren á mirar el maravilloso retablo.

BENITO.

Á mi cargo queda eso; y séle decir que por mi parte puedo ir seguro
á juicio, pues tengo el padre alcalde: cuatro dedos de enjundia
de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi
linaje: miren si veré el tal retablo.

CAPACHO.

Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN.

No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR.

Todo será menester, segun voy viendo, señores alcalde, regidor y
escribano.

JUAN.

Vamos, autor, y manos á la obra: que Juan Castrado me llamo, hijo de
Anton Castrado, y de Juana Macha; y no digo mas en abono y seguro que
podré ponerme cara á cara y á pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS.

Dios lo haga.

(_Éntranse Juan Castrado y Chanfalla._)

GOBERNADOR.

Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la córte, de fama y
rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis
puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula[49].
Veintidos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas á las
otras; y estoy aguardando coyuntura para ir á la córte, y enriquecer
con ellas media docena de autores.

CHIRINOS.

Á lo que vuestra merced, señor gobernador, me pregunta de los poetas,
no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol; y todos
piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y
que siempre se usan, y asi no hay para qué nombrallos. Pero dígame
vuestra merced, por su vida, ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?

GOBERNADOR.

Á mí, señora autora, me llaman el licenciado Gomecillos.

CHIRINOS.

¡Válame Dios! ¿Y qué, vuestra merced es el señor licenciado
Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de _Lucifer
estaba malo, y tómale mal de fuera_?

GOBERNADOR.

Malas lenguas hubo, que me quisieron ahijar esas coplas; y asi fueron
mias, como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar,
fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla: que puesto que
los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada
á nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.


  _Vuelve Chanfalla._

CHANFALLA.

Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está á punto, y no falta
mas que comenzar.

CHIRINOS.

¿Está ya el dinero _in corbona_?

CHANFALLA.

Y aun entre las telas del corazon.

CHIRINOS.

Pues dóite por aviso, Chanfalla, que el gobernador es poeta.

CHANFALLA.

¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! pues dale por engañado; porque todos
los de humor semejante son hechos á la mazacona, gente descuidada,
crédula, y nada maliciosa.

BENITO.

Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.

(_Éntranse todos._)


  _Salen Juana Castrada y Teresa Repolla, labradoras: la una como
  desposada, que es la Castrada._

CASTRADA.

Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el
retablo en frente; y pues sabes las condiciones que han de tener los
miradores del retablo, no te descuides, que seria una gran desgracia.

TERESA.

Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo mas. Tan cierto
tuviera yo el cielo, como tengo cierto ver todo aquello que el
retablo mostráre: por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos
ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese: ¡bonita soy yo
para eso!

CASTRADA.

Sosiégate, prima, que toda la gente viene.


  _Entran el Gobernador, Benito Repollo, Juan Castrado, Pedro
  Capacho, el autor y la autora, y el músico, y otra gente del
  pueblo, y un sobrino de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre
  que baila._

CHANFALLA.

Siéntense todos: el retablo ha de estar detrás de este repostero: y
la autora tambien, y aquí el músico.

BENITO.

¿Músico es éste? Métanle tambien detrás del repostero; que á trueco
de no velle, daré por bien empleado el no oille.

CHANFALLA.

No tiene vuestra merced razon, señor alcalde Repollo, de
descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, é
hidalgo de solar conocido.

GOBERNADOR.

Calidades son bien necesarias para ser buen músico.

BENITO.

De solar bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.

RABELIN.

Eso se merece el bellaco que se viene á sonar delante de...

BENITO.

Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar á otros músicos tan...

GOBERNADOR.

Quédese esta razon en el de del señor Rabel, y en el tan del alcalde,
que será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.

BENITO.

Poca balumba trae este autor para tan gran retablo.

JUAN.

Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA.

Atencion, señores, que comienzo. ¡Ó tú, quien quiera que fuiste, que
fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó
el renombre de las maravillas: por la virtud que en él se encierra,
te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres á estos
señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se
regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que
has otorgado mi peticion, pues por aquella parte asoma la figura
del valentísimo Sanson, abrazado con las colunas del templo, para
derriballe por el suelo, y tomar venganza de sus enemigos. ¡Ténte,
valeroso caballero: ténte por la gracia de Dios Padre, no hagas tal
desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan
noble gente como aquí se ha juntado!

BENITO.

¡Téngase! cuerpo de tal conmigo: Bueno seria, que en lugar de
habernos venido á holgar, quedásemos aquí hechos plasta: ¡téngase,
señor Sanson, pesia á mis males! que se lo ruegan buenos.

CAPACHO.

¿Véisle vos, Castrado?

JUAN.

¿Pues no le habia de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?

CAPACHO.

Milagroso caso es éste: asi veo yo á Sanson ahora, como el Gran
Turco; pues en verdad, que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS.

¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapan en
Salamanca! ¡échate, hombre: échate, hombre: Dios te libre: Dios te
libre!

CHANFALLA.

¡Échense todos, échense todos! ¡ucho ho, ucho ho, ucho ho!

(_Échanse todos, y alborótanse._)

BENITO.

El diablo lleva en el cuerpo el torillo: sus partes tiene de hosco y
de bragado: si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN.

Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten;
y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado
gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA.

¿Y cómo, padre? no pienso volver en mí en tres dias: ya me ví en sus
cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN.

No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR.

Basta que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que
lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS.

Esa manada de ratones, que allá va, deciende por línea recta de
aquellos que se criaron en el arca de Noé: de ellos son blancos,
de ellos albarazados, de ellos jaspeados, y de ellos azules: y
finalmente, todos son ratones.

CASTRADA.

¡Jesus! ¡ay de mí! ¡ténganme, que me arrojaré por aquella ventana!
¿Ratones? ¡desdichada! amiga, apriétate las faldas, y mira no te
muerdan; y monta que son pocos: por el siglo de mi abuela, que pasan
de milenta.

REPOLLO.

Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno: un
raton morenico me tiene asida de una rodilla: ¡socorro venga del
cielo, pues en la tierra me falta!

BENITO.

Aun bien que tengo gregüescos, que no hay raton que se me entre, por
pequeño que sea.

CHANFALLA.

Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de
la fuente que da orígen y principio al rio Jordan: toda mujer á quien
tocáre en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y á los
hombres se les volverán las barbas como de oro.

CASTRADA.

Oyes, amiga, descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Ó qué
licor tan sabroso! cúbrase padre, no se moje.

JUAN.

Todos nos cubrimos, hija.

BENITO.

Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO.

Yo estoy mas seco que un esparto.

GOBERNADOR.

¿Qué diablos puede ser esto, que aun no me ha tocado una gota, donde
todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo á ser bastardo entre tantos
legítimos?

BENITO.

Quítenme de allí aquel músico, sino, voto á Dios, que me vaya sin ver
mas figura: ¡válgate el diablo por músico aduendado, y que hace de
menudear sin cítola y sin són!

RABELIN.

Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha
sido servido de enseñarme.

BENITO.

¿Dios te habia de enseñar, sabandija? métete tras la manta, si no por
Dios que te arroje este banco.

RABELIN.

El diablo creo que me ha traido á este pueblo.

CAPACHO.

Fresca es el agua del santo rio Jordan; y aunque me cubrí lo que
pude, todavía me alcanzó un poco en los vigotes; y apostaré que los
tengo rubios como un oro.

BENITO.

Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS.

Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros:
todo viviente se guarde, que aunque fantásticos, no dejarán de dar
alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules, con
espadas desenvainadas.

JUAN.

Ea, señor autor, cuerpo de nosla, ¿y agora nos quiere llenar la casa
de osos y de leones?

BENITO.

Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envia Tontonelo, sino leones
y dragones. Señor autor, ó salgan figuras mas apacibles, ó aquí nos
contentamos con las vistas; y Dios le guie, y no pare mas en el
pueblo un momento.

CASTRADA.

Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y esos leones, siquiera por
nosotras, y recibiremos mucho contento.

JUAN.

Pues, hija, de antes te espantabas de los ratones, ¿y agora pides
osos y leones?

CASTRADA.

Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS.

Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta,
es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza
del precursor de la vida: si hay quien la ayude á bailar, verán
maravillas.

BENITO.

¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y
reluciente! ¡Hi de puta, y como que se vuelve la mochacha! Sobrino
Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la
fiesta de cuatro capas.

SOBRINO.

Que me place, tio Benito Repollo.

(_Tocan la zarabanda._)

CAPACHO.

Toma á mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda, y de la
chacona.

BENITO.

Ea, sobrino, ténselas tiesas á esa bellaca jodía; pero si ésta es
jodía, ¿cómo ve estas maravillas?

CHANFALLA.

Todas las reglas tienen escepcion, señor alcalde.


  _Suena una trompeta ó corneta dentro del teatro, y entra un
  Furrier de compañías._

FURRIER.

¿Quién es aquí el señor gobernador?

GOBERNADOR.

Yo soy, ¿qué manda usted?

FURRIER.

Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de
armas, que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya
suena la trompeta; y á Dios.

(_Váse._)

BENITO.

Yo apostaré que los envia el sabio Tontonelo.

CHANFALLA.

No hay tal, que esta es una compañía de caballos, que estaba alojada
dos leguas de aquí.

BENITO.

Ahora yo conozco bien á Tontonelo, y sé que vos y él sois unos
grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mira que os mando
que mandeis á Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres
de armas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se
vean unos á otros.

CHANFALLA.

Digo, señor alcalde, que no los envia Tontonelo.

BENITO.

Digo que los envia Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas
que yo he visto.

CAPACHO.

Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.

BENITO.

No digo yo que no, señor Pedro Capacho. No toques mas, músico de
entre sueños, que te romperé la cabeza.


  _Vuelve á entrar el Furrier._

FURRIER.

Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? que ya están los caballos en el
pueblo.

BENITO.

¿Qué todavía ha salido con la suya Tontonelo? pues yo os voto á tal
autor de humos y de embelecos, que me lo habeis de pagar.

CHANFALLA.

Séanme testigos, que me amenaza el alcalde.

CHIRINOS.

Séanme testigos, que dice el alcalde que lo que manda S. M., lo manda
el sabio Tontonelo.

BENITO.

Atontonelada te vean mis ojos, plega á Dios todo poderoso.

GOBERNADOR.

Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben
de ser de burlas.

FURRIER.

¿De burlas habian de ser, señor gobernador? ¿está en su seso?

JUAN.

Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto aquí.
Por vida del autor, que haga salir otra vez á la doncella Herodías,
porque vea este señor lo que nunca ha visto: quizá con esto le
cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA.

Eso en buen hora; y véisla aquí á do vuelve, y hace de señas á su
bailador que de nuevo le ayude.

SOBRINO

Por mí no quedará, por cierto.

BENITO.

Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala: vueltas y mas vueltas: ¡vive Dios,
que es un azogue la muchacha! ¡al hoyo, al hoyo: á ello, á ello!

FURRIER.

¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es esta, y qué baile,
y qué Tontonelo?

CAPACHO.

¿Luego no ve la doncella herodiana el señor furrier?

FURRIER.

¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO.

Basta _de ex illis est_[50].

GOBERNADOR.

_De ex illis est, de ex illis est._

JUAN.

De ellos es, de ellos el señor furrier; de ellos es.

FURRIER.

Soy de la mala puta que los parió; y por Dios vivo, que si echo mano
á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la
puerta.

CAPACHO.

Basta, _de ex illis est_.

BENITO.

Basta de ellos es, pues no ve nada.

FURRIER.

Canalla barretina[51], si otra vez me dicen que soy de ellos, no les
dejaré hueso sano.

BENITO.

Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no
podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.

FURRIER.

¡Cuerpo de Dios con los villanos: esperad!

(_Mete mano á la espada, y acuchíllase con todos; y el alcalde
aporrea al Rabelejo; y la Chirinos descuelga la manta y dice_):

CHIRINOS

El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas:
parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA.

El suceso ha sido estraordinario: la virtud del retablo se queda en
su punto; y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos
podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos
y Chanfalla!


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DE LA CUEVA DE SALAMANCA_.


  _Salen Pancracio, Leonarda y Cristina._

PANCRACIO.

Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa á vuestros suspiros,
considerando que cuatro dias de ausencia, no son siglos: yo volveré,
á lo mas largo, á los cinco, si Dios no me quita la vida: aunque será
mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta
jornada: que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.

LEONARDA.

No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mio vos
parezcais descortés: id, en hora buena, y cumplid con vuestras
obligaciones, pues las que os llevan son precisas: que yo me apretaré
con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os
encargo la vuelta, y que no paseis del término que habeis puesto.
Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazon.

(_Desmáyase Leonarda._)

CRISTINA.

¡Ó, qué bien hayan las bodas, y las fiestas! En verdad, señor, que si
yo fuera que vuestra merced que nunca allá fuera.

PANCRACIO.

Entra, hija, por un vidro de agua, para echársela en el rostro: mas
espera, diréle unas palabras que sé al oido, que tienen virtud para
hacer volver de los desmayos.

(_Dícele las palabras, vuelve Leonarda diciendo_:)

LEONARDA.

Basta: ello ha de ser forzoso: no hay sino tener paciencia, bien
mio: cuanto mas os detuviéredes, mas dilatais mi contento. Vuestro
compadre Leoniso os debe de aguardar ya en el coche; andad con Dios,
que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.

PANCRACIO.

Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí mas que una
estátua.

LEONARDA.

No, no, descanso mio: que mi gusto está en el vuestro; y por agora
mas que os vais, que no os quedeis, pues es vuestra honra la mia.

CRISTINA.

¡Ó espejo del matrimonio! Á fe, que si todas las casadas quisiesen
tanto á sus maridos, como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro
gallo les cantase.

LEONARDA.

Entra, Cristinica, y saca mi manto: que quiero acompañar á tu señor
hasta dejarle en el coche.

PANCRACIO.

No, por mi amor: abrazadme, y quedaos, por vida mia. Cristinica, ten
cuenta de regalar á tu señora, que yo te mando un calzado cuando
vuelva, como tú le quisieres.

CRISTINA.

Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora; porque la pienso persuadir
de manera á que nos holguemos, que ni imagine en la falta que vuestra
merced le ha de hacer.

LEONARDA.

¿Holgar yo? ¡qué bien estás en la cuenta, niña! porque

  Ausente de mi gusto,
  No se hicieron los placeres,
  Ni las glorias para mí:
  Penas, y dolores sí.

PANCRACIO.

Ya no lo puedo sufrir: quedad en paz, lumbre de estos ojos, los
cuales no verán cosa que les dé placer, hasta volveros á ver.

(_Éntrase Pancracio._)

LEONARDA.

Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz: vayas, y no vuelvas: la
ida del humo: por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras
valentías, ni vuestros recatos.

CRISTINA.

Mil veces temí que con tus estremos habias de estorbar su partida y
nuestros contentos.

LEONARDA.

¿Si vendrán esta noche los que esperamos?

CRISTINA.

¿Pues no? ya los tengo avisados; y ellos están tan en ello, que esta
tarde enviaron con la lavandera nuestra secretaria, como que eran
paños, una canasta de colar, llena de mil regalos, y de cosas de
comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el jueves
santo á sus pobres, sino que la canasta es de pascua; porque hay en
ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones, que aun no
están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora;
y sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una
oreja[52], que huele que trasciende.

LEONARDA.

Es muy cumplido y lo fue siempre mi Reponce, sacristan de las telas
de mis entrañas.

CRISTINA.

¿Pues qué le falta á mi maese Nicolás? Barbero de mis hígados, y
navaja de mis pesadumbres, que asi me las rapa y quita cuando le veo,
como si nunca las hubiera tenido.

LEONARDA.

¿Pusiste la canasta en cobro?

CRISTINA.

En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.


  _Llama á la puerta el estudiante carraolano, y en llamando, sin
  esperar que le correspondan, entra._

LEONARDA.

Cristina, mira quién llama.

ESTUDIANTE.

Señoras; yo soy, un pobre estudiante.

CRISTINA.

Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra
vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡Cosa estraña
es esta, que no hay pobre que espere á que le saquen la limosna á la
puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincon, sin
mirar si despiertan á quien duerme, ó si no!

ESTUDIANTE.

Otra mas blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra
merced: cuanto mas que yo no queria, ni buscaba otra limosna, sino
alguna caballeriza, ó pajar donde defenderme esta noche de las
inclemencias del cielo, que segun se me trasluce, parece que con
grandísimo rigor á la tierra amenazan.

LEONARDA.

¿Y de dónde bueno sois amigo?

ESTUDIANTE.

Salamantino soy, señora mia: quiero decir, que soy de Salamanca. Iba
á Roma con un tio mio, el cual murió en el camino, en el corazon de
Francia: vine solo: determiné volverme á mi tierra: robáronme los
lacayos ó compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba
ausente: que á estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio;
porque es muy cortés y comedido, y además limosnero: háme tomado á
estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi
remedio.

LEONARDA.

En verdad, Cristina, que me ha movido á lástima el estudiante.

CRISTINA.

Ya me tiene á mí rasgadas las entrañas: tengámosle en casa esta
noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real:
quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adobe
su hambre; y mas que me ayudará á pelar la volatería que viene en la
cesta.

LEONARDA.

¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de
nuestras liviandades?

CRISTINA.

Asi tiene el talle de hablar por la boca, como por el colodrillo.
Venga acá, amigo. ¿Sabe pelar?

ESTUDIANTE.

¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, sino es que quiere
vuestra merced motejarme de pelon: que no hay para qué, pues yo me
confieso por el mayor pelon del mundo.

CRISTINA.

No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabia pelar dos
ó tres pares de capones.

ESTUDIANTE.

Lo que sabré responder es, que yo, señoras, por la gracia de Dios,
soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...

LEONARDA.

De esa manera, quién duda, sino que sabrá pelar, no solo capones,
sino gansos y abutardas. Y en esto del guardar secreto, ¿cómo le va?
¿y á dicha es tentado de decir todo lo que ve, imagina, ó siente?

ESTUDIANTE.

Asi pueden matar delante de mí mas hombres que carneros en el rastro,
que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.

CRISTINA.

Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos
cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá
misterios, y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies
que quisiere para su cama.

ESTUDIANTE.

Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso, ni regalado.


  _Entran el sacristan Reponce, y el Barbero._

SACRISTAN.

¡Ó, que en hora buena estén los Antomedones y guias de los carros
de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos
recíprocas voluntades, que sirven de basas y colunas á la amorosa
fábrica de nuestros deseos!

LEONARDA.

Esto sólo me enfada de él, Reponce mio: habla por tu vida á lo
moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te
alcance.

BARBERO.

Eso tengo yo bueno, que hablo mas llano que una suela de zapato, pan
por vino, y vino por pan, ó como suele decirse.

SACRISTAN.

Sí: que diferencia ha de haber de un sacristan gramático á un barbero
romancista.

CRISTINA.

Para lo que yo he menester á mi barbero, tanto latin sabe y aun mas
que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia, ni de
modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, á lo menos como
sabe; y entrémonos, y manos á la labor, que hay mucho que hacer.

ESTUDIANTE.

Y mucho que pelar.

SACRISTAN.

¿Quién es este buen hombre?

LEONARDA.

Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.

SACRISTAN.

Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.

ESTUDIANTE.

Señor sacristan Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna;
pero yo soy mudo, y pelon además, como lo ha menester esta señora
doncella, que me tiene convidado; y voto á... de no irme esta noche
de esta casa, si todo el mundo me lo manda. Confiese vuestra merced,
mucho de en hora mala de un hombre de mis prendas, que se contenta de
dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el turco,
y cómanselos ellos, nunca del cuero les salgan.

BARBERO.

Éste mas parece rufian que pobre: talle tiene de alzarse con toda la
casa.

CRISTINA.

No medre yo, sino me contenta el brio. Entrémonos todos, y demos
órden en lo que se ha de hacer: que el pobre pelará, y callará como
en misa.

ESTUDIANTE.

Y aun como en vísperas.

SACRISTAN.

Puesto me ha miedo el pobre estudiante: yo apostaré que sabe mas
latin que yo.

LEONARDA.

De ahí le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo,
de hacer caridad, que vale para todas las cosas.

(_Éntranse todos._)


  _Sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio._

COMPADRE.

Luego lo ví yo que nos habia de faltar la rueda: no hay cochero que
no sea temático: si él rodeára un poco, y salvára aquel barranco, ya
estuviéramos dos leguas de aquí.

PANCRACIO.

Á mí no se me da nada: que antes gusto de volverme y pasar esta noche
con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde
casi para espirar del sentimiento de mi partida.

COMPADRE.

¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre: dadle
gracias por ello.

PANCRACIO.

Yo se las doy como puedo, y no como debo: no hay Lucrecia que se le
llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento
han hecho en ella su morada.

COMPADRE.

Si la mia no fuera zelosa, no tenia yo mas que desear: por esta calle
está mas cerca mi casa: tomad, compadre, por esta, y estareis presto
en la vuestra; y veámonos mañana, que no me faltará coche para la
jornada: á Dios.

PANCRACIO.

Á Dios.

(_Éntranse los dos._)


  _Vuelven á salir el Sacristan, y el Barbero, con sus guitarras:
  Leonarda, Cristina y el Estudiante. Sale el Sacristan con la
  sotana alzada, y ceñida al cuerpo, danzando al són de su misma
  guitarra, y á cada cabriola vaya diciendo estas palabras_:

SACRISTAN.

¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!

CRISTINA.

Señor sacristan Reponce, no es este tiempo de danzar: dése órden
en cenar, y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor
coyuntura.

SACRISTAN.

¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!

LEONARDA.

Déjale, Cristina, que en estremo gusto de ver su agilidad.


  _Llama Pancracio á la puerta, y dice_:

PANCRACIO.

Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano teneis atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.

LEONARDA.

¡Ay, desdichada! Á la voz y á los golpes, mi marido Pancracio es
este: algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores,
á recogerse en la carbonera: digo al desvan, donde está el carbon.
Corre, Cristina, y llévalos, que yo entretendré á Pancracio de modo
que tengas lugar para todo.

ESTUDIANTE.

¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!

CRISTINA.

¡Gentil relente, por cierto! Ea, vengan todos.

PANCRACIO.

¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?

ESTUDIANTE.

Es el toque, que yo no quiero correr la suerte de estos señores:
escóndanse ellos donde quisieren; y llévenme á mí al pajar, que si
allí me hallan, antes pareceré pobre, que adúltero.

CRISTINA.

Caminen, que se hunde la casa á golpes.

SACRISTAN.

El alma llevo en los dientes.

BARBERO.

Y yo en los carcañares.

(_Éntranse todos; y asómase Leonarda á la ventana._)

LEONARDA.

¿Quién está ahí? ¿Quién llama?

PANCRACIO.

Tu marido, soy, Leonarda mia: ábreme, que ha media hora que estoy
rompiendo á golpes estas puertas.

LEONARDA.

En la voz bien me parece á mí que oigo á mi cepo[53] Pancracio; pero
la voz de un gallo se parece á la de otro gallo, y no me aseguro.

PANCRACIO.

¡Ó recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu marido
Pancracio: ábreme con toda seguridad.

LEONARDA.

Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta
tarde?

PANCRACIO.

Suspiraste, lloraste, y al cabo te desmayaste.

LEONARDA.

Verdad; pero con todo esto, dígame ¿qué señales tengo yo en uno de
mis hombros?

PANCRACIO.

En el izquierdo tienes un lunar, del grandor de medio real, con tres
cabellos, como tres mil hebras de oro.

LEONARDA.

Verdad; ¿pero cómo se llama la doncella de casa?

PANCRACIO.

Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama, ¿qué mas quieres?

LEONARDA.

Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña.

CRISTINA.

Ya voy, señora: que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi
alma? ¿Qué acelerada vuelta es esta?

LEONARDA.

¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto; que el temor de algun mal suceso me
tiene ya sin pulsos.

PANCRACIO.

No ha sido otra cosa, sino que en un barranco se quebró la rueda del
coche; y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche
en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. ¿Pero
qué voces hay?

(_Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante_):

ESTUDIANTE.

Ábranme aquí, señores, que me ahogo.

PANCRACIO.

¿Es en casa, ó en la calle?

CRISTINA.

Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar,
para que durmiese esta noche.

PANCRACIO.

¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! en verdad,
señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me
causára algun recelo este encerramiento: pero ve, Cristina, y ábrele,
que se le debe haber caido toda la paja acuestas.

CRISTINA.

Ya voy.

(_Váse._)

LEONARDA.

Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos
esta noche por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes
mi condicion, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y
encerrámosle; pero vésle aquí, y mirad cuál sale.


  _Sale el Estudiante y Cristina: él lleno de paja las barbas,
  cabeza y vestido._

ESTUDIANTE.

Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera
escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor,
y tenido mas blanda y menos peligrosa cama.

PANCRACIO.

¿Y quién os habia de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE.

¿Quién? mi habilidad; sino que el temor de la justicia me tiene
atadas las manos.

PANCRACIO.

Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os temeis de la
justicia.

ESTUDIANTE.

La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy
natural, si se dejára usar sin miedo de la santa Inquisicion, yo
sé que cenára y recenára á costa de mis herederos; y aun quizá no
estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad
me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan
secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO.

No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les
haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna de estas cosas
que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE.

¿No se contentará vuestra merced con que le saque aquí dos demonios
en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas
fiambres y comederas?

LEONARDA.

¿Demonios en mi casa, y en mi presencia? ¡Jesus! librada sea yo de lo
que librarme no sé.

CRISTINA.

El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega á Dios que
vaya á buen viento esta parva! temblándome está el corazon en el
pecho.

PANCRACIO.

Ahora bien, si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de
ver esos señores demonios y á la canasta de las fiambreras; y torno á
advertir, que las figuras no sean espantosas.

ESTUDIANTE.

Digo que saldrán en figura del sacristan de la parroquia, y en la del
barbero su amigo.

CRISTINA.

¿Mas qué lo dice por el sacristan Reponce, y por maese Roque, el
barbero de casa? ¡Desdichados de ellos, que se han de ver convertidos
en diablos! Y dígame, hermano, ¿y estos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE.

¡Gentil novedad! ¿Á dónde diablos hay diablos bautizados? ¿Ó para qué
se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen,
porque no hay regla sin escepcion; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA.

¡Ay, sin ventura! aquí se descosen: aquí salen nuestras maldades á
plaza: aquí soy muerta.

CRISTINA.

Ánimo, señora, que buen corazon quebranta mala ventura.

ESTUDIANTE.

    Vosotros, mezquinos, que en la carbonera
  Hallastes amparo á vuestra desgracia,
  Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
  Sacad la canasta de la fiambrera.
  No me inciteis á que de otra manera
  Mas dura os conjure: salid, ¿qué esperáis?
  Mirad que si á dicha el salir rehusais,
  Tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Ora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos:
quiero entrar allá dentro, y á solas hacer un conjuro, tan fuerte,
que los haga salir mas que de paso; aunque la calidad de estos
demonios, mas está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.

(_Éntrase el estudiante._)

PANCRACIO.

Yo digo que si este sale con lo que ha dicho, que será la cosa mas
nueva y mas rara que se haya visto en el mundo.

LEONARDA.

Sí saldrá, ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de engañar?

CRISTINA.

Ruido anda allá dentro: yo apostaré que los saca; pero ve aquí do
vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.

LEONARDA.

¡Jesus, qué parecidos son los de la carga al sacristan Reponce, y el
barbero de la plazuela!

CRISTINA.

Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesus.

SACRISTAN.

Digan lo que quisieren, que nosotros somos como los perros del
herrero, que dormimos al són de las martilladas: ninguna cosa nos
espanta ni turba.

LEONARDA.

Lléguense á que yo coma de lo que viene de la canasta, no tomen menos.

ESTUDIANTE.

Yo haré la salva y empezaré por el vino.

(_Bebe._)

Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?

SACRISTAN.

De Esquivias es, juro á...

ESTUDIANTE.

Téngase por vida suya, y no pase adelante: amiguito soy yo de diablos
juradores: demonico, demonico, aquí no venimos á hacer pecados
mortales, sino á pasar una hora de pasatiempo, y cenar é irnos con
Cristo.

CRISTINA.

¿Y estos han de cenar con nosotros?

PANCRACIO.

Sí, que los diablos no comen.

BARBERO.

Sí comen algunos; pero no todos; y nosotros somos de los que comen.

CRISTINA.

¡Ay, señores! quédense acá los pobres diablos, pues han traido la
cena: pues seria poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y
parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.

LEONARDA.

Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.

PANCRACIO.

Queden, que quiero ver lo que nunca he visto.

BARBERO.

Nuestro Señor pague á usted la buena obra, señores mios.

CRISTINA.

¡Ay, qué bien criados, qué corteses! nunca medre yo, si todos los
diablos son como estos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.

SACRISTAN.

Oigan, pues, para que se enamoren de veras.

(_Toca el sacristan, y canta, y ayúdale el barbero con el último
verso no mas._)

SACRISTAN.

  Oigan los que poco saben
  Lo que con mi lengua franca
  Digo del bien que en sí tiene

BARBERO.

  La Cueva de Salamanca.

SACRISTAN.

  Oigan lo que dejó escrito
  De ella el bachiller Tudanca,
  En el cuero de una yegua,
  Que dicen que fue potranca,
  En la parte de la piel
  Que confina con el anca,
  Poniendo sobre las nubes

BARBERO.

  La Cueva de Salamanca.

SACRISTAN.

  En ella estudian los ricos,
  Y los que no tienen blanca;
  Y sale entera y rolliza
  La memoria que está manca.
  Siéntanse los que allí enseñan
  De alquitrán en una banca;
  Porque estas bombas encierra

BARBERO.

  La Cueva de Salamanca.

SACRISTAN.

  En ella se hacen discretos
  Los moros de la Palanca;
  Y el estudiante mas burdo
  Ciencias de su pecho arranca.
  Á los que estudian en ella
  Ninguna casa les manca;
  Viva, pues, siglos eternos

BARBERO.

  La Cueva de Salamanca.

SACRISTAN.

  Y nuestro conjurador,
  Si es á dicha de Loranca,
  Tenga en ella cien mil vides
  De uva tinta y de uva blanca;
  Y al diablo que le acusare,
  Que le den con una tranca;
  Y para el tal jamás sirva

BARBERO.

  La Cueva de Salamanca.

CRISTINA.

Basta, que tambien los diablos son poetas.

BARBERO.

Y aun todos los poetas son diablos.

PANCRACIO.

Dígame, señor mio, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron todos estos bailes de la zarabanda, zambapalo, y de ello
me pesa con el famoso del nuevo escarramán?

BARBERO.

¿Á dónde? en el infierno: allí tuvieron su orígen y principio.

PANCRACIO.

Yo asi lo creo.

LEONARDA.

Pues en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino
que por mi honestidad y por guardar el decoro á quien soy, no me
atrevo á bailarle.

SACRISTAN.

Con cuatro mudanzas que yo le enseñase á usted cada dia, en una
semana saldria única en el baile: que sé que le falta bien poco.

ESTUDIANTE.

Todo se andará: por agora entrémonos á cenar, que es lo que importa.

PANCRACIO.

Entremos: que quiero averiguar si los diablos comen ó no, con otras
cien mil cosas que de ellos cuentan; y por Dios, que no han de salir
de mi casa, hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que
se enseñan en la Cueva de Salamanca.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DEL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS_.[54]


  _Salen Leiva, el Rector y el Secretario._

LEIVA.

¡Jesus, Jesus! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!

RECTOR.

Era tanta la pudricion que habia en este lugar, que corria gran
peligro de engendrarse una peste, que muriera mas gente que el año
de las landres; y asi, han acordado en la república, por via de buen
gobierno, de fundar un hospital para que se curen los heridos desta
enfermedad ó pestilencia, y á mí me han hecho rector.

SECRETARIO.

Despues que hay galera para las mujeres y hospital para los que se
pudren, anda el lugar mas concertado que un reloj.

RECTOR.

No quiera vuesa merced saber mas, señor Leiva, que habia hombre que
ni comia ni dormia en siete horas, haciendo discursos; y cuando via á
uno con una cadena ó vestido nuevo, decia: «¿Quién te lo dió hombre?
¿dónde lo hubiste? ¿de dónde lo pudiste sacar? Tú no tienes hacienda
mas que yo; con tener mas que tú, apenas puedo dar unas cintas á mi
mujer.» Y desvanecidos en esto, se les hace una ponzoña y polilla.
Mas pongámonos aquí, y veremos salir los enfermos.


  _Entra el Doctor tomando el pulso á Cañizares._

DOCTOR.

Señor Cañizares, yo no hallo á vuesa merced enfermedad.

CAÑIZARES.

¿Cómo no, pues que traigo conmigo un recocimiento y una desesperacion
y rabia intrínseca; y es de suerte, que se me hace una postema
recocida en el corazon?

DOCTOR.

Pues ¿de qué le viene á vuesa merced tanta pesadumbre?

CAÑIZARES.

De ver solamente un hombre; y es de manera lo que le aborrezco, que
el dia que le topo en la calle, me vuelvo á mi casa y me estoy sin
salir della todo aquel dia, metido en un rincon, pensando que me ha
de suceder una desgracia.

DOCTOR.

Por cierto que vuesa merced tiene razon, que hay hombres que con su
vista pronostican eso, y de balde se dejan querer mal.

CAÑIZARES.

Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña y
cruel polilla, si éste es un hombre que trae por los caniculares
chinelas, y la espada á zurdas?

DOCTOR.

Pues ¿qué se le da á vuesa merced que el otro traiga la espada á
zurdas, ni por los caniculares chinelas?

CAÑIZARES.

Pues ¿no se me ha de dar, pesia á mí, si envian á este hombre por
gobernador de uno de los mejores lugares desta tierra?

DOCTOR.

Ya yo entiendo su pudricion de vuesa merced, y es que pretende vuesa
merced el mismo oficio.

CAÑIZARES.

¿Cómo pretender? Ni por pensamiento me ha pasado en toda mi vida,
sino sólo me pudro de ver aquellos que han de ser gobernados por mano
deste hombre, que en tal tiempo trae chinelas, que mal podrá depachar
los negocios con brevedad; y si es zurdo, no podrá hacer cosa á
derechas.

RECTOR.

Ea, doctor, haced meter allá ese podrido, y salgan los demás.

DOCTOR.

Venid, hermano, y curaros han.

LEIVA.

¡Hay tal cosa, y de lo que se pudre!


  _Entren los ministros, que son unos pícaros, y salen Pero Diaz y
  Marisantos._

PERO DIAZ.

Ea, dejadme, Marisantos, que no tengo de beber, ni comer, ni dormir,
ni sosegar un punto viendo estas cosas.

MARISANTOS.

Pues Pero Diaz, un hombre como vos y de vuestro entendimiento ¿se ha
de pudrir de manera que pierda el comer, ni tomar tanta pena?

PERO DIAZ.

Pues ¿no me la ha de dar, si hubo poeta que tuviese atrevimiento de
escribir esta copla?

    Jugando estaban, jugando,
  y aun al ajedrez, un dia
  el famoso Emperador
  y el rey moro de Almería.

MARISANTOS.

Pues ¿qué os va á vos en que el otro escribiese eso?

PERO DIAZ.

Mucho: porque es muy gran testimonio, que levantaron al Emperador:
porque un príncipe de tanta majestad y tan colérico no se habia de
sentar á jugar á las tablas, juego de tanta flema, y mas con un rey
moro de Almería. Yo tengo, si este poeta es vivo, de hacerle que
se desdiga; y si fuere muerto, ver en su testamento si dejó alguna
cláusula que declare esto.

MARISANTOS.

¡Por cierto, lindo disparate! ¿De eso no podeis comer ni dormir?
¡Gracioso cuidado habeis tomado!

RECTOR.

Venid acá, hermano, ¿de qué es vuestra pudricion?

PERO DIAZ.

Con los poetas.

RECTOR.

¿Podrido estais de poetas? Harto trabajo teneis. ¿Y con qué poetas os
pudris?

PERO DIAZ.

Con estos que hacen villancicos la noche de Navidad, que dicen mil
disparates, con mezcla de herejía. Y mire vuesa merced que dándole á
uno aquella octava de Garcilaso que dice:

  Cerca del Tajo, en soledad amena,
  De verdes sauces hay una espesura;

volvió esto:

  Cerca de Dios, en soledad amena,
  De verdes santos hay una espesura.

Y preguntando quién eran estos santos, dijo que san Felipe y
Santiago, y otros santos que caen por la primavera[55].

RECTOR.

¡Por cierto, gracioso disparate!

PERO DIAZ.

Pues una noche de Navidad entré en una iglesia deste lugar, y hallé
cantando este motete:

  Cuando sale Jesus á sus corredores,
  Bercebú no parece, y Satan se esconde.

Y preguntando cuyo era, respondió: «Mio,» muy satisfecho, como si
hubiera hecho una gran cosa. Y otro estaba tambien cantando esto:

  ¿Qué haceis en este portal,
  Mi Dios, por el hombre ingrato?
  ¡Zape de un gato, zape de un gato!

RECTOR.

No os maravilleis; porque son esos poetas invernizos, como melones.

PERO DIAZ.

Tambien me pudro con otros poetas, que piensan que saben, y no saben;
y otros que saben y no piensan.

RECTOR.

Decláreme eso: ¿qué quiere decir que saben, y no piensan?

PERO DIAZ.

Que hay poetas que saben lo que hacen, y por no pensarlo bien, se
van despeñando en cas de todos los diablos[56].

RECTOR.

Éste tiene gran necesidad de remedio; y asi, será bien entregárselo á
los malos poetas, para que ellos le curen.

PERO DIAZ.

No, por amor de Dios.

RECTOR.

¡Hola, ministros! meted allá ese podrido.

(_Métenlo._)

LEIVA.

¡Hay tal cosa como la pudricion deste!

RECTOR.

Pues otro viene, que no dará menos en qué entender.


  _Entra Valenzuela._

VALENZUELA.

¡Hay tal cosa como esta, que sea un hombre tan dichoso, que en cuanto
mano pone todo le sucede bien! Hecho estoy un veneno de ponzoña, y
por mil partes destilando materia.

RECTOR.

¿De qué es la pudricion deste?

SECRETARIO.

Señor, éste es un pudrido furioso; y dale gran pesadumbre ver á un
vecino suyo, que todas las cosas le suceden bien.

RECTOR.

Ese es mal caso; y es mas envidia que pudricion.

VALENZUELA.

¿Cómo envidia? Los diablos me arrebaten si tal es, señor Rector; sino
que es éste un hombre muy avariento y miserable, que por ser tal,
nada le habia de suceder bien.

RECTOR.

Tiene razon: que á los tales poca ventura les habia de ayudar. Y si
alguno tiene razon de pudrirse, es este hombre; y asi, ¿se le puede
dar tres dias en la semana para que se pudra?

VALENZUELA.

¿Cómo tres dias? Mas me pudriré de no pudrirme.

RECTOR.

Andá con Dios, y podrios todo el tiempo que os diere gusto.

VALENZUELA.

Beso las manos á vuesa merced por la merced.


  _Váse Valenzuela y sale Galvez._

GALVEZ.

¡Que haya mujer de tan mal gusto! Por ésta se debió de decir que hay
ojos que de legañas se enamoran.

RECTOR.

¿De qué se pudre este hermano?

SECRETARIO.

Este hermano se pudre de que una dama muy hermosa deste lugar está
enamorada de un hombre calvo y que mira con un antojo.

RECTOR.

Pues ¿deso os pudris, hermano? Pues ¿qué os va á vos en que la otra
tenga mal gusto?

GALVEZ.

Pues ¿no me ha de ir? Que mas quisiera verla enamorada de un
demonio. ¿Por qué una mujer tan hermosa ha de favorecer á un hombre
antojicalvo?

RECTOR.

¡Y con la cólera que lo toma!

GALVEZ.

¿No lo he de tomar con cólera? Dígame vuestra merced ¿qué ha de hacer
una mujer cuando despierte y vea que tiene á su lado un hombre calvo
(ó calavera, ó calabaza, que tal parece un calvo), ni cómo le puede
mirar con buenos ojos, teniéndolos él tan malos?

RECTOR.

Ea vos estais podrido. ¡Hola ministros! meted allá ese podrido.

GALVEZ.

¡Á mí, señor! ¿Por qué?

(_Métenle._)

LEIVA.

¡Los podridos que se van desmoronando! Y si no se pone remedio, en
pocos dias se multiplicarán tantos, que sea menester que haya otro
nuevo mundo, donde habiten.

RECTOR.

Lea vuesa merced esa relacion, señor secretario.

(_Saca el Secretario unos papeles y lee._)

SECRETARIO.

«Asimismo, hay aquí alguno que se pudre con los que tienen las
narices muy grandes.»

RECTOR.

¡Válgale el diablo! Pues ¿qué le va á él en que el otro las tenga
grandes ó pequeñas?

SECRETARIO.

Dice que suele un narigon destos pasar por una calle angosta, y que
ocupa tanto la calle, que es menester ir de medio lado para que pasen
los que van por ella; y fuera deste inconveniente, hay otro mayor,
que es gastar pañizuelos disformes en tanta manera, que pueden servir
de velas de navíos.

RECTOR.

Podrido de humor es éste.

SECRETARIO.

«Otro se pudre de que hay algunos que comen con babadores.»

RECTOR.

Y no va muy fuera de camino; porque los tales parecen guitarras de
ébano con tapas blancas, y se hacen ahembrados. Pero notifíquesele
que dentro de tres dias esté sano de su pudricion; y si no, que
le echarán una melecina de esdrújulos de poeta que le harán echar
el ánima (si fuere necesario), preparada con sesos de los dichos
poetas[57].

SECRETARIO.

Pues ¿hay en todo el mundo sesos de poetas para henchir media cáscara
de avellana, cuanto y mas para preparar una melecina? Por lo menos ha
de llevar cuatro onzas de todos matalotajes que concurren en el arte
melecinal.

RECTOR.

Pasá adelante.

SECRETARIO.

Otro se pudre de los médicos, que cuando les van á dar el récipe de
la cura, van diciendo: «No lo quiero, no lo quiero,» y van puniendo
la mano atrás como cucharon.

RECTOR.

Ese se pudre justamente. ¿De qué sirven los melindres donde hay tan
buenas ganas de mas, si mas les diesen?

SECRETARIO.

Otro se pudre de que para haber tan pocos discretos, hay tantos
sastres y zapateros.

RECTOR.

Pues ¿qué queria que hubiese?

SECRETARIO.

Albéitares y oficiales de jalmas asnátiles.

RECTOR.

Ese podrido se va á satírico. Pónganle en la boca del estómago,
porque detenga, un emplasto de mozos de sastre, y sahúmenle con diez
pelos de las cejas de Celestina[58].

RECTOR.

Pues de aquí veo yo mas de cuatro.

SECRETARIO.

«Aquí hay ciertas viejas que se pudren de que las gallinas de sus
vecinas ponen mas gordos huevos y crian mejores pollos.»

RECTOR.

Esas son pudriciones baladies; y á esas viejas échenles unos polvos
de hijos pajizos.

SECRETARIO.

«Tambien hay dos casados, que el marido se pudre porque su mujer
tiene los ojos azules, y ella se pudre porque el marido tiene la boca
grande.»

RECTOR.

Gente debe ser de buen humor; salgan aquí, que los quiero ver.


  _Salen Clara y Villaverde._

CLARA.

Acabad, señor; harto mejor fuera que os pudriérades de ver vuestra
disforme boca, que no parece sino boca de alnafe, y dejarme á mí con
mis ojos, azules ó verdes.

RECTOR.

Pues vení acá, hermano, ¿deso os pudris, porque vuestra mujer tenga
los ojos azules?

VILLAVERDE.

Sí señor; que no se usan agora, sino negros.

RECTOR.

¡Hay tal desatino! Pues si Dios se los ha dado asi, ¿qué los ha de
hacer?

VILLAVERDE.

Para eso es el habilidad: que se los tiña; que de puro reñir esto se
me ha desgajado la boca.

RECTOR.

¡Gracioso disparate, si yo le he visto en mi vida! Y asi, es
menester que se os den unos botones de fuego con yerros de médicos y
boticarios[59].

VILLAVERDE.

Aun esos son peores que los de los letrados; porque los unos paran en
las bolsas, y los otros paran en la salud y en la vida.

LEIVA.

Señor secretario, ¿esta señora es mujer deste hombre?

SECRETARIO.

¿No lo ve vuesa merced?

LEIVA.

¡Jesus! ¡Jesus! ¡Jesus mil veces!

SECRETARIO.

¿De qué se santigua vuesa merced?

LEIVA.

¿No me tengo de santiguar, que una mujer tan hermosa esté casada con
un hombre tan feo como es éste, que no parece sino un escarabajo?

SECRETARIO.

Pues ¿deso se pudre vuesa merced?

LEIVA.

Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña
viendo cosa semejante, que merezca esta señora un príncipe por
marido, y que fuese un ángel en condicion y en presencia?

SECRETARIO.

¡Rematado está! ¡Hola ministros! ¡Meté allá ese podrido!

LEIVA.

¿Á mí por qué razon?

(_Métenlo._)

RECTOR.

Señor Secretario, ¿ha visto vuesa merced que un hombre de tan buen
entendimiento haya disparatado desta suerte?

SECRETARIO.

Pues ¿eso le ha de dar á vuesa merced pena?

RECTOR.

Pues ¿no me ha de dar, pesia mi, el ver que haya perdido el juicio
un hombre que yo tenia en tan buena reputacion, y por muy cuerdo y
prudente?

SECRETARIO.

Pudrido está vuesa merced. ¡Hola, ministros!

RECTOR.

¿Á mí, señor secretario?

(_Métenlo._)

CLARA.

Señor Secretario, mucho me maravillo de que un hombre como vuesa
merced no haya tenido mejor término con el señor Rector.

SECRETARIO.

Pues ¿deso se pudre vuesa merced?

CLARA.

Pues ¿no me tengo de pudrir, viendo la obligacion que vuesa merced le
tiene, y no guardarle mas respeto al señor Rector, siendo superior en
todo? Y bastaba ser su autoridad para tenérsele, y no tenerle de la
manera que vuesa merced le tiene.

SECRETARIO.

¡Oigan, oigan, y qué perdida está la hermana, y qué perdida!
Ministros, metan allá esta hermana.

CLARA.

¿Á mí, señor? Mire vuesa merced...

(_Métenla._)

SECRETARIO.

Señor Villaverde, ¿esta señora es mujer de vuesa merced?

VILLAVERDE.

¿Si es mi mujer? ¿Por qué lo pregunta vuestra merced?

SECRETARIO.

Pregúntolo, porque la ve llevar presa vuesa merced, y se está con esa
flema.

VILLAVERDE.

Pues ¿no tengo de estar?

SECRETARIO.

¿Cómo estar? pesia á mí. No me diga eso, que arrojaré los papeles y
me hará perder la paciencia. Pues un hombre como vuesa merced, tan
honrado, ¿no tiene obligacion de sentir la desgracia de su mujer?

VILLAVERDE.

Podrido está el amigo; no os escapareis del hospital. ¡Hola,
ministros!

(_Métenle los ministros._)

(_Saca Villaverde una guitarra y canta._)

        No se pudra nadie
      de lo que otros hacen.
    Pues que toda vuestra vida
  es como juego de naipes,
  donde todas son figuras,
  y el mejor, mejor lo hace;
    dejemos á cada uno
  viva en la ley que gustare,
  aunque su vida juzguemos
  á Ginebra semejante.
    Presuma de que á las musas
  ya vació los orinales
  quien puede ser compañero
  de los que alcáceres pacen.
    Que es valiente el que, enseñado
  á mas robustos manjares,
  no se halla sin gollina,
  porque consigo la trae.
    Y que á poder de arrebol,
  del soliman y albayalde,
  la que es demonio en figura
  quiera parecer un ángel.
    Que vea del modo que van
  los que reciben pesares,
  y les enfada y da pena
  las ajenas necedades.
        No se pudra nadie
      de lo que los otros hacen.
    Tomen ejemplo en mí mismo,
  que cuando encuentro en la calle
  acuchillándose dos,
  echo á mi espada una llave;
    y pues miro con antojos,
  si el astrólogo arrogante
  en su repertorio miente,
  nunca procuro enfadarme.
    Salga el sol á mediodía;
  y cuando nuevos me calce
  los zapatos, llueva luego,
  que es desgracia bien notable;
    y despues de haberme hurtado
  la mitad del paño el sastre,
  no salga bueno el vestido,
  viniéndome estrecho ó grande;
    parezca bien la comedia,
  ó digan que es disparate;
  venga ó no venga la gente,
  oigan con silencio ó parlen,--
    yo no me pienso pudrir,
  ni que el contento me acabe,
  aunque abadejo me digan
  y aunque bacallao me llamen.


FIN DE ESTE ENTREMES.



[Ilustración]



  ENTREMES
  _DE LOS DOS HABLADORES_.


  _Salen el Procurador, Sarmiento y Roldan en hábito roto, cuera,
  espada y calcillas._

SARMIENTO.

Tome, señor procurador, estos doscientos ducados; y doy palabra á
usted que aunque me costára cuatrocientos, holgárame que fuera la
cuchillada de otros tantos puntos.

PROCURADOR.

Usted ha hecho como caballero en dársela, y como cristiano en
pagársela; y yo llevo el dinero, contento de que me descanse y él se
remedie.

ROLDAN.

¡Ah, caballero! ¿es usted procurador?

PROCURADOR.

Sí soy, ¿qué manda usted?

ROLDAN.

¿Qué dinero es ese?

PROCURADOR.

Dámele este caballero, para pagar la parte á quien dió una cuchillada
de doce puntos.

ROLDAN.

¿Y cuánto es el dinero?

PROCURADOR.

Doscientos ducados.

ROLDAN.

Vaya usted con Dios.

PROCURADOR.

Dios guarde á usted.

(_Váse._)

ROLDAN.

¡Ah, caballero!

SARMIENTO.

¿Á mí gentilhombre?

ROLDAN.

Á usted digo.

SARMIENTO.

¿Y qué es lo que manda?

ROLDAN.

Cúbrase usted, que si no no hablaré palabra.

SARMIENTO.

Ya estoy cubierto.

ROLDAN.

Señor mio: yo soy un pobre hidalgo; aunque me he visto en honra:
tengo necesidad; y he sabido que usted ha dado doscientos ducados
á un hombre á quien ha dado una cuchillada; y por si usted tiene
deleite en darlas, vengo á que usted me dé una adonde fuere servido,
que yo lo haré con cincuenta ducados menos que otro.

SARMIENTO.

Si no estuviera tan mohino me obligára á reir. ¿Usted dícelo de
veras? Pues venga acá, ¿piensa que las cuchilladas se dan sino á
quien las merece?

ROLDAN.

Pues ¿quién las merece como la necesidad? ¿No dicen que tiene cara de
hereje? ¿Pues dónde estará mejor una cuchillada que en la cara de un
hereje?

SARMIENTO.

Usted no debe de ser muy leido: que el proverbio latino no dice, sino
que _necesitas caret lege_, que quiere decir, que la necesidad carece
de ley.

ROLDAN.

Dice muy bien usted: porque la ley fue inventada para la quietud; y
la razon es el alma de la ley; y quien tiene alma tiene potencias:
tres son las potencias del alma, memoria, voluntad y entendimiento:
usted tiene muy buen entendimiento; porque el entendimiento se conoce
en la fisonomía, y la de usted es perversa, por la concurrencia de
Saturno y Júpiter; aunque Vénus le mira en cuadrado, en la decanoria
del signo ascendente por el horóscopo.

SARMIENTO.

¡Por el diablo que aquí me trajo, esto es lo que yo habia menester,
despues de haber pagado doscientos ducados por la cuchillada!

ROLDAN.

¿Cuchillada dijo usted? Está bien dicho: cuchillada fue la que
dió Caín á su hermano Abel, aunque entonces no habia cuchillos:
cuchillada fue la que dió Alejandro Magno á la reina Patasilea, sobre
quitalle á Zamora la bien cercada; y asimismo Julio César al conde
don Pedro Anzures, sobre el jugar á las tablas con dos Gaiferos entre
Cavañas y Olías: pero advierta usted que las heridas se dan de dos
maneras; porque hay traicion y alevosía: la traicion se comete al
rey; la alevosía contra los iguales: por las armas lo han de ser; y
si yo riñere con ventaja: porque dice Carranza en su filosofía de la
espada, y Terencio en la conjuracion de Catilina...

SARMIENTO.

¡Váyase con el diablo, que me lleva sin juicio! ¿No echa de ver que
me dice bernardinas?[60]

ROLDAN.

¿Bernardinas dijo usted? y dijo muy bien, porque es muy lindo nombre;
y una mujer que se llamase Bernardina, estaba obligada á ser monja de
San Bernardo; porque si se llamase Francisca, no podia ser: que las
Franciscas tienen cuatro efes: la F es una de las letras del A. B.
C.: las letras del A. B. C. son veintitres: la K sirve en castellano
cuando somos niños, porque entonces decimos la caca, que se compone
de dos veces esta letra K: dos veces pueden ser de vino: el vino
tiene grandes virtudes: no se ha de tomar en ayunas, ni aguado;
porque las partes raras del agua penetran los poros y se suben al
celebro; y entrando puros...

SARMIENTO.

Téngase, que me ha muerto; y pienso que algun demonio tiene revestido
en esa lengua.

ROLDAN.

Dice usted muy bien; porque quien tiene lengua á Roma va: yo he
estado en Roma y en la Mancha, en Transilvania y en la Puebla de
Montalvan: Montalvan era un castillo, de donde era señor Reinaldos:
Reinaldos era uno de los doce Pares de Francia, y de los que comian
con el emperador Carlo Magno en la mesa redonda; porque no era
cuadrada ni ochavada: en Valladolid hay una placetilla, que llaman el
ochavo: un ochavo es la mitad de un cuarto: un cuarto se compone de
cuatro veces un maravedí: el maravedí antiguo basta tanto como agora
un escudo: dos maneras hay de escudos, hay escudos de paciencia, y
hay escudos...

SARMIENTO.

¡Dios me la dé para sufrille! téngase, que me lleva perdido.

ROLDAN.

Perdido dijo usted y dijo muy bien; porque el perder no es ganar:
hay siete maneras de perder: perder al juego, perder la hacienda, el
trato, perder la honra, perder el juicio, perder por descuido una
sortija ó un lienzo, perder...

SARMIENTO.

¡Acabe con el diablo!

ROLDAN.

¿Diablo dijo usted? y dijo muy bien; porque el diablo nos tienta con
varias tentaciones: la mayor de todas es la de la carne: la carne no
es pescado: el pescado es flemoso: los flemáticos no son coléricos:
de cuatro elementos está compuesto el hombre, de cólera, sangre,
flema y melancolía: la melancolía no es alegría; porque la alegría
consiste en tener dineros: los dineros hacen á los hombres: los
hombres no son bestias: las bestias pacen; y finalmente...

SARMIENTO.

Y finalmente, me quitará usted el juicio, ó poco podrá; pero le
suplico en cortesía me escuche una palabra, sin decirme lo que es
palabra, que me caeré muerto.

ROLDAN.

¿Qué manda usted?

SARMIENTO.

Señor mio: yo tengo una mujer, por mis pecados, la mayor habladora
que se ha visto desde que hubo mujeres en el mundo: es de suerte lo
que habla, que yo me he visto muchas veces resuelto á matalla por las
palabras, como otros por las obras: remedios he buscado, ninguno ha
sido á propósito: á mí me ha parecido que si yo llevase á usted á mi
casa, y hablase con ella seis dias á reo[61], me la pondria de la
manera que están los que comienzan á ser valientes delante de los que
há muchos dias que lo son. Véngase usted conmigo, suplícoselo: que
yo quiero fingir que usted es mi primo, y con este achaque tendré á
usted en mi casa.

ROLDAN.

¿Primo dijo usted? ¡Ó, qué bien que dijo usted! Primo decimos al hijo
del hermano de nuestro padre: primo á un zapatero de obra prima:
prima es una cuerda de una guitarra: la guitarra se compone de cinco
órdenes: las órdenes mendigantes son cuatro: cuatro son los que no
llegan á cinco: con cinco estaba obligado á reñir antiguamente el que
desafiaba de comun; como se vió en don Diego Ordoñez, y los hijos de
Arias Gonzalo, cuando el rey don Sancho...

SARMIENTO.

¡Téngase por Dios, y véngase conmigo, que allí dirá lo demás!

ROLDAN.

Camine delante usted, que yo le pondré esa mujer en dos horas muda
como una piedra, porque la piedra...

SARMIENTO.

No le oiré palabra.

ROLDAN.

Pues camine, que yo le curaré á su mujer.


  _Váse Sarmiento y Roldan; y sale doña Beatriz é Inés su criada._

BEATRIZ.

¡Inés! ¡hola Inés! ¿qué digo? ¡Inés, Inés!

INÉS.

Ya oigo, señora, señora, señora.

BEATRIZ.

Bellaca, desvergonzada, ¿cómo me respondeis vos con ese lenguaje?
¿No sabeis vos que la vergüenza es la principal joya de las mujeres?

INÉS.

Vuestra merced, por hablar, cuando no tiene de qué, me llama
doscientas veces.

BEATRIZ.

Pícara, el número de doscientos es número mayor, debajo del cual
se pueden entender doscientos mil, añadiéndole ceros: los ceros no
tienen valor por sí mismos.

INÉS.

Señora, ya lo tengo entendido: dígame vuesa merced qué tengo de
hacer, porque haremos prosa.

BEATRIZ.

Y la prosa es para que traigais la mesa, para que coma vuestro amo:
que ya sabeis que anda mohino; y una mohina en un casado es causa de
que levante un garrote, y comenzando por las criadas, remate con el
ama.

INÉS.

¿Pues hay mas de sacar la mesa? Voy volando.


  _Salen Sarmiento y Roldan._

SARMIENTO.

¡Hola!, ¿no está nadie en esta casa? ¡Doña Beatriz, hola!

BEATRIZ.

Aquí estoy, señor. ¿De qué venís dando voces?

SARMIENTO.

Mirad que traigo este caballero, soldado y pariente mio, convidado:
acaricialde y regalalde mucho, que va á pretender á la córte.

BEATRIZ.

Si vuestra merced va á la córte, lleve advertido que la córte no
es para Cárlos tu encogido; porque el encogimiento es linage de
bobería; y un bobo está cerca de ser desvalido, y lo merece; porque
el entendimiento es luz de las acciones humanas, y toda la accion
consiste...

ROLDAN.

Quedo, quedo: suplico á vuestra merced, que bien sé que consiste en
la disposicion de la naturaleza; porque la naturaleza obra por los
instrumentos corporales, y va disponiendo los sentidos: los sentidos
son cinco, andar, tocar, correr y pensar, y no estorbar: toda persona
que estorbare es ignorante; y la ignorancia consiste en no caer en
las cosas; quien cae y se levanta, Dios le da buenas pascuas: las
pascuas son cuatro, la de Navidad, la de Reyes, la de Flores, y la de
Pentecostés: Pentecostés es un vocablo esquisito.

BEATRIZ.

¿Cómo esquisito? Mal sabe vuestra merced de esquisitos: toda cosa
esquisita es estraordinaria: la ordinaria no admira: la admiracion
nace de cosas altas: la mas alta cosa del mundo es la quietud, porque
nadie la alcanza: la mas baja es la malicia, porque todos caen en
ella: el caer es forzoso, porque hay tres estados en todas las cosas,
el principio, el aumento y la declinacion.

ROLDAN.

Declinacion dijo vuestra merced y dijo muy bien; porque los nombres
se declinan, los verbos se conjugan; y los que se casan se llaman
con este nombre; y los casados son obligados á quererse, amarse y
estimarse, como lo manda la Santa Madre Iglesia; y la razon de esto
es...

BEATRIZ.

Paso, paso: ¿qué es esto, marido? ¿Teneis juicio? ¿Qué hombre es este
que habeis traido á mi casa?

SARMIENTO.

Por Dios que me huelgo, que he hallado con qué desquitarme. Dad acá
la mesa presto, y comamos: que el señor Roldan ha de ser huésped mio
seis ó siete años.

BEATRIZ.

¿Siete años? Malos años; ni una hora, que reventaré, marido.

SARMIENTO.

Él era harto mejor para serlo vuestro. Hola, dad acá la comida.

INÉS.

¿Convidados tenemos? Aquí está la mesa.

ROLDAN.

¿Quién es esta señora?

SARMIENTO.

Es criada de casa.

ROLDAN.

Una criada que se llama en Valencia fadrina, en Italia masara, en
Francia gazpirria, en Alemania filimoquia, en la córte sirvienta, en
Vizcaya moscorra, y entre pícaros daifa. Venga la comida alegremente,
que quiero que vuesas mercedes me vean comer al uso de la Gran
Bretaña.

BEATRIZ.

Aquí no hay que hacer, sino perder el juicio, marido: que reviento
por hablar.

ROLDAN.

¿Hablar dijo vuestra merced? Dijo muy bien: hablando se entienden los
conceptos; estos se forman en el entendimiento: quien no entiende no
siente: quien no siente no vive: el que no vive es muerto: un muerto
echalle en un huerto.

BEATRIZ.

¡Marido, marido!

SARMIENTO.

¿Qué quereis, mujer?

BEATRIZ.

Echadme de aquí este hombre con los diablos: que reviento por hablar.

SARMIENTO.

Mujer, tened paciencia: que hasta cumplidos los dichos siete años no
puede salir de aquí: porque he dado mi palabra, y estoy obligado á
cumplirla, ó no seré quien soy.

BEATRIZ.

¿Siete años? Primero veré yo mi muerte. ¡Ay, ay, ay!

INÉS.

Desmayóse. ¿Esto quiere ver vuestra merced delante de sus ojos? Véla
ahí muerta.

ROLDAN.

¡Jesus! ¿de qué le ha dado este mal?

SARMIENTO.

De no hablar.

(_Dentro la justicia._)

ALGUACIL.

¡Abran aquí á la justicia, abran á la justicia!

ROLDAN.

¡La justicia! ¡Ay, triste de mí! que yo ando huido, y si me conocen
me han de llevar á la cárcel.

SARMIENTO.

Pues señor, el remedio es meterse en esta estera vuestra merced, que
las habian quitado para limpiarlas; y asi se podrá librar, que yo no
hallo otro.


  _Métese en la estera Roldan, y salen Alguacil, Escribano y
  Corchete._

ALGUACIL.

¿Era para hoy el abrir esta puerta?

SARMIENTO.

¿Qué es lo que vuestra merced manda, que tan furioso viene?

ALGUACIL.

El señor gobernador manda que, no obstante que vuestra merced ha
pagado los doscientos ducados de la cuchillada, venga vuestra merced
á darle la mano á este hombre, y se abracen y sean amigos.

SARMIENTO.

Querria comer agora.

ESCRIBANO.

El hombre está aquí junto; y luego se volverá vuestra merced á comer
despacio.

SARMIENTO.

Vamos en buen hora.

INÉS.

Vuelve en tí, señora: que si de no hablar te has desmayado, agora que
estás sola hablarás cuanto quisieres.

BEATRIZ.

Gracias á Dios, que agora descansaré del silencio que he tenido.

(_Saque Roldan la cabeza de entre la estera y mirando á Beatriz,
diga_):

ROLDAN.

¿Silencio dijo vuestra merced? y dijo muy bien: porque el silencio
fue siempre alabado de los sabios; y los sabios callan á tiempos, y
hablan á tiempos; porque hay tiempos de hablar, y tiempos de callar;
y quien calla otorga, y el otorgar es de escrituras; y una escritura
ha menester tres testigos, y si es de testamento cerrado siete;
porque...

BEATRIZ.

Porque el diablo te lleve, hombre, y quien acá te trujo. ¿Hay tan
gran bellaquería? Yo vuelvo á desmayarme.


  _Vuelven á salir todos._

SARMIENTO.

Ya que se han hecho las amistades, quiero que vuestras mercedes beban
con una caja. Hola, dad acá la cantimplora y aquella perada.

BEATRIZ.

¿Agora nos meteis en eso? ¿No veis que estamos ocupados sacudiendo
estas esteras? Muestra el palo; y tú con esotro démoslas hasta que
queden limpias.

ROLDAN.

Paso, paso, señoras: que bien entendí que hablaban mucho, pero no que
jugaban de mano.

ALGUACIL.

Oiga, ¿qué es esto? ¿No es aquel bellaco de Roldanejo el hablador,
que hace las maulas?

ESCRIBANO.

El mismo.

ALGUACIL.

Sed preso, sed preso.

ROLDAN.

¿Preso dijo vuestra merced? y dijo muy bien; porque el preso no es
libre, y la libertad...

ALGUACIL.

Que no, no, aquí no ha de valer la habladura: vive Dios, que habeis
de ir á la cárcel.

SARMIENTO.

Señor alguacil, suplico á vuestra merced que por haberse hallado en
mi casa, esta vez no se le lleve: que doy palabra á vuestra merced de
darle con que se vaya del lugar en curándome á mi mujer.

ALGUACIL.

¿Pues de qué la cura?

SARMIENTO.

Del hablar.

ALGUACIL.

¿Y cómo?

SARMIENTO.

Hablando: porque como habla tanto, la enmudece.

ALGUACIL.

Soy contento, por ver ese milagro; pero ha de ser con condicion, que
si la diere sana, me avise vuestra merced luego, porque le lleve á mi
casa: que tiene mi mujer la propia enfermedad, y me holgaria que me
la curase de una vez.

SARMIENTO.

Yo avisaré con lo que hubiere.

ROLDAN.

Yo sé que la dejaré bien curada.

ALGUACIL.

¡Vete, pícaro hablador!

SARMIENTO.

No me desagrada el verso.

ALGUACIL.

Pues si no le desagrada, oiga, que yo tengo alguna vena de poesía.

ROLDAN.

¿Oiga? ¿poesía ha dicho vuestra merced? Pues repare, que por Dios que
la ha de llevar de puño.

(_Hácense la salva, y van diciendo las glosas._)

ALGUACIL.

  La condicion del hablar
  Mas parece tentacion
  De quien nos suele tentar;
  Ni puede ser condicion
  En hombre que es muladar.
  Parte á servir de atambor
  Con esa lengua, embaidor;
  Y pues que con mayor ruido
  Suenas á un discreto oido,
  Vete pícaro hablador.

ESCRIBANO.

  Despues de muerto sé yo
  Que ha de ponerse en lugar
  De epitafio: _aquí murió_
  _Quien muerto no ha de callar_
  _Tanto como vivo habló_.

INÉS.

Esa quiero yo acabar.

ESCRIBANO.

Diga, veamos.

INÉS.

  Y pues de hablar el rigor
  Á un muerto pone temor,
  Á un monte, donde á ninguno
  Seas hablando importuno,
  Vete, pícaro hablador.

SARMIENTO.

Va la mia.

  ¡Ó tú, que hablaste por veinte,
  Y hablaste por veinte mil,

BEATRIZ.

  Yo la acabaré, detente:

ROLDAN.

  Por hablar; traza sutil.

BEATRIZ.

  Repare, señor pariente;
  Vete á donde tu rumor
  No suene para tu mengua;
  Y pues se sabe tu flor,
  Vete, enfermo de la lengua,
  Vete, pícaro hablador.

ROLDAN.

Oigan y reparen vuestras mercedes, que no será peor la mia:

  Aquí he venido á curar
  Una mujer habladora
  Que nunca supo callar,
  Á quien pienso desde agora
  Enmudecer con hablar.
  Convídame este señor,
  Y comeré con rigor,
  Aunque diga su mujer,
  Por no me dar de comer,
  Vete, pícaro hablador.

(_Éntranse dándose vaya, con que se da fin._)


FIN DE LOS ENTREMESES.



ÍNDICE


  Prólogo.                                                   v
  Entremés del Juez de los Divorcios.                        1
  Entremés del rufián viudo, llamado Trampagos.             15
  Entremés del vizcaíno fingido.                            37
  Entremés de la guarda cuidadosa.                          57
  Entremés del viejo zeloso.                                79
  Entremés de la elección de los alcaldes de Daganzo.       99
  Entremés de la cárcel de Sevilla.                        119
  Entremés del Retablo de las maravillas.                  139
  Entremés de la Cueva de Salamanca.                       157
  Entremés del Hospital de los podridos.                   177
  Entremés de los dos habladores.                          193



NOTAS

  [1] No cacarees, no ponderes tanto tu negocio.

  [2] De paño, ó empañado el rostro.

  [3] Dueña absoluta.

  [4] Metáfora tomada del juego de naipes de este nombre, especie
  del que hoy se llama del parar, en el que las dos primeras
  cartas que se sacan de la baraja junta pertenecen la primera al
  contrario, y la segunda al que da al naipe, y estas dos se llaman
  juntas. El que lleva el naipe ha de querer todos los envites que
  hace el contrario, ó dejar el naipe; y de esto está tomada la
  metáfora que aquí usa el viejo, y cuya alusion es bien fácil de
  entender.

  [5] Refran que esplica lo poco que suele durar el fervor en
  algunas personas que entran de nuevo en algun estado, destino
  ó trato; ó que todas las cosas aplacen y hacen bondad en el
  principio, pero que pasada la novedad, se mudan ó ceden.

  [6] Lo mismo que enhoramala, ó en mala hora.

  [7] Frase que se usa para decir que el que en un negocio está á
  lo favorable, tambien debe estar á lo adverso.

  [8] Esto es, hacer un entero y completo uso de todos sus
  sentidos: metáfora tomada del juego de naipes, llamado quínola,
  y en que los jugadores brujulean ó rastrean, por ver si tienen
  quínola, por sola la pinta de las cartas, y sin descubrir estas.

  [9] Esto es, de aumentar el número de los mirones ó espectadores
  del juego, pero que no toman parte en él.

  [10] Es el vestido de calle, ó el que se pone para salir á ella,
  diferente ó mas esmerado que el que se usa para viaje, ó para
  estar dentro de casa.

  [11] Esto es, en nada: me desprecia ó tiene por cosa de menos
  valer.

  [12] Son los mozos de carga, ó que se ocupan en portear y
  descargar las cargas de todas clases, y especialmente las de
  carbon.

  [13] Esto es, de mala vida, ó de mal vivir: tambien significa la
  esclava.

  [14] Véase la nota de la página 11.

  [15] Voz anticuada; lo mismo que señor.

  [16] Voz tambien anticuada; lo mismo que vuesa merced, ó usted.

  [17] El sol de la gente de la hampa, ó de los pícaros, matones y
  valentones. Todas ó las mas de las voces y espresiones que aquí
  se notan son de la germania, ó lenguaje picaresco.

  [18] Lo mismo que charlado, hablado.

  [19] Es este lance, suerte ó jugada de esgrima; que es la ida y
  venida sin intermision, que juegan dos que esgrimen.

  [20] Lo mismo que _ad omnia_: esto es, que todo ha de ser hoy
  pésames.

  [21] De ser azotado por la justicia.

  [22] Esto es, tomó once veces las unciones.

  [23] Esto es, que tenia tantas fuentes como los jardines de
  Aranjuez.

  [24] Cuando se toca á queda; ó á recoger en ciertos pueblos
  de España, donde habia antiguamente la costumbre de tocar ó á
  recoger á cierta hora de la noche, tañendo una campana.

  [25] Á mi querido.

  [26] Mis dos ojos.

  [27] Por hijo de malicias, malicioso.

  [28] Reales, por monedas.

  [29] Sobornado, ganado con dinero.

  [30] En señal de ser su esclava, ó para que la tuviese por tal.

  [31] Del vino caro ó del mejor.

  [32] La justicia.

  [33] Es desear ó complacerse en una cosa que se desea, regodearse
  con ella.

  [34] Con los rústicos.

  [35] Padece de la cabeza, está loco.

  [36] Demasías.

  [37] Llamábase así á la pieza ó piezas de cabritilla, adobadas
  con varias figuras y labores estampadas con prensa, y de que
  antiguamente se hacia mucho uso para cubiertas de mesa, cortinas
  y aun tapices.

  [38] Modo anticuado por _se espantaria_ ó _espantariase_.

  [39] Á la inquisición; porque los que eran condenados á ser
  quemados por este tribunal, sufrian este castigo en una hoguera
  llamada _el brasero_.

  [40] Á la galera ó encierro de las malas mujeres.

  [41] Aunque algunos críticos han dudado sobre atribuir la
  paternidad de este entremes á Cervantes, hoy ya la opinion mas
  acreditada se la concede.

  [42] En Germania la palabra _cerra_ vale tanto como mano.

  [43] Esto es, de engaños.

  [44] Voces todas con que se califican diversas habilidades y
  hazañas de los hampores.

  [45] Que sé hacer algo, que sé mi obligación, y no se reduce todo
  á palabras generales y meras ofertas.

  [46] Disponte, prepárate á adular y lisonjear con tu parlar á los
  espectadores.

  [47] No uses de agudezas ó remontes demasiado el estilo, de modo
  que no te entiendan.

  [48] Judio convertido.

  [49] Esto es, me precio de entender el arte cómica; ó soy
  aficionado á ella.

  [50] De ellos es, judio convertido es ó hijo bastardo.

  [51] Espresion metafórica, que vale lo mismo que gente soez.

  [52] Vino bueno, espirituoso: el mas fuerte se llama de dos
  orejas.

  [53] Por esposo.

  [54] Alude á los que por cualquier cosa se afanan, desasosiegan y
  desesperan.

  [55] Á Santiago el Menor, cuya fiesta se celebra efectivamente,
  en mayo, la llamaban _Santiago el Verde_.

  [56] _En cas_; lo mismo que _en casa_.

  [57] El sentido es confuso, si bien de lo que á continuación dice
  el SECRETARIO se deduce que los sesos de los poetas á que alude,
  son los que han de hacer el oficio de vomitivos, sin duda por lo
  repugnantes ó nauseabundos.

  [58] Aquí el humor satírico de Cervantes, toma un giro, adquiere
  un color tan subido, que pudiera llamarse quevedesco.

  [59] Manera singularísima y gráfica de censurar los errores de la
  ignorancia ó de la torpeza facultativa.

  [60] Embustes, mentiras, embrollos.

  [61] De seguida ó seguidos.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Los entremeses" ***

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